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Drogas y Psicoanálisis: Función y Efectos

El documento resume las perspectivas de varios psicoanalistas clásicos sobre la función de las drogas en la economía psíquica. Algunos como Freud ven a las drogas como un "quitapenas" que sirve para evitar el dolor psíquico de forma fallida. Otros como Abraham ven a las drogas como un medio para suprimir las represiones y liberar las pulsiones. En general, la mayoría concuerda en que las drogas cumplen una función instrumental ya sea para evitar el dolor o liberar pulsiones, aunque de forma siempre fallida.

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Drogas y Psicoanálisis: Función y Efectos

El documento resume las perspectivas de varios psicoanalistas clásicos sobre la función de las drogas en la economía psíquica. Algunos como Freud ven a las drogas como un "quitapenas" que sirve para evitar el dolor psíquico de forma fallida. Otros como Abraham ven a las drogas como un medio para suprimir las represiones y liberar las pulsiones. En general, la mayoría concuerda en que las drogas cumplen una función instrumental ya sea para evitar el dolor o liberar pulsiones, aunque de forma siempre fallida.

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LAS DROGAS COMO INSTRUMENTO

MARCELO GRIGORAVICIUS

A los fines del presente trabajo se reflexiona acerca de la función o el lugar

que ocupan los tóxicos, las drogas o las sustancias psicoactivas, según diferentes

denominaciones, en la economía psíquica del sujeto, realizando para ello un breve

recorrido -que no tiene pretensiones de exhaustivo- por los clásicos del

psicoanálisis y la relación de la problemática del consumo con la época actual.

Entre los trabajos de los autores clásicos del psicoanálisis, se encuentran

las ideas de Sigmund Freud quien, en las escasas oportunidades en su extensa

obra que analiza la función que cumplen las sustancias psicoactivas para la

economía psíquica, las llamó sin más “quitapenas”. Es decir le otorga a las drogas

un claro lugar instrumental: las considera una defensa tendente a la evitación del

displacer, del sufrimiento subjetivo. El estado de intoxicación se trasforma de esta

manera en una especie de barrera frente a la invasión del dolor psíquico. Por

supuesto, se trata de una defensa fallida.

La idea de las adicciones como un intento de cancelación tóxica del

padecimiento subjetivo, recorre la obra freudiana desde sus pioneros estudios

sobre la cocaína de 1887, hasta textos muy posteriores como “El Malestar en la

Cultura” (Freud, 1887, 1915, 1930); en uno de dichos pasajes señala: “El valioso

servicio que el alcohol rinde al hombre es el de transformar su estado de ánimo”

(Freud, 1905, p. 45). Es decir, transforma el dolor, aunque sea por un tiempo

determinado…
Cabe aclarar que el término dolor tiene en Freud numerosas acepciones,

pero cuando nos referimos a la cancelación del dolor mediante el tóxico, se trata

de sufrimiento mental, de dolor psíquico. Nótese que decimos “mediante” el toxico,

“a través” del tóxico, donde el lenguaje ya señala la función instrumental que le

cabe a las drogas en la economía psíquica.

Asimismo Freud plantea la adicción en analogía con la masturbación infantil

como una “protomanía”, una especie de consuelo; el adicto -dice Freud- así como

el masturbador recurre a la sustancia cada vez que se topa con alguna

imposibilidad. Aquí, el termino “protomanía” remite rápidamente a una de las

posibles salidas de la depresión, de la melancolía, es decir, el polo maníaco. Esta

misma idea es retomada años después en “Duelo y Melancolía” (1915) donde

realiza una analogía entre la manía y la intoxicación alcohólica, en donde puede

vislumbrarse de qué tipo de dolor se intenta defender el sujeto, del dolor de la

pérdida.

Otra referencia en Freud sobre la función pragmática de las drogas es la de

ser un mediador entre el sujeto y el objeto, función que suele ser ocupada por la

fantasía. Cuando la fantasía no cumple con dicha función se recurre al tóxico para

alcanzar dicho acercamiento; el tóxico viene a cumplir con la función de soldadura

que permite un acercamiento posible al objeto. Sin embargo, hay que estar

anoticiado que el encuentro nunca se produce completamente, que se trata de un

fantasma; el hecho que el consumo de drogas sea recurrente deja entrever que el

esperado encuentro es siempre fallido.

