Sara Orwig
Sara Orwig
Sara Orwig
Capítulo 1
—Hombre, desde luego que no me gustaría perder una esposa, eso es algo
realmente duro. Pero, de no se por eso, no me importaría nada tener el mismo
problema que tú con las mujeres —dijo Holcomb el oso, apoyado sobre la barra del
bar.
—Te aseguro que en mis circunstancias no te gustaría nada que te ocurriera lo que
a mí —respondió Josh—. No estoy preparado para que ninguna mujer entre en mi
vida. Lo único que necesito es una niñera para mi bebé. He tenido tres en los últimos
dos meses y siempre ocurre lo mismo: yo quiero una niñera y ellas quieren un
marido.
—Quizás lo que no debes hacer es poner anuncios aquí, en esta zona —le sugirió
Tom Shellen, mientras se apoyaba sobre el respaldo de su silla y ponía los pies sobre
la mesa—. Aquí todas saben que eres un soltero de oro.
—No te creas que no he intentado conseguir a alguien de fuera —respondió
Josh—. Recibí diez cartas de las cuales sólo dos eran dignas de respuesta. Las
entrevisté a ambas. La primera habló ella sola durante una hora y media, y la
segunda hacía alarde de unos métodos educativos que no querría ni para mi peor
enemigo. ¿Dónde están las niñeras canosas que me educaron a mí?
—O tienen una carrera por la que luchar o familia a la que cuidar.
—Eso parece —Josh le acarició la cabeza al bebé de seis meses que tenía en los
brazos. Se levantó—. Será mejor que me ponga en marcha. Como aparezca Brad me
va a dar una charla sobre la inconveniencia de traer niños a los bares.
Intercambiaron despedidas y Josh salió del local.
El sol brillaba con fuerza y se reflejaba en los cromados de la camioneta. El edificio
que acababa de dejar estaba bañado por la luz del mediodía. A Josh le gustaba su
ciudad, su rancho, su vida allí, pero aquel último año había sido una auténtica
pesadilla.
Puso a la pequeña Elizabeth Mary Brand en su silla y la abrochó cuidadosamente.
Después se sentó al volante.
—Nos vamos a casa, princesa. A lo mejor esta semana encontramos la niñera
adecuada. Es una pena que Mary Poppins no esté disponible.
En pocos minutos ya estaban en la autopista, dirigiéndose al rancho.
Una hora más tarde, ya próximos a su hogar dulce hogar, Josh vio una grúa
parada en el arcén.
—Parece que alguien necesita ayuda.
Nada más decir aquello, se dio cuenta de que el conductor que estaba inclinado
sobre la rueda, lucía unas largas piernas enguantadas en unos vaqueros.
Mientras Mattie estaba colocando los arreos en los establos, oyó el sonido de un
motor.
Salió justo a tiempo para ver una camioneta negra que se aproximaba a su casa.
Era Josh Brand y la abuela estaba en la ciudad, así que no tendría más remedio que
atenderlo ella.
Mattie se encaminó hacia allí.
La rabia se iba adueñando de ella. Sabía exactamente para qué había venido. Iba a
ser la cuarta oferta de comprarle el rancho desde la muerte de su padre. Pero su
padre la había educado para poder hacerse cargo de todo. Mientras su abuela
siguiera con vida no estaba dispuesta a vender. No iba a perder su hogar por el mal
tiempo o por las enfermedades de las vacas. Menos aún, porque un hombre la
coaccionara a vender. Algún día vendería, pero aún no había llegado el momento.
Dio la vuelta a la casa y, al llegar al frente, Josh Brand ya la estaba esperando en el
porche.
Sin saber porqué, el pulso se le aceleró.
En sus veintiocho años, treinta y cuatro de él, jamás la había mirado como a una
mujer. Tampoco lo habían hecho los otros hombres del pueblo. Se pasaba el día
rodeada de hombres, pero ninguno se atrevía a cortejarla. Por ella, aquello era lo
mejor que podía ocurrirle. La única experiencia romántica que había tenido con el
sexo opuesto había sido catastrófica.
Pero cada vez que Josh Brand se le acercaba, perdía el control. No le gustaba
aquella sensación.
No sabía muy bien qué era lo que le provocaba aquello. Llevaba el pelo largo,
atado atrás en una larga cola de caballo. Tenía ciertos rasgos que recordaban a sus
antepasados Kiowa: los ojos oscuros, la piel, los pómulos prominentes, la nariz recta.
Lo miró de arriba abajo. Impresionante fachada.
—Josh —lo llamó.
El se volvió y la miró.
Era atractiva en un sentido campestre. Tenía unas largas piernas que la asentaban
firmemente al suelo y unos pechos sugerentes que se balanceaban por debajo de la
camisa de algodón.
La mitad de los hombres de la ciudad le tenían miedo. Podía ser tan fuerte como
su padre.
Por centésima vez Josh se preguntó si lo que iba a hacer tenía sentido. Sí, era toda
una mujer y parecía sana como su mejor caballo.
Mattie subió los escalones de dos en dos y miró una vez más a su visitante.
La rabia se adueñó de ella al sentir el rubor en las mejillas.
Cerró los puños con fuerza.
—¿Querías verme?
Al llegar junto a él se detuvo. Y fue toda una experiencia. Sabía que era más alto
que ella, pero nunca había tenido ocasión de comprobar cuánto. Una mirada oscura
la oscultaba. Ella se quedó sin respiración. Los Brand eran duros de pelar y tenía la
sospecha de que iba a tratar de coaccionarla.
Ella levantó la barbilla y lo miró sin parpadear.
— ¿Pasamos dentro? —sugirió ella.
—Bien.
Se quedaron en silencio unos segundos. Luego él, instintivamente, deslizó la
mirada hasta sus senos. La rabia creció aún más dentro de ella. Se volvió
bruscamente y abrió la puerta.
Él entró y, entonces, por primera vez, se dio cuenta de que llevaba un bebé en los
brazos y una bolsa colgada del hombro.
— ¿Es tuyo? —preguntó ella, sin pensárselo dos veces—. Bueno, claro, qué
pregunta más estúpida. Si no fuera tuyo no lo llevarías contigo.
Recordó algo sobre un bebé, pero no si era niño o niña. Por el color rosa de su traje
dedujo que era lo segundo.
Atravesaron el salón mientras las botas resonaban al golpear la madera reluciente
del suelo y llegaron a la pequeña oficina que había instalado al final de la casa.
Ella se sentó tras su escritorio. Quería mantener aquella conversación lo más
impersonal posible y, sobre todo, que se fuera enseguida.
— ¿Quieres beber algo? —le ofreció.
—No, gracias —respondió él mientras agarraba una silla. Luego dejó la bolsa del
bebé y su sombrero en el suelo.
Por mucho escritorio que hubiera entre los dos, ella se sentía terriblemente
desconcertada. Odiaba sentirse así. Miró a los mapas que había colgados en la pared
y se recordó a sí misma que era la propietaria de uno de los ranchos más grandes de
la zona.
Trató de obviar el hecho de que el hombre que tenía frente a ella le resultase
tremendamente atractivo, con la esperanza de que eso la ayudara a recobrar su pulso
normal.
—Bueno, ¿para qué querías verme?
—Vas directa al grano, ¿eh?
—No veo qué otra cosa deberíamos hacer –dijo ella, molesta por las sensaciones
que le provocaba su presencia. Era demasiado masculino—. No tenemos demasiadas
cosas de las que charlar.
—Somos vecinos, Mattie. Deberíamos ser amigos.
—Creo que hemos llegado tres generaciones tarde para eso —dijo ella. ¿Qué
diablos le pasaba con Josh Brand? Con cualquier otro hombre podía mantenerse fría.
Se dio cuenta de que aquella afirmación, a parte de brusca, era muy poco educada—.
Bueno, supongo que podríamos intentar ser amigos. Pero no creo que hayas venido
hasta aquí para eso.
—No —admitió él y se puso la bota sobre la rodilla. Parecía más relajado que ella,
como si fuera su oficina y ella la que venía de visita—. Mi mujer murió hace cuatro
meses en un accidente de coche.
—Sí, recuerdo haber oído algo. Lo siento —dijo ella, impresionada por el dolor
que expresaban sus ojos. Sabía demasiado bien lo que dolía la pérdida de un amor—.
Por lo menos tienes al bebé.
Él asintió y miró a la pequeña.
—Quiero quedarme con ella —dijo y levantó los ojos hacia Mattie—. Por eso estoy
aquí.
Al mirarla ella tuvo la premonición de un desastre. ¿Por qué le contaba todo
aquello? ¿Acaso quería que ella le comprase su tierra? No podía, en su situación le
era imposible.
—Mattie, he contratado ya a varias niñeras, pero no puedo encontrar nadie
apropiado.
—Lo siento —dijo ella confundida. ¿Aquel hombre se había vuelto loco y había
ido hasta allí para proponerle que trabajara como niñera?
Josh se quedó en silencio unos segundos.
Una vez que las palabras salieran de su boca, ya no había marcha atrás.
Miró a Elizabeth que dormía plácidamente en sus brazos.
Luego, miró de nuevo a Mattie. Sus grandes ojos verdes estaban fijos en él.
Aquella mujer tenía una cara muy hermosa.
Tomó aire. Daba igual que se pareciera a Aula o a Cleopatra. Eso no tenía
importancia alguna dadas las circunstancias.
—¿Te gustan los niños? —le preguntó. Ella lo miró alucinada.
—Sí, están bien —respondió ella con precaución.
—Verás Mattie, como no puedo encontrar una niñera he venido a hacerte una
propuesta.
—¡Si estás pensando en contratarme como niñera...!
El levantó una mano.
—¡No, claro que no!
Ella, más desconcertada que antes se mordió el labio.
—Si no me quieres contratar como niñera, ¿qué quieres?
El empezó a sudar, tenía la frente empapada.
Mattie conocía a los Brand. Eran una familia de luchadores natos y lo que estaba
presenciando en aquel momento no tenía mucho sentido.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó ella.
—Sí —al sentir su mirada intensa se sintió como un ratoncito a punto de ser
cazado.
—¿Cómo están tus hermanas?
—Están muy bien —respondió Mattie sin saber qué hacer.
—Según tengo entendido Carlina se casó y vive en Denver. Por lo que sé no tiene
intenciones de volver a casa.
—Pues no, ni ella ni Andrea —respondió ella—. Perdona, pero, ¿no te estás
desviando un poco del tema?
—No, la verdad es que no —se inclinó hacia ella y puso el codo sobre la rodilla—.
Nuestros ranchos están juntos. Entiendo que tus hermanas no tienen intención de
volver aquí y que no quieren esto. No tienes herederos ni marido.
—No vendo —dijo ella con la frialdad del hielo—. Mis hermanas me han dado su
autorización para que haga y deshaga a mi antojo. El rancho no está en el mercado, ni
ahora ni en un futuro cercano.
—No, si yo no quiero comprarlo.
Ella abrió la boca para continuar, pero se dio cuenta de que era inútil. Más confusa
que nunca esperó una aclaración.
—Entonces, ¿qué demonios quieres?
—Quiero casarme contigo.
Capítulo 2
—Lo siento —dijo ella sinceramente, pues el dolor que se adivinaba en la mirada
de Josh Brand la había conmovido.
Él se encogió de hombros y le acarició el pelo al bebé, como si así se asegurara de
que todavía estaba allí.
Mattie seguía alucinada. Por un lado se sentía feliz por lo que le había dicho, por
considerarla la candidata idónea para el puesto que estaba en él mercado. Pero por
otro lado, los mismos motivos que la halagaban también la perturbaban.
A pesar de todo, había dicho que era inteligente, fuerte y amable.
—No sé nada sobre bebés.
—No tienes que saber nada. Sabes mucho sobre vacas y sobre cómo llevar un
rancho. Puedes contratar a una niñera. Contigo en la casa, no tendré más problemas.
Tú y yo juntos podemos conseguir que nuestros negocios vayan para arriba muy
rápidamente. Además, eso te hará ganar tierra...
—A ti también.
—Sí —respondió él—. No tienes ningún heredero. El único peligro es que puedes
enamorarte y querer casarte. Entonces podremos anular el matrimonio y separar los
ranchos. Yo querría un acuerdo prenupcial para proteger los intereses de mi hija.
Tampoco querría ningún escándalo, eso por supuesto. Pero estoy convencido de que
jamás ocurriría eso contigo.
—¡Esto es completamente ridículo! Pondré un anuncio y te conseguiré una niñera,
pero olvídate de lo del matrimonio.
Se inclinó sobre la mesa y apoyó la cabeza sobre la mano. Luego, levantó la
mirada.
—Supongo que te he asustado. Estoy desesperado, pero me lo he pensado con
detenimiento, no es una idea que se me haya ocurrido de repente y a la que le haya
dado un crédito que no se merezca. Sería un trato muy ventajoso para ti también.
Tienes una abuela a la que cuidar. Además este año, con la enfermedad de tu padre,
ha sido muy duro y te han quedado muchas facturas pendientes. Sé que has
hipotecado gran parte del rancho. Tu hermana Andrea todavía está en la
universidad, está estudiando medicina, según tengo entendido.
Mattie frunció el ceño.
—Ya veo que has estado metiendo las narices en mi vida —dijo ella sin demasiada
intensidad, pues su mente estaba entretenida en otros pensamientos: Josh Brand la
quería a ella por esposa, a la solterona de Clayton County. ¡Parecía imposible!
—Todo el mundo sabe de todo el mundo en este pueblo.
—Puede, pero yo no sé nada de ti. No nos podemos casar así. Somos dos extraños.
—No estoy hablando de un matrimonio real. Si quieres que haya una relación
física, puedo llegar a eso. Pero mi corazón está seco, árido como un desierto.
Mattie se levantó y se dirigió a la ventana. Sus tierras se extendían más allá de lo
que era visible. Lo que Josh le proponía era completamente imposible.
—Josh, lo siento, pero yo tengo mi propia vida —se volvió hacia él—. No sé nada
de bebés, ni de cómo ser una esposa. De verdad que aún no salgo de mi asombro...
—Mattie, yo he estado preguntando por ahí y sé que tienes muchas deudas y que
podrías perder Rocking R.
—¡Maldita sea! ¿Es que nadie en esta maldita ciudad puede mantener la boca
cerrada?
—Vente a cenar a mi casa esta noche —dijo Josh sin transición—. Vamos a
conocernos un poco mejor.
Ella lo miró en silencio.
—Vamos —continuó él—. Sólo una cena. No tendrás miedo de mí, ¿verdad?
— ¡Claro que no! —respondió ella—. Esta bien, iré a cenar.
Jamás en su vida había tenido una cita seria, jamás en su vida había salido con
nadie a cenar, ni a nada.
Había trabajado con hombres toda su vida, pero nunca había tenido una relación
con ninguno.
Josh Brand, sin embargo, era justamente lo contrario. Mattie recordaba a Josh
siempre rodeado de chicas en el instituto y luego, su hermosa y sofisticada esposa.
—Bien. Te recogeré a las siete.
Elizabeth se removió.
Josh la arropó, se la acercó y comenzó a hablar dulcemente con ella.
Mattie lo miraba embelesada. Era increíble ver a aquella masa masculina y ruda
convertida en almíbar. Su voz sonaba dulce y melodiosa y sus rasgos angulosos
parecían haberse suavizado.
—Aquí está mi pequeña —dijo él mientras la acariciaba—. Elizabeth, ésta es
Mattie. Mattie, ésta es Elizabeth.
—Es preciosa —dijo Mattie—. Jamás he tenido relación con bebés.
—Yo tampoco —respondió él sin apartar la vista de su hija—. Pero a uno le
ayudan a superar muchas cosas.
—La verdad es que no creo...
Él levantó la cara.
Sin apartar la mirada de Mattie, se acercó a ella. El pulso se le aceleró al sentir su
presencia varonil tan próxima.
El bebé emitía un suave sonido mientras tomaba el biberón. Sus deditos eran
increíblemente pequeños, tenía unas pestañas largas y espesas y la piel sonrosada.
—No te precipites. Vente a cenar conmigo y después tómate tu tiempo para
pensar sobre los pros y los contras de la propuesta. No tienes nada que perder.
—Creo que eres tú el que puede perder más. Es posible que te enamores otra vez...
Él dijo que no con la cabeza.
Escaneado por Marisol F y corregido por Cris Nº Paginas 10—101
[Link]
—Nunca jamás. Adoraba a Lisa. Con todas esas niñeras acosándome me sentía
como si me hubieran puesto una soga al cuello. Pero necesito a alguien para
Elizabeth. Si tú te prestas a ayudarnos, yo te compensaré.
—Es fácil decirlo así.
—Piensa en un acuerdo prenupcial que te interese y te demostraré lo que te digo.
Te espero a las siete.
Se dio la vuelta, agarró su sombrero y la bolsa.
