Género y Delincuencia - Módulo 1 - Género y Criminalidad
Género y Delincuencia - Módulo 1 - Género y Criminalidad
criminalidad
Myriam Herrera Moreno
PID_00208880
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CC-BY-NC-ND • PID_00208880 Género y criminalidad
Índice
Introducción............................................................................................... 5
Objetivos....................................................................................................... 8
Resumen....................................................................................................... 39
Actividades.................................................................................................. 41
Bibliografía................................................................................................. 43
CC-BY-NC-ND • PID_00208880 5 Género y criminalidad
Introducción
El sistema de género, sin embargo, no opera siempre con dinámicas explícitas El sistema de género y los
ni sobre formulaciones programáticas. Antes bien, como se ha señalado desde medios
el feminismo más reciente, el control de género está dotado de una asombro- La justificación mediática (en-
sa capacidad de reinventarse, de reformularse incansablemente, de emboscar- tretener/informar) es sin duda
una de las más recurrentes. En
se en coartadas políticamente correctas, y colonizar las instituciones sociales, los espacios de entretenimien-
to, los noticiarios, en las ban-
asumiendo falsos discursos (todo sea por la igualdad, la seguridad o la protec- das de anuncios comerciales,
la imagen de la mujer aparece
ción de las mujeres...). recurrentemente como objeto
sufriente o artículo de consu-
mo, sea este criminal, mercan-
Tampoco puede entenderse la infracción de la mujer al margen de las desven- til o sexual. La “mujer auténti-
ca”, sensible, sufrida, atenta a
tajas de género. La concentración de la miseria en la mujer, o fenómeno de fe- la merienda de sus hijos y a la
minización de la pobreza constituye un poderoso elemento criminógeno que blancura de la colada familiar
contrasta regularmente con fi-
determina que algunas mujeres pasen a una cárcel que no es sino réplica insti- guras de mujeres prostitutas,
casquivanas, adictas y “malas
tucional –más segura y reglamentada, en todo caso– de la cárcel de la calle y la madres”, que se reúnen en el
miseria ambiental. Clave en este proceso es, de una parte, la secular situación caleidoscopio mediático de la
desviación femenina.
deprimida de algunos sectores, potenciada por la falta de medidas específicas
de prevención primaria, que proporcione unos mínimos en formación, auto-
nomía y oportunidades vitales para mujeres excluidas.
Desde hace pocos años, esta especial factorialidad se ha hecho del dominio
público, merced a la tarea divulgativa del feminismo criminológico, cuya labor
investigadora tantas veces se ha ligado a movimientos cívicos de denuncia. Sin
embargo, la injusticia de algunas situaciones solo parece calar en la sociedad
en casos sonoros, extremos, en los que puede percibirse a una mujer abruma-
doramente sobrepasada: sola e impotente ante las cargas familiares, ante los
déficits personales, ante las limitaciones socioeconómicas, la victimización y
la marginación; incluso para estos casos, el sistema penal no acierta a abrirse a
auténticas soluciones, más allá de zanjarlos desmañadamente por vía de arre-
glos de oportunidad.
2000. Es indultada María Teresa de Jesús Moreno Maya, Tani, gitana, sin empleo ni recur-
sos, casada a los 14 años y con 17 años de palizas conyugales a sus espaldas, quien un día
matara a su marido en su chabolo de Mejorada del Campo. Pese al perdón institucional,
fue amenazada y expulsada por su propio clan (estaba emparentada con su marido, y los
suyos no dieron la cara por ella).
2009. María del Saliente Alonso Martínez, tras haber sido suspendida la pena de prisión
que le fuera impuesta, obtiene indulto respecto de la pena de alejamiento. Mujer sordo-
muda, con escasa formación, y el cargo de educar a un inquieto adolescente de 12 años,
había sido condenada por maltrato en el ámbito familiar: un día, persiguiendo al chico,
quien se zafaba de los deberes escolares, le había propinado una bofetada y agarrado
bruscamente del cuello.
2013. Emilia Soria, madre de dos niñas que dependían de ella para su sostenimiento,
había utilizado una tarjeta de crédito extraviada para hacer el pago en un supermercado
y adquirir pañales y alimentos por valor de 195 euros; alegó que no sabía “en qué otro
momento iba a poder llenar la nevera”. Condenada a dos años y cuatro meses de prisión
por falsedad y estafa, tras varias peripecias judiciales obtuvo la conmutación de su pena
por trabajos comunitarios.
En el mismo año, el Gobierno de Bolivia indulta a Dolores Sánchez, presa española reclusa
en este país por más de cinco años y que padecía un cáncer de mama terminal que nunca
fue tratado en prisión. Dolores había sido condenada por hacer de “mula”, pasando droga
en una operación a la que se había incorporado para salvar el domicilio familiar de un
inminente desahucio.
CC-BY-NC-ND • PID_00208880 7 Género y criminalidad
Objetivos
Así, pueden señalarse algunas especificidades criminológicas imposibles de es- Lectura complementaria
clarecer a espaldas de la idea de género:
Sobre estas especificidades
criminológicas, puede con-
• ¿Por qué la mujer no es frecuente ni característica autora de delitos graves sultarse la obra siguiente:
D.�Steffensmeier;�E.�Allan
contra la propiedad y contra las personas? (1996). “Gender and crime:
Toward a gendered theory of
female offending”. Annual re-
• ¿Por qué las mujeres delincuentes se integran o lideran grupos criminales view of sociology (vol. 22, pág.
en mucha menor proporción que los varones? 459-487).
• ¿Por qué, más frecuentemente en las mujeres, los delitos graves se vinculan
a historiales de maltrato en la infancia o hábitos adictivos precoces?
Por eso, según el nivel en que sea aislada y abordada la expresión del género Lectura recomendada
en Criminología, resulta útil la distinción apreciada entre:
Sobre esta distinción, puede
consultarse la obra siguiente:
• Género�al�nivel�macro: concebido como ordenación�de�género relativo
1
R.�W.�Connell (2002). Gen-
der. Cambridge.
a los patrones generales de regulación de la vida social que determinan
desigualdades estructurales entre hombres y mujeres. Debido a la variabi-
(1)
lidad y fluidez de dichos rasgos se afirma que la criminología funciona En inglés, gender order.
