LAS DEVOCIONES MARIANAS: EL ROSARIO LA ORACIÓN PREDILECTA
Hno. Dr. Alexandre José Rocha de Hollanda Cavalcanti
Introducción
Muchas veces somos cuestionados con la pregunta: ¿por qué recurrir a María
y no ir directo a Cristo?
Respondida esta cuestión y entendiendo los fundamentos teológicos y
antropológicos de la devoción mariana, surge otro interrogante: ¿cuál es la oración
predilecta de María?
Estas son las dos cuestiones que vamos afrontar en esta conferencia.
1. El concepto de mediación
El punto de partida es comprender lo que significa mediación, saber por qué
existen mediaciones y, con base en este principio teológico, entender la mediación
mariana.
Al estudiar el misterio de Dios Uno y Trino, conocemos las misiones
trinitarias: el Padre, principio de todo, envía al Hijo y al Espíritu en una misión
conjunta para la salvación y santificación de la humanidad. Por acción del Padre
y del Espíritu, el Verbo se hizo carne, recibiendo la naturaleza humana de María.
A partir de este momento, Jesucristo, el Verbo encarnado, pasa a ser el perfecto y
único mediador entre Dios y los hombres. Es importante considerar, como enseña
san Pablo, que el mediador es «el hombre Jesucristo» (1Tm 2,5), que
efectivamente es «nacido de mujer» (Ga 4,4), puesto que Él es mediador según su
naturaleza humana, hipostáticamente unida a la única Persona del Verbo divino.
Señalamos así tres puntos importantes:
1. Es Dios quien establece las mediaciones a partir de las misiones
trinitarias.
2. Por la unión hipostática, Jesucristo es el único mediador entre Dios y los
hombres.
3. Esta unión hipostática se inicia en María, a partir de su aceptación
voluntaria a ser Madre de Dios.
San Agustín enseña que Dios quiso salvar al hombre por el hombre e
involucrar lo máximo posible a la humanidad en su propia salvación. Por este
motivo, Hugo de San Víctor afirma con precisión:
«Cristo tomó de nuestra naturaleza la ofrenda sacrificial por nuestra misma naturaleza, a fin de
que el sacrificio por nosotros fuera algo nuestro, para que la redención nos perteneciera por cuanto
que la víctima había sido tomada de lo nuestro»1.
1
Summa de Sacramentis christianae fidei, I, p. 8, c. 7 [SSL 176, 310]. Cf. AUER, Johann. Curso de Teología
Dogmática, Tomo IV/2, Jesucristo, Salvador del Mundo, María en el plan Salvífico de Dios. Barcelona: Herder,
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Después del pecado de Adán y Eva, Dios prometió la salvación a través de
la mediación del Mesías, que sería parte del linaje humano y, por tanto,
descendiente de Adán: «Establezco enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y
su linaje: él te aplastará la cabeza y tu le acecharás el calcañar» (Gn 3,15). Este
texto es conocido como el Protoevangelio: el primer anuncio del Mesías redentor.
Debemos observar aquí un detalle importante: Dios promete la salvación
«del linaje de la mujer», es decir, a través de Aquel que nacería de una mujer,
como lo indica claramente san Pablo en la Carta a los Gálatas.
La salvación será alcanzada por Cristo, pues Él es el único hombre capaz de
asumir todos los pecados de la humanidad, ofrecerse desde la humanidad misma
con un sacrificio de valor divino, pues Él es, al mismo tiempo, Dios y hombre.
San Pablo explica que la criatura participa de las acciones del Creador. En
este sentido Cristo es el Redentor y la criatura puede ser el cooperador activo o
pasivo de su acción redentora. En el caso de María esta participación es activa
pues la Encarnación ha dependido de su libre aceptación.
El Concilio Vaticano II es muy claro en este sentido, al afirmar que María
no fue un instrumento pasivo en manos de Dios y que su participación acompaña
toda la obra salvadora de Cristo, desde la Anunciación hasta la cruz (LG 61).