—Te ayudo a llevar las cosas —dijo ella y, sin esperar respuesta, agarró la bolsa.
Salieron juntos hasta la camioneta.
Él le agarró la bolsa y su roce le provocó un escalofrío. ¿Por qué le ocurría aquello
con él?
—¿Puedes agarrar a la niña un segundo? —le pidió mientras le ponía el bebé en
los brazos.
La niña empezó a llorar cuando le quitó el biberón, pero inmediatamente cesó al
volverse a meter la tetina en la boca. Al mirar a la niña, Mattie sintió miedo. No
podía responsabilizarse de aquella cosa tan pequeña. Levantó los ojos hacia el padre,
con la intención de pedir ayuda, pero se encontró con unos vaqueros ajustados que
marcaban la musculatura de unas piernas esculturales.
Él se volvió.
—Ven aquí, mi niña —dijo con suavidad—. Nos vemos esta noche.
Ató a la niña a la silla, se metió en el vehículo y arrancó, levantando una nube de
polvo.
Matrimonio. Eso eran palabras mayores. Y Josh Brand se lo había pedido a ella.
Era increíble, imposible, alucinante. En otro momento de su vida aquella propuesta
le habría causado un éxtasis en sí misma. Pero ya era mayor, más realista.
Lo que aquel hombre necesitaba era una buena niñera. Luego, más adelante,
acabaría por casarse con una mujer a la que amara realmente.
Se agarró la trenza y se peinó el final con el dedo. Miró sus posesiones, el corral,
los establos. Pero su mente estaba realmente en el hombre que acababa de perturbar
su vida.
Tenía una cita con Josh Brand para cenar.
Necesitaba una madre para Elizabeth, alguien que fuera inteligente, fuerte y
amable como ella. Eso era lo que le había dicho. Las palabras se repetían una y otra
vez en su cabeza.
Pero la realidad era que hasta aquel momento, Josh Brand no le había mostrado el
más mínimo afecto. En realidad lo que quería era una gran niñera que se ocupara de
otra niñera. Mattie apretó los dientes, se dio media vuelta y se metió en la casa.
No, no podía hacer eso.
Sin embargo, tenía una cita para cenar. De lo que tenía que preocuparse entonces
era de qué se iba a poner.
En cuanto le contara a su abuela lo que acababa de sucederle, aquello se
convertiría en un infierno.
Su abuela pensaba que debía casarse y estaba continuamente intentando
encontrarle a alguien, tratando de que tuviera una vida social.
Había crecido en el campo, rodeada de hombre, pero ninguno había querido jamás
salir con ella. Le tenían miedo.
Hasta aquel momento.
Cerró la puerta de la casa y se encaminó directamente al armario de su dormitorio.
A las siete menos cuarto Mattie ya estaba preparada. No hacía más que dar vueltas
de arriba abajo por el salón.
Normalmente aquél era el lugar donde se encontraba más cómoda, pero en
aquellas circunstancias bien podría haber sido el paraíso que le habría dado
exactamente lo mismo.
—¡Mattie, por favor, siéntate! —le dijo Irma Ryan a su nieta—. Y creo que deberías
soltarte el pelo y ponerte un vestido.
—Me siento más cómoda en vaqueros —le respondió Mattie a su abuela, una
diminuta mujer de pelo blanco que se balanceaba en una mecedora.
—No me parece bien que estés ya lista y esperándole. Deja que Josh se siente un
rato aquí y charle conmigo.
—No es más que una cena de negocios. Está interesado en adquirir una parte del
rancho.
—¡No digas tonterías! No te habría invitado a cenar en su casa si sólo quisiera
comprar tierra. Mattie, hazme caso.
A Mattie le remordía la conciencia. Jamás en su vida le había mentido a su abuela.
Pero, en esta ocasión, era imprescindible. No podía decirle que Josh Brand le había
pedido que se casara con ella, su abuela empezaría a planear la boda antes de que
ella terminara la última frase.
—Vete a tu habitación y deja que Lottie le abra la puerta. Ese es su trabajo.
Mattie no pudo por menos que reírse.
—Lo que queréis es echarle un vistazo.
—¡Por supuesto que queremos! —admitió la abuela sin reparos—. Lottie lleva
trabajando para nosotros desde que eras un bebé. Es casi como una madre para ti. Es
lógico que quiera ver con quien sales.
—No es nada del otro mundo.
Ella no respondió. Se limitó a observar las sombras que el sol poniente proyectaba
sobre la tierra.
Muy pronto divisaron la casa de Josh. Ella no recordaba haber estado allí nunca
antes.
La casa era grande. Había tiestos con flores por todas partes. El porche rodeaba
todo el edificio.
Más allá de la casa pudo ver un granero dos veces más grande que el suyo, el
corral, los establos, una pequeña caseta que debía de ser la oficina y dos pequeños
edificios más. Había, además, un tractor y otra camioneta aparcados en un garaje.
Josh aparcó junto a la casa.
—Ya hemos llegado. Rosalie se ha llevado a Elizabeth a su casa. Está al final de la
carretera —dijo él señalando en aquella dirección.
Mattie se bajó del vehículo y lo siguió a través del porche.
Él abrió la puerta trasera y entraron en la cocina.
—¿Te apetece una cerveza? ¿O prefieres vino, té frío...?
—Un té, por favor —respondió ella mientras miraba alrededor. Los armarios eran
de madera y el suelo de terrazo. Era un lugar espacioso y acogedor, aún impregnado
del aroma a pan recién hecho.
Josh le sirvió un vaso de té frío.
—¿Quieres azúcar o limón?
—No, gracias.
Él sacó una cerveza, la abrió y la dejó sobre el mostrador. Acto seguido, posó una
mano sobre el hombro de ella. Sintió su calor reconfortante.
—Mattie, relájate, por favor. Parece que yo fuera el demonio y te estuviera
pidiendo que me vendieras tu alma.
—Bueno, así es un poco como yo te veo. Tu proposición me ha sorprendido
realmente. Lo que creo es que deberías tratar de encontrar una niñera apropiada. No
veo la necesidad de llegar al matrimonio —mientras hablaba no podía dejar de mirar
aquellos ojos profundos de largas pestañas, sus labios esculpidos con toda
perfección.
—Ven, te enseñaré mi casa —su voz era tan sugerente que ella no pudo rechazar la
invitación.
Asintió y lo siguió. Sus hombros anchos parecían llenar cualquier espacio por
grande que fuera.
—Por aquí —se volvió él a decir.
—Sí —Mattie se ruborizó, pues la había cazado admirando sus glúteos.
Entraron en el salón. Era una estancia muy agradable, decorada en verde y
marrón, con una hermosa chimenea de piedra.
En una esquina había una mesa de juegos y sobre la chimenea un rifle. Ella se
aproximó a una pared que había llena de cuadros.
—Esa es toda la saga —dio él refiriéndose a las pinturas—. Ése es mi bisabuelo
Daniel Brand.
—Quien trató de matar al mío —dijo ella con sorna mientras se acercaba a él.
—Vaya. Siempre había creído que había sido a la inversa —replicó Josh y ella se
rió.
—Por lo menos, cuando nuestros padres se hicieron cargo de los ranchos nuestras
familias ya habían dejado de dispararse. Eso sí, no se dirigían la palabra a menos que
fuera absolutamente necesario.
—Ese rifle era de mi bisabuelo. Fue él el que hizo esa mesa de allí —dijo Josh
señalando una simple mesa que había en otro extremo. Luego se refirió a uno de los
cuadros de caballos que había en la pared de enfrente—. Mi padre colgó ese cuadro.
Era su favorito. La mecedora era de mi abuela.
—Tiene gracia. Tus raíces son muy similares a las mías —Mattie recorrió los
cuadros de la familia observándolos uno a uno.
—Ésa es la mujer de Daniel —le aclaró Josh al ver que se detenía a contemplar a
una mujer morena de piel oscura—. Se llamaba Pequeña Estrella. Era una Kiowa.
—Es muy hermosa.
—Tenemos más sangre Kiowa en la familia. Mi abuelo Isaac, que era mestizo,
también se casó con una Kiowa, Flor de Verano —Josh señaló a una mujer que
posaba junto a su esposo. El parecido con él era increíble.
Mattie continuó mirando los cuadros, hasta llegar a uno en que aparecía un
pequeño muchacho de pelo negro y piel tostada.
—Este eres tú, ¿verdad?
—Sí. Mi madre lo puso ahí. Ni Lisa ni yo cambiamos nunca nada de esto.
—¿Creciste en esta casa?
—Sí. Esta habitación y los dos primeros dormitorios que se construyeron
continúan siendo los que hizo mi bisabuelo. Mi padre rehizo la cocina y añadió el
resto de las habitaciones. Después de la muerte de mi padre, mi madre se casó y nos
trasladamos a Chicago. Cuando Lisa y yo nos casamos, vinimos aquí. Lisa remodeló
la casa, pero dejó casi intactos este salón y el comedor. La mesa que hay allí era de mi
abuelo y hay unas cuantas cosas aquí que eran de mi bisabuelo.
—La verdad es que en nuestra casa ha ocurrido algo parecido.
Pasaron a un salón mucho más formal que estaba junto al anterior. Estaba
enmoquetado en color crema y el resto mantenía el verde.
—Lisa redecoró esto. Pero no suelo venir aquí —le confesó él. Siempre que
hablaba de su mujer una sombra de tristeza le oscurecía la mirada.
Ella lo siguió hasta el comedor. En el centro había una gran mesa con doce sillas
alrededor y un conjunto de plata en el centro.
—Tienes una casa muy bonita.
—Gracias. ¿Te gustaría que nos sentáramos fuera mientras se hacen los filetes?
—Sí, claro —respondió ella.
Ambos tenían un pasado muy similar, pero eso era todo lo que tenían en común.
Salieron al porche y él acercó un par de sillas.
—Siéntate. Voy a hacer la carne. Rosalie ha dejado la verdura cocida así es que la
cena está prácticamente hecha.
Puso los filetes al grill y volvió a darle conversación.
—Este sitio es precioso —dijo ella.
—El rancho va muy bien. Según tengo entendido acabas de comprarle un par de
caballos a Ed Williams.
—Trato de aumentar la producción.
—Es un buen paso —la observó unos segundos. Cada vez que la miraba tenía la
impresión de que ella se sentía incómoda, como si tratara de aprovecharse—. No te
sentirás mal por mi sangre india, ¿verdad?
—Por supuesto que no —respondió ella sorprendida.
Él se encogió de hombros.
—La verdad es que no pensaba que así fuera. Pero alguna gente tiene prejuicios.
—No eres tú la causa de mi negativa. Soy yo. No sé nada de bebés.
—Se tarda muy poco en aprender —respondió él.
Ella se preguntó cuantas cosas le habían fallado a aquel hombre en su vida. Había
perdido a su mujer y a su padre, pero algo le decía que, aparte de eso, solía conseguir
cuanto quería y se proponía.
El se levantó a por la carne.
Ella lo observó mientras se alejaba: hombros anchos, cintura y cadera estrechas.
¿Cómo iba a ser aquel su marido? Imposible. El pulso se le aceleró sólo con pensarlo.
En pocos minutos ya estaban sentados en la mesa de la cocina comiendo unos
deliciosos filetes con patatas asadas, zanahorias y pan casero.
—Cocinas muy bien —dijo ella.
—Gracias. Pero el mérito es de Rosalie. Yo no sé hacer pan casero. ¿Vas a
participar en el rodeo de julio?
Ella dijo que no con la cabeza.
—No, ya no participo tanto como antes. ¿Y tú?
—Sí. Participaré con el lazo.
Josh se preguntó que había de las historias que había oído. Realmente ella parecía
muy nerviosa en su compañía. Pero el lo achacaba a la extraña situación que había
surgido no a que se sintiera incómoda en presencia de un hombre.
—Según había oído sí habías salido con alguien en el instituto.
Ella esbozó una extraña sonrisa.
—Pues te informaron mal. Puede que mi abuela haya levantado ese rumor para
que no piensen que soy rara. Quiere que encuentre un hombre. Soy más alta que la
mayoría de los hombres que conozco y me da la sensación de que me tienen miedo.
—A mí no me das miedo —dijo Josh, sin poder dejar de preguntarse si los
hombres que la habían rodeado la habían dejado marcada con sus burlas.
La observó detenidamente. Tenía una cara muy hermosa, el pelo rubio y espeso,
los ojos grandes y los labios muy sensuales. Sus ojos descendieron por la línea del
cuello. Era largo y fino y desembocaba en unos senos abundantes y turgentes.
Aquella mujer era mucho más que atractiva, pero nunca antes se había dado cuenta.
Se sorprendió a sí misma sintiendo algo. Era la primera vez desde la muerte de Lisa
en que había reparado en una mujer.
—Trabajas con hombres, participas en rodeos. Si no has salido con nadie es
simplemente porque no has querido.
—Puede ser.
Él la agarró suavemente de la trenza para obligarla a mirarlo.
—No creo importante que hayas tenido o no experiencia con los hombres. Nuestro
matrimonio no cambiará tu vida. Lo único que tendrás que hacer es vivir bajo mi
techo y supervisar la educación de Elizabeth. No tiene porqué haber un contacto
físico. Te daré toda la libertad que precises.
Ella se ruborizó.
—No... bueno, no llego a entender por qué me propones eso. Dentro de seis meses
te arrepentirás terriblemente de todo esto.
—Estás equivocada. He pensado mucho sobre esto.
—No deberías precipitarte así en un matrimonio sin amor. Pero, hay además otra
razón que jamás le he contado a nadie. Ni siquiera se lo contaría a mi abuela.
Mattie hizo una pausa y él se impacientó. ¿Que secreto estaría ocultando? Quizás
tendría algo que ver con que jamás había salido con nadie.
—¿Qué es eso que no le has contado a nadie? Su mirada se perdió en el horizonte.
—Algún día venderé el rancho y me marcharé muy lejos de aquí.
Aquella confesión era lo último que jamás se habría imaginado.
Capítulo 3
—Te agradezco la oferta a pesar de todo —ella dejó caer las manos a los lados—.
Pero no puedo hacer nada. Lo siento de verdad.
Él se rascó la nuca.
—Eras la solución perfecta. Pensé que encajábamos totalmente.
—Jamás me pude imaginar a mí misma aquí.
—No veo porqué no.
—Bueno, gracias igualmente. ¿Me podrías llevar a casa?
Él asintió y se encaminaron hacia la camioneta.
—¿Tienes algún otro familiar que se pudiera encargar del rancho?
—No. El único hermano de mi padre vive en Arizona Allí lleva el rancho de la
familia de su esposa, jamás se vendría aquí.
—Quizás deberías haber discutido todo esto con tu padre.
—Nunca se le ocurrió pensar que yo podía querer otra cosa, ni a él ni a mi abuela.
Mis hermanas fueron rebeldes desde el momento en que supieron que había otros
lugares en los que vivir. Pero yo fui diferente.
Josh entendía perfectamente porqué ni la abuela ni el padre pudieron pensar
jamás que ella no quería el rancho. Había ranchos en todo el estado que habían
pasado de generación en generación. Era una tradición aceptada desde la infancia. A
él jamás se le había ocurrido hacer nada más, ni se había imaginado que Mattie
pudiera querer algo distinto. No había ningún chico en su familia y ella era la mayor
y la que siempre se había responsabilizado de todo.
Josh estaba decepcionado. En el fondo de su corazón tenía la sensación de que Lisa
había muerto por su causa. La había forzado a permanecer en aquel lugar, hasta que
había acabado con ella.
Miró a la mujer que estaba a su lado. Sentía curiosidad por lo que pensaba, por sus
sueños.
—¿Por qué Derecho?
—Creo que empezó cuando yo tenía diez años. Mi madre murió atropellada por
un conductor borracho. El tipo tenía antecedentes y, a pesar de todo, salió libre sin ni
siquiera tener que pagar una multa. Entonces deseé llegar a ser fiscal para poder
castigar a gente como él. Aquella era una visión idealista. Sin embargo, siempre me
ha gustado el derecho. Querría abandonar esta vida rural. Sé que ahí fuera hay
muchas cosas que me gustaría explorar.
—¿Qué estudiaste?
—Veterinaria. En el instituto lo que más me gustaba era la literatura, pero no
podía decepcionar a mi padre.
—Yo dejé de estudiar cuando mi padre murió. Entonces vine aquí para llevar el
rancho.
—Has hecho un buen trabajo.
Escaneado por Marisol F y corregido por Cris Nº Paginas 22—101
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—Tu padre podría haber vivido muchos años. ¿Qué habrías hecho entonces?
—Me habría quedado aquí para siempre, supongo. Puede que en algún momento
hubiera acabado diciéndole cómo me sentía, pero lo dudo. Su ausencia me pesa
mucho. Todo se me hace muy cuesta arriba. Tú sabes lo dura que puede ser la vida
en el rancho: animales enfermos, las condiciones atmosféricas... Sin él todos esos
problemas me parecen muy difíciles de llevar.