(2)
• Género�al�nivel�medio: coincidente con el concepto de régimen�de�gé- En inglés, gender regime.
2
nero . Se estudia aquí el género imbricado en las instituciones y organiza-
ciones sociales (así, la familia, la escuela, la iglesia, y muy paradigmática-
mente, la cárcel).
(3)
• Género� al� nivel� micro, o relaciones� de� género3, donde se diferencian En inglés, gender relations.
Así pues, de ese nuevo contexto de desconfianza cultural, propia del feminis-
mo�de�segunda�oleada, en los años sesenta del pasado siglo, surge en EE. UU.
la criminología feminista, animada por una doble clave programática:
CC-BY-NC-ND • PID_00208880 12 Género y criminalidad
(4)
• Objetivo�disciplinar: Promocionar a la mujer en el seno de la propia cri- Este concepto (en inglés, ma-
le-stream criminology) alberga, por
minología, reclamándola como unidad científica de observación, tras su
cierto, un travieso juego de pala-
prolongada ignorancia. La criminología tradicional pasa, en este concepto, bras: male-stream parafrasea el tér-
4
mino mainstream, o corriente prin-
a ser rebautizada como criminología de corriente masculinista –término cipal; así, lo prevalente pasa a verse
como sesgado, sexista.
de incierta autoría, que cobrará enorme popularidad.
Lectura recomendada
1.4. Etapas en la problematización sobre género y criminalidad Sobre esta cuestión, puede
consultarse la obra siguiente:
K.�Daly;�M.�Chesney-Lind
Desde un punto de vista metodológico y epistemológico, se han apreciado tres (1988). “Feminism and crimi-
fases significativas: nology”. Justice quarterly (vol.
4, núm. 5, pág. 497-538).
(5)
2)�Fase�de�emancipación: Se verifica a finales de los años setenta, abriéndo- En inglés, standpoint feminism.
se el paso, en la década subsiguiente, a una vehemente literatura criminoló-
gico-feminista que se centra en generar explicaciones específicas sobre infrac-
ción, desviación y control de la mujer. Este saber, extraído de las mujeres, por
mujeres, y con idea de servir a las mujeres, se corresponde con los procedi-
mientos propios del llamado feminismo de la perspectiva o del punto de vista5.
3)� Fase� de� revisión: Muy a finales del siglo XX, y nada más emprendido el
nuevo siglo XXI, despunta un sector crítico que insta a hacer balance y reca-
pitulación provisional de los logros obtenidos para valorar si la orientación
criminológico-feminista está siendo fiel a las finalidades pragmáticas que se
habían impuesto.
(6)
2)�Estudios�sobre�prácticas�de�género6. Este punto de vista concibe el géne- Lo que en inglés se conoce co-
mo doing gender.
ro no como factor, rasgo o función ideológica, sino que se describe como ex-
periencia contextualizada o situación, donde vemos actuar a las personas en
diferentes contextos de género.
Este enfoque esquiva hasta cierto punto la visión pasiva y unilateral de la mu- Lectura recomendada
jer que a veces se imputa al feminismo: aquí, las mujeres no operan como ma-
Sobre esta cuestión, puede
rionetas del sistema, sino que responden, negocian y producen conductas de consultarse la obra siguiente:
género a través de sus acciones. Al mismo tiempo, la perspectiva es compatible K.�Daly (1997). “Different
ways of conceptualizing sex/
con la admisión de una multiplicidad de “femineidades” y “masculinidades”, gender in feminist theory
según la situación estructural en la que la acción se desarrolla. and their implications for cri-
minology”. Theoretical crimi-
nology (vol. 1, núm. 1, pág.
El estudio de las prácticas de género 25-51).
Veamos la aplicación de tal enfoque por Messerschmidt: el robo proporciona a los chicos
de la banda una oportunidad de obtener recursos y de practicar la masculinidad, accio-
nando el tipo del “hombre duro”; por su parte, las adolescentes en la banda mantienen
las diferencias de género practicando una femineidad que en este caso se asocia a los
estereotipos de “chica mala” (la dulzura y conformismo sería inviable dado el contexto
donde se hallan implicadas):
Esta dirección orientó el estudio de los delitos sexuales, como la violación, en los trabajos
clásicos de Carol Smart o Susan Brownmiller. Es en dicho ámbito, se arguye, donde pro-
lifera muy especialmente la reducción a corporeidad de la mujer, donde se rinde culto a
una “incontrolable” sexualidad del varón, y donde la ofensa, lejos de entenderse dirigida
contra la autonomía personal, se reconvierte en un humillante itinerario jurídico por la
topografía del cuerpo violado.
En la misma línea, se desvela cómo las cautelas preventivas dirigidas a la mujer, como
potencial víctima, operan como estrictas consignas disciplinarias que inoculan el miedo
y confinan el cuerpo femenino en el ámbito de una “segura” domesticidad (Campbel,
2005).
La agenda del feminismo –su indudable compromiso con los derechos de las
mujeres y su nítida orientación promocional– ha suscitado una especial reac-
ción que concierne a la idoneidad científica de la investigación feminista en
criminología.
CC-BY-NC-ND • PID_00208880 16 Género y criminalidad
Cabe apuntar que muchas de estas denuncias críticas han sido asumidas, y
en buena medida atendidas, en los últimos años. Téngase en cuenta, en todo
caso, que el feminismo criminológico se mueve en una dimensión explicativa
muy nueva, con un amplísimo margen de evolución y mejora.
El enfoque social raza/clase/género vino a compensar los déficits de los primeros abor-
dajes feministas, no solo abrazando la causa de la lucha contra la multimarginalidad,
sino reforzando el respeto entre las investigadoras y las mujeres cuyas experiencias se
analizaban.
