Igualadores y Traductores - Bohemer
Igualadores y Traductores - Bohemer
Martin Böhmer2
Hace algunas décadas, una enorme porción de la humanidad decidió que deberíamos
convivir de acuerdo a un ideal que afirma que la mejor decisión pública es la que se toma por
unanimidad entre todas las personas que se vean potencialmente afectadas por ella y sólo después
de que hayan discutido habiendo tenido a mano toda la información relevante y evaluado los
¿Qué teoría moral3 puede surgir de reconocer este hecho? Si alguna, ¿qué teoría política
puede surgir de esta teoría moral? Si alguna, ¿qué teoría acerca del rol del derecho puede surgir de
esta teoría política? Si alguna, ¿qué teoría del acerca del rol de los jueces puede surgir de esta
teoría acerca del rol del derecho? Si alguna, ¿qué teoría acerca del rol de los abogados puede surgir
de esta teoría acerca del rol de los jueces? Y si alguna, ¿qué teoría acerca de la enseñanza del
derecho, del rol de los profesores y de las facultades de derecho puede surgir de estas teorías acerca
Este trabajo da una respuesta a la penúltima pregunta, evita la última y aprovecha las
respuestas que a las restantes cuatro diera Carlos Nino. Así, intentaré mostrar la potencia de su
pensamiento y la medida de mi agradecimiento. Ninguna de las dos cosas está en duda, sólo mi
1
No podría haber concluido este trabajo sin la ayuda de Sara Niedzwiecki y de Celeste Braga. Varias de las
observaciones que afinan los bastos razonamientos que intento defender aquí surgieron de conversaciones con Paola
Bergallo y Gustavo Maurino, a quienes quiero agradecer especialmente. Las certeras observaciones de Mariano
Fernández Valle a quien también agradezco, fueron debidamente incorporadas.
2
Director del Área de Derecho, Universidad de San Andrés. Director del Área de Justicia, CIPPEC.
3
Tanto a nivel metaético como de ética normativa.
1.- La deliberación ideal.
Si uno creyera que los seres humanos somos un experimento de los dioses, parece claro que
hasta ahora no tendríamos razones concluyentes para evaluarlo positiva o negativamente. Hemos
estado cerca de la autodestrucción y también hemos desarrollado prácticas de las que podemos estar
orgullosos. De todos modos tendríamos, como Job, razones para la queja. En efecto, el experimento
del que somos objeto, como la apuesta entre dios y el diablo en la parábola bíblica, es casi tan cruel.
El experimento4 consiste en ponernos sobre un planeta que carece de los recursos suficientes para
que podamos desarrollar nuestras vidas de la forma que deseemos por lo que no tenemos otra
alternativa sino coordinar nuestras acciones o destruir a quienes intenten interponerse entre nosotros
y los bienes que necesitamos para satisfacer nuestros deseos. Sin embargo, nuestras capacidades
para hacer una cosa u otra son, como los demás recursos naturales, también limitadas. Nuestras
fuerzas y nuestra inteligencia son, además de limitadas, relativamente iguales así como nuestra
Lo que nos hace un experimento aun no fracasado es el hecho de haber logrado, de tanto en
tanto, crear reglas que permiten coordinar nuestros esfuerzos y colaborar en lugar de aumentar los
conflictos y tratar de suprimirnos los unos a los otros. Durante la Edad Media, por ejemplo, en
algunos sectores del planeta, durante lo que llamamos la premodernidad se impuso un juego que
definía las razones finales que terminaban cualquier conversación sobre cuestiones de distribución
de recursos. Estas razones no eran otras que las emanadas de la voluntad de la autoridad.
4
Nino cita a Warnock, The Object of Morality cuando se refiere a estas circunstancias como “…’la dificultad básica de
la vida humana’ (the human predicament)…” Carlos S. Nino, Ética y Derechos Humanos, Ed. Ariel, Barcelona, 1989,
Capítulo III, 2.
Cuando el principio de autoridad se pone en duda como principio regulador del juego de las
decisiones públicas, se crea un juego nuevo, que llamamos el “discurso moral moderno”.5 Los
argumentos que utilizamos dentro de este juego que creamos a partir del siglo XVIII y en el que
estamos inmersos, tienen algunas características particulares. Por ejemplo, la generalidad (en el
sentido de que no puedo, por ejemplo, decir que algo esté bien porque le conviene a determinada
persona), la universalizabilidad (en el sentido de que tengo que estar dispuesto a hacer universal mi
juicio, incluyéndome), un cierto acuerdo sobre evidencias (la idea acerca de cómo entendemos que
intersubjetiva de tal hecho), la publicidad (no puedo decir que algo está bien conforme a un
Ahora bien, en este discurso moral de la modernidad, en general presuponemos que sería
bueno que todos los que estamos discutiendo tuviéramos el mismo nivel de información, que todos
tuviéramos más o menos el mismo nivel de racionalidad, que todos tuviéramos un mismo nivel de
capacidad de persuasión, etc. Por eso el nivel en el que juega el discurso moral de la modernidad es
un nivel ideal. Idealmente, cómo se discute moralmente implica que el grupo de las personas
interesadas en la solución del caso dialogan con el mismo nivel de racionalidad, de información
parece ser que esa razón sobre la que todos acuerdan por unanimidad es mejor que la decisión que
tome una persona sola sin toda la información, sin argumentos racionales, etc.7 De modo que,
dentro de este esquema, el ideal de la deliberación moral racional es que estemos todos, que
tengamos la mayor cantidad de información posible, que tengamos la misma capacidad de imaginar
5
Carlos S. Nino, La constitución de la democracia deliberativa, Gedisa, Barcelona, 1997, p. 74 - 75; y, Ética y
Derechos Humanos, Ed. Ariel, Barcelona, 1989, p. 103
6
Carlos S. Nino, Ética y Derechos Humanos, Ed. Ariel, Barcelona, 1989, p. 109 - 110 y 399; y, La constitución de la
democracia deliberativa, Gedisa, Barcelona, 1997, p. 75 y 171 y ss.
7
Carlos S. Nino, Ética y Derechos Humanos, Ed. Ariel, Barcelona, 1989, p. 390; y, La constitución de la democracia
deliberativa, Gedisa, Barcelona, 1997, p. 166.
Ahora, si ese es el ideal, si es el principio regulador al que todos obedecemos cuando
entramos al diálogo público, hay cosas que no podemos decir salvo que estemos violando lo que
hacemos. Esto es lo que Nino llama “inconsistencia pragmática”8. En una discusión moral, quienes
discuten están presuponiendo algunas cosas, pues de no ser así no estarían discutiendo, o no estarían
discutiendo de esta forma particular. Y si dicen cosas que se contradicen con los presupuestos de la
crítica.
Una vez que uno acuerda con esta movida metaética, está atrapado dentro del juego. La
determinado de la historia no invalida el hecho de que sólo se puede argumentar con pautas que
sólo brinda un discurso determinado. Fuera de ese discurso es imposible hablar, fuera de todo
discurso sólo hay silencio, violencia o de tener suerte, mera tolerancia indiferente. En ese sentido la
relativa al juego discursivo que estemos jugando. Desde afuera, desde el punto de vista externo, la
argumentación es relativa, desde adentro, desde el punto de vista interno, la argumentación aspira a
De esta forma, y una vez que uno acuerda, aun tácitamente, pertenecer a la comunidad que
debe acordar que de los presupuestos de la discusión ideal surgen, si uno no quiere ser tildado de
Primero, el principio de autonomía personal: es valioso que cada persona pueda decidir
libremente cómo desarrollar su vida. La prueba de que este es un principio moral subyacente a la
práctica deliberativa es que si yo discuto, si delibero moralmente con otro, es porque creo que el
8
Carlos S. Nino, La constitución de la democracia deliberativa, Gedisa, Barcelona, 1997, p. 74; y, Ética y Derechos
Humanos, Ed. Ariel, Barcelona, 1989, p. 174 (MIRALA es el anteúltimo párrafo).
9
Carlos S. Nino, Ética y Derechos Humanos, Ed. Ariel, Barcelona, 1989, p. 109 y ss.; y, La constitución de la
democracia deliberativa, Gedisa, Barcelona, 1997, p. 74.
otro tiene la capacidad de generar argumentos propios, comprender los míos y evaluarlos
críticamente. 10
disminuyendo la de otro. Así, si yo hablo con los demás entonces no los puedo utilizar; si hablo es
porque no son un instrumento de mi autonomía, sino que tengo que respetar sus deseos de hacer
cosas diferentes de las que yo quiero que hagan. El amo no delibera con su esclavo.11
Tercero, el principio de dignidad: se debe respetar la voluntad de los otros aun cuando eso
implique una disminución de su propia autonomía. Es así como puedo acordar un contrato bilateral,
sólo puedo aumentar mi autonomía disminuyendo la de otro si el otro consiente. Y esta conclusión
surge de los presupuestos de la deliberación pues si no voy a tomar en serio las cosas que el otro me
Sin embargo, la deliberación moral ideal es, precisamente, ideal; no existe en el mundo real.
Y ello por, al menos, dos motivos. Primero porque, como vimos, en la deliberación ideal se
encuentran todos los afectados por el resultado de la discusión, lo que en la mayoría de los casos,
deliberación ideal no existe porque requiere unanimidad, esto es, requiere que tengamos el tiempo
necesario para que todos los interesados tratemos de persuadirnos unos a otros y terminemos todos
convencidos, aunque sea momentáneamente. Y eso tampoco se puede dar en la realidad, porque en
general no tenemos ni el tiempo ni la capacidad de llegar a esos acuerdos. Para no hablar de otros
motivos como la asimetría respecto del acceso a la información relevante, o la desigualdad retórica
10
Carlos S. Nino, Ética y Derechos Humanos, Ed. Ariel, Barcelona, 1989, p. 229, para un análisis más acabado del
principio de autonomía ver cap. V; y, La constitución de la democracia deliberativa, Gedisa, Barcelona, 1997, p. 75 -
78.
11
Carlos S. Nino, Ética y Derechos Humanos, Ed. Ariel, Barcelona, 1989, cap. VI y p. 340 y ss.; y, La constitución de
la democracia deliberativa, Gedisa, Barcelona, 1997, p. 78 - 80.
12
Carlos S. Nino, Ética y Derechos Humanos, Ed. Ariel, Barcelona, 1989, cap. VII; y, La constitución de la
democracia deliberativa, Gedisa, Barcelona, 1997, p. 80 - 82.
Nos encontramos ahora abandonando las implicancias de ética normativa de la posición
metaética que supone el ideal deliberativo para adentrarnos en su traducción en la realidad, estamos
ahora en el reino de la teoría política. ¿Son estos defectos de la deliberación real motivo suficiente
para descartarla? Recordemos que el ideal deliberativo es un ideal crítico, su objeto no es describir
la realidad sino detectar los fundamentos normativos de una práctica social que tienen la capacidad
de evaluar acciones. Es por eso que el ideal deliberativo constituye una utopía positiva13 con
La propuesta política de esta teoría moral consiste en proponer un sistema de gobierno que
se acerque lo más posible a este ideal moral. Y esa forma de gobierno es un invento moderno al que
democracia es la mejor opción para hacer efectivo ese ideal; es el sucedáneo político imperfecto de
que hacen que este sistema político pueda acercarnos a tomar mejores decisiones que cualquier otro
Tales condiciones, entre otras, están implicadas por el hecho de que todos tenemos igual
posibilidad de participación, porque contamos con la suficiente información, y porque hay ciertas
condiciones de argumentación que obligan a deliberar y así reducen el uso de la fuerza, evitan
errores fácticos, permiten ponderar mejor las consecuencias de una determinada decisión, etc. De
modo que dichas condiciones de imparcialidad (que llevan a que existan distintos grados de
democracia aunque exista un umbral mínimo por debajo del cual podría decirse que una decisión no
es democrática) nos dan razones para creer que la decisión adoptada tiene más probabilidades de ser
la correcta que cualquier otra que se hubiera tomado por cualquier otro procedimiento.15
13
Carlos S. Nino, La constitución de la democracia deliberativa, Gedisa, Barcelona, 1997, p. 203 y ss.
