Introducción Al Humanismo Cristiano. José Rodríguez Iturbe
Introducción Al Humanismo Cristiano. José Rodríguez Iturbe
* Conferencia dictada en el marco del curso “Persona y Bien Común”, organizado por la
Asociación Civil FORMA en las instalaciones de la Universidad Monteávila, el día 14 de
noviembre de 2003.
Introducción
Valga, además, anotar que el humanismo cristiano, tal como aquí se le concibe, no es un simple
humanismo adjetivado con un rótulo de creencia. Los humanistas cristianos de la pre-
modernidad intentaron, con mayor o menor fortuna (en los casos más destacados, con menor
fortuna, a mi entender) revitalizar el cristianismo con el humanismo y buscaron en las
humanidades, en los moldes del clasicismo, la clave de la revitalización de un cristianismo
necesitado, sin duda, en aquella coyuntura, en su dimensión eclesial, de una profunda reforma
afincada en la cristiana vida interior de sus miembros. Fue, por ejemplo, el empeño de Erasmo,
sobre cuya evaluación, más allá de lo humanístico, en lo atinente a lo cristiano, existe aún
disputa abundante y disímil criterio. Se trata, con el humanismo cristiano (fue el empeño en
buena parte del siglo XX y lo sigue siendo, a mi entender en este inicio del s. XXI) no de un
erasmismo aggiornato sino de un esfuerzo radicalmente diverso. Se trata, en síntesis de
reencontrar la comprensión de la persona y el respeto pleno de su dignidad, alimentando la
perspectiva intelectual y el quehacer histórico político con la perspectiva de criterios cristianos o
de inspiración cristiana.
Del aparente climax del irracionalismo (Nietzsche), pero en el mismo horizonte del absoluto
inmanentista, se ha caído, en la postmodernidad, en la animalización de la visión del ser humano.
Ante todo, la cultura dominante sigue procurando evitar hablar de persona. La definición de
Boecio posee resonancias metafísicas y en la postmodernidad lo metafísico no tiene buen cartel:
produce un rechazo instintivo. La sindéresis a la cual puede llegar la luz natural de la razón ha
sido, en el empeño postmoderno, sustituida por el seudo dogmatismo de lo políticamente
correcto, de los american liberals, como expresión de fundamentalismo secularista. Una vez que
se ha reducido la trascendencia a la inmanencia, lo humano a lo estrictamente natural, lo racional
a lo animal, lo eterno a lo histórico, lo teológico a lo político, la Redención a la revolución, el
sentido de los términos varía: se piensa, se habla y se actúa con categorías propias de una
temporalización absoluta en la cual es imposible eludir la degradación de lo específicamente
humano. Así, cualquier cosa en pensable, decible y posible: con variedad de numeradores, que
poseen como denominador común el rechazo a todo referente absoluto con los rasgos divinos de
creador y redentor.
El humanismo cristiano es, por tanto, una antropología filosófica y una filosofía social que
pueden alentar culturalmente toda una concepción de la política.
El horizonte inmanentista planteó, desde los propios comienzos de la modernidad como cultura
dominante, el saber es poder (F. Bacon), como clave del dominio del hombre sobre la naturaleza.
Los materialismos han extrapolado semejante principio como clave del mito del progreso
(entendido como perfeccionamientio material). El avance tecnológico se convirtió, de tal manera,
en referencia necesaria con la cual parecía abierta al infinito la finitud propia de la humana
condición. Con el avance tecno-científico el sujeto humano de la modernidad y la
postmodernidad se consideró a sí mismo hacedor del universo y, al hacerse autorreferente, se
hizo a sí mismo la proclamación de omnipotencia, borrando toda frontera en su imperium sobre
el orden natural. Más aún, consideró que el orden natural no era un orden dado, sino un in fieri
[un haciéndose] abierto al desarrollo sin límite de sus capacidades. La técnica fue así (lo sigue
siendo) el nuevo totem, el elemento de la nueva idolatría. La moral era el éxito; y la clave del
éxito era tecnológica.
La técnica y la persona
Fue José Ortega y Gasset quien, desde una óptica liberal, afirmó en 1914, en Meditaciones del
Quijote, con su atrayente estilo castellano, “Yo soy yo y mi circunstancia”. La frase ha sido
repetida hasta la saciedad, en la afirmación de un individualismo que, muchas veces, tiene poco
de orteguiano. Porque si bien sería exagerado pretender encontrar en el pensamiento de Ortega
las nacientes de una nueva afirmación de la persona, extraviada en las divagaciones del
positivismo y de muchas de las manifestaciones antipositivistas, en Ortega se encuentra, sin
duda, una clara advertencia contra el tecnocratismo y la pretensión de sustituir la moral por la
técnica que, en función de la utilidad, ha marcado torcidamente la decadencia contemporánea.
Así, escribió en La rebelión de las masas, (1939): “Se vive con la técnica, pero no de la técnica.
Esta no se nutre ni respira a sí misma, no es causa sui, sino precipitado útil, práctico, de
preocupaciones superfluas, imprácticas” .