Un primer avance en los estudios de género (experimentado en los años se- Victimología y feminismo
tenta en EE. UU., y en Europa una década más tarde), se involucró en las áreas
Sacar a la luz dicha posterga-
de la victimización sexual y doméstica de la mujer; dichas víctimas habían ción, denunciar su injusticia y
sido convencionalmente silenciadas, y demasiado a menudo objeto de una atender las necesidades victi-
mológicas apreciadas se erigía
culpabilización social de carácter discriminatorio. así en prioridad absoluta en la
agenda feminista, que más allá
de lo académico, operaba en
la práctica como directo mo-
Esta apertura del feminismo transformó intensamente las bases ideológicas de vimiento activista. Desde un
la victimología. Ahora bien, la exposición de las ocultas realidades victimales, punto de vista de victimolo-
gía promocional, resulta hoy
que sirvió estratégicamente para activar la empatía social, difundía una ima- reconocida la relevancia de ta-
les inicios en aras del empode-
gen que se acoplaba con excesiva comodidad al estereotipo de mujer mansa, ramiento (empowerment) de
sufriente, y en suma, protovíctima. la mujer victimizada en dichas
áreas.
“Invirtiendo el reloj, una puede recordar que, antes de los pioneros trabajos feministas
sobre agresión sexual, hostigamiento y abuso marital, estas formas de violencia de género
eran ignoradas, minimizadas y trivializadas... las mujeres adultas y las chicas en conflicto
con la ley eran pasadas por alto o excluidas en los estudios predominantes... El impacto
en el terreno de la criminología, y particularmente en el seno de la teoría criminológica,
fue, sin embargo, ambivalente, en parte porque tales delitos, en principio, no parecían
desafiar por sí mismos a la criminología androcéntrica. En lugar de ello, los conceptos
de «violencia doméstica», y «victimología», aunque esenciales en el desarrollo de la cri-
minología feminista, aportaron asimismo a los criminólogos convencionales, así como
a los prácticos de la justicia, un ámbito nuevo sobre el que publicar, nuevos delitos para
estudiar”
• Explicar la ratio de género (en inglés, gender gap): Ello hace alusión al desnivel en las
tasas de criminalidad entre los géneros, donde el hombre comete porcentualmente
muchos más delitos que la mujer, y asimismo su infracción es de naturaleza más
grave.
En los últimos tiempos, con directa vinculación con los ámbitos anteriores, la crimino-
logía feminista desarrollará otras líneas de investigación tales como las de la mujer en
las bandas, las masculinidades, la mujer ante el sistema de justicia penal, como infrac-
tora o fuerza de trabajo (mujer y función policial, mujer como trabajadora penitencia-
ria, etc.), la cárcel como régimen de género, o muy novedosamente, valorará la eficacia
empoderante de las nuevas vías de justicia restaurativa, críticamente apreciadas desde la
perspectiva de género.
• Por otra parte, la excusa “pocas para ser consideradas” no podrá ser aducida a partir
del radical incremento de la infracción femenina, apreciado prácticamente a un nivel
global a partir de la década de los setenta del pasado siglo.
c) La producción�de�específicas�hipótesis�explicativas�que�correlacionen
género�y�delito. Así, se atiende muy especialmente a los factores desigualita-
rios de género que condicionan la infracción y curso vital de las mujeres in-
fractoras, e influyen en los tipos de delitos que característicamente cometen
estas.
Este sector suele abordar la infracción femenina, por más que inequívocamen-
te, al margen de la visión sociológica de género. Así, no infrecuentemente, se
dirige al mundo de la infracción femenina, si bien desde su estricta conside-
ración sexuada. De hecho, suelen esgrimir los términos sexo o género en un
indistinto sentido biológico. Si bien no existe siempre incompatibilidad o re-
chazo al reconocimiento del impacto social de las estructuras de género en la
conducta humana, en general este tipo de estudios no incorporan esfuerzos
de integración o contraste interdisciplinar.
Rasgos convencionales a los que, por lo demás, vendrá a aportar barniz cien-
tífico: la figura de infractora malvada y moralmente descarriada pasa a recibir
un significativo espaldarazo mediante la identificación de factores biologico-
constitutivos específicos, que evidenciarían su carácter atávico.
Así, Lombroso, en colaboración con Ferrero, consagra al estudio de la mujer Lectura recomendada
infractora la conocida obra La donna delinquente, la prostituta e la donna normale
Sobre esta cuestión, puede
(1895). Desde su mismo título, asoma en la obra la clave interpretativa en consultarse la obra siguiente:
la tesis lombrosiana: el carácter sexualmente desviado de la infractora y su C.�Lombroso;�G.�Ferrero
(1893). La donna delincuente,
condición alternativa al modelo de mujer convencional, normal. la prostituta e la donna norma-
le. Turín: L. Roux.
Salillas, receptor del positivismo criminológico en España –pero en tantos aspectos disi-
dente respecto de dichas tesis– no dejaba sin embargo de admirarse de la “exactitud” de
los modelos lombrosianos en cuanto a la mujer infractora ¿su principal estigma?:
La tesis del varón “delincuente nato” comenzó a ser cuestionada y falsada El cine, ¿última guarida
desde su misma contemporaneidad; sin embargo, no ocurrió lo mismo con su del monstruo?
monstruoso correlato femenino, no invalidado ni oficialmente “dado de baja” Tal como observa Ches-
por la criminología subsiguiente, hasta la irrupción crítica del feminismo. ney-Lind, la concepción mons-
truosa de la infractora, dema-
siado simplista ya para cual-
quier tipo de propósito aca-
3.1.2. Enfermedad y perturbación en las infractoras démico, campa sin embargo
hoy a sus anchas en los medios
de comunicación, donde, pa-
A medida que avanza el siglo XX, desde la teoría de los roles sexuales, de pre- ra grato escalofrío del público,
se asiste a la exhibición de la
tensión sociológica pero de fuerte base biológica, se sigue defendiendo la cons- imagen demonizada de bruta-
les infractoras, sexualmente in-
titución deficitaria de la mujer infractora. continentes, lesbianas violen-
tas o madres desnaturalizadas
(Chesney-Lind, 2006, Ches-
La idea del “umbral más elevado” parte de la socialización diferencial que se ney-Lind y Eliason, 2006).
observa entre los géneros: los hombres, debido a sus menores necesidades de
protección, son socializados en la autonomía, en tanto las mujeres son tute-
ladas hacia la conformidad: por lo tanto, aquellas que cometen delito, por ló-
gica deben haberse visto impulsadas por un intenso potenciador biológico de
carácter individual, un motor lo suficientemente poderoso para haber podido
vencer la reforzada resistencia hacia el delito que como grupo caracteriza a
la población femenina. Ese especial refuerzo biológico individual vendrá da-
do por la concurrencia en la infractora de un fuerte componente personal de
anomalía y perturbación.
