J a c q u e s Ranciere
El inconsciente
estético
' i /
serie
P,\;N'5,: :,,1,J,!i.NTO co N T E M P O R Á N EO
del estante
editorial
del estante e d i t o r i a l
sello de la fundación centro de
estudios multidisciplinarios (cem)
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Silvia Costanzo
Próximo título
Gracida Frigerio
Gabriela Diker (comps.)
Educar: ese acto político
serie
PENSAMIENTO .CONTEMPORÁNEO
El inconsciente estético
J a c q u e s Ranciere
El inconsciente estético
del estante
editorial
Ranciere, [acques
El inconsciente estético. - 1 ° ed. - Buenos Aires:
del Estante, 2005.
104 p . ; 2 0 x \ 3 crn.
ISBN 987-21954-0-4
l. Filosoffn. 2. Estética. l. '[itulo
CDD 111.85
Edición original:
L'i11c011Jcie11t esthérique
© 200 i, Éditious Galilée
9 rue Linné, París
ISBN 2-7186-0554-5
Primera edición en español, 2005.
Traducción: Silvia Duluc
Silvia Costanzo
Laura Lamben
© del estante editorial
sello de la fundación centro de estudios nndtidísciplinarios (cem)
Av. Córdoba 991 2° A
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ISBN 987-21954-0-4
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medio, sin l.1 .uuot izacióu expresa de !a editorial.
Prefacio
n texto tiene siempre varios con
U textos. El que sigue responde,
ante todo, a un pedido hecho por una
escuela de psicoanálisis'. Intervenir co
mo filósofo ante miembros de otra
corporación es una actividad que se
presta a equívocos. En nombre de la
interdisciplinariedad uno recibe al
otro o va de visita a lo del vecino.
Pero la mayoría de las veces es para
confirmar la identidad y el lugar pro-
1. El presente texto proviene de dos confe
rencias dictadas en Bruselas en enero de 2000,
en el marco de la Escuela de Psicoanalistas,
por invitatjón de Didier Crornphout.
[.L (NCO!'<SCIENT:E FS.Il.:TlCO
píos en la república de los sabios, para asegurarse
de que esa gran república está hecha de pequeñas
repúblicas soberanas: de disciplinas provistas cada
una Je su terreno y sus m é t o d o s propios. Ese inter
cambio de cumplidos deja entonces las cosas como
están. Me parece preferible practicar otra cosa: la
rransdisciplinariedad, es decir, la actitud quc se inte
rroga acerca de eso "propio" en cuyo nombre se
practican esos intercambios. Nos interesamos en
tonces en las tormas de percepción, en los actos
intelectuales y en las decisiones que presidieron la
i o rm a c i ó n de esas pequen.as repúblicas, en la cons
titución de sus objetos, sus rcglarnentos y sus fron
teras. Esta actitud considera a las disciplinas como
Iormaciones históricas constituidas en torno a
objetos litigiosos. Esos objetos son litigiosos en
<los sentidos. Lo son, primero, por su naturaleza.
Se admite facilmente que hay relaciones sociales o
pensamientos inconscientes. Ahora bien, qu_e la
Sociedad o el Inconsciente existan es otra cues
tión. Pero esos objetos t a m b i é n son litigiosos en
el sentido de que no es fiícil asignarles un propie
tario: la justicia del filósofo, s e g ú n nos demuestra
Platón, se recorta sólo en un combare nunca
acabado con las justicias de los hombres hones
tos, los tribunales, los poetas y los mercaderes.
PREFACIO
Eso quiere decir que el filósofo no sale, para ir de
visita a casa ajena, del terreno que le pertenecería.
La casa del filósofo _siempre está en algún lugar en
el cruce de las casas de los demás. Desde luego,
con los demás pasa igual. Si el psicoanálisis pu
do, 1nuy te111pranan1ente, redoblar su práctica
específica con una actividad más amplia de inter
pretación de las obras de arte y de los trastornos
de la civilización es porque el inconsciente no es el
objeto propio que le brindaría los medios para
aclarar las prácticas de los otros o para desbaratar
las ilusiones que éstos se hacen. Es un objeto liti
gioso, ganado y siempre por volver a ganar sobre
otros inconscientes, sobre otras formas de deter
minación de un espacio y una racionalidad del
pensamiento inconsciente.
Este pequeño libro intenta demostrar eso en
un punto preciso: el que concierne al lugar del
arte en la teorización freudiana. Son incontables,
desde hace un siglo, las contribuciones de psicoana
listas o pensadores inspirados por el psicoanálisis
a la reflexión sobre el arte. Esa insistencia única-
111e11te se entiende si se toma en cuenta la relación
inversa. Si el autor de La interpretación de los sue
ños hace muchas veces referencia a poetas y escrito-
' .
res no es para probar la capacidad del psicoanálisis
7
para descifrar las fantasías de los artistas. Lo hace,
ante todo, para mostrarles a los médicos que la
obra de esos artistas da testimonio de una racio
nalidad de la "fa,;casia" que ellos no quieren ver.
Me pareció que se podía llevar m á s lejos el razo
narnienro: si Freud necesita el testimonio de los
poetas no es sólo porque las obras de éstos llevan
la huella de alguna eficacia del pensamiento
inconsciente. Es, en forma 111ás profunda, porque
las obras y los modos de pensamiento del arre del
siglo XIX constituyeron en sí mismos cierta equiva
lencia entre racionalidad del arre y racionalidad del
inconsciente. La estética, en tiempos de Schelling
v Hegel, se había declarado tal analizando los
productos del arte corno frutos de la u n i ó n entre
un proceso consciente y un proceso inconsciente.
Con Novalis, lo poesía había proclamado que todo
es lenguaje y. por su parte, la literatura y la pintura
revelaban la potencia de los sentidos y emociones
presentes en las cosas consideradas vulgares e insig
nificantes. La novela, con Balzac y Hugo, se con
sagraba a descifrar los signos de historia escritos
en las cosas y a viajar por las profundidades ocul
tas bajo el escenario de los aconrccimienros singu
lares. El teatro, en tiempos de Ibsen, Maeterlinck
y Strindberg,_ se ocupaba de hacer hablar, en el
/'.RFl',\C!O
núcleo mismo del diálogo de los personajes, al
silencio testigo de determinada potencia del terce
ro, de lo Desconocido. Resumiendo, el incons
ciente freudiano se constituye sobre el fondo de
otro inconsciente que llamé "inconsciente estético":
el paisaje de la gran igualdad de las cosas nobles o
viles, del lenguaje proliferante de las cosas mudas o,
por el contrario, retiradas en el silencio de los ora
dores. Fl inconsciente freudiano se constituye en
un diálogo con la racionalidad propia de ese régi
men novedoso de percepción y pensamiento del
arte qt1e propuse llamar régimen estético del arte'.
Este libro intenta sacar una simple conclu
\
\
sión: el arre no es un objeto del psicoanálisis como \
cualquier otro. Es un lugar de la querella de racio
nalidades en cuyo seno el psicoan.ílisis nació y debió
redefinir constantemente el sentido mismo de su
práctica. Porque el inconsciente estético no es un
simple telón de fondo histórico del que se despren
dería el inconsciente freudiano. Es una constela
ción qt1e tiene su dinámica, su filosofía y su
2. Acerca de esta noción, véanse particularmente mis
libros: l.11 rli11isió11 ele lo semibie. Estétc,'! y polítirrt, Sala
manca, Centro de Arre de Salamanca, 2002; v Mnlnise d,111s
f'esthétiq11e, Parí�1\(�alilée, 2004. .
9
rl. !NCOl\�CJENT�'. JOSTfTICO
polícica propias. Esa dinámica se puede resumir
en la tensión, fijada por Nietzsche, entre Apelo y
Dioniso. Por un lado, el régimen estético del arre
alimenta el sueño apolíneo del sentido presente en
las formas y de él extrae el proyecco de una edu
cación estético de la humanidad que forje un
mundo nuevo donde el arte, la política y la reli
gión sean una sola y la misma respiración de la co
munidad .. Pero ese mismo régimen tampoco cesa
de oponerie a su propio sueño aquello que lo con
tradice: la música dionisíaca del fondo oscuro e
insensato de las cosas. A lo largo de rodo el siglo
XIX, la novela realista, la ópera wagneriana y el tea
tro naturalista o simbolista contaron, en esencia,
una única historia cuya fórmula filosófica nos fue
dada por Schopenhauer: la disolución de las ilu
siones de la representación en la fuerza ciega de la
voluntad v la disolución de esa voluntad en el
querer de la nada o la nada del querer que _es su
verdad última. Esa intriga nihilista, reverso del
gran sueño romántico de una nueva comunidad
sensible, no sólo constituye el trasfondo histórico
de la invención freudiana. También le propone a
esa invención su filosofía: la misma que lee en las
novedades del arre los síntomas de esa insistencia
del fondo o.scuro de la civilización que desenmas-
PREFACIO
cara las bellas ilusiones del mundo nuevo y la
vanidad misma del movimienro por el cual la vi-·
da se encarniza en perpetuarse.
Es posible entonces observar en las interven
ciones de Freud sobre el terreno artístico una
apuesta central: desligar al psicoanálisis de la filoso
fía que la lógica del inconsciente estético le presta
espontáneamente, aflojar el lazo "nihilista" entre
arre y síntoma de la civilización. De ahí, por ejem
plo, lo detallado del análisis de las razones del sui
cidio del estudiante Nathaniel en El hombre de la
arena de Hoffinann o del renunciamiento de la
heroína del Rosmersholm de Ibsen a ese casa
1
\
mienro que es la coronación de sus intrigas. Debe
dejar bien sentado que a la Rebeca de Ibsen la guía
la culpa provocada por la revelación del incesto y
no el gu.sro por la nada, y que a Nathaniel lo per
turba el miedo a la castración y no la fascinación
por el autómata y la muerte. En síntesis, la racio
nalidad de la historia contada por el escritor no
debe identificarse con la intriga de la pulsión de
muerte, teoría que Freud comenzaba a elaborar por
entonces. En el momento mismo en qu e los escri
tores que comenta se ocupan de devolver las bellas
intrigas clásicas de causalidad al sentido último
de un querer-vivir irracional, la interpretación
11
! L l�CON'iCIJ.:N'JT T'':>'l {TJCO
Ireudiana opera aparentemente una contramar
cha g u e retrotrae a las historias de mido y de luria
,1 la lógica aristotélica del enc.idenamicnro de cau
sas y efectos, cuyo poder de sorpresa y dolencia
amorosa csr.i ligado al perfecto rigor que posee.
Si me aventuré a examinar las tensiones que
caracterizan a la relación del inconsciente freu
diano con el inconsciente estético y su política
inmanente no fue para "explicarles Freud'' a quie
nes lo conocen mejor que yo. Fue porque esas ten
siones son testimonio de un lazo más fundan1enral
entre nuestros modos de percepción del arte y
nuestros modos de interpretación del mundo. Ese
lazo sigue operando todavía hoy. Pero cobró formas
nuevas, de las gue es testimonio el desplazamiento
que, a partir de Freud, sufrió la relación entre el
psicoanálisis, la interpretación del arte y el análi
sis de las perturbaciones de la civilización. Ese es
el desplazamiento que señalo al referirme a la inter
pretación freudiana del Moisés de Miguel Ángel.
En contra de todos los g ue esperan del análisis la
revelación de algt'tn secreto infantil del escultor o
de a!gün signo de pesimismo saturnino en el
sueño brillante del Renacimiento, Freud reduce
al Moisés a una figura clásica mimada por el pen
sarnicnro de las Luces: el héroe que recupera el
l'RE!'ACIO
dominio <le sí en el centro de las tormentas de la
revelación divina y la cólera humana. Esa racio-
.... nalización apolínea del hombre de la Ley y el
Furor divino esui, sin "duda, muy lejos de los dis
cursos que hoy ponen a cualquier obra bajo el
signo del terror del Unbcimlichleeir y el horror de
la Cosa. Y podríamos oponer estrictamente el
Moisés apaciguado de Frcud a la estética forjada
por jean-Prancois Lyotard, que identifica lo
sublime kantiano con la Cosa freudiana. Segura
mente más atento que Freud a la singularidad
artística y la novedad estética, Lyorard pensó todo
el arte moderno en base al concepto kantiano de
\
1
"sublime", concebido como ausencia de medida
entre la potencia sensible y la potencia i ntel i g ible.
La chispa de color sobre la cela, el timbre singular
de la obra musical, lo trémul o de la escritura se
vuelven h u ell a del choque del aistbeton que saca
al espíritu de la nada sólo al precio de significarle
su servidumbre. El alm a, segtín Lyotard, llega a la
existencia bajo la dependencia de lo sensible, vio
lent ada, humillada. Pero esa dependencia del espí
ri t u respecto del choque s e ns i bl e traduce otra
dependencia más íundamcnral, que tiene que ver
con la alteridad que la ha b it a : la po te ncia in ma
ne j a b le que exwesan la Cosa freudiana o 'la ley
l.',
EL lNCOl'.SC!ENTE FSTl�TICO
mosaica, esa que pronuncia, en medio del temor y
del temblor, la Voz del Dios irrepresentable. Así, la
virtud del arre, para Lyorard, está en ser testimo
nio de esa dependencia irredimible respecto de la
. d l o d " . . )l « »
potencia e rro, e esa rruserra o ese terror
que desmantela al espíritu y que el espíritu quiere
olvidar en sus sueños de dominio: en el proyecto
de las Luces o en la educación estética de la
humanidad. La virtud del arre consiste en ser tes
timonio del desastre totalitario, consecuencia
última de ese s u e ñ o de una humanidad dueña de
su propio destino'.
Hemos visto que se forma un nudo singular
entre el pensamiento del inconsciente, la inter
pretación del arte y el análisis de la civilización.
La singularidad del arte se reduce allí a la poten
cia del Unheim!ichkcit freudiano. Y esa misma
potencia es asimilada a la "terribilidad" del hombre
conceptualizada por Heidegger cuando comenta
el célebre coro de Antígona, que proclama que el
1
3. \ éansc particulanuenre jcan-Fraucois Lvotard, Lo inhn-
11ui110. Charlas sobre t>I tiempo. Buenos Aires, Manantial.
l C)98; A,foJ'fr!idddts ;,osfluodenufS, Madrid, Tecnos, 1996; y
Heirltt((l'I' / los judíos, Buenos Aires, La marca, 1995.
Desarrollé d andlis¡s de la argumentación lyorardíana y de
sus apue,...ras bn Malaisr ... , ob. cit.
'
l'REI'ACJO
hombre es incluso más terrible que todas las cosas
terribles. Esa asimilación permite hacer lo que el
análisis freudiano se encargaba tan cuidadosa
mente de evitar: que las obras de arte se leyeran
como síntomas del malestar de una civilización.
La asimilación opera entonces aquello a lo que
Freud se negaba, es decir, la transformación del
psicoanálisis en una visión del mundo. Esa trans
formación se inscribe en u11 íenómeno caracte
rístico de nuestro presente: la tendencia a hacer
desvanecer las singularidades artísticas y políticas
en la indistinción ética. Esa desaparición está a la
orden del día en las múltiples interpretaciones del
arte del siglo XX como testimonio de lo irrepresen
table de la catástrofe totalitaria. Y aparece también
en la tendencia actual a disipar los conflictos de la
política en una lógica global de la catástrofe, de
la excepción o del terror, donde se manifestaría
algún destino inexorable de la humanidad moder
na: cumplimiento de la esencia de la técnica, re:
velación traumática del malestar en la cultura,
choque decisivo de las civilizaciones o, de modo
más prosaico, combate final de la alianza de las
fuerzas del Bien contra el eje del Mal.
