Traducción libre de los principales párrafos de
“Poetic Knowledge, the Recovery of Education”1
por James S. Taylor
State University of New York Press, 1998
Introducción.
El propósito de este libro es describir lo que se entiende por un grado del
conocimiento, y una forma de aprender apropiada para ese grado que llamaremos “modo
poético”.
Una espátula de teflón es útil, por lo menos, para una sartén de teflón; pero una
paleta de madera, de madera curva y suave, no sólo es útil, sino también bella. La primera
es científica en el sentido moderno, reducido a su más básico nivel utilitario, sin
mencionar los extraños materiales forjados de los laboratorios; mientras que la segunda
herramienta está forjada en el modo poético de la vida. El aspecto del llamado
movimiento hippie de los 60 que abogaba por un retorno a la vida natural y un
redescubrimiento de los oficios –tan naive y condenado como pudiera estar- puede haber
sido la última expresión espontánea a favor de un retorno al modo poético de vida por
mucho tiempo. Clarificaré en el primer capítulo lo que se entiende por “poético” en
oposición a “científico”, y estableceré la validez del conocimiento poético. En el capítulo
2 muestro como el conocimiento poético es reconocido por lo menos desde Sócrates,
aunque el primero en usar el término “conocimiento poético” es Santo Tomás de Aquino.
La necesidad de la restauración del conocimiento poético parece particularmente
urgente con su cultivo pre-científico de los sentidos, emociones e imaginación, para por
lo menos balancear una educación dominada hoy, de una manera u otra, por los chatos
fines utilitarios de un tecnológico “nuevo orden mundial” capitalista-socialista.
Capítulo 1: La validez del Conocimiento Poético.
Entre los filósofos y poetas de los tiempos antiguos, clásicos y medievales, esta
manera de conocer era virtualmente una forma dada de la habilidad humana para conocer
la realidad. Sólo después del Renacimiento y la revolución filosófica cartesiana emerge
una visión menos integrada, menos intuitiva, del hombre. Para el siglo XX, la idea de una
realidad objetiva –y de las múltiples respuestas del hombre a la misma- a quedado
eclipsada, mayormente por el subjetivismo, y un menos seguro, más solitario modelo
mecanicista del hombre y el universo.
Primero que nada, el conocimiento poético no es necesariamente conocimiento de
poesía, sino más bien una experiencia poética (sensitivo-emocional) de la realidad. La
experiencia poética indica un encuentro con la realidad que es no-analítico, algo que es
percibido como bello, asombrosos, espontáneo, misterioso. El conocimiento poético es un
acto espontáneo de los sentidos externos e internos con el intelecto, integrado y completo,
más que un acto asociado con los poderes del razonar analítico. Un acto humano natural,
sintético y penetrante, que nos mete dentro de la cosa experimentada. Es un conocimiento
1
“Conocimiento Poético, la recuperación de la educación”. La traducción será siguiendo el orden del texto,
tratando de preservar el sentido y el estilo. La mayor dificultad surge del estilo del autor que es un poco
desordenado. Por cuestiones de comodidad y utilidad uno o sintetizo secciones del texto. Espero que sea
útil.
de adentro hacia fuera, radicalmente diferente de un conocimiento sobre las cosas. En
otras palabras, es lo opuesto al conocimiento científico.
John Senior2 dice que los antiguos distinguían 4 modos de conocimiento: el
poético, donde las verdades son tomadas intuitivamente como cuando confiamos en el
amor de otro; el retórico, donde somos persuadidos por la evidencia, pero sin prueba
conclusiva, como cuando elegimos a quien votar; el dialéctico que es cuando llegamos a
la conclusión entre dos argumentos opuestos con el tipo de evidencia suficiente para la
convicción a través de pruebas de laboratorio como en las pruebas de drogas; y el
científico en el sentido antiguo, no moderno que es dialéctico y retórico, de la ciencia
como epistemai, como cuando tenemos certeza de que el todo es más que la parte. Estos
cuatro modos están informados por verdades auto evidentes, primeros principios
fundados en la realidad objetiva que son imposibles de demostrar argumentalmente
porque existen como dados y conocidos intuitivamente por todos.
Bergson dice que por intuición se entiende una forma de simpatía intelectual que
lo coloca a uno dentro del objeto en orden a coincidir con lo que es único en él y
consecuentemente inexpresable. Bergson, Feigl, Husserl, Jaspers y Dilthey son autores
modernos que, aunque en otros aspectos en oposición con la tradición filosófica realista,
aceptan esta idea del conocimiento poético que la educación moderna rechaza
mayoritariamente.
Un ejemplo ilustrativo de las diferencias entre la educación moderna y la poética
surge del estudio de los métodos de enseñanza de la lectura. Las teorías científicas
modernas de aprendizaje nos han dado batalla sobre ver-decir, fonemas, lecturas
elementales, con toda forma de máquinas audiovisuales, gráficos y ayudas y métodos con
alta tecnología. Frank Smith, en “Insulto a la inteligencia” nos ofrece lo que puede
parecer una alternativa simplista y retrógrada: “Una de las líderes en investigación sobre
como aprenden a leer los niños, Meek Spencer de la Universidad de Londres, dice que
son los autores los que enseñan a los niños a leer. No autores cualquiera, sino aquellos
cuyos cuentos los niños aman leer, que los niños muchas veces conocen de memoria
antes de empezar a leer el cuento. Su conocimiento anterior o fuerte expectativa sobre
como se desarrollará la historia es la clave para aprender a leer, dice la profesora
Spencer”. Este es simplemente un ejemplo del modo poético de aprendizaje, en el sentido
de que el niño es dejado solo, sin distracciones se métodos u sistemas, de tal modo que
los sentidos y las emociones entran en juego naturalmente cuando se lee, donde el
asombro y el gozo conducen la imaginación y la memoria del niño hacia el acto imitativo
de leer. Smith continua diciendo que el mismo enfoque puede usarse para que el niño
aprenda a escribir, simplemente escuchando cuentos. La experiencia y el conocimiento
poéticos son esencialmente pasivos, y escuchar junto con mirar son la puerta más
importante para el modo poético. Para Smith, el problema con los métodos de los
programas de lengua que el llama “de entrenar y matar”, no es que fallen en dar las
habilidades para decodificar palabras o escribir oraciones correctamente, sino que
destruyen el disfrute del proceso.
Dado que la idea científica de la educación es un modelo mecánico que se
manifiesta en alguna forma de los métodos de “entrenar y matar”, y que en contraste el
hombre no es una máquina y no ha respondido por siglos al aprendizaje con tales
métodos, el conflicto producido por la imposición de la idea científica del aprendizaje
2
Mentor de Taylor y director del Pearson Humanities Program que se menciona en el último capítulo.
tendrá efectos negativos en la vida emocional del estudiante. “No aprendemos solamente
sobre algo” dice Smith, “a la vez aprendemos sobre como nos sentimos cuando
aprendemos”. Es por eso que escuchamos cada vez más que jóvenes estudiantes dicen
que odian matemática o inglés, o, un poco peor, que todo es aburrido.
Capítulo 2: Fundamentos filosóficos del conocimiento poético.
En el libro II de la República de Platón vemos que Sócrates es muy insistente en
que la forma de comenzar la educación de la mente y el carácter de los niños es con
cuentos, “…historias reales y ficticias. Nuestra educación debe usar ambas, y comenzar
con la ficción… Y contaremos cuentos a los niños antes de empezar con el entrenamiento
físico.” Cuando Platón censura cuentos es por una cuestión teológica, le preocupan los
pasajes en que se muestra a Dios como responsable de todas las miserias humanas.
Aunque es cierto que Sócrates ofrece en la República la primera teoría sistemática
de la educación en Occidente, debe recordarse que lo hizo a posteriori del primer gran
educador en la antigüedad griega, Homero. Werner Jaeger nos recuerda en Paideia que
Homero es el primero y el más grande creador de la vida y el carácter griegos. La poesía
era considerada un medio de conocimiento verdadero y valioso, un conocimiento de las
cosas permanentes. “El arte posee un poder ilimitado para convertir el alma humana –un
poder que los griegos llamaban psychagogia. Pues el arte posee dos influencias
educativas esenciales –significado universal e inmediato atractivo. Uniendo estos dos
métodos para influir la mente, sobrepasa tanto el pensamiento filosófico como la vida
real”. Esta postura del conocimiento poético no se enfrenta al reino de los expertos, pero
sí sostiene que hay un orden propio del conocer, como lo establece John Senior y que
comienza por el poético.
Detrás de la idea platónica de la educación había una visión trascendente de la
realidad. Homero hace que Odiseo penetre en los detalles sensibles de un banquete para
revelar el significado poético y trascendente: “Yo siento que no hay nada más agradable
que cuando reina el humor festivo en todo el corazón de un pueblo y los convidados
escuchan a un cantante desde sus lugares en el salón, cuando las mesas frente a ellos
están cargadas con pan y carne, y un mayordomo lleva el vino que ha tomado del ánfora
y llena sus copas. Esto, a mi modo de pensar, es algo parecido a la perfección”. Este
momento visionario de los particulares y concretos objetos de belleza, esta mirada
penetrante a la naturaleza trascendente de las cosas, es esencialmente un acto poético.
También es interesante el contraste establecido con los cíclopes: “Los cíclopes no tienen
asambleas para hacer las leyes, ni costumbres establecidas, sino que viven en cavernas
en la altura de las montañas, donde cada hombre es un legislador para sus hijos y sus
esposas, y nadie da una jota por sus vecinos”.
La primera descripción del salón del banquete del Señor Alcinoo no es solamente
una imagen de educación y civilidad, aunque queda claro implícitamente que sin esa
sensibilidad poética hacia las cosas la vida se deteriora en brutalidad y caos; lo que
también se revela es el movimiento ascendente de los sentidos y emociones con el
intelecto que ve el significado invisible de las cosas. Lo que puede ubicarse también, en
contraste con la brutalidad de los cíclopes, es que la visión de lo perfecto en la fiesta tiene
lugar, como lo tiene todo conocimiento poético, en un momento de ocio. La palabra ocio
en griego es skole, en latín scola, de ahí escuela.
Pieper: “El poder para conocer el ocio es el poder para sobrepasar los límites del
mundo del trabajo diario y alcanzar las sobrehumanas y vitalizantes fuerzas
existenciales que nos refrescan y renuevan antes del retorno al trabajo diario.” Esta
noción de ocio está muy, muy alejada de la idea contemporánea del ocio que
habitualmente resulta, más que en renovación, en cansancio, sino en un cierto grado de
disipación por la estimulación de los sentidos en la gran búsqueda de un escape al stress
para lograr, con gran esfuerzo, “divertirse”.
Todas las experiencias educativas para el niño relatadas en la República –cantos,
poesía, música, gimnasia- tienen el objeto de despertar y refinar el conocimiento
simpático de la realidad de la Verdad, el Bien y la Belleza, poniendo al niño dentro de la
experiencia de esos trascendentales, tal como están contenidos en esas artes y
experiencias sensoriales. Por supuesto, esta forma de educación inicial está basada en la
disposición natural del niño a aprender por imitación; esto es, no sólo tratar de duplicar lo
que oyen y ven, sino a convertirse en la cosa imitada, como el niño se transforma en el
caballo galopante resoplando y relinchando. Sócrates explica que esta etapa de la
educación es crucial, ya que el ritmo y la armonía penetran profundamente en la mente.
