Guía del Monasterio de Santa Catalina
Guía del Monasterio de Santa Catalina
Segunda Edición
Versión revisada y aumentada.
Al ingresar
Estamos ingresando a los ambientes del monasterio de Santa Catalina de Sena de Arequipa,
puesto a disposición del turismo el 28 de julio de 1970, es decir 391 años después de su
fundación.
En esa fecha, era priora de este cenobio la religiosa española Sor María del Mar Zea y
arzobispo de Arequipa, monseñor Leonardo José Rodríguez Ballón.
El ingeniero Eduardo Bedoya Forga encabezó, como promotor, a un grupo de empresarios
locales que se han encargado de mantener para el turismo esta miniciudad amurallada.
Este monasterio después de fundado fue expandido en dos oportunidades: Una hacia el norte,
actual calle Zela, e igualmente por el sur, actual calle Ugarte, en ambos casos al comprar las
casas de la calle del frente e internarlas en la heredad del monasterio. También en ambos
casos se restituyó la calle. Incluso en la zona norte, en 1946, se amplió el callejón existente
entre el cenobio y las casas de la ciudad al ancho de una calle. De allí que el conjunto que
vamos a visitar ahora tenga un área de 20 mil 426 metros cuadrados.
Locutorio
- Ave María Purísima
- Sin pecado concebida
Estas son las primeras palabras que, a modo de saludo se escuchan en los monasterios, en
lugares como éste, en que nos encontramos.
Este lugar es un locutorio, y permite a las religiosas de clausura comunicarse con el exterior.
Es el único medio aceptado por las rígidas reglas de los monasterios, dadas por San Basilio,
San Atanasio, San Benito de Nursia o San Agustín de Hipona, para mantener contacto con el
mundo exterior.
Como observamos en este ambiente, un locutorio consta de una doble cancela o reja y un
cilindro giratorio.
La doble reja corresponde a una costumbre surgida en los primeros siglos del monacato que
recordaba la decisión voluntaria de la renuncia al mundo.
En el caso concreto del monasterio de Santa Catalina, la doble cancela, carece de púas como
presentan los locutorios de los monasterios europeos, e incluso el monasterio carmelita de
Arequipa. Las púas estaban destinadas, en la Edad Media, a disuadir que algunos entusiastas
bárbaros tocaran a las religiosas.
El cilindro giratorio, se llama torno y servía, como ahora, para el paso de documentos o
también, para el paso de pequeños paquetes.
Locutorio General
Este locutorio, como podemos observar, es más amplio que el anterior. La razón de esta
amplitud radica en el hecho que el primer locutorio que hemos visitado, tuvo el carácter de
privado y de uso casi exclusivo de las Madres del Consejo, es decir: Priora, Subpriora, Maestra
de Novicias, Secretaria y Archivera. Ellas requerían de un ambiente privado para atender los
asuntos propios del funcionamiento y gobierno del monasterio.
En cambio, el locutorio que visitamos sirvió a todas las religiosas, las que necesariamente
requerían del permiso de la Madre Priora, para acercarse hasta esta zona.
Las religiosas llegaron siempre a esta zona acompañadas por otras. Llegaban de dos en dos,
siguiendo el consejo evangélico que dice: Id de dos en dos. La monja que acompañaba al
locutorio, recibió el nombre de Escucha.
Si uno se acerca hasta alguna de las cancelas o doble enrejados centrales de este locutorio,
puede tener la sensación visual que tuvieron las religiosas que llegaban al locutorio para
comunicarse con el mundo exterior.
Ella, como usted, podía distinguir claramente los colores y formas existentes en el otro lado. En
cambio, las personas que llegaban del mundo exterior hasta el locutorio y se ubicaban en la
actual tienda de recordatorios, difícilmente podía distinguir a la religiosa.
Y no lo podía hacer, dado que aquí la religiosa se encontraba en una semi penumbra. Semi
penumbra producida por la filtración de los rayos solares a través de una gruesa piedra: la
Piedra de Huamanga y/o Piedra de Berenguel o Berenguela, que es un alabastro, piedra caliza
muy traslúcidas.
Entre las paredes se aprecia en el arranque de la bóveda un grueso madero haciendo las
funciones de tirante.
Entre el Locutorio
y Sala de Visitas
Este monasterio fue fundado el 10 de setiembre de 1579, por el Cabildo de la Ciudad y una
mujer viuda: doña María de Guzmán.
Ella, cuando tuvo 30 años quedó viuda de Diego Hernández de Mendoza, un joven y rico
encomendero. Durante su matrimonio no tuvieron hijos.
La idea de fundar un monasterio destinado a devotas mujeres surgió once años antes de la
fundación del Monasterio Santa Catalina de Sena.
El Cabildo (institución antecesora de la actual Municipalidad o Concejo Provincial) intentó
fundar un monasterio, al que llamó de Nuestra Señora de Gracia. Para ese monasterio compró
los cuatro solares sobre los que se levanta ahora el monasterio de Santa Catalina. Invirtió en la
compra de los solares casi tres mil quinientos pesos. El monasterio de "Nuestra Señora de
Gracia" no llegó a funcionar, a pesar de contar con candidatas al cenobio. Y no funcionó, por
carecer de las autorizaciones y licencias que debían otorgar el Virrey y el Obispo del Cusco.
El monasterio de Santa Catalina fue el segundo intento arequipeño de contar con una casa
para monjas de clausura. Fue fundado después de los conventos de La Encarnación de Lima
(1561); Santa Clara de Asís de Huamanga (1568)y el de La Concepción de Lima (1573). Por
otro lado es el primero de los conventos de monjas de clausura de la Orden Dominica y ha
dado origen a tres de los cuatro monasterios de dicha orden existentes en Arequipa, Cusco y
Lima.
La expectativa que generó el funcionamiento del monasterio de Santa Catalina durante su
primer año de funcionamiento alimentó la curiosidad de la gente. En esa época, mientras se
cumplía el año de noviciado de las primeras monjas catalinas, se produjo la primera
transgresión grave de su clausura. Un clérigo, Francisco Churrón de Aguilar, junto con otras
personas, violó la clausura monacal. La osadía le costó al cura de Ilabaya pagar una multa de
dos mil quinientos pesos, impuesta por las autoridades civiles y eclesiásticas, librándose de la
excomunión.
Sala de Visitas
Antes de continuar con nuestra visita a este cuatricentenario monasterio, es necesario que
tengamos en cuenta tres precisiones básicas, que nos permitan captar todo su mudo mensaje.
Como primera precisión debemos señalar que los monasterios de monjas, como éste de Santa
Catalina, de vida íntegramente contemplativa, deben observar la clausura papal, es decir,
según las normas dadas por el Papa desde el Vaticano.
Claro está que el Obispo puede permitir, por causa grave y con consentimiento de la Priora,
que otras personas sean admitidas en la clausura, y que las monjas salgan del monasterio
durante un tiempo estrictamente necesario. Es decir que con motivo y autorización se puede
ingresar o salir de una clausura de acuerdo con el Canon 615 del Código de Derecho
Canónico.
La segunda precisión está referida a las religiosas. Una monja es una hija de nuestros hogares
que llega al monasterio para consagrarse a Dios; es una mujer que busca elevar su vida
espiritual profesando los consejos evangélicos de caridad, obediencia y pobreza.
Puntualicemos que pobreza no es sinónimo de miseria, sino que implica tener las cosas
necesarias e indispensables, desprovistas de lujo. Precisamente teniendo en cuenta esto
último, las monjas de Santa Catalina, a lo largo de la historia han demostrado ser utilitarias
antes que suntuarias, es decir que los objetos que tienen son para usarlos y no para exibirlos.
Finalmente, la tercera precisión nos lleva a examinar las principales influencias que ha recibido
nuestro país y, por ende, este monasterio. Durante la Colonia la influencia vino desde España.
Finalizando el siglo XVIII se acentuó la de procedencia británica mediante los empréstitos que
ayudaron a nuestra guerra de Independencia, origen de nuestra deuda externa. Finalmente la
otra influencia que se hace presente a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, es la
francesa.
Teniendo en cuenta estas anotaciones, observemos este ambiente. En un extremo del mismo
encontramos la ambientación de una Sala de Visitas, con muebles tapizados en brocado, con
flocadura de entorchado, cuya existencia se explica si se conoce que en determinadas
circunstancias las religiosas han recibido visitantes.
Por ejemplo, antes que el interior de este Monasterio se mostrara al mundo del turismo y
cuando las religiosas vivían en esta zona, recorrieron sus calles entre otros personajes el
doctor Carlos D. Gibson, antes de 1940; Pedro Beltrán, director del desaparecido diario "La
Prensa" de Lima entre 1963 y 1964, al igual que el ministro de Educación de la época, doctor
Francisco Miró Quezada y, obviamente el segundo Cardenal del Perú, Juan Landázuri Rickets,
con sus respectivas comitivas de su entorno local.
Por su lado, en 1978 los reyes de España, Juan Carlos I y Doña Sofía, llegaron hasta la nueva
clausura de este Monasterio. En todos los casos existió un motivo específico y la autorización
correspondiente del Ordinario, es decir del Obispo.
Si dirigimos nuestra mirada al otro extremo de la Sala, apreciamos la ambientación del paso de
la Ultima Cena, colocado allí después de 1970. Antes las imágenes estuvieron ubicadas en
diferentes zonas del Monasterio.
Mirando hacia el techo se observa que es plano. Fue construido, recién en 1953, remplazando
a un tumbadillo de lona. El nuevo techo costó 12 mil soles, aproximadamente 480 dólares de la
época.
Observando con detenimiento el piso, apreciaremos el decorado con pinturas, que simulan
alfombras. Se trata de una moda francesa en boga en la época de Napoleón que se difundió en
el Perú en el primer tercio del siglo XIX.
Por otro lado, este ambiente, en algún momento fue empleado como Sala Capitular.
En el Parapeto
Apreciamos entre los dos primeros patios, dos arcos estructurales o arbotantes, que apoyados
en contrafuertes sirven para contrarrestar los empujes de otros elementos de las
construcciones.
En el arbotante se puede leer claramente la palabra "SILENCIO", que nos recuerda que
estamos visitando un convento de monjas de vida contemplativa.
También nos permite recordar que la religiosa contemplativa construye su vida de perfección
sobre la base del Silencio, la Oración y el Trabajo.
Silencio para comunicarse, para encontrarse consigo misma; Oración para comunicarse, para
encontrarse con Dios y Trabajo, para comunicarse, para encontrarse con la comunidad, con los
hermanos.
En el Patio
A la altura de los techos, sobre el paramento, se aprecia la presencia de chorreras que simulan
gárgolas y que sirven para la evacuación de las aguas durante el período de lluvias.
El patio adamerado con sillares y guijarros, presenta unas canaletas para el agua.
El ambiente está rodeado por los volúmenes de los edificios sin revoque o tarrajeo, pintados
con ocres, sienas, añiles rojos y, por dos galerías inmediatas al Claustro de las Novicias.
Al ingresar al Noviciado
Estamos ingresando a la zona del Noviciado, que es una zona, un claustro, destinado a la
formación de la mujer que desea ser religiosa.
Como se aprecia, alrededor del claustro existen una serie de pinturas que nos muestran un arte
religioso destinado a la formación de las novicias.
Este monasterio, es de filiación dominica y por lo tanto el rezo del Santo Rosario, es una de las
prácticas más apreciadas por las monjas que aquí viven.
Precisamente, Santo Domingo de Guzmán (1170-1221) fundador de la Orden Dominica, fue
uno de los primeros y grandes apóstoles del Rosario.
En el siglo XII, cuando los analfabetos no podían rezar en latín, como los clérigos, los 150
Salmos, reemplazaron la práctica religiosa con 150 Ave Marías, divididos en 15 grupos que
corresponden a los misterios del Rosario.
Al final del Santo Rosario, desde el siglo XVI, se rezan las Letanías Lauretanas, que viene a
ser algo así como piropos a la Virgen María.
Así se le dice: Trono de eterna sabiduría y en la pintura se la presenta en un trono rodeado de
libros. Se le dice: Virgen Fiel y el artista nos presenta a la Virgen con el niño en brazos y luego
a la Virgen al pie de la cruz. ¡Que mayor signo de fidelidad que toda una vida, del nacimiento a
la muerte!
Es interesante señalar que las pinturas además de orientar a las novicias, permitieron a éstas
comprender y recordar el significado de cada una de las Letanías, como si leyeran en un libro.
Recordemos que las mujeres de siglos atrás tenían una educación deficiente, siendo pocas las
que dominaban la lectura y escritura.
La iconografía utilizada, aunque reproducida con modificaciones mestizas por pintores locales
en el siglo XIX, fue realizada por el francés P. A. Varín entre 1848 y 1849 y por los hermanos
Klaubert.