Ahora bien, supuesta la especial incidencia de trastornos en la infractora, ¿de- Infractoras perturbadas:
rivan estos por fuerza de condiciones personales previas a la infracción?, ¿has- ¿Se confirma la paradoja
de género?
ta qué punto, se ha objetado, no influyen en dicha sintomatología el estilo de
vida predelictivo, el estrés de la calle, la marginalidad, la perpetración misma Una conocida investigación
longitudinal de cohorte, el lla-
de delito y el contacto con la justicia y el sistema penitenciario? mado Estudio Dunedin, segui-
do en Nueva Zelanda (Moffit
y otros, 2001), explícitamente
3.1.3. Genética conductual y diferencias sexuales aborda la paradoja de género,
sin poder confirmarla, aunque
no se excluye que otros facto-
res distintos a los de una base
Esta disciplina biológica, de amplio desarrollo contemporáneo, valora cómo la psiquiátrica anómala pudieran
configurar un impulso especial
interacción entre genética y ambiente determina diferencias en las conductas en determinadas mujeres.
de los individuos de una especie. Desde esta vertiente, algunos estudios han Así, en esta línea, un recien-
te estudio europeo (Wong y
observado diferencias por sexo en la etiología de la conducta agresiva (Eley y otros, 2010) valida la teoría del
otros, 1999). Según observan, debido a diferencias biológicas (cromosómicas, “umbral más elevado”, pero
no precisamente para atribuir-
hormonales, bioquímicas, etc.) las mujeres parecen constituir un grupo alta- lo a anomalías constitutivas en
la infractora, sino a la diferen-
mente resiliente que se involucra en conductas agresivas con menor probabi- cial acumulación y mayor in-
lidad, incluso a pesar de características individuales de riesgo. tensidad de experiencias vita-
les extremadamente adversas
y victimizadoras en las vidas de
las infractoras.
Sin embargo, con raras excepciones, lo frecuente es que las tesis de genética
conductual se centren sin más en factores biológicos impulsores de la infrac-
ción en el varón, en tanto la respuesta a la ratio de género parece responderse
tácitamente por defecto: ¿Por qué no cometen –tantos– delitos las mujeres?:
Porque no son hombres. A pesar del interés que revisten estos planteamientos
para el análisis de casos individuales, muchos de ellos adolecen de una palma-
ria ausencia de aptitud integradora.
1) Uno de los más notables hallazgos en este campo fue el realizado por Brunner y otros
en 1993, quienes partieron de una específica mutación en el gen de la enzima mono-
amino-oxidasa A (MAOA), ligado al cromosoma X, a la cual vinculan los investigadores
el comportamiento gravemente antisocial del varón, asociado al hecho de haber sufrido
grave maltrato en la infancia.
Este efecto se ha comprobado asimismo en los raros casos de mujeres que presentan esa
conformación; sin embargo, estas, comparativamente, evidencian una mayor resistencia
frente a la criminalidad, incluso a pesar de sufrir un mismo entorno hostil, lo que se ex-
plicaría por su composición cromosómica XX, que duplicaría las posibilidades de heredar
una versión correcta del gen.
broso en la concepción de la mujer que comete delito (quien al cabo integraría sin más
un biotipo viriloide).
Neo-darwinismo criminológico
(7)
Desde esta vertiente científica, Campbell advierte que las diferencias de géne- ”Sobreviviendo”, según el título
de un veterano éxito musical.
ro no flotan libres en un magma cultural, sino que tienen como base la mente
humana. Se propone así dar sentido a especificidades criminológicas observa-
Lectura recomendada
das en ambos sexos a partir del planteamiento evolucionista conocido como
Staying alive7. Sobre esta cuestión, puede
consultarse la obra siguiente:
A.�Campbell (1999). “Sta-
Premisa de partida de la tesis es el llamado coste reproductivo diferencial, cuya ying alive: Evolution, cultu-
re and women’s intrasexual
clave reside en que la vida del hijo depende más estrechamente de la super- aggression”. Behavioral and
vivencia de la madre que de la del padre, quien invierte reproductivamente brain sciences (núm. 22, págs.
203-214).
mucho menos (un mero aporte espermático, fácilmente reemplazable, frente
al caso de la mujer, que aporta el fuerte compromiso de todo su cuerpo, cuan-
do menos tres años de su vida fértil entre embarazo y lactancia). Así, en el
escenario ancestral, la perduración genética de la mujer frente a la del hombre
dependía de un número más limitado de hijos, en torno a los cuales debía
concentrarse. Ello explicaría que las mujeres como grupo manifiesten una di-
ferencial tendencia a evitar el riesgo físico o la violencia.
Sobreviviendo
En situación experimental, Campbell ha verificado que las mujeres en nuestros días evi-
dencian en efecto un mucho mayor rechazo que los hombres a implicarse en contextos
que involucren riesgo físico o muerte. Ante una situación de estrés o amenaza, la acción
de la oxitocina en la mujer impulsa una conducta afiliativa, esto es, de afirmación social,
interpersonal, allí donde la testosterona despierta en el varón una respuesta competiti-
vo-agresiva frente a idéntico estímulo estresante.