Ritmo y armonía no deben quedar restringidos a la música, sino que en la noción griega
de integración y proporción se aplica a todos los modos de conocimiento. Sin embargo,
es verdad que es la música la que penetra en la dimensión sicosomática del ser humano, y
es precisamente por ello que Sócrates se preocupa por ella, por su efecto en el carácter.
Fueron Homero y Sócrates quienes dieron, respectivamente, imágenes claras y
razones especulativas, por primera vez respecto del conocimiento poético. Mas quedó
para Aristóteles explicar como ese conocimiento necesario y prefilosófico era posible sin
apelar, como hizo Platón, a un mundo separado de las ideas, creando, como se dice, un
dualismo radical. Aristóteles dijo que está en la naturaleza de la inteligencia abstraer
(sacar desde dentro) la esencia de los objetos, que no es necesario construir otro “mundo”
para estas formas y esencias. La psicología y la epistemología realistas, siguiendo las
ideas de Aristóteles contenidas primariamente en De Ánima y Metafísica, afirman que
todas las cosas existentes contienen una vida invisible –formas y esencias- que debe ser
percibidas por la inteligencia para que haya conocimiento. Lo que dice Aristóteles es
que en la realidad física y metafísica hay un orden objetivo de existencia que el hombre
está naturalmente equipado para percibir y “llegar a ser”, primero por los sentidos y
después por la habilidad de la mente para abstraer las esencias y formar conceptos. El fin
de la educación es el ejercicio de la virtud, lo que Sócrates llamaba tener buen carácter.
Para Aristóteles: “Las ramas de la educación son (1) leer y escribir, (2) gimnasia,
(3) música y (4) dibujo a veces.” Es en el ocio que nos preparamos para la vida activa en
la virtud, y en la experiencia de la música, una especie del ocio, ganamos nuestro primer
contacto a través del modo sensorial-emocional (poético), de nuestro propósito final, que
es experimentar la felicidad, un descanso de la actividad, un retorno al lugar donde
comenzamos, un estado de reposo: el ocio. Aristóteles dedica mucho espacio a la música
como fundamento de la educación virtuosa. ¿Por qué le parece tan importante? “¿Puede
ser que la música no tenga influencia alguna sobre el carácter y el alma? Debe tener
alguna influencia si el carácter se ve influenciado por ella. (…) No hay nada que nos
preocupe más adquirir y cultivar que el poder de hacer juicios rectos, y deleitarnos en
buenas disposiciones y acciones nobles. El ritmo y la melodía proveen imitaciones del la
ira y la gentileza, y también de la valentía, templanza, y todas las cualidades contrarias
a estas, y todas las otras cualidades del carácter”. Nótese entonces como la idea del
aprendizaje por medio de la imitación gana una nueva dimensión. No sólo imita el niño lo
que le es presentado a la imaginación, sino que los fundamentos de la música, el ritmo, y
la melodía imitan las virtudes de la justa ira, la gentileza, el coraje, etc. que bajo el poder
físico de la música actuando directamente sobre los sentidos, toma estos conceptos
complejos y los hace reverberar a través del cuerpo y la mente como una experiencia real
del concepto. Respeto del Rock & Roll, generalizando en el espíritu de Sócrates, diré que
esa música perfectamente promueve lo contrario de la virtud: violencia, vulgaridad e
intemperancia.
Todo esto presupone que se considera que apelar directamente a la vida sensorial
emotiva de la persona se considera un conocimiento esencial y necesario. Aristóteles:
“Los sentidos nos dan el más autorizado conocimiento de los particulares. Pero no nos
dicen la causa de las cosas, nos dicen que el fuego está caliente, pero no nos dicen por
qué está caliente”. La respuesta sobre la causa introduce otra forma de conocer, la
experimental y científica. Pero no hay nada que sugiera, más allá de que esa forma sea
más exacta respecto de las causas y elementos del fuego, sea una forma mejor de
conocimiento.
Sintetizando: con lo antedicho en mente, una educación inicial, sería poética, lo
que significa acudir mucho a la experiencia directa y sustitutiva que apela y despierta los
sentidos. El gozo de nuestros sentidos es el primer conocimiento de la cosa misma, no
molestado, no analizado. Platón y Aristóteles reconocieron que los mismos sentidos, por
su propia naturaleza, hacen una selección proporcionada de lo que es placentero, lo
adecuado. Lo adecuado es conocimiento poético, el juicio de los sentidos, sin el cual todo
conocimiento superior se vuelve deshumanizado e incrementalmente destructivo. El
placer de los sentidos es una cierta proporción entre la facultad y su objeto. Lo mismo
sucede con la inteligencia. Summers reconoce que en todos los hombres hay un impulso
poético a conocer, una experiencia que llama “asombro”, que inicia el aprendizaje. El
asombro forma una parte relevante de la experiencia poética, y está arraigado en la
respuesta sensorial-emocional de los hombres a las cosas tal como son. El asombro es
una emoción de miedo producido por la conciencia de la ignorancia, la cual, dado el
natural deseo del hombre de conocer, se percibe como una especie de intrusión abrupta en
el estado normal de las cosas, una especie de mal. El asombro es la forma más racional
del miedo. No surge de la ignorancia, sino de la conciencia de la ignorancia. La única
forma en que uno puede huir con ganancia de la ignorancia es deseando e intentando
conocer, y estas son actividades placenteras. Aunque el asombro puede conducir al
aprendizaje, debido a que es una emoción cargada con el reconocimiento de la
ignorancia, el conocimiento que tiene lugar a este nivel de la experiencia es lo que
llamamos poético, es decir, conocimiento prerracional.
San agustín es un puente desde el mundo antiguo y clásico a la era cristiana y
medieval. Como dice Newman, San Agustín es el maestro que ha formado el intelecto de
la Europa Cristiana. San Benito es el padre del monaquismo occidental. La vida y el
ejemplo de los monasterios, basada en la regla de San Benito fueron testamentos del
modo poético de la vida, alcanzando alturas de perfección espiritual.
San agustín nos diría que el fin del conocimiento no es el placer de los sentidos,
sino poseer una visión de la belleza y la perfección por encima del objeto de los sentidos
que no lleve a la contemplación de Dios. En “Sobre la música” dice: “Cuando el alma
experimenta sensaciones físicas, no está siendo afectada por el cuerpo, sino que más
bien está actuando con una atención más deliberada de lo habitual a causa de lo que el
cuerpo está experimentando. Las acciones del cuerpo no escapan al alma.” Es decir, es
la mente, la inteligencia, el alma, la que experimenta sensaciones, mientras que los actos
del cuerpo son el reino de los sentidos. La sensación, entonces, es una forma de
conocimiento, una percepción que resulta de la acción de los sentidos.
Agustín dice que usar es poner algo a disposición de la voluntad, mientras que
disfrutar (enjoy) es usar una cosa con satisfacción. Disfrutar (enjoy3), entrar en el gozo, es
contemplar la madurez completa de la redonda y roja manzana en una mesa de madera de
la cocina en una luminosa tarde otoñal, es maravillarse de su perfecta belleza al ser lo que
es. Usar la manzana para hacer una tarta es algo muy bueno, pero no es lo mismo que la
primera experiencia. El primer encuentro con la manzana, que tiene lugar en el ocio,
satisface el deseo de la posesión inmaterial de su belleza esencial, el segundo satisface el
sentir de un hambre particular. Se requiere la contemplación gozosa, es decir, la
concurrencia de la visión y el gozo, conocimiento intuitivo y deleite, para experimentar
un objeto estéticamente.
Cuando San agustín dice que no hay verdadero conocimiento si no hay amor,
quiere decir que disfrutar una cosa es ganar un verdadero conocimiento de la misma,
“¿pues quien puede conocer que tan buena es una cosa si él no la disfruta?”.
Un punto importante de las tradiciones antigua y medieval es que era la persona
completa la que experimentaba el mundo, no sólo los ojos o sólo la inteligencia, sino el
ser compuesto, cuerpo y alma, el hombre.
Fue en el De Magistro de San Agustín, uno de los más influyentes de sus primeros
trabajos, en el que exploró el hecho curioso de que las palabras no tienen el poder de
hacernos conocer las realidades físicas a menos que hayamos tenido una experiencia
previa de estos objetos a través de los sentidos. Incluso la presencia sensible de objetos en
la memoria necesita de algo más que palabras para traer a la vida el conocimiento que
contienen.
Ahora bien, en la tradición cristiana, lo que se ha presentado como el legado
platónico y aristotélico del reconocimiento de los sentidos y su conexión con el intelecto,
deviene en Agustín en una doctrina de la iluminación interior, donde uno es nuestro
maestro, Cristo. “Así como la luz natural es necesaria para que podamos percibir las
realidades corpóreas, del mismo modo la sabiduría divina debe iluminar la inteligencia
humana, verificando la descripción de San Juan de Cristo como la luz verdadera que
ilumina a todo hombre que vine al mundo”. Dios mismo se sienta en el centro del alma, la
mente, dice él, como el maestro interior, la luz interior que ama y conoce. Es Dios quien
ilumina el almacén de impresiones sensibles en la memoria. Esto explicaría esos
momentos, espontáneos y sin ayuda de un entrenamiento anterior, donde la realidad de
las cosas es contemplada con asombro metafísico, como viendo, no de la manera en que
ve Dios, sino como si (la persona) estuviera iluminada por Dios. Esta es, en la psicología
cristiana, la explicación de la experiencia del conocimiento poético. Agustín expresa
tanto la validez del conocimiento sensible como la doctrina de la iluminación. Una
explica la otra. “El estudiante aprende no por medio de palabras habladas sino por
medio de las realidades mismas y sus sentidos… Así, yo no le enseño a ninguno, aún
3
Aquí, en inglés, se hace referencia a la idea de gozar desde dentro (en-joy), entrar en el gozo.
cuando digo la verdad. Porque es enseñado no por mis palabras, sino por las Realidades
mismas que se le manifiestan por Dios que se las revela a su ser interior”.
¿Qué nos enseña San Benito, el otro gran padre de Occidente? Hay que tener en
cuenta la enorme influencia de sus palabras contenidas en su regla, que no necesita estilo
ni brillo intelectual o espiritual porque ha transformado la historia de la civilización
occidental. Newman explica: “Los monjes eran demasiado buenos católicos para negar
que la razón era un don de Dios, y tenían demasiado sentido común para pensar en vivir
sin ella. Lo que se negaban a si mismos eran los muchos y variados ejercicios de la
razón, y esto porque esos ejercicios eran excitaciones. Cuando se cultiva la razón ella
inmediatamente comienza a combinar, centralizar, mirar hacia delante, mirar el pasado,
ver las cosas en su totalidad, ya sea para la especulación o para la acción, realiza
síntesis y análisis, descubre e inventa. Estos ejercicios de la mente se oponen a la
simplicidad. (…) La simplicidad es el temperamento de los niños, y es el temperamento
de los monjes.” Y yo agrego, este es el temperamento de la experiencia poética del
conocimiento.