Ortega distinguía dos clases de personas: “las que se exigen mucho y acumulan sobre sí mismas
dificultades y deberes, y las que no se exigen nada especial, sino que para ellas vivir es ser en
cada instante lo que ya son, sin esfuerzo de perfección sobre sí mismas” . Él entendía que en la
sociedad democrática se experimentaba una pérdida de la diferenciación social y la colocación
de la igualdad, no ya como aspiración jurídico-política, sino como fuente de eticidad, en cuanto
la determinación de la bondad estará determinada por la mayoría popular. Con ello afloran
muchísimos problemas, bastantes de los cuales están aún prácticamente sin resolver, en cuanto la
aversión al absoluto de la cultura prometeica ha llevado al constante empeño de búsqueda de
técnicas de elaboración social que pongan de relieve la limitación patente de la condición
humana, más que la ardua búsqueda de la verdad que dé al ser humano razón de si mismo, de su
ser y de su existir. La hiperdemocracia, bien se sabe, supone la igualación social por el rasero
bajo, constituyéndose entonces el ideal político del individualismo liberal en obstáculo real para
el desarrollo perfectivo de la persona en su existir social.
El reconocimiento de la normatividad ética constituye, sin duda, uno de los puntos de avance del
reconocimiento de la dignidad de la persona y de madurez de los procesos culturales. Algunos
han intentado replantear el individualismo con la crítica a la organización social de las
apariencias. Tal, me parece, es el caso de Gilles Lipovetsky con El Imperio de lo Efímero .
Carl Mitcham, por su parte, ha señalado que “la moda y el espectáculo suplantan a la auténtica
creatividad interna” . Ya desde la antigüedad clásica Aristóteles (Ética a Nicómaco, VI, 4:
114a11) distinguía la poiesis [producción] de la praxis [conducta cargada de sentido y finalidad].
La técnica y la prudencia son las virtudes intelectuales relacionadas con esas dos actividades
humanas. La técnica es una capacidad de hacer que supone un habitus inteligente. Pero como
dice Mitcham, “(…) hoy un medio técnico mucho más homogéneo se presenta como el reino no
de una libertad profunda, sino de unos deseos superficialmente competitivos” .
El ser humano es un ser personal, hecho a imagen y semejanza de Dios. Persona, en una
antropología filosófica de base metafísica, es, según la clásica definición de Boecio, rationalis
naturae individua substantia (substancia individual de naturaleza racional) . “La condición de
sujeto racional, y por tanto de persona, es propia de todo ser humano y no se pierde aunque no se
ejercite la racionalidad. También son personas los disminuidos psíquicos, los niños no nacidos,
los ancianos o los enfermos que han perdido el uso de razón y, por supuesto, cualquier hombre
que no ejercite la razón porque duerme o está inconsciente por cualquier otra causa. Persona es,
pues, todo ser humano desde su concepción” . Se puede ser mejor persona (mediante la
adquisición de cualidades morales), pero no más persona . El hombre es un compuesto
[compositum] de alma inmortal y cuerpo perecedero. En las facultades superiores del alma
racional están las claves del actuar libre y moralmente responsable de la persona: la inteligencia
conoce el ser en cuanto verdadero y la voluntad lo quiere en cuanto bueno.
La razón y la voluntad tienen cada una su función; ambas complementarias. La recta razón
ocupa, sin embargo, un lugar de primacía. Una antropología cristiana no se agota en un
intelectualismo, pero sí afirma que, siendo el hombre animal racional, ni su ser ni su actuar
pueden ser vistos como sola voluntad, simple pasionalidad, primado de la emoción. Cuando ello
ocurre no se procura, en realidad, el desarrollo perfectivo de la persona, sino la utilización de la
parte animal del ser del hombre para su instrumentalización y dominio. No puede decirse
respecto a la consideración de la persona en función de su existir social y político que el orden de
los factores no altera el producto. Sí lo altera. Mal puede quererse con la voluntad el bien
personal y social si no se conoce con la razón la verdad.
La Declaración Dignitatis humanae del Concilio Vaticano II, relativa a la libertad religiosa, dice:
“Por razón de su dignidad, todos los hombres, por ser personas, es decir, dotados de razón y
voluntad libre y, por lo tanto, enaltecidos con una responsabilidad personal, son impulsados por
su propia naturaleza a buscar la verdad, y además tienen la responsabilidad moral de buscarla,
sobre todo la que se refiere a la religión. Están obligados, asimismo, a adherirse a la verdad
conocida y a ordenar su vida según las exigencias de la verdad” . Y agrega que “la verdad debe
buscarse de modo apropiado a la dignidad de la persona humana y a su naturaleza social,
mediante la libre investigación, con ayuda del magisterio o enseñanza, de la comunicación y del
diálogo, por medio de los cuales los hombres se exponen mutuamente la verdad que han
encontrado para ayudarse unos a otros en la búsqueda de la verdad; y una vez conocida ésta, hay
que adherirse firmemente a ella con el asentimiento personal” .
Sólo desde una filosofía del ser se puede intentar dar respuesta a las preguntas sobre la
participación en el ser de la persona humana; de la relación del ens ab alio (que recibe el ser de
otro), de la persona humana, con el ens a Se (que posee el ser en sí y por sí mismo) el Creador; y,
además, partiendo de la consideración de las facultades superiores de su alma (como coprincipio
espiritual de la persona, hilemorfismo aristotélico-tomista), entender que se armonizan en ella—
hecha a imagen y semejanza de Dios— lo absoluto y lo relativo. En la finitud de su ser
participado no todo es subjetivo, relativo y transitorio. Cada persona encuentra en el Hacedor de
su ser su causa eficiente y su causa final. De Él viene; hacia Él va.