Anna Freud, dedicada al análisis de niños, sigue de alguna manera las

ideas de su padre, encuentra un paralelismo, aunque con diferencias


metapsicológicas, entre la fijación de los adultos adictos al alcohol u otras drogas y

la afición de los niños a los dulces. Resulta interesante que les otorga la misma

función instrumental a los dulces en los niños que a las drogas en los adultos: ser

un antídoto contra la frustración, la privación y los estados depresivos. Como

puede observarse, volvemos a encontrar aquí, a los tóxicos como un “consuelo”

para el malestar subjetivo (Freud, A., 1965).

Si bien Melanie Klein no trata específicamente el problema del consumo de

drogas, ella plantea en sus teorías de las posiciones a las defensas maníacas

como mecanismos tendentes a la evitación de la angustia de pérdida que

representa la ansiedad depresiva (Klein, 1940). En este contexto bien puede

pensarse desde su esquema referencial que el consumo de drogas se erige como

una defensa maníaca frente a la imposibilidad de tramitar el dolor de la ansiedad

depresiva por otros medios. En esta misma dirección, H. Sachs sostiene que el

consumo de drogas es un “consuelo ante la pérdida” cuyo objetivo es la

renegación (citado por López, 2007).

Continuando con el recorrido por la literatura clásica del psicoanálisis, nos

encontramos con otros autores de la talla de Karl Abraham, Sandor Ferenczi,

Edward Glover, quienes en líneas generales, señalan una función del tóxico casi

contrapuesta a la indicada por Freud. Según dichos autores, los tóxicos no son

utilizados a los fines de conformar una barrera o defensa contra el dolor; muy por

el contrario, plantean que el fin del consumo es barrer con las resistencias,

cancelar las barreras a la pulsión. No obstante puede observarse, que también

para ellos, aunque desde una perspectiva diferente, las drogas adquieren un

carácter pragmático, funcional.


En esta dirección podemos ver en los desarrollos abrahamianos que la

función que le supone al tóxico es la se suprimir las represiones con la

consecuente liberación de las pulsiones parciales; es decir, aparece el tóxico

como una vía que hace posible aquello que la represión impedía. Resulta un

instrumento eficaz para la liberación de lo pulsional mediante la disolución

momentánea de las represiones. De esta manera describe Abraham, pueden

liberarse tendencias homosexuales, masoquistas, sádicas y la abolición de lo que

Freud denomina diques morales (vergüenza, asco, piedad, entre otros).

Esta posición se acerca a las posturas médicas que enumeran y describen

los efectos farmacológicos del alcohol: depresor de las áreas corticales del

cerebro, fomenta la desinhibición y libera el control de los impulsos. Al decir de H.

López las ideas de Abraham giran en torno a la idea que el tóxico implica “la

abolición de la unión entre deseo y ley” (López, 2007, p. 79) siendo las drogas el

camino químico privilegiado para tal ruptura.

En los trabajos de S. Ferenczi, pueden encontrase similares teorizaciones,

por ejemplo plantea que el alcohol es un facilitador para la emergencia de la

homosexualidad reprimida. Nuevamente encontramos aquí que el tóxico es

utilizado con el fin de atravesar las defensas; el alcohol aparece como una manera

de dar vía libre a los deseos pulsionales que exigen satisfacción. Uno de los

fragmentos de la obra de Ferenczi retomado por López resulta ilustrativo de esta

tesis “(…) la bebida es una tentativa inconciente de auto-curación mediante el

veneno (…) otros neuróticos (…) emplean este producto como medicamento,

concientemente y con éxito. Un agoráfobo refractario a cualquier medicina sacaba

de un solo sorbo de cognac el coraje necesario para atravesar el puente del


Danubio (…)” (citado por López, 2007, p. 85). Aquí se evidencia el uso

instrumental del alcohol, que permite aquello que sobrio no podría realizarse, se lo

consume como quien toma una aspirina para aliviar un dolor de cabeza.

Glover en su trabajo “Sobre la etiología del alcoholismo” plantea que la

función del alcohol es transformarse en una vía que posibilita el escape del

conflicto entre la realidad y el empuje pulsional. Sin embargo se diferencia de los

autores anteriores ya que la huida realizada mediante la intoxicación favorece la

actividad fantasmática, debido a que el efecto tóxico se materializa en una

fantasía de satisfacción, y no en la satisfacción de la pulsión en sí misma. Glover

afirma que “el alcoholismo es una tentativa de curar las anormalidades del

psiquismo temprano” (citado por López, 2007, p. 97); asimismo destaca la utilidad

de las adicciones como defensa contra los ataques sádicos y señala la utilidad

para la economía psíquica al instituirse como una defensa ante una reacción de

tipo psicótico. De esta manera asemeja las adicciones a un intento de curación.