¿Cuál era el espíritu de la regla de San Benito? Era un llamado, una voz poética
que les hablaba a sus sentidos sobre algo asombroso en el mundo creado que les pedía
que mirasen y escucharan detenidamente las lecciones en un estado de sabia pasividad.
La regla comienza: “Escucha, oh hijo, los preceptos de tu Señor, e inclina el oído de tu
corazón; recibe voluntariamente y lleva a cabo con fidelidad la admonición de tu amante
Padre.” Newman dice: “Por eso he calificado el estado monástico como el más poético
de la disciplina religiosa. Fue un regreso a la época primitiva del mundo sobre la que
muchas veces han cantado los poetas, la vida sencilla”.
Hablando sobre la poesía Newman dice: “Pienso que, sea cual sea su esencia
metafísica, o que tan variados sean sus estilos, (…) siempre es antagonista de la ciencia.
Cuando la ciencia progresa en cualquier campo, la poesía retrocede allí. No pueden
pararse juntas, pertenecen a dos modos respectivos de ver las cosas que se contradicen
entre sí. La razón investiga, analiza, enumera, mide, indaga, localiza, los objetos de
contemplación, y así gana conocimiento científico sobre ellos. La ciencia resulta en un
sistema, que es una unidad compleja; la poesía se deleita en lo indefinido y variado, en
contraste con la unidad, y es simple en contraste con los sistemas. El objetivo de la
ciencia es apropiarse de las cosas, tomarlas, manejarlas, comprenderlas, esto es, en
términos familiares, enseñorearse (…) La poesía reclama, como primera condición, que
no deberíamos ponernos por encima de los objetos en que reside sino a sus pies (…) La
poesía no apela a la razón sino a la imaginación y los afectos, lleva a la admiración, el
entusiasmo y el amor.”
Newman: “Los benedictinos no eran unos sentimentalistas somnolientos que se
enamoraran de vientos de melancolía y arroyuelos susurrantes, cascadas y bosques, sino
que su poesía era la poesía del trabajo duro y la faena dura, corazones generosos y
manos caritativas”. De hecho, la respuesta poética a la realidad, para que sea real,
encuentra una terrible belleza en el trabajo duro y la dura faena de la vida -y en los
dolores de las grandes pérdidas, en los desastres de la naturaleza, la traición de los
amigos-, todos son celebrados primero por nuestros sentidos, imaginación y afectos,
mucho antes de que apliquemos la razón a lo que ha sucedido o sus causas. John Senior:
“La teoría, no en sentido de hipótesis sino de visión intelectual, sobre la espiritualidad
benedictina se basa en el hecho de que hay dos revelaciones, una en el libro de la
naturaleza donde las cosas visibles de este mundo significan las cosas invisibles del otro,
y la otra en el libro de la escritura donde las cosas invisibles de la otra vida se hacen
visibles en la vida y muerte de Cristo”.
Aprender a “leer” aprendiendo primero a leer en el libro de la naturaleza, que
incluye nuestra naturaleza humana, era la primera tarea del monje como un prerrequisito
para tomar el libro de la escritura. La audiencia precristiana de las épicas virgiliana y
homérica, y los analfabetos campesinos de la era cristiana premoderna nunca hubieran
podido captar, como lo hicieron, la dimensión espiritual de los poetas en el primer caso y
las enseñanzas sobrenaturales de los apóstoles y discípulos en el segundo, de no haber
leído profundamente en el libro de la naturaleza previamente.
El lento y silencioso crecimiento de los monasterios y la influencia monástica a
través de Europa en disciplina, modales, espiritualidad, artesanías, música, agricultura y
arquitectura, fue la cuna de la teología escolástica. Fue de Sócrates a Aristóteles a Agustín
que aprendimos que debía haber algo de lo bello encastrado como universal en el objeto
particular que da lugar al asombro y al deleite lo que permite la experiencia poética. La
educación y el aprendizaje, era más para guiar al estudiante hacia estos objetos de manera
que los innatos poderes de conocimiento, a través de los sentidos, se despertaran. Por
supuesto que también hubo una constante prédica desde los Padres de la Iglesia hasta los
santos escolásticos en contra de las distracciones de la belleza y el aferramiento a los
placeres sensibles en la medida en que fueran impedimentos para la unión del alma con
Dios. El alma reconocía en los objetos materiales una armonía idéntica a la de su propia
estructura, y este reconocimiento era la génesis del placer estético. Este reconocimiento
es la conexión entre los sentidos y el intelecto que precede al conocimiento científico. En
la Edad Media había una sensibilidad diaria de la belleza afirmada en el gusto ordinario,
y no en la mera teoría. Toda la vida medieval enseñaba en el modo poético, pues había
una conexión directa entre el Cielo y la tierra, y esto debe ser tenido en cuenta cuando
uno considera sus percepciones estéticas. En contraste con la sociedad moderna que está
más científicamente arreglada y enfocada en la parte, el pedazo y el byte, la excepción y
el extraño ejemplo aislado no necesariamente conectado con algo, el hombre medieval,
como el hombre occidental de la antigüedad, consideraba el universo como una realidad
total y viviente, significativa y misteriosa.
Es el aquinate quien hace las distinciones formales finales de este modo llamado
poético. Existen algunas diferencias entre Aristóteles y Santo Tomás que se perciben en el
comentario al De Anima. Contra el dualismo neoplatónico, Tomás pone los cimientos y
ofrece explicaciones para la relación armoniosa de nuestro ser, donde cuerpo y alma son
concebidos como incompletos en si mismos, de tal manera que se requiere unirlos para
formar una sustancia completa. Dice Santo Tomás que así como una cosa primero actúa
en su forma, el alma es la forma del cuerpo en una relación tan íntima que no sería un
hombre si el cuerpo y el alma no estuviesen unidos. Con esta íntima unión en mente,
Santo Tomás nos prepara para ver como tiene lugar el conocimiento en el modo poético.
“Los sentidos son para el intelecto, y no al revés. Más aún, el sentido es una cierta
participación deficiente del intelecto”. Este punto es crucial. Se comprende mejor
atendiendo a la distinción entre sentidos internos y externos. Los internos son sentido
común, imaginación, memoria y la estimativa. Aunque son materiales en su naturaleza,
tienen mayor libertad respecto de las presiones y los confinamientos de la materia que los
sentidos externos. No entran en contacto directo con las cualidades sensibles de los
cuerpos mas deben depender de los sentidos externos para su conocimiento de los
objetos.
El sentido común es la raíz común y el principio de los sentidos externos. Es el
poder de distinguir una sensación de otra a la vez que une sensaciones diversas para que
tengamos una experiencia unificada de las cosas. El principio del sentido común es
integración y síntesis en conjunto con todos los otros sentidos.
La imaginación es el poder de ver cosas materiales cuando no están. Dado que el
conocimiento poético es un conocimiento fundado en la realidad, las cosas como son, el
cultivo de este poder de imitación es enormemente importante en proveer el material
sobre el cual las ideas se forman en el intelecto, especialmente en esta sociedad cada vez
más aislada que pasa cada vez más tiempo alejada del mundo real.
La memoria es un poder de recordar experiencias del pasado e identificarlas como
pasadas. Es el poder de revivir el pasado en forma de imágenes. Nos prepara para pensar,
comprender, basados en las experiencias de percepción por los sentidos, las cuales, como
se las presenta aquí, son los poderes inmediatos del conocimiento poético.
La estimativa parece ser el amo de todas. Es la habilidad de todo animal, inclusive
el hombre, de reconocer, sin información previa, lo que es bueno y lo que es malo para él.
Es el reflejo sensitivo que pone el fundamento para la prudencia. La habilidad de conocer
sin el trabajo de discurrir. No penetra la naturaleza de las cosas, pero se da cuenta a través
de imágenes, por eso la llama un sentido cognitivo.
Dos apetitos, o emociones en términos modernos, entran en juego cuando un
objeto es percibido por los sentidos: el concupiscible y el irascible. Los movimientos del
irascible (temor, coraje, esperanza e ira) están al servicio del concupiscible para alcanzar
la meta de algún bien, un punto de descanso. Si el bien aparece como inalcanzable,
entonces se experimentan la desesperanza y el odio. La psicología moderna reconoce que
es el apetito de placer y no el irascible el que debe prevalecer en una persona
mentalmente sana. La experiencia poética –conocimiento, educación- escapa, de alguna
manera, las emociones del irascible, del temor, y descansa en el placer.
Los sentidos externos e internos son penetrados por la luz de la inteligencia y
tienen un valor cognitivo. La inteligencia no sólo es capaz de abstraer la esencia de los
objetos materiales y formar conceptos –un acto esencialmente espiritual-, sino que hay
una función del intelecto que puede estimularse para trabajar sobre los conceptos,
analizándolos y demás. Esto es la razón o intelecto discursivo.
Vemos que la reacción cuerpo-alma frente a los objetos es apropiarse de su
realidad material e inmaterial espontáneamente y sin esfuerzo, casi de un vistazo podría
decirse. Esta operación completa es poética, en primer lugar porque es sensible, esta
habilidad sensible-abstractiva del sentido-intelecto; y también porque el movimiento es
espontáneo y metafórico. La habilidad del intelecto de “leer dentro”, espontáneamente,
-este poder del intelecto intuitivo, movido por las pasiones, especialmente el amor- es, en
el fondo, el reino del conocimiento poético.
El objeto propio de la voluntad es lo bueno; esto es, algo que es deseable. Cuando
los sentidos, todos ellos trabajando juntos, ven, proveyendo al intelecto no sólo la imagen
para la abstracción de la forma, sino cuando lo visto es deseable, poseyendo alguna clase
de belleza, entonces la emoción concupiscible del amor mueve el intelecto y da a la
voluntad, primero, antes de cualquier deliberación, un deseo del objeto. Deben
distinguirse dos movimientos de la voluntad, uno más asociado al conocimiento intuitivo
y a la experiencia poética que el otro. Hay un doble elemento en la voluntad también: la
voluntad amante y la voluntad ejecutiva, movimientos naturales de la voluntad, que son
impulsos hacia lo bueno, y movimientos deliberados de la voluntad que son impulsos
hacia bienes particulares. ¡Qué diferente es esta voluntad amante de la imagen popular
de la voluntad en general como el reino de la energía, el ejercicio y la fuente para “hacer
las cosas”! Es la naturaleza de los apetitos sensibles funcionar de acuerdo con la
voluntad. No es la razón la que nos atrae hacia las cosas, no es la mente, sino los apetitos,
principalmente del amor, esto es deseo, que posee un sentido cognitivo de la bondad y la
maldad.