El Claustro del Noviciado, tal como lo vemos ahora, fue construido entre 1805 y 1808, durante
el primer priorato de Sor Clara de San Juan Arismendi. Ella abrazó el estado religioso en 1769
y murió en 1834 después de ser priora en dos oportunidades. De ella se relata que estaba
vistiendo al Niño de Nuestra del Socorro que se veneraba en una ermita y al calzarle unos
zapatitos de plata notó que no le entraba y con candor le dijo: "Hermoso Niño, no me hagas
padecer, alza el pie. En ese momento, advirtió que la imagen del Niño se movía y levantaba el
pie, como se quedó.
El uso simultáneo del sillar y del ladrillo para la construcción del arco de arista comienza a
mediados del siglo XVII en Arequipa.
Entrando a la Primera
Celda de Novicias.
Nos encontramos en una celda "tipo" del Noviciado, Esta consta de una hornacina para
Oratorio con remate de una venera, alacenas para guardar efectos personales y un arco
destinado al camastro. Cuando en el futuro observemos un arco como éste, debemos
entenderlo como zona para camastro. Antiguamente en los monasterios arequipeños a esta
zona se la denominaba tumba.
Arequipa desde 1582, año en que se produce el primer gran terremoto con la presencia de
europeos, ha sido azotada y destruida unas veinte veces por sismos de intensidad superior a
los 7 grados en la Escala Modificada de Mercalli y, de una magnitud de entre 6.5 y 9, en la
Escala de Richert.
Incluso antes de 1582, durante los años en los que Francisco de Carbajal, El Demonio de los
Andes, vivió una temporada en Arequipa, un sismo cobró dos víctimas: Juan Alcaide y
Francisco Zamorano. Ellos murieron dos días después del temblor que hizo caer las escaleras
del segundo piso donde se encontraban.
Es por ello que desde muy temprano los alarifes buscaron soluciones arquitectónicas que
contrarrestaran los efectos de los sismos. Ignorando los conocimientos de la resistencia
estructural, optaron por construir bajo el sistema de cantilever, por gravedad, es decir, con
vigas empotradas, paredes o bases anchas y bóvedas que hicieran depender toda su
resistencia en la dovela o cuña de cierre de éstas, y como parte de las bóvedas, los arcos. De
esta forma surgió lo que el viajero francés, el vizconde Eugenio de Sartiges, denominó después
de tres semanas de permanencia en Arequipa, el Orden de los Temblores.
Es interesante anotar que en Europa de 1838, se conoció con bastante precisión cómo eran las
celdas del monasterio de Santa Catalina, gracias a un óleo realizado por Jules Laure siguiendo
las descripciones realizadas por Flora Tristán, quien se refugió durante seis días en este
cenobio.
Caminando en el Noviciado
Caminando alrededor de este claustro que tiene reducidas proporciones, se aprecia no sólo los
cuadros que nos muestran las Letanías Lauretanas, sino también la calidad utilitaria con que
las religiosas empleaban los objetos. En varios de los cuadros se pueden observar que las
telas sobre los que están hechos tuvieron otras obras pictóricas, incluso de mejor factura que
las que ahora lucen.
En este claustro todas las celdas tienen las mismas características y son once las habitaciones
vinculadas a él. Hay que tener en cuenta que las religiosas permanecían en este ambiente
entre un año y dos antes de decidir su vida.
Durante ese tiempo, la joven novicia reflexionaba sobre la firmeza de su vocación. Y aunque se
ha hablado de una supuesta tradición que obligaba a las hijas mayores a ser monjas, es
necesario recordar que al momento de la profesión religiosa, las novicias tenían que responder
bajo juramento tres veces a cada una de las tres preguntas que el Obispo les formulaba:
¿Alguien te obliga a ser religiosa?, ¿Deseas ser religiosa? y, ¿Deseas profesar?
Las mujeres que, después de ser Novicias, comprendían que la vida religiosa no era para ellas,
simplemente abandonaban los claustros. Un caso concreto y notorio, por los personajes
involucrados, es el de Francisca Sierra Pizarro, sobrina del Conquistador e hija de Pedro
Pizarro, El Cronista, y de María Cornejo de Simancas, a fines del siglo XVI.
Justamente, en el testamento de doña María Cornejo de Simancas se recuerda que ésta había
gastado ochocientos pesos, en cosas que le dio a su hija Francisca Sierra Pizarro, cuando
ingresó al monasterio. Francisca Sierra Pizarro, haciendo uso de su libertad y no siendo la vida
religiosa su vocación salió del claustro y se casó posteriormente con el capitán Francisco de
Melgar Reinoso.
Como era de suponer, a la muerte de su madre, doña Francisca Sierra Pizarro recibió sus
legítimas, menos de ochocientos pesos de su fallida dote monacal. Un ajuste de cuentas
testamentaria nos ha dejado las pruebas de la libertad que gozaban las jóvenes al momento de
decidir su profesión como monjas.
Hacia el Claustro
de los Naranjos
Para ingresar al Claustro de los Naranjos, cruzamos un chiflón, un pasadizo en curva, que es
una reminiscencia de la arquitectura árabe.
Las jóvenes que llegan aquí después de haber estado en el Noviciado, habían decidido vivir su
vida como monjas para el resto de su existencia.
Al final del chiflón, observamos una Cruz de Hierro. Esta conmemora el ingreso al siglo XX
(1900-1901) y que fue colocada durante el priorato de Sor María del Niño Jesús y Gamboa.
En esa misma época el obispo de Arequipa, monseñor Manuel Segundo Ballón Manrique, hizo
colocar la monumental Cruz de Hierro sobre la cima del volcán Misti (5 822 m.s.n.m,). Ofició la
Eucaristía, al pie de ella, para los 97 peregrinos que lo acompañaron, el 21 de octubre de 1900.
A un costado, en la hornacina se encuentra la imagen que nos recuerda la parábola del Buen
Pastor.
En el Claustro
de los Naranjos
El nombre de este claustro, como se puede ver, está asociado a la presencia de árboles de
naranjo. Sin embargo hay que anotar que existe una marcada tradición en los monasterios de
contar con un Claustro de los Naranjos. El simbolismo del azahar y del siempre renovado
florecimiento del naranjo, es evidente.
En este claustro, al igual que en el de las novicias, se pueden apreciar cuadros que tienen una
función catequética.
En el ángulo, en el primer cuadro de la serie, tenemos la explicación del leitmotiv de los otros
24.
Emblemas de amor divino
Son tan propios a tí esposa
Que es pensar en otra cosa
Pensamiento peregrino
Porque todo tu destino
En tu monial profesión
Fue aspirar a perfección
Y pues en este dechado
Os doy su libro estampado
Lee en él tu obligación
Aunque la lectura de este poema inicial nos releva de cualquier comentario es preciso remarcar
que aquí, como queda señalado en estos cuadros, tenemos implícita la obligación de una
monja. Esta obligación es la de perfeccionar su vida espiritual. La vida espiritual se perfecciona
de forma similar como se hace con la vida material: con ejercicios.
En la Iglesia Católica los Ejercicios Espirituales más difundidos son los de San Ignacio de
Loyola. En ellos se nos remarca la conveniencia de ser contemplativos en la acción.
Los Ejercicios Espirituales, en general, señalan tres caminos, tres vías para perfeccionar, para
desarrollar la vida espiritual: la Vía Purgativa, la Vía Iluminativa y la Vía Unitiva.
En estos cuadros ubicados entre las arcadas, mediante el dibujo y también a través de las
notas escritas, se desarrollan temas de la Vulgata, de la Biblia, que están dirigidos a lograr, en
la meditación, el recorrido de las tres vías recomendadas por los místicos de la Iglesia.
Estas pinturas fueron realizadas por un artista no identificado, a mediados del siglo XVIII, y
reparadas el 16 de julio de 1859 por el pintor Rafael Pareja, por celo y erogaciones de la Madre
Priora sor María Josefa del Santísimo Sacramento de Cadena.
La temática de los cuadros corresponde a la obra clásica del medioevo titulada Pía Desideria o
Deseos Piadosos de Hugo Hermman y, en ella se combinan textos del Antiguo y Nuevo
Testamento con inspiraciones poéticas.
Las diversas restauraciones de estos cuadros han distorsionado las bellas imágenes
plasmadas por el anónimo pintor del siglo XVIII.
Como se puede apreciar en los cuadros de la Vía Unitaria, al parecer, en algún momento se
consideró poco adecuado el largo de los faldellines de los ángeles y se les alargaron los
vestidos, alterando gravemente la calidad pictórica de los cuadros.
Ingresando a
la Primera Celda
Estamos en una celda de religiosa profesa. Apreciamos que esta cuenta hasta con cocina. Esto
tiene más de una explicación.
Hagamos una composición de lugar, un esfuerzo por ubicarnos en el tiempo.
Durante el Virreinato, contraria a nuestras ideas de recato, de auténtico fervor religioso y de
una moral muy rígida, la vía cotidiana fue distinta. Una prueba concreta es la presencia de las
tapadas, forma solapada de mantener en secreto las liviandades de una sociedad pacata. Otra
prueba está registrada en los libros de Bautismo en los que se aprecia un altísimo número de
hijos naturales. De esta época datan estos ambientes, que reflejan un modo de vida.
Sin embargo el origen de estas celdas está vinculado con las destrucciones de la ciudad por
los terremotos de 1600. El 19 de febrero de ese año Arequipa se vio destruida por un sismo a
las 11 de la mañana y luego, a la una de la tarde, nuevamente barrida por un terremoto más
violento que el primero. Lo que quedó en pie a las 11, dos horas después quedó en escombros.
Como si los males de la ciudad fuesen pocos, esa tarde, después de las cinco, el cielo se
oscureció, el aire se azufró y se veían bolas de fuego surcar el firmamento. Había erupcionado
a unos 60 kilómetros de distancia, el volcán Huaynaputina. Previamente, desde el 20 de enero
hasta el 8 de febrero, sin interpolación alguna, las lluvias fueron intensas. El día previo al
terremoto, la ciudad fue sacudida por unos 200 temblores, según han dejado constancia
quienes vivieron la tragedia.
En años posteriores las destrucciones de Arequipa se repitieron, así como también las
reconstrucciones.
Para entender como surge este tipo de celdas tenemos que recordar que, por lo general, las
jóvenes religiosas al momento de profesar entregaban una dote, que varió de mil a dos mil
cuatrocientos pesos, según la época.
Con esta suma se financiaba la permanencia de la religiosa en el Monasterio durante toda su
vida.
Pero una suma de mil pesos sólo permitía o garantizaba esta permanencia, sin presiones o
angustias económicas, diez años, es decir que al ritmo del costo de vida de la época se
gastaban cien pesos por año.
Siendo el promedio de permanencia de enclaustramiento de 45 años, significa la necesidad de
un fondo de 4 mil 500 pesos o, como en el caso de este Monasterio, se requería de un sistema
financiero que cubriera la diferencia.
Este sistema fue el denominado Censo, que funcionaba en forma muy similar a la de nuestros
modernos créditos hipotecarios.
Las religiosas o sus mayordomos prestaban el monto de la dote a las personas que lo
necesitaban, las que se obligaban a pagar el interés normado por Real Cédula, garantizando el
pago del principal, con una casa, un viñedo o un predio rural.
Durante los primeros veinte o treinta años de existencia de este Monasterio, las religiosas
vivían en auténtica comunidad, aunque la autorización para la construcción personal de una
celda tuvo su origen en el documento de fundación del Monasterio. En esa oportunidad se
autorizó el ingreso de Quiteria de Berrío quien, a su costa, debía construir su celda.
Luego, se produjeron los terremotos y la erupción del Huaynaputina. Estos eventos telúricos
arruinaron la economía del Monasterio, pues los censos producto del préstamo de las dotes,
quedaron sin garantía prendaria, toda vez que tanto los predios urbanos y rurales se vieron
dañados seriamente y consecuentemente perdieron su valor original.
En estas circunstancias y ante la imposibilidad de reedificar el monasterio, muchos padres y
parientes de las monjas comenzaron a construir las celdas de ellas. Esto volvió a ocurrir
después del terremoto de Santa Ursula en 1687. A consecuencia de ello las religiosas
comenzaron a vivir, en pequeñas comunidades y en celdas como la que aprecian.
A las habitaciones así construidas, la Iglesia Católica las denomina celdas intrusas porque no
siguen el patrón eclesiástico.
A veces, en estas celdas vivían dos o tres religiosas parientas entre sí. Lo hacían, junto a sus
esclavas.
Sobre esta última afirmación es conveniente recordar que la esclavitud en el Perú recién fue
abolida el 3 de diciembre de 1854, y por lo tanto no es extraño que algunas monjas de épocas
anteriores tuvieran la compañía de su esclava, o que recibieran como parte de su dote, una
esclava. Obispos, generales y presidentes tuvieron esclavos durante esa época.