Ese Hacedor es Dios, el Ipsum Esse Subsistens. Plenitud del Ser. Causa incausada. Causa es lo
que confiere el ser (conferens esse). La persona es ser subsistente, pero no por sí mismo. La
sociedad carece de sustancia. No es un Yo mayúsculo, contentivo de una pluralidad de yo
minúsculos. La realidad social es diferente, como un todo, a la sumatoria de las realidades de los
individuos que la componen.
Si la razón divina es la ley eterna, el concepto de ley resulta analógico . La única ley no es la ley
escrita ni la ley humana positiva. Dios no es un legislador humano, aunque haya dado las leyes
que rigen la naturaleza humana. La ley natural no es ley escrita, aunque analógicamente el
lenguaje paulino diga que está escrita en nuestro propio ser. La ley es obra de la razón, aunque su
imperio sea fruto de la voluntad de gobierno.
Dios es plenitud de Ser. Y su obrar es perfecto. No así el hombre. Posee el ser por participación y
las secuelas del pecado original y de los pecados personales hacen que, dejado a sus propias
fuerzas, la torcedura de su andar resulte evidente. Por eso el Catecismo de la Iglesia Católica (el
Catecismo del Vaticano II) dice que “ignorar que el hombre posee una naturaleza herida,
inclinada al mal, da lugar a graves errores en el dominio de la educación, de la política, de la
acción social y de las costumbres” .
Como toda autoridad viene de Dios quien tiene el imperium debe poseer la auctoritas. Con el
imperium se da a la voluntad rectora de quien cuida la comunidad la capacidad de dar vigencia a
una ley (promulgación), de aplicarla, “de establecer —dice Maritain— un orden capaz de ser
impuesto a otros” .
Por su naturaleza racional, es propio del hombre conocer por la inteligencia. Pero Dios no lo deja
limitado a sus propias fuerzas. Da un testimonio perenne de Sí. Tanto el orden de lo creado —la
participación de las criaturas en el ser— como el autotestimonio de Dios se abren como objeto de
estudio para la razón humana. Juan Pablo II recuerda que junto al yo creo se encuentra, en la
criatura humana el yo se. No hay oposición entre fe y razón. En el hombre puede darse la
perfecta complementación entre una y otra. Quien afirma sólo la razón cree que sabe. Quien
adhiere a la fe sabe que cree. La vía del saber y la vía de la fe se ayudan mutuamente. En el caso
del cristiano, está la razón iluminada por la fe. Porque la Revelación es Dios que se nos
comunica para nuestra salvación. Por ella, el hombre conoce con certeza y sin error la realidad
divina a la cual no puede llegar con la simple razón humana. Por eso el Papa, en la Enc. Fides et
Ratio, llega a proponer como definiciones del hombre aquel que busca la verdad y aquel que vive
de creencias .
La persona humana tiene una naturaleza social. Baste indicar de momento que sólo una persona
que busca la verdad puede servir a los demás conociendo que el fin del existir social y político es
el bien común. Quien sea escéptico respecto al conocimiento de la verdad o prescinda de ella no
tiene el temple ético necesario para asumir ningún tipo de compromiso valedero de tipo social o
político. Con la simpleza de su óptica, pensará erróneamente (y actuará en consecuencia) que el
fin de la política es el poder. Y no es así. El fin de la política es el bien común social; y el poder
tiene sólo un rango instrumental para alcanzar tal fin.
Si la consideración del ser y del actuar de la persona humana se hace desde una perspectiva
naturalista y poniendo el énfasis en la voluntad, es decir, subordinando la razón a la voluntad, la
deshumanización del existir social y la pasionalidad clave del actuar político ocuparán posición
rectora en la teoría y en la praxis.
Desde una perspectiva humanista cristiana —que no es un simple antropocentrismo, repito, sino
un humanismo teocéntrico— la consideración del existir social reclama una responsabilidad
personal y el ámbito de lo propiamente político resulta inseparable de la opcionalidad con una
responsabilidad ética. La sociedad no es el resultado de un contrato ni de un pacto tácito. El
contractualismo o el pactismo de las teorías liberales de la modernidad (inseparables, en el
desarrollo de sus dos expresiones más importantes —las de Rousseau y de Hobbes—, de las
negaciones más totales de la libertad personal; y, por tanto, de la dignidad humana, individual y
socialmente considerada) resultan empeños seudo naturalistas de explicación estrictamente
antropocéntrica de una realidad que brota de la misma naturaleza de la persona; y que, por tanto,
no depende sólo de su querer. Algunas de las asociaciones que el hombre genera dentro de su
existir social podrán considerarse artificiales, en cuanto, en efecto, son producto de la affectio
societatis, de una concreta voluntad pactista que, de igual modo de surge, puede luego
desaparecer. Ello no puede decirse de la sociedad. Ésta es natural en cuanto responde a
exigencias de la misma naturaleza humana y es necesaria para su desarrollo perfectivo. La
sociedad, así carezca de sustancia propia, es una realidad no un artificio. Es el marco natural del
existir del hombre. Es una estable unión moral para la búsqueda de un fin común.
