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Sara Orwig

Matrimonio Apasionado

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Matrimonio Apasionado

Sara Orwig

Matrimonio Apasionado (08.07.1998)


Título Original: Her Torrid Temporary Marriage (1998)
Editorial: Harlequin Ibérica
Sello / Colección: Deseo 784
Género: Contemporáneo
Protagonistas: Josh Brand y Mattie Ryan
Argumento:
Mattie Ryan no tenía ninguna esperanza puesta en aquel matrimonio de
conveniencia. Su futuro esposo, Josh Brand, era el hombre ideal con el que
cualquier mujer querría casarse y Mattie estaba convencida de que todo el
mundo se iba a preguntar por qué la había elegido a ella. Pero Josh
necesitaba una madre para su pequeña Elizabeth, y Mattie necesitaba
ayuda.
El trato era muy simple: debían estar casados un año, sin ataduras ni
compromisos. Pero a ella le ocurrió algo impensable: se enamoró de su
marido. Y cuanto más tiempo pasaba, lo último que quería era que aquel
apasionado matrimonio de conveniencia llegara a su fin.
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Capítulo 1

—Hombre, desde luego que no me gustaría perder una esposa, eso es algo
realmente duro. Pero, de no se por eso, no me importaría nada tener el mismo
problema que tú con las mujeres —dijo Holcomb el oso, apoyado sobre la barra del
bar.
—Te aseguro que en mis circunstancias no te gustaría nada que te ocurriera lo que
a mí —respondió Josh—. No estoy preparado para que ninguna mujer entre en mi
vida. Lo único que necesito es una niñera para mi bebé. He tenido tres en los últimos
dos meses y siempre ocurre lo mismo: yo quiero una niñera y ellas quieren un
marido.
—Quizás lo que no debes hacer es poner anuncios aquí, en esta zona —le sugirió
Tom Shellen, mientras se apoyaba sobre el respaldo de su silla y ponía los pies sobre
la mesa—. Aquí todas saben que eres un soltero de oro.
—No te creas que no he intentado conseguir a alguien de fuera —respondió
Josh—. Recibí diez cartas de las cuales sólo dos eran dignas de respuesta. Las
entrevisté a ambas. La primera habló ella sola durante una hora y media, y la
segunda hacía alarde de unos métodos educativos que no querría ni para mi peor
enemigo. ¿Dónde están las niñeras canosas que me educaron a mí?
—O tienen una carrera por la que luchar o familia a la que cuidar.
—Eso parece —Josh le acarició la cabeza al bebé de seis meses que tenía en los
brazos. Se levantó—. Será mejor que me ponga en marcha. Como aparezca Brad me
va a dar una charla sobre la inconveniencia de traer niños a los bares.
Intercambiaron despedidas y Josh salió del local.
El sol brillaba con fuerza y se reflejaba en los cromados de la camioneta. El edificio
que acababa de dejar estaba bañado por la luz del mediodía. A Josh le gustaba su
ciudad, su rancho, su vida allí, pero aquel último año había sido una auténtica
pesadilla.
Puso a la pequeña Elizabeth Mary Brand en su silla y la abrochó cuidadosamente.
Después se sentó al volante.
—Nos vamos a casa, princesa. A lo mejor esta semana encontramos la niñera
adecuada. Es una pena que Mary Poppins no esté disponible.
En pocos minutos ya estaban en la autopista, dirigiéndose al rancho.
Una hora más tarde, ya próximos a su hogar dulce hogar, Josh vio una grúa
parada en el arcén.
—Parece que alguien necesita ayuda.
Nada más decir aquello, se dio cuenta de que el conductor que estaba inclinado
sobre la rueda, lucía unas largas piernas enguantadas en unos vaqueros.

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—Creo que mejor no me acerco a ayudar. Si le ofrezco mis servicios a tan


aguerrida vaquera, seguramente acabaré con un puñetazo en la nariz.
Pasó lentamente junto a la camioneta y saludó a su vecina Mattie Ryan.
—Buenas tardes —le dijo desde la ventanilla—. No necesitas ayuda, ¿verdad,
Mattie?
Ella levantó la cabeza y dos grandes y verdes ojos lo miraron sin sorpresa.
—Hola, Josh. No, no te preocupes, gracias.
—Muy bien —cerró la ventana y aceleró, eso sí, sin dejar de mirar por el
retrovisor—. Ahí tienes una dama que no querría nada conmigo... ni con nadie.
Era toda una mujer, un metro ochenta de mujer, para ser exactos, robusta, de
largas piernas e independiente como una gata salvaje. Algo dura con los hombres.
Recordó los rumores que le atribuían un tortuoso romance durante su adolescencia.
Pero, desde entonces, nada ni nadie.
Él y Mattie eran vecinos, habían crecido como tales, en los ranchos que sus
respectivos abuelos habían establecido.
Pero el padre de Josh y el viejo Ryan tenían una batalla a muerte, aunque en
público se comportaban como seres realmente civilizados.
La madre de Mattie había muerto cuando ella tenía sólo diez años y su padre la
había educado como al hijo que nunca había tenido. Debía tener ya unos veintiocho o
veintinueve años. Sus dos hermanas, más jóvenes que ella, se habían marchado para
nunca volver.
Frank Ryan había muerto no hacía mucho y Mattie y su abuela se habían hecho
cargo del rancho: Rocking R. Aparentemente pasaba en aquellos momentos por un
bache financiero, en gran parte motivados por los gastos que la larga enfermedad del
viejo Ryan había provocado.
Josh continuó hasta su casa, conduciendo mecánicamente.
Había varios planes germinándose en su mente y todos ellos tenían que ver con su
vecina.
A última hora de la noche, cuando las posibilidades que estaba barajando habían
llegado a un punto cuanto menos conflictivo, decidió darse tres semanas para pensar
con calma sobre todo aquello.
Después de una semana y media, desesperado por su situación, decidió hacerle
una visita a Mattie Ryan.

Mientras Mattie estaba colocando los arreos en los establos, oyó el sonido de un
motor.

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Salió justo a tiempo para ver una camioneta negra que se aproximaba a su casa.
Era Josh Brand y la abuela estaba en la ciudad, así que no tendría más remedio que
atenderlo ella.
Mattie se encaminó hacia allí.
La rabia se iba adueñando de ella. Sabía exactamente para qué había venido. Iba a
ser la cuarta oferta de comprarle el rancho desde la muerte de su padre. Pero su
padre la había educado para poder hacerse cargo de todo. Mientras su abuela
siguiera con vida no estaba dispuesta a vender. No iba a perder su hogar por el mal
tiempo o por las enfermedades de las vacas. Menos aún, porque un hombre la
coaccionara a vender. Algún día vendería, pero aún no había llegado el momento.
Dio la vuelta a la casa y, al llegar al frente, Josh Brand ya la estaba esperando en el
porche.
Sin saber porqué, el pulso se le aceleró.
En sus veintiocho años, treinta y cuatro de él, jamás la había mirado como a una
mujer. Tampoco lo habían hecho los otros hombres del pueblo. Se pasaba el día
rodeada de hombres, pero ninguno se atrevía a cortejarla. Por ella, aquello era lo
mejor que podía ocurrirle. La única experiencia romántica que había tenido con el
sexo opuesto había sido catastrófica.
Pero cada vez que Josh Brand se le acercaba, perdía el control. No le gustaba
aquella sensación.
No sabía muy bien qué era lo que le provocaba aquello. Llevaba el pelo largo,
atado atrás en una larga cola de caballo. Tenía ciertos rasgos que recordaban a sus
antepasados Kiowa: los ojos oscuros, la piel, los pómulos prominentes, la nariz recta.
Lo miró de arriba abajo. Impresionante fachada.
—Josh —lo llamó.
El se volvió y la miró.
Era atractiva en un sentido campestre. Tenía unas largas piernas que la asentaban
firmemente al suelo y unos pechos sugerentes que se balanceaban por debajo de la
camisa de algodón.
La mitad de los hombres de la ciudad le tenían miedo. Podía ser tan fuerte como
su padre.
Por centésima vez Josh se preguntó si lo que iba a hacer tenía sentido. Sí, era toda
una mujer y parecía sana como su mejor caballo.
Mattie subió los escalones de dos en dos y miró una vez más a su visitante.
La rabia se adueñó de ella al sentir el rubor en las mejillas.
Cerró los puños con fuerza.
—¿Querías verme?
Al llegar junto a él se detuvo. Y fue toda una experiencia. Sabía que era más alto
que ella, pero nunca había tenido ocasión de comprobar cuánto. Una mirada oscura

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la oscultaba. Ella se quedó sin respiración. Los Brand eran duros de pelar y tenía la
sospecha de que iba a tratar de coaccionarla.
Ella levantó la barbilla y lo miró sin parpadear.
— ¿Pasamos dentro? —sugirió ella.
—Bien.
Se quedaron en silencio unos segundos. Luego él, instintivamente, deslizó la
mirada hasta sus senos. La rabia creció aún más dentro de ella. Se volvió
bruscamente y abrió la puerta.
Él entró y, entonces, por primera vez, se dio cuenta de que llevaba un bebé en los
brazos y una bolsa colgada del hombro.
— ¿Es tuyo? —preguntó ella, sin pensárselo dos veces—. Bueno, claro, qué
pregunta más estúpida. Si no fuera tuyo no lo llevarías contigo.
Recordó algo sobre un bebé, pero no si era niño o niña. Por el color rosa de su traje
dedujo que era lo segundo.
Atravesaron el salón mientras las botas resonaban al golpear la madera reluciente
del suelo y llegaron a la pequeña oficina que había instalado al final de la casa.
Ella se sentó tras su escritorio. Quería mantener aquella conversación lo más
impersonal posible y, sobre todo, que se fuera enseguida.
— ¿Quieres beber algo? —le ofreció.
—No, gracias —respondió él mientras agarraba una silla. Luego dejó la bolsa del
bebé y su sombrero en el suelo.
Por mucho escritorio que hubiera entre los dos, ella se sentía terriblemente
desconcertada. Odiaba sentirse así. Miró a los mapas que había colgados en la pared
y se recordó a sí misma que era la propietaria de uno de los ranchos más grandes de
la zona.
Trató de obviar el hecho de que el hombre que tenía frente a ella le resultase
tremendamente atractivo, con la esperanza de que eso la ayudara a recobrar su pulso
normal.
—Bueno, ¿para qué querías verme?
—Vas directa al grano, ¿eh?
—No veo qué otra cosa deberíamos hacer –dijo ella, molesta por las sensaciones
que le provocaba su presencia. Era demasiado masculino—. No tenemos demasiadas
cosas de las que charlar.
—Somos vecinos, Mattie. Deberíamos ser amigos.
—Creo que hemos llegado tres generaciones tarde para eso —dijo ella. ¿Qué
diablos le pasaba con Josh Brand? Con cualquier otro hombre podía mantenerse fría.
Se dio cuenta de que aquella afirmación, a parte de brusca, era muy poco educada—.
Bueno, supongo que podríamos intentar ser amigos. Pero no creo que hayas venido
hasta aquí para eso.

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—No —admitió él y se puso la bota sobre la rodilla. Parecía más relajado que ella,
como si fuera su oficina y ella la que venía de visita—. Mi mujer murió hace cuatro
meses en un accidente de coche.
—Sí, recuerdo haber oído algo. Lo siento —dijo ella, impresionada por el dolor
que expresaban sus ojos. Sabía demasiado bien lo que dolía la pérdida de un amor—.
Por lo menos tienes al bebé.
Él asintió y miró a la pequeña.
—Quiero quedarme con ella —dijo y levantó los ojos hacia Mattie—. Por eso estoy
aquí.
Al mirarla ella tuvo la premonición de un desastre. ¿Por qué le contaba todo
aquello? ¿Acaso quería que ella le comprase su tierra? No podía, en su situación le
era imposible.
—Mattie, he contratado ya a varias niñeras, pero no puedo encontrar nadie
apropiado.
—Lo siento —dijo ella confundida. ¿Aquel hombre se había vuelto loco y había
ido hasta allí para proponerle que trabajara como niñera?
Josh se quedó en silencio unos segundos.
Una vez que las palabras salieran de su boca, ya no había marcha atrás.
Miró a Elizabeth que dormía plácidamente en sus brazos.
Luego, miró de nuevo a Mattie. Sus grandes ojos verdes estaban fijos en él.
Aquella mujer tenía una cara muy hermosa.
Tomó aire. Daba igual que se pareciera a Aula o a Cleopatra. Eso no tenía
importancia alguna dadas las circunstancias.
—¿Te gustan los niños? —le preguntó. Ella lo miró alucinada.
—Sí, están bien —respondió ella con precaución.
—Verás Mattie, como no puedo encontrar una niñera he venido a hacerte una
propuesta.
—¡Si estás pensando en contratarme como niñera...!
El levantó una mano.
—¡No, claro que no!
Ella, más desconcertada que antes se mordió el labio.
—Si no me quieres contratar como niñera, ¿qué quieres?
El empezó a sudar, tenía la frente empapada.
Mattie conocía a los Brand. Eran una familia de luchadores natos y lo que estaba
presenciando en aquel momento no tenía mucho sentido.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó ella.

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—Sí —al sentir su mirada intensa se sintió como un ratoncito a punto de ser
cazado.
—¿Cómo están tus hermanas?
—Están muy bien —respondió Mattie sin saber qué hacer.
—Según tengo entendido Carlina se casó y vive en Denver. Por lo que sé no tiene
intenciones de volver a casa.
—Pues no, ni ella ni Andrea —respondió ella—. Perdona, pero, ¿no te estás
desviando un poco del tema?
—No, la verdad es que no —se inclinó hacia ella y puso el codo sobre la rodilla—.
Nuestros ranchos están juntos. Entiendo que tus hermanas no tienen intención de
volver aquí y que no quieren esto. No tienes herederos ni marido.
—No vendo —dijo ella con la frialdad del hielo—. Mis hermanas me han dado su
autorización para que haga y deshaga a mi antojo. El rancho no está en el mercado, ni
ahora ni en un futuro cercano.
—No, si yo no quiero comprarlo.
Ella abrió la boca para continuar, pero se dio cuenta de que era inútil. Más confusa
que nunca esperó una aclaración.
—Entonces, ¿qué demonios quieres?
—Quiero casarme contigo.

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Capítulo 2

Mattie se quedó mirándolo, completamente anonadada.


Cerró la boca, después de un rato de perplejidad.
—¡Es la propuesta más absurda del mundo!
—Escúchame con calma —insistió él.
El corazón de Josh latía a toda velocidad. Miró a Elizabeth una vez más, para
tomar fuerzas y, luego, volvió su atención a Mattie, que continuaba con los dos ojos
como platos.
Si le hubiera puesto un arma en la cabeza, estaba claro que ella habría tratado de
quitársela sin más. Pero una proposición como aquella la había dejado sin recursos.
—Necesito una mujer en la casa. No me estoy refiriendo a una esposa en todo el
sentido de la palabra, ni a que una mujer tenga que estar limpiando, cocinando y
ocupándose de la niña. No. Lo que necesito es una mujer inteligente, fuerte y amable
como tú.
Mattie se ruborizó. Nadie nunca le había dicho nada así.
—No sabes nada de mí —le susurró.
—Te conozco de toda la vida y tú a mí también. Además, he estado preguntando
cosas sobre ti.
Él continuó antes de que ella pudiera protestar por esa intromisión en su vida
privada.
—Podríamos unir los dos ranchos. Tú te encargarías de contratar a una niñera
para Elizabeth y de ayudarla. Necesita la figura de una madre. A cambio, yo te
ayudaría y te daría una parte de mi rancho.
Mattie se quedó sin habla. Finalmente, logró reaccionar.
—¡Esto es completamente absurdo! Lo que tienes que hacer es ir, contratar una
niñera y una cocinera y se acabó.
—Ya lo hice y no funciona.
—Vuelve a intentarlo —le respondió ella con impaciencia—. Si puedes contratar
hombres para que trabajen contigo, ¿por qué no puedes contratar a una niñera?
El fue el que se ruborizó esta vez.
—No puedo encontrar ninguna... bueno... lo suficientemente mayor... Las demás,
todas quieren una relación permanente conmigo.
—¡Pues cásate con una dé ellas!
—¡Pero es que quieren un matrimonio de verdad! Yo no puedo darles lo que
necesitan. No sería capaz de volver a pasar dos veces por lo mismo, enamorarme y
perder a quien se ama.

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—Lo siento —dijo ella sinceramente, pues el dolor que se adivinaba en la mirada
de Josh Brand la había conmovido.
Él se encogió de hombros y le acarició el pelo al bebé, como si así se asegurara de
que todavía estaba allí.
Mattie seguía alucinada. Por un lado se sentía feliz por lo que le había dicho, por
considerarla la candidata idónea para el puesto que estaba en él mercado. Pero por
otro lado, los mismos motivos que la halagaban también la perturbaban.
A pesar de todo, había dicho que era inteligente, fuerte y amable.
—No sé nada sobre bebés.
—No tienes que saber nada. Sabes mucho sobre vacas y sobre cómo llevar un
rancho. Puedes contratar a una niñera. Contigo en la casa, no tendré más problemas.
Tú y yo juntos podemos conseguir que nuestros negocios vayan para arriba muy
rápidamente. Además, eso te hará ganar tierra...
—A ti también.
—Sí —respondió él—. No tienes ningún heredero. El único peligro es que puedes
enamorarte y querer casarte. Entonces podremos anular el matrimonio y separar los
ranchos. Yo querría un acuerdo prenupcial para proteger los intereses de mi hija.
Tampoco querría ningún escándalo, eso por supuesto. Pero estoy convencido de que
jamás ocurriría eso contigo.
—¡Esto es completamente ridículo! Pondré un anuncio y te conseguiré una niñera,
pero olvídate de lo del matrimonio.
Se inclinó sobre la mesa y apoyó la cabeza sobre la mano. Luego, levantó la
mirada.
—Supongo que te he asustado. Estoy desesperado, pero me lo he pensado con
detenimiento, no es una idea que se me haya ocurrido de repente y a la que le haya
dado un crédito que no se merezca. Sería un trato muy ventajoso para ti también.
Tienes una abuela a la que cuidar. Además este año, con la enfermedad de tu padre,
ha sido muy duro y te han quedado muchas facturas pendientes. Sé que has
hipotecado gran parte del rancho. Tu hermana Andrea todavía está en la
universidad, está estudiando medicina, según tengo entendido.
Mattie frunció el ceño.
—Ya veo que has estado metiendo las narices en mi vida —dijo ella sin demasiada
intensidad, pues su mente estaba entretenida en otros pensamientos: Josh Brand la
quería a ella por esposa, a la solterona de Clayton County. ¡Parecía imposible!
—Todo el mundo sabe de todo el mundo en este pueblo.
—Puede, pero yo no sé nada de ti. No nos podemos casar así. Somos dos extraños.
—No estoy hablando de un matrimonio real. Si quieres que haya una relación
física, puedo llegar a eso. Pero mi corazón está seco, árido como un desierto.
Mattie se levantó y se dirigió a la ventana. Sus tierras se extendían más allá de lo
que era visible. Lo que Josh le proponía era completamente imposible.

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—Josh, lo siento, pero yo tengo mi propia vida —se volvió hacia él—. No sé nada
de bebés, ni de cómo ser una esposa. De verdad que aún no salgo de mi asombro...
—Mattie, yo he estado preguntando por ahí y sé que tienes muchas deudas y que
podrías perder Rocking R.
—¡Maldita sea! ¿Es que nadie en esta maldita ciudad puede mantener la boca
cerrada?
—Vente a cenar a mi casa esta noche —dijo Josh sin transición—. Vamos a
conocernos un poco mejor.
Ella lo miró en silencio.
—Vamos —continuó él—. Sólo una cena. No tendrás miedo de mí, ¿verdad?
— ¡Claro que no! —respondió ella—. Esta bien, iré a cenar.
Jamás en su vida había tenido una cita seria, jamás en su vida había salido con
nadie a cenar, ni a nada.
Había trabajado con hombres toda su vida, pero nunca había tenido una relación
con ninguno.
Josh Brand, sin embargo, era justamente lo contrario. Mattie recordaba a Josh
siempre rodeado de chicas en el instituto y luego, su hermosa y sofisticada esposa.
—Bien. Te recogeré a las siete.
Elizabeth se removió.
Josh la arropó, se la acercó y comenzó a hablar dulcemente con ella.
Mattie lo miraba embelesada. Era increíble ver a aquella masa masculina y ruda
convertida en almíbar. Su voz sonaba dulce y melodiosa y sus rasgos angulosos
parecían haberse suavizado.
—Aquí está mi pequeña —dijo él mientras la acariciaba—. Elizabeth, ésta es
Mattie. Mattie, ésta es Elizabeth.
—Es preciosa —dijo Mattie—. Jamás he tenido relación con bebés.
—Yo tampoco —respondió él sin apartar la vista de su hija—. Pero a uno le
ayudan a superar muchas cosas.
—La verdad es que no creo...
Él levantó la cara.
Sin apartar la mirada de Mattie, se acercó a ella. El pulso se le aceleró al sentir su
presencia varonil tan próxima.
El bebé emitía un suave sonido mientras tomaba el biberón. Sus deditos eran
increíblemente pequeños, tenía unas pestañas largas y espesas y la piel sonrosada.
—No te precipites. Vente a cenar conmigo y después tómate tu tiempo para
pensar sobre los pros y los contras de la propuesta. No tienes nada que perder.
—Creo que eres tú el que puede perder más. Es posible que te enamores otra vez...
Él dijo que no con la cabeza.
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—Nunca jamás. Adoraba a Lisa. Con todas esas niñeras acosándome me sentía
como si me hubieran puesto una soga al cuello. Pero necesito a alguien para
Elizabeth. Si tú te prestas a ayudarnos, yo te compensaré.
—Es fácil decirlo así.
—Piensa en un acuerdo prenupcial que te interese y te demostraré lo que te digo.
Te espero a las siete.
Se dio la vuelta, agarró su sombrero y la bolsa.
—Te ayudo a llevar las cosas —dijo ella y, sin esperar respuesta, agarró la bolsa.
Salieron juntos hasta la camioneta.
Él le agarró la bolsa y su roce le provocó un escalofrío. ¿Por qué le ocurría aquello
con él?
—¿Puedes agarrar a la niña un segundo? —le pidió mientras le ponía el bebé en
los brazos.
La niña empezó a llorar cuando le quitó el biberón, pero inmediatamente cesó al
volverse a meter la tetina en la boca. Al mirar a la niña, Mattie sintió miedo. No
podía responsabilizarse de aquella cosa tan pequeña. Levantó los ojos hacia el padre,
con la intención de pedir ayuda, pero se encontró con unos vaqueros ajustados que
marcaban la musculatura de unas piernas esculturales.
Él se volvió.
—Ven aquí, mi niña —dijo con suavidad—. Nos vemos esta noche.
Ató a la niña a la silla, se metió en el vehículo y arrancó, levantando una nube de
polvo.
Matrimonio. Eso eran palabras mayores. Y Josh Brand se lo había pedido a ella.
Era increíble, imposible, alucinante. En otro momento de su vida aquella propuesta
le habría causado un éxtasis en sí misma. Pero ya era mayor, más realista.
Lo que aquel hombre necesitaba era una buena niñera. Luego, más adelante,
acabaría por casarse con una mujer a la que amara realmente.
Se agarró la trenza y se peinó el final con el dedo. Miró sus posesiones, el corral,
los establos. Pero su mente estaba realmente en el hombre que acababa de perturbar
su vida.
Tenía una cita con Josh Brand para cenar.
Necesitaba una madre para Elizabeth, alguien que fuera inteligente, fuerte y
amable como ella. Eso era lo que le había dicho. Las palabras se repetían una y otra
vez en su cabeza.
Pero la realidad era que hasta aquel momento, Josh Brand no le había mostrado el
más mínimo afecto. En realidad lo que quería era una gran niñera que se ocupara de
otra niñera. Mattie apretó los dientes, se dio media vuelta y se metió en la casa.
No, no podía hacer eso.

Escaneado por Marisol F y corregido por Cris Nº Paginas 11—101


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Sin embargo, tenía una cita para cenar. De lo que tenía que preocuparse entonces
era de qué se iba a poner.
En cuanto le contara a su abuela lo que acababa de sucederle, aquello se
convertiría en un infierno.
Su abuela pensaba que debía casarse y estaba continuamente intentando
encontrarle a alguien, tratando de que tuviera una vida social.
Había crecido en el campo, rodeada de hombre, pero ninguno había querido jamás
salir con ella. Le tenían miedo.
Hasta aquel momento.
Cerró la puerta de la casa y se encaminó directamente al armario de su dormitorio.

A las siete menos cuarto Mattie ya estaba preparada. No hacía más que dar vueltas
de arriba abajo por el salón.
Normalmente aquél era el lugar donde se encontraba más cómoda, pero en
aquellas circunstancias bien podría haber sido el paraíso que le habría dado
exactamente lo mismo.
—¡Mattie, por favor, siéntate! —le dijo Irma Ryan a su nieta—. Y creo que deberías
soltarte el pelo y ponerte un vestido.
—Me siento más cómoda en vaqueros —le respondió Mattie a su abuela, una
diminuta mujer de pelo blanco que se balanceaba en una mecedora.
—No me parece bien que estés ya lista y esperándole. Deja que Josh se siente un
rato aquí y charle conmigo.
—No es más que una cena de negocios. Está interesado en adquirir una parte del
rancho.
—¡No digas tonterías! No te habría invitado a cenar en su casa si sólo quisiera
comprar tierra. Mattie, hazme caso.
A Mattie le remordía la conciencia. Jamás en su vida le había mentido a su abuela.
Pero, en esta ocasión, era imprescindible. No podía decirle que Josh Brand le había
pedido que se casara con ella, su abuela empezaría a planear la boda antes de que
ella terminara la última frase.
—Vete a tu habitación y deja que Lottie le abra la puerta. Ese es su trabajo.
Mattie no pudo por menos que reírse.
—Lo que queréis es echarle un vistazo.
—¡Por supuesto que queremos! —admitió la abuela sin reparos—. Lottie lleva
trabajando para nosotros desde que eras un bebé. Es casi como una madre para ti. Es
lógico que quiera ver con quien sales.
—No es nada del otro mundo.

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—Mattie, no te atrevas a llevártelo sin enseñárnoslo primero. Ahora, complace a tu


abuela y vete a la habitación. No he cruzado diez palabras con un hombre guapo
desde hace años.
—Pues no veo porqué tienes que empezar esta noche.
—Por favor —dijo Irma—. No tenemos ocasión de hacer demasiadas cosas
divertidas.
Mattie levantó las manos en un gesto de desesperación resignada y se marchó del
salón.
Su abuela se divertía de lo lindo, así que no tenía mucho de lo que quejarse. Le
encantaba mascar tabaco y jugar a las cartas con un motón de amigos de la ciudad los
sábados por la tarde.
Antes de que llegara a su cuarto, sonó la campana.
Mattie se apresuró a llegar a la ventana para poder mirar desde allí la camioneta
negra.
Se dio la vuelta y se miró al espejo. Se había cambiado de ropa una docena de
veces y, al final, había optado por unos vaqueros y un ligero toque de maquillaje.
¿Cómo iba a pasar una velada en compañía de Josh? No sabría de qué hablar, qué
decir. Y, total, lo que él quería era un negocio con el que ella no podía estar de
acuerdo.
Se limpió el sudor de las manos y bajó las escaleras.
A mitad de camino, oyó la voz de Josh y una gran carcajada.
¿Qué le habría dicho la abuela?
—Parece que os estáis divirtiendo —dijo Mattie mientras entraba en la
habitación—. Buenas noches, Josh.
El se levantó del asiento y no pudo evitar mirarla de arriba abajo.
Aunque se había cambiado de ropa, su anfitrión iba con vaqueros, tal y como ella
lo esperaba. Se había puesto una camisa azul oscuro. Llevaba el pelo sujeto atrás. Era
muy guapo. Un demonio en vaqueros que venía a robarle el alma. El pulso se le
aceleró. Le gustara o no era una reacción animal.
—Hola, Mattie —respondió él—. Si ya estás preparada, será mejor que nos
vayamos. Irma, me ha encantado hablar contigo.
—Vuelve por aquí, muchacho —dijo la abuela.
—Esa es mi intención —respondió él.
Agarró a Mattie del brazo y se marcharon. Sus botas resonaron al unísono y, al
pasar junto al espejo, se sorprendió de lo alto que era el hombre que la acompañaba.
Generalmente era más alta que todos los hombres con los que se cruzaba. La talla de
Josh era impresionante.
—Estás muy guapa —le dijo él y ella levantó la cabeza.

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[Link]

—Gracias —respondió ella, sin creerse el piropo.