De este modo:
2) La criminalidad�femenina:
Comprenden el conjunto de factores que inhiben los comportamientos des- Vínculos sociales
viados, así como las razones que influyen en el desistimiento del delito. La
Estos lazos, muy conocida-
teoría�de�los�vínculos�sociales (Hirschi, 1969), la más reconocida de entre las mente, son definidos por el au-
que se ocupan de lo primero, se construyó esencialmente sobre información tor como apego (afectos fa-
miliares, escolares, grupales),
aportada por varones. Sostiene que controles sociales externos se aúnan de compromiso (adscripción a
objetivos vinculantes), partici-
modo eficaz para obtener la conformidad social del individuo. pación (implicación en activi-
dades convencionales) y creen-
cias (participación en valores
La teoría se ha confirmado en criminología en sus aspectos sustanciales, si bien sociales consolidados)
Otros estudios (Chapple y otros, 2005) confirman asimismo la eficacia de la teoría para
ambos géneros, con algún matiz diferencial (así, una más determinante correlación en-
tre una ausencia de vínculos con el grupo generacional y la violencia, en el caso de los
chicos).
CC-BY-NC-ND • PID_00208880 26 Género y criminalidad
Las tesis desarrollistas postulan que los factores de riesgo vienen a modularse
conforme a las variaciones propias del estadio de maduración del sujeto. La
perspectiva de estudio es coherentemente longitudinal con el seguimiento de
las trayectorias vitales de los infractores desde su infancia hasta la infracción
y su evolución postdelictiva.
Muy significativamente, en las mujeres, el pico más alto de criminalidad por etapas no se
registra a fines de la segunda década vital, como suele aceptarse en el caso de los jóvenes
infractores, sino más tarde. La edad promedio en el acceso a la conducta criminal es
además significativamente más elevada entre las infractoras (29 años, mujeres; 22 años,
hombres).
Además, es también destacable que muchas más mujeres que hombres comienzan a de-
linquir a la edad de 45 o más años. También en España se ha observado una especial
presencia en la prisión de infractoras de significativa edad madura (Yagüe Olmos, 2007).
(8)
c) En la intersección entre la aproximación desarrollista y las teorías del con- En inglés, turning points.
trol social (Laub y Sampson, 1993) se han identificado unos hitos o puntos de
inflexión8 relevantes para el definitivo desistimiento del delito en la vida de
los infractores (así, casarse, tener un hijo o acceder a un trabajo). Sin embargo,
pocos estudios han comprobado cómo funcionan los citados puntos de infle-
xión en el caso de la delincuencia femenina.
El género ligado a la marginalidad parece que aporta matices diferenciales a los factores
de desistimiento (Katz, 2000). En barriadas pobres, así como entre minorías raciales, las
mujeres infractoras adictas hallan en los tratamientos de deshabituación vías de desisti-
miento eficaces –en mayor medida de lo que se aprecia en adictos delincuentes.
Sin embargo, no se observa que el matrimonio –que suele vincular a las mujeres a parejas
adictas o desviadas– las conduzca eficazmente al desistimiento; antes bien, abre para
ellas una ruta de criminalidad. Lo mismo ocurre con tener un hijo, que no predice el
desistimiento de las infractoras socialmente excluidas; antes bien, puede operar en ellas
como factor impulsor. Por otra parte, en sentido inverso, el divorcio parece operar como
hito criminógeno más en hombres que en mujeres.
Las niñas y las mujeres, afirma, están sujetas a controles sociales más intensos en la in-
ducción a la conformidad (expectativas de rol, recompensas sociales informales, menor
libertad para disentir y mayor control social). Los patrones de asociación diferencial para
los adolescentes varones difieren significativamente de los patrones femeninos, eviden-
ciando una mucho más elevada tendencia a asociarse con iguales desviados y a involu-
crarse en actividades desviadas. Los costes sociales del comportamiento transgresor serían
mayores para la mujer, así como menores las recompensas, lo que explicaría la ratio de
género (Akers, 1998).
A diferencia del anterior grupo teórico, entre las teorías híbridas existe una
explícita validación y construcción de postulados contando con la infracción
de la mujer, pero sosteniendo sobre tales resultados la validez general de los
planteamientos, que se declaran, con matices, extensibles a uno u otro género.
Agnew amplió los supuestos generadores de tensión, más allá del bloqueo de Principales fuentes de
objetivos por limitación de medios, e integró la hipótesis con aspectos de reac- tensión
tividad emocional susceptibles de impulsar al delito a partir de una tensión. • Imposibilidad de acceder
a metas positivas (bloqueo
de metas, al estricto sentido
Se ha postulado que la teoría es válida en sus parámetros generales para ambos mertoniano).
• Desaparición de estímulos
géneros (Broidy y Agnew, 1997) y susceptible de explicar así la ratio de género, positivamente valorados
por el individuo (pérdida o
así como la criminalidad de la mujer, si bien se observan factores mediadores: encarcelamiento de un pro-
genitor, divorcio, pérdida
de un empleo).
1) Mujeres y hombres experimentan diferentes tipos de frustración y reaccio- • Influencia de estímulos ne-
gativos (abuso sexual, hos-
nan con ira; sin embargo, las reacciones emocionales se combinan con impli- tigamiento escolar, maltra-
caciones de género, de modo que la rabia en las mujeres se liga a depresión, to).
De entre la gama de reaccio-
culpa y ansiedad, con un efecto de desactivación criminal, y aumento de ries- nes emotivas suscitadas frente
go de conductas escapistas o autodestructivas. a la tensión, es la ira la que lle-
va una mayor peligrosidad cri-
minal.
a) Bajo control�personal, que cursa con la tendencia a dejarse llevar por ob-
jetivos gratificantes a corto plazo e impulsividad debido a un déficit de socia-
lización.
Parece suficientemente avalado que, en efecto, un bajo control social está re- Bajo control e infracción
lacionado con el delito e incluso puede explicar combinaciones entre edad y femenina
género. Sin embargo, la teoría es muy desigualmente valorada en criminolo- Desde el metaanálisis propio
gía, en especial en cuanto a sus pretensiones de validez general. de la escuela de rehabilitación
canadiense, se comprueba, es-
pecíficamente en la infracto-
ra, cómo la corrección de défi-
3.4. Planteamientos criminológicos basados en el género cits en autocontrol disminuye
el riesgo de reincidencia (Blan-
chette y Brown, 2006).