Continuaron caminaron en silencio, hasta que llegaron a la camioneta.
—Josh, sigue buscando una niñera. Es lo mejor. No tiene sentido que te
comprometas en un matrimonio sin amor.
—Quiero quedarme con Elizabeth —dijo él compungido. No podía trabajar y
cuidar del bebé al mismo tiempo.
—¿Por qué no me dejas que ponga un anuncio y busque yo una niñera adecuada?
—Eso puede ser una solución. Escribiré los requisitos y te lo daré.
Ella sonrió y sus ojos brillaron como dos esmeraldas. ¿Cómo podía ser que aquella
mujer no hubiera salido nunca con nadie? Posiblemente sólo había encontrado los
hombres inadecuados en malos momentos.
—No sé porqué creo que si vas a la universidad y le conviertes en abogado
podrás encontrar lo que buscas. Puede que incluso encuentres al hombre apropiado.
Ella se encogió de hombros.
—Tengo ya veintiocho años. Creo que eso es mucho pedir.
—Vamos mi ancianita. Te llevaré a casa.
Finalmente, las cosas habían quedado claras.
Se pusieron en marcha y ella, ya muy relajada, disfrutó del hermoso paisaje.
Llegaron hasta su casa y él la acompañó hasta la puerta.
Se detuvo frente a ella y posó las manos sobre sus hombros.
Al sentir su tacto se estremeció.
—Si cambias de opinión, házmelo saber.
—Tráeme los requisitos y pondremos un anuncio. Yo me encargaré de entrevistar
a las candidatas.
—Claro, Mattie —dijo él y, acto seguido, se despidió con un suave beso en la
mejilla. Los cálidos labios dejaron su marca. Durante unos segundos, ella deseó su
cuerpo, querría haber descubierto qué se sentía en sus brazos. Algo le decía que,
posiblemente, habría sido lo mejor que jamás había experimentado.
—Gracias por la cena, Josh. Estaba deliciosa. Nunca olvidaré que pensaste en mí.
—Estoy francamente decepcionado, Mattie. Volveré mañana o pasado para que
redactemos el anuncio —él sonrió y se encogió de hombros.
Todo él emanaba simpatía. La blancura de su dentadura perfecta destacaba en
contraste con el color cobrizo de su piel.
Escaneado por Marisol F y corregido por Cris Nº Paginas 23—101
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Recordó las veces que lo había visto en público, siempre tan atractivo. Cuando
quería desplegar todo su armamento ofensivo, era absolutamente irresistible.
Lo observó mientras se dirigía a su camioneta. Lo vio subirse, arrancar el vehículo
y alejarse por la carretera polvorienta.
La oscuridad envolvía el rancho, aumentando la sensación de soledad. ¿Acababa
de cometer el mayor error de su vida?
Si vendía el rancho y se marchaba de allí, ¿terminaría arrepintiéndose y pensando
en aquella propuesta que un día le había hecho Josh Brand?
No, un matrimonio de conveniencia no podía ser nada bueno.
Pensó en Josh, en el leve beso que había depositado sobre su mejilla. Era un
hombre tremendamente atractivo, pero teñía la sospecha de que en el trato que le
ofrecía ella no iba a tener demasiada presencia, no se iba a fijar en ella.
Se encogió de hombros y se metió dentro de la casa.
Por suerte, Gran se había marchado a su pequeña casa, que estaba a unos cuantos
metros de la de Mattie. No se sentía con ánimo de responder a un montón de
preguntas sobre porqué había llegado tan pronto, sobre si volvería o no a salir con
Josh.
Dos días después, cuando se disponía a salir del establo, una silueta se interpuso
en su paso.
—¿Mattie?
El pulso se le aceleró al reconocer a Josh.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó ella rápidamente, para darle voz a su
rubor y hacer que pasara inadvertido. Desde la cena no había dejado de pensar en él
pues, a pesar de haber dicho que no a su proposición, no podía olvidarse de él—.
¿Has escrito los requisitos?
—Irma me dijo que estarías aquí. Parece ser que tienes una yegua enferma.
—Ya está mejor.
Él se acercó a mirar al animal. Llevaba unos vaqueros y una camiseta blanca que
dejaba adivinar su complexión musculosa.
Mattie no podía apartar la vista de él.
—¿Tienes el anuncio? —repitió ella. Josh se volvió hacia ella. El pulso se les
aceleró a los dos.
Él se colocó el sombrero hacia atrás.
—Mattie, me dijiste que nunca dejarías esto mientras tu abuela estuviera viva.
—No podría hacerle eso. Sólo venderé cuando ella se haya marchado —respondió
ella con la esperanza de que su voz sonara firma.
Josh estaba demasiado cerca de ella. Por su mirada, podía asegurar que iba a tratar
de convencerla de algo.
—Recuerdo a tu abuelo. Murió hace algunos años.
—Sí, hace exactamente dos años y mi padre este año —respondió ella.
—¿Cuántos años tenía tu abuelo?
—Ochenta y cuatro —algo le decía a Mattie que debía alejarse, pero al mismo
tiempo no podía. Su presencia la perturbaba hasta el extremo de no poder seguir
fácilmente la conversación.
—Tu bisabuela vivió hasta los cien. ¿Cuántos años tiene Irma?
—Cumplirá ochenta y uno en su próximo cumpleaños.
—¿Cómo está de salud?
—Bueno, ha tenido algunos problemas con el corazón, pero en los últimos años ha
estado perfectamente. Josh... —Mattie hizo una pausa, perturbada por la presencia de
aquel hombre que se aproximaba cada vez más a ella.
—Mattie... He estado pensando en lo que me dijiste —empezó Josh—. Si vas a
estar en el rancho hasta que Irma muera, eso puede significar muchos años aún.
Se dio cuenta de que estaba nerviosa. Se preguntó si sería su presencia lo que
provocaba ese efecto en ella. La idea de que así fuera lo reconfortó extrañamente.
El corazón de Mattie se detuvo para luego empezar a latir enérgicamente.
—Sí, es posible que sí.
—Cásate conmigo. Podernos firmar un acuerdo prenupcial por el cual el
matrimonio pueda quedar anulado en cuanto Irma muera.
—¡No! No puedo hacer eso —de pronto sintió pánico. No sabía cómo tratar con
aquel hombre. Estaba habituada a trabajar con tipos muy duros, pero ella tenía
siempre el mando. En aquellas circunstancias, todo era distinto. ¿Qué tenía Josh
Brand que hacía que le temblaran las piernas?
—Escúchame —insistió él—. Cásate conmigo. Sólo tendrás que quedarte un año.
Para entonces la niña tendrá ya dieciocho meses y tendremos una buena niñera en
casa. Sólo tienes que quedarte un año y me comprometo a pagarte la universidad.
Pagaré todos los gastos, además de la hipoteca que recae sobre tus tierras.
Lo miró atónita, mientras los números danzaban en su cabeza.
¿Cómo podía casarse con aquel hombre, vivir con él bajo el mismo techo? Si su
sola presencia causaba estragos en su sistema nervioso.
—Si te quedas cinco años, hasta que la niña esté edad escolar, te daré un cuarto de
mi rancho y te compraré una parte proporcional o, simplemente, te daré el dinero.
Eso además de lo anterior.
Mattie se quedó sin habla durante unos instantes.
—¡Pero eso es demasiado!
Su sentido común le decía que la idea era descabellada, pero la oferta era
irresistible.
Respiró profundamente y cerró los ojos, como si se dispusiera a saltar de la borda
de un trasatlántico sin chaleco salvavidas y en mitad de la noche.
—De acuerdo. Me casaré contigo.
—¡Viva! —exclamó él y, sin pensárselo dos veces, la agarró en sus brazos.
Ella le rodeó el cuello con los brazos temerosa de caerse. La sensación de estar tan
cerca de él era muy agradable. Sentía el olor a limpio de su camiseta y el calor de su
cuerpo musculoso.
— ¡Josh, bájame!
Él lanzó otro exuberante grito y la dejó en el suelo.
—¡Gracias a Dios! —dijo él y la besó suavemente en la boca. Al sentir el contacto
de sus labios, el corazón de Mattie inició una carrera sin límite. Todo su cuerpo
aumentó de temperatura.
Rápidamente, se apartó de él.
—Nos podemos besar. Al fin y al cabo nos vamos a casar.
—Eso no era parte del trato —murmuró ella, casi mareada por la impresión del
gesto.
—Como tú digas. ¡Esto es fantástico, Mattie! —la tenía ligeramente agarrada por la
cintura y sus ojos expresaban la mayor de las alegrías—. ¡No te arrepentirás! Llamaré
a mi abogado y mañana mismo podremos redactar un acuerdo prenupcial.
Ella todavía sentía que su cabeza daba vueltas. Aunque no había sido más que un
leve beso, que él ya habría olvidado, todavía lo tenía vibrando en los labios.
—Josh, para un poco.
— ¿Por qué? Los dos sabemos lo que queremos. ¿Cuando nos podemos casar?
¿Quieres una boda a lo grande?
—No —respondió ella solemnemente, sin dejar de preguntarse en qué se estaba
metiendo. No estaba acostumbrada a hombres impulsivos. Su padre había sido
siempre un hombre fuerte, silencioso y muy contenido—. La boda es una farsa, así
que no quiero darle bombo y platillo. Además, no estaría bien. La gente murmurará.
Hace muy poco que te has quedado viudo.
Su sonrisa se desvaneció.
—Yo adoraba a Lisa, todo el mundo lo sabe. De acuerdo, será una boda discreta.
Sólo los amigos más próximos y la familia. ¿Cuándo?
—Tengo que mirar el calendario.
—Vamos a decírselo a Irma.
—¿No crees que deberíamos salir juntos un par de veces más antes de hacer un
anuncio así?
Él la miró pensativo. Mattie estaba en jarras, tenía el ceño fruncido. Sabía que la
gente murmuraría, a pesar de todo, pero podría facilitarle las cosas a ella.
—Te recogeré esta noche para salir a cenar. Podemos salir todas la noches hasta el
sábado, en que podemos ir a comer juntos.
—También podríamos anunciar nuestro matrimonio como lo que es.
—No —eso no sería bueno para ninguno de los dos, tampoco para Elizabeth—.
Quiero que todos piensen que es un matrimonio real.
Ella se encogió de hombros pero, aunque no lo dijera, también lo prefería. Ya se
había reído bastante de ella a sus espaldas.
—Se preguntarán porqué te casas conmigo.
—Cualquiera con un mínimo de sentido común se morirá de envidia.
—Gracias —dijo ella.
Josh observó la incredulidad en su rostro. Sí, estaba claro que la habían hecho
mucho daño. Se aproximó a ella y la agarró de la barbilla.
El pulso se le aceleró a Mattie.
—No lo digo por halagarte innecesariamente, ni para conseguir lo que quiero. Ya
lo tengo —le aseguró él—. ¿Crees que te habría pedido que te casaras conmigo, aún
en estas circunstancias, si no fueras alguien a quien respeto profundamente? Te estoy
dando la mayor responsabilidad del mundo: mi hija. No haría esto si no me gustara
tenerte cerca. Hay muchas mujeres a las que no habría hecho un ofrecimiento así.
Vamos a vivir juntos, a trabajar juntos. Sólo se puede hacer eso con alguien a quien
consideras capaz, inteligente y agradable. Me gustas, Mattie.
Ella lo miraba fijamente, con el corazón agitado mientras escuchaba el suave
susurro de sus halagos.
Ya lo sabía a ciencia cierta. Acabaría enamorándose de él y jamás podría soñar con
ser correspondida. Algún día aquel matrimonio tendría que acabar y ella no tendría
posibilidad alguna de mirar atrás. No obstante, quería ir a la universidad y ése debía
de ser su principal objetivo, lo único que habría de darle sentido a su vida, ocurriera
lo que ocurriera.
Capítulo 4
—¡Muy buenas! —dijo Carlina al entrar en la habitación. Era una castaña con ojos
azules, cuyo color acentuaba el vestido—. ¡Estás sensacional! —le dijo a su hermana y
la abrazó.
—Os agradezco que hayáis venido a mi boda.
—¡No puedo creer que vayas a casarte con Josh Brand! Siempre pensé que te
casarías con alguien más callado y solitario, como papá.
—¿Y qué sabes tú de cómo es Josh?
—Estuve saliendo con uno de sus amigos, ¿recuerdas? Bueno, eso fue hace tiempo.
Y hablando ¿e tiempo, esperan a la novia. El tío Dan ya está preparado. Abuela, te
estaban buscando.
—¡Querida! Si tu madre y tu padre pudieran verte —dijo la anciana.
Mattie la abrazó.
«¿Qué estoy haciendo?», se preguntó ella, sintiendo un impulso de salir huyendo
de allí.
Cerró los ojos y se obligó a no pensar.
Al salir de la habitación se encontró con su tío, una versión en pequeño de su
padre. Se agarró a su brazo y él la miró.
—¡Estás preciosa! —le susurró él.
—Gracias —dijo ella, sin poder acallar la voz interior que le repetía, una y otra
vez, que aquello era una farsa.
La iglesia estaba repleta de familiares y amigos.
Irma estaba sentada en el primer banco de la iglesia y, al otro lado del pasillo, en la
misma fila, estaban Sibyl y Thorton Bridges, la madre y el padrastro de Josh.
Sibyl tenía a la pequeña Elizabeth en el regazo.
En cuanto Carline y Andrea se sentaron, el órgano comenzó a sonar y la novia
entró. El público asistente se puso en pie, mientras Mattie recorría con paso suntuoso
el camino hasta el altar. Miró al hombre que la esperaba allí. Era oscuro, atractivo y
peligroso. Un escalofrío la recorrió de arriba abajo. Tenía todo lo que se podía pedir
en un hombre.
Las salidas que había hecho con él habían sido todas inquietantes, mientras él a
penas si tenía consciencia de que ella estuviera allí.
Cuando toda aquella ceremonia acabase, toda la tierra de los Ryan le pertenecería.
Era una amenaza a la vez que una salvación.
Josh no podía quitar los ojos de ella. El problema de la niñera se iba a solucionar
de una forma muy grata. Se había dado cuenta de que Mattie era muy atractiva, pero
jamás la había visto con un vestido. Sus cabellos dorados enmarcaban un delicado
rostro que continuaba con un cuello fino, unos pechos bien formados y una estrecha
cintura. Era inteligente, hermosa y quería cooperar. Había hecho muchos negocios en
su vida pero, sin duda, aquel iba a ser el mejor de todos. No entendía como los
hombres de aquella zona habían dejado pasar una oportunidad semejante.
Se situaron frente al sacerdote. Aturdida por la presencia de su futuro esposo,
Mattie ni siquiera oyó las palabras que aquel pronunció, pero las repitió
mecánicamente como una letanía.
—Yo, Matilda Maude Ryan, te tomo a ti, Joshua Kirby Brand por esposo, en la
salud en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, para ser, siempre, tu fiel
esposa...
Como por arte de magia la frase fluyó, dando paso a la de Josh.
—Yo, Joshua Kirby Brand, te tomo a ti, Matilda Maude Ryan, por esposa...
Mareada dejó que la ceremonia continuara. Vio cómo Josh colocaba en su dedo un
anillo de oro y ella, a su vez, repitió el gesto con él.
Se quedó si respiración al oír el final.
—Puede besar a la novia.
Ella lo miró directamente a los ojos y descubrió una sombra de tristeza. Entonces,
él se inclinó y la besó suavemente. Fue un leve roce pero despertó dentro de ella una
calor muy agradable; Al mirarle de nuevo a los ojos, la expresión había cambiado. Ya
no había pesar, sino curiosidad.
Él la agarró del brazo y, juntos, recorrieron el pasillo hasta la puerta. Se detuvieron
junto a Sibyl y Tosh, depositó un beso en la mejilla de su madre antes de recoger a la
pequeña Elizabeth. Acto seguido sonrió a su esposa. ¡Si esa hubiera sido una sonrisa
llena de amor verdadero!
Mattie levantó la barbilla y se obligó a sí misma a olvidarse de eso. Aquello no era
más que un negocio, no lo debía apartar de su mente nunca.
Les tomaron las correspondientes fotos y se encaminaron al rancho de Mattie,
donde se iba a llevar a cabo la celebración. Había comida por todas partes, además de
dos grandes tartas, una de chocolate, que había aportado el novio y la de boda.
En pocos segundos, Josh apareció sin la chaqueta ni la corbata y con las mangas
subidas. La visión de su esposo le aceleró el pulso.
—¿Bailamos? —preguntó él—. Todo el mundo nos está esperando.
—¡No sé bailar! —respondió ella horrorizada. Él sonrió. No podía evitar que la
situación le resultara divertida.