Desde el porche, se encaminaron a la camioneta.
Ambos trataron de abrir la misma puerta al mismo tiempo y la mano de ella se
posó sobre la de él.
—Perdón —susurró ella sin poder evitar ruborizarse. No podía tener ni idea de las
pocas veces que había salido con un hombre.
Ambos entraron en la camioneta y él la puso en marcha.
—Tu abuela es una mujer muy interesante. No había tenido la oportunidad de
hablar con ella antes. Al menos no durante tanto tiempo.
—Es todo un personaje. Ya ha sufrido dos ataques al corazón y todavía no se cree
que mi padre haya podido morirse antes que ella. Siempre pensé que él estaría aquí
siempre.
—Sí, sé a qué te refieres —respondió él.
—Lo siento —se apresuró a decir ella—. No quería...
—No te preocupes. Tendré que aprender a vivir con ello.
—¿Dónde está Elizabeth?
—Rosalie, la cocinera, se encargará de ella esta noche.
—¿Y porqué no se encarga de ella siempre Rosalie?
—¡Ojalá pudiera ser así! Rosalie ya se va haciendo vieja y sus hijos le han
comprado un adosado en Arizona. Se marcha el mes que viene.
Mattie se sentía extraña, incómoda, demasiado consciente de la presencia del
hombre que tenía al lado.
No pudo evitar quedarse mirándolo durante un rato. Le agradaban sus rasgos
marcados, los pómulos prominentes, su boca sensual. Lo rodeaba un aura especial,
de confianza en sí mismo, de valentía ante la vida.
Temerosa de que la pudiera cazar mirándolo, apartó los ojos y dirigió la mirada
hacia el horizonte. Las colinas se levantaban a los lejos y el campo estaba lleno de
flores silvestres.
—Hemos tenido mucha lluvia esta semana —comentó ella.
—Sí, por suerte así ha sido. Tú tienes buenos recursos de agua en tu tierra.
—Pues sí, la verdad es que sí —ella sabía que su rancho estaba mucho mejor
dotado en ese sentido que el de él. Se preguntó si eso sería también un motivo para la
propuesta—. Josh, esto es imposible.
Mattie no podía controlar los nervios. Aquel hombre la ponía cardiaca.
—¿El qué? ¿Mi propuesta?
—Sí. No creo que te lo hayas pensado el tiempo suficiente —Mattie rebuscó en el
bolsillo, hasta encontrar un papel y un bolígrafo—. Voy a escribirte una lista de
candidatas al puesto que me has propuesto.
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—¿Que vas a hacer qué? —preguntó él confundido—. ¿Cómo sabes tú lo que yo


quiero?
—Bueno... me has pedido a mí que me case contigo. Eso quiere decir que no eres
muy exigente.
—¡Claro que lo soy! He pensado mucho sobre el tema —la mirada de Josh le
provocó un escalofrío que la recorrió de arriba abajo.
Durante unos segundos se ocupó de la lista. Lo único que le importaba era que
Josh Brand se había pasado horas pensando en ella. Aun cuando la propuesta fuera
para un matrimonio sin amor, no dejaba de ser una propuesta que conllevaba una
implicación emocional. Eso le cortaba la respiración.
—Bueno, venga, ¿a quién tienes en la lista? Ella miró él papel.
—¿Qué te parece Reba Talmadge? Él dijo que no con la cabeza.
—No podría confiar en ella.
—¿En Reba? —Reba vivía en Latimer y era bibliotecaria en Spencer. Desde el
punto de vista de Mattie era una mujer práctica y se podía confiar completamente en
ella. Además era bastante atractiva y había roto su compromiso hacía poco—. Bueno,
¿qué me dices de Candice Webster?
—Ella fue la primera niñera. Un desastre total. Mattie ser mordió el labio inferior y
lo miró.
—Alissa Hagen.
—Ni loco, vamos. Habla hasta por los codos. Preocupada por las continuas
negativas, Mattie revisó la lista una vez más.
—¿Barb Crandall?
Él agarró la lista y la miró unos segundos. Acto seguido la arrugó y la tiró en una
pequeña bolsa de basura que llevaba.
—Gracias por tu buena voluntad, pero creo que he hecho la mejor elección posible.
Te aseguro que he repasado una a una todas las mujeres que conozco.
Mattie volvió la cara hacia la ventanilla. No quería mostrar públicamente su
desconcierto. Pero lo cierto era que estaba asombrada. No podía casarse con Josh
Brand. Aquel hombre podía tener cualquier mujer que él deseara. ¿Por qué la había
elegido a ella? Continuaron en silencio y Mattie siguió sumida en sus pensamientos.
No podía preguntarle algo así. Pero tenía la certeza de que un matrimonio con el
hombre que estaba a su lado sería insostenible. Si ni siquiera sabía comportarse en
una situación tan trivial como aquella. Mattie se frotó las manos nerviosamente.
—Relájate, Mattie —le dijo él.
—Bueno, me resulta un poco difícil hacerlo en estas circunstancias.
—Lo único que vamos a hacer es cenar tranquilamente y a charlar un poco de
nuestro futuro.

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Ella no respondió. Se limitó a observar las sombras que el sol poniente proyectaba
sobre la tierra.
Muy pronto divisaron la casa de Josh. Ella no recordaba haber estado allí nunca
antes.
La casa era grande. Había tiestos con flores por todas partes. El porche rodeaba
todo el edificio.
Más allá de la casa pudo ver un granero dos veces más grande que el suyo, el
corral, los establos, una pequeña caseta que debía de ser la oficina y dos pequeños
edificios más. Había, además, un tractor y otra camioneta aparcados en un garaje.
Josh aparcó junto a la casa.
—Ya hemos llegado. Rosalie se ha llevado a Elizabeth a su casa. Está al final de la
carretera —dijo él señalando en aquella dirección.
Mattie se bajó del vehículo y lo siguió a través del porche.
Él abrió la puerta trasera y entraron en la cocina.
—¿Te apetece una cerveza? ¿O prefieres vino, té frío...?
—Un té, por favor —respondió ella mientras miraba alrededor. Los armarios eran
de madera y el suelo de terrazo. Era un lugar espacioso y acogedor, aún impregnado
del aroma a pan recién hecho.
Josh le sirvió un vaso de té frío.
—¿Quieres azúcar o limón?
—No, gracias.
Él sacó una cerveza, la abrió y la dejó sobre el mostrador. Acto seguido, posó una
mano sobre el hombro de ella. Sintió su calor reconfortante.
—Mattie, relájate, por favor. Parece que yo fuera el demonio y te estuviera
pidiendo que me vendieras tu alma.
—Bueno, así es un poco como yo te veo. Tu proposición me ha sorprendido
realmente. Lo que creo es que deberías tratar de encontrar una niñera apropiada. No
veo la necesidad de llegar al matrimonio —mientras hablaba no podía dejar de mirar
aquellos ojos profundos de largas pestañas, sus labios esculpidos con toda
perfección.
—Ven, te enseñaré mi casa —su voz era tan sugerente que ella no pudo rechazar la
invitación.
Asintió y lo siguió. Sus hombros anchos parecían llenar cualquier espacio por
grande que fuera.
—Por aquí —se volvió él a decir.
—Sí —Mattie se ruborizó, pues la había cazado admirando sus glúteos.
Entraron en el salón. Era una estancia muy agradable, decorada en verde y
marrón, con una hermosa chimenea de piedra.

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En una esquina había una mesa de juegos y sobre la chimenea un rifle. Ella se
aproximó a una pared que había llena de cuadros.
—Esa es toda la saga —dio él refiriéndose a las pinturas—. Ése es mi bisabuelo
Daniel Brand.
—Quien trató de matar al mío —dijo ella con sorna mientras se acercaba a él.
—Vaya. Siempre había creído que había sido a la inversa —replicó Josh y ella se
rió.
—Por lo menos, cuando nuestros padres se hicieron cargo de los ranchos nuestras
familias ya habían dejado de dispararse. Eso sí, no se dirigían la palabra a menos que
fuera absolutamente necesario.
—Ese rifle era de mi bisabuelo. Fue él el que hizo esa mesa de allí —dijo Josh
señalando una simple mesa que había en otro extremo. Luego se refirió a uno de los
cuadros de caballos que había en la pared de enfrente—. Mi padre colgó ese cuadro.
Era su favorito. La mecedora era de mi abuela.
—Tiene gracia. Tus raíces son muy similares a las mías —Mattie recorrió los
cuadros de la familia observándolos uno a uno.
—Ésa es la mujer de Daniel —le aclaró Josh al ver que se detenía a contemplar a
una mujer morena de piel oscura—. Se llamaba Pequeña Estrella. Era una Kiowa.
—Es muy hermosa.
—Tenemos más sangre Kiowa en la familia. Mi abuelo Isaac, que era mestizo,
también se casó con una Kiowa, Flor de Verano —Josh señaló a una mujer que
posaba junto a su esposo. El parecido con él era increíble.
Mattie continuó mirando los cuadros, hasta llegar a uno en que aparecía un
pequeño muchacho de pelo negro y piel tostada.
—Este eres tú, ¿verdad?
—Sí. Mi madre lo puso ahí. Ni Lisa ni yo cambiamos nunca nada de esto.
—¿Creciste en esta casa?
—Sí. Esta habitación y los dos primeros dormitorios que se construyeron
continúan siendo los que hizo mi bisabuelo. Mi padre rehizo la cocina y añadió el
resto de las habitaciones. Después de la muerte de mi padre, mi madre se casó y nos
trasladamos a Chicago. Cuando Lisa y yo nos casamos, vinimos aquí. Lisa remodeló
la casa, pero dejó casi intactos este salón y el comedor. La mesa que hay allí era de mi
abuelo y hay unas cuantas cosas aquí que eran de mi bisabuelo.
—La verdad es que en nuestra casa ha ocurrido algo parecido.
Pasaron a un salón mucho más formal que estaba junto al anterior. Estaba
enmoquetado en color crema y el resto mantenía el verde.
—Lisa redecoró esto. Pero no suelo venir aquí —le confesó él. Siempre que
hablaba de su mujer una sombra de tristeza le oscurecía la mirada.

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Ella lo siguió hasta el comedor. En el centro había una gran mesa con doce sillas
alrededor y un conjunto de plata en el centro.
—Tienes una casa muy bonita.
—Gracias. ¿Te gustaría que nos sentáramos fuera mientras se hacen los filetes?
—Sí, claro —respondió ella.
Ambos tenían un pasado muy similar, pero eso era todo lo que tenían en común.
Salieron al porche y él acercó un par de sillas.
—Siéntate. Voy a hacer la carne. Rosalie ha dejado la verdura cocida así es que la
cena está prácticamente hecha.
Puso los filetes al grill y volvió a darle conversación.
—Este sitio es precioso —dijo ella.
—El rancho va muy bien. Según tengo entendido acabas de comprarle un par de
caballos a Ed Williams.
—Trato de aumentar la producción.
—Es un buen paso —la observó unos segundos. Cada vez que la miraba tenía la
impresión de que ella se sentía incómoda, como si tratara de aprovecharse—. No te
sentirás mal por mi sangre india, ¿verdad?
—Por supuesto que no —respondió ella sorprendida.
Él se encogió de hombros.
—La verdad es que no pensaba que así fuera. Pero alguna gente tiene prejuicios.
—No eres tú la causa de mi negativa. Soy yo. No sé nada de bebés.
—Se tarda muy poco en aprender —respondió él.
Ella se preguntó cuantas cosas le habían fallado a aquel hombre en su vida. Había
perdido a su mujer y a su padre, pero algo le decía que, aparte de eso, solía conseguir
cuanto quería y se proponía.
El se levantó a por la carne.
Ella lo observó mientras se alejaba: hombros anchos, cintura y cadera estrechas.
¿Cómo iba a ser aquel su marido? Imposible. El pulso se le aceleró sólo con pensarlo.
En pocos minutos ya estaban sentados en la mesa de la cocina comiendo unos
deliciosos filetes con patatas asadas, zanahorias y pan casero.
—Cocinas muy bien —dijo ella.
—Gracias. Pero el mérito es de Rosalie. Yo no sé hacer pan casero. ¿Vas a
participar en el rodeo de julio?
Ella dijo que no con la cabeza.
—No, ya no participo tanto como antes. ¿Y tú?
—Sí. Participaré con el lazo.

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Continuaron durante un rato charlando sobre la vida en el rancho.


Sin embargo, ella se sentía nerviosa, quería que el tema del matrimonio quedara
claro, para poder marcharse a su casa cuanto antes.
Al terminar de comer, él no le permitió que se pusiera a recoger.
—Yo creo que fuera se debe estar muy bien ya. No hará tanto calor. Vamos allá y
te enseñaré el granero.
Ella asintió, aunque seguía empeñada en que discutieran lo que la había llevado
hasta allí para que la dejara marchar. Su compañía estaba empezando a resultar
demasiado agradable.
El sol había dejado un color rojizo en el horizonte. Aquel rancho parecía un
paraíso, verde y próspero, con grandes bancos de flores silvestres.
—¿Y tu madre? ¿No puede ocuparse ella del bebé?
—Mi madre está muy ocupada. Mi padrastro, Thornton Bridges se presenta como
senador en las próximas elecciones. Mi madre colabora con él en la intensa vida
social que lleva, además de ocuparse de muchas obras de caridad. Ella estaría feliz de
llevarse a la niña a Chicago. Pero yo no quiero darle a mi hija.
La brisa agitó el pelo de Mattie. En la distancia pudo ver un perro labrador que se
aproximaba hacia ellos. En pocos segundos ya los había alcanzado.
—Siéntate, Grady —le dijo él y el perro lo obedeció.
Ella miró a Josh una vez más. Seguía sin entender porqué la había elegido a ella.
Tenía tanto donde elegir. De nuevo sintió un hormigueo en el estómago. Tenía que
decirle que no cuanto antes.
Visitaron los distintos edificios, todos muy bien equipados. Llegaron hasta el
establo donde ella pudo comprobar que los caballos eran tan buenos como los que
ella tenía.
Allí, él se decidió a hablar.
—Quiero que sepas que antes de hacerte la proposición que te hice me lo pensé
detenidamente.
Ella levantó la mirada. Aquél posiblemente era el único hombre que había
conocido que la hacía sentir pequeña.
—Pero es imposible. No sé nada de bebés ni de hombres.
—Trabajas con hombres todos los días.
—Pero nunca he salido con ninguno y eso es diferente —dijo ella, cada vez más
nerviosa.
—A mí eso me da exactamente lo mismo. Aparte de que no creo eso de que nunca
hayas salido con nadie —replicó él—. Saliste con alguien en el instituto.
—Durante muy poco tiempo y no significó nada. Me siento como un anacronismo,
como si hubiera salido de un pasado en el que había mujeres como yo. Jamás he
tenido un novio.
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Josh se preguntó que había de las historias que había oído. Realmente ella parecía
muy nerviosa en su compañía. Pero el lo achacaba a la extraña situación que había
surgido no a que se sintiera incómoda en presencia de un hombre.
—Según había oído sí habías salido con alguien en el instituto.
Ella esbozó una extraña sonrisa.
—Pues te informaron mal. Puede que mi abuela haya levantado ese rumor para
que no piensen que soy rara. Quiere que encuentre un hombre. Soy más alta que la
mayoría de los hombres que conozco y me da la sensación de que me tienen miedo.
—A mí no me das miedo —dijo Josh, sin poder dejar de preguntarse si los
hombres que la habían rodeado la habían dejado marcada con sus burlas.
La observó detenidamente. Tenía una cara muy hermosa, el pelo rubio y espeso,
los ojos grandes y los labios muy sensuales. Sus ojos descendieron por la línea del
cuello. Era largo y fino y desembocaba en unos senos abundantes y turgentes.
Aquella mujer era mucho más que atractiva, pero nunca antes se había dado cuenta.
Se sorprendió a sí misma sintiendo algo. Era la primera vez desde la muerte de Lisa
en que había reparado en una mujer.
—Trabajas con hombres, participas en rodeos. Si no has salido con nadie es
simplemente porque no has querido.
—Puede ser.
Él la agarró suavemente de la trenza para obligarla a mirarlo.
—No creo importante que hayas tenido o no experiencia con los hombres. Nuestro
matrimonio no cambiará tu vida. Lo único que tendrás que hacer es vivir bajo mi
techo y supervisar la educación de Elizabeth. No tiene porqué haber un contacto
físico. Te daré toda la libertad que precises.
Ella se ruborizó.
—No... bueno, no llego a entender por qué me propones eso. Dentro de seis meses
te arrepentirás terriblemente de todo esto.
—Estás equivocada. He pensado mucho sobre esto.
—No deberías precipitarte así en un matrimonio sin amor. Pero, hay además otra
razón que jamás le he contado a nadie. Ni siquiera se lo contaría a mi abuela.
Mattie hizo una pausa y él se impacientó. ¿Que secreto estaría ocultando? Quizás
tendría algo que ver con que jamás había salido con nadie.
—¿Qué es eso que no le has contado a nadie? Su mirada se perdió en el horizonte.
—Algún día venderé el rancho y me marcharé muy lejos de aquí.
Aquella confesión era lo último que jamás se habría imaginado.

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Capítulo 3

—¿No te gusta esto? —preguntó él completamente anonadado—. Siempre creí que


era tu vida. Siempre has estado aquí. ¿Qué más quieres?
—Mi padre siempre confió en mí, y me educó para continuar lo que él había
hecho. Pero yo quiero algo distinto.
—¡Pero si generaciones y generaciones de tu familia han vivido allí! ¿Lo vas a
dejar todo?
Mattie levantó la barbilla y toda la fortaleza de la que era capaz brilló en sus ojos.
Estaba claro que una vez que aquella mujer había tomado una decisión podía ser
terca como una mula.
—Mis hermanas se marcharon sin más. Si toda mi familia se ha marchado, ¿por
qué tengo que mantener una herencia que no quiero?
—Me resulta difícil pensar que tú puedas no querer esto —dijo él, y a la memoria
le vinieron algunos de los enfrentamientos que había tenido con su mujer por causa
del rancho. Ella quería vivir en la ciudad.
—Yo jamás habría hecho nada que pudiera dolerle a mi padre. Pero él nunca me
preguntó qué era realmente lo que yo quería. Asumió que era lo mismo que él quería
para mí. Dejó que mis hermanas se marcharan. Cuando se dio cuenta ya estaban en
la universidad y no volvieron ni volverán.
—Tu padre ya no está aquí. ¿Qué es lo que te retiene?
—Mi abuela. Jamás se me ocurriría vender mientras ella siga aquí. Eso le dolería
terriblemente. Me quedaré hasta que mi abuela se vaya —Mattie hizo un gesto de
determinación—. Tienes que prometerme que jamás le dirás nada de esto a nadie. Si
mi abuela se enterara...
—Te lo prometo —respondió él, aún perplejo por la inesperada confesión—.
Entonces, ¿qué es lo que quieres hacer?
Ella bajó la cabeza y juntó las manos en el regazo. Tenía las uñas cortas y bien
cuidadas, los dedos largos y unas manos delicadas a pesar del duro trabajo que
desempeñaban.
—Puede que suene estúpido, pero durante muchos años lo que he querido hacer
ha sido estudiar derecho. Incluso he leído algunos libros de leyes.
Ella alzó los ojos y lo miró desafiante, como si esperara que el soltara una sonora
carcajada.
Pero nada más lejos de lo que podría ocurrir. Él se sintió derrotado, pues ella era la
solución a su problema. De pronto, se sintió culpable, pues recordó cuanto odiaba
Lisa el rancho y como por él había tenido que permanecer allí.
—Bueno, ahora entiendo algunas cosas.

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—Te agradezco la oferta a pesar de todo —ella dejó caer las manos a los lados—.
Pero no puedo hacer nada. Lo siento de verdad.
Él se rascó la nuca.
—Eras la solución perfecta. Pensé que encajábamos totalmente.
—Jamás me pude imaginar a mí misma aquí.
—No veo porqué no.
—Bueno, gracias igualmente. ¿Me podrías llevar a casa?
Él asintió y se encaminaron hacia la camioneta.
—¿Tienes algún otro familiar que se pudiera encargar del rancho?
—No. El único hermano de mi padre vive en Arizona Allí lleva el rancho de la
familia de su esposa, jamás se vendría aquí.
—Quizás deberías haber discutido todo esto con tu padre.
—Nunca se le ocurrió pensar que yo podía querer otra cosa, ni a él ni a mi abuela.
Mis hermanas fueron rebeldes desde el momento en que supieron que había otros
lugares en los que vivir. Pero yo fui diferente.
Josh entendía perfectamente porqué ni la abuela ni el padre pudieron pensar
jamás que ella no quería el rancho. Había ranchos en todo el estado que habían
pasado de generación en generación. Era una tradición aceptada desde la infancia. A
él jamás se le había ocurrido hacer nada más, ni se había imaginado que Mattie
pudiera querer algo distinto. No había ningún chico en su familia y ella era la mayor
y la que siempre se había responsabilizado de todo.
Josh estaba decepcionado. En el fondo de su corazón tenía la sensación de que Lisa
había muerto por su causa. La había forzado a permanecer en aquel lugar, hasta que
había acabado con ella.
Miró a la mujer que estaba a su lado. Sentía curiosidad por lo que pensaba, por sus
sueños.
—¿Por qué Derecho?
—Creo que empezó cuando yo tenía diez años. Mi madre murió atropellada por
un conductor borracho. El tipo tenía antecedentes y, a pesar de todo, salió libre sin ni
siquiera tener que pagar una multa. Entonces deseé llegar a ser fiscal para poder
castigar a gente como él. Aquella era una visión idealista. Sin embargo, siempre me
ha gustado el derecho. Querría abandonar esta vida rural. Sé que ahí fuera hay
muchas cosas que me gustaría explorar.
—¿Qué estudiaste?
—Veterinaria. En el instituto lo que más me gustaba era la literatura, pero no
podía decepcionar a mi padre.
—Yo dejé de estudiar cuando mi padre murió. Entonces vine aquí para llevar el
rancho.
—Has hecho un buen trabajo.
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—Tu padre podría haber vivido muchos años. ¿Qué habrías hecho entonces?
—Me habría quedado aquí para siempre, supongo. Puede que en algún momento
hubiera acabado diciéndole cómo me sentía, pero lo dudo. Su ausencia me pesa
mucho. Todo se me hace muy cuesta arriba. Tú sabes lo dura que puede ser la vida
en el rancho: animales enfermos, las condiciones atmosféricas... Sin él todos esos
problemas me parecen muy difíciles de llevar.
Continuaron caminaron en silencio, hasta que llegaron a la camioneta.
—Josh, sigue buscando una niñera. Es lo mejor. No tiene sentido que te
comprometas en un matrimonio sin amor.
—Quiero quedarme con Elizabeth —dijo él compungido. No podía trabajar y
cuidar del bebé al mismo tiempo.
—¿Por qué no me dejas que ponga un anuncio y busque yo una niñera adecuada?
—Eso puede ser una solución. Escribiré los requisitos y te lo daré.
Ella sonrió y sus ojos brillaron como dos esmeraldas. ¿Cómo podía ser que aquella
mujer no hubiera salido nunca con nadie? Posiblemente sólo había encontrado los
hombres inadecuados en malos momentos.
—No sé porqué creo que si vas a la universidad y le conviertes en abogado
podrás encontrar lo que buscas. Puede que incluso encuentres al hombre apropiado.
Ella se encogió de hombros.
—Tengo ya veintiocho años. Creo que eso es mucho pedir.
—Vamos mi ancianita. Te llevaré a casa.
Finalmente, las cosas habían quedado claras.
Se pusieron en marcha y ella, ya muy relajada, disfrutó del hermoso paisaje.
Llegaron hasta su casa y él la acompañó hasta la puerta.
Se detuvo frente a ella y posó las manos sobre sus hombros.
Al sentir su tacto se estremeció.
—Si cambias de opinión, házmelo saber.
—Tráeme los requisitos y pondremos un anuncio. Yo me encargaré de entrevistar
a las candidatas.
—Claro, Mattie —dijo él y, acto seguido, se despidió con un suave beso en la
mejilla. Los cálidos labios dejaron su marca. Durante unos segundos, ella deseó su
cuerpo, querría haber descubierto qué se sentía en sus brazos. Algo le decía que,
posiblemente, habría sido lo mejor que jamás había experimentado.
—Gracias por la cena, Josh. Estaba deliciosa. Nunca olvidaré que pensaste en mí.
—Estoy francamente decepcionado, Mattie. Volveré mañana o pasado para que
redactemos el anuncio —él sonrió y se encogió de hombros.
Todo él emanaba simpatía. La blancura de su dentadura perfecta destacaba en
contraste con el color cobrizo de su piel.
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Recordó las veces que lo había visto en público, siempre tan atractivo. Cuando
quería desplegar todo su armamento ofensivo, era absolutamente irresistible.
Lo observó mientras se dirigía a su camioneta. Lo vio subirse, arrancar el vehículo
y alejarse por la carretera polvorienta.
La oscuridad envolvía el rancho, aumentando la sensación de soledad. ¿Acababa
de cometer el mayor error de su vida?
Si vendía el rancho y se marchaba de allí, ¿terminaría arrepintiéndose y pensando
en aquella propuesta que un día le había hecho Josh Brand?
No, un matrimonio de conveniencia no podía ser nada bueno.
Pensó en Josh, en el leve beso que había depositado sobre su mejilla. Era un
hombre tremendamente atractivo, pero teñía la sospecha de que en el trato que le
ofrecía ella no iba a tener demasiada presencia, no se iba a fijar en ella.
Se encogió de hombros y se metió dentro de la casa.
Por suerte, Gran se había marchado a su pequeña casa, que estaba a unos cuantos
metros de la de Mattie. No se sentía con ánimo de responder a un montón de
preguntas sobre porqué había llegado tan pronto, sobre si volvería o no a salir con
Josh.

Dos días después, cuando se disponía a salir del establo, una silueta se interpuso
en su paso.
—¿Mattie?
El pulso se le aceleró al reconocer a Josh.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó ella rápidamente, para darle voz a su
rubor y hacer que pasara inadvertido. Desde la cena no había dejado de pensar en él
pues, a pesar de haber dicho que no a su proposición, no podía olvidarse de él—.
¿Has escrito los requisitos?
—Irma me dijo que estarías aquí. Parece ser que tienes una yegua enferma.
—Ya está mejor.
Él se acercó a mirar al animal. Llevaba unos vaqueros y una camiseta blanca que
dejaba adivinar su complexión musculosa.
Mattie no podía apartar la vista de él.
—¿Tienes el anuncio? —repitió ella. Josh se volvió hacia ella. El pulso se les
aceleró a los dos.
Él se colocó el sombrero hacia atrás.
—Mattie, me dijiste que nunca dejarías esto mientras tu abuela estuviera viva.
—No podría hacerle eso. Sólo venderé cuando ella se haya marchado —respondió
ella con la esperanza de que su voz sonara firma.

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Josh estaba demasiado cerca de ella. Por su mirada, podía asegurar que iba a tratar
de convencerla de algo.
—Recuerdo a tu abuelo. Murió hace algunos años.
—Sí, hace exactamente dos años y mi padre este año —respondió ella.
—¿Cuántos años tenía tu abuelo?
—Ochenta y cuatro —algo le decía a Mattie que debía alejarse, pero al mismo
tiempo no podía. Su presencia la perturbaba hasta el extremo de no poder seguir
fácilmente la conversación.
—Tu bisabuela vivió hasta los cien. ¿Cuántos años tiene Irma?
—Cumplirá ochenta y uno en su próximo cumpleaños.
—¿Cómo está de salud?
—Bueno, ha tenido algunos problemas con el corazón, pero en los últimos años ha
estado perfectamente. Josh... —Mattie hizo una pausa, perturbada por la presencia de
aquel hombre que se aproximaba cada vez más a ella.
—Mattie... He estado pensando en lo que me dijiste —empezó Josh—. Si vas a
estar en el rancho hasta que Irma muera, eso puede significar muchos años aún.
Se dio cuenta de que estaba nerviosa. Se preguntó si sería su presencia lo que
provocaba ese efecto en ella. La idea de que así fuera lo reconfortó extrañamente.
El corazón de Mattie se detuvo para luego empezar a latir enérgicamente.
—Sí, es posible que sí.
—Cásate conmigo. Podernos firmar un acuerdo prenupcial por el cual el
matrimonio pueda quedar anulado en cuanto Irma muera.
—¡No! No puedo hacer eso —de pronto sintió pánico. No sabía cómo tratar con
aquel hombre. Estaba habituada a trabajar con tipos muy duros, pero ella tenía
siempre el mando. En aquellas circunstancias, todo era distinto. ¿Qué tenía Josh
Brand que hacía que le temblaran las piernas?
—Escúchame —insistió él—. Cásate conmigo. Sólo tendrás que quedarte un año.
Para entonces la niña tendrá ya dieciocho meses y tendremos una buena niñera en
casa. Sólo tienes que quedarte un año y me comprometo a pagarte la universidad.
Pagaré todos los gastos, además de la hipoteca que recae sobre tus tierras.
Lo miró atónita, mientras los números danzaban en su cabeza.
¿Cómo podía casarse con aquel hombre, vivir con él bajo el mismo techo? Si su
sola presencia causaba estragos en su sistema nervioso.
—Si te quedas cinco años, hasta que la niña esté edad escolar, te daré un cuarto de
mi rancho y te compraré una parte proporcional o, simplemente, te daré el dinero.
Eso además de lo anterior.
Mattie se quedó sin habla durante unos instantes.
—¡Pero eso es demasiado!