14
Carlos S. Nino, Ética y Derechos Humanos, Ed. Ariel, Barcelona, 1989, p. 387 y ss.; y, La constitución de la
democracia deliberativa, Gedisa, Barcelona, 1997, p. 166 y ss.
15
Carlos S. Nino, Ética y Derechos Humanos, Ed. Ariel, Barcelona, 1989, p. 387 y ss; y, La constitución de la
democracia deliberativa, Gedisa, Barcelona, 1997, p. 181.
2.- Deliberación real: los problemas de la democracia.
arreglos políticos para que la mayoría de las voces esté presente (en la medida en que no puedan
estar todas las de los afectados), para que se escuchen los mejores argumentos (de acuerdo a la
para que las decisiones se tomen con el mayor nivel de acuerdo posible (cuando la unanimidad no
resulte posible), teniendo en cuenta la mayor cantidad de información relevante (con la que se
Así, dado que la democracia es un mero sucedáneo de la deliberación moral ideal, aquello
que la hace imperfecta genera ciertos problemas. En primer lugar y a nivel de la creación de
que no podemos estar todos. Y segundo, el problema de la regla de la mayoría: como no tenemos
tiempo para la unanimidad, llegado un momento tenemos que votar, y lo hacemos utilizando la
regla de la mayoría.
El problema es que dado que están los representantes y que deciden por mayoría, o a que los
representantes llegaron a serlo en forma no perfecta pueden quedar individuos o grupos fuera de la
discusión democrática que deben estar presentes en la deliberación porque sus intereses también
pueden ser afectados por su resultado. Estos problemas de la representación requieren la creación de
deliberativo tiene una gran capacidad para la propuesta y la crítica de estas instituciones
16
Carlos S. Nino, La Constitución de la Democracia Deliberativa, p. 184. nótese que para la concepción deliberativa de
la democracia la representación es un problema, a diferencia de otras concepciones para las cuales la representación
constituye una ventaja como para la pluralista.
fundamentales de la democracia, propuestas y críticas en las que no me extenderé.17 De todas
formas, por mejor diseñados que estuvieran, estos mecanismos no terminan de solucionar los
Entre ellos, existe la posibilidad de que las decisiones que tome la democracia real —las
mayorías que lograron ganar en el juego democrático— violen los derechos de individuos o grupos,
en cuyo caso estarían violando los presupuestos por los cuales justificamos el sistema democrático
(los principios morales presupuestos en la deliberación ideal que justifican la existencia y respeto
3.- Constitución.
Dado que la democracia real librada a sus propios medios puede generar fallas, surge la
necesidad de crear una agencia que defienda los procedimientos democráticos (haciéndolos más
mayoría sin ser castigado políticamente por ello— defienda las reglas del juego de la democracia
deliberativa. El más importante de estos mecanismos es el Poder Judicial, cuyo rol es aún más
relevante cuando los jueces tienen poder político, como sucede en la Argentina, debido a que
Ahora bien, esta herramienta contramayoritaria debe ser justificada, pues, en principio, ella
17
Carlos S. Nino, La Constitución de la Democracia Deliberativa, cap. 6.
18
La idea de una sola persona que cree que entiende mejor los principios de la constitución que los representantes del
pueblo parece estar muy lejos del ideal deliberativo de autogobierno en el cual todos los interesados participan de la
toma de decisiones colectivas. “Los jueces, particularmente aquellos de los tribunales de mayor jerarquía, como la Corte
Suprema o el Tribunal Constitucional, no gozan generalmente de un origen democrático directo, dado que no son
elegidos por el voto popular sino que son designados. Además, estos tribunales no están generalmente sujetos a una
renovación periódica de sus mandatos, ni son responsables en forma directa ante la opinión pública…”. De este modo,
“…surgen dudas acerca de por qué el poder judicial, siendo un órgano aristocrático, debería tener la última palabra en
parecería poco atractiva la idea de que los que gobiernen en una democracia sean los jueces, y
pensaríamos que el que debe gobernar es el pueblo. Sin embargo, también pretendemos que haya
alguien que ejerza alguna especie de control sobre las decisiones que toma el pueblo, sobre todo
para asegurarnos de que se respeten los presupuestos que nos hacen querer vivir en una comunidad
política regulada democráticamente. Así, entonces, aparece la tensión entre la idea de democracia,
Una visión deliberativa de la democracia justifica este rol de los jueces señalando que, así
como en la teoría económica la intervención del Estado se justifica cuando falla el mercado —por
Así aparece lo que Nino llama las excepciones al respeto irrestricto a la voluntad popular19.
Las excepciones son, en principio, dos. Primero, la defensa de los principios. Esto implica que si
bien deferimos nuestro juicio a las decisiones que tome la democracia real cuando ella funciona
deformen procesos que hacen que la democracia produzca legislación justificada deliberativamente.
Este sería el caso, por ejemplo, de la definición de los distritos electorales de tal forma que siempre
beneficien al mismo grupo. Si eso sucede, es razonable pensar que los jueces deben involucrarse
aunque la norma no viole principios sustantivos, pues se rompen las reglas del juego, que son las
que permiten decir que lo que surge de ese juego está justificado democráticamente. Dadas las dos
determinar el alcance de los derechos individuales, dirimir los conflictos que se generan entre los poderes del gobierno e
interpretar las reglas referidas al procedimiento democrático (…) Alexander Bickel llamó a este problema “la dificultad
contramayoritaria”…” (ver Carlos S. Nino, La constitución de la democracia deliberativa, Gedisa, Barcelona, 1997,
p.258 y 259. Ver también Fundamentos de derecho constitucional, Astrea, Buenos Aires, 1992, p. 682 y ss).
19
Son excepciones debido a que si la democracia real tuviera un juego lo más cercano posible a la deliberación ideal, en
general uno intentaría que las agencias contramayoritarias no intervinieran.
20
En Argentina, llamaríamos violaciones obvias de principios a las “violaciones de la constitución”, pues los principios
en general están plasmados en constituciones que los hacen explícitos, tales como el principio de igualdad (art. 16) o de
autonomía (art. 19).
excepciones, podemos decir, con respecto al rol de los jueces, que éstos tienen a su cargo (a)
Existe, sin embargo, un tercer problema. Aún es posible que un juez en Neuquén crea que
una norma viola principios y otro en Formosa crea que no, que una sala de una Cámara de
apelaciones crea que sí y otra que no, que la Corte Suprema en su actual composición crea que sí y
en su futura composición que no, etc. Esta posibilidad complica aun más la situación de los
derechos ya que si no hay algún punto en el que sepamos qué dice la Constitución, o qué dice el
derecho, el rol de los jueces parece imposible. El sistema parece atractivo en la medida en que la
herramienta con la cual los jueces respetan las decisiones democráticas cuando ellas no violen
Surge así una tercera excepción con la cual los jueces pueden justificar su intromisión en la
deliberación mayoritaria, dado que el juez también tiene la obligación de mantener la consistencia
En efecto, en esta visión el derecho se estructura como un lenguaje y como tal debe ser lo
suficientemente unívoco y conservarse así a lo largo del tiempo de forma tal que las personas cuyas
vidas este orden regula puedan hacer planes y esperar que la respuesta del derecho no cambie de tal
forma de afectar esos planes vitales de forma radical y abrupta. Pero, y también como el lenguaje, el
derecho de ser capaz de modificarse para atender las necesidades del progreso material y moral de
la sociedad. Esta tensión entre conservación y mejora es parte esencial de la práctica social
Esta tensión es la que Nino pone en juego cuando responde a la cuestión del respeto que se
le debe a la Constitución histórica21. En el caso particular de la Argentina esta cuestión gira en torno
al respeto del texto redactado en 1853. Después de cuarenta y tres años de derramamiento de
21
Carlos S. Nino, La constitución de la democracia deliberativa, Gedisa, Barcelona, 1997, cap. 2. Ver también:
Fundamentos de derecho constitucional, Astrea, Buenos Aires, 1992, p. 14 – 36 y 44 - 77
sangre, de discusiones e intentos constitucionales fallidos los argentinos creamos un ancla
institucional: el acuerdo respecto de la autoridad del texto de la Constitución del ’53. Sin embargo,
la pregunta es cuál es la razón de que su sanción sea un hecho relevante. En efecto, si la razón de
ser del sistema proviene del respeto por la deliberación y sus límites, ¿por qué atarnos a la
deliberación del pasado, a un texto creado por una comunidad que hace ya muchos años dejó de
existir?
La respuesta a esta pregunta, según Nino, debe surgir de una decisión que se toma en dos
pasos. El primer paso consiste en preguntarse, respecto de lo que viene dado, si vale la pena (desde
un punto de vista sustantivo, valorativo) seguir obedeciéndolo22. El segundo paso obliga a que, si en
el paso anterior decidimos quedarnos con el texto que recibimos (entendido como la práctica
hermenéutica compleja en que consiste el trabajo social de interpretación), tenemos que respetarlo y
respetar la práctica que se genera a partir de él aun cuando creamos que no llega a satisfacer los
requerimientos de una Constitución ideal. Históricamente esta tarea resulta más sencilla cuando uno
se encuentra más cerca del momento fundacional. Los creadores del texto están vivos, la práctica
coincidir. Pero a medida que uno se aleja la cuestión se vuelve más compleja pues, ¿qué quiere
Para explicar esto, Nino utiliza la metáfora de la catedral23. Como las catedrales medievales,
22
Este sería el caso del pueblo sudafricano, que en un momento acordó en que la constitución era inadecuada, o el de
los pueblos de Europa central y del Este luego de la caída de la Unión Soviética, y en algún sentido, el de la primera
Corte Suprema de nuestra democracia. Ver Martin Böhmer, La Corte de los ´80 y la Corte de los ´90. Un diálogo sobre
el rule of law en Argentina, Publicación del Seminario en Latinoamérica de Teoría Constitucional y Democracia, SELA
2000, Estado de Derecho y Democracia. Un debate acerca del rule of law.
23
Carlos S. Nino, La Constitución de la Democracia Deliberativa, p. 51.