En una obra mas reciente me ocupé de ana
lizar las características de ese giro ético. La apuesta
'5
1·1 l.\:( t ) l'. \ C H N l l · [\Ji'"ll{O
ya esr.i irnplícira en este libro, aun cuando tenga un
objetivo más circunscripto. El destino de un texto
es una cosa. Las apuestas que esconde son otra.
Saber cómo se relaciona el psicoanálisis con el arte
nunca puede ser un simple asunto entre el psico
.málisis y el arre. El asunto inicia la querella de
varios inconscientes, de varias maneras de vincular
la interpretación del arte con la del mundo que
produce el arte o del cual es testimonio. Esa que
rella de interpretaciones es también una querella
sobre la manera de determinar qué cosa del orden
del mundo puede o no ser cambiada. La estética,
como régimen de pensamiento del arte y del
inconsciente qtte lo habita, nació en tiempos de la
Revolución Francesa, y las querellas "estéticas"
fueron siempre, al mismo tiempo, querellas sobre
la i n t e rp re t a c i ó n de la era revolucionaria. Las últi
mas décadas recordaron esa solidaridad de diver
sas maneras: acusaciones lanzadas contra un arte
cómplice de las utopías totalitarias, proclamación
de un arte de lo irrepresentable como testimonio de
la car.ísrrofe interminable de la civilización, carne
r e ri z a c i ó n de una era "posmoderna" que le habría
puesto término a la seriedad de la utopía y el tes
rimonio, Por supuesto, no pretendo zanjar el de
bate. Las pequeúas querellas actuales remiten a
'
l'REI'1\CJ()
una guerra más fundarnenral de los discursos g ue
no pretendo resolver aquí, pero de la gue, al menos,
sí se puede intentar dibujar el terreno )' medir lo
gue está en juego.
En codo caso, hay algo seguro: mi interven
ción no apunta a poner a cada cual -el filósofo, el
psicoanalista, el artista y el político- en su propio
luga/ En realidad, más bien tiende a mostrar por
qué ninguno de ellos puede estar ahí: sencillamente
porque ese Jugar propio no existe.
\
]ACQUr:, RANCif:RE
Enero de 2005
17
Del psicoanálisis del arte
al inconsciente estético
·No me referiré, bajo este título, a
la aplicación al campo estético
de la teoría freudiana del inconsciente.
No me referiré, en consecuencia, al psi
coanálisis del arte. Tampoco a los nu
merosos y significativos elementos
que los historiadores y los filósofos del
arte han tomado prestados de las tesis
freudianas y lacanianas en particular.
No tengo competencia alguna para
hablar desde el punto de vista de la teo
ría psicoanalítica. Mi interés en este
trabajo es completamente distinto.
No pretendo saber cómo se aplican los
conceptos frcudianos al análisis y a la
interpretación de textos literarios o de
1·1. íNCONSCTE.NTC l:SlÉTlCO
obras plásticas. Me pregunto, a la inversa, por qué
la interpretación de esos textos y esas obras ocupa
un lugar esrrarégico en la demostración de la perti
nencia de los conceptos y las formas de interpreta
ción analíticas. No pienso sólo en los libros y artícu
los que Freud consagró específicamente a algunos
escritores o artistas, a la biografía de Leonardo da
Vinci, al Moisés de Miguel Ángel o a la Gradiua de
Jensen. Pienso en las múltiples referencias a textos o
personajes literarios que sostienen en general sus
demostraciones, por ejemplo, aquellas de La intcr
premcián de los sueños inspiradas en las glorias de la
literatura francesa y en las obras contemporáneas, en
el Fausto de Goethe o en Sajó de Alphonse Duuder.
Tomar las cosas al revés no significa devol
verle al investigador la pregunta acerca de sus
ejemplos ni cuestionar su particular interés por el
Moisés de Miguel Ángel o por esa pequeña nota de
los Cuadernos de Leonardo. Quienes ejercen la pro
fesión ya nos han explicado las circunstancias de la
identificación del padre del psicoanálisis con el
g u a rd i á n de las Tablas de la Ley o lo que está en
juego en su confusión entre un milano y u11 buitre.
No se tratará aquí, por lo tanto, de psicoanalizar a
Frcud. Las figuras literarias y artísticas elegidas por
él no me interesan por la referencia que hacen a la
DEL PSICOANÁLISIS DEI ARTE AL INCONSClENTF. FSTÉTICO
novela analítica del Fundador. Lo que me interesa es
saber lo que ellas prueban y lo que les permite dar
cuenta de lo que prueban. Ahora bien, en su gran
mayoría, esas figuras sirven para probar lo siguien
te: que hay un sentido en lo q,1e parece no tenerlo,
un enigma en lo que parece evidente, una "carga de
pensamiento" en lo que aparenta ser un detalle ano
dino. Esas figuras no son los materiales sobre los
males la interpretación analítica prueba su capaci
dad de interpretar las formaciones de la cultura.
Son los testimonios de la existencia de cierta relación
entre el pensamiento y el no-pensamiento, de
cierto modo de presencia del pensamiento en la
materialidad sensible, de Jo involuntario en el pen
samiento consciente y del sentido en lo insignifi
cante. En síntesis, si el médico Freud interpreta
hechos "anodinos" desestimados por sus colegas
positivistas) si puede servirse de "ejemplos" para su
demostración) es porque éstos son en sí mismos la
expresión de cierto inconsciente. Se puede decir de
otra manera: si la teoría psicoanalítica del incons
ciente es formulable es porque, fuera del terreno
propiamente clínico, ya existe cierta identificación
de un modo inconsciente del pensamiento, y el
campo de las obras de arte y de la literatura se
define como d ámbito de efectividad privilegiada
EL !NCOl\SCfEN"lí ESIJ.fJCO
de este "inconsciente", Mi interrogación concierne
al modo en que la teoría freudiana encuentra su
sostén en la configuración preexistente del "pensa
miento inconsciente", en la idea de la relación del
pensamiento y cid no-pensamiento que se ha for
mado y desarrollado de manera predominante en
el terreno de lo que llamamos estética. Trataré de
pensar los estudios "estéticos" de Freud como
marcas de una inscripción del pensamiento ana
lítico de la interpretación en el horizonte del
pe11san11ento estético.
Este proyecto supone, desde luego, una expli
citación previa en cuanto a la noción misma de
"estética". Para n1Í, no designa la ciencia o la disci
plina que se ocupa del arte. "Estética" designa un
modo de pensamiento que se despliega a propósito
de las cosas del arte y al que le incumbe decir en
qué sentido éstas son objetos de pensamiento. De
modo más fundamental, es un régimen histórico
específico de pensamiento del arte, una idea del
pensamiento según la cual las cosas del arte son
cosas del pensamiento.
Sabemos qLte el uso del término "estética"
para designar el pensamiento del arte es reciente.
Su genealogía remite generalmente a la obra que
Baumgarten publicó en 1750 con ese título y a la
DT-l PSJCOAN:\LViIS DEL ARTF Al INCON.�C!J'NTF ESTÉT[CO
Critica deljuicio de Kant. Pero estas referencias son
equívocas. En efecto, el término "estética') en el
libro de Baumgarten no designa de ninguna
manera la teoría del arte. Designa el dominio del
conocimiento sensible, de ese conocimiento claro
pero todavía confuso que se opone al conoci
miento claro y distinto de la 16gica. La posición de
Kant en esta genealogía es igualmente problemá
tica. lomando prestado de Baumgarten el término
"estética" para designar la teoría de las formas de la
sensibilidad, Kant recusa justamente lo que le otor
gaba sentido, esto es, la idea de lo sensible como
inteligible confuso. La Crítica del juicio no reco
noce a la estética corno teoría. Reconoce sola
mente el adjetivo "estético" para designar un tipo
de juicio y no una categoría de objetos.
Recién en el contexto del romanticismo y el
idealismo poskanrianos, a través de los escritos de
Schelling, de Schlegel o de Hegel, "estética" pasad
a designar el pensamiento del arte, no sin que haya
una insistente declaración acerca de Jo inapropiado
del término. Es recién entonces cuando, con el
nombre de estética, se opera una identificación
entre el pensamiento del arte -el pensamiento
efectuado por las obras de arte- y cierta idea de
"conocimiento confuso": una idea nueva y para-
,,
.EL INCON�CIENTE FST[TICO
d ó j i c a , ya que, al hacer del arte el territorio de un
pensamiento presente fuera de sí mismo, idéntico al
no-pensamiento, reúne los contradictorios: lo sensi
ble como idea confusa de Baurngarten y lo sensible
heterogéneo en la idea de Kant. Es decir que la iden
tificación hace del "conocimiento confuso" no ya un
conocimiento menor, sino exactamente un pensa
miento de lo que no piensa'.
Dicho de otro modo, "estética" no es un
nuevo nombre para designar el terreno del "arte".
Es una configuración específica de ese terreno.
No es una nueva rúbrica bajo la cual se ordena lo
que anteriormente provenía del concepto general\
de poética. Marca una transformación del régi
men de pensamiento del arte. Ese nuevo régimen
es el lugar donde se constituye una idea específica
del pensamiento. Mi hipótesis es que el pensa-
1. Sabemos que un coro actualmente dominante se ensaña
en deplorar que la estética haya sido desviada de su verda
dera destinación de crítica del juicio de gusto, tal como
Kanr la había formulado. resumiendo el pensamiento del
Iluminismo. Pero no se puede desviar sino lo que ya existe.
En la medida en que !a estética no ha sido [amás la teoría dd
juicio del gusto, el deseo de que vuelva a serlo no expresa
111:i" que el rcfnin común del "regreso" a alglín inhallablc
paraíso prcrrevoluciouario del "individualismo liberal".
DI,:1. 1'S1COANÁLIS1S DtL ARTE AL INCONSCIENTE ESTÉTICO
míen to freudiano del inconsciente no es posible
sino sobre la base de ese régimen de pensamiento
del arte y de la idea de pensamiento que le es inma
nente. O, si se quiere, el pensamiento freudiano,
cualquiera sea, por lo demás, el clasicismo de las
referencias artísticas de Freud, sólo es posible sobre
la base de la revolución que hace pasar el terreno
de las artes del reino de la poética al de la estética.
Me gustaría explicitar y justificar estas propo
siciones mostrando cómo cierto número de objetos
y modos de interpretación privilegiados de la teo
ría frendiana están ligados al cambio de estatuto de
esos objetos en la configuración estética del pensa
miento del arte. Partiré para ello, corresponde que
así sea, del personaje poético central en la elabora
ción del psicoanálisis, es decir, Edipo. En La inter
pretación de los sueños, Frend explica que hay "un
material legendario" cuya eficacia dramática uni
versal descansa en su conformidad universal con los
datos de la psicología del niño. Ese material es la
leyenda de Edipo y la tragedia homónima de
Sófocles'. Freud plantea así la universalidad del
2. Sig1nund Freud, "La interpretación de los sueños", en
1
Obras completas. 2· cd., Buenos Aires, Amorrortu, 2003,
vol. J\' y V.
LL INCONSCIEN !E E'.\I (TICO
esquema dramático edípico bajo un doble
aspecto: como explicitación de deseos infantiles
universales y universalmente reprimidos, pero
también como forma ejemplar de revelación de
un secreto escondido, La revelación progresiva y
conducida con arte de Edipo rey es comparable,
nos dice Freud, al trabajo de una cura psicoanalí
tica. Freud engloba así, en la misma afirmación de
universalidad, tres cosas: una tendencia general del
psiquismo humano, un material ftccional determi
nado y un esquema dramático planteado como
ejemplar. La pregunta que entonces surge es: ¿qué es
lo que le permite a Freud afirmar esa adecuación
v hacer de ella el centro de su demostración? O,
de otra forma: ¿es posible dar cuenta de la universal
eficacia dramática de l.1 historia edípica y del esque
ma de revelación instrumentado por Sófocles'
Plantearé esta cuestión con la ayuda de un ejem
plo que me sed proporcionado por la difícil expe
riencia de un dramaturgo que se propuso explotar
ese material exitoso.
El defecto de u n tema
n 1659 Corneille recibe d encargo
E de escribir una tragedia para las
fiestas de carnaval. Para el drama
turgo, ausente de la escena después
del fracaso estrepitoso de Pertharite
siete afios antes, es la ocasión de retor
nar. No puede permit irsc un nuevo
fracaso y sólo tiene dos meses para
escribir la tragedia. Para optimizar sus
posibilidades de éxito, busca el tema
trágico por excelencia, ya tratado por
modelos ilustres, que no tenía más que
"traducir" y adaptar a la escena fran
cesa. Elige, por lo tanto, hacer un
Edipo. Ahora bien, ese tema ideal rápi
damente ,demuestra ser una trampa.
'7
EL INCONSCJENTE ESTÉTICO
Para obtener el éxito que ya daba por descontado,
Corneille deberá renunciar a toda transposición
de Sófocles y remodelar enteramente el esquema de
revelación de la culpabilidad de Edípo, para supri
mir aquello que lo vuelve impracticable. "Me he
dado cuenta de que lo que había pasado por mila
groso en aquellos siglos lejanos podría parecer ho
rrible en el nuestro, y de que la elocuente y curiosa
descripción de la manera en que ese desdichado
príncipe se saca los ojos y el espectáculo de esos
ojos reventados de los cuales destila sangre sobre
su rostro, que ocupa todo el quinto acto en los
incomparables originales, haría indignar a nues
tras delicadas damas, quienes componen la parte
m.is bella de nuestro auditorio y cuyo disgusto
ocasionaría fácilmente la censura de quienes las
acompañan, y de que, por ú l t i m o , corno el amor no
tiene ningún papel en este tema ni las mujeres nin
gún lugar, estaba despojado de los principales
ornamentos que atraen usualmente al p ú b l i c o ' ",
l . Traducido de jcan-Picrrc Corncille, CEuvres cotnplctes.
Parí�. Callimard, 1987, t. !II, p. 18: "l'ai connu que ce qui
avair passé pour miracuieux dans ces siccles éloignés pourrair
scmbler horrible au nótrc et que C(.'Ln: éloquenre et curieuse
dcscriprion de la maniere dont ce rnalheureux prince se crcvc
le, yeux et le specracle de ces mémes yeux crcvés dont le sang >
EL DET-ECTO DE UN Th�iA
Los problemas, como hemos visto, no provienen
del dato incestuoso. Provienen de la puesta en fic
ción, del esquema de la revelación y de la corpora
lidad teatral del desenlace, En definitiva, tres pun
tos vuelven imposible la transposición simple pre
vista inicialmente. Al horror de los ojos reventados
de Edípo y a la ausencia de interés amoroso se suma,
en efecto, el abuso de los oráculos: dan a entender
demasiado la clave del enigma y tornan poco vero
símil la ceguera del descifrador de enigmas.
