Comentarios de Hebreos
Comentarios de Hebreos
CONTENIDO
1 El más excelente
Características de la Epístola; Cristo en comparación con otros
2 Cristo el Hijo
Hijo de Dios e Hijo del Hombre; 1.1 al 4;
siete descripciones tomadas del Antiguo Testamento
3 La gran salvación
Los ángeles en los capítulos 1 y 2;
la Ley por medio de Moisés y los ángeles; 2.3 y 4;
la grandeza del evangelio
4 La autoridad
Salmos 8 y 95; 2.14 al 18; 4.14 al 16;
Adán y su comunión; autoridad y reposo para Abraham e Israel
5 Los participantes
El llamamiento celestial y el reposo; Moisés; paralelos con Números;
el capítulo 3, la casa; la posibilidad del fracaso
6 El reposo
El capítulo 4; cuatro interpretaciones del 4.10
7 El Gran Sumo Sacerdote
El sacerdocio como tema principal; deidad y humanidad; los hijos de David;
siete títulos del Señor; 2.17 y 18; 7.27; 4.12 al 16; pensamientos e
intenciones
8 Cristo y Melquisedec
Aarón y sus requisitos; Génesis 14; Salmo 110;
el capítulo 7; 10.11, siempre en pie; Génesis 50.4
9 Los perezosos
5.11 al 6.20; los tardos y los perezosos, 6.11,12; creyentes sin empuje
10 Los incrédulos
El capítulo 6; ¿perder la salvación?; Judas y Esaú; cosas que preceden
la salvación y cosas que la acompañan; 6.16 al 20
11 El pacto y los sacrificios
El capítulo 8; 10.11 al 18; sacerdote, sacrificio y pacto; el capítulo 9
y el lugar santísimo
12 La libertad para acercarse
10.19 al 25; acercar, mantener y considerar; 10.38,39; retroceder; Habacuc,
el justo por la fe vivirá
13 La fe perfeccionada
El capítulo 12; las secciones del capítulo 13
14 El amor fraternal
13.1 al 6; hospitalidad y simpatía; Lot;
Cristo participó de carne y sangre; deseos sucios y codicia; matrimonio
y viandas; no te desampararé; Jacob, Josué y Salomón; Salmo 118
15 Los líderes y el Líder
13.1 al 17; los pastores y sus responsabilidades; doctrinas diversas y
extrañas; Jesucristo el mismo
16 Vamos a él
13.9 al 17; la sangre adentro, la carne afuera; el campamento; ¿quién está
por Jehová?; sacrificios que nos quedan; 13.18 al 25; lenguaje típico de
Pablo; agradable
1 EL MÁS EXCELENTE
CARACTERÍSTICAS DE LA EPÍSTOLA
CRISTO EN COMPARACIÓN CON OTROS
Esta Epístola, probablemente escrita por el apóstol Pablo, se distingue de las demás obras
de aquel escritor de las maneras siguientes:
Su lenguaje y estilo son diferentes a los que se emplean en otras epístolas y su estructura
es hasta superior.
Todos estos puntos de diferencia están de acuerdo con el gran tema de la Epístola, el cual
es hacer saber, más que en otras partes de la Biblia, las glorias personales de Cristo y su
perfecta capacidad para satisfacer las diferentes necesidades de su pueblo. La Epístola lo
compara con, o lo pone en contraste con:
los profetas,
los ángeles,
Adán,
Moisés,
Josué,
Aarón
Melquisedec.
Su obra se compara con los sacrificios y el ministerio del régimen antiguo. Desde el
primero hasta el postrero, estas comparaciones y contrastes ponen en relieve la
superioridad del Señor Jesús. En cada caso es “más excelente”, como dice el 1.4. En estas
circunstancias, no sería apropiado dar prominencia a un escritor humano o aun a la iglesia
que recibió el tratado. De la misma manera, este gran propósito hizo necesario un estilo
tan elevado y a la vez no dio lugar a la introducción acostumbrada.
La Epístola nos presenta a Cristo como la manifestación perfecta del Padre y de su parecer,
y a la vez como el Consumador perfecto de aquella provisión que ningún otro había podido
hacer. En todos sus oficios y en toda su obra Él trasciende gloriosamente todos los que le
precedieron, y no deja nada desatendido que podría ser hecho por los que le siguieron.
2 CRISTO EL HIJO
El primero de todos los contrastes está entre la manera en que Dios se reveló a sí mismo
por medio de los profetas y cómo se ha revelado en su Hijo. Un lado del contraste se
presenta en el 1.1, donde una traducción aceptable seria: “Dios, habiendo hablado en
tiempos antiguos a los padres por los profetas por muchas porciones y de muchas
maneras ...” El otro lado es que “en estos postreros días nos ha hablado por su Hijo ... el
cual siendo el resplandor de su gloria y la imagen misma de su sustancia”, 1.2,3.
La expresión “por muchas porciones” (traducida como “muchas veces”) sugiere que las
revelaciones proféticas del Antiguo Testamento fueron fragmentadas y parciales. Fueron
dadas, en lenguaje de Isaías 28.9, un poquito allí, otro poquito allá. En cambio, el término
empleado en cuanto al Hijo, “el esplendor de su gloria”, da a entender que en Cristo
tenemos una revelación de orbe entero, como el sol cuando brilla de un cielo sin nubes. Ha
pasado ya el día de la luz débil y los rayos esparcidos.
La expresión “de muchas maneras” sugiere una multiplicidad de formas como los tipos, las
profecías, etc., y por tanto grados diferentes de claridad. Pero “la imagen misma de su
sustancia” expresa una revelación exacta que es, por decirlo así, idéntica a su sustancia. Es
que Dios se ha hecho conocer por el Hijo, por cuanto “a Dios nadie le vio jamás; el
unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer”, Juan 1.18. Tan
perfectamente reveló Cristo al Padre que el Hijo pudo decir que “el que me ha visto a mí ha
visto al Padre”, Juan 14.9.
Este esplendor de la gloria de Dios se menciona en el 1.3, y la misma palabra griega figura
más adelante: en el 6.4 se habla de los que “fueron iluminados y gustaron del don
celestial”, y en el 10.32 de los creyentes que sostuvieron gran combate “después de haber
sido iluminados”. Habiendo ellos recibido semejante iluminación, poco nos sorprende que
este segundo grupo haya resistido vituperios y tribulaciones. Tampoco es sorprendente
que se presenten como perdidos a los del capítulo 6 que dieron la espalda a una luz tan
brillante. No hay otra luz que se podría darles.
El autor agrega tres expresiones más a esta plenitud y precisión encerrada en las dos
frases ya tratadas en cuanto a la relación entre Padre e Hijo. Las tres subrayan la relación
del Hijo con la creación:
La primera nos conduce al futuro, la segunda nos lleva atrás al principio, y la tercera llena
el espacio entre las otras dos. A estas el autor añade dos cláusulas más:
Hay, entonces, siete descripciones del Hijo en 1.2,3 que se refieren a su relación con el
Padre, la creación y su pueblo. Estas siete descripciones son ilustradas en el resto del
capítulo por medio de siete citas del Antiguo Testamento:
heredero de todo: Ellos perecerán, más tú permaneces ... tú eres el mismo, 1.11,12.
Esta es una cita de Salmo 102.26.
por quien hizo el universo: Tú, oh Señor, en el principio fundaste la tierra, 1.10.
Es una cita de Salmo 102.25.
el resplandor de su gloria: Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo ... te ungió Dios,
el Dios tuyo, 1.8,9. Se cita Salmo 45.6,7.
la imagen misma de su sustancia: Mi hijo eres tú, yo te he engendrado hoy, 1.5; tomado de
Salmo 2.7. Yo seré a él Padre, y él me será a mí hijo, 1.5, tomado de
2 Samuel 7.14.
sustenta todas las cosas con la palabra de su poder: El que hace a sus ángeles espíritus y a
sus ministros llama de fuego, 1:7.