Lo que Cristo ofrece en la cruz es exactamente lo que ha recibido de María:
su vida humana, su sangre, su pasibilidad al sufrimiento, su sensación de
abandono. Se comprende que el fundamento de la salvación humana es el
sacrificio ofrecido por Cristo en la Última Cena y consumado en la Cruz, acto que
es consecuencia esencial de la realidad de que Él es Dios, pero es mediador por
ser hombre. Consecuentemente, María también nuestra mediadora en cuanto
madre de Jesucristo.
Los protestantes argumentan que en la Biblia san Pablo afirma que el único
mediador es Jesucristo. Exactamente este texto de san Pablo, ya citado
anteriormente, indica la clave de la cuestión: el mediador no es el Verbo eterno,
sino Jesucristo hombre, por tanto, nacido de María. Así, María está en el
fundamento de nuestra salvación, como Eva estuvo en el fundamento de nuestra
perdición. Por eso los Padres de la Iglesia la llamaban la nueva Eva.
Así, la mediación de María es deseada por Dios como participativa de la
mediación fundante de Cristo y no como un desvío que nos aleja del Señor, puesto
que fue el propio Dios quien quiso vincular su encarnación al «sí» de una doncella
judía.
Esta participación no era de una necesidad absoluta, pues el sacrificio de
Cristo es perfecto. Pero Dios quiso, por el beneplácito de su voluntad para con su
Madre, a quien deseó exaltar y sublimar haciéndola copartícipe de la misma
misión de Jesucristo, unir a María a esta obra de salvación, de modo que todo el
1990, p. 231.
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poder mediador que Ella tiene viene de Jesús.
El Concilio Vaticano II es muy claro al afirmar que María se mantuvo de pie
junto a la Cruz, asociándose al sacrificio y consintiendo en la inmolación de la
Víctima que había sido engendrada en su seno virginal.
Sufriendo con Jesús y divinamente asociada a Él, María también se inmoló
espiritualmente por nosotros, cooperando así con la redención objetiva, es decir,
la conquista de las gracias que alcanzaron nuestra salvación, pues María cooperó
de una manera efectiva con Jesucristo en su sacrificio del Calvario.
Habiendo participado de la conquista de las gracias con su cooperación
objetiva e inmediata, María tiene derecho de participar en la distribución de estas
gracias de salvación. Aquí reside el fundamento teológico de la mediación
mariana y, por tanto, de toda devoción a la Madre y Cooperadora del Redentor2.
La mediación participativa de María fue destacada por el papa Juan Pablo II
como una mediación «en Cristo» (RM 38a), expresión que manifiesta el influjo
del teólogo protestante Hans Asmussen, que en sus escritos ha procurado explicar
a sus lectores evangélicos la mediación mariana3.
2. Orígenes de la devoción mariana
Desde sus inicios, la Iglesia ha sentido necesidad de orar con María (Hch
1,14) y a María por las necesidades de la comunidad o de algún miembro4.
El culto a la Virgen nace de modo orgánico y espontáneo a medida que se va
conociendo la proximidad de su persona a la obra de Cristo, apareciendo muy
pronto testimonios de su veneración que, de modo natural, se convierte en culto
al reconocer su persona y su poder de intercesión5.
San Epifanio hace una distinción que será fundamental para entender la
diferencia del culto debido a Dios, a María y a los santos:
Culto de latría: culto de adoración debido sólo a Dios por ser el primer
principio y soberano Señor de todo lo creado6.
Culto de dulía: culto de veneración debido a los santos, subordinado al de
adoración a Dios7.
Culto de hiperdulía: o de veneración calificada, debido a la Santísima
2
Cf. CUERVO, Manuel. El postulado de la Maternidad Divina en la Mariología. Guadalajara: OPE, 1970, pp. 83-
86.
3
Cf. JUAN PABLO II. Encíclica Redemptoris Mater, sobre la Bienaventurada Virgen María en la vida de la Iglesia
peregrina, n. 38a.