A finales de 1854, el Secretario de Gobierno, el jurista arequipeño Manuel Toribio Ureta
Pacheco presentó en Huancayo el Decreto que firmó don Ramón Castilla Marquezado y que
abolió la esclavitud en el Perú.
En virtud de tal Decreto, del 3 de diciembre de 1854, quedaron libres 25 mil 505 esclavos y el
Gobierno abonó a los propietarios de éstos, 300 pesos por cada uno de ellos, comprando así
su libertad.
En América, México fue en 1810 el primer país que abolió la esclavitud y Brasil, el último en
hacerlo en mayo de 1888. En Europa, Francia desterró la esclavitud después de 1851, aunque
su sistema colonial y de vasallaje, como el de muchas otras potencias europeas, se prolongó
hasta el primer tercio del siglo XX.
Así como las esclavas eran objeto de transacciones comerciales, las celdas también fueron
objeto de venta entre las religiosas. El primer caso que se conoce documentalmente de la
venta de una Celda corresponde a la efectuada el 30 de junio de 1632. En esa fecha la monja
Ana Zegarra vendió su celda a la monja Ginesa de Mendoza en el precio de cincuenta pesos.
Cuarenta años después, el precio de las celdas registró una considerable alza. Eran
comercializadas en 400 pesos.
De Profundis
Si usted da media vuelta, apreciará al fondo una gárgola, una chorrera, al lado de la cual, en el
friso, está grabado en relieve el monograma de Jesús (JHS). Alrededor de éste se lee la frase:
se izo este año de 1738, fecha que corresponde al de la conclusión de los trabajos de
construcción de este claustro.
La obra fue ejecutada siendo presidenta y vicaria In Capite, sor Ignacia de la Cruz Barreda y
obispo de Arequipa, Juan Cavero de Toledo. Esta religiosa que profesó en 1710, a los 17 años
de edad, salió de este convento en junio de 1747 para fundar el monasterio de Santa Rosa.
Retornando la vista al interior de la Sala de Profundis que tiene la ambientación de una sala
funeraria, para el velatorio de las religiosas muertas.
A salas similares, en otros monasterios se les denomina Capilla Miserere. En la Orden
Dominica el Salmo De Profundis es rezado antes de las comidas.
En el Monasterio de Santa Catalina, para efectos del turismo, denominamos a esta habitación
como Sala de Profundis, en una clara alusión al Salmo 129, que en latín empieza:
De profundis clamavi, ad te Domine;
Domine, exaudi vocem meam.
Fiant aures tuae intendentes
In vocem deprecationis meae.
Desde el abismo clamo a ti Señor,
escucha mi clamor,
que tus oídos pongan atención
a mi voz suplicante.
Este Salmo es un pedido de clemencia al Creador formulado por el pueblo de Israel cuando
estaba cautivo en Babilonia.
Aquí por asociación lo vinculamos con el tránsito o el momento de la muerte. Indudablemente
este momento es la última oportunidad que tiene cualquier persona para pedir clemencia a
Dios ¿Verdad?
Observando con detenimiento las paredes de este ambiente, veremos que en algún momento
estuvieron pintadas de color rojo. Color que dentro de nuestra simbología actual está referida a
la vida, a la alegría, a la exuberancia, es decir, todo lo contrario lo que a nuestro entender es la
muerte.
Este aparente contrasentido nos permite entender el porqué las religiosas llaman a la muerte:
Tránsito; un tránsito entre una vida material y una vida espiritual.
El ambiente cuenta con dos porta cadáveres usados en los funerales.
Adosados a las paredes, hay un total de trece cuadros de religiosas. Doce de ellas tienen una
característica común: tienen los ojos cerrados. Ellas fueron pintadas por los artistas después de
muertas. Sólo una de las religiosas en este ambiente presenta los ojos abiertos. Se trata de sor
Juana Arias, de quien nos ocuparemos más adelante. Ese óleo ocupa cronológicamente el
segundo lugar en antigüedad. El primero de ellos fue realizado presentando a sor Ana de los
Angeles Monteagudo y se encuentra en otro ambiente que visitaremos más adelante.
Algunas de las religiosas aquí representadas poseen una característica adicional: tienen entre
las manos una palma, que alegóricamente representan el báculo, símbolo del mando prioral.
Varias de las religiosas aquí retratadas fueron prioras del monasterio.
Otras adicionalmente, llevan un tocado. Están coronadas con flores, rasgo que se aprecia
también en cuadros de otros monasterios latinoamericanos como símbolo de su observancia y
piedad, según los estudios efectuados por la investigadora mexicana Josefina Muriel.
El tercer cuadro más antiguo referido a las monjas, es el primero que está colgado hacia
nuestro brazo izquierdo y que pertenece a sor Juana de la Natividad de la Barrera. Fue hecho
el 1 de diciembre de 1734. Ella tomó el hábito el 8 de 1686 a los 33 años de edad.
El último retrato en antigüedad, de esta serie, corresponde al que se observa a nuestra mano
derecha y que nos muestra el rostro de sor María Dominga de San José de Nuestra Madre
Santa Catalina y Aranibar, pintado el 14 de junio de 1884. Esta religiosa fue muy observante de
la Regla y Constituciones. Se distinguió en la devoción a Nuestra Señora de los Dolores y
padeció una enfermedad en el pecho (siete llagas) las que sufrió con suma paciencia.
Calle Málaga
Estamos ingresando a la calle Málaga. En el monasterio hay seis calles, un pasaje y una plaza,
además de tres claustros.
La escalinata de sillar a un costado de la Sala De profundis, lleva a una pieza con cubierta de
bóveda en el segundo piso, cuya estructura, transversal a las bóvedas sobre que se edificó, se
encuentra dañada.
Los nombres de las calles existentes en el monasterio son denominaciones relativamente
modernas. Corresponden a una fecha alrededor de 1940, cuando el ex Rector de la
Universidad Nacional de San Agustín, don Carlos Diego Gibson, visitó este monasterio con
permiso especial. Él, en 1941, obtuvo las primeras fotografías del interior del cenobio, que a la
postre determinó la declaración de Monumento Histórico que ostenta Santa Catalina.
El doctor Gibson, quien había visitado España, al recorrer las calles del monasterio las asoció
con características de algunas ciudades hispanas exclamando: Esto se parece a Málaga ...
esto a Sevilla ... esto a Granada ... y desde esa fecha las calles tienen nombres de ciudades
españolas.
La visita del doctor Gibson al interior de la clausura fue originada por el deseo de oponerse a
un proyecto que desde mayo de 1939 se debatía en el seno del municipio de la ciudad.
Se pretendía prolongar una calle de la ciudad, dividiendo en dos el monasterio. El proyecto
sustentado por el ingeniero Miguel Irriberry, siendo alcalde el doctor Ernesto Portugal
finalmente fue rechazado; sin embargo, en 1946, las religiosas cedieron una faja de terreno
para la ampliación de la calle Zela, en el sector norte el monasterio.
Los nombres que están inscritos en las portadas de las celdas, en los dinteles, corresponden a
destacadas religiosas de los siglos XIX y XX y que han sido grabados recién en 1970, cuando
el monasterio fue puesto a disposición del turismo, con el fin de recordar a prioras y religiosas
notables. En esta calle recordamos en las celdas a las madres Dolores Llamosas y Manuela
Gamboa.
Sala Zurbarán
Nos encontramos frente a la llamada Sala Zurbarán. Sobre el dintel de la puerta se halla
grabado el estema ("stemma") de un obispo, con las respectivas insignias eclesiásticas.
El estema probablemente perteneció a Pedro de Ortega y Sotomayor, sexto Obispo de
Arequipa, quien sufragó los gastos que originó la construcción de una enfermería y otros
edificios del convento, durante el priorato de sor Ana de los Angeles Monteagudo, a mediados
del siglo XVII. El ambiente se distingue por los diez arcos para camastro que presenta.
Hemos señalado que la vida de perfección de una religiosa se sustenta en tres columnas:
Silencio, Oración y Trabajo.
El silencio quedó graficado en el parapeto, al comienzo de nuestra visita. La Oración quedó
patentizada en las pinturas de los claustros del Noviciado y de los Naranjos.
Ahora, aquí, apreciamos el trabajo de las religiosas de Santa Catalina. Ellas, actualmente
continúan fabricando su famoso jabón de perejil, recomendable por la cosmética para el cutis
graso, el tratamiento del acné y para evitar las manchas.
También, las religiosas catalinas continúan fabricando la crema de rosas, empleada para
solucionar los problemas del cutis seco y las arrugas así como para el cuidado de las manos.
Igualmente las religiosas se encargan de fabricar las hostias que se utilizan en la consagración
Eucarística. Todos los elementos de la fábrica de hostias fueron importados de Alemania en
1955, siendo priora sor María Isabel de San Miguel y Díaz.
Hace dos siglos, nuestra religiosas efectuaban trabajos de pasamanería y encarchado con
cañutillo, es decir, preciosos bordados con hilos de oro y plata, como los que vemos en las
estolas y casullas. El delicado trabajo nos muestra diversas texturas para el Cordero Pascual,
los pétalos de rosa, las hojas, el Libro de los siete sellos, etc.
Aunque el bordado a mano va desapareciendo, las religiosas de Santa Catalina, continúan
realizando algunos trabajos, como el manto de la imagen de la Virgen de Chapi, que lució
durante su coronación por el papa Juan Pablo II, en 1985.
En este ambiente también apreciamos fina vajilla de porcelana inglesa, de Flandes y Sevres,
europea en general, que las religiosas trajeron para su uso personal, al momento de su
ingreso.
El plato que presenta un árbol de hojas redondas y especie de pagodas orientales, es de
manufactura inglesa y el modelo se denomina "Window Patterns".
Una de las pinturas más importantes de este ambiente, es sin duda el Niño Jesús, que según
dicen los que dicen que saben, corresponde al pincel de Bartolomé Esteban Murillo, pintor
español del siglo XVII.
En este ambiente también tenemos uno de los más bellos bargueños del monasterio. Es un
mueble con muchos cajoncitos y un nicho es decir una especie de pequeña hornacina al centro
del conjunto. El bargueño es un mueble del clásico español.
A un costado se encuentra el cuadro del octavo obispo de Arequipa, fray Juan de Almoguera,
un trinitario descalzo quien gastó más de cinco mil pesos para edificar la iglesia de Santa
Catalina, los dormitorios y perfeccionar el cerco que dejó iniciado su antecesor.
La impresión de su Instrucción a Curas y Eclesiásticos fue calificada de ofensiva al Rey, por lo
que en la Corte española sólo se le conocía como el Obispo del Libro. Al estar vacante la sede
episcopal de Lima, la reina doña María Ana de Austria, viuda de Felipe IV que gobernaba el
reino lo presentó para tal cargo en consideración a su antigüedad y sus méritos.
En el lugar central y más destacado del ambiente tenemos el cuadro del Arcángel San Miguel
que se afirma fue pintado siguiendo los cánones del clérigo español Francisco de Zurbarán.
Avala esta afirmación la disposición de los ojos, que dan la impresión de seguirnos hacia donde
nos movilicemos, como consecuencia de haber sido pintado, el cuerpo, en posición de tres
cuartos, es decir con un leve giro hacia un costado.
En realidad la pintura bien puede ser obra de algún lejano discípulo del maestro Zurbarán o de
un copista mestizo. La presencia de una alegoría, simulando un dije en el bastón del Arcángel,
sugiere esta posibilidad.
Francisco de Zurbarán (1598 - 1664), pintor de monjes y santos, trabajó a partir de 1645 casi
exclusivamente para conventos de América Latina, razón por la que se lo recuerda en este
ambiente.
Igualmente en esta sala apreciamos imaginería de Huamanga y del Cusco, de gran valor
artístico y económico.
Las imágenes del Niño Jesús o del Manuelito (Dios con nosotros), fabricadas en el Cusco,
tienen una singular característica: cuentan con paladar, que puede ser de vidrio, espejo o plata.
Sobre la pared, encima de estas imágenes, observamos un cuadro de la llamada Escuela
Cusqueña. Esta escuela pictórica se caracterizó por ser imitativa antes que creadora y por el
estofar en pan de oro.
Sus comienzos están vinculados al arribo de los jesuitas al Perú. Ellos llegaron el 1 de abril de
1568 y tres años después se instalaron en el Cusco.
Para adornar los templos y colegios que fundaron, trajeron a uno de los tres famosos pintores
que influyeron en la pintura mestiza peruana: Bernardo Bitti, Hermano Coadjutor Jesuita, que
estuvo en Arequipa a finales del siglo XVI y comienzos del XVII. Los otros dos son: Mateo
Pérez de Alesio y Angelino Medoro.
