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Corrientes Migratorias en Cuba

Este documento resume la historia de la inmigración a Cuba y su impacto en la composición de la población cubana desde la conquista española hasta principios del siglo XX. Resalta que tres grandes corrientes migratorias (española, africana y china) han contribuido a formar el pueblo cubano. Describe las diferentes etapas del crecimiento demográfico de Cuba y cómo la esclavitud africana y la inmigración forzada fueron factores clave que impulsaron el aumento de la población, especial

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Corrientes Migratorias en Cuba

Este documento resume la historia de la inmigración a Cuba y su impacto en la composición de la población cubana desde la conquista española hasta principios del siglo XX. Resalta que tres grandes corrientes migratorias (española, africana y china) han contribuido a formar el pueblo cubano. Describe las diferentes etapas del crecimiento demográfico de Cuba y cómo la esclavitud africana y la inmigración forzada fueron factores clave que impulsaron el aumento de la población, especial

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21

INTRODUCCIÓN
CUBA, PAIS DE INMIGRACIÓN
LAS DISTINTAS CORRIENTES ÉTNICAS QUE HAN CONTRIBUIDO
A LA FORMACIÓN DEL PUEBLO CUBANO

Tres grandes corrientes migratorias han llegado hasta nuestro archipiélago, y


juntas han formado al pueblo cubano, hoy indisolublemente unido: española,
africana y china. La segunda es cuantitativamente la más importante, y, a lo largo
de toda nuestra historia, debe llegar al millón y medio de individuos, los blancos
serían en total un poco más de un millón, y los asiáticos cerca de 200 000. Estas
cifras, obviamente conjetúrales, se extienden hasta 1930.

La inmigración comienza con la historia de la Isla, y continúa siendo un factor


importante en la formación del pueblo cubano hasta la segunda década del
presente siglo. Inmigrantes podríamos considerar a los primeros pobladores; y en
todo caso lo fueron los conquistadores del siglo XVI, así como también las
sucesivas remesas de peninsulares que llegaron durante cuatro siglos.
Inmigrantes forzados, y no otra cosa, fueron los esclavos que la infame trata de
negros arrojó por oleadas sucesivas a nuestras costas.

Si los pocos centenares de invasores que vinieron con Velázquez, después de


haber exterminado a la población indígena, no hubiesen recibido el continuo
aporte de una inmigración ultramarina, nuestra población actual apenas si llegaría
a unos 20 000 habitantes. Y esto, aun suponiendo que la tasa de crecimiento neto
hubiese sido superior a la de Europa durante el mismo período. La diferencia con
nuestra población actual (8 millones de habitantes) la debemos, directa o
indirectamente, a la inmigración. Hubo momentos —la segunda mitad del siglo
XIX, por ejemplo— en que la tercera parte de la población existente en la Isla
había nacido en el extranjero.

La composición de la población cubana reflejó siempre la explotación clasista de


que fue víctima. El predominio numérico de los blancos desde 1870 en adelante
se debe, más que todo, a que su posición como casta dominante le aseguraba un
nivel de vida superior.1 Para 1860 se ha podido calcular la esperanza de vida al
nacer en 35 años para los blancos y en 20 años para los esclavos. Con un
crecimiento vegetativo de 9 %, la población blanca se duplicaba cada setenta años
años, sin necesidad de inmigración; mientras que la de color, que disminuía del 20
%, a causa de su excesiva mortalidad2 y débil natalidad,3 necesitaba recibir
cada año un aporte de 12 000 nuevos esclavos para mantener sus efectivos. Es
sólo en la década del 90 que esta situación empezará a modificarse
paulatinamente. El caso de los chinos fue aún peor, casi desaparecieron durante

22
el propio siglo que los vio llegar4 privados como estaban de mujeres de su raza,
discriminados y sometidos a condiciones de vida aún peores que las de los
africanos.

La dinámica de la población cubana

Cuando el archipiélago cubano fue invadido por los españoles en 1511, la


población indígena contaba, tal vez, 100 000 habitantes, mayormente
concentrados en la parte oriental. El genocidio practicado por los conquistadores,
la implantación brutal del trabajo forzado y el derrumbe de los valores tradicionales
de la población india, condujeron a la casi extinción de la raza en poco más de una
generación. Los españoles pensaron entonces en reemplazarla por africanos, pero
les faltaron recursos económicos para realizarlo en gran escala. Resulta difícil
calcular el número de africanos llegados hasta 1763; un informe redactado por
los hacendados habaneros en 1811 los evaluaba en 60 0005, pero esta cifra
parece a todas luces muy baja.

El crecimiento demográfico fue muy lento en los primeros tiempos; dilapidados en


una orgía de sangre los recursos humanos de Cuba, los españoles tuvieron que
vegetar en la pobreza durante más de dos siglos, carentes de fuerza de trabajo
que explotar. Es sólo hacia 1720 que se rebasa la cifra de población anterior a la
conquista. Desde entonces, gracias al crecimiento vegetativo, alrededor del 5 %
anual, y al aporte creciente de la Trata y de la inmigración isleña, el poblamiento
avanza algo más rápido y permite un cierto desarrollo económico que a su vez
condiciona una mayor inmigración africana. El dogal demográfico del desarrollo
económico ha sido vencido.

La historia de la población cubana presenta hasta ahora dos grandes ciclos, y a


cada uno corresponde un modo de producción diferente: el de la plantación
esclavista y manufacturera del azúcar, que termina con el siglo XIX; y el de la
plantación capitalista semicolonial, con una industria altamente maquinizada, que
se extiende hasta el triunfo de la Revolución.6

En el primer ciclo, que es el que aquí nos interesa, se pueden distinguir cinco
fases:

a) 1511-1730: crecimiento muy lento, con amplios períodos de regresión.

b) 1730-1800: crecimiento rápido; la población se duplica con creces, gracias


sobre todo a la inmigración mayormente africana – la Isla cuenta al final del
período con unos 400 000 habitantes.

c) 1800-1850: crecimiento muy rápido, debido exclusivamente al aporte de más


de 600 000 africanos que elevan la población a 1.2 millones de habitantes.

d) 1851-1874: crecimiento lento, a pesar del aporte de 150 000 nuevos

23
africanos y de 150 000 culíes chinos. El crecimiento vegetativo es casi nulo, el
régimen esclavista se devora a sí mismo; y en la última fecha indicada, la
población total apenas sobrepasa 1.55 millones de habitantes.

e) 1875-1899: crecimiento lento, muy débil (7 % anual), saldo migratorio casi


nulo; han cesado ya la Trata y la contratación de culíes, y la guerra produce una
trágica regresión en los postreros años del siglo con pérdida neta de población.

Así, el régimen colonial, cumpliendo su propia ley de población, llevaba al país a


un impasse demográfico, por el desarrollo de insuperables contradicciones
antagónicas.

En la presente obra sólo nos interesa la cuarta fase de este primer ciclo de
población (1850-1875), y, dentro de él, el aporte de los culíes chinos; pero será útil
referirse antes a las otras corrientes migratorias que inmediatamente la
precedieron, o que fluyeron paralelas a la misma.

La inmigración en el siglo XIX

Carecemos de cifras confiables sobre la importación de esclavos en este siglo.


La Trata había sido declarada ilegal desde 1821; pero lo más acertado parece
suponer que al terminarse la Guerra de los Diez Años (1878) ya hubiesen llegado
en total a Cuba más de un millón,7 de los cuales no menos de 750 000 lo hicieron
entre 1800 y 1875. A estos africanos deben sumarse los 150 000 culíes8 chinos y
algunos millares de yucatecos que constituyen, en conjunto, el aporte de la
inmigración forzada. A ellos hay que añadir, sin embargo, otra inmigración
peculiar: la de los gallegos contratados. Estos infelices eran traídos en condiciones
tales que su suerte se aproximaba más a la de los culíes que a la de los
inmigrantes libres.

La inmigración, en el sentido moderno de la palabra, está representada primero


por los refugiados franceses de Haití y Nueva Orleáns que llegaron en número de
varias decenas de miles en las primeras décadas del siglo,9 y luego por los
realistas de la América continental que vinieron al proclamarse la independencia
de los virreinatos.10 Paralelamente llegaron por pequeños grupos varios miles de
braceros peninsulares que fueron a trabajar en los ingenios, y un contingente algo
menor de técnicos ingleses, norteamericanos, franceses y alemanes, empleados
en los ferrocarriles y los ingenios —que entonces se construían activamente—, y
en la industria artesanal que también estaba en auge.11 Conviene recordar que los
franceses de la primera época constituían una clase capitalista que contribuyó
eficazmente a desarrollar las plantaciones de café y también las de azúcar;
mientras los realistas del continente formaban una clase parásita, que trató de vivir
del presupuesto insular, y por fin se integró en actividades mercantiles.12 En
cuanto a los jornaleros peninsulares, la persistencia del régimen esclavista, así
como la carencia de tierras, los alejaba sistemáticamente de la agricultura,
convirtiéndolos principalmente en dependientes del comercio.13 Hasta 1880, el

24
aporte de la inmigración europea fue relativamente pequeño: entre 200 000 y 250
000 desde principios de siglo, sin que la cifra se pueda precisar más por ahora.14

En 1792, la población censada ascendió a 272 301 habitantes, y en 1887, a 1


631 687; el aumento en noventa y cinco años había sido de 1 359 386, el 600
%, en tanto que en España, durante el mismo lapso, fue de sólo 160 %.15 Este
inusitado crecimiento se debió casi exclusivamente a la inmigración, cuyo saldo
evaluamos en no menos de 1,2 millones entre dichas fechas.16

Los inmigrantes del siglo XX

Fue sólo después de abolida la esclavitud que comenzaron a llegar importantes


contingentes de españoles: isleños en su gran mayoría, gallegos y asturianos
después, aunque también se mantuvo vigente la anterior inmigración de catalanes
y mallorquines. Durante los años 1889-1894, las llegadas se hacen más
numerosas, y el saldo migratorio por el solo puerto de La Habana alcanza un
promedio de 10 000 anuales.17 El volumen de la zafra se duplica entre 1884 y
1894, llegando entonces a la cantidad, fabulosa para la época, de 1.054 millones
de toneladas; la oferta de trabajo es constante y los salarios relativamente
elevados;18 pero las deplorables condiciones sanitarias entonces vigentes (fiebre
amarilla, etc.) aniquilan rápidamente a los recién llegados. En 1880, en Matanzas,
la principal región azucarera, sólo el 15 % de la población es española.19 En
general, a pesar de la importancia relativa de esta inmigración, la población de la
Isla aumenta en menos del 0,8 % anual. Todo parecía presagiar un estancamiento
demográfico.

Dos causas principales desvían de Cuba la poderosa corriente humana que


abandona el territorio español: el miedo a la fiebre amarilla y el recuerdo de la
Trata y de todos los subterfugios empleados por el Gobierno español y la
burguesía cubana para esclavizar al inmigrante, aun al propio peninsular. También
influía el hecho de que el español que llegaba a Cuba no se hallaba exento del
servicio militar, mientras que el que emigraba hacia Argentina o México evadía las
aborrecidas "quintas" .

Al desaparecer de la Isla el odioso régimen español, la situación cambió


radicalmente, y, durante el primer cuarto del siglo XX, Cuba se convierte en uno de
los principales países de inmigración; posiblemente es aquel que más inmigrantes
recibe por kilómetro cuadrado: más de un millón en tres décadas.20 Esto
corresponde al período de auge del imperialismo yanqui, y se debe tanto al
fomento de nuevas empresas como al desarrollo de un nuevo tipo de civilización
en nuestra Isla; campañas sistemáticas de saneamiento y creación de los nuevos
bateyes azucareros. Este tipo de fomento agrario, que alguna vez hemos llamado
Canadian Pacific, a falta de otro nombre mejor,21 tuvo extraordinario éxito, pero no
pudo resistir la gran crisis económica de los años treinta.22 Con el derrumbe de un
capitalismo de larguezas, la inmigración cesa casi completamente y los pocos
contingentes que aún llegan están más que compensados por la emigración

25
creciente de personas desplazadas, o de jóvenes que no encuentran empleo
adecuado, y nuestra Isla se convierte, después de la Segunda Guerra Mundial, en
país de emigración.23

La distribución de la inmigración

La inmigración en Cuba sigue en general el desplazamiento de la industria


azucarera hacia el este. De 1790 a 1820, la africana se concentra en la provincia
de La Habana, y en los años siguientes se dirige a la de Matanzas siguiendo la
expansión de los ingenios.24 La zona de asentamiento del millón de africanos, y
también de los 150 000 culíes de que vamos a tratar, estuvo básicamente
constituida por la región económica que se extiende desde Artemisa-Cabañas, al
oeste, hasta las sabanas de Manacas, al este. En esta región de gran unidad
geoeconómica, la plantación esclavista marcó profundamente su huella en el
paisaje; aún hoy son visibles las construcciones de mampostería de esa época, y
sobre todo las cercas de piedra, principal testimonio que nos legara la civilización
esclavista del azúcar.