Como el arquitecto frente a la catedral que recibe, el juez frente al derecho tiene dos
opciones. Respecto del arquitecto supongamos que le gustan los muros blancos, las líneas rectas,
despojadas, las formas funcionales, pero le entregan una catedral gótica inconclusa. Una primera
respuesta puede consistir en echarla abajo para comenzar nuevamente con el optimismo de pensar
que los arquitectos que le seguirán acuerden con su particular visión estética. O puede, en cambio,
intentar, en la parte de la catedral que le toca, acercarla más a una catedral moderna, esperando que
los que vengan detrás sigan su camino. Sin embargo, resulta imposible construir a media altura de
una catedral gótica ya comenzada un trozo de catedral moderna: el edificio corre el peligro de
era tan espantoso y creyó que valía la pena conservarlo –después de todo muchos sacrificaron parte
importante de sus vidas para llegar hasta allí, hubo proveedores que fueron armando sus empresas
para ayudar en el mantenimiento de una catedral gótica, etc.), si asumió una práctica colectiva que
él no comenzó, debe respetarla estructural y estéticamente, en tensión con lo que él mismo siente
que es lo correcto. Tiene que respetarla, pero le es dado, en la medida en que le han encargado la
grave responsabilidad de ser uno de los más influyentes constructores, interpretar el legado
tensionándolo con sus preferencias estéticas e intentar, en su breve paso por la dirección de la obra,
acercarla a su catedral ideal con la esperanza de que quienes lo continúen profundicen su visión
ella consiste a la vez que se la mejora de acuerdo a los valores que cada generación entiende que
destinados a preservar a) los derechos en los que se funda el sistema, b) las reglas del juego
democrático y c) la consistencia del lenguaje que hace posible el juego a lo largo del tiempo. El
Poder Judicial es una institución (no la única necesariamente) diseñada para desempeñar el difícil
papel de defender estos principios y al mismo tiempo respetar los acuerdos alcanzados mediante los
procesos democráticos, entendiendo que su rol contramayoritario debe estar siempre en tensión con
la deferencia respetuosa que se le debe a la voluntad de quienes lograron acuerdos más amplios.
Hasta aquí Nino, pero como en tantas otras regiones del derecho el poder inercial de su
pensamiento ilumina algún trecho más que podríamos seguir para ver hasta donde nos conduce.
El ideal de la deliberación no tiene por qué limitarse a los órganos legislativos o a los
administrativos. Existen otras instancias, otros escenarios para hacer política. Los tribunales son
uno de ellos. En sus salas la gente discute el modo que los acuerdos democráticos se aplican a sus
problemas concretos y ciertos funcionarios, los jueces, asumen su papel como árbitros de esas
disputas. Y así, en ocasión de decidirlas, tienen la triple oportunidad de a) afinar para el caso
situaciones excepcionales defender los presupuestos del juego deliberativo en el que consiste el
sistema democrático brindando una segunda oportunidad a los que perdieron en esa parte de juego
en la que manda la regla de la mayoría y c) continuar la construcción del lenguaje del derecho
que le otorgan su valor. La primera tarea no es otra sino la continuación de la tarea legislativa, la
aplicación de prescripciones generales a los casos concretos, la ejemplificación de una ley general.
La segunda, el ejercicio del control contramayoritario, se realiza por lo general con motivo de la
primera y en forma excepcional, y la última es una preocupación permanente asumida como una
tensión entre pasado y futuro, preservación y cambio, en la que los jueces deben sentirse
ocurre en la discusión mayoritaria, dado que también constituye un ámbito de deliberación pública,
en el cual se intenta que la conversación finalice sólo cuando el mejor argumento silencie la voz de
la otra parte. De este modo también puede determinarse por medio de un proceso deliberativo cómo
particularizar los mandatos generales, cuándo una norma de la democracia cae o no dentro de las
excepciones al respeto irrestricto de la voluntad popular y de qué modo la tensión entre tradición y
Es fácil entender que esta tarea es imposible de realizar por una persona en soledad. Los
principios que fundan la democracia rechazan el planteo elitista de pensar que tamaña tarea puede
ser exitosa sin el beneficio de la presencia de los interesados en el resultado de la decisión. Así, el
rol de personas diferentes de los jueces en la deliberación judicial cobra sentido. Ya no sólo es la
jueza quien recaba información, pregunta, delibera consigo misma, sino que son las personas (por
definición quienes pueden poner en marcha el funcionamiento de la deliberación pública donde sea
que ella se produzca) quienes ponen en marcha el aparato judicial (dado que los jueces no actúan de
oficio), acercan los argumentos y la prueba, y vuelven a deliberar porque no se ponen de acuerdo
con lo que les demandan las leyes o porque afirman que aún cuando el mandato es claro la
democracia falló en la defensa de los derechos, o desvirtuó el buen funcionamiento de los procesos
democráticos o no tuvo en cuenta la sutil construcción que supone el cuidadoso proceso de respeto
y mejora de la constitución.
El proceso deliberativo en los tribunales es, sin embargo, diferente del de los órganos
por un árbitro imparcial respecto a los intereses de las partes que tiene, como vimos, un rol muy
definido que cumplir, un rol que ha sido traducido a normas detalladas y que podemos resumir en la
prevalece el mejor argumento, constreñido por las restricciones (jurídicas) que limitan la función
del juez. En esta lógica, en la que los jueces escuchan los buenos argumentos (jurídicos) y deciden
por los buenos argumentos (jurídicos), las partes en la controversia, para que el derecho en general
avance, deben esforzarse por brindar a los jueces los mejores argumentos disponibles en ese
momento en la sociedad respecto de la forma en la que deben interpretarse y aplicarse las normas
Sin embargo, así como la democracia real falla por no coincidir con la democracia ideal en
la medida en que los representantes no coinciden con los afectados y que las mayorías no garantizan
las mismas decisiones que se hubieran tomado por unanimidad, los tribunales reales también están
sometidos a fallas que les impiden crear una deliberación ideal. Una de ellas es la complejidad del
lenguaje del derecho y que los mejores argumentos tienden a descansar en entendimientos que por
buenas y malas razones que luego discutiremos, sólo comparten los miembros de la comunidad
Esta falla es generada por una desigualdad entre los actores respecto de su capacidad de
generar los mejores argumentos para persuadir al juez, lo que crea el riesgo de que las decisiones
que se tomen en los tribunales no contribuyan a cumplir con el rol fundamental que tienen los
órganos contramayoritarios en una democracia constitucional dado que no triunfarían los mejores
argumentos sino los mejores argumentadores. Es por estas razones que la democracia constitucional
crea una figura que intermedia entre los intereses individuales y el interés público: el abogado.
6.- Los abogados como igualadores retóricos de sus conciudadanos.
En este dilema, en el cual la deliberación en los tribunales debería hacer prevalecer los
personas), pero en el que sin embargo los mejores argumentos sólo surgen de complejos acuerdos y
democracia llama a mediar entre el poder judicial y los ciudadanos a una clase profesional
particular.
Para poder entender mejor el rol que creemos les cabe a los abogados en una democracia
constitucional utilizaremos una analogía entre ellos y sus antecesores clásicos, los sofistas. Esta
analogía es útil en la medida en que ilustra la conexión compleja entre democracia y deliberación
judicial, y la paradójica necesidad de restringir el acceso de los muchos a la deliberación sobre sus
derechos para defender un sistema que está basado justamente en el valor de la deliberación
extendida.
Se nos reconoce a los abogados como los herederos de los sofistas griegos y es por ello que
sus actividades, de la forma en las que han sido descriptas en los diálogos platónicos, es decir la
defensa de cualquier causa por dinero, la capacidad de producir argumentos a favor de un cierto
interés un día y del interés contrario al otro, el desprecio por la búsqueda de la verdad, son baldones
socráticos que la profesión del derecho continúa cargando al cuello. Así, resulta importante volver
comparación fecunda. Afirma que tanto para el alma como para el cuerpo existen artes relativas a su
bienestar. Así, la política, y dentro de ella, la legislación y la justicia son al alma lo que la gimnasia
y la medicina son al cuerpo. La legislación mantiene al cuerpo político, a la polis, sano y en buen
estado así como la gimnasia mantiene en forma a nuestro organismo. La justicia interviene luego de
la ocurrencia de un daño tratando de restaurar en la polis el equilibrio en el que se encontraba, de la
misma forma en que lo hace la medicina con el cuerpo enfermo. Sin embargo, estas artes pueden ser
corrompidas cuando el ser humano opta por escuchar a las fáciles voces de la adulación. Así, entre
la gimnasia y el arte cosmético, “un niño, u hombres que actúan como niños”, afirma Sócrates,
elegirán el fácil expediente de los afeites a la dura disciplina del ejercicio físico, y entre el arte de la
medicina y el arte culinario elegirán el plato sabroso y no la amarga medicina. Finalmente, Sócrates
justicia) lo que el arte cosmético y el culinario son a la gimnasia y a la medicina: meros simulacros
más fuerte sobre el más débil. Los sofistas, al promover esta forma pervertida del diálogo
democrático aumentan la arbitrariedad de los poderosos e impiden que la polis, y cada uno de los
Sin embargo algo de contexto puede mostrar otra forma de ver las cosas. En la Atenas
democrática, los sofistas enseñaban retórica a sus conciudadanos porque la retórica se necesitaba
para persuadir a otros ciudadanos y ganar en el ágora. De la tarea de persuadir a otros dependía la
vida y la muerte de todos, como lo pudo probar el mismo Sócrates al no poder convencer, si bien
por pocos votos, a sus conciudadanos de que las acusaciones que pendían sobre él eran injustas.24
Tanto la legislación como las decisiones judiciales eran resueltas por la deliberación pública de los
decisiones que surgieran de la capacidad de persuasión de estos pocos cientos de personas. Tal es la
importancia crucial del trabajo de los sofistas, el que les daba el protagonismo público que los
diálogos socráticos no pueden ocultar. Pero el solo hecho de la reputación democrática de los
24
Platón, Apología.
sofistas no puede justificar el rol de la retórica en un sistema democrático, por lo que se requiere
volver sobre la mecánica del diálogo retórico para encontrar alguna forma de justificar su trabajo.
también el mecanismo que por alguna razón es el preferido para producir las mejores decisiones. De
rechazar el diálogo como última fuente de certeza, los atenienses deberían haber deferido sus más
sigue que la deliberación les aseguraba las mejores decisiones posibles, por lo que las reglas que la
definen debían tender a sustentar esta definición epistemológica del pueblo ateniense.
Una mala decisión es fruto de una mala deliberación, y una mala deliberación es la que
permite que los malos argumentos queden sin ser contestados. El trabajo de los sofistas era,
su trabajo era enseñar esta técnica (el arte de jugar con las reglas de la deliberación pública) a todos
los ciudadanos. De la capacitación universal de los jugadores en las sutilezas del arte de deliberar se
sigue que el juego crece en sofisticación, y que los más burdos errores de razonamiento, las falacias
retóricas, serán detectadas rápidamente para placer del contradictor y vergüenza del que intentó
introducirlas como argumentos lícitos. Del temor de esta posibilidad, que crece en la medida en que
las mejores enseñanzas de los sofistas se extienden a todos, surge la evidente decisión de evitar
echar mano de malos argumentos y el incentivo a desarrollar las mejores razones para que el
silencio del contradictor anuncie la victoria hasta que un nuevo orador imagine un argumento
mejor.