En síntesis, el esquema sofocleano de la revela
ción peca al mostrar demasiado lo que sólo debería
ser dicho y al hacer saber demasiado pronto lo que
debería permanecer ignorado. Corneille debe,
entonces, corregir esos defectos. Saca de escena los
ojos reventados de Edipo para preservar la sensi
bilidad de las damas. Pero también pone en
escena a Tiresias. Suprime esa confrontación ver-
< lui disrillc sur le visage, qui occupe tout le cinquiemc acre
chcz ces incomparables originaux, ferair soulever la délicaressc
de nos damcs qui co111posent la plus bclle parrie de norrc
uuditoire et dont le dégoút anirc aisémenr la censure de
ceux qui les accon1pagnent, et qu'cnfin, I'amour n'ayant
point de pare dans ce sujet ni les fcmmes d'emploi, il étair
dénué des principaux orncmcnts qui nous gagnent d'ordi
naire la voíx publique".
19
EL INCO!',;SCTENTE ESTÉTICO
bal, central en Sófocles, en la que aquel que sabe
no quiere decir -pero habla, a pesar de rodc--,
mientras que quien quiere saber se rehúsa a oír las
palabras que revelan la verdad que busca. Este
juego de escondite del investigador culpable con
la verdad, demasiado claro para el espectador, es
sustituido por una intriga moderna, una intriga
que, al ser portadora de pasiones e intereses en
conflicto, provoca la indecisión acerca de la iden
tidad del culpable. Para eso sirve la historia de
amor, ausente en Sófocles. Corneille da a Edipo
una hermana, Dirce, a quien él ha usurpado el
trono que le correspondía; y a Dirce, un enamo
rado, Teseo. Como Dirce se considera responsa
ble del viaje que le costó la vida a su padre y Tesco
tiene dudas acerca de su nacimiento, o finge tenerlas
para proteger a la mujer que ama, hay tres interpre
taciones posibles del oráculo, tres eventuales culpa
bles. La historia de amor no escatima el suspenso
al manejar la distribución del saber y la incerti
dumbre acerca del desenlace.
Sesenta años más tarde, otro dramaturgo
encontrará el mismo problema y lo resolverá de
la misma manera. Es en los inicios de su carrera
dramática cuando el joven Volraire, a los veinte
años de �ciad, elige el rema de Edipo. Pero lo
JO
rr DJ:JTCTO DF 11:,.; t I.'MA
hace para enfrentarse con Sófocles más franca
mente que Corneille, denunciado las "inverosimi-
- lirudes" de la intriga de Eclipo rey. Es inverosímil
que Edipo ignore las -circunstancias de la muerte
de Layo, su predecesor. Es inverosímil que no
escuche lo que le dice Tiresias y que injurie tra
tando de mentiroso a quien él convocó co1110 pro
teta venerable. La conclusión que se extrae es radi
cal: "Es un defecto del argumento, dicen, y no del
autor. Como si no fuera el autor quien debe
correg1r · su argu1nento cuan d o es erectuoso '"-.
def
Voltaire corrige entonces el argu1nenro encon
trando otro candidato a asesino de Layo: Filoctetes,
antiguo niño abandonado, perdidamenre enamo
rado de Yocasta, desaparecido de Tebns precisa
mente en la época del asesinato y que vuelve muy
oportunamente cuando se busca un culpable.
'1Un rema defectuoso", así aparece en la época
clásica, en la era de la representación, el funciona-_
miento del "psicoanálisis" sofocleano. Lo defec
tuoso, repirámoslo, no es la historia del incesto. De
2. Traducido de Volrairc. "Lcnrcs sur (Edipc", en (Enrres
co,np/i,tes, París, Caruier. 1877, r. u, p. 20: "C'cst une fautc
du su jet, dit-on, el non de I'aurenr. Comme si ce n'émir pas
it l'aureur � corrigcr.son sujet lorsqu'¡l esr défectucux!".
JJ
! l ! N ( O f'< � L l "- N l .l- L: � l l:. l l L \ 1
las dificultades de Corneille y Volraire para adap
tar a Sófocles, nada puede inferirse en contra de la
universalidad del complejo de Edipo. Lo que se
pone en duda, por el contrario, es la universali
dad del "psicoanálisis" edípico, del escenario
sofocleano de revelación del secreto. Éste esta
blece para ellos una relación defectuosa entre lo
que es visto y lo que es dicho, y entre lo que es
dicho y lo que es encendido. Es un escenario que
muestra demasiado al espectador. Y ese exceso no
atañe solamente al espectáculo repulsivo de los
ojos reventados. Concierne, de manera más ge11e
ral, a la marca del pensamiento en los cuerpos. Y,
sobre todo, da a entender demasiado. Contraria
mente a la afirm a ción de Freud, no hay un buen
suspenso, una buena progresión dramática en la
revelación de la verdad al héroe y al espectador.
¿Pero qué es entonces lo que pone en juego esca
racionalidad dramática? La respuesta no deja lugar
a dudas: es el "sujeto", el personaje mismo de
Edipo, Es esa furia que lo empuja a querer saber a
cualquier precio, en contra de todos y en contra de
sí mismo y, al mis m o tiempo, a no escuchar la
palabra apenas velada que le ofrece la verdad que
reclama. El núcleo del problema está ahí: ese loco
del saber que acaba con los ojos reventados no hiere
u. l)F.!'ECTO nr UN TFMA
simplemente la "delicadeza" de las damas. Sino pro
piamente el orden del sistema representativo que
normariviza la creación dramática.
El orden de la representación esencialmente
quiere decir dos cosas. En primer lugar, cierto
orden de las relaciones entre lo decible y lo visible.
En este orden, la esencia de la palabra es hacer
ver. Pero lo hace siguiendo un régimen de doble
moderación. Por un lado, la función de manifes
tación visible retiene el poder de la palabra. Ésta
manifiesta sentimientos y voluntades en lugar de
hablar por sí misma, como la palabra de Tiresias
-e igualmente la de Esquilo o Sófocles-, al modo
del oráculo o del enigma. Por otro lado, retiene la
potencia de lo visible mismo. La palabra instituye
cierra visibilidad. Manifiesta lo que está oculto en las
almas, relata y describe Jo que está lejos de los ojos.
Pero, de ese modo, retiene. eso visible que manifiesta
bajo su mandato. La palabra le prohíbe al alma mos
trar por ella misma, mostrar lo que prescinde de
palabras, el horror de los ojos reventados.
El orden de la representación, en segundo
lugar, es cierto orden de las relaciones entre el saber
y la acción. El drama, dice Aristóteles, es disposi
ción de acciones. En la base del drama hay perso
najes que persiguen cierras meras en condiciones
v.
3)
F! INCONSC]JlN'l'I:: E:S r.E neo
de ignorancia parcial, que van a resolverse en el
transcurso de la acción. Lo que queda así excluido
es lo que hace al fondo mismo de la hazaña edí
pica, el pathos del-saber: el ensañamiento maníaco
en saber lo que más vale no saber, el furor que
impide escuchar, el rechazo a reconocer la verdad
en la forma en que se presenta, la catástrofe del
saber insoportable, del saber que obliga a apar
tarse del mundo de lo visible. De este pathos está
hecha la tragedia de Sófocles. Pathos que Aristóteles
ya no entiende más y que expulsa detrás de la teo
ría de la acción dramática que hace advenir el saber
según la ingeniosa maquinaria de la peripecia y el
reconocimiento. Es éste, finalmente, lo que hace de
Edipo, en la era clásica, un héroe imposible, salvo
correcciones radicales. Imposible no porque mate
a su padre y se acueste con su madre, sino por la
manera en que se entera, por la identidad que él
mismo encarna en ese aprendizaje, la identidad
tdgica del saber y del no-saber, de la acción
voluntaria y del ¡,athos sufrido.
H
La revolución estética
s, pues, todo un régimen de pen
E samiento del poema lo que recusa
al guión edípico. Podemos decirlo al
revés. Para que el privilegio de ese
guión sea cnunciable, es preciso revo
car ese régi1ne11 de pensamiento de
las arres, ese régin1en representativo
que implica también cierta idea del
pensamiento: el pensamiento co1110
acción que se impone a una materia
pasiva. Y lo que llamé poco antes
"revolución estética" es eso mismo: la
abolición de un conjunto ordenado
de relaciones entre lo visible y lo deci
ble, el saber y la acción, la actividad y
la pasividad. Podemos decirlo de otra
l 5
.
EL INCONSCIFNTE FSTÍ:"fICO
forma: para que Edipo sea el héroe de la revolu
ción psicoanalítica, es necesario un nuevo Edipo
que revoque a los de Corneille y Volraire y pre
tenda renovar lazos con el pensamiento trágico de
Sófocles, más allá de la tragedia a la francesa, pero
también con la racionalización aristotélica de la
acción trágica. Son necesarios un nuevo Edipo y
una nueva idea de tragedia: los de Holderlin,
Hegel o Nietzsche.
Dos rasgos son los que van a caracterizar a este
nuevo Edipo y a hacer de él el héroe de una idea
"nueva" del pensamiento, que pretende reconci
liarse con aquel que testimoniaba la tragedia griega.
Edipo, primero, testimonia cierto salvajismo exis
tencial del pensamiento en el que el saber se define
no como el acto subjetivo de captura de una idea
lidad objetiva, sino como cierta afección, una
pasión, incluso una enfermedad del viviente. El
saber mismo es un crimen contra la naturaleza:
tal es, según El nacimiento de la tragedia', la signi
ficación de la historia edípica. Edipo y la tragedia
son testimonio de que, en materia de pensa
miento, siempre se trata de sufrimiento y de rnedi-
1. Fricdrich Nietzsche, El nacimiento de la trtlgedi,1,
Madrid, Edaf 2002, pp. l l4 y SS.
LA REVOLUCIÓN ESTÉTICA
cina, de la uruon paradójica entre ambos. Esta
vuelta a la escena filosófica de la equivalencia trá
gica entre saber y sufrimiento (el mathos patbe¡ de
Esquilo o de Sófocles) supone la reunión de la
gran trilogía de los enfermos del saber: Edipo y
Hamler, que se corresponden en La interpretación
de los sueños como lo hacían ya en las Lecciones de
estética de Hegel, y Fausto, que también está allí
presente. El psicoanálisis se inventa en ese punto
donde la filosofía y la medicina vuelven a cues
tionarse una a la otra, para hacer del pensa
miento una cuestión de enfermedad y de la
enfermedad una cuestión de pensamiento.
Pero esa solidaridad de las cosas del pensa
miento y las cosas de la enfermedad es también
solidaria del nuevo régimen de pensamiento de las
producciones del arte. Si Edipo es un héroe
ejemplar es porque su figura ficcional emblema
tiza las propiedades que les otorga a las produc
ciones del arte la revolución estética. Edipo es el
que sabe y no sabe, el que actúa absolutamente y
el que padece absolutamente. Ahora bien, precisa
mente mediante esa identidad de los contrarios es
que la revolución estética define lo propio del arte.
A primera vista, parece sólo oponer a las normas
del régimen' representativo un poder absoluto del
17
L:I !NCOt>.SCll'NTF l·�·¡i',nco
hacer. La obra deriva de su propia ley de produc
ción y es su propia prueba. Pero, al mismo tiempo,
esta producción incondicionada se identifica con
una absoluta pasividad. El genio kantiano resume
esa dualidad. Es el poder activo de la naturaleza el
que opone su propia fuerza a roda modelo, a roda
norma o, más bien, se hace norma ella misma.
Pero, al mismo tiempo, es el que no sabe Jo que
hace, el incapaz de dar cuenta de lo que hace.
En el régimen estético, es el hecho mismo del
arre, esa identidad de un saber y de un no-saber, de
un obrar y de un padecer, lo que la "claridad con
fusa" de Baumgarten radicaliza en identidad de
contrarios. En ese sentido, la revolución estética va
había comenzado en el siglo xvur cuando Vico, en
su Ciencia nueva, había intentado establecer, contra
Aristóteles y la tradición representativa, la figura de
lo que llamaba "el verdadero Homero".
Vale la pena recordar el contexto para aclarar
la filiación que nos interesa. Porque el blanco ori
ginal de Vico no es precisamente la "teoría del
arte", sino la vieja cuestión teológico-poética de la
"sabiduría de los egipcios", la de saber si el len
guaje jeroglífico es un lenguaje encriptado, depo
sitario de un pensamiento religioso prohibido al
profano, y si: asimismo, las antiguas fábulas p c é -
LA REVOLUCIÓN r,sTfiTICA
ricas son la expresión alegórica de un pensamiento
filosófico. Esta vieja cuestión se remonta al menos
hasta Platón. Cuando denunciaba la inmoralidad
de las fabulas homéricas, refutaba, en efecto, a
quienes veían alegorías cosmológicas en los adul
terios divinos que ellas narran. La cuestión r<:'.apa
rece en la época prorocristiana cuando los autores
p,1ganos, para refutar la acusación de idolatría,
hacen valer otra vez la sabiduría críptica presente en
las escrituras ideogramáticas y en las fábulas de los
poetas. Luego vuelve con fuerza en los siglos XVII y
X\'111, sostenida a la vez por los desarrollos de los
métodos exegéticos y por la querella filosófica sobre
el origen del lenguaje.
Vico se inscribe en ese contexto con un doble
propósito. Su intención es liquidar la idea de la
sabiduría misteriosa oculta en las escrituras gr�lfi
cas y en las fabulas poétirns. Opone una herme
néutica nueva que relaciona la imagen 110 con u_n
sentido oculto, sino con sus condiciones de pro
ducción. Pero, al mismo tiempo, Vico arrasa con
la imagen tradicional del poeta . Su d e s c u b ri
niicnro del "v erdadero H o rn ero " refuta n
e cu a
tro puntos la imagen aristotélica y representativa
del p oeta como inventor de fá bulas, d e p ersona
je s, de imágenes y de ritmos.
)')
EL TNCONSCfENTE ESTfTICO
En primer lugar, según demuestra, Homero
no es un inventor de fábulas, pues no conocía la
diferencia -que conocemos nosotros- entre histo
ria y ficción. Suspretendidas fábulas eran para él
historia que trasmina tal como la había recibido.
En segundo lugar) no es un inventor de per
sonajes. Sus pretendidos personajes, Aquiles el
valiente, Ulises el astuto, Néstor el prudente, no
son personajes individualizados. Tampoco son
alegorías inventadas con fines poéticos. Son abs
tracciones en imágenes, la única manera en que
el pensamiento, igualmente incapaz de abstraer y
de individualizar, puede figurar virtudes -coraje,
inteligencia, sabiduría o justicia- que no puede
concebir ni nombrar como tales.
En tercer lugar, no es el inventor de las bellas
metáforas y las imágenes brillantes que lo hicieron
célebre. Simplemente vivió en una época en la que
el pensamiento no se separaba de la imagen, ni lo
abstracto de lo concreto. Sus "imágenes" no son
otra cosa que la manera de hablar de los pueblos
de su tiempo.
Por último, no es un inventor de ritmos y de
metros. Es, simplemente, el testigo de un estado del
lenguaje en el cual el habla era idéntica al canto. Los
hombres han cantado antes de hablar, antes de pasar
¡ A RE\'OLl'('{()N 115rÉTICA
al lenguaje articulado. Los atractivos poéticos de
la palabra cantada son, en realidad, los balbuceos
de la infancia del lenguaje, de los que es testimo
nio todavía el lenguaje de los sordomudos.