Hubo otros focos de expansión azucarera que también recibieron contingentes


de africanos y chinos, en particular, Sagua la Grande y Remedios. Es curioso que
en Cienfuegos hubiese siempre muy pocos culíes, y lo mismo ocurre en
Trinidad; la explicación está, como veremos, en el control que determinado grupo
de hacendados ejercía sobre la trata amarilla. Mientras que el conde de Casa
Moré, magnate azucarero de Sagua la Grande, era de los que participaban en el
tráfico de chinos; Tomás Terry, de Cienfuegos, y los Iznaga, de Trinidad, parecen
haberse desinteresado de él; por una u otra razón, tenían suficientes reservas de
mano de obra negra. Camagüey y Oriente permanecen en esta mitad del siglo XIX
alejados de la gran expansión azucarera; y, por consiguiente, al margen de la
inmigración culí.25

Más tarde, después de abolida la esclavitud, se efectuaron grandes cambios de


población: los antiguos esclavos desertaron de los bateyes y barracones y se
dirigieron hacia las poblaciones, y en menor número hacia la provincia de Las
Villas, donde ayudaron a nuevos fomentos azucareros.26 Lo mismo ocurre con los
chinos. Después de 1880, Matanzas actúa como zona de dispersión de culíes
liberados, unos se dirigen hacia la capital y otros, los más, hacia Cienfuegos,
Santa Clara y otras ciudades de las provincias orientales, donde hubo pocos culíes
contratados. Se confirma así una ley general del poblamiento, que hace que una
población oprimida tienda a abandonar su lugar de trabajo y el género de vida
anterior, cuando una revolución violenta, o un cambio social, más o menos brusco,
la libera de su antigua opresión.

La Guerra de Independencia contribuyó a acelerar y uniformar estos grandes


movimientos internos de población -que son aún mal conocidos- y a cimentar la
indestructible unidad étnica del pueblo cubano. Con el ferrocarril central y el
fomento de grandes plantaciones azucareras en las provincias de Camagüey y

26
Oriente, en los años 1905-1925, se dirige hacia esas regiones el grueso de la
inmigración: los nuevos braceros españoles que vienen libremente en busca de
mejores condiciones de vida.27 Pero a ellos se añade una inmigración contratada
de antillanos, haitianos y jamaicanos, que asciende a 251 185 entre 1913 y
1925,28 y que tiene alguna semejanza con la de los culíes, efectuada medio siglo
antes. Sin embargo, las condiciones generales son ahora totalmente diferentes: el
antillano llegaba a un país de trabajo libre y podía, con relativa facilidad, evadir su
contrata y asimilarse, por lo menos en la segunda generación, a otros núcleos de
origen africano de antiguos residentes en las Isla, lo que resultaba imposible al culí
chino.29

Las tres inmigraciones chinas a Cuba

De una inmigración china calculada en unos 150 000 individuos hasta 1874, sólo
pudo ser recensado en 1899 el 10 % de esa cantidad: 14 614. Y aún debe
aclararse que más de la tercera parte correspondía a otra inmigración, que no
tiene relación con el tráfico de culíes: la de los chinos californianos.

Hubo tres corrientes de inmigración china hacia nuestra patria: la primera, la de


los culíes —objeto de este libro—, que se extiende entre 1847 y 1874; la de los
chinos californianos, numéricamente muy pequeña —algunos miles, pero
importantes económica y culturalmente, y que comienza hacia 1865 y se extiende
dos décadas—; y la tercera, que comprende el período de 1919-1925, y que
alcanzó a unos 30 000 individuos.30 Son estos últimos los chinos que conocemos y
que todos los cubanos han aprendido a querer y a estimar.31

La primera inmigración tuvo para Cuba la mayor importancia no sólo por su


volumen, sino por la influencia que ejerció en la sociedad colonial, en un momento
cuando hacía crisis el sistema de producción basado en el trabajo esclavo. Frente
a la pasividad relativa del bozal se levantó la rebeldía violenta del chino, como un
nuevo factor revolucionario de tremenda eficacia. Los 150 000 chinos traídos a
Cuba y diseminados por las ricas zonas azucareras de las provincias de La
Habana y Matanzas, actuaron como un poderoso disociador de la esclavitud por la
cual sentían una aversión tal, que dejó atónitos a los propios esclavistas. Es cierto
que la servidumbre como sistema económico no podía ya durar mucho más, pero
los chinos la ayudaron a bien morir. Por esto, por su participación efectiva en la
Guerra de los Diez Años y por su aporte a la cultura cubana, son acreedores del
mayor interés.

27
EL TRABAJO CONTRATADO
LA ABOLICIÓN DE LA ESCLAVITUD Y LA CONTRATACIÓN DE
BRACEROS EN LAS PLANTACIONES AZUCARERAS DURANTE EL
SEGUNDO TERCIO DEL SIGLO XIX

El sistema de plantaciones impone en todas partes el trabajo


forzado

Después de haber abolido la esclavitud, mirada en los últimos años del siglo XVIII
como una institución inútil y económicamente nociva, los ingleses se vieron
obligados a recurrir al trabajo forzado —no era otra cosa la contratación—. Fue el
impacto del industrialismo sobre las antiguas plantaciones lo que produjo este
cambio en apariencia incongruente.

Ya hemos enunciado en otro lugar la ley fundamental del poblamiento en las


colonias de plantación: cuando se produce un cambio social favorable al
proletariado indígena, éste tiende a abandonar no sólo su ocupación anterior, sino
también su lugar de residencia, produciéndose una gran movilidad geográfica.
Esta ley se cumplió en todas partes y aún sigue vigente. En las pequeñas Antillas
provocó una aguda crisis de mano de obra, que ocasionó un terrible descenso en
la producción azucarera en el momento en que más falta hacían brazos para
cortar la caña debido a la modernización de las instalaciones industriales.

Los hacendados ingleses pudieron invertir la indemnización que recibieron del


Parlamento por sus esclavos (30 libras esterlinas per cápita) en modernizar sus
ingenios,32 pero les fue difícil convencer a sus antiguos siervos de que siguieran
cultivando y cortando la caña que las nuevas instalaciones requerían. De esta
crisis —sin solución, a escala local— surgió el movimiento mundial en favor de la
contratación de braceros, extraídos de las inmensas reservas de fuerza de trabajo
que constituía la población de los grandes deltas del Lejano Oriente.

La plantación azucarera y el déficit de fuerza de trabajo

El geógrafo francés Max Sorre ha escrito en un libro reciente que “...la producción
de azúcar no se concebía sin mano de obra negra en un mundo en que la
esclavitud era reconocida como lícita [así] la abolición planteó en los países
intertropicales difíciles problemas obreros. Se hubiesen planteado de todos
modos, a causa del gran desarrollo de la economía capitalista de plantaciones,
pero fueron resueltos por la introducción de inmigrantes asiáticos bajo un régimen
contractual que no era sino una forma atenuada de servidumbre”.33

Los argumentos climáticos fueron los primeros y los más tenazmente esgrimidos
por los esclavistas para justificar económicamente la institución servil. A este
respecto, la literatura colonial francesa del siglo XVIII fue una cantera inagotable a
la cual no se cansaron de recurrir durante un siglo los ideólogos de nuestros

28
hacendados.34

Cuando el suministro de esclavos africanos se hizo difícil y costoso, se trató de


justificar el sistema de plantaciones basado en la mano de obra contractual de
color, empleando los mismos argumentos: el hombre blanco, por su propia
constitución, no podía soportar el trabajo agrícola bajo el sol tropical; forzarlo a ello
era condenarlo a una muerte segura y rápida. Si se querían practicar cultivos
comerciales en los trópicos, era preciso utilizar al hombre de color: negro,
bronceado, amarillo.

La situación en los trópicos se complicaba bastante para los capitalistas, pues las
facilidades del clima y la abundancia de tierras vacantes hacían que el
campesinado indígena huyese de las plantaciones. Para obligarlo a trabajar en
ellas, fue necesario resucitar viejas formas de servidumbre personal allí donde la
esclavitud había sido abolida, o, como en Cuba, donde la servidumbre personal
aún se mantenía vigente, crear otras nuevas en coexistencia con ella.

En un excelente ensayo sobre la teoría climática de las plantaciones, el profesor


Thompson ha demostrado con evidencia que "...la plantación no debe acreditarse
al clima, pues se trata a todas luces de una institución política. La teoría climática,
por el contrario, forma parte de una ideología que racionaliza y naturaliza un orden
socioeconómico preexistente".35 En Cuba fueron Mariano Torrente, José Ferrer de
Couto y los "ilustres" doctores Honorato Bertrand de Chateau-Salins y Marcial
Dupierris,36 los más fogosos partidarios de este determinismo geográfico, que ha
encontrado en nuestros días un nuevo y entusiasta defensor en el conocido
geógrafo norteamericano E. Huntington.37

La crisis de la abolición

En el siglo XVIII, en las pequeñas Antillas, los hacendados obtuvieron enormes


ganancias de la esclavitud porque la diferencia entre el costo del trabajo esclavo y
el libre era considerable, y también porque, gracias a la trata africana, pudieron
procurarse mano de obra en una proporción ilimitada que no hubiesen podido
lograr de otro modo, cualquiera que hubiese sido el precio ofrecido. Para las
plantaciones americanas, el ejército obrero de reserva de que hablaba Carlos
Marx se encontraba situado en el corazón de África.

Si la abolición de la trata inglesa en 1807 y la francesa en 1831 no produjeron


inmediatamente la catástrofe que predecían los negreros, fue porque las islas de
esas potencias se habían saturado de esclavos desde las últimas décadas del
siglo XVIII, mucho más allá de sus necesidades reales. Así, a pesar de un déficit
demográfico que variaba entre el 3 % y el 5 % anual, la crisis de mano de obra
pudo ser conjurada momentáneamente.

Pero la abolición de la esclavitud en 1833 planteó a los hacendados ingleses un


grave problema para el cual no estaban preparados.38 En las pequeñas islas,

29
como Barbados, con una densidad de más de 200 habitantes por kilómetros
cuadrado, fue relativamente fácil obligar a los negros a trabajar por un jornal de un
chelín diario, y a veces hasta por menos,39 apenas algo más que el costo de
mantenimiento y amortización del esclavo; pero en las islas más extensas, como
Jamaica y Trinidad, los esclavos liberados rehusaron, en gran proporción, volver a
trabajar en las plantaciones. Preferían cultivar por cuenta propia pequeñas
parcelas en las montañas o en terrenos marginales, o aun emigrar a las ciudades,
para ejercer algún oficio, menesteres todos donde con pocas horas de trabajo
semanal obtenían lo necesario para subsistir aunque fuese miserablemente, pero
libres al fin.

Los hacendados ingleses hicieron un esfuerzo titánico por salir de esta crisis;
realizaron grandes inversiones mejorando las condiciones técnicas de explotación,
lo que permitió en muchos casos mantener la producción con efectivos obreros a
veces inferiores en un tercio a los antiguos. Pero ni aún con jornales de 1' 9d, a 2'
por jornadas de nueve horas, lo que entonces parecía exorbitante, lograron
convencer a todos los negros de Jamaica a volver a las plantaciones. La
exportación de azúcar bajó así en más de un tercio en los años siguientes de la
abolición.40

En Cuba, aunque la Trata fue oficialmente abolida en 1820, se siguieron


importando bozales al ritmo de los requerimientos, y sin que los precios de los
esclavos subieran más de un 20 % entre 1820 y 1830.41 Alza generosamente
compensada por los altos precios del azúcar,42 que la crisis de las islas
francesas e inglesas había provocado en el mercado mundial. La situación
comenzó a hacerse más crítica en 1835 con el nuevo Tratado suscrito con
Inglaterra para la represión del tráfico negrero.43 Pero aún durante una década,
los negreros cubanos vivieron días felices, y los hacendados pudieron fabricar y
vender todo el azúcar que quisieron.

Este no fue el caso de Perú, que se vio radicalmente privado desde temprana
hora de todo suministro de esclavos. Sus rutas normales de abastecimiento
pasaban por Panamá y por el estuario del Río de la Plata, y ambas fueron
cortadas desde que los ingleses abolieron la Trata, pues ellos eran los únicos
suministradores. La crisis de mano de obra en los ingenios y haciendas de la
costa fue entonces agudísima, y sólo pudo ser resuelta 20 años más tarde por la
trata de chinos, efectuada directamente a través del Pacífico.

Pero antes que ellos, ya los ingleses habían encontrado la solución de que nos
habló Max Sorre: había comenzado en el Caribe y en otras partes la era de los
trabajadores contratados. En realidad, la fórmula no era nueva, y tanto la
colonización inglesa como la francesa ofrecían precedentes que podían servir.

30
Las raíces históricas de la emigración contratada:
indentured servants, engagés y coolies

La crisis de mano de obra provocada por los movimientos abolicionistas resucitó,


en efecto, otra institución servil ya abolida desde hacía un siglo: los sirvientes
escriturados, los indentured servants ingleses o engagés franceses,44 que tanto
auge tuvieron en el Caribe y en América del Norte entre 1620 y 1730,45 ya que otra
cosa no eran los colonos asiáticos protagonistas de este ensayo.

La analogía entre los sirvientes escriturados y los colonos contratados es


evidente.46 Tanto el sirviente del siglo XVIII como el culí del siglo XIX, en principio,
se vendían libremente, aunque muchas veces ejercieran violencia o engaño sobre
ellos en el momento del enganche.47 El tiempo de servidumbre era, en el siglo
XVII, de cuatro años en las colonias inglesas, y de tres en las francesas; en el
siglo XIX, los tiempos eran de ocho años en Cuba y Perú, y de cinco años en las
demás colonias. La justificación nominal de la servidumbre era la misma en ambas
épocas: el emigrante debía reembolsar los gastos de su pasaje y todos los demás
incurridos por el agente de emigración.