Es de Salmo 104.4.
se sentó a la diestra de la Majestad: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos
por estrado de tus pies, 1.13. Fue tomado de Salmo 110.1.
Estas citas prueban que el Señor es superior a los ángeles, y éste es el segundo de los
grandes contrastes en la Epístola.
3 LA GRAN SALVACIÓN
Trece veces se menciona los ángeles en Hebreos: seis veces en el capítulo 1, cinco veces en
el capítulo 2, en el 12.22, y en el 13.2. Los ángeles son siervos, o “espíritus ministradores”,
enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación, 1.14. Ellos
hicieron esto en el caso de Jacob en Génesis 28.12 y 32.2, y es probable que éste sea el
servicio a que se refiere el versículo en Hebreos. Es interesante comparar esto con 13.5,
“Sean vuestras costumbres sin avaricia. No te desampararé ni te dejaré”, el cual sin duda
es una referencia a Génesis 28.15 cuando Dios se apareció a Jacob en Bet-el y le dijo, “No te
dejaré hasta que haya hecho lo que te he dicho”, señalando su cuidado del patriarca.
Pero a Cristo se ve muy por encima de los ángeles. Ellos están exaltados y sin pecado pero
son meros siervos. Él, en cambio, es:
y por lo tanto Jehová Dios decretó: “'Adórenle todos los ángeles de Dios”, 1.6.
La razón por la comparación entre el Hijo y los ángeles se ve en el 2.1: “Por tanto, es
necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído ...”, el cual se
refiere al 1.2 donde dice que Dios ha hablado por el Hijo. Lo que va entre estos dos
versículos está como si fuera en paréntesis y revela la gran gloria del Hijo. Dios habla por
medio de él, habiendo antes dado la ley por disposición de los ángeles. “Si la palabra dicha
por medio de los ángeles fue firme ...”, dice 2.2, “¿cómo escaparemos nosotros si
descuidamos una salvación tan grande?” Esta salvación fue anunciada primeramente por
el Señor, y fue confirmada por los que oyeron.
Esta es la primera exhortación práctica en la Epístola, y nos indica la gravedad de
descuidar la salvación. Su grandeza se ve en las tres cláusulas que siguen en 2.3,4. Ella fue:
Si el juicio divino cayó sobre aquellos que desobedecieron la Ley, ¿qué escapatoria puede
haber para uno que pecare contra la luz del evangelio? Si la salvación es grande, la
desobediencia contra ella y el castigo del transgresor serán grandes en proporción.
La clave de esta Epístola se encuentra en su primera afirmación, o sea, que Dios nos ha
hablado por el Hijo. Ya hemos visto que Cristo está presentado como el instrumento de la
revelación completa y perfecta de Dios, en contraste con todas las revelaciones parciales e
imperfectas que precedieron. Lo que se dio antes en diversas porciones y muchas maneras
fue una luz débil en comparación con el fulgor de la imagen de la sustancia de Dios.
Antes de Cristo, la parte más importante de aquella revelación parcial fue la Ley que se dio
en Sinaí. Los instrumentos empleados en aquella ocasión fueron Moisés y los ángeles. Así,
Gálatas 3.19 dice que la Ley fue ordenada por medio de ángeles en mano de un mediador.
Hebreos 2.2 lo confirma, como también lo había hecho Esteban en Hechos 7.53. Por esto el
escritor a los hebreos, para establecer bien el contraste que tiene en mente, compara a
Cristo con los ángeles en los capítulos 1 y 2 y luego con Moisés en los capítulos 3 y 4.
Hay mucha semejanza entre las dos comparaciones. En el capítulo 1 los ángeles son
simplemente siervos en el mundo que es de Dios, donde Cristo gobierna como Hijo. En el
capítulo 3 Moisés es simplemente un siervo en la casa que es de Dios, donde Cristo
gobierna como Hijo. En cada casa la posición que ocupa Cristo está acorde con el hecho de
que Él originó lo que Él gobierna; en el capítulo 1, hizo el mundo y los ángeles, y en el
capítulo 3, constituyó la casa e hizo a Moisés.
4 LA AUTORIDAD
En el capítulo 2 se cita una promesa dada en el Salmo 8, la cual se dio al hombre con
referencia a su autoridad sobre la creación. Pero el hombre mismo llegó a ser
desobediente y por lo tanto perdió la obediencia hacia sí. De la misma manera el 3.15 cita
el Salmo 95 con referencia a la promesa hecha por Dios de que habría reposo para su
pueblo. Pero por desobediencia ellos perdieron el reposo, como antes se había perdido la
autoridad. Pareciera en cada caso que Dios había fracasado a causa del incumplimiento del
hombre, pero nuestro escritor muestra que ambos propósitos fueron cumplidos en Cristo.
Además, tanto el capítulo 2 como el 4 terminan con una referencia a la obra sacerdotal de
Cristo. En 2:14 al 18 Él provee la reconciliación que necesitábamos por estar bajo el
pecado y Satanás, y en 4.14 al 16 provee un trono de gracia que necesitamos a causa de
nuestra debilidad.
Fueron estos dos conceptos, la autoridad y el reposo, que proveyeron una base para la
comunión entre Dios y Adán en Génesis 1.28 al 2.3. Dios mandó a llenar y gobernar la
tierra, y bendijo el séptimo día para el descanso. Los dos se perdieron en gran parte
cuando Eva no creyó y desobedeció. Muy poco después el ser humano intentó obtenerlos
de nuevo: en cuanto al reposo, los descendientes de Caín procuraron hacerse cómodos en
un mundo maldito, y en cuanto a la autoridad debemos pensar en la cacería de Nimrod y la
torre de Babel.
Fue en ese entonces que David escribió los Salmos 8 y 95, y esto da mayor significado a lo
citado en Hebreos 3.15, “Si oyeres hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones ...” Pero
el hombre volvió a fracasar y pronto, como en tiempos anteriores, no había ni autoridad ni
reposo en Israel. Ambos puntos se enfatizan en Eclesiastés, que fue escrito por Salomón.
Sin embargo, aprendemos en los primeros cuatro capítulos de Hebreos que en Cristo se
cumplirán gloriosamente todos los propósitos de Dios.
5 LOS PARTICIPANTES
El 2.11 dice que el que santifica y los que son santificados son de uno, y que Él les llama
hermanos. Luego el capítulo 3 comienza con: “por tanto, hermanos santos ...” Además, dice
que éstos son participantes del llamamiento celestial.
Quiero preguntar de paso si este llamamiento celestial se refiere a nuestra posición actual,
ya que la misma palabra “celestial” se emplea en Efesios, o si quiere decir simplemente que
en una ocasión futura seremos llamados al cielo. Y, cualquiera que sea nuestra opinión al
respecto, pregunto si esto nos ayudará a entender si el reposo del próximo capítulo
(Hebreos 4) se refiere a nuestra posición actual o a nuestra perspectiva para el futuro.
Siempre se nos enseña que en Efesios se ven a los creyentes como en Canaán en figura. Por
lo tanto, supongo que debe existir en estos lugares celestiales, así llamados, algo que
corresponda a Canaán. Si es así, ¿quiere decir que el llamamiento celestial y el reposo en
Hebreos se refieren a lo que es nuestro ahora? O, ¿debemos entenderlos sólo con respecto
a lo que está por delante? Este segundo punto de vista estaría más acorde con frases en
Hebreos tales como “el mundo venidero”, “los poderes del siglo venidero”, “lo que se
espera” y “un poco”.
En este mismo 3.1 se habla de Cristo como Apóstol y Sumo Sacerdote. Es decir, es el
antitipo de Moisés, el enviado de Israel, y Aarón, el sacerdote de Israel. Aquí haremos
mención de que en el capítulo 7 el Señor es el antitipo de David cual rey de justicia y de
Salomón cual rey de paz. (Nota del traductor: Me permito mencionar que un antitipo es
una realidad que estaba en el futuro cuando fue ilustrada por medio de una figura o
ilustración; o sea, es aquello que el ejemplo o “tipo” está ilustrando. David era figura o tipo
del Señor Jesús; por tanto, el Señor es el antitipo).