Así, los cuatro privilegios tradicionales del
poeta/inventor son transformados en propieda
des de su lenguaje, de un lenguaje que es suyo y
a la vez no le perte11ece, que no es un instrumento
que está a su disposición, sino el testimonio ele un
estado de infancia del lenguaje, del pensamiento
y de la humanidad. Homero es poeta por la iden
tidad de lo que quiere y de lo que no quiere, de
lo que sabe y de lo que ignora, de lo que hace y
de lo que no hace. El hecho poético e s t á ligado a
esta identidad de los contrarios, a la distancia entre
una palabra y lo que ella dice. Hay solidaridad
entre el carácter poético del lenguaje y su carácter
cifrado. Pero ese cifrado no es la disimulación de
alguna ciencia secreta. En definitiva, no es nada
más que la inscripción del proceso mismo por �l
cual esa palabra es producida.
La figura ele Edipo como sujeto trágico ejem
plar y universalmente válido tiene por condición a
esa figura hermenéutica del "verdadero Hornero".
Ella supone un régimen ele pensamiento del arte en
el que lo propio del arte es ser la identidad de una
••
rJ !NCOJ\\CJr•,nT l'SI l TICO
acción consciente y de una producción incons
ciente, de una acción deseada y de un proceso
involuntario: en síntesis, la identidad de un logos
y de un pathos. Esa identidad es la que, en ade
lante, testimonia el hecho del arre. Pero ésta
puede pensarse de dos maneras opuesras: como
inmanencia del logos en el pathos, del pensa
miento en el no-pensarnienro, o, a la inversa,
como inmanencia del p.tthos en el logos, del no
pensamiento en el pensamiento.
La primera manera es ilustrada por los gran
des textos fundadores del modo estético del pensa
miento y se resume de la mejor manera posible en
las Lecciones de estética de Hegel. El arre es, en tér
minos schellinianos, la odisea de un espíritu situado
fuera de sí mismo, Este espíritu, en la sistematiza
ción hegeliana, busca manifestarse, es decir, ante
todo, hacerse m.uiifiesto J sí mismo a través de la
materia que se le opone: en lo compacto de la pie
dra edificada o esculpida, en el espesor del color
o en la materialidad temporal y sonora del len
guaje. Se busca a sí mismo en la doble exterioridad
sensible de la materia y de la imagen. Se encuentra
.,llí y allí se pierde. Pero en ese juego de escondite
se hace la luz interior de la materialidad sensible,
la belLi ªfhricncia del dios de piedra, el impulso
L\ RE\'OLl.'Cit'n,: \·$fÍ''llCA
arborescente de la bóveda y la flecha góticas, o el
esplendor espiritual que anima la insignificancia
de la naturaleza muerta.
A esta odisea se opone el modelo inverso que
vuelve de la bella apariencia estética y racional al
fondo oscuro. Es el movimiento que, en Schopcn
h.iucr, retorna de las apariencias y del bello orden
causal del mundo de la representación al mundo
os c u ro . subterráneo y desprovisto de sentido de la
cos.i en sí: el inundo del querer-vivir desnudo,
insensato, de esa "voluntad", p a ra d ó j i c a m e n t e asi
IL1111ada, }'J. que su esencia es precisamente no
querer nada, recusar el modelo de la elección de
los fines y de la adaptación de los medios a los
fines que le da a esta noción su significación
usual. Es, en Nietzsche, la identificación del hecho
mismo del arre con la polaridad de la bella aparien
cia apolínea y de esa p u l s i ó n dionisíaca de goce y
sufrimiento iguales que se manifiestan en las mis
mas formas que pretenden negarla. -
Las dos formas
de la palabra m u d a
1 nacimiento del psicoanálisis se
E inscribe históricamente en el seno
de ese contramovimiento del que
Schopenhauer y el joven Nietzsche
son los héroes filosóficos y que rei
na en esa literatura que, de Zola a
Maupassant, Ibsen o Strindberg, se
hunde en el puro sinsentido de la
vida bruta o en el encuentro con
fuerzas tenebrosas. Pero no se trata
simplemente de la influencia de las
ideas y los temas de un tiempo, se
trata propiamente de una posición
en el marco de los sistemas posibles
definida por cierta idea del pensa
miento y ppr cierta idea de la escritura.
45
1 1 ! N l O :'\ ', C J l : . \l l f l: 'i l i"" J J C O
Porque la revolución silenciosa llamada "estética"
abre el espacio de elaboración de una idea del
pensamiento y de una idea correspondiente de la
escritura. Esa idea del pensamiento descansa en
una a fi r m a c i ó n fundamental: hay pensamiento
que no picns.r. hay pensamiento que obra no só
lo en el elemento extranjero del no-pensamiento,
sino en la forma misma del no-pensamiento. A la
inversa, hay no-pensamiento que habita en el pen
sar y le da una fuerza específica. Ese no-pensamiento
no es sólo una Iorma de ausencia del pensamiento,
es la presencia eficaz de su opuesto. Hay, pues, en
uno u otro aspecto, una identidad del pensamiento
y del no-pensamiento que está provista de una
fuerza específica.
A esa ide a del pe nsam i ento le corresponde
una ide a de la escritu ra. La escritura no si gni fica
sólo un a forma de manifestación de la palabra.
Sig ni fi c a un a idea de la palabra misma y de su
fuerza intrí n se ca . En Pl a tón, se sabe q ue la escri
t ura no es s im p lemente la m a teri a lid a d del sig
no e scrito en un s o p or t e material, sino un es
rururo es pe cí fico de la p a l a b ra. Es, para él, el
!ogos mu d o , la p a l ab r a que no puede ni d e cir de
o tr a ma ne ra lo q ue dic e , ni de j ar de hab la r: ni
d a r cuenta de lo que pro fi ere , ni disce rn ir q u i é -
[ ,\<; !){)<; FOR;'I.!.'\<; nr l A l'AL,\íll{;\ ?\,[lJO·\
nes son aquellos a los que conviene o no con
viene dirigirse. A esta palabra, muda y locuaz a
la vez, se opone una palabra en acto, una pala
bra gtiiada por una - significación a transmitir y
un efecto a asegurar. En Platón, es la palabra del
maestro que sabe, a la vez, explicitar su palabra y
reservarla, sustraerla a los profanos y depositarla
corno una simiente en el alma de aquellos en
quienes puede fructificar.
En el orden representativo clásico, esa "pala
bra viviente" está identificada con la gran palabra
que hace acto: la palabra viviente del orador que
conmueve y persuade, que edifica y anima a las
almas o a los cuerpos. También es así concebida,
siguiendo ese modelo, la palabra del héroe mí
gico que va hasta el límite de sus voluntades y de
sus pasiones.
A esa palabra viviente que normativizaba el
orden representativo, la revolución estética le opo-:
ne el modo de la palabra que le corresponde, el
modo contradictorio de una palabra que habla y
calla a la vez, que sabe y no sabe lo que dice. Le
opone, entonces, la escritura. Pero lo hace seglln
dos grandes figuras que corresponden a las dos
formas opuestas de la relación entre el pensa
m i e nto y el no-pensamiento. Y la po l arid a d de
ur. [NCON�CJENTE 'ESTÉTICO
esas figuras diseña el espacio de un mismo
terreno: el de la palabra literaria ccimo palabra
del síntoma 1 .
La e s c ri t u ra m u d a , en un primer sentido, es
la palabra porcada por las cosas mudas mismas.
Es el poder de significación inscripto en el propio
cuerpo de éstas, que se resume en el "todo habla"
de Novalis, el poeta mineralogista. Todo es traza,
vestigio o fósil. Toda forma reconocible, desde la
piedra o las conchillas, es elocuente. Cada una por
ta, inscripta en estratos y en volutas, las huellas de
su historia y los signos de su destino. La escritura
literaria se presenta, entonces, como descifra
miento y reescritura de esos signos de historia
escritos en las cosas. Esta nueva idea de la escri
tura es la que Balzac resume y exalta al comienzo de
Ln piel de zapa, en las páginas decisivas que des
criben el negocio del anticuario como emblema
de una mitología nueva, de algo fantástico hecho
por la acumulación de las ruinas del consumo. El
gran poeta del tiempo nuevo no es Byron, el repor
tero de las perturbaciones del alma. Es Cuvier, el
geólogo, el naturalista que reconstituye poblacio-
1. Véase jacqucv Rancicrc, La paro/e muette. Essai sur les con
tradictíous de Ítl littentmre. París, Hachcue lirrérarurc, 1998.
L1\� 1)(1.� J()JU,,IA� DF L,\ 1'1\LABHA M(:[lt,
nes animales a partir de huesos, y bosques a par
tir de huellas fosilizadas. Con él se define una
idea nueva del artista como aquel que viaja por
los laberintos o poi· los subsuelos del mundo
social. Que recoge los vestigios y transcribe los
jeroglíficos pintados en la configuración misma
de las cosas oscuras o mediocres. Que devuelve
a los detalles insignificantes de la prosa del
mundo su doble poder poético y significante.
En la topografía de un lugar o en la fisonomía de
una fachada, en la forma y el desgaste de un traje o
en el caos de un escaparate de mercaderías o de
desechos, reconoce los elementos de una mitolo
gía. Y en las figuras de esa mitología, permite
reconocer la historia verdadera de una sociedad,
de un tiempo, de una colectividad; deja presentir
el destino de un individuo o de un pueblo.
"Todo habla" también quiere decir que las
jerarquías del orden representativo son abolidas,
La gran regla freudiana que dice que no hay
"detalles" desdeñables y que, al contrario, son
los detalles los que nos ponen en el camino de.la
verdad, se inscribe en la continu i dad directa de
la revolución estética. No hay temas nobles y
remas vulgares, como ta1npoco episodios narrati
vos importantesy episodios descriptivos accesorios.
,')
El LNCO/\.SCJE:,../ fE ESTLTlCO
No hay episodio, descripción o frase que no lleve en
sí la íuerza de la obra. Porque no hay cosa que no
porte el poder del lenguaje. Todo está en pie de
igualdad, todo es igualmente importante, igual
mente significante. Así, el narrador de La casa del
gato que pelotea" nos coloca ante la fachada de esa
casa cuyas aberturas asimétricas, retiros y balco
nes caóticos forman un tejido de jeroglíficos donde
puede descifrarse la historia de la casa -la historia
de la sociedad de la que es testimonio- y el destino
de los personajes que la habitan. O el escritor de
los miserables nos sumerge en esa cloaca que lo
dice todo, como un filósofo cínico, y reúne en
partes iguales todo lo que la civilización utiliza y
descarta, tanto sus máscaras y distinciones como
sus utensilios cotidianos.
El poeta nuevo, el poeta geólogo o arqueó
logo, hace, en cierto sentido, lo que hará el sabio de
La interpretacián de los suenos. Éste plantea que no
hay nada insignificante, que los detalles prosaicos
que el pensamiento positivista desdeña o reduce a
mera racionalidad fisiológica son signos en los que
Se refiere ,1 Balzac. En español. véase, por ejemplo, Honoré
de Balzac. La casa r.fl,f gato r¡ue pelotea y otros relatas, Buenos
Aires, Centro Editor de América Lnrinn. 1971 (N: del E.).
'º
T ,\S J)()<¡ H}R;..l.\� 1)1, 1 ,
\ /'Al \JlR1\ ',,JU[)A
se cifra una historia. Pero también plantea la condi
ción paradójica de esa hermenéutica: para que lo
banal libere su secreto, previarnenre debe ser mito
logizado. La casa o la cloaca hablan, portan trazos de
verdad, como lo hacen el sueño o el acto fallido
-pero también la mercancía marxiana-, siempre que
primero sean transformados en elementos de una
mitología o de una fantasmagoría.
Así, el escritor es el geólogo o el arqueólogo
que viaja por los laberintos del mundo social y,
más tarde, por los laberintos del yo. El que
recoge los vestigios, exhuma los fósiles, trans
cribe los signos que son testimonio de un mundo
y escriben una historia. La escritura muda de las
cosas entrega, en su prosai la verdad de una civi
lización o de un tiempo, esa verdad recubierta
por la escena, hasta no hace mucho gloriosa, de
la "palabra viviente". Ésta ya no es más que la
vana escena oratoria, el discurso de la superficie
y de sus agitaciones.
Pero el hermeneuta es, por eso mismo, un m é
dico, un sintomatólogo que diagnostica los males
que sufre el individuo emprendedor y la sociedad
brillante. El naturalista y geólogo Balzac es también
el médico que detecta la enfermedad en el núcleo
mismo de la intensa actividad de los individuos y
EL INCON�CIENTE E�TÉTICO
de las sociedades, la enfermedad idéntica a esa inten
sidad. Ésta lleva, en Balzac, el nombre de voluntad
Es la enfermedad del pensamiento que quiere
transformarse en ;ealidad y lleva a la destrucción a
individuos y sociedades. A esto hice alusión ante
riormente: la historia de la literatura del siglo XIX
es la historia de las transformaciones de esa
"voluntad". En la época naturalista y simbolista,
esa historia se transformará en destino imperso
nal, en herencia sufrida, en realización de un
querer-vivir privado de razón, en asalto a las ilu
siones de la conciencia por parte del mundo de
las fuerzas oscuras. La sintomarología literaria
cambiará entonces de estatuto en esa literatura de
las patologías del pensamiento, centrada en la his
teria, el "nerviosismo" o el peso del pasado, en esas
dramaturgias nuevas del secreto enterrado en
las que, a través de historias individuales, se revela
el secreto más profundo de lo heredado y de la raza,
y, en última instancia, del hecho bruto e insensato
de la vida.
Esa literatura se vincula así con la otra identi
dad del logos y del pathos de la que hablé, aquella
que, a la inversa de la primera, va de lo claro a lo
oscuro y del logos al pathos, al puro dolor de existir
y a la pura reproducción del sinsentido de la vida.
l A� nos Fnll:,,.1A� JH, l A !'Al ABRA ¡\l[lf}A
También instrumenta otra forma de la palabra
muda. Ésta ya no es el jeroglífico inscripto en el
cuerpo y sometido a desciframiento. Es el solilo
quio, aquella palabra que no le habla a nadie y que
no dice nada, salvo las condiciones impersonales,
inconscientes de la palabra misma. Es Maeterlinck
quien, en la época de Freud, teorizó con mayor
fuerza esta segunda forma de la palabra muda, del
discurso inconsciente, al analizar en los dramas de
Ibsen el "diálogo de segundo grado". Éste ya no
expresa los pensamientos, los sentimientos y las
intenciones de los personajes, sino el pensa
miento del "tercer personaje" que aparece en el
diálogo, la confrontación con lo Desconocido,
con las fuerzas anónimas e insensatas de la vida.
Ese "lenguaje de la tragedia inmóvil" transcribe
"los gestos inconscientes del ser que pasan por sus
manos luminosas a través de las almenas de esa
muralla de artificios donde estamos encerrados";
los golpes de "la mano que no nos pertenece y que
golpea a las puertas del instinto". No se pueden
abrir esas puertas, dice en esencia Maeterlinck,
pero sí se pueden escuchar esos "golpes detrás de
la puerta". Se puede hacer del poema dramático,
antaño consagrado a la "avenencia de las accio
nes", el lenguaje de esos golpes, la palabra de la
53
EI l:'\CO.NSC'IEN rr liSTl'TICO
muchedumbre invisible que arormenra nuestros
pensamientos. Tal vez sólo sea necesario un nuevo
cuerpo para encarnar esa palabra en la escena: ya
no el cuerpo humano del actor/personaje, sino el
de un ser que "tuviera la apariencia de la vida sin
tener la vida", un cuerpo de sombra o de cera
otorgado a esa voz múltiple y anónima'. Y de ahí
extrae esa idea de un teatro de androides que co
munica el ensueño novelesco de Villiers de
L'Isle-Adam con el futuro del teatro: la superma
rioncta de Edwaid Gordon Craig o el teatro de
la muerte de Tadeusz Kantor.