Auctoritas e imperium
El bien común es el bien de todos que, a la vez, resulta el máximo bien particular
(independientemente de que sea percibido de tal manera por todos y cada uno). Una sociedad no
puede existir sin una autoridad con capacidad de hacer cumplir sus órdenes; es decir, con
capacidad de hacer eficaz su imperium. Una sociedad sin autoridad es un contrasentido. La
hipótesis anárquica jamás ha tenido concreción histórica. Las etapas de anarquía que puedan
encontrarse en el proceso histórico de un pueblo son coyunturas de disolución social que, luego
de circunstancias a menudo violentas, conducen a la superación del vacuum de imperium, ya por
vía normal (recuperación de cauces institucionales y normativos) o patológica (la
personalización primitiva del poder en el caudillo semibárbaro). La visión de la sujeción a
cualquier tipo de autoridad social como realidad alienante hace del anarquismo una postura
antagónica a la sociedad misma.
El recto ejercicio del imperium posee, sin embargo, direccionalidad y cauce. Está orientado al
bien común. El cauce es legal, normativo. El imperium se acata en virtud de la auctoritas que
posee quien lo detenta. Si quien ejerce la autoridad posee el imperium pero no la auctoritas
estaríamos en presencia de un gobernante sin el respeto o acatamiento debido, incapaz,
caprichoso o arbitrario.
Si la sociedad no es artificial sino natural, puede afirmarse que tiene, como tal sociedad, unos
derechos diferentes a los de la persona; y que el bien de la sociedad es superior al bien
individual. En atención a esos derechos de la sociedad y al bien común, el ejercicio del
imperium, su recto uso, tiene un cauce jurídico que legitima y a la vez permite el control y la
rectificación de los posibles yerros de quienes lo detentan. El orden normativo de la sociedad es
doble, moral y jurídico. El segundo posee una intrínseca vinculación con el primero. Las
condiciones de organización social que surgen de la naturaleza humana exigen el cauce
normativo jurídico positivo. El orden jurídico, por cuya vigencia vela (también por cauces de
derecho) la autoridad social y política, encuentra su razón de ser en el bien común como fin
social.
Cuando sigue el derecho natural, el ser humano actúa secundum natura. Así, si bien pueden
distinguirse no pueden divorciarse uno (el natural) del otro (el positivo).
Ambos, el natural y el positivo, son órdenes jurídicos por sus características comunes de
racionalidad, eticidad y politicidad; en cuanto ordenados al bonum commune de la polis. El
derecho natural dice relación a la sociedad y a su configuración jurídica y política, por la misma
naturaleza de la realidad. El positivismo, para cuya óptica sólo existe un legislador humano,
considera únicamente como derecho la voluntad estatal normativamente formulada. El
formalismo positivista será, para un iusnaturalista, la puerta abierta a cualquier exceso, en cuanto
prescinde (si acaso no se confronta directamente) con el fin del derecho: la justicia. De la
oposición iusnaturalista al positivismo no puede, sin embargo, deducirse una equivalente
oposición al ordenamiento jurídico positivo, en cuanto tal. El derecho natural exige claramente la
observancia del derecho positivo. Éste —si es verdadero derecho y no una norma tiránica por su
intrínseca injusticia— aplica el derecho natural a las circunstancias de espacio y tiempo.
Las prohibiciones contenidas en la ley civil tienen ciertamente relevancia moral, pero no
necesariamente lo contrario. No compete a la ley civil la simple sanción del orden moral con el
poder del Estado; por la simple razón de que éste (el Estado) no puede ser concebido como el
ejecutor de la ley moral.
Por la solidaridad el hombre contribuye con sus semejantes al bien común social, en todos sus
niveles . La solidaridad es consecuencia de la fraternidad humana y cristiana que lleva a
reconocer en el prójimo otro “yo” . La solidaridad hace referencia a la distribución de los bienes
y retribución de los salarios; a los esfuerzos en búsqueda de un orden social más justo. Pero no
sólo hace referencia a asuntos materiales: también a la difusión de los bienes espirituales de la fe;
y a la educación y a la cultura.
Si el bien común social es el fin de la sociedad política, la justicia es una exigencia del bien
común; y la seguridad jurídica es condición y medio de la justicia. Por la solidaridad
reconocemos, respecto a nuestros semejantes la dilectio y la amicitia que están en la base de las
obligaciones de justicia y equidad. La solidaridad nos lleva, así, al reconocimiento de las
obligaciones derivadas de la justicia conmutativa (justicia entre iguales); al acatamiento, por la
justicia legal (justicia entre el hombre y el Estado), de las leyes del Estado que no sean
intrínsecamente injustas; al servicio al bien común, con la condición de empleados públicos, por
la justicia distributiva (justicia entre el Estado y la sociedad y sus integrantes —sociedades y
personas—); y a la promoción del bien común por nuestro quehacer de ciudadanos, según la
justicia social (justicia entre el hombre y la sociedad).
Los que simplemente distinguen antagónicamente entre la persona y la sociedad, ponen, por
prejuicio ideológico, la carga en uno de ellos en detrimento del otro. El humanismo cristiano por
el contrario afirma los dos principios, como necesidad de la propia realidad de la persona y de su
naturaleza social. Quien sólo postulara la solidaridad en detrimento de la subsidiariedad,
resaltaría la dimensión social del existir del hombre en detrimento de la persona, haciendo
coincidir forzadamente la solidaridad con una visión socialista del hombre. Quien sólo pusiera el
énfasis en la subsidiariedad en detrimento de la solidaridad, estaría recortando artificialmente la
noción de persona para hacerla coincidir forzadamente con una visión liberal del ser humano.
En ambos casos resultan seriamente dañados tanto el bien personal como el bien común social.
