LA SEXTA PLANTA
Por Diego G. Andreu
Primera edición mayo 2019
Copyright © 2019 La sexta planta
Copyright © 2019 Diego García Andreu
Todos los derechos reservados
En memoria de Mari Carmen Fas
1
Aquella noche de invierno se quedó fría y cerrada, y como dirían los más
viejos del lugar, mañana el día amanecería tan gélido que podría arrancarte la
piel con la misma facilidad que se pela un plátano. La niebla se arrastraba a un
palmo del suelo por las desiertas calles de Madrid, pero allí, al final del viejo
camino del cementerio, donde los edificios eran cada vez más escasos y los
crujidos de las ramas más asiduos, se atrevía a ocupar todo el espacio, espesa
y vibrante como una gelatina de lepra.
...
―¿Espesa y vibrante como una gelatina de lepra? ―susurró Jaime con un
hilo de voz, frunciendo el ceño.
Si lo leía Eugenio, el intransigente de su editor, con toda probabilidad se
lo haría tragar sazonado con pimienta y sal. Releyó el párrafo una segunda vez,
como si así fuese a impregnarse de un cierto interés que ahora no percibía por
ninguna parte; ni siquiera un débil brillo de esperanza. Sus ojos, entrecerrados
por el cansancio y poco convencidos de la solidez de sus palabras, se
desplazaron de un extremo al otro de la pantalla del ordenador. Cuando llegó a
la palabra lepra, abatido y exhausto, suspiró. Tras meditarlo durante unos
segundos, su dedo planeó por encima del teclado hasta aterrizar una vez más
sobre la tecla de borrar. Las palabras, al igual que todas aquellas que con
anterioridad murieron por el mismo método taxativo, fueron comidas por el
cursor hasta dejar una lustrosa y palpitante página en blanco.
Jaime Murillo detestaba las páginas en blanco. Pero sobre todo cuando no
había ni una sola palabra que las precediera. Ni siquiera un título. Ni siquiera
una idea. El cursor, como si una extraña vida biotecnológica habitase en su
interior, parpadeaba frente a él con impaciencia esperando ponerse a trabajar.
Hoy me parece que tienes el día libre, amigo.
Llevaba casi dos horas encerrado en su despacho, y había utilizado la
odiosa tecla en diez ocasiones, aunque perdió la cuenta a partir de la sexta
vez. El duelo siempre lo había acabado venciendo la página en blanco, en
cada uno de los diez asaltos (era rápida, muy rápida desenfundando el
revólver), pero lo peor de todo, lo peor con diferencia, era que comenzaba a
hablar con el cursor, como si fuera con un amigo en el bar de la esquina.
Cuando llegaba ese momento, sabía que su mente no daría para más durante un
buen rato.
Se levantó de la silla, estiró los brazos y cogió un cigarrillo del paquete
sobre la mesa. Abrió la ventana y una corriente de aire cortante le azotó la
cara. Aquí no era invierno, como había escrito minutos antes, era 21 de
noviembre, a medio camino del otoño, pero el frío lo había descrito fiel a lo
que imperaba aquella noche. No hay nada mejor que sentir para describir.
Prendió fuego a la punta, exhaló una gran bocanada de humo y lo expulsó
por la ventana. Apoyó los codos sobre el deslustrado alféizar de la ventana y
contempló sin mucho interés las deprimentes vistas que le ofrecía. El edificio
donde vivían él y su familia tenía ocho plantas, en un barrio alejado de
Madrid. Ellos vivían en un modesto apartamento en la sexta planta. Lo más
interesante que podía encontrar era una hilera de árboles (ahora casi
desnudos) que adornaba la calle de dos sentidos al tráfico. Estos eran como
manos esqueléticas que brotaban de las aceras, abombadas y peligrosas en
demasiados tramos, y los únicos que en contadas ocasiones le habían servido
de inspiración. Bueno, la verdad es que eso no era del todo cierto. Los
sombríos edificios de enfrente, muchos de ellos con pisos deshabitados y las
persianas bajadas y descascarilladas, también habían participado en ese
momento dulce y brillante.
Sacudió la ceniza del cigarro y esta se precipitó al vacío dibujando una
espiral. ¿Por qué no tendría una casa en medio de un paraje natural, con unas
vistas desde su despacho capaces de arrancar a su imaginación las mejores
palabras jamás escritas? Como poseían otros escritores de terror con mucho
más éxito que él. Sin embargo, para responder a la pregunta no tenía que
ahondar demasiado en la profundidad de sus pensamientos. Era sencilla y
conocía la respuesta sobradamente: porque no se la podía permitir. Rápida y
cruel.
Puede que el género de terror hubiese tocado fondo, que la gente ya no se
dejara impresionar por nada, por la sencilla razón de que todo, absolutamente
todo, estaba explotado hasta la saciedad. El terror, y no solo en el ámbito
literario, había pasado a un segundo plano, como un espectador en la lejanía, y
posiblemente solo servía para que adolescentes lo usasen como excusa para
aterrorizar a sus novias y meterles mano en el acercamiento. Y aunque esa
fórmula siempre había sido bastante efectiva, las chicas de hoy en día tampoco
se asustaban con tanta facilidad. ¿Qué esperaba, entonces, el lector para sentir
terror verdadero?, pensó. Le dio una calada al cigarro y expulsó el humo por
la nariz. La nicotina le ayudaba a pensar y, como un brillo aislado de
inspiración, creyó encontrar la respuesta: sentir el terror en la propia piel. A
nadie le asusta leer que las luces de casa están encendidas cuando sabes
perfectamente que las has apagado antes de salir, o que de pronto, tu propio
reflejo en el espejo no sigue tus movimientos, pero sin embargo te observa con
expresión macabra. Esas nimiedades están superadas, pero no, no hay que
subestimar al terror, este no se ha esfumado del ser humano en un obligado
paso evolutivo, como dicen que tendemos a perder el dedo meñique porque la
única utilidad que tiene es para rascarte el interior de los oídos.
Porque... ¿y si en tu propia casa, en tu vida cotidiana, y olvidando por un
momento que eres la persona más valerosa y menos asustadiza de todo el
universo, vieses antes de acostarte que incomprensiblemente todos los cajones
de tu dormitorio están abiertos? ¿O, pongamos por caso, que vas en el
ascensor de tu casa, se detiene en un piso cualquiera, y cuando se abren las
puertas con un chirrido metálico entra ese vecino tuyo que falleció la semana
pasada de un infarto al corazón? ¿O (esta sí que es buena) si sintieses en un
callejón húmedo y oscuro, no muy lejos de tu casa, el aliento en tu nuca de ese
despiadado asesino en serie del que pensabas que nunca te cruzarías, porque
eso siempre le ocurre a los demás? Nunca a ti, ¿no es cierto? En efecto, la
clave residía en la palabra casa, muy cerca de tu entorno cotidiano. Ahí, ahí es
donde surge el verdadero terror. Esa sensación que te alerta de un peligro, que
te avisa de que cabe la posibilidad de que tu propia existencia esté a punto de
concluir. Esa sensación que ahoga tu grito, que paraliza tu cuerpo, que dispara
los latidos de tu corazón. En el preciso momento en que tu mente acepta que el
mal realmente existe, y que te ha rozado con su uña larga y corroída, ese es el
momento en que el terror adopta el verdadero sentido de la palabra en sí, el
momento en que se apodera de ti.
Ese era exactamente el terror que buscaba.
Suspiró desolado. Por lo visto su mente aún había sido capaz de dar más
de sí. Llevaba toda la tarde pensando en ello, y no era fácil aislarlo en una
burbuja, ni siquiera durante la pausa de un cigarro.
En esas casi dos horas, había repasado todo el manual de temática
terrorífica una y otra vez. Succionó el cigarro pensativo. Los vampiros.
Aunque eran su debilidad, estaban tan explotados que habían perdido su
verdadera magia oscura. Ahora solo eran seres dotados magníficamente y con
un gran talento para el amor. Los había descartado incluso antes de
planteárselo. Observó un solitario coche girar al final de la calle. Consultó la
hora en su reloj. Casi las nueve de la noche. Noelia debía estar a punto de
llamarlo para cenar, y esa presión añadida todavía lo desconcentraba más.
No pierdas el hilo, no lo pierdas.
Los zombis. Siempre eran su segunda opción, pero, ¿qué podía decir
acerca de ellos? Más de lo mismo, sin duda. En un putrefacto mundo
apocalíptico ya no quedaba más donde rascar. Además, Eugenio lo rechazaría
de inmediato, antes de que abriese la boca y pronunciase la primera Z. Pensó
en brujería, en sectas. Ni hablar. Nunca le había atraído y no se sentiría
cómodo escribiendo sobre ello. Quizá casas encantadas, fantasmas. Suspiró.
Había un sinfín de libros hablando sobre ellos, y el cine tampoco ayudaba.
Payasos asesinos, psicópatas sangrientos, alienígenas provistos de un
carácter demasiado agrio. Nada era lo suficientemente sustancioso como para
perder el tiempo en ello. Apuró el cigarro y a punto estuvo de lanzarlo por la
ventana embargado por la frustración, pero se contuvo. Se apremió en cerrar
la ventana y aplastó la colilla en el cenicero repleto. El aire cortante lo había
dejado helado, y también a su despacho. El débil calor que desprendía el
calefactor de cuarzo había sido absorbido por el frío de la noche. Ese era el
precio que había que pagar por fumar. Elegir entre ahumar el despacho o
congelarse. Maldijo para sí mismo. Ni siquiera podían permitirse instalar
calefacción en toda la casa, y aunque dispusieran de ella, tampoco podrían
permitirse pagar la descomunal factura de gas que generaría.
Temblando de frío, dejó de compadecerse de sí mismo y dedicó un último
esfuerzo a sus elucubraciones. Se le acababa el tiempo, y ya podía escuchar la
voz de Noelia gritar a través de la puerta cerrada que la cena estaba
preparada. Se sentó una vez más frente al ordenador. La pantalla en blanco
parecía reírse de él, y luego estaba aquel maldito cursor, parpadeante, tratando
de meter presión.
Piensa, por Dios, piensa.
Cerró los ojos y paseó la mano por su cabello, en un evidente gesto
pensativo. Cuando los abrió el cursor seguía devolviéndole la mirada con un
continuo guiño desquiciante.
La clave está en la palabra casa.
En el preciso momento en que tu mente acepta que el mal realmente
existe.
Escuchó los pasos de Noelia por el pasillo al otro lado de la puerta,
posiblemente preparando la mesa. Una vez más, se acababa el tiempo, pero
algo se estaba gestando en su mente, una idea que iba adquiriendo huesos,
tendones, venas, músculos.
Ese es el momento en que el terror adopta el verdadero sentido de la
palabra en sí.
Sus ojos se abrieron como platos y sus labios se alzaron esbozando una
sonrisa gloriosa. ¡Claro! Lo había tenido delante de sus narices todo este
tiempo, ¿cómo no lo había visto antes? La súbita emoción aceleró los latidos
de su corazón. ¿Quién era la personificación del mal por antonomasia?
―Sí, sí...
Sus dedos, a gran velocidad, escribieron en el teclado del ordenador seis
letras. En mayúsculas, a modo de título provisional.
DIABLO
Satisfecho, contempló por unos segundos la temida palabra. Sí, solo con
leerla un escalofrío trepó por su columna vertebral. O quizá solo fue el frío
que había penetrado en el despacho por la ventana. Era imponente, y mucha
gente rehuía pensar en ella, solo por si ese negligente hecho lo atrajese hacia
uno mismo.
Perfecto, era absolutamente perfecto. Su imaginativa mente comenzaba a
trazar un esbozo de trama cuando la voz de Noelia se escuchó por toda la
casa:
―¡La cena está lista!
2
Noelia Pineda había asumido hacía mucho tiempo ya (exactamente nueve
años y tres meses que llevaban casados) que la mayor parte de las noches
debía preparar la cena sin la ayuda de su marido, excepto los fines de semana,
esa condición era irrevocable. Además de que se había convertido en una
costumbre, lo hacía porque sabía que Jaime necesitaba tiempo y silencio para
concentrarse en la escritura, y bastante difícil era ya viviendo en un edificio
donde las paredes eran de papel y podías escuchar incluso los pedos que se
tiraba el vecino de al lado.
Para esta noche había decidido cambiar el menú colgado con un imán (con
la forma de la Torre Eiffel, recuerdo de su viaje de bodas) en la puerta de la
nevera, y que siempre llevaba a rajatabla, sustituyendo la ensalada y la
pechuga asada que tocaba para el jueves por algo más suculento. A veces,
cuando el trabajo en la librería no había sido demasiado duro y se sentía con
fuerzas, le gustaba darles una pequeña sorpresa. Había optado por coles con
queso gratinado al horno, un plato sabroso y una forma disimulada para que
Javier comiera verduras.
Javier, al escuchar el grito de su madre, salió corriendo de su habitación
poniendo a voz en grito que se moría de hambre.
―¡Eh, eh! ¡Sin correr, jovencito, y sin gritar!
―Lo siento mamá, es que me muero de hambre ―Javier hizo una pausa y
respiró―. ¿Qué hay para cenar?
―Hoy es una sorpresa, lávate las manos mientras viene tu padre.
Javier se acercó a la mesa e intentó husmear poniéndose de puntillas lo
que había dentro de la cazuela de barro, pero Noelia había sido precavida y le
había colocado la tapa de aluminio por encima.
―¿No te he dicho que es una sorpresa? Anda, ve a lavarte, corre, que se
enfría ―ordenó sonriendo.
Javier salió corriendo del salón al tiempo que Jaime entraba, por lo que se
llevó un buen racimo de cosquillas cuando pasó por su lado. Observó por un
momento a Noelia. Llevaba puesta la bata estampada con caras de gatitos
haciendo muecas divertidas, que ya debía tener sus años como la tela
desgastada y algunas manchas imposibles de arrancar indicaban, pero que, al
fin y al cabo, seguía haciéndole gracia. Él había insistido en que la tirase a la
basura de una vez por todas y que la renovase, pero Noelia siempre se
excusaba con el mismo argumento: ese dinero lo podemos emplear en otras
cosas, y además, tampoco está tan vieja, a mí me gusta. Claro, ¿qué otra
opción tenía? Por un segundo sintió lástima de su mujer, y también sintió
desprecio por él mismo. Su escaso sueldo como escritor era el culpable de
que su mujer no pudiera tener una bata nueva, o de que en invierno se
congelasen en casa y en verano se abrasaran por no poder hacer frente a las
abusivas facturas de suministros.
Sin embargo, a pesar de esos perniciosos pensamientos, se apoyó en el
marco de la puerta, se cruzó de brazos y sonrió. Noelia llevaba su cabello
castaño y liso recogido en una coleta. Aun así, ataviada de ama de casa y con
expresión cansada, la encontró terriblemente atractiva. Noelia alzó la mirada y
escrutó su sonrisa. Siempre solía decir que conocía a su marido como si lo
hubiese parido, y cuando lo vio allí apoyado en el marco de la puerta,
adoptando una pose interesante y la comisura de sus labios alzada dibujando
una media sonrisa, supo que la tarde había sido, cuando menos, fructuosa.
―Uy, conozco esa sonrisa. Dime que por fin se te ha ocurrido algo ―dijo
mientras levantaba la tapa de aluminio y hundía el cucharón en las coles.
Jaime pareció salir de su ensoñación. Las ideas seguían bullendo en su
mente, y la voz cantarina de Nobita en la televisión debía avivar el momento
íntimo de la cena en familia, el momento de desconectar, porque siempre
cenaban con Doraemon para complacer a Javier, pero esa noche nada podía
vaciar su mente.
Miró por el pasillo para cerciorarse de que Javier todavía estaba
lavándose las manos y se acercó a Noelia. Por nada del mundo quería que su
hijo supiese de qué iba a tratar su novela.
―Sí cariño, creo que lo tengo ―susurró―. Luego, después de cenar y
cuando hayamos acostado a Javier te lo cuento.
―Uh, vaya, debe de ser bueno. Me vas a tener en un sinvivir hasta
entonces.
Aunque su tono podría sonar socarrón a oídos ajenos, no era así, en
absoluto. Jaime sabía que Noelia sentía aquellas palabras hasta la última vena
microscópica de su corazón.
―Paciencia, cariño, paciencia. No quiero que Javier se entere, es muy
pequeño todavía. Pero te puedo adelantar que dará mucho de sí.
Noelia sirvió la ración de Javier en el plato. Jaime pudo percibir un ligero
brillo en sus ojos, porque en el fondo sabía que se sentía extremadamente
intrigada.
Mientras Noelia servía una generosa y humeante ración para Jaime estuvo
a punto de hablar, tratar de sonsacarle algún anticipo, pero tuvo que contenerse
y su voz se quedó en un suspiro. No había tiempo para más. La conversación
acabó en el preciso instante en que Javier regresó corriendo del cuarto de
baño y se sentó en su lugar de la mesa, frente al televisor. Sus ojos
hambrientos no tardaron en posarse sobre la cena.
―¡Coles con queso! ¡Gracias mamá!
―Qué rico, ¿verdad, campeón? ―corroboró su padre sentándose a su
lado.
Lo cierto era que así daba gusto cocinar, pensó Noelia. Acabó de servir
los platos y se sentó a la mesa cerrando el círculo.
―Pues venga, a cenar, que no quede ni una miga.
Javier, tapado con la manta hasta la nariz, observaba con sus dos grandes
ojos azules a sus padres. Iban del uno al otro, y los dos sonreían con expresión
entrañable. A Javier le gustaba esa sonrisa, le hacía sentirse querido, pero
sobre todo, protegido. Estaba temblando de frío, porque en realidad su
dormitorio estaba helado. La tenue luz de la lamparita de noche apenas
iluminaba la habitación, y a Jaime, por un momento, le pareció que aquello
eran las frías mazmorras de un castillo en lo alto de una montaña del Cáucaso.
Maldijo para sí mismo el frío que hacía en esa casa, pero en ningún momento
borró su sonrisa.
―Enseguida entrarás en calor, cariño ―susurró Noelia, y se acercó a
darle un beso en la frente―. Buenas noches y duérmete pronto, que mañana
hay cole.
―Sí mamá, buenas noches.
Noelia lo arropó aún más si cabía y se hizo a un lado cediéndole el paso a
Jaime. Este le apartó el cabello de la frente y besó su mejilla.
―Buenas noches, campeón. Que tengas dulces sueños.
El ritual de todas las noches. Acercó su mano al interruptor de la lamparita
de noche albergando la esperanza de que su hijo por fin se lo permitiese, pero
se quedó a medio camino. La tierna voz de Javier sonó amortiguada por las
mantas que le tapaban la boca.
―¿Puedes dejarla encendida, papá?
Jaime sonrió quitándole importancia al hecho de que su hijo no soportase
dormir con la luz apagada y retiró la mano del interruptor.
―Claro, cariño. Puedes dejar la luz encendida, pero ya eres muy mayor
para eso. No tiene que darte miedo, lo hemos hablado muchas veces.
En verdad, no era lo suficientemente mayor para eso, y Jaime lo sabía,
porque cuando él también tenía nueve años le ocurría exactamente lo mismo.
En cuanto la habitación se quedaba a oscuras y las tinieblas se adueñaban de
cada rincón, su imaginación comenzaba a concebir monstruos dentro del
armario o bien debajo de la cama, pero eso era un trámite que había que pasar,
supuso. Con la edad, esos temores desaparecerían por sí solos.
―Gracias papá, te quiero, a ti también, mamá.
―Buenas noches ―dijeron sus padres al unísono. Dejaron la puerta
entreabierta y fueron a refugiarse a la calidez del salón.
La estufa de butano, la única arma de que disponían para combatir el
intenso frío, era suficiente para caldearlo, pero no para calentar toda la casa.
En cuanto dejaban la puerta abierta, el calor se esfumaba como si fuera
devorado por el helor que habitaba en cada rincón, en cambio si la cerraban,
al poco tiempo las emanaciones de la estufa producían una modorra
insoportable, y a Jaime siempre le ponía dolor de cabeza. Como solución,
dejaban la puerta entornada. Sin embargo, al final el resultado seguía siendo el
mismo, siempre acababan uniéndose los dos inconvenientes. El salón nunca se
llegaba a calentar del todo, por lo que el incómodo helor en el cuerpo siempre
estaba presente, y la sensación de embotamiento en la cabeza acababa
apareciendo de todos modos, aunque tardaba un poco más.
Noelia se sentó en el sofá de dos plazas y palmeó efusivamente el
almohadón contiguo para que Jaime se sentara a su lado. Este orientó la estufa
hacia ellos y no perdió tiempo en seguir su consejo. Con un gesto cariñoso, la
cogió por el hombro y la atrajo hacia él.
―Bueno, basta ya de tanto secretismo ―musitó Noelia―. Cuéntame
inmediatamente qué es lo que has pensado para tu libro.
Jaime se mojó los labios. Durante todo este tiempo había contenido el
deseo de contarle a Noelia su gran idea, y ahora que estaban solos, por fin
había llegado el momento de hacerlo. Como todas las noches de los últimos
días, se había levantado un ligero viento que silbaba tras las ventanas. A Jaime
le pareció el susurro fantasmal de un niño flotando en la fría noche. Bajó el
volumen de la televisión para no molestar a Javier y se dispuso a hablar:
―Escucha, a ver qué te parece ―Jaime hizo una pausa tratando de dar
más énfasis a lo que tenía que anunciar―: he pensado escribir sobre el diablo.
Jaime lo dejó caer como una losa. Sus ojos brillaban de emoción y la
comisura de sus labios se alzó en una sonrisa triunfal, como si al decirlo la
Tierra debiese detenerse. Sin embargo, la verdad era que necesitaba la
aprobación de su mujer, escuchar de su boca que la idea era más que acertada:
que era sublime. Se giró hacia Noelia y la miró a los ojos. Para él era
imprescindible estudiar esa primera reacción, la que nace de una sorpresa
inesperada y que no se puede ocultar. Noelia fijó la mirada en la diminuta
llama de la estufa, pensativa, guardando un silencio que a Jaime se le antojó
una eternidad. Luego, en su expresión se dibujó una sonrisa, e inevitablemente,
Jaime también sonrió.
―Me parece... me parece fantástico ―susurró―. El diablo. Sí, solo con
escuchar su nombre ya suena terrorífico. ¿Pero has ideado ya alguna trama, o
solo gira en torno a él? ―quiso saber, con un tono de voz que denotaba cierta
emoción.
―¿De verdad te gusta? Algo tengo en mente, pero tengo que pulirlo mucho
más.
―Ah, ¿y puedes contármelo, o es demasiado secreto?
Noelia le besó en la mejilla, una vez, dos veces, tres, como si con ese
gesto pudiese sonsacarle la información, y lo cierto es que funcionó, aunque
intuyó que no habría sido necesario, porque veía en la expresión apasionada
de su marido que se moría de ganas por contárselo.
―Bueno, de momento es solo un bosquejo y no me ha dado tiempo para
mucho más, pero sería algo así ―susurró Jaime, tratando de poner en orden
las ideas que habían estado bombardeando su mente―: un grupo de amigos,
todavía no sé cuántos, decide demostrar la existencia del diablo, y para ello se
reúnen una noche para practicar una invocación, con la Biblia y las tijeras,
aunque tengo que investigar en profundidad en qué consiste el ritual. Después
de esa noche, algo demoníaco los acosará, uno a uno, o a todos a la vez, y... y
tengo que perfeccionarlo ―concluyó riendo.
―Bueno, la verdad es que tiene una pinta estupenda. Me gusta, y ya sabes
que yo siempre soy sincera contigo, si no qué tipo de ayuda te estaría
ofreciendo. Además, sé que vas a sacar un buen libro de ahí ―esta vez Noelia
le besó los labios con una dulzura exquisita.
―Estaba deseando escuchar tu veredicto final.
Jaime le devolvió el beso mientras hablaba y cerraba los ojos, lo que hizo
que sus palabras sonasen entrecortadas y besuconas. De pronto, Noelia se
separó de él con un gesto brusco y lo miró fijamente a los ojos.
―Pero espera, ¿me prometes no hacer ninguna tontería esta vez?
Noelia no sonreía. Conocía la excentricidad de su marido, y como él
decía, para describir hay que sentir. Pero lo peor de todo era que, en la
mayoría de ocasiones, la obligaba a ser su cómplice. Por un momento se
preguntó por qué el género literario de su marido no sería el romántico en vez
del terror. La había hecho encerrarlo dentro de una caja de madera durante una
hora para conocer en su propia piel qué se sentía al ser enterrado vivo (y
todavía le recorría un desagradable escalofrío por su columna vertebral cada
vez que recordaba cómo golpeaba la tapa cuando el oxígeno se le acababa), la
había hecho vendarle los ojos y amordazarlo (y era curioso cómo, al contrario
de lo que ocurría en las películas, apenas habría aguantado unos minutos
respirando únicamente por la nariz medio taponada, y habría muerto si no le
hubiese arrancado la mordaza inmediatamente). En otra ocasión, el buen
hombre había puesto el despertador a las tres de la madrugada y había salido a
los pasillos del edificio únicamente provisto de su teléfono móvil a modo de
linterna, solo para acariciar la sensación de angustia y de terror que provoca
la oscuridad, en el supuesto de que los rellanos estuviesen infestados de
zombis. Hubo una vez, recordó, en que realmente llegó a preocuparse por él.
No se le ocurrió otra cosa que coger el coche y desplazarse hasta el Parque
Nacional de la Sierra de Guadarrama para perderse de madrugada en el monte
y sentir así la asfixia que produce la naturaleza en ti cuando la noche ha caído
y te ves invadido por la desorientación. Jaime no apareció por casa, sucio y
maloliente, hasta la tarde del día siguiente, y ella a punto estuvo de llamar a
emergencias.
Así que, esta vez, en cuanto escuchó las palabras Biblia y tijeras, una
lucecita roja y pequeña se encendió en un recoveco de su mente, y eso si que
no pensaba permitirlo, bajo ningún concepto. Sí, pensó mientras esperaba una
respuesta con expresión imperturbable, el miedo que infundía la figura del
diablo en sí seguramente le proporcionaría a Jaime el terror que estaba
buscando, no lo dudaba, porque en ese preciso instante ella misma se vio
embargada por una sensación inquietante, solo con pensar en ello.
―Está bien, esta vez no haré ninguna tontería.
―No me lo has prometido.
Jaime dudó un segundo.
―De acuerdo, te lo prometo.
3
Habían planeado ver una película esa noche, pero hubo un improvisado
cambio de planes. Jaime se sentía eufórico por haber sido tocado por la
inspiración, y para Noelia no había nada que la excitara más que ver a su
marido con los deberes hechos. Se transformaba en una persona totalmente
distinta, más cariñoso, mucho más alegre, o por el contrario, puede que el
momento de transformarse fuese cuando las palabras flotaban incansables en
su mente, cuando la abstracción lo mantenía demasiado distante como para
poder percibir lo que ocurría a su alrededor.
Fuera como fuese, esa noche habían hecho el amor durante el tiempo
exacto que duraba la película, hecho que sorprendió a ambos en la misma
medida, no por llegar al éxtasis final en el preciso instante en que los créditos
se deslizaban por la pantalla, sino porque la duración de la misma era de una
hora y cuarenta minutos. El pijama de Noelia, con ositos y corazones, estaba
tirado de cualquier manera en el sofá contiguo, bajo la ventana, que
previamente Jaime se había encargado de tapar con las cortinas de un color
beige claro. Su sujetador descansaba en el reposabrazos y sus braguitas de
color rosa habían aterrizado directamente en el suelo, junto a la mesita centro.
El chándal y la sudadera de Jaime habían caído justo en el lado opuesto.
Habían arriesgado mucho, porque si por cualquier motivo Javier se
hubiese despertado y levantado de la cama, los habría sorprendido en pleno
acto, y entonces habrían tenido que inventar cualquier pretexto, eso sí, algo lo
suficientemente creíble, porque conforme pasaban los años, cada vez era más
difícil despistar a Javier. Sin embargo, esa noche era una de aquellas en la que
había que correr riesgos, porque la espontánea fogosidad era algo de lo que
últimamente carecían. Aquellos momentos en que la excitación se adueña de la
razón y despeja el camino para que un instinto primitivo y desenfrenado se
haga cargo de tus actos podían contarlos con los dedos de una mano, y sin
duda, había que aprovecharlos.
Ahora que todo había acabado, se vistieron con rapidez entre besos
fugaces y risas. El salón era una caldera, ya que habían cerrado la puerta por
precaución.
―Por Dios ―dijo sonriendo Noelia―, apaga la estufa o me va a dar algo.
Ese comentario arrancó una sonrisa a Jaime. Ahora, cualquier cosa podría
hacerle reír. Cualquier cosa menos la televisión del vecino de al lado, que
gracias a la increíble ingeniosidad del arquitecto, los dos salones solo eran
separados por una fina pared. Volvió a reír cuando pensó en Noelia, que con
lo que adoraba gritar mientras lo hacían, tenía que hacer esfuerzos
sobrehumanos para no dejarse llevar. Se inclinó sobre la parte trasera de la
estufa y apagó la bombona de butano. Su frente estaba perlada por el sudor, y
su cabello despeinado pegado a ella.
―¿Se puede saber de qué te ríes? ―preguntó Noelia, aunque ella misma
no podía parar de sonreír.
―Ah, nada, estaba pensando en el vecino.
Por lo visto, debía de estar viendo una película de acción, porque se
escuchaba claramente a través de la pared gritos y explosiones acompañados
de una música frenética que se superponía al volumen a media voz de su
propia televisión. Noelia le dedicó una mirada traviesa.
―Ya sé lo que estás pensado, bicho. Pues que sepas que la próxima vez no
pienso contenerme, estoy harta de no poder hacer lo que me apetezca en mi
propia casa sin que me oigan todos los vecinos ―dijo con tono juguetón
mientras se abrochaba el cinturón de la bata. Sin embargo, ahora se lo tomaba
a bien debido al característico buen humor que la embargaba después de hacer
el amor, pero ese pensamiento, en cualquier otra situación del día, llegaba a
desesperarla, tanto o más que a Jaime, porque no se escuchaba solo al vecino
de al lado. También a los de arriba, la señora Pilar, viuda, y a su hijo que era
incapaz de emanciparse con casi treinta años, y que además, tenían un perro de
esos que carecen de raza definida y que se dedicaba a correr por toda la casa
cuando le entraba una locura transitoria. Pero no solo era eso. La cosa todavía
podía empeorar más. Por muy difícil que pudiera parecer, también escuchaban
las conversaciones del matrimonio del piso de abajo, y que además, también
tenían otro perro, feo como un demonio y que aullaba como un lobo en celo
cuando lo dejaban solo en casa. El milagro era, pensó mientras observaba
cómo Jaime sacaba un cigarro del paquete, que su marido pudiera escribir con
semejante alboroto.
―Pues harías bien, porque aunque jadees en modo silencioso, creo que te
oyen igual, así que para qué contenerse ―replicó Jaime metiéndose el cigarro
en la comisura de sus labios. Además, escuchar los jadeos de su mujer era
algo que lo excitaba sobremanera, por lo que tampoco sería tan mala idea que
diera rienda suelta a sus instintos. Noelia dibujó una mueca parecida a una
sonrisa y no perdió tiempo en advertirle a Jaime, solo por si su estado
pletórico le había hecho olvidar las normas:
―Si vas a fumar ya sabes, al balcón.
Por nada del mundo dejaría que Jaime fumase en casa (ni siquiera aunque
fuera hiciese un frío glacial, ya que pensaba que si era decisión de su marido
fumar, también era decisión suya mantener la casa libre de humos, y mucho
más con Javier de por medio), a no ser que fuera en su despacho, y porque ahí
era el único terreno de la casa donde no tenía autoridad.
―Lo tengo asumido ―respondió resignado.
4
A las once y diez de la noche, vencida por el cansancio, Noelia decidió
irse a la cama a dormir, no sin antes cerciorarse de que Javier dormía
plácidamente. En cuanto vio el brillante hilo de baba que se deslizaba por su
barbilla, fue al dormitorio, se metió entre las mantas, y en cuanto logró
despojarse del insoportable frío que reinaba en la habitación cayó rendida. Ni
siquiera el constante pero leve temblor de las lamas de la persiana agitadas
por el viento pudo importunar su sueño.
Sin embargo, Jaime se sentía despejado, impaciente por comenzar a
trabajar y anotar todas las ideas que habían pasado por su mente, incluso
cuando estaba haciendo el amor con Noelia. Quizá ese había sido el secreto de
su inesperada resistencia, pensó, y no pudo evitar sonreír con cierta malicia.
Con cuarenta y un años, no estaba mal poder ofrecer toda la potencia del
mundo durante el transcurso de una película entera. De principio a fin, y de
cien minutos. Por supuesto, ese hecho lo hacía sentirse satisfecho consigo
mismo, era, por decirlo de algún modo, como si una vez traspasada la temida
barrera de los cuarenta tratara de convencerse a sí mismo de que a partir de
ese momento la experiencia y el conocimiento de las técnicas precisas para
complacer a su mujer se abrieran ante él, desvelando, incluso con un haz de
luz celestial, los secretos más custodiados solo al alcance de los cuarentones.
Bueno, pensó, y seguramente dentro de una década, también al alcance de los
cincuentones. O quizá ese sería un libro secreto nuevo, con procedimientos y
habilidades jamás imaginadas. Puede que ahí radicase el misterio de por qué a
las mujeres les atraen tanto los hombres maduros. ¿Qué es más sabroso: un
whisky de diez euros la botella que puedes encontrar en cualquier
supermercado, o uno de quince años, a doscientos euros la botella?
A nadie le amarga un dulce, qué demonios.
Ese pensamiento desembocó inexorablemente en uno menos indulgente, y
no era otro que el apocalíptico paso del tiempo. Los días parecían avanzar a
una velocidad cósmica, como si el universo recortase sus horas a partir de
cierta edad. Javier tenía solo nueve años, y en cierto modo lo hacía sentirse
todavía joven (¿quién no se sentiría joven con un hijo de tan corta edad?), pero
en solo otros nueve años más alcanzaría la mayoría de edad, y seguramente le
sacaría un palmo de estatura, y con toda probabilidad su pene sería el doble
que el suyo. Bueno, un cuarto, tampoco tenía que pasarse.
Ahora, a esa edad intermedia, en la que no era joven, pero tampoco viejo,
era cuando realmente analizaba los logros alcanzados, los sueños rotos y los
proyectos abandonados. Pero, paralelamente, también había tiempo para
pensar en los que estaban por venir, aunque se le antojaban como las últimas
balas en la recámara del revólver. Ese momento crucial en que tienes que
disparar, casi con los ojos vendados, y acertar en la diana porque ya no
quedan más oportunidades, porque la vida se acaba a la vuelta de la esquina.
Te estás yendo por las ramas, vas a perder la concentración y lo sabes...
Apagó las luces del salón, se metió en su despacho y cerró la puerta muy
despacio para no despertar a Javier. La habitación estaba condenadamente
fría. Como toda la casa. Se apremió en conectar el calefactor de cuarzo y en
encender el ordenador de sobremesa.
Como venía siendo habitual, su viejo (y exasperante) Pentium 4 tardó más
de cinco minutos en arrancar. El disco duro emitía un pitido discontinuo pero
constante, y el ventilador un zumbido arrítmico que parecía anunciar las
últimas horas de la máquina. De acuerdo, era su herramienta de trabajo y
debía sustituirlo antes de que un día el ordenador decidiese que hasta aquí
había llegado, y corría el riesgo de perder toda la información y aumentar el
importe de la factura para tratar de rescatar todo el contenido del disco duro,
si es que era una opción viable. Pero ese cambio no llegaría hasta que las
navidades hubiesen pasado. Faltaba poco más de un mes y la interminable lista
de juguetes y regalos ya amenazaba seriamente con dejar su número de cuenta
en números rojos. Luego, como todos los años, tendrían que echar mano de la
tarjeta de crédito, por lo que la agonía se prolongaría hasta febrero, o quizá
marzo.
Sin embargo, Jaime, como escritor, siempre tenía la precaución de guardar
una copia de todas sus obras en un pendrive. Había oído la existencia de la
nube, un lugar seguro donde guardar todos sus documentos importantes, pero
el concepto de seguro no lo convencía del todo. Puede que ahora fuese él
quien estaba chapado a la antigua (como le decía a su padre el día que
aparecieron los Cds y este no quería reemplazar sus cintas de cassette por
nada del mundo), pero le aterraba el robo de información o la pérdida
absoluta de todos sus documentos, y por mucho que la empresa responsable se
hiciese cargo, jamás podría recuperarlo. Así que la mejor opción era aquel
aparatito minúsculo con forma de champiñón, que para él ofrecía muchas más
garantías, a menos que se estropease justo en el momento en que el ordenador
lo hiciese al mismo tiempo. Poco probable. Muy poco probable, un cúmulo
atípico de coincidencias.
Se sentó en la silla giratoria frente al escritorio, encendió el flexo junto a
una pila de papeles y, mientras esperaba a que el fondo de pantalla (un oscuro
cementerio bañado por la luz de la luna llena) apareciese de una vez por
todas, cogió la calculadora junto a la torre del ordenador y comenzó lo que
para él era un ritual cada vez que se disponía a comenzar una novela. Por un
instante se detuvo a observar cómo su mano temblaba por el frío. Eso no era
forma de vivir, y ni Noelia ni Javier se lo merecían. Este libro tenía que
marcar un antes y un después, la obra definitiva que lo catapultase hacia el
éxito. Sin embargo, tampoco perseguía una gran notoriedad, ya que se sentía
cómodo siendo un personaje anónimo hasta cierto punto (en verdad no
soportaba la idea de verse abordado por la calle a cada paso que diese),
simplemente lo necesario para poder vivir sin preocuparse de tener que
apagar el aparato de aire acondicionado cada cierto tiempo o de ir increpando
a Javier por toda la casa para que fuera apagando luces.
Para este nuevo proyecto había decidido una consistencia aceptable. Ni
muy corto ni demasiado largo. En eso consistía su ritual: establecer la longitud
de la novela y planificar el ritmo de escritura. Con esa sencilla fórmula
obtendría el tiempo necesario para acabar el trabajo, con un error de un mes
arriba o abajo teniendo en cuenta los bloqueos, la falta de inspiración o, todo
lo contrario, esos días en que las palabras fluían con rapidez de sus dedos.
Calculó que unas ciento treinta mil palabras, como mínimo, serían perfectas.
Tecleó el número en la calculadora y lo dividió entre mil quinientas palabras
que eran su meta diaria. Pudiendo escribir a tiempo completo, fácilmente
podía darle vida a setecientas cincuenta palabras por la mañana, y a otras
setecientas cincuenta por la tarde. Sus ojos brillaron cuando vieron el
resultado. Ochenta y seis días, lo que equivalía a tres meses aproximadamente.
Si a eso le sumaba los presumibles imprevistos, significaba que en cuatro
meses podía tener el primer borrador.
Al fin el ordenador arrancó y el ventilador pareció estabilizarse, lo que
significó un gran alivio para sus oídos. Abrió el procesador de textos y a
continuación el archivo que había guardado antes de la cena. Se echó el
aliento a las manos tratando de darse calor mientras el documento daba la
impresión de querer resistirse. Aquel maldito calefactor comprado en unos
grandes almacenes tardaba una eternidad en calentar el despacho. Cuando el
documento se decidió a mostrarse, Jaime clavó la mirada en la única palabra
que había escrito hasta ahora:
DIABLO
La persiana se agitó por el ligero viento que se había levantado esa noche.
La leyó una vez, dos, y una tercera. El despacho, iluminado tenuemente por la
pobre luz del flexo, le dio un matiz inquietante que de nuevo le arrancó un
escalofrío en el espinazo. Soltó el aire retenido en los pulmones y se dispuso a
trabajar en la trama. Para ello, cogió la libreta donde solía anotar todos sus
pensamientos y comenzó primero a escribir algunos nombres y apellidos
(finalmente decidió que serían cuatro los protagonistas) y después esbozó
algunos rasgos de sus personalidades. Estuvo dedicado a esa tarea durante
diez minutos, sin embargo, algo pululaba por su mente como una mosca
enferma.
Se lo has prometido a Noelia, y no es propio de ti romper una promesa.
Dejó el bolígrafo sobre la libreta y, con expresión pensativa, hizo rodar la
silla hacia la ventana. Parecía que por fin comenzaba a entrar en calor, justo en
el momento en que le entraban las ganas de fumar. Por supuesto, se dijo, que
no es propio de mí romper una promesa, pero era obvio que Noelia, cuando le
hizo prometer que no hiciese ninguna tontería, se refería a usar la biblia y las
tijeras... en casa.
Decidido. Necesitaba un cigarro. Estiró el brazo y cogió uno del paquete
sobre la mesa. Sin embargo, prefirió no abrir la ventana, ya lo haría durante un
rato antes de irse a dormir.
Lanzó una bocanada de humo que se estrelló contra el cristal de la ventana.
Por supuesto que no pensaba hacer una invocación al diablo en su propia casa,
era cierto que sentía la imperiosa necesidad de experimentar todo lo que
escribía, pero no estaba tan loco. Su mirada andaba perdida a través de la
ventana, en alguna vivienda deshabitada del edificio de enfrente.
En su propia casa.
Pero no en otra casa, muy hábil, sí señor, un movimiento preciso y evasivo
de cadera antes de ser ensartado por la espada. Así creyó que esquivaba su
promesa de una forma sutil e inocente, y al menos, su conciencia permanecería
tranquila. Y además, en cuanto escribió la palabra diablo en el procesador de
textos, la idea acudió a su mente como si fuera sabedora de que iba a ser
llevada a cabo, como si de forma extraña tuviese vida propia. Dio otra calada
al cigarro. Se preguntó por qué estaba debatiéndose consigo mismo por
ejecutarla o no, porque por más que intentase ignorarla o desecharla, sabía que
nunca lo conseguiría. Ya estaba dentro de él, desde que se mostró por primera
vez, y ya nada la sacaría de su cabeza.
5
El despertador del teléfono móvil de Noelia sonó puntual a las siete de la
mañana. Jaime, tapado hasta los ojos, creyó desfallecer cuando lo arrancó de
su sueño, y en ese momento hubiese deseado coger el estrambótico politono y
metérselo por la batería. Sentía la cabeza como si la hubiese metido dentro de
la lavadora. Anoche estuvo trabajando hasta la una de la madrugada, y todavía
permaneció despierto en la cama amasando las ideas hasta que el sueño le
venció.
Sus ojos no conseguían despegarse, y a punto estuvo de caer dormido de
nuevo de no ser porque Noelia le sacudió el hombro.
―Arriba, dormilón. ¿Se puede saber hasta qué hora estuviste despierto?
Jaime solo estuvo en condiciones de balbucir tres palabras:
―Voy, Dios, voy.
Apartó las mantas a un lado y el frío que se había condensado en la
habitación durante toda la noche le traspasó el pijama hasta meterse en sus
huesos. Pensó, mientras se apresuraba a ataviarse con su chándal y su
horripilante bata de cuadros escoceses, que no conocía sensación más
espantosa que esa.
―Me cago en la leche, qué frío hace en esta casa ―se quejó entre el
castañeteo de sus dientes.
―Tenemos que hacer algo, cariño. Esto no puede seguir así, y todavía no
ha llegado el invierno.
―Lo sé, lo sé...
Jaime alzó la vista hacia el aparato de calefacción que colgaba de la pared
junto al ventanal que daba al balcón. Era, sin lugar a dudas, uno de los adornos
más inútiles de todo el dormitorio. En silencio, la ira recorrió el interior de
sus venas. Ahí estaba la solución, a escasos metros de él. Sin embargo,
inalcanzable, como un gran pastel de manzana delante de alguien que acaba de
sufrir la extracción de una muela en el dentista.
―Te lo digo en serio, cielo. Podemos morir congelados ―insistió Noelia
mientras se hacía con maña una coleta con una goma. Su delgada nuca quedó a
la vista.
Lógicamente, solo era una forma de hablar, se dijo Jaime, aunque poco
faltaría para ello. Sin embargo, los últimos años habían aguantado sin
problemas, pero no sin sufrimiento. Lo que realmente pesaba sobre ellos era
volver a comenzar el ciclo, asumir que todavía quedaban cuatro o cinco meses
de gélido calvario, y que aquello no había hecho más que empezar, porque el
invierno estaba a la vuelta de la esquina. De pronto, un atisbo de esperanza
nació en él. Cuatro o cinco meses, justo el mismo tiempo que calculó anoche.
Con un poco de suerte, mucho esfuerzo y sacrificio podría tener el libro
acabado para principios de primavera, y además, pensó, era una fecha ideal
para sacar una novela.
―Intentemos apañarnos de momento con la estufa, ¿te parece? Ya veremos
qué se nos ocurre. ―Jaime se frotó los lacrimales con los dedos de una mano.
―Perdona cariño, pero ahora no puedo pensar. Anoche estuve hasta tarde
trabajando y ahora mi cabeza no rige con claridad.
―Siempre te puede la emoción cada vez que empiezas un nuevo proyecto.
Lo que adelantas de madrugada lo pierdes a la mañana siguiente, ¿no te das
cuenta?
―Con un par de cafés me sentiré mejor. O tres. ¿Sabes? Tienes razón,
cariño, pero esta vez es distinto, siento la inspiración hasta debajo de la piel.
Me he propuesto que este libro tiene que ser nuestro billete ganador, y por
Dios que lo conseguiré.
Sus palabras esperanzadoras arrancaron una sonrisa en Noelia. Rodeó la
cama y le dio un beso en los labios.
―Nunca te había visto tan ilusionado con un libro. Me gusta. Y estoy
convencida ―añadió mientras volvía a besarlo con dulzura―, que va a ser
algo grande, muy grande. Sabes que siempre he confiado en ti y en todo tu
potencial, y que para mí eres un escritor magnífico, eso no lo olvides nunca.
―Noelia hizo una pequeña pausa esperando haber reforzado sus ánimos. ―Y
ahora... ¿preparas tú el café mientras voy despertando a Javier?
―Acepto el trato muy gustoso.
Sonrió y palmeó su trasero, que vibró provocador. De pronto, se sentía un
poco más despejado.
6
Cuando la cafetera comenzó a silbar con su particular traqueteo de la tapa
(a Jaime le recordaba a una cría de pájaro hambrienta), un agradable aroma a
café impregnó toda la casa. Era el presagio de que un nuevo día comenzaba, a
pesar de que el sol aún no había asomado, y había que ponerse en marcha.
Hoy disponía de todo el día para él, y por fin, después de un elaborado
trabajo la madrugada anterior, se sentía preparado para abordar las primeras
páginas. Eran importantes, no, importantes no era la palabra exacta, eran
esenciales, el preciso instante en que un lector analizaba de un simple y ágil
vistazo cómo iba a ser el desarrollo del libro y el estilo del autor, el preciso
instante en que decidía si seguir adelante con él o abandonarlo en los sótanos
de su ebook, o quizá en el fondo de su estantería.