En cuanto a los postulados de Otto Fenichel, puede decirse que las drogas

son pensadas teniendo un lugar especifico, particular para cada sujeto; y

enfatizando la función instrumental de la droga dice Fenichel: “la inyección

hipodérmica no es usada tanto con el propósito de encontrar placer, cuanto como

un intento inadecuado de protección contra una tensión insoportable, que tiene

relación con el hambre y el sentimiento de culpa” (citado por López, 2007, p. 105-

106).

Desde otra perspectiva pero en cierta consonancia, las adicciones son

pensadas por Donald Meltzer, desde la Teoría de las Relaciones Objetales, no

como meras conductas manifiestas, sino como el resultado del funcionamiento de


estados sexuales de la mente, sobre todo de lo que denomina la sexualidad

infantil perversa, que se caracteriza por la abolición de la ansiedad depresiva.

Para el autor, las conductas adictivas son una especie de refugio ante el

sufrimiento depresivo, tratándose de una defensa maníaca, obviamente fallida,

ante una vivencia de terror. Constituyen una evidencia de la incapacidad subjetiva

de soportar el sufrimiento (Meltzer, 1968).

En esta misma línea David Liberman autor considerado un clásico del

psicoanálisis argentino, retomando las conceptualizaciones de Fenichel y Klein,

considera el consumo de sustancias como característico de las personalidades de

acción, cuya finalidad última se revela como una defensa contra la ansiedad

depresiva y el sentimiento de soledad. Según el autor, estos cuadros suelen

asociarse a un contexto familiar caracterizado por la inestabilidad, situaciones de

pérdida y falta de afecto (Liberman, 1960, 1962). El mecanismo operante se

recorta como una defensa maníaca frente a la imposibilidad de tramitar el dolor

depresivo por otras vías.

Estas referencias dan cuanta de la importancia de la asociación entre las

conductas adictivas de cualquier índole y los sentimientos depresivos, de pérdida,

de duelo, campo que merecería una indagación más detallada. Nótese que ciertas

denominaciones de los trastornos relacionados con sustancias, como el de

“toxicomanía”, aunque imperfecto en muchos sentidos, devela la cualidad maníaca

de la problemática. Como dice H. López, la función del tóxico es de consuelo, de

compensación, provocando una satisfacción parcial, sustituta; allí donde, por

estructura, falta. Esta falta de satisfacción estructural, debe ser reemplazada por

satisfacciones sustitutas, entre las cuales se encuentra el consumo de drogas. El


hecho de asociar el consumo de drogas a la “manía” o a la “protomanía”, hace

pensar en el consumo de drogas como una defensa contra el dolor provocado por

una pérdida. Pero ¿de qué pérdida se trata?, no se trata de cualquier pérdida o

cualquier duelo, no se trata de algo que se pierde en la realidad material;

realmente de lo que se trata es de la pérdida fundante, de la pérdida de objeto

estructural para todo sujeto hablante. No obstante, no todo sujeto “elige” el

consumo de drogas como manera de vérselas con dicha pérdida, con dicha falta, y

es allí donde entra en juego la singularidad.

Sin olvidar que la singularidad debe ser un brújula para el trabajo y pensamiento

analítico, al considerar la problemática del consumo de sustancias, no puede

quedar ajeno del análisis el papel que juega la cultura y la sociedad actual, sobre

todo en la actitud ante el dolor. Algunos autores sostienen que la sociedad

occidental actual emprende una búsqueda desenfrenada de bienestar, erigiendo

una ideología del no-dolor (Sissa, 1998). Una sociedad con estas características

se plantea como objetivo primordial liberarse de todo malestar, de toda

incomodidad, de todo lo que preocupa, de todo lo que duele; tiende a negociar con

la incompletud y el sufrimiento. Podríamos decir que una sociedad que entrona a

la manía como ideal, con el ilusorio propósito de eliminar el sufrimiento, sirve de

marco y aún facilita, la emergencia de sintomatología relacionada con la impulsión

y el acto.

Las sustancias psicoactivas constituyen desde esta perspectiva una

“tentación”, ya que representan la “felicidad portátil llevada en el bolsillo, (…)

alegría líquida, paz comestible” (Sissa, 1998, p. 15). Esta ideología se observa

cristalizada en diferentes mensajes sociales, como puede verse por ejemplo, en


una publicidad de aspirinas cuyo slogan es: “el dolor para, vos no!”, en el cual se

vislumbra el mandato de acallar el dolor, para continuar con la producción.