El principio de solidaridad subraya el bien común, los deberes sociales, la cooperación entre los
conciudadanos y la igualdad de personas entre ellos. El principio de subsidiaridad pone de
relieve la persona singular y los derechos personales, el ámbito de la privacidad y el don natural
fundamental de la libertad. El resalta el ejercicio del derecho de asociación, el esfuerzo de lograr
en asociaciones y sociedades fines humanos y de ordenar fines e intereses parciales al bien
común general. El liberalismo exagera la subsidiaridad y el socialismo exagera la solidaridad.
Para evitar el desequilibrio de esos dos extremos conviene definir la persona en relación al bien
común; y definir el bien común en relación a la persona.
Desde la Rerum novarum (León XIII, 15 de mayo 1891) todo el magisterio eclesiástico ha
criticado tanto el sistema socialista como el sistema liberal. La Enc. Centesimus annus destaca la
validez del principio de solidaridad como “uno de los principios básicos de la concepción
cristiana de la organización social y política” . El Papa Juan Pablo II destaca que ese principio
fue enunciado varias veces por León XIII con el nombre de amistad y por Pío XI como caridad
social; y que Pablo VI, a su vez, ampliando el concepto, hablaba de la civilización del amor.
En la Centesimus annus se destaca que el error fundamental tanto del socialismo como del
liberalismo es de carácter antropológico en cuanto reducen al hombre a un conjunto de relaciones
socio-económicas, haciendo depender la dignidad de la persona humana de la tecno-estructura; y
desapareciendo, así, “el concepto de persona como sujeto autónomo de decisión moral” . Al
distorsionarse la concepción de la persona se distorsiona la visión del derecho como
ordenamiento normativo que encauza y regula el ámbito de ejercicio de la libertad.
Cuando Maritain escribe Los derechos del hombre y la ley natural (1942) se detiene ampliamente
en la temática de la persona, la sociedad y el bien común .
Procura decir qué es y qué no es la persona. Para él, la persona es un “todo abierto”. Y no es “un
pequeño dios sin puertas ni ventanas, como la mónada de Leibniz, o un ídolo que no ve, ni
entiende, ni habla” .
Por su naturaleza, la persona tiende a la vida social y a la comunión. “El hombre es un animal
político, es decir, que la persona humana demanda la vida política, la vida en sociedad, no sólo
respecto a la sociedad familiar, sino respecto a la sociedad civil. Y la ciudad, en tanto que ella
hace honor a su nombre, es una sociedad de personas humanas” .
Se detiene extensamente en la consideración del bien común como fin social. “No decimos –
puntualiza- que el fin de la sociedad es el bien individual o la simple colección de bienes
individuales de cada una de las personas que la constituyen. Semejante fórmula disolvería la
sociedad como tal en beneficio de sus partes y conduciría a la ‘anarquía de los átomos’, llevaría
ya a una concepción francamente anarquista, ya a la vieja concepción anarquista enmascarada de
materialismo burgués, según la cual toda la función de la ciudad consistiría en velar por el
respeto de la libertad de cada uno, mediante el cual los fuertes oprimen libremente a los
débiles” .
“El fin de la sociedad —afirma claramente— es el bien común de ella, el bien del cuerpo
social” . La explicación del concepto le permite precisar la distinción frente al individualismo y
al estatismo, desde la perspectiva de una antropología filosófica y una filosofía social de
entronque metafísico en las veredas alimentadas por el pensamiento de Aristóteles y S. Tomás.
“El bien común del cuerpo social —subraya— es un bien común de personas humanas. Como el
cuerpo social es un todo de personas humanas, esta fórmula, a su vez, podría conducir a otros
errores de tipo estatista o colectivista. El bien común de la ciudad no es ni la simple colección de
bienes privados ni el bien propio de un todo que (como p. e. las especies respecto a los
individuos o como la colmena respecto a las abejas) reporta a sí sólo en sacrificio de las partes;
es la buena vida humana de la multitud, de una multitud de personas, es decir, de totalidades a la
vez carnales y espirituales; y principalmente espirituales, aunque vivan más en la carne que en el
espíritu. El bien común de la ciudad es su comunión en el bien-vivir; él es, pues, común al todo y
a las partes; digo a las partes como siendo ellas mismas todos, porque la noción misma de
persona significa totalidad; él es común al todo y a las partes sobre las cuales él se vuelve y que
deben beneficiarse de él. So pena de dañarse él mismo, implica y exige el reconocimiento de
derechos fundamentales de las personas (y los derechos de la sociedad familiar, donde las
personas se comprometen más primitivamente que en la sociedad política); y él conlleva como
valor principal el más alto acceso posible (es decir, compatible con el bien de todos) de las
personas a su vida de personas, a su libre y pleno desarrollo –y a las comunicaciones de bondad
que proceden a su turno” .
Maritain señala tres características esenciales del bien común. Más que rasgos descriptivos son
exigencias de índole entitativa. Así plantea como exigencias del bien común la redistribución, la
autoridad y la moralidad.
Sobre la redistribución, indica que el bien común debe redistribuirse a las personas, debe
(mediante tal redistribución) ayudar al desarrollo perfectivo de las personas integrantes del
cuerpo social .