Noelia, como era habitual los días entre semana, bajó de la mano de Javier
al garaje sobre las ocho y media, montaron en su Renault Scenic del 2005 y lo
llevó al Colegio San Marcos Apóstol, un colegio religioso como Noelia
deseaba, y que además estaba ubicado en la ruta que debía tomar hasta la
librería donde trabajaba desde hacía ya quince años.
Así pues, cuando el reloj circular de la cocina marcó las nueve de la
mañana y Jaime removía con parsimonia la cucharilla de su tercer café de la
mañana, Javier debía estar empezando su primera clase, de matemáticas,
según se había quejado con vehemencia su hijo en el desayuno, y Noelia debía
estar tomándose un café y una magdalena en su cafetería preferida, en la misma
acera y a pocos metros de Librerías Noche de Letras, seguramente
acompañada por Cris, o quizá por Helena, no recordaba con cuál de las dos
hacía el turno hoy.
Dio un sorbo al café, abrió la ventana y se encendió un cigarro. Perfecto.
Toda la casa para él. Ahora que Noelia no estaba en casa podía fumar al
menos en la cocina. Observó desinteresadamente a través de la ventana. Las
vistas desde allí no eran muy sugerentes ya que la cocina daba a un patio de
luces. Lo más interesante que podía ver era a algún vecino fregando los platos
y cruzar una mirada furtiva con él. El aire era helado, y aunque había
amanecido despejado y podía contemplar si alzaba la mirada el cielo azulado
y algún haz de luz bañando la blanca y desportillada pared, el sol no calentaría
lo suficiente hasta que llegase el mediodía.
Se propuso durante la mañana escribir al menos mil palabras, y así por la
tarde abordar otras mil antes de que finalizase el día. Hoy debía adelantar
todo el trabajo que no iba a poder realizar mañana sábado, ya que a las cinco
de la tarde tenía que estar presente en la Librería Páginas al Mar para una
firma de libros.
Abrazó la taza de café tratando de calentarse las manos. No podía negar
que odiaba los eventos de esa índole. Como escritor que era, se consideraba
reservado y solitario, y probablemente no todos fueran así, por supuesto, pero
él sí, y cada vez que tenía que mostrarse en público o dedicar algunas
palabras, una especie de serpiente venenosa y viscosa recorría sus tripas
varias semanas antes del acontecimiento en cuestión. Muchos compañeros
suyos buscaban la fama y disfrutaban con ella, era, por decirlo de un algún
modo, como si lo tuviesen grabado en sus genes, sentirse el centro de atención,
observar cómo todo el mundo gira alrededor suyo durante unos minutos
eminentes. No obstante, tenía una estrecha relación con algunos de ellos, como
Eduardo West, o Fernando J. Pradas. Sus dientes se mostraban impolutos
detrás de la sonrisa que exhibían permanentemente, y debía admitirlo, poseían
don de gentes, sabían caer simpáticos, quizá esa era la diferencia de que
vendieran más libros que él.
Acercó la taza a sus labios y le dio un pequeño sorbo. Él defendía una
postura totalmente diferente. Prefería la calidad literaria y que fuese
reconocido por ella antes que por su gran carisma, y sabía que era poseedor
de un estilo personal e inconfundible. No era fácil provocar terror con un libro
y era consciente de ello, pero él creía que en la mayoría de ocasiones lo
conseguía. Recordó una descripción de Fernando y no pudo evitar esbozar una
sonrisa. Era una joven hermosa y con unas orejas muy bonitas. Por Dios,
hasta un niño de primaria sería capaz de hacerlo mejor. Pero ahí estaba,
rozando la cima del éxito, triplicando sus ventas. Él, sin duda, prefería el
anonimato. Pensaba que desvelar la apariencia, el comportamiento y la forma
de hablar de un escritor era como revelar cruelmente a un niño que Papa Noel
no existe. Un escritor debía mantenerse misterioso, inalcanzable para un
lector. ¿A cuántos escritores había dejado de leer después de una desastrosa
aparición en público? Sin duda, a muchos. Perdían la magia, la verdadera
magia. Cuando lees un libro nadie quiere saber qué aspecto tiene el narrador.
Simplemente es una voz sutil y enigmática que susurra la historia en tus oídos.
Si descubrieses que tiene los dientes negros, o que eructa como un dinosaurio
indispuesto cada vez que se mete un trago de agua por el gaznate, la historia,
automáticamente, dejaría de tener valor e interés.
Apuró la última calada del cigarro, agitó los brazos para sacar el humo
por la ventana y, un poco inseguro de sí mismo, se dirigió a su despacho. ¿De
qué servía que escribiese el mejor libro de terror de toda la historia? De nada,
según sus últimos pensamientos. Sería como escribir con zumo de limón. Lo
leería su pequeño círculo de fieles lectores y poco más. Luego, volvería a
hundirse en las listas como una roca en el mar. Desgraciadamente no dependía
de la calidad de sus palabras, o de que fuese la historia más apasionante jamás
contada. Dependía de la popularidad del escritor, de la infinita publicidad que
le otorgasen a su novela, y su editorial no estaba por la labor.
Cerró la puerta del despacho y conectó el calefactor de cuarzo. El botón
brilló con una luz rojiza. Ahora que había conseguido tanto en tan poco tiempo
no podía venirse abajo. No lo iba a permitir. Puede que en esta ocasión las
cosas cambiasen, una isla en un mar cuadriculado. Tenían que cambiar, era
necesario, porque de ello dependía el bienestar de su familia.
Debía recomponerse, odiaba aquellos altibajos que anulaban su capacidad
creativa. Trató de organizarse mientras encendía el ordenador. Ahora, lo
primero que haría sería mandar un e-mail a Eugenio con las tres páginas y
media que escribió anoche donde anotó la estructura principal de la novela.
No es que tuviera que pedirle permiso, pero a su editor le gustaba estar al
tanto de todo lo que ocurría por debajo de su nivel piramidal. Y casi con toda
seguridad le recordaría su cita de mañana con la librería. Suspiró angustiado.
Si quería sacar provecho del día, tenía que expulsar ese pensamiento de su
cabeza. Como decía Noelia, no te preocupes hasta que llegue el momento, y
tenía toda la razón. Mañana ya se encargaría de paliar el constante hormigueo
en su estómago, o mucho más acertado, el corretear incesante de miles de
arañas por sus tripas.
Después de cinco desesperantes minutos el ordenador arrancó. Abrió antes
de que se arrepintiera el gestor de correo y tecleó un escueto mensaje a
Eugenio explicando su nuevo proyecto. Pulsó el botón de enviar y se mantuvo
unos instantes contemplando absorto el mensaje de aviso como que el e-mail
había sido enviado. Estaba hecho. Solo quedaba esperar a ver por dónde
respiraba Eugenio.
Ahora tocaba comenzar con el libro. El primer capítulo, la prueba de
fuego. La parte positiva de escribir a esas tempranas horas, pensó, era el
silencio que reinaba ya no solo en la casa, sino en todo el edificio. Sus
vecinos colindantes debían estar durmiendo, puede que Jorge, el vecino
flatulento del piso de al lado, estuviese pegado a una cinta transportadora.
Tenía entendido que trabajaba en una fábrica de envases y que hacía tres
turnos al mes, día, tarde y noche. Sin embargo, era incapaz de averiguar su
rutina, y el hombre no era muy dado a entablar elocuentes conversaciones con
sus vecinos. Los perros también se mantenían en silencio, los muy bellacos
debían adoptar las costumbres de sus amos, aunque no tardarían en romper el
silencio con sus pisadas y sus ladridos enloquecedores.
Ahora que comenzaba a entrar en calor, la inspiración llegó, y el primer
párrafo nació con una velocidad de vértigo. Cuando terminó de teclear lo leyó
tres veces. Incluso una cuarta. La comisura de sus labios se levantó formando
una sonrisa de satisfacción. Le gustaba, y mucho. El primer paso estaba dado.
Ahora, solo tenía que seguir escribiendo hasta que la piel le saltase de las
yemas de los dedos. Sin embargo, aquella persiana echada y agujereada del
edificio de enfrente ocupaba gran parte de sus pensamientos, tejiendo ideas
prohibidas en la oscuridad de un segundo plano. Parecía observarlo, escrutar
con suma atención cada palabra que escribía, pero claro, eso tan solo era una
sensación.
7
Cuando Jaime consultó la hora en la esquina inferior de la pantalla vio que
ya habían transcurrido dos horas. Echó un vistazo al contador de palabras del
procesador de textos impaciente por conocer el rendimiento de su trabajo.
Seiscientas veintidós. Se recostó en la silla, estiró los brazos y aulló una
exclamación de complacencia. Sentía un picor insoportable en los ojos, como
si el constante brillo del monitor hubiese germinado huevas de luz en su
interior. Se disponía a tomarse un pequeño descanso cuando el timbre del
patio sonó con su característico tono estridente. Frunció el ceño, se levantó de
la silla y recorrió el pasillo hasta la puerta de entrada, donde estaba colgado
el interfono. Se preguntó quién demonios venía a interrumpir su trabajo. Deseó
que fuera el cartero, o algún repartidor de publicidad suplicando para que le
abriese la puerta del patio, pero cuando oyó la voz metálica de Luis a través
del altavoz, cerró los ojos y supo que, casi con toda probabilidad, el resto de
la mañana estaría perdido.
―¡Soy Luis! ¿Piensas dejarme aquí toda la mañana o vas a abrirme?
De pronto, el perro de la vecina del piso de arriba comenzó a ladrar con
insistencia y a correr por toda la casa. Iba de un lado al otro del pasillo,
llegaba al salón y volvía hacia atrás deshaciendo el recorrido para luego
comenzar de nuevo, como si sus cables mentales se hubiesen cruzado
momentáneamente. Las paredes y el techo retumbaban como si estuviese
pasando por su lado un tren de altas cargas. Solo le faltaba eso, pensó. Se
preguntó si habría sido el timbre de su casa lo que lo había alterado, porque
hasta ese momento parecía estar tranquilo. Nunca lo había pensado, pero no
era de extrañar en aquel edificio prácticamente transparente. Desde luego, la
señora Pilar no hacía nada por detenerlo, porque estaba en casa, estaba seguro
porque ahora también escuchaba el arrastrar de sus pisadas, pero no su voz.
―Sube ―dijo, y pulsó el botón de apertura de la puerta del patio.
Escuchó con un leve zumbido cómo cedía la cerradura de la puerta.
A Luis podía considerarlo su mejor amigo desde que se conocieron en el
instituto allá por 1992 o 1993, y como siempre, haciendo gala de su particular
sentido del humor. Sus amistades eran mucho más amplias, lógicamente, pero a
Jaime le gustaba denominarlas como conocidos con derecho a roce. Lo que
habían vivido y sentido ambos solo abarcaba la definición de amigo de los de
verdad, de los de toda la vida. El proverbio los amigos verdaderos los puedes
contar con los dedos de una mano es tan cierto como que mañana saldrá el
sol nuevamente, y Jaime podía dar fe de él, porque lo que Luis le había
demostrado durante todos estos años (y suponía que ese concepto era
recíproco) solo estaba al alcance de alguien que llevase colgados en la
pechera los galones de amigo hasta la muerte.
Se preguntó qué diablos hacía allí, aunque se lo podía imaginar. Abrió la
puerta y escuchó cómo el viejo ascensor bajaba con su habitual traqueteo, una
inquietante sensación de que podría venirse abajo en cualquier momento.
Ahora Luis diría que se aburría en casa, porque llevaba en el paro casi dos
meses (una pequeña temporada sabática, como él lo describía, y era cierto
bajo su punto de vista, ya que no creía que tuviese problemas en encontrar
trabajo como diseñador gráfico, porque estaba convencido de que era uno de
los mejores en su campo), y que se había acercado para tomar unas cervezas.
Es más, apostaría los dedos de una mano, y había que tener en cuenta que para
él eran muy valiosos. Mientras escrutaba el solitario descansillo sonrió. Quizá
no le vendría mal un descanso y un poco de compañía, y por qué no, también
una cerveza, además, le apetecía charrar un rato con Luis, no lo veía desde la
semana pasada.
El ascensor llegó a la planta baja y se detuvo con un golpe brusco que
incluso se escuchó desde la sexta planta, la suya. De nuevo, se puso en
movimiento. Luis subía, y seguramente estaría haciendo muecas estúpidas
delante del espejo.
De pronto se le ocurrió que quizá podría servirle de ayuda, que quizá
había sido enviado por fuerzas extrañas para tal cometido. La maquiavélica
idea que se negaba a abandonarlo desde anoche, como si fuese un intolerable
dolor de ciática, resurgió de forma repentina. Se dijo a sí mismo que todo era
por una buena causa, buscar el mayor efecto, una descripción de los hechos
fiel a la realidad, lo que dotaría a la novela de una veracidad indudable, de un
terror que pondría el vello de punta al lector.
El ascensor llegó a la sexta planta y las puertas se abrieron con un chirriar
metálico, como si las correas estuviesen oxidadas. Luis apareció brindándole
una sonrisa burlona y le ofreció la mano. Iba ataviado un tanto informal, poco
habitual en él. El chándal azul marino de Adidas le dio una pequeña pista de
lo que había estado haciendo hasta ahora, pero sin duda, el sudor que corría
por su frente corroboró esa impresión.
―¿Qué pasa, Jaime? ―saludó sonriente mientras chocaban sus manos―.
Hace una semana que me tienes abandonado. Pasaba por aquí y me he dicho,
¿por qué no le haces una visita al cabrón de tu amigo y os tomáis unas
cervezas?
Bingo. Había ganado la apuesta.
―Me alegro de verte, Luis. Estaba escribiendo, pero me vienes de perlas.
Anda, pasa.
Jaime le franqueó el paso haciéndose a un lado.
―¿Estás solo? ―preguntó Luis mirando a un lado y al otro del pasillo
cuando entró en casa.
―Sí, Noelia está trabajando y Javi en el colegio.
―Perfecto. Me lo imaginaba ―hizo una pausa mientras Jaime cerraba la
puerta―. Oye, ¿por qué te vengo de perlas? ¿Qué pasa? ¿Ya has empezado un
nuevo libro?
―Calma, calma, ahora te lo contaré todo. ¿Dónde quieres tomarte la
cerveza, aquí en casa o bajamos al bar?
―Te dejo decidir a ti, aunque estoy convencido de que todavía no has
pisado la calle.
Jaime sonrió encantado de que Luis fuera capaz de leerle el pensamiento.
―Está bien, me visto y bajamos.
―¡Equilicuá!
8
Salir a la calle le había ayudado a despejar la mente, no podía negarlo. El
día era soleado y un manto azulado, a excepción de alguna esporádica
formación nubosa, cubría el cielo, sin embargo, el aire era gélido como
cuchillos de hielo, por lo que Jaime tuvo que abrocharse la chaqueta hasta el
cuello.
El bar elegido fue el de siempre, Las cuatro esquinas, a un par de calles
al norte de su edificio. Gozaba de buenos precios, aunque la calidad se
aproximaba peligrosamente a la mediocridad si lo que deseabas era dar un
bocado, sin embargo, para tomar un par de cervezas y una tapa eso era
intrascendente, además, Julián, el dueño, un cincuentón provisto de un extenso
bigote y una gran barriga que se desbordaba por el cinturón de los pantalones,
era una persona que sabía tratar bien a los clientes asiduos. Mientras sus
jarras estuvieran llenas, nunca habría un plato vacío en la mesa.
Se acomodaron en una mesa de la terraza bañada por el sol y pidieron una
pinta cada uno. Julián bromeó con ellos un rato y trajo las dos cervezas más un
plato de cacaos y otro de olivas.
―Cómo nos cuidas, truhán ―bromeó Luis.
Julián ya se encaminaba hacia el interior del bar. Se giró ostentando una
amplia sonrisa que dejó al descubierto sus dientes desportillados, se limpió
las manos en el delantal, y aunque fue una broma encubierta, no tuvo reparos
en decir el verdadero motivo:
―Ya os lo he dicho muchas veces. Cuanta más sal, más cerveza me
pediréis. Así de sencillo.
Su voz grave y rasgada le proveía de un elegante toque cómico. Les guiñó
un ojo y desapareció por la puerta acristalada del bar. Luis, en cuanto Julián
hubo desaparecido, agarró la jarra por el asa, la alzó y le dio un buen trago.
―Joder, estabas seco —le dijo Jaime—. ¿Vienes de correr?
Jaime ya se lo imaginaba, pero quería escucharlo de boca de su amigo.
―Sí, me moría por un trago ―afirmó dejando la jarra de un fuerte golpe
sobre la mesa―. Deberías venir conmigo algún día. Te estás convirtiendo en
un ermitaño, un poco de ejercicio te vendría bien.
―Lo sé, lo sé ―admitió Jaime dando un pequeño sorbo a la cerveza.
Estaba condenadamente fría―. Supongo que mi profesión me absorbe todo el
tiempo.
―Va a ser cierto eso de que todos los escritores sois tipos fríos y
retraídos. Tienes que esforzarte por salir más, relacionarte con la gente.
―Joder, yo me relaciono. Estoy ahora aquí contigo, ¿no?
Luis cogió un par de cacaos y los lanzó al interior de la boca como si de
una canasta se tratara. Los masticó como si estuviesen ardiendo y lo miró
fijamente.
―Sabes que no me refiero a eso, capullo. Yo no cuento.
―Ya sé que no te refieres a eso, pero es que no me apetece, puede que
sean los años.
―Ni los años ni hostias. Podríamos quedar con Sergio y compañía un
sábado noche, solo hombres, emborracharnos y todo eso. ¿Qué me dices?
Jaime sopesó por un momento la propuesta de Luis. Sacó un cigarro del
paquete que guardaba en el bolsillo de la chaqueta y le prendió fuego a la
punta, un tiempo precioso para encontrar las palabras exactas y así evadir a
Luis, siempre tan insistente. Eso era una peculiaridad que odiaba de él: cuando
se ponía a presionar en toda la cancha.
―En serio, Luis, no me apetece. Javier tampoco se encuentra muy bien
últimamente ―mintió― y no me gustaría dejarlos a solas durante una noche.
―¿Y si quedamos a cenar mañana los cuatro? Puede ser divertido. No
hace falta que salgamos por ahí. Puede ser en tu casa o en la mía ―insistió
Luis.
Jaime dio una calada y expulsó una columna de humo. Eso tampoco
parecía tan mala idea. Cuando se juntaban con sus parejas no podía negar que
se lo pasaba genial, y además, Javier se llevaba fenomenal con Ana, la hija de
Luis, que fuera fruto de la casualidad o no, tenían la misma edad. Además, se
le olvidaba. Mañana tenía por la tarde la firma de libros, así que pensar en
que a la noche iba a pasárselo genial podría ayudarle a sobrellevar el evento.
―¿Sabes? Ese plan me atrae mucho más que salir por ahí de noche.
Mañana tengo una firma de libros, así que para mí sería fantástico que
vinieseis vosotros a nuestra casa. ¿Lo consultamos y luego lo confirmamos?
Luis sonrió satisfecho de haberse salido con la suya. Jaime pudo apreciar
un ligero brillo en sus ojos, como si la grandeza que lo caracterizaba tratase
de explotar en su interior.
―Perfecto. Joder, no me lo habías dicho. Mañana una firma de libros, es
genial.
―Te lo acabo de decir ahora. Y no es genial, es una mierda. Una mierda
―hizo un gesto de amplitud con sus manos― así de grande. Sabes que lo mío
no es mostrarme en público, lo detesto. Y además, luego seguro que van solo
cuatro gatos, aunque casi que lo prefiero, ¿sabes?
Luis dio otro largo trago a la cerveza y sonrió.
―Lo que yo te diga. Un ermitaño de los pies a la cabeza. Yo, si fuera
escritor como tú, estaría encantado de que mis lectores viniesen con un libro
mío para que les estampara la firma. Me sentiría, no sé... ―Luis se acarició
pensativo su afilado mentón.
―¿Importante? ¿Prestigioso? ¿Poderoso?―acabó la frase Jaime. Por un
momento pensó que estaba sentado frente a otro Eduardo West, o Fernando J.
Pradas. Después de todo, puede que el raro fuera él.
―Sí, exacto, algo así. Vendrían a alabar mi trabajo, a conocer en persona
al creador de la historia que tanto les ha apasionado, bueno, en tu caso, que
tanto les ha acojonado.
Jaime no pudo evitar contener la risa. Dio un trago a la cerveza y pegó una
fuerte calada.
―Sí, y después de ver tu fea cara seguro que no les volvías a vender un
libro en tu vida.
―Ja, muy gracioso. O quizá fuera al revés, no se perderían un solo libro
de mi colección.
Una joven pareja se acercó por la acera entre arrumacos y se sentó en la
mesa contigua a la suya. Luis los observó por encima del hombro y cuando
retornó la mirada a Jaime inclinó la cabeza hacia él y bajó el tono de voz.
―Bueno, ¿me vas a contar de una vez qué pasa? ¿Por qué me dijiste eso en
tu casa?
―Te corroe la curiosidad, ¿eh? ―dijo Jaime, y a continuación dio otro
trago de cerveza para crear un ambiente enigmático. La jarra ya iba por la
mitad, un poco menos que la de Luis que parecía una esponja, por lo que la
cabeza comenzaba a darle vueltas provocando una alegría inesperada, aunque
también podía tener mucho que ver la temprana hora mezclada con la nicotina.
―Sí, me corroe como un ácido ―susurró Luis―. Suéltalo ya. Y pásame
un cigarro, ¿quieres? Ya se me han cerrado los pulmones.
―Está bien. Ahora calla y escucha ―dijo con tono autoritario mientras
sacaba un cigarro de la chaqueta y se lo ofrecía entre la punta de sus dedos―.
Estos días he estado algo ausente porque necesitaba encontrar el argumento de
mi nuevo libro, y anoche por fin lo logré. ―Jaime hizo una pequeña pausa
para preparar a su amigo y ver qué efecto le causaba―. Voy a escribir sobre
el diablo.
Una ráfaga de viento frío sopló y se llevó con ella el silencio que se había
creado.
―El diablo... acojonante.
―Y aquí ―continuó Jaime― es donde entras tú en escena.
―Joder, qué miedo me das.
―No, es muy fácil... bueno, quizá no tanto. Te explico: la trama principal
trata sobre cuatro amigos que se han propuesto demostrar la existencia del
diablo, y para ello hacen una invocación. Como sabrás, si haces espiritismo
con una Biblia y unas tijeras, el ente que aparece es el diablo, eso dicen.
Tengo que hacer una investigación exhaustiva para ver en qué consiste
exactamente el ritual, pero no me llevará mucho tiempo.
―Me estoy temiendo lo peor... ―musitó Luis.
―Querido Luis, no te equivocas. ―Conforme iba narrando su plan, su
tono de voz se volvía más excitado. ―Como bien me conoces, sabes que debo
experimentar con todo lo que describo en mis libros en lo que se refiere al
terror y a la angustia. He pensado en llevar a cabo el ritual de invocación, no
en mi casa, por supuesto ―dijo esbozando una sonrisa nerviosa―, no creo en
él, pero aun así no me hace gracia, solo por si acaso. En el edificio que hay
frente a mi casa ―continuó― hay apartamentos deshabitados de sobra. Le he
echado el ojo a uno que está en la sexta planta, como la mía. Desde mi
despacho se ve, siempre está con la persiana bajada. La idea es que me
acompañes, que me ayudes a forzar la cerradura y a que hagas el ritual a mi
lado. Aunque solo seamos dos, quedará mucho más real que si voy yo solo.
Necesito saber qué sensación corre por mis venas durante el proceso, tiene
que ser auténtico, ¿lo entiendes?
―Sí, sí... lo entiendo ―afirmó Luis, que se había quedado por unos
segundos perplejo.
―¿Qué me dices? ¿Me ayudarás?
Al fin Luis pareció reaccionar y digerir la locura que le había propuesto
Jaime. Este lo observó impaciente mientras daba otro trago de cerveza. Esta
vez, pequeñas lucecitas comenzaban a destellar en sus ojos.
―¿Estás loco? ¿Cómo vamos a entrar en esa casa? ¿Y si nos oye algún
vecino, y si nos pilla la policía? ¿Y si vive alguien allí a quien le encanta vivir
en la oscuridad?
―No vive nadie, hazme caso, joder. Si fuéramos durante el día seguro que
cualquier ruido pasaría inadvertido para los vecinos, pero es necesario que lo
hagamos de noche. Solo tenemos que ir con mucho sigilo, y así ni nos pillarán
ni habrá policía.
―¿Y no sería mejor hacerlo en una casa abandonada, donde no haya que
forzar ninguna puerta?
―Entonces no me valdría ―respondió Jaime con rapidez, ya que él
mismo se había planteado esa cuestión―. Tiene que ser lo más real posible.
Luis escrutó la mirada expectante de su amigo, que rogaba un sí por
respuesta.
―Eres un cabrón, y me lo pides a mí porque sabes que no puedo negarme.
La mano de Luis tembló ligeramente cuando acercó el cigarrillo a su boca.
Joder, pensó, habían hecho cosas peores, pero que mucho peores. En realidad
no era para tanto.
―Mira, había pensado en hacer una primera intrusión en el edificio y
comprobar qué tipo de cerradura tiene. Puede que con una simple radiografía
podamos abrirla.
―¿Crees que si está deshabitada no van a pasarle la llave? Estás loco.
―Bueno, si así no podemos abrirla le haremos una foto a la cerradura y
buscaremos información. En internet te explican hasta cómo abrir una caja
fuerte. ¿Qué me dices, me ayudarás? ―repitió el ruego, sabedor de que estaba
a punto de convencerlo.
Luis alzó la jarra de cerveza y la apuró de un trago. Luego, le dedicó una
mirada escrutadora, como si estuviese sentado frente a la persona más
desquiciada del mundo entero.
―¿Alguna vez te he fallado, mamón?
―¡Bien! ―gritó Jaime agitando el puño. La pareja se giró con desdén
para mirarlo―. Ah, y muy importante ―señaló bajando el tono de voz―, de
esto ni una palabra a Noelia. ¿Entendido?
―Entendido, ni una palabra. ¿Cuándo quieres que vayamos a ver qué tipo
de cerradura tiene la casa esa?
Jaime sonrió y aplastó el cigarro en el cenicero.
―¿Qué te parece ahora mismo, en cuanto nos acabemos las cervezas?
9
El siguiente paso fue apropiarse de una radiografía. El juego había
comenzado y ya nada ni nadie podría pararlo. Subieron un momento a casa de
Jaime. Si no recordaba mal, tenía una en el fondo del cajón de las sábanas de
cuando se hizo un esguince en el dedo meñique jugando al baloncesto cuando
tenía quince años.
No se había equivocado. Allí estaba. De paso, aprovechó para mostrarle a
Luis desde su despacho cuál era la ventana de la vivienda elegida.
―Joder, la sexta planta ―observó Luis mirando a través del cristal―.
Igual que la tuya. Esto debe tener algún significado, ¿no?
―No tiene ningún significado, es pura casualidad. Venga, vamos, cuanto
antes acabemos mejor.
Los dos hombres salieron del despacho y Jaime cerró la puerta. Avanzaron
por el pasillo mientras el escritor trataba de esconder la radiografía debajo de
la chaqueta.
―Me resulta curioso ―apuntó Luis― que a pesar de que eres escritor de
novelas de terror, seas un escéptico de cojones. Sin embargo, te niegas a hacer
ese ritual en tu casa.
Salieron de casa y Jaime cerró con dos vueltas de llave la puerta mientras
Luis llamaba al ascensor. Luis tenía razón, no creía en fantasmas, ni en ovnis,
ni en el diablo, pero eso no quería decir que no existieran, por lo que mantener
una distancia prudencial y un cierto respeto por lo inexplicable era una de sus
normas fundamentales.
―Me niego porque se lo prometí a Noelia.
El ascensor llegó a la sexta planta y se introdujeron en él. Este se agitó
como si fuese a precipitarse al vacío.
―Ya, claro, y yo me lo creo.
Jaime pulsó el botón de la planta baja y dirigió una mirada pensativa a su
amigo.
―Está bien, me has pillado. No creo en ello, me parece una invención de
la Iglesia durante la edad media para someter al pueblo a sus deseos, pero,
sinceramente, prefiero no tentar a la suerte.
―No tentar al diablo, querrás decir ―lo corrigió Luis.
La conversación acabó justo cuando el viejo ascensor llegó a la planta
baja con una fuerte sacudida. Salieron a la calle, cruzaron el asfalto mirando a
ambos lados y se detuvieron frente al portal del edificio de enfrente. El viento
soplaba con algo más de fuerza y seguía siendo helado, un preludio de la
estación que se avecinaba. Una furgoneta de reparto de café pasó a gran
velocidad por detrás de ellos y levantó una fuerte ráfaga de viento que les
erizó todo el vello del cuerpo.
Jaime examinó la puerta del patio. Aquello era pan comido. No existía
cerradura, la habían extraído por completo, posiblemente a la espera de que el
cerrajero la cambiase. Era perfecto, como si el camino se allanara ante él.
Había que hacerlo pronto, pensó, antes de que el cerrajero colocase la nueva
cerradura y complicase el acceso durante la noche, porque, aunque no se le
había pasado antes por la cabeza, ¿cómo pensaban abrir esa puerta a altas
horas de la madrugada?
―Joder, estamos de suerte ―le dijo a Luis, con cierto tono de emoción
―. La cerradura está rota, tenemos que aprovechar este golpe de suerte.
Luis miró el gran agujero que había en el lugar del bombillo.
―¿Qué quieres decir?
―Pues que tenemos que hacerlo cuanto antes. Con la puerta abierta no
tendremos problemas en acceder al edificio.
―¿Cuanto antes? ¿Y eso cuándo es? ―preguntó Luis temeroso, porque en
cierto modo, su mente había fijado esa fecha para dentro de muchos días,
como rehuyendo la idea.
―Yo lo haría esta noche, de madrugada, antes de que cambien el
bombillo.
―¿Estás loco? Me parece muy precipitado, ni siquiera sabemos qué tipo
de cerradura tiene esa vivienda, ni tampoco cómo se hace el ritual.
―De eso ya me encargo yo, no te preocupes ―expuso Jaime
convencido―. Tengo todo el día por delante para buscar información.
―Joder, joder...
―No te estarás echando atrás...
―No, no es eso, solo que no imaginaba que fuera a ser tan pronto.
Jaime entendía perfectamente a Luis, porque sus sentimientos coincidían.
Por un momento pensó que la forma en la que estaban actuando debía ser
exactamente como lo harían unos ladrones de moradas, controlando los
accesos al edificio, las horas, la forma de reventar la puerta, la cautela,
incluso el miedo a ser sorprendidos.
―Vamos, no te preocupes. Todo va a salir bien. Verás cómo mañana por la
noche nos estaremos riendo de esto. Venga, vamos adentro, antes de que
llamemos la atención de algún vecino ―sentenció con rapidez para evitar que
Luis pensase demasiado.
Cruzaron la puerta. El patio estaba desierto. Al final de un largo corredor,
donde los buzones quedaban a la derecha, estaba el ascensor, y junto a él las
escaleras que iban rodeando el hueco de este. Todo en sí era igual de
destartalado y anticuado que su propio edificio. Paredes cubiertas de manchas
de humedad, baldosas de mármol desgastadas, armarios de madera envejecida
donde debían estar los contadores del agua. Sin embargo, este tenía un punto
más siniestro, demasiado lúgubre a pesar de que habían encendido la luz.
―Creo que lo mejor será que subamos por las escaleras, así, si nos
chocamos con un vecino, no sospechará y siempre podremos seguir subiendo.
―Tú mandas, es tu misión ―aprobó Luis. Su tono de voz sonó
tembloroso, y su peculiar vivacidad había desaparecido. Jaime percibió el
nerviosismo en su amigo, pero toda aquella experiencia, su reacción, ya le
estaba sirviendo para elaborar su libro, y, con cierta frialdad de la que él
mismo se sorprendió, fue anotando mentalmente el comportamiento de Luis,
sus frases, la entonación titubeante de su voz, el tono pálido que había
adquirido su rostro.
Jaime encabezó la marcha. Luis lo seguía a pocos pasos. Comenzaron a
subir las escaleras con cautela, como si estuviesen cruzando un terreno
colmado de arenas movedizas. El pasamanos de aluminio estaba pegajoso y un
intenso y desagradable olor a fosa séptica flotaba en el aire. Cuando llegaron a
la primera planta escucharon una puerta cerrarse con brusquedad en alguna de
las plantas superiores, como si hubiese sido empujada por una corriente de
aire. Ambos se detuvieron en el rellano e intercambiaron una mirada
silenciosa. A continuación, el ascensor se puso en marcha. No había problema,
pensó Jaime. Mientras el vecino bajaba por el ascensor, ellos seguirían
ascendiendo por las escaleras. Durante ese pequeño periodo de tiempo se fijó
en que había cuatro puertas en el rellano, por lo que supuso que todo el
edificio mantendría la misma estructura, a excepción de la última planta, que
podía variar como ocurría en su propio edificio, que disponía de una vivienda
menos, aunque ese hecho para su cometido era intrascendente.
Aunque el hecho en sí de subir escaleras en un edificio en el que no
estaban invitados no tenía nada de particular, para Jaime era un cúmulo de
sensaciones que a buen seguro le serían de gran utilidad en su nueva novela.
El ascenso transcurrió sin ningún altercado hasta que llegaron a la tercera
planta. Allí, la luminosidad que entraba por una ventana que daba a un patio de
luces interior era más notable que las dos plantas inferiores, donde la luz del
día apenas llegaba y daba la sensación de estar en el interior de una cueva. Un
vecino abrió la puerta justo en el momento en que Jaime puso un pie en el
rellano. Era un hombre mayor, rozando los setenta años, calculó el escritor.
Llevaba unas gruesas gafas y el cabello canoso repeinado hacia atrás.
Seguramente iría a por el periódico, o a por el pan, o simplemente a dar un
paseo. Trató de no titubear y seguir el camino como si nada ocurriese.
―Buenos días.
―Buenos días ―saludó también Luis.
El hombre los miró con dificultad mientras corría la llave de su vivienda.
Eso significaba que con toda probabilidad viviría solo. Cruzaron a paso ligero
el alargado rellano dándole rápidamente la espalda.
―Buenos días ―respondió cortésmente el anciano, y llamó al ascensor.
Jaime y Luis se perdieron por el hueco de la escalera. Cuando llegaron a
la cuarta planta Luis sujetó a Jaime por el hombro, quien no se detenía.
―Joder ―susurró―, nos ha visto un vecino.
―Tranquilo, Luis ―trató de calmarlo―. No pasa nada, creo que ni nos ha
visto las caras, además, no hay ninguna ley que prohíba hacer una visita a un
vecino, ¿no? Para que te quedes más tranquilo, las leyes en este país son
bastante explícitas. Si no te pillan in fraganti, la policía no va a mover ni un
dedo para detener al culpable.
―Venga, sube, sube, acabemos con esto cuanto antes.
Cuando llegaron a la sexta planta, ambos estaban jadeando exhaustos.
Jaime echó un vistazo al rellano mientras recuperaba el aliento. Como bien
había pensado, seguía habiendo cuatro puertas por planta. Creyó que dar con
la que presumiblemente estaba abandonada sería complicado, pero una vez
más la suerte se ponía de su lado. En tres de las cuatro puertas había una placa
metálica donde rezaba el nombre de los dueños del piso, por lo que era
evidente que la vivienda deshabitada era justamente la que estaba frente a la
puerta del ascensor.
―Esta, tiene que ser esta ―musitó señalando a la puerta ―. Es la única
que no tiene placa.
Luis miró las demás puertas. Su amigo tenía razón, no podía ser otra, o al
menos esperaba que no fuese otra, porque si no iban a tener serios problemas.
―Vamos, saca la radiografía, date prisa. Solo falta que alguien nos esté
observando por la mirilla de la puerta.
―Lo dudo, apenas hemos hecho ruido ―rebatió Jaime seguro de sí mismo
mientras se bajaba la cremallera de la cazadora y sacaba la radiografía.
El temporizador de la luz del rellano chasqueó y la luz se apagó. Luis pegó
un brinco y su corazón latió con más fuerza.
―Venga, métela por el hueco de la puerta. Yo te cubro con el cuerpo por si
hay alguien mirando, como si fuéramos vendedores de enciclopedias.
―Ya nadie va vendiendo enciclopedias por las casas ―lo corrigió Jaime
mientras trataba de introducir la punta de la radiografía por el resquicio de la
puerta.
―Me da igual, pues empleados de Gas Natural, que están de moda.
Jaime sonrió ante el comentario de su amigo justo cuando logró introducir
una buena porción de radiografía en el hueco, sin embargo, esta no corría, se
había atascado con algo.
―Joder, no puedo.
Esas palabras acrecentaron el nerviosismo en Luis. Miró por encima del
hombro del escritor, como si con eso fuese a solucionarse el problema.
―Sácala y vuelve a meterla.
Jaime le hizo caso, y cuando la introdujo de nuevo la radiografía entró casi
en su totalidad, sin encontrar resistencia.
―Ahora, ahora...
Nunca había hecho algo así, pero por lo que había oído, buscó el lugar
donde estaba la cerradura y la deslizó de arriba abajo. En ese preciso instante
sabrían si la llave estaba echada. Hubiera apostado mil euros a que sí, ya que
nadie en su sano juicio dejaría la cerradura de una casa deshabitada
desprotegida, sin embargo, cuando escuchó un clic y la puerta cedió
dócilmente ante él, creyó que sin duda aquel era su día de suerte.
―¡Está abierta, está abierta! ―gritó exaltado en voz baja. Por un momento
creyó que el corazón le saldría disparado por la boca.
―Perfecto, cierra ya y vámonos ―lo apremió Luis.
Jaime, tan sigiloso como le permitió su estado de excitación, cerró la
puerta de nuevo y la cerradura emitió un débil chasquido. No haría falta
investigar el modelo de cerradura y adentrarse en una misión que,
sinceramente, creía imposible por mucho que hubiese intentado convencer a
Luis de lo contrario. El camino estaba libre para esa noche, y sugestionado por
la trama del libro que revoloteaba incesante en su mente, creyó que todo había
sido demasiado fácil, como si la propia casa quisiera que entrasen en ella.
10
Cuando Jaime le dijo a Luis que tenía todo el día por delante para buscar
información ya sabía que, aparte de toda la documentación que pudiera
encontrar en internet, había un libro en algún lugar de su extensa biblioteca el
cual hablaba de espiritismo e invocaciones al diablo. No tenía ni idea de
cuándo lo compró, pero sabía que fue hace mucho tiempo en un mercadillo
ambulante por un precio irrisorio.
Cuando se despidió de Luis eran las 12:45. Subió rápidamente a casa y lo
primero que hizo fue buscar en las estanterías de la biblioteca que cubría dos
de las cuatro paredes de su despacho. Mientras lo hacía pensó en la noche que
se avecinaba. El plan estaba en marcha. Había quedado con Luis a las dos de
la madrugada en su portal. Él personalmente no creyó que tuviera problemas
en salir furtivamente de casa, solo tenía que quedarse trabajando hasta tarde
mientras Noelia y Javier dormían, y minutos antes de las dos salir sin hacer
ruido de casa con la radiografía que ya había escondido debajo de una pila de
papeles junto al ordenador.
En cuanto a Luis no sabía cómo se las apañaría para que Carolina, su
mujer, no se percatara de su escapada, pero confiaba en él y sabía que estaría
allí a la hora acordada. Posiblemente se levantaría a hurtadillas por la noche y
saldría con el máximo sigilo de casa, pensó. Y también pensó que si se
dormía, lo mataría, no tenía la menor duda.
Comenzó por una de las estanterías superiores, ladeando ligeramente la
cabeza para poder leer los títulos dispuestos en vertical. Lo cierto, pensó, es
que todo aquello le estaba viniendo bien, porque hasta ahora no se había
acordado de la firma de libros que tenía prevista para mañana. Sintió un
hormigueo en el estómago al recordarlo ahora, pero el evento pronto fue
sustituido por el intenso deseo de encontrar ese libro.
Finalmente, después de un par de minutos, lo halló en la penúltima
estantería. Lo extrajo de la fila de libros y lo inspeccionó con curiosidad entre
sus manos. Era de tapa blanda, con las puntas dobladas y desgastadas. Era
totalmente negro a excepción de unas líneas blancas horizontales y verticales
(de las que desconocía su significado) por detrás del título que rezaba
Invocaciones Satánicas en letras rojas.
Abrió la ventana, se sentó en la silla giratoria y se encendió un cigarro.
Dio una primera calada y lo dejó apoyado en la hendidura del cenicero. El
aire que entraba era frío, pero podía soportarse a esas horas. Sin más
dilaciones, abrió el libro embargado por la emoción y buscó el índice. No se
sorprendió del olor a papel viejo que desprendía, ya que la fecha de impresión
por la editorial estampada en la primera página databa de 1967. Cuando lo
encontró en la tercera página, fue bajando la mirada hasta que tropezó con lo
que estaba buscando. Invocaciones. Satisfecho por su efectividad, buscó la
página indicada y comenzó a leer.
Le llevó más de una hora llegar a una conclusión. Para entonces ya eran las
dos de la tarde y sus tripas rugían pidiendo comida. Dedicó un efímero
pensamiento a su familia. Noelia y su compañera de turno debían estar
cerrando la tienda para irse a comer, mientras que Javier ya debía de haber
terminado hace rato. Ahora estaría jugando con sus amigos en el patio del
colegio.
Eso fue todo. Luego, su mente se centró en lo que debía hacer esa noche,
en cómo llevar a cabo la invocación. La conclusión era más simple de lo que
en un principio parecía. Había varios métodos, y como él creía en un
principio, la Biblia y las tijeras no era uno de ellos. Muchos de los textos
aludían a pactos con el diablo, pero, por supuesto, ese no era su caso. La base
principal de la invocación consistía en concentrarse en el diablo como ente
requerido, y en cuanto a los elementos que debían utilizar, aunque no eran
obligatorios, sí recomendables. Velas negras, indumentaria oscura,
ambientación sombría y oraciones de invocación personales, nacidas de la
necesidad del invocador. En realidad, era sencillo, muy sencillo. El verdadero
poder estaba en la convicción del sujeto en cuestión, en la seguridad de sus
actos, en desear realmente un cara a cara con el diablo.
Jaime encendió otro cigarro y se asomó a la ventana, absorto en sus
pensamientos. Por un instante dirigió la mirada al edificio de enfrente,
exactamente a la ventana de la vivienda seleccionada. Durante un segundo
imaginó que la persiana estaba subida y un escalofrío trepó por su espina
dorsal. Lógicamente era una estupidez. Aquella persiana descascarillada
estaba cerrada desde que alcanzaba su memoria, o puede que solo fuera una
falsa impresión. Lo cierto es que no lo sabía.
Se llevó el cigarro a la boca y continuó con sus elucubraciones. Por
supuesto que no deseaba invocar realmente al diablo. Lo único que necesitaba
era sentir en su propia piel lo que pasa por la cabeza de alguien que está a
punto de cometer semejante locura, y tampoco quería poner en peligro a Luis,
por mucho que pensase que la existencia del diablo era una invención de la
Iglesia. Como solía decir su padre en situaciones así, cuando el río suena,
agua lleva, y nunca podría tener la absoluta certeza de su no existencia.
Lanzó una bocanada de humo con la mirada clavada en la persiana del
edificio de enfrente. Su plan podría ser estúpido, pero creyó que podría dar
resultado. Después de analizar los elementos requeridos para la invocación, lo
más difícil de conseguir en el poco tiempo que le quedaba eran las velas
negras. Por lo tanto, pensó en sustituirlas por velas blancas, de ese modo
creyó que actuaría como un cerrojo en caso de que el ritual tuviese una mínima
parte de verdad, y Luis nunca se enteraría de ello.
El turno de Noelia finalizaba a las cuatro, y luego pasaría por el colegio a
recoger a Javier a las cinco en punto. Llegarían a casa sobre las cinco y
media, ya que los viernes Javier no tenía ninguna extraescolar, por lo que
disponía de tres horas y media para comer, descansar un poco y elaborar todos
los preparativos.
Decidió prepararse algo rápido para comer. Sacó una cazuela, la llenó de
agua y la puso a hervir. Unos macarrones con tomate frito y virutas de queso
derretido en el microondas era su comida más recurrida cuando el tiempo se le
echaba encima. Mientras esperaba a que el agua hirviera se sacó una cerveza
de la nevera y se encendió un cigarro. Otro más. Fumaba demasiado, sin duda,
pero le ayudaba a pensar, tenía que admitirlo. Su mente ahora hervía a mucha
más velocidad que el agua de la cazuela, por lo que continuó con la
planificación.
Ropa negra tenía en casa, las oraciones de invocación no le sería difícil
confeccionarlas a lo largo de toda la tarde y en cuanto al ambiente sombrío
supuso que en aquella vivienda, aunque no la habían visto por dentro,
rezumaría por cada rincón. Pegó un trago de cerveza y sintió la barriga
hinchada. Ahora, sería capaz de pasar el resto del día solo con ella en su
estómago.
Lo único que no tenía en casa eran velas, al menos no tan grandes como
suponía que debían de ser. Pero no había ningún problema: a las cinco, cuando
abriesen la tienda de todo a cien dos calles más abajo, saldría un momento y
compraría cuatro, antes de que regresasen Noelia y Javier.
Blancas, no debía olvidar ese detalle, aunque dudaba mucho que las
vendieran negras.
11
Finalmente ocurrió lo que se había temido y la mitad del plato de
macarrones fue a la basura. Pasadas las dos y media se echó en el sofá
tapándose con dos mantas, puso un canal de documentales con el volumen casi
al mínimo y trató de dormir un poco. Sin embargo, la actividad de su mente era
demasiado intensa. ¿Alguien se atrevía a decir que escribir un libro era fácil?
Al menos en su caso, las horas de sueño se acortaban, se despertaba en mitad
de la noche tratando de hilar la trama, y, por supuesto, sacrificaba muchas
horas que podía pasar jugando con Javier. Así hasta que escribía la palabra
fin, para luego empezar de nuevo el ciclo.
Cerró los ojos y se giró a la derecha en el sofá, luego a la izquierda, para
acabar tumbado boca arriba. El calor de la estufa lo amodorraba, y quedarse
anoche trabajando hasta tarde debía ser suficiente para caer dormido, sin
embargo, su cabeza no abandonaba la idea de profanar aquella vivienda esa
noche. Se dijo a sí mismo que debía dormir aunque solo fuera un poco, porque
si tenía que trasnochar, mañana parecería un cadáver en la firma de libros.
Vamos, Jorge debe de tener turno de tarde, y los malditos perros están
tranquilos. Duerme un poco, duerme...