Luego en Números 16 tenemos la historia de Coré y su deseo de ser sacerdote. Esto está
ilustrado en Hebreos 5.4: “Nadie toma para sí esta honra, sino el que es llamado por Dios,
como lo fue Aarón”. Números 17 trata de la vara de Aarón que reverdeció. El capítulo 18
de Números versa sobre el sostén de los sacerdotes y levitas, y Hebreos 7.5 hace referencia
a esto al decir que “los que de entre los hijos de Leví reciben el sacerdocio, tienen
mandamiento de tomar del pueblo los diezmos según la ley”.
Aquí en el capítulo 3 el asunto está aplicado a nosotros a partir del versículo 6 y repetido
en el 14: “la cual casa somos nosotros, si ...”, y “somos hechos participantes de Cristo, si ...”
Son dos advertencias sobre la necesidad de continuar y del peligro si uno no lo hace. Las
tales son comunes en la Epístola; el capítulo 4 abre con otra de ellas: “Temamos, pues ...”
En todas ellas hay una forma particular de expresión que aparentemente insinúa que la
posibilidad de fracaso, donde ella se manifestare, ha estado presente desde el primer
momento. Por ejemplo, el 3.6 no dice, “la cual casa seremos si retenemos firme”, sino “la
cual casa somos si retenemos ...”
6 EL REPOSO
Posiblemente lo que hemos visto nos ayudará a ver la relación entre el capítulo 4 y el resto
de la Epístola.
Con ello en mente, veamos el 4.2 donde dice que el rechazamiento de “la buena nueva” nos
impide de alcanzar el reposo; no es asunto de rechazar algunas de las exhortaciones que
siguen en cuanto a nuestra conducta como cristianos. Una traducción literal del 4.3 sería:
“Porque nosotros como habiendo creído entramos en reposo”. El 4.4 conecta el reposo con
Génesis 2 donde dice que Dios reposó de sus obras; el 4.10 conecta ese reposo de parte de
Dios con uno que ha realizado la obra suya: “El que ha entrado en su reposo también ha
reposado de sus obras, como Dios de las suyas”.
Los comentaristas colocan este reposo en un tiempo todavía futuro, interpretándolo como
el reposo celestial. También he oído decir que este reposo es algo que algunos logran hoy
día pero que otros creyentes no necesariamente poseen. Algunos ven tres reposos en
Hebreos 4: pasado, presente, y futuro. Por mi parte, parece que es algo que todo creyente
posee actualmente. Pero comoquiera que se lo ve, me parece que hay dificultades.
¿Es el reposo del pecador cuando acude a Cristo? ¿O es el reposo de Cristo de la obra que
Él emprendió? El conocido Alford y otros opinan que es el último. Compare el versículo
con Isaías 11.10: “Su habitación (o reposo; la Versión Moderna da descanso será gloriosa”.
El 4.10 está en el tiempo aoristo (el cual equivale aproximadamente al tiempo indefinido
en el castellano).
Siguiendo, ¿qué quiere decir el 4.11? “Procuremos, pues, entrar en aquel reposo, para que
ninguno caiga en semejante ejemplo de desobediencia”. ¿Es una exhortación de que los
creyentes vayan al cielo? ¿O que los creyentes deberían vivir una vida más exaltada? Creo
que para que el sentido esté de acuerdo con lo que antecede, tenemos que verlo como una
exhortación de que nos aseguremos si somos creyentes o no.
Vamos a resumir los puntos de vista acerca de 4.10. El versículo dice: “El que ha entrado
en su reposo, también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas”. Diferentes
escritores lo han interpretado en estos cuatro sentidos:
(1) Como una explicación de qué es guardar el sábado. En contra de esta interpretación
hay la falta de enlace con el resto del pasaje, y especialmente con el versículo siguiente,
donde la frase “aquel reposo” queda sin sentido. También milita en su contra la cláusula “el
que ha entrado en su reposo”, porque no se hablaría así del comienzo del sábado semanal.
(2) Con referencia al pecador que descansa de sus obras, para ser salvo por gracia, como
en Mateo 11.28: “Yo os haré descansar”. Pero en este caso, su descanso no sería como Dios
descansó de las suyas, sino todo lo opuesto. Dios descansó cuando había realizado todo y
lo había encontrado perfecto, mientras que el pecador reposa en la obra de Cristo al
encontrar las suyas propias como sin valor.
(3) Como una descripción de un hijo de Dios que ha alcanzado el cielo. A favor de esta
interpretación está Apocalipsis 14.13, donde el Espíritu dice que los bienaventurados que
mueren en el Señor descansarán de sus trabajos. Pero en contra de la idea es el hecho de
que si el reposo en 4.10 se refiere al cielo, tendría que referirse a lo mismo en todo el
capítulo. La mayoría de los comentaristas dicen que sí se refiere al tal en el capítulo, pero
4.3 dice que los que hemos creído hemos entrado y el 4.1 habla de los que parecen no
haberlo alcanzado.
(4) Una afirmación de que Cristo reposó al haber terminado su obra en la tierra,
incluyendo la obra de la cruz. Así lo ven Alford, Weymouth. etc. El tiempo gramatical
favorece esta interpretación, como también el versículo citado de Isaías 11. Compare Juan
9.4: “Me es necesario hacer las obras ... entre tanto que el día dura ...” Pero, si el pasaje se
refiere a Cristo, es raro que no le haya mencionado desde el 3.14. Por supuesto, se puede
decir que así se forma un buen contraste entre él y Josué; Josué no dio reposo en el 4.8,
pero “queda un reposo” que es el de Cristo. Este pensamiento sirve para introducir un gran
sumo sacerdote que traspasó los cielos, 4.14.
Hemos visto que en el capítulo 1 Jesús, el Hijo de Dios, es superior a los ángeles, y que en el
capítulo 2 Él es el Hijo del Hombre, exaltado por encima de los ángeles, quien como
Capitán conduce muchos hijos a la gloria. Es precisamente al final de esta presentación que
se da en 2.17,18 la primera referencia directa al tema que va a ocupar la parte central de la
Epístola: el sacerdocio de Cristo.
Sin duda el autor ha tenido este tema en mente desde el comienzo. El sacerdote perfecto
que él va a presentar tiene que ser tanto Hijo de Dios como Hijo del Hombre para ejercer
las funciones de su oficio. Siendo Hijo de Dios, tiene poder para ayudar a su pueblo; siendo
Hijo del Hombre, puede compadecerse de ellos en sus pruebas.
A lo largo de las Escrituras la idea del sacerdocio parece haber sido la de uno puesto entre
Dios y el ser humano para unirlos y guardarlos unidos. El sacerdote perfecto debe estar en
condiciones para “poner su mano sobre nosotros dos”, como Job lo expresa. Sin embargo,
en el Antiguo Testamento los sacerdotes no lograron esto. Ahora, empero, tenemos Uno
que puede hacerlo perfectamente debido a su perfecta deidad y perfecta humanidad.
Debemos notar que el escritor enfatiza esta doble capacidad. Es Hijo de Dios: “Tú eres mi
Hijo”, 5.5, “... al Hijo, hecho perfecto”, 7.28. Él es a la vez “semejante a sus hermanos”, 2.17,
“en todo según nuestra semejanza”, 4.15, y “por lo que padeció aprendió la obediencia”,
5.8.
En relación con esto, siempre me gusta señalar cierta cosa en cuanto a las listas de los hijos
de David. En 2 Samuel 8.18 dice que “los hijos de David eran los príncipes”, pero en 1
Crónicas 18.17 dice que “los hijos de David eran los príncipes cerca del rey”, o en derredor
del rey. Es decir, tenían una función de estar entre el rey y sus súbditos; tenían acceso al
rey y a la vez autoridad entre el pueblo. Dice que David “juzgaba con justicia a todo
pueblo”. Sabemos que los hijos de David no cumplieron su servicio sacerdotal, pero, a Dios
gracias, no es así en el caso del Señor Jesucristo.
