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Autoritarismos en Brasil y Uruguay: Cultura Política

Este documento analiza los conceptos de "cultura política" y su relación con los regímenes dictatoriales de Brasil y Uruguay en la segunda mitad del siglo XX. Explora las definiciones de "cultura política" propuestas por varios académicos y cómo estas pueden usarse para entender las particularidades de las dictaduras en estos países. Luego examina algunos rasgos generales de la cultura política brasileña que pueden ayudar a explicar características específicas de la dictadura en ese país entre 1964-1985.
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Autoritarismos en Brasil y Uruguay: Cultura Política

Este documento analiza los conceptos de "cultura política" y su relación con los regímenes dictatoriales de Brasil y Uruguay en la segunda mitad del siglo XX. Explora las definiciones de "cultura política" propuestas por varios académicos y cómo estas pueden usarse para entender las particularidades de las dictaduras en estos países. Luego examina algunos rasgos generales de la cultura política brasileña que pueden ayudar a explicar características específicas de la dictadura en ese país entre 1964-1985.
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[Noviembre 2018]

[Culturas políticas: aproximaciones a la


posibilidad de caracterizar los
autoritarismos]

Resumen
El presente escrito buscará problematizar los regímenes dictatoriales acaecidos en Brasil y Uruguay en
la segunda mitad del Siglo XX, tomando como marco teórico la categoría de análisis denominada Cultura
Política. En el mismo, se buscará reconocer algunos rasgos generales de las cultural políticas de ambos países y
su relación con los procesos autoritarios en cuestión.

PALABRAS CLAVES: “CULTURA POLÍTICA”, “DICTADURA”, “BRASIL- URUGUAY”.

Marcelo Cassinelli Bálsamo

C. I. 5131859-1

Maestría en Historia Rioplatense

Seminario: DICTADURA BRASILEÑA (1964-1985): TEMAS, MARCOS Y DEBATES


Profa. Mariana Joffily
Cultura política: Entre la generalización y la categoría de análisis.

“Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros.”

G. ORWELL (“Rebelión en la granja”, 1945)

El presente imperante en Latinoamérica resignifica histriónicamente el estudio de las


temáticas vinculadas a los regímenes autoritarios que padecieron las naciones del Cono Sur hace
poco menos de medio siglo.

Recorriendo este camino, el presente trabajo buscará descifrar en primera instancia y en


base a la categoría de análisis identificada bajo el concepto de “Cultura Política” los rasgos
particulares de los procesos autoritarios vividos en Brasil y Uruguay desde las décadas de 1960 a
1980, para en segundo plano evaluar la eventual utilidad de los términos a los que se arribe en
tanto marco teórico para comprender el pasado dictatorial en la historia reciente, rasgado por las
particularidades de cada cultura política nacional, en tanto caracterización de ambos regímenes
con sus peculiaridades e identidades propias explicadas a partir de prácticas y representaciones
de cada país.

El concepto de Cultura Política no ha dejado de ser una categoría de análisis cuestionada


y rebatida desde su adopción y uso por la academia en 1965, por parte de Gabriel Almond y
Sidney Verba (“The Civic Culture. Political Attitudes and Democracy in Five Nations”, 1963),
quienes instalaron el concepto desde el análisis de las ciencias sociales, generando profusas
críticas en torno a la precisión y tendencia taxonómica del término.

De esta manera la internalización de objetos y símbolos relacionados entre sí producen


tres orientaciones que determinarían los juicios y valores sobre los objetos políticos en su
expresión y forma, condicionando las decisiones y características políticas de un grupo. Estas
formas discriminadas serían, “cognitivas”, en lo referente a las creencias asociadas al rol
administrativo y político de los sistemas; “afectivas”, en tanto establece un sentimiento hacia los
agentes del sistema político; y “evaluativa”, que combinan los juicios generados a partir de las
orientaciones precedentes.

La revisión de algunos de los conceptos teóricos planteados en la obra previamente citada


correspondió a los trabajos académicos "El Renacimiento de la Cultura Política", de Ronald

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Inglehart, y "Una Teoría Culturalista del Cambio Político", de Harry Eckstein, hacia la década
de 1980.

De esta manera Inglehart desestima la hegemonía de la Teoría de la elección racional


dentro de las lógicas electivas del sistema político por parte de la población, aumentando la
relevancia de los factores culturales, interpersonales, institucionales, afectivos, y alineando
entonces el concepto a factores culturales subyacentes dentro de los procesos de construcción
social y antropográfico.