En 1618, los jesuitas fundaron en el Cusco dos colegios reales: el de San Bernardo y el de San
Francisco de Borja, este último destinado a la educación de los hijos de los caciques incas. Allí
los niños y jóvenes incas aprendieron, entre otras cosas, a apreciar, en estampas, obras
pictóricas de maestros italianos, holandeses y europeos en general.
Por esos mismos años, el más importante pintor de la Escuela Cusqueña: don Diego Quispe
Tito, comenzó a pintar. Quispe Tito empezó reproduciendo obras de arte religioso de maestros
holandeses. Posteriormente su arte será más propio, de verdadera composición, tal como se
aprecia en las obras atribuidas a él: Carroza con la imagen de Sebastián y Procesión del
Santísimo Sacramento que se exhiben en el Cusco o en la obra Adoración de los Reyes Magos
que se exhibe en esta misma sala, colgado sobre el bargueño, al frente del lugar en que ahora
nos encontramos.
El cuadro que observamos, de San Jerónimo Penitente podría corresponder a la primera fase
de la obra de don Diego Quispe Tito: la imitativa.
Según refieren los que dicen que saben, los cuadros de este gran pintor mestizo son
identificados porque pinta sus cuadros como una superposición de escenas planas y por la
presencia de rosas, sombreros, cinco aves, ríos y sobre todo, por los fondos en los que
presentaba castillos medioevales que, obviamente, no conoció directamente y que los copiaba
de obras de autores holandeses. Teniendo en cuenta éstas características, este cuadro podría
ser obra del más importante exponente de la Escuela Cusqueña.
En el siguiente arco apreciamos más vajilla inglesa, de Sevres, europea en general, que las
religiosas usaron durante el siglo XIX.
Avanzando, apreciamos vajilla más cercana a nuestros días, donde la presencia de floreros del
estilo rococó y romántico, nos hace sentir la influencia francesa, principalmente.
Un cuadro interesante es el que se encuentra adosado entre los arcos y que presenta la
coronación de la Inmaculada Concepción por la Santísima Trinidad. Este icono en su punto
central más alto presenta a San Miguel Arcángel con su lema: ¿Quién como Dios? en su
calidad de protector de la Iglesia. La Trinidad es representada por tres personas de idénticas
características. Es importante recordar que el Concilio de Trento, prohibió este tipo de
representación de la Trinidad. Alrededor del motivo central del cuadro se presentan las
imágenes de diversos santos fundadores de órdenes religiosas y también la de Santa Rosa de
Lima.
Dos bellas opalinas destacan nítidamente entre el conjunto. Estos floreros y otros más eran
utilizados por las monjas el Jueves Santo, en el adorno del monumento Eucarístico que
tradicionalmente se levanta en los templos, conmemorando la última Cena y la institución de la
Eucaristía.
En el mismo arco se distinguen tres estatuillas que representan alegóricamente a los
Evangelistas, faltando únicamente la correspondiente a San Mateo.
Así mismo se aprecia un bello juego de Té con filos de oro que en 1820 trajo para su uso sor
Carlota de Nuestra Señora de los Dolores del Carpio y Quevedo. Ella era hija del Teniente del
Intendente de Puno.
En el último arco vemos las sacras y un trono para la Exposición del Santísimo Sacramento en
la custodia o para la instalación de un relicario, como el que se aprecia y que probablemente
formó parte del Altar de la Capilla de Noviciado. Está realizado en plata repujada.
Ingresando a
la Calle Córdova
Estamos en la Calle Córdova. Es la calle que tiene construcciones antiguas y también las más
modernas. A mano izquierda está la nueva clausura del Monasterio de Santa Catalina, razón
por la que afirmamos que esta calle tiene las construcciones más modernas. En el ambiente de
esta nueva clausura, desde el 26 de julio de 1970, las religiosas continúan observando el
mismo tipo de clausura y de vida de claustro, como hace cuatro siglos.
La nueva clausura se construyó entre 1968 y 1970 a un costo de siete millones y medio de
soles, inversión que obligó a solicitar permiso de la Santa Sede. El nuevo edificio fue levantado
sobre los terrenos de una enfermería que estuvo funcionando a partir del 11 de mayo de 1917,
siendo priora Sor Rufina del Santísimo Sacramento y Uría.
Como se ha señalado, aquí permanece inalterable la clausura papal, siguiendo el Decreto
Perfectae Caritatis del Concilio Vaticano II.
Al momento tras esos muros hay una treintena de religiosas. En los últimos años hay un
florecimiento de vocaciones para religiosas de clausura.
Este hecho es un signo positivo, pues la vida religiosa constituye un padrón infalible para medir
el nivel espiritual del pueblo. Por ello también, muchas veces cuando se quiere atacar la fe de
una población, lo primero que se combate o se cuestiona es la función y utilidad de los
claustros de las religiosas de vida contemplativa.
Al pie del
arco y la reja
(Calle Córdoba)
Si damos la vuelta y observamos sobre el techo del zaguán que une el claustro de los Naranjos
con esta calle, podemos apreciar la existencia de alacenas en las paredes, que pertenecieron a
celdas de un segundo piso, que allí existieron.
A un costado, podemos observar a través de la reja parte del Claustro Mayor. En el friso de la
estructura que se aprecia desde este punto, se observa unas interesantes molduras alegóricas
de la Sagrada Familia.
Primera celda
de la calle Córdoba
En este sector, donde se encuentran las viejas construcciones de la calle Córdoba, lo primero
que se aprecia en esta celda, es la cocina con sus cacharros y, luego, dos ambientes. Uno de
ellos, con un arco más amplio para camastro y el otra con un arco más pequeño.
En el primer ambiente de la celda se nota claramente el encanto de las puertas de las
alacenas, bellamente talladas.
Segunda celda
de la calle Córdoba
Esta celda es la última que fue abierta al público, luego de refaccionarse. También fue la última
de las celdas que fueron desocupadas por las religiosas.
En las alacenas vemos algunos instrumentos que coadyuvaron a la dura ascética que
practicaron las religiosas, para ejercitarse en la virtud, mortificando su cuerpo.
El cilicio, especie de cinturón fabricado en alambre, con púas romas, estuvo destinado a la
mortificación del cuerpo. La religiosa lo usaba generalmente en la cintura, aunque también se
podía usar alrededor del muslo.
Sobre el uso de estos elementos, es fácil criticar, e incluso catalogar psicológicamente a
quienes lo usaban. Pero para entender el porqué del uso de esos elementos, es necesario un
poco de sensibilidad histórica y de compresión humana y espiritual.
También convendría recordar que estos elementos estaban destinados a facilitar tres
beneficios a quienes lo usaban. Para obtener similares resultados, nosotros, los hombres de
este siglo, adoptamos actitudes semejantes a las que practicaban las religiosas.
Las diferencias entre sus prácticas y las nuestras están en que ellas las aplicaban a su cuerpo,
en cambio nosotros las hacemos en el nuestro y en el del vecino, y que mientras las religiosas
estaban conscientes del motivo por el que ejercían sus prácticas, muchas veces nosotros lo
hacemos como consecuencia de una reacción hepática.
Según San Ignacio de Loyola, son tres las razones para el uso del cilicio y la disciplina: Para
satisfacción de las faltas pasadas; para pedir y obtener una gracia o beneficio, y para someter
la sensualidad a la razón.
En la vida diaria, nosotros realizamos prácticas semejantes por razones parecidas a las
señaladas.
Por ejemplo, muchas veces los padres de familia reprenden severamente a sus hijos por sus
faltas cometidas. En otros casos, hacemos grandes esfuerzos, como la devota práctica de
llegar a pie al Santuario de Chapi, distante 60 kilómetros de nuestra ciudad, para solicitar algún
favor o "milagros" a la Virgen María. O también, por ejemplo, las damas aplican doloroso
pellizcos a su pareja cuando ésta, atraída por los encantos de otra dama, la persigue con la
mirada, sometiendo la sensualidad de su pareja a la razón.
En la alacena, se observa un devocionario del siglo XVIII, que recuerda el tipo de prácticas
religiosas de las monjas de Santa Catalina.
Al frente, sobre la pared se observa un cuadro bordado. Es un reloj de meditación sobre la
pasión de Jesús. Fue realizado por Sor Manuela de los Ángeles Gutiérrez, quien a los 24 años
profesó como monja, el 30 de octubre de 1859.
Este reloj está elaborado con lentejuelas y con textos impresos en tela. Es interesante recordar
que la primera imprenta funcionó en Arequipa en 1821 y que fue construida por Jacinto Ibañez.
Una nota escrita, adosada al pie del cuadro, recuerda la presencia del cuarto Delegado
Apostólico, monseñor Serafino Vanutelli. Él fue arzobispo titular de Nicea y Delegado
Apostólico en Ecuador y Perú entre 1869 y 1875. También fue el primer representante pontificio
residente en el Perú.
El reloj de meditación tiene la particularidad de señalar en su esfera las 24 horas haciendo
corresponder los dos extremos centrales, a las 8 de la mañana en la parte superior y a las 8 de
la tarde en el semicírculo inferior.
Los momentos cumbres de la pasión del Señor Jesús están señalados allí, en la hora de
Arequipa, descontada la diferencia de hora con Jerusalén.
Así observamos que en el punto más alto del círculo corresponde al momento más importante
de la Pasión, es decir a la Redención de la humanidad con la muerte del Señor Jesús y que se
expresa en los versos:
Aquí murió el Redentor,
el sol, la luna y el cielo
se obscurecieron de dolor.
Todos muestran desconsuelo.
En el otro extremo del círculo la meditación se refiere a las negaciones de Pedro, que es el
momento en que la futura Iglesia representada por este apóstol cae por debilidad.
Este momento lo expresa en los versos:
Aquí le negó San Pedro.
Tres veces lo repitió.
No acordaba que su maestro,
así lo pronosticó.
Celda en camino
a la calle Toledo
Terminando la calle Córdoba, ingresamos a la calle Toledo, donde visitamos una celda
considerada como parte de la antigua ciudadela.
Se llama ciudadela a esta zona, por la presencia de celdas, como esta, que por sus
características arquitectónicas nos recuerdan a las primeras construcciones de Arequipa. En
ellas fue común el uso del techo o cubierta a dos aguas, con tejas y, paredes anchas y bajas
de barro o de sillar.
Es bueno recordar que el sillar comenzó a ser usado en bóvedas recién en el siglo XVII, y que
en la primera etapa de la arquitectura arequipeña los muros eran de cal y canto, portadas de
sillar y cubiertas de par y nudillo con paja primero y luego con teja en la techumbre.
Primera celda
de la calle Toledo
El monasterio de Santa Catalina, más que una ciudadela amurallada o, una ciudad dentro de la
ciudad, es el gran museo de la vida cotidiana de cuatro siglos de la historia de Arequipa.
Observemos, por ejemplo, el techo a dos aguas. Aquí tenemos la forma constructiva de
cubiertas, de los años inmediatos a la fundación de la Ciudad: unos tijerales de par y nudillo,
soportan una estera tejida de caña brava y sobre la cual, los artesanos de la época, adosaban
barro, paja y tejas.
Al lado, como parte de la ambientación de la habitación protegida por rejas, se ha instalado un
Nacimiento y elementos para la celebración Eucarística: atril, misal, patena, cáliz y matraca.
En el conjunto se aprecia igualmente la solución arquitectónica que se empleó para iluminar las
habitaciones a pesar del uso de lunetos, ventanas pequeñas. Aquí, la ventana abocinada opera
como colectora de luz.
Daños por terremotos
En el claustro del Noviciado señalamos que el tirante, de gran difusión en las construcciones
tawantisuyanas y, el arco, predominantemente de uso occidental, fueron la solución
arquitectónica que se empleó para resistir a los sismos.
Hoy, las soluciones estructurales son diferentes, pero podemos apreciar que las antiguas aún
resisten a los terremotos. El tirante y el arco que vemos al fondo, han resistido más de cinco
sismos fuertes desde 1958, en que las paredes quedaron destruidas.
Segunda Celda
en la calle Toledo
Ingresamos por la puerta de servicio. En la arquitectura civil arequipeña, como en la hispana, la
puerta del costado, en sus dimensiones más pequeña, estaba destinada a la servidumbre. Se
afirma que era más pequeña, para obligar a bajar la cabeza en señal de sumisión.
Indiscutiblemente, lo más saltante de esta celda es la presencia de la bóveda, que ha sido
reparada, manteniendo su característica general, de ser una bóveda de rincón de claustro.
La amplitud de la celda, su iluminación natural y ventilación, nos permiten imaginar la
existencia, en este monasterio, de la primera escuela gratuita donde se instruyó a las niñas
pobres de la ciudad.