El inconsciente estético, consustancial al régi
men estético del arte, se manifiesta en la polaridad
2. Véanse ,\1aurice Maetcrlinck, "Mcnus propos: le rhéárre
(un theátrc d'androúlcs)". en Introdnction ,'l une p9,c/1ologie
drs songes et nutres ecrits, Bruselas. Labor, 1 9 8 5 , pp. 83 y 87:
y "Le tragiquc quoridien". en Le tróor eles h,nnb!es, Bruselas.
Labor, 1986, pp. 9 9 - 1 1 O. '.\'o ignoro, evidentemente. que
Mncrcrlinck apela, por su parte, a Emerson y a la tradición
rnísrica, y no al "nihilismo" schopcnhaucríano. Pero lo que
aquí me interesa -y que provoca, por otra parte, la confu
sión de las dos tradiciones- es ese mismo estatuto de la pala
bra sorda. expresión de un "desear" inconsciente del ser.
N del E: existe una traducción de la segunda obra aquí
citada, véase Mauríce Macrerlinck, El tesoro ele los hurnildes,
Valencia, Promcrco. 1996.
J .v, DO.� !OIDII\� DI· Li\ f>,\l.i\BIS,\ :.Jll!JA
de la doble escena de la palabra muda: por un
lado, la palabra escrita en los cuerpos, que debe ser
restituida a su significación de lenguaje mediante
un trabajo de desciframienro y reescritura; por
orro lado, la palabra sorda de un poder sin nom
bre que se mantiene derrás de toda conciencia y
de roda significación, a la cual es necesario dar
una voz y un cuerpo, aunque esa voz anónima y
ese cuerpo Iantasm.itico arrastren al sujeto humano
por la vía del gran renunciamiento, hacia esa
nada de la voluntad cuya sombra schopenhaue
ri.uia pesa fuertemente sobre esta literatura del
ll1COl1SCJentc.
55
De un inconsciente a otro
ig,ímoslo otra vez: dibujando a
D grandes rasgos la figura literaria y
filosófica de este inconsciente estético,
no pretendo establecer una genealogía
del inconsciente freudiano que reto
mara sus rasgos. No es cuestión de
olvidar el contexto médico y cientí
fico en el cual se elabora el psicoaná
lisis ni de disolver el concepto freu
diano de inconsciente, la economía de
las pulsiones y el estudio de las forma
ciones del inconsciente en una idea
secular del saber no sabido y del pensa
miento que no piensa. Tampoco busco
dar vuelta el juego mostrando cómo el
inconsciente freudiano depende, sin
57
EL J:,.iCOXSClENTF. FSTliT1CO
saberlo, de esa literatura y ese arte cuyos secretos
· ocul ros pretende develar, Se trata más bien de
marcar las relaciones de complicidad y de con
flicto que se establecen entre el inconsciente esté
tico y el inconsciente freudiano.
Podemos definir lo que se juega en el encuen
tro de esos dos inconscientes, anee todo, a partir
de las indicaciones del propio Freud acerca de la
s i tu a c i ó n de la invención psicoanalítica tal como
la esboza en L11 interpretacián de los sueños. La obra
opone el psicoanálisis a cierra idea de la ciencia:
la idea de la medicina positivista que trata como
datos desdeñables a las rarezas del espíritu ador
mecido o las reduce a causas materiales identifica
bles. Contra ese positivismo, Freud llama al psi
coanálisis a establecer una alianza con la creencia
popular, con el viejo fondo mitológico de la sig
nificación de los sueños. Pero, en realidad, es otra
la alianza que se teje a través de La interpretncián
de los suenos y ésta será explicitada por el libro sobre
la Gmdiua: una alianza con Goerhe o con Schiller,
con Sófocles o con Shakespeare, o con otros. escri
tores menos prestigiosos y más cercanos, como
Popper-Lynkeus o Alphonse Dauder, No se traca
simplemente de que Freud pone en juego, con
tra la autoridad de los maestros de la ciencia, la
DF lJN !NCON\( lf·NTh 1
\ ot uo
de los grandes nombres de la cultura. Más pro
íundnmcnrc, eso.'> grand.es nombres son guías en
la travesía dd Aqueronre que emprende la nueva
ciencia. Pero si lo son es precisamente porque el
espacio entre la ciencia positiva y la creencia popu
lar o el fondo legendario no esrá vacío. Ese espacio
es el terreno del inconsciente estético que redefi
nió las cosas del arte como modos específicos de
unión entre el pensamiento guc piensa y el gue no
piensa. Estti ocupado por la lirerarura del viaje por
las p ro fu n d i d a d e s , de la expliciración de los sig
nos mudos y de l.1 transcripción de las palabras
sordas. Esa li tcr.itura ya vinculó la práctica poé
tica de la exhibición y la e x p l i c i t a c i ó n de los sig
nos con cierra idea de la civilización, sus aparien
cias brillantes y sus profundidades oscuras, sus
enfermedades y las medicinas gue son apropia
das. Y esa idea va mucho más allá del interés de la
novela naturalista por las figuras de histéricas y
por los síndromes de degeneración. La elabora
ción de una medicina y una ciencia de la psiquis
nuevas es posible porgue existe todo ese campo
Je pensamiento y de escritura que se extiende
entre la ciencia y la superstición. Pero, precisa
mente, la consistencia misma de esa escena semio
lógica y sintomatológica prohíbe toda táctica de
59
EI. INCONSCIENT1: ESTÉTICO
simple alianza interesada entre Freud y los escrito
res o los artistas. La literatura a la que recurre
tiene su propia idea de inconsciente, su propia
idea de pathos del pensamiento, de las enfermeda
des y de las medicinas de la civilización. No
puede haber ni uso pragmático, ni continuidad
inconsciente. El ámbito del pensamiento que no
piensa no es un reino en el que Freud es solamente
un explorador en busca de compañeros y aliados.
Es un territorio ya ocupado, donde un incons
ciente entra en rivalidad y en conflicto con otro.
Para entender esta doble relación es necesa
rio volver a la cuestión.en toda su amplitud: ¿qué
tiene que hacer Freud "en" la historia del arte? Es
una pregunta doble. ¿Qué empuja a Freud a vol
verse historiador o analista del arte? ¿Qué está en
juego en los análisis consistentes que consagra a
Leonardo, al Moisés de Miguel Ángel o a la Grn
diva de Jensen, o en sus observaciones menos
profundas sobre El hombre de la arena de
Hoffmann o sobre Rosmersboim de Ibsen? ¿Por
qué estos ejemplos y no otros? ¿Qué busca en ellos
y cómo los trata? Este primer interrogante, como
vimos, implica otro: ¿cómo pensar el lugar de
Freud en la historia del arte? No sólo el lugar
del Freud "analista del arte", sino el· del Freud
60
or UN INCONM Jl·NTr= A Ol"RO
sabio, médico de la psiquis, intérprete de sus for
maciones y perturbaciones. La "historia del arte"
así entendida es algo muy distinto de la sucesión
de obras y escuelas. Es la historia de los regíme
nes de pensamiento del arte, entendiendo por
régimen de pensamiento del arte un modo espe
cífico de conexión entre prácticas y un modo de
visibilidad y de pensabilidad de esas prácticas, es
decir, en definitiva, una idea del pensamiento mis
mo'. La doble pregunta puede entonces reformular
·se: ¿qué busca y encuentra Freud en el análisis de las
obras o de los pensamientos de los artistas? ¿Qué
lazo mantiene la idea del pensamiento incons
ciente, empleada en sus análisis, con la que define
un régimen histórico, el régimen estético del arte?
Podemos planrear estas cuestiones a partir
de dos puntos de referencia teóricos. El primero
es declarado por el propio Freud, el segundo se ex
trae de las obras y los personajes privilegiados por.
su análisis. Freud afirma, como vimos, que hay una
alianza objetiva entre el psicoanalista y el artista y,
en particular, entre el psicoanalista y el poeta. El
comienzo de El delirio y los sueños en la « Gradioa»
l. Sobre este pt.¡nto, rue pcnnno remitir a llll libro La
dívisidn ... , ob. cit. ,
61
U, lNCO'\SCIENTF rstú 1 reo
de \V. [ensen: afirma que los poetas y novelistas
son valiosos aliados. En materia de psiquis, de
conocimiento de las formaciones singulares del psi
quismo humano y de sus resortes ocultos, el saber
de éstos es más avanzado que el de los científicos.
Ellos saben cosas que los cientííicos ignoran, pues
conocen la importancia y la racionalidad propia
de ese componente fantasrnático que la ciencia po
sitiva expulsa a la nada de las quimeras o atribuye
a simples causas psíquicas y fisiológicas. Ellos son,
por lo tanto, los aliados del psicoanalista, ese
sabio que declara la igual importancia de todas las
manifestaciones del espíritu y la racionalidad pro
funda de sus "fantasías", aberraciones )r sinsenti
dos. Subrayemos este punto importante, a veces
subestimado: el abordaje freudiano del arte no
está de ninguna manera motivado por la volun
tad de desmitificar la sublimidad de la poesía y el
arte reduciéndolas a la economía sexual de las
pulsiones. No responde al deseo de exhibir el
pequeño secreto -siempre tonto o siempre sucio
que hay detrás del gran mito de la creación, Freud
más bien les pide al arte y a la poesía que restimo-
2. Siginund Preud. "El delirio y los sueños en la Gradina
de \}Z jcnscn''. en Obras rosnplctns. ob. cir., vol. rx.
6,
!JI l'N INCO.'s�( l}.NJ r A UIHO
nien positivamente a favor Je la racionalidad pro
funda de la "fantasía", que apoyen a una ciencia que
pretende, en cierta Iorrna, volver a poner a la fan
tasía, a la poesía y a la micología en el centro mis
mo de la racionalidad científica. Y es por eso que
la declaración va seguida de un reproche: los poe
tas y los novelistas no son más que semialiados, ya
que no han otorgado a la racionalidad la sufi
ciente dosis de s u e ñ o s y fantasías. No se han pro
nunciado de manera suficientemente clara a favor
del valor significativo de esas fantasías cuyos
movimientos han representado.
El segundo punto de referencia se extrae de
las figuras ejemplares elegidas por Freud. Algunas
son tomadas de la literatura contemporánea, del
drama naturalista del destino a la manera de
Ibsen o Je las fantasías, como las de Jensen o
Popper-Lynkeus, herederos de una tradición que,
,
l rravés de Hoffmann, se remonta a Jean-Paul y a
Tieck. Pero esas obras contemporáneas quedan
en la sombra de orros grandes modelos. Las dos
grandes encarnaciones del Renacimiento: Miguel
Ángel, el demiurgo sombrío de creaciones colosa
les, y Leonardo da Vinci, el artista/sabio/inven
tor, el hombre de los grandes sueños y los grandes
proyectos, de' quien nos quedan sólo algunas
I·l. INCONSCJEN'IE ESTÉTICO
obras, que son como diversas figuras de un
mismo enigma. Y también los dos héroes román
ticos de la tragedia: Edipo, el testigo de una anti
güedad salvaje, opuesta a la antigüedad civilizada
de la tragedia francesa, y de un pathos del pensa
miento, opuesto tanto a la lógica representativa
de la disposición de acciones como a su distribu
ción armoniosa de lo visible y de lo decible; y
Hamlet, el héroe moderno de un pensamiento
que no actúa o, 111ás bien, de un pensamiento que
actúa por propia inercia.
Encontramos, en síntesis, al héroe de la
Antigüedad salvaje, la de Holderlin o Nietzsche, y
a los héroes del Renacimiento salvaje, el de
Shakespeare, pero también el de Burckhardt y el
de Taine, opuestos al orden clásico. El orden clá
sico, corno vimos, no es simplemente la etiqueta
de un arte cortesano a la francesa. Es propiamente
el régimen representativo del arte, ese régimen
que encuentra sus legitimaciones teóricas prime
ras en la elaboración aristotélica dda mímesis, su
emblema en la tragedia clásica francesa y su siste
matización en los grandes tratados del siglo xvm
francés, de Batteux a La Harpe, pasando por los
Comentarios sobre Corneille de Volraire, En el cora
zón de ese régimen había cierta idea del poema
VI \IN lN1."(lN�( !l:N1T ,
\ l)IRO
C(>n10 disposición ordenada dt: acciones que tienden
,1 su resolución media me b confronración de perso
n.ijes que persiguen fines c o n ll i c r i vo s y que mani
l-lt.:sran, a través de sus p.ilnbras, sus voluntades y
sus sentimientos, según todo un sistema de con
venciones. Ese sistema colocaba al saber bajo el
imperio de la historia y a lo visible bajo el de la
p a l a b ra , en una relación de m o d e ra c i ó n mutua de
lo visible y de lo decible. Ese orden es el que res
q u e b ra j a el Edipo rom.inrico. héroe de un pensa-
111ic11ro que no sabe lo que sabe, que quiere lo que
no quiere, que a c r ú a padeciendo y que habla a tra
vés de su mutismo, Si Edipo =arrusrrando derr.is
de él el cortejo Je los g ra n d e s héroes edípicos
csr.í en el centro de la elaboración freudiana es
porque es el emblema de ese régimen del arte
que entiende las cosas del art e como cosas d el
pensarnienro, a manera de testimonios de un pen
s.imienro inmanente a su otro y habitado por su
otro, escrito por todas parres en el le nguaje de los
:-.igno� sensibles y escondido en su oscuro corazón.
Las c o rre c c i o n e s de Freud
enemos entonces, por una parte,
T ese llamado a los artistas y, por otra
parte, esa dependencia objetiva con
relación a los presupuestos de un de
terminado régimen del arte, Falta pen
sar la especificidad de su conexión, la
especificidad de la i n t e rv e n c i ó n de
Freud con relación al inconsciente esté
tico. Lo primero que esr.i en juego
para él, ya lo he dicho, no es estable
cer una etiología sexual de los Ienó
menos del arte. Es intervenir en la
idea del pensamiento inconsciente
que normariviza la� producciones del
régin1en estético del arte, ordenar la
manera' en que el arle y el pensamicnro
EL (.NCOKSl.lFNTE rxnnrco
del arte hacen jugar las relaciones del saber y el
no-saber, del logos y el pnthos, de lo real y lo fan
tástico. Con sus intervenciones, Freud busca}
ante todo, apartarcierra interpretación ele esas re
laciones, la que jueg.1 con la ambigüedad de lo
real y lo Ianrasmárico, del sentido y el sinsentido,
para conducir al pensamiento del arte y a la
interpretación de las manifestaciones de la "fanta
sía" hacia una última palabra, .que es la pura afir
mación del pnthos, del sinsentido bruto de la vida.
Quiere hacer triunfar la vocación hermenéutica y
de elucidación del arte sobre la entropía nihilista
inherente a la configuración estética del arte.
Para entender esto hace falta reunir dos afir
maciones liminares de Freud. Tomo la primera del
principio de El «lvfoisés;, de Miguel Ángel. Freud,
nos lo dice él mismo, no se interesa por las obras
de arte desde el punto de vista de su forma. Se inte
resa por el "fondo": por la intención que allí se
expresa y por el contenido que allí se revela'. La
segunda afirmación es el reproche a los poetas, al
inicio del trabajo sobre la Gradiva, a propósito de
la ambigüedad de éstos en cuanto a la significación
1. Sig1nund Prcud. "Et Moiscs de Miguel Ángel", en Obras
C(IJlljJ!l'tt!S. oh. ' cic . . vol. XIII, p. 218.
6S
l.A� CORRI.CCIONES D E I REU[)
de las "fantasías" del espíritu. Es necesario relacio
nar esas dos declaraciones para entender el sentido
Je: la postura que adopta y declara Freud con res
pc:cto al "contenido" de las obras. Sabemos que esa
búsqueda de contenido la dirige generalmente
hacia el descubrimiento del recuerdo reprimido y,
en última instancia, hacia el punto de partida, que es
la angustia infantil de la castración. Esa asignación
de la causa última se hace generalmente por
mediación del fantasma organizador, de la forma
ción de compromiso que le permite a la libido del
artista, más o menos representado por su héroe,
escapar a la represión y sublimarse en la obra, al
precio de inscribir en ella su enigma. Esa postura
contundente tiene una consecuencia singular que
Freud mismo es llevado a señalar: la transforma
ción de la ficción en biografía.
Freud interpreta los sueños f:i.nrasiosos o las
pesadillas del Norbert Hanold de Jenscn, del estu
diante Nathaniel de Hoffrnann o de la Rebeca
Wcst de Ibsen como daros patológicos efectivos
de personas reales, de los cuales el escritor habría
sido un analista m á s o menos lúcido. El ejemplo
extremo es dado por una nora de Lo ominoso
sobre H hombre ele la arena en la que Freud aporta
pruebas de que el óptico Coppola y el abogado
69
El. JN( (\'.',.;,,(.IE"'.\'l E rs'utrrco
Coppelius son una misma persona, en este caso,
el padre castrador. Restablece así la etiología del
caso Nathaniel, etiología que el médico de fanta
sía Hoffmann habrfa enturbiado, pero no al
punto de ocultársela a su colega sabio, ya que,
según Frcud, la fantasía del poeta no había tra
mado los elementos del material hasta un enredo
tal que no se pueda restaurar el ordenamiento ori
giuario. Hay pues un ordenamiento originario
del "caso Narhaniel", Detrás de lo que el escritor
ofrece como obra de su libre fantasía es preciso
reconocer la lógica del fantasma y la angustia pri
mera que allí se disfraza: la angustia de castración
del pequeño Narhaniel, expresión del drama fami
liar vivido por el propio Hoffmann de niño.
2. Sign1und Frcud. "Lo ominoso". en Obras completas.
ob. cit., vol. X\'11, pp. 2 1 7 y S'>.
A'. del!::.: cabe señalar que el rínilo de este trabajo de Frcud
tiene disrinras traducciones tanto en francés corno en cspa
ñol. El nrulo original es Das l!nhei;u/irht: y se puede cncon
rrar en espaiiol también corno Lo siniestro. En la edición aquí
citada se incluye una cronología de las diferentes ediciones en
español y una explicación acerca de la traducción del título.
En francés, las últimas ediciones supervisadas por Laplanche.
entre otros, scflalan la preferencia por L'inqniétnnt. Véase,
por cjcn1p!o, Sigmund Frtud, <E1a1rcs complaes, París, PUF,
1
1996. t. X\'.
l . \ '> ( O R R H ' C ! O N E '> !)� l Rflill
El mismo método atraviesa el libro sobre la
Gradiua. Detrás del "dato arbitrario" v la histo
ria caprichosa de ese joven enamorado de una
ligur.1 de piedra y de s u e ñ o al p u n t o de no poder
ver a la mujer real m á s que corno u n a aparición
tantasmárica de esa figura antigua, Freud intenta
restablecer la verdadera etiología del caso Norberr
H a n o l d : una represión y un desplazamiento de la
-11 r. i c c i ó n sexual del adolescente por la joven Zoe.
Es.1 corrección no lo obliga sólo a fundar su razo
n.unicnto en una p ro b l e m á t i c a dada de la existen
cia "real" de una criatura de ficción. Implica tarn
bién un modo de interpretación de los sueños
4ue puede parecer ingenuo si se tienen e11 cuenta
los propios principios del sabio Freud. El mensaje
oculto se obtiene, en eft'.cro, por simple traducción
l{L la figur;:¡ onírica a su equivalente real: te intcre
s.rs por c;·rr1t!i1Jtl porque, c11 1Y'lflídacl, es Zoe quien te
ll11t'restl. Este ar.ijo de la i n r c rp re r . i c i ó n n1uest_ra
qul' en el caso hay m.is que una red u c c i ó n simple
dé los datos de la ficción a un síndrome clínico.
Frcud revoca, aun dudando, aquello que podría
hacer interesante al s í n d ro m e para el médico, es
decir, el diagnósrico de un caso de erotomanía
lc·ticbista. Deja de lado, igualmente, lo que debe
rí.1 interesarle al sabio preocupado por vincular la
.El lNCONSCfF>l"fF r-n f.TI('O
clínica con la historia de los mitos: la larga historia
del mito del hombre enamorado de una imagen
que sueña con la posesión real de esa imagen, mito
del cual Pigmalión es la figura ejemplar. Sólo una co
sa parece interesarle: restablecer en la historia una
buena intriga causal, más allá de remitir a ese dato
inhallable que es la infancia de Norbert Hanold.
Mucho más que dar la explicación correcta del
caso Hanold, la preocupación de Freud consiste en
refutar el estatuto que el libro de Jensen da a las
"invenciones" de la literatura. Esta refutación se
apoya en dos puntos fundamentales y complemen
tarios: en primer término, la afirmación del autor
según la cual los fantmmas que describe son única
mente invenciones de su fizntttsítt inventiva; luego,
la moraleja que da a su historia: el triunfo simple
de la "vida real", de carne y hueso y en buena len
gua alemana, que se burla, a través de la voz de su
homónima Zoc, de la locura del sabio Norbert y
opone su simple y gozosa perpetuidad a las ensoña
ciones ideales. La reivindicación que emprende el
autor de su fantasía, evidentemente, hace sistema
con la denuncia de las ensoñaciones de su héroe. Y
ese sistema podría resumirse en un término freu
diano, el de desublimación. Si hay desublimación
en el caso, es más por obra del novelista que del psi-
7'
¡,\\e ORRH Cl()NL".S D[ l Rrl'll
connalisr.i. '
l coincide con su ''E1lta de seriedad" con
respecto ,11 hecho fu1cas111jLÍco.
Dctr.is de la "reducción" de la situación ficcio
nal a una inh:illahk "rcalid.td" patológica y sexual,
J1.t)' en juego una c ue s t i ó n p o l é m i c a que apunta ha
cia una primera c o n f u s i ó n de lo iiccional y lo real,
la que funda la práctica )' el discurso del novelista.
Ésre, reivindicando al fantasma como producto de
su r:1nrasía y refutando a través del principio de rea
lidad la ensoñación de su personaje, se concede el
permiso p,lril circular, a su conveniencia, por un
lado y otro de la fronrern entre realidad y ficción.
Freud se preocupa por oponer a esta equivocidad,
.rnre todo, una univocidad de la historia. El punto
importante, que justifica todos los recodos de la in
terpretación, es identificar la intriga amorosa con un
esquema de racionalidad causal. No es la causa
última lo que le interesa .1 Freud -la incomprobable
represión que se remonta a la inhallable infanci,1
de Norberr-. sino el encadenamiento causal corno
tal. Poco importa que la historia sea real o ficticia.
Lo esencial es que sea unívoca. Que oponga a . la
indisccrnibilidad rorn.inrica y reversible del irnagi
n.irio )' de lo real una disposición .aristotélica de
acciones y de saberes dirigida hacia el aconreci
miento de un ·reconocin1ienro.
7\
De los diversos
usos del d e t a l l e
a relación de la interpretación tren
L diana con la revolución estética
comienza, entonces, a complicarse. El
p s i c o a n á l i s i s es posible sobre la base
de ese régin1en del arre (_1ue revoca las
intrigas ordenadas de la era represen
tativa y da nuevamente cabida al
pnthos del saber. Pero Freud opera una
selección bien determinada en la con
figuración del inconsciente estético.
Privilegia la primera forma de la
palabra muda, la Je! síntoma que es
huella ele una historia. La hace valer
contra su otra forma, la voz anónima
de la vida inconsciente e insensata. Y
esa oposición lo conduce a dejar atrás,
7;
Et r:-.:{'ONSC!l';-.;Tr- rstrrnco
en la vieja lógica representativa, las figuras román
ticas de la equivalencia del logos y el pathos.
El ejemplo más impactante es dado por el
texto sobre el Moisés de Miguel Ángel. El objeto
de ese análisis es, en efecto, singular. Freud no nos
habla allí, como lo hace en el texto sobre
Leonardo, de un fantasma localizado en una
nota. Nos habla de una obra escultórica que dice
haber ido a ver varias veces. Y establece una ade
cuación ejemplar entre la atención visual prestada
al detalle de la obra y el privilegio psicoanalítico
otorgado a los detalles "insignificantes". Esto pasa,
corno sabernos, por una referencia que nutrió
innumerables comentarios: la referencia a More
lli/Lermolieff ', el médico experto en obras de
arte, inventor de un método parajudicial de iden
tificación de obras a partir de esos detalles ínfi
mos e inimitables que revelan la mano del artista.
Así, un método de lectura de obras es identificado
con un paradigma de investigación de causas.
Pero el método del detalle puede practicarse de
dos maneras, que corresponden a las dos.grandes
La referencia cst;Í en Sigrnund Prcud. "El lvloisés .. .", ob.
cir.. vol. XIII, p. 227. Fn:ud menciona a lvan Lcnnolicff,
seudónimo con el que firmaba Iovanni Morelli (N. del E.).
DE 1.0'i Dl\'EHSO� !I',()� nF! DE"IALJ.I·
formas del inconsciente estético. Por un lado, el
modelo de la huella a la que se hace hablar, en la ·
. . . . que se Ice la inscripción sedimentada de una his
toria. En un texto célebre, Cario Ginzburg marcó
cómo, a través del "método" de Mordli, la inter
pretación freudiana se inscribe en el gran para
digma indiciario que busca reconstituir un pro
ceso a partir de sus huellas'. Pero también está el
otro modelo, el que ve en el detalle "insignificante"
no y:1 el indicio que pcrmire remontar un proceso,
sino el impacto directo de una verdad inarticulable
que se imprime en la superficie de la obra des
b.uarando toda lógica de historia bien organi
zada, de composición racional de los elementos.
Este segundo modelo de análisis del detalle es
el que será reivindicado más tarde por los histo
riadores del arte para oponerlo al privilegio
panofskiano del análisis del cuadro a partir de la
historia que representa o del texto que ilustra._
1. Cario (;inzhurg, "Traces. Racines dun paradigmc iudi
ciaire". L'll Myth,-s, e11thle1nes. tmcrs. París, Flanunariou.
l '189. pp. 13 9 - 1 RO.
1V. riel E.: (.'11 español. véase Cario (�ínzburg, "Morclli,
l-rcud y Sherlock Holmes. Indicios y mérodo científico", en
Umherro Eco y Thonlas Scbcok Iccmps.). El siguo ele los
trvs. Barcelona. Lumen. 1989. pp. ! 28 y ss. ·
77
r-L INCONSC1l,!'./"fE E�Tf.TICO
Esa polémica, conducida ayer por Louis Marin y
hoy por Georgcs Didi-Huberman, se vale de
Ireud, del Freud inspirado por Morelli, para fun
dar un modo de lectura de la verdad de la pintura
en el detalle de la obra: una insignificante co
lumna quebrada en La tempestad de Giorgione o
manchas de color que imitan el mármol en el
basamento de la Mndonn de las sombras de Fra
Angélico'. El detalle funciona así corno objeto
parcial, como fragmento desconectado que des
luce el ordenamiento de la representación para
dar paso a la verdad inconsciente que no es la de
una historia individual, sino la oposición de un
orden con otro: el figzmt! bajo lo figurativo o lo
visual bajo lo visible representado. Ahora bien,
Freud, por su parre 1
no se interesa en lo mas
mínimo por ese aporte del psicoanálisis, hoy rei
vindicado, a una lectura de la pintura y de su
inconsciente. Ni turnpoco, en absoluto, en todas
esas cabezas de Medusa, representantes de fa cas
tración) que tantos comentaristas conrempor.í
neos se ingenian en descubrir e11 cualquier cabeza
2. Véanse Louis Mariu , De la reprócntation, París,
Caliirnard/Lc Scuil, 1994; y (;corge Didi-Hubcrman,
Dcmnt /'in'¡¡zge, París, Minuit. 1990.
m l O S D l \ ' l- R � C l \ l � O \ D l · J [)FJ,\!11·
de Holoternes o de Juan Bautista, en tal detalle de
Li cabellera de Ginebra de Benci o en tal represen
r a c i ó n dL' re m o l i n o bosquejada en los cuadernos
lle Leonardo.
Esd el.uo que ese psicoan.íiisis de Da Vinci,
practicado principalmente por Louis Marin, no
es el de Freud. En el privilegio del detalle le inte
resa otra cosa, otra verdad de la figura pintada o
esculpida, iJ verdad de la historia de un sujeto,
de un síntoma, de un íantasma singulares. Busca
el Iunrasm.i matricial de la creación del artista y
110 el orden figura] inconsciente del arte. Ahora
bien. el ejemplo del Molsi» va en contra de esta sim
ple explicación. Lo que le interesa es la estatua. Pero
el principio de ese interés es sorprendente. El
hrgo an.ilisis del detalle de la posición de Lis
111.1110.s y la barba no revela, en efecto, ningún
secreto de la infancia, ningún cifrado del pensa
miento inconsciente. Remire a L1. 111,-ís clásica de las
preguntas: ¿cuál es exactamente el momento del
episodio bíblico que representa la estatua de Miguel
Angel? ¿Es r ea l m ent e el dc·l furor de Moisés?
¿Ve rd ad era me nt e est.í dejando caer las Tablas de la
Ley? Freud se aleja mucho de los análisis de Louis
;\Luin. l ncluso podríamos decir que en el d ebat e
entre \v'orringer,. que busca iden t i ficar órdenes
7'1
EL INC()N:>(:TFNTE J·:STÉTIC:0
visuales diferentes, remitidos a rasgos psicológicos
dominantes, y Panofsky, que somete la identifica
ción de las formas a la de los ternas y episodios
representados, Frcud se coloca, de facto, del lado
de Panofsky. Y, m.ís profundamente, su atención
por el detalle remite a la lógica del orden repre
sentativo en el que la forma plástica era la imita
ción de una acción relatada y el tema específico
del cuadro se confundía con la representación del
momento pregnante de la acción, aquel en el que
se concentraban su movimiento y su significa
ción. Frcud deduce ese momento pregnante de la
posición de la mano derecha y de las Tablas. No de
el hecho de que Moisés, indignado, se apreste a lan
zarse contra los idólatras. Es el momento de la
cólera vencida, cuando la mano suelta la barba que
había asido y retoma firmemente las Tablas.
Sabemos que ese momento no está en el texto
bíblico. Freud lo agrega en nombre de una inter
pretación racionalista según la cual el hombre,
dueño de sí mismo, está por encima del servidor del
Dios celoso.
La atención por el detalle sirve, finalmente,
para identificar la posición de Moisés como testi
monio de un triunfo de la voluntad. El Moisés de
Miguel Ángel interpretado por Freud es algo así
So
l)J LO\ DI\.J•l(\U\ l'�O\ J)J'L Df"!,\I LI
como el Lnocoon de Winckelmann, la expresión de
una serenidad clásica victoriosa del afecto. En el
caso de Moisés, el p,uhos religioso es vencido por la
razón. Moisés- es el héroe del afecto vencido,
devuelto al orden. Poco importa saber si, corno
pretende cierra tradición, el patriarca del psicoan.í
lisis habría elevado a categort1 de estatua por dele
g.icion en el m á rm o l romano su propia actitud para
con sus discípulos rebeldes. Mucho m.ís que un
.uuorrerrato de circunstancias, ese Moisés repro
duce una escena clásica de la era representativa: el
triunfo de la voluntad y la conciencia, encarnadas
en la escena rrjgica, en L1 ópertt seria o en los cua
dros Je historia, por algún héroe romano que
vuelve a ser amo de sí mismo y del universo: Bruto
o Augusto, Escipión o Tiro. Y 111,ís que a los idóla
tras y a los disidentes, ese Moisés, encarnación de
la conciencia victoriosa, se opone a los hombres sin
obra, a las víctimas del fantasma no elucidado. Y
uno piensa, desde luego, en el alrcr ego legendario
de Miguel Ángel, Leonardo da Vinci, el hombre de
los cuadernos )' croquis, el invenror de mil proyec
tos no realizados, el pintor que no llega a indivi
dualizar las figuras y pinta siempre la misma son
risa: en smresis, el hombre atado a su f-Jntasn1a,
fljaJo en una relación homosexual con el Padre.
U n a medicina contra otra
ero a ese Moisés clásico puede
P también o p o n é rs e l e otra "figura
de piedra": el bajorrelieve de la Gra
dh,a. A juicio de Freud, la similitud
entre el andar de la figura de piedra
y el de la joven viva sería -junro con
el encuentro de Zoe en Pompeya- el
único elemento "inventado" y "arbitra
rio" en la presentación del caso Nor
berr Han o I d ' . De buena gana yo
diría lo contrario. Esa joven virgen
romana cuyo paso ágil está hecho de
vuelo suspendido y de firme apoyo
l. Sigrn.und Frcud. "E! delirio .. ". ob. cir.,
vol. IX, pp. 3 5 y 36.
EL INCONSCIENTE ESTÉTICO
en el suelo, esa expresión de vida activa y de tran
quilo reposo en sí, es todo rnenos una invención
arbitraria producto del cerebro de Vilhelm
Jensen. Se reconoce en ella, por el contrario, la
figura cien veces celebrada, desde Schiller o
Byron, Holderlin o Hegel: el andar de la leoré,
recuerdo del friso de las Panáteneas o de la urna
griega, alrededor del cual toda una época soñó
una idea nueva de la comunidad sensible, una
vida idéntica al arte, un arre idéntico a la vida.
M,is que un joven sabio extravagante, Norberr
Hanold es una de las innumerables víctimas, trági
cas o cómicas, de cierto fantasma teórico: esa vida
trémula de la estatua, del pliegue de la túnica o del
libre andar en la que se veía encarnado el mundo
ideal de la comunidad viviente.
El "fantasioso" Jensen se divierte simplemente
confrontando esa "vida" soñada de la piedra anti
gua y de la comunidad por venir con la trivialidad
de la vida pequeñoburguesa: los vecinos, los cana
rios en las ventanas y los transeúntes en la calle.
El enamorado de la vida encarnada en la piedra se
encuentra confrontado con la vida de la vecina
pícara y prosaica y con la banalidad de los viajes
de boda a Italia de los pequeñoburgueses. Es esto
lo que rechaza Freud al oponer su propia inrerpre-
UNA MEDICINA CONTRA OTRA
ración de la cura de Zoe: esa liquidación simple del
sueño que se opone a la catarsis del afecto. Él de
nuncia la complicidad entre la posición del fanta
sioso y cierro fin prosaico del sueño.
Esa denuncia no es nueva. Podemos evocar
las páginas de Hegel, que denuncia en las Leccio
nes de estética la arbitrariedad de la fantasía de
jean-Paul o de Tieck y su solidaridad última con
el filisteísmo de la vida burguesa. En ambos casos,
se ve denunciado en el "fantasioso" cierro uso del
espíritu, del Witz romántico. Pero en esa proxi
midad se opera un vuelco esencial. Hegel opone
,l la frivolidad subjetiva del Witz la realidad sus
tancial del espíritu. Freud le reprocha al fantasioso
desconocer la susrancialidad de los juegos del Wí'tz.
Hegel se dedica, en primer I ugar, a recusar una
figura vacía de "libre" subjetividad, reducida a su
autoafirrnación repetitiva. Freud, confrontado a
los nuevos desarrollos del inconsciente estético,
pone en tela de juicio, prioritariamente, cierta idea
de objetividad, aquella que se resume en la idea de
"sabiduría de la vida". En la risueña Zoe Berrgang
y en el "fantasioso" Vilhelm Jensen, esa sabiduría
adopta una figura bastante anodina.
Pero no ocurre lo n1Ísn10 con otras "curas",
con otros "fines de sueño" ilustrados por la "medi-
EL INCQ;',;SCI.EN rs I"STÍ.1 ICO
cina" literaria de finales del siglo XIX. Podemos
pensar en dos ficcio11es ejemplares: una, inven
tada por el hijo de un médico, la otra, que toma
a un médico co1110 héroe. Primero, el final de La
educación sentimental: la evocación de esa visita
fallida al burdel de la Turca que, tanto en sus des
hechas esperanzas ideales como en sus malogra
das ambiciones positivas, es lo mejor que han
conocido Frédéric y Deslauriers. Sin duda, más
significativo es el final de El doctor Pascal de Zola,
que es también la conclusión y la moraleja de
todo el ciclo de los Rougon-Macquarr. Esa mora
leja es, por lo menos, muy particular, ya que El doc
tor Pascal relata el amor incestuoso del viejo doctor,
que también es el historiógrafo de la familia, por su
sobrina Clotilde. El final del libro nos muestra a
Clotilde, tras la muerte de Pascal, amamantando
en el antiguo gabinete de trabajo transformado en
11u,·se1J' al hijo del incesto que, inconsciente de
todo tabú cultural, levanta su pequeño puño, no
hacia algún porvenir radiante, sino simplemente
a la fuerza ciega y bruta de la vida que asegura su
perpetuidad. Ese triunfo de la vida, afirmado por
un incesto banalizado e incluso regenerador, es,
en suma, la versión "seria" y escandalosa de la fan
tasía liviana de Jensen. Esta moraleja representa lo
86
UN,\ ;-..!ElHCINA CONTRA OTl{i\
que Freud rechaza: el "mal" incesto, malo no por
ultrajar la moral, sino porque desconecta el hecho
incestuoso de toda buena intriga de causalidad -y
de culpabilidad-, detoda lógica de saber liberador.
No sé si Frcud leyó El doctor Pascal. Pero sí
sabernos. en cambio, que leyó atentamente a un
contemporáneo de Zola, autor de historias
ejemplares de perturbaciones del alma y secretos
de infancia, de curas, confesiones y curaciones.
Merefiero a Ibscn y pienso aguí en el análisis que
hace Freud de su obra Rosmcrsbolm en el artículo
titulado Algunos tipos de carácter dilucidados por el
trabajo psicoanalítico. El texto analiza algunos
r i p o s paradójicos gue se oponen a la racionalidad
de la cur.i psico.mnlírica: unos porque se niegan a
renunciar a u n a satisfacción y a someter el princi
pio de placer al principio de realidad; otros, a la
inversa, porgue se escabullen ante su propio
éxito, porque rechazan una satisfacción en el
momento mismo en que pueden por fin obte
nerla, cuando ya no está marcada con el sello de
la imposibilidad o de la transgresión. Así, por
ejemplo, la muchacha gue tramó largamente su
rnarrimonio o el profesor en vísperas de obtener
por fin la cátedra por la cual intrigó largamente se
escabullen ante el éxito de sus propósitos. Es· que el
I,I fNCO!';SCIENTE ESTÉTICO
exiro ofrecido, juzga Freud, provoca la invasión
de un incontrolable sentimiento de culpabilidad.
Y es aquí donde intervienen los ejemplos toma
dos de dos obras modelo: Mncbcth, por supuesto,
pero también Rosmersbolm.
Por ser la pieza de Ibsen menos conocida
qu e la de Shakespeare. conviene que recordemos
la intriga. Tiene co1110 marco una vieja casona
situada en los confines de una pequeña ciudad
noruega, resguardada en el fondo de un fiordo.
En esa finca, aislada por una pasarela que se alza
e11cÍ111a de aguas turbulentas, vive Rosrner, un viejo
pastor heredero de una antigua familia de notables
cuya esposa, aquejada por trastornos mentales, se
a rro j ó al agua un año atrás. En la misma morada
vive Rebeca, el ama de llaves, que se había emple
ado alií tras la muerte de su padrastro, el doctor
West. Éste, librepensador, había educado a Rebeca
después de la muerte de su madre y la había con
vertido a sus ideas liberales. La cohabitación de
Rosmer y la joven mujer tiene una doble conse
cuencia. Por un lado, la conversión del antiguo
pastor a las ideas liberales, las que expone a su
cuñado Kroll, director de escuela y jefe local del
partido del orden, escandalizándolo en gran
manera. Por otro lado, la transformación de su
88
l'NA :\1EDJC\NA CONTJ\A OTRA
comunidad intelectual en sentimiento amoroso.
Él le propone matrimonio, pero Rebeca, luego de
un primer momento de alegría, declara que es
imposible. En ese momento, el director Kroll le
revela a su cuñado que su hermana fue empujada
al suicidio y a Rebeca, que su nacimiento es ilegí
timo: ella es en realidad la hija ilegítima de su
"padrastro". Rebeca se niega enérgicamente a cre
erle. Pero, en cambio, confiesa que Iue ella quien
insinuó al espíritu de la difunta las ideas que la
empujaron al suicidio. Luego, se prepara para dejar
la casa, cuando Rosmer le ruega) por segunda vez,
que sea su mujer. Pero ella lo rechaza nuevamente.
Ya no es, le dice, la joven ávida de éxito que se
había instalado en la casa y había desplazado hábil
mente a la esposa, que era un obstáculo. Si
Rosmer, en contacto con ella, se había convertido
al librepensamiento, ella, a su vez, se ha ennoble
cido en contacto con Rosmer. Y ya no puede dis
Irurar del éxito obtenido.
Es aquí donde Freud sitúa su intervención,
que, una vez más, tiende a corregir las explicaciones
del autor y a restablecer la verdadera etiología del
caso. La razón moral invocada por Rebeca, nos
dice, es una simple pantalla. La propia muchacha
nos indica u n a ' ra z ó n 111.-is sólida: tiene un "pasado".
I\L INCO.NSCII,NTE ISTÚTICO
Y es fácil entender cuál es ese pasado al analizar
su reacción ante las revelaciones acerca de su naci
miento. Si se niega de manera tan enérgica a
admitir que es hija de Wesr y si esta revelación
tiene corno consecuencia la confesión de sus
maniobras criminales es porque ha sido la amante
de su supuesto padrastro. El incesto reconocido des
encadena el sentimiento de culpabilidad. Es esto,
y no la conversión moral de Rebeca, lo que se
opone a su éxito. Para comprender su conducta es
preciso restablecer esa verdad que la obra no dice,
que no podía decir sino mediante alusiones vagas'.
Pero al oponer así la "verdadera" razón oculta
a la razón "moralizante" declarada por la heroína,
Freud olvida aquello que, para Ibsen, da sentido
final a la conducta de Rebeca. Olvida el final de
la obra, que no viene de la conversión morali
zante ni del agobio por el peso de la culpabilidad.
La transformación de Rebeca se s i t ú a , en efecto,
más allá del bien y del mal. No se traduce ·por la
conversión a la moral correcta, sino por la impo
sibilidad de actuar, la imposibilidad de querer.
2. Sigmund Freud. "Algunos tipos de carácter dilucidados
por el trabajo psicoanalítico", en Obras completas, ob. cit.,
vol. XJV, pp. 313-339.
90
UNA ;,,¡¡,;L)JCINA C'ONfJ{A <YJRA
El fin de la historia para Rebeca, que ya no
quiere actuar, y para Rosmer, que ya no quiere
.1>abcr, es u n a u n i ó n mística de un tipo particular,
Ambos se unen! en electo, para marchar alegre
mente hacia la pasarela y ahogarse juntos en el mar.
Unión última del saber y el no-saber, del actuar y
el padecer, acorde a la lógica del inconsciente esté
tico. La verdadera cura, la verdadera curación, es
la renuncia schopenhaueriana al querer-vivir, el
abandono al mar originario del no··querer, "volup
ruosidad suprema" en la que se había sumido la
Isolda de 'l<?agner y que el joven Nietzsche había asi
mil.ido al triunfo del nuevo Dioniso.
Es.1 es la voluptuosidad que Freud rechaza.
Es contra ella que hace valer la buena intriga cau
sal, la racionalidad del sentimiento de culpabili
dad liberado por la cura del director Kroll. No se
opone a la explicación moralizante) sino a la "ino
concia" de zambullirse en el mar originario. Aquf
estalla nuevamente Li ambigüedad de su relación
con el inconsciente estético: frente a ese nihi
lismo, a esa identidad radical del pnthos y el logos
q,,e, en tiempos de Ibsen, Srrindberg y el wagne
risrno, revela ser la verdad última y la "moraleja"
del inconsciente estético, reencuentra, en suma,
la posición de' Corneille y de Volraire frente al
,,
EL INCONSCIENTE ESTÉTICO
furor edípico. Freud busca restablecer, contra ese
pathos, un buen encadenamiento causal y una vir
tud positiva del efecto de saber.
La fuerza· de esa apuesta se siente en otra
referencia, más breve, a otro drama "psicoanalí
tico" de Ibsen, La dama del mar, en el que la
esposa del doctor Wangel está obsesionada por el
llamado irresistible del mar. Cuando su marido la
deja libre de seguir al marino de paso, en quien
ella reconoce el llamado encarnado, Ellida renun
cia a hacerlo. Así, mientras que Rebeca se decla
raba transformada por Rosmer, ella se declara
liberada por la elección que le permitió su marido.
Con él se quedará, ya que puede elegir.
Pero, esta vez, la relación entre las razones del
autor y las del intérprete se presenta a la inversa.
Freud confirma, de hecho, la interpretación del
personaje y ve en ésta el éxito de la "cura" condu
cida por el doctor Wangel. Ibsen, por el contra
rio, reduce esa libertad al estatuto de ilusión en
sus notas preparatorias, que resumen la historia
en términos absolutamente schopenhauerianos:
"La vida es alegre en apariencia, fácil y plena de ani
mación allá arriba, a la sombra de los fiordos y en
la uniformidad del aislamiento. Sin embargo, está
expresada la idea de que ese tipo de vida es una sorn-
UNA MEDICINA C:ON1 RA OTRA
bra de vida. Ninguna energía de acción, ninguna
lucha por liberarse. Nada más que aspiraciones y
deseos. Así se vive allá durante el corto verano
claro. Y luego . . . se entra en las tinieblas. Entonces
se despierta el vivo deseo de la gran vida del
mundo exterior. ¿Pero qué se gana con eso? Según
las situaciones, según el desarrollo del espíritu,
crecen las exigencias, las aspiraciones, los deseos
[ . . . ] Hitos por todas partes. De allí la melancolía
desparramada como un canto quejumbroso amor
tiguado en roda la existencia y la conducta de la
gente. Un claro día de verano con las grandes
tinieblas, luego . . . �so es todo [ . . . ] Poder de atrac
ción del mar. Aspiración al mar. Gente emparen
tada con el mar. Ligada a él. Dependiente del mar.