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—Nada es demasiado cuando lo que está en juego es mi hija —respondió él con


serenidad pero con firmeza. Sus ojos decían que cada palabra que decía era cierta.
—Creo que hemos vuelto al mismo punto del que partimos. No puedo ocuparme
de ella —dijo, con un montón de mariposas en el estómago. Era duro de vencer.
—Si eres capaz de llevar este rancho sola, de ocuparte de animales enfermos, de
traer carneros al mundo, puedes perfectamente contratar a una niñera.
—Sabes que lo que me propones conlleva mucho más que eso —dijo ella, molesta
por la burbuja de pánico que se le había puesto en la garganta—. Perdí a mi madre a
los diez años. Sé lo que es criarse así. Lo que la niña necesita es una verdadera mamá.
Él bajó los ojos.
—Una niñera es lo más que puedo ofrecerle —respondió él—. Pero le daré todo el
amor del mundo. Y si tú estás allí para ayudarme, será un buen comienzo.
—Josh, no puedo...
—Escucha, con el acuerdo prenupcial podemos determinar, si Irma fallece,
recobras tu libertad.
Ella cerró los ojos. La imagen era desconcertante.
—No me siento capaz...
—Puedes hacerlo perfectamente. Y tu vida no cambiará, excepto que vivirás en mi
casa y te encargarás de la niñera y de supervisar que Elizabeth esté bien con ella. Eso
es todo.
Josh es quedó esperando una reacción.
Era perfecta, y capaz de cualquier cosa que se propusiera. Era dulce, lo había
demostrado con su lealtad a la familia. No hablaba más de la cuenta, podía montar
como el mejor jinete y llevar un rancho. Era, además, honesta y hermosa. Bueno, no
es que eso le importara, por supuesto que no.
Quería a Mattie Ryan en su vida y tenía que conseguir que ocurriera lo mismo a la
inversa.
Sabía que ella se sentía sola y que, a menudo, tenía miedo.
Ella echó a andar sin previo aviso y él la siguió.
Sin quererlo, se encontró a sí mismo admirando a la mujer que tenía delante. Tenía
unas piernas largas y bonitas que acababan en un atractivo trasero. Le sorprendió lo
que aquella imagen provocaba en su cuerpo, una reacción que no había
experimentado desde que su esposa vivía.
Mattie se dio la vuelta y se enfrentó a él, como dispuesta a iniciar un duelo. Estaba
en jarras y tenía una llama en los ojos.
—Te vas a arrepentir. ¿Imagínate que te enamoras otra vez?
—No voy a enamorarme. Adoraba a Lisa. Me siento vacío —dijo él, aunque
sabiendo que eso había sido cierto hasta hacía cinco minutos.

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[Link]

—Estás equivocado. Dentro de seis meses sentirás algo muy diferente.


—Entonces podemos anular nuestro matrimonio. Pide lo que quieres que conste
en el acuerdo prenupcial. Puedes establecer un precio más alto si soy yo el que
decide anular el matrimonio.
Mattie sentía el corazón latir a toda velocidad, por primera vez en su vida tuvo la
sensación de que podía desmayarse de un momento a otro. Le aterraba la idea de
responsabilizarse de un bebé, de vivir bajo el mismo techo de aquel hombre.
Pero también estaba tentada a aceptar. Se sentía sola y echaba de menos a alguien
que trabajara con ella. Josh era guapo, fuerte y masculino. La idea de compartir su
vida con él, aunque fuera un matrimonio platónico, de trabajar con él día a día era
excitante. Aún cuando no le hubiera ofrecido más que eso, le habría seguido
pareciendo una idea muy sugerente.
Se aproximó a ella sin dejar de mirarla. Se detuvo a unos pocos centímetros de
ella, la agarró de la barbilla y la obligó a mirarlo.
—Eres la mujer que necesito. Pídeme lo que quieras.
—Tu oferta es más que generosa —apenas si podía decir palabra.
—Tu abuela vive en su casa y podemos trasladarla también a la mía. Es lo
suficientemente grande para todos. ¿Qué puedes perder? Realmente tienes mucho
que ganar. Puedes romper el compromiso en cuanto lo desees. Sólo te pido que te
quedes un año. No es tanto, ¿verdad?
Ella no podía mediar palabra. Estaba desconcertada.
—Podemos ir al abogado mañana —continuó él—. Tu vida cambiará muy poco.
—Cambiará radicalmente en el instante en que tenga un bebé en mis brazos.
—No si contratamos a alguien que se encargue de Elizabeth.
—Ya hemos hablado de eso. Pero tengo la certeza de que si supiera como hacerlo,
acabaría, cuidándola yo misma.
Ella bajó los ojos. Sabía que él esperaba una respuesta, necesitaba una contestación
inmediata. También sabía cuál debía ser. Acabaría con sus problemas financieros, con
su soledad, con sus miedos. Estaba cansada de tener que enfrentarse a todo por sí
misma. El rancho era una enorme responsabilidad que recaía sobre su espalda y a
veces no se sentía capaz de aguantar el peso mucho tiempo.
Pero, a pesar de todo, no se atrevía a responder. Cada vez que pensaba en la tierna
criatura que había tenido en sus brazos sentía pánico. ¿A qué? A enamorarse de ella
y a enamorarse de Josh Brand. Era un hombre muy atractivo. Acabaría por
enamorarse de él.
La idea la aterraba, pero era una realidad. Cada vez que estaba cerca, ella sentía
que el pulso se le aceleraba. Era un hombre inteligente, dinámico, guapo. Podía llegar
a perder la cabeza por él completamente. Y él... podría volver a enamorarse... tal vez
de otra mujer. También podría no volver a enamorarse jamás. ¿Y sus sueños? ¿Y la
universidad?

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—Tengo la sensación de que ya tienes la respuesta.


—No, no la tengo —respondió ella.
—¿Qué puedes perder?
—Supón que me enamoro de ti —dijo ella sin pensárselo, con una sinceridad
desconcertante.
—No te has enamorado de nadie hasta hoy. No creo que algo así te vaya a ocurrir.
Pero, si así fuera, seré tu marido.
—Pero tú no me amarás a mí.
La sonrisa se desvaneció de su rostro.
—No creo que ninguno de los dos corramos realmente ese riesgo. No, yo no me
volveré a enamorar. Pero tampoco creo que tú te vayas a enamorar de mí, Mattie.
Eres una mujer práctica, que se ha pasado toda su vida sola. No creo que ahora
pueda cambiar eso. Además, ¿no me has dicho que quieres ir a la universidad?
_Sí, en la primera oportunidad que tenga.
—Tú misma acabas de responderte. No te enamorarás mientras tengas un objetivo
tan claro en mente.
Josh sabía lo que quería y tenía la clara sospecha de que estaba a punto de
conseguirlo. Le puso las manos sobre los hombros y le acarició la garganta con el
pulgar. Una agradable sensación la inundó por completo.
—Mattie, podemos hacer mucho el uno por el otro. Di que sí, que te casarás
conmigo.
—Me has dicho que ya han pasado tres niñeras por tu casa, y fueron tres errores.
¿Qué te dice que éste no va a ser el cuarto?
—No me voy a arrepentir.
—Eso es algo que no puedes asegurar —de algún modo se sentía decepcionada
por sus respuestas. Pero estaba siendo completamente honesto. ¿Por qué iba a
enamorarse de ella?
Lo miró fijamente a los ojos y todo un mundo de contradicciones comenzó a
debatirse dentro de ella.
Puede que para él no fuera más que una solución a sus problemas, sin embargo
ella sentía que a su lado podía salir ardiendo en cualquier momento. Su presencia la
hacía consciente de su cuerpo, de su feminidad. Algo que nunca antes le había
sucedido así.
Josh no recordaba haber tenido, jamás, tantas dificultades para obtener algo de
alguien. Pero, a pesar de todo, estaba dispuesto a conseguirlo. No veía nada
perjudicial para Mattie en aquel trato. Sólo tenía cosas que ganar.
Ella se mordió el labio inferior, alzó la cabeza. Tenía las mejillas encendidas como
dos farolillos de feria.
—Cásate conmigo, Mattie —insistió él.
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Su sentido común le decía que la idea era descabellada, pero la oferta era
irresistible.
Respiró profundamente y cerró los ojos, como si se dispusiera a saltar de la borda
de un trasatlántico sin chaleco salvavidas y en mitad de la noche.
—De acuerdo. Me casaré contigo.
—¡Viva! —exclamó él y, sin pensárselo dos veces, la agarró en sus brazos.
Ella le rodeó el cuello con los brazos temerosa de caerse. La sensación de estar tan
cerca de él era muy agradable. Sentía el olor a limpio de su camiseta y el calor de su
cuerpo musculoso.
— ¡Josh, bájame!
Él lanzó otro exuberante grito y la dejó en el suelo.
—¡Gracias a Dios! —dijo él y la besó suavemente en la boca. Al sentir el contacto
de sus labios, el corazón de Mattie inició una carrera sin límite. Todo su cuerpo
aumentó de temperatura.
Rápidamente, se apartó de él.
—Nos podemos besar. Al fin y al cabo nos vamos a casar.
—Eso no era parte del trato —murmuró ella, casi mareada por la impresión del
gesto.
—Como tú digas. ¡Esto es fantástico, Mattie! —la tenía ligeramente agarrada por la
cintura y sus ojos expresaban la mayor de las alegrías—. ¡No te arrepentirás! Llamaré
a mi abogado y mañana mismo podremos redactar un acuerdo prenupcial.
Ella todavía sentía que su cabeza daba vueltas. Aunque no había sido más que un
leve beso, que él ya habría olvidado, todavía lo tenía vibrando en los labios.
—Josh, para un poco.
— ¿Por qué? Los dos sabemos lo que queremos. ¿Cuando nos podemos casar?
¿Quieres una boda a lo grande?
—No —respondió ella solemnemente, sin dejar de preguntarse en qué se estaba
metiendo. No estaba acostumbrada a hombres impulsivos. Su padre había sido
siempre un hombre fuerte, silencioso y muy contenido—. La boda es una farsa, así
que no quiero darle bombo y platillo. Además, no estaría bien. La gente murmurará.
Hace muy poco que te has quedado viudo.
Su sonrisa se desvaneció.
—Yo adoraba a Lisa, todo el mundo lo sabe. De acuerdo, será una boda discreta.
Sólo los amigos más próximos y la familia. ¿Cuándo?
—Tengo que mirar el calendario.
—Vamos a decírselo a Irma.
—¿No crees que deberíamos salir juntos un par de veces más antes de hacer un
anuncio así?

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Él la miró pensativo. Mattie estaba en jarras, tenía el ceño fruncido. Sabía que la
gente murmuraría, a pesar de todo, pero podría facilitarle las cosas a ella.
—Te recogeré esta noche para salir a cenar. Podemos salir todas la noches hasta el
sábado, en que podemos ir a comer juntos.
—También podríamos anunciar nuestro matrimonio como lo que es.
—No —eso no sería bueno para ninguno de los dos, tampoco para Elizabeth—.
Quiero que todos piensen que es un matrimonio real.
Ella se encogió de hombros pero, aunque no lo dijera, también lo prefería. Ya se
había reído bastante de ella a sus espaldas.
—Se preguntarán porqué te casas conmigo.
—Cualquiera con un mínimo de sentido común se morirá de envidia.
—Gracias —dijo ella.
Josh observó la incredulidad en su rostro. Sí, estaba claro que la habían hecho
mucho daño. Se aproximó a ella y la agarró de la barbilla.
El pulso se le aceleró a Mattie.
—No lo digo por halagarte innecesariamente, ni para conseguir lo que quiero. Ya
lo tengo —le aseguró él—. ¿Crees que te habría pedido que te casaras conmigo, aún
en estas circunstancias, si no fueras alguien a quien respeto profundamente? Te estoy
dando la mayor responsabilidad del mundo: mi hija. No haría esto si no me gustara
tenerte cerca. Hay muchas mujeres a las que no habría hecho un ofrecimiento así.
Vamos a vivir juntos, a trabajar juntos. Sólo se puede hacer eso con alguien a quien
consideras capaz, inteligente y agradable. Me gustas, Mattie.
Ella lo miraba fijamente, con el corazón agitado mientras escuchaba el suave
susurro de sus halagos.
Ya lo sabía a ciencia cierta. Acabaría enamorándose de él y jamás podría soñar con
ser correspondida. Algún día aquel matrimonio tendría que acabar y ella no tendría
posibilidad alguna de mirar atrás. No obstante, quería ir a la universidad y ése debía
de ser su principal objetivo, lo único que habría de darle sentido a su vida, ocurriera
lo que ocurriera.

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Capítulo 4

— ¡Estás preciosa! —Irma sonrió a Mattie, con la mirada llena de luz.


Estaban en la pequeña habitación que el párroco había habilitado para la novia.
Mattie sintió un escalofrío.
—Pero niña, ¡si estás helada de frío!
—No creo que haya sido una buena idea tener una boda a lo grande —Mattie
querría haber podido gritar la verdad con desesperación: el hombre con el que se iba
a casar necesitaba una niñera, no una esposa. Pero sabía que eso podría hacerle
mucho daño a Irma.
—¡No digas tonterías!
—Abuela, sólo hace cuatro meses que se quedó viudo.
—No seas tan anticuada, niña —la reprendió Irma, mientras le colocaba el
vestido—. Los dos pertenecéis a antiguas familias de la zona y tenéis muchos
familiares y amigos. Tu tío Dan ha volado hasta aquí con toda la familia. Si tu padre
no puede dar tu mano, al menos que lo haga su hermano. Habría sido totalmente
ridículo hacer una pequeña boda. Todos tenemos derecho a divertirnos con el
acontecimiento. No vas a volver a hacer esto en tu vida.
—En eso tienes toda la razón —murmuró Mattie. Al levantar la mirada vio su
propio reflejo en el espejo. Se había hecho un elaborado moño con mechones rizados
enmarcando todo su rostro. Casi no se reconocía a sí misma, pero tenía que admitir
que le gustaba lo que veía.
Eso no quitaba el que hubiera preferido una boda pequeña. Sabía sin embargo que
para su abuela era importante aquella celebración, más allá de todo.
La luz del sol se coló por la ventana. Mattie se colocó el velo y miró el diamante
que resplandecía en su dedo.
Alguien tocó a la puerta e, inmediatamente, asomó la cabeza de Andrea.
—¡Madre mía! ¡Qué guapa estás! —dijo la mujer mientras entraba en la habitación
y cerraba la puerta.
Mattie les había pedido a sus dos hermanas, Carlina y Andrea, que fueran sus
damas de honor. Andrea cruzó la habitación con el vestido azul oscuro que Mattie
había elegido para ella. Cuando su hermana menor se colocó junto a ella, Mattie
observó su reflejo en el espejo.
—¡Estás guapísima! —le aseguró Mattie.
—Y tú eres una novia preciosa, Mattie. ¡Me alegro tanto por ti!
Las dos se abrazaron y Mattie no pudo evitar que se le pusiera un nudo en la
garganta. Siempre había estado muy próxima a su hermana y se había sentido casi
como una madre para ella. Habría deseado desesperadamente poder contarle la
verdad. Pero sabía que eso la haría mucho daño.
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—¡Muy buenas! —dijo Carlina al entrar en la habitación. Era una castaña con ojos
azules, cuyo color acentuaba el vestido—. ¡Estás sensacional! —le dijo a su hermana y
la abrazó.
—Os agradezco que hayáis venido a mi boda.
—¡No puedo creer que vayas a casarte con Josh Brand! Siempre pensé que te
casarías con alguien más callado y solitario, como papá.
—¿Y qué sabes tú de cómo es Josh?
—Estuve saliendo con uno de sus amigos, ¿recuerdas? Bueno, eso fue hace tiempo.
Y hablando ¿e tiempo, esperan a la novia. El tío Dan ya está preparado. Abuela, te
estaban buscando.
—¡Querida! Si tu madre y tu padre pudieran verte —dijo la anciana.
Mattie la abrazó.
«¿Qué estoy haciendo?», se preguntó ella, sintiendo un impulso de salir huyendo
de allí.
Cerró los ojos y se obligó a no pensar.
Al salir de la habitación se encontró con su tío, una versión en pequeño de su
padre. Se agarró a su brazo y él la miró.
—¡Estás preciosa! —le susurró él.
—Gracias —dijo ella, sin poder acallar la voz interior que le repetía, una y otra
vez, que aquello era una farsa.
La iglesia estaba repleta de familiares y amigos.
Irma estaba sentada en el primer banco de la iglesia y, al otro lado del pasillo, en la
misma fila, estaban Sibyl y Thorton Bridges, la madre y el padrastro de Josh.
Sibyl tenía a la pequeña Elizabeth en el regazo.
En cuanto Carline y Andrea se sentaron, el órgano comenzó a sonar y la novia
entró. El público asistente se puso en pie, mientras Mattie recorría con paso suntuoso
el camino hasta el altar. Miró al hombre que la esperaba allí. Era oscuro, atractivo y
peligroso. Un escalofrío la recorrió de arriba abajo. Tenía todo lo que se podía pedir
en un hombre.
Las salidas que había hecho con él habían sido todas inquietantes, mientras él a
penas si tenía consciencia de que ella estuviera allí.
Cuando toda aquella ceremonia acabase, toda la tierra de los Ryan le pertenecería.
Era una amenaza a la vez que una salvación.
Josh no podía quitar los ojos de ella. El problema de la niñera se iba a solucionar
de una forma muy grata. Se había dado cuenta de que Mattie era muy atractiva, pero
jamás la había visto con un vestido. Sus cabellos dorados enmarcaban un delicado
rostro que continuaba con un cuello fino, unos pechos bien formados y una estrecha
cintura. Era inteligente, hermosa y quería cooperar. Había hecho muchos negocios en

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su vida pero, sin duda, aquel iba a ser el mejor de todos. No entendía como los
hombres de aquella zona habían dejado pasar una oportunidad semejante.
Se situaron frente al sacerdote. Aturdida por la presencia de su futuro esposo,
Mattie ni siquiera oyó las palabras que aquel pronunció, pero las repitió
mecánicamente como una letanía.
—Yo, Matilda Maude Ryan, te tomo a ti, Joshua Kirby Brand por esposo, en la
salud en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, para ser, siempre, tu fiel
esposa...
Como por arte de magia la frase fluyó, dando paso a la de Josh.
—Yo, Joshua Kirby Brand, te tomo a ti, Matilda Maude Ryan, por esposa...
Mareada dejó que la ceremonia continuara. Vio cómo Josh colocaba en su dedo un
anillo de oro y ella, a su vez, repitió el gesto con él.
Se quedó si respiración al oír el final.
—Puede besar a la novia.
Ella lo miró directamente a los ojos y descubrió una sombra de tristeza. Entonces,
él se inclinó y la besó suavemente. Fue un leve roce pero despertó dentro de ella una
calor muy agradable; Al mirarle de nuevo a los ojos, la expresión había cambiado. Ya
no había pesar, sino curiosidad.
Él la agarró del brazo y, juntos, recorrieron el pasillo hasta la puerta. Se detuvieron
junto a Sibyl y Tosh, depositó un beso en la mejilla de su madre antes de recoger a la
pequeña Elizabeth. Acto seguido sonrió a su esposa. ¡Si esa hubiera sido una sonrisa
llena de amor verdadero!
Mattie levantó la barbilla y se obligó a sí misma a olvidarse de eso. Aquello no era
más que un negocio, no lo debía apartar de su mente nunca.
Les tomaron las correspondientes fotos y se encaminaron al rancho de Mattie,
donde se iba a llevar a cabo la celebración. Había comida por todas partes, además de
dos grandes tartas, una de chocolate, que había aportado el novio y la de boda.
En pocos segundos, Josh apareció sin la chaqueta ni la corbata y con las mangas
subidas. La visión de su esposo le aceleró el pulso.
—¿Bailamos? —preguntó él—. Todo el mundo nos está esperando.
—¡No sé bailar! —respondió ella horrorizada. Él sonrió. No podía evitar que la
situación le resultara divertida.
—¡Relájate! Es muy fácil. Déjate llevar.
—¡No puedo!
—Vamos, Mattie. Es mucho más fácil que un rodeo.
Le rodeó la cintura y le agarró la mano. Comenzaron a moverse y ella tropezó
varias veces con él. Se sentía patosa e inapropiada.
—¡De verdad, no puedo!

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—Un paso delante, un paso detrás, un paso delante, un paso detrás —de pronto, el
sonido de su voz y el movimiento de aquel cuerpo masculino junto al suyo hicieron
el milagro. El baile comenzó a fluir como si fuera algo natural.
Sentía a su esposo cerca, el sol calentaba sus cabellos y olía a hombre. Notaba cada
milímetro de su piel, cada centímetro de su carne. Él descendió la mirada hasta la
boca de ella y el corazón se le alteró. Ella trató de controlar ese impulso. Era
peligroso. Su respuesta era instintiva, animal, pero a él no le importaba. Era su
esposo y, aunque no fuera más que una farsa, habrían de vivir juntos. Tenía que
saber que, ocurriera lo que ocurriera, él jamás se enamoraría de ella.
La música terminó y otras parejas entraron en la pista.
—Parece ser que nos esperan para cortar la tarta.
Se aproximaron a la mesa e hicieron lo propio. Después del primer corte, los
invitados se fueron aproximando para dar la enhorabuena.
—Mattie, eres una novia preciosa —le dijo Sibyl Bridges, la madre de Josh,
mientras la abrazaba. Mattie se sintió alta e inapropiada, pero al mirar a su suegra a
los ojos se tranquilizó—. Te aseguro que cuando Josh me hizo el anuncio de vuestra
boda no me lo podía creer. ¡Ahora estoy tan contenta! Ya parece mucho más feliz.
—Eso espero —respondió Mattie sin poder evitar el desear que la verdad fuera del
dominio público.
Miró a la mujer y sonrió. Era aún muy hermosa y, con su cabello castaño, parecía
mucho más joven de lo que debía ser.
—Ten paciencia con él, Mattie. Al menos ahora podré dormir tranquila sabiendo
que tanto él como Elizabeth están en buenas manos. Te conozco desde el día que
naciste y ninguna unión podría haberme hecho más feliz.
Mattie se sintió culpable y ahogó el sentimiento con una sonrisa.
—Mattie, señora Bridges, vengan aquí para una foto —dijo Carlina y la
conversación concluyó.

Una hora más tarde, Carlina le recordó que había llegado el momento de lanzar el
ramo y la liga.
Ella había discutido ya con sus hermanas lo ridículas que le parecían ambas
tradiciones, pero fue una discusión estéril en lo que a ella respectaba, pues no hubo
modo de disuadir a las otras dos.
Andrea se colocó junto a las demás solteras para recibir el ramo.
Después de lanzarlo, Mattie alzó la cara y se encontró con la mirada de Josh.
—Según tengo entendido, ahora tengo que quitarte una liga y brindar por los
solteros.

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Mattie se ruborizó, esperó unos segundos y, lentamente, se subió el vestido de


novia.
Josh se sorprendió al ver el color rojo de sus mejillas. Sin duda aquella mujer era
un saco de sorpresas. Se sonrojaba al pensar que su esposo le iba a mirar las piernas,
pero no tenía problema alguno en castrar un toro o algunas otras actividades que
habrían hecho desmayarse a más de uno y de una.
Se arrodilló y miró a la larga pierna recubierta por la media de seda. Deslizó la liga
por ella y Mattie sintió sus dedos cálidos. Le sujetó el tobillo y la sacó. Tenía unas
piernas preciosas.
Se puso en pie y la miró. Unos ojos verdes, inmensos lo observaban con cierto
temor.
—He visto otras piernas de mujer antes, Mattie —dijo él, sin darle importancia.
—Pero no las mías —respondió ella, se dio media vuelta y se marchó.
Josh se quedó a atónito y no pudo evitar una media sonrisa. Por centésima vez se
preguntó cómo una mujer así no había tenido a toda la población masculina a sus
pies.

Pasaron casi tres horas antes de que Mattie pudiera tener un rato de soledad.
La gente estaba congregada en el patio y en el salón, así es que optó por la cocina.
Al llegar allí, se encontró a Josh solo. Se servía una copa de champán como si fuera
whisky.
Ella se dio cuenta de que estaba triste, dolido. Aunque aquel matrimonio fuera
algo necesario, ella tenía la sospecha de que a él no le complacía en absoluto.
Se acercó y le tocó suavemente el brazo.
— ¿Quieres que nos vayamos ya?
Él la miró. Tenía los ojos rojos y, aunque se apresuró a limpiarse las lágrimas, ella
se dio cuenta de que estaba llorando.
—Iré a por Elizabeth y le diré adiós a mi madre y a Thornton —respondió él.
Ella asintió y fue por su cuenta a despedirse de los suyos.
En seguida, se encontraron de nuevo en la cocina.
Lottie entró en ese momento.
— ¿Os vais ya? —preguntó la mujer mientras se secaba las manos en el delantal.
—Sí, Lottie —Mattie se volvió a abrazar a la mujer que la había cuidado desde
pequeña y que había sido casi como una madre para ella—. Ya me he despedido de
todos. Ha sido una boda fantástica. Gracias por todo.
—Cuídate y cuida a tu nueva familia —Lottie la soltó y se limpió las lágrimas.

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Josh y ella se encaminaron al garaje. Allí, Josh sentó a Elizabeth en su silla y le dio
unos juguetes.
—Toma, princesa, nos vamos de viaje.
La niña hizo un sonido gracioso, parecido a una risa y comenzó a golpear una
vaca que mugía.
Josh y Mattie se sentaron.
—Espero que no te moleste el ruido, porque a ella le encanta.
—Por supuesto que no —dijo Mattie, mientras se colocaba el vestido para que le
permitiera sentarse—. Debería haberme cambiado, pero no quería que todo el
mundo hiciera un numero porqué nos íbamos.
Josh encendió el motor.
—Creo que ya se han dado cuenta de que nos escapamos.
Los invitados estaban en la puerta y les decían adiós con la mano.
—Bueno, este fin de semana en Fort Worth va a ser muy productivo. Podéis
empezar a conoceros mejor Elizabeth y tú y, además, vamos a conseguir un buen
caballo.
—No te olvides de que mañana, en el hotel, tengo entrevistas concertadas con
algunas candidatas a niñera —Mattie lo miró. Él no respondió—. Ha sido un día muy
duro para ti, ¿verdad?
Él volvió la cabeza y asintió.
—Lo siento. No tiene nada que ver contigo. Pero la boda me ha traído muchos
recuerdos dolorosos. Adoraba a mi esposa.
Mattie se sintió como una intrusa. Giró y miró a Elizabeth. Cada vez que veía a la
pequeña se sentía insegura. No tenía la certeza de saber qué hacer con ella.
Recordó su propia relación con su padre y se preguntó si la niña llegaría a estar
tan cercana a él. Sin duda, Josh adoraba a su hija.
Volvió a mirar a su esposo. El perfil se dibujaba limpiamente contra la ventana.
Acalló un pensamiento doloroso y se recordó una y cien veces todas las ventajas
materiales de aquel acuerdo. El resto, no debía importar.

Ya había anochecido cuando llegaron a Fort Worth. Las luces tintineaban en la


ciudad, dando a la noche un aire de fiesta.
Pero según se fueron aproximando al hotel, Mattie fue sintiendo más y más una
presión en la garganta.
—Me siento muy extraña con este vestido de boda.
—Bueno, aquí nadie te conoce, así que tranquila.
—Tienes razón —reconoció ella.
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Josh desató a Elizabeth, hizo los arreglos pertinentes con el botones para que se
encargaran del coche y de las maletas y entraron en el hotel.
Josh se detuvo ante el mostrador y le pasó la niña a ella.
—Todo el mundo pensará que la tuvimos solteros —le susurró él con una sonrisa.
Mattie se desconcertó ante esa observación. Era verdad lo que acababa de decir.
Pero, ¿que importaba?
Alzó la cabeza, orgullosa, y miró a la niña.
—Eres una buena viajera —le dijo al bebé, mientras le colocaba el vestido rosa
lleno de lazos. Hacía tiempo que había desaparecido el quiqui que la pequeña había
llevado en la cabeza durante la ceremonia. Elizabeth sonrió, mostrando los dos
dientecitos de abajo.
Josh volvió enseguida y agarró a su hija en brazos.
—Nos subirán las maletas.
Atravesaron el recibidor en dirección al ascensor. Josh había alquilado una suite
en el piso superior. Al entrar, Mattie se dio cuenta, por primera vez, de que estaba
sola con Josh y con Elizabeth. Aquel cerró la puerta.
—He pedido que nos suban la cena aquí por Elizabeth, pero si prefieres...
—No, es perfecto —respondió ella.
—Puedo pedir champán, pero no sé si prefieres vino.
—Prefiero una botella de bourbon —dijo ella—. Siempre me tomaba un bourbon
con mi padre por las noches. Pero, pide lo que quieras, me da igual.
—Me parece bien lo del bourbon —respondió Josh y se dirigió al teléfono. En
cuanto acabó, agarró las maletas—. He pedido una cuna para Elizabeth. Elige
habitación y en la otra colocaremos la cuna.
—A mí me da igual cualquiera de las dos.
—Dentro de nada la niña empezará a pedir el biberón. Voy a preparárselo.
Josh abrió la puerta de una de las habitaciones y Mattie lo siguió. Al ver la enorme
cama no pudo por menos que exclamar.
—¡Madre mía! Me podría perder ahí —dijo sin pensárselo.
—Entonces, ésta para ti —respondió él—. Aquí tienes tu equipaje.
El agarró a la niña.
—Te ha arrugado el vestido.
Mattie sonrió.
—Da igual, no me lo voy a volver a poner.
Él la miró intensamente.
—Eres una novia muy hermosa, Mattie.