El funcionamiento de tal escuela se remonta a los primeros años de la República, por lo menos,
según el testimonio de doña Flora Celeste Teresa María Tristán Leysne. Ella, la abanderada
escritora de la liberación femenina, de la primera mitad del siglo pasado, vivió en este cenobio
durante seis días, en abril de 1834.
La educación fundamental de las mujeres en el siglo XIX estuvo vinculada a los rudimentos
básicos de la lectoescritura y el cálculo. Las labores de la cocina, del bordado y del tejido
ocuparon la mayor parte del tiempo de la escolaridad.
Igualmente y con preferencia, la mujer recibía una educación especial en las normas morales y
piadosas de la Doctrina Cristiana y en aspectos de música.
Para las religiosas la música tuvo tan especial importancia que la podemos apreciar en cuatro
momentos, en este monasterio.
En los primeros años de su funcionamiento, cuando aún el número de religiosas era reducido,
éstas empleaban 500 pesos cada año, para pagar los servicios del maestro Juan Catano, quien
les enseñaba a cantar.
Luego, como en diversos momentos de la vida del monasterio se aprecia el apego de las
monjas por la música. En 1663 llegaron a recibir como religiosa sin dote, a una huérfana
llamada Isabel María, por el hecho de ser música y bajonera.
Igualmente, al año siguiente fue admitida la joven Gabriela Diez, a la que se le otorgó una
rebaja de 1 200 pesos en la entrega de su dote, por haber estudiado órgano y entregar uno,
que estaba fabricando el artesano Pedro Guamán.
Por su parte, en 1714, Rosa de la Concepción, hija de padres no conocidos, ingresó como
monja sin tener que entregar dote, propinas, piso y otros cargos. Incluso el convento le dio una
casa para que viva, porque ella había supervisado la construcción del órgano que había
construido Carlos Andía, quien posiblemente fue su padre natural. Este órgano tuvo siete
registros y era uno de los mejores, según afirmó Silvestre, el maestro organista de la Catedral
arequipeña.
Un singular momento en que se aprecia el apego por la música, en el monasterio de Santa
Catalina, es el que se registra en 1788, con motivo de las disposiciones de reforma dadas por
el ilustrísimo doctor Pedro José Antonio León Chaves de la Rosa Amado y Galván, obispo de
Arequipa.
Él prohibió que hubiese música de contrapunto, arias, etc. acompañada de violines por los
abusos que se notaron durante la calenda de Navidad y otras funciones.
El testimonio de Flora Tristán, quien buscó refugio en el monasterio de Santa Catalina durante
el ataque de San Román a Arequipa, el 1 de abril de 1834, remarca la importancia que daban
las monjas a la música.
Ella en el segundo volumen de su obra Meditaciones de una Paria al recordar su primer día en
el monasterio dice:
La superiora había ordenado para por la tarde un concierto en su pequeña capilla y allí
escuché una magnífica música compuesta, con los más hermosos pasajes de Rossini. Fue
ejecutada por tres jóvenes y lindas religiosas, no menos dilettante que su superiora. El piano
provenía de manos del más hábil fabricante de Londres y la superiora había pagado por él
cuatro mil francos.
Detrás de este ambiente hay un mechinal o chiribitil, que probablemente sirvió de habitación
para algunas niñas.
Celda: madre
Dominga Somocurcio
(Calle Sevilla)
Esta celda, que se encuentra en la calle Sevilla, es quizá, una de las más bellas, por su
disposición y el colorido que la rodea. La religiosa cuyo nombre se ha dado a esta celda, vivió a
mediados del siglo XX e ingresó como religiosa, siendo viuda. Es decir, ella fue una confesa.
En la cocina de esta celda apreciamos la decisión utilitaria de las religiosas de Santa Catalina.
Ellas en algún momento necesitaron espacio para dos hornos y utilizaron, para instalarlos, los
arcos destinados a camastros.
En este ambiente también observamos una muela o piedra de molino, de aceña, que nos
permite recordar que María de Guzmán, la primera pobladora, entregó, como parte de su dote
monacal, la cuarta parte de un molino de agua, mejor dicho, del primer molino que se construyó
en Arequipa. Ella lo heredó de su difunto esposo, Diego Hernández de Mendoza, y éste, de su
padre quien lo mandó construir en 1541.
La afirmación que el monasterio es el museo de las cosas cotidianas, queda confirmada una
vez más aquí. Durante muchos años no se tenía una fecha referencial para la confección, en
Arequipa, de urnas con espejos grabados. Gracias a que el artesano que construyó la urna que
se aprecia aquí, usó papel escrito para adosar el espejo a la madera, se puede inferir que este
tipo de trabajos se realizaba a comienzos del siglo XIX, por lo menos, en fechas cercanas al 24
de mayo de 1814.
En este ambiente, apreciamos, igualmente, un arcón que nos permite conocer algo más sobre
la economía del monasterio.
Como señalamos en la primera celda del claustro de los Naranjos, las religiosas, por lo general,
entregaban una dote que les permitía vivir en la clausura sin ser una carga económica para
nadie.
Durante los primeros cien años de vida del monasterio, los aspectos económicos de éste
fueron administrados por el Cabildo de la Ciudad, a través de los mayordomos que nombraba
cada año.
Luego, con la eliminación del patronazgo de la ciudad, la administración corrió a cargo de las
propias religiosas con el apoyo de Síndicos que ellas, conjuntamente con el Obispo, elegían.
Precisamente, un arcón como el que se exhibe en esta celda permitía a las religiosas, a partir
de 1788, que se guardasen los pesos de oro, las barras de plata y los documentos que
garantizaban el pago de los censos.
El monasterio tuvo dos arcones similares. Uno destinado a los caudales de la comunidad y el
otro a las propiedades individuales de las religiosas.
En ambos casos, los arcones tienen tres llaves, las que se distribuían entre la Priora, la
Ecónoma y una religiosa elegida entre las demás monjas, de tal suerte que para abrir el arcón
se requería el previo acuerdo de las tres, garantizando así la seguridad de los caudales.
Empleaban pues, un principio de seguridad que ha llegado hasta nuestros días, pero en
algunos casos sin la garantía de antes. Así, por ejemplo, durante muchos años y, hasta hace
poco, copiamos este principio de seguridad, en nuestros billetes. Ellos llevaban tres firmas,
como si fueran llaves de seguridad.
Acequia
Este canal es una acequia. Arequipa, desde su fundación y hasta finales del siglo XIX, ha
tenido como troncales de servicio de agua y desagüe a siete acequias. El centro de la ciudad
recibió agua de la acequia llamada San Jerónimo, que tuvo su origen en la acequia collagua
llamada Coa.
Todas las ciudades tuvieron, en el pasado, el sistema de acequias para la conducción del
agua. Estas estuvieron primero en medio de las calles y luego, a los costados de ellas. En
1834, Flora Tristán, al describir las calles de Arequipa decía: En medio de cada una de ellas
corre una acequia, tal como muestra una fotografía captada a mediados del Siglo XIX.
Tercera celda
de la calle Toledo
Conforme pasó el tiempo, las necesidades de contar con el servicio de agua en los domicilios
se hizo patente, surgiendo como solución las llamadas pajas de agua. Éstas, eran simples
canaletas que conducían el agua al y en el interior del domicilio. En esta celda, se aprecia una
de las pajitas de agua.
Pero, como dice la conseja popular: no todo lo que brilla es oro. Este progreso generó también
dificultades. En este caso, enfermedades.
¿Se acuerdan de la silla de ruedas para trasladar enfermas?. Bien. Arequipa durante los meses
de mayo a julio, presenta un clima seco y frío. El sillar, por ser de color blanco no concentra el
calor. Por el contrario, lo rechaza. Las bóvedas altas, como la que se aprecia en este ambiente,
colabora con la acentuación de la sensación de frío.
Si a ello se agrega la presencia de agua circulando todo el día dentro de la celda, tendremos
todos los ingredientes necesarios para las enfermedades bromcopulmonares y también para
agravar las afecciones reumáticas y artríticas. Este tipo de enfermedades, muchas veces,
incapacita a la persona para caminar.
Celda: Madre
Cipriana Centeno
(Calle Toledo)
La religiosa que se recuerda en esta celda Cipriana de San Francisco de Paula y Centeno fue
muy observante del voto de pobreza. Tomó el hábito el 9 de noviembre de 1943 y murió el 2 de
junio de 1895.
El uso de la llamada pajita de agua fue algo normal y corriente. En esta celda fue canalizada y
cubierta, como se aprecia.
En las alacenas, podemos apreciar diversos elementos de uso en este monasterio. En la
primera se aprecian diversas variantes de cilicios y de disciplinas.
En la otra, apreciamos una serie de frascos utilizados para preservar elementos de la
farmacopea del siglo XIX.
Así mismo, vemos dos tipos diferentes de planchas para desarrugar los vestidos. Una de ellas,
debía ser calentada directamente por una cocina o un fogón, y la otra, podía mantener el calor
requerido mediante la combustión del carbón en su interior.
En la habitación contigua y antes de llegar a la cocina, se aprecia un segundo arcón, similar al
que vimos en la calle Sevilla en la celda Dominga Somocurcio. Recordemos que uno de los
arcones servía para guardar los caudales del monasterio y el otro para custodiar los bienes
privados de las religiosas. Ambos contaban con tres llaves, como seguridad.
Cementerio
Durante casi todo el Virreinato, las personas fueron enterradas en templos y monasterios. La
costumbre se mantuvo hasta 1810 en que se prohibió la práctica, por razones de salubridad.
Aparecieron luego algunos campos santos como el de la pampa de Miraflores o de la Chavela,
pero la costumbre de enterramientos en templos y conventos continuó en Arequipa hasta 1827.
Las autoridades de la época hicieron cumplir las disposiciones existentes al e respecto, y las
religiosas de Santa Catalina se vieron precisadas a enterrar a 16 monjas, fallecidas entre 1827
y 1835, en cementerios civiles.
Posteriormente a 1835, cuando las gestiones culminaron con resultados favorables, las
religiosas hicieron construir un cementerio, cuyo terreno es ocupado hoy por una huerta. Allí
fueron enterradas gran parte de las monjas, aunque otras fueron enterradas en el Coro.
Después de haber reunido durante diez días, en dos cajones grandes, los restos de las
religiosas enterradas en la zona que se encuentra tras la puerta coronada con los monogramas
de Jesús, María y José, comenzó a funcionar un nuevo cementerio.
Ello ocurrió en 1939. En esa fecha comenzó a funcionar el cementerio actual del monasterio, el
mismo que es una moderna cripta, ubicada en las inmediaciones de la actual clausura y casi
tras el ambiente de la Sala Zurbarán.
Lavandería
Las veinte medias tinajas con sus respectivos caños que se aprecian aquí conforman la
lavandería. Ambiente que probablemente fue puesto en servicio alrededor de 1770.
En esta lavandería se aplica el principio de la mecánica de fluidos, empleándose el principio del
sifón para elevar el agua que llegaba desde fuera del monasterio. El discurrir del agua se
efectúa a través de un plano inclinado. El sistema inicial ha sufrido modificaciones con empleo
del servicio de agua potable y cañerías.
Con un sólo guijarro, se lograba desviar el agua hacia la tinaja y en ella se podía almacenar el
líquido y desaguar después del lavado de ropa.
Gracias a la costumbre que tuvieron los antiguos arequipeños de grabar, en las tinajas
destinadas al vino, el nombre de un santo y el año de su fabricación, tenemos una idea de la
fecha en que se colocaron algunas de las medias tinajas. Así se aprecia en la tercera media
tinaja del lado izquierdo, comenzando del pozo, que tiene grabada la inscripción: San
Jerónimo. Año 1769.
Pozo
Este es un pozo que fue usado principalmente por las esclavas y por las seglares que llegaron
a vivir en el monasterio, por diversas causas y circunstancias.
Recordemos que por lo general el número de seglares duplicaba al de religiosas, en tiempos
normales. Por ejemplo, el número de mujeres en el monasterio, que no eran religiosas, en
1790, fue de 158, mientras que las religiosas, entre las de velo blanco y las de velo negro
sumaban 80.
Las seglares vivían en la zona que ahora ocupa el jardín. Al fondo, en la pared, se aprecia las
marcas de unas bóvedas que ahora ya no existen y que servían para dar alojamiento a las
seglares.
Ellas, cuando no venían como ayuda de las monjas, pertenecían al grupo de las que se
recluían en los monasterios haciendo uso del derecho de asilo. Derecho que desde los
primeros años de la cristiandad tuvieron los templos y conventos. Sobre la base de ello,
mujeres que eran buscadas por la justicia se asilaban en el monasterio.
También durante las continuas revoluciones de Arequipa e incluso durante la guerra de Chile
contra el Perú, muchas damas arequipeñas hicieron uso y abuso de este derecho. Por ejemplo,
Flora Tristán vive seis días en el monasterio en abril de 1834, ante el ataque de San Román a
la ciudad.