A finales del siglo XX el feminismo criminológico era consciente de que debía Sin embargo, el análisis femi-
nista (Kruttschnitt, 2013) ha
ir más allá del puntual esclarecimiento de la ratio de género y plantear teorías objetado que las implicaciones
criminológicas aptas para explicar de modo integrado las dinámicas desigua- de género no son puestas en
juego a la hora de explicar las
litarias de género y su impacto en los fenómenos criminales. dinámicas en las que la mujer
se descontrola, y que no se ex-
plica suficientemente la combi-
Así, Steffensmeier y Allan ponen en 1996 las bases para la teorización crimi- nación entre bajo autocontrol
y oportunidad, en el caso de la
nológica sobre género y criminalidad. Su modelo comprende una factorializa- criminalidad femenina.
Este diseño no nos enfrenta tanto a una hipótesis etiológica (pese a su cone-
xión con planteamientos conocidos, tal como el del aprendizaje social o las
actividades rutinarias) sino al establecimiento del nuevo paradigma de género
en el entendimiento del delito.
1)�Organización�de�género:�normas�morales,�desarrollo�moral�y�control�social. Den-
tro de tal organización se aprecian en la mujer, a diferencia de lo que ocurre con los
hombres:
• Control social: que moldea a la mujer en cuanto a deseos o habilidades para la co-
misión de delitos.
• Fuerza física y agresión: la mujer no cumple las exigencias físicas y agresivas del en-
torno violento y posee mayor vulnerabilidad, real o percibida, frente al hombre.
2)�Oportunidades�criminales.�Sexismo�en�el�submundo�criminal.�Destrezas,�patroci-
nio,�socios�delincuentes,�ubicación�criminal.�Mercado�sexuado,�implicación�de�ac-
tividades�rutinarias. Para las mujeres, el acceso al submundo criminal se dificulta, ya
que ella no contará fácilmente con quien la introduzca y patrocine; además, debido a un
mercado de trabajo discriminatorio, sus actividades rutinarias no la expondrán a contex-
tos de riesgo en la misma medida que al varón.
3)�Motivación�para�el�delito.�Preferencia�por�el�riesgo,�vergüenza,�autocontrol�y�cos-
tes�frente�a�recompensas. En la mujer, una fuerte socialización neutraliza fuertemente
las apetencias a favor de las conductas de riesgo e implicación criminal.
Según observara Smart en irónica revisión criminológica antes de la formula- Del lecho al delito: Los
ción de esta tesis, no era absolutamente inédita en criminología la noción de caminos arteros de la
criminalidad femenina
que la mujer es potencialmente igual al hombre, más aún, incluso superior en
antisocialidad. En realidad, tal concepto tiene raíces en los habituales prejui- Pollack (1950) había defendi-
do que, en efecto, las mujeres
cios sobre la convencional perfidia femenina y sus proverbiales malas artes. son criminales más eficaces,
cuanto mejor dotadas para el
engaño y la explotación. Co-
Un pionero abordaje feminista, evidentemente distanciado de lo anterior, sos- meten numerosos delitos que
jamás se evidencian, pues se
tuvo la perfecta capacitación de la mujer para el delito –como para cualquier las arreglan para encubrirlos
frente a la mayor franqueza de
otra actividad–, en pie de igualdad con el varón. La ratio de género solo obe- las conductas masculinas. La
prueba de tal carácter mani-
decería así a la condición socialmente subyugada de las mujeres (Adler, 1975 pulativo puede verse, según el
y Simon, 1975). autor, en el significativo hecho
de que las mujeres pueden fin-
gir “emociones positivas” du-
rante el intercambio sexual, a
Este planteamiento parte de la observación retrospectiva de una progresiva diferencia de los varones, no-
disminución de la ratio de género, con un sensible aumento en la proporción blemente manifiestos en lo fi-
siológico como en lo criminal.
de mujeres arrestadas, condenadas y penadas. Esto, desde la presente óptica, se
debería a las nuevas políticas de liberación femenina adoptadas en EE. UU. en
los años sesenta, que habrían redundado en mayores derechos para las muje-
res, y de ahí, en una creciente incorporación al segmento delictivo.
Autoras como Carlen, Chesney-Lind o Snider, entre otras muchas, sostienen que la mo-
derna elevación de tasas de delito femenino se deben eminentemente a cambios en las
actitudes judiciales, ahora especialmente recrudecidas frente a la mujer (Herrera Moreno,
2012). Ello tendría que ver con nuevos y entusiastas criterios de “justicia igualitaria” y
equiparación de raseros, renunciando al presunto “buenismo” o “manga ancha” en el tra-
tamiento judicial de las mujeres que sostenía la tesis de la “caballerosidad judicial” (siem-
pre discutida desde el feminismo criminológico).
Así, para la criminología feminista, el nuevo punitivismo contra la mujer ha sido famo-
samente calificado como “igualdad vengativa” en una nueva época de regresión contra
los avances de la mujer.
Una última explicación defiende que existe una nueva mujer infractora, no más violenta
en su condición, sino más intensamente motivada. Así, a fines del siglo XX una mejora
en bienestar habría producido una reducción en tasas de delitos violentos de varones, en
tanto se habrían mantenido las relativas a mujeres pobres y excluidas, afectadas por una
polarizada “feminización de la pobreza”. Lo veremos más detenidamente en el siguiente
subapartado.
boral debido a sus profundos déficits educativos. Junto a ello, una profusión
de estudios etnográficos atestigua el característico estilo de vida marginal de
las mujeres en riesgo de criminalidad o de reincidencia.
Como se observa, esta tesis descansa en una premisa hipotética que funciona
en dirección contraria a la hipótesis de la emancipación de la mujer.
La clave es, pues, la feminización�de�la�pobreza. Ante la crisis del estado de bienestar, sin
medidas de apoyo institucional o políticas educativas y laborales, afectadas por marcadas
desigualdades salariales y pocas oportunidades de empleo, las mujeres en riesgo social se
ponen sin embargo al frente de familias monoparentales, como se hacen cargo de padres
mayores, y a veces, de otras personas desamparadas de su comunidad (Heimer, 2000).