Eckstein, por su parte, en “A Culturalist Theory of Political Change” establece algunos


elementos más bien orientados hacia el cambio político dentro de las sociedades, atribuyendo
estos fenómenos a variables vinculadas a patrones culturales que determinan ciertas
disposiciones generales que modelan y moldean el conjunto de las acciones como resultado de
los procesos de socialización acumulativo y vital.

Renovado enfoque sobre el concepto es el que dieron los franceses Francois Sirinelli y
Serge Berstein (“La cultura política”, 1988) desde el culturalismo y la historia política,
asignándole un sentido más antropológico, y construyendo la tesis que establece que la cultura
influye en las decisiones políticas de un grupo orgánico, estableciendo un fuerte criticismo hacia
el paradigma liberal racionalista.

Una inflexión significante se observa en la publicación de Robert Putnam, “Making


Democracy Work” (1993), que agregó la noción de Capital Social, incluyendo en la
participación ciudadana elementos de comprensión profundos en el entendimiento de los
funcionamientos sistémicos y los sistemas políticos.

En síntesis, se puede observar que el concepto de Cultura Política en su complejidad


toma un carácter categórico y sirve como herramienta de análisis del pensamiento histórico al
establecer relaciones inmediatas entre factores vinculados a los aspectos antropológicos y
simbólicos de una sociedad con su posterior evolución política, siendo estos factores conciliables
y retroalimentados uno por el otro.

De esta manera, el conjunto de valores, tradiciones, prácticas y representaciones de un


determinado grupo humano, expresado a través de la identidad colectiva y la noción de pasado
en común, son fundamentales y sustanciales en la construcción de toma de decisiones y
conductas políticas expresadas.
3
Brasil. Dictadura y Culturas Políticas

Configurar una sola Cultura Política de cara a entender conductas, símbolos y


resignificaciones dentro del escenario de la última dictadura brasileña parece ser más bien un
problema metodológico que una herramienta de construcción epistemológica, teniendo en cuenta
la magnitud geográfica, étnica y antropológica que presenta una nación como Brasil, es en este
sentido que conviene repasar algunas miradas sobre el concepto genérico de Cultura Política
durante el gobierno de facto que afectó Brasil entre 1964-1985 al que arriban algunos trabajos
historiográficos.
El historiador brasileño Rodrigo Patto Sá Motta, en su trabajo Universidades, ditadura e
cultura política, evoca como ya lo señala el título de la publicación un tipo de categoría de
análisis que refiere a una idea de “Cultura política”. Bajo esta noción intentará revelar la esencia
de la política universitaria de la dictadura brasileña, manejando a priori el rasgo dual que se
enmarca entre lo paradojal y contradictorio de las relaciones surgidas entre estos agentes.
Es siguiendo este objeto de estudio que estableció explicativamente las relaciones
generadas entre el Estado y la Comunidad Académica, marcadas estas por la constante de
negociaciones y acuerdos que operaron paralelamente a las acciones represivas. Esta última
tendencia característica, se explica según Patto, en respuesta a la tradición política brasilera en
tanto relacionamiento conciliador y acomodaticio entre élites nacionales, enmarcada esta
posición en lo referido a un rasgo denotativo de la “Cultura Política” de Brasil.
Bajo esta línea de trabajo se enmarca al Estado autoritario indefinido desde el punto de
vista ideológico, solo sostenido por un fundamento contradictorio ensamblado a partir de una
constelación de principios de oposición ideológica, construido en base a la “otredad” y catalizado
en una Modernización- conservadora. La contradicción negociadora que se enmarca en el
pretérito de la Cultura política brasileña, constituye así las grandes líneas sobre las cuales se
establecía el discurso político del régimen, siendo este al mismo tiempo, “liberal y democrático”,
“autoritario y patriótico”, “defensor de la familia”, pero por sobre todo “anticomunista”.
Dice Patto, que la Cultura Política brasileña explica las singularidades de la dictadura,
señaladas bajo rasgos propios como el establecimiento de un Proyecto económico nacional y
desarrollista, el mantenimiento de instituciones liberales, menor número de muertos y