A esta altura podemos pensar que la apuesta retórica de los sofistas consistía en que si todos
los ciudadanos atenienses tuvieran la misma calidad retórica o al menos que la desigualdad retórica
no fuera decisiva, la discusión democrática se acercaría a la deliberación ideal porque de ese modo
filosofía política ha vuelto a prestar atención al diálogo en su relación con la capacidad de producir,
descubrir, acercarse o dar mayores garantías que otros métodos de ponernos ante lo que podríamos
llamar la “verdad moral”. Este regreso al diálogo ha pasado varios tamices y entre ellos no son los
acercarla a la deliberación “cara a cara” entre los afectados por la decisión en juego, son una
jurados, la justicia vecinal, los sistemas alternativos de resolución de conflictos, son algunos de los
ejemplos más claros. Campea en ellos la idea de que cuantas más voces se incluyan en el diálogo
persuadir de la corrección de sus propuestas a otros que no comparten los mismos intereses, más
imparciales serán las deliberaciones, y por lo tanto más razones tendrán para creer que se debe
También hemos recordado, con Nino, que para este ideal deliberativo la representación y la
regla de la mayoría son un problema porque nos alejan del ideal de la presencia de todos los
afectados y de la decisión unánime. Lo que queremos puntualizar en esta parte es otro problema que
acecha a la deliberación y que nos acerca al trabajo de los sofistas. El problema al que nos referimos
conflicto depende de la efectividad retórica de las partes, la falta de igualdad produce el resultado
indeseado de evitar que triunfe el mejor argumento violando una regla evidente de la deliberación
ideal que consiste en excluir las falacias y las modulaciones del discurso como argumentos válidos
dentro de la discusión. En una deliberación ideal las habilidades retóricas de los participantes son
irrelevantes.
Sin embargo, como resulta evidente, en las deliberaciones reales, de las que dependen los
intereses y los derechos de los ciudadanos de una democracia real, la desigual capacidad retórica de
los participantes produce el resultado no deseado de que triunfen argumentos falaces y que de esta
manera se imponga la voluntad desnuda de quienes carecen de los mejores argumentos. Los sofistas
comprenden esta falla del mercado deliberativo de la democracia ateniense y buscan remediarla
ofreciendo sus servicios a todo ciudadano que los requiera con el fin de aumentar sus destrezas
retóricas. El objetivo era igualar la deliberación en la polis, garantizando al menos que la persuasión
de los oradores no recurra al fácil expediente de las falacias, dado que entre buenos retóricos se
detectan fácilmente los malos argumentos y se corre el riesgo de ser ridiculizado públicamente. De
esta manera, con la anulación previa y mutua de las trampas retóricas, se espera que los argumentos
que queden en pie sean los mejores que la comunidad puede imaginar en ese momento.
Es ésta la herencia profesional de los abogados, uno de los roles que les cabe en las
democracias deliberativas: ser los igualadores retóricos de sus conciudadanos asegurándose que los
conflictos sociales sean resueltos recurriendo al mejor argumento que su comunidad ha sido capaz
de producir. Es por eso que los estados modernos tienden a darles el privilegio del monopolio de la
Dicho esto, una nota final: no en todas las instancias en las que estamos acostumbrados a
requerir la presencia de los abogados ella resulta necesaria. En efecto, en la medida en que el tema
en discusión no permita una escalada hacia cuestiones complejas en las cuales se juega lo que aquí
denominé interés público, y que las partes mantienen una relación de relativa igualdad retórica, la
justificación de la existencia de los abogados como traductores e igualadores desaparece. Es así que
resulta no sólo permisible sino necesario dejar de lado la presencia de los abogados en estas
circunstancias. Ejemplos de ellas son la justicia vecinal y los trámites no litigiosos en los cuales la
público.
judicial, los ciudadanos se enfrentan con herramientas desiguales dado que no conocen en la misma
medida lo que manda el derecho positivo, ni tienen el mismo conocimiento de todos los hechos
relevantes, tienen prejuicios no contestados, no saben articular los argumentos de forma igualmente
persuasiva, etc. Es justamente porque tienen conocimientos y capacidades retóricas desiguales por
lo que necesitan representantes, los abogados, que les brinden las armas con la cuales librar la
Esta batalla deliberativa tiene reglas relativamente bien definidas que vale la pena volver a
repasar. La dinámica que comprende al juez, a dos abogados y a dos partes es una deliberación muy
Congreso de la Nación. En ella dos ciudadanos acuden a las instituciones judiciales porque tienen
un problema de interpretación normativa. Cada uno cree que el derecho le da la razón, pero sin
embargo el derecho es una práctica muy compleja conformada por hechos y normas y que está lejos
de parecerse a un oráculo o a una computadora infalible y precisa. Quien decide en definitiva es una
persona, la jueza, a quien no se conoce de antemano pero de quien se sabe que tiene algunas
características institucionales interesantes que resultan en una regla negativa del juego: a los jueces
no les interesa el interés privado del cliente, es decir, no se los puede persuadir con argumentos
basados en la conveniencia, necesidad o deseo personal, por lo que este tipo de argumentos quedan
fuera de la deliberación judicial. Los jueces están para decir qué dice el derecho, y en ese sentido
son los representantes del interés público. Los argumentos que no pueden ser construidos con los
En efecto, los jueces desean saber cómo ejemplificar en el caso en cuestión la decisión
mayoritaria, o si deben desoír el mandato popular porque en el caso están en juego los principios en
los cuales se funda el sistema o las reglas sobre las que se construye la decisión democrática, o si
tienen que repetir lo mismo que dijeron antes en un caso similar o si hay argumentos para modificar
esas decisiones anteriores. El rol de los jueces coloca a los abogados ante la necesidad de
desarrollar argumentos que persuadan a los jueces de que el interés de su cliente está respaldado por
los mejores argumentos, siendo éstos los que los jueces adoptarían para realizar su tarea con
sabiduría, teniendo en cuenta que el procedimiento es público y que sus argumentos serán
De este modo, todo abogado tiene que decidir diversas y complejas cuestiones. Primero,
debe pensar en el interés de su cliente, lo que muchas veces resulta difícil de determinar. En efecto,
¿el interés del cliente debe ser identificado con el interés manifiesto o con el que su abogada cree
que debe ser su interés?, si el cliente no es un individuo sino una asociación de algún tipo, ¿es el
de los consumidores, el de la sociedad en general? Segundo, una vez que está claro el interés de su
cliente, debe ponerse en su lugar y pensar cuales son los argumentos a su favor. Tercero, debe
salirse del lugar de su parte, ponerse en el lugar del otro, e imaginar cuales son los argumentos que
utilizaría si fuera la abogada de la contraria y, como idealmente no conoce a la otra, tiene que
pensar qué es lo que la mejor abogada podría argumentar. El segundo y tercer paso deben repetirse
tantas veces como sea necesario, como en el ajedrez cuando los jugadores anticipan las movidas
futuras en su imaginación antes de dar el siguiente paso. Pero además de todo este trabajo, que
requiere un altísimo nivel de imaginación deliberativa, todo abogado debe estar siempre pensando
en el juez, a quien no le interesa saber cual es el interés de las partes en la medida en que no
constituye un argumento persuasivo para la realización de su trabajo institucional, el avance del
interés público. Dicho de otra forma, los abogados deben ser concientes de que al juez sólo le
interesa saber qué dice el derecho. Los encargados de las decisiones en el juego deliberativo judicial
sólo desean saber si determinada ley que se sancionó impacta en el caso, y si lo hace, si viola
que se haya sostenido en el pasado y de ser así, cual debe subsistir y porqué.
De esta forma, como la abogada sabe que el juez quiere decidir en el caso teniendo en
cuenta mandatos tan complejos, los argumentos que tiene que dar a favor de su parte
necesariamente deben estar relacionados con este interés del juez. Los argumentos a favor del
interés privado de su parte tienen que ser todos argumentos de interés público y por lo tanto, para
ser efectivos, los abogados deben poder traducir efectivamente intereses privados en el complejo
Un párrafo sobre los abogados que se dedican al asesoramiento de sus clientes. Pareciera a
primera vista que los argumentos necesarios para alcanzar el éxito en las transacciones que escapan
efecto, las capacidades de negociación exitosa podrían requerir relajar las exigencias de
Sin embargo, en la mayor parte de estas transacciones es crucial tener en cuenta que en ellas las
partes tienen como presupuesto que el acuerdo al que llegarán será respaldado por formas rituales
que lo hagan válido en el sentido de que si una de las partes incumple, la otra puede recurrir al
monopolio de la fuerza pública para resarcirse del incumplimiento. El punto que sólo menciono
aquí es que justamente el guardián del uso legítimo de la fuerza pública es el poder judicial. De esta
manera aun en las transacciones extrajudiciales los abogados de las partes están preguntándose lo
que diría una jueza en el caso de que el acuerdo deba llevarse ante los estrados judiciales.25
Por lo tanto, los abogados sirven a dos amos: a sus clientes y a los jueces. Sirven a sus
clientes generando argumentos que persuadan al juez a decidir de acuerdo a sus intereses y sirven a
los jueces creando los mejores argumentos que pueden desarrollar a favor de sus clientes
permitiendo a los jueces desempeñar mejor su rol institucional, a saber: balancear el respeto por las
preservación y mejora del lenguaje del derecho. Este doble papel es tan importante que en muchos
países los abogados tienen el monopolio (si no legal, de facto) de la representación ante los
tribunales.
Hasta aquí hemos justificado cierto rol de los jueces, y por lo tanto de los abogados, en una
democracia constitucional, y desarrollado las reglas del juego deliberativo del derecho en el cual
sólo se puede persuadir a los jueces con cierto tipo de argumentos. Dijimos que los argumentos
exitosos para lograr una decisión beneficiosa para el cliente son los que mejor balancean los tres
tipo de exigencias que pesan sobre los jueces: que sean deferentes a la voluntad popular, que
contramayoritario y que mantengan y mejoren la práctica en la que consiste el derecho. Así si una
abogada puede traducir intereses de su cliente en argumentos que persuadan al juez de que la
decisión que está por tomar es la que mejor combina estos tres elementos, debería ganar el caso.
25
Ver Kronman, A. The Lost Lawyer, Belknap Press, 1995 y Gordon, R., “La Práctica del Derecho Empresarial como
un Servicio Público” en Böhmer, M. (comp.), La Enseñanza del Derecho y el Ejercicio de la Abogacía, Biblioteca Yale
de Estudios jurídicos. Ed. Gedisa, 1999.
Esta traducción es una tarea muy complicada de realizar, y la gente debe continuar con sus
vidas y no puede estar dedicada a desarrollar estas capacidades. Esto justificaría, prima facie, el
monopolio de los abogados en una democracia constitucional, lo cual en principio parece paradójico
en la medida en que supondría expropiar a los ciudadanos el derecho a defender sus derechos en
forma directa, y no a través de la representación. En otras palabras, si bien nadie es mejor juez de
sus intereses que uno mismo, el problema en la deliberación judicial es que al juez no le importa el
interés individual de cada uno sino que sólo le importa el interés en la medida en que esté
sustentado en argumentos que puedan ser traducidos en argumentos de interés público, entendiendo
por interés público el balance de los tres elementos que mencionamos anteriormente.
abogados, ¿Cómo podemos descomponer esas obligaciones para entender, en particular, cuáles son
las obligaciones de los abogados en una democracia constitucional? En lo que sigue mostraremos
que este monopolio sólo se justifica cuando se ejerce respetando las obligaciones siguientes:
Este mandato significa que en su trabajo los abogados no pueden defraudar las necesidades
y los deseos del cliente, lo que parece obvio aunque su aplicación no lo sea tanto. En efecto: ¿Cómo
identificar al cliente y por lo tanto a los intereses que debe servir? ¿Es el individuo, es su familia,
son sus hijos, es la organización a la que pertenece, es el directorio del que forma parte, son lo
accionistas a los que dice representar, es el público en general a quienes el cliente dice o debe
servir? Para cumplir con la obligación de defender los intereses de nuestro cliente, antes debemos
preguntarnos lo que entraña tal obligación.26 Una vez realizado un acuerdo acerca de quién es el
cliente y cuáles son sus intereses, el abogado tiene que decidir la estrategia a seguir para
defenderlos.