Resumiendo: hay dos formas en que el término “poético” ha sido aplicado al
conocimiento. Primero, hay un aspecto de todo acto de intelección, en todas sus partes,
que es espontáneo, sin esfuerzo, y no requiere otro estímulo que la presencia del objeto a
ser aprehendido, donde la mente alcanza el conocimiento material e inmaterial por vía de
los sentidos y la cualidad universal es abstraída. Este es el cimiento del conocimiento
poético ya que antecede a trabajo de la volunta deliberativa y a todo examen racional
sobre la existencia del objeto. En segundo lugar, hay simples experiencias particulares
que comienzan en el asombro y pasando por el apetito concupiscible donde existe la
integración armoniosa de los sentidos externos, internos, apetitos, voluntad e inteligencia,
conociendo lo bueno y lo bello en una cosa, conociendo esto simplemente en reposo,
amor y adoración. Las cosas de la naturaleza y cosas hechas por el hombre en la medida
en que se conforman a una proporción que se encuentra en la naturaleza, proveen la
experiencia y el conocimiento poéticos, sin el cual, de acuerdo con el principio socrático,
todos los demás modos de conocimiento están vacíos y carecen del primer conocimiento
remoto de sus fines.
Capítulo 3: Conocimiento connatural, intencional e intuitivo.
De la filosofía de Aristóteles y Tomás de Aquino, emergió una metafísica de la
cognición en la cual “intuición” significa el acto no-discursivo del intelecto que adquiere
los primeros principios sin ayuda de la demostración por medio de pruebas. Hay algo
poético en este aspecto de la cognición, en el hecho de que es un acto espontáneo,
espiritual, que reconoce una realidad inmaterial en el objeto inmediato. Estas intuiciones
basadas en los sentidos externos e internos crean imágenes sobre las que la memoria
refleja4, pues ningún otro tipo de pensamiento, excepto la intuición, es más preciso que el
conocimiento científico, dice Aristóteles, y, como resultado, la intuición es la fuerza
originante del conocimiento científico. Santo Tomás, en el comentario a De Anima, dice
que los sentidos son cognitivos porque pueden recibir especies sin materia, y el intelecto
es más cognitivo porque está más separado de la materia y sin mezcla. Para conocer, uno
debe en cierta manera hacerse otro, pues conocer es ser otro. Es una suerte de
participación en el ser del otro, no en tanto este otro, el objeto, es una existencia
individual distinta del sujeto cognoscente, sino en tanto el sujeto por conocer se hace en
el orden de la intención y vive la idea, la realidad, que es el objeto. Intuición es la
espontánea percepción de que hay algo allí, fuera de la mente, pero que la mente no
puede sino conocerlo. Se incluye en el conocimiento poético por su dependencia de la
vida sensible del alma y la naturaleza espiritual, no esforzada, de la percepción en este
nivel. El orden intencional de conocimiento es conocimiento pre-lógico en el modo
4
“reflects” ¿Reflexiona? ¿reverbera?
poético porque conoce por inclinación hacia el objeto de una manera simpática, todavía
basada en los sentidos, aunque más elevada que la intuición, pero todavía lejos de la
actividad racional o analítica.
Por lo tanto, dado que la mente como poder inmaterial de conocimiento debe,
para conocer, ser capaz de recibir algo igualmente inmaterial de los objetos de la realidad,
se sigue que hay una forma de la cosa, su sustancia inmaterial, obviamente no su
presencia física, que se imprime en la mente a la manera de la famosa analogía de
Aristóteles sobre el sello que se presiona en la cera. La recepción de la forma intencional
del objeto es el impulso cognitivo más básico e intuitivo, el primer reflejo para
experimentar el conocimiento como unión, posesión, con la esencia (forma) de la cosa a
ser conocida. Esta metafísica de la cognición reconoce que los más básicos procesos
involuntarios de conocimiento poseen una analogía con la poesía en el sentido de que
conocer simplemente que una cosa es, esto es tener un conocimiento de ser, incluye entrar
en el objeto y poseerlo espiritualmente. La poesía siempre busca la unión, y es unión lo
que busca lograr la mente para que pueda haber conocimiento alguno. Renard:
“Conocimiento es unión, una unión inmaterial o intencional, entre el sujeto cognoscente
y el objeto conocido”. Este conocimiento de los objetos es intuitivo, no asistido por el
discurso racional y, rápido como el guiño de un ojo, procede de un acto de los sentidos
externos, a los sentidos internos, siguiendo hacia los apetitos, el intelecto y la voluntad.
Pero cada aspecto de estas potencias opera naturalmente.
Las teorías modernas sobre el conocimiento, dominadas por un modelo
mecanicista del hombre, atribuyen estas cualidades al cerebro, mas por extraordinario y
misterioso que sea el cerebro, sigue siendo un órgano material del cuerpo, y, por lo tanto,
debe ser la mente, el alma, que usa los poderes del cerebro para lograr la unión.
Si bien es cierto que el conocimiento científico es más preciso desde el punto de
vista de la verdad lograda a través de la dialéctica y, por comparación, el conocimiento
poético es oscuro e incluso defectuoso como dice Santo Tomás, todo primer
conocimiento, conocimiento del ser y del universo, hasta el acto más elevado de
abstracción, descansa en esta intuición fundamental que conduce al conocimiento íntimo
en el orden intencional de que las cosas son, y que estamos en casa con ellas porque
hemos traído sus sustancias a la sala íntima de nuestras almas. Santo Tomás continúa en
otro lugar diciendo que el conocimiento poético y la teología, dado que ninguna de las
dos es directamente proporcional a la razón, utilizan el modus symbolicus, es decir, el
modo simbólico o poético, para comunicar sus verdades.
Dada la experiencia acumulada de conocimiento en el orden intencional, el
cognoscente viene a poseer lo que Tomás describió como conocimiento connatural, un
paso más allá del orden intencional, y más cerca del poético. Ser connatural con una cosa
es participar de alguna manera con su naturaleza. Tomás usó el término para designar una
de dos formas por las que formamos una rectitud de juicio. La primera es por la razón,
siguiendo los pasos del discurso y la dialéctica. Pero la segunda manera es por una cierta
connaturalidad con la materia respecto de la que se debe juzgar en una determinada
instancia, porque por medio del hábito, de la familiaridad, no del discurso racional, el que
juzga se ha vuelto connatural con las circunstancias que tienden a producirse de una
cierta manera una y otra vez. Puede decirse que se juzga por simpatía. Maritain: “En este
conocimiento a través de la unión o inclinación, connaturalidad o congenialidad, el
intelecto no juega solo, sino unido a las inclinaciones afectivas y las disposiciones de la
voluntad, y es guiado y dirigido por ellos”.
La forma en que las ideas surgen en nuestra mente es poética. Esto significa que
el instante que los sentidos entregan una imagen de la realidad física a nuestras mentes,
tenemos conocimiento de que hay algo allí, que hay existencia más allá de nosotros
mismos y a la vez parte de nosotros mismos. Entonces, la estimativa trata de determinar
si el objeto es malo o bueno para nosotros. En este punto se logra el conocimiento sin la
ayuda de un acto racional; más bien es el intelecto que ha penetrado el poder de los
sentidos. Por supuesto que a este nivel podríamos estar equivocados respecto de la
bondad o maldad del objeto. Pero con el conocimiento intuitivo-poético, las potencias del
alma han compuesto una cosa “musical”, sonando una nota de los sentidos externos y
resonando a través de las facultades interiores, un acto poético que sin ningún esfuerzo
reúne impresiones e imágenes y espontáneamente da un conocimiento espiritual del ser,
una especie de canción de la realidad. Desde las más imperceptibles conexiones del
preconciente espiritual que descansa en los reflejos del primer conocimiento del ser en
los sentidos, hasta el más cultivado hábito de la sensibilidad o la visión poética, somos,
de parte a parte, seres poéticos, incluso cuando nos movemos entre las más ordinarias
experiencias de cada día. El asombro es el principio, el argé, y por lo tanto, en cuanto
comienza la indagación filosófica, comienza la ciencia, y los resultados que nos alejan
del asombro. Sin embargo, este espíritu poético nunca deja de operar a través de la
verdadera filosofía. La mayoría de las personas de hoy han dejado de creer en esta forma
ordinaria y de todos los días del funcionamiento de nuestra mente con la realidad que es
poético y que informa todo lo que puede ser conocido.
Para prevenir algunas confusiones debo decir que a la luz de la diferencia entre el
poder de abstracción del intelecto para conocer las esencias y el conocimiento connatural
de una cosa como un objeto concreto, ambos son actos del mismo intelecto, y ambos
producen una íntima unión con el objeto -la primera en el concepto, el segundo en una
especie de experiencia vicaria por vía de la inclinación, la simpatía, la congenialidad. Se
puede anticipar la acusación de subjetivismo, pero debe separarse la noción popular de
subjetivismo del término subjetividad. El primero no reconoce realidad alguna fuera de
si mismo. Andrew Louth: “A la ciencia le concierne la verdad objetiva, independiente de
quien observa. Los experimentos deben ser repetibles por otros experimentadores. La
verdad objetiva en este sentido, busca quedar separada de la subjetividad del
observador. La verdad subjetiva es una que no puede separarse del observador y su
situación. Puesto así, parece obvio que la verdad objetiva es real, mientras que la
subjetiva no alcanza a serlo. Mas la reflexión posterior sugiere que oponerlas es
simplificar excesivamente. Cuando Kierkegaard clamaba que toda verdad yacía en la
subjetividad, el quería decir que la verdad que podía expresarse objetivamente (de modo
que fuera la misma para todos) era mera información que concernía a todos y a nadie.
La verdad real, una verdad por la que un hombre daría su vida, era esencialmente
subjetiva: una verdad apasionadamente sostenida por el sujeto. Decir entonces que una
verdad es subjetiva es decir que su significado yace en el compromiso del sujeto con ella.
Esto no significa que no sea objetiva en sentido alguno.” En otras palabras, una verdad
subjetiva es una verdad que uno la ha vuelto propia. El conocimiento deja de ser mera
información y pasa a ser existencia y reconocida como real. La experiencia poética
conducente el conocimiento poético tiene que ver con llevar a los hombres a un
compromiso con lo que es verdadero. Lo que importa es el compromiso con la realidad,
no el simple discernimiento de la realidad.
Para Maritain hay tres clases de conocimiento en este sentido: (1) conocimiento
por connaturalidad intelectual, donde un concepto se forma intuitivamente, como en los
modos científico y filosófico de conocimiento; (2) un conocimiento no conceptual por
connaturalidad, como en la contemplación donde las realidades divinas se experimentan
pero son inexpresables por la unión de amor; (3) conocimiento de intuición creativa,
cuando la realidad viene a ser enterrada en la subjetividad y es alcanzada en su
consonancia concreta y existencial con el sujeto como sujeto. Esto es conocimiento
poético por connaturalidad afectiva. Dice que es de este conocimiento por connaturalidad
afectiva que emerge el poema como el cumplimiento del deseo de expresar la
experiencia. “No hay poema sin experiencia poética… pero puede haber experiencia
poética sin poema (aunque no hay experiencia poética sin el germen secreto de un
poema, por más pequeño que sea.” Debido a que el asombro es una experiencia poética,
podemos afirmar, en sentido amplio, que todos los hombres son poetas. Cada vez que
conocemos algo, poseemos el germen secreto de un poema. Cuando el germen secreto se
convierte en fruto, hay conocimiento. Al final, aprendemos a amar lo que es bello, y de
este modo conocer también lo verdadero y lo bueno.
