HABILIDADES TERAPEUTICAS
La Psicoterapia, según la Federación Española de Asociaciones de Psicoterapeutas (1992),
consiste en un tratamiento científico de naturaleza psicológica que promueve el logro de
cambios en la manera de actuar, la salud física y psicológica, la coherencia y la integridad de
la identidad y el bienestar tanto de los colectivos como de los individuos.
Su eficacia reside en el cambio terapéutico que permite al paciente vivir su vida de un modo
más funcional y saludable. ¿Qué factores fomentan este cambio?
Numerosos estudios señalan que la calidad de la alianza terapéutica, que es la relación
establecida entre el paciente y el terapeuta en terapia, es el predictor más robusto del
tratamiento, siendo menos importante el tipo de terapia utilizada al no presentar diferencias
significativas entre ellas, puesto que se encuentran fundamentalmente moderadas por
factores contextuales y relacionales.
Así pues, diferentes características, actitudes y habilidades terapéuticas resultan
especialmente relevantes en la eficacia de la intervención. ¿Cuáles son las más importantes?
Características del terapeuta
Entre las características personales del profesional que favorecen el cambio de sus pacientes
destacan las siguientes.
Cordialidad: expresar (de forma verbal y no verbal) interés, aprecio, ánimo y aprobación por
el paciente.
Competencia: capacidad para ayudar a las personas a resolver sus problemas y mejorar su
confianza en sí mismos.
Confianza: percepción del paciente de que el terapeuta trabajará para ayudarle, sin engañarle
ni tratar de perjudicarle.
Atracción: puede ser física o interpersonal. La primera influye especialmente en la fase inicial
de la terapia, mientras que la segunda es mucho más importante a lo largo de todo el proceso.
Directividad: grado en que el terapeuta da instrucciones, delimita tareas, hace preguntas para
obtener información, proporciona información y retroalimentación... Tanto el exceso como el
defecto de directividad son negativos en terapia.
Habilidades terapéuticas esenciales
Las actitudes fundamentales para el establecimiento de la alianza terapéutica son la escucha
activa, la empatía, la aceptación incondicional y la autenticidad.
1. Escucha activa
Saber escuchar es fundamental en terapia ya que fomenta que los pacientes hablen sobre sí
mismos y sus problemas, aumentando la posibilidad de comprenderles y animándolos a ser
responsables de su proceso de cambio, viendo al terapeuta como un colaborador más que
como un experto.
La escucha activa implica tres actividades: recibir el mensaje (mediante comunicación verbal,
no verbal y vocal y actitud), procesar la información (sabiendo discriminar lo importante y
establecer su significado) y emitir respuestas de escucha.
2. Empatía
La empatía consiste en la capacidad de comprender los pensamientos y sentimientos de las
personas desde su propio marco de referencia. Implica atender a lo manifiesto y también a lo
latente, captando y comprendiendo el significado de las implicaciones emocionales, cognitivas
y conductuales más allá de lo que se expresa. Además, requiere saber comunicar a la otra
persona que la entendemos.
Algunas estrategias empáticas son: la escucha activa (previamente definida), la clarificación
(formulación de preguntas para conocer lo que el paciente expresa), el empleo de paráfrasis,
síntesis y recapitulaciones (recoger y plasmar las ideas expresadas previamente por el
paciente) y el reflejo (recoger y plasmar el componente emocional presentado).
3. Aceptación incondicional
Aceptar al paciente tal y como es, valorándolo sin juzgarle.
Entre los componentes de la aceptación incondicional encontramos: compromiso hacia el
paciente (interés y disposición a ayudarle), esfuerzo por comprenderlo y actitud no valorativa.
4. Autenticidad
La autenticidad implica ser uno mismo, comunicando los propios sentimientos y experiencias
internas. La situación terapéutica requiere saber qué decir o expresar, cómo y en qué
momento para no perjudicar al paciente o a la relación terapéutica.
Algunos de sus elementos principales son: las conductas no verbales (como la sonrisa, el
contacto ocular y la orientación corporal hacia el paciente), el poco énfasis en el rol de
autoridad del terapeuta, la espontaneidad (capacidad para expresarse con naturalidad, sin
deliberar sobre todo lo que se dice y hace) y la autorrevelación (ofrecimiento controlado, por
parte del terapeuta, de información sobre sí mismo y sus reacciones hacia la situación en
terapia).