Se desató entonces un fenómeno que no supuso la sustitución de la ética por la estética, como
algunos han visto en el planteamiento renacentista que, desde el punto de vista de la filosofía
política, daba prioridad a lo pasional sobre lo racional, y terminaba por ser, en el caso típico de
Maquiavelo, más radicalmente amoral que inmoral. Supuso, en cambio, en el tiempo a caballo
entre dos siglos, durante casi dos décadas, el desarrollo de la hipótesis de la caducidad del
Estado-Nación.
El Estado era el enemigo de los nuevos utopistas que no estaban (ni están) conscientes de serlo.
El Estado era malo. Si el Estado era malo, el servicio a él era perverso. Por tanto, la política era
vista como algo intrínsecamente inmoral. La cultura dominante, signada por el relativismo,
aplicaba semejante lógica a una dogmática sin mayores excepciones para construir, sin
dificultades, el tiempo de la economía, sepultando en el estercolero de la historia (para decirlo
con lenguaje trotskysta) el tiempo de la política.
No hay sociedad abierta sin política. No hay política sin ciudadanía. No hay ciudadanía sin
afirmación de la plenaria dignidad de la persona. No hay plenaria afirmación de la dignidad de la
persona sin reconocimiento de su naturaleza social. No hay reconocimiento de su naturaleza
social sin la afirmación del fin social o bien común que constituye a la comunidad humana en
sociedad que reclama la institucionalidad política y jurídica. No hay posibilidad de auténtica
institucionalidad política y jurídica, sin el reconocimiento del Estado y de la legítima dedicación
a lo público, al servicio del bien común, por parte de los ciudadanos.
Lo anterior, en el tiempo de la economía de los postmodernos, no parece estar tan claro ni ser
universalmente compartido. Si ha concluido el tiempo de las revoluciones y las totalizaciones
ideológicas, el marco crítico de la democracia de inicios del siglo XXI, en medio del fenómeno
de la globalización no sólo económica sino cultural, perece signado por el riesgo del desaliento,
por el vacuum impuesto en el orden de los valores por un relativismo moral que aspira a seguir
asfixiando todo empeño de rescate de la persona en el plano filosófico y político.
Las simples referencias hechas a un pasado no demasiado remoto muestran que, respecto a la
democracia, no es ocioso precisar que se desea tratar aquí de la auténtica democracia. A menudo
los adjetivos calificativos aplicados a las formas políticas institucionales generan sensación de
imprecisión cuando no de manipulación bastarda. En este caso, la calificación busca, por el
contrario, eludir confusiones babélicas con manipulaciones bastardas ya dadas en el escenario de
las realidades históricas, que, a veces, como contrabandos del pasado, aspiran a colarse por
alcabalas no ingenuas como supuestos anticipos del futuro.
“Los primeros parlamentos se reunieron justamente para decidir sobre el aumento de los tributos
que debían pagarse y sobre el modo como los mismos debían ser usados. Donde está en juego el
interés de los hombres es justo que aquellos que pagan decidan lo que se debe hacer con el
dinero que han dado. Este fue el grito de batalla de la Independencia americana: no legislation
without representation” .
Cuando no se trata de armonizar intereses de manera práctica buscando el bien común, sino
cuando se trata de decidir sobre la verdad, el sistema de mayoría no resulta el adecuado. Rocco
Buttiglione ha destacado que no funciona ni en la ciencia (no se decide por mayoría, en una
votación, la redondez de la tierra o el principio de la relatividad de Einstein) ni en el derecho (la
inocencia o culpabilidad de un acusado no depende de una votación pública, sino la decisión
ajustada a derecho de un juez, basada exclusivamente en los hechos conocidos, alegados y
probados). La razón es clara: “los intereses son disponibles, los valores son indisponibles”. “De
mi dinero —dice Buttiglione— decido yo y hago con él lo que quiero. Si debo emplearlo en una
empresa común junto con otras personas, entonces decidiremos conjuntamente qué hacer,
siguiendo la regla de la mayoría. La verdad, por el contrario, o en general los valores, no es mía
ni puedo hacer con ella lo que quiero. Sobre este principio se fundamenta la independencia de la
cultura y de la Magistratura. El poder político no puede disponer ni de la justicia ni de la cultura.
Aquellos que desarrollan una actividad de investigación (las Universidades) y aquellos que
administran la justicia (el poder judicial) deben ser tutelados de manera particular para impedir
que el poder político los chantajee para manipular la verdad. Naturalmente, el Estado no puede
dejar de interesarse por la cultura y por la justicia, pero al hacerlo debe respetar su autonomía.
Esta autonomía está fundada sobre la indisponibilidad del bien de la verdad, que está en el centro
de estas esferas” .
También pertenece al concepto moderno de democracia (lo recuerda la Enc. Centesimus annus)
el llamado en la tradición jurídica y política occidental estado de derecho. En todo estado de
derecho el origen del poder legítimo está en la voluntad de la mayoría, pero la legitimación del
poder mismo en su ejercicio depende de si ajusta su actuar al cauce señalado por la Constitución
y las leyes. Ello supone que los gobernantes no poseen un poder absoluto y que hay valores y
principios (enraizados en la propia dignidad de la persona humana) que no dependen de la
aquiescencia de la mayoría ni resultan graciosa concesión de gobernantes omnímodos. El estado
de derecho supone, pues, la división de los poderes, y el ejercicio legal del poder como requisito
sine qua non de un régimen constitucional.