4
Cf. ESQUERDA BIFET, Juan. Espiritualidad Mariana de la Iglesia: María en la vida espiritual cristiana. Madrid:
Sociedad de Educación Atenas, 1994, pp. 100-101.
5
Cf. FERNÁNDEZ, Aurelio. Teología Dogmática: Curso fundamental de la fe católica. Madrid: BAC, 2009, pp.
404-405.
6
Cf. GARRIGOU-LAGRANGE, Reginauld. Op. cit. Madrid: Rialp, 1990, p. 340.
7
Cf. DH 1744, 1755, 1821; ed. 2007.
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Virgen en virtud de su condición de Madre de Dios, de su excepcional santidad y
del papel específico que desempeñó en la historia de la salvación8. Estrictamente
hablando, es un culto de dulía, pero tributado en la forma más eminente de este
tipo de culto.
A partir del Concilio de Éfeso (431) se comienza a descubrir las verdaderas
proporciones del rol de María en el plan de salvación y en la mediación junto a su
Hijo.
3. El Rosario, la oración predilecta
Con precisión teológica, la hermana Lucía explica la importancia del Rosario:
«Después de la oración litúrgica del Santo Sacrificio de la Misa, la oración del
Santo Rosario, por el origen y la sublimidad de las oraciones que lo componen y
por los misterios de nuestra redención que recordamos y meditamos en cada
decena, es la oración más agradable a Dios que le podemos ofrecer y la de mayor
provecho para nuestras almas. Si así no fuera, Nuestra Señora no nos la hubiera
recomendado con tanta insistencia»9.
Efectivamente, el Santo Rosario nos hace penetrar en los misterios de la vida
de Cristo y de María, íntimamente relacionados con los fundamentos de la fe,
abarcando todas las dimensiones de nuestro relacionamiento filial con la Madre
de Dios: alabanza, loor, acción de gracias, meditación y petición. Por eso se ha
considerado siempre la oración predilecta de la Virgen.
El papa Juan Pablo II enseña que el Rosario rezado en su profundidad de
unión perfecta entre la oración mental meditativa y la oración vocal, con un
sentido cristocéntrico y bíblico, es muy adecuado para la adoración eucarística,
en compañía de María y según su escuela10. El Papa señala que el Rosario es la
oración bíblica por excelencia. Se inicia con el Credo, que resume toda nuestra fe
y, por tanto, todo el mensaje bíblico que la fundamenta. Se reza la oración
enseñada por el mismo Jesucristo y se repiten las palabras divinas que dan inicio
a nuestra salvación: «Dios te salve María, llena eres de gracia…».
El saludo del Ángel se complementa con la proclamación de que María es la
Madre de Dios, afirmación también presente en la Biblia, cuando, tomada por el
Espíritu Santo, Isabel proclama en alta voz: «Bendita eres entre todas las mujeres
y bendito es el fruto de tu vientre. Isabel es la primera a afirmar que María es la
Madre de Dios: «¿A qué debo que la Madre de mi Señor venga a visitarme?». Por
esto, la segunda parte del Avemaría se inicia con esta afirmación bíblica: «Santa
María, Madre de Dios», título que fue proclamado solemnemente en el Concilio
8
Cf. FERNÁNDEZ, Aurelio. Teología Dogmática: Curso fundamental de la fe católica. Madrid: BAC, 2009, pp.
449-450.
9
IRMÃ MARIA LÚCIA DE JESUS E DO CORAÇÃO IMACULADO. Apelos da mensagem de Fátima. Fátima: Secretariado
dos Pastorinhos, 2000, p. 270.
10
Cf. JUAN PABLO II. Carta Apostólica Mane nobiscum Domine, 7 de octubre del 2004, n. 18, AAS 97-4 (2005),
p. 345.
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de Éfeso, el año 431.
Compuesto por oraciones de origen bíblica, el Santo Rosario nos conduce a
meditar la vida, pasión, muerte y glorificación de nuestro Señor Jesucristo,
conduciendo al fiel a acompañar todo el Nuevo Testamento.