—¡Relájate! Es muy fácil. Déjate llevar.
—¡No puedo!
—Vamos, Mattie. Es mucho más fácil que un rodeo.
Le rodeó la cintura y le agarró la mano. Comenzaron a moverse y ella tropezó
varias veces con él. Se sentía patosa e inapropiada.
—¡De verdad, no puedo!
—Un paso delante, un paso detrás, un paso delante, un paso detrás —de pronto, el
sonido de su voz y el movimiento de aquel cuerpo masculino junto al suyo hicieron
el milagro. El baile comenzó a fluir como si fuera algo natural.
Sentía a su esposo cerca, el sol calentaba sus cabellos y olía a hombre. Notaba cada
milímetro de su piel, cada centímetro de su carne. Él descendió la mirada hasta la
boca de ella y el corazón se le alteró. Ella trató de controlar ese impulso. Era
peligroso. Su respuesta era instintiva, animal, pero a él no le importaba. Era su
esposo y, aunque no fuera más que una farsa, habrían de vivir juntos. Tenía que
saber que, ocurriera lo que ocurriera, él jamás se enamoraría de ella.
La música terminó y otras parejas entraron en la pista.
—Parece ser que nos esperan para cortar la tarta.
Se aproximaron a la mesa e hicieron lo propio. Después del primer corte, los
invitados se fueron aproximando para dar la enhorabuena.
—Mattie, eres una novia preciosa —le dijo Sibyl Bridges, la madre de Josh,
mientras la abrazaba. Mattie se sintió alta e inapropiada, pero al mirar a su suegra a
los ojos se tranquilizó—. Te aseguro que cuando Josh me hizo el anuncio de vuestra
boda no me lo podía creer. ¡Ahora estoy tan contenta! Ya parece mucho más feliz.
—Eso espero —respondió Mattie sin poder evitar el desear que la verdad fuera del
dominio público.
Miró a la mujer y sonrió. Era aún muy hermosa y, con su cabello castaño, parecía
mucho más joven de lo que debía ser.
—Ten paciencia con él, Mattie. Al menos ahora podré dormir tranquila sabiendo
que tanto él como Elizabeth están en buenas manos. Te conozco desde el día que
naciste y ninguna unión podría haberme hecho más feliz.
Mattie se sintió culpable y ahogó el sentimiento con una sonrisa.
—Mattie, señora Bridges, vengan aquí para una foto —dijo Carlina y la
conversación concluyó.
Una hora más tarde, Carlina le recordó que había llegado el momento de lanzar el
ramo y la liga.
Ella había discutido ya con sus hermanas lo ridículas que le parecían ambas
tradiciones, pero fue una discusión estéril en lo que a ella respectaba, pues no hubo
modo de disuadir a las otras dos.
Andrea se colocó junto a las demás solteras para recibir el ramo.
Después de lanzarlo, Mattie alzó la cara y se encontró con la mirada de Josh.
—Según tengo entendido, ahora tengo que quitarte una liga y brindar por los
solteros.
Pasaron casi tres horas antes de que Mattie pudiera tener un rato de soledad.
La gente estaba congregada en el patio y en el salón, así es que optó por la cocina.
Al llegar allí, se encontró a Josh solo. Se servía una copa de champán como si fuera
whisky.
Ella se dio cuenta de que estaba triste, dolido. Aunque aquel matrimonio fuera
algo necesario, ella tenía la sospecha de que a él no le complacía en absoluto.
Se acercó y le tocó suavemente el brazo.
— ¿Quieres que nos vayamos ya?
Él la miró. Tenía los ojos rojos y, aunque se apresuró a limpiarse las lágrimas, ella
se dio cuenta de que estaba llorando.
—Iré a por Elizabeth y le diré adiós a mi madre y a Thornton —respondió él.
Ella asintió y fue por su cuenta a despedirse de los suyos.
En seguida, se encontraron de nuevo en la cocina.
Lottie entró en ese momento.
— ¿Os vais ya? —preguntó la mujer mientras se secaba las manos en el delantal.
—Sí, Lottie —Mattie se volvió a abrazar a la mujer que la había cuidado desde
pequeña y que había sido casi como una madre para ella—. Ya me he despedido de
todos. Ha sido una boda fantástica. Gracias por todo.
—Cuídate y cuida a tu nueva familia —Lottie la soltó y se limpió las lágrimas.
Josh y ella se encaminaron al garaje. Allí, Josh sentó a Elizabeth en su silla y le dio
unos juguetes.
—Toma, princesa, nos vamos de viaje.
La niña hizo un sonido gracioso, parecido a una risa y comenzó a golpear una
vaca que mugía.
Josh y Mattie se sentaron.
—Espero que no te moleste el ruido, porque a ella le encanta.
—Por supuesto que no —dijo Mattie, mientras se colocaba el vestido para que le
permitiera sentarse—. Debería haberme cambiado, pero no quería que todo el
mundo hiciera un numero porqué nos íbamos.
Josh encendió el motor.
—Creo que ya se han dado cuenta de que nos escapamos.
Los invitados estaban en la puerta y les decían adiós con la mano.
—Bueno, este fin de semana en Fort Worth va a ser muy productivo. Podéis
empezar a conoceros mejor Elizabeth y tú y, además, vamos a conseguir un buen
caballo.
—No te olvides de que mañana, en el hotel, tengo entrevistas concertadas con
algunas candidatas a niñera —Mattie lo miró. Él no respondió—. Ha sido un día muy
duro para ti, ¿verdad?
Él volvió la cabeza y asintió.
—Lo siento. No tiene nada que ver contigo. Pero la boda me ha traído muchos
recuerdos dolorosos. Adoraba a mi esposa.
Mattie se sintió como una intrusa. Giró y miró a Elizabeth. Cada vez que veía a la
pequeña se sentía insegura. No tenía la certeza de saber qué hacer con ella.
Recordó su propia relación con su padre y se preguntó si la niña llegaría a estar
tan cercana a él. Sin duda, Josh adoraba a su hija.
Volvió a mirar a su esposo. El perfil se dibujaba limpiamente contra la ventana.
Acalló un pensamiento doloroso y se recordó una y cien veces todas las ventajas
materiales de aquel acuerdo. El resto, no debía importar.
Josh desató a Elizabeth, hizo los arreglos pertinentes con el botones para que se
encargaran del coche y de las maletas y entraron en el hotel.
Josh se detuvo ante el mostrador y le pasó la niña a ella.
—Todo el mundo pensará que la tuvimos solteros —le susurró él con una sonrisa.
Mattie se desconcertó ante esa observación. Era verdad lo que acababa de decir.
Pero, ¿que importaba?
Alzó la cabeza, orgullosa, y miró a la niña.
—Eres una buena viajera —le dijo al bebé, mientras le colocaba el vestido rosa
lleno de lazos. Hacía tiempo que había desaparecido el quiqui que la pequeña había
llevado en la cabeza durante la ceremonia. Elizabeth sonrió, mostrando los dos
dientecitos de abajo.
Josh volvió enseguida y agarró a su hija en brazos.
—Nos subirán las maletas.
Atravesaron el recibidor en dirección al ascensor. Josh había alquilado una suite
en el piso superior. Al entrar, Mattie se dio cuenta, por primera vez, de que estaba
sola con Josh y con Elizabeth. Aquel cerró la puerta.
—He pedido que nos suban la cena aquí por Elizabeth, pero si prefieres...
—No, es perfecto —respondió ella.
—Puedo pedir champán, pero no sé si prefieres vino.
—Prefiero una botella de bourbon —dijo ella—. Siempre me tomaba un bourbon
con mi padre por las noches. Pero, pide lo que quieras, me da igual.
—Me parece bien lo del bourbon —respondió Josh y se dirigió al teléfono. En
cuanto acabó, agarró las maletas—. He pedido una cuna para Elizabeth. Elige
habitación y en la otra colocaremos la cuna.
—A mí me da igual cualquiera de las dos.
—Dentro de nada la niña empezará a pedir el biberón. Voy a preparárselo.
Josh abrió la puerta de una de las habitaciones y Mattie lo siguió. Al ver la enorme
cama no pudo por menos que exclamar.
—¡Madre mía! Me podría perder ahí —dijo sin pensárselo.
—Entonces, ésta para ti —respondió él—. Aquí tienes tu equipaje.
El agarró a la niña.
—Te ha arrugado el vestido.
Mattie sonrió.
—Da igual, no me lo voy a volver a poner.
Él la miró intensamente.
—Eres una novia muy hermosa, Mattie.
Capítulo 5
Él estaba a sólo unos centímetros de ella y no lo pudo resistir. Sus ojos recorrieron
su piel tersa, su torso musculoso y masculino. Alzó la mirada, consciente de que se
había dejado vencer por la tentación.
Él extendió una mano y le subió el vestido que se iba deslizando por los hombros.
Ella notó que se aceleraba el pulso con el roce de sus dedos.
—Me estaba cambiando de ropa cuando me llamaste —tenía las mejillas calientes.
Él descendió la mirada hasta sus labios.
—¿Decepcionada?
—No sé porqué. Estoy recibiendo lo que me corresponde según el trato.
Aquellos ojos verdes e inmensos lo miraban y lo perturbaban. Su densa mata de
pelo enmarcaba un rostro dulce y seductor. Estaba más hermosa que nunca. Se
sujetaba el vestido con cierta ansiedad, como si el deseo de despojarse de él fuera un
enemigo mortal.
—Será mejor que me vaya.
Josh la observó mientras se marchaba, pero habría deseado impedir que se fuera.
Habría deseado tener el valor de agarrarla en sus brazos.
De pronto, tuvo la sensación de que la había atado en un matrimonio injusto.
Aquella mujer debía estar buscando el camino de su felicidad.
Pero, al fin y al cabo, era una adulta con capacidad de decisión. Si siempre había
permanecido encerrada en su rancho, eso no era asunto suyo. Respecto al
matrimonio, había sido un trato que había aceptado sin coacción alguna.
Apartó de su mente la imagen de su nueva esposa y decidió deshacer las maletas.
Ya en su habitación, Mattie hizo lo mismo.
Después de colocar cuidadosamente las cosas en el armario, se puso unos
vaqueros, una camiseta y se trenzó el pelo. Luego, se fue al pequeño salón común de
la suite.
Josh se volvió al oírla entrar.
—Estaba sirviendo el bourbon. ¿Cómo lo quieres?
—Doble, sin hielo.
Él la miró con curiosidad.
—¿Tan malo ha sido el día?
—No. Creo que he hecho un buen negocio —dijo con una sonrisa algo forzada.
Él se había puesto también unos vaqueros y una camiseta. Llevaba el pelo suelto y
tenía cierto aire salvaje. ¿Sería su sangre Kiowa la que le daba ese aspecto?
Le dio el vaso y agarró otro al que añadió hielo. Levantó su copa.
—Por un feliz negocio, Mattie. Los vasos chocaron y ella se tragó de un golpe todo
el contenido.
Escaneado por Marisol F y corregido por Cris Nº Paginas 41—101
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—La cena está a punto de venir. Podríamos comer en la terraza. Hace una noche
estupenda.
—Me parece una gran idea. Él le ofreció otra copa.
—No gracias. Sólo una.
Ya en el balcón, él colocó dos sillas; una junto a la otra y ambos se sentaron a
hablar del calendario de entrevistas para la niñera.
Cuando la cena llegó, se comieron la carne con hambre. A pesar del convite de la
boda, ninguno había sido capaz de comer a penas nada.
Una vez finalizada, continuaron charlando.
—Jamás he salido de Texas. Cuando era pequeña y mi padre me traía aquí, tenía la
sensación de que Fort Worth era la ciudad más grande del mundo.
Josh la miró sorprendido.
—¿Nunca has estado en ningún otro sitio?
—Me quedé en Texas estudiando. Una vez estuvimos dos horas en Méjico, pero no
considero eso un viaje.
—Tu padre debería haberte dejado salir.
Mattie lo miró sorprendida.
—¿Sabes? Lo que dices suena a que alguien te forzó a ti a quedarte.
—No. Pero yo lo hice con Lisa. Ella odiaba el rancho y yo la forcé a vivir aquí. Era
decoradora de interior en Houston. Ella habría deseado que nos hubiéramos ido a
vivir allí, pero yo nunca cedí. Debería haberlo hecho.
—¿Hablasteis de ello antes de casaros? La mirada de él pareció decir que había
sido una pregunta estúpida.
—Por supuesto que no. No hablamos nada de eso. Yo estaba locamente
enamorado. Me siento como si la hubiera matado yo por haberla obligado a
permanecer en el rancho.
—¡Pero eso es terrible! —dijo Mattie horrorizada de que pudiera sentirse tan
culpable por algo así—. ¿No fue un accidente de coche?
—Sí. Fue una inundación que arrojó su coche al agua en un viejo puente que está
en mi propiedad. Se dirigía a Dallas de compras. Gracias a Dios había dejado la niña
en casa. Si nos hubiéramos trasladado a la ciudad...
Él se derrumbó y Mattie posó la mano sobre su brazo para tranquilizarlo.
—Tú no podías prever eso. Tu vida está en el rancho igual que la de mi padre o la
mía ahora. No puedes culparte por lo ocurrido.
Él se volvió a mirarla, le agarró la mano. Ella se estremeció con su tacto y se
sumergió en su mirada intensa.
—Eres encantadora, Mattie —le dijo él—. Esto está siendo una noche de bodas
terrible para ti.
querer besarte no era más que algo físico. Está bien. Eres muy atractiva y yo he
reaccionado a eso.
Ella frunció el ceño.
—Bien, muchas gracias. Pero a partir de ahora será mejor que nos ciñamos a lo
establecido.
Él asintió solemnemente. No se podía imaginar lo seductora que estaba, allí de pie,
con una cascada de rizos dorados cayéndole sobre los hombros. Sus palabras estaban
teniendo el efecto contrario al que ella pretendía. Con cada frase la deseaba más y
más, ansiaba más y más tenerla entre sus brazos.
—Buenas noches, Josh —dijo ella y se encaminó rápidamente a su dormitorio.
Él la observó mientras se marchaba.
—Buenas noches, Mattie.
Allí se quedó, de pie, tras una puerta cerrada, imaginando toda clase de cosas:
cómo se desnudaba, cómo se metía en la cama, cómo el roce suave de las sábanas
excitaba sus pechos.
—¡Maldición! —se dijo mientras se pasaba la mano por la nuca. No había sentido
nada por ninguna mujer desde que Lisa se había ido de su vida. Y en aquel instante
se sentía como un adolescente excitado, cuando Mattie no había hecho nada para
causarle esa excitación.
Seguramente, la urgente necesidad de metérsela en la cama se desvanecería con la
luz de la mañana. Se aproximó a la ventana. No iba a poder dormir, así que lo mejor
sería que amaneciera cuanto antes.
Mientras miraba a las luces de la ciudad dormida sintió dolor. Le dolía el rechazo.
Estaba vivo, vivo y casado con una mujer a la que no podía tocar. De todas las cosas
que pensó podrían ocurrir ésa no estaba en la lista.
Mattie se tumbó en la cama, sumergida en la oscuridad, pero su cabeza era un
torbellino. Los besos de su esposo habían desorganizado todo su adormecido sistema
hormonal.
Sólo había salido con un chico, y pocas veces, durante el instituto. Desde luego los
besos de Lonny Whitaker no la habían producido lo que le provocaban los de Josh.
Sin embargo, el corazón del que era su marido era un campo estéril. Aunque su
parte animal se hubiera despertado, no significaba nada. Como él bien le había dicho
no era más que deseo físico.
Se levantó de la cama y se encaminó a la ventana. Los recuerdos de su tacto lo
invadían todo. No llevaba casada ni veinticuatro horas y ya se estaba enamorando de
él. Al fin y al cabo siempre la había atraído, tenía que reconocerlo. ¿Cómo se iba a
resistir a ese sentimiento?
Tenía que pensar en la universidad, en estudiar. Al día siguiente iría a comprar
algunos libros y comenzaría ya. Levantó la barbilla, orgullosa y reconfortada.
Muy pronto establecieron una rutina diaria que convenía a los dos.
Bertha se ocupaba de la pequeña, mientras Mattie y Josh salían a primera hora de
la mañana para trabajar en el rancho.
—¡Esta mujer es increíble! Cabalga mejor que la mayoría de los vaqueros que
conozco —dijo Dusty Peterson, el capataz de Josh, un día al verla cómo devolvía una
vaca rezagada a su rebaño a base de giros con el caballo.
Escaneado por Marisol F y corregido por Cris Nº Paginas 49—101
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—Lleva toda su vida haciéndolo —respondió Josh, sin poder dejar de mirarla,
fascinado por su habilidad y por su figura.
Mattie estaba empezando a quitarle el sueño y eso no se lo podía permitir.
Continuamente se sorprendía a sí mismo buscando excusas para cabalgar a su lado,
para pasar horas y horas en su compañía durante y después del trabajo. Sabía que
tenía que evitar aquello. Pero era superior a él.
Se ocupaba de coordinar las labores de la casa, se encargaba de la cocinera y de la
niñera. Luego, por la noche, pasaba un buen rato con Elizabeth. Una mañana Mattie
se acercó a él.
—Hoy he quedado con mi capataz, Abe. Tendré que irme para mi rancho a eso del
mediodía.
—Muy bien, vete cuando quieras —respondió él.
—Todavía puedo estar aquí un rato.
La observó detenidamente. Tenía una mirada clara y directa, la trenza caía sobre
su espalda, su piel era suave, tersa.
—Estás haciendo un buen trabajo. Has conseguido poner en marcha el rancho.
—Gracias. Me gusta cabalgar contigo. Echo de menos cuando cabalgaba con mi
padre. Generalmente los hombres que trabajan conmigo me tratan con excesiva
cortesía...
—¿Acaso yo soy rudo contigo? —bromeó él. Ella mostró cierto desconcierto y él
no pudo por menos que reírse.
—Te estoy tomando el pelo, nada más.
—Perdona... realmente no sé cómo tratar con los hombres excepto si son mis
empleados.
—¿Por qué? ¿Quién te hizo daño? Debe de haber algún motivo —ella se mordió el
labio y dijo que no con la cabeza—. Nadie en particular. Pero siempre he sido más
alta que la mayoría de los chicos. Me llamaban de todo y llegó un momento que yo
no quería saber nada de ellos. Creo que llegó un momento en que mi padre pensó
que jamás me casaría y comenzó a planificar mi vida entorno al trabajo en el rancho.
—Muy duro, ¿no?
—No lo sé.
—Pero supongo que en más de una ocasión tuviste que decir que no.
—Sí, pero ya estaba tan dolida que no me planteé que pudiera ser de otro modo.
Hasta que dejé de estudiar lo que oía continuamente a mi paso eran cosas como
ganso o frígida.
—¡Qué impresentables! —dijo él, sin poder dejar de mirarla—. La verdad es que
has sobrevivido muy bien. Me doy cuenta de lo afortunado que soy. No como toda
esa pandilla de necios. Si no hubieran estado ciegos te habrías casado hace mucho y
no estarías aquí conmigo.
Capítulo 6
Mattie dio de comer y de beber a su caballo y lo cepilló bien antes de partir hacia
su rancho.
Al aproximarse a la casa por la parte de atrás, oyó unos gritos.
Entró sin dilación. Desde la cocina escuchó a Bertha Ingersoll gritando con dureza
a la pequeña Elizabeth que no paraba de llorar.
—¡Cállate, niña! ¡He dicho que te calles de una vez!
Horrorizada, Mattie entró en el salón a toda prisa. La niña estaba sentada en el
suelo llorando, mientras la mujer permanecía en un sillón con las piernas sobre un
taburete.
—¡Elizabeth! —dijo Mattie y se apresuró a agarrar a la niña en sus brazos.
—Señorita Brand —Bertha se puso rápidamente de pie.
—Pensé que había quedado claro todo cuando hicimos la entrevista: nada de
pegar o gritar a la niña.
—Señora, es una caprichosa.
—Yo también —respondió Mattie mientras acunaba a la pequeña—. ¿Le ha
pegado?
—¡Por supuesto que no! Aunque, todo hay que decirlo, no le vendría nada mal un
azote de vez en cuando.
—Discrepo con usted.
—Ya la agarro yo. Es que tiene mucho carácter...
—Está despedida —dijo Mattie con toda la calma de que era capaz.
—¡Eso es ridículo! La niña es una malcriada.
—No entiendo cómo pudieron darme tan buenas referencias de usted. Le aseguro
que lo que acaba de hacer es intolerable. Le pagaré las semanas que ha estado aquí.
Ya se puede ir.
—¡No puede despedirme sólo porque la niña estaba llorando...!
—Adiós, Bertha —dijo Mattie fríamente. Bertha abrió la boca para hablar, pero la
mirada de Mattie la dejó sin habla.
—Tranquila, mi vida, estoy aquí —le susurró a la pequeña, que gemía
compungida.
Mattie llamó por teléfono a su capataz y retrasó la cita.
Bañó a la pequeña, le dio de comer y la metió en su coche. Se la llevó hasta
Rocking R. Dos horas más tarde, ya estaban en el camino de vuelta a Triple B.
Elizabeth se durmió la siesta rápidamente. Mattie recogió los juguetes esparcidos
por el salón y le ofreció a María su ayuda en la cocina.
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María era la esposa de uno de los vaqueros del rancho, Charlie Adair, y vivían en
una pequeña casa de la propiedad.
Después, Mattie subió a su dormitorio, se lavó y se cambió de ropa para bajar a
cenar. Se puso bermudas y una camiseta. Durante un rato esperó impaciente la
llegada de Josh, sin dejar de deambular de un lado a otro de la habitación.
Llamó su abuela y, al rato, vio pasar a Josh. Pero hasta diez minutos después no
colgó el teléfono.
Salió de su cuarto y se dirigió tímidamente al de él.
—¿Josh? —lo llamó ella.
Él salió del baño con una toalla a la cintura. Mattie lo miró de arriba abajo. Tenía la
piel oscura y un torso musculoso. La toalla blanca creaba un hermoso contraste,
mientras le marcaba las caderas estrechas.
—Siento mucho la intrusión.
—Pasa —dijo él. Y ambos cruzaron una mirada—. Estás muy guapa.
—Gracias —respondió ella, aturdida por el inesperado piropo. El pulso se le
aceleró.
—¿Qué tal va la herida? —preguntó él, y le acarició la barbilla con un dedo.
—Se me curará en unos días —respondió ella.
—¿Cómo van las cosas en tu rancho?
Mattie no podía evitar que su atención estuviera más centrada en el monumental
cuerpo que tenía ante ella que en la conversación.
—¿Mattie?
Se dio cuenta de que acababa de pronunciar su nombre y alzó la cabeza. Sus ojos
negros se clavaron en los de ella. La tensión era tanta que el ambiente se habría
podido cortar con un cuchillo.
Josh la miraba fijamente, como si tratara de perderse en sus ojos verdes.
Estaba muy hermosa, con un ligero toque de maquillaje. Llevaban ya cuatro
semanas bajo el mismo techo, se levantaban juntos por la noche para atender a la
niña, recorrían juntos el rancho y se encontraban con cierta frecuencia en situaciones
como aquella.
Había visto a Mattie con su camisola de algodón, durmiendo con una camiseta, y
se chocaba con ella demasiadas veces al día como para poder alejarla de su mente.
Él descendió la mirada hasta sus labios sugerentes y entonces recordó su
suavidad, su dulzura.
Aquellos ojos inmensos era una invitación irresistible.
La agarró por la cintura y la apretó contra su cuerpo. Olía a rosas y a mujer y tenía
tanta hambre como él.
Inclinó la cabeza y cubrió su boca con un beso. Su lengua se encontró con la de ella
y jugaron, se deleitaron juntas. La deseaba hasta límites insospechados. Ella tenía las
manos sobre sus hombros. Lentamente se fueron deslizando por detrás de su cuello y
se entregó por completo al abrazo.
El corazón de Mattie latía con fuerza. Le gustaba estar así, con él, sentir sus
músculos firmes, su fuerza. Sabía que estaba a punto de cruzar una barrera, que las
distancias se iban acortando. A través de la toalla notó su masculinidad excitada,
como una prueba directa del efecto que estaba causando sobre él.
Un calor intenso ardía en su vientre, y la llevaba a un estado de agonía. Quería
restregar su cadera contra la de él. Miles de sensaciones nuevas la bombardeaban,
sensaciones que eran tan fuertes y tan embriagadoras como un buen vino.
Josh la deseaba. Le sacó la camisa de los pantalones y se la desabrochó. Luego
agarró sus pechos, le desabrochó el sujetador y comenzó a besarle los pezones.
Ella gimió y él tomó de su boca aquel sonido, ahogándolo con un beso.
Mattie sentía que se iba desmayar de un momento a otro. Pero él la sujetaba con
fuerza, su pelvis contra la de ella.
—Eres preciosa —le susurró él y se deleitó con sus pezones endurecidos. Un
placer aún mayor la tomó por sorpresa. Se dejó sumergir en aquella sensación.
Tenía que detenerlo. Sabía que aquello no era para él más que atracción física y
podía terminar atrapándola. ¿Por qué ella? Podía tener cualquier mujer que deseara.
Era tremendamente atractivo y tenía mucha confianza en sí mismo.
Pero era una tentación irresistible dejarse vencer por sus halagos. Le había dicho
que era hermosa y eso no era fácil de obviar. Se sentía atraído por ella.
Lo miró con los ojos medio cerrados. Era maravilloso sentir sus labios alrededor
de su pezón. Le rodeó la cabeza con los brazos y lo atrajo hacia sí.
La abrazó y ella lo besó ansiosa. Sus cuerpos encajaban perfectamente. Él
empujaba su pelvis contra la de ella, buscando el placer de su roce.
Sin embargo, iban demasiado deprisa y ella lo sabía. Sacó fuerzas de flaqueza y se
apartó de él.
—Se supone que esto no debía pasar. Yo acabaré marchándome y yo no sé cómo
mantener una relación puramente sexual sin darle importancia.
Ella habría deseado que él dijera que nunca la iba a dejar marchar, que ella era
importante. No lo hizo. Se quedó allí en silencio.
Mattie se dio cuenta del efecto que sus besos le habían causado. Era evidente su
estado aún a pesar de la toalla que lo cubría. Pero no había más que excitación física,
nada de amor.
Decepcionada y todavía deseosa de tenerlo, se dio media vuelta, se abrochó el
sujetador y la camisa.
Lo que no podía hacer era meterse en una relación puramente física y sin sentido
con él. Cuando llegara el momento de acabar con todo, la destrozaría. Y, de lo que no
le cabía duda era de que una relación puramente sexual con Josh tendría su final.
Los dedos le temblaban dificultando su labor. Se preguntaba qué estaría
pensando él.
—Eres una mujer muy atractiva, Mattie —le dijo él, como respondiendo a su
pregunta.
Ella cerró los ojos. Sentía un dolor profundo en la boca del estómago. Lo que más
habría deseado en aquel momento habría sido poder darse la vuelta y haberse
lanzado en sus brazos.
Pero eso era, exactamente, lo que las niñeras que había habido antes que ella
habían hecho. No, no se enamoraría de ella si hacía eso.
Vivían bajo el mismo techo, cabalgaban juntos cada día, conversaban cada noche.
Era lógico que aquella proximidad despertara los deseos dormidos. Sin embargo, eso
no significaba que fueran a acabar amándose.
—Gracias —respondió Mattie. Lo único que quería era que su corazón dejara de
latir como si de una bomba de relojería se tratara.
—Espérame aquí —le pidió él y, acto seguido, agarró sus pantalones y se metió en
el baño.
Poco después salía ya con ellos puestos y abrochándose el último botón.
Ella sintió de nuevo el fuego que el tacto de su cuerpo le había causado. Alzó los
ojos y se encontró con los de él.
—Había venido a hablar contigo —empezó a decir ella, mientras intentaba dejar a
un lado todas las imágenes perturbadoras que la asaltaban.
—¿Qué ocurre? —preguntó él.
Durante unos segundos ella se olvidó de lo que tenía que decir. Trató de recordar
porqué había ido hasta allí.
—¡Me has distraído por completo! —dijo ella con cierta impaciencia.
—Me alegro. Eso quiere decir que te das cuenta de que estoy ahí.
—Siempre me he dado cuenta. Pero lo que te tengo que decir no tiene nada que
ver con eso —dijo ella—. Hoy, cuando llegué a casa pillé a la niñera pegándole gritos
a Elizabeth. La he despedido.
—¡Maldita sea! —él frunció el ceño—. Lo ves. Las niñeras no hacen más que dar
problemas. No le hizo ningún daño a Elizabeth, ¿verdad?
—No. Elizabeth nunca se ha comportado como si le tuviera miedo ni nada de eso.
Bertha estaba gritando, pero lo hacía desde el sillón, mientras veía la televisión. Me
dijo que nunca la había pegado y yo creo que es verdad. ¿Cómo puede ser que
tuviera tan buenas referencias?
—Puede que a la familia con la que trabajaba no le importara que les gritara a sus
hijos. Estuvo ocho años con ellos.
—Bueno, conseguiré a alguien.
—Si quieres le diré a María que se quede con la niña hasta que encontremos a
alguien.
—No hace falta, me ocuparé de ella mientras tanto.
Él levantó las cejas.
—¿Estás segura?
—Sí. Puedo dejar de perseguir vacas una temporada —dijo ella, mientras se tocaba
la herida de la cara.
Él se acercó lentamente a ella.
—Josh... —le advirtió ella con una sola palabra.
—¿Estás segura de que Elizabeth está bien?
—Sí. Se puso a jugar en cuanto volvimos a casa
—Mattie se apartó de él rápidamente y se dirigió a la puerta—. Te veré en la cena.
Me voy a ayudar a María para que se pueda ir a casa cuanto antes.
Ella se marchó y cerró la puerta. Él se quedó en medio de la habitación, con los
puños apoyados sobre las caderas.
La deseaba.
—¡Maldición! —dijo y se dirigió al armario para buscar una camisa.
Sabía que Mattie ya había encargado unos cuantos libros para empezar a estudiar.
Quería entrar en la facultad de derecho y lo conseguiría. Ya estaba pensando en el
día en que se marcharía de allí.
Pensó en la posibilidad de cortejarla realmente, en tratar de ganar su afecto y en
convencerla para que se quedara. Pero ya había cometido ese error con Lisa y había
acabado con ella.
Cuando llegara el momento, tendría que dejarla marchar. En aquellos momentos,
se sentía afortunado de tenerla y tenía que aprovechar el tiempo que pudieran
compartir.
Trató de recordar qué imagen tenía de ella en el pasado. La realidad es que ni se
había fijado. Las pocas veces que la había visto había sido siempre en compañía de su
padre. Incluso en los rodeos, la esperaba siempre, en constante vigilancia.
Josh pensó en Elizabeth y se preguntó si él se convertiría en ese tipo de padre.
Algún día también tendría que dejar que se marchara. No quería volverse tan
posesivo como el viejo Ryan.
Se puso una camisa y se peinó. Al mirarse en el espejo se dio cuenta de que tenía
unas ligeras manchas de carmín en la boca.
Mattie era toda una mujer y él no iba a tener más remedio que dejar las manos
quietas si no quería perderla antes de tiempo. Era su mujer sólo de título y no había
más culpable que él. Si hubiera sabido lo que iba a ocurrir, habría tratado de
seducirla antes de pedirle que se casara con él. ¿Habría sido mejor?
Volvió a mirarse en el espejo. ¿Estaba enamorado de ella? No, no podía ser. Él
amaba a Lisa. Pero lo que sentía por Mattie era algo especial. Le gustaba, se sentía a
gusto junto a ella. Compartían muchas cosas, más de las que había compartido con
Lisa. Se estaba convirtiendo en su mejor amiga. No había nada que no pudiera hablar
con ella, nada que no comprendiera.
—Mi único problema es que me quiero acostar contigo —dijo en alto, con la
imagen de aquellos ojos verdes totalmente viva en la mente—. ¡Maldición! Ha
conseguido que hable solo, que me olvide de mis obligaciones y que tiemble como un
pollito mojado.
Salió de la habitación y se dirigió a la cocina.
Mattie se dio la vuelta rápidamente al oírlo entrar. Tenía un montón de libros
sobre el mostrador de la cocina.
—¡Mira! Acaban de llegar todos mis libros.
—Ahora tendrás que estudiar por las noches.
—Bueno, puedo nacerlo mientras tú trabajas en tu oficina. Ya le he contado a mi
abuela que quiero estudiar derecho.
—¿Y qué te ha dicho? —preguntó él, cautivado por la vivaz expresión de su
rostro.
—Me preguntó qué te parecía a ti. Creo que estará de acuerdo con todo aquello
que a ti te complazca. ¡Está tan contenta de que me haya casado! Nunca le gustó que
me quedara sola, en el rancho.
Josh no pudo resistir la tentación de cruzar la cocina y aproximarse a ella.
—Bueno, puede que entonces no le importara que vendieras el rancho.
—Le haría mucho daño. Mientras se quede en la familia y tú seas mi marido, ella
será feliz.
—Yo también, Mattie.
Mattie respiró profundamente.
—Josh, estás demasiado cerca. La cena ya está lista y Elizabeth debe de estar a
punto de despertarse.
—Eres tú la que me haces desear estar cerca de ti.
La niña protestó en ese momento y Mattie se dispuso a salir.
—Voy a por Elizabeth.
Tenía que dejarla en paz.