26
Es una pregunta lo suficientemente difícil, y aun si uno coincidiera con Brandeis cuando propone que los abogados
deberían trabajar por “la situación”, la pregunta no resulta más sencilla. (Esta es una discusión tradicional en la
literatura sobre responsabilidad profesional, y aunque requiere de mucha más expansión y clarificación en
Latinoamérica, no la trataré aquí).
La traducción del interés privado al interés público es complicada y es importante que en
esta traducción no se pierda aquello que el cliente vino a buscar. Lo que se pierde, porque siempre
se pierde algo, debe ser algo que el cliente acepta perder o sabe que va a perder. Aquí se encuentran
una cantidad de obligaciones relacionadas con el derecho de información del cliente, su derecho al
prestar consentimiento, su derecho a mantener la confidencialidad sobre ciertos hechos aun cuando
esos hechos sean importantes para el caso, el consentimiento sobre los límites que el abogado se
impone en la estrategia de defensa de ese interés, etc. Esa pérdida de información o de intereses que
resulta de la traducción del interés privado al interés público necesaria para la tarea del abogado,
tiene que ser una traducción que el cliente conozca, entienda y acepte.
Desde ya que lo anterior deja atrás cualquier forma de fraude al cliente: fraude desde el
cuestiones más obvias tratadas tradicionalmente en los códigos de ética profesional (o en los
penales) tales como la prohibición de quitarle el dinero, engañarlo con los honorarios, mentirle, o no
trabajar en su favor.
que consiste el derecho debe estar abierto a todos, bajo las mismas condiciones de calidad y
accesibilidad, y por lo tanto el servicio de los abogados debe ser prestado en esas condiciones.
aplicación del derecho. En efecto, cuando un buen abogado se enfrenta a un mal abogado podría
suceder que la desigualdad en la calidad restrinja los argumentos disponibles para el juez y permita
que se introduzcan en la deliberación falacias que pasan como argumentos válidos, hechos no
adecuadamente probados o resoluciones inadecuadas de las tensiones inherentes a la democracia
constitucional.27 Entonces, tener un mal o un buen abogado es fundamental no sólo para el cliente,
sino también para los intereses del derecho en la medida en que de no existir esta relativa igualdad
calidad del estado de derecho. En este sentido, las diferencias cualitativas entre los abogados no
deben ser demasiado amplias y los clientes deberían poder saber cuándo un abogado es mejor que
otro.
Con respecto a esta última cuestión, existen instituciones que están obligadas a crear ciertos
bienes públicos que disminuyan el costo de acceder a esta información. Una de estas instituciones
es la facultad de derecho, de las que se espera que el título de abogado diga algo respecto de la
calidad de los abogados que gradúa y, en el caso de la Argentina, permite, en ese acto, acceder al
mercado28. Esta es una primera razón para controlar la calidad de la enseñanza de derecho que se
brinda y sobre todo es relevante a los fines de definir los conocimientos y destrezas mínimas que se
esperan de una persona que haya completado la facultad de derecho. Los clientes no deberían
realizar averiguaciones sobre qué título es mejor que otro, sino que los títulos deberían tener un
En este sentido, entonces, debería haber una exigencia de calidad relativamente igual de
todos los abogados que el sistema deja salir al mercado, permitiéndoles defender los intereses de las
personas. Por supuesto que esta obligación no sólo reside en las facultades de derecho sino también
que se la entienda como una garantía de igualdad en el servicio de justicia. Pero también es una
obligación de los colegios de abogados (dado que el Estado delega en ellos el control de la
profesión) mantener cierta igualdad en la calidad del servicio que prestan sus matriculados.
27
Wertheimer, Alan, The Equalization of Legal Resources, Philosophy and Public Affairs, Vol 17, No. 4. (Autumn,
1988), pp. 303-322.
28
Dado que el título académico permite el ejercicio inmediato de la profesión sin ningún otro requisito.
ii. Igualdad en el acceso.
defender los intereses particulares con relativamente igual idoneidad retórica y con los mejores
quienes los requieren no puede estar relacionada con el dinero que tengan sus clientes, ni con su
particular situación geográfica, ni con su capacidades para acceder a los edificios públicos, o para
entender el lenguaje oral o escrito del derecho, ni con su género, raza o situación social, para
nombrar sólo algunas de las barreras que dificultan el acceso a la justicia. Desde el punto de vista de
puede ser el criterio distribuidor del servicio de justicia. El sólo hecho de tener más dinero o de
vivir en determinado lugar no debería asegurar una defensa mejor (o una defensa, sin más), ya que
esta circunstancia estaría evidenciando el incumplimiento de las razones por las cuales se les
entregó el monopolio a los abogados. El monopolio no se entrega a los abogados para que se hagan
No es este el lugar para ofrecer propuestas para la extensión igualitaria del acceso a la
justicia. Sin embargo es importante volver a insistir en que esta obligación es parte de la oferta
primariamente en cabeza del Estado, sin importar las formas en las que éste la estructura. Esta
obligación puede honrarse utilizando los recursos que genera el mercado a través de la profesión
liberal, el mismo Estado a través de los tribunales, las fiscalías y la defensoría pública, las
facultades de derecho a través de las clínicas jurídicas y la sociedad civil en general. Así la
existencia de una adecuada política pública respecto del acceso igualitario a la deliberación sobre la
forma de aplicar el derecho es una obligación fundamental del Estado y forma parte de las
cuestiones que muestran en qué medida cumple con los requisitos para justificar su existencia.
c. El monopolio debe ejercerse de acuerdo con la obligación de consolidar del estado de
derecho.
Los abogados no deben tomar decisiones que destruyan la herramienta que la democracia les
entrega para que realicen su actividad. En este trabajo hemos definido al interés público en el
ámbito de la justicia como el balance de las tres obligaciones de los jueces (el respeto por las
que ella debe orientarse a facilitarlas. Esta práctica colectiva de los profesionales del derecho es lo
que muchas veces se identifica con el estado de derecho en el ámbito judicial. En este sentido es
que afirmamos que el monopolio de los abogados se justifica también cuando es ejercido de forma
Es decir, los abogados deben restringirse y evitar quebrar esa práctica institucional compleja
aun cuando al hacerlo tengan la oportunidad de ganar su caso. En los términos que venimos
desarrollando, una abogada está incumpliendo con esta obligación cuando no asume cabalmente su
rol de traductora de intereses privados en interés público, sino que, en el afán de defender el interés
que la imposición de dicho estándar demanda. Aún subsisten una buena cantidad de cuestiones que
podrían caracterizarse como la obligación de ejercer la profesión de abogado de acuerdo con una
concepción robusta del rule of law. Tomada en serio, esta obligación impone una pesada carga
sobre quienes procuran realizar reformas para la consolidación del estado de derecho, debido a la
amplitud de hábitos y reglas que se contradicen con este estándar pero que se dan por sentadas
que los jueces y los abogados comparten actividades de corrupción en Latinoamérica, siendo la más
prominente los sobornos tendientes a modificar el resultado de un caso, a asegurar que el papeleo se
realice más rápido, a que el funcionario preferido trate el proceso de quiebra, o a que el caso aterrice
en el escritorio del juez adecuado. Si los abogados permiten que su cliente gane el caso
corrompiendo al juez, el interés particular arrasa con las obligaciones del juez respecto del estado
de derecho.
privados impidiendo la deliberación pública de argumentos jurídicos. Estos casos, en los cuales se
utiliza cierta posición del abogado y del juez para que el interés del cliente particular prevalezca
sobre el interés público se dan, por ejemplo, cuando el abogado es profesor o jurado del juez en el
facultad de derecho o es el decano de la facultad de derecho donde el juez es titular y depende del
Más allá de los evidentes conflictos de interés que estas posiciones privilegiadas pueden
falta de una academia jurídica independiente que esté a cargo de ejercer una crítica externa, tanto
del juez como del abogado también genera la posibilidad de usar a la academia para ganar casos en
los tribunales, lo que podría denominarse “lobby académico”. En este caso el conflicto de interés no
sólo es utilizado para defender intereses privados sin apelar a argumentos públicos, sino que además
destruye el necesario rol a la vez crítico y constructivo de una academia jurídica que proponga más
argumentos y mejores descripciones empíricas para acelerar el desarrollo del estado de derecho.
Todas estas situaciones muestran cómo los conflictos de interés ponen en peligro esta
obligación de la traducción del interés privado al interés público. Cuando no existe esa posibilidad,
lo que sucede es que el interés privado rompe la práctica social en la que consiste el derecho.
Por otra parte, si los tribunales han de convertirse en un espacio de deliberación pública en
el que ganan los mejores argumentos, entonces deberían excluirse de este ámbito y de sus
exposición de argumentos a favor de una de las partes ante una persona con capacidad de decisión
dentro del proceso, sin contar con la presencia de la abogada de la otra parte, es una evidente
violación del derecho de defensa, y del ideal según el cual los argumentos que se presentan en los
Finalmente, pero no por ello menos importante, subsiste entre nosotros una cierta actitud
afirma que cualquier interpretación de las normas que satisfaga los intereses del cliente debe ser
introducida en el proceso. Sin embargo, al igual que lo que sucede con el juez, se espera que el
abogado colabore en la construcción del lenguaje del derecho. En este sentido, el abogado tiene que
pagar, por un lado, sus obligaciones respecto del pasado, es decir que debe asegurarse de que las
expectativas de la gente acerca de lo que el derecho requiere no sean traicionadas por el permanente
cambio en la interpretación de la ley y, por otra, tiene que honrar sus obligaciones respecto del
futuro, asegurándose de que el derecho mejore respecto de la deferencia que le debe a la voluntad
del pueblo, del respeto de los derechos, y del mejoramiento de la práctica jurídica.
de los derechos de las personas en que se sustenta, debe mantener una incondicional fidelidad a la
La propuesta aquí ha consistido en argumentar, a partir del pensamiento de Carlos Nino, que
sólo en la medida en que la profesión del derecho cumpla con estas tres obligaciones (la de defender
el interés del cliente, la de permitir el acceso igualitario de todos a la deliberación jurisdiccional y la
de no defender el interés privado a costa del interés público) la tarea que la democracia
I want to thank you, the graduating class, for inviting me to speak today.
And to congratulate you and your families on the achievement this day represents.
This is the first time I have been asked to give a graduation speech, and I feel
some trepidation at the beginning of my new career.
The subject I have chosen is an aspect of a larger topic: The Responsibility of
Lawyers for the Justice of their Causes, surely one of the most boring ever
invented to fill the time before you finally have your diploma in hand. But first,
how about a brief, sentimental, even silly moment of celebration before the
serious business. Look around you for a friendly fellow student or a family
member. Indulge yourselves: smile, or frown, or make a face, or ignore that
person completely. For some of you, an ordeal is over. For almost all of you, I
suspect, there have been moments of feeling wounded or lost, frightened or
humiliated, in jeopardy. Well folks, you've crossed over the line: you are the
alumni.