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—Gracias —respondió ella con el corazón agitado.


—Mereces algo mucho mejor.
—Me parece bien lo que me ofreces.
—No me refiero a lo material —dijo él, con los ojos depositados sobre sus labios.
Elizabeth empezó a protestar y él se separó de Mattie.
—Enseguida, princesa, ya te voy a dar de comer. Has sido una niña muy buena
hoy —dijo él mientras se dirigía a la otra habitación. Una vez allí, cerró la puerta.
Mattie se quedó inmóvil, como si una fuerza invisible la obligara a permanecer en
el sitio.
Las palabras de Josh resonaban una y otra vez en su cabeza. Pensaba que estaba
guapa. La idea de que él la viera así era como una ráfaga de brisa fresca sobre el
rostro.
Mattie se dirigió hacia la ventana. Se sentía sola, pero las imágenes que venían a su
mente la reconfortaban, recuerdos de un día hermoso, el día de su boda.
Elizabeth empezó a llorar y Mattie miró a la puerta cerrada.
Sin pensárselo dos veces, llamó.
—¿Josh?
—Pasa.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó ella tras abrir la puerta del dormitorio.
Elizabeth estaba en mitad de la cama de matrimonio, llorando y pataleando.
—Estoy preparándole la leche, pero no para de moverse. ¿Te importaría agarrarla
en brazos? Me da miedo que se caiga.
Mattie se dirigió a la pequeña la tomó suavemente en sus brazos y comenzó a
tararearle una canción, mientras le daba suaves palmaditas en la espalda. La niña
dejó de llorar y comenzó a balbucear sílabas incomprensibles.
Mattie se acercó a Josh y observó cómo preparaba el alimento.
—Bien, ya está. Trae —dijo él y agarró a la pequeña. Sus manos diminutas
rodearon el biberón con ansiedad y se llevó la tetina a la boca.
A pesar de los tacones, Mattie tenía que mirar hacia arriba para ver el rostro de su
esposo.
—¿Cuánto mides?
—Uno noventa y cinco. Tú tienes una altura estupenda para mí.
—Sí. Éramos casi los más altos de toda la fiesta —Mattie miró a Elizabeth—. Ya
está feliz.
Alguien llamó a la puerta.
—Será el botones —dijo Josh—. Sácame la cartera del bolsillo del pantalón.

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Mattie se ruborizó al meter la mano en el bolsillo trasero. Era consciente de que


estaba rozando sus glúteos que, por muy tapados que estuviesen, dejaban notar su
dureza a través de la tela.
Abrió la puerta y guió al camarero hasta la mesa en la que debía dejar el bourbon
y los vasos.
Después, volvió a la habitación y dejó la cartera.
Josh estaba sentado, dando de comer a la niña.
Ella decidió dejarlos solos. Regresó a su habitación y cerró la puerta.
Se acerco una vez más a la ventana. Se perdió en las luces tintineantes de la
ciudad. ¿Qué le depararía el futuro? Aunque sabía que tendría una niñera y una
cocinera que la ayudarían, también era consciente de que su relación con la niña sería
muy estrecha. ¿Sería capaz de darle lo que necesitaba?
Dio media vuelta y se encontró con un espejo. Sería la última vez que se vería con
un vestido de novia.
Se quitó el tocado y se soltó el pelo. Una cascada de rizos dorados se deslizó por
sus hombros y cayó hasta media espalda.
Se quitó la enagua y procedió a desabrocharse los botones del corpiño. Eran
muchos y pequeños, pero se negaba a pedirle ayuda a él. Después de muchas
contorsiones logró quitárselo.
Rebuscó en la maleta. Pensó en ponerse unos vaqueros y hacerse una trenza, pero
finalmente optó por un camisón de seda que había comprado en un momento de
debilidad.
Dejó que el tejido se deslizara por su cuerpo. Se sentía vulnerable, frágil, como
nunca antes se había sentido. Pensó en lo que podría ser una auténtica noche de
bodas. Volvió a mirarse al espejo. Jamás sabría lo que eso era.
Un llanto agudo la sacó de su ensimismamiento. Elizabeth había estado muy
inquieta desde que habían llegado a Fort Worth.
Mattie se disponía a ordenar su ropa, cuando Josh la llamó.
—¡Mattie! —la voz sonó alarmada. Ella soltó la camisa que tenía en la mano, se
volvió a poner el vestido de novia, sin abrochar.
—¡Voy!
Entró en la habitación contigua.

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Capítulo 5

—¿Puedes ayudarme? —Josh le estaba quitando la ropa y parecía preocupado—.


Acaba de vomitar todo el biberón.
Estaba con el pecho al descubierto y tenía los pantalones húmedos en algunas
zonas.
—Debería haberle cambiado el pañal antes de darle de comer —dijo él.
Durante unos instantes ella se quedó mirando la musculatura de su espalda.
Enseguida reaccionó y se dispuso a ayudar. Fue al baño, mojó una toalla y se la llevó.
—Parece que quiere el biberón otra vez. Le voy a dar un poco de zumo. ¿Puedes
agarrarla?
Mattie tomó a la pequeña y ésta se calló de inmediato.
—Toma, ponle esto —dijo Josh y le tendió una camisetita de algodón.
Dejó a la niña sobre la cama y la vistió con sumo cuidado. Luego la volvió a
agarrar.
Josh puso una pequeña cantidad de zumo en un biberón y se volvió a mirar a su
hija. La escena lo tranquilizó.
La pequeña reposaba su cabeza sobre el hombro de Mattie y se había calmado.
Entonces, se dio cuenta de que Mattie llevaba el vestido desabrochado y que,
debajo, se adivinaba un ligero camisón de seda que se pegaba al cuerpo.
Ella se dio la vuelta y sus miradas se encontraron.
—Se ha tranquilizado.
Era la primera vez que la veía con el pelo suelto. Verdaderamente, era una mujer
preciosa y sugerente.
Se había pasado todo el día luchando contra recuerdos dolorosos. Pero aquella
visión era reconfortante. Mattie irradiaba feminidad y vitalidad. Era como un rayo de
sol en mitad de una tormenta.
De pronto, necesitaba tocarla, besarla...
Con un gran esfuerzo, desvió su atención hacia la niña.
Atravesó la habitación y la agarró en brazos. La pequeña se acurrucó, cerró los
ojos y se metió el dedo en la boca.
Josh le tocó la frente.
—Está caliente, pero yo no creo que tenga fiebre. ¿Tú que crees?
—No lo sé, no creo que sea la más apropiada para juzgar algo así —a pesar de
todo, se acercó y le tocó la frente—. Me parece que no.
—Gracias por venir al rescate. Esto no suele ocurrir a menudo.

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Él estaba a sólo unos centímetros de ella y no lo pudo resistir. Sus ojos recorrieron
su piel tersa, su torso musculoso y masculino. Alzó la mirada, consciente de que se
había dejado vencer por la tentación.
Él extendió una mano y le subió el vestido que se iba deslizando por los hombros.
Ella notó que se aceleraba el pulso con el roce de sus dedos.
—Me estaba cambiando de ropa cuando me llamaste —tenía las mejillas calientes.
Él descendió la mirada hasta sus labios.
—¿Decepcionada?
—No sé porqué. Estoy recibiendo lo que me corresponde según el trato.
Aquellos ojos verdes e inmensos lo miraban y lo perturbaban. Su densa mata de
pelo enmarcaba un rostro dulce y seductor. Estaba más hermosa que nunca. Se
sujetaba el vestido con cierta ansiedad, como si el deseo de despojarse de él fuera un
enemigo mortal.
—Será mejor que me vaya.
Josh la observó mientras se marchaba, pero habría deseado impedir que se fuera.
Habría deseado tener el valor de agarrarla en sus brazos.
De pronto, tuvo la sensación de que la había atado en un matrimonio injusto.
Aquella mujer debía estar buscando el camino de su felicidad.
Pero, al fin y al cabo, era una adulta con capacidad de decisión. Si siempre había
permanecido encerrada en su rancho, eso no era asunto suyo. Respecto al
matrimonio, había sido un trato que había aceptado sin coacción alguna.
Apartó de su mente la imagen de su nueva esposa y decidió deshacer las maletas.
Ya en su habitación, Mattie hizo lo mismo.
Después de colocar cuidadosamente las cosas en el armario, se puso unos
vaqueros, una camiseta y se trenzó el pelo. Luego, se fue al pequeño salón común de
la suite.
Josh se volvió al oírla entrar.
—Estaba sirviendo el bourbon. ¿Cómo lo quieres?
—Doble, sin hielo.
Él la miró con curiosidad.
—¿Tan malo ha sido el día?
—No. Creo que he hecho un buen negocio —dijo con una sonrisa algo forzada.
Él se había puesto también unos vaqueros y una camiseta. Llevaba el pelo suelto y
tenía cierto aire salvaje. ¿Sería su sangre Kiowa la que le daba ese aspecto?
Le dio el vaso y agarró otro al que añadió hielo. Levantó su copa.
—Por un feliz negocio, Mattie. Los vasos chocaron y ella se tragó de un golpe todo
el contenido.
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—La cena está a punto de venir. Podríamos comer en la terraza. Hace una noche
estupenda.
—Me parece una gran idea. Él le ofreció otra copa.
—No gracias. Sólo una.
Ya en el balcón, él colocó dos sillas; una junto a la otra y ambos se sentaron a
hablar del calendario de entrevistas para la niñera.
Cuando la cena llegó, se comieron la carne con hambre. A pesar del convite de la
boda, ninguno había sido capaz de comer a penas nada.
Una vez finalizada, continuaron charlando.
—Jamás he salido de Texas. Cuando era pequeña y mi padre me traía aquí, tenía la
sensación de que Fort Worth era la ciudad más grande del mundo.
Josh la miró sorprendido.
—¿Nunca has estado en ningún otro sitio?
—Me quedé en Texas estudiando. Una vez estuvimos dos horas en Méjico, pero no
considero eso un viaje.
—Tu padre debería haberte dejado salir.
Mattie lo miró sorprendida.
—¿Sabes? Lo que dices suena a que alguien te forzó a ti a quedarte.
—No. Pero yo lo hice con Lisa. Ella odiaba el rancho y yo la forcé a vivir aquí. Era
decoradora de interior en Houston. Ella habría deseado que nos hubiéramos ido a
vivir allí, pero yo nunca cedí. Debería haberlo hecho.
—¿Hablasteis de ello antes de casaros? La mirada de él pareció decir que había
sido una pregunta estúpida.
—Por supuesto que no. No hablamos nada de eso. Yo estaba locamente
enamorado. Me siento como si la hubiera matado yo por haberla obligado a
permanecer en el rancho.
—¡Pero eso es terrible! —dijo Mattie horrorizada de que pudiera sentirse tan
culpable por algo así—. ¿No fue un accidente de coche?
—Sí. Fue una inundación que arrojó su coche al agua en un viejo puente que está
en mi propiedad. Se dirigía a Dallas de compras. Gracias a Dios había dejado la niña
en casa. Si nos hubiéramos trasladado a la ciudad...
Él se derrumbó y Mattie posó la mano sobre su brazo para tranquilizarlo.
—Tú no podías prever eso. Tu vida está en el rancho igual que la de mi padre o la
mía ahora. No puedes culparte por lo ocurrido.
Él se volvió a mirarla, le agarró la mano. Ella se estremeció con su tacto y se
sumergió en su mirada intensa.
—Eres encantadora, Mattie —le dijo él—. Esto está siendo una noche de bodas
terrible para ti.

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—No, está bien. Mis deudas están pagadas y mi universidad lo estará en su


momento. Hace unos días a estas horas estaba en casa sentada sola y preocupada por
una temible hipoteca. Lo que sí creo es que eres tú el que lo está pasando muy mal.
—Al principio del día sí, porque todos los recuerdos de mi boda con Lisa me
asaltaron a la vez. Pero ahora estoy bien, muy bien.
—Josh, he estado pensando en lo de la universidad. Me gustaría ir preparando ya
los exámenes de entrada. ¿Qué te parece?
—Adelante. Me parece estupendo.
—Bien, me pondré en marcha en cuanto tengamos una niñera. Así seré capaz de
pasar algún tiempo estudiando.
Mattie se sentía muy bien en su compañía. Los sonidos de la ciudad llegaban hasta
allí.
Josh entró un par de veces a comprobar que Elizabeth estaba bien, pero
continuaron hablando sin parar.
—¿Qué hora es? —preguntó ella, consciente de que debía de ser ya muy tarde—.
Serán, por lo menos, las dos.
—Más bien las cuatro —dijo él con una gran sonrisa al mirar su reloj.
Ella lo miró asombrada. Él le retiró la trenza de la cara.
—Eres una compañera muy agradable, Mattie. Deberías haber salido más, haber
conocido otros hombres, haber tenido una vida.
—He tenido una vida —dijo ella—. Contigo me resulta fácil relajarme pero, por lo
general, no sé qué hacer en una situación como ésta.
—Estoy seguro de que muchos hombres se pondrían verdes de envidia si me
vieran en este momento.
—Lo dudo —dijo ella y se levantó rápidamente.
Él se levantó también y se colocó tan cerca que a ella se le aceleró el pulso. Le
colocó las manos sobre los hombros.
—Cuando vayas a la universidad, sal con los hombres que te lo propongan. Tengo
la sensación de que has estado demasiado tiempo diciendo que no y que ya es hora
de que digas que sí.
—Te he dicho sí a ti.
—Pero en ese sí no has entregado ni tu alma ni tu cuerpo. Es sólo un negocio.
Además, tengo la sensación de que te presione un poco.
Mattie se sentía molesta.
—Lo quieras o no, nuestras vidas están unidas. Pero recordaré tú consejo y le diré
que sí a los hombres.

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Tras esto, se metió a toda velocidad y se encerró en su dormitorio. Estaba furiosa


con él. Hasta aquel momento todo había sido muy agradable, pero aquella
sugerencia ...
Se detuvo un segundo y vio su propio reflejo en el espejo.
—No te enamores de él —se dijo—. El jamás te amará a ti.
Se quitó la ropa y se puso la camisola roja con la que solía acostarse. Se metió en la
cama y, en pocos minutos, se durmió.
Pero muy pronto un llanto la sobresaltó. Primero se cubrió la cabeza con la
almohada. Sin embargo, los gritos incesantes de la niña la pusieron alerta.
—Mattie —la llamó Josh—. Mattie, ¿podrías venir? Ella se levantó sin pensárselo
dos veces y se encaminó hacia la habitación.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
Josh estaba en mitad de la habitación con la niña en brazos. Llevaba los vaqueros
desabrochados y le caían sobre las caderas.
Elizabeth no hacía más que gimotear.
—No quiere el biberón y yo no sé qué le pasa.
—Pues si tú no lo sabes, menos aún lo sé yo —dijo Mattie pero atravesó la
habitación y agarró a la niña en sus brazos. Trató de darle el biberón pero lo
rechazó—. Te aseguro que no tengo ni la más ligera idea de lo que hay que hacer.
—Yo tampoco —confesó él.
Ella incorporó a la pequeña, le puso la cara sobre su hombro y le dio unas
palmaditas en la espalda. La niña eructó y pareció tranquilizarse. Mattie se sintió
satisfecha por lo que acababa de conseguir.
Agarró de nuevo el biberón y Elizabeth empezó a tomárselo. Poco a poco se fue
quedando plácidamente dormida.
Sin embargo, mientras ella estaba centrada en el bebé, Josh se dio cuenta de la
mujer que era su esposa, tenía unas piernas gloriosas, largas y bien esculpidas. Las
había escondido siempre en unos vaqueros o, como excepción, aquel mismo día en
un vestido de novia. La camisola que la cubría sólo hasta debajo de los glúteos,
dejaba al descubierto el resto.
Hasta aquel momento, las mujeres le habían dejado frío, pues la pérdida de Lisa
había sido un golpe mortal.
Recordó todas las niñeras que habían tratado de seducirlo, paseándose en
camisones transparente por toda la casa o en bikini. Ninguna de ellas había logrado
nada. Sin embargo, Mattie, vestida con aquel medio pijama que podría haber
pertenecido a su padre y sin pretender nada, lo había encendido como a un neón.
Estaba regresando a la vida.
Sabía que su pareja no era más que un socio con un acuerdo comercial. No
obstante, era agradable volver a sentir aquello.

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No podía dejar de mirar aquellas piernas.


—Toma, agárrame el biberón. Yo creo que si la acuno un poco, se quedará
dormida del todo.
Mattie se dirigió hacia la cama y, con un gracioso movimiento de caderas para
evitar que se le levantara la camisola, se sentó. Consiguió que no se le levantara en
aquel momento, pero en un segundo movimiento, dejó entrever ligeramente la parte
superior del muslo.
Él respiró profundamente. Sentía que el cuerpo empezaba a arderle.
Mattie Ryan era la causa de aquello, ¿quién se lo hubiera dicho?
El escote poco pronunciado se desvió de su sitio y la curvatura de un pecho asomó
tímidamente.
Aquello era demasiado. Pero no había posibilidad de nada más. Iba a tener que
guardarse su lujuria, pues el cuerpo a cuerpo no era parte del trato.
Mattie se levantó y llevó a la niña hasta la cuna. Se inclinó ligeramente y la
camisola se levantó, sin dejar que se llegara a ver su trasero. La imaginación, sin
embargo, hace milagros.
Ella se volvió.
—Puede ser que le esté saliendo un diente.
Él no pudo controlarse y la agarró de la muñeca.
Ella lo miró sorprendida, con los ojos abiertos de par en par.
La soltó y puso la mano suavemente sobre su garganta.
—No sabes lo feliz que soy de tenerte conmigo. Sé, sin embargo, que me deberían
fusilar por haberte metido en esto. Deberías haber tenido una familia de verdad.
El corazón de Mattie latía con fuerza. La mano de él continuaba en su garganta y
los ojos le brillaban con intensidad.
Su voz estaba oscurecida por el deseo. Las pocas veces que habían salido antes de
la boda, ella se había preguntado si él se daba cuenta de que ella estaba allí.
En aquel instante, no le cabía duda de que era el foco de atención.
—Eres el único hombre que conozco que piensa eso —respondió ella.
Le agarró la barbilla y le alzó la cabeza.
—Hace demasiado que no beso a una mujer.
—Me has besado a mí hoy.
—No, eso no ha sido un verdadero beso.
Ella dudaba de que un hombre como aquél hubiera tenido, nunca antes, que pedir
permiso para besar. Sin embargo, lo estaba haciendo y ella no le había dicho que no.

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Él se inclinó lentamente y depositó sus labios sobre los de ella. Su lengua se


deslizó suavemente en el interior de su boca y ella tuvo la sensación de que la
habitación comenzaba a girar desenfrenadamente.
A Josh le pareció como si una gran torbellino de fuego se le hubiera prendido en el
vientre. Aquella mujer alta y delgada, que no había hecho ningún gesto de invitación
era la causante de su despertar.
Sus cuerpos se restregaban uno contra el otro.
Quizás se arrepentirían más tarde, pero era imposible en aquel momento preciso
detener el fuego que los abrasaba.
Josh la tenía bien sujeta por la cintura. Sabía que debajo de aquella camisola en
teoría tan poco sugerente no había nada más.
Ella no sólo se dejaba besar sino que, a pesar de ser consciente del error que
estaban cometiendo, respondía con ansiedad al ataque de su contrario.
La lengua de él se deslizaba por el interior de su boca, buscaba los rincones más
sensibles a su tacto.
Mattie no podría haber imaginado nunca que los besos de un hombre pudieran
ser como los de Josh. Despertaban todos sus sentidos, la obligaban a buscar su
masculinidad con la pelvis.
Y él, seguía alerta, considerando las varias posibilidades que la ausencia de ropa
interior le ofrecía. Deseaba poder tocar la tersura aterciopelada de su feminidad,
devorar la dulzura de sus pechos turgentes. Pero el sentido común dictaba otra cosa.
Ella estaba reticente, a pesar de haberse entregado al beso.
Se preguntó si aquella inocente mujer tenía la más mínima idea del efecto que
estaba provocando en él.
No había duda era una fémina capaz de excitar las pasiones de un hombre hasta
límites insospechados.
Sin embargo, él no tenía derecho a exigir nada. A pesar de que ella se había dejado
llevar, se había acomodado en sus brazos como si el lugar le perteneciera.
De pronto, ella lo empujó y él se apartó no sin reticencias.
—Me habías dicho que no tenías ya interés alguno en las mujeres.
—Así era cuando te lo dije, pero tú has despertado a mis hormonas —le confesó él,
añadiendo cierto sentido del humor que lo distrajera de su deseo—. Pero esto que ha
ocurrido es bueno para mí. Empiezo a sentir otra vez. Me has devuelto a la vida.
Gracias, Mattie.
Ella lo miró confusa e incrédula, como si no lo creyera realmente, y él se preguntó
quién le había robado toda la confianza en sí misma.
—Tenías muchas otras opciones.
—Lo sé —repitió pacientemente—. Hice lo que quería hacer y lo que pensé era lo
mejor para mi hija. No he sentido nada por una mujer desde que Lisa murió. El

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querer besarte no era más que algo físico. Está bien. Eres muy atractiva y yo he
reaccionado a eso.
Ella frunció el ceño.
—Bien, muchas gracias. Pero a partir de ahora será mejor que nos ciñamos a lo
establecido.
Él asintió solemnemente. No se podía imaginar lo seductora que estaba, allí de pie,
con una cascada de rizos dorados cayéndole sobre los hombros. Sus palabras estaban
teniendo el efecto contrario al que ella pretendía. Con cada frase la deseaba más y
más, ansiaba más y más tenerla entre sus brazos.
—Buenas noches, Josh —dijo ella y se encaminó rápidamente a su dormitorio.
Él la observó mientras se marchaba.
—Buenas noches, Mattie.
Allí se quedó, de pie, tras una puerta cerrada, imaginando toda clase de cosas:
cómo se desnudaba, cómo se metía en la cama, cómo el roce suave de las sábanas
excitaba sus pechos.
—¡Maldición! —se dijo mientras se pasaba la mano por la nuca. No había sentido
nada por ninguna mujer desde que Lisa se había ido de su vida. Y en aquel instante
se sentía como un adolescente excitado, cuando Mattie no había hecho nada para
causarle esa excitación.
Seguramente, la urgente necesidad de metérsela en la cama se desvanecería con la
luz de la mañana. Se aproximó a la ventana. No iba a poder dormir, así que lo mejor
sería que amaneciera cuanto antes.
Mientras miraba a las luces de la ciudad dormida sintió dolor. Le dolía el rechazo.
Estaba vivo, vivo y casado con una mujer a la que no podía tocar. De todas las cosas
que pensó podrían ocurrir ésa no estaba en la lista.
Mattie se tumbó en la cama, sumergida en la oscuridad, pero su cabeza era un
torbellino. Los besos de su esposo habían desorganizado todo su adormecido sistema
hormonal.
Sólo había salido con un chico, y pocas veces, durante el instituto. Desde luego los
besos de Lonny Whitaker no la habían producido lo que le provocaban los de Josh.
Sin embargo, el corazón del que era su marido era un campo estéril. Aunque su
parte animal se hubiera despertado, no significaba nada. Como él bien le había dicho
no era más que deseo físico.
Se levantó de la cama y se encaminó a la ventana. Los recuerdos de su tacto lo
invadían todo. No llevaba casada ni veinticuatro horas y ya se estaba enamorando de
él. Al fin y al cabo siempre la había atraído, tenía que reconocerlo. ¿Cómo se iba a
resistir a ese sentimiento?
Tenía que pensar en la universidad, en estudiar. Al día siguiente iría a comprar
algunos libros y comenzaría ya. Levantó la barbilla, orgullosa y reconfortada.

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Volvió a la cama y se durmió plácidamente, hasta que un rayo de sol se posó en su


cara.

Pasaron toda la mañana en la feria, viendo caballos. Finalmente compraron uno


que le gustaba especialmente a Mattie.
Por la tarde, ella se quedó en el hotel recibiendo a algunas candidatas al puesto de
niñera.
Cinco días después, volvieron al rancho. Ya tenían una nueva niñera, la señora
Bertha Ingersoll.
Rosalie seguía trabajando en el rancho. Le había prometido a Josh que se quedaría
una semana más hasta que todo estuviera organizado.
—Vente conmigo, Mattie. Vas a elegir tu habitación —le dijo Josh y la agarró del
brazo—. Tendremos que traer tus cosas. Bueno, ya te lo dije en su momento, pero te
vuelvo a repetir que tu abuela se puede venir aquí si quiere. Tenemos muchísimo
sitio.
—Gracias, Josh, pero creo que mi abuela prefiere vivir en su casa. En estos
momentos está en casa de Carlina. Cuando está aquí, Lottie la atiende. De todos
modos, estoy segura de que cuando vuelva la veremos bastante por aquí. Sé que
Elizabeth será un buen reclamo.
Había varias puertas abiertas a lo largo del pasillo.
—No has visto esta parte de la casa. Ésta es la habitación de Elizabeth. Luego te la
enseño por dentro.
Él caminaba junto a ella, demasiado cerca, pues su cuerpo acusaba la proximidad
y su olor varonil.
—Mi habitación está junto a la de Elizabeth. Si no tienes una preferencia clara por
ninguna de las otras, quizás estaría bien que la tuya estuviera justo al otro lado.
—Me parece muy bien.
—Primero quiero que las veas.
La casa tenía más de cien años. El suelo de madera crujía a su paso. Pero no era
muy distinta a la casa en la que Mattie había crecido y vivido hasta entonces, por eso
tenía una agradable sensación al estar allí.
Todas las habitaciones eran similares: techos altos, grandes ventanales y muebles
rústicos.
Al llegar a la que él había sugerido para ella le agradó lo que veía.
—Me gusta mucho.
—Bien. Ahora te enseñaré la de Elizabeth y la mía.

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La de la niña estaba decorada en rosa y blanco, con un papel de ositos y otros


toques infantiles. Josh le colocó el brazo sobre los hombros y ella se tensó, pero no lo
rechazó.
Se encaminaron al dormitorio de él. Había, como en la de Mattie, una gran cama.
Una de las paredes era cristal, una puerta que daba a una gran terraza. Había fotos
de Lisa por todas partes.
Mattie se acercó y observó a la mujer. Era pequeña y muy hermosa. Sintió pena
por él.
—Siento que la perdieras. Parecía encantadora —le dijo ella, mientras colocaba la
foto de nuevo en su sitio.
Él asintió.
—La echo mucho de menos. Pero el dolor es menos intenso ya —él se encogió de
hombros—. Bueno, ya has visto toda la casa. Mañana te enseñaré el resto del rancho.
Tenemos que ver cómo nos organizamos. No me gustaría que tuvieras que ir y venir
a tus propiedades todos los días. Lo primero que sugeriría sería quitar las vallas
divisorias.
—Me parece una buena idea —respondió ella sin dejar de observar la habitación.
Era fría, distante, inteligente, todo lo que él había buscado en la mujer con la que
quería casarse.
Pero lejos del esperado efecto que dicha actitud debía causar en él, lo que le
provocaba era un deseo incontenible de tomarla en sus brazos. ¿Qué demonios le
estaba ocurriendo? ¿Por qué no podía apartarla de su mente? Ella no hacía nada para
provocarlo.
De pronto, se dio cuenta de que ella llevaba un rato hablando y no la había
escuchado. Molesto consigo mismo, se apartó de ella.
—Perdona, estaba pensando en otra cosa. ¿Qué decías?
—Que si la nueva niñera se queda en la casa de Rosalie, por la noche sólo
estaremos en la casa tú, yo y la niña.
—No te preocupes, yo me ocuparé de Elizabeth. Ella asintió.
—Me voy al establo. Quiero ver cómo están los nuevos caballos.
—Te acompaño.

