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Los Judíos

El documento resume la historia de los judíos contada en el libro de Simon Schama. Schama adopta un enfoque diferente al de historiadores anteriores al examinar detalles como anécdotas y fuerzas sociales en lugar de solo grandes eventos e individuos. El libro muestra que los judíos se mezclaron con otras culturas en lugar de aislarse, y que el judaísmo era más heterodoxo de lo que se pensaba, incorporando aspectos de otras culturas con las que interactuaron. Schama celebra esta tesis al describir comunidades jud

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El documento resume la historia de los judíos contada en el libro de Simon Schama. Schama adopta un enfoque diferente al de historiadores anteriores al examinar detalles como anécdotas y fuerzas sociales en lugar de solo grandes eventos e individuos. El libro muestra que los judíos se mezclaron con otras culturas en lugar de aislarse, y que el judaísmo era más heterodoxo de lo que se pensaba, incorporando aspectos de otras culturas con las que interactuaron. Schama celebra esta tesis al describir comunidades jud

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La historia de los judíos

JUDITH SHULEVITZ 8 mayo, 2015

Destrucción del Segundo Templo de Jerusalén por Robert Davis ([Link])

Traducción de Juan Rabasseda Gascón. Debate. Barcelona, 2015. 592 páginas, 34'90€

De generación en generación –l'dor va dor, como dice la Biblia, en hebreo- aparece un


historiador que lega al mundo el enésimo tocho sobre la historia de los judíos. Hace 41 años,
un joven catedrático de Historia en Cambridge, Simon Schama, accedió a completar uno de
dichos trabajos, que el gran historiador británico judío Cecil Roth había dejado inconcluso a su
muerte. Schama lo intentó, de verdad que lo hizo, pero “por alguna razón, el injerto no
agarraba”, como escribe en el prólogo de La historia de los judíos.

Ahora sabemos por qué: Roth era un escritor espléndido con un conocimiento enciclopédico
de una amplia gama de campos, pero escribía la historia desde arriba, registrando las hazañas
de grandes hombres involucrados en grandes acontecimientos; en cambio, Schama escribe la
historia desde abajo, y desde el centro, y desde otros ángulos inesperados, resucitando a
personajes anónimos, hace tiempo olvidados, y analizando las fuerzas sociales y culturales que
configuraron las vidas de sus protagonistas. Los enfoques que dan a la historia Roth y Schama
distan como mínimo dos generaciones, y el de Schama es más asequible (al menos para esta
lectora). Aunque su libro, que acaba en el siglo XV, está destinado a formar parte de un trabajo
de dos volúmenes lo bastante grueso como para mantener abierta una puerta monumental,
no resulta pesado en absoluto.

Tanto en La historia de los judíos como en el documental de la BBC que completa el proyecto,
Schama elude con inteligencia el gran arco narrativo para acercarse a los detalles -un
fragmento de papiro, el mosaico de una sinagoga, un mapamundi ilustrado-, que ofrecen
anécdotas reveladoras. Comenzamos hace dos milenios y medio con Shelomam, mercenario
judío al servicio del rey de Persia destacado en una colonia judía de Elefantina, una isla del Alto
Nilo, cuyo padre le escribe para aconsejarle que cobre una paga atrasada; y acabamos en
torno al 1500 con Abraham Zacuto, un rabino astrónomo cuyo Almanaque perpetuo del
movimiento de los cuerpos celestiales, extraordinariamente preciso, guió a Cristóbal Colón y
Vasco da Gama en sus expediciones. Sin embargo, vemos al propio Zacuto en el mar, a la
deriva, como uno de las decenas de miles de judíos españoles y portugueses expulsados y
forzados a abandonar la península Ibérica desde 1492. Tras ser capturado dos veces por los
piratas, Zacuto consigue llegar a Túnez, donde, huelga decirlo, escribe su propia historia de los
judíos. El de Zacuto es un libro extraño, un batiburrillo de verdad y leyenda sobre los
patriarcas, los sabios y sus propios contemporáneos, que se parece menos a una historia que
al “encuentro de un alma judía perdida con las generaciones en ebullición”, en palabras de un
Schama que, aunque escribe historia, podemos ver muy implicado.

La mayor parte del libro celebra la tesis principal del autor: los judíos no fueron el pueblo
devotísimo y aislado por voluntad propia en que lo convirtieron las diatribas cristianas y la
investigación de finales del siglo XIX y principios del XX, dominada por la teología. Antes al
contrario: desde el comienzo de su historia conocida, y durante siglos, los judíos se mezclaron
con cananeos, egipcios, babilonios, persas, griegos, romanos, árabes premusulmanes y
europeos cristianos. Solo cuando los cristianos y los musulmanes se volvieron contra ellos y los
señalaron -humillándolos y, en el caso de los cristianos, sometiéndolos a insultos y grotescas
matanzas-, los judíos empezaron a retirarse o a ser empujados hacia sus propios círculos
aislados.

Durante los siglos VI y V a.C., por ejemplo, los colonos judíos en Elefantina prosperaron junto a
sus vecinos egipcios. Los judíos de Elefantina construyeron su templo en honor a Yavé justo
enfrente del templo egipcio a Jnum (aunque, técnicamente, la Biblia les prohibía construir
templos fuera de Jerusalén). Aquello les costó a los soldados y sus familias las represalias de
sus superiores de Jerusalén, que desaprobaban el alto grado de matrimonios interraciales en
Elefantina y su laxa observación de la Pascua Judía; sin embargo, Schama se muestra fascinado
por su urbanidad relajada. Como “tantas otras sociedades judías establecidas en medio de los
gentiles”, escribe, el judaísmo de Elefantina “era mundano, cosmopolita, vernáculo (arameo),
no hebreo, obsesionado con la ley y la propiedad, marcado por una mentalidad crematística,
pendiente de las modas, muy preocupado por las posibilidades de contraer o disolver
matrimonios, por cuidar a los hijos, por las sutilezas de las jerarquías sociales y por los
alicientes y las obligaciones del calendario ritual judío. Y no parece que fuera muy erudito”.

Schama es un judío eminentemente laico que ha dedicado el grueso de su carrera a la historia


no judía, y quizá sea ese el motivo por el que disfrute presumiendo de que los judíos eran
heterodoxos y sincréticos y abrazaron las culturas extranjeras (persa, helénica, andaluza) que
los absorbieron por conquista, el exilio o atrayéndolos hacia sus prósperas ciudades. Schama
escribe con suma vivacidad sobre el hibridismo resultante, y afirma que en Jerusalén se
construyeron “casas y villas de unas dimensiones y un esplendor sorprendentes” de la era
helénica de los asmoneos, “en las que había amplias habitaciones decoradas con pinturas al
fresco. Junto al cáliz se enredan las uvas, se extienden los lirios y se apiñan las granadas”.

Entre los siglos III y VI, mientras los rabinos codificaban las leyes estrictas que acabarían en el
Mishná, la primera capa del Talmud, las congregaciones decoraban sus sinagogas con mosaicos
de estilo grecorromano. Para los suelos de tus templos, los artistas judíos dibujaban bestiarios,
iconografía religiosa y montones de retratos. Los mejores, según Schama, son las cuatro
bellezas temperamentales que personifican las estaciones y nos observan desde el suelo de
una sinagoga de Séforis, ciudad de Galilea. “Aquello no era prueba de un carácter retrógrado”,
explica Schama. La iconoclasia del judaísmo temprano tenía en el punto de mira la
representación de los ídolos, que no de los animales decorativos y las “chicas de calendario”,
como llama el autor a las jóvenes.

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