Desde una vertiente feminista, se alude a la existencia de una ubicua “polariza- Reflexión
ción de género”, o procesos discriminatorios de socialización, registrados en la
Una de las vertientes más crí-
familia, la comunidad y los medios educativos, que refuerzan con recompen- ticas frente a esta hipótesis es
sas o mayor indulgencia el inconformismo e iniciativa del joven educando, la evolucionista, que advierte
en las anteriores premisas ses-
en tanto una muchacha será informalmente castigada por el mismo concepto gos de determinismo socioló-
gico; así, rasgos conductuales
como transgresora, conforme a códigos de conducta diferenciales. La distin- tan extendidos a nivel demo-
gráfico y comparado (la me-
ta exigencia en conducta, expectativas y control de inclinaciones al riesgo o nor preferencia por el riesgo fí-
transgresión marcan las apreciables diferencias infractoras según el género. sico y menor inclinación a in-
volucrarse en la transgresión)
son, se aduce, constantes in-
terculturales de sentido univer-
3.4.4. Itinerarios de victimización hacia el delito sal que no pueden ser explica-
dos monolíticamente en clave
de exclusiva socialización dife-
La lectura victimológica de la mujer infractora constituye toda una contrana- rencial (Campbel, 2002).
rrativa que desmiente el modelo teórico de la mujer infractora como mons-
truosa o perturbada. La moderna verificación de las llamadas rutas de victi-
CC-BY-NC-ND • PID_00208880 35 Género y criminalidad
mización de género hacia el delito permite hablar de mujeres esclavas y de Lectura recomendada
sus condiciones adversas y sumidas en experiencias de desamparo, violencia
Sobre los itinerarios de victi-
y victimización. mización hacia el delito co-
mentados en este subaparta-
do, puede consultarse la obra
Dicho planteamiento rompe al mismo tiempo con estereotipos de pasividad e siguiente:
invariable condición sumisa y sufriente de toda mujer victimizada: la existen- K.�Daly (1998). “Women’s
pathways to felony court: Fe-
cia de historiales de victimización en las infractoras explica el enérgico poten- minist theories of lawbrea-
cial reactivo de muchas mujeres, que recurren a la criminalidad para gestionar king and problems of repre-
sentation”. En: K. Daly; L.
una extrema desventaja vital. Maher (ed.). Criminology at
the crossroads (pág. 135-154).
Nueva York: Oxford Univer-
De los datos investigadores acopiados, se perfilan nítidos circuitos específi- sity Press.
b)�Mujeres�y�droga. Itinerario relativo a aquellas mujeres que entran en los circuitos del
tráfico de drogas a partir de relaciones familiares o de pareja. Ellas mismas no suelen ser
adictas, y no cuentan con un significativo historial criminal previo.
Las dos primeras vías abarcan el grueso de las mujeres infractoras, siendo las
dos últimas las que presentan un pronóstico de superación menos promete-
dor. Las consecuencias de esta cumulativa victimización social y criminal com-
prenden efectos físicos y psíquicos, desórdenes conductuales, tendencias sui-
cidas y adicciones, pérdida de autoestima, manifestaciones agresivas, así co-
mo impactan sobre relaciones de familia, escuela, grupo generacional y vida
carcelaria.
En tal sentido, han sido denunciadas ciertas terapias imbuidas en dicha filosofía, a cuenta
de su excesivo carácter intervencionista, invasivo de intimidad y víctimo-culpabilizador,
que habría inoculado en las infractoras/víctimas la idea simplista de que su devastadora
trayectoria pueda obedecer sin más a un modo incorrecto de relacionarse (Herrera Mo-
reno, 2012).
(9)
Con este planteamiento se aspira a responder a la cuestión de la ratio de gé- En inglés, power-control.
nero poniendo el acento en exigencias estructurales de socialización diferen-
cial, dirigidas al sostenimiento de un poder desigualmente distribuido entre
géneros. Según los defensores de la teoría del poder de control9 (Hagan y otros,
CC-BY-NC-ND • PID_00208880 37 Género y criminalidad
En los años ochenta del pasado siglo, despunta pioneramente un creciente Las mujeres de la banda:
número de investigaciones sobre mujeres implicadas en bandas antisociales. Nuevos estereotipos
El nuevo abordaje resultó desmitificador, y abrió paso a un inédito sector de No por casualidad, el interés
estudios. científico sobre la mujer en las
bandas antisociales surge en
paralelo a la emergencia del
estereotipo de nueva mujer
A partir de una generosa información acopiada a lo largo de dos décadas, puede violenta atribuido a la libera-
ción de la mujer y, se dice, im-
observarse una gran heterogeneidad en el riesgo y el estilo de vida subcultural, pulsor del endurecimiento de
según la actividad ilegal emprendida y según se trate de bandas mixtas, bandas las políticas penales en los paí-
ses occidentales. Así las cosas,
masculinas con chicas asociadas o bandas exclusivamente de chicas. el feminismo criminológico
creyó imprescindible esclarecer
el genuino rol y condiciones
Se ha destacado (Miller, 2004) la insoslayable necesidad de una mirada al im- de las mujeres integradas en
subculturas de violencia (Ches-
pacto de género en las bandas, en atención al marcado riesgo de victimización ney-Lind, 1993).
femenina y la evidencia de roles subordinados de las chicas en los grupos mix-
tos. En otros aspectos, muchas de las conclusiones de los estudios subcultura-
les son, con matices, extensibles a ambos géneros:
La vertiente que relaciona género e infracción va más allá del estudio estricto
de la criminalidad/conformidad femenina. Así, se han configurado plantea-
mientos que vinculan las expectativas de género a la criminalidad de los va-
rones. Un sector de estudios creciente desde la última década del siglo XX se
centra en las llamadas masculinidades o diversidad de identidades masculinas en
una sociedad de género.