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desaparecidos que en otras dictaduras latinoamericanas, y una notoria tolerancia hacia los
intelectuales.
Se puede establecer entonces, que la sumatoria del imaginario nacional, más los valores
políticos brasileños configuran un corpus ideológico y pragmático reflejado en el accionar
discursivo y practico de la dictadura en el Brasil.
Estos rasgos generales podrían definirse en los siguientes postulados, personalismo,
clientelismo, elitismo, bilontrismo, negociación entre élites, negación del conflicto,
diferenciación social que auspicia el lugar del extranjero, flexibilidad religiosa y racial, y de
manera superlativa, el carácter conciliador.
Haciendo referencia a los elementos vinculantes a la Cultura Política brasileña, en torno a
las características visibles del proceso autoritario que tuvo lugar en Brasil entre 1964- 1985, el
escrito de Denise Rollemberg, “Memória, Opinião e Cultura Política. A Ordem dos Advogados
do Brasil sob a Ditadura (1964-1974)”, confirma y agrega elementos de análisis explicativos
sobre el perfil de la dictadura que se acoplan a los supuestos en el trabajo de Patto Sá Motta.
Es este análisis sobre La OAB una evidencia notoria de la égida vacilante que demuestran
determinados grupos sociales y profesionales orgánicos desde la antesala al golpe hasta la
transición democrática, haciendo propios determinados postulados discordantes y hasta
contradictorios en sus discursos, al observar éstos con perspectiva histórica se vuelven un rasgo
consonante con la Cultura Política brasileña y su tendencia hacia la conciliación.
En este sentido, mientras que en 1963 el impulso anticomunista llevaba a periodistas y
abogados a reivindicar una intervención autoritaria de las Fuerzas Armadas, diez años después los
mismos sectores se desmarcaron de este postulado construyendo un imaginario que los
posicionaba como detractores del régimen y ávidos defensores del legalismo y la democracia.
Estas tensiones discursivas, itinerantes en tanto “apoyo o resistencia”, no pueden ser
observadas en los relatos de la memoria reconstruida. Esta ambivalencia, no es observada como
una contradicción sino más bien como una respuesta a cambios en los posicionamientos o
tendencias imperantes de las internas orgánicas, por parte de estos mismos gremios.
La homogeneidad planteada como discurso institucional, logra la tendencia hacia la
matización ideológica, que será el principio que asegure la unión corporativa. De esta manera,
razones vinculadas a la represión, al desmantelamiento del orden jurídico, o la insuficiencia de
principios democráticos hacían deambular de un lado al otro las posiciones, a pesar de ello, nada

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de esto se encuentra en la memoria con perspectiva que se ha construido sobre el régimen por parte
de la OAB.

“A elite de juristas do país participou do golpe de 1964 como um movimento dentro da


normalidade da lei e mais, como instrumento de defesa do Estado de Direito, o que não impediu
que, em 1976, J.B. Viana de Moraes reconstruísse a memória como um sacrifício da classe dos
advogados de alguns princípios jurídicos”. (ROLLEMBERG, D. 2008, p. 31)

De esta manera, la Cultura Política brasileña parece explicar buena parte de los sentidos
recorridos por la Dictadura en el proceso de 1964- 1985, ahora considerando la magnitud
geográfica y cultural de Brasil ¿Es posible suponer una única Cultura Política? Y en este mismo
sentido ¿Es viable como categoría de análisis, identificar los rasgos de la Cultura Política
brasileña como marco unívoco sobre la explicación de las características del régimen dictatorial?

Bajo estas premisas, hemos de entender que la complejidad territorial, cultural y la


diversidad étnica, poblacional e histórica de Brasil, son un impedimento no menor al momento
de utilizar una categoría de análisis tan genérica como la de “Cultura Política”, ya que es
rápidamente visualizable la existencia de plurales culturas políticas en Brasil. Sin embargo, este
mismo corpus de análisis histórico, ¿no coincide en mejor medida con las características
geográficas, culturales y políticas del Uruguay?

Es decir, ¿no es aplicable de manera más exacta en un país más o menos homogéneo, con
dimensiones geográficas considerablemente más reducidas y con un constructo histórico
generalmente común, la idea de comprender las particularidades del proceso autoritario padecido
por el país entre ¿1973?1 - 1985 a partir de la categoría de análisis Cultura Política? Como debe
entenderse de manera afirmativa esta preposición, se ahondará en ciertos rasgos particulares del
último proceso dictatorial uruguayo, intentando descifrar los mismos en base a un análisis de las
prácticas, símbolos y cosmovisiones propias de la Cultura Política uruguaya.

1 En el entendido de que la categoría de análisis utilizada no responde a parámetros de periodización


estrictos, en el sentido de cotas temporales rigurosamente marcadas, podríamos sospechar que estas
anotaciones también servirán para comprender la escalada autoritaria notoriamente documentada desde 1968,
a partir del gobierno de Pacheco Areco.
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Uruguay. Cultura política y dictadura

Tal vez la Cultura Política uruguaya pueda sintetizarse en las características propias de un
sistema político partidocrático, una sociedad hiperintegrada y amortiguadora de los conflictos de
clase (Gerardo CAETANO y José RILLA, 1994, 199), siendo así, la irrupción de estas
características explicaría la escalada autoritaria de la década de 1960 que desembocaría en el
proceso dictatorial.