Algunas mujeres se recluían en el monasterio huyendo de sus maridos que las maltrataban.
Otras fueron depositadas en el monasterio por orden del Obispo, a solicitud de sus maridos,
quienes las acusaban de infidelidad.
Caso aparte es el que se registró en 1785. En febrero de ese año hubo un grupo de mujeres
que fueron depositadas por el Intendente José Menéndez y Escalada. Estas mujeres eran
prostitutas, según señaló en su nota de protesta el obispo fray Miguel de Pamplona, quien
dispuso la inmediata reforma del monasterio.
Los intendentes de esa época, haciendo abuso de su autoridad, convirtieron al monasterio, por
breve lapso, en una especie de cárcel de mujeres. Con la intervención del obispo, terminó el
abuso.
Celda: Madre
Manuela Ballón
(Calle Burgos)
La religiosa que recordamos en esta celda sor Manuela del Niño Jesús Ballón, tomó el hábito el
21 de diciembre de 1818, sin tener ningún bien propio.
En esta celda apreciamos algunos aspectos interesantes de la vida cotidiana. Por ejemplo, un
nuevo tipo de horno empotrado, que al mismo tiempo de servir para la cocción de alimentos,
irradiaba su calor a las salas contiguas.
En la sala vecina a la cocina se aprecia una máquina que estuvo en uso a finales del siglo XIX.
Se trata de una especie de tabla francesa con incipiente mecanización. Es pues la lavadora del
siglo XIX, antecesora de las actuales lavadoras eléctricas que recién se comercializaron en
1929 por la empresa alemana Miele.
Al parecer este prototipo, similar al existente en el Smithsonian Institution, habría llegado a
Arequipa vía Argentina y Bolivia. La lavadora fue inventada en 1691 por el ingeniero John
Tyzacke quien obtuvo una patente inglesa referida a una lavadora industrial.
Calle Burgos
En esta calle, como se aprecia por las marcas en el piso, estamos caminando sobre el antiguo
sistema de acequias que llevaba agua a todas y cada una de las celdas.
Esta es la calle llamada Burgos. Al final, en la intersección con las calles Sevilla y Granada,
observamos la imagen clásica del monasterio: la media naranja de la cúpula blanca del templo
de Santa Catalina al fondo, rodeada por la gran cocina y algunas celdas con sus respectivos
tejados de color rojo.
Cafetería
Al final de la calle Sevilla está la Cafetería, que ha sido instalada en el ambiente que antes fue
una zona de paso de alimentos.
En el plano podemos reconocer todo lo visitado hasta ahora: Ingresamos primero al locutorio,
luego fuimos al noviciado, continuamos por los claustros de los Naranjos, la Sala De profundis,
la calle Málaga, la Sala Zurbarán, la calle Córdoba, la nueva clausura del monasterio, la calle
Toledo, el cementerio, la lavandería, la calle Burgos, la calle Sevilla y, al final de ésta, es donde
nos encontramos.
En esta Cafetería, si desean, pueden apreciar algo del folklore culinario de Arequipa. Se
expenden maicillos, polvorones y otros dulces preparados con recetas de las religiosas.
Arquería
Pasando la puerta y su postigo se aprecia una bella arquería que funciona como una
anteportería, y que tiene puerta de acceso a la calle Santa Catalina. Todo hace pensar que
esta fue la primera puerta de ingreso al monasterio.
En la zona alta de las paredes de la puerta de calle se aprecian restos de bajos y altos relieves,
que nos hacen recordar la técnica planiforme de tallar el sillar y el modo textilográfico de
disponer los motivos ornamentales de la arquitectura arequipeña.
En 1961, la Universidad Nacional de San Agustín, siendo su rector el doctor Alfredo Corso
Masías dejó en este ambiente un testimonio de su admiración por Santa Catalina.
!Acaso sea este monumento el que mejor exprese el alma y la fe de nuestro pueblo, habiéndolo
conservado de tan admirable manera las religiosas de estos claustros que alejadas del mundo
sólo viven para Dios y el alma. Alegrémonos de que tanta belleza exista entre nosotros.
Por otro lado, las religiosas de Santa Catalina, durante muchos años atendieron con alimentos
a los menesterosos de la ciudad, a través de los tornos.
Los dos tornos permitieron el paso de alimentos y cuando la cantidad era demasiado grande,
las religiosas se veían obligadas a abrir el portón.
Antes de 1790, es decir antes que el obispo Pedro José Chaves de la Rosa fundase un
orfelinato o casa para huérfanos, las religiosas encontraron en los tornos a niñas que fueron
abandonadas por sus progenitores y luego criadas por las monjas.
Granero
La espadaña o el campanario que vemos, nos hace pensar que este lugar formó parte de una
antigua capilla. En todo caso, con motivo de la reforma del monasterio, que obligó a retornar a
la vida comunitaria en 1871, esta sala fue utilizada como una despensa o un granero tal como
lo recuerda la existencia de una colaña. También a este hecho se debe la presencia de una
balanza, que de acuerdo a las inscripciones realizadas por los inspectores de pesas y medidas
del Municipio, estuvo prestando servicios, por lo menos, entre 1900 y 1926.
Los terrenos de esta zona hacia el norte fueron incorporados al ámbito del monasterio antes de
1673, gracias al obispo Juan de Almoguera.
Horno
Ante las necesidades comunitarias de un horno, construyeron éste, de grandes proporciones.
Durante las visitas nocturnas que a veces se realizan al monasterio, el horno, todavía es
encendido, con gran suceso.
La reforma del monasterio de Santa Catalina se produjo en 1871, después de haber fracasado
o haber madurado los intentos de adecuación o reforma emprendidos por la madre Ana de los
Angeles Monteguado y, los obispos Pamplona y Chaves de la Rosa.
Sala de panificación
Estamos en la antesala de la gran cocina en la que la vemos moldes para la elaboración de
pasteles y tortas de distintas formas: rosetas, pingüinos, corazones, etc.
Cocina comunitaria
Anteriormente hemos señalado que este ambiente debió ser una capilla. La inscripción que
aquí se ve nos indica que fue construido siendo priora sor Lucía del Espíritu Santo y Zúñiga.
Esta religiosa fue priora en dos oportunidades: entre 1681 y 1684 y entre 1690 y 1693. Al
parecer fue durante su primer priorato, en que se hizo la obra.
En todo caso, el ambiente es el más antiguo de los que se conservan en el monasterio.
La presencia de un estema o escudo de la priora, como vemos, formado por la Cruz de la
Orden Dominica, el báculo con una rosa en medio de él y, más abajo lo que podría ser una
hostia y un copón, refuerza la idea de que este ambiente, antes de ser convertido en cocina,
fue una Capilla.
Es indudable que los estemas o escudos son colocados en los lugares principales y no en las
cocinas. En un monasterio la Capilla es el lugar principal.
El sentido práctico de las religiosas hizo posible el cambio de uso del ambiente, convirtiéndolo
en la cocina comunitaria.
Es menester recordar que siendo obispo de Arequipa, monseñor José Benedicto Torres y,
ejerciendo el cargo de priora la madre Manuela de Nuestra Madre Santa Catalina Gonzales de
la Fuente, se implantó la vida común, el 21 de setiembre de 1871. Ella entró en 1807 al
monasterio a pesar de la oposición de su madre, después de tener una visión en que ella se vio
muerta y escuchó una voz que le decía: Estás muerta. Por su trato con las Almas del
Purgatorio de quien era devota supo de la muerte de su hermana en Majes. Ella tenía parte de
la cabeza como tostada.
Desde sor Ana de los Ángeles Monteagudo, cuando fue priora (1647 - 1650) pasando por las
acciones pastorales de los obispos Pamplona y Chaves de la Rosa, hasta que se puso en
efecto la plena y total vida en común, las religiosas de Santa Catalina fueron revisando y
variando sus costumbres de vida, suprimiendo la esclavitud en el interior del claustro antes que
en el mundo exterior, renunciando a caudales propios y departiendo como una sola familia para
todos los efectos.
Sala de Dulces
(Comedor - Pozo)
Al cambiarse de uso a la Capilla, esta sala tuvo dos finalidades. Albergó un pozo para sacar
agua de un canal que cruzaba el monasterio, y así se facilitaron las tareas de la cocina
comunitaria. El arcén o brocal inicial, fue elevado en altura en poco antes de 1990, para
proteger a los visitantes.
También en esta sala funcionó el primer gran comedor comunitario, después de la reforma. Es
costumbre de los monasterios, ubicar el comedor muy cerca de la cocina.
Ahora, en esta sala se exhiben utensilios de cocina. Los peroles que observamos, nos hace
recordar que las religiosas de este monasterio fueron expertas en la elaboración de dulces y
especialmente de manjar blanco, un dulce basándose en leche, antes de 1700.
Igualmente hay artesas para la preparación de la masa de harina, afilador de cuchillos, filtro de
agua, mortero y otros elementos.
Jaculatoria
(Calle Granada)
Esta calle, tan ancha que nos hace pensar en un boulevar o avenida, es llamada Granada.
Tiene como telón de fondo a la inscripción que vemos sobre la pared externa del antiguo
comedor. Es una jaculatoria y refuerza la idea de que este lugar, antes de ser empleada como
cocina y comedor, fue una Capilla.
La jaculatoria, escrita con las abreviaturas empleadas a finales del siglo XVII, dice:
Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar y la limpia concepción de Nuestra Señora
concebida sin mancha ni deuda de pecado original. Amén. Jesús, María y José.
La zona de la calle Granada, por sus características, es al parecer la más antigua. En 1834,
cuando Flora Tristán se refugió en este monasterio, describe este ambiente como el viejo
convento que se unía con el nuevo, mediante una gradería. Hasta aproximadamente 1670
limitaba al norte con la calle de la ciudad, lo que hoy viene a ser la calle Sevilla.
Flora Tristán afirma que "la distribución interior del convento es muy extraña. Se compone de
dos cuerpos de construcción, uno de los cuales se llama el antiguo convento y el otro el
nuevo."
Callejón
Desde este punto protegido por rejas, se aprecia las ruinas de las celdas que estuvieron
ubicadas entre las calles Sevilla y Granada.
También se puede apreciar, en los restos de celdas, el sistema de albañilería que predominó
en la arquitectura arequipeña. Las antiguas paredes de gran sección, entre uno y dos metros
de espesor, son, en realidad, dos paredes de albañilería: una interior y otra exterior, rellenada
en el centro con piedras o canto rodado y/o retazos de sillar embebidos en mortero sobre la
base de cal y arena. Estas paredes permiten sostener una bóveda de sillería.
Bañera
Esta bañera es contemporánea a la pileta de la plaza Zocodover y fue destinada para el uso de
las religiosas.
Las monjas tuvieron que compatibilizar su austera Regla, escrita en el año 423 por San
Agustín, y los hábitos de higiene.
Esta Regla señala que una religiosa no debe ver el cuerpo de otra y, aunque las religiosas
utilizaban traje talar para bañarse, encontraron una solución para cumplir con los dispositivos,
colocando una tela desde el techo hasta el nivel del agua, que dividiera en dos ambientes la
bañera. Esto permitía que dos religiosas pudieran bañarse simultáneamente.
La bañera fue construida dentro de una celda, haciendo uso, una vez más, de sentido práctico.
Para temperar el agua se encontró como solución el abrir en el techo una claraboya que
permitiera el paso de los rayos del sol.
En la bañera, además de la existencia de dos ambientes utilizados como vestidores se
encuentra una hornacina, que nos hace pensar que todo lugar es bueno para dar gracias a
Dios.
Plaza Zocodover
El nombre de esta plaza es el mismo del que tiene la plaza de la ciudad de Toledo en España,
y que fuera construida por los árabes en el siglo IX. Fue mercado y plaza de toros. Su fama se
acrecentó al ser incluida por Cervantes en su Quijote.
En ella se ubica la única pileta que ha sobrevivido al paso del tiempo y cuya historia se cuenta
en la placa adosada a la pared. La placa señala que se dio agua por cañería de fierro, siendo
priora la madre María Manuela del Espíritu Santo y Hurtado, durante su segundo priorato, el
año de 1865. Ella ingresó al convento el 6 de enero de 1821 y murió el 20 de octubre de 1884.
Era devota de la Animas del Purgatorio.
Aunque desde 1539, se empleaba, en otras partes del mundo, la cañería de plomo para la
conducción del agua gracias a la fabricación que hizo Robert Broke, secretario de Enrique VIII
de Inglaterra, en Arequipa comenzó a ser conducida el agua por cañería de barro a partir de
del 20 de octubre de 1735.
En esa fecha se inauguró la pila de bronce con juego de aguas coronada del tuturuto que hasta
hoy luce la Plaza Mayor o Plaza de Armas. La instalación de dicha pileta la hizo a su costa, el
obispo Juan Cavero de Toledo.