Como se sabe, el principio de la separación de los poderes juega un papel destacado, pero
aparece, en definitiva, subordinado al principio superior de la unidad del Estado. El mismo
principio ha operado diversamente en otra de las grandes tradiciones de la Europa continental,
aquella que reconoce comúnmente como maestro suyo a Montesquieu. Al respecto ha podido
escribir con precisión Francesco D’Agostino en su Filosofia del Diritto: “Cuando leemos en el
art. 16 de la Déclaration des Droits de l’Homme et du Citoyen la célebre afirmación: ‘Toute
société dans laquelle la garantie des droits n’est pas assuré, ni la séparation des pouvoirs
déterminée, n’a point de Constitution’ [Toda sociedad en la cual la garantía de los derechos no
está asegurada, ni la separación de poderes determinada, no tiene Constitución], nosotros
percibimos –en una de las fórmulas más eficaces y límpidas para designar lo específico del
Estado de derecho- la gran carga moral implícita en la doctrina de Montesquieu. ‘Tener una
Constitución’ significa, formalmente, separar los poderes, pero sustancialmente garantizarse
contra la tiranía, contra el gobierno de los hombres (más aún, de un solo hombre) respeto al
gobierno de las leyes. El énfasis que percibimos en el art. 16 de aquella Déclaration nos hace
comprender cómo la separación de los poderes no resulta simplemente una técnica, sino más que
todo y sobre todo un principio, un valor que se convierte en una norma jurídica; la brida que el
derecho pone al poder y con la cual el poder (aunque suene increíble) se ha dejado –al menos en
muchos casos- embridarse” .
El pragmatismo luce como inseparable base filosófica del relativismo y del escepticismo de la
cultura dominante. O, si se prefiere, el relativismo y el escepticismo son supuestos teóricos del
pragmatismo como filosofía planteada más que con ambición de sistema, como aspiración
intelectual de alternativa válida contra todo sistema. La cultura dominante es, en buena medida,
consciente o inconscientemente, deudora del pragmatismo.
Robert D. Kaplan, p. e., ha destacado que el término moderno sugiere el deseo de separar nuestra
vida y nuestro tiempo del pasado. Así, las ideas, la política, las expresiones artísticas modernas
no constituyen una simple extensión o reacción contra el pasado; son su rechazo . Kaplan reduce,
pues, la modernidad a la llamada modernidad de ruptura, caracterizada, básicamente, por su
actitud revolucionaria. La distinción entre modernidad de ruptura y modernidad de continuidad
se hizo común para distinguir, en el ámbito académico, los diferentes arquetipos de procesos de
cambio, igualmente nutridos por los ideales que genéricamente podían tildarse de modernos, que
se habían operado en el marco de la historia moderna europea occidental. Así, el paradigma de
modernidad de ruptura fue visto en la Revolución Francesa, mientras que los ejemplos de
modernidades de la continuidad se buscaban en el ámbito histórico-político anglosajón. Tales
esquematismos, como es sabido, constituyen a lo más un punto de referencia para la
comprensión de determinados fenómenos, pues no logran abarcar y ubicar, con plenitud y
certeza, la realidad en su maravillosa analogía de conductas humanas, personales y colectivas, y,
a la vez, en sus específicas diferencias que tipifican personas, hechos o procesos, escapando a los
reduccionismos de la unidimensionalidad.
El término moderno, agrega Kaplan, es una celebración del Progreso (así, con P mayúscula) . Si
ello es así, cabría preguntarse si el mito del progreso no forma parte, también, de los contenidos
del pasado.
Cuando Kaplan señala que el mundo que inicia el Tercer Milenio y el s. XXI no es moderno o
postmoderno, sino sólo continuación del antiguo, argumenta que, a pesar del avance tecno-
científico, se manifiesta en la actualidad la antigua tradición de escepticismo y constructivo
realismo, categorías que, según él, guían a los verdaderos hombres de Estado, sobre todo en el
ámbito de la política exterior (la gran política) .
No vacilan estos autores en postular, como faro necesario del nuevo liderazgo que exigirían los
tiempos, una ética que no dudan en calificar de pagana. La ética pagana sería, así, vista como una
actualización de los criterios que, según tal perspectiva, tuvieron vigencia en el mundo clásico y,
con sus variantes lógicas, en los momentos axiales de la historia. Ellos estarían intrínsecamente
vinculados a un realismo pragmático; éste vendría a ser la antítesis del idealismo, siempre
proclive (según ellos) al fanatismo, a la división, a la confrontación y al belicismo, propios de la
que se dio en llamar etica judeo-cristiana. El idealismo es visto como postura no sólo vinculada a
la primacía de la razón (el prius de la cogitatio, de estirpe cartesiana, estaría en la cuna misma del
pensamiento de la modernidad), sino que evocaría, sobre todo, una política de valores, la
afirmación de la verdad, el servicio a la verdad. Así, Kaplan, citando a Raymond Aron, considera
que lo bueno y lo malo son falsas dicotomías que no sirven para enjuiciar la política de los
Estados, ya que la crítica del idealismo no es sólo pragmática sino también moral, en cuanto la
diplomacia idealista se desliza inexorablemente hacia el fanatismo .