Una característica del sistema fue que siempre los gastos reales de los agentes o
tratantes estuviesen fuera de proporción con el valor de la fuerza de trabajo
enajenada. Esta diferencia, que en el caso de los culíes era considerable, en parte
era absorbida por el precio que "los usuarios" —los patronos— pagaban por el
trabajador que era así vendido por el tratante como una vulgar mercancía sujeta a
especulación. El trabajador contratado, aunque considerado legalmente en ambas
épocas como un hombre libre, se convertía de hecho en mercancía, en "cosa",
como el esclavo, mientras durase el tiempo de su enganche. Como consecuencia
de esto, su situación material fue casi siempre peor que la del esclavo africano,
pues, como decían los ingleses, se cuida mejor el caballo propio que el alquilado.
En los antiguos tiempos coloniales, los indentured servants o engagés, si bien no
recibían sueldo mensual, tenían derecho, al final de su enganche, a cierta cantidad
de maíz o de tabaco en rama, un fusil con su equipo y una concesión de tierra que
debía permitirles establecerse como colonos independientes.48 En la práctica,
muchos, si no todos, lo lograban.49 Fue esta tradición lo que permitió que en las
islas inglesas y francesas el culí liberado, que no quería repatriarse, recibiese una
prima equivalente al valor de su pasaje de regreso.50

En los dominios españoles, donde no existió nunca el sistema de sirvientes


escriturados, el culí no pudo beneficiarse con una tradición anterior. Así, las Leyes
de Indias, que tanto aliviaron al negro, de nada, o muy poco, sirvieron al infeliz
asiático. Desde el principio, con un criterio muy del siglo XIX, el tratante lo
consideró como mercancía sujeta a especulación, el gobernante, como materia
imponible, y el patrono, como máquina costosa cuya amortización debía lograrse
en poco tiempo.

31
En el siglo XVIII, la situación de los negros fue mucho peor en las islas inglesas y
francesas que en las colonias españolas, y esto únicamente a causa de los
progresos del capitalismo manufacturero en aquéllas. En Cuba, ya en el ámbito
del capitalismo moderno, la suerte del culí será mil veces peor que en Jamaica o
en Trinidad, gracias no sólo a la persistencia de la esclavitud, sino también al
triunfo del industrialismo en una escala mayor que en las pequeñas Antillas.

El fracaso de las tentativas de "contratar" negros en África

Frente a la crisis de mano de obra que planteaba para ellos la abolición de la


esclavitud, los hacendados ingleses pensaron primero en seguir trayendo negros
de África, pero ahora bajo la forma de "trabajadores libres", cuyos servicios serían
contratados por cinco años. Esto tropezó en la costa de África con varias
dificultades; por los años cuarenta, aunque ilegal, la Trata subsistía abundante
hacia Cuba y Brasil, y los factores de la costa no entendían de otra cosa que de
vender esclavos;51 el africano del interior, por su parte, seguía creyendo que los
blancos de América eran antropófagos que compraban negros para comérselos, y
no manifestaban ningún deseo de ir a visitarlos. No quedaba, pues, más recurso
que comprar esclavos a los tratantes para venderlos luego como "trabajadores
libres" a los hacendados. El negocio era aún posible pero dejaba poco margen.

Un procedimiento más eficaz consistía en contratar manu militari a los negros


emancipados por los cruceros ingleses que perseguían la Trata. Estos africanos
eran desembarcados en la costa de Sierra Leona, donde se fundó Freetown, pero
allí, carentes de recursos, morían en gran número.52 Llevarse a Jamaica como
"trabajadores libres" a los esclavos destinados a Cuba o Brasil, era, desde luego,
una excelente solución. Desgraciadamente, las presas que hacían los cruceros
rendían poco frente a los efectivos requeridos. Aun así, de 1842 a 1847, las
Antillas inglesas recibieron de 7 000 a 8 000 africanos de esta clase.53

El negocio resultó más plausible con los portugueses de Madeira. La numerosa


población negra de la isla había sido poco afectada hasta entonces por la Trata, y
los negros madereiros no tenían la misma repugnancia a visitar las Antillas que los
del continente; así, durante los años 1846-1847, 15 000 de estos emigrantes
fueron despachados en todas direcciones. Pero, tanto en un caso como en el otro,
el tráfico recordaba demasiado la antigua Trata para que la opinión inglesa pudiera
soportarlo mucho tiempo. Madden resumía bien el sentimiento de sus
compatriotas más progresistas al escribir que los argumentos esgrimidos en favor
de la emigración contratada no eran más que "...viejos pretextos para el secuestro
de hombres; antiguos planes para poblar las haciendas bajo la promoción de los
intereses de la civilización y de la religión; el viejo espíritu del fraude y la codicia
revestidos con otra forma de hipocresía".54

Los nuevos contratados tendrían necesariamente que ser raptados, apresados,


arrancados de sus propios hogares y familias para abastecer en la costa de África
los barracones de los tratantes. Convertidos en las colonias en trabajadores libres,

32
"...no podrían, sin embargo, escapar de ningún modo de esas colonias y volver a
su patria, por lo menos durante muchos años (...) los negros secuestrados para
nosotros, ¿serán libres en las Antillas? La guerra de treinta y más años contra el
crimen gigantesco de la esclavitud, y su costosa victoria, quedarán en nada".

Estas palabras, y otras similares, despertaron un amplio eco en Londres y


levantaron la indignación popular contra los nuevos traficantes de carne humana;
sirvieron de maravilla a la política de Palmerston, que consistía en irritar a los
yanquis esgrimiendo la amenaza del registro en alta mar igual que hacía con los
franceses. La política antiesclavista inglesa hay que verla en función de las
rivalidades entre las potencias, y, como escribiera Carlos Marx, no fue más que
"uno de los trucos usuales" de Palmerston (The New York Daily Tribune del 2 de
febrero de 1858). Pero si los móviles no fueron tan puros como la propaganda
oficial pretendía, el resultado final fue positivo, pues la contratación en África
quedó virtualmente cerrada, no sólo para los comerciantes ingleses, sino también
para los yanquis y franceses, quienes se aprestaban a suministrar "sacos de
carbón blanqueados" a los hacendados cubanos y brasileños.55

El tráfico de culíes se organiza: primeras expediciones al Caribe

La contratación de braceros asiáticos no despertó de momento ninguna


oposición y pudo desarrollarse sin grandes tropiezos. Comenzada en la isla
Mauricio (océano Indico) antes de la abolición de la esclavitud, ya desde 1834 era
organizada en gran escala. De 1834 a 1847, más de 94 000 culíes hindúes fueron
introducidos en dicha isla, que no empleaba antes más de 23 000 esclavos. Así,
aunque la producción de azúcar aumentó en un 10 % durante el período señalado,
el rendimiento del trabajo fue bajísimo. Pero la apetencia hacia la mano de obra
servil era tal, que el ejemplo fue seguido en Guayana.56

En 1838 llegaron a Georgetown los dos primeros buques cargados de culíes de


Bengala. En 1843 ya habían sido introducidos 30 000 hindúes. Eric Williams ha
podido decir que si la industria azucarera de la Guayana Británica fue levantada
con el trabajo de los africanos, fue salvado por el trabajo también forzado de los
hindúes.57 Entre 1837 y 1917, esta sola colonia recibió no menos de 238 000
culíes.

Como la situación laboral amenazaba con agravarse en las Antillas, el


Parlamento inglés nombró una comisión para que, aprovechando las
experiencias de Mauricio y Guayana, propusiera soluciones "prácticas". Esta
comisión aconsejó, en 1842, el fomento de la inmigración de culíes hindúes
como medio principal de resolver la crisis agrícola, a pesar de los dudosos
resultados económicos que la experiencia arrojaba. Desde 1844, Jamaica y
Trinidad empezaron a recibir contingentes de culíes hindúes, y algunos chinos,
que se vendían de 70 a 80 pesos por cabeza. Estos trabajadores venían
contratados por cinco años con un sueldo mensual de cuatro pesos, mantenidos.
Como los últimos bozales vendidos legalmente lo fueron a siescientos pesos,

33
calculándose la vida útil de un esclavo en 15 años, el culí resultaba un buen
negocio, siempre que su productividad no fuera muy inferior a la del africano. De
todos modos, los hacendados ingleses no tenían otra alternativa, pues los
negros libres seguían esquivos al trabajo. A partir de 1846, Jamaica y Trinidad
reciben en conjunto de 6 000 a 8 000 culíes hindúes anuales; el tráfico se
organiza y la crisis de las islas parece conjurada.58 Esta bonanza para los
hacendados durará aproximadamente una década.

En otras regiones, la situación de los trabajadores contratados fue así diferente:


en Puerto Rico, donde la economía de plantaciones estaba lejos de haberse
desarrollado tanto como en Cuba y en las islas inglesas, el tránsito entre la
esclavitud y el asalariado libre como sistema de producción pudo hacerse con
menos sobresaltos. Allí, los hacendados liberales pudieron resistir victoriosamente
las tentativas de introducción de asiáticos contratados, primero en 1848 y luego en
1866. Y la hora de la emancipación definitiva de los negros llegó por fin sin que la
isla conociera previamente la esclavitud embozada de los asiáticos.

En 1855, el Congreso de Venezuela aprobó una ley que autorizaba la


inmigración asiática, "prefiriendo en lo posible a los chinos",59 y Antonio Leocadio
Guzmán obtiene del presidente Monagas el privilegio de importar culíes durante
cuatro años en idénticas condiciones a los traídos a La Habana y El Callao. No
parece, sin embargo, que el proyecto se llevase a vías de hecho o al menos que
se introdujesen grandes cantidades de culíes; la situación económica de la
Venezuela de entonces no permitía tampoco el empleo "productivo" de esta clase
de trabajador, que requería plantaciones altamente capitalizadas, como las
cubanas o las que entonces estaban en vías de desarrollo en Perú.

Los culíes chinos en Perú

El tráfico de culíes a Perú merece que nos detengamos algo más, no sólo por su
importancia, pues llegaron casi tantos como a Cuba, sino porque estuvo
íntimamente relacionado con el efectuado hacia nuestro país, y hay evidencia de
que los capitales cubanos participaron en él, según tendremos ocasión de
demostrarlo.

En 1840, cuando se descubren los depósitos de guano de las islas Chinchas —


36 millones de toneladas60 que podían venderse en puertos de Europa entre 45 y
50 dólares la tonelada—, la economía peruana sufría una gran postración. Los
ingenios de la costa, prósperos en el siglo XVIII, afrontaban una crisis de mano de
obra aún más aguda que los cubanos;61 y además, Perú carecía totalmente de
capitales y de crédito internacional para movilizar la fabulosa riqueza recién
descubierta.

La población de Perú se ha calculado, para los años cuarenta, en algo menos


que 2 millones de habitantes. Los indios, que constituían el 70 %, estaban
localizados en las tierras altas, y se mostraban reacios a trabajar en las haciendas

34
de la costa; los esclavos negros eran ya muy escasos, en 1821 se había
proclamado la ley de vientres libres y, a consecuencia de la paralización de la
Trata, en 1850 ya no quedaban más de 17 000 negros esclavos, la mayor
parte de avanzada edad.62 Así, la antaño floreciente industria azucarera había
declinado hasta el punto de estar en vías de desaparecer; los pocos ingenios que
aún funcionaban lo hacían con una tecnología de finales del siglo XVIII, y no
podían competir en el mercado europeo. Para Perú, mucho más aún que para
Cuba, la importación de culíes ofrecía una solución inmediata y eficaz. Así, de
1849 a 1874 fueron traídos desde Macao más de 150 000,63 casi igual cantidad
que a La Habana. Ellos fueron quienes dieron valor al tesoro de las islas Chinchas,
renovaron la moribunda industria azucarera e hicieron posible la construcción de la
primera red ferroviaria.64

El tráfico se organizó con sorprendente rapidez; y como a La Habana, fue un flujo


ininterrumpido de culíes que llegó a El Callao: 48 000 de 1851 a 1860; 42 000
de 1860 a 1869; 43 000 1870 a 1874. Las cifras y las fechas coinciden, como
podremos ver, no así los precios. En la costa peruana, el culí era vendido, en
promedio de doscientos cincuenta pesos, 40 % más barato que en La Habana,
pero el flete marítimo era menor, y sobre todo la productividad del trabajo en los
ingenios. En Perú, el factor decisivo del tráfico fue siempre el guano; para 1872 ya
se habían extraído 12 millones de toneladas y la exportación anual era de 600 000
toneladas65 con un valor de 6 millones de pesos.66 Esta exportación representaba
un volumen igual al de la zafra cubana de entonces; y aunque su valor era la
cuarta parte, también se obtenía con la décima parte del trabajo.

Reclus afirmaba que los gastos de extracción representaban sólo un poco más
del 3 % del precio de venta.67 El guano de las islas Chinchas fue algo fabuloso
para el misérrimo Perú de entonces. En términos actuales semejante a un rico
yacimiento petrolífero; pero como ocurrió con estos últimos en los países del
Cercano Oriente, al ser los yacimientos de guano de propiedad estatal, la mayor
parte del producto neto fue a parar a manos de la corrompida oligarquía
gobernante que lo dilapidaba locamente. Fue la época de la fiebre de los
ferrocarriles y las especulaciones de Henry Meiggs; algo se invirtió
productivamente, pero la mayoría de los cuantiosos recursos que el guano produjo
fue empleado en bienes de importación no productivos. Fueron tal vez los
hacendados de la costa quienes más se beneficiaron de estas vacas gordas; el
geógrafo peruano Emilio Romero ha escrito que sólo la formidable contribución
humana que vino desde el puerto de Macao, hizo posible que los hacendados
pudiesen renovar sus viejos equipos de la época colonial e importar maquinaria
moderna.68

El total de los culíes vendidos en Perú representó más de 30 millones de pesos


cubanos; y si a este valor se agrega el de las inversiones necesarias para hacer
productivo su trabajo, se llega fácilmente a una suma superior a los 100 millones,
que, repartida entre los 20 años que duró el tráfico, representa una inversión anual
de 5 millones, cifra casi igual al total de las exportaciones peruanas. Cabe, pues,

35
la pregunta siguiente: ¿de dónde provenía el capital que requirió la gigantesca
expansión del tráfico de chinos? Los capitalistas ingleses y franceses, y aún más
los norteamericanos, no efectuaban entonces inversiones directas en América
Latina y no ofrecían créditos sino con garantías tales, como no las podían ofrecer
los peruanos. Correspondió, pues, a los negreros cubanos organizar el tráfico de
chinos y suministrar los capitales iniciales. Esta participación la estudiaremos al
referirnos a la organización financiera de los monzones y a las utilidades de la trata
amarilla.69

El primer cargamento de chinos llegó de Macao el 15 de octubre de 1849, y en


los 120 días que duró la travesía murió la tercera parte de los pasajeros.70 En el
viaje inaugural a La Habana en 1847, la fragata española Oquendo perdió el 18
%, y estas hecatombes se repitieron muchas veces frente a la indiferencia de los
contemporáneos. ¡Los chinos salían tan baratos a los contratistas que no cabía
preocuparse por tales menudencias!