Muy pronto establecieron una rutina diaria que convenía a los dos.
Bertha se ocupaba de la pequeña, mientras Mattie y Josh salían a primera hora de
la mañana para trabajar en el rancho.
—¡Esta mujer es increíble! Cabalga mejor que la mayoría de los vaqueros que
conozco —dijo Dusty Peterson, el capataz de Josh, un día al verla cómo devolvía una
vaca rezagada a su rebaño a base de giros con el caballo.
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—Lleva toda su vida haciéndolo —respondió Josh, sin poder dejar de mirarla,
fascinado por su habilidad y por su figura.
Mattie estaba empezando a quitarle el sueño y eso no se lo podía permitir.
Continuamente se sorprendía a sí mismo buscando excusas para cabalgar a su lado,
para pasar horas y horas en su compañía durante y después del trabajo. Sabía que
tenía que evitar aquello. Pero era superior a él.
Se ocupaba de coordinar las labores de la casa, se encargaba de la cocinera y de la
niñera. Luego, por la noche, pasaba un buen rato con Elizabeth. Una mañana Mattie
se acercó a él.
—Hoy he quedado con mi capataz, Abe. Tendré que irme para mi rancho a eso del
mediodía.
—Muy bien, vete cuando quieras —respondió él.
—Todavía puedo estar aquí un rato.
La observó detenidamente. Tenía una mirada clara y directa, la trenza caía sobre
su espalda, su piel era suave, tersa.
—Estás haciendo un buen trabajo. Has conseguido poner en marcha el rancho.
—Gracias. Me gusta cabalgar contigo. Echo de menos cuando cabalgaba con mi
padre. Generalmente los hombres que trabajan conmigo me tratan con excesiva
cortesía...
—¿Acaso yo soy rudo contigo? —bromeó él. Ella mostró cierto desconcierto y él
no pudo por menos que reírse.
—Te estoy tomando el pelo, nada más.
—Perdona... realmente no sé cómo tratar con los hombres excepto si son mis
empleados.
—¿Por qué? ¿Quién te hizo daño? Debe de haber algún motivo —ella se mordió el
labio y dijo que no con la cabeza—. Nadie en particular. Pero siempre he sido más
alta que la mayoría de los chicos. Me llamaban de todo y llegó un momento que yo
no quería saber nada de ellos. Creo que llegó un momento en que mi padre pensó
que jamás me casaría y comenzó a planificar mi vida entorno al trabajo en el rancho.
—Muy duro, ¿no?
—No lo sé.
—Pero supongo que en más de una ocasión tuviste que decir que no.
—Sí, pero ya estaba tan dolida que no me planteé que pudiera ser de otro modo.
Hasta que dejé de estudiar lo que oía continuamente a mi paso eran cosas como
ganso o frígida.
—¡Qué impresentables! —dijo él, sin poder dejar de mirarla—. La verdad es que
has sobrevivido muy bien. Me doy cuenta de lo afortunado que soy. No como toda
esa pandilla de necios. Si no hubieran estado ciegos te habrías casado hace mucho y
no estarías aquí conmigo.

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Ella lo miró con malicia.


—Josh, tú me ves como una socia. Antes de la boda a penas si tenías conciencia de
mi existencia. Posiblemente, pensabas de mí lo mismo que el resto de los hombres.
Antes de que él tuviera la oportunidad de responder, ella se dio la vuelta y se alejó
cabalgando. El la siguió.
Había una furia interna en aquella mujer que se mantenía oculta la mayor parte
del tiempo. Pero, cada vez que salía a la luz, se convertía en un reto para él. Le dejaba
con un extraño sabor de boca, y algo le pedía poder catar más de aquel fuego interno.
Continuaron guiando al ganado juntos. Una vaca se salió del rebaño y ella se
dirigió hacia ella para devolverla a su sitio, pero una rama le raspó la cara y le hizo
un corte.
Josh, instintivamente, emprendió la carrera hacia ella, pero su capataz se
interpuso.
—Es una vaquera de primera clase. No la avergüences con un rescate innecesario.
No quiere que la traten de un modo especial.
—Pero es mi esposa y eso es motivo suficiente para que la trate de un modo
especial.
Josh se acercó hasta ella. Se puso a su lado y le ofreció un pañuelo. Mattie lo miró
sin entender el gesto.
—Te has cortado la cara.
Agarró el pañuelo.
—Gracias. No me había dado cuenta.
La miró fijamente. Tenía sentimientos encontrados. Era mejor que la mayoría de
los vaqueros que trabajaban en su rancho. Pero, a pesar de todo, le dolía ver aquel
corte sobre su piel fina.
Ella se adelantó y continuó con su tarea.
Josh admiró sus curvas, su grácil figura, su agilidad con el caballo. A su cabeza
vinieron recuerdos de momentos íntimos. Y tuvo que admitir que se pasaba los días
esperando a la noche, en que compartían, al menos, una embriagadora charla.

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Capítulo 6

Mattie dio de comer y de beber a su caballo y lo cepilló bien antes de partir hacia
su rancho.
Al aproximarse a la casa por la parte de atrás, oyó unos gritos.
Entró sin dilación. Desde la cocina escuchó a Bertha Ingersoll gritando con dureza
a la pequeña Elizabeth que no paraba de llorar.
—¡Cállate, niña! ¡He dicho que te calles de una vez!
Horrorizada, Mattie entró en el salón a toda prisa. La niña estaba sentada en el
suelo llorando, mientras la mujer permanecía en un sillón con las piernas sobre un
taburete.
—¡Elizabeth! —dijo Mattie y se apresuró a agarrar a la niña en sus brazos.
—Señorita Brand —Bertha se puso rápidamente de pie.
—Pensé que había quedado claro todo cuando hicimos la entrevista: nada de
pegar o gritar a la niña.
—Señora, es una caprichosa.
—Yo también —respondió Mattie mientras acunaba a la pequeña—. ¿Le ha
pegado?
—¡Por supuesto que no! Aunque, todo hay que decirlo, no le vendría nada mal un
azote de vez en cuando.
—Discrepo con usted.
—Ya la agarro yo. Es que tiene mucho carácter...
—Está despedida —dijo Mattie con toda la calma de que era capaz.
—¡Eso es ridículo! La niña es una malcriada.
—No entiendo cómo pudieron darme tan buenas referencias de usted. Le aseguro
que lo que acaba de hacer es intolerable. Le pagaré las semanas que ha estado aquí.
Ya se puede ir.
—¡No puede despedirme sólo porque la niña estaba llorando...!
—Adiós, Bertha —dijo Mattie fríamente. Bertha abrió la boca para hablar, pero la
mirada de Mattie la dejó sin habla.
—Tranquila, mi vida, estoy aquí —le susurró a la pequeña, que gemía
compungida.
Mattie llamó por teléfono a su capataz y retrasó la cita.
Bañó a la pequeña, le dio de comer y la metió en su coche. Se la llevó hasta
Rocking R. Dos horas más tarde, ya estaban en el camino de vuelta a Triple B.
Elizabeth se durmió la siesta rápidamente. Mattie recogió los juguetes esparcidos
por el salón y le ofreció a María su ayuda en la cocina.
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María era la esposa de uno de los vaqueros del rancho, Charlie Adair, y vivían en
una pequeña casa de la propiedad.
Después, Mattie subió a su dormitorio, se lavó y se cambió de ropa para bajar a
cenar. Se puso bermudas y una camiseta. Durante un rato esperó impaciente la
llegada de Josh, sin dejar de deambular de un lado a otro de la habitación.
Llamó su abuela y, al rato, vio pasar a Josh. Pero hasta diez minutos después no
colgó el teléfono.
Salió de su cuarto y se dirigió tímidamente al de él.
—¿Josh? —lo llamó ella.
Él salió del baño con una toalla a la cintura. Mattie lo miró de arriba abajo. Tenía la
piel oscura y un torso musculoso. La toalla blanca creaba un hermoso contraste,
mientras le marcaba las caderas estrechas.
—Siento mucho la intrusión.
—Pasa —dijo él. Y ambos cruzaron una mirada—. Estás muy guapa.
—Gracias —respondió ella, aturdida por el inesperado piropo. El pulso se le
aceleró.
—¿Qué tal va la herida? —preguntó él, y le acarició la barbilla con un dedo.
—Se me curará en unos días —respondió ella.
—¿Cómo van las cosas en tu rancho?
Mattie no podía evitar que su atención estuviera más centrada en el monumental
cuerpo que tenía ante ella que en la conversación.
—¿Mattie?
Se dio cuenta de que acababa de pronunciar su nombre y alzó la cabeza. Sus ojos
negros se clavaron en los de ella. La tensión era tanta que el ambiente se habría
podido cortar con un cuchillo.
Josh la miraba fijamente, como si tratara de perderse en sus ojos verdes.
Estaba muy hermosa, con un ligero toque de maquillaje. Llevaban ya cuatro
semanas bajo el mismo techo, se levantaban juntos por la noche para atender a la
niña, recorrían juntos el rancho y se encontraban con cierta frecuencia en situaciones
como aquella.
Había visto a Mattie con su camisola de algodón, durmiendo con una camiseta, y
se chocaba con ella demasiadas veces al día como para poder alejarla de su mente.
Él descendió la mirada hasta sus labios sugerentes y entonces recordó su
suavidad, su dulzura.
Aquellos ojos inmensos era una invitación irresistible.
La agarró por la cintura y la apretó contra su cuerpo. Olía a rosas y a mujer y tenía
tanta hambre como él.

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Inclinó la cabeza y cubrió su boca con un beso. Su lengua se encontró con la de ella
y jugaron, se deleitaron juntas. La deseaba hasta límites insospechados. Ella tenía las
manos sobre sus hombros. Lentamente se fueron deslizando por detrás de su cuello y
se entregó por completo al abrazo.
El corazón de Mattie latía con fuerza. Le gustaba estar así, con él, sentir sus
músculos firmes, su fuerza. Sabía que estaba a punto de cruzar una barrera, que las
distancias se iban acortando. A través de la toalla notó su masculinidad excitada,
como una prueba directa del efecto que estaba causando sobre él.
Un calor intenso ardía en su vientre, y la llevaba a un estado de agonía. Quería
restregar su cadera contra la de él. Miles de sensaciones nuevas la bombardeaban,
sensaciones que eran tan fuertes y tan embriagadoras como un buen vino.
Josh la deseaba. Le sacó la camisa de los pantalones y se la desabrochó. Luego
agarró sus pechos, le desabrochó el sujetador y comenzó a besarle los pezones.
Ella gimió y él tomó de su boca aquel sonido, ahogándolo con un beso.
Mattie sentía que se iba desmayar de un momento a otro. Pero él la sujetaba con
fuerza, su pelvis contra la de ella.
—Eres preciosa —le susurró él y se deleitó con sus pezones endurecidos. Un
placer aún mayor la tomó por sorpresa. Se dejó sumergir en aquella sensación.
Tenía que detenerlo. Sabía que aquello no era para él más que atracción física y
podía terminar atrapándola. ¿Por qué ella? Podía tener cualquier mujer que deseara.
Era tremendamente atractivo y tenía mucha confianza en sí mismo.
Pero era una tentación irresistible dejarse vencer por sus halagos. Le había dicho
que era hermosa y eso no era fácil de obviar. Se sentía atraído por ella.
Lo miró con los ojos medio cerrados. Era maravilloso sentir sus labios alrededor
de su pezón. Le rodeó la cabeza con los brazos y lo atrajo hacia sí.
La abrazó y ella lo besó ansiosa. Sus cuerpos encajaban perfectamente. Él
empujaba su pelvis contra la de ella, buscando el placer de su roce.
Sin embargo, iban demasiado deprisa y ella lo sabía. Sacó fuerzas de flaqueza y se
apartó de él.
—Se supone que esto no debía pasar. Yo acabaré marchándome y yo no sé cómo
mantener una relación puramente sexual sin darle importancia.
Ella habría deseado que él dijera que nunca la iba a dejar marchar, que ella era
importante. No lo hizo. Se quedó allí en silencio.
Mattie se dio cuenta del efecto que sus besos le habían causado. Era evidente su
estado aún a pesar de la toalla que lo cubría. Pero no había más que excitación física,
nada de amor.
Decepcionada y todavía deseosa de tenerlo, se dio media vuelta, se abrochó el
sujetador y la camisa.

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Lo que no podía hacer era meterse en una relación puramente física y sin sentido
con él. Cuando llegara el momento de acabar con todo, la destrozaría. Y, de lo que no
le cabía duda era de que una relación puramente sexual con Josh tendría su final.
Los dedos le temblaban dificultando su labor. Se preguntaba qué estaría
pensando él.
—Eres una mujer muy atractiva, Mattie —le dijo él, como respondiendo a su
pregunta.
Ella cerró los ojos. Sentía un dolor profundo en la boca del estómago. Lo que más
habría deseado en aquel momento habría sido poder darse la vuelta y haberse
lanzado en sus brazos.
Pero eso era, exactamente, lo que las niñeras que había habido antes que ella
habían hecho. No, no se enamoraría de ella si hacía eso.
Vivían bajo el mismo techo, cabalgaban juntos cada día, conversaban cada noche.
Era lógico que aquella proximidad despertara los deseos dormidos. Sin embargo, eso
no significaba que fueran a acabar amándose.
—Gracias —respondió Mattie. Lo único que quería era que su corazón dejara de
latir como si de una bomba de relojería se tratara.
—Espérame aquí —le pidió él y, acto seguido, agarró sus pantalones y se metió en
el baño.
Poco después salía ya con ellos puestos y abrochándose el último botón.
Ella sintió de nuevo el fuego que el tacto de su cuerpo le había causado. Alzó los
ojos y se encontró con los de él.
—Había venido a hablar contigo —empezó a decir ella, mientras intentaba dejar a
un lado todas las imágenes perturbadoras que la asaltaban.
—¿Qué ocurre? —preguntó él.
Durante unos segundos ella se olvidó de lo que tenía que decir. Trató de recordar
porqué había ido hasta allí.
—¡Me has distraído por completo! —dijo ella con cierta impaciencia.
—Me alegro. Eso quiere decir que te das cuenta de que estoy ahí.
—Siempre me he dado cuenta. Pero lo que te tengo que decir no tiene nada que
ver con eso —dijo ella—. Hoy, cuando llegué a casa pillé a la niñera pegándole gritos
a Elizabeth. La he despedido.
—¡Maldita sea! —él frunció el ceño—. Lo ves. Las niñeras no hacen más que dar
problemas. No le hizo ningún daño a Elizabeth, ¿verdad?
—No. Elizabeth nunca se ha comportado como si le tuviera miedo ni nada de eso.
Bertha estaba gritando, pero lo hacía desde el sillón, mientras veía la televisión. Me
dijo que nunca la había pegado y yo creo que es verdad. ¿Cómo puede ser que
tuviera tan buenas referencias?

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—Puede que a la familia con la que trabajaba no le importara que les gritara a sus
hijos. Estuvo ocho años con ellos.
—Bueno, conseguiré a alguien.
—Si quieres le diré a María que se quede con la niña hasta que encontremos a
alguien.
—No hace falta, me ocuparé de ella mientras tanto.
Él levantó las cejas.
—¿Estás segura?
—Sí. Puedo dejar de perseguir vacas una temporada —dijo ella, mientras se tocaba
la herida de la cara.
Él se acercó lentamente a ella.
—Josh... —le advirtió ella con una sola palabra.
—¿Estás segura de que Elizabeth está bien?
—Sí. Se puso a jugar en cuanto volvimos a casa
—Mattie se apartó de él rápidamente y se dirigió a la puerta—. Te veré en la cena.
Me voy a ayudar a María para que se pueda ir a casa cuanto antes.
Ella se marchó y cerró la puerta. Él se quedó en medio de la habitación, con los
puños apoyados sobre las caderas.
La deseaba.
—¡Maldición! —dijo y se dirigió al armario para buscar una camisa.
Sabía que Mattie ya había encargado unos cuantos libros para empezar a estudiar.
Quería entrar en la facultad de derecho y lo conseguiría. Ya estaba pensando en el
día en que se marcharía de allí.
Pensó en la posibilidad de cortejarla realmente, en tratar de ganar su afecto y en
convencerla para que se quedara. Pero ya había cometido ese error con Lisa y había
acabado con ella.
Cuando llegara el momento, tendría que dejarla marchar. En aquellos momentos,
se sentía afortunado de tenerla y tenía que aprovechar el tiempo que pudieran
compartir.
Trató de recordar qué imagen tenía de ella en el pasado. La realidad es que ni se
había fijado. Las pocas veces que la había visto había sido siempre en compañía de su
padre. Incluso en los rodeos, la esperaba siempre, en constante vigilancia.
Josh pensó en Elizabeth y se preguntó si él se convertiría en ese tipo de padre.
Algún día también tendría que dejar que se marchara. No quería volverse tan
posesivo como el viejo Ryan.
Se puso una camisa y se peinó. Al mirarse en el espejo se dio cuenta de que tenía
unas ligeras manchas de carmín en la boca.

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Mattie era toda una mujer y él no iba a tener más remedio que dejar las manos
quietas si no quería perderla antes de tiempo. Era su mujer sólo de título y no había
más culpable que él. Si hubiera sabido lo que iba a ocurrir, habría tratado de
seducirla antes de pedirle que se casara con él. ¿Habría sido mejor?
Volvió a mirarse en el espejo. ¿Estaba enamorado de ella? No, no podía ser. Él
amaba a Lisa. Pero lo que sentía por Mattie era algo especial. Le gustaba, se sentía a
gusto junto a ella. Compartían muchas cosas, más de las que había compartido con
Lisa. Se estaba convirtiendo en su mejor amiga. No había nada que no pudiera hablar
con ella, nada que no comprendiera.
—Mi único problema es que me quiero acostar contigo —dijo en alto, con la
imagen de aquellos ojos verdes totalmente viva en la mente—. ¡Maldición! Ha
conseguido que hable solo, que me olvide de mis obligaciones y que tiemble como un
pollito mojado.
Salió de la habitación y se dirigió a la cocina.
Mattie se dio la vuelta rápidamente al oírlo entrar. Tenía un montón de libros
sobre el mostrador de la cocina.
—¡Mira! Acaban de llegar todos mis libros.
—Ahora tendrás que estudiar por las noches.
—Bueno, puedo nacerlo mientras tú trabajas en tu oficina. Ya le he contado a mi
abuela que quiero estudiar derecho.
—¿Y qué te ha dicho? —preguntó él, cautivado por la vivaz expresión de su
rostro.
—Me preguntó qué te parecía a ti. Creo que estará de acuerdo con todo aquello
que a ti te complazca. ¡Está tan contenta de que me haya casado! Nunca le gustó que
me quedara sola, en el rancho.
Josh no pudo resistir la tentación de cruzar la cocina y aproximarse a ella.
—Bueno, puede que entonces no le importara que vendieras el rancho.
—Le haría mucho daño. Mientras se quede en la familia y tú seas mi marido, ella
será feliz.
—Yo también, Mattie.
Mattie respiró profundamente.
—Josh, estás demasiado cerca. La cena ya está lista y Elizabeth debe de estar a
punto de despertarse.
—Eres tú la que me haces desear estar cerca de ti.
La niña protestó en ese momento y Mattie se dispuso a salir.
—Voy a por Elizabeth.
Tenía que dejarla en paz.

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Después de cenar, salieron un rato. Josh colgó un columpio de bebé de la rama de


un árbol y puso allí a Elizabeth.
Durante un rato, estuvo con la pequeña y Mattie no dejaba de observarlos.
Los brazos musculosos acusaban el esfuerzo.
Cuando terminaron, escaló de nuevo el árbol con destreza para desenganchar las
cuerdas.
Se acercó a la pequeña y ésta le extendió los brazos.
—Ma —dijo.
Mattie se quedó sorprendida. Todavía no la había llamado nada.
—Mattie, Elizabeth. Mattie —vocalizó ella.
—Creo que te vas a quedar con Ma.
—Pero yo no soy su madre y no quiero que me llame algo que te haga entristecer.
—No te preocupes. Ella era demasiado pequeña para poder recordar a su madre.
Me imagino que dentro de muy poco te empezará a llamar mamá. Cuando tenga
edad le hablaré de su madre. Hasta entonces, no tiene sentido.
—Quizás sí lo tenga. Es una niña muy inteligente.
—¿Eso piensas? —preguntó él sin dejar de estudiarla cuidadosamente.
—Sí —respondió Mattie y volvió su atención a la pequeña—. Eres una niña muy
lista, ¿verdad, mi cielo?
Mattie se levantó.
—Me voy dentro. ¿Os venís? —preguntó ella.
—Sí, enseguida vamos.
Mientras la veía alejarse pensó sobre la creciente proximidad que se había
establecido entre ella y la pequeña Elizabeth. Mattie cada vez prestaba más atención
a la niña y ésta se entregaba más a ella.
No sabía si Mattie era consciente de lo que estaba ocurriendo.
Mientras se alejaba, Josh continuaba con la mirada fija en sus caderas
contorneadas.
«Déjala en paz», se dijo. «Algún día se marchará».

Josh intentó con todas sus fuerzas apartarla de su mente. Imposible. Trató de
evitarla. Pero cuanto más lo intentaba más necesitaba su compañía.
Durante dos semanas ella había dejado de salir a cabalgar con él. Sólo se
encontraban por la noche y la echaba de menos. Se decía una y otra vez que aquella
situación no duraría más que un par de semanas, hasta que encontrara una nueva
niñera. A pesar de todo, no podía evitar la sensación de vacío.
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Cada instante que tenía libre, buscaba su compañía, aún sabiendo que no era lo
correcto. Y cada día la necesitaba más, la deseaba más.
Una cálida tarde de verano de la última semana de junio, Dusty, el capataz, se
quedó mirándolo con curiosidad.
—¿Qué ocurre? —preguntó Josh—. ¿Me he puesto verde o algo así?
—Más bien soy yo el que debería preguntar. ¿Está usted bien?
—Sí, por supuesto. ¿Por qué me lo preguntas?
—Porque ya le he preguntado un par de cosas y no he obtenido ninguna
respuesta. Josh se mordió el labio superior.
—Lo siento. Estaba pensando en Elizabeth. Llevo varias noches sin dormir por
ella. Creo que le está saliendo un diente —estaba mintiendo descaradamente. Pero,
¿cómo iba a explicar que llevaba varias noches sin dormir porque lo consumía el
deseo por su esposa?
—¿Cómo está la señora?
—Bien, muy bien.
—Se la echa de menos. Es usted muy afortunado. Por supuesto que se merecía una
buena mujer, pero ha tenido mucha suerte.
—Lo sé, Dusty, lo sé.
Cabalgaron hasta los establos en silencio. Allí, desmontaron y se ocuparon cada
uno de su caballo. Luego se despidieron.
—Hasta mañana, Dusty.
—Hasta mañana. Espero que pueda dormir hoy.
—Gracias.
Mientras se dirigía a la casa miles de imágenes eróticas de la mujer que allí lo
esperaba le vinieron a la mente.
Trató de librarse de ellas.
Lo único que realmente quería era una ducha, una cena apetitosa y una tranquila
velada en compañía de Mattie y de Elizabeth.
Pero, por mucho que lo intentaba, no podía borrar el recuerdo de su cuerpo, de
sus curvas, de su calor. Era demasiado hermosa.
Al entrar en la casa, le pareció que estaba demasiado silenciosa.
María no estaba en ninguna parte, pero la cena estaba preparada. Había una
ensalada de pollo y una macedonia sobre el mostrador de la cocina.
Colgó el sombrero en su sitio, agarró una cerveza y se fue al salón.
—¡Mattie! ¡Elizabeth!
Dio un largo trago a su cerveza. No había nadie por allí.
Se dirigió hacia los dormitorios.
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—¡Mattie!
No obtuvo respuesta. Un pequeño gritito llamó su atención. Guiado por la
curiosidad se encaminó hacia el lugar de origen del sonido. Venía de la habitación de
Mattie.
Estaban en el baño. Se acercó hasta la puerta y las encontró allí.
La niña se reía y chapoteaba agua, mientras Mattie no podía contener las
carcajadas.
Se quedó allí, en el vano, apoyado en la jamba, observando la escena embelesado.
Elizabeth tenía el pelo mojado y se le levantaba graciosamente por delante.
Mattie también estaba algo despeinada y varios mechones se habían salido de su
sitio y le caían sobre la cara.
—Ahora te voy a aclarar la cabeza, ¿de acuerdo? A ver, despacito.
Mattie echó agua sobre su cabecita y Elizabeth comenzó a salpicarlo todo.
—¡No! Toma, toma el patito de goma. Mira qué bonito es.
La pequeña lo agarró y lo mordió. Mattie aprovechó para terminar lo que estaba
haciendo.
Se inclinó sobre la bañera de la niña para sacarla y los pantalones marcaron
meticulosamente sus glúteos. Él tuvo que contener un suspiro.
Envolvió a la niña con una toalla y luego la secó cuidadosamente. Elizabeth soltó
el pato y ella lo volvió a agarrar.
—Cua, cua, soy un pato —le dijo mientras le hacía cosquillas—. Está buscando a
su mamá. Elizabeth se rió a carcajadas.
—Mamá —le dijo y Mattie no pudo evitar que le diera un vuelco en el corazón al
oír que la llamaba así.
—¿Sí, mi vida? Eres preciosa, ¿lo sabías? En ese instante, Josh sintió que tenía que
hacerse notar.
—¿Se puede? —dijo él desde fuera. Ella se sobresaltó.
—No sabía que fuera tan tarde ya. Mattie se ruborizó y se retiró el pelo de la cara,
como si pensara que no estaba presentable. Él se acercó a la bañera y abrió el agua.
—Si el agua sale suficientemente fría, me voy a meter dentro —dijo él, mientras se
quitaba las botas y los calcetines. Luego se libró de la camisa y, acto seguido, se metió
dentro.
—¡Josh, los pantalones!
—A punto he estado de lanzarme en el pilón del ganado. ¡Hace tantísimo calor ahí
fuera! —él continuó sumergiéndose, como si nada.
—Bueno, creo que no me necesitas —dijo ella, casi sin respiración y observando
cómo el agua fría se deslizaba por su torso.

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La agarró de la muñeca. Sentía una tremenda curiosidad. Su tono de voz había


cambiado y eso lo incitaba a provocarla. Su determinación de dejarla tranquila salió
por la borda.
—Vamos, Mattie —la instó él—. Ven aquí conmigo. Mattie lo miró anonadada,
mientras trataba de liberarse.
—No seas ridículo.
—¡Anda! Por una vez en tu vida haz algo tonto.
—No pienso meterme en la bañera así —protestó ella riéndose, pero sin dejar de
pelear con él.
Josh se levantó, salpicó a Mattie de agua y la agarró en sus brazos.
—Josh Brand, bájame ahora mismo.
—Por supuesto —dijo él mientras la metía en la bañera—. En cuanto te meta en el
agua. Así nos podemos refrescar juntos.
—Josh Brand, ¿te has vuelto loco? ¡Mírame!
—Tienes un aspecto estupendo —insistió él y Mattie volvió la cabeza para mirarlo.
Estaba en sus brazos, metida en la bañera. Al encontrarse con sus ojos, se quedó sin
respiración.
La risa se desvaneció y fue sustituida por el deseo.
Él deslizó un dedo por todos los contornos de su cuerpo. A Mattie se le aceleró el
pulso.
Sus cuerpos unidos dejaban constancia del hambre que el otro despertaba.
Ella el sujetó la mano.
—Josh, no creo que sea una buena idea.
—Supongo que tienes razón —admitió él. Ella se levantó. Estaba empapada.
—Si salgo así del baño lo voy a poner todo perdido y tú también.
—Ya sé que no debería haber hecho esto, pero es fantástico, a pesar de todo. Hace
más calor que en el infierno. Si quieres te puedes desnudar aquí. Te prometo no
mirar.
Mattie lo miró sin poder ocultar su enfado.
Elizabeth jugaba feliz sobre el cambiador. Josh giró la cabeza y un millón de gotas
de agua se deslizaron por su cuello y por sus hombros. ¿Por qué tenía que ser tan
sensual?
Mattie respiró profundamente y agarró una toalla.
—No se te ocurra mirar.
—¡Qué le vamos a hacer!
—Cierra los ojos.

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Así lo hizo y ella aprovechó para admirar aquel cuerpo prohibido. ¿Es que no
podía haberse casado con alguien menos impresionante? Su presencia hacía que le
temblaran las piernas. Y no era sólo su físico, sino su personalidad, su vitalidad.
Había llenado el vacío de su vida y cada día se sentía más y más atraída por él.
Salió de la bañera con la toalla en las manos y comenzó a desvestirse.
Josh no pudo resistirlo y abrió los ojos.
Lo que vio le causó un millón de sudores y le provocó más calor que una visita
directa al sol.
Mattie estaba de espaldas a él. Llevaba unas bragas de algodón corrientes, pero
dejaban adivinar unos glúteos apretados y bien contorneados.
Ella se quitó la blusa y él pudo apreciar toda su espalda. Era perfecta, unos
hombros anchos que llegaban hasta una cintura estrecha y un trasero impecable que
continuaba en unas largas piernas.
Volvió la cara para evitar que ella lo pillara, pero la imagen que acababa de ver
difícilmente se borraría de su mente. Aquella mujer era una preciosidad. La deseaba
más que nunca.
Al oír que la puerta del baño se había cerrado, miró de nuevo. Había salido,
llevándose a Elizabeth con ella.
Se pasó los dedos por la cabeza y se sumergió por completo en la bañera.
Poco después, salió de allí, se quitó la ropa empapada y se cubrió con una toalla a
la cintura.
Llamó a la puerta.
—Mattie, ¿puedo salir de aquí?
—Sí, claro.
Abrió la puerta.
Elizabeth estaba sentaba en su sillita. Mattie se había puesto un vestido de verano
y se estaba trenzando el pelo. No pudo evitar mirarla de arriba abajo. El vestido era
sencillo, de tela vaquera.
—¡Estás muy guapa! —dijo él.
Ella se ruborizó y se atusó la falda nerviosamente.
—No tengo muchos vestidos. Compré este el fin de semana pasado cuando fui a la
ciudad a por ropa para Elizabeth.
—Me gusta. Pero preferiría que fuera más corto. Ella frunció el ceño y miró hacia
abajo.
—¿Es demasiado largo?
—Bueno, no puedo verte las piernas. Ella levantó la cabeza y sonrió.
—Me habías asustado. No entiendo mucho de vestidos y pensé que no me
quedaba bien.

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—Te queda de maravilla. Pero, la próxima vez, recuerda: que sea más corto —
añadió él y ella le hizo una mueca burlona.
Josh le dio un beso a Elizabeth y se dirigió a su habitación para ducharse y
cambiarse.
Al entrar en su dormitorio, se dirigió hacia una de las fotos de Lisa y la agarró.
—Te quiero —le dijo—. Tengo una mujer, Lisa. Es muy buena con la pequeña.
Necesito continuar con mi vida.
Volvió a dejarla en la cómoda.
Todavía sentía un pinchazo intenso en su corazón. Siempre amaría a Lisa. Pero,
poco a poco, se iba librando de un dolor tan acuciante que no lo había dejado vivir
hasta entonces y la causa era Mattie, una mujer que estaría con él aún menos tiempo
que Lisa.
Miró de un lado a otro de la habitación. Estaba llena de fotos. Aunque sólo fuera
temporalmente, estaba casado con otra mujer. Agarró las fotos y las fue metiendo
cuidadosamente en el armario. Quedaba una en la habitación de Elizabeth, pero
quería que la pequeña creciera sabiendo qué aspecto tenía su madre.
Josh bajó al comedor y allí se encontró con Mattie y con Elizabeth.
Cenaron y charlaron durante un rato. Él le contó los incidentes ocurridos a lo largo
del día y finalmente le preguntó por el asunto de la niñera.
—¿Ha contestado alguien al anuncio?
Mattie le estaba dando de comer a la pequeña, que trataba de agarrar unos
pequeños trozos de plátano que Mattie le había partido. Le limpió la barbilla
cuidadosamente.
—No he puesto ningún anuncio —le respondió.

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Capítulo 7

—¿Por qué no has puesto el anuncio?


—Me gusta el modo en que van las cosas ahora —respondió ella, mientras se
concentraba en darle otra cucharada a la niña.
Él la miró sorprendido. Le vino a la memoria aquellos primeros encuentros en los
que ella le había asegurado que no podría encargarse del bebé. Sin embargo, en
cuanto había llegado a la casa, había empezado a cuidarla sin problemas.
Además, Elizabeth cada vez la quería más. Él sintió cierta pesadumbre. ¿Cuánto
daño le haría a la pequeña su marcha?
—Pensé que no querías encargarte de ella —dijo él.
Ella lo miró unos segundos y volvió su atención a la pequeña.
—Tienes una hija adorable —respondió ella—. Me encanta estar con ella, así es
que prefiero cuidarla yo misma.
—¿Y cómo vas a poder estudiar? —preguntó él.
—Ya he empezado a hacerlo. Puedo leer mientras duerme la siesta y un rato por la
noche. Ya he echado la instancia de admisión —Mattie levantó el rostro hacia él—. El
próximo lunes tengo una entrevista. Lottie se puede encargar de Elizabeth ese día.
—¡Tan pronto! —exclamó él—. ¿Ya estás pensando en dejarnos?
—¡Por supuesto que no! Lo único que quiero es pasar el examen de admisión
cuanto antes. Puede que lo suspenda.
—Sinceramente lo dudo. Ya vi que en tu expediente académico tienes un
sobresaliente de media —le aseguró él. Tenía un nudo en el estómago. Observó a
Elizabeth y tuvo una incómoda sensación. No les iba a gustar su marcha, a ninguno
de los dos.
Mattie lo miró interrogante.
—¿En qué piensas? —le preguntó después de unos segundos.
—Si te encargas de Elizabeth, ¿qué ocurrirá cuando te marches? Puede que llegue
a quererte mucho.
—Ya he pensado sobre eso. Pero, aunque consiguiera una niñera, tampoco quiere
decir que esa persona fuera a quedarse aquí para siempre. Creo que Elizabeth tendrá
que habituarse a ese tipo de cambios en su vida. Pero, por supuesto, si no quieres que
me ocupe de ella...
—¡Por supuesto que quiero que te ocupes de ella! Eres lo mejor que le puede
ocurrir. Es una inmensa suerte tenerte aquí y lo será cada día que permanezcas con
nosotros.
Ella lo observó con curiosidad y él se sumergió en sus ojos. La deseaba. Tuvo que
luchar contra sí mismo para no levantarse de la mesa y tomarla en sus brazos.
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Mattie había logrado que el dolor y el pesar fueran, poco a poco, borrándose.
Tanto ella como Elizabeth le proporcionaban el calor y la ternura que necesitaba.
Pero era Mattie la que le había devuelto la vitalidad.
—Bueno, entonces quedamos en que me ocupo yo de la niña —dijo ella.
Después de la cena y de recoger juntos la mesa, Josh se llevó a la niña a dar una
vuelta mientras Mattie estudiaba un poco. Sin embargo, le resultaba difícil
concentrarse. Las palabras que él le había dicho resonaban con fuerza en su cabeza:
«es una inmensa suerte tenerte aquí y lo será cada día que permanezcas con
nosotros.» ¡Si de verdad lo hubiera pensado con todo su corazón! Pero Mattie tenía la
sensación de que todavía había una parte de él que continuaba cerrada y no pensaba
que pudiera ser ella la mujer que ganara su corazón.
Después de acostar a Elizabeth, pasaron un rato charlando en el salón. Él se sentó
en el sofá, mientras Mattie, en el suelo, trataba de organizar el álbum de fotos de
Elizabeth.
—¿Sabes de cuando es ésta?
Se levantó y se sentó junto a ella en el suelo.
—La verdad es que no me acuerdo. Mi madre siempre me estaba pidiendo fotos
de la niña. Por cierto, se me había olvidado —él se levantó y agarró una carta que
había sobre el escritorio—. Es de mi madre. Quiere que vayamos a Chicago con
Elizabeth el mes que viene, sobre el quince de agosto.
—Me parece muy bien.
—Entonces le confirmaré que vamos. Te advierto que mi madre celebrará una
fiesta prácticamente cada noche que estemos allí.
Mattie se puso muy seria.
—No sabré comportarme.
—¿Cómo que no?
—No sé nada de fiestas. Jamás me he relacionado así. Papá y yo siempre
estábamos en el rancho. No le gustaban las fiestas y después de la muerte de mamá
no volvimos a ir a ninguna.
Josh se aproximó a ella y posó una mano sobre su hombro. Le agarró la trenza y
comenzó a juguetear con ella.
—Lo harás muy bien. No será muy diferente de nuestra boda.
—Es algo completamente distinto. Sé que para ti es difícil entenderlo, pero no
tengo ropa apropiada, sólo dos vestidos viejos y éste.
Él aspiró su aroma. Era como una brisa de primavera. Se la imaginó con un
sugerente vestido de noche que le marcara cada curva. No fue una buena idea tener
semejante fantasía.
—No te preocupes, compraremos lo necesario.

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—Además, yo no sabré comportarme con la gente de la gran ciudad y, menos aún,


con la gente que tu madre y tu padrastro conocen.
—Yo no estoy en absoluto preocupado porque te conozco y sé que no habrá
ningún problema.
—Pero seré demasiado alta para una fiesta así. Él sonrió. Aquel comentario era
increíble.
—¿Quién te ha metido en la cabeza todo eso?
—Lo soy. Mi padre siempre me decía que era demasiado alta para los chicos.
—¿Y nunca se te ocurrió pensar que estaba equivocado?
—No, no lo estaba —dijo ella.
Josh le fue deshaciendo la trenza lentamente, hasta que todos los rizos cayeron
sobre sus hombros.
A pesar de sus preocupaciones, Mattie estaba más pendiente del tacto de sus
dedos cálidos que de lo que la perturbaba.
—Sinceramente, pienso que tu padre no tenía ninguna razón y que, de algún
modo, te hizo mucho daño.
—No sabes todo lo que tuve que pasar mientras crecía. Nadie lo sabe.
—Pero ahora ya eres una persona hecha y derecha y te has convertido en una
mujer muy hermosa —le dijo Josh con una voz sugerente, mientras le acariciaba
suavemente los brazos. Estaba a centímetros de ella y quería besarla.
—Josh...
Se acercó y la besó suavemente. En el momento en que hundió la lengua en su
boca, sintió que ella se tensaba. En lugar de retroceder, la agarró por la cintura y
continuó besándola para acallar la protesta que estaba a punto de salir de sus labios.
Mattie cerró los ojos y le rodeó el cuello con los brazos. ¿Por qué no se podía
resistir a él? Sabía demasiado bien la respuesta. Era sexy, guapo, tremendamente
activo. Ella era demasiado vulnerable para poder luchar contra un hombre así. Pero
no se iba a engañar. A pesar de que aquel cuerpo masculino se encendiera como una
tea, había momentos en que Josh seguía triste. Continuaba dolido por la muerte de su
esposa. Lo más que podía sentir por ella era algo físico.
Josh deslizó la mano por la falda y luego se coló bajo ella. Toda su lógica se
desvaneció al sentir aquellos dedos que se movían sobre su muslo. Ella le sujetó la
mano y la apartó.
Él la abrazó con más fuerza y continuó besándola.
Le acariciaba la espalda y el calor crecía y crecía. Incapaz de controlarse, Mattie le
desabrochó unos botones de la camisa y le acarició los hombros.
Él le desató los botones del vestido y éste se deslizó suavemente hacia abajo.
Ella se arqueó mientras él capturaba uno de sus senos y describía círculos en el
pezón con su dedo.
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Estaba mareada, ansiosa. A cada instante lo deseaba más.


Él le levantó la falda, bajó la cabeza y comenzó a lamerle la cara interna del muslo.
Acababa de perder el control de su cuerpo. No sabía nada sobre ser amada de
aquel modo, quería saberlo ahora. Necesitaba que la tocara, que la besara, necesitaba
que los recuerdos de aquel encuentro quedaran para siempre registrados en su
cabeza.
Pero, ¿cuánto de ella entregaría a cambio? De pronto, sintió miedo. Se apartó
bruscamente.
—¡Josh! —dijo mientras se recomponía—. No puedo... así no... No soy capaz de
meterme en una relación como esta...
—Creo que has tomado la decisión un poco tarde. Estamos casados.
—Pero el nuestro no es un matrimonio real y no va a durar —ella lo miró
fijamente, mientras recobraba el aliento. Sabía que lo que esperaba era una
declaración de amor, aun cuando era consciente de lo ridículo de semejante anhelo.
—Te deseo —dijo él.
—Eso no es bastante. Hay demasiadas cosas en juego. Si me comprometo, lo haré
para siempre.
El luchó contra su deseo de seducirla y hacer que cambiara de opinión. Ella quería
marcharse, estudiar. No iba a retenerla como había hecho con Lisa. Mattie tenía sus
manuales de leyes y un futuro por delante. Como ya le había dicho, muy pronto
haría las pruebas de acceso.
Sintió un profundo dolor. Se levantó bruscamente y salió al porche, desde donde
pudo ver los rayos de la tormenta que se aproximaba. Olía a lluvia.
—Josh... —lo llamó ella, preocupada por su reacción.
—Te respeto, Mattie, pero en más de una ocasión me voy a equivocar.
Ella no supo que responder. Se quedó allí, junto a él, mirando al cielo cargado de
nubes. A pesar del silencio, de la repentina tensión que se había creado entre ellos, se
sentía en casa. Aquel era su lugar. Si alguna vez los recuerdos lo abandonaran, él
podría... No, hacía tiempo que había dejado de soñar.
—Vamonos dentro y te leeré la carta de mi madre.
Una vez dentro, él le pasó un sobre y ella se sentó en el sofá.
—¡No puede ser! —exclamó ella.
—¿Qué?
—¡Nos va a alojar en las habitaciones de invitados!
—Bien, hasta ahí todo me parece lógico —respondió él con sorna, sabiendo
exactamente a qué se refería.
—Pero la grande será para ti y para mí y la pequeña para Elizabeth. No... no
podemos compartir la misma habitación.

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—Creo que no vamos a tener más remedio que hacerlo. De lo contrario tendríamos
que dar demasiadas explicaciones que no creo queramos dar ninguno de los dos.
—No puedo dormir en la misma cama que tú. Él se acercó y la agarró de la
cintura. Ella reaccionó de inmediato, se soltó y se puso en jarras.
—No me hagas zalamerías para tratar de convencerme. No pienso meterme en la
cama contigo.
—Pero si yo me quedo en mi sitio y tú en el tuyo, no pasará nada.
—¡Ni hablar! Ya sabes lo susceptible que soy a ti...
—No, no lo sabía. Siempre me dices que no.
—Nunca lo suficientemente deprisa. ¡Mírame! —dijo ella con el vestido sujeto a la
altura del pecho.
—Sí, una vista increíble —lo que más habría deseado era despojarla de toda
vestimenta y poder recorrer cada milímetro de su piel con la boca.
¿Hasta qué punto se sentiría ella atraída por él? ¿Podría llegar incluso a
abandonar la idea de ir a la universidad para estar con él?
—Mattie, ¿te gustaría que este matrimonio fuera real y olvidarte de la
universidad? Ella lo miró fijamente y respiró.
—¿Me amas? —preguntó ella sin más. Él se quedó confuso ante semejante
pregunta. Unos segundos después respondió sinceramente.
—Me gustas —dijo.
—No es eso lo que te he preguntado y no me mientas.
—Jamás lo haría —pensó durante un momento cuáles eran sus verdaderos
sentimientos hacia ella. Cada minuto que se retrasaba la respuesta se iba abriendo
una brecha cada vez mayor entre ellos. Iba a perderla. Pero no podía mentir—.
Mattie. Ni siquiera hace un año desde que murió Lisa. Algo dentro de mí va
cambiando y tú cada vez eres más importante para mí.
—Entonces centrémonos en el problema de la cama.
—Mattie, si los dos intentamos hacer de esto un matrimonio real es posible que
acabemos enamorándonos.
Ella se mordió el labio inferior.
—Sí, pero también podría ocurrir que uno se enamore y el otro no. Eso sería muy
doloroso.
—Arriesguémonos.
Hubo un silencio. Josh se quedó pensativo. No sabía realmente cuál era la
profundidad de sus sentimientos hacia ella. La deseaba terriblemente, pero con la
misma intensidad también necesitaba su compañía. ¿Acaso se estaba enamorando?
—Josh, tengo que pensar sobre tu propuesta y creo que tú también.

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Él no tenía nada que decir. Era ella la que tenía que decidir sobre si quedarse allí o
no. Él no iba a obligar a ninguna mujer más a permanecer a su lado.
Aquel pensamiento le trajo recuerdos de Lisa. Sí, todavía dolía. Seguramente,
Mattie tenía razón. No debía precipitarse.
—Creo que lo de la cama deberíamos resolverlo una vez allí. Conociendo a mi
madre te podría asegurar que será una cama gigantesca y que tendremos todo un
océano entre nosotros. Y si es necesario, dormiré en el suelo.
Ella es encogió de hombros.
—Está bien, pero no garantizo que me vaya a saber comportar. Mañana escribiré a
tu madre y le diré que vamos.
Dicho esto, se dio media vuelta y se dirigió a su dormitorio. Él la vio desaparecer
por las escaleras.
Sabía que estaba rabiosa, desconcertada, pero, ¿existía alguna posibilidad de que
se estuviera enamorando de él?

Durante el resto de la semana, Mattie se pasó los días con Elizabeth y pensando
alternativamente en las palabras de Josh.
«Si los dos tratamos de hacer de esto un matrimonio real, puede que acabemos
enamorándonos.» Cada vez que le venían a la mente aquellas palabras, sentía el
impulso de apartar los libros de leyes y lanzarse a una relación con él, fuera cual
fuera.
Le había dicho que cada día era más importante para él, pero, ¿hasta qué punto?
En más de una ocasión se lo había encontrado con lágrimas en los ojos y una
expresión triste en el rostro. Todavía amaba a Lisa.
Y ella no quería sufrir. Muy posiblemente al cabo del tiempo acabaría
enamorándose de otra mujer y se daría cuenta de que lo único que sentía por ella era
una atracción física.
Ella no era el tipo de mujer que le gustaba a un hombre como Josh Brand y su
deseo de que eso cambiara no iba a conseguir que ocurriera.
Lo mejor que podía hacer era continuar persiguiendo su objetivo de ir a la
universidad. Era el único modo de evitar que le rompieran el corazón.

En la fecha fijada, Mattie fue hasta Austin, hizo la entrevista y se presentó al


examen de acceso.
Por la noche, Josh le preguntó rápidamente sobre lo ocurrido, pero no se volvió a
hablar de ello.
El viernes por la tarde, Virgil Grant aparcó su camión frente a la casa.
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—Hola, Virgil —lo saludó Mattie que salió a recibirlo con Elizabeth en brazos.
—Hola Mattie, hola pequeñaja —dijo él mientras le tocaba el moflete a la
pequeña—. Tengo unas cuantas cajas para ti. Las mandan de Dallas.
—¿Qué es eso?
—Cosas para ti. Menuda lluvia estamos teniendo, ¿verdad? Buena para el campo.
—Sí —respondió ella mecánicamente, más pendiente de lo que estaba depositando
en la entrada que de la conversación.
—Hay una humedad del demonio. Pero prefiero la lluvia que esta sequía que nos
está matando. ¡Cómo crece esta criatura! Está preciosa.
—Cambia día a día —dijo Mattie, mientras firmaba el albarán de entrega.
—Gracias. Saluda a Josh.
Cerró la puerta y dejó a Elizabeth en el suelo.
—¿Qué diablos es todo esto? —abrió una de las cajas y sacó un vestido negro,
corto y muy elegante—. ¡Santo cielo!
Abrió otras dos cajas y volvió a cerrarlas cuidadosamente. Agarró a la niña y la
preparó para la siesta.
Algo más tarde vio a Josh que venía del granero. Incluso lleno de polvo hasta las
orejas resultaba atractivo.
—Hola, Mattie, ¿qué tal? —dijo él mientras colgaba el sombrero—. Hace un calor
de infierno allí fuera.
—Josh, han mandado todos los vestidos que encargaste.
Se acercó a la nevera y agarró una cerveza.
—Estupendo. Quédate con lo que te guste. Por mí te puedes quedar con todos.
—¡Hay doce cajas!
Se volvió hacia ella y se limpió la boca.
—Pareces un poco decepcionada. Puedo pedir más.
Ella levantó los brazos en un gesto de exasperación.
—¡No necesito doce vestidos! Con uno me vale.
—Bien. Cuando Elizabeth se vaya a dormir, te los pruebas y elegimos uno o dos.
—Uno.
—No. Sé cómo son las fiestas de mi madre. Te los pruebas y yo te ayudaré a elegir
unos cuantos.
Desconcertada, se dio la vuelta y se puso a arrancar hojas de lechuga para
preparar la ensalada. Otra vez perdía la batalla.
—Estás atacando a la pobre lechuga —le dijo él colocándose justo detrás de ella y
mirando por encima de su hombro.

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—¡Me parece una extravagancia!


—Podemos devolver un par de ellos, si eso te hace sentir mejor —dijo él con
sorna—. Me voy a duchar. ¿Quieres venir a frotarme la espalda?
Ella levantó la cabeza asustada y él le guiñó un ojo.
Ella le arrojó una zanahoria pero falló el tiro. Él se marchó.
Mattie continuó con su labor.
Era cierto que Josh había cambiado mucho. Cada vez se mostraba más jovial y le
tomaba el pelo con frecuencia. Sin embargo, le había preguntado si la amaba y la
respuesta había sido más que clara. Sólo le gustaba. Pero su relación había cambiado
mucho. ¿Habría alguna posibilidad de que se enamorara de ella?
¿Cuántas veces se iba a hacer esa pregunta? Ninguna, ya estaba bien de vanas
esperanzas.
Miró por la ventana y, sin darse cuenta, comenzó de nuevo a especular sobre los
futuros sentimientos de Josh. Volvería a casarse, de eso no le cabía duda. Era
demasiado atractivo para permanecer soltero. Pero ella no era el retrato que él
esperaba. Se casaría con una mujer hermosa y sofisticada como era Lisa.
Se lavó las manos y sacó el pollo del horno.
Después de cenar y de acostar a Elizabeth, Mattie se fue a su habitación y abrió
todas las cajas.
Le parecía ridículo hacerle un pase de modelos a Josh. A pesar de todo, se puso el
vestido negro.
No podía ir así, descalza y con el pelo trenzado.
Salió hacia la habitación de él.
—No puedo aparecer así —dijo al entrar en su dormitorio—. Necesito que me
digas cuál es el tipo de vestido que me debo poner. Este es muy corto.
—Guau —dijo él al verla aparecer—. Pruébatelos todos. Si el resto te queda sólo la
mitad de bien que éste, te los quedas todos.
Mattie bajó la cabeza.
—Te avergonzarás de mí.
Él se acercó y le levantó la cabeza.
—Eso nunca. Estás preciosa simplemente así. Y te aseguro que no es demasiado
corto. Ve a probarte otro.
—¿Por qué no apareciste en mi vida un poco antes? —dijo ella en un susurró.
Se dio la vuelta y se dirigió de nuevo a su dormitorio. Él pensaba que era hermosa,
¡increíble!
La siguiente caja contenía un vestido rojo de crepé con un pequeño adorno de
terciopelo en el cuello. Era ajustado también y destacaba todas sus curvas.
Volvió a enseñárselo.
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—Perfecto —dijo él—. Quédatelo.


—Josh, ninguno de estos vestidos tiene el precio puesto.
—Pedí expresamente que se lo quitaran. No te preocupes, nos lo podemos
permitir.
—No se trata sólo de eso...
—Eres una mujer maravillosa y te mereces un pequeño lujo como éste.
Ella se encogió de hombros y se dirigió de nuevo a su cuarto.
Sacó unos cuantos vestidos de noche más, otro azul marino y un traje de chaqueta
beig. La siguiente caja contenía una minifalda de cuero roja y un chaleco a juego.
—¡Ni en sueños me pondría esto! —se dijo.
Cerró la caja y abrió otra que contenía un vestido de lino amarillo. Se lo puso, pero
sólo se abrochó un par de botones.
Miró de un lado a otro de la habitación y pensó una vez más en las palabras de
Josh.
Puede que tuviera razón, que si dejaban que aquél se convirtiera en un
matrimonio real lograrían que acabaran amándose, acabara amándola. ¿Debía
arriesgarse? Muchas veces en su vida se había arriesgado y había ganado. Sin
embargo, en aquel momento estaba paralizada.
Tenía veintiocho años y jamás había hecho el amor con nadie. Su esposo estaba en
la habitación y ya había cambiado radicalmente de actitud hacia ella. Decía que le
gustaba.
Mattie miró a la caja de la minifalda roja. Luego vio su imagen en el espejo. No era
su estilo, pero tampoco lo era un marido como Josh. ¿Por qué no se arriesgaba?
El corazón comenzó a latirle con fuerza.
Atravesó la habitación, abrió la caja y sacó la falda. Definitivamente, Josh y
Elizabeth eran lo bastante importantes como para arriesgarse por ellos.
Se quitó el vestido amarillo y se colocó el chaleco. Luego se puso unas medias, la
falda y unos zapatos de tacón. Sin pensárselo ni un segundo, se deshizo la trenza y
dejó que su mata de pelo rubio quedara libre. Se puso unos pendientes y se echó
rimel en los ojos. Se miró en el espejo.
—¡Estoy completamente ridícula! —se dijo. Dio media vuelta, salió de la
habitación y se dirigió al dormitorio de Josh. El corazón le latía con fuerza. Se acercó
hasta la puerta y se armó de valor.
—No sé cómo puedes esperar que me ponga esto para ir a ninguna parte —lo
sorprendió ella y se puso en jarras.
Josh, que trataba de quitarse las botas en aquel instante, se quedó paralizado.
—¡Dios santo! —exclamó, quedándose sin respiración.
—Me podrías explicar a dónde se supone que debía ir así vestida.

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Capítulo 8

Él se levantó y se acercó hasta ella. La agarró de la mano y la llevó hasta el espejo.


—Mírate, por favor, Mattie. No puedes tener dudas sobre lo hermosa y lo sexy que
eres.
Ella no tenía el menor interés en verse a sí misma y aprovechó la ocasión para
mirarlo a él. Se dio la vuelta y le puso las manos en las caderas. Sus ojos no podían
ocultar el intenso deseo que sentía.
—Eres una mujer seductora y muy bonita. Y te aseguro que mientras yo sea tu
esposo no te permitiré que salgas a la calle así vestida. ¿Por qué te has vestido ahora?
—Bueno, tú lo compraste para mí, así es que supuse que te gustaría vérmelo
puesto —respondió ella. La hacía sentir tan bien.
—¿Así es que has hecho esto por mí? —le preguntó en un tono sugerente—.
¡Mattie!
Sus mirada se posó sobre los labios de ella y a Mattie se le aceleró el pulso. ¿Se
estaba arriesgando demasiado? ¿Había sido demasiado impulsiva?
Daba igual. Nunca antes se había sentido tan feliz. Él decía que lo había devuelto a
la vida. Pues bien, ella se sentía viva por primera vez.
Aunque jamás la pudiera amar, le quedarían aquellos instantes de pasión para
recordar y saborear una y otra vez.
Él la abrazó y ella le rodeó el cuello y lo besó.
A pesar de todo, las dudas continuaban asolándola. En lo que se refería al amor,
era una inexperta y no sabía si estaba cometiendo un error.
Josh se apartó ligeramente y le desabrochó el chaleco. Lo deslizó por sus hombros
y se los besó dulcemente. Poco después le quitó el sujetador.
Le temblaban las manos y sus ojos imploraban. Le sorprendió que la deseara hasta
ese punto.
Le bajó la cremallera de la falda y la despojó del resto de su ropa interior.
Estaba allí, desnuda ante él, sintiéndose femenina y deseada.
Él atrapó su pezón con la boca y ella se estremeció.
Todos sus miedos se desvanecieron en aquel instante. Continuó jugueteando con
el pezón, provocándole cada vez más y más placer. Quería sentir a aquel hombre,
quería entregarle cuanto tenía y, en el fondo de su corazón, sabía que quería que la
amara, que se atara a ella para siempre.
Se besaron apasionadamente, hasta que ella comenzó a desabrocharle la camisa.
Josh se la quitó y la lanzó a un lado. Se soltó el cinturón y se quitó los pantalones.

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Ella miró de arriba abajo aquel magnífico cuerpo. Le acarició el torso y descendió
hasta sus caderas. Suavemente, acarició su masculinidad y él gimió.
Su cuerpo parecía el de una estatua de bronce, como si un habilidoso escultor
hubiera tallado con todo lujo de detalles cada músculo.
Lo amaba y era consciente de ello. Pero jamás podría decirlo antes de que él
confesara su amor, pues no quería hacer que se sintiera atrapado.
Lo besó y exploró con las manos todo su cuerpo. Se arrodilló y continuó
besándolo, acariciando su virilidad pujante.
Josh estaba extasiado. Mattie era tan directa en su forma de amar como lo era en
todo y lo estaba volviendo loco. Pero sabía que tenía que controlar su deseo y darle
tiempo a ella.
Jamás olvidaría la imagen de Mattie vestida con aquella minifalda roja. Podría
haber parado el tráfico de cualquier calle principal de Dallas. Y, a pesar de todo,
carecía de confianza en sí misma. No lo podía entender.
Josh agarró a Mattie y ella se puso de pie. La abrazó y ella se entregó por
completo.
La llevó hasta la cama, apartó las sábanas y se tumbaron.
—Te deseo —le dijo él y la besó. Su lengua se perdió en las cavidades de su boca,
mientras sus manos le acariciaban todo el cuerpo, las caderas, los muslos. Por fin se
encontró con la seda de su pubis y ella sintió que se iba a romper en mil pedazos.
—¡Josh! —exclamó.
—Quiero que me desees —le susurró—. Quiero que me atrapes entre tus piernas.
Ella no podía responder. Sólo podía gemir, buscando con la pelvis el placer
prometido.
—Ahora, Josh.
Abrió el cajón de la mesilla y sacó un pequeño paquete. Ella lo agarró, rompió el
envoltorio y se lo colocó lentamente. Él no pudo evitar un gemido.
Él se tumbó sobre ella y la besó.
—¡Por favor, Josh!
—¿Por favor qué? Quiero que lo digas.
—Te deseo, te deseo.
Con mucho cuidado, se abrió paso y atravesó su femenino centro. Ella emitió un
pequeño quejido que pronto se convirtió en un gemido de placer.
—Mattie —le susurró él.
El deseo era más fuerte que nada y ambos comenzaron a balancearse como locos.
Ella se agarró con firmeza a su espalda y enroscó las piernas en sus caderas.

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Cada vez se movían con más brío. Las sensaciones que fluían dentro de Mattie
eran indescriptibles. El placer crecía y crecía hasta convertirse casi en dolor, un dolor
que culminó en éxtasis.
—Mattie —gritó Josh mientras llegaba al punto culminante.
Todo su cuerpo sufrió una sacudida y muy pronto se sintió aliviado.
Poco a poco, el mundo volvió a girar a la velocidad normal. Ella le acarició la
espalda. Pasara lo que pasara en el futuro, por siempre tendría el recuerdo de aquella
noche como un tesoro.
Josh se tumbó a su lado. Ella lo miró. Estaba empapado en sudor, el pelo negro
revuelto le confería un aspecto salvaje.
—¿Te he hecho daño? —le preguntó él.
—¿Tú qué crees? —le preguntó ella—. ¿Piensas que he actuado como si me
estuvieras haciendo daño?
—No —respondió él y la besó—. ¡Eres tan especial, Mattie!
No estaba segura de haber entendido lo que le decía. Pero le daba igual. Lo único
que le importaba eran sus besos, el modo en que sus brazos la apretaban y la
reconfortaban.
—No te puedes imaginar cómo me excitas —dijo él—. No he dormido durante
semanas, Mattie. Y sé que esta noche tampoco voy a dormir, no si tú me permites que
te tenga en mis brazos.
Mattie no había esperado nada de aquello. Siempre había creído que en el
momento en que la hiciera suya, en que se sintiera aliviado, su interés se
desvanecería. Lejos de eso, crecía y crecía. Cada vez estaba más cercano a ella.
—Podría amarte otra vez en este preciso instante. Te deseo mucho y tú lo sabes —
le dijo él con una voz profunda y sensual—. Pero en lugar de eso, nos vamos a
levantar, nos vamos a duchar y vamos a empezar de cero. Quiero hacerte el amor
hasta que te desmayes.
—Casi lo consigues ahora.
—Esta vez, me consagraré por completo a ti —le dijo. Se levantó y abrió el agua.
Agarró otro paquete de la mesilla y, acto seguido la tomó a ella en sus brazos y la
condujo hasta el baño.
Bajo el agua caliente, sus cuerpos se encontraron de nuevo y se amaron con más
intensidad aún.

La luz de la mañana se depositó en sus ojos y ella se despertó. Lo primero que vio
fue el rostro de su esposo.
Estaba apoyado sobre el codo, la cabeza sobre una mano y la observaba.

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—Buenos días —dijo él.


—¿Es que nunca duermes?
—Desde luego no hoy —agarró un mechón del pelo de ella y se lo colocó detrás de
la oreja—. ¿Te cambiarás a mi habitación?
Ella se quedó pensativa. Quería más de él. Si se trasladaba a su dormitorio, el
dolor sería mucho más profundo a la hora de partir.
—Bueno, no tenía nada de esto planeado. Me compraste una ridícula falda roja y
me la puse. El resto ha sido un accidente.
—Quiero que duermas conmigo.
Ella se perdió en sus ojos profundos. Lo deseaba más que nada en el mundo. Pero
ni una sola vez le había oído decir que la amaba.
Él esperaba pacientemente a que ella declarara su decisión, y ansiaba un sí por
respuesta.
Por mucho que la hubiera abrazado, que hubiera pronunciado su nombre, no
había ninguna garantía de que llegara a amarla.
—No tienes pelo en el torso. Es curioso porque, sin embargo, si tienes una barba
cerrada.
—Una mezcla de genes. Lo de la barba se debe a mi sangre blanca. Pero no
cambies de tema. Te quiero aquí, conmigo. Me he sentido realmente vivo por
primera vez en mucho tiempo.
Ella lo abrazó con fuerza. ¿Sería posible que alguna vez llegara a amarla? La noche
había sido inmejorable y él era sincero.
—De acuerdo —respondió ella.
Él la besó, feliz por su decisión.
Se quedó dormida de nuevo y se despertó algo .más tarde. Al abrir los ojos y ver
que ya eran las siete y media, se preguntó cómo aún no había oído a Elizabeth.
Se levantó rápidamente, se cubrió con la sábana y se dirigió al cuarto de la
pequeña.
—¡Elizabeth! —dijo.
Pero la pequeña no estaba.
—Aquí, Mattie —le dijo una voz masculina. Bajó las escaleras y se dirigió a la
cocina. Josh estaba dándole el desayuno a Elizabeth.
—¡Mamá! —la niña extendió los brazos, reclamando que la agarrara.
—Buenos días, mi amor —le respondió y se miró, envuelta en la sábana no tenía
mucha posibilidad de moverse—. Ahora no te puedo agarrar.
Él llevaba puesta una camiseta y unos vaqueros. El deseo se apoderó otra vez de
ella.
—Se ha portado bien y ha dormido hasta tarde. Hemos intentado no despertarte.
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Mattie no podía prestarle mucha atención. Su cabeza estaba aún en la noche que
habían compartido. La cocina se quedó en silencio.
—Mattie... —susurró él.
Se habrían lanzado de nuevo el uno en brazos del otro y habrían continuado
amándose hasta que las fuerzas hubieran flaqueado.
Pero la niña se removió en su silla y Mattie se dio cuenta de que tenían que volver
a su rutina.
—Voy a vestirme. Enseguida bajo.
Cerró la puerta de su habitación y se apoyó sobre ella. Lo deseaba más que nunca.
Debería ser al contrario, pues ya estaba saciada.
Se miró al espejo, todavía sorprendida por todo lo sucedido. Tenía el mismo
aspecto de siempre, pero algo dentro de ella había cambiado radicalmente. Estaba
atada a Josh y a Elizabeth, los quería a los dos, aun cuando él jamás pudiera llegar a
amarla a ella.
Fuera lo que fuera lo que le deparaba el destino, ya era una mujer, deseable,
femenina... y todo gracias a Josh.
Nada de eso quería decir que todas su dudas e inseguridades hubieran
desaparecido. El viaje a Chicago seguía siendo una oscura mancha en el horizonte.
Estaría completamente fuera de su elemento. Puede que allí Josh se diera cuenta de
que no era, para nada, la mujer que él creía que era.
No importaba. El viaje aún estaba lejos. No era el día para preocuparse de algo así.
Se iba a dedicar a jugar con Elizabeth y a recordar la noche pasada.
Bajó y se despidió de Josh con un beso apasionado.
—Si no fuera por Elizabeth, me quedaría aquí toda el día...
—Pero la pequeña requiere atención y tú te debes ir cuanto antes.
—Volveré lo antes posible. Me pasaré todo el día pensando en ti.
—Mejor será que pienses en lo que estás haciendo, no sea que termines con una
coz en el trasero.
Él la miró intensamente.
—Ha sido fantástico, Mattie —le dijo él.
Aquella afirmación era como otro eslabón en la cadena que se estaba creando
entre ellos.
—Para mí también —susurró ella. Él se dio la vuelta y se alejó.
Las tres semanas siguientes fueron absolutamente idílicas, sólo enturbiadas por el
fantasma del futuro viaje a Chicago.
El día antes de partir, Mattie recibió los resultados de su prueba de acceso.
Con los cuerpos empapados aún en sudor, después de una noche de pasión, ella le
contó que había pasado el examen.

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Él se quedó inmóvil un segundo, como si calibrara cual debía de ser su reacción.


Luego, con un tono intrascendente le dio la enhorabuena.
—Así ya te los has quitado de en medio.
Mattie lo miró fijamente. Deseaba que le pidiera que se olvidara de todo, que se
quedara con él para siempre.
Pero no lo hizo. Simplemente, la besó, un beso hambriento.
Al día siguiente, se encaminaron a Chicago.
Mattie tenía un hormigueo constante en el estómago.
Llegaron al aeropuerto donde tomaron un avión.
Mattie se había cortado el pelo y se lo había dejado por encima de los hombros.
Él había protestado antes de ver el resultado. Sin duda, aquella mujer estaría
hermosa de cualquier forma.
Mattie llevaba dos maletas con la ropa nueva.
Iban agarrados de la mano, como dos adolescentes, pero eso no la tranquilizaba.
Sabía que no era carne de fiestas. Le aterrorizaba la idea de tener que enfrentarse a la
sociedad de Chicago.
Aterrizaron, finalmente. Sibyl los estaba esperando y su presencia y conversación
fueron tan agradables que Mattie olvidó por completo todas sus aprensiones.
Le había pedido a su suegra que le pidiera hora en la peluquería para que la
peinaran apropiadamente. La hora había sido concertada para el día siguiente. Por la
noche habría una fiesta.
La cena fue familiar y a eso de las diez los dos se metieron en la habitación.
—Ves. Ya te dije que no habría ningún problema en que compartiéramos la misma
cama.
Ella se rió suavemente y él atrapó su boca. La tomó en sus brazos y la llevó hasta
la cama. Allí la desnudó lentamente y le hizo el amor. Exhausta, ella se quedó
dormida.
Se sentía afortunado. Había logrado superar el dolor y, poco a poco, se iba
sintiendo feliz otra vez. Se estaba enamorando de ella. Pero se había propuesto no
cometer el mismo error por segunda vez. Jamás le pediría que se quedara.
Jugó con los rizos de su pelo. Se lo había cortado para encajar más en la estética
que una gran ciudad requería. No quería parecer una chica de campo.
Le acarició suavemente las sienes. ¿Querría quedarse en el rancho con él? ¿O
acabaría por abandonarlo?
Hacía sólo unos días ella le había preguntado si la amaba. No había podido darle
una respuesta, pero ya podía. Estuvo tentado de despertarla para confesar le su
amor.
Ella se removió y se acurrucó en sus brazos.

Escaneado por Marisol F y corregido por Cris Nº Paginas 78—101


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Entonces el le susurró las palabras.


—Te amo, Mattie.
Sus ojos permanecieron cerrados. Era como una muñeca de porcelana, con su piel
blanca y tersa. Uno de los brazos asomaba insinuante por encima de la sábana. La
acarició.
Ella se volvió a dar la vuelta y sus senos quedaron al descubierto.
Lentamente, él comenzó a besarla.
Ella entonces se volvió hacia él y lo abrazó con fuerza. Medio dormida, comenzó a
acariciarlo, a excitarlo.
Una vez más no importaba nada.
Él atrapó uno de sus pezones y ella se dejó hacer.
Durante unos minutos, el cuerpo de ella fue un juguete perfecto, hasta que
atormentada por la necesidad de más, comenzó a jugar con su excitado sexo.
Se colocó sobre él y, sin querer esperar, le hizo entrar en sus interior y, juntos,
alcanzaron el éxtasis.

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Capítulo 9

—¿Me queda bien el pelo? —preguntó Mattie.


Josh se detuvo un segundo ante ella.
Había cambiado. Con ese nuevo corte de pelo y vestido negro ajustado tenía un
aire sofisticado.
El cuerpo de él dio la respuesta antes de que su voz la formulara. Claro que le
quedaba bien, muy bien.
—¡Estás preciosa! —dijo él con una voz muy sensual, mientras la desnudaba
mentalmente. Estaba sexy. El miró al reloj—. Si tuviera la mínima esperanza de que
nadie iba a perturbarnos, te haría el amor ahora mismo.
—¡Ni hablar! —dijo ella, y se acercó al espejo—, ¡Josh, no puedo!
—No seas ridícula. Es sólo una cena. Estás preciosa —le dijo.
—No voy a saber de qué hablar. Me siento como una paleta a la que verán como
una intrusa.
—Mi madre es de Clayton County. Yo también nací allí. Probablemente, la mitad
de la gente que esté allí esta noche vendrá de algún sitio parecido —Josh sabía a
ciencia cierta que Mattie no tenía de que preocuparse, pero también la entendía, pues
sospechaba que su pasado la había marcado en todo lo relativo a las relaciones con
otros. La agarró de la cintura—. Sabes, a veces me gustaría que te pusieras esa falda
roja para poder pasearte conmigo por la ciudad y que todos se murieran de envidia.
Pero no estoy dispuesto a darle a nadie la oportunidad de admirarte.
—No seas tonto. Además, en estos momentos, lo único que me importa es tener
que enfrentarme a toda esa gente. Con estos zapatos parezco un gigante y la falda es
demasiado corta.
—Mattie, tienes las piernas más fabulosas que he visto nunca. Si los hombres te
miran es porque piensan que eres impresionante. No se trata de adolescentes de trece
años, sino hombres capaces de admirar lo que debe ser admirado. Venga, vamos a
despedirnos de Elizabeth y bajemos ya. Deja de preocuparte.
—Para ti es fácil decir eso. Siempre te han resultado fáciles estas situaciones.
—Por favor, Mattie, ya no tienes catorce años. Eres una adulta, casada, inteligente,
competente y, seguramente, la mujer más hermosa de toda la fiesta.
—Si al menos...
—Ya lo verás —la agarró de la mano y se la llevó—. Relájate. No voy a apartarme
de ti.
Mattie sonrió, pero su mirada continuaba siendo insegura.
—Venga, sólo son amigos de mi madre y de Thorton.
Fueron a ver a Elizabeth y se dirigieron a la fiesta.
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Mientras bajaban las escaleras empezaron a escuchar la música de un cuarteto de


cuerda y las voces de algunos invitados que ya habían llegado.
Josh sabía que aquella fiesta estaba especialmente dedicada a ellos dos. Era una
presentación en sociedad de la nueva pareja de recién casados.
—¡Qué bien, ya estáis aquí! —dijo Sibyl, mientras se aproximaba a ellos con el
rostro radiante. Llevaba un vestido azul marino muy elegante—. Permitidme que os
presente. Tom y Eunice acaban de llegar. Tampoco conocían a Josh.
Mattie sintió que se podía desvanecer de un momento a otro. Tal era su estado de
nervios.
Sin separarse de su marido, fue saludando a los invitados con una amplia sonrisa
dibujada en la boca. Trató de ir quedándose con todos los nombres y de disimular su
desconcierto.
Josh parecía estar en su elemento, encandilando a las damas, derrochando
simpatía.
Ella se sentía demasiado alta, demasiado rara, igual que en las fiestas de instituto.
Josh permaneció junto a ella en todo momento y ella empezó a relajarse. Todo el
mundo era amable con ella y, poco a poco, la sensación de incomodidad fue
desapareciendo.
Un camarero le ofreció una copa de vino blanco y ella la aceptó. Continuó
escuchando cómo fluían las conversaciones, pasando del fútbol al tiempo, pero sin
intervenir en ningún momento.
—Según tengo entendido estáis teniendo una sequía muy fuerte.
—Sí —respondió Josh—. Las reservas de agua están muy por debajo de lo que
estaba por estas mismas fechas el año pasado.
—Tu madre me ha dicho que sois rancheros —dijo Tim Colby. Tim era un viejo
amigo de Thorton—. Yo tengo unos cuantos caballos. Pero vamos, no es que sea
ningún especialista. Los tengo para que la familia se divierta. Últimamente tenemos
problemas con uno de ellos. Es muy dócil y manejable hasta que dejamos el establo.
El maldito animal lo único que quiere es quedarse en casa. No quiere salir. ¡Qué te
parece!
—La que es una verdadera especialista en caballos es Mattie —dijo Josh mirando a
su esposa.
—Sí a veces le ocurre eso a algún caballo, no es anormal.
—Me alegra oír que no es sólo mi caballo el que tiene esa manía. ¿Hay algún
modo de curar eso? No me gusta tenerme que pelear con él cada vez que salimos.
Mattie sonrió.
—Es posible hacer que modifique ese hábito.
—¿Cómo?
—Cuando salga con él del establo y trate de volver, tiene que conseguir que siga
moviéndose dándole con los talones, pero dejando las riendas sueltas.
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—¿Por qué es eso de dejar las riendas sueltas? Me da la impresión de que así no lo
podré controlar.
—Lo que necesita al principio es que lo obliguen a moverse pero sin una dirección
definida. Es muy probable que al principio se limite a describir círculos, pero poco a
poco irá dejándose llevar.
—¿Ha tenido algún caballo como ése? —preguntó un hombre que había junto a
Tim. Mattie lo miró y recordó que se llamaba Alien Anderson.
—Sí. Con un poco de paciencia se consigue que hagan lo que uno quiere —se
volvió de nuevo hacia Tim—. Si es un caballo joven o sensible, sólo con la presión de
los talones será suficiente para que ande. Después de algún tiempo, el caballo
olvidará el establo.
—La verdad es que es un animal maravilloso —dijo Harriet Colby—. Nuestros
niños lo adoran.
—¿Es joven?
—Tiene dos años.
—Bueno, debería ser posible reeducarlo.
—Quizás ahora pueda sacarle algún provecho —dijo Tim.
Al cabo de un rato, Mattie se dio cuenta de que Josh ya no estaba a su lado. Estaba
con otro grupo de gente. Él levantó su copa para saludarla.
Ella continuó durante un rato respondiendo preguntas y hablando de caballos.
Tan entretenida estaba que no se dio ni cuenta de que la cena ya había sido
anunciada.
Alien Anderson la agarró del brazo y ella, inmediatamente, miró a Josh, pero éste
estaba de espaldas.
—Según tengo entendido estáis recién casados —dijo Alien.
—Sí. Nos casamos en abril —respondió ella.
—Así es que no estarás interesada en que quedemos para cenar esta semana. Ella
sonrió.
—Gracias, pero no.
—Puedo enseñarte Chicago mientras Josh está ocupado.
—Gracias, pero mi suegra ya lo tiene todo planeado.
Sobre la mesa había una extensa colección de platos suculentos: pato asado, pollo
con salsa de champiñones, verduras de varios tipos y panecillos recién horneados.
Cada cual se servía a su antojo y luego se sentaba en una de las mesas para ocho
personas que se habían acondicionado para la ocasión.
Mattie se sentó en una de ellas y Alien lo hizo a su lado. Muy pronto se vio metida
en otra conversación de caballos con una pareja.

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—Según hemos oído sabes mucho de caballos. Yo soy Jess Reider y ésta es mi
esposa, Kate.
Mattie se sentía como en casa.
Para cuando Josh quiso unirse a ella, la mesa ya estaba completa y tuvo que
buscarse otra.
Una hora después, Josh estaba en un rincón, saboreando una copa de vino y
observando a su esposa. Era la alegría de la fiesta, rodeada de hombres que no
querían perderse ni una sola palabra suya.
¿Por qué había estado tan preocupada? De no tener un anillo en el dedo a aquellas
alturas ya tendría una cita distinta para cada día de la semana. Estaba radiante,
hermosa y él sentía un doloroso pinchazo en el corazón.
Había seducido a todo el mundo sin hacer nada. Mattie debía tener su
oportunidad, tenía que realizar sus sueños. Era inteligente y no podía atarla a una
vida que no le correspondía, una vida apartada, como niñera, como ama de casa y
como vaquero.
Salió al jardín, necesitaba un poco de aire fresco. A él sí le gustaba la soledad del
rancho. La vida allí era dura, pero también era un reto. Él había sido educado para
eso. Lo era todo.
Pensó en Mattie una vez más. Parecía tan diferente a la joven a la que él le había
propuesto un matrimonio de conveniencia. En aquel momento, él era el más
interesado.
Pero ella se lo había advertido. Le había dicho que acabaría enamorándose. A él,
entonces, le parecía imposible.
Agarró una piedra y la lanzó al agua. Se perdió en la ondulación infinita de su
superficie.
—¡Maldición!
Lo único que quería en aquel momento era agarrar a su mujer y a su hija y volver
a casa. Quería tener a Mattie en sus brazos, en su cama, en su vida.
No la había escuchado e iba a volver a sufrir. Tenía que dejarla marchar, pero su
ida le iba a hacer mucho daño.
Pero había un único culpable: él.
Se dio media vuelta y se encaminó hacia la casa. Al llegar a la puerta la vio,
radiante y llena de felicidad. Estaba claro que todos sus miedos desaparecerían
aquella noche.
—¡Josh! —Ed Burnes lo llamó y Josh se acercó al grupo de gente con el que estaba
Ed.
Mientras tanto, Mattie, que se encontraba con otro grupo de gente, aprovechó que
nadie le prestaba atención para buscar a Josh. Y allí lo vio. Sus miradas se cruzaron.
Era tan increíblemente atractivo. A pesar de su elegancia innata y de su atuendo
clásico, había algo salvaje y varonil que lo diferenciaba del resto. Irradiaba vitalidad.

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Se preguntó en que estaría pensando. Él le guiñó un ojo, una pequeña señal


especialmente dirigida a ella. Ella le devolvió el guiño acompañado de una sonrisa.
—Le envidio —dijo alguien detrás de ella. Se dio la vuelta y se encontró a Alien
Anderson.
—Estoy casada con él —dijo ella.
—No me cabe la menor duda. Lo único que hay que hacer es ver las miradas que
os lanzáis un extremo a otro de la sala. Pero si al menos...
—¡No monopolices a la dama! —dijo otro hombre, interponiéndose entre los dos.
Era otro de los invitados que le habían presentado y trató de recordar los nombres—.
Sibyl nos ha contado que has ganado algunos rodeos.
—Pues sí...
En pocos segundos, ya tenía otro corro de gente ansiosa por oír todo lo relativo a
su experiencia en los rodeos.
Los últimos invitados se marcharon a la una y Sibyl los felicitó por la agradable
velada.
—Todo el mundo se ha quedado encantado con vosotros dos. Nos lo vamos a
pasar estupendamente bien esta semana.
—Querrás decir que todo el mundo ha quedado encantado con mi adorable
esposa —dijo Josh, mientras abrazaba a Mattie.
—La fiesta ha sido estupenda —dijo Mattie—. Me lo he pasado muy bien.
—Mañana tenemos un montón de cosas que hacer —dijo Sibyl.
—Buenas noches, mamá —Josh le dio un beso a su madre en la mejilla—. Buenas
noches, Thorton.
—Buenas noches.
Mientras subían las escaleras, Mattie fue describiendo con entusiasmo sus
experiencias en la fiesta y la gente a la que había conocido.
Josh deseaba que toda esa vitalidad se convirtiera en pasión. La deseaba más que
nunca.
—Tenías razón —dijo ella—. Eran gente estupenda.
—Sí, especialmente Alien Anderson. Me habría gustado darle un puñetazo.
Mattie se rió.
—Sólo estaba siendo amable.
—Ya, sé exactamente qué tipo de amabilidad te quería demostrar. Lo que
realmente quería era devorarte —Josh miró a su esposa y se la imaginó desnuda,
exenta de todo artificio.
—Tenías razón, no tenía motivos para preocuparme tanto por una fiesta.
Entraron en el dormitorio y él cerró la puerta. Se volvió hacia ella y la agarró de la
cintura. Su mirada era oscura, densa.
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—¿Pasa algo? —preguntó ella. Notaba algo extraño. Parecía que había vuelto a
encerrarse en sí mismo, tal y como estaba cuando lo conoció.
De pronto, comenzó a besarla con avidez, con urgencia, besos ansiosos y
apasionados. Recorrió todo el interior de su boca con la lengua.
Ella no pudo resistirse. Lo abrazó con fuerza y se dejó llevar. Muy pronto sintió la
dureza de su excitación.
Algo le había provocado aquella urgencia por hacerle el amor y no sabía qué. Pero
era agradable sentirse deseada de aquel modo.
Aunque la estaba abrazando con fuerza, tenía la sensación de que la estaba
perdiendo. La llevó contra la puerta. Le desabrochó el vestido y lo deslizó hasta
abajo, hasta hacer que le cayera sobre los pies. Olía a flores y sabía a azúcar.
La deseaba cómo nunca la había deseado. Quería que, al menos aquella noche,
fuera completamente suya.
—Eres maravillosa, Mattie —le susurró al oído. Habría deseado añadir que la
amaba, pero no podía hacer eso, no podía atarla en un matrimonio que no era más
que una farsa. A pesar de todo, deseaba que ella lo amara a él también. Había amado
a Lisa, con todo su corazón, pero con Mattie sentía que eran uno, una compañera
perfecta además de una amante deliciosa.
—Mi mujer —gimió él, con la voz llena de pasión. Atrapó sus glúteos y la atrajo
hacia sí.
Ella le desabrochó la camisa, mientras sus ojos, encendidos como una llama verde
le hablaban de deseo, un deseo idéntico al suyo.
—Te necesito, Mattie.
La besó con una pasión exacerbada, excesiva. Había una urgencia poco habitual en
ella. Pero la excitaba tremendamente saber que provocaba ese efecto en él.
Ella empujó la cadera contra la pelvis de él. Quería sentirlo plenamente.
Él se apartó y se despojó de su ropa. Luego la agarró de la mano.
—Ven conmigo —le susurró, descendiendo sobre la moqueta.
Mattie sentía que el corazón estaba a punto de salírsele de su sitio.
Lo agarró por las caderas y le mostró el camino. Él se introdujo dentro de ella y la
llenó por completo, la hizo sentir repleta una vez más, un milagro que ocurría cada
vez que hacían el amor.
Comenzó a balancearse, a entrar y salir, mientras la acariciaba suavemente. Ella
cerró los ojos y dejó que él la llevara hasta el placer sumo.
Con un gemido, ella dio un impulso y rodó sobre él. Como una bestia
embravecida cabalgó sobre él, haciéndole sentir cosas imposibles.
—¡Mattie, amor!
Las palabras salieron como un grito y se fundieron con el profundo gemido del
placer máximo.
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Lentamente, sus respiración fue normalizándose.


Se tumbó sobre aquel cuerpo inmenso y musculoso y esperó a que su corazón
fuera recobrando su ritmo. Se colocó junto a él y Josh se levantó y la tomó en sus
brazos. La colocó sobre la cama y la tapó cuidadosamente.
—Josh, ¿estás bien? —le preguntó ella.
—En estos instantes de mi vida, sí, Mattie —respondió él—. Quiero tenerte cerca.
Ella suspiró satisfecha y se acurrucó en sus brazos.
—Podría hacerte el amor durante toda la noche. He perdido tres kilos desde la
semana pasada. Ella miró con detenimiento su cuerpo.
—¿De dónde has perdido tres kilos? Yo no te he visto comer menos.
—No es de no comer, sino por no dormir y por el cansancio.
—Me suena como una queja.
—Nada más lejos —dijo él y la besó.

Durante los tres días siguientes, continuaron las fiestas. Josh se dedicó a observar
en silencio el modo en que Mattie se iba familiarizando con aquella situación, cómo
se iba sintiendo cada vez más cómoda.
Había dejado de comportarse como una colegiala.
Se vestía con todo cuidado y estaba deseando que llegara la hora de encontrarse
con los invitados.
Josh era consciente de que más de un hombre rondaba a su esposa.
Alien Anderson había aparecido en otra fiesta y había dejado muy claras sus
intenciones.
Josh estaba muy sorprendido por sus propias reacciones. No recordaba que en
ningún momento hubiera sentido aquello con Lisa. Sin embargo, lo que sentía por
Mattie lo impulsaba a quererla toda para él.
El viernes por la noche, mucho después de que Mattie ya se hubiera quedado
dormida, él seguía dando vueltas, atormentado. Quería luchar por el amor de Mattie.
Pero cada vez que recordaba lo que le había sucedido a Lisa, se retraía de su
propósito.
Tenía que dejarla marchar. Mattie había florecido desde su llegada a Chicago. No
le pertenecía. Tenía que ir a la universidad y convertirse en la gran abogada que
podía llegar a ser.
Estaba más claro que el agua que pertenecía a la gran ciudad. Había vivido aislada
de todo. Sin embargo, a la menor oportunidad, había florecido en una ambiente
metropolitano. Recordaba los nombres de todo el mundo y cosas sobre su vida.

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El domingo regresarían al rancho, pero ya estaba preparado para dejarla marchar.


Cada vez que hacían el amor se sentía más unido a ella. Y sabía que eso iba hacer que
la separación fuera aún mucho más dolorosa. No lo podía evitar. Tenía que
aprovechar cada ocasión, cada minuto con ella.
Había llegado incluso a plantearse seguirla, vivir en la ciudad. Pero no podía. El
rancho lo era todo para él. No soportaba salir de su casa y verse atrapado entre un
montón de cemento.
Se dio la vuelta y abrazó a Mattie. Hacía menos de una hora que habían hecho el
amor apasionadamente, sin embargo, la deseaba de nuevo.
De pronto, el teléfono sonó.
Mattie se despertó y lo miró.
—No te preocupes, mi madre contestará. Comenzó a besarla. Aprovechó la
ocasión de que estuviera despierta. Ella se desperezó.
—Me parece muy extraño que llamen a estas horas. A lo mejor es una emergencia
—dijo ella.
—Sería muy raro que fuera para nosotros. Seguramente será para Thorton.
Josh continuó besándola. La tomó en sus brazos y ella respondió rodeándole el
cuello con las manos.
A los pocos minutos, alguien llamó a la puerta.
—¡Maldición! —exclamó Josh—. Ya voy.
Se levantó y se puso unos pantalones, mientras Mattie agarraba su camisón.
Josh se asomó a la puerta. Mattie escuchó la dulce voz de Sibyl.
Él cerró la puerta y se dirigió al teléfono que había sobre la mesilla. Encendió la
lámpara y agarró el auricular.
—¿Sí? —mientras escuchaba, su expresión se fue haciendo más y más sombría.
Cerró los ojos un instante y, entonces, ella supo que algo terrible había sucedido.

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Capítulo 10

—Mattie, es Carlina. Tiene malas noticias —Josh le pasó el teléfono.


Ella frunció el ceño y agarró el auricular, sin poder dejar de preguntarse qué podía
haberle sucedido a su hermana.
—¿Carlina? Dime, ¿qué pasa?
—La abuela se ha muerto esta noche, mientras dormía —dijo Carlina con la voz
compungida—. Se fue a dormir y se murió.
Mattie respiró profundamente y una lágrima se escapó de sus ojos. Josh la abrazó
con fuerza.
—Me alegro de que estuviera contigo —le dijo Mattie.
Mientras hablaban de cómo organizarlo todo, Josh se puso en pie y buscó su
camiseta.
En cuanto colgó, Josh se aproximó a ella.
—Lo siento, cariño.
—Después de la muerte de mi padre, la abuela me dijo que cuando llegara su hora
no quería que lloráramos, pues había tenido una vida larga y feliz. Pero no puedo
evitar sentir tristeza. La voy a echar mucho de menos.
—Lo sé —dijo él y le besó la frente. La abrazó con fuerza, mientras ella lloraba
apoyada en su pecho.
—La van a enterrar en Texas. Josh, tengo que volver a casa.
—Cambiaré las reservas de avión. Podemos marcharnos mañana por la tarde.
¿Estás bien?
—Todo lo bien que puedo estar —respondió ella y rompió a llorar.

Cuatro días después se celebró el entierro de la abuela Ryan.


Josh estaba junto a Mattie en el cementerio, ante la tumba de Irma.
Ya había enterrado a su abuela y a sus padres. Su familia eran Josh y Elizabeth.
¿Sentía él lo mismo?
En cuanto la ceremonia acabó, amigos y familiares se acercaron a dar el pésame a
las tres hermanas.
Luego, se marcharon todos a la casa de Mattie.
Ahora que Irma los había dejado, Lottie se había comprometido a cuidar de
Elizabeth. Se la había llevado a casa durante el funeral.
Era ya muy tarde cuando Josh y Mattie regresaron.
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Después de saludar a Lottie y de ver Elizabeth, se fueron juntos a la cocina.


—¿Quieres una cerveza?
—No, prefiero un vaso de limonada —dijo ella—. Yo me lo preparo.
—Mattie, no quiero meterte prisa, pero tenemos que hablar sobre el rancho —dijo
él, mientras destapaba una cerveza.
—Mis hermanas quieren solucionar las cosas mientras están aquí, para no tener
que volver. Josh sintió un nudo en la garganta.
—Me dijiste que el rancho quedaría dividido en tres partes, y que ya te han dicho
que ella quieren vender la suya.
—Carlina no quiere verse atada a esa tierra. Ella y Tim me han dicho que si ahora
mismo no puedo comprar, ellos esperarán hasta que pueda comprárselo.
Mattie lo observó mientras se limpiaba el sudor de la frente y, acto seguido, se
quitaba la chaqueta y se desabrochaba la camisa. Aquella visión perturbadora era
más fuerte que cualquier conversación.
—¿Y Andrea?
—Ahora que se ha comprometido, le gustaría vender, para así poderse pagar los
estudios. Quiere que me quede con una parte suya, para devolverme lo que he
puesto hasta ahora. Pero le he dicho que no —Mattie, puso una rodaja de limón
dentro del vaso y se sentó a la mesa—. En estos momentos no puedo comprarles su
parte sin endeudarme completamente y no quiero hacer eso. Además, ahora que
estamos casados, cualquier cosa que haga te afecta a ti también.
—Yo quiero comprar sus partes y la tuya, si tú quieres vender.
Ella lo miró anonadada. De pronto, algo dentro de ella se quebró en mil pedazos.
No había ningún motivo para que él le hiciera una oferta así, si no era porque le
estaba facilitando la marcha.
—Pero es muchísima tierra —dijo ella sin querer pensar más allá. ¿Es que ni
siquiera había considerado la posibilidad de que se quedara con él, de que
compartieran todo?
—Puedo permitírmelo. Esa tierra es la continuación de la mía —Josh la miraba
fijamente mientras hablaba. Aquello le dolía. Lo único que esperaba era que ella
jamás supiera cuanto—. Me gustaría que Rocking R. fuera mío y puede que esta sea
mi única oportunidad.
—Pero te meterás en una deuda muy grande.
—Puedo asumirla. No querría ver cómo va a manos de otros. Supondría tener que
apretarme un poco el cinturón, pero a la larga, ganaría más dinero. Es una buena
tierra y hay más agua que en la mía.
Se quedaron en silencio. Mattie sabía que la oferta era buena, pero no estaba
interesada. Lo único que quería era poder compartir su vida con él y con Elizabeth.

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No había esperado que él se comportara así. ¿Qué había pasado de sus momentos
de pasión, de sus risas, de sus largas charlas a la luz de la luna? Había llegado a
pensar que realmente estaban unidos para siempre.
Josh no pensaba en la oferta que acababa de hacer. Sólo pensaba en Mattie. Quería
hacer algo para retenerla a su lado. Sin embargo, acababa de hacer justo lo contrario.
En aquel preciso instante habría necesitado abrazarla, besarla con desesperación.
—Mattie, en nuestro acuerdo prenupcial te exigía que te quedaras un año —dijo él
después de un rato.
—Eso es lo que pretendo.
Josh esperó. Si lo que pensaba era quedarse para siempre, aquel era el momento en
que debía decírselo. Mattie era siempre clara, directa. Si estaba enamorada de él, se lo
confesaría, decidiría quedarse con él. Pero tenía que esperar a que surgiera de ella, no
podía forzarla. Si no ocurría así, tendría que dejarla marchar, no importaba lo
doloroso que pudiera ser.
—No te voy a obligar a permanecer aquí todo el año —dijo él. Las tentaciones de
dejarse llevar por sus sentimientos eran muchas. Pero no podía hacerle eso, tenía que
dejarla libre. Si la sujetaba, las consecuencias serían desastrosas. No iba a cometer el
mismo error dos veces. La atadura debía ser impuesta por ella misma, nada podía
forzarla a hacer algo que no quería hacer.
—Sé que quieres ir a la universidad. Antes que nada tienes que arreglar lo del
rancho. Sólo entonces podrás realizar tus sueños.
Mattie lo escuchó pacientemente, mientras sentía que el corazón se le había
quebrado como si fuera de cristal.
No entendía nada. Había interpretado mal los signos. ¿Su pasión no era más que
un vulgar encuentro físico sin más significado?
Estaba hablando con ella, pero tenía la sensación de ser una extraña. Con la mano
derecha se agarró a la mesa de la cocina, tenía la sensación de estar a punto de
desmayarse. Entonces vio el anillo de compromiso que brillaba en su dedo. Junto a
él, el de matrimonio.
Y él estaba arreglándolo todo para que ella se pudiera marchar. Sí, le estaba
diciendo adiós. Ella se sintió traicionada, dolida, sorprendida por una actitud
inesperada. Nunca jamás le había dicho que la amaba.
—¿Mattie?
Luchó contra las lágrimas, contra la rabia. Levantó los ojos y se encontró con su
rostro varonil. Mantuvo una expresión inalterable, fría. Él la miraba con curiosidad.
—Lo siento. Estaba pensando en la abuela —le mintió. No estaba dispuesta a dar
evidencia de su debilidad, de sus sentimientos.
—Quizás éste no es el momento...

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—Será mejor que sigamos. Carlina se va mañana y necesitamos tomar una


decisión antes —Mattie hablaba mecánicamente, como si se hallara ante un cliente
que le acababa de hacer una buena oferta.
Eso había sido su matrimonio: una buena oferta.
Se había acabado, ya no había nada más.
Pensó en Elizabeth. ¡La quería tanto! Cada día cambiaba y era más comunicativa.
Iba a echar de menos sus manos pequeñas y tiernas, su cuerpecito cálido que se
acurrucaba contra su regazo cuando estaba cansada.
Y a Josh... iba a ser un infierno sin él. Bajó los ojos y comenzó a girar su anillo de
compromiso. Las lágrimas nublaron su mirada. Estaba claro que aquello no iba a
durar, lo había sabido desde el principio. Pero por mucho que había tratado de
imaginarse el dolor, no era nada comparado con lo que sentía.
—Es muy duro perder a la abuela y el rancho al mismo tiempo.
—No tienes que irte —le dijo él sin más.
Ella quiso gritar en aquel momento. Lo único que quería era una declaración de
amor. Quería que Josh le confesara un amor intenso, quería olvidarse de sueños
vanos y quedarse con él y con Elizabeth.
De pronto se levantó. No podía soportarlo más.
—Creo que lo mejor será que me vaya cuanto antes a mi rancho. Pertenezco allí —
su tono de voz era contenido.
A Josh se le tensó el cuello y los ojos le brillaron como si toda la noche se hubiera
metido dentro de él. Asintió y ella salió de la cocina. Tenía que hacer las maletas.
Josh se quedó sentado en la cocina. Se sentía como si el mundo se hubiera
derrumbado. No podía aceptar que saliera de su vida de aquel modo y, sin embargo,
se sentía impotente.
Cada vez que pensaba en detenerla, en confesarle su amor, un dolor intenso le
recordaba que era un error.
La había visto en la ciudad, moverse entre la gente. No pertenecía al rancho.
A pesar de todo la amaba y quería compartir su vida con ella.
Se levantó de la silla y salió de la cocina en dirección al dormitorio de ella.
—Josh...
Se aproximó y sin mediar palabra la tomó en sus brazos y la besó con ansia, con
urgencia, con tristeza.
Mattie enroscó los brazos entorno a su cuello. El corazón le latía con fuerza.
¿Por qué la besaba así si quería que se marchara?
Las lágrimas empaparon el beso.
Tan abruptamente como lo había iniciado, él se apartó de ella y sin decir nada, con
un gesto frío, distante, salió del dormitorio.

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Durante unos segundos, Mattie no pudo reaccionar. Luego, con las manos
temblorosas agarró la ropa y la fue colocando en la maleta. Tenía que mantener la
calma, tenía que ser fuerte.
Se fue a la habitación de Elizabeth. La pequeña dormía como un ángel. Le apartó
un mechón de pelo que le caía sobre la cara.
Deseaba tanto poder agarrarla, sentir sus bracitos alrededor del cuello.
—Te voy a echar de menos terriblemente, mi vida. Tu padre sabe lo que hace. Te
quiere mucho y siempre estará ahí para ti. Te quiero, pequeña, con toda mi alma y
todo mi corazón.
Mattie se inclinó y besó a la pequeña.
Sin dilación, agarró sus cosas y se dirigió a la camioneta. ¿Es que no iba a salir a su
encuentro? ¿No iba a impedir que se marchara?
Puso el vehículo en marcha y emprendió él camino, la decepción y el desconsuelo
se apoderaron de ella. Lloró y lloró sin descanso. Le dolía, quería a aquel hombre que
se había convertido en su mundo, en el sentido de su vida.
Casi una hora más tarde llegó a su rancho.
Sin hacer ruido se metió en su habitación, cerró la puerta y se quedó mirando por
la ventana. No podía dormir.
No entendía lo que había ocurrido. Hasta hacía nada él se había comportado como
un hombre enamorado. ¿Acaso debía volver y hablar las cosas con detenimiento?
Todo le decía que sí, que lo hiciera. Sin embargo, la frialdad con que la había
tratado Josh le pedía lo contrario.
Después de todo, el le había advertido desde el principio que no se enamoraría.
A la mañana siguiente, mientras se tomaba un café, el marido de Carlina, Tim,
apareció.
—Buenos días, Mattie. No esperaba verte por aquí —le dijo.
Ella sabía que era muy obvio que había estado llorando. Pero Tim no hizo ningún
comentario. De cualquier forma, siempre que iba al rancho parecía impaciente por
salir de allí y volver a su trabajo. Era corredor de bolsa.
—Sé que Carlina y Andrea quería solucionar el tema del rancho antes de irse —le
respondió ella.
—La verdad es que eso facilitaría las cosas.
—Buenos días. Me había parecido oír voces —dijo el prometido de Andrea, Chet
Holden. Chet era un hombre pequeño, de pelo rubio y aspecto gracioso, que
trabajaba con ordenadores. Mattie se sentía a gusto en su compañía.
Mattie le explicó, como a Tim, que quería tratar el tema de la casa. Pero antes de
que pudiera dar más detalles las dos hermanas aparecieron.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Carlina, que iba con un pijama rosa y descalza.

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Andrea apareció con pantalones cortos y una camiseta, se acercó a la nevera y se


sirvió un zumo de naranja.
—Tengo que hablar con vosotras sobre el rancho.
Mientras desayunaban, discutieron del tema. Al terminar, Tim llamó a Josh y
concertó una cita con él.
Una hora después ya todos se habían marchado, excepto Andrea.
—¿Por qué estás aquí? —le preguntó a Mattie sin preámbulos.
Ésta se levantó de la mesa y se dirigió a la ventana. No quería tener que confesarle
la verdad a su hermana, pero no podía ocultarla durante más tiempo.
—Nuestro matrimonio era de conveniencia.
—¡Venga! No te creo.
Mattie miró a su hermana con los ojos vidriosos.
—Es la verdad.
—¡Nadie hace eso hoy en día!
—Sí, yo sí. Necesitaba a alguien que se ocupara de Elizabeth y se ofreció a pagar
mis deudas a cambio. Antes de la boda le dije que cuando la abuela muriera y yo
quería vender el rancho e ir a la facultad de derecho.
Andrea se quedó boquiabierta.
—¡No puede ser! A ti te encanta este sitio.
—¡Por supuesto que me gusta nuestro hogar! Pero, ¿te gustaría haberte quedado
aquí toda la vida?
—Bueno, yo no habría sabido cómo cuidar de esto. Sin embargo, ésta es tu vida.
—Pero no lo que siempre he querido hacer.
—Entonces, todos estos años, con papá, ¿has sido infeliz?
—No. Pero ahora que ya no están, quiero seguir mi camino.
—¿Lo sabe Carlina?
—Todavía no. No quería contarlo delante de Tim y de Chet.
—¿Y lo de ir a la universidad?
—Ya he pasado el examen de admisión. En cuanto tengamos solucionado lo del
rancho, me marcharé. Me gustaría irme a Austin esta tarde para buscar un piso.
Estaría de vuelta el viernes como muy tarde.
—Así que esperaste por papá y por la abuela.
—Sí.
—Querrías haberte marchado cuando nosotras lo hicimos.
—Me gustaba esto —dijo Mattie—. Pero ahora que ni papá ni la abuela están,
quiero tomar mi camino.

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—Y tu matrimonio no es real.
—Lo es sobre el papel.
—Lo celebraste a lo grande por la abuela.
—Sí —respondió Mattie.
—Si quieres ir a la universidad, ¿por qué has estado llorando?
Mattie respiró profundamente, bajó los ojos y, finalmente, respondió.
—Porque lo amo.
—¡No entiendo nada! ¿Por qué te has marchado, entonces?
—Porque él así lo quiere —Mattie se secó los ojos—. Antes que yo, había tenido
niñeras que habían tratado de casarse con él. Antes de nada, él me dejó muy claro
que no podría volver a enamorarse. No pienso atraparlo en un matrimonio que no
desea.
Andrea se puso de pie y abrazó a su hermana.
—Quizás deberías quedarte algún tiempo más y ver que pasa.
—No quiero que llegue a sentir la necesidad de librarse de mí.
—A mí no me pareció en ningún momento que él quisiera librarse de ti. Más bien
al contrario. Creo que le importas mucho.
—No me ha pedido que me quedara.
—¿No sería mejor que volvieras y lo discutierais todo con calma?
—Andrea, él sabe lo que quiere.
—Tú también. Puede incluso que esté esperando a que tú le des la primera señal.
—No lo creo.
—Vamos a hablar con Carlina.
Así lo hicieron.
Tim y Chet se habían marchado ya a ver a Josh y las tres hermanas tenía la casa
para ellas solas.
Mattie respondió a las preguntas de su hermana. Luego oyó cómo Andrea le
contaba que estaba enamorada de Josh, pero que se había marchado porque no le
había pedido que se quedase.
—Yo creo que debía volver y aclarar las cosas.
—Yo no —aseguró Carlina—. Los hombres son realmente necios algunas veces.
Además, si quieres salir de aquí y tener otra vida, ésta es tu oportunidad.
—No lo veo así —protestó Andrea.
—Pero tengo razón —insistió Carlina y miró a Mattie—. Nunca me ha parecido
que pegabais juntos. Lo que tienes que hacer es ir a la universidad. Allí encontrarás al
hombre adecuado.

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Mattie escuchó pacientemente la discusión entre sus hermanas, pero su cabeza


estaba en otro sitio. Se levantó.
—Me voy a vestir. Quiero irme a Austin cuanto antes. Pensare en todo lo que me
habéis dicho Pero me tenéis que prometer que no le vais a dar a Josh ninguna charla
y que no le vais a decir que estoy enamorada de él.
—Yo no te lo puedo prometer —dijo Andrea—. Creo que necesita saberlo.
—Andrea, no digas tonterías —la reprendió Carlina—. Yo sí que te lo prometo.
—Esta bien, yo también. Pero me parece que estás cometiendo un gran error.
Mattie se preparó para salir, pero sin poder dejar de pensar ni un solo segundo en
Josh y en Elizabeth.
Los argumentos de Andrea tenían una parte muy convincente, pero Carlina era
más realista. Aunque ella decía que no pegaban juntos, y eso no era verdad. Con Josh
se sentía completa, la hacía sentir como una mujer deseable.
Se despidió de sus hermanas y se puso en marcha.
Josh había actuado con ella como un hombre enamorado. ¿Qué le había ocurrido?

Mattie se pasó dos días buscando apartamento.


El sábado por la mañana encontró uno que le gustaba pero no se atrevió a
comprometerse tan rápido.
Volvió al motel a pensar sobre su futuro.
Nada más abrir la puerta de su habitación, sonó el teléfono.
—¿Sí?
—Mattie.
Al oír la voz de Josh le dio un vuelco al corazón.
—Justo estaba entrando por la puerta —dijo ella, casi sin respiración. ¡Era tan
reconfortante escuchar su voz!
—Carlina me dijo que estabas buscando apartamento.
Ella se agarró al teléfono con fuerza y cerró los ojos. ¿Debía decirle que lo amaba,
que quería volver?
—Todavía no he encontrado nada.
—Te echamos de menos —dijo él.
—Yo os echo de menos terriblemente —admitió ella. Hubo un silencio tenso.
«Dime que quieres que vuelva a casa», pensó ella.
Josh se recostó sobre el respaldo de la silla. La hermana de Mattie le había dicho
que su hermana tenía muchos planes para el futuro. Eso había hecho que se pasara
varias noches sin dormir, hasta tomar la decisión de llamarla.
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—Mattie, estamos concretando los términos de venta de Rocking R. Tu hermana


me ha dicho que vendrías esta tarde.
—Sí —respondió Mattie con los ojos llenos de lágrimas. «Por favor, pídeme que
vuelva a casa».
—Te veré allí.
—Bien. Me gustaría poder ver a Elizabeth.
—No hace más que llamarte.
—Dile que le echo de menos.
—Nos vemos mañana, Mattie.
—Gracias por llamarme.
—Necesitaba hablar contigo. Adiós —Josh colgó el teléfono.
La amaba, la amaba con locura y no iba a permitir que se le escapara. No podía
esperar a la tarde. Se iría directamente a Austin y le propondría que se quedara con
él. Si ella quería seguir con su vida, la dejaría tranquila, pero lo tenía que intentar.
Salió de la habitación dispuesto a partir de inmediato.
—¡Lottie!

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Capítulo 11

Josh se apresuró a llegar a su habitación, se dio una ducha se vistió y, justo cuando
se disponía a salir, el teléfono comenzó a sonar.
—Josh, soy Zach Burnett. Acabamos recibir una llamada. Parece ser que se ve
humo en tu propiedad. Salgo inmediatamente para allí.
Aún con el teléfono en la mano, Josh miró por la ventana.
Efectivamente, una columna de humo se levantaba a lo lejos.
—Según han dicho lloverá hoy. Pero viendo el cielo, tardará al menos una hora.
Ya he avisado a tres brigadas de bomberos. Se dirigen para allá.
—Muy bien, salgo yo también hacia allí. Gracias.
Josh bajó a toda prisa y se encontró con Dusty.
—Tenemos un incendio aquí al lado. Estamos trasladando a los animales.
—Sí, acabo de hablar con Zach Burnett. Que todo el mundo se ponga en marcha.
Lottie los estaba mirando desde la puerta.
—Lottie, agarre lo necesario y márchese a la ciudad con la niña. Pida una
habitación en el hotel y diga que la pongan en mi cuenta.
Él llenó una bolsa con todo lo necesario para la niña. Estaba ansioso por verlas a
salvo.
En pocos minutos, Lottie ya estaba lista.
—Bien, vamos al coche.
Las vio alejarse y, sin esperar, se dirigió al granero y a los establos. Por suerte, sus
hombres habían reaccionado a tiempo y ya lo habían desalojado todo.

Mattie se dirigía deprisa hacia la casa de Josh. Tenía que hablar con él, decirle lo
que realmente sentía. Habían sido sinceros hasta entonces y ambos merecían eso.
Después de hablar con él por teléfono, se había dado un largo baño que la había
hecho recapacitar. Tenía que intentarlo. Así que había agarrado sus cosas, había
pagado el motel y se había puesto en marcha.
Estaba ya a la altura de Latimer, cuando vio una gran nube negra en la distancia.
Al principio pensó que seguramente estaría mucho más lejos de lo que parecía. Pero
luego, empezó a preocuparse. Rogó porque ninguno de sus ranchos se vieran
afectados.
Aceleró, hasta pasar el cruce que conducía a Rocking R.

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Cada vez más cerca de las posesiones de Josh, comenzó a ver las llamas naranjas
que se elevaban.
En la distancia vio que había gente combatiendo el fuego. Estaba claro que Josh
sería uno de ellos pero, ¿y Elizabeth?
Se aproximó a la casa. El fuego se iba acercando.
Entró apresuradamente.
—¡Lottie!
Mattie se dio cuenta de que se habían marchado. Pero decidió que tenía que salvar
algunas cosas de las llamas.
Comenzó a recoger lo que pudo: el rifle del bisabuelo, algo de ropa... las fotos de
su boda. Al abrir el cajón y encontrarlas allí, no pudo evitar un río de lágrimas. Se
secó los ojos y volvió a la camioneta cargada con cosas.
Cada viaje que hacía se daba cuenta de que las llamas estaban más próximas.
Agarró la camioneta y se la llevó hasta la carretera. Luego, tomó una pala e hizo
un cortafuegos. Pero el fuego lo devoraba todo. Sentía el calor sobre el rostro como
una amenaza mortal.
De pronto, en la distancia, vio como el techo de la casa se prendía.
Algo se le rompió dentro. Era su hogar, la casa que generación tras generación
había cuidado la familia de Josh.
Poco a poco, se fue deshaciendo, como una falla burlesca cuyo final hubiera estado
predeterminado.
Del humo, salió una figura. Era uno de los hombres que se aproximaba hacia ella.
La camiseta estaba negra y rota, tenía los vaqueros cubiertos de barro. Al acercarse
más, lo reconoció.
Lanzó la pala a un lado y corrió hacia él.
—Josh!

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Capítulo 12

Josh la rodeó con sus brazos y la besó. Ella, llena de alegría, temblaba como un
pajarillo.
—¡Tu casa! —exclamo ella.
—Me dirigía a Austin cuando me anunciaron el incendio. ¿Cómo es que estás
aquí?
El corazón no le cabía en su sitio del gozo de saber que él habría ido a buscarla.
—Josh... yo...
La besó una y otra vez antes de permitirle decir nada.
La abrazaba con fuerza. Jamás en su vida olvidaría el momento en que Dusty le
había dicho que Mattie estaba allí, combatiendo el fuego.
No, no iba a dejarla marchar otra vez, no sin luchar por ella. Mattie no era Lisa, era
otra mujer en otras circunstancias.
La besaba con desesperación. Quería poseerla, allí en aquel preciso instante.
Él levantó la cabeza.
—Te amo, Mattie.
Mattie sintió que se derretía.
—He vuelto porque creo en nuestro matrimonio. Estos días sin ti han sido un
auténtico infierno.
—No te volveré a dejar escapar.
—Supongo que ha sido mi marcha lo que te ha hecho recapacitar.
—No, estás muy equivocadas. Me enamoré de ti el mismo día de nuestra boda.
Luego me llevó algún tiempo darme cuenta y aceptar que era así.
—¿Por qué no me lo dijiste? —no comprendía cómo un hombre tan directo en
todo había podido ocultarle algo así.
—Iba a hacerlo. Pero en nuestro viaje a Chicago me di cuenta de que te
encontrabas bien en la ciudad. Perteneces a ese ambiente. Tienes un gran cerebro,
personalidad...
—¡Eh, un momento! Es a ti y a Elizabeth a quien quiero. No sé que habría sido de
mí en otras circunstancias, pero aquí he encontrado lo que buscaba, sin saber que era
eso lo que buscaba.
No pudo decir más, la abrazó con fuerza y siguió besándola.
Al cabo de un rato, lo miró incrédula. Recordaba, en su viaje a Chicago, el
momento en que le había hecho el amor con desesperación.

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—Así es que fue Chicago lo que te hizo pensar que yo necesitaba irme.
—Si hubiera tratado de retenerte aquí habría cometido un segundo error. Tenía
miedo de que me pasara lo mismo que con Lisa.
—¡Pero Josh! Yo no soy Lisa. Para mí es fácil vivir en un rancho. Es mi vida
también, ¿recuerdas?
—Me di cuenta de eso hoy, por eso me dirigía a Austin.
—Quiero estar contigo, pero será mejor que ayudemos a los demás —posó su
mano sobre la mejilla de él, mientras lloraba lánguidamente—. Te quiero, Josh Brand.
Siento lo de la casa.
—La reconstruiremos —dijo mirando hacia ella—. Tal vez, había llegado el
momento de quemar el pasado.
En ese instante, comenzó a llover. Mattie no recordaba que la lluvia le hubiera
parecido tan hermosa nunca antes.
—Tengo que darle las gracias a todo el mundo por su colaboración. Después, te
quiero para mí sola. Necesitamos una luna de miel.
—Podemos llevarnos a Elizabeth.
—No, la pequeña se puede quedar en Chicago con mi madre y a Lottie le daremos
unas vacaciones. Se las merece.
La abrazó de nuevo.
El agua les empapaba la ropa y resbalaba sobre su piel.
—Creo que no voy a tener nada que ponerme.
—Estás equivocado. La camioneta está llena de cosas tuyas. Él sonrió.
—Eres increíble.

Mattie estaba en el balcón fascinada por el arco del triunfo a un lado y la Torre
Eiffel al otro. Una mano la agarró de la cintura y la metió en la habitación.
—¡Eh!
—Ven aquí —dijo Josh—. Tienes mucho tiempo para admirar la ciudad. Te gustan
las ciudades, ¿verdad? Pero te digo una cosa, voy a hacer lo imposible por
mantenerte a mi lado.
—¿De verdad? ¿Y que es exactamente lo que vas a hacer?
Lentamente le quitó el albornoz y comenzó a besarla. Luego, la tomó en brazos y
se la llevó hasta la cama.
—Josh
—Mmmm.... —no podía dejar de besarla.

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—Quiero dejar de tomar la píldora. Sé que ahora hay muchos gastos, con la casa y
todo el terreno que se ha quemado. Pero yo ya tengo veintiocho años...
Él colocó un dedo sobre sus labios.
—Me parece una idea maravillosa. Elizabeth y tú os adoráis y sería bueno para
ella tener un hermano. Tenemos tu rancho y el mío. Saldremos adelante —la miró
tiernamente a los ojos—. Te quiero.
Ella lo abrazó con fuerza y cerró los ojos para recibir sus besos. Ella también lo
amaba y quería a Elizabeth con todo su corazón. Con un poco de suerte, muy pronto
habría otro pequeño Brand en la familia.

Fin

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