Su mente, sin ser consciente de ello, traspasó la barrera y quedó sumido en
un sueño. Cuando despertó, se hallaba en una casa que no era la suya. Estaba
tumbado en un sofá, que tampoco era el suyo, porque aquel desprendía un olor
a polvo viejo insoportable, y además, era el único mueble de la habitación. No
había más que una ventana, y después de levantar la cabeza y mirar en
derredor, descubrió que carecía de puertas. Era de noche, lo supo por el cielo
estrellado que se perfilaba tras el sucio cristal de la ventana, y de las paredes
discurrían chorretones de una sustancia reseca y negruzca que se le antojó
como el esputo de una serpiente venenosa.
Su corazón ganó pulsaciones y se vio sorprendido por un sudor frío que le
estremeció la piel. Sin embargo, su mente supo discernir que aquello no era
real, que era un maldito sueño, así que supuso que finalmente debía de haberse
quedado dormido.
Se levantó del sofá y paseó la mirada por aquella extraña habitación, a
pesar de que la penumbra apenas le permitía vislumbrar poco más que
sombras retorcidas. El suelo estaba cubierto de escombros, como si se hubiese
derrumbado parte del techo, sin embargo, cuando levantó la mirada, este
seguía allí, desprovisto de lámparas. Era una sensación agradable, pensó,
saber que estás en un sueño pero al mismo tiempo ser consciente de ello. Era
lo más parecido a la realidad virtual. Se preguntó hasta qué punto tendría el
control de lo que allí dentro ocurría. Caminó hasta la ventana y se asomó
temeroso por ella. No vio nada, más que oscuridad, como si estuviese
suspendido en el espacio. Quiso poner a prueba su mente, al sueño en sí.
Pensó en crear una puerta, allí donde los chorretones eran más gruesos, tanto
como los brazos de un adulto. Decepcionado, presenció cómo de aquella
pared no brotaba absolutamente nada. Intensificó sus pensamientos y se
concentró en la imagen de una puerta. Quizá, en el mundo de los sueños, había
que ser más persistente. Dándose por vencido después de un tiempo
impreciso, comprobó que el resultado fue el mismo. Seguía encerrado en una
oscura habitación, sin puertas y con una ventana que conectaba con el vacío.
Después de todo, el sueño era quien tenía el control, aunque la naturaleza de
este le parecía demasiado perturbadora.
De pronto escuchó un graznido que provenía del exterior, amortiguado por
el cristal de la ventana. En un principio le pareció el grito desesperado de un
niño, lo que logró que la inquietud aflorara en la boca de su estómago, pero
no, estaba seguro de que había sido un graznido. No supo identificar qué tipo
de pájaro era, pero debía ser uno muy grande. Se acercó de nuevo a la ventana
esperando ver al animal revoloteando en círculos en el oscuro espacio, pero
allí solo había estrellas, y muchas menos, fue su impresión, de las que vio
cuando despertó en el sofá.
El graznido cobró intensidad, como si el pájaro estuviese aproximándose
ampliando el círculo. Ahora, aquel sonido le pareció el gorgoteo de un animal
moribundo, como si tratase de expulsar de su garganta un hueso atravesado, sin
embargo, seguía sin verlo. De pronto escuchó un crujido a sus espaldas y,
sobresaltado, se giró en redondo.
Aquello empezaba a no ser tan extraordinario. Sabía que no era real, que
todo era un sueño, pero comenzaba a parecerse más a una pesadilla, y
desconocía lo que su mente podría depararle. Trató de despertar, acabar con
todo esto por la vía rápida, pero no pudo. Continuaba confinado en aquella
espantosa habitación. Sin otra opción, afinó la vista intentando ver más allá de
las sombras, descubrir qué había provocado aquel crujido. ¿Había más luz o
era que sus ojos se habían aclimatado como ocurría en la vida real? Fuera
como fuese, ahora podía ver con un poco más de claridad. El contorno de las
paredes había desaparecido y podía apreciar su solidez. Aquellas
ramificaciones negras que las recorrían eran como las venas de una pierna
gangrenada.
Solo estaba el desvencijado sofá de tonos grises justo en el centro, ahora
podía percibirlo.
Y si algo había provocado un crujido, ese algo solo podía estar oculto tras
él. El extraño pájaro continuaba con su particular alarido brotado de un pico
corrompido, y como una incesante gota de agua, iba penetrando en su mente
destruyendo la seguridad en sí mismo. Caminó titubeante entre los escombros,
y a punto estuvo de doblarse un tobillo, procurando encontrar un ángulo de
visión desde donde poder ver qué había detrás del sofá sin acercarse
demasiado a él.
El sonido que escuchó a continuación ya no fue un crujido, como si los
muros de aquella habitación estuviesen asentándose. Fue una especie de
gruñido, ronco y prolongado, como si perteneciese a un animal muy grande. El
estómago le dio un vuelco. Necesitaba salir de ese sueño, despertar, y ya.
Escuchó los cascotes agitarse tras el sofá. Aquello que estuviese allí
escondido se había movido. Si hubiera podido, habría salido huyendo tan lejos
como fuese posible, sin embargo, sus piernas seguían avanzando hacia el sofá.
Inclinó el cuello, pero aquello sabía ocultarse bien. Como si fuese una
advertencia, lanzó otro gruñido, mucho más intenso, grave, muy grave, que
reverberó en las paredes de la habitación.
Dios, quiero despertar, por favor...
Aquello debía de ser grande, inmenso.
De pronto algo corrió por encima del techo. Iba de un lado a otro,
arrastrando unas uñas que se le antojaban cuchillos desportillados. Abrió los
ojos y escrutó atemorizado a su alrededor. Tardó unos segundos en librarse del
estado onírico que lo embargaba para descubrir que aquella terrorífica
habitación había desaparecido, y también el destartalado y mugriento sofá, y
empleó unos pocos segundos más para darse cuenta de que aquellos
perturbadores sonidos que hacían estremecerse el techo como si un terremoto
estuviese sacudiendo la tierra los causaba el perro de la vecina de arriba.
Esbozó una sonrisa nerviosa, estaba empapado en sudor. Era aquel perro
sarnoso, sin embargo, gracias a él había logrado despertar de aquel embrión
de pesadilla. Porque, ¿qué habría sucedido si el sueño hubiese seguido
adelante?
Se secó el sudor de la frente con la palma de su mano y apartó las mantas
hacia los pies. No quería saberlo, no tenía el más mínimo interés en saber qué
había detrás de aquel sofá.
Dios mío, qué calor hacía en el salón, se dijo. Tenía que haber apagado la
estufa antes de echarse en el sofá. Se levantó todavía adormilado y giró la
llave de la bombona de butano. Después consultó la hora en su teléfono móvil,
y ya de paso, vio si tenía algún mensaje o alguna llamada. Nadie se había
puesto en contacto con él, y eran ya las 4:12. Había dormido más de una hora.
Al parecer, su cuerpo lo necesitaba más de lo que creía, y si no hubiese sido
por el perro infernal de la vecina aún seguiría durmiendo, aunque presentía
que el sueño se habría encargado de despertarlo justo a tiempo.
Era curioso, pensó. No recordaba la última vez que había tenido una
pesadilla, pues de eso hacía ya mucho tiempo, y ahora, de repente, su mente
había tramado una lo suficientemente real y aterradora como para que todavía
sintiese una gran zozobra. No tardó en encontrar una respuesta. La causa era el
plan que tenían para esa noche, lo que ello significaba, porque al fin y al cabo
era ilegal entrar en una propiedad ajena, y si algún vecino los oía, podían
acabar en comisaría. Sin embargo, eso no era lo que más le preocupaba, y su
subconsciente se había encargado de recordárselo. Lo que realmente le
provocaba un nudo en la garganta era invocar al mismísimo diablo, y en el
fondo de su ser, en lo más profundo, donde ya solo habita la oscuridad, sabía
que esa sensación de angustia era la que estaba buscando.
12
―¿Cómo ha ido hoy el colegio, campeón?
―Bien, papá. La clase de matemáticas ha sido un rollo, pero luego me lo
he pasado muy bien. He jugado con Iván y Nacho en el recreo a un juego nuevo
que nos hemos inventado y luego, después de comer, hemos dibujado.
Jaime lo escuchó atentamente. Le gustaba dejarle explicarse ya que, solo
en ocasiones, presentaba alguna dificultad, aunque a su modo de ver solo era
que la emoción hacía que su cerebro fuese más deprisa que la lengua. Sin
embargo, percibió un cierto tono de preocupación en su voz, y también en su
expresión. El día parecía haber transcurrido sin problemas, un día feliz a
juzgar por sus palabras, pero la forma de actuar de Javier no coincidía con su
exposición.
―Fantástico ―apuntó revolviéndole el cabello―. ¿Y has traído algún
dibujo que lo veamos?
―No, papá. Se han quedado en el colegio.
―Tiene un examen de Lengua para el martes que viene, ¿verdad, hijo?
―le informó Noelia en vista de que para Javier lo más importante del colegio
no era la materia escolar sino el jugar―. En eso te podrá ayudar papá.
―Sí, papá, me han puesto un examen.
―Bien, tienes tiempo para estudiar. Yo te ayudaré.
―Gracias, papá. ¿Puedo irme a jugar?
Jaime esperaba un poco más de vehemencia en sus palabras, ya que Javier
adoraba recibir su ayuda cuando de estudiar se trataba, sin embargo, ni
siquiera vio un ligero esbozo de sonrisa.
―Claro, cielo. Hoy es viernes por la tarde, comienza el fin de semana.
―Javier salió del salón y desapareció por el pasillo camino de su habitación.
Eran las 5:45, justo la hora a la que había previsto la llegada de su familia.
Jaime había cumplido con su tarea principal. Había bajado a la tienda y había
comprado cuatro velas blancas que ya había escondido en el cajón de su
escritorio. También había buscado en su armario unos pantalones, un jersey de
lana y una cazadora negros y los había ocultado debajo del sillón orejero de su
despacho, donde acostumbraba a leer. Por supuesto, había mandado un
mensaje a Luis para que también él buscase ropa negra para la invocación.
―¿Y tu día, cariño? ¿Cómo ha ido? ―preguntó a Noelia acercándose a ella
para besar sus labios.
―Sin novedades ―respondió Noelia―. Pura rutina, como siempre.
Bueno, no ―rectificó dibujando una expresión pensativa a la vez que
simpática―. Van a incorporar a un nuevo empleado, para reforzar los turnos.
―Ah, me parece perfecto. ¿Y ya te han dicho que es un chico?
―Me lo ha comentado Helena, ya sabes que siempre se entera de todo.
Así que había sido Helena su compañera de turno hoy, pensó.
―Mientras tú saques algún beneficio...
―Claro ―lo interrumpió Noelia―. Con su incorporación dispondré de
muchos más fines de semana libres.
―Sin lugar a dudas ese es un gran beneficio. ¿Y ya sabéis cuándo empieza
a trabajar?
Jaime sintió algo parecido a una punzada en el cerebro. Él no era celoso, o
al menos eso creía hasta que Noelia le había comunicado que un hombre iba a
pasar más tiempo con su mujer que él mismo. Trató de ignorar lo que su mente
trataba de embutirle. Confiaba en ella, por descontado. Sin embargo, se
preguntó si ese hombre sería atractivo, o más joven que él. ¿Se puede saber en
qué estás pensando? ¿Acaso no te ha demostrado que a quien quiere es a ti?
―Pues si Helena tiene razón, e imagino que la tendrá ―apuntilló
sonriendo―, el miércoles que viene. Supongo que también desean reforzar la
plantilla para las navidades.
Noelia se acercó a la estufa y extendió las palmas de las manos sobre ella.
Las tenía amoratadas por el frío.
―Vaya, qué rapidez ―dijo Jaime sentándose en el sofá―. Oye, y
cambiando de tema, ¿se ha vendido algún libro mío?
Noelia se giró hacia él y le dedicó una mirada comprensiva. Cuando Jaime
la vio, ya sabía lo que iba a responder.
―No, cariño. Lo siento, no se ha vendido ni uno.
Sentado frente al ordenador de su despacho, Jaime trataba de componer las
oraciones que emplearían esa noche en la invocación. Sin embargo, el dato
que le había proporcionado Noelia no cesaba de deambular por su mente, por
lo que hasta el momento todavía no había podido escribir ni una sola palabra.
Trató de insuflarse ánimos a sí mismo. ¿Qué más daba que no hubiese
vendido ni un solo libro en la tienda de su mujer, a pesar de que era una de las
cadenas más exitosas? Había muchas más tiendas repartidas por todo el país
donde su libro también estaba a la venta, además de las ventas online.
Lamentablemente, hasta finales de mes, y para eso todavía faltaban nueve días,
no conocería los resultados de las ventas. Así funcionaba la editorial, y
todavía tenía suerte, ya que había otras que los datos de ventas los facilitaban
al concluir el año.
Un verdadero infierno.
Lo único que sabía a ciencia cierta era que sus cheques mensuales
oscilaban entre novecientos y mil cien euros, nunca superaban esa cifra. Se le
pasó por la cabeza si realmente valía la pena tomarse tantas molestias,
arriesgar tanto por una novela de la que dudaba mucho de su éxito. Con sus
dos primeras novelas todavía recibía e-mails de lectores felicitándole por su
gran trabajo, impresionados por el terror que les había hecho sentir, pero a
partir de la tercera fue como si hubiese desaparecido del mapa. No
evolucionaba, pensó, no avanzaba profesionalmente, sino que cada vez iba a
peor. Puede que fuese por la inmensa competencia, o porque realmente había
dejado de ser interesante para sus lectores más fieles.
Cerró los ojos con fuerza y sacudió la cabeza. De nuevo lo estaba
haciendo. No podía hundirse a sí mismo, tenía que seguir adelante, salvar
cualquier escollo que su mente tratase de ponerle en el camino. Sí, iba a
funcionar, estaba seguro, es más, se dijo, una gran productora de cine
comprará los derechos para hacer una película basada en su novela.
Tenía que acabar aquellas malditas oraciones y escribir aunque solo fuesen
quinientas o seiscientas palabras antes de la hora de la cena. Era la única
forma de acabar el día satisfecho consigo mismo. Cuando su mente al fin logró
concentrarse en el contenido de las oraciones, la puerta del despacho se abrió,
muy despacio, dejando solo un estrecho resquicio, y sintió una mirada posada
sobre él. Hizo rodar la silla hacia la puerta y pudo ver un ojo mirándolo
fijamente.
―¿Qué pasa, cariño? Anda, entra.
Javier abrió la puerta, entró al despacho y se sentó en su regazo. La
expresión de su cara, aunque sonrió, denotaba preocupación. Le dio un beso en
la mejilla a su padre, y este se lo devolvió estrechándolo entre sus brazos.
―Papi, perdona que te moleste, pero tenía ganas de estar contigo ―dijo
Javier con tono resuelto.
―No pasa nada, cariño mío. Tienes las manos heladas, dile a mamá que
ponga un ratito la estufa en tu habitación.
―Vale, papi, ahora se lo diré. ―Javier desvió la mirada hacia la página
en blanco que centelleaba en el monitor. Jugueteaba con sus pequeñas manitas,
y Jaime sabía que en su hijo ese gesto era signo de preocupación. ―¿No has
podido escribir nada todavía? ―le preguntó. Jaime sonrió. Había veces en
que Javier, a pesar de que solo tenía nueve años, hablaba como un adulto, y
ese hecho lo llenaba de tal orgullo que siempre le provocaba una sonrisa.
―No, campeón. ¿Sabes qué? Antes de ponerse a escribir hay que poner
las ideas en orden, tratar de meterse en la historia para poder contarla bien.
―Vaya, y te he interrumpido...
Javier agachó la mirada con un tierno gesto, sintiéndose culpable.
―Eh, eh. De eso nada. Tú nunca me interrumpes, ¿te queda claro? Yo
siempre estoy aquí para lo que necesites, tanto si estoy trabajando como si no.
―¿Y mamá?
―Bueno... a mamá le echaría una buena bronca, pero de esto ni una
palabra, ¿eh? Será nuestro secreto.
Por fin logró arrancar una sonrisa sincera a Javier.
―Quería decirte que me hace mucha ilusión que me ayudes con el examen
de lengua ―dijo Javier. Ahora su tono de voz parecía mucho más animado, el
que Jaime habría esperado de él cuando se lo dijo la primera vez―. Creo que
nadie más que tú puede saber tanto sobre las palabras.
―Ah, así que para ti soy un erudito en lenguaje.
Javier lo miró con expresión desconcertada y sonrió.
―Papá ―dijo sonriendo―, ¿qué significa erudito? Que solo tengo nueve
años...
Jaime no pudo evitar romper en una carcajada. Desde luego, pensó, no
había nada más divertido que mantener una conversación con su hijo, y
además, era reconfortante, le recordaba que no había nada en el mundo más
importante que él.
―Pues erudito es una persona que sabe mucho, pero que mucho, sobre
algo, por ejemplo, de lengua, o de matemáticas ―le explicó seleccionando las
palabras más sencillas posibles para que lo entendiera. Con un afectuoso gesto
le apartó el flequillo a un lado a Javier. Era castaño y liso, igual que el de su
madre. En cambio, sus ojos pardos y grandes los había heredado de él, y por
qué no, era algo de lo que se sentía terriblemente orgulloso, porque mirar a su
hijo era como verse a sí mismo cuando tenía la misma edad.
―Ya... lo entiendo.
Jaime sospechaba que Javier no había irrumpido en su despacho solo para
hablar del examen de lengua, porque su hijo sabía que, a no ser que fuera algo
sumamente importante, no debía interrumpirle mientras trabajaba. Esperó, no
pensaba presionarlo.
―Mañana por la mañana estudiaremos un poco, y el domingo
repasaremos, ¿te gusta la idea?
Javier se limitó a asentir con la cabeza. Jaime presentía que estaba a punto
de abrirse.
―Papá, ¿puedo hacerte una pregunta?
―Claro, hijo.
Ahí está.
―Hoy han dicho en clase que Papa Noel no existe, que son los padres...
¿es eso verdad?
Así que se trataba de eso.
―Mira cariño... ―comenzó, sin embargo, no sabía qué decirle
exactamente. Ese era el momento que más había temido, el día en que su hijo
dejase de ser tan niño, tener que destrozar sus ilusiones. Tal y como había
pensado ayer, era como mostrarse a sí mismo en carne y hueso ante sus
lectores, la destrucción total de la verdadera magia―, tus amigos pueden
decir lo que quieran. ¿Tú quieres que Papa Noel exista?
Javier pareció dudar un momento. Era como si de su respuesta dependiese
su existencia.
―Claro, claro que quiero que exista.
―Entonces no lo dudes, cielo. Papa Noel existe, y si alguien te dice lo
contrario, no le hagas ni caso, mucho peor para él ―sentenció. Con un poco
de suerte, todavía podría mantenerle la ilusión un año más. Sintió que Noelia
quizá debía haber participado en esa conversación, pero su hijo había acudido
a él, y si le hubiese visto dudar, jamás le habría creído. Las circunstancias le
habían obligado a dar una respuesta contundente, así que pensó que más tarde
se lo explicaría a Noelia, estaba convencido de que lo entendería.
El semblante de Javier cambió por completo, como las máscaras que
representan al teatro. Fue como si le hubiesen inyectado una dosis de
vivacidad. Dio un salto y se bajó de las piernas de Jaime.
―Gracias papá. Te quiero. Te quiero mucho.
―Y yo a ti, campeón.
―¿Te importa si me voy a jugar?
Tema zanjado.
―Claro que no hijo. Vete a jugar, yo seguiré trabajando un poco más. Y
dile a mamá que te ponga la estufa.
―Que sí, papá. ¿Luego vendrás a jugar un ratito conmigo? ―le preguntó
mientras ya abría la puerta.
―Si me da tiempo sí, ¿vale? Y si no, mañana jugaremos un poco.
―Vale.
En cuanto obtuvo el sí de su padre, Javier desapareció cerrando la puerta
tras de sí. Volvía a ser él. Sin darse cuenta, para el día de mañana estaba
copando la agenda. Por el momento ya tenía que estudiar con Javier, jugar y
por la tarde la firma de libros. Y además, después de la noche que le esperaba,
seguro que se levantaba más tarde de lo normal. Oh, y se le olvidaba, se dijo a
sí mismo. Por la noche había quedado con Luis y Carolina para cenar, y
todavía no lo había consultado con Noelia.
¿Cuándo le quedaba tiempo para escribir? Un día perdido, sin duda,
aunque trataría de rascar unos minutos por la mañana. Se encaró al ordenador,
y como caídas del cielo, las oraciones de invocación brotaron de sus dedos.
13
Noelia, como había supuesto, no había puesto ningún inconveniente a que
Luis, Carolina y Ana viniesen el sábado por la noche a cenar, y cuando lo
comentó durante la cena, Javier saltó en la silla gritando ¡bien! al saber que
Ana iba a visitar su guarida de los juguetes. Tampoco le pareció mal la
respuesta que dio a Javier en lo referente a Papa Noel cuando se lo comentó a
solas mientras tomaban un aperitivo, y fue lo suficientemente comprensiva
cuando supo que Javier la había excluido de sus inquietudes.
No podía negarlo. Luis había tenido una fantástica idea reuniéndolos a
todos el sábado por la noche, porque durante la cena su estómago había sido
atacado por dos flancos distintos: la estrambótica escapada nocturna al
edificio de enfrente y su cita a las cinco de la tarde en la Librería Páginas al
Mar. El desenlace de aquel despiadado asedio fue que la boca de su estómago
se cerró incapaz de tolerar la comida. Sin embargo, pensar en el sábado por la
noche había logrado abrir una pequeña grieta por donde introducir el filete de
ternera que Noelia había preparado, aunque se dejó el resto de la cena.
Noelia lo achacó a su firma de libros, alegando que siempre que tenía un
evento de esa índole perdía el apetito, que tenía que tomarse las cosas con más
filosofía, que formaba parte de su trabajo, que era algo para disfrutarlo, no
para sufrirlo. Por ese lado del ataque tenía razón, y también sus palabras de
ánimo habían logrado paliar su pesadumbre, pero Noelia desconocía lo que
tenía preparado para esa noche, y si lo hubiese sabido pensó que lo habría
atado a la silla con cadenas antes que permitirle salir de casa. En conclusión,
respecto a ese tema no podía ayudarle, nadie podía ayudarle.
Jamás había sentido tanto... terror. Aunque todo este tiempo lo había
negado, esa era exactamente la sensación que recorría su cuerpo. Ni siquiera
cuando se perdió en el Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama se sintió
así. Y el motivo creía que era evidente. Allí, en medio del monte, sabía que
todo lo que le rodeaba era la naturaleza, la fauna, los perturbadores sonidos de
la noche. En definitiva, algo comprensible para la mente humana.
Lo que se proponía hacer esa noche era invocar al diablo, al mal en su
estado más puro, y eso era algo que escapaba a su comprensión, algo que, al
fin y al cabo, no podía llegar a controlar. Sus excentricidades pasadas tratando
de recrear el terror para lograr unos textos afines a la realidad quedaban
obsoletas, hundidas en un nivel inferior. La invocación al diablo era subir un
peldaño, lodoso y viscoso. Y debía admitirlo, también terrorífico. Por ese
motivo, estaba convencido de que su libro iba a ser un gran éxito. Debía serlo.
Cuando el reloj marcó la 01:55 Jaime ya estaba ataviado completamente
de negro, se había escondido de nuevo la radiografía debajo de la cazadora y
había metido en una bolsa las cuatro velas y el papel impreso con las
invocaciones.
Calculó que a lo sumo tardaría una hora en regresar, por lo que dejó la luz
del despacho y el ordenador encendidos para no levantar sospechas en caso de
que Noelia se levantase para ir al baño. Si todo iba según lo planificado, Luis
estaría a punto de llegar a su portal. Cerró la puerta del despacho con cuidado
de no hacer ruido y caminó de puntillas hasta la puerta de casa. La abrió lo
más sigilosamente posible y cerró muy despacio guardándose las llaves en el
bolsillo.
El rellano, o más bien todo el edificio en sí, se encontraba en un silencio
absoluto. Cuando llamó al ascensor, el estrépito que formaba al desplazarse
por las guías se multiplicó por dos. Sentía su corazón latir más fuerte y un
incómodo nudo en el estómago igual que cuando te presentas a una entrevista
de trabajo. Gracias a Dios no estaba solo en esto, pensó. Abrir la puerta del
ascensor y ver a Luis tras la puerta del patio esperándolo sería como si le
sacasen un hueso de aceituna de la garganta. Sin embargo, cuando pensó en
Luis justo en el momento en que se metía dentro del ascensor y pulsaba el
botón de la planta baja, se le ocurrió que quizá se había echado atrás y no
pensaba presentarse, o que quizá se había dormido, o que finalmente Carolina
lo había sorprendido justo en el momento de salir de casa. Porque,
sinceramente, no había recibido ningún mensaje de él en toda la tarde, más que
un pulgar en alto cuando le comunicó que debían ir vestidos de negro.
Tampoco él había intentado ponerse en contacto con Luis porque,
sinceramente, creyó que no hacía falta, ya que cuando entre ellos acordaban
algo, lo que fuera, iba a misa, a no ser que actuasen fuerzas mayores.
El ascensor llegó a la planta baja sacudiéndose como el vagón de un tren.
Abrió la puerta y dirigió rápidamente la mirada hacia la entrada del patio.
Esperó ver una figura oscura esperando fuera, soportando el frío, pero allí no
había nadie.
Maldito Luis. Como me hayas dejado tirado te mato. Y no dudaré en
hacerlo, lo sabes.
Cruzó el corredor hasta la puerta, dejó la bolsa con las velas y las
oraciones apoyada en la pared detrás de esta y la abrió. Una ráfaga de viento
gélido le azotó la cara, y no supo por qué, le pareció estar en la cubierta de un
barco en plena tormenta durante la noche. Sin bajar del escalón de mármol que
precedía a la puerta, miró a un lado y al otro. La calle estaba desierta,
pobremente iluminada por la luz de las farolas. Hacía un frío a esas horas de
la madrugada que tardó pocos segundos en provocar que su cuerpo comenzase
a temblar.
Sacó el teléfono móvil y miró a ver si tenía algún mensaje. Frunció el ceño
cuando vio que no había recibido ninguno. Ni de Luis ni de nadie. ¿Dónde te
has metido? Pensó en mandarle él mismo uno a Luis, pero si por una de
aquellas su amigo no le había quitado el sonido al teléfono y sonaba mientras
dormía al lado de Carolina podría ponerlo en serios problemas. Decidió
esperar diez minutos, si Luis no había llegado para entonces, ya no dudaría en
mandárselo.
Entornó la puerta del patio sin llegar a cerrarla y dirigió la mirada hacia el
patio del edificio de enfrente. Un árbol se interponía en su camino, así que se
movió a un lado y comprobó que la tranquilidad y la oscuridad lo envolvían.
Comenzó a mover las piernas, ya que se estaba quedando helado. Al menos, se
dijo, estar despierto hasta casi las dos de la madrugada le había servido para
escribir casi mil palabras. Aunque no había avanzado mucho, la novela ya iba
tomando forma.
Consultó la hora en el móvil, lo que resultó ser un terrible suplicio al tener
que sacar las manos del bolsillo de la cazadora. Ya pasaban cinco minutos de
las dos, y ni rastro de Luis. Por otro lado, pensó tratando de convencerse a sí
mismo, Luis no brillaba precisamente por su puntualidad. Cuando eran más
jóvenes, había momentos en los que llegaba a tardar hasta media hora. Con la
edad se había impuesto la responsabilidad y había reducido el tiempo de
retraso, pero un cuarto de hora a lo sumo, por lo que Jaime había llegado a la
conclusión de que el don de la demora lo llevaba grabado en sus genes.
Desde que había bajado de casa no había pasado ni un solo coche. Las
copas de los árboles dispuestos en las aceras y en la mediana de la calzada se
mecían por el gélido viento produciendo un sonido tan íntimo como
inquietante. Encogiéndose de hombros para tolerar mejor el frío miró hacia su
derecha, el lugar por donde debía venir Luis. A unos doscientos metros estaba
la esquina del edificio. De pronto alguien giró por ella y caminó resuelto hacia
él. Su indumentaria era totalmente negra y llevaba echada la capucha de la
chaqueta cubriéndole parcialmente el rostro, por lo que tuvo que esperar a
tenerlo casi encima para descubrir que era Luis. Al verlo, los latidos de su
corazón se normalizaron.
―Joder, hace un frío de cojones. Me debes una, tío ―dijo Luis cuando
llegó a la puerta.
―¿Por qué has tardado tanto? ¿Quieres matarme de un ataque al corazón?
Creía que eras un ladrón...
―Se me olvidó el teléfono y tuve que volver a por él ―replicó Luis, y
miró la hora en su reloj de pulsera―. Además, no me he retrasado ni diez
minutos.
―Venga, está bien, vamos ya ―dijo Jaime bajando el tono de voz,
sabiendo que discutir con él acerca de su impuntualidad era perder el tiempo a
la vez que contraproducente―, acabemos con esto cuanto antes.
Jaime cogió la bolsa de detrás de la puerta y cerró esta tras de sí con un
chirrido herrumbroso. Cruzaron la calzada sorteando los árboles y llegaron a
la puerta del patio del edificio de enfrente. En ese corto trayecto no
intercambiaron ni una sola palabra, temerosos de que sus voces pudiesen
alertar a los vecinos. La puerta de rejas negras y barrotes retorcidos estaba
cerrada aparentemente, pero seguía habiendo un hueco vacío en el lugar del
bombillo. Desde luego, pensó Jaime, habían tenido una gran suerte, porque de
haber estado cerrada, a esas horas intempestivas no habría forma de abrirla de
no ser con su llave. Puede que (no, lo más seguro) los ladrones tuvieran un
método efectivo para forzarla, pero él lo desconocía.
―Empújala... ―lo instó Luis.
La puerta se abrió sin ofrecer resistencia chirriando sus goznes. En el
interior del patio imperaba la oscuridad. Jaime estuvo a punto de encender la
luz, pero Luis lo detuvo.
―Ni se te ocurra, pimpollo. ¿Qué quieres, que algún abuelo curioso nos
vea por la mirilla subir las escaleras?
Jaime paralizó su dedo frente al interruptor de la luz justo a tiempo. Luis
tenía razón, y a él, sin duda alguna, le faltaba mucha experiencia. Vio cómo
Luis sacaba del bolsillo interior de su cazadora una linterna, la encendía y un
haz de luz se estrellaba contra el final del largo pasillo, justo allí donde nacían
las escaleras.
―Joder, veo que estás en todo. La verdad, a mí no se me había ocurrido.
―Estás hablando con un profesional, no lo olvides ―susurró Luis con
tono jocoso. Venga, vamos...
El olor a desagüe esta vez impregnaba todo el aire, y era tan intenso que
incluso podría llegar a provocar una arcada. Atravesaron el corredor hasta las
escaleras procurando ocultar el sonido de sus pisadas y esta vez fue Luis quien
encabezó la marcha cuando comenzaron a ascender hasta el primer piso. El
silencio que bajaba por las escaleras era sobrecogedor. El edificio debía estar
lleno de gente, pero ahora era lo más parecido a un cementerio.
Al llegar a la primera planta continuaron el ascenso sin detenerse. Por un
momento Jaime imaginó que un vecino abría la puerta justo en el momento en
que ellos pasaban frente a ella. Si eso ocurría, estaba convencido de que su
corazón saldría disparado por su boca. Llamaría a la policía, no cabía duda, y
no tardarían ni cinco minutos en presentarse en el edificio. Con todo lo que
llevaban encima, fácilmente los podrían acusar de pertenecer a una secta
satánica, y no sabía qué repercusión legal tendría esa falta, pero imaginó que
pasarían una temporada en la cárcel. Puede que hubiera arriesgado demasiado,
que hubiese bastado con hacer la invocación en una casa abandonada. Sin
embargo, lo peor de todo era que había involucrado a Luis en ello, y ambos
tenían un hijo. ¿En qué había estado pensando?
Al llegar a la segunda planta siguieron sin detenerse hasta la tercera.
Aún estaban a tiempo. Jaime pensó en abortar aquella locura, sujetar a
Luis por el hombro y arrastrarlo lejos de aquel edificio, pero no lo hizo. De
alguna forma incognoscible, deseaba llegar hasta el final, satisfacer su
curiosidad, nutrirse de la inquietante experiencia, pero sobre todo, cambiar el
destino de su vida.
El haz de luz iba iluminando los escalones, y el jadeo de Luis se unía al
suyo propio. Habían llegado a la mitad del trayecto y la cuarta planta les
aguardaba. De pronto, no supo por qué se le metió en la cabeza la sexta planta.
En serio, ¿no podía haber elegido otra? En el quinto también veía desde su
ventana una persiana echada hasta abajo. Podía haber escogido esa vivienda,
pero no, había elegido la sexta, y aunque imaginó que el motivo fue que era la
que quedaba a la misma altura que su despacho, quizá el número seis había
tenido algo que ver.
En la cuarta planta todo seguía sumido en la oscuridad. Luis no se paró a
coger aire y continuó ascendiendo hasta la quinta planta. En silencio y tras sus
pasos, trató de luchar contra sí mismo. ¿Qué tonterías estaba pensando? Dos
edificios. Dos sextas plantas. Solo era casualidad. Solo eso. La sugestión
estaba empezando a cobrar protagonismo, pero realmente era eso lo que
estaba buscando, ¿no? Verse absorbido por el terror, experimentar la
sensación de una angustia asfixiante.
Quinta planta. Más oscuridad. Más silencio. Un nivel más de terror. A
pesar del frío que hacía esa noche sintió el sudor correr por su frente. Se
preguntó qué estaría pasando por la mente de Luis, y estuvo tentado de abrir la
boca y preguntárselo, pero se contuvo. Ni en susurros quería despertar a algún
vecino con el sueño ligero. Seguramente las sensaciones que estaban
atravesando el cuerpo de Luis no serían muy distintas de las suyas propias,
pero debía admitirlo, Luis era valiente, porque no había titubeado ni una sola
vez. Parecía incluso más decidido que él.
El final del trayecto había llegado. Sexta planta, y gracias a Dios nadie los
había sorprendido en el viaje. Luis se echó a un lado, y sin decir ni una
palabra, hizo un gesto agitando el haz de luz para que Jaime se acercase a la
puerta y pasase la radiografía como lo había hecho esa mañana. Ahora, su
corazón estaba a punto de abrirse paso a través de sus costillas. El olor a
edificio viejo era insoportable, tanto que creyó que hasta podría saborearlo en
su paladar.
Tragó saliva con dificultad y se bajó la cremallera de la cazadora. Hasta
ese insignificante gesto lo hizo como a cámara lenta, para que el rechinar de
los dientes metálicos no se escuchase en el rellano. Cuando extrajo la
radiografía y la introdujo por el resquicio de la puerta, acudió a su mente
aquel extraño sueño que había tenido a mediodía. ¿Y si el salón de aquella
casa era exactamente igual que el que había aparecido en su sueño? Imaginó
una estrecha habitación, con sus paredes bañadas por una extraña sustancia
negruzca que recordaba las varices dilatadas de un gordo enfermo. Y aquel
sofá, en mitad del salón, viejo y corrompido, hundido recientemente porque
alguien había estado esperando su llegada sentado sobre él.
El diablo.
El sudor corría por su frente. Luis le alumbraba con la linterna. La maldita
radiografía se resistía a entrar, pero no era imposible, porque esa misma
mañana lo había logrado.
Trató de apartar aquellos pensamientos que lo estaban poniendo nervioso.
El diablo no existe, todo está en tu mente, no te sugestiones o lo pasarás
muy mal, pero que muy mal. Consiguió introducir la punta, pero se había
atascado con algún saliente de la madera. Sentía la sangre correr por sus venas
más espesa y ardiendo, como si estuviese envuelta en llamas, y eso le
provocaba un calor insoportable. Imaginó un surtidor de gasolina incendiado
conectado a él mediante una vía intravenosa. Era el miedo. No, mucho peor,
era el terror. Escuchó a Luis decir algo, pero lo hizo con un tono de voz tan
bajo que no entendió lo que dijo. Sacó la radiografía y la volvió a introducir,
esta vez por un sitio distinto, un poco más abajo de la cerradura. Aquel sueño
había sido producto de la inquietud que atormentaba su subconsciente, se lo
repitió a sí mismo varias veces tratando de expulsarlo de su mente, porque si
entraba en esa casa y la habitación era la misma que la del sueño, si aquel
maldito sofá estaba allí, entonces... entonces moriría de terror allí mismo.
Al fin la radiografía encontró el hueco preciso y entró casi en su totalidad.
La deslizó suavemente hacia arriba, y cuando chocó con la cerradura se
escuchó un ligero click como ocurrió la primera vez. La puerta inmediatamente
se abrió dejando un estrecho y oscuro resquicio. Fue Luis quien la abrió de
par en par desde su espalda y lo empujó al interior de la vivienda, porque él
se había quedado paralizado por un instante, como si su mente se negase a
seguir adelante con aquello.
Cuando hubieron entrado, Luis cerró muy despacio la puerta tras de sí y
escuchó, como si estuviese a una gran distancia, cómo resoplaba.
―Joder, estás acojonado, ¿eh? ―susurró Luis, y sintió el haz de luz en su
rostro, lo que le deslumbró por un instante.
―Aparta la luz, coño. Sí, estoy acojonado, ¿qué pasa?
―Perdona, amiguito, pero todo esto ha sido idea tuya.
Jaime prefirió no pronunciarse al respecto.
―Venga, alumbra la casa, vamos a buscar el salón ―le dijo, y conforme
pronunció esas palabras un escalofrío subió por su espina dorsal. Sentía la
necesidad imperiosa de verlo, de corroborar que era totalmente distinto al de
su sueño.
La pestilencia que allí habitaba era mucho peor que la de los rellanos. En
aquella casa hedía a cerrado, como si la casa no la hubieran aireado en varios
años. A Jaime le pareció, cuando menos, extraño, ya que el propietario,
aunque no viviese allí, debería al menos preocuparse por la conservación del
apartamento. Luis guió la luz de la linterna a lo largo del pasillo que nacía
desde la puerta de entrada. Las motas de polvo flotaban en el haz de luz, como
si de insectos se tratasen y se vieran atraídos por él. El pasillo era extenso, y
estaba flanqueado por puertas cerradas. Jaime contó hasta cuatro. Del techo,
en lugar de lámparas brotaban cables retorcidos, y las paredes estaban
cubiertas de papel de los años setenta, despegado por las juntas y por la parte
superior como girones de piel desgarrados, estampado con dibujos
asimétricos de tonos grises y verdes apagados, una auténtica reliquia, pensó
Jaime. Al final del pasillo, imponente y siniestro, se hallaba lo que debía de
ser el temido salón. Luis lo enfocó y avanzó unos pasos. Debían andar muy
despacio para que el vecino de abajo no oyese las pisadas. Jaime sintió cómo
su estómago se contraía. Allá, a escasos quince metros, estaba la respuesta a
aquel delirio que se había agarrado a su mente como un parásito hambriento.
Luis avanzó resuelto y él siguió sus pasos vacilante. El suelo, de cerámica
antigua, negro con ligeras pinceladas blancas, estaba cubierto de polvo, así
que sus huellas debían estar quedando allí impresas. Era exactamente el
mismo tipo de baldosa que había en casa de sus abuelos, un vago recuerdo que
surgió repentinamente de cuando Jaime tenía seis años. Aquellas baldosas, que
siempre se despegaban del suelo y más de una quedaban bailando cada vez
que pisabas sobre ella, pensó de forma fugaz, eran muy comunes en aquella
época.
La imagen del sofá se materializó en su mente sin ser invitada. Da la vuelta
y sal corriendo, fue la única advertencia que su subconsciente se atrevió a
gritar en su cerebro. Luis hizo un barrido con la linterna sobre las puertas del
pasillo. Eran de madera vieja, y gran parte de las hojas estaban ennegrecidas
por la humedad. Jaime, tratando de no mirar al frente, se fijó en sus manijas.
Eran un modelo antiguo típico de aquellos años pasados, excesivamente
ornamentadas y de color oro envejecido. Por nada del mundo quería saber qué
había al otro lado de las puertas, y por nada del mundo pensaba poner una
mano encima de aquellos tiradores. Lo que había ido a buscar a aquella casa
lo había encontrado hacía ya mucho tiempo, por lo que solo quería acabar con
la invocación, salir de allí como alma que lleva el diablo y meterse en la cama
junto a Noelia.
―Joder, aquí no ha entrado nadie en muchos años ―susurró Luis. Se
detuvo delante de una puerta, como si tuviese intención de abrirla para
husmear en su interior, pero Jaime lo empujó para que siguiera caminando.
―Venga, sigue...
Al fin llegaron a lo que efectivamente era el salón. El primero en entrar fue
Luis. Jaime, con el corazón a punto de partirse en dos, lo siguió. No supo si lo
hizo con los ojos cerrados o que su cerebro simplemente se desconectó. Pero
cuando retomó el control de su mente dejó escapar el aire retenido al
comprobar que en aquel salón no había ningún mugriento sofá, ni las paredes
estaban cubiertas de afluentes negros y ensortijados. Era mucho más amplio de
lo que había imaginado, pero estaba completamente vacío, con sus baldosas
negras, sus paredes empapeladas y despegadas, la ventana al otro extremo con
la persiana echada, y además, dos puertas más se hallaban en su pared
derecha.
Le costó creer que aquella cueva inmunda estuviese justo frente a su
despacho. Si levantara aquella persiana agujereada y polvorienta podría verse
a sí mismo trabajando frente al ordenador. Acababa de sufrir el primer ataque
de sugestión, y aquella avalancha de terroríficos datos debía anotarla en su
agenda mental. La voz de Luis lo arrancó de sus pensamientos.
―Venga, a ver, qué tenemos que hacer. Ahora eres tú quien toma el
control, colega.
El susurro de Luis sonó despreocupado, pero Jaime pudo sentir un cierto
temor en sus palabras. Sin perder ni un segundo sacó las cuatro velas de la
bolsa, las colocó en el centro del salón formando un cuadrado y guardando una
distancia de unos dos metros entre ellas y las encendió con el mechero.
Cuando escuchó el chasquido de la rueda le entró un deseo incontenible de
encenderse un cigarro, pero resistió la tentación, ahora no era el momento. No
se veía pronunciando las oraciones de invocación con el pitillo sujeto por la
comisura de sus labios. Había tenido la precaución de comprarlas lo
suficientemente gruesas como para que se sujetaran por sí solas en el suelo, y
confió en que el resplandor no se viese desde su edificio a través de los
agujeros de la persiana. A continuación sacó el papel impreso de la bolsa,
cuando Luis lo interrumpió.
―Espera, espera. ¿Solo es esto? ¿No hay que hacer nada más, dibujar en
el suelo una estrella de cinco puntas, por ejemplo?
―No, con esto sobra, hazme caso. El verdadero poder está en la
intensidad del deseo por parte de los invocadores por reclamar la presencia
del diablo ―lo aleccionó Jaime con un hilo de voz―. Con las velas, la
vestimenta oscura y la lobreguez de este lugar son suficientes.
―Ya, ¿y las velas no deberían ser negras? En las películas siempre son
negras.
―No es necesario ―mintió Jaime―. Blancas también valen.
―Bueno, aquí el experto eres tú. Adelante, ¿qué tenemos que hacer?
Jaime desplegó el papel con las oraciones en sus manos. Notó que le
temblaban a pesar de que ahora no tenía frío.
―Ponte aquí a mi lado. Repetiremos estas seis oraciones una por una
hasta seis veces. Tú solo tienes que pensar en el diablo mientras las recitamos,
en la imagen que tienes de él, dibújala en tu mente, en el fuerte deseo de verlo
aparecer ante ti entre las cuatro velas.
―Jaime ―dijo Luis, con un tono de voz febril que Jaime jamás había oído
en él―, ¿esto no será peligroso?
Eso es, plantéame tus dudas, da rienda suelta a tus temores.
La persiana se agitó por el viento. De pronto se dio cuenta de que no sabía
hasta qué punto creía Luis en el diablo. No dudó en preguntárselo:
―¿Peligroso? ¿Tú crees en el diablo? Como ente quiero decir, no como el
símbolo que representa la maldad del ser humano.
Luis lo miró fijamente. Jaime pudo percibir un sustancioso temor en sus
ojos. Hablar entre susurros, sin duda, estaba alimentando el miedo.
―No, no creo en él.
No, no creo en él.
―Entonces no hay nada que temer, ¿no? ―sentenció Jaime.
―Supongo que no. Vamos, comencemos ya, quiero irme a dormir.
―Está bien, empecemos a leer las oraciones, pero en voz baja. Tiene que
ser los dos a la vez, ¿de acuerdo?
Luis asintió. Jaime levantó el papel y Luis lo alumbró con la linterna.
Cruzaron una mirada y sus voces se unieron en una sola, reverberando entre
aquellas cuatro paredes. Aquel efecto las hacía parecer mucho más graves de
lo que ya eran.
'Señor del infierno, reclamamos tu presencia desde este espacio sagrado,
preséntate ante nosotros'
'Satanás, amo del mal, Dios del averno, te invocamos a la Tierra, a este
espacio creado para ti'
Tomaron aire y continuaron la lectura. La persiana vibró y un escalofrío
reptó por el espinazo de Jaime. De pronto, sintió que en esa casa hacía mucho
más frío del que había parecido en un principio. Su cuerpo comenzó a temblar
incontroladamente.
'Lucifer, habitante de este mundo desde tiempos remotos, requerimos tu
presencia ante nosotros'
'Príncipe de las tinieblas, Dios del fuego y del abismo, exigimos esta
noche tu presencia aquí'
Jaime lo creía improbable, pero aun así desvió un instante la mirada hacia
las llamas de las velas con el fin de comprobar si se agitaban más de lo
normal. Como había previsto, seguían su discreta danza.
'Diablo, maestro del embuste, Señor de las profundidades, hónranos con tu
presencia'
'Belcebú, súbdito de Dios Todopoderoso, ven a nosotros, muéstrate tal y
como eres'
Jaime pensó que una provocación directa en la última frase podría llegar a
ser más efectiva. Esperaron unos segundos y comenzaron desde el principio en
cuanto Jaime dio la orden. Antes, dedicó una mirada furtiva a Luis. A pesar de
la penumbra que inundaba el salón, pudo advertir que estaba pálido como un
cadáver. Por el temblor de sus labios, dedujo que el frío también se había
apoderado de él. Perfecto. No podía olvidar ni un solo detalle de todo lo que
estaba ocurriendo allí. ¿Cuántos escritores de terror conocía él que se
involucraran tanto en sus libros? Desde luego, pocos, muy pocos.
Retomaron la lectura de las oraciones una segunda vez, y una tercera...
Cuando comenzaron la sexta vez, la última, para ellos tuvo un significado
especial. Era la sexta vez, si algo tenía que ocurrir sería ahora, al pronunciar
la última palabra. Jaime sabía que el color de las velas jugaba a su favor,
pero... ¿y si ese detalle era insignificante? ¿Y si ante ellos se aparecía el
diablo entre rayos y truenos? La sugestión, de nuevo, atacaba
despiadadamente, y en lo más profundo de sus pensamientos, sabía que allí
tenía un material que valía su peso en oro.