Masculinidad hegemónica
Las masculinidades no se configuran mediante atributos simples, sino que se Algunos fenómenos de
manifiestan fluidamente en prácticas y relaciones de género. En una sociedad masculinidad
patriarcal, las expectativas normativas de género suscitadas en torno a la con- Numerosos estudios etnográ-
ducta de los hombres determinan en estos subjetividades muy diversas, si no ficos registran fenómenos de
masculinidad, manifestada se-
contradictorias, y las proyectan sobre relaciones sociales (eminentemente en gún el contexto: el machismo
latino, el hooliganismo depor-
las esferas de relación laboral, relaciones de autoridad y sexualidad). tivo, el rudo cow-boy, las je-
rarquías en la cárcel de varo-
nes, cúpulas de poder u orga-
El delito, así, es una práctica masculinista socialmente construida para satisfa- nizaciones delictivas, las ban-
das de adolescentes, y el ejér-
cer las exigencias de género en una determinada estructura, sea industrial o cito. Cada uno de estos tipos
se corresponde con un ejerci-
tradicional. El autor enfatiza la importancia del cuerpo masculino en la con- cio de masculinidad hegemó-
formación de masculinidades y destaca la relevancia criminógena que adquie- nica (desde el maltrato de la
mujer a la violación grupal).
re para el adolescente la necesidad de desafiar una masculinidad subordinada,
primero mediante rebeldía y bravuconería, más tarde a través del delito.
CC-BY-NC-ND • PID_00208880 39 Género y criminalidad
Resumen
Actividades
Apartado�1.�Género�y�sexo
2. ¿Creéis que existen diferencias tendenciales entre grupos de hombres y mujeres debidas
al sexo, o son todas construidas? ¿El sexo es intercambiable? ¿Y el género?
3. En relación con lo anterior, reflexionad sobre esta frase: “el género es un instrumento que
escribe las vidas de hombres y mujeres, como se escribe sobre una tablilla de cera”. ¿Estáis de
acuerdo? ¿Qué posiciones filosóficas y científicas se desmarcan de esa postura?
Apartado�2.�Estudios�de�género�y�feminismo�criminológico
2. Cierto pensamiento defiende que hay que cambiar el discurso feminista occidental para
poner en evidencia nuevas actitudes machistas más solapadas y conductas sexistas menos
explícitas. ¿En qué fase de abordaje podría incardinarse tal aseveración?
3. Se aborda una investigación feminista para esclarecer cómo se toman las decisiones delic-
tivas en grupos familiares consagrados al narcotráfico en el caso de minorías étnicas y cul-
turales o inmigrantes. Calificad el enfoque y características del grupo de estudio en el que
se podría incardinar.
Apartado�3.�Teorías�sobre�sexo,�género�y�criminalidad
1. Indagad en la red sobre la figura de Baldomera Larra (así, por ejemplo, el artículo divulgati-
vo de Mercedes Albi, “El delito de Baldomera” (accesible en línea). Comparad el tipo de mu-
jer desviada conceptuado por Lombroso con la figura de esta perspicaz y poco convencional
estafadora, pionera en el terreno de la delincuencia económica. ¿Cuál podría ser el motivo de
que este sorprendente caso se haya ido desdibujando en la memoria criminológica y social?
4. Después de ver cualquiera de las películas que os proponemos (u otra que consideréis
apropiada), reflexionad sobre la imagen de mujer delincuente que de los respectivos relatos
fílmicos se desprende:
• Monster (2003), película que Chesney-Lind ha identificado como una paradigmática cris-
talización fílmica de un prejuicio: el supuesto crecimiento al alza de un nuevo modelo de
infractora atávica, egoísta, violenta e insensible. En este caso, el monstruo es una lesbiana
sexualmente voraz y asesina en serie.
• Freeeway (1996), película que en su día fue objeto de censura, que permite proyectar sobre
su narrativa más de un planteamiento criminológico; si bien en un principio parecería
dar alas al mismo estereotipo de femineidad violenta que la anterior, resulta sin embargo
saludablemente desmitificadora en más de un aspecto. La película, afectada por cierto
cliché efectista, presenta el crudo itinerario de una joven caperucita nada sumisa a su
destino victimal.
CC-BY-NC-ND • PID_00208880 42 Género y criminalidad
a) Si elegםs la primera película, identificad los rasgos demonizados y brutales con que la in-
fractora es presentada y poned en relación esta imagen mediática con la proyección punitiva
señalada por Chesney-Lind.
b) En cuanto a las otras dos, identificad, en el caso elegido, las detalladas rutas de victimiza-
ción hacia el delito que las narrativas cinematográficas describen. Destacad qué conductas de
las protagonistas desmienten los estereotipos de mujeres victimizadas como puros espíritus
sufrientes y carenciales, incapaces de iniciativa. ¿Podrían ser calificadas como mujeres con
problemas, tanto o más que como delincuentes? ¿Qué autora prefiere, en efecto, calificarlas
así?
Apartado�4.�Masculinidades
Solo lo hará tras tres años de hostigamiento, pero sin efecto, y con la consecuencia
de una mayor humillación. Su aislamiento aumenta y, con él, su estigmatización
como “chico blandito”. Decide tomar otra iniciativa: apuntarse a un equipo de fútbol
para sentirse valioso. Sin embargo, se lesiona en los entrenamientos y gana más peso,
siendo finalmente expulsado del equipo.
A estas alturas, solo puede comunicarse en la escuela con otros marginados y chi-
cos-problema. Llegada la adolescencia, descubre su interés por el otro sexo y tiene
gran curiosidad por la sexualidad, siendo sistemáticamente rechazado por las chicas.
Las charlas sobre sexo con los chicos problemáticos le transmiten un nuevo motivo
de distanciamiento: la consciencia de ser “el único chico virgen del colegio”. Tiene
11 años y lo intenta todo, cambiar de imagen, de ropa y aficiones, en la idea de con-
vertirse al fin en “guay”. Justo a esa edad, su abuela le confiesa que lo había acogido
como último recurso, una vez su madre no había encontrado a nadie que lo adoptara.
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