Se ha señalado a menudo que en la carta a los hebreos se asignan al Señor siete títulos
oficiales:
Autor o Líder;
Apóstol;
Sumo sacerdote;
Precursor;
Mediador;
Fiador;
Pastor.
Se verá, sin embargo, que Él es llamado el Sacerdote más que todos los otros títulos juntos,
y que los otros seis títulos se relacionan en un grado u otro con su sacerdocio. La palabra
para “sacerdote” se emplea siete veces en Hebreos y la palabra para “sumo sacerdote” diez
veces. No se encuentran en otra epístola alguna, de manera que es muy correcto decir que
el sacerdocio de Cristo es el tema principal de la Epístola que estamos estudiando.
La próxima referencia al sacerdocio de Cristo está en 4.14,16. Esta porción viene al final de
la sección que trata del reposo que Dios da. Toda aquella sección parentética nos advierte
del pecado de la incredulidad, y luego casi al final dice que “la palabra de Dios es viva y
eficaz ... y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”, 4.12. En otras
palabras, si somos descuidados y dejamos que pase sin juicio la menor incredulidad, la
Palabra la detectará en la misma fuente, que es nuestro corazón, antes que ella se
manifestare en nuestra conducta. Pero el escritor no nos deja aquí. Es en este punto que
resume el tema principal que había dejado en el capítulo 2, dirigiéndonos a la provisión
bondadosa que Dios nos ha hecho.
Si la Palabra de Dios pone al descubierto nuestro pecado, el Hijo de Dios está sobre el
trono para que hallemos gracia, 4.16. Nuestro gran sumo sacerdote traspasó los cielos
hasta la presencia inmediata de Dios. El 9.12 dice que entró una vez para siempre en el
lugar santísimo, habiendo obtenido eterna redención. Ahora nosotros podemos
acercarnos confiadamente para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno
socorro, 4.16. De manera que, una vez más se resumen en Cristo las características del
sacerdocio según Aarón y según Melquisedec.
8 CRISTO Y MELQUISEDEC
Uno es la cercanía con el pueblo que él representaba; “tomado de entre los hombres”,
5.1.
El otro es su relación con Dios, quien le ordenó, “nadie toma para sí esta honra, sino el
que es llamado por Dios”, 5.4.
Ahora, Hebreos 5 muestra que Cristo posee estas dos cualidades. Se mencionan en 5.7 “los
días de su carne” e inmediatamente antes: “Tú eres mi Hijo”, Salmo 2.7, y “Tú eres
sacerdote”, Salmo 110.4.
Dice que Él es sacerdote según el orden de Melquisedec, y esto le hace al autor recordar
que muchos de sus propuestos lectores no estaban en una condición espiritual como para
recibir los grandes pensamientos que él quería darles en este sentido. Como consecuencia
tenemos una sección larga y parentética que trata la condición de ellos. Este paréntesis
comienza después de la referencia a Melquisedec en 5.10 y sigue hasta el final del capítulo
6, donde nuevamente se hace mención de él.
Génesis 14.17 al 24 cuenta cómo Melquisedec encontró a Abraham y le dio fuerza para
resistir la tentación que el rey de Sodoma estaba por hacerle. Es interesante observar que
se menciona primeramente que el rey de Sodoma salió para encontrarse con Abraham,
pero que Melquisedec se reunió con el patriarca antes del rey. Por medio del buen
ministerio del sacerdote, Abraham “halló gracia para el oportuno socorro”.
Él recibió no sólo el pan y vino para su sostén corporal, sino palabras de Dios y acerca de
Dios para su fuerza espiritual. Se le recordó que su Dios era el “Altísimo, creador de los
cielos y de la tierra”. Con estas palabras resonando en sus oídos, cuán pobre en su estima
sería la oferta del rey de Sodoma (“Dame las personas y toma para ti los bienes”). ¡Qué
poco el botín que Abraham tomó en comparación con la bendición de aquel que posee el
cielo y la tierra! Todo esto es un recordatorio de la obra sacerdotal que se atribuye al
Siervo de Jehová en Isaías 50.4: “... para saber hablar palabras al cansado”.
Tenemos que considerar ahora los puntos en Génesis 14 que se desarrollan en Hebreos
capítulo 7.
El segundo es que este desconocido tenga tanto prestigio como para bendecir a
Abraham, el amigo de Dios, ya que “sin discusión alguna, el menor es bendecido por el
mayor”, 7.7.
El tercer punto es que Abraham reconozca la mayor dignidad del sacerdote, dándole los
diezmos.
Además, Melquisedec reunió las cualidades de rey y sacerdote, y nunca encontramos esta
combinación en el concepto bíblico del sacerdocio de Aarón. Y, por supuesto, hay los
hechos de que él precedió a Aarón por muchos años y que su nombre y el nombre de su
ciudad tenían los sentidos de “rey de justicia” y “rey de paz”, respectivamente, pero el
Génesis no desarrolla esto.
Pasamos ahora al Salmo 110. Cristo está presentado como el Rey escogido de Jehová:
“Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies”, 110.1. Esto
se destaca en Hebreos; se cita allí y luego cuatro veces se hace referencia a ello en relación
con la ascensión actual de Cristo al trono de su Padre, como demostración del reino y
sacerdocio del Señor. Él “se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos” como:
el victorioso, 10.12
Él reposa en la satisfacción de que su obra expiatoria está consumada. Por cierto, se puede
decir que “se sentó” en 1.4 es el primer indicio en la Epístola del tema del reposo que va a
ser desarrollado en el capítulo 4. Permítanme decir también de paso que Salmo 110.1
evidencia una relación estrecha con Salmo 2, del cual el autor cita en Hebreos 1.5 y 5.5.
Es en 110.4 que encontramos las palabras que se emplean en Hebreos: “Juró Jehová y no
se arrepentirá: Tú eres sacerdote siempre según el orden de Melquisedec.'' Esto indica (i)
cómo y por quién se hace el Sacerdote, (ii) por cuánto tiempo dura su sacerdocio, y (iii) de
qué clase es ese Sacerdote.
Nos hemos referido ya a Isaías 50.4 al 6 (“Jehová el Señor me dio lengua de sabios ...”) y no
debemos perder de vista ese pasaje, aun cuando no nombra a Melquisedec. Creo que el
autor de Hebreos lo tenía en mente. La Epístola habla de “poderoso para socorrer a los que
son tentados”, 2.18, y “gracia para el oportuno socorro”, mientras Isaías habla de “saber
hablar palabras al cansado”. Es más: ambos hablan de aprender la obediencia por medio
de los sufrimientos.
lo que se dice allí sobre el nombre, título, etc. y lo que no se dice sobre su genealogía,
nacimiento y muerte. Todo había sido puesto en orden por el Espíritu Santo con miras a
presentar la plenitud de un sacerdocio parecido al del Señor pero no al de Aarón; 7:1 al
3.
el hecho de que Abraham haya dado diezmos a Melquisedec indica la superioridad del
último, tanto sobre el patriarca como sobre los descendientes de la tribu de Leví, 7.4,5,
8.10.
al decir “juró el Señor” se establece la superioridad del sacerdocio que se estableció con
juramento; 7.20 al 22.
este sacerdocio tiene un sacerdote para siempre mientras que el otro estaba sujeto a la
muerte; 7.23,25.
De todo lo que él ha dicho, el autor llega a la conclusión de que este mismo Sacerdote, y
sólo Él, nos conviene; 7.26,27. Es santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y
hecho más sublime que los cielos. Finalmente, se explica en el 8.1 que el punto principal de
todo esto es que este mismo que tenemos como nuestro sumo sacerdote está sentado
actualmente a la diestra de la Majestad en los cielos.
