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Este documento presenta una introducción a un libro sobre civilizaciones desconocidas. Explica que existen numerosas tradiciones sobre reinos y civilizaciones antiguas avanzadas que existieron antes de lo que muestran los hallazgos arqueológicos. También resume los descubrimientos de la prehistoria que revelan la evolución del ser humano primitivo y las tres grandes corrientes de civilización material.

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Este documento presenta una introducción a un libro sobre civilizaciones desconocidas. Explica que existen numerosas tradiciones sobre reinos y civilizaciones antiguas avanzadas que existieron antes de lo que muestran los hallazgos arqueológicos. También resume los descubrimientos de la prehistoria que revelan la evolución del ser humano primitivo y las tres grandes corrientes de civilización material.

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Título original:

LES CIVILISATIONS INCONNUES


Traducción de
MARISA OLIVERA
Primera edición: Abril, 1976
© Librairie Arthéme Fayard, París, 1961 © 1976, PLAZA &
JANES, S. A., Editores Virgen de Guadalupe, 21-33. Esplugas de
Llobregat (Barcelona)
Este libro se ha publicado originalmente en francés con el título
de
LES CIVILISATIONS INCONNUES
Printed in Spain — Impreso en España
ISBN: 84-01-31091-1 — Depósito Legal: B. 18311-1976
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN * 13
PRIMERA PARTE
ENTRE LOS MUNDOS «IMAGINARIOS»
I. LA ETERNA ESPERR 25
El paraíso perdido, 25. — ¿Y reencontrado?, 30. — Pueblos
subterráneos, 38.
II. LO QUE REVELAN LAS VIEJAS TRADICIONES . .
45
Tradiciones, 45. — Los gigantes, 49. — El reino de las ma¬dres,
51. — El punto de vista de los ocultistas, 55.
III . CONTINENTES DESAPAREADOS 61
A. La Atlántida, 61: El mito platónico, 61; Antiguos descubri-
mientos del continente americano, 68; Paralelismos, 72; An¬tilia,
Eldorado y compañía, 74; Situaciones diversas atribui¬das a la
Atlántida: a) Gran abismo del Atlántico, 79. b) La Atlántida
sahariana y mediterránea, 95. c) Otras localizacio¬nes
atlantidianas, 98. — B. Lemuria y Mu, 106: Lemuria, Gondwana,
Mu, 106; Antiguo papel de Oceanía, 114; El gran hundimiento del
Pacífico y el continente de Mu, 118. — C. La Hiperbórea, 120.
IV. LA ETERNA FASCINACION: DE LOS MITOS A LA
«CIENCIA-FICCIÓN» 137
V. ¿REALIDAD DE LO «IMAGINARIO»? 142
Monstruos, 144. — La supervivencia secreta de las civilizacio¬nes,
145. — La caída del cielo, 148. — Papel cósmico de la Luna... ¿o
de las lunas?, 152. — Los ciclos, 154.
VI. LOS MUNDOS SUBTERRANEOS 163 
SEGUNDA PARTE
MISTERIOS ARQUEOLÓGICOS
I. LA ARQUEOLOGÍA A LA CONQUISTA DE LO
DESCO¬NOCIDO Y DE LO QUE SE CREÍA «MUY» CONOCIDO
Nuevas valoraciones, 171. — El misterio de Glozel, 172. — Otros
misterios alfabéticos, 175. — Una mistificación «atlan- tidiana»,
176. — ¿Hay que ir más lejos que la arqueología clásica?, 178. —
Algo que hace reflexionar: las extrañas coin¬cidencias, 181.
II. ¿CIVILIZACIONES EXTRATERRESTRES? . . .
III. LOS GRANDES ENIGMAS ARQUEOLÓGICOS . . .
Edificios ciclópeos de Oceanía, 200. — Misteriosos peñascos
esculpidos, 202. — Los megalitos, 209. — Zimbabwe, 219. — Los
monumentos pelásgicos, 221. — El problema de los vesti¬gios
hiperbóreos, 222. — En el Oriente Próximo, 223.
TV LOS CONOCIMIENTOS CIENTÍFICOS Y TÉCNICOS DE
LOS ANTIGUOS
COMO DESPEDIDA
No creer nada, o creerlo todo, son cualidades extremas que nada
valen ni la una ni la otra.
BAYLE
(Respuesta a las preguntas de un Provinciano,
Cap. XXXIX)
INTRODUCCIÓN
Innumerables tradiciones legendarias se centran en
torno al mito de los «reinos» desconocidos, y al
ancestral recuerdo de prestigiosas civilizaciones
desaparecidas: éstas se proyectan a un pasado
generalmente muy anterior al que estudian los
arqueólogos y los historiadores obedientes a los
severos mandatos de la investigación científica
(siempre tan ingrata, pero tan necesaria) de los
hechos claramente establecidos, de las rigurosas
sucesiones cronológicas, de las teorías explicativas
que no dejan lugar para los juegos de la imaginación.
Nuestro libro pretende colocarse en un terreno mucho
más extraordinario, pero menos seguro: mediante el
estudio del viejo mito de las civilizaciones
desaparecidas, tratamos de hacer una especie de
inventario amplio y comparativo de todo cuanto puede
ser comprobado válidamente (o hasta incluso
presentido) —tanto en el ámbito de la fábula o del
mito como en el más seguro terreno de los hechos
curiosos— en relación con la existencia, o no, en plena
época llamada «antediluviana» de antiguas
civilizaciones ya muy evolucionadas. Éstas podrían
haber sido iguales o, ¿por qué no?, superiores a la
llamada civilización «occidental» que se fue
desarrollando poco a poco hasta dar lugar al
prodigioso siglo XX, era del desarrollo técnico
acelerado —¿hasta qué apoteosis (¡o apocalipsis!)
final?—. Es ahí donde surge la gran objeción elemental
que hará, desde el principio, todo sabio
razonablemente deseoso de no sumergirse en el
sueño, en fantasmas: nos hará ver cómo los pacientes
y admirables descubrimientos de los grandes
prehistoriadores contemporáneos, lejos de
confirmarnos los viejos mitos, no aportan ni la más
mínima presunción verosímil en favor de la existencia
de civilizaciones anteriores muy evolucionadas, de un
nivel, al menos, igual al del mundo europeo moderno.
Ciertamente, la ciencia prehistórica nos revela una
visión que dista mucho de coincidir con la fantasía
popular que nos describe a nuestros lejanos
antepasados como un montón de bestias brutas que
llevaban una vida sórdida en sus cavernas —
descripción estereotipada que sólo se revela exacta
para ciertas razas (la de Neandertal especialmente),
determinados períodos y lugares definidos—. El
problema del hábitat de las poblaciones prehistóricas
no es algo sencillo: hay que tener en cuenta no sólo la
caverna, sino el refugio arborícola, la tienda hecha de
pieles, las chozas de tierra, la casa de madera, etc. —
tantas formas, otras tantas etapas de la evolución de
la vivienda de nuestros antepasados primitivos—. La
Prehistoria no constituye una masa confusa, una era
de uniforme tosquedad a la que habría sucedido, como
por arte de magia, la Historia propiamente dicha: la
invención de la escritura, que marca el inicio de ésta,
parece no haber sido más que la continuación de un
incansable progreso en la civilización, en el modo de
vida, en las técnicas. El empleo del fuego, por
ejemplo, aparece como un prodigioso descubrimiento
—tan extraordinario (o incluso más) para nuestros
lejanos antepasados como el descubrimiento de la
energía nuclear—; y, a otro nivel aparentemente más
modesto, ¡qué creciente complejidad revela el estudio
de los lentos perfeccionamientos en la talla, y
posteriormente en el pulimiento, de la piedra!
Pacientemente, los prehistoriadores han ido
construyendo una verdadera ciencia; han podido
determinar, dentro del aparente caos de los tiempos
prehistóricos, una ordenada clasificación muy
compleja; han podido aventurarse a dar evaluaciones
cronológicas bastante precisas. He aquí un cuadro de
las épocas y subdivisiones de la. Prehistoria, sacado
de un trabajo que aún hoy día conserva vigencia, La
Prehistoire/ del doctor L. Capitan, un erudito muy
calificado.
(Se recordará, que los nombres de las épocas:
chelense, acheulense, etc, fueron atribuidos según los
lugares —Chelles, Saint-Acheul, etc.— donde los
prehistoriadores franceses descubrieron objetos
característicos.)
Finalmente, los prehistoriadores actuales han puesto
de manifiesto la aparición sucesiva de tres grandes
corrientes de civilización material, que podemos
fechar según las más seguras estimaciones,
sistematizadas por un eminente prehistoriador actual,
Henri Seigle; hacia el milenio 18 a. de JC (es la opinión
más probable en la actualidad), la más antigua,
llamada magdaleniense, tuvo como punto de partida
la región de la Magdalena (en Dordoña, Francia); fue
una civilización del sílex y el hueso tallados. En la
época neolítica o de la piedra pulida, se da el
esplendor (al parecer, hacia el milenio 16) de toda una
civilización de la tierra más o menos cocida, una
civilización de alfareros, sin duda originaria de
Alemania. Por último, la edad del metal, teniendo
como origen probable el Cáucaso, comienza hacia el
milenio 4 a. de JC y se confunde, en gran parte, con lo
que corrientemente se atribuye a los inicios de la
Historia propiamente dicha (que empieza,
recordémoslo, con la invención de la escritura). Se
observará que esos tres conjuntos se superponen, al
igual que nuestra época es testigo todavía de la
coexistencia de distintos niveles de civilización. Fuera
de esas tres sucesivas culturas prehistóricas,
reconocidas desde el punto de vista estrictamente
científico, que es adoptado por todo prehistoriador o
arqueólogo reconocido, no se encuentra ninguna
huella de civilizaciones de un tipo realmente superior
antes del nacimiento de los grandes pueblos de
Sumer, del Antiguo Egipto, de China, etc., que marcan
el inicio de la Historia propiamente dicha.
1. Payot editor, París.
Así pues, el problema parece irremisiblemente
zanjado: por un lado, numerosos hallazgos que revelan
la prodigiosa evolución del hombre primitivo, pasando
de la más basta piedra tallada a las sucesivas etapas
que condujeron a la invención —revolucionaria— de la
escritura; por otro lado, los objetos, monumentos y
textos procedentes de civilizaciones históricas
(antiguas y, posteriormente, medievales). Ningún
descubrimiento establecido científicamente parece
probar la existencia de civilizaciones muy
evolucionadas en una época anterior a la Antigüedad
clásica, incluso limitándose a los pueblos de tipo
egipcio, chino, etc. En cuanto a la existencia de
civilizaciones iguales o superiores al maqumismo
contemporáneo, en plena época prehistórica, el
erudito responde: Nos hallamos en pleno mito, o en
plena leyenda, pues no hay ningún descubrimiento
arqueológico que aporte una confirmación segura de
esas ensoñaciones fascinantes. ¿Es esta afirmación
realmente definitiva, a pesar de su inexorable rigor
científico? Esto precisamente es lo que nuestras
investigaciones desearían poder aclarar.
He aquí el punto de vista de un portavoz del
esoterismo, Jean-Louis Bernard: «¡Un pueblo
prehistórico puede, asimismo, ser un pueblo
poshistórico! ¿Existe sólo una raza que haya
evolucionado hacia una perfección? ¡No! Las razas
prehistóricas, por el contrario, se extinguieron una
después de otra. Quizá no eran más que restos de
grandes razas degeneradas, expulsadas de su habitat
por un cataclismo.»
Esta idea, por extraña que pueda parecer, no tiene, sin
embargo, nada inverosímil: supongamos a la población
de una nación moderna privada bruscamente, por un
gigantesco cataclismo (un temblor de tierra, o hasta,
explosiones nucleares), de todos los instrumentos del
progreso moderno; a menos que contara en su seno
con ingenieros y técnicos muy preparados, los
supervivientes correrían un gran riesgo de encontrarse
a un nivel cultural muy primitivo, sobre todo al cabo
de varias generaciones. Hay náufragos que son
capaces de reconstruir un mundo primitivo de vida
(caso de R. Crusoe); ¡pero la cosa cambia si no se es
un especialista, cuando se trata de reconstruir una
fábrica o incluso objetos manufacturados, como un
reloj, un frigorífico, un avión, un automóvil, etc.! La
fase de extremado perfeccionamiento técnico a la que
ha llegado nuestra civilización descansa en una
compleja especialización, en una división increíble del
trabajo, etc.; por tanto, resulta de las más vulnerables,
mucho más que una tribu primitiva a la que si sus
enemigos le incendian todas las chozas, fácilmente
reconstruirá su poblado. Mientras que la cosa sería
muy distinta en el caso de una gran ciudad como
París, Nueva York o Moscú...

3. Se hallará ima rica íconogrofía en numerosas obros de


divuigación prehistóricc; por ejemplo, 4.000 ans d’art moderne,
de J. A. Mnadait, Plon, editor.
El pasado siglo, el gran geólogo británico Lyell observó
en su obra Antiquity of man: «... Hasta el momento no
tenemos ninguna prueba geológica definida que
establezca que la aparición de las llamadas razas
inferiores de la Humanidad haya siempre precedido,
en el orden cronológico, a las razas superiores.» Se
observará que este punto de vista coincide con las
aventuradas hipótesis (aunque más reservadas) de
algunos teólogos católicos que no temen aceptar la
existencia de humanidades «preadamitas», siempre y
cuando no se cuenten éstas entre nuestros
antepasados directos...
Pero, nos volverán a decir, carecemos de prueba
alguna cierta de esos cataclismos, de esos
acontecimientos extraordinarios que habrían destruido
civilizaciones prestigiosas... En efecto, es así., si se
exigen pruebas verdaderamente científicas —pero no
no lo es—, sino muy al contrario, si se aborda, con
toda objetividad conjetural, el rico ámbito de las
tradiciones, de los mitos, de las fábulas o incluso —
tendremos diversos ejemplos de ello—, el del estudio
prudente de diversos monumentos u objetos que
dejan perplejos a muchos arqueólogos y que, por ello,
la ciencia tiende a eliminar.
Sin duda, todavía no conocemos toda la historia de los
antiguos milenios y no sólo a causa de terribles
cataclismos antediluvianos, sino también debido a la
malevolencia humana. En efecto, el propio hombre ha
destruido sistemáticamente los manuscritos de los
mayas (de los que han llegado muy pocos hasta
nosotros) y, con demasiada frecuencia, el celo
apologético se ha traducido por irreparables pérdidas
análogas; recordemos, en una época mucho más
reciente, la incineración de las tablillas de la isla de
Pascua por misioneros cristianos, de mentalidad
totalmente distinta (hay que decirlo) a la que poseen
los actuales representantes de la Iglesia...
Desde luego, vamos a tener que aventurarnos en un
terreno que no es (aunque, tampoco es lo que se le
llama) el del puro rigor científico, pero pensamos que
a veces vale la. pena «soñar» un poco, extrapolar,
hacer hipótesis, pues más allá de lo que constituye el
campo de la rigurosa evidencia científica, está el rico
terreno de las hipótesis plausibles y, más allá aún, el
inmenso imperio de lo que. quizá no sea más que
ficción, pero que, sin embargo, puede muy bien
contener cierta verdad en los hechos... Hasta aun
aquello que a simple vista podría parecer fantástico,
impensable, puede muy bien corresponder a una
posibilidad o incluso a una realidad; las «hadas»
pudieron no haber sido más que la población aborigen
más pequeña, de piel oscura, rechazada por los
invasores del comienzo de la Edad de Piedra o de una
época más tardía. A este respecto, ha habido
investigaciones muy curiosas, especialmente las de la
antropóloga inglesa Margar et Murray, quien descubrió
en la brujería británica la secreta supervivencia, de la
más antigua religión, la de las «hadas»... Nada prohíbe
que nos arriesguemos a hacer análogas conjeturas en
el terreno de la arqueología.
En nuestra opinión, el sabio, aunque no debe
aceptarlo todo ciegamente, tampoco debe vacilar en
examinar el hecho, la teoría, la leyenda más
inverosímil en apariencia. Por esta razón, creemos que
no hay que rechazar tan desdeñosamente, como
frecuentemente se hace, los relatos asombrosos de
muchos autores antiguos como Diodoro, natural de
Agyre, en Sicilia, contemporáneo de Julio César.
Su inmenso repertorio histórico ha sido considerado
generalmente. como un montón de historias
prodigiosas, de relatos inventados, mientras que —sin
duda— existe en ellos una materia con significativas
notaciones. Ésta es, al menos, nuestra opinión.
Y éste es el espíritu que nos inspirará a lo largo de
este trabajo: a medio camino entre la ciega credulidad
de unos y la sistemática, negación de otros, nuestro
único objetivo será el de presentar al público un
cuadro de conjunto que permita presentir ciertas
posibles direcciones de la investigación, incluso
presentando hechos de cariz inquietante, pero siendo
conscientes en todo momento de que ante todo se
trata de anticipar unas hipótesis que permitan
orientarnos un poco mejor en medio de las tradiciones
relativas a las civilizaciones desaparecidas, así como
los hechos arqueológicos cuyo misterio preocupa a
nuestros contemporáneos.
En una obra de este tipo es inevitable que intervenga
no sólo la ciencia, sino también la extrapolación
aventurada y (¿por qué no?) la ciencia-ficción.
PRIMERA PARTE
ENTRE LOS MUNDOS «IMAGINARIOS»
1. LA ETERNA ESPERA

El paraíso perdido
En todas partes, en todos los pueblos, encontramos
una forma persistente de la eterna nostalgia humana
de un «paraíso perdido».
«Remontándonos en las edades hasta la antigüedad
más remota, encontramos —observa Emile Beauvois—
en todos los pueblos cuyas viejas tradiciones subsisten
hasta nuestros días, una leyenda común que ha sido
transformada de acuerdo con las épocas o lugares,
pero cuyas ramas se han desarrollado unas veces
paralelamente, otras entrelazándose o injertándose la
una en la otra para dar nuevas ramas que más tarde
se han unido, a su vez, para separarse más tarde, y
así sucesivamente. Se trata de la creencia en una
tierra encantada donde habitan seres sobrenaturales y
en la cual son admitidos los mortales que merecen
vivir eternamente entre el placer y las delicias. Ese
paraíso terrenal se ha situado tan pronto en Oriente
como en Occidente, según fuera considerado la cuna o
el lugar de reposo del género humano. Por influencia
de conceptos astronómicos, la Humanidad fue
comparada con el astro que le da vida; unos pensaron
que aquélla no podía provenir más que del lugar por
donde sale el Sol, otros que la existencia para los
escogidos tenía que prolongarse agradablemente allí
donde el Astro del Día parece ponerse.»
¿Se podría encontrar este Edén? Pregunta
aparentemente absurda, pero que no lo es si se
reflexiona bien. En efecto, en esas antiguas religiones
se habla a la vez de una misteriosa morada de los
muertos y de una región geográficamente
determinada, accesible a los mortales en
determinadas condiciones.
Por ejemplo, los griegos y los romanos no hablan sólo
de los Campos Elíseos (glorioso reino de las almas
privilegiadas), del Jardín de las Hespérides, sino de
lugares más tangibles: islas Afortunadas, la isla de
Ogygie, etc. Los celtas también hablan de un país que
llaman País de los Vivos, Tierra de Juventud, Isla de los
Héroes...
Pero volvamos a la antigüedad helénica: Homero sitúa
los Campos Elíseos en un extremo de la Tierra, en un
lugar concreto en el cual no existe el invierno, no hay
nieve, no llueve nunca, y donde soplan unas dulces
brisas oceánicas; las almas felices viven lejos, en
Occidente, en las paradisíacas islas Afortunadas,
situadas a 10.000 estadios al Oeste de África, lo cual,
quizá, permite relacionarlas con las Canarias, cuyo
maravilloso clima eternamente primaveral es
ensalzado todavía.
Hesíodo, otro gran poeta heleno, sitúa el Jardín de las
Hespérides, o sea, unas ninfas de Occidente, «Hijas de
la Noche», al otro lado del océano Atlántico y
exactamente hacia el Noroeste. Saturno (Cronos) fue
relegado por Zeus a las extremidades de la Tierra,
lejos del Olimpo, pero todavía reina aquí abajo entre
los héroes admitidos, por un insigne privilegio, en las
islas de los Bienaventurados, donde «la fertilidad del
suelo hace florecer tres veces al año el árbol de los
frutos suaves». Así, los griegos suelen situar las islas
de los Bienaventurados, el Paraíso Terrenal, en las
regiones hiperboreales; allí es donde Píndaro, por
ejemplo, sitúa el antiguo país de los Gorgonas, el
refugio de los Bienaventurados, la región de la
felicidad y de la belleza terrenales: «Jamás una idea
semejante —nos hace observar Beauvois— se les
hubiese ocurrido a los meridiona¬les, quienes, en
efecto, buscarían su Elíseo en una zona más templada
y más favorecida por la Naturaleza.»2 De ahí surge la
posibilidad de descubrir un origen celta en esas
creencias. Realmente, en los celtas se encuentra
también la idea de una reencarnación de las almas;
según Lucain, los druidas enseñaban que «las almas
no bajan a las silenciosas moradas de Erebo, ni al
reino subterráneo del tenebroso Plutón, sino que el
mismo espíritu anima los cuerpos en otro mundo».3
Sin embargo, hay que observar que las tradiciones
celtas también se valen ¡y con qué lirismo! de lugares
maravillosos poblados de seres inmortales, de
hombres que han escapado de la obligación física de
envejecer y morir.
Los celtas de Gran Bretaña e Irlanda nos describen de
esta forma la Gran Ribera, la Tierra de los Vivos, la
Llanura de las Delicias, la Isla de los Héroes, la Tierra
de Juventud, que se llamará Terra Promissionis cuando
sobrevenga el período cristiano. Esta región
misteriosa, generalmente de límites poco claros, se
llama también Iberia (o sea, «occidental», en el
sentido etimológico de esta palabra), pues se halla
bastante lejos en dirección al Oeste, al otro lado del
inmenso océano: hasta después de la era cristiana no
se da ese nombre a la actual Península Ibérica (España
y Portugal).
Según las leyendas celtas, dos caminos llevaban al
Paraíso terrenal: las vías subterráneas, cuya entrada
se encontraba dentro de ciertas cavernas misteriosas,
y un itinerario marítimo, de acceso bastante peligroso,
para el cual uno tenía que tomar, en puntos
determinados de las costas, unos navios divinos o a
veces el caballo marino que conducía los muertos.
A este respecto, existen hermosas leyendas irlandesas
sobre el País de los Vivos, poblado de radiantes
criaturas feme
2. L’Elysée transatlantique, pág. 282.
3. Pharsale, libro I, verso 454-57.
ninas, que a intervalos eligen sus esposos de entre los
hombres. En el manuscrito Echtra Condla Cain
(Aventuras de Condla el Hermoso), vemos cómo el rey
de Irlanda Condla el Hermoso o el Rojo (Ruad) —que
reinó desde el 123 al 157 de nuestra Era— se
encuentra de súbito ante una mujer extrañamente
vestida, cuando iba en compañía de su padre al monte
Usnech. Al ser interrogada, la extraña y maravillosa
criatura respondió al joven: «Vengo del País de los
Vivos donde no conocemos ni la muerte, ni la vejez, ni
la infracción de la ley; donde siempre estamos de
fiesta, donde practicamos todas las virtudes sin
desavenencias. Vivimos en grandes colinas (sid), de
donde vienen el nombre de Aes Side (Pueblo de las
Colinas). Condla acabó por seguir a la mujer en un
curach —esquife— «de cristal», según la más curiosa
versión de esta tradición. Un apasionado por la
ciencia-ficción, sin duda, vería aquí un vehículo
misterioso, pero será mejor no adornar la leyenda.
Según otra leyenda, Merlín también habría partido
hacia su última morada en una mansión de cristal
flotante. En cuanto al rey Arturo, se decía que aún
vivía, convertido en inmortal, en la isla y la ciudad «de
vidrio», de cristal puro.
Según las tradiciones irlandesas, esas islas de
Juventud (Eileannah-Oige), o «islas Verdes» (Ant-Eilean
Uaine), estaban situadas muy lejos, hacia el Oeste, en
el Atlántico, allende los grandes mares.
La localidad irlandesa de Bri-Leith se dice haber sido
una de las «salidas» por las cuales los Sids de
ultramar se comunicaban con la isla de los Gaels.
Asimismo, el fondo de ciertos lagos irlandeses
pudieron servir, en otro tiempo, de puertas de
comunicación entre la superficie terrestre y la morada
encantada. La idea de un acceso directo a otro mundo,
distinto del nuestro pero igualmente concreto, llegó a
ser mucho más tarde uno de los temas favoritos de los
escritores contemporáneos que cultivan la ciencia-
ficción: el de los «universos paralelos» —es decir, la
existencia de niveles de realidad más o menos
distintos del que conocemos, y con los cuales
podemos comunicarnos. llegado el caso. Se piensa
también en una idea mucho más antigua, de la que la
ciencia-ficción se ha vuelto a ocupar también, y de la
que nosotros tenemos algo que decir: la de la posible
comunicación entre nuestro mundo y pueblos que
vivan bajo la superficie del Globo, en los abismos
telúricos... Ciertamente, se trata de una hipótesis
menos fantástica que quizá permitiría poder explicar
esas leyendas desarrolladas en la verde Erín: la
existencia de un contacto de los antiguos navegantes
celtas, ya sea con la hipotética Atlántida, o con el
continente americano. Observemos esa curiosa
denominación de «País de las Colinas»; puede muy
bien aplicarse a América del Norte con sus grandes
túmulos gigantes llamados precisamente «Colinas»
(Mounds), y cuyo origen continúa siendo, en gran
parte, misterioso.
Las tradiciones galesas también describen, con
muchos detalles maravillosos, la isla de Avalon, el país
de las manzanas encantadas (conocidas también en la
mitología griega), lugar de esplendor donde reina una
virgen real (es decir, una gran sacerdotisa soberana) y
cuyos habitantes, que poseen todo en común no
conocen ni el dolor, ni la enfermedad, ni la vejez. En el
siglo xm, los galeses todavía creían que el rey Arturo,
refugiado en esa isla de Avalon después de haber
conquistado la inmortalidad, volvería un día para
liberar a su patria del yugo de los sajones. Uno piensa
aquí en las tradiciones bíblicas sobre Elias y Enoch, y
en una leyenda nórdica (ésta más reciente), según la
cual Ogíer el Danés todavía estaría dormido en los
sótanos de la fortaleza de Kronborg, o debajo de una
colina de Dinamarca (recordemos también la leyenda
alemana de Federico Barbarroja, dormido en las
entrañas de la tierra).
El redescubrimiento del paraíso terrenal y la
reconquista de la inmortalidad gloriosa coinciden en la
leyenda: se comprende muy bien que esas dos
aspiraciones humanas hayan coexistido
perpetuamente, y que las miserias que el hombre
soporta le hayan hecho soñar eternamente en un edén
donde ya nc sufriría, donde la vejez y la muerte
dejarían de ejercer su inexorable influencia.
Y, un poco en todas partes, encontramos una gran
esperanza: la que asegura la posibilidad de alcanzar la
gloriosa mansión de la inmortalidad.
¿Y reencontrado?
En todas las tradiciones existen leyendas que nos
ilustran sobre los hombres privilegiados —los héroes—
que han podido encontrar por sus propios medios el
misterioso y temible camino del paraíso terrenal. Por
otra parte, no se sabe bien si estas leyendas heroicas
hablan siempre de un lugar tangible, que existe en
nuestro mundo visible o en los extremos confines de
éste, o se trata, por el contrario, de otro plano de
realidad, de un más allá. He aquí, por ejemplo, un
pasaje de Homero, extraído de la Odisea (IV, 561): «En
cuanto a ti, Menelao, retoño de Júpiter, no está escrito
en tu destino morir en Argos (...). Pero los inmortales
te enviarán a los Campos Elíseos y a los extremos de
la Tierra, allí donde está el fauno Radamanto; allí la
vida es más fácil para los hombres. No hay nieve, ni
mucho invierno, ni lluvia. Pero siempre el océano envía
los soplos de la suave respiración de Céfiro, para
refrescar a los hombres, porque Helena es tuya y tú
eres yerno de Júpiter.»
Hay que recordar que las descripciones pueden
aplicarse no solamente al más allá, sino también a los
dominios aún más gloriosos explorados por la
privilegiada imaginación del mistico, del visionario o
del teósofo, siendo estas descripciones concretas y
simbólicas a la vez. De éstas se encuentra una
diversidad en las tradiciones espirituales, y haría falta
todo un volumen para trazar solamente una pequeña
visión de conjunto. En lo que se refiere al Irán, por
citar sólo un ejemplo claro, nos remitimos a la obra
reciente del profesor Henry Corbin, de la Escuela
Práctica de Altos Estudios (Sorbona): Terre celeste et
Corps de Résurrection, publicado en París (por Buchet-
Chastel et Correa) en 1960, donde el gran especialista
francés del iranismo nos explica maravillosamente el
mecanismo de todos los suntuosos paisajes
visionarios.
Pero, haciendo una deliberada abstracción de su
complejo simbolismo esotérico, todas esas tradiciones
de reconquista del paraíso perdido expresan la
incoercible nostalgia del hombre, que sueña desde
siempre en la reconquista de una inmortalidad
gloriosa. Ésta es la razón de que tantas designaciones
prodigiosas nos describan, en los mitos helénicos y
célticos, las maravillas, por ejemplo, de la isla santa
primordial, de la antigua Tule, llamada también por los
griegos Elixioia, isla de Cristal, isla de las Manzanas de
Oro, etc. Evidentemente, esta isla maravillosa se nos
describe como la que contiene la fuente de la
inmortalidad, lo cual permite a una minoría heroica
librarse de manera definitiva de la existencia
fenoménica y recuperar el estado sobrehumano
anterior a la caída. Se creía que superando enormes
peligros, los héroes podían llegar a encontrar —en la
isla o en la región— esta famosa Fuente de Juventud,
tan conocida en la mitología griega, pero que figura un
poco en la de casi todos los pueblos; por ejemplo, las
tradiciones árabes sitúan la Fuente que ellos llaman de
Ilia, de Eli o de Kheder en la extremidad del
Mod’hallam, el oscuro y tenebroso mar, en una región
sombría, llamada Dolmat, allí donde el profeta
Mohamed bebió tantas veces el agua de esta gloriosa
fuente de la vida.
Se han llevado a cabo numerosas tentativas para
encontrar la legendaria Fuente de Juventud con la
mayor seriedad, a lo largo de la Antigüedad y de la
Edad Media. En el siglo xvi todavía se creía en su
existencia concreta, como lo muestra el extraño libro
que fue escrito por Hubert de Lespine: Descripción de
las admirables y maravillosas regiones lejanas y
extrañas regiones paganas de Tartaria, y del
principado de su soberano Señor, con el viaje y la
peregrinación de la Fuente de Vida, llamada también
de Juventud, París, 1558,
Obsérvese la localización, situada esta vez en
«Tartaria», o sea, en Asia Central, de esta región que
el esoterismo y el ocultismo contemporáneos pueblan
aún de increíbles prodigios.
Pero volvamos al Paraíso Terrenal en su localización,
helénica y céltica, en los extremos occidentales de
nuestro Globo. ¿Por qué, pues, resulta tan difícil dar
con él? Grandes peligros acechan, sin piedad, al
viajero temerario: al comienzo de la Era cristiana,
Tertulio e Isidoro de Sevilla creen todavía que el
Paraíso Terrenal está separado del mundo habitable
por una zona ignorada rodeada de una infranqueable
muralla de fuego, y esta creencia fantástica persistirá
durante siglos... No obstante, se creía que unos pocos
privilegiados habían logrado vencer los terribles
peligros del viaje hacia el reino paradisíaco.
Con frecuencia, en las tradiciones cristianas, será un
santo quien realizará empresa tan temeraria. Una
crónica española popular, titulada Historia de la vida
del bienaventurado san Arano, nos cuenta los
intrépidos viajes de ese santo hasta el legendario
Paraíso Terrenal, Para llegar a él, el héroe atraviesa
males congelados de inmensa extensión, recibe avisos
misteriosos y, por último, llega ante un palacio
magnífico situado a la entrada del Paraíso, pero sin
poder penetrar en el jardín de las delicias eternas.
Otro relato medieval muy poético, el del monje de
Evesham, Inglaterra (1196): en compañía de san
Nicolás en persona, visita el purgatorio, el infierno y el
paraíso...
Pero la más célebre de estas crónicas edificantes ?s,
sin duda, la de los viajes de san Brandan, de san Malo
y de sus compañeros, todos audaces monjes
irlandeses. En el año 565, san Brandán y sus
arriesgados compañeros habrían terminado por
desembarcar, muy lejos, hacia el oeste de las Islas
Británicas, en una isla fabulosa en la que se
encontraba la entrada del Paraíso Terrenal. Pero antes
de llegar a éste ¡cuántas peripecias terribles y
extrañas! Para dar sólo una muestra de estas
asombrosas maravillas, san Brandán y sus
compañeros, en el curso de sus peregrinaciones,
encuentran una isla «de un cristal muy puro, tan
transparente que distinguían el altar a través de ella».
En el interior, la luz solar se esparce con toda libertad
como si no hubiera ninguna pared. Se trata,
evidentemente, de un enorme iceberg, pero he aquí el
prodigio: «Ellos vieron sobre el altar un cáliz de oro y
una patena de oro que destelleaban al sol... jamás
sacerdote alguno puso sobre su cabeza casulla tan
resplandeciente, pues al hacer el oficio aparecía, por
efecto de la Gracia Divina, todo vestido de arco iris.»
No obstante, san Brandán conseguirá alcanzar la isla
de Ima, rodeada de un muro de oro transparente como
el vidrio y brillante como un espejo.
La era de los grandes descubrimientos de la época
moderna coincidirá de nuevo, al menos en sus
comienzos, con esos sueños de una fantástica
reconquista del Edén perdido: Cristóbal Colón mismo,
según un eminente especialista, el profesor S. B, Lilj
egren (de la Universidad de Upsala, en Suecia), habría
buscado también —según antiguas tradiciones
cabalísticas— el Paraíso perdido, la fuente gloriosa de
las primeras civilizaciones.3
Puede surgir una gran pregunta: las tradiciones de
viajes al «Paraíso Terrenal» ¿no podrían explicarse, en
definitiva, por el recuerdo relativamente claro del
descubrimiento de una región geográfica
determinada? A este respecto, el atrevimiento de
ciertos intérpretes no tuvo límites, evidentemente,
hasta en plena era positiva: en estas condiciones, el
antiguo Paraíso Terrenal pudo haber sido localizado
absolutamente en todas las partes de nuestro Globo.
He aquí un ejemplo bastante característico de esas
tentativas de redución histórica del mito adámico: en
un trabajo publicado en Madrid, en 1815,' don Juan
Bautista de Erro demuestra que la lengua que Adán
hablaba en el Paraíso Terrenal no era otra que la
lengua vasca...
Desde un punto de vista científico, el problema de una
localización geográfica del Paraíso Terrenal no está
desprovista, sino más bien al contrario, de un interés
positivo: no hay nada de imposible —se concibe— en
que los navegantes antiguos y medievales,
maravillados por tal o cual país, hayan contribuido,
mediante sus bellos relatos, a dar más peso a esas
tradiciones.
Los galeses, por ejemplo, poblaban de prestigiosos
descubrimientos el extremo opuesto del Océano
Atlántico que bañaba sus riberas; allí es donde
situaban el paradisíaco País de los Sids, con la Fuente
de Juventud.
Sin duda se puede encontrar el recuerdo claro, aunque
embellecido, de grandes viajes marítimos hacia
América; las tradiciones galesas hablan, en efecto, de
las islas verdes de las corrientes —tales corrientes
(marinas) eran, sin duda alguna, el Gulf Stream.
Incluso después de su redescubrimiento moderno, el
Nuevo Mundo continuará durante mucho tiempo
poblado de prodigios increíbles: se buscará allí la
Fuente de Juventud, el Eldorado, etc. Es indudable que
el estudio cuidadoso de antiguas tradiciones y
leyendas sobre países misteriosos es el eco bastante
preciso de peregrinaciones reales, incluso de muy
lejanos sucesos humanos a escala mundial, y
especialmente de grandes migraciones que se
remontan a la época prehistórica: «Las tribus humanas
han estado eternamente en movimiento por toda la
superficie del Globo y los grupos que partieron hacia
alguna tierra distante de Canaan, siempre
comprobaron que otros les habían precedido.»
Las islas Afortunadas —se puede discutir— pueden
muy bien haber sido las Antillas, que los navegantes
griegos y fe¬nicios parecen haber conocido desde la
Antigüedad.
En cuanto a los navegantes irlandeses, conocieron —
sin duda—, desde los primeros siglos de nuestra era,
las Antillas, el Canadá, México, así como el Perú. Existe
una multitud de elementos geográficamente ciertos en
los relatos que nos ilustran al monje navegante san
Brandán o Brandon y a sus infatigables compañeros
llegando a una isla donde pacen «ovejas todas blancas
y gordas como bueyes» (se trata de las llamas de los
Andes), luego «la isla de los pájaros» y, además, una
isla vecina.
La misteriosa «isla de san Brandán», tan buscada en
vano por numerosos navegantes y que, no obstante,
figurará en la mayor parte de los atlas y cosmografías
del siglo xiv al xvin, quizá no era —en definitiva—
(pero ya tendremos ocasión de volver sobre el tema,
pues es una cuestión realmente controvertida), más
que una región occidental de América, poco
determinada, por desgracia. En cambio, se puede ser
preciso con los descubrimientos realizados por el
mismo san Brandán en las regiones árticas;
ciertamente descubrió la alucinante isla Jan Mayen y
su enorme volcán abrupto, el Beerenberg, que estaba
entonces en plena erupción.
Durante muchos siglos se notará la indiscutible
fascinación de muchos europeos por las regiones
nórdicas, que permanecieron desconocidas durante
milenios. Hasta las regiones de Alemania y de los
Países Bajos actuales eran, durante la Antigüedad
clásica, muy misteriosas todavía, y se podían
introducir fenómenos extraños. He aquí un libro
curioso, el de Charles Joseph de Grave, cuyo mismo
título ya indica el contenido: República de los Campos
Elíseos, o mundo antiguo, obra en la que se
demuestra, principalmente, que los Campos Elíseos y
el Infierno de los Antiguos son el nombre de una
antigua República de hombres justos y virtuosos,
situada en el extremo septentrional de la Galia y,
sobre todo, en las islas del Bajo Rhin, que ese Infierno
fue el primer santuario en la Iniciación a los Misterios y
que Ulises fue iniciado allí. Cuando se pasa a las
regiones francamente hiperboreales (Escandinavia,
Islandia, Laponia, Groenlandia, etc.), esta fascinación
se multiplica: hasta el viajero actual se maravilla ante
los fenómenos extraños y espléndidos (auroras
boreales, sol de medianoche...) que alternan en esos
lugares; ¡puede imaginarse cuánto debía trabajar la
imaginación de los primeros descubridores venidos de
países más meridionales ante tales prodigios
aparentes!
En suma, es fácil concebir cómo y por qué numerosas
narraciones sobre el «descubrimiento del Paraíso
Terrenal» se explican a fin de cuentas por el antiguo
conocimiento de regiones geográficamente bien
determinadas. Sin embargo, existen ciertas leyendas
más inquietantes, las que describen países
desconocidos por la ciencia geográfica y que parecen
realmente situados fuera de la superficie terrestre, tal
como la conocemos: «¿se trataría, pues, de “universos
paralelos”, para complacemos de nuevo en esa
hipótesis predilecta de los autores de novelas y relatos
de ciencia-ficción, y que, por otra parte, podría muy
bien corresponder a descubrimientos que un día se
establecerán científicamente?»
Según ciertas tradiciones, la parte del mar del Norte
situada completamente al norte de Escocia, entre ese
país e Islandia, sería un lugar mágico, en el cual el
navegante podría perderse en extrañas extensiones
demoníacas. Se dice que también existirían lugares
(Islandia, montañas de Arizona, Inglaterra meridional,
etc.) en los que unas cavernas misteriosas permitirían
el acceso a otros planos de realidad espacial o
temporal, facilitando una comunicación directa entre
nuestro siglo xx y épocas lejanas, e incluso con otros
planetas distintos al nuestro... Desde luego, ¡es
imposible tener una confirmación de tales prodigios,
en los que estamos en plena ciencia-ficción!
Caín, el asesino, según un manuscrito de la Biblioteca
Nacional: los Viajes, del señor Bertrandon de la
Brocquiére, se habría retirado al «país de Nod» (o «de
Naid»); al parecer, no ha quedado ningún recuerdo
entre los hombres de ese país, cuyo nombre
procedería, en realidad, de la palabra hebrea nad,
errante; en ese país desconocido es donde el fratricida
habría construido la extraordinaria ciudad de Anuchta
que hasta la fecha ha permanecido inexorablemente
oculta a todos los viajeros...
He aquí otra tradición, más extraña todavía: las
leyendas árabes de las Mil y una Noches sitúan la
sepultura de Adán en la misteriosa cueva de Magaret
al Conouz, situada en el Paraíso Terrenal sobre la
montaña de los Hijos de Dios. Allí fue donde Rocail, el
hijo preferido de Adán, se hizo su ministro y se
construyó su sepulcro; unos autómatas
perfeccionados, que son animados por ciertos
talismanes mágicos, llevan a cabo en ese lugar todas
las tareas que pueden realizar los hombres de carne y
hueso.
En las tradiciones árabes populares también se
mencionan seres que habitaban el Universo antes que
Adán, y que hablaban una lengua desconocida, el
bialban. El mismo Adán, a su llegada a la isla de
Srendib (¿Ceilán?), habría sometido a una raza
extraña: el pueblo de los «hombres de la cabeza
plana», originarios, sin duda, de la isla de Mousham,
una de las Maldivas...
Mencionemos ahora todo cuanto se refiere a regiones
extraordinarias situadas, al parecer, en otro planeta.
Los pitagóricos, incluso, habían desarrollado una
doctrina muy curiosa: la de la contra-Tierra, o sea, el
planeta hermano que se considera que ocupa con
relación a la Tierra el otro centro de la órbita elíptica
alrededor del Sol; como está disimulado por el propio
astro solar, nos resulta imposible observarlo
normalmente... Hay ciertos mitos de los rabinos
cabalísticos que son todavía más complejos, ya que
postulan la existencia paraterrestre suplementaria de
dos planetas opuestos, pero de una naturaleza
francamente «negra», infernal: Lilith es, con relación
al segundo centro (la Luna), una «tierra negra» (el
infierno). Hécate, ella, la «Luna negra», tendría como
correspondencias simbólicas las diosas Diana en la
Tierra y Proserpina en los Infiernos (aquí se observa el
uso de un simbolismo mitológico griego por
especulaciones de gnosis judaica).
Pueblos subterráneos

A veces, como sucede en Asia Central (mito de


Aggartha), en Islandia, en California, etc., se han
servido de una realidad fantástica: la existencia de
pueblos misteriosos que viven en lo más profundo de
las entrañas de la Tierra.
Numerosas leyendas —islandesas, irlandesas (sobre
los Tuatha.), algunos pueblos primitivos de Nueva
Guinea (sobre los Damas), etc.— describen a pueblos
que habrían entrado en otra época en el interior de la
Tierra, donde todavía viven.
Esos pueblos misteriosos se comunicarían con la
Humanidad en determinadas ocasiones: véanse las
tradiciones celtas de Irlanda sobre la noche de Samain
(el 31 de octubre), en la cual los hombres entran en
contacto con los representantes del «Pequeño
Pueblo», raza humana desaparecida de la superficie y
que desde entonces vive bajo tierra, que se describe a
la vez en Irlanda y en la Polinesia (Lévy-Bruhl,
especialmente, pudo estudiar esos curiosos mitos). En
realidad, en todos los lugares del mundo se
encuentran narraciones prodigiosas de viajes hechos
por hombres a las entrañas del Globo: en este sentido,
existe una tradición popular valona que pretende que
el menhir llamado Piedra del diablo, cerca de Namur,
oculta en realidad un subterráneo que conduce a
prodigiosos abismos telúricos. En una de las islas del
lago de Derg (en Irlanda) estaba situado el famoso
Purgatorio de Saint Patrick, lugar de iniciaciones
subterráneas que será muy respetado hasta la época
de Colón.
En el curso de esos misterios telúricos irlandeses, el
recipiendario (nuevo electo) se dice que era purgado
en un día y una noche de todos los pecados contraídos
desde la hora del nacimiento; pero las pruebas por las
que tenía que pasar eran muy peligrosas (habrían
muerto muchos): el candidato tenía que soportar los
suplicios infernales y, luego, ser atormentado por los
«demonios». Además, hacía falta una larga
preparación: quince días de ayuno, quince días de
oración..., luego, el candidato, después de haber
comulgado, y de haber hecho celebrar sus exequias
exactamente como si hubiera muerto, era conducido
con gran pompa a la entrada del Purgatorio, y se
lanzaba intrépidamente a los abismos. Tras haber
atravesado las regiones infernales y a continuación la
«columna de fuego» que se alzaba en las tinieblas
como un prodigioso faro —exactamente entre la
esperanza y la desesperación eternos—, el candidato
penetraba por fin en el Paraíso Terrenal donde el
hombre no supo vivir, maravillosa morada de
transición entre el purgatorio y la mansión celeste. Se
decía que fue san Patricio en persona quien había
dado a conocer a sus fieles esta región subterránea
«en la cual quien entre en estado de gracia y salga
victorioso de las pruebas que allí le esperan tiene un
lugar reservado en el Paraíso».
Desde hace tres siglos, el agujero de san Patricio fue
cubierto por orden de las propias autoridades
eclesiásticas, alarmadas de ver cómo se perpetuaban
unos misterios cuyo origen era muy anterior al
cristianismo. Pero hoy en día todavía subsiste un
tradicional peregrinaje a Station Island, u una de

11. Station significa aquí «ejercicio» religioso.


las islas del Lough Derg: los irlandeses realizan allí
concienzudamente sus tres días completos de penosos
ejercicios religiosos (plegarias, ayuno, mortificaciones,
Vía Crucis), ignorantes de que no se trata más que de
la supervivencia de los ritos preparatorios que
precedían a antiguos misterios celtas cristianizados —
los cuales han sido suprimidos por la Iglesia moderna.
Se encuentra con frecuencia, y datando de fechas muy
antiguas, esta utilización ritual de cavernas para
misterios, iniciaciones...
A menudo, estas tradiciones sobre los misterios
telúricos toman el aspecto de una verdadera geografía
fabulosa del mundo subterráneo: bajo tierra existe
otro mundo, otras regiones, iluminadas por otros
astros; en múltiples casos, el mito simbólico y la
realidad se entremezclan íntimamente...
Según la mitología escandinava, en el centro del
mundo existiría un árbol gigantesco que uniría la tierra
con el cielo y que engendraría todos los seres vivos,
pues no es nada más que la causa primera de todas
las cosas manifestadas. Continuando con la mitología
escandinava, ésta puede considerarse como el tipo de
las tradiciones cosmológicas fabulosas sobre la
disposición, la ordenación jerárquica de toda la
realidad visible e invisible. Veamos, pues, como
procede, lo cual nos permitirá comprender mejor este
tipo de pensamiento místico e imaginativo, en el que
se pasa del mundo divino a las tinieblas por toda
suerte de transiciones.
He aquí, esquematizado, todo el sistema del universo
escandinavo.  
Pero la idea de mundos subterráneos evoca muy
especialmente las descripciones teosóficas de
Aggartha, ese mundo fabuloso que, muy lejos en las
misteriosas montañas del Tibet y los desiertos de
Mongolia, desenredaría el prodigioso laberinto de sus
fantásticas ciudades subterráneas, donde reside un
pueblo de grandes iniciados, heredados de los
extraordinarios conocimientos espirituales —científicos
y técnicos asimismo— de las civilizaciones
desaparecidas. En realidad, es extremadamente difícil
obtener sobre este asunto unas precisiones capaces
de provocar la convicción de los escépticos, y los
ocultistas y teósofos actuales se valen, en la mayor
parte de los casos, de revelaciones un tanto recientes
que se remontan justamente a finales del siglo
pasado. Uno de los escasos autores que aportan
testimonios que, a primera vista, parecerían provenir
directamente de las tradiciones de los lamas del Asia
Central es Ferdinand Ossendowski, en la 5.a Parte de
su apasionante libro Bestias, hombres y dioses:
mongoles dignatarios le habrían contado cosas
prodigiosas, pero cuya credibilidad no obedece,
evidentemente, a los rigurosos imperativos científicos
modernos que rigen el valor efectivo de los
testimonios: «Hace más de seis mil años, un hombre
desapareció con toda una tribu (mongol) en el interior
de la Tierra y nunca más ha vuelto a aparecer en la
superficie (...). Nadie sabe dónde se encuentra ese
lugar. Unos dicen que es Afganistán; otros, la India
(...). La ciencia se ha desarrollado allí en la
tranquilidad, nada está amenazado de destrucción. El
pueblo subterráneo ha alcanzado el más alto grado de
saber. Ahora es un gran reino, que cuenta con millones
de individuos sobre los cuales reina el Rey del Mundo
(...). Esos pueblos y esos espacios subterráneos son
gobernados por jefes que reconocen la soberanía del
Rey del Mundo (...). Se sabe que en los dos océanos
mayores del Este y del Oeste había en otro tiempo dos
continentes (Atlántida y Lemuria). Desaparecieron bajo
las aguas, pero sus habitantes pasaron al reino
subterráneo. Las cavernas profundas están iluminadas
por una luz especial que permite el crecimiento de los
cereales y vegetales y da a las gentes una larga vida
sin enfermedades. Allí existen numerosos pueblos,
numerosas tribus (...). Ellos (los habitantes del mundo
subterráneo) pueden desecar los mares, cambiar los
continentes a océanos y extender las montañas por
entre las arenas del desierto (...). En extraños carros,
desconocidos para nosotros, franquean a toda
velocidad los estrechos pasadizos del interior de
nuestro planeta.»
Naturalmente, ningún sabio podrá pronunciarse,
decirnos si esos relatos corresponden a realidades o si
se trata de tradiciones simbólicas en el sentido
esotérico oculto. Pero muchos de los ocultistas
occidentales no vacilan en mostrarse totalmente
afirmativos a este respecto. Tenemos ante nuestros
ojos un volumen publicado en París en 1947 y
redactado por un hombre que pretende ser nada más
y nada menos que el soberano del prestigioso reino
subterráneo, es decir «el Augusto Maha-Chohan Kout
Houmi Lai Singh, de Aggartha Sangha, Señor de
Shambalah».
Todo comentario resultaría superfluo...