Kaplan desarrolla ese enfoque al hacer referencia a Maquiavelo. Según él, el florentino prefería
la ética pagana de la auto-preservación a la ética cristiana del sacrificio, que consideraba
hipócrita . Por eso, el intento maquiavélico de reducción de la política a la técnica y de la
justificación de toda política, siendo el éxito en la obtención y mantenimiento del poder el sumo
bien y el fracaso en tal empeño el mal político en sí. Valga comentar, en discrepancia con
Kaplan, que la reducción maquiavélica de política a poder y de la polis al Príncipe, contrasta con
toda la teoría clásica, helénica, románica y cristiana. Desde la renovación de los estudios sobre
Aristóteles, con los estudios de Werner Jaeger , y los posteriores notables aportes del mismo
Jaeger al estudio de Platón y los ideales de la cultura griega ; así como los estudios de Eric
Voegelin , puede considerarse que la formación de la persona en la civilización helénica es una
formación en valores; una formación ética, en la cual la areté ciudadana expresaba la vinculación
de la existencia personal con el destino histórico de la polis. Si bien todo ello, en el marco de la
cultura griega, no logra plenamente el reconocimiento de la trascendencia, agotándose en la
grandiosidad oprimente de la tragedia, en forma alguna puede afirmarse que la ética pagana
(entendida como formulación precristiana) conlleve una dicotomía absoluta entre moral
individual y moral pública; y mucho menos que suponga un vacuum [vacío] de valores
absolutos, garantes de la rectitud personal en el marco de la inexorable existencia política.
La virtù maquiavélica no está, ni siquiera remotamente, emparentada con la areté. En efecto, para
Maquiavelo y sus seguidores, antiguos y recientes, carece de sentido “realista” la cuestión del
bonus vir [hombre bueno], la conveniencia que el Príncipe (o el estadista) sea bonus vir .
Además, no debe olvidarse la cíclica visión de la historia propia de Maquiavelo, sin cuya
consideración la virtù sería vista fuera de contexto. Para Maquiavelo, es cierto, la virtù era la
condición del gobernante que permitía a una sociedad el tránsito del desorden al orden, de la
guerra a la paz. La paz lograda por la virtù se caracterizaba por el ozio [ocio], que generaba, a su
vez, de nuevo, el desorden, lo cual exigía de nuevo la virtù...e così via. Esa visión cíclica encaja,
además, perfectamente, con el pesimismo antropológico del pensador florentino .
Como destaca Kaplan siguiendo a Isahiah Berlin, el ideal de Maquiavelo es una Patria bien
gobernada, no la libertad individual . La pregunta que surge entonces es la siguiente: ¿Puede
gobernarse bien la Patria sin que tal gobierne garantice y potencie la libertad individual?
-Pareciera que no. Inevitablemente, brotan en la memoria dos respuestas de Maritain a dos frases
famosas, dichas por estadistas que, aunque ubicados en aceras históricas distintas, uno y otro,
podrían, ambos, ser calificado, por Maquiavelo (y por Kaplan) de profetas armados y de
estadistas realistas y pragmáticos. Me refiero a Bismarck y a Lenin. Ante la frase de Bismarck,
“Prefiero una injusticia a un desorden”, Maritain pregunta: “¿Y es que hay mayor desorden que
la injusticia?”. Ante la pregunta de Lenin: “Libertad ¿para qué?”, Maritain responde, lapidario:
“Para que el hombre sea hombre”.
Cuando se afirma la necesidad de una ética pagana superadora de la ética judeo-cristiana, como
exigencia rectora de los estadistas de la modernidad, quizá el intento de síntesis de algún enfoque
pueda resultar deformador del mismo. Sin embargo, en aspectos medulares, me parece se
recogen adecuadamente los supuestos de análisis y comprensión de toda una postura que,
negándose a reconocer la crisis de la civilización, el crepúsculo de la modernidad y la
postmodernidad, espera aún por su supuesta plenitud postergada (y, más aún, lucha por darle
encarnación histórica a través de un liderazgo cuya ortopraxis dependa de la ortodoxia
modernista renovada). Allí colocan algunos el futuro, o la esperanza futura de la democracia del
nuevo siglo y del nuevo milenio.
El primer señalamiento crítico a tales posiciones vendría en la precisión (necesaria) que la ética
pagana a la cual ellos teóricamente se refieren no tiene nada que ver con la ética del mundo
clásico heleno-romano al cual pretenden remontarse para encontrar allí, el soporte históricamente
sólido de sus planteamientos. Porque la ética pagana, entendiendo por tal la expresada en el
pensamiento filosófico de los grandes pensadores griegos y romanos previos a la Era Cristiana
(o, si se desea mayor precisión, a la cristianización del Imperio Romano), nunca fue una ética
que respondiera a sistemas de pensamiento o a filosofías marcadas por el relativismo o el
escepticismo radical. El relativismo o el escepticismo radical fué propio de los sofistas, no de
Sócrates, ni de Platón o de Aristóteles. Tampoco de los estoicos. Y la crítica a Sócrates como
punto de partida de la “decadencia” occidental es típica del nihilismo de Nietzsche. A éste [a
Nietzsche] también corresponde el rechazo de la moral judeo-cristiana como “moral de
esclavos”. Pero el realismo trágico de Nietzsche (irracionalismo, en realidad) inspiró a profetas
desarmados vinculados a la tragedia antihumana del siglo XX. (Piénsese sólo, a manera de
ejemplo, en el nacional-socialismo alemán).
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ORTEGA Y GASSET, J., La Rebelión de las Masas, en Obras Completas, Madrid, 1946, IV, p.
197. El ensayo filosófico fundamental de Ortega sobre la técnica es Meditación de la Técnica
(cfr. Meditación de la técnica y otros ensayos sobre ciencia y filosofía, Madrid, 1989).