En 1856, con los liberales castillistas en el poder, se interrumpe el tráfico —en


Cuba también hubo una interrupción similar bajo Serrano en 1860-1861—, pero
pronto los latifundistas impusieron de nuevo su reanudación, a pesar de la
temporal ocupación de las islas Chinchas por la Flota española. Es interesante
anotar que el bloqueo del almirante Pareja no afectó el tráfico de chinos. ¿Sería
porque en él predominaban los capitales hispano-cubanos? En todo caso, ahora el
pretexto fue el deseo de sembrar algodón, para aprovecharse de la escasez de
este artículo que la Guerra de Secesión había provocado en el mercado inglés.
Pero también se siguieron empleando culíes en los ingenios de la costa, o en los
“guaneros” de las islas Chinchas.71 En cualquiera de las labores, aunque parezca
increíble, su condición fue aún peor que en Cuba;72 en veinte años, casi las nueve
décimas partes habían sucumbido a los malos tratos y a las espantosas
condiciones de trabajo.73

Como en Cuba, los chinos en Perú participaron en la construcción y operación de


los ferrocarriles,74 donde su constancia y habilidad eran muy apreciadas. En estas
faenas eran tratados más humanamente, y para los culíes resultaba un gran alivio
el ser comprados por los contratistas ferrocarrileros. También en la costa del
Pacífico como en nuestra Isla, los chinos se alzaron repetidas veces,
aprovechando cuantas ocasiones se presentaban de liberarse. En Cuba, durante
la Guerra de los Diez Años, se unieron masivamente a los insurgentes,
conquistando su libertad con el Pacto del Zanjón; en Perú, pasándose a los
invasores chilenos cuando la guerra de 1878, y retirándose luego hacia el sur con
las tropas victoriosas de Chile, para establecerse como hombres ya libres en
dicho país.

Para que la semejanza fuese más completa, también fue idéntico el final del
tráfico, tan vergonzoso para Perú como para España: una acción diplomática
internacional provocada por los continuos motines a bordo de los clipers y las
rebeliones en las haciendas, siempre acompañados por horribles masacres. Por

36
los Tratados de Tinsin firmados por Perú el 26 de junio de 187475 y por España el
17 de noviembre de 1877, se colocaba por fin a los chinos bajo la protección de la
ley común y se les reconocía la calidad de extranjeros residentes. Para vigilar el
cumplimiento de lo pactado, Perú y España aceptaban la presencia de
funcionarios consulares en Lima y La Habana. El tratado peruano fue ratificado por
ambas partes en agosto de 1875. Hay que reconocerle al gobierno peruano de
Manuel Prado (1872-1876), el mérito de no haber opuesto la resistencia
desesperada del español a la liberación de los culíes. Las innobles argucias y
subterfugios con que éste trató de retardar la liberación de los culíes, son
sintomáticas no sólo de la baja moral de los gobernantes de Madrid, sino de la
influencia que en la Corte continuaba ejerciendo el capital negrero.

La expansión del capital negrero

La revolución industrial en Inglaterra y Francia fue en parte financiada por las


cuantiosas utilidades acumuladas por los negreros de dichos países durante el
siglo XVIII, y también lo fue la industria azucarera cubana en la primera mitad del
siglo XIX. Desaparecido Haití como productor, sobrecapitalizada Jamaica, Cuba
se benefició de la solicitud de los negreros de Liverpool y de Nantes, pero las
ganancias fueron tales que, después de 1820, los negreros del patio tuvieron que
recurrir muy poco a la ayuda foránea, y después de 1840 no sólo pudieron
pasarse de ella sino también exportar sus propios capitales.

Medio millón de bozales vendidos en la Isla durante las primeras cuatro décadas
del siglo XIX, les produjeron no menos de setenta millones de pesos de utilidades,
fabulosa suma que sirvió para modernizar la industria azucarera y convertir a Cuba
en el mayor exportador de café mundial. Durante esos años, la producción
azucarera crece a razón del 6 % anual, y se multiplica por ocho en cuatro
décadas; la del café tiene un auge aún mayor, hasta su caída víctima de las tarifas
discriminatorias yanquis; en cuanto al tabaco, el otro artículo de exportación
cubano, quintuplica su producción en esos mismos años y satura los mercados
europeos. La población, entre tanto, sólo crece del 2,7 % anual, y pasa de 360 000
habitantes en 1800 a 1 millón en 1840.76 La isla de Cuba se encontraba entonces
en situación parecida a Jamaica medio siglo antes: el desarrollo tecnológico y la
esclavitud actuaban como factores divergentes, limitantes ambos de un mayor
crecimiento. La plantación esclavista, por otra parte, cerraba toda posibilidad de
expansión del mercado interior, y hacía improductiva toda inversión que no fuese
en las líneas de exportación. Los grandes negreros tuvieron, por tanto, que buscar
en otros países inversiones “atractivas”, y es lo que hicieron en el caso de Perú
que acabamos de reseñar.

La industria azucarera cubana siguió, sin embargo, creciendo, aunque a un ritmo


más lento; entre 1850 y 1890 cuadruplica su producción, mientras que la población
sólo aumenta de un tercio, convirtiéndose la Isla en una de las regiones de mayor
acumulación de capital del mundo. Es cierto que las inversiones azucareras serán,
proporcionalmente, mayores cada vez, y más apremiantes las necesidades de

37
fuerza de trabajo. La escasez de braceros será el mayor problema que deberán de
enfrentar los capitalistas cubanos en la segunda mitad del siglo, y a él consagraron
todos sus esfuerzos, apoyados en la existencia de una verdadera internacional de
negreros y chineros, ocupados todos activamente en suministrar mano de obra
esclavizada a las plantaciones tropicales en todas partes.

En las próximas páginas trataremos de analizar el problema cubano en sus


términos más generales, como preámbulo al estudio de los culíes, que fueron
quienes momentáneamente aportaron la solución.

LA PLANTACIÓN ESCLAVISTA CUBANA

El problema de la fuerza de trabajo durante el segundo tercio del


siglo xix

Raúl Cepero Bonilla, en un brillante análisis de la economía esclavista a


mediados del siglo pasado, ha dicho que "...los cambios técnicos operados en el
proceso de elaboración del azúcar determinaron una pujante expansión de las
fuerzas productivas hasta el punto de motivar un violento choque con el sistema
esclavista, que en un principio las había impulsado (...) un nuevo sistema de
producción que relacionaba en forma distinta a los hombres con la propiedad
estaba compitiendo con el régimen que se basaba en el trabajo esclavo".a Sin
embargo, los hacendados azucareros, que eran los principales esclavistas
cubanos, se negaban, como clase, a aceptar ni aun la eventualidad de la abolición.
Como ha dicho Sergio Aguirre: "No querían tampoco abolición con indemnización
como en Jamaica, sino esclavitud monda y livonda. Para que admitiesen la
esclavitud indemnizada tuvieron que pasar veinte años, antes que así lo
expresasen en la Junta de Información. Es decir, tuvieron que esperar a que la
mecanización de los ingenios avanzase mucho más de lo que había avanzado en
1844; que empezara a devorarlos la crisis económica que tuvo su punto de partida
en 1857, obligándolos a hipotecar ingenios para modernizarlos; y que la Guerra de
Secesión hubiese liquidado la esclavitud en Estados Unidos".77

Hacia 1845, los esclavos azucareros representaban una inversión superior a


ochenta millones de pesos, y era poco plausible que los hacendados estuviesen
dispuestos a renunciar voluntariamente a ella, en tanto que la trata pudiese
suministrarles los reemplazos en abundancia y que fuese imposible conseguir
trabajo libre a precio equivalente.

La crisis de la esclavitud en Cuba

A pesar de la crisis de la esclavitud como sistema de trabajo en las plantaciones


del Caribe, en Cuba, durante la primera mitad de la década del cuarenta, la

a
Raúl Cepero Bonilla: Azúcar y abolición…, La Habana, 1948, p. 16. (N. Del A.).

38
cuestión de una inmigración complementaria tiene todavía un carácter académico,
o cuando más de ensayo orientador. Los bozales, los "fardos" o "sacos de carbón"
de los negreros, seguían llegando aun cuando fuese cada vez con mayor
dificultad, y esto mantenía a los hacendados expectantes.

Sin embargo, la presión diplomática inglesa se hacía cada vez más apremiante
para obtener una legislación severa y eficaz contra la Trata. La llamada Ley
Penal de 184578 fue una concesión de Martínez de la Rosa al gobierno de
Palmerston; pero el famoso artículo 9 que declaraba inviolable el domicilio rural,
incluidos en él, a los efectos de la pesquisa, todos los límites de la hacienda,
convertía la ley en algo casi inocuo. Lord Aberdeen, sucesor de Palmerston, no
tardó en comprender el engaño de que había sido objeto su país, y presionó de
nuevo para obtener, si no la libertad de todos los bozales introducidos después de
1820, como pretendía Palmerston, al menos que no se siguieran burlando los
tratados de 1817 y 1835.

Los esclavistas sureños, a la sazón representados por el presidente Tyler, no


vacilaron entonces en ofrecer todo su apoyo al gobierno de Madrid,79 y los
negreros cubanos pudieron respirar después del susto que les habían ocasionado
los sucesos del año anterior (La Escalera). La esclavitud estaba, sin embargo,
condenada en otras partes del Caribe; en 1843, la comisión francesa concluyó su
informe favorable a la abolición,80 aunque ésta sólo debía realizarla la Revolución
de Febrero un lustro más tarde.81 En Estados Unidos, por otra parte, los
abolicionistas ganaban terreno con el tiempo, y las esperanzas de los anexionistas
cubanos de conservar la esclavitud, aun a expensas de la nacionalidad, sufrían
repetidos reveses.

A esta crisis externa de la esclavitud correspondía otra interna, mucho más


grave, que minaba el terreno sobre el cual reposaba la institución servil: el
aumento del costo del esclavo.82 Por los años treinta, "piezas de India" de primera
mano se vendían entre 350 y 400 pesos; una década más tarde, ya había subido
de un 20 % a un 25 %, y la causa principal era el alza de las primas contra los
riesgos del mar y de captura por los cruceros ingleses. Hacia los años cuarenta,
esta prima se elevaba al 35 % y a veces al 45 % del valor convenido del buque y
la cargazón.83

Solícito, el gobierno de Madrid viene entonces en ayuda de los atribulados


hacendados y les recomienda la cría de esclavos, según se practicaba en Estados
Unidos, y también que mandasen parte de sus numerosos esclavos domésticos a
los cañaverales, y por último sugería que todos los negros libres menores de
cincuenta años fuesen desterrados u obligados a trabajar en las fincas.84

De estas medidas sólo se trató de poner en práctica la primera, pues hay que
reconocer que los hacendados cubanos, principales interesados, eran menos
feroces que los ministros de Madrid. Se pensó que Camagüey podría emular con
Virginia en la “cría” de esclavos, y que así Cuba llegaría a tener "parqueado"

39
dentro de su propio territorio el ejército obrero de reserva sin el cual el
capitalismo no puede funcionar, pero tanto los camagüeyanos como los
orientales carecían del espíritu "zoológico" de los hacendados de Virginia y
Kentucky, y el proyecto no llegó a realizarse.

La expansión de la industria azucarera se había efectuado hasta los años


cincuenta basada en la reserva de fuerza de trabajo que, para los hacendados
cubanos, constituía la población del centro de África; y de las dotaciones de los
cafetales, sobrantes al arruinarse la exportación del grano, en virtud de las
tarifas proteccionistas yanquis.85 En 1850, esta reserva interna se había agotado
ya; y al dificultar los ingleses la continuación de la Trata, llevaron a los
hacendados a una aguda crisis: se hacía cada vez más difícil reemplazar a los
negros que morían o que se volvían improductivos por edad o accidentes en el
trabajo. "No podía obtenerse mano de obra libre, ni podía conseguirse un
régimen que conservara a la población esclava, prolongando su vida útil, lo cual
era imposible porque lo que quería el hacendado era un rendimiento grande y
rápido y así fue ⎯como observa Le Riverend — que se volvió la mirada hacia
fórmulas intermedias, basadas en la forzada importación de brazos".86

La discusión duró largo tiempo en torno a las posibilidades de reemplazar a los


esclavos por asalariados; los esclavistas defendían airadamente los intereses que
los abolicionistas combatían con pasión, y el resultado fue una agria polémica en
donde, a la "razón de Estado" mezclada a los más sórdidos intereses materiales,
se enfrentaron sentimientos e ideas generosas, muchos más que argumentos de
orden económico. El análisis económico de la esclavitud está aún por hacer, pero
trataremos de destacar algunos de los elementos del problema que entonces se
debatía, y de una de cuyas soluciones, temporales, fue la contratación de culíes
ante la imposibilidad de poder contratar braceros blancos.