You are also crossing over the line into the life of the profession. That is
something you can look forward to. It’s not that you can be proud just to be a
lawyer. After all, there are good lawyers and bad ones. But you can be proud of
the powers you have acquired through the study of law, and proud of that tradition
within the law in which lawyers use their powers to help others for the common
good. This is an exacting tradition. Many lawyers aspire to it. Some achieve it. I
hope you will be of that number.
And now to my business. I want to do something very lawyerlike: to make
an argument in favor of a position, of an attitude you might adopt, and I think
ought to adopt, toward your practice of law in the years ahead.
_________________________________________________________________
* Professor, Harvard Law School. In slightly different form, this essay was presented as the
Commencement Address, Washington College of Law, American University, May 18. 1986.
1157
1158 TEXAS TECH LAW REVIEW [Vol. 18:1157
Begin with a vacuous piety: Try your best, oh graduating students of the
Washington College of Law, to avoid doing harm with your lawyer skills.
If I asked each of you to swear an oath to try to avoid doing harm with your
lawyer skills, I bet most of you would say, "Why object? All right, boss, you're
the graduation speaker, sounds harmless, even obvious, to me, I hereby pledge
myself to avoid doing harm with my lawyer skills."
But I think this vacuous piety has some controversial bite. It would get many
lawyers into trouble. To make the pledge controversial, let me put aside two of its
easy meanings. When you represent a client, you should do your best for her, or
him. That means: avoid malpractice, and who can quarrel with that. Then there's
another, slightly more touchy point. I think we would all agree that a lawyer
doesn't in most situations have to take on a client. If you think the client is trying
to do something terrible, and wants to use your lawyer skills to do harm, you don't
have to take the case, unless a court appoints you to take it.
Your right-to-turn-down-a-case goes beyond just not having to do something
to help a person with evil intentions. You might not take the case because you
didn't want to contribute or even be associated in any way with a client you
thought was bad. Your cases are yours to choose on any basis you want.
I know this is a little controversial because of the reaction from the
establishment bar and editorial writers when students around the country began a
boycott of hiring interviews with firms that represent the South African
government. A lot of lawyers thought it was outrageous for students to try to
influence law firms, or to interfere with the ability of the South African
government to get counsel, by threatening not to go to work for those firms.
I want to go a step further than those students. While it's true no one should
blame you for refusing to represent a client whose activity you disapprove of,
that's not enough. You should feel guilty, and we should disapprove of you, if you
go ahead and argue a cause you think will do more harm than good. You shouldn't
take the case if you think it would be better for society, or more moral, for the
client to lose. You shouldn't take the case if you think the client shouldn't be in
court in the first place, for example, because the client should morally have made
recompense even though he has a technically good legal defense. You shouldn't
take the case if your client is enforcing his legal rights, but is using his legal rights
in a bad cause.
This is the tough meaning of the vacuous piety that you should
1987] RESPONSIBILITY OF LAWYERS 1159
avoid doing harm with your lawyer skills. Most lawyers don't agree with it at all.
They believe that you are not tarred morally by your clients' underlying
intentions, or character, or by the outcome, as long as you don't participate in law
breaking yourself. Maybe they make an exception and condemn Mafia lawyers,
even when they aren't involved directly in criminal activity. But that's about it. I
think you are tarred with bad actions of clients that you facilitate in your work as
a lawyer.
To the extent this is right, it is wrong to represent an abortion clinic that's
trying to lease a new building to expand its operations, if you are pro-life. And it's
wrong to represent a landlord who has been intimidated into trying to evict an
abortion clinic if you are pro-choice. It's wrong to work against unionization if
you believe everyone should have a labor union; and wrong to work for union
rights to picket a shopping center if you think unions are generally evil. It's wrong
to lobby for the postponement of environmental controls if you think they should
be imposed right now; and wrong to do antitrust work against a corporate merger,
if you believe mergers are good for the economy.
My position is extreme, and it will certainly apply to you at some point in
your lives as lawyers. I suppose that's what graduation speeches are at least
sometimes for. I'm saying you should turn down the client even though she isn't
trying to get you to do anything illegal, and even though she isn't doing anything
illegal herself. She just wants you to argue that the abortion clinic has violated its
lease, which you don't believe is the case, or that the merger violates the antitrust
laws. I'm saying that if you think the outcome of winning-for-your-client would be
on balance a bad thing, socially unfortunate, you should decline to participate, in
spite of the fact that the client will pay, and that you wouldn't be doing anything
that came close to violating the canons of professional ethics. You'd be in the
clear as far as "unethical conduct" is concerned, as it's defined by your profession.
But I'm suggesting that you'd be morally in the wrong anyway.
There are lots and lots of objections to what I've just said. I'm going to try to
shoot down about twenty of them in rapid succession. First, what about the
Porsche? I don't mean mine (I don't have one); I mean the one you might
imagine in your future. The short answer is that there's plenty of money
to be made out there, for most lawyers most of the time, without becoming a hired
gun—that's what we're talking about, the lawyer as a gun for hire regardless of the
morals of the client. At least at present, there are tons of morally
1160 TEXAS TECH LAW REVIEW [Vol. 18:1157
likely that bad outcomes, bad new inventions of your own, will prevail. You bear
responsibility when your unique way of molding the law, your work product, wins
out to the detriment of the community, even if it was not you, but a judge or
administrator who "pulled the trigger," so to speak, by actually deciding the case,
and even if someone else would have done it if you didn't.
But what would happen to the right to counsel if lawyers were always
second-guessing the justice of their clients' causes? And what about Our
Adversary System? Isn't it based on the lawyers going all out for their clients, and
letting truth emerge through conflict? It's up to the jury or the judge to decide on
the justice of the case; it's up to the lawyer to present the best possible case for her
side, whichever it may be.
These are serious objections, and I'm willing to make some concessions to
recognize some counterprinciples to the one I'm arguing for. After all, even on
this day of days there are no absolutes.
First, I am not saying that you should represent bad clients halfheartedly or
incompetently. I'm talking about the choice of clients. Once you sign on, it seems
to me you are somewhat stuck with being an adversary within the adversary
system, unless something unexpected happens that means you have to withdraw.
This can pose a lot of delicate problems, if you are really trying not to use your
lawyer skills in ways that harm people. But that's not my issue.
Second, people, including your potential clients, have a right to counsel, in
the sense that the state will provide one if they can't afford one, only in a few
situations—in some aspects of the criminal justice system, and in some, though by
no means all, family law situations. The only other sense in which they have a
right to counsel is that the state will not forbid them to have a lawyer if they can
find one they can afford. The right to counsel does not mean that clients whose
causes hurt the body politic have a right to your counsel just because they have
the money to pay for it.
I think it's morally fine to be a public defender or a legal services lawyer, in
spite of the fact that you will sometimes find yourself representing guilty or
immoral people. In those cases, there has been a social decision that people
should have lawyers even if they can't afford them. I'd go further, and say that if a
prospective client can't get a lawyer unless you represent them, and if they are
likely to be treated unfairly by the system if they don't have a lawyer, then you
ought to take the case to prevent the injustice of their being unrepresented.
1162 TEXAS TECH LAW REVIEW [Vol. 18:1157
But what I'm talking about is this: ought you, or ought you not to do the
paperwork for a real estate developer who is acting legally and completely within
his rights in buying up 100 low income apartments housing 400 poor people and
converting them to 40 condominiums housing 80 yuppies, when the poor people
will have to move into smaller apartments for higher rents and increase the starch
content of their children's diets? I say you ought not to do it, and the right to
counsel is irrelevant. Let some other lawyer do it, or let the developer do it
himself, in the unlikely event that no one else can be bought.
I think the real objection to my proposal is that it contradicts our sense that
it's okay to distribute legal services among people according to how much money
they can pay. Lawyers want to feel that because society has left the decision about
who gets a lawyer, and what lawyer (an incompetent or the best money can buy)
to the market, then it's all right for them to forget about it, while selling their own
services for what they will command, regardless of the morality of the legal
activity.
If you—if most lawyers—took the choice of clients seriously according to
the vacuous piety that you should avoid doing harm with your lawyer skills, it
seems likely that some clients would have to pay more for less legal service, and
other people would get more service for less money. Your moral intuitions would
influence the distribution of legal talent, through the market, along with the
buying power of clients. Would that be better or worse than the current situation?
I think it would be better. At present, the distribution of legal services is a
disgrace: rich people get vastly more than they need or deserve; middle income
people can't afford a lawyer in numerous situations in which they are ripped off
for relatively small amounts of money, or discriminated against on sexual or
racial grounds, or seriously injured. Poor people have virtually no access to legal
services, given the abysmal underfunding of the Legal Services Corporation. If
lawyers felt morally responsible for their individual contribution to this allocation
of legal services, it seems likely to me that they would improve it, though perhaps
only marginally. This would hurt, probably, some current excess consumers of
lawyer time.
If you applied your moral judgment to the choice of clients
not just occasionally but in every case, you might often choose in ways
that I disagreed with. Though I think the overall pattern of
choices would probably be better than that which emerges from a market
1987] RESPONSIBILITY OF LAWYERS 1163
where human suffering counts for nothing and dollars for everything, I am in
favor of taking client morality into account for its own sake. My proposal is left-
wing only in the very general sense of being for liberation and responsibility, even
if the consequences may sometimes be conservative.
That's my sermon folks. Now file it away in the great video library of
memory. Maybe one day when the senior partner plunks the papers down on your
desk, you'll hear that vacuous piety whispering in your ear: Try not to use your
lawyer skills in ways that do harm.
Thank you.
A quién sirve el derecho? La ética profesional del abogado en una
sociedad desigual1
Roberto Gargarella
Introducción
En ocasiones (pero sólo en muy contadas ocasiones), puede ser valioso que un abogado
defienda a alguien a sabiendas de que ha cometido una ofensa grave. Ello, con el objeto
de servir a algún principio moral o jurídico superior. La American Civil Liberties Union
Association (ACLU) - una de las mejores y más potentes organizaciones no
gubernamentales de los Estados Unidos, orientada a la defensa de los derechos civiles-
se distingue justamente por seleccionar sus casos con dicho criterio: ellos prestan
atención a la importancia del principio a defender, antes que a las calidades morales de
la persona u organización a ser defendida. Un ejemplo excelente al respecto aparece en
el caso Brandenburg v. Ohio,2 en donde el defendido resultó ser un integrante de la
organización racista Ku Klux Klan: lo que se quiso obtener con su defensa, en dicha
ocasión, fue una expansión en los límites de la libertad de expresión, y para ello se
escogió un caso que, previsiblemente, iba a tener una enorme repercusión mediática, lo
cual fortaleció el rotundo éxito obtenido luego en los tribunales. A pesar del atractivo de
este tipo de ejemplos, en lo que sigue me interesará defender una regla contraria a la que
estos ejemplos excepcionales sugieren. Exploraré, por tanto, las razones que tenemos
muchos abogados para rechazar la defensa de ciertos casos.
i) En primer lugar, no estoy proponiendo aquí, de ningún modo, una sanción penal, y ni
siquiera una sanción profesional (desde el Colegio de Abogados, por caso) para quienes
no son sensibles, en sus elecciones profesionales, a las consideraciones distributivas que
discursivamente valoran. Señalo, en principio, la existencia de un problema moral al
respecto.