Sus voces se unieron al unísono. Cada palabra que pronunciaban era como
una losa más sobre sus espaldas. Las llamas de las velas creaban sombras
alargadas sobre las ruinosas paredes que bailaban alargándose y
encogiéndose. El frío cobró una intensidad excepcional, y aquella maldita
persiana no cesaba de agitarse produciendo un estrépito repetitivo y
exasperante, empujada por el viento que daba la sensación de soplar con más
fuerza. Jaime creyó percibir un ligero hedor a azufre, pero solo era la humedad
y el polvo envejecido.
Sugestión, sugestión, joder, y estoy acojonado.
Se enfrentaron a la última oración, y ahora Jaime no sabía si había sido tan
buena idea elaborarla con tono provocativo.
'Belcebú, súbdito de Dios Todopoderoso, ven a nosotros, muéstrate tal y
como eres'
Era el final del ritual.
Sus voces enmudecieron y el salón quedó en un silencio sobrecogedor. Sus
miradas se posaron sobre el cuadrado que formaban las cuatro velas. Jaime
imaginó que grietas de luz se abrían en las paredes, de un color rojizo infernal
y un destello tan luminoso que sería imposible contemplarlas sin abrasarse los
globos oculares. Sentía su respiración agitada, y aunque estaba muerto de frío,
notó una gota de sudor correr por su sien.
Era suficiente, más que suficiente. No había por qué seguir, tenía lo que
quería. Como había supuesto, nada ocurrió ni el diablo se materializó entre
llamas y azufre.
No existe el diablo, pura invención eclesiástica.
―Creo... creo que la función ha acabado, ¿no te parece? ―se aventuró a
decir Luis con voz temblorosa.
―Sí, creo que sí. Tengo exactamente lo que necesitaba. Recojamos esto y
vámonos de aquí cuanto antes.
―Por fin dices algo coherente.
Dicho esto, sin perder tiempo apagó las velas y las guardó en la bolsa.
―Toma, tu bolsa.
Jaime sonrió, pero le pareció más una mueca desganada.
―Tienes ganas de salir de aquí, ¿eh? si te soy sincero, yo también. Vamos.
Volvieron por el pasillo y el salón quedó sumido en la oscuridad, solitario,
bombardeado por el estrépito de la persiana.
―Por cierto ―susurró Luis cuando llegaron a la puerta―. Ya he hablado
con Carolina, lo de mañana por la noche le parece bien.
―Genial. Noelia también está de acuerdo. Nos veremos mañana pues, ya
te diré la hora. Y ahora, por favor, salgamos de aquí.
Jaime había hecho bien en no apagar la luz de su despacho. Cuando el
reloj marcó las 2:33 Noelia se levantó de la cama con el rostro ceniciento, y
tratando de no hacer ruido pero con apremio, se dirigió al cuarto de baño,
levantó la tapa del váter y vomitó toda la cena.
14
A la mañana siguiente, su cama se agitó. Jaime fue arrancado de su sueño y
abrió los ojos intentando averiguar qué había ocurrido. Sus párpados pesaban
como dos montañas y las legañas nublaban su visión. Sentía la mente cansada,
un agotamiento indescriptible por la falta de sueño. Cuando logró enfocar la
visión vio a Javier tumbado junto a él observándole con una media sonrisa en
la cara.
―Buenos días, papi.
Jaime tardó unos segundos en separar el sueño de la realidad. Cuando fue
consciente de que Javier, su hijo de carne y hueso, estaba realmente tumbado
en el lado de la cama que pertenecía a Noelia, fue cuando la realidad del duro
día que le esperaba se volcó sobre su mente.
―Buenos días, cariño, ¿ya te has despertado?
Jaime sacó el brazo de debajo de la manta, cogió el teléfono móvil y miró
la hora. Eran las 9:10 de la mañana, y el frío envolvió su brazo como el
cuerpo gelatinoso de una medusa. La sucesión de hechos se abrió ante él.
Noelia haría ya más de una hora que se había levantado para irse a trabajar y
Javier, al despertarse, había acudido a su cama antes que quedarse a solas en
la casa. Como era habitual en él, no había sentido ningún remordimiento por
despertar a su padre mientras dormía plácidamente, aunque tampoco podía
culparlo, porque desconocía que anoche cogió el sueño cerca de las 3:30 de la
madrugada. Ese pensamiento le hizo recordar lo que hicieron anoche Luis y él.
Creyó que iba a ser hostigado por horribles pesadillas, pero debía de estar tan
cansado que había dormido toda la noche del tirón, y si las había tenido no las
recordaba. La verdad, pensó, es que la noche había sido lo suficientemente
intensa como para verse atormentado por ellas sin piedad hasta el amanecer,
como para que el infierno se desatase en sus sueños.
―Claro, papá. Y tengo hambre, y me prometiste que ibas a jugar conmigo.
Jaime sonrió, aunque imaginó que lo que Javier apreció fue un rostro
acartonado intentando estirar sus facciones. Él había olvidado su promesa de
jugar con su hijo esa mañana, sin embargo supuso que Javier habría estado
esperando el sábado como el hambriento un mendrugo de pan. Y no se
olvidaba, no. En su segunda frase del día ya se lo había recordado.
―Claro, campeón. Y papá siempre cumple sus promesas ―le dijo
mientras pensaba que precisamente era eso lo que peor se le daba, cumplir sus
promesas―. ¿Qué vas a querer desayunar?
―¡Leche y galletas!
Jaime se armó de valor y apartó las mantas. El frío que se adhirió a su
cuerpo fue lo más parecido a zambullirse en un lago helado.
―Jo... lines, qué frío hace ―se quejó rectificando justo a tiempo. Más de
una vez se le escapaba un taco delante de Javier, y en más de una ocasión lo
había oído repitiéndolo cuando estaba a solas. Era inevitable, formaba parte
del vocabulario español, y lamentablemente ya formaba parte también del
vocabulario de su hijo. Pero no era solo en el ámbito familiar, en el colegio
había aprendido palabrotas que él o Noelia jamás habrían pronunciado. Era
como un virus contagioso. Cada niño escuchaba en su casa improperios de
diversa índole, y el colegio era el lugar donde manifestarlos sin temor a ser
castigados mientras los profesores no los escuchasen. Ahora, lo único que
podía hacer era amenazarle con que si los pronunciaba delante de él o de su
madre, el castigo iba a ser sublime.
Se levantó dando un divertido salto, lo que provocó la risa de Javier, y se
cubrió con la bata. A continuación levantó la persiana de un fuerte tirón para
comprobar que ese sábado había amanecido soleado, una invitación directa (si
le quedaba tiempo) a dar un paseo cuando el sol calentase un poco más, y
contando con que no se estropease el día, porque a lo lejos, por encima de los
edificios, se había formado una cordillera de nubes de un color grisáceo que
presagiaba lluvias. Solo le faltaba eso, pensó, que el día de la firma de libros
cayese una tromba de agua, no porque disminuyese la afluencia de visitantes,
sino por el incordio de conducir por calles repletas de más coches de lo
habitual y de tener que aparcar en una zona en la que ya de por sí era bastante
difícil encontrar un hueco libre.
Un taxi, joder, eso era lo que me tenía que pagar la editorial.
―¿Te has lavado los dientes, campeón?
Javier dudó un instante.
―No...
―Pues venga, vamos a lavárnoslos los dos y luego preparamos el
desayuno.
Javier odiaba lavarse los dientes, y francamente, al final se cansaba de ir
día tras día tras él para que lo hiciera. En alguna ocasión había optado por una
amenaza, algo parecido a haz lo que quieras, si no te lavas los dientes se te
pudrirán y se te caerán, pero por lo visto ese tipo de amenazas a Javier le
traían sin cuidado. Se preguntó si todos los niños a su edad serían igual.
El primero en cepillarse los dientes fue Javier, bajo la atenta vigilancia de
Jaime. Luego fue su turno. Sentía un desagradable sabor a cenicero en la boca.
Se observó al espejo para descubrir que su cara era un poema. Dos noches
seguidas durmiendo poco y mal le habían creado unas manchas oscuras debajo
de los ojos que le daban el aspecto de un cadáver, y por qué no, también creyó
verse más arrugas de lo habitual. Supuso que después de pasar de los cuarenta,
cualquier maltrato que infligiese a su cuerpo acentuaría los signos del
envejecimiento. Observó por el espejo que Javier lo estaba mirando en
silencio apoyado en el marco de la puerta, como si pensase que después de
obligarle a él a lavarse los dientes, su padre pensaba escaquearse, así que
olvidó su ceniciento aspecto y se introdujo el cepillo de dientes en la boca.
Intuía que hoy iba a necesitar mucho café, litros y litros de café.
Noelia acudió a la librería con la cara desvaída, pero que hábilmente
había sabido ocultar bajo una capa extra de maquillaje. Gracias a Dios hoy le
había tocado el turno con Cris, que sabía contener la lengua con mucha más
eficacia que Helena. Hoy era un día de esos en que la duda existencial la
embargaba. ¿Qué estaba haciendo con su vida? ¿Por qué, precisamente ella,
tenía que estar trabajando un sábado por la mañana cuando la mayoría de
personas estaba disfrutando con sus familias, sus amigos o sus amantes el fin
de semana? ¿A eso era a todo lo que aspiraba en la vida, a ser la dependienta
de una librería? Trabajo monótono, sin expectativas, exento de
responsabilidades, aburrido y esclavista. Se limitaría a disfrutar el sábado por
la tarde, completamente agotada, y el domingo, para el lunes comenzar de
nuevo con la misma rutina. Así un mes tras otro, un año, más de una década.
Llegó antes de tiempo a la Cafetería Álamos, pero Cris todavía no había
llegado, por lo visto había sabido aprovechar mejor su tiempo. Los sábados la
cafetería solía estar medio vacía a esas tempranas horas, pero hoy la afluencia
había sido significativa. Supuso que la cercanía de las fechas navideñas tenía
mucho que ver, y la gente trataba de adelantarse en las compras con la
esperanza de rascar algunos euros al bolsillo. Buscó un taburete libre en la
barra, justo entre dos hombres de mediana edad vestidos de traje, y pidió un
café.
Estaba harta. Harta de hacer esfuerzos sobrehumanos para llegar a fin de
mes, harta de trabajar más de cuarenta horas semanales para ni siquiera poder
comprarse una blusa, o unos vaqueros, harta de vivir en un edificio que se caía
a pedazos y donde el frío en invierno o el calor en verano era lo más parecido
a una tortura de la inquisición. Y en el centro de todo ese saco de infortunios
se hallaba Jaime, que trabajaba a todas horas (incluso los domingos, dejando a
solas y desatendidos a Javier y a ella) por un salario insuficiente.
―Aquí está tu café, Noelia ―dijo Ernesto, el joven camarero,
dedicándole una generosa sonrisa, aunque algo forzada.
―Gracias Ernesto ―contestó con aire distraído, aunque reparó en su
amarga expresión tratando de ser servicial cuando en realidad estaría
maldiciendo el tener que estar allí preparando desayunos y limpiando mesas.
Se fijó en sus ojos, estaban enrojecidos. Seguramente habría estado de fiesta
la noche anterior, pensó, una gran irresponsabilidad que solo una persona
joven puede hacer sin que el cuerpo le pase factura, o al menos una factura de
muy poco importe.
Noelia vertió el sobre de azúcar en la taza de café y lo removió con la
cucharilla con aire desganado. Su función designada en esta vida la
atormentaba, pero había algo mucho más importante que no podía quitarse de
la cabeza y que la estaba consumiendo desde dentro.
Sus pensamientos se vieron suspendidos cuando Cris entró en la cafetería
y se sentó junto a ella, aunque para ello tuvo que hacerse un hueco
desplazando con disimulo a uno de los hombres trajeados que leía el
periódico y tomaba un café, y que le dedicó un gruñido hasta que vio qué
aspecto tenía la persona que le había arrancado de la lectura.
―Buenos días, Noelia. Joder, hoy hace un frío horrible. ―Cris levantó la
mano para llamar la atención del camarero y le brindó una sonrisa enmarcada
en su atractivo y juvenil rostro. Ese método no fallaba nunca. ―Ernesto,
ponme un café con leche cuando puedas, por favor.
Ernesto dejó todo lo que estaba haciendo, levantó el pulgar y se giró
rápidamente hacia la cafetera.
―Buenos días, Cris ―respondió escuetamente Noelia.
―Uy, qué mala cara te veo hoy. ¿Te pasa algo?
Noelia sonrió en su interior. ¿que si me pasa algo, estás de broma? Claro
que le pasaba, pero Cris era una chica joven, vivía de alquiler en un
apartamento propiedad de su tío (con lo que la cuota había sido reducida
considerablemente) y el sueldo que ganaba era más que suficiente para
permitirse bastantes más lujos que ella. ¿Qué sabía ella realmente sobre el
sufrimiento que te puede infligir la vida? ¿Cómo iba a ayudarla, entonces?
Además, no le apetecía lo más mínimo compartir con su compañera sus
problemas más íntimos.
―No, estoy bien, solo un poco cansada. No he dormido bien esta noche,
eso es todo.
―¿Qué pasa? ―dijo con tono jocoso golpeando ligeramente con su codo
el brazo de Noelia―. ¿Jaime estaba juguetón anoche y te ha dejado baldada?
El hombre del traje giró levemente la cabeza hacia las dos mujeres y
regresó la mirada al periódico. Noelia sonrió y dio un sorbo al café
preparando la respuesta. Si tuviera que escoger a su compañera favorita entre
Helena y Cris, sin lugar a dudas, se quedaba con esta última. Su espontaneidad
y sus comentarios salvajes la hacían reír, y qué demonios, también era más de
fiar. De pronto, recordó el nuevo compañero que iba a incorporarse el
miércoles.
―Qué bruta eres. No, no es eso, me he despertado varias veces y no he
dormido bien. Supongo que será el cansancio acumulado.
Ernesto apareció al otro lado de la barra y dejó el humeante café con leche
frente a Cris.
―Aquí lo tienes.
―Gracias, Ernesto. Anda, cóbrate. Hoy me toca pagar a mí ―apuntó
guiñándole un ojo a Noelia, y dejó un billete de cinco euros sobre la mesa.
Noelia se dio cuenta de que Cris llevaba pestañas postizas, lo que lograba que
su mirada de ojos verdes fuese mucho más profunda, supuso que irresistible
para la mayoría de los hombres. Cuando Ernesto le devolvió el cambio en
monedas retomó la conversación con Noelia―. No sé, creo que te conozco
demasiado bien y me da la impresión de que algo te sucede.
―En serio, Cris. No te preocupes por mí, estoy bien, te lo prometo. Por
cierto ―dijo con la intención de cambiar de tema para que Cris dejara de
hurgar en su vida―, ¿sabes algo del nuevo chico que entra el miércoles?
Helena ya me puso al corriente.
―Sí, Helena es experta en poner al corriente a los demás. Pues no tengo ni
idea de quién es, no sé si es amigo de algún jefe o qué, pero espero que esté
buenísimo ―respondió dibujando una grácil sonrisa que dejó al descubierto
su perfecta dentadura.
Noelia no pudo evitar acompañarla levantando la comisura de sus labios
como si en verdad sonriera. Sin duda, Cris tenía mucho más peligro del que
aparentaba con su imagen delicada, y esa forma de ser (acompañada de un
envidiable físico que haría girarse a cualquier hombre que se cruzase con ella
en el camino) la hacía estar en la cima del ranking de los mejores vendedores,
y no solo de su tienda, sino de las treinta y dos tiendas que la franquicia tenía
repartidas por toda España. Sinceramente, la veía capaz de endosar el libro
‘Maquíllate con éxito’ a cualquier cliente del género masculino sin apenas
despeinarse.
―No tienes remedio ―dijo Noelia―, me compadezco de él, creo que va
a quedar lo suficientemente impresionado por ti cuando te conozca.
Por unos minutos Cris la había hecho olvidar que su vida, en ocasiones,
podía llegar a ser todo lo injusta que ella misma se propusiese. Miró su reloj
de pulsera para descubrir que casi era la hora de abrir la tienda, y al
contemplar su belleza y cómo destellaba bajo la luz de la cafetería le hizo
evocar el día en que Jaime se lo regaló hacía ya dos años por su aniversario
de bodas. Jamás se lo había quitado desde entonces, sin embargo, ahora sentía
la necesidad de arrancárselo de su muñeca de un fuerte tirón, invadida por un
fuerte sentimiento de tristeza inconmensurable. Sintió que estaba a punto de
echarse a llorar, así que, antes de descubrirse ante Cris, se adelantó a los
acontecimientos.
―Vamos, se hace tarde, es la hora de abrir ―dijo bajando la mirada.
―Se acabó el mejor momento de la mañana. Adiós, Ernesto ―se despidió
Cris apurando su café con leche. Bajó del taburete y se adecuó la ajustada
falda hasta las rodillas, gesto que no pasó por alto para el hombre del traje, ni
tampoco para Ernesto, que dijo adiós desde el fondo de la barra con una
estúpida sonrisa en su cara.
Noelia y Cris salieron de la cafetería, y fue como pasar súbitamente de una
estación cálida a otra glacial. Afuera el viento soplaba gélido, pequeñas
ráfagas que se clavaban en la piel como cuchillos afilados, un breve anticipo
de lo que iba a deparar el invierno. Caminaron a buen ritmo siguiendo la
acera, ya que la librería estaba a pocos metros.
―¿Te importa abrir tú? ―preguntó Noelia―. Tengo que ir a la farmacia.
Noelia confió en que Cris no hiciese demasiadas preguntas, pero por si
acaso se dejaba vencer por la curiosidad ya tenía preparada una retahíla de
fármacos para recitar: Ibuprofeno, omeprazol y alguno más. Sin embargo, al
parecer a Cris le traía sin cuidado lo que tuviese que comprar en ella,
simplemente se limitó a recomendarle que no tardase demasiado ya que se
podría presentar algún jefe a primera hora de la mañana sin previo aviso.
Noelia continuó caminando mientras hacía repicar sus tacones y giró la
esquina por la Calle General Avilés. Después de todo Cris tenía razón, por lo
que apretó el paso. Hacía un par de años corrían rumores de que el señor
Cortés, uno de los socios fundadores de Librerías Noches de Letras, había
esperado pacientemente en una sucursal de Sevilla a que se cumpliese la hora
de apertura. Se decía que ese era uno de sus controles rutinarios de personal
que llevaba a cabo cuando se le cruzaban los cables, o cuando su mujer lo
rechazaba en la cama la noche anterior. Casualmente, fue el día en que Ana
Villas, ex-compañera, tenía consulta con el médico de cabecera a primera hora
de la mañana, por lo que se presentó a su puesto de trabajo con más de una
hora de retraso sin haber avisado previamente a la encargada de tienda. El
señor Cortés, quien a priori daba la impresión de ser un jefe tolerante pero
que realmente era un verdadero hijo de su madre sujeto a repentinos cambios
de humor, no se limitó a amonestar a Ana con una falta grave, un aviso de tú
eres la empleada y haces lo que se te ordena sin alzar la voz. En consecuencia
de aquel acto, el despido fue fulminante. Aunque también corría el rumor de
que Ana se acostaba con el señor Cortés y que, deseando abortar con
contundencia la relación, hubiera decidido cortar su cabeza de raíz.
Fuera como fuese, lo cierto es que Ana al día siguiente engrosaba las listas
del paro y a los dos días del despido ya tenía sustituta en la tienda. Noelia
miró a ambos lados de la calle y cruzó en dirección a la farmacia. La cruz
verde que sobresalía de la fachada parpadeaba incesante y en el centro
mostraba siete grados centígrados de temperatura. Quizá era exactamente eso
lo que debía pasarle a ella, se dijo. No estaría mal acudir a la librería y
descubrir que el señor Cortés la esperaba sentado en uno de los sillones de
lectura haciendo tamborilear impacientemente sus dedos sobre la mesa y con
gesto fruncido. Puede que la mejor forma de librarse de aquel trabajo rutinario
fuera que la despidiesen, aunque fuese de una fuerte patada en el trasero.
Eso no eran más que tonterías elucubradas por una mente desesperada,
acabó pensando mientras abría la puerta de la farmacia. Esa solución era
inviable mientras Javier viviese bajo su techo, así que, por si todo aquello era
algo más que un rumor, decidió no tardar demasiado.
―Buenos días ―dijo la dependienta dibujando una agradable sonrisa.
Noelia se sorprendió, ya que la farmacia estaba vacía. Normalmente el
tiempo de espera era de mínimo diez minutos.
―Buenos días ―respondió con aire recatado.
―Usted dirá ―la animó la joven dependienta viendo que Noelia no se
decidía a hablar.
―Oh, discúlpeme, por favor. Querría un test de embarazo.
A Noelia no le hizo la más mínima gracia la sonrisa complaciente que le
dedicó la dependienta.
A los diez minutos, cuando regresó a la librería, no fue alegría sino alivio
lo que sintió cuando comprobó que el señor Cortés finalmente no había hecho
acto de presencia.
―¿Ya estás aquí? ―preguntó Cris mientras ordenaba una pila de libros en
la sección de romántica. Un par de clientes ya rondaban en el otro extremo de
la librería hojeando atentamente un libro entre sus manos―. Has sido más
rápida de lo que pensaba.
―Sí, aunque parezca increíble no había nadie en la farmacia. Discúlpame,
voy a dejar el bolso en los vestuarios y enseguida te ayudo con eso.
Noelia bajó una pequeña escalera que había al fondo, detrás de un amplio
mostrador, y cruzó una puerta metálica en la que había un letrero con la
leyenda 'Privado'. No era otra cosa que los lavabos del personal, y donde
además había una serie de taquillas de aluminio pintadas de un gris plomizo en
una de sus paredes. Para las empleadas, denominar 'vestuarios' al lugar donde
principalmente hacían sus necesidades era una forma sutil de decir 'voy a
mear'.
Sacó del bolso la llave de la taquilla y el test de embarazo envuelto en un
fino papel como si fuese un regalo de navidad y guardó el bolso en la taquilla
aunque sin cerrar la puerta todavía. Se miró en el espejo cuando se encaminó
con paso vacilante hacia el baño. Estaba pálida, y aquel constante hormigueo
en el estómago le estaba provocando arcadas. La eterna pregunta la estaba
martirizando desde que anoche tuvo que levantarse con urgencia a vomitar:
¿qué posibilidades había de que estuviese embaraza? Si la respuesta era
positiva, se avecinarían problemas, y muy graves. Sintió cómo el corazón latía
desenfrenado porque, aunque aún albergaba la esperanza de que no lo
estuviese, sentía su cuerpo igual de extraño que cuando quedó encinta de
Javier.
Pasó al lavabo y cerró la puerta con pestillo. Aunque dudaba que Cris
dejase la librería a solas, no quería correr ningún riesgo. Se subió la falda con
afán, se bajó las bragas y orinó. Sumergió la tira del test de embarazo en la
cascada y cuando consideró que fue suficiente la depositó sobre la tapa de la
cisterna, encima de un trozo de papel higiénico. Ahora su corazón bombeaba
con tanta fuerza que la sangre le ardía en las venas. Tres minutos de espera la
separaban del todo a la nada. Esperó.
Ahora no quería pensar, no hasta que supiese el resultado. Le dio la
espalda al test de embarazo girándose hacia la puerta.
Tres minutos de paz en un limbo silencioso.
Miró la hora en el reloj, aquel maldito reloj que avivaba su aflicción.
Habían pasado cuatro minutos, más que suficientes. Ahora, tras ella se
encontraba la respuesta. Se giró lentamente y con dedos temblorosos levantó
la tira del test de embarazo a la altura de sus ojos. La examinó y el mundo se
detuvo por un instante, o esa fue la sensación que tuvo. Sus párpados se
cerraron y dejó escapar el aire retenido en sus pulmones.
Tranquilidad. Eso era lo que necesitaba en esos momentos.
Lo envolvió rápidamente en el trozo de papel higiénico, descorrió el
pestillo y se dirigió a paso ligero hacia su bolso. Lo escondió en el fondo de
este y sacó su teléfono móvil. Con las manos temblando todavía, escribió un
mensaje, aunque tuvo que reescribirlo dos veces porque sus dedos no atinaban
con las teclas correctas.
'Estoy embaraza. Ven.'
15
La mañana del sábado había sido intensa y poco fructuosa. Javier se
resistió a despegarse de su padre, como si diera por sentado que los fines de
semana le pertenecían a él, y tal y como le había prometido, juntos habían
jugado durante horas al Roblox en la tablet que Papá Noel le trajo a Javier en
las navidades del año pasado. Cada vez que, entre refunfuños, Javier golpeaba
duramente con su pequeño dedo la pantalla de la tablet, a Jaime le venía a la
cabeza el recuerdo del gran esfuerzo que les supuso pagar aquel maldito
aparatito del demonio. Daba igual que le advirtiese que si la rompía no habría
otra, porque para Javier, descargar su ira contra el cristal de la pantalla cada
vez que lo mataban por lo visto era algo que no podía llegar a controlar.
Finalmente Jaime había optado por dar un pequeño paseo por los
alrededores y esperar con ello que Javier se tranquilizase y olvidase aquel
juego infernal. Mientras caminaban sin rumbo fijo había recibido la llamada
de Eugenio, recordándole que esa tarde estaba prevista la firma de libros y
que por nada del mundo se le ocurriese llegar tarde, e informándole de que, si
todo salía como él esperaba, estaría presente en la librería. Cuando hubo
colgado, había tenido la sensación de que su estómago había sido vuelto del
revés, pero también la ira se había apoderado de él, y eso, sin duda, era un
nuevo sentimiento que desconocía en su persona. ¿Acaso lo tomaba por un
estúpido que no sabía cumplir con sus compromisos para con la editorial? ¿Y
realmente era necesaria su presencia allí, como si quisiera supervisar
personalmente que era capaz de cumplir con su deber? Ya lo sospechaba, pero
la innecesaria llamada confirmaba que Eugenio era uno de esos tipos a los que
les gusta tener todo bajo control, sentir que nada escapa de sus largos y
viscosos dedos, y por lo tanto merecía la catalogación de insoportable y
odioso.
Por la reacción que tuvo Javier, una complacencia desmedida en cada una
de sus palabras, como si temiese que en cualquier momento la ira de su padre
pudiera recaer sobre él, dedujo que para su hijo también era una sensación que
desconocía en su padre hasta ahora. Sin embargo, sus palabras
condescendientes habían logrado que la ira se disipase tan rápido como había
llegado.
Cuando hubo llegado la hora de comer, las dos y media, que era cuando
Noelia regresaba del trabajo, Jaime ya tenía preparados unos macarrones al
pesto, los favoritos de Noelia, y qué menos que recompensarla con uno de sus
platos predilectos cuando se había pasado toda la mañana de un sábado
trabajando. No se extrañó, porque no tenía motivos para ello, cuando Noelia
se retrasó media hora alegando que había llegado una nueva partida de libros
que había que colocar en las estanterías antes del cierre. Lo único que lamentó
fue que los macarrones se hubieran quedado como una reseca masa verde de
pasta recalentada.
Eso sí, la notó ausente durante toda la comida, como si su cuerpo estuviera
presente pero su mente divagase a miles de kilómetros de distancia. Esta
noche nos vendrá bien la compañía de Luis y Carolina y nos beberemos una
botella de vino cada uno, le había dicho en un intento de animarla, ya que
sabía de antemano que para su mujer trabajar los fines de semana era una
obligación que no llevaba demasiado bien. Afortunadamente pareció recibir su
comentario de buen agrado porque, desde que hubo llegado de trabajar, fue el
único momento en que logró sacarle una sonrisa, breve, pero una sonrisa al fin
y al cabo.
Jaime se había metido en el dormitorio después de comer con la intención
de echarse una siesta y al menos tener la mente fresca para el evento, y ya de
paso, para que el sueño no lo acosara a las once de la noche y dar con ello una
mala impresión a sus amigos. Había probado a conciliar el sueño,
revolviéndose en la cama y refunfuñando. Todo intento había sido en vano. Los
últimos y los futuros acontecimientos bailaban infatigables en su cabeza por
turnos y ni el sueño atrasado pudo con ellos. La función comenzaba por la
firma de libros. Se preguntaba cuánta afluencia de lectores iba a asistir, qué
impresión se iban a llevar de él, y si después de conocerlo en persona iban a
dejar de leer sus libros como él había hecho en alguna ocasión, pero sobre
todo le atormentaba la presencia de Eugenio en la librería. Casi con toda
seguridad su objetivo fuera promocional, un mero acontecimiento divulgativo,
casi. Ahí estaba el problema, en el casi, porque no estaba tan seguro de ello.
Aunque se negara a creer que Eugenio pudiera ser tan retorcido, presentía que
su presencia era personal, como si lo hubiera situado en su punto de mira, y
por la sencilla razón de que quizá sus libros no eran lo suficientemente
rentables para la editorial y estuviese buscando una absurda excusa para darle
el pasaporte.
Cuando lograba dejar a Eugenio a un lado y convencerse a sí mismo de
que lo que tuviera que pasar, pasaría sin más, entonces irrumpía sin permiso
en su mente lo sucedido la noche anterior y el intenso terror que se había
apoderado de él (y de Luis, no estaba solo en aquello, gracias a Dios) durante
la invocación. Era un terror espeso, corrosivo, como el terror que precede a la
muerte, y aunque todavía no era consciente de ello, había dejado una huella en
lo más profundo de su mente, allí donde no podía llegar para borrarla sin más.
Para cuando conseguía dejar al diablo en paz, llegaba el turno de Noelia.
Después de nueve años de matrimonio creía conocerla lo suficientemente bien
como para intuir que algo atormentaba a su mujer. Durante todo ese tiempo
habían tenido crisis, por supuesto, como cualquier matrimonio, y era por ello
que conocía esa abstracción absoluta en Noelia, esa expresión distante y
carente de sentimientos que anunciaba que algo estaba cocinándose a fuego
lento en su cabeza, y que, como ya había ocurrido en otras ocasiones y por
experiencia sabía que más valía estar a una distancia prudente cuando
ocurriese, en cualquier momento podría derramarse por el borde de la cazuela.
Creyó, como la mayoría de veces, que era la situación económica la culpable
de su estado de aflicción, y como la mayoría de veces, pensó que estaba en
todo su derecho. Porque ella cumplía con su parte del trato, sin embargo, él
era quien cojeaba cada mes con unos ingresos irregulares, incapaz de
controlar la situación y de saber qué hacer para vender más libros. Se había
planteado cambiar de editorial en más de una ocasión, una que se implicara
más con sus escritores, pero siempre terminaba por pensar que el problema no
residía en la editorial, sino en sus novelas, o mucho peor, en él mismo.
Cuando llegaba a ese punto, resurgía como un trozo de madera en el agua
su nuevo proyecto, y con ello había empezado de nuevo el ciclo: la firma de
libros en las próximas horas. Después de todo, quizá era la primera
oportunidad de poder cambiar, el todo o la nada, porque ya no era ningún
jovencito con un amplio abanico de posibilidades en su bolsillo. Ahora que
había sobrepasado los cuarenta años, ya no veía la vida desde arriba, sino
desde abajo, y si no hacía algo al respecto se hundiría irremediablemente cada
vez más alejándose de la superficie. Sin duda alguna, pensó, superar los
cuarenta era un lastre más pesado de lo que creía, porque era la segunda vez
en dos días que sus pensamientos cobraban matices apocalípticos, y
desgraciadamente presentía que la cosa empeoraría conforme fuera
cumpliendo más años.
Aunque no consiguió conciliar el sueño se quedó en la cama hasta las
cuatro de la tarde, al menos para poder descansar el cuerpo. Cuando se
levantó Noelia dormía acurrucada en el sofá tapada hasta el cuello con una
manta a cuadros naranjas y amarillos. La televisión estaba a un volumen
moderado, lo suficiente para superponerse a los ruidos del vecino de al lado,
pero sin llegar a ser molesto. Sobre la mesita centro había dejado las llaves
del Renault y una nota escrita. Se acercó sin hacer ruido y la leyó:
'No me despiertes, por favor, estoy agotada. Ten mucha suerte esta tarde y
no te pongas nervioso. A la noche me lo cuentas todo.'
La dejó de nuevo sobre la mesita, con mucho cuidado de no hacer ruido, y
observó a Noelia mientras dormía. Podía escuchar su respiración pausada.
Trató de recordar cuándo fue la última vez que Noelia le había dejado una
nota, y no encontró la fecha entre sus recuerdos, pero aun así se vio embargado
por un extraño sentimiento de inseguridad, y la causa era más que evidente:
Noelia había omitido las palabras esenciales entre dos personas que se aman,
un simple te quiero al final de la nota.
Sintió un deseo incontenible de acariciarle el cabello, sentir en sus dedos
su sedoso y suave tacto, pero por no despertarla, se limitó a dejar escapar un
suspiro. Puede que estuviese llevando las cosas demasiado lejos, que su
percepción de los hechos se estuviese viendo alterada por el repentino cúmulo
de acontecimientos. Puede... puede que estuviese equivocado respecto a los
sentimientos de Noelia.
Decidió esperar y rezar para que el comportamiento de Noelia fuese todo
fruto del cansancio. Cogió las llaves del Renault y las guardó en el bolsillo de
su cazadora. Salió del salón, cerró la puerta despacio y atravesó el pasillo en
dirección a la habitación de Javier. La puerta estaba cerrada y no se escuchaba
ningún ruido. Sabía que no existía la más mínima posibilidad de que su hijo se
hubiese quedado dormido, así que la abrió sin miramientos. Efectivamente, no
se había equivocado. Javier estaba tumbado en su cama utilizando el
almohadón plegado como respaldo, las piernas encogidas y la tablet entre
ellas. Se había puesto los auriculares, por lo que se sobresaltó cuando la
puerta se abrió.
―¡Papá! ¡Qué susto me has dado!
―Perdona, cariño, no era mi intención. ¿Qué haces?
Javier pulsó con su dedo la tablet y Jaime supuso que le había dado a la
pausa de algún juego.
―Jugar.
―Ah. Muy bien, aunque podías aprovechar para leer un poquito, ¿no te
parece?
―Papá, ahora no me apetece. Luego, te lo prometo.
―Está bien, pero que no se te olvide. ―Jaime se acercó a la cama y besó
la frente de Javier. ―Tengo que irme ya, luego nos vemos. No hagas ruido que
mamá está durmiendo, ¿de acuerdo?
―Vale, no haré ningún ruido. Papá, ¿no puedo ir contigo? ―dijo Javier
arqueando las cejas y apretando los labios, esa expresión que solía utilizar
cuando quería tocar la vena sensible de sus padres.
―Me encantaría, ya te lo he dicho, pero no puede ser, hijo. Esto es trabajo
de papá y tengo que ir solo. Además, te aburrirías como un pingüino en una
biblioteca. ―Javier rio. ―No creo que tarde mucho en volver. Piensa que
esta noche viene Ana y te lo vas a pasar súper bien, además, tendrás un montón
de cosas que enseñarle, tendrás que prepararte, ¿no te parece?
―Vale papá. Pero ven pronto, por favor.
Eso quisiera yo, cariño, estar ya de regreso.
―Te lo prometo hijo. En cuanto termine saldré disparado hacia casa.
Ahora tengo que irme ya o llegaré tarde. Te quiero.
Jaime volvió a besar su frente.
―Yo también te quiero, papá.
Jaime dejó a su hijo en compañía del juego y de las carreras que el perro
de arriba se estaba dando por toda la casa y salió de casa con el fuerte deseo
de volver cuanto antes.
Las densas nubes que esa mañana amenazaban en el cielo se habían
transformado en una ligera llovizna, que aparte de la incomodidad que
suponía, había provocado un tráfico intenso, tal y como había predicho.
Durante el camino de ida había metido primera y pisado el freno en infinitas
ocasiones, sin embargo, el nudo que le atenazaba el estómago le había hecho,
en cierto modo, controlar los nervios. Porque sí, realmente hubiese querido
bajar la ventanilla, sacar la cabeza por ella y gritar que se hiciesen a un lado,
pero una parte de su mente le susurraba si verdaderamente quería estar
presente en aquella librería, si un atasco monumental a causa de la lluvia sería
excusa suficiente como para ausentarse y posponer la cita. Lo que ocurriría,
pensó, sería que Eugenio lo mataría por ello, y luego colgaría sus restos
putrefactos en la puerta de la editorial como ejemplo para el resto de
escritores que pretendiesen tomarse la justicia por su mano, de eso no tenía
ninguna duda.
Cuando enfiló la calle donde estaba ubicada la librería su corazón
comenzó a latir de forma estrepitosa. Los macarrones al pesto se habían
convertido dentro de su estómago en una masa rígida imposible de digerir. Las
manos le sudaban y se pegaban al volante, así que decidió apagar la
calefacción del Renault. Lo primero que haría, se dijo, sería pasar por delante
de la puerta a poca velocidad como si tal cosa y echar un rápido vistazo a ver
cuánta gente merodeaba por los aledaños. Luego, trataría de encontrar un sitio
donde aparcar el coche. El cielo estaba más oscurecido que cuando salió de
casa, un día gris, un mal augurio. Se fue aproximando a la librería con la
mirada fijada en la acera. Unos pocos transeúntes caminaban a paso ligero en
ambas direcciones resguardados por sus paraguas, abstraídos en sus
pensamientos, ajenos a que dentro de (Jaime desvió un segundo la mirada al
reloj del salpicadero) veinte minutos se iba a producir una firma de libros en
la librería que dejaban tras sus pasos. Dibujó una sonrisa amarga. Lo más
acorde con la realidad sería una firma de libros de un escritor que estaba al
borde del abismo, pensó.
Inspiró aire, lo retuvo, y lo expulsó lentamente. Ahora no era el momento
de pensar en negativo, y sí, Luis tenía razón, y Noelia también tenía razón,
aquello era un evento para disfrutar, para conocer a lectores que realmente
estaban interesados en su trabajo. Este era el primer paso para cambiar el
rumbo de su carrera, para labrarse el futuro que tanto ansiaba.
Cuando llegó a la altura de la librería Páginas al Mar levantó el pie del
acelerador, lo que provocó una prolongada pitada del coche que iba tras él.
Miró por el espejo retrovisor y solo pudo ver a través de la luna trasera
moteada dos brazos que se agitaban con aspavientos exagerados. Que te
jodan. Sujetó fuerte el volante y trató de ver más allá de la inmensa cristalera
de la librería. La fina lluvia discurría por ella creando innumerables
riachuelos de agua, lo que entorpeció su visión, además, había posters
pegados al cristal desde la parte interior que tampoco ayudaban. No obstante,
no le pareció ver demasiada concurrencia. ¿Eso era bueno o malo?, se
preguntó. Bueno, eso dependía del punto de vista desde el que planteara la
pregunta. Para avanzar en su carrera, que era lo que realmente importaba, no
era nada bueno, nada...
No fue consciente de hasta qué punto había disminuido el velocímetro del
Renault, y un nuevo bocinazo del coche de atrás lo despertó de sus
elucubraciones. Si cerraba los ojos y se concentraba lo suficiente, casi que
podía escuchar los improperios que saldrían por la boca de aquel impaciente
conductor. Bien, lo que tuviese que pasar, iba a pasar en escasos minutos.
Levantó la mano derecha a modo de disculpa, aceleró y se propuso encontrar
un sitio para aparcar el coche.
Después de dar un par de vueltas a la transitada manzana por fin la suerte
se puso de su parte. Un coche se disponía a salir, así que puso el intermitente y
esperó. Mientras lo hacía miró de nuevo por el espejo retrovisor y armó una
sonrisa maléfica. Por supuesto el coche ya no era el mismo de antes, aunque le
hubiese gustado, pero pudo ver cómo el conductor lo observaba resignado
desde el interior del vehículo. Ese sitio es mío, solo mío, y ya no hay Dios
que me lo quite.
¿Cómo podía ser tan estúpido y haberse olvidado en casa el paraguas?
Mientras corría por las aceras cubriéndose como bien podía la cabeza con la
cazadora no paraba de hacerse la misma pregunta una y otra vez. El cielo ya
no era de un gris plomizo, había cobrado un color casi negro y algunos
relámpagos iluminaban con intermitencia las nubes. La lluvia era ahora más
intensa pero seguía conservando cierta moderación, aunque quizá el cielo no
tardaría mucho tiempo en descargar una tromba de agua. Vaya imagen iba a
dar, pensó. Había optado por una indumentaria un tanto informal, pantalones
vaqueros, una chaqueta de traje y camisa blanca. La cazadora solo era un
suplemento para combatir el frío. Ahora se presentaría con los zapatos de piel
marrón empapados en agua al igual que los camales de los pantalones, por no
hablar de su peinado, que se transformaría en una maraña de cabellos
humedecidos descolgándose por su cabeza.
Giró la esquina y a punto estuvo de chocar con una mujer que caminaba
debajo de su paraguas a paso ligero, abstraída mirando dónde ponía los pies.
Sin duda hoy no era el día más apropiado para realizar una firma de libros
(Eugenio tampoco lo había llamado para posponerla), pero no podía ser tan
descuidado, no si quería dar un salto considerable en su carrera. Corriendo al
trote alzó la mirada en dirección a la librería, lo que provocó que su pie
izquierdo se hundiera en un charco. El viento que corría de frente era helado
como si proviniese de la mismísima Antártida, y además, empujaba la lluvia
hacia él. Como era de esperar en la puerta no había nadie, tampoco vio a
Eugenio, así que no sabría nada hasta que entrase al interior.
Cuando abrió la puerta su estómago era ya un amasijo de nervios elevado
al máximo nivel. Se echó el cabello empapado hacia atrás con ambas manos e
hizo un apresurado barrido con la mirada por la librería. Solo había estado
una vez allí, hacía ya algunos años, pero no la recordaba así. Debían haberla
reformado en ese tiempo, porque había adoptado un aire más actual, y por lo
que pudo apreciar, la inversión en existencias había sido considerable, porque
las estanterías, fabricadas en una elegante madera, rebosaban de libros bien
ordenados por categorías.
Para su infortunio, observó que no había mucha gente, pudo contar unas
siete u ocho personas que nadaban entre las estanterías. Sin embargo, unas
escaleras daban paso a la planta inferior. Quizá allí habría más, esperando su
llegada. Miró la hora en su reloj de pulsera. Faltaban seis minutos para las
cinco en punto, y se sorprendió por su puntualidad. Recordó las palabras de
Fernando j. Pradas cuando decidió el año pasado acudir a una firma suya de
libros en el centro de Madrid: las firmas de libros deben de ser como una
primera cita, tienes que llegar tarde, crear expectación. Bien, Fernando tenía
mucha más experiencia que él, eso no lo ponía en duda, pero no creía que
hacer esperar a los lectores fuera una buena idea. Según su opinión, Fernando
se dejaba embargar por su afán demasiado protagonista.
Un prolongado trueno rompió el cielo e hizo vibrar la enorme cristalera.
La temperatura en la librería era lo suficientemente cálida, pero Jaime estaba
tiritando de frío. Ahora ya se habían acabado las divagaciones y debía afrontar
el evento con el máximo nivel de profesionalidad que pudiera ofrecer. En ese
primer vistazo no localizó a Eugenio, y una primera oleada de alivio invadió
su ser. Puede que estuviese en la planta inferior, cabía esa posibilidad. Situado
a la izquierda de la entrada estaba el mostrador, y una joven empleada pasaba
por el lector óptico una pila de libros. Se encaminó hacia ella con aire
decidido, aunque sintió que las piernas le temblaban, quizá por el frío, quizá
por los nervios, o por ambas cosas. La dependienta, extremadamente atractiva
según su punto de vista, no descuidó su labor ni un segundo, y solo cuando
tuvo al otro lado del mostrador a Jaime levantó la mirada y dibujó una
acogedora sonrisa.
―Buenos tardes, ¿en qué puedo ayudarle? ―dijo con tono cordial.
―Buenas tardes, soy Jaime Murillo, el escritor. Tengo una firma de libros
a las cinco ―respondió Jaime, sintiendo cómo el valor con el que se había
armado decaía casi al nivel del suelo al ver que ni siquiera la empleada de la
librería lo había reconocido.
La muchacha lo contempló con cierta curiosidad durante unos segundos,
como si las palabras de Jaime la hubiesen cogido por sorpresa, y al fin
pareció caer en la cuenta. Jaime sintió cómo una ola de calor corría por su
cuerpo y se ruborizaba, porque había que ser un auténtico desconocido para
despertar tan poco interés. Confió en que en la planta inferior hubiese algo
más de afluencia.
―Oh, discúlpeme, por favor ―dijo la empleada poniendo su mano sobre
el pecho―, no lo había reconocido.
―Es fácil ―respondió Jaime restándole importancia―. Mis amigos
siempre dicen que tengo una cara demasiado común.
Eso es, un poco de humor barato te hará soltar los nervios.
La muchacha sonrió, pero no comentó nada al respecto.
―La firma es abajo ―dijo―, por esas escaleras.
―Me lo imaginaba. Perdona, ¿puedo dejar la cazadora aquí? Está
empapada, y la verdad es que estoy muerto de frío.
―Claro, no hay problema. ―La dependienta cogió la cazadora y la colocó
con cuidado en el respaldo de la silla. Luego le dirigió una mirada
considerada. ―Ha salido un mal día para una firma de libros, ¿verdad?
―Sí, creo que sí. ¿Sabes si hay mucha gente?
La sonrisa de la muchacha se convirtió en una expresión compasiva.
―Me temo que no. Diez, quizá doce personas. Pero no es culpa suya
―trató de animarlo―, con la tarde que se ha quedado es normal. Además,
puede que llegue más gente ahora. Quizá... si dejase de llover...
―Sí, quizá. ¿Ha venido alguien de la editorial?
―No, nadie ―respondió la muchacha mientras cogía un libro y escaneaba
el código de barras con la pistola láser.
―Entiendo. ¿Cuándo empiezo?
―Baje a la planta inferior, allí le está esperando la encargada de la tienda.
Ah, y suerte.
―Muchas gracias. Sinceramente, creo que la voy a necesitar.
Este era uno de esos momentos en que Jaime preferiría que la tierra se
abriese en dos y se lo tragara hasta no dejar ni los huesos. La sensación exacta
era vergüenza de sí mismo, y gracias a Dios que Eugenio no había acudido a la
cita (y habiéndose cumplido las cinco de la tarde, conociéndolo, ya no creía
que apareciese por allí) porque si no las cosas todavía podrían presentarse
mucho peor. Pero todo llegaría, todo...
Intentó brindar una sonrisa a la dependienta, pero solo se quedó en eso, en
un pésimo intento. Estaba convencido de que la muchacha había percibido la
inseguridad en su mirada, la misma mirada aterrada que debía tener una vaca
en el corredor del matadero. La dejó con su labor y se encaminó hacia las
escaleras. Mientras las bajaba sintió que le flojeaban las piernas y tuvo que
ayudarse del pasamano para no caer. Esto no podía seguir así, se dijo mientras
la planta baja se abría lentamente ante sus ojos. Necesitaba ayuda, un
psicólogo que le ayudase a superar sus miedos, a tratar con el público, algún
curso programado para tal fin, lo que fuera, pero debía poner remedio a aquel
lastre cuanto antes.
Cuando venció el último escalón plasmó en su mente una rápida fotografía
de la planta inferior. La muchacha no había echado bien las cuentas porque de
un primer vistazo contó al menos veinte personas. No era una muchedumbre,
pero dadas las circunstancias climatológicas tampoco estaba tan mal. Observó
cómo las miradas se posaban sobre él y su estómago se retorció. Los latidos
de su corazón eran ya incontrolables. Muchos de los congregados llevaban un
libro en la mano, supuso que sería el suyo. No tuvo tiempo para más. Una
mujer, ataviada con el uniforme de la librería, caminó hacia él con una gran
sonrisa en su rostro. Esta era algo mayor que la dependienta de la planta
superior, Jaime calculó que debía rondar los treinta o treinta y un años. Su
cabello rizado y castaño ondeaba al ritmo de sus pasos. Cuando lo interceptó
extendió su mano derecha a modo de saludo. Jaime sintió que la tenía fría,
pero sumamente suave.
―Encantada de conocerle señor Murillo. Mi nombre es Mariel. Espero
que se sienta como en su casa.
Jaime se detuvo a contemplar sus facciones unos segundos. Sus grandes
ojos azules resplandecían en su cara redondeada con extremada exquisitez.
Era muy atractiva, de esas mujeres capaces de enamorar a un hombre de un
primer vistazo.
―Buenas tardes, Mariel ―contestó Jaime tratando de controlar la voz―.
Por favor, no me trates de usted, me hace sentirme más viejo.
―Oh, discúlpame. Como prefieras. ―Mariel ladeó la cabeza al tiempo
que sonreía de tal forma que a Jaime se le antojó un gesto delicioso.
―Parece que no ha venido mucha gente... ―Jaime sentía la necesidad de
excusarse constantemente.
―No te preocupes, con este tiempo es normal, la verdad es que hemos
tenido un poco de mala suerte, pero está bien, he visto días peores. ―Mariel
posó la mano sobre su brazo instintivamente, y Jaime logró tranquilizarse un
poco, no supo si por sus reconfortantes palabras o por el contacto humano.
―Bien ―continuó Mariel―, te informo de lo que vamos a hacer aquí: el
evento durará entre una hora y hora y media, dependiendo de la afluencia de
gente. Allí al fondo ―explicó girándose y señalando con su dedo índice al
otro extremo de la sala― hemos instalado una mesa y un poster tamaño natural
a cada lado con tu última novela. Tu función es de lo más sencilla: firmar los
libros que el público te ofrezca y ya sabes, unos cuantos saludos cordiales.
Cuando finalice realizaremos una pequeña rueda de prensa, que tus lectores te
pregunten lo que deseen. ¿Entendido?
―Sí, claro. Por supuesto. Estoy un poco nervioso, ¿sabes? ―confesó.
―No tienes por qué estarlo ―lo tranquilizó Mariel―. Todas las personas
que están aquí estaban ansiosas de tu llegada y están deseando llevarse a su
casa un libro firmado por ti. Es un momento para disfrutarlo, en serio. Respira
hondo, y cuando te veas preparado empezamos.
―De acuerdo. ¿Si no es inconveniente, puedes esperar un par de minutos a
que mi cuerpo entre en calor? La lluvia... ya sabes...
―Claro, claro. No hay problema. Estoy por aquí, avísame cuando estés
listo.
―Gracias Mariel.
Mariel. El nombre era bonito. Fernando J. Pradas, sin ninguna duda, habría
utilizado su influencia para conseguir su número de teléfono. Cuando pensó en
la palabra teléfono recordó su móvil. Lo sacó del bolsillo de la chaqueta y
miró a ver si tenía algún mensaje. Le hubiera gustado ver uno de Noelia
infundiéndole ánimos, pero de ella no tenía ninguno. Sin embargo, sí que había
uno de Luis. Siempre tan atento. Lo abrió y lo leyó: 'Ánimo chaval, que tengas
suerte esta tarde. A la noche nos vemos'
Escueto pero cumplía su papel perfectamente.
Después de dos o tres minutos había entrado en calor, o al menos su
cuerpo ya no tiritaba. Por fortuna, se sentía más animado, Luis había tenido
mucho que ver en ello. Respiró hondo y observó cómo las miradas hacia su
persona se hacían más insistentes. Aunque tratara de dilatar el momento hasta
el límite de la fractura, sabía que se había acabado el tiempo de escarceos.
Llamó a Mariel, que charlaba animadamente con una compañera, para
comenzar cuanto antes la firma de libros.
16
Cuando el gran reloj circular de la cocina estaba a punto de dar las ocho
de la tarde, Jaime se sentía embargado por una sensación de alivio y triunfo al
mismo tiempo, pero también había un pequeño hueco en su mente para la
inquietud. Por un lado al fin había cumplido con la firma de libros, y en cierto
modo, creía que con bastante éxito, aunque había que conservar un grado de
circunspección. Dadas las adversas circunstancias climatológicas, finalmente
calculó que habrían acudido con un libro bajo el brazo unas cuarenta personas,
y quizá para otro escritor mejor posicionado en el mercado esa cifra fuera
irrisoria y señal de que el barco se hundía sin un solo salvavidas en la
cubierta, pero para él era todo un logro. Era cuestión de perspectiva, desde
qué lado del río observaras las aguas excesivamente caudalosas, sin embargo,
lo más destacable del evento, por supuesto, era que no había hecho acto de
presencia Eugenio, sobre todo, sobre todas las cosas, porque no había acudido
con la amenaza de un ultimátum como él había creído en un principio. Como si
dispusiese de una cámara oculta frente a la puerta de su garaje, lo había
llamado al teléfono móvil en el preciso momento en que se abría la puerta
basculante. Su tono había sido conciliador, y sus preguntas, escasas porque la
ausencia de cobertura en el garaje le había obligado a Jaime a zanjar la
conversación, meramente a modo de consulta. Y sí, había recibido
felicitaciones por parte de su editor antes de despedirse, y ese gesto, sin duda,
era una buena noticia.
En cuanto a la pequeña rueda de prensa, algo que había retorcido su
estómago casi hasta el punto de la rotura, tampoco había sido tan aterrador
como él había imaginado. Las preguntas iban dirigidas a sus obras literarias, y
con el paso de los minutos su voz quebrada y vacilante fue cobrando
seguridad, pero cuando más disfrutó, tenía que admitirlo, fue cuando aquel tipo
al final de la muchedumbre le preguntó por su próximo trabajo. Le gustó
preservar la información y crear una cierta expectación, tal y como le había
recomendado en su día Fernando J. Pradas, y también le gustó anunciar que
estaba trabajando en un gran proyecto, tan terrorífico, que a más de un lector le
costaría conciliar el sueño por las noches durante una buena temporada.
Por otro lado, Noelia parecía estar más receptiva y risueña cuando llegó a
casa. Le preguntó cada detalle del evento, y escuchó sus explicaciones
atentamente y sin interrupciones. Le comentó que quería haber estado despierta
cuando partió de casa para darle ánimos, así como haberle mandado un
mensaje antes de comenzar la firma de libros, pero estaba tan agotada que se
había despertado cerca de las seis, así que Jaime pensó que aquella cara larga
y apática que reflejaba cuando había llegado a casa de trabajar era todo fruto
del agotamiento. Craso error.
Ahora, mientras preparaba unos huevos rellenos bajo las órdenes de
Noelia, a la que siempre le gustaba dar una buena imagen a las visitas y dentro
de la cocina era un torbellino imparable, pensaba en ese otro lado más oscuro
y sombrío en su mente. Esa molesta inquietud que se había alojado en ella sin
previo aviso desde que había abandonado la librería. En cuanto había tenido
la oportunidad de entrar en su despacho, su mirada se había dirigido al
edificio de enfrente, a la ventana de la vivienda donde habían realizado la
invocación, como si una fuerza invisible tirase de ella con una cuerda. Lo
sabía, no había sido ninguna fuerza invisible ni sobrenatural, había sido el
temor de ver la ventana con la persiana subida y una densa oscuridad de
fondo, aunque estuviese deshabitada, y ese pensamiento le había arrancado un
escalofrío en su columna vertebral. Aliviado, había comprobado que seguía
echada. En ese momento se había preguntado si habría sido peligroso invocar
al diablo, y mientras mezclaba con un tenedor la yema del huevo, el atún y la
mayonesa en un bol de porcelana, la pregunta continuaba atosigando su
cerebro, y su mente, en un intento de tranquilizarse a sí misma, insistía en que
las velas no eran las correctas, debían ser negras, negras, no blancas, por lo
tanto, era como disparar con pólvora mojada. Sin embargo, desconocía que
nadie era un auténtico erudito en las artes satánicas (y si lo era, no había
vivido para contarlo), y nunca hubiera sospechado que aquel sábado de
noviembre, un día frío y oscuro, iba a ser el principio de una era de horror
como jamás hubiera podido imaginar.
―Venga, date prisa ―lo apremió Noelia―, ya pasan de las ocho y deben
estar a punto de llegar. Todavía hay que meter las pizzas en el horno, y
preparar la bandeja de verduras, y sofreír los champiñones, y...
Jaime dejó de aplastar la masa con el tenedor y se giró hacia ella.
―Noelia, para, por favor, que no son la familia Real, ¿recuerdas? Si
vienen no pasa nada, nos ayudarán a preparar la cena y punto.
Noelia abrió la puerta del horno y metió dos pizzas al mismo tiempo.
Cerró, y por su expresión pareció recapacitar.
―Es cierto, sí. Perdona, pero ya sabes cómo soy, siempre quiero que se
lleven una buena impresión de mi casa.
Jaime sonrió en señal de que aceptaba sus disculpas.
―Son Luis y Carolina, cariño, se conocen nuestra casa incluso mejor que
nosotros mismos.
―Tienes razón ―admitió Noelia extendiendo las manos y respirando
pausadamente―. Tengo que tomármelo con más tranquilidad. Todo va a estar
buenísimo y van a irse de aquí contentos y satisfechos.
―Eso es. ¿Ves cómo no cuesta tanto convencerse uno mismo?
Jaime agradeció que su mujer se calmara, porque era un suplicio preparar
la cena con ella cuando se ponía así. Pero la paz y la armonía que ahora
reinaban en la estrecha y anticuada cocina duraron apenas cinco minutos, los
que tardó el teléfono móvil de Jaime en avisar con el trino de un pájaro que
había recibido un mensaje de Luis y Carolina anunciando que ya salían de
casa. Vivían a menos de diez minutos unos de otros, así que inexorablemente
el histerismo volvió a apoderarse de Noelia, y después de escuchar de su boca
que todavía faltaban dos pizzas por hacer, que no había suficiente pan y que
los champiñones todavía no estaban enjuagados, Jaime sintió un fuerte deseo
de abandonar la cocina y dejarla acabar a ella, pero hizo acopio de fuerzas y
logró contener sus impulsos, porque si se le ocurría hacer eso, seguramente
Noelia le haría dormir en el sofá una semana completa.
Sofá.
Cuando pensó en él, la pesadilla, resistiéndose a abandonar el mundo real,
revivió en su mente, y como si esta estuviera provista de vida propia, volvió a
materializarlo en aquella extraña y sombría habitación, sucio y desvencijado,
con trozos de tela descosidos y colgando como tiras de piel en un cuerpo sin
vida, y ese amargo recuerdo le condujo directamente por una autopista sin
peaje al salón de aquella casa de enfrente. No había sucedido nada, se dijo a
sí mismo, nada en absoluto... más que silencio, un silencio sobrecogedor...
―Trae ―dijo Noelia arrancándole el bol de las manos―, ya relleno yo
los huevos, que parece que estés en Babia. Haz el favor, saca las pizzas del
horno y mete las otras dos a la misma altura a la que están las bandejas. Y
podías mandarle un mensaje a Luis para que trajeran una barra de pan, y
cuando metas las pizzas podías ir preparando la mesa y encendiendo la estufa,
esta casa parece una cueva en Alaska... ah, y no olvides sacar el vino de la
nevera para que no esté tan frío.
―Dios mío, Noelia, ¿tú te escuchas?
Noelia paralizó el tenedor en su mano y con la otra se tapó la boca como si
súbitamente se hubiese visto sorprendida.
―Joder, lo he vuelto a hacer, ¿verdad?
Jaime asintió, pero esta vez, no supo por qué, aquel comportamiento
excesivamente obsesivo de su mujer le hizo gracia. Le dedicó una sonrisa
comprensiva, cogió sus manos y le dio un beso en los labios.
―Sí, lo has vuelto a hacer.
―Perdóname, por favor...
―Vamos a relajarnos, ¿vale? Por Dios, parece que estemos construyendo
un explosivo casero a contrarreloj ―dijo Jaime tratando de imprimir un poco
de humor a sus palabras. Tampoco había que darle más importancia de la que
tenía, pensó―. Voy a mandarle ese mensaje a Luis, meteré las pizzas en el
horno en un visto y no visto e iré llevando cosas a la mesa. Solo es cuestión de
unos minutos. ―Noelia lo miraba con cierto acatamiento y lo escuchaba en
silencio. Después de todo, creyó Jaime, puede que lo único que necesitara
fuera eso, no llevar ella la batuta en la cocina, sino él. Aun así, nunca la había
visto tan alterada como lo estaba ahora, pero claro, la culpa volvió a recaer
sobre el agotamiento. ―Ah, y no creas que me he olvidado del vino, ahora
mismo lo saco y sirvo un par de copas, para ir alegrando el cuerpo, ya sabes...
Noelia torció el gesto, pero supo disimularlo con una perfecta sonrisa
fingida.
―Póntela tú, ahora a mí no me apetece.
―Oh, de acuerdo. Atención, noticia, Noelia Pineda acaba de rechazar una
copa de vino, no se veía algo así desde el año 2004. Este hecho puede ser el
presagio del fin del mundo y familias enteras abandonan sus hogares para
dirigirse a las cimas más altas de...
―No seas bobo ―dijo Noelia sonriendo al tiempo que palmeaba su brazo
cariñosamente―, es solo que no quiero que se me caliente mientras
cocinamos.
―De acuerdo, de acuerdo, solo era una broma. Yo me iré sirviendo una,
antes de que venga Luis y acabe él solo con la botella.
Aquel ritmo trepidante en la cocina le había hecho desconectar
momentáneamente de sus pensamientos más sórdidos, pero a pesar de su
estado animado, todavía flotaba en su mente, como el olor que deja el humo de
un cigarro varias horas después de haber sido apagado, aquella pesadilla,
aquella habitación al otro lado de la calle.
Jaime se sirvió una copa de vino, metió las pizzas en el horno y sacó
cubiertos a la mesa del salón mientras Noelia acababa de rellenar los huevos y
se ponía con las verduras al fogón. Fue el tiempo necesario para que el timbre
del patio sonara. Noelia dio un brinco y a punto estuvo de tirar un manojo de
espárragos al suelo.
―Ya están aquí.
Se escuchó al otro lado de la casa cómo una silla se arrastraba y a
continuación las pisadas a la carrera de Javier.
―¡Ya están aquí! ¡Ya han venido! ―anunció a voz en grito entrando
alocadamente en la cocina.
―Tranquilo, campeón, ya lo hemos oído. Tienes ganas de ver a Ana, ¿eh?
―¡Sí papá, muchas! ¡Tengo un motón de cosas que enseñarle!
―Anda, déjame pasar que abra la puerta.
Javier se hizo a un lado y Jaime cruzó el pasillo camino del interfono.
Cuando descolgó y preguntó quién era, recibió la siguiente respuesta con voz
metálica:
―Abre capullo, somos nosotros.
―Muy gracioso ―protestó sonriendo. Como castigo, se le ocurrió esperar
casi un minuto hasta abrir la puerta, aunque no pensó en el frío que azotaba la
noche y en la pequeña Ana, pero lo cierto es que le encantó ver cómo Luis se
desesperaba y suplicaba que acabase con la broma de una vez.
Así aprenderás a no meterte conmigo, mamón.
Abrió la puerta de entrada y esperó. La casa estaba helada, pero en el
descansillo el frío parecía haberse condensado, combinado con un deje a
humedad. El ascensor llegó a la planta baja, escuchó en la distancia el sonido
metálico de las puertas al cerrarse y se puso en marcha. Dentro de casa
llegaba a sus oídos la voz de Javier hablando con su madre en la cocina, pero
no podía entender lo que decía.
En ese momento se abrió la puerta de la casa de al lado. Jorge, el vecino,
un tipo con una figura rozando la obesidad y una barba poblada y grasienta,
salió por ella y por un momento se sorprendió cuando vio a Jaime allí de pie.
Sus ojos, demasiado pequeños para el tamaño de su cabeza y hundidos en las
cuencas, lo atravesaron con la mirada.
―Buenas noches ―dijo con voz grave.
―Buenas noches, Jorge.
El hombre cerró la puerta con llave y se puso a su lado a esperar el
ascensor, sin mediar palabra alguna. Jaime, sintiéndose incómodo por la falta
de elocuencia de su vecino, trató de romper el silencio con un comentario
banal.
―¿A trabajar?
―Creo que eso no es de tu incumbencia.
―Oh, perdona...
Jaime se encogió de hombros y dio gracias a Dios porque el ascensor
acabara de llegar a su planta traqueteando y deteniéndose con una fuerte
sacudida. El primero en salir fue Luis, seguido de su familia.
―Buenas noches ―dijo al ver a Jorge, conteniendo seguramente algún
comentario soez.
―Buenas noches ―respondió Jorge con tono amargo. Los escrutó con la
mirada uno por uno frunciendo el ceño, se metió en el ascensor y desapareció.
Jaime pensó que, después de todo, era una suerte que su vecino saliese de casa
justo cuando sus amigos venían a pasar una velada donde, alentados por el
alcohol, casi con toda seguridad el tono de voz iría creciendo conforme
pasasen las horas.
―Joder, vaya vecino tienes, parece un troll salido de las profundidades de
la tierra ―susurró Luis incapaz de contener la risa.
―Sí, es adorable. Venga, entrad en casa, aquí hace un frío de muerte.
La primera en entrar fue Ana, que en cuanto escuchó los emocionados
gritos de Javier llamándola repetidamente por su nombre, corrió pasillo abajo
en dirección a la cocina. Carolina le dio dos besos a Jaime y preguntó por
Noelia.
―¿Qué está, preparando la cena?
―Sí, está en la cocina, al borde de un ataque de nervios.
―Pobrecita mía. Voy para allá...
Jaime lo había imaginado en su fuero interno. Si llegaban antes de que la
cena estuviese preparada, Carolina no dudaría un instante en prestarse a
ayudar, y eso le dejaba un margen de tiempo para hablar con Luis. Aunque no
había pensado en ello durante todo ese tiempo, ahora que lo había visto sentía
la irreprimible necesidad de preguntarle por cómo se sentía después de
anoche.
Permitió que Luis entrase a la cocina a saludar a Noelia, sirvió una copa
de vino (Noelia se volvió a negar aduciendo que tenía el estómago revuelto) y
podría decirse que casi lo arrastró hasta el salón. Una vez allí, le habló en un
susurro:
—¿Qué tal dormiste anoche?
—¿Yo? Como un tronco. ¿Por qué?
Jaime tomó un sorbo de vino y se aseguró de que Noelia y Carolina
seguían hablando de sus cosas en la cocina. Tenía la certeza de que, después
de lo que estaba a punto de contarle a Luis, este tendría material suficiente
para burlarse de él durante una buena temporada, pero era una consecuencia
que estaba dispuesto a asumir.
—No sé… ayer por la tarde tuve un sueño muy extraño…
—¿Una pesadilla?
—No, no exactamente, pero casi.
—Bueno, eso puede ser debido a la terrorífica noche que nos esperaba —
dijo Luis restándole importancia—. El subconsciente de tu mente está para ese
tipo de cosas. ¿Quieres contármela?
Cuando Jaime miró a Luis, apreció en su rostro esa risa contenida que
agrandaba sus ojos y alzaba levemente la comisura de sus labios, aun así, la
relató dispuesto a asumir sus comentarios burlones posiblemente durante una
buena temporada, aunque prefirió omitir ciertos detalles para no extenderse
mucho, ya que apenas disponía de tiempo.
—Cuando entramos en ese salón pensé que el sueño iba a materializarse
allí mismo, creo que en la vida he sentido tanto terror.
—Bueno, querido Jaime, ¿no era eso lo que buscabas? Material de
primera calidad para tu novela.
—Sí, eso está claro, pero ahora me siento tan extraño…
—Pues aprovéchalo, Jaime, aprovéchalo. Y ahora —añadió con tono
jocoso—, tienes que reconocer que estabas cagado de miedo.
—Capullo…
Sí, estaba cagado de miedo, y aún lo estoy.
La conversación finalizó ahí, en el preciso instante en que Noelia y
Carolina entraron al salón, una con una pizza en cada mano, la otra con una
fuente de verduras y un plato rebosante de huevos rellenos. Jaime bebió vino y
trató de sonreír, pero la escueta conversación con Luis le había dejado un mal
sabor de boca. Él, que se suponía que era el profesional y había pasado por
mil penurias, se había visto embargado por un terror mucho más intenso del
que hubiera podido sentir Luis.
Durante la cena estuvo participativo y jovial, bromeó y bebió vino hasta
que le fue imposible fijar la vista sin que los objetos bailaran una extraña
danza entre destellos luminosos, pero hubo una palabra que no lo abandonó
desde que se sentaron a la mesa y que fue arañando su subconsciente hasta que
transformó su sonrisa en una expresión cenicienta al final de la noche: diablo.
17
Esa noche Jaime la pasó gran parte flotando en la cama, soportando unas
terribles nauseas que le invitaban a vomitar la cena y todo el vino que había
ingerido, durmiéndose y despertándose cada pocos minutos y amasando en su
mente algunos pasajes para su libro tan excéntricos como inservibles, aunque
en ese momento le parecían de lo más apropiados e ingeniosos.
Cuando despertó a la mañana siguiente, tenía un vago recuerdo de haber
escuchado a Noelia echando la cena por el retrete, pero no estaba seguro de si
ese recuerdo formaba parte de un sueño o de la realidad, sobre todo porque
Noelia no había probado ni una gota de alcohol. A parte del terrible dolor de
cabeza con el que amaneció, también tuvo la impresión de que cada vez que
durante la noche cogía el timón de su mente, creía sentir a Noelia demasiado
alejada de él, al otro extremo de la cama, sin embargo, ahora tampoco podría
asegurarlo con certeza.
De una cosa estaba seguro: la próxima cena en casa no volvería a beber
tanto vino, por mucho que se viera incitado por Luis.
Sacó los brazos de la cama y se frotó los ojos. El frío condensado en la
habitación no tardó en devolverlo a la realidad. Se giró hacia Noelia, pero su
lado de la cama estaba vacío. Lanzó un bostezo y se preguntó qué hora sería.
Cogió el móvil de la mesita de noche y se sorprendió cuando vio que eran casi
las once de la mañana. ¿Qué día era hoy? Domingo, hoy es domingo.
Hoy era el día especial de toda la familia, aunque para él, al fin y al cabo,
era un día más de trabajo. Apartó las mantas y, temblando de frío, se puso la
bata por encima. La casa estaba en silencio, y teniendo en cuenta que Javier
era uno de sus habitantes, aquella condición resultaba, cuando menos, curiosa.
Abrió la puerta y anunció su regreso al mundo de los vivos:
—¡Buenos días! ¿Dónde estáis?
La única respuesta que obtuvo fueron las exasperantes pisadas del perro
del piso de arriba. Extrañado, recorrió toda la casa buscando a Noelia y a
Javier. La casa estaba vacía. Imaginó que habrían salido a dar una vuelta, así
que se dirigió a la cocina y preparó una cafetera. Hoy sentía que podría ser
capaz de bebérsela entera, hasta la última gota. Mientras la ponía al fuego,
buscó un ibuprofeno y se disponía a mandarle un mensaje a Noelia cuando
escuchó pasar la llave en la cerradura de la puerta principal.
—¡Hola! ¡Estoy en la cocina!
Escuchó gritar papá a Javier y a continuación sus pisadas correteando por
el pasillo. Misterio resuelto. No habían sido abducidos, ni toda la población
había sido desintegrada excepto él, ni… ni Noelia lo había abandonado
llevándose a Javier con ella. Decididamente, se dijo a sí mismo, la próxima
reunión de amigos no volvería a beber tanto vino. Sin embargo, sabía que esa
inquietante sensación respecto a Noelia tenía fundamentos. De acuerdo, habían
hecho el amor y eso era una buena señal, pero últimamente culminar el acto
sexual se convertía en un gran acontecimiento más que una práctica habitual
entre una pareja. Lo que realmente le daba miedo era esa desgana con la que
había vuelto ayer de trabajar, también ese insignificante detalle, pero muy
importante para él, de no haber firmado aquella nota con un te quiero.
Sus miedos, y ahí era cuando entraban en juego los fundamentos que habían
despertado sus recuerdos como si de un latente cáncer de páncreas se tratara,
se remontaban a dos años después de nacer Javier. En aquella época en la que
él rezumaba felicidad por cada uno de sus poros, algún sentimiento se torció
en la mente de Noelia. Los síntomas, no tenía ninguna duda al respecto, eran
los mismos. Nunca supo el verdadero motivo, pero sí descubrió que debió ser
un sentimiento progresivo y acumulativo desde el nacimiento de Javier, como
si su mente hubiese sido sustituida después del parto por otra más fría y
distante. Creyó, porque nunca escuchó la corroboración de Noelia, que ese
cambio de actitud fue un síntoma del postparto, pero por más que intentó
hablarlo con ella, acabó yéndose a casa de una amiga con Javier. De nada
sirvieron sus súplicas, ni sus intentos de convencerla de que, fuera lo que
fuese lo que la perturbaba, juntos podrían superarlo. Sus te quiero más que a
nada en el mundo y no puedo vivir sin ti solo sirvieron para derramar las
lágrimas de Noelia y precipitar su decisión. Observó impotente desde el
umbral de la puerta cómo Noelia llenaba apresuradamente dos maletas de
ropa, llamaba a un taxi desde el móvil (porque se negó a que él los acercara a
casa de su amiga) y desaparecía por la puerta dejándolo solo en aquella casa.
La soledad de sus cimientos le oprimió el corazón durante dos interminables
semanas, las pesadillas se apropiaron de sus sueños y durante todo ese tiempo
fue invadido por la duda de si habría otro hombre en su vida. Ese era el peor
de sus temores, el pensamiento que fue destruyendo todo lo que creía poseer.
Entonces, cuando se cumplían dos semanas de la partida de Noelia y Javier,
los encontró de regreso en casa cuando volvía de pulir las aristas del contrato
de su, por aquel entonces, última novela con la editorial. Recordó la expresión
compungida, al mismo tiempo que sonriente, modelada en el rostro de Noelia
que denotaba arrepentimiento, recordó esa lágrima que se deslizó por su
mejilla que hablaba por sí sola, y también a Javier mientras corría torpemente
hacia él y trataba de articular la palabra papá entre sollozos de alegría.
Sus pensamientos se desvanecieron en el aire en cuanto Javier entró en la
cocina y corrió a darle un beso.
—¡Papi!
—Buenos días, cariño. ¿Dónde estabais? Me habéis dado un susto de
muerte.
—Hemos salido a dar un paseo —respondió Javier apresuradamente—.
Me hubiera gustado que hubieses venido. Papá, ¿por qué te has asustado?
Noelia irrumpió en la cocina ataviada con un chándal rosa y blanco. Su tez
parecía más pálida, podría decir que estaba bastante desmejorada, pero
imaginó que eran los efectos de una mala noche.
—Porque me he despertado y no os he visto, hijo. —Jaime pensó que era
una bendición que Javier no recordara nada de aquellas dos malditas semanas
y por ello era imposible que las asociase con su respuesta, pero estaba
convencido de que Noelia había sabido leer perfectamente entre líneas. No fue
su intención echarle nada en cara, pero no pudo evitar que la contestación a su
hijo surgiese desde las entrañas de aquel recuerdo.
—Hola cielo —saludó Noelia, y le dio un beso en los labios tan ligero
como el helio—. Perdona que no te haya despertado, pero he imaginado que
después de anoche te apetecería descansar. Necesitaba tomar el aire, espero
que no te importe.
Jaime sonrió. Claro que no le importaba. Seguramente, después de la
charla que mantuvo con Javier sobre la existencia de Papa Noel y a la que
había excluido sin mala intención, sentía que debía pasar más rato a solas con
su hijo y aprovechar el domingo soleado, aunque frío, con que había
amanecido el día.
—Claro, cariño. Me ha venido de perlas dormir un poco más. ¿Habéis
estado mucho tiempo paseando?
—Una hora, más o menos, hasta que tu hijo se ha cansado. —Noelia dejó
las llaves sobre la mesa y un sobre, junto al paquete de tabaco de Jaime. —
Toma, tenías una carta en el buzón, te la dejo aquí.
—Ah, vale. Iba a tomarme un café. ¿Quieres uno?
—No, quiero que Javier se duche ya antes de que haga más frío. No te
importa, ¿verdad?
—No, no. En absoluto.
—¡A la ducha no, mamá! ¡Por favor! —protestó Javier, como si ese fuese
el peor de los castigos.
—Venga, es solo un momento. Luego tienes todo el día para ti —insistió
Noelia, que comenzaba a estar harta de tener que pelearse siempre por el
mismo motivo.
Javier, como último recurso, dirigió una mirada de súplica a Jaime.
—Vamos, Javier, haz caso a tu madre. Tiene razón, una vez te duches tienes
el resto del día para ti solo.
El pequeño, al ver que se quedaba sin aliados, sucumbió al fin. Jaime lo
entendía perfectamente. Con el frío que hacía en la casa, lo último que
apetecía era meterse debajo de la ducha, sobre todo porque el calentador era
viejo y antes de salir el agua caliente siempre expulsaba un buen chorro de
agua congelada, eso siempre y cuando no decidiese hacerlo en mitad de la
ducha.
—Venga, cochinote —dijo Noelia con tono alegre—, ves cogiéndote la
ropa, yo voy encendiendo la estufa eléctrica y a por tu albornoz.
Jaime vertió el café sobre la taza. Al menos Noelia daba la impresión de
estar contenta, a pesar de su cara desvaída. Supuso que ser domingo tenía
mucho que ver, no podía cantar victoria todavía hasta mañana.
—Suerte… —la animó Jaime mientras daba un sorbo de café. Sin
embargo, cuando Noelia se giró desde la puerta de la cocina y lo atravesó con
la mirada supo que no había hecho un comentario demasiado acertado. Jaime
se sentía incapaz de entender qué era lo que pasaba por la mente de su mujer.
Qué esperaba, ¿Qué hubiese sido él quien acompañara a Javier a la ducha? Si
era eso, solo tenía que habérselo dicho, pero al menos que esperase a que
acabase de desayunar. Puede que fuese debido al mal funcionamiento del
calentador, tan viejo que estaba allí falcado a la pared de la galería desde que
compraron el piso allá por el año 2005, y ese motivo llevaba directamente a
lo de siempre: la falta de dinero.
Luego indagaría en el tema, se dijo a sí mismo. Por nada del mundo
deseaba pasar un domingo envuelto en un ambiente tenso. Ahora que su libro
iba cogiendo forma, las cosas iban a cambiar, o al menos eso esperaba, porque
si no… no sabía cómo acabaría el tormento en el que se había convertido su
vida.
Se disponía a coger un cigarro y a tomarse el café en su despacho, cuando
le llamó la atención la carta que Noelia había depositado junto al paquete de
tabaco. Estaba arrugada y deteriorada, como si hubiese permanecido años en
el buzón. La cogió y observó el destinario. No cabía duda de que iba dirigida
a él. Su nombre y apellidos estaban escritos a mano, con una cuidada
caligrafía que le recordó a los manuscritos que se redactaban minuciosamente
en el siglo XVI. Por la textura de la tinta dedujo que había sido escrita con una
pluma estilográfica, puede que una Visconti. Lo embargó la curiosidad con
tanta rapidez que giró el sobre con un ágil movimiento de muñeca para ver el
remitente. En la parte superior estaba escrita una dirección, pero habían
omitido el nombre del remitente; en cuanto a la caligrafía, era la misma. Leyó
la dirección y por un segundo se quedó pensativo, porque curiosamente el
nombre de la calle era la suya, pero un número de patio distinto. Luego, cayó
en la cuenta de que este era impar, lo que significaba que quien la mandaba lo
hacía desde la acera de enfrente. Entonces su corazón latió tan rápido que se
vio invadido por un repentino calor. A continuación, sintió cómo se le heló la
sangre y un súbito mareo que le obligó a sujetarse al respaldo de la silla que
se hallaba empotrada contra la mesa de la cocina.
¿Se trataba de una broma? ese fue el primer pensamiento que le vino a la
cabeza, como si forzosamente la recepción de aquella inesperada carta tuviese
que tener una causa natural. Se pasó la mano por el cabello peinándolo hacia
atrás. Sabía que era imposible por el evidente motivo de que aquella vivienda
estaba deshabitada, lo que le llevó inexorablemente a la segunda cuestión: ¿los
habría visto algún vecino del edificio y pretendía darles un escarmiento?
Puede que lo conociesen de vista, ya que vivía justo enfrente. Con mano
temblorosa sacó un cigarro del paquete y lo encendió. Tras inhalar una gran
calada, llegó a la conclusión de que lo que acababa de pensar no tenía
fundamento alguno. El edificio permaneció en todo momento tan oscuro como
la cueva de un oso, y si hubiese sido así, lo primero que habría hecho ese
supuesto vecino habría sido llamar a la policía, ya que fuera por el motivo que
fuese, lo que habían hecho Luis y él la noche del viernes había sido un
allanamiento de morada en toda regla.
Maldita sea, ¡maldita sea!
Escuchó por el pasillo los gritos de Javier protestando una vez más por
tener que ir a la ducha, y también escuchó a Noelia amenazarle con que si no
hacía caso, lo dejaría sin la tablet para el resto del día. Javier, por la cuenta
que le traía, calló de inmediato, y ese repentino silencio que se extendió por
toda la casa fue el detonante de su siguiente pensamiento: ¿qué contenía aquel
sobre? Por el peso y la consistencia era evidente que era una carta, pero, ¿qué
habían escrito en ella?
La palabra ‘diablo’ se dibujó en su mente, y notó en forma de escalofrío
cómo se erizaba el vello de su nuca. Sintió un febril terror a abrirla, a leer su
contenido, porque en lo más hondo de su corazón, allí donde ya solo habita la
oscuridad y no hay lugar para razonamientos evasivos, sabía que provenía de
él, del auténtico diablo.
El intenso frío que hacía en la cocina le provocó un temblor. Sostuvo la
carta un instante entre sus manos temblorosas, quizá por el helor que se iba
apoderando de su cuerpo, quizá por el estado de terror en el que se había
sumergido, o puede que por ambas cosas. Dio otra calada al cigarro como si
así consiguiese inducirse fuerzas y, decidido, rasgó uno de sus laterales.
18
Cerca de las doce del mediodía, Dumitru Popescu abrió los ojos, y todavía
aturdido por el sueño, contempló la decadencia de su habitación. Dumitru,
después de instalarse con sus padres en España hacía cinco años, se había
ganado el sobrenombre de El Rumano entre sus amistades. Para él, que por
aquel entonces contaba con dieciséis años, fue una extraña sensación. Sus
padres pretendían huir de la pobreza absoluta, y en un principio era realmente
lo que ansiaban con extremo fervor, buscar un lugar donde las oportunidades
apareciesen en cada esquina, un lugar donde la dignidad no estuviese solo al
alcance de unos pocos. Dumitru también soñó con una vida mejor, sin
embargo, abandonar su país natal fue muy parecido, al menos para él, a como
si te arrancasen una mano y la sustituyesen por unas pinzas metálicas.
Al poco tiempo de llegar a España, el único trabajo que había encontrado
su padre era como chatarrero. Madrugaba como el que más y se pasaba el día
arrastrando por las calles el carrito desvencijado de un supermercado,
rebuscando piezas metálicas entre los contenedores de la ruta establecida para
luego vender al peso, hasta que una neumonía acabó con su vida a los dos años
de su llegada a España. Dumitru, que ya había alcanzado la mayoría de edad,
lloró la muerte de su padre en la fría habitación del Hospital Universitario la
Paz, esa fue la primera vez; la segunda y última, durante su desolado entierro
en una mañana lluviosa de invierno. A partir de ese día, descubrió que había
una forma mejor y más rápida de ganarse la vida en ese país.
Leandro y Ramón habían sido grandes maestros, eso no podía ponerlo en
duda. Entabló una férrea amistad con ellos desde su llegada al barrio (sin
embargo, nunca olvidaría la mirada desconfiada que le dedicaron sentados en
el portal del edificio de apartamentos de enfrente al suyo mientras compartían
un cigarro), y a pesar de que su madre había tratado por todos los medios de
apartarlo de la influencia negativa que decía que ejercían sobre él, era
consciente de que ellos eran los únicos que podían ayudarle a sobrevivir, y
aunque ella nunca lo admitiría, a su madre también.
Apartó las mantas y saltó de la cama con el cuerpo entumecido por el frío.
Cogió los pantalones vaqueros que había dejado el día anterior sobre una silla
desportillada junto a su cama y se los puso tan rápido como pudo. La
sensación fue análoga a sumergir las piernas en una bañera llena hasta el
borde de cubitos de hielo. Luego se ensartó un jersey de lana negro de cuello
alto y acabó de vestirse poniéndose una cazadora de cuero negra y desgastada,
su favorita porque era la única que tenía. Echó un último vistazo a su cara en
el espejo sin marco que había colgado en la pared frente a la cama. Se pasó la
mano por el cabello cortado al estilo militar y una nube de caspa flotó
alrededor de su cabeza. Levantó una ceja como si tratara de seducirse a sí
mismo y clavó sus ojos azules en su propio reflejo. Sus rasgos angulosos se
contrajeron y algunas arrugas se marcaron firmemente en su piel a pesar de su
corta edad. De no ser por la fisura que atravesaba el espejo como un gráfico
de líneas y seccionaba su cara por la mitad en un grado inclinado, se habría
visto atractivo y duro, muy duro. Leandro y Ramón decían que su cara le
recordaba a un lagarto, de esos gigantes que habitan en alguna isla perdida,
pero era envidia lo que realmente sentían, estaba convencido. Su metro
ochenta y cinco de estatura y su piel tostada de un tono teja le servían para
conquistar a cualquier chica del barrio que se le antojara, y esa facilidad en el
cortejo era lo que ellos no podían soportar, no había otra explicación, sin
embargo, aunque él no lo viera así, era cierto que si hubiera poseído una
lengua bífida y caminase lentamente a cuatro patas, habría podido pasar por un
reptil de expresión rígida y torva.
Escuchó a su madre en la cocina trastear con las cacerolas. Hoy se trataba
de pasar desapercibido y cruzar las menos palabras posibles con ella, porque,
inexplicablemente, su madre poseía un sexto sentido, era como si supiese
cuándo algo perverso e inaceptable, a su modo de ver, merodeaba por su
cabeza. Puede que fuese por su forma de comportarse, o por sus gestos, o por
su forma de hablar quizá demasiado displicente. Fuera como fuese, lo sabía,
siempre lo sabía, y siempre trataba de disuadirlo, aunque la mayoría de veces
sin éxito.
Abrió la puerta y cruzó el pasillo con paso resuelto. La cocina quedaba a
la izquierda, así que era imposible salir de casa sin pasar por delante de su
madre. Por un momento sintió remordimientos, y a continuación pensó que ese
sentimiento solo podía florecer porque la pequeña parte de su corazón donde
el bien todavía seguía vivo le decía a gritos que su forma de actuar no era la
correcta, pero luego se dijo a sí mismo que debía mostrarse firme y
autoritario, porque si no fuera por él, ese mismo día su madre no tendría nada
que sacar a la mesa a la hora de comer.
La buena mujer debía haber oído sus pasos, o puede que la puerta de su
habitación abrirse con su particular e inevitable chirrido, porque en cuanto
Dumitru alcanzó la puerta de la cocina el sonido metálico de las cacerolas
había cesado y, apoyada la espalda sobre la bancada y de brazos cruzados en
un intento de mostrar su autoridad, lo observaba con expresión inquisitiva.
—¿Vas a salir? ¿No piensas desayunar?
Su tono de voz trató de ser imperativo, pero más bien fue el resultado de
una mezcla entre miedo y precaución. Dumitru conocía esa entonación a la
perfección, cada vez más habitual en su madre cuando trataba de comunicarse
con él, y cuando percibía su miedo, como podría hacerlo un perro de presa
antes de atacar despiadadamente a un bichón maltés, sabía que ya había
ganado la batalla antes de empezarla.
—Sí, he quedado. Ya comeré algo por ahí.
Al igual que su madre, arrastraba las erres en la pronunciación, pero con
el tiempo Dumitru había conseguido suavizarlas un poco más. No obstante,
como norma que establecieron sus padres cuando llegaron a España y a la que
forzosamente ya se había acostumbrado, siempre hablaban en castellano.
—Has quedado con esos dos, ¿verdad? —espetó la mujer frunciendo el
ceño. El silencio que Dumitru le ofreció por respuesta confirmó sus temores.
Abandonó su posición acusatoria y dio un paso al frente. En esta ocasión
decidió utilizar un tono conciliador—. Hijo, te lo he dicho cientos de veces,
no me gustan nada esos dos muchachos, al final vas a meterte en un lío. Hazme
caso por una vez.
Dumitru desvió la mirada al techo y forzó una sonrisa hueca incapaz de
creer lo que le pedía su madre. Su tono de voz, dócil y sumiso, había causado
el efecto contrario al deseado, enalteciendo el punto de vista de Dumitru. Si en
ese instante, en el que su cara adoptó realmente los rasgos de un reptil, hubiera
sabido que tres días antes su madre había tenido que mentir a dos policías con
traje de chaqueta que se presentaron en casa preguntando por él, quizá se
habría mostrado más tolerante. A esas alturas de la vida, Dumitru figuraba en
todas las bases de datos de la policía por delitos menores, robo a mano
armada y robo de vehículos. Según le dijeron, se había producido un robo en
el interior de un coche en la calle Arturo Pavés, a muy pocas manzanas de
donde ellos vivían. Según la declaración de un testigo, la descripción del
ladrón coincidía con la de su hijo, sin embargo, ella aseguró que a la hora en
la que dijeron que se había producido el robo Dumitru estaba con ella en casa
dando una mano de pintura a las paredes enmohecidas, y reforzó su defensa
alegando que sería una auténtica estupidez por su parte cometer un delito a
escasos metros de donde vivía, donde cualquiera podría identificarlo. Sin
embargo, en lo más profundo de su dolorido corazón y a pesar de que aquellos
dos policías se marcharon dando la impresión por su sonrisa cordial de haber
quedado convencidos de su improvisada mentira, presentía que había sido su
hijo el culpable. Su hijo y aquellos dos malnacidos.
—Mamá, ¿tú has visto la mierda de casa donde vivimos, la mierda de vida
que llevamos? Esos dos muchachos, como tú dices, son los únicos que nos
ayudan a llevarnos algo a la boca. —Dumitru se apoyaba con el brazo alzado
sobre el marco de la puerta, como si así pudiese controlar la ira que
comenzaba a embargarlo.
—Pero no robando a los demás. Hijo, prefiero morirme de hambre antes
que verte en la cárcel, no sé si podría soportarlo —replicó la mujer en un
intento de hacerlo recapacitar. Dumitru dejó escapar una falsa sonrisa. El
hueco que una muela dejó en una pelea hacía un par de años quedó al
descubierto.
—Mamá, qué ilusa eres. En este país nadie va a la cárcel, ¿acaso no te has
dado cuenta todavía? —contestó Dumitru, y a continuación dio un giro sobre sí
mismo con los brazos levantados—. ¡Aquí somos los putos amos!
Su madre, al ver su expresión entre enloquecida y triunfal, supo que había
perdido a su hijo para siempre. Quizá todavía no, pero tarde o temprano
llamaría de nuevo la policía a su casa para comunicarle que su hijo había
muerto en un tiroteo, o que se había estrellado con el coche contra una farola
mientras escapaba a toda velocidad de la policía mientras sacaba
obscenamente su dedo corazón por la ventanilla. Sin embargo, la reacción
gloriosa de su hijo había infundido en ella un sentimiento mucho más
pernicioso: había sentido miedo, un miedo semejante al que invadía su cuerpo
cuando su padre visitaba furtivamente su habitación por las noches cuando era
pequeña. Miedo por él, por ella misma, y por lo que pudiera hacerle a otros.
Sabía que todo cuanto le dijera sería como echar las palabras a un vacío
oscuro y sin fondo. Su única posibilidad, la única posibilidad para Dumitru,
era que reflexionara sobre adónde estaba dirigiendo su vida, que él mismo
descubriera dónde estaba el límite entre el bien y el mal, porque su influencia
materna había desaparecido en algún momento del camino y ya no tenía
fuerzas para tratar de guiarlo hacia el lado de la luz. Retrocedió un paso hacia
la bancada, cogió un trapo y se secó las manos.
—¿Vas a venir a comer?
Dumitru la observó con uno de los extremos de sus labios alzado,
dibujando una sonrisa maléfica que anunciaba su triunfo. Si fuera un reptil
como aseguraban Leandro y Ramón, sería la sonrisa que se refleja en una
serpiente antes de atacar a su presa.
—No lo sé. Supongo que sí. Si no llego a tiempo guárdamela para
después.
A continuación, le dio la espalda a su madre, cruzó el pasillo y salió de
casa dando un portazo. Mientras bajaba las escaleras apresuradamente, esa
pequeña parte de su corazón que aún brillaba le hizo sentir un leve sentimiento
de culpa. Era su madre, claro que sí, y la quería más que a nada en el mundo,
pero debía dejar de intentar controlar su vida. La calle le había enseñado a ser
un hombre, había tenido, a su modo de ver, a los dos mejores instructores que
pudiera haber conocido desde su llegada, y lo habían aleccionado con tal
maestría que ahora se sentía parte de ellos, como una unidad de ataque
romana. Se trataba de salir de la pobreza, de sacar a su madre de ese tugurio, y
para ello los tres habían decidido dar un paso más. Quizá más arriesgado, en
eso no cabía duda, pero la ley de la vida era así: cuanto más arriesgas, más
ganas. Además, se dijo a sí mismo mientras salía por la puerta del patio,
habían sopesado las consecuencias y tampoco eran tan dramáticas. A lo más,
dos años de cárcel, y en seis meses fuera por buena conducta. Sonrió mientras
se subía el cuello de la chaqueta para protegerse del gélido viento. Merecía la
pena, y mucho.
Ahora, debía darse prisa. Leandro y Ramón debían estar esperándolo en la
plaza, y además, se sentía ansioso por conocer los detalles de la operación.
19
Jaime deseaba pasar un domingo exento de tensión, pero desde que Javier
salió de la ducha hasta la hora de comer sintió a Noelia distante y demasiado
callada para lo que en ella era habitual, como si estuviese guardando en su
interior algún tipo de rencor hacia él y estuviese a punto de explotar en
cualquier momento del día. Una vez más se preguntó si el motivo de su actitud
pasiva sería él, o la casa destartalada, donde vivir se hacía cada vez más
difícil, o quizá el número de cuenta rozando cada fin de mes los números
rojos. Su comportamiento animado y participativo de anoche durante la cena
con Luis y Carolina debió de ser un espejismo, un oasis en mitad del fin de
semana, como si no quisiera levantar sospechas ante sus amigos, porque hoy
los fantasmas habían regresado y volvía a mostrarse arisca e irascible, incluso
con Javier.
Todas esas opciones podrían ser lo suficientemente lícitas, pero cabía la
posibilidad de que el verdadero motivo fuese la inminente llegada de la
navidad. Esta época festiva en la que todo gira alrededor de la familia siempre
la entristecía y provocaba fervientes disputas entre ambos. Ahora Noelia y
Javier veían acurrucados en el sofá una película de dibujos animados en la
televisión. Mientras él cerraba la puerta de su despacho, con la extraña carta
plegada en uno de los bolsillos de la bata, le vino a la mente el recuerdo del
día en que Noelia, después de estar seis meses saliendo juntos y de recogerla
casi todos los días en su viejo Citroën Saxo a tres manzanas de su casa, por fin
se atrevió a presentarlo a sus padres. La decisión significaba para Noelia
mucho más que el simple hecho de decir: «papá, mamá, este es Jaime, el
nuevo chico al que me tiro. Papá, trátamelo bien y no me lo espantes como a
todos los demás». No, para Noelia era dar un paso abismal en su relación.
Que su padre tuviera conocimiento de su existencia significaba que Noelia
estaba perdidamente enamorada de él, implicaba que descubrirle el dulce e
intenso idilio que compartían era la forma más bella, pero sobre todo
arriesgada, de demostrarle que lo suyo iba en serio, muy en serio.
Su padre, Carlos Pineda, el señor Pineda, como le gustaba que se
dirigiese a él, era, en aquella época, uno de los socios fundadores de Carnes y
embutidos Castro S.L., la mayor empresa distribuidora de productos cárnicos
a nivel nacional y una de las más valoradas y prestigiosas a nivel
internacional. Por la zona adinerada donde vivían, Jaime suponía que a sus
padres no debía de faltarles el dinero, pero nunca imaginó hasta ese día, en el
que al fin pudo contemplar fascinado la grandiosa casa que se alzaba sublime
al final de la calle, que podían marcarse unos largos en una piscina repleta de
billetes de quinientos.
Jaime volvió a sentir en el estómago el mismo hormigueo que cuando
Noelia le hizo aparcar por primera vez su coche frente a la verja de su casa.
En aquellos momentos desconocía la gran fuerza autoritaria con la que podía
llegar a actuar el señor Pineda, acostumbrado a tener centenares de empleados
sumisos bajo su mando, pero aquella presentación sirvió para ver qué clase de
tipo era su suegro.
—No te pongas nervioso —trató de inducirle ánimos Noelia, sentada a su
lado en el Citroën. Tal y como le confesó meses más tarde, ella misma estaba
temblando por cómo iba a comportarse su padre con la persona con la que, en
ese preciso instante, ya sabía que quería pasar el resto de su vida a su lado—,
y sobre todo intenta no llevarle la contraria. No es que sea un ogro, cariño,
pero en ocasiones puede ser demasiado… absorbente.
Jaime había elegido su mejor traje, que apenas llegaba a los ciento
cincuenta euros, y una corbata de tonos oscuros sobre una camisa blanca de
seda. Sujetando con fuerza el volante, pensó que el padre de Noelia debía de
utilizar trajes como el suyo para cubrir los charcos del extenso jardín de su
casa y pisar sobre ellos para no mancharse sus zapatos de trescientos euros.
—Creo que estás asustándome todavía más, cielo —dijo girándose hacia
ella, esbozando una sonrisa nerviosa.
—Perdona, perdona —se disculpó Noelia besándole ligeramente los
labios—. Sé tú mismo, cariño, eres maravilloso, y seguro que mi padre no lo
pasará por alto.
En ese momento Jaime pensó que más que conocer a su suegro iba a
presentarse a una entrevista de trabajo para un alto cargo ejecutivo. Sé tú
mismo. Noelia había utilizado un tópico del que rehuía en todos sus escritos, y
que por norma general, era un consejo nefasto.
—Vale, de acuerdo. Estoy preparado. Vamos allá.
Pero no estaba preparado en absoluto. Sentía las manos sudorosas y
pegajosas, y su estómago se retorcía como si tratase de darse la vuelta dentro
de él. Noelia había utilizado la palabra absorbente, y esa debió ser la más
afectuosa que había encontrado en su vocabulario para definir a su padre. ¿Y
qué había de su madre?, pensó mientras se bajaban del coche y cerraba la
puerta con la llave. Noelia apenas la mencionaba, como si para ella fuera una
espectadora más en la función de su vida, por lo que dedujo que, seguramente,
debía acatar obedientemente todos los deseos de su marido, incapaz de
llevarle la contraria. Puede que fuese una aliada… puede que le tendiese una
mano cuando su padre lo arrinconara contra la chimenea y le vapuleara las
costillas y la mandíbula. O puede… puede que en una pausa lamiera los
nudillos ensangrentados de su marido para refrescarlos y limpiarlos antes de
seguir golpeándolo despiadadamente por acostarse con su hija.
—¿En qué piensas? Vamos, mi madre ya ha abierto la puerta de la cancela.
Un desagradable calor corrió por sus venas. Ahora, además, sentía que su
lengua trataba de hacer consigo misma un nudo marinero, lo suficientemente
complejo como para que las palabras de su boca brotasen ininteligibles y
atropelladas. El nudo de la corbata también estrangulaba su prominente nuez,
que sentía cómo, presionada por el lazo demasiado apretado, se introducía
dentro de su garganta cada vez que tragaba.
Noelia pasó en primer lugar y él siguió sus pasos. Por delante de la
elegante silueta de Noelia, un extenso jardín se abrió ante sus ojos. La
vegetación que anegaba cada rincón era, simplemente, sensacional. Había
interminables pinos que parecían acariciar el cielo, frondosas higueras y
manzanos que proporcionaban inmensas zonas de sombra, y el césped, con
franjas aleatorias donde crecían rosas, crisantemos y coloridos pensamientos,
cubría toda la parcela hasta el límite donde comenzaba la exorbitante piscina
rectangular, rodeada de sombrillas de paja y tumbonas acolchadas de colores
playeros azul marino y blanco. Un camino de piedra caliza flanqueado cada
pocos metros por farolas pintadas en blanco serpenteaba entre los árboles
hasta llegar hasta la enorme mansión. Jaime pensó que en ese camino era
donde el padre de Noelia debía de echar los trajes baratos como el suyo para
cubrir los charcos. Y allí, al final del recorrido que desembocaba en el porche
de la entrada, estaban los padres de Noelia empequeñecidos en la distancia
como si fueran clicks de Playmobil, saludando cortésmente con el brazo
alzado.
Para empeorar las cosas, cuando recorrieron el camino y llegaron a la
entrada, Jaime sintió que le faltaba el aliento debido a la ligera pendiente que
existía en algunos tramos del sendero de piedra. La mirada del padre de
Noelia se clavó en sus ojos como una aguja incandescente. Por un momento
deseó estar lejos de allí, lejos de aquel reconocimiento impúdico al que iba a
ser sometido. Jamás olvidaría la sonrisa sardónica del señor Pineda, ni las
primeras palabras que le dedicó:
—¿Cómo está mi princesa? —dijo dando un afectuoso abrazo a Noelia—.
¿Así que este es el pollo? —añadió desviando la mirada hacia Jaime, una
mirada que se le antojó desconfiada, como si estuviese dirigiéndose a un
vendedor de mecheros.
—¿Cómo está usted? Encantado de conocerle.
Su tono de voz sonó mucho más sólido y cognoscible de lo que esperaba.
Al menos, se dijo a sí mismo, no había tartamudeado. Jaime extendió su
diestra a modo de saludo y el señor Pineda, mostrando una sonrisa
escrutadora, se la estrechó con excesiva energía, pero rompiendo la alianza
con demasiada rapidez. La forma que tenía un hombre de estrechar la mano,
creía firmemente Jaime, decía mucho de él, y su primera impresión fue que esa
era exactamente la forma en que lo haría alguien dominante pero que desea
guardar las distancias, demostrar que posee un grado superior en la escala de
la vida.
—Igualmente, muchacho, igualmente —y añadió con cierta indiferencia—:
sentía mucha curiosidad por conocer al afortunado. Pasad, no os quedéis en la
entrada, por favor.
Aquel hombre de mirada profunda, oculta tras unas gafas de cristal grueso,
les franqueó el paso extendiendo su mano a modo de invitación. Su extenso
cabello cano peinado con la raya al lado le confería un aspecto juvenil, sin
embargo, Jaime creyó que semejante mata de cabello solo podía haberla
conseguido a base de injertos, además, su primera impresión fue que
desentonaba ridículamente con su cuerpo rollizo, donde su prominente barriga
se descolgaba por encima de la cintura de sus pantalones.
Sofía Vidal, la madre de Noelia, se mantuvo en silencio. Eso sí, su eterna
sonrisa iluminaba sus dientes, tan blancos y perfectos, que los servicios de un
buen dentista eran incuestionables. Su cabello cardado, excesivamente
abultado, y teñido de rojo alargaba su rostro, y en cierto modo, lograba
disimular las arrugas que surcaban su piel. Seguramente, el excéntrico peinado
que lucía habría sido un buen consejo de su fiel peluquera para estilizar su
rostro avejentado y dotarlo de un aire más juvenil.
Jaime la observó y le devolvió la sonrisa, rogando para que, finalmente,
fuera una aliada. No pudo evitar compararla en sus pensamientos con Noelia.
Tenía la firme convicción de que si uno quería ver a su mujer (o a su futura
mujer) cuando la juventud la abandonara con el paso de los años, solo tenía
que ver cómo era su madre en el presente, y como si se tratara de un espejo
mágico extraído de un cuento, aparecía el resultado final de la transformación.
Sin embargo, no lograba ver parecido alguno entre las dos, hecho que le hizo
sentir un gran alivio. Puede que sus ojos fueran de su padre, aunque las gafas
no le permitieron captar tanto detalle. Aun así, se alegró de que la genética,
por una vez, hubiese sido generosa.
El señor Pineda los guió hasta el amplio salón y los invitó a tomar asiento
en los sofás tapizados en cuero negro situados frente a la chimenea. La
ostentosidad de todo cuanto paseó por los ojos de Jaime lo dejó boquiabierto,
y de algún modo, aquel nivel de vida acrecentó los nervios que ya amenazaban
con enredarle la lengua. En su mente se atravesó una idea envenenada: él no
era suficiente para Noelia, pertenecía a una liga inferior donde toda aquella
grandilocuencia estaba fuera de su alcance, y llegó al convencimiento de que
en algún momento de la conversación que inexorablemente se avecinaba, el
señor Pineda sabría dónde golpearle, tan fuerte, que huiría de su casa con el
rabo entre las piernas.
Durante los primeros minutos, la conversación fue comedida y en cierto
modo satisfactoria, hecho que a Jaime lo indujo a pensar que, o el señor
Pineda estaba haciendo un ingente esfuerzo por mostrarse agradable ante la
pareja de su hija, o no era tan fiero como Noelia le quiso hacer ver. Sin
embargo, nunca hubiera sospechado que en el momento en que Sofía persuadió
a Noelia entre risas y palabras amables para que la acompañara a la cocina a
preparar más café, el señor Pineda se arrancara la máscara súbitamente, como
si supiera que disponía de poco tiempo antes de que su hija regresara.
—Así que eres escritor, ¿no, muchacho? —dijo el señor Pineda con un
tono de voz que a Jaime le pareció envuelto en una bruma acusatoria. Luego,
prendió fuego a la punta del puro que sostenía entre la comisura de sus labios.
Durante todo el proceso, como si lo hubiese estado ensayando durante horas
antes del encuentro, no apartó la mirada circunspecta de Jaime—. ¿Y se gana
mucho dinero con eso?
—Creo que ser escritor es una carrera de fondo. Si las cosas te van bien
puedes llegar a ganar mucho dinero, pero supongo que necesitas suerte —
respondió Jaime, preguntándose qué diablos le importaba al padre de Noelia
que ganase poco o mucho dinero.
—¿Pero te han publicado algún libro?
El señor Pineda formuló la pregunta y lanzó una columna de humo por la
boca, con una mirada que denotaba impaciencia por conocer la respuesta.
—No, todavía no. He mandado mi libro a una selección de editoriales y
estoy a la espera de su respuesta, pero estoy conven…
—Entiendo —lo interrumpió deliberadamente—, o sea que a día de hoy
tus pretensiones flotan en una nube tan insegura que podría desintegrarse en
cualquier momento.
Por un segundo Jaime creyó que el señor Pineda indagaba en su mundo
literario con el objetivo de tenderle una mano, incluso pensó que, debido al
gran abanico de conocidos con cierta relevancia que debían engrosar su
agenda, se hallase entre ellos el editor de una gran editorial a quien no tendría
inconveniente en presentarle, incluso mover algunos hilos para que al menos le
prestaran un poco de atención a su novela, pero aquella expresión desencajada
en su rostro le mostró el verdadero propósito de aquel hombre arrogante que
ahora se inclinaba levemente hacia él, esperando una respuesta para luego
seccionar su yugular.
—Bueno —replicó Jaime con tono inseguro. La voz comenzaba a
temblarle y sintió una gota de sudor correr por su frente. El calor que hacía en
el salón de pronto comenzaba a ser insoportable—, visto desde ese punto de
vista tan dramático da la sensación de que sea un proyecto sin ninguna
posibilidad, pero creo que…
—Escucha lo que te voy a decir, pollo: como habrás podido apreciar, todo
lo que me rodea me lo he ganado con el sudor de mi frente, con trabajo, mucho
trabajo, invirtiendo y arriesgando mi dinero, y no voy a permitir que un don
nadie como tú venga a recoger los frutos de mi árbol.
Jaime tragó saliva con dificultad. El maldito nudo de la corbata apretaba
su garganta como si aquel hombre le hubiese puesto una soga al cuello. ¿Se
trataba de una broma, o acaso era una prueba a la que sometía a todo hombre
que viniese acompañado de su hija? Se preguntó hasta qué punto los padres de
Noelia tenían preparado el inesperado encuentro a solas entre los dos. La
cocina debía de estar en algún lugar alejado de aquella inmensa mansión, pero
aun así el sonido trepidante de una cafetera llevada hasta el punto de
ebullición invadió el salón. Hizo acopio de fuerzas y respondió lo primero que
le vino a la mente.
—No sé qué cree que es lo que pretendo, pero quiero a su hija, y me da
igual su dinero.
El señor Pineda todavía pudo inclinarse un poco más hacia él. Sus ojos,
que parecían dos almendras gigantes tras las lentes, lo atravesaron como una
bala del 38 podría atravesar una sandía. Las voces de Noelia y su madre se
escuchaban cada vez más cerca, manteniendo una conversación divertida.
—No te lo diré más que una vez —susurró confiriendo a su voz un tono
intimidatorio—: deja a mi hija, invéntate lo que quieras, que has conocido a
otra mujer, que eres maricón, lo que te dé la gana, pero no quiero verte más
por aquí, ¿te ha quedado claro?
El comportamiento tan hostil que el señor Pineda demostró en cuanto hubo
tenido ocasión lo dejó tan desconcertado que su rostro palideció. Ese hombre,
su futuro suegro, era un ser despreciable capaz de hacer cualquier cosa, creyó,
por mantener a su hija cerca de él, o puede que por mantener su fortuna a
salvo, o por las dos cosas al mismo tiempo ya que se daba el caso. Jaime se
disponía a contrarrestar el despiadado ataque del señor Pineda, cuando Noelia
y su madre aparecieron por la puerta del salón manteniendo lo que ahora a
Jaime le pareció una absurda conversación.
Cuando Noelia vio la expresión desvaída de Jaime, la sonrisa se
desvaneció de su rostro dejando sus labios en un rictus perfecto, y su mirada
severa se cruzó con la de su padre, que ahora sonreía hipócritamente y
expulsaba un torrente de humo como si nada hubiese pasado. En el dramático
escenario que se había visto envuelto sin desearlo ni provocarlo, Jaime solo
quiso desaparecer de allí, abandonar esa mansión envilecida y dejar al señor
Pineda que se pudriera junto a su dinero. Noelia se acercó a su padre con aire
decidido. Jaime imaginó ver un reguero de humo negro brotar por sus fosas
nasales, y lo cierto es que le gustó la reacción de Noelia, que ahora inspiraba
aire como si estuviese recargando la cámara orgánica de balas.
—¿Se puede saber qué le has dicho, papá?
El señor Pineda reflejó una fingida expresión de desconcierto. Mientras,
su madre, cruzada de brazos, observaba atentamente el inminente
enfrentamiento que se avecinaba sin ninguna intención de interferir en él.
—¿Yo? Princesa, creo que te equivocas. No le he dicho nada. —El señor
Pineda desvió la mirada hacia Jaime y esbozó una falsa sonrisa. —Jaime, ¿te
he dicho algo que pueda ofenderte? Solo hemos estado hablando de hombre a
hombre, eso es todo.
Jaime, que se sentía aturdido por la innecesaria situación, pensó qué
respuesta dar al señor Pineda, pero Noelia se anticipó sin dejarle responder.
—Vamos, papá, que nos conocemos desde hace mucho tiempo ya. Y
también conozco a Jaime, más de lo que imaginas. Te lo advertí, te dije que no
te metieras más en mi vida, que no soy una de tus posesiones que puedas
manipular a tu antojo. Y por Dios que cumpliré mi palabra. —Noelia tomó
aire de nuevo y se dirigió esta vez a Jaime, que hundido en el sofá, prefirió
mantener un silencio prudencial mientras su mente trataba de averiguar qué
sería lo que Noelia le habría prometido a su padre. —Jaime, nos vamos. Ha
sido una visita más corta de lo que deseaba. Papá, me has decepcionado… Por
un momento… por un momento creí que podría confiar en ti.
—Hija… —comenzó a decir Sofía, sin acabar la frase, como dando por
sentado que esa única palabra sería suficiente para hacer recapacitar a Noelia.
—Mamá… cállate.
Noelia cogió de la mano a Jaime y cumplió sus deseos más ocultos. El
señor Pineda y Sofía, impasibles pero sorprendidos por el comportamiento de
Noelia, observaron cómo la puerta de entrada se cerraba de un portazo,
llevándose a Noelia para siempre. Jaime tenía el convencimiento de que ese
hombre desconfiado y posesivo no fue consciente de su pérdida hasta varios
días (o meses) más tarde, cuando el distanciamiento que había interpuesto
Noelia entre ambos fue tan patente que el señor Pineda debió descubrir que
hablaba en serio, muy en serio. Esa había sido su promesa, y Noelia jamás le
habló de qué otros enfrentamientos pudieron haber habido entre ellos dos para
que tomara una decisión tan extrema.
Ese día de verano, el día en que conoció al señor Pineda, lo recordaría,
hasta el momento en que la muerte se lo llevara de la mano, como uno de los
días más desagradables de su vida. Mientras encendía el ordenador de su
despacho, pensó en la Noelia del presente, y su temor se reducía a si, después
de todo, el señor Pineda estaba en lo cierto, si casarse con él había sido el
mayor error que pudo haber cometido su hija. Puede que el lazo familiar se
apretara en ella con la proximidad de las navidades, puede que Noelia echase
de menos una cena en familia y en paz con sus padres, como si todo aquello no
hubiese ocurrido… puede que Noelia echase de menos la abultada cuenta del
señor Pineda.
Mientras el ordenador crujía y zumbaba, haciendo un verdadero esfuerzo
por encenderse, su aterrada mirada se dirigió a la ventana, atravesó el cristal y
se clavó en la ventana del edificio de enfrente. Dios mío, prefería mil veces al
señor Pineda que lo que le estaba sucediendo ahora.
¿Cómo eso podía saber lo que le había escrito en la carta?
Es el diablo, el diablo lo sabe todo de ti, tú lo has llamado, ¿lo
recuerdas? Tú y Luis, no te olvides de él.
De pie junto a la ventana, débilmente iluminado por los últimos destellos
del día, sacó la carta del bolsillo. La desdobló y, sorprendido, se dio cuenta
de que la carta no llevaba sello ni había sido franqueada en Correos, por lo
que una pregunta esencial invadió su mente como una oleada de terror: ¿cómo
había llegado la carta al buzón? Se ha materializado allí mismo, como un
barato truco de magia. Esa absurda idea tomó fuerza, pero por muy
inverosímil que pareciese, el diablo era capaz de cualquier cosa, ¿no era así?
Observó, con cierta palidez en su rostro, la persiana echada hasta abajo
del sexto piso. Los tonos púrpura y anaranjados que teñían el cielo conforme
iban pasando los minutos la iluminaron, y por un instante le pareció una
imagen tan sobrecogedora y antinatural que un escalofrío se deslizó por sus
vértebras, como si el terror hubiese serpenteado entre ellas con su gélido
dedo.
Quería mostrarse de nuevo racional, achacar la llegada de aquella carta,
que ahora sostenía entre sus temblorosas manos, a la broma pesada de algún
vecino, alguien que los hubiese visto merodeando por la vivienda, sin
embargo, su parte irracional le aseguraba que era improbable, por no decir
imposible. Nadie los vio. ¡Nadie!
Allí de pie, inmóvil frente a la ventana, dudó. ¿Estaba seguro? Las calles
tienen mil ojos, incluso de noche, aunque reine la más absoluta oscuridad.
Pero aquella nota escrita, no tenía sentido, nadie podría saberlo.
Abrió la carta y sacó la cuartilla que había en su interior. El ordenador
emitió un sordo pitido que le hizo sobresaltarse. Miró por encima del hombro,
se cercioró de que tan solo había sido un mensaje del anti-virus, y volvió la
mirada a la cuartilla. Con el mismo estilo de letra con el que estaban escritas
la dirección y el membrete, leyó mentalmente la siguiente frase:
“Eugenio leerá sus notas y torcerá el gesto, una actitud ingrata,
inaceptable, un desprecio inadmisible, ¿no cree, señor Murillo?”
El cielo se tiñó de oscuridad enterrando los últimos haces de luz. Durante
el lento proceso, Jaime no varió la posición en la que había quedado inmóvil.
La ventana de enfrente, ligeramente agitada por el viento, parecía observarlo,
dibujar una sardónica sonrisa entre sus lamas agujereadas.
Jaime, con el corazón oprimido en el pecho, se preguntó qué era lo que
habían despertado en esa casa.
20
Acurrucado en la cama, envuelto por la oscuridad del dormitorio, Jaime se
atrevió una vez más a sacar la mano de debajo de las mantas y consultar la
hora en su teléfono móvil. Era la 01:22 de la madrugada. El frío que imperaba
esa noche había traspasado el ventanal entre las juntas mal selladas y se había
acomodado en la habitación. Echar la persiana hasta abajo no impedía que un
fino hilo de viento soplara como si un continuo aliento gélido le azotase la
nuca, y tampoco impedía que las lamas se agitasen provocando un continuo
rumor que le robaba el sueño. Noelia tan solo era un bulto que respiraba
pausadamente al otro extremo de la cama. Ella no solía tener problemas para
conciliar el sueño a pesar del estrépito, y él tampoco, debía de admitirlo, por
lo que no era la persiana lo que lo mantenía en vela, sino aquella nota, su
significado, quién la había escrito.
Se giró hacia el lado de Noelia. Estaba tan lejos. Normalmente solía
invadir su espacio, buscar su calor corporal. Sin embargo, su extraña actitud
era ahora el menor de sus problemas. Se dijo que el diablo no existía, que tan
solo era un recurso religioso para imponer la voluntad, sin embargo, aquella
carta estaba enterrada al fondo de un cajón de su escritorio. ¿Quién la había
escrito entonces? ¿Cómo podía saber de la existencia de Eugenio, de su nuevo
proyecto literario?
Se propuso apartar todo pensamiento de su mente, dejar que un nuevo
amanecer aclarase sus ideas. Volvió a girarse hacia el otro lado de la cama, y
las sábanas gimieron con un sonido escurridizo. ¿Por qué trataba de
engañarse? No quería dormir, tenía miedo, miedo de soñar, miedo a las
pesadillas, y ese miedo se alimentaba de sí mismo, igual que una bola de nieve
va aumentando de tamaño conforme rueda por la superficie.
A la 1:45, Jaime fue vencido por el sueño, y soñó.
21
Fue un sueño lúcido, y después de todo, ese tipo de sueños no le
desagradaban. El escenario lo había puesto su subconsciente, y dentro de él,
mantener el control de sus acciones y tejer deliberadamente el desarrollo del
sueño era de lo más atrayente.
Su mente había recreado la librería Páginas al Mar, hasta el último detalle
que hubo percibido la tarde anterior. En la planta baja donde presentó el libro
no había ventanas por donde poder observar la lluvia, pero llovía por los
incesantes truenos que se escuchaban suavizados desde el exterior. También
estaba aquella muchacha, la encargada de la tienda, ¿cómo se llamaba?
Mariel, se llamaba Mariel. Estaba de pie mostrando una amplia sonrisa que
realzaba su belleza, junto a él, que se hallaba sentado en la mesa que habían
dispuesto para el evento, en la que había una pila de libros de su última novela
y un vaso de agua, exactamente igual a como realmente sucedió. Frente a él y
rodeado por estanterías repletas de libros, el público esperaba de pie,
expectante y con una novela suya en la mano, esperando a que estampara una
dedicatoria y su firma en la primera página.
En el sueño decidió excluir los nervios y, ya que tenía el poder, también
decidió eliminar esa sensación de angustia en el estómago que asfixiaba su
voz. Sonrió y se sintió bien, seguro de sí mismo, y por qué no, deseó que ese
momento en el que era el centro de atención no acabase nunca. Era él mismo,
pero una versión mejorada, una versión que, en lo más profundo de su fuero
interno, era la que le gustaría llegar a alcanzar.
Los lectores fueron pasando de uno en uno blandiendo su libro
animadamente, formando una fila irregular donde a nadie le importaba esperar
un poco más a cambio de poder observar de cerca al autor de la novela que
les había robado el sueño por la noche. Los truenos, que se sucedían sin
descanso, otorgaban al acontecimiento un aire íntimo y misterioso, como si la
naturaleza se hubiese aliado con él para crear la atmósfera apropiada que se
merecían sus novelas. Cuando finalizó la procesión, donde los comentarios
ingeniosos y elocuentes brotaron de su garganta sin ningún esfuerzo, el público
se arremolinó frente a él, esperando la orden de Mariel para que comenzara la
rueda de preguntas.
Jaime no supo en qué momento del sueño perdió el control de la situación,
ni siquiera supo que lo había perdido hasta que este comenzó a convertirse en
una pesadilla, no repentinamente, sino de forma gradual, una sucesión de
indicios imperceptibles en un principio, pero cada vez más transcendentales.
La intensidad de los truenos se acrecentó, y aunque allí abajo no había
ventanas, la sala se oscureció, como si una inmensa y negra nube hubiese
cubierto el techo y los halógenos empotrados en este. Sin embargo, a los
lectores allí reunidos no pareció importarle lo más mínimo. Ahora ya no eran
lectores, eran un producto de su subconsciente, fabricados con la materia de
los sueños, con forma humana, sonrientes, pero carentes de expresión, como
fotografías animadas. Sin saber cuándo había sucedido, pasaron a ser un grupo
de personas inanimadas, petrificadas como estatuas de mármol, ensombrecidas
por la penumbra. Las expresiones en sus rostros habían cambiado. Ya no
mostraban sonrisas complacientes, ni entregada expectación. Los ojos abiertos
hasta lo imposible y las bocas abiertas, intuyendo un grito que nunca emergía
de sus gargantas, reflejaban un terror a algo que desconocía, y que tampoco
veía, pero que el sueño, por voluntad propia, había decidido incluirlo en el
escenario.
Un movimiento al final del grupo, donde la oscuridad cobraba intensidad,
captó su atención. El terror de aquellos rostros que lo observaban a modo de
advertencia se trasladó a su ser y su corazón comenzó a latir con afán,
bombeando más sangre de la que sus venas podían soportar. Dejó el bolígrafo
sobre la mesa y dirigió la mirada hacia aquella sombra que se agitaba entre las
inmóviles figuras humanas. Sus pulmones dejaron escapar un hálito de terror.
Era un hombre, se deslizaba grácil y pausadamente entre la gente, pero no
podía apreciar sus rasgos, solo un juego de sombras que se empeñaban en
ocultar su verdadera naturaleza. Los rostros congelados, de pronto, parecían
más aterrados, miradas desorbitadas en busca de una salida y bocas
desencajadas incapaces de proferir un grito, como si la presencia de ese
hombre alentase una huída en masa, sin embargo, obligados a permanecer
inmóviles junto a él. El hombre serpenteó entre las últimas estatuas y se
aproximó ganando posiciones. Mientras lo hacía, la sombra que debía de ser
su brazo acariciaba de forma sutil los cuerpos inertes, y por un segundo, Jaime
creyó que al hacerlo estos se estremecían como si una corriente eléctrica
hubiese atravesado sus huesos.
Quería despertar. Despertar ya. ¿Quién era ese hombre? Su subconsciente
ya tenía preparada la respuesta: era el diablo, el diablo en persona. Su cuerpo
comenzó a temblar incontroladamente. No quería ver su rostro, pero el hombre
había sobrepasado otra fila de estatuas y se acercaba hacia la zona más
iluminada. Un trueno retumbó en aquel cielo ficticio. Los libros de las
estanterías temblaron. De pronto escuchó una voz dentro de su cabeza,
masculina, grave como la de un locutor de radio. Pronunciaba su nombre,
incansable, tratando de martillear su cabeza.
¿Estaba hiperventilando en sueños?
Sí, como quien está a punto de ser ejecutado, invadido por una oleada de
terror. El hombre avanzó unos pasos más, muy despacio, exento de prisas, y el
rostro fue al fin descubierto por la escasa luz.
Los ojos. Aquella mirada.
Maldad, regodeo, terror…
De pronto el sueño comenzó a desvanecerse en su mente, deshaciéndose
con imágenes difusas y veladas, empujadas por un atisbo de realidad. Alguien
estaba empujando su hombro, un movimiento quedo pero insistente. Sus ojos
se abrieron y solo logró ver oscuridad. Estaba despierto, estaba… casi seguro
de ello. Aquella oscuridad era la que moraba en su dormitorio. El rumor de la
persiana empujada por el viento cortó el fino hilo que lo ataba a la pesadilla,
sin embargo, una mano continuaba zarandeando su hombro, con timidez, como
si realmente no quisiera despertarlo.
—Papá…
Jaime que, aterrorizado, comenzaba a pensar que aquel hombre de la
pesadilla (el diablo) había logrado traspasar la barrera de los sueños,
identificó de inmediato la voz de Javier. La sensación de alivio que lo
embargó fue análoga a extraerse con la punta de los dedos una bola de pelos
de la garganta, pero su tono de voz denotaba miedo, una entonación como
jamás había escuchado en boca de su hijo.
—Javier, ¿Qué… qué pasa?
El instinto le hizo sacar el brazo de debajo de las mantas y encender la
lámpara de la mesita de noche. El miedo que habitaba en la voz de Javier le
había atenazado el corazón y sintió que la pesadilla todavía poseía el poder de
jugar con su mente un poco más. La débil luz destelló en sus ojos. Noelia se
agitó en la cama y lanzó un débil suspiro, pero no se despertó. Cuando logró
enfocar la visión observó la mirada de Javier clavada en sus ojos. Si buscaba
rostros asediados por el terror para poder describirlos en sus libros, el de su
hijo era el mejor ejemplo. Estaba temblando, sin embargo, no supo discernir si
la causa era el inexplicable terror que lo embargaba o el intenso frío que
flotaba en el dormitorio.
—He escuchado un ruido en mi habitación —explicó Javier, y sin perder
ni un segundo, escupió la segunda parte de la frase que tenía en mente—.
¿Puedo dormir con vosotros?
El estruendo de la persiana empujada por el aire rompió el silencio, y
Jaime imaginó que la desapacible noche había sido el motivo de su miedo.
—Cariño, es el viento. ¿Has oído la persiana cómo se ha agitado? No
tienes que tener miedo. Además, ¿cómo se te ocurre levantarte de la cama sin
ponerte la bata encima, con el frío que hace? Vas a coger una pulmonía.
—No papá —dijo Javier con seguridad—. No ha sido el viento…
Jaime se deslizó entre las sábanas hasta quedar sentado en la cama. El
denso frío no tardó en introducirse en su cuerpo y hacerlo tiritar. Miró a su
hijo a los ojos y trató de mostrar una expresión condescendiente.
—¿Ah, no? Entonces… no sé, puede que haya sido algún vecino, o el
perro de algún vecino.
Javier dudó.
—No creo…
—Está bien, vamos a ir a tu habitación y vamos a escuchar ese ruido, a ver
qué es. ¿Te parece bien?
Javier asintió, pero no parecía muy convencido. Intuía que lo que pretendía
su padre era que se quedase durmiendo en su habitación, y era consciente de
que ya no era propio de su edad dormir con sus padres, pero después de lo que
había escuchado siempre se podía hacer una excepción.
Jaime salió de la cama, se enfundó la bata y entornó la puerta de su
dormitorio al salir. La oscuridad del pasillo reavivó la angustia que le había
ocasionado la pesadilla, y aunque debía mostrar entereza ante Javier, prefirió
encender la luz. Ahora el edificio se mantenía en absoluto silencio, sin
embargo, el viento aullaba y agitaba las persianas de toda la casa. Cruzaron el
pasillo, gélido como una cueva en el Ártico, y entraron en la habitación de
Javier. Este no se separó de su pierna en todo el recorrido.
Jaime, desconcertado, se preguntó por qué la luz de la mesita de noche
estaba apagada. Optó por guardar silencio, porque la única explicación
admisible era que el propio Javier la había apagado, aunque desconocía si
estando despierto o dormido. Quizá fuese el primer paso para que ese terror
infantil a la oscuridad lo abandonase de forma definitiva. Encendió la luz
principal y la oscuridad huyó momentáneamente. Lo único que perturbaba el
silencio en la habitación era el incesante agitar de la persiana. Durante un
efímero segundo le asaltó la duda de cuántas veces había invadido el
dormitorio de sus padres cuando él era pequeño porque el miedo le hacía ver
y escuchar cosas donde no las había, aunque para él fueran reales, demasiado
reales.
—Bien, ¿qué has escuchado? Yo solo oigo el ruido de la persiana.
Javier examinó la habitación con la mirada, con aire nervioso, y por un
momento no supo qué responder a su padre, porque hacerlo significaba admitir
y corroborar que lo que había escuchado, definitivamente, no era la persiana
estremecida por el viento… que era otra cosa.
—Papá, créeme, no ha sido la persiana lo que me ha despertado…
—¿Entonces qué ha sido? —replicó Jaime. Se arrodilló para quedar a la
misma altura que su hijo—. Seguramente ha sido un sueño, a veces esas cosas
pasan, ¿sabes? No tienes por qué tener miedo, cielo, la mente es capaz de
jugar con nosotros de una manera que ni te imaginarías. ¿Cómo era el sonido?
Intenta describirlo.
Era curioso, pensó. Su padre le decía lo mismo, pero él, dentro de su
inocencia, estaba convencido de que los sonidos eran incapaces de salirse de
los sueños, luego, al igual que la respuesta de su padre no era válida para él,
seguramente tampoco lo era para Javier la suya. Lo entendía, claro que lo
entendía. Su hijo estaba aterrado, al igual que lo estuvo él a su edad.
—Eran como golpes, parecían estar dentro de la pared… en esa…
Javier señaló con su dedo la pared donde estaba la ventana. Jaime dirigió
allí la mirada, se levantó y caminó decidido hacia ella. Javier lo siguió con la
mirada, y no supo por qué, lo invadió un terror ciego a perder a su padre, a
perderlo para siempre. Puede que las paredes se abrieran y se lo tragaran…
papá gritaría… gritaría de terror y… de dolor.
Jaime puso la oreja sobre la pared, y mientras lo hacía, trató de sonreír,
solo por tranquilizar a Javier, sin embargo, lo que sentía era bien distinto.
Seguramente se estaba sugestionando demasiado. Su propia pesadilla, los
recuerdos de su infancia…
Percibió un rumor, sordo, apenas inaudible, pero era el propio idioma del
viejo edificio. Las paredes eran un canal de propagación de sonidos increíble.
A veces, incluso podía escuchar conversaciones de vecinos de varias plantas
más abajo, o de más arriba, nunca fue capaz de discernirlo. Definitivamente, al
ser la pared que daba al exterior, supuso que, con toda probabilidad, la causa
hubiese sido algo arrastrado por el viento, alguna rama, o un pájaro a la
deriva.
—No oigo nada, Javier. Ven, escúchalo tú mismo.
Por su gesto de desaprobación, dio la impresión de que esa idea no era
muy de su agrado. Pero hizo acopio de valor y se puso junto a su padre,
pegando la oreja a la pared, con tanto temor como quien está obligado a
introducir la cabeza dentro de la boca de una pitón.
—¿Ves? Nada. Eso que se escucha son los ruidos de la casa, nada más.
Jaime de pronto pensó que quizá ese comentario no había sido el más
acertado, sin embargo algo en el interior de la pared lo había dejado tan
perplejo como dubitativo. ¿Aquel débil rumor que había escuchado no parecía
el latir de un corazón? Una voz a su espalda lo sobresaltó, y a Javier también,
que emitió un débil gritito.
—¿Se puede saber qué estáis haciendo?
Noelia estaba en el umbral de la puerta, envuelta en su bata de gatitos y
abrazada a sí misma, observándolos con curiosidad.
—Santo Dios, qué susto me has dado —dijo Jaime agarrándose el corazón
y esbozando una sonrisa temerosa.
—Mamá… —gritó Javier, y corrió a brazos de Noelia. Jaime lo observó
y, por un instante, pensó si acaso él no era suficiente para calmar su miedo. Sí,
no cabía duda, eran celos lo que estaba sintiendo, celos de Noelia. Sin
embargo, también era consciente de que el lazo entre una madre y un hijo era
algo inquebrantable, ni siquiera por el padre. Jaime trató de resumir en pocas
palabras lo que había sucedido.
—Javier, que dice que ha escuchado ruidos en su habitación y quería
dormir con nosotros. Estábamos aquí, escuchando a ver si se repetían.
Noelia acarició el cabello de su hijo, y Jaime tuvo la sensación de que su
sonrisa fue capaz de llevarse todo el miedo de Javier con ella.
—Cariño mío, es solo el viento. ¿Qué haces sin la bata? Venga, a la cama
o vas a coger un resfriado.
Noelia empujó cariñosamente su trasero e, increíblemente para ojos de
Jaime, Javier saltó a la cama y permitió que su madre lo arropara.
—Yo creo que no era el viento, mamá. Ya se lo he dicho a papá.
—Escucha, por las noches se pueden oír todo tipo de sonidos, pero son
normales. Puede ser el viento, o algún vecino, o el crujir de la casa…
cualquier cosa.
Noelia besó su frente, y mientras lo hacía, Jaime no pudo hacer más que
mantenerse en pie junto a la cama esbozando una sonrisa. Pero la sensación
era extraña, no tenía ganas de sonreír, en absoluto.
—No sé mamá…
—Vamos, a dormir, que mañana hay colegio. Ya te lo diré yo mañana
cuando suene el despertador. Buenas noches cariño.
—Buenas noches, mamá.
Jaime, en cuanto Noelia se apartó de la cama, se inclinó hacia Javier y
besó su mejilla.
—Buenas noches, hijo. Duérmete.
Al salir, Jaime apagó la luz y dejó la puerta abierta, sin embargo, tanto él
como Noelia habían olvidado encender la luz de la lamparita de noche.
Cuando Javier se quedó de nuevo a oscuras en su habitación, el rugir del
viento disparó sus latidos. Mientras escuchó cómo sus padres entraban en su
dormitorio y se acostaban al tiempo que susurraban algo que no podía
entender, el terror fue llevadero, incluso se atrevió a dejar la lamparita de
noche como estaba: apagada. Pero cuando la casa se quedó en silencio y a
oscuras, su cuerpo se paralizó y solo permitió que sus ojos se dirigiesen a la
zona oscura donde debía estar la pared. Ocultó su rostro bajo la manta hasta la
nariz. En cualquier momento, en cualquier momento podía volver a ocurrir…
las persianas se agitaron… su corazón bombeó con intensidad. Sus ojos se
abrieron como platos tratando de ver algo en la oscuridad… y de pronto unos
golpes, como el picoteo de un pájaro sobre los barrotes de su jaula, se
escucharon en la pared.
Javier, que sintió el fuerte abrazo del terror en todo su ser, apartó las
mantas y saltó de la cama. Sin encender la luz, corrió a ciegas por el pasillo,
creyendo que en cualquier momento iba a ser engullido por una boca de
oscuridad, entró en el dormitorio de sus padres y, sin pedir permiso, se metió
dentro de la cama entre ambos.
22
A la mañana siguiente, cuando el teléfono móvil/despertador de Noelia
sonó puntual a las siete de la mañana, Jaime fue arrancado de forma súbita de
su sueño, y aunque no recordaba qué estaba soñando, los vestigios de otra
pesadilla merodeaban por su mente.
Javier, con su trasero invadiendo parte de su lado de la cama para poder
abrazarse bien a su madre, gimió y balbució algo ininteligible. Estaba a punto
de decirle que era la hora de levantarse, cuando Noelia se anticipó.
—Buenos días, Javier. Arriba, que ya es la hora.
Jaime sintió un atisbo de furia nacer en la boca de su estómago, un frágil
sentimiento de rencor hacia Noelia, y recordó de forma fugaz, al tiempo que
recibía una involuntaria patada de Javier en la tibia, cómo Noelia había
tomado la iniciativa anoche, ignorando su actuación. Sin embargo, la furia
desapareció cuando le vino a la mente la conversación que tuvo con Javier
respecto a la existencia de Papa Noel y la comprensiva reacción por parte de
Noelia al excluirla de ella. Afianzar la relación entre madre e hijo es lo que
pretendía, estaba convencido, pero de nuevo la furia asomó levemente la
cabeza por la superficie de sus jugos gástricos. ¿Debía excluirlo a él para
conseguir ese afianzamiento? ¿Lo mejor no era, a su modo de ver, que ambos
participasen de ese acercamiento, apoyándose el uno en el otro?
—No quiero ir al cole —anunció Javier, y hundió la cabeza entre las
mantas.
¿Qué piensas hacer ahora, cariño?¿Cómo piensas apañártelas?
Jaime se vio embargado por el deseo de un nutritivo enfrentamiento,
provocar una discusión fuera cual fuese el motivo, en cambio, de pronto le
vino a la mente la extraña carta que ocultaba en los fondos de su cajón. No
había sido una pesadilla, ojalá lo hubiese sido, pero aquella carta era tan real
que incluso pudo percibir su aroma rancio, a viejo milenario, incrustado en
sus fosas nasales. Decidió abortar su intento de discusión y guardar silencio.
Noelia bajó de la cama. La palidez de su piel y su cabello alborotado,
como cualquier persona que hubiese acabado de levantarse, relegó su belleza
desde el ático a la planta baja. Jaime la observó disimuladamente, pensando
en el repulsivo aliento que debía de manar por su boca recién levantada y, por
primera vez desde que la conoció, sintió rechazo hacia ella. Ese era el
pensamiento prohibido, el que nunca creyó que se cruzaría por su cabeza, sin
embargo, ahora estaba allí, intentando perturbar el amor que sentía hacia ella.
—Venga Javier, que no tenemos tiempo, levántate ya —la oyó decir.
—No quiero. Tengo mucho sueño, mamá.
La negativa de Javier recalentó la llama de furia en Jaime. Sabía que la
criatura había pasado una mala noche, que su sueño había sido interrumpido
por aquellos ruidos que dijo haber escuchado en la pared —¿Ruidos? ¿Acaso
los había vuelto a escuchar y por eso vino aterrorizado a nuestra cama?— y
que cuando suena el despertador en una situación así, lo primero que se te
pasa por la cabeza es aplastarlo con un martillo hasta convertirlo en ruinas,
pero ver cómo se resistía a cumplir con sus obligaciones le arrancó un grito
autoritario:
—¡Javier, levántate ya!
Noelia, que acababa de anudarse la bata, se giró sorprendida por el
alarido que había escuchado a su espalda. Para Javier, fue parecido a recibir
un par de varazos en las plantas de los pies. Se escurrió por las sábanas y
saltó de la cama junto a su madre.
Jaime lo atravesó con una mirada desafiante, con un febril destello en los
ojos que cortaba el frío acumulado en el dormitorio, y Javier, desconcertado y
atemorizado al mismo tiempo por el insólito acceso de ira de su padre, se
limitó a apartar la mirada y ocultar su rostro en los muslos de Noelia.
—¿Es que no has oído a tu madre?
23
Mientras Jaime se preparaba el tercer café de la mañana, comenzó a
llover. El viento, que no había cesado desde anoche, empujaba la lluvia contra
la ventana de la cocina, produciendo un repiqueteo incesante que antaño (solo
hacía tres días) lo reconfortaba, pero que ahora crispaba sus nervios.
Cuando el café comenzó a borbotear, Jaime apagó el fuego e inclinó la
cafetera sobre la taza de café. Luego abrió la ventana y se encendió un cigarro
esperando que al hacerlo surtiese el mismo efecto que tomarse un par de
tranquilizantes. La lluvia salpicaba sobre el fregadero, pero no le importaba,
luego pasaría una bayeta. Lo que realmente le preocupaba era el tono en que le
había hablado a Javier. Ahora que ya se encontraba a solas en casa, los
remordimientos lo roían por dentro como un nido de gusanos carnívoros. Javi
no había tenido la culpa, y su infantil comportamiento, como podría haber
hecho cualquier otro niño, era algo que podía haber solucionado por una vía
más tolerante, por ejemplo, un despiadado ataque de cosquillas, eso no fallaba
nunca. Inhaló una intensa calada y expulsó el humo por la ventana. Sí, así era
como debía de haber actuado, sin embargo, no lo hizo. Observó cómo su mano
temblaba ligeramente al acercar el cigarro a su boca.
Buscó la causa de su inesperado ataque de ira y el rostro de Noelia tomó
forma, casi de forma inmediata, dentro de su mente. Sin embargo, cuando
indagó profundamente en el motivo principal que había provocado su ira,
comprendió que quizá había sacado las cosas fuera de lugar. Noelia solo
quería ayudar, además, no había hecho algo que no hubiese hecho antes.
¿Cuántas veces se había inmiscuido en una charla, que a su modo de ver,
consideraba exclusiva entre padre e hijo, o que por cualquier motivo paternal
le apetecía tener a solas con Javier? Infinidad de veces. En Noelia era algo
habitual, y siempre, debía ser sincero consigo mismo si quería acabar
aceptando su propio error, había agradecido finalmente su participación,
comportándose los tres como una verdadera familia.
No. Las cosas no eran así de sencillas. Eso solo había sido una gota más a
punto de derramar el vaso rebosante. Su hastío se remontaba hasta el extraño
comportamiento de Noelia, como si de pronto él fuese un estorbo que hubiese
que evitar. Y quizá fuese un error de fabricación, pero era un defecto en el que,
por mucho que hubiese tratado de corregir a lo largo de nueve años de
matrimonio junto a Noelia, siempre acababa reincidiendo: tendía a actuar de
forma recíproca. Cuando ella era feliz, él también lo era, cuando ella se
enfadaba, él, inconscientemente, la superaba. Una especie de pauta
camaleónica.
Dio un sorbo al café y a continuación una calada al cigarro. La mezcla
perfecta. Fue justo el momento en el que el perro del piso de arriba comenzó a
correr por toda la casa haciendo temblar el techo. Sus uñas (Jaime se
preguntaba por qué su jodida dueña no le cortaba las uñas) parecían que de un
momento a otro fuesen a atravesar el cemento. Se dijo que esto no podía seguir
así, que tarde o temprano tendría que subir y explicarle a la señora Pilar que
enmoquetara la casa, que le cortase las patas al chucho si lo veía más
apropiado, pero que si no solucionaba el problema, se vería obligado a poner
una denuncia a la policía.
Trató de no prestarle atención, algo que le costó un inmenso esfuerzo, y
pensó que más tarde se disculparía, primero con Javier, luego con Noelia.
Mejor una retirada a tiempo que una batalla perdida. Miró la hora en el reloj
circular de la cocina. Las nueve y media. Sabía que hoy debía trabajar duro,
escribir lo que ayer no pudo más lo que correspondía al día de hoy. Eso se
traducía en poco más de dos mil palabras. Sin embargo, el contenido de
aquella carta lo tenía paralizado, y admitió que, desde que se había levantado
de la cama, quizá había alargado demasiado el tiempo para comenzar a
trabajar en la novela por miedo a que, incomprensiblemente, aquella frase
escrita estuviese en lo cierto.
En cierto sentido, era la mejor manera de corroborar la procedencia de la
carta. Si todo se trataba de una broma pesada, o de un escarmiento por parte
de algún vecino fisgón, lo averiguaría en las próximas horas, o en los
próximos días. ¿Y qué pensaba hacer hasta entonces?, se dijo. ¿Esperar
angustiado a que Eugenio se pusiese en contacto con él para comunicarle que
su proyecto era una bazofia infumable? ¿Y mientras tanto que haría? Bajo esa
presión, era imposible escribir una sola palabra. Sin embargo, en lo más
profundo de su fuero interno sabía, o más bien deseaba (todavía albergaba la
esperanza), que todo hubiese sido el resultado de la mofa de algún vecino,
algo de lo que Luis y él se reirían al cabo de unas semanas mientras tomarían
un par de cervezas en el bar de la esquina. ¿Acaso a ti te parece divertido
allanar una vivienda ajena? Seguro que no, ¿verdad?
Pero ese, pensó mientras aplastaba el cigarro en el cenicero y se encendía
otro con manos temblorosas, sería el menor de sus problemas. El auténtico
problema sería recibir noticias de Eugenio. Hacerlo significaría que no existía
ningún vecino justiciero, sino que el verdadero remitente de la carta había
sido el diablo. Y para cuando llegase el momento, creyó que ser sabedor de su
existencia desataría un terror tan intenso y espantoso, que posiblemente su
mente se cortocircuitase y entrase en un coma profundo.
No podía adelantar acontecimientos y contaminar su trabajo hasta echarlo
por la borda, porque el diablo no existe, ¿no es así? En consecuencia, aquella
carta sin franqueo aparecida de la nada tampoco podía existir. Dejó escapar
una sonrisa hueca, desprovista de sentimiento. La lluvia estaba anegando la
bancada de la cocina y, en cierto modo, despertó su sentido del humor, porque
si lo viera Noelia… si lo viera, sus uñas se convertirían en garras y sus
pupilas se alargarían como las de un reptil.
Lo que debía hacer era conservar la calma y actuar como si nada hubiese
sucedido. Esperar a ver cómo se resolvía el incidente, y mientras tanto,
trabajar, no quedaba más opción... si no quería hundirse en un oscuro pozo sin
salida.
Mientras un golpe de viento gélido le azotaba la cara, con un aullido que le
pareció el vulnerable llanto de un bebé atragantado, se vio atropellado por el
recuerdo de lo que había despertado a su hijo en la noche, y durante un eterno
segundo, el vello de su nuca se erizó. Volvió a palpitar en su oído ese rumor,
ese golpeteo incesante que él mismo había escuchado en la pared y que se
asemejaba al débil latido de un corazón. Sin embargo, Noelia ni siquiera se
había molestado en comprobar que lo que aseguraba Javier haber escuchado
fuese real. Sencillamente, había dado por sentado que todo había sido
producto de un sueño, o de su imaginación.
¿Cabía la posibilidad de que la sugestión le hubiese provocado una
alucinación auditiva, o de que el lamento de alguna tubería se hubiese
deslizado en el silencio de la noche por los ladrillos de la pared? No, el
sonido susurrante y rítmico había estado allí, tratando de llamar la atención,
deseando ser escuchado, estaba convencido. No cabía duda de que podría
incluirlo en su novela, se dijo, nada más cercano a la realidad, como solía
defender.
Cerró la ventana, apagó el cigarro cuando aún no había consumido ni la
mitad y se giró en redondo hacia la puerta de la cocina. El perro del piso de
arriba, que se había detenido unos minutos, comenzó a correr de nuevo
clavando sus uñas con fiereza, como si supiera que no había nada más
estimulante que perturbar sin ningún tipo de remordimiento a su vecino de
abajo. Al estruendo de su incesante vaivén se unió la música excesivamente
alta de Jorge, su vecino de al lado, que acababa de conectarla y que
traspasaba sin la menor dificultad la fina pared del pasillo que separaba
ambas viviendas. Un hormigueo de impotencia se formó en su estómago, y
sintió cómo las venas de sus sienes, gruesas como lombrices de tierra,
palpitaban a merced de su creciente ira. ¿Cómo podía mantener así la
concentración? Todo lo contrario, su cabeza podría llegar a explotar como un
globo lleno de agua en cualquier momento.
La puerta. Eso iba a hacer. Salir por ella, cruzar el pasillo y abordar
resuelto la habitación de Javier. Volver a escuchar, volver a pegar el oído a la
pared, cerciorarse y apartar de él ese terror que, de algún modo, estaba
adueñándose de su mente. Comenzó a caminar y sintió las piernas temblorosas,
supuso que el intenso frío que moraba en la casa era la causa, pero también
participaba la inquietud que lo embargaba en esos momentos. Al tiempo que
dejaba atrás la cocina y cruzaba el pasillo, las pisadas del perro restallando
en el techo parecían acompañarlo en el recorrido. Paso a paso, metro a metro.
Se dijo que él mismo estaba sugestionándose, que era él quien estaba llevando
a su mente al borde del precipicio, allí donde, si caía, las sombras etéreas y
herrumbrosas del terror jamás le permitirían regresar.
La estridente y amortiguada música del vecino sosegaba el miedo, pero
también incrementaba su ira. Debía escribir, mantener un cierto grado de
concentración, y en esa casa era imposible. Sintió cómo, por voluntad propia,
se le retorcía el gesto. Cuando desterró esos pensamientos, se vio de pie frente
a la habitación de Javier. Allá al fondo, donde se veía discurrir la lluvia por
los cristales de la ventana, le esperaba la pared. De pronto, como si Jorge
hubiese presentido la sobrecogedora labor a la que se enfrentaba, apagó la
música. El perro de arriba, que había seguido sus pasos, o eso creía, se detuvo
justo por encima de su cabeza, separados ambos tan solo por un bloque de
hormigón. A excepción de algún ruido procedente de las viviendas
colindantes, el silencio era absoluto, espasmódico.
Jaime, con gesto nervioso, tiró hacia atrás su cabello con la palma de sus
manos y, deseando acabar con esa locura cuanto antes, se aproximó a la pared
y acercó la oreja con tanto temor como si lo hiciera a la jaula de los gorilas.
Tras casi un minuto escuchando, mientras se esforzaba por contener la
respiración, sonrió, una sonrisa que manifestaba alivio. Lo único que escuchó
fue una conversación indescifrable de alguna vecina, porque era evidente que
era una voz femenina, puede que de la señora Pilar, o quizá de la Señora
Begoña, su vecina de abajo, y el repiquetear de la lluvia en el exterior. Aquel
extraño latido cadencioso había desaparecido. Sin embargo, pensó, ¿había
sido anoche tan intenso como para despertar a Javier de su sueño? De noche
esta casa es como un cementerio, y los sonidos se multiplican por tres, o por
cuatro. Puede escucharse el cauteloso caminar de una araña por el techo si
te lo propones. Ahí tienes tu respuesta.
Más tranquilo y con una súbita avidez por ponerse a trabajar
aprovechando el repentino silencio, se dirigió a su despacho y encendió el
ordenador. Mientras esperaba una eternidad, y de nuevo se repetía a sí mismo
que debía cambiarlo por uno nuevo cuanto antes, se encendió un cigarro y su
mirada esquivó los ríos de lluvia que se deslizaban graciosamente por el
cristal para acabar su viaje en la ventana del edificio de enfrente. Inhaló una
fuerte calada y, de pronto, los recuerdos se agolparon en su mente. El señor
Pineda, sin duda, conservaba, sin saberlo, ese talento para continuar
escarbando entre sus neuronas hasta hacerlas sangrar. Su volátil presencia,
seguramente, era inducida por la proximidad de las navidades y por la
distancia que Noelia había interpuesto en los últimos días entre ellos dos. En
lo más profundo de su corazón, albergaba la esperanza de que solo fuera eso,
el deseo de Noelia por ver a toda su familia reunida en unas fechas que
invitaban a ello. La Nochebuena de 2007, cuando Javier aún no había
cumplido el año de vida, fue el primer y último día que los padres de Noelia,
tras firmar una tregua (la cual fue implorada por Noelia según supo semanas
más tarde), accedieron a visitar su casa y tratar de comportarse como si nada
hubiese sucedido entre ellos. Solo que para el señor Pineda, y para él mismo,
reunirse en una cena, en la que se predecía un alto grado de tensión contenida,
era como correr una cortina trasparente en la ducha del cuarto de baño.
El nacimiento de Javier había logrado destensar ligeramente la cuerda, al
menos la que unía a Noelia y a sus padres, y aunque él se negaba a torcer su
brazo, sabía que en varias ocasiones (tampoco muchas, que él recordara) se
habían reunido, nunca en su casa, para ver a su nieto. No le parecía mal, y
tampoco se lo reprochó nunca a Noelia, ya que era consciente de que él no
tenía derecho alguno a impedir que Javier conociese a sus abuelos, aunque, si
solo hubiese dependido del lado opuesto, jamás hubiera permitido que los
abuelos conociesen a su nieto. No después de haberse negado a asistir a la
boda de su hija, y menos aún después de no aparecer por el hospital el día del
nacimiento de Javier, porque según su inadmisible versión, el señor Pineda
estaba aquejado de una fuerte migraña. Los ocasionales encuentros, bien en el
parque de la esquina o bien en la terraza de la cafetería de la plaza, desde que
Javier vino a la vida hasta aquella fatídica Nochebuena fueron promovidos,
estaba seguro de ello, por el arrepentimiento. ¿Podía un hombre como el señor
Pineda arrepentirse de sus actos? Jaime se había formulado esa pregunta en
innumerables ocasiones, y siempre llegaba a la misma conclusión: un hombre
de su calaña siempre procede en base a sus propios intereses. Dicho con otras
palabras, es capaz de cocinar a fuego lento su orgullo para luego comérselo
acompañado de una deliciosa guarnición, con el único fin de poder estar cerca
de su nieto.
En aquel mes de diciembre de 2007, época en la que Jaime estaba
ultimando el inesperado contrato con la editorial Solman Hills, la única de la
densa lista en su agenda que se había interesado por sus libros, acogió la
petición de Noelia (cuando se lo comentó, lo hizo con aire distraído y
superficial, como si le estuviese pidiendo que bajase la basura al contenedor)
como una oportunidad para resarcirse con el señor Pineda. La emoción por
ver publicados sus libros y pasear el contrato de la editorial por delante de las
narices de su suegro fue infinitamente superior a las consecuencias que podía
acarrear el compartir una cena con él en su propio terreno. En aquel momento,
en el que su autoestima había coronado la cima, la demoledora frase que le
dedicó el señor Pineda el día en que lo conoció se repitió en su cabeza: deja a
mi hija, invéntate lo que quieras, que has conocido a otra mujer, que eres
maricón, lo que te dé la gana, pero no quiero verte más por aquí, ¿te ha
quedado claro?
Finalmente accedió. Se le pasó por la cabeza mostrar resistencia, quizá un
poco de indignación, pero todo quedó ahí, primero por Noelia, quien también
se merecía una segunda oportunidad, y para ello nada mejor que demostrarle
su apoyo, que por lo que a él respectaba, el trato despectivo que le brindaba el
señor Pineda podía quedar, al menos por esa noche y quién sabe, podría ser un
buen comienzo, en el olvido. Segundo y la más gratificante, por hacerle tragar
sus propias palabras a ese cerdo arrogante. Sí, podía encerrar las palabras del
señor Pineda en una caja con llave en lo más profundo de su mente, pero se
conocía muy bien a sí mismo, y sabía que esa caja estaría forcejeando en su
interior, como si confinara un extraño monstruo de la noche tratando de
escapar, hasta hacer saltar la cerradura.
El brillo en los ojos de Noelia y su franca sonrisa valió la pena. A
excepción del sí que dio al sacerdote que los unió en matrimonio, pensó,
ingenuamente, que era el mejor sí que pudo haber dado desde muchos años
atrás.
Javier, por aquel entonces, todavía no había comenzado a andar, pero al
igual que él, sentado cómodamente en su carrito (detalle de Luis y Carolina
por su nacimiento) junto a la mesa principal colmada de comida y bebida, fue
testigo furtivo del hecho más deplorable y mezquino en el que un hombre
puede incurrir.
El comienzo de la noche superó sus expectativas, y los frecuentes lloros y
arrebatos de Javier por cualquier cosa que no pudiera conseguir, o bien
porque reclamaba una constante atención, eran aplacados con cierta maestría
por Sofía. El señor Pineda solo tuvo palabras de alabanza por el discreto
apartamento donde vivía su hija (al que la había condenado Jaime a vivir),
sin embargo, escrutó, algunas veces más indiscreta que discretamente, cada
rincón, cada habitación que, con aire alegre y comprometido, iba mostrándole
Noelia. Las cervezas (en botellín, Jaime desestimó las latas para esa noche tan
especial) se sucedían una tras otra, y quizá, fue como echar combustible
altamente inflamable al carácter temperamental del señor Pineda.
En la cocina, mientras Noelia preparaba, ayudada por su madre, unas
exquisitas carrilladas de ternera, y cuando era el tercer botellín de cerveza que
abrían el señor Pineda y él, llegó el momento que Jaime había estado
deseando con fervor, el momento por el que, ahora sabía que era así, había
accedido a cenar con sus suegros. No hubo que esperar demasiado y permitió
que toda la responsabilidad cayese sobre el carácter indagador del señor
Pineda, probablemente, pensó mientras las chispas de alcohol ya comenzaban
a germinar en su sangre, para demostrarse a sí mismo que él siempre había
poseído la verdad, que no se equivocaba al calar a la gente y que era capaz de
distinguir a un fracasado a más de quinientos metros de distancia, por mucho
que Noelia se negara a admitirlo. Haciendo gala de su innata astucia, había
elegido, bajo su punto de vista, el momento en que ellos dos se encontraban a
solas en el salón, aprovechando que Noelia y su madre preparaban la cena en
la cocina acompañadas de risas y bromas, como si nada hubiese ocurrido,
como si las migrañas del señor Pineda hubiesen sido reales el día del
nacimiento de Javier. El señor Pineda dio un largo trago a la cerveza, se
aclaró la voz mientras lo atravesaba con su acristalada mirada y lanzó una
pregunta al aire como quien pregunta la hora:
—Bueno, Jaime, cuéntame, ¿has conseguido publicar alguno de tus libros?
Jaime le mantuvo la mirada, esbozando una media sonrisa, y se permitió
observar cómo el señor Pineda cogía una oliva del centro de la mesa, se la
echaba a la boca como un hábil jugador de baloncesto y la masticaba con tal
afán que, aunque hubiese querido, jamás hubiese podido cerrar la boca.
Pudieron haber sido los efectos del alcohol, que a fuego lento iban cociendo
sus pensamientos adentrándolo cada vez más en una euforia incontrolable,
pero al observar sus dientes, blancos como la nieve pura y disonantes con su
piel arada en profundos surcos insalvables, tuvo que contener una explosión
de carcajadas que a buen seguro el señor Pineda hubiese tomado como una
grave ofensa. Después de todo, pensó más tarde, tampoco hubiese estado mal
quebrarle la arrogancia y hacerle tragar, junto a la infortunada oliva, su propio
cinismo.
—Lo cierto… lo cierto es que sí —respondió encogiéndose de hombros y
levantando las palmas de sus manos, como si la respuesta fuese obvia, y por
Dios, que sintió un cálido placer recorrer su cuerpo al hacerlo—,
precisamente estos últimos días estoy cerrando los términos del contrato con
la editorial. Quién lo iba a creer, ¿verdad?
Jaime levantó el botellín de cerveza y le dio un sorbo mientras observaba
con cierta malicia la reacción del señor Pineda. Pensó que no debió de acoger
la noticia con demasiado agrado, porque su sonrisa se esfumó de su rostro
como si repentinamente le hubiese brotado una almorrana en el culo.
—Oh, qué gran noticia. —El señor Pineda guardó silencio, como si
estuviese pensando qué decir, y un gritito complaciente de Javier proveniente
de la cocina lo rasgó como si fuera una fina capa de hielo. La sonrisa volvió al
rostro del señor Pineda, pero no por el gratificante chillido de su nieto, sino
porque parecía haber encontrado la forma de contraatacar. —¿Y qué editorial
es, si se puede saber, claro está?
—Cómo no. Es la editorial Solman Hills. No es muy conocida, pero por
algo hay que empezar, y la verdad es que les estoy muy agra…
—Debes tener cuidado, Jaime —lo interrumpió el señor Pineda, dando a
entender que lo que Jaime pretendía decir no tenía ninguna importancia para
él. Por un ínfimo momento, Jaime había sentido lástima por aquel pobre diablo
que era incapaz de admitir que su hija ya tenía edad más que suficiente para
volar por sí sola, pero ahora solo sentía odio, un odio tan natural que su
entusiasmo se derritió como la nieve en primavera y su sonrisa se desvaneció.
Aunque lo había previsto, aquel hombre lo estaba volviendo a hacer, y en las
horas previas creyó que podría ignorarlo dadas las favorables circunstancias,
pero no, no podía. El señor Pineda continuó desacreditando su enorme labor,
recobrando una falsa sonrisa—. ¿Te has asegurado de que la editorial no se
rija por la coedición? Tengo contactos y sé que no es una forma muy legítima
de tratar a un autor. Bajo mi punto de vista, una editorial arriesga e invierte en
un escritor, como se ha hecho toda la vida. Claro, de esa forma hasta yo podría
escribir un libro, pagándome yo mismo parte de la publicación, ¿no te
parece… Jaime?
Aquellas palabras se enroscaron en su estómago y lo comprimieron hasta
que la cerveza regurgitó por su garganta dejando tras su paso un sabor amargo.
¿Qué quería decir con eso de que él tenía contactos? ¿Significaba que en su
día podía haberle echado una mano, pero había preferido abandonarlo a su
suerte? Sin embargo, lo que más le dolió fue la forma en que había echado por
tierra su trabajo, presumiendo de que él mismo podría escribir un libro
mientras fuese por delante con un cheque en blanco y pagase por su
distribución, como si sus novelas fueran, para él, lo más parecido a un
excremento de vaca secándose al sol en una extensa y verde pradera. Se
preguntó si realmente valía la pena seguir con la conversación, a no ser, por
supuesto, que desease acabar con su autoestima enterrada a diez metros bajo
tierra. Sin embargo, y estuvo seguro de que la culpable fue la cerveza, ya que
de otro modo jamás lo hubiese provocado, se vio a sí mismo pronunciando las
palabras que la parte más sobria de su mente trataban de evitar.
—No, señor Pineda, la editorial no se rige por la coedición. Como usted
dice, es una editorial de las de toda la vida. Además, no se crea que escribir
un libro es tan fácil como la gente cree. Al menos, hay que tener un par de
dedos de frente —replicó tocándose la sien con su dedo índice. A
continuación, dio un sorbo de cerveza. ¿Qué estoy diciendo, Dios mío? Pensó
que el señor Pineda debió de sentirse ofendido, y que iba a objetar su
comentario, pero se sorprendió cuando, por lo visto, ahora sí que estaba
interesado en lo que él tenía que decir. Su ceño se frunció y sus ojos, en los
que Jaime creyó ver chispas de ira chocando contra las lentes de sus gafas, se
clavaron en los suyos. Así pues, escucharía lo que tenía que decirle, vaya que
sí—. La gente cree que con juntar unas cuantas miles de palabras basta. Nada
más lejos de la realidad, la escritura es un arte. Todo comienza por exprimir la
imaginación y crear una buena historia, saber contarla con maestría, aplicar
una buena técnica al escrito y jugar de forma sutil con las figuras literarias,
todo ello, por supuesto, salvaguardado por un exquisito dominio de la
ortografía. —Jaime dio otro sorbo a la cerveza y observó, con cierta
perversidad, cómo el señor Pineda lo escuchaba con una expresión mezcla
entre sorprendida y furiosa. Como guardó silencio, Jaime decidió concluir de
forma breve su alegato. —Créame, señor Pineda, si usted escribiese un libro y
pagase por su publicación, vendería tantos como caben en los dedos de una
mano. Al final, todo cae por su propio peso… ¿no le parece?
El señor Pineda resopló y carraspeó como si aquellas palabras se
hubiesen atascado en su tráquea, se mojó los labios y, cuando se disponía a
replicar a Jaime, la voz de Sofía desde la puerta del salón lo interrumpió.
Llevaba consigo a Javier en su carrito, que lanzó un gracioso gritito cuando
vio a su padre.
—¿Qué estáis, hablando de vuestras cosas? —curioseó sonriendo. Jaime
se preguntó qué cosas podrían tener ellos dos en común que solo fueran suyas.
Observó cómo el señor Pineda giraba lentamente la cabeza hacia ella, sin
mediar palabra, con el rostro tan contraído que parecía que fuese a estallar en
cualquier momento. Ni siquiera la presencia de su nieto, que luchaba con
fervor para hacer saber a todos que estaba allí, mudó su expresión. El
incómodo silencio que se apoderó de la situación obligó a Jaime a decir algo
cordial, lo que fuese.
—Sí, estamos discutiendo sobre libros. ¿Cómo va la cena? ¿Os ayudamos
en algo?
Sofía reparó en la mirada de su marido y su sonrisa desapareció
instantáneamente, volviendo a alisar las arrugas de su piel.
—Noelia te llama —dijo desviando la mirada hacia Jaime—. Quiere que
la ayudes con los langostinos… creo. Yo me vengo aquí, en la cocina hay
demasiado humo para el niño.
Era Perfecto. La mejor forma de librarse del señor Pineda, pensó mientras
lanzaba una gran carcajada en el interior de su mente.
—Voy para allá, descansa un rato, bastante has hecho ya.
Jaime los dejó a solas en el salón y se encargó de los langostinos, de las
tablas de paté y de queso y de preparar los dulces navideños para después de
la cena. Pudo haber tardado unos segundos más, entretenerse con el turrón de
chocolate crujiente que se le resistía y se rompía en varios pedazos, o quizá
palmeando furtivamente el trasero de Noelia durante unos segundos más
mientras esta se reía y le rogaba que ahora no, que sus padres estaban en el
salón (solo él podía percibir el vivo destello en su sonrisa al pensar en la
naturalidad del acontecimiento), pero nada de eso ocurrió y llegó al salón,
sosteniendo entre sus manos una considerable fuente de mejillones, en el
preciso instante en que un sonido sordo, parecido a una palmada enguantada,
se abrió paso hasta sus oídos.
A punto estuvo de dejar caer la fuente de mejillones al suelo. Sofía
ocultaba su rostro entre sus manos, ligeramente arqueada, con el pelo
alborotado cayendo sobre sus hombros. El señor Pineda todavía conservaba
en su brazo la inercia de la bofetada. De su cabello impoluto y bien peinado
descolgaban ahora unos mechones de pelo cano que caían sobre su frente y su
cuerpo se movía al ritmo de su frenética respiración. Su mirada sorprendida se
cruzó con la suya, y en ese momento, Javier, que con ojos desorbitados y
expresión incrédula había contemplado la escena al completo desde el otro
lado de la mesa, rompió a llorar. Sofía retrocedió unos pasos hacia el mueble
del salón, como si temiese volver a ser golpeada, y se incorporó descubriendo
la presencia de Jaime. De su mejilla, enrojecida y en la que todavía se podía
apreciar la sombra blanca de los dedos del señor Pineda, parecía que iban a
brotar llamas en cualquier momento. Esbozó una sonrisa forzada y antinatural,
como si su cara fuera de plástico, y se dirigió a Jaime con una serenidad tan
inusitada, que un escalofrío trepó por su columna vertebral:
—No pasa nada, cariño, no pasa nada. Todo… está bien.
Todo está bien…
Los recuerdos se deshicieron en oscuras hebras hasta quedar tan solo un
desagradable vacío empañando su mente, y se sorprendió observando, absorto
y con los ojos humedecidos, la ventana del edificio de enfrente. La ceniza cayó
al suelo dibujando una endiablada espiral. El escalofrío que subió por su
espina dorsal fue mil veces más intenso que el que la recorrió aquella noche
de navidad e, instintivamente, retrocedió un paso ahogando un grito y dejando
caer la colilla de entre sus dedos. Debió de ocurrir mientras su mente viajaba
en el tiempo, cuando sus ojos estaban cubiertos por una cortina de recuerdos,
pero ahora, tras una lámina de fina lluvia, la persiana estaba ligeramente
subida, agitándose por el viento. Todo lo que llegó a vislumbrar más allá del
rectángulo que había quedado al descubierto fue oscuridad, densa, amenazante.
Debía llamar a Luis.
Ya, sin perder ni un segundo.
24
La lluvia había dado una tregua. Un exiguo rayo de luz se estrelló contra la
ventana e hizo resplandecer con alegres destellos las gotas de lluvia adheridas
al cristal que luchaban con fervor contra la gravedad. Ese momento de
inconmensurable paz que concedía la luz del sol duró apenas unos segundos, y
los nubarrones, de inquietantes tonos blanco y gris, se cerraron sobre la grieta
abierta en el cielo.
Jaime, que sentado a la mesa frente a una taza de café se había visto
embargado por una sensación de sosiego, como si la realidad, la auténtica e
indeformable realidad, se volcase sobre él y todo lo ocurrido hubiese formado
parte de un mal sueño, centró toda su atención en Luis. Este, con mirada
preocupada, pero también cautelosa, lo observaba mientras hacía girar con
cierta parsimonia la cucharilla en su taza de café. Al cabo de un tiempo
indeterminado, cuando consideró minuciosamente lo que Jaime había expuesto
abordado por un estado de nerviosismo como jamás había visto en su amigo,
dio un sorbo al café y se decidió a mostrar su punto de vista:
—Escucha, creo que lo que hicimos allí te ha sugestionado de tal modo
que te ha derretido el cerebro. Ahora mismo no te veo en condiciones de
pensar con claridad, así que ya lo hago yo por ti. —Luis se tomó una breve
pausa, y aunque trataba de imprimir a sus palabras un sutil toque de humor,
aquella situación no le hacia la menor gracia. Jaime lo miró directamente a los
ojos, pero guardó silencio, esperando escuchar algo, lo que fuese por muy
estúpido que pareciese, que truncara la existencia del diablo. Luis continuó.
—Esa carta que dices que apareció en tu buzón, y por cierto, quiero verla en
cuanto acabe de hablar, pienso que ha debido de ser algún vecino de ese
edificio, o incluso puede que del tuyo. Probablemente nos vio y ahora quiere
que te acojones vivo. En cuanto a la persiana subi…
Jaime no le permitió terminar la frase. Lo que acababa de plantear Luis ya
lo había pensado antes y, al menos para él, no tenía explicación.
—Para, para. Esa teoría ya la he valorado y no tiene ningún sentido.
¿Quién, en ese edificio, nos iba a ver, si subimos completamente a oscuras? Y
alguien de mi propio edificio queda descartado. Aunque nos hubiese visto
cruzar la calle y meternos en el edificio de enfrente, ¿cómo iba a saber a
dónde íbamos, lo que íbamos a hacer?
Conforme escuchó su explicación quedó más convencido de la fuerza
irrebatible que adquiría.
—Sí —rebatió Luis—, puede que lo de que sea alguien de tu propio
edificio no tenga sentido, ¿pero y si algún vecino de las viviendas de al lado
nos hubiese oído en mitad de la noche, hubiese esperado a que saliésemos del
portal y te hubiera reconocido cuando entraste en tu edificio? Posiblemente
habría pensado en darte una lección y dejarte una carta haciéndose pasar por
el diablo, porque, Jaime, las cartas no aparecen por sí solas en los buzones,
eso lo tienes claro, ¿no?
—No, no. No me encaja. ¿Cómo sabía entonces lo del diablo?
—Puede que pegase la oreja a la pared y nos escuchase.
—No Luis, no. No me convence. Si algún vecino hubiese escuchado ruidos
en la vivienda vecina deshabitada lo primero que hubiese hecho habría sido
llamar a la policía. Y allí no acudió nadie. Nadie.
Luis dio un trago al café mientras analizaba las palabras de Jaime. Y por
Dios, que tenía razón.
—A ver, enséñame esa carta.
—Vamos a mi despacho, así verás también la persiana medio subida.
—No puedes negar que eso sí que tiene una explicación lógica —dijo Luis
mientras apuraba el café y se levantaba de la mesa—. Puede que el dueño se
haya presentado en su propiedad para airear la casa.
—¿Precisamente hoy?
—¿Y tú qué sabes? ¿Alguna vez te habías fijado en la asiduidad del dueño
en ventilar su propia casa? Lo has visto ahora, cuando sabes que nosotros la
allanamos el viernes por la noche.
Jaime, dubitativo, calló. En eso tenía razón, debía de admitirlo.
Atravesaron el pasillo sin dilación y entraron a su despacho. Jaime abrió el
cajón de su escritorio, rebuscó al fondo de una pila de papeles y extrajo el
rugoso sobre. Solo con sostenerlo en su mano le produjo un escalofrío
doloroso. Alargó su brazo y se lo entregó a Luis.
—Léelo tú mismo.
Luis, que había echado un vistazo furtivo a través de la ventana y
comprobó que Jaime no mentía al ver la persiana del edificio de enfrente
subida a media asta, lo cogió con determinación, lo abrió y sacó la carta que
se hallaba en su interior. La desplegó, la observó con detenimiento y de pronto
su rostro palideció, como si toda la sangre de su cabeza se hubiese bajado
hasta los pies.
—¿Qué? ¿Qué pasa? —quiso saber Jaime, que ahora sentía su corazón
palpitar con celeridad, como si tratase de escapar de su pecho y huir de esa
habitación, que súbitamente los nubarrones habían oscurecido como si hubiese
caído la noche.
—Jaime… esta carta está en blanco.
Luis giró lentamente la carta hacia él, para que pudiera comprobarlo por sí
mismo. De un rápido movimiento Jaime se la arrebató de las manos, la acercó
a su rostro y la escrutó con atención. Sus ojos, incrédulos y asustados,
paseaban la mirada sobre el papel en blanco de un extremo a otro.
—No… no es posible. Te juro por mi vida que aquí habían palabras
manuscritas, hablaban de Eugenio, de que iba a rechazar mi nueva obra. Era
una advertencia… una jodida advertencia. —Desvió la mirada hacia la
ventana, justo en el momento en que la lluvia volvía a caer, esta vez con mucha
más fuerza. —Mira tú mismo la persiana, está subida. ¿La ves?
Luis se acercó al escritor, le pasó el brazo por encima de los hombros y,
con una sonrisa relajada en sus labios y habiendo recuperado el color natural
de su rostro, le habló en un tono tranquilizador.
—Jaime, tío, por un momento me habías asustado. No tienes de qué
preocuparte, creo que la sugestión te ha reblandecido el cerebro más de lo que
imaginaba. Esto, y aquello de allá —dijo señalando a la ventana— demuestra
que fue un vecino, posiblemente alguno de las viviendas de al lado, el que te
ha dejado ese regalito, y que el dueño de la casa se ha presentado para
airearla y quitarle aquel horrible hedor a rancio que se incrustaba en las
narices.
Jaime, que no podía desprenderse de la expresión aterrada y desencajada
de su rostro, consideró la conclusión a la que había llegado Luis, y por un
segundo llegó a creerle, a admitir que todo aquello había sido fruto de su
mente a la vez que de un cúmulo de remotas casualidades. ¿Pero qué
probabilidad había de que el dueño del apartamento se hubiese presentado en
su propiedad para asearla precisamente a los dos días de allanarla ellos? En
efecto, era más factible que un rayo te partiese en dos en mitad de una
tormenta. Mientras sentía el peso del brazo de Luis sobre sus hombros, pensó
en contarle lo que Javier, y después él, habían escuchado en la habitación de
su hijo, pero con ello no haría otra cosa que reafirmar la opinión que Luis
tenía ahora sobre él, sobre todo lo que acababa de acontecer en tan poco
tiempo.
—No sé, Luis —dijo con tono derrotado—, puedes creer lo que quieras.
Solo puedo decirte que en esa carta había una frase escrita, y no creo que mi
mente se haya recalentado tanto como para hacerme ver cosas donde ahora no
las hay. Tú me conoces, me conoces de sobra, y sabes que no acostumbro a
desvariar como un loco recién escapado del manicomio.
—No, colega. Desvariar no, pero tienes que reconocer que tus
excentricidades tampoco son muy normales que digamos. No estuve contigo
cuando te dejaste perder en el monte, pero me juego cien pavos a que tampoco
lo pasaste bien, incluso me atrevo a decirte que tu cabeza también trató de
engañarte en algún momento de tu aventura.
Sí. Luis estaba en lo cierto. Cuando llegó la noche y se atrincheró entre
unos árboles que ofrecían un confortable cobijo hasta que llegase el amanecer,
pensó que jamás había sentido tanto terror, aunque para no dañar seriamente su
orgullo, hubiese preferido omitirlo cuando le preguntaron por la experiencia.
Su mente, contaminada por el argumento de su novela, recreó fielmente
sombras en la noche que lo asediaban, individuos de los que brotaban extraños
tentáculos por sus orificios corporales y que buscaban ávidamente introducirse
por los suyos. En aquel lugar, envuelto por la oscuridad y por la naturaleza
más salvaje, la imaginación batió su mente hasta convertirla en una espesa
papilla, y el terror se tornó tan denso y tangible que por un momento creyó que
enloquecería antes del alba. Podría decirse que lo que estaba ocurriendo ahora
era bastante parecido, una ligera distorsión de la realidad, ¿pero hasta el
extremo de imaginar una frase escrita en una cuartilla aparecida de la nada en
su buzón?
—Felicidades, Luis, acabas de ganar cien pavos. La verdad es que allí
tampoco lo pase demasiado bien. Qué coño, estaba acojonado.
Al fin Jaime logró sonreír, sin embargo, se sintió extraño al hacerlo, como
si fuese algo que no correspondía en absoluto al momento.
—¿Ves? Hazme caso, Jaime —insistió Luis al intuir que estaba logrando
convencerlo. Para ello, le dedicó una de sus mejores sonrisas, la que utilizaba
cuando se sentía ganador—. Estás viendo cosas donde no las hay. Todo, por
extraño e incomprensible que parezca, tiene una explicación en esta vida, en
este mundo, en el universo, todo. ¿Comprendes? Y lo de esta carta, también,
estoy convencido.
—¿Tú crees?
—Claro que lo creo. Ahora, lo que tienes que hacer es olvidarte y
continuar con tu novela. Material no te falta, estoy seguro.
Jaime asintió y, buscando una rápida explicación, llevó su mirada hasta la
ventana de enfrente con la esperanza de ver al dueño pasando la escoba al
suelo del salón.
No, allí no había nadie, solo una enorme boca de oscuridad.
25
Cuando Luis se fue la lluvia seguía cayendo intensa e inagotablemente. Esa
sería la pauta hasta bien entrada la noche. En cierto modo Luis había
conseguido extirpar el terror que sutilmente estaba enquistándole la mente,
pero quizá había sido porque ese fuese el mayor deseo de Jaime, aceptar que
todo lo ocurrido obedecía a un entramado de causas naturales y lógicas, un
espacio seguro donde no había cabida para los hechos inexplicables y
sobrenaturales.
Con la mente más serena y sus ideas más organizadas, esa mañana había
sido de lo más productiva. Abusando demasiado del café y del tabaco, y
dejándose embriagar por el reconfortante sonido de la lluvia, sus dedos
escribieron a una velocidad como jamás hubiera imaginado poder alcanzar.
No hubo nada en el edificio que perturbase su concentración, ni el corretear de
los perros vecinos, ni sus constantes ladridos, ni los aullidos agudos y
prolongados del perro de abajo porque sus dueños lo habían dejado a solas en
casa. Jaime había llegado a una conclusión y la había aceptado como válida:
aquella frase escrita en la nota solo había sido un producto, con un acabado
asombroso, de la sugestión que se había apoderado de él, una muestra de lo
poderosa que puede llegar a ser la mente. Pensar, estar absolutamente
convencido, de que Eugenio no tenía nada que ver en todo aquello, había sido
uno de los principales motivos por el que sus dedos transcribieron a velocidad
vertiginosa todo lo que su mente imaginó sin freno, coordinados ambos como
una máquina perfectamente engrasada y ajustada. Cuando, casi a la hora de
comer, uno de sus engranajes se atascó, como si el duende de la improductivad
hubiese despertado y atravesado una barra herrumbrosa entre ellos, fue cuando
su mente tuvo tiempo de pensar, y esa idea que había estado ocultándose entre
pensamiento y pensamiento surgió súbitamente, afanosa por recibir la atención
que creía merecer.
Jaime se echó hacia atrás en el respaldo de la silla e hizo un amago para
coger un cigarro del paquete sobre la mesa, pero recapacitó y creyó que por el
momento ya había fumado bastante. Con expresión pensativa hizo girar la silla
y, salvando la neblina de humo que flotaba en el despacho, su mirada se
estrelló contra la ventana del edificio de enfrente. Seguía igual, con la
persiana descascarillada a medio subir, descubriendo un rectángulo de
perversa oscuridad.
Eso solo significaba una cosa: si se daba prisa, todavía estaba a tiempo.
26
¿No habría sido mejor llamar a Luis y que lo acompañase? No,
decididamente. Ya lo había involucrado demasiado, y además, era algo que
tenía que solucionar por sí mismo. Al fin y al cabo, había sido su mente la que
había mostrado más debilidad, la que necesitaba con urgencia la descarga de
un desfibrilador mental.
Se levantó precipitadamente de la silla, abrió la ventana para airear el
despacho y se enfundó la chaqueta y, encima de esta, un chubasquero. Corrió
hacia la puerta de entrada, hizo girar la llave sobre la cerradura y,
guardándose el manojo de llaves en el bolsillo lateral, cerró tras de sí sin
preocuparse de volver a echar la llave.
El ascensor, fuera de toda probabilidad, estaba detenido en la planta. Entró
en su interior y pulsó el botón de la planta baja. La caja metálica, con una
violenta sacudida y un chirrido infernal, comenzó el descenso.
El descenso a los infiernos, allí donde mora el diablo, con una salida
secreta para todas y cada una de las viviendas de toda la tierra. Una grieta
en la pared, una puerta mal cerrada, los conductos del aire acondicionado…
todo empieza por un sonido irreconocible, una cadencia monótona, sí, ese es
el primer síntoma, significa que está muy cerca, observando, esperando el
momento oportuno…
Si no quería recaer, más le valía apartar a un lado esos pensamientos, se
dijo mientras veía descender los números de las plantas en el contador
electrónico incrustado en la plancha de metal, encima de la botonera. Cuando
su mente se centró en lo que se había propuesto hacer, el estómago le dio un
vuelco, como si una fría mano de dedos largos y demacrados lo hubiese
oprimido. Debía pensar una excusa, cualquiera con tal de que fuese creíble. El
ascensor llegó a la planta baja con un violento golpetazo y las puertas
metálicas se abrieron con un chirrido quejumbroso. Para entonces, ya creía
tener una. Al otro extremo del patio se veía la lluvia caer tenazmente y
salpicar en los charcos, arropada por una oscuridad inusual para ser cerca de
las dos de la tarde. La silueta de un hombre ataviado con un chubasquero se
adivinaba tras la puerta sesgada por barrotes dispuestos en forma vertical.
Miraba despreocupadamente su teléfono móvil, por lo que dedujo que había
buscado refugio en su portal hasta que la lluvia amainase. Cuando su mano ya
se alargaba hacia el tirador de la puerta, el señor Mateo, su vecino de abajo,
apareció al otro lado plegando el paraguas. Encorvado por la lluvia, buscaba
con afán sus llaves. A su lado, el perro aullador, empapado de agua, agitaba su
pelaje. El chico —cuando se giró hacia el señor Mateo, medio oculto por la
capucha del chubasquero, vio que no tendría más de veinte años— se hizo a un
lado y le dedicó una mirada fruncida al perro. Jaime se apresuró a abrir la
puerta del patio, aunque hubiese dejado de buena gana al perro allí fuera
recibiendo un poco más.
—Adelante, pase usted, señor Mateo.
—Oh, gracias Jaime. Creo que has elegido mal día para salir a dar un
paseo. Yo porque no tengo más remedio, si no fuera por este —dijo el señor
Mateo, con voz rasgada, tirando un poco de la correa del perro para referirse
a él. Este le dedicó una mirada lastimera y se relamió el hocico.
—Vaya que sí. Ha salido un día espantoso.
El señor Mateo cruzó la puerta, y cuando ya comenzaba a caminar hacia el
ascensor se giró hacia Jaime y, con una sonrisa de las que encierra la
sabiduría en una persona mayor, vaticinó:
—Vete acostumbrando. Esta lluvia no nos va a abandonar en mucho
tiempo.
El señor Mateo concluyó su parte meteorológico y siguió su camino
seguido por el perro, tan anciano como él, bajo la atenta mirada de Jaime. Por
su alegre caminar, y por esa sonrisa que todos los perros saben expresar a su
modo, Jaime tuvo la impresión de que el animal ya se veía a salvo de aquella
agua que caía incomprensiblemente desde los cielos, y por un momento, a
pesar de que también se le ocurrió que el señor Mateo podría dejarle al perro
unas horas para enseñarle qué le podría ocurrir cada vez que ladrase, le hizo
gracia. Sonrió. En el fondo se conocía a sí mismo. Aunque sus ladridos y
aullidos lo desquiciaran y rompieran su concentración varias veces a lo largo
del día, sabía que sería incapaz de hacer daño a ningún animal. Él no tenía la
culpa, sino el edificio por su estructura endeble y tabiques tan delgados como
una puerta.
Bien, ahora se trataba de seguir adelante con el plan. Cuando se giró hacia
la puerta se sorprendió cuando vio que el muchacho ya no estaba allí. No
había más tiempo que perder. Cruzó la calle cerciorándose de que no pasara
ningún coche y llegó hasta el patio del otro edificio. La cerradura seguía
estropeada y en su lugar solo había un negro hueco, lo que le hizo pensar que
así se le allanaba el terreno. Miró un segundo atrás. Las esqueléticas ramas de
los árboles se mecían con el viento, y desde la calle, se escuchaba claramente
su siseo, como si tratasen de decir algo. Un río de agua discurría por el asfalto
hasta precipitarse por la boca metálica de la alcantarilla. Aquel muchacho y el
señor Mateo debían de ser las últimas personas que se habían atrevido a
aventurarse en aquel día de perros, porque ahora la calle estaba desierta. Alzó
la mirada y examinó, con gesto contraído, las ventanas de su edificio. Había
sido un gesto involuntario, como si su mente ya supiese que debía controlar
cada elemento de la ecuación.
Empujó la puerta sin más dilación y caminó con dificultad hasta el
ascensor. Su cuerpo estaba temblando, por el frío y por la incertidumbre. Y por
el terror. Ahora que estaba decidido a llamar a la puerta de aquel
apartamento, ese era el sentimiento que acrecentó los latidos de su corazón,
que anudó su estómago y que secó su garganta como si su saliva se hubiese
evaporado. Sin embargo, si quería que todo volviese a su cauce en el interior
de su mente, debía hacerlo. Pulsó el botón del ascensor. Este se iluminó en
rojo dibujando una flecha que apuntaba al suelo. Echó un vistazo al patio
mientras el ahogado sonido del motor del ascensor descendía por el hueco de
las escaleras. Era tan parecido al suyo. Seguramente ambos fueron construidos
en la misma época, incluso por la misma promotora. Chapuzas del norte S.A.
Y un bonito eslogan: Compre barato y viva en un infierno el resto de su vida.
El ascensor se detuvo en la planta baja, con una sacudida similar al suyo.
Entró dentro y pulsó el botón raído con el número 6 grabado en él. El botón
estaba parcialmente chamuscado, como si alguien le hubiese aplicado la llama
de un mechero.
El ascensor cerró sus puertas metálicas con tanto apuro que por un
momento Jaime creyó que iban a quedarse atascadas a medio camino, y
después de una atemorizante convulsión y un chirrido de los cables de
sujeción, inició el ascenso.
El ascenso a la sexta planta.
27
En el transcurso del corto e intenso viaje, Jaime cayó en la cuenta de que
no había pensado en Noelia durante toda la mañana. Ni tampoco en Javier, y
no haber pensado en él le hizo sentir culpable en cierto sentido. Cuando iba
por la quinta planta, fue cuando recordó que esa tarde debía estudiar con él
para el examen de Lengua de mañana. En cuanto a Noelia… en cuanto a ella
prefirió dejarlo como estaba, nadando en una burbuja aletargada, y menos aún
ahora que el ascensor había llegado a la sexta planta y, asediado por un estado
de nerviosismo que parecía encoger su tamaño hasta lo más ínfimo, se
disponía a llamar a la puerta. La puerta del edificio de enfrente. La puerta
donde, gracias a ellos, ahora habitaba el diablo.
Como había supuesto, el timbre no funcionaba. Un hedor a tubería rancia
flotaba en el rellano, y aunque a su derecha había una estrecha ventana que
daba a un patio de luces, la oscuridad de esa lóbrega mañana casi llegaba a
transformarse en penumbra en aquel reducido espacio. Miro a un lado y a otro,
invadido por una sensación extraña de estar siendo observado, y alzando el
titubeante puño, golpeó la puerta, sin mucha fuerza, como si así pudiese evitar
que los vecinos contiguos lo escuchasen. Esperó. Podría decirse, se dijo a sí
mismo, que más que golpear la puerta le había proporcionado una mortecina
caricia. Fijó la mirada en la mirilla de la puerta, con aire nervioso, esperando
que de un momento a otro una sombra se deslizase de izquierda a derecha
hasta ocupar por completo la pequeña y deslustrada lente que se abombaba
sobre la madera. Movía sus piernas arriba y abajo como si se estuviese
orinando y, a pesar del intenso frío, sintió una gota de sudor deslizarse desde
su sien hasta la mandíbula. Esta la notó tensa, apretando los dientes, como si
estuviese soportando un terrible dolor de estómago. Este lo sintió oprimido,
como si se hubiese enroscado accidentalmente en su columna vertebral. Esta
se estremeció cuando sintió una gélida brisa acariciarle la nuca, aun estando la
ventana cerrada.
Su cuerpo reaccionaba a un terror intenso y latente, porque al final de toda
aquella aventura que él mismo había provocado, lo único que deseaba es que
esa puerta se abriese con un hiriente chirrido. Que un hombre andrajoso,
cubierto de una fina capa de polvo y una escoba en la mano apareciese al otro
lado, e intrigado, le preguntase qué era lo que le había impulsado a llamar a su
puerta.
Solo percibió silencio. Un espantoso y sólido silencio que se
entremezclaba con aquella pestilencia nauseabunda hasta formar una atmósfera
opresiva.
Después de unos segundos, golpeó la puerta con más fuerza,
insistentemente. La puerta le devolvió un sonido ahuecado y crepitante, como
si las astillas de su interior se hubiesen encajado unas con otras. Si había
alguien en el interior de la vivienda, sin duda lo habría oído.
La esperanza se difuminó cuando transcurrió más de un minuto y nadie
salió a recibirlo. Lo que quedó en su lugar fue una sensación de ahogo que le
exprimió el aire de los pulmones. Sin embargo, logró, no sin esfuerzo,
controlar su respiración. Aunque no fue consciente, había contemplado esa
posibilidad, y su mente, trabajando en un segundo plano y a espaldas de su
pensamiento principal, había logrado hallar una explicación para tal
contratiempo. Esta era tan simple como que, mientras absorto escribía en su
despacho, el dueño de la casa había hoy dado por finalizada la limpieza y, con
la intención de volver mañana, había dejado la persiana subida. Su cuerpo se
destensó cuando la dio por válida, y además, ratificaba la opinión de Luis:
todo en este mundo tiene una explicación.
Las puertas del ascensor se cerraron repentinamente y, con una violenta
sacudida, se puso en movimiento y bajó a alguna planta inferior. Su corazón, al
borde del colapso, se aceleró, recreando una sensación parecida a tener
fragmentos de hielo en vez de sangre recorriendo sus venas.
Relájate, solo ha sido el ascensor. Pareces un chiquillo, un puto
chiquillo.
Pero, en el fondo de su fuero interno, sabía que tenía motivos para estar
asustado. No. Para estar aterrado, como un conejo acosado por un zorro en una
oscura madriguera sin salida. El siguiente paso, que su mente alternativa ya no
tuvo tiempo de considerar, brilló en su mente, claro, resolutivo. Si el dueño ya
se había ido de la casa, quizá sus vecinos supiesen algo de él. El objetivo, sin
duda, era averiguar algo sobre el propietario de aquella casa, lo que fuese con
tal de que acallase sus pensamientos más perniciosos, porque sin esa idea, sin
ese último peldaño podrido y roído, ya no le quedaba nada. Solo un oscuro y
húmedo pasillo hacia el terror más absoluto, hacia la irremediable aceptación
de la existencia del diablo.
Elaboró una excusa plausible, se mojó los labios resecados por la tensión
y pulsó el timbre de la puerta a su izquierda. La placa metálica de un color
pajizo rezaba ‘Sr. Padilla López y Sra. Aguirre Castillo’. Supuso que sería un
matrimonio de avanzada edad, por el simple hecho de que nadie más figuraba
en la placa, pero, mientras esperaba ansioso a que alguien abriese la puerta,
creyó que era la estupidez más cándida que se le había cruzado por la cabeza.
Escuchó unos pasos al otro lado, lentos y sigilosos, arrastrándose por el
suelo, como si tratasen de pasar inadvertidos, pero sin éxito. Luego, la mirilla
se oscureció. Jaime, con el objetivo de infundir confianza, trató de mostrar una
expresión amistosa, expulsar la tensión que anudaba los rasgos de su cara, y
sorprendido, descubrió que le dolía la mandíbula de tanto apretar los dientes.
Pasaron unos silenciosos segundos, pero la puerta no se abrió. Estaba
convencido de que si decidiese acercar el oído a la hoja de la puerta,
escucharía una respiración pausada, intentado pasar desapercibida. Quien
quiera que fuese, estaba examinándolo a través de la mirilla, aferrándose a la
firme convicción de que su presencia no había sido descubierta. Si no hacía
algo, pensó, esa puerta jamás sería abierta.
—¡Buenos días! —dijo el escritor, alzando la voz, más temblorosa de lo
que habría deseado—. Soy Jaime, un vecino del edificio de enfrente. Perdone
que le moleste, pero quiero hacerle una pregunta sobre el piso vacío de aquí al
lado.
La puerta permaneció cerrada. Jaime estaba valorando llamar a la
siguiente vivienda a su derecha cuando el hosco y metálico sonido de un
cerrojo al descorrerse se escuchó al otro lado de la puerta. A continuación, el
eco de la llave al girar lentamente sobre la cerradura reverberó en el angosto
rellano. La puerta se entreabrió haciendo chirriar las bisagras y por la abertura
Jaime pudo observar el rostro marchito de una anciana estudiándolo con
mirada desconfiada. Llevaba el cabello cano recogido en un moño, lo que
dejaba al descubierto sus ojos vidriosos, de un azul apagado que, en su
juventud, debió de dotarla de una mirada hermosa y penetrante.
—¿Qué desea? —dijo la anciana, con recelo. Su voz temblaba por la edad,
como si sus cuerdas vocales estuvieran enredadas entre sí.
Jaime, tratando de infundir confianza, sonrió. Después de todo, parecía
haber acertado con la edad de los propietarios cuando estudió los nombres
grabados en la placa metálica. Conocía a la mujer de vista y, en cierto modo,
ese hecho lo tranquilizó. En alguna que otra ocasión se había cruzado con ella
por la calle cogida del brazo de su marido, y también en el supermercado
situado a pocas manzanas de allí, pero no sabía si ella lo reconocería.
—Buenos días, disculpe que le moleste. Vivo en el edificio de enfrente,
también en la sexta planta, como usted. Desde mi casa he visto que esta
vivienda —explicó señalando la puerta allanada— está desocupada, y mi
mujer y yo nos preguntábamos si su dueño la tiene puesta a la venta.
Podríamos estar interesados en comprarla, ¿sabe?
Jaime quedó satisfecho consigo mismo cuando logró exponer su mentira
sin titubear, y creyó que fue un acierto incluir, improvisadamente, a Noelia en
ella. Sin duda, abriría la confianza de la mujer, y pareció dar resultado, porque
la anciana abrió al completo la puerta como si su temor hubiese desaparecido.
—¡Amparo! ¿Quién es?
La voz, ronca pero debilitada, de quien dedujo que debía de ser su marido
provino desde el interior de la vivienda.
—¡Es un vecino del edificio de enfrente! —gritó la mujer ladeando
costosa y ligeramente la cabeza hacia atrás— ¡Pregunta por la casa de al lado!
Jaime caricaturizó una sonrisa. Si la pareja de ancianos seguía hablando a
gritos, con toda probabilidad iba a enterarse todo el edificio de su presencia y
de sus falsas intenciones.
—¿Sabe si últimamente ha venido por aquí? Me gustaría hablar con él
personalmente —inquirió. Una pregunta directa y sencilla que podía resolver
sus miedos. O alimentarlos, no te olvides de la otra cara de la moneda.
Durante un eterno segundo la mujer lo escrutó con la mirada, frunciendo el
ceño. En ese interminable segundo, Jaime tuvo tiempo de descartar al
matrimonio como remitente de la carta que había recibido. Sencillamente, no
los veía capaces. ¿Por qué lo examinaba así? ¿Habría escuchado ruidos en el
piso de al lado la noche del viernes, o solo estaba evaluando al que podría
llegar a ser su vecino colindante? Se escuchó un ruido sordo en el interior de
la vivienda y a continuación unos pasos fatigosos que se aproximaban. El
anciano (su marido) apareció por el pasillo en posición encorvada ayudado de
un bastón. Lo cruzaba todo lo rápido que sus viejas piernas le permitían. Sus
gafas, anticuadas y obsoletas, escalaban su nariz al tiempo que arrugaba el
rostro para ver desde el final del pasillo quién había llamado a la puerta.
Mientras el anciano se esforzaba por recortar la distancia, la mujer,
suavizando su gesto, había comenzado a hablar, espoleando sus palabras,
como cualquier anciano haría cuando descubre que todavía puede serle útil a
alguien.
—Usted se refiere al señor Quiroga. Álvaro Quiroga. Es un buen hombre,
sí señor… —La anciana comprimía los labios al hablar, tratando de que la
dentadura postiza no se desprendiese de sus encías, conjeturó Jaime. Cuando
acabó la frase, el anciano llegó a la puerta y paseó su mirada por el escritor.
Sus pobladas cejas formaban un gracioso tejado blanquecino sobre las gafas y
su cuerpo temblaba descontroladamente a merced del Parkinson. Sin
deferencia por su esposa, se hizo hueco en la puerta y continuó la explicación
allí donde ella la había dejado.
—Joven, ese hombre se fue a vivir a Bilbao allá por los 90. Este piso lo
guardaba para su hija, creo que se llamaba… —El hombre se mojó los labios
tratando de recordar.
—Elena —intervino la anciana en cuanto vio ocasión—. Se llamaba
Elena.
—Eso es. Elena. Era una chica preciosa y amable, muy amable. El señor
Quiroga quería dejarle el piso a ella para cuando se casara, aunque todavía no
estaba prometida, ¿sabe? Pero ocurrió una desgracia, la pobre chica murió en
un accidente de tráfico, Dios se la quiso llevar antes de tiempo, y ante los
deseos del Señor, nadie puede hacer nada.
—Una auténtica fatalidad, mire usted. Las carreteras son instrumentos del
diablo —corroboró la anciana, entrelazando sus viejos dedos a la altura de la
cintura.
—¿Pero no viene de vez en cuando a mantener el piso, o manda a algún
servicio de limpieza? —indagó Jaime. Por un momento estuvo a punto de
decir que había visto la persiana subida desde su casa, pero prefirió guardar
ese detalle para sí mismo.
—No, joven. En este piso no ha entrado nadie en muchos años. Si hubiera
venido el señor Quiroga lo habríamos sabido, ya que nos llevábamos muy bien
cuando su familia vivía aquí. Aquellos eran otros tiempos. Cuando Elena
murió, el señor Quiroga y su mujer decidieron cambiar de vivienda, y de
ciudad. Ahora el piso debe de ser un auténtico estercolero, pero eso a nosotros
ni nos va ni nos viene, ¿comprende? Él sabrá lo que se hace con sus
propiedades —El anciano tomó aire y fijó la mirada en Jaime. La anciana
aprovechó la pausa para llevar el peso de la conversación.
—Si usted y su mujer están interesados en comprar este piso, me temo que
lo tienen bien difícil. —El anciano miró a su esposa y asintió apretando los
labios, como dando por sentado que no había solución alguna. —El señor
Quiroga jamás lo alquiló desde que se mudaron, y jamás lo puso a la venta.
Supongo que para él sería como desprenderse definitivamente de Elena. Y en
esas cosas, joven, lo mejor es respetar las decisiones de los demás. —la
anciana esbozó una sonrisa comprensiva y, ladeando la cabeza, observó a
Jaime. —¿Se encuentra usted bien? Lo veo pálido, como si hubiese visto un
fantasma. ¿Quiere que le traiga un vaso de agua?
Era cierto. Jaime sintió cómo la sangre abandonaba súbitamente su cara
hasta quedar dominada por la lividez. El hedor a mueble pasado que provenía
del interior del piso de los ancianos, ahora que lo percibía con una intensidad
especial, estaba revolviendo las ideas que luchaban por sobrevivir en su
mente. La lluvia, que ahora caía con más fuerza, golpeó con insistencia la
ventana del rellano, y este, como si un gran objeto celeste hubiese ocupado
repentinamente el cielo, se oscureció hasta que la pareja de ancianos no fue
más que una silueta formada por sombras. La anciana sacó el brazo y encendió
la luz del rellano, también la de su vestíbulo, al tiempo que un trueno se
desperezaba entre las nubes. ¿En qué posición lo dejaba toda aquella
información? Si nadie, a excepción de ellos dos, había entrado en aquella
vivienda, ¿quién había subido la persiana? ¿Quién había mandado aquella
carta? ¿Se estaba volviendo loco?
Jaime se dio cuenta de que la mujer estaba esperando una respuesta, con
una expresión en su rostro que denotaba preocupación. Solo quedaba la
vivienda a la derecha del piso en cuestión, debía tratar de indagar sobre ella,
apurar todas las posibilidades.
No está todo perdido, aún puede existir una explicación, cálmate, por
Dios, cálmate.
Todo, por extraño e incomprensible que parezca, tiene una explicación
en esta vida. ¿Y si te equivocas, Luis? ¿Y si te equivocas?
—No, señora, gracias. Será la tensión, pero enseguida estaré bien —dijo
con voz entrecortada. Trató de sonreír, pero solo consiguió esbozar una
apática mueca—. Me preguntaba… me preguntaba si la vivienda contigua está
a la venta, a mi mujer y a mí nos daría igual. ¿Saben si vive alguien?
Claro que vivía alguien, se dijo. Aunque no había leído los nombres
impresos en ella, había una placa empotrada en la pared a la altura de los
ojos. Sin embargo, prefirió hacerse el enfermo, o mejor el tonto, para sacar
toda la información que pudiese. Su corazón, latiendo ahora con ímpetu,
devolvió el color sonrojado a sus mejillas.
—No, no —respondió el anciano agitando temblorosamente su mano libre
a modo de desaprobación—. En esa casa vive un matrimonio joven, aunque se
pasan todo el día trabajando. Que nosotros sepamos, no están interesados en
vender su piso, pero claro, eso solo lo pueden saber ellos, aunque como le he
dicho, seguro que ahora no están.
Una esperanza. Aún tengo una pequeña esperanza.
—Entiendo. No quiero robarles más tiempo. Muchas gracias por su
amabilidad y por toda la información que me han proporcionado, mi mujer y
yo tendremos que pensar en otras alternativas.
—Un placer, joven, un placer.
Avanzó unos pasos y, bajo la atenta y complaciente mirada de la pareja de
ancianos, pulsó el botón del ascensor.
28
Desde que Jaime llegó a casa había escrito como si ese frío día de otoño
fuese su último día en la tierra. Cualquier cosa, cualquier cosa menos pensar
en el estrecho margen que quedaba después de hablar con la pareja de
ancianos. Cuando llegó la hora de comer optó por seguir escribiendo, además,
aunque hubiese intentado meterse algo en el cuerpo, su apetito se perdió en
algún lugar del edificio de enfrente.
Cerca de las tres, extenuado, se había echado en el sofá y había intentado
dormir un poco antes de que llegasen Noelia y Javier, sin embargo, su mente
había hecho sus propios planes. Poco después de arrellanarse en el sofá y
cerrar los ojos, afloraron en sus pensamientos todas las posibilidades que, una
a una, habían ido siendo desechadas. Explotaron súbitamente, como si
hubiesen sido reprimidas dentro de una botella de champán y la hubiesen
descorchado sin previo aviso.
La persiana subida no había sido una alucinación. Mientras escribía
confinado en su despacho, al otro lado de la calle, a seis pisos de altura, lo
observaba como un ciclópeo ojo, oscuro y siniestro. Además, Luis también la
había visto. ¿Quién la había subido entonces? La primera incógnita que había
surgido desde lo más oscuro de su mente había sido el principio de un largo
camino de especulaciones. Según el testimonio de los ancianos, el dueño del
piso no lo visitaba desde hacía años (y por el estado deplorable que
presentaba, estaba convencido de que no le habían mentido). Cabía la
posibilidad, había pensado, de que el fuerte viento de los últimos días hubiese
estropeado el mecanismo de la persiana y esta se hubiese enrollado por sí
sola. Podía darla como válida, pero entonces, de aquel oscuro pozo de su
mente, emergía la segunda incógnita que ahogaba su pecho: ¿quién, entonces,
había mandado la carta con aquella vivienda como remitente? Aquella pareja
de ancianos la descartó en cuanto vio su fragilidad, y como única posible
solución quedaban los vecinos de la vivienda de al lado. Desconocía quiénes
eran, y con la oscuridad en la que se movieron el viernes por la noche, dudaba
mucho de que ellos lo hubieran podido reconocer.
Sin embargo, había un hecho que todavía lo descolocaba más si cabía:
¿cómo podía haberse borrado la frase que leyó (y que no dudó ni un segundo
de que provenía del diablo) al recibirla cuando fue a mostrársela a Luis? No
tenía sentido, y no había sido producto de la sugestión, como pretendía hacerle
creer Luis. La había leído, vaya que sí, ni Luis ni nadie podrían convencerlo
de lo contrario.
El sueño jamás había llegado y, finalmente, cuando su mente divagaba sin
control entre lo natural y lo sobrenatural, había aceptado como una posibilidad
más que el ritual de invocación al diablo podía haber dado resultado. A pesar
de que utilizaron velas blancas. A pesar de que cuando finalizó, nada ni nadie
apareció entre fuegos fatuos, exceptuando el silencio sepulcral cuando sus
voces enmudecieron al unísono.
Jaime desistió de su descanso y se levantó cerca de las cinco y media.
Aletargado, hizo un rápido repaso al calendario escolar de Javier, aunque fue
mucho más efectivo recordar a qué día estaba. Era lunes, y los únicos días de
la semana que Javier tenía extraescolares eran los martes y los jueves, que
acudía a clases de inglés en una academia a dos manzanas del colegio. Noelia
y Javier, pues, no tardarían en llegar.
Fue al baño, orinó, y echó un vistazo al espejo para ver qué aspecto
presentaba. Por la oscuridad de su piel, unas ojeras amenazaban con formarse
bajo sus ojos. La incipiente barba comenzaba a oscurecer su mentón, moteada
por fortuitos puntos blancos, y su cabello alborotado se levantaba por la
coronilla, como si un enorme bulto en su cabeza lo empujara hacia arriba. No
tenía ganas de afeitarse, ni de peinarse. Supuso que a esas alturas, Noelia ya
estaba más que acostumbrada a verlo así, sobre todo cuando, dominado por el
éxtasis, se aproximaba al final de una novela, y sí, debía admitirlo, se dejaba
abandonar un poco. ¿Pero al principio de un proyecto? Nunca se había sentido
así, y lo que ahora lo embargaba era una apatía desmesurada.
Había sido un fin de semana intenso. Solo era el cansancio, nada más. No
había que darle más importancia. ¿O sí?
Sonriendo, negó con la cabeza, apagó la luz del baño y buscó el calor del
salón. En cuanto se sentó en el sofá, el teléfono fijo situado en una mesita
auxiliar entre la ventana y el sofá sonó. Extrañado, se preguntó cuándo fue la
última vez que lo hizo. Si alguien quería ponerse en contacto con ellos, lo
hacía a través de los teléfonos móviles, así pues, el teléfono fijo era
prácticamente un aparato inservible que mantenían porque entraba dentro de la
cuota mensual de la compañía telefónica.
Lo observó durante unos segundos con la esperanza de que, quien fuera el
que llamara, no tardase en colgar por aburrimiento. Al séptimo timbre
descolgó de mala gana. Si alguien intenta venderme algo, pensó profundamente
irritado, colgaré sin más. Tajante.
—¿Diga?
Silencio.
—¿Dígame, me oye?
Al otro extremo de la línea alguien colgó.
29
—¿Cómo le ha ido hoy en el cole a mi campeón?
Javier, que había entrado con temor al salón, corrió hacia su padre cuando
vio una amplia sonrisa reflejada en su rostro. Jaime lo recibió estrechándolo
entre sus brazos.
—¡Papá!
Noelia entró tras él y dejó las llaves sobre la mesa.
—Hola, cariño —dijo con tono derrotado, y desapareció por el pasillo.
Jaime acababa de enfrentarse al temor que había fustigado su mente en los
últimos cinco minutos. El desenlace, todo lo contrario a lo que había deseado,
fue un encuentro frío y esquivo. Sintió que su gesto se endurecía, pero delante
de Javier no podía volver a cometer el mismo error de esa mañana. Separó a
su hijo de sus brazos y se obligó a sonreír.
—Bueno, qué. Cuéntame qué has hecho en el colegio.
Javier inclinó levemente la cabeza y le dedicó una mirada cariacontecida.
—¿Ya no estás enfadado conmigo?
Su tono de voz fue tan dulzón a la vez que vulnerable que Jaime fue
recorrido por una repentina ola de culpabilidad. Su hijo era de los que no
olvidan fácilmente una reprimenda, y por lo que acababa de escuchar, su grito
severo y desproporcionado lo había acompañado durante todo el día y,
conociéndolo como solo un padre puede conocer a su hijo, probablemente lo
habría pasado tristón y lloroso.
—No, cariño. No estoy enfadado contigo —dijo Jaime, apartándole a
Javier el flequillo de la frente—. Perdóname, nunca debí gritarte así. ¿Sabes?
Hay veces en que uno se despierta con el pie izquierdo y suele pagarlo con
quien más quiere.
Javier torció el gesto y dejó escapar una débil sonrisa. Por el brillo de sus
ojos, Jaime supo que estaba conteniendo el llanto, una mezcla de sentimientos
entre felicidad y tristeza.
—Papá, ¿qué significa levantarse con el pie izquierdo?
Jaime sonrió.
—Pues significa que desde el momento en que uno se levanta de la cama
todo le sale mal, o que se despierta enfadado sin saber por qué. Eso es lo que
a mí me ha pasado esta mañana. Puede que haya sido un mal sueño, o que no
he descansado lo suficiente, no lo sé, pero cuando me he despertado estaba
enfadado sin motivo, y sin quererlo lo he pagado contigo. Pero te prometo que
nunca más lo haré. ¿De acuerdo?
Mientes más que hablas. Claro que sabías el motivo, por supuesto que lo
sabías.
—¿Un mal sueño es como una pesadilla? —inquirió Javier.
El sonido de la cisterna del cuarto de baño al descargarse se escuchó
proveniente del pasillo. Jaime desvió un segundo la mirada hacia la puerta y
luego volvió a fijarla en Javier.
—Sí, una pesadilla en toda regla.
—¿Tuviste anoche una pesadilla? —quiso saber Javier, mudando su
expresión hasta la inquietud. El brillo acuoso de sus ojos había desaparecido
parcialmente.
—Sí, creo que sí. Pero ya no me acuerdo de ella, de hecho, sé
perfectamente que cuando he despertado esta mañana se había evaporado…
como el humo. —Jaime hizo un gesto gracioso agitando los dedos de su mano
con la esperanza de arrancarle una sonrisa a Javier, pero este no sonrió. La
duda asomó a sus labios, como si temiese contarle un terrible secreto a su
padre. Jaime, que conocía esas dudas en su hijo, esperó enmudecido hasta que
Javier finalmente se decidió a hablar.
—Yo también tuve una pesadilla anoche.
Ya está. Ya lo había dicho. Tampoco era tan grave.
—¿Sí? —preguntó fingiendo sorpresa. ¿Qué había de extraño en que un
niño de su edad tuviese una pesadilla, y más después de la desapacible noche
que había pasado, y ya sea dicho de paso, que lo había arrastrado a él mismo
en esa noche como una locomotora arrastra tras de sí el negro humo que
desprende por la chimenea?—. ¿Y te acuerdas de qué trataba, tuvo algo que
ver con lo que pasó en tu dormitorio?
Jaime no supo si había actuado con toda la delicadeza que la situación
requería, pero creyó que Javier ya comenzaba a ser lo suficientemente mayor
como para hacerle frente a sus miedos y descubrir que, después de todo, esos
miedos solo habitaban en su cabeza.
¿Tú te escuchas, escritor de pacotilla? ¿Por qué no te aplicas el cuento
a ti mismo y te dejas de gilipolleces?
—Más o menos. Me acuerdo de que se escuchaban ruidos en la pared,
pero no era en mi habitación. Era en otra, y era muy rara, me daba miedo. No
tenía puertas, solo una ventana, y la habitación estaba sucia, muy sucia… y
solo había un sofá en el medio, viejo, lleno de polvo. No recuerdo más, papá.
Creo que me desperté y me volví a dormir enseguida.
Su corazón enredó el ritmo de sus latidos y sintió en su estómago como si
una enorme bola de fuego hubiese prendido súbitamente. Luego, ese calor
ascendió por su esófago hasta resecar su boca. Trató de conservar la calma,
incapaz de creer lo que estaba escuchando de su hijo, e indagó un poco más,
simulando sorpresa.
—Vaya, sí que parecía una mala pesadilla. ¿Y qué más recuerdas? Venga,
cariño, haz memoria. Ya sabes lo que siempre te digo, si cuentas las
pesadillas, luego tu mente hace que no vuelvan a repetirse.
Javier miró a un lado, luego al otro, tratando de recordar.
—No sé, estaba muy oscuro, por la ventana no se veía nada, como si fuera
de noche, y por las paredes había como venas secas, negras.
Jaime cerró los ojos por un instante, sin poder evitarlo, y notó cómo su
mente se nublaba igual que el día. Por Dios, era la misma pesadilla que tuvo él
días antes, pensó aterrado. ¿Cómo era posible? ¿Qué posibilidades existían de
que Javier hubiese soñado con la misma habitación? Infinitas, era más
probable que un meteorito surcase el cielo y aterrizara en mitad de su cabeza.
Escuchó abrirse la puerta del cuarto de baño y a continuación los tacones
de Noelia cruzar el pasillo. Entró en el salón y, al menos, se acercó y le dio un
fugaz beso en los labios. Estaba convencido de que, si Noelia aguzaba el oído,
podría escuchar los latidos de su corazón hirviendo en su pecho.
—¿Cómo estás, cariño? —preguntó Noelia, sin mucho interés, al modo de
ver de Jaime—. ¿Has escrito mucho hoy?
—Hola, cielo. La verdad es que hoy ha sido un día espléndido. Esta
mañana he escrito más de dos mil palabras, un poco más y se me fríe el
cerebro. —¿Acaso no se lo acababa de freír Javier? se dijo, con un terror
gélido envolviéndole el corazón.
Noelia acarició el cabello de Javier y dibujó una media sonrisa que a
Jaime se le antojó condescendiente.
—Vaya, son muchas para una mañana, me alegro de que estés tan centrado
en tu trabajo. ¿Y estás satisfecho con lo que has escrito?
Jaime la observó detenidamente. Por su expresión distraída, tuvo la
sensación de que Noelia había lanzado aquella pregunta sin el mínimo interés
por la respuesta, como si esa conversación fuera un mero trámite entre un
matrimonio que hubiera que pasar forzosamente cuando no se habían visto
durante todo el día.
—No he leído el resultado final todavía, pero creo que sí, es, no sé cómo
explicártelo, como si la novela formara parte de mí y simplemente hubiera de
escribirla sin que me cueste mucho esfuerzo. Como si copiara el texto de mi
cabeza, eso es.
—Ah, muy bien, así parece mucho más fácil.
¿Así parece mucho más fácil? Jaime, por un ínfimo instante, logró
desprenderse de la pesadilla común que habían sufrido Javier y él. ¿Dónde
estaba la emoción y la alegría que mostró Noelia la semana pasada cuando le
habló de su nuevo proyecto? Sabía lo importante que era, y que seguía siendo
para ellos, para su futuro, y ahora tenía la sensación de estar hablando con una
desconocida, o al menos con una Noelia totalmente distinta. De pronto, ya no
le apetecía seguir manteniendo una conversación con ella, y de nuevo, afloró
esa actitud camaleónica que se apoderaba de él sin ser consciente de ello.
Se inclinó en el sofá y se dirigió a Javier.
—Bueno, tendremos que preparar el examen de mañana, ¿no te parece,
muchachito? Te preparo la merienda mientras tu madre desconecta del trabajo
y empezamos.
—¡Vale, papá! Leche y galletas, por favor. De esas redondas.
Noelia, con una lenta caída de párpados, pareció dar las gracias porque la
conversación finalizara ahí mismo.
—Te lo agradezco, cariño. Si no te importa, voy a darme una ducha, estoy
agotada.
—Claro, claro. Relájate. Ya me encargo yo de todo.
Menos de mantener mi cabeza cuerda.
Cuando Noelia despareció por la puerta del salón, Jaime cayó en la cuenta
de que no le había preguntado a Noelia por su día, ni tampoco si se había
vendido algún libro suyo. Aunque conocer las ventas de sus novelas en la
tienda de Noelia era algo intrascendente, para él era como un pequeño vicio,
algo que le gustaba saber cada día, como si fuera un pequeño termómetro que
marcaba una resumida muestra de sus ventas globales del día. Se dijo a sí
mismo que luego se lo preguntaría. Ahora, Javier requería su atención.
30
Padre e hijo se habían encerrado en la fría habitación de este último para
abordar los artículos determinados y los indeterminados, una letanía de
vocabulario obligado y las reglas de acentuación. Durante tres cuartos de hora,
ya que a Javier no le hizo falta más tiempo porque se sabía la materia bastante
bien, estuvieron repasando los temas, y durante todo ese tiempo Jaime estuvo
tan pendiente de Javier como de los sonidos que provenían del edificio.
La lluvia había cesado, pero cuando cayó la noche, el fuerte viento seguía
presente, aullando y silbando como si fueran voces, voces de personas
muertas, fue lo que pensó Jaime.
Faltaban diez minutos para las siete, y Jaime decidió trabajar un poco más
antes de la hora de cenar. La personalidad de uno de los protagonistas no le
convencía, y quería repasar el efecto final antes de que fuera demasiado tarde
y en un futuro tuviera que cambiar toda la novela.
Salió de la habitación de Javier mientras este, sin perder ni un solo
segundo, ya estaba encendiendo la tablet acurrucado en la cama, con una manta
de spider-man cubriéndole hasta el pecho. No habían vuelto a tocar el tema de
la pesadilla, aun sin podérsela quitar de la cabeza, pero se había propuesto
mantener una férrea vigilancia sobre Javier sin que él se viese afectado y
tratando de no despertar en su hijo un temor innecesario, dando uso de una
sutil indagación.
Cuando cerró la puerta, la palabra trabajar se clavó en su mente como un
dardo envenenado. Sí, lo que hacía era trabajar, muchas más horas que Noelia,
todos los días de la semana, sin embargo, lo invadió esa sensación que
detestaba, pero que siempre estaba presente, en mayor o en menor grado, para
restregar su autoestima por el fango. ¿De qué servía todo el esfuerzo? Si
cobrase por horas, sin duda su cuenta corriente sería ahora mucho más
abultada, pero no era el caso, ni tan siquiera se aproximaba. Era la sensación
de estar perdiendo el tiempo (mucho tiempo, de hecho) en algo que no se
traducía en lo que la vida cotidiana esperaba de él. La verdadera cuestión que
lo atormentaba era: ¿de verdad valía la pena todo el tiempo que pasaba
encerrado en su despacho por mil euros al mes, si es que llegaba a alcanzar
esa cifra? Sí, tenía claro que disfrutaba con ello y que era su pasión, pero
había veces en la vida en las que había que elegir si vivir con pasión o vivir
con dignidad.
Como la mayoría de veces en que se dejaba dominar por ese pensamiento,
se dijo a sí mismo que si el libro que tenía entre manos no lograba auparlo
aunque solo fuera un peldaño, sería el último que escribiría. Buscaría otro
trabajo, en lo que fuera, dando clases, como mozo de almacén, cualquier cosa
sería más provechosa. O quizá podría pedirle trabajo al señor Pineda, y este
no podría negarse, aunque solo fuera por el bien de su nieto. Sonrió
amargamente. Por nada del mundo trabajaría en la que fue la empresa de su
suegro, antes preferiría mendigar por las calles, acomodado en la puerta de un
supermercado, o limpiando cristales en un semáforo concurrido.
Mientras cruzaba el pasillo procuró librarse de ese insano pensamiento
como siempre había hecho: avivando la esperanza, por mucho que esta fuese
cada vez más estrecha. Pasó por delante del salón. En el pasillo hacía un frío
de mil demonios. Abrió la puerta y se dirigió a Noelia que, con la televisión
encendida y a la que no prestaba la mínima atención, jugueteaba con su
teléfono móvil. Hablar, eso es lo que está haciendo. Está hablando con
alguien.
—Voy a trabajar un poco más, cielo. ¿Necesitas algo?
—Oh, perfecto, nada. Aquí estoy calentita, ¿qué más puedo pedir? —Hizo
una leve pausa, como si no supiera qué más decir. —¿Cómo ha ido el estudio
con Javi?
—Perfecto, se lo sabe todo muy bien. Yo creo que hará un examen de diez.
—Tenemos un hijo muy listo —afirmó Noelia, y sonrió.
Jaime sonrió también y cerró la puerta. El perro del piso de arriba había
comenzado a correr por toda la casa después de estar, supuso, durmiendo una
siesta como solo un perro es capaz de dormir. Giró por el pasillo, aunque
antes de entrar en su despacho sintió que las tripas le rugían como si un
zoológico se hubiese formado dentro de él. Fue entonces cuando recordó que
no había comido nada en todo el día. Decidió pasar primero por la cocina y
allí se cortó un trozo de pan y le metió un par de lonchas de jamón.
Cuando se encerró en su despacho, su mirada se vio atraída por la ventana
de enfrente. Allí, a pocos metros, seguía abierta, oscura, imponente. Por
primera vez, advirtió que las ventanas colindantes estaban iluminadas. Debían
de ser la pareja de ancianos y la familia a la que se refirieron. ¿Quiénes
serían?
Al tiempo que daba un bocado al pan, se preguntó si no era ya suficiente,
si lo mejor no sería dejarlo correr y no volver a pisar aquel edificio en su
vida. Sin embargo, por otro lado la curiosidad y el terror le instaban a obrar
de forma distinta. Le decían una y otra vez que debía averiguar quiénes eran y
si cabía la posibilidad de que hubiesen sido ellos los que habían mandado
aquella carta sin remitente, porque si no habían sido ellos, oscura y
delirantemente, se habían agotado todos los candidatos, excepto uno. Uno.
Su cuerpo se dirigió, como guiado por una fuerza sobrenatural, hacia el
cajón donde guardaba la carta. Mientras lo abría, sintió cómo la comida
masticada en su boca se negaba a traspasar la garganta. Abrió el cajón,
rebuscó entre los papeles y sacó la carta como quien saca a un ratón de su
jaula. Con cierto temor, esperaba que la frase que había en ella escrita, y que
Luis nunca llegó a ver, hubiese reaparecido como por arte de magia, pero el
contenido estaba en blanco, como si después de haber cometido la misión de
grabarse a fuego en su mente, hubiese desaparecido para no dejar rastro, algo
parecido a deshazte del cadáver antes de que las pruebas echen a la policía
encima tuyo. Por un momento se sintió confuso y se preguntó si quizá sí que
fue la maldita sugestión la encargada de hacerle ver cosas donde no las había,
una especie de advertencia para chillarle al oído que con el diablo no se
juega.
Desde luego que había aprendido la lección, pensó sin apartar la mirada
de aquella cuartilla en blanco, sintiendo de pronto cómo el cansancio
acumulado del largo día se adueñaba de su cuerpo.
Echó un vistazo al montón de papeles que atestaba el cajón. La esquina de
la hoja en donde escribió las frases de invocación asomaba entre un bloque de
sobres abiertos. Dejó la carta sobre la mesa y lo sacó cuidadosamente. Su
mente dijo que no, pero sus ojos ya habían comenzado a leer las seis frases,
una por una, despacio, asimilando cada palabra.
'Belcebú, súbdito de Dios Todopoderoso, ven a nosotros, muéstrate tal y
como eres'
Después de leer la última oración, se arrepintió de haber sido tan osado.
Aunque no creyese en el diablo, algo que ahora no tenía tan claro, jamás debía
haber escrito una oración con tintes provocativos. Arrepentido, no pudo evitar
que su columna vertebral se estremeciera. ¿Habría despertado algo aquella
frase?
Negó con la cabeza incapaz de imaginar una cosa así y volvió a guardar la
hoja con las oraciones y la carta al fondo del cajón. A continuación, lo cerró
con la férrea intención de no volver a abrirlo en mucho tiempo.
La puerta del despacho se abrió de pronto. Noelia asomó levemente la
cabeza. Jaime se giró con brusquedad, con una expresión en su rostro capaz de
inocular el terror a quien le mantuviera la mirada. Si hubiera irrumpido en el
despacho un minuto antes, lo habría sorprendido con las hojas en las manos y,
bajo ningún concepto, quería que Noelia descubriese lo que habían hecho Luis
y él. Un sentimiento de cólera nació en él como una sombra deslizándose
sigilosamente entre sus pensamientos, luego, con la misma fugacidad con la
que había aparecido, se difuminó. El único vestigio que quedó de ese
sentimiento fue una dócil cuestión que martilleó su cerebro, sin pausa,
rítmicamente: ¿por qué cojones tenía que interrumpirlo cuando se disponía a
trabajar?
—Perdona que te moleste —susurró Noelia. Luego, después de ver los
ojos dilatados de Jaime, preguntó—: ¿Estás bien? Tranquilo, solo soy yo,
parece que hayas visto un fantasma.
—Adelante, pasa cariño —dijo Jaime, relajando sus facciones y fingiendo
una sonrisa que supuso que no engañaría a nadie, y menos a Noelia—. No es
nada, solo que me has dado un susto de muerte.
De muerte.
Noelia le devolvió la sonrisa, artificial y frígida sin desearlo, pero
tampoco ella consiguió engañar a Jaime. Resultado al final del partido: empate
a uno.
—Ahora que estamos solos, quería decirte que habrá que ir mirando los
regalos de Javi para Navidad —susurró. Si querías mantener algo en secreto
en aquella casa, había que susurrarlo—. Acabo de hablar con Carolina y me
ha dicho que en la tienda de juegos de la avenida tienen la videoconsola que
quiere con un cinco por ciento de descuento hasta final de mes.
Jaime consideró la sugerencia de Noelia por un segundo. Los regalos que
pedía Javier, como cualquier niño, no eran baratos, precisamente. La
videoconsola que ansiaba, y por la que sería capaz de estar comiendo
verduras durante un mes, costaba trescientos euros. Cuando pensó en la cifra,
su estómago se revolvió. Sin embargo, obviar el deseo más inocente de su hijo
(su único hijo) porque para su ajustada economía era un regalo excesivamente
costoso, era algo que ni él, ni Noelia, se habían planteado, ni siquiera
mencionado con expresa sutileza. Su mente, trabajando ahora al doscientos por
ciento, hizo un apresurado repaso a la familia que podía reunir el matrimonio,
y fue tan fugaz y volátil, que solo tuvo que emplear para tal labor escasos
segundos, mientras Noelia lo observaba, impaciente, esperando su respuesta
respecto a la maldita videoconsola. Noelia era hija única. Él tenía un hermano
dos años mayor, Jorge Murillo, con quien mantenía una relación, literalmente,
inexistente. Su mente viajó a la velocidad de la luz hacia un pasado no
demasiado lejano. Como una ajustada máquina del tiempo, se detuvo doce
años atrás, cuando su madre, quien siempre había gozado de buena salud,
murió de un ataque al corazón cuando luchaba con fervor contra una súbita
tormenta de verano para evitar que el fuerte viento que se había levantado no
arrancara los toldos desplegados, y que se agitaban con violencia, en la
amplia terraza de su casa. En algún momento durante el desaforado esfuerzo se
le fracturó el corazón, al igual que una fina capa de hielo a finales de invierno,
y se detuvo definitivamente una semana después, en una fría habitación de la
UCI, en el Hospital Universitario 12 de Octubre.
En cuanto a su padre… nunca pudo superar la muerte de su esposa. Su
corazón, como una perversa y maquiavélica metáfora escrita por la muerte, se
rompió el día en que su esposa falleció. La soledad y el pesar se encargaron
de apretar la soga, y dos años después, un domingo como otro cualquiera en
que Jaime solía acudir a visitarlo para comer con él y brindarle un poco de
compañía, lo encontró sin vida sentado en el sofá frente a la televisión, con
una lata de cerveza derramada sobre sus piernas, con la boca desencajada y la
mirada vacua fingiendo prestar atención a un documental sobre la fauna en la
sabana africana. Para Jaime fue el primer (y único, al menos hasta la fecha)
cadáver que presenciaba en su vida, pero que este fuera el de su padre fue una
aterradora experiencia que se soldó a los archivos de su memoria. Durante los
siguientes cuatro meses fue asediado por interminables pesadillas donde, en la
mayoría de ellas, su padre, consumido por la muerte y rígido como una lápida,
cobraba vida repentinamente, inspirando un aliento sibilante e interminable.
Luego, mientras sus huesos crujían y luchaban por encajarse unos con otros, lo
escrutaba con mirada desorbitada, con una membrana blanquecina cubriendo
sus ojos (la eterna niebla, pensaba/soñaba siempre), confiriendo a su
demacrado rostro una expresión estremecedora, y a continuación, entre
chillidos ininteligibles que se embarullaban obscenamente con los chasquidos
de su mandíbula agarrotada, lo acusaba de su muerte por haberlo dejado solo.
Solo.
Solo en aquella casa, impregnada de recuerdos tan felices en su día como
dolorosos en el presente. Su mujer, hermosa y fascinante, cocinando la comida
especial de los domingos, mientras él corretea riendo y gruñendo tras sus dos
hijos por toda la casa. Arropando a Jaime los días de tormenta y
convenciéndole de que papá está allí, y mientras eso sea así, nada malo le
sucederá. Enseñándole a hacer el nudo de los zapatos, a cortar la carne con
cuchillo y tenedor.
—Jaime, ¿me estás escuchando lo que te digo? —dijo Noelia, con
expresión desconcertada.
Jaime pareció despertar de un sueño. Por un momento, mucho más amplio
de lo que creía, se había dejado embargar por los recuerdos. Tristes y
acusadores recuerdos. Al final del fugaz recorrido por su memoria los únicos
que quedaban para poder echarles un cable eran sus suegros, lo que equivalía
a decir que no les quedaba a nadie. Suspiró profunda y angustiosamente
cuando acabó admitiendo que debían ser solo ellos los que soportaran el
terrible mordisco en la cuenta corriente que todos los años les asestaba las
navidades.
—Sí, sí. Me parece bien —respondió, aunque tuvo la sensación de que sus
palabras flotaban sin control por su despacho—. Si podemos ahorrar algo de
dinero bienvenido sea, y cuanto antes la compremos, más barata saldrá.
Noelia le mantuvo la mirada un instante, estudiando el repentino acceso de
desconcierto de su marido, como si dudase de si realmente Jaime había
asimilado la idea.
—¿Te encargas tú de comprarla entonces?
—Sí, yo me encargo de todo —dijo Jaime. Para entonces, ya había
recobrado la luz en su mirada y la firmeza en sus palabras.
—Recuerda, solo hasta finales de mes.
—Captado. Iré esta semana sin falta —sentenció Jaime—. ¿Compro el
resto de regalos allí también y lo financiamos en seis meses? —Dios mío, seis
meses pagando una letra de a saber cuánto.
—Es la única manera de hacerle frente, ¿no? —dijo Noelia con expresión
cansada, aunque Jaime no supo discernir si lo estaba por el trabajo o por la
insostenible situación económica que atravesaban. De pronto sintió que debía
justificarse ante ella, aunque solo fuera por intentar cambiar aquella expresión
en su mujer que alentaba su sentimiento de culpa.
—Te prometo que las cosas van a cambiar. Esta novela tiene que ser
nuestro trampolín hacia una vida mejor, estoy convencido —dijo sonriendo,
aunque, después de todo, fuese una sonrisa desesperanzada. Noelia le
devolvió la sonrisa.
—Estoy segura de que sí —Noelia hizo una pausa y añadió—: Anda,
enciéndete la estufa o te vas a congelar aquí dentro. Te dejo que sigas
trabajando.
Noelia salió del despacho y cerró muy despacio la puerta tras de sí. Jaime,
inmóvil junto a la mesa de su despacho, detectó algo en su mujer. No sabía
todavía lo que era, pero no era nada bueno. Mientras afuera comenzaba a
llover de nuevo, un pensamiento se plasmó en su mente hasta que este fue
difuminándose poco a poco, como un destello en la retina, hasta desaparecer
por completo:
Confía en mí, por favor.
31
La lluvia cobró más intensidad cerca de las diez de la noche. El cielo, tan
opaco que daba la sensación de no existir ni de haber existido nunca,
arrastraba consigo la oscuridad hasta la carretera M-823. Desde las alturas
podía verse claramente cómo los faros de un coche avanzaban despacio
siguiendo el perfil de la carretera.
El conductor, Arturo Cisneros, comercial de Suministros para las Artes
Gráficas SGT S.L., se aferraba al volante de su Audi A4, casi rozando su
rollizo pecho contra el volante, con la inquietante sensación de que en
cualquier momento perdería de vista la carretera y acabaría siniestrado en la
cuneta, o peor aún, empotrado contra alguno de los pocos árboles que la
flanqueaban.
Soltó un segundo el volante y se subió las gafas que se escurrían
sigilosamente por el puente de su nariz. Arturo detestaba conducir bajo la
lluvia, y más aún cuando no conocía la carretera. Al tiempo que en la Cadena
Ser se preparaban para emitir un avance informativo, su mente divagaba entre
lo que podría sucederle para con la empresa si finalmente acababa sufriendo
un accidente. Y todo dependía, naturalmente, del estado en que quedara el
coche. El estado en quedara él, bajo su punto de vista, sería algo secundario
para la empresa.
Arturo llevaba trabajando para SGT dos meses. Hasta entonces lo había<