La contradicción fundamental de la sociedad cubana: trabajo


esclavo contra trabajo libreb

Al plantear la cuestión de la inmigración de trabajadores blancos, desde un


ángulo estrictamente económico, el fiscal de la Real hacienda, Vicente Vázquez
Queipo,87 llegaba a conclusiones negativas. En su voluminoso informe de
diciembre de 1844 establecía, entre otras cosas, que si el costo anual de un
esclavo agrícola, incluidos los intereses y amortización del capital por él
representado, se elevaba a 70 pesos anuales, el de un trabajador libre no podía
bajar de 140 pesos. A los precios a que entonces se vendía el azúcar, Vázquez

b
Este subcapítulo vio por primera vez la luz como artículo, con el mismo título, en la revista
Economía y Desarrollo (La Habana, abril-junio de 1970, No. 2), y fue posteriormente publicado
formando parte del folleto ¿Cuántos africanos fueron traídos a Cuba? (Editorial de Ciencias
Sociales, La Habana, 1977). En ambas publicaciones aparecen algunas modificaciones
bibliográficas que el autor incorporó; para este libro se ha respetado la forma original en que fue
escrito. (N. del E.).

40
Queipo estimaba que los hacendados no podían soportar esa carga. El fiscal, en
sus cálculos, arrimaba un poco la brasa a su sardina, pero no es menos cierto que
la competencia de la remolacha en el mercado mundial había inaugurado un
período bajista para los precios del azúcar.88

El nudo de la cuestión estaba en el alto nivel de los jornales en todas las colonias
de plantación, realidad que sorprendió siempre a los viajeros curiosos e intrigó a
los economistas. En Jamaica, a principios de la década del cuarenta, se llegaron a
pagar jornales de medio peso diario y la manutención, cosa que parecía enorme, y
lo era en efecto, pues representaba más del doble de lo que ganaba el obrero
inglés contemporáneo. Richard Dana,89 un americano del Norte que visitó a Cuba
en 1859, se maravillaba de que el trabajo fuese lo suficientemente productivo en la
Isla como para que alguien estuviese dispuesto a pagar 400 pesos por la
adquisición de un "extraño" chino, abonarle además un sueldo de cuatro pesos
mensuales y mantenerlo durante ocho años, aun si pensaba que el chino había de
quedarle esclavo para toda la vida.

Al estimar la vida media útil de un negro bozal en diez años, a partir del momento
de su compra, y su valor en 600 pesos, la amortización e interés anual del capital
sería de 120 pesos. En el caso del culí, a su precio, 340 pesos,90 hay que añadir el
importe del sueldo pagado durante ocho años, 384 pesos; en este caso, la
amortización sería de 130 pesos anuales, suponiendo que fuesen iguales la
manutención, la esquifación y el botiquín. Así, la compra del chino dejaba una
pérdida "teórica" de un 8 % sobre la del bozal. Es evidente que si no hubiese sido
por la escasez de brazos, nadie hubiese adquirido uno de estos "pequeños,
singulares y rabiosos seres" que el pueblo llamaba "chinos de Manila".

Durante los años 1845-1855, el sueldo usual que se pagaba en Cuba a un


jornalero negro, liberto o esclavo, alquilado por su amo, era de 10 a 12 pesos, por
año corrido, y 20 pesos durante la zafra; se entiende sueldo mensual, incluidas la
manutención y la asistencia. Los hacendados estaban seriamente preocupados
por esta alza continua: en 1863, Joaquín de Ayestarán le escribía a su corredor de
azúcar en Nueva York: "Los retoños prometen bien para la próxima zafra, no sé si
la carestía del trabajo esclavo influirá en su conversión en azúcar, pero
ciertamente afecta la utilidad resultante para el propietario en la explotación de los
Ingenios". [Copias de la Correspondencia de Henry Coit (Ayestarán a Coit),
Habana, 30 de julio de 1863, en la Biblioteca Nacional.]

La tendencia alcista no se detuvo, y una década más tarde, los sueldos eran ya
de 20 y 30 pesos mensuales para los negros de campo empleados en los trabajos
de la zafra.91 Si los consideramos en el primer período, tendremos sueldos
anuales de 240 pesos para los braceros durante la zafra, y la diferencia será de 50
% a 100 % en más sobre el trabajo esclavo, lo cual bastaba para justificar la trata
negra, la amarilla y la de todos los colores. Y aun para que el economista alemán
Wilhelm Roscher92 encontrase que la trata de negros tenía un "aspecto brillante",
económicamente hablando se entiende, pues el sudor y las lágrimas de los negros

41
hay que suponer que él no los vio nunca brillar.

Es interesante señalar que esta alza de los salarios agrícolas no alcanzó a los
operarios urbanos. El hacendado Francisco Diago, en un informe presentado a la
Junta de Fomento en 1851, señalaba que "nuestra isla presenta hoy la anomalía
(...) que habiendo encarecido extraordinariamente el valor del trabajo de peonaje
tanto para las labores agrícolas como industriales que se desempeñan
exclusivamente por la raza esclava, no ha sufrido variación alguna en el precio del
que se dedica a otros objetos de artes u oficios que no repugna a la raza
blanca".93

Sorprende a primera vista que en Cuba u otras colonias de plantaciones,94 un


bracero pudiera pretender a un sueldo de 20 pesos mensuales, cuando en los
mismos años en España, Francia e Inglaterra, un mozo de granja o de cuerda no
ganaba más de dos a tres pesos mantenido.95 Y un obrero industrial en Francia y
Gran Bretaña de 10 a 12 pesos mensuales, aquellos que realizaban una labor
calificada.96 Merivale señala en Inglaterra jornales de 10 chelines semanales, 26
libras esterlinas al año (150 pesos) como absolutamente normales.97 En Estados
Unidos, que fuese siempre el país de los más altos jornales, un obrero fabril no
ganaba más de 15 pesos al mes.98 Todos estos jornales se entienden sin la
manutención y muchas veces sin alojamiento. Si se considera su valor absoluto,
los salarios cubanos eran de tres a cuatro veces superiores a los europeos de la
misma época, años 1845-1850; pero si se tiene en cuenta el poder de compra de
la moneda en la adquisición de alimentos, serán sólo el doble. La ropa, los
artículos de lujo y los hoteles, eran en la Isla tres o cuatro veces más caros que en
Europa; pero esto que falsea la apreciación de los viajeros, carecía de interés para
las clases humildes.

La explicación de este desnivel comporta dos tipos de argumentos, de orden


económico los unos, de orden social los otros. Para los primeros, el economista
inglés Herman Merivale99 dio en 1841 una explicación que aún hoy es clásica: "El
trabajo esclavo es mucho más caro que el libre, dondequiera que la presión
demográfica y la ausencia de protección legal obliga al hombre a ofrecer sus
servicios a un precio apenas superior al mínimo de subsistencia, y es lo que
ocurría en los países europeos". Esto era cierto sin "excepción de clima". Pero
desgraciadamente, Merivale dixit: "...Estas circunstancias no se realizan en los
paises coloniales donde la abundancia de tierras no acaparadas, la fertilidad
natural del suelo, el clima benigno, hacen que los hombres libres rehuyan el
trabajo asalariado cualquiera que sea la cuantía de la retribución. El límite del
mantenimiento económicamente provechoso de la esclavitud es alcanzado
dondequiera que la densidad de la población ha llegado a un nivel tal que es más
barato contratar los servicios de un bracero libre".

Feyjoo Sotomayor,100 negrero y contratista de braceros blancos en Cuba, nos da,


en 1855, una opinión aún más autorizada: "Se paga el esclavo más que el libre
[contratado] y el negro más que el blanco, hallándose fácilmente la razón de esto

42
en la diferente consideración con que se manda a unos y otros, y en las
envejecidas costumbres del país. Así pues (...) [los jornaleros libres] (...) ganan
para sí, los [esclavos] ganan para su dueño (...) [éstos] costaron un capital que se
afecta con el riesgo natural de la mortalidad humana, y reciben los alimentos de su
infancia, su vejez y sus enfermedades y también su vestido de manos del que
recibe los veinte pesos [el dueño del esclavo alquilado] y los otros reciben todo de
manos del que paga los cinco pesos [sueldo del contratado]".

Lenin,101 al referirse a la servidumbre en Rusia, señalaba que una de las


condiciones de este sistema era la dependencia personal del campesino hacia su
señor. Si éste no disponía de una autoridad directa sobre la persona misma del
labriego, no podía hacerlo trabajar...; hacía falta lo que Marx definió como una
obligación extraeconómica. Las formas y matices de esta obligación podían ser
muy variadas, desde la servidumbre (esclavitud) hasta la inferioridad jurídica del
campesino. Pero el supuesto, y también la consecuencia de este sistema, era el
nivel bajísimo y rutinario de la técnica.

La Sagra fue tal vez el único de los escritores de la época que percibió con
claridad esta contradicción antagónica. En 1848 escribía: "Es de todo punto
imposible, la organización de un sistema agrícola y de economía rural fundado en
principios científicos, mientras que el cultivo se verifique con brazos esclavos (...)
es difícil de establecer en las grandes fincas de caña y de café cultivadas por
esclavos, porque es imposible conseguir esmero, inteligencia y amor al trabajo de
unos seres degradados, que un sistema absurdo hace considerar tanto más útiles
cuanto más estúpidos son. Si, pues, el embrutecimiento y la degradación moral se
consideran como cualidades preciosas en las grandes negradas para tenerlas en
paz y obediencia, ¿no es esto privar a la agricultura de los más esenciales
elementos de su propiedad, que son la inteligencia y la aplicación? (...) Triste
cuadro (...) que está en oposición directa con las leyes de la humanidad y de la
justicia, únicas bases sólidas de toda institución duradera".102

Nuestros "progresistas" del siglo pasado, que soñaban en reemplazar la


esclavitud jurídica del negro por la semiesclavitud temporal del contratado, y
hubiesen querido convertirlo en colono mediatizado una vez terminado su "tiempo
de prueba", estaban muy lejos de percibir la contradicción insoluble que Lenin
subraya. Raúl Cepero Bonilla fue el primero en observar que "...los ideólogos de
El Siglo hacían asco de una organización capitalista de la economía cubana (...)
temían al proceso de industrialización y a su lógica y natural consecuencia, la
concentración de la propiedad".103 La actitud del célebre conde de Pozos Dulces
es bien característica: estaba contra la Trata, contra la inmigración contratada y
contra la industrialización, pero nunca dice claramente si estaba también en contra
de la esclavitud.104 Hay raíces profundas que entrelazan este romanticismo
económico de nuevo cuño con el romanticismo literario, locuaz y chacarrero de los
siboneyistas.

Todavía no se ha estudiado el impacto de estas contradicciones antagónicas del

43
régimen esclavista sobre la superestructura de la sociedad colonial, y sólo
señalaremos, desde este punto de vista, que la esclavitud creaba una jerarquía de
valores que, provocando el desprecio hacia todo trabajo manual, hacía que la
aversión hacia el esclavo hiciese aún más difícil encontrar los jornaleros que
habrían de sustituirlo.105

Muchos libertos o blancos pobres preferían pasar miseria antes de "hacer un


trabajo de negros". En 1846, en las ciudades, los operarios ganaban, según
D'Hespel d'Harponville,106 de 1,50 a 3,0 pesos diarios, lo cual, contando los
inevitables días sin trabajo, hacía salarios mensuales apenas el doble del de los
braceros del campo; y estos jornaleros, como ya indicamos, se mantuvieron
estables durante mucho tiempo cuando los agrícolas se duplicaron en veinte años.
Las leyes de la competencia jugaban en Cuba en favor del trabajo no calificado
hasta el límite de la costeabilidad, que era amplio, a pesar de los perpetuos
lamentos de los hacendados.

En los países esclavistas, las relaciones de producción estaban oscurecidas por


el hecho de que la diferencia —fácilmente perceptible en países de asalariados—
entre "trabajo necesario y trabajo excedente, [entre] trabajo pagado y trabajo no
retribuido", se ocultaban aquí bajo el sofisma de que el negro trabajaba de balde.
Marx observó, sin embargo, que "...hasta la parte de la jornada en que el esclavo
no hacía más que reponer el valor de lo que consumía para vivir y en que por
tanto trabajaba para sí, se presentaba exteriormente como trabajo realizado para
su dueño. Todo el trabajo del esclavo parecía trabajo no retribuido. Con el trabajo
asalariado ocurre lo contrario; aquí, hasta el trabajo excedente o trabajo no
retribuido parece pagado. Allí, el régimen de propiedad oculta el tiempo que el
esclavo trabaja para sí mismo; aquí, el régimen del dinero esconde el tiempo que
trabaja gratis el obrero asalariado (...) en el sistema de la esclavitud las ventajas
de la fuerza de trabajo superior al nivel medio o el quebranto de la que no alcanza
este nivel favorecen o perjudican al propietario del esclavo, mientras que en el
sistema del trabajo asalariado redundan en favor o en perjuicio del propio obrero,
ya que en un caso es él mismo quien vende su fuerza de trabajo, mientras que en
el otro caso la vende un tercero".107

Así, el esclavo era aun tiempo capital constante y capital variable: se identificaba
con las máquinas, instalaciones y materia prima a causa del precio que el
hacendado pagaba por él, y se añadía a éstos, y debía ser amortizado en
proporción al término de su vida "útil", de diez a doce años en promedio, como si
fuese una simple máquina; pero también percibía un "salario" representado por su
manutención, ropa y asistencia médica, y añadía con su trabajo nuevo valor a la
producción: el plusproducto, pues el hacendado le "pagaba" mucho menos que el
nuevo valor que había creado en el curso de su larga jornada.

