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Sexo y Destino

Este documento describe la experiencia de un espíritu llamado Pedro Neves después de su fallecimiento. Pedro trabajaba ayudando a otros pero ahora se muestra triste y reservado. También pasó algún tiempo en la Tierra atendiendo asuntos familiares.

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Sexo y Destino

Este documento describe la experiencia de un espíritu llamado Pedro Neves después de su fallecimiento. Pedro trabajaba ayudando a otros pero ahora se muestra triste y reservado. También pasó algún tiempo en la Tierra atendiendo asuntos familiares.

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SEXO

Y
DESTINO

ANDRÉ LUIZ

Francisco Cándido Xavier y Waldo Vieira


ÍNDICE
ORACIÓN PRELIMINAR 5
SEXO Y DESTINO 7

PRIMERA PARTE 8
Capítulo 1 8
Capítulo 2 15
Capítulo 3 22
Capítulo 4 29
Capítulo 5 38
Capítulo 6 48
Capítulo 7 61
Capítulo 8 81
Capítulo 9 103
Capítulo 10 117
Capítulo 11 126
Capítulo 12 134
Capítulo 13 152
Capítulo 14 165
SEGUNDA PARTE 183
Capítulo 1 183
Capítulo 2 195
Capítulo 3 204
Capítulo 4 217
Capítulo 5 228
Capítulo 6 241
Capítulo 7 250
Capítulo 8 265
Capítulo 9 280
Capítulo 10 294
Capítulo 11 303
Capítulo 12 327
Capítulo 13 344
Capítulo 14 367
ORACIÓN PRELIMINAR
¡Padre de Infinita Bondad!

Este es un libro en el que has permitido que nuestro André Luiz


describa algunos conceptos de la Espiritualidad Superior en torno del
sexo y del destino, reflejo de nuestra amarga realidad donde
incorporaste esperanzas eternas.

Entregándole a los compañeros reencarnados en el mundo,


queremos recordar el día en el que Jesús, Tu Enviado, estando en la
plaza repleta de acusadores, los escribas y fariseos le presentaron
a una pobre mujer que decían haber sorprendido en pecado, al
mismo tiempo que le preguntaban: Maestro, esta mujer ha
cometido adulterio… la ley manda que la apedreemos. Tu, ¿qué
dices?

El Maestro fijó tranquilamente su mirada en los celosos


guardianes de la ley mosaica, y, dado que nada adelantaría dando
explicaciones a sus mentes embotadas de ideas preconcebidas, les
dijo con palabras que podrían valer a todos los moralistas de los
siglos venideros:

5
¡Aquel que esté libre de pecado, que tire la primera piedra!...

Hoy día, en la inmensa plaza de las convenciones humanas, el


materialismo fomenta la desaparición de los valores morales, sin
tener en cuenta la dignidad humana, mientras las religiones luchan
cual gladiadores con la Naturaleza, intentando, en vano, bloquear
la vida, como si quisieran engañarse a sí mismas. En medio del
inmenso conflicto en el que están inmersas esas fuerzas
gigantescas que luchan por el dominio moral de la Tierra, enviaste
la Doctrina Espírita, en nombre del Evangelio de Cristo, para
serenar los corazones y comunicarles que el amor es la esencia del
Universo; que las criaturas que nacieron de tu Aliento Divino deben
amarse unas a otras; que el sexo es legado sublime y que el hogar
es refugio de santidad, aclarando por tanto que el amor y el sexo
plasman responsabilidades naturales en la conciencia de cada uno,
y nadie hiere a alguien en su afecto, sin que eso conlleve una
dolorosa reparación.

Este libro intenta afirmar que, aunque no puedes sustraer a los


culpables a las consecuencias del error que cometieron, no
permites que los vencidos sean desamparados, desde el momento
que acepten la luz rectificadora para el camino. Asimismo nos dice
que con Tu bendición, los delincuentes de ayer, hoy redimidos, se
transforman en tus mensajeros de redención para aquellos
mismos que les hicieron cometer errores en otros tiempos.

Bendice pues el presente relato repleto de verdad y esperanza,


para que, al confiarlo a nuestros hermanos del mundo, podamos
hacerles recordar que la existencia física, bien en la infancia o
adolescencia, en la madurez o en la vejez es siempre un don que
debemos honrar y que, incluso estando dentro de un cuerpo
deforme, mutilado o enfermo, debemos pronunciar delante de Tu
Sabiduría Infinita: ¡Gracias, Dios mío!

EMMANUEL
Uberaba, 4 de julio de 1963
(Página recibida por el médium Francisco Cándido Xavier)

6
SEXO Y DESTINO

SEXO Y DESTINO
Sexo y destino, amor y conciencia, libertad y compromiso, culpa
y rescate, hogar y reencarnación constituyen los temas de este
libro, forjado en la realidad cotidiana.

Mientras, amigo lector, después de la oración del bienhechor


que se pronunció al principio, no nos queda nada más que no sea
entregarte la narración que la Divina Providencia nos permitió
realizar, no con el exclusivo propósito de descubrir la verdad, sino
también con el de enriquecer nuestra experiencia.

No creemos que sea necesario aclarar que los nombres de los


protagonistas de esta historia real han sido sustituidos por razones
obvias y que la presente biografía de grupo no pertenece a otros
sino a los mismos que nos permitieron redactarla, para nuestro
aprendizaje, naturalmente después de haber sido consultados.

Solicitamos también su permiso para decirte que no fue retirado


un solo acento de las verdades que acontecen en este relato y que
conllevan la luz de nuestras esperanzas y el amargo sabor de
nuestras lágrimas.

ANDRÉ LUIZ

Uberaba, 4 de julio de 1963

(Página recibida por el médium Waldo Vieira)

7
PRIMERA PARTE
Médium Waldo Vieira

Capítulo 1
Tal como sucede entre los hombres, en el Mundo Espiritual que
les rodea, el sufrimiento y la expectación pulen el alma,
disciplinando, perfeccionando, reconstruyendo…

Cuando abandonamos el vestido físico, habitualmente


imaginamos el paraíso que las religiones nos presentan más allá de
la muerte. Soñamos con el apaciguamiento integral de los sentidos,
con el acceso a una alegría inefable que nos haga olvidar todo
recuerdo que suponga una llaga mental. Pero, atravesada la
frontera de la ceniza, nos enfrentamos realmente a la
responsabilidad inevitable, ante el reencuentro con nuestra propia
conciencia.

La vida humana, al tener continuidad natural en el más allá se


asume de dos formas distintas. Difieren el entorno y las
apariencias; mientras tanto la lucha de la personalidad, de un

8
SEXO Y DESTINO

renacimiento a otro en la tierra, supone una dura lucha en dos


fases. Anverso y reverso de la experiencia. En la cuna se inicia, en la
tumba se desdobla. Con rarísimas excepciones a la regla,
solamente la reencarnación consigue transfigurarnos de manera
fundamental.

Dejamos en la tumba la seca envoltura y transportamos con


nosotros a otras esferas, en la misma ficha de identificación
personal, los ingredientes espirituales que cultivamos y atrajimos.

Inteligencias en evolución en la eternidad del espacio y el tiempo,


los espíritus alojados en la morada terrestre, al abandonar el ropaje
de materia más densa, se parecen, figuradamente, a los insectos. Hay
larvas que al salir del huevo revelan su condición de parásitos, en
tanto que otras se transforman, de inmediato en mariposas de
prodigiosa belleza, ganando altura.

Encontramos criaturas que se separan de la envoltura carnal,


entrando en largos procesos obsesivos, los cuales se mueven a
costa de fuerzas extrañas, al lado de otras que, de pronto, se
elevan primorosas y bellas, hacia planos superiores de la
evolución. Y entre las que se aferran profundamente a las
sensaciones de la naturaleza física y las que conquistan la sublime
ascensión para estadios edificantes, en el más allá, surge una gama
infinita de diferentes niveles.

Emergiendo en la espiritualidad, después de la desencarnación,


se sufre al principio el desencanto para todos los que esperaban
un cielo teológico, fácil de ganar.

La verdad aparece con potencia renovadora. Padeciendo


todavía una espesa amnesia con relación al pasado remoto, que
descansa en los poros de la memoria, aparecen los viejos
preconceptos que chocan en nuestro interior, cayendo destro-
zados. Suspiramos por la inercia que no existe. Exigimos una
respuesta afirmativa a los absurdos de la fe convencional y

9
ANDRÉ LUIZ

dogmática que reclaman la integración con Dios para uno mismo,


excluyendo pretenciosamente de la Paternidad Divina a los que no
compartan su estrecha visión.

De semejantes conflictos, a veces terribles y extenuantes para


nuestra mente, muchos de nosotros salimos o bien abatidos o
sublevados para extensas incursiones en el vampirismo o la
desesperación; la mayor parte de los desencarnados, sin embargo,
poco a poco se acomoda a las circunstancias, aceptando la conti-
nuidad en el trabajo de la propia reeducación, con los resultados
de la existencia aparentemente encerrada en el mundo, a la espera
de la reencarnación que les haga posible recomenzar la
renovación…

Esas ideas martilleaban mi pensamiento, reparando en la


tristeza y cansancio de mi amigo Pedro Neves, devoto servidor del
Ministerio de Auxilio1.

Participaba en expediciones arrojadas y valerosas en


benemérita actividad, sin que se le viese dudar. Veterano en
empresas de socorro, nunca mostró desánimo o flaqueza, por más
presión que le proporcionase el peso de compromisos y obliga-
ciones.

En su última existencia fue abogado, donde demostró una


extrema lucidez, en el examen de los problemas que surgieron en
su camino.

Siempre dedicado y humilde, ahora, sin embargo, presentaba


sensibles alteraciones de conducta.

Había estado con breves encargos en la esfera física, para


atender, de forma más directa, necesidades de orden familiar cuya
naturaleza no me había sido posible percibir.

1
Organización de “Nuestro Hogar”. Nota del autor espiritual.

10
SEXO Y DESTINO

Desde entonces, se mostraba reservado y desencantado, como


los compañeros recién llegados de la Tierra. Se aislaba en profunda
reflexión y eludía la conversación fraternal. Se quejaba de todo y
alguna vez, en el servicio lloraba sin que asomase una lágrima.

Nadie osaba preguntar lo que le causaba tal sufrimiento, que


emergía de lo más profundo de su ser.

Busqué el momento más propicio, en un período de descanso


en el banco del jardín, para que pudiese expresar sus sentimientos,
alegando dificultades que me preocupaban en torno a los
descendientes que había dejado en el mundo y las inquietudes que
me producían.

Presentía que su tristeza se basaba en luchas domésticas que


torturaban su alma, y estaba en lo cierto, mi amigo mordió el cebo
afectivo y desveló sus sentimientos.

Al principio, habló vagamente de las aprensiones que asomaban


a su espíritu angustiado. Aspiraba a olvidar y alejarse; pero
mientras… la retaguardia familiar en el mundo le provocaba
dolorosos recuerdos difíciles de borrar.

– ¿Es tu esposa quien tanto te aflige? aventuré intentando


romper su silencio.

Pedro me miró fijamente con dolorosa expresión y respondió:

– Hay momentos, André, en los cuales sería preciso profundizar


en nuestras vidas y analizar el pasado para extraer de él la verdad,
solamente la verdad…

Meditó, sofocado por algunos instantes, y prosiguió:

– No soy hombre que me deje llevar por sentimentalismos,


aunque aprecie las emociones en su justo valor. Además, la

11
ANDRÉ LUIZ

experiencia, desde hace mucho, me enseñó a racionalizar. Hace


cuarenta años que estoy aquí y hace casi cuarenta años que mi
esposa me sumió en un absoluto desinterés del corazón. La dejé
cuando todavía era joven y Enedina comprensiblemente no podía
mantenerse a distancia de las exigencias femeninas.

Prosiguió aclarando que ella se unió a otro hombre, en segundo


matrimonio, convirtiéndole en el padrastro de sus hijos. El nuevo
marido se apartó completamente de la convivencia espiritual.
Hombre ambicioso, administró ambas haciendas, logrando
multiplicar los bienes a fuerza de astucia en arriesgadas empresas
comerciales. Y actuó con tanta liviandad que la esposa, antes
sencilla, se apasionó por el lujo, invirtiendo su tiempo en devaneos
y coqueterías, hasta que se arrojó en los desvaríos del sexo.
Observando a su esposo ocupado en aventuras galantes de modo
permanente, en su posición de caballero rico y desocupado, quiso
vengarse, estableciendo para sí misma un desordenado culto al
placer, sin ser consciente que se perdía en lamentables
desequilibrios.

– Y mis dos hijos, Jorge y Ernesto, fascinados por la riqueza con


que el padrastro compraba su servilismo, enloquecieron en el
mismo delirio de dinero fácil y se animalizaron hasta tal punto que
no guardaron el menor resto de mi memoria, hoy por hoy son
acaudalados negociantes, en edad madura…

– Y tu esposa mientras tanto ¿dónde está en el mundo físico? –


arriesgué cortando una pausa larga para que la conversación no
acabase.

Mi pobre Enedina volvió, hace diez años, abandonando el


cuerpo por causa de la ictericia, que le apareció como verdugo
invisible, provocada por las bebidas alcohólicas. La cuidé
ensayando todos los procesos de socorro a mi disposición…

12
SEXO Y DESTINO

Me atemorizaba la perspectiva de verla esclavizada a las fuerzas


viles a las que se había unido sin percatarse; ansiaba retenerla en
el cuerpo, como quien resguarda un niño inconsciente en un
refugio. Pero ¡ay de mí! arrebatada por entidades infelices, a las
que se asoció en su liviandad, en vano procuré proporcionarle
algún consuelo, ya que ella misma, después de desencarnar se
complacía en el vicio, intentando una fuga imposible de sí misma.
No había otro recurso más que esperar, esperar…

– ¿Y los hijos?

–Jorge y Ernesto, hipnotizados por la riqueza material, se


hicieron inabordables para mí.

Mentalmente, no registran mi recuerdo. Intentando captar su


simpatía, el padrastro llegó a insinuar que no eran mis hijos, si no
suyos por su unión con mi esposa, cuando yo vivía en la tierra, y
que Enedina, infelizmente, no llegó a desmentir…

El compañero esbozó una amarga sonrisa y dijo:

– ¡Imagínate! en la carne el miedo es común a los


desencarnados y, en mi caso, fui yo quien se apartó del ambiente
doméstico bajo sensaciones de insoportable horror… incluso así, la
bondad de Dios no me arrojó a la soledad, en lo que se refiere a
ternura familiar. Tengo una hija de quien jamás me separé por los
lazos del espíritu… Beatriz, a quien dejé en la flor de la niñez,
soportó pacientemente las afrentas y se conservó fiel a mi nombre.
Somos, por tanto, dos almas en la misma franja de
entendimiento…

Pedro se limpió los ojos de lágrimas y añadió:

–Ahora, con casi medio siglo de existencia entre los hombres,


sumergida en el cariño que consagra a su esposo y a su único hijo,

13
ANDRÉ LUIZ

se prepara para el regreso… mi hija viene pasando sus días


terrenales con el cuerpo torturado por el cáncer…

–Pero ¿te atormentas por esto? La idea del reencuentro pacífico


¿no será un gran motivo de alegría?

– ¿Y los problemas, amigo mío? ¿Los problemas del grupo de la


misma sangre? durante muchos años, me mantuve al margen de
las tormentas del navío familiar… me hice al océano largo de la
vida… ahora, por amor a mi hija me veo obligado a chocar, con
espíritu de caridad, a la irreflexión y al descaro. Me considero poco
apto… desde que me puse a la cabecera de mi hija, me veo en la
condición de alumno debilitado por la expectativa de errores
constantes…

Se disponía a proseguir, cuando una urgente llamada al servicio


nos interrumpió la conversación, pero antes, con ánimo de
calmarle, me despedí con el compromiso de unirme a él en las
tareas de asistencia a la enferma, de modo más intenso, a partir
del día siguiente.

14
SEXO Y DESTINO

Capítulo 2

Doña Beatriz reposaba en el lecho, demostrando un enorme


cansancio.

La enfermedad, ciertamente, consumía su forma física desde


hacía tiempo, ya que a los cuarenta y siete años de edad estaba
muy delgada y con el rostro surcado de arrugas.

Se la veía ensimismada, triste… Preocupada ante la crisis


inminente.

Las ideas le fluían, vivas y nobles, indicándole la proximidad de


la desencarnación. Se sentía como el caminante que llega al fin de
su viaje.

A la vez que tranquila, se inquietaba por los vínculos que le


unían al mundo. A pesar de eso, visualizaba las puertas del más
allá, plasmando hermosos cuadros íntimos como quien sueña
despierto, y se acordaba de Neves, el padre que había perdido en

15
ANDRÉ LUIZ

la infancia, como si estuviera muy cerca de recuperarle, tal era el


amor que les unía, el uno al otro.

Observamos sin dificultad, que el alma afectiva de la enferma se


dividía con más fuerza en la Tierra, entre el esposo y el hijo, de los
cuales se veía en gradual proceso de inevitable separación.

En el aposento acogedor, con algunos adornos, todo traslucía


limpieza, asistencia, cariño.

Delante del lecho, encontramos un enfermero desencarnado


que Neves abrazó, demostrando que le tenía en gran estima.

Y me presentó:

– Amaro, tenemos aquí a André Luiz, amigo y médico que, de


ahora en adelante, participará en los servicios.

Nos saludamos cordialmente.

Neves preguntó cortésmente:

– ¿El hermano Félix vino hoy?

– Si, como siempre.

Me enteré entonces, que el hermano Félix, desde hacía muchos


años, era el superintendente de una importante casa de socorro,
ligada al Ministerio de la Regeneración, en Nuestro Hogar2. Famoso
por su bondad y paciencia, era conocido como un apóstol de
abnegación y buen sentido.

No disponíamos de mucho tiempo para consideraciones


personales.

2
Organizaciones en el plano de los espíritus (Nota del autor espiritual).

16
SEXO Y DESTINO

Doña Beatriz tenía agudos dolores y el compañero mostró el


propósito de aliviarla, a través de pases reconfortantes. En gran
postración física, revelaba una profunda sensibilidad mediúmnica.

¡Oh, los sublimes pensamientos del lecho del dolor!... Con los
ojos cerrados, la enferma, aunque no distinguiese la presencia
paterna, se acordaba de la ternura del progenitor, que le parecía
distante e inaccesible en el tiempo. Se identificaba, de nuevo, con
la ingenuidad infantil…en la acústica de la memoria, oía las
canciones del hogar, volvía encantada, a las horas de la infancia…
reconstituyendo en la imaginación las reliquias de la cuna, se
sentía en el regazo paternal, como hace el ave de regreso al cálido
nido…

Doña Beatriz lloraba. Lágrimas tiernas corrían por su cara. Y sin


que su boca pronunciase la menor palabra, clamaba íntimamente
con toda el alma: “papá, papá”…

¡Meditad, vosotros que en el mundo consideráis para los


desencarnados la indiferencia de la ceniza! Más allá de la tumba, el
amor y la tristeza muchas veces se transforman en sentido llanto.

Neves, se tambaleó angustiado… Le abracé, pidiendo que


tuviese coraje. La angustia en el ánimo del compañero atribulado
duró apenas algunos momentos.

Se rehizo, recomponiendo el semblante que el sufrimiento había


transfigurado, puso la diestra en la frente de su hija y oró,
suplicando el amparo de la Bondad Divina.

Chispas de luz, como minúsculas llamas azules, salían de su


tórax y se proyectaban en el cuerpo fatigado, revistiéndole de
energías calmantes.

Emocionado, observé que Doña Beatriz caía en un suave sopor.


Y antes que pudiese darme cuenta, una joven, de unos veinte años

17
ANDRÉ LUIZ

de edad, entró cautelosamente en el cuarto. Pasó sin percibirnos y


tomó el pulso de la enferma, observando su estado.

La recién llegada esbozó el gesto de quien veía todo en orden.


Se dirigió después a un pequeño armario y tomando los recursos
necesarios, volvió a la cabecera de la dueña de la casa, para
ponerle una inyección calmante.

Doña Beatriz no mostró la más mínima reacción, continuando


su descanso, sin dormir.

El apoyo magnético de minutos antes había insensibilizado sus


centros nerviosos.

Muy tranquila, la joven, como una enfermera improvisada, se


retiró a una esquina del aposento para sentarse en un sillón de
mimbre. Antes, abrió parte de la ventana dejando entrar una
corriente de aire fresco en la estancia.

La joven, con gran sorpresa para mí, encendió un cigarro y fumó


distraídamente, como si quisiera huir de sí misma.

Neves la miró significativamente con una mezcla de piedad y


repulsa, y me dijo discretamente:

– Es Marina, contable de mi yerno, que se dedica al negocio de


inmuebles… Ahora, a petición de él, desempeña funciones de
asistente…

Un evidente sarcasmo se desprendía de sus palabras.

– ¡Imagina!, –volvió a decir– ¡fumar aquí en la cámara del dolor,


donde se espera a la muerte!...

Contemplé a Marina, cuyos ojos denotaban una recóndita


inquietud.

18
SEXO Y DESTINO

Soplaba hacia fuera de la ventana las bocanadas de humo,


como señal de respetuosa estima con la señora que yacía en el
lecho.

Repartiendo la atención entre ella y Amaro, nuestro amigo de la


esfera espiritual, Neves, parecía querer hablar para desahogarse.
Intenté entonces tener una idea más exacta de la situación.

Me aproximé a la joven, con el propósito de examinarla en


silencio y captar sus vibraciones más íntimas; no obstante,
retrocedí asustado.

Extrañas formas-pensamientos, que reflejaban sus hábitos y


deseos, en contradicción con nuestros propósitos de socorrer a la
enferma, me hicieron sentir que Marina se encontraba allí a
disgusto. Su mente vagaba a lo lejos…

En su cabeza se fijaban cuadros vivos de agitación… Su mirada


fija escuchaba dentro de sí misma, la música de la noche festiva
que pasó la víspera y experimentaba en la garganta la impresión
de la abundante ginebra que había tomado.

A pesar de parecer una niña crecida, superficialmente, bajo el


torbellino de la humareda, exhibía complejas telas mentales que
relampagueaban en el aura imprecisa.

Llevado por las circunstancias a colaborar en la solución de un


proceso asistencial, sin ningún plan preconcebido, pasé a analizar
su conducta aislada. La medicina terrestre, en el futuro, para
atender con eficacia al enfermo, examinará minuciosamente, el
aspecto espiritual de todas las piezas humanas que componen el
equipo.

Respetuoso, inicié la anamnesis psicológica.

19
ANDRÉ LUIZ

Marina presentó, al principio, la figura de un hombre maduro


acuñada por su propia imaginación y que se repetía muchas veces
en su frente.

Ella y él juntos… Se percibía la intimidad de su romance…

Físicamente, parecían padre e hija; sin embargo, por las


actitudes sentimentales no conseguían disimular una agitada
pasión del uno por el otro. En los sutiles paneles que surgían y
desaparecían, alternativamente, se mostraban ambos extasiados,
ebrios de placer, ya fuese dentro del lujoso automóvil o abrazados
sobre la arena de las playas, unidos cariñosamente bajo la
protección de árboles tranquilos o sonrientes en tumultuosos
lugares de diversión nocturna… Deslumbrantes paisajes de
Copacabana a Leblon desfilaban como admirable fondo pictórico.

La joven entrecerraba sus párpados para saborear los recuerdos


que envolvían sus sentidos, para luego después mentalizar,
sorprendentemente, otro hombre, tan joven como ella misma, en
escenas de una película interior, diferente…

Se abría un escenario para exhibir el recuerdo de las propias


aventuras, en el cual se destacaba igualmente encariñada con el
joven disfrutando de sensaciones diversas… Ella y él también
juntos en el mismo coche o paseando felices, saboreando
refrescos o reposando en los jardines públicos como niños
enamorados que enlazan aspiraciones y sueños…

En aquéllos rápidos minutos de fijación espiritual, en que se


exteriorizaba tal cual era, Marina revelaba la doble personalidad de
la mujer dividida entre el cariño de dos hombres, dominada por
pensamientos de miedo e inquietud, ansiedad y arrepentimiento.

Neves, que de algún modo participaba conmigo en la


inspección, quebró la calma reinante diciendo abatido:

20
SEXO Y DESTINO

– ¿Estás viendo? considera lo difícil que es para mí, padre de la


enferma, soportar aquí semejante criatura.

Traté de consolarle, y a petición de él mismo, pasamos a un


pequeño salón de lectura, contiguo al aposento de la enferma, con
el fin de que pudiésemos reflexionar y conversar.

21
ANDRÉ LUIZ

Capítulo 3

En la habitación aislada, mi amigo, fijó sus ojos en los míos y


comentó:

– Después de la desencarnación, nos encontramos en la


segunda fase de nuestra propia existencia y nadie en la Tierra
imagina las nuevas condiciones en que nos encontramos… De
entrada, renovamos la vida.

Equipos salvadores, apoyo en la oración, estudio de las


vibraciones, escuela de caridad. Ensayamos, felices, el culto de los
grandes sentimientos humanos… Después, cuando volvemos al
trabajo más íntimo en el entorno doméstico, que suponíamos
barrido para siempre de la memoria, como en la situación especial
de mi caso… es preciso exprimir la sangre del corazón para
confirmar lo que nos dicta nuestra cabeza… ten en cuenta que me
encuentro en esta casa en servicio apenas hace veinte días, y ya
recibí tantas puñaladas en el alma, que si no fuese por las
necesidades de mi hija, ya habría huido… Sin mis observaciones

22
SEXO Y DESTINO

personales, no habría admitido tanta liviandad en mi yerno…


Bellaco, fanfarrón, impúdico.

Si, si… –intenté parar las dolorosas alegaciones–

Comenté, brevemente, los beneficios del olvido de todo mal,


argumenté la bondad del auxilio silencioso, a través de la oración.

Neves sonrió, medio desconsolado, y añadió:

– Comprendo que tú me indicas las ventajas del pensamiento


positivo en la fijación del bien y creo que, por mi parte, haré cuanto
pueda para no olvidarlo. Ahora, sin embargo, acepta por favor mis
consideraciones, tal vez inoportunas. La medicina es una ciencia
luminosa, llena de puro raciocinio; pero muchas veces se ve
obligada a descender de la alta cultura para diseccionar
cadáveres…

Su mirada indicaba que deseaba compartir conmigo sus


sentimientos, y continuó:

– Sabes que en la quinta noche de mi permanencia aquí,


notando que Beatriz se encontraba en una aguda crisis, fui a
buscar a mi yerno para que le ayudase en persona… ¿y sabes
donde le encontré? No en la oficina, según la falsa información que
dejara en casa. Indignado le sorprendí en la penumbra de la noche,
junto a la chica que acabas de conocer. Los dos unidos, como
marido y mujer. Corría el champán y la música lasciva. Entidades
perturbadoras y perturbadas unidas al cuerpo de los bailarines, en
cuanto otras iban y venían, se inclinaban sobre las copas, cuyo
contenido los labios aburridos no habían conseguido sorber
completamente.

En un entorno multicolor, donde algunas jóvenes se exhibían


semidesnudas en conjuntos exóticos, los vampiros gesticulaban,
completando, en el sentido menos digno, los cuadros que el mal

23
ANDRÉ LUIZ

gusto humano pretendía presentar en nombre del arte. Todo era


rastrero, impropio, inconveniente… Observé a mi yerno y su colabo-
radora, en los brazos uno del otro, recordé a mi hija enferma y me
revolví. Una súbita desesperación se apropió de mí. Mi razón osciló
hacia lo oscuro, pues llegué a justificar en un momento dado, la
deplorable actitud de los compañeros desencarnados que se
transforman en vengadores intransigentes. El hombre viejo que yo
fuera y el hombre renovado que aspiro a ser luchaban en mis más
recónditas fibras…

Hizo una pausa, reagrupando los pensamientos, y siguió:

– Había visto despavorido, en otro tiempo, aquellos que se


animalizaban después de la muerte en los lugares que habían sido
reducto de su felicidad, y se precipitaban, violentos, sobre los seres
amados que les retiraban el afecto… Había participado
entusiasmado en diversas comisiones de socorro, procurando
esclarecerlos y modificarlos hacia el bien, hacerles sentir que las
luchas morales después de la desencarnación, se convertían en
penosa herencia para todos aquéllos con los cuales no
armonizaban; les advertía también que la tumba esperaba a
cuantos en la Tierra les negaban lealtad y ternura… Y, en muchas
ocasiones, conseguía calmarles e iniciar una retirada beneficiosa.
Pero allí… imprudentemente encolerizado contra la insensibilidad
del hombre que desposara a mi querida hija, me vi llamado a
practicar los buenos consejos que había dado…

El amigo hizo una ligera pausa, enjugó las lágrimas que le


corrían por el rostro, al evocar su propio inconformismo, y
completó la frase, añadiendo:

– Pero no pude. Invadido por una terrible cólera avancé como


una fiera y, sin pensarlo, le golpee en la cara. Él se dejó caer en los
hombros de la compañera, acusando una indisposición, como si
estuviese bajo el impacto de una súbita lipotimia… Me dispuse a
retorcerle el cuerpo con mis recios brazos, pero no lo conseguí.

24
SEXO Y DESTINO

Una señora desencarnada, de semblante noble y tranquilo, se


aproximó, desarmándome en lo más íntimo. No demostraba
signos exteriores de elevación. Se mostraba más bien tan
profundamente humana como nosotros mismos. Se diferenciaba
apenas a través de un minúsculo distintivo luminoso que brillaba
pálidamente en su pecho, como una extraña joya que emitía una
discreta radiación. Me acarició levemente la cabeza, induciéndome
serenidad. La miré avergonzado. La dama inesperada no me
censuró, ni hizo ninguna alusión a mi infeliz gesto. Al contrario, me
habló bondadosamente de mi hija enferma. Demostraba conocer
muy bien a Beatriz y acabó invitándome a salir del recinto para
acompañarla a la habitación de la enferma, cosa que hice sin
dudar. La gentil interventora, solamente citó los méritos de la
comprensión y la tolerancia, sin ninguna referencia a los desvaríos
del lugar que acabábamos de dejar, y por ello procuré reprimirme
y reflexionar, exclusivamente en el socorro a proporcionar a mi
hija. La mensajera anónima me dejó en la casa, despidiéndose
delicadamente, y después de eso nunca más la vi, por lo que hasta
hoy, me acuerdo de ella, muy intrigado…

Traté de emitir alguna observación reconfortante,


rememorando mis experiencias, cuando Neves interpretando mis
pensamientos dijo, después de una prolongada pausa:

– Tu, André, ¿nunca te viste frente a acontecimientos tan


desagradables?

Recordé, emocionado, las primeras impresiones que me habían


trastornado la sensibilidad, después de la desencarnación.
Recompuse en la memoria todas las situaciones en que me
sorprendí desanimado, excitado, vencido…

Volvieron a mi corazón los cambios domésticos, las dificultades


familiares, los impositivos de la lucha humana y las sugestiones de
naturaleza física que habían alterado a mi esposa y a mis hijos en
la Tierra, cuando estuvieron sin mi presencia directa. Me sentí más

25
ANDRÉ LUIZ

estrechamente ligado a mi interlocutor, asimilando su torturado


influjo mental, y comenté:

– Sí, amigo mío, una vez atravesada la gran barrera, mis


problemas, al principio, fueron enormes…

No fue posible desahogarme más, ya que un caballero maduro y


simpático entró en el recinto, naturalmente sin percibirnos.

Neves, contrariado, le señaló, diciéndome:

– Es Nemesio, mi yerno…

El recién llegado se miró con atención en un espejo cercano, se


limpió el sudor con un pañuelo y, cuando recomponía su corbata,
lanzó un prolongado suspiro. Se dirigió a la habitación contigua y le
seguimos.

Marina, le recibió con una amable sonrisa, conduciéndole a la


cabecera de la señora, que le miró entre confortada y abatida.

Doña Beatriz extendió una mano descarnada que el marido


besó. Mirándola tiernamente, Nemesio se acomodó en la cama
haciéndole preguntas cariñosas al mismo tiempo que acariciaba su
cabellera descuidada.

La enferma pronunció algunas breves palabras, intentando


agradarle y añadió:

– Nemesio, perdóname si vuelvo al caso de Olimpia… La pobre


criatura perdió la casa casi totalmente… Es necesario que le
proporciones un techo seguro… Pienso en ella y en sus hijos
desamparados. Quítame esta aflicción…

El interpelado mostró una profunda emoción y respondió


cortésmente:

26
SEXO Y DESTINO

– Beatriz, no tengas ninguna duda. Ya envié un amigo,


constructor experto, al local. No te preocupes, haremos todo lo
que haga falta. Cuestión de tiempo…

– Temo partir en cualquier momento…

– Partir, ¿A dónde?

Nemesio le acarició la frente, sonrió amargamente y prosiguió:

– Mientras estés en tratamiento no podemos viajar a San


Lorenzo.

– Mi estación curativa será otra.

– No seas pesimista… vaya ¿dónde está la primavera de nuestra


casa? ¿Te olvidas que nos enseñaste siempre a ser alegres? Aleja la
tristeza, hasta ayer decía el médico que pronto dejarás de estar
convaleciente, ja ja… mañana haré lo necesario para que la casa
sea levantada. Tú estarás restablecida en breve, y ambos iremos a
desayunar a casa de nuestra Olimpia…

Doña Beatriz al verle tan cariñoso, pareció reanimarse.


Entreabrió la boca en una sonrisa, que me pareció una flor de
esperanza en un cactus de sufrimiento.

Aquellos ojos tan lúcidos derramaron dos lágrimas de felicidad


que el esposo enjugó con un tierno gesto. En su rostro amarillento,
centellearon rayos de confianza.

Al sentirse mentalmente renovada, la enferma notó nuevas


fuerzas en su cuerpo y ansió vivir, vivir por mucho tiempo todavía
en el seno familiar. Reconfortada, pidió a Marina un tazón de leche.

27
ANDRÉ LUIZ

La enfermera se lo llevó, conmovida, y, mientras la enferma lo


tomaba poco a poco, reflexioné en la bondad de aquél hombre que
mi compañero me mostró de otra forma.

El pensamiento de Nemesio se nos reveló hasta allí, claro y


puro. Tenía a Doña Beatriz en el cerebro, en los ojos, en los oídos,
en el corazón. Le dispensaba la comprensión de un amigo y la
ternura de un padre.

Neves me lanzó una mirada extraña, como si estuviese, al igual


que yo, lleno de indecible asombro.

Los momentos transcurrían rápidos.

Cuando la enferma devolvió el tazón, otro cuadro se nos


presentó a nuestra visión.

Nemesio se levantó del lecho, y por detrás de la cabecera


extendió su mano a Marina que se encontraba en el lado opuesto,
mientras pronunciaba tiernas palabras a su esposa, acariciaba
simultáneamente los dedos de la joven.

Contemplé a Nemesio admirado. Se alteraban ahora sus


pensamientos que me parecieron, entonces, incompatibles con la
sensación de respetabilidad que nos inspiraba.

Me volví, instintivamente, para Neves, y él, señalándome las dos


manos que se acariciaban, dijo para mí:

– Este hombre es un enigma.

28
SEXO Y DESTINO

Capítulo 4

Acomodados, de nuevo, en el aposento de al lado, traté de


levantar el ánimo de Neves, profundamente desilusionado.

El compañero se encontraba con una sensación de dignidad


ofendida, dando la impresión de que la familia encarnada todavía
le pertenecía. Desaprobaba la conducta del yerno, exaltando los
méritos de su hija. Recordaba el pasado, cuando él mismo había
vencido en lances difíciles de la lucha sentimental.

Se sinceraba.

Oí sus argumentos, afligido y reflexionando, por mi parte, en


torno a la dificultad que tenemos todos para alejar la idea de
nuestra preponderancia sobre los otros. Si no fuese por la
obligación que tenía de respetar sus sentimientos, hubiese tratado
de convencerle de la conveniencia de pensar de otra manera, sin
embargo, intenté reconfortarle:

29
ANDRÉ LUIZ

– No te preocupes. Desde hace mucho aprendí que para los


desencarnados, casi siempre las puertas del hogar se cierran en el
mundo, cuando la muerte les cierra los ojos.

No pude proseguir. Como si fueran dos niños alegres, Nemesio


y Marina entraron en la habitación, huyendo claramente de la
presencia de la enferma.

Tenían en el semblante la expresión de los enamorados felices,


cuando sienten el clásico “por fin solos”.

Me dispuse, instintivamente, a salir, pero Neves me impidió la


retirada diciéndome aturdido:

– Quédate, quédate… No me gusta la indiscreción, pero estoy al


lado de mi hija sólo hace algunos días y debo saber lo que ocurre,
para poder ser útil…

En ese momento, Nemesio abrazó a la enfermera, cual si


volviese a sus años mozos. Le acariciaba las manos y los cabellos y
se justificaba, como si fuera un adolescente interesado en vacunar
a su chica contra los celos. Tenían que ser buenos con Beatriz, que
estaba terminal, y agradecer al destino que les libraba de los
percances de un divorcio, incluso amigable…

Se acordaba de lo que dijo el médico en la víspera, indicando


que la enferma no conseguiría vivir más que algunas semanas. Y
sonreía, como un niño travieso, explicando que no admitía la
supervivencia del alma; pero, bajo su modo de ver, si hubiese vida
más allá de la muerte, no deseaba que la esposa partiese,
sintiendo por ellos cualquier clase de resentimiento. Muy
apasionado, procuraba convencerse de que era correspondido,
manteniendo su mirada en los ojos enigmáticos de su compañera,
a la que se reconocía imantado por intensa atracción.

30
SEXO Y DESTINO

Marina correspondía, dejándose querer, pero presentaba un


fenómeno singular de emoción unida a él y con el pensamiento
volcado en el otro, empeñándose por todos los medios, a
encontrar en ese otro el incentivo necesario para esa misma
emoción.

Nemesio comentaba sus propias dificultades, estaba muy


sensibilizado.

Le confesaba una devoción tremenda. No quería que estuviese


inquieta, en el futuro, abandonaría los negocios. Vivirían felices en
la casita de San Conrado, que transformaría en un bungalow
confortable, entre el verde del mar y el verde de la tierra. La
reconstruiría en un estilo moderno, con el fin de que fuese su
hogar, en el momento oportuno. Quería que ella confiase. En el
momento que su estado civil cambiase, la convertiría en su esposa
para siempre.

Todo eso lo decía acompañado de manifestaciones cariñosas en


las que prevalecían por una parte la sinceridad y por otra el interés.

Sin embargo, se producía una extraña situación.

El y ella se comunicaban entre sí, recíprocamente con los más


tiernos detalles seductores y parecían sentir automáticamente, las
impresiones que emitíamos cada vez que acompañábamos los
mínimos gestos de ambos con aguda observación, prejuzgándoles
con el fondo de nuestras propias experiencias inferiores ya supe-
radas.

Semejantes registros que hicimos, con absoluta imparcialidad,


son dignos de tenerse en cuenta, ya que, atento como me hallaba
al estudio, nos vimos obligados a reconocer que nuestra
expectativa maliciosa, unida al espíritu de censura, establecía
corrientes mentales que estimulaban la turbación psíquica a la que

31
ANDRÉ LUIZ

ambos se veían sometidos, corrientes esas que partiendo de


nosotros hacia ellos, estimulaba su apetito sensual.

El marido de Beatriz, resaltaba en susurros, lleno de juvenil


felicidad, el anhelo con que esperaba el amor en su futuro hogar.

De repente la joven estalló en sollozos. Él la besó en la mejilla,


intentando aliviarle la tensión convulsiva.

Por nuestra parte, reparamos que Marina pensaba cada vez más
en el mozo cuya figura se fijaba en su imaginación.

Era escabroso, sin duda, el conflicto en el que se hallaba


inmersa, en vista de la sinceridad de todas las promesas que
recibía.

Olvidando los compromisos con su esposa, que requería en esa


hora más muestras de fidelidad y ternura, se inclinaba Nemesio
apasionadamente hacia ella, entregándose sin reservas. La joven
era lo bastante inteligente para comprender el punto peligroso de la
aventura en el que se encontraba y se sentía aturdida, confundida
entre aflicciones y remordimientos que encogían su corazón.

Obligados por las circunstancias a penetrar en los asuntos en


examen, distinguíamos en las telas mentales de la joven, la historia
íntima que irradiaba.

Se había hecho querer por el maduro yerno de Neves, sin


dedicarle otros sentimientos que no fuesen reconocimiento y
admiración… Ahora que los acontecimientos empujaban su alma
en dirección de lazos más profundos, temía por las indebidas
concesiones que le había hecho. Su espíritu se agitaba en los
recónditos recuerdos de su aventura afectiva, recopilando todos
los hechos con los que había sido atraída y sus métodos sutiles de
seducción, para concluir asustada, con que amaba locamente a

32
SEXO Y DESTINO

aquél joven flaco que destacaba en su pensamiento, a través de


recuerdos cautivadores.

En su interior, se libraba una guerra terrible de emociones y


sensaciones.

Nemesio le consolaba, con frases de paternal solicitud. Y para


contestar a sus preguntas sobre su llanto, la joven disimuló,
expresando inexistentes problemas domésticos, que le
permitieron encubrir la realidad.

Intentando librarse de sí misma, habló de supuestos disgustos


en su casa. Destacó las exigencias de su madre, habló de
dificultades económicas, alegó fantásticas humillaciones que sufría
en el trato de la hermana adoptiva, mencionó incomprensiones de
su padre, peleas constantes en el seno familiar…

Su interlocutor le animó a que no se deprimiese, no estaría sola.


Compartiría todos los impedimentos y sinsabores, fuesen los que
fuesen. Debía tener paciencia. La desaparición de Beatriz, esperada
en breve, sería el inicio de su felicidad definitiva.

Nemesio se expresaba en tono de súplica. Y tal vez percibiendo


que sólo con palabras no bastaba, sacó un talonario de cheques y
extendió uno por una importante cantidad que depositó en las
manos que aún sostenían el pañuelo empapado en lágrimas.

La joven pareció conmoverse mucho más, exhibiendo en el


rostro la aprensión de quien se recriminaba sin justificación de
conciencia, al mismo tiempo que Nemesio le abrazaba. En ese
instante silencioso, me volví hacia Neves, pero no conseguí
pronunciar palabra.

A pesar de estar desencarnado, el amigo me parecía ahora un


hombre totalmente vulgar de la Tierra, con su humor agriado. El

33
ANDRÉ LUIZ

ceño fruncido alteraba su fisonomía con el desequilibrio vibratorio


que precede a las grandes crisis de violencia.

Temía que su emoción se transformase en agresión, pero sucedió


algo imprevisto.

De repente, un venerable amigo espiritual entró en la


habitación.

Una expresión arrebatadora de simpatía marcaba su presencia.


Un halo radiante le rodeaba la cabeza pero, no era la luz suave que
se desprendía del aura de sabiduría lo que me impresionaba, sino
una sustancia invisible de amor que emanaba de su individualidad
sublime.

Fijé en él mis ojos, con la tierna idea de quien vuelve a ver a un


compañero largamente esperado por las tristes aflicciones
acumuladas en el corazón.

Unos fluidos calmantes me inundaron como si fuese invadido en


la esencia de mí ser por inexplicables radiaciones de indescriptible
alegría.

¿Dónde habría conocido, en los caminos del destino, a aquél


amigo que veía como a un hermano de viejos tiempos? En vano
escudriñé mi memoria en aquellos segundos inolvidables.

Y en un instante, me descubrí viviendo las sensaciones puras de


la infancia. El emisario que se encontraba delante de nosotros no
me hacía sólo recordar la seguridad que me ofrecían los brazos de
mi padre cuando era pequeño, si no también el cariño de mi
madre, que nunca se apartó de mi pensamiento.

¡Oh Dios! ¿En qué forja de la vida se construyen esos eslabones


del alma? ¿En qué raíces de júbilo y sufrimiento, a través de
numerosas reencarnaciones de trabajo y esperanza, deudas y

34
SEXO Y DESTINO

rescates, se construye la savia divina de amor que aproxima a los


seres y funde los sentimientos en una sola vibración de confianza
recíproca?

Levanté de nuevo mis ojos hacia el benefactor que se acercaba y


reprimí mi propia emotividad con el fin de no abrazarle
instintivamente en un arrebato de regocijo.

Nos levantamos de golpe.

Después de saludarle, Neves, más sereno, me lo presentó casi


sonriendo:

– André, abraza al hermano Félix…

El recién llegado se acercó a mí, abrazándome y saludándome


cariñosamente, con el evidente propósito de evitar cualquier elogio
hacia su persona.

– Me alegro mucho de verte, dijo, benevolente.

– Dios te bendiga, amigo mío…

Entre tanto, me inmovilizaba una gran conmoción. No conseguía


llevar de mi corazón a mi boca las expresiones con que anhelaba
describir mi emoción, pero le besé su diestra como si fuera un
niño, implorándole mentalmente que recibiese las lágrimas que
me salían del alma, con mudo agradecimiento.

Ocurrió, de repente, algo inesperado.

Nemesio y Marina se transferían a un nuevo campo espiritual.

Confirmé la impresión de que nuestra curiosidad enfermiza y la


rabia que dominaba a Neves hasta entonces habían funcionado allí
como estímulos al magnetismo animal en que se ajustaban los dos

35
ANDRÉ LUIZ

enamorados, que de ninguna forma podían sospechar la


minuciosa observación a que se veían sujetos, por lo que bastó que
el hermano Félix les dirigiese una mirada compasiva para que
cambiasen.

La visión de Beatriz enferma cortó su espacio mental, como si


fuese un rayo. Amainaron los ardores de la pasión. Parecían un par
de niños, atraídos uno por la otra, cuyo pensamiento cambia, de
improviso, ante la presencia materna.

Y no sólo era eso. No podía auscultar el mundo íntimo de Neves


pero una súbita comprensión inundó mi alma.

¿Y si yo estuviese en el lugar de Nemesio? ¿Lo estaría haciendo


mejor? –noté como silenciosas preguntas se incrustaban en mi
conciencia, impulsando a mi espíritu a razonar en un nivel más
alto.

Me fijé en el atribulado cabeza de familia, poseído por nuevos


sentimientos, percibiendo en él a un verdadero hermano que tenía
que entender y respetar.

Aunque estuviese confesándome a mí mismo, con indiscutible


remordimiento, lo impropio de la actitud que había asumido
momentos antes, proseguí estudiando la metamorfosis espiritual
que se llevaba a cabo.

Marina reveló una benéfica reacción, como si estuviese


admirablemente dirigida en un suceso mediúmnico, preparado de
antemano. Se recompuso, desde el punto de vista emotivo,
manifestando un total desinterés por cualquier forma de entrete-
nimiento físico, y expresó, delicadamente, la necesidad de volver a
los cuidados que la enferma exigía. Nemesio, como reflejo de esta
renovación interior, no puso ningún impedimento, acomodándose
en un sillón cercano, mientras la joven se retiraba tranquilamente.

36
SEXO Y DESTINO

Reparé que Neves deseaba conversar, sincerarse; mientras, el


benefactor que había conquistado nuestros corazones, señaló al
esposo de Doña Beatriz y dijo:

– Amigos míos, nuestro Nemesio está seriamente enfermo, sin


que él todavía lo sepa. No sé si habéis notado su deficiencia
orgánica… Procuraremos ayudarle.

37
ANDRÉ LUIZ

Capítulo 5

No repuestos todavía del asombro que semejante actitud nos


causaba, pasamos a colaborar con el hermano Félix, en la
aplicación de recursos, en beneficio del amigo, que, aunque
desconociese nuestra presencia, se mantenía ahora en continua
reflexión.

Al contacto de las manos del benefactor que movilizaba


eficientemente la energía magnética, Nemesio expuso las
deficiencias de su sistema circulatorio.

El corazón, considerablemente aumentado, denotaba


problemas con endurecimiento de las arterias.

A pesar de su aspecto externo, mantenía una grave enfermedad


interna. La característica más esencial de la misma surgía en la
arteriosclerosis cerebral, cuyo desarrollo conseguimos observar,
manejando diminutos aparatos de auscultación.

38
SEXO Y DESTINO

Demostrando una larga experiencia médica, el hermano Félix


nos señaló una zona concreta en que percibí la circulación de la
sangre más reducida, e informó:

– Nuestro amigo se encuentra bajo el peligro de coágulos


bloqueadores y, más allá de esto, puede temerse la ruptura de
algún vaso a causa de la hipertensión.

Como si percibiese nuestros movimientos y comentarios, el


yerno de Neves, en el sillón acolchado en que estaba,
instintivamente respondía a las pesquisas a que sometíamos su
memoria, aclarándonos todas las dudas a través de reacciones
mentales específicas. Se le veía sumergido en su imaginación,
ignorando que nos revelaba todo, a la manera de un enfermo que
retrocede para los esclarecimientos de la anamnesis. Recordó los
ligeros vértigos que venía experimentando a menudo. Iban y
venían sus recuerdos, como percibiendo nuestras preguntas.
Incluía acontecimientos pasados, fijaba detalles. Reconstruyó en la
medida de lo posible, la situación incómoda por la que había
pasado súbitamente, por la pérdida del sentido que había sufrido
en la oficina días antes. Se sentía desamparado de golpe, ausente.
Los pensamientos escapaban de su mente, como expulsados por
un resorte interior. Su desmayo, que había sido cuestión de pocos
segundos, se le representaba eterno. Había vuelto en sí, aturdido y
abatido. Se volvió aprensivo, ensimismado, durante muchos días.

Para desahogarse, se lo contó a un viejo amigo días atrás, ya


que no sabía como explicarse lo sucedido.

La imagen construida por él en su mente, era tan nítida, que


pudimos contemplarles juntos, a él y a su amigo, como si hubiesen
sido filmados.

El marido de Beatriz, inconscientemente, configuraba informes


precisos sobre el desmayo, experimentado sus inquietudes

39
ANDRÉ LUIZ

posteriores, la entrevista con el colega de negocios y el


entendimiento cordial que hubo entre ambos.

Oímos los consejos que le dio su amigo.

No debía esperar más sin acudir a un médico que pudiese


diagnosticar su dolencia, le advirtió sobre su evidente fatiga. En Río
de Janeiro mejoraría en alguna clínica de reposo. Unas vacaciones
no le vendrían mal. Cualquier síncope, a su modo de ver, era una
señal de alarma, un aviso de una posible enfermedad.

Nemesio, callado, sin percibir que se comunicaba con nosotros,


emitía espiritualmente sus propias respuestas.

Ir a una consulta era difícil, muchas responsabilidades y poco


tiempo. Tenía que estar junto a su esposa, terminal, y no
encontraba la forma de cuidar de sí mismo. No ponía en duda la
veracidad de lo que decía su amigo, pero se sentía obligado a
posponer el tratamiento para cuando pudiese.

Sin embargo en el fondo de su pensamiento, desvelaba para


nosotros unos motivos que no se atrevía a exponer.

Enternecido con el toque de amor fraterno del benefactor que le


auscultaba, liberó en silencio sus más íntimas preocupaciones,
como un niño obediente a sus padres.

Aclaró positivamente, las razones que le hacían evitar ponerse


en manos de los médicos. Rechazaba de plano conocer su estado
físico. Estaba enamorado y creía volver a las mejores épocas de su
juventud. Se identificaba espiritualmente como un joven feliz.
Calificaba el afecto de Marina como el reencuentro con sus años
mozos que dejase atrás.

Mezclando recuerdos y meditaciones exhibía delante de


nosotros la trama de los acontecimientos en que basaba sus

40
SEXO Y DESTINO

esquemas vitales, haciéndonos posible reflejar su realidad


psicológica.

Beatriz, la compañera en vísperas de desencarnar, se le


representaba como una reliquia que pondría, reverentemente, en
breve, en el museo de los recuerdos más queridos.

Se convirtió su sensualidad en admiración, y la llama juvenil en


calor de amistad serena. Ajeno al beneficio de la rutina
constructiva, situó a la esposa en el lugar de la madre ya
desaparecida. Pugnaban, por instinto, la sonrisa benevolente y la
bendición de aprobación. Deseaba su presencia, como quien se
acostumbra al uso de un mueble precioso. Intentaba armonizarse
consigo mismo, al llegar, sudoroso, en casa, descansando su
cabeza fatigada bajo el cobijo de su mirada.

Mientras, Nemesio, materialista y práctico a la vez que generoso,


desconocía que las almas nobles obtienen en el amor de pareja en
la Tierra el fruto de la sublime alegría, cuya pulpa el tiempo vuelve
más dulce, eliminando los caprichos transitoriamente necesarios
de la corteza.

Insistía en la conservación de todos los impulsos emotivos


propios de la juventud corporal. Estaba al día con todas las teorías
de la libido.

Una y otra vez, frecuentaba las ciudades de alrededor en juergas


nocturnas, afirmando a la vuelta a los amigos, que actuaba así para
desenmohecer el corazón. De esas escapadas, volvía, trayendo a su
esposa dulces caros que Beatriz recibía complacida. Al transcurrir
algunas semanas, se mostraba mucho más comprensivo y tierno
hacia ella. Reconducido, por ello, más dilatadamente a los buenos
hábitos que le frenaban, no sabía consagrarse a las construcciones
espirituales que sólo la disciplina favorece y garantiza. Atravesaba
de nuevo, las fronteras que los compromisos morales establecían,
como un animal saltando la cerca.

41
ANDRÉ LUIZ

En ciertas ocasiones, se aterraba imaginando a su abnegada y


fiel esposa adoptando una conducta igual que la suya.

Eso nunca, pensaba. Si Beatriz pusiera, aunque sólo


ligeramente, sus ojos en otro hombre, era capaz de matarla sin
dudarlo.

En esos momentos impresiones contradictorias agitaban su


espíritu limitado. No se interesaba en absoluto por la mujer, pero
no le toleraría manchar su nombre.

Se inquietaba, imaginaba cosas, pero se recomponía tranquilo,


recordando las frases de un viejo amigo que consumía su
existencia alcoholizado, gastando el dinero de parientes ricos, y
que oscurecía sus sueños de hogar cuando era niño, al repetirle
frecuentemente: “Nemesio, la mujer es zapatilla en el pie del
hombre, cuando no da más de sí es preciso encontrar otra”.

Era comprensible que, regando la raíz de su carácter con las aguas


turbias de semejante filosofía, el yerno de Neves alcanzase el marco
de los sesenta años con los sentimientos deteriorados, en lo tocante
al respeto que un hombre se debe a sí mismo.

Por todos esos motivos, en la andadura difícil y oscura que


atravesaba, cada vez intentaba mejorar más su aspecto.

Había recuperado el gusto de vestirse con distinción,


seleccionando modelos y sastres. Refinó la sensibilidad masculina,
se aficionó a los programas radiofónicos de gimnasia, con los que logró
despojarse de la grasa superflua. Intentaba estar a la última moda
en el lenguaje y el estilo de comportamiento.

No le importaban las canas que cubrían su cabeza. Elegía


perfumes exóticos y corbatas con motivos chillones y juveniles.

42
SEXO Y DESTINO

Compraba hábilmente los consejos de improvisados profesores


en renovación de personalidad y se acicalaba, vanidoso, lo mismo
que un edificio antiguo al que se renovase la fachada.

Evidentemente no –razonaba–, no se resignaría a cualquier


terapia que no fuese incrementar el placer. Rechazaría, toda
medida dirigida a un supuesto reajuste orgánico, ya que se creía
perfectamente capaz de controlar sus propias sensaciones. Su
euforia constituía un problema, y las únicas medicinas que
aceptaba eran aquéllas que creía le podían rejuvenecer.

El hermano Félix nos dijo:

– Nemesio demuestra un enorme agotamiento, por culpa de los


hábitos demoledores a los que se ha rendido.

La inquietud emocional le destrozaba los nervios, y los falsos


afrodisíacos que usaba minaban sus energías sin que él fuese
consciente de ello.

Ante esta afirmación, el esposo de Beatriz demostró un angustiado


vínculo mental, demostrando haber asimilado automáticamente, el
impacto de tan grave enunciado.

– ¿Y si empeorase? –se dijo así mismo–

La imagen de Marina se reflejó en su alma.

Nemesio reflexionó preocupado.

Estaría de acuerdo, sí, en recuperar la salud, pero solamente


después… Después que tuviese a la joven en su casa, entregada a él
por los lazos del matrimonio. Hasta que no la tuviese en sus brazos
como esposa, no aceptaría la protección médica. Quería mostrarse
como un joven a los ojos de ella. Huiría deliberadamente de consejos
tendentes a desviarle de los paseos, excursiones, entretenimientos y

43
ANDRÉ LUIZ

borracheras que, en su condición de hombre enamorado, quería


ofrecer a Marina.

El hermano Félix no puso ningún argumento ni propuesta en


contra. Al contrario, le administró recursos magnéticos en su
cerebro, dándole asistencia.

Al final de la larga operación de socorro, Neves, taciturno no


disimulaba su desacuerdo. Su mente expresaba su desaprobación,
plasmando pensamientos de censura, que aunque respetuosa, nos
alcanzaban de lleno como una lluvia de vibraciones negativas.

Tal vez por eso, el benefactor sugirió al dueño de la casa abandonar


el recinto, solicitud muda que Nemesio atendió con prontitud, ya que
se alimentaba de la ayuda que el amigo espiritual le ofrecía
espontáneamente.

Los tres, a solas, reanudamos la conversación.

Félix, sonriendo, cogió cariñosamente los hombros de mi


compañero diciéndole:

– Te entiendo, Neves, te entiendo…

Animado por el cariño con que tales palabras le eran dirigidas, el


suegro de Nemesio se desahogó:

– Quien no entiende nada soy yo. No admito tanta


consideración para un ser así. ¡Un hombre como este, que no
respeta la confianza paterna! ¿No se le ve en el espíritu la
poligamia declarada? ¡Un sesentón desvergonzado que ensucia la
presencia de la esposa agonizante! ¡Ah! Beatriz, mi pobre Beatriz
¿Por qué te uniste a un animal así?

44
SEXO Y DESTINO

Neves enloquecía delante de nosotros, retrocediendo


mentalmente al círculo estrecho de la familia humana y lloraba,
trastornado, sin que pudiéramos apaciguar sus emociones.

– Intento ser fuerte –gemía enfurruñado–, pero no resisto. ¿De


qué me vale trabajar odiando? ¡Nemesio es un cínico! He estudiado
la técnica de perdonar y servir, he aconsejado servicio y perdón a
otros, pero ahora… divididos por una simple pared veo el
sufrimiento y el vicio bajo el mismo techo. Por una parte mi hija
resignada, aguardando la muerte, de otra mi yerno y esa mujer
que insulta a mi familia. ¡Dios del cielo! ¿Qué me has reservado?
¿Auxiliaré a una hija doliente con la tolerancia? Pero ¿cómo
soportar a un hombre así?

En la pausa que se produjo, no avanzó en su prudencia.

– Antiguamente –tartamudeó desesperado– se creía que el


infierno después de la muerte era caer en una cárcel de fuego; hoy
aprendo que el infierno es volver a la Tierra a estar con los
parientes que dejamos… ¡esa es la expiación de nuestros
pecados!...

Félix se aproximó y cogiéndole afectuosamente las manos, le


dijo:

– Calma, Neves. Siempre llega para todos nosotros el día de


probar aquello que somos, no lo que enseñamos. Además de esto,
se debe entender a Nemesio…

– ¿Entenderle? –Titubeó el interlocutor– ¿no se le ve?

Y agregó, casi irónicamente:

– ¿Sabes quien es el chico que viene ocupando el pensamiento


de esa moza?

45
ANDRÉ LUIZ

– Se, pero permíteme explicarte –aclaró Félix con suavidad–


comencemos por aceptar a Nemesio en la situación en que se
encuentra. ¿Cómo exigir madurez al niño o pedir raciocinio claro al
demente? Sabemos que el crecimiento del cuerpo no supone
elevación del espíritu. Nemesio es un alumno de la vida, como
nosotros mismos, sin el beneficio del aprendizaje en que nos
estamos instruyendo. ¿Qué sería de nosotros, en la situación de él,
sin la visión que tenemos actualmente? Probablemente caeríamos
en peores condiciones…

– ¿Quieres decir que debo aprobarlo?

– Nadie aplaude la enfermedad, ni alaba el desequilibrio; sin


embargo sería muy cruel rehusar dar simpatía y medicación al
enfermo. Consideremos que Nemesio no es un compañero
despreciable. Se sumergió en sugestiones peligrosas, pero no huyó
de la esposa a quien presta asistencia, se muestra engañado por
extravagancias emotivas de carácter deprimente que merman sus
fuerzas; con todo, no olvidó la solidaridad, ofreciendo una casa
propia y gratuita a la señora que le presta sus servicios; se cree
poseedor de una juventud física totalmente irrisoria, cuando, en
realidad, acarrea un cuerpo en desgaste prematuro; se dedica
apasionadamente a una joven que le menosprecia, aunque le
dedique un aprecio respetuoso…

¿No serian suficientes estas razones para merecer benevolencia


y cariño? ¿Quién necesita más ayuda, él que está ciego o nosotros
que discernimos? Es cierto que no se puede enorgullecer de las
maniobras lamentables en la esfera del sentimiento; pero
debemos confesar que él no es del todo un analfabeto de las
verdades del alma…

En un tono de voz significativo, el instructor precisó:

– ¡Neves, Neves! La sublimación progresiva del sexo, en cada


uno de nosotros, es un horno candente de sacrificios continuos. No

46
SEXO Y DESTINO

nos cabe condenar a nadie por faltas en las que quizá podamos
incidir o de las que hayamos sido culpables en otras ocasiones.
Comprendamos para que podamos ser comprendidos.

Neves se calló, controlado por la influencia del venerable amigo y


cuando conseguí mirarle, después de algunos momentos, vi que
estaba humildemente orando.

47
ANDRÉ LUIZ

Capítulo 6

De vuelta al aposento de la enferma, comprobamos que


Nemesio y Marina ya habían salido. Una empleada de la casa
velaba su sueño.

Neves, con el semblante apagado, se abstenía de emitir


cualquier comentario. Se retraía intentando reprimir impulsos
menos constructivos.

Recomponiéndose, momentos antes, rogó al hermano Félix le


disculpase el ataque de cólera en el que había expresado tanta
rebeldía y desesperación.

Abandonando su inconveniente actitud, humildemente se


acusaba. Había sido insensible e insensato y se arrepentía
tristemente de ello. El hermano Félix, en base a la autoridad que
tenía, si quisiera podría apartarle del piadoso trabajo que había
solicitado, con el objetivo de proteger a su hija; pero pedía
tolerancia. Un corazón paternal, en el instante crítico, no se

48
SEXO Y DESTINO

encuentra preparado para llegar al nivel de desprendimiento


necesario, declaraba con amargura y decepción.

Félix, sin embargo le abrazaba con afecto y, sonriente, explicó


que la edificación espiritual en muchas circunstancias incluye
explosiones de sentimiento con truenos de revuelta y aguaceros de
llanto, que terminan por descongestionar las vías de la emoción.

Era preciso que Neves olvidase y volviese a empezar. Para ello,


contaba con los talentos de la oportunidad del tiempo.
Obviamente, el suegro de Nemesio se hallaba ahora, delante de
nosotros, transformado y solícito.

Por indicación del paciente amigo que nos orientaba, oró,


mientras administrábamos socorro magnético a la enferma.

Beatriz gemía; mientras, Félix se esmeró para que se aliviase y


durmiese, cuidando a la vez que no se retirase del cuerpo, bajo la
hipnosis habitual del sueño. No le convenía, nos aclaró, apartarse
del vehículo fatigado. Dado que sus órganos estaban
profundamente debilitados, alcanzaría una penetrante lucidez
espiritual y no sería prudente precipitarle de golpe a impresiones
demasiado activas de la esfera diferente a la cual se transferiría en
muy breve tiempo.

Una mudanza progresiva era lo más aconsejable. Graduación de


luz, intensificándose poco a poco.

Dejamos a la hija de Neves en un reparador reposo, y salimos a


la calle.

Acompañando a Félix, cuyo semblante denotaba profunda


preocupación, llegamos al espacioso apartamento de Flamengo,
donde íbamos a conocer de cerca a los familiares de Marina.

La noche avanzaba.

49
ANDRÉ LUIZ

A través de un estrecho pasillo, entramos en el recinto


doméstico, sorprendiendo en la entrada a dos desencarnados que
debatían, con frescura, escabrosos temas de vampirismo.

Señalemos que, aunque pudiésemos examinar sus movimientos


y oír sus comentarios locuaces, ninguno de ellos lograba percibir
nuestra presencia, enfrascados en su innoble conversación.

Bribones y libertinos, pero peligrosos, ya que eran invisibles


para aquellos a los que se acercaban como amenaza
insospechada.

Por semejantes compañías, era fácil apreciar los riesgos a los


que se exponían los habitantes de aquél edificio sin ninguna
defensa espiritual.

Entramos. En la sala principal, un caballero de buena presencia,


que adivinamos que era el dueño de la casa, leía un periódico
vespertino con atención.

Los detalles decorativos, aunque modestos, mostraban un


señalado gusto femenino. El mobiliario antiguo de línea rústica se
suavizaba con ligeros adornos.

Unas cortinas de amarillo dorado con claveles y rosas rojas


revestían la pared. Pero, sobre el mantel florido de la mesa,
destacaba una botella de güisqui, dejando emanaciones
alcohólicas que se unían al aliento del amigo tumbado en el sofá.

Félix observó el ambiente, manifestando con expresión de quien


se atormentaba piadosamente al verlo, y nos indicó:

– Aquí tenemos al hermano Claudio Nogueira, padre de Marina


y cabeza de familia.

50
SEXO Y DESTINO

Le miré de reojo. Nuestro anfitrión involuntario semejaba uno


de esos hombres maduros que parecen quedarse en los cuarenta y
cinco años, como luchando contra el tiempo. Un rostro todavía
joven en el que comenzaban a aparecer algunas arrugas, bien
peinado, uñas cuidadas, pijama impecable. Sus grandes ojos
oscuros parecían imantados a las letras, buscando motivos para
trazar en los finos labios una sonrisa irónica. Entre los dedos de las
manos que descansaba al borde del sofá, mantenía un cigarro
humeante cerca de un cenicero repleto que indicaba silencio-
samente su adicción a la nicotina.

Algo inesperado nos apartó de nuestra cuidadosa observación.

Delante de nosotros, aquellos desencarnados infelices que


sorprendimos en la entrada, abordaron a Claudio sin ninguna
contemplación.

Uno de ellos le tocó los hombros y le gritó, insolente:

– Bebe, querido, quiero beber.

Su voz chillona afectó nuestra sensibilidad auditiva. Claudio, sin


embargo, no parecía oír el más mínimo sonido. Se mantenía atento
a la lectura, inalterable. De todas formas, si no disponía de tímpano
físico para realizar la petición, su mente sintonizaba con la misma.

El desencarnado, repitió su exigencia, cual hipnotizador que da


una orden.

El resultado no se hizo esperar. Vimos al paciente desviarse del


artículo político en que estaba absorto. Él mismo no podría explicar
el súbito desinterés por el editorial que había centrado su atención
hasta el momento.

¡Beber! ¡beber! …

51
ANDRÉ LUIZ

Claudio recibió la sugerencia, convencido de que se tomaba un


trago de güisqui exclusivamente por su voluntad.

El pensamiento se le transformó, rápido, como una central cuya


corriente se desvía de una dirección para otra por efecto de una
nueva acometida de fuerza.

¡Beber! ¡beber! … y la sed de alcohol se transformó en idea,


tomando forma. La mucosa pituitaria se le agudizó, fuertemente
impregnada del olor ácido que había en el ambiente.

El asistente malicioso le rascó ligeramente la garganta. El padre


de Marina se sintió incómodo. Una sequedad indefinida le
constreñía la laringe. Deseaba tranquilizarse.

El sagaz amigo percibió su tácito acuerdo y se pegó a él. Al


principio, una caricia leve; después un abrazo envolvente y más
tarde con más profundidad, una asociación recíproca.

Se integraron ambos en un exótico acontecimiento de injerto


fluídico.

En varias ocasiones había estudiado el tránsito del espíritu


despojado del envoltorio carnal por la materia espesa. Yo mismo,
cuando me acostumbraba, de nuevo, al clima de la espiritualidad,
después de la última desencarnación, analizaba las impresiones al
trasponer maquinalmente obstáculos y barreras terrestres, reco-
giendo en los ejercicios efectuados la sensación de quien rompe
nubes de gases condensados.

Allí, mientras, se estaba produciendo algo semejante a un perfecto


acoplamiento.

Claudio-hombre absorbía al desencarnado, como un zapato que


se ajusta al pie. Se fundían los dos, como si habitasen
eventualmente en un solo cuerpo. Altura idéntica, igual volumen.

52
SEXO Y DESTINO

Los movimientos eran sincrónicos y la identificación perfecta.

Se levantaban a un tiempo y giraban integralmente


incorporados el uno al otro, estrechamente ligados, bebiendo de la
botella.

No conseguía descifrar, por mi parte, a quien atribuir el impulso


inicial de semejante gesto, si a Claudio que admitía la instigación o al
obsesor que la proponía.

El trago atravesó la garganta, compartida en dualidad singular.


Ambos chasquearon la lengua con placer, simultáneamente.

Se deshizo la pareja y Claudio libre, se disponía a sentarse,


cuando el otro colega, que se mantenía a distancia, embistió sobre
él y protestó: “yo también, yo también quiero”.

La sugestión anterior se reavivó de nuevo…

Absolutamente pasivo delante de la incitación que lo asaltaba,


reconstituyó mecánicamente, la impresión de sentirse insaciable.

Bastó con eso, y el vampiro sonriente, se apoderó de él,


repitiéndose el fenómeno del acoplamiento completo.

Encarnado y desencarnado se unían. Dos piezas conscientes,


reunidas en un sistema de mutua compensación.

Me acerqué a Claudio para evaluar, con imparcialidad, hasta


donde sufriría él, mentalmente, aquel proceso de fusión.

Más tarde me convencí de que continuaba libre en lo íntimo. No


experimentaba ninguna tortura con el fin de rendirse. Hospedaba
al otro simplemente, aceptaba sus directrices, se entregaba por
propia deliberación. No existía ninguna simbiosis en la que él
pudiese destacar como víctima. Destacaba una asociación implícita,

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ANDRÉ LUIZ

una mezcla natural, el suceso ocurría en secuencia, llamada y


respuesta, cuerdas afinadas en el mismo tono, el desencarnado
proponía, el encarnado aceptaba encantado, petición de uno y
concesión del otro.

Condescendiendo en engañar sus propios sentidos, Claudio se


creía todavía insatisfecho y tomó un trago más.

La cuenta se me ocurrió que era curiosa, dos tragos para tres.

Libre de nuevo, el dueño de la casa se estiró en el sofá y retornó


a su lectura.

Los amigos desencarnados volvieron al pasillo de entrada,


mofándose sarcásticos, y Neves, respetuoso, consultó sobre la
responsabilidad.

¿Cómo precisar el problema? ¿Si veíamos a Claudio


aparentemente reducido a la condición de un fantoche, cómo
proceder en la aplicación de la justicia? ¿Si en lugar de un caso
relativo a un bebedor, nos encontrásemos ante un crimen? ¿Si la
botella de güisqui fuese un arma para quitar la vida a alguien,
cómo decidir? ¿La culpa sería de Claudio que se sometía o de los
obsesores que le ordenaban?

El hermano Félix, aclaró tranquilamente:

– Ahora, Neves, necesitas comprender que nos encontramos


enfrente de personas bastante libres para decidir y
suficientemente lúcidas para razonar. En el cuerpo físico o
actuando fuera del mismo, el espíritu es dueño de sus actos, la res-
ponsabilidad no es algo que pueda alegremente cambiar. Tanto
vale en una esfera como en otras. Claudio y sus compañeros, en la
escena que acabamos de ver, son tres conciencias en la misma
franja de elección y con manifestaciones consecuentes.

54
SEXO Y DESTINO

Todos somos libres para sugerir o asimilar esto de aquello. Si a


ti te propusieran compartir un robo, seguro que rehusarías. Y en la
hipótesis de aceptarlo, de estar en tu sano juicio, no tendrías
ninguna disculpa.

El mentor se calló por unos momentos, volviendo de nuevo a la


reflexión:

– La hipnosis es un tema complejo, que reclama un examen de


todos los ingredientes morales. La alienación de la voluntad tiene
límites, los llamamientos se producen en todos los caminos y las
experiencias son lecciones y nosotros somos todos aprendices.
Aprovechar las enseñanzas de un maestro o, por el contrario,
seguir a un malhechor, es una decisión nuestra, y los resultados
dependerán de ella.

Comprobando que el orientador se daba prisa en ultimar las


aclaraciones sin mostrar el más mínimo propósito de apartar las
entidades vagabundas que pesaban en el ambiente, Neves volvió a
la carga, con el instinto loable del alumno que aspira a comprender
perfectamente la lección.

Pidió permiso para revisar el tema.

Recordó que bajo el techo del yerno, el hermano Félix se


esmeraba en la defensa contra aquel tipo de gente. Amaro, el
enfermero servicial se había situado al lado de Beatriz
principalmente para ocuparse de los entrometidos desencarnados.
El aposento de la hija era, por tanto, un refugio. Mientras tanto,
allí…

Y preguntaba por el motivo del cambio de dirección. Félix


expresó en su mirada la sorpresa del profesor que no espera un
argumento por parte del alumno y explicó que la situación era
diferente.

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ANDRÉ LUIZ

La esposa de Nemesio mantenía la costumbre de la oración, por


lo que se inmunizaba a sí misma espiritualmente.

Repelía, sin esfuerzo cualquier tipo de forma-pensamiento


deshonroso que le intentase llegar. Además de esto, estaba
enferma, en vísperas de desencarnar, por lo que dejarla a merced
de criaturas insanas sería una crueldad. Las garantías que se le
ofrecían, por tanto, eran justas.

– Pero… ¿Y Claudio? – insistió Neves.

– ¿No merecerá, por ventura, una demostración fraterna de


caridad, con el fin de librarse de tan temibles obsesores?

Félix sonrió con buen humor y explicó:

– “Temibles obsesores” es una definición que tú das –y siguió–


Claudio disfruta de una excelente salud física, su cerebro está bien
y puede razonar perfectamente, es inteligente, maduro, experto.
No carga inhibiciones corporales que necesiten cuidados
especiales. Sabe lo que quiere.

Posee materialmente lo que desea y está en el tipo de vida que


quiere. Es natural que esté respirando la influencia de las
compañías que considere aceptables. Tiene amplia libertad y
valiosos recursos de instrucción de discernimiento para unirse a
los misioneros del bien que actúan entre los hombres, asegurando
su propia felicidad. Si elige como comensales en su propia casa a
los compañeros que acabamos de ver, es asunto de él. Mientras
que nos arrastrábamos, sujetos a la carne no se nos hubiese nunca
ocurrido la idea de expulsar de una casa ajena a las personas que
no armonizasen con nosotros. Ahora, viendo desde más alto el
mundo y sus cosas, no sería correcto cambiar semejante modo de
proceder.

El tema se desdoblaba, asumiendo aspectos nuevos.

56
SEXO Y DESTINO

Pregunté, con curiosidad:

– Pero, hermano Félix, estamos de acuerdo que Claudio, libre,


podría ser más digno…

– Eso es perfectamente lógico –confirmó. Nadie lo niega.

– ¿Entonces por qué no disipamos de una vez los lazos que le


unen a los bellacos que le cercan?

El mentor de la espiritualidad superior, razonó inmediatamente:

– Claudio no les considera como vagabundos. Para él, son socios


estimables, amigos queridos. Por otro lado, aún no investigamos la
causa de la unión entre ellos para emitir opiniones extremas. Las
circunstancias pueden ser saludables o enfermizas como las
personas, y, para tratar a un enfermo con seguridad, hay que anali-
zar las raíces del mal y confirmar los síntomas, aplicar la medicación
y estudiar los efectos. Aquí, vemos un problema por las ramas.
¿Cuándo se habrá formado este curioso trío? Los vínculos ¿serán de
ahora o de existencias pasadas? Nada legitimaría un acto de
violencia por nuestra parte con intención de separarles, a título de
socorro. Eso sería lo mismo que apartar a los padres generosos de
los hijos ingratos o a los cónyuges nobles de los esposos u esposas
de condición inferior, con el pretexto de asegurar limpieza y bondad
en los procesos de evolución. La responsabilidad va pareja al cono-
cimiento. No disponemos de medios precisos para impedir que un
amigo se ahogue en deudas escabrosas o se pierda en desatinos
deplorables, aunque nos sea lícito dispensarle todo el auxilio
posible, con el fin de que se proteja contra el peligro, siendo notorio
que las autoridades superiores de la Espiritualidad lleguen a suscitar
medidas especiales que imponen grandes aflicciones y dolores a
determinadas personas, con el objetivo de liberarles de desastres
morales inminentes, cuando merezcan ese amparo excepcional. En
la Tierra la justicia apenas corta las manifestaciones de alguien,
cuando ese alguien compromete el equilibrio y la seguridad de los

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ANDRÉ LUIZ

otros en el área de la responsabilidad que la vida le marca, dejando


a cada uno la facultad de proceder como mejor le parezca.
¿Adoptaremos principios que valgan menos, ante las normas que
afianzan la armonía entre los hombres?

Mientras expresaba esto, el hermano Félix se revestía de un


halo brillante.

Extasiados, no encontramos nada, salvo el silencio, para


expresarle nuestra admiración ante su sabiduría y sencillez.

El instructor miraba a Claudio con simpatía, dando a entender


que se disponía a abrazarle paternalmente, y, temiendo tal vez que
la oportunidad escapase, Neves, humilde y respetuoso, solicitó le
fuese aclarado un punto de lo expuesto.

Delante del paciente mentor, preguntó por los promotores de la


guerra entre los hombres. Félix había declarado que la justicia
tácitamente corta las acciones de los que amenazan la estabilidad
colectiva.

¿Cómo se comprende la existencia de gobernantes transitorios,


que se erigen en la Tierra en verdugos de naciones?

Félix sintetizó, precisando algunas palabras que había utilizado:

– Nos referimos a “cortar” en el sentido de “corregir” o


“restringir”. Señalamos igualmente que toda criatura vive en el área
de responsabilidad que la ley le delimita. Teniendo en cuenta que
la responsabilidad de alguien se encuadra en el conocimiento
superior que ese alguien ya adquirió, es fácil de admitir que los
compromisos de la conciencia, asuman las dimensiones de
autoridad que le fue atribuida. Una persona con mucha autoridad
puede conducir a extensas comunidades a la cima del progreso y la
perfección o hundirles en la decadencia. Eso en la medida exacta
de las actitudes que tome para el bien o para el mal. Naturalmente,

58
SEXO Y DESTINO

gobernantes y administradores, en cualquier época, responden por


lo que hacen. Cada cual da cuenta de los recursos que le han sido
confiados y de la zona de influencia que recibió, pasando a recibir
automáticamente, los bienes o los males que haya sembrado.

Vimos, sin embargo, que Félix no deseaba extenderse en más


amplias consideraciones filosóficas.

Percibimos en su rostro la expresión que nos indicaba que


posponía para más tarde nuestras preguntas, se acercó a Claudio y
con su mirada le envolvió en suaves irradiaciones, generando una
dulce expectativa.

El benefactor estaba emocionado. Parecía ahora mentalmente


distanciado en el tiempo.

Acarició el cabello de aquel hombre, con quien Neves y yo, en el


fondo, no nos afinásemos tanto, pareciendo un piadoso médico,
dando energía a un enfermo poco agradable.

Aquel momento de conmoción, fue rápido, y casi imperceptible,


porque el hermano Félix volvió con nosotros, y comentó, sin
ninguna pretensión:

– ¿Quién nos dice que Claudio mañana no será un hombre


renovado para el bien, pasando a educar a los compañeros que le
obsesionan? ¿Por qué atraer hacia nosotros la repulsión de los tres,
simplemente por que se hayan mostrado ignorantes e infelices? ¿Y
por ventura tendremos que admitir que no vamos a necesitar unos
de los otros? Existen abonos que lanzan emanaciones
extremadamente desagradables; sin embargo, aseguran la
fertilidad del suelo, auxiliando a la planta.

El benefactor esbozó el gesto del que cierra una conversación y


nos recordó, gentilmente el trabajo en curso.

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ANDRÉ LUIZ

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SEXO Y DESTINO

Capítulo 7

Entramos en la habitación de al lado, donde encontramos una


joven delgada, en actitud doliente.

Sentada en una de las camas que disponía el cuarto,


reflexionaba, torturada, permitiéndonos entrever el drama oculto.

El hermano Félix nos la presentó.

Se trataba de Marita, a quien los dueños de la casa habían


adoptado al nacer, veinte años antes.

Bastó echarle un vistazo para que me compadeciese al


contemplarla. Joven con la fragancia de una flor, aquella moza, casi
una niña con las manos entrelazadas debajo de la barbilla,
meditando, parecía cargar el peso de tribulaciones dolorosas.

Sus cabellos ondulados semejaban un lindo tocado de


terciopelo castaño sobre su cabeza. El rostro esculpido en líneas
suaves, los ojos oscuros contrastando con la blancura de su tez, las

61
ANDRÉ LUIZ

manos pequeñas y las uñas rosas completaban un bello maniquí


de carne, que guardaba por dentro una niña asustada y herida.

Tristeza maquillada. Aflicción con disfraz de flor.

Siguiendo las instrucciones de Félix, la abordé, enternecido,


rogándole mentalmente que pensase algo en torno a sí misma.

Desde el contacto con Nemesio, el benefactor me entrenaba,


probablemente sin querer, en un nuevo género de anamnesis:
consultar al enfermo espiritual en pensamiento, con la tierna
comprensión de un padre con sus hijos, a fin de obtener
conclusiones para el trabajo asistencial.

Impulsado a operar individualmente, recompuse emociones.

Recobré los sentimientos paternales que me habían animado


entre los hombres y clavé mi mirada indagadora en aquélla
criaturita preocupada, como si fuese mi hija del alma.

Le solicité, sin palabras, que confiase en nosotros sin ninguna


presión. Que relatase, gentilmente, sus impresiones más lejanas en
el tiempo. Que abriese su pasado, reconstituyendo en el recuerdo
todo lo que supiera de sí misma, sin esconder nada.

Nos proponíamos auxiliarle. No podíamos, sin embargo, actuar


al azar. Era imprescindible que ella nos revelase información,
extrayendo de la cámara de la memoria las escenas archivadas
desde la infancia, situándolas en la pantalla mental para que las
analizásemos, imparcialmente, de manera que pudiésemos llevar a
cabo las actividades de socorro que pretendíamos realizar.

Marita recibió nuestra llamada, de inmediato. Incapaz de


explicarse a sí misma la razón por la cual se veía instintivamente
constreñida a rememorar el pasado, situó el impulso mental en el
punto inicial de partida de sus recuerdos.

62
SEXO Y DESTINO

Los cuadros de la chica que se dibujaban en el aura, eran como


una película.

La vimos pequeña, dubitativa en sus primeros pasos.

Y, mientras desfilaban las imágenes ingenuas de lo que le había


acontecido, después de surgir su infancia, ella alineaba
aclaraciones inarticuladas, respondiéndonos a las preguntas.

Sí –recordaba, creyendo hablar consigo misma–, no era hija de


los Nogueira. Doña Marcia, la esposa de Claudio, la había
adoptado. Ella era hija de una joven que se suicidó. Araceli, la
madre que no había conocido, que entró al servicio de la casa, con
ocasión del matrimonio de aquéllos a los que el destino les había
impuesto la condición de padres. Cuando se hizo mayor la madre
adoptiva le dio a conocer la breve historia de la mujer sencilla y
pobre que la había traído al mundo. Recién llegada del interior, en
busca de un humilde empleo, Araceli fue recomendada en la casa
por otra señora. Era bonita, espontánea. Bailaba, le gustaban las
fiestas. Una vez acababa los compromisos domésticos, salía a
divertirse. Por su ternura expansiva hacía amistades, paseaba,
bailaba. Era alegre y comunicativa, pero diligente y correcta. A ve-
ces, regresaba por la noche tarde al aposento que la familia le
había asignado; por la mañana, sin embargo, estaba en su puesto.
Nunca se quejaba. Invariablemente servicial se desvivía por cumplir
sus obligaciones. A la vista de esto, aunque a sus patrones no les
gustaban sus compañías poco recomendables, no se sentían con
derecho a lanzarle reproches. Doña Marcia era habitualmente
precisa en las referencias. Se acordaba de ella con ternura. Con
ocasión del nacimiento de Marina, su única hija, se hicieron más
amigas, más íntimas. Araceli sentía un gran afecto por ella. Con
todo, justamente en esa época, hubo un gran cambio al quedarse
embarazada con muchos problemas físicos. Por más que se
esforzaron los dueños de la casa instándole a que dijese quien era
el responsable de esa situación, ella respondía con llantos, impi-
diendo cualquier posibilidad de intentar un casamiento digno. Se

63
ANDRÉ LUIZ

sabía que frecuentando bailes y fiestas, se había precipitado en


aventuras diversas. Compadecidos, los patrones le dieron a la
joven madre soltera la más amplia cobertura, inclusive
ingresándola en un hospital adecuado, para que la niña naciese
con los mayores cuidados posibles.

En estos amargos recuerdos, la chica se detuvo mentalmente,


como si estuviese cansada de pensar en el mismo tema. Así fue
como ella, Marita, había llegado al mundo.

Se le llenaban los ojos de lágrimas, estableciendo comparación


entre las pruebas de la madre y las de ella misma; pero, para no
distraer la investigación en curso, le sugerí que continuase.

Doña Marcia le contó –prosiguió en el soliloquio– que, volviendo


a casa, Araceli se mostró tremendamente abatida. Lágrimas
incesantes, irritación, melancolía. De nada valieron los consejos, ni
los cuidados médicos. La noche en que tomó una gran dosis de
veneno, había conversado animadamente con la patrona, dando la
impresión de una pronta recuperación. Sin embargo por la
mañana, fue hallada muerta, con una de sus manos aferrada a la
cuna, como si, en el último momento, no le quisiera decir adiós.

Profundamente conmovida, la joven procuró, en vano, recordar


desde el comienzo, interesada en decirnos todo lo que conocía de
sí misma. Se acordaba tan sólo de que había despertado para la
vida en el regazo de Doña Marcia, que consideró, al principio, su
madre verdadera, que se unía a Marina como si fuera hermana de
sangre, pasando con ella toda su infancia. Juntas iban a la escuela,
juntas vivieron la niñez. Compartían excursiones y
entretenimientos, alegrías y juegos. Usaban los mismos libros,
vestían de la misma forma.

Procesaba el análisis normalmente, pero, tal vez debido al


tiempo que transcurría, el hermano Félix se despidió alegando

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SEXO Y DESTINO

obligaciones urgentes. Los servicios de la institución de la que era


responsable no le permitían prolongar la visita.

Nos dijo gentilmente que confiaba en nosotros. Observó, con la


delicadeza del jefe que pide en lugar de mandar, que esperaba de
nuestra parte una gran atención para aquélla niña inexperta, para
que pudiéramos prestarle todo el apoyo fraternal que fuese
posible.

Tal petición le resultaba embarazosa. Comprendí que él, espíritu


superior, se hallaba allí por generosidad, con el afecto del profesor
noble y destacado que desciende de su cátedra para alentar el
ánimo de los alumnos noveles.

Sonrió con sorpresa, percibiendo la interpretación que yo había


pensado, y aclaró discretamente, que tenía fuertes razones para
consagrarse a la felicidad de esa casa con entrañable afecto; pero
la familia insistía en huir de toda actividad religiosa o benéfica.

Nadie, allí, se interesaba por el cultivo de la oración o de estudio.


Ninguno de los cuatro componentes de la familia se inclinaba por el
servicio al prójimo. Por ello, aunque rodease a Claudio de paternal
solicitud, no se sentía autorizado para situar, en la residencia, a
servidores bajo su orientación, sin objetivos serios fundados en su
actitud.

No siéndole permitido proceder así, satisfaciendo un mero


capricho, se veía impulsado a comparecer bajo aquél techo,
exclusivamente de cuando en cuando, o bien rogar la colaboración
de amigos itinerantes.

Neves y yo, pesarosos, al verle partir, destacamos nuestras


deficiencias, pero prometimos obrar con la mejor voluntad posible.
Estaríamos de guardia y si ocurriese alguna eventualidad, le
llamaríamos inmediatamente.

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ANDRÉ LUIZ

Félix sonrió y nos informó que Amaro, el enfermero de Beatriz, y


otros colaboradores operaban en las cercanías. Todos amigos, con
gran dedicación, dispuestos a auxiliar, sin ninguna obligación.
Optimista nos destacó que, en el caso que fuese necesario, el
pensamiento preocupado emitiría una señal de alarma.

Nos encontrábamos pues, de servicio.

Tras un ligero intervalo, retomamos el análisis en curso. Observé


que Neves se esforzaba por ser útil.

Marita, que se había alejado de sus propios recuerdos por un


instante, volvió, automáticamente, a rememorar exponiéndonos
las telas del pasado reciente, que tenía en su conocimiento.

Sumergida en la imaginación, como en su propia fantasía, se


sorprendía mentalmente en el regazo materno o unida a la
hermanita, con la seguridad inocente de quien se cree plenamente
integrada en el cuadro familiar. Veía a Claudio, sosteniéndola
tiernamente en los brazos, dándole la impresión de un padre
legítimo.

¡Oh, la felicidad perdida de la infancia! ¡Las dulces convicciones


de los primeros tiempos! ¡Cómo suspiraba por volver atrás en el
tiempo para refugiarse en un mundo sin problemas!

De pronto, se oprimió su alma, como si un implacable bisturí le


seccionase los nervios. La vimos estallar en sollozos. Apareció en
su mente la fiesta con la que había celebrado el final del primer
curso escolar, nueve años antes. Se detuvo en el Instituto Garrido,
en las despedidas a los compañeros, las palabras de salutación y
reconocimiento que expresó, feliz, delante de los profesores, y los
besos cariñosos que había recibido.

Después… en casa, la mirada diferente de Doña Marcia, en el


aposento a puerta cerrada.

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SEXO Y DESTINO

Había comenzado entonces, el conflicto de su vida entera. La


revelación inesperada, había herido su espíritu, cual piedra
contundente. Se desvaneció, de improviso, la alegría infantil. Se
sentía un ser adulto, madurado y sufridor, de un momento para
otro. No era una hija de la casa. Era huérfana, adoptada por esos
corazones queridos, a los que amaba tanto, creyendo pertenecer a
ellos.

Eso le reventó el corazón. Por primera vez, lloró con miedo de


abrazarse a aquella en cuyo pecho se refugiaba, hasta allí, en las
horas difíciles, como si se tratase del regazo materno. Se sentía
triste, aplastada. Doña Marcia, indudablemente con buena
voluntad, daba toda suerte de explicaciones. Ella, hasta entonces
una niña risueña, torturada repentinamente, oía, oía.

Deseaba preguntar el porqué de todo aquello, pero era incapaz


de emitir una sola palabra. Era preciso aceptar la verdad,
conformarse, sufrir. La madre adoptiva se esforzaba por diluir la
amargura de la noticia con el bálsamo del cariño, pero no se
olvidaba de aconsejarle: “debes crecer sabiéndolo todo, mejor sa-
berlo hoy que mañana; los hijos adoptivos, cuando crecen
ignorando la verdad, acostumbran a desarrollar tremendas
complicaciones, en especial cuando otras personas les desvelan su
secreto” y resaltó, ante el silencio con que Marita ahogaba sus
propias lágrimas: “no llores, sólo trato de explicarte la situación; tu
sabes que te criamos como a una hija, pero es necesario que
conozcas toda la realidad; te adoptamos en recuerdo de Araceli,
tan amiga, tan buena…”.

La información fue inmediatamente complementada con una


exhibición de fotografías y reliquias de la madre suicida, que Doña
Marcia guardaba celosamente en una caja.

Espantada, daba vueltas nerviosamente con sus manos a


aquellos retratos y adornos de mujer pobre.

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ANDRÉ LUIZ

Se emocionó al ver los collares y broches de fantasía. Era todo


cuanto quedaba de la madre que no había conocido. Contempló su
imagen en las fotos amarillentas por la acción del tiempo y
experimentó una profunda atracción por aquellos ojos grandes y
tristes que parecían trasladarle a un mundo diferente.

No era lo bastante madura, sin embargo para pensar en la


angustia de aquella mujer que el sufrimiento había abatido. La
reflexión, en torno a la madre desencarnada, duró sólo un
momento.

Se hallaba lo bastante molesta para separarse fácilmente de su


pena. Oía a Doña Marcia, al despedirse, guardando aquellos
tiernos vestigios del pasado, sin prestarle mayor atención. Aquellas
palabras: “te adoptamos, en recuerdo de Araceli, tan amiga, tan
buena”, resonaban en su cabeza.

Entonces ¿era de esta forma como se iniciaba su vida de


huérfana?

¿Y los besos del hogar que creía le pertenecían? ¿Y todas las


cosas que aspiraba a compartir con Marina a partes iguales?

Se imaginaba a Doña Marcia decididamente empeñada en


hablarle sin la menor manifestación del amor efusivo que
caracterizaba sus gestos de antaño. Le demostraba cariño, sin
duda, pero escatimaba las caricias, como si quisiera trazar, de ahí
en adelante, una frontera entre ella y la familia. Se consideraba,
por ello, desplazada, herida. Había sido simplemente albergada,
tolerada, engañada. No era una hija, era una huérfana.

Su inteligencia precoz comprendía toda la situación, aunque no


consiguiese emitir, en ese momento, cualquier tipo de
agradecimiento por la compasión de que había sido objeto,
empañada por el orgullo infantil.

68
SEXO Y DESTINO

En una pausa rápida en el curso de los conmovedores


recuerdos, Marita nos presentó a la vista una escena
enternecedora e inolvidable.

Por mi parte, nunca había registrado una pena infantil, así, tan
profunda.

¡Ah, sí, aquél hecho nunca se le fue de la memoria! Cuando la


esposa de Claudio la dejó llorando desconsoladamente, vio a la
perrita de la casa, flaca y anónima, que Marina, semanas antes,
había recogido en la calle. El animalito se había acercado a ella,
uniéndose en su pena y lamiéndole las manos. Ella por su parte, le
devolvió la caricia, como si le transfiriese toda la carga de amor que
creía le había sido restituida en ese instante, por Doña Marcia, y,
llorando, se abrazó a la cachorrita afectuosa, explayándose: “¡ah!,
preciosa, no solo tu has sido abandonada, yo también…”.

Desde ese día, cambió su vida. Perdió totalmente su


espontaneidad. A partir de la revelación que quedó fija en su
mente, se creía disminuida, confundida, dependiente.

Semejante suplicio moral, que empezó a los once años de edad,


se atenuaba tan sólo por la dedicación incesante del padre
adoptivo, cada vez más tierno, mientras que Doña Marcia y su hija
se alejaban de su pensamiento.

Se encontraba muy sola en todo lo relacionado con su sexo.

Madre e hija se abstenían de emitir cualquier opinión a la hora


de escoger sus vestidos, así como en cualquier aspecto de los
cuidados que una joven se debe a sí misma, aunque Doña Marcia,
de vez en cuando, escuchase con ternura maternal sus inquietudes
de niña a mujer, necesitada de conocimiento en lo relacionado con
su vida íntima.

69
ANDRÉ LUIZ

La esposa de Claudio, cuando existía un momento afectivo,


demostraba poseer una gran comprensión y cariño en el fondo,
aunque sus formas fuesen tradicionales.

Se aprovechaba de esos momentos efusivos entre ambas, para


exponerle todas las dudas guardadas en espera de esa ocasión.

Doña Marcia se aproximaba y le respondía entre besos,


demostrando que la luz de la dedicación y la confianza de otros
tiempos no se apagaba en su corazón. Sonreía, encantada.
Expresaba su ternura maternal con dulces consejos. Compensaba
la falta de experiencia al abordar los problemas de la incipiente
vida femenina, dándole la impresión de haber reencontrado a la
madrecita, que en la cuna, con sus manos finas y bellas, le
acariciaba sus cabellos.

Mientras, el momento luminoso se agotaba con rapidez.

Marina llegaba y se turbaba el ambiente.

Asistía, espantada, a la transformación que se operaba de


improviso. La interlocutora se complacía en un espectáculo de
doble personalidad.

Se ocultaba la madrecita espiritual, afable y acogedora, y


aparecía Doña Marcia, envalentonada y cortés, en la atmósfera
psíquica.

Salía, de repente, con algún pretexto hacia otra habitación, le


daba encargos a distancia, con el fin de apartarse de ella. Asumía
una actitud diferente. Se quejaba súbitamente de dolores que,
hasta entonces, eran inexistentes.

Ante tal transformación, analizaba el reverso de la moneda.

70
SEXO Y DESTINO

Ambas, unidas se complementaban en pequeñas tonterías para


deprimirle, humillarle. Una pequeña mancha en el vestido bastaba
para provocar el sarcasmo; cualquier leve indisposición le atraía
una complicada serie de amonestaciones jocosas e indiscretas. Le
concedían, rara vez, que les acompañase de compras en el centro.
Y si los establecimientos comerciales no disponían de entrega a
domicilio, no se privaban de cargarla con muchos paquetes,
expresando peyorativamente su situación inferior.

Doña Marcia y Marina, juntas, enfrente de ella, constituían un


tormento que debía aguantar en silencio. En esos momentos,
sentía el corazón descompasado, una incomodidad indecible,
como si estuviese enfrentándose a una prueba de tolerancia y
paciencia, ante un tribunal de examen que analizaba sus
reacciones, entre el chiste y la ironía.

Pronto se dio cuenta que la hermana, hija única, no dejaría que


recibiese la más mínima parcela de los mimos caseros, de los que
se suponía dueña y señora.

Una vez desvelado el secreto de su origen, cambió su conducta


para con ella. Inventaba motivos para exponer su biografía, en las
conversaciones con las amigas, suprimiendo de entrada, cualquier
duda que pudiese surgir con relación a ambas, como supuestas
hermanas en el medio social. Criticaba sus gustos y actitudes. Y en
cuanto a la madre, no cabía duda por quien se decantaba.

A solas, no dudaba en proporcionarle la ternura que le daba en


el pasado, unida tal vez, por la compasión que ella, moza pobre,
inspiraba en el presente. Eso conseguía secar más su alma.

Buscaba el reposo en actividades estables. Le pesaba la soledad,


sin ningún pariente consanguíneo que pudiese paliar la misma. Las
cartas a los familiares de Araceli, nunca obtuvieron respuesta. Las
informaciones procedentes de la lejana ciudad en que su madre

71
ANDRÉ LUIZ

había nacido le indicaron que todos ellos habían emigrado a otras


regiones del país, en busca de mejor fortuna.

Tenía suficiente grado de autocrítica para discernir la situación.


Estaba sola.

Marita, que suponía traer los recuerdos por un impulso


deliberado, tomó el propósito de recrearse para dar cuenta de sí
misma, como quien deja, por unos instantes, la carga que lleva
encima, para evaluar las dificultades del camino.

Disminuimos, con naturalidad, la intensidad de la aguda


observación con que acompañábamos sus pensamientos.

Aliviada, indagó en sí misma si el aislamiento había sido la causa


de tener tan pronto la necesidad de compañías diferentes, de las
que su estrecho círculo de pruebas le imponían en su hogar.

Encerrada en los pensamientos que constituían sus fantasías y


temiendo exteriorizarlos, por miedo al ridículo, recurrió a la
evasión.

Como pajarillo cansado del esfuerzo de volar, se preguntaba


porqué en el nido no se le había proporcionado el alimento
afectivo necesario para poder reemprender el vuelo.

Antes que se acomodase en algún escondrijo de la mente, para


quedarse fija en pensamientos tristes e inútiles, la pedimos que
viniese, en apoyo del análisis que emprendíamos con el objeto de
auxiliarle y protegerle.

Dócilmente, retomó las elucidaciones interrumpidas,


recordando sus primeros días de actividad profesional en el
comercio.

Los recuerdos vinieron de golpe.

72
SEXO Y DESTINO

Nos mostró un concurrido establecimiento comercial en el que


Claudio le había conseguido un puesto de dependienta. Un
pequeño mundo dedicado a la mujer. Bisutería, perfumes, sedas,
ropa, etc.

Había empezado a trabajar al día siguiente de su cumpleaños,


en el que el padre adoptivo le trajo una tarta adornada con
diecisiete rosas pequeñas, para conmemorar su aniversario.

Al principio todo era indecisión y novedad.

Luego cambió, debido a los sentimientos. Nuevos conocidos y


nuevas ideas.

Conquistaba relaciones que le reconfortaban, ampliaba sus


intereses, intercambiaba confidencias, conquistaba simpatías.

La imaginación se excitaba descontroladamente, sugiriéndole


arreglarse con esmero, para encontrar su príncipe azul que le
ofreciese una casa, como si fuese un paraíso, en la que pudiese
alcanzar la felicidad.

Como la chica ingenua que era, creía que el amor era como en
los cuentos, en los que cenicientas anónimas acababan en los
brazos de los príncipes que les proporcionaban una vida
maravillosa. Se entusiasmaba con las novelas y películas que
tenían finales felices.

El destino, mientras, le arrebataría la inocencia.

La vida real era como la poda implacable del jardín de los


sueños juveniles.

Al principio, una desilusión le turbó el ánimo, a través de un


compañero que le obsequiaba, repetidamente, con entradas de

73
ANDRÉ LUIZ

cine. Sabía que tenía novia, una joven profesora muy encariñada
con él.

¿Qué mal había en verse juntos de vez en cuando? Con eso se


iniciaron algunos momentos de encuentro, con su intimidad
correspondiente, en Copacabana. Un cafetito en el bar cuando
hacía frío, un helado en la playa, en los momentos más calurosos.
Buena camaradería por parte de un amigo, que hacía el papel del
hermano que no había tenido.

Llegó una noche en que él se presentó, trastornado. Su novia se


había ido a Petrópolis. Todo parecía natural y nada anunciaba
sucesos desagradables, ningún motivo de inquietud.

Conversaron, tranquilamente en las arenas de Leme. La luna


llena y la brisa fresca marina les inspiraba pensamientos alegres.

El trabajo del día les había hecho sudar copiosamente.

Hablaban sobre temas del trabajo y las anécdotas con los


clientes. Se reían, despreocupados, como colegiales en el recreo.

Él, mientras tanto, empezó a hablar de las medidas. La cinta


métrica, bajo su punto de vista, no era tan útil en todos los casos.
Se necesitaban recursos psicológicos para tranquilizar a los
compradores inquietos, cuando se interesasen simplemente por
restos de encajes o pasamanerías.

Le pidió su pequeña mano para confrontarla con la suya y la


apretó con fuerza.

Se asustó, al sentir la mano masculina, presionándole sus


dedos. Intentó separarse. El muchacho expresó claramente sus
propósitos al aproximarle a su pecho, declarándose.

74
SEXO Y DESTINO

Fue como si un rayo de improviso surgiese del cielo azul, tuvo


vértigo, quería gritar, pedir socorro, pero la sangre se le agolpaba
en la cabeza.

Impetuosamente sometida a aquellos labios que se juntaban


con los suyos, desfalleció por segundos.

La seducción del primer hombre que conocía, la retenía, sumisa,


como el pájaro confiado hipnotizado por una serpiente.

El desmayo, sin embargo duró sólo un instante, una profunda e


invencible reacción femenina unida a la consciencia, surgió,
rápidamente. La noción de responsabilidad asomó en su razón.

Bastó eso y el impulso sexual se apagó, neutralizado, vino a su


mente la imagen de la amiga ausente, comprendiendo todo el
peligro al que se exponía.

Aspiraba, sí, a ser mujer de un hombre, compañera de alguien


que fuese su compañero.

Se compenetraba, con humildad, de su condición de criatura


humana, chica que anhelaba el afecto e incluso podía adivinar
cierto instinto maternal, pero eso no suponía que se envileciese
con la deslealtad o el libertinaje.

Apeló a todas las energías de que era capaz y, con súbita


resistencia apartó al perseguidor que le presionaba el busto
tembloroso.

Una vez se desembarazó de él estalló en sollozos.

Las preguntas sinceras de su alma se presentaron con toda


franqueza.

75
ANDRÉ LUIZ

¿Qué significaban los compromisos del noviazgo? ¿Qué suponía


para él su novia? ¿Tenía así el corazón por esos caminos tan bajos?
¿No tenía acaso madre y hermanas para las cuales exigía respeto?

Lívido y aturdido, su compañero se disculpó, expresando sin


ningún pudor que no creía que era una chica tan anticuada.

Estaba comprometido como novio hace meses, pero mientras –


dijo cínicamente– a su modo de ver, era muy natural que él y ella,
Marita, todavía jóvenes, disfrutasen de las oportunidades
placenteras que la vida les ofreciese.

Una vez dicho esto, se alejó, pensando en su interior cómo se lo


haría pagar en el trabajo.

Se presentaron, más tarde, otras tentaciones.

El sobrino del jefe, atractivo y recién casado, se le insinuó,


comenzando por un regalo de aniversario y terminando por pedirle
su colaboración en la oficina, donde pretendió seducirla. Con ello
ganaría un enemigo nuevo y añadiría otro desengaño.

Observó que Marina se alteraba sensiblemente. Favorecida por


la devoción materna, sacó el diploma de contabilidad, colocándose
en un buen puesto. Y, motivada por el deseo de ganar más y
alcanzar metas más altas en su profesión, mantenía con poco
juicio, prodigalidades y excesos. Trajes de moda, peinados
extravagantes, actitudes coquetas.

En este punto de las mudas confidencias, la sombra de un joven


se percibió nítidamente. Al marcarlo en el paisaje de los más
recónditos pensamientos, la castigada muchacha se transfiguró.

Se despejó su firmamento íntimo.

Quejas apartadas, aprensiones olvidadas.

76
SEXO Y DESTINO

Su aura se hizo tan clara, al reflejar al muchacho, que el


fenómeno inducía a las más bellas apreciaciones del entusiasmo
poético. Como un jarrón pensante que tuviese la facultad de
transformarse a voluntad para contener la flor predilecta o como
un lago consciente que pudiese esconder, inopinadamente, todos
los detritus de sus aguas, metamorfoseándose en espejo suave y
cristalino para reflejar una estrella.

Marita amaba al joven con la firmeza de un árbol, con la


abnegación de las madres, que prefieren morir, felices por el
sacrificio extremo, si eso fuera necesario para que sus queridos
hijos logren vivir.

Absorto con el panel, que se configuraba como un retablo vivo,


infundando un religioso respeto, me pregunté donde habría visto
un cuadro idéntico: una joven mujer plasmando aquel rostro en el
campo mental.

Indagué en mi memoria y lo identifiqué. Era el adolescente cuyo


semblante destacaba en los pensamientos de Marina,
apoderándose de su corazón, cuando estaba con Nemesio.

Ambas chicas quedaban espiritualmente unidas a él por lazos


idénticos. Se cruzaban sus preferencias, con un análogo destino.

Me volví a mirar a Neves, que me observaba, atento,


ejercitándose en ejercicio de análisis psíquico, percibiendo su cara
transida de amargura.

Bastó reconocer la señal y se aproximó, impulsivo,


susurrándome trastornado:

– Todavía no nos entendemos debidamente. ¿Sabes quien es


este? Es mi nieto, Gilberto, hijo de Beatriz…

77
ANDRÉ LUIZ

Hice un breve gesto, rogándole esperar a un momento más


oportuno para conversar, y evalué, dentro de mí, los efectos del
impacto emocional. Yo, que me aproximé a aquella atormentada
chiquilla, imaginándome en la posición de un padre socorriendo a
una hija, aminoré como pude el espanto que me asaltaba para no
dejarme caer en la inconveniencia de una compasión destructiva.

No sabía de que forma la tristeza me influía más, si al reflejar en


Marina el dividirse entre padre e hijo o al concentrar la atención en
aquella chica triste profundamente herida en sus sentimientos.

Aparqué en lo íntimo en las impresiones que me sensibilizaban


y proseguí adelante con la investigación.

La muda confesión de la joven avanzó en recuerdos sinceros y


vivos.

Había conocido a Gilberto hacía seis meses, en el despacho del


jefe. Ella prestaba informaciones de servicio, él representaba los
intereses de su padre en negocios de venta de inmuebles.

¡Con qué ilusión recibió las primeras miradas afectuosas! Una


intensa afinidad se fue forjando entre los dos, así como un deseo
profundo de mayor intimidad entre ambos.

Para mayor sorpresa, el primer día que salieron supo,


satisfecha, que Marina, que había entrado recientemente, se había
hecho contable de la empresa donde el padre del muchacho
destacaba como la figura más importante.

Se rieron de la coincidencia con la ingenuidad de dos niños.

Marita se confió íntegramente a él. Le amaba y se sentía amada.

Desde que se apoyó en su brazo, dispuesto a enlazarla y


protegerla, se abrieron grandes horizontes en su alma. Toleraba

78
SEXO Y DESTINO

los problemas cotidianos, transformándoles en notas de perdón y


alegría. La naturaleza le desvelaba nuevos encantos. Sentía que
otra luz brillaba en sus ojos, permitiéndole descubrir la belleza del
mar. Percibía, sin podérselo explicar, una música especial en los
oídos que le hacía fijarse, alegre y embobada, en las voces de los
niños y el canto de los pájaros. Se apartaba del calvario doméstico;
el tiempo volaba, dulce en el corazón.

El amor correspondido llenaba su sensibilidad. No cargaba


ningún peso, ni tenía ninguna noción de sacrificio.

Se daba a Gilberto, con la pasividad de la planta que se rinde al


cultivador, de la fuente que se entrega al sediento.

El hijo de Nemesio Torres prometió casarse con ella. Hablaba de


un futuro risueño, le suscitaba sueños de maternidad y ventura.
Para conseguir hacerla completamente feliz, sólo esperaba una
mejora económica a corto plazo.

A pesar de todo, tenía ahora el corazón desgarrado, abatido.


Estaba convencida que Gilberto se iba a cansar, que ambos,
precipitados por el ansia de placer, habían cogido antes de tiempo
la flor de la felicidad que podía frustrarse.

Marina se adelantaba. Siempre Marina…

El día anterior, había sorprendido a la hermana y a Gilberto en


una conversación que no dejaba dudas. Era un coloquio
impregnado de ternura ardiente, sin saber que eran escuchados.

En ese punto de los recuerdos amargos, a modo de ave


repentinamente herida, se derrumbó, abandonándose en un mar
de lágrimas.

79
ANDRÉ LUIZ

80
SEXO Y DESTINO

Capítulo 8

Finalizando las notas que me proponía ordenar, y, viendo que la


paciente lloraba, postrada, visiblemente distanciada del examen
que me era permitido realizar, Neves preguntó si podríamos
comentar algo rápidamente.

–¡Cómo no!

–André –preguntó sin ocultar su perplejidad– ¿Qué es esto,


amigo mío? ¿Te diste cuenta? ¡Mi nieto, el chico es mi nieto!...
¿Dónde estamos? Cuatro criaturas envueltas… la mujer entre el
padre y el hijo, un chico entre dos hermanas… ignoraba lo que
vemos. Hace días que intento confortar a mi pobre Beatriz, sólo
eso. No tenía la menor idea de las perturbaciones que la
rodeaban… ¡ah mi amigo, como padre sería para mi un mayor
consuelo si la viese agonizando en una casa de locos!...

Y apuntando a Marita expresó:

– ¿Esta chica dice toda la verdad?

81
ANDRÉ LUIZ

–Neves –dije–, tú no desconoces que un grupo familiar se define


como una máquina constituida por piezas diferentes, aunque
ajustadas entre sí para realizar su función. Cada uno de aquellos
que lo integran es parte de las realidades engranadas en el
conjunto. Marita fue sincera. Expuso lo que sabe. Ella es un trocito
de la verdad que buscamos.

Para descubrir lo que tú conceptúas por “toda la verdad” es


inevitable saber las personas que ella acoge en su mundo íntimo.

Mi amigo dibujó una leve sonrisa como quien reúne comprensión


y conformidad.

Disgustado, con la idea de lo que él suponía justo, se quejó


amargamente:

–¡Imagínate! ¡Gilberto! Un chiquillo… ¡si el padre le ayudase!...


pero Nemesio es un caso de locura. No sabe hacerlo…

Miró, compadecido, a la chica destrozada en llanto y destacó:

–Mira a esta chiquilla. Correcta, fiel… Se sometió, confiada. ¿Qué


culpa tiene el vaso de porcelana, violentamente destrozado por un
animal? ¡Y ese animal es un chico que yo quiero tanto!... Ella podría
ser la esposa ideal, madre digna, ama de casa para un hombre de
bien… Pero mientras ahí está Gilberto apasionado con ese juego.
Marina y Marita… ¡Es increíble que hayan crecido bajo el mismo
techo! Son hermanas adoptivas, como la serpiente y la paloma…

Aprovechando una corta pausa expresé mis conclusiones.

Tomé, indebidamente, la posición de un consejero y rogué a mi


compañero que se serenase.

Estábamos allí para remediar, proteger, hacer todo lo posible.


Cierto, el bien susceptible de ser plantado en aquel grupo,

82
SEXO Y DESTINO

redundaría en socorro a Beatriz. Teníamos que situarla en el


pensamiento. La irritación le desanimaría y él, Neves, con el
sentimiento agrio, lanzaría sobre su hija ingredientes fluídicos de
índole negativa, mermándole las fuerzas.

La paciencia y actividad fraterna debían servirnos de apoyo.

Además, no conseguiríamos precisar hasta cuando durarían los


sufrimientos físicos de la esposa de Nemesio. Podríamos prever,
calcular. Mientras, podrían darse determinaciones superiores,
recomendando que fuese prolongado su plazo de estancia en la
tierra. No era imposible que pudiese permanecer en el cuerpo
carnal, con una mejoría relativa, por meses o tal vez por años, a
pesar que los pronósticos anunciasen una desencarnación en
breve. Pero ¿y si ocurriese lo contrario? La desesperación y el
desánimo por nuestra parte marcarían el final de las posibilidades
de cooperación. Los supervisores que nos dirigían, a pesar de ser
compasivos y serviciales, nos retirarían sin la menor dificultad del
lecho de la enferma. Disponían de recursos para situarnos en
tareas, más suaves y reconfortantes, en otra parte, dedicándonos a
otro servicio. Actuarían, de esa forma, en provecho de la propia
enferma, impidiendo los perjuicios que le pudiésemos acarrear con
cualquier carga de vibraciones desconcertantes.

Neves, recibió el aviso con paciencia.

Acabó rogando comprensión. Se había retirado de la


convivencia familiar por largo tiempo –se justificó– con el fin de
adiestrarse en cordura y desprendimiento. Al regresar al entorno
doméstico, encontraba en sí mismo, a cada instante, al hombre
que había sido. Egoísta, aferrado a las raíces consanguíneas, se
entregaba al bienestar de los que consideraba ramas del tronco de
su corazón. Sabía que se encontraba ante una ardua prueba. Se
veía a sí mismo enfrentado a la propia asimilación de los principios
de caridad e indulgencia que debía administrar, bajo el influjo de

83
ANDRÉ LUIZ

los sabios mentores amigos que le habían abierto las puertas de


las escuelas de perfeccionamiento en las esferas superiores.

Al igual que cualquier persona terrestre, que lleva consigo


méritos y errores, se declaró dispuesto a dominarse y, como si
fuéramos jóvenes estudiantes, atrevidos y vacilantes al mismo
tiempo en la solución de los problemas del autocontrol, nos pidió
colaboración para mantenerse en silencio, tanto como pudiese, en
presencia de los instructores.

La sumisión del compañero era conmovedora.

Nos dijo humildemente que creía estar temporalmente


perturbado. Compartía las amarguras de la hija.

Retrocedía instintivamente a la agresividad y extroversión que


habían marcado su temperamento en el pasado; mientras, se
comprometía a revisar sus actitudes. Nos pedía que le revelásemos
cualquier expresión inconveniente que hubiera emitido cuando
nos quedásemos a solas. Siempre podía llegar el momento en que
él, por más aplicado que fuese en su refinamiento íntimo, sentía
que las excitaciones largamente acumuladas, pesaban en su
espíritu como una losa. Se desinhibía o enloquecía como si
estallasen bombas en su interior.

Le hice sosegarse. No necesitaba maltratarse de esa forma.


Entendía todo, perfectamente. Por nuestra parte, no había ninguna
muestra de superioridad. También nosotros, criaturas humanas
desencarnadas, conocíamos de sobra los pormenores de esas
batallas interiores, en las que el enemigo somos siempre nosotros
mismos, libradas en el terreno de las cualidades inferiores que
tenemos que vencer.

Era desaconsejable por tanto, seguir conversando al margen del


servicio.

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SEXO Y DESTINO

La frágil chiquilla se desahogaba en un discreto llanto.

Nos disponíamos a intervenir cuando ocurrió algo inesperado.

Claudio llamaba, levemente, a la puerta, incomodado por el


sonido lastimoso de aquellos gemidos que Marita, en vano,
intentaba reprimir.

Respiramos aliviados.

Indudablemente, el inquieto corazón paternal venía al


encuentro de la chica angustiada, deseando reforzar sus energías
y, nosotros mismos, a través de estímulos magnéticos, hicimos que
ella le atendiese.

Con toda su voluntad y fuerza, reprimió su crisis de llanto,


atendió nuestras llamadas y abrió el pestillo de la puerta.

Claudio entró, pero no venía solo. Uno de aquellos dos


compañeros desencarnados que le alteraban la personalidad,
concretamente el que se aproximó a él en primer lugar cuando
tomó el güisqui, se enroscaba a su cuerpo.

El verbo enroscarse, en el lenguaje humano, es el más adecuado


para definir aquella situación de posesión compartida que se
ofrecía a nuestro examen, aunque no exprese, con exactitud, todo
el proceso de envolvimiento fluídico en el que estaban imantados.
Y decimos “posesión compartida”, por que, efectivamente, allí, uno
aspiraba ardientemente los objetivos deshonestos del otro,
completándose con euforia, en la división de responsabilidades.

Como había sucedido en el instante en que bebían juntos,


daban la impresión de dos seres y un solo cuerpo.

En determinados momentos, el obsesor se apartaba del


compañero unos centímetros sin embargo, siempre dispuesto a

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ANDRÉ LUIZ

enlazarse con él, como si fuera un felino interesado en no perder


contacto con la víctima. Se hallaban, de esta forma, unidos
recíprocamente.

Eso proporcionaba una expresión diferente al semblante de


Claudio. El hipnotizador, cuya visión espiritual no nos percibía, se
apoderaba de sus sentimientos e ideas, ya que él se dejaba
dominar obedientemente, adquiriendo la turbación típica de un
alucinado. El recién llegado se transfiguró dibujando una extraña
sonrisa. Para la percepción limitada de Marita, el era un hombre
corriente; sin embargo, bajo nuestro punto de vista equivalía a dos
personalidades masculinas en una sola representación. Dos
espíritus exteriorizando viles impulsos, complementando pasiones
idénticas en la misma tónica de afinidad total.

Neves me miró espantado. Pero no sólo era él, menos experto,


el que sufría esa impresión. Nosotros también, acostumbrados en
el plano espiritual a los choques sentimentales, experimentábamos
una aprensión aflictiva.

Aquella habitación antes poblada por las fantasías dolorosas de


una chiquilla, se metamorfoseó en una jaula, donde Claudio y el
vampiro, animalizados por el deseo infeliz, constituían juntos una
fiera astuta, calculando el camino más fácil de alcanzar su presa.

Un clarividente reencarnado que contemplase al dueño de la


casa en aquel momento, le vería con otra apariencia distinta.

La incorporación mediúmnica, espontánea y consciente, se


mostraba en toda su plenitud. El fenómeno de la comunión entre
dos inteligencias –una de ellas encarnada y la otra desencarnada–
se expresaba en toda su plenitud, se desdoblaba tan agreste como
el huracán o las mareas, que se producen por fuerzas incontro-
ladas de la naturaleza terrestre, no obstante ser mentalmente
inapreciable, bajo el punto de vista humano.

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SEXO Y DESTINO

Para nosotros, por tanto, no sólo se creaban las formas-


pensamientos, expresando las intenciones libertinas del dúo
animalizado, con estructuras, colores, ruidos y movimientos; nos
amedrentaba igualmente escuchar las voces de ambos, en un
diálogo claramente perceptible.

Las palabras escapaban del cráneo de Claudio, aparentemente


silencioso para la hija adoptiva, como si su cabeza se hubiese
transformado en una caja acústica de un aparato radiofónico.

Magnetizador y magnetizado denotaban sensualidad al mismo


nivel.

Reflexionando sobre lo ocurrido momentos antes con la botella,


vimos el peligro que corría la chiquilla indefensa. La diferencia en
este caso era que Claudio todavía encontraba recursos para el
diálogo, dentro de la hipnosis que él, por otra parte, deseaba
mantener.

El obsesor sugería, con el objetivo de eliminar sus escrúpulos a


través de la emoción:

– ¡Ahora, ahora sí!… el amor, Claudio es esto… esperar, a veces


años, para alcanzar la felicidad en un simple minuto. Existen
millones de mujeres, pero esta es la única. La única que podrá por
fin aplacar nuestra sed. Puntos de apoyo existen en todas partes,
pero el pájaro viaja, leguas y leguas, suspirando por descansar en
el propio nido… Para el hambre física, todo alimento es válido, pero
en el amor… en el amor, la felicidad es semejante al aro en que el
hombre posee una mitad y la mujer la otra. Para que la euforia
vibre perfecta en el círculo, es imprescindible que las mitades sean
de la misma sustancia. Nadie consigue la fusión de un trozo de oro
con otro de madera. Paganini tocó con sólo una cuerda, mientras
la cuerda se armonizaba con él. Jamás hubiese alcanzado la fama
con cuerdas hechas de un material de mala calidad. Cada hombre,
Claudio, para realizarse en los dominios de la vitalidad y de la

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ANDRÉ LUIZ

alegría, ha de encontrar la mujer magnética que le corresponde,


compañera en afinidad absoluta, capaz de ofrecerle la plenitud
interior, trascendiendo convenciones y formas… 3.

Se calló, por unos segundos, para continuar después con nuevas


sugestiones:

– ¡Vamos, Marita es nuestra, nuestra!– somos hombres


necesitados, sufridores… Nos apiadamos de los enfermos
abandonados, dándoles una seguridad; somos el apoyo de los
mendigos que piden… ¿No merecemos algo de simpatía? ¿Los que
enloquecen, hambrientos de ternura, son peores que los infelices
que se caen en la calle por falta de alimento? Tú, Claudio tienes una
angustiosa carencia. Uno que pide en la calle no tiene la menor
idea de tus aflicciones. ¿De qué valen las experiencias del lupanar
cuando el amor verdadero grita insatisfecho en la carne? Tú vives
en tu casa como el perro en la cuneta. Apaleado, herido… Marita es
la compensación. ¿El labrador, acaso no tiene derecho al fruto que
cultiva? Tú acogiste a esta niña en los brazos, la acunaste en tu
pecho, la viste crecer como quien acompaña en su evolución a una
flor que se abre, y acabaste descubriendo en ella tu tipo ideal de
mujer. ¿No te cansas de verla y desearla, ardientemente, todos los
días, resignándote al suplicio de la distancia, teniéndola tan cerca?

– Creo, sin embargo que siendo mi propia hija… –suspiró


Claudio creyendo hablar consigo mismo–

– ¿Hija? – insistió el seductor –simple apariencia social–, tal sólo


una mujer. ¿Y quien te asegura que ella no espera tus besos como
una corza sedienta al lado de la fuente? Tu no eres ningún novato y
sabes que a toda mujer le gusta porfiar antes de rendirse.

3
Sabemos el carácter negativo del lenguaje del espíritu desencarnado, que se
encuentra en deplorables condiciones de ignorancia, pero creemos que es nuestra
obligación referirlo tal cual, en estas páginas previniendo a las criaturas sensibles y
afectuosas, que, a veces, abandonan su propio raciocinio, arrojándose en profundo
sufrimiento moral, en nombre del corazón (nota del autor espiritual).

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SEXO Y DESTINO

Encontrándose dividido mentalmente en dos personalidades


distintas, la de padre y la de enamorado, Claudio argumentó,
desalentado.

Era consciente que la moza se había comprometido. Había


elegido a Gilberto, el chico con el que salía frecuentemente. Era
imposible que le amase secretamente a él, Claudio. No tenía la
menor duda. Celoso, les había acompañado discretamente en las
excursiones domingueras, sin que ellos desconfiasen en absoluto
por su presencia. Nunca les había oído hablar, sin embargo había
percibido los gestos hechos a escondidas. Tenía razones para creer
en el compromiso de ambos. Aun así, cuando pensaba en pedir
consejo a las autoridades policiales, se chocaba con lo inesperado.
Hombre de prolongada vida nocturna se encontró con la hija en
lugares de alterne, tanto en compañía de Nemesio Torres, su jefe,
como de Gilberto, el hijo, y en ambos casos en situaciones y
actitudes comprometedoras. La inmoralidad de Marina, desde
hacía mucho se había convertido para él en calamidad inevitable.
Al principio se atormentaba con ello, como un padre golpeado por
la ligereza de la hija.

Sin embargo Marcia, la esposa, llevaba la voz cantante. En los


primeros tiempos de casados, había surgido entre ellos la muralla
de una discordia que les salía del alma, en torbellinos de aversión
instintiva, cuya existencia no habían siquiera intuido de novios.

Al principio, risas y discusiones. Después, la indiferencia, el


cansancio total de ambos, aventuras de uno y de otra, cada cual
por su camino.

Marina, evidentemente, seguía los pasos de la madre. Se había


desligado de él. Clasificaba a su hija, bajo su punto de vista
masculino, como una mujer liberal; sin embargo, la toleraba en
casa porque suponía alimento para sus fantasías. En casa, se
reunían para comer la esposa, Marina y él, como tres animales

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ANDRÉ LUIZ

inteligentes, disimulando el desprecio recíproco con chistes o


charlas superficiales.

Bajo su punto de vista, por tanto, Marita era diferente, como


una flor en la rama espinosa de aquellos terribles antagonismos.

La apartó intencionadamente buscándole trabajo, inventó


medios de obligarla a comer en Copacabana, para que las malas
lenguas del círculo doméstico, en Flamengo, no le torturasen su
espíritu.

Espiaba sus pasos, oía lo que decían los jefes.

Una vez instalada en su nueva situación, él mismo le mantenía


su independencia en lo posible.

Amándola con entrañable cariño mezclado con egoísmo


tiránico, le herían las humillaciones que su esposa e hija hacían a
Marita en la intimidad.

La quería para él, con la ternura de un palomo y con la


brutalidad de un lobo. No consentía para ella ni las afrentas ni el
sarcasmo. Tales actitudes acabaron por revestir a Marita de una
libertad más amplia que ella utilizaba en su adoración por Gilberto,
a la vez que se apartaba de las diversiones. Marcia y Marina,
siempre más absorbidas por sus extravagancias y liviandades,
hacían lo contrario. La ausencia de Marita les quitaba un peso de
encima. Sabiendo que no le doblegarían, estaban felices por
evadirse de su control.

Sumergido en los pensamiento que se sucedían, rápidos, en el


ligero auto examen, bajo el control del vampiro que le influenciaba,
Claudio se acordó que desde hacía mucho tiempo concluyó que
Gilberto no dudaba en seducir a las dos mozas, y después de
reflexionar con madurez, resolvió mantenerse en silencio.

90
SEXO Y DESTINO

¿No sería conveniente sopesar las ventajas? Acusar a Marita


como joven ultrajada redundaría en perder su confianza. Apoyar a
Marina en la relación significaba insultar a la hija adoptiva
hiriéndola en lo más profundo. Astutamente, dejaba correr el
tiempo, prefiriendo, a su modo de ver, que fuese Marita la
perdedora. Cuando volviese hacia él, cansada y desilusionada, la
convertiría tal vez sin dificultad, en su amante.

Controlado por el interlocutor invisible, puso en orden las


reflexiones apresuradas que acudían a su mente; pero envanecido
ahora por él se dejaba ilusionar por expectativas imaginarias,
formulándose otra clase de preguntas. Envuelto en la sutileza del
obsesor, escudriñaba su fuero interno, intentando saber si estaba
siendo inspirado con seguridad. ¿Estaría engañado? ¿Quizás,
Marita se entregaba a Gilberto pensando en él, Claudio, de quien
se apartaba por escrúpulos de conciencia? Hacía ya semanas que
notaba a la joven más esquiva y extraña. ¿Se percataría,
telepáticamente, de sus aprensiones, o habría decidido huir de él, a
propósito, con el fin de ocultar la simpatía amorosa que,
posiblemente, impulsaba su corazón femenino a quererle?

Él mismo proporcionaba al obsesor los argumentos con los que


no podría oponer resistencia.

Hasta ese momento, había ocultado, de mejor o peor manera,


delante de la joven, los sentimientos que salían de su corazón. ¿No
había llegado a sus límites? ¿Tendría que sufrir hasta volverse loco?

El hipnotizador, en cuyo semblante se podría apreciar una


voluptuosidad desmesurada, sonrió, satisfecho y susurró
mentalmente, ganando terreno:

–Claudio, comprende. La iniciativa, en asunto de amores, no


corresponde a la mujer. Como dice el viejo refrán: “La naranja en el
suelo no tiene valor”, Dice un filósofo “placer sin conquista es como
un filete soso”.

91
ANDRÉ LUIZ

¡Adelante, adelante!

Escudriñando la mente del compañero a la búsqueda de


recursos con los que el propio Claudio pudiese reforzar la posesión
magnética, el obsesor fijó por unos segundos en él su mirada
penetrante, y, recogiendo las ilusiones poco respetuosas en
materia de unión afectiva que Claudio mantenía en su mente
desde que era pequeño, comenzó a atacar:

–¡El puro! ¡Acuérdate del puro en la boca! Marita es una mujer


como otra cualquiera… El puro en el estanco no escoge el
comprador… La carne es flor que brota en la tierra del espíritu, sólo
eso. El labrador no sabe lo que compone realmente la tierra ni lo
que está en el fondo de la planta. Decía Salomón que “todo es
vanidad”, pero en realidad puede ser que todo sea ignorancia. Mas
en la superficie de las cosas, es posible distinguir claramente. Flor
que nadie coge, es perfume que se pierde. Una hora de amor
desaprovechada viene a ser como un pétalo en el estiércol. Rosa
marchita, adorno para el suelo. Carne sin vigor, adobo para la
hierba. Aprovecha, aprovecha…

Percibíamos que el desencarnado no era un simple alcohólico,


que el alcohol sólo era su válvula de escape, ya que en las palabras
que seleccionaba para ejercer influencia y en la manera astuta de
sensibilizar al compañero, antes de adueñarse de su razón,
demostraba poseer gran habilidad en la exploración de las
pasiones humanas.

Aquel perseguidor no era un vagabundo cualquiera. El anhelo


incontenible con que empujaba a Claudio hacia la joven y la
expresión con la que la miraba, apasionadamente, parecían venir
de muy lejos. Pero la ocasión no daba lugar a investigaciones sobre
la causa de ello. El momento reclamaba atención. Era necesario
esquivar obstáculos e improvisar medidas de socorro que
protegiesen a la triste chiquilla sin defensa.

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SEXO Y DESTINO

El excéntrico diálogo continuó entre los dos amigos, que se


entendían sin palabras.

El magnetizador presionaba, el magnetizado resistía. Por fin,


Claudio avanzó dos pasos, casi vencido.

Ideas, contradicciones, estímulos y arrebatos chocaban


violentamente en el estrecho espacio de su cráneo. La terrible
lucha interior de hacía algunos instantes era cada vez más débil y
la naturaleza animal ganaba cada vez más terreno. El seductor
desencarnado estaba culminando su obra.

No oía más a su espíritu, ni escuchaba sus propios


razonamientos emitidos poco antes.

Sí –pensaba, trastornado– él era un hombre, un hombre…


Marita, aunque mucho más joven, sólo era una mujer. No tenía
pues, porqué cohibirse. Ella estaba llorando, él podía tranquilizarla,
confortar su corazón.

Arrebatado por la lascivia, la envolvió en una prolongada


mirada, pensando que, si no fuese por el temor a verla salir
huyendo o el recelo de verse rechazado por ella, la tomaría en sus
brazos, como un adolescente, buscando su ternura.

Mientras sus últimos razonamientos se desvanecían, se


destruía, dentro de él, el último límite para sus impulsos. Se unió
totalmente en la dirección del vampiro que le controlaba. Se
unieron al fin, se fundieron.

Marita dirigió hacia él su mirada suplicante, como el ave


perseguida a la que no queda otra salida más que esperar la
piedad del cazador.

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ANDRÉ LUIZ

Unido al infeliz compañero, Claudio se adelantó,


acomodándose, asumiendo aires de protector, resuelto a
sobrepasar los límites del afecto simple y puro.

–Por lo que veo, ese pillastre de Gilberto viene abusando… –


susurró con suave voz.

Tomó su mano pequeña entre las suyas, nerviosamente,


disimulando la lascivia por duplicado que le poseía.

La joven registró el impacto de las viles fuerzas que la pedían


aproximación, pero no expresó su repulsa.

Escuchó la frase, con una mezcla de extrañeza y rebeldía, pero


reprimiéndose, respondió, esforzándose en disculpar al chico y
atribuyendo a sí misma los desórdenes emocionales; sin embargo,
a medida que el padre adoptivo emitía una actitud más liberal,
disminuían sus ganas de seguir con la conversación, hasta que
calló, como si el problema hubiese desaparecido de repente. Y, en
un instante, recordó en su mente las impresiones amargas de los
últimos tiempos…

Hacía meses que se había dado cuenta del cambio en el trato


paterno. Le desconcertaba y amedrentaba ver que Claudio la
observaba con demasiado detenimiento. Sin embargo, reaccionó
contra sí misma. Sentía por él un amor de hija reconocida,
respetuosa, en que no tenían cabida otros sentimientos menos
nobles, y así había sido desde su infancia. Sin embargo,
sospechaba algo, pero luchaba por no verse vista por él, bajo el
impulso de cualquier propósito menos digno.

Aún así, por más que esgrimiese argumentos en contra de sí


misma, una inexplicable sensación advertía a su espíritu,
instándole a vigilar las formas con que Claudio ahora la cercaba.

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SEXO Y DESTINO

Por los motivos más simples, exageraba los mismos, con frases de
doble sentido.

Torturada por la duda, fortalecía su desconfianza y se desdecía


en su interior.

En aquel momento, sin embargo, su intuición la ordenaba


prudencia y vigilancia.

Presintiendo en espíritu la presencia del “otro”, activó todas sus


alarmas.

El contacto de Claudio le transmitía inseguridad. Su corazón latía


con más fuerza, al sentirle buscando la forma de unirse a ella,
ávido de cariño.

–No niegues, hija –dijo el padre, tímidamente– no deseo contrariar,


pero vengo analizando, analizando… tú no naciste para ser de ese
chico caprichoso. Te comprendo… No soy sólo tu padre por el
corazón, soy también tu amigo… Ese chico…

Marita cobró ánimo y, anticipándose a más explicaciones, dijo


ingenuamente que amaba a Gilberto, que tenía confianza en él,
que el padre debía sentirse tranquilo y realzó, casi sonriendo, que
las lágrimas que había vertido no se debían a ningún disgusto y si a
alguna pequeña indisposición orgánica.

Dedujo, que sería justo abrirle más su alma, para eliminar malos
entendidos desde el principio y prosiguió exponiéndole con
confianza, su deseo de casarse con él, con el fin de medir las
reacciones de Claudio y orientar adecuadamente sus propios
pensamientos.

Veía como la indignación se dibujaba en su rostro, en la escasa


luz del cuarto. Podía verle congestionado, cada vez más iracundo.

95
ANDRÉ LUIZ

Comprendió que estaba a punto de estallar, pero siguió


exponiendo razones para recoger reacciones. La explosión por
parte del interlocutor no se hizo esperar.

Cerrando los puños, Claudio cortó la conversación, exclamando


irritado.

–Me doy cuenta, si, pero no hace falta que me digas más… Creo
que debes conocer mejor lo que siento.

Avanzando hacia ella, como si quisiera aspirar su mismo aliento,


expuso –actuando por sí mismo y por el “otro”– su queja tan bien
concebida.

–Hija, es necesario que me oigas, que me entiendas…

Y, atacando sus emociones para reducir su resistencia:

–Tú sabes que yo sufro. Imagínate la tragedia de un hombre que


muere poco a poco, desolado, sin nadie… de un hombre que lo da
todo sin recibir nada… tú has crecido viendo eso… infelicidad,
soledad. Es imposible que no te apiades. Esta casa es mi desierto.
Llego todos los días agotado, sin encontrar una mano amiga.
Marcia, aunque está en los cuarenta, vive en juergas y fiestas… Tú
eres joven inexperta, pero lo debes saber. Perdóname lo que te
digo, pero hasta mis amigos me tienen lástima… ¿Estás en
condiciones de valorar los conflictos de un pobre diablo esposado
a una compañera de vida irregular? Ella, sin embargo, no me hace
daño con eso. Al principio mi corazón sangraba, pero ahora ya ni
siento, me acostumbré a detestarla, hoy sólo valgo para darle
dinero para sus caprichos… Por otra parte, Marina, cuyo cariño me
podría reconfortar un poco, ¡se empeña en humillarme con su
propio libertinaje! Soy un hombre desgraciado, hay días en que me
siento el payaso más desdichado de la Tierra…

96
SEXO Y DESTINO

En ese momento, bajo el control del obsesor, la voz de Claudio


se quebró en su garganta. Se alteró, conmovido en apariencia.

La joven se ablandó, sinceramente compadecida, y entonces,


pensando que alcanzaría su objetivo, dijo, exaltado:

–Sólo tú, solamente tú me unes a este hogar infeliz. No hace


mucho, el banco me propuso un excelente destino en Mato
Grosso, pero, pensando en ti, no lo acepté…

Por ti hija, aguanto los insultos de Marcia, las ingratitudes de


Marina, los sinsabores del trabajo, los enfados cotidianos. ¿Puedes
comprenderlo?

La chica suspiró, tratando de expulsar de sí misma las


vibraciones de sensualidad con que el obsesor trataba de envolver
su cabeza y dijo, con calma:

–Si, papá entiendo nuestras dificultades…

–¡Nuestras! –repitió él, ganando nuevas energías para llegar a su


meta–, si, hija mía, las dificultades son nuestras, pero es preciso
que sepas que también las esperanzas y alegrías deben también
ser nuestras. Suspiro por el momento en que tú me mires no sólo
como un padre…

Prestando atención a la mirada de la infortunada chica que


expresaba un inmenso espanto, recalcó en un supremo esfuerzo
por desvelar sus intenciones:

–Marita, parezco un viejo, pero tú me harás joven… Mi corazón


es tuyo, tuyo…

El obsesor, con gesto de lascivia, disfrutaba de antemano con el


resultado final.

97
ANDRÉ LUIZ

Marita mientras, dándose cuenta de las inequívocas intenciones


del hombre apasionado, que acercaba su rostro maduro sobre ella,
intentó retroceder.

–¡No, no! gimió, suplicante, al sentir su aliento de cerca.

Claudio, sin embargo, cuyas fuerzas estaban sumadas a la


osadía del “otro”, la enlazó por la cintura, echándola en la cama,
como un joven atrevido.

Como si hubiésemos coordinado previamente la defensa, Neves


y yo saltamos en dirección a la chica, dándole las manos, para que
pudiese desasirse, y ella, creyendo que lo hacía por sí misma,
consiguió levantarse, ágilmente, poniéndose de pie enfrente de él,
clavando en él su mirada, con la expresión desconfiada de un
animal repentinamente herido.

–Papá, no me hagas más infeliz… ¡Ahórrame humillaciones!...

El dueño de la casa, impactado por el rechazo imprevisto,


pareció desligarse del amigo desencarnado, como una fiera que se
libra, de repente, del encantamiento mantenido por el domador;
pero todavía la carga de pasión del obsesor permanecía y no podía
desistir fácilmente. Retomó su propio dominio hasta tal punto, de
reflejar su rostro en el semblante de Claudio. Cerrando los puños,
despedía una cólera letal. Se había establecido un pavoroso
conflicto en cada una de sus mentes. En uno, la decepción y
desesperación, en el otro, la maldad y la agresión.

El padre adoptivo, soportando una extraña angustia mezclada


con rebelión, incapaz de comprender los sentimientos
contradictorios que parecían llevarle a la locura, gritó con poca
consideración:

–Esto es la explosión de muchos sufrimientos acumulados. Hice


todo lo que pude para olvidar y no pude…

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SEXO Y DESTINO

¿Qué hacer con esta inclinación que me arrastra? ¿Soy como una
hoja al viento, hija mía? Desde que eras pequeña, llevo con esta
idea fija… Si fuese religioso, diría que vive un demonio dentro de
mí.

Un demonio que me lleva constantemente a ti. Cuando estoy


contigo, quiero pensar en ti como si fueras mi hija, crecida en mis
brazos y no puedo… Leí muchos libros científicos para saber lo que
ocurre, pero el enigma continúa. Quise buscar ayuda, pero me
daba vergüenza de mí mismo… ¡Sólo te veo a ti en todas las cosas!
odio a Marcia, desprecio a Marina…

Mantengo la esperanza de ser viudo, para ofrecerme a ti sin


condiciones… tengo celos, celos que me ahogan el alma con sus
llamas… Detesto a ese chico, liviano, inconsciente…

La voz de Claudio se suavizó, adquiriendo un tono lagrimoso,


sentimental. El perseguidor duplicó sus esfuerzos y convirtió
dentro de Claudio, en desprecio lo que era emoción, provocando
una inesperada sensación de rebeldía. El padre tierno dio paso al
enamorado violento.

Desapareció la ternura y, como si estuviese afectado de un


trastorno súbito, dirigió una mirada de escarnio a la hija adoptiva,
que quedó horrorizada, diciéndole enfurecido, demente:

–No, no puedo humillarme de esta forma. No creas que soy


tonto. Hace quince días, sin que os dieseis cuenta, os seguí en
Paquetá… Estabais tan felices y despreocupados, sin saber que os
observaba como un sabueso… Al caer la noche, os vi juntos
intercambiando promesas y diciendo tonterías, en la Ribeira... Me
arrastré entre los matorrales y lo vi todo… Desde entonces, me
volví loco... Por lo visto, estabais acaramelados hace mucho
tiempo… ¡tú! ¡tú, que yo creía intocable, entregada a un niñato
alocado!... ¡Ingenua! ¿Crees que no tengo motivos para echarte?

99
ANDRÉ LUIZ

¿Crees que me falta coraje para ajustar las cuentas a ese niño de
papá?

Cambiando el tratamiento paternal, rugió brutalizado:

–¡Marita, que sepas que ahora ya no eres más una niña! Sólo
eres una mujer más, una mujer más…

La joven sollozaba. Reconociendo que había sido descubierta en


lo más íntimo de su ser, no se atrevía a alzar la frente.

Neves, incapaz de salir de su asombro, se acercó a mí, diciendo.

–¿Lo ves? ¿Este hombre está loco o borracho?

Temiendo su reacción impulsiva, le hice recordar la actitud


prudente y cristiana del hermano Félix, diciéndole discretamente,
que estaba rezando, pidiendo ayuda a la esfera superior, ya que allí
no disponíamos de recursos para evitar un asalto pasional de
penosas consecuencias.

–¿Oración? –dijo el compañero, decepcionado– no creo que los


ángeles se ocupen de casos como este. Aquí, amigo mío, y en otros
lugares donde he visto muchos viejos verdes, sólo la policía…

Efectivamente, los ángeles personalmente no atendieron nuestros


ruegos silenciosos, que estamos emitiendo desde el inicio de esta
situación, pero el auxilio llegó:

Se oyó el ruido de cerrojos al descorrerse y alguien entró


ruidosamente en la casa.

Aquello fue providencial.

Claudio, sobresaltado, se desligó del hipnotizador, que se puso a


un lado.

100
SEXO Y DESTINO

–¿Qué pasa?

Marita recuperó las fuerzas, volviendo a la cama, mientras


Claudio se recomponía a toda prisa.

Notamos la asombrosa capacidad de simulación de la que era


capaz. El mismo, sin influencia del obsesor, comenzó a elaborar en
el pensamiento, la disculpa con la que se justificaría.

De forma automática, abrió la puerta que había cerrado, abrió la


ventana más próxima y, de inmediato, surgió una señora
preguntando, con aprensión:

–¿Qué pasa?

Era su esposa que volvía, de improviso.

Doña Marcia estaba asustada, asegurando que había oído un


vocerío al llegar, Claudio, por su parte, expuso la versión que su
pensamiento había forjado instantes antes delante de nosotros.

Miró a la chica, significativamente, y tranquilizó a su esposa


diciéndole que había llegado hacía un momento a casa,
encontrándose con una fuga de gas.

Cerró el gas, que la cocinera se había dejado abierto, indicando


que se la llamara la atención al día siguiente. Doña Justa, la
empleada del hogar, debía comprobar minuciosamente los
aparatos de la casa antes de irse.

Recalcó que, atemorizado, había abierto las ventanas para airear


la casa. Cuando se estaba desvistiendo, oyó unos gemidos. Corrió
al cuarto de las chicas, sorprendiendo a Marita, gritando
inconsciente. Sonámbula, sonámbula como siempre…

101
ANDRÉ LUIZ

La había despertado para comprobar que no le ocurría nada. La


joven, en la oscuridad, se cubrió la cara con las sábanas para
ocultar las lágrimas, abandonándose a la inercia, como si de un
sueño pasase a otro. La recién llegada se rió, sin sospechar en
absoluto la situación real que tenía ante sus ojos y Claudio, como
para compensar su indiferencia, esbozó un gesto gentil, invitando a
Marcia a descansar.

102
SEXO Y DESTINO

Capítulo 9
En el salón, el matrimonio se miraba como adversarios
declarados, en una tregua cordial.

Describiré a Doña Marcia. Era una de esas mujeres que luchan


contra la acción de los años. Nadie le atribuiría las cuarenta
primaveras ya cumplidas. Tenía un pelo abundante, que el tinte
mantenía perfectamente oscuro y brillante, con un peinado
gracioso que resaltaba su cara, como las personas que se maqui-
llan cuidadosamente y que nunca se dejan analizar realmente sin
que el agua abundante restituya a sus poros la caricia de la
naturaleza. Era delgada, con esa delgadez típica de las personas
que siempre están haciendo dieta para mantener su esbeltez.
Parecía una modelo.

El tejido de lino blanco, estampado de pequeñas flores rosadas,


hacía que su vestido traslúcido destacase su belleza casi otoñal.

Era la misma criatura de las pantallas mentales de Marina, como


si fuese un libro identificable, pero con una encuadernación más
viva y rica.

103
ANDRÉ LUIZ

Por la herencia y convivencia tenía, sin duda, el aspecto de la


hija única, y ahora, sentada, se parecía a Marina en todos sus
aspectos, aunque más serena y madura. Lejos de parecer madre e
hija, podrían pasar por ser hermanas, con la diferencia que Doña
Marcia parecía más agradable, por la suavidad estudiada de los
gestos.

Se la veía tranquila y con una sonrisa espontánea que mostraba


sin embargo el ingenioso artificio de los que se alejan
deliberadamente de los problemas ajenos para que no le resulten
molestos. Era una dulzura muy trabajada por el egoísmo, dispuesta
a sonreír, a no ocuparse de nada que le incomodase.

Aun así, los ojos, ¡ah, los ojos traicionaban su alma sibilina! Fijos
en su esposo, parecían interesados en captar sus mínimas
reacciones, en provecho propio.

Ella no quería saber todo lo que él hacía, sólo quería protegerse.


Serena y bien puesta, ante el marido parecía un hábil viajero,
preocupado en pasar la aduana para seguir tranquilamente el viaje
con su carga clandestina.

Por otro lado, el marido parecía un aduanero centrado en el


soborno, más preocupado en resguardarse él mismo que en
denunciar a los viajeros, tan astutos como él, sobre todo en este
momento en que casi le habían pillado en flagrante delito, se
esmeraba en ser exquisitamente cortés.

Se arrellanaba en el sillón para oírla, con la paciencia de un


perro astuto que se detiene para observar a un gato.

Para Claudio en esas circunstancias era necesario oír y analizar


todo. Era inevitable. Marcia había llegado a la habitación de Marita
en un momento crucial. Era muy importante que alejase cualquier
duda, a costa de una actitud tolerante que no practicaba hacía
mucho. Por eso estaba allí, sosegado y complaciente.

104
SEXO Y DESTINO

Sin embargo, entre ambos había una desconfianza recíproca.


Dos bocas que se entendían, pero dos mentes que eran
radicalmente opuestas, cada frase era prefabricada en la garganta,
disimulando el pensamiento.

Con voz dulce, la esposa comentó los acontecimientos del baile


benéfico en que había estado. Mucha gente, algunos jóvenes
embriagados, chiquillos robando. Por todo eso, se había cansado.

Desconfiando del marido, a pesar de mostrarse casi afectuoso,


para no dar pie a una conversación más larga, quiso prolongar el
raro momento entre ellos, volviéndose más tierna.

Afable, le invitó a fumar un cigarrillo.

Claudio se lo agradeció. No quería fumar. Ella, sin embargo,


después de golpear la punta del pitillo varias veces, lo encendió
con un mechero pequeño, y, después de expeler algunas
bocanadas de humo, se relajó en el sillón, con intención de seguir
hablando.

–Tuve miedo. Le pasé mi trabajo a Doña Margarita y volví.


Estaba atormentada por la idea de que hubiese ocurrido algo en
casa, haber algo encendido, algún ladrón. Veo, sin embargo, que tú
tal vez hayas tenido la misma idea y llegaste antes, apagando el
gas… Menos mal que todo pasó… Aún así, reconozco que mi
regreso fue providencial por que hace muchos días que estoy
esperando un momento en que tú estés tranquilo y de buen
humor, como ahora, para tratar juntos un asunto serio… Es algo
que nos afecta a ambos y que no puedo decidir sin ti…

Neves y yo nos dimos cuenta del régimen de choque y contra-


choque que respiraban aquellas dos almas enfrentadas,
aprisionadas socialmente la una a la otra, por exigencias de sus
pruebas.

105
ANDRÉ LUIZ

Pensando que su mujer se iba a aprovechar de aquel momento


de benevolencia para llamarle al orden en algún tema en que debía
ser más responsable, Claudio retiró la máscara afectiva que llevaba
desde el inicio de la conversación y se puso en guardia, taciturno.
De estar sonriente pasó a fruncir el ceño. Sus maneras expresaban
ahora un fino sarcasmo.

Buscó las palabras para disfrazar, en vano, su aspereza. Dijo que


estaba cansado, alegó agotamiento debido a sus horarios en
trabajos extras y dijo a la esposa que abreviase, lo más posible, lo
que le tenía que decir. Quería leer, pensar, recuperarse.

La esposa fingió no ver su mirada irónica y empezó comentando


lo fatigada que se sentía.

Posiblemente, el no tenía ni idea, pero se había sometido a


varios exámenes ginecológicos. Desde hacía tiempo, pasaba las
noches en vela, sufría palpitaciones, sofocos, sensaciones de
pesadez, calor en el pecho. El médico opinaba que se trataba de
una menopausia precoz y como tal la recetaba. A pesar de eso, ella
se sentía depauperada, neurasténica. Se agotaba con los
problemas domésticos. La empleada que limpiaba la casa se había
ido, y, desde entonces, se veía obligada a lavar la ropa, encerar y,
de alguna manera, echar una mano a Doña Justa en la cocina. La
reparación de la nevera había costado mucho. Los gastos, a fin de
mes, habían aumentado. Marina había traído dos pagas extras
pero aun así, andaban escasos. Necesitaba quince mil cruceiros.

En ese momento, Claudio la miró, sarcástico y preguntó:

–¿Sólo?

La pregunta cargada de burla, cortó el aire como un cuchillo.

Doña Marcia enmudeció, al verse impactada por la


desconsideración inesperada.

106
SEXO Y DESTINO

El marido no había prestado siquiera la más mínima atención a


los padecimientos físicos de los que se había quejado. No quería
conocer sus achaques.

Nada más empezar a contarle sus problemas físicos, se asustó al


ver en él una dura y fría mirada. Conocía aquella actitud gélida de
profundo desdén. Cuando se lamentaba, tenía la impresión de que
Claudio emitía en su pensamiento esta pregunta: “¿por qué no te
mueres de una vez?”. En algunas ocasiones llegó a pronunciar
claramente estas palabras, incluso repetidamente. ¿Por qué tanto
odio? se preguntaba a sí misma. No esperaba recibir ternura de él,
ya que los disgustos incesantes entre ellos habían eliminado esta
posibilidad, pero, a pesar de todo, creía tener derecho a cierta
consideración. Si él caía enfermo, aunque fuese levemente, pese a
no amarle, le cuidaba con esmero, llamaba al médico y tomaba las
acciones necesarias para su restablecimiento. Pero, al contarle
ahora lo del tratamiento que consideraba importante, para evitar
una operación posterior, recibía de él sólo monosílabos secos que
se clavaban en ella como flechas hirientes.

Al prolongarse el silencio entre ambos, Claudio hizo ademán de


retirarse, pero la esposa frustró este intento, exclamando algo
irritada:

–No te vayas, es necesario que oigas esto. Esta casa no es mía


solo ¿no?

Marina y Marita… Se cría a los hijos con desvelo y cariño…


Cuando son niños son angelitos, luego, de mayores, dan trabajo.
Hasta ahora lo he sufrido en silencio, pero ya no puede continuar
más la situación sin que tú te involucres. Entre una y otra no es
posible la indiferencia.

Acogí a esa niñita ajena en mis brazos como si fuera hija mía.
Soporté afrentas, me olvidé de mi salud, de mi tiempo… No rehuí
responsabilidades hice todo lo que pude… Nada le faltó. Pero hoy…

107
ANDRÉ LUIZ

–Hoy ¿qué? –preguntó su esposo, asombrado.

–¿Tu no te das cuanta de la humillación a que se expone Marina?


–recalcó la compañera, en lágrimas, como si estuviese
acostumbrada a llorar cuando quisiese. –¿No percibes las
dificultades de nuestra hija?

Claudio se rió, como si quisiese bromear.

–Marcia, déjate de escenitas… Hablas de Marina como si la


estuvieran matando. No comprendo, la veo feliz y desorientada,
más que nunca. Si me parase en sus problemas, sería para
amonestarla y reprimirla. Si no fuera por ti que la consientes y la
das malos ejemplos, tendría que corregirla, incluso la habría me-
tido interna…

–¿Qué oigo, Dios mío? Gritó la señora.

Paró su llanto, alarmada de ver el rumbo imprevisto de la


conversación.

– Oyes la pura verdad –prosiguió Claudio, implacable– anteayer


mismo, tuve que asistir a un cóctel por imperativos del trabajo, en
honor de uno de los jefes, en una sala de fiestas nocturna, y tuve
que pretextar un fuerte dolor de cabeza para salir de allí ¿sabes
por qué?

Nuestra hija, que tú crees tan santa, estaba allí en brazos de un


caballero maduro y de buena planta, que no la besaba de forma
paternal precisamente. Sentí tanta vergüenza que pedí a un colega
que me representase y salí de allí rápidamente, antes que Marina
me pudiese ver.

– ¡Ay, la pobre!... –objetó Doña Marcia, colorada y


tremendamente revuelta.

108
SEXO Y DESTINO

En aquel momento, los dos se desprendieron de los disfraces.


Se ponían, en espíritu, uno frente a otra, con brusquedad, sin
disimulos.

Dos enemigos reales, aversión contra aversión.

El áspero diálogo continuó.

– Pobrecita ¿por qué?

La esposa le miró de arriba abajo, burlonamente y le acusó:

– No quiero hablar ahora de tu presencia de hombre mayor y


casado en una sala de fiestas nocturna, pues no creo una sola
palabra de esas historias de homenajes a jefes a altas horas de la
noche. Tú siempre fuiste inmoral, indigno, mentiroso, pero, por
amor a nuestra familia, me olvidaré de todo eso para que tú
conozcas la situación…

Reflexionando en la conveniencia de sensibilizarle para el fin


que se proponía, Doña Marcia bajó a propósito la escala de
aspereza, suavizando la inflexión de la voz que se había vuelto
agresiva.

– Claudio, escucha –continuó casi melosa–, Marina, obediente,


nunca me ocultó la verdad. No pienses mal; desde que empeoró la
mujer de Don Nemesio, viene repartiendo, cariñosamente su
tiempo entre las obligaciones de su puesto de trabajo y la casa de
su jefe, donde la infeliz señora se muere, poco a poco… debes
admirar su abnegación, por que en modo alguno necesitaría
interesarse por la vida íntima de la familia Torres, hasta el punto de
velar junto a ellos por varias noches consecutivas, por simple
espíritu de sacrificio… No se si tú la habrás visto cuando llega a
casa por la mañana, con profundas ojeras y el cansancio reflejado
en su rostro.

109
ANDRÉ LUIZ

En la mente de Claudio, mientras tanto, se operaba una


complicada rebelión. Ante lo que él consideraba palabras injuriosas
de ella, tenía ganas de abofetearla. Estaba preso de una gran
indignación, pero se contenía. Quería seguirse burlando, pero
estaba seguro que Marita estaba escuchando la conversación.
Quería conquistarla a cualquier precio, sobre todo ahora que se le
había declarado, no estaba dispuesto a renunciar.

Seguiría su plan.

Doña Marcia, engañada, se había creído la versión de la


pesadilla y pensaba que la chica estaba dormida, aceptando la
presencia de Claudio en su cuarto sin poner ninguna objeción.

El, sin embargo, sabía que ella estaba oyendo todo lo que dijese
y no quería perder su pretendida imagen galante y caballerosa. Si
se mostraba sincero, perdería y se agravaría la distancia, así que
decidió aguantar todos los reproches e insultos, estudiando
mientras cómo redirigir la conversación para sacar el mejor partido
en relación con Marita.

Además, el amigo desencarnado, a su lado, fomentaba la rigidez


de su alma, dándole ideas. La fabulación de uno se
complementaba con la del otro. Concluyeron ambos que era mejor
examinar los detalles secundarios y pensar antes lo que iba a decir.
Manejarían a Marcia para conseguir a Marita. La esposa sería su
instrumento, la usarían como trampolín para alcanzar su meta.

Todas esas consideraciones relampagueaban en el espíritu de


Claudio, mientras su esposa se empeñaba en justificar y defender a
la hija. Dominado por los nuevos pensamientos no sonrió, pero
suavizó su expresión como si se resignase con paciencia.

Desarmada en parte, por aquella impasibilidad que ella tradujo


como benevolencia, Doña Marcia siguió:

110
SEXO Y DESTINO

– Sucede que el Sr. Torres se encuentra francamente


desbordado ante la tragedia que su fortuna no puede evitar.
Mucho dinero y el corazón abatido, prósperos negocios y un
fallecimiento a la vista.

Nuestra hija se compadeció. Tanto amparó al pobre hombre


que acabó descubriendo los sufrimientos de la persona que se
aproxima, de forma consciente, a la viudedad. Por eso viene
tratando de reforzarle, de la forma que puede.

–Pero ¿así es como lo hace? ¿ahogándose en alcohol y placeres


nocturnos, en que ambos parecen dos chiquillos alocados? No les
vi precisamente rezando por la recuperación de la enferma…

–Déjate de ironías. Tú, en la misma situación, no te consolarías


con lágrimas, buscarías distracciones. No me parece tan insensato
que el Sr. Torres, a esas horas, vaya a un ambiente alegre para
recuperar sus fuerzas, y no veo maldad ninguna en que trate a
Marina como a una hija, acariciándola como la muñeca mimada
que siempre fue. Justo y claro. Doña Beatriz y él sólo tienen un hijo,
no tuvieron como nosotros la ternura de una hijita en el hogar y no
adoptaron a ninguna niña ajena. Marina me cuenta a mí, a su
madre, todo lo que le pasa. Tú sabes que ella es profundamente
sensible y cariñosa. Le da mucha pena de su jefe e intenta recon-
fortarle…

–¿Reconfortarle? –dijo Claudio con ironía.

–No me vengas con sarcasmos –expresó Doña Marcia con aire


decepcionado– Nuestra hija actúa correctamente. Tanto es así que,
esta conversación debe aclarar un grave asunto.

Y, cambiando el tono de su voz a uno más persuasivo y dulce:

–No ignoras que Marita se enamoró, hace meses, de Gilberto el


hijo de los Torres.

111
ANDRÉ LUIZ

Viéndoles en constante contacto, creí de buena fe que el joven


sentía por ella algo estable. Combinando reserva y malicia, pasó a
relatarle las citas, los paseos, las cartas, las conversaciones por
teléfono,… Resaltó que se había sentido muy mal al sorprenderles,
a solas, en una excursión dominguera, en pleno bosque de Tijuca,
días atrás. Admitió que era necesario ver qué pasaba. Se había
aborrecido a sí misma, al descubrirles de esa forma, solos y
aislados, bajo los árboles. Mujer y madre, se inquietaba al pensar
en la hija adoptiva…

Claudio recogía sus palabras con los ojos encendidos y el


corazón palpitante.

Entonces, Marcia también lo sabía… su arisca esposa no solía


engañar en las confidencias.

Sin duda, ella sabía más detalles que prefería esconder. No


conocía lo de Paquetá, que igualmente, fue escenario de los besos
y cariños que tanto detestaba. No contaba con recibir esas noticias
en su propia casa. No pensaba que su mujer era consciente de la
situación que él creía conocer en exclusiva… En ese momento,
olvidaba a la niña que había crecido en sus brazos, se anulaba su
condición de padre, celador de su honra. Irrumpía en él el animal
herido, el hombre salvaje que dormía en su interior, aguijoneado
por los celos.

Restregando los dedos en las palmas de las manos, en un gesto


que simbolizaba su desagrado, se levantó, dio algunos pasos por la
sala y refunfuñó:

–¡Ingratitud!

La esposa contemplaba la escena con el placer de quién


consigue alcanzar sus propósitos, ya que, desde el inicio de la
conversación aspiraba a establecer un clima favorable a la hija
legítima, en detrimento de la otra. Juzgó que su marido con aquella

112
SEXO Y DESTINO

expresión manifestaba su rechazo contra la conducta de la joven


que pretendía apartar. Muy distante de la realidad, no percibía que
la indignación tenía su origen en la amargura del apasionado que
se ve menospreciado y, por eso, ensayaba una sonrisa triunfal…

Nosotros, sin embargo, conseguíamos analizar sus


pensamientos y verificar cuanto le dolía el desprecio.

Se veía a sí mismo al lado del joven, midiendo sus fuerzas contra


él. ¡Ah, si pudiera tenerle en sus manos! Volcaría toda su cólera,
rompiéndole los huesos…

–¡Me conmueve tu reacción contra Marita!... tomando nota de la


frase de la esposa, se dio cuenta del papel poco aconsejable que
empezaba a asumir. Eso le podía descubrir. Se había pasado en los
límites que debía mantener en su propio interés y decidió recobrar
la compostura. Confirmó que Marcia apreciaba su repulsa,
creyendo verle en el lugar del padre, abrumado por las
circunstancias y dejo que ella se afirmase en esa idea, poniéndose,
mentalmente, a la defensiva. Reprimió la desesperación,
sentándose, de nuevo, para relajar sus nervios tensos. Apagó todas
las señales de excitación externa, aparentando una súbita calma.

La señora, que deseaba adquirir ventajas para su hija, lejos de


imaginarse enredada en aquél juego, en el que marido y mujer
parecían dos socios astutos en los golpes estudiados de uno contra
otro, habló con serenidad, intentando controlar ahora toda la
situación:

–Tu actitud respetable de padre me alegra mucho, gracias a


Dios, veo en ti el jefe de la casa y de la familia.

Claudio oía, atento.

Es necesario que sepas –prosiguió ella– que Gilberto no quiere


nada con Marita, que vive enamorada sin razón. El chico está

113
ANDRÉ LUIZ

apasionado por Marina y todo indica la posibilidad de un buen


enlace, que debemos contemplar.

El marido, astuto, dedujo que había llegado la oportunidad de


su venganza. Fingiendo desconocer la trama de sentimientos en
que estaban enredadas ambas jóvenes, comentó en voz alta los
nuevos aspectos del problema, para ser escuchado claramente por
Marita, que sabía estaba atenta a la conversación en la habitación
contigua. Después de encarecer la excelencia del carácter de la hija
adoptiva, destacando el aprecio y la ternura con que él se
encargaría de protegerla, resaltó, jocoso:

–¡Ah! ¡El muy canalla!... entonces esa farsa de pasar el tiempo


con Marita, llevándola por ahí, no es sino un miserable engaño
para alcanzar otra meta… Está haciendo carambola. En el billar del
amor, da a una bola para acertar en otra…

Y relacionó a ambas jóvenes, traicionadas en su confianza,


explicó que Marita podría caer en una depresión de graves
consecuencias. Si Gilberto quería casarse con Marina, que lo dijera.
No se iba a oponer, pero exigía total franqueza.

Doña Marcia, muy contenta al ver su disposición tan favorable,


relató las confidencias de la hija.

El chico se había declarado. Admiraba no sólo sus encantos


personales sino también su refinada educación. Al principio, se
veían de cuando en cuando. El necesitaba ayuda de alguien para
traducir algunos textos en francés.

Marina demostró su competencia en esa tarea. El trabajo


realizado fue tan magnífico que tuvo los elogios de la Embajada.
Desde ese momento, trabajaron en contacto muy estrecho. Marina
le había dicho que el propio Sr. Torres, siempre solícito, le
empezaba a llamar nuera.

114
SEXO Y DESTINO

Claudio, a propósito, decía de cuando en cuando:

–Marcia, no oigo bien, habla un poco más alto.

La esposa, elevando la voz, contó que los dos, a pesar de la


situación delicada de salud de Doña Beatriz, traducían poesías
deliciosas de autores ingleses, acompañándolas de fragmentos
sentimentales que expresaban su ternura recíproca, componiendo
un lindo álbum cuya lectura le había arrancado lágrimas de ter-
nura. El amor entre ambos era claro como el agua.

Era indispensable apoyar a la hija, para hacer realidad sus


esperanzas.

Se sintió reconfortada al reconocer que el nivel cultural de


Gilberto no encajaba con las deficiencias de Marita en ese sentido,
por lo que no serían felices. Dijo con convicción, que la orientación
de este tema les competía a ellos, a Claudio y a ella misma.
También citó que el auxilio prestado por Marina a Doña Beatriz ha-
bía estrechado las relaciones entre los jóvenes, y, suponiendo que el
esposo valoraba también los posibles inconvenientes para Marita
dijo, como si fuera un chiste, que Marita se recompondría, las cosas
de chicos jóvenes son problemas de ellos.

El marido no creyó una sola palabra de lo que estaba oyendo.


Como padre, se sentía desilusionado con su hija. Las correrías
nocturnas, sus formas, el trato con su jefe, no le dejaban lugar a
dudas. Al contrario, las confidencias de Marcia le llevaban a
realidades mucho más duras. Marina se movía sin escrúpulos entre
el padre y el hijo. Como esposo, no se dejaba embaucar. La
compañera sabía que era desleal a los compromisos domésticos,
que él mismo había alimentado con sus ejemplos poco estables
emocionalmente. No podía quejarse. Marcia se había trans-
formado en un ser astuto y cruel. Disimulaba siempre para salirse
con la suya. De hecho, no le contaba todo lo que sabía. Estaría
informada de todos los detalles de la relación con el Sr. Torres,

115
ANDRÉ LUIZ

tanto como él lo estaba. Sortearía los inconvenientes, incentivando


quizás la liviandad con propósitos de lucro; pero ese era el
momento de atraer la confianza de Marita y por eso, con esa idea
en su ánimo, silenció sus conclusiones y compartió la farsa,
exponiendo que confiaban en la chica que tenían por hija.
Intentaría distraerla y, de acuerdo con Marcia, procuraría llevarle
en un viaje de turismo a Buenos Aires, al que había sido invitado
por amigos del banco. Marita así, podría olvidar, olvidar.

El acuerdo avanzaba, pero el servicio nos llevó a la habitación


contigua donde la amargura de la joven explotaba en vibraciones
de intenso dolor.

116
SEXO Y DESTINO

Capítulo 10
Marita lloraba desconsoladamente, echada en la cama. Lo que
había oído en el salón contiguo había revuelto su corazón. Se
sentía abandonada, deseaba morirse.

Entonces –se decía– toda aquella devoción de Gilberto no


pasaba de ser algo superficial.

Esta idea se apoderaba de su alma, arrebatándole sus


sentimientos.

Se acordaba que, semanas antes, él la preguntó si conocía otros


idiomas.

Algo avergonzada, le dijo que sólo tenía algunas nociones


primarias. El chico sacó una obra de Shelley. La leería en inglés y
traduciría para ella los lindos versos. Le aconsejó ir a una academia
nocturna. El la podría ayudar, conocía a buenos profesores. Ella se
reía, quería el hogar, la escuela del hogar con él. Ahora, con la
decepción, entendía la irritación que le acometió al despedirse de él.
Así que quería casarse con una chica culta ¡Ignorante! –decía para sí

117
ANDRÉ LUIZ

misma– no paso de ser una ignorante. Marina era diferente,


dominaba otras lenguas.

Todo ya estaba tramado, deliberado.

Por eso la hermana se había distanciado de ella últimamente.


Cuanto más cariñosa se mostraba Marita con ella, más se apartaba.

Ahora reconocía la causa de que el chico estuviese hastiado e


irritado. Pero –se preguntaba con tristeza–, ¿si él la despreciaba
tanto, porqué abusaba de su confianza? ¿Por qué el
arrebatamiento con que su alma guardaba las impresiones de la
niña que se hace mujer de repente? ¿No había sellado con ello un
compromiso de matrimonio? ¿No la testimoniaba una extrema
ternura en los encuentros domingueros cuando se entregaban
íntimamente el uno al otro?

Incapaz de dudar de la veracidad de su cariño, se volvía


mentalmente a la hermana que la usurpaba las mínimas alegrías.
La infelicidad –conjeturaba– sería culpa de ella.

Con toda certeza, Marina había codiciado al chico, y le había


envuelto en la tela de artimañas que ella sabía tejer como nadie.
Gilberto habría caído en la trampa. Sin embargo, al descubrir toda
la trama, se sentía herida. Se debatía en llanto, bajo el paso de las
consideraciones familiares. Era cierto que era la adoptada e
ignorante. Nada sobraría para ella, todo sería para la otra. Marina
poseía méritos, ella no.

Lo expuesto por Doña Marcia le había hecho sentirse como el reo


que oye la sentencia inapelable. Aún así, lloraba y no se sentía
conforme. El hecho de perder a Gilberto le inducía al sentimiento de
matar o desaparecer. Recordó las tragedias, leídas en la prensa,
pero el fratricidio repugnaba a su corazón. La idea del suicidio
germinó, de súbito, como semilla oculta en lo íntimo de su ser,
ganando terreno en ella. Los pensamientos negativos la tomaron al
asalto. Renunciar a Gilberto y destruir los planes hechos dolería

118
SEXO Y DESTINO

mucho más que morir –pensaba, desolada– pero ¿sería justo


acobardarse tanto? Rechazó la extraña sugerencia y se prometió
coraje a sí misma. Lucharía por su felicidad. Hablaría con él,
sortearían juntos, la amenaza pendiente. Pero, si Gilberto no
quisiera, cual sería su destino con el golpe moral recibido percibía
también el fantasma de la adoración por ella del padre adoptivo.

¿Por qué la vida le gastaba esta broma? Debía alejarse del afecto
del joven que amaba, de forma natural, para ganar la pasión del
hombre maduro que ella respetaba como padre y que la ofrecía un
tipo de unión para ella inaceptable. Le aterraba oírle en estos
momentos. Notaba su tono de alegría triunfante, al percatarse de
la felicidad de desembarazarse de Gilberto, dejando el campo libre
para apresarla.

Parecía que Claudio le hablaba desde lejos, al dirigirse a la


esposa. Aquellas referencias agradables, con que la obsequiaba,
delante de Doña Marcia, le confirmaban su decisión de hacerla
suya. Con un sentimiento mixto de asco y piedad, recordaba sus
caricias que hasta esta noche no había logrado comprender.

¿Cómo resolver esto?

Como una flor sacudida por el viento de las pruebas, se


preguntaba ¿por qué? ¿por qué?...

Repasando lo ocurrido, por primera vez sentía miedo de aquel


nido familiar al que se sentía encadenada como una hija auténtica.

De repente, elevó su pensamiento a la memoria materna… ¡Ah,


nunca había podido imaginar que un corazón femenino pudiese
encontrar dilemas tan terribles como los que se le planteaban!
¿Qué no habría sufrido su madre que la dejó al amanecer de su
vida? Nunca había sabido, en verdad, las circunstancias que habían
rodeado su nacimiento. ¡Pensaba que quizás su madre habría
conocido el cáliz que ahora le amargaba! ¡Qué noches de agonía

119
ANDRÉ LUIZ

moral habría atravesado, sola, al acariciarla en su vientre! ¿Qué


injurias había padecido, que privaciones? Ella, no sabía nada de su
padre, reflexionaba en el martirio de la madre, joven y abandona-
da, cuando, probablemente, aguardaba en vano su cariño y
protección noche a noche.

Doña Marcia, al hablar de su madre la llamaba “chica juguetona”


¿Habría sido así?

Posiblemente, cantaría para no llorar, ansiando aplacar con


sonidos festivos los gritos de su alma…

¿Quién sabe si se habría dedicado a algún hombre poco


aconsejable o empeñado su corazón con algún chico que la habría
robado la ternura de chiquilla y mujer?

Bañada en lágrimas, suspiraba por volverse niña… ¿Por qué no


vivía su madre, para luchar juntas? Se apoyarían la una en la otra,
intercambiarían sus amarguras respectivas…

Muchas veces, en la tienda en que trabajaba, había escuchado


historias de comunicaciones de muertos, se había enterado de
experiencias sobre la vida en el más allá… ¿Será cierto? –se
preguntaba–. Si Araceli, ya libre, estuviese en alguna parte,
indiscutiblemente le acompañaría en este calvario, compartiría su
infortunio…

De manera espontánea, imploraba al espíritu materno que la


bendijese, fortificase, protegiese…

Aunque sin ninguna idea religiosa concreta, emitía una muda


oración que servía de profunda invocación…

Intentábamos consolarla, tratando de serenar su mente cuando


dos señoras desencarnadas entraron de repente en la habitación.

120
SEXO Y DESTINO

Nos saludaron afectuosamente, exponiendo que eran entidades


familiares vinculadas a aquella casa.

De las recién llegadas, la que nos pareció menos experta se


acercó a la chica que oraba. Se controlaba difícilmente. Temblaba,
al enjugar el llanto silencioso. Se inclinó en la cama, como haría
cualquier madre desventurada y afligida en la Tierra, cuando no
quiere despertar a un ser querido…

Aunque no hubiese explicaciones previas, no nos cabía la menor


duda. Aquella era la joven que Marita conservaba en imagen, en su
pensamiento. ¡Araceli, amparada por el dulce afecto de una
venerable amiga, estaba allí, delante de nosotros! Como una madre
amorosa venía, quizás de muy lejos para atender las angustias de
su hija… Nos enternecía ver a la pobre madre arrodillada para
besar sus cabellos… ¡Oh, secretos insondables de la providencia
Divina!... ¿Quién conseguiría definir con palabras humanas la
esencia del amor que Dios puso en las entrañas maternas?... La
dama se inclinó suavemente y la abrazó con ternura, como una
planta sobre la única flor que había nacido…

La joven se calmó, de repente. Como si adivinase la visita por la


que suspiraba, relajó la tensión, notándose mentalmente ocupada
por la presencia de la madre cuyos rasgos intentaba, con cariño,
recordar y reconstruir.

Mientras esto ocurría, se sobrepuso otra escena, conmovedora.

Araceli, que oraba y lloraba en profundo silencio, buscaba en su


pensamiento a otra mujer, que al evocarla, renovara sus energías.

La madre desencarnada se reía, de pequeña, junto a la sencilla


lavandera que la había traído en la última reencarnación para el
teatro de la vida humana. Veía a la niña agarrada a la falda de
aquella chica enferma que sumergía sus piernas en el río para
ganarse el pan… Tan profundo alcanzaba la acústica de la memoria

121
ANDRÉ LUIZ

que llegaba a escuchar el ruido de sus manos mojadas, lavando las


prendas enjabonadas… Veía su mirada cariñosa, pidiéndole
paciencia… Callada, sentada en la tierra, a veces esperaba y
esperaba hasta que su madre pudiese atenderla… y se acordaba
de la alegría que sentía cuando los brazos maternos la retomaban
para dormirla, al son de un viejo estribillo, al que se había
acostumbrado en su hogar sin techo…

Con los ojos fijos, como si buscara, más allá, en el espacio


infinito los brazos cariñosos que el tiempo le había arrebatado,
tomó una nueva postura, colocando la cabeza de Marita en su
regazo y, emocionada y en llanto, como si tuviese en los labios
aquellos labios de madre, humilde y enferma que jamás había
olvidado, Araceli, en llanto resignado, cantó suavemente delante de
nosotros:

Lindo ángel de mis pasos


descansa, mi dulce bien;
duerme, duerme en mis brazos,
mientras la noche viene,
duerme, hijita querida;
no llores, encanto mío;
duerme, duerme, mi vida,
tesoro que Dios me dio…

Como si hubiese sido hipnotizada de repente, Marita cayó en un


profundo sueño.

Una vez hecho esto, la señora que amparaba a la madre, la


atrajo suavemente a su pecho con el propósito de consolarla y nos
dijo, con tristeza:

–Hermanos, nuestra Araceli todavía no está en condiciones de


amparar a su hija.

122
SEXO Y DESTINO

Y añadió, entre gentil y decepcionada:

–Perdonadnos la interferencia ¡Nosotras, las madres ante ciertas


dificultades, nada más tenemos que una vieja canción para dar a
nuestros hijos!...

En seguida, se retiró, llevando a Araceli en sus brazos,


sollozando…

Todavía no nos habíamos recuperado de la emoción, cuando


vimos a Marita, en espíritu, apartarse del cuerpo denso, con la
inquietud de la niña que anhela inútilmente el calor materno…
Como ocurre en la mayoría de las criaturas encarnadas en el plano
físico, mostraba una lucidez oscilante, insegura…

Se tambaleó por el cuarto y percibiendo que Neves se disponía a


ayudarle frené su impulso, haciéndole sentir que nuestra
intervención directa podría frustrarle sus deseos y que, para
prestarle un eficiente auxilio, había que dejarle libre, bajo discreta
vigilancia, para poder examinar sus necesidades más íntimas.

Sucedió de inmediato lo que no preveíamos.

Se esfumó el éxtasis de hija triste, se difuminaron las actitudes


infantiles, la niña de Araceli había desaparecido y resurgió en ella la
personalidad femenina, firme y clara.

La chica no podía vernos. Tenía la mente nublada que


caracteriza a los pequeños todavía tiernos, incapaces de
particularizar sus impresiones cuando cambian de lugar; pero
también le pasaba lo que les sucede cuando tienen ideas fijas de
juego o golosinas es que se concentran todos sus pensamientos en
un punto. En este caso Gilberto.

Quería ver a Gilberto. Oír a Gilberto.

123
ANDRÉ LUIZ

Semejantes impulsos unidos en su cabeza, repetidamente


emitidos, dominaban la voluntad, revistiendo su pensamiento de
una cierta claridad que la favorecía sin embargo solo en dirección a
sus deseos de mujer.

Ese sentimiento parecía proporcionarle ahora un apoyo íntimo


más seguro, y Marita, pareciéndonos más dueña de sí misma, aunque
presa del deseo ardiente en que se obstinaba, dejó el aposento y,
descendiendo por la escalera que rodeaba al ascensor, dejó atrás el
edificio, como sonámbula, magnetizada por los propios reflejos.

La seguimos atentos, no obstante dejándola a su propia


decisión.

Debíamos estudiar sus ímpetus extrovertidos, consultar sus


inclinaciones. No tuvimos ninguna dificultad para adivinar adonde
se encaminaba.

En poco tiempo, la hija adoptiva de Claudio llegó a la residencia


de Nemesio, que ya conocíamos.

Con la certeza instintiva de quien se dirige a cierta persona,


como si pudiese olfatearlo, avanzó dentro de la casa, manteniendo
viva la imagen de Gilberto, que dominaba por completo su
pensamiento.

Impulsada por las percepciones indefinibles del alma alcanzó el


amplio dormitorio, localizado al fondo de la casa y, sin que nos fuese
posible valorar la resolución de garantizar su libertad para analizar
sus reacciones, sobrevino un choque doloroso.

Sobresaltados, conseguimos ampararla desde atrás.

Al entrar en la habitación, Marita sorprendió a Gilberto en los


brazos de la hermana y bramó, horrorizada:

124
SEXO Y DESTINO

–¡Canalla! ¡Canalla!...

Las imprecaciones no alcanzaron ni de lejos a la joven pareja,


completamente absorta en sus caricias.

Neves y yo no intercambiamos una sola palabra. Nos


precipitamos automáticamente hacia la atribulada joven,
intentando anular su agitación convulsiva.

Algunos minutos después, despertó en el cuerpo denso, como una


pequeña fiera atormentada devuelta a la jaula. Moviendo los
párpados lentamente, presentaba en la mirada el aspecto de un loco
cuando relaja los músculos después de un acceso de furia. Palpó su
frente sudorosa. Encendió la luz, deseando algo real. Atontada, se
sentó y tocó la pared para asegurarse que estaba en su cama y en su
casa.

Poco a poco, recuperó su confianza y se tranquilizó, rehaciendo


sus energías, pero era una tranquilidad más bien amarga.

¿Fue una pesadilla? –se preguntaba, aterrorizada– ¿Quién sabía


si tantos padecimientos simultáneos le llevaban a una crisis de
locura?

Le dolía la cabeza, se sentía casi febril. Marita había vuelto al


envoltorio físico tan rápidamente, que no nos había permitido
adoptar ninguna medida para anestesiar su memoria.

Retenía en su pensamiento detalles del cuadro que había visto y


oído y, encarcelada de nuevo en las impresiones superficiales de
los sentidos corporales y en la noción de la profunda verdad, que
no lograba interiorizar, cayó en un llanto convulsivo, y consiguió
dormirse con relativa tranquilidad sólo con las primeras luces del
alba.

125
ANDRÉ LUIZ

Capítulo 11
Colaborando en nuestra asistencia a Doña Beatriz, que
languidecía, volvíamos a ver a Marita en nuestras obligaciones
diarias.

Llegó noviembre, con sus lluvias torrenciales.

Aquel día, después de algunas horas de canícula intensa, nubes


gigantescas ocultaron las montañas, acortando el crepúsculo que
se hacía más denso, por el agua y la niebla.

Copacabana bajo la lluvia, en las horas de más movimiento,


estaba muy ruidosa. Todo el mundo que iba por la calle parecía
estar en un concurso para lograr ser el primero. Había maratones
improvisados. Los autobuses pasaban llenos de personas,
evidentemente deseosas de llegar a casa. Los coches se reflejaban
en el asfalto mojado como en un espejo, pitando para avanzar. Los
peatones protegidos contra la lluvia se arremolinaban, esperando
los autobuses que venían del extremo sur.

La hija adoptiva de Claudio alcanzó el gran edificio, soportando


el aguacero.

126
SEXO Y DESTINO

De Copacabana a Flamengo el trayecto en autobús, una vez


pudo cogerlo, fue rápido y de la parada donde se había bajado
hasta su casa, sólo había un corto trecho. Aún así se quitó la
capucha antes de entrar al ascensor, como quien sale de la piscina.

Todo era frío y sombra alrededor, pero, más dolorida que la


tarde oscura, surgía su alma atormentada a través de los ojos que
reflejaban la huella del cansancio y el insomnio.

Al subir, se encontró con una vecina que le enseñó unos


adornos y colgantes que llevaba. La joven observó las guirnaldas y
farolillos de papel para la noche de cumpleaños en la casa de al
lado, pronunció automáticamente algunas palabras de admiración
y volvió a ensimismarse para sentirse aliviada, de algún nodo, al
entrar en su casa.

Nadie la esperaba.

Sola, se echó en la cama intentando recapitular los


acontecimientos de la víspera, pero de repente, sintió hambre. Se
acordó que no había tomado nada en todo el día. Se levantó.

Miró que había en la cocina, pero la comida que había sobrado


no estimuló su apetito.

No obstante lo frías que tenía las manos, sentía calor, excitación.


Estaba fatigada y tensa de tanto pensar. Le apetecía mate frío, así
que abrió la nevera y se sirvió un poco. Fijó sus ojos en el teléfono
que había al lado de la nevera y no se contuvo. Marcó. Desde la
residencia de los Torres una voz imprecisa le informó que Gilberto
no estaba, había salido.

Se desanimó todavía más…

Volvió a su cuarto y abrió la ventana. Quería respirar aire fresco.

127
ANDRÉ LUIZ

Se apoyó en el alfeizar contemplando la ciudad, allá abajo. Bajo


la lluvia, los coches parecían animales fugitivos.

La joven reflexionaba y reflexionaba… Mirando a las casas


iluminadas dedujo que habría allí millares de personas soportando
quizás problemas iguales o peores que los suyos, se preguntaba a
sí misma porqué estaba tan enganchada a Gilberto, cuando habría
centenares de chicos con excelentes cualidades de los que se
podría enamorar.

Se sentía desalentada, insatisfecha. Quería entretenerse, huir de


sí misma.

Inútilmente pensó en ponerse una chaqueta y salir a la calle


para distraerse, a pesar del mal tiempo. Pero no sólo era la lluvia
copiosa la que frustraba sus impulsos. Su espíritu deseaba salir, su
cuerpo no. Estaba a la vez excitada y fatigada. Intentó leer en la
cama un libro que había empezado, pero se acordó de Claudio. El
padre adoptivo venía tarde a casa raramente y, desde la víspera,
no conseguía acordarse de él sin temor. Se levantó y se preparó
para descansar. Precavida, apagó la luz. Cuando llegase creería que
no estaba.

En la oscuridad, se tiró en la cama abandonadamente y empezó


a meditar… Trajo a su memoria todas las esperanzas, sueños,
pruebas e inhibiciones de su corta existencia, mojando de lágrimas
la almohada.

En unos instantes, escuchó los pasos del dueño de la casa que


se movía de una habitación a otra.

Por la levedad de los pasos, percibió cuando Claudio se acercó a


su cuarto.

Tocó el pomo de la puerta, pero no abrió. Ella y Marina tenían


costumbre de cerrar la puerta cuando salían de noche. Oyó ruido

128
SEXO Y DESTINO

de botellas y vasos y después escuchó como salía de nuevo a la


calle, notando su nerviosismo por la forma brusca de cerrar la
puerta al salir.

Aliviada, se sintió menos inquieta.

Marita se encontraba realmente sola, ya que incluso los dos


vampiros de la casa se encontraban fuera, acompañando a
Claudio.

Pasaron las horas lentas, difíciles…

Eran las once en punto cuando Neves y yo nos dispusimos al


socorro magnético. Oramos, pidiendo la bendición de Cristo y el
apoyo del hermano Félix en beneficio de la joven exhausta.

Pusimos en marcha nuestras posibilidades limitadas.

Ella, al principio, reaccionó negativamente manteniéndose


despierta, pero al fin cedió.

Operamos con cautela, reduciendo su capacidad de


movimiento, para prevenir su intento de reunirse con Gilberto, tal
como había ocurrido el día anterior.

En efecto, desligada del cuerpo, expresaba una enajenación


total, sin manifestar el más mínimo interés por lo que le rodeaba.

Absorta en la pasión que se adueñaba de todas sus fuerzas,


pensaba como en un monólogo:

–¡Gilberto! ¿Dónde está Gilberto?

Intentó equilibrarse pero giraba de forma vacilante.

129
ANDRÉ LUIZ

–¡Que alguien me ampare! –mendigó con aflicción– ¡debo


encontrarle, debo encontrarle!...

La apoyamos rápidamente.

Empezábamos a salir cuando se puso a nuestro lado una


agradable señora desencarnada que dijo ser mensajera del
hermano Félix, que nos esperaba en un puesto de socorro.

Con presteza, abrazó a la paciente con la ternura característica


de una mujer y nos pusimos en camino.

Iríamos a un barrio cercano, donde una respetable institución


espírita-cristiana nos ofrecería amparo, nos dijo la recién llegada
que se identificó como hermana Percilia.

Me percaté que Neves y ella ya se conocían anteriormente.

Percilia no perdió tiempo en conversar con nosotros,


entregándose a su trabajo, hablando con la joven, reforzándole. Se
esforzaba en descentralizar su atención, señalando detalles en el
trayecto, sin ningún resultado.

La joven no presentaba otros pensamientos, palabras ni


objetivos que no fuesen Gilberto. Fascinación, aunando todos los
reflejos. A cada frase afectuosa que se le dirigía, respondía
preguntando en qué lugar y momento la conduciríamos hacia él, a
lo que la benefactora respondía con admirable sentido materno,
sin ninguna expresión de desagrado, como si charlase con una hija
enferma, procurando reajustarla con amorosa solicitud,
comportamiento éste que debíamos imitar por nuestra parte. Ni
Neves ni yo nos sentíamos, de esta manera, inclinados a considerar
de manera negativa ninguna de aquellas frases sinceras de niña y
mujer que denotaban los estímulos sexuales, limpios e inocentes
que la convertían en aquel momento en una niña extrovertida.

130
SEXO Y DESTINO

Llegados al recinto de actividades espirituales, fuimos recibidos


por el hermano Félix en persona, acompañados de dos amigos.

El instructor nos informó que había recibido el comunicado,


diciendo con modestia que, disponiendo de algún tiempo había
decidido ir él mismo para ver qué sucedía.

Marita le contempló extática, indiferente, como alelada,


absolutamente incapaz de comprender la importancia del sabio que
le obsequiaba con gentilezas paternales.

Mentalmente fija en los recuerdos del joven Torres, las


preguntas que hacía podrían parecer muy escandalosas si no
estuviéramos preparados para auscultar sus conflictos.

Amparada por Félix que nos dirigía, tolerante, entró en el


edificio preguntando si había llegado por fin al club donde
normalmente encontraba a Gilberto; al ser dirigida al espacioso
salón donde recibiría el necesario socorro magnético, quiso saber
porqué la sala de baile estaba tan cambiada: mirando a distancia al
pequeño equipo de servidores desencarnados que se encontraban
en su tarea de asistencia, en el ángulo opuesto del salón, expresó
que la orquesta no debía estar en silencio y, escuchando el ruido
de las bocinas de los coches en la calle, intentó descubrir si
Gilberto ya venía para bailar con ella.

Con la razón empañada, tal como se encontraba, exponía por


fuera las creaciones mentales que creaba internamente, sin una
ligera noción de la realidad exterior.

Félix mientras, oía todas sus manifestaciones poco


consideradas, con la ternura de un padre. Serio sin aspereza,
comprensivo sin actitudes dulces que pudieran comprometer su
autoridad de educador. Replicaba siempre con la bondad y cir-
cunspección debidas a un enfermo, absteniéndose de ofender sus
sentimientos ni alentar las ilusiones.

131
ANDRÉ LUIZ

La sentó en una silla y le hizo descansar en una hipnosis


tranquila.

Se calló Marita, aislada en los recuerdos en que se complacía,


mientras el instructor le administraba pases balsámicos.

La operación magnética fue larga y minuciosa.

Enseguida, Félix le rogó que hablase, que expusiese lo que más


desease de nosotros, a lo que la joven accedió encantada,
suplicando la presencia de Gilberto y diciendo que tenía dudas en
si ese era el lugar en que se veían… Pidió socorro, protección…

Se inclinó hacia Percilia como una niña que necesita el cuello


materno y lloró mansamente como implorando que no la
detuviésemos.

El hermano Félix, compasivo, nos informó, sin que la paciente


entendiese sus explicaciones, que lamentablemente, la
intervención realizada en su favor no podría pasar de la superficie,
siendo sólo útil para sustentar el reposo físico, que la pasión juvenil
había derivado en un trastorno emocional grave, que la pobre niña
se había dejado arrastrar por el desvarío afectivo, a punto de caer
en el peor tipo de posesión, aquel en el que la víctima se adhiere,
gustosamente, al desequilibrio en que se consume.

Resaltó que había examinado su organismo, en el sentido de ver


si se podía atajar el trastorno mental incipiente mediante alguna
enfermedad que, al mantenerla en cama, pudiese modificar su
mente, predisponiéndola a otro tipo de impresiones. Pero, el
cuerpo de la joven no se mostraba receptivo a ese tipo de amparo.
Marita, sumamente desorientada y enflaquecida, podría
desencarnar si se presentase ese desajuste orgánico.

No cabía otra alternativa que esperar a su propia resistencia


moral.

132
SEXO Y DESTINO

Neves, Percilia y yo, nos dispusimos a acompañarle de vuelta a


casa.

Marita no revelaba ninguna mejoría en el aspecto mental, pero


el auxilio magnético había surtido un efecto saludable inmediato ya
que, al volver al cuerpo físico, empezó a reposar sin agitación, por
lo que la dejamos dormir profundamente.

Nos despedimos de Percilia ante el cielo estrellado y de nuevo a


solas, quizás porque hubiera sentido la pregunta que no planteé,
Neves me dijo:

–André ¿conoces a esta señora?

Y, ante mi respuesta negativa, comentó:

–Es la misma que vi en el cabaret, cuando agredí a mi yerno en


un gesto impensado, es la desconocida que me apoyó en el
regreso al aposento de Beatriz, sólo que hoy no trajo consigo su
distintivo luminoso… Pero, no tengo la menor duda, es la misma
persona…

133
ANDRÉ LUIZ

Capítulo 12
Neves y yo intercambiamos conjeturas, cuando alguien nos
abrazó con afecto.

Era el hermano Félix, para despedirse.

Espíritu admirable por su sabiduría y abnegación, reverenciado


por todos los sembradores del bien por donde pasase, al referirse
a los protagonistas del drama familiar que estábamos atendiendo,
inundaba sus ojos de lágrimas.

Se notaba, no sólo la piedad fraterna sino también el inmenso


amor hacia aquellas cuatro almas reunidas allí, en ese apacible
rincón de Río.

Parados ahora, respirando la brisa que encrespaba dulcemente


las aguas de la bahía de Guanabara, mientras que el cielo de
madrugada realzaba más las estrellas, nos enternecía ver su cariño
paternal como si fuese un hombre común descansando con
nosotros, frente al mar.

134
SEXO Y DESTINO

Tan grande y pura era la devoción de la que daba muestras al


abrir los tesoros de su corazón a través de las palabras, que el
propio Neves, tan inquieto a veces, al escuchar sus apreciaciones
cumplía espontáneamente lo que prometía. Ninguna observación
impulsiva, ninguna interjección impensada.

La actitud del instructor al detenerse en las luchas escabrosas


del plano físico, educaba cautivando.

Había elevación en cada frase y luz de entendimiento en cada


idea.

Conquistaba, sin pedirlo, nuestro interés en la prestación de


asistencia voluntaria a la casa de Claudio, cuya estabilidad
peligraba, en su opinión.

Se compadecía –explicó– de aquellas cuatro criaturas, arrojadas


al océano de la experiencia terrestre, sin la brújula de la fe. Al
principio, se había esforzado por abrirles un camino espiritual, más
fue en balde. Se hundían en una profunda niebla de ilusión,
hipnotizados por la gratificación transitoria de los sentidos de la
carne, como pajaritos agarrados a la cáscara podrida de un fruto
sin la mínima disposición de consultar la sabrosa riqueza de la
pulpa.

Descubriendo algo más su propia intimidad, nos dijo que había


visto a Claudio renacer, que había acompañado a Doña Marcia en
la cuna y que había seguido de cerca la reencarnación de Marina y
Marita, dejándonos ver las lágrimas que le habían costado, sin
alardear de virtud ni superioridad.

Había empeñado dedicación, amistad, confianza y tiempo para


que se pudieran incorporar en alguna actividad benemérita, para
cultivar de esa forma, su latente espiritualidad, pero Claudio y Marcia,
de nuevo en el cuerpo físico, con el olvido inevitable y providencial del
pasado, habían recapitulado ciertas infelices experiencias.

135
ANDRÉ LUIZ

En el mundo espiritual, antes de recomenzar el trabajo terrestre,


analizando las necesidades y remordimientos que atenazaban sus
conciencias, habían prometido el premio de volver al vehículo
carnal, construyendo la sublimación íntima y corrigiendo excesos
de otras épocas, a través del sudor en el servicio al prójimo, pero,
llegados a la juventud en el cuerpo, habían abrazado pasiones que
frustraban todas las posibilidades de liberación próxima. Él, Félix, y
otros compañeros se esforzaban en auxiliarles pero
infructuosamente. Los cuatro se resistían a cualquier sugestión
reparadora, repelían cualquier proyecto constructivo.

Nobles amigos de otro tiempo, dispuestos a prestarles apoyos


preciosos, habían acabado desilusionados, dejándoles a su libre
albedrío.

Claudio y Marcia, en especial, al elegir el dinero y el sexo sin


freno por norte de sus pasos, sólo conseguían desajustar las bases
de la tranquilidad del hogar. Por eso, Marina y Marita no tenían
bases firmes para la felicidad real. Todavía jóvenes, se complicaban
ambas en peligros y tentaciones, de las que difícilmente se des-
prenderían sin dejar dolorosas marcas en sus almas.

Tanta era la rebeldía de Claudio, que en aquella hora importante


de su existencia no contaba, además de la Providencia Divina, sino
con muy pocos amigos. Aún así, esos amigos –indicaba
modestamente, ponderando sus propias dificultades– no se veían
con derecho a solicitar ayudas especiales y, absorbidos por
numerosas responsabilidades, sólo le prestaban auxilios
esporádicamente.

Comprendimos adonde el benefactor humilde se proponía


llegar y nos adelantamos, prometiendo nuestra adhesión decidida
al programa asistencial que él forjase.

Teníamos la ocasión, no nos sería difícil.

136
SEXO Y DESTINO

Además del tiempo que me era lícito disponer, en virtud de la


concesión de mis superiores para colaborar en apoyo de Neves,
tenía una solicitud en trámite, ante las autoridades competentes,
para que me fuese concedida una estancia de dos años, en alguna
de las organizaciones destinadas en Nuestro Hogar 4, a los ser-
vicios de psicología sexual, con finalidad reeducativa, y, consciente
que él, el hermano Félix era responsable de la dirección de uno de
los mejores institutos de ese género, le pedía a mi vez que apoyase
mi petición ya que me sentiría feliz con la posibilidad de estudiar y
trabajar, asimilando las experiencias y recibiendo su apoyo.

El instructor reafirmó su sencillez, exponiendo que la obra por la


que respondía quizás no cubriese nuestras expectativas pero se
comprometía –resaltó Félix, sin alarde– a favorecer los estudios
que emprendiésemos. Viendo mi entusiasmo, Neves no dudó en
compartir mis propósitos.

Haría una petición idéntica.

Nuestro interlocutor, conmovido, aclaró que eso le reconfortaba


sobremanera porque, atendiendo a dictámenes de afectividad y
reconocimiento, había conseguido permiso para recoger a Beatriz,
en su propia residencia, tan pronto la esposa de Nemesio pudiese
retirarse de la esfera física. Después de la desencarnación, la
hospedaría allí junto a Neves el padre que ella nunca apartó de su
recuerdo, esto, constituiría para él una gran alegría.

Ambos disfrutarían de una bendecida convivencia, se


regocijarían unidos recordando el pasado y proyectando nuevos
planes de trabajo y alegría.

Mientras el corazón paterno de Neves se deshacía en


agradecimientos, Félix se despidió afectuosamente.

4
Ciudad consagrada a la educación y reajuste del alma, en el plano espiritual (nota del
autor espiritual).

137
ANDRÉ LUIZ

Intentando rehacernos esbozábamos proyectos, ideando


medidas de acción.

Neves se notaba lleno de nuevas energías y esperanzas.


Esperaría a su hija, confiando en el futuro. Deseaba el reequilibrio
total, ansiaba reeducarse para serle más útil.

Emplearía todos los recursos para ampararla y fortalecerla.

Eufóricos, deliberamos concentrar a partir del día que ya


apuntaba, todas nuestras actividades de vigilancia al lado de Doña
Beatriz, a punto de dejar su cuerpo enfermo, y, conociendo que la
casa de los Nogueira también requería nuestra presencia,
debíamos relevarnos en el servicio.

Neves consideró, con razón, que su hija se acercaba al momento


final y que recelaba de no disponer de la serenidad suficiente si
surgiesen muchos obstáculos y se encontrase solo.

Era humano. Adoraba a su hija enferma. Quería alentarla,


protegerla, aunque no se viese con el merecimiento suficiente para
brindarle mayor apoyo y consuelo.

No sería del todo conveniente que estuviese, con carácter


permanente en casa de los Torres, mientras yo me reservaba el
compromiso de cooperar en la pacificación de los Nogueira.

Eso sucedería sólo por algunos días, hasta que la liberación de


Beatriz se consumase.

Tanto como me fuese posible, podría, por mi parte, volver con


él, compartiendo el clima de la hija agonizante, donde nos
acomodaríamos a los imperativos de nuestra edificación moral,
estudiando y sirviendo para lograr un más alto rendimiento del
tiempo.

138
SEXO Y DESTINO

Estuvimos de acuerdo en aquellas premisas sensatas.

De esta manera, regresé avanzada la mañana, al piso de


Claudio, con el propósito de investigar, a solas, el ambiente que me
permitiría poner las bases para cumplir mejor el deber asumido.
Debía conocer los detalles que pudiesen convertirse en hechos de
mayor importancia de un momento a otro, descubrir puntos de
apoyo, tomar contacto y, si fuese posible, oír personalmente a los
dos hermanos desencarnados que allí representaban tan
lamentable papel.

Entré. Allí estaba Doña Marcia hablando con la empleada del


hogar, comentando las secuencias divertidas de un programa de
televisión que la familia acababa de ver.

Todo en calma, los vampiros estaban ausentes, limpieza y


orden.

En un instante determinado, la figura de Marita vino a mi mente.


Me había afectado la pobre chica.

Era una hija espiritual a la que debía resguardar con solicitud.

Con desasosiego, me fui a la calle y no pasando mucho tiempo,


llegué a la tienda donde atendía con simpatía a los clientes.

La abracé paternalmente, dándole en silencio votos de paz y


optimismo. Ella respondió, de forma instintiva con ideas vagas de
reequilibrio y esperanza.

Se notaba su mejoría.

El amparo magnético realizado había sido muy efectivo. No


sabía porqué, pero se sentía más tranquila, más fuerte.

139
ANDRÉ LUIZ

Había reposado y restaurado sus fuerzas. Retomó el gusto por


el trabajo, charlaba animadamente mientras seleccionaba las telas
estampadas.

Mi presencia hizo que despertasen nuevas ideas.

Al margen de las conversaciones con las clientas, empezó a


pensar, a pensar…

Tras unos minutos, presionada por los recuerdos, llamó por


teléfono a Doña Marcia preguntándole si tenía pensado ir a
Copacabana y al escuchar su respuesta afirmativa, rogó a la madre
adoptiva que quedase con ella a las cuatro. Comerían juntas pues
quería comentarle algo.

Llegué a la conclusión que sería mejor dejarla sola en el trabajo,


donde podría interferir y aguardé la ocasión adecuada para
enterarme de actividades o problemas donde pudiese prestar
alguna ayuda.

A la hora prevista acompañé a madre e hija hasta un pequeño


restaurante, considerando la gravedad de la tarea que se me había
encomendado.

En un clima propicio a las confidencias, Marita se desahogó con


dificultad, iniciando la conversación, discreta y humilde.

Pidió a Doña Marcia que le perdonase los hechos que iba a


comentarle, ya que ella no tenía la culpa.

Era consciente de la amargura que llegaría a su alma, daría todo


para no herirle, pero sentiría remordimientos si no le contase lo
que había pasado.

Había dudado mucho antes de tomar esta decisión, pero como


se sentía una verdadera hija, debía contarle todo.

140
SEXO Y DESTINO

Y, con ingenuidad de joven inexperta, relató todo lo que Claudio


le había dicho y hecho, sin perder un solo detalle. Se había
asustado y sufrido mucho ya que jamás lo hubiese imaginado. Si
tuviese otros parientes, no dudaría en mudarse para evitar un
escándalo, pero se sentía muy dependiente, sola. La única familia
que tenía eran ellos, los Nogueira, cuyo apellido llevaba con orgullo
desde la infancia. Estaba desorientada, recelosa y quería que le
aconsejase que hacer.

Doña Marcia la escuchaba sonriendo sin dejar de saborear el


café que estaba tomando. Semejante falta de sensibilidad enfrió un
poco a la joven que resumió, cuanto pudo, las confidencias que
quería ampliar y, con indecible sorpresa, no solamente para Marita
que aguardaba sus comentarios con ansiedad, sino también para
mí, que no contaba con la astucia previa de Claudio, Doña Marcia
expresó en su semblante una absoluta incredulidad y expuso a
Marita que su marido, el día antes, tuvo una conversación con ella,
y la hizo saber ciertas recelos que tenía. Le había dicho que aquella
noche no le había contado todo porque estaba todavía asombrado
de lo que ocurrió y creía que debía reflexionar más sobre el asunto
antes de llegar a ninguna conclusión.

Pero, después de meditar mucho sobre ello, creía que Marita


necesitaba atención psicológica.

Doña Marcia adoptó un tono de voz en el que se conjugaban


inquietud y advertencia y continuó informando, informando…

Le había dicho Claudio que se sintió muy aliviado al verla entrar


en la habitación aquel día, ya que unos minutos antes, al despertar
a la hija adoptiva que se encontraba sonámbula, se lanzó a sus
brazos besándole y emitiendo frases inconvenientes, lo que
provocó su reacción, y de ahí que la esposa oyese las voces con las
que se había asustado.

141
ANDRÉ LUIZ

Le comentó que había reflexionado mucho y acabó aceptando la


hipótesis de un desequilibrio psíquico en la joven. Le pidió su
apoyo para que Marita pudiese recibir tratamiento profesional. El
asumiría los gastos necesarios y todavía haría más…

No escatimaría esfuerzos para que un viaje a la Argentina


restaurase sus energías, evidentemente alteradas.

Ante la estupefacción que nos dominaba, la señora Nogueira


adoptó una actitud de consejera.

Recomendó a Marita que procurase olvidar, distraerse. Explicó


que no había acudido al encuentro con el objetivo de abordar el
tema. Ante las alegaciones de la hija no encontraba otra salida que
abrirle su corazón. Esposa y madre, defendería la paz de todos. No
debía tomar partido. Claudio efectivamente, tenía como marido,
cuentas que rendirle a ella por sus ingratitudes, eso sí. Pero, en lo
tocante a las hijas, siempre había tenido la conducta de un padre
ejemplar y no era justo incriminarle. Todo aquello no pasaba de ser
producto de la imaginación enfermiza de una joven en edad de
enamorarse.

Y el machaqueo verbal volvió a los estribillos del pasado. Las


fiestas de Araceli, sus compañías, sus desilusiones…

Observando en la mirada de la joven la penosa impresión que le


producían tales recuerdos de su madre, Doña Marcia, sin disponer
de un amor más profundo para conmover a la chiquilla, modificó la
táctica afectiva y contó historias que conocía en que los
sonámbulos hacían diversas cosas.

Argumentó que Claudio y ella, ante este hecho, que analizaban


con el cariño de unos verdaderos padres sin que les moviese el
más mínimo espíritu de censura, se habían acordado que ella, de
niña, se despertaba muchas veces gritando en la noche, enfadada y
quejándose de terrores inexplicables.

142
SEXO Y DESTINO

La habían llevado al médico, que la recetó calmantes. Recordó


con buen humor, que un viejo amigo de la familia les dijo que la
niña tenía nictofobia y que ambos lo habían buscado en el
diccionario aprendiendo que esa palabra significaba “miedo a la
noche”.

Doña Marcia se rió de aquellas evocaciones graciosas.


Totalmente ajena a la importancia del asunto. Acarició los hombros
de Marita y la aconsejó que obrase con más cordura.

La joven, perpleja, tanto como yo mismo, no tuvo ánimo para


desmentir nada. Ignoraba como desliar la madeja que el seductor
había entretejido. Prefirió actuar como una niña, aparentando
aprobación en silencio.

En su interior, sin embargo, se rebelaba.

Claudio había sembrado la confusión y la madre adoptiva cayó


en la trampa.

No disponía de recursos para probar la verdad. Sólo le cabía


aguantar y esperar.

Doña Marcia, con el claro propósito de evitar el problema y


además, expresando en aquel momento una elogiable sinceridad
compasiva hacia la joven, le invitó a que fueran juntas de tiendas.

Marita aceptó, conforme, y el entendimiento malogrado quedó


atrás, superficialmente, sirviéndonos a nosotros de aviso grave
para que reforzásemos todo el sistema de vigilancia dentro de
nuestro compromiso asistencial.

Pasaron cinco días sin acontecimientos dignos de mención.


Hacía exactamente una semana de contacto con los nuevos
amigos, cuando, compartiendo las tareas e inquietudes de Neves,
vino a buscarme un compañero a quien había solicitado

143
ANDRÉ LUIZ

cooperación. Me dijo que una señora había ido al banco donde


trabajaba Claudio, buscándole para un asunto que nos interesaba
conocer.

Me dirigí al banco, a la sala de espera contigua a la espaciosa


oficina donde trabajaban muchos empleados. La dama aguardaba a
Nogueira, ausente en ese momento.

La recién llegada vestía primorosamente, con el aspecto de la


mujer que después de perder las ilusiones, acaba haciendo
negocio de los placeres que ya no es capaz de gozar.

Estaba observando al personaje que se incorporaba a nuestra


historia cuando Claudio se presentó, jovial y con buen aspecto.
Junto a él, el acompañante desencarnado, como si fuese su propia
sombra. Admiraba al verles visceralmente asociados, pensando y
hablando en absoluta simbiosis.

Se conocían ambos, ya que él la llamó “madame Crescina”


saludándole familiarmente e iniciando una conversación en
cuchicheos, mostrando que ambos estaban acostumbrados, de
forma natural, a los secretos que se dicen al oído.

¿Alguna novedad? –preguntó él, frotándose las manos, con la


sonrisa pícara de quien anticipaba diversiones.

La visitante expuso, tímidamente, los motivos que le habían


llevado allí.

Había estado con Marita, la hija adoptiva, horas antes y,


sinceramente –informada–, no había podido negarse a la petición
que le había hecho, bañada en lágrimas.

Ante la mirada atenta de Claudio, siguió diciendo que la joven


deseaba encontrarse, la noche siguiente, con Gilberto, un joven
que de vez en cuando, frecuentaba la casa de citas. Había escogido

144
SEXO Y DESTINO

para ello una habitación alejada, la número cuatro, por ser más
reservada y acogedora. La pobre niña –decía, compadecida– se lo
había pedido de forma confidencial. Había accedido abatida,
nerviosa. No se había podido negar, ya que también era mujer y
tenía dos hijas…

Pero no se trataba sólo de eso. Marita le había recompensado


espléndidamente para que se encargase de hacer llegar una carta
al hijo de los Torres.

Y, ante los ojos asustados del amigo, que acumulaba la


curiosidad y ansiedad del vampiro, la confidente sacó de su bolso
una hoja en la que la joven imploraba a su amor que fuese a verla,
a las ocho de la tarde, al lugar indicado. No le iba a incomodar, que
no estuviese receloso. Rogaba su presencia y solicitaba su res-
puesta.

Claudio leía y leía, entre celoso e indignado. Si –reflexionaba–,


era el cúmulo del sarcasmo. ¡Gilberto la iba a poseer de aquella
manera! ¡La habitación del fondo, la número cuatro!...

¡La conocía, claro que sí, y vaya coincidencia! Era el lugar que él a
veces escogía para sí mismo, cuando iba a la casa de madame
Crescinia para su placer y entretenimiento… ¡Marita, sin saberlo,
compartía sus preferencias!... El despecho atenazaba su corazón,
mientras “el otro” se disponía a enlazarse más a él, reflejando en su
rostro una amplia expresión de astucia.

La empresaria de correrías nocturnas interrumpió la pausa,


insistiendo en que no podía eludir aquello, pero resaltó, ladina, que
Claudio era cliente de su casa y por eso, le ponía al corriente de los
hechos, no sólo por lealtad a los clientes, sino por evitar
acontecimientos susceptibles de atraer las miradas de la policía,
que nunca había interferido en sus negocios.

145
ANDRÉ LUIZ

Por eso, informaba de todo y pedía consejo. Nogueira reprimió


su cólera y le vi interesado en concentrarse mentalmente,
indagando en su mente, en busca de ideas.

Ignorando que se había acostumbrado a absorber las


sugestiones de una inteligencia ajena a él mismo, buscaba
ávidamente sus estímulos, creyendo naturalmente que llamaba a
las puertas de la imaginación para hallar una salida.

Obsesor y obsesionado intercambiaron impresiones, de mente


a mente en momentos de ajuste silencioso, que un observador
terrestre interpretaría como una vertiginosa fabulación, y los dos
llegaron a un acuerdo implícito.

Llegué a esa conclusión, de manera superficial al verles


repentinamente serenos, ya que no me sentí capaz de comprobar
sus planes, forzado como me encontraba, a dividir mis
observaciones entre ellos y la recién llegada, cuyos informes y
detalles no podía perder.

Claudio esbozó una sonrisa forzada y pasó a agradecer la gentileza


de que era objeto, empezando a citar las alegaciones fantásticas que
había comenzado a elaborar.

Le dijo a la amiga, sorprendida, que Marita posiblemente estaría


en breve comprometida para casarse con el joven y que, no
obstante él considerase el encuentro mencionado una mera
irreflexión de chicos jóvenes, estaba de acuerdo en que madame
Crescina llevase la carta, consintiendo la cita.

Trató de expresarse con buen humor, diciendo que los


chiquillos se habrían enfadado y esperaban reconciliarse. Si, no iba
a poner ningún obstáculo. Prefería aconsejar a su hija al día
siguiente.

146
SEXO Y DESTINO

Mientras, añadió después de reflexionar un minuto con el amigo


invisible, le daría una gratificación, ya que teniendo un interés
paternal en que se produjese el encuentro entre los dos jóvenes a
los que se permitió llamar “casi novios” le pedía que entregase la
carta a las dos de la tarde, hora en que Gilberto estaría en la oficina
con toda certeza.

Doña Crescina prometió así hacerlo, recogiendo la cantidad que


Claudio le dio y diciéndole que llamaría a la joven después del
ajuste. Se sonrieron y dieron un apretón de manos.

Una vez solo, Nogueira, siempre enlazado por el obsesor, no


reflexionó más.

Se aproximó al teléfono y dudó por un instante. Pensó consigo


mismo que esa era la primera vez que se iba a dirigir al joven que
detestaba.

La duda no duró más que unos segundos. Marcó, resuelto, el


número de Gilberto.

Cuando el joven le atendió al aparato, formuló la consulta,


modulando cortésmente la voz. Si era posible, deseaba hablar con
él y pedirle un favor que era ventajoso para ambos, pero le rogaba
la máxima discreción, era algo muy personal.

El joven tartamudeó al otro lado de la línea, mostrando viva


emoción y estuvo de acuerdo.

Quedaron a las once en punto.

Claudio iría en taxi a comer a casa, en Flamengo y le esperaría


en el Lido.

Que el joven no se preocupase, se conocían bastante, aunque


no hubiese habido contactos personales.

147
ANDRÉ LUIZ

Además le sería fácil localizarle, sabía cual era su coche.


Efectivamente, pasados algunos minutos, estábamos los cuatro,
Claudio, Gilberto, el obsesor y yo, en el lugar indicado.

El joven, muy pálido parecía un alumno culpable que comparece


delante del profesor, pero la sonrisa amplia y calculada con que
fue recibido, le tranquilizó de inmediato.

Caminaron juntos, intercambiando banalidades hasta que se


instalaron en un rincón del bar.

Claudio, fumando, se esforzaba todo lo posible por aparentar


naturalidad.

Totalmente ligado al vampiro que siempre se mantenía con él,


comenzó diciendo al hijo de Nemesio, que entendía su situación,
que sabía su interés por Marina, su hija legítima y que, en su
condición de padre, aún cuando quisiera preservar su felicidad, no
debía entrometerse en la pareja, pero, realzó dramáticamente,
había criado a Marita como a una hija, la amaba tiernamente y
deseaba también para ella el mismo bienestar que soñaba para la
otra.

Gilberto, inexperto, le escuchaba conmovido.

Claudio, aparentando una enorme condescendencia, dijo que en


verdad, atribuía al destino la coincidencia que había observado, ya
que se hallaba convencido de que ambas jóvenes le querían,
quizás con un afecto similar.

Comprobé, con asombro, la máscara de paternal ternura con


que Nogueira cubría su semblante. En su interior, mantenía una
repulsa dura y violenta. Disimulaba, hábilmente, sus impulsos de
aplastar al hijo de Beatriz que, satisfecho y tranquilo, asentía a sus
afirmaciones.

148
SEXO Y DESTINO

Reprimiéndose, continuó con astucia.

Resalto el hecho de que Marita, del afecto había pasado a sentir


una pasión desbordada que incidía, por desgracia, en su salud
física y mental. Estaba preocupado y afligido. Debía encontrar
ayuda para superar las dificultades, pero necesitaba la
colaboración del joven, para que Marita pudiese sufrir menos.

Contaba con él, y ante el asentimiento del joven, bajó el tono de


voz diciéndole, en tono confidencial, que Marita le había escrito
una carta. Con interés paternal, preguntó si Gilberto la había
recibido. Ante la respuesta negativa del joven, le explicó el
contenido de la carta donde le rogaba acudiese a un encuentro esa
misma tarde. El había leído la misiva, sin que la joven se percatase
de ello y repitió a Gilberto el contenido exacto de la petición.

Después de representar este papel, rogó al joven dos favores:


responder por escrito, afirmativamente, indicando que estaría en el
lugar de la cita y luego, abstenerse de comparecer allí.

Dijo que la chica estaba desorientada, enferma y que se temía lo


peor, un choque emocional de consecuencias difíciles de preveer.
Por eso, le rogaba su cooperación. Por su parte estaba arreglando
los papeles para que Marita y su esposa pudiesen ir a la Argentina
en un viaje de recreo. Dadas las circunstancias esperaba que
Gilberto, aunque era libre de tomar cualquier decisión, coincidiese
con él en que era la mejor manera de evitar males mayores. Si
estaba de acuerdo, él, Claudio, iría a buscarla al lugar de la cita, no
sólo con la noticia positiva del viaje, sino también para presentarle
disculpas en nombre del joven, por no haber acudido a la cita.

Esto último, dada su posición de padre comprensivo, lo haría


mostrando un tacto excepcional.

149
ANDRÉ LUIZ

Consultó con Gilberto la posible razón de la excusa por la que


no comparecería, si debía exponer un problema de negocios,
situación familiar o un viaje de servicio inesperado fuera de Río.

El hijo de los Torres oyó todo esto, encantado.

La propuesta le pareció de lo más sensato. Además, respiraba


feliz. Comprobaba que había encontrado a alguien que le iba a
llevar, paso a paso, a liberarse de un compromiso que le pesaba
demasiado en la conciencia.

Llegado a este punto, Gilberto se desinhibió, perdiendo los


resquicios de desconfianza con que había iniciado la conversación.
Ajustó la máscara fisonómica a sus propias conveniencias,
afirmando que tenía con Marita una buena amistad, como un
hermano, nada más. Destacó que había notado en ella ciertas
alteraciones que no le gustaban y que estaba inequívocamente
muy atraído por Marina, había decidido apartarse de Marita,
esperando que el tiempo y la distancia la hicieran olvidarse.

Claudio escuchaba, boquiabierto, admirando la delicada frialdad


de las justificaciones del joven, preguntándose a sí mismo cual de
los dos fingía mejor.

Muy animado, Gilberto expresó que comprendía las


aprensiones y recelos del padre y que aceptaba ampliamente sus
buenos consejos y oficios. Escribiría a Marita comprometiéndose a
acudir a la cita, pero no aparecería allí, también porque Marina
había ido a Teresópolis por la mañana y quizás no regresase hasta
el día siguiente. El Sr. Nogueira, tal como se dirigía a él, buscando a
Marita a las ocho, estaba autorizado para comunicarle, de su parte,
que su madre se encontraba peor. No era mentira, porque la
madre se extinguía lentamente.

Claudio, una vez conseguido su propósito, reflejaba en el rostro


la satisfacción que sumada al voluptuoso placer del obsesor que le

150
SEXO Y DESTINO

asesoraba, parecía externamente interés afectivo, devoción de


padre.

Para acabar, quedó informado del viaje de su hija y comentó, en


términos cariñosos, la situación de Doña Beatriz, a quien él y
Marcia harían una visita. Hizo hincapié en los molestos
inconvenientes para una familia cuando uno de los miembros
padece una prolongada enfermedad, expresó frases de ánimo y,
aunque era un ateo confeso, llegó hasta exaltar la confianza que se
debe tener en Dios en tales circunstancias.

Una vez puestos de acuerdo, se despidieron con un efusivo


abrazo, mientras yo me desplacé del Lido a Flamengo,
penosamente intrigado, haciendo conjeturas sobre lo que iba a
suceder.

151
ANDRÉ LUIZ

Capítulo 13
Volví a Flamengo, con aprensión.

No había conseguido auscultar los detalles del plan oscuro que


se estaba formando. Los pensamientos de Claudio y del vampiro se
entrelazaban en extraños propósitos imprecisos.

Comuniqué rápidamente con el hermano Félix, resaltando la


necesidad de nuestro encuentro, pero me indicó que no podría
producirse hasta la noche5.

No era aconsejable pedir la ayuda de Neves, ya que debía estar


muy ocupado, las dificultades morales se extendían en un
laberinto y alguna amenaza podría frustrarnos objetivos y
movimientos. En cuanto a otros compañeros a los que podría
acudir, estaban muy lejos del tema que me ocupaba.

Era preciso, pues, actuar sólo, con mis propios medios.

5
Al existir en la tierra comunicaciones con micro aparatos para largas distancias,
donde se pueden intercambiar mensajes, no es necesario comentar las facilidades de
intercambio en el Plano Espiritual (Nota del autor espiritual).

152
SEXO Y DESTINO

El momento no era para perder energías en acciones inútiles.


Era necesario poner en marcha los recursos que tuviese. Para
intervenir sin dudas, juzgué prudente oír al acompañante
desencarnado de Claudio, al que no conocía. Al principio había dos,
pero en el momento actual sólo quedaba uno, el que me llamó la
atención por su inteligencia agudizada.

¿Sería justo investigarle, ver sus deseos?

Recordé experiencias anteriores, en que, unido a otros amigos


desencarnados había modificado mi aspecto externo, mediante un
profundo esfuerzo mental.

Aspiraba a hacerme visible frente a aquel ser enigmático que


habitaba en la casa de los Nogueira.

Podría transfigurarme, haciéndome más denso, como el que se


va probando ropa distinta.

Me situé en un lugar tranquilo, frente al mar. Oré, pidiendo


fuerzas.

Medité, en profundidad, componiendo cada particularidad de mi


configuración externa, espesando los trazos y cambiando el tono
de mi presencia habitual.

Pasó casi una hora de difícil elaboración, hasta que creí que ya
estaba en condiciones de mantener la conversación.

No podía perder un minuto.

Avancé hacia la casa y llamé a la puerta, ceremonioso.

Sucedió como había previsto, ya que el socio invisible de Claudio


acudió a abrir.

153
ANDRÉ LUIZ

Me miró de arriba abajo, desconfiado, escudriñando mis


propósitos.

Me rebajé, vulgarizando mi lenguaje cuanto pude. Tal actitud era


indispensable para obtener informaciones. Atento a eso, mostré
absoluto desinterés por los habitantes de la casa, centralizando en
él mi atención. Dije que estaba buscando a un amigo y pregunté
por el otro compañero que había visto, allí, días antes. Los vi juntos
en aquel lugar cuando yo iba por el pasillo, pero pasaba por allí con
prisa hacia otras obligaciones. Pero tenía la impresión de que el
compañero con quien me quería encontrar era él.

Esa fue la idea más simple que se me ocurrió, conversando con


espíritu sumiso y fraternal, de forma natural, para poder ganar
algo de confianza y afecto.

El pareció sensibilizarse y me trató con la generosidad accidental


de un hidalgo que no se desmerece por dar algo de consideración
a un mendigo.

De robusta y enorme complexión, me puso su mano derecha en


mi hombro con el gesto de quien despide a alguien inoportuno de
forma cortés. Me analizó e hizo más preguntas.

Informado del momento exacto en que les vi reunidos y


reconociendo los detalles que yo le había mencionado, aclaró
tratarse de un amigo que se hospedaba con él, de cuando en
cuando para reconfortarse con unos tragos, pero que en aquel
momento, no se encontraba allí. Por lo que sabía, se encontraba en
una casa de Braz de Pina, cuya dirección me dio.

Lo lamenté. Le pregunté cómo se llamaba, me sentía muy


reconocido y volvería a Flamengo en otra ocasión. Quería saber su
nombre para llamarle así a mi vuelta si tuviese que preguntar por
él a otras personas.

154
SEXO Y DESTINO

No se hizo de rogar. Respondió cortésmente. Se llamaba Ricardo


Moreira. Bastaría que le llamase tan sólo Moreira. Era muy
estimado y contaba con muchas relaciones y afectos en el edificio.
Si le veía de nuevo, en compañía del colega por el que yo había
preguntado, que no dejase de reconocerle.

Hasta ahí, todo bien. Pero era necesario examinar sus más
íntimas reacciones.

Era imprescindible conocerle, sopesar sus posibilidades. Le dije


que estaba cansado, deprimido. Si era allí el mayordomo, que me
permitiese la gentileza de entrar, aún por breves instantes para
rehacer un poco mis fuerzas, como un acto de bondad fraterna.
Solo algunos minutos. No tenía ningún ambiente humano amigo.

Ahí se operó un gran cambio.

Vi que perdía la posición que había ganado.

Moreira me atravesó con una mirada terrible, que llegó a mi


como una puñalada vibratoria.

Emitió algunas frases irónicas y gritó que aquella casa ya tenía


dueño, que entre los “sin cáscara” 6 quien mandaba allí era él y
para atravesar la puerta habría que pasar por encima de él, que yo
tenía la ancha calle para dormir y terminó, agresivo:

–¡Qué se te ha perdido aquí! ¡vete fuera, fuera!...

No me quedó otra alternativa sino bajar por las escaleras


rápidamente, porque avanzó hacia mí con los puños cerrados.

Regresé al rincón al lado del mar y recé.

6
Nombre peyorativo conque en el argot de los planos inferiores se designa a los
espíritus desencarnados (nota del autor espiritual).

155
ANDRÉ LUIZ

Una vez recuperé mi condición anterior, volví a la casa.

En el interior, el matrimonio se disponía a comer, sirviéndoles


Doña Justa el almuerzo.

Moreira, que ya no podía distinguirme, estaba sentado en la


misma silla que Claudio de tal manera que se alimentaba a la vez
que él, a través de uno de los numerosos procesos en que se
catalogan las acciones de ósmosis fluídica.

La conversación del matrimonio se desarrollaba sobre temas


superficiales, pero consultando la mente de Nogueira, me percaté
de que el tema del día circulaba activamente en el sistema de
unión mental que mantenía entre él y su acompañante invisible.

Observaba que ambos ansiaban noticias que les permitiesen


conexiones para el objetivo inconfesable que empezaban a
mostrar en su espíritu.

Ahora en la mesa, el dúo exteriorizaba sus intenciones en las


formas-pensamiento que surgían. Todo se aclaraba de repente.
Elaboraban el plan en silencio.

Abordarían a Marita, como dos cazadores lo harían con una


liebre. Gozaban por anticipado del asalto, se articulaban sus
pensamientos en lances disolutos.

Estaban decididos a sorprenderla, en la casa de Crescina, como


quien coge un fruto de un árbol.

Perplejo, descifré la trama por completo.

Claudio levantó la voz y, fingiendo ignorar el viaje de su hija,


preguntó a su mujer por Marina, mientras que, en el fondo, quería
noticias de la otra hija.

156
SEXO Y DESTINO

Doña Marcia respondió que él, posiblemente, se había olvidado


de que Marina dijo la víspera que iría a Teresópolis para un
negocio de la inmobiliaria. Su jefe no podía desplazarse allí y había
delegado en ella para representarle en algunas transacciones
importantes. Volvería sin duda, a la mañana siguiente. En cuanto a
Marita, había telefoneado desde Copacabana horas antes diciendo
que no la esperasen a cenar. Quizás tuviese que hacer horas extras
en la tienda, hasta más tarde.

El marido carraspeó y cambió de tema, comentando algunas


noticias políticas y la comida terminó sin más demora.

Con el ánimo de colaborar con eficiencia, preservando la


armonía general, me desplacé a la casa de Crescina, donde no tuve
mayores problemas para identificar el apartamento número
cuatro. Era un cuarto aislado, apartado del gran edifico de una sola
planta.

La vivienda, por la enorme extensión que tenía, aparentaba una


calma profunda, pero, por la ruidosa conversación de los
desencarnados menos felices que por allí alborotaban desocupados,
era posible imaginar las agitaciones de la noche.

Después de ir y venir por ese terreno, examinando situaciones,


vi a la dueña de la casa coger el teléfono. Me aproximé. Crescina
preguntaba por Gilberto, en la oficina de los Torres.

Una vez que contactó con él, quedó en visitarle a las dos de la tarde,
en media hora.

El programa se cumplió en toda su extensión. De vuelta,


Crescina llamó a la tienda y comunicó a Marita que Gilberto había
leído su carta y estaba de acuerdo en estar allí a las ocho.

Que ella aguardase, confiando que él iría.

157
ANDRÉ LUIZ

La pobre chiquilla se puso muy contenta, a la vez que mis


inquietudes crecían más y más.

Necesitaba redoblar las medidas de protección, entenderme con


algún amigo encarnado que tuviese relación con el grupo; sugerir
providencias que evitasen la consumación del proyecto; promover
circunstancias en que la ayuda viniese del azar, pero… Inútilmente,
fui de la casa de citas a la oficina, de la oficina a la tienda, de la
tienda al banco, del banco al apartamento de Flamengo… Nadie
extendiendo antenas espirituales con posibilidades de auxilio,
nadie rezando ni reflexionando… En todos los lugares,
pensamientos enraizados en sexo y dinero, configurando escenas
de placeres y lucros, con la receptividad anulada para intereses de
otro tipo. Incluso uno de los jefes de Marita al que me acerqué,
intentando sugerirle la idea de retener a la joven por razones de
trabajo hasta bien entrada la noche, al ver su imagen en la pantalla
mental, transmitida por mi, creyó estar en sus propios
pensamientos, inclinando el asunto para cuestiones salariales; se
concentró de pronto en las ventajas económicas, se aferró a las
cifras y a temas de legislación laboral y expulsó mi influencia,
pensando para sí mismo: “Esa chica ya gana lo suficiente, no le
daré ni un centavo más”.

No me quedaba ya más recurso que permanecer de centinela


en la casa de citas.

Inútiles, por tanto, todas las diligencias.

A las siete y media de la tarde, Claudio se presentó bien


arreglado, incluso con un pequeño peluquín que rejuvenecía su
aspecto.

Se detuvo para observar la casa de Crescina a corta distancia.


Mejor dicho, se detuvieron, él y Moreira, el obsesor que no estaba
menos interesado.

158
SEXO Y DESTINO

Les acompañé.

El marido de Doña Marcia entró en un café cercano para llamar


por teléfono. Marcó llamando a Fafá, el portero de la casa de citas.
Le rogó que saliese a buscarle, confidencialmente, asuntos de
negocios, no se iba a arrepentir de guardar el secreto. Se rieron
ambos por el teléfono.

El empleado, viejo bonachón en el que el alcohol ya empezaba a


excitar en aquellas horas verdes de la noche, vino deprisa. Atento y
astuto, aunque mostrase una sonrisa bondadosa en su rostro, que
tanto podría ser para bien como para mal, acercó su oreja a
Claudio, para oír mejor. Nogueira cuchicheó, solemne. Le pedía
ayuda urgente. Necesitaba aclarar algo sobre los jóvenes que se
reunirían en “la cuatro”. La joven era hija suya. No haría ruido ni
armaría escándalo, pero tenía que comprobar algo. Sin
complicaciones.

Era necesario reconocer al joven, para solucionar el problema


de familia, sin alardes. Recurría a su ayuda como a la de un amigo.
No podía negarse, por tanto.

Fafá dijo que le comprendía y que la joven ya estaba en la


habitación. La había visto sola, a través de la puerta entreabierta.
Estaba sentada en la cama, hojeando revistas. Y, ante las preguntas
que se acumulaban, confirmó que era la joven que él había visto
antes conversando con la dueña. Si, se acordaba del nombre. Era
Marita, sí. Claudio, más reservadamente, le pidió un “apagón”. Que
el conserje le hiciese el favor de quitar el fusible de la instalación
eléctrica. Reparar la avería exigiría unos quince minutos de
oscuridad. Eso era suficiente para que se enterase de todo, sin que
la patrona ni otros huéspedes notasen su presencia. Se situaría en
la oscuridad, en ángulo opuesto a la iluminación de la calle y, de
esta forma, identificaría al chico.

159
ANDRÉ LUIZ

El conserje, aunque semi-embriagado, adoptó una expresión


astuta y dijo que aquello era un problema serio, que haría lo que
Claudio le pedía, pero debía mantener el pico cerrado. Nada de
problemas con los polis.

Claudio pasó a las manos de Fafá discretamente dos billetes de


quinientos cruceiros, y el conserje, ya menos inquieto, preguntó
por la hora exacta de la acción, a lo que Claudio indicó que en diez
minutos, aguardaría que se produjese el apagón a las ocho en
punto.

Se separaron ambos y, cuando me perdía en dolorosas


conjeturas, mi espíritu se encontró con una agradable sorpresa.
Había sólo dado unos pasos en la calle y vi enfrente de mí al
hermano Félix que me abrazó.

Me sentí muy conmovido. Verle y confiarle todas mis


inquietudes fue cuestión de segundos. De mis frases breves, el
instructor recogió toda la información.

Sin demora, fuimos a la casa de citas, cuyas lámparas se


apagaron de golpe cuando entramos. Tuve la idea de que eso era
algo frecuente, ya que la oscuridad no produjo la menor alarma.
Algunas velas chisporroteaban aquí y allá.

Nos encaminamos a la habitación aislada.

Claudio estaba parado en la puerta, enlazado por el vampiro.


Ambos yuxtapuestos el uno al otro. Duplicidad de sentimientos e
iguales propósitos. Ambos estaban emocionados, con los
corazones palpitando, saboreaban con antelación la presa que no
se les escaparía.

De cerca, observé que ambos se encontraban bajo el halo de las


energías balsámicas de Félix, pero aquel fenómeno admirable para
ellos era como si no existiese.

160
SEXO Y DESTINO

Ante aquel cuadro inquietante y tierno a la vez, me imaginé a


dos lobos humanizados a los que un piadoso emisario de los cielos
intentase, inútilmente transmitir la palabra e inspiración de
Jesucristo.

Se encontraban los dos en un charco mental de lascivia, con tal


voracidad, que no cabía allí, en ese volcán de apetitos sexuales el
menor resquicio por el que pudiese entrar alguna idea elevada.

Un fuerte perfume invadió mi olfato desprevenido. ¿Dónde


había olido algo semejante? Lo recordé, con espanto. Aquella era la
colonia que usaba Gilberto. Lo había olido en la entrevista que
mantuvo con Claudio en Lido. Seguí observando y me percaté que
Claudio había tenido idéntico cuidado en vestirse como el joven,
incluso el tamaño y nudo de la corbata. No había olvidado ni un
detalle.

Antes que Félix y yo pudiéramos estudiar alguna medida de


contención, el dúo entró en la habitación.

Nosotros, que podíamos ver en la oscuridad, vimos a la pobre


chiquilla levantarse, susurrando frases de arrebatadora pasión y de
intensa nostalgia, abriendo, ansiosa, los brazos, sin temer nada…
Creía encontrarse frente a su amado… Era él, no debía recelar…

En aquel instante, en todas sus intenciones había sólo un


pensamiento, un deseo, entregarse…

Claudio y el otro, temblando de emoción, se mantenían en


absoluto silencio.

Nada se podía hacer por evitar el indeseable encuentro.


Nogueira, actuando por él y por el acompañante, la atrajo hacia sí y
la besó apasionadamente.

161
ANDRÉ LUIZ

La joven indefensa, hipnotizada por sus propios reflejos, se


abandonó, vencida…

El hermano Félix, alcanzado por sentimientos que yo no podía


valorar, dejó el recinto acompañado por mí.

Llegados a la puerta de entrada vi que el benefactor, transido, se


detuvo con los ojos fijos en el cielo…

En cuanto a mí, confuso, no me sentía capaz de articular una


oración. ¡Nada hice sino callarme, reverente, delante del agobiado
corazón paterno, que venía de las esferas superiores para
deshacerse allí, en un suplicio indecible, velando a través de la
oración muda que se reflejaba en su exterior en gruesas
lágrimas!...

Hombres, hermanos, aunque no podáis vivir con santidad, por


los instintos inferiores que atenazan vuestras almas, todavía
animalizadas por las duras deudas de un pasado culpable,
¡reducid, todo lo que podáis, lo que desvíe del bien a vuestras
conciencias! ¡Si no lo hacéis por vosotros, hacedlo por los muertos
que os aman de otras vidas más bellas!... ¡Disciplinaos, por respeto
a ellos, guardianes invisibles que os extienden las manos!... ¡Padres
y madres, esposos y esposas, hijos y hermanos, amigos y
compañeros que suponéis perdidos para siempre, en muchas
ocasiones están a vuestro lado, acrecentando vuestra alegría o
compartiendo vuestro dolor!... ¡Cuándo estéis a punto de resbalar
por los despeñaderos de la delincuencia, pensad en ellos! ¡Os
sirven generosos, indicándoos el camino, en la noche de las
tentaciones, como la luz de las estrellas remueve las tinieblas!
¡Vosotros, que respetáis a las madres y a los ancianos que
envejecen en la abnegación, que todavía están en el mundo,
compadeceos también de los muertos convertidos en afectuosos
cirineos, que comparten con nosotros la cruz de las merecidas
pruebas, en dolorido silencio, cuando la mayoría de las veces no
somos dignos siquiera de besarles los pies!...

162
SEXO Y DESTINO

¡Delante de Félix, en llanto amargo, mi corazón imperfecto y


pobre, recorrió el Evangelio y se confortó al recordar que Jesús, el
Divino Maestro, fue también el amigo sensible y cariñoso, al llorar
un día en la Tierra, ante Lázaro muerto!...

Pasados casi veinte minutos, volvió la luz y se oyó un grito


agónico, en que el espanto y el dolor se mezclaban con terrible
acento.

Marita, con la rapidez de una corza desgarrada, saltó por la


ventana y desapareció, desaliñada.

Antes que nos fuese posible intentar cualquier socorro, alguien


llegó, apresuradamente, a la puerta del aposento, abriéndola con
furia. Era Doña Marcia.

Nogueira, asistido por el amigo desencarnado, se recompuso en


un instante y, al verse frente a la esposa, esbozó una sonrisa cínica,
diciendo, mordaz:

–¡Era lo que faltaba!... ¿Tu también aquí?...

Doña Marcia, que se entretenía jugando a las cartas con las


amigas, no lejos de la casa de Crescina, con quien mantenía una
cierta amistad, fue informada por ella de la llegada del marido,
indicándole que quizás pelease con los dos jóvenes.

El conserje, temiendo complicaciones había dicho a la patrona


cuanto sabía, y ésta, a su vez, creyendo que Marita y Gilberto
estaban juntos, no dudo en pedir la presencia de Doña Marcia,
para evitar mayores desastres.

La señora Nogueira, al llegar, inquieta, vio a la hija adoptiva que


salía corriendo y, topándose con el marido, decepcionado, sólo en
la habitación, comprendió en un instante todo lo que había
ocurrido…

163
ANDRÉ LUIZ

–¡Canalla! –bramó, indignada– ¡y yo que no creí a esa infeliz


criatura! ¡Lo podría haber evitado!...

La voz de la recién llegada asumió una dolorosa inflexión:

–¿Cómo es que tú no lo pensaste? Tengo todos los papeles de


Araceli, todas sus cartas… ¡Ella nunca estuvo con otro hombre,
salvo contigo!... ¡Tú no supiste nunca de su última carta, en que ella
me entregaba a la niña diciendo que prefería morir para que yo
fuese feliz!... La memoria de esa mujer, pobre y leal, es lo único
bueno que tengo en mi corazón… El resto lo destruiste tú… ¡Ah,
Claudio, Claudio!... ¿A que bajezas somos capaces de descender?...

¡Loco! ¡Tu ultrajaste a tu propia hija!...

El se apoyó tambaleante en la puerta, como fulminado por un


rayo. Doña Marcia estalló en sollozos. Mientras, por nuestra parte,
era forzoso salir de allí.

164
SEXO Y DESTINO

Capítulo 14
Félix y yo nos adelantamos al encuentro de la joven Marita que
apretaba el paso, humillada, aturdida.

De Lapa, donde se encontraba la casa de citas que acabábamos


de dejar, hasta Cinelandia, había ido casi corriendo.

Se sentía alcanzada por todos los vientos de la adversidad,


expulsada de la Tierra. Traicionada en sus más íntimos sentimientos
de mujer, la injuria experimentada trascendía para ella toda noción
de sufrimiento. Habría agradecido al hombre que había conocido
como padre el puñal o el veneno, pero no tenía fuerzas para
perdonar esta afrenta. La indignación sacudía sus miembros.
Temblaba desesperada. Sólo tenía una idea en su mente que crecía
por momentos: el suicidio.

Deseaba tirarse bajo las ruedas de los coches que veía pasar.
Morir… desaparecer… meditaba, llorando. Pero, debía vivir un poco
más. Quedaba un enigma por resolver: Gilberto. ¿Por qué no había
acudido, permitiendo la cruel sustitución? ¿Qué trama habría
habido entre ellos? Habría leído su carta, era su letra, escribió.

165
ANDRÉ LUIZ

Afirmando ir… ¿Por qué desistiría? ¿Cómo había sabido Claudio lo


del encuentro? ¿Por medio de Crescina?

Las preguntas sin respuesta la convulsionaban por completo.


Desvariaba. Le castañeteaban los dientes, intentando gemir.

¡Morir, morir!... –pedía, mentalmente, intentando apretar los


labios que se abrían sin voz.

Todavía tenía que hablar con Gilberto, sugerían los últimos


restos de su sueño desmantelado. Si, confirmaba en el torbellino
de los pensamientos descontrolados, era preciso oír a Gilberto…
aunque sólo fuese una vez. Era imperioso saber la verdad, morir
conociendo la verdad…

¿Quién sabe? Quizás el joven aportase un rayo de luz que


despejase las sombras… Si el dijese: “vive, vive para mí” conseguiría
olvidar el insulto de esta noche, y seguiría viviendo… De otro modo,
todo se acabaría…

Caminando apresurada e indiferente a la brisa que acariciaba


sus cabellos, no rechazaba, en espíritu, las mayores
demostraciones de ternura y consuelo.

Ninguna idea podía afinar con ella salvo la repulsión.

Decididamente, si Gilberto había participado en la trampa en la


que había caído, inocentemente, todo estaría acabado. Sólo le
quedaría el desprecio final.

Llegó al Largo del Paseo y paró un momento…

Se fijó, angustiada, en aquellos árboles frondosos que tanto le


gustaban… Las ramas balanceándose al viento parecían llamarle
para darle un abrazo de despedida… Marita sollozó, tuvo miedo,
pero siguió adelante… Atravesó la masa risueña de personas que

166
SEXO Y DESTINO

salían de los cines, se acordó de Gilberto y de ella misma, felices,


enamorados, comiendo palomitas de maíz; siguió, siguió adelante
entre la multitud. Una vez que llegó a la Plaza del Mariscal Floriano,
se sentó para descansar su cerebro atormentado…

Se sentía totalmente sola, completamente desamparada. Con la


cabeza entre sus manos, quería encontrar alguna idea que le
permitiese salir de aquel laberinto de angustia.

En vano, el hermano Félix al abrazarla, le susurraba conceptos


de paciencia y cordura, inútilmente se refería a la bondad y al
perdón. Aquel corazón joven, aunque bondadoso, parecía ahora un
lago cristalino al que un volcán oculto hacía herir. En su interior, las
ondas del pensamiento huían precipitadamente. No había lugar
para la receptividad, el equilibrio o el silencio.

En su mente turbada, surgió una idea que le hacía vislumbrar un


rayo de esperanza. ¡Telefonear!...

Podría llamar a la residencia de los Torres. Gilberto,


indudablemente estaría con su madre enferma. Además de eso,
Marina había viajado por la mañana. Una razón más para que no
se apartase de Doña Beatriz. Aun así –reflexionó–, era probable
que él, al otro lado del hilo telefónico le engañase. Una
insoportable desconfianza le amargaba el corazón como una raíz
espinosa. Sin embargo, no veía otra solución mejor. ¡Conversar!
¡Oírle! ¡Tenía sed de verdades, deseaba saber, saber!...

En su mente atribulada chocaban razones de todo tipo… No, no


volvería a la casa de Flamengo… Entre volver a la casa de los
Nogueira y morir, prefería morir…

Analizó las circunstancias y así misma, meditó, meditó…

Un pensamiento extraño asomó en su mente. Ocultar, fingir.


Para alcanzar la verdad, mentiría.

167
ANDRÉ LUIZ

Entraría, sí, en el juego con la mentira, como su baza final.

Marita sabía que ella y su hermana Marina, tenían una voz y


expresiones parecidas, fruto de la intimidad y la convivencia juntas.
Llamaría a Gilberto haciéndose pasar por su hermana, intentando
imitar su conversación. Simularía estar volviendo, de repente de
Teresópolis. El joven, de esta forma, confesaría todo lo que sentía
con respecto a ella.

La joven miró su reloj. Eran las nueve menos diez.

Quería un ambiente tranquilo para la conferencia. Se acordó de


Doña Cora, cliente de su tienda en Copacabana, que se había
hecho muy amiga suya y en cuyo apartamento acostumbraba a
telefonear en algunas ocasiones imprescindibles. Se levantó, algo
reanimada para dirigirse allí, y sólo entonces se percató de la falta
de su bolso que había perdido en la fuga. No tenía dinero, pero no
desistió por eso. Llamó al primer taxi que pasaba y preguntó al
conductor si podría llevarla hasta la casa para pagarle después.
Estaba sola y se le había pasado la hora. El taxista notó su tristeza y
timidez. Se compadeció de ella. Alegó que no tenía costumbre de
hacer eso pero que, en este caso, haría una excepción.

Seguimos junto a ella el breve trecho que nos separaba de


Copacabana.

Una vez llegados salió, y se hizo acompañar por el taxista al


apartamento de su amiga, que le recibió como ella esperaba. Dijo
avergonzada a Doña Cora que se hallaba en apuros y que
necesitaba algún dinero prestado que le pagaría al día siguiente. La
dueña de la casa, espontánea y bondadosa, no titubeó… Abrió un
pequeño cajón y dijo sonriendo: “sólo tengo cuatrocientos
cruceiros”. El marido no estaba. Marita, muy agradecida, le dijo que
bastaba con eso. Después de pagar al taxista, dijo a la señora que
había hecho horas extras, después había ido a Leblon a visitar a un
enfermo, indicando que ahora tomaría el autobús para casa. Antes

168
SEXO Y DESTINO

de eso, sin embargo, tenía necesidad de hacer una llamada


telefónica.

Era una conversación con una persona muy allegada.

Doña Cora le dejó sola en la habitación, diciendo gentilmente,


que la iba a preparar un café. Que hablase con toda libertad, que
nadie la iba a molestar. Sus dos hijos pequeños dormían hacía
mucho, y el esposo que había tenido que sustituir a un colega en el
trabajo, no iba a regresar hasta más tarde. La dueña de la casa se
fue a la cocina, dejándola sola en el salón.

Y allí, delante de nosotros, sin que se percatase lo más mínimo,


de nuestros corazones solidarios, Marita marcó el número,
tratando de apagar su emoción para imitar la alegría de su
hermana.

Escuchamos atentos el diálogo juvenil que quedaría en nuestra


memoria, grabado frase a frase.

–¿Residencia de los Torres?

–Si.

–¿Quién está al habla? ¿Gilberto?

–Sí, sí.

–¡Oh! Mi bien, ¿no me conoces?

–¿Conocer a quien?

–Yo, yo… Marina. Acabo de llegar…

169
ANDRÉ LUIZ

–¡Ah, ah! ¡Marina!... ¡Qué maravillosa sorpresa!... ¿por qué


tardaste tanto?... Estamos esperándote todos en casa… ¿Por qué
telefoneas?

–Quería saber, mi amor, si estás bien, si tuviste un buen día…

–¡Nostalgia!

–Yo también… mucha nostalgia…

–¡Vente!

–¿Y mamá? ¿está mejor?

–Un poquito.

–Escucha…

–¿Para qué hablar? Vente rápido para acá…

–Un momentito sólo… Escucha. Pasé rápidamente por casa, en


Flamengo, para hablar unas cosas con mamá… Estuve con dos
amigas en Teresópolis que me pusieron la cabeza como un
bombo… Estoy confusa, celosa…

–¿Qué pasa?

–Marita…

–¡Ah… Marita! ¡No tengo nada con ella!

–Pero yo supe…

–¿Supiste el qué?

170
SEXO Y DESTINO

–Que vosotros dos estáis comprometidos. Sé que andabais


juntos, pero tanto no sabía…

–¡Tonterías!

–Me dijeron tantas cosas que no pude desmentir…

–Una pérdida de tiempo. Hay tanta gente chiflada… ¿Entendiste?

–También estuve con papá ahora…

En ese punto de la conversación, Marita titubeó. Había oído lo


suficiente para sentirse desdeñada, abatida. Pero necesitaba llegar
al fondo del asunto. Era importante saber hasta donde podía
Gilberto haber llegado. No quería descubrirse, toda precaución era
necesaria para desvelar el insulto del que había sido víctima. La
pausa fue breve, sin embargo. Gilberto, al otro lado del hilo, dijo:

–Entonces…

–Explícate.

–Bien, creo que debes saber lo que pasó. El viejo me buscó… El


mismo telefoneó ¿sabes? Nos vimos personalmente para concretar
todo.

–Quieres decir que Marita…

–¡Imagínate! Me escribió pidiéndome una cita. El viejo supo todo


antes y me pidió que dijera que iba a ir, pero que no fuese
¿entiendes?

–¿Y cómo te las arreglaste?

171
ANDRÉ LUIZ

–Le escribí una nota, prometiendo verla, pero acordé con el viejo
que él mismo iría a buscarla. Esto lo propuso él. Tú verás, no podía
dejar de aceptar… Era la primera vez que me pedía algo…

–Estoy perpleja, nerviosa… No comprendo…

–El me pidió que escribiese la nota aceptando, para que Marita


no se pusiese peor. Me dijo que estaba deprimida y prometió que
iría a buscarla para aconsejarle y darle ánimos con una buena
noticia, un viaje a Argentina…

–¿Cómo?

–Argentina, un viaje a Argentina…

A esto siguió una carcajada y un comentario sarcástico:

–Un sanatorio, mi vida. Sanatorio u hospital. Para Marita sólo un


sanatorio y cuanto más lejos, mejor… Argentina para ella y
Petrópolis para nosotros…

En ese punto de la conversación, Marita se derrumbó.

Se apoyó en el mueble, incapaz de seguir hablando, ahogada


por los sollozos que salían de su pecho.

Escuchamos nítidamente, la voz del joven, a distancia, gritando:

–¡Marina! ¡Marina! ¿Qué pasa? ¡Dime, dime!...

La mano de la joven, llena de lágrimas colgó el auricular con la


tristeza de quien cierra, definitivamente las puertas del corazón.

Marita dedicó algunos minutos para recuperarse, arregló lo más


posible su aspecto y salió del salón.

172
SEXO Y DESTINO

Habló del dinero prestado diciendo a Doña Cora que le perdonase


las molestias.

Si ella no pudiese volver en persona, al día siguiente, Neli, su


compañera en la tienda, le pagaría, si ella no fuese a trabajar.

Doña Cora se rió, cordialmente. Le dijo que no se preocupase


por eso.

Le ofreció un café que la joven aceptó. Conversando, la amiga se


extrañó de ver su abatimiento, su palidez y los ojos que no
paraban de llorar.

Marita explicó, ensayando una sonrisa que no llegó a aparecer,


que tenía la gripe. La congestión no se le iba. Y, a propósito,
preguntó si era posible localizar a Don Salomón, el farmacéutico a
esas horas, pasadas las diez.

Quería su consejo sobre un antigripal. Tenía la cabeza pesada y


le dolían los pulmones.

La amiga tomó el teléfono y llamó inmediatamente diciendo a


Marita que el farmacéutico le esperaría. Estaba a punto de salir de
la farmacia, así que no debía demorarse.

Marita le dio las gracias, se despidió y nosotros seguimos sus


pasos.

Don Salomón, anciano tranquilo y complaciente, en cuya mirada


se adivinaba la mirada tierna de los que son servidores
espontáneos de la humanidad en los trabajos que ejercen, la abrió
solícito.

Ocultando sus intenciones, Marita le habló del resfriado. Dijo


sentir dolores, vértigos. El boticario, chapado a la antigua,
habituado a hacer de médico con los amigos en aquellos casos de

173
ANDRÉ LUIZ

menor importancia, le dijo que sacase la lengua. La examinó con la


práctica de muchos años viendo enfermos, sin encontrar motivos
de preocupación. Le puso el termómetro. No había fiebre.

Sonrió paternalmente, y le aconsejó irse a casa, a descansar. No


debía trabajar tantas horas extras hasta tan tarde, comentó
bonachonamente, y resaltó que la salud no se compra con nada.

Le prescribió aspirina y… reposo.

La joven recogió las medicinas, hizo el gesto de quien se va a


marchar y se volvió hacia el farmacéutico, aparentando recordar de
pronto algo que olvidaba.

–Salomón –dijo con curiosidad en la voz–, no se si se acordará


de “Joya”, mi vieja perrita, que jugaba con los niños en la playa…

–¿Cómo no me voy a acordar? ¡Ese animalito tan inteligente y


juguetón!... todavía hoy, los nietos imitan su andar a gatas, como
ella lo hacía…

–Pues el caso es –prosiguió Marita, afectando mucha tristeza–,


nuestra pequeña “Joya” está en las últimas…

–¿Y eso?

–El veterinario nos lo explicó, pero no recuerdo el nombre de la


enfermedad incurable. Se queja continuamente, es un martirio.

Siguió comentando a Salomón que el animalito se había


convertido en un problema en la casa. El presidente de la comunidad
se había quejado en varias ocasiones. Los vecinos estaban molestos.
Sus padres esperaban que el veterinario volviese de São Paulo para
que la sacrificase; pero mientras, habían autorizado a ella y a su
hermana para buscar algo que pusiese fin a esta situación y el
animalito pudiese por fin descansar en paz. “Joya” estaba abatida,

174
SEXO Y DESTINO

consumida. Lamentaba mucho perderla, ya que había sido su


compañía en Flamengo desde que dejó la escuela, casi de niña. Aún
así, añadió, era preciso aceptar los hechos y evitar al animalito
mayores sufrimientos. ¿No tendría algunas píldoras adecuadas para
esto?

Había oído que existían comprimidos que administrados en


altas dosis, propiciaban una muerte sin dolor, pero no sabía como
se llamaban.

El farmacéutico confirmó esto. Sí, quizás tenía algunos de esos


anestésicos de alta potencia y dijo que si el veterinario había
confirmado el estado del animalito, sería lo mejor.

Convencido por los datos que le dio Marita, se dirigió al almacén


buscando, buscando…

En esto, Félix y yo le abordamos, mentalmente. El paternal


benefactor le rogó que examinase con detalle la situación. Que se
fijase en aquella criatura tan fatigada y sola, más allá de las diez de
la noche, lejos de casa. Despeinada, con ojeras profundas, sin
bolso, sin abrigo. Él también, Salomón, era padre y abuelo sensible.
No debía dar información sobre venenos. Debía tener cuidado.
Que tranquilizase a aquella joven abatida con algún soporífero,
haciéndole creer que era una sustancia mortal. Era una mentira
piadosa, debía tener compasión, aplazando el aclararlo todo para
más adelante.

Aquel hombre, con toda certeza, había madurado en muchas


experiencias para adquirir la aguda sensibilidad con que asimiló
nuestras ideas porque, de pronto, se enterneció. Se volvió,
discretamente, para el mostrador y miró a la clienta, por la puerta
semicerrada, asustándose al verla en un momento en que ella no
creía ser observada.

175
ANDRÉ LUIZ

Marita parecía una figura de cera, inerte, vencida. Solamente los


ojos, aunque fijos, se mostraban activos, por la cantidad de
lágrimas que derramaban.

¡Oh, Dios mío! –reflexionó él, desconsolado– ¡eso no es


resfriado, eso es dolor moral, dolor terrible!...

Salomón renunció a la búsqueda del veneno y sacó de un frasco


de cristal algunos sedantes comunes y volvió con la joven. Fingió
despreocupación y le dio los comprimidos, diciendo:

–Son estos. Para la perrita, en el estado en que está, bastará con


uno.

–¿Tan potente es? –preguntó la joven, como reanimada.

–Esto es una bomba de aplicación muy excepcional.

Aparentando tranquilidad, para granjearse su confianza, el


boticario alegó sin embargo, que sólo lo daría con receta médica. Era
una responsabilidad muy grande.

Ella, sin embargo, insistió. Que el farmacéutico no tuviese


ninguna duda. El veterinario firmaría la receta.

Le preguntó si podría comprar diez pastillas. Era mejor estar


segura. No soportaba más los gemidos al pie de su cama.

Salomón reflexionó, reflexionó… Volvió al almacén y escogió diez


comprimidos calmantes, de efecto suave. Si fuesen ingeridos por
ella, funcionarían beneficiosamente sumergiéndola en un sueño
reparador.

Marita le dio las gracias y se despidió.

Salomón le recomendó reposo y serenidad.

176
SEXO Y DESTINO

La seguimos, de cerca.

Lentamente, atravesó dos manzanas de frente, llegó a la


avenida Atlántica y entró en un bar.

Pidió una botella de agua y cruzó la calle, pasó de la calzada de


piedra a la arena de la playa y se acomodó en el lugar que le
pareció más oscuro.

Aspiraba a morir, al lado del mar, de ese mar sereno y bueno


que nunca la había rechazado, reflexionaba bañada en lágrimas…
Quería partir, contemplando aquel mar que besaba sin malicia.

Antes del gesto que consideraba supremo, recordó a la madre que


no había conocido y se sintió más infeliz. La progenitora, no obstante
ser despreciada por el hombre al que se entregó, había conseguido un
techo para el momento de la gran despedida. Ella no. Había sido
maltratada, humillada, rechazada. Debía partir de este mundo con un
apellido prestado que ahora detestaba… Se tenía por basura, renun-
ciando a la existencia aliviaría a todos. Recordó las mañanas felices en
que había disfrutado, allí mismo tantas veces, del aire puro que venía
del mar y del regalo del sol. Parecía que veía a la masa de gente
dominguera, fraternalmente mezclada en la caricia de la espuma.
Imaginaba oír, de nuevo, el griterío de los niños jugando al fútbol…

Si, no tenía una casa para morir, pero tenía la playa, hospitalaria
y amiga que reunía a millares de desconocidos sin hacer preguntas
indiscretas, abrazando a todos como verdaderos hermanos…

Se lamentó y lloró un buen rato, mientras Félix y yo


esperábamos que se durmiese, para enfrentarnos a los eventuales
problemas.

Marita puso los diez comprimidos en la boca y los tragó de una


vez con un sorbo de agua. Después se arrimó al muro de piedra
como si se dispusiese a meditar… De sus ojos pendían lágrimas

177
ANDRÉ LUIZ

que ella creyó serían las últimas y dejó que la brisa acariciase sus
cabellos.

Un leve sopor la dejó dormida.

Consultamos la hora. La una menos cinco de la madrugada.

Félix oró por unos instantes.

No entendí en ese momento, si por obligaciones de vigilancia o


respondiendo a la llamada del instructor, dos desencarnados
aparecieron, ofreciendo sus servicios. Félix aceptó gustosamente, y
mientras los recién llegados velaban, él y yo emprendimos la tarea
restauradora… Tomamos medidas para que la joven no se
apartase, en espíritu, del cuerpo descontrolado, pases
reconfortantes en los centros de fuerza, estímulos variados en
diversas secciones del campo cerebral, insuflaciones en los vasos
sanguíneos. Operaciones minuciosas y lentas.

Acupuntura magnética del plano espiritual, en la que el


orientador demostraba una notable maestría.

Pasaron casi cuatro horas y, al final, Marita reposaba


tranquilamente.

Reconfortado, veía en los ojos del benefactor lucir la


esperanza… En eso, sin embargo, un barrendero zafio salió de la
calle y caminó en nuestra dirección, regando la arena… Fijándose
en la joven adormecida, se sintió picado por la curiosidad. No
valieron los recursos manejados por los desencarnados que
velaban. El fanfarrón, relativamente joven, avanzó hacia ella y la
sacudió rugiendo: “Despierta, vagabunda”, “despierta, vagabunda”.

Me sentí herido en las fibras de mis sentimientos, no sólo por la


joven injustamente maltratada, sino también por el inmenso dolor
que se estampó en el semblante de Félix que, por su expresión

178
SEXO Y DESTINO

angustiada, lo daría todo por poder materializar las manos e


impedir aquel asalto.

“Despierta, vagabunda”, “despierta, vagabunda”… Las tortas


estallaban en su rostro, cuyas lágrimas el viento había enjugado,
piadosamente…

Frustrados, la vimos abrir los ojos, horrorizada. ¿Qué hombretón


era aquel que, al verla estremecerse, no se privaba de tocarle el
pecho con sus manos libidinosas?

A pesar de estar aturdida, se preguntaba a sí misma si se habría


muerto, si estaría en el infierno luchando con un demonio…

Intentó gritar, pero no salían sonidos de su garganta.

Aun así, se levantó, aterrada y aligeró el paso, tambaleante.


Superando obstáculos, llegó a la acera donde un banco invitaba al
reposo, sin embargo, no tenía la serenidad suficiente para asimilar
nuestras sugestiones. Salió al asfalto, indiferente al tráfico… Osciló
aquí y allá, aturdida…

Los coches iban veloces, las motos atronaban con sus escapes.
Los peatones iban y venían para llegar a su trabajo o volviendo a
casa, después de las actividades nocturnas. Se movían empleados
de limpieza y vehículos ocupados en servicio nocturno.

La ciudad se preparaba para un nuevo día.

Seguíamos a la pobre joven, con el espíritu herido por amargos


presagios.

Félix me parecía un venerable educador, que había descendido


repentinamente a los líos de la calle, con el propósito de salvar a
una niña querida.

179
ANDRÉ LUIZ

Con una mezcla de simpatía y respeto yo acompañaba,


apenado, al gran instructor que se empequeñecía y se afligía por
poder ayudar…

Unos chicos semi-embriagados en una esquina próxima al ver a


Marita, vacilante, la espetaron: “¡Fulana borracha!” “¡fulana
borracha!”. Los conductores al pasar la insultaban, y, sin que
apareciese ningún brazo humano que le permitiese salir del
atolondramiento que le hacía dar reiterados tropezones, fue
atropellada y proyectada a pequeña distancia por un coche, a
velocidad excesiva, como un trapo de carne que se precipitase,
violentamente, en el suelo.

El coche se dio a la fuga, los transeúntes se arremolinaron.

Unas chicas que volvían de juergas nocturnas gritaron,


alarmadas, alguna estalló en sollozos histéricos. En la calle se
interrumpió el tráfico, de todos los vehículos salían curiosos que se
reunían en torno a la joven, inerte.

El cuerpo había planeado, la cabeza dio contra el asfalto y,


dando vueltas, cayó de bruces.

Personalmente nos quedamos atónitos. No contábamos con la


suficiente experiencia para ocasiones como aquella, en que el
desastre consumado exigía improvisaciones.

Entre los gritos de quienes llamaban a la policía, el hermano


Félix se sentó en el asfalto. Aplicando vigorosos estímulos
magnéticos sobre la cabeza de la joven accidentada, la hizo cobrar
energías para alcanzar, mecánicamente, el decúbito dorsal con el
fin de que pudiese respirar indemne a mayores dificultades, por
medio de movimientos que para muchos de los espectadores,
significaban estertores de muerte.

180
SEXO Y DESTINO

Marita se quedó quieta totalmente. Tuve la nítida impresión que


se había fracturado la base del cráneo, pero me era posible
indagar más. La carga emocional me pesaba demasiado para
cualquier consideración técnica.

El hermano Félix, con la actitud de un padre profundamente


humano y sufridor, se situó para extender la cabeza de la joven en
su regazo. Levantando las manos y los ojos, oró en voz alta, que
percibí claramente al destacar del vocerío de la gente:

–¡Dios de infinito amor, no permitas que tu hija sea expulsada


de la casa de los hombres, así, sin ninguna preparación!... ¡Danos,
Padre, el beneficio del sufrimiento que nos permita meditar! ¡Oh,
Dios del amor, algunos días más para ella, en el cuerpo dolorido,
aunque sean sólo algunas horas!...

Se calló el instructor, como lo haría cualquier criatura terrestre,


abrumado por la angustia…

Después me miró y me pidió que fuese al apartamento de


Flamengo, para observar que sería razonable obtener, en lo que
respecta a medidas de auxilio. Que yo buscase a Claudio o a
Marcia, que les suplicase apoyo y compasión. Él, Félix, inspiraría a
alguien para que telefonease. Los Nogueira estarían entre el y yo,
para que fueran conscientes del accidente y fuesen mentalmente
movidos a tener piedad… El permanecería allí, velando, haciendo
cuanto pudiese para que no se produjese la desencarnación
inmediata… Cuando yo volviese de Flamengo, nos reuniríamos de
nuevo.

Al verle así tan humilde en la abnegación de que daba


testimonio, salí rápidamente, no sólo para atender su petición, sino
también para desahogarme.

En ocasiones es preciso que las lágrimas nos sirvan de


confidentes, cuando no haya alguien que nos oiga… ¡Tanto trabajo

181
ANDRÉ LUIZ

de aquel benefactor sublime para salvar a una chica con tan duras
pruebas!... Tanto sacrificio de un orientador, cuya grandeza se
había forjado en las Esferas Superiores, para ofrecerle los brazos:
pero, me imaginaba que inevitablemente, todo se iba a malograr…

Antes que saliese de la Avenida Atlántica para el túnel nuevo, oí


muchas voces que se alzaban exclamando: “¡muerta! ¡muerta!”.
Incapaz de contener las lágrimas, me volví para contemplar en el
rostro del hermano Félix el impacto de semejante noticia,
diciéndome a mí mismo: “¡Todo ha sido inútil, todo ha sido inútil!”…
Pero, un vigoroso impacto de esperanza alcanzó mi corazón…

¡Tuve la sensación de que unas fuentes imponderables de


energía salían del firmamento claro y estrellado sobre aquel rincón
de Copacabana, que el mar acariciaba de cerca, como para
llenarnos de confianza en Dios, en el lenguaje susurrante de las
olas!...

¡No!... ¡La batalla no había acabado!...

¡Teníamos con nosotros la ayuda del amor y la luz de la


oración!... ¡No estaba todo perdido!...

El benefactor, teniendo paternalmente en sus brazos a aquella


joven desfallecida, fijaba sus ojos en las alturas y recogido en
profundo silencio, parecía ahora hablar con el infinito.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

182
SEGUNDA PARTE
Médium: Francisco Cándido Xavier

Capítulo 1
Eran casi las cinco de la mañana cuando nos vimos en casa de
los Nogueira.

Todo estaba en calma, en silencio.

Doña Marcia se agitaba, bajo la colcha ligera, cansada de


esperar. Había pasado la noche en vela.

En la penumbra del cuarto, apoyaba el codo en la almohada y la


cabeza en la mano, llevando lejos su pensamiento. Tenía los ojos
hinchados de tanto llorar.

Su hija adoptiva no había regresado. Esperaba que amaneciese


con ansiedad… Telefonearía a casa de los Torres, para saber si

183
ANDRÉ LUIZ

Marina había vuelto. Si era necesario, llamaría a Teresópolis.


Quería comunicarse con alguien, desahogarse. Sentía miedo, su
corazón intuía una catástrofe.

La consulté mentalmente, buscando noticias de Claudio. Me


llegó su respuesta. Suponiendo recapitular los sucesos de la noche,
pasó a recordar su vuelta, horas antes, totalmente embriagado.
Llegó tanteando las paredes, tropezando con los muebles. Pensó
que él había intentado ahogar el remordimiento en güisqui. Había
oído como vomitaba, a través de la puerta, que previamente había
atrancado. Borrachera y resaca rematando la criminal aventura…
No quería escenas.

De pronto, rompió la línea de reflexiones en que había entrado.


Rechazó mi influencia, convencida de estar reafirmándose a sí
misma que había llegado al límite de su tolerancia… Se acabó
Claudio.

Transformó la amargura en repugnancia. Quería una nueva


actitud, suspiraba por desquitarse, huir…

La dejé sumida en las alegaciones negativas y me acerqué al


aposento del fondo. Nogueira estaba tirado sobre la cama,
totalmente vestido, incluso con la chaqueta.

Se estiraba de lado, babeando, roncando tranquilo y, con él el


vampiro, relajado bajo los efectos del alcohol. Ambos
abandonados, embrutecidos.

Estaba absorto en la inspección cuando sonó el teléfono.

Con certeza, el hermano Félix había conseguido algún medio de


facilitar mi actuación. Era imprescindible atacar el problema,
gestionar bien la protección que se me había encomendado.

Volví a la sala.

184
SEXO Y DESTINO

Doña Marcia en pijama, tomó el auricular cargada de oscuros


presentimientos.

Sonó la voz de un hombre sencillo al otro lado del teléfono:

–¿Estoy hablando con el señor Claudio Nogueira?

–Sí, es su casa.

–¿Está él?

Doña Marcia consideró que era imposible intentar que el esposo


hablase en las condiciones que estaba y respondió.

–No, no está.

–Quiero hablar con él o con su señora.

La interlocutora, experta en el juego de las apariencias sociales,


supuso estar en contacto con algún nuevo despropósito de su
marido y preguntó prudente:

–¿Con quien hablo?

–Con Teca, basurero. Estoy en Copacabana, necesito comunicar


un desastre.

–¿Qué desastre?

–¿La señora es la dueña de la casa?

–No, pero trabajo aquí. Soy la asistenta.

Doña Marcia recelaba caer en complicaciones si no guardaba el


anonimato y antes que contestase el otro dijo:

185
ANDRÉ LUIZ

–Los señores están ausentes, pero puedo darles el recado.

–Mire –dijo el hombre– el tema va con Doña Marita, la chica de


la tienda.

–¿Qué ha pasado? Diga, por favor ¿Qué ha pasado?

La señora Nogueira se sintió atravesada por la angustia,


mientras que yo, por mi parte, llegué a la conclusión de que Félix
había conseguido la ayuda de un basurero para transmitir la
noticia, preparando el terreno que yo debía encaminar hacia la
compasión.

–Diga a los señores que ha sido atropellada.

–¿Dónde? ¿Cómo? ¿Cuándo?

–Bueno, yo no se como fue, pero me fijé que era ella…

–¿Ahora?

–Hará una media hora, aquí cerca, en la Avenida Atlántica…

–¿Está ahí?

–No, se la llevó una ambulancia.

–¿Está usted seguro?

–Sí, sí, estoy seguro… Ella no tenía bolso, nadie la reconoció…


Pero yo la conozco, fue siempre amiga de mi mujer desde que vino
para acá. Mi mujer trabaja en el edificio de la tienda… ¡Pobre Doña
Marita, una chica tan buena! Ella consiguió plaza en el colegio para
mis dos hijas…

186
SEXO Y DESTINO

–Pero, oiga –Doña Marcia cortó las referencias, terriblemente


impactada–, ¿Cómo está ella?

–Dicen que murió…

Aunque curtida contra las emociones, la esposa de Claudio soltó


el aparato y se apartó pálida.

Volvió a la cama y agarró su cabeza entre sus manos, creyendo


enloquecer…

–¡Muerta! ¡Marita muerta! –reflexionó, atribulada.

Recordó el ultraje que la pobre niña había recibido aquella


noche terrible que el día naciente esfumaba, como una pesadilla, y
su mente comenzó a divagar…

Araceli, la servidora y amiga…

Veinte años antes. ¡El suicidio!... Y ahora la hija, la misma


tragedia con el mismo hombre…

Con toda seguridad, Marita, avergonzada, había buscado la


muerte. Inexperta, había sucumbido. Procuraba hilar las ideas por
deducción.

Crescina le habló de la cita con Gilberto, y había descubierto a


Claudio de esa manera. Todo indicaba que él se había entrometido
entre los jóvenes, para infligir a la hija el imperdonable insulto…
Indudablemente, la desventurada niña había preferido morir…

En ese momento, intervine. Asimilé sus pensamientos de


simpatía y la hice meditar en las tribulaciones de Marita,
esforzándome por inducir su compasión… Que se pusiese en
marcha, que despertase a Claudio, llamase, implorase… Si el
marido no estuviese en condiciones de entender lo sucedido, que

187
ANDRÉ LUIZ

ella saliese a la calle… Que buscase a la joven… Que telefonease a


la policía, corriese al Hospital de Urgencias de la zona sur,
preguntando por ella a los médicos, que visitase el Anatómico
Forense… Alguien le ayudaría a encontrar a la criatura que la Provi-
dencia Divina puso en sus manos… ¿Quién sabe? ¡Quizás ella
todavía estuviese en las últimas esperando sus manos piadosas,
como quien espera una bendición!...

Doña Marcia oyó mentalmente. Al recoger mis sugerencias,


imaginó a la hija en el depósito de cadáveres, se conmovió y lloró…

Pero la señora Nogueira era una persona muy cuidadosa en


cuestiones sociales y domésticas.

No quería caer en sentimentalismos, era necesario sopesar los


pros y los contras.

De la pesadumbre al interés pasaron apenas algunos instantes.

En efecto, tenía lástima de Marita y sentía asco de Claudio, pero


pensó que sobre todo era madre. Nada de alejarse del destino de su
hija verdadera. Marina tenía futuro. Los Torres eran ricos, quizás
muy ricos.

Ambas jóvenes se disputaban a Gilberto. A fin de cuentas, la


muerte de Marita solucionaba todo. Cuando pudiese hablar con su
esposo, combinarían un plan perfecto.

Alejarían la hipótesis del accidente, inventarían una versión


creíble. Ella misma diría que había dado permiso a la joven para
pasar la noche en casa de un pariente enfermo, diciéndole que
volviese lo antes posible.

Era indispensable maquinar situaciones, unir cabos sueltos. Los


jefes de la tienda de Marita se interesarían por los hechos ocurridos.
La prensa tal vez interviniese.

188
SEXO Y DESTINO

Debía prepararse par recibir a los periodistas y fotógrafos.


Pensó en el vestido azul que llevaba en los funerales y rebuscó en
su memoria para saber donde había puesto las gafas oscuras.

Cuando fuese más de día, despertaría a su esposo para ultimar


los detalles. Hablarían seriamente.

Crearían una historia socialmente aceptable, en función siempre


de la felicidad futura de Marina. Si la otra estaba muerta ¿para qué
preocuparse? Lo que importaba ahora era la hija, solamente la
hija… Y después que su hija se casase, nada más con Claudio… No
se sentía inútil pero estaba cansada de darse con la pared,
soportando inhibiciones y contrariedades por un esposo que le
resultaba detestable desde hacía mucho tiempo. No iba a
esclavizarse más. Había recibido una invitación de Selma, amiga de
la infancia para un negocio lucrativo, en Lapa. Una cafetería con
aperitivos y golosinas y al fondo, habitaciones de alquiler…

Dándome cuenta que Doña Marcia se inmovilizaba


mentalmente en ideas retorcidas, volví con Félix en busca de las
instrucciones necesarias.

En una cama de Urgencias, Marita parecía estar en coma. Félix,


asistido ahora por dos médicos desencarnados de servicio en el
hospital, se mantenía sereno, a pesar de la tristeza que reflejaba su
semblante.

Me escuchó pacientemente.

Después de oír mis informaciones me dijo que lo esperase


algunos minutos. Saldríamos en busca de refuerzos. Mientras
tanto, ausculté a la joven accidentada, que yacía inconsciente en
terrible depresión.

Observé escasas reacciones de los centros nerviosos, anoxemia,


alteraciones sensibles de los capilares, lesiones en el peritoneo. Los

189
ANDRÉ LUIZ

esfínteres descontrolados, daban paso a líquidos y excrementos


que empapaban el vestido.

Félix movilizó los recursos disponibles y rogó a los colegas


desencarnados que nos relevasen por un tiempo.

Salimos hacia la casa de Claudio.

De camino noté que el benefactor, en silencio, hacía más densa


su forma, transfigurando su presencia. Tal transformación, que yo
conseguía solo después de una paciente elaboración mental, Félix
la obtenía rápidamente. En unos instantes imprimió al cuerpo
espiritual un nuevo ritmo vibratorio.

El instructor tomo las características de un hombre vulgar.

–¿Por qué esta transformación? –me pregunté.

–André –respondió, asimilando mis pensamientos–, nadie puede


hacer todo, sino Dios. Tú eres médico también y no ignoras que en
ciertas ocasiones, es necesario pedir remedios a la botánica. En la
Tierra, a veces, para ayudar a un santo es necesario utilizar un
veneno. Marita, en súbita decadencia física, necesita ahora la
ayuda de alguien que la ame infinitamente. Llegó para ella el
momento de reclamar el socorro a quienes la hirieron amando…

La voz del instructor reflejaba su gran pesar, pero no tuve


tiempo de más comentarios sobre lo que había expresado, ya que
llegamos a la casa de los Nogueira, coincidiendo con los primeros
rayos de sol.

Subimos.

Como hice yo la víspera, el instructor llamó a la puerta.

190
SEXO Y DESTINO

Después de llamar varias veces, Moreira salió a recibirnos, como


cualquier ser humano amodorrado.

No podía verme, ya que no dispuse del tiempo necesario para


transformarme pero, al encontrarse con Félix, comenzó a lanzarle
una sarta de insultos que el benefactor recibió con humildad.

Cuando acabó, algo asombrado por la ausencia de cualquier


respuesta que alimentase más su ira, Félix le informó del
accidente. Sabía de su interés por la joven y le rogaba su amparo.
Ante la incredulidad que mostró el vampiro, le indicó que
comprobase si Marita estaba en casa.

Moreira corrió al interior y volvió, negando con la cabeza. Bien,


respondería a la llamada, pero no iba a despertar al dueño de la
casa hasta no comprobar la realidad.

Con el ceño fruncido acompañó al instructor, sin decir palabra,


de Flamengo a la casa de socorro pero, al ver a la chica y
percatarse de su estado, su pecho explotó en un torrente de
lágrimas como roca que se abre de repente para revelar una
fuente que llevase en su interior.

Se dio la vuelta y salió como una flecha. Félix reconfortado,


explicó que a la vista de lo sucedido, Claudio no tardaría en llegar,
informándome que en su opinión, Marita había conseguido una
pequeña moratoria, algunos días más en su cuerpo, quince o
veinte como máximo… Tiempo de meditar, valiosa preparación
ante la vida espiritual… Su cerebro estaría protegido, pero no
recuperado ya que había sufrido una gran desorganización. Dentro
de algunas horas, la joven podría pensar y oír con regularidad,
recuperar cierta sensibilidad y percibir de forma imprecisa, pero no
podría hablar. En ese estado, permanecería fácilmente en la esfera
física todavía por mucho tiempo, pero el peritoneo había sufrido
contusiones de efecto irreversible. Los antibióticos no valdrían para
el caso. Aún así, se sentía muy agradecido a los supervisores

191
ANDRÉ LUIZ

espirituales que habían facilitado esta breve demora. Las horas


finales podían serle preciosas, tendría la oportunidad de prepa-
rarse para la renovación, a la vez que Claudio, Marcia y Marina
quizás pudiesen reconsiderar sus caminos.

Renacía su optimismo de forma conmovedora. Pasados poco más


de cincuenta minutos, Claudio, acompañado por el médico de la
familia que conocía a Marita desde hacía mucho, entraron en la casa
de socorro. Marcia, bajo la presión de Moreira e interrogada por el
marido, había dado toda la información de que disponía.

El médico recién llegado, dejó a Claudio en la sala de espera


para realizar su inspección. Una vez hecho esto habló con sus
colegas y dispuso que la joven fuese inmediatamente trasladada
para el Hospital Central, para realizar un tratamiento urgente y
minucioso. Tomó todas las medidas necesarias para que Marita
fuese convenientemente preparada considerando su estado
comatoso que requería observación antes de proceder a cualquier
movimiento que resultase tener fatales consecuencias.

Una vez iniciado el laborioso proceso que Claudio y Moreira


seguían de lejos, la cabeza echada hacia atrás, impulsó la sangre en
un movimiento retrógrado y surgió la posibilidad de asfixia.

Félix controló cuanto pudo, las manos de los camilleros y una


vez que la vimos acostada en la nueva cama, realicé el socorro
magnético de profundidad que las circunstancias exigían. Me senté
de manera de acoger aquel cuerpo abatido en mis brazos,
envolviéndole en mi propio aliento, en una operación que
podríamos denominar como de suma de fuerzas, cuyos resultados
son sorprendentes cuando la criatura retenida en el envoltorio
físico se encuentra en las últimas fases de su resistencia.

En esos momentos, Félix me aconsejó que hiciera más densa mi


presencia, para que Moreira pudiese ver lo que estaba haciendo.

192
SEXO Y DESTINO

Tenía la esperanza de que se ofreciese para mantener la


respiración de la joven lo mejor posible.

Oré, concentrándome en la consecución de mi objetivo, y


cuando Nogueira y su acompañante entraron por la puerta, el
vampiro me dirigió una mirada asustada.

Estaban tambaleantes, sensibilizados, afligidos…

Una irresistible emoción dominó mi alma.

Claudio, tembloroso, se puso al lado de su hija y rompió en


sollozos. Por lo que podía percibir, aquel momento era para él un
doloroso balance de conciencia.

Instintivamente, volvió a su infancia y adolescencia…

Recordó sus primeras liviandades.

Las irreflexiones del pasado acudieron a su memoria.

Recopiló en su imaginación los desvaríos sexuales cometidos.


Cada joven que había engañado, cada mujer de cuya debilidad él
había abusado se proyectaban en su mente, como si le
preguntasen por la hija que había traído al mundo…

¡Aquel hombre que me inspiraba sentimientos contradictorios y


de quien me había deseado alejar, distanciarme, lleno de aversión
por él, me producía ahora una ternura que sólo las lágrimas
podían expresar!...

Delante de la enfermera impresionada, Claudio se arrodilló y,


con él, lo mismo Moreira… Llorando compulsivamente el padre
alisó los cabellos despeinados, contempló el rostro de cera que la
muerte parecía estar modelando, se fijó en los labios entumecidos,

193
ANDRÉ LUIZ

aspiró el aire deteriorado que salía de los pulmones y,


sumergiendo la cabeza en las sábanas, gritó vencido:

–¡Ah, hija mía, hija mía!...

Casi en el mismo instante, Moreira dobló su frente abatido por el


sufrimiento…

Ambos yacían allí de bruces junto a mis rodillas, tan rendidos


como Marita, que se acogía en mi regazo.

Me di cuenta que la Providencia Divina, en sus designios, no me


aproximaba sólo a la víctima. Los verdugos también pedían amor.
Asegurando a la joven inerte, a la altura del pecho, les acaricié con
mi diestra mientras oraba… ¡Y la oración clarificaba mi
pensamiento, corrigiéndome la visión!... ¡Si, intentando consolar a
aquellos dos hombres a quienes el remordimiento sumía en un
indecible tormento, reflexioné sobre mis propios errores y
comprendí el propósito de la vida!...

¡No!... ¡Ellos no eran los violadores, los obsesores, los enemigos,


los verdugos que había detestado el día anterior!... ¡Ellos eran mis
amigos, mis hermanos!...

194
SEXO Y DESTINO

Capítulo 2
Angustiado pero sereno, Félix se acercó a Nogueira, le
administró energías reconfortantes y, después de levantarle se
despidió, indicándome que volvería.

Dijo, bondadosamente, que no me preocupase. Estaríamos


juntos, enviaría cooperadores, conseguiría recursos.

Le respondí tranquilizándole. Me había encariñado con aquella


joven que después de todo, era nuestra hija en espíritu.

No, no la dejaría en la dura fase de la desencarnación. Mientras


esto ocurría, Claudio salió, buscando al médico especialista.

Moreira que me observaba desde mi llegada, me miraba ahora


con simpatía, que yo intenté mantener.

En un momento dado se acercó a mí. Bajó el tono de voz y me


dijo que me reconocía, lamentándose de ver algunos hermanos
desencarnados asomándose a la puerta con expresión grosera.

Señalaban a Marita con desprecio, hacían comentarios


impúdicos, gesticulaban obscenidades y, uno de ellos había llegado

195
ANDRÉ LUIZ

al punto de preguntarle quien era aquella mujer que transpiraba


carroña.

Intenté consolarle. Todo aquello pasaría. Estábamos esperando


refuerzos para aislar el recinto.

Respondiendo a sus preguntas, le aclaré que sin querer había


asistido al desastre y me compadecía de aquella joven que estaba
sola, tirada en el asfalto.

Quiso saber más detalles, pero para enviar complicaciones, le


prometí que en su momento tendría información más precisa para
ambos.

Intentando armonizarle con las exigencias del servicio que


íbamos a desarrollar, le pedí su cooperación.

Me sentiría muy bien si él aceptase mi ayuda, allí, al pie de la


joven que pasaba tan dura prueba, tenía alguna experiencia
hospitalaria, le dije, y podría ser útil. Moreira se conmovió y aceptó
la sugerencia. Sí, dijo, sentía mucho afecto por la joven y agradecía
mi ayuda desinteresada. Contaría conmigo y me recompensaría.

El sabía como auxiliarme, defenderme, ser un buen compañero.

Pasó enseguida a examinar el proceso por el que yo socorría a


la joven en su respiración y me pidió instrucciones. Quería
sustituirme en esa tarea. Y fue tanta la diligencia y humildad con
que se situó en mi lugar, que en breves minutos atendía al
mantenimiento de Marita con una eficiencia superior a la que yo
había podido imaginar.

Procuré adiestrarle, obedeció dócilmente y sujetó en sus brazos


aquel cuerpo magullado, verdadero fardo de dolor salpicado de
heces. El perseguidor de la víspera, tocado en lo más íntimo, la
tomó con la dignidad de un hombre piadoso que socorre a una

196
SEXO Y DESTINO

hermana, volcándose en la tarea de infundirle energías y avivar sus


pulmones con su propio aliento.

Sensibilizado, al ver su transformación, me di cuenta que no


siempre es el salvavidas perfectamente construido el que asegura
la supervivencia del náufrago sino el leño tosco que flotaba sin que
nos hubiéramos fijado en él.

Me retiré por unos instantes en busca de Claudio y le encontré


en una sala próxima. Estaba telefoneando.

Oí al otro lado de la línea, la voz inconfundible de Doña Marcia.


El marido le habló de los traumatismos de Marita, ella, sin
embargo, no salía de las ideas que ya conocíamos. Se alegraba al
saber que la hija todavía estaba con vida, pero mejor sería cerrar el
tema. Si los médicos ya estaban con ella, no quería aumentar los
sinsabores que ya tenía en su casa.

Nogueira le suplicó que viniese a verla.

Doña Marcia, sin embargo, mencionó compromisos ineludibles.


Estaba a punto de salir de casa para comprar hilo para algunos
adornos que Marina le había pedido confeccionar. Comprendía
que Marita quizás no se recuperase, pero pensaba que podía
también ser algo sin importancia, ya que la joven era muy
exagerada y gustaba mucho de llamar la atención. Además, si
estuviese realmente tan mal, Claudio como padre, estaba a su lado
sin necesidad que ella hiciese mayores sacrificios de aquellos que
ya le pesaban sobre los hombros. Hizo incluso alguna broma sobre
el hecho de que la hija adoptiva no estuviese muerta. Recordó a
Claudio que Río era una gran ciudad y que ningún enfermo podía
tener más de un acompañante en el hospital. Estaba harta de
tonterías de jóvenes enamorados y dijo que prefería tricotar a
estar el lado de una hija que no era suya y que siempre había
exagerado sus problemas. Le dijo a Claudio que hablase con los
médicos y llevase a la chica a casa, lo antes posible.

197
ANDRÉ LUIZ

Nogueira, desolado, insistió describiendo la terrible situación


que tanto le entristecía, pero la señora terminó la conversación con
una frase que ahogó sus últimas esperanzas:

–Bueno, Claudio, todo eso es problema tuyo.

Nogueira marcó el número de casa de los Torres. Marina


todavía no había regresado. Descorazonado, llamó al banco. Habló
con el director y le expuso la situación, pidiendo algunos días
libres. Su jefe le comprendió ya que también era padre. No sólo le
dijo que se tomase el tiempo necesario, sino que se puso a su
disposición para cualquier cosa que pudiera necesitar.

Volviendo al cuarto donde Moreira velaba, habló con el


facultativo de servicio.

El médico comprendió su inquietud y se compadeció de él. Dijo


que era muy pronto todavía para un diagnóstico más claro. Tenía
que hacer pruebas, había mandado hacer transfusiones de sangre
y ahora estaba con antibióticos, tenía que ver cómo reaccionaba.
Aun así, debía contar con la opinión de un neurólogo, en vista del
fuerte golpe recibido en el cráneo.

Nogueira estuvo de acuerdo y pidió permiso para acompañar a


la hija. Que no tuviesen en cuenta el precio, deseaba el mejor
tratamiento para ella.

El médico prometió su total colaboración.

Al cabo de un rato, Marita fue trasladada a otra habitación más


amplia donde nos ubicamos Nogueira, Moreira y yo. Aquellos dos
espíritus, tan envalentonados antes, se manifestaban ahora muy
sumisos.

El esposo de Doña Marcia tenía los ojos anegados en lágrimas. Se


le había partido el alma. La convicción de que la hija hubiese

198
SEXO Y DESTINO

intentado suicidarse por culpa suya, le quemaba el corazón, como


un hierro candente que se enterraba en su pecho.

Había escapado de tantos escándalos, ocultado tantas proezas,


impasible, pero aquel cuerpo abatido que la muerte esperaba,
parecía cerrar su destino para siempre. Se sentía tan abatido y
arrepentido, que no le hubiese importado confesar todos sus
delitos en público… Delitos que suponía ya olvidados en la lejanía
del tiempo, asomaban ahora al recuerdo exigiendo reparación…

¡Y sobre todo, Araceli!... La madre de Marita que él mismo había


aniquilado a golpes de sarcasmo e ingratitud parecía alcanzarle por
el túnel de la conciencia… La imagen de aquella mujer de campo,
inexperta, crecía en su interior. Le acusaba, preguntaba por su hija,
pidiéndole cuentas.

Nogueira pensó que se estaba volviendo loco. Si no fuese por


atender a la hija postrada, no hubiese dudado en pegarse un tiro.
Creía que el suicidio era una forma de liberación. Lo haría, pensaba
taciturno. Si Marita moría, no quería sobrevivir.

Le cerraría los ojos y se destruiría sin compasión. A la vez que


estas reflexiones amargas oscurecían su mente, Moreira seguía
insuflando los pulmones de la triste joven en un acto conmovedor
de paciencia y dedicación. Observaba por mi parte su dedicación
pura y sincera. El cuerpo enfermo no le inspiraba la más mínima
repugnancia.

Abrazaba a Marita con la veneración de quien se consagra a una


hija que padece para quien todos los cuidados y cariño son pocos…
De cuando en cuando, pasaba una mano por su rostro para
enjugar sus lágrimas…

Aquel espíritu que yo había conocido como rudo y salvaje,


amaba profundamente, porque es preciso amar a alguien con
extremada ternura para sorber su aliento fétido y acariciar la piel

199
ANDRÉ LUIZ

manchada de excrementos con el cuidado de quien preserva un


tesoro inmensamente querido por su corazón…

El silencio era apenas interrumpido a veces por los movimientos


de la enfermera que venía a vigilar el suero o a aplicar inyecciones.

El día avanzaba. Eran las tres de la tarde y hacía calor. Para


Claudio, las horas eran como cadenas que arrastraba en la cárcel
del remordimiento. Se sintió inmensamente solo. Fue al teléfono y
llamó a Marina.

La hija atendió su llamada. Hablaron.

Se había enterado del accidente por Doña Marcia, pero confiaba


que sólo se hubiese quedado en un susto. No, no podía ir al
hospital. Doña Beatriz, a quien consideraba como una madre había
empeorado muchísimo. Se esperaba su fin, en cualquier momento.
Quería que su padre la disculpase pero pensaba que la hermana
estaría satisfecha al saberse acompañada por él.

No podía pedir más.

Nogueira regresó a la habitación, amargado por el desánimo.

Nadie le ofrecía el más mínimo apoyo ni entendía su suplicio


moral.

A las cinco, no obstante, alguien apareció. Era un anciano.

A solas con Nogueira se presentó.

Era Salomón, el farmacéutico.

Dijo ser amigo de la joven accidentada. Le gustaba su trato


delicado y gentil. Vecino de la tienda, compartía un café con ella
cuando comía fuera de casa.

200
SEXO Y DESTINO

Se había sorprendido con la noticia del atropello y decidió


visitarla, ya que creía haber sido uno de los últimos amigos que
habló con ella la víspera.

Y ante la curiosidad de Claudio, relató todo lo que sabía con


todo lujo de detalles.

Era evidente, dijo, que alguna desilusión muy fuerte la había


impulsado a la desesperación. Se acordaba perfectamente de
haber notado el llanto que ella intentaba ocultar. Habría tomado
los soporíferos que él le dio y al ver que eran inofensivos, se había
arrojado sobre un coche en la calle…

Claudio oyó todo esto llorando. En su interior aceptó la


hipótesis. Sin duda, la hija no había podido sobrevivir al insulto del
que él se acusaba. Aquel desconocido confirmaba sus intuiciones.
Pensó en el suplicio moral de la joven humillada antes de cometer
la acción desesperada, se sintió el más abyecto de los hombres,
con un arrepentimiento que flagelaba todas las fibras de su
conciencia, y agradeció la información al anciano, roto en sollozos.
Abrazó sinceramente a Salomón y resaltó que él era el verdadero y
quizás único amigo de aquella criatura que había buscado la
muerte y a la que harían todo lo necesario para recuperar.

El farmacéutico, compadecido, arriesgó darle un consejo.

Dijo que era espírita y señaló que los pases, con la cobertura de
la oración podían beneficiar a la joven. No sabía cuales eran los
principios religiosos de la familia pero tenía un amigo, Agustín, a
quien podrían recurrir. Confiaba en la oración, en el amparo
espiritual. Si Claudio lo consentía, iría a buscarle. Nogueira aceptó
con humildad, sabía que estaba solo. No se podía permitir rechazar
un auxilio que le era ofrecido con tanta espontaneidad.

Sólo dijo que tendría que pedir permiso al médico.

201
ANDRÉ LUIZ

El doctor que fue llamado, oyó la petición. Hombre experto en


angustias humanas, miró a Marita no sólo con la visión de un
técnico que observa un aparato listo para desmontar y efectuar las
verificaciones finales, sino con el sentimiento de un padre
afectuoso y confirmó que Claudio tenía derecho a prestar a su hija
la asistencia religiosa que desease y que, al margen de respetar en
el resto del hospital las normas, en esa habitación podía
considerarse como en su propia casa.

Compadecido, él mismo facilitaría la entrada de Salomón con el


espírita que viniese con él. Y, a las ocho de la tarde, el boticario de
Copacabana entró con un amigo que llevaba un pequeño paquete
donde había un libro.

Nogueira se asustó. Aquel hombre que le saludaba


fraternalmente y que le presentaron como Agustín, era uno de los
clientes más respetados del banco. Sabía de su posición como
comerciante distinguido, aunque no le conocía personalmente. Pero,
si el recién llegado le había reconocido, no dio la menor muestra allí.

Se interesó delicadamente por la joven y se enteró de todos los


detalles del desastre, con la atención de quien escucha a su propia
familia.

Después, entre Claudio y Salomón, oró, emocionado. Suplicó la


bendición de Cristo para la chica atropellada como si ante Jesús
fuese una hija profundamente querida y a continuación, le
administró pases largos con la devoción de quien le transmitía sus
propias fuerzas.

Cooperé con él, bajo la atenta mirada de Moreira que tomaba


nota de todo, deseoso de aprender.

La operación, saturada de agentes reconstituyentes del plano


físico, fue muy beneficiosa para la joven, mejorando su condición
general. Relajó más intensamente el esfínter de micción, la

202
SEXO Y DESTINO

respiración fue menos opresiva y consiguió entrar en un sueño


tranquilo.

Claudio llamó a la enfermera para que cambiase a Marita y los


tres conversaron en una sala próxima. Al saber que Nogueira no
había tenido nunca principios religiosos, Agustín le ofreció el libro
que tenía, un ejemplar del “Evangelio según el Espiritismo”, y
prometió volver a la mañana siguiente.

203
ANDRÉ LUIZ

Capítulo 3
Nogueira de vuelta a la habitación, se quedó reflexionando,
reflexionando…

Era noche cerrada y allí, el silencio se veía apenas roto por la


respiración sibilante de su hija…

¡Si se tratase sólo de Salomón! –cavilaba–, quizás no le hubiese


dado mayor importancia al asunto. Aquel boticario que le había
contado todos los sucesos de la noche inspirándole gratitud y
simpatía, le pareció una excelente persona, pero la sencillez
bonachona con que se presentaba podría hacerle pasar por un
creyente de buena fe, lamentablemente embaucado en la
superstición…. Agustín sin embargo, agitaba su espíritu.

Era un comerciante próspero e instruido, no se dejaba enredar


en engaños. Conocía su agudeza de ingenio, su honestidad.
Además, tenía ocupaciones más valiosas que perder su tiempo.

¿Qué doctrina era aquella, capaz de inducir a un caballero


adinerado a rezar, en la habitación de un hospital, llorando de
compasión por una joven desahuciada al borde de la sepultura?
¿Qué principios empujaban a un hombre educado y rico a olvidarse
de sí mismo, socorriendo a los infelices, hasta el punto de tocar sus

204
SEXO Y DESTINO

excrementos, imbuido de aquel amor que sólo los padres tienen


en lo más hondo de su corazón?

Miró a Marita, tranquila, y recordó a los dos hombres


abnegados que le habían proporcionado alivio sin preguntar
nada… El, que nunca se había acercado a ninguna religión, e
incluso había sido desconsiderado con cualquier idea de este tipo,
se hacía ahora un gran número de preguntas.

Angustiado, tenía sed de algo… Sin el apoyo fluídico de Moreira,


que dedicaba todas sus energías a la joven, se acordó de fumar,
pero se decía a sí mismo que tampoco era lo que deseaba.

Quería salir, correr al encuentro de Agustín y Salomón para


preguntarles por la fe en Dios. Anhelaba enterarse de cómo
conseguían tener esa creencia. Ambos habían conseguido
disminuir la presión que sufría su hija… En ese momento, se
preguntaba si él no era igualmente digno de piedad.

¡Marita reposaba en el sueño de las víctimas que la justicia


resguarda en la paz inviolable de la conciencia, mientras que él se
atormentaba en la vigilia de los culpables!...

Se reconocía a sí mismo como un enfermo del alma, un


náufrago que se hundía en el remolino de la desesperación….

Necesitaba agarrarse a algo. ¡Un poco de confianza le salvaría de


la caída total!... La soledad le asfixiaba. Tenía necesidad de
compañía.

Le sugerí que leyese, que abriese el libro que le habían dado.


Esas páginas conversarían en silencio, serían sus compañeras. Que
no intentase comprender todo de golpe. Que consultase partes del
libro, ideas, conceptos aquí y allí.

205
ANDRÉ LUIZ

Asimiló mi sugerencia y tomó el libro. Aun así, intentó volver a la


situación anterior.

Se veía incapaz, inquieto. No tenía la menor serenidad para leer


atentamente.

Insistí, de nuevo.

Los dedos, nerviosos, pasaron por el índice. Echó un vistazo a


los contenidos. En el capítulo 11 dio con este título: “Caridad con
los criminales”. Aquellas palabras invadieron su mente atribulada
como si fuesen de fuego. Se sentía descubierto por un tribunal,
invisible. ¡Si! –se dijo, desconsolado– es imprescindible examinarse
a uno mismo. En su propio concepto, se calificaba como un
malhechor, un forajido. Durante todo el día había sido visto y
tomado bajo ese techo, como un padre cariñoso, pero él sabía que
era un violador, un parricida…

Cargaba consigo el dolor irremediable de haber impulsado a la


hija querida a la locura y la muerte… ¿Qué clase de condena
expresaría aquel libro contra él?

Merecía escuchar su propia sentencia junto a la persona que


había caído bajo el golpe aniquilador…

Buscó la hoja indicada y ¡oh sorpresa!... El libro no le maldecía.


Leyó y releyó, llorando, aquellas frases que rezumaban suavidad y
comprensión. Se identificó delante de una llamada a la fraternidad
y compasión, que no describía a los delincuentes como seres
infernales, ausentes en la órbita del amor Divino. El breve mensaje
pregonaba la tolerancia y finalizaba solicitando oraciones en
beneficio de los que sucumben en la vorágine del mal.

¡Las lágrimas brotaban profusamente de sus ojos!... Aquellas


palabras le hacían razonar. Percibir que el mundo y la vida debían
estar bañados en profunda misericordia.

206
SEXO Y DESTINO

Se tenía por un asesino y se encontraba allí, reconsiderando su


propio camino con suficiente lucidez para analizarse y pensar…
Aquel primer contacto con las verdades del espíritu derribaba su
ateísmo. Con la avidez del que atraviesa un gran desierto
mortificado por la sed, se dedicó a leer los textos, que vertían ideas
que eran como un bálsamo, como torrentes de agua pura. Vio
varios temas…

¡Adquirió conocimiento rápidamente sobre la reencarnación y la


pluralidad de los mundos, meditó sobre las maravillas de la caridad
y los prodigios de la fe, a través de las llamas inmortales del
cristianismo que renacían allí para él, revitalizando su corazón!...

Cuando miró el reloj, marcaba las dos de la madrugada. Habían


pasado cuatro horas, sumergido en el libro, sin darse cuenta. Se
sentía otra persona, su mente se aclaraba llena de pensamientos
renovadores que le suscitaban muchas preguntas. Aquella era una
doctrina que le permitía sentir e indagar libremente, como un niño
en el regazo materno…. En verdad, pensaba, si Dios no existiese, si
no hubiese una vida más allá de la Tierra ¿por qué se entregaba de
ese modo a tan profundo arrepentimiento? Si todo en la existencia
acabase en animalidad y polvo ¿qué razón tendría su suplicio
moral delante de su hija, que le inspiraba sentimientos tan
contradictorios?

¡Amaba tanto a aquella chiquilla desventurada!... ¿Por qué no


había conseguido mantenerse en la posición de padre inmune a
los impulsos del sexo? ¿Qué fuerzas le habían arrastrado hasta la
condición de verdugo en que se hallaba?

La idea de la reencarnación relampagueó en su cabeza. El y ella


venían de experiencias anteriores… ¡Indudablemente,
encadenados a alucinaciones afectivas dominantes, habían vivido
en el pasado, padecido y llorado juntos!... Aquella devoción por
Marita era para él comparable al iceberg que muestra una
pequeña parte, ocultando su enorme peso bajo las aguas… ¡En

207
ANDRÉ LUIZ

aquel momento, algo le decía en la acústica del espíritu, que él,


Claudio, la había traído de nuevo para el mundo, a través de la
paternidad, para orientarla con limpieza y abnegación!... La
sabiduría de la vida le había devuelto el cariño en la sonrisa filial
por algún tiempo, para que rectificase los errores de tirano
amoroso que debía haber sido en épocas pasadas y las pasiones,
cuyos rescoldos le calcinaban ahora el corazón… Las realidades del
destino se elevaban en su pensamiento, bellas y difusas, como el
brillo de los rayos del sol al fundir la nieve…

Pero a pesar de eso, no se disculpaba. Reconocía haber


agravado sus propias deudas.

¡Entreviendo las realidades de la vida en el más allá, llamaba a


los amigos que había visto partir!... ¡Que se apiadasen de él y de
Marita, que suplicasen a Dios para cambiar su vida por la de ella!…

Él, que se reconocía como un padre criminal expiaría en el


mundo espiritual sus faltas para, enseguida, renacer en la Tierra,
mutilado, resarciendo así las deudas contraídas. ¡Qué él sufriese
lavando las manchas del alma, pero que su hija viviese y fuese
feliz!...

¡Y, si se le permitía continuar todavía en el mundo llevando en el


pecho la angustia de esta hora, que la dejasen aunque fuese muda
y abatida en sus brazos! ¡Tendría fuerzas para llevarla, sería su
apoyo, su refugio!... ¡Que ella se quedase! Que se le diese la
oportunidad de convertir, junto a ella, todos sus caprichos de
hombre rudo en manifestaciones de amor puro… La acogería de
algún modo, en su corazón.

La llevaría en una silla de ruedas a cualquier parte.

¡No tendría en cuenta ningún posible obstáculo, pero imploraba


a la Providencia Divina que apartase a Marita de la guadaña de la

208
SEXO Y DESTINO

muerte para que él pudiese aprender el necesario reajuste y


reparación!...

Le abracé sugiriéndole ideas de esperanza. Que confiase y no se


desanimase. ¿Quien no tiene problemas en la Tierra? ¿Cuántos más
en ese momento estarían pasando por pruebas parecidas? Aquel
libro, que removía su pensamiento, estaba allí como un semáforo
en la calle del destino.

El remordimiento sería como la señal en rojo, provocando la


parada.

¡Convenía frenar el coche de los propios deseos y pensar,


pensar!... Todos alcanzamos un día la reconciliación con nuestra
propia conciencia, no debía desertar de la luz que ponían en su
camino.

Debía comprender que la ley de Dios no se basa en condenas,


pero sí en la justicia y esta misma justicia de Él nunca se expresa
sin piedad. Era necesario meditar, llegando a la conclusión que si
los hombres, seres imperfectos, conseguimos tener compasión en
la justicia, Dios, que es el Amor infinito no la iba a ejercer de
manera implacable. ¡De la oscuridad de la noche no tardaría en
llegar el alba y con ella, el sol que siempre aparecía de nuevo!...
¡Debíamos elevar todos los sentimientos para la renovación que
comenzaba!... Moreira, que me observaba abrazado a Nogueira,
me dirigió una inquisitiva mirada, como intentando conocer las
ideas que le estaba sugiriendo. Antes sin embargo, que viniese a
sustituir celoso del lugar de consejero que me permitía ocupar,
llamé a Claudio, animándole a iniciar, allí mismo, la obra
reparadora.

El padre de Marita no lo dudó.

Profundamente enternecido, se levantó, fue en dirección a la


cama y se arrodilló a la cabecera.

209
ANDRÉ LUIZ

Se decía a sí mismo que, por primera vez en mucho tiempo,


miraba el rostro de su hija, sin el más leve rastro de fascinación
sexual en sus sentimientos.

Palpitaba su corazón atormentado.

La acarició con una ternura que jamás había experimentado,


dejo que las lágrimas bañasen su cara y suplicó en voz baja:

–¡Perdón, hija mía!... ¡Perdona a tu padre!...

El ruego se perdió en la garganta, anegada en sollozos…

Marita, evidentemente no respondió, pero la llamada paterna le


infundió una energía diferente y tanto Moreira como yo oímos
espantados, el gemido que salió de ella, mostrando señales de
volver en sí.

Claudio lleno de esperanza se apartó. El cariño se había


impregnado en él de súbito respeto. Íntimamente comparó aquel
afecto inmaculado que nacía en él como el lirio blanco que nace de
un charco.

Se sucedieron otros gemidos, imprecisos, dolorosos…

El padre los escuchaba angustiado. Daría lo que fuera por poder


traducir aquellos vahídos de niña inconsciente…

Creyó, sin embargo, que expresaban padecimientos físicos


inenarrables y estalló en un llanto compulsivo. El ex vampiro,
convertido en servidor diligente, se levantó rápidamente y fue a
abrazarle para reconfortarle, pero observó que los dos amigos
estaban ahora cerca y lejos, el uno del otro. Unidos por fuera y
distantes por dentro. Hombres unidos y pensamientos opuestos.
Moreira había sido tocado por los acontecimientos, pero no
demasiado. Mostraba un enorme afecto por Marita, luchaba por

210
SEXO Y DESTINO

ella pero en el fondo, no escondía el propósito de seguir contro-


lando a Claudio para su propio interés. Viendo a su socio tocado en
su corazón por los sentimientos edificantes que la lectura le había
sugerido, estaba tan decepcionado como un pianista que se
encontrase con un instrumento de teclas mudas.

Alarmado, me hizo algunas preguntas. Le tranquilicé diciéndole


que la mente de Nogueira estaba muy conmocionada en aquel
momento, pero íntimamente, confirmé que había dado un paso
adelante y que su compañero desencarnado debería elevarse a la
misma frecuencia para seguir conviviendo con él, si no quería
perderle.

La mente de Claudio salía de aquellas horas de estudio


compulsivo, bajo fuerte tormenta moral, como un paisaje después
del terremoto. No era comparable con su situación anterior.

Por ello, se enfadaba su socio, cabizbajo, triste.

Aun así, Moreira retornó a la tarea de mantenimiento de la


joven postrada.

En esto llegaron dos auxiliares de nuestro plano, Arnulfo y


Telmo, que enviaba el hermano Félix a colaborar en auxilio de la
chiquilla.

Ambos eran simpáticos, espontáneos.

Les presenté a Moreira, sorprendido, y reconocieron al


momento su posición espiritual, pero, con la gentileza propia de los
corazones generosos, hicieron todos los esfuerzos posibles para
tratarle de igual a igual. Le rodearon de optimismo y bondad como
a un estimado colega.

211
ANDRÉ LUIZ

Antesdeayer, aquel hermano que se envalentonaba en


Flamengo no habría aceptado tal camaradería, pero Marita
respiraba allí entre dos mundos, fatigada, consumida…

Por Marita soportaba todos los cambios, callaba sus impulsos.

La madrugada daba paso al día.

Nos acercamos a Claudio.

Era indispensable hacerle descansar, dormir.

Moreira, con gran disgusto reflejado en su rostro, nos observó


mientras dábamos pases curativos a los que el paciente respondió
positivamente.

Es de mencionar la sensación de alivio con que Claudio


respondió al toque sugestivo. Acababa de vivir momentos de gran
angustia. Quería reposar, mendigaba un poco de paz.

Mientras se relajaban sus nervios tensos bajo la presión del


sueño que le inducíamos suavemente, Moreira asistía a esto con
creciente desagrado.

Como la persona que contempla la mudanza de su casa que


sufre una reforma que nunca solicitó.

Lanzaba ondas agrias de amargura con una sonrisa amarilla.


Todo parecía dislocarse para él… Entre el amigo que escapaba a su
control y la joven cuyo cuerpo físico quería preservar, se sentía
desconcertado, atónito…

Sabiendo que no podría indisponerse con nosotros por la


asistencia que estábamos proporcionando a Claudio, se aplicó con
más vehemencia en las atenciones con la joven, empeñándose en
auscultar sus pensamientos más profundos.

212
SEXO Y DESTINO

Marita, por su parte, al asimilar más energía, tomó de nuevo el


control de los centros cerebrales que estaban todavía a su
disposición. Recuperó la sensibilidad olfativa, percibía, razonaba y
oía con relativa seguridad, pero estaba hemipléjica, no podía ver y
el habla se le había extinguido irremisiblemente. Al principio, creyó
que había despertado en el sepulcro. Había oído muchos relatos
sobre personas que despertaban en la tumba, leído muchas
noticias y visto muchas películas de terror sobre ese tema. Con su
alma oprimida, creía estar en uno de esos trances en el lecho que
tomaba por ataúd, en el silencio de sufrimientos inenarrables…
Intentó gritar pidiendo socorro, pero tenía la idea de haber
olvidado cómo se articulaban las palabras. Era consciente de
pensar con su propia cabeza, pero ignoraba los movimientos para
producir la voz. A pesar de todo, sabía que estaba consciente.

Sentía, memorizaba. Recordó los acontecimientos que le habían


inspirado el propósito de morir. Se arrepentía. Si la vida continuaba
¿para qué provocar el fin del cuerpo? –se preguntaba. Recordó lo
que había ocurrido en Lapa, la conversación con Gilberto en el
teléfono de Doña Cora, los comprimidos de Salomón, el sueño
frente al mar, el desconocido que le asaltó, la huída hacia la calle, la
caída sobre el coche… Después, esto… el cuerpo que parecía ser de
piedra, la conciencia activa, las percepciones agudizadas y la
incapacidad de hablar… Íntimamente, el esfuerzo desesperado
para hacerse notar, pero se sentía aprisionada como por un collar
de plomo. Se irritó inútilmente. Vibraba de impaciencia, de
espanto, de dolor… La pena y la rebelión, preguntas y ruegos
aparecían, sin manifestarse en la esencia de su ser.

Por más que se empeñaba en llorar, las lágrimas se quedaban


en su pecho sin ningún canal para que fluyesen. Los ojos y la
lengua se le presentaban como desconectados del cuerpo…

¿Estoy muerta –preguntaba la joven con una mezcla de


perplejidad y sufrimiento–, o me voy a morir?

213
ANDRÉ LUIZ

Escuchó los pasos de la enfermera de planta y la respiración


sibilante de su padre, sin identificar claramente su presencia y, en
vano, intentó pedir explicaciones sobre el olor nauseabundo que le
rodeaba.

Pasadas dos horas de angustia recóndita, que Moreira


registraba con agudeza y precisión, la joven se tranquilizó
mentalmente, y escrutándole por mi parte el campo íntimo, noté
que se centraba lamentablemente en Marina.

El compañero desencarnado que hasta entonces era el soporte


psíquico de Claudio y que necesitaba de base moral para
garantizar su propio equilibrio, encontró caldo de cultivo para una
nueva desorientación.

Descubrí el peligro, sin poder conjurarlo.

Dándose cuenta que había perdido al amigo que hasta entonces


era juguete en sus manos, buscó en la hija otros motivos para
permanecer vinculado a la demencia.

Por nuestra parte, no nos era posible presionar a la joven


accidentada para interrumpir sus lamentaciones. Cualquier gasto
de energía más allá de la necesaria para su sustento, podría
precipitarle a la desencarnación.

Inconsciente de las complicaciones que creaba con semejante


procedimiento, la hija de Araceli revivió en su imaginación las
etapas de su existencia. Acusaba a la hermana de todos sus
infortunios. Exhibía su figura en la pantalla mental como la de una
enemiga imperdonable… Marina le hurtó las caricias maternas, le
destrozó sus oportunidades, Marina le robó los afectos, las
ilusiones, los sueños de juventud…

No valieron de nada las ideas que intentábamos sugerirle,


inquietos.

214
SEXO Y DESTINO

La influencia de Moreira, que animaba todas sus


incriminaciones era más vigorosa para ella, que quería encontrar
simpatía y adhesión.

Aquella desventurada chiquilla desconocía el poder del


pensamiento. No sabía que en vez de indulgencia y suavidad,
invocaba desagravio y, procediendo así, no sólo enredaba a la
familia en duras pruebas, sino que echaba a perder el valioso
trabajo de recuperación de aquel amigo necesitado de afecto y luz.

El ex asesor de Claudio, al absorber sus mudas confidencias en


las que relataba sus penas más íntimas, de las que él no tenía
conocimiento, retomaba poco a poco, la brutalidad que antes
reflejaba en su rostro.

Se desvanecía así, la mejoría de su espíritu. Con el pretexto de


auxiliar a la protegida, reavivaba sus instintos de vengador.

La mirada que había sido compasiva, volvió a adquirir la lividez


de los alienados. Desaparecieron todos los indicios de retorno a la
sensatez y a la humanidad que había mostrado desde el momento
que afinó con la joven abatida.

Habría sido inútil cualquier tentativa de reconducirle a la


serenidad. Empapándose con los lamentos de aquella que
consideraba seguía siendo la mujer querida, recuperaba en sí
mismo el impulso salvaje de la fiera sedienta de sangre.

En respuesta a nuestras peticiones de calma y tolerancia,


clamaba continuamente que no, que no… Nadie le haría renunciar
a la guerra por la tranquilidad de aquella que amaba, decía que
desconocía hasta entonces, el martirio que había supuesto su
hermana durante toda su vida e insistía en vengarla.

Al verle abandonar el servicio que voluntariamente se había


impuesto, incapaz de reflexionar en las consecuencias de la propia

215
ANDRÉ LUIZ

deserción, comprendí que el ex obsesor, transformado en amigo,


había sido asaltado por una crisis de locura y consideré si el
hermano Félix no se habría equivocado al solicitar la permanencia
de Marita en su cuerpo, dada la extensión de los males que el ex
vampiro sería capaz de provocar a partir de entonces, pero me
reprimí… ¡No! Yo no tenía derecho a juzgar al compañero perdido
que se apartaba de nosotros mientras el sol de la mañana
despuntaba en el cielo. El hermano Félix sabía lo que hacía y, con
toda seguridad, nunca había fallado antes en lo más mínimo, por lo
que no debía perder la confianza…

Mi trabajo simplemente era socorrer. Traspasé las atenciones a


seguir a Arnulfo y Telmo y me dirigí a la residencia de los Torres,
único lugar donde Moreira, a mi ver, se encaminaría.

Entré…

En la casa silenciosa, se mascaba el miedo. Había lágrimas en el


semblante de los servidores humildes.

Doña Beatriz, en coma, esperaba la muerte.

Neves y otros compañeros del mundo espiritual rodeaban el


lecho. Una enfermera observaba a la señora a punto de entrar en
el gran reposo, junto con Nemesio, Gilberto y Marina, que se
acomodaban a corta distancia.

Aturdido, observé que Moreira todavía no se hallaba allí. Sin


embargo, en unos momentos, el ex acompañante de Claudio,
seguido por cuatro camaradas truculentos y ceñudos, penetró sin
ningún respeto en el recinto… Y, sin la menor consideración por la
agonizante, se acercó a la hija de Doña Marcia y gritó, encolerizado:

–¡Asesina! ¡Asesina!

216
SEXO Y DESTINO

Capítulo 4
Al recibir la agresión, Marina experimentó un irreprimible
malestar. Empalideció. Se sentía sofocada. Tenía todos los
síntomas de quien hubiese recibido un golpe en el cráneo. Echó la
cabeza atrás, en el sillón, esforzándose por disimular la
indisposición, pero en vano. Los Torres, padre e hijo, notaron el
mareo y se acercaron presurosos.

Nemesio tomó la palabra, atribuyendo el desmayo a la fatiga de


quien había estado la noche entera sin el más mínimo descanso
desde el día anterior, junto a la dueña de la casa, cuyo cuerpo se
consumía con dolorosa lentitud, mientras Gilberto traía agua fresca
antes de llamar al médico.

En el ambiente espiritual el impacto no fue menor. Neves me miró,


inquieto, como pidiendo socorro para no estallar. Conocía a Moreira,
de nuestra primera visita a Flamengo pero ignoraba los
acontecimientos que se habían desarrollado en los días anteriores.
Por la mirada inquisitiva que nos dirigió, estimé que juzgaba que el
aposento de su hija estaba repleto de desencarnados malhechores,
sin que aquello tuviese ningún sentido, incapaz como era de juzgar
las causas que impulsaban al ex obsesor de Claudio a aquella
rebelión, acompañado de colegas infelices que se disponían a atacar
en una acción de castigo, considerada por él de justicia.

217
ANDRÉ LUIZ

Una de las señoras desencarnadas, que aguardaba el momento


de recoger a Beatriz una vez libre, se acercó a mí reclamando
medidas.

Moreira y sus compinches proferían palabrotas y obscenidades,


rompiendo la dignidad del recinto, después de haber burlado la
vigilancia mantenida en torno a la casa. No pedía que se les
contuviese de alguna forma, en base a preconceptos humanos.
Aceptaba a los recién llegados en la posición de acreedores de
mayor consideración, pero la señora Torres estaba en las últimas
oraciones, en vías de partir. Requería tranquilidad y silencio.

En algunas terapias, no se puede restablecer la normalidad


orgánica sino removiendo el centro de infección y allí el punto que
rompía la armonía era Marina.

Una vez alejada la joven, se irían con ella los agentes del
desorden.

Me acerqué a la chica que no sentía piedad. Le supliqué que se


fuese, que reposase, que no dudase en aceptar nuestra sugerencia,
que redundaría en su provecho.

Ella obedeció a regañadientes.

Pidió permiso a los Torres para esperar al médico en otra


habitación de la casa, y yo le acompañé. La banda, sin embargo,
vino a mí y Moreira me encaró. Quería saber porqué me inspiraba
simpatía la joven que él hostilizaba. Me espetó si yo no la conocía
todavía lo suficiente, si no había asistido a las bacanales con el
padre y el hijo y porqué me interesaba de un modo tan especial
por la que el llamaba canalla, bonita por fuera y depravada por
dentro.

Notando mi escaso interés por tal conversación, recordó con


malas formas a la dama que nos había rogado tomar medidas para

218
SEXO Y DESTINO

apartarle de la habitación de Doña Beatriz, diciendo que él no era


un cobarde para incomodar a un moribundo y preguntó,
insolentemente, porqué razón las entidades venerables y amigos
que él citó como “aquellas mujeres” nos solicitaban a retirarle a él
de allí, y sin embargo dejaban a Marina, destacando que él, aunque
fuese más franco y rudo, no se consideraba peor que ella.

Continuó censurando agriamente la situación y en base a la


confianza que tenía en mí desde la víspera, quiso saber
exactamente mi punto de vista.

Me arriesgué a decir que Marina, a pesar de todo, era hija de


Claudio y hermana de Marita, a los cuales ambos teníamos mucho
afecto. Cualquier cosa que la perjudicase sería malo para ellos. No
tenía nada que decir en cuanto a posibles reprimendas y
correcciones a su conducta, para que pudiesen cambiar pero, por
amistad a los Nogueira, no podía permitir que fuese masacrada.

Sonrió y expresó que las apreciaciones tenían algún sentido,


prometiendo que no atacaría con saña, pero que no desistiría del
correctivo.

Despidió a los compinches diciendo que esperasen órdenes en


el patio, y nos acompañó, agarrando descortésmente a la joven.

Indiferente a cualquier idea de compañías espirituales, Marina


entró en la habitación y se acostó en la cama, cerrando los ojos.

Se relajó.

Quería dormir, descansar… Pero no lo consiguió.

Moreira, insensible, queriendo apartar de mí cualquier muestra


de simpatía por ella, dijo que le iba a someter a un interrogatorio
sobre Marita, para que yo pudiese apreciar sus reales
pensamientos y llegara a otra conclusión por mí mismo.

219
ANDRÉ LUIZ

Suspiré porque la joven mostrase respuestas nobles con


respecto a tal asunto, pero mis esperanzas se desvanecieron desde
el primer momento.

El indeseable protector de Marita, elevado por sí mismo a la


condición de juez, lanzó un insulto contundente en los oídos de la
chica y le pidió opinión sobre la hermana hospitalizada.

Le pedía que se manifestase, que expresase su punto de vista


sobre aquel suicidio conmovedor.

Marina todavía débil, creyó pensar ella misma sobre la hermana


accidentada y, creyendo que era un monólogo interno, dejó que
sus pensamientos fluyesen sin la más leve auto-crítica.

Se compadecía de la hermana pero se sentía agradecida al


destino por verse libre de ella. Indiscutiblemente, no la hubiese
impulsado nunca a la muerte, no tenía coraje para tanto, pero si
ella misma había decidido desaparecer cediéndole su lugar, se
sentía aliviada. Gilberto le contó con detalles la conversación
telefónica de aquella noche.

No había sido ninguna broma, ambos habían deducido que


Marita había imitado su voz para hacerse pasar por ella y conocer
los sentimientos del joven.

Convencida de que no la quería, había preferido morir.

Totalmente desilusionada, optó por renunciar. Así que no cabía


perderse en divagaciones. Si el joven Torres la amaba y si la otra
había resuelto desaparecer, no había motivo para atormentarse. El
propio Gilberto, semanas antes, le preguntó por las conductas
raras de la hermana. Creía que su desequilibrio y neurosis quizás
se debiesen a la paternidad anónima. El hijo de Nemesio creía que
podría tratarse incluso de sífilis en el cerebro, confirmando que
Marita no podría ser nunca una mujer casada normal.

220
SEXO Y DESTINO

Después de una ligera pausa en el pensamiento, como quien


apaga una luz y la enciende, cambiando el escenario, la joven
siguió pensando, recordando…

Había llamado a su casa, en la noche, y su madre le informó que


Marita todavía no había muerto, sin embargo el médico le dijo a
ella, Doña Marcia, en tono confidencial, que la ciencia no tenía
medios para su recuperación y que el óbito era cuestión de días. El
facultativo le pidió tener atención especial para con Claudio,
arrasado por la angustia. Le recomendó no decir al marido nada de
esto que le contaba a ella, por notarle más tranquila ante el
sufrimiento. Que ella, en su condición de madre, se preparase para
emociones muy fuertes para apoyar a la familia en el trance que
sobrevendría en cualquier momento.

Aquellos pensamientos, en silencio, habrían herido a Moreira en


sus fibras más sensibles.

Las explicaciones médicas tendrían para él el resultado de un


rayo.

No se resignaba a perder a Marita en el plano físico. Ella,


inconscientemente, desprendía recursos fluídicos que sintonizaban
perfectamente con los suyos, proporcionándole sensaciones de
euforia, energía.

Retiraba de ella los estímulos mentales que daban vigor a su


masculinidad así como se valía de Claudio habitualmente, para vivir
sobre la Tierra como cualquier ser humano.

Entre frustrado e inconforme, insultó a Marina y se justificó


delante de mí, en cuanto a su determinación de castigarla. Con la
rabia de un niño, exclamó que ambos podíamos percibir el regocijo
que le causaba el infortunio de la hermana, que yo no podía negar
la frialdad de sus sentimientos y que mi testimonio y mi palabra
apoyasen sus conclusiones.

221
ANDRÉ LUIZ

Marina seguía meditando, aclarando más y más sus impresiones


sobre el tema sugerido por Moreira.

Amaba a Gilberto, sí, sólo a él. Haría lo posible para


desembarazarse de su padre. Cuanto más tiempo pasaba, más
segura estaba de su cariño.

Quería casarse con él, ser la madre de sus hijos…

Cuando la escena del futuro hogar se reflejó en su imaginación,


mi interlocutor arremetió contra ella y bramó:

–¡Nunca!... ¡Tú nunca serás feliz!... Tú mataste a tu hermana…


¡Asesina! ¡Asesina!...

Ante tal agresión, de la que yo no podía protegerla, ya que mi


interferencia aislada era desaconsejable en beneficio de ella
misma, la joven se sintió invadida por un extraño malestar.

Aquellas recriminaciones le llegaban hondo, como si alguien le


perforase el pensamiento.

Jadeó, con desasosiego.

Comenzó a reflexionar nuevamente sobre Marita, bajo otros


aspectos.

En vano esgrimía ideas, intentando luchar contra el


remordimiento que se infiltraba en su conciencia.

Creía contradecirse. Ignoraba que se encontraba en lucha con


una inteligencia invisible que le pedía cuentas sobre su proceder. A
medida que el adversario la censuraba más y más, ella se iba
sintiendo más culpable. Creía que iba a perder la razón, a
desmayarse, a volverse totalmente loca…

222
SEXO Y DESTINO

El obsesor iba derribando su fortaleza, infiltrándose en las


brechas que, lamentablemente existían. A través de ellas lanzaba
maldiciones y sarcasmos, para generar la demencia e invocar la
muerte.

En vano, trabajé en silencio intentando lanzar agentes mentales de


auxilio para que la víctima se pudiese librar, pero la joven, muy hábil
para moverse entre los hombres, sin comprometerse en la superficie
de las circunstancias, carecía totalmente de conocimientos nobles
para poderse evadir de un ataque como el que sufría ahora.

Marina, a merced de la fuerza que minaba sus recursos


psíquicos, se sentía derrotada…

De su actitud impasible ante el desastre ocurrido con la


hermana, pasó a sentirse oprimida, temerosa…

Ante las sugerencias del inquisidor que torturaba su mente,


comenzó a imaginar que Marita, en verdad, no habría intentado el
suicidio si hubiese encontrado en ella una compañera honesta y
piadosa.

Recordó la noche en que vio a Gilberto por primera vez, saliendo


del cine en compañía de la hermana, protegiéndola de la lluvia. ¡Era
tan grande la dulzura de aquellos ojos y el cariño de aquellos
abrazos!…

Le pareció Nemesio de joven. Comprometida con el padre, creyó


encontrar en el hijo los atributos juveniles que le faltaban…
Capricho o amor, se apasionó por el joven, le sedujo abiertamente
a través de sus dotes de inteligencia, hasta encender en su alma
entusiasta el deseo de compartir sueños y emociones.

Le convidó a diversiones, aprisionó su corazón, instalando en él


la necesidad imperiosa de estar con ella, convirtiéndole en un
esclavo dependiente. Conseguía completamente de él lo que la

223
ANDRÉ LUIZ

hermana, inexperta y sincera no se atrevía a hacer, aun sabiendo


por él de su compromiso oculto.

Redobló el proceso de seducción para apartarle de Marita, le


acariciaba, le ataba, se imponía como la araña teje su tela para
cautivar al insecto que pretende devorar…

Ante las sugerencias del juez inesperado, se preguntaba a sí


misma sobre su tranquilidad. Examinando escrupulosamente sus
actitudes, verificaba con espanto, que se había herido a sí misma.
El remordimiento se instaló en su mente y las lágrimas abundantes
le subían del pecho a los ojos como los chorros de agua que las
perforaciones consiguen extraer del subsuelo más profundo.

El médico, acompañado por el dueño de la casa, la sorprendió


en plena crisis de llanto. La consoló y trató de elevar su ánimo.
Habló de fatiga, elogió su dedicación como enfermera de Doña
Beatriz y le prescribió un tranquilizante, reposo y que no se
desamparase a sí misma.

Marina, sin embargo, no ignoraba que la conciencia se debatía


en pánico, siendo inútil cualquier tentativa de salir de su fuero
íntimo. Cuando el médico se fue, volvió a llorar compulsivamente
delante de Nemesio que, impresionado se sentó a su lado con la
intención de reconfortarla y reconfortarse.

Ante la escena de ternura sin base en el mutuo afecto que me


veía obligado a presenciar, me inquieté por Moreira que se burlaba
de ellos lanzando frases ultrajantes.

Nemesio rogaba a la joven que se rehiciese, que tuviese


paciencia, que ambos se iban a alegrar mucho.

Sólo unos pocos días más y él estaría en persona en Flamengo,


para ultimar los detalles de la boda. Contaba con ella y quería
hacerla feliz.

224
SEXO Y DESTINO

Encantado, besaba su rostro húmedo, como si quisiera sorber


todas sus lágrimas mientras que la joven francamente confundida,
le dirigía miradas de reojo con una mezcla de compasión y rechazo.

Invité a Moreira a que nos retirásemos. Él, sin embargo,


despiadado, me dijo si me faltaba coraje para conocer a Marina
como él la conocía y, pensando en mi inclinación a defenderla,
resaltó que no estaba allí como verdugo. Sarcástico, me
recomendó que no le acusase de nada, indicando que tenía tanta
culpa de la indisposición de la joven como la tendría un bisturí en
la ablación de un tumor.

Le pedí, por consideración a Claudio, que me ayudase a


proteger a su hija, novata en la lucha contra el mal a pesar de
creerse suficientemente experta.

¿Por qué no nos quedábamos en la puerta, guardándola? Quizás


llegase un momento en que necesitase su ayuda. No obstante
alegar que no le iba el papel de alcahuete y que no tenía vocación
de castrador de malhechores, estuvo de acuerdo y salimos.

Al referirme a la hipnosis, en el campo afectivo, expresando la


paciencia que debemos tener con las personas que adolecen
disturbios del sexo, el se rió abiertamente y comentó burlón, que
no ganaba nada hablando “griego” ante obscenidades que para él
tenían nombres propios y me advirtió que cuando se fuese el
padre, vendría el hijo y vería como se desarrollaban los
acontecimientos.

Efectivamente, cuando el padre se reía, el chico, cansado de la


vigilia nocturna, vino hacia nosotros y entro en la habitación.

El colega me dirigió una mirada significativa pero, antes que


empezase con sus críticas, apareció alguien con bastante simpatía y
piedad como para desbloquearnos la mente.

225
ANDRÉ LUIZ

Era el hermano Félix.

Por su expresión, me dio a entender que estaba informado de


todos los acontecimientos en curso pero, mientras, abrió los
brazos a Moreira, como un padre que encuentra a un hijo. El
amigo, que había vuelto al desequilibrio sentimental, a su vez se
sintió invadido por efluvios regeneradores y recordando con
sensibilidad el primer encuentro en que el benefactor le solicitó
colaboración para Marita, se enterneció.

Félix, sin ningún gesto de desaprobación, se dirigió a él con


absoluta confianza:

–¡Ah, amigo mío, amigo mío!... ¡Nuestra Marita!... y, ante las


preguntas del interlocutor que le trataba de igual a igual, aclaró
que la chiquilla había empeorado. Los dolores agudos mortificaban
su cuerpo. Sufría, fatigada. Desde el momento que Moreira se
había alejado, todo indicaba que la pobre joven notaba su falta. La
niña le necesitaba, le esperaba para tener algo de alivio.

Ante las frases sinceras que llegaban al fondo de su ser, el ex


asesor de Claudio, accedió a volver rápidamente en nuestra
compañía para el hospital, donde realmente la chica se encontraba
en una situación lastimosa.

Habían pasado cuatro horas en el cambio de nuestro servicio.

Observé que la petición de Félix no se trataba de un artificio


piadoso. Telmo le insuflaba energías pero Marita no las asimilaba.

Sin ningún ánimo de censura, hay que precisar que faltaba entre
ellos la armonía necesaria a las ruedas de un engranaje para que la
máquina funcionase. Telmo, rico en fuerzas, apoyándola, era como
un zapato nuevo en un pie enfermo. Al ceder su puesto al recién
llegado se verificó de inmediato una bajada en la presión. Marita se

226
SEXO Y DESTINO

ajustó mecánicamente a los cuidados que Moreira le ofrecía. Aun


así, la peritonitis se instalaba dominando cada vez más.

Aumentaba el malestar.

La hija de Araceli gemía bajo la mirada atenta y atribulada de


Claudio que la observaba, anegado en íntimo sufrimiento. Pero
ahora, el ex-vampiro de Flamengo hallaba diferencias notables.
Debido a los padecimientos físicos, Marita no tenía facilidad para
pensar sino en sus dolores, sudorosa, maltratada… Y el martirio
corporal que inundaba todos sus impulsos en un gemido que no
conseguía articular, provocaba en Moreira sólo simpatía y
compasión.

227
ANDRÉ LUIZ

Capítulo 5
Al atardecer del día siguiente, mientras seguíamos de cerca la
creciente renovación íntima de Claudio que en algunas ocasiones
había logrado hablar con Agustín, adquiriendo más conocimiento
sobre la doctrina espírita, la hija de Araceli reposaba ayudada por
Moreira que se sentía reconfortado al percibir el resultado de su
propio esfuerzo. Reconocía ahora, que la chica afinaba con él en el
apoyo fluídico y se alegraba de ello.

La Providencia Divina bendecía al labrador primerizo, dándole la


posibilidad de ver los frutos prometedores de las primeras
simientes del bien que plantaba.

Si se distanciaba algunos minutos de ella, la joven, cuyo cuerpo


espiritual estaba muy susceptible por el desgaste físico, empezaba a
gemir agravando su sufrimiento para quedarse tranquilo y en
silencio tan pronto él volvía a su tarea de mantenimiento.

Moreira se sentía orgulloso de ser útil. Encontraba motivos para


hablar con nosotros, intercambiando impresiones. Pedía
aclaraciones para poder auxiliar más eficazmente.

228
SEXO Y DESTINO

Había tomado interés en su trabajo. Parecía un hombre que


hubiese suspirado mucho tiempo en vano por la condición de
padre y, hallando un niño, ocupase con él el vacío de su corazón.

Claudio por su parte, no se limitaba a su propia transformación.


Se esmeraba en dar a su hija todo el cariño y asistencia de la que
se veía capaz. El médico vino por la mañana con un neurólogo. Se
habló de cambiar el tratamiento y del ingreso de la joven en una
casa de salud de Botafogo pero la peritonitis desaconsejaba un
traslado rápido. Por esta razón se acordó una aplicación masiva de
antibióticos hasta que la mejora esperada posibilitase el traslado.

El padre no regateaba cuidados, no desdeñaba cualquier


medida, costase lo que costase.

Llegada la noche, el hermano Félix vino hasta nosotros y


después de felicitar a Moreira por la tarea que realizaba, nos
informó de la desencarnación de Doña Beatriz.

La esposa de Nemesio abandonó por fin el cuerpo consumido


por el cáncer.

Una vez verificada la estabilidad de los servicios en curso, el


instructor me pidió que le acompañase al domicilio de los Torres.

Salimos.

En el viaje discretamente me dijo que estaba preocupado por


Marina, era imprescindible protegerla contra la obsesión que se
había iniciado.

Moreira se había apartado pero en la casa seguían los vampiros


que había contratado, perseguidores infelices que inevitablemente,
traerían a otros para complicar la vida mental de la joven,
comprometida por el remordimiento.

229
ANDRÉ LUIZ

Las palabras y el tono de voz del hermano Félix acentuaban la


grandeza de su alma. El no veía en la hija de Doña Marcia a la joven
corrupta que yo mismo, sin ninguna malicia, podría encuadrar en
las filas de la prostitución, ni veía tan viles sus más recónditas
ideas. Hablaba de ella, como quien menciona la tierra fértil que la
desidia del labrador deja para las serpientes. Marina, en su
opinión, era una hija de Dios que necesitaba veneración y ternura.
Confiaba en ella, en su futuro.

Antes que pudiese pronunciarme sobre el tema, alcanzamos la


casa que la muerte había visitado.

Entramos.

La intensa luz de las lámparas permitía ver la reducida asamblea


que se encontraba en el velatorio.

Aquí y allí, frases convencionales expresadas sin mayor


sentimiento para el esposo y el hijo de la señora desencarnada.

Nemesio y Gilberto no mostraban gran pesar en sus rostros


cansados e impasibles.

La enfermedad prolongada había minado su resistencia para la


representación de formas sociales. Agotados por las vigilias
sucesivas no ocultaban su propia relajación. Se referían a la muerta
como a un viajero atormentado que debería haber alcanzado
puerto mucho antes para su propio descanso.

El cuerpo físico de aquella alma buena y venerable tenía


atenciones especiales en el ataúd de lujo, mientras ella misma,
inconsciente, se hallaba en brazos de hermanas afectuosas bajo la
mirada conmovida de Neves y otros familiares en cariñoso desvelo.

El hermano Félix, tomando el mando, dio instrucciones. Beatriz,


que se había preparado laboriosamente para esa hora, sería

230
SEXO Y DESTINO

conducida lo antes posible a la organización de socorro del plano


espiritual en el mismo Río hasta que se recuperase y pudiera
continuar su viaje más allá.

Todo era armonía en las disposiciones trazadas.

Mientras el triste retrato físico de Doña Beatriz fue situado en el


lugar adecuado del velatorio, Marina apareció anegada en llanto.
Lloraba con dolor sincero. Parecía, en aquella reunión de etiqueta, la
única persona unida por lazos de amor a la piadosa dama que
pasaba la última página de su existencia, callada y humilde en
aquella casa abrillantada por la fortuna. Al mirar el cuerpo frío, cayó
de rodillas llorando copiosamente. Envidió a aquella cuya última
sonrisa de complacencia se estampaba serena, como si estuviese
satisfecha por dejarla en el lugar que había ocupado, por tantos
años, al lado de un marido que siempre le había engañado.

–¡Ah, Doña Beatriz!... ¡Doña Beatriz!...

Las palabras entre sollozos salían de aquel pecho juvenil como


si quisiera iniciar una larga confesión.

Nos acercamos a la joven con el propósito de auxiliarla, pero


Félix consideró que el desahogo le vendría bien.

Marina, fatigada por el insomnio y desgastada por la acción de


los obsesores que exprimían sus fuerzas, sentía miedo.
Contemplaba el envoltorio físico de Doña Beatriz a través de
lágrimas, reflexionando en los secretos de la muerte y en los
problemas de la vida…

Si el alma sobrevive al cuerpo –pensaba, inquieta– seguro que la


señora Torres podría verla ahora sin el más mínimo subterfugio.
Comprobar que ella había sido allí, no la enfermera espontánea y si,
la mujer que dominaba a su esposo y a su hijo…

231
ANDRÉ LUIZ

Atemorizada, le rogaba comprensión y perdón.

¿Qué diría aquella boca silenciosa para ella, si pudiese hablar,


después de saber la verdad?...

Beatriz sin embargo, en aquel momento se estaba rehaciendo y


yacía inaccesible a las complicaciones de la vida terrestre. Y en
lugar de ella, era su propio remordimiento el que despertaba en su
imaginación, acusando, acusando…

La pena de la joven provocaba simpatía en los asistentes al


velatorio y despertaba, tanto en Nemesio como en su hijo, nuevos
motivos de atracción.

Delante de aquel llanto punzante ambos la miraban,


tiernamente, expresando reconocimiento en los ojos, cada uno de
ellos deseándola como la compañera ideal para el resto de su vida,
sin la menor sospecha de que ese sentimiento existía en ambos.

Aquella misma noche me percaté de la ausencia de Doña Beatriz


en el ámbito hogareño.

El alejamiento de la hija de Neves y de los amigos espirituales


que constituían su compañía, dejó la vivienda cual ciudad donde no
existen recursos para conservar el orden.

Transcurrido algún tiempo del velatorio, los vagabundos


desencarnados tuvieron el acceso libre.

El nivel de los pensamientos derivó a la conversación libertina.


Ni la dignidad que la muerte infundía al recinto fue respetada. Se
hacían relatos jocosos animados por las bromas de los propios
asistentes. Uno de los presentes comentó con entusiasmo, los
espectáculos pornográficos a los que había asistido en un reciente
viaje al extranjero, suscitando el interés de los vampiros, seducidos
por la idea de repetirlos a su propia manera.

232
SEXO Y DESTINO

No contentos con agotar la reserva de finos licores guardados


desde hacía tiempo en la casa, bebedores encarnados y
desencarnados impulsaron a Nemesio a la petición por teléfono de
vinos y güisquis, rápidamente libados por ávidas y secas gargantas.

El hermano Félix, previendo estas liviandades, había recomendado


que se aplicasen a la señora desencarnada recursos anestésicos, con el
fin de mantenerla aislada del licencioso festín celebrado en nombre de
la solidaridad afectiva delante de la muerta.

Los últimos compañeros espirituales de Beatriz, se habían


retirado discretamente, y nosotros mismos no tuvimos otro
recurso más que irnos de la residencia a altas horas de la
madrugada, después de socorrer a Marina, dejando los despojos
de la noble señora a las densas nubes de emanaciones alcohólicas
que poblaban la habitación, atmósfera difícilmente respirable.

Sólo al día siguiente, acabados los funerales, volví del hospital a


casa de los Torres donde la hija de Claudio se había quedado.

Varias conversaciones telefónicas entre madre e hija


examinaban la nueva situación. Doña Marcia quería que volviese a
casa y Nemesio deseaba que se quedase en su residencia. Él
mismo llamó a Doña Marcia solicitando tal permanencia, necesaria
según él para orientar el servicio que trabajaba en la residencia,
por lo menos por algunas semanas hasta que todo volviese a la
normalidad.

La señora Nogueira honrada con tal gentileza, no vaciló en


confiar en él. Accedió con agrado, feliz.

En cada frase que Nemesio le decía, presentía la alianza de los


Nogueira y los Torres por el matrimonio entre los jóvenes.

Marina, mientras, minadas sus energías por los agentes de la


perturbación que Moreira había situado a su lado, se encontraba

233
ANDRÉ LUIZ

muy débil. Estaba en la cama en un cuarto cerrado. Le dolía su


deslealtad con Doña Beatriz, se culpaba del desastre ocurrido con
Marita, a quien no tenía valor de ir a visitar.

Ella que hasta entonces, salía siempre victoriosa, se sentía


derrotada como un luchador alejado del campo por su propia falta
de pericia.

Lloraba, oía voces, se sentía perseguida por sombras extrañas.


Huía de todos, enfadada, nerviosa. Al hablar con Nemesio o
Gilberto caía en crisis convulsivas de llanto que no remitían ni con
las palabras amables ni con los medicamentos.

Pasados cinco días, Nemesio llamó a Doña Marcia solicitándole


un encuentro personal, en Flamengo, a la mañana siguiente.
Informado que el padre no podía dejar el hospital, insistió para
realizar de todas formas la visita. Marina se encontraba muy
abatida. Tenía intención de llevarla a Petrópolis para un cambio de
aires beneficioso para ella.

La joven seguía postrada, como resultado de tantos sacrificios


que la situación de la esposa muerta le había exigido. Pretendía
realizar esto como una compensación a su dedicación, pero
necesitaba consultar la opinión de la familia.

Doña Marcia, aparentando una gran respetabilidad familiar,


preguntó si Gilberto iría también, como si temiese alguna
complicación prematura e indeseable entre los jóvenes.

Nemesio sin embargo, apasionado por la joven, no era capaz de


percibir la sutileza de la esposa de Claudio, que quería pasar ante
él como una severa guardiana de las virtudes domésticas, y la
señora Nogueira, esperando a Gilberto como yerno e ignorando
completamente la intimidad entre su hija y el señor Torres, no
comprendía en toda su extensión aquella efusiva garantía moral
que Nemesio le ofrecía, pidiendo su confianza.

234
SEXO Y DESTINO

Le dijo que estuviese tranquila. Marina estaría con él y con una


gobernanta, nadie más.

Doña Marcia le agradeció estas medidas y estuvo de acuerdo.

Aun así, la entrevista quedó fijada para el día siguiente.

A la hora marcada, acompañé a Nemesio a Flamengo, como


quien estudia un componente peligroso antes de utilizarlo en un
proceso curativo en curso.

Doña Marcia no olvidó ningún detalle de buen gusto, teniendo en


cuenta el luto de los Torres. Adornos discretos en la sala, hortensias
azules, vajilla morada para el café.

Nemesio quedó gratamente sorprendido. Viendo a la anfitriona,


bien vestida para la ocasión con un conjunto de algodón
transparente y suave, no sabía si era una copia de la hija o si la hija
era una copia de ella.

Cómodamente sentados, la charla comenzó por un intercambio


de sentimientos recíprocos. Pésame por la muerte de Doña Beatriz,
pesar por el accidente ocurrido en Copacabana. Molestias de
Marita, cansancio de Marina, devoción de Claudio por la hija
hospitalizada, elogio a los parientes.

Citas sobre las vicisitudes de la vida.

Doña Marcia comentaba todo con inteligencia, optimismo y


finura en el trato.

Nemesio encantado, fumaba y sonreía admirando su


personalidad.

A lo largo de la conversación, surgió el tema de Petrópolis y se


estableció un diálogo más vivo entre aquella que el visitante

235
ANDRÉ LUIZ

pensaba iba a ser su suegra y aquel con quien la interlocutora


nunca imaginaría como yerno.

–La señora debe estar tranquila –decía Torres, eufórico–, Marina


seguirá en mi compañía, todo está en orden, creo que un cambio de
aires será una terapia adecuada.

La pobre merece reposo, se ha excedido tanto en el trabajo…

–No tengo ninguna objeción –dijo la madre de Marina,


extrañada del brillo de aquellos ojos que escudriñaban sus
reacciones –pero, el señor comprenderá… soy madre. Además,
tengo a mi marido ocupado con la otra hija, que a pesar de ser
adoptiva, es un trocito de nuestro corazón… Un viaje así, tan
rápido…

–¡Oh! No se preocupe en absoluto, además ya no soy un niño…

–Si, pero el señor comprenderá… Mientras su esposa estaba


enferma, la estancia de mi hija en su casa era justa, pero ahora…
Sé que Marina no está entre extraños, el señor para nosotros no
sólo es el director de la empresa en que trabaja, sino que es para
ella un amigo, un protector, un padre…

–¡Mucho más que eso!...

La señora Nogueira se estremeció. ¿Qué quería decir aquel


hombre con semejante afirmación, ante las frases de ella
encaminadas a que le proporcionase alguna esperanza del
próximo enlace de los hijos?

Sin querer, reflexionó sobre las sospechas de Claudio. Los


paseos y las diversiones de aquel hombre de negocios con la joven,
que ella pensaba que eran sólo motivo de consuelo para un viejo
que sufría ¿tendrían en realidad el aspecto inconfesable que su
marido creía? “mucho más que eso”... aquellas palabras
pronunciadas con tanta ternura daban vueltas en su cabeza.

236
SEXO Y DESTINO

La despertaban para la realidad que no había siquiera


imaginado. Aun así, no se lo podía creer. ¡Imposible! Imposible que
Marina…

En un instante fijó toda su curiosidad femenina en el rico


hombre de negocios, observándole de arriba abajo.

Era lo suficientemente experta para no examinar el juego en


que se encontraba sin saber exactamente lo que la convenía para
defender sus propios intereses. Descubrió en el viudo, que había
supuesto arcaico y patriarcal, marcados atractivos susceptibles de
impresionar favorablemente a cualquier chica desprevenida.
Conocía a Gilberto en persona y le tenía como un joven notable
pero llegó a la conclusión de que el viejo ganaría al hijo en
cualquier torneo de seducción. Ella, que se enorgullecía de ser muy
experta en materia de uniones afectivas, desconfiaba ahora…
Quiso hablar, buscando una salida brillante, pero se atascaba. Los
ojos conquistadores, la elegancia de aquel casanova maduro la
perturbaban.

Tembló, desconcertada.

Nemesio sonrió, atribuyendo la emoción a la alegría de madre


por el futuro de su hija, y comentó:

–La señora no tiene motivos para afligirse. Marina es acreedora


de mi mejor consideración. Convénzase que, en estos dos meses
de trato diario, ella goza de toda la libertad en mi casa y hoy es
dueña de nuestra absoluta intimidad. Estoy seguro que usted es
una mujer moderna., abierta y liberal. No se molestará entonces al
saber que Marina en mi casa hace lo que quiere, gasta lo que
quiere y duerme donde quiere, sin que nadie la incomode…

Doña Marcia escuchó esto con deferencia y dedujo que Nemesio


estimaba a su hija desinhibida y libre. Aún así se quedó sin saber
hasta donde el señor Torres quería llegar, exponiendo la

237
ANDRÉ LUIZ

independencia que disfrutaba Marina… No lograba percibir en que


situación el caballero la deseaba más libre, si junto a él o junto a su
hijo… Como era lo bastante hábil para no arriesgarse a emitir
cualquier apreciación que pudiese malograr futuras ventajas,
recompuso sus energías, esbozó una tímida sonrisa y dijo
amablemente:

–Bien, yo no tengo una hija con ideas del amor caducas o


tradicionales, pero me gustaría que usted fuese más explícito…

Y dejándola casi aturdida del pasmo, Nemesio, con la dulzura de


un niño le confesó su romance. Amaba a su hija, quería casarse
con ella. Estaba de luto, pero en pocas semanas las apariencias
sociales desaparecerían.

Pidió a Doña Marcia que guardase el secreto ante su marido, se


ponía afectuosamente en su comprensión y pedía ayuda para su
corazón enamorado.

Ante aquellos ojos asombrados, que él interpretó como júbilo


materno, expuso parte de los bienes que poseía.

Enumeró seis de los mejores apartamentos que tenía,


alquilados en excelentes condiciones, citó los negocios de la
inmobiliaria que le proporcionaban pingües beneficios, aunque
manejase capitales ajenos a módico interés para los proyectos de
mayor importancia.

La señora Nogueira se sentía perpleja, angustiada.

No sabía en que pensar, si en lo inusitado de la situación o en la


sagacidad de la hija. Se veía a sí misma sobrepasada en astucia,
quedándose atrás.

En fracción de segundos, maquinó la posición de Gilberto.


¿Cómo estaría el chico, embelesado con otra?

238
SEXO Y DESTINO

Mujer con experiencia, aunque a veces llegase a conclusiones


tardías sobre el esposo y la hija, en temas de conducta e
inclinaciones no se engañaba sobre la unión que Nemesio
intentaba esconder en la deliciosa conversación. La inflexión
apasionada con que el viudo adornaba cada frase cuando las flores
del sepulcro de su esposa no se habían marchitado todavía, le
ahorraba cualquier esfuerzo imaginativo. Aquel hombre hablaba
de su hija no en la expectativa de admirador ingenuo sino con la
certeza del amante consolidado.

¿A que irreflexiones se había entregado Marina en casa de los


Torres? –se preguntaba, inquieta.

Había entusiasmado a su jefe enredando su espíritu en


lamentable alucinación ¿qué métodos habría utilizado con el hijo
para desviar su camino? Teniendo en cuenta las magnificas
cualidades económicas de Nemesio, que no era un partido a
despreciar, plasmó una sonrisa complaciente en su rostro.

Cuando se disponía a profundizar en el asunto, sonó de repente


el teléfono.

El timbre le sirvió para desahogarse un poco. Era un intervalo


providencial que le permitía una tregua para un mejor análisis de
la situación.

Era el médico amigo, para darle noticias confidenciales.

Tal como le había pedido días antes, le informó del estado de


Marita. Había empeorado. Si quería verla todavía con vida no debía
demorar la visita. Claudio no comprendía la gravedad de la
situación y todavía soñaba con una recuperación de la joven, pero
él como profesional experto, sabía que no había esperanzas.
Detalló el proceso renal, la peritonitis, las heridas derivadas del
accidente…

239
ANDRÉ LUIZ

Doña Marcia le dio las gracias y se quedó tan pálida que


Nemesio se vio forzado a sujetarla para evitar su desmayo.
Enterado de lo que ocurría, se ofreció para llevarla al hospital a ver
a su hija. Explicó que no sólo era la satisfacción de acompañarla,
sino que también aprovecharía la ocasión para saludar a la joven
accidentada y dar un abrazo al padre de Marina al que
consideraba, anticipadamente, un amigo y un familiar.

Asustada y afligida, la señora Nogueira aceptó y en breves


instantes los dos se dirigían en coche al hospital, con la apariencia
de una pareja elegante y feliz rodando sobre el asfalto para una
visita de compromiso.

240
SEXO Y DESTINO

Capítulo 6
En el mismo coche iba yo para el hospital, de servicio.

La señora Nogueira observaba a Nemesio al volante, apreciando


su aparente prudencia y el porte esbelto.

Se inquietaba consigo misma, al reflexionar sobre algo que no


quería pensar. A la vista de aquel tipo gallardo, se preguntaba por
qué razón Marina prefería al hijo que al padre, si éste, caballero
rico y simpático, era sin duda, una persona capaz de asegurarle
independencia y posición.

De vez en cuando, pensaba que la juventud no tenía lógica.


Unos minutos más y penetramos en el hospital, donde fue recibida
por el médico que la había llamado momentos antes.

El doctor, gentilmente, le indicó haber avisado a Claudio de la


visita sorpresa, pero Doña Marcia cambió de conversación para no
dar al padre de Gilberto la impresión de que era la primera vez que
iba allí. Habló de la temperatura, comentó banalidades y el médico,
lejos de darse cuenta que era su instrumento, respondía a sus
calculadas preguntas atendiendo, involuntariamente, a los fines
que ella se proponía.

241
ANDRÉ LUIZ

De esta manera, al entrar en la habitación, Nemesio tenía la


convicción de acompañar a un símbolo vivo de ternura materna.

Claudio, abatido, recibió por su parte a los recién llegados entre


seco y atento. Al principio, molestia íntima… Después, se conformó.
Sufría lo bastante para ponerse a discutir y había aprendido lo
suficiente en aquellos días de angustia para no hacer ninguna
reclamación. Además, al encarar a Nemesio, le dirigió una mirada
de hombre atribulado que ruega a otro hombre compasión y
socorro.

Recibió su cordial abrazo, después de las presentaciones hechas


por su mujer y se vio como un alumno ante un examen.

Torres, al que él conocía tan bien, aunque a distancia, le pareció


diferente. Sabía que salía con su hija a lugares nocturnos y alguna
vez había tenido el impulso de pegarle, al tener que retirarse,
humillado, de lugares de diversión para no aguantar desacatos,
pero ahora contemplaba su rostro imbuido de sentimientos
nuevos. Se veía a sí mismo en una prueba de comprensión y
tolerancia. En un instante asoció las enseñanzas espíritas cristianas
que habían cambiado su ser interior con Marita enferma, miró a
Nemesio y Marcia y dedujo que no debía juzgar a aquel hombre
que se entrometía en su familia. Mecánicamente, recordó a Jesús y
la lección de la primera piedra…

Sopesó la situación y se catalogó en un nivel inferior. Torres se


entretenía con una joven que le permitía ser libre y era hija de otro
hombre. Él, sin embargo, no había dudado en abusar de su propia
hija, después de engañarla en la sombra con una mentira soez.
¿Con que derecho asumiría ante la propia víctima tumbada allí, el
papel de censor?

Indudablemente –conducía en reflexiones instantáneas–, los


amigos espirituales le traían al hombre que detestaba para probar
su renovación. Y él mismo, también –consideró humildemente–

242
SEXO Y DESTINO

tenía el deber de sopesar las propias reacciones, verse tal cual era
en el fondo de su conciencia.

En aquella prueba de segundos, miró a su esposa y no encontró


a la enemiga cordial de tantos años.

Aquella cara de muñeca con excesivo maquillaje, en los nuevos


conceptos que empezaba a asumir, ocultaba un corazón
insatisfecho cuyos desastres habían sido provocados por él mismo.
Había hundido sus sueños después de casarse. Recordó cómo se
enfadaba con ella, despiadadamente, entonces chiquilla cándida y
espontánea, sólo por verla embarazada de Marina y como dirigió
sus instintos de hombre salvaje en dirección a Araceli. Desde el
momento que se vio obligada a criar dos hijas en vez de una, la
personalidad real de Marcia había desaparecido.

Se había desequilibrado. Y él, en vez de regenerarse,


recuperándola, había estado siempre a la caza de aventuras ¿Cómo
rendir cuentas a su mujer, si él era el culpable? No quería huir del
auto examen, lo que podía perfectamente hacer a través de una
conversación superficial, pero llegó a la conclusión que no conse-
guiría con ello ausentarse de su propia alma. Era necesario
escudriñarse, soportarse. Percibió que Nemesio y Marcia,
expectantes, le notaban raro y, más para no incomodarles que
para evadirse de cualquier crítica, miró a la hija desfigurada, a la
que solamente las energías de Moreira y la alimentación artificial
retenían en el cuerpo físico y dijo al padre de Gilberto, con
profundo sentimiento.

–Mire… Nuestra hija está muy mal…

Los recién llegados miraron atónitos aquel cadáver que todavía


respiraba…

Doña Marcia se sintió angustiada del asombro, mezclado con


piedad, pero se reprimió.

243
ANDRÉ LUIZ

Torres, a su vez, apretó los dedos contra las palmas de las


manos, en un gesto peculiar de nerviosismo. La joven que yacía allí
le recordó la imagen de Beatriz. Se echó atrás, automáticamente,
quiso expresar su amistad al padre de Marina, pero se encontró
con Claudio, pañuelo en mano, intentando inútilmente limpiar el
llanto que caía por su rostro.

La señora Nogueira habló entonces.

Aunque estaba impresionada no sólo por la visión decadente de


su hija adoptiva sino también al constatar la inesperada
sensibilización de su marido, se controló lo suficiente para
expresarse sin ninguna traba.

Comentó lo que el médico le había dicho, respetando el pesar


del esposo, describió la versión del accidente que ella misma había
inventado para la gente y pidió disculpas por el estado en que
Claudio se encontraba. Confesó que ella misma estaba hundida –
observó, educadamente–; sin embargo al ver al marido destrozado
por el disgusto, no había tenido otro remedio que hacerse ella más
fuerte para controlar la situación.

El esposo, bañado en llanto, comprendió que ella mentía para


impresionar y daba buenas palabras para que se la notase que no
salía del hospital; pero no rebatió ninguno de estos argumentos.

Se limitaba a llorar en silencio. En lugar de sentirse indignado


como antes, cuando la veía fingir, se culpaba ahora. Era como un
viajero que hubiese sembrado de clavos el camino por donde
fatalmente debía regresar.

Confirmando lo que pensaba, Doña Marcia se levantó y


conteniendo la repugnancia que el olor insoportable del lecho le
provocaba, arregló la almohada de su hija, dijo algunas palabras
cariñosas y, dándose cuenta del malestar que producía en
Nemesio aquel ambiente maloliente, le indicó debían irse.

244
SEXO Y DESTINO

No sería lícito retener por más tiempo allí al señor Torres. En


cuanto a ella, que Claudio la esperase. Volvería más tarde.

Fórmulas corteses de solidaridad acompañaron a la despedida


de ambos.

El hermano Félix, presente, había seguido minuciosamente el


encuentro y me indicó que lo mismo que yo había vuelto al
hospital por razones de servicio, era conveniente que fuese a la
casa de Nemesio para socorrer a Marina, cuya obsesión se estaba
agravando. Debía pues, acompañar a los dos visitantes para estu-
diar sus reacciones con fines de auxilio.

Me introduje en el coche para la vuelta.

Torres, controlándose, escogió el camino más largo en marcha


lenta.

La tortura de Claudio creaba en él falsas impresiones.


Comparándose con él, se calificaba por hombre de carácter bien
templado que, días antes, había asistido a la muerte de su
compañera sin romperse, mientras que el padre de Marina se
derretía al pie de una hija adoptiva, cuya situación en el momento
actual requería casi la tranquilidad de un depósito de cadáveres.

De vez en cuando, miraba furtivamente a Doña Marcia creyendo


entenderla mejor. La madre de Marina era perfectamente
comparable a la hija en belleza e inteligencia, no podía ser feliz
junto aquel hombre llorón.

El experto hombre de negocios volvió a tomar sus propias


características. Poco a poco, olvidó a la chica accidentada y al padre
arrasado al que tomaba por poco hombre, y pasó a hablar de las
excelencias del tiempo en aquel día como si quisiese despertar en
Doña Marcia la convicción de que estaba en aquel coche bajo la pro-
tección de un compañero comprensivo y fuerte, capaz de tenerla
contenta. Preguntó si ella frecuentaba los paseos cariocas más

245
ANDRÉ LUIZ

conocidos. Citó los almuerzos suculentos de las Paineiras, los picnics


de Piedra del Conde, los baños de Copacabana, la vista inigualable
desde el Pico de Tijuca en los días soleados, donde los prismáticos
parecían traer el arrecife de Marambaia hasta dentro de los ojos…

Doña Marcia conocía todos esos lugares como la palma de la


mano, pero se hizo la ingenua. Sabía por experiencia propia, que
los hombres como Nemesio prefieren las mujeres frágiles y
vergonzosas que se vuelven hacia ellos con la inexperiencia de
criaturas necesitadas de protección. Dijo no conocer nada de los
sitios guanabainos más frecuentados, salvo el Pan de Azúcar, que
había visitado en una excursión muy rápida con las hijas aun muy
pequeñas.

Haciéndose la novata en materia de experiencias románticas,


dijo que se había casado muy joven y que, desde entonces, su
existencia había sido un suplicio entre escobas y sartenes, al lado
de un marido pusilánime, según él mismo Nemesio había podido
comprobar. Que comprendiese el martirio de una mujer
encadenada a un matrimonio infeliz con un llorón, que les había
recibido sin una palabra de aprecio ni cordialidad.

A Torres le gustaron las definiciones, se rió mucho. Habló de


depresiones, de psiquiatras y psicólogos que podrían intervenir en
estos casos.

Doña Marcia dibujó una sonrisa maliciosa, le miró fijamente y


dijo que era muy tarde para tratamientos, que hacía mucho tiempo
que vivía separada de su esposo aunque viviesen bajo el mismo
techo.

Se había acostumbrado a sufrir, dijo suspirando. Nemesio


entendió la insistencia de aquellas miradas y sintió una íntima
satisfacción al sentirse galanteado.

246
SEXO Y DESTINO

La presencia de la futura suegra no le desagradaba. Si no fuese por


Marina –pensó–, no dudaría en atraer y seducir a aquella mujer. Su
compañía en aquella mañana había resultado tonificante para él.
Era hermosa e inteligente.

Se había distraído y olvidado de todo. Aun así, no juzgó


prudente precipitarse. Miró su reloj y viendo que faltaban sólo
cinco minutos para el mediodía, la invitó a almorzar. Conocía un
excelente restaurante en Catete.

La señora Nogueira aceptó encantada. Y la comida transcurrió


alegre.

La invitada se esforzó en adivinar los gustos del anfitrión, para


compartir sus platos predilectos. Sobria, solo tomó agua mineral y
comió poco. En compensación, pensó mucho y habló todo lo
posible, con intención de cautivar al compañero. En un momento
dado, reflexionó sobre los riesgos a que Marina se exponía y,
suavizando la voz, inició la despedida, no antes sin expresar a
Nemesio su agradecimiento por aquel día e igualmente por su
devoción hacia su hija. Además le rogaba disculpase a Marina por
su posible juventud e inexperiencia…

Torres, halagado, reiteró su confianza en Marina, no sin un


gesto significativo para ella, como fue el decirle que, aunque le
aguardase la hija en su casa, no quería que la suegra le olvidase,
que sabía que tenía en él un amigo.

La esposa de Claudio captó la sugerencia y dijo galantemente


que en su calidad de madre abnegada, anhelaba para su hija la
felicidad que ella misma no había podido tener.

Entre ellos, no había duda sobre el afecto surgido, aunque


camuflado entre líneas, alusiones, suspiros y reticencias.

Cuando el padre de Gilberto la dijo adiós, en Flamengo, volvió a


conducir invadido mentalmente por la imagen de la Señora

247
ANDRÉ LUIZ

Nogueira. Para contrarrestar su influencia, superponía


mentalmente la figura de la hija. Al llegar, entró en casa decidido a
ver a Marina.

Fue a su cuarto, se puso el pijama y las zapatillas y se dirigió


silenciosamente a la habitación donde esperaba sorprenderla,
comunicarle sus impresiones y, sobre todo, disipar los
pensamientos lascivos que Doña Marcia le había provocado.

Abrió la puerta levemente, sin ruido, pero tuvo que


sobreponerse para no caer fulminado por el asombro, Gilberto y
ella se besaban en un apasionado abrazo. De espaldas a la puerta,
su hijo no notó su presencia, pero Marina al estar de frente, cruzó
su mirada con la suya, la vio crisparse, palidecer, y se desmayó.

Todo fue muy rápido.

Nemesio se retiró como un perro apaleado, arrastrándose con


una sensación de asfixia terrible.

Con dificultad llegó a su cuarto y se tiró en la cama, hundido por


el sufrimiento.

Diversas ideas iban y venían en su mente. –¿Cómo descifrar el


enigma doloroso? ¿Habría Gilberto abusado de la chica debilitada o
se dividía ella entre los dos?

Intentó levantarse pero, como si hubiese recibido una pedrada


dentro de su corazón, le dolía el pecho, tenía un sudor frío, se
sofocaba.

Pasado un cuarto de hora, Gilberto, ignorante del volcán de


lágrimas que el padre trataba de esconder, vino a decirle que
Marina había empeorado después de un ligero mareo. Había
vuelto en sí como poseída. Gritaba, lloraba, se mordía y hería a sí
misma…

248
SEXO Y DESTINO

Nemesio posó en él sus ojos apenados y le dijo que tomase las


medidas necesarias, que llamase al médico y a Flamengo e
insistiese a la madre para que viniese, explicándole, no sin gran
esfuerzo, que él también había vuelto de la calle incompren-
siblemente abatido…

Me dispuse a ayudar a Marina, reconocí que la obsesión ya


estaba instalada. Los vampiros que había traído Moreira ayudados
por otros, habían dominado por completo a la joven desprevenida.
El choque experimentado había derribado sus últimas fuerzas.
Marina, bajo el yugo de los malhechores desencarnados yacía
hipnotizada, vencida…

Al poco rato, Doña Marcia en persona se encontró con la hija


que la recibió como una demente, irreconocible. El médico optó
por una hospitalización inmediata, que Nemesio quiso costear, con
la impasibilidad de quien cumple un deber. Doña Marcia, para
descargar un poco su conciencia, habló por teléfono con Claudio
suavizando la noticia. Le dijo que Marina se encontraba extenuada de
tanto trabajo, tenía una gran fatiga mental y el doctor había
recomendado ingresarla para una cura de reposo. Ella, como
madre lo aceptaba, pero necesitaba saber su opinión.

Claudio estuvo de acuerdo y Doña Marcia se apresuró en confiar


a Marina a la clínica psiquiátrica de lujo cuyas puertas la joven
cruzó, inspirando lástima y compasión.

Volviendo a la residencia de los Torres, pasados dos días,


encontré a Gilberto preocupado por la joven y más interesado por
ella todavía que antes. Nemesio, sin embargo, consideraba el amor
como zapatilla para el pie y después sólo de cuarenta y ocho horas
del suceso, ya intercambiaba confidencias con la señora Nogueira
sobre los hechos acontecidos y, ambos, en la mayor intimidad, ya
habían encontrado motivos para disculpar lo que llamaban “locuras
de juventud”, consolándose uno al otro.

249
ANDRÉ LUIZ

Capítulo 7
Dos semanas después del desastre de Copacabana, Marita
amaneció preparada para la desencarnación.

Moreira inspiraba piedad. Aquellos días benditos de aprendizaje


y dolor habían cambiado su vida íntima. Dándose cuanta que la
chiquilla entraba en la última etapa de su decadencia orgánica,
lloraba consternado.

En los últimos dos días, había alcanzado una avanzada


renovación. Seguía con total claridad las charlas que Claudio
mantenía con médicos y enfermeros, grababa las oraciones y los
comentarios de Agustín y Salomón, en la hora del pase.

Marita se desligaba, poco a poco, de toda relación con el mundo


corporal. Ni siquiera el calor del amigo generoso que le mantenía
como si fuese un pulmón auxiliar, le interesaba más…

Aunque inmóvil, estaba ahora profundamente lúcida. Los ojos


permanecían casi cerrados pero el apoyo magnético incesante le
abrían la luz de la visión espiritual.

Al principio, al notar que las manos paternas aseaban su cuerpo,


se sentía desesperada, gritando para sí misma que no se

250
SEXO Y DESTINO

conformaba con tanta humillación… Emitía pensamientos de


rebeldía contra el destino que la unía de tal forma a un hombre
que odiaba, pero, a fuerza de percibir su ternura dedicada,
retirando las excreciones que aparecían en su piel herida, sintió
algo nuevo en su corazón. Se enterneció, cambió. Le oía hablar de
Dios y, a veces notaba sus dedos rozando su frente, al mismo
tiempo que mezclaba caricias y oraciones… En uno de los mo-
mentos conmovedores en que ella meditaba, sin dar con los
motivos de esa transformación, Félix se aproximó… Le acarició los
cabellos desaliñados y dijo con la convicción de quien centraliza
todas las energías para sugerir con éxito una actitud aconsejable:

–¡Hija, perdona, perdona!...

Ella captó, emocionada, la voz desconocida y recordó a su


madre que la había dejado en la cuna.

Si –concluyó–, solamente el amor materno volvería de la tumba


para transformar el corazón en llamas en fuente de indulgencia…

Perdonar –se dijo a sí misma– ¿Qué otra cosa podría hacer ante
la muerte? Si, debía partir olvidando sufrimientos y afrentas…Se
notaba en los huesos, como pollito en el huevo. Un leve golpe o
ligero movimiento conseguiría despejarla y debería salir, aun
cuando no supiese hacia donde…

¿Por qué no seguir apagando las llamas que quemaban sus


sentimientos?...

Pensó en aquellas manos que la desvestían, secando su piel


mojada para vestirla de nuevo con el cariño que sólo tienen las
madres cuando tocan a sus niños enfermos y llegó a la conclusión
que debía disculpar, olvidar…

Se compadeció entonces del padre irreflexivo. ¡Perdonarle, si!...


Pensó en eso con el júbilo de quien encuentra una bendición… Él

251
ANDRÉ LUIZ

ahora la respetaba, limpiaba, rezaba… Viviría en la Tierra, quizás


cargando con amargas penas, mientras que ella viajaría para
regiones que ignoraba, poniendo su confianza en aquella voz que
impulsaba su espíritu atribulado a la tranquilidad del perdón…

Recordó el llanto del padre la noche en que le declaró su pasión y


empezó a darse cuenta de muchas cosas. ¡Pobre padre que no tenía
refugio ni en su propia casa!... ¿Tendría una mente normal un
hombre así, parado en casa diariamente como si fuese un perro
infeliz? ¿Quién sabe si no se acercó a ella como un enfermo
buscando un remedio que no sabía calificar, en la turbación de los
propios sentidos? ¡Posiblemente había recibido en la casa de
Crescina, el asalto de un loco y no la injuria de un hombre!... ¿Por
qué no justificar al padre que se había vuelto loco?...

Reconstruyó en la memoria los gestos de ternura y amor, los


juegos de la infancia. Claudio había sido su único amigo… Si lloraba
de pequeña, se abrazaba a su cuello buscando el regazo de la
madre que no había tenido. Se detuvo a verle en su imaginación,
llevándola en brazos para que estuviese distraída admirando los
animales del jardín zoológico… Saboreaba de nuevo los helados
que el la compraba, con gusto, en las tardes de verano…
Recordaba, recordaba… ¡No, no! –decía su conciencia, el padre no
era perverso, era bueno… ¿Cómo no sentir compasión por él si
Doña Marcia le abandonaba y Marina le evitaba? En verdad, había
sufrido mucho antes de perder la razón… ¿Cómo no disculpar la
locura de una noche a un benefactor durante veinte años? ¿Por
qué no morir, bendiciendo su dedicación? ¿Cómo podía condenarle
si él, Claudio, seguía allí paciente y abnegado, a su lado?...

Se acordó de su madre adoptiva, se imaginó delante de la


hermana y aspiró, en espíritu, a la reconciliación con ellas… ¿Quién
podría afirmar que Doña Marcia y Marina no estaban también bajo
desequilibrios ocultos? ¿Quién diría con certeza que no estaban
enfermas? En ese momento en que se armonizaba con Claudio,
quería igualmente conciliarse con ambas ¡Estaban perdonadas por

252
SEXO Y DESTINO

todas sus incomprensiones y, en su interior, les pedía perdón por


todas los sinsabores que les había causado!... Gilberto no podía
faltar en la lista de los recuerdos. ¡La figura del joven surgió en su
mente, envuelta en las dulces vibraciones del sueño que había sido
la luz de su vida!... ¡No conseguía odiar a quien tanto amaba!...
¡Gilberto habría tenido sus razones para apartarse de ella y, en
aquellas reflexiones graves y extremas, aparecía en su ternura
revestido con la belleza de un compañero amado y limpio!... ¡Al
emitir esos pensamientos, Marita se sintió más ligera, casi feliz!...

¡Intentó moverse, gritar a su padre que ella le consideraba un


hombre de bien, que no tenía ningún motivo para acusarle, que los
sucesos en la casa de Crescina habían sido sólo un lamentable
engaño, que ella, realmente moría pidiéndole sólo vivir y continuar
siendo bueno!... Pero, al pensar en su propio resurgir, tuvo la
impresión que estaba encadenada a una estatua. No había
ninguna reacción favorable en los miembros rígidos, ni voz en la
garganta que le parecía de piedra, aunque, tan grande y heroico
fue el esfuerzo de su alma renovada, que hileras de llanto rodaron
de sus ojos semimuertos.

Desde ese momento solemne de pacificación, comenzó a


distinguir vagamente voces y formas del plano espiritual, entre
alegre y temerosa, como si estuviese despertando en un
resplandor lleno de niebla…

Observando el semblante lleno de lágrimas, Nogueira


reanimado, llamó al médico.

¿Aquello no era un indicio de reacción, de mejoría?

El doctor, sin embargo, movió la cabeza circunspecto, y pidió


más tiempo de observación para emitir su opinión, pensando para
sí mismo que la chiquilla se encontraba en la pre-agonía,
trastornada, delirante…

253
ANDRÉ LUIZ

Entrando el día que antecedió a la noche de la desencarnación,


el médico visitó a Claudio y le comunicó por fin, que la joven no
viviría muchas horas. Para la ciencia todo había acabado… Si él era
creyente, que rezase según su fe, buscando fuerzas…

Nogueira bajo la vista y le dio las gracias humildemente. Llamó a


Agustín y Salomón dándoles la noticia.

Los amigos llegaron al anochecer.

Les pidió que rezasen por él, quería ser digno de la fe que había
aceptado. Bajó los ojos y abrió sus manos para recibirles, imitando
el gesto de un niño infeliz pidiendo limosna.

El anciano farmacéutico y el hombre de negocios le consolaron.


No sería justo retener a la chiquilla en un cuerpo como aquel,
deprimido e irrecuperable, pero al despedirse estaban ambos
llenos de emoción.

Claudio, más desolado que nunca, a las nueve, pidió permiso


para encerrarse en el cuarto. Quería estar a solas con su hija,
decirle adiós. Nadie le pudo negar ese favor, suplicando con tanta
humildad.

A solas, delante de ella, Nogueira se detuvo a meditar…


Recompuso el pasado en la memoria imaginando los caminos
recorridos entre ruinas, de las que se veía apartado para siempre.
Pero al mirar a la agonizante, en base al amor puro que ahora
sentía por ella, simbolizaba en la existencia con ella el futuro que
veía distante. Entre el pasado que le inspiraba repugnancia y el
porvenir en la comunión espiritual con ella, se sentía triste, sola…

Enternecía las fibras recónditas de mi alma el contemplar aquel


hombre doblado bajo el peso del suplicio moral, huyendo de los
recuerdos para ponerse a orar…

254
SEXO Y DESTINO

¡Los gritos inarticulados que salían de su pecho angustiado al


llamar a Dios, en el silencio de la habitación, parecían cánticos de
dolor que las lágrimas sofocaban!...

A las once, el hermano Félix y otros amigos, incluidos Neves y


Percilia, estaban conmigo.

En todos los semblantes, la expectativa discreta, con excepción


de Moreira que se agitaba en llanto.

El instructor le levantó con un gesto de ternura, diciéndole que


la tarea había terminado. Ya no se debían vitalizar los pulmones de
aquel cuerpo que la muerte iba a visitar. El amigo, entristecido,
obedeció en llanto compulsivo.

Luego, imponiendo las manos en aquella cabeza despeinada,


Félix le transmitió un súbito calor.

Marita adquirió una inopinada agilidad mental. Creía revivir,


renacer. Escuchaba los ruidos de alrededor con suma agudeza
auditiva…

El benefactor se puso al lado de Claudio y le sugirió algo. Debía


hablar, despedirse. Ignorando que esta idea venía del mentor
espiritual, le vimos revestido de una extraña fuerza.

Nogueira se levantó, avanzó dos pasos y se arrodilló al pie de la


agonizante… Puso su cabeza al lado del cuerpo inmóvil, pero una
intensa emoción traicionó sus energías. El llanto movía sus
miembros, como la tempestad sacude las ramas de un tronco
prestas a caer. Marita percibía su jadeo, según subían los sollozos y
deseó acariciarle, pero los brazos parecían estar atornillados a la
cama.

Amparado en las fuerzas magnéticas de Félix, que pasó a


apoyarle por completo, Claudio cobró ánimo, recogió el ejemplar

255
ANDRÉ LUIZ

de “El Evangelio según el Espiritismo” que había dejado en la silla


de al lado, y dijo con voz trémula:

–¡Hija de mi corazón, si me escuchas, atiende a tu padre, por


piedad!... ¡Perdóname!... No sé si sabes que estoy cambiado…
Conocí a Jesús, hija mía, y hoy se que Dios es misericordia, que
nadie muere, nadie…

¡Se que la justicia está en nosotros mismos, que sufrimos por los
males que cometemos, pero Dios no nos niega el rescate!...
¡Pienso, hija mía, en el remordimiento con que cargaré el resto de
mi vida!... Tú sabes que ahora voy a caminar sin nadie al lado,
aguantando la soledad que merezco… ¡Estés donde estés,
compadécete de tu padre!... ¡Confía en Jesús y en los buenos
espíritus!...

Ellos saben que no te suicidaste, saben que soy un asesino… ¡Ah,


hija mía, piensa en esta palabra tan triste!... ¡Asesino! ¡Ayúdame a
lavar esta mancha de mi conciencia! ¡Pide por mí a los enviados de
Cristo, para que tenga fuerzas de hacer lo que tengo que hacer!...

Claudio hizo una ligera pausa, al ver que el rostro de la hija se


cubría de lágrimas y, ansiando que tuviese consciencia para que se
diese cuenta de su renovación, tuvo la íntima certeza de que ella le
escuchaba, con plena lucidez, alegrándose de su mejoría. Afligido y
expectante, en la convicción de que estaba siendo oído y
comprendido, continuó:

–¡A pesar de todo, no te quedes triste con mi súplica, hija mía!...


¡Soy un reo, pero tengo esperanza! ¡Mira la revelación de Jesús que
encontré!...

Con las manos temblorosas, en un gesto de piadosa confianza,


puso el libro en la diestra inerte.

256
SEXO Y DESTINO

La hija notó la presencia del ejemplar sobre sus dedos y


respondió con un llanto más copioso.

Nogueira, alentado por aquella manifestación de inteligencia,


levantó la voz y le pidió que escuchase lo que tenía que decir…

Declarando saber que estaba delante de amigos espirituales,


que serían testigos de su sinceridad y empeñando su propia alma
en las afirmaciones que se disponía a emitir, se abrió a su hija.

Confesó allí, delante de ella, todas las faltas de las que se acusaba;
relató el drama de Araceli, diciendo que sinceramente ignoraba que
era hija de él hasta que su mujer se lo hizo saber, creyendo
erróneamente hasta entonces, por su propio carácter liviano e
irresponsable, que Araceli salía con varios hombres; citó que su
esposa le arrojó esa realidad aquella noche horrible en casa de
Crescina; describió como se había abatido, atormentado por el
arrepentimiento, desde que la vio postrada, imploraba su perdón por
haberla impulsado al suicidio… Le comunicó que había leído y
aprendido mucho sobre la reencarnación, desde el primer día de
hospital y afirmó que estaba persuadido de que ambos se hallaban
unidos a través de múltiples existencias; dijo que la pasión alimentada
por él había sido fruto de la falta de vigilancia y de la crueldad que
todavía llevaba en el corazón…

Prometía firmemente allí, ante los padecimientos que ella sufría


que para él eran una sentencia firme de dolor irrecuperable, que
su regeneración era un hecho, por más difícil que fuese el reajuste
de sí mismo… Hecha esta larga exposición, que Marita percibió
emocionadamente frase por frase, Nogueira retiró el libro de sus
manos pequeñas y descarnadas, finalizando en llanto convulsivo:

–He rezado y he recibido la misericordia de Dios para mí,


malhechor… Pero si la Bondad Infinita me puede favorecer todavía
con una nueva limosna, bendíceme, mi querida hija, dame una
señal de benevolencia antes de partir… Si estas oyendo lo que te

257
ANDRÉ LUIZ

digo, como culpable que soy, acompáñame en este deseo… ¡Reza


también!... Pide fuerzas a Dios… ¡Mueve un dedo, sólo un dedo
para que yo sepa que me perdonaste!... ¡No me dejes en la
ignorancia, ahora que voy a iniciar una nueva vida pagando las
consecuencias de mis propias faltas!

Oyendo los sollozos paternos, que le removían el alma, la joven


estuvo de acuerdo con él. Deseó fervientemente hacer lo que
pedía…

¡Perdón!... ¡Perdón!... ¡La palabra resonaba en su espíritu, como


un cántico que descendía del cielo, haciendo eco en las paredes!...
¡perdón!... ¡Aquellas seis letras unidas en forma de sonidos, le
parecían música de la eternidad que estaba siendo tocada en el
firmamento, en las estrellas, y que le aliviaban el corazón!...

La pobre chiquilla concentró todas sus energías en un


pensamiento de confianza y gratitud a Dios y pidió, mentalmente: –
“¡Perdón, Señor!... ¡Perdón para mi padre y para mí!... ¡Perdón para
todos los que yerran!... ¡Perdón para todos los que caen!...”

Se agilizaron sus percepciones y se sintió como bañada en una


alegría inefable… Contempló a Claudio ahora distinto, miró a
Moreira, bañado en lágrimas y prolongando la atención más
serenamente alrededor del lecho, nos vio a todos. Félix, en silencio,
le dirigió efluvios magnéticos a cierta área cerebral, y Claudio,
atónito, vio la diestra inerte levantarse…

Angustiado y reconocido, tomó ávidamente aquellos pequeños


dedos fríos y quiso decir “¡Gracias, Dios mío!” intentando, en vano,
mover la garganta que emitía sólo sollozos pero, en lugar de su
voz, fue la de Félix la que se oyó en nuestro lado, a la vez que
empezamos a orar:

–¡Señor Jesús, te agradecemos la felicidad que nos concediste en


la lección del sufrimiento, en estos días de trabajo y de

258
SEXO Y DESTINO

expectación!... ¡Gracias, Señor por las horas de sufrimiento que nos


aclaran el alma, por los minutos de dolor que nos despiertan las
conciencias! ¡Gracias por estas dos semanas de lágrimas que hicie-
ron por nosotros más que medio siglo de esperanza!... ¡Y elevando
a ti nuestro agradecimiento, pedimos más todavía!... ¡Bendice, en
tu misericordia a la hermana que se despide y al compañero que
se queda! ¡Transforma su pesar en renovación, la pena en
regocijo!... ¡Recibe su llanto como la creación que te dirigen, aguar-
dando la paz en el camino!...

¡Pero, Maestro no te rogamos piedad sólo para ellos, hermanos


bienamados, que consideramos hijos de nuestra alma!... Te
suplicamos ánimo para todos los que cayeron en los engaños del
sexo desorientado, cuando nos ofreciste el sexo como estrella de
amor brillante, asegurándonos la alegría de vivir y garantizándonos
los recursos de la existencia…

Consiente Señor, que podamos pedir por tantos hermanos que


las convenciones terrestres tantas veces se olvidan de nombrar
cuando se dirigen a Ti. Bendice a los que se perdieron en la locura
o en el infortunio, en nombre de un amor que no llegaron a
conocer.

Auxilia a nuestros hermanos entregados a la prostitución, ya


que todos nacieron para ser felices en su hora y corrige con Tu
generosidad a los que les impulsaron a viciar sus fuerzas
genésicas, acoge a las víctimas del aborto, arrancadas violenta-
mente del claustro materno, dentro de los prostíbulos o en
recintos impunes a la ley humana y haz que se rectifiquen, con tu
ayuda, las madres que no vacilaron en degollar o asfixiar los
cuerpecitos en formación; recupera a las criaturas sacrificadas por
los abandonos afectivos, que no supieron encontrar otro recurso
más que el suicidio o el manicomio para ocultar el martirio moral
que superó su capacidad de resistencia y compadécete de todos
aquellos que escarnecieron su ternura, convirtiéndose en verdugos
sonrientes; protege a los que renacieron desajustados en su

259
ANDRÉ LUIZ

identidad sexual, invertidos emocionalmente, soportando


vergonzosas tareas o padeciendo inhibiciones regeneradoras y
recupera a los que se reencarnaron con esa prueba, sin fuerzas
para mantener las obligaciones asumidas, ahogando su existencia
en depravaciones; recoge a los niños sumidos en el vicio y renueva,
con tu generosidad a los violadores que se animalizaron
inconscientes; protege a los que tuvieron una desencarnación
prematura por causa de homicidios, en las tragedias de la
insatisfacción y la desesperación, y ampara a sus verdugos que
padecen, abrumados por el remordimiento, bien en la libertad no
exenta de angustia o en el estrecho espacio de los calabozos…

Maestro, dígnate reconducir al camino justo a los hombres y


mujeres, hermanos nuestros, que, dominados por la obsesión o
traicionados por su propia debilidad, no consiguieron ser fieles a
sus compromisos domésticos; reequilibra a los que hacen de la
noche pasto de demencia; reconforta a los que exhiben mutila-
ciones y molestias resultantes de los excesos o errores pasionales
que practicaron en esta o en otras existencias; rehabilita las
mentes de los que explotan la sexualidad; regenera el
pensamiento insensato de los que abusan de la juventud, drogán-
dose, y mantén a los que pidieron antes de la reencarnación las
lágrimas de la soledad afectiva y las recibieron en la Tierra, como
expiación a los desmanes sexuales que cometieran en otras vidas y
que muchas veces sucumben de inanición y desaliento, en
cautividad familiar, con el desprecio de parientes insensibles, a
cuya felicidad consagraron su juventud…

Señor, extiende también tu mano misericordiosa sobre los


corazones rectos y nobles.

Despierta a los que reposan en la legalidad, respetados en las


organizaciones terrestres, e ilumina a los que están en sus hogares,
revestidos por la dignidad que merecieron, para que traten con
humanidad y compasión a los que todavía no pueden seguir sus
principios e imitar sus buenos ejemplos… Fomenta el sentimiento

260
SEXO Y DESTINO

de las mujeres engrandecidas por el sacrificio y el trabajo, para que


no desamparen a esas otras que, hasta ahora, todavía no
conquistaron la maternidad premiada por el respeto de los demás
y que, tantas veces, soportan la brutalidad de los hijos en los
lupanares. Sensibiliza la razón de los hombres que encanecieron
honrados y puros, de forma que no abandonen a los jóvenes
desdichados y desviados…

Señor, no consientas que la virtud se convierta en fuego, en


tormento de los que caen y no permitas que la honestidad se hiele
en los corazones…

Tu, que descendiste al mundo para curar a los enfermos, sabes


que todos aquellos que están en la tierra, atormentados por la falta
de afecto o alucinados por los disturbios del sexo, son enfermos e
infelices, hijos de Dios, necesitados de tus manos…

Inspíranos en nuestras relaciones de unos con otros e ilumina


nuestro entendimiento para que sepamos ser agradecidos a Tu
Bondad, para siempre…

Cuando Félix calló, la habitación se encontraba invadida por la


claridad que salía de su pecho, pero no sólo éramos nosotros, su
equipo, los que teníamos nuestro espíritu subyugado por la
emoción…

Todas las entidades desencarnadas de servicio en el hospital,


incluso las que se vinculaban a otros cultos religiosos, estaban frente
al cuarto, discretos y atentos…

Espíritus ignorantes y vampiros que se hallaban transitando por


los alrededores, corrieron junto a nosotros, atraídos por los
chorros de luz solar que el aposento irradiaba en todas direcciones
y, muchos de ellos, a corta distancia, bajaban la frente
emocionados y reverentes.

261
ANDRÉ LUIZ

¡Aquella habitación de aquel hospital en la calle Resende, en la


noche, resplandecía intensamente, como un corazón inmenso, como
una constelación de amor!...

Claudio no oía nada, pero, arrebatado por las vibraciones


balsámicas del ambiente, lloraba sereno, notando la mano helada
que se unía a las suyas, aflojándolas en una intensa despedida.
Angustiado, miró el semblante de la hija y notó que la palidez de la
muerte esbozaba en ella una última sonrisa… Se levantó y cerró
cuidadosamente, aquellos párpados fatigados, rociándoles de
lágrimas, mientras a su lado, Moreira, no podía contener el llanto.

Telmo aplicaba pases anestesiantes a la joven y un médico


espiritual que se había incorporado a nuestro equipo, cortó los
últimos hilos que todavía retenían el alma cautiva al cuerpo inerte.

Cuando vio a Marita libre y protegida en los brazos de Félix,


como un niño cansado y dormido, Moreira, con la humildad de los
que se olvidan de sí mismos para darse a los que más aman,
preguntó, desolado:

–Hermano Félix, ¿Qué haré de ahora en adelante, inútil como


soy?

–Moreira –respondió el instructor, bendiciéndole con la mirada–,


somos una única familia. En breve, tendrás lo necesario para volver
a la convivencia con Marita, que ahora necesita rehacerse en paz;
pero, ¡somos nosotros, tus compañeros, quienes te pedimos ayuda!
Marina sufre… Necesitamos liberarla ¡Contamos contigo como quien
espera todo de un amigo, de un hermano!...

El ex-asesor de Claudio, deseando expresar una correcta


sumisión, se puso de rodillas y, bajando la frente al reconocer que
el instructor le pedía cerrar una herida que él había agravado,
prometió llorando cumplir aquello que se le pedía. Todo lo que

262
SEXO Y DESTINO

anhelaba ahora, realzó, era aprender, ayudar, dedicarse al bien,


trabajar…

¡Felices de la Tierra! Cuando paséis al lado de los lechos de los


que atraviesen una agonía prolongada, apartad del pensamiento la
idea de adelantar su muerte…

Rodeando sus cuerpos y por detrás de esas bocas enmudecidas,


los benefactores del plano espiritual organizan medidas, ejecutan
encargos nobles, oran o extienden los brazos amigos…

Ignoráis por ahora, el valor de algunos minutos de


reconsideración para el viajero que aspira a examinar los caminos
recorridos, antes de regresar al amparo del hogar. Si no os sentís
capaces de ofrecerles una frase de consuelo o la ayuda de una
oración, apartaos de ellos y dejadles en paz… Las lágrimas que
derraman son perlas de esperanza con que las luces de otras
auroras rocían su cara. Esos gemidos que salen desde su pecho a
los labios, como sollozos encarcelados en el corazón, casi siempre
traducen cánticos de alegría enfrente a la inmortalidad que brilla
desde el Más Allá…

Compañeros del mundo que todavía tenéis la visión limitada por


las cadenas de la carne, por lo que más queráis, dad consuelo,
silencio, simpatía y veneración a los que se aproximan a la muerte.
No son en realidad las momias torturadas que contemplan
nuestros ojos destinados a la losa que el polvo carcome… Son hijos
del Cielo preparando el retorno a la patria, listos para cruzar el río
de la verdad, a cuyas márgenes un día vosotros también llegaréis…

Al atardecer, Agustín y Salomón acompañaron a Claudio y a los


restos de Marita hasta Cajú.

Fue una ceremonia simple, acompañada de una oración. A la


vuelta, Nogueira, abatido, se despidió de los amigos en Cinelandia
y tomó un taxi para Flamengo.

263
ANDRÉ LUIZ

Llegó a su casa, subió y, sediento de compañía, abrió la puerta.


Entró en todas las habitaciones y sintió frío en el cuerpo y en el
alma…

En el apartamento desierto no había nadie.

264
SEXO Y DESTINO

Capítulo 8
Siguiendo las recomendaciones de Félix, que pedía nuestra
colaboración junto a Claudio y Marina, nos quedamos en Flamengo
al lado del amigo que estaba consternado.

Pensando en sí mismo, sin ningún consuelo humano, Nogueira


reflexionó y comprendió.

Había leído bastante y conversado lo suficiente con Agustín y


Salomón. La verdad se presentaba clara, había vuelto a la fe por la
Bondad Divina, pero esa Bondad no podía librarle de la soledad
que él mismo había hecho crecer.

Su corazón estaba lleno de recuerdos de la hija que ahora yacía


en la tumba. Aquellas dos semanas de hospital les había unido en
espíritu para siempre. Al lado de Marita, había encendido la luz de
la renovación. Le dolía pensar que nunca más experimentaría la
sensación de cargar con ella, mantenerla, ayudarla…

Abatido, se sentó y lloró.

La noche avanzaba y Doña Marcia no aparecía.

265
ANDRÉ LUIZ

Telefoneó con discreción a los vecinos de Doña Justa, que la


llamaron. Se enteró de la muerte de Marita y lamentó no haberlo
sabido antes, con tiempo suficiente para asistir al entierro. Le dijo
que Doña Marcia había subido a Petrópolis, sin decir cuando
volvería. Alegó que estaba muy cansada después del ingreso de
Marina, y comentó que pasaría algunos días en la sierra para
recuperar las fuerzas. Ella, Doña Justa, iba por la mañana al
apartamento y descansaba por la tarde.

Nogueira preguntó por el lugar donde se encontraba la hija


enferma pero la asistente le dijo que no lo sabía… Doña Marcia no
le había dado esa información.

Además, comentó a Claudio que encontraba a la patrona


también agotada. Parecía estar nerviosa, enferma.

Claudio le dio las gracias y cogió la guía telefónica.

Contactó con varias casas de salud y, a la sexta llamada, encontró


lo que buscaba. Una enfermera, a quien Doña Marcia le había dejado
la dirección, le notificó que Marina estaba ingresada en una casa de
salud ubicada en Botafogo. Las visitas, incluso a familiares, estaban
prohibidas. La joven estaba en crisis bajo los cuidados médicos.
Incluso el padre tendría que pedir antes autorización para hacerle
una visita.

Claudio se acomodó en el sillón tratando de pensar. Quedaba la


casa de los Torres, Gilberto, con seguridad, podría comentarle algo
de lo sucedido, pero la imagen del chico venía a su mente como un
bisturí que abre una herida. Recordaba la entrevista de Lido en que
abusó de su buena fe y se avergonzaba. Meditó y se examinó, sin
compadecerse de sí mismo y llegó a la conclusión que si quería
realmente mostrar su nueva personalidad, no podía librarse de las
consecuencias de sus pasados errores.

266
SEXO Y DESTINO

Una vez consolidado este pensamiento, no lo dudó. Llamó por


teléfono con pocas esperanzas de oír al chico, ya que eran más de
las nueve de la noche, pero Gilberto se puso al aparato.

Tímidamente, Claudio le dio el pésame por el fallecimiento de su


madre, al mismo tiempo que le comunicaba la pérdida de Marita.

Gilberto le pareció deprimido, torturado.

El hijo de Nemesio confesó que desconocía no solo la gravedad


del accidente sino también la muerte. Seguro que con las duras
pruebas que su familia había tenido, la lenta agonía de Doña
Beatriz y la enfermedad de Marina que siguió, Doña Marcia y la hija
no habrían encontrado la ocasión para contarle lo ocurrido. Lo
lamentaba muchísimo y le daba el pésame.

Había considerado siempre a Marita como una hermana. Al


preguntar Nogueira, explicó que Marina había sido acometida por
accesos de furia. El médico de la familia habló de una posible
demencia, y por ello había pasado el problema a los psiquiatras.

El diálogo prosiguió.

Anticipándose a cualquier justificación, Gilberto le dijo que había


novedades en los últimos días. Cuando ambos se encontraron en
Copacabana, estaba dispuesto a casarse pronto con Marina y
formar un hogar tranquilo, pero, al enfrentarse a la enfermedad de
la joven, su padre, aunque reconocía los servicios que les había
prestado, le había pedido que cambiase de parecer. El señor
Torres, ahora ausente en unos días de descanso, había sido muy
claro.

No aprobaba la boda, no consideraba a Marina lo


suficientemente capacitada para las responsabilidades del
matrimonio. Además, le habló de “ciertas cosas” y aconsejó al joven
salir de Río. Podría ir a otra ciudad, donde acabase sus estudios

267
ANDRÉ LUIZ

interrumpidos. Gilberto, sin embargo, no compartía la opinión del


padre y, ante sus imposiciones se sentía desanimado, vencido…

Claudio aceptó las alegaciones con humildad e indicó que él era


todavía muy joven, que no debía enfrentarse a los consejos de su
padre y, por el contrario, reflexionar que el matrimonio, para
cualquier persona, exige libertad, conciencia… Tan sensatas y
reconfortantes observaciones formuló, llevando tranquilidad a su
interior y aclarando el trato que debía tener con su padre, que
Gilberto cambió, ante aquella afabilidad inesperada. Pensaba que
oía a otro Nogueira, más viejo, más amigo… Emocionado, le dio las
gracias y le pidió que no le abandonase. Ahora se sentía muy solo. El
padre era bueno, generoso, pero hombre de negocios.

Tenía confusión en sus ideas, necesitaba alguien que le


inspirase, que le extendiese sus manos.

Quería entrevistarse con él más veces.

Percibió que Claudio le hablaba y a la vez lloraba, dándole las


gracias por sus palabras. Aquello le daba nueva confianza en aquel
hombre con quien se había entendido de manera imperfecta, días
antes. Nogueira, sumiso, preguntó por Marcia. Probablemente, que
al irse a Petrópolis, le habría dejado un teléfono. Gilberto lo
confirmó, Doña Marcia, al salir de viaje, le pidió que cuidase de
Marina. Si la joven empeorase, que la llamase rápidamente. Y, al
pedirle esto, citó que le pasaba esta responsabilidad ya que su
marido estaba ocupado con Marita en el hospital.

Después de agradecer estas informaciones, Claudio colgó.

Se puso a reflexionar. Por el tono de la conversación, el joven


había cambiado, al exponer las ideas, medía las frases,
ceremonioso, desencantado. ¿Y qué habría querido decir con
aquello de “ciertas cosas”? Él, Nogueira, se sentía renovado, pero
su experiencia latía en el fondo de su transformación. No ignoraba

268
SEXO Y DESTINO

que la hija se movía en una dualidad peligrosa en el terreno


afectivo. Tenía la certeza de que algo muy grave había ocurrido.

Era lo bastante experto como para creer que, bien el padre o el


hijo, habían descubierto al otro en una situación violenta y
desagradable. Dedujo que esa debía ser la causa de los problemas
que aquejaban ahora a Marina. Pensó en ella y se compadeció. Al
fin y al cabo, no se había hecho creyente para criticar o censurar.
Aspiraba a comprender, servir. Ahora sabía que la obsesión
provocaba tragedias. Y él mismo, que nunca había ayudado a la
hija en la construcción de su vida íntima, no podía quejarse. Caviló
sobre esto y pasadas las diez, llamó a su esposa.

Doña Marcia respondió.

Dijo que estaba descansando, con algunas personas amigas.

Al saber de la muerte de Marita, dijo que le aliviaba.

No quería que hubiese sobrevivido al desastre, tan deformada


como la vio.

Hizo varios comentarios indecorosos e incluso algún chiste.

Por la inflexión de la voz, el esposo reconoció que ella se


encontraba en uno de los días más tristes.

Sarcasmo en cada palabra, irritación.

Claudio se humilló y pidió disculpas, no quería interrumpir su


descanso. Sin embargo, estaba preocupado con la hija enferma y
quería que ella le indicase la mejor forma de visitarla con urgencia.
Necesitaba conocer a los médicos que la trataban.

Tan suave fue esta petición que su esposa cambió de repente.


Le dijo que esperase un segundo.

269
ANDRÉ LUIZ

Al cabo de unos instantes le comunicó que volvería a Río a la


mañana siguiente para que pudiesen hablar. Tenía “ciertos
asuntos” que tratar con él, pero prefería hacerlo personalmente.
Que le esperase en Flamengo donde llegaría pronto, en coche,
para verle y luego volver al hotel de la sierra donde descansaba.

En efecto, al día siguiente antes de las nueve, después de recibir


a la asistenta Doña Justa la esposa entró en la casa.

Parecía que venía de otro país. Adornada, sonriente. Un peinado


excéntrico realzaba su cara. El maquillaje armonizaba con su
vestido nuevo. Estaba esbelta con sus zapatos de tacón alto, como
una gacela libre en el campo. Todo era color, perfume.

Pero la flor humana que aparentaba ser, no escondía a nuestros


ojos, las larvas que le carcomían. Doña Marcia arrastraba con ella
una pequeña corte de vampiros desencarnados que influían en su
mente.

Incluso para nosotros, que ya sabíamos que era una mujer difícil
y voluble según las circunstancias, nos parecía irreconocible.

La voz era más metálica, la mirada más fría. Saludó al marido y a


Doña Justa con ademanes de protectora complaciente.

Nogueira se asustó. No comprendía. Padecía la casa en ese


momento una hija muerta y otra enferma… Por otra parte, al
hablar con ella por teléfono parecía extenuada. ¿Por qué tenía
entonces ese aspecto tan jovial y festivo? Instintivamente recordó
la preocupación de Gilberto con “ciertas cosas” y a la propia esposa
citándole “ciertos asuntos” y, con aprensión, se preguntaba que
nuevos acontecimientos ocultos le esperaban…

La recién llegada se sentó, cruzando las piernas con


desenvoltura juvenil y sin más preámbulos, se refirió a la prisa que
tenía.

270
SEXO Y DESTINO

Nogueira preguntó por Marina.

Doña Marcia, evidentemente interesada en otros problemas,


resumió cuanto pudo la historia de la enfermedad, citó al
psiquiatra que llevaba el caso, aludió a las comodidades que tenía
Marina en la casa de salud, exaltando la generosidad del señor
Torres, que no escatimaba recursos para que tuviese la mejor
asistencia posible. Comentó con lujo de detalles la nobleza del
viudo de Doña Beatriz, cuya grandeza de alma sólo ahora –decía,
entusiasmada–, comenzaba a conocer. Y finalmente propuso una
serie de medidas para trasladar a la joven a un sanatorio en São
Paulo, donde recibiría un adecuado tratamiento durante algunos
meses.

Sólo era necesario que Claudio estuviese de acuerdo, Nemesio,


en señal de gratitud por los servicios prestados por Marina a la
empresa, costearía todos los gastos.

Claudio escuchó en silencio y luego expuso que quizás la


situación no fuese tan grave, que la palabra “meses” le alarmaba.
Creía que su hija, uniendo tratamiento de cuerpo y alma, podría
recuperarse en menos tiempo.

Habló con gran sensatez. Indicó, sin ninguna afectación, que no


debían abandonarla, que tal protección económica significaba
muchísimo, máxime en aquel momento en que los cuidados exigidos
por Marita les habían dejado sin fondos, pero la hija enferma
reclamaba sobre todo cariño y dedicación por parte de ambos.

Después de expresar juiciosos razonamientos que su


interlocutora escuchaba un tanto forzada, levantó hacia ella los
ojos suplicantes y la invitó, con dignidad, a iniciar junto a él una
vida nueva.

Una vida de armonía, de construcción mutua. Con sinceridad, le


confió todos los propósitos diferentes que había forjado en

271
ANDRÉ LUIZ

aquellos días de lucha, de los que había salido transformado. Le


abrió su interior. Se había hecho espírita cristiano, se sentía un
hombre nuevo. Le confesó que, entre él y el pasado, se levantaba
la fe como una barrera de luz. Aspiraba ahora a la bendición del
hogar, a la tranquilidad de la familia…

Se comprometía a adoptar una conducta recta, a ser su


compañero leal. No le obligaría a aceptar sus ideas, pero quería
demostrarle cuanto la amaba…

Le dijo que llevaba rezando desde la víspera, rogando a Jesús


que le inspirase en el sentido de revelarse abiertamente a ella para
que le perdonase y le comprendiese… Dios les concedía todo un
futuro por delante.

Se culpaba por los errores cometidos, se disponía a


testimoniarle fidelidad, cariño…

La señora sin embargo, se levantó de un salto, puso las manos


en la cintura, en una risotada de escarnio, y se burló:

–¡Si, señor! El diablo, de viejo, se hizo ermitaño… ¡siempre la misma


historia!

Y continuó, con aire de broma:

–¡Era lo que faltaba! ¡Tú espírita!... ¡Ya me di cuenta!... En el


hospital, ya estabas con esa estupidez, aquella forma de hablar,
cuando Nemesio y yo fuimos allí, ¡aquel modo de tratar a Marita!...
¡Vaya, vaya!... ¿quién te habrá hipnotizado de esa forma?...

El marido, viendo que se desvanecía la esperanza de


reconciliación de la pareja para emprender una vida respetable y
golpeado en la fe que empezaba a creer como en un tesoro,
censuró, francamente ofendido:

272
SEXO Y DESTINO

–Pero ¿tú conoces el espiritismo?

Marcia, obsesionada, como quien pretende abandonar un


camino andado desde hace mucho para tomar otros derroteros,
replicó irónicamente:

–¡Lo conozco perfectamente! Cuando Araceli murió, estuve


hablando de esto con las amigas y acabé desistiendo. El espiritismo
es un movimiento de personas que intenta sentar perros en un
banco y coger estrellas como si fuesen naranjas. ¡Bobadas! Todos
en este mundo somos canallas ¡tu, yo, y los demás!... Los espíritas
me parecen perros que se quieren sentar en el sofá de las falsas
virtudes. ¡Tontería de ellos! Tenemos todos que andar por el
mismo camino…

–Yo no pienso así…

–Pues si tú piensas de otra forma y, si es verdad todo lo que me


dijiste, ¡qué pena que el cambio llegué demasiado tarde!... Vengo
de Petrópolis, sólo para decirte que entre nosotros todo está
acabado… Ahora, amigo mío, haz tu vida que yo me las arreglaré…

Y continuó diciendo que después de sufrir tantos años en


aquella casa que llamó “mi jaula”, iba a buscar un nido mejor.
Esperaría un tiempo a que mejorase Marina para realizar la
separación. Si él, Claudio, no estaba de acuerdo, que buscase su
camino. Ella estaba harta.

Quería libertad, sosiego, distanciarse de él…

Nogueira escuchaba entristecido.

Venían a su pensamiento las charlas de Agustín y Salomón, se


acordaba de Marita, vislumbraba en su memoria los textos leídos.

273
ANDRÉ LUIZ

Sí, concluyó mentalmente, aquel matrimonio destruido era obra


suya, estaba recogiendo lo que había sembrado. Una hija muerta,
otra enferma y su mujer obsesionada… Era la cosecha de espinas
que había sembrado. Miró a Marcia, sarcástica y pensó que ambos
eran dos náufragos del viaje de la vida, con la diferencia que él
había aceptado refugio en el salvavidas de la fe, mientras que ella
prefería sumergirse en lo desconocido. Durante largos minutos
amargos, oyó pacientemente sus reproches, hasta que el “hombre
viejo” resurgió en él.

Imposible aguantar tanto insulto –pensó para sí mismo. La


doctrina que había abrazado no era para hombres indignos.

Era una doctrina de comprensión y benevolencia, pero también


de limpieza y respetabilidad. No se sentía dispuesto a recibir tantas
injurias sin rebelarse. Se indignó. Quiso reaccionar, gritar, pegarla…
Pero, al intentar mover su mano derecha para agredirla, despertó
en él, de repente, la noción de responsabilidad, recordó el hospital
y vio en su imaginación, la pequeña mano helada que le saludaba
en un gesto de perdón, en el postrero adiós… Los dedos fríos de la
hija muerta estaban en sus manos, recordándole que él debía
perdonar como había sido perdonado… Una súbita calma se
apoderó de su corazón y derramó copiosas lágrimas…

Marcia se divirtió. Destacó que no le hacía falta un marido


afeminado, llorón. Afirmó que ante aquel espectáculo de cobardía,
estaba decidida a no contar con Marina una vez recuperada. Ya
estaba decidido. No tenía más que hacer en aquella casa. Llamó a
Doña Justa y le indicó que mandaría a buscar todas sus perte-
nencias para trasladarlas a casa de Selma, su compañera de la
infancia que residía en Lapa. Y, vociferando, colérica, salió pegando
un portazo, sin dirigir una palabra más a su esposo, que estaba en
el salón aplastado por el sufrimiento.

Se quedó Nogueira en casa por algunas horas rehaciéndose. Por


la tarde buscó a Salomón en Copacabana y se consoló mucho al

274
SEXO Y DESTINO

verlo. Hablaron durante un rato y llamó desde la farmacia al


psiquiatra cuyo nombre le había dado Marcia. El especialista le
atendió cortésmente, indicándole que le daría todas las facilidades
para ver a su hija al día siguiente.

Claudio le dio las gracias y pidió luego a Salomón que le ayudase


por medio de la oración, en beneficio de la otra hija, que creía
estaba obsesionada, dándole todos los detalles que sabía.

Salomón le tranquilizó. Tenía compañeros dedicados a la


desobsesión. Pediría ayuda a todos, junto a los benefactores que
supervisaban sus tareas, desde el mundo espiritual.

En cuanto a él, se dedicaría al caso. Dándose cuenta que el padre


de Marita mostraba su corazón atenazado por la angustia en el
semblante abatido, le invitó a tomar un café y allí intercambiaron
confidencias, observaciones, proyectos, esperanzas.

Compartirían actividades espirituales, serían hermanos en el


trabajo, en el ideal.

Nogueira volvió aliviado a Flamengo y, a la mañana siguiente


estaba en Botafogo, en la casa de salud.

A la hora señalada, estaba en el lugar donde le trajeron a


Marina.

Sufrió mucho observando su depresión, estaba delgada, casi


desfigurada. Por fuerza, expresaba aislamiento de sí misma, pero
sus ojos mostraban su alma llena de angustia.

Me conmoví no solo al abrazarla, sino también al percibir a


Moreira dispuesto y a su lado, esmerándose en la tarea que había
prometido realizar.

275
ANDRÉ LUIZ

Mientras el amigo que había asumido la labor de enfermero me


saludaba, Marina se abrazó al padre, explotando en llanto.

Se sentaron uno al lado del otro.

La enfermera les dejó a solas y Marina preguntó por la madre.


¿Por qué no estaba allí? ¿Por qué? ¿Por qué?

Nogueira la tranquilizó, y lo hizo de tal forma, que la chiquilla se


sintió más lúcida. El padre se dirigía a ella en un tono que jamás
había empleado, llegando a sus fibras más íntimas, ajustando sus
ideas…

Le habló de fuerzas imponderables a la mayoría de las


personas, de inteligencias desencarnadas que se unían a las
personas para perturbarlas, agravando sus propios desequilibrios.
La persuadió en cuanto a acatar las instrucciones que los médicos
dictasen, le dijo que se había iniciado en la oración, desde el acci-
dente que le había arrebatado a Marita, de cuya muerte le informó
lo más delicadamente posible. Le puso al corriente de la
reencarnación, del sufrimiento reparador, de la obsesión y del
intercambio espiritual. Estudiarían juntos y realzó piadoso “Aunque
Marcia no quiera”.

Marina debía tener paciencia, calma, inspirando confianza en los


que le trataban. Que le dijera a él, padre renovado por la fe, lo que
más le preocupaba, estaba allí para atenderla, cuidarla. Debía
desahogarse para que él supiese por donde empezar, sin ocultar
nada, sin temores. Quería verla recuperada y feliz. Todas estas
frases salían de él con tanto cariño y tamaño amor, que ella se
acomodó en su pecho como alguien que se agarra a una raíz para
evitar la caída en el abismo…

Preguntó al padre si el había oído voces extrañas o había visto


sombras que nadie más percibía. Claudio le acarició, asegurándole
que le explicaría tales fenómenos cuando estuviese recuperada,

276
SEXO Y DESTINO

insistiendo sin embargo en que le diese la información de que él


carecía, para prestarle el apoyo necesario.

Entonces la hija, implorándole que no la condenase y estimulada


por la sonrisa bondadosa con que era escuchada, describió al
padre los pormenores de la conquista de Nemesio Torres. Él,
maduro, ella, casi una niña, se vanagloriaba al reconocer que era
su jefe y su esclavo al mismo tiempo. Al principio, las salidas y
paseos alegres y divertidos, el dinero a raudales, las caricias
recíprocas a las que ella se entregaba más por vanidad de tenerlo
impresionado que por mera atracción. Contó como Nemesio, de
cautivo pasó a esclavizarla. Relató la noche en que él la embriagó y
despertó en sus brazos en una casa rural en San Conrado, donde
nunca había estado… Desde ese momento se hizo su amante,
entrando, a petición de él, al servicio de Doña Beatriz, para tenerla
siempre a su disposición… Se había apasionado por ella, se
declaraba una y otra vez, quería casarse con ella una vez que se
encontrase viudo. Pero apareció Gilberto, y por más que luchó con
ella misma, no consiguió controlarse. Desde la primera vez que le
vio, supo que era el hombre con quien siempre había soñado…
Confesó emocionada que le provocó, apartándole
deliberadamente de su hermana y, vengándose de Nemesio, hizo
lo mismo que él había hecho con ella… En una noche de juerga, le
impulsó a beber demasiado y luego le condujo a su cuarto en casa
de los Torres, con la excusa de que descansase, para entregarse a
él completamente… Al despertar, le hizo creerse responsable de lo
que había pasado…

De esta forma pasó a dividirse con habilidad entre uno y otro,


aunque la indiferencia por Nemesio se transformó en aversión.
Cuanto más se comunicaba con el hijo, más detestaba al padre,
hasta que la muerte de Doña Beatriz precipitó los acontecimientos.
Viendo al jefe decidido al matrimonio, se volvió hacia el hijo con
locura, hasta que Nemesio les sorprendió…

Nogueira escuchaba, afligido.

277
ANDRÉ LUIZ

Tenía la impresión de contactar con su familia por primera vez


en toda su vida.

Afectado todavía por la entrevista con Marcia, no sabía ahora


qué heridas le dolían más en el alma, si las que la insensibilidad
que su mujer había abierto en su espíritu o las que le producían en
su corazón los secretos de su hija enferma. La abrazó, sin embargo,
con más ternura, y Marina animada, repitió que anhelaba librarse
del señor Torres, deseando casarse con Gilberto, formar una
familia, comprenderle, hacerle feliz. Claudio prometió colaborar
para ello, pero insistió que lo primero para ella, era recuperarse…

Pero el doloroso relato no había terminado. Era necesario que


apurase el cáliz hasta el fondo.

Con frases entrecortadas por los sollozos, Marina le dijo que


Nemesio la había visitado en la casa de salud cuatro días antes; el
jefe le confirmó que jamás consentiría su unión con el hijo, que la
esperaría para casarse con ella y que mantenía todos los
compromisos anunciados con anterioridad. Ella debía olvidarse de
Gilberto, él mandaría al hijo al sur del país… Cuando le respondió
claramente que no renunciaría al joven, implorándole perdón y
que la considerase una hija, el estalló amenazándola… Si ella
pretendía eso, la mataría. Marina lloró, suplicándole compasión,
diciendo que no podía fingir por más tiempo, que amaba a Gil-
berto, quería vivir con él y para él… Nemesio rió, mordazmente,
diciendo muy claramente que ella le pagaría tamaña
desconsideración, que jamás permitiría que fuese feliz junto a su
hijo, aquel hijo que él ya odiaba, y para humillarla, le comentó que
había conquistado a Doña Marcia, su madre, sin resistencia por
parte de ella, llevándosela a Petrópolis, en el lugar de ella misma…

Claudio quiso creer que la joven desvariaba, pero el recuerdo de


la esposa trastornada le hizo ver la realidad. En cuanto a mí, recogí
de Moreira la confirmación de estos hechos. El enfermero, en
breves palabras, me hizo saber que bandas de espíritus

278
SEXO Y DESTINO

perturbadores después de la muerte de Doña Beatriz, se habían


unido a Nemesio explotando sus energías genésicas.

Nogueira percibió la gravedad del problema, pero al término de


la entrevista, animó a la hija dándole paz y esperanza a su mente
atormentada.

Le recomendó estar activa, ser paciente y controlarse, para


agilizar su recuperación y le garantizó que se entendería con
Marcia y con ambos Torres para que los planes de felicidad futura
se concretasen en buena armonía.

Marina se despidió sonriendo reconfortada, con señales de


mejoría. Saliendo a la calle, Claudio empezó a orar, sabiendo que
estaba en el preludio de amargas pruebas, puso su puño derecho
sobre el pecho, como si espinas de fuego quemasen su corazón.

279
ANDRÉ LUIZ

Capítulo 9
Fui junto a Neves, hacia el instituto de renovación que Félix
dirigía en la esfera espiritual.

En el camino, me encantó oír al compañero más sereno,


contento. Seguía el restablecimiento de Doña Beatriz con júbilo,
tenía la mirada brillante y llena de sueños nuevos.

Me contó las sorpresas de la hija recién llegada al plano


superior. Afectos de otros tiempos y familiares queridos venían de
muy lejos para felicitarla. Beatriz había concluido con éxito una
noble tarea –entre las muchas que son valoradas sólo en la patria
de los espíritus–, la tarea de la reforma íntima, obtenida a costa de
callados sacrificios. Las lágrimas vertidas en silencio y los dolores
anónimos le habían permitido alcanzar paz y luz.

Había sido una mujer poco conocida en el mundo, infravalorada


por su marido y por su hijo, pero había alcanzado realizaciones
sublimes en sí misma, atesorando en su interior riquezas
valiosísimas para la inmortalidad. Por supuesto, no volvía elevada a
la gloria angélica pero, en la medida de lo posible, en la condición
en que había renacido volvió triunfante.

280
SEXO Y DESTINO

Me alegré con lo que oía y, a propósito, hice lo que pude para


que no me preguntase acerca de los Torres que, en mi opinión,
todavía tenían que aprovechar los méritos de la misionera
abnegada que había vivido con ellos. No quería empañar el espejo
de optimismo en que las esperanzas del amigo se reflejaban.
Neves, quizá por las mismas razones, no me preguntó nada sobre
el yerno y el nieto que, sin el amparo maternal, se veían ahora
entregados a sí mismos.

Vimos frente a nosotros, el instituto al que nos dirigíamos. El


“Almas Hermanas”, así llamado por los fundadores que lo
construyeron para auxiliar a los hermanos necesitados de
reeducación sexual tras la desencarnación, formado por una
extensión de construcciones. Era un conjunto de líneas armoniosas
y sencillas, ocupando cuatro kilómetros cuadrados de edificios y
avenidas, parques y jardines. Una auténtica ciudad en sí.

Se respiraba tranquilidad y alegría.

En las avenidas de un verde que invitaba al reposo, las flores


llevadas por el viento parecían darnos la bienvenida.

Rostros sonrientes nos saludaban, alternándose con semblantes


más serios que nos miraban con simpatía.

Había personas de todas las edades y de ambos sexos.

Un bloque de casas daba la idea de universidades reunidas.

Pero lejos de encontrar representantes de la psicopatía ligada a


las perturbaciones sexuales, eran criaturas de apariencia normal
que nos acogían con afecto.

Neves, que llegó allí días antes, me aclaró que el lugar tenía una
gran dependencia reservada a enfermos; pero que me olvidara de
cualquier preconcepto con respecto al trabajo que allí se

281
ANDRÉ LUIZ

desarrollaba, ya que los alienados por causas emocionales traídos


de la Tierra, estaban recluidos en manicomios, bajo tratamiento,
pero apartados de las falanges dementes de las regiones de las
tinieblas. Comentó que, muchos de aquellos que nos saludaban
tranquilos, se recuperaban de tragedias pasionales, intensamente
vividas en el mundo; sin embargo, parecían ahora pacíficos y
lúcidos, como las personalidades humanas después de reprimir las
crisis de locura, cuando se rinden al desequilibrio mental.

Las explicaciones se interrumpieron al llegar al punto en que


habíamos quedado con Félix, avisado con antelación de nuestra
presencia.

El instructor no nos pudo recibir en ese momento, pero nos


esperaba más tarde en su residencia. Belino Andrade, un amigo al
que yo no veía desde hacía diez años y con quien participé en otras
actividades, nos recibió e hizo de anfitrión para acompañarnos por
los recintos.

Nos abrazó fraternalmente, y, siguiendo con las explicaciones


que Neves había iniciado, comenzó diciendo que estábamos en un
hospital-escuela de suma importancia para los candidatos a la
reencarnación. Los internos y estudiantes venían, en su mayoría,
de estancias purgatoriales después de sufrir las consecuencias más
inmediatas de los vicios y pasiones que habían mantenido en el
plano físico. Rigurosamente examinados, esperaban el criterio de
selección en los parajes de angustia expiatoria en que
permanecían, y, sólo después de ser juzgados dignos entraban en
aquel lugar para estancias más o menos largas de estudio y
meditación, investigando las causas y observando los efectos de las
caídas de naturaleza afectiva en los que se habían precipitado…

Al hacer un alto en el camino, Belino continuó informándonos


que todos ellos, después de la necesaria instrucción, son
encaminados al domicilio terrestre, donde reencarnan en los

282
SEXO Y DESTINO

ambientes en que fallaron y, en la medida de lo posible en los


entornos familiares que sufrieron sus acciones.

En “Almas Hermanas” obtenían el conocimiento y en la Tierra lo


aplicaban, a través de las dificultades y tentaciones del mundo
material, para comprobar la asimilación de las virtudes adquiridas.

Llevándonos a ver plazas y paisajes, Belino comparó las


finalidades de aquella escuela a los centros de cultura superior
existentes en la Tierra, que confieren títulos académicos para el
ejercicio de determinadas funciones dentro de la especialización
profesional, y comparó la superficie terrestre con la esfera de la
práctica, en la que los alumnos diplomados se ven obligados a
realizar las experiencias que les proporcionan mérito o fracaso. Allí,
la mente se rearticulaba, aprendía, se restauraba y rehacía, pero,
en general, siempre con el objetivo de volver al mundo con el fin de
incorporar en sí misma el valor de las lecciones recibidas.

Recalcó que, salvo las reencarnaciones obligadas por motivos


apremiantes, el problema del regreso requería consideraciones
específicas y adecuadas preparaciones, razón por la cual muchos
compañeros de “Almas Hermanas” volvían a la carne en la Tierra
con programas domésticos pre-establecidos, que permitían alojar
en sí mismos a los colegas afines. Desde allí, desde la escuela, esos
colegas que serían sus hijos en el futuro, les resguardaban y
defendían hasta el momento en que les fuese posible volver a la
cuna terrestre, constituyéndose de esa forma familias completas,
en pruebas redentoras, que en el fondo representaban, espiri-
tualmente, el trabajo del instituto entre los hombres, como ocurre
en múltiples organizaciones y asociaciones consagradas a la
regeneración y al progreso del alma en las esferas de acción
espiritual que rodean a la Tierra.

Aquel hospital-escuela era un puesto avanzado de espiritualidad


constructiva, manteniendo contacto permanente con la vida
humana.

283
ANDRÉ LUIZ

Cada persona reencarnada con vínculos a “Almas Hermanas” se


encontraba convenientemente fichada, con todo el historial de lo
que está realizando en el mundo con el balance de los créditos
conquistados y las deudas contraídas, que se podía obtener en
cualquier momento para prestar mayor o menor ayuda a los
interesados, en función de la lealtad que demostrasen en el
cumplimiento de las obligaciones a que se habían comprometido y
del esfuerzo espontáneo que habían invertido en la construcción
del bien general.

Pregunté a Belino si conocía la media general de


aprovechamiento en la comunidad y él me contestó que sí, que en
ochenta y dos años de existencia, el “Almas Hermanas” que tenía
una población flotante de cinco a seis mil personas, tenía por cada
cien estudiantes, dieciocho victoriosos en los compromisos de la
reencarnación, veintidós mejorados, veintiséis medianamente
mejorados y treinta y cuatro con deudas lamentables y dolorosas.

En cuanto a si los fracasados eran readmitidos, pregunta que


hice a continuación, informó que nadie en la Tierra consigue
valorar la expectativa, la ternura, el esfuerzo y el sacrificio que los
amigos desencarnados invierten para el triunfo o mejora parcial de
los afectados en servicio en el mundo, y tampoco nadie imagina la
desolación y tristeza que sacuden su ánimo, cuando no logran
abrazarles a la vuelta, aunque sea ligeramente renovados para la
suspirada convivencia. Dijo que aquellos que no lo conseguían, los
que habían malogrado esa oportunidad, después de la
desencarnación pasan automáticamente a las zonas inferiores
donde, a veces por mucho tiempo, permanecen en desequilibrio o
depravación, aunque nunca pierden la devoción de los amigos del
instituto que interceden por ellos, así como las colonias
asistenciales que les rodean. Sabía que había varios rematriculados
después de esas batallas. En compensación, citó los premios
atribuidos a los vencedores. Los aprendices que se diploman, por
así decirlo, en la Tierra, demostrando la buena práctica de los
recursos aprendidos, son honrados con admirables oportunidades

284
SEXO Y DESTINO

de trabajo en estancias superiores, conforme a los deseos que


expresen.

Llegamos a otro núcleo de edificios, donde Andrade nos dijo que


se impartían diversas actividades de instrucción. Iniciamos pues la
visita.

Las clases conmovían por sus revelaciones y los profesores por


su simpatía. El sexo era el tema central, mereciendo el mayor
aprecio.

Los alumnos contemplaban grabados y croquis que se referían


al sexo, con el interés cariñoso de un niño con su madre y la
atención de quien agradece las concesiones divinas.

Todos nos acogían con cordialidad, sin que nuestra presencia


alterase su atención, pero es de resaltar la emoción que sentía al
observar la veneración con que el sexo era tratado en las diversas
facultades, investigado y, sobre todo, ennoblecido. Las materias se
daban en régimen de especialización: sexo y amor, sexo y ma-
trimonio, sexo y maternidad, sexo y estímulo, sexo y equilibrio,
sexo y medicina, sexo y evolución, sexo y penalización, entre otras.

Nos dijo Andrade que todas las disciplinas son seguidas por
gran número de alumnos, y en especial, las de “Sexo y maternidad”
“Sexo y penalización”. La primera reúne a centenares de criaturas
que se dirigen a los ajustes del hogar en la Tierra y la segunda
acoge una enorme cantidad de espíritus conscientes que examinan
la mejor manera de inflingirse a sí mismo determinadas
inhibiciones para corregirse de hábitos deprimentes en la próxima
reencarnación. Muchos dejan escrito en los archivos de la escuela
las sentencias que pronuncian contra sí mismos, antes de
envolverse en las pruebas que consideran necesarias para la
perfección y felicidad que solicitan.

285
ANDRÉ LUIZ

Las explicaciones de Belino eran cada vez más y más


interesantes y yo reflexionaba en la extensión de los trabajos de la
ciudad espiritual en que se encontraba desde hacía quince años y
que desconocía hasta entonces, cuando llegamos a la residencia
del director.

Félix, en compañía del hermano Regis, que nos presentó como


su sustituto eventual, nos recibió amablemente.

No parecía aquel amigo que se empequeñecía en Río compartiendo


nuestro trabajo.

Respetado y querido, era allí un distinguido dignatario del


conocimiento superior, en quien la administración de “Nuestro
Hogar” había delegado importantes responsabilidades. Dirigente y
comandante, padre y hermano.

El ambiente de aquel gabinete en el que nos había alojado con


afecto, rezumaba sencillez sin negligencia, comodidad sin lujo.

Detrás del sencillo sillón, destacaba un cuadro de grandes


dimensiones, donde se retrataba a una noble señora orando en las
regiones inferiores. La venerable mujer alzaba sus brazos hacia el
cielo gris, que filtraba rayos de luz como respondiendo a las
oraciones y, alrededor de ella, montones de espíritus turbados, en
el suelo, taciturnos, entre consolados y aterrorizados.

Dándose cuenta de nuestro asombro, Félix explicó que


conservaba aquella obra de arte como recuerdo de la magnánima
servidora de Cristo, desconocida entre los hombres, consagrada en
el mundo espiritual al socorro de corazones sumergidos en las
tinieblas, visitaba las cavernas de expiaciones punzantes, unas
veces sola y otras acompañada de equipos de colaboradores,
amparando, reconfortando…

286
SEXO Y DESTINO

Adoptaba a criminales desencarnados por hijos del alma, les


infundía el ideal de la regeneración, elevándoles e instruyéndoles.
De cuando en cuando, Félix la veía en el asilo maternal que, todavía
hoy, la abnegada educadora mantiene en las regiones sombrías
como un castillo de amor. Continuó diciendo que en aquel lugar
permanecen normalmente más de mil huéspedes, que van siendo
sustituidos según la benefactora encamina los recogidos a escuelas
beneméritas, con vistas a la reencarnación en la Tierra o a
estancias de rectificación en otros parajes. Nos informó deber a
ella, que citó como la hermana Damiana, su primer contacto con la
verdad hacía ochenta años.

Guardaba aquel cuadro, encargado por él, para no olvidarse


nunca, en las horas de las supremas decisiones, de las
responsabilidades con los que había sido investido, del barro en
que un día se hundió y del que fue arrebatado por aquella
misionera magnánima al servicio de los infelices.

Neves imprimió un nuevo rumbo a la conversación, poniendo de


relieve la satisfacción que nos había producido la visita a las
distintas dependencias que acabábamos de realizar y la charla
derivó hacia las cuestiones del sexo, que en “Almas Hermanas”
asumían aspectos inusitados.

El hermano Regis explicó que también se había sorprendido, al


principio, con el respeto profundo que existía allí hacia los estudios
del sexo, vista la desconsideración con que las autoridades
políticas, religiosas y sociales terrestres lo trataban, con escasas
excepciones. Y comentó, con humor, que nosotros los hombres,
somos contradictorios cuando estamos reencarnados, ya que
estamos siempre ávidos de arreglar una conquista en desajuste y
queremos negar a Dios el derecho de ayudar y rehabilitar a sus
hijos en desequilibrio emotivo.

El anfitrión, ampliando las ideas que queríamos entender


sintetizó que, en la Espiritualidad Superior, el sexo es considerado

287
ANDRÉ LUIZ

sólo un componente morfológico del cuerpo carnal, que distingue


a macho y hembra, definición que en la Tierra, todavía se
acompaña de actitudes y exigencias tiránicas, heredadas del
comportamiento animal. Entre los espíritus desencarnados, a
partir de una mediana evolución, el sexo se contempla como
atributo divino en la individualidad humana, lo mismo que ocurre
con la inteligencia, el sentimiento, la razón y otras facultades, hasta
ahora menos aplicadas en las técnicas de la experiencia humana.
Cuanto más se eleva la criatura, más se conciencia de que el uso
del sexo reclama discernimiento por las responsabilidades que
acarrea. Cualquier unión sexual en el campo de las emociones,
engendra sistemas de compensación vibratoria y, el compañero de
la pareja que hace daño a otro, hasta el punto de crear desastres
morales, pasa a responder por esta justa deuda. Todo desmán
sexual que dañe a las conciencias exige reparación, como cualquier
abuso de la razón. El hombre que abandona a la compañera sin
razón, o la mujer que así proceda, generando desarreglos
pasionales en la víctima crea una carga kármica en su propio
camino, pues nadie daña a otro sin dañarse a sí mismo. Vaticinó
que la Tierra, poco a poco, renovará principios y conceptos,
directrices y legislación en materia de sexo, bajo la inspiración de la
ciencia, que situará el problema de las relaciones sexuales en el
lugar que le es propio. Insistió que en la costra planetaria, los
temas sexuales se toman en cuenta en base a los rasgos físicos
que diferencian al hombre de la mujer y viceversa, pero eso no
define la realidad íntegra porque, por encima de esas formas,
existe un espíritu inmortal de edad a veces multimilenaria, que
encierra una suma de experiencias complejas, lo que obliga a la
propia ciencia a proclamar, al día de hoy, que masculinidad o
femineidad total son inexistentes en la personalidad humana, bajo
el punto de vista psicológico. Hombres y mujeres, en espíritu,
presentan cierto porcentaje más o menos elevado de
características viriles y femeninas en cada individuo, lo que no
asegura posibilidades de comportamiento íntimo normal para

288
SEXO Y DESTINO

todos, según el concepto de normalidad que la mayoría de los


hombres establecen en la sociedad.

Habiendo Neves formulado una consulta sobre la


homosexualidad, Félix demostró que innumerables espíritus
reencarnan en condición de invertidos, bien por expiación u
obedeciendo a tareas específicas que exigen una dura disciplina
por parte de los que las solicitan o las aceptan. Dijo también que
los hombres y mujeres pueden nacer homosexuales o bisexuales
así como son susceptibles de retornar el vehículo físico en la
condición de mutilados o inhibidos en ciertas áreas de mani-
festación, realzando que el alma reencarna en una u otra circuns-
tancia para mejorar y perfeccionarse y nunca teniendo como
destino el mal, lo que nos obliga a reconocer que los delitos, sean
cual sean, en cualquier posición, son por cuenta nuestra. Con
relación a eso, destacó que en los foros de la Justicia Divina, en
todos los distritos de la Espiritualidad Superior, las personalidades
humanas tachadas de anormales son consideradas tan carentes de
protección como las que disfrutan de la existencia garantizadas por
los derechos de la normalidad, según la opinión de los hombres,
observándose que las faltas de las personas con psiquismo
anormal son examinadas con el mismo criterio aplicado a las
culpas de las personas tenidas por normales, y es más, en muchos
casos, los desatinos de las personas supuestamente normales son
agravados considerablemente, por ser menos justificables dadas
las acomodaciones y privilegios que poseen en el clima estable de
la mayoría.

Pregunté sobre los conceptos y preconceptos vigentes en la


Tierra con respecto a este asunto y Félix ponderó, respetuoso, que
los hombres no pueden alterar, de hecho, las leyes morales con
que se rigen, bajo pena de precipitar a la humanidad a su
desaparición dado que los espíritus todavía ignorantes o
animalizados, que son mayoría en todas las naciones terrestres,
están decididos a usurpar liberalidades prematuras para convertir
los valores sublimes del amor en criminalidad y perversión.

289
ANDRÉ LUIZ

Comentó, sin embargo, que en el mundo venidero los hermanos


reencarnados, tanto en condiciones normales como en las
juzgadas como anormales, serán tratados con igualdad, en el
mismo nivel de dignidad humana, reparando, de esta forma, las
enormes injusticias que se han cometido contra aquellos que rena-
cen sufriendo anomalías, ya que la persecución y crueldad con que
han sido tratados por la sociedad humana impiden o dificultan la
ejecución de las tareas que traían a la esfera física, cuando no
hacen de ellos criaturas hipócritas, con la necesidad de mentir
continuamente para vivir bajo el sol que la Bondad Divina encendió
en beneficio de todos.

La conversación era fascinante, pero un compañero vino a


avisarnos que Doña Beatriz estaba dispuesta para recibirnos.

Entramos en el aposento.

El jefe nos presentó a dos señoras que compartían con él la


casa, Sara y Priscila, que habían sido hermanas suyas en la Tierra.
Ambas de una gran sencillez y simpatía.

Nos dijo Félix que, al principio vivía allí con algunos


colaboradores amigos pero, en los últimos años, había conseguido
que las dos hermanas, que servían en otras áreas, fuesen
transferidas para “Almas Hermanas” con el fin de trabajar todos
juntos, preparando el futuro. Quedaban ellos tres de la familia
cuyos otros miembros se encontraban nuevamente en la esfera
física y sobre esto último Sara comentó que ella no tardaría en
tomar el mismo camino.

Parando de trecho en trecho para conocer detalles del amplio


patio interior que atravesábamos, supe que el instituto mantiene
zonas residenciales, además de los edificios dedicados a la
administración, enseñanza al mantenimiento y a la hospitalización
temporal. Así se acomodaban familias enteras, parejas, espíritus
hermanados por la amistad y muchos estudiosos que se visitan o

290
SEXO Y DESTINO

reciben amigos de otras organizaciones, realizando viajes


edificantes o recreativos o incorporados en proyectos artísticos y
asistenciales, compatibles con sus obligaciones diarias.

Respondiendo a nuestras preguntas, Félix nos informó que


Marita se encontraba también en aquel lugar, ingresada en un área
destinada a convalecientes aunque todavía no podríamos verla, ya
que estaba tranquila pero aún traumatizada. La desencarnación
precoz le había acarreado algunos problemas. El, había pedido a
orientadores amigos algunas concesiones posibles para que
volviese con urgencia, al ambiente familiar de Río, de manera que
no perdiese oportunidades para el rescate del pasado. La muerte
prematura había sido un profundo golpe para el programa
establecido allí, en “Almas Hermanas” hacía unos años, pero tenía
la esperanza de reparar las heridas, restituyéndola a la convivencia
con sus seres queridos, a través de una reencarnación de
emergencia. De esta forma, aprovecharía la oportunidad y el clima
de servicio, como el obrero que cambia de máquina sin salir de la
oficina. El proceso de su vuelta a la Tierra estaba en trámite desde
el día anterior, ante los órganos competentes, por lo que no
juzgaba oportuno distraer su mente en otros asuntos, ya que
estaba volcada en el reducto del hogar.

Neves abordó el tema referente al día señalado para la


desencarnación, defendido por algunas religiones de la Tierra, a lo
que Félix respondió:

Sí, no nos es lícito desacreditar las enseñanzas religiosas.

Hay planes prefijados y ocasiones previstas con relativa


exactitud para la pérdida del vehículo físico, pero los interesados
acostumbran a alterarlos, bien mejorando o empeorando su
propia situación. El tiempo se puede comparar al crédito que un
banco concede o retira según las condiciones del deudor. No
podemos olvidar que la conciencia es libre para pensar y actuar

291
ANDRÉ LUIZ

tanto en el plano físico como en el espiritual, incluso cuando está


sometida a las consecuencias de un pasado culpable…

Y sonriendo añadió:

Cualquier día es válido para crear o reconstruir el destino, ya


que todos somos conciencias responsables.

En ese momento llegamos al aposento de la señora recién


desencarnada, a quien Sara y Priscila dispensaban cuidados
especiales.

Beatriz había rejuvenecido.

En su cara reflejaba la prudencia que ya conocíamos, pero tenía


en sus ojos un brillo juvenil, como la criatura que vuelve a tener
aspiraciones hacia mucho tiempo olvidadas.

Nos aproximamos y conversamos con ella. Decía que estaba


encantada y agradecida a los anfitriones.

Hablaba como si estuviese en una casa de personas


desconocidas, sin recordar en absoluto las atenciones que había
recibido de Félix, antes de liberarse de su cuerpo enfermo. La
charla se desarrollaba en un ambiente de ternura recíproca. Ella
estaba reconocida y los anfitriones satisfechos. Iban y venían ideas
distintas, asuntos variados. Se notaba que Félix se empeñaba en
distraer su pensamiento, que estaba fijo en su antiguo hogar.
Todos nos esforzamos en inducirla al olvido constructivo, pero aún
así, aquel corazón generoso de mujer se expresaba, recordando a
Neves que no había tenido hasta el momento, ninguna noticia de la
madre que les había precedido en el mundo espiritual tantos años
antes, y asimismo, nos pedía que le permitiésemos hacer una visita
en la primera oportunidad, a la casa que dejó en la Tierra. Discípula
aplicada en el ambiente renovador en que sabía que estaba, nos
rogó que la disculpásemos su apego a la vida anterior, pero eso

292
SEXO Y DESTINO

pasaba, realzó con humildad y grandeza de alma, porque creía que


había sido inmensamente feliz al lado de un esposo que era un
compañero de los más leales del mundo y padre del mejor de los
hijos…

La noche avanzó.

Neves la reconfortó, dándole esperanzas y al despedirnos para


descansar, reflexioné sobre la transformación del amigo, que había
aprendido a colocar el amor por encima de penas y amarguras, y
que dirigía una cariñosa sonrisa a la confiada hija, dejando las
verdades para un momento más oportuno.

293
ANDRÉ LUIZ

Capítulo 10
Antes de descansar, me quedé a solas con Félix, que aprobó mi
petición de seguir prestando asistencia a Nogueira y a su hija.

El instructor conocía los sucesos en curso, pero quería saber


más detalles. Oyó mi exposición preocupado, y dedujo que las
dificultades de Claudio y Marina estaban en su punto más alto.

Era preciso socorrerles, apoyarles. Dados los compromisos que


existían, era difícil hacer previsiones.

El benefactor hablaba con serenidad, pero yo me di cuenta de


su tormento oculto. De vez en cuando las lágrimas humedecían sus
ojos sin que él, patrón de valor y fortaleza, llegase a derramarlas.

Aún así, conteniendo la emoción, sugirió medidas y planes de


acción. Quería que yo volviese, iniciando una nueva etapa de
asistencia, junto a Marina en Botafogo. Sabía que Moreira era un
colaborador diligente que el tiempo sabría valorar, pero todavía
era demasiado trabajo para él solo el mantener a la joven enferma
libre de vampiros, cuyo número aumentaba con las actitudes
inesperadas de Marcia, estimulando a Nemesio a una aventura que
rayaba con la demencia. Yo me reuniría con Moreira, debía de
alentar a Marina extender los brazos hacia Claudio y, en la medida

294
SEXO Y DESTINO

de lo posible, amparar a Marcia y a los dos Torres, siempre que


ellos propiciasen los medios para ello. El nos acompañaría, confian-
do en la Bendición del Señor, que todo prevé y provee en el
momento necesario.

Comprendí, Félix sufría, aunque estaba resignado, lloraba por


dentro.

Siguiendo sus instrucciones, al día siguiente me disponía al


retorno, pero antes, dado mi interés por los temas de “sexo y
penalización”, y reflexionando en las enfermedades oscuras que
pueblan la Tierra, el propio Félix me llevó de pasada, a un pequeño
palacio localizado en el centro de la institución, que se llamaba
“Casa de Providencia”. Era un curioso foro de “Almas Hermanas”
donde los jueces atienden las peticiones formuladas por los
integrantes de la comunidad con respecto a los hermanos
reencarnados en la esfera física.

Félix mientras andábamos, saludaba a muchos viandantes, y me


explicó que allí sólo se trataban procesos de auxilio y corrección
relacionados con los compañeros destinados a la reencarnación y a
los que ya se hallaban en la Tierra, pero espiritualmente unidos al
instituto.

Renacimientos, cunas problemáticas, accidentes en la infancia,


delitos de juventud, dramas pasionales, hogares en litigio, divorcios,
abandonos afectivos, ciertas formas de suicidio y molestias y
obsesiones derivadas de abusos sexuales y una infinidad de temas
relacionados con todo esto se examinaban allí, según las peticiones
y quejas entregadas a la justicia. La “Casa de Providencia” sólo
delibera los problemas de “Almas Hermanas”, pero los casos en su
mayoría, derivan acciones para otros sectores.

Los temas son tratados desde el principio, siguiendo para


instancias superiores. Aún así, los dos magistrados amigos y él
mismo, Félix, que está obligado por su cargo y posición a estudiar e

295
ANDRÉ LUIZ

informar en detalle, no deciden por sí solos. Un consejo compuesto


por diez orientadores, seis hombres y cuatro mujeres con méritos
reconocidos por la gobernación de la ciudad, emite su opinión en
asambleas semanales, en todas las recomendaciones y diligencias,
aprobándolas o suspendiéndolas, para que las decisiones nunca
puedan ser arbitrarias. Alegó, quizás por humildad, que en muchos
casos había sido mejor aconsejado por los pareceres de los jueces
y consejeros que por su propio criterio, lo que hacía que su respeto
por ellos fuera todavía mayor.

Aclarando los informes iniciales, dijo que más de la mitad de los


autos se tramitan con dirección a las autoridades de los ministerios
de Regeneración y Auxilio que son rápidos en las medidas a tomar.

Seguimos por el interior del edificio, con destino al gabinete


central.

Félix que se hallaba allí sólo por acompañarme, no quería entrar


intempestivamente en la sala de audiencias públicas donde se
encontraban los querellantes y peticionarios, ya que algunos
podrían hacerle una llamada personal con intención de presionar a
los jueces, inconveniente que era preciso evitar.

En una sala, el instructor me presentó al juez Amantino que


estaba de servicio con cinco auxiliares. Era aquel un ambiente
digno, donde la dirección y los subalternos no se confunden,
aunque están unidos por la cordialidad en base al acatamiento
recíproco. La llegada de Félix provocó un afectuoso tumulto que él
mismo suprimió, diciendo que sólo estaba de visita. Me indicó que
yo volvería más tarde, con tiempo suficiente para centrarme en el
estudio.

Los colaboradores se volvieron a sentar. Amantino quería


brindarnos algunos minutos de atención.

Nos sentamos con ellos y más por corresponder a la gentileza,


que por el propósito de analizar los mecanismos de la casa, que

296
SEXO Y DESTINO

exigían una demorada atención, pregunté por el porcentaje de


compañeros que regresan absolutamente limpios, sin tacha, de la
existencia terrestre, según las conclusiones de aquel templo de
justicia y el interpelado respondió con humor que empezaba el
interrogatorio con una inesperada pregunta. Explicó que, en datos
procedentes de ochenta años seguidos, esa media no excedía de
un cinco por mil, aunque había gran número de almas que
alcanzaban el noventa por ciento de la distinción absoluta, lo que
en “Almas Hermanas” supone un grado de mérito elevado.

Ante nuevas preguntas, Amantino aclaró que a pesar de la


equidad en los juicios, prevalece el rigor en el registro de todas las
culpas y deserciones de los reencarnados, para que no se relaje la
disciplina, pero los límites de la tolerancia en la Espiritualidad
Superior, son más amplios, porque los mentores allí no sólo se
valen de los textos sino de los principios de comprensión humana
que palpitan en sus conciencias, lo que les permite conocer como
ejecutores de la ley, las dificultades que sufren las personas para
conducirse hacia una corrección integra, en el terreno de sus
propios sentimientos, que casi siempre están todavía contami-
nados por las taras de la animalidad primitiva.

Aproveché e indagué sobre el divorcio.

El juez me dijo que, reconociendo que todos los matrimonios


terrestres entre personas de evolución respetable, se efectúan en
la base de los programas de trabajo previamente establecidos,
bien en cuestiones de beneficio general o de pruebas legítimas, el
divorcio se obstaculiza, en las Esferas Superiores, por todos los
medios lícitos, no obstante en muchos casos es permitido, bajo
pena de transformar la justicia en prepotencia contra víctimas de
crueldades sociales que la legislación terrestre no consigue
remediar ni prever.

Una vez que surge el problema, el elemento de la pareja


responsable por la ruptura de la confianza y estabilidad de la unión

297
ANDRÉ LUIZ

conyugal, pasa a ser juzgado. La víctima es inducida a la


generosidad y a la benevolencia a través de los recursos que la
Espiritualidad Superior consigue articular, para que no se malogren
planes de servicios, siempre importantes para la comunidad,
entendiendo como tal el conjunto de espíritus encarnados y
desencarnados, cuyas ventajas son recíprocas con la humildad y
buen hacer de cualquiera de sus miembros. En razón de eso,
alcanzan la Patria Espiritual, en la condición de nobles hijos de
Dios, las grandes mujeres y grandes hombres, considerados
grandes delante de la Providencia, cuando soportan sin queja, las
infidelidades y las violencias de su pareja, olvidando incomprensio-
nes y ultrajes recibidos, por amor a las tareas que los Designios del
Señor pusieron en sus corazones y en sus manos, bien para
amparar a la familia o para realizar buenas obras. Los que tienen
tal comportamiento dignifican todos los grupos espirituales donde
residen, sean de la raza o religión que sea, y son acogidos como
verdaderos héroes, por haber abrazado sin rebeldía a los que
castigaban su alma, sin retirarles el afecto ni la presencia. Pero, los
que no pueden perdonar las afrentas, aunque no tengan esa
grandeza íntima, son amparados igualmente, ayudándoles en su
deseo de separación conyugal, sumando sus deudas para futuros
rescates y concediéndoles los cambios que necesitaban.

Llegados a ese punto, el hombre o la mujer continúan recogiendo


el apoyo espiritual que les sea preciso, según su merecimiento y
necesidad, dando libertad y respeto tanto a uno como a otro en lo
que concierne a la renovación de la compañía y el camino a recorrer,
con las responsabilidades naturales que acompañen a esas
decisiones.

Así sucede, comentó Amantino, porque la Divina Providencia


manda exaltar las virtudes de los que aman sin egoísmo, sin
desconsiderar el acatamiento que se debe a las criaturas de vida recta
expoliadas en el patrimonio afectivo. Los Ejecutores de las leyes
Universales, actuando en nombre de Dios, no aprueban la esclavitud
de nadie y, en cualquier sitio cósmico se proponen levantar

298
SEXO Y DESTINO

conciencias libres y respetables que se eleven para la Suprema


Sabiduría y para el Amor Supremo, veneradas y dignas, aunque para
eso escojan multimilenarias experiencias de ilusión y dolor.

Estaba realmente impresionado. Pregunté sobre la moral en los


países terrestres donde un hombre puede tener varias esposas.
Amantino destacó que la poligamia, incluso aparentemente
legalizada entre los hombres, es una herencia animal que
desaparecerá de la faz de la Tierra y que, estando en un lugar
inspirado por las enseñanzas de Cristo, no debemos olvidar que en
el Evangelio, basta un hombre para una mujer y una mujer para un
hombre.

Ponderó que existen circunstancias difíciles en que el hombre o la


mujer son llamados a la abstención sexual, en interés de la tranquilidad
o elevación de aquellos que les rodean, situación esa que no cambian
sin alterar o agravar los propios compromisos.

Pregunté si la casa proporcionaba auxilio en función de los


errores. El me dijo, con buen humor que el auxilio se verifica
exactamente en función de los aciertos. Cuanto más preciso sea el
reencarnado en la práctica de los deberes que le competen, más
amparo recoge en los días oscuros en que pueda caer en errores.
Cualquier petición de ayuda que se formule allí, antes de ser
tramitada, se analiza minuciosamente en función de la
documentación de la persona para quien se pide el favor. Aciertos
son haberes, errores son deudas. Sumados unos con otros, se
verifica, de inmediato, hasta que punto es posible o aconsejable la
atención, determinándose la media del auxilio atribuible a cada
petición individual.

Resaltó que en esa clara aplicación del derecho, muchos


requerimientos de socorro, se transforman automáticamente en
correcciones, porque si escasean créditos a los interesados,
restando las deudas, el resto asumía la forma de enmienda lo que,
a veces, irritaba a los solicitantes sin que pudiesen modificar el

299
ANDRÉ LUIZ

curso de la justicia. En ese sentido, las oraciones o incluso


solamente las vibraciones de alegría y reconocimiento de todas las
criaturas encarnadas o desencarnadas, funcionan como abonos de
significado muy importante para cada uno, de cualquier lugar,
ilustró Amantino con convicción. Crea o no en la inmortalidad, toda
persona es un alma eterna. Por eso, independientemente de la
propia voluntad, las leyes de la Creación marcan en el camino de
cada espíritu los bienes o males que practique, dando cosechas en
función de la siembra. Realizando el perfeccionamiento moral de
etapa en etapa y entendiendo la existencia física como aprendizaje
del alma, lleno de aciertos y errores, con raras excepciones la
individualidad en cualquier plano de la vida, es mantenida por
encima de todo, por el rendimiento de utilidad al bien común. Eso,
destacó el juez, es el principio general de la Naturaleza. El árbol
que dé buenos frutos atrae la defensa inmediata del hortelano. El
animal útil recibe de su dueño cuidados especiales.

Por tanto, la persona, cuanto más valor demuestre para la


colectividad en la Tierra o en otros lugares, más ayuda recibirá de
las Esferas Superiores.

No podía ni pensar en alguna objeción. Todo lo expuesto allí era


justo y natural.

Comenté que me gustaría saber cómo eran las audiencias, por


lo que, en vista de que Félix no quería alterar el servicio, Amantino
me propuso que fuese espectador de un caso allí mismo, en el
gabinete, para que tuviese por lo menos una muestra de lo que allí
se hacía.

El instructor estuvo de acuerdo, solicitando la presencia de dos


centinelas a la entrada. Me extrañó la petición de mi amigo, cuya
sencillez me había acostumbrado a venerar, pero lo inesperado se
encargaría de demostrar lo necesario de esa medida.

Entró una señora con aspecto triste.

300
SEXO Y DESTINO

Viendo a Félix, se olvidó de la autoridad con que estaba


revestido Amantino y se puso de rodillas delante del instructor.

Félix indicó a los guardianes que la levantasen.

Ahí entendí que el mentor se había preparado, de antemano, a


rechazar cualquier manifestación de lisonja, que él nunca
soportaba.

La recién llegada, a regañadientes, fue obligada a hablar de pie


sujeta por los dos vigilantes.

–¡Instructor, tenga compasión de nosotros! –lloró la mujer,


entregándole los papeles que traía– pedí protección para mi hija y
vea el resultado… El manicomio, el manicomio… ¿Cómo un corazón
de madre puede estar de acuerdo con eso? Es imposible, es
imposible…

El benefactor leyó y expuso:

–Jovelina, seamos fuertes y razonables. El traslado es justo.

–¡Justo! ¿Pero no conoce a mi hija?

–¡Ah, si! –dijo Félix con indefinible tristeza en su semblante– Iria


Veletri… Me acuerdo cuando se fue, hace treinta y seis años… Se casó
a los dieciocho y se separó del marido, hombre digno, a los veintiséis,
sólo porque el compañero no compartía su gusto por los gustos y
caprichos lujosos. En los ocho años de matrimonio, nunca estuvo a la
altura de los compromisos mantenidos y practicó seis abortos…

Al abandonar el hogar y precipitarse en la prostitución, en varias


ocasiones se le invitó indirectamente, por mediación de amigos de
nuestro lado, a apartarse de los hábitos disolutos, convirtiéndose
en madre respetable de hijos que, aunque nacidos del sufrimiento,
se transformarían con el tiempo en protectores y compañeros
abnegados… Se emprendieron varios intentos… Iria, sin embargo,

301
ANDRÉ LUIZ

expulsó a todos los hijitos arrancando de su seno los cuerpecitos


en formación…

Con los abortos y hasta ahora, no hizo nada que recomiende su


permanencia en el mundo… No consta en su ficha el mínimo gesto
de bondad hacia sus semejantes… Ella misma se entregó de buen
grado a los vampiros que consumen sus energías… Y nuestra Casa
no opuso nada a que viviese así obsesionada, para que no
continúe convirtiendo el claustro materno en un antro de muerte…

Y dejando entrever una profunda melancolía en su mirada,


acabó diciéndola mientras la abrazaba con ternura paternal:

–¡Ah! ¡Jovelina, Jovelina!... Cuantos de nosotros tenemos hijos


amados en los hospitales de la Tierra… El manicomio también es
un refugio levantado por la Divina Providencia para expurgar
nuestras culpas…

Vuelva a sus tareas y honre a su hija trabajando y sirviendo


más… ¡Su amor de madre será para nuestra Iria como la luz que
remueve las tinieblas!...

La peticionaria miró a los ojos del instructor, ojos que le hablaban


de un recóndito martirio moral, y le dio las gracias, angustiada,
besando su diestra con humildad.

La sala volvió a sus quehaceres, y la entrevista no generó ningún


comentario.

Me separé de los nuevos amigos y, a pocos pasos del edificio, ya


fuera de él, me despedí de Félix.

Pasadas algunas horas entré en la casa de salud, en Botafogo.

Marina, bajo los cuidados de Moreira, dormía agitada.

302
SEXO Y DESTINO

Capítulo 11
En la casa de salud, Marina exigía cuidados, vigilancia. Entre
bastidores, Moreira y nosotros nos volcábamos en ello, mientras
que Claudio y Salomón unían sus energías en el plano físico,
garantizando la cooperación.

El apoyo espiritual unido a la Medicina, funcionaba con


seguridad.

Aún así, los problemas se complicaban alrededor nuestro.

Nemesio y Marcia, después de cinco semanas de descanso en la


sierra, volvieron a Río, algo cambiados por la aventura. Ella,
interesada en la unión definitiva; él, dudoso, había replegado velas.
Tenía miedo, no de la opinión de los demás en la sociedad, sino de
sí mismo. Aquel mes de descanso para olvidar, pasado en brazos
de una mujer que no se hubiese imaginado un tiempo antes, le
inquietaba. No es que Marcia hubiese perdido los encantos con los
que le sedujera, se asustaba de sí mismo junto a ella. En las
excursiones, la llamaba “Marina”. Se despertaba, por la noche,
creyendo que estaba con la joven, soñaba, reencontraba y
expresaba, dormido, declaraciones de amor como en los tiempos
en que Beatriz estaba enferma en la cama.

303
ANDRÉ LUIZ

En varias ocasiones fuimos a arrancarle de esas crisis a través de


recursos magnéticos, notando sus sensaciones de alivio, al
comprobar que Marcia, experta y maternal, sabía tolerarle y
comprenderle.

La esposa de Claudio a su vez, no obstante se hubiese


propuesto seducirle y casarse con el, reconocía el obstáculo. Se
daba cuenta claramente que Nemesio tenía a la chiquilla fija en su
memoria. Aquel hombre de negocios amaba a su hija, le pertenecía
en cuerpo y alma, aunque a ella no le había negado cariño y ternura.

Al principio quiso rebelarse, pero enseguida calculó, como era


su costumbre, y llegó a la conclusión de que no se hallaba
comprometida personalmente en el amor, y sí en una transacción
económica, cuyas ventajas no estaba dispuesta a perder. En el
fondo, no le importaba que él adorase a la joven. Ella aspiraba a
tenerlo sujeto, ganar su fortuna y su confianza. Para ello, ensayaba
todas las formas de hacerse imprescindible. Peticiones atendidas,
comidas favoritas, gotas estimulantes en el momento preciso,
zapatillas a mano…

Pidió a Nemesio casarse en un país que aprobase el divorcio y él


prometió satisfacerla, pero, de vuelta a Río, prefirió que se quedase
en casa de Selma, la compañera y amiga que residía en Lapa,
mencionando que Gilberto estaría en la casa familiar.

Era importante para el señor Torres que no viviesen juntos hasta


que consiguiese trasladar a su hijo a una ciudad del sur del país.
Marcia debía esperar y esperaba, aun cuando ambos siguieran
saliendo juntos a bailar, a cenar, a divertirse…

Gilberto, mientras tanto se veía a sí mismo descorazonado,


abatido. Como niño sin guía o navegante sin brújula. No tenía la
menor motivación por el trabajo ni ideales que controlasen sus
sentimientos. Derrochaba el dinero del padre a manos llenas en

304
SEXO Y DESTINO

juergas y borracheras. Muchas veces, embriagado, hablaba de


suicidio, acordándose de la distante Marina.

Se sentía infeliz, derrotado. Aquí y allí, oía comentarios


escabrosos referentes a su padre y Doña Marcia por parte de sus
amigos, pero todavía tenía la nobleza necesaria para rechazarlos,
considerando que eran mentiras y maledicencias. Sabía que su
padre estaba descansando y no ignoraba que Doña Marcia
también estaba de reposo, y les defendía enfureciéndose, casi
siempre borracho y manejado fácilmente, como una marioneta,
por alcohólicos desencarnados.

Mientras tanto, ante esta destrucción el hermano Félix


construía…

Después de dos meses de tratamiento, Marina regresó a


Flamengo acogida por el cariño paterno.

En pocas horas, se puso al corriente de la situación. Había


perdido la asistencia de su madre y no desconocía los obstáculos
con que debía contar para volver a ejercer su profesión. Sabía que
era difícil que contratasen a alguien que salía de una casa de salud
mental.

Al principio sufría, se acomplejaba.

Pero, contaba con un padre cuya grandeza de corazón había


siempre ignorado hasta ese momento, y asimismo una fe que le
daba fuerzas y esperanza.

Claudio la rodeó de ternura y bondad. El apartamento siempre


estaba repleto de mimos y flores y los textos espíritas, leídos a
veces con lágrimas, la infundían la consoladora certeza en las
verdades y promesas de Cristo, que había aceptado como maestro
de su alma. Tenía también la amistad de Salomón, que la trataba
como a una hija, y formaba ya parte de la familia espiritual de

305
ANDRÉ LUIZ

Claudio. Tomó interés en los servicios de beneficencia a niños


abandonados y a chicos con problemas. Cuando el padre sugirió
que hiciesen el Evangelio en casa una vez por semana, aceptó
encantada, pidiendo a su padre que instalasen en casa a Doña Jus-
ta que estaba viuda y sola. La antigua empleada, contenta, fue
elevada a la condición de gobernanta, y en realidad era como una
más de la familia.

La casa rezumaba tranquilidad, no obstante, Moreira y nosotros


seguíamos atentos, a la defensiva.

Conversaciones y lecturas, tareas y planes surgían como flores


prometedoras que Félix venía a ver de vez en cuando, participando
de las oraciones y alegrías.

En cuanto a Nemesio y Doña Marcia, sólo había silencio.

El padre y la hija se empeñaban en olvidarles, pero Gilberto…

Los amigos pedían para él ayuda y compasión. El chico se


encontraba abatido y abandonado.

Borracheras, juergas. Si Claudio y Marina no podían protegerle


por lo menos que intentasen que pidiera ayuda profesional.

¿Cómo le iban a negar el apoyo?

Claudio notó que la hija todavía le amaba tiernamente,


ardientemente, y decidió respetar su decisión.

Después de conversar largamente con Marina, el señor


Nogueira escogió una ocasión que le pareció favorable y quedó
con él en una churrasquería de Leme. Comieron rápidamente y
Claudio le invitó a cenar al día siguiente. El y su hija le esperarían
en casa.

306
SEXO Y DESTINO

Torres hijo sonrió y se comprometió a ir.

Seis meses habían transcurrido desde la transformación de


Claudio. En mayo, al atardecer, refrescaba en Río con las brisas
frías que se dirigían al mar.

Gilberto compareció en el momento previsto. Triste, pero


sobrio. Hasta la cena, habló de banalidades y sufrimientos. Decía
que estaba deprimido, se sentía fracasado. Poco a poco se dio
cuenta que se encontraba entre dos corazones que eran capaces
de recuperar sus sentimientos y profundizó más en otros temas.

Tanto el anfitrión como Marina no le interrumpieron, mostrando


amor y esperanza en sus ojos.

El joven se sintió muy reconfortado, como en un baño de


fuerzas balsámicas. Se imaginaba de vuelta a su antigua casa,
reflexionó pensando en la madre muerta, y lloró…

El jefe de la casa, conmovido tanto como Moreira y nosotros por


aquella explosión de lágrimas, le acarició el cabello y le preguntó
por qué les había retirado su amistad.

Gilberto se desahogó. Dijo que había tenido una entrevista muy


desagradable con su padre. Le comentó que Marina era una
persona poco honesta y fiable, describiendo como él mismo había
estado con ella en situaciones comprometidas, en resumen, que no
servía para mujer casada y le amenazó tanto que le obligó a de-
clarar que renunciaba al matrimonio con ella, por reconocer que
estaba enferma…

Se había apartado por esas razones, aunque continuaba


amándola mucho, pero veía imposible seguir teniendo en cuenta
las acusaciones recibidas…

307
ANDRÉ LUIZ

Marina, abatida, no confirmó nada ni se defendió. Se limitó a


llorar discretamente, mientras Claudio intentaba armonizar
aquellos corazones desavenidos.

Moreira, que había asumido apasionadamente la defensa de la


joven, perdió la calma. Retomó su antigua insolencia y me dijo en voz
alta que, a pesar de llevar seis meses de Evangelio, sentía una gran
dificultad para no reunir la banda de compañeros de otro tiempo e ir
a castigar a aquel viejo Don Juan con todo el rigor posible.

Le pedí que se callara por amor al bien que nos proponíamos


realizar.

Moreira se asustó al oír mi reconvención tan incisiva. Le


expliqué que, en las inmediaciones, algunos hermanos infelices
habrían oído la intención que él había formulado y todos los que
estuviesen de acuerdo con la idea, irían a la residencia de los
Torres a abrir brechas.

Me valí del ejemplo para enseñarle cosas que me habían sido


muy útiles en mis primeras experiencias de hombre desencarnado
en proceso reeducativo.

Le dije que había aprendido de varios benefactores, que el mal


no merece más consideración que la que sea necesaria para
corregirlo. Pero, si todavía no conseguimos impedir su acceso al
corazón, en forma de sentimiento, es forzoso no pensar en él. Pero
si no contamos con recursos para sacarlo de nuestra mente, es im-
perioso evitarlo en la palabra, para que la idea infeliz, ya articulada,
no se convierta en agente vivo de destrucción, actuando por
nuestra cuenta y a la vez independientemente de nosotros. Resaltó
que el ambiente allí estaba limpio de inferencias indeseables, pero
él, Moreira, había hablado abiertamente y compañeros no
distantes interesados en nuestro regreso a la crueldad mental,
habrían captado la sugestión…

308
SEXO Y DESTINO

Gilberto se despidió.

Moreira, con el apuro del aprendiz que reconoce haber errado,


preguntaba qué hacer, pero no lo dudó. Le aclaré que
habitábamos ahora en el plano espiritual, donde el pensamiento y
la palabra adquieren mucha más fuerza de expresión y de acción
que en el plano físico y que no nos quedaba otra alternativa sino
seguir, al lado de Torres hijo, observando hasta qué punto existía el
peligro, para poner la solución adecuada.

El amigo, inquieto por primera vez después de mucho tiempo,


dejó la casa de los Nogueira y me acompañó.

Ambos fuimos en el coche de Gilberto, a su lado, mientras él


estaba absorto en sus pensamientos.

El chico entró en casa, acordándose de Marina, del cambio que


había sufrido… Aquel pelo peinado con sencillez, el rostro tratado
sin excesos, las maneras y las frases sensatas de Claudio al decir,
sin quejarse, que Doña Marcia últimamente estaba fuera para
descansar, el clima hogareño lleno de paz… Todo aquello era
nuevo para él, nuevas sensaciones… Se sentía perturbado,
experimentaba remordimientos por la franqueza que se hacía gala,
sin saber si realmente eran celos que sentía hacia esas formas de
ser.

Instintivamente, se encaminó hacia la habitación que solía


ocupar Marina… Quería sumirse en sus recuerdos, reflexionar.

Le seguíamos y, al girar levemente el picaporte, vio asombrado a


través de la puerta entreabierta, que su padre y Doña Marcia se
besaban y, en torno a ellos pululaba, para nuestra visión espiritual,
la chusma de amigos perturbados cuyos servicios fueron
solicitados inconscientemente por Moreira. Aquellos vampiros se
mostraban muy activos, transformando simples impulsos de afecto
de la madura pareja, en voluptuoso arrebatamiento.

309
ANDRÉ LUIZ

Nemesio de espaldas, fue visto sin ver, como había ocurrido


meses antes con él mismo y la pareja de jóvenes. Doña Marcia, al
estar de frente, como le sucediera a Marina observó la asombrada
cara del muchacho.

El chico salió de puntillas angustiado. La duda le oprimía. El ídolo


paterno se derrumbaba de golpe. ¿Tendría realmente el padre
razones para separarle de la mujer que amaba?

Por nuestro lado, se hacía indispensable la colaboración a favor


de Moreira, arrepentido. El amigo se había aproximado a la
pandilla que le complicaba y comprometía suponiendo que le
hacían un favor, oscilando entre la revuelta y la paciencia.

Intervine, pidiendo serenidad. Debíamos respetar a Nemesio y a


su compañera, no teníamos derecho a escarnecerles ni
escarmentarles.

La banda se retiró y Moreira transfirió las atenciones para Doña


Marcia que, ladina como era, no se había desmayado como hizo
Marina en su día. Razonando fríamente, se separó de Torres padre y
le acarició la cabeza, diciendo que había venido de Lapa sólo para
verle, ya que se sintió mal al verle indispuesto el día anterior. Quería
que se recuperase y se encontrase mejor de salud. Le ayudó a acos-
tarse y después de darle consejos cariñosos, salió con el pretexto de
hablar con el servicio.

Una vez fuera, en el pasillo, pensó en como superar aquella


dificultad. Aun cuando era impasible a la hora de preservar sus
intereses, todavía era madre y pensaba en su hija. No podía
envenenar el ánimo de Gilberto, debería hacer algo por
aproximarles de nuevo. No podía consentir, además, que el joven
la tuviese por una mujer sin escrúpulos, ya que algún día podría
ser su madrastra.

310
SEXO Y DESTINO

Moreira aprovechó estos minutos de reflexión y la abrazó,


respetuoso, rogándola que tuviese piedad. Que favoreciese a
Marina, apoyando a Gilberto. Debía hablar con el joven, apaciguar
las posibles rencillas entre ellos…

Me aproximé también a ella y, le supliqué que intercediese y


ayudase. No intentaba reconciliarse con Claudio, de quien quería
efectivamente la separación. Pero ¿por qué no practicar la caridad
con la hija enferma, tratando de encaminar a aquel chico que se
hundía en la decadencia moral, hacia un matrimonio digno? Era la
madre de Marina, la que la había tenido en los brazos de pequeña,
la había cantado nanas, orientado en la infancia y la adolescencia,
queriendo siempre que fuese feliz… ¿Cómo podría olvidarse de ella
en un momento así, cuando el destino le proporcionaba todas las
posibilidades para extenderle las manos? La esposa de Claudio, al
impacto de los argumentos que asimilaba en forma de reflexiones,
se acordó del pasado y lloró. En aquel instante, sus sentimientos
eran puros, como en la noche en que la vimos, indignada por el
dolor, defender a Marita en la casa de Crescina. Entre la conciencia
y el corazón, no había lugar para el cálculo y la astucia.

No lo dudó ni un instante.

Se dirigió al cuarto de Gilberto, entró con la confianza de una


madre que va a hablar con un hijo, se sentó al lado de su cama en
la que el chico estaba acostado y le habló, con lágrimas en los ojos.

Empezó pidiéndole perdón. A continuación, le pidió permiso


para confesarle que Nemesio y ella eran amantes hacía mucho
tiempo. En un rasgo de generosidad que le honraba, mintió por la
felicidad de su hija…

Le dijo que hacía mucho vivía separada de Claudio, a quien no


podía soportar más, y que, antes de la muerte de Doña Beatriz ya
existía la relación íntima con Nemesio. Destacó, escogiendo la
inflexión apropiada para impresionar más al joven, que había

311
ANDRÉ LUIZ

cometido un gran error al consentir que Marina se convirtiese en la


enfermera de la señora Torres, ya que desde ese momento tenía
razones de peso para sospechar que su padre deseaba a la joven.

Sabiendo su interés por Marina, tuvo un gran ataque de celos.


Veneraba, sin embargo, la grandeza espiritual de Doña Beatriz, a
quien estimaba de mucho antes, y esperó a su muerte antes de
tomar ninguna acción. Una vez que falleció, resolvió abandonar
definitivamente la casa, para no enfrentarse con Marina, y
acompañar a Nemesio a Petrópolis, donde estuvieron ambos
descansando. Continuó justificándose, más y más…

Ahora que él les había sorprendido juntos, le pedía perdón


como a un hijo, cuyo cariño quería conservar. No volvería a
Flamengo, se separaría definitivamente de Claudio y compartiría el
destino de Nemesio, si él accedía… Aún así, era madre y le suplicó
por Marina. Si la amaba, que no la abandonase con indiferencia o
desprecio, en un momento como aquel, en que se rehacía de una
penosa enfermedad. Le pidió protección para la chiquilla, toda la
que ella no podía ahora ofrecerle.

La señora Nogueira acabó, sinceramente conmovida, y


observamos sensibilizados, los prodigios de la comprensión y la
bondad en un corazón juvenil. Con la mirada llameante de júbilo,
se levantó y se arrodilló delante de aquella mujer que sosegaba su
espíritu con aquella historia caritativa que él necesitaba para
rehacer su camino.

Besó sus manos con lágrimas de alegría y le dio las gracias con
frases de cariño filial. Ahora comprendía, si –comentó–, que su
padre, bondadoso, se había sentido despechado e intentado
apartar a Marina de su lado.

Buscaría a la joven, prometió olvidar el pasado para no herir la


dignidad maternal con que ella, Doña Marcia, le había descubierto

312
SEXO Y DESTINO

su nobleza de sentimientos, torturada como estaba, entre la pasión


de mujer y la devoción de ser madre.

Le dijo que ese día había estado con Marina y la había visto
triste y sincera. Había sido rudo con ella, pero volvería a Flamengo
a verla de nuevo y a hacer definitivamente las paces. En cuanto al
futuro, no tenía motivos para indisponerse con Claudio, pero ya
que la separación se hacía inminente, no escatimaría esfuerzos
para que su padre y Doña Marcia se uniesen en un país donde el
divorcio estuviese legalizado.

De la conversación al teléfono y del teléfono a casa de Marina


fue cuestión de minutos.

Viendo a la pareja reunida, Nogueira estaba encantado, orando


de gratitud en su interior.

Moreira y yo enviamos esta información al hermano Félix que


vino, en la noche del día siguiente, a compartir nuestras oraciones
de alegría.

Después de abrazar a Claudio y a los dos enamorados que


salían para Copacabana a buscar a Salomón, el benefactor y
nosotros nos dirigimos hacia Lapa.

Marcia, recostada en un sofá, fumaba pensando en la llegada de


Nemesio para ir a cenar a Cinelandia, y también para ver una
película, pero Félix, magnánimo como siempre, se acercó a ella a
pesar de las bocanadas de humo, besándola en la frente, con
lágrimas en los ojos…

No disponíamos de elevación espiritual suficiente para auscultar


sus pensamientos sublimes. Nos dimos cuenta sólo que él la
contempló, como quien agradece la inesperada abnegación y
murmuró, al despedirse:

313
ANDRÉ LUIZ

– ¡Loado sea Dios!

Del día siguiente en adelante, se hizo más enconada la relación


entre padre e hijo. Nemesio intrigado, Gilberto ausente, y
transcurridas algunas semanas, al enterarse que su hijo y Marina
volverían a estar juntos, el padre viajó para el sur, en compañía de
Doña Marcia, con el intento de situar al hijo en el entorno de anti-
guos amigos de la juventud residentes en Porto Alegre. Por esa
zona se detuvo la pareja, durante semanas, trayendo, a su vuelta,
un proyecto de estudios que al presentarlos a Gilberto, éste recusó
cortésmente, desistiendo de las ventajas que le eran ofrecidas.

Siendo testigos de su diálogo, percibimos la respetuosa ternura,


con que el joven se dirigió a su padre, implorándole auxilio. Le rogó
que no le mandase al sur, que le dejase vivir en Río. Le pedía
perdón por este comportamiento, pero se reconocía mayor de
edad y aspiraba al matrimonio con Marina, a quien había vuelto a
ver y a considerar como su auténtico amor. Desde hacía mucho, se
había acostumbrado a trabajar con él, en la inmobiliaria y le pedía
por eso mismo protección.

Nemesio oía todo esto con íntima sensación de rebeldía. Marina


reconquistada por su hijo suponía para él una bancarrota moral
insoportable. Nunca la había amado tanto como en aquella hora
en que se desvanecían sus últimas esperanzas. Se veía derrotado,
vencido. Poco a poco se había desinteresado de Doña Marcia,
aunque seguía a su lado. Marina significaba para él euforia,
juventud, entusiasmo, improvisación.

Justo cuando pensaba como reconquistar su cariño, su hijo se


adelantaba, frustrando sus objetivos.

Nemesio dio un puñetazo en la mesa y, ciego de cólera, dijo:

–¡Nunca!... Tú no te casarás nunca con esa…

314
SEXO Y DESTINO

Y ahí desgranó adjetivos peyorativos que el joven aguantó,


herido en el alma. Incluso se atrevió a asegurar, que después de
todo lo oído, no renunciaría al compromiso que había adquirido
consigo mismo.

El padre, como poseído, le pegó en la cara.

Gilberto cayó en el suelo para levantarse y caer de nuevo sobre


una nueva lluvia de golpes, hasta que Nemesio, como una fiera,
vociferó:

– ¡A la calle, miserable!... ¡A la calle!... ¡Sal de aquí!... ¡No


aparezcas más por aquí!...

Acompañamos al joven, atónito, que salió a la calle intentando


contener con un pañuelo un hilillo de sangre que salía de su boca.

De ahí a cuarenta minutos, un autobús nos dejaba en Flamengo.

Los Nogueira acababan de comer en ese momento y, antes de


volver para el banco, Claudio escuchó junto a su hija, el relato
doloroso del joven.

Todos comprendieron la gravedad de la situación.

Nogueira, sin embargo, se ofreció a ayudarle. Intentaría


conseguir un empleo para Gilberto en el banco donde prestaba sus
servicios. Se lo pediría a su jefe, a quien consideraba un amigo.
Gilberto debía olvidar lo que había pasado y considerar que su
padre era un enfermo del alma.

Gilberto recordó los secretos de Doña Marcia, se compadeció de


Claudio y lloró. Aquel hombre, mucho más ofendido que él mismo
por su prepotente padre, aquel hombre, expoliado en su corazón,
pedía benevolencia para su propio verdugo.

315
ANDRÉ LUIZ

Marina, también rogaba que hubiese concordia y olvido. Y tanto


se esforzó en la renovación, que, después de curar los labios del
joven, sugirió a su padre que le presentase al director del banco.
No se debía desperdiciar ninguna oportunidad, ni perderse en lo
que parecía inevitable. Consiguió crear el clima de alegría y espe-
ranzas positivas suficientes para que Torres hijo, entre llorando y
riendo, tomase algo antes de salir.

El jefe de Nogueira acogió al candidato con simpatía, pero no


podía darle empleo de inmediato.

Había que esperar un mes. No podía colocar a alguien, sin más,


sin pasar las correspondientes pruebas, pero prometió comentar el
caso con sus superiores. Creía poder dar trabajo al chico, aunque
fuese sólo como interino.

Gilberto le dio las gracias.

A solas con Claudio, de nuevo, le comentó el problema de su


residencia.

Su padre le había expulsado a puntapiés.

Claudio le tranquilizó. No pensaba de momento, darle acogida


en Flamengo, ya que debía evitar nuevos ataques de furia de
Nemesio. Conocía una pensión para estudiantes y él podría correr
con los gastos hasta que Gilberto entrase a trabajar y tuviese su
sueldo. Le dijo que le permitiese tratarle como a un hijo y que el
dinero que tenía lo considerase también él como suyo.

El joven aceptó tan generosa oferta.

Pasadas unas horas, y asegurándose que su padre estaba fuera


de casa trabajando, recogió de la residencia de los Torres, su
antigua casa, las pertenencias que juzgó indispensables, diciendo

316
SEXO Y DESTINO

al servicio que se ausentaba para trabajar junto al padre de


Marina, por un tiempo.

Esta noticia tuvo efectos inmediatos.

En servicio para una posible asistencia al ánimo inquieto de


Nogueira, vimos como Nemesio entró al día siguiente en el banco a
las dos de la tarde, sofocado.

Iracundo, rodeado por un amplio grupo de espíritus juerguistas


y ruidosos, pidió ver a Claudio en su despacho, pero éste,
presintiendo que iba a verse sumergido en un gran ejercicio de
tolerancia, prefirió verle en el vestíbulo, donde estaba el público.

El visitante comenzó diciéndole que le exigía cuentas de su hijo y


que no le permitiría influenciarlo.

Claudio puso en marcha toda su humildad y contestó que el


joven era tratado como un amigo, sin incidir en su libre albedrío,
que él no podía hablar por boca de Gilberto que…

El yerno de Neves, le interrumpió, rugiendo:

–¡Cállate, bestia!... ¡Don nadie! ¡Idiota! ¡Toma, espírita de medio


pelo!...

El puño del hombre de negocios alcanzó repetidas veces la cara


de Claudio, mientras éste intentaba proteger su cabeza con sus
manos.

La agresión fue como un relámpago.

Antes que los presentes se diesen cuenta, el padre de Marina


estaba en el suelo y sólo la intervención del público impidió que
Nemesio le pisotease mientras bramaba insultos, asesorado por
sus infelices acompañantes desencarnados.

317
ANDRÉ LUIZ

Claudio se levantó, dispuesto a defenderse.

Aquella bestia iba a tener su merecido. Le aplastaría como a un


gusano. Pero, cuando fue a levantar la diestra contra su adversario,
sintió el reflejo de Marita. Aquella manita fría que se había elevado
de la muerte para bendecirle, estaba en su mano. La chiquilla
atropellada surgía en su memoria, como para recordarle las
promesas contraídas. Había prometido renovarse, ser otro
hombre… era imposible romper el compromiso.

La recordó sufriendo, con el cuerpo cubierto de llagas


dolorosas. ¿No había sido él el culpable? ¿No había sido la Divina
Providencia tan compasiva dejando su falta desapercibida delante
de los hombres? ¿No había recibido el perdón de su hija? ¿Qué
diría ella, desde el otro mundo si no perdonase al verdugo que
había seducido a su hija y robado a su mujer? Había abrazado unos
principios que le inculcaban claridad en su raciocinio, para que
conjugase bondad y discernimiento, justicia y caridad… Debía ver
en los enemigos enfermos que piden ayuda y benevolencia. ¿Cómo
podría condenar a alguien de lo que él mismo era culpable? ¿No
tenía su espíritu endeudado en medio de errores y tentaciones?

Aflojó su brazo tenso para el golpe, y, escuchando los sarcasmos


de Nemesio que se iba, coaccionado por las personas que pedían
en voz alta la presencia policial, el marido de Doña Marcia
recostado en la pared bajo la mirada afable de todos los presentes,
no reprimía el llanto que salía de su pecho.

El director se asomó al vestíbulo cuando salía Nemesio y


preguntó por la causa de aquel tumulto.

Un empleado, emocionado, apuntó para su compañero


ofendido, relató la pelea y destacó:

–No respondió a los golpes porque es espírita.

318
SEXO Y DESTINO

El jefe se conmovió. Deseando romper el clima general de


indignación, preguntó, en la puerta:

–¿Quien es esa fiera?

Una señora mayor que había presenciado la escena, dijo:

–Le conozco. Es Nemesio Torres, propietario de fincas, casas y


más casas.

– ¡Tiburón! –comentó el director, con menosprecio–, ¿donde se


cree que está?

Y, mirando a los clientes, dijo:

– ¡Señores, estamos en Río!... ¡En Río!… ¿Cómo dejan escapar a


un animal de esa calaña? Un caso así es para la policía.

Se acercó a Claudio y ayudándole a levantarse, le llevó a un


despacho próximo. Allí, escuchó toda la historia de la hija y el chico
que le habían presentado el día anterior.

Condolido, autorizó el ingreso del joven en el banco, indicando


que cobraría su sueldo hasta que le aprobasen definitivamente la
situación.

En la recta final al matrimonio, Gilberto consiguió trabajo, estimado


por todos.

Nemesio disgustado y desanimado, invitó a Doña Marcia a un


viaje de seis meses por Europa.

Irían a Portugal, España, Francia e Italia, pasando por Suiza.


Decía que se sentía muy infeliz desde la muerte de Beatriz, con
mala suerte. Necesitaba un cambio, rehacerse.

319
ANDRÉ LUIZ

La señora Nogueira, que ya no había llamado más a Flamengo,


se apresuró a comunicar esto a su hija en una tarjeta postal. Decía
que se encontraba encantada, esperanzada. Se iba con el que no
dudaba en llamar su “futuro esposo” y prometía enviar noticias
desde cada ciudad que visitasen.

Marina, discretamente, no dijo nada a su novio ni a su padre,


para que no se enterasen, salvo indirectamente por amigos. La
ausencia de la pareja supuso para el trío un bendito paréntesis
repleto de paz, sosiego y alegría.

El apartamento de Flamengo se había convertido en una


colmena de paz y luz. Y, como Moreira cuidaba excepcionalmente
bien a Marina, retomé mis estudios y experiencias junto a Félix,
aunque acompañando con afectuoso interés a los amigos de Río,
que se preparaban contentos, para el enlace feliz.

La unión de Gilberto y Marina se realizó precisamente en el


último día del año que siguió a la desencarnación de Marita. Fue un
día solemne, marcado por flores y oraciones, abrazos y promesas.

La ventura de la nueva pareja nos alcanzó también a “Almas


Hermanas” donde un pequeño grupo de compañeros se juntó para
elevar una oración a favor de Gilberto y Marina, entregados ahora
a nuevas responsabilidades y luchas.

Me di cuenta que la hija de Araceli no se encontraba allí. La


propia Beatriz compartía los votos de júbilo, aún cuando
desconocía por completo lo que sucedía con su esposo.

Félix, al darse cuenta de mi extrañeza, me explicó que la


chiquilla, que pronto volvería a la Tierra, requería cuidados
especiales. Y continuó aclarando que había obtenido permiso para
que el proceso regenerador del conjunto Nogueira-Torres fuese
remodelado. Marita no había logrado casarse con Gilberto por
influencia de la hermana, pero volvería a vivir entre los dos en la

320
SEXO Y DESTINO

condición de hija, para que la fracción de tiempo concedida al


grupo para la existencia en común en el plano físico, fuese
aprovechada lo más posible. Indiscutiblemente, no se trataba de
una reencarnación organizada ni compulsoria por motivos
judiciales. Ella se vería obligada a aceptar esta medida, de carácter
urgente, a favor de sí misma. Con este fin, ella volvería a Río, en
compañía nuestra, por primera vez después de casi once meses de
internamiento en un parque de reposo, donde había vivido sólo de
tristeza y recuerdos para efecto inductivo. Abrazaría tan sólo a los
que quisiese, atendería exclusivamente a su propia voluntad, para
que ganase ímpetu el impulso de volver.

Entendiendo que Gilberto sería el núcleo de las compensaciones


emotivas, Félix subrayó que todos nuestros cuidados en esta
ocasión se concentrarían en él. Era necesario que Marita le
sorprendiese a solas, ignorando que estaba casado, ya que los
resentimientos resultantes de la convivencia con la hermana
todavía le dolían en la memoria, como llagas abiertas y, sabiendo
que ambos se reencontrarían más tarde, como madre e hija en
conflicto vibratorio para expurgar los errores y las aversiones
recíprocas que cargaban del pasado remoto, era indispensable que
la reencarnante durmiese para el renacimiento físico, bajo la
impresión de una euforia perfecta.

Aceptando la lógica de esas explicaciones, fui avisado pasados


unos días de la conversación mantenida, en cuanto a la fecha del
viaje.

En el momento señalado, Félix me informó, no sólo del envío de


dos compañeros responsables de la preparación ambiental junto al
hijo de Beatriz, sino también que se valía de la oportunidad en
curso, ya que sabía que estaba estudiando de noche, con algunos
compañeros, en una residencia de estudiantes, con vistas a las pró-
ximas oposiciones del banco, que quería ganar para consolidar su
puesto en el mismo.

321
ANDRÉ LUIZ

Partimos con Marita calculando el tiempo para encontrar a


Gilberto fuera de casa, ya que a las doce estaba previsto que
acabasen el estudio.

El programa se cumplió con poca desviación horaria.

Acompañábamos el júbilo de Marita que descendía con


nosotros sobre Guanabara. A lo lejos, los contrastes de luz entre el
morro de Leme y el caserío de Urca, más allá, la playa de
Botafogo…

En unos instantes, tuvimos la avenida Beira Mar delante de


nosotros… Llegando a Flamengo, la joven expresaba su alegría,
volviendo a ver la ciudad que amaba con tanta ternura.

Parados delante de las aguas mansas, asimilando las energías


nutritivas de la naturaleza, fuimos informados por nuestros
compañeros que Gilberto acababa de bajar del coche en la esquina
de al lado.

Condujimos a la joven sin demora al punto indicado y, al


identificarle, embriagada de dicha, le llamó con ansiedad:

– ¡Gilberto!... ¡Gilberto!...

El muchacho no percibió su voz con los tímpanos físicos, pero


intuyó su presencia en forma de recuerdo.

Tuvo la imagen de aquella que todavía suponía como siendo


pupila de Claudio y tomó la dirección opuesta, parando un poco
más allá, reflexionando al contemplar la bahía plateada por la
luna…

Si, allí, en aquella playa, le juró amor eterno y planificó su


futuro…

322
SEXO Y DESTINO

¡Dios mío! –pensó– ¡cómo cambia la vida!...

Abrazado por la joven desencarnada, veía su imagen en el


pensamiento, acudían las lágrimas a sus ojos…

Félix, la apartó con suavidad y le preguntó que era lo que más


deseaba.

– ¡Vivir con él y para él!...

La respuesta nos alcanzó como un grito de esperanza, oculta en


sollozos.

El instructor, que no esperaba otra cosa, se dirigió a ella


paternalmente y le expuso la conveniencia de volver al domicilio.
Haría todo por conseguir que regresase. De momento, que
estuviese tranquila. Volvería a vivir con Gilberto, a recibir su total
dedicación. No la aconsejaba, por eso mismo, que se mantuviese
en su arrebato que era perjudicial a ambos, porque muy pronto
estarían juntos.

La chiquilla obedeció, posando en nosotros su mirada húmeda


por las lágrimas. Percibí en su espíritu los reflejos de Marcia y
Marina, pero apartó sus figuras del pensamiento y preguntó si le
era permitido ver a Claudio, señalando que el padre fue su último
amigo, en las angustias del adiós final…

El orientador accedió, satisfecho.

Recorrimos otros quinientos metros y llegamos al apartamento,


siendo recibidos por Moreira, siempre vigilante.

El enfermero reconoció a Marita con una fuerte emoción pero


se contuvo, a un gesto de Félix, que deseaba ahorrarla más
divagaciones.

323
ANDRÉ LUIZ

Atormentada y temblorosa, la chica, asistida por nosotros, entró


en el aposento del padre y ¡oh, sorpresa!

–Nogueira, en espíritu, al lado de su cuerpo que descansaba,


parecía aguardar su llegada, porque extendió sus brazos y gritó
con regocijo, con una emoción que canalizaba todas sus energías:

– ¡Hija mía!... ¡Hija mía!...

La joven recordó las escenas del hospital, el suplicio de las horas


que pasaban lentamente, las oraciones que suavizaban su
amargura, la devoción de aquel padre que se redimía a costa del
sufrimiento y se arrodilló delante de él, buscando su regazo, como
cuando era una niña.

Claudio perplejo, no nos veía, se concentraba sólo en aquella


visión que le fascinaba. Acarició con su mano derecha temblorosa
aquellos cabellos que tantas veces había alisado en el hospital y,
acordándose de Marita cuando era niña y volvía del colegio,
preguntó:

–Hija de mi corazón ¿por qué lloras?

La recién llegada le dirigió un gesto de súplica y pidió:

– ¡Papá, no te apures!... Estoy muy feliz, pero quiero a Gilberto


¡quiero volver a la Tierra! Quiero vivir contigo en Río otra vez…

Demostrando un cariño inmaculado, Nogueira la mantuvo entre


sus manos, que temblaban de júbilo y, elevando su mirada al
techo, como si quisiese traspasarlo para llegar a Jesús, en el
firmamento dijo, sollozando:

– ¡Señor, esta es mi hija querida que me enseñaste a amar con


pureza!... ¡Quiere volver al mundo junto a nosotros!... ¡Maestro, dale,
con Tu infinita bondad una nueva existencia, un cuerpo nuevo!...

324
SEXO Y DESTINO

Señor, tu sabes que ella perdió sus sueños de juventud por mi culpa…
¡Si es posible, Jesús, permite ahora que le de mi vida! ¡Deja que
ofrezca a la hija de mi alma todo lo que tengo! ¡Oh! ¡Jesús, Jesús!...

Félix consideró que una emoción excesiva podría ser perjudicial


y recogió a Marita en sus brazos, recomendándome que me
quedase para ayudar a Claudio a volver a su cuerpo físico.

Se retiró el instructor cargando a la chiquilla paternalmente,


mientras Moreira y yo impulsábamos a Nogueira a su máquina
orgánica de nuevo. Después de unos pases reconfortantes, se
despertó llorando compulsivamente y guardando en su memoria
todos los detalles de lo ocurrido.

Oímos pasos en la casa.

Era Gilberto. El suegro tuvo el impulso de llamarle para relatarle


lo acontecido, pero asimiló nuestra petición de silencio, para
colaborar con el futuro…

Sí –estuvo de acuerdo como si estuviese hablando consigo


mismo–, la verdad de la vida no debe ser desvelada para la
mayoría de los hombres, sino a través de retazos de sueños para
no confundir su razón naciente, así como el Universo de Dios no
puede destacar para las criaturas de la Tierra, sino en forma de
estrellas semejantes a pizcas de luz en las tinieblas, para no
humillarles en su pequeñez…

Pero la certeza de que Marita volvería al mundo, reencarnada,


iluminaba su pensamiento y confortaba su corazón.

325
ANDRÉ LUIZ

326
SEXO Y DESTINO

Capítulo 12
Llegó Marina al quinto mes de gestación. Entre el esposo y el
padre, acompañada por las atenciones de Doña Justa que la
cuidaba como una madre, transpiraba alegría aunque con las
molestias propias de su estado. Claudio seguía los acontecimientos
enternecido. En su interior, mantenía la convicción que Marita
estaba allí, con su familia, dispuesta a renacer en una nueva cuna.
Cada noche se oraba por la tranquilidad del espíritu que volvía y
por la felicidad de los hijos. Visitas al médico, pases reconfortantes
para la hija y mimos para el bebé.

Nos parábamos, en ocasiones, admirando su paciencia y ternura


leyendo para su hija, mientras ésta hacía punto, artículos
educativos de ginecólogos y pediatras, instruyéndola y
transmitiéndola serenidad.

Gilberto les acompañaba, feliz, esperando un sucesor.

Se hacían cábalas acerca del sexo del bebé, se planificaban


medidas y proyectos de futuro. Doña Justa repetía el cuento de la
lechera y todos se reían.

327
ANDRÉ LUIZ

Por nuestra parte, resguardando a Marita todo lo posible en el


proceso de reencarnación junto a su hermana, participábamos de
la dicha de aquel hogar.

Todo era esperanza y sosiego.

La niña que venía, representaba en el grupo familiar una


garantía sagrada de reconciliación con la vida.

La paz, en apariencia definitiva, se había aposentado en la casa


de Flamengo como si todas las tristezas y pesares estuviesen
archivadas para siempre en el tiempo. Pero mientras, el pasado se
agitaba en aquella felicidad, como la raíz parcialmente enferma se
esconde en el suelo, sustentando el tronco florido.

Llegó una tarde en que el padre y el esposo encontraron a


Marina angustiada y abatida.

Al principio se pensó en algún problema orgánico, pero el


médico no encontró ninguna causa que justificase aquel estado.

Marina languidecía…

Pasada una semana, Claudio aprovechó un momento que


estaban solos y trató de saber algo más.

Conversó con ella, estimulando su confianza y optimismo. Debía


orar y tener fe, quería verla recuperada y fuerte. Desde el
conocimiento espírita, sabía que la niña en vías de nacer,
reclamaba descanso, alegría. Notando que su hija, en determinado
momento bajaba la cabeza y enjugaba sus lágrimas con un
pañuelo, le rogó que abriese su corazón y le contase la causa de su
tristeza. Además de Gilberto, él era la única persona en la Tierra en
la que podía y debía confiar.

328
SEXO Y DESTINO

Marina se levantó, fue a su cuarto y trajo un papel. Era una


carta. Claudio la leyó, sin disimular su asombro y sufrimiento.

El remitente era Nemesio. Le comunicaba su vuelta a Río,


después de estar seis meses en Europa. Decía que estaba cansado
de todo menos de ella, a quien todavía amaba intensamente. Se
había enterado de la boda, pero decía que jamás la consideraría
una nuera. El hijo, decía, no era más que un espantajo, un tonto,
del que se deberían apartar para tener por fin la felicidad que él
mismo, Nemesio la había frustrado, abandonándola sin la mayor
consideración. Le pedía disculpas y la esperaba. Había conocido
nuevos lugares y maravillas para sus ojos, pero el corazón lo tenía
yermo, unido a ella a través del pensamiento.

Hasta la mitad de la carta, Torres padre emitía compasión y


cariño, pero en la última parte rayaba en la grosería y la amenaza.
Citaba lugares y encuentros íntimos que echaba en falta.

Quería una cita amorosa con ella, le daba instrucciones para la


separación. Tenía buenos amigos abogados. Ella debía acceder a
sus propuestas porque, de otro modo, se pegaría un balazo en la
cabeza. No dudaba entre la felicidad con ella o el suicidio. Tenía
que escoger. Su destino estaba en sus manos.

No hacía la menor referencia a Marcia.

Nogueira analizó la gravedad de la situación, pensó, pensó


mucho… Recordó, en silencio la paliza sufrida en el banco, que no
había contado a los hijos, y dedujo que Nemesio era capaz de
cualquier violencia. Vio la tormenta que se avecinaba, pero trató de
consolar a su hija.

Tranquilizó su semblante y sonrió paternalmente. Aquello


pasaría pronto, sólo era un momento de infelicidad. El hablaría con
Torres padre y le pediría serenidad y sobre todo que reconsiderase
su actitud, al mismo tiempo que le anunciaría la llegada de la

329
ANDRÉ LUIZ

próxima criaturita que sería también su nieta, un trocito de cielo


para él. Era imposible que, ante esta noticia, no se enterneciese.
Marina no debía preocuparse. El suegro se convertiría en abuelo y
olvidaría el pasado, reconciliándose con la familia para felicidad de
todos.

En los ojos de su hija brilló de nuevo la esperanza, seducida por


el magnetismo de esas palabras. Su padre devolvía la tranquilidad
a su corazón.

A la mañana siguiente, Claudio se puso en marcha.

Se pudo enterar, a través de amigos íntimos, que la pareja había


regresado semanas antes. Nemesio se encontró a su vuelta con
noticias muy desagradables y estaba sumamente irritado. Al
apartarse su hijo de los negocios y él no estar presente, en una
época de crisis, se había producido un desastre financiero en sus
empresas, en manos de subordinados menos capaces y
responsables. La ruina amenazaba a Nemesio que había perdido
casi todo su imperio económico. Fuese por esto o por darse cuenta
que había agotado sus reservas afectivas con él, Doña Marcia le
había abandonado y vivía con su amiga Selma con la que
proyectaba crear un restaurante.

Nogueira recopiló toda la información, aprensivo. Aún así,


después del almuerzo, venciendo la propia repugnancia con los
recursos de la oración, fue a casa de los Torres.

Su espíritu presagiaba tristezas…

Llamó al timbre, pero mientras, Nemesio, que le había visto


bajarse del autobús de lejos, ya estaba sobre aviso. Un empleado
le recibió, comunicándole que era persona no bien recibida en la
casa, ni ahora ni nunca.

Nogueira se retiró, intentando ser comprensivo.

330
SEXO Y DESTINO

Cualquier tentativa era inútil.

Volvió al trabajo y habló con el director, que ya era su amigo. Le


enseñó la carta de Nemesio a su hija y expuso la necesidad de
protegerla de su suegro, sin que su marido se enterase.

El jefe, comprensivo y humano, estuvo de acuerdo con la


propuesta y le sugirió un permiso de seis meses. No le pondría
ningún inconveniente, ya que era un antiguo empleado con una
excelente hoja de servicio.

De esa manera, podría apoyar a su hija y protegerla, desde la


retirada del correo para evitar que llegasen nuevas cartas
amenazantes hasta su casa, para garantizar la tranquilidad en el
embarazo. El mismo comentaría a Gilberto y a sus compañeros
que los médicos habían recetado a Claudio reposo. Debía pues,
atender a su hija.

Claudio le dio las gracias, emocionado.

Por la noche, habló con su hija, tranquilizándola. Afirmó tener


razones suficientes para creer que Nemesio no la molestaría más.
Le dijo que había estado en la residencia de los Torres pero sin dar
más detalles, dando la impresión que el problema había sido
resuelto.

Y como ambos estaban interesados en olvidar el pasado, padre


e hija se detuvieron en el tema del permiso laboral. Marina se
alegró mucho. Ambos se dedicaron a diversos trabajos. Juntos iban
a construir la cuna del bebé, y remodelarían la casa.

Hablaron de decoración. Claudio gastó bromas, diciendo que


Gilberto y él hacían apuestas. El yerno esperaba un príncipe y el
contaba con una princesa, pero, de cualquier forma, era preciso
organizar el palacio. Su corazón le decía que una nieta estaba en
camino… Por eso, estaba de acuerdo en renovar los muebles y

331
ANDRÉ LUIZ

pintar las paredes, pero exigía que todo tuviese el color rosa como
predominante. Se rieron ambos. De acuerdo con los proyectos,
Marina le solicitó su ayuda en la confección de un álbum que
estaba haciendo para el bebé, mientras esperaban a Gilberto, que
proseguía estudiando de noche con vista a las oposiciones.

Ya en la cama, Claudio nos sensibilizaba con oportunas


reflexiones salpicadas con ardientes oraciones.

Tenía la certeza, inquieto, que de ahora en adelante se vería


enfrentado a nuevas pruebas.

Protegería a Marina y a Marita, de cuya reencarnación estaba


seguro. La carta de Nemesio, rezumando amenazas y la forma
desagradable de cerrarle la puerta no daban lugar a dudas. Se
avecinaban conflictos e injurias, pero no debía desanimarse.

Oraba, implorando recursos a los espíritus amigos.

Les pedía que no le abandonasen a sí mismo, que le impidiesen


las manifestaciones de debilidad, y que frustrasen cualquier
reacción agresiva por su parte. Sabía que estaba siendo sometido a
una prueba e, indiscutiblemente había perjudicado a Nemesio
Torres en otras existencias. Debía pagar. Sólo la luz de la lógica
espírita permitía resolver tan intrincadas situaciones.

Aquel hombre le había castigado en cuerpo y alma, era como un


cobrador del destino. Su conciencia le impelía a aceptar los
desafíos con humildad. Si todavía no se sentía en condiciones de
ejercitar la virtud, anhelaba pagar las deudas contraídas, aún
cuando eso le costase la vida. Por esa razón, suplicaba el apoyo de
Cristo para ser capaz de olvidar y seguir ahora el camino según la
Ley Divina…

Efectivamente, conociendo la hora de reparto de correo en el


edificio, Nogueira bajó, con el pretexto de ir a por pan y recogió

332
SEXO Y DESTINO

una nueva carta de Nemesio a Marina, reconociendo la escritura.


La abrió. Era una sarta de noticias, todas con el sabor de la hiel.

Mezclaba declaraciones de amor y difamaciones, hablaba de


crisis, de dificultades. La necesitaba para recuperar su antiguo nivel
económico, lo que conseguiría en breve si ella le ayudaba. No
obstante todos los prejuicios que sentía, se consideraba apto para
hacerla feliz.

Necesitaba que ella le contestase. Amenazaba.

Nogueira quemó la carta.

Esto se repitió diariamente, durante dos meses.

Las cartas llegaban puntualmente, cada vez destilando más


agresión y demencia. Le contaba sus andanzas por Flamengo,
intentando verla de nuevo, la exigía que le viese porque, en otro
caso, cometería una locura y dejaría nota a la policía para
comprometerla. Le prohibía dar hijos a Gilberto. Prefería matarse o
matarla antes que recibir un nieto de ella. Las alusiones agresivas
al arma que le acompañaba eran frecuentes.

Cada vez que Claudio entregaba las cartas al fuego, percibía que
Nemesio se hundía más y más en la obsesión y la demencia, era
totalmente contradictorio y la lucidez brillaba por su ausencia.

Esta situación la vivía Nogueira a solas, sin ningún comentario a


la pareja. Acompañaba a la hija en todo momento, sin dejar
traslucir la intranquilidad que le inquietaba continuamente.

El ginecólogo recomendó a Marina algo de ejercicio, ligeros


paseos a pie hasta la playa, al atardecer, sin que pudiese suponer
un esfuerzo excesivo.

333
ANDRÉ LUIZ

Marina aceptó y naturalmente, Claudio se convirtió en su


guardaespaldas, con el corazón atribulado de inquietud. No podía
oponerse a tales paseos ya que, para su hija, el contenido de
aquella primera carta de Nemesio había quedado ya en el olvido.

Marina, del brazo del padre, salía de la casa y daba un corto


paseo para sentarse junto a él, no más de media hora, a la orilla
del mar. Ahí hablaban de temas cotidianos, cuando no
profundizaban en asuntos del espíritu.

A los seis días de estos paseos, las cartas de Torres padre


cambiaron.

Al lado de Nogueira, vimos la alteración. La carta era ya


insultante, revelando una excitación próxima a la locura. Le decía a
Marina que la había visto en la playa, en compañía de su padre, al
que llenaba de ofensas peyorativas, y había comprobado que se
había quedado embarazada sin tener en cuenta sus órdenes de no
hacerlo. Se sentía totalmente desmoralizado, rechazaba la pasión
que había sentido por ella, prefería morir. Había fallado, ya no
tenía nada, ni dinero ni amigos. Sólo le quedaba su casa, que
también estaba hipotecada. Había esperado que ella volviese con
él, para rehacerse de nuevo, pero su embarazo le había
desilusionado profundamente.

Se pegaría un tiro en la cabeza. Se despediría del mundo y de


ella con repugnancia, los borrones de la carta eran producto de sus
lágrimas amargas. Lágrimas de rebelión, desprecio, repulsión.
Acababa con obscenidades y decía que esa firma era la última que
vería.

Nogueira, asustado, leyó y releyó la carta antes de reducirla a


cenizas. Se cerró en su cuarto y oró por aquel hombre que, por los
hechos, estaba sumido en una profunda desesperación.

334
SEXO Y DESTINO

Se compadeció de él. De momento, no diría nada a su yerno. Era


más justo que recibiese noticias de su trastornado padre por otras
vías.

Se quedó tan impresionado con el mensaje que, después del


almuerzo, intentó discretamente obtener noticias del posible suicidio
en algunas dependencias médicas y policiales que le parecieron
adecuadas para dar alguna pista. Todo fue en vano.

Después del paseo diario con su hija, se fue a descansar más


pronto, quería meditar tranquilamente. Concentrándose en
pensamientos de fe y benevolencia, pedía a Jesús por su
adversario. Que los mensajeros de Cristo se apiadasen de Ne-
mesio, amparándole. Si todavía estaba en su cuerpo físico que le
ayudasen a no caer en la desesperación que le llevaría a perder su
vida. Si ya había traspasado las puertas de la vida espiritual, que
fuese acogido bajo la protección de los emisarios divinos.

Mientras Moreira y yo acompañábamos su súplica, entró


Percilia.

Esperó el momento oportuno y nos comunicó que venía de parte


del hermano Félix para colaborar con nosotros. Las llamadas de
Claudio, durante todo el día, transmitidas a “Almas Hermanas” habían
impulsado a varios amigos a pedir auxilio en su beneficio. Había
venido para ser útil. Y nosotros, que admirábamos su bondad
silenciosa, nos enternecimos al observar la devoción con que se
instaló en la habitación, como una enfermera afectuosamente
consagrada a un enfermo muy querido.

Transcurrieron cuatro días sin que ocurriese nada especial, a no


ser la extrema dedicación de Percilia que hacía Claudio era idéntica
al amor de Claudio por su hija. Entre las siete y las ocho de la tarde,
salimos de la casa y fuimos al paseo habitual…

335
ANDRÉ LUIZ

Los Nogueira conversaban tranquilamente de asuntos triviales


en frente de las aguas mansas que reflejaban el cielo plateado.

La brisa soplaba, aliviando el calor del día. Noviembre era un mes


cálido. Aquí y allí, transeúntes encarnados y desencarnados, sin nada
que llamase la atención…

Después del descanso, se dispusieron a volver a casa.

Padre e hija, en la acera, esperaban cruzar, mirando los coches que


pasaban veloces.

Marina se movía con pesadez, por eso, al ponerse la señal en


verde, cruzaron despacio, pero lo imprevisto sucedió.

Un coche, de lejos inició un extraño movimiento y, como si


hubiese perdido el control y saltándose el semáforo, se abalanzó
sobre padre e hija. Nogueira, en un rápido reflejo, tuvo sólo un
segundo para apartar a la hija y fue lanzado a distancia, después
de sufrir el impacto del choque a la altura de su pecho…

Percilia, Moreira y yo, asombrados, vimos a Nemesio al volante,


con la locura reflejada en su rostro, sin parar el coche, esquivando
guardias y personas que intentaban detenerlo sin éxito.

A los gritos de Marina acudieron en su auxilio varias señoras.

Sobrevino el caos. Algunos coches se lanzaron tras el agresor.


Desde los teléfonos próximos se reclamó socorro urgente. La gente
se arremolinaba en torno a Nogueira, tumbado en el suelo. Se
bramaba contra los conductores descerebrados, contra los jóvenes
inconscientes…

Claudio, confuso al principio se recuperó y se dio la vuelta con


dificultad, consiguiendo sentarse con las manos apoyadas en el
suelo.

336
SEXO Y DESTINO

¡Su hija!... ¡Necesitaba saber que estaba viva, a salvo!... La sangre


salía por su boca pero, sobreponiéndose a la curiosidad de los que
le rodeaban, preguntó por ella. Marina, apoyándose en dos
señoras, se acercó a él. No había sufrido ni un arañazo, pero
estaba aturdida.

No quería desfallecer. Pero, mirando a su padre dominándose


para darle seguridad, recobró las fuerzas.

Claudio ensayó una alegre sonrisa, que la sangre entristecía y le


rogó que tuviese calma, que estuviese bien, que confiase en Dios.
Todo iba a terminar bien.

Pidió que trajesen a su yerno, que una persona de las presentes


se encargó de ir a buscar a la dirección de Gloria que él dio. Intentó
seguir hablando para consolar a su hija, pero se dio cuenta que sus
energías decaían…

Percilia, a su lado en el suelo, le resguardaba en llanto. Unos


desencarnados amigos de la vecindad a nuestra llamada protegían
a la embarazada, prestándole auxilio. Moreira y yo intentamos
reforzarle con recursos magnéticos.

Alrededor, una tremenda confusión…

Pero Claudio, sin embargo, se aisló de todo reflexionando.

Noviembre… Se acordaba que habían transcurrido ya dos años


del desastre que impulsó a Marita a la muerte. Ella había caído
cerca del mar, él también…

Ambos atropellados por un automóvil. Contempló el cielo y


recordó que su hija cayó cuando las estrellas se apagaban y él
cuando se encendían…

337
ANDRÉ LUIZ

Miró a Marina que sollozaba y se dio cuenta que las lágrimas


reprimidas la ahogaban. ¡Quería tanto vivir para aquella hija,
aguardaba con tanta ternura a la criaturita por nacer!... En ese
momento, sintió que se formaba en su mente la visión en que
Marita le visitó, y las palabras de la oración que formuló vinieron
una a una a su memoria. “Señor, tu sabes que ella perdió sus
sueños de juventud por mi culpa… ¡Si es posible, amado Jesús,
permite ahora que le de mi vida!... ¡Deja que ofrezca a la hija de mi
alma todo lo que tengo!...” Cuando esas partes de la oración
tomaron forma en su pensamiento, sonrió y comprendió.

Sí, pensó íntimamente, debía alegrarse. Creía que Marina y


Marita estaban allí juntas… juntas. ¿Por qué no dar alegremente la
vida para que la hijita desencarnada prematuramente por su culpa,
viniese a rehacer su existencia? ¿Por qué no agradecer al Señor el
bendito instante en que pudo apartar a Marina del coche ho-
micida? ¿No sería aquella hora para él, espíritu endeudado, la
mayor manifestación de la bondad de Dios? Había impulsado a su
hija a la muerte, sin que la justicia humana le castigase. En las
oraciones acostumbraba a pedir a los amigos espirituales que le
ayudasen a rescatar la falta cometida. Si tenía que afrontar la
deuda asumida en el transcurso de las vidas venideras ¿por qué no
empezarlo allí mismo, entre caras desconocidas como a Marita le
tocó afrontar?...

Una soberana tranquilidad se instaló en su espíritu.

Cuando llegó la ambulancia pidió su ingreso en el Hospital de


Accidentados. Levantado por brazos generosos, se despidió de su
hija, recomendándole optimismo y serenidad. Que esperase a
Gilberto y le contase lo ocurrido, sin exageraciones, sin alarmismo.

Si pudiese, pediría a alguien que le llamase por teléfono, que no


se asustase.

338
SEXO Y DESTINO

En la ambulancia, mientras Nogueira pensaba en Marita viajando


en un vehículo similar, en las mismas circunstancias, Percilia abrazada
a su cuello, se deshacía en copioso llanto. Percatándose que Moreira
y yo nos intranquilizábamos al verla así, aquella criatura,
generalmente silenciosa, habló:

– ¡Hermanos, perdonadme esta conmoción excesiva!...

Claudio es mi hijo… ¡No lloro de dolor al ver su cuerpo


destrozado sino de alegría por abrazar su espíritu elevado!... Lloro,
hermanos, al reconocer que yo, mujer prostituida en el mundo,
hoy en servicio de propia regeneración después de difíciles
pruebas, puedo acercarme al hijo que Dios me confió, para pedirle
perdón por los malos ejemplos que le di…

Ante aquel testimonio de humildad, Moreira y yo bajamos la


cabeza, avergonzados…

¿Quién debería allí culparse por malos ejemplos sino yo?

¿Qué no habría padecido aquella valiente, cuyos lazos de


parentesco terrestre con Nogueira yo desconocía hasta entonces,
para expresarse así?

¿Qué tormentos sufriría en la Tierra y después de la


desencarnación para alcanzar la serenidad con que se acusaba,
ella, que yo aprendí a venerar como siendo mi propia madre, en
dos años de trabajo constante, interesado sólo en comprender y
servir? No era capaz de auscultar los sentimientos de Moreira. La
emoción me sofocaba. Sólo se que ambos, en un movimiento
instintivo de respetuoso afecto, inclinamos nuestras cabezas al
mismo tiempo, sobre la diestra maternal que acariciaba al herido,
besándole con reverencia…

Algunos minutos más y entramos en el hospital que ya nos era


familiar.

339
ANDRÉ LUIZ

El médico que había atendido a Marita, a petición de Nogueira,


fue llamado. Acudió sin demora.

Estábamos enviando un mensaje para el hermano Félix, pero,


no habíamos acabado la transmisión, cuando el benefactor, con la
naturalidad de quien lo sabía todo, surgió frente a nosotros.

Nos informó que había llegado a Río minutos antes, pero


sabiendo que Nemesio se mantenía unido a su propio infortunio,
se había decidido a examinarlo con el fin de saber que clase de
ayuda podría recibir.

Por mi parte, quise preguntar si Torres padre se había vuelto loco


pero, la mirada del instructor en ese momento me indicó que no era
momento para tales preguntas.

Activamos el trabajo de auxilio, en colaboración con la medicina


terrestre. A pesar de ello, Félix nos informó que Nogueira se
encontraba próximo a desligarse del cuerpo físico. Ninguna
medida humana podría contener la hemorragia interna existente.
El médico intentaba infructuosamente salvarle.

Nogueira se debilitaba. Intentaba mentalizar la imagen de


Marita, reconocer lugares, pero su mente no respondía. Agudizó su
atención hacia su estado y sondeó el ánimo del doctor
preguntándole si estimaba conveniente llamar a sus hijos. El
médico estuvo de acuerdo y, por la mirada profunda que le dirigió,
adivinó que el fin de su actividad orgánica no estaba lejos… Se
acordó de las noches de vigilia, en las que se apoyaba en la
compañía de Agustín y Salomón. Agustín había alcanzado el
mundo espiritual, semanas antes, pero si fuese posible, quería
abrazar al amigo de Copacabana…

El médico telefoneó a Gilberto y Salomón indicando que


viniesen con urgencia.

340
SEXO Y DESTINO

Sensibilizándonos, Claudio en oración, pedía fuerzas.

Deseaba llamar a Gilberto y su hija, pedirles benevolencia para


Marcia y Nemesio…

Félix redobló los esfuerzos para contener la hemorragia, y por


un tiempo, en colaboración con el médico, obtuvo lo que deseaba.

El herido mejoró inesperadamente. Razonaba con claridad,


conseguía controlarse.

Estaba lúcido cuando entraron Gilberto, Marina y en unos


minutos más, Salomón. Dijo estar reanimado y alegre, escogiendo
las palabras con la mayor serenidad posible. Miró, tiernamente a la
hija angustiada y dijo, con una sonrisa forzada, que quizás estaba
obligado a hacer un gran viaje para un tratamiento más completo.

Marina comprendió el significado de la broma y rompió a llorar.


Su padre le advirtió con dulzura ¿dónde está la fe que profesaban?
¿cómo no confiar en Dios que renueva el sol cada mañana para
que la vida siga, triunfante? Intentaba hablarles de un asunto
serio…

Se llenaron sus ojos de lágrimas y, con un gesto de súplica, les


pidió bondad y comprensión para Nemesio y Marcia. Desconocía el
paradero de ambos, pero, cuando se diese la oportunidad, que la
casa de Flamengo estuviese llena de cariño para ellos, tanto cuanto
había estado llena de amor para él. Claudio aprovechó el momento
para agradecerles su incesante abnegación… Confesó que Marcia
era una excelente compañera y que la culpa de la separación había
sido sólo de él… Realizó que no tenía ningún motivo para querer
mal a Nemesio, al que consideraba un hermano, alguien de la
familia, que debía ser acatado y comprendido en cualquier
circunstancia….

En ese momento, su respiración se hizo más difícil.

341
ANDRÉ LUIZ

–Pero, suegro –tartamudeó Gilberto, reprimiendo las lágrimas –


¿Cómo es que quieres dejarnos así?

Poniendo su puño en el pecho como para contenerse, dijo:

– ¿Y tu nieto?

El agonizante esbozó una expresión casi risueña y dijo:

–Mi nieta…

Añadió más:

–Un espíritu no apuesta… pero me atrevería a saber que juego


con ventaja… Pido una cosa… pido que la niña tenga el nombre de
Marita… Prometédmelo…

Se agravaron la palidez y el cansancio.

Se deshizo, por fin, el efecto de las fuerzas magnéticas


concentradas. Nogueira todavía pudo pedir al amigo una oración,
un pase… El farmacéutico oró temblando, y le administró lo que
pedía. Después, el agonizante recordó el adiós de Marita y tuvo la
impresión de que alguien le tocaba los dedos. Era Percilia que le
acariciaba maternalmente. Alargó su mano derecha, en dirección a
su hija, fijando en ella su última mirada. Guiada por Félix, Marina le
extendió la mano pequeña que él apretó fuertemente hasta que,
relajando la tensión, pareció que descansaba.

Claudio entró en coma, como si estuviese dormido y durante


cuatro horas el corazón vigoroso latió en su cuerpo inerte, a pesar de
nuestros esfuerzos por liberarlo.

Al amanecer, siempre acompañado por los hijos y por Salomón,


que velaban con nosotros, Félix oró y, con amparo de otros amigos
de la Esfera Superior que vinieron a ayudarnos, le apartó

342
SEXO Y DESTINO

finalmente del vehículo fatigado, poniendo su cabeza en los brazos


de Percilia para el viaje que íbamos a emprender…

El sol brillaba, naciente, y contemplando sus rayos, coronando


aquella madre amorosa que llevaba a su hijo al cuello, tuve la
impresión de que el Padre de Infinita Bondad, al verlos renovados,
quería mandar a buscarles de la Tierra para los Cielos en un
carruaje de oro.

343
ANDRÉ LUIZ

Capítulo 13
Recogido en la organización asistencial vinculada a nuestros
servicios, en las proximidades de Río, Nogueira, desencarnado, se
rehacía.

Félix, que no descansó hasta que no le vio en reequilibrio


perfecto, no le entregó a los cuidadores, sin volver a verle.

Despierto, Claudio recibía nuestras manifestaciones de amistad


y afecto avergonzado, confundido. Por momentos se acusaba,
denotando un excesivo apego a sus complejos de culpa.

Utilizamos todos los medios justos para disuadirle.

Le dijimos que debíamos aprovechar los errores y tomarlos


como lecciones, anotándoles en los cuadernos del pasado para
consulta en el propio aprendizaje. Las leyes Divinas provocan el
olvido del mal para que el bien se incorpore a nuestra
personalidad, generando mecanismos de elevación. También
nosotros habíamos pasado por crisis parecidas pero habíamos
descubierto en el servicio, el remedio para las enfermedades del
sentimiento. Estamos todos obligados a prevenirnos contra la
agitación constante de los vicios y errores del pasado, en el alma,
bajo pena de frustrar las posibilidades del presente para mejorar el

344
SEXO Y DESTINO

futuro, aunque la vida nos recomienda no olvidar nunca nuestra


pequeñez ya que al ser conciencias endeudadas todavía por
mucho tiempo, donde vayamos, cargamos en el espíritu el bagaje
de viejas imperfecciones.

Debía cultivar la paciencia, incluso consigo mismo. Tenía amigos


en “Almas Hermanas” de donde había salido para las luchas de la
reencarnación. Estaba todavía olvidadizo, bajo el efecto natural de
las experiencias a que se había acomodado en el plano físico, pero
en su momento, recuperaría un potencial de memoria más amplio,
alegrándose con benditos reencuentros.

Mencionamos al hermano Félix, que mostraba por él una


devoción especial, si es que se podía descubrir alguna inclinación
especial en aquel espíritu abierto a todas las llamadas de la
fraternidad sublime.

Claudio se reconfortaba, con esperanza. Al cuarto día nos


conmovió con una petición. Se sabía amparado por muchos
benefactores porque, solamente a costa de muchos favores –decía
humildemente– se había podido despertar, antes de la muerte, para
las realidades del alma…

Se avergonzaba, sin embargo, de convivir con ellos, eso aspiraba


a merecerlo en el porvenir. Si la Divina Providencia, a través de
amigos tan dedicados, le pudiese conceder nuevas limosnas, a él
que se consideraba mendigo de luz, solicitaba permiso para seguir
trabajando, aún desencarnado, en el seno de su familia, sin salir de
Río. Amaba a sus hijos, les consideraba todavía jóvenes e
inexpertos, quería convertirse en un servidor para ellos.

Pero no era eso sólo… Había dejado a dos criaturas de las que
se reconocía deudor, Nemesio y Marcia.

345
ANDRÉ LUIZ

No quería dejar el negocio terrestre en la condición de


insolvente. Más allá de suspirar por redimirse, delante de los
acreedores, soñaba auxiliarles y amarles.

¿No era su obligación dedicarse al bien de los otros y, en


especial, a aquellos dos socios del destino, poniendo en práctica las
enseñanzas espíritas cristianas que teóricamente había aprendido?

Por discreción y respeto, en la consideración íntima del pasado,


no hizo referencia a Marita, cuya imagen se retrataba en el espejo
de su mente…

Añadió Nogueira que si era atendido en su petición, obedecería


lealmente a los programas de acción que le fuesen trazados, no
ambicionaba otra cosa sino instruirse, mejorar, comprender y ser
útil…

La petición nos llenaba de ternura, pero no teníamos


competencia para decidir.

Las autoridades del lugar que nos albergaba habían acogido el


asunto con simpatía y ofrecieron soluciones básicas en espera de
la definitiva. Hasta que se aprobase, Nogueira residiría allí, a pesar
de mantenerse en actividad protectora hacia sus parientes.

Todos dimos las gracias contentos, y Percilia salió con


atribuciones de mensajera. Defendería el caso en “Almas
Hermanas” convencida de que Félix le apoyaría con su prestigio.

Efectivamente, al día siguiente, regresó con la petición


aprobada.

Se permitía a Claudio un período de diez años de servicio junto a


sus familiares, antes de ir a los círculos inmediatos de la
Espiritualidad para el juicio de la existencia pasada, reservándose
la Casa de Providencia el derecho de revocar la concesión, bien

346
SEXO Y DESTINO

dilatando el tiempo si el interesado demostrase aplicación en el


cumplimiento de las promesas efectuadas, o retirando el permiso,
en la hipótesis que se revelase indigno de el.

Claudio lo recibió con gran satisfacción. Estimulado por el apoyo


que recibía, pidió colaboración para volver a Flamengo. Se sentía
débil, vacilante, como pájaro sin plumas deseando volar del nido…
Aún así, quería salir de sí mismo, trabajar, trabajar…

Se tomaron medidas.

Moreira, que se mantenía con funciones definidas al lado de


Marina, le auxiliaría. Admiré sin palabras el mecanismo de amor de
la Bondad Divina. El que fuese asesor en su desequilibrio, iba a ser
su apoyo en las tareas de reajuste.

Habían pasado seis días desde el accidente que había llevado a


Nogueira a la desencarnación. Amanecía cuando pisamos las arenas
de Flamengo llevándole de vuelta a casa.

Comprobamos que el amigo se conducía con confianza. A


propósito, atravesamos con él la calle en el sitio que había sufrido
el accidente, pero no hizo la menor mención al desastre ocurrido.
Apoyándose en Percilia y en mí, entró en la casa, recibido por
Moreira que nos había precedido. Fue a su cuarto, notando que los
hijos lo habían dejado intacto. Se sentó en la cama a reflexionar.

El despertador tocó a las seis y Marina se levantó. Se aseó y


arregló y, antes de combinar con Doña Justa los detalles de la
comida de ese día, entró en la habitación donde estábamos y, en
pensamiento, se dirigió a Jesús, rogándole que bendijese al padre
desencarnado, estuviese donde fuera.

La oímos encantados, en el clima de los pensamientos


armónicos en que nos uníamos, aunque la joven pidiese el amparo
del Señor en silencio.

347
ANDRÉ LUIZ

Claudio se levantó y se puso a su lado. Al tocarla, vibrante de


júbilo, percibió que su hija tenía en el cuerpo y en el alma la dulce
presencia de Marita… Dio un paso atrás. Temía ensuciar el cuadro
excelso que contemplaba.

Marina le pareció una planta luminosa, modelada en carne,


encerrando una flor a punto de brotar.

La idea de Claudio se transformó en oración. Suplicaba a Dios


que no le permitiese situar los caprichos por encima de las
obligaciones… Enseguida se volvió a ella, la abrazó y dijo:

– ¡Hija mía!... ¡Hija mía!... ¿Qué hay de Nemesio? ¡Busquémosle!


¡Es preciso ampararle!... ¡Ampararle!...

La joven, expectante, no captó la advertencia con los sentidos


físicos, pero, sin que se pudiese explicar a sí misma la razón de ello,
se acordó de la petición de su padre de última hora…

Nemesio, si… –dijo, mentalmente. Ella y su esposo habían


recibido noticias por teléfono, provenientes de Olimpia. El médico
de la familia había buscado a Gilberto en el banco. Las
informaciones eran alarmantes, pero dudaban… Ella, espe-
cialmente, se angustiaba al imaginarse el reencuentro. Se decía
que el suegro estaba enfermo, en estado grave… Volvió a sopesar,
en su memoria, el ruego de Claudio al partir y tomó una decisión.
Olvidaría el pasado y ayudaría al enfermo en lo que fuese posible.
Animaría a Gilberto a la reconciliación, no retrasarían por más
tiempo la visita.

Los compromisos domésticos acudieron a su mente y se puso a


pensar en ellos conservando, ya consolidada, la petición de su
padre.

En el café, sugirió a su esposo las primeras medidas a tomar en


el caso. Claudio que observaba, atento, entró directamente en

348
SEXO Y DESTINO

servicio. Alimentó la disposición favorable de la pareja. No debían


echarse atrás.

Nemesio era también padre. Marina proponía y Gilberto


sopesaba. Por fin, el joven estuvo de acuerdo. Telefonearía desde
el banco al médico.

Si la enfermedad era grave, a pesar del avanzado estado de


gravidez de Marina, tomarían un taxi por la noche para ir a verle.

Dejando a Percilia, Claudio y Moreira entregados a su actividad,


acudí a la casa de los Torres tras la pista de Nemesio a quien no
veía desde el trágico suceso del coche.

Entré.

Sólo me recibió el silencio.

Busqué la habitación donde había estado su esposa enferma.

Junto a él, hemipléjico y afásico en la cama, solo estaba Amaro,


el fiel amigo espiritual que había velado por Doña Beatriz.

Puse en marcha toda mi comprensión y resistencia para no


sensibilizarme demasiado, perjudicando en vez de auxiliar.

Perplejo, oí del enfermero el resumen de la tragedia que se


había cernido sobre aquel hombre, antes tan rico y adulado.

Cediendo a la pasión que excitaba sus sentidos e impulsado por


los obsesores que luego le abandonaron cuando vieron su cuerpo
arruinado e inútil, Torres padre se había decidido a matar a Marina y
luego suicidarse. Al cometer el crimen, se percató que había
atropellado a Nogueira y no a la hija y eso le llevó a la desesperación,
que creció tanto en su espíritu que el cuerpo enfermo no pudo re-
sistirlo. Sobrevino un derrame. El, Amaro, avisado por los amigos, le

349
ANDRÉ LUIZ

encontró semi-paralítico y sin habla, en el coche, parado lejos del


lugar en que cometió el delito.

Parecía que iba a desencarnar pronto, pero Félix apareció de


improviso y solicitó el apoyo de todos los recursos espirituales de
asistencia situados en las inmediaciones, acumulando factores de
intervención en su favor. Había rezado, suplicando a los Poderes
Divinos que no le permitiesen la salida del plano físico sin aprove-
char el beneficio de la enfermedad en su cuerpo que parecía no
ofrecer ninguna posibilidad de supervivencia. El director de “Almas
Hermanas” solicitó para él las ventajas del dolor, que consideraba
santas y el proceso desencarnatorio fue suspendido
inmediatamente. ¿Quién era él, Amaro, para poner en tela de juicio
las decisiones del hermano Félix? –alegaba el amigo,
confidencialmente–; pero se preguntaba a sí mismo si valía la pena
mantener a un hombre activo e inteligente, como era Nemesio,
atado a un cuerpo tan desajustado…

Desde la intercesión de Félix, el viejo Torres era lo que yo estaba


viendo, un despojo humano tirado en la cama. La casa había sido
saqueada por los acreedores y los empleados deshonestos, habían
huido no sin antes saquearlo todo. Vajillas, plata, cristales,
porcelanas, ropas, telas, pequeños tesoros de los ascendientes de
los familiares Neves y Torres y hasta el piano y las joyas de Beatriz se
habían perdido en la vorágine. Solo Olimpia, antigua compañera, iba
allí dos veces al día para prestar una ligera asistencia al enfermo que,
aunque perfectamente lúcido, no conseguía articular palabra debido
a las alteraciones sufridas en los centros nerviosos. Y todo eso –
concluyó Amaro, desencantado– hace menos de una semana…

Condolido, aguardé allí la noche.

Vi cuando Gilberto y Marina atravesaron el vestíbulo, seguidos


de Percilia, Moreira y Claudio, dolorosamente sorprendidos.

350
SEXO Y DESTINO

Imaginándose solos, la joven pareja no lograba contener las


exclamaciones de asombro, hasta que, enfrente de la cama solitaria,
se arrodillaron bañados en lágrimas.

– ¿Cómo estás así, papá? –jadeó Gilberto, desconsolado.

Con la cabeza temblando, Nemesio apenas balbuceaba:

– ¡Ah, ah, ah, ah!...

Para la pareja, la terrible confesión paterna era sólo una larga


serie de interjecciones sin sentido.

Vimos entonces que Claudio avanzaba realmente para el bien


que había prometido lograr.

Sólo entonces supo quien había sido el autor del accidente que le
llevó a la muerte… Lejos, sin embargo, de pedirnos orientaciones o
consejos, recordó, instintivamente, otra noche distinta de aquella en
que había perdido la vida… La noche en la casa de Crescina, cuyas
sombras habían cobijado el ultraje a su hija, impulsándola al
desastre fatal… Vio a Marina, arrodillada y, obedeciendo a los
dictados de su propia alma, cayó también de rodillas, abrazándose a
ella y, ocupándose del interior de su hija, atenazada de sufrimiento
moral, la hizo buscar la diestra de Nemesio para besarla con la
reverencia que los hijos deben a los padres.

El enfermo, tocado en su corazón por semejante gesto de


respetuosa ternura, emitía sonidos ininteligibles, implorando
mentalmente: – ¡perdón!... ¡perdón!...

Claudio, con humildad y valentía, se levantó de súbito y


dirigiendo los ojos hacia lo alto, exclamó en llanto:

– ¡Dios de Inmensa Bondad, perdón para mí también!...

351
ANDRÉ LUIZ

Aquella misma noche una ambulancia recibió a Nemesio para su


ingreso en el hospital y, al cabo de algunos días de tratamiento,
siempre acompañado por los hijos, subía, en silla de ruedas, a la
casa de Flamengo donde pasó a vivir, mudo e inerte, bajo los
desvelos de la nuera y continuamente amparado por Nogueira, en
el cuarto de aquel que había perseguido por rival y que ahora era
dedicado guardián.

Los éxitos morales de Claudio, comentados con admiración por


algunos amigos en “Almas Hermanas” crearon para el hermano
Félix un problema grave aunque sin importancia aparentemente
en su forma exterior. Doña Beatriz, consciente de que el padre de
Marina, ya desencarnado, había conseguido el permiso para
quedarse con los familiares en misión de auxilio, quería también,
por lo menos, volver a ver al esposo y al hijo. Conocía,
superficialmente, los acontecimientos desagradables de sus seres
queridos. Muy lejos de percibirlos en toda su extensión, alegaba
esa circunstancia para reforzar su solicitud. Como pieza viva del
engranaje doméstico no debía estar al margen, argumentaba. Si
Marina se había casado con Gilberto, la aceptaba como hija, y si los
padres estaban enfrentados por causas que ella desconocía en sus
detalles, nada sería más justo que compartir las dificultades
ofreciendo su mediación.

Hecha la petición. Félix la rechazó.

Doña Beatriz recurrió a Neves, Sara y Priscila y volvió a la carga,


pero el director se mantuvo firme en su decisión. Neves, sin
embargo, que no se había curado del todo de su impulsividad,
destacaba el carácter aparentemente razonable de la petición y
movió tantas relaciones y conocimientos en el tema, que el
instructor no tuvo más remedio que aceptar.

Aunque muy preocupado, tomó las medidas necesarias para


que se efectuase el viaje. Instado a acompañarles se excusó,
delicadamente, dando a Neves amplia libertad de acción y tiempo.

352
SEXO Y DESTINO

En cuanto a mí, me recomendó que hiciese compañía a los dos


viajeros, padre e hija, indicándome que cooperase con Neves en la
solución de cualquier imprevisto. Presentía que se presentarían
obstáculos y riesgos.

Doña Beatriz, entusiasmada al contemplar Río y sabiendo que


Nemesio residía con su hijo, no sólo ansiaba abrazarles sino
también volver a visitar su antigua casa. Quería respirar el perfume
de felicidad que había tenido exclamaba alegre. Y el padre,
satisfecho, incentivaba todos estos deseos. Por mi parte no podía
objetar nada a la pareja.

Llegamos a Flamengo, oyendo a la señora Torres y admirando


las reservas de sensibilidad y cariño que vibraban en su alma.
Exteriorizaba el júbilo de un ave recién liberada. Pero, después de
ser recibidos por Moreira y Claudio, al divisar al marido paralítico,
palideció acercándose a la silla de ruedas. Se enlazó a él que no
captaba sus caricias, y le hizo preguntas lastimosas… ¿Por qué
había cambiado tanto en sólo dos años? ¿Qué le había pasado para
llegar a tamaña ruina física? ¿Qué había hecho? ¿Por qué? ¿Por
qué?...

Escuchando solamente las voces de Marina y Doña Justa en los


quehaceres domésticos, Nemesio ahondaba en recuerdos
profundos… No conseguía explicarse a sí mismo porqué surgían
esas ideas en su cabeza, pero pensaba en Beatriz. Veía su imagen
en lo más profundo de su ser. ¡La esposa!... ¡Ah! reflexionaba el
enfermo, en cuyo espíritu la afasia había mejorado su vida interior
si los muertos pudiesen amparar a los vivos, según creen muchos,
ciertamente que su vieja compañera se compadecería de él,
extendiéndole las manos… ¡Se acordaba de su comprensión,
siempre silenciosa, su dignidad, la bondad, la tolerancia!...

Ignorando que respondía, mecánicamente, a las preguntas de la


esposa, angustiada y agarrada a él, revisó todos los
acontecimientos posteriores a su desencarnación, como

353
ANDRÉ LUIZ

rindiéndole cuentas. Gilberto, Marina, Marcia y Claudio eran los


protagonistas principales de aquellas escenas que la memoria,
perfectamente lúcida, le trazaba en las pantallas del aura,
exhibiendo para la compañera y para nosotros como en una
película toda la verdad hasta el instante en que se precipitó en el
crimen. Si Beatriz estuviese en el mundo –concluía– estaría libre de
tentaciones y aflicciones. A su lado habría tenido defensa,
orientación.

Una profunda nostalgia se apoderó de su alma…

Recomponía en su imaginación los sueños de juventud, su boda,


los proyectos que tenían para Gilberto cuando era pequeño…
Movió con dificultad la mano izquierda para enjugar el llanto que
corría por su rostro, sin saber que su esposa le socorría, también
sollozando…

Neves, aprensivo, intentó levantar a la hija que estaba en el


suelo, como una madre torturada, incapaz de retirar de su pecho a
un hijo moribundo. En vano pronunció palabras de ánimo,
exhortaciones a la paciencia, conceptos evangélicos, promesas de
un futuro mejor… La hija, con amargura, respondió que amaba a
Nemesio, que prefería estar encadenada al enfermo a separarse
de él de nuevo. Agradecía todas las atenciones que le habían
prestado en “Almas Hermanas” pero, pedía permiso para quedarse
con él, teniendo en cuenta lo que sufría. ¿Cómo iba a descansar
recordando sus suplicios? Jesús también –decía llorosa– había
cargado con la cruz por amor a la humanidad.

¿Cómo iba ella a huir de soportar pequeñas contrariedades en la


Tierra, suavizando el martirio del hombre que adoraba? La doctrina
cristiana le había enseñado que Dios es un Padre compasivo que
no podía aprobar la ingratitud ni el abandono.

El padre, que no había previsto tal resistencia, me comentó en


voz baja que Torres padre no había hecho nada para merecer

354
SEXO Y DESTINO

semejante abnegación y se inclinaba por reconvenir a la hija, pero


le sugerí que tuviese calma. Cualquier censura agravaría la
situación sin provecho alguno.

Intervine.

Destaqué a la señora Torres que su hijo le iba a dar una nieta y


que su conformidad con las pruebas a que estaba sometido el
marido sería realmente una bendición para todos.

Al oír esto, se levantó, casi a la fuerza y nos acompañó hasta


Marina, cuya posición real en la familia había observado en las
memorizaciones de Nemesio… Como era un alma generosa,
comprendió las uniones que se habían efectuado y, mirando a
Claudio, que había perdonado a su esposo tantas injurias, besó a
su hija con ternura de madre.

Abrazó a Doña Justa con simpatía y volvió en nuestra compañía


al cuarto de Nemesio, donde compartió con nosotros la oración y
el trabajo de auxilio magnético. Pareció recuperarse, sobre todo
cuando vio a Gilberto que volvió a casa para cenar. Le encantó ver
a su hijo buscando al enfermo para llevarle a la mesa, después de
acariciar su cabeza, acompañando el gesto afectuoso con
expresiones de buen ánimo y cariño, pero cuando Neves habló de
regresar, la mujer se agarró al marido y al intentar despegarle de
él, casi a la fuerza, empezó a dar señales de una incipiente
alienación.

Beatriz salió de la casa abatida, muda. Con la loable intención de


animar su corazón, Neves, que conocía sólo ligeramente el estado
ruinoso y la bancarrota del yerno, propuso una rápida visita a la
antigua residencia de los Torres. La hija, apática, no contestó.
Obedeció automáticamente.

Se había hecho totalmente de noche cuando llegamos a la


vivienda que era un caserón a oscuras.

355
ANDRÉ LUIZ

La luna llena parecía una enorme lámpara que estaba recogida


a distancia, avergonzada de presentar a la dueña de aquel palacete
una visión tan funesta.

El padre, arrepentido de tal iniciativa, quiso dar marcha atrás,


pero no pudo…

Dolorosamente magnetizada por sus propios recuerdos, Beatriz


avanzó apresuradamente, en busca de los tesoros domésticos pero
no encontró en los lúgubres recintos sino polvo y sombra del oasis
familiar que había construido… Además de esto, el elegante
domicilio, condenado a ser subastado, se había convertido en refu-
gio de malhechores desencarnados, a los que ella se veía sin
fuerzas para expulsar… La desesperada criatura corrió de
habitación en habitación, de susto en susto, de grito en grito, hasta
que se arrojó, boca abajo en el suelo de la espaciosa habitación
que siempre había sido su preferida, pronunciando frases
inconexas…

Beatriz se había vuelto loca.

Me quedé cuidándola, intentando calmarla, mientras Neves


desolado, pedía ayuda a los servicios de amparo urgente,
dependientes de “Almas Hermanas” que no estaban muy lejos.

La ayuda fue inmediata.

Al día siguiente, enfermeras especializadas colaboraron con


nosotros enviadas por Félix pero solamente cuatro días después
del incidente logramos volver con ella demente al instituto.

Se sucedieron dos semanas de trabajo intenso y atención


constante, infructuosamente, en casa de Félix, hasta que uno de
los orientadores del equipo médico recomendó el ingreso de la
enferma en un hospital adecuado para aplicarle sueñoterapia con
algún ejercicio de narcoanálisis para extraer los posibles recuerdos

356
SEXO Y DESTINO

de la existencia anterior, con la debida precaución, para que no se


sumergiese en memorias de periodos anteriores.

La medida fue aceptada.

Félix nos invitó a Neves y a mí a estar presentes, junto con el


hermano Regio en el gabinete donde se iba a realizar la
investigación.

En la hora prevista, al lado de Beatriz que dormía en un lecho


cuya almohada estaba provista de recursos electromagnéticos
especiales, estábamos Félix, el hermano Regis, el distinguido
psiquiatra que sugirió la medida, acompañado de dos asistentes, el
jefe del archivo de “Almas Hermanas”, Neves y yo, ocho compa-
ñeros en total observando a la paciente. Diremos que las personas
allí reunidas, disponían de un avanzado sistema de comunicación
para efectuar rápidas consultas a los departamentos con que
estaban vinculados.

Félix estaba preocupado, Neves muy nervioso, los médicos y


auxiliares, diligentes y nosotros con gran expectación…

Al iniciarse el proceso, Beatriz, con voz y maneras distintas a las


que le eran habituales, se mostró en una existencia anterior,
reclamando contra una tal Brites Castañeira, mujer a la que
imputaba los infortunios que arrasaban su alma… Por las
expresiones amargas, se veía que el analista se había encontrado
con un expresivo foco de irritación, posibilitando una entrada más
fácil a los dominios recónditos de la mente. Aprovechando eso, el
médico preguntó donde había conocido a Brites, en qué época y
circunstancias. Beatriz siempre dentro del sueño provocado,
replicó que para eso necesitaba recordar la juventud y, una vez
debidamente estimulada, informó que había nacido en Río, en
1792 y que se llamaba Leonor de Fonseca Teles, apellido que
provenía del hombre con quien se había casado en segundas
nupcias. Dijo haber nacido en la calle de Matacaballos, en una casa

357
ANDRÉ LUIZ

sencilla en la que había pasado una infancia despreocupada. En


1810 cambió su destino. Se había casado con un joven portugués
de nombre Domingo de Aguilar y Silva, que se encontraba en Brasil
al servicio del Duque de Cadaval, en la corte de D. Juan VI. De esa
unión tuvo un hijo en 1812, que recibió el nombre de Álvaro. Su
esposo falleció prematuramente en el camino de Hoyo de Gloria,
cuando conducía unos potros bravos a las cocheras reales. Relató
con agradecimiento las manifestaciones de estima que recibió de
personalidades influyentes de la época y las promesas de ayuda en
favor del pequeño huérfano. Viuda pues, a los veintidós años de
edad fue cortejada por un rico joyero que tenía su establecimiento
en la calle Derecha, Justiniano de Fonseca Teles, solo tres años
mayor que ella, cuya propuesta de matrimonio aceptó.

Se alegró mucho de comprobar la buena relación que existía


entre hijastro y padrastro.

Álvaro creció cariñoso e inteligente y, como no hubo más hijos


del segundo matrimonio, el niño creció entre ella y el esposo
siendo un faro de luz y amor para ambos.

A los quince años de edad, en 1827, el joven embarcó rumbo a


Europa, bajo el patrocinio de amigos poderosos del padre,
habiendo realizado brillantes estudios en Lisboa y París…

Beatriz, magnetizada, narraba sucesos de la época,


exteriorizando impresiones sobre personas, cosas y hechos como
si su imaginación estuviese repleta de crónicas vivas.

Comentó que su hijo regresó en 1834. Para ella y Justiniano la


casa se transformó de nuevo en un mar de rosas, hasta que cierta
noche…

Ante las reticencias, el hermano Félix, visiblemente conmovido,


pidió que el servicio de análisis se detuviese en los posibles
recuerdos de la noche mencionada.

358
SEXO Y DESTINO

El médico atendió la sugerencia.

Beatriz movió la cabeza, demostrando el sufrimiento de quien


se encuentra con una herida en el propio cuerpo, sin medios de
curarla y respondió, a regañadientes:

–Tengo que decir que Brites Castañeira estaba casada con


Teodoro Castañeira, rico negociante que vivía en la calle de Valiña.
Ambos jóvenes, con una única hija, Virginia, de once años de
edad… Aunque yo hubiese pasado los cuarenta, al lado de Brites
que no alcanzaba los treinta, nos teníamos un gran afecto y nues-
tros maridos también se llevaban muy bien, con la misma
diferencia de edad que nosotras. Ellos unidos por los negocios y
nosotras por los sueños domésticos…

Y continuó:

La noche que antes mencioné, mi esposo y yo presentábamos a


Álvaro en sociedad, en una fiesta del Comendador Juan Bautista
Moreira, en la Cantera de Gloria… Sentí un horrible presentimiento
cuando Álvaro y Brites se saludaron, quedándose fijos los ojos de
uno en el otro, para oír la música…

En vano inventé motivos para retirarnos temprano…

Volvimos tarde con nuestro hijo que soñaba. Le parecía


imposible que ella estuviese casada y fuese madre de una hija… Le
parecía una jovencita bella y graciosa. Hice lo que pude para evitar
el desastre, pero el destino… Ambos apasionados el uno por el otro
empezaron a salir de paseo… Vueltas por Mangrullo y juegos en la
playa de Botafogo, excursiones en calesa para la Hacienda de
Capón, paseos más allá de Muda de Tijuca… Todo eso sucedía
pacíficamente hasta que Teodoro les descubrió juntos en una
habitación del Hotel Faroux. Escandalizado, el marido se
desinteresó de la mujer aunque no abandonó el hogar por amor a
la hija… Pero, incluso así, cortejó a la joven Mariana de Castro, a

359
ANDRÉ LUIZ

quien llamábamos Naniña, joven de buenas costumbres que


residía con sus padres en la calle de Cano… Brites, en lugar de
sentirse mal, facilitó cuanto pudo esa relación para estar más
libre… Naniña acabó cediendo a escondidas, pero dejó dos hijos
del comerciante a las puertas de Misericordia, como es de
conocimiento público…

La señora Torres entró en una crisis de llanto y siguió contando


que el hijo, después de cuatro años, se aburrió de Brites y sólo en
ese momento comentó a su familia que había dejado una
prometida en Lisboa…

Suspiraba por volver, pero temía que la amante se suicidase.


Después de muchos intentos, en vano, para librarse de ella,
maquinó un plan maquiavélico que le trajo a ella, madre amorosa,
la infelicidad sin remedio.

Sabiendo la debilidad de Brites por las joyas, insinuó a su


padrastro que Brites estaba enamorada de él, inventando
situaciones y recados y utilizando todo tipo de triquiñuelas.
Justiniano, convencido por las deferencias del hijastro, se puso en
acción, consiguiendo impresionarla con regalos exóticos y costosos
hasta que en la primera cita, forjado por el propio Álvaro, intervino
él en la escena, asumiendo el papel de amante ultrajado y saliendo
para Portugal, dejando varias tragedias en marcha.

El golpe hizo surgir en la señora Castañeira una nueva


personalidad. Se convirtió en una mujer perversa, calculadora,
cruel. Nunca más se le vio un gesto de piedad. Transformó a
Justiniano en un hombre sexualmente pervertido, extorsionándole
y sacando de él dinero y más dinero, hasta el punto de venderle a
su propia hija, de quince años para su satisfacción sexual a cambio
de tierras y riquezas. Todavía más, no contenta con sus propios
desvaríos se dedicaba a apartar jóvenes honestas del buen camino,
prostituyéndolas, estimulaba infidelidades, vicios, crímenes,
abortos.

360
SEXO Y DESTINO

Virginia, con la que Justiniano vivía, después de abandonar a


Leonor, su esposa, se convirtió en manzana de la discordia entre el
señor de Fonseca y Teles y Teodoro Castañeira, que se
atormentaron mutuamente en once años de conflictos inútiles
hasta que el marido de Brites, que vivía con Naniña de Castro
desde hacía mucho, apareció muerto a puñaladas en la calle de
Cadena, atribuyéndose el homicidio a esclavos fugitivos. Naniña,
sin embargo, no ignoraba que Justiniano había sido el que mandó
matarle y tramó su venganza. Se unió a otro hombre en cuyo
espíritu insufló despecho y odio contra el joyero de la calle Derecha
y los dos, que vivían en un rincón de la playa Botafogo, planearon
asesinarle en un supuesto accidente. Justiniano, ya mayor, y
enfermo, tenía la costumbre de hacer una visita los domingos a
Bica de la Reina, en el Cosme Viejo. Cuando volvía un día de ese
lugar, de noche, guiando su carromato, Naniña y su compañero,
ocultos en la sombra, acribillaron al caballo con piedras y puntas,
luego de escoger un lugar que favoreciese el desastre…

El animal, desbocado, se lanzó ladera abajo reventando los


frenos y arrojando al anciano por un barranco, donde Justiniano
encontró la muerte casi instantánea.

Y Doña Beatriz acabó, con lágrimas en los ojos:

– ¡Ah, Dios mío, y todo por nada! Porque Álvaro, de vuelta a


Portugal, encontró a su prometida casada con otro, por imposición
de los padres, regresando más tarde a Brasil donde acabó soltero,
ejerciendo como profesor.

– ¡Ah, hijo mío, hijo mío!... ¿Por qué fuiste el autor de tantas
calamidades?

En ese momento de las revelaciones, el hermano Félix solicitó de


los técnicos un intervalo para explicaciones antes de retirarse.

361
ANDRÉ LUIZ

La enferma fue encaminada al sueño y el instructor pidió al jefe


del archivo el certificado de salida de Beatriz, que se ausentó de
aquel mismo lugar casi cincuenta años antes, para su
reencarnación en Río.

El responsable trajo la ficha de Doña Beatriz Neves Torres.

Sí, antes del nombre actual, aparecía el de Leonor de Fonseca


Teles que había desencarnado en Río, permanecido por algún
tiempo en las regiones inferiores, había vivido durante veintiocho
años en una colonia espiritual de reeducación no muy distante y
pasó apenas dos semanas en ¡Almas Hermanas!, en 1906, el propio
hermano Félix, supervisó su renacimiento en la casa de Pedro
Neves allí presente.

Félix pidió todas las informaciones posibles sobre las personas


citadas por Beatriz, que estuviesen vinculadas al instituto.

Los aparatos funcionaron y el archivo respondió rápidamente.

Justiniano de Fonseca Teles, Teodoro Castañeira, Virginia


Castañeira y Naniña de Castro estaban reencarnados en Río. Todos
con certificado de salida de “Almas Hermanas” Justiniano era
Nemesio Torres, hombre de negocios con deudas agravadas,
Teodoro Castañeira se presentaba con el nombre de Claudio
Nogueira, ya desencarnado pero todavía de servicio en la Tierra,
con mejoras sensibles. Virginia Castañeira respondía ahora por
Marina Nogueira Torres, con índices prometedores de reforma
íntima, Naniña de Castro había sido Marita Nogueira,
recientemente desencarnada, que había permanecido en uno de
los departamentos de reposo de la organización y que se hallaba
en proceso de renacimiento en el plano físico a petición del propio
director de instituto, mientras que Brites Castañeira estaba en la
tierra con el nombre de Marcia Nogueira, cuya ficha era
desoladora. El registro de esa mujer sumaba una larga serie de

362
SEXO Y DESTINO

abortos y deserciones del deber, además de varios compromisos


indirectos en hogares destrozados y existencias sacrificadas.

Era un contenido el suyo de los peores de todas las fichas de la


institución.

Uno de los médicos presentes, quizás impresionado por la


declaración de Beatriz, pidió noticias de Álvaro.

El archivo aclaró que Álvaro de Aguilar y Silva no tenía registro


de salida hacia la reencarnación en “Almas Hermanas”, sólo
figuraba su nombre en el departamento de reclamaciones. Leonor,
su madre carnal, Justiniano el padrastro e incluso la propia Brites
Castañeira habían cursado severas acusaciones contra él, aunque
los dos últimos habían estado muy poco tiempo en el instituto, al
salir de la colonia penal.

El hermano Félix pregunto si constaba en los datos de Marcia


algún gesto noble, por donde se le pudiese ayudar eficazmente. Sí
que había, un día se empeñó con los mejores impulsos maternales
a garantizar un matrimonio digno a la hija enferma.

El instructor entonces, aunando dignidad y modestia, se levantó


y asombrándonos con la valerosa humildad que testimoniaba, nos
dijo que Álvaro de Aguilar y Silva y él eran una misma persona, el
mismo espíritu que allí se levantaba delante de Dios y de nosotros
en un juicio en el que su conciencia le exigía implorar
voluntariamente la reencarnación, para dirigirse al encuentro de
Brites, ahora con la personalidad de la viuda Nogueira… Se
esforzaría en la regeneración de si mismo y le ofrecería su
existencia ya que reconocía que él era el verdugo y ella la victima.

Un rayo no nos habría fulminado con tanta fuerza.

Los médicos estaban cabizbajos, el hermano Regis lloraba,


Neves estaba pálido y conseguía respirar con dificultad…

363
ANDRÉ LUIZ

Valiente, Félix continuó aclarando que la Misericordia Divina, a


medida que el espíritu se eleva, entrega al tribunal de la conciencia
el deber de armonizarse y corregirse de acuerdo a las Leyes de
Eterno Equilibrio, sin necesidad de acciones obligatorias y que por
eso, de allí en adelante haría pública su decisión de iniciar los
trabajos previos de su renacimiento en la esfera física.

Confesó que la delincuencia sexual había creado para él


responsabilidades semejantes a las de un malhechor que dilapida
una casa o una ciudad a través de explosiones en cadena. Hiriendo
los sentimientos de Brites Castañeira, mujer respetable hasta el
momento en que le trastornó el corazón y el cerebro, se identifi-
caba como culpable hasta cierto punto, por la Ley de Causa y
Efecto, de todos los delitos de naturaleza emotiva cometidos por
ella, ya que después de abandonarla, impulsándola
deliberadamente a la deslealtad y a la aventura, podía compararse
a una bomba preparada por él que estalló en todos los que
después ella había perjudicado, como queriendo vengar siempre
en cada uno lo que ella había sufrido.

Nos rogaba él, a quien debíamos tanta felicidad, apoyo fraterno


para que obtuviese el puesto de hijo en el hogar de Gilberto, una
vez que Marina pudiese después del nacimiento de Marita.
Deseaba encontrarse con Marcia, con la ternura de un nieto…

Sería su compañero en los tiempos difíciles de la vejez, le daría


amor puro, sufrían juntos, le daría su corazón.

No le importaba la indiferencia, convencido como estaba que la


Infinita Bondad de Dios podía conceder a la viuda de Claudio un
importante tiempo remanente en la esfera física… Si el Señor le
concedía el favor que le imploraba, nos pedía que le ayudásemos a
ser fiel a los compromisos desde su uso de razón, que le ampará-
semos en los días de tentaciones y debilidades, que perdonásemos
su rebeldía y sus faltas y que, en base al amor y la confianza que

364
SEXO Y DESTINO

teníamos, que no favoreciésemos en ningún momento facilidades


que pudieran serle nocivas por amistad…

Austero y dulce se dirigió en especial al hermano Regis,


informándole que ambas hermanas, Priscila y Sara estaban
preparando su vuelta a la tierra y partirían antes que él, que tenía
la intención de retirarse de la dirección del instituto en unos seis
meses, con el fin de preparase adecuadamente, y que no deseaba
otra cosa más que la experiencia y felicidad de su compañero al
frente de la organización.

Ninguno de nosotros disponía de energía para romper el


silencio. Los médicos pidieron sustitutos que les reemplazasen
para asegurar el descanso de Beatriz. Regis, mudo, se retiró dando
un abrazo al jefe del archivo, Neves se puso al lado de su hija
inerte, dando la impresión de que deseaba esconderse para
meditar la lección. Yo, me vi solo frente al instructor. Alzando mi
vista hacia él, como la primera vez que le miré en la casa de
Nemesio, procuré recomponerme al ver su rostro imperturbable.

Era el mismo hombre que yo no sabría decir si le amaba como si


fuese mi padre o mi hermano.

Él captó el estado de mi alma y me abrazó.

Por su mirada firme, comprendí que no quería verme


sensibilizado e intenté recuperar mi equilibrio. A pesar de eso,
incapaz de un control total, puse mi cabeza en aquel hombro que
estaba habituado a venerar, pero, antes de que yo llorase, sentí su
diestra acariciar levemente mis cabellos al mismo tiempo que me
preguntaba por la clase de fluidoterapia, a la que debía asistir.

Salimos juntos.

Allí fuera, al verle caminar tranquilo, tuve la impresión de que el


sol que había en el cielo era una advertencia de Sabiduría Divina

365
ANDRÉ LUIZ

para que nos mantuviésemos fieles y firmes en la marcha


constante hacía la luz.

366
SEXO Y DESTINO

Capítulo 14
Obtenida una ampliación del plazo para más amplios estudios
en “Almas Hermanas”, acompañé al hermano Félix hasta que
dejase la jefatura para entregarse a la preparación de las nuevas
tareas.

El instructor había escogido la Casa de Providencia para


despedirse de la comunidad.

En el día fijado, desde muy temprano, las puertas del edificio


estaban abiertas para cuantos quisieran decir adiós al querido
orientador al que todos los residentes consideraban un héroe.

Ministros de la ciudad, admiradores, comisiones de diversas


áreas de servicio, todas las autoridades de la organización, amigos,
discípulos, beneficiarios y compañeros, que venían de lejos, se
reunieron allí, hermanados en una sola vibración de
agradecimiento y amor.

Se enteró Regis que el director desearía volver a ver a los


enfermos en las últimas horas de su mandato pero, convencido
que no podría realizar ese propósito, por escasez de tiempo, nos
encargó seleccionar, en las áreas de hermanos hospitalizados, a
aquellos que se evidenciasen capaces de comparecer a la

367
ANDRÉ LUIZ

transmisión de poderes, sin que ello fuese un obstáculo para las


actividades en marcha.

Escogimos a doscientos que no iban a provocar problemas, y en


honor a la dedicación constante de Félix con los menos felices,
Regis determinó que fuesen acomodados en las primeras filas del
auditorio, como un homenaje silencioso a aquel que tanto les
amaba… Se destacaban, casi todos ellos enflaquecidos y tem-
blorosos, simbolizando la vanguardia de la tristeza y el sufrimiento
en la asamblea, portando ramilletes en sus manos…

Los contemplaba con ternura, cuando Félix llegó con la firmeza y


serenidad que marcaban sus actitudes.

Se sentó tranquilamente, entre el Ministro de Regeneración que


representaba al Gobernador, y el hermano Regis, su sustituto. Al
posar su mirada en los millares de personas que abarrotaban
entradas, salidas, escaleras y galerías, con los enfermos delante de
todos, se reflejó en su semblante una conmoción especial.

Quinientas voces infantiles, preparadas de antemano por


hermanos agradecidos cantaron a coro dos himnos que elevaron
nuestro sentimiento. El primero se llamaba “Dios te bendiga”
ejecutado con ofrenda por los compañeros más mayores y el otro
tenía el expresivo título de “Vuelvo en breve, amado amigo”, éste
último dedicado al instructor por los más jóvenes.

Una vez enmudeció la orquesta, que había impreso una


maravillosa belleza a las melodías, los doscientos enfermos
desfilaron delante de Félix en nombre de “Almas Hermanas”, que
delegaba en los compañeros menos afortunados el júbilo de
apretar sus manos, ofreciéndole flores.

La transmisión de poderes fue muy simple, con la exposición y


lectura de los términos referentes a la modificación. Cumplido el
trámite, el Ministro de Regeneración abrazó, en nombre del

368
SEXO Y DESTINO

Gobernador, al hermano que partía y entronizó a Regis en su


nuevo cargo.

El nuevo director, con la voz de quien se está quebrando por


dentro, dijo unas breves palabras, suplicando al Señor que
bendijese al compañero en regreso a la reencarnación, deseándole
a la vez, triunfos en las luchas a las que se vería enfrentado.
Humildemente, invitó a Félix no sólo a tomar la palabra sino a seguir
ejerciendo la dirección de aquella institución que, en derecho según
Regis, era suya.

Muy conmovido, el instructor se levantó y como si nada más


tuviese que decir a aquel centro en el que había trabajado más de
medio siglo, alzó la voz en oración:

–Señor Jesús, ¿Qué te podría pedir cuando todo me lo das en los


amigos que me rodean con la luz del amor que no merezco? ¡Pero,
Maestro, colocándome bajo tu bendición, tengo algo que
implorarte!... ¡Ahora que nuevas realizaciones me llaman en la
Tierra, ayúdame, por piedad, para que sea digno de la confianza de
esta casa donde, por más de medio siglo recibí la magnanimidad y
la tolerancia de todos!... Ante el hecho de tomar un nuevo cuerpo
en el plano físico, para rescatar deudas contraídas y curar las viejas
llagas internas que cargo como doloroso rescoldo de mis malas
acciones, induce, por misericordia, a los amigos que me escuchan a
ayudarme con la benevolencia que siempre me demostraron, para
que no resbale en nuevas caídas... ¡Señor, bendícenos y sé
glorificado para siempre!...

Félix había pronunciado las últimas palabras sobreponiéndose,


difícilmente, a la emoción que le embargaba pero, como si el cielo
respondiese de inmediato a su llamada, amigos de las esferas
superiores allí presentes, aunque invisibles a nuestra mirada,
valiéndose de las fuerzas espirituales de todo el auditorio,
orientados positivamente en una sola dirección, materializaron una
lluvia de pétalos luminosos, que descendieron de arriba hasta que

369
ANDRÉ LUIZ

se deshicieron, al tocar nuestra frente en ondas de perfume


inolvidable.

La expectación continuó por instantes de jubiloso silencio cuando


un vehículo aparcó a la puerta del recinto y de él descendió una
mujer que entró, revestida de luz.

En ese momento, todos los presentes se levantaron, incluso el


Ministro de Regeneración que la miró con profundo respeto.

Dudé solo un momento pero la reconocí al instante. Era la


hermana Damiana que dirige en Nuestro Hogar un equipo de
campeones de la caridad en las regiones de las tinieblas. Félix
conservaba su retrato y se ligaba a ella por profundos lazos
afectivos…

¡La benefactora, que revelaba una inmensa modestia, estaba


vestida de esplendor –de ese esplendor que tantos sacrificios le
había costado–, tan sólo para mostrar la alegría con que venía a
recibir y a preparar para el nuevo nacimiento, a aquel a quien
amaba como un hijo del corazón!...

Pasaron rápidamente cuatro años.

Esperanza, esfuerzo, trabajo, renovación…

Aunque no me había olvidado de Félix, varios instructores nos


habían recomendado apartarnos temporalmente de la nueva
situación en que se encontraba, para no perjudicarle por exceso de
atención. Pero, cuando menos me lo esperaba, el hermano Regis
me envió un mensaje fraterno avisándome que Félix había
superado todas las dificultades de ajuste al vehículo físico. Algunos
días después, Claudio, Percilia y Moreira, en servicio en Río me
invitaron a volver a ver al amigo inolvidable, al que todo “Almas
Hermanas” rodea de un gran cariño.

370
SEXO Y DESTINO

Reviviendo conmovedores recuerdos, volví a Flamengo donde el


tiempo había cambiado todo.

El apartamento ahora lo ocupaba otra familia.

Un amigo desencarnado, a petición de Moreira, me dio la nueva


dirección explicándome que Gilberto y Marina habían tenido que
vender la casa meses después de la desencarnación de Claudio.

La familia vivía ahora en Botafogo, a donde me dirigí con


rapidez.

No hay palabras terrestres para reflejar la alegría de aquel


reencuentro. Claudio y Percilia estaban allí y Moreira, ausente por
razones de servicio, llegaría más tarde. Envuelto en las vibraciones
balsámicas de la acogida de mis anfitriones espirituales, vi al
matrimonio hablando con Doña Justa, me fijé en Marita, en forma
de niña bonita y llorona... Profundamente sensibilizado, contemplé
a Félix, que ahora se llamaba Sergio Claudio, en sus tiernos cuatro
años de edad.

De un carácter totalmente opuesto al de la hermanita, ya


demostraba serenidad y lucidez en los pensamientos y en las
palabras. Me quedé impresionado, ignorando como exteriorizar la
alegría… ¡Era él mismo!...

Encantado, comprobé de nuevo la llama de aquellos ojos


inolvidables, aunque estuviesen en un cuerpo de niño
despreocupado.

Claudio y Percilia me informaron que Nemesio había sido


conducido al plano espiritual un año antes, después de duros
padecimientos. Me contaron que verdaderas nubes de obsesores
amenazaban la casa de Botafogo cuando el pobre estaba a punto
de partir. Percilia, sin embargo, se integró en el movimiento de
intercesión por él que se realizó en “Almas Hermanas”. Amigos

371
ANDRÉ LUIZ

dedicados interpusieron recursos, apelando a la caridad y


misericordia, cuando se supo que la Justicia, en el Instituto, le
condenaba al destierro. Antiguos compañeros, en calurosas llama-
das, apelaban a los gestos de beneficencia que había practicado
cuando Doña Beatriz vivía, añadidos al trienio de enfermedad y
parálisis que había sufrido con resignación. Ante tanto empeño,
que el propio hermano Regis compartía, ya que, continuando la
obra de Félix, inclinaba el poder a la benevolencia, los magistrados
reabrieron el proceso para debates más amplios. Al volver a
examinar el caso, la Casa de Providencia había enviado dos
notarios a Botafogo para instruir el caso con más certeza en base a
tantas peticiones efectuadas. Los funcionarios habían llegado
justamente en el momento en que Nemesio, parcialmente desen-
carnado, había enloquecido al descubrir, alrededor de la casa, la
presencia de las compañías infelices que había cultivado durante
su vida. Comprobando esto, los jueces, con equidad, habían
recomendado que se le conservase la demencia como beneficio, lo
que había sido refrendado por el hermano Regis, ya que esa era la
única fórmula por la que se le podía proteger convenientemente
de la saña de los malhechores desencarnados que esperaban el
momento de la desencarnación para hacerse con él. Obtuvo paso,
gracias a esa bendición, el ingreso en un manicomio respetable,
mantenido por “Almas Hermanas” en una región purgatorial de
trabajo de recuperación, donde continuaba en tratamiento lento, a
salvo de adquirir nuevos y nefastos compromisos con las
inteligencias de las tinieblas.

En cuanto a Marcia, estaba enferma pero aislada. Nunca regresó


a la convivencia familiar, a pesar del interés mostrado por Gilberto
y Marina para renovar su confianza en ella.

Decía que detestaba a los parientes. A pesar de estar enferma,


bebía y jugaba con desatino. Claudio destacó que los hijos
esperaban la oportunidad de mostrarle a sus nietos. Y Percilia
añadió que yo llegué justamente la víspera de tal ocasión.

372
SEXO Y DESTINO

Aquel sábado por la mañana, el matrimonio se enteró que ella


frecuentaba diariamente la playa de Copacabana, descansando e
inhalando aire puro, por indicación médica.

Al día siguiente, domingo, Gilberto y su mujer disponían de


tiempo suficiente para un nuevo intento de reconciliación. Yo
estaba invitado a cooperar. Debía descansar y aguardar la ocasión
junto a ellos.

Pasamos largo tiempo comentando las maravillas de la vida.


Percilia comparó la experiencia terrestre a una alfombra preciosa,
de la que el espíritu reencarnado, tejedor de su propio destino,
solo conoce la peor parte.

Ya avanzada la noche, apareció Moreira, que nos saludó muy


cordialmente.

Una vez en reposo, me aproximé a Sergio Claudio, para


auscultarle la posición espiritual en aquella fase de la infancia, pero
me contuve. Había prometido en “Almas Hermanas” no hacer
nada, en nombre del amor, que pudiese interferir en su tranquilo
desarrollo.

Utilicé aquellos momentos de calma para estudiar, reflexionar,


recordar…

Por la mañana temprano, estábamos en nuestros puestos.

Marina, madrugadora, se levantó a las seis de la mañana. A las


ocho, con la ayuda de Doña Justa, la familia estaba en la mesa,
desayunando y anticipando las diversiones de la playa. Marita
quería el bañador verde y la lata de dulces. Sergio Claudio prefería
un helado.

Antes de salir, la esposa de Gilberto, demostrando una


admirable madurez, pensó en la misión que tenían, se acordó de

373
ANDRÉ LUIZ

Claudio, sintiéndose espiritualmente asistida por él, y pidió a los


niños que orasen juntos.

El pequeño se puso de pie en el salón y recitó la oración


dominical, seguido por la hermanita que, menos decidida,
balbuceaba alguna que otra expresión.

Marina le pidió al pequeñín:

–Hijito, di en voz alta la oración que te enseñé ayer…

–La olvidé, mamaíta…

–Bueno, veamos otra vez.

Y, levantando su frente para lo Alto, en la actitud reverente que


le conocíamos, el niño repitió, una a una, las palabras que oía de
los labios maternos:

–Amado Jesús… Te pedimos traer a la abuelita… para vivir con


nosotros…

El pequeño grupo, acompañado por nosotros, bajó del autobús


al lado de la playa. Eran las nueve de la mañana y hacía un sol
espléndido. Éramos cuatro compañeros desencarnados junto a los
cuatro.

Para que Doña Marcia no se percatase de sus intenciones,


Gilberto y Marina decidieron esconderse, imitando a los niños. A su
alrededor, había millares de bañistas que disfrutaban de la playa.
La pareja observó aquí y allá hasta que divisaron a Doña Marcia en
bañador, echada en una tumbona. Parecía cansada y triste, aunque
sonriese al grupo de amigas que le acompañaban.

Claudio, emocionado, nos sugirió que la envolviésemos en


recuerdos edificantes.

374
SEXO Y DESTINO

Nos acercamos a ella, mientras Gilberto, Marina y los niños se


aproximaban, con aire despreocupado.

Bajo nuestra influencia, la viuda Nogueira comenzó,


inexplicablemente para ella, a pensar en su hija…

¡Marina! ¿Dónde estaría Marina? ¡Qué nostalgia! ¡Cómo le dolía


ahora la separación… qué espinoso había sido el camino!... Se
acordaba de su antigua casa y con el ánimo oprimido, revivía
tiempos pasados…

¡Claudio, Araceli, las hijas y Nemesio pasaban por su


imaginación, formando cuadros de amor que nunca podría
olvidar!... ¿Por qué sería tan amarga la vida? Y se preguntaba, a sí
misma, si había valido la pena existir para alcanzar la vejez en
semejante soledad…

En eso, vio que alguien venía, se levantó asustada, y reconoció al


grupo con sorpresa. Atónita miró a Marina, Gilberto y Marita de
reojo, pero al encontrarse con los ojos de Sergio Claudio, quedó
arrebatada… “¡Oh, Dios que extraño y lindo niño!”… –dijo para sí
misma.

El niño soltó la mano materna, después que Marina cuchichease


algo en sus oídos y se lanzó sobre ella, gritando,
conmovedoramente:

– ¡Ah, abuela! ¡Abuelita!... ¡Abuelita!...

Marcia extendió automáticamente los brazos para acoger


aquellos bracitos que la abrazaban… El pequeño corazón, que latía
fuerte al encuentro con ella, se la representó como un pájaro de
luz que descendía de los cielos para posarse sobre su pecho
abatido. Hizo un amago de besar al pequeño, pero íntimas
impresiones de felicidad y angustia la infundían sensaciones de
amor y miedo. ¿Por qué despertaba el pequeñín pensamientos tan

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ANDRÉ LUIZ

contradictorios? Antes que se decidiese a acariciarle, Sergio Claudio


levantó la cabecita de su hombro y cubrió su cara de besos… No
hubo parte de sus cabellos que no besase con sus labios. Confusa,
Marcia recibió los saludos de los hijos, abrazó a la niña que veía
por primera vez, habló de la salud y de la vivacidad de los nietos y
Marina, entonces, recomendó a su hijito que recitase la oración
que había hecho en casa antes de salir.

Sergio, con la noción innata del respeto que se debe a la


oración, se despegó de Marcia, y, poniéndose enfrente de ella con
piececitos en la arena cerrando los ojos, hizo un esfuerzo de
imaginación para darle aquella ofrenda de cariño y dijo, con voz
firme:

–Amado Jesús, te pedimos traer a la abuelita para vivir con


nosotros…

Doña Marcia prorrumpió en lágrimas abundantes mientras el


pequeñín se refugiaba de nuevo en sus brazos, que ahora
temblaban de júbilo…

– ¿Qué es eso, mamá? ¿Tu, llorando?, preguntó Marina


cariñosamente.

– ¡Ah, hija mía! –respondió Doña Marcia, con el nieto abrazado a


su pecho– ¡me estoy haciendo vieja!...

Después de esto, se despidió de sus amigas, diciendo que ese


domingo almorzaría en Botafogo, pero en su interior, estaba
convencida de que nunca más saldría de casa de su hija en
Botafogo, nunca más…

El niño había conquistado su corazón.

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SEXO Y DESTINO

Acompañé al grupo hasta la avenida. Gilberto feliz, llamó un taxi.


Claudio, Percilia y Moreira, que irían con ellos, me abrazaron
contentos. Contemplé el coche que salió en dirección de Lido…

Sólo, delante de la multitud, lloré con lágrimas de ternura y


alegría.

Me dieron ganas de abrazar a aquella gente generosa y


espontánea que jugaba entre el agua y la arena, como hermanos
ante Dios…

Emocionado, volví al lugar donde Marcia y su nieto habían


tenido el sublime encuentro, simbolizando para mí el pasado y el
presente y creando el futuro en la luz del amor que nunca muere.
Besé el suelo que habían pisado y oré, rogando al Señor que les
bendijera por todas las enseñanzas que me habían enriquecido…
Dos mil compañeros reencarnados, en risueña agitación, ninguno
registró ni siquiera brevemente, el culto de reconocimiento y
nostalgia.

El mar, mientras, como si observase mi gesto, lanzó un extenso


velo de espuma sobre el trozo de arena que había besado, como si
quisiera preservar la huella de mi gratitud y reverencia, en sus olas,
incorporándola a la sinfonía imponente con que no cesé de alabar
a la belleza sin fin.

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