Josh intentó con todas sus fuerzas apartarla de su mente. Imposible. Trató de
evitarla. Pero cuanto más lo intentaba más necesitaba su compañía.
Durante dos semanas ella había dejado de salir a cabalgar con él. Sólo se
encontraban por la noche y la echaba de menos. Se decía una y otra vez que aquella
situación no duraría más que un par de semanas, hasta que encontrara una nueva
niñera. A pesar de todo, no podía evitar la sensación de vacío.
Escaneado por Marisol F y corregido por Cris Nº Paginas 58—101
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Cada instante que tenía libre, buscaba su compañía, aún sabiendo que no era lo
correcto. Y cada día la necesitaba más, la deseaba más.
Una cálida tarde de verano de la última semana de junio, Dusty, el capataz, se
quedó mirándolo con curiosidad.
—¿Qué ocurre? —preguntó Josh—. ¿Me he puesto verde o algo así?
—Más bien soy yo el que debería preguntar. ¿Está usted bien?
—Sí, por supuesto. ¿Por qué me lo preguntas?
—Porque ya le he preguntado un par de cosas y no he obtenido ninguna
respuesta. Josh se mordió el labio superior.
—Lo siento. Estaba pensando en Elizabeth. Llevo varias noches sin dormir por
ella. Creo que le está saliendo un diente —estaba mintiendo descaradamente. Pero,
¿cómo iba a explicar que llevaba varias noches sin dormir porque lo consumía el
deseo por su esposa?
—¿Cómo está la señora?
—Bien, muy bien.
—Se la echa de menos. Es usted muy afortunado. Por supuesto que se merecía una
buena mujer, pero ha tenido mucha suerte.
—Lo sé, Dusty, lo sé.
Cabalgaron hasta los establos en silencio. Allí, desmontaron y se ocuparon cada
uno de su caballo. Luego se despidieron.
—Hasta mañana, Dusty.
—Hasta mañana. Espero que pueda dormir hoy.
—Gracias.
Mientras se dirigía a la casa miles de imágenes eróticas de la mujer que allí lo
esperaba le vinieron a la mente.
Trató de librarse de ellas.
Lo único que realmente quería era una ducha, una cena apetitosa y una tranquila
velada en compañía de Mattie y de Elizabeth.
Pero, por mucho que lo intentaba, no podía borrar el recuerdo de su cuerpo, de
sus curvas, de su calor. Era demasiado hermosa.
Al entrar en la casa, le pareció que estaba demasiado silenciosa.
María no estaba en ninguna parte, pero la cena estaba preparada. Había una
ensalada de pollo y una macedonia sobre el mostrador de la cocina.
Colgó el sombrero en su sitio, agarró una cerveza y se fue al salón.
—¡Mattie! ¡Elizabeth!
Dio un largo trago a su cerveza. No había nadie por allí.
Se dirigió hacia los dormitorios.
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—¡Mattie!
No obtuvo respuesta. Un pequeño gritito llamó su atención. Guiado por la
curiosidad se encaminó hacia el lugar de origen del sonido. Venía de la habitación de
Mattie.
Estaban en el baño. Se acercó hasta la puerta y las encontró allí.
La niña se reía y chapoteaba agua, mientras Mattie no podía contener las
carcajadas.
Se quedó allí, en el vano, apoyado en la jamba, observando la escena embelesado.
Elizabeth tenía el pelo mojado y se le levantaba graciosamente por delante.
Mattie también estaba algo despeinada y varios mechones se habían salido de su
sitio y le caían sobre la cara.
—Ahora te voy a aclarar la cabeza, ¿de acuerdo? A ver, despacito.
Mattie echó agua sobre su cabecita y Elizabeth comenzó a salpicarlo todo.
—¡No! Toma, toma el patito de goma. Mira qué bonito es.
La pequeña lo agarró y lo mordió. Mattie aprovechó para terminar lo que estaba
haciendo.
Se inclinó sobre la bañera de la niña para sacarla y los pantalones marcaron
meticulosamente sus glúteos. Él tuvo que contener un suspiro.
Envolvió a la niña con una toalla y luego la secó cuidadosamente. Elizabeth soltó
el pato y ella lo volvió a agarrar.
—Cua, cua, soy un pato —le dijo mientras le hacía cosquillas—. Está buscando a
su mamá. Elizabeth se rió a carcajadas.
—Mamá —le dijo y Mattie no pudo evitar que le diera un vuelco en el corazón al
oír que la llamaba así.
—¿Sí, mi vida? Eres preciosa, ¿lo sabías? En ese instante, Josh sintió que tenía que
hacerse notar.
—¿Se puede? —dijo él desde fuera. Ella se sobresaltó.
—No sabía que fuera tan tarde ya. Mattie se ruborizó y se retiró el pelo de la cara,
como si pensara que no estaba presentable. Él se acercó a la bañera y abrió el agua.
—Si el agua sale suficientemente fría, me voy a meter dentro —dijo él, mientras se
quitaba las botas y los calcetines. Luego se libró de la camisa y, acto seguido, se metió
dentro.
—¡Josh, los pantalones!
—A punto he estado de lanzarme en el pilón del ganado. ¡Hace tantísimo calor ahí
fuera! —él continuó sumergiéndose, como si nada.
—Bueno, creo que no me necesitas —dijo ella, casi sin respiración y observando
cómo el agua fría se deslizaba por su torso.
Así lo hizo y ella aprovechó para admirar aquel cuerpo prohibido. ¿Es que no
podía haberse casado con alguien menos impresionante? Su presencia hacía que le
temblaran las piernas. Y no era sólo su físico, sino su personalidad, su vitalidad.
Había llenado el vacío de su vida y cada día se sentía más y más atraída por él.
Salió de la bañera con la toalla en las manos y comenzó a desvestirse.
Josh no pudo resistirlo y abrió los ojos.
Lo que vio le causó un millón de sudores y le provocó más calor que una visita
directa al sol.
Mattie estaba de espaldas a él. Llevaba unas bragas de algodón corrientes, pero
dejaban adivinar unos glúteos apretados y bien contorneados.
Ella se quitó la blusa y él pudo apreciar toda su espalda. Era perfecta, unos
hombros anchos que llegaban hasta una cintura estrecha y un trasero impecable que
continuaba en unas largas piernas.
Volvió la cara para evitar que ella lo pillara, pero la imagen que acababa de ver
difícilmente se borraría de su mente. Aquella mujer era una preciosidad. La deseaba
más que nunca.
Al oír que la puerta del baño se había cerrado, miró de nuevo. Había salido,
llevándose a Elizabeth con ella.
Se pasó los dedos por la cabeza y se sumergió por completo en la bañera.
Poco después, salió de allí, se quitó la ropa empapada y se cubrió con una toalla a
la cintura.
Llamó a la puerta.
—Mattie, ¿puedo salir de aquí?
—Sí, claro.
Abrió la puerta.
Elizabeth estaba sentaba en su sillita. Mattie se había puesto un vestido de verano
y se estaba trenzando el pelo. No pudo evitar mirarla de arriba abajo. El vestido era
sencillo, de tela vaquera.
—¡Estás muy guapa! —dijo él.
Ella se ruborizó y se atusó la falda nerviosamente.
—No tengo muchos vestidos. Compré este el fin de semana pasado cuando fui a la
ciudad a por ropa para Elizabeth.
—Me gusta. Pero preferiría que fuera más corto. Ella frunció el ceño y miró hacia
abajo.
—¿Es demasiado largo?
—Bueno, no puedo verte las piernas. Ella levantó la cabeza y sonrió.
—Me habías asustado. No entiendo mucho de vestidos y pensé que no me
quedaba bien.
—Te queda de maravilla. Pero, la próxima vez, recuerda: que sea más corto —
añadió él y ella le hizo una mueca burlona.
Josh le dio un beso a Elizabeth y se dirigió a su habitación para ducharse y
cambiarse.
Al entrar en su dormitorio, se dirigió hacia una de las fotos de Lisa y la agarró.
—Te quiero —le dijo—. Tengo una mujer, Lisa. Es muy buena con la pequeña.
Necesito continuar con mi vida.
Volvió a dejarla en la cómoda.
Todavía sentía un pinchazo intenso en su corazón. Siempre amaría a Lisa. Pero,
poco a poco, se iba librando de un dolor tan acuciante que no lo había dejado vivir
hasta entonces y la causa era Mattie, una mujer que estaría con él aún menos tiempo
que Lisa.
Miró de un lado a otro de la habitación. Estaba llena de fotos. Aunque sólo fuera
temporalmente, estaba casado con otra mujer. Agarró las fotos y las fue metiendo
cuidadosamente en el armario. Quedaba una en la habitación de Elizabeth, pero
quería que la pequeña creciera sabiendo qué aspecto tenía su madre.
Josh bajó al comedor y allí se encontró con Mattie y con Elizabeth.
Cenaron y charlaron durante un rato. Él le contó los incidentes ocurridos a lo largo
del día y finalmente le preguntó por el asunto de la niñera.
—¿Ha contestado alguien al anuncio?
Mattie le estaba dando de comer a la pequeña, que trataba de agarrar unos
pequeños trozos de plátano que Mattie le había partido. Le limpió la barbilla
cuidadosamente.
—No he puesto ningún anuncio —le respondió.
Capítulo 7
Mattie había logrado que el dolor y el pesar fueran, poco a poco, borrándose.
Tanto ella como Elizabeth le proporcionaban el calor y la ternura que necesitaba.
Pero era Mattie la que le había devuelto la vitalidad.
—Bueno, entonces quedamos en que me ocupo yo de la niña —dijo ella.
Después de la cena y de recoger juntos la mesa, Josh se llevó a la niña a dar una
vuelta mientras Mattie estudiaba un poco. Sin embargo, le resultaba difícil
concentrarse. Las palabras que él le había dicho resonaban con fuerza en su cabeza:
«es una inmensa suerte tenerte aquí y lo será cada día que permanezcas con
nosotros.» ¡Si de verdad lo hubiera pensado con todo su corazón! Pero Mattie tenía la
sensación de que todavía había una parte de él que continuaba cerrada y no pensaba
que pudiera ser ella la mujer que ganara su corazón.
Después de acostar a Elizabeth, pasaron un rato charlando en el salón. Él se sentó
en el sofá, mientras Mattie, en el suelo, trataba de organizar el álbum de fotos de
Elizabeth.
—¿Sabes de cuando es ésta?
Se levantó y se sentó junto a ella en el suelo.
—La verdad es que no me acuerdo. Mi madre siempre me estaba pidiendo fotos
de la niña. Por cierto, se me había olvidado —él se levantó y agarró una carta que
había sobre el escritorio—. Es de mi madre. Quiere que vayamos a Chicago con
Elizabeth el mes que viene, sobre el quince de agosto.
—Me parece muy bien.
—Entonces le confirmaré que vamos. Te advierto que mi madre celebrará una
fiesta prácticamente cada noche que estemos allí.
Mattie se puso muy seria.
—No sabré comportarme.
—¿Cómo que no?
—No sé nada de fiestas. Jamás me he relacionado así. Papá y yo siempre
estábamos en el rancho. No le gustaban las fiestas y después de la muerte de mamá
no volvimos a ir a ninguna.
Josh se aproximó a ella y posó una mano sobre su hombro. Le agarró la trenza y
comenzó a juguetear con ella.
—Lo harás muy bien. No será muy diferente de nuestra boda.
—Es algo completamente distinto. Sé que para ti es difícil entenderlo, pero no
tengo ropa apropiada, sólo dos vestidos viejos y éste.
Él aspiró su aroma. Era como una brisa de primavera. Se la imaginó con un
sugerente vestido de noche que le marcara cada curva. No fue una buena idea tener
semejante fantasía.
—No te preocupes, compraremos lo necesario.
—Creo que no vamos a tener más remedio que hacerlo. De lo contrario tendríamos
que dar demasiadas explicaciones que no creo queramos dar ninguno de los dos.
—No puedo dormir en la misma cama que tú. Él se acercó y la agarró de la
cintura. Ella reaccionó de inmediato, se soltó y se puso en jarras.
—No me hagas zalamerías para tratar de convencerme. No pienso meterme en la
cama contigo.
—Pero si yo me quedo en mi sitio y tú en el tuyo, no pasará nada.
—¡Ni hablar! Ya sabes lo susceptible que soy a ti...
—No, no lo sabía. Siempre me dices que no.
—Nunca lo suficientemente deprisa. ¡Mírame! —dijo ella con el vestido sujeto a la
altura del pecho.
—Sí, una vista increíble —lo que más habría deseado era despojarla de toda
vestimenta y poder recorrer cada milímetro de su piel con la boca.
¿Hasta qué punto se sentiría ella atraída por él? ¿Podría llegar incluso a
abandonar la idea de ir a la universidad para estar con él?
—Mattie, ¿te gustaría que este matrimonio fuera real y olvidarte de la
universidad? Ella lo miró fijamente y respiró.
—¿Me amas? —preguntó ella sin más. Él se quedó confuso ante semejante
pregunta. Unos segundos después respondió sinceramente.
—Me gustas —dijo.
—No es eso lo que te he preguntado y no me mientas.
—Jamás lo haría —pensó durante un momento cuáles eran sus verdaderos
sentimientos hacia ella. Cada minuto que se retrasaba la respuesta se iba abriendo
una brecha cada vez mayor entre ellos. Iba a perderla. Pero no podía mentir—.
Mattie. Ni siquiera hace un año desde que murió Lisa. Algo dentro de mí va
cambiando y tú cada vez eres más importante para mí.
—Entonces centrémonos en el problema de la cama.
—Mattie, si los dos intentamos hacer de esto un matrimonio real es posible que
acabemos enamorándonos.
Ella se mordió el labio inferior.
—Sí, pero también podría ocurrir que uno se enamore y el otro no. Eso sería muy
doloroso.
—Arriesguémonos.
Hubo un silencio. Josh se quedó pensativo. No sabía realmente cuál era la
profundidad de sus sentimientos hacia ella. La deseaba terriblemente, pero con la
misma intensidad también necesitaba su compañía. ¿Acaso se estaba enamorando?
—Josh, tengo que pensar sobre tu propuesta y creo que tú también.
Él no tenía nada que decir. Era ella la que tenía que decidir sobre si quedarse allí o
no. Él no iba a obligar a ninguna mujer más a permanecer a su lado.
Aquel pensamiento le trajo recuerdos de Lisa. Sí, todavía dolía. Seguramente,
Mattie tenía razón. No debía precipitarse.
—Creo que lo de la cama deberíamos resolverlo una vez allí. Conociendo a mi
madre te podría asegurar que será una cama gigantesca y que tendremos todo un
océano entre nosotros. Y si es necesario, dormiré en el suelo.
Ella es encogió de hombros.
—Está bien, pero no garantizo que me vaya a saber comportar. Mañana escribiré a
tu madre y le diré que vamos.
Dicho esto, se dio media vuelta y se dirigió a su dormitorio. Él la vio desaparecer
por las escaleras.
Sabía que estaba rabiosa, desconcertada, pero, ¿existía alguna posibilidad de que
se estuviera enamorando de él?
Durante el resto de la semana, Mattie se pasó los días con Elizabeth y pensando
alternativamente en las palabras de Josh.
«Si los dos tratamos de hacer de esto un matrimonio real, puede que acabemos
enamorándonos.» Cada vez que le venían a la mente aquellas palabras, sentía el
impulso de apartar los libros de leyes y lanzarse a una relación con él, fuera cual
fuera.
Le había dicho que cada día era más importante para él, pero, ¿hasta qué punto?
En más de una ocasión se lo había encontrado con lágrimas en los ojos y una
expresión triste en el rostro. Todavía amaba a Lisa.
Y ella no quería sufrir. Muy posiblemente al cabo del tiempo acabaría
enamorándose de otra mujer y se daría cuenta de que lo único que sentía por ella era
una atracción física.
Ella no era el tipo de mujer que le gustaba a un hombre como Josh Brand y su
deseo de que eso cambiara no iba a conseguir que ocurriera.
Lo mejor que podía hacer era continuar persiguiendo su objetivo de ir a la
universidad. Era el único modo de evitar que le rompieran el corazón.
—Hola, Virgil —lo saludó Mattie que salió a recibirlo con Elizabeth en brazos.
—Hola Mattie, hola pequeñaja —dijo él mientras le tocaba el moflete a la
pequeña—. Tengo unas cuantas cajas para ti. Las mandan de Dallas.
—¿Qué es eso?
—Cosas para ti. Menuda lluvia estamos teniendo, ¿verdad? Buena para el campo.
—Sí —respondió ella mecánicamente, más pendiente de lo que estaba depositando
en la entrada que de la conversación.
—Hay una humedad del demonio. Pero prefiero la lluvia que esta sequía que nos
está matando. ¡Cómo crece esta criatura! Está preciosa.
—Cambia día a día —dijo Mattie, mientras firmaba el albarán de entrega.
—Gracias. Saluda a Josh.
Cerró la puerta y dejó a Elizabeth en el suelo.
—¿Qué diablos es todo esto? —abrió una de las cajas y sacó un vestido negro,
corto y muy elegante—. ¡Santo cielo!
Abrió otras dos cajas y volvió a cerrarlas cuidadosamente. Agarró a la niña y la
preparó para la siesta.
Algo más tarde vio a Josh que venía del granero. Incluso lleno de polvo hasta las
orejas resultaba atractivo.
—Hola, Mattie, ¿qué tal? —dijo él mientras colgaba el sombrero—. Hace un calor
de infierno allí fuera.
—Josh, han mandado todos los vestidos que encargaste.
Se acercó a la nevera y agarró una cerveza.
—Estupendo. Quédate con lo que te guste. Por mí te puedes quedar con todos.
—¡Hay doce cajas!
Se volvió hacia ella y se limpió la boca.
—Pareces un poco decepcionada. Puedo pedir más.
Ella levantó los brazos en un gesto de exasperación.
—¡No necesito doce vestidos! Con uno me vale.
—Bien. Cuando Elizabeth se vaya a dormir, te los pruebas y elegimos uno o dos.
—Uno.
—No. Sé cómo son las fiestas de mi madre. Te los pruebas y yo te ayudaré a elegir
unos cuantos.
Desconcertada, se dio la vuelta y se puso a arrancar hojas de lechuga para
preparar la ensalada. Otra vez perdía la batalla.
—Estás atacando a la pobre lechuga —le dijo él colocándose justo detrás de ella y
mirando por encima de su hombro.
Capítulo 8
Ella miró de arriba abajo aquel magnífico cuerpo. Le acarició el torso y descendió
hasta sus caderas. Suavemente, acarició su masculinidad y él gimió.
Su cuerpo parecía el de una estatua de bronce, como si un habilidoso escultor
hubiera tallado con todo lujo de detalles cada músculo.
Lo amaba y era consciente de ello. Pero jamás podría decirlo antes de que él
confesara su amor, pues no quería hacer que se sintiera atrapado.
Lo besó y exploró con las manos todo su cuerpo. Se arrodilló y continuó
besándolo, acariciando su virilidad pujante.
Josh estaba extasiado. Mattie era tan directa en su forma de amar como lo era en
todo y lo estaba volviendo loco. Pero sabía que tenía que controlar su deseo y darle
tiempo a ella.
Jamás olvidaría la imagen de Mattie vestida con aquella minifalda roja. Podría
haber parado el tráfico de cualquier calle principal de Dallas. Y, a pesar de todo,
carecía de confianza en sí misma. No lo podía entender.
Josh agarró a Mattie y ella se puso de pie. La abrazó y ella se entregó por
completo.
La llevó hasta la cama, apartó las sábanas y se tumbaron.
—Te deseo —le dijo él y la besó. Su lengua se perdió en las cavidades de su boca,
mientras sus manos le acariciaban todo el cuerpo, las caderas, los muslos. Por fin se
encontró con la seda de su pubis y ella sintió que se iba a romper en mil pedazos.
—¡Josh! —exclamó.
—Quiero que me desees —le susurró—. Quiero que me atrapes entre tus piernas.
Ella no podía responder. Sólo podía gemir, buscando con la pelvis el placer
prometido.
—Ahora, Josh.
Abrió el cajón de la mesilla y sacó un pequeño paquete. Ella lo agarró, rompió el
envoltorio y se lo colocó lentamente. Él no pudo evitar un gemido.
Él se tumbó sobre ella y la besó.
—¡Por favor, Josh!
—¿Por favor qué? Quiero que lo digas.
—Te deseo, te deseo.
Con mucho cuidado, se abrió paso y atravesó su femenino centro. Ella emitió un
pequeño quejido que pronto se convirtió en un gemido de placer.
—Mattie —le susurró él.
El deseo era más fuerte que nada y ambos comenzaron a balancearse como locos.
Ella se agarró con firmeza a su espalda y enroscó las piernas en sus caderas.
Cada vez se movían con más brío. Las sensaciones que fluían dentro de Mattie
eran indescriptibles. El placer crecía y crecía hasta convertirse casi en dolor, un dolor
que culminó en éxtasis.
—Mattie —gritó Josh mientras llegaba al punto culminante.
Todo su cuerpo sufrió una sacudida y muy pronto se sintió aliviado.
Poco a poco, el mundo volvió a girar a la velocidad normal. Ella le acarició la
espalda. Pasara lo que pasara en el futuro, por siempre tendría el recuerdo de aquella
noche como un tesoro.
Josh se tumbó a su lado. Ella lo miró. Estaba empapado en sudor, el pelo negro
revuelto le confería un aspecto salvaje.
—¿Te he hecho daño? —le preguntó él.
—¿Tú qué crees? —le preguntó ella—. ¿Piensas que he actuado como si me
estuvieras haciendo daño?
—No —respondió él y la besó—. ¡Eres tan especial, Mattie!
No estaba segura de haber entendido lo que le decía. Pero le daba igual. Lo único
que le importaba eran sus besos, el modo en que sus brazos la apretaban y la
reconfortaban.
—No te puedes imaginar cómo me excitas —dijo él—. No he dormido durante
semanas, Mattie. Y sé que esta noche tampoco voy a dormir, no si tú me permites que
te tenga en mis brazos.
Mattie no había esperado nada de aquello. Siempre había creído que en el
momento en que la hiciera suya, en que se sintiera aliviado, su interés se
desvanecería. Lejos de eso, crecía y crecía. Cada vez estaba más cercano a ella.
—Podría amarte otra vez en este preciso instante. Te deseo mucho y tú lo sabes —
le dijo él con una voz profunda y sensual—. Pero en lugar de eso, nos vamos a
levantar, nos vamos a duchar y vamos a empezar de cero. Quiero hacerte el amor
hasta que te desmayes.
—Casi lo consigues ahora.
—Esta vez, me consagraré por completo a ti —le dijo. Se levantó y abrió el agua.
Agarró otro paquete de la mesilla y, acto seguido la tomó a ella en sus brazos y la
condujo hasta el baño.
Bajo el agua caliente, sus cuerpos se encontraron de nuevo y se amaron con más
intensidad aún.
La luz de la mañana se depositó en sus ojos y ella se despertó. Lo primero que vio
fue el rostro de su esposo.
Estaba apoyado sobre el codo, la cabeza sobre una mano y la observaba.
Mattie no podía prestarle mucha atención. Su cabeza estaba aún en la noche que
habían compartido. La cocina se quedó en silencio.
—Mattie... —susurró él.
Se habrían lanzado de nuevo el uno en brazos del otro y habrían continuado
amándose hasta que las fuerzas hubieran flaqueado.
Pero la niña se removió en su silla y Mattie se dio cuenta de que tenían que volver
a su rutina.
—Voy a vestirme. Enseguida bajo.
Cerró la puerta de su habitación y se apoyó sobre ella. Lo deseaba más que nunca.
Debería ser al contrario, pues ya estaba saciada.
Se miró al espejo, todavía sorprendida por todo lo sucedido. Tenía el mismo
aspecto de siempre, pero algo dentro de ella había cambiado radicalmente. Estaba
atada a Josh y a Elizabeth, los quería a los dos, aun cuando él jamás pudiera llegar a
amarla a ella.
Fuera lo que fuera lo que le deparaba el destino, ya era una mujer, deseable,
femenina... y todo gracias a Josh.
Nada de eso quería decir que todas su dudas e inseguridades hubieran
desaparecido. El viaje a Chicago seguía siendo una oscura mancha en el horizonte.
Estaría completamente fuera de su elemento. Puede que allí Josh se diera cuenta de
que no era, para nada, la mujer que él creía que era.
No importaba. El viaje aún estaba lejos. No era el día para preocuparse de algo así.
Se iba a dedicar a jugar con Elizabeth y a recordar la noche pasada.
Bajó y se despidió de Josh con un beso apasionado.
—Si no fuera por Elizabeth, me quedaría aquí toda el día...
—Pero la pequeña requiere atención y tú te debes ir cuanto antes.
—Volveré lo antes posible. Me pasaré todo el día pensando en ti.
—Mejor será que pienses en lo que estás haciendo, no sea que termines con una
coz en el trasero.
Él la miró intensamente.
—Ha sido fantástico, Mattie —le dijo él.
Aquella afirmación era como otro eslabón en la cadena que se estaba creando
entre ellos.
—Para mí también —susurró ella. Él se dio la vuelta y se alejó.
Las tres semanas siguientes fueron absolutamente idílicas, sólo enturbiadas por el
fantasma del futuro viaje a Chicago.
El día antes de partir, Mattie recibió los resultados de su prueba de acceso.
Con los cuerpos empapados aún en sudor, después de una noche de pasión, ella le
contó que había pasado el examen.
Capítulo 9
—¿Por qué es eso de dejar las riendas sueltas? Me da la impresión de que así no lo
podré controlar.
—Lo que necesita al principio es que lo obliguen a moverse pero sin una dirección
definida. Es muy probable que al principio se limite a describir círculos, pero poco a
poco irá dejándose llevar.
—¿Ha tenido algún caballo como ése? —preguntó un hombre que había junto a
Tim. Mattie lo miró y recordó que se llamaba Alien Anderson.
—Sí. Con un poco de paciencia se consigue que hagan lo que uno quiere —se
volvió de nuevo hacia Tim—. Si es un caballo joven o sensible, sólo con la presión de
los talones será suficiente para que ande. Después de algún tiempo, el caballo
olvidará el establo.
—La verdad es que es un animal maravilloso —dijo Harriet Colby—. Nuestros
niños lo adoran.
—¿Es joven?
—Tiene dos años.
—Bueno, debería ser posible reeducarlo.
—Quizás ahora pueda sacarle algún provecho —dijo Tim.
Al cabo de un rato, Mattie se dio cuenta de que Josh ya no estaba a su lado. Estaba
con otro grupo de gente. Él levantó su copa para saludarla.
Ella continuó durante un rato respondiendo preguntas y hablando de caballos.
Tan entretenida estaba que no se dio ni cuenta de que la cena ya había sido
anunciada.
Alien Anderson la agarró del brazo y ella, inmediatamente, miró a Josh, pero éste
estaba de espaldas.
—Según tengo entendido estáis recién casados —dijo Alien.
—Sí. Nos casamos en abril —respondió ella.
—Así es que no estarás interesada en que quedemos para cenar esta semana. Ella
sonrió.
—Gracias, pero no.
—Puedo enseñarte Chicago mientras Josh está ocupado.
—Gracias, pero mi suegra ya lo tiene todo planeado.
Sobre la mesa había una extensa colección de platos suculentos: pato asado, pollo
con salsa de champiñones, verduras de varios tipos y panecillos recién horneados.
Cada cual se servía a su antojo y luego se sentaba en una de las mesas para ocho
personas que se habían acondicionado para la ocasión.
Mattie se sentó en una de ellas y Alien lo hizo a su lado. Muy pronto se vio metida
en otra conversación de caballos con una pareja.
—Según hemos oído sabes mucho de caballos. Yo soy Jess Reider y ésta es mi
esposa, Kate.
Mattie se sentía como en casa.
Para cuando Josh quiso unirse a ella, la mesa ya estaba completa y tuvo que
buscarse otra.
Una hora después, Josh estaba en un rincón, saboreando una copa de vino y
observando a su esposa. Era la alegría de la fiesta, rodeada de hombres que no
querían perderse ni una sola palabra suya.
¿Por qué había estado tan preocupada? De no tener un anillo en el dedo a aquellas
alturas ya tendría una cita distinta para cada día de la semana. Estaba radiante,
hermosa y él sentía un doloroso pinchazo en el corazón.
Había seducido a todo el mundo sin hacer nada. Mattie debía tener su
oportunidad, tenía que realizar sus sueños. Era inteligente y no podía atarla a una
vida que no le correspondía, una vida apartada, como niñera, como ama de casa y
como vaquero.
Salió al jardín, necesitaba un poco de aire fresco. A él sí le gustaba la soledad del
rancho. La vida allí era dura, pero también era un reto. Él había sido educado para
eso. Lo era todo.
Pensó en Mattie una vez más. Parecía tan diferente a la joven a la que él le había
propuesto un matrimonio de conveniencia. En aquel momento, él era el más
interesado.
Pero ella se lo había advertido. Le había dicho que acabaría enamorándose. A él,
entonces, le parecía imposible.
Agarró una piedra y la lanzó al agua. Se perdió en la ondulación infinita de su
superficie.
—¡Maldición!
Lo único que quería en aquel momento era agarrar a su mujer y a su hija y volver
a casa. Quería tener a Mattie en sus brazos, en su cama, en su vida.
No la había escuchado e iba a volver a sufrir. Tenía que dejarla marchar, pero su
ida le iba a hacer mucho daño.
Pero había un único culpable: él.
Se dio media vuelta y se encaminó hacia la casa. Al llegar a la puerta la vio,
radiante y llena de felicidad. Estaba claro que todos sus miedos desaparecerían
aquella noche.
—¡Josh! —Ed Burnes lo llamó y Josh se acercó al grupo de gente con el que estaba
Ed.
Mientras tanto, Mattie, que se encontraba con otro grupo de gente, aprovechó que
nadie le prestaba atención para buscar a Josh. Y allí lo vio. Sus miradas se cruzaron.
Era tan increíblemente atractivo. A pesar de su elegancia innata y de su atuendo
clásico, había algo salvaje y varonil que lo diferenciaba del resto. Irradiaba vitalidad.
—¿Pasa algo? —preguntó ella. Notaba algo extraño. Parecía que había vuelto a
encerrarse en sí mismo, tal y como estaba cuando lo conoció.
De pronto, comenzó a besarla con avidez, con urgencia, besos ansiosos y
apasionados. Recorrió todo el interior de su boca con la lengua.
Ella no pudo resistirse. Lo abrazó con fuerza y se dejó llevar. Muy pronto sintió la
dureza de su excitación.
Algo le había provocado aquella urgencia por hacerle el amor y no sabía qué. Pero
era agradable sentirse deseada de aquel modo.
Aunque la estaba abrazando con fuerza, tenía la sensación de que la estaba
perdiendo. La llevó contra la puerta. Le desabrochó el vestido y lo deslizó hasta
abajo, hasta hacer que le cayera sobre los pies. Olía a flores y sabía a azúcar.
La deseaba cómo nunca la había deseado. Quería que, al menos aquella noche,
fuera completamente suya.
—Eres maravillosa, Mattie —le susurró al oído. Habría deseado añadir que la
amaba, pero no podía hacer eso, no podía atarla en un matrimonio que no era más
que una farsa. A pesar de todo, deseaba que ella lo amara a él también. Había amado
a Lisa, con todo su corazón, pero con Mattie sentía que eran uno, una compañera
perfecta además de una amante deliciosa.
—Mi mujer —gimió él, con la voz llena de pasión. Atrapó sus glúteos y la atrajo
hacia sí.
Ella le desabrochó la camisa, mientras sus ojos, encendidos como una llama verde
le hablaban de deseo, un deseo idéntico al suyo.
—Te necesito, Mattie.
La besó con una pasión exacerbada, excesiva. Había una urgencia poco habitual en
ella. Pero la excitaba tremendamente saber que provocaba ese efecto en él.
Ella empujó la cadera contra la pelvis de él. Quería sentirlo plenamente.
Él se apartó y se despojó de su ropa. Luego la agarró de la mano.
—Ven conmigo —le susurró, descendiendo sobre la moqueta.
Mattie sentía que el corazón estaba a punto de salírsele de su sitio.
Lo agarró por las caderas y le mostró el camino. Él se introdujo dentro de ella y la
llenó por completo, la hizo sentir repleta una vez más, un milagro que ocurría cada
vez que hacían el amor.
Comenzó a balancearse, a entrar y salir, mientras la acariciaba suavemente. Ella
cerró los ojos y dejó que él la llevara hasta el placer sumo.
Con un gemido, ella dio un impulso y rodó sobre él. Como una bestia
embravecida cabalgó sobre él, haciéndole sentir cosas imposibles.
—¡Mattie, amor!
Las palabras salieron como un grito y se fundieron con el profundo gemido del
placer máximo.
Escaneado por Marisol F y corregido por Cris Nº Paginas 85—101
[Link]
Durante los tres días siguientes, continuaron las fiestas. Josh se dedicó a observar
en silencio el modo en que Mattie se iba familiarizando con aquella situación, cómo
se iba sintiendo cada vez más cómoda.
Había dejado de comportarse como una colegiala.
Se vestía con todo cuidado y estaba deseando que llegara la hora de encontrarse
con los invitados.
Josh era consciente de que más de un hombre rondaba a su esposa.
Alien Anderson había aparecido en otra fiesta y había dejado muy claras sus
intenciones.
Josh estaba muy sorprendido por sus propias reacciones. No recordaba que en
ningún momento hubiera sentido aquello con Lisa. Sin embargo, lo que sentía por
Mattie lo impulsaba a quererla toda para él.
El viernes por la noche, mucho después de que Mattie ya se hubiera quedado
dormida, él seguía dando vueltas, atormentado. Quería luchar por el amor de Mattie.
Pero cada vez que recordaba lo que le había sucedido a Lisa, se retraía de su
propósito.
Tenía que dejarla marchar. Mattie había florecido desde su llegada a Chicago. No
le pertenecía. Tenía que ir a la universidad y convertirse en la gran abogada que
podía llegar a ser.
Estaba más claro que el agua que pertenecía a la gran ciudad. Había vivido aislada
de todo. Sin embargo, a la menor oportunidad, había florecido en una ambiente
metropolitano. Recordaba los nombres de todo el mundo y cosas sobre su vida.
Capítulo 10
No había esperado que él se comportara así. ¿Qué había pasado de sus momentos
de pasión, de sus risas, de sus largas charlas a la luz de la luna? Había llegado a
pensar que realmente estaban unidos para siempre.
Josh no pensaba en la oferta que acababa de hacer. Sólo pensaba en Mattie. Quería
hacer algo para retenerla a su lado. Sin embargo, acababa de hacer justo lo contrario.
En aquel preciso instante habría necesitado abrazarla, besarla con desesperación.
—Mattie, en nuestro acuerdo prenupcial te exigía que te quedaras un año —dijo él
después de un rato.
—Eso es lo que pretendo.
Josh esperó. Si lo que pensaba era quedarse para siempre, aquel era el momento en
que debía decírselo. Mattie era siempre clara, directa. Si estaba enamorada de él, se lo
confesaría, decidiría quedarse con él. Pero tenía que esperar a que surgiera de ella, no
podía forzarla. Si no ocurría así, tendría que dejarla marchar, no importaba lo
doloroso que pudiera ser.
—No te voy a obligar a permanecer aquí todo el año —dijo él. Las tentaciones de
dejarse llevar por sus sentimientos eran muchas. Pero no podía hacerle eso, tenía que
dejarla libre. Si la sujetaba, las consecuencias serían desastrosas. No iba a cometer el
mismo error dos veces. La atadura debía ser impuesta por ella misma, nada podía
forzarla a hacer algo que no quería hacer.
—Sé que quieres ir a la universidad. Antes que nada tienes que arreglar lo del
rancho. Sólo entonces podrás realizar tus sueños.
Mattie lo escuchó pacientemente, mientras sentía que el corazón se le había
quebrado como si fuera de cristal.
No entendía nada. Había interpretado mal los signos. ¿Su pasión no era más que
un vulgar encuentro físico sin más significado?
Estaba hablando con ella, pero tenía la sensación de ser una extraña. Con la mano
derecha se agarró a la mesa de la cocina, tenía la sensación de estar a punto de
desmayarse. Entonces vio el anillo de compromiso que brillaba en su dedo. Junto a
él, el de matrimonio.
Y él estaba arreglándolo todo para que ella se pudiera marchar. Sí, le estaba
diciendo adiós. Ella se sintió traicionada, dolida, sorprendida por una actitud
inesperada. Nunca jamás le había dicho que la amaba.
—¿Mattie?
Luchó contra las lágrimas, contra la rabia. Levantó los ojos y se encontró con su
rostro varonil. Mantuvo una expresión inalterable, fría. Él la miraba con curiosidad.
—Lo siento. Estaba pensando en la abuela —le mintió. No estaba dispuesta a dar
evidencia de su debilidad, de sus sentimientos.
—Quizás éste no es el momento...
Durante unos segundos, Mattie no pudo reaccionar. Luego, con las manos
temblorosas agarró la ropa y la fue colocando en la maleta. Tenía que mantener la
calma, tenía que ser fuerte.
Se fue a la habitación de Elizabeth. La pequeña dormía como un ángel. Le apartó
un mechón de pelo que le caía sobre la cara.
Deseaba tanto poder agarrarla, sentir sus bracitos alrededor del cuello.
—Te voy a echar de menos terriblemente, mi vida. Tu padre sabe lo que hace. Te
quiere mucho y siempre estará ahí para ti. Te quiero, pequeña, con toda mi alma y
todo mi corazón.
Mattie se inclinó y besó a la pequeña.
Sin dilación, agarró sus cosas y se dirigió a la camioneta. ¿Es que no iba a salir a su
encuentro? ¿No iba a impedir que se marchara?
Puso el vehículo en marcha y emprendió él camino, la decepción y el desconsuelo
se apoderaron de ella. Lloró y lloró sin descanso. Le dolía, quería a aquel hombre que
se había convertido en su mundo, en el sentido de su vida.
Casi una hora más tarde llegó a su rancho.
Sin hacer ruido se metió en su habitación, cerró la puerta y se quedó mirando por
la ventana. No podía dormir.
No entendía lo que había ocurrido. Hasta hacía nada él se había comportado como
un hombre enamorado. ¿Acaso debía volver y hablar las cosas con detenimiento?
Todo le decía que sí, que lo hiciera. Sin embargo, la frialdad con que la había
tratado Josh le pedía lo contrario.
Después de todo, el le había advertido desde el principio que no se enamoraría.
A la mañana siguiente, mientras se tomaba un café, el marido de Carlina, Tim,
apareció.
—Buenos días, Mattie. No esperaba verte por aquí —le dijo.
Ella sabía que era muy obvio que había estado llorando. Pero Tim no hizo ningún
comentario. De cualquier forma, siempre que iba al rancho parecía impaciente por
salir de allí y volver a su trabajo. Era corredor de bolsa.
—Sé que Carlina y Andrea quería solucionar el tema del rancho antes de irse —le
respondió ella.
—La verdad es que eso facilitaría las cosas.
—Buenos días. Me había parecido oír voces —dijo el prometido de Andrea, Chet
Holden. Chet era un hombre pequeño, de pelo rubio y aspecto gracioso, que
trabajaba con ordenadores. Mattie se sentía a gusto en su compañía.
Mattie le explicó, como a Tim, que quería tratar el tema de la casa. Pero antes de
que pudiera dar más detalles las dos hermanas aparecieron.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Carlina, que iba con un pijama rosa y descalza.
—Y tu matrimonio no es real.
—Lo es sobre el papel.
—Lo celebraste a lo grande por la abuela.
—Sí —respondió Mattie.
—Si quieres ir a la universidad, ¿por qué has estado llorando?
Mattie respiró profundamente, bajó los ojos y, finalmente, respondió.
—Porque lo amo.
—¡No entiendo nada! ¿Por qué te has marchado, entonces?
—Porque él así lo quiere —Mattie se secó los ojos—. Antes que yo, había tenido
niñeras que habían tratado de casarse con él. Antes de nada, él me dejó muy claro
que no podría volver a enamorarse. No pienso atraparlo en un matrimonio que no
desea.
Andrea se puso de pie y abrazó a su hermana.
—Quizás deberías quedarte algún tiempo más y ver que pasa.
—No quiero que llegue a sentir la necesidad de librarse de mí.
—A mí no me pareció en ningún momento que él quisiera librarse de ti. Más bien
al contrario. Creo que le importas mucho.
—No me ha pedido que me quedara.
—¿No sería mejor que volvieras y lo discutierais todo con calma?
—Andrea, él sabe lo que quiere.
—Tú también. Puede incluso que esté esperando a que tú le des la primera señal.
—No lo creo.
—Vamos a hablar con Carlina.
Así lo hicieron.
Tim y Chet se habían marchado ya a ver a Josh y las tres hermanas tenía la casa
para ellas solas.
Mattie respondió a las preguntas de su hermana. Luego oyó cómo Andrea le
contaba que estaba enamorada de Josh, pero que se había marchado porque no le
había pedido que se quedase.
—Yo creo que debía volver y aclarar las cosas.
—Yo no —aseguró Carlina—. Los hombres son realmente necios algunas veces.
Además, si quieres salir de aquí y tener otra vida, ésta es tu oportunidad.
—No lo veo así —protestó Andrea.
—Pero tengo razón —insistió Carlina y miró a Mattie—. Nunca me ha parecido
que pegabais juntos. Lo que tienes que hacer es ir a la universidad. Allí encontrarás al
hombre adecuado.
Capítulo 11
Josh se apresuró a llegar a su habitación, se dio una ducha se vistió y, justo cuando
se disponía a salir, el teléfono comenzó a sonar.
—Josh, soy Zach Burnett. Acabamos recibir una llamada. Parece ser que se ve
humo en tu propiedad. Salgo inmediatamente para allí.
Aún con el teléfono en la mano, Josh miró por la ventana.
Efectivamente, una columna de humo se levantaba a lo lejos.
—Según han dicho lloverá hoy. Pero viendo el cielo, tardará al menos una hora.
Ya he avisado a tres brigadas de bomberos. Se dirigen para allá.
—Muy bien, salgo yo también hacia allí. Gracias.
Josh bajó a toda prisa y se encontró con Dusty.
—Tenemos un incendio aquí al lado. Estamos trasladando a los animales.
—Sí, acabo de hablar con Zach Burnett. Que todo el mundo se ponga en marcha.
Lottie los estaba mirando desde la puerta.
—Lottie, agarre lo necesario y márchese a la ciudad con la niña. Pida una
habitación en el hotel y diga que la pongan en mi cuenta.
Él llenó una bolsa con todo lo necesario para la niña. Estaba ansioso por verlas a
salvo.
En pocos minutos, Lottie ya estaba lista.
—Bien, vamos al coche.
Las vio alejarse y, sin esperar, se dirigió al granero y a los establos. Por suerte, sus
hombres habían reaccionado a tiempo y ya lo habían desalojado todo.
Mattie se dirigía deprisa hacia la casa de Josh. Tenía que hablar con él, decirle lo
que realmente sentía. Habían sido sinceros hasta entonces y ambos merecían eso.
Después de hablar con él por teléfono, se había dado un largo baño que la había
hecho recapacitar. Tenía que intentarlo. Así que había agarrado sus cosas, había
pagado el motel y se había puesto en marcha.
Estaba ya a la altura de Latimer, cuando vio una gran nube negra en la distancia.
Al principio pensó que seguramente estaría mucho más lejos de lo que parecía. Pero
luego, empezó a preocuparse. Rogó porque ninguno de sus ranchos se vieran
afectados.
Aceleró, hasta pasar el cruce que conducía a Rocking R.
Cada vez más cerca de las posesiones de Josh, comenzó a ver las llamas naranjas
que se elevaban.
En la distancia vio que había gente combatiendo el fuego. Estaba claro que Josh
sería uno de ellos pero, ¿y Elizabeth?
Se aproximó a la casa. El fuego se iba acercando.
Entró apresuradamente.
—¡Lottie!
Mattie se dio cuenta de que se habían marchado. Pero decidió que tenía que salvar
algunas cosas de las llamas.
Comenzó a recoger lo que pudo: el rifle del bisabuelo, algo de ropa... las fotos de
su boda. Al abrir el cajón y encontrarlas allí, no pudo evitar un río de lágrimas. Se
secó los ojos y volvió a la camioneta cargada con cosas.
Cada viaje que hacía se daba cuenta de que las llamas estaban más próximas.
Agarró la camioneta y se la llevó hasta la carretera. Luego, tomó una pala e hizo
un cortafuegos. Pero el fuego lo devoraba todo. Sentía el calor sobre el rostro como
una amenaza mortal.
De pronto, en la distancia, vio como el techo de la casa se prendía.
Algo se le rompió dentro. Era su hogar, la casa que generación tras generación
había cuidado la familia de Josh.
Poco a poco, se fue deshaciendo, como una falla burlesca cuyo final hubiera estado
predeterminado.
Del humo, salió una figura. Era uno de los hombres que se aproximaba hacia ella.
La camiseta estaba negra y rota, tenía los vaqueros cubiertos de barro. Al acercarse
más, lo reconoció.
Lanzó la pala a un lado y corrió hacia él.
—Josh!
Capítulo 12
Josh la rodeó con sus brazos y la besó. Ella, llena de alegría, temblaba como un
pajarillo.
—¡Tu casa! —exclamo ella.
—Me dirigía a Austin cuando me anunciaron el incendio. ¿Cómo es que estás
aquí?
El corazón no le cabía en su sitio del gozo de saber que él habría ido a buscarla.
—Josh... yo...
La besó una y otra vez antes de permitirle decir nada.
La abrazaba con fuerza. Jamás en su vida olvidaría el momento en que Dusty le
había dicho que Mattie estaba allí, combatiendo el fuego.
No, no iba a dejarla marchar otra vez, no sin luchar por ella. Mattie no era Lisa, era
otra mujer en otras circunstancias.
La besaba con desesperación. Quería poseerla, allí en aquel preciso instante.
Él levantó la cabeza.
—Te amo, Mattie.
Mattie sintió que se derretía.
—He vuelto porque creo en nuestro matrimonio. Estos días sin ti han sido un
auténtico infierno.
—No te volveré a dejar escapar.
—Supongo que ha sido mi marcha lo que te ha hecho recapacitar.
—No, estás muy equivocadas. Me enamoré de ti el mismo día de nuestra boda.
Luego me llevó algún tiempo darme cuenta y aceptar que era así.
—¿Por qué no me lo dijiste? —no comprendía cómo un hombre tan directo en
todo había podido ocultarle algo así.
—Iba a hacerlo. Pero en nuestro viaje a Chicago me di cuenta de que te
encontrabas bien en la ciudad. Perteneces a ese ambiente. Tienes un gran cerebro,
personalidad...
—¡Eh, un momento! Es a ti y a Elizabeth a quien quiero. No sé que habría sido de
mí en otras circunstancias, pero aquí he encontrado lo que buscaba, sin saber que era
eso lo que buscaba.
No pudo decir más, la abrazó con fuerza y siguió besándola.
Al cabo de un rato, lo miró incrédula. Recordaba, en su viaje a Chicago, el
momento en que le había hecho el amor con desesperación.
—Así es que fue Chicago lo que te hizo pensar que yo necesitaba irme.
—Si hubiera tratado de retenerte aquí habría cometido un segundo error. Tenía
miedo de que me pasara lo mismo que con Lisa.
—¡Pero Josh! Yo no soy Lisa. Para mí es fácil vivir en un rancho. Es mi vida
también, ¿recuerdas?
—Me di cuenta de eso hoy, por eso me dirigía a Austin.
—Quiero estar contigo, pero será mejor que ayudemos a los demás —posó su
mano sobre la mejilla de él, mientras lloraba lánguidamente—. Te quiero, Josh Brand.
Siento lo de la casa.
—La reconstruiremos —dijo mirando hacia ella—. Tal vez, había llegado el
momento de quemar el pasado.
En ese instante, comenzó a llover. Mattie no recordaba que la lluvia le hubiera
parecido tan hermosa nunca antes.
—Tengo que darle las gracias a todo el mundo por su colaboración. Después, te
quiero para mí sola. Necesitamos una luna de miel.
—Podemos llevarnos a Elizabeth.
—No, la pequeña se puede quedar en Chicago con mi madre y a Lottie le daremos
unas vacaciones. Se las merece.
La abrazó de nuevo.
El agua les empapaba la ropa y resbalaba sobre su piel.
—Creo que no voy a tener nada que ponerme.
—Estás equivocado. La camioneta está llena de cosas tuyas. Él sonrió.
—Eres increíble.
Mattie estaba en el balcón fascinada por el arco del triunfo a un lado y la Torre
Eiffel al otro. Una mano la agarró de la cintura y la metió en la habitación.
—¡Eh!
—Ven aquí —dijo Josh—. Tienes mucho tiempo para admirar la ciudad. Te gustan
las ciudades, ¿verdad? Pero te digo una cosa, voy a hacer lo imposible por
mantenerte a mi lado.
—¿De verdad? ¿Y que es exactamente lo que vas a hacer?
Lentamente le quitó el albornoz y comenzó a besarla. Luego, la tomó en brazos y
se la llevó hasta la cama.
—Josh
—Mmmm.... —no podía dejar de besarla.
—Quiero dejar de tomar la píldora. Sé que ahora hay muchos gastos, con la casa y
todo el terreno que se ha quemado. Pero yo ya tengo veintiocho años...
Él colocó un dedo sobre sus labios.
—Me parece una idea maravillosa. Elizabeth y tú os adoráis y sería bueno para
ella tener un hermano. Tenemos tu rancho y el mío. Saldremos adelante —la miró
tiernamente a los ojos—. Te quiero.
Ella lo abrazó con fuerza y cerró los ojos para recibir sus besos. Ella también lo
amaba y quería a Elizabeth con todo su corazón. Con un poco de suerte, muy pronto
habría otro pequeño Brand en la familia.
Fin