Deben retornar a él [ ... ] El gran secreto es la
dependencia del hombre con respecto a las 'fuer
zas sin voluntad"''. Así, el ciclo de las estaciones
3. Traducido de Henrik lbscn, "La dnme de la mer", en
<E11vres co,npÍt'tcs, Pans. Pion, 1943, t. XIV, pp. 244 y 245:
"La vie en apparence e.r gaic. facile et plcine d'cntrain la
haut, a 1'0111bre des !Jords et d.ms l'unifonnité de l'isolcmenr.
Cependanr est expriméc l'idée que cene sorte de vic esr une
ombrc de vie. Aucune vigueur d'action ; aucune lurte pour
l'affranchisscmenr. Ricn qu'aspirarions cr vccux. Ainsi vir-on
'
h
l pcndanr le courr é r é clair. Er ensuire ... on entre dans le� >
91
EL JNCO�SClliNTI' i.s'ncnco
en el Norte es identificado con el desvanecimiento
de las ilusiones de la representación en la nada de
la voluntad que nada quiere. A esta moraleja de la
intriga, Freud, por una vez, opone la que declaran
el doctor Wangel y la Dama del mar.
Diremos que esa es la apuesta de la época.
Pero esa "apuesta de la época" no tiene nada de
circunstancial. No se trata simplemente del com
bate contra una ideología presente en el aire del
tiempo, un tiempo, por otro lado, en parte supe
rado cuando Freud escribe sus textos. Se trata, exac
tarnente, del combare entre dos inconscientes, entre
dos ideas de lo que se halla por debajo de la superfi
cie pulida de las sociedades, dos ideas de la enfer
medad y la curación de las civilizaciones.
< réncbrcs. Alors s'évcillc le vif désir de la grande vic du
monde cxrérieur. Mais que gagne-r-cn a cc!a ? Suivanc les
siruarions. suivant le dévcloppcmcur de l'csprit. croisscnr
les exigcnces. les aspirarions, les vceux [... J Parrour des bornes.
D'ou la méiaucolie répanduc conunc un chant plaíntif
assourdi dans coure l'exisrence et la conduire des gens. Un
clair jour d'été avec les gr.indrs téncbres ensuit. .. voila tour
[... l Pulssancc cl'atrrnction de la mer. Aspiratíon a !a mcr,
(;en� .ipparcnrés 1l la 111.::r. Liés a elle. Dépendanrs de la mcr.
Doivcnr y rctourncr [ ... ] Le grand secrcr csr la dépcndance
de l'hormuc a l'égard de, 'forces sans volonré'".
liNA :\JEl)JCINA <:ON J 1{1\ oru.,
Ya que hablamos Je época, precisémosla,
Entre 1914 y 1919 se publican El «Moisés» de
Aligue! Ángel, Lo ominoso" y el texto sobre Ibsen.
No estamos muy lejos· de ese Más allá del principio
de ¡,facer ( 1 9 2 0 ) que marcad un viraje en la obra de
Freud, con la intervención de la pulsión de muerte.
Sabemos cómo explica FreuJ ese giro Je su pensa
miento. La afirmación de la pulsión de muerte se
deduce del estudio de la problemática "neurosis
rraum.itica". Pero su reconocimiento está también
ligado al golpe que la guerra de 1 9 1 4 asesta a la
visión optimista que había guiado a la primera edad
del psicoanálisis, y a la simple oposición del prin
c i p i o de placer al principio de realidad. Está per
mirido, sin embargo, pensar que esa explicación
no agora el sentido de la cuestión. El descubri
miento de la p u l s i ó n de muerte es también un
episodio de la larga confrontación -más o menos
enmascarada- de Freud con el gran tema obsesivo_
de 1; época e.n que se formó el psicoanálisis: el
Si bien este rrab.rju se public.i en 19 ! 9, su dabor,1cí6;1
comicuz.t varios afio.'> <HHL'�. La noción ya csnt enunciada en
Tdtnn )' t,d)fí (1913) y lus primeros honudorcs son de la
n1i.s,1n,1 época. Luego de ser dejado de lado, C.\ finalmcnrc rcro
nudo para ser publicado tal como !o conocemos (N. del E.).
'))
El JNCO!'-SCIE:-:-Th l:'iTÉTICO
inconsciente de la cosa en sí schopenhaueriana y
las grandes ficciones literarias del retorno hacia
ese inconsciente. Que los instintos conservadores
ele la vida conserven, en definitiva, a la vida la direc
ción hacia "su" muerte y que los "guardianes de la
vida" sean así los "satélites de la muerte" es, en
efecto, el secreto último de toda la gran novela de las
ilusiones de la voluntad, en la que se resume la lite
ratura de un siglo, la literatura de la época estética.
Con este secreto Freud no dejó de luchar. Y es la
interpretación del "principio de realidad" lo que
está en el centro de las correcciones aportadas por
Freud a las intrigas de Jensen, de Hoffmann o de
Ibsen. La confrontación con la lógica del incons
ciente estético lo empuja a restablecer no sólo la co
rrecta etiología del caso Hanold o del caso Nathaniel
y el buen fin de Rosmersbolm, sino también la co
rrecta actitud de Moisés, actitud de calma, de la ra
zón ganada al pathos sagrado. Todo ocurre _como
si esos análisis fueran los medios para resistirse a la
entropía nihilista que Freud detecta y rechaza en
las obras del régimen estético del arte y a. la que,
sin embargo, dará cabida en la teorización de la
pulsión de muerte.
Podemos entender, entonces, la relación para
dójica que. hay entre los análisis estéticos de Freud
1;;-.;,\ �IJ·OfClNA CON I R A ()íR.\
v aquellos que, mas tarde, se valdrán de él. Éstos
son los que se proponen refutar el biografismo
freudiano y su indiferencia por la "forma" artís
tica. Es en las particularidades de la pincelada
pictórica donde refutarán silenciosamente la anéc
dota figurativa, o en el "tartamudeo" del texto lite
rario, g u e marca [a acción de "orra lengua" en la
lengua, donde ellos buscarán la eficacia del incons
ciente, concebido corno la esta�npa de una verdad
innombrable o el choque de una fuerza del Otro,
que excede en su principio toda presentación sen
sible adecuada.
Al comienzo del trabajo sobre el Moisés,
Freud evoca el choque provocado por las grandes
obras y la desazón que puede embargar al pensa
miento ante el enigma de ese choque. Se pregunta
si habr.i alg,111 estera que haya considerado tal des
,_unparo de la inteligencia corno una condición
ne�csaria de los mayores efectos que puede pro
d u c i r una obra de arte. Sin embargo, admite que
le cuesta creer en una condición semejante. La
competenc i a entre los an á lisis de Freud, la razón
del privilegio qu e le otorga a la intriga biográfica
e s t á ahí: él se niega a asignarle a ese desamparo
la fuerza de la p intu ra , de la escultura o de la lite
ratura. Para vencer la tesis de ese estera hipotético.
FL TNCONSCJE!'>;'fl' J'STÍ,TICO
Freud está dispuesto a rehacer cualquier historia e
incluso a reescribir, si fuera necesario, el texto
sagrado. Ahora bien, ese estera, hipotético para él, es
hoy una figura bien presente en el campo del pensa
miento estético y se vale generalmente de Freud para
fundamentar la tesis que éste se empeñaba en refu
tar, la que vincula la fuerza de la obra con su efecto
de desamparo. Pensamos aquí muy especialmente en
los análisis del último Lyotard, quien elaboró una
estética de lo sublime cuyos tres pilares son Burke,
Kant y Freud'. A la "debilidad" estética, Lyotard
opone el poder de la pincelada pictórica concebida
como fuerza que embarga. El sujeto es desarmado
por el golpe del aistheton, lo sensible que afecta al
alma desnuda, confrontado a la fuerza del Otro, que
es, en última instancia, el rostro de Dios, que no pue
de set mirado y que pone al espectador en la
posición de Moisés ante la zarza ardiente. A la subli
mación freudiana se opone esa embestida de lo
sublime que hace triunfar a un pathos irreductible a
todo logos, un pathos identificado, en última instan
cia, con la fuerza misma de Dios llamando a Moisés.
4. Véanse, en particular, Jean-Franc;:ois Lyotard, Lo inhu
ntano . . . . ob. cit. y Moralidades ... , ob. cit.
UNA .\IFDJCINA t:ON"I R,\ oru.v
La relación entre los dos inconscientes pre
senta en este punto un singular desencuentro. El
psicoanálisis freudiano presupone esa revolución
estética que revoca el orden causal de la represen
tación clásica e identifica la fuerza del arte con la
identidad inmediata de los contradictorios, del
logos y el pathos. Y presupone una literatura
apoyada en la doble fuerza de la palabra muda.
Pero en esta dualidad, Freud hace su elección. A
la entropía nihilista inherente al poder de la pala
bra sorda, opone la otra forma de la palabra
muda, el jeroglífico ofrecido al trabajo de inter
pretación y a la esperanza de la cura. Y, siguiendo
esa lógica, tiende a asimilar la obra de la "fanta
sía" y el trabajo de su desciframiento a la intriga
clásica del reconocimiento revocada por la revo
lución estética. Asl, Freud coloca nuevamente den
tro de los límites del régimen representativo del
arte las figuras v las intrigas que ese régimen
) ,._ ' ,/ ,._
rechazaba y que sólo la revolución estética había
puesto a su disposición.
A ese retorno se opone hoy otro freudismo,
que pone en tela de juicio el biografismo freu
diano y se afirma más respetuoso de lo propio del
arte. Éste se presenta como un freudismo mis
radical, liber;do de las secuelas de la tradición
EL INCONSCJFNTF. ESTÉTICO
representativa y acorde con ese nuevo régimen
del arte que le da su Edipo, ese régimen que
iguala lo activo con lo pasivo al afirmar, al
mismo tiempo, la autonomía antirrepresenta
tiva del arte y su naturaleza fundamentalmente
heterónoma, su valor de testimonio de la acción
de las fuerzas que sobrepasan al sujeto y lo
arrancan de sí mismo. Y para esto, evidente
mente, se apoya de manera prioritaria en Mds
alld del principio de placer y en todos los textos
de los años 1920 a 1 9 3 0 que marcan la distan
cia tomada con el Freud corrector de Jensen,
Ibsen o Hoffmann, con el Freud admirador de
un Moisés liberado del furor sagrado. Pero para
eso debe resolver en forma opuesta la lógica con
tradictoria del inconsciente estético, la polari
dad de la palabra muda. Debe valorizar el poder
sordo de una palabra del Otro irreductible a
roda hermenéutica. Es decir que debe reivindi
car la entropía nihilista, aun a riesgo de trans
formar la voluptuosidad del retorno al abismo
originario en relación sagrada con el Otro y con
la Ley. Ese freudismo ejecuta entonces, en torno
a la teoría freudiana, un movimiento giratorio que
trae de vuelta, en nombre de Freud y contra él,
ese nihilismo que sus análisis estéticos no han
roo
UN,\ .Vl[D!CJN.\ CONJ RA OJ'RA
cesado de combatir. Ese movimiento giratorio se
afirma como recusación de la tradición estética".
Bien podría ser, sin embargo, la última jugada del
inconsciente estético- al inconsciente freudiano.
5. Véase particularmente el rexro "Anima muurna que
concluye jcan-Francois Lyorard, Moralidades ... , ob. cit.
i or
Índice
Prefacio . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 5
Del psicoanálisis del arte
al inconsciente estético . . . . . . . . . . . . . I 9
El defecto de un tema , . . , , . . . . . . . . . . 27
La revolución estética . . . . . . . . . . . . . . . 3 5
Las dos formas de la palabra muda . . . . . 45 .
De un inconsciente a orro . . . . . . . . . . . . 57
Las correcciones de Freud . . . , , . . . , . , . 67
De los diversos usos del detalle , 75
Una medicina contra otra . . . . . . . . . . . . 83
Esta edición de Looo ejemplares se terminó
de imprimir en el mes de lebrero de 2005 en
TGS INDUSTRIA GRÁFICA, Echeverrfa 5036,
Ciudad de Buenos Aires, Argentina.
Jacques Rancicrc, filósofo, Profesor
Emérito de la Universidad de
París 8, ofrece una filosofia que se
desplaza, que se ejerce fuera de los
territorios convencionales, sin eludir
los compromisos con la idea y las
prácticas de la emancipación.
Sus libros testimonian una
trayectoria que lo lleva a recorrer
los archivos obreros, a ocuparse
de la poesía, a reflexionar sobre la
palabra escrita, a pensar el cine,
a redefinir la estética, a proponer
tesis para la democracia ...
La lección de Althusser (1974);
La. noche de Ios proletarios, archivos
del sueño obrero (1981); Lajilosefia
ysw pobres (1983); El maestro igno
rante. Cinco lecciones de emancipa
" ; ción intelectual (1987); Los bordes
de l
o político (1990 y 1998); Breves
1
viajes alpaís delpueblo (1990); Isos
a historia. Ensayos de
nombres de l
una poética del saber (1992); El
1
1 , desacuerdo, P,litica yfilosefla (1995);
Mal/armé. La política de la Sirena
!
(1996); La palabra muda, ensayos
¡
sobre las contradicciones en la lite
t
ratura (1998}; La. división de l
o sen
1
¡;¡ sible. Estética y política (2000); La
1 , fabula cinematográfica (2001) ... son
'
i los títulos de algunas de las
publicaciones de Jacques Rancicre,
cuya vocación filosófica resulta de
la opción por la promesa de nue
vas relaciones entre el saber y la vida.
del estante editorial
sello de la fundación centro de estu
dios multidis.ciplinarios (cem), com
parte con ustedes esta exploración de
Ranciere. Se trata de otra de sus
osadías conceptuales: la idea de una
estética co-fundante del inconsciente.
- --- -·-·- J
!
,
1
1
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r!I
.....---------------- ----· -· - ···------
'
Este libro no se ocµpa de indagar,cómo los concep-
tos freudianos se aplican a la interpretación de las
obras literarias y artísticas. Se pre�unta, en cambio,
· por qué esta .interpretación ocupa un lugar estraté
.gico en la .demostración de la pertinencia de los
conceptos analíticos . . Para qi,e Freud haga de la
intriga edípica un .principio de inteligibilidad; es
necesario que cierto- Edipo, perteneciente . ' .i: , la
' 1 " ,· .
reinvención romántica de la antigüedad griega, haya
.Producido una id�; de la potencialidad de pensa
. miento de aquello que no piensa y de la fuerza de la
palabra de aquello 'que se calla. De esro no se
, desprende que el inconsciente freudi:u'io estaría: ya
prefigurado por el- int�nsciente estético. Los análisis
estéticos de Freud 'muestran, sobre rodo, una
tensión entre la lógica de los dos inconscientes .
. Este texto intenta indicar las modalidades y las �ues
tiones que están enjuego en esa confrontación.
1,,
I S B N 9 8 7 - 2 1 9 5 4 - 0 - 4
del estante
editorial
9 78987� 195403 _
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