9 LOS PEREZOSOS
5.11 AL 6.20;
LOS TARDOS EN EL 5.11; LOS PEREZOSOS EN EL 6.12;
CREYENTES SIN EMPUJE
La sección que va desde el 5.11 hasta el final del capítulo 6 constituye el segundo gran
paréntesis en la Epístola. En 5.10 el autor llegó al punto donde quiso mostrar que el
sacerdocio del Señor Jesucristo era según el orden de Melquisedec y luego explicar las
consecuencias del mismo. Al reflexionar sobre estas cosas, él encontró dificultad en
exponerlas a creyentes tan tardos como eran los hebreos a quienes escribía. Ellos, debido a
su baja condición espiritual, no podían apreciar verdades tan sublimes. Por esto, el autor
se desvía para exteriorizar su problema, para señalar el peligro que esta condición
conlleva, y para ofrecer un remedio. Es sólo en 6.20 que él vuelve a su tema y repite lo que
había dicho en 5.10, a saber que Cristo es Sacerdote según el orden de Melquisedec.
En este pasaje, que no vamos a tratar exhaustivamente, figura dos veces una misma
palabra griega, la cual no se encuentra en otra parte del Nuevo Testamento.
Lamentablemente, ha sido traducido de maneras diferentes y por lo tanto no se destaca
como debiera. En 5.11 dice, “os habéis hecho tardos” (para oir), y en 6.12 “os hagáis
perezosos”. Este término, tardo o perezoso, viene de un verbo griego que quiere decir
“empujar” con un prefijo “no”. Literalmente, significa uno sin empuje.
En el primero de estos dos pasajes se utiliza la palabra con referencia a nuestra falta de
empuje en oir lo que Dios tiene para enseñarnos. Las verdades gloriosas del oficio y
ministerio del sumo sacerdote son difíciles de exhortar cuando el pueblo carece de empuje
para oírlas. En el 6.12 se emplea la palabra en conexión con nuestra continuidad en el
servicio de Dios. En cuanto a esto, dice: “No sean sin empuje, sino sean imitadores de los
que por fe y paciencia heredan las promesas”.
Hay una asociación muy estrecha entre estas dos exhortaciones, ya que se puede dar por
entendido que si carezco de empuje para oir lo que Dios quiere enseñarme, tampoco
tendré empuje para continuar sin desmayar en su obra. Y, si soy perezoso en el servicio del
Señor, quiere decir que soy perezoso también en escuchar su voz. Debido a esto, la gente
perezosa no se cura fácilmente. Si uno les exhorta por la Palabra a que se muevan para
servirle, se encuentra con la dificultad de que son tardos para oir, de manera que la
exhortación se pierde.
Con todo, debemos recordar que los hebreos no habían sido perezosos siempre, ni para oir
ni para hacer. El autor dice en 5.12 que habían llegado a necesitar leche, y en 5.11 que se
habían hecho tardos para oir, o habían llegado a ser perezosos para escuchar. Esto da a
entender que en un tiempo ellos no eran así. De la misma manera él mira atrás en 6.10 a
cuando ellos servían a Dios, y en 10.32 a los días pasados cuando fueron iluminados y
sostuvieron gran combate.
Tristemente, esta es la experiencia de unos cuantos entre el pueblo del Señor. Sus
primeros días fueron sus mejores días, antes de que perdieron la lozanía de su primer
amor, reemplazándola con el amor del mundo. Este amor para con el mundo no
necesariamente toma una forma extravagante. Puede ser simplemente el deseo de ser
aceptado y de ver a los hijos prosperar, pero con todo es amor de lo mundano. En cambio,
hay muchos casos de supuestos creyentes que son perezosos y cuyo pasado no fue mejor.
Siempre han sido así. La lengua es el único miembro de su cuerpo que dice que son salvos,
y lo hace sólo al ser obligada por una pregunta. La verdad en cuanto a los tales es que no
son salvos.
Considerando de nuevo a los que han retrocedido a lo que eran antes, se observará que la
situación es la opuesta a la que debería existir. Ellos deberían haber ido adelante a la
perfección, como dice el 6.1, y no hacia atrás. Después de tanto tiempo, deberían haber
sido maestros, dice 5.12; no sólo los más capacitados entre ellos, sino todos los que tenían
tanto tiempo en el camino del Señor. Si hubiesen aprovechado la leche de la Palabra,
pudieran haber gustado de la carne, pero por no haber aprovechado el alimento sólido
ellos tenían que volver a la leche. Su pobreza se manifiesta en que sus sentidos no estaban
ejercitados para discernir el bien y el mal. Los tales creen que un ministerio es bueno si les
complace, aparte de que tenga sustancia o no. Para ellos, el predicador que habla palabras
lisonjeras está bien recibido, aunque no sea un varón de Dios.
El deseo del autor para estos hebreos fue que no se hiciesen perezosos sino imitadores de
aquellos que por la fe heredan las promesas, 6.12. El capítulo 11 de la Epístola está repleto
de ejemplos de personas de esta clase. Ellos comenzaron bien y terminaron bien. No
desearon regresar a la patria de donde salieron. Su fe no era meramente un punto de
partida sino un aliciente en toda la carrera, manifestándose por el bien hacer con
paciencia, 6.15. Luego el capítulo 13 da el ejemplo de los pastores novotestamentarios
cuya fe debemos imitar porque ella les impulsó en servicio para el Señor hasta el fin. Pero
el ejemplo mayor en la Epístola está en 12.2 y es el mismo Señor Jesucristo, el autor y
consumador de la fe, quien “por el gozo puesto delante de él, sufrió la cruz, menospreció el
oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios”.
10 LOS INCRÉDULOS
Quienes sostienen que un verdadero creyente puede perder la salvación suelen buscar
apoyo para su doctrina en el capítulo 6 de Hebreos y allí se enredan. A menudo creen
haber encontrado en él las palabras que buscan: “... recayeron ... crucificando de nuevo
para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio”. Esto, dicen, demuestra que uno
quien de veras ha creído en Cristo puede estar en peligro de caer y perderse eternamente.
A primera vista, el pasaje parece ofrecer prueba de ello, ya que las palabras expresan
claramente una cierta duda. Al leer en los versículos anteriores, que las personas bajo
consideración han sido iluminadas, han gustado del don celestial, y hasta hechas partícipes
del Espíritu Santo, parece que se trata realmente de lo que creen los exponentes de la
inseguridad de la salvación. Sin embargo, si leemos toda la oración gramatical, de la cual es
parte la cláusula “y recayeron”, descubrimos que para los tales no queda esperanza por
cuanto es imposible que sean renovados nuevamente. Se enreda aquí quien cree que el
creyente puede perder su salvación por desobediencia, etc., y luego recuperarla si
endereza su camino, ya que el pasaje establece que las personas tratadas no pueden volver
al arrepentimiento.
A veces pienso que Satanás nos roba la solemnidad de este pasaje al hacerlo un punto de
tanta disputa entre diferentes escuelas de pensamiento. Aquellos que creen que la
salvación no es de un todo segura (es decir, que uno puede llegar a perderse aunque haya
creído de todo corazón) procuran que el pasaje se ajuste a su punto de vista. En realidad,
no cabe. Nosotros que rechazamos semejante doctrina tenemos cierta inclinación a
debilitar las expresiones en estos versículos en la esperanza de que no resalten tanto. La
verdad es que estas expresiones fueron escogidas por su fuerza, no para mostrar que esta
gente tenía poco, sino para señalar que poseía mucho, y que se adelantó grandemente en
la profesión cristiana antes de apostatarse.
En cuanto a esto, debemos tener presente a quiénes se refiere el apóstol. No eran meros
habladores en quienes nadie tenía confianza. Eran más bien algunos de los hebreos a
quienes se envió la Epístola; personas que continuaron tanto tiempo que se dice en el
capítulo 5 que deberían haber sido maestros ya. No sólo habían profesado fe; ellos eran
bautizados, pertenecían a la asamblea o iglesia local, habían participado muchas veces del
pan, y cantaban los himnos de alabanza y dedicación al servicio del Señor.