ii) En segundo lugar, enfoco mi planteo sobre algunos pocos casos, relacionados con (lo
que, a falta de términos más precisos, denomino por el momento) la defensa de los
individuos más poderosos de nuestra comunidad. Para dotar de alguna precisión mayor
a mi caso de estudio, voy a referirme en particular a algunos casos dentro de los
mencionados, a los que llamaré “casos paradigmáticos.” Estaré pensando, entonces, en
algunos casos especiales, salientes, que se dan en países como el nuestro: casos
paradigmáticos de la corrupción en el gobierno; del enriquecimiento ilícito; de la
violación masiva de derechos producida desde el poder, por ejemplo.
iii) En tercer lugar, no sostengo que aquellos que se han beneficiado de un ejercicio
indebido del poder deban enfrentarse al derecho sin alguien que los defienda. Por el
contrario, presumo que abundan, y no que escasean, los abogados que quieren defender
a los más poderosos. Por lo demás, asumo que nuestro derecho ha previsto ya una
solución para la situación extrema (que aquí normalmente no se da), en la que el
acusado en cuestión no consigue quien lo defienda. Afortunadamente, contamos con un
sistema de defensa oficial, que le asegura un respaldo jurídico al desvalido.
iv) En cuarto lugar, insisto en que no estoy diciendo que “nadie” (que ningún abogado)
debe salir en defensa de los más poderosos, sino algo más restringido, esto es, que
aquellos que están en desacuerdo con las injusticias sociales arriba descriptas, y con que
el derecho esté sistemáticamente al servicio de los poderosos, tienen razones especiales
para escoger a sus clientes de un modo sensible a –y no contradictorio con- tales
preocupaciones. Muchos colegas, por caso, escriben, enseñan y predican un derecho
3
Kennedy, D. (1986) “The Responsibility of Lawyers for the Justice of their Cases,” Commencement
Address, American University.
más igualitario, pero ejercer la profesión de modos que contradicen abiertamente dicho
discurso, orientándose una y otra vez a servir a la impunidad de los más poderosos.
(Resulta notable, por caso, que muchos de quienes defienden a los más poderosos sean
abogados/académicos con retórica igualitaria, que denuncian con duros términos la
misma “selectividad” del derecho penal que luego, con sus acciones, contribuyen a
reforzar).
v) Finalmente, me interesa dejar en claro que no presupongo, siquiera, que los que han
abusado del poder deban “terminar entre rejas,” sino que ellos merecen un reproche
social y legal, y que el derecho debe trabajar en esa dirección, que es contraria a aquella
hacia la que hoy el derecho aparece orientado, cuando abandona la defensa prioritaria de
los más desvalidos.
Argumentos en dificultades
Según entiendo, una larga mayoría de colegas sostienen una posición opuesta a la que
aquí voy a mantener. Para ellos, el derecho debe ofrecer sus servicios a todos,
incluyendo obviamente a los sectores más poderosos de la sociedad, y resulta
simplemente un despropósito pensar lo contrario. A ellos les recordaría las salvedades
que examinara en el párrafo anterior (consideraciones i-v) y luego –si es que todavía,
como imagino, insistieran con su postura- les preguntaría por las razones con que
apoyan la posición que defienden. Frente a tales críticos, enumeraré, a continuación,
algunos de los principales argumentos con los que me he encontrado –y que contradicen
a la postura que sostengo- para mostrar luego las dificultades que me generan dichos
planteos, y que me llevan a considerarlos como implausibles.
“Todos tienen derecho a ser defendidos.” La primera y obvia respuesta a la postura que
aquí sugiero se basa en el latiguillo según el cual “todos tienen derecho a defensa.” Una
mayoría de colegas, simplemente, detienen aquí su argumentación, convencidos de que
no hay nada más que decir luego de enunciada dicha sentencia. Esta respuesta, sin
embargo, resulta absolutamente inatractiva dentro del contexto de esta discusión,
particularmente cuando reconocemos que en todos los casos todos los acusados van a
seguir contando con su derecho a la defensa intacto. Más aún, en el mundo real en el
que vivimos, sobran y van a seguir sobrando los abogados dispuestos a defender a
aquellos que tienen buen dinero para pagar sus servicios. Por lo tanto, nadie va a perder
su derecho a la defensa, por el hecho de que no sea uno –alguno de nosotros- quien la
asuma.
“Si no lo hiciera yo, lo haría otro.” Esta respuesta también resulta implausible, dentro
del contexto de este escrito. El hecho de que “algún abogado” vaya a terminar
defendiendo al acusado X, no dice nada acerca de que sea “uno” quien deba asumir esa
polémica defensa (ésa era la respuesta que podían dar, en todo caso, los
colaboracionistas en Alemania, y la que una enorme mayoría de nosotros rechazaría
dar).4 Dado lo inatractivo de la respuesta sugerida en este parágrafo, la pregunta que
orienta a este trabajo todavía se mantiene intacta: por qué es que uno (un crítico de la
existencia de un derecho al servicio de la impunidad) debería estar dispuesto a asumir
ese rol, o esa defensa, y –en todo caso- cuál podría ser su justificación para hacerlo,
dadas las propias convicciones personales?
4
Problematizando esta comparación, ver M. Bayles, “A Problem of Clean Hands,” Social Theory and
Practice, vol. 5, n. 2 (1979): 165-181.
“No hay que identificar al abogado con su defendido.” Para algunos, una de las grandes
victorias del derecho penal moderno es la de haber separado al defensor del defendido:
quien defiende a un (acusado de) narcotraficante no puede ser acusado de tal delito él
también; ni quien defiende al corrupto merece ser considerado –a partir de dicha
actitud- corrupto él también.5 Esta respuesta, también común en nuestro medio, tiene
algún interés pero yerra el blanco, ya que aquí no se señala al abogado de corruptos
como corrupto, sino que se llama la atención sobre su labor, justamente, por la tarea que
libremente asume. Esto es, aquí no se pretende identificar al abogado con su defendido
(como si ambos fueran la misma persona, o como si ambos hubieran cometido la misma
falta), sino que se lo individualiza por la opción que toma, y se lo evalúa a partir de
dicha elección.
“Mi tarea como abogado es meramente técnica.” Para quienes sostienen que la función
del abogado es meramente técnica, aquí insistiría con la idea de que, contrariamente a lo
que dicha frase sugiere, la tarea en cuestión no es en absoluto neutral. El derecho se
moldea de muchas maneras (a partir de las decisiones que toman los legisladores, las
sentencias que elaboran los jueces), pero también con el trabajo que escogen hacer los
abogados, el modo en que lo llevan a cabo, y los resultados que obtienen. Por ello
mismo, y como diría Duncan Kennedy, el abogado no debe convertirse, meramente, en
un arma que está al servicio de quien la toma para disparar. (El abogado no debe pasar a
ser, como algunos han señalado, “en el mejor de los casos, un ser sistemáticamente
amoral, y en los peores casos una persona inmoral en su relación con el resto de la
humanidad”).6 El abogado que asume compromisos igualitarios debe dirigir sus
esfuerzos a reparar, antes que a consolidar, reproducir o expandir, las injusticias sociales
que existen en la sociedad en la que vive.
“Presupongo que mi cliente es inocente.” Otra respuesta habitual cuando se trata sobre
estos temas –una respuesta que más parece ser una excusa- es aquella que dice que no
hay ningún problema con que un abogado defienda a un (supuesto) corrupto porque
hasta que esa acusación no sea comprobada en un juicio, la misma no puede ser tomada
como verdadera. Según entiendo, con una respuesta como la que aquí se examina sólo
se coloca al problema un escalón más arriba de donde estaba: como presuponemos que
todos los acusados son potencialmente inocentes, entonces tenemos que escoger a
quiénes, de entre todos estos individuos que (en principio) asumimos como inocentes,
vamos a defender. Por otra parte, sabemos de antemano que va a haber muchos
individuos que van a ser (gravemente) condenados, siendo inocentes; y muchos otros
que van a seguir impunes, siendo culpables. Más todavía, sabemos que la primera
categoría (inocentes condenados) incluye a una mayoría de sujetos desaventajados;
mientras que la segunda (culpables impunes) incluye a numerosos sujetos muy
poderosos. El abogado –y, sobre todo, el buen abogado- debe elegir entonces, de
antemano, qué anomalía quiere contribuir a reparar. El (buen) abogado debe preguntarse
si, en balance, prefiere que haya menos desaventajados condenados (o condenados
gravemente) por lo que no han hecho (o por faltas relativamente menores); o si en
cambio quiere seguir favoreciendo la impunidad de los poderosos, y la extendida idea
conforme a la cual “el crimen de cuello blanco no paga.”
5
Agradezco a Alberto Binder su insistencia sobre este punto.
6
Richard Wasserstrom, “Lawyers as Professionals: Some Moral Issues,” Human Rights Quarterly, vol. 5,
n. 1 (1975): 105-128.
“Es lo que determina el mercado.” Esta idea parte del truísmo conforme al cual el
sistema que “elegimos” para la distribución de abogados y casos no depende de una
asignación estatal, ni de un sistema de lotería, sino del mercado. Es “natural” entonces –
se concluye- que el mejor abogado elija defender a quien más le paga. Esta respuesta no
es apropiada para el tipo de planteo que queremos hacer aquí, dado que el mismo está
dirigido hacia el abogado que sabe de la existencia de injusticias como las descriptas, y
considera que las mismas son inaceptables. Para dicho abogado, la respuesta “de
mercado” no está disponible: él o ella deben hacer lo posible para no seguir
favoreciendo las injusticias existentes y, por lo que sabemos, en situaciones de
desigualdad, el mercado tiende a reproducir y expandir las desigualdades ya existentes,
antes que a eliminarlas. Si condenamos tales desigualdades y queremos contribuir a
resolverlas, entonces, no podemos descansar en los mecanismos de mercado, sino que
debemos reaccionar frente a ellos (finalmente, por lo demás, no es el “mercado” el que
determina que yo defienda a tal cliente, sino que es uno quien lo elige, a partir de las
condiciones que favorece el mercado).
“Yo también tengo que vivir.” Siempre, pero sobre todo en países en donde la economía
es más inestable, y/o los riesgos de “caer en el vacío” de la ruina económica son
mayores, una persona puede sostener de modo legítimo, y simplemente: “(más allá de
mis compromisos ideológicos) yo también necesito vivir” (o “alimentar a mi familia,”
etc., etc.). Frente a dicho reclamo, debemos aclarar que, por cierto, no estamos en
condiciones de pedirle a nadie que dedique su vida a realizar sacrificios que son más
propios de santos o mártires, en pos de ideales atractivos. Sin embargo, frente a la
objeción del caso, correspondería decir al menos lo siguiente. Por un lado, dicha
respuesta resulta poco atractiva cuando resulta expuesta por los abogados más notables
y/o más hábiles, en los que aquí pensamos. Ellos no suelen ser, justamente, los que
enfrentan dificultades para encontrar clientes dispuestos a pagarles adecuadamente por
sus servicios. Es decir, el “problema” que aquí se advierte, en todo caso, no es el del
abogado que por sus opciones morales cae en el desempleo, la inanición o la pobreza, o
aquél que –dadas sus convicciones- va a ser incapaz de asegurar una vida medianamente
digna a su familia. Lo que puede estar en juego es otra cosa, como el hecho de que el
abogado en cuestión, en razón de sus convicciones (que lo llevan a rechazar ciertos
casos) no llegue a ser tan rico como podría haberlo sido si no hubiera sostenido
consistentemente sus compromisos morales.