Mandato que una sociedad capitalista no puede menos que solventar y potenciar,

elevándolo al estatuto de un bien social. En esta misma línea se observa el auge

de las bebidas energizantes, el aumento considerable del consumo y publicidad de

analgésicos, como asimismo el aumento preocupante del consumo de

psicofármacos en particular ansiolíticos y antidepresivos.

Estas observaciones no sólo evidencian la ideología imperante, sino que

además construyen significaciones; constituyen mensajes implícitos a través del

cual se erige al consumo de sustancias, de píldoras, de medicamentos, como una

respuesta eficaz ante el dolor. No puede dejar de evocarse la novela de Aldoux

Huxley que lleva como título justamente “Un mundo feliz”, en donde parodia

irónicamente a nuestras sociedades, y en la cual puede verse a los habitantes de

ese mundo no tan feliz consumir “soma” ante cualquier atisbo de emocionalidad

displacentera. Escrita en los años ’30, impresiona la agudeza en la percepción de

la subjetividad humana llevada al ridículo.

Desde una perspectiva histórica, Philippe Ariès analiza las actitudes hacia

la muerte en diferentes periodos históricos, llegando a similares conclusiones.

Sostiene que las sociedades occidentales se encuentran atravesadas por una

motivación profunda de anular el dolor, observa que se trata de evitar por todos los

medios los sentimientos dolorosos y el malestar, en pro de una vida

pretendidamente feliz; señala: “la tristeza y el duelo fueron desterrados” (Ariès,

2000, p. 85). Según sus reflexiones esta particularidad social y cultural tiene serias

implicancias en la elaboración de las situaciones de pérdida; sostiene que el tabú


que se cernía en la época victoriana sobre la sexualidad, hoy recae sobre la

muerte. En consecuencia señala un desplazamiento del predominio de los

sufrimientos psíquicos: el lugar que ocupaba en la época victoriana las neurosis,

particularmente la histeria, por su relación con la sexualidad, hoy es ocupado por

los trastornos del estado de ánimo, especialmente los cuadros depresivos, que

constituyen actualmente una preocupación central en el campo de la salud mental

a nivel mundial. No es casual entonces el auge de los psicofármacos, que se

constituyen como herramienta “eficaz” para enfrentar dichos malestares, como

asimismo la generalización del consumo de sustancias en la población.

Como puede vislumbrarse en este breve recorrido por autores del

psicoanálisis, los tóxicos ocupan un lugar de instrumento. Para algunos autores

son herramientas cuya función es cancelar el dolor, transformarse en una barrera

contra el goce; en cambio para otros, los tóxicos cumplen la función de levantar

las inhibiciones, los diques, las represiones. Lo que interesa subrayar en este

trabajo es el carácter instrumental y pragmático del uso de sustancias, que

también es encontrado en los argumentos explícitos de los usuarios: drogarse

para cometer un delito, para entablar relaciones con el otro sexo, para animarse a

realizar cosas que sobrio no podrían realizarse, para evitar la fatiga, para trabajar

más, para ser divertido, sociable y locuaz… Se trata de un objeto para ser usado

con un sentido pragmático, con un objetivo, con un fin determinado; se trata de un

modelo de consumo de drogas que Alain Erehenberg analoga a la

automedicación y al doping (Erehenberg, 1991), ya sea que potencie la

percepción, aumenten las performances de cada uno, anestesien la angustia o

favorezcan el intercambio social, se trata de un uso pragmático y particular para


cada sujeto, ya que no existen dos sujetos que busquen lo mismo al consumir la

misma droga.

Según este planteo no habría diferencias sustanciales entre el

heroinómano, el deportista que busca el éxito, o el ama de casa cuya vida rutinaria

se le vuelve intolerable. Esta semejanza estructural del consumo de drogas, se

muestra claramente en el film Réquiem para un sueño, al comparar las

trayectorias paralelas entre un joven heroinómano y su madre ama de casa

consumidora de psicofármacos. Se observa que en todos los casos, se trata de la

búsqueda de un placer negativo, de sobrellevar gracias a una ortopedia química el

malestar subjetivo, “el dolor de existir” como diría Freud.

En suma, no se trata del objeto, sino del sujeto en cuestión, el consumo de

sustancias es un medio para lograr un fin y no un fin en sí mismo. El consumo de

drogas adquiere significaciones múltiples y diversas según el sujeto que se trate, y

de allí entonces la pertinencia del psicoanálisis para su abordaje.


Referencias

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