Si deseamos el ejemplo de una persona que alcanzó estas alturas y luego cayó a tal
profundidad, tal vez el más sobresaliente sea Judas. Por lo menos en apariencia, él fue al
mismo extremo que los demás discípulos, y a ellos les engañó de tal manera que los once
no sabían a quién se refería el Señor cuando en la última pascua Él habló de un traidor. Un
ejemplo del Antiguo Testamento se menciona en la misma carta a los hebreos, y es Esaú.
Dice el 12.17 que para él no hubo oportunidad de arrepentimiento aunque la procuró con
lágrimas.
¡Qué advertencia es todo esto para aquellos hoy día que dan la espalda a Cristo, habiendo
profesado su nombre y tal vez habiendo tenido por años la reputación de ser salvos! El
camino trazado por Israel en el desierto fue marcado por una línea de sepulcros, y así es
en un sentido espiritual con los que tienen tiempo en los caminos del Señor.
He señalado sólo uno de los enredos que esperan a los que enseñan la inseguridad del
creyente. Hay otros. Por ejemplo, en el 6.9 el escritor dice: “Estamos persuadidos de cosas
mejores y que pertenecen a la salvación”. Si él no hiciera mención de esas cosas que
pertenecen a la salvación, pudiéramos pensar que quería decir simplemente: “Estoy
persuadido de que ustedes van a proseguir y al fin no van a perder lo que tienen”. Pero es
claro que éste no es el sentido.
Aquí tenemos apenas el comienzo y no el fin de las dificultades de nuestros amigos que
alegan que este capítulo enseña que uno puede perder su salvación. Difícilmente se
encuentra una prueba más fuerte de la seguridad del creyente que aquella que está al final
del capítulo. Los primeros versículos de Hebreos 6 nos explican lo mucho que uno puede
poseer pero con todo perder su alma; los postreros versículos, en cambio, explican lo poco
que se requiere del pecador para que sea tan seguro como Cristo mismo.
Dice el trozo, 6.17 al 20, que el perdido sólo tiene que confiar en la esperanza (“los que
hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros”) y que así todo
estará bien para la eternidad. Quien lo hace tiene a su favor:
la inmutabilidad del consejo de Dios (o sea, que Él está dispuesto a cumplir su promesa)
el juramento de Dios
un refugio y un ancla
El capítulo 8 trata del pacto nuevo. Los versículos 1 y 2 resumen el tema y presentan a
Cristo como el centro de todo. En 8:2 está la primera referencia en Hebreos al tabernáculo.
Más adelante se hace abundante mención de él; a veces el tabernáculo terrenal está en
vista, y a veces su antitipo celestial. En ninguna parte de la Epístola se hace referencia al
templo; el autor explica más bien los tipos y sombras de aquella estructura portátil en la
manera como ellos se asocian con la experiencia de Israel en el desierto.
Se nos recuerda en el 8.3 que el Señor cual sacerdote debe disponer de algún sacrificio que
ofrecer. Los versículos 4 y 5 muestran que su sacerdocio no está asociado con el santuario
terrenal, y el 6 que detrás de todo esto debe haber un pacto nuevo. De aquí al final del
capítulo se trata esta cuestión del pacto o el testamento nuevo. Se citan ciertas cláusulas
de este pacto según figuran en Jeremías 31.
La Ley está escrita ahora en el corazón y mente de cada uno del pueblo de Dios. Dice la
porción en 8.10: “Este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días,
dice el Señor: Pondré mis leyes en la mente de ellos y sobre su corazón las escribiré; y seré
a ellos por Dios y ellos me serán a mí por pueblo ...” El conocimiento de Dios se recibía
antes por la enseñanza de los sacerdotes pero ahora está inherente en todo el pueblo suyo.
“Todos me conocerán, desde el menor hasta el mayor de ellos,'' 8:11. En cuanto a nuestros
pecados, el 8.12 explica que los sacrificios bajo el pacto antiguo ya no hacen falta, “porque
seré propicio a sus injusticias (o, “perdonaré sus maldades”) y nunca más me acordaré de
sus pecados y de sus iniquidades”.
Se ve entonces que el 8.10 trata de nuestra relación con Dios, 8.11 de la enseñanza del
Espíritu Santo, y 8.12 de la obra perfecta del Hijo, por la cual se quitó nuestra culpa.
El capítulo 7 trata del sacerdocio y el 8 con el pacto. El capítulo 9 y la primera parte del 10
se ocupan mayormente de los sacrificios. Luego en 10.11 al 18 tenemos un resumen, como
habíamos encontrado otro al comienzo del capítulo 8. (El resumen de 8.1,2 dice que “el
punto principal de lo que hemos venido diciendo es que tenemos tal sumo sacerdote, el
cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos, ministro del santuario, y de
aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre”).
Este resumen en 10.11 al 18 hace mención de los tres temas de sacerdote, sacrificio, y
pacto. A saber:
Cristo habiendo ofrecido una vez
la advertencia en 10.25 al 31: Una horrenda expectación de juicio ...; El Señor juzgará a
su pueblo ...
Con esto en mente el escritor vuelve a lo que había escrito en el capítulo 8 sobre el pacto.
Él hace recordar a sus lectores que el primer pacto fue dedicado con sangre, 9.18 al 20, y
que “casi todo es purificado, según la ley, con sangre, y sin derramamiento de sangre no se
hace remisión”, 9.22. Luego señala que por medio del sacrificio de Cristo las mismas cosas
celestiales fueron 'purificadas' con mejores sacrificios. El tabernáculo y todos los vasos del
ministerio eran apenas figuras de estas cosas celestiales. Tal es el valor infinito de la
sangre preciosa de nuestro Señor.
En los versículos finales del capítulo 9 somos enseñados que nuestro gran sumo sacerdote,
quien ha entrado en el lugar santísimo, está ocupado actualmente en la presencia de Dios
por nosotros, 9.24. Además, al estilo de la figura del sumo sacerdote en el día de la
expiación, Él aparecerá por segunda vez “para salvar a los que le esperan”, 9.28. ¡Bendita la
esperanza de quien es hijo de Dios!
La última de las secciones grandes comienza en el 10.19, “Así que, hermanos, teniendo
libertad pare entrar ...” Comienza con una aplicación doble de lo que se venía
desarrollando en la Epístola. Primeramente, hay una hermosa invitación a que gocemos de
nuestras bendiciones espirituales: acerquémonos a Dios y exhortemos a los hermanos,
10.22,25. Luego, hay una solemne advertencia a quienes rechazan estas bendiciones: una
horrenda expectación de juicio en manos del Dios vivo, 10.27,31.
La primera exhortación de la sección introduce el tema de la fe:
En resumen, las tres exhortaciones son: acercarse con fe; mantenerse en esperanza;
considerar a otros en amor.
la salvación: ... puede salvar perpetuamente a los que se acercan a Dios, 7.25
los creyentes: ... es necesario que el que se acerque a Dios crea que le hay, 11.6; No os
habéis acercado al monte que se podía palpar, 12.18; os habéis acercado al monte de
Sion ... a Dios ... a Jesús, 12.22.
la adoración: la ley ... nunca puede hacer perfectos a los que se acercan, 10.1; (pero)
acerquémonos con corazón sincero, 10.22
Después de lo que hemos visto en el capítulo 10 de la Epístola, el autor lleva sus lectores
atrás al comienzo de su carrera cristiana en 10.32 al 34: “Traed a la memoria los días
pasados, en los cuales ... sostuvisteis gran combate de padecimientos ... y el despojo de
vuestros bienes sufristeis con gozo, sabiendo que tenéis en vosotros una mejor y
perdurable herencia en los cielos”. En aquellos días su fe, esperanza, y amor eran fuertes.