Sin embargo, las particularidades que presentó la dictadura uruguaya con respecto al
resto de los procesos antidemocráticos que sufrieron los países latinoamericanos en la segunda
mitad del siglo XX, pueden incluso vincularse, sino explicarse a partir de estos rasgos propios de
la Cultura política uruguaya.

La primera particularidad del régimen dictatorial impuesto en Uruguay fue su condición


transicional de gobierno de iure por un gobierno de facto representado en la misma persona que
muta su condición de presidente a dictador.

María del Huerto Amarillo, ha sostenido al respecto que, "A diferencia de los países
vecinos, el modelo autoritario en el Uruguay no fue impuesto por las Fuerzas Armadas, sino por
un gobierno legítimamente constituido y al amparo de mecanismos constitucionales que lo
facilitaban”, sobre todo por la recurrencia a la implantación de Medidas Prontas de Seguridad y
la declaratoria del “estado de guerra interno” (María del Huerto Amarillo. El ascenso al poder
de las Fuerzas Armadas. 1984, 48)

De esta forma el carácter “cívico” o “civil” del régimen dictatorial, establece la


participación continua tras el golpe de civiles, en el aparato administrativo y político del Estado
autoritario, marcando como vía de excepción en Latinoamérica el haber sostenido los cargos
ocupados en democracia tras la ruptura del sistema político liberal.

Norberto Bobbio utiliza la expresión, el “camino democrático a la dictadura”


(“Democracia y dictadura”, 1978), para referirse al gradualismo progresivo que termina por
consolidar la dictadura uruguaya. En este mismo sentido, Carlos Real de Azúa describe un
“endurecimiento graduado” (“Política, poder y partidos en el Uruguay de hoy”, 1988), cuyo
fenómeno lo registra desde 1958, en donde a pesar de la existencia una democracia operativa

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funcional, observó “fracasos acumulativos” que devinieron en la crisis del sistema democrático
y la ruptura institucional.

En síntesis, se puede establecer que el camino a la dictadura comienza con un progresivo


devenir del asidero democrático, y en contra marcha desde 1980, bajo una dictadura comienza a
consolidarse progresivamente la democracia. Sobre esta observación, Juan Linz sostiene que un
gobierno elegido democráticamente puede incluso contener riesgos para las instituciones
democráticas. Dice Linz, “La vana esperanza de hacer más democráticas a las sociedades por
vías no democráticas ha contribuido demasiado frecuentemente a la crisis de régimen y en
última instancia ha preparado el camino a los gobiernos autoritarios”. (“La dictadura cívico-
militar en Uruguay (1973-1985): aproximación a su periodización y caracterización a la luz de
algunas teorizaciones sobre el autoritarismo”, 167) Este parece ser un rasgo propio de la
Cultura Política uruguaya, sostener una democracia conceptual a pesar que la contrastación
empírica demuestre lo contrario, así se explica la constante necesidad del régimen por afirmar su
“defensa de las instituciones”.

Otra de las particularidades referidas a la dictadura uruguaya, enmarcada dentro de los


rasgos de la Cultura Política nacional, puede visualizarse en la resistencia popular o social
colectiva al golpe de estado de 1973. Este aspecto que se puede enmarcar dentro del rasgo
continuista de una sociedad amortiguadora y politizada, puede visualizarse con la huelga general
que tuvo una duración de quince días, sostenida con ocupaciones de lugares de trabajo y
ampliamente acatada tras la declaración de la Convención Nacional de Trabajadores (CNT) y el
acompañamiento de dicha medida de fuerza por la Federación de Estudiantes Universitarios del
Uruguay (FEUU) y demás grupos de la sociedad organizada.

Otro elemento a contemplar, fue el carácter totalitario-disciplinador del régimen tendiente


a homogeneizar la sociedad mediante mecanismos de terrorismo de estado.

Alfred Stepan, compara las distintas situaciones en la región demostrando el grado de


perfidia vinculado a la represión que presentó la dictadura uruguaya, “[...]Si estamos estimando
el porcentaje de la población asesinada por el Estado en la etapa inmediatamente siguiente a la
toma del poder, Chile en el período 1973-1974 se ubica al tope. Si se estima el porcentaje de la
población que desapareció como resultado de la acción de múltiples y descentralizadas fuerzas
de seguridad, antes y después de la toma del poder, la Argentina del período 1975-1979 se ubica