En estas condiciones, la composición orgánica del capital era diferente que en las
fábricas donde se empleaba sólo trabajo asalariado. En el ingenio, la relación
entre el capital constante y el variable era por lo menos el triple que en las otras

44
fábricas contemporáneas; pues, en la mayoría de los casos, el valor de la dotación
superaba el de las instalaciones.108 Los economistas burgueses que estudiaron la
cuestión asimilaban el esclavo al capital circulante y, disminuyendo arbitrariamente
la cuantía del capital fijo, llegaban a la conclusión de que la esclavitud no era
económicamente rentable. Con arreglo al esquema clásico de la circulación del
capital, esto puede parecer correcto, pero encubre el verdadero carácter del
proceso de explotación: la producción de plusproducto.

En el ingenio esclavista, la cuota de plusproducto relacionaba al capital variable


—el mantenimiento de la dotación—, que era muy reducido, llegaba a valores
fabulosos; más del 500 % en la mayoría de los casos. Esto aparecía muy
netamente a los propios hacendados al liquidar la zafra, y solían dilapidar
alegremente los superbeneficios así obtenidos, sin preocuparse en demasía por la
composición orgánica de su capital, que les era ciertamente desfavorable, y los
colocaba bajo la dependencia de los refaccionistas, quienes a su vez eran
españoles. Esta contradicción intrínseca al modo de producción esclavista,
reforzaba aquí la contradicción antagónica entre la burguesía refaccionista
española y la burguesía azucarera cubana.

La aparición de jornaleros (libres alquilados, esclavos o contratados) en el


ingenio, alteró la composición orgánica del capital, al rebajar, en consecuencia, la
cuota de explotación, pero haciendo más sólida la inversión a largo plazo. Esta
tendencia, muy débil aún por los años cincuenta, conspiraba contra la estabilidad
de la institución esclavista, y una generación más tarde va a crear una
superpoblación relativa que hará más fácil el tránsito al asalariado. Pero en el
momento que nos ocupa, 1850, lo fundamental para los hacendados era obtener
mano de obra estable para sus bateyes, y poder aumentar la producción según los
requerimientos de la demanda. Era la época en que predominaban las ideas de
David Ricardo en cuanto a que los salarios "...como cualquier otro contrato deben
dejarse a la competencia franca y libre del mercado y no ser jamás entorpecidos
por la acción del legislador".109 Pero como en Cuba la demanda de brazos era
mayor que la oferta, a causa de la riqueza potencial de los suelos vírgenes, la
abundancia relativa de capitales y la baja densidad de población, los hacendados
se aferraron a las formas de trabajo forzado, como la mejor manera de mantener
la balanza en su favor;110 aunque esto les resultase, a la postre, más costoso. Lo
mismo ocurría también en las ciudades, como señala Le Riverend, en donde el
contrato de aprendizaje en uso entre los tabaqueros era una forma apenas
embozada de trabajo forzado.111

El desarrollo de todas estas contradicciones provocó una honda crisis social a


mediados de los años cuarenta, y la conspiración de la Escalera, con su secuela
de horrores, no fue más que el síntoma más visible. Más tarde, con el
anexionismo, la lucha contra el esclavo se encaminará hacia el naufragio de la
nacionalidad cubana, pero en 1844, en un ambiente tenso de suspicacia y temor,
el reemplazo de la fuerza de trabajo consumida en los ingenios tomaba caracteres
de urgencia, y es hacia el proletario blanco, pero contratado en condiciones tales

45
que lo equiparen al esclavo, hacia donde se orientaban primero las iniciativas de la
burguesía isleña.

La Real Junta de Fomento es el órgano idóneo para canalizar estos proyectos.


Allí están representados los grandes hacendados y los personeros del régimen
colonial, y es con su concurso financiero que se van a realizar los primeros
ensayos.

La Junta de Fomento y la inmigración de braceros blancos


contratados

Convocada por el gobernador O'Donnell en febrero y marzo de 1844,112 la Junta


propuso la creación subvencionada de Sociedades Anónimas como empresarios
de colonización según el proyecto presentado por Domingo Goicuría.113 Estas
compañías debían de introducir braceros peninsulares, y aun irlandeses, y
alemanes del sur, bajo contratos de trabajo para colocarlos en los ingenios de
aquellas zonas más amenazadas por las rebeliones de esclavos; "conciliando el
bienestar de los futuros colonos con el interés y la utilidad de los hacendados".114

Que esto era una utopía, hasta el propio general O'Donnell lo pensaba.115 En un
informe enviado al presidente del Consejo de Ministros, Isturiz, escribía sin
ambages: "La Isla de Cuba concluye para nosotros y desaparece su importancia el
día en que cese el trabajo de los negros en ella (...) Dentro de diez años, la
riqueza principal de esta Isla, que es la caña de azúcar, habrá decaído tan
considerablemente que podrá tenérsela por perdida si no se traen remedios a tan
lastimosa situación". El Ayuntamiento de La Habana no era menos explícito: "Es
preciso no alucinarnos, los ingenios como están hoy no pueden subsistir sin
esclavos".116 El remedio propuesto por O'Donnell era sencillo: no debía abrirse
inconsideradamente los puertos de la Isla a la inmigración blanca; por el contrario,
debía fomentarse por todos los medios el trabajo de los brazos de color. Esto era
en la época una verdad de Perogrullo, que había conducido a todos los
predecesores del general a cerrar púdicamente los ojos —pero a extender
prestamente la mano— frente a las actividades "patrióticas" de los negreros. La
originalidad del "bizarro" conde de Lucena fue obligar por el terror a todos los
negros, libres o esclavos que residían en las poblaciones, a ir a cortar caña. La
Conspiración de la Escalera toma una luz peculiar cuando se mira a través de esta
política sistemática de degradación del negro.

El plan Goicuría, apadrinado por la Junta de Fomento y aprobado por el


Ayuntamiento de La Habana y por otras corporaciones, tenía un inconfundible
tufillo a asiento de negros. Los supuestos colonos que se pensaban reclutar en
Canarias y en Europa, debían de comprometerse a trabajar en los ingenios por
cuatro pesos al mes durante tres años y sólo al cabo de ellos podrían librarse,
pagando la mitad del costo del pasaje y la habilitación que se les hubiese
entregado. El contratista recibía, por su parte, 125 pesos de la Junta por cada
colono desembarcado.117 Como era de esperarse, la iniciativa tuvo poco éxito, y

46
dos años más tarde la propia Junta aconsejaba su abandono, inclinándose por la
inmigración asiática.

Ignoramos si acertaron a llegar algunos irlandeses y alemanes, pero fue cierto


que desembarcaron contingentes de canarios que fueron mandados a los
ingenios, donde parece que se mostraron un poco ariscos con los mayorales, a tal
punto que el capitán general Roncali estimó de su deber llamarlos al "orden", por
medio del decreto de 13 de octubre de 1848,118 el cual fue a su vez motivo para
que el gobernador de Canarias dictase una circular previniendo a sus paisanos de
que "...existen en ciertos pueblos agentes llamados enganchadores [quienes]
abusando de la credulidad de los sencillos braceros (...) les proponen contratos
usurarios sobre la venta de su libertad por más o menos tiempo, reduciéndolos a
la condición de esclavos".119

Al comentar estas disposiciones, La Verdad del 15 de octubre de 1850 decía que


su objetivo no fue otro que el de arredrar a los especuladores, intimidar a los
propietarios y hacer que los capitanes de buques se negasen a todo convenio con
los comerciantes y hacendados de Puerto Príncipe que, gracias a los esfuerzos de
El Lugareño, habían desplegado más actividades y patriotismo en la colonización
blanca.120

Paralelamente a estas insinceras gestiones para traer braceros blancos


contratados, la Junta de Fomento financió la primera expedición de culíes, que
llegó en 1847. Pero dejemos la cuestión para el próximo capítulo, donde será
tratada con todo el detalle necesario. Baste señalar por ahora que si la importación
de braceros blancos, que nadie tomaba en serio, no despertó suspicacias de "la
corporación negrera", sí las despertó la de amarillos, en quienes los vendedores
de "sacos de carbón" vieron inmediatamente una competencia peligrosa. Esta
rivalidad entre "negreros de negros y negreros de amarillos" paralizó la trata
asiática entre 1847 y 1852, en las condiciones que después veremos.

Cuando por fin ese año Concha resuelve definitivamente la cuestión en favor
de los "amarillos", surge un imprevisto competidor en el "blanquero" Feyjoo
Sotomayor, pero el episodio merece relatarse.

Un caso de trata de blancos: los gallegos de Feyjoo Sotomayor

El negocio desde sus comienzos tomó características similares a las de todo el


tráfico de culíes: organización previa de una empresa capitalista, en este caso La
Compañía Patriótica-Mercantil,121 con abundantes fondos suscritos por los propios
empresarios de la trata; agentes reclutadores que recorrían la zona designada (la
provincia de Galicia), ofreciendo primas de enganche y tentadoras perspectivas en
América a infelices labriegos acosados por el hambre y amenazados por las
epidemias.

El promotor del negocio, don Urbano Sotomayor, era un personaje muy de su

47
época: diputado "progresista" por la provincia de Oriente, contratista de obras
públicas en Cuba, fuerte cliente de la Trata y principal comprador de la primera
remesa de chinos en 1847. Feyjoo parece haber gozado de amplia protección por
parte del capitán general Cañedo, quien le aprobó el monopolio de la contratación
y venta de gallegos, amén de las autoridades de Galicia. La Compañía se
proponía contratar 50 000 braceros que se reclutaban por cinco años mediante un
sueldo mensual de cinco pesos, la manutención y dos mudas de ropa al año.
También les entregaba un anticipo de 15 pesos antes del enganche, pero debían
de reembolsarlos en Cuba. La Compañía se obligaba, por otra parte, a repatriarlos
gratis una vez vencidas las contratas.

El Gobierno a su vez autorizó a la Compañía a traspasar las contratas de los


inmigrantes; es decir, venderlos a los hacendados al precio de 119 pesos por
cabeza.122 La utilidad resultaba excelente, pues los gallegos no salían a más de 60
pesos en los barracones de La Habana.123

El hambre que ese invierno asolaba el norte de España facilitó el propósito del
negrero diputado, y a mediados de 1854 llegó el primer contingente de 500
mozos que desfilaron por las calles de La Habana, entonando los aires de su
nativa tierra.124 Pero estos festejos no lograban encubrir siniestras realidades; el
propio Feyjoo reconoce que ya al embarcarse en La Coruña, se amotinó en el
puerto una parte de la gente... los siguientes arribaron con más y menos
elementos de insubordinación, habiendo sucedido que los "pasajeros" de la
fragata Guía del Vigo que llegó a Cádiz de arribada, se amotinaron en aquel
puerto, obligando a la Autoridad a poner a bordo fuerza pública para mantener el
orden. El compungido contratista reconoce que "...las condiciones (...) [de] la
inmigración gallega eran de general descrédito, tendencia escandalosa a la
insurrección, resistencia al trabajo (...) insubordinación continua (...) y
deserciones en masa". Ni "las oportunas revistas y arengas de las Autoridades
subalternas [en Cuba], la presencia de la Guardia Civil y otros actos semejantes
les hacían comprender". Así fue que "...los que trabajaban en el Camino de
Trinidad se desbandaron como salvajes, comiendo el rancho y vagando por el
campo sin respetar a nadie"; así sucedió que "...en Cienfuegos se hayan
presentado amotinados 300 hombres gritando Viva la Libertad".125 Fue
necesario dictar disposiciones gubernativas asimilando los gallegos sueltos a
los negros cimarrones, y ordenar su conducción por la fuerza pública a los
barracones o las cárceles.126 Hubo algunos casos de resistencia y el escándalo
fue mayúsculo.

Feyjoo acusa al general Concha de ser responsable del desorden por querellas
personales con él, pero nosotros ya sabemos las causas verdaderas de este
estruendoso fracaso. El anterior gobernador, el marqués de la Pezuela, a quien
Feyjoo cubre de elogios, era un liberal, abolicionista sincero, que autorizó este
tráfico como lo haría con el de chinos, creyéndolo un mal menor y un medio
eficaz de luchar contra la trata de negros; por otra parte, la venta de gallegos en
pública subasta fue tolerada por el General, porque estaba avalada por una

48
Real Orden.127 Mas, lo cierto es que nadie quiso comprar a los gallegos por los
200 pesos que se pedían, y hubo momentos en que Feyjoo tuvo a más de 1 800
encerrados en sus barracones.128 Frente a esta situación, Pezuela anuló la
contrata, aunque ésta estuviese amparada por la ley. Pero como el señor Feyjoo
era hombre influyente en las Cortes y tenía el brazo largo en los ministerios,
consiguió que el Gobierno le comprase sus gallegos al precio "legal" de 119
pesos, por cabeza. Para justificar esto, se inventó construir una línea de
ferrocarril, para lo cual se votó un crédito de 140 000 pesos. Feyjoo expone que
la Junta de Fomento sólo le contrató 10 kilómetros del ferrocarril central (acuerdo
de 6 de julio de 1854), y que Concha, a su llegada, anuló todo y lo dejó con "sus
amados paisanos" entre los brazos.129

Como consecuencia final de todo este ruidoso proceso, los gallegos recobraron
su libertad, y una nueva Real Orden, de 8 de julio de 1855, aclaró que desde
entonces la inmigración gallega sólo sería libre, quedando condenados a la
esclavitud, como apunta Elías Entralgo, los colonos de otras tierras que habían
sido traídos por medio de contratas similares a las firmadas por los gallegos.130

No podemos precisar la cantidad total de gallegos contratados que


desembarcaron, pero debió oscilar entre 2 500 y 3 000. La mayor parte se
quedaba en La Habana, pero importantes contingentes se establecieron en Las
Villas. Como los catalanes de Estorch, el mayor número se radicó en pueblos y
ciudades como dependientes del comercio.

El general Concha resumió bien el descrédito de la empresa al declarar ante el


Parlamento español: "Los desgraciados gallegos han ido allí confiados en hacer su
fortuna según les habían prometido: su fortuna y les dan cinco duros mensuales,
mientras los negros ganan veinte duros". Feyjoo en vano protestaría, diciendo que
en Galicia un teniente de Infantería ganaba menos que un bracero en Cuba, y que
cinco pesos al mes era el doble de lo que ganaba en su tierra un trabajador de
campo, "...teniendo que mantenerse de esa suma, los días de fiesta y desempleo
costearse su vestido y cama y asistirse en sus enfermedades".131 Lo cierto es que
las desigualdades salariales entre el esclavo alquilado, o aun el jornalero libre y el
contratado, hacían imposible la inmigración de braceros en condiciones que no
fueran otras que las de la propia esclavitud.

Ya hemos tratado la cuestión básica de los salarios en el régimen esclavista, y no


es del caso repetir los argumentos; sólo recordaremos que la diferencia de 15
pesos que se establecía entre el salario del bracero libre y el del contratado, era la
justificación del precio de la contrata. Don Urbano calculaba los costos totales de
un gallego contratado por cinco años, incluido el regreso a España estipulado en
su contrata, en 884 pesos, lo que arrojaba un salario mensual de 14 pesos.132 Es
evidente que el negrero-diputado hace aquí las cuentas del Gran Capitán para
disimular el sobreprecio, 140 pesos, al cual pensaba vender a sus gallegos, pero
es de todos modos evidente que un margen de cinco pesos mensuales no era
suficiente para incitar a los hacendados a comprar esta "riesgosa mercancía". La

49
trata de chinos ofrecía más amplios márgenes de utilidad, y sobre todo una
población de color que se podía atropellar impunemente, condición imprescindible
para el buen éxito del negocio. Así, a partir de 1855, la inmigración propiamente
peninsular cesó casi por completo. El ensayo había demostrado, como observa
Julio Riverend, "...las dificultades que el régimen esclavista existente presentaba a
la contratación de obreros blancos libres".133

Lo que la industria azucarera pedía insistentemente entonces no eran colonos,


sino braceros, y en un país de esclavos aterrorizados, resultaba absurdo pensar
en introducir jornaleros libres. Los ingleses antes de pensar en el culí ya habían
abolido la esclavitud. Mas, lo cierto fue que ni la Junta de Fomento ni el
Gobierno parecen haber nunca tomado muy en serio ninguno de estos pueriles
planes de colonización blanca. Ya el propio Gaspar Betancourt Cisneros lo había
escrito en 1841 (Centón Epistolario, t. 5, pp. 24, 36 pássim) frente al fracaso de
Estorch: "Es inútil pensar en colonización blanca mientras haya siquiera
esperanza de traer negritos de África. Nada ganamos con predicar, sino que nos
miren con mala voluntad, que nos sospechen de bajezas en que sólo estos
perros negreros son capaces de incurrir".

Como los negreros estaban en el fondo tan asustados por los ingleses como lo
estaban los hacendados por los negros, aquéllos buscaron alguna manera de
disfrazar legalmente la Trata clandestina que ya no podían ocultar de ningún
modo, y así surgieron nuevos proyectos de inmigración.

Las tentativas de traer africanos contratados

La idea había estado en el aire desde que se pensó en traer culíes, en 1846, y se
apoyaba en el ejemplo inglés. Domingo del Monte, en carta a Saco, decía, desde
Madrid, el 17 de enero de 1848: "Algunos hombres ricos de Cuba [quieren] (...)
que Cuba haga lo que pretenden hacer los hacendados de las Antillas Inglesas,
que es llevar negros de África en calidad de colonos a sus tierras sin considerar
que Cuba no ha emancipado a sus esclavos".134 Meses más tarde, el proyecto
pareció tomar consideración, y Gaspar Betancourt Cisneros le escribe también a
Saco, señalando que es "...público y notorio que está reorganizada la Sociedad
Negrera a cuya cabeza figura la Duquesa de Rianzares y su hechura Roncali para
traer 10,000 etíopes del Brasil".135

La leyenda de los negros contratados como braceros en Brasil hizo algún ruido
durante los años 1848-1850, pero servía solamente de pantalla para cubrir la
Trata, que seguía practicándose abiertamente con la costa de África. Jamás vino a
Cuba un solo barco con negros de Brasil. El Lugareño no se cansaba de
denunciar desde las columnas de La Verdad en Nueva York, y en su
correspondencia privada, la introducción de bozales en gran escala por el
consorcio de Parejo, Pastor y Forcade, "...quienes están soplando en Cuba negros
de África a millares y juran que son de Brasil y quieren encandilar a Inglaterra".136
Pero el cónsul inglés tenía buena vista, y pronto los negreros tuvieron que

50
abandonar la inocente broma que consistía en decir que los bozales
desembarcados eran trabajadores libres contratados en Brasil.

Poco después del fracaso de Feyjoo Sotomayor, en abril de 1856 surgió una
nueva y más grandiosa tentativa de introducir africanos, a quienes ahora, en lugar
de comprar, se "contrataría libremente" en su propia tierra natal.137 El negocio se
presentaba brillantísimo, y entusiasmó a mucha gente. Se formó una nueva
empresa capitalista: la Compañía de Colonización Africana, patrocinada por un
cubano, don José Suárez Argudín; un portugués, don Manuel Basilio de Cunha
Reis; y un asturiano, don Luciano Fernández Perdones. Esta cosmopolita
sociedad pretendía obtener el monopolio para la introducción de 60 000 africanos
en Cuba y 100 000 en Brasil. Decir que el proyecto tuvo buena acogida sería dar
una pálida imagen de la realidad: en pocos meses del año 1856, se recogieron
solicitudes de compra en firme por 41 073 negros sólo en la isla de Cuba;138 ocho
hacendados suscribieron por 500 cada uno y cuarenta por cantidades superiores a
doscientos.139 Las autoridades españolas, por su parte, no escatimaron la
protección, y se realizó una intensa propaganda. Toda la prensa reaccionaria de
España y Ultramar contribuía a demostrar las bondades del nuevo proyecto
negrero.140

Desgraciadamente, Inglaterra, que acababa de prohibir la contratación de


africanos en sus propias colonias, se opuso tenazmente al inocente proyecto de
los hispano-lusitanos. La negativa inglesa se hizo más tenaz por la irritación que
había producido en la opinión pública la burla ocasionada por la Ley Penal del 2 de
marzo de 1845 para la represión del tráfico negrero.

En efecto, bajo la promesa formal del gobierno de Madrid, de que esta ley iba a
poner un término a la Trata, Londres había accedido a retirar la Comisión Mixta de
La Habana y desguazar él Pontón. El Artículo 13 de la ley elevaba en
consecuencia a las audiencias los casos comprobados de introducción de
bozales,141 lo cual era tanto como garantizar la impunidad a los negreros.

Mientras fracasaban estos ensayos de modernización de la trata africana, se


buscaban afanosamente otros campos donde reclutar la mano de obra servil que
reclamaban los hacendados.

La trata de indios yucatecos

Abordamos ahora uno de los episodios más tristes de la historia


centroamericana: la venta de los prisioneros de guerra de la insurrección agraria
que en 1848 acababa de ser aplastada. Los caciques políticos yucatecos,
aplicando el mismo criterio que los reyezuelos africanos, declararon que "...esos
prisioneros, conforme a la legislación de guerra, debían sufrir la pena de muerte y
resultaba una medida transaccional con la civilización, perdonarles la vida y
enviarlos a trabajar a Cuba, para resarcirse el gobierno de los gastos que le
costaba sostener la guerra".142 Los primeros llegaron en el vapor El Cetro,

51
consignados a Carlos Tolmé; pero desde los comienzos, el célebre Pancho Marty
fue el promotor de la trata de indios.

El dueño del teatro Tacón y de la Pescadería era desde hacía mucho tiempo uno
de los personajes más importantes de la camarilla del Capitán General. Aunque
llegó a la Isla en tiempos de Vives, decían sus contemporáneos "que se puso las
botas con Tacón", gráfica expresión con que el gracejo popular quería caracterizar
la provechosa amistad de ambos personajes. De sí mismo este chusco catalán
solía decir que su fortuna la había hecho "comprando blancos y vendiendo
negros", alusión a la Trata, en la que había tenido una gran participación. Entre
sus múltiples negocios estaba una flota pesquera que operaba en aguas de
Yucatán,143 y así fue como se enteró de las nuevas probabilidades que había de
reclutar esclavos sin necesidad de dar el largo viaje hasta la costa de Guinea.

La idea deslumbró a todos los esclavistas isleños: al ser los indios nominalmente
católicos, el obispo, entusiasmado, veía en ellos nuevos feligreses a quienes no
era necesario ni bautizar siquiera; las autoridades españolas encontraban
particularmente placentera la idea de esclavizar la raza que los había expulsado
de América, humillando además a los mexicanos, a quienes aún no habían
perdonado su independencia; los hacendados, en fin, pensaban encontrar
esclavos dóciles a quienes tal vez no fuese necesario enseñar el español. Todos,
en una palabra, fueron unánimes en preferirlos a los chinos y a los negros. El
porvenir de Cuba se aclaraba milagrosamente... Por desgracia, este confiado
optimismo duró poco; después de llegadas algunas remesas, el tráfico se
interrumpió bruscamente. El Gobierno Federal mexicano, que no compartía los
principios "humanitarios" del Gobernador de Yucatán, indignado, lo prohibió
terminantemente.

Los pesqueros de don Francisco Marty y Torrens no interrumpieron por ello su


actividad "patriótica", sólo que ahora raptaban a los infelices indios en la costa, en
complicidad con las autoridades locales, para venderlos luego como "contratados"
en La Habana. Tal vez fuese a esta actividad a la que se refería el historiador
español Pezuela,144 al calificar a Pancho Marty de "inteligente especulador" por su
actividad como tratante de indios. En 1853, los esclavistas cubanos respiraron de
nuevo, pues sabían que con el general Santa Anna, otra vez dictador en México,
no había problemas, y no los hubo: "Su Alteza Serenísima", después de haber
vendido a los norteamericanos una parte del territorio nacional, se apresuró a
vender a los tratantes cubanos una porción de sus compatriotas. Los precios eran
realmente de liquidación: 40 pesos mexicanos por cabeza los hombres; las
mujeres veiticinco y los niños de balde.145 La Sociedad Goicuría y hermanos
recibió autorización para operar legalmente, y estableció una agencia oficial en
Mérida.146 En pocos meses se importaron varios cientos de infelices indios, a
veces familias enteras. La trata de chinos que recién cogía impulso, se veía
seriamente amenazada por este inmediato e "ilustrado competidor".
Infortunadamente, los "pérfidos ingleses"147 intervinieron aquí también, y Santa
Anna tuvo que abandonar su "patriótico" negocio antes de ser expulsado de la

52
presidencia de México por su pueblo indignado. Fue necesario volver al sistema
anterior de plagios individuales o por pequeños grupos,148 pero la Trata en esa
forma rendía poco, y no podía resolver las apremiantes necesidades de los
hacendados.

En 1858 se trató nuevamente de oficializar la trata de yucatecos y de organizarla,


sobre "serias" bases capitalistas, por la Casa Zangroniz,149 más tarde gran
importadora de chinos. El promotor mexicano fue un tal Cajigas, y el encargado de
obtener los favores oficiales nada menos que el "ilustre" poeta don José Zorrilla, el
célebre autor de Don Juan Tenorio. Vino el poeta con su socio a La Habana en
noviembre de dicho año; mas, a poco de desembarcar, Cajigas murió de fiebre
amarilla, y el poeta se lamenta amargamente en sus Memorias "...de que la suerte
adversa le arrebatara un amigo y la fortuna ya en puerta".150 Su participación en el
negocio sería del 25 % de las utilidades, nada más que por el uso de su "ilustre"
nombre y de su influencia con el general Concha. El negocio fracasó esta vez por
las violentas protestas del cónsul mexicano en La Habana, Ramón Carballo, y del
ministro de esa nación en Madrid.151 Pero lo que es revelador es la desfachatez
con que Zorrilla cuenta este sucio episodio en sus Memorias.

¿Qué utilidad obtenían los terratenientes cubanos sobre la venta de los


yucatecos? Ya vimos que los precios de compra oscilaron entre 40 y 160 pesos
mexicanos, es decir, de 20 a 80 pesos cubanos; el transporte y otros gastos hasta
La Habana podía pasar de 12 a 15 pesos, es decir, que el yucateco salía puesto
en barracón a unos 70 pesos, término medio, y se podía vender en más de 300
pesos.152 El negocio era el más brillante de todos, capaz de hacer perder la rima a
cualquier Zorrilla.

¿Cuántos indios yucatecos fueron vendidos en Cuba? Como en los casos


anteriores, es imposible aventurar una cifra precisa; el censo de 1862 enumeraba
786, la mayor parte en las provincias de La Habana y Pinar del Río. El tráfico, con
grandes alternativas, duró tanto como el de chinos,153 pero tuvo casi siempre un
carácter clandestino. Por otra parte, el yucateco, que no era nada dócil, huía con
facilidad y se sumaba a la población de color, de la cual era difícil distinguirlo.
Teniendo en cuenta la cantidad que aparece en los depósitos de cimarrones, la
frecuencia de los "casos de policía" y de otros indicios,154 puede pensarse que el
número de inmigrantes fue aproximadamente de 3 000 a 4 000 en veinticinco
años.

