Paraje Las Mojarritas
Hace muchos años, ya más de un siglo, llegaron a nuestro país
familias inmigrantes que venían desde Europa. Escapaban del
hambre y estaban dispuestas a trabajar duro y vencer todos los
inconvenientes que se les presentaran.
Dicen que con una de esas tantas familias que se instalaron en los
pagos de Gualeguay, en Entre Ríos, llegó una jovencita cuya belleza
impactó a los lugareños. Era esbelta, de tez muy blanca, ojos de un
azul profundo y unos lacios cabellos rubios caían sobre sus
hombros.
Ella y su familia trabajaban durante todo el día y sólo hacían un
breve descanso a la hora de la siesta. Era entonces cuando la joven
Ingrid se escapaba hacia el río y allí, en las aguas frescas, lavaba su
largo cabello mientras disfrutaba del silencio y la soledad de la
tarde.
No sabía nadar y había escuchado historias de la gente del lugar,
acerca de lo peligroso que era internarse en el río.
Cierta tarde llegó, una vez más, a disfrutar del descanso, luego de
su agotadora tarea. Pero ese día fue diferente. Sentía que no estaba
sola y podía darse cuenta de que alguien la miraba. Buscó con sus
ojos por los alrededores. Levantó su vista y su mirada llegó más lejos,
hasta la isla de enfrente. Y fue cuando lo vio.
Moreno, robusto, su pelo oscuro brillaba bajo los rayos del sol. Se
escondía tras unos matorrales y la miraba un poco intrigado,
asombrado ante tanta belleza.
Asustada, regresó apresuradamente a su casa. Pero al día
siguiente, supo que debía volver. Caminó hacia el río y desde lejos
escudriñó, curiosa por ver nuevamente al joven. Él ya estaba en la
otra orilla, esperándola.
Tímidamente se miraron. La distancia del río se acortaba con la
fuerza de sus miradas, que como un puente invisible unía ambas
riberas.
Y un largo año pasó. Y se sucedieron un amarillo crujir de hojas y,
luego, fríos y desolados paisajes; más adelante, un multicolor
renacer de flores para, finalmente, explotar de dulce néctar todos los
frutos.
Y el verano llegó y con él las siestas tibias y los encuentros a
escondidas.
Dicen los que saben que una tarde de enero el joven levantó el
brazo desde la otra orilla y que Ingrid comprendió que el momento
había llegado.
Dicen los que la vieron que soltó sus rubios cabellos al viento,
extendió sus brazos hacia el joven isleño y comenzó a adentrarse en
el río.
Sus pies livianos pisaban el lomo de miles y miles de plateadas
mojarritas que, entendiendo el milagro del amor, se unieron una al
lado de la otra y acortaron las distancias formando un puente entre
los enamorados. Ingrid llegó a la isla, el joven la recibió en sus
brazos, se perdieron en la espesura y nunca se los volvió a ver.
Y dicen los narradores de leyendas que, desde ese entonces, en el
río Gualeguay, a la hora de la siesta el milagro se repite y un puente
de peces, de miles y miles de peces que aparecen en el agua, por un
segundo, une ambas riberas, esperando que dos enamorados se
animen a cruzarlo.
Leyenda entrerriana
Ahora que ya leíste “Paraje Las Mojarritas”, responde en tu
carpeta:
a) ¿En qué lugar geográfico el narrador ubica la historia? ¿Por qué
los lugareños lo llaman así?
b) ¿Qué expresiones te permiten ubicar el relato en el tiempo? ¿Se
puede precisar exactamente el año o la época? ¿Por qué?
c) ¿Quién es la protagonista de la leyenda? ¿Cómo es? Describila.
d) ¿Qué hecho cambia la vida de la joven?
e) ¿Qué ocurre entonces?
f) ¿Cómo termina la historia?