Josef Pieper también reconoce que poseemos estos momentos poéticos de
conocimiento intuitivo, experiencias a las que se refiere como un shock: “El acto de
filosofar, la poesía genuina, un encuentro estético, de hecho, lo mismo que la oración,
surgen de algún shock. Y cuando se experimenta ese shock, el hombre siente la no
finalidad de este mundo de cuidado diario; lo trasciende, da un paso más allá de él”. Ese
paso es el del conocimiento poético donde el nunc fluens, el fluir de sucesivos “ahora”
del tiempo, es trascendido y tocamos, o somos tocados por, aunque sea breve y
oscuramente, el nunc stans, donde el tiempo de este mundo hace más que quedarse
quieto, ya no es, y en su lugar hay un eterno ahora. Ejemplos comunes y diarios
contienen este aspecto de perder la noción del tiempo: el tiempo perdido en el juego
infantil; el tiempo que parece desvanecerse cuando los amantes están juntos, solos; las
horas que simplemente han pasado durante una comida en que hubo vino y vivaz
conversación.
La experiencia poética, o emoción estética, tiene el poder de llevarnos
espiritualmente al objeto de asombro, es cierto; pero lo que vemos allí, lo que
experimentamos, es todavía el resultado de nuestras potencias naturales. Pieper
comprende precisamente que una educación por las musas es una educación del ocio.
Para entender mejor la noción de ocio y educación es necesario comprender lo que se ha
levantado contra él. Desde que han emergido las filosofías modernas no se considera
conocer la verdad como algo natural, o incluso posible, donde lo que se reconocía como
evidente es reemplazado por un sistema de duda. Bajo estas condiciones, dice Pieper, el
conocimiento es percibido exclusivamente como trabajo, más que como un acto de ocio.
En otras palabras, la idea moderna del aprendizaje está dominada por la ratio, y los actos
de simplex intuitus de la mente son considerados irrelevantes para la idea científica de
conocimiento. No hay “cosas dadas” ni puede tomarse en serio la “inspiración” como
conocimiento válido –todo es trabajo mental y el estudiante se convierte más y más en un
trabajador intelectual. Se abre el camino para que el colegio y todas sus operaciones
funcionen cómodamente con la imaginería análoga a la de una fábrica donde los
productos se producen para un mercado.
Por otra parte, de la mano con esta visión del estudio como trabajo, surge una
valoración exagerada del esfuerzo como fuente de mérito. A pesar de la ética del trabajo
del mundo moderno, no hay un valor intrínseco en la dificultad como tal, especialmente
cuando se refiere al conocimiento. Santo Tomás, respecto de esto, dijo: “No todo lo que
es más difícil es necesariamente más meritorio; debe ser más difícil de tal manera que
sea bueno de una forma más elevada”. La ciencia moderna, cortada de toda metafísica,
está en guerra con el conocimiento poético. La educación moderna incluso ha convertido
el juego en una especie de trabajo ya que se juega como medio para aprender algo
distinto y no como si el juego fuera un fin en si mismo.
Pieper ve que la fiesta está en el origen del ocio. “Tener una celebración significa
afirmar el significado básico del Universo y un sentido de unidad con él, de inclusión
dentro de él”. Esto es así debido a la naturaleza de nuestro ser completo donde la mente
entra en juego bajo el estímulo del ocio y la realidad develada, donde nuestra percepción
sin esfuerzo participa, y tiene la capacidad, de aprehender “lo espiritual de la misma
manera que nuestro ojo aprehende la luz, o nuestro oído el sonido”. Es este aspecto
espiritual de la realidad que es visto por el intelecto que nos permite sentir la no-
finalidad, esto es, lo eterno. Experimentamos en el ocio el sentido básico del universo y
un sentimiento de unidad con el porque hay una tristeza en la realidad, como la
experiencia más pronto o más tarde deja en claro. Haber visto en el sentido poético es
haber tocado un reposo gozoso, y partir de ese gozo es un asunto triste. Normalmente la
pasión irascible de la esperanza nos sustenta con una anticipación del reposo y la alegría
que más tarde o más temprano regresará. Cuando el hábito del conocimiento poético se
descubre en la vida de un maestro, todos los temas se ven bajo una nueva luz. El maestro
se convierte en el poeta de la historia, la ciencia, la aritmética, así como salva las lenguas
y la literatura del tratamiento mortal del análisis científico.
En síntesis. Se distinguieron cuatro grados del conocimiento: poético, retórico,
dialéctico y metafísico, que fueron descubiertos en la antigüedad y sostenidos válidos en
la Edad Media y hasta el Renacimiento. Si bien Sto. Tomás consideraba que el modo
poético era el menos confiable desde el punto de vista de la lógica, también lo
consideraba bastante real como camino para conocer la verdad de las cosas, y, de hecho,
como el fundamento de todo razonamiento discursivo. Lo llamaba conocimiento por
connaturalidad, un camino intuitivo refinado por el hábito, de conocer la verdad
inmaterial y trascendente. Tener este primer conocimiento intuitivo de las cosas es tener
simpatía con ellas, con el ser, y en este sentido el conocimiento poético es más elevado
que la metafísica porque su conocimiento es de participación dentro de la cosa misma,
más que una mera descripción. Puede concluirse fácilmente que una ciencia moderna que
ha rechazado el sentido poético de la vida también rechaza las respuestas humanas
espontáneas a una realidad objetiva que percibe el mundo como bueno (bello) y
verdadero. Mas si sólo hay materia torpe y unidimensional entonces no puede
sorprendernos que la ciencia moderna, a pesar de todas sus buenas intenciones, también
de al mundo armas, máquinas y juguetes para destruirse a si misma. Algo en verdad
sucedió a la tradición que cuidadosamente dividía y reconocía los grados del
conocimiento; algún radical cambio en la filosofía tuvo lugar luego de la Reforma y el
Renacimiento, una nueva filosofía que puede decirse que terminó con la visión
predominante de la psicología y la antropología clásica y medieval, e impulsó lo que se
denomina la visión moderna del hombre. Esta nueva forma de ver, más allá de todas las
ideas de liberación y plenitud asociadas a ella, desde el Renacimiento hasta la actualidad,
es realmente una percepción del hombre y sus potencias para conocer su mundo mucho
más estrecha, confinada y restringida que todo lo que la precedió.
Capítulo 4: Descartes y el legado cartesiano.
El espíritu inquisitivo antes de la ruptura de la Europa medieval estaba dominado
por una creencia en que había ciertas cosas dadas que podían ser tomadas por el
inquisidor como verdades que no requerían un elaborado sistema de prueba. De hecho, se
las llamaba certezas primordiales5, que simplemente no pueden probarse. Hay ciertos
aspectos auto-evidentes de la realidad que yacen abiertos a nuestros sentidos e
inteligencia.
En 1637 René Descartes publicó el Discurso del método para guiar bien la razón
y buscar la verdad en las ciencias. Fue una grave decisión de Descartes la de confiar
exclusivamente en su propia razón y no en la tradición y autoridad del legado filosófico
del a Iglesia Católica, que incluía aquellas partes de las miradas Realista e Idealista que
admitían la validez de los distintos modos de conocimiento. Él sólo podía admitir ideas
claras y distintas como válidas. Proponía un método universal para todas las ciencias.
Irónicamente, el no estaba disputando con la escolástica del pasado, sino con el
escepticismo, una corriente que el notaba en la educación de entonces, como resultado de
la influencia de Montaigne. Descartes creía que su duda metódica estaba diseñado para
conducirlo a alguna verdad cierta. Sin embargo, la introducción de su método, desde el
principio presenta dificultades incluso para clarificar qué eran, una vez aceptados,
términos definidos. La confusión aumenta porque algunos términos entonces familiares
de la antigua tradición son usados de manera diferente. Descartes reduce nuestras
funciones mentales a sólo dos, deducción (razón) e intuición, pero esta no es la intuición
a la que nos venimos refiriendo. Para Descartes es exclusivamente una función de la
mente, y no el fruto del trabajo de los sentidos externos y los sentidos internos con la
realidad penetrado por la luz de la inteligencia. Es una pura actividad intelectual, una
visión intelectual que es tan clara que no deja lugar a la duda.
Básicamente, Descartes ha aislado un modo de conocimiento, de los cuatro antes
descriptos –el de la certeza matemática, o dialéctico- y lo ha impuesto a todos los otros.
Más aún, ha cambiado el sentido tradicional del término intuición e insistió en que todo
conocimiento, para ser válido, tiene que tener la caridad y precisión de un problema
resuelto. Esto último introduce la perniciosa noción de que el conocimiento es en si
mismo un problema, que todo conocimiento surge del trabajo, emergiendo el trabajador
intelectual. El estudiante ahora debe comenzar exactamente con lo que antes no se
comenzaba: un método sistemático auto-consciente y la duda respecto de lo dado
previamente. Estos reemplazan el conocimiento espontáneo del ser y la realidad que
carecen de necesidad de demostración.
Descartes estableció cuatro reglas: 1) Nunca aceptar una verdad a menos que yo
la reconozca como una cierta y evidentemente; 2) Dividir cada dificultad con la que me
encuentro en la mayor cantidad de partes posibles; 3) Pensar de manera ordenada cuando
se busca la verdad, comenzando por las cosas más simples y fáciles de comprender; 4)
5
Primeros principios.
Hacer las enumeraciones tan completas y las revisiones tan generales que pueda tener
certeza de no omitir nada. El rigor y el esfuerzo de la matemática es el único medio cierto
de descubrir y demostrar la verdad. Daniel J. Sullivan presenta el obvio error: “El hecho
de la existencia del mundo exterior no es una verdad abstracta… El hecho de que existe
es algo que descubrimos, y no algo que probamos… Que el filósofo pida pruebas de la
existencia real de las cosas contingentes, incluyendo su propia existencia, es traicionar
la evidencia de la intuición fundamental de sus sentidos e intelecto”. Young: “(El hecho
de partir de su autoconciencia) lo llevó a una gran división entre el alma, a la que
describió como una cosa pensante sin extensión, y el cuerpo, que es no pensante y
extenso. Decía que no conocemos las cosas directamente, sólo conocemos nuestros
pensamientos directamente”. Simplemente no podemos conocer nuestros pensamientos
de las cosas antes de conocer lo que las cosas son. Si Descartes está equivocado respecto
de este nuevo primer principio –cogito ergo sum- entonces todo lo que sigue está
equivocado más allá de todas las buenas intenciones que tenga de alcanzar el
conocimiento positivo.
Un problema fundamental con el Discurso es que no todo es conocido clara y
distintamente como e Método reclama. De hecho, hay diferentes tipos de certeza, una, por
ejemplo, en la ética, otro en matemática. Saber que 2+2=4 no es lo mismo que saber que
la definición de Justicia es dar a cada uno lo que le corresponde.