4. El surgimiento del Rosario
En el paganismo había la costumbre de coronar con rosas a las estatuas de
los dioses como símbolo del ofrecimiento de sus corazones. Siguiendo esta
tradición, las mujeres romanas iban al martirio con sus mejores vestidos, llevando
una corona de rosas en la cabeza para indicar que entregaban su vida con alegría
para llegar al cielo. Hasta hoy, las religiosas usan una corona de rosas cuando
hacen su profesión de votos. A estas coronas se daba en nombre de «rosario». Por
la noche, los cristianos recogían estas coronas y, por cada rosa, recitaban un salmo
o una oración por el alma de las mártires11.
A inicios de la Edad Media, había la costumbre de los religiosos rezar o
cantar los 150 Salmos como principal forma de oración monástica. Los laicos que
vivían alrededor de los monasterios apreciaban la belleza de esa oración, pero no
eran capaces de memorizar todos los Salmos, tampoco sabían leer ni disponían de
tiempo para hacerlo todos los días. Así, en inicios del siglo IX un monje irlandés
les sugirió rezar una serie de 150 Padrenuestros en lugar de los Salmos. La idea
fue acogida con alegría y la gente llevaba una bolsa con 150 piedritas, que después
fueron sustituidas por una cuerda con 150 o 50 nudos, evolucionando después
para cordones con 50 cuentas de madera.
La costumbre se fue pasando a otros lugares, en que se rezaba la primera
parte del Avemaría en cada cuenta o nudo. Encontramos en la vida de san Pedro
Damián (†1072) el primer relato de esta forma de oración.
Desde los inicios de la Iglesia se había iniciado un proceso de
cristologización del salterio, obedeciendo a las palabras del Resucitado:
«Era necesario que se cumpliera todo lo que está escrito acerca de mi en la ley de Moisés, en los
Profetas y en los Salmos» (Lc 24,44).
Como consecuencia natural, esa tendencia va conducir también a una
mariologización de los salmos, por ejemplo, cuando se habla de la reina-esposa:
«María, nuestra Reina, está de pie, a la derecha de Cristo, enjoyada con oro,
vestida de perlas y brocado»12.
Esta costumbre se profundizó en la Edad Media, pasándose a escribir
diversos «salterios» con alabanzas a Jesús o a María. Cuando un salterio mariano
estaba compuesto de 50 alabanzas se llamada rosarium, o corona de rosas.
11
J. FERRER SERRATE, M. GARCÍA MIRALLES. El Santo Rosario. En: [Link]/mes-de-mayo-
historia-del-rosario/
12
MR p. 719.
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Así, durante el siglo XIII se usaban cuatro «salterios» diferentes: los de 150
Padrenuestros, las 150 Avemarías, las 150 alabanzas a Jesús y las 150 alabanzas
a María13.
En esta época, las peligrosas herejías de los cátaros y albigenses esparcían
errores por toda Europa, usando la violencia militar para imponer sus falsas
enseñanzas. Santo Domingo de Guzmán hizo un gran esfuerzo para impedir el
avance de la herejía. Percibiendo que no sería posible vencerla con la fuerza
humana, el año 1214, entró en un bosque próximo a Toulouse y pasó tres días y
tres noches en continua oración y penitencia, pidiendo la intervención divina. Al
final de la tercera noche, cayó medio muerto. En este momento se le apareció la
Santísima Virgen, que le dijo: «Domingo, ¿sabes de qué arma se ha servido la
Trinidad para cambiar el mundo?» El santo le respondió que después de Jesucristo,
Ella misma había sido el principal instrumento de nuestra salvación. Mirándolo
con amor, María añadió: «La pieza principal de la batería fue la Salutación
Angélica, que es el fundamento del Nuevo Testamento. Por tanto, si quieres ganar
para Dios esos corazones endurecidos, reza mi Salterio». El santo se levantó muy
consolado y entró en la Catedral. Al mismo tiempo sonaron las campanas por
acción de los ángeles y el templo se llenó. Santo Domingo comenzó a predicar y
en este momento se levantó una espantosa tormenta; la tierra tembló, el sol se
nubló, los repetidos truenos y relámpagos hicieron estremecer a los oyentes; y
aumentó su terror al ver una imagen de la Santísima Virgen expuesta en lugar
preeminente, levantar los brazos tres veces hacia el cielo, para pedir a Dios
venganza contra ellos si no se convertían y recurrían a la protección de la Santa
Madre de Dios.
La tormenta cesó al fin por las oraciones de santo Domingo y él explicó la
excelencia del Santo Rosario, que los moradores de Toulouse aceptaron con
fervor, renunciando a sus errores y, en poco tiempo, se vio un gran cambio en la
vida y las costumbres de la ciudad.
A partir de ahí santo Domingo pasó a predicar el Santo Rosario durante toda
su vida, ante sabios e ignorantes, católicos y herejes.
El siglo siguiente fue testigo de grandes dificultades en Europa: en 1349 la
peste negra se extendió de modo tan desolador que quitó la vida de la mitad de la
población europea. Por otro lado, surgieron herejías como la de los «flagelantes»
y un desgraciado cisma el año 137614. En este periodo la devoción del Rosario
estuvo casi sumida entre la población católica.
Cerca del año 1365 el monje cartujo Enrique de Kalkar agrupó las 150
Salutaciones Angélicas en grupos de diez y puso un Padre Nuestro al principio de
cada decena. Años después, otro Cartujo llamado Domingo el Prusiano, publicó
un libro uniendo 50 pensamientos sobre las vidas de Jesús y María a un rosario
13
Cf. AAVV. El Rosario Bíblico. Glenview: Christiánica, 1980, pp. 9-12.
14
Cf. GRIGNION DE MONTFORT, Luis María. El Secreto Admirable del Santísimo Rosario.
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de 50 Avemarías, divididas en decenas, según el orden establecido por Enrique
de Kalkar. Así, alrededor de 1409, por primera vez se asignó una meditación para
cada oración del Avemaría.
Después de muchos cambios graduales, en 1460 la Santísima Virgen ordenó
al Beato Alano de la Roche, predicador dominico, renovar la Cofradía del Santo
Rosario. Mientras celebraba la Misa, el Señor le preguntó en el momento de la
elevación: «¿Por qué me crucificas de nuevo?». El Beato Alano se quedó mudo y
el Señor continuó: «Me crucificas pues sabes cuánto es necesario predicar el
Rosario de mi Madre y por este medio desviar las almas del pecado. No
haciéndolo, eres culpable de los pecados que ellos cometen».
A partir de este momento el Beato Alano pasó a ser un gran predicador del
Rosario, estableciendo un pensamiento especial a cada cuenta del Avemaría.
Gracias a su esfuerzo este modo de rezar el Rosario se hizo costumbre en la Iglesia
consolidándose el nombre Rosario, que significa una corona de rosas colocada
sobre la cabeza de Jesús y de María a cada vez que es rezado.
El año 1569 el Papa dominico San Pío V, a través de la Bula Consueverunt
Romani Pontifices, definió la forma tradicional del Rosario. Dos años después,
durante la Batalla de Lepanto, mientras se desarrollaban las luchas, el Papa rezaba
el Rosario, pidiendo a todos los cristianos que hicieron lo mismo. El día 7 de
octubre el Papa ordenó un toque de campanas y una procesión anunciando que los
cristianos habían vencido la batalla. Muchos días después llegaron los mensajeros
con la noticia. El Papa proclamó este día la fiesta de Nuestra Señora de las
Victorias. El año siguiente, convencido de que las súplicas del Rosario habían
alcanzado la victoria, el papa Gregorio XIII estableció la fiesta de Nuestra Señora
del Rosario, en el primer domingo de octubre15 y Clemente XI la extendió para
toda la Iglesia en virtud de la victoria de las tropas alemanas contra los Turcos en
1716 16 . Por fin, el papa san Pío X la fijó el 7 de octubre, de acuerdo con la
institución original de san Pío V17.
La historia ha demostrado que el Rosario es fundamental para salvar a la
humanidad en sus momentos más difíciles y, por eso, en sus apariciones de Fátima
la Virgen María ha insistido en el rezo diario del Rosario.
Conclusión
Estamos en una época histórica en que el hombre busca «emanciparse de
Dios», perpetrando un lento suicidio que lo separa del Creador y lo ofende de
modo frontal y desapiadado. La propia Iglesia sufre persecuciones y vive
problemas internos que se podrían comparar a una verdadera pasión, siendo
15
Cf. J. TORRAS I BAGES, Obres completes, III, 1987, 26.
16
Cf. J. CROISET, Año Christiano, o exercicios devotos para todos los días del año, 128
17
Cf. F. FERNÁNDEZ-CARVAJAL, Hablar con Dios. Meditaciones para cada día del año, VII. Fiestas y santos (2)
Julio-Diciembre, 272; L. DE ECHEVERRIA, «Nuestra Señora del Rosario», 211.
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desconsiderada por gran parte de la humanidad. Mirando al cuerpo místico de su
Hijo pasar por todo eso, la Santísima Virgen sufre en su corazón y expresa este
sufrimiento a los hombres por señales claras y sensibles.
María es la Reina del Universo, pero en el corazón de la gran mayoría de los
hombres de nuestros días, Ella ya no reina, tiene tal vez, algunos restos de
influencia, que poco a poco van desapareciendo.
Los enemigos no la pueden matar, pero desean matar su recuerdo en los
corazones, en las instituciones, arrancar sus imágenes de los lugares públicos e
incluso de las iglesias, construir un mundo totalmente alejado de Dios, y por eso...
Ante tanta infamia, Madre angustiada, que no tenéis más que decir…
¡llorasteis, Señora! Y quien, viéndoos así en llanto, osaría preguntar ¿por qué
lloráis? Ni la Tierra, ni el mar, ni todo el firmamento podrían servir de término de
comparación a vuestro dolor.
Hoy Señora, estás como una reina destronada. La tierra es para Vos como
una inmensa sala de trono, llena de enemigos. Ya han quitado de vuestra frente
venerable la corona de gloria, ya osaron arrancar de vuestras manos el cetro. Y
vos, ¿Qué hacéis? ¡Lloráis! Lloráis lágrimas de profundo dolor, de afecto, en
previsión del castigo que vendrá.
Pero con vuestros ojos llorosos buscáis por todos los rincones de esta sala,
alguien o algunos que os sean fieles para defenderos. Cómo no ver en estas
lágrimas, Señora, las dilacerantes preguntas: Hijo mío, ¿tú también me dejas sola?
¿No luchas tú por mí?
¿Quién soy yo? Soy el hombre, la mujer, para quien Nuestra Señora, en un
momento de aflicción y abandono miró. Pero… ¿seré el hombre para quien Ella
habrá mirado en vano?
Señora, haced que yo corresponda, con que todos nosotros correspondamos
a vuestra mirada, a vuestra invitación18. En esta hora suprema, es para Vos, Señora,
que erguimos nuestros corazones y reafirmamos nuestra fidelidad.
Tenemos certeza de que nunca nos abandonaréis… pero sabemos que en el
medio de este mundo que se aleja de Dios y nos busca arrastrar como las olas de
un mar revuelto, estamos constantemente en peligro de ahondarnos en el fango
del pecado y por eso os pedimos con toda fe que vuestra mano nos mantenga en
la fidelidad a la Santa Iglesia, al servicio de vuestro Hijo y en el amor constante a
vuestro Sapiencial e Inmaculado Corazón.
18
Cf. CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Discurso por ocasión de la visita de la Imagen Peregrina de Nuestra Señora
de Fátima que vertió lágrimas en Nueva Orleáns (1973).
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