En el mundo, a partir de 1858 con el descubrimiento del alemán Oxlad de que el wolframio
endurece al hierro, comenzó a emplearse la cañería de hierro para conducir el agua, es decir
tres años antes que en Arequipa y siete antes que en el Monasterio.
El monasterio de Santa Catalina en 1834 contaba con dos piletas que surtían de agua a las
religiosas, además de un pilón que atendía las necesidades de la población vecina.
Las puertas de los ambientes que se encuentran rodeando la plaza Zocodover, muestran un
trabajo de tallado de madera muy interesante y que corresponde al siglo XVIII.
Al empezar el Pasaje
Estamos en la zona religiosa por antonomasia en el monasterio. Sobre el lado izquierdo se
ubica la antesacristía, antigua Sacristía, que se comunica por debajo de las gradas de la
escalera con la actual Sacristía, el templo de Santa Catalina y, a la derecha, la celda que
tradicionalmente se ha asignado como la ocupada por sor Ana de los Ángeles Montegudo, la
religiosa más destacada del monasterio y, la arequipeña que ha traspasado la barrera de los
siglos por su humildad, virtudes en grado heroico y milagros. La escalera permitía únicamente
acceso al camarín de la Virgen de los Remedios. Ahora, allí se ha habilitado un mirador.
Hacia el Mirador
A partir del año 2000 se ha creado un ambiente que permite apreciar desde lo alto el complejo
arquitectónico del monasterio.
Haciendo uso de la escalera de sillar que lleva a la parte posterior del camarín de la imagen de
Nuestra Señora de los Remedios, se llega al Mirador.
Dado lo empinando de los peldaños y, a pesar de habérsele dotado de un pasamano, visitar
este ambiente puede ser riesgoso para niños y ancianos.
Al final de las gradas se tiene un amplio desembarco en el que se ha construido en sillar cuatro
poyos donde el visitante se pueda sentar. Se ha elevado el resalto para proteger al visitante,
mientras admira el paisaje.
Desde esta zona podemos apreciar la nueva Clausura, que es aquella donde se encuentran los
maceteros. También podemos apreciar una sala de segundo piso, sobre el ambiente que
conocemos con el nombre de De Profundis.
El volcán que se observa, al norte, al fondo, se llama Chachani y el templo que desde aquí se
aprecia, como si fuera un cohete, es el del convento de la Recoleta, ocupado por frailes y que,
también está abierto al público con sus museos y su gran biblioteca. Delante de nosotros están
las intrincadas calles y celdas del monasterio en una vista panorámica de conjunto.
Como alguno de ustedes habrán contado, los peldaños de la escalera son 33.
Ultima cocina
A finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, la comunidad religiosa de Santa Catalina
utilizó una cocina de fierro que funcionaba con carbón de piedra, leña y otros combustibles. En
1953 ésta fue reemplazada por una moderna cocina eléctrica. En el mundo los
electrodomésticos comenzaron a ingresar en los hogares después de 1901.
Si se observa hacia arriba se puede apreciar un tiro o chimenea en forma de pirámide, que
aparenta ser muy alto.
Pasando al patio se puede apreciar la real dimensión del tiro. Parecía muy alto debido a una
ilusión óptica generada por la forma especial de su construcción.
Ultimo comedor
En la puerta de este ambiente se aprecia el escudo de la Orden Dominica. Este es el último
refectorio o comedor, donde las religiosas tomaban su colación o refacción para reponer
fuerzas.
Como en cualquier familia, en este comedor la Priora ocupaba el lugar principal, mientras que
las madres del Consejo se ubicaban a los costados y luego las monjas, según su antigüedad,
hasta llegar a las más jóvenes.
Mientras las religiosas tomaban su colación, una de ellas, desde el púlpito, leía la Biblia, las
cartas apostólicas, las cartas pastorales, encíclicas, etc.
Este refectorio fue reparado en 1938. Su bóveda fue reforzada, se enmaderó el piso y se
colocaron los espaldares de madera a los asientos.
De las paredes cuelgan pinturas realizadas en diferentes épocas y que siempre han
pertenecido al monasterio.
Sobre la puerta principal de acceso al refectorio se muestra una pintura de Cristo Crucificado,
cuya imagen parece deberse al pincel de un artista nativo o, que fue trabajado en los coloniales
talleres por el maestro y sus ayudantes. Esto explicaría la belleza y el trazo firme de los rostros
de la Virgen María y San Juan.
Al lado del púlpito se encuentra un antiguo cuadro de Sor Ana de los Ángeles Monteagudo en
oración mientras un sacerdote celebra la Misa. Esto nos recuerda que el licenciado Diego
Vargas Machuca, prebendado de la iglesia Catedral introdujo un pintor en la clausura para
obtener una imagen de sor Ana de los Ángeles que por entonces estaba ciega. La venerable
monja reprendió al sacerdote que quedó turbado al haber sido descubierto en su intento.
Tras la silla de la Priora se encuentra un interesante cuadro de la Última Cena. En ella el artista
presenta platos típicos de la zona, como los camarones, sobre la mesa de Jesús y sus
discípulos.
Claustro Mayor
Visitamos el Claustro Mayor, uno de los tres claustros existentes en el monasterio y que sus
dimensiones justifican el nombre que tiene.
Como en los claustros del Noviciado y de los Naranjos, sus arcos están utilizados para
enmarcar, con festones de madera, pinturas destinadas a la enseñanza y edificación espiritual
de las religiosas. También están los confesionarios. Primero veamos las pinturas.
Aquí los cuadros relatan la Vida de la Virgen María y de Jesús. Los bastidores están
enmarcados en madera que ha sido dorada en estofado.
Estos cuadros, como gran parte de los existentes en el monasterio han sido repintados
alterando su belleza inicial, que en alguno de los cuadros se puede advertir.
Un total de 23 cuadros, en el Claustro Mayor, están vinculados fundamentalmente a la vida de
la Virgen María y los otros 9 están destinados a presentar pasajes de la vida pública de Jesús.
En los cuadros sobre la vida de Jesús se presentan en un mismo lienzo varias escenas en
lontananza que el pintor ha miniado o escorzado.
Los cuadros que representan La Anunciación y La coronación de la Virgen fueron trabajados
con un proceso similar al estofado y esgrafiados, resaltando el pan de oro bruñido. Estos dos
cuadros son los menos alterados en los distintos procesos de refacción, poco acertada, a los
que fueron sometidos los cuadros.
Las pinturas fueron realizadas por un pintor, hasta ahora anónimo, gracias a la donación que
hiciera para tal objeto el benemérito obispo de Arequipa, Juan de Otárola Bravo de Lagunas en
1722. Su rostro aparece en una esquina del primer cuadro de la serie, tal como se
acostumbraba en aquellos años.
Los florones o jarrones que adornan con follajería las pechinas en la arquería de este claustro
son una recreación del pintor español Rael García Quinto, poco antes que el monasterio fuera
abierto al turismo. Antes existieron también florones que en múltiples oportunidades fueron
ocultados por sucesivas capas de pintura.
Las galerías del Claustro Mayor fueron construidas entre 1717 y 1722, durante el mandato
prioral de sor Andrea de Guadalupe Valencia, tal como queda señalado en el estema de la
referida priora y que aparece como cierre de una de las cubiertas de las galerías. Esta religiosa
ingresó como monja el 18 de enero de 1681 y murió el 25 de mayo de 1730.
Confesionarios
También en el Claustro Mayor se ubican cinco confesionarios para el uso de la religiosas. Las
religiosas contaban con la privacidad requerida, gracias a la forma como se construyeron los
confesionarios.
Los sacerdotes se ubicaban en los ambientes especiales que existen en el templo y las
religiosas en estos pequeños ambientes.
La comunicación para la confesión y la subsiguiente absolución se verificaba a través de una
placa metálica con perforaciones que vincula los dos ambientes sólo por el sonido de la voz.
Las monjas sentadas en el poyo recibían también los consejos del confesor cuando requerían
del acompañamiento espiritual.
Siendo la confesión un Sacramento tan personal, es prejuicioso, por decir lo menos, pretender
imaginarse los temas de confesión de las religiosas.
Sin embargo, la presencia de los confesionarios en estos claustros, permite recordar las
palabras de Jesús: Quien esté libre de pecado, lance la primera piedra.
También permite reflexionar sobre la importancia del Sacramento de la Penitencia, como medio
de perfeccionamiento de la vida espiritual.
La vida, siguiendo el mandato de Jesús, se debe orientar por el amor, lo que expresado de otra
forma implica que aquello que atente o esté en contra del amor se debe considerar como falta
o pecado. Se roba, se mata, se es infiel, etc., por falta de amor.
Bajo esta óptica, el examen de conciencia y la confesión de boca se debe realizar también no
sólo a partir de las faltas o pecados de acción o comisión, sino también de aquellos que son
producto de la omisión y de los que se admiten con el pensamiento o con la palabra.
Cuando el perfeccionamiento espiritual se acentúa, la confesión se realiza con mayor precisión
y también con mayor rigurosidad y celo.
Coro Alto
Subiendo hacia el Coro Alto, encontramos, tras la puerta, un amplio espacio donde existe un
viejo órgano, y el acceso a la torre que fue construida en 1748. Aquí se ubicaban las religiosas
de Velo Blanco, las Donadas y las conversas para asistir a los Oficios Divinos y las
celebraciones Eucarísticas.
Las religiosas de Santa Catalina llegaron a clasificarse en tres tipos, atendiendo a su vocación,
carisma y monto de su dotes.
Las religiosas de Velo Negro se dedicaban fundamentalmente a la oración, dando dote
completa. Las religiosas de Velo Blanco otorgaban media dote y compartían sus momentos de
oración con el trabajo manual o material. Finalmente, las Donadas, que no entregaban dote
alguna, aunque muchas pudieron hacerlo, se dedicaban a realizar tareas domésticas, como
medio de entrega y expresión de humildad.
Sin embargo, la carencia de dote no fue en el monasterio de Santa Catalina, un obstáculo para
la concretización de su vocación. En los libros de ingreso de las monjas se registran muchos
casos de jóvenes que sin dote llegaron a ser monjas de velo negro.
Es evidente que el mantenimiento de las religiosas en el interior del monasterio dependía del
caudal colectado con las dotes y, en ese afán la historia registra casos singulares como las de
las hermanas Catalina y Francisca Boso, nietas de uno de los fundadores de la ciudad. Las
dotes entregadas, aunque no cubrieron el monto establecido fueron logradas mediante una
colecta ciudadana en la que hubo el aporte de 45 personas que entregaron 900 botijas de vino,
20 mulas y pesos en efectivo.
En otro casos fueron los obispos, gene piadosa, la ciudad a través del Cabildo, el gobierno
central en la primera década de la República o el monasterio, quienes asumían el monto de la
dote, evitando de esta forma que la vocación religiosa tuviera como obstáculo el dinero.
Antes de retirarnos de esta zona, es necesario que señalemos la importancia que tiene la
campana para las monjas de clausura. El sonido de la campana señala la vida del claustro,
marca las horas canónicas o de oración así como de todos los momentos de la vida religiosa.
Celda: Madre
Juana de San José Arias
Tradicionalmente se ha afirmado que la celda ubicada bajo las gradas que llevan al Coro Alto
fue ocupada por una religiosa que tuvo una profunda vivencia mística y cuya meditación estuvo
vinculada con la Pasión y Muerte de Cristo.
Según la tradición, ella decoró la celda con los símbolos que recuerdan la Pasión de Cristo. Así
se aprecia la corona de espinas, los clavos, los dados que emplearon los soldados romanos
para el sorteo de sus sagradas vestiduras, etc.
La religiosa se llamó Sor Juana de San José Arias. Ella llegó el 15 de agosto de 1674, cuando
tenía 16 años, procedente de Oruro, en el Alto Perú (hoy Bolivia).
Igualmente afirma la tradición, que la joven llegó portando una Cruz, que encontró en su
camino y que era de una pieza.
El Cabildo de la Ciudad autorizó que Juana Arias ingresase en el monasterio sin dote y,
agradeció a la comunidad catalina que había solicitado tal gracia, por la oportunidad de servir,
en esta forma, a una joven tan virtuosa.
Ella, convertida en monja de velo negro, el 10 de setiembre de 1691, fue encontrada muerta de
rodillas, con los ojos abiertos, con el breviario abierto entre sus manos, como en estado de
éxtasis.
Así fue retratada. Su bello rostro se encuentra plasmado en un cuadro en la Sala De Profundis.
Sus contemporáneas la consideraron Venerable y señalaron que había muerto por puro amor a
Dios.