Este recordatorio está seguido por una exhortación a mostrar la misma confianza hasta el
fin, ya que tiene grande galardón, 10.35.36.
Y ahora encontramos una vez más una cita, o mejor dicho una semicita, del Antiguo
Testamento. Esta vez viene de Habacuc, la cual es una profecía demasiado desconocida
entre nosotros. Habacuc, como los hebreos que recibieron la Epístola, estaba rodeado por
circunstancias opuestas a la fe. Su propio pueblo estaba lleno de maldad y por tanto Dios
tenía que castigarles. El instrumento escogido para este castigo era el pueblo caldeo,
quienes estaban en todavía peores condiciones.
En estas circunstancias el profeta buscó a Dios a ver qué diría Él. El mensaje recibido fue:
“Aunque la visión tardará aún por un tiempo, mas se apresura hacia el fin, y no mentirá;
aunque tardare, espéralo, porque sin duda vendrá, no tardará. He aquí que aquel cuya
alma no es recta, se enorgullece; mas el justo por su fe vivirá”, Habacuc 2.3,4. El escritor de
la Epístola a los Hebreos tomó su cita de la versión griega del Antiguo Testamento, como
hizo en algunas otras partes también, en vez de traducir directamente del hebreo en que el
pasaje original fue escrito.
Sabemos por 3.17,18 cómo Habacuc salió de su prueba: “Aunque la higuera no florezca ...
con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación”. El autor de la
Epístola esperaba que él y la mayoría de sus lectores saldrían exitosamente también de la
suya, ya que dice en 10.39 que “nosotros no somos de los que retroceden para perdición
sino de los que tienen fe para preservación del alma”. Los que tienen fe nunca van hacia
atrás. Ellos poseen no sólo lo que les dio el comienzo de la vida cristiana sino también lo
que les conducirá hasta el final. De ellos se puede decir lo del 11.13: “Conforme a la fe
murieron todos éstos”. Toda la variedad de personas y circunstancias tratadas en el
capítulo 11 está presentada para probar esta afirmación.
13 LA FE PERFECCIONADA
Dejando todos éstos, el autor mira a Cristo al comienzo del capítulo 13 y le presenta como
el Líder y Perfeccionador de la fe. Es nuestro gran ejemplo. Podemos recordar también
que, al imitar a aquellos que nos han precedido en la senda de la fe, nosotros tenemos a
varios que figuran en su número:
los nobles creyentes del Antiguo Testamento que se tratan en el capítulo 11;
los pastores del Nuevo Testamento a quienes se hace referencia en 13.7: “Acordaos de
vuestros pastores que os hablaron la palabra de Dios ... e imitad su fe”.
En 12.3 el autor se dirige al tema de los estorbos y las dificultades. Él había hecho mención
de ellos al final del capítulo 10 y ahora los considera desde otro ángulo. En aquel capítulo
él había recomendado paciencia por cuanto las pruebas terminarían pronto. Aquí, sin
embargo, se ven como parte de la preparación que el Padre da para nuestro desarrollo. Si
no fuéramos castigados, no seríamos hijos, 12.8. Además, como parte de nuestra
instrucción, ellas producen el fruto de justicia y santidad.
14 EL AMOR FRATERNAL
El capítulo comienza con una exhortación general en cuanto al amor hermanable, y los
versículos 2 y 3 siguen con la mención de dos manifestaciones específicas de ésta: la
hospitalidad y la simpatía. En seguida se advierten de dos pasiones que intentan contra el
amor hermanable: la concupiscencia en 13.4 y la codicia en 13.5,6.
Se ve, entonces, que en este caso también la misma cosa que él exhorta en el 13 estaba ya
en evidencia entre aquellos hebreos. Tanto en el capítulo 6 como en el 10 se les anima a
continuar hasta el fin en estas virtudes cristianas, de manera que los primeros versículos
del 13 son un recordatorio de puntos previamente tratados. Hay el comienzo en 10.32,
“después de haber sido iluminados”, y la continuación en 6.10, “sirviéndoles aún”, y el
tiempo que resta en el 13, “permanezca”.
En relación con 13.2, me gusta pensar que el Señor encontró aquí un puestico para un
hombre que difícilmente hubiera encontrado cabida en la lista de los nobles de la fe en el
capítulo 11. Me refiero a Lot, quien aparentemente está en vista en la referencia a los que
“sin saberlo, hospedaron ángeles”. Tal como se emplean la bondad y simpatía en los
capítulos 6 y 10 como una evidencia de la realidad, más que otras pruebas posibles, así
también la prueba de que Lot tenía en sí la raíz del asunto se manifiesta por su actitud
hacia los desconocidos que le visitaron aquella tarde en Sodoma; Génesis 19. (Nótese Job
19.28, “la raíz del asunto se halla en mí”).
El 13.3 sugiere dos eslabones entre nosotros y los que están pasando por pruebas. El
eslabón espiritual es “como si estuvieres ... juntamente con ellos”. Es decir, ellos también
son miembros de Cristo. El eslabón natural está en “vosotros mismos estáis en el cuerpo” o
mejor dicho “en cuerpo”. Es decir, expuestos a la posibilidad de encontrarnos en las
mismas circunstancias.
Ahora, favor de comparar estos dos eslabones con los dos que hay entre nosotros y Cristo
en el capítulo 2 de la carta: Él participó de carne y sangre, y fue perfeccionado por
sufrimientos. Este paralelo sirve para ilustrar más lo que veníamos diciendo: que las
exhortaciones del capítulo 13 se basan en lo tratado en capítulos anteriores de la Epístola.
En cuanto a 13.4 al 6, vimos ya que se mencionan dos peligros que pueden perjudicar
nuestro amor fraternal. Estos dos males —los deseos sucios y la codicia— figuran en
varias advertencias dadas en otras epístolas.
Os he escrito ... que no os juntéis con los fornicarios; no absolutamente con los
fornicarios de este mundo, o con los avaros ..., 1 Corintios 5.9,10
¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni
los idólatras, ni los adúlteros ... ni los avaros ... heredarán el reino de Dios, 1 Corintios
6.9,10
La mención del matrimonio en 13.4 y de las viandas en 13.9 es de notar porque éstos
también se presentan lado a lado en otras escrituras. Se había enseñado entre los
creyentes algunas opiniones erradas en cuanto a la santidad atribuible a la abstinencia del
matrimonio y a la comida o 'las viandas'. En 1 Corintios 7 Pablo trata la cuestión de
abstenerse del matrimonio y en el capítulo 8 (también en 9.4,5) de abstenerse de cierta
comida, pero él aclara que no lo hacía bajo obligación sino que se abstenía para ayudarse
en su testimonio en pro del evangelio. Cuando algunos llegaron a exponer que esta
negación propia era signo de una supe santidad, fue necesario resistir la tal enseñanza. Lo
hace en 1 Timoteo 4.3 al decir que los que prohibían casarse y mandaban abstenerse de
alimentos que Dios creó, iban a causar que algunos se apartasen de la fe.
Ahora, al final del 13.5 leemos que “él dijo, No te desampararé, ni te dejaré”. No es una cita
textual de ningún pasaje del Antiguo Testamento. Las palabras han sido tomadas de entre
una promesa formulada en tres ocasiones diferentes:
A Jacob en Génesis 28.15: Yo estoy contigo y te guardaré por dondequiera que fueres, y
volveré a traerte a esta tierra; porque no te dejaré hasta que haya hecho lo que te he
dicho.
A Josué en Josué 1.5: Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida; como
estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé; esfuérzate y sé
valiente.
Cada uno de estos hombres fue relativamente joven en el momento de recibir la promesa,
y cada uno tenía por delante un camino difícil y desconocido. En cada caso se había
perdido o estaba por perderse un mentor de mayor edad y experiencia: Jacob perdió la
compañía de Isaac, Josué la de Moisés, y Salomón la de David. Los hebreos que recibieron
la Epístola estaban sufriendo pérdida en este sentido; el 13.7 lo hace saber al referirse a
los pastores que les habían aconsejado pero cuya trayectoria ya estaba en el pasado.