Bajo la filosofía cartesiana la mente queda virtualmente aislada del cuerpo, lo
mismo que definiendo la primera función de la mente como una facultad crítica. La
visión cartesiana es una de las grandes filosofías desintegradotas de todos los tiempos,
con su tendencia a oponer la mente a las potencias sensoriales e intuitivas de la armonía
cuerpo-alma tan reflexivamente descubierta y cuidadosamente descripta desde Sócrates
a Santo Tomás. Maritain percibe este angelismo como el más grande error de la filosofía
de Descartes, esto es, el comenzar con la proposición de que el hombre es esencialmente
una sustancia pensante, una definición reservada hasta entonces para los ángeles cuyo
intelecto está siempre en acto con respecto a los objetos que le son inteligibles. El
segundo problema emerge de su impaciencia con el modo discursivo del intelecto. Esto
causa una desintegración de la natural unidad del cognoscente para conocer –insistiendo
en que todo conocimiento, luego de un ejercicio en el rigor del método matemático, sea
angélicamente intuitivo, solamente cierto cuando puede verse claramente de una mirada.
Maritain: “En Descartes el resultado es la más radical igualación de las cosas del
espíritu: una misma única clase de certeza, rígida como Ley, se impone al pensamiento;
todo lo que no se puede poner de esta manera debe ser rechazado. Exclusión absoluta de
todo lo que no es matemáticamente evidente.” Por último, y de gran significado, es el
hecho que después de Descartes todo conocimiento queda restringido exclusivamente a
las ideas de los objetos en el intelecto.
Tras Descartes, otros filósofos surgieron llevando alguna marca de la influencia
cartesiana. David Hume (1711-1776) compartía la radical separación entre la mente y el
cuerpo, y que inferimos la realidad por las imágenes en nuestra mente. Sin embargo, en
contraste con Descartes, Hume era un empirista, y pensaba que no conocemos más que lo
que los sentidos y las emociones pueden ofrecer. Imanuel Kant, sin la confianza en el rol
de las potencias sensoriales emotivas integradas con la mente, plantea que sólo
conocemos impresiones de la realidad, y no la realidad misma. Un nuevo y radical
idealismo plantea que sólo conocemos nuestros pensamientos, y que lo que llamamos
realidad es una mera proyección del pensamiento sin certeza de una existencia real e
independiente fuera de ellos.
Más influyente filosóficamente, y especialmente para la filosofía americana de la
educación es John Dewey. El legado de Descartes a Dewey es el amor por el método, el
proceso y las herramientas de la ciencia. Dewey separó la ciencia de toda tradición
metafísica, y avanzó exclusivamente en el campo de la resolución de problemas para las
necesidades inmediatas. Su filosofía, habitualmente llamada pragmatismo, no rechaza
explícitamente los otros modos de conocimiento, pero no les da valor real alguno.
Influenciado por Locke, Kant y Descartes, todo aprendizaje ahora se convierte en algún
tipo de esfuerzo y trabajo, que Dewey modela a partir de la dinámica idea de la
democracia y el cambio social, donde el aprendizaje tiene como fin la plenitud de una
sociedad progresista siempre cambiante que se mueve hacia un objetivo perfectivo.
Dewey: “Creo que la única verdadera educación proviene de la estimulación del as
potencias del niño por las demandas de las situaciones sociales en que el niño se
encuentra”. Todo aprendizaje es experimental, en el sentido científico, y sujeto a las
condiciones del ambiente. Esta radical aplicación del método científico a la educación
reduce al cognoscente a un mero revolvedor de problemas, dudando de todo, robando
todo, hasta que el problema queda resuelto, lo que para Dewey constituye el acto de
pensamiento completo. Todo aprendizaje es dinámico y activo, en oposición a la
naturaleza receptiva del cognoscente. Enseñaba que los colegios eran instrumentos de
cambio social y no de educación. Dewey rechaza el modo poético porque ni sigue un
proceso científico ni apunta a fin social alguno. La verdad encuentra su significado en la
funcionalidad y no en la ontología. El proceso de pensamiento de Dewey es un legado de
método de Descartes. No negamos que se puede pensar por medio de un proceso de
pensamiento, pero es una falacia afirmar que se trata de la única manera de pensar.
Dewey contribuye a extender la idea del pensamiento y el conocimiento como trabajo,
poniendo el trabajo de la razón por encima de las recepciones pasivas del intelecto.
Interesantemente sus ideas y el énfasis puesto en lidiar con el conflicto decambio
social resultó atractivo a algunos marxistas, lo que es lógico porque ambos sistemas son
materialistas y tienen poco que ver con las verdades eternas de belleza o bondad. El
problema del conocimiento poético en este marco es que no es progresivo ni colectivo,
pues es una iniciación subjetiva al eterno ahora de las cosas y habita en las cosas
permanentes que ni progresan ni retroceden sino que son.
La fenomenología engendrada por Kant plantea que para que una cosa sea
conocida todo un contexto debe estudiarse, y se debe realizar un gran trabajo de análisis
sobre el significado de cada suceso. En la fenomenología esta implícita una profunda
desconfianza del juicio de los sentidos y de todas las potencias integradas del
conocimiento que se asocian no sólo con el modo poético sino con todo el conocimiento.
El existencialismo, que ahora es tan citado tanto por teólogos como por ateos,
comienza con un subjetivismo radical está siempre en peligro de crear a un Dios tan
personal que se vuelve privado e indistinguible del hombre y, rechaza todo primer
principio y significado, al punto que el suicidio puede ser un acto positivo contra un
mundo absurdo y sin sentido.
¿Cuál es el nexo común de las filosofías modernas con Descartes? Pueden
mencionarse tres: 1) todas comienzan con la autoconciencia, la mente, como punto de
partida de la realidad, opuesta a una existencia independiente fuera del cognoscente; 2) la
duda, como en el modo científico moderno, es el método de procedimiento para
establecer, de ser posible, la certeza, o algún tipo de agenda social experimental; 3) todas
ellas desconfían o rechazan la visión tradicional de que los sentidos, internos y externos,
están íntimamente integrados en el acto de conocimiento con la voluntad y el intelecto, y
tienen, como son, una potencia cognitiva en si mismos.
Cualquier escuela filosófica que pretende que una ciencia particular (matemática
y el método científico en el caso de Descartes) debe aplicarse a todos los otros campos de
conocimiento, impondrá una inflexibilidad formal a todo el currículo. Más tarde o más
temprano todo queda reducido a “hechos”. Solo, aunque armado con Hechos, el
estudiante puede volverse arrogante, con una sensación de dominio sobre la naturaleza,
mirando al universo más y más como un problema y un obstáculo a ser conquistado en
vez de como una realidad compañera de la cual aprender.
Cada siglo ha escuchado la advertencia de no dejar de lado la dimensión espiritual
de la existencia. Por casi mil trescientos años la Iglesia ha enseñado la doctrina de la fe y
la moral en lo llamaríamos el modo poético. Esta certeza de la habilidad de las cosas
bellas6 para enseñar a través de las potencias sensibles iluminadas por el intelecto no se
expresa mejor en otro lugar. Estas expresiones surgieron de la oración oficial y central de
la Iglesia, llamada liturgia, pasada en su más larga tradición en Occidente en latín. Dice
Santo Tomás que como el conocimiento de Dios no es directamente proporcionado a la
razón el modo de la poesía, aunque defectuoso en comparación con la metafísica, es
necesario para expresar las verdades sobrenaturales y es superior a la metafísica en este
sentido.
En el Renacimiento y los tiempos posteriores, aunque la belleza de las iglesias
permaneció, lo mismo que la liturgia, el énfasis en la enseñanza en los colegios se
traslado a lo racional con un discurso agregado para luchar contra el protestantismo.
Luego de la Reforma y el concilio de Trento se dio una tendencia mayor a instruir a los
católicos en una serie de artículos de la Fe, a predicar sermones más que a ofrecer
homilías más meditativas, en una comprensible reacción defensiva de la Iglesia. Pero
esta aproximación más sistemática presenta una mayor confianza en el método y apela
más a la razón y a los rigores de la apologética. En la medida en que los protestantes
sacralizaron la respuesta subjetiva a la religión, los filósofos y teólogos católicos
desconfiaron cada vez más de los sentimientos y las potencias emotivas. La Fe se
presentó más como un problema a ser explicado, una demostración que requiere la
prueba. La visión calvinista de la predestinación que degrada las capacidades humanas
finalmente influyó en el catolicismo a través del jansenismo que negaba al hombre la
capacidad para libre y naturalmente conocer y amar a Dios.
En reacción contra el calvinismo y el jansenismo Rousseau escribió en el Emilio
otra visión desintegrada del hombre. Uno ve que por más que su visión sobre los sentidos
es perceptiva y hasta tradicional, en realidad no va más allá de los sentidos. No logra ver
su verdadero propósito al estar integrados con las emociones, la voluntad y la
inteligencia. Su optimismo sobre la naturaleza humana niega las evidentes contingencias
de la experiencia humana gran cantidad de evidencia de su obrar contra su propia
felicidad. El naturalismo de Rousseau produce un individualismo radical contrario a la
real necesidad de contar con un maestro más allá de la naturaleza. Además rechaza las
6
Se refiere tanto a la música como a los salmos, las lecturas, los himnos y los elementos propios del culto y
del arte religioso.
facultades naturales de la voluntad y la inteligencia. Produce un anti-intelectualismo y
una glorificación desproporcionada de los sentidos.
El niño genio y articulador del utilitarismo, John Stuart Mill, revela en su
autobiografía que como resultado de los esfuerzos de su padre para educarlo en orden a
convertirlo en un genio en la tradición racionalista, dejando de lado completamente el
modo poético, lo llevó a la depresión y a tener pensamientos de suicidio. Mill: “Percibí
que el hábito de analizar tiene una tendencia a desgastar los sentimientos, como en
realidad lo ha hecho. (…) parecía no haber poder en la naturaleza capaz de volver a
formar mi carácter y crear en mi mente, ahora irrecuperablemente analítica, frescas
asociaciones de placer con cualquiera de los objetos de deseo humanos.” Luego, por
accidente, leyó un libro de Marmontel, sus memorias, donde cuenta la muerte de su padre
cuando era todavía un niño pequeño. De pronto, la escena llena a Mill de compasión y es
conmovido hasta las lágrimas. En ese momento, dice Mill, toda la oscuridad fue
levantada. “Había aprendido que las susceptibilidades pasivas necesitan ser cultivadas
lo mismo que las capacidades activas, y requieren ser nutridas y enriquecidas lo mismo
que guiadas. (…) El resultado fue que emergí de mi depresión habitual gradual y
completamente, y nunca más la sufrí.” Mill concluye que las naturalezas no-poéticas
requieren que se las cultive poéticamente.
Los románticos, en su reacción contra el racionalismo, tendieron a aislar las
pasiones y la imaginación, y luego a darles el lugar de potencias supremas del
conocimiento. En sus expresiones más radicales olvidaron que el conocimiento poético es
cognitivo, es decir, que la emociones, siendo potencias cognitivas, no son simples
sentimientos sino que están íntimamente integrados con la inteligencia.
Hay voces (Mill, Emerson, Ruskin, etc.) que son representativas de la reacción
contra la herida recibida en la visión integral del hombre, a la vez que llevan consigo una
visión incompleta de la psicología integrada pre-cartesiana. La evidencia de la
profundidad de la herida se percibe en que aunque luchan por algo que se asemeja al
conocimiento intuitivo, ellos mismos están desintegrados de la visión completa del
hombre sostenida por la epistemología y psicología de las tradiciones clásica y medieval.
Esto es comprensible: hablan desde un mundo dominado por la ciencia, la guerra
mecanizada y la mirada materialista de prácticamente todo. Es un mundo intoxicado –o
deprimido, o las dos cosas-, por la determinación biológica de la teoría de la evolución de
Darwin, el determinismo materialista de Marx, y la teoría del inconsciente de Freud que
explican el comportamiento humano. El surgimiento del capitalismo, con su
individualismo radical, resultando en poblaciones más grandes separadas de forma más
dura por mayores diferencias en bienes reales y riquezas; un cada vez más profundo
subjetivismo en filosofía y religión, todos contribuyen a un general Zeitgeist de la
soledad, la alienación y un comportamiento cada vez más desesperado.
Capítulo 5: Voces a favor del conocimiento poético después de
Descartes.
Henri Charlier comienza donde se debe para una genuina renovación en la educación de
acuerdo con líneas tradicionales –no con edificios, textos o los alumnos, sino con los
maestros mismos y su formación. Dice que para los maestros “es indispensable que la
enseñanza quede libre de una suerte de academicismo de las letras o del pensamiento
que tiende a juzgar todo por medio de ideas generales. La enseñanza debe llenar con la
experiencia intelectual, y no con fórmulas prefabricadas”. Cuanto más se acerquen “al
taller del oficio mejor, porque la crisis de la enseñanza no es otra cosa que una crisis en
el aprendizaje7 intelectual”. Es claro que uno no puede simplemente pensar, uno tiene
que pensar sobre algo. Esto requiere que haya una imagen en la memoria, sobra la que el
intelecto pueda mirar. Una educación que es forzada a enseñar en el campo de las ideas
abstractas formadas del mero lenguaje es virtualmente imposible –uno no puede imaginar
ideas sin la interdependencia de cosas concretas.
Henri Fabre, contra la tendencia de su época a perpetuar una idea del estudio de
los insectos de museo sin vida, era el científico incansable de la observación directa de
las cosas vivas afuera, en los yuyos y juncos y colinas de Provenza. El Dr. Thomas
Shields, profesor de educación de la Universidad Católica, recordaba en su autobiografía,
“El hacer y deshacer de un estúpido”, que su inhabilidad de niño para comprender la más
sencilla lección de aritmética fue eventualmente eliminada e iluminada por el ambiente
natural de su vida en una granja de Minnesota con los trabajos de cada día que esa vida
conlleva. (Entre otros ejemplos) “Una gran parte de la mecánica surge naturalmente de
la comprensión del mecanismo de la palanca. Durante la estación del henaje cada año,
el uso constante del tridente y la horquilla me dio un conocimiento completo de la
palanca (…) Cuando empezamos a enseñar mecánica a partir de la deducción desde
principios abstractos simplemente estamos dando vuelta el orden natural del crecimiento
de la mente”. (Otro:) “Los niños pequeños, al jugar con el subibaja, vienen a comprender
el significado de la palanca de igual y desigual brazo mucho antes de que su mente se
haya desarrollado lo suficiente para captar el sentido de las definiciones abstractas y la
fórmula matemática”. El descubrir estas cosas produce un gozo, gozo del descubrimiento
de la verdad. No hay verdadero progreso en la vida intelectual hasta que el gozo en el
descubrimiento de la verdad se convierte en el motivo principal.
Charlier: “Los inventores de la rueda, los inventores del yugo, no eran
matemáticos, sino mentes observadoras que tenían imaginación”. No sólo está Charlier
en contra de un aprendizaje que es mayoritariamente abstracto y prematuramente
analítico, sino que dice que el medio para impartir este aprendizaje, el lenguaje, se ha
vuelto impreciso. Esta imprecisión se debe en parte a una enseñanza que ha buscado que
los niños retengan lo más posible en la memoria. Este llenar con innumerables pedacitos
de conocimiento amasados por generaciones de hombres es completamente inútil ya que
la mente no sabe como relacionar estos hechos en ideas. El verdadero espíritu de la
enseñanza no es saber muchas cosas sino comprender como distinguir ideas. Esta
habilidad para distinguir cualidades e idea se funda en la experiencia y observación de la
naturaleza de las cosas, tal como se descubren, por ejemplo, en los oficios tradicionales.
La educación moderna está informada por maestros entrenados en sistemas matemáticos
o filosóficos, sistemas de aprendizaje abstractos y cuantitativos.
En su obra Culture, École, Métier, Charlier habla sobre como algunos aspectos
del conocimiento que se adquiere como un oficio pueden introducirse en un colegio, en
las materias del currículo tradicional. Es esencial introducir educación física y música.
Charlier tiene en mente la idea socrática de gimnasia, todo lo que causa que uno esté
consciente de su cuerpo, despertándolo y poniendo los sentidos es alerta respecto de la
realidad. La música es la más violenta de todas las artes, y la que más poderosamente
afecta los sentidos. La música es muy útil en la formación de la sensibilidad. El más
7
“de los aprendices”.
suave golpe en el tambor, incluso si estás pensando en otra cosa, producirá un efecto
físico más poderoso que pintar. Para los griegos “Música” significaba poesía, música y
baile, todo a la vez. Nunca las separaban. La danza es la mejor manera para que los
jóvenes calmen sus sentidos y controlen la violencia de una vitalidad joven que
usualmente usan de mala manera. Fuerza, gracia, fervor de la vida, y una suerte de
majestad proveniente del don completo del propio ser suelen ser los frutos de la danza.
Capítulo 6: Conocimiento Poético y el Programa Integrado de
Humanidades
Carlson: “La Tradición occidental ha dividido el largo itinerario de la educación
liberal en tres etapas, cada una contribuyendo a los tres propósitos de la educación
liberal –humanizar, culturizar y hacer feliz. Estas son las etapas de poesía, artes
liberales y ciencias”. En 1971, tres profesores de la universidad de Kansas, Dennis B.
Quinn, Franklin C. Nelick y John Señor, comenzaron un programa de cuatro semestres
para universitarios de 1º y 2º año, llamado Pearson Integrated Humanities Program
(PIHP). Esta era una época de gran inquietud en muchos campuses americanos, debido a
la guerra de Vietnam y a las luchas por los derechos civiles. Los alumnos de los primeros
años se sentían tratados como ciudadanos de segunda clase, y los programas eran
incoherentes y con cursos obligatorios muy impopulares. El PIHP usaba algunos grandes
libros tradicionales, aunque no era un Great Books Program 8, lejos de ello. Revivía la
actitud receptiva tradicional de los estudiantes atendiendo a clases, pero no tenían
permitido tomar apuntes, tenían que escuchar. De hecho, estas reuniones de 80 minutos
dos veces por semana no se parecían en nada a una clase, sino que más bien era una
conversación entre los tres profesores, uno de clásicos y los otros dos de inglés, que se
habían conocido a raíz de sus ideas compartidas sobre la educación y se habían hecho
amigos. Las conversaciones eran, por decisión previa, sin ensayo previo y espontáneas, y
comenzaban simplemente a partir de alguna cita de La Odisea, o de Herodoto, o de la
República, que interesaba a alguno de los profesores, y esta era explorada por
comentarios, anécdotas, cuentos, historias y conexiones con otras lecturas. Como
resultado, los estudiantes se enganchaban, puesto que el modo de conversación, en
oposición a las clases enlatadas o al tedio del análisis de un texto, es una cosa poética, y
no estaba en la intención de los profesores hablar sobre la educación poética sino ponerla
en práctica. Era extraño que una conversación no estuviera complementada por un
intenso silencio. Y era igualmente raro que en algún punto no se produjera una erupción
de risa. La risa de esta forma es también poética y nos llega como una sorpresa, al
descubrir de pronto la conexión entre dos cosas disímiles.
Entre las reuniones de los martes y de los jueves, los alumnos se reunían en
grupos pequeños a memorizar poesía, verdaderamente de memoria pues no había texto
sino que eran guiados por un alumno que ya la tenía en su memoria. La mayoría era
poesía lírica. La eliminar los libros y manuales de poesía, nada se interponía entre el
estudiante y el poema, ni siquiera sus ojos. La imagen de Don Quijote fue pronto
adoptada por los estudiantes como emblema del programa. La atmósfera pretendía ser
meditativa, no des disputa. De esta manera, las conversaciones reemplazaron la clase
8
Otra corriente pedagógica que se funda en la lectura de las grandes obras de la literatura occidental. Se
puede buscar información por internet o leer las obras de Mortimer J. Adler para introducirse en el tema.
moderna por la lectio medieval, donde los profesores espontáneamente daban un
comentario sobre algún texto. Recibir no es hacer nada, cada conversación necesita de un
escuchador atento, alerta y simpático; de otra manera se deteriora en una mera discusión.
Los profesores revelaron la etimología de la palabra conversación, para mostrar como
significaba dar vuelta juntos en torno a un tema, que era una señal de amistad, y que
implica la atención de toda la persona. Los profesores conocían los nombres de la
mayoría de los alumnos a causa de las conversaciones que tenían con ellos luego de
clases, y por los encuentros con grupos de alumnos en sus oficinas.
Dada la edad de los alumnos, la experiencia directa en juegos, deportes y oficios
no era posible. Más importante, toda una cultura preindustrial estaba ausente de la
experiencia de estos alumnos, y en su lugar había una vida familiar moderna. , artificial y
aislada más y más de la experiencia directa con la naturaleza y la realidad.
Los estudiantes también aprendían caligrafía, el arte de la bella escritura. Se
organizaron salidas nocturnas para observar las estrellas a simple vista y los estudiantes
aprendieron a reconocer varias de ellas, las constelaciones y las historias griegas que las
acompañan. Cada semestre los estudiantes aprendían de memoria varias canciones
tradicionales, habitualmente cantadas por los estudiantes mayores antes de la clase. Esto
pronto produjo una sensación de gozo en los alumnos. Cada primavera los alumnos
preparaban el vals del PIHP. Antes de enseñar La República, los profesores querían que
los alumnos conocieran a Sócrates, lo que hacían por medio de la lectura de la Apología,
donde el ideal de un hombre justo muriendo por amor a la sabiduría los conmovía.
Además de las clases semanales, el PIHP ofrecía Latín, enseñado al comienzo
completamente en forma oral, sin libro de texto ni gramática. Los alumnos, escuchando
atentamente y repitiendo con cuidado lo que escuchaban, aprendían a hablar un latín muy
simple, de memoria, del modo en que un niño aprende a hablar su idioma natal. También
enseñaba retórica, pero sin un estudio formal de estilos clásicos o dolorosos deberes de
investigación. Los estudiantes seguían una aproximación literaria, a partir de las fábulas
de Esopo y los cuentos de Grimm, para hacerlos pensar notando el perfecto arreglo de
comienzo, medio y fin, un pensamiento lógico y la causa y el efecto. Seguían la
formación literaria esperada por Platón y Aristóteles en sus escuelas. Los estudiantes
también revivían momentos de sus infancias al leer estas maravillosas y eternas historias.