II. LO QUE REVELAN LAS VIEJAS TRADICIONES
Tradiciones
Los mitos que nos relatan la historia fantástica de
civili¬zaciones desaparecidas hace ya tiempo son
parte integrante de diversos esoterismos, donde
generalmente se los encuentra asociados a no menos
antiguas doctrinas sobre la progresiva caída de
nuestra pobre humanidad.
De ahí surge materia para investigaciones
comparativas en regla sobre esos mitos y sobre los tan
antiguos símbolos que los ilustran.
Un erudito peruano poco conocido, Pedro Astete
(1871¬1940), pudo realizar un estudio general de los
principios fun¬damentales del simbolismo tradicional,
considerando a tal fin la génesis y la significación
profunda de motivos verdadera¬mente tradicionales
como el svastika, precursor de la cruz ga- mada, que
los etnólogos han podido encontrar por todo el mundo,
desde la antigua India hasta América del Norte.
Por otra parte, se encuentran por todo el Globo
tradiciones relativas a una raza primitiva gloriosa,
semidivina, dueña de
la Tierra en otro tiempo antes de sufrir un espantoso
castigo cataclísmico, por haber querido igualarse a las
propias divi¬nidades. Incluso a veces los mitos
pretenden remontarse al propio origen de los tiempos,
describiéndonos las diversas y espontáneas formas de
las emanaciones originales de la Divi¬nidad; de
donde, asimismo, proviene la idea de un retorno fi¬nal
al estado glorioso del cosmos: «nuestro Universo,
nebulo¬sa del espacio, es el embrión de un Dios
constelar antes de su nacimiento, o, pues ¿cómo
decirlo?, de una constelación divi¬na, y todo aquello
que la compone está ahí en espera de la patria
celeste: se dice que el Sol y todo su sistema se dirige
hacia el cielo o las regiones de la constelación de
Hércules, que los otros llaman de Orion».
Así llegamos, más allá de la Historia fabulosa, a la
teogo¬nia y a la cosmogonía...
Al igual que los prestigiosos mayas-quichúa de
América Central, los aztecas del antiguo México, por
ejemplo, creían que varios mundos sucesivos se
habían derrumbado antes que el nuestro, en
cataclismos, cada uno de los cuales habría eli¬minado
la totalidad de los hombres que poblaban nuestra
Tie¬rra. Cada uno de esos «soles» —ése es el término
con que de¬signan esos ciclos— era determinado por
la fecha de su desaparición y, sobre todo, por el
carácter especial del cata¬clismo: el cuarto de esos
ciclos cósmicos, el «Sol del Agua», llevaba el nombre
de Naui-Atl («Cuatro Aguas»), pues había terminado
con un formidable diluvio. El mundo en que vivi¬mos
nosotros, el quinto, tendría su destino final
exactamente determinado por su fecha de nacimiento,
aquella en la cual nuestro Sol se puso en movimiento:
los aztecas le llamaban Naui-Ollin (el glifo Ollin es un
símbolo formado por una cruz de san Andrés y por la
figura del dios solar; significación del símbolo:
«movimiento» —y también «temblor de tierra»).
No hay que olvidar el aspecto fantástico de los mitos
teo- gónicos y cosmogónicos de esos antiguos
maestros de México.
En e! origen de todos los seres, los aztecas colocaban
a la pa¬reja primordial: Ometecuhtli, Señor de la
dualidad, y Orne- ciuatly Dama de la dualidad. El dios
y la diosa tenían su trono en la cima del Mundo, en el
decimotercer cielo, allí donde el aire es «frío, delicado
y helado»; de su fecundidad eterna ha¬bían nacido
todos los dioses y luego los hombres. Pero el Dios
supremo era Uiizilopochti, que simbolizaba el Sol en el
cénit. Su madre, Coatlicue, que tenía la falda llena de
serpientes, diosa de la Tierra, había tenido, sin
embargo, antes incluso del Sol, a los dioses de las
estrellas (llamados «los 400 del Sur»), y también a la
diosa lunar Coiyolxauhqui, encarnación femeni¬na de
las tinieblas nocturnas...
El aspecto terrible de la religión azteca, tan rica en
ritos sangrientos, no debe hacer olvidar la existencia
de tendencias opuestas, que se manifiestan en la
persona de Quetzalcóatl, la «serpiente de plumas»;
con el nombre de Xclotl (dios con ca¬beza de perro),
incluso descendió a los infiernos del Mictlan para
buscar los esqueletos de los muertos antiguos y hacer
de ellos seres vivientes. Quetzalcóatl era considerado
como el in-ventor divino de las artes, de la escritura y
del calendario; frente a él, el sombrío dios nórdico del
cielo nocturno, de la guerra, de los maleficios,
Tezcatlipoca, quien —según la tradi- dición— había
echado a la «serpiente de plumas» de su glo¬rioso
reino de Tula. Tula era, para los aztecas, la isla
maravi¬llosa, el paraíso terrenal que existía lejos del
Nordeste del Atlántico con relación a México, y que
resulta, pues, ser idén¬tica a la luminosa isla de Tule,
de la que hablan los grandes mitos griegos y celtas.
Así es como surge el problema del Edén nórdico, de la
fabulosa Hiperbóreas?
En todos los rincones de la Tierra —como decíamos al
principio de este capítulo— se encuentran viejas
tradiciones fabulosas —tanto orales como escritas—
relativas a la exis¬tencia en tiempos lejanos de
grandes islas, de extensos terri¬torios, incluso de
continentes enteros engullidos por las olas
2. Véase infra, 1.a Parte, cap. III, C. o destruidos, por el
contrario, por los «fuegos del cielo».
Por otra parte, es sorprendente ver aquí y allá —
veremos esto en la segunda parte de esta obra—
ruinas, monumentos extraños, enigmáticos, que
parecen —al menos a primera vista— no relacionarse
con ninguna civilización conocida de la Historia (al
menos a la que obedece a los rigurosos impe¬rativos
del método científico); así pues, se nos plantea
cons¬tantemente este fascinante y grandioso
problema de las civi¬lizaciones desaparecidas.
Razonando de la misma manera, algunos autores no
vaci¬lan en imaginar lo que pudo ocurrir en otro
tiempo con Lemu- ria, los atlantes, etc., haciendo
observar que nuestra propia civilización también se
encuentra al final del ciclo. Evitare¬mos enredarnos
en especulaciones apocalípticas, a pesar de todo y
reconociendo que la angustia contemporánea, por
des¬gracia, es difícil que se alarme por puras
quimeras.
Sin embargo, la idea de apocalipsis periódicas es
suscep¬tible de un tratamiento científico. La creencia
en los castigos cósmicos divinos (o kármicos) queda
fuera de toda comproba¬ción objetiva; pero la
existencia, en tal o cual época, de for¬midables
cataclismos, diluvio universal, choque con un cuerpo
celeste, lluvia de grandes meteoritos, etc., dista
mucho de ser por completo incomprobable. Si bien
científicamente hablan¬do no puede afirmarse nada
exacto, no es en absoluto irrazo* nable aventurarse a
emitir hipótesis. Tomemos, por ejemplo, las grandes
migraciones de la Prehistoria y de la Protohisto- ria: el
afán de conquista y la búsqueda guerrera de un
espacio vital quizá no son suficientes para explicarlo
todo. El doctor Gidon pudo explicar de una manera
totalmente válida la gran expansión de las tribus
guerreras celtas en la Edad del Bronce debido a la
huida de esas poblaciones ante la invasión por el mar
de una enorme parte de su suelo.3
ó. Véase infra, en el capítulo sobre la Atlántida.
Los gigantes
El problema de la existencia de pueblos de gigantes
en la llamada época «antediluviana» ha hecho soñar
mucho a los hombres desde hace siglos...
Los sabios modernos tienden a mostrarse francamente
es¬cépticos, al contrario de las afirmaciones
categóricas de la famosa obra de Nicolas Habicot:
Dissertation sur les osse- ments du géant
Teutobochus, roi des Cimbres, París, 1613.*
Y, sin embargo, es posible hacer unas observaciones
in¬quietantes.
El descubrimiento de huesos de gigantes humanos no
es ya una leyenda. Se han encontrado tres restos
reconocidos científicamente como huesos de hombres
de una estatura gi¬gantesca, uno en el Transvaal, otro
en el sur de China y el otro en Java. No parece que se
trate de aberraciones extrañas, análogas a los
fenómenos exhibidos en los circos, sino de una talla
normal para el conjunto de la población en cuestión.
Por otra parte, se ha encontrado en Siria, y también en
Moravia, utensilios de piedra de un peso de tres a
cuatro li¬bras, y cuyo tamaño sobrepasaba los 3 o 4
m (excavaciones de Burkhalter en Moravia).
Los gigantes habrían desaparecido (esto es lo que da a
en¬tender el estudio comparativo de las tradiciones)
en el trans¬curso de la Era terciaria, mientras que la
Humanidad actual había comenzado a existir desde
hacía ya un millón de años. Se ha intentado explicar
este gigantismo de los «antediluvia¬nos» con razones
de tipo científico: en la cosmología lunar de Horbiger,
por ejemplo, la fuerza distinta —más intensa— de la
atracción limar, mucho más fuerte en períodos
anteriores
4. De he cho, es e es queleto de un «gigante» de
7,5 na de altura fue presentado s» setiembre Un 1842
e le Academia Un lee Cisgciee, qeu censtetó qee
eieeRe osemente pertenecíe e en enimel fósil del
género Ue loe maetoUo»tse (especie de slsfa»tse
titentes).
4 — 3.385 que en la actualidad, habría favorecido la
aparición de especies de una estatura gigantesca —
incluyendo las razas humanas.
Antiguos exegetas, como Lapeyriére, en sus Prae-
Adamitae (1655), ya hablaban de esos famosos
gigantes, y las leyendas antiguas son asimismo
prolijas en lo que respecta a la afirma¬ción de la
existencia, en otras épocas, de pueblos temibles, de
una estatura gigantesca, cuyo recuerdo se encuentra
en gran parte del folklore.
No obstante, es imposible encontrar algo realmente
preci¬so desde el punto de vista científico en todas
esas historias fabulosas, excepto en algunos casos
muy raros; hay, pues, tra¬diciones peruanas que
hacen referencia, de una manera bas¬tante detallada,
a una raza de gigantes, los Huaris, que habrían
levantado un gran número de las construcciones
ciclópeas re¬partidas por toda la región andina.
Horbiger y sus discípulos se han obstinado asimismo,
con sus grandes hipótesis arqueo¬lógicas algo
aventuradas, en querer probar el gigantismo y la
época fabulosamente antigua del gran pueblo
constructor de las ruinas realmente colosales de
Tiahuanaco, cerca del lago Titicaca. Pero hay que
señalar que la mayoría de los arqueó-logos están lejos
de compartir esas teorías.
Con seguridad, la romántica hipótesis de una raza de
gi¬gantes espléndidos y constructores, permitiría
resolver fácil¬mente el misterio de los edificios
ciclópeos y, principalmente, el problema de los
monumentos megalíticos (menhires, dól¬menes,
piedras, oscilantes, crómlechs).
Pero no hay nada comprobado en esas suposiciones:
inclu¬so se puede objetar que, en el terreno de las
tradiciones sobre las civilizaciones desaparecidas, no
hay nada que pruebe la existencia necesaria de
gigantes que hubiesen poblado los fa¬bulosos
continentes: recordemos, por citar el ejemplo más
conocido, que el famoso relato de Platón no menciona
en ab¬soluto una talla gigantesca de los atlantes.
El reino de las madres
Si bien no hay nada que permita generalizar —todo y
de¬jando como posible la existencia de poblaciones
antiguas de talla claramente superior a la normal, la
Ciencia permite con¬firmar otra tradición: la que
asegura que toda la potencia masculina habría sido
precedida, en otro tiempo, por la de las mujeres,
soberanas y sacerdotisas. Contrariamente a una
opinión científica corriente, la existencia de un
matriarcado primitivo no es, en absoluto, una
invención de etnólogos ro¬mánticos: en la Antigüedad
encontramos, por ejemplo, a los druidas, quienes
afirman que su poder teocrático habría su¬cedido al
reino de las mujeres superiores, que se llamaban
«Hadas»... En numerosas tribus existen curiosas
costumbres (tribus africanas, asiáticas y otras), cuya
existencia no puede explicarse más que por la
reminiscencia de un antiguo estatu¬to que era
totalmente matriarcal.
Exegetas y teóricos del esoterismo han multiplicado,
evi-dentemente, las conjeturas a este respecto. Los
antiguos sím¬bolos han sido escrutados y se ha
intentado, por ejemplo, demostrar que la esvástica
que dirige sus ramas hacia la de¬recha en su forma
benigna (inversamente a la cruz gamada hitleriana),
se dirigía hacia la izquierda en la época del
ma¬triarcado legendario.
Sociólogos, etnólogos, historiadores de las religiones
han podido poner de manifiesto el estrecho vínculo de
los cultos mágicos que favorecen el principio
femenino, con los miste¬rios terrestres, subterráneos
(ritos chtonianos) y lunares. Se ha podido demostrar la
continuidad de tendencias que apare¬cieron, por
ejemplo desde la legendaria época del sacerdocio
prehelénico, cuando la mujer ostentaba la primacía, y
los mis¬terios femeninos de Grecia y, posteriormente,
del Imperio ro¬mano con los cultos de Deméter,
Hécate, etc.
Los cretenses adoraban a una diosa madre, que tenía
un dios al lado, el cual representaba el papel de
satélite poco importante: encontramos en un
bajorrelieve una mujer llena de atributos divinos y,
cerca de ella, un hombre con los atri¬butos
correspondientes, pero de talla mucho menor.
Por toda Europa, y en otras partes también, algunos
mon¬tones de piedras brutas son llamados grutas,
rocas de las Ma¬dres, marcando —sin duda— el
recuerdo de sacerdotisas má¬gicas.
No es absurdo suponer que esos lugares servían de
retiro, en una época muy anterior, a mujeres
inspiradas, especie de sibilas o de pitonisas
prehistóricas.
El gran teórico moderno del matriarcado fue el filósofo
suizo Bachofen, fallecido en Basilea en 1887. A él se
debe el concepto sociológico y metafísico del
matriarcado, concebido como el estado de una
sociedad en la cual toda la autoridad —familiar,
política y religiosa a la vez— estaba en manos de las
mujeres.
Bachofen concibe a los pueblos como individuos que,
antes de crecer y desarrollarse en la espiritualidad del
patriarcado, han tenido que germinar y madurar a la
sombra de formas sociales en las que reinaba la mujer.
Así pues, Bachofen distingue tres «épocas» históricas:
la primera es la de la maternidad «hetaírica», de la
promiscui¬dad afrodítica, en la cual no existe aún el
matrimonio; el sím¬bolo de esa primera era matriarcal
era la exuberancia desen¬frenada, caótica de la
fertilidad cenagosa. El segundo período es el del reino
propiamente dicho de la Madre: es el matriar¬cado, la
ginecocracia, el demetrismo —cuando se instaura la
primera forma de matrimonio; se ha encontrado los
símbolos del comienzo, por el lado izquierdo, de la
noche, de la Luna, de la materia, de la profundidad
telúrica. Luego, viene el pe¬ríodo (que aún es el
nuestro) del patriarcado, es decir de la supremacía del
padre, de los hombres, con los símbolos
co¬rrespondientes del sol, de la altura, del lado
derecho, del día.
¿Vamos hacia un posible retomo del matriarcado? Si
bien Bachofen no lo veía posible, la idea parece
iniciarse actual¬mente en los espíritus.
Quizá veremos nacer una nueva tradición religiosa que
será el advenimiento de un neomatriarcado, de una
religión ini¬ciante de la gran Diosa. Veamos lo que nos
dice sobre esto Denis de Rougemont, en una obra muy
curiosa:
«Por fin, ciertos signos anuncian un fenómeno más
pro¬fundo, quizá comparable al que invadió la psique
colectiva del siglo XII...»6
La renovación poderosa de la mariología en la Iglesia
ca¬tólica y sus masas populares estarían asimismo en
esta pers¬pectiva, la manifestación de un fenómeno
más general y más profundo: la exaltación de la
Sophia, Sabiduría y Virgen-Ma¬dre eterna.
Hasta las obras populares (literatura y cine) no se
recobra esta coriente, por medio de una exaltación de
la «Mujer-Niña» salvador del hombre racional... Las
grandes esperanzas su¬rrealistas de André Bréton y
otros se unen, por vías diferen¬tes, a las
investigaciones de Robert Graves sobre la Gran Diosa,
las de Adrián Turel sobre el matriarcado, y muchas
otras in¬vestigaciones importantes.
Obras históricas, como la del profesor inglés E. O.
James, El culto a la Diosa-Madre, muestran, por otra
parte y en el plano de la más rigurosa investigación,
las profundas raíces del antiguo culto de la Mujer, la
Madre divina.
Se observará que cuando se habla de matriarcado
estricto, se postula siempre una superioridad real en
todos los planos (sociales, políticos, religiosos,
esotéricos) de la mujer con res¬pecto al hombre.
Aquí se encuentran las antiguas tradiciones griegas
sobre la existencia de las amazonas.
Veamos, por ejemplo, un pasaje de Diodoro de Sicilia
(li-
6. L’Amour l’Occident (Edit. Pión), edición
modificada y am¬
pliada, pág. 277.
bro III, cap. LII), que citamos de acuerdo con la
traducción al francés de Hoefer: «Se dice que en los
confines de la Tierra y al occidente de Libia7 habita
una nación gobernada por mu¬jeres, cuyas
costumbres son completamente distintas de las
nuestras. Allí es costumbre que las mujeres hagan el
servicio militar durante un tiempo determinado y
conservando su vir¬ginidad. Cuando ha acabado el
plazo del servicio militar, se ponen en contacto con
hombres para tener hijos con ellos, y ellas se ocupan
de las magistraturas y de todas las funciones públicas.
Los hombres pasan toda su vida en la casa, como
nuestras amas de casa actuales, y no se dedican más
que a quehaceres domésticos; se mantienen alejados
del Ejército, de la magistratura y de cualquier otra
función que pudiera inspirarles la idea de librarse del
yugo de las mujeres.»
Diodoro de Sicilia, en su Biblioteca Histórica, también
(III, 53) nos explica la derrota y el avasallamiento de
los po¬derosos atlantes por la altiva Myrina, reina de
las amazonas, quien se dice que había reunido un
ejército de treinta mil mu¬jeres de infantería y veinte
mil de caballería... Los griegos también indicaban la
existencia de amazonas al este de Asia Menor (región
del Cáucaso).
En el siglo xvi, los conquistadores españoles se dice
que se habrían encontrado, en la región actual de
Mato Grosso, con una temible tribu de mujeres
guerreras (éste es el origen del nombre tan curioso
que se ha dado al mayor río de la inmen¬sa selva
virgen sudamericana: el río de las Amazonas). ¿Se
trataba realmente de guerreras? Muchos historiadores
tienden a creer —pero ¿tienen motivos reales?— que
los españoles habían tomado por mujeres a indios del
otro sexo (los indios de esa región tienen una
apariencia femenina: rasgos finos, largos cabellos
ondulados, barbilampiños).
Se observa una verdadera obsesión por el
matriarcado, el reino olvidado de las sacerdotisas
hechiceras todopoderosas (¿de qué civilización
desaparecida?) en las extrañas telas de
7. Libia representaba, en la Antigüedad, todo el
oeste y el norte de Africa.
Leonor Fini: «La sociedad imaginaria creada por
Leonor Fini es claramente matriarcal, y esto parece
que es porque ella vuelve a crear la organización
espiritual de las sociedades pri¬mitivas, que también
eran matriarcales. No es la señal de una dominación
femenina, sino de la pertenencia a un culto muy
antiguo, a la más antigua religión en realidad, que
reaparece en la obra de esta pintora con singulares
resurgencias, carac¬terísticas de los basamentos
mágicos de un arte conectado con las creencias
primordiales de la Humanidad naciente.»a
Los sociólogos que niegan la existencia real de una
hipo¬tética era matriarcal no han dejado de subrayar
la improba¬bilidad física de una dominación tal por
parte de las mujeres sobre el «sexo fuerte». No
obstante, ahora está demostrado que la superioridad
masculina es, en gran parte, el resultado de hábitos de
pensamiento, de modos de existencia milena¬rios;
contrariamente a la opinión vulgar, las mujeres, si bien
con frecuencia son menos musculosas que los
hombres, están dotadas, en cambio, de una mayor
resistencia física (resis¬tencia al dolor, a las
privaciones, etc.). Detalle significativo: los sabios
habían pensado seriamente en utilizar como primer
tripulante espacial a una mujer; sólo el miedo a una
vehemen¬te campaña de protesta les obligó a tener
en cuenta la actitud habitual de respeto indulgente
hacia el «sexo débil»...
El punto de vista de los ocultistas
Los mitos más fabulosos sobre los continentes y las
razas desaparecidas han sido ampliamente recogidos
—y, al parecer, adornados— por eminentes ocultistas,
como Madame Bla- vatsky.
Ésta nos expone con todo detalle un historial muy
com¬pleto de las misteriosas civilizaciones —
prehumanas y luego humanas— que habrían
precedido (y por mucho) —se afirma
8. Marcel BRION, LeooorFini et sonoeuvre, París (J.-
J. Pauvert, 1955).
sin duda alguna— a las que nos descubren la Historia
y la arqueología científicas.
Abramos, pues, la enorme obra: La Doctrine secrete,
publi¬cada por Madame Helena Petrowna Blavatsky
en 1888; tiene el aspecto (al menos para un
observador que contemple el conjunto desde ariba) de
lo que Denis Saurat llamaba una «novela
historicocósmica», donde, con muchas peripecias, se
nos cuenta la historia de las grandes razas humanas.
Madame Blavatsky no es siempre tributaria de sus
propias revelacio¬nes imaginativas; en efecto, sus
investigaciones se apoyan en el conocimiento real de
tradiciones hindúes y budistas, de doctrinas
cabalísticas y, a veces también, de interpretaciones un
tanto aventuradas de los datos más desmesurados de
la geología.
La Tierra habría estado habitada al principio por razas
hi-perbóreas, asexuadas y vaporosas; luego, por seres
bisexua- dos, que habitaban el desaparecido
continente de Lemuria (del que Australia es un
vestigio) y, posteriormente, por atlan¬tes
monosexuados; más tarde, por la raza humana actual
(cuarta de un grupo de siete); tres razas distintas
sucederán a la nuestra... Se observará el papel que
desempeña en toda esta construcción ocultista, el
famoso número siete: hay siete razas, siete cuerpos,
siete ciclos astronómicos... la ley de las
reencarnaciones hace pasar a las almas siete veces
por cada una de las razas de cada ciclo, etc.
Ya se ve que una construcción tal es totalmente
imposi¬ble de ser confirmada con hechos; se
observará que incluso queda disminuida por los datos
habituales suministrados por las viejas tradiciones
(nada confirma, por ejemplo, el carácter asexuado de
los hiperbóreos, ni el hemafrodismo de los le-
murianos). Madame Blavatsky, aunque se diera cuenta
de que los geólogos no podían seguirla a su terreno
místico, se esfor¬zó —sin embargo— por evaluar a su
manera la duración de las eras geológicas: así obtiene
103 millones de años para la Era primaria, 36 millones
para la secundaria, 7 millones para la terciaria,
1.600.000 años para la Era cuaternaria, que toda-
vía continúa en nuestros días.
Pero el empleo de los términos geológicos no está
destina¬do más que a intentar remplazar las
construcciones míticas.
Madame Blavatsky sitúa en los orígenes a «hombres
divi¬nos» y «progenitores», seres gloriosos dotados
de poderes sobrenaturales. Antes de iniciarse la Era
secundaria, hay la aparición de los andróginos, que
serán barridos casi comple¬tamente por las sísmicas
convulsiones geológicas de esta era; a su vez, éstos
son sustituidos por los gigantes, ya con sexos
separados. Madame Blavatsky procura precisarlo
mejor, y describe cinco razas humanas en la Doctrina
Secreta: la pri¬mera, espiritual en el interior, etérica
en el exterior y sin in¬telecto, habría vivido en el Polo
Norte, en los tiempos primi-tivos, o sea, en la época de
la primera consolidación de la corteza terrestre sobre
el magma en estado de fusión; la se¬gunda,
semiastral o etérica, con tina parcela de inteligencia,
habría poblado la legendaria hiperbóreas en la época
pri¬maria; la tercera, andrógina durante los dos
tercios de su duración, poblaba Lemuria, durante toda
la época secunda¬ria; la cuarta, prehistórica, tema
como hábitat el continente de la Atlántida y pereció a
mediados del mioceno después de haber durado
cuatro o cinco millones de años; en cuanto a la quinta,
que es la Humanidad actual, existiría desde hace die-
ciocho millones de años.
Cada gran raza se divide en siete subrazas: nosotros
so¬mos, como hemos visto, la quinta. Nos sucederá
una sexta subraza en América del Norte; en cuanto a
la séptima y últi¬ma subraza, deberá manifestarse en
América del Sur.
La Doctrina secreta, de H. P. Blavatsky, abarca seis
grandes volúmenes, y sus complejas enseñanzas se
presentan como fundamentadas —en última instancia
— en un manuscrito muy antiguo, Las estrofas de
Dzian, escrito en lengua sacer¬dotal secreta (el
Senzar) y que habría sido el arquetipo pri¬mitivo de
los más antiguos libros sagrados: el Tao-te-king chino,
las obras del Toth-Hermés egipcio, el Pentateuco de los
hebreos... Este famoso manuscrito, «el libro más
antiguo del mundo», explicaría toda la Historia del
mundo, desde los «co¬mienzos» más lejanos hasta la
muerte de Krishna (que habría tenido lugar hace algo
más de cinco milenios).
En muchos otros teósofos y ocultistas contemporáneos
se encuentran doctrinas análogas (a veces opuestas
en algunos puntos determinados del sistema) con la
gran síntesis de Ma- dame Blavatsky. Lo característico
de todas esas prestigiosas revelaciones es que se
colocan en un terreno en el que, eviden¬temente,
toda verificación o negación concreta es
absoluta¬mente imposible... Sin embargo, existen
algunas doctrinas, ciertas afirmaciones de los
ocultistas contemporáneos, que se colocan en una
esfera donde se pueden anticipar y aventurar algunas
paralelas. Por ejemplo, existirían unos Centros
espi¬rituales, escondidos a los ojos de los profanos
porque prote¬gen al mundo mediante su influencia
invisible; pero también porque son las imágenes, en la
Tierra, del propio mundo ce¬leste. ¿Por qué no,
después de todo?
De la misma forma se dice que existen lugares (como
Cali¬fornia, la ciudad de Lyon, etc.) que hubiesen sido
preparados mágicamente en los tiempos antiguos por
grandes iniciados, para servir —en el transcurso de los
siglos o milenios futu¬ros— como puntos de reunión
para los investigadores mági¬cos calificados. De tal
suerte, se puede llegar muy lejos con la imaginación y
las conjeturas.
No faltan visiones de cariz apocalíptico en el
esoterismo actual: dicen que actualmente estaríamos
asistiendo al inexo¬rable ascenso progresivo de la
sexta y penúltima raza huma¬na, finalmente
destinada a «liberarse de las trabas de la ma¬teria y
de la carne»; solamente serían admitidos a ella
aquellos de entre los hombres actuales quienes,
debido a su estado es¬piritual avanzado, fueran
salvados por el desastre general Hay que reconocer
que tales ideas apocalípticas se ven reforzadas por los
temores conocidos.
Obsérvese asimismo que las concepciones de tipo
esotérico o teosófico siempre se apoyan en una
perspectiva de evolución regresiva, ya que todo va de
mal en peor desde la edad de oro al siniestro fin de los
tiempos. Por otro lado, he aquí el comentario que hace
Madame Blavatsky en la trigesimoterce- ra de las
estrofas de Dzyan: «La estatura de los hombres se
reduce considerablemente y la duración de su vida
disminuye. Habiendo ido a menos desde el punto de
vista de la divini¬dad, se mezclaron con razas
animales y se unieron en matri¬monio con gigantes y
pigmeos. Muchos de ellos adquirieron conocimientos
divinos —incluso hasta conocimientos infie¬les— y
siguieron fácilmente el camino de la izquierda (se
tra¬ta aquí de la magia negra). Así es como los
atlantes se acer¬caron, a su vez, a la cuarta
destrucción.»
Pero volvamos al punto de partida glorioso, siempre
según la Doctrina Secreta: en el seno del Absoluto,
una jerarquía de entidades, que rigen la marcha y los
mundos de la realidad. Madame Blavatsky descubrió
tradiciones muy antiguas: en las narraciones budistas,
por ejemplo, encontramos —en efec¬to— la existencia
de unos primeros hombres cuyo cuerpo es¬taba
compuesto de una especie de plasma espiritual, que
to¬davía no tenían sexo y planeaban sobre la
superficie de las aguas terrestres.
Recordemos que la doctrina de una caída progresiva
de la Humanidad es muy antigua y se encuentra en
casi todas las perspectivas religiosas.
También puede hacerse un estudio general de
simbolismo oculto: así, Pedro Astete, en su obra Los
Signos, hace con¬jeturas esotéricas sobre lo que él
considera un símbolo cru¬cial: el cuadriculado
general, el cual simbolizaría el espacio de dos
dimensiones dividido proporcionalmente por la cruz,
repetida en las dos direcciones con un intervalo igual.
De hecho, en esoterismo estamos siempre en un
terreno don¬de el porvenir personal se convierte en
seguida en una alegoría de la evolución de la
Humanidad entera; de ahí las posibilida¬des
realmente inagotables que se ofrecen a todos aquellos
que intentan, a su vez, la oculta exégesis de los mitos,
de los símbo¬los, de las antiguas tradiciones.
Así pues, el esoterismo desarrolla grandiosas doctrinas
so¬bre la Humanidad en su desarrollo histórico y
geográfico, pero hay que reconocer que escapan a
cualquier tipo de confirma¬ción científica: ¿se
encuentran siempre siete grandes tipos planetarios en
la Humanidad? ¿Por consiguiente, existe un
paralelismo con la generación de siete Espíritus
planetarios y de los Elohims preadamitas, de las
fuerzas que organizaron la Tierra? Nada puede decirse.
Sin embargo, no podemos olvidar el estudio de
numerosas tradiciones de carácter «oculto», aunque
siempre tomando muchas precauciones y escrutando
el valor real de los testi¬monios invocados. Pensamos,
como ejemplo característico, en los mapas que
habrían sido traídos de Cachemira por Lead- beater, y
que mostrarían la distribución de los grandes
conti¬nentes sucesivamente desaparecidos... Si se
adopta el punto de vista del sabio imparcial, es
conveniente siempre examinar sin ningún prejuicio
dogmático los testimonios poco rigurosos en
apariencia, sin negar, a priori, su posibilidad, aunque
reco¬nociendo —desde luego— que sería
indudablemente inútil buscar en ellos pruebas de cariz
verdaderamente irrefutable.
III. CONTINENTES DESAPARECIDOS
A. La Atlántida
Al hablar de las civilizaciones perdidas se evoca
inmedia¬tamente el mito de la Atlántida, el continente
engullido por las olas del actual océano Atlántico.
Entonces uno se halla, si no ante una certeza
científica, al menos ante unas conjetu¬ras, o
probabilidades susceptibles de ser confrontadas con
los hechos, con los documentos, accesibles. Pero
empecemos por el mito de la Atlántida tal como lo
encontramos en el propio Platón.
El mito platónico
¿Es Platón el primero en hablar del gran continente
desa-parecido? Para el esoterismo, no existe duda
alguna sobre la existencia de tradiciones muy
anteriores al relato de Platón, sobre este punto
determinado. En realidad, es difícil explorar —hay que
entender siempre, científicamente hablando— esta
prehistoria del mito platónico: así pues, algunos
especialistas han podido negar toda anterioridad del
tema atlantidiano an¬tes de Platón y sus discípulos.
Existe el testimonio de Crantor, citado según Proclo
(un platónico bastante tardío, después de todo): tres
siglos des¬pués de Solón, los sacerdotes egipcios de
Sais habrían mos¬trado a Crantor unas misteriosas
estelas cubiertas de inscrip¬ciones jeroglíficas que
contenían la «historia de la Atlántida y de las gentes
que la habitaban». Siendo ese testimonio muy
posterior a la época de Platón, es imposible tomarlo
científi¬camente en cuenta.
No obstante, el texto mismo del Timeo, de Platón, nos
da a entender muy bien —hemos de creer en la
palabra del autor— que no se trata en absoluto de una
ficción, de una narración meramente mítica: el relato
narrado de cuarta mano (unos atlantes al sacerdote
egipcio, de éste a Solón, de Solón a Critias y de Critias
a Platón), nos proporciona un in¬forme de
acontecimientos históricos que se habrían produci¬do
nueve mil años antes de Solón. Y hay otra fuente
platónica, un diálogo —que quedó inacabado—
totalmente dedicado a este problema de la Atlántida,
narrado de la misma fuente: es el diálogo titulado
Critias o La Atlántida.
Hay una nota de Léon Robin que resume muy bien lo
esen¬cial del mito platónico de la Atlántida: «La
travesía del océa¬no está jalonada de islas (Azores,
Canarias, de Cabo Verde); la ficción de la Atlántida
consiste en suponer que esa Polinesia en otro tiempo
tenía, muy cerca de nuestras costas, su Aus¬tralia.» 1
Es lo que permanecerá hasta nuestros días como la
tesis más clásica sobre el enigma de la Atlántida.
Platón nos cuenta la invasión del suelo de la Grecia
pre¬helénica por un formidable ejército compuesto de
atlantes y de guerreros de la Gran Tierra firme (o sea,
quizá venidos de América... ¿por qué no?) que estaba
sometido a su domina-
1. Pá^pna 65 de 1 tomo II de la ed
ícíón de las Obras completas,
de Peatón (BiSliptheque de le Pléicde, GdUimdrd).
ción. Por otro lado, Platón y los sacerdotes de Sais
describen una «primera Atenas», que había sido
construida por una ci¬vilización muy anterior a los
atenienses clásicos y que pudo resistir eficazmente las
fuerzas atlantes.
El abuelo de Critias conocía todo el relato sobre los
atlan¬tes del gran legislador ateniense Solón, quien lo
había reco¬gido personalmente de labios de un
sacerdote egipcio de Sais.
Se trata de tradiciones de naturaleza viva y precisa,
no de generalidades o ensoñamientos vagos; se nos
describen con detalle (aunque, es verdad, que con
muchos adornos legenda¬rios) todas las prodigiosas
maravillas de la gran «sumersión». He aquí, pues, un
pasaje de Critias o La Atlántida que cita¬mos según
traducción de Léon Robin (en la Bibliothéque de la
Pléiade, de Gallimard), párrafo 113: «Al lado del mar,
pero hacia el centro de toda la isla, había una llanura
que, según la tradición, fue la más bella de todas las
llanuras y que poseía toda la fertilidad deseable. Y
cerca de esta llanura, todavía en el centro de la isla,
había, a una distancia aproximada de cincuenta
estadios, una montaña de dimensiones muy
peque–as. En ella habitaba uno de los hombres que
habían nacido primitivamente de la Tierra; su nombre
era Evenor, y la mu¬jer con quien vivía se llamaba
Leucipa; tuvieron una sola hija, Clito. Cuando la
muchacha alcanzó la edad núbil, su madre murió, así
como también su padre. Entonces, Poseidón (dios del
mar, el Neptuno romano), que la deseaba, se unió a
ella, y eliminó todas las pendientes de la alta colina
donde ella vivía transformándola así en una sólida
fortaleza, establecien¬do, unos alrededor de otros,
alternativamente más pequeños y más grandes, unos
verdaderos ruedos de tierra y mar, dos de tierra y tres
de mar, como si, a partir del centro de la isla, hubiese
hecho funcionar un tomo de alfarero, y hecho alejar
del centro en todas direcciones aquellos cercos
alternos, ha¬ciendo así inaccesible a los hombres el
núcleo de la fortaleza; en efecto, todavía no existían ni
barcos ni navegación. Luego, fue Poseidón en persona,
quien, a sus anchas en su calidad de dios, adornó ese
centro de la isla, haciendo brotar a la su¬perficie de la
tierra una fuente de agua doble, caliente y fría, que
salía de un manantial haciendo producir a la tierra una
nutrición variada y en cantidad suficiente.»
Prescindamos del elemento de fábula (papel del dios
griego del océano): esas extrañas construcciones no
tienen nada que sea imposible técnicamente. Platón
se extiende ampliamente acerca de los
embellecimientos de la ciudad atribuidos a los
atlantes, los legendarios descendientes de Neptuno a
través del semidiós Atlas (de donde procede su
nombre): «Ellos abrie¬ron —nos dice el Critias
(párrafos 115-116) [siempre según la traducción de
Léon Robin]—, partiendo del mar, un canal de tres pies
de profundidad y de una longitud de cincuenta
esta¬dios, y continuaron su abertura hasta el foso
circular más ex¬terno; gracias a ese canal,
proporcionaron a los navios el me¬dio de remontar
desde el mar hasta ese foso, como hacia un puerto,
después de haber abierto en él una boca lo suficiente
grande como para permitir la entrada de los más
grandes baje¬les. Como era natural, hicieron
asimismo, frente a los puentes, en los
solevantamientos circulares de tierra que, al
separarlos, cerraban los cercos marítimos, unas
aberturas suficientes para que un solo trirreme pasara
a través de ellas desde uno de es¬tos últimos al otro;
luego las cubrieron con un techo lo sufi¬ciente alto
como para permitir la navegación por debajo de él,
pues los bordes de los solevantamientos de tierra
sobre¬pasaban en suficiente altura el nivel del mar.
Por otra par¬te, el mayor de los fosos circulares, aquél
donde la abertura del canal dejaba entrar el mar, tenía
tres estadios de ancho, y el solevantamiento de tierra
que seguía tenía una anchura igual a la suya. Unos
segundos cercos, el de agua tenía dos estadios de
ancho y, a su vez, el de tierra era también igual de
ancho que el foso anterior. Por último, aquel cuya agua
corría alre¬dedor del núcleo mismo de la isla, medía
un estadio. En cuan¬to a ese islote central, en el cual
se encontraban los aposentos reales, su diámetro era
de cinco estadios, y estaba rodeado por todos lados, al
igual que los dos últimos cercos, y que el puen¬te que
tenía un «pletro» de ancho, por una muralla circular de
piedra, con unas torres y puertas que habían sido
instaladas en las cabezas de puente, a cada lado, en
los puntos de paso del agua del mar. La piedra era
extraída del contorno de la monta¬ña que constituía
el islote central, y también de los solevanta¬mientos
de tierra, tanto de sus paredes como de su seno; en
unos lugares era blanca, en otros negra o roja; la
misma ex¬tracción de la piedra permitía, al mismo
tiempo, habilitar en el hueco de la cantera de dos
diques de carena, cuyo mismo pe¬ñasco constituía la
bóveda. Para lo que son hoy día las cons-trucciones,
unas eran muy simples; en las otras, se
entremez¬claban las distintas piedras, tejiendo, como
por diversión, un abigarramiento de colores (...)
Además, todo el perímetro del muro lindante con el
foso más externo había sido guarnecido de bronce,
utilizado como se utiliza un revestimiento, y, por otra
parte, el muro del foso interior había sido tapizado de
es¬taño fundido. En cuanto al que rodeaba la propia
acrópolis, había sido revestido de un latón que poseía
el resplandor del fuego.»
Pero esto no era nada, observa Platón, comparado con
las increíbles maravillas del suntuoso palacio real, en
el interior de la acrópolis de Atlántida. En el centro, se
hallaba el esplén¬dido santuario de Clito y Poseidón,
lugar inviolable, todo él cercado por una maravillosa
valla de oro.
Nos proporciona asimismo una descripción que parece
muy precisa de ciertos ritos de la religión de los
atlantes: especial¬mente, un rito de sangre de
comunión con dios, en el que el fiel introducía en su
cuerpo la fuerza divina al beber la sangre de la víctima
animal... Pero Platón nos deja, singularmente, con
hambre; nosotros desearíamos aún más detalles sobre
el culto, sobre la organización social, las costumbres,
etc, de los atlantes.
¿Por qué fue aniquilada la gloriosa civilización de los
at¬
lantes? Platón nos hace observar que su apogeo
coincidió con un paroxismo de avidez, de lujuria, de
afán de poder, de per¬versión refinada. Por otra parte,
parece como si se tratara de una especie de
decadencia necesaria, efecto de las leyes cícli¬cas
que rigen el propio porvenir de toda civilización
llegada a su punto de perfección social y técnica. He
aquí lo que nos dice un pasaje célebre del Cridas (el
párrafo 121, que cita¬mos según la traducción de
Robin): «Pero cuando llegó a em¬pañarse en ellos (en
los atlantes), el destino que tenían del dios, por haber
sido mezclado, y muchas veces, con muchos
elemen¬tos mortales; cuando predominó en ellos el
carácter humano, entonces, impotentes desde
entonces para soportar el peso de su condición actual,
perdieron la compostura en su manera de
comportarse, y su fealdad moral se hizo visible para
los ojos que pudieran ver, puesto que, de entre los
más preciados bie¬nes, ellos habían perdido los más
hermosos; mientras que para unos ojos ciegos
incapaces de ver la relación de una vida autén¬tica
con la felicidad, pasaban justamente entonces por
buenos, en grado supremo, y por felices, llenos como
estaban de in¬justa codicia y de poder.»
Ésta es la razón por la cual la Atlántida había de
incurrir en la cólera de los dioses, y sufrir una rápida
destrucción: se¬gún palabras de un filósofo
neoplatónico, Filón el Judío (que vivió veinte años a. de
JC), la Atlántida «en el espacio de un día y una noche
se hundió quedando sumergida por un enorme
temblor de tierra y quedó sustituida por un mar que,
en reali¬dad, no era navegable sino confuso y
fangoso». (Esta última expresión parece aplicarse al
actual mar de los Sargazos.)
Volvamos a lo que nos dice sobre el gran cataclismo el
mismo Platón, en Timeo, 25 (siempre citado según la
misma traducción de Robin): «Pero, en los tiempos que
siguieron (la gran guerra de los antiguos atenienses
contra la Atlántida) hubo violentos temblores de tierra
y cataclismos; en el plazo de un día y una noche
funestos que sobrevinieron, los combatien¬tes (el
Ejército ateniense) el pueblo entero, en masa, se
hundió bajo la tierra, e igualmente la isla Atlántida se
hundió en el mar y desapareció. Desde entonces
sucede que, aún en nuestros días, el mar allí sea
impracticable e inexplorable, obstaculizado por los
bajos fondos de cieno que la isla depositó al hundirse
en los abismos.»
Esto es, más o menos, todo lo que puede deducirse
histó¬ricamente en claro de la narración de Platón.
Los intérpretes posteriores se han preocupado,
evidentemente, de descubrir la fecha exacta del gran
cataclismo que sumergió a la At- lántida.
El capitán español don Pedro Sarmiento de Gamboa,
por ejemplo, en la segunda parte de su gran Historia
general de las Indias (1572), sitúa el hundimiento de
la Atlántida mil tres¬cientos veinte años a. de JC, muy
posterior a las valoraciones habituales que sitúan el
cataclismo en una época mucho más antigua: «Yo
baso esta correlación —decía en su libro—, en lo que
nos dice Platón acerca de la conversación de Solón
con el sacerdote egipcio. En efecto, según todos los
cronistas, Solón vivió en tiempos del rey Tarquino el
Viejo, de Roma, cuando Josías era rey de Israel'o de
Jerusalén, 610 años a. de JC. Entre la época de esa
conversación y la época en que los atlantes habían
hecho la guerra a los atenienses, habían transcurrido
nueve mil años limares, que corresponden a
ocho¬cientos sesenta y nueve años solares.
Calculando el conjunto se llega al total indicado
anteriormente.»3
Se han hecho muchos otros intentos de datación del
cata¬clismo, en general mucho más ambiciosos;
tendremos oca¬sión de mencionar algunos de ellos.
¿Qué se puede sacar en conclusión de todo ello?
Nos parece que en Platón no se trata de un relato
puramen¬te mítico, de, intenciones moralizantes o
filosóficas, sino del conocimiento preciso (más o
menos fiel o completo, es cierto) de acontecimientos
históricos que se desarrollaron en una épo¬ca muy
anterior a la Grecia clásica, puesto que nos sumergen
en pleno período pelágico, prehelénico,, el de la
primera civili-
3. Pasaje cit ado en Imbelloni y Vivante,- -El lib fo do la
Atlánlina, traducción francesa (Payot editor, París),
pág. 36.
zación griega que habría destruido el llamado diluvio
de Deu- calion, idéntico —sin duda— al maremoto
gigantesco del que una de sus consecuencias fue la
desaparición del continente atlántico, cataclismo
telúrico y marítimo que tuvo un desa¬rrollo
sumamente precipitado, habiendo destruido en
veinti¬cuatro horas un continente más grande que la
actual Australia.,.
Pero las tradiciones narradas por Platón, ¿no podrían
ex¬plicarse por el recuerdo, deformado y adornado,
de cosas que admiraron antiguos navegantes que
descubrieron América, mu¬chos siglos antes de
Cristóbal Colón? La pregunta merece plan¬tearse.
Antiguos descubrimientos del continente americano
Se ha intentado todo tipo de exégesis en este campo...
De tal suerte, las famosas diez tribus perdidas de
Israel ha¬brían emigrado —se nos dice— hacia el
Norte y el Oeste, y final¬mente habrían
desembarcado en América. Recordemos los versículos
del texto bíblico de Esdras: «Éstas son las diez tri¬bus
que fueron transportadas en cautividad fuera de su
país en tiempos del rey Oseas, que fue hecho
prisionero por Salma- nasar, rey de Asiría, y las llevó al
otro lado del mar hasta lle¬gar a otro país. Pero ellos
decidieron entre sí que abandona¬rían la
muchedumbre de idólatras y que avanzarían hasta
otro país que nunca había sido habitado por los
hombres, a fin de poder seguir allí sus propias leyes,
que no habían podido observar jamás en su país.
Entraron en el Eufrates por los estrechos pasos del río,
pues el Altísimo les hacía percibir unos signos y retuvo
la corriente hasta que hubieron atravesa¬do el río,
pues había un largo trayecto que recorrer en aquel
país, durante un año y medio. Y esa región se llama
Arsareth. Vivieron allí hasta épocas recientes.»
Estos peregrinajes se situarían en el siglo v antes de
JC. La imaginación de algunos intérpretes modernos ha
tra¬bajado mucho a partir de estos datos bíblicos, y
semejantes ideas parecen inciertas a los sabios. Sin
embargo, una tradi¬ción india aseguraba que Florida
había sido habitada en otro tiempo por hombres
blancos, que poseían instrumentos de hie¬rro;
ciertamente parece arriesgado hacer de esta
población unos colonos judíos, los constructores de los
enigmáticos y colosales mounds (montículos) de
América del Norte que pro¬bablemente habrían sido
de raza aria. Pero, verdaderamente, nada nos obliga a
negar la gran travesía de las diez tribus per¬didas de
Israel a través del Atlántico.
La idea de que el continente americano haya podido
cono¬cerse desde la Antigüedad parece generalmente
absurda a mu¬chos historiadores contemporáneos.
Normalmente se arguye la imposibilidad técnica de
atravesar el océano con los peque¬ños navios de los
pueblos mediterráneos. De hecho, este argu¬mento
no tiene ningún valor: ni el tonelaje relativamente
im¬portante, ni siquiera son forzosamente necesarios
unos gran¬des perfeccionamientos técnicos para
cruzar una gran exten¬sión oceánica (pensemos en la
balsa del doctor Bombard, o en las traslaciones —
éstas involuntarias— que, periódicamen¬te, han
hecho ir a la deriva a náufragos en primitivos esquifes,
desde Europa o desde África hasta América, o
viceversa)... Por otra parte, podemos indicar este
hecho significativo: los indí-genas de las Azores,
interrogados por los portugueses, sabían muy bien que
hacia el Oeste existían unas tierras habitadas. Los
vientos favorables pueden conducir en quince días un
ve¬lero de las costas de Africa a las costas orientales
de las Amé- ricas. A la inversa, unas corrientes
permiten ir bastante fácil¬mente desde China y desde
Japón hasta California, lo que pue¬de muy bien
explicar el descubrimiento —considerado
erró¬neamente como legendario— del «País de Fou-
Sang» (que era, con toda probabilidad, la región
californiana) hacia el 458 d. de JC por una expedición
de juncos chinos.
Cada vez menos se considera a Cristóbal Colón como
el primer descubridor del Nuevo Mundo. Ya se ha
podido esta¬blecer científicamente la existencia, al
principio de la Edad Me¬dia, de expediciones de los
frisones por el mar tenebroso, más allá de Islandia;
sobre todo, hoy día es bien conocida la colo¬nización
de Groenlandia (hacia 680-700 de nuestra era),
poste¬riormente de América del Norte por los vikingos
establecidos primeramente en Islandia. Pero el
descubrimiento por el na¬vegante islandés Ari
Marsson de una tierra desconocida, lla¬mada por los
vikingos Hvétramannaland («tierra de los hom¬bres
blancos») o Irland-it-mikla («la gran Irlanda») parece
de-mostrar la anterioridad, en la colonización de
América del Norte, de los celtas y quizá de
predecesores todavía más an¬tiguos. Las tradiciones
de los pieles rojas se refieren, por su parte, a un
pueblo de enviados divinos, de raza blanca, que
ha¬bían venido «de Oriente» en una fecha muy
lejana. Se trata de aquellos hombres enigmáticos que,
sin duda, habían edifi¬cado los mounds, tan
numerosos en toda la cuenca del Mississi- ppi: así
pues, los navegantes irlandeses conocían muy bien,
desde los mismos comienzos de la Edad Media, lo que
ellos lla¬maban el «País de los Montículos».
Esta gran tierra se caracterizaba por unos
«montículos», así como por la dirección oriental y
occidental de ríos que tienen su nacimiento hacia el
centro del continente, por el aire embalsamado que se
respiraba allí y por las brumas que lo envolvían a
veces a cierta distancia de las costas.
Sin embargo, la Gran Irlanda estaba situada por las
sagas islandesas más al Norte del continente: detrás
del Markland (la Nueva Escocia actual), al sur del
Hellúland (es decir el Labrador) y al norte del Vinland
(la actual parte septentrio¬nal de los Estados Unidos);
sin duda, se trataba entonces de los establecimientos
celtas de la península situada al sur del estuario del río
San Lorenzo, o sea, del Nuevo Brunswick y de una
parte del Bajo Canadá.
América, en general, era conocida por los irlandeses
con el poético nombre de Hy Brasail, que significa
«Isla de los Bien-aventurados». Por otra parte, aún
subsisten vestigios arqueo¬lógicos de esta
colonización irlandesa del Nueva Mundo: la «Redonda»
de Newport (en Rhode Island) sería, no es nada
imposible, un antiguo santuario celta.
En realidad, América fue vista continuamente,
contraria¬mente a la opinión común, por navegantes
de la Antigüedad y del Medievo. Las historias de
horribles peligros, sobre natu¬rales y demoníacos
eran inventadas fácilmente por los pro¬pios
navegantes, para alejar a los posibles competidores
co¬merciales: ésta es la razón por la cual las leyendas
acentúan con tanta frecuencia el carácter
«infranqueable» del océano Atlántico. .
Además, los sabios antiguos daban una importancia
teó¬rica a esta convicción, persuadidos como estaban
de la abso¬luta inhabitabilidad de determinadas
regiones de nuestro Glo¬bo. Veamos, por ejemplo, lo
que nos dice Cicerón en el Sueño de Escipión,
reproduciendo las palabras que pone en boca de
Escipión el Africano: .
«Ved la Tierra. Está rodeada de círculos que llamamos
zo¬nas: las dos zonas extremas, cuyo centro
respectivo son los polos, están cubiertas de hielo. La
del centro, que es la mayor, está quemada por los
rayos del sol. No quedan, pues, más que dos que sean
habitables. Así los pueblos de la zona templada
austral, que se encuentran en las antípodas, son, para
voso¬tros, como si no existieran.»
La idea, tal cual, pasará a los primeros doctores
cristia¬nos, que a veces irán más lejos con esta idea
del irremediable aislamiento de los habitantes del
Mundo Antiguo.
Escuchemos a san Agustín: «Dado que —decía— la
Biblia no puede equivocarse jamás y que sus
narraciones del pasado son la garantía de sus
predicciones para el futuro, es absurdo de¬cir que
unos hombres hayan podido llegar, a través del
inmen- son océano, al otro lado ' de la Tierra para
establecer también allí la especie humana.» ’. .
Los mitos egipcios, al considerar el lejano Oeste como
la morada de Osiris y de los muertos, no incitaban ya a
los na¬vegantes a aventurarse en las olas del océano.
Una inscripción que data de la quinta dinastía, y que
fue encontrada sobre una pirámide de Saqqara,
declara: «¡No andéis por esas vías de agua de
Occidente! Los que van no vuelven jamás...» Durante
milenios, las aguas situadas al otro lado de las
Columnas de Hércules (el actual estrecho de Gibraltar)
serán el «mar pe¬ligroso»...
Y, sin embargo, hemos visto la atracción que sentían
los antiguos por los «sublimes caminos de Occidente»;
que con¬ducían a las «islas de los Bienaventurados»,
a las paradisíacas «islas Afortunadas»... Esa eterna
espera se resistió a los temo¬res ancestrales,
extraordinariamente reforzados por los nave¬gantes
fenicios y cartagineses que explicaban por doquier
ho¬rribles historias para salvaguardar sus privilegios
comerciales, adquiridos cortando el libre paso a través
de las Columnas de Hércules a casi todas las demás
grandes naciones marítimas...
Parece indiscutible que los fenicios se aventurasen
hasta el mar de los Sargazos, y que incluso llegasen a
América del Sur: tendremos ocasión de darnos cuenta
de ello al tratar de interpretar ciertos recortes bíblicos.
Paralelismos
¿Podemos extender el problema del Nuevo Continente,
y descubrir indicios (lingüísticos, religiosos,
arqueológicos, etc.) que prueben las interrelaciones de
América con los otros con¬tinentes?
En la costa occidental de América del Sur, e incluso en
California, ha podido comprobarse, por ejemplo, la
identidad de las palabras de ciertas lenguas tribales
indias con las de dialectos oceánicos. Y los
paralelismos lingüísticos son toda¬vía más fáciles de
descubrir entre América y Asia, África o in¬cluso
Europa antiguas.
Por supuesto, filósofos a veces demasiado aventureros
han creído tener, con sus «etimologías» arriesgadas,
la clave de-
masiado fácil de todas las tradiciones del Viejo y del
Nuevo Mundo. No obstante, nosotros creemos que los
sabios contem¬poráneos hacen mal en clamar
automáticamente contra la «mix¬tificación». Existen
ciertas analogías inquietantes: un sabio americano,
Augustus Le Plongeon, pudo demostrar que
nume¬rosas palabras del lenguaje maya (un tercio,
quizás) a veces recuerdan sorprendentemente el
griego antiguo, mientras que existen analogías entre
los caracteres del alfabeto de los an¬tiguos mayas y
ciertos jeroglíficos del antiguo Egipto; el len¬guaje
chiapenec, hablado por una tribu india de América
Cen¬tral, contiene palabras hebreas... Paul Le Cour y
sus colabora¬dores de la revista francesa Atlantis
hicieron un gran esfuerzo por revelar
sistemáticamente todos los paralelismos etimoló-
gicamente posibles, y estas tentativas no merecen en
absoluto el desprecio del mundo científico.
El problema de las convergencias significativas se
basa en el nivel de los símbolos esotéricos
tradicionales: la cruz, el círculo, la serpiente, el disco
solar, la esvástica, etc., se encuen¬tran tanto en las
civilizaciones de la América precolombina como en las
grandes culturas antiguas del Viejo Mundo.
Asimismo, el sabio comprueba analogías muy a
menudo sig-nificativas en la arquitectura religiosa: las
pirámides se en¬cuentran también en las vecindades
del Mediterráneo y cerca del golfo de México
(contrariamente a una objeción que se hace
frecuentemente, los teocalli de los mayas y de los
aztecas son verdaderamente pirámides, cuya
intención geométrica sal¬ta a la vista y que, a pesar
de innegables diferencias, manifies¬tan una misma
estructura de pensamiento religioso que las del valle
del Nilo).
Todas esas anologías entre América y el Antiguo
Continen¬te descansan sobre el problema de la
Atlántida. En efecto, una de dos: o hay que admitir
una relación directa entre los ma¬yas y los antiguos
egipcios, por ejemplo; o bien nos veremos obligados a
admitir una fuente común para esos dos grandes
conjuntos tradicionales, lo cual permite dar cuenta de
las in¬negables similitudes, aunque considerando las
diferencias, las oposiciones no menos destacables,
fácilmente explicables por la hipótesis de dos
conjuntos que evolucionan, cada uno por su lado, a
partir de una hipotética fuente común.
Pero antes de volver a la Atlántida propiamente dicha,
va¬mos a tener que abordar la «periferia» del
problema, al exami¬nar las tradiciones y relatos
concernientes a diversas islas o regiones de fábula.
Antilia, Eldorado y compañía
«Antilia», «Brasil» y las otras islas fabulosas del
Atlántico han dado lugar a todo tipo de hipótesis, de
interpretaciones diversas.
La más célebre de esas tierras huidizas es la isla de
Antilia. En 1414, un navio español se habría acercado
por vez primera a esa gran isla, de una superficie tan
importante como la de España, y que está situada a
33° de longitud.
En los tratados y mapas geográficos medievales
aparece toda una serie de esas islas fabulosas, con
nombres diversos: Stocafixa, Roillo, Antilia, Brazil o
Brasile; esos nombres figura¬rán todavía muchas
veces en los mapas, hasta el siglo xvi y a veces más
tarde.
La incertidumbre de las localizaciones (longitud y
latitud) realizadas por muchos navegantes antiguos
puede muy bien explicar errores que hayan hecho
situar una tierra real en un lugar geográfico a veces
muy alejado; puede ser también que haya habido
costas continentales que fueran vistas desde lejos por
un navio, y que hubieran sido tomadas por las de una
isla... De donde resulta la posibilidad de
identificaciones diversas.
«Antilia», por ejemplo, ¿no era nada más que unas
ribe¬ras del continente americano? Es muy posible...
Recordemos
6. Más tarde, los nombres de Antilia y Brazü se
emplearen para designar descubrimientos reales.
Obsérvese que Stocafixa («isla del bacalao seco») era,
quizá. Tierra Nueva, conocida por ciertos marinos
medievales.
que el nombre de Antillas no es atribuido a las islas
Lucayas (Caribes o Carnereanas) definitivamente más
que en el si¬glo XVII.
Es cierto que, además de las falsas identificaciones, ha
habido —sin duda— numerosos ilusionismos causados,
por ejemplo, por brumas que desde lejos fueron
tomadas por una costa. Y muchas veces, esas
historias de descubrimientos de una isla desconocida
pueden explicarse por el encuentro de un iceberg.
Pero no olvidemos nunca los descubrimientos reales
que pueden muy bien esconderse detrás de los relatos
más fantásti¬cos en apariencia. A veces, hasta los
milagros se convertirán en realidades, mucho más
tarde: la imposible de encontrar isla de Bracie, Berzyl
o Brasil (la ortografía varía mucho) será dibujada,
durante siglos, en los mapas medievales en el
mis¬mísimo centro del Atlántico; más tarde, el
nombre servirá para designar el Brasil actual.
Pero surge una pregunta: ¿pueden haber desaparecido
gran¬des islas (no hablamos, de momento, de la
Atlántida) después de su descubrimiento?
Por ejemplo, cataclismos geológicos han podido hacer
de-saparecer un rico archipiélago descrito por
navegantes venecia¬nos: los hermanos Zeni, al otro
lado de Islandia, y que, según Berlioux, servía
antiguamente de albergue secreto a los mari¬nos que
recorrían un itinerario secreto que unía a Europa con el
mundo transoceánico.
¿Era éste también el caso de la legendaria Isla de las
Siete Ciudades?
Ésta es la tradición: después de la conquista de la
penín¬sula Ibérica por los árabes, siete prelados, bajo
la dirección de uno de ellos, se habrían embarcado
hacia el Oeste con toda su grey. Después de una larga
travesía, habrían abordado final¬mente una isla
desconocida, que llamaron de una forma natu¬ral Isla
de las Siete Ciudades.
¿Se ha podido visitar, más tarde, esa isla destinada a
una inexorable y misteriosa desaparición? Al parecer,
fue así: en
1477, un navegante portugués, que fue a la deriva en
el Atlán¬tico a consecuencia de una gran tempestad,
habría desembar¬cado en la gran isla, encontrando
las siete ciudades, cuyos ha¬bitantes aún hablaban
portugués (pero el portugués de antes de la conquista
árabe).
Encontramos fabulosas historias sobre las Siete
Ciudades, pero esta vez transportadas al continente
americano por las esperanzas y la imaginación de los
conquistadores ibéricos —y de sus sucesores de otras
nacionalidades.
En 1530, el padre franciscano Marcos de Niza
intentaría hallar en California una región, de una
opulencia increíble: la de las Siete Ciudades de Cíbola.
La expedición ulterior del conquistador F. Vázquez de
Coronado no encontró el reino, pero cosa curiosa,
existía en California un poblado indio muy pobre que
precisamente llevaba el nombre de Cibola. Ade¬más,
esa región de California presenta una curiosa
peculia¬ridad étnica: la existencia de indios de piel
clara y cabellos rubios, que podría ser tentador de
asimilar con descendientes muy lejanos de los
legendarios emigrados portugueses...
Quizá hemos de hablar aquí de las tradiciones de El
Dora¬do, el reino del «Hombre Dorado», todavía
extendidas actual¬mente: periódicamente, los
periódicos nos informan de la mar¬cha de intrépidos
exploradores o de aventureros hacia la con¬quista de
esta selva misteriosa, generalmente localizada en la
región amazónica todavía sin explorar: en esa región
misterio¬sa de grandes edificios abandonados,
pueblos desconocidos que habitan la parte
inexplorable del Mato Grosso es donde habría
desaparecido el célebre coronel Fawcett. Pero El
Dorado, rei¬no de un legendario rey barbudo llamado
Tatarrax, había sido primeramente situado por los
conquistadores en Quivira, en los límites de California.
Vázquez de Coronado esperaba po¬der llegar a
descubrir así el fabuloso reino cristiano del «Pres¬te
Juan» en esa región de Cibola, a unas 400 leguas al
norte de México. Durante la expedición, se había de
descubrir algo muy curioso, aunque de origen
diametralmente opuesto: unos restos de los «navios
del Catay», es decir juncos chinos... La expedición de
Francisco Vázquez de Coronado emprendida a través
del desierto californiano para ir a descubrir el
fabulo¬so Eldorado en la mítica región de las Siete
ciudades de Cíbo¬la, no había de ser la única: al igual
que las exploraciones in¬tentadas para comprobar
otro mito de los conquistadores: el rico imperio indio
del Waipiti (o Paititi).
En la época contemporánea, lo que domina son las
locali¬zaciones sudamericanas de Eldorado: en el
Paraguay (leyen¬da de las tres Ciudades de los
Césares), en el macizo guayano de los montes Tumuc-
Humac, en una región inexplorada de la cordillera de
los Andes y, sobre todo, en la impenetrable sel¬va
virgen que reina en los lugares todavía desconocidos
del Mato Grosso brasileño. Continuamente, nuevos
exploradores intentarán el fabuloso viaje.
Otra región huidiza —pero esta vez susceptible de ser
lo¬calizada mucho más exactamente: la misteriosa
región de las Minas del Rey Salomón.
Ophir se sitúa generalmente en Arabia o en África,
pero qui¬zás esté en la cuenca superior del
Amazonas, en los límites de la cordillera de los Andes
y también de las Guayanas. La región propiamente
dicha de las Minas de Ophir pudo estar situada cerca
del río Iapura (afluente del Amazonas), en la frontera
de Colombia y Brasil.
A primera vista, esta localización sudamericana de las
re¬giones bíblicas de Ophir, Tarschich y Parvain
parece arbitra¬ria. Sin embargo, las investigaciones
de un erudito explorador del siglo pasado, el vizconde
Onfroy de Thoron, pudieron de¬mostrar que los viajes
trienales de las flotas de Salomón y de Hiram, cuyos
marineros eran todos fenicios, pudieron muy bien
tener como objetivo el futuro río de las Amazonas y
sus grandes afluentes. Nuestro autor invocaba
paralelismos lin¬güísticos: todo tipo de pruebas
indirectas, especialmente cu¬riosas similitudes
filológicas entre la lengua quichúa de Amé¬rica del
Sur (hablada por los indios del Perú) y el hebreo an-
tiguo. Al parecer, los fenicios se establecieron primero
en la isla de Haití, para ir a fundar colonias o ciudades
en el conti-
nente sudamericano; sin duda, pasaban por Cuba.
Por otra parte, parece probable que* otros pueblos
anti¬guos, aparte de los fenicios, hayan intentado
cruzar el Atlánti¬co. Los griegos, sin duda, habían
podido establecer colonias en América desde antes de
la fundación de Cartago. Parece que los egipcios
también: regularmente salían expediciones del
Antiguo Egipto hacia el Oeste, es decir con destino a
América, para traerse el oro, tan necesario para la
fabricación de los ornamentos destinados para los
templos y palacios.
Platón señala que, más allá de la Atlántida, existen
grandes y numerosas islas (o sea, las Antillas),
seguidas de la Gran Tie¬rra firme. Y más allá, a su
vez, el Gran Mar (lo que no puede ser otra cosa que el
océano Pacífico).
Diodoro de Sicilia (45 a. de JC nos indica, por su parte,
una gran «isla» transoceánica, que describe así: «Está
a una dis¬tancia de Libia de varios días de
navegación, y se halla situa¬da al Occidente. Su suelo
es fértil, de gran belleza y regado por ríos
navegables.» La descripción se puede aplicar con
exac¬titud a América del Sur.
Al parecer, las autoridades vaticanas han conservado
du¬rante' siglos el conocimiento exacto, pero secreto
de los itine¬rarios marítimos que llevaban a las
«tierras del Oeste», espe¬cialmente, a las tierras
norteamericanas del «Sur de Groenlan¬dia».
En 1477, Cristóbal Colón llegó a Islandia, después de-
una corta estancia en Irlanda; había estado
investigando acerca de los legendarios viajes de san
Brandán. En cuanto a la historia de una ruta «nueva y
más corta» a las Indias orientales, en rea¬lidad parece
haber sido destinada al gran público: el contrato
firmado por Colón con la Corte de España mencionaba
todas las islas y continentes «que él podría descubrir»,
y no men¬cionaba las Indias.
Pero la Atlántida, ¿no podría haber existido,
efectivamen¬te? Ésta es la pregunta que se nos
plantea ahora.
Situaciones diversas atribuidas a la Atlántida
a) Gran abismo del Atlántico
Leemos en el Manuel rosicrucien del doctor H. Spencer
Le- wis el siguiente pasaje, que posee el mérito de
recoger el punto de vista clásico de los esoteristas y
ocultistas actuales:
«La Atlántida. Nombre del continente que ocupaba en
otro tiempo una inmensa porción del espacio
actualmente cubierto por el océano Atlántico. La
Atlántida tenía, en determinadas regiones, una
civilización bastante avanzada y constituye la antigua
fuente de la cultura mística. El monte Pico, que se
ele¬va todavía sobre el océano en el archipiélago de
las Azores, era una montañas sagrada para la
iniciación mística.»
Además, parece que Platón no es la única
confirmación de esta localización tradicional: entre los
antiguos celtas encon¬tramos otros detalles que
coinciden con el relato platónico, pero sin mencionar
el nombre de la Atlántida. Particularmen¬te, unas
crónicas irlandesas suministran detalles muy curiosos
sobre los testimonios desaparecidos de la gloriosa
civilización engullida.
Por ejemplo, existen, las tradiciones referentes a las
extra¬ñas estatuas indicadoras erigidas en otra época
en las islas del océano Atlántico: siete en las actuales
islas de Cabo Verde; una en la cima de una montaña
en la isla de Corvo, la más sep¬tentrional de las
Azores, y que será todavía observada por los marinos
portugueses y españoles (representaría un caballero
extrañamente vestido, cuya mano derecha señalaba el
Occi¬dente).
Según algunas religiones irlandesas, el itinerario
maríti¬mo que conducía a las tierras del Oeste estaba
indicado por la estatua de bronce —en la cima de un
peñasco elevado, perdi¬do en medio de las olas— de
una mujer que indicaba el Oeste. Los navios que se
hubiesen aventurado por allí habrían perma¬necido
tres años ausentes de su patria, pero ese lapso de
tiem¬po correspondería, en realidad, a trescientos
años de nuestro tiempo: aquí nos encontramos con el
tema «ciencia-ficción» de los universos paralelos...
No obstante, las tradiciones irlandesas se refieren a un
con¬tinente situado en nuestra esfera existencial, y
que no parece ser otro que la Atlántida de Platón,
identificada corrientemen¬te por los irlandeses con su
«Iberia» primordial, con la Mag Mor de las viejas
leyendas celtas, con la «gran llanura», país legendario
de los dioses y de los muertos desde que se hundió
totalmente bajo las aguas. Y esas tradiciones
confirman la si¬tuación común de Atlantis, la ciudad
de las Puertas de Oro, la extraordinaria capital de los
atlantes, en el espacio marítimo actualmente situado
en el Noroeste de las Azores.
¿Fue la Atlántida totalmente engullida? No habría
queda¬do más que las cimas más elevadas, que
forman hoy día las Azores y las Islas Canarias, esos
dos archipiélagos volcánicos a lo largo de las costas
africanas.
Por otra parte, un navegante americano, pretende
haber contemplado, poco antes de la Segunda Guerra
Mundial, en un tiempo extraordinariamente claro, unos
grandes vestigios de construcciones cubiertas por la
arena a lo largo de las Azores.
Volvamos a las leyendas: durante la existencia del
conti¬nente atlántico, el eje polar habría sido dirigido
hacia las Pléyades; y el pico de Tenerife (que era
antiguamente el pico más alto de la Atlántida) sería el
último vestigio de la vieja «tierra sagrada» de los hijos
de Atlas.
En las leyendas celtas se encuentran muchas
tradiciones que se refieren a ciudades engullidas, a
países y hombres que «viven bajo las aguas»; lo que
atestigua el claro recuerdo de un gran cataclismo del
océano Atlántico.
Los druidas habían conservado asimismo en Alesia, en
tiem¬pos de Vercingetorix, tradiciones explícitamente
referentes a los atlantes.
La bibliografía de la Atlántida establecida por Jean Gat-
tefossé y Claudius Roux contaba, en su segunda
edición (que es del 1932), con 2.500 títulos; y desde
entonces no han dejado de aparecer numerosos libros
y artículos...
Nuestra meta no es otra que tratar, modestamente, de
pre¬cisar la situación, teniendo siempre presente que,
en el enig¬ma de la Atlántida, hay que considerar dos
planos: el de la rea¬lidad (histórica, arqueológica) y el
del mito, de las tradiciones.
¿Existen pruebas concretas del hundimiento del
continente atlántico?
Si los picos actuales de las Canarias, de Madeira y de
las Azores no son, en principio, más que las cimas más
conside¬rables de la gran tierra engullida
antiguamente por las aguas, la respuesta debería ser
fácil; por otra parte, es absolutamen¬te demostrable,
hablando geológicamente, que esas islas pro¬ceden
de un gigantesco hundimiento atlántico.
¿No habrían también hechos inquietantes, de una
induda¬ble realidad, susceptibles de confirmar el
cataclismo por otros derroteros ?
En 1858, durante la colocación del cable telegráfico
sub¬marino entre Inglaterra y Estados Unidos, se
desenterraron —en un punto del océano situado
aproximadamente a 100 km al Norte de las Azores y
que tiene una profundidad de 3.100 m— pequeños
trozos de una roca basáltica que no puede solidificarse
más que al aire libre, y que, además, presentaba unas
aristas agudas, angulosas, atestiguando la ausencia
de erosión realmente importante, lo que implicaba que
el hundi¬miento del suelo se había producido en una
época geológica reciente. Este hecho mereció los
comentarios del profesor Pie- rre Termier —publicados
en un notable opúsculo en 1913 y que se titulaba,
precisamente, La Atlántida (Boletín del Ins-tituto
oceanográfico de Mónaco, 1913, n.° 246).
Pero Terminer concluía su informe con esta frase: «Un
6 — 3.385 solo punto queda por clarificar, la cuestión
de saber si el ca-taclismo que trajo consigo la
desaparición de la isla es anterior o posterior a la
aparición del hombre en Europa occidental.»
Hay que reconocer que el punto es importante y
muchos geólogos creen firmemente en la existencia
del continente at¬lántico sin que por esto se
clasifiquen entre los «atlantófilos». Así pues, queda
ampliamente probado que, en el fondo del océano
Atlántico, entre América y el Viejo Continente, existe el
contorno de un continente y que, por otro lado, este
hun¬dimiento se produjo en una fecha geológica
relativamente re¬ciente, sin que la ciencia pueda —no
obstante— aportar gran¬des precisiones al respecto;
de todas formas, en la época de ese cataclismo (sin
duda, al final de la Era terciaria o princi¬pios de la
cuaternaria) y, según las evaluaciones recientes, el
hombre ya existía; he aquí, pues, el primer problema
zanjado...
Las riberas europea y africana del Atlántico están
jalona¬das por una línea casi ininterrumpida de tierras
volcánicas, desde la isla de los Pájaros y de Jan-Mayen,
en el Ártico, hasta los volcanes del continente
antártico; por lo demás, los tem¬blores de tierra son
frecuentes en toda esa inmensa región.
Geo¬lógicamente, no hay, pues, nada imposible —
sino todo lo con¬trario— en la existencia del gran
cataclismo...
En cuanto a la famosa hipótesis (la que desarrolló
magis-tralmente Wegener) de la deriva de los
continentes, no des¬miente en absoluto la hipótesis
de la Atlántida, contrariamente a la opinión corriente:
«De igual manera que no se puede separar los trozos
de un pastel sin hacer migas, no se puede separar
África de América sin hacer trozos sumergidos e islas.
Esto explica las lagunas que se observan en la reunión
de los fragmentos del rompe¬cabezas
afroamericano.»
Mientras que, en efecto, es posible superponer a
maravilla el contorno del Brasil y de la costa africana
de Guinea, la super¬posición es imposible entre
Europa y el Maghreb por un lado, y América del Norte
y Central por otro; la causa de que el rompecabezas
no encaje en aquellas zonas es el hundimiento de la
Atlántida...
En todos los ámbitos, la supuesta existencia de la
Atlánti¬da, ese puente gigantesco entre los dos
continentes (haya exis¬tido ese continente en la Era
terciaria o mucho más tarde, en el momento del
apogeo de la civilización griega, por ejemplo) permite
eliminar todas ias desagradables soluciones de
conti¬nuidad.
La hipótesis es muy cómoda, hay que confesarlo, y
permite a los sabios resolver enigmas y problemas
embarazosos.
Se comprende muy bien las siguientes líneas de G. R.
Car- li, uno de los grandes atlantólogos
contemporáneos:
«Las islas que existen actualmente en el espacio que
sepa¬ra los dos continentes son realmente las cimas
de montañas lo bastante altas como para emerger en
la superficie. Así pues, concibo sin dificultad que ha
existido allí un amplio territorio, quizás hace más de
seis mil años, que comprendía, a partir de las islas de
Alvarez y de Tristán de Acuña, los Picos, las islas de
Martín de Vaz, Santa Elena, la Gran Ascensión, las islas
de San Mateo, las Canarias y las Azores. Ese
continente hubiera sido mayor que Africa con una
parte de Europa tomadas con¬juntamente, ya que
hubiese ocupado 80° de latitud, mitad al Norte, y
mitad al Sur del Ecuador.»
Los especialistas de la cuestión atlante se han
esforzado enormemente por desarrollar el sistema y
por apoyarlo sin cesar con hechos y teorías
significativos y demostrativos.
Una obra que hace historia en este terreno es, por
ejemplo, Atlantis: the Antediluvian World (1882), libro
que hasta la fe¬cha ha tenido más de cincuenta
reediciones; es la obra de un sabio americano, el
senador Ignatius Donnely. Pero, de hecho, tendríamos
que citar toda una biblioteca si hubiéramos de
mencionar todos los trabaj’os sobre el enigma de la
Atlántida; incluso si solamente tenemos en cuenta,
de< momento, la loca¬lización clásica del continente
desaparecido... Nos contenta¬remos con recordar la
magnífica obra que incansablemente ha realizado Paul
Le Cour y el equipo de la revista Atlantis que dirige
actualmente Monsieur Jacques d’Arés.
¿Pero cuándo pudo producirse el gran cataclismo
atlante? Se ha podido descubrir la fecha probable del
sumergimiento contando a partir de los «nueve mil
años» a los que se refiere la conversación decisiva de
Solón y del sacerdote egipcio (que se sitúa hacia el
560 a. de JC). Por otro lado, esos 9.000 años no se
remontan al cataclismo, sino a la fecha del conflicto de
los atenienses primitivos y los atlantes, cuya duración
no se indica...
El astrónomo ruso Filippoff se entregó a minuciosas in-
vestigaciones comparativas: el atento examen de la
tradición mexicana relativa al Diluvio, y el estudio del
desplazamiento anual del punto vernal (precesión de
los equinoccios), el pun¬to equinoccial de otoño
(vernal) se encontraba en el momento del gran diluvio
bajo el signo de Cáncer, lo que corresponde a la
constelación Proesepe Caneri, lo cual permite pensar
que la Atlántida habría sido engullida hacia el año
7350 a. de JC. Por el contrario, según el atlantólogo
italiano Paniagua, los 9.000 años del sacerdote de Sais
deberían interpretarse como «períodos sotiacos» de
1461 años, lo que‘alcanza la prodigio¬sa cifra de trece
millones ciento cuarenta y nueve mil años. Y se han
hecho muchas otras tentativas...
Se ha podido tratar de dar un retrato físico de la raza
at¬lante, pero los atlantólogos distan mucho de estar
siempre de acuerdo entre ellos. Unos dan, por
ejemplo, una raza roja, otros una raza azul (ya sea
natural o mediante un artificio estético). Sin embargo,
la mayoría de los autores parecen estar de acuer¬do
en considerar a los atlantes como una raza de
hombres blancos, de cabello generalmente moreno y
liso y de pómulos salientes.
Además, esto es lo que parecen confirmar los escasos
do¬cumentos conocidos, que se presume representan
el tipo físico atlante.10 En cuanto a los arios rubios tan
estimados por ciertos atlantólogos alemanes, parece
más probable relacionarlos con otro continente
desaparecido: la legendaria Hiperbórea. ¿Cómo fue
destruida la Atlántida? Dado que Platón no nos lo dice
todo, en absoluto, los atlantólogos han intentado
com¬pletar su relato, utilizando todos los métodos y
coincidencias posibles, incluyendo los recursos a las
investigaciones de «mé¬diums».
Todo el mundo está de acuerdo en atribuir la
destrucción final de la Atlántida a un terrible
maremoto. Veamos, por ejem¬plo, lo que nos dice el
novelista ruso de anticipación Alexis Tolstoi en su
novela Aélita: después de haber descrito la
exis¬tencia refinada de los magazitles, o «Maestros de
la guerra», o sea, miembros de la casta dirigente de
los atlantes, de una téc¬nica temible, nos describe la
catástrofe. Escuchémosle: «Pero he aquí que la Tierra
tembló, y de pronto, en una ola gigantes¬ca que venía
de las regiones boreales, el océano se desencade¬nó,
en un color crepuscular de ceniza, barriendo todo ser
vivo de la superficie del continente. Sin embargo, el
abrigo de los ciclópeos muros de la capital, en lo alto
de una pirámide con escalones chapados de láminas
de oro, los magazitles vola¬ban a través del océano
que se desencadenaba sobre ellos, a través de las
cenizas y el humo de las brasas, hacia el espacio
interestelar. Bruscamente se sintieron tres nuevas
sacudidas, que dislocaron el continente. La ciudad de
las Puertas de Oro se hundió, entonces, en las aguas
desencadenadas.»
Los teósofos y los ocultistas contemporáneos
generalmente han complicado los problemas
atlantidianos y han añadido al mito central todo tipo
de ramificaciones prestigiosas, tan exu¬berantes
como las más fantásticas narraciones de «ciencia-
fic¬ción»: la Atlántida sería una civilización de origen
extrate¬rrestre (algunos atlantes se habrían podido
refugiar en la Lima o en Marte después del
cataclismo); la Atlántida, origen
00. Nuestro amigo /Uitome Gérard posee una notabla
cabeza zon un casco, de origen misterioso, que
confirma estos datos.
antediluviano de^ la Aggartha subterránea aún más
mística, etc.
Un discípulo de Madame Blavatsky, Scott Elliot,
afirmaba haber recibido por clarividencia la
descripción exacta de los cuatro cataclismos sucesivos
sufridos por la Atlántida a par¬tir del año 800 000 a.
de JC (lo que implicó la separación de la parte
americana del fabuloso continente) hasta el gran
diluvio definitivo, situado en el 9564 a. de ■ JC).
En cuanto a Madame Blavatsky, habría conseguido
leer, página por página, el manuscrito secreto
guardado en el Vati¬cano (el otro ejemplar se
encontraría en un monasterio secre¬to del Tibet) que
relata toda la historia y el destino de los at¬lantes.
En el fondo, no hay nada imposible, ya que lo peculiar
de esas afirmaciones es que están por encima de toda
posibili¬dad de verificación objetiva...
Generalmente se atribuye a los antiguos atlantes una
técni¬ca más o menos igual a la nuestra: armas
ultramodernas, má¬quinas voladoras, vehículos
terrestres que se desplazaban con reactores (sin
ruedas) y hasta dispositivos secretos para viajar a
través de los distintos niveles del tiempo. Según
Rudolf Steiner, los atlantes sabían transformar en
energía de movi¬miento la fuerza germinativa
procedente de los granos vegeta¬les, de ahí la
posibilidad de construir motores silenciosos muy
ingeniosos para sus vehículos: «Éstos planeaban a
poca altu¬ra sobre el nivel del suelo, menos altos que
las montañas de la época atlante. Pero también tenían
aparatos especiales que les permitían pasar por
encima de las cadenas montañosas.»
En lo que los atlantes nos sobrepasaban
extraordinaria¬mente a nosotros hombres de la era
interplanetaria, es en que poseían un poder mágico
mecánico que coronaba sus conoci¬mientos ocultos:
se nos afirma que su élite poseía el control total de las
fuerzas de la Naturaleza, mediante el conocimiento de
las leyes profundas detrás de la manifestación de
todos los fenómenos, y esto ocurría en todos los
planos de existencia. Conocían los más prodigiosos
secretos de la alquimia y de to¬das las demás
disciplinas taumatúrgicas. Pero, sucumbiendo al
atractivo de la conquista de los «poderes» mágicos,
los at¬lantes, al despertar imprudentemente las
fuerzas «negras», se precipitaron hacia su pérdida, —
el cataclismo podría haber sido el resultado (¿por qué
no?) de su dominio demoníaco de la energía nuclear.
Por desgracia, sobre todos esos problemas
apasionantes no disponemos más que de una
documentación científicamente in-comprobable, como
aquellos dibujos automáticos coloreados que se
exhibían en la exposición berlinesa de pintura
mediúm- nica (1931). No negamos en absoluto esos
documentos, pues estamos dispuestos a concebir la
posibilidad de un descubri¬miento intuitivo de
verdades objetivas; simplemente, creemos
razonablemente que no podemos incluirlas en el
terreno de las investigaciones científicas, ya que su
carácter es justamente escaparse de ellas por propia
definición.
Por lo demás, es innegable que muchos ocultistas han
he¬cho deducciones demasiado aventuradas, como
Augustus Le Plongeon, que nos dice que la
francmasonería es de origen ame¬ricano y que se
extendió por Europa a través de la Atlántida, —una de
las «pruebas» que se alegan en apoyo de esto es el
descubrimiento de una estatuilla de piedra del
Yucatán, en la cual se ve una mano simbólica sobre un
delantal, que el autor declara alegremente
«masónico»...
Se han hecho esfuerzos —y ahí las comparaciones son
váli¬das— por encontrar en la Atlántida la fuente
primitiva de las grandes tradiciones espirituales de
Occidente. No es impo¬sible...
El Hiéron de Paray-le-Monial y su revista Novissium
Organon quisieron relacionar así el esoterismo
cristiano con la Atlántida. Ese centro espiritual
fundado por un jesuíta, el padre Devron, se había
dedicado a establecer una filiación di¬recta del
Cristianismo a la Atlántida —por mediación del
drui¬dismo y de la tradición sagrada de Aor-Agni,
estudiada por Paul Le Cour y sus discípulos.
Según Ignace Donnelly, la Biblia sería el reflejo de otro
libro sagrado, escrito anteriormente para los atlantes...
Se plantea entonces el problema de la supervivencia
indi¬recta de la Atlántida: en el Perú, en México, en
América Cen¬tral, en España, en Egipto, en Libia, en
Irlanda, etc. —luga¬res que habrían sido pisados en
otro tiempo por la coloniza¬ción partida de la
Atlántida, nación guerrera y dominante.
Vista la amplitud de esta colonización atlante, uno se
pre¬guntará por qué encontramos tan pocos vestigios
arqueológi¬cos o tradiciones cuyo origen no pueda ser
atribuido más que a los conquistadores atlantes. En
realidad, hay que pensar que el gran cataclismo que
destruyera el continente de los atlantes permitió, en
muchos casos, la muerte de las colonias atlantes por
las poblaciones dominadas —aprovechando la ocasión
para deshacerse de un yugo que había de pesarles
extraordinaria¬mente, pues la Atlántida había
establecido, sobre todo el cir¬cuito del océano, una
dominación militar que debía ser tan dura e
implacable, como la futura potencia romana; el propio
relato de Platón deja entender el carácter guerrero,
expansio- nista, del poder militar atlante— y el ardor
de la resistencia de las poblaciones que intentaban
subyugar. Y, si los pueblos evolucionados trataban
naturalmente de asimilar mal que bien la herencia de
la cultura atlántida, el reflejo de tribus aún pri¬mitivas
sería muy distinto: después del cataclismo, numerosas
colonias atlantes fueron, sin duda, saqueadas y
revueltas por los colonizados locos de rabia...
Pero, ¿no hay poblaciones que podrían haber sido los
des-cendientes, más o menos cruzados con otras
razas en muchos casos, de atlantes que escaparon a
la suerte de su continente?
El pico de Teide se dice que no sería otra cosa que la
cima más alta —salvada del maremoto— de la gran
montaña sa¬grada de los atlantes: el propio monte
Atlas; de ahí procede la idea de realizar las
investigaciones en la zona de las Canarias. Cuando
ese archipiélago fue descubierto por los españoles,
éstos lo encontraron ocupado por un pueblo de raza
blanca: los guanches, quienes no habían de tardar en
desaparecer casi por completo.
Los guanches eran un pueblo que vivía en un estado
la¬mentable, pero esta cultura tan rudimentaria, lejos
de revelar¬se como una prueba de original salvajismo,
parecía más bien la degeneración lamentable de una
civilización, en otra época muy evolucionada, ya que
ciertas técnicas (momificación, cons¬trucción de
objetos artísticos, escritura jeroglífica) resultaron
haber sido en otro tiempo conocidas por los insulares,
cuyas creencias religiosas parecían, además, haber
tenido en otra época una expansión no menos
compleja (los guanches, por ejemplo, veneraban a una
Virgen negra —no cristiana, eviden¬temente). Así
pues, la idea de ver en los guanches a los des-
cendientes degenerados de los atlantes no tiene nada
de absur¬do, sino todo lo contrario.
Otro pueblo de origen misterioso, pero éste vivo y muy
evo-lucionado: los vascos, cuya lengua y símbolos
quizá se re¬monten a la Atlántida, lo que no es en
absoluto una hipótesis descabellada, pues el origen
étnico del pueblo vasco (aquellos navegantes blancos
que vinieron antiguamente por el océano) continúa
siendo un enigma no resuelto por la antropología y la
etnología...
Suele relacionarse con los atlantes una raza muy
distinta; los indios americanos. Por otro lado, la teoría
puede invocar tradiciones y hechos inquietantes. Entre
los pieles rojas de Dakota, por ejemplo, existe una
curiosa leyenda muy signifi¬cativa que afirma que sus
antepasados, como todas las demás tribus indias,
habrían venido antiguamente de una misma isla, que
estaba situada «en la dirección del sol naciente».
En Uxmal, Yucatán, hay un templo maya en ruinas que
tiene unas inscripciones jeroglíficas en
conmemoración de «las tierras del Oeste de donde
vinimos».
Se observará que hay ciertas tradiciones que
relacionan las Indias con una intervención misteriosa,
pero que esta última se concibe más bien como un
tipo de colonización (aunque pacífica) por otra raza, de
grandes civilizadores blancos. En¬contramos entonces
las tradiciones aztecas que giran en tomo a la isla
sagrada del Este, la «tierra del sol» donde reinaba él
gran dios Quetzalcóatl, el prestigioso civilizador blanco
y bar¬budo, cuyo retorno glorioso aguardaban los
súbditos de Moc¬tezuma —lo cual, como es sabido,
había de facilitar singular¬mente la labor de Cortés y
sus compañeros.
Quetzalcóatl, la «serpiente de plumas», era de un
origen completamente no indio: ese ser divino se creía
que había vuel¬to a su lejano país de Oriente después
de haber dado a los in¬dígenas mexicanos el
calendario, la escritura y las artes.
Partiendo de estos datos, los atlantólogos han sido a
veces muy intrépidos, multiplicando las asimilaciones
discutidas por la investigación científica objetiva. He
aquí un pasaje signi¬ficativo de Michel Manzi: «En
resumen, ¿qué es el maya, sino un idioma de un
pueblo rojo venido de la Atlántida? ¿Y el griego? No es
otra cosa que una lengua derivada del hebreo, el cual,
a su vez, es un derivado del egipcio. Entonces, ¿no se
trata, pues, de dos idiomas muy íntimamente
emparentados como dos ramas de la misrna planta?
¿No es la lengua atlante la clave de todo ese
misterio?»
Se ha hecho esfuerzos por descubrir en el continente
ame¬ricano monumentos arqueológicos de origen
atlante. La eru¬dición atlante se ha relacionado
especialmente con extrañas ruinas ciclópeas, que hay
que reconocer son dignas de admi¬ración: las
gigantescas ruinas descubiertas en Tiahuanaco, en
plena cordillera de los Andes. Habrían sido construidas
en una fecha prodigiosamente antediluviana por una
colonia atlante —y este lugar es invocado por Horbiger
y sus discípulos para atestiguar el aspecto gigantesco
de los hombres de la Atlán¬tida. En realidad, el
ejemplo de las Pirámides de Egipto, cons¬truidas por
hombres de talla normal, nos deja bastante
escép¬ticos en cuanto a los gigantes.
No obstante, es innegable que a unos 4.000 m de
altitud, cerca del lago Titicaca, se encuentran las
ruinas de varias ciu¬dades amontonadas unas sobre
otras y formadas por edificios colosales. Lo más
extraño es, quizás, el hecho de que allí hu¬biera un
puerto importante, los vestigios del cual revelan unas
construcciones orientadas con respecto a un océano
cuyas aguas no eran horizontales como lo son los
actuales mares con relación a nuestro horizonte, sino
que eran mucho más curvados que actualmente... Los
atlantólogos atribuyen a los extraños edificios de
Tiahuanaco una antigüedad fabulosa. De todas
maneras, R. Dévigne pudo demostrar que esas
extraordi¬narias ruinas estaban más o menos en su
estado actual hacia el año 2450 a. de JC, fecha en que
se supone que llegaron a Cuzco los fundadores de la
primera gran dinastía india del Perú. Pero habremos de
tener en cuenta la actitud de los arqueólogos según
los cuales las ruinas de Tiahuanaco pue¬den ser muy
bien explicadas sin recurrir a la prestigiosa hipó¬tesis
atlante...
No hay duda de que algunos americanistas que se han
de¬dicado al estudio de los problemas de la Atlántida
han mante¬nido teorías inverificables y ensoñaciones
poco rigurosas en el plano científico. Citaremos, como
caso significativo, las ex¬trañas imaginaciones de
Augustus Le Plongeon sobre los lazos secretos entre la
antigua América y los monumentos egipcios: la
esfinge de Gizeh no sería otra más que una efigie del
prín¬cipe Coh, el hermano y esposo (a la vez, como
era corriente entre los antiguos faraones) de la
enigmática reina Moo, y que habría sido asesinado por
su celoso hermano, Aac. La reina Moo había construido
para su esposo un soberbio mausoleo en Chichén Itzá
(Yucatán), donde el soberano estaba repre¬sentado
por un gran felino con cabeza de hombre. Moo,
hu¬yendo de la temible cólera de Aac, se habría
refugiado luego en Egipto, con el nombre de Isis o
Isidis (que significaba en maya, «pequeña hermana»),
y los egipcios la tomaron por so¬berana... Por otro
lado, la idea misma de un origen común —at¬lante—
de las civilizaciones precolombinas y de Egipto, dos
grandes polos de la colonización atlante, no tiene nada
de descabellado. Existen coincidencias que podrían
evidenciar la herencia atlantidiana del antiguo Egipto:
éste conservaba el recuerdo glorioso del «País
occidental, donde crecen espigas de siete codos».
Un egiptólogo americano, Mitchell Hedges, demostró
que la roca empleada para construir las pirámides de
Gizeh no es, en absoluto, la sienita egipcia, sino una
roca procedente de América del Sur.
En cuanto a las famosas y gigantescas pirámides, no
es ab¬surdo ver en ellas unos monumentos muy
anteriores a la época de los reyes Keops, Kefrén y
Micerinos, que únicamente ha¬brían intentado
utilizarlas en su beneficio postumo. Las tra¬diciones
musulmanas permiten entrever quizás el origen at-
lantidiano de las Pirámides. He aquí un relato
significativo que aparece en el Voyage en Orient de
Gérard de Nerval, que cita¬mos del texto de la edición
H. Clouard: «... trescientos años antes del Diluvio,
existía un rey llamado Saurid, hijo de Sa- lahoc, que
una noche soñó que todo se derrumbaba en la Tie-rra,
los hombres caían de bruces y las casas sobre ellos;
los astros chocaban unos contra otros en el cielo, y los
fragmentos cubrían el suelo hasta alcanzar una gran
altura. El rey se des¬pertó muy asustado y entró en el
templo del Sol... Convocó a los sacerdotes y divinos. El
sacerdote Akliman, el más sabio de ellos, le declaró
que también había tenido un sueño pa¬recido (...).
»Entonces fue cuando el rey hizo construir las
Pirámides en forma angular para poder soportar hasta
el choque de los astros, e hizo colocar esas piedras
enormes, unidas por pivo¬tes de hierro y talladas con
tal precisión que ni el fuego del cielo, ni el Diluvio
podían penetrar en ellas. Allí habían de refugiarse,
cuando llegara el caso, el rey y los grandes del rei¬no,
con los libros y las imágenes de la ciencia, los
talismanes y todo lo que era importante conservar
para el futuro de la raza humana.»
Si los faraones Keops, Kefrén y Micerinos se hicieron
en¬terrar en las pirámides que llevan su nombre, esos
monumen¬tos se remontarían, de hecho, a los
constructores atlantes; du¬rante siglos y siglos,
habrían permitido a la élite espiritual egipcia tener un
conocimiento bastante preciso de los altos secretos
mágicos de la Atlántida. No olvidemos que el saqueo
efectuado después de la conquista árabe habría hecho
desapa¬recer casi todos los objetos atlantes que
estaban guardados en esos gigantescos archivos de
piedra, empezando con las es¬tatuas mágicas que
guardan celosamente su entrada:
«La guardia de la Pirámide Oriental eia un ídolo de
con¬cha negra y blanca, sentada en un trono de oro,
que sostenía una lanza que nadie podía mirar sin
morirse. El espíritu unido a este ídolo era una bella y
sonriente hembra, que aparece to¬davía en nuestros
tiempos y hace perder el juicio a los que se
encuentran con ella.
»La guardia de la Pirámide Occidental era un ídolo de
piel roja, también armado de una lanza, que tenía en
la cabeza una serpiente enrollada: el espíritu que la
servía tenía ia for¬ma de un anciano de Nubia, que
llevaba un cesto en la cabeza y un incensario en las
manos.
»En cuanto a la tercera pirámide, tenía como guardián
un pequeño ídolo de basalto, con un zócalo del mismo
material, que atraía hacia sí a todo aquel que la
miraba, sin que pudie¬ra apartarse. El espíritu
aparece todavía en forma de un hom¬bre joven sin
barba, y por la noche.» (Gérard de Nerval, Voya- ge en
Orient.)
Gérard de Nerval, siempre en su Voyage en Orient (en
la página 353 de la edición de H. Clouard), nos explica
asimismo la finalidad que perseguían los constructores
de esos monu¬mentos fabulosamente antiguos:
«Así pues, la primera pirámide había sido reservada
para los príncipes y su familia; la segunda debía
contener los ído¬los de los astros y los tabernáculos
de los cuerpos celestes, así como los libros de
Astrología, de Historia y de Ciencia. Tam¬bién debían
refugiarse allí los sacerdotes. En cuanto a la ter¬cera,
no estaba destinada más que a guardar los ataúdes de
los reyes y los sacerdotes...»
No es, en absoluto, la erudición oculta moderna la que
ha inventado esas tradiciones sobre el origen
antediluviano de las pirámides, prestigiosos
receptáculos de todo el saber tradi¬cional de los
atlantes. Hojeemos, por ejemplo, la obra titula¬da Le
Murtadi; se trata de un manuscrito árabe traducido al
francés por Pierre Vattier (París, 1666). Encontramos
allí el informe significativo de los curiosos
descubrimientos realiza¬dos por los musulmanes en
la llamada sala del Rey de la Gran Pirámide: hallaron
allí una estatua de un hombre de piel ne¬gra y una
estatua de una mujer de piel blanca, de un tipo físi¬co
muy distinto del de los antiguos egipcios. Esas
estatuas estaban de pie sobre una mesa, una sostenía
un jarro herméti¬camente cerrado, que parecía haber
sido tallado en cristal rojo:
«... se llenó de agua y se volvió a pesar y resultó que
pe¬saba exactamente lo mismo que cuando estaba
vacío.»11 Los intrusos descubrieron también un
autómata muy curioso: «... descubrieron un recinto
cuadrado, como un lugar de reu¬nión donde había
varias estatuas y, entre otras, la figura de un gallo
construida de oro rojo. Esta figura era espantosa,
esmal¬tada con jacintos (piedras preciosas), de los
cuales había dos de gruesos en los dos ojos que
relucían como dos antorchas. Se acercaron a él y, de
pronto, lanzó un grito horrible y empe¬zó a batir sus
dos alas y al mismo tiempo oyeron varias voces que
procedían de todas partes.»
Todo vendría a confirmar que las pirámides, en su
estado antiguo, no eran otra cosa que un Arca
gigantesca, que conte¬nía el compendio de todas las
tradiciones anteriores a la civi¬lización faraónica, y
entre esa herencia prestigiosa figuraba, sin duda, el
conocimiento de la alquimia.
Hoy día, la Atlántida no solamente continúa fascinando
a los aficionados a las revelaciones esotéricas, sino
que alimenta su eterna esperanza en un retomo
prestigioso de la gran civi¬lización desaparecida.
Vemos incluso a G. Lomer que imagi¬na una próxima
catástrofe volcánica que volvería a hacer emer¬ger
desde las profundidades marinas al continente
sumergido...
Pero Rudolf Steiner nos hace observar que la Atlántida
«no podrá ser recuperada más que mediante un
retomo de la vo¬luntad hacia el interior de nosotros
mismos».
Lo cual debe interpretarse de esta forma: existen
entre no¬
sotros hombres y mujeres que son la lejana
«reencarnación» de la antigua élite de los atlantes...
Como puede verse, el estu¬dio de las hipótesis de la
atlantología es de los que llevan le¬jos. Según las
palabras de Léonard Saint-Michel, podríamos muy bien
decir:
«Atlántida: gema de múltiples facetas, donde se
reflejan todas las imágenes del mundo. Mito total...»
Pero, ¿ocupaba la Atlántida verdaderamente el lugar
actual del gran abismo del océano? Es importante no
olvidar las otras localizaciones propuestas por
eminentes atlantólogos.
b) La Atlántida sahariana y mediterránea
Esta teoría fue especialmente ilustrada hacia finales
del siglo pasado por un gran geógrafo francés,
Berlioux, de quien Pierre Benoit —que siguió sus
lecciones, cuando era un joven estudiante— hizo el
«Profesor Le Mége» que desempeñaba un papel
episódico (pero significativo) en La Atlántida, esa
nota¬ble novela. Pero Berlioux situaba el
emplazamiento de la At¬lántida no en el Hoggar
(como hace Benoit), sino en el Atlas marroquí. De
todas formas, la localización sahariana de los atlantes
no es, en absoluto, una invención inconsistente, ya
que puede apoyarse en un antiguo testimonio de
mucho peso: el de Heródoto.
Partiendo del delta egipcio, Heródoto menciona
diversos po-blados cuyo nombre importa poco; luego,
ya en plenas tierras saharianas, cita: los amonienses,
los garamantes, los ataran¬tes, y por último los
atlantes', el pueblo que reside alrededor del monte
Atlas.
Cedamos, pues, la palabra al gran viajero griego:
«A diez días de marcha de los garamantes (que
habitaban el Fezan actual), hay otro montículo de sal y
de agua; en torno a él habitan unos hombres llamados
atarantes (XLIX) Luego a otros diez días de camino,
existe otro montículo de sal y de agua, y alrededor del
mismo viven unos hombres. Muy cerca de este
montón de sal, se encuentra la montaña llamada
At¬las (XXII). Es estrecha y redondeada en todas sus
partes, se dice que es tan alta que es imposible ver su
cima, pues las nu¬bes no se alejan nunca de ella, ni
en verano ni en invierno. Las gentes del país dicen que
es la columna del cielo. Esos hom¬bres deben su
nombre a esta montaña, pues se llaman atlan¬tes
(XLIX). Se asegura que no comen nada que haya
estado vivo (LX) y que no tienen sueños.»
Como puede verse, parece que se trata de una región
sagra¬da. habitada por hombres que siguen una
disciplina vegeta¬riana y un entrenamiento espiritual
(los yoguis indios se en¬trenaban para no soñar
nunca).
En el interior del Sáhara, otro autor griego, Pomponio
Mela, sitúa unas poblaciones fabulosas, entre los que
figuran los blemyes, que no son otra cosa que
hombres sin cabeza Los intérpretes modernos se ríen
de esta posibilidad biológica, pero la idea deja de
parecer absurda si meditamos la observación hecha
por Henri Lhote: «Quizás en esos blemyes acéfalos de-
bemos ver los primeros portadores de velo que se
disimulaban el rostro hasta el punto de hacer pensar
que no tenían ca¬beza.»
La posibilidad de la antigua existencia de una
civilización muy evolucionada que en otro tiempo
hubiera habitado el Hoggar (ya que esta región es la
que parece más propicia para las hipótesis
atlantidianas) no tiene nada de imposible, pues el
Sáhara había sido antiguamente una región muy
verde. Pero los autores griegos y luego romanos de la
época clásica parece ser que no conocieron más que
el desenlace final de esta anti¬gua civilización. Y
Plinio el Viejo, al hablar de los atlantes, nos
dice que no tienen nombres propios, que sus
costumbres han degenerado, que injurian al sol que
les quema y destruye sus campos... Decadencia que,
al parecer, ha sido detenida poste-riormente, ya que
los tuáreg (descendientes directos de la an¬tigua
civilización) lograron reconquistar en seguida, bajo un
régimen de matriarcado político y religioso, un estado
cultu¬ral muy superior a la decadencia descrita por
Plinio.
Por lo general, se describe a los atlantes como
«hombres azules». Esta característica hace pensar
inmediatamente en los tuáreg, que llevan unos
vestidos de tela de índigo que des¬tiñen dando así a
la piel un color azul oscuro.
¿Podemos esperar hallar una confirmación de la
antigua cultura atlante del Hoggar? Significativos
hallazgos lo hacen suponer así. Citaremos las
maravillosas excavaciones efectua¬das en el Sáhara,
en 1925-1926, por el conde Byron Kühn de Prorok.
Este explorador consiguió descubrir en el Hoggar la
tumba que sería la de la legendaria reina Tin Hinan (la
Antinea de Pierre Benoit), mujer misteriosa,
considerada por los tuáreg, como la última soberana
de los atlantes. Las excavaciones per¬mitieron
descubrir innumerables piedras preciosas, objetos de
oro, y numerosas joyas, así como una estatuilla
femenina que tenía la apariencia de los ídolos
prehistóricos del período auri- ñaciense, y el esqueleto
de una mujer echada sobre costado.
Pero la geografía africana, ¿no ha podido cambiar
radical¬mente en el transcurso de la Antigüedad? Hay
una teoría in¬teresante a este • respecto que sostiene
Jean Gattefossé, entre otros especialistas de las
investigaciones atlantológicas: el «Mar Atlántico» del
que habla Platón habría sido un antiguo mar interior,
que ocupaba en otro tiempo una gran parte del
Sáha¬ra. En esta perspectiva, la Atlántida era una
especie de isla gigante incrustada en el Africa
Occidental, limitada al Oeste por el océano Atlántico y
al Este por un gran mar interior, el Mar Tritoniano, que
sería al actual golfo de Djerba. Sin duda, podrían
encortrarse huellas de esta Atlántida en los desier¬tos
del Djouf actual...
Otra posible hipótesis: las dos cuencas, oriental y
occiden-
7 — 3.385
tal, del Mediterráneo estaban en otra época separadas
por istmos, que permitían el paso por tierra desde
Italia al Túnez actual: así pues, a lo largo de Sicilia
podría situarse la Atlán- tida de Platón. Como
consecuencia de una convulsión telúrica importante,
los istmos que servían de separación se rompie¬ron, y
a partir de entonces existió comunicación marítima
en¬tre las dos grandes cuencas mediterráneas. El
cataclismo at- lantidiano puede muy bien ser
explicado por la hipótesis de un movimiento de los
fondos mediterráneos engendrado por un temblor de
tierra que causara un gran maremoto que se traga¬ra
a los guerreros griegos bajo la tierra y a los
«atlantidianos» en el mar. No olvidemos que, todavía
hoy, el Mediterráneo con¬tinúa siendo una de las
«líneas de fractura» más notables de la corteza
terrestre. Por otra parte, recordemos lo que nos decía
Platón con respecto a las posesiones del imperio de los
Atlantes:
«De nuestra parte (Egipto), poseía Libia (Africa del
Norte) hasta Egipto y Europa hasta la Tirrenia (Etruria
o Italia Oc¬cidental).» Así, el «Mar Atlántico» de Platón
podría muy bien ser el Mediterráneo Occidental...
Pero existen otras posibles identificaciones para los
atlan- tólogos...
c) Otras localizaciones atlantidianas
Hay hipótesis que han situado a la Atlántida en
muchas otras regiones del Globo; muchos
descubrimientos significa¬tivos se han podido hacer
en todos esos lugares tan alejados unos de otros, lo
cual parece llevamos infaliblemente a la teo¬ría
clásica: la de un continente desaparecido bajo las
aguas del Atlántico y que, como prestigioso centro
civilizador, había dispersado colonias florecientes un
poco por todo el mundo.
Se pudo buscar la Atlántida en el Norte de Europa, en
la región del Báltico que fue el teatro de un importante
hundi¬miento geológico, causante de la invasión de
las aguas. Unas
estupendas excavaciones alemanas permitieron el
descubri¬miento, sobre la isla de Heligoland, de un
gran templo hundi¬do y otros vestigios de todo tipo.
Los marinos griegos estaban fascinados por las
regiones nórdicas de Europa desde la época homérica.
Escuchemos al poeta:
«El sol se puso, los caminos se cubrieron de sombra, el
na¬vio llegó cerca de los profundos abismos del
océano. Allí se alza su ciudad, allí está el pueblo de los
cimerienses que viven siempre envueltos en las
brumas.»
Ciertas tradiciones helénicas tratan de misteriosas
civili¬zaciones situadas hacia el nordeste de Europa.
Ésta es la razón por la cual la Atlántida pudo ser
situada en la localización del mar de Azov (el Palus
Meotides de los antiguos), donde la ciudad sumergida
de Atlantis habría cerrado recientemente el actual
estrecho de Kertch a la entrada del legendario
«Océano Escítico» de Homero. La Cólquida (Cáucaso
actual) el país del Toisón de Oro conquistado por Jasón
y sus compañeros, era considerada asimismo como
una región extraña y mágica por los marineros
helenos...
Otra localización atlantidiana es la de una Atlántida
celta —o, más exactamente, irlando-armoricana—
propuesta por el doctor F. Gidon. Como a todas las
demás hipótesis, los sabios fanáticamente negativistas
le oponen de inmediato una obje¬ción de principio: en
todas las épocas protohistóricas o prehis¬tóricas en
que se sitúan los atlantólogos, la Era de los grandes
cataclismos geológicos había acabado desde hacía
tiempo, y los fenómenos más espectaculares (grandes
temblores de tie¬rra o erupciones volcánicas) no
ocasionaban ninguna convul¬sión notable, repentina,
sensible a escala de todo un continen¬te o incluso de
una provincia. No obstante, conocemos al me¬nos dos
ejemplos —y éstos en plena época histórica— del
su¬mergimiento importante (y observemos que
incluso repentino) de una región extensa: en tiempos
de Carlomagno, la brusca sumersión en el Canal de la
Mancha de los inmensos bosques que rodeaban la
primera abadía del Monte Saint-Michel; y, sobre todo,
la invasión en un solo día de las aguas del lago Flevo,
que se convirtió en el Zuiderzee (1282), por el mar del
Norte.
En cuanto a los movimientos lentos del suelo, pueden
asi¬mismo comportar modificaciones importantes;
recordemos que el puerto de Aigues-Mortes, donde se
embarcó san Luis, se en¬cuentra trasladado desde
hace muchos siglos al interior de las tierras...
Pero volvamos a los sumergimientos rápidos: lo
esencial de la teoría irlando-armoricana se apoya en el
hecho de su exis¬tencia en Europa Occidental en
plena época protohistórica: según el doctor F. Gidon, la
apertura del Canal de la Mancha y las otras
sumersiones europeas de la Edad de Bronce fueron la
causa directa de la gran migración conquistadora de
los pue¬blos irlando-armoricanos, víctimas del
hundimiento gradual de su suelo. Este hecho
geológico esencial parece que era co¬nocido por los
geógrafos griegos contemporáneos de Platón y
Aristóteles y sus numerosos sucesores que se
interrogaban sobre las causas inmediatas del
despliegue de las poblaciones celtas por toda Europa
Meridional.
Durante la Edad de Bronce es cuando tuvo lugar,
aunque parece que de una forma gradual, el
hundimiento de todas las tierras que habían estado
situadas entre Irlanda y las costas francesas; y así es
también como tuvo lugar la apertura de la
comunicación directa Mancha-mar del Norte, que
separa la Gran Bretaña del Continente. El doctor Gidon
subraya la exis¬tencia, en Europa Occidental, de dos
grandes períodos de in¬vasión de las tierras: uno en
la época paleolítica y otro —éste es el punto
importante— que se sitúa en plena Edad de Bron¬ce;
este último fenómeno es el que engendró la expansión
de los cimbro-celtas por toda Europa, principalmente
hacia el Sur, pero también hacia el Este.
Existen pruebas de la rápida —y brusca en algunos
casos— sumersión de territorios importantes: a lo
largo de las costas de Vendée y Bretaña, por ejemplo,
existen numerosos monu¬mentos megalíticos
sumergidos, que desde hace mucho tiem¬po son
inaccesibles.
De todas formas, la hipótesis permite explicar las
grandes invasiones celtas de la Antigüedad (no
olvidemos que la Historia propiamente dicha estaba
establecida desde hace tiempo en el Mediterráneo
Oriental, mientras que Europa Oc¬cidental estaba en
la Edad de Bronce). La explicación de las grandes
invasiones por el «deseo de aventura» dista mucho de
ser convincente...
Toda la extensión marítima formada por el Canal de la
Mancha y el mar de Irlanda aparece —en el terreno
geológico hablando— como el teatro de un
sumergimiento enormemente amplio, aunque
determinado por un rebajamiento de la mese¬ta
continental que no sobrepasa (o sobrepasa en poco)
los 100 m de amplitud. Y este sumergimiento, lejos de
remontarse a un período muy lejano, se sitúa en una
fecha muy reciente (desde luego, situándonos desde
el punto de vista de los geó¬logos) hacia el año 2500
antes de nuestra Era, según las esti¬maciones más
verosímiles.
Pero tratemos de orientamos un poco mejor en la
loca¬lización geográfica del problema: según el doctor
F. Gidon, la Atlántida celto-armoricana habría
comprendido Irlanda, el Comualles inglés, el País de
Gales, Bretaña, Normandía, Ven¬dée y el noroeste de
Germania, pero con una costa atlántica que iría hasta
el límite de la meseta continental actualmente
sumergida.
Un pasaje del escritor griego Timógenes, citado por el
autor romano Amiano Marcelino, confirma la gran
sumersión de los países celtas: «Los druidas cuentan
que una parte de la po¬blación es indígena, pero que
otra parte vino de islas lejanas o de la comarca
situada al otro lado del Rin, que había sido expulsada
de su viejo país por guerras y maremotos.»
También podríamos establecer coincidencias de la
geogra¬fía antigua, ya que las partes más elevadas
de la meseta con¬tinental emergieron de las aguas en
la época de los navegantes antiguos: las famosas islas
Casitérides, con ricos yacimientos de estaño, quizá no
eran las Sorlingas, sino un archipiélago de¬saparecido
que se hallaba en el actual emplazamiento del
lla¬mado banco del «Pequeño Lenguado», situado al
Sur de Irlan¬da y al Oeste de Finesterre, entre los 48 y
49° de latitud Norte, y entre los 8 y 10 ° de longitud
Oeste. Ese banco se halla, en efec¬to, como nos hace
observar Eduardo el Danés, «sobre la línea que une los
dos yacimientos estañíferos más importantes de
Europa, el del País de Gales y el de España». Desde la
época de las dinastías tinitas (3313-2895 a. de JC), el
ámbar y el esta-ño eran conocidos en Egipto y las
relaciones comerciales de los países celtas con Creta,
Fenicia y Mesopotamia estaban en plena expansión
hacia el 2500 antes de nuestra Era.
El estudio de las leyendas cretenses permitiría obtener
unas confirmaciones significativas: los cretenses, en
efecto, parecen haber conocido el hecho de las
grandes sumersiones norat- lánticas de la Edad de
Bronce.
Desde el punto de vista meteorológico, se observará
que el clima de las tierras más tarde sumergidas entre
Irlanda y Ar- mórica debía ser, indudablemente, muy
dulce, ya que era baña¬do directamente por la
corriente principal del Gulf Stream; de ahí el carácter
especialmente nostálgico de la aspiración de los celtas
hacia el maravilloso paraíso oceánico.
En cuanto a las grandes migraciones celtas del
segundo mi¬lenio, todo coincide en tener que
considerarlas como la con¬secuencia directa de las
sumersiones que se habían producido en todo el norte
y oeste de Europa en plena época del bronce.
Las leyendas, siempre vivas en tierra celta, de
ciudades su-mergidas distan mucho de ser fabulosas,
muy al contrario: en todas las costas de Finisterre y en
el Cornualles británico, se ven por doquier «agujas de
campanario», calles, construcciones sumergidas en el
fondo del mar, campanas que suenan bajo las aguas;
en medio de los arrecifes de los Etocs, durante las
grandes mareas del equinoccio, los marinos pueden
ver vesti-
gios de edificios, de pavimientos geométricos.
Recordemos también la famosa leyenda de la ciudad
de Ys, fundada por Grallon, el legendario rey de
Cornualles, y que no habría tenido menos de nueve
leguas de diámetro; la propia hija del rey, Dahut,
habría entregado al diablo las llaves del complejo
sistema de diques y compuertas que protegían la
ciudad, construida por debajo del nivel del mar, de la
invasión marítima...
La leyenda de Ys se basa, ciertamente, en hechos
reales: la sumersión local que dio origen a la actual
bahía de Douar- nenez. Otra hipótesis sitúa la
legendaria Ys no ya en el extre¬mo de Finisterre, sino
en pleno océano actual: Ys habría sido engullida en la
época (Edad de Bronce) en que las Islas Bri¬tánicas
dejaron de formar parte del continente; antes del
ca¬taclismo, la Mancha no era más que la
prolongación intermi¬nable del valle del Sena, que
entonces tenía su embocadura muy lejos en el
Atlántico, en un lugar situado en la intersec¬ción de
las dos líneas prolongadas, una desde la punta de Fi-
nisterre y la otra desde el extremo occidental de
Irlanda. Qui¬zás en ese estuario desaparecido,
territorio de aluviones, se en¬contraba la inmensa
ciudad de Ys.
Ciertos autores han situado la Atlántida en Islandia o
en Groenlandia, pero entonces se trata más bien de
otro conti¬nente: la Hiperbórea de la que hablaremos
con detalle al final de este capítulo.
Pero, de hecho, todas las localizaciones geográficas
han que¬dado superadas: América, Polinesia (aunque
entonces nos en¬contremos con los problemas
relativos a Lemuria o Mu —véa¬se el párrafo siguiente
—), el sudoeste de Arabia (el legenda¬rio reino de la
reina de Saba), la antigua isla de Taproban (es decir, al
parecer, la actual Ceilán), Alemania, el centro de
Fran¬cia, de Holanda, etc. Pero hay una localización
sobre la que es necesario extenderse un poco: la que
sitúa la fabulosa At¬lántida en la costa occidental de
Africa.
El gran arqueólogo alemán Leo Frobenius situó la
Atlán¬tida en Africa Occidental, más exactamente en
el antiguo país de Bénin, dividido entre los actuales
Estados de Nigeria y Dahomey. Frobenius fue incluso
más lejos, y estableció la exis¬tencia de antiguos
lazos directos entre esa parte occidental del África
Negra y las civilizaciones del océano Pacífico.
Lejos de limitarse al Bénin, esta civilización atlántica
afri¬cana se extendió, en su apogeo, hasta las
actuales costas de Angola.
Leo Frobenius pudo descubrir, ahondando en las
culturas propiamente africanas, tradiciones y
costumbres que confir¬man la supervivencia de una
poderosa civilización, muy anti¬gua, pero que había
tenido su decadencia desde hacía mucho tiempo,
enmascarada por elementos mucho menos
evolucio¬nados: en el arte, las leyendas, los símbolos,
los ritos, en la misma arquitectura, se puede descubrir
indicios ciertos del continente negro occidental, en un
período antiguo, con una civilización muy avanzada.
Esta civilización, floreciente en la época precristiana,
ha¬bía de lograr mantener viva mucho tiempo en la
región de Bénin; todavía en nuestros días, la gran tribu
negra de los yorubas, de Nigeria, conserva huellas
innegables de la anti¬gua «Átlántida» africana.
Generalizando sus investigaciones, Frobenius pudo
establecer asombrosas afirmaciones: existe un
extraño paralelismo entre costumbres y símbolos
propios del África occidental, y sus correspondientes
del gran com¬plejo indio toltecas-aztecas-mayas;
asimismo, se encuentran analogías de ciertos
conceptos etruscos en la mitología de los yorubas...
Pero volvamos a los hechos innegables: Frobenius y
sus colaboradores excavaron cuidadosamente el punto
arqueoló¬gico de Ifé, la ciudad sagrada del antiguo
reino negro de Bé¬nin, y la verdadera capital religiosa
de los yorubas. Las in¬vestigaciones se revelaron muy
provechosas, y permitieron el descubrimiento de
innumerables objetos de factura asom¬brosamente
refinada, de los cuales algunos eran de fecha
bas¬tante reciente: la civilización negra de Ifé
consiguió, en efec¬to, subsistir hasta los siglos _ xvi y
xvii, para derrumbarse a
consecuencia de la catastrófica despoblación que
ocasionó la horrible trata de negros.
Nosotros, por nuestra parte, pensamos que el África
Oc¬cidental fue una de las áreas de la colonización
atlante; real¬mente, el continente engullido se había
expandido y había co¬lonizado en todas direcciones,
lo que explica la existencia de vestigios más o menos
directos de su prestigiosa civilización un poco por todo
el contorno del Atlántico, y a veces más allá, y las
tradiciones y costumbre atlantes consiguieron, al
menos en parte, mantenerse después de la
desaparición o extinción gradual de los colonizadores
atlantes (a veces debido a ince¬santes cruzamientos).
Los africanos llaman «piedras de agris (aggry beads) a
unos abalorios de arte muy antiguo, cuya factura
resulta asom¬brosamente parecida a la de objetos
análogos encontrados con las momias egipcias y en
todo el Oriente Medio.
En África Occidental, esas «piedras de agris»
provienen de antiguas sepulturas, o bien se trata de
ornamentos que sus poseedores hacen remontar a
lejanos antepasados.
Cuando los blancos piden detalles a los indígenas,
éstos responden que esos objetos fueron introducidos
en su país antiguamente por hombres de tez clara,
cabello negro y que habían venido «del cielo».
Encontramos en todas las tribus repartidas alrededor
de todo el golfo de Guinea curiosas tradiciones que
confirman esta idea aparentemente fantástica.
Georges Barbarin nos recuerda un ejemplo
significativo: el que aporta un mayor británico «que un
día vio cómo una tribu negra (del África Occidental
británica) se dirigía a la orilla del mar, con los jefes y
hechiceros en vanguardia, al encuentro de una
piragua que desembarcaba; en ella venían dos
indígenas pintados de blanco, a quienes rindieron
innu¬merables muestras de sumisión y que, después
de un breve coloquio, volvieron a embarcarse.
Preguntados por el mayor sobre el sentido de tal
ceremonia, los negros le contestaron que se trataba
de una costumbre inmemorial destinada a per¬petuar
el recuerdo de los tiempos en que, partiendo de una
isla hoy desaparecida, venían unos blancos a hacer
justicia y a dictar leyes».13
B. Lemuria y Mu
Lemuria, Gondwana, Mu
Aunque el nombre de Lemuria se emplee a menudo
con una acepción muy amplia, que cubre toda la gran
extensión continental antiguamente sumergida bajo
las aguas de los océanos Indico, Pacífico y Atlántico, es
conveniente precisar la terminología: Lemuria
propiamente dicha es el legendario continente
engullido por las olas del océano Indico, mientras que
la pendiente suave de la Atlántida se llamaba
continente de Mu.
Los geólogos modernos hablan corrientemente del
continen¬te de Gondwana, de fecha muy anterior.
Esas tierras sumer¬gidas habrían constituido, en la
Era secundaria, un inmenso complejo que iba desde el
Polo Antartico a Deccán, y de Ma- dagascar a
Indonesia. Ese colosal continente desaparecido de
Gondwana se extendía, sin solución de continuidad,
desde Bra¬sil hasta la península india y, con toda
seguridad, también hasta Australia y Polinesia,
formando parte asimismo de él
19. G. BARBARIN, La danse sur le volcan, pág. 70, toda
la zona meridional actual de Africa. Se observará que
los geólogos, que remontan ese inmenso continente
hundido en la época secundaria, no se plantean
ningún problema científico a este respecto sobre los
orígenes de la Humanidad. No ocurre lo mismo con
Lemuria propiamente dicha, de fecha geológica más
reciente.
Hacia 1830, el zoólogo inglés Slater había comprobado
la existencia de los lemúridos, ese orden inferior de
primates, simultáneamente en Madagascar y en
Malasia, lo cual plantea¬ba un problema, ya que esa
especie de pequeños simios eran totalmente
incapaces de haber atravesado el océano Indico a
nado. Así, pues, sólo había una hipótesis posible: la
existencia, en la Era terciaria, de un continente
desaparecido, al cual se le dio el nombre apropiado de
Lemuria y que englobaba, gros- so modo, toda la
cuenca actual del océano Indico.
Si bien la palabra Lemuria es de origen científico, el
nom¬bre de Mu tiene un uso puramente teosófico o
esotérico; de¬signa el continente (mucho más
reciente que el inmenso Gond- wana de los geólogos)
sumergido en las profundidades del Pacífico por un
gigantesco hundimiento, que habría sido como la
compensación geológica exacta del grandioso
levantamien¬to sobre la cordillera de los Andes, en la
costa sudamericana occidental, y también de las
Montañas Rocosas de América del Norte.
La isla de Pascua y California serían los vestigios
geológi¬cos más importantes de Mu.
No olvidemos la distinción entre Lemuria (continente
de-saparecido del océano Indico) y Mu (la «Atlántida»
del océano Pacífico, cuyos vestigios serían las
innumerables islas oceáni¬cas, desde las Marianas y
Carolinas a la misteriosa isla de Pascua).
Si Lemuria estuvo habitada por seres humanos (es lo
que creen todos los ocultistas, pero lo que niegan
muchos sabios racionalistas), ese hecho deberá
situarse en una época muy anterior a la de la
Atlántida: un período cuyo principio se re¬montaría a
cien millones y, quizás, a miles de millones de años, si
pensamos al menos en el inmenso Gondwana, del que
la Lemuria propiamente dicha (la de la Era terciaria)
no sería más que un gran vestigio.
El poeta Wilfrid Lucas proporcionó una maravillosa
des¬cripción de Lemuria en su novela La route de
lumiere (1927), en la cual se considera que el
continente desaparecido conoció el apogeo de una
civilización muy avanzada.
Lemuria, después de una existencia valorada en casi
cin¬cuenta mil siglos, fue tragada por las aguas
durante la Era terciaria, al final del período mioceno,
como consecuencia de un gran cataclismo telúrico.
Quedaron importantes vestigios: las islas de la Sonda,
Madagascar, la parte meridional de la India (Deccán).
Se puede ver también en el continente antár- tico, al
menos en una parte del mismo, el vestigio de la
extre¬midad meridional polar de la antigua Lemuria.
En París se había fundado, entre las dos guerras, un
Cen¬tro de estudios de la Lemuria, cuyo presidente de
honor era el escritor Wilfrid Lucas y el presidente
Lucien Barquissau, abogado de la Corte. Al parecer,
ese centro se integró en las actividades del grupo
«Atlantis», cuya curiosidad siempre des¬pierta no se
limita en absoluto al continente desaparecido del que
más se habla en Europa: el de la Atlántida.
Alcanter de Brahm, en un curioso artículo publicado en
la revista Atlantis™ nos declara: «¿Quién sabe si esas
aparicio¬nes fantasmales que los antiguos conjuraban
mediante sacri¬ficios que duraban tres días, y que
ellos llamaban los lemures, no tenían alguna
correlación con las almas de las víctimas que
quedaron sin sepultura, ya que fueron absorbidas por
el cataclismo que suprimió ese continente?»
Evidentemente, es imposible pronunciarse sobre la
realidad de tal afirmación.
Sobre el suave continente de Mu (otro fragmento del
in¬menso Gondwana secundario), los ocultistas nos
dan la pre¬cisión geológica siguiente: Mu habría sido
un continente llano (salvo algunas escasas colinas),
sumergido antes del nacimien-
20. N.° especial, 6.° año, n.° 45, enero-febrero 1933,
pág. 62. to de las montañas jóvenes, mientras que la
Atlántida, domi¬nada por altas cimas, sería posterior
a su solevantamiento.
Si bien los ocultistas hacen de Lemuria y de Mu irnos
con¬tinentes desaparecidos mucho antes del
cataclismo atlantidia- no (o incluso del apogeo de la
civilización de los atlantes), hay algunas excepciones.
Lewis Spence describe una gran corrien¬te de
civilización que habría ido —por el contrario— desde la
Atlántida a Lemuria, a través de América. Pero
repetimos que la tesis de Spence no es la de la casi
totalidad de los autores que se han preocupado de
Lemuria y del continente de Mu.
Pero —dirá el lector—, ¿hay alguna posibilidad de
descu¬brir indicios científicamente utilizables de esas
maravillosas doctrinas ocultistas sobre los continentes
hundidos del océa¬no Indico y Pacífico?
No faltan las presunciones indirectas, por el estudio de
los mitos autóctonos.
Entre los malgaches, por ejemplo, encontramos las
viejas tradiciones relativas a la ciudad legendaria de
Cerné, especie de «ciudad de Ys» del océano índico.
Las distintas tradiciones oceánicas han conservado el
re¬cuerdo de un colosal diluvio; a raíz de esto, se
supone que los muertos residen «en el fondo de las
aguas», allí donde están «los dioses blancos». Todo
tipo de leyendas (de Hawai, de las Nuevas Hébridas,
de Nueva Zelanda) nos hablan de una raza blanca de
hombres de cabello rubio que habían precedido a los
primeros navegantes polinesios.
Una tradición pascuana nos dice que Hotu Matua, el
gran legislador legendario de la isla de las estatuas
gigantes, pro¬cedía de un reino vecino sumergido por
un gran cataclismo acuático. Podemos intentar
hipótesis mucho más generales y aventuradas. Así, los
mismos polinesios serían originarios de un continente
que actualmente ha desaparecido en gran parte. Sin
embargo, esta tesis tiende a ser negada por muchos
de los sabios actuales, que prefieren pensar en la
hipótesis de gran¬des navegaciones marítimas,
hipótesis que tiene el mérito de apoyarse en indicios
tangibles. Por ejemplo, se ha podido ver en las
pinturas rupestres de los bosquimanes de África
aus¬tral la obra, no de esos seres primitivos, sino la
de un pueblo de navegantes extremadamente
civilizados, llegados de Mala¬sia o de Indochina.
Es verdad que la hipótesis lemuriana, del continente
me¬ridional desaparecido, ofrece unas ventajas reales
de expli¬cación. Permite, especialmente, hacer más
plausibles ciertos paralelismos lingüísticos
verdaderamente extraordinarios: el profesor inglés
Woolley pudo investigar el origen primero del pueblo
de Sumer hacia la gran meseta indoaustralomal-
gache.
Algunos sabios del siglo pasado no vacilaron en hacer
de Lemuria la cuna misma de la Humanidad. Ésta es la
convic¬ción del biólogo alemán Emest Haeckel, en su
Historia de la creación:
«Muchos indicios, y especialmente de hechos
cronoló¬gicos, hacen creer —dice— que la patria
primitiva del hom¬bre fue un continente actualmente
sumergido en el océano Indico.»
Melanesia, Indonesia y Polinesia habrían sido los
primeros centros de población nacidos de la gran
meseta lemuriana, y posteriormente la India fue el
gran centro de dispersión de la Humanidad.
¿Existen todavía hoy descendientes directos de los
lému¬res o de los habitantes de Mu?
En el Perú existe un extraño pueblo, los urus, que vive
del pescado y habita en la superficie misma del lago
Titicaca, so¬bre islas flotantes de caña. Se trata de
una tribu degenerada, detestada por los otros indios.
Se observará con interés que sus tradiciones religiosas
dicen que provienen de una gran tie¬rra al otro lado
del mar en el Este.
Pero se nos ofrecen muchas otras posibilidades de
volver a encontrar a los lemures o a los hombres de
Mu.
Por desgracia, los otros autores que han tratado de los
lemures distan mucho de estar de acuerdo entre sí
acerca del tipo físico de esta raza: a los lemures se los
considera blancos, amarillos, hombres oliváceos, rojos
o negroides. Incluso se ha llegado a considerar a los
famosos yetis del Himalaya, esos gigantes «hombres-
simio», como supervivientes de la raza le- muriana.
Esas interpretaciones tan divergentes pueden muy
bien ser todas ellas ciertas, pero cronológica, no
simultáneamente: si nos situamos en una época muy
antigua, podemos muy bien encontrar en Lemuria una
especie de «hombres-simio»; más tarde, podemos
encontrar una sucesión, la misma mezcla de razas
diversas venidas de otras partes del mundo.
Nuestra opinión personal es que tenemos
posibilidades de acercarnos a la mayor probabilidad
científica si consideramos a los lemures como hombres
bastante similares, por la talla y color de su piel, a los
malasios actuales, y los habitantes de Mu habrían sido
más bien de un tipo parecido al de los in¬dios
sudamericanos, aunque, sin duda, con todo tipo de
cru¬zamientos entre razas distintas.
¿Existen todavía lemures que hayan conservado
secreta¬mente toda su enigmática civilización?
En las montañas de California se observa de vez en
cuan¬do una extraña luz cegadora como el flash de
un fotógrafo, la cual sería producida por hombres
misteriosos. Encontramos en California todo tipo de
otras narraciones legendarias, que se sitúan más
corrientemente en el monte Shasta, en el extre¬mo
norte del macizo montañoso de Sierra Nevada. El
majes¬tuoso monte Shasta, de difícil acceso, es un
antiguo cono que, periódicamente, presenta todavía
ligeros signos de actividad volcánica.
En todo el distrito, todavía poco conocido, de
California Septentrional, suele señalarse la presencia
de unos hombres «extraños» que a veces surgían de
los bosques (donde, por lo general, se esconden
cuidadosamente) para hacer trueques con los
montañeses. Esos hombres son grandes, graciosos,
ágiles, tienen la frente muy elevada; llevan un peinado
especial, un extremo inferior del cual cae sobre la
nariz. Hasta aquí, nada extraordinario; puede muy
bien tratarse de una inofensiva tri¬bu india que
hubiera conseguido «ocupar el maquis» en una región
montañosa poco frecuentada por los representantes
de la autoridad. Pero donde el misterio se produce es
en este he¬cho, relatado por numerosos testigos: de
vez en cuando se celebran misteriosas ceremonias
alrededor de grandes foga-
• ♦*
tas; pero es imposible acercarse a eílas, pues los
testigos que¬daban inmovilizados por unas
«vibraciones» que parecen, literalmente, clavarlos en
el suelo. Aquí se reconoce una ca¬racterística que
aparece corrientemente en los testimonios sobre los
«platillos volantes», cuyos ocupantes poseían un «rayo
paralizador» que deja a los espectadores
momentánea¬mente inmóviles, a pesar de todos sus
esfuerzos... Desde que los «objetos volantes no
identificados» dieron tanto que ha¬blar, los
acontecimientos misteriosos del distrito californiano
del monte Shasta se atribuyen fácilmente a los
venusianos; es cierto que los hombres que pueblan
Venus no serían otros que los lemures, si hay que
creer en ciertos testimonios (in- verificables,
evidentemente), y, por el contrario, la cara oculta de
la Luna y el planeta Marte se dan como lugares de
afini¬dades «atlantidianas».
Sea cual fuere lo inverosímil de ciertos testimonios o
afir-maciones, es innegable que las zonas menos
accesibles de las montañas californianas son a veces
el escenario de hechos extraños. La idea de un pueblo
misterioso («lémur» u otro) establecido ahí abajo en
una misteriosa ciudad subterránea puede invocar
hechos muy curiosos: con el telescopio, un
as¬trónomo americano, el profesor Edgar Lucien
Larkin, antiguo director del Observatorio del monte
Lowe (en California Meri¬dional), pudo observar de
lejos una cúpula metálica dorada, rodeada de
construcciones de aspecto extraño. Automovilistas que
circulaban por carreteras forestales se han encontrado
de improviso con hombres de raza desconocida,
vestidos de blan¬co, con largos cabellos ondulados,
de estatura majestuosa, y que desaparecían ante el
menor intento que se hiciera por entrar en contacto
con ellos. Mucho antes de la gran ola de «ovnimanía»,
testigos dignos de fe pudieron observar extrañas
«naves aéreas» de esta forma especial, que eran
vistas más al Norte, hacia las Aleutianas y Alaska, y
todas esas máquinas volaban sin el menor ruido
(rasgo característico de los famo¬sos «platillos»).
Una tradición californiana pretende que existe un túnel
debajo de la base oriental del monte Shasta que
conduce a un lugar misterioso, donde se halla una
ciudad de extrañas construcciones; los humos que se
escapan periódicamente del viejo cráter provendrían,
no de fenómenos plutónicos, sino de la misteriosa
ciudad perdida.
Existe una tradición análoga en México: en un distrito
montañoso inaccesible, vivirían unos «lemures» en
una ciudad secreta también situada en el centro de un
volcán apagado.
Sea lo que fuere, California es una de las regiones más
fascinantes del Globo. En su mismo nombre se
vislumbra lo maravilloso: el reverendo Edward Everett
Hale descubrió (1862) que, justamente antes del
descubrimiento del futuro Estado americano por los
españoles, se había reimpreso en España un antiguo
relato caballeresco, muy popular en la época de las
Cruzadas, pero que contenía tradiciones muy
an¬teriores: según éstas, una misteriosa reina Califa
tenía su rei¬no antiguamente «en la parte derecha de
las Indias, muy cer¬ca del paraíso terrestre», en una
isla maravillosa llamada California.
En toda California y regiones vecinas (Oregón, Arizona,
etc.) se han observado numerosos sucesos
extraordinarios; real¬mente se encuentra allí toda
clase de ruinas misteriosas, que merecerían un
estudio arqueológico de conjunto.®
A lo largo de la gran playa de Santa Bárbara, por
ejemplo, encontramos unas islas donde puede verse
los vestigios forti¬ficados de una raza desaparecida
que antiguamente habitaba el distrito: la tribu india de
los chamanh, que los autores con-
22. W. S. CeiCe, Presant-day Mystic Lemuriaas in
nalifomia, ca-pítulo XI del libro mnmaaia, Véase
también el Apéndice n.° III.
8 — 3.385 sideran, generalmente, como los
descendientes directos de los lemures, y que
consiguieron conservar durante siglos la pu¬reza de
su raza.
En 1542 existían todavía más de 35.000 de esos
indios, pero su número había de reducirse sin cesar:
en 1771 no había más de 8.960 supervivientes; en
1900, tres familias solamente. En el momento de su
apogeo, los chumash poseían notables
co¬nocimientos técnicos y artísticos (no solamente en
cerámica, cestería, etc., sino en arquitectura), y todo
un saber de tipo científico (especialmente en
medicina) permite concebir, des¬pués de todo, la
hipótesis de una lejana supervivencia lemu- riense.
Antiguo papel de Oceanía
Las antiguas interrelaciones de Oceanía con los otros
con¬tinentes podrían llenar varios volúmenes de
hechos e hipó¬tesis.
¡Cuántas observaciones curiosas!
En Papuasia, los hombres se engalanan para
determinadas danzas guerreras con armas y
vestimentas que les confieren un aspecto de guerreros
micénicos. Sin embargo, aquí aban¬donamos el
terreno de las investigaciones científicamente
vá¬lidas, al revés de lo que ocurre con otros
descubrimientos etnográficos: encontramos
simultáneamente en Malasia, en Polinesia y en
América las mismas hamacas, las mismas dan¬zas
enmascaradas, los mismos puentes suspendidos de
lianas, las mismas cabezas-trofeo, las mismas
cerbatanas, etc.
Eminentes sabios han establecido aventuradas
hipótesis.
Robert J. Casey (1931), por ejemplo, hace llegar a los
po¬linesios de Caldea por la India, Malasia, Indochina,
los archi¬piélagos micronesios, las islas Marquesas y
Tahití.
En las excavaciones llevadas a cabo metódicamente
en las antiguas ciudades que ocupaban las áreas de
Mohenjo Daro y Harappa (valle del Indo) en Penjab, se
descubrieron ladri¬llos grabados con caracteres muy
similares a los de las enig¬máticas tablillas de madera
de la isla de Pascua.
En todo caso, existe una certeza: la de las grandes
expedi¬ciones marítimas de los antiguos habitantes
del Perú: el fa¬moso viaje realizado por la Kon-Tiki, de
Thor Heyerdahl y sus compañeros ha demostrado
ampliamente que las antiguas balsas de troncos
podían perfectamente atravesar el Pacífico, de isla en
isla.
Por otra parte, el hecho es confirmado por todo tipo de
tradiciones orales polinesias.
En Mangareva, una leyenda afirma que el «rey Tupa»
vino hace mucho tiempo «del Este» con una gran flota
de balsas de vela, y luego regresó inmediatamente a
su reino: coincide esto con la tradición de los incas
sobre la antigua expedición emprendida por su gran
jefe Tupac.
Según los indígenas de la isla Kusai, el pueblo que les
pre¬cedió era poderoso y disponía asimismo de
grandes bajeles en los que sus marinos partían de
viaje durante lunas ente¬ras. Pero volvemos entonces
a las tradiciones que se centran en torno al antiguo
continente de Mu.
Generalizando su hipótesis tan magistralmente
verificada por él mismo, Thor Heyerdahl, el eminente
sabio noruego, ex¬plica de manera maravillosa
muchos de los misterios del Pa¬cífico y, se observará,
que sin recurrir a la hipótesis del sumer¬gimiento de
un antiguo continente pacífico. Dejémosle, pues, la
palabra:
«Por mi parte, yo creo que ellos (los polinesios)
siguieron la corriente que asciende a lo largo de Asia
hasta el noroeste de América. Se encuentran las
huellas más patentes en las islas que hay a lo largo de
esa costa, donde había grandes ca¬noas dobles,
provistas de puente, que podían, con la misma
corriente y el mismo viento, transportar hombres y
mujeres hacia Hawai y todas las demás islas. Es cierto
que llegaron, por último, a la isla de Pascua, quizá sólo
un siglo antes que los europeos, creo yo.»
El mismo autor llegó a delimitar exactamente el vasto
do¬minio de esas civilizaciones donde se encuentran
unas grandes estatuas en piedra de forma humana y
cuyo origen parece misterio. Esos monumentos
pueden verse en México, en Guatemala, en el Perú, en
Bolivia, en Colombia, en el Ecua¬dor, en la isla de
Pascua, en Pitcaim, en las Marquesas, en Raivaevae.
Thor Heyerdahl se esforzó, asimismo, en destruir la
idea de un origen «antediluviano» de las más antiguas
es¬tatuas colosales: las estatuas del archipiélago de
las Marque¬sas no habrían sido alzadas hasta el año
1300 aproximada¬mente, y sólo novecientos años
después del primer estableci¬miento conocido de los
polinesios en la isla de Pascua.
Thor Heyerdahl llegó a indicar que los mismos
hombres construyeron los colosos de la isla de Pascua
y las ruinas pe¬ruanas de Tiahuanaco:
«Pero ellos (los constructores de la colosal ciudad)
tenían carreteras pavimentadas como en la isla de
Pascua. Y algunos bloques, de entre los más grandes,
habían tenido que ser trans-portados a unos 50 Km a
través del lago Titicaca en inmen¬sas barcas de junco,
pues esta misma especie de piedra no existe más que
en el Kapia, el volcán apagado de la otra ri¬bera. Yo
mismo vi gigantescos bloques abandonados al pie del
volcán, listos para ser transportados a través del gran
mar interior. En la vecindad existen todavía las ruinas
de un mue¬lle, y los indios de la comarca lo llaman:
Taki Tiahuanaco Kama, o “camino de Tiahuanaco”. Por
lo demás, a la mon-taña vecina la llaman el “Ombligo
del Mundo”.» La civiliza¬ción de Tiahuanaco es
anterior al Imperio inca, pero sin que Jhaya que
atribuirle la antigüedad fabulosa que le achacan los
discípulos de Horbiger.
Pero, aunque no fueran construidas por formidables
gi¬gantes hace varios cientos de miles de años, las
inmensas ruinas del Tiahuanaco, situadas a 3.915 m
de altura sobre las orillas del lago Titicaca, poseen una
grandeza enigmática. Aportan, por otra parte, la
confirmación directa de un diluvio del océano Pacífico:
cerca de los vestigios de los canales de Tiahuanaco,
en dirección al Oeste, se encuentran numerosos
caparazones marinos. Así pues, el mar bañaba en otra
época el pie de los muros de la ciudad, que estaba
construida justa¬mente a su nivel. Toda esta región
fue probablemente eleva¬da con motivo de la última
presión orogénica de los Andes.
El estudio metódico de las grandes migraciones
oceánicas, abierto por los trabajos de Thor Heyerdahl,
reserva innume¬rables sorpresas.
Información aparecida en Le Fígaro del 17 de
setiembre de 1960: «Según los petroglífos, unos
hombres cruzaron los océanos hace millares de años.
El explorador Michel Perrin, a su regreso de un viaje de
estudios en Polinesia, está conven¬cido de que la
navegación intercontinental se practicaba hace miles
de años. Esta teoría se basa en un estudio
comparativo, llevado a cabo por el explorador, de los
petroglifos (misterio¬sos dibujos grabados en los
peñascos) encontrados en Breta¬ña, Irlanda, India,
Brasil, Nueva Caledonia y Tahití.»
El gran hundimiento del Pacifico y el continente de Mu
El último diluvio habría tenido origen en el océano
Pací¬fico; según esta hipótesis, los primeros
habitantes de América no eran más que refugiados,
venidos del gran continente su¬mergido por ese
cataclismo. En esta perspectiva, las islas del Pacífico
son los vestigios de otras tierras importantes y,
es¬pecialmente, de un vasto continente pacífico
llamado Mu.
Los libros del coronel inglés James Churchward
revelaron al público la historia y el destino de ese
misterioso País de Mu. Por lo demás, estamos
obligados a creer en la palabra de este autor, ya que
Churchward nos facilita el resultado de sus
investigaciones personales acerca de unas misteriosas
ta¬blillas, escritas en la lengua original de la
Humanidad y que suministraban detalles claros, nos
dice Churchward:
«Continuando con mis investigaciones, descubrí que
ese continente perdido se extendía desde un punto del
norte de Hawaii hasta un punto del Sur tan lejano
como las islas Fidji y la isla de Pascua, y constituía, sin
lugar a dudas, el hábitat original de la Humanidad.36
Supe que en esa bella región ha¬bía vivido un pueblo
que había colonizado la tierra entera y que. el país
había sido eliminado del mapamundi por unos
te¬rribles temblores de tierra, seguidos de una
sumersión hace doce mil años y había desaparecido
en un torbellino de agua y fuego.»
Pero ¿qué era esa historia de «tablillas» misteriosas?
El primer descubrimiento de Churchward se habría
producido durante su juventud, hacia 1868, y hubiera
tenido como esce¬nario un monasterio hindú adonde
él se retiró durante largo tiempo y unos grandes
iniciados le hubiesen hecho sorpren¬dentes
revelaciones. Después de 1880, el coronel Churchward
emprendió grandes viajes por todo el mundo para
comprobar sus descubrimientos; partiendo de la India,
donde habría vi¬vido mucho tiempo; visitó las islas
Carolinas y todos los ar¬chipiélagos del Pacífico Sur,
luego el Tibet y Asia Central, Bir¬mania, Egipto,
Siberia, Australia y Nueva Zelanda, de nuevo Polinesia,
y después los Estados Unidos, Yucatán, América
Central. Entonces tuvo conocimiento de las
excavaciones prac¬ticadas en México por el geólogo
americano William Niven, quien, sin conocer los
descubrimientos de James Churchward, los confirmó
totalmente. Niven y Churchward llegaron a estu¬diar
detenidamente 2.600 tablillas.
Al contrario de la opinión corrientemente extendida en
los medios arqueológicos, este «asunto de Mu» no es
una mistifi¬cación. Las famosas tablillas existen. En
cuanto a las excava¬ciones de W. Niven, no son
imaginarias; un observador imparcial, el doctor Morlay
(del Instituto Camegie), visitó detalladamente todo el
lugar en 1924, y dio el siguiente vere¬dicto: los
objetos descubiertos son auténticos, pero los
sím¬bolos que aparecen en las piedras grabadas, así
como en el altar desenterrado, no se parecen a nada
de lo conocido, ac¬tualmente, en México o en otros
lugares, por especialistas en arqueología
precolombina. He aquí, pues, la confirmación de la
existencia de una civilización totalmente desconocida
para los sabios clásicos.
Churchward explica que Mu estaba dividido en tres
gran¬des regiones «separadas por estrechos mares o
canales». Esas tierras estaban totalmente desprovistas
de montañas, y no contenían más que inmensas
llanuras con suaves colinas di¬seminadas aquí y allá.
Era una zona tropical poblada por 64 millones de
hombres repartidos en diez tribus o naciones. pero
unificados bajo un mismo Gobierno central. Los
inmen¬sos bosques estaban habitados por hordas de
mastodontes y elefantes.
Explica el aspecto físico de los habitantes: «Dominaba
la raza blanca... Ésta tenía ojos y cabello negros... El
color de la piel era oliváceo.» Contrariamente a la
opinión de algunos ocultistas, los sexos estaban
separados: Mu no era un conti¬nente de andróginos.
Mu contaba con siete ciudades principa¬les. He aquí
un pasaje importante en cuanto a la vida religio¬sa:
«Los templos de piedra tallada, llamados a veces
templos transparentes, no tenían techo a fin de que
los rayos de Rá (el Sol) pudieran caer sobre las
cabezas de los que rezaban...»
La desaparición de Mu habría tenido lugar entre doce
mil y doce mil quinientos años antes de nuestra Era,
mientras que el apogeo de su civilización se
remontaba a setenta mil años antes de Jesucristo.
Las Escrituras Sagradas de Mu —nos dice Churchward
— habrían sido transportadas por sacerdotes iniciados,
los Naa- cals («Santos Hermanos»), a las distintas
colonias de Mu hace más de setenta mil años, en
previsión de la catástrofe.
La principal colonia fundada por los hombres de Mu
ha¬bría sido el Imperio Uighur, que se extendía —
hace diecisiete mil años— desde el océano Pacífico
hasta Europa Oriental.
C. La Hiperbórea
Otro gran continente legendario, la Hiperbórea, habría
ocu¬pado anteriormente todos los demás, todas las
regiones árti¬cas actuales, antes de la modificación
del eje terrestre que implicó la segunda glaciación
universal; Islandia, Groenlandia y Spitzberg serían,
entre otras tierras, los vestigios geológi¬cos de ese
fabulosamente antiguo continente hiperboreal.
El inmenso continente hiperboreal de los primeros
tiem¬pos disfrutaba de un clima tropical, con una
vegetación extra¬ordinaria.
Los griegos habían conservado el recuerdo, la
nostalgia de esta «Tierra del Sol Eterno», adonde el
dios Apolo en persona iba todos los años y que se
extendía hiperbóreamente, es de¬cir, «más allá del
dios Bóreas», señor del frío y de las tempes¬tades.
Pero ahí, como en otros lugares, se pueden establecer
coincidencias con otras tradiciones (nórdicas, celtas,
etc.).
El descubrimiento de los extraños mapas de Piri Reis
(1513-1528), fundados en secretas tradiciones, parece
con¬firmar que, lejos de ser una fábula, la idea de una
Hiper¬bórea muy extendida y grandemente civilizada
en otras épocas se apoya indudablemente en hechos
reales.2
A veces se ha hecho esfuerzos por relacionar la
Atlántida con la Hiperbórea: según D. Duvillé, uno de
los colaboradores de la revista Atlantis, el continente
atlántico sumergido ha¬bría sido una especie de gran
península que prolongaba la Hiperbórea y que permitía
una unión septentrional directa de América con
Europa.
Para algunos atlantólogos, los nombres de Atlántida y
de Hiperbórea serían sinónimos, y entonces la
Atlántida de Pla¬tón debería localizarse bastante al
Norte hacia las regiones árticas.
Ame Saknussemm, alquimista islandés del siglo xvi,
era de esta opinión, y consideraba Islandia como un
vestigio del continente desaparecido. Saknussemm
exponía, por otra parte, una idea bastante curiosa:
considerando que los formidables fenómenos
volcánicos que hundieron la Atlántida mezclaron
caóticamente todas las tierras convulsionadas, el
único empla-
27. Véase Science et vie, setiembre de 1960.
zamiento donde habría posibilidad de encontrar ruinas
atlan¬tes sería... el centro de la Tierra. El alquimista
islandés co¬nocía, al menos así lo pretende la
tradición, el camino que conducía hasta allí.
Un atlantólogo alemán contemporáneo, H. Wirth,
desarro¬lló un concepto neohiperboreal de la
Atlántida, basado en el muy alto grado de civilización
alcanzado por los antiguos ha¬bitantes de las
regiones glaciales árticas, de Groenlandia
es¬pecialmente.
Otro autor, J. Gorsleben, desarrolló la teoría del
«precris-tianismo nórdico ancestral» que habría sido la
religión de los gloriosos habitantes de la Atlántida-
Hiperbórea...
Durante el régimen nacionalsocialista, Alemania
conoció un florecimiento —orientado en el sentido que
se puede ima¬ginar— de las investigaciones sobre la
Hiperbórea, que se considera la cuna de los grandes
arios rubios.
Si el racismo frenético es un privilegio —¡si se puede
lla¬mar así!— del nazismo, la idea misma de un
origen hiperbo- real de los arios no tiene nada de
inconcebible, sino todo lo contrario. Confirma todo tipo
de tradiciones relativas a las tierras árticas, tanto en
Escandinavia como en Alaska y en Asia Septentrional.
Pero surge una pregunta: el conocimiento exacto de
las regiones claramente nórdicas, ¿no se remonta más
que a los comienzos de la Edad Media? Se puede
responder negativamen¬te. Los navegantes griegos,
por ejemplo, sintieron muy pronto el impulso de
explorar esas regiones tan llenas de misterio.
Piteas de Marsella, intrépido navegante y renombrado
sa¬bio en el siglo v antes de nuestra Era, llegó a una
tierra que toca el círculo ártico. Los insulares le
declararon: «Si todavía navegas un día entero hacia el
Norte, encontrarás el mar só¬lido» (o sea, el banco de
hielo permanente). Piteas pudo com¬probar que en
aquella isla de Tule las noches duraban casi
veinticuatro horas en el período del solsticio de
verano, y ocu¬rría lo contrario en el solsticio de
invierno.
El nombre de Tule designa a menudo, en la
Antigüedad e incluso en la Edad Media todavía, una
zona mal delimitada, calificada por los adjetivos
latinos ultima, brumosa, extrema en los viejos mapas
medievales. Pero hay también una acep¬ción muy
concreta, que se aplica a una isla bastante grande, y
que no es otra que la actual Islandia. En esta isla vivía
aún, en plena época clásica, un pueblo de raza blanca,
emparentado con los helenos, los hiperbóreos: el
historiador griego Diodo- ro de Sicilia (Biblioteca
histórica II, cap. XLVII) les asigna como dominio una
isla de «una extensión igual a la de Sicilia», lo cual
puede aplicarse perfectamente a Islandia. Pero
conti¬núa: «El suelo de esta isla es excelente, y tan
noble por su fertilidad que produce dos cosechas al
año. Según el mismo relato, allí es el lugar de
nacimiento de Latona, lo cual explica por qué los
insulares veneran particularmente a Apolo (el dios del
Sol). Todos son, por decirlo así, los sacerdotes de ese
dios: cada día cantan himnos en su honor. También se
ve en esta isla un vasto recinto consagrado a Apolo,
así como un templo magnífico de forma redonda y
adornado con numerosas ofren¬das; la ciudad de esos
insulares está igualmente dedicada a Apolo, sus
habitantes son en su mayoría tocadores de cítara, que
celebran sin cesar, en el templo, las alabanzas del dios
acompañando el canto de los himnos con sus
instrumentos (...) el gobierno de esta ciudad y la
guardia del templo son confiados a reyes llamados
Boréadas, los descendientes y su-cesores de Bóreas.»
¡Cuesta ver a Islandia produciendo dos recolecciones
de trigo al año! Y, sin embargo, aunque no nos
remontemos a la época preglacial, esta idea tan
fantástica no presenta nada de imposible: hoy día
todavía Islandia tiene un clima franca¬mente
privilegiado, considerando su situación ártica; salvo en
las regiones más montañosas, la temperatura es dulce
(la me¬dia de las temperaturas del mes de enero es,
en Reykjavik, su¬perior a la de París). Esta paradoja
climática es debida, en parte, a los fenómenos
volcánicos, pero principalmente a la corriente del Gulf
Stream, de la cual un ramal rodea toda la isla; de ahí
surge la siguiente hipótesis: en la Antigüedad, la
intensidad calórica de la gran corriente marina pudo
ser claramente más fuerte en esos parajes, de donde
la posibili¬dad de un clima de Costa Azul (pero sin la
sequedad) en Is- landia. La situación climática de la
gran isla parece no haber hecho más que retroceder
bastante gradualmente hacia el es¬tado actual de
inviernos muy largos, de veranos cortos y fríos (media
de temperatura de julio y agosto 8-10° C); en la época
de la colonización vikinga (siglos x-xi de nuestra Era),
el trigo crecía todavía en Islandia.
Otro testimonio indirecto sobre la Islandia antigua: el
de Plutarco, que sigue al relato de un extranjero
procedente de la misteriosa isla de Ogigia (otro
nombre de Tule), donde había permanecido treinta
años con las funciones de sacerdote del dios Saturno;
y, en la isla, ese hombre habría descubierto unos rollos
sagrados, que habían sido salvados durante la
des¬trucción de la primera ciudad y que habrían
permanecido lar¬go tiempo enterrados en un
escondite subterráneo.
Parece tratarse siempre de la misma isla nórdica
antigua¬mente descubierta y ocultada por los
cartagineses, pero redescu¬bierta de tarde en tarde
por otros navegantes.
Evidentemente, el alejamiento de esas misteriosas
islas nórdicas no dejó de hacer trabajar la imaginación
de los an¬tiguos. Por ejemplo, un autor del siglo m,
Eliano, nos dejó un curioso texto de Teopompo
(contemporáneo más joven de Platón), una fantástica
historia recogida por Cicerón y Tertu¬liano, que la
juzgaron entonces con cierta ironía. En efecto, ese
texto hace alusión a una «gran tierra» situada en la
dirección nordeste, habitada por los meropes, donde
existe un lugar llamado Anostos, es decir «Sin
retorno»; allá abajo no existe el día ni la noche, y reina
constantemente un crepúsculo rojo. Dos ríos, el del
«Placer» y el de la «Tristeza», están bordeados de
inmensos árboles: aquel que coma los frutos que
crecen a orillas del segundo, llorará sin cesar hasta el
agotamiento to¬tal; por el contrario, aquel que coma
los de los árboles que bordean el río del Placer
rejuvenecerá, recorriendo al revés todas las edades de
su vida, para desembocar finalmente en la no-
existencia.
Esta narración fantasmagórica es, sin duda, un
símbolo, a menos que uno se complazca en las
hipótesis de la ciencia- ficción. Se dice, por otra parte,
que en Islandia existiría una caverna que transporta al
que penetra en ella a una época ex¬tremamente
lejana; ¡imposible de verificar por sí mismo!
Hesiodo, en el libro I (verso 167) de Los trabajos y los
días, se hace eco de los viejos mitos que sitúan el
Paraíso Terrenal al noroeste del océano Atlántico.
Escribe, después de haber narrado la aniquilación de
los semidioses o titanes: «A otros (los que no están
muertos) Zeus, hijo de Cronos (el Saturno latino), ha
destinado una existencia y una morada
estableciéndolos en las extremidades de la Tierra. Allí
habi-tan, con el corazón libre de penas, en las islas de
los Bienaven¬turados al borde del Océano de
profundos torbellinos.»
Los griegos situaban, generalmente, el país de los
hiperbó¬reos hacia la «residencia de las Hespérides»,
en los parajes directos del Paraíso Terrenal, si no en
este mismo.
En la Odisea, de Homero, encontramos también
tradicio¬nes muy interesantes; tienden a hacernos
admitir que a la época del culto masculino de Apolo,
dios del Sol, le precedió sin duda el reino de las
grandes sacerdotisas-hechiceras.
La isla de Ea, en la que reina la encantadora Circe, nos
parece que no es otra que la isla de Tule o isla de
Saturno. La isla de Ogigia, el dulce reino de Calipso,
aislado en medio del océano, quizá no sea más que un
duplicado, que simboliza el aspecto benéfico del reino
de las mujeres inspiradas, de la cual Circe representa
el aspecto destructor...
En cuanto a la isla de los feacios, o Corcira (Corfú),
uno se pregunta si no se trata de la Atlántida; en
efecto, vemos a Jos feacios dotados de bajeles más
rápidos que el pensamien¬to: «Sin piloto ni timón,
como los otros bajeles, saben —nos dice Homero— los
pensamientos de los hombres y sus deseos.» Se
observará que por todos lados llueven las alusiones a
la técnica extraordinariamente avanzada de los
atlantes.
La «Tierra sagrada» del océano Ártico es la isla
legendaria de Ogigia, de Elixoia, de Thule o Tule
identificada con Islandia, dotada durante toda la
Antigüedad clásica todavía de un clima muy dulce.
Tule era una gran isla sagrada, la «isla de los cua¬tro
maestros», los cuales quizás estaban simbolizados por
las cuatro ramas de la esvástica y representaban los
guardianes de los cuatro puntos del espacio, dejando
en el centro del sím¬bolo el Eje, el Polo de la
existencia manifiesta.
Ogigia, la «Tierra de Juventud», era también la isla
Basi¬lio, donde se recogía el ámbar y donde se dice
que Faetón había sido arrojado de su carro solar. En
esta isla donde rei¬naba entonces una maravillosa
primavera perpetua, se conser¬vaban unas
enigmáticas tablas de bronce con jeroglíficos de oro.
La Tula mexicana parece idéntica a la Tule de los
griegos, la «isla del Sol», llamada también por los
helenos Kronie, «isla de Cronos» (y el mar que la
rodea era el océano Crónico).
En la época del «diluvio de Ogigia», los guardianes de
la tradición habrían transportado su gran templo solar
a un país en que el día más largo (dieciséis horas) es
el doble del día más corto (ocho horas), es decir hacia
los 50°: es precisamen¬te la latitud exacta del templo
solar megalítico de Stonehenge, cuyas piedras, según
una vieja leyenda celta, habrían sido sa¬cadas de la
«isla sagrada», de< las «islas de los cuatro
Maes¬tros» hacia el 1700 a. de JC, en el
emplazamiento exacto de un monumento solar más
antiguo.
La Ogigia de Calipso, donde Ulises vivió durante siete
años (cifra simbólica en toda iniciación tradicional), no
es otra —evidentemente— que la «isla de los cuatro
Maestros». Ho¬mero la denomina a veces isla de Atlas
(Calipso era la hija de Atlas), lo cual tendería a reforzar
la idea de una Átlántida hi- perboreal. Plutarco nos
hace observar que en Ogigia, el sol es visible
veinticuatro horas durante los días más largos (con la
Estrella Polar a 66°). Esta característica es aplicable
con toda exactitud a Islandia.
Todavía al noroeste de esta isla, Plutarco sitúa otra isla
más pequeña (¿la actual Jan Mayen?), en la que reina
una mujer divina, gran sacerdotisa de temibles
misterios; y en los mismos parajes se extienden
territorios donde viven seres de poderes
sobrehumanos (¿se trataría de la antigua civilización
hiperboreal, fabulosamente antigua, de Groenlandia?).
Todavía a principios de la Era cristiana se creía que los
servidores del dios Cronos estaban «dormidos» en
una isla septentrional, vecina de la Gran Bretaña.
Toda la Antigüedad clásica no ha dejado de ser
fascinada por la misteriosa isla sagrada del océano, en
el noroeste de Europa, donde reinan,
alternativamente, un día interminable y una noche sin
fin.
Homero sitúa la isla de Ogigia a veinte días de
navegación (en el océano Atlántico) de la isla de los
feacios.
Se puede comparar la isla de Calipso o la de Circe con
las islas pobladas por las resplandecientes «hadas»
celtas in¬mortales que dejan compartir su
inmortalidad con los mor¬tales que se unen a ellas.
«Ogigia» parece que es, asimismo, un nombre
formado por dos palabras gaélicas og («juegos» o
«sagrado») y iag, «isla»; así pues, esto no es otra cosa
que Tir na n-Og, la «tierra de Ju¬ventud». La «tierra
sagrada» polar también aparece en los Vedas de la
India, donde se la llama Váráhi, «tierra del jabalí».
La Ogigia de Homero ha sido a veces identificada con
la isla de Haití, y la «isla de Saturno» se considera
entonces como que era la actual Cuba; pero esas
interpretaciones salen al encuentro de los textos
homéricos, donde la isla sagrada siem¬pre es situada
claramente hacia el Norte.
Hemos visto la relación (más la identidad) de la Tule o
Thule hiperboreal y de la Tula de los aztecas. Pero no
olvide¬mos este otro nombre: isla de Cronos, «de
Saturno»; Saturno, el dios legendario de la Edad de
Oro. La Mare Cronium o «mar de Saturno» era la parte
más septentrional del océano Atlántico.
Tule, la «isla de Saturno» conocida de los fenicios, de
los cartagineses, de los griegos y de los romanos,
hemos visto que no era otra más que la actual
Islandia. Y no hay que olvidar que la fascinación por
las regiones en que reina el extraordi¬nario sol de
medianoche no existió hasta el siglo xx; Eume- nes, en
la narración (que se encuentra en el Panegírico de
Constantino) de la última expedición de Constantino I
Cloro (el padre del emperador cristiano) a Gran
Bretaña (306 d. de JC), nos lo explica bien: «... llevado
por un secreto pensamiento, que no confió a nadie,
antes de ocupar su lugar entre las po¬tencias
celestes, quería contemplar al padre de los dioses, el
océano que alimentaba los astros inflamados del cielo
y a punto de disfrutar de una luz perpetua, deseaba en
esta vida ver en esas regiones un día casi sin noche».
A la inversa, la obsesión por las fantásticas noches
pola¬res fue muy cautivadora, pero negativamente:
Marco Polo hará alusión al país de la oscuridad, a la
región de la noche eterna y a los terrores sin nombre.
Sila (uno de los interlocutores de un diálogo de
Plutar¬co) parece muy bien suponer que las costas de
América esta¬ban pobladas de griegos en sus
tiempos, y que la isla de Tule desempeñaba entonces
un papel intermediario muy impor¬tante:
«... cada treinta años, en honor de Saturno, esos
habitan¬tes van hasta las islas opuestas que habitan
pueblos griegos y donde ven durante un mes ponerse
el Sol apenas durante una hora al día».
Sin duda, se trata de las regiones completamente
septen¬trionales del actual Canadá.
Recordemos que Berlioux se niega a la interpretación
in¬sular, y sitúa la gran ciudad de los hiperbóreos en
la actual Dinamarca: habría tenido el nombre de
Lederun hacia prin¬cipios de nuestra Era
(actualmente es la zona del pueblo de Leite y del
castillo de Lethraborg, a 12-15 Km hacia el sudoes¬te
de Roeskilde, antigua ciudad episcopal, en la isla
danesa de Seeland). Esta ciudad de Boreádai, centro
del culto religioso, de donde, según Berlioux, habrían
venido al mismo tiempo los druidas y los bardos del
celtismo... Sin embargo, los auto¬res griegos y latinos
hacen mención expresa de una isla sep¬tentrional.
Plutarco, en su diálogo (ya mencionado) sobre la
figura que se ve en la Luna, designa, a través de uno
de los interlocu¬tores, Sila, esta gran isla situada a
cinco días de navegación de Gran Bretaña, y donde el
Sol no desaparece del horizonte más que una hora o
menos durante treinta días (incluso las tinieblas son
casi aniquiladas por una iluminación cre¬puscular).
Las «convulsiones de Saturno», encerrado en un antro
pro¬fundo, simbolizan (en parte al menos, pues existe
toda una serie de sentidos figurados) las convulsiones
volcánicas, tan frecuentes en Islandia, definida así por
un texto mucho más reciente del siglo xvn:
«Esta isla se llama Islandia, debido a la blancura de
sus hielos. Se dice que fue fértil en otras épocas; que
ha tenido buenos campos y que estuvo cubierta de
grandes bosques, con los que los islandeses
construían hermosos y grandes na¬vios.» a
El mismo autor continúa:
«Los habitantes de la isla creen que esta montaña (el
mon¬te Hecla, principal volcán islandés) es el lugar
donde son ator¬mentadas las almas de los
condenados. Existen de ella bonitos cuentos. Pues a
veces dicen que ven hormigueros de diablos que
entran en el orificio de ese monte, cargados de almas
32. La Peyrerr, Relaticm de de slande (1644) en:
líeaieil de Voya- ges au Nord, tomo I, Amsterdam,
1745, pág. 28,
9 — 3.385 condenadas; y que vuelven a salir en
seguida, para ir a bus-car otras.»
Como observa justamente Beauvois, «... creemos
entender que el antro (de Saturno) con su peñasco
rutilante es simple¬mente el cráter del Hecla».
A propósito de los primeros habitantes de la isla de
Tule, Demetrio de Tarso (siempre según cita Plutarco)
indicaba: «Los insulares eran poco numerosos, pero
los bretones® los consideraban a todos sagrados e
inviolables.»
Al parecer, antes que los griegos, fueron los celtas
quienes localizaron en el océano Crónico la isla de
Saturno y la mo¬rada de los bienaventurados.
De todas formas, la «Tierra Sagrada» que conserva el
te¬soro de las tradiciones secretas es situada
corrientemente por las más antiguas leyendas en un
país donde el día es aproxi¬madamente igual al año
(seis meses de día y seis meses de noche): se trata,
pues, de la misteriosa «isla de los Seres», llamada
«Seres más allá de Ogigia», de la que habla Homero.
Heródoto nos habla de pueblos «que duermen seis
meses», lo cual —evidentemente— se ha de
interpretar como seis me¬ses de hibernación al estilo
de los esquimales.
Ya hemos visto la fascinación (ambivalente, atractiva y
ho¬rrorosa a la vez) de los países nórdicos desde la
Antigüedad. Tenemos un eco lejano de ello en un
extraño libro escrito por un tal Antonius Diógenes,
titulado: Les 24 Livres des choses incroyables de lile
de Thulé (en Magasin encyclopédique, 2° año, 1796,
tomo II, pág. 265; extraídos de la biblioteca de Focio, y
traducidos al francés por J. B. C. Grainville). Éste es,
quizás, el relato de aventuras más antiguo redactado,
sin duda, poco después de la muerte de Alejandro
Magno. Allí encontramos la descripción lírica de las
noches sin fin, la historia de los fantásticos habitantes
de las regiones polares, etcétera.
Ferécides de Siros (hacia 544-3), el maestro
hiperbóreo de Pitágoras, habla con conocimiento de
causa de la «ilumina¬ción constante» del Norte.
Esos hiperbóreos habitaban, en las lejanas regiones
nórdi¬cas, una isla más grande que Sicilia y «perdida
en las brumas» (aunque las jomadas soleadas sean allí
muy numerosas du¬rante el verano). Los hiperbóreos
eran, sin duda alguna, hom¬bres de raza blanca, y
que sostenían relaciones con los hele¬nos: no es
absurdo ver griegos en las regiones hiperboreales.
¿Existieron, en una fecha fabulosamente antigua,
hiperbóreos acuáticos y andróginos de raza negra y,
todavía antes que ellos, seres humanos de cuerpos
todavía sin encamar? Nos encontra¬mos aquí en
plena ensoñación teosófica incomparable e im-posible
de probar o desmentir.
Islandia y las regiones vecinas continuaron, después
del es-tablecimiento de los vikingos, siendo objeto de
tradiciones fa¬bulosas: los marinos escandinavos
temían encontrarse en esos parajes con navios
fantásticos, los Wafeln, con velamen de lla¬mas y
cuya singladura engendraba un famoso torbellino de
centellas.
Toda la región marítima comprendida entre el norte de
Escocia e Islandia sería escenario de extraños
acontecimien¬tos (¿contacto con universos
paralelos?). Las tormentas mag¬néticas, tan
frecuentes en Islandia, se dice que serían el ori¬gen
de manifestaciones fantásticas.
La leyenda de Tule parece sobrepasar a veces la
Islandia antigua o incluso referirse a ima civilización
claramente ante¬rior cuyos habitantes poseían
temibles conocimientos mági¬cos, que les permitían
subyugar todas las fuerzas cósmicas e incluso dominar
las temibles «inteligencias del exterior». ¡ He aquí un
lenguaje digno de los cuentos fantásticos de H. P.
Love- craft!
Una tradición india® afirma, por otra parte: «Hace
diez mil lunas esta tierra occidental estaba totalmente
cubierta por
36. Citado en: Mercure étranger, tomo III, pág, 280.
espesos bosques; mucho antes, unos hombres pálidos
que do¬minaban el trueno y el rayo, se lanzaron en
las alas del vien¬to para destruir ese jardín de la
Naturaleza.»
El gran astrónomo francés Bailly observaba, por su
parte, en su Historia de la astronomía 3
«Cuando se considera con atención el estado de la
astro¬nomía en Caldea, en la India y en China, se
encuentra uno más bien con los restos que con los
elementos de una ciencia (...). Es la obra de un pueblo
anterior. Ese pueblo fue destruido por una gran
revolución», que pudo muy bien ser una gigan¬tesca
caída de meteoros, que hubiera engendrado, a su vez,
un diluvio.
Una leyenda celta describe el Sed Jagioug’y Magiouc
(Muro de Gog y de Magog): es una muralla colosal,
cuya construc¬ción se atribuía a un legendario
soberano llamado Escander, que había querido
encerrar las naciones hiperboreales al otro lado del
Cáucaso. Ese muro fabuloso ha desaparecido, así
como la inmensa «columna boreal» de las tradiciones
celtas, que se consideraba unía el cielo y la tierra.
El hombre primitivo hubiera sido blanco y habría
venido de esta legendaria Hiperbórea.
«Al otro lado del océano del Norte, decían los celtas,
hay una tierra que toca a los muros del Cielo.»
El esoterismo y la teosofía consideraban generalmente
a los hiperbóreos de la época más primitiva, que eran
concebi¬dos entonces como los primerísimos
representantes de la Hu¬manidad: su existencia se
remonta a unos treinta millones de años y se les
supone hombres andróginos, y que pasaban una gran
parte de sus vidas en el agua. Dotados de
conoci¬mientos mágicos muy desarrollados, todavía
habrían tenido como símbolo uno de los más antiguos
motivos religiosos: la espiral. A ese nivel histórico tan
lejano, se hace imposible toda confirmación objetiva,
toda explicación científica. En cam¬bio, está permitido
hacer conjeturas bastante probables sobre
37. En las págs. 18-19, los hiperbóreos de época
mucho más reciente, los hombres misteriosos que
habitan más allá de Bóreas, algunos mile¬nios antes
de nuestra Era, y mucho más tarde todavía, puesto
que sus supervivientes serán todavía conocidos de los
viaje¬ros griegos. Parece tratarse realmente de una
civilización an¬tigua muy avanzada, y que —sin duda
— dejará lejanos ves¬tigios durante mucho tiempo en
Islandia, Groenlandia, Es- candinavia, Rusia
Septentrional, Siberia, etc. (para emplear las
apelaciones modernas de todas esas regiones situadas
más allá del país de los escitas, como decía Heródoto).
La Hiperbórea parece haber conseguido subsistir
durante la glaciación prehistórica y sus secuelas: las
antiguas tradiciones hacen de ella todo el inmenso
territorio situado al otro lado de los grandes glaciares
europeos cuaternarios, cuyos impo¬nentes restos
eran todavía visibles en los inicios de los tiem¬pos
históricos; al otro lado de las murallas de hielo estaba
el país donde vivía una raza de hombres de temibles
poderes má¬gicos. Según una leyenda caldea, los
antiguos viajeros que —hasta el año 4500 antes de JC
aproximadamente— llegaban hasta el Norte, podían
contemplar todavía los gigantescos gla¬ciares que
lucían al Sol, y tras de los cuales se extendía aún la
enigmática civilización hiperbórea, que se dice era
solamente accesible por un túnel intermediario,
excavado en el hielo, que desembocaba en el Oriente
Próximo, cerca del Eufrates). Los grandes glaciares
comenzaron a fundirse rápidamente poco después del
cuarto milenio, y un océano de lodo obstaculizó todo
el paso hacia el país de los hiperbóreos, que era a su
vez víctima de un formidable diluvio.
En determinadas regiones, subsistieron islotes de la
Hiper¬bórea durante toda la Antigüedad: éste fue el
caso de Islandia. Pero finalmente hasta esos vestigios
de la antigua civilización de Tule desaparecieron: los
monjes irlandeses y luego los vi¬kingos encontrarán,
a comienzos de la Edad Media, absoluta¬mente
desierta a Islandia.
¿Qué se hizo de los hiperbóreos?
Se han mantenido numerosas hipótesis: los invasores
arios de la India habrían sido originarios de las
regiones árticas (teo¬ría de B. G. Tilak); se ha buscado
a los hiperbóreos en el de¬sierto de Gobi, en el Tibet,
en Alaska, en México..» Pero hay una idea
verdaderamente extraordinaria: aquélla según la cual
los hiperbóreos se habrían convertido en un pueblo
subterrá¬neo. En una novela de H. Bulwer Lytton, La
raza que nos ex¬terminará, vemos a Islandia dotada
de una vía de acceso sub¬terránea al reino
desconocido de irnos hombres que poseen un
completo dominio de las fuerzas mágicas. Habitan
fabulosas cavernas en el centro de la Tierra, pero
saldrán para conver¬tirse en los dueños del mundo.
El novelista inglés se había inspirado en una vieja
tradi¬ción islandesa, que situaba la entrada del reino
subterráneo de una raza misteriosa en el cráter del
Snaeffelsjokull, un volcán apagado de la península
occidental de Islandia.38 En el siglo xx, se crea en
Alemania una sociedad secreta: el Grupo Tule, cuya
«Logia luminosa» pretende ser dueña y señora del Vril,
la mis¬teriosa energía que hará al hombre dueño total
de sí mismo y del mundo. La influencia de esta
«sociedad del Vril» será con¬siderable en la mística
nazi del Superhombre...39
Se observará que, aun suponiendo un clima
hiperboreal más o menos análogo al de las regiones
árticas actuales, la existencia, en otro tiempo, de una
población más importante no tendría nada de
imposible. Por el contrario, ¿no vemos a un sabio como
René Quinton que llega a la idea de un origen potar de
la vida misma, y que, según él, las formas animales
nuevas aparecieron sucesivamente en vista de un
creciente en¬friamiento en las regiones polares?
No vacila en escribir: «Los polos son focos de origen
úni¬co. Toda forma entregada a la vida ya no es
susceptible de evo¬lución. Las formas una vez
aparecidas se encaman en su tipo.»40
38. Es por este mismo orificio por donde los héroes
de Julio Verne emprendieron su viaje a las entrañas del
Globo.
39. Louis Pauwels y Jacques Bergier, El retomo de
los brujos, edi-tado en esta misma colección.
40. Pág. 26 de su comunicación póstuma a la
Société Frangaise de Philosophie.
Los vikingos afirman haber sido precedidos en la isla
por monjes irlandeses; pero ya hemos indicado que
estos últimos habían encontrado a la antigua Tule
completamente desierta y sin ningún vestigio de
actividad humana. Sin embargo, exis¬tió realmente
una población hiperbopeal, que todavía subsistió, en
parte, al final de la Antigüedad. Volvemos a
encontramos ante la pregunta: ¿qué se hizo de los
hiperbóreos de Islandia? A menos que se piense que
una erupción volcánica o un tem¬blor de tierra
hubieran aniquilado a esa población (que estaba muy
diseminada) al historiador sólo le queda una
alternati¬va: o bien admitir una emigración hacia otra
región del Globo, o bien hacer caso a la tradición
fantástica, tan persistente en Islandia, de una
civilización subterránea...
En cuanto a la Islandia de los vikingos, olvidamos con
fre¬cuencia que tuvo una civilización insular muy
desarrollada, floreciente hacia finales de la Edad
Media, pero que se prolongó hasta mucho más tarde.
Obsérvese el gran desarrollo de las ciencias ocultas en
Islandia, especialmente de la alquimia: los alquimistas
islandeses tenían, por otro lado, la ventaja de una
latitud donde el magnetismo (solar y terrestre) es
mucho más fuerte que en nuestras regiones.
Pero volvamos, para terminar, a la Hiperbórea original,
la cual siempre habría tenido un clima cálido, con una
abundante flora. La geología parece confirmar
totalmente esta leyenda del Edén polar, que basta con
situarla en un período en que el eje terrestre no tenía
su inclinación actual, y en que los polos se hallaban en
otra situación. Tomaremos de Roger Vercel una
descripción adecuada del antiguo clima de las
actuales regio¬nes árticas, en una época
fabulosamente lejana:
«Entonces, árboles gigantes producían grandes
frondosida¬des en Groenlandia y Spitzberg. Bajo un
sol de fuego, la pro¬funda vegetación de los trópicos
se hinchaba de savia, en los lugares donde
actualmente vegetan los liqúenes rasos. Los helechos
arborescentes se entremezclaban con las colas de
ca¬ballo gigantes, con las palmeras del terciario, con
las lianas de la jungla ártica. Allí relucía el verano, y
las nubes, cargadas de fecundidad, dejaban caer
cálidas lluvias. Y en la inmensidad de la floresta polar,
vivían animales de su talla, el mamut pe¬ludo, el
rinoceronte de dos cuernos, el gran ciervo cuyas
rami¬ficaciones alcanzaban 4 m, el león de las
cavernas. Sobre el océa-no verde de las cimas, pájaros
de prodigiosa envergadura. Todo esto es claramente
expresado por la hulla expuesta al aire libre en el
Spitzberg o en la isla del Oso, esta hulla donde la hoja
que verdeó, hace quizá diez millones de años, dejó
inscrito su más pequeño dentellón.
»En aquella época, el polo del frío yacía, sin duda,
cerca de París o en algún lugar de Europa Oriental... Y
el paraíso te¬rrestre se extendía al extremo Norte de
las islas boreales, en esa zona tan bien defendida por
los bancos de hielo que to¬davía no se ha podido
determinar con exactitud los límites de la tierra y del
agua...»"
41. A l’assaut des póles (Col. Marabú), págs. 7-8.
IV. LA ETERNA FASCINACIÓN: DE LOS
MITOS A LA «CIENCIA-FICCIÓN»
Si nos dirigimos ahora al terreno de la imaginación
pura y voluntaria, nos encontramos con la idea de
civilizaciones prestigiosas, anteriores a las
civilizaciones conocidas por la ciencia universitaria.
Hoy día, esta obsesión se encuentra en la llamada
literatura de «ciencia-ficción», donde tan fácilmen¬te
se recurre a civilizaciones terrestres desconocidas
(prehuma¬nas o anteriores a la Humanidad) o a
civilizaciones esparcidas por los otros mundos
planetarios. Esta fascinación no sola¬mente existe en
esas creaciones literarias: hay un estudio por hacer
sobre las innumerables pinturas o dibujos inspirados
en ese gran tema de las civilizaciones misteriosas.
Existen «extraterrestres» entre nosotros: éste es uno
de los temas más corrientes de la ciencia-ficción. Una
idea de este tipo fascina al hombre del siglo xx, tanto
más cuanto que no parece absurda en sí misma, muy
al contrario...1 Es cierto que es fácil, en este campo,
franquear alegremente los límites que
1. Aimé MICHIC., Mystérieux objets célestes, , parte,
págs. y siguientes.
separan el mito de la posibilidad. Para muchos
autores, el pa¬sar de la «ficción» a la afirmación
efectiva parece demasiado cómodo. Abramos, por
ejemplo, el extraño libro de un autor del siglo pasado:
La Chute, du Ciel, por el barón d'Éspiard de Colonge.
La obra no teme transferir a los hechos las más
ex¬traordinarias ideas. Veamos un pasaje
característico: «... e in¬cluso los animales fósiles que
se encuentran en cualquier lu¬gar (sobre la Tierra)
podrían no haber sido más que seres lu¬nares o
planetarios cuyos fragmentos hubieran caído». Los
monstruos «antediluvianos» serían, desde esta
perspectiva, de origen extraterrestre: «...(los planetas
Júpiter, Saturno, Ura¬no) tendrían, al menos en
algunas de sus partes, zonas llenas de
monstruosidades indescriptibles, tanto más
inabordables para seres que fueran parecidos a
nosotros, cuanto que esos globos celestes son más
grandes y todo allí ha de ser infinita¬mente más
colosal». Semejante lenguaje produce una impre¬sión
muy similar al empleado por los novelistas y
narradores fantásticos, en particular por Lovecraft.
El tema de las civilizaciones desconocidas se
encuentra cons-tantemente en las obras de H. P.
Lovecraft; podríamos hablar con justicia de una
verdadera obsesión del autor americano. Abramos, por
ejemplo, el texto titulado En el abismo de los tiempos,
que es la primera novela de una serie publicada con el
mismo título.
«... mis viajes (habla el mismo héroe) fueron muy
curiosos y comprendieron varias visitas a lugares
desiertos y lejanos. En 1909, pasé un mes en el
Himalaya; en 1911, emprendí la aventura de cruzar a
lomo de un camello los desiertos des¬conocidos de
Arabia (...). Durante el verano de 1912, fleté un barco
y recorrí el océano Ártico, al norte de las Spitzberg
(III). Un poco más tarde, durante el mismo año,
dediqué varias se¬manas a errar solitario, más allá de
los límites del terreno ya explorado, entre el inmenso
laberinto de las cavernas calcá¬reas de Virginia
Occidental, laberintos tenebrosos y tan com¬plejos
que a nadie se le ha ocurrido jamás rehacer el
trayecto seguido por mí.»B
En Lovecraft, se trata siempre de civilizaciones que
son no solamente extrañas y fantásticas, sino
cargadas de secretos ate-rradores. Citemos al azar:
«Había unas ventanas colosales, puertas inmensas y
una especie de mesas tan altas como una habitación
corriente. Los muros estaban adornados de grandes
estanterías de madera negra, donde aparecían
alineados irnos volúmenes de gigan¬tescas
dimensiones con extraños jeroglíficos en el lomo.
»Las partes desnudas de las paredes de piedra
ofrecían cu¬riosas esculturas en forma de símbolos
matemáticos curvilí¬neos, e inscripciones grabadas
en caracteres parecidos a los de los libros. La sombría
construcción de granito pertenecía al tipo megalítico:
filas de bloques con la extremidad convexa
encastrados en otros bloques de base cóncava que
reposaban sobre ellos.
»No había asientos, pero encima de las mesas todo
apare- recía lleno de libros, papeles y objetos que, sin
duda, servían para escribir: jarros de metal violeta,
varillas metálicas con la punta manchada (...). Encima
de algunas de ellas habían unos grandes globos de
cristal luminoso a guisa de lámparas, así como unas
misteriosas máquinas formadas de tubos de vidrio y
barras de metal (...). El suelo estaba cubierto de
pe¬sadas losas octogonales. No había ni alfombra ni
tapices.
»Más tarde, me encontré recorriendo, sin tocar el
suelo, unos corredores ciclópeos, o subiendo y bajando
unos gigan¬tescos planos inclinados. No había un solo
pasillo que tuviera menos de treinta pies de ancho.
Algunos de los edificios donde yo flotaba debían
elevarse a varios millares de pies en el cielo.
»Bajo tierra se sucedían varios niveles de negras
criptas y trampas jamás abiertas, selladas por bandas
metálicas, que sugerían un siniestro peligro.»®
5. Página 13
6. Página. 21.
Lovecraft sitúa sus civilizaciones desconocidas en
espa¬cios «mágicos» localizados en regiones
inexploradas de nues¬tro Globo, o bien en las
profundidades temibles que se encuen¬tran fuera de
nuestro mundo: incluso sale fácilmente del Sis¬tema
Solar, nuestra galaxia; además también interviene la
«cuarta dimensión»: el tiempo, la realidad se dilatan o
se contraen...
H. P. Lovecraft no es el único autor que se complace en
des¬cribir civilizaciones desconocidas, monumentos
enigmáticos, asombrosos jeroglíficos, fantásticos
cultos secretos. Son innu¬merables los escritores que
intentan comunicarnos la emoción que da lo que es
prodigiosamente antiguo o fantásticamente distinto.
En otro gran autor americano, Abraham Merritt,
en¬contramos a menudo el tema de las viejas y
fabulosas civili¬zaciones situadas en los abismos del
Pacífico, en una región inexplorada de Alaska, e
incluso en otro nivel de realidad.
Pero he aquí otro tema literario muy distinto: en Noelle
Roger (Madame Pitard-Dufour), un escritor suizo de
lengua francesa, encontramos una obsesión por la
pureza natural. Su novela La Valtée perdue nos
cuenta, en efecto, la llegada de aviadores a un valle
alpino inaccesible donde se ha perpetuado una tribu
que continuó en estado neolítico y que llevaba una
inocente vida patriarcal.
De todos modos, es más frecuente ver que los autores
des¬criben civilizaciones espantosas. Otra novela
olvidada, Le peu- ple du Pote, de Charles Derennes,
nos describe, por ejemplo, el descubrimiento por una
expedición ártica en un aeróstato de una raza extraña
y terrible.
Innumerables novelas han recogido por su cuenta el
mito tan significativo de la sumersión de la Atlántida.
He aquí, por ejemplo, una muestra característica: La
Fin d’Atlantis ou le Grand Soir, de Jean Carrére, que
recoge el tema de la destruc¬ción de la prestigiosa
civilización, de la cual los incas, por un lado y los
egipcios y los griegos, por otro, habrían sido (al menos
en parte) los herederos. Por otra parte, el novelista no
deja de establecer comparaciones entre nuestra
propia civi¬lización y la de los atlantes cuyo destino
podría ser el nuestro...
Los autores americanos parecen tener una
imaginación es-pecialmente desbordante para
describir civilizaciones extraor-dinarias. No contento
con describir empleando una precisión increíble las
extrañas civilizaciones que existen en el centro de
nuestro Globo, Edgar Rice Burroughs, por ejemplo, nos
ilustra las diversas razas que habitan el planeta Marte,
su organización social y sus costumbres, sus
monumentos, sus creencias reli¬giosas y sus mitos,
etc., todo con un grado de precisión casi fotográfica.
Pero, si hubiéramos de escoger el texto más extraño,
qui¬zás elegiríamos una narración de Robert F. Young,
otro escri¬tor americano: La diosa de granito
(Goddess in granite).1
Ese relato describe un monumento extraordinario que
dejó en un planeta una civilización desaparecida hace
mucho tiem¬po: una cadena montañosa toda ella
esculpida formando un espléndido cuerpo femenino.
He aquí lo que el héroe puede contemplar desde su
astro¬nave, bajo la luz cegadora de otro sol:
«El cielo era de un azul profundo, sin nubes, y Alfa
Virginia centelleaba en medio de todo ese azul,
lanzando su calor y sus rayos sobre el macizo
montañoso que, por su relieve, re¬cuerda un
gigantesco cuerpo de mujer y conocido por el
nom¬bre de “La Virgen”. La Virgen estaba tendida
cara arriba, y los dos lagos azules de sus ojos miraban
eternamente al cielo (...). Había empezado siendo un
fenómeno natural —un enorme so¬levantamiento
geológico— y todo lo que los escultores hicie¬ron (lo
cual, sin embargo, representaba un trabajo hercúleo)
fue pulir la obra de la Naturaleza, dar los toques
finales y, por último, instalar el sistema de bombas
automáticas subte¬rráneas que durante siglos había
suministrado el agua del mar a los lagos artificiales de
los ojos.»
V. ¿REALIDAD DE LO «IMAGINARIO»?
Pero entonces surge la pregunta: las «civilizaciones
desco-nocidas», ¿realmente sólo existían en el terreno
de los mitos, de las ensoñaciones y de las
imaginaciones? ¿No existirían en¬tonces
descubrimientos objetivos que parecieran probar que
esas tradiciones, si bien no son siempre exactas en
sus detalles (de hecho, hay que hacer entrar en juego
todo el campo de las interpretaciones simbólicas), son,
sin embargo, «ciertas»? ¿No han podido existir
civilizaciones muy evolucionadas mucho an¬tes de los
«comienzos» corrientemente admitidos de la Historia
propiamente dicha?
Monstruos
Un tema universal que se encuentra en todas partes
del mundo es el de los monstruos horribles, con los
cuales se en¬frentan unos héroes intrépidos. Si esas
criaturas de pesadilla son simplemente unos símbolos,
no es absurdo tampoco bus¬car, a veces, unos hechos
reales en el origen de esas tradiciones.
Cuvier ya observaba que un animal monstruoso
antedilu¬viano como el plesiosaurio «podía justificar
esas hidras y esos otros monstruos cuyas figuras
fueron tan repetidas en los mo¬numentos de la Edad
Media».
Edgar Dacqué estima, justamente sin duda, que los
«dra¬gones» de las viejas leyendas se explican
claramente por el re¬cuerdo de tiempos lejanos en los
que el hombre primitivo po¬día contemplar los
monstruosos reptiles que habían sobrevi¬vido a la Era
secundaría.
Todavía actualmente, el hombre tiene ocasión algunas
veces de encontrar una criatura horripilante o
simplemente extraña: la existencia de «fósiles
vivientes» no es sólo probable, sino también cierta en
muchísimos casos. Nos remitimos a la her¬mosa obra
de Bernard Heuvelmans: Sur la piste des Bétes igno-
rées, repleta de hechos extraordinarios y, no
obstante, siem¬pre apoyados en unos documentos
imposibles de poner en duda.
La supervivencia secreta de las civilizaciones
Dejaremos la palabra al barón D'Espiard de Colonge,
que ya hemos tenido ocasión de mencionar:
«Las más antiguas tradiciones cosmogónicas afirman
que en períodos de cuatro a cinco mil años,
sobrepasados ya en mucho, estallan en el Universo
unas conflagraciones de natu¬raleza diferente y
hacen nacer tiempos difíciles a las existen¬cias o las
destruyen en su mayor parte. No podemos poner muy
en duda el hecho de que a veces los conjuntos de la
materia se comportan así en el espacio de los cielos,
ahora que conoce¬mos el desorden y desconcierto
que los planetas se causan recí¬procamente por su
atracción en todos sentidos y los mil efec¬tos posibles
de convulsiones y colisiones desordenadas de los
elementos.»2
Nuestro autor deduce una teoría muy coherente, sobre
la construcción de las famosas pirámides de Egipto:
«Todo nos lleva a creer y, en mi opinión todo lo indica
—nos dice—, que las grandes pirámides, las que hay a
poca distancia de Gizeh, fueron construidas (...) en
previsión de un importuno accidente planetario, con la
finalidad de una sal¬vación humana, de seres y cosas;
en una palabra, fueron unos excelentes trabajos de
conservación (...). Resulta sumamente evidente que
un montón de materiales caídos llenó el suelo de las
pirámides de escombros, de piedras y de arenas y
con¬
. 2. L’Egypte et l’Océanie, pág. 4.
10 — 3.385
virtió asimismo a Egipto en lo que es actualmente, una
estre¬cha región aislada entre dos desiertos.
»En apoyo de esto, se dijo en tiempos muy antiguos,
que en el centro de esas grandes pirámides y al oeste
de las profun¬das ruinas de Menfis existe un
serapeum, los vestigios de un viejo pórtico más o
menos escondido bajo tierra y difícil de encontrar en la
confusión del desierto; nadie se ha atrevido a hacerlo.
Añade la leyenda que ese lugar contiene la entrada de
largas galerías por las cuales se puede entrar a
laberintos y an¬tiguas habitaciones fantásticas, que
sirven de base a las pirá¬mides o de las que éstas no
son más que las espesas, macizas y pesadas flechas
estudiadas. Unos vastos canales o galerías que se
comunican unos con otros daban a esas
construcciones la apariencia de una ciudad
subterránea desarrollada en un abis¬mo de sustancias
secas en lugar de haber sido sumergidas por las
aguas.»
El barón desarrolla entonces la idea que está en la
base de toda especulación de tipo ocultista:
«Los autores que, en la Antigüedad, después de una
incierta época lejana, revelaron todas esas cosas
secretas, que primero se tenían en el misterio,
también hicieron saber que unos colegas iniciados
continuaron mucho tiempo retirados, pasan¬do casi
toda su vida en esas sombrías moradas que, en una
época ya entonces lejana, habían dado cobijo
anteriormente a elevados personajes de Occidente —
los cuales (...) se ha¬bían refugiado en Egipto—
durante la borrasca anunciada con antelación por los
cálculos de grandes y sabias observaciones. Allí es
donde, aun antes de la catástrofe, habían sido
deposi¬tados objetos preciosos de todos los valores y
donde eran con¬servados los archivos del mundo
primitido destruido, en par¬te, por los distintos
efectos de la conflagración terrestre que se decía
habría producido un gran cambio planetario.»
Muchos sabios se encogen de hombros cuando se
encuen¬tran ante esas historias de civilizaciones
desaparecidas, total¬mente destruidas, de las cuales
no queda nada y, sin embargo, unos «iniciados» han
guardado de ellas el recuerdo exacto gra¬cias a
documentos («secretos» evidentemente) que no nos
son revelados y cuyo sentido se ha conservado gracias
a una ca¬dena de tradición oral que atraviesa siglos y
siglos.
No obstante, la idea según la cual han existido en otro
tiem¬po continentes absorbidos por las aguas no
tiene nada de ab¬surdo, además del hecho de que es
una idea muy antigua y es expresada de tan distintas
maneras en las más antiguas le¬yendas de pueblos
muy diversos.
Es más, al estudiar de cerca estas leyendas, lejos de
cons¬tituir un caos inconsistente, se ordenan en un
todo cronológi¬camente ordenado; las grandes
civilizaciones desaparecidas (Hiperbórea, Lemuria,
Atlántida) pueden compararse, en cier¬to sentido, con
los grandes períodos geológicos, separados los unos
de los otros por una especie de transiciones. Y en
último extremo, todos esos cambios periódicos en la
superficie de la Tierra podrán ser explicados por la
teoría tradicional de los ciclos de manifestación.
Aquí surge un problema: ¿se puede pensar en el
descubri¬miento de pruebas científicas de la
manifestación de leyes cós¬micas, generalmente
poco conocidas, y que permitan considerar la
destrucción de antiguas civilizaciones como un
cataclismo que-no tiene nada de fortuito? Esto es lo
que uno debe pre¬guntarse ante la existencia de los
grandes diluvios periódicos a los que debe atribuirse la
sumersión de los diversos conti¬nentes «fabulosos».
Y, tal como ya hemos dicho a propósito de las
sumersiones europeas de la Edad de Bronce, no es
absurdo pensar en la posibilidad de una confirmación
de tipo histórico: el estudio de las grandes
migraciones causadas por los cataclismos a los cuales
se debe la desaparición —gradual o brusca— de un
continente o de una provincia.
Nosotros creemos que el sabio preocupado por la
objeti¬vidad no puede —aunque así dé la razón a los
«ocultistas»— pasar por alto la casi certeza de las
grandes convulsiones te¬lúricas que hayan destruido,
en diversas ocasiones, una pres¬tigiosa civilización.
Contrariamente a la opinión general, la era de las
convul¬siones telúricas no ha terminado. He aquí un
indicio muy cla¬ro, entre otros: «Desde hace varios
años, los Servicios de Ex¬ploraciones indican la
elevación de los fondos submarinos. Se descubren
picos a apenas 50 m de profundidad y valles allí donde
no existían hace cincuenta años, por medio de los
Ser¬vicios de Señalización Hidrográfica.»8
Es cierto que algunos geólogos todavía suelen tender
a res¬ponder negativamente a la pregunta siguiente:
¿ha podido el hombre ser testigo de las grandes
convulsiones que hubieran sumergido el antiguo
continente atlántico y las otras tierras desaparecidas?
Pero ya hemos visto que la respuesta afirmati¬va es la
que parece más admisible, lo que —por otra parte—
confirma el estudio de determinados mitos
reveladores.
La caída del cielo
Escuchemos otra vez al barón: «Todos (los indígenas
de Nueva Zelanda) (...) contaban —escribe— que
sabían desde tiempos lejanos que el Sol se convirtió
en lo que es ahora, res¬plandeciente, desde que
pasaron unos cuerpos celestes muy cerca de la Tierra
y de Oeste a Este, por encima de sus co- marcas que
tenían una gran extensión. Durante la época
pe¬riódica de la disminución de su marcha, esos
cuerpos habían producido primero unas lapidaciones
universales; ellos y al¬gunos más se habían salvado.
También aseguraban que mu¬cho tiempo después,
cuando ya no se pensaba en eílo, se sepa-raron o se
desunieron porciones muy voluminosas, islas enteras
abandonadas en medio de las olas y que,
naturalmente, al des¬plazar y empujar a las aguas,
hicieron que se hundiera la ma¬yor parte del país,
todo un continente poblado de la poderosa raza de los
maoríes...»8
A este apocalíptico cataclismo se debe el
estancamiento que sufrió la prodigiosa civilización
pacífica, cuyos vestigios se encuentran en unas islas
pobladas por los descendientes de ese pueblo tan
civilizado, que quedó irremediablemente
in¬capacitado, por el cataclismo en cuestión, para
perpetuar su civilización.
A propósito de las estatuas gigantescas que se hallan
en las pequeñas islas del Pacífico (Pascua, etc.) el
barón D'Espiard de Colonge escribe (no será el último):
«Está claro que los habitantes de esos territorios
exiguos, perdidos en medio de los mares, no pudieron
—sin modelo de trabajo—, reducidos a una nulidad
absoluta de medios de acción, ejecutar seme¬jantes
obras: éstas sobrepasan totalmente las fuerzas, ideas,
e incluso la voluntad de esos insulares.»
El mismo autor observa que la isla, mucho menos
conoci¬da, de Tinián, «está literalmente sembrada de
pilares, todos o la mayor parte figuras piramidales,
que tienen por base un cuadrado y que nunca han
podido servir para edificar nada. Esos pilares están
hechos de arena, de materiales diversos,
amontonados, aglomerados y coronados de un
semiglobo, de superficie plana en la parte de arriba.»8
«... en la isla Rimetti¬ra (...), se han reconocido unos
restos de columnas muy gran¬des: una mide 20 m de
altura por encima de un antiguo edificio del que no
existen más que los vestigios. En todas las cimas de la
isla de Rapa, un poco más al Sur, que no tiene más.
que seis o siete leguas de circunferencia, se ven unos
castillos bas¬tante ciclópeos.»0
Así, pues, todo induce a considerar que todas estas
islas del Pacífico son vestigios de un gran continente
desaparecido. Pero, ¿cómo se ha producido esto? El
barón nos lo dice: «Grandes caídas celestes,
diseminadas, dispersas; y más tarde, en una época
indeterminada que debió de ser bastante prolongada,
o cuando este violento esfuerzo de la Naturaleza
pareció haber concluido y calmarse, llegó una invasión
del océano más desas¬trosa, absoluta, inesperada.
Todo quedó sumergido, menos esta isla (Pascua) y
algunas otras diseminadas y alejadas entre sí.»
Pero existe una teoría más extraordinaria aún: la que
hace intervenir a la Luna para explicar la configuración
especial del Pacífico. La Lima será considerada como
formada por mate¬riales arrancados de nuestra
Tierra, y entonces el océano Pa¬cífico sería el
gigantesco hueco formado por el titánico
arran¬camiento. O bien se supondrá la existencia de
un antiguo sa¬télite que, al hundirse en el planeta
madre, excavó el mencio¬nado gigantesco agujero
donde se aloja el Gran Océano.
Horbiger y sus discípulos han de ser mencionados
aquí: según ellos, habrían existido varias lunas antes
que la nues¬tra, y las cuales se estrellaron sobre la
Tierra; la nuestra está destinada a hacer lo mismo. El
progresivo acercamiento de cada una de estas lunas
da cuenta de los períodos de gigantis¬mo vegetal,
animal y también humano.
Hay una teoría análoga, la del geofísico Raymond
Bache- lard, quien desarrolla la hipótesis de una
colisión entre la Tie¬rra y lo que llama un «Objeto»,
hacia el final de la Era ter¬ciaria. El «Objeto» chocó
con la Tierra en el punto donde se encuentra
actualmente el océano Pacífico. Escuchemos, pues, a
R. Bachelard:
«La Tierra, a finales de la Era terciaria, es de
dimensiones mucho más reducidas que las que le
conocemos actualmen¬te (...) (aproximadamente
10.000 km de diámetro). Es una es¬fera de masa con
una temperatura bastante elevada y cuya
con¬sistencia interior es más bien viscosa como de
vidrio fundido, que como de fundición de hierro.
»Los diversos elementos están repartidos según la
densidad. Y la capa exterior, de un espesor de
aproximadamente 70 km se halla en estado sólido y
descansa sobre el basalto fundido. Presentada así, la
Tierra tiene todas las ventajas y los incon¬venientes
de un objeto elástico. Si, por alguna razón, sufriera
una deformación, tomaría en seguida otra vez su
forma esfé¬rica.»11
La Tierra chocó con un gigantesco cuerpo metálico,
erran¬te, masa colosal de níquel y hierro de 2.000-
3.000 km de diá¬metro y cuya temperatura estaba
cerca del cero absoluto.
La velocidad del choque habría sido del orden de unos
20 Km por segundo. R. Bachelard nos explica lo que
pasó:
«El Objeto creó su alojamiento comprimiendo hacia el
in¬terior de la Tierra primero las tierras en contacto
con él, y luego las tierras separadas de la corteza
terrestre y arrastra¬das por el sustrato, basalto
fundido en estado viscoso.»12 Pro¬sigue: «Del
choque, resulta un aplanamiento de la Tierra
si¬guiendo un gran círculo que se encuentra en el
plano del océa¬no Atlántico actual y, al mismo tiempo
que existe penetración en la Tierra, se produce un
aumento de volumen y, por consi¬guiente, de la
superficie, cuyos elementos son fragmentados por el
choque y se separan más o menos unos de otros...»
Los mares y los océanos, salvo algunas excepciones,
nacie¬ron de este cataclismo, y el Pacífico
principalmente.
Las teorías lunares de Han Hórbiger forman un
conjunto muy completo, de fantásticas
consecuencias.^ ¿Se trata de me-
11. Le vrai visage de la Terre, págs. 14-15.
12. Ibíd, págs. 15 16.
13. Véase PAUWELS y BERGIER, El retomo de los
brujos, págs. 271 y siguientes. Denis SAURAT,
L’Atlantide et le régne des géants (Denoel éditeur).
ras ensoñaciones? Tales sistemas escapan a toda
posibilidad de verificación realmente científica; sin
embargo, es posible invocar determinados hechos
inquietantes.
Papel cósmico de la Luna... ¿o de las lunas?
El barón D'Espiard de Colonge hacía la observación
siguien¬te: «... en Tonga (...), en armas y utensilios
diversos, tabúes o sagrados, aparece la representación
constantemente reprodu¬cida de una estrella
acompañada de dos medias lunas (...); la más
pequeña de ellas se unió simplemente a la Tierra para
llenar uno de sus abismos. Entonces, antes o después,
el otro se habría convertido en la Luna del astro
terrestre, su satéli¬te. dominado por una atracción, de
la cual pudo sustraerse en parte, pero no pudo
escapar totalmente...»14 Luego nos hace observar
que, en la Grecia antigua, los arcadios se creían de
una Humanidad anterior a la Luna.
Mucho antes que Horbiger, el barón no teme a las más
fantásticas hipótesis de la cosmología lunar: «Así pues
—nos dice—, la Luna, quizás un cuerpo errante en el
espacio y un resto de una mayor aglomeración de
materia (...), al entrar en el sistema terrestre o al
verse arrastrada hacia él, al principio a una gran
proximidad, luego, como satélite de la Tierra, tuvo que
experimentar y causar a ésta en los primeros
momentos una espantosa convulsión.»^
Esto es lo que hay que entender por caída del cielo.
¿En qué se han convertido —se pregunta el barón—
esos mares (de la Luna)? Evidentemente, en la Tierra,
crecimientos de océano, bloques erráticos, y montes o
llanuras de cantos roda-
14. ESPIARD DE COLONGE, LEgypte et VOcéanie,
pág. 16.
15. ESPIARD DE COLONGE, La Chute du Ciel, pág.
38.
dos como puede verse en el Mediodía de Francia Este
as¬tro (...), en sus 58 centésimas que se nos ofrecen a
la mirada, no es ya más que una inmensa piedra
agujereada por al menos 50.000 pozos rebordeados,
con orificios levantados, y todas las montañas lunares,
de cimas romas, están vaciadas y huecas.»1®
De ahí el hecho, aparentemente fantástico, de que
debe ser perfectamente posible descubrir en nuestro
Globo incluso ves¬tigios de origen extraterrestre. Esto
es lo que establece el ba¬rón D'Espiard de Colonge:
«...si excaváramos más profundamente de lo que se
ha hecho, debajo de algunos o en las proximidades de
nuestros más viejos edificios y en algunos otros
lugares de nuestro te¬rritorio (Francia),
encontraríamos, no menos que en Oriente, los
vestigios gigantescos de un mundo anterior a todo lo
que conocemos.»® La Cosmología glacial de Han
Hórbiger y de sus discípulos (Fauth, E. Georg, Hans
Fisher, Georg Hanspe- ter, Denis Saurat, etc.)
descansa sobre un doble punto de par¬tida: en la
mayor parte de- los astros existen inmensas
canti¬dades de agua solidificada; periódicamente, el
Globo terrestre ingiere y asimila nuevos satélites en
lunas... Cada una de es-tas incorporaciones de lunas
por la Tierra habría puesto fin, a causa de un
formidable cataclismo, a una de las grandes eras
geológicas sucesivas.
La cosmología horbigeriana recupera una concepción
ge¬neral sumamente antigua, y propia de todo
sistema esotérico: la de los ciclos cósmicos.
16. ESPIARD DE COLONGE, LEgypte et VOcéanie,
pág. 19.
17. La Chute du Ciel, pág, 519.
Los ciclos
La fijación progresiva de determinadas razas (gitanos)
co-rrespondería a la progresiva reducción del
movimiento de nuestra Tierra: ésta es, entre otras,
una de las innumera¬bles aplicaciones efectuadas por
los esoteristas contemporá¬neos de la idea general
de ciclos. Este terreno es inagotable.
No obstante, sería un error pensar que la idea de una
evo¬lución cíclica es de orden puramente «oculto» o
teosófico. La encontramos entre los más grandes
sabios. Escuchemos, por ejemplo, las palabras del
geólogo Wegener: «El Spitzberg está actualmente
cubierto de hielo y sometido a los rigores del cli¬ma
polar, mientras que en el Terciario inferior... tenía
bosques más ricos en especies que las de Europa
Central en la actua¬lidad (...). Tuvo que reinar allí un
clima análogo al actual de Francia, es decir queda
media de la temperatura debía de ser,
aproximadamente, 20° superior a la temperatura
actual. Si nos remontamos a épocas más lejanas,
vemos las señales de una temperatura aún más
elevada. En el Jurásico y en el Cre¬tácico inferior,
crecía el burí, que hoy día no se encuentra más que en
los trópicos, el gingko , el helécho arborescente, etc.»
Hasta el mismo gran sabio no temía a las más
grandiosas generalizaciones:
«Las traslacciones continentales, la disyunción y la
pre¬sión en masa, los temblores de tierra, el
vulcanismo, las alter¬nativas de transgresiones y las
migraciones polares forman, sin duda, un único
complejo grandioso, como ya lo vemos en el hecho de
que tengan las mismas épocas de exaltación en la
historia del Globo. Pero en lo que concierne a la
discrimina¬ción entre causas y efectos, uno no puede
pronunciarse to¬davía.»
Las observaciones científicas más rigurosas nos
obligan sin cesar no solamente a damos cuenta de los
grandes cambios geológicos, climáticos, etc., que se
han producido en el curso de los tiempos en una
región determinada, sino del carácter cíclico de todos
los fenómenos significativos.
Hay que atribuir a la fundición de la enorme bóveda
gla¬cial europea uno de los grandes diluvios
científicamente reco¬nocidos por los geólogos: su
oleada principal habría partido el istmo de Gibraltar,
roto el puente Sicilia-África y, quizá, sumergido el
continente atlántico (aunque este último parece más
bien haber sido destruido por un maremoto de origen
plutónico).
Pero, ¿cómo explicarse esta alternativa en Europa
obser¬vada tanto por los geólogos como por los
prehistoriadores, de períodos tropicales, templados y
glaciales?
Una de las hipótesis más favorables hace intervenir la
más o menos brusca modificación de la inclinación del
eje terres¬tre en el plano de la eclíptica.
La geología logró remontarse hasta un período
original, «paradisíaco» en la historia del Globo: antes
del primer cam¬bio de eje, la órbita terrestre era —en
efecto— circular; en¬tonces no existían estaciones
sobre la Tierra (era el verano perpetuo), y la duración
del año sólo era de trescientos cin¬cuenta días. He
aquí la teoría mantenida al respecto por Fré- déric
Klee, en su obra El Diluvio (Copenhague, 1842): en
otras épocas, el eje de la Tierra estaba recto con
relación al plano de su revolución. Reinaba una
estación siempre inmutable y úni¬camente existía un
solo continente formado por la reunión al¬rededor del
Polo Norte actual de Europa, Asia y América del Norte,
y esta masa compacta se prolongaba en tres
penínsu¬las (orígenes lejanos de América del Sur,
Africa y Oceanía) hacia el Polo Sur.
Pero el eje terrestre se inclinó 235 ° sobre la órbita, lo
cual determinó un tipo de movimiento bascular en la
repartición de las tierras continentales, acompañado
de un diluvio.
Antes de ese cambio del eje terrestre, el Sol —indica
Klee— debía alcanzar con sus rayos absolutamente a
todas las partes del Globo terrestre y el ecuador
atravesaba los polos: en ese mundo antiguo, las
bestias y los hombres habían podido con¬seguir así un
notable desarrollo físico, pero que había dado por
resultado detener la evolución espiritual: de ahí la
ne¬cesidad —nos precisa el cosmólogo— de una
intervención di¬vina destinada a hacer posibles los
progresos de la especie humana.
Observando que en muchos lugares (como Escocia o
el Jura) las capas geológicas han sido «encorvadas y
contornea¬das», Klee llegó a generalizar su teoría:
según él, parece inne¬gable que el eje de la Tierra fue
desplazado en varias ocasiones.
Los prehistoriadores han podido demostrar cuatro
ofensi¬vas glaciales: la primera que afectó a la
América Septentrio¬nal, Escandinavia, Alemania,
Inglaterra, Norte de Francia; la segunda, la más
rigurosa, que alcanzó toda Europa Septentrio¬nal y
Central; la tercera y cuarta, que fueron bastante
menos importantes.
Francia tuvo en otras épocas el clima de la Laponia
actual: hecho que nos parece fantástico, pero que —
sin embargo— está confirmado por las observaciones
científicas más rigurosas.
Todo coincide en obligamos a reconocer, en un plano
to¬talmente científico, unos fenómenos cataclísmicos
que produ¬cen periódicamente una gran
redistribución de las tierras emer¬gidas y sumergidas:
esta «redisposición» va siempre acompa¬ñada de una
gigantesca sumersión acuática: la geología más
racionalista reúne aquí la universalidad de las más
viejas tra¬diciones que, en todos los pueblos, nos
hablan de un gran di¬luvio.
El esoterismo tradicional nos recuerda corrientemente
que las grandes civilizaciones son mortales, que
tienen que contar siempre con cataclismos periódicos.
La idea está expuesta, por otra parte, en Platón en
Critias,™ en las Leyes y, muy especialmente, en Timeo
(el pasaje, que citamos se encuentra en el famoso
relato hecho a Solón por un sacerdote egipcio de Sais):

«Entonces uno de los sacerdotes, de hecho un
anciano, se puso a gritar: / Solón, Solón, vosotros
griegos, sois niños per¬petuamente! Viejo, no lo es
nunca un griego. A esas palabras, preguntó Solón:
¿Qué quieres decir? Jóvenes —respondió él— lo sois
todos de alma; pues vuestra alma no encierra ninguna
opinión antigua, de tradición lejana, ni ningún saber
emblan¬quecido por el tiempo. He aquí la causa de
esta situación. Mu-chas veces, de muchas maneras, se
han producido ruinas hu¬manas, y se producirán más;
el fuego y el agua han provoca¬do las más grandes, y
miles de otras plagas han causado otras menores. Así,
lo que se cuenta en vuestra casa, que un día Faetón,
hijo del Sol, enganchó el carro de su padre, pero que,
incapaz de conducir siguiendo la ruta de su padre,
quemó todas las cosas sobre la tierra y murió él
mismo fulminado, esto se cuenta en forma de mito;
pero la verdad está en las revoluciones de los cuerpos
celestes alrededor de la Tierra en una desviación que,
a largos intervalos, produce para los que pueblan la
Tierra una ruina por el exceso de fuego. Entonces,
todos los que viven en los montes, o en lugares
elevados y áridos, son más afectados que aquellos
que habitan a la orilla de los ríos y del mar; para
nosotros, es el Nilo nuestro salva¬dor, que todavía en
esta necesidad nos salva con su crecida. Cuando, por
el contrario, los dioses, para limpiar la Tierra, la
sumergen bajo las aguas, son los habitantes de las
montañas los que están a salvo, boyeros y pastores,
pero los que viven en vuestras ciudades son
arrastrados al mar por los ríos; mien¬tras que en este
país, no más que en ningún otro tiempo, el
18. 109d-110b. III, 677a y siguientes.
19. Tomo II Biblioteca de la Pléiade.
agua no cae del cielo sobre los barbechos, sino al
revés, sube siempre desde abajo de una forma
natural.»
El hecho esencial, se recuerda bien en Timeo, 22 b:
«los hom¬bres han sido destruidos en el pasado y lo
serán en el futuro muchas veces más y por medios de
exterminio distintos».
Todas las grandes tradiciones religiosas mencionan
esas destrucciones periódicas, que se hacen
necesarias a cada final de ciclo. ¡ Nuestro siglo xx no
parece tener el mejor papel a este respecto! Los jainos
de la India, por ejemplo, sitúan el período actual en la
última fase del ciclo, la era dushshama- duhshamd
(malo-malo) de una duración total de veintiún mil años
y que terminará con el naufragio total de toda la
civili¬zación humana: los hombres no vivirán más que
veinte años, serán irnos pobres seres miedosos que no
se atreverán a salir de sus cavernas más que al alba y
al atardecer, llevando una vida de miseria total, pues
habrán perdido entonces hasta el cono¬cimiento del
fuego... Afortunadamente, empezará entonces un
nuevo ciclo cósmico.
En Occidente también, el esoterismo se complace en
la evocación de los terribles cataclismos que en otro
tiempo afectaron a los hombres. Escuchemos a Gérard
de Nerval: «La constelación de Orion abrió al cielo las
cataratas de las aguas; la Tierra, demasiado cargada
por los hielos del polo opuesto, hizo una media vuelta
sobre sí misma, y los mares, remontan¬do sus orillas,
volvieron a afluir sobre las mesetas de África y Asia; la
inundación penetró en las arenas, llenó las tumbas y
las pirámides y, durante cuarenta días, un arco
misterioso se paseó por los mares llevando la
esperanza de una nueva creación.»
Normalmente, esas catástrofes periódicas deberían
servir de útiles lecciones a los hombres, pero como se
dice en el Ecle¬siástico (I, II): «Uno no se acuerda de
lo que es antiguo; y lo que llegará posteriormente no
dejará ningún recuerdo entre los que vivan más
tarde...»
Pero volvamos al gran Diluvio del que la Biblia se hace
eco. Esta tradición es universal; encontramos su
confirmación un poco en todas partes. Y ciertos
hechos se explican de una ma¬nera muy significativa.
He aquí una interesante observación de Nicolás
Perron, un autor del siglo pasado, en el primer
capítu¬lo de su libro De L'Egypte (1832):
«Las tierras más altas, con relación al mar, las
primeras abandonadas por las aguas, fueron las
primeras en recibir los animales aéreos de los que el
hombre forma parte.
»A consecuencia de esto, y como recuerdo de
tradición, los hombres veneraron durante mucho
tiempo los lugares eleva¬dos; añadamos que ese
respeto viene también de que esas altu¬ras les
servían de protección y de refugio en las grandes
inun¬daciones. Más tarde, cuando hubieron olvidado
esos primeros recuerdos... se creyó que esta
veneración de los lugares altos era inspirada por la
idea de que sus cimas estaban más cerca del cielo,
más cerca de Dios.»
Ocultistas y teósofos han acumulado una inmensa
literatu¬ra sobre esas apocalipsis repetidas; a cuál
mejor, se han pre¬guntado por qué y cómo los
poderes superiores desencadenan esas prodigiosas
convulsiones cíclicas, sirviéndose de las leyes secretas
que erigen los fenómenos terrestres, plutonianos y
ma¬rítimos.
Esas revoluciones cíclicas son inexorables, como nos
ad¬vierte André Lefévre:
«Nada puede conservar las razas que han cumplido su
ci¬clo. Tienen que desaparecer.»
Y los cataclismos son tan profundos entre dos granas
civi-lizaciones humanas que casi no subsiste ninguna
huella de las humanidades tan poderosas que han
cumplido su destino:
«Los valles se han convertido en montañas y las
montañas se han desplomado al fondo de los mares.»
Éste es la regla: en cada cataclismo, se hunde un tipo
com¬pleto de civilización, no dejando más que un
puñado de super¬vivientes, que cuando menos
permitirán la transmisión ulte¬rior de una parte como
mínimo de las tradiciones y secretos...
De todas maneras, en las obras ocultistas sobre las
civili¬zaciones desaparecidas, encontramos siempre
la misma ley cí¬clica que nos recuerda Georges
Barbarin:
«Los hombres, preocupados únicamente por sus
intereses materiales, han organizado leyes ficticias
sobre la superficie de la Tierra. Y, porque ocupan una
parte de la película de ese Globo, se creen los dueños
de su hábitat. La aniquilación, en el transcurso de las
épocas, de civilizaciones numerosas y avan¬zadas,
demuestra, sin embargo, que una fuerza todopoderosa
maneja a su antojo nuestro planeta y le asigna su
destino. La Humanidad no actúa en absoluto como si
estuviera sola en el Universo. Surge un Dios de vez en
cuando que da seguridad al hormiguero.»
En cada cataclismo, ¿perece todo verdaderamente?
Esto sería realmente contrario a todas las esperanzas
humanas. Y Gérard de Nerval, en el prólogo de la
tercera edición de su traducción del Fausto de Goethe,
se hace eco de esas grandes esperanzas cuando nos
dice: «... Sería consolador pensar que, en efecto, nada
que haya tenido inteligencia muere, y que la eternidad
conserva en su seno una especie de Historia
Univer¬sal, visible por los ojos del alma, sincronismo
divino, que un día nos hará partícipe de la Ciencia de
aquel que ve de una sola vez todo el futuro y todo el
pasado.»
Pero, incluso en el plano de los hechos materiales,
existe la supervivencia, la transmisión, la
perpetuación; de lo contra¬rio, no tendríamos ningún
recuerdo, ni ninguna idea de la At- lántida, de Lemuria
y de los restantes continentes desapare¬cidos.
Evitaremos pronunciarnos sobre la comparación
efectuada por numerosos esoteristas contemporáneos
entre el final de la civilización atlantidiana y la época
actual, que estaría asimis¬mo destinada a la
aniquilación total. La Tierra, ¿bascularía sobre su eje
en un futuro próximo o lejano? Esta extraña pro¬fecía
revelada por Séneca a partir del siglo i de nuestra era,
quizá debería ser interpretada así:
«El Polo Sur aplastará en su caída todas las regiones
de África y el Polo Norte cubrirá todas las comarcas
situadas por encima de su eje.» Evidentemente, no
nos aventuraremos en ese terreno tan peligroso para
el investigador que se niega a salir del terreno
accesible a las investigaciones científicas o históricas.
11 — 3.385
VI. LOS MUNDOS SUBTERRANEOS
¿Antiguas civilizaciones encontraron refugio en los
abis¬mos de la Tierra? La idea es fascinante al
máximo, y no corres¬ponde solamente a la literatura
fantástica o de ciencia-ficción; hemos visto, por
ejemplo, las tradiciones islandesas, recupera¬das por
el novelista inglés Bulwer Lytton, según las cuales la
antigua Thule poseería una vía de acceso hacia el
fabuloso reino subterráneo, habitado por una raza
misteriosa que quizá no sea otra que la antigua
población hiperboreal de la gran isla.
El hecho de poblar el interior del Globo con toda
suerte de prodigios no tiene nada de extraño: a pocos
kilómetros ape¬nas debajo de sus pies, el hombre
chocó con lo totalmente des¬conocido.
Mientras que la Ciencia comienza a presentir lo que
puede ser la verdadera constitución física de nuestro
Globo, la ima¬ginación humana no ha dejado de
preguntarse desde hace si¬glos qué es lo que puede
haber en el centro de la Tierra. Se llegó hasta a
imaginar nuestro Globo —y el tema se ha conver¬tido
en clásico en ciencia-ficción» — como una esfera
hueca
cubierta de una corteza muy delgada en comparación
con el radio: en el centro de ese espacio vacío se halla
un pequeño sol rodeado de planetas; a lo largo del
contorno de la corteza, pero «al revés», con relación a
nosotros, viven otros hombres. Los americanos, y
luego los alemanes habían de llevar esta idea hasta
sus más increíbles extremos: somos nosotros los que
vi¬vimos en el interior de la corteza; el Sol, la Luna,
etc., están en realidad en el centro de nuestro espacio.
Hitler daría la orden, en plena guerra, de intentar una
verificación experimental de esta fantástica
concepción*
Se puede leer lo siguiente en uno de los libros
sagrados de la mitología escandinava, el EdLa de
Snorri: «Hacia abajo y hacia el Norte está la ruta de los
infiernos.»
Si se trata de un «infierno» en el sentido religioso
corriente, semejante idea no tiene ningún sentido
científico. No ocurre lo mismo si esos infiernos no se
sitúan en el más allá, sino en este mundo: entonces la
expresión designa, si no el centro de la Tierra, al
menos unas cavernas muy profundas utilizadas como
templo subterráneo, para los servicios de una antigua
inicia¬ción de misterios. Citaremos un pasaje de Pierre
Gordon, el eminente mitólogo: «Aquello era el mundo
subterráneo o los "infiernos” (inferí = el mundo
situado debajo nuestro); en la cima, estaba el cielo, es
decir un conjunto ritual compuesto de piedras santas,
vegetales sagrados, agua trascendente, y, en medio,
el fuego sacrosanto, alumbrado por unos
procedimien¬tos sobrenaturales. Los neófitos, una vez
transformados en ini¬ciados por su retiro en la
caverna, conseguían llegar a la cum¬bre de la colina,
donde eran acogidos por unos personajes sagrados,
que representaban los dioses de la Gran Montaña».
Esto quizás explicaría el extraño nombre de la isla de
los Cuatro Maestros, dado a la isla de Thule; en efecto,
he aquí otra observación hecha por Gordon;
«En relación con el símbolo de la cruz, la cifra 4 y la
divi¬sión cuatripartita tanto de los seres como de los
objetos espa¬ciales que tuvieron un puesto
importante en el desarrollo tem¬poral en la
Antigüedad; dejando aparte el foco central de
irra¬diación se llegaba al número 5 y a una
quintipartición. En dife¬rentes casos se añadía
además el cénit que coronaba la Gran Montaña (de ahí
la cifra 6), e igualmente el nadir, en el fondo del
mundo subterráneo (de ahí el número 7, que otras
razones contribuyeron a hacer que se le considerase
sagrado)».
Numerosas excavaciones arqueológicas permitirían,
sin duda, descubrir un poco por todo el mundo esas
grandes caver¬nas-santuarios, laberintos
subterráneos donde se celebraban los antiguos
misterios chtonianos (*), generalmente asociados con
el culto de la serpiente. El mismo intérprete, tan
pertinen¬te, nos hace observar a este respecto: «...el
hombre-serpiente, o dragón, fue, en consecuencia, el
personaje trascendental por excelencia, él que
transformaba en iniciados a los neófitos.
Posteriormente, se identificó con él a esas
construcciones sinuo¬sas, llamadas laberintos, que se
edificaron en las grutas y bajo tierra, y que
ulteriormente fueron dispuestas sobre el terreno; al
penetrar en esas estructuras de piedra, los novicios se
intro¬ducían en los pliegues del reptil sobrenatural; la
serpiente se los tragaba, les hacía morir y los
devoraba a fin de metamor- fosearlos en su esencia
inmortal; la estancia en el mundo sub¬terráneo
equivalía, pues, a una digestión del hombre por el
superhombre y daba lugar a una transustanciación».
Reconozcamos que es una grave laguna de la historia
com-parada de las religiones primitivas el no haber
realizado exca-vaciones metódicas en todos los
lugares —tanto en Asia Cen¬tral como en América, en
Islandia, Grecia, en las islas oceáni¬cas, donde las
tradiciones describen montañas sagradas e
ini¬ciaciones subterráneas (generalmente descritas al
amparo de los relatos de Aiajes al más allá). ¿Qué hay
más adecuado que el «mundo subterráneo» para
realizar pruebas, ritos y toda una ascesis capaz de
llegar irremediablemente a todo el psiquismo de los
venerados? Volvamos a escuchar a Pierre Gordon:
«En efecto —nos dice—, durante milenios los hombres
se retiraron a las cavernas para entregarse a las
mortificaciones y meditaciones transformadoras: en el
seno de las tinieblas, a veces a 800 o 900 m de la
entrada de las grutas, buscaban la luz del mundo
dinámico y el poder que ella confiere, desde las
profundidades de esta oscuridad; mediante la plegaria
y la unión íntima de su pensamiento con el Ser,
gobernaban la Na¬turaleza; la caverna era un
microcosmos, donde para ellos se concentraba la
energía que mueve toda la Creación; en otras
palabras, allí iban a buscar la materia energética,
sustancia in¬mortal del cosmos, y con ella dominaban
el universo psíquico o fenoménico. Así pues, su
mentalidad era ontológica, es decir, que buscaba la
unión directa e inmediata con la esencia interna de los
seres de las cosas, mientras que la nuestra es
profunda¬mente empírica, es decir, que renuncia a
llegar a los objetos por otra vía que no sea la de los
contactos exteriores y sensi¬bles, establecidos en el
terreno del tiempo y el espacio».
El mismo autor lleva su interpretación hasta sus
prolonga¬ciones más extraordinarias,
confrontándonos con iniciados que han adquirido un
prodigioso secreto de longevidad, hombres que viven
sin envejecer durante casi un milenio, puesto que
«...pasaban la mayor parte de su carrera terrestre en
estado de éxtasis cataléptico, después de haber
suspendido totalmente su respiración gracias a
métodos que se han conservado en el yoga del Tibet y
de la India. El recuerdo de esas prácticas aparece en el
embalsamiento egipcio, que intentaba dar a los
cuerpos de los muertos el aspecto de los poderosos
ascetas en posi¬ción de muerte aparente y de vida
trascendente.»
¡Evidentemente, es imposible verificar esos
prototipos! Uno cae en un terreno aparentemente de
fábula, cuando intenta es¬tudiar las afirmaciones
sobre la existencia, a unas profundida¬des increíbles,
de civilizaciones refugiadas en las entrañas de la
Tierra.
Mongolia y el Tibet poseen unas leyendas muy
curiosas a este respecto, y esas tradiciones han
alimentado las ensoñacio¬nes de generaciones de
ocultistas y teósofos occidentales: Louis Jacolliot,
Saint-Yves d’Alveydre, Ferdinand Ossendowski, Ma-
dame Blavatsky y muchos otros han descrito el
Aggartha, el más misterioso de los grandes centros de
iniciación; se trata de un mundo subterráneo inmenso
que tiene ramificaciones por debajo de todos los
continentes y de todos los océanos... En el Aggartha
se conserva toda la herencia técnica, mágica y
es¬piritual de las grandes civilizaciones desaparecidas
(Lemuria, Atlántida, etc.). Allí es donde residiría el
famoso «Rey del Mundo», que algunos ocultistas, de
tarde en tarde, afirman haber encontrado en las Indias
y en otros lugares.
Se comprenden las ensoñaciones que sitúan en las
entrañas del Globo cosas más bellas, más misteriosas
que aquí abajo. Veamos un significativo texto que
hemos extraído de Gérard de Nerval: «Entré en un
taller (Nerval fue transportado por la imaginación a las
entrañas de la Tierra) donde vi que unos obreros
modelaban en arcilla un enorme animal en forma de
una llama, pero que parecía estar provisto de grandes
alas. Aquel monstruo estaba como atravesado por un
chorro de fue¬go que le animaba poco a poco, de
manera que se retorcía, pe¬netrado por mil hilos de
púrpura, que formaban las venas y las arterias y que
fecundaban —por así decirlo— la materia inerte, que
se revestía de una vegetación instantánea de
apéndices fi¬brosos, de alerones y de mechones
lanosos. Me detuve a contem¬plar aquella obra
maestra, que parecía poseer los secretos de la
creación divina. Esto es lo que poseemos aquí —me
dije¬ron—, el fuego primitivo que animaba los
primeros seres... Antiguamente se elevaba hasta la
superficie de la Tiera, pero las fuentes se secaron. Vi
también trabajos de orfebrería don¬de se empleaban
unos metales desconocidos sobre la Tierra: uno era
rojo, y parecía corresponder al cinabrio; el otro azul
cobalto. Los adornos no eran batidos ni cincelados,
sino que se formaban, se coloreaban y se expandían
como las plantas metálicas que han hecho nacer
ciertas mixturas químicas.»
Todas esas descripciones son generalmente ambiguas
y se aplican a varios planos de existencias: así, Nerval
describe el mundo en fusión situado en el interior de la
Tierra y que, al mismo tiempo, es el reino de los
muertos.
Cuando la ciencia-ficción deja de lado a nuestro Globo,
describe generalmente (y con mucho detalle) las
maravillas que se encuentran en las entrañas de otros
planetas.®
Numerosas telas recientes de Leonor Fini nos
muestran los ritos subterráneos celebrados en las
temibles cavernas por las sacerdotisas-hechiceras de
un antiguo matriarcado: siempre ese tema, tan vivo,
de los enigmas y peligros del mundo subte¬rráneo.
Se quiera o no, nos gusta imaginar lo que puede
existir muy por debajo nuestro, en los fantásticos
abismos chtonianos: en la película en colores realizada
sobre el Viaje al centro de la Tierra (de Julio Veme),
vivimos las increíbles aventuras de los héroes, que
acaban descubriendo las ruinas de la fabulosa At-
lantis, transportados al mismo centro del Globo por el
desen¬cadenamiento de unas fuerzas plutonianas.
SEGUNDA PARTE
MISTERIOS ARQUEOLÓGICOS
1. ARQUEOLOGÍA A LA CONQUISTA
DE AA DESCONOCIDA Y DE AA STE SE CREÍA
«MUY» CANAC1DA
Nuevas valoraciones
A partir del momento actual, los arqueólogos
contemporá¬neos han renunciado a muchos de los
«dogmas» de sus prede¬cesores del pasado siglo;
civilizaciones consideradas todavía hace poco como
relativamente insignificantes con respecto a la
civilización clásica (las de los sumerios, de los hititas,
de los galos, de los escitas, de los pueblos nórdicos,
etc.), han sido valoradas de nuevo en su extensión y
su influencia reales.
Concretamente en nuestro país, ya no vemos a los
galos como unos «salvajes» primitivos, sino como un
pueblo muy ci¬vilizado,1 y como los herederos de
espléndidas tradiciones que son confirmadas, por
ejemplo, por esta alegoría centrada en tomo al bardo
Sindorix:
«El bardo Sindorix estaba tocando una lira de marfil
con adornos de oro, regalo de los dríadas de Sein...
Alrededor de él había unos jóvenes sentados, con la
cabeza descubierta; su vestimenta era una coraza de
plata sobre un traje de oro y azul y unos zapatos
pentagonales. Escuchaban las maravillas del cielo y
seguían la marcha de los mundos.»
Los numerosos puntos de contacto entre celtas y
griegos, atestiguados por numerosos testimonios, no
se limitaban al te¬rreno comercial.
Inexplicablemente, los franceses que se interesan por
las excavaciones arqueológicas destinadas a revelar
las culturas anteriores a la conquista romana son, en
el fondo, bastante es¬casos, aparte de los
especialistas de la Prehistoria y del cel- tismo.
Este estado de cosas es muy lamentable, tanto más
cuanto que ciertas controversias entre los arqueólogos
no han servido para atraer al público hacia el estudio
serio de esas áreas... Pen¬semos, por ejemplo, en el
famoso asunto de Glozel.
El misterio de Glozel
Descubrimientos tales como los de Glozel (cerca de
Vichy) quizás obliguen a preguntarse acerca del
problema de los orí¬genes del alfabeto.
He aquí los hechos: entre las dos guerras, Émile
Fradin, un agricultor que vivía en la aldea de Glozel
(cerca de Vichy), descubrió por casualidad, en uno de
sus campos, algunos ob¬jetos; continuando las
excavaciones, y ayudado por el doctor Morlet,
consiguió exhumar numerosos restos arqueológicos
(ce¬rámicas, esculturas en hueso, etc.) y toda una
serie de tablillas que mostraban extraños signos
alfabetiformes.
¡Pero —alguien dirá—, esto era una mistificación!
De hecho, los descubrimientos arqueológicos de Glozel
qui¬zá sean auténticos: el examen imparcial de todo
el «asunto» deja algunos puntos misteriosos. Hay un
hecho que parece inquietante: considerando que
ningún miembro de la familia Fradin tenía
conocimiento alguno —ni tan siquiera elemental— de
arqueología prehistórica o protohistórica, la
mistificación era difícil de montar con todas sus
piezas. En efecto, ¿cómo creer que unos objetos
fabricados al azar hayan podido con¬fundir a sabios
franceses y extranjeros, que habrían reconocido al
instante cualquier objeto fabricado, cualquier cambio
sos¬pechoso de los estratos geológicos?
Así pues, a pesar de algunas dificultades, supongamos
váli¬dos los objetos descubiertos en Glozel. ¿De qué
época podrían proceder?
Para algunos, se trataría de objetos que se remontan a
la época galorromana. Para Camille Jullian, por
ejemplo, los ob¬jetos de Glozel habrían pertenecido a
una officina feralis, es decir, un antro de magia
próximo a un santuario celta, de fuen¬te o de bosque,
ya que el conjunto de los objetos encontrados se
remonta al siglo 11 antes de nuestra Era, todo lo más
al m.
«Las figurillas, donde se ha creído ver a unos ídolos,
son muñecas de encantamiento, que —como todo el
mundo sabe— forman parte de los útiles de todo
brujo. En cuanto a los ladri¬llos con inscripciones, hay
que ver en ellos esos laminae littera- tae de que habla
Apuleyo, las tablillas en las que se inscribían las
fórmulas mágicas de encantamiento, de hechizo y las
rece¬tas. En los ladrillos de Glozel, esas formas se
refieren sobre todo a la caza, a la pesca, a la vida
rural, al amor. Están grabadas en cursiva latina, o sea,
mediante letras enlazadas. (...) De todas formas, hay
que descartar completamente la época neolítica o
prehistórica.»
Pero la interpretación más probable es la que haría de
los hallazgos de Glozel unos objetos que se remontan
mucho más lejos, en plena época protohistórica o,
incluso, al neolítico. En esta perspectiva, los objetos
más interesantes son las tabli¬llas grabadas con
signos alfabéticos que todavía esperan su
desciframiento metódico. Con esto se llegaría, quizás,
a un descubrimiento revolucionario: mucho antes de
Fenicia, el centro de Francia habría sido habitado por
un pueblo evolu¬cionado que utilizaba una escritura
alfabética. Uno se extraña realmente de ver que un
descubrimiento así, que no obstante podía halagar el
chauvinismo francés, haya suscitado violen¬tas
polémicas que desembocaran en el «brazo secular»
(poli¬cía, magistratura) que tenía que reconocer, por
otro lado, muy justamente su incompetencia en
materia arqueológica. No pe¬dimos otra cosa más que
se presenten unas objeciones válidas, fundadas en el
examen de los objetos descubiertos en Glozel; pero
contentarse con negar a priori el valor de esas
excavacio¬nes, antes de ningún estudio, es
abandonar el terreno científico.
Antes de condenar o exaltar a Glozel, hay que intentar
un nuevo examen científico de todos los objetos y del
lugar, sin ninguna idea preconcebida.
Pero, ¿no existirían otros documentos portadores de
ins-cripciones misteriosas (alfabéticas o no), y cuyo
estudio abri¬ría nuevas perspectivas a la arqueología?
Sí, pero generalmen¬te, por escrúpulo metodológico,
los arqueólogos se niegan a tomarlos en
consideración.
Otros misterios alfabéticos
A menudo se niega la antigüedad fabulosa reclamada
para las runas, la antigua escritura alfabética de los
pueblos germá¬nicos y escandinavos; sin embargo, al
parecer, todo no está definitivamente zanjado a este
respecto.
Pero he aquí algo más significativo: las inscripciones
en escritura desconocida descubiertas en numerosas
regiones del Globo, y muy especialmente en América.
Existen, por ejemplo, las inscripciones descubiertas en
las cataratas de Klamath (Oregón), y que algunos
arqueólogos no vacilan en considerar de origen
lemuriano.6
Otro descubrimiento significativo: el doctor Ronald
Strath, de Seatle, habría descubierto en Yucatán nueve
inscripciones mayas, que logró traducir: contaban la
historia de la Atlántida y de su destrucción, en el año
5000 a. de JC.
Unas inscripciones en lengua atlante habrían sido
descu¬biertas en las murallas de una misteriosa
ciudad en ruinas, en¬terrada bajo la selva virgen del
centro del Brasil (Mato
Desgraciadamente, existen descubrimientos no
autentifica- bles mediante la arqueología científica:
éste es el caso del mis¬terioso disco de gres blanco
hallado hace poco en el mound (túmulo gigantesco) de
Grave Creek, a orillas del río Ohio. En ese disco podían
verse irnos caracteres que se relacionaban con los
signos rupestres descubiertos en las islas Canarias,
ade¬más de otros; una encuesta internacional,
presidida por el pro¬fesor Schoolcraft, permitió
reconocer increíbles coincidencias: cuatro signos
etruscos, cuatro relacionados con el alfabeto egeo
arcaico, cinco runas escandinavas, seis antiguos
signos druídi- cos, letras fenicias, catorce signos
anglosajones. Además podían observarse analogías
con el hebreo antiguo y analogías con el nómada.
Ese disco, descubierto por S. W. Clemenes en el
túmulo de Grave Creek, no pudo ser objeto —por
desgracia— de una au¬tenticidad cierta.
Una mistificación «atlantldiana»
En el New York American del 20 de octubre de 1912,
apa¬recía un artículo sorprendente, titulado Cómo
encontré la desa¬parecida Atlántida, fuente de toda
civilización, cuyo autor era nada menos que el doctor
Paul Schliemann, nieto del gran Heinrich Schliemann,
a quien se debía el descubrimiento del lugar
arqueológico de Troya.
Por desgracia —y ya no es posible dudar—, se trataba
de véase una mistificación muy hábil.
Sin embargo, los detalles interesantes no faltan: el
misterio estaba unido a un jarro con cabeza de
lechuza «de un aspecto especial» y llevaba esta
inscripción en caracteres fenicios de
parte del rey de la Atlántida. El doctor Schliemann
rompió el jarro y descubrió, adherido al fondo del
mismo, un disco cua¬dranglar de metal blanco
parecido a la plata. El disco tenía en el reverso unas
figuras acompañadas de signos indescifra¬bles, pero,
en el dorso, podía leerse, grabada en caracteres
feni¬cios, la frase siguiente: «proviene del templo de
las murallas transparentes.»
El jarro con cabeza de lechuza procedía de una
colección secreta del abuelo del doctor Schliemann, y
los vestigios «atlan- tidianos «contenían, además, una
argolla (trabajada en el mis¬mo metal desconocido),
un elefante «de un aspecto extraño», un hueso
petrificado, otro jarro arcaico, y más objetos —nos
advertía el doctor—, «cuya lista no puede ser
publicada por el momento». También había —
documento sensacional— el mapa geográfico utilizado
por los marinos de la expedición enviada por el faraón
Sent (II dinastía); en el año 4571 a. de Jesucristo, para
investigar los restos del «país de la Atlántida».
El propio Paul Schliemann es quien había explorado,
du¬rante muchos años, en el mayor secreto, las
costas de Marrue¬cos, Egipto, México y Perú.
Estas excavaciones habían permitido al descubridor de
Tro¬ya entrar en posesión de piezas arqueológicas
capitales, que le permitieron precisar «No digo nada,
ya que me falta espacio, de los jeroglíficos y otros
documentos que he descubierto y que me han
aportado la prueba de que las civilizaciones de Egipto,
Micenas, América Central, América del Sur y de los
países mediterráneos de Europa tuvieron un origen
común (que era, evidentemente, la Atlántida
engullida).»
Por otra parte, existen —según se nos indica— dos
manus¬critos secretos que explican la historia de los
atlantes: un ma¬nuscrito maya, el Troano, conservado
en Londres, y un manus¬crito caldeo, que se remonta
a 2.000 años a. de JC, pero que se conserva en un
templo de Lasa, capital del Tibet.
Paul Schliemann nos decía: «Si quisiera decir todo lo
que sé, ya no habría aquí ningún misterio.»
Por desgracia, todo el asunto no era más que una
habilido¬sa mistificación periodística: nunca más se
oyó hablar del «doctor Paul Schliemann», por una
razón muy simple: ese nie¬to del gran Schliemann no
había existido jamás.
Ante la existencia de mistificaciones de ese tipo, se
concibe la actitud decididamente hostil manifestada
por la mayoría de los grandes arqueólogos cuando se
pronuncia delante de ellos los nombres de «Atlántida»,
de «Lemuria», etc. Sin embargo, ese punto de vista de
principio, consideramos que no puede ser erigido en
regla metodológica: todo lo que existe debe ser
obje¬to de ciencia. ¿Hay que ir más lejos que la
arqueología clásica?
¿Hay que ir más lejos que la arqueología clásica?
¿Hay que ir más lejos que los arqueólogos clásicos y
creer que pudieron existir, en una época lejana (de
10.000 a 100.000 años a. de JC, y quizá mucho más
atrás) civilizaciones muy evo¬lucionadas, destruidas
por diversos procesos (invasiones, auto-
destrucciones, cataclismos geológicos, etc...)?
Existen ciertas observaciones que la investigación
arqueo¬lógica meditaría útilmente: como esta
observación de Church- ward, el revelador del
continente sumergido de Mu: «En la co¬lina principal
de Esmima, en el Asia Menor, a 1.500 pies sobre el
nivel del mar, existen unos vestigios de tres
civilizaciones prehistóricas, una encima de otra, con
una capa de arena, de arenisca y de guijarros entre
cada civilización. Los vestigios de estas civilizaciones
no yacen horizontalmente, sino en un án¬gulo de 45°.
(...) Si no fuera porque las capas de civilizaciones
sucesivas siguen el ángulo de la montaña, nuestros
sabios po¬drían pretender que ocuparon la cima de la
colina sin haber sufrido su levantamiento. Pero ese
ángulo prueba, sin dar lugar a controversias, que esas
civilizaciones existían antes que las montañas fuesen
levantadas.»
Por desgracia, es innegable que los sabios se privan,
de una forma irremediable, de investigaciones
fructuosas, pero al mar¬gen de las teorías
oficialmente establecidas. Veamos esta signi¬ficativa
confesión del doctor L. Capitán, en su libro La Préhis-
toire :
«Yo mismo recogí cuchillas, raspadores y perforadores
que presentan exactamente el aspecto de ciertos
instrumentos mus- terienses reconocidos en todo el
mundo como instrumentos ciertamente elaborados
por medios artificiales. Así pues, si és¬tos se admiten
morfológicamente, en buena lógica, habría que
aceptar sus similares del período mioceno. Pero como
la exis¬tencia de estos últimos sería de consecuencias
demasiado gran¬des, se la niega pura y
simplemente.»
Es cierto que conviene siempre recordar que los
grados de rigor de certeza científica deben
establecerse con el mayor cui¬dado. No obstante,
nada prohíbe al sabio «soñar» un poco, más
exactamente nada le impide tomar en consideración
hasta las hipótesis más sorprendentes; pues no
olvidemos que la realidad dista mucho de ser siempre
verosímil.
Nada impide a la arqueología considerar, por ejemplo,
esta fantástica posibilidad: los tiempos prehistóricos
fueron prece¬didos por períodos de civilizaciones muy
elevadas; lejos de re¬presentar un comienzo, la
«Prehistoria» marcaría más bien un final relativo, más
bien un nuevo comienzo, después del brusco
aniquilamiento de civilizaciones extremadamente
evolucio¬nadas.
Pero —se nos dirá—, ¿por qué está tan ausente el
recuerdo preciso de esas civilizaciones desaparecidas?
Es fácil respon¬der: «Si la memoria colectiva se
refiere a sucesos cataclísmi- cos, la importancia de
estos últimos contribuye, evidentemen¬te, a
prolongarla durante muchos siglos, pero cuando la
ca¬tástrofe es tal que no deja tras ella más que pocos
o ningún superviviente humano, el salvajismo no tarda
en seguir a la miseria y bastan imas cuantas
generaciones para corromper e incluso para borrar el
recuerdo del suceso en el alma olvida¬diza de los
hombres.»
Por otra parte, es fácil recordar que incluso los
periodos histórica y clásicamente conocidos abundan
en hechos de olvido colectivo; los siglos terminan por
anular, en la memoria de los hombres, realidades que
son, sin embargo, muy importantes. Citemos al
respecto esta otra buena observación de Georges
Barbarin: «Nada más característico a este respecto
que el des¬tino del Arte-misión, el famoso templo de
Éfeso, que los anti¬guos clasificaban entre las “Siete
Maravillas del Mundo” y que incendiado por Eróstrato
en el año 356, la misma noche en que nació Alejandro
de Macedonia, fue reconstruido con un lujo aún mayor.
El primer Artemisión, el descrito por Plinio, media 140
metros de longitud por 75 de anchura, o sea el
cuádruple de las dimensiones del Partenón, y
comprendía 127 columnas de 20 m de altura. ¿Qué
queda en el siglo xvii del famoso edificio? Tan poca
cosa que, durante tres siglos, los arqueólogos
busca¬ron en vano las huellas hasta el día en que M.
Wood, delegado del British Museum, encontró,
después de ocho años de inves¬tigaciones, los
cimientos de mármol a 6 m de profundidad.»
Los hechos podrían multiplicarse: a principios del siglo
pa¬sado todavía no se había podido determinar
exactamente, a pe¬sar de las ya importantes
excavacioi.es realizadas, los límites exactos de las
ciudades romanas de Pompeya, Herculano y Sta- bia,
enterradas bajo las cenizas del Vesubio en el año 79 d.
de JC. *
Hasta el siglo xx, los nómadas plantaban sus tiendas
sobre los emplazamientos de Nínive y de Babilonia,
cuya población mesopotamica no conocía ni siquiera
su existencia.
Algo que hace reflexionar: las extrañas coincidencias
Hay ciertas comprobaciones inquietantes (similitudes
en¬tre el Antiguo Egipto y las civilizaciones
americanas precolom¬binas, entre las tradiciones
peruanas y japonesas, etc.), la exis¬tencia de
descubrimientos arqueológicos realmente extraños
(estatuas gigantes de la isla de Pascua, edificios
ciclópeos de las islas Carolinas, ruinas de Tihuanaco
en el Perú, terraza de Baalbeck en el Líbano,
descubrimiento de inscripciones griegas o hebraicas
en América del Sur, etc.) que, como veremos,
pue¬den dar nacimiento a las hipótesis más
aventuradas sobre la existencia de civilizaciones
completamente desconocidas por la arqueología
oficial.
Por otro lado, vemos cómo los sabios cada vez toman
más en consideración hipótesis que hubiesen
alarmado a sus prede¬cesores del siglo pasado.
Pensemos, por ejemplo, en el estúpido furor negativo
con que los prehistoriadores acogieron todas las
comunicaciones relativas al arte pictórico de las
cavernas magdalenienses de España y Francia: los
medios oficiales tar¬daron más de veinte años, en lo
que se refiere únicamente a la cueva de Altamira, en
dejar, por último, de protestar ex cathe- dra contra la
«mistificación», el «negocio», etc., y tomar, por último,
la decisión que convenía: ir al lugar, ver lo que allí
había exactamente.
La antigua influencia de la India y China sobre América
pa¬rece ahora más que probable. Ya hemos visto que
Quetzalcóatl era un dios blanco venido del Este que, al
despedirse del pueblo que había civilizado, le habría
profetizado la futura llegada de hombres blancos y
barbudos, venidos por el mar «de la región del Este»...
Antes que los españoles, los atlantes —con toda
certeza de raza blanca— habían colonizado realmente
México y América Central... Parece muy probable que
hubo en otro tiempo una influencia del Extremo
Oriente en el primer desa¬rrollo de las civilizaciones
indias de América: el gran explo¬rador Humboldt ya lo
había presentido.»
Pero, ¡cuántas conjeturas curiosas pueden anticiparse
so¬bre la América precolombina!
Las grandes fortificaciones primitivas y las grandes
«coli¬nas» o «túmulos» (mounds) del valle del
Mississippi presentan muchas semejanzas con
monumentos europeos análogos que se remontan a la
época probable de las grandes invasiones arias: en la
misma época, parece haberse implantado en América
Sep¬tentrional una raza prehistórica blanca. Incluso
en la época histórica, ¡cuántos misterios todavía!
Pensemos, por ejemplo, en la colonización vikinga de
las costas de Canadá y Nueva Inglaterra. Se ha
demostrado, por ejemplo, que los indios na-
rragansetts, que subsistieron en la región de Boston
hasta prin¬cipios del siglo pasado, habían
incorporado, en su extraña mi¬tología y de su
compleja magia,11 toda una herencia esotérica
procedente de los vikingos de Islandia.
En el noroeste de Estados Unidos, entre las Rocosas y
el
Pacífico, hay vestigios de grandes ciudades destruidas,
y cuyas áreas circundantes parecen haber sido
asoladas por algún in¬concebible cataclismo: así se
nos vuelve a plantear el antiguo problema del
contacto entre nuestro planeta y unos invasores del
cielo.
II. ¿CIVILIZACIONES EXTRATERRESTRES?
Los numerosos expedientes acumulados sobre los
famosos «platillos volantes» han reavivado las
creencias según las cua¬les unas civilizaciones no
humanas habrían podido preceder (y, a veces,
acompañar) la aparición de los primeros hombres
sobre la Tierra.
Adamski y numerosos autores se esfuerzan incluso en
pro¬bar que existen desde hace tiempo contactos
entre nuestro pla¬neta y seres extraterrestres.
Las más recientes adquisiciones de la Astronomía
hacen pensar, en efecto, que —contrariamente a las
opiniones cientí¬ficas anteriores— sin duda miles de
millones —y quizá miles de miles de millones— de
planetas parecidos al nuestro están repartidos en la
asombrosa inmensidad del espacio sideral. Y, al igual
que la Humanidad ve despuntar la época en que unos
ingenios voladores le permitirán ir a explorar los otros
mun¬dos planetarios, ¿no es muy probable concebir
que unos seres más desarrollados que nosotros
observan lo que pasa en la superficie terrestre? Por
desgracia, la realidad es que los ex¬traterrestres
parecen estar haciendo todo lo posible para es¬
conderse a nuestra vista, lo cual, por otra parte, puede
explicar¬se muy bien: «Incluso sobre la Tierra el
contacto de dos cul¬turas humanas de niveles
distintos desemboca regularmente en el mismo
resultado; el derrumbamiento y la muerte rápida de la
cultura menos evolucionada. Y esto es así en la
ausencia incluso de toda hostilidad.»1
¿No existirían, sin embargo, sobre nuestro Globo
objetos de origen extraterrestre?
Con seguridad, se conoce la existencia de numerosos
meteo¬ritos, algunos de los cuales han sido objeto de
veneración reli¬giosa: éste es el caso de una «piedra
negra» enviada por el le¬gendario «Rey del Mundo» al
Dalai-Lama del Tibet, transpor¬tada posteriormente a
Ourga, capital de Mongolia, y desapare¬cida
misteriosamente en el siglo pasado; también es el
caso —éste muy conocido— de la famosa piedra negra
incrustada en la Caaba de la Meca...
El poeta medieval alemán Wolfram de Eschenbach nos
ha¬bla del lapis exillis, piedra caída del cielo sobre la
que aparecen unas inscripciones en circunstancias
determinadas.
No es imposible creer en la posibilidad de objetos,
apara¬tos, etc., transportados a nuestro planeta en
grandes meteori¬tos: el tema es clásico en ciencia-
ficción.
Los partidarios del origen extraterrestre de los
«objetos voladores no identificados» (los famosos
platillos volantes) se muestran imperturbablemente
seguros en la mayor parte de sus afirmaciones. Por
ejemplo, no temerán considerar como un hecho la
hipótesis de un origen extraterrestre de la Humanidad
entera o de algunas civilizaciones: los lemures, por
ejemplo, no serían otra cosa que venusianos.
Hay que reconocer que no existe ninguna prueba
científica¬mente admisible de la actividad en la
Tierra de invasores extraterrestres. Incluso cosas de
tipo más bien prodigioso se explican en muchos casos
por causas totalmente terrestres y na¬turales.
Tomemos, por ejemplo, la alucinante regularidad
geo¬métrica de los bloques basálticos de la Ruta de
los Gigantes (en Irlanda del Norte) o de la Gruta de
Fingal (en el noroeste de Escocia): la imaginación se
complace en suponer criaturas fantásticas que
realizaron inconcebibles ciudades no humanas,
mientras que el juego mecánico de las fuerzas
plutonianas ex¬plica la formación de esos prodigios
aparentes.
Nosotros no tenemos más remedio que hacer nuestra
esta sana advertencia de nuestro amigo Aimé Michel:
«Es verdad que es imposible probar que nunca ha
existido contacto entre hombres y seres de otro
mundo, por la razón muy sencilla de que jamás puede
probarse la inexistencia de cualquier cosa. (...). En
cambio, es fácil probar que todos los contactos
asegurados y publicados hasta la fecha no son más
que una monumental y estúpida estafa.»
El mismo autor tiene razón de criticar las historias
dema¬siado bellas de hombres que han
intercambiado impresiones con seres extraños venidos
de un misterioso planeta:
«El menor contacto intelectual con seres que nos
dominen lo suficiente como para recorrer ya los
espacios siderales o so¬lamente planetarios habría
hecho estallar inmediatamente los cimientos de
nuestra cultura, de nuestra moral, de nuestras
religiones, al igual que la llegada de hombres a una
isla poblada únicamente de animales y vegetales
destruye en pocos años el equilibrio vital creado por
los milenios de evolución concu- rrencial de las
especies. Si se hubiera producido una explosión
semejante, la Humanidad y la Tierra entera estarían
en un estado de caos de lo cual no da idea ninguna
catástrofe histó¬rica. Y esto, yo pienso, no hubiese
pasado inadvertido.»
¿Es que hay que adoptar el escepticismo de tantos
sabios? Aimé Michel no lo cree así, y ataca la
«aterradora» hipótesis según la cual el hombre de
nuestro siglo xx marcaría el um¬bral infranqueable de
la evolución biológica:
«Esto viene a afirmar que el desenlace automático de
toda evolución es el apocalipsis y el derrumbamiento
total tres mil años después de la aparición de la
Ciencia. La ascensión de la vida, luego del espíritu y
posteriormente de la Ciencia, queda¬ría así limitada
por un umbral infranqueable, y el hecho de que
preparemos actualmente los primeros intentos
astronáuticos nos advertiría de que estamos
precisamente sobre ese umbral apocalíptico, puesto
que todo en esta hipótesis debería derrum¬barse
antes de conseguir la aventura astronáutica.»
Las visitas efectuadas a nuestro Globo por seres que
hayan superado en mucho nuestra escala biológica
aparecen como totalmente probables, por lo menos así
lo creemos nosotros, aunque sin hacemos demasiadas
ilusiones sobre las posibili¬dades reales de
comunicación: «Por más que afirmara —nos dice Aimé
Michel —mi práctica del lenguaje marmota, nunca
llegaría a cargarlo, para mi gentil interlocutora, de
otros men¬sajes que no fueran los de su nivel. No se
puede explicar en marmota el teorema de Pitágoras.
En cambio, podría, en últi¬mo extremo, conocer
integralmente las “ideas” de su nivel.»
Se trata de una ley biológica, muy bien enunciada por
un amigo de M. Michel, el naturalista Jacques Lecomte:
«Podemos entrar en contacto con todos los seres vivos
a su nivel, a condición de que este nivel sea inferior al
nuestro, o, más bien, que el nuestro los acumule.»
Aimé Michel prosigue:
«Nosotros gobernamos a las bestias especialmente
por nues¬tro sentido del tiempo, que ellas no tienen.
Ellas podrán coha¬bitar con nosotros hasta el final de
los tiempos sin sospechar jamás que su destino se
está jugando constantemente en re¬giones que son
indiscernibles para ellas, aunque sus ojos no hayan
cesado jamás de verlas.»1
A partir de ahí es fácil concluir lo siguiente:
«... la respuesta a la pregunta: ¿Por qué no existen
visitan¬tes del espacio? sea, quizás, ésta, de una
maravillosa simplici¬dad: no hay porque nuestros ojos
sólo los ven, y no nuestro espíritu, que no puede. (...)
El ratón que roe nuestros viejos libros ve físicamente,
con sus ojos, todo lo que nosotros ve¬mos. Lo ve, pero
no puede percibirlo.»
Aimé Michel continúa haciéndonos observar lo que
debe ser una actitud intelectual objetiva: «Las
realidades más cier¬tas fueron primero soñadas: no
nos neguemos, pues, a soñar, sin olvidar que
soñamos.»
Ésta es la razón de que nosotros creamos que siempre
es conveniente:
1. ° verificar la materialidad de los hechos, que no
han de ser forzosamente irreales (aunque, en muchos
casos, pueden es¬tar deformados o exagerados);
2. ° preguntarse por el grado de verosimilitud de
esta o aque¬lla hipótesis, aunque a primera vista
pueda parecer demasia¬do asombrosa para ser cierta.
Tomemos, por ejemplo, la idea según la cual habrían
existido en otras épocas prodigiosas ci¬vilizaciones de
insectos sociales gigantes, venidos o no de otro
mundo planetario.
Nada se opone a la posibilidad de un hecho así, ni
incluso .al descubrimiento de vestigios concretos
(hormigueros o ter¬miteros fósiles gigantes, por
ejemplo).
Podemos encontrar aquí, simplificada, la teoría del
barón D'Espiard de Colonge sobre La Chute du Ciel:
«Se diría a primera vista (...), ya que todo aparece
amonto¬nado sin orden en la superficie terrestre, que
otro mundo cayó encima de la Tierra a la cual se unió
precipitando allí sus frag¬mentos.»
Por otra parte, el autor precisa:
«Pero podría muy bien (...) no haber habido ningún
cho¬que, sino unos fragmentos inmensos caídos al
paso fortuito demasiado cercano de unos de esos
grandes cuerpos planeta¬rios.»11
El barón no teme intentar recurrir a las pruebas
concretas:
«Los Pirineos parecen, en cierta manera, una
aglomeración de peñascos superpuestos, que cayeran
del cielo todavía en llamas, y que habrían ido a
extenderse en esa parte de la Tie¬rra.»
A propósito de esto, se piensa, en las tradiciones de
los cel¬tas, sobre una época legendaria de «caída de
las piedras»: para el barón D’Espiard de Colonge, las
piedras druídicas no ha¬brían sido destinadas más
que para conservar el recuerdo de aquellas
formidables catástrofes celestes, que quizá los galos
recordaban cuando temían ver caer el cielo sobre sus
cabezas.
En el ocultismo contemporáneo, vemos cómo se
mezclan las ensoñaciones cosmogónicas fácilmente
con las del tipo «ciencia-ficción»: incluso la Tierra
resultaría —como se ha lle¬gado a pensar— del
ensamblaje progresivo de varios mundos, cada uno de
esos planetas habría venido a incrustarse en una masa
planetaria única y aportado con él la raza humana que
lo habitaba con sus propias tradiciones espirituales...
Desde esta perspectiva, las grandes fisuras profundas
de la corteza terrestre resultan de un tipo de proceso
de «cicatrización».
Finalmente, quizá nosotros vivimos sobre diversos
planos planetarios de realidad: en la vida corriente no
tendríamos de ello más que confusas percepciones, en
los sueños y en las fan¬tasías.
En cambio, las leyendas relativas a ciudades y
hombres «pe-trificados» son susceptibles de una
interpretación científica. Así es como la destrucción
bíblica de Sodoma y Gomorra no significaría otra cosa
que una fantástica invasión de seres ex¬traterrestres
dotados de armas nucleares.
Manfredus de Monte Imperiáli, de Herbis, un
manuscrito de la Biblioteca Nacional de París, describe
las fantásticas rui- ñas que se hallan en el fondo del
Lago Asfáltico (otro nombre del mar Muerto). Unas
excavaciones arqueológicas emprendi¬das en esas
regiones desoladas seguramente no dejarían de
re¬velar sorpresas al sabio que no temiera verse
obligado a recu¬rrir a las hipótesis más fabulosas en
apariencia.
III. LOS GRANDES ENIGMAS ARQUEOLÓGICOS
La isla de Pascua recibió ese nombre porque su
descubri¬miento oficial tuvo lugar, precisamente, un
lunes de Pascua (el 6 de abril de 1722), por el capitán
holandés Jacob Rogge- ween, aunque ya hubiera sido
señalado treinta y seis años antes por el pirata inglés
Davis.
La isla de Pascua está poco poblada hoy día: en el
censo de 1952, 762 indígenas y algunos blancos.
Esta débil población aumenta la situación patética de
esta isla de 12.000 hectáreas, árida, perdida en el
océano: la isla de Pascua está tan alejada de su madre
patria, Chile, como París lo está de Islandia y
eliminando con el pensamiento todas las tierras que
se hallan entre la capital francesa y las costas
is¬landesas meridionales.
Se ha hablado de estatuas gigantescas sobre las que
se han anticipado las hipótesis más arriesgadas: se ha
llegado a poner de manifiesto, por ejemplo, la curiosa
semejanza que existe en¬tre la escritura ideográfica
de las inscripciones descubiertas en la isla y la de las
tablillas de arcilla descubiertas por los ar¬
queólogos en las ruinas prearias de Mohenjo-Daro (en
el valle del Indo).
Pero, incluso por sí misma, la isla de Pascua está llena
de inquietantes misterios. Un caso es el simple
transporte de las colosales estatuas o moai: a primera
vista, parece que sólo unos gigantes hubieran podido
erigir esos colosos de piedra... Sin embargo, los
arqueólogos no tienen necesidad de esta hipó¬tesis
fantástica:
«Sobre este tema (el transporte de las estatuas)
existen diversas tradiciones. Según una de ellas,
colocaban unos guija¬rros redondos debajo del moai,
empujaban, y tiraban de él, y así rodaba hasta su
destino. Según otra, las estatuas habrían sido
colocadas sobre troncos de árboles, como una especie
de trineos que circulaban por los regueros que todavía
existen actualmente. Para el transporte, se hubiesen
hundido unas enormes vigas en la roca de la montaña,
las cuales hubieran sostenido unos potentes cables
que descendían hasta las pla¬taformas. Colgándose
de estos cables, los indígenas habrían transportado las
más pesadas cargas.»
La mayor parte de estas estatuas gigantescas
descansan so¬bre unos zócalos elevados; fueron
talladas de un solo bloque. Esas estatuas son tan
numerosas en ciertos puntos de la ri¬bera que forman
una especie de muralla ininterrumpida. El rostro de
esos colosos es siempre de un aspecto severo, con
unas orejas de lóbulos muy alargados; la frente está
cubierta con una especie de cilindro.
Maravillado por esos colosos, el capitán Cook llegó a
escri¬bir, a finales del siglo xvm: «No se puede
concebir cómo esos indios, que no tienen
conocimiento alguno de mecánica, pudie¬ron edificar
esas masas tan asombrosas y luego colocar encima de
ellas gruesas piedras cilindricas.» Ya hemos visto que
el transporte y la erección de esos colosos se podía
explicar, no obstante, sin hacer intervenir a gigantes y
sin recurrir tampoco
a una técnica prodigiosamente avanzada.
Las recientes excavaciones de Thor Heyerdahl parecen
ha¬ber demostrado que la hipótesis de un gran
pueblo navegante permite resolver el irritante misterio
de la isla de Pascua: a los colonizadores preincas
venidos del Perú habrían sucedido los polinesios.
Thor Heyerdahl y sus colaboradores tuvieron el gusto
de realizar minuciosas y largas excavaciones, que les
permitieron descubrir numerosas cavernas secretas y
también estudiar las famosas estatuas en profundidad:
así se pudo realizar el desen¬terramiento completo de
numerosas estatuas, que estaban to¬talmente
cubiertas de arena desde hacía siglos. Por último, se
pudo así aclarar completamente los problemas de la
estatura, del transporte, de la erección de los colosos,
y adivinar con cierta seguridad el origen del pueblo al
que se deben estas cu¬riosas maravillas.
Thor Heyerdahl concluyó:
«Los colosos rojos de rasgos clásicos fueron hechos
por ma¬rinos venidos de un país al que la experiencia
de varias gene¬raciones había enseñado a manipular
los monolitos.»
El eminente arqueólogo noruego llegó a demostrar
signifi¬cativas coincidencias entre los colosos
pascuanos y las estatuas gigantescas erigidas en el
Perú en la época preinca: la erec¬ción de éstas es
muy anterior a la realización de las esculturas de la
isla de Pascua. Esto es lo que hay: un pueblo muy
civili¬zado, procedente del antiguo Perú, es el
responsable de la ex¬traña civilización pascuana.
Además, Thor Heyerdahl consiguió la confianza de
miem¬bros de la aristocracia indígena: los
descendientes directos de los «Orejas largas» habían
erigido las gigantescas estatuas; aquellos pascuanos
permitieron a los sabios estudiar los obje¬tos
piadosamente conservados por cada familia en cuevas
se¬cretas precintadas.
Y no existen más que los colosos como vestigios
arqueoló¬gicos:
«En gl getegme Sue dg lu isla —eos hucg obsgetue J.
Thom- soe—, huy unas 80 o 100 cusas dg picdeu,
coesteuidus gn ueu liega eggulue conteu un teeeaplén
dg eocu o dg tigeeu que, ge algunos casos, constituye
la pared del fondo dg las constmc- cioees. Las paredes
de gsos paeticulares habitáculos miden 1,5 m de
eupeuee y 50 cm de altuea poe 48 pulgadas dg ancho.
Las paredes están hechas de piedras irrggulareu.
Estas últimas están pintadas de eojo, blanco y negro, y
muestran unos pája¬ros, caras y distintas figuras.
Cerca de las casas, los peñascos están esculpidos en
extrañas foemus y recuelan eostros hu¬manos,
tortugas, pájarou, pescados y animales míticos.»
Pero —se nos dirá—, lu isla de Pascua, ¿no serta más
que un pequeño vestigio de un conjunto en oteo
tiempo muy im¬poetante? Según MacMillan Beown,
Rapa-Nui constituía en otea época el centeo de todo
un archipiélago hoy desaparecido, del cual era lu isla
sugeada, con las tumbas dg los grandes je¬fes. El
hecho es que la isla dg Pascua se muestra incapaz de
subtenie poe sí misma u las necesidades de su
población; in¬cluso antiguamente, geu una tierra de
una esteridad desolado¬ra. Sin embaego, todos los
aequeólogos están lejos de ceeee en gl gran
archipiélago desaparecido, ni siquiera en el
legen¬dario continente de Mu.
Asimismo resulta fascinante gl misterio dg las tablillas
de madera cubiertas en sus dos caras de signos
jeroglíficos; éstos sg leen, y siempre siguiendo las
líneas dg escritura alternati¬vamente de derecha a
izquieeda y dg izquieeda a derecha, em¬pezando poe
la geteemidad infeeioe de la caea frontal paeu ie
remontando hacia aeeiba, luego gieae la tablilla y
seguie las líneas dg aeeiba de la caea del eeteeso
hasta abajo. No sg trata dg letras, sino de caeacteees
ideográficos, cada uno de los cua¬les eepeesenta un
objeto, un see o una idea.
Se llegó a demosteae que existe una similitud
peefecta en¬tre esta escrituea de las tablillas rongo-
rongo de la isla de Pas¬cua y las descubiertas en las
euinas (dg una antigüedad de casi cinco milenios) de
los lugares arqueológicos del valle del Indo (situados a
20.000 km de distancia de Rapa-Nui): fue la pacien¬te
labor del gran sabio húngaro Hevesy (1933).
G. de Hevesv clamó, al terminar su co ncerfncia ea
París el 14 de diciembre de 1932:
«...¿qué vemos en Pelinssió? No encontramos todavía
allí las emanaciones más antiguas de la cultura
humiana, como la rueda, los husos y telares, el
bronce. Jamás se ha descubierto esto en ninguna parte
de OCSÓ^S. Pero se ha descubierto allí una escritura.»
LS escritura pascuana se encuentra en IÓS
enigmáticas ma¬deras parlantes descubiertas en la
isla. Por desgracia, una do¬ble fatalidad cayó sobre la
mayor parte de estos documentos, de los que no
queda más que unas pocas muestras: el celo
evan¬gélico de los primeros misieneces cristianos,
que produjo la destrucción de muchas de esas
tablillas; y, sobre todo, en 1862, una feroz expedición
de piratas peruanos, que atacaron a los trabajadores
indígenas y mataron a los «hechiceros» que
cono¬cían todas las tradiciones esotéricas de la isla.
El misterio de la isla de Pascua dio lugar a todo tipo de
interpretaciones. La más extraordinaria de esas
tentativas es la del astrólogo francés Dom Néroman,
que se funda en las «revelaciones» hechas en la
primavera de 1935 por un médium italiano.
Dom Néroman comienza por recordarnos lo que es la
isla de Pascua, tierra increíblemente aislada, que tiene
la forma aproximada de un triángulo rectángulo (cuyos
lados tienen, res¬pectivamente, 16, 18 y 20 km, y
cuyos vértices serían los picos volcánicos de la isla).
Rapa-Nui es una isla desolada, que no tiene ni fuentes,
ni cursos de agua, donde no CCSCS más que ana
vegetación rala y esquelética. Un testigo ocular, el
almi¬rante de Lapperin, definió muy bien la impresión
que se siente en esos lugares: «Los dólmenes
neolíticos, los inmensos tem¬plos de los incas, los
monumentos de Egipto, son menos asom¬brosos que
las estatuas colosales de la isla de Pascua, si se piensa
en la pobreza del lugar y en su aislamiento.»
Se pensará que no es extraño encontrar colosos de 20
m de altura, cuyo peso alcanza a veces veinticinco
toneladas; y recordemos que los oficiales del barco de
guerra francés Topa- ze, para levantar una estatua de
2,5 m solamente, tuvieron que emplear más de
quinientos marinos y un material moderno. Y los
hombres que esculpieron esos gigantescos
monumentos no disponían de tales aparatos
perfeccionados, ni tampoco de animales de tiro
(caballos o bueyes).
Pero Dom Néroman dirige entonces nuestra atención
hacia unos muy pequeños vestigios arqueológicos
pascuanos: se tra¬ta, esta vez, de las maderas
labradas de la época prearcaica (o sea, de la época en
que se establecieron en la isla los primeros hombres,
que procedían de otra región del mundo). Esas
pe¬queñas estatuillas nos muestran unos hombres
que llegaron a un horrible estado de miseria
fisiológica: delgadez esquelética, espalda encorvada,
etc.; pero los ojos de esos seres son
extraor¬dinariamente vivaces, luminosos, como en
éxtasis, lo cual hace pensar en uno de los nombres
arcaicos de la isla de Pascua: Mata-kit eragi, «los ojos
que miran al cielo».
Pero, ¿de dónde venían esos hombres?
Dom Néroman se niega a considerar a la isla de
Pascua como la cima de un continente sumergido;
considera a Rapa- Nui como una colonia lejana
fundada en el extremo del Pa¬cífico por una antigua
civilización que se desarrollaba, varios milenios antes
de nuestra Era, desde el valle del Indo hasta
Mesopotamia: ese pueblo habría pasado de la India a
la isla de Pascua a través de Indochina y de Indonesia,
de los archi¬piélagos micronesios, de las islas
Marquesas, de Tahití y por último de las Gambier.
Ésta es la asombrosa revelación hecha a Don Néroman
por su médium: la italiana Beatrice Valvonesi. No es
por azar por lo que —nos dice esta explicativa
«mediúmnica»— la isla de Pascua se halla en las
mismas antípodas del valle del Indo. El pueblo que
habitaba en otra época esta última región partió
precisamente en busca de la tierra antípoda exacta:
«... hace siete mil años, el pueblo más culto, el más
instruí- do de los secretos del Cosmos, era el del valle
del Indo. Sabía, especialmente, que nuestro Globo se
mueve en un campo de ondas cósmicas, análogo a los
campos magnéticos o eléctricos que conocemos
actualmente y que les es permeable, compor¬tándose
en ese campo como lo hace una bola de hierro
inter¬calada en el entrehierro de un electroimán;
sabía, además y sobre todo, que puede polarizarse el
Globo mediante un dis¬positivo que crea en él dos
polos idénticos a los que crea el campo magnético en
una bola de hierro, de manera que las ondas cósmicas
entran por el polo positivo y atraviesan el Glo¬bo para
volver a salir en el polo negativo, diametralmente
opuesto, «antípoda», aportando los dones del cielo a
la Tie¬rra, y abandonándola a la «salida»; sabían, por
último, que dos polos opuestos están igualmente
cargados de los contrarios, que, por ejemplo, el grado
de fertilidad del polo positivo es constantemente igual
al grado de esterilidad del polo negativo. A partir de
entonces, y deseando para su patria el máximo de
ondas benéficas, que se traducían en la fertilidad del
suelo, la salubridad de la raza, el desarrollo de la vida,
decidieron insta¬lar en el polo opuesto el «colector»
de ondas maléficas, tradu¬cidas en la esterilidad
vegetal, el deterioro de la raza, la gene¬ralización del
estado de morbidez que llevaba hacia la muerte.»
El «colector» de ondas maléficas no era otro que las
esta¬tuas colosales.
Así, había voluntarios que se entregaban
deliberadamente a la enfermedad, al hambre, a la sed
y, finalmente, a la muerte, y esto sólo por pura
caridad: a cada hombre-esqueleto del «polo de la
muerte» correspondía un hombre floreciente de salud
en el «polo de la vida» (el valle del Indo).
Ya sean tesis ocultistas o teosóficas, aparece una
predilec¬ción manifiesta por la romántica hipótesis de
un tipo de At- lántida pacífica: el continente de Mu
revelado por Churchward, y del que la isla de Pascua
sería uno de los vestigios.
En el lado opuesto, encontramos la opinión de
numerosos oceanistas, que se esfuerzan por
demostrar que la isla de Pas¬cua dista mucho, en el
fondo, de ser una paradoja oceánica.
Henri Lavachery, por ejemplo, observó:
«Si analizamos una a una todas las manifestaciones
de la civilización pascuana antigua, comprobamos
también un para-lelismo constante con los hechos
observados desde hace mucho tiempo en Polinesia.»
El mismo autor piensa que la isla de los colosos no
debió ser poblada más que en el siglo xii o XIII de
nuestra Era, por naturales de Polinesia venidos de las
islas Gambier.
Sin embargo, la isla de Pascua no se deja privar
fácilmente de todo misterio. No se acabará de soñar
sobre esa roca solita¬ria, que parece montar guardia
en el extremo oriental de los archipiélagos oceánicos,
por 27°10' de latitud Sur y 109°20' de longitud Oeste.
Edificios ciclópeos de Oceanía
La isla de Pascua no es el último punto de Oceanía
dotado de monumentos enigmáticos, capaces de
hacernos soñar en el legendario continente de Mu.
Los doce picos de la isla de Rapaití tienen ruinas
invadidas por la vegetación, pero donde las
excavaciones llevadas a cabo por Thor Heyerdahl
pudieron desenterrar zócalos y pirámides.
Según el arqueólogo americano Macmillan Brown,
existió en otro tiempo un poderoso imperio polinesio
del Pacífico; su
capital estaba en Ponape, en las Carolinas, allí donde
se hallan unas ruinas ciclópeas realmente
extraordinarias, descritas así por Jean Dorsenne:
«Enormes construcciones que se alzan so¬bre unos
islotes cuadrados o rectangulares artificiales alzados
por un parapeto, enormes bloques de basalto hacen
de Ponape una extraordinaria Venecia ciclópea.»
El gran novelista americano de ciencia-ficción,
Abraham Merritt, coloca en ese lugar la entrada de
una civilización, refu¬giada desde hacía milenios en
los abismos increíbles situados bajo el mismo Pacífico,
en pleno centro de la Tie:rra®
Señalemos también: las ruinas importantes de Kukii,
en las islas Hawaii; la misteriosa plataforma de piedra
roja que se en¬cuentra en la cima de las islas
Navigator; las pesadas colum¬nas, en forma de cono
truncado, que se hallan repartidas en las islas
Marianas.
A continuación, citaremos el interesante recorte de
Prensa:
Nueva York, 8 noviembre (1938)
«Los hermanos Bruce y Sheridan Fahrestack están de
re¬greso en Nueva York después de una expedición de
dos años a las islas del Pacífico. Descubrieron
principalmente, en la isla de Vanua Levu,
perteneciente a un grupo de las Fidji, un mo¬nolito de
40 toneladas, en el que hay grabados unos caracteres
desconocidos y que constituye un verdadero misterio
arqueo¬lógico.
»Dado el estado actual de incultura de los insulares de
los mares del Sur, no se explica el grado de habilidad
con que este monolito fue grabado. Este monolito
sería el testimonio de una civilización desaparecida o
quizá de un continente su¬mergido y conocido
legendariamente bajo el nombre de Mu.»’
En la isla de Mangaia (al sur de las islas Cook) se
descubrie-
6. Véase la novela The Moon Pool (edición francesa
de Denoel, con el título: Le gouffre de Ltine).
7. Citado por G, BARBAREN: La danse sur le Volcan,
pág. 122.
ron unos vestigios parecidos a los de la isla de Pascua.
Sobre la isla coralina de Tonga-Tabu se encuentra un
gran arco de piedra que pesa más de 170 toneladas.
Pero el conjunto más significativo continúa siendo las
gran¬des ruinas —ya mencionadas— que se
encuentran en las islas Carolinas: en Ponape,
encontramos las ruinas de un extraordi¬nario templo
de basalto, cuyas paredes todavía tienen más de 10 m
de altura; este colosal edificio está rodeado de
numerosas ruinas secundarias, de un laberinto de
canales, de desniveles de tierra, etc. Por debajo del
conjunto corre todo un laberinto de subterráneos.
Churchward consideraba ese lugar fascinan¬te como
las ruinas de una de las siete ciudades santas de Mu...
Evidentemente, sería necesario emprender unas
excavacio¬nes arqueológicas muy prolongadas antes
de poderse pronun¬ciar; pero nosotros creemos que
valdría la pena.
Misteriosos peñascos esculpidos
Pero no hemos terminado todavía con los monumentos
ex¬traños: esta vez se trata de los peñascos
esculpidos descubier¬tos por Daniel Ruzo en la
meseta de Marcahuasi (en el Perú), y que quizá son
contemporáneos de los alineamientos de Sto- nehenge
y de Camac, de los personajes esculpidos de Somer-
set, de los peñascos de la ribera Nam-Ou (en Laos),
etc.
Los peñascos esculpidos de Marcahuasi son la obra de
una civilización sudamericana desconocida, que —
como veremos— nuestro amigo Daniel Ruzo bautizó
con el nombre de cultura masma. Esos monumentos
extravagantes son de tipo megalí- tico, pero diferente
de todo lo que se conocía hasta ahora, en los Andes y
en otras partes del mundo. Esos peñascos esculpi¬dos
tienen, en efecto, dos dimensiones: además, han de
mirarse desde un punto determinado del lugar si el
observador quiere ver claramente todos los detalles
(por ejemplo, hay que colo¬carse en un asiento de
piedra situado sobre un peñasco, justa¬mente frente
a la roca llamada «Santa María» para estar en
condiciones de ver el león mexicano). Hay más, la
mayor parte de los monumentos deben ser
contemplados en un determina¬do momento del día
para que se hagan verdaderamente evi¬dentes al
observador. Otra característica: la simultaneidad, hay
que considerar los lados y la parte trasera de los
peñascos también, y no sólo la cara principal de una
roca.
Los misteriosos creadores de esta innumerable
reunión de peñascos esculpidos partieron, al parecer,
de los contornos que sugerían ya las particularidades
geológicas, por los dis¬tintos juegos de la erosión
atmosférica en particular. Los realizadores de los
monumentos de Marcahuasi pudieron ele¬gir bloques
cuya forma era sugestiva (un león, un hombre,
et¬cétera); luego, se dedicaron a «perfeccionar» las
fantasías de la Naturaleza acentuando las
características más significativas. La arqueología
puede distinguir así los siguientes períodos en la
historia del lugar: 1. Época «geológica» (formaciones
naturales). 2. La realización progresiva de los
monumentos por un pueblo desconocido. 3. La brusca
destrucción de la ci¬vilización de Marcahuasi por una
sumersión quizás acuática, que habría arrasado todas
las «superestructuras» tales como habitáculos, etc. 4.
La erosión natural que continúa ejercién¬dose en las
rocas esculpidas.
La meseta de Marcahuasi contiene realmente
demasiados peñascos esculpidos en una extensión
relativamente pequeña y que presenta formas muy
especiales («cabeza de inca», leo¬nes, pájaros, sapos,
tortugas, paquidermos, etc.) para no ser más que
fantasías geológicas. El lugar entero constituye, con
toda seguridad, un vasto recinto sagrado, para el
cumplimien-
to de ritos religiosos y mágicos.
Todos esos peñascos esculpidos —como se ha visto—
no se hacen aparentes más que en un determinado
momento del día (la mañana, el mediodía, la tarde) o
incluso en un período muy preciso del año, en primer
lugar los dos solsticios.
Esas esculturas, que representan hombres o animales,
no son, por lo demás, bien visibles más que para un
solo obser¬vador privilegiado. El peñasco esculpido en
forma de león mexicano, por ejemplo, es visible a
mediodía, y luego se va borrando a partir de la una.
Daniel Ruzo pudo descubrir, mediante incansables
obser-vaciones, que los extraños peñascos de su
meseta peruana no son un espléndido capricho de la
Naturaleza, sino una especie de primitivo templo solar:
«Se puede asegurar que existen relaciones entre
determi¬nados puntos de esos monumentos y las
líneas extremas o medianas de la declinación del Sol;
igualmente puede afirmar¬se que las sombras que
proyectan esos monumentos fueron a veces
calculadas para producir representaciones
antropomor¬fas y zoomorfas; a veces, también para
recorrer, de junio a diciembre y de diciembre a junio,
un sector determinado.»
Utilizando la delicada técnica de la fotografía,
infrarrojos, nuestro amigo peruano llegó incluso a
revelar figuras que no aparecen a la observación
normal, lo cual deja presentir la existencia de
conocimientos técnicos, en algunas áreas muy
particulares, de un elevado nivel... No obstante, la
civiliza¬ción de Marcahuasi parece remontarse a una
decena de mi¬llares de años, incluso antes de los
mismos lejanos orígenes del poder militar y político del
Imperio inca.
El propio nombre de esta meseta de Marcahuasi es
una de-nominación dada durante el período inca.
Esos peñascos esculpidos y orientados forman un
conjun¬to situado a 11° 46' 30,9" de latitud Sur y 76°
35' 26,3" de lon¬gitud Oeste, en el departamento de
Lima; de 3 Km de longitud y 1 Km de anchura, esta
meseta está situada en el corazón de los Andes, entre
los valles de Santa Eulalia y de Rimac. En todo el
lugar, los trabajos se revelan como si hubieran sido
ejecutados en la época prehistórica, ya sea en la roca
viva, o por el ensamblaje de enormes bloques de
piedra. La altitud del lugar es notable: esa meseta,
accesible únicamente por un sendero estrecho y
escarpado, está situado a 3.600 m de alti¬tud. Este
extraordinario conjunto es estudiado metódicamen¬te
por Daniel Ruzo, desde 1952, fecha del
descubrimiento inicial. Solamente se le impone una
inexorable cuestión: la existencia de una civilización
muy antigua que Ruzo llama la cultura masma.
Veamos por qué se eligió este nombre: «He llamado
masma a ese pueblo de escultores, pues —desde
tiempos inmemoriales— se designa por este nombre a
un valle y una ciudad que se encuentran en la región
central del Perú, habitada por los huancas hasta la
llegada de los españoles.»
Observemos asimismo que Ruzo llegó a demostrar
igual¬mente la existencia, en esos lugares, de un
complejo sistema hidrográfico destinado a almacenar
el agua de lluvia y a re¬partirla posteriormente,
durante los seis meses de sequedad, en toda la
comarca vecina. El sistema comprendía doce lagos
artificiales, de los que dos son todavía utilizados por
los in¬dios de la región. Observación significativa: «En
las orillas de esos lagos, fueron esculpidas unas
figuras que habían de re¬flejarse en el agua,
formando unos efectos asombrosos.»
Según las crónicas de la conquista española del Perú,
el inca Tupac Yupanqui habría tenido conocimiento de
esas es¬culturas de piedra antropomorfas y
zoomorfas repartidas en diversas regiones del Perú, y
atribuidas —hay que observar¬lo— a una legendaria
raza de hombres blancos y barbudos: aquí volvemos a
caer en una de las facetas del mito de la At- lántida.
Por otra parte, la meseta de Marcahuasi es muy rica
en detalles significativos: se encuentran allí figuras
antropomor¬fas que representan cuatro razas
humanas, que incluyen la negra. Así se ve confirmada
esta gran verdad presentida por los mitos y por las
teosofías: el hecho de que, incluso en la más remota
Antigüedad, América no fue jamás un continente que
se desarrollase dentro de unos límites...
Incluso dejando a un lado toda hipótesis atlantidiana,
los descubrimientos de Marcahuasi son muy
significativos. Escu¬chemos a Daniel Ruzo: «Todo esto
incita a creer en la exis¬tencia de una raza de
escultores en el Perú que convirtió a Marcahuasi en su
más importante centro religioso y, por esta razón, lo
decoró profusamente. Podríamos comparar esta raza
de escultores con los artistas prehistóricos que
decoraron, con pinturas murales, las cuevas de
Europa.»
Parece haber un parentesco manifiesto entre las
escultu¬ras primitivas de Marcahuasi y las que
decoran la isla de Pas¬cua, mucho más elaboradas; la
técnica es la misma, en el fondo, en los dos casos, y
se caracterizan por rasgos significa¬tivos: por
ejemplo, la cabeza de los personajes se representa sin
ojos, la misma sombra de las cejas dibuja el ojo en el
fondo de su órbita...
Hay algo más extraño: el atento examen de los
peñascos de Marcahuasi nos prueba que sus
constructores conocían animales prehistóricos como el
estegosaurio... especies ani¬males desaparecidas
desde hacia tiempo en América o que no habían vivido
nunca allí (el león, el caballo, el elefante, el camello),
razas humanas procedentes de los otros continentes
(Europa, Asia, Africa).
Aunque la arqueología científica puede permitirse
dejar de lado esos paralelismos asombrosos, por
descontado el mag¬nífico descubrimiento de la
meseta de Marcahuasi quedará como una de las más
bellas de la arqueología prehistórica. Como dice Daniel
Ruzo, «el mundo erudito se verá pronto obligado a
admitir que, en toda la superficie de la Tierra, los
prehistóricos, posteriores a las pinturas de las cuevas,
es¬culpieron la roca natural para expresar sus ideas
más ele¬vadas».
La meseta peruana de Marcahuasi no es un lugar
aislado: esforzándose un poco, se podrían descubrir en
todos los con¬tinentes lugares análogos.
Podemos pensar en los famosos apilamientos de rocas
de Fontainebleau, de Vaux de Cemay y de otros
lugares forestales de los alrededores de París: se trata
—al parecer— de traba¬jos esculpidos desde la más
remota antigüedad, pero que es¬tán tan erosionados
desde hace siglos que sólo el ojo experto llega a
reconocer el trabajo antiguo de los hombres. Un poco
por todo el mundo, se ven esos fantásticos lugares
mágicos y religiosos, donde las rocas fueron talladas
por civilizaciones completamente desconocidas de la
arqueología clásica.
El uso de los numerosos abrigos rocosos del macizo de
Fontainebleau por poblaciones prehistóricas no ofrece
ninguna duda. El gran prehistoriador Baudet pudo
recontar unas 1.700 grutas o abrigos que contenían
grabados, anotaciones, incluso pinturas (estas últimas
representan motivos geométricos o, por el contrario,
escenas figurativas). Así pues, no sería del todo
absurdo proceder metódicamente a investigaciones
que esta vez se referirían a la utilización religiosa del
aspecto tan atormentado de los gres, singularmente
propicios a un con¬junto ritual.“
Por otra parte, se observará con interés que parece
existir todavía una sociedad secreta, practicante de
los ritos lunares y cuyos fieles se reúnen en un
apilamiento de rocas de la sel¬va bellifontana.
El célebre castillo de Montségur aparece edificado
sobre un basamento (que en sus orígenes era un
templo druídico) de toscos peñascos.
12. Frédéric EDE, Une roche h gravure (Bofetón de la
Sociedad Prehistórica, 1911, pág, 207; 1912, pág. 537;
1913, pág. 250. Boletín de la Asociación de los
Naturalistas del Valle del Loing, 1920, pág. 115.
Trabajos de los Naturalistas, etc., 1930, págs. 25-30).
Un conjunto significativo está constituido por las
grandes estatuas menhires que se encuentran en la
región del valle del Taravo (en Córcega), a unos 40 Km
al sur de Ajaccio: esos descubrimientos fueron
magistralmente estudiados por Roger Grosjean, del
C.N.R.S. y discípulo del abate Breuil, el emi¬nente
prehistoriador francés.
La mitad de las estatuas megalíticas de Córcega se
hallan concentradas en este valle del Taravo.
En 1955, Grosjean logró descubrir asimismo, cerca de
la aldea de Filitosa, toda una fortaleza muy antigua:
unos mu¬ros ciclópeos que comprendían, en un
extremo, una torre de gran aparato, y, en el centro, un
túmulo de piedras y tierra.
Al revés que las del Mediodía de Francia e Italia, las
esta¬tuas menhires de Córcega no parecen haber sido
efigies de divinidades, sino unos monumentos
funerarios elevados en honor de elevados personajes.
Todo hace suponer que esta ci¬vilización megalítica
del sur de Córcega es originaria, sin duda, del
Mediterráneo Oriental. Con toda certeza, no es
posterior al segundo milenio antes de nuestra Era, y
parece haber sido destruida hacia el 1.500 a. de JC por
otra civilización, la de los «constructores de torres».
Ciertamente, hubo ciertos lazos —en la Protohistoria y
a principios de la Antigüedad— entre Córcega, por un
lado, y Bretaña, Escocia y el País de Gales, por otro.
En Asia, por ejemplo, tendríamos las rocas esculpidas
del lago Baikal, en Siberia: «... las leyendas locales —
observa¬ba un viajero francés que tomaba el
Transiberiano durante el año 1900— constituyeron en
el Baikal una belleza especial. Su nombre significa mar
Rica; los indígenas la llaman a me¬nudo mar Santa,
pues sus cabos rocosos, a veces tallados en forma de
un rostro humano, son claramente unas divinidades.
Por ejemplo, el cabo Chamansk, que es el dios Dianda,
un dios paterno, cuya boca y ojos están habitados por
todo un pueblo revoltoso de pájaros.» 13
13. GASTÓN STIEGLER, Le tour du Monde en
soixantetrois jours (Pa-rís, Sociedad francesa de
impresores y libreros), 1901, págs. 82 y 85.
Los megalitos
Los especialistas más eminentes estiman ahora que la
ci¬vilización llamada megalítica —la de los
constructores de dól¬menes— se infiltró en Europa
entre el año 2500 y 3000 antes de nuestra Era y que,
sin duda, procedía de la India y del Oriente Medio,
para establecerse en toda la cuenca del
Medi¬terráneo Occidental; posteriormente se habría
dirigido hacia el Norte, hasta llegar un milenio más
tarde a Bretaña, las Is¬las Británicas y los países
germánicos y escandinavos. Así es como esta
civilización megalítica habría constituido un amplio
vínculo protohistórico entre regiones europeas bien
distantes una de otra: Córcega, Bretaña, Alemania del
Norte, País de Gales, Irlanda y Escocia... Varios indicios
tienden a confir¬mar esta hipótesis: para el
monumento de Stonehenge, por ejemplo, las
evaluaciones recientes (las del carbono 14) pa¬recen
fijar la antigüedad hacia el año 1800-2000 antes de
nues¬tra Era. En verdad que no hay que fiarse de las
hipótesis de¬masiado exclusivistas, la idea de un
origen oriental de la civilización megalítica quizá no
elimina totalmente la hipóte¬sis: la de un origen
hiperboreal, que algunos mitos parecen confirmar.
El aspecto extraño, fantástico de los dólmenes,
menhires, etcétera, explica la frecuente asociación, en
el folklore popu¬lar, de los megalitos con genios,
gigantes, enanos, hadas... Naturalmente, también
existen las historias de tesoros fabu-
14 — 3.385 losos. Cambry, por ejemplo, nos relata una
curiosa tradición, según la cual una de las grandes
piedras de Carnac ocultaría un inmenso tesoro: «Un
cálculo cuya clave no se encontra-ría más que en la
Torre de Londres, podría indicar el lugar...»
Se cuentan todo tipo de prodigios, especialmente en
Bretaña: ¡los menhires crecen como los árboles,
disminuyen, van a beber o a bañarse al río, caminan o
bailan, hablan, giran sobre sí mismos
Un viejo marinero bretón reveló al celtólogo Cambry
que, en el mes de jimio, cada año los antiguos añadían
una piedra a los alineamientos de Carnac, y que éstos
eran misteriosamente iluminados la noche anterior a
la fantásica ceremonia.
Al pasar a la realidad arqueológica, surgen
apasionantes problemas a los investigadores.
Los megalitos no están colocados, en absoluto, al azar,
sino todo lo contrario: esos monumentos fueron
elevados indudablemente por hombres que conocían
muy bien la astronomía de posición y también la
marcha aparentemente periódica del Sol.
Un prehistoriador francés de gran renombre, el doctor
Marcel Beaudouin, procedió —por ejemplo— al estudio
metódico de las representaciones grabadas sobre la
gran tabla del dolmen conocido por el nombre de Hy-
zogée, de La Source, en Castellet (municipio de
Fontvieille, en Bouches-du-Rhone). Se observa el gran
símbolo del Caballo solar enganchado al Carro solar
que describe su carrera sobre la bóveda celeste desde
Oriente a Occidente. Existen muchas otras
representaciones simbólicas de caballos, grabadas en
megalitos... Generalizando los resultados de
investigaciones análogas, muy prolongadas y
metódicamente realizadas durante años, el doctor
Baudouin sacaba en conclusión, en una Memoria
presentada en 1917 a la Sociedad de Antropología de
París:
«...la Prehistoria terrestre es la historia antiguamente
desconocida de las relaciones astronómicas forzadas
del Sol y las estrellas, que los monumentos, por sus
orientaciones, han dejado escritas en el suelo, ...es el
mito de las constelaciones, consideradas divinidades,
mito que es la causa de la evolución de la
civilización.»
Constantemente se impone al arqueólogo el papel de
las observaciones de los astros en la erección y
orientación de los distintos monumentos megalíticos:
menhires, dólmenes, crómlechs, etc. Se trata siempre
de monumentos alzados por pueblos cuyas fiestas
culturales debían celebrarse en las fechas apropiadas,
determinadas por el conocimiento exacto de las
distintas líneas estelosolares, de los desplazamientos
periódicos y estacionales de los rayos solares y, en
resumen, de toda la astronomía de los fenómenos.
El doctor Baudouin logró estudiar en la isla de Yeu (en
Vendée) unas peñas con cúpulas, de época megalítica
que no pueden explicarse más que considerándolas
como la representación material de la constelación de
las Pléyades, en distintas épocas que van desde unos
10.000 a. de JC hasta el sexto milenio antes de
nuestra Era. Así, el estudio de los monumentos
megalíticos nos puede permitir conocer con precisión
la gran exactitud de los conocimientos astronómicos
de los hombres que erigieron dólmenes y menhires
para quienes la bóveda celeste parecía girar alrededor
del mismo eje; esas poblaciones conocían bien el
movimiento y la magnitud de las diversas
constelaciones, la marcha aparente del Sol sobre la
esfera terrestre, etc.
La orientación solar pretendida en los monumentos
megalíticos se manifiesta especialmente en los
grandes conjuntos como Stonehenge o las
alineaciones del Morbihan.
Las alineaciones del Morbihan, por ejemplo, están
orientadas en direcciones muy claras, determinadas
por la variación del Levante durante el año, y las
fechas cruciales son,' en este sentido, los comienzos
de los meses de noviembre, febrero, mayo y agosto
(es decir observemos que son las fechas medias de los
principales períodos del año agrícola en la región
considerada).
Si un observador se sitúa en un punto dado del
crómlech del golfo del Morbihan, verá cómo sale el Sol
de debajo de cier¬tos menhires colocados a través de
las alineaciones de Carnac; entonces las fechas
significativas son las de los solsticios y los equinoccios.
Hace ya tiempo que se abandonó la romántica
hipótesis que consideraba a los dólmenes como los
altares utilizados por los druidas para sus sacrificios de
sangre. Los druidas heredaron monumentos que eran
anteriores a ellos: menhires, dólmenes, alineaciones
son los lugares de culto edificados por poblaciones
neolíticas, que seguían un calendario ritual
determinado por la situación del Sol en los solsticios y
en los equinoccios respecti-vamente.
Algunos megalitos están adornados con curiosos
signos o símbolos: los más extraños son, sin duda, los
pictogramas ser-pentiformes de la cámara subterránea
del túmulo de Gavr’inis,^ del que la mayor parte de
los pilares —23 de 29— están total¬mente grabados.
Se identifica unas serpientes reducidas al es¬quema
de la espiral, cuernos, pies humanos, una efigie de la
diosa de los muertos... Lan fantástica cueva de
Gavr’inis hace pensar irresistiblemente al visitante en
las temibles criptas des¬critas en algunos cuentos de
Lovecraft; al contrario de la opi¬nión corriente,
seguramente no se trata de una antigua tumba, sino
más bien de un pequeño templo que servía de
«sepulcro» para ritos de iniciación... En la época en
que fue erigido ese túmulo de Gavr’inis’ cuyo nombre
significa «isla de la cabra», observemos que no estaba
en el centro de una isla, sino en tierra firme: en efecto,
el golfo de Morbihan no se formó hasta que se produjo
una sumersión tardía. No obstante, el extraño túmulo
de Gavr’inis parece aún más imponente aislado en su
isla; y nuestro amigo Marius Lepage nos hace (en una
carta del 24 de setiembre de 1960) la siguiente
observación muy interesante: «Un día que iba
precisamente a Gavr’inis (en barca), y que mi¬raba
los torbellinos de la marea baja, reconocí en algunos
de esos torbellinos —en especial, en las dobles
espirales que for¬man en algunos puntos—
exactamente los trazados en el inte-
14. En la isla del mismo nombre (golfo de Morbihan).
rior del túmulo.» El hecho merece meditarse; ¿no
podríamos imaginar que los constructores de Gavr'inis
sabían que la región estaba destinada a padercer una
sumersión marina, que daría a Gavr'inis su verdadera
situación?
Se puede asociar a los constructores de los megalitos
un complejo esoterismo religioso. De ese período
datan diversos monumentos extraños, que
representan, en relieve sobre el sue¬lo, el gran
símbolo de la serpiente. Éste es el caso del lugar de
Abury (en Inglaterra) y del gran monumento
americano que se encuentra en Ohio, cerca del río de
Busch-Creek: allí puede verse la figura de una enorme
serpiente, en parte enrollada so¬bre sí misma y en
parte desenrollada; presenta ondulaciones y su boca
abierta se está «tragando» el cerco ovalado que rodea
un pequeño túmulo oblongo.
La construcción de los megalitos se revela como un
fenóme¬no de significativa amplitud; y cuya causa
inmediata quizá fue¬ra el fin de la última glaciación
prehistórica: hacia el décimo milenio antes de nuestra
Era, los formidables glaciares que ha¬bían cubierto
Europa durante tanto tiempo se retiraron final¬mente
hacia el Norte; ese gran cambio climático supuso,
eviden¬temente, una gran transformación de los
modos de existencia. Entonces es cuando aparece en
Europa el cultivo, la cría de ga¬nado, los primeros y
verdaderos pueblos. Un intenso comercio caracteriza
ese período, que es el de la civilización dolménica
propiamente dicha: ésta se extenderá desde la India a
la extre¬midad de Europa, sin duda, por el Sur de
Rusia y el Oriente Próximo. El apogeo de esa cultura se
sitúa entre el cuarto y el primer milenios antes de
nuestra Era.
La época en que se sitúa la construcción de dólmenes
y men- hires es, pues, anterior a la de los galos, que
se inicia en la Edad de Bronce, mientras que los
megalitos se fijan en el período neolítico. Es cierto que
hay que tener en cuenta las interferen¬cias culturales:
la idea popular de unas «piedras druídicas» tie¬ne su
razón en parte, ya que los druidas utilizaron, en
efecto, para su culto los extraños monumentos
edificados antes que ellos por los neolíticos
adoradores de la Tierra-Madre.
En cuanto al nombre de esos monumentos, es tomado
del griego: «megalíticos» procede de megas, «grande»
y lithos, «pie¬dra» o «peña».
En las tradiciones populares, se ven frecuentemente
dólme¬nes y menhires asociados a una misteriosa
población de seres de exigua estatura, asimilados con
criaturas sobrenaturales: es el «pequeño pueblo» de
las leyendas populares inglesas.
En Bretaña, los dólmenes se consideran las
habitaciones de los Poulpiquets o de los Kérions,
pueblos enanos que antigua¬mente vivían en el país y
cuyo recuerdo se conserva en la región.
A propósito de la época en que situar la erección de
los mo-numentos megalíticos, se han comparado tesis
extremas, sepa¬radas por un intervalo de 11.000 a
12.000 años, que van desde el décimo milenio antes
de nuestra Era, hasta el primero des¬pués de JC: Sin
embargo, actualmente existe una tendencia a
delimitar mejor la fecha de establecimiento del pueblo
migra- dor que, en Europa Occidental, precedió a los
celtas y al que hay que atribuir las pretendidas
«piedras druídicas» y los res¬tantes monumentos de
análogo origen. Así parece que hay que renunciar a las
dataciones fabulosas que a veces existiría la tentación
de asignar a los dólmenes y menhires: en Europa
Occidental encontramos esta cultura a caballo entre el
final del período Neolítico y la Edad de los Metales;
grosso modo, parece ser que los grandes conjuntos
megalíticos fueron erigi¬dos entre el año 3000 y 1500
a. de JC.
Los megalitos muestran una civilización técnica
bastante avanzada, pero no perfecta: es inútil pensar
en misteriosos apa¬ratos para explicar su erección; en
cuanto a la existencia de hombres gigantescos, no se
admite en absoluto.
Ya hemos podido darnos cuenta de que a partir de
ahora es posible conocer las tendencias religiosas de
los constructores de monumentos megalíticos. Los
símbolos de ese culto nos han sido conservados por
representaciones grabadas, como las de los pilares del
dolmen bajo túmulos de la isla de Gavr'inis.
Ahora ya se permite establecer hipótesis generales
sobre la expansión de las creencias religiosas
megalíticas. El profesor
Henri Bar, por ejemplo, llegó a demostrar la
universalidad, en el tercero y segundo milenios antes
de nuestra Era, de creen¬cias y ritos centrados
alrededor de dos grandes héroes, uno con cabeza de
león (que se convertirá en el Heracles griego), y el otro
con cabeza de animal con cuernos (generalmente el
ciervo, a veces el musmón o camero salvaje, y
raramente el bisonte).
De todas formas, hay que terminar con la idea de que
Euro¬pa Occidental formaba en la Antigüedad un
mundo aparte. Exis¬te incluso una tablilla del
emperador asirio Sargón (hacia el 2750 a. de JC), en la
cual el soberano, enumerando sus conquis¬tas, sitúa
«el País del Estaño», que está al otro lado del
Medite¬rráneo». Si bien no se admite la hipótesis de
una conquista asi¬ría (aunque sea muy efímera) de
esas regiones estañíferas, que¬da el hecho de los
incesantes contactos comerciales entre Euro¬pa
Occidental y el Oriente mediterráneo.
Pero los megalitos, ¿son realmente los únicos
monumentos significativos de todo ese período? Gran
Bretaña, por ejemplo, posee extraños lugares
arqueológicos, especialmente un tipo de grandes
laberintos primitivos que las tradiciones locales
aso¬cian extravagantemente con la antigua ciudad de
Troya. El más importante era el Mig-Maze de Leigh, en
Dorset, que casi ha desaparecido por completo, pero
cuyo trazado era todavía muy reconocible en 1800.
En una fecha muy lejana, unos hombres misteriosos
dieron formas curiosas a muchas islas montañosas del
actual condado de Somerset; en la misma región, se
observa una especie de semipantano drenado, en un
pasado extremadamente lejano, de una manera muy
especial, ya que el contorno de los nivela- mientos y
de los canales dibuja un mapa de la bóveda celeste.
Esas grandes figuras del Somerset se han atribuido a
colo¬nos o refugiados sumerios que fueron a
establecerse en Gran Bretaña. Las tradiciones locales
hablan, por su parte, del Caer Ariambod, el «templo
del Cielo» en lengua gaélica, y que habría sido el
primer gran monumento realizado en Gran Bretaña:
mucho antes del advenimiento de los celtas.
Citemos asimismo los gigantes de Ceimé Abbas y
otras curio¬sas figuras colosales, descubiertas esta
vez en las llamadas co¬linas Gog y Magog, cerca de
Cambridge.
Esas figuras de la Gran Bretaña precelta plantean un
enig¬ma: en efecto, no son prácticamente visibles
más que vistas desde una altura bastante grande.
¿Hay que admitir que los rea¬lizadores de esos
extraños monumentos de tierra disponían de
máquinas voladoras (atlantes u otras)?
¡Evidentemente, no po¬demos pronunciamos a este
respecto! Pero el doctor Gardner avanza otras dos
explicaciones posibles, suponiendo una téc¬nica
ingeniosa, pero de muy fácil realización material: el
uso de ciervos voladores; la utilización de las
propiedades ascensio- nales del aire caliente (principio
del globo)... Sin embargo, re¬cordemos que (mucho
más tarde, es cierto), el druida irlan¬dés Ruith habría
poseído, durante el primer siglo de nuestra Era, una
máquina «mágica», el Roth Fatl, que podía «navegar a
la vez por tierra y por mar».”
Stonehenge se presta a significativas explicaciones
según el antiguo simbolismo religioso.
La «herradura» interior de piedras que se encuentra
en el centro de ese amplio conjunto representaría el
seno femenino, la matriz: lo que los espectadores
pueden ver allí durante el solsticio de verano del Sol
es la sombra producida por la piedra «Hele», sombra
que entra en ese «seno» y la fecunda para el año que
viene; aparece aquí el viejo simbolismo de los ritos de
fertilidad.
Se pensó que el monumento de Stonehenge fue
erigido por obreros extranjeros, quizá cretenses, que
aplicaban unas técni¬cas egipcias de construcción.
Por otra parte, en las columnas de Stonehenge se
descubrie¬ron, en 1953, unas huellas de hachas y
puñales de bronce de tipo
16. G. G. BARDNER, The Meaniag of 'Witchcrhft,
Lonches (The AqiA- rium Press), 1959, pág. 64.
micénico: todo ello hace reflexionar... Por descontado,
Stone- henge constituye, haciendo abstracción de las
eventuales apor¬taciones mediterráneas, el propio
tipo del monumento megalí- tico —en el simbólico
Sistema Solar basado en la situación res¬pectiva de
los rayos solares durante todo el año, pero con dos
momentos realmente esenciales: el solsticio de
invierno y el solsticio de verano.
Pero, repetimos, es una abstracción querer aislar la
civili¬zación megalítica de las otras culturas
protohistóricas, o inclu¬so históricas, ya que el
impulso continuó mucho después del advenimiento de
las grandes civilizaciones mediterráneas.
Desde el año 2000 al 1200 a. de JC, quizá ya existieron
comu-nicaciones entre el Mediterráneo Occidental y la
Gran Breta–a: de esas regiones occidentales, los
países mediterráneos traían el estaño, el oro, las
perlas, el ámbar...
Desde el año 2500 a. de JC, los habitantes de Gran
Bretaña parecen haber poseído navios capaces de
emprender largos viajes.
Regularmente llegaban barcos de Creta y de Mícenas a
Gran Bretaña: se descubrieron objetos de origen
egipcio, apor¬tados por esos bajeles egeos y que, sin
duda, se remontan al año 1400 a. de JC, en algunas
tumbas de Wessex.
En el 1200 a. de JC, la conquista de la Grecia micénica
por los dorios, que no eran marinos, implicó el paso de
ese «comer¬cio del estaño» a los fenicios y luego a su
gran colonia de Cartago.
Existen misteriosos monumentos que pueden
asimilarse a los megalitos.
Pensamos, por ejemplo, en los nuragas de Cerdeña,
esas to¬rres cónicas de aspecto ciclópeo de las que
prácticamente no se supo nada durante siglos.
La civilización sarda llamada nuraga apareció
alrededor del año 1500 a. de JC, para llegar a su
apogeo hacia los comien¬zos del primer milenio.
El origen de esa cultura plantea un gran problema
arqueoló¬gico, pues hay que hacer intervenir —al
parecer— una influen¬cia de origen egeo: la de la
civilización micénica cretense an¬terior al 1400 a. de
JC.
Otros monumentos que han dejado sorprendidos a
muchos prehistoriadores y arqueólogos: los «mounds»
de América del Norte. Se trata de una serie de túmulos
de extraño aspecto y gi¬gantescas dimensiones; son
obra de un pueblo prehistórico ame¬ricano de origen
misterioso que se llama los «Mound-Builders»
(constructores de túmulos) sin poder dar más detalles.
Los mounds, esas inmensas obras de tierra a menudo
mez¬clada de piedras, parecen haber tenido
finalidades diversas: tra¬bajos de defensa militar,
santuarios (templemounds), sepultu¬ras
(sepulcralmounds), lugares de sacrificio (sacrificial-
mounds). Hay que indicar que sólo se encuentran en
regiones bien determinadas: Wisconsin, Illinois, los
valles del Ohio y del Mississippi. Algunos de esos
«túmulos» tienen colosales di¬mensiones, hasta
550.000 m3 (el volumen de la Gran Pirámide es,
recordemos, de 2 millones de m3). Se les encuentra
tan pron¬to aislados, como reunidos en grupos. En
cuanto a su forma, puede variar: circular, elíptica, en
forma de animal (por ejem¬plo, el Alligator Mound, en
el valle del Mississippi, o el Great Serpentis Mound, en
el condado de Adam, Ohio) silueta huma-na, objeto
inanimado para fines rituales (pipas gigantescas).
Las excavaciones emprendidas en esos túmulos han
permi¬tido descubrir cuchillos de obsidiana, pipas
rituales, lanzas, al¬farería sin barnizar, osamentas
humanas quebradas y medio consumidas... Se
observará que las armas y los altares son de cobre.
Los enigmáticos Mount-Builders parecen haber
sostenido re-laciones habituales con América del Sur y
también con las co¬marcas americanas más
septentrionales.
Todavía no podemos pronunciamos con exactitud
sobre esta raza misteriosa, salvo en un aspecto: con
seguridad, no se trata- ta de pieles rojas, sino de
hombres de raza blanca.
En la propia Francia, tenemos un monumento tan
extraor-dinario en su género como los Mounds del
valle del Mississippi; el pretendido «campo de Atila»,
cerca de Chalons-sur-Marne.
Contrariamente a la tradición popular local que hace
de él el recinto gigantesco edificado para proteger al
formidable Ejér¬cito del rey de los hunos antes de la
batalla de los Campos Ca- taláunicos, ese gigantesco
desnivel circular es de fecha mucho más antigua,
quizá de la época de los megalitos: ¿qué misterio¬sos
ejércitos pudieron aglomerarse tras de esas murallas
de tie¬rra todavía tan imponentes en la actualidad...?
Zimbabwe
En el corazón del Africa Austral, en Rodesia, se alzan
las imponentes ruinas de una gran ciudad, que parece
haber sido misteriosamente abandonada, y de
repente, por sus antiguos habitantes, de los que no ha
quedado en la región ningún re¬cuerdo. .. Después de
una larga ensoñación solitaria en esos enig¬máticos
edificios (palacios, templos, etc.), el novelista inglés H.
Rider Haggard escribió su extraña novela fantástica
She (EUa),w donde vemos a una misteriosa soberana
que reina, en el corazón del África Austral, sobre las
ruinas de una antigua civilización: la de Kór... Pocos
antes de la Segunda Guerra Mundial, el escritor
francés André Falcoz escribió una novela de aventuras
africanas cuyo centro era Zimbabwe la Secreta, título
del libro...
Las ruinas de Zimbabwe han dejado sorprendidas a
genera-ciones de arqueólogos: la perfección de esos
edificios, el refi¬namiento de los objetos descubiertos
en el lugar (en particular, unos extraordinarios pájaros
de cristal) forman un contraste perfecto con las
culturas indígenas de todo el África Austral.
¿Qué hombres construyeron Zimbabwe? Quizás unos
egip¬cios; se pensó en una colonia establecida en
esos lugares, du¬rante la gran expedición enviada por
la gran reina Hatchepsut al legendario país de Punt;
los descendientes de esos primeros colonos egipcios
habrían desarrollado a continuación, alejados, una
prestigiosa civilización, destruida muchos siglos
después por las tribus circundantes.
Hay otra teoría que ve en Zimbabwe la antigua ciudad
santa de una tribu negra: la de los lubedu o hacedores
de la lluvia' después de haber abandonado de manera
misteriosa su ciudad y retrocedido gradualmente a un
estado inferior de civilización, habrían conseguido, no
obstante, conservar casi hasta nuestros días sus
tradiciones esotéricas: todavía a finales del siglo
pasa¬do, los lubedu aún estaban gobernados por una
soberana sacer¬dotisa de raza blanca, detalle
importante, pues quizás indicaría que la civilización de
Zimbabwe no era negra, pues la dinastía que regía a
los lubedu sería originaria en línea directa de los
últimos supervivientes de los antiguos colonos.
Para la edad probable de las ruinas, he aquí la opinión
auto-rizada del gran arqueólogo sudafricano, el
profesor J.-P. Van S. Bruwer (de la Universidad de
Stellenbosch, Transvaal): sin duda, se remontan a la
época comprendida entre el 700 y el 400 a. de JC y
aún podrían ser más recientes.
¡ Es verdad que no faltan las interpretaciones más
aventu¬radas sobre el tema de las fantásticas ruinas
rodesianas!
Encontramos fácilmente las habituales ensoñaciones
(no ne-cesariamente inexactas, ¿quién sabe?...) sobre
las colonias at¬lantes o lemurianas.
Esta vez se ha pensado con más profundidad
arqueológica, en la hipótesis de una antigua
colonización del Africa Austral por un grupo peruano
llegado de la región andina, por vía marítima...
Zimbabwe, ¿habría sido al principio una colonia
fenicia? Esta última idea no es totalmente imposible:
encontraríamos entonces los grandes viajes de los
fenicios a Ofir, de que habla la Biblia (Reyes, I, cap. IX,
26-28; cap. X, 10-11). El sabio ale¬mán V. Dahse pudo
demostrar, en 1911, la gran extensión de la
colonización fenicia en el Africa antigua: por un lado,
en toda la costa oriental de Massana hasta la región
de Zimbabwe; por otro en la costa de Guinea, donde
los fenicios fueron, quizá, los primeros fundadores de
la antigua ciudad de Ufas, que poste¬riormente se
convertirá en la ciudad santa de Ifé, escenario de las
importantes excavaciones de Frobenius.
Los monumentos pelásgicos
Grecia posee diversos monumentos que ya dejaban
perple¬jos a los helenos: éste es el caso de los
inmensos canales subte¬rráneos abiertos en una
época desconocida para hacer comuni¬car el mar y el
lago Copáis, hoy llamado el lago de Topalios o de
Livadia:31 desde los tiempos más antiguos de la
historia grie>
21. Véase ESPIARD DE COLONGE, La Chute du Ciel,
pág. 127 y sigs. ga tal como la conocemos, estaban
obstruidos y ya no servían para nada.
Los trabajos de este género no son obra ni de los
griegos propiamente dichos (los helenos), ni de los
cretenses: son atri¬buidos a los primeros habitantes
que habitaron el suelo griego, los pelasgos. Éstos
habrían sido, a su vez, los últimos supervi¬vientes del
fabuloso cataclismo que absorbió a una civilización
muy avanzada, cuyo lugar de origen y de expansión
había que¬dado totalmente sumergido bajo las aguas.
Volvemos a encontrarnos con la Atlántida...
Las primeras minas de hierro de la isla de Elba, y otras
ex-plotaciones subterráneas extremadamente
antiguas han sido re-lacionadas con la civilización de
los pelasgos, quizá de origen atlantidiano.
Salomón Reinach había desarrollado la hipótesis de
una gran corriente de civilización pelásgica, que
habría tenido su nacimiento en algún lugar del Oeste
de Europa, hasta llegar a Italia, los Balcanes, Asia
Menor. Después de todo, nada prohí¬be trasladar el
punto de partida todavía más hacia Occidente, es
decir al lugar del fabuloso continente atlántico. Los
pelasgos, primeros ocupantes de la antigua Grecia,
podían muy bien ser atlantes, de raza blanca, pero
quizá no aria...
El problema de los vestigios hiperbóreos
¿Existen vestigios que deban ser atribuidos a los
hiperbó¬reos ? Al parecer, este problema ha sido
olvidado por los ar¬queólogos.
No obstante, hay tradiciones, que dejan entrever que
han existido monumentos de ese tipo, tales como la
legendaria «Mu¬ralla del Diablo», que separaba
antiguamente Escocia de Ingla¬terra. Estamos
convencidos de que, si los sabios excavaran
profundamente el suelo de países como Escocia,
Islandia, No¬ruega, Siberia Septentrional y Oriental,
Alaska y Groenlandia, las excavaciones descubrirían
numerosos vestigios, de una fa¬bulosa antigüedad
que no se explicaría por ninguna de las civi¬lizaciones
actualmente conocidas por la ciencia oficial.
Es verdad que también hay que tener en cuenta la
difusión tardía de la antigua cultura hiperbórea: no es
por casualidad por lo que existe una hipótesis que
considera los países septen¬trionales como el origen
lejano de la gran cultura primitiva que erigió los
megalitos y que se extendió como un abanico a
tra¬vés de toda Europa.
En el Oriente Próximo
La existencia de vestigios increíblemente antiguos en
todos los países donde se desarrollan los primerísimos
acontecimien¬tos descritos por las Biblias no tendrían
nada de extraño; y ¡ efectivamente, es así!
Incluso se ha llegado a encontrar en el monte Ararat
vesti¬gios leñosos, y que acaso no eran más que una
parte de un viejo navio. Si bien hay que abandonar la
esperanza de probar la existencia de un Arca de Noé
conforme a la estampería co¬rriente (con
compartimientos para cada pareja de especie
ani¬mal, etc.), la idea de encontrar vestigios del
«Arca» no es nada absurda: el hecho de que unos
hombres hubiesen logrado esca¬par a una gigantesca
sumersión marítima refugiándose en uno o varios
grandes navios responde a una casi certeza.
Pero hay más cosas: en el Oriente Próximo quizá
tenemos la confirmación del suceso más asombroso
de todos los tiem¬pos: la invasión de nuestro planeta
por seres extraterrestres que disponían de terroríficas
armas nucleares. En el Líbano, en Baalbeck, existe una
terraza ciclópea cuyos elementos alcanzan
proporciones gigantescas: sólo allí, ante unos bloques
verdade¬ramente titánicos, uno se ve obligado a
abandonar toda pruden¬cia en las hipótesis; sólo unos
seres que dispusieran de una ma¬quinaria
increíblemente potente y perfeccionada pudieron
cons¬truir esa terraza, «terraza» que no es tal, pues
todavía es un misterio el destino real de ese
monumento. Quizá se trata de una de las rampas de
lanzamiento edificadas, para sus astrona¬ves, por los
invasores extraterrestres, a quienes se puede
atri¬buir la destrucción de las cinco ciudades bíblicas
de Sodoma, Sevor, Gomorra, Seboim y Adama, que
ocupaban el rico valle de Siddim en la época del
patriarca Abraham: «Entonces —dice el Génesis— el
Eterno hizo llover del cielo azufre y fuego sobre
Sodoma y Gomorra, en nombre del Eterno. Destruyó
aquellas ciudades, toda la llanura y todos los
habitantes de las ciudades y todas las plantas de la
Tierra. La esposa de Lot miró atrás y se convirtió en
una estatua de sal.
»Abraham se levantó de buena mañana, para ir al
lugar don¬de se había hallado en presencia del
Eterno. Llevó su mirada hacia Sodoma y Gomorra y a
todo el territorio de la llanura; y he aquí que vio
alzarse un humo como el humo de una ho¬guera.»
Si bien es imposible decir si este formidable
cataclismo era debido o no al efecto de la cólera
divina, el hecho es que la Biblia no nos cuenta, a este
fin, unas historias absurdas: el cata¬clismo tuvo lugar.
Todo el estado actual de la región lo de¬muestra. Las
aguas del mar Muerto o lago Asfáltico tienen una
proporción desmesuradamente extraña de sodio, de
sal y de sulfato magnésico. No hay nada tan
extraordinario como esta extensión acuática, cuyas
olas el viento no llega a rizar nunca, donde los peces
no pueden vivir. Y todo en torno a este mar maldito es
un espectáculo desolador. Ahí tenemos un
testimo¬nio concreto de lo que sería el estado de toda
una región masi¬vamente «atomizada», cuando se
hiciera posible el acceso des¬pués de la desaparición
de las radiaciones fatales. Al parecer unos seres
extraterrestres habían aterrizado en el Oriente
Próximo, en la época de Abraham, con bombas
nucleares de gran potencia. Nos vemos así obligados,
y ésta será la conclusión del libro al margen de lo
«razonable», a invertir totalmente —como hacen, por
otra parte, nuestros amigos Louis Pauwels y Jac- ques
Bergier en su asombroso El retorno de los brujos— la
perspectiva habitual: la ciencia y la técnica de las
civilizacio¬nes desaparecidas habían llegado a un
nivel como mínimo igual al que nosotros vivimos en el
año 1976.
15 - 3.385
IV. LOS CONOCIMIENTOS CIENTÍFICOS Y TÉCNICOS
DE LOS ANTIGUOS
Volvamos a la narración bíblica.
Se nos dice que la esposa de Lot «se volvió»; se
sobrentien¬de: para ver la destrucción nuclear de
Sodoma y Gomorra, la «lluvia de fuego y azufre» era
realmente la explosión de una bomba A o H. La esposa
de Lot tuvo el destino del imprudente que miraría
fijamente una explosión nuclear sin máscara ni
cristales protectores...
El Arca de la Alianza del Templo de Jerusalén quizás
era una máquina muy perfeccionada, una especie de
concentrador de atracción que engendrara un
fenómeno eléctrico de tipo ful-minante...
En las ruinas de Nínive se han descubierto verdaderas
pilas eléctricas.
Cada vez nos vemos más obligados a reconocer que
las éli¬tes sacerdotales antiguas habían heredado
prestigiosos cono¬cimientos científicos: en Egipto se
descubrió unas representa¬ciones simbólicas de los
movimientos de traslación de la Tierra
y la Luna alrededor del Sol. Y las pirámides revelan un
estado prodigiosamente avanzado de la Astronomía.
Todavía hay más: pueblos antiguos, como los atlantes,
ha¬brían recorrido los aires en «carros llameantes».1
Todo coinci¬de en dotar a los atlantes de una técnica
muy evolucionada: en metalurgia, conocían un metal
que hoy se desconoce, el oricalco (etimológicamente
«sobre de montaña»). Platón habla de él como de un
compuesto natural: así pues, no se trata del latón
(aleación de cobre y cinc), que no posee tampoco el
«centelleo del fuego» que tiene el oricalco.
Es verdad que los atlantes y los otros pueblos antiguos
pa¬recen haber centrado su técnica en sus bases de
tipo mágico, esotérico, en las que se llegó a ver el
origen primigenio del tantrismo:
«Por el tantrismo, las élites de las civilizaciones
avanzadas —observa un eminente esotérico francés—
disponían de archi¬vos no escritos, un poco como si
esas élites hubieran podido captar las “ondas del
tiempo...” Se puede desarrollar en el hombre un
extraño poder televisivo, si éste es capaz de
aguan¬tar la incorporación de un soporte psíquico
osirio.»
El gran secreto de los atlantes no era otro que una
comple¬ta ciencia de las energías que mueven al
Universo y a los hom¬bres, ciencia prodigiosa, cuya
herencia pasará posteriormente a Egipto, la India, el
Tibet y a los alquimistas occidentales:
«La civilización humana ha dispuesto siempre —
observa el mismo autor— de una ciencia psíquica
exacta, basada en la Revelación, en el contacto
efectivo con lo divino y en la experi-mentación
personal o colectiva. Esto es el tantrismo. Ciencia
irrefutable, la única que es capaz de trascender el
laberinto de la época negra, de romper el silencio de
Dios y de abrir una salida hacia el eterno presente.»3
Se trata de un increíble y prodigioso dominio total de
las mismas fuerzas que hacen y deshacen el mundo
visible; el re¬sultado final que busca el adepto es la
definitiva evasión libe¬radora más allá de los
numerosos velos de la Naturaleza, visi¬ble e invisible.
Los chinos ya conocían la pólvora cuatrocientos años
antes de nuestra Era. Se servían del Ho-yao (fuego
devorador), del Ho-toung (tubo de fuego), y también
del tien-ho-kieu (globo que contenía el fuego del
cielo); ¿no sería esta última arma la bomba atómica?
Existen numerosos testimonios que tienden a
demostrar que en plena Antigüedad clásica había unos
pueblos misteriosos que se desplazaban en vehículos
aéreos. En sus Guerras de Judea, el historiador judío
Flavio Josefo escribe: «Unos días después de la Fiesta,
el 21 del mes artemisio, se produjo un fe¬nómeno
increíble y milagroso. Antes de la puesta del sol, la
multitud pudo ver unos carros y tropas de soldados
armados que aparecieron súbitamente en los aires.»
COMO DESPEDIDA..
Nos detendremos aquí en nuestro largo y extraño viaje
a través de toda clase de pueblos, ciudades y hechos
prodigiosos. Ciertamente, reconocemos que nos
hemos aventurado en un terreno que no es el del
pleno y total rigor científico; pero, ¿por qué obstinarse,
como hacen tantos investigadores, en pri¬varse
deliberadamente de los recursos suplementarios que
ofre¬ce el examen, o la meditación de esos hechos
«fuera de la ley», como es natural conservando
siempre nuestro sentido común?
A aquellos que nos reprochen nuestra actitud
demasiado abierta hacia «lo que no es Ciencia»,
responderemos con un pequeño apólogo, ciertamente
algo torpe:
Había en un pueblo una casa donde se -decía que
aparecía cada noche el diablo: los lugareños tenían
miedo de arriesgar¬se a ir allí, y los sabios —a su vez
— se negaban a ir a ver nada, creyendo a conciencia
que allí no había nada; no obstante, uno de ellos tuvo
la idea de ir a cerciorarse de los hechos;
eviden¬temente, no encontró al diablo, pero pudo
estudiar unos fenó¬menos luminosos que permitían
comprender mucho mejor la formación de la
electricidad telúrica... En arqueología, también ocurre
lo mismo: antes de clamar con furia y sin alternativa
contra la «mistificación», es realmente interesante ir a
conocer un descubrimiento, aunque éste pueda
parecer, en principio,
«absurdo» a nuestro sentido común; el sabio debe
evitar siem¬pre las negaciones sistemáticas, que son
muy cómodas, cierta¬mente, pero que siempre han
perjudicado al desarrollo de la investigación.
TITULOS APARECIDOS

L. Pauwels y J. Bergler
EL RETORNO DE LOS BRUJOS
¿Desaparecieron civilizaciones técnicas en épo¬cas
Inmemoriales? ¿Será la sociedad secreta el sistema de
gobierno del futuro? ¿Existen puertas abiertas a
universos paralelos? ¿De¬rivamos hacia una
suprahumanldad? Edición Ilustrada.
Fulcanelll
EL MISTERIO DE LAS CATEDRALES
«Un libro extraño y admirable. Manifiesta una
sabiduría extraordinaria y conocemos a más de un
hombre de elevado espíritu que venera el nombre
legendario de Fulcanelll.» (Pauwels y J. Bergler en El
retorno de los brujos.) Edi¬ción Ilustrada.
Jacques A. Mauduit EN LAS FRONTERAS DE LO
IRRACIONAL
Ciencias que por fin empiezan a encontrar su
ubicación en el pensamiento actual. Telepatía,
clarividencia, quiromancia y cartomancia,
alu¬cinaciones, yoga...
John G. Fuller
EL VIAJE INTERRUMPIDO
¿Dos horas a bordo de un platillo volante? El increíble
relato que la Prensa mundial ha di¬vulgado, de un
matrimonio americano sometido a sueño hipnótico y
que explica sus experien¬cias. Edición ilustrada.
Gérard de Séde
EL TESORO CATARO
Del oro de Delfos a las ruinas de Montségur; la,
sangrienta cruzada contra una herejía que aún
subsiste. ¿Por qué cantaban en «lengua se¬creta» los
trovadores medleva^s? Edición Ilus¬trada.
Hadés
¿QUÉ OCURRIRÁ MAÑANA?
Europa, el mundo, nuestro destino vistos por la
astrología. Retrato astrológico de los Jefes na¬zis. La
trágica muerte de Kennedy. El fin de la Monarquía
Inglesa. La revolución en Italia.
Peter Koloslmo
SOMBRAS EN LAS ESTRELLAS
Los misterios del Cosmos. Los secretos espa¬ciales
alemanes. Las Intrigas de la astronáuti¬ca soviética y
americana. ¿Están habitados los otros mundos?
Hans Herlin
EL MUNDO DE LO ULTRASENSORIAL
Un estudio cauteloso de los poderes ocultos del ser
humano: hipnosis, espiritismo, teleci¬nesis.
Louis Charpentier
EL ENIGMA DE LA CATEDRAL
DE CHARTRES
Un hombre Interroga a una catedral. Y la ca¬tedral
responde. Y todo el misterio de un saber perdido se
desvela poco a poco. Edición ilus¬trada.
Raymond de Becker
LAS MAQUINACIONES DE LA NOCHE
El sueño en la Historia y ia historia del sueño. Freud no
lo dijo todo.
Víctor Colmenarejo
TEORÍA DEL SUPERHOMBRE
Este «superhombre» al que la Humanidad tien¬de
fatalmente, según las más modernas teorías de la
evolución biológica.
Peter Kolosimo
TIERRA SIN TIEMPO
La Era de los gigantes. Demonios de piedra. Los
secretos de las pirámides. El misterio de la Atlántlda,
Las astronaves de Tiahuanaco. Los mitos de las tierras
perdidas. Cruceros Impo¬sibles, 500.000 años de
Historia de una Hu¬manidad desconocida. Edición
ilustrada.
Fulcanelll
LAS MORADAS FILOSOFALES
La otra gran obra del autor de El mistarlo do las
catedrales. Edición Ilustrada.
Gérard de Sdde
EL ORO DE RENNES
¿Cuál era el secreto de! abad Berenguer Sau- nlére
quien entre 1891 y 1917, se gastó más de mil
quinientos millones de francos viejos? ¿De qué tesoro
provenían sus fabulosos re¬cursos? Edición ilustrada.
Erich von Daniken
RECUERDOS DEL FUTURO
Los dioses fueron cosmonautas. El libro más vendido
en Alemania durante el año 1969.
Leo Talamontl
UNIVERSO PROHIBIDO
«No creo que exista otro libro que contenga tal
cantidad de hechos extraños, Inquietantes,
maravillosos.» Dino Buzzati. Edición Ilustrada.
Michel Gauquelin
LOS RELOJES COSMICOS
¿Pueden las supersticiones astrológicas ser la
expresión externa de importantes hechos cien¬tíficos?
Un Interesantísimo estudio del desarro¬llo de la
astrologia, desde la antigüedad hasta los
descubrimientos más recientes.
Peter Koloslmo
NO ES TERRESTRE
Huellas misteriosas, objetos no Identificados,
presencias inquietantes, mitos... Por el autor de Tierra
sin tiempo y Sombras en las estre¬llas. Premio
Bancarella 1969. Edición ilustrada.
Frank Edwards
PLATILLOS VOLANTES...,
AQUÍ Y AHORA
La sorprendente evolución de los acontecimien¬tos
relacionados con los OVNIS, y los casos más
destacados. Edición ilustrada.
L. Pauv^elis y J. Bergier LA REBELIÓN DE LOS BRUJOS
|Por fin la continuación de El retamo de los brujos!
Temas tan apasionantes como: Dudas sobre la
evolución. La deriva de los continen¬tes. Las
cicatrices de la tierra. El centéslmo nombre del Señor.
El enigma ejemplar de Ak- pallus. Los desconocidos de
Australia.
Titus Burckhardt
ALQUIMIA
El hombre es el plomo opaco y maleable que puede
convertirse en oro resplandeciente. Un tema
apasionante redactado por ia autoridad máxima en la
materia. Edición Ilustrada.
Richard Hennlg GRANDE? ENIGMAS DEL UNIVERSO
El Paraíso terrenal, el Diluvio, Sodoma y Go- morra, la
Torre de Babel, el Dragón de las siete cabezas, el
Holandés Errante... Respues¬tas lógicas a grandes
Incógnitas.
Andrew Tomas
LOS SECRETOS DE LA ATLÁNT1DA
¿Dejó la Atlántida depósitos de oro y otros tesoros
enterrados bajo las Pirámides y la Es¬finge, como
pretende una antigua tradición? En nuestra época,
parece llegado el momento de explorar ciertos
terrenos desconocidos a fin de anticipar y estimular
nuevos descubri¬mientos. Edición Ilustrada.
Louls Charpentier
LOS GIGANTES Y EL MISTERIO
DE LOS ORÍGENES
El autor de El enigma de la catedral de Char- tres nos
presenta en esta obra una teoría so¬bre los orígenes
de las civilizaciones, llevándo¬nos de la mano por
unas incursiones apasio¬nantes. Edición ilustrada.
Peter Koloslmo
EL PLANETA INCÓGNITO
El autor, ya conocido de los lectores de esta colección,
hace un exhaustivo estudio de nues¬tro «Incógnito»
planeta que, aun creyendo co¬nocerlo, en el fondo no
no3 es mucho más familiar de cuanto pudiera serlo
para un co¬mando marciano enviado a espiar nuestro
mun-do... Edición ilustrada.
Gilbert PHIot
EL CÓDIGO SECRETO DE LA ODISEA
¿Esconde la Odisea, bajo las apariencias de un
maravillooso poema, las claves de un itine¬rario
secreto que conduce a tierras ricas en oro y estaño?
Edición ilustrada.
Erich von Daniken
REGRESO A LAS ESTRELLAS
El autor de Recuerdos del futuro proporciona nuevos
«argumentos para lo imposible», al dar explicaciones
sobre hechos que no la admi¬ten, prefigurando que
hemos sido visitados en la antigüedad por
extraterrestres. Edición Ilus¬trada.
Andrew Tomas
LA BARRERA DEL TIEMPO
El nudo de este libro gira en tomo de la dimensión del
tiempo. En la primera parte, haciéndonos comprender
los problemas del lla¬mado túnel del tiempo, esa
cuarta dimensión. En su apasionante segunda parte,
girando en tomo de famosas profecías, Edición
Ilustrada.
Jean-Charles Pichón
NOSTRADAMUS, DESCIFRADO
Las profecías de este alquimista y erudito del siglo XVI
que pretenden Interpretar el futuro de la Humanidad,
muchas de ellas ya cum¬plidas, analizadas en un
Interesante estudio, que nos da la clave contenida en
su obra, las Centurias.
L. Pauwels y J. Bergler
EL PLANETA DE LAS
POSIBILIDADES IMPOSIBLES
Los dos célebres autores, creadores de una nueva
concepción de los hechos Inexplicables, nos presentan
nuevos motivos a nuestra con¬sideración sobre temas
muy diversos.
Pierre Cerla y Frantqois Ethuin
EL ENIGMATICO CONDE
DE SAINT-GERMAIN
Heredero de poderes sobrenaturales, este al¬quimista
cruza los siglos y conoce la Inmor¬talidad. Un estudio
en que lo fantástico se mezcla con la realidad.
Jacques Sadoul
EL TESORO DE LOS ALQUIMISTAS
¿Existieron alguna vez los alquimistas’ T-ns una
laboriosa búsqueda, ei autor ha encontrado textos
donde se demuestran que la transmu¬tación de los
metales viles en oro fue un hecho Irrebatible.
Jacques Bergler
LOS EXTRATERRESTRES
EN LA HISTORIA
Un estudio vivaz, por la ágil pluma del coau¬tor de El
retomo de los brujos en que analiza exhaustivamente
las posibilidades de contacto con extraterrestres.
Jacques Vadee
PASAPORTE A MAGONIA
Libro muy bien documentado sobre el fenó¬meno
OVNI, con un apéndice redactado espe¬cialmente
para las observaciones españolas. Lo más serlo y
objetivo sobre este tema.
Jean-MIchel Angebert
HITLER Y LA TRADICIÓN CATARA
Las relaciones entre los cátaros y el movi¬miento nazi
se analizan de una forma sorpren¬dente y amena
haciendo luz sobre las coinci¬dencias existentes entre
ambos fenómenos his¬tóricos. Edición Ilustrada.
Robert Tocquet
MÉDIUMS Y FANTASMAS
Los fenómenos más sorprendentes —mesas que
bailan, levltaclones, casas encantadas, fantas¬mas—,
estudiados con absoluto rigor científico. Un libro que
establece la frontera entre el fraude y la verdad.
Jean Sendy
LA ERA DEL ACUARIO
¿Qué lugar ocupa el hombre en el Universo? ¿Ha
llegado el fin de la tranquilizadora Ilusión humanista?
Edición ilustrada.
Franqois Ribadeau Dumas
HISTORIA DE LA MAGIA
He aquí una obra clásica acerca de este tema.
Siguiendo el mito de Fausto, el autor nos pre¬senta
una amplia panorámica de la magia de todos los
tiempos.
Orencia Colomar
QUIROLOGÍA
Al fin la bibliografía española acerca de este tema ha
llenado un hueco Imprescindible. De una forma clara y
amena se desvelan los se¬cretos de la mano, siempre
desde un punto de vista científico y con numerosas
Implica¬ciones Interesantísimas, Edición ilustrada.
Antonio Ribera y Rafael Farriols
UN CASO PERFECTO
Mediante una aplastante documentación gráfica se
estudia primordialmente la aparición de un OVNI en
San José de Valderas (Madrid), Junto con otros casos
que pertenecen a similares ca¬racterísticas. Edición
Ilustrada.
Andrew Tomas
NO SOMOS LOS PRIMEROS
La te3is de este libro —de la que se dan abun¬dantes
ejemplos— es que han existido varias civilizaciones,
cuyos rastros se han perdido y que alcanzaron
conocimientos que no hemos sido los primeros en
descubrir: Atlántida, extra¬terrestres...
André Pochan
EL ENIGMA DE LA GRAN PIRAMIDE
Libro muy completo en que se pasa revista a cuanto
se sabe de la pirámide de Keops a tra¬vés de todas
las épocas y se dan normas de interpretación. Edición
Ilustradla.
Jacques Sadoul
EL ENIGMA DEL ZODÍACO
El autor, partiendo de una postura escéptica, se
adentra y aclara el misterioso mundo de la Astrología
y nos Ilustra mientras él mismo se hace un adepto a
esta ciencia. Edición ilustrada.
Peter Koloslmo
ASTRONAVES EN LA PREHISTORIA
A través de una abundante iconografía (300
Ilustraciones) el autor rastrea todo vestigio de las
civilizaciones anteriores a la nuestra o posibles
contactos con seres de otros mundos ocurridos en los
albores de nuestra cultura. Edición ilustrada.
Lisa Morpurgo
INTRODUCCIÓN A LA ASTROLOGÍA Y DESCIFRE DEL
ZODÍACO
Demostración rigurosamente lógica de que el Zodíaco
es el Instrumento de conocimiento más racional de
que la Humanidad haya podido dis¬poner Jamás y de
cómo el horóscopo se con¬vierte en ciencia a la
previsión. Edición Ilus¬trada.
Peter Kolosimo
GUÍA AL MUNDO DE LOS SUEÑOS
Este tan conocido autor emprende ahora
In¬vestigaciones dentro del mundo de los sueños. Tras
una amena introducción, nos presenta en forma de
vocabulario las interpretaciones más frecuentes de lo
soñado.
Robert Tocquet
LA CURACIÓN POR EL PENSAMIENTO
Imparcial estudio del problema de las cura¬ciones por
el espíritu y las curaciones mila¬grosas, así como del
actual problema de los curanderos y de las
terapéuticas extramédicas.
Louis Charpentier
EL MISTERIO DE COMPOSTELA
Significado y trascendencia del «camino de
San¬tiago», con un análisis, serio y documentado, de
la toponimia de la ruta. Edición ilustrada.
Michel Gall
EL SECRETO DE LAS
MíL Y UNA NOCHES
¿Existe concordancia entre las leyendas de Las mil y
una noches y mitos de orígenes más an¬tiguos o de
otras culturas geográficas, y racial¬mente distintas y
alejadas entre sí? Edición ilustrada.
Georges Ranque
LA PIEDRA FILOSOFAL
La luz de la Ciencia proyectada sobre los mis¬terios
de la «piedra filosofal». Edición Ilus¬trada.
Orencia Colomar
FISIOGNOMÍA
Exhaustivo estudio de los problemas relaciona¬dos
con ¡a caracteriología humana, a través de los rasgos
fisiognómicos y de la tipología en general. Edición
ilustrada.
Cario Liberlo del Zottl
BRUJERÍA Y MAGIA EN AMÉRICA
¿Qué es la «macumba», religión sincretista po¬pular,
que empieza a extenderse por determi¬nados lugares
de América?
Josane Charpentier
EL LIBRO DE LAS PROFECÍAS
La profecía en la Historia. La Gran Pirámide. Israel. El
Apocalipsis. San Malaqufas. Nostra- damus. Profecías
marlanas. Edgar Cayce. La Parusía. El Anticrlsto...
Jacques Caries y Michel Granger
LA ALQUIMIA, ¿SUPERC1ENCIA EXTRATERRESTRE?
Los secretos de la energía y de la materia, ¿habían
sido ya descubiertos en otros puntos del espacio o del
tiempo?
Paul Poéson
EL TESTAMENTO DE NOÉ
Partiendo de las medidas del Arca bíblica, el autor
expone toda una teoría de simbolismos, que pueden
Interpretarse para deducir el pasa¬do y el futuro.
Edición ilustrada.
Jean-Michel Angebert
LOS MÍSTICOS DEL SOL
Algunos personajes de la Historia, ¿tienen en común
una filiación mística al mito solar, que expresa la
vinculación del hombre a las fuer¬zas inmanentes del
Cosmo9?
Jacques Bergier
EL LIBRO DE LO INEXPLICABLE
Las civilizaciones desaparecidas. Los extrate¬rrestres
entre nosotros. Sensacionales descu¬brimientos sobre
el origen de la vida. Edición ilustrada.
Andreas Faber Kaiser ¿SACERDOTES O
COSMONAUTAS?
La razón de las visitas de los platillos volan¬tes,
¿radican en nuestra dependencia de otras
civilizaciones? Edición Ilustrada.
Jacques Huynen
EL ENIGMA
DE LAS VÍRGENES NEGRAS
¿Qué misterioso secreto encierran las Vírgenes negras
de la cristiandad, todas las cuales tie¬nen
exactamente las mismas características? Edición
Ilustrada.
Peter Koloslmo
CIUDADANOS DE LAS TINIEBLAS
Voces del pasado, Imágenes del futuro, pode¬res
invisibles capaces de mover objetos a dis- tancla... los
fenómenos más desconcertantes, explicados por
primera vez a la luz de la Ciencia.
Belline
EL TERCER OÍDO
Impresionantes experiencias de comunicación de un
padre con su hijo... desde el más allá. Edi¬ción
ilustrada.
Rainer Erler
LA DELEGACIÓN
Aquel corresponsal de Televisión, ¿sucumbió a causa
de algún accidente, o fue víctima de unos seres
extraterrestres?
Jacques Sadoul
EL GRAN ARTE DE LA ALQUIMIA
Desde la alquimia china, egipcia, alejandrina y árabe,
hasta la contemporánea. El simbolis¬mo hermético.
Edición ilustrada.
Pierre Carnac
LA HISTORIA EMPIEZA EN BIMINI
(La Atlántida de Cristóbal Colón)
La Historia, ¿empezó en Bimlnl? Es posible. Mas, por lo
menos, una cosa os cierta: no se inició en Sumer.
Edición ilustrada.
Phllipp Vandenberg
LA MALDICIÓN DE LOS FARAONES
El milenario mito, a la luz de la Ciencia. Una nueva
aventura de la Arqueología,
Alan y Sally Landsburg
EN BUSCA DE ANTIGUOS MISTERIOS
¿Tuvo el hombre su origen en la Tierra, o fue enviado
aquí desde otros mundos? Edición ilus¬trada.
Daniel Ruzo
EL TESTAMENTO AUTÉNTICO
DE NOSTRADAMUS
Concienzuda Investigación del testamento de
Nostradamus en su texto auténtico y literal,
deslindando lo apócrifo de lo verdadero. Edi¬ción
ilustrada.
Patrice Gastón
DESAPARICIONES MISTERIOSAS
Inexplicables desapariciones de barcos, avio¬nes,
Individuos e incluso destacamentos mili¬tares
enteros... ¿Acaso somos gobernados por aeres
Hades
EL UNIVERSO DE LA ASTROLOGÍA
Las bases de la Astrología y las relaciones entre
microcosmos y macrocosmos.
Marcel Moreau
LAS CIVILIZACIONES
DE LAS ESTRELLAS
Los mega Utos reproducen 3l sistema de las
constelaciones, para establecer las relaciones entre el
Cielo y la Tierra.
Julius Evola
EL MISTERIO DEL GRIAL
Profundo y documentado estudio del signifi¬cado que
tuvo la aparición de las leyendas del Grlal en el
Medievo de Occidente.
J. J. Benítez
EXISTIÓ OTRA HUMANIDAD
Por primera vez, el hombre ha encontrado la más
asombrosa prueba de que no ha sido el primero sobre
la Tierra. Otra civilización se extendió ya por el Planeta
en Eras remotas. Edición ilusfrada.
M. Gauquelin y J. Sadoul
LA ASTROLOGÍA, AYER Y HOY
El origen sagrado de la Astrología; sus apli¬caciones a
la previsión del porvenir; el Zodía¬co y sus signos, con
sus sentidos mitológicos y astrológicos. Edición
ilustrada.
Míchel-Clarde Touchard
LA ARQUEOLOGÍA MISTERIOSA
El problema de los hallazgos inclasificables, o cuya
interpretación ofrece serios problemas. Edición
ilustrada.
Vintila Horla
ENCUESTA DETRÁS DE LO VISIBLE
Análisis de las manifestaciones parapsicológl- cas a la
luz de la religión, la Cencía y la con¬ciencia.
Patrick Ravignant
LOS MAESTROS ESPIRITUALES
Exposición, sistemática y objetiva, de la vida y obra de
los fundadores y directores de los movimientos
religiosos, iníciáticos y espiritua¬listas
contemporáneos. Edición ilustrada.
Jean Varenne
EL YOGA
El hlndulsmo tiene un aspecto, el del yoga, mal
comprendido en Occidente. A través de su historia se
trata de llegar a au comprensión. Edición Ilustrada.
Aímé Mlchel
EL MISTICISMO
Estudio profundo de este fenómeno y sus ma-
nifestaciones que sobrepasan lo normal. Edición
Ilustrada.
J. J. Benítez
OVNIS: S.O.S. A LA HUMANIDAD
Hechos Inquietantes que tienen lugar en el Perú de
apariciones de extraterrestres y que todos debemos
conocer. Edición Ilustrada.
Mlchel Granger ¿TERRESTRES O EXTRATERRESTRES?
¿Somos los descendientes de la unión de
ex¬traterrestres (de los «dioses* llegados del cielo)
con las «hijas de los hombres*, unión que hizo salir
nuestra especie de la condición animal?
Jacques Bergier
VISADO PARA OTRA TIERRA
Un estudio serio acerca de las posibilidades de vida en
otros mundos y la actuación de posi¬bles
extraterrestres.
Andrew Tomas
EN LAS ORILLAS
DE LOS MUNDOS INFINITOS
Una ojeada al espacio exterior, donde posi¬blemente
esté el futuro de la Humanidad. Edi¬ción Ilustrada.
Robert Charroux
EL LIBRO DE LOS MUNDOS OLVIDADOS
Amena y amplia visión de la fenomenología que
integra el llamado «realismo fantástico*. Edición
Ilustrada.
Paul Arnold
LOS GRANDES INSPIRADOS
Visión básica, doctrinal e histórica de las grandes
directrices religiosas de la Humanidad.
Femand Niel
STONEHENGE
Una nueva visión que resume todo cuanto se ha dicho
acerca de un extraño monumento pre¬histórico.
Alfred Stelter
CURACIÓN PSI
Nuevas apreciaciones acerca de otra Medicina que se
basa en fenómenos paranormales que están más allá
de lo demostrable.
Peter Koloslmo
ODISEA ESTELAR
Ulises, vagabundo del tiempo. Los dioses y el espacio.
¿Cíclopes en América? Mitología de otros mundos.
Armas atómicas y robots en la epopeya homérica.
Edición Ilustrada.
Robert Charroux
EL ENIGMA DE LOS ANDES
Hallazgos de unas cavernas secretas y unes piedras
grabadas, que podrían constituir la ex¬presión de la
vieja sabiduría de civilizaciones perdidas. Edición
Ilustrada.

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