De los cuatro puntos cardinales

Hubo otros muchos proyectos para suministrar mano de obra servil a la industria
azucarera. Nuestros negreros aprendían velozmente la geografía, y desde 1860
se hicieron varias tentativas para traer polinesios, "los mirlos del Pacífico", como
los llamaban sus captores. Parece que en septiembre de 1860, el capitán general
Serrano —el héroe de los liberales cubanos— autorizó a un tal Cabargas a
importar 5 000 de estos infelices.155 Pero estos culíes jamás llegaron, pues los

53
colonialistas franceses e ingleses acaparaban para sus posesiones del Pacífico
esta escuálida reserva de mano de obra.156

Por otra parte, algunos miles de polinesios que fueron a parar a las costas de
Perú, se mostraron totalmente refractarios al trabajo en las plantaciones
azucareras. Brutalmente trasplantados en un mundo extraño, horrible e
incomprensible para ellos, se dejaban morir de inanición, y después de dos o tres
experiencias ningún hacendado quiso comprarlos. Paz Soldán, contemporáneo de
la experiencia, escribe: "Tanto en el trayecto como en los lugares de su destino
morían casi en su totalidad, sucumbiendo además de las causas externas a la viva
nostalgia que se apoderaba de todos ellos, estampada en su hermosa cara y en
sus grandes e inexpresivos ojos".157 Este drama revive, tres siglos más tarde, el de
nuestros taínos y siboneyes, cuya rápida desaparición no hemos querido
comprender aún.

Otras tentativas de traer vietnamitas de Saigón, malayos de Singapur o tagalos


de Manila, no pasaron de una simple expedición, aunque, en 1866, José L.
Alfonso las recomendase vivamente. En una interesante carta a José A. Saco,158
de 22 de diciembre de 1866, le informa detalladamente sobre las posibilidades de
este nuevo tráfico. Como España contribuyó con tropas a la conquista francesa de
Cochinchina,159 era de suponer que París, agradecido, no pondría dificultades, y
que los tratantes cubanos obtendrían de ese Gobierno "todo el favor y protección
que pudieran reclamar de él los súbditos franceses". Los anamistas "...valen más
moralmente que los chinos, que bajo este concepto, son los últimos hombres de la
creación, ellos son de carácter suave, dóciles y agradecidos al buen trato, pero
son inferiores a los chinos físicamente (...) con alimentación y trato iguales creo
que un anamita no podrá trabajar tanto como un chino (...) concluidas las noticias
sobre los cochinchinos, que como Ud. ve no son muy satisfactorias en cuanto a
sus cualidades físicas, se me ocurre preguntar si los habitantes indígenas de las
Islas Filipinas no serían a propósito para cultivar los campos de Cuba y por qué no
se ha pensado en ellos". ¿Por qué? Tal vez el Gobierno no llegó a decidirse a
organizar la trata intercolonial, aunque Alfonso pensase que "era ventaja que
aquel país perteneciese a España". En cuanto a Indochina, el Gobierno francés
reservaba para su capitalismo nacional la explotación de los recursos naturales y
humanos de la recién conquistada colonia. Sin embargo, los esclavistas españoles
no se dieron por vencidos, y en 1870 el general don Carlos Palanca Gutiérrez, que
había participado en la guerra de agresión franco-española contra el reino de
Anam, y que fue el primer representante de España en Saigón, impulsaba en el
Ministerio de Ultramar un proyecto de importación de colonos de Tonkín,
esclavizados en la misma forma que los chinos. Se le dio gran publicidad al
asunto.160 La Sociedad Económica Matritense, en su dictamen de 26 de
noviembre de 1870, lo reconoció como altamente patriótico. En cuanto al General,
en el folleto que mandó a imprimir declaraba: "...Esperando sólo a que se realice
una idea que considero patriótica y fecunda (...) abrigo el propósito de dirigir la
primera expedición; trasladándome al reino anamita y utilizando mis conocimientos
y relaciones en aquel país, para que la primera remesa de colonos sea

54
escogida".161 ¡Pobre General! No pudo "ver colmadas sus esperanzas"; el
gobierno de Thiers, al igual que el Imperio, seguía considerando la Península
Indochina como patrimonio exclusivo de la burguesía francesa.

Años más tarde, ya agonizando la Trata (la amarilla y la negra), se hicieron


nuevas tentativas de traer esta vez "contratados" del norte de África: campesinos
abisinios, felhas egipcios y marroquíes.162 El erudito negrero pretendía traer 2 000
de muestra de cada lugar para comprobar cuáles se dejaban esclavizar con más
facilidad. Afortunadamente, todo esto no pasó de ser sueños de negreros
desocupados, o, a veces, ingeniosas estafas.

Agotado el mapa de la esclavitud posible, la brújula de los negreros seguía


apuntando insistentemente hacia China, con fuertes desviaciones hacia Angola
también... Si se quería seguir suministrando mano de obra servil a la industria
azucarera, era necesario encarar la realidad, y sólo dos rumbos se ofrecían. Los
dos fueron tenazmente seguidos después de 1855: reorganizar la trata
clandestina para que adquiriese mayor volumen, con el eficaz auxilio de los
portugueses de Benguela, y considerar a los chinos no como un mero
pasatiempo sino como algo esencial. La experiencia demostraba que la trata
amarilla era la única vía para suministrar a la industria azucarera el complemento
de braceros que necesitaba anualmente para poder ampliar su producción en la
cuantía requerida por la acumulación capitalista efectuada. El déficit anual de
fuerza de trabajo era, por los años 50, de unos 10 000 individuos, y fue cubierto
en lo fundamental por la trata negrera y la amarilla.163

55
NOTAS DE LA INTRODUCCIÓN

1
Cálculos hechos sobre el censo de 1862, uno de los mejores de la época
colonial, permiten establecer, para los blancos, una tasa de natalidad general de
35 %, y una tasa de mortalidad de 24 %. La natalidad, que aparece bastante
baja para la época, se explica por la desproporción de los sexos en las edades
aptas para la reproducción. Había 164 953 mujeres de 13 a 40 años y 269 953
hombres de 16 a 60 años. Pero la tasa de fecundidad era de 163 %. Como de
referencia indiquemos que en la actualidad (1965) hay 103 hombres por 100
mujeres, pero la tasa de fecundidad es sólo de 91 %.
2
Las tasa de natalidad y mortalidad para la población de color no pueden
calcularse, por razones obvias, sobre la base de los registros parroquiales,
según se hizo para los blancos. Se calcula entonces el valor de 1 %, partiendo
de composición por edades, en la hipótesis de una población cerrada, y se aplicó
entonces un modelo matemático para determinar las tasas de mortalidad por
edades.
3
La baja natalidad entre los esclavos, el 6 % de la población de color, se explica
por el desequilibrio entre los sexos: 144 varones por cada 100 hembras, y el
número considerable de abortos de estas últimas. Los documentos de la época
dejan la impresión de una natalidad del orden de 20 %, aunque la fertilidad fuese
elavadísima. Madem (La Isla de Cuba, p. 33, 1934), estima la relación entre
varones y hembras como de 450 por 100 en los ingenios, pero esto parece
exagerado.
4
En 1900 apenas quedaban el 10 % de los chinos llegados entre 1853 y 1874,
sin que hubiese mediado la emigración.
5
Documentos de que se compone el expediente sobre el tráfico y esclavitud de
los negros, 1814, pp. 116-122. Estos datos fueron recogidos por Arango y
Parreño a petición del Ayuntamiento de la Habana. Citados por Humboldt, han
sido después reproducidos innumerables veces sin someterlos a la menor
crítica.
6
[Ver Juan Pérez de la Riva: "Introducción a Cuba. Geografía II. La población",
en revista Bohemia, La Habana, 11 de diciembre de 1964, año 56, No. 50, pp.
26-27.]
7
Ramón de la Sagra (Historia física, política… de la Isla de Cuba, París, 1842, t.
I, p. 146) estima en un millón el total de africanos introducidos hasta 1842, lo
cual daría más de 1.3 millones hasta el cese efectivo de la Trata, hacia 1873.
Aimes (A History of Slavery in Cuba..., New York, 1907, p. 269) reduce la
cantidad a sólo 527 828 hasta 1865, fecha en que, según él, terminó la Trata.
Los ingleses estimaban que, entre 1827 y el fin efectivo de la Trata, fueron

56
introducidos más de 600 000 esclavos.
8
La etimología de la palabra coolie parece aún algo incierta, siendo lo más
probable que tenga un doble origen: del industani quili, sirviente, mozo
acomodado, y de la voz kuli, nombre de una tribu aborigen del estado indio de
Guzerat, de donde se llevaron los primeros trabajadores contratados hacia la isla
Mauricio. Los chinos cantoneses llamaban chut-chai a aquellos que se vendían
para ir a trabajar a los países extranjeros. En su sentido histórico, la palabra
coolie designa al trabajador oriental, a veces también polinesio o africano, cuyos
servicios son comprados por un número de años fijos y cuyo patrón reembolsa al
"agente de pasajes", viz, tratante de esclavos, los gastos incurridos y su
comisión. Los escritores españoles de la época emplearon la palabra colono,
pero esto conduce a una gran confusión, pues el coolie en todas partes, y el
chino en especial en Cuba, no fue otra cosa que un bracero sometido a trabajo
forzado. Entre nosotros se le designaba oficialmente como asiático, y
popularmente como chino manila.
9
Corrientemente se cita la cifra de 30 000 refugiados haitianos; pero si
generalizamos los datos contenidos en el padrón de la población de Santiago de
Cuba levantado en 1808, sólo la tercera parte de los refugiados eran blancos, el
resto, por partes iguales, eran libres de color y esclavos. (Archivo Nacional:
Asuntos Políticos, leg. 142/86). Sobre la inmigración francesa véase Eduardo
Montoulieu: "Influencia de la cultura francesa en la provincia oriental de Cuba en
los siglos XVIII y XIX", en Revista de la Sociedad Geográfica de Cuba, Habana,
1932; Francisco Pérez de la Riva: El café, historia de su cultivo y explotación en
Cuba, La Habana, 1944, pp. 21-43.
10
Los "ayacuchos", como se les llamaba entonces, sumaron 20 000 entre 1810 y
1826. Phillip S. Forner: Historia de Cuba y sus relaciones con los Estados
Unidos, Editora Universitaria, La Habana, 1966, p. 119.
11
El historiador checo Bohumil Badura está realizando una importante
investigación sobre el Fomento de la población blanca en Cuba en la primera
mitad del siglo XIX, que será un medular estudio sobre las relaciones
económicas con Alemania y Bohemia en esa temprana época, editado en
español.
12
No todos, desde luego, recordamos que el padre de Maceo, un agricultor
medio de San Luis, Oriente, era un ayacucho venezolano, y Mariana Grajales
era hija de refugiados dominicanos.
13
El estudio demográfico de la inmigración en Cuba está aún por hacer. Duvon
C. Corbitt ("Inmigration in Cuba", en American Historical Review, May, 1942, t.
22, pp. 280-308) puede considerarse, hasta ahora, como el mejor estudio de

57
conjunto. Lo completan Jorge Le-Roy Cassá: Inmigración anti-sanitaria, Habana,
1929, y Rafael María de Labra y Martínez: Cuba: como país de inmigración,
Madrid, 1910. Estas obras reflejan el criterio idealista y reaccionario de sus
autores, pero aportan información.
14
En 1839, el saldo migratorio europeo llegó a 4 824 (Memorias de la Sociedad
Patriótica, t. 20, pp. 294-300); pero después descendió mucho, manifestando
grandes alternativas, según los acontecimientos políticos.
15
Durante el siglo XIX, la población de España sólo aumentó de 177 %; pasando
de 10 541 000 habitantes en 1797 a 18 594 000 en 1900. J. Vincens Vives:
Historia económica y social de España, t. 5, pp. 9 y 19.
16
Entre 1797 y 1857, de España apenas si salieron emigrantes, y la población
sólo aumentó de 150 %; en Cuba, entre 1792 y 1861, el aumento fue de 450 %.
17
M. Villanueva: "La población de Cuba" (serie de artículos publicados en la
prensa en 1893), en Colección Facticia Vidal Morales.
18
Juan Pérez de la Riva: "Labor for the sugar industry…," in Cuban Foreing
Trade, March-June, 1965.
19
Censo (…) 1880, Matanzas, 1881. La cifra se divide por igual entre canarios y
peninsulares.
20
De 1902 a 1932 entran en Cuba 1.25 millones de inmigrantes, y de ellos
800 000 españoles (Levi Marrero: Geografía…, Habana, 1952, p. 150). Entre
1907 y 1919 entraron 515 636 inmigrantes, con un promedio anual de 43 000.
(Censo… 1919, Habana [1922, p. 173]). De éstos, el 63 % eran españoles, el
22 % antillanos y el 6 % norteamericanos. Julián Alienes Urosa
(Características…, Habana [1950], p. 38) da los siguientes datos: 1 084 000
inmigrantes varones y 196 000 mujeres de 1902 a 1930. Le-Roy Cassá
(“Inmigración…”, p. 32) menciona 1 042 873 inmigrantes entre 1901-1923, según
fuentes oficiales. La inmigración se redujo a partir de 1926 y fue insignificante
después de 1930 ([Juan Pérez de la Riva:] La población latinoamericana…,
OLAS, Habana, 1967, pp. 33-39).
21
Juan Pérez de la Riva: El batey azucarero…, Habana, 1965.
22
En el censo de 1931 aparecen 650 353 extranjeros, y en el de 1943, sólo
201 177; pero deben tenerse en cuenta las naturalizaciones masivas operadas
después de las leyes nacionalistas de 1934. No obstante, es evidente que desde
entonces la corriente migratoria se invierte (Censo de 1943, Habana [1945], p.
736; D. Corbit: “Inmigration…”, en América Historical Review, 1942.

58
23
De 1944 a 1958, el saldo migratorio negativo es de 30 622 individuos (Anuario
demográfico de Cuba, 1961, Habana, 1965).
24
Manuel Moreno Fraginals (El ingenio…, Habana, 1964, pp. 64-69) ofrece una
magnífica descripción de la expansión azucarera