Este redescubrimiento de la infancia, que para muchos había quedado trunca, fue muy
importante para el Programa. Sin la reconexión con la infancia y las emociones
apropiadas, los estudiantes no serían enseñables. Este enfoque probó ser apropiado, y un
gran grupo de estudiantes del PIHP se hicieron maestros primarios, y profesofres
secundarios y universitarios. En los primeros años del programa, los alumnos viajaban a
Europa por un semestre completo, y posteriormente en los períodos entre semestres,
conociendo Irlanda, Grecia, España e Italia, donde los profesores y alumnos continuaban
leyendo y comentando los grandes libros de Occidente.
John Señor: “Humanidades significa esos aspectos del conocimiento integral que
tienen influencia directa en el hombre en cuanto a ser humano, es decir en cuanto a que
tiene inteligencia, memoria y voluntad, y las propiedades que se siguen de ellas tales
como libertad, risa, el gozo de la poesía y otras artes, la apreciación de la excelencia en
la naturaleza, el trabajo manual o los deportes. Esta humanidades son precientíficas,
basadas en la experiencia ordinaria.(…) El PIHP no es un intento de hacer avanzar el
conocimiento en absoluto, sino, como el término programa implica, leer lo que las más
grandes mentes de todas las generaciones han pensado sobre lo que debe hacerse si la
vida de cada hombre va a vivirse con inteligencia y refinamiento. (…) No estudiamos
historia para usar el pasado, para ganar a partir de los errores del pasado, o para
ampliar nuestro horizonte; en realidad celebramos los grandes hechos de Maratón,
Roncesvalles, Valley Forge y Gettysburg para que los hombres que allí murieron, como
dijo Lincoln, no perezcan de la tierra”.
Al nivel de los “iniciandos” los estudios liberales deben permanecer pre-
científicos, esto es, en el campo de las potencias cognitivas de los sentidos y las
emociones con nuestras respuestas intuitivas a los trascendentales. “Dice San Agustín:
<< ¿Quién será tan estúpido de mandar a su hijo al colegio para que aprenda lo que
piensa el maestro? >> Lo que dice Platón es mucho más importante que lo que nosotros
decimos de él. Aristóteles, el más grande alumno de Platón, decía que amaba mucho a
Platón, pero más amaba la verdad. Mark Van Doren dice: << El maestro, por supuesto
debe tener autoridad sobre los estudiantes para ser respetado en la forma en que los
estudiantes quieren respetarlo. Pero la autoridad viene naturalmente con el
conocimiento que es lúcido de la forma en que las artes liberales hacen lúcido el
conocimiento >>”.
Brevemente, entonces, la educación científica explica, la educación crítica
disecciona, la educación poética, por vía de los sentidos integrados, experimenta. Por lo
tanto, la posición de los profesores del PIHP era que en el orden del conocimiento la
experiencia viene primero, pero experiencias de dos tipos, experiencia directa y
experiencia participada imaginativa.
La invención de la imprenta puso fin a una tradición oral y conversacional y a la
dependencia/confianza en la memoria, a la que los griegos consideraban la madre de las
musas.
La ciencia moderna no tiene fin en el sentido filosófico porque simplemente busca
analizar cosas, separar las partes e identificarlas, y no puede haber un fina para una
actividad que desintegra, que no se dirige a la totalidad de la cosa. En cambio, la poesía
es un arte y por lo tanto regulada como otras artes que tienen como su fin la plenitud,
algún punto de finalidad y reposo.
Capítulo 7: El futuro del Modo Poético de Conocimiento en la
Educación.
Para terminar resumiendo en la medida en que es posible, ofrezco algunas
distinciones concluyentes entre los modos poético y científico de conocimiento, con lazos
con la educación, y sobre como un colegio en el modo poético podría ser hoy en día.
El latín, por ejemplo, desde los primeros años de primaria, debería ser hablado por
el maestro en oraciones y frases fáciles que identifiquen objetos familiares, con preguntas
sencillas sobre ellos a los estudiantes que deben responder en latín, repitiendo lo que ha
dicho el maestro. Gentilmente, con mucho lugar para el divertimento, el maestro corrige
los inevitables errores, oralmente, siempre en latín. De hecho, durante toda la lección, no
se habla otro idioma. Luego de cinco o seis años puede tomarse la gramática formal.
Incluso en este punto las partes del discurso deberían recibir un trato meditativo –los
sustantivos son términos que dan nombre a cosas, ¿de qué otra manera as conoceríamos
si no fuera por el nombre?
Los nombres y las fechas históricamente importantes no sólo son necesarios
cuando se estudia Historia, sino que además pueden ser gozables para los estudiantes si
quedan engarzados en los cuentos de la historia. Cuando los estudiantes mayores leen las
historias escritas por los hacedores de la historia –La Guerra de las Galias de Cesar, por
ejemplo- esto da una inmediatez al tema y profundiza la experiencia vicaria de los
hechos. En cualquier caso, los manuales de historia deberían evitarse pues son muy
abstractos para la mente de los jóvenes.
La ciencia mira al conocimiento como poder; el conocimiento poético es
admiratio, amor. En otras palabras, lleven a los estudiantes afuera regularmente, y
conviertan incluso un patio trasero en un laboratorio de campo abierto. Una vez más, los
libros de texto en este nivel son una carga, se interponen entre el estudiante y las cosas
admirables. Que ellos escriban sus propias notas, dibujos, poemas e historias sobre lo que
han visto. Biología es la observación de las cosas vivientes, no de las cosas muertas.
Debe decirse, más allá de la defensa del modo poético que hemos desarrollado
aquí, que los otros tres grados del conocimiento también han sido degradados en los
tiempos modernos, y necesitan mucho volver a su status original. Por ejemplo, el
conocimiento metafísico, scientia, la certeza absoluta, es totalmente rechazado en el
mundo moderno. Cuantas veces escuchamos la inconsciente contradicción: no puedes
tener certeza de nada, todo es relativo, no hay verdad, etc. En orden descendente, sigue la
dialéctica, que ha sido ocupada por la ciencia moderna y ha elevado la prueba de
laboratorio al lugar de la realidad metafísica. Luego viene la retórica, que ahora tiene la
connotación que le corresponde, dado que su práctica está casi completamente en manos
de los políticos y otros intereses creados.
El conocimiento científico no da, ni puede dar, una experiencia de la totalidad de
la cosa –sólo la realidad externa, la superficie, las partes, son consideradas reales. Es una
prioridad del modo científico que esté libre de respuestas emocionales a la realidad.
Cuando esta visión científica ingresa en la educación, entonces sólo se pondrá énfasis en
el aspecto deliberativo de la voluntad, y el esfuerzo por conocer algo se considerará una
virtud. Cuando esto entra en la educación religiosa, habitualmente se enseña que el amor
de Dios y el prójimo precisa de un acto de voluntad, un esfuerzo. Más bajo la mirada del
modo poético, tal esfuerzo sólo tiene sentido luego de reconocer que es natural amar a
Dios y desear el bien del prójimo. También es natural que Dios, como nuestro creador,
nos ame y que tengamos una experiencia integrada de su amor. Por otra parte,
normalmente son infrecuentes los actos de voluntad, oraciones, que requieren dientes
apretados y el impulso de la adrenalina. Pero si se piensa que el esfuerzo es la única
función de la voluntad donde los misterios se toman equivocadamente como problemas a
ser resueltos y obstáculos a ser superados, entonces el movimiento activo de la voluntad
se distribuye radicalmente y se parece a las emociones de temor e ira. Si todo lo que una
persona tiene al final de una educación religiosa es una determinación sin alegría de amar
y obedecer a Dios –“Amaré a Dios, obedeceré a Dios”-, una resignada tolerancia al
prójimo –“No me gusta pero lo amaré por amor de Dios”-, entonces han errado con
respecto al crecimiento natural del amor al que se refiere Señor: “El amor crece en cinco
etapas acumulativas, cada una definida por su objeto: padres, animales, niños, niñas,
Dios”.
La atención al modo poético requiere, no exclusivamente pero si en un grado
profundo, una cultura poética fundada en la vida y experiencia diarias, la pregunta sería:
¿es posible esto en una sociedad altamente industrializada y tecnológica basada en la
idolatría del materialismo? Nelick: “Es posible que la poesía y el orden poético del
conocimiento se pierdan, como la cultura y la religión, ciertamente es más tarde de lo
que pensamos. Parafraseando a Nietzcshe, la Poesía ha muerto y los especialistas sin
educación la han matado volviéndola extraordinaria, poco común y, en su propia
imagen, excéntrica”. Para que el sentido poético vuelva verdaderamente, tanto el
comunismo ateísta como el capitalismo liberal deberían desaparecer, así como las
naciones industrial-tecnológicas que han producido. Tendría que surgir una economía
basada en un trabajo y una vida proporcionados al ser humano completo en una unidad
familiar estable, y no relativa al Estado y sus fines materialistas. Francamente parece
imposible visto de esta manera, a menos que se produzca, tal vez, alguna enorme
catástrofe global primero. El fin del siglo XX nos fuerza a mirar con mayor atención,
pues todavía hay una naturaleza, y una naturaleza humana, que puede responder a la
realidad y las cosas permanentes. Simplemente es más difícil ahora. Por lo tanto, parece
que se puede encarar la educación poética en una escala pequeña, tal vez un hogar y una
familia por vez, pero tengo esperanza de que sea una clase o un pequeño colegio a la vez.
Dada la ausencia de un colegio en el modo poético, lo segundo mejor sería una
escuela para maestros. Se requiere muy poco para un colegio poético, no hacen falta
edificios costosos, sólo de buen gusto; no hacen falta amenidades ni lujos, ni fondos, ni
libros caros, ni equipos especiales o aparatos audiovisuales, ni piletas techadas ni
gimnasios, ni equipamientos elaborados del patio, ni costosos instrumentos de
laboratorio, ni computadoras ni televisiones. El modo poético y gimnástico es preservado
con esta deliberada pobreza de forma que muy poco se interpone entre el estudiante y el
maestro y el tema, a la vez que se ahorran miles de dólares. Un colegio en el modo
poético diseñado para recuperar la educación no es una idea romántica o un colegio fácil,
especialmente si se lo compara con los cómodos alrededores y los métodos “siéntete
bien” de la educación moderna. Los alumnos en el colegio real, por ejemplo, tendrán frío
antes de que la sala tome calor de la estufa a leña, y estará calurosa a menos que una brisa
fresca atine a pasar por las ventanas abiertas. En la escuela habría muy pocos libros, los
libros de la tradición occidental. Los estudiantes se convierten en mejores lectores y
escritores leyendo y escribiendo, no por métodos de un programa de artes del lenguaje.
La recompensa para profesores y alumnos es la amistad. Estos fines últimos de la
educación son más difíciles de definir, ya que apuntan al misterioso lazo entre el maestro
y el estudiante que han sido reunidos por algo más que ellos mismos. Algo que ambos
aman y que comienza a circundar a ambos.
FINIS
A. M. P. I.