Bajo Coro
Desde aquí, si las cortinas lo permitieran, se observa el interior del templo de Santa Catalina,
de una sola nave, terminado de construir poco antes de 1747 y, tras su reconstrucción,
consagrado por última vez el 21 de diciembre de 1874.
El templo que en varias oportunidades sirvió para atender los oficios religiosos de la Catedral y
del templo de San Agustín, muestra en el altar un bello frontal de plata repujada. Ambas obras
fueron efectuadas en el priorato de sor Juana Rosa de Nuestra Señora de los Dolores y Salas.
Este es el Coro Bajo, donde las religiosas de velo negro participaban en el rezo de las Horas
Canónicas (vísperas, completas, maitines y laudes) y las Horas Menores (prima, tercia, sexta y
nona) así como de la celebración de la Santa Misa.
Actualmente las religiosas de Santa Catalina asisten, desde aquí, a la celebración eucarística
que se efectúa en el altar más cercano al doble enrejado.
Abriendo brevemente el doble enrejado que separa el templo del Coro, a través de una especie
de cratícula, las religiosas reciben el sacramento de la Eucaristía.
En el templo al lado izquierdo, mirando al altar, rodeado de una pequeña reja, ubicado frente a
la segunda puerta que se aprecia desde el Coro Bajo, se encuentra un altar con la imagen de
la Beata sor Ana de los Ángeles Monteagudo. Fue esculpida por el español Rafael García
Quinto.
Debajo de dicha imagen se encuentran los restos de la Beata, los mismos que hasta el 22 de
enero de 1985, estuvieron entre las rejas que separan el Coro Bajo del templo.
Este Coro, con su techo trapecial o en ochave, similar a los techos de mojinete de Tacna y
Moquegua, ha sido testigo de la elección democrática de las prioras que dirigieron el
monasterio desde 1586, es decir casi cuatro siglos antes que las mujeres arequipeñas del
mundo exterior pudiesen intervenir en la elección de sus autoridades.
Las paredes de este Coro, hasta aproximadamente mediados del siglo XIX, estuvieron
decoradas, incluso con pan de oro. Un delicado trabajo de limpieza podrían convertir a este
ambiente como uno de los mejores exponentes de la decoración mestiza de todo el ámbito del
virreinato del Perú.
Aunque no se conoce la razón exacta por la que se cubrió la decoración de pan de oro, se
puede suponer que caben dos posibilidades:
La primera: Se habrían encalado las paredes como consecuencia de una medida aséptica
contra alguna de las pestes que afectaron a la ciudad.
La segunda posibilidad: Se habrían cubierto las decoraciones como consecuencia de una
decisión vinculada al voto de pobreza de las religiosas.
Tanto las paredes como el subsuelo de este coro fueron utilizados, en el pasado, como zonas
de sepultura. Así, por ejemplo, en 1898, siendo priora la madre sor Juana Rosa de Nuestra
Señora de los Dolores y Salas, se encontró un pequeño cajón con los restos de Sor Juana de
San José Arias. El hallazgo se produjo en momentos en que se aderezaba o reparaba el Coro.
Los restos ubicados al lado derecho del Coro Bajo, estaban en un retazo de tela y al volverlos a
colocarlos en el mismo lugar, se adosó una piedra de Berenguel que hoy no se aprecia.
Una placa, que se distingue al costado inferior del segundo cuadro, el que representa a San
Antonio, recuerda que a esa zona fueron trasladados los huesos de sor Juana de San José
Arias en 1729.
Dos etapas y dos estructuras arquitectónicas se aprecian en el Coro Bajo. La primera
corresponde al techo trapecial, que muestra grabado en relieve la Cruz Trinitaria.
Fue precisamente el único obispo trinitario que ha tenido la diócesis, Juan de Almoguera quien
aportó para esta construcción.
La segunda estructura corresponde a una ampliación posterior y su cubierta es de bóveda.
En esa zona, construida posteriormente, se encuentra un facistol de cuatro caras, rodeado de
una sillería de coro.
Las paredes están decoradas con cuadros de un Vía Crucis de sólo 13 Estaciones.
Dormitorio Común
(Pinacoteca)
Este es el dormitorio común de las religiosas de Santa Catalina y, como en el caso de la
bañera, aquí, desde el techo, colgaban telas para separar los ambientes.
En 1834, Flora Tristán señalaba que:
Desde hace más de veinte años esas señoras ya no viven en común. El refectorio ha sido
abandonado, el dormitorio igualmente, aunque por la forma, cada una de las religiosas tiene
todavía un lecho blanco como la regla lo exige.
El ambiente tiene forma de cruz latina y actualmente es la Pinacoteca del monasterio,
albergando a 107 cuadros.
Entre los cuadros más interesantes figuran el de San Nicolás, arzobispo de Mira, pues en la
leyenda escrita al pie de la pintura nos brinda tres niveles de información.
El primero, responde a la pregunta: ¿Quiénes vivían en el monasterio? al señalar que "Las
religiosas y demás personas (esclavas, educandas, seglares) que rezaren un Padrenuestro ..."
El segundo, absuelve la pregunta: ¿Cómo eran las prácticas religiosas del siglo XVIII?. Por el
cuadro sabemos que eran una mezcla de sacramentales (agua bendita, indulgencias),
devociones (fiestas, vísperas) y sacramentos (Eucaristía).
Finalmente nos precisa ¿Cuál era la aspiración de las religiosas de Santa Catalina?. La mayor
aspiración de las religiosas, indudablemente era y es el perfeccionamiento espiritual ("... por el
mayor adelantamiento en perfección de este santo convento...")
En el cuadro de Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden Dominica, se muestra el
uso del cilicio de sangre en la cintura y de la disciplina. Esta pintura en un raro cuadro en que
se presenta el amamantamiento místico de la Virgen. Pese a que ha sido adulterado, al
haberse cubierto el pecho de la Virgen, probablemente en el siglo XIX y haberse tratado de
cubrir, en la última década del siglo XX, el recorrido del calostro desde el seno de la Virgen
hasta los labios del santo.
Igualmente interesante es el cuadro del "Señor de los Temblores", en una versión de pintura
cusqueña del siglo XVIII.
Este cuadro podría tener también el nombre del Señor del Mestizaje o Señor de la
Identificación, por el mensaje que trasunta el lienzo.
Si se observa con detenimiento, podemos apreciar el rostro del sacerdote, del donante, que
está al pié del Crucificado. Es claramente europeo, occidental. En cambio el rostro del Cristo es
mestizo. Es andino.
La costumbre de los pintores europeos de representarse como parte de sus obras, pudo haber
sido copiada por el anónimo pintor andino de este cuadro, o también es factible que el autor
pretendiese identificar a su pueblo con el sufrimiento de Cristo.
Una particularidad propia de los pobladores andinos, vinculada a las malformaciones
congénitas, presentada en la pintura de Cristo, permite esta disgregación.
En los pueblos andinos, ante la presencia de fiebre o de enfermedades como el paludismo u
otras similares, se administraba quinina.
Este producto natural, como droga que es, genera muchos problemas de malversaciones
congénitas, y que el mundo andino denomina socta a quien la presenta. En medicina esta
malformación se conoce como polidactia.
La malformación proviene del uso de la quinina por una mujer en estado de gestación. Su hijo,
al nacer presenta un sexto dedo en el pie o en la mano.
En el caso específico de este Cristo, el pintor los hizo socta, pintándole seis dedos en su mano
derecha.
¿Se identificó el pintor con el Cristo o quiso identificar a su pueblo con el tormento del
Crucificado? No se sabrá con certeza. Lo objetivo es que este Señor de los Temblores es socta
como muchos pobladores andinos.
El cuadro de la Virgen y el Niño, estofado con pan de oro y esgrafiado, es copia de la
denominada Virgen de San Lucas que los jesuitas adoptaron para su predicación. Destaca por
tener la misma característica del Arcángel San Miguel en la Sala Zurbarán, tener una mirada
estereoscópica. Los ojos de la Virgen dan la impresión que nos siguen con amorosa mirada.
El lado derecho de esta pinacoteca alberga un total de 26 cuadros referidos a la vida de Santa
Catalina de Sena, la Doctora de la Iglesia que da nombre a este monasterio.
Así mismo en la nave transversal se aprecia un tenebrario, que es un candelabro para quince
velas, utilizado en los oficios nocturnos del Viernes Santo. Se apaga una vela después del rezo
de cada Salmo (nueve en total) y de cada meditación (seis en total). Al concluir el Oficio se
queda en completa obscuridad, recordando a la que se produjo en el instante de la muerte de
Cristo.
En la pared se encuentra grabado el estema del único obispo trinitario de Arequipa, Juan de
Almoguera, quien hizo edificar, como queda dicho, el templo y los dormitorios de este
monasterio antes de 1673, obras en las que gastó más de 5 mil pesos.
Esta Pinacoteca, en los últimos años ha servido, en múltiples oportunidades para la
presentación de importantes eventos musicales y culturales.
Sin duda alguna, por la trascendencia histórica del acto, la ceremonia más importante realizada
en este recinto se verificó el 19 de noviembre de 1982, cuando el entonces presidente de la
República, arquitecto Fernando Belaunde Terry, instaló el Tribunal de Garantías
Constitucionales.
Dicho Tribunal, por mandato de la Constitución de la República, tiene su sede en Arequipa y
debe cautelar los derechos de todos los peruanos, sin excepción.
Imaginería
Finalizando la visita al monasterio de Santa Catalina de Sena, que alcanzó sumar su primer
millón de visitantes a las 10:30 horas del 28 de enero de 1985, se aprecia un ambiente
destinado a presentar imágenes de diversa épocas.
Apreciamos las imágenes de Jesús Resucitado, San Juan, Jesús coronado de espinas, San
Agustín, San José, Santa Catalina y en medio de ellas la de Jesús Nazareno. Indudablemente
ésta es la más bella de las imágenes del conjunto.
Este Nazareno tiene los rasgos de las bellas obras de Juan Martínez, El Montañés, escultor
español de comienzos del siglo XVI.
Sin embargo, la presencia de ojos de vidrio en la talla y de vestido de tela encolada, nos hacen
pensar en una obra del siglo XVII.
Esta imagen de madera policromada bien pudo ser realizada por alguno de los discípulos de El
Montañés. Obras de ellos existen en Arequipa, en el templo de Santiago o de La Compañía de
Jesús. Allí hay un Señor Crucificado de Gaspar de La Cueva y una escultura de San Sebastián,
hecha por Diego Rodríguez. Tanto Gaspar de la Cueva como Diego Rodríguez, fueron
discípulos de Juan Martínez, El Montañés.
Documentación
El 10 de setiembre de 1579, una mujer viuda, de 36 años, María de Guzmán, ve concretados
sus afanes, con la firma de las capitulaciones de la fundación del monasterio de Santa Catalina
de Sena, por el Cabildo, Justicia y Regimiento de la Ciudad de Arequipa, y por Martín Abad de
Usunsolo, vicario del obispo del Cusco, Sebastián de Lartaún.
Ese mismo día, cuatro jóvenes mujeres, de distintos estratos sociales y situaciones
económicas, expresan su voluntad de ser religiosas de clausura.
En la vitrina, además de apreciar algunas copias fotostáticas, se puede observar el cuadernillo
de documentos originales de esas primeras cuatro peticiones.
Es interesante resaltar que la petición que se puede ver es la de una joven llamada Juana
Pérez, nombre y apellido comunes en todas las épocas. La petición es suscrita por el
progenitor de la joven, Bartolomé Pérez, un artesano, como muchas personas en Arequipa, y
que con ese orgullo propio de la gente de trabajo se compromete a pagar la dote asignada para
las jóvenes que ese día pedían su admisión como monjas. Seis años después, Bartolomé
Pérez terminó de honrar su palabra empeñada.
A un costado podemos apreciar diversos cuadros, sobresaliendo una internaste versión de
María Magdalena, realizada a finales del siglo XIX por el pintor local, Eugenio Pino.
Al fondo, se presenta los cuadros de un Vía Crucis, realizado por el pintor contemporáneo,
Manuel Ugarte Chocano.
Hasta aquí, al concluir la visita al monasterio de Santa Catalina de Sena, hemos recorrido este
cenobio, que llenaron más de cuatro siglos de silencios mestizos y, hemos obtenido una rauda
visión de más de cuatro siglos de historia nacional y arequipeña, de historia virreinal y
republicana, en fin, de historia peruana.
Salida
Habiendo concluido la visita al monasterio de Santa Catalina, usted amigo lector, puede
inscribir su nombre en el Libro de Visitantes, como testimonio de su presencia en este cenobio.
Esperando haber colmado sus expectativas de conocimientos sobre este bello monumento y su
entorno, eje central del Centro Histórico de Arequipa, declarado por la Unesco, Patrimonio
Cultural de la Humanidad el 29 de noviembre del año 2000, les deseamos una grata
permanencia en Arequipa.