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al tope. Si preguntáramos en qué país la principal organización de inteligencia alcanzó el nivel
más alto (…) y una institucionalización dentro del aparato estatal, no quedan dudas de que la
respuesta es el Brasil. Pero si estuviéramos evaluando el porcentaje de la población que fue
detenida, interrogada e intimidada por las fuerzas de seguridad, el Uruguay ocupa el primer
lugar. (“Repensando a los militares en política. Cono Sur: un análisis comparado”, 1988, 32)

Estos elementos que establecen un elevado índice de vigilancia por parte del estado hacia
la sociedad se reflejan, por ejemplo, en La Declaración de Fe Democrática, la categorización de
ciudadanos, la suspensión de derechos a miles de políticos, el registro de vecindad, las censuras a
la prensa y a la expresión artística. En este orden se explica que Uruguay haya sido el país con
mayor cantidad de presos políticos en el mundo en relación porcentual a su población, sumado a
los asesinatos políticos, detenidos- desaparecidos, exiliados. Dice Stepan, Uruguay “es el país
que más se acerca a experimentar el clima de un estado totalitario, especialmente entre 1975 y
1979” ( Op. Cit. 32).

Charles Gillespie sostuvo que, “El gobierno burocrático-militar que se instaló en


Uruguay después de 1973 tenía el control total del país. El tamaño pequeño del país y la
población reducida permitía niveles de vigilancia y control social que alcanzaron los límites
más elevados del tipo ideal autoritario. El Estado se introdujo más profundamente en la vida
privada de sus habitantes que cualquiera de los regímenes vecinos”. (“Negociando la
democracia: políticos y generales en la dictadura uruguaya”,1995)

Bajo esta lógica que se explica a través de una Cultura Política más homogénea que en
Brasil, con fundamento en lo reducido del territorio y un pasado histórico más o menos común,
es que la categoría de análisis en cuestión posiblemente sea mejor aplicada en favor del estudio
de la Dictadura uruguaya a la brasileña.

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Reflexiones finales

En base a las aproximaciones realizadas en torno a la comprensión del uso de la categoría


de análisis abordada en este trabajo, en tanto recurso conceptual o marco teórico para explicar las
particularidades de los procesos autoritarios ocurridos en Brasil y Uruguay durante las décadas de
1960 hasta 1980, se puede establecer una utilidad parcial, aunque cómoda en relación al abordaje
historiográfico que se podría alcanzar sobre el estudio del pasado en cuestión.
En tanto abordaje genérico sobre los rasgos y peculiaridades de la dictadura brasileña, el
análisis bajo una única categoría de Cultura Política se muestra insuficiente y parcial, entendiendo
que las consideraciones correspondientes no abarcan la heterogeneidad de relaciones históricas
ocurridas durante el periodo señalado en un territorio geográfico y cultural tan basto como el de
Brasil, entendido esto en términos que suponen una “Cultura Política” propia de los centros
sociales y urbanos más populosos y macrocefálicos, y otras para las diversas regiones que abarcan
la inmensidad antropológica, económica y política del resto de la periferia e interior del gigante
suramericano.
Por otra parte, si pensamos en abordar el fenómeno antidemocrático que tuvo lugar en
Uruguay hacia la década de 1970, la categoría de análisis establecida en la singularidad de una
“Cultura política” explicativa de los rasgos sui generis del proceso autoritario, reflejarían una
opción más accesible y práctica en el reconocimiento de mencionados factores de comprensión y
explicación histórica, producto de la geografía y una mayor homogeneidad cultural.
En síntesis, se puede afirmar que tanto en el estudio de las autocracias que padecieron las
sociedades brasileña y uruguaya el concepto de “Cultura Política” permite cierta comodidad y
practicidad al momento de comprender conductas y símbolos, sin embargo, siempre se correrá el
riesgo de caer en la generalización o la parcialidad poco rigurosa.
A pesar de ello, debería plantearse la posibilidad de reconocer una diversidad mucho más
exacta de posibles Cultura-s Política-s en el caso del abordaje académico sobre el último gobierno
de facto brasileño, y enmarcar la posibilidad de contemplar una Cultura Política uruguaya como
marco teórico que permita arrojar más luz sobre el último proceso de acento antidemocrático
ocurrido en Uruguay.
Es importante, sin embargo, no perder de vista que incluso la posibilidad de utilizar esta
categoría de análisis en el estudio de la dictadura uruguaya podría presentar a su vez, ciertas
contradicciones o problemas metodológicos si se contrapusieran las nociones que señalan
dicotomías como, Montevideo- interior, campo- ciudad, o incluso desde una mirada más
antropológica, la construcción de diferentes visiones o imaginarios semióticos forzados desde los
lugares del compromiso político, sindical, estudiantil, laboral, o incluso, desde la formación
académica, profesional o los involucramientos familiares y colectivos.

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