“Y esto dónde termina?”. Otra dificultad que enfrentan quienes sostienen posturas
como la que aquí se mantiene proviene del famoso argumento de la pendiente
resbaladiza. Se nos pregunta entonces: “adónde es que vamos a terminar, si es que así
empezamos?”. Quien presenta esta objeción puede seguir diciéndonos “es que mañana
se me dirá que no defendamos a los violadores; y pasado a los maridos golpeadores; y
luego a los drogadictos y a las madres solteras; y así sucesivamente” Este planteo parece
inatractivo por muchas razones, y por suerte ya hemos contestado a algunas de sus
variables más habituales. Repito, en todo caso, que aquí no estamos pidiendo sanciones
legales para ningún abogado; ni presuponemos situaciones en donde algunos acusados
no encuentren a nadie que los defienda. Por lo demás, agregaría que, como suele ocurrir,
el argumento de la pendiente resbaladiza se termina con un poco de buena resina. Aquí
estamos pensando en la situación de algunos sujetos especialmente poderosos, y dicha
categoría no admite muchos de los deslizamientos que el argumento de la pendiente
resbaladiza quiere sugerir como autorizados (en principio, en esta categoría no entran
una mayoría de drogadictos, ni de madres solteras o violadores, sujetos cuya defensa
puede plantear –o no- otros problemas, pero no los problemas que son objeto de este
trabajo).
“Defiendo las garantías penales del acusado”. Algunos abogados sostienen la posición
que aquí se critica afirmando que a ellos “sólo les preocupa defender las garantías del
acusado.” Estos abogados pueden apoyar su postura diciéndonos algo como la
siguiente: lo que ocurre en un proceso penal es mucho más delicado de lo que ocurre en
el proceso civil, ya que en el ámbito penal (que es el que aquí más nos interesa), los
acusados enfrentan una situación tremendamente desigual, al tener que enfrentar no el
reclamo de otro particular, sino a la poderosa maquinaria del Estado, con todo su poder
coercitivo. De allí que –concluyen- resulte especialmente importante dedicar tanta
energía intelectual a resguardar las garantías de quienes son acusados en un proceso
penal. A pesar de las apariencias -respondería- esta postura también representa una
posición débil, especialmente cuando uno advierte lo que dichos abogados cobran por
defender las garantías que dicen estar interesados en defender. Afirmaciones como las
citadas, entonces, parecen una mera racionalización de lo que en verdad ocurre, ya que
si el abogado en cuestión se interesara “sólo” o fundamentalmente por la defensa de las
garantías del acusado, entonces podría prestar sus servicios de modo gratuito o de modo
muy económico, algo que por supuesto no ocurre. El problema, de todas formas,
subsiste con independencia de la cuestión (más o menos anecdótica) acerca de lo que
cobran o no los abogados del caso. La objeción que presentamos subsiste porque el
abogado cuestionado podría cumplir con su objetivo garantista haciendo lo que no hace,
es decir, defendiendo prioritariamente a cualquiera de los cientos de miles de personas
perseguidas de modo injusto en el país, y cuyas garantías son violadas cotidianamente,
de los modos más extremos e invisibles.7 Lo que aquí se pide, por tanto, es que el
abogado en cuestión justifique por qué es que opta por no defender a éstos sino a
aquellos.
“Quien deja el gobierno puede convertirse en un perseguido político.” Una variante del
argumento anterior –una variante que especifica el caso recién presentado y lo
circunscribe a la situación de los políticos que dejan el poder- podría decir lo siguiente.
En países como el nuestro, en donde la política puede desgastar gravemente a quienes
gobiernan, y en donde la justicia aún no goza de niveles de independencia suficientes,
aparece un riesgo especial cuando un gobernante abandona su cargo –un riesgo que se
vincula con formas de la venganza política. En dichas situaciones, puede ocurrir que el
nuevo gobierno aproveche la debilidad del vencido, y los deseos de parte del poder
judicial de congraciarse con el nuevo poder de turno, para cargar contra sus opositores
de modo impiadoso y así ganar en popularidad y autoridad. Un buen abogado, en tales
casos, haría bien en salir en defensa de quien ha pasado a ser, ahora, un perseguido
político.10 El argumento del caso resulta interesante y ofrece, en efecto, algunas buenas
razones para defender al ex gobernante que, tal vez, se haya enriquecido indebidamente.
Sin embargo, presentaría algunas reservas frente al mismo. En primer lugar, la práctica
política de nuestro país tiende a desmentir, antes que a apoyar, dicho reclamo. Es cierto
que han existido intentos aislados por parte de gobiernos recién llegados al poder,
orientados a perseguir a algún funcionario de primer nivel del gobierno saliente. Sin
embargo, tales intentos han sido extremadamente reducidos, en cuanto a su número, y
han fracasado, en su propósitos declarados (“llevar al corrupto tras las rejas”) en la casi
totalidad de los casos. Este resultado se debe, aventuro, a dos razones. Por un lado, la
red de contactos de los funcionarios salientes suele persistir más allá de la hipotética
enemistad que separe a gobernantes “entrantes” de los “salientes”: dicha red suele
permitir, entonces, que por debajo del embate político que alguno pueda recibir,
eventualmente, persistan fuertes mallas de protección (por caso, en esferas legislativas y
judiciales) capaces de amortiguar el impacto real de tal embate. En ese sentido, diría, los
funcionarios poderosos no dejan de ser poderosos luego de que abandonan el gobierno,
por más que pierdan eventualmente el poder de control directo (del presupuesto o del
aparato coercitivo) del que gozaban. En definitiva, el poder no se pierde de un día al
otro (aunque se pierda el “cetro” del poder): perder el gobierno no es lo mismo que
dejar de ser una persona poderosa. Por otro lado, los largos tiempos de la justicia hacen
10
Martín Böhmer fue quien me sugirió este argumento.
que las causas se dilaten y que los deseos hipotéticamente “vengativos” del gobernante
entrante comiencen a diluirse. En otros términos: al gobernante entrante puede
convenirle políticamente mostrar su furia contra el gobierno “corrupto” anterior, y
amenazar con un castigo ejemplar a quienes perdieron su puesto. Pero dicho discurso
oportunista y fundado en la mera conveniencia, tiende a disolverse con el paso del
tiempo, cuando ya no es tan “redituable” perseguir al opositor. Por lo tanto, lo que
tiende finalmente a ocurrir no es ni más ni menos que lo que vemos en la práctica de
nuestro país: luego de algún embate inicial contra “los corruptos” que dejaron el poder,
todo vuelve a su cauce, y las cárceles siguen pobladas de modo casi exclusivo por los
desaventajados de siempre.
“Me interesa dar un mensaje, asentar ciertos principios.” Tal vez la mejor respuesta
frente al problema bajo examen es la que dice que, justamente es en estos casos
paradigmáticos cuando los buenos abogados tienen la oportunidad de demostrar el valor
de ciertos principios. Otros casos, menos notables, menos visibles públicamente,
resultan entonces –por esa misma condición- menos aptos para afirmar el valor de
determinados derechos o garantías. Ésta fue la razón por la cual un caso como
Brandeburg v. Ohio, descripto al comienzo de este texto, pudo ser visto como un éxito:
a pesar de que los beneficiados inmediatos de la decisión judicial fueron algunos
racistas miembros del Ku Klux Klan, la victoria de largo plazo fue la de la libertad de
expresión, que desde entonces adquirió su perfil más robusto. La moraleja parece clara:
a veces, puede ser necesario defender al sujeto más desagradable, con el objeto de
servir al principio más noble. El argumento aquí examinado tiene interés, obviamente,
pero necesitamos reflexionar más detenidamente sobre el mismo. Por un lado, debemos
ser conscientes del caso y el cliente que escogemos, si lo que nos preocupa es la
afirmación de ciertas garantías, y si –a la vez- para ello nos interesa servirnos del valor
simbólico del derecho y el peso de los casos paradigmáticos. Es claro, casos como el de
quien se ha enriquecido indebidamente con el poder resultan paradigmáticos porque
representan o simbolizan, para una mayoría, situaciones de injusticia e impunidad. Es
decir, si al abogado en cuestión le interesa “utilizar” el polémico caso para “comunicar”
algo, el mismo debe medir las implicaciones de lo que hace, en lugar de desentenderse
de las consecuencias inmediatas, palmarias, del caso que tiene frente a sí. Cuando el
abogado en cuestión obtenga, hipotéticamente, la absolución del acusado, la conclusión
a la que va a arribar una mayoría de personas (de un modo no irrazonable) no va a ser
otra que la de: “una vez más, ha ganado la impunidad.” Este hecho –el significado
aparente del caso para el común de la gente- debe ser, cuanto menos, balanceado con los
beneficios de más largo alcance que se quieren obtener con la defensa del mismo. Mi
impresión es que, de modo muy habitual, nos encontramos con (abogados que trabajan
en pos de) absoluciones que implican la impunidad efectiva de los poderosos, a cambio
de una alegada defensa de principios que son irreconocibles en el caso concreto, o
principios que son más bien intrascendentes, más allá del caso en cuestión (principios
que, en todo caso, hubieran aparecido en cualquier otro caso de los que hubieran podido
ser escogidos).
Conclusiones
En nuestro país, como suele ocurrir en los países que permiten y reproducen situaciones
de profunda desigualdad económico-social, los individuos más corruptos pueden
acumular de manera ilícita sumas extraordinarias de dinero. Frente a dicha situación, los
grandes estudios jurídicos y los mejores abogados son los primeros tentados por (y los
primeros en caer en la tentación de) esas recompensas económicas mayúsculas. Quienes
nos sentimos conmovidos por la presencia de ese contexto, y particularmente quienes
leemos a nuestra Constitución desde una perspectiva igualitaria, necesitamos contribuir
a cortar los vínculos hoy existentes entre derecho y dinero12 o, más precisamente, los
vínculos que hoy atan a los mejores abogados con el dinero habido de las peores
formas. Lo que aquí se pide no implica una propuesta dirigida a que se castigue a
poderosos que son inocentes de todo cargo; ni exige dejar a nadie sin su derecho a
defensa; ni postula una sanción disciplinaria para el abogado que escoja defender a los
más aventajados; ni requiere de abogados que se conviertan en mártires. Lo que uno
invoca, en este caso, es un justificado reproche, orientado a favorecer que el derecho
salga de la situación de desprestigio en la que hoy se encuentra. Lo que se pretende,
finalmente, es ayudar a que el derecho vuelva a ir de la mano de la justicia y de la
igualdad, antes que, como hoy, detrás del poder y el dinero.
11
El desgraciado hecho de que en nuestro país la academia legal y el ejercicio de la profesión se
encuentren tan entrelazados (carecemos de una academia jurídica independiente, que pueda vivir de la
investigación, enseñanza y crítica del derecho –algo que contrasta con la situación existente al respecto en
casi todo el mundo occidental, incluyendo a Latinoamérica) torna la situación del caso todavía más grave.
Ello así, porque en dicho contexto resulta más notoria y preocupante la contradicción entre “profesión” y
“cátedra” –es decir, aquí resulta más notable la situación de los profesores que escriben y predican ciertas
ideas, a nivel académico, para luego desmentirlas, una y otra vez, en el propio ejercicio de la profesión.
12
Algunas reflexiones interesantes, al respecto, en Marc Galanter, “Large Law Firms Misery,” 55 Vand.
L. Rev. 969, 99