Muchos habían tenido que dejar el hogar paterno, como Jacob hizo, y en un sentido
espiritual estaban desvinculados de Moisés, como lo fue Josué en otro sentido.
La respuesta a esta promesa está en 13.6: “El Señor es mi ayudador; no temeré lo que
pueda hacer el hombre”. Es una cita de Salmo 118.6. Otras afirmaciones en el mismo salmo
serían de especial ayuda también a estos hebreos que estaban sintiendo la separación y
persecución. Por ejemplo:
La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo.
15 LOS LÍDERES Y EL LÍDER
El segundo párrafo del capítulo 13 comienza con el versículo 7, como dijimos ya. Comienza
con una referencia a los líderes buenos que estos hebreos habían perdido a causa de la
muerte, y termina en 13.17 con una referencia a los líderes que estaban aún con ellos y a
quienes deberían obedecer. Al colocar los dos versículos lado a lado, uno ve con cierta
plenitud cuáles eran las responsabilidades de estos pastores:
Se afligían cuando las cosas no marchaban bien entre el pueblo del Señor.
Por el otro lado se nos dan también algunas responsabilidades de los creyentes frente a
estos pastores. Ellos tenían que:
Obedecerles
Imitarles
El no hacer estas cosas traería no sólo aflicción a los pastores sino también pérdida a los
santos.
Sin embargo, otros deseaban ser líderes cuando no lo eran, y contra ellos el autor hace una
advertencia en el 13.9. Estos deseaban enseñar 'doctrinas diversas y extrañas' en
contraste con los fieles que habían hablado la Palabra de Dios. El uso de 'diversas' sugiere
una amplitud o diversidad en sus enseñanzas; ellas difieran la una de la otra y sin duda se
contradecían a veces. Eran doctrinas 'extrañas' en el sentido que no se ajustaban a la
verdad que los santos habían conocido. Por lo tanto, estas doctrinas diversas chocaban con
“Jesucristo el mismo”, 13.8, y con “la Palabra de Dios”, 13.7.
El versículo 8 dice: “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos”. Es interesante
notar su posición en el capítulo y su relación con el contexto. Los pastores del versículo 7
se habían ido; Jesucristo no. Conforme a la promesa de 13.5, Él se queda. Es el mismo pero
las doctrinas que algunos querían enseñar son diversas y extrañas.
Al hacer mención de las viandas en el 13.9, el escritor piensa en los procedimientos bajo la
ley levítica, un tema que él había tratado en los capítulos 8 a 10. Los versículos 10 a 12 se
basan en estas mismas verdades. Ellos muestran que aun en lo dispuesto para ciertos
sacrificios del Antiguo Testamento había la sugerencia de algo grande que quedaba más
allá del propio sacrificio, lo cual era la superioridad del sacrificio de Cristo que estaba por
venir. Para aquellos sacrificios la sangre fue introducida adentro, como dice 13.11,
especialmente en el gran día anual de la expiación cuando se la introducía en el lugar
santísimo. En esto se basa 9.12, diciendo que con su propia sangre Cristo entró en el lugar
santísimo.
Sin embargo, de aquellos sacrificios los sacerdotes no comían la carne, sino que ésta fue
quemada fuera del campamento, tal como Cristo padeció fuera de la puerta, 13.12.
Compárense Levítico 6.30, 16.27. Debemos observar que la expresión “para santificar al
pueblo” relaciona el sacrificio del Señor con las ofrendas levíticas para Israel. Esta
expresión 'el pueblo' se encuentra trece veces en Hebreos y es muy típica del Antiguo
Testamento.
Este concepto de la sangre introducida velo adentro, pero la carne quemada puerta afuera,
está bien expresado en el conocido himno: “Por su cuerpo lacerado, vamos a él,
penetrando velo adentro, vamos a él ... Por su amor manifestado ... quien sufrió 'real
afuera' (o fuera de la puerta) ...”
El 13.10 habla de los que sirven al tabernáculo y no de los que sirven a Dios en el
tabernáculo. Dice que ellos no tienen derecho de comer del altar nuestro, el cual, por
supuesto, es Cristo. (Compárese con el lenguaje de Gálatas 5.2: “de nada os aprovechará
Cristo”). Los tales nunca han aprendido cuán pecaminosos son, ni aprecian la obra
expiatoria del Señor a favor suyo. Lo que pensaron de él quedó a la vista cuando le
crucificaron, y para hacerlo ellos buscaron un sitio fuera de la puerta de su ciudad
religiosa. Por lo tanto no puede haber avenencia. No pueden coexistir Cristo y el judaísmo;
tiene que ser el uno o el otro.
Nosotros tenemos que estar dentro del campamento del mundo religioso, o fuera del
mismo y con Cristo. Considere el llamado de Moisés en Éxodo 32.26: “¿Quién está por
Jehová? Júntense conmigo”. En 33.7, “Moisés tomó el tabernáculo, y lo levantó lejos, fuera
del campamento”. Nuestro lugar está fuera del campamento, donde llevaremos el reproche
de un Cristo rechazado. Al obedecer este llamado, no vamos a sentirnos decepcionados por
la pérdida de una ciudad celestial, ya que no la tenemos aquí; dice 13.14 que buscamos la
por venir. Esta es la ciudad de 11.10 y 16, la cual los patriarcas buscaron, y la de 12.22, la
ciudad del Dios vivo que poseemos ya por fe.
Nosotros no necesitamos 'más sacrificios por el pecado' pero todavía podemos ofrecer
sacrificios, a saber la ofrenda de paz en acción de gracias, el fruto de labios como la llama
el 13.15. El Señor ve como sacrificios estas buenas obras, la simpatía y comunión, a las
cuales se nos exhortan en los versículos 1 al 3. Estas le complacen a él, aunque el 10.8 dice
que no le agradaron los sacrificios del Antiguo Testamento. Sería un gran estímulo para los
creyentes hebreos saber esto cuando sus antiguos compañeros judíos se burlaban de ellos
por no tener ciudad, ni altar, ni sacrificio.
El párrafo final está formado por 13.18 al 25 y es más parecido a las escrituras de Pablo
que cualquier otra parte de la Epístola. Por ejemplo, “Orad por nosotros” en 13.18 es típico
de otras epístolas. En el mismo versículo dice que “confiamos en que tenemos buena
conciencia ...” y hay lenguaje parecido en Hechos 23.1 y 24.16. La oración del escritor a
favor de los hebreos en 13.20,21, “El Dios de paz ... os haga aptos ...” nos recuerda de
1 Tesalonicenses 5.23, “El mismo Dios de paz os santifique ...” y de 2 Corintios 13.14, “La
gracia del Señor Jesucristo ... sean con todos vosotros”. Él piensa en “el gran pastor de las
ovejas”, quien no se va como se fueron los pastores del versículo 7, y quien cuida a las
ovejas con mayor esmero que los pastores del versículo 17.
También se hace mención de la resurrección de Cristo; es la única vez que se habla de ella
en Hebreos. La oración se dirige al 'Dios de paz', un término empleado cinco veces más en
el Nuevo Testamento, y siempre al final de una Epístola. El 'pacto' en 13.20 se encuentra
17 veces en Hebreos y sólo nueve veces en el resto del Testamento. La 'sangre del pacto'
está en 9.20, 10.29, y 13.20.
nuestra senda de fe: Enoc tuvo testimonio de haber agradado a Dios, y sin fe es imposible
agradar a Dios, 11.5,6
nuestro servicio con reverencia: sirvamos a Dios, agradándole con temor y reverencia,
12.28
nuestras buenas obras y ayuda a otros: ... de tales sacrificios se agrada Dios, 13.16
Ahora, esta última mención de la voluntad de Dios se concuerda con 10.36: “Os es
necesaria la paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la
promesa”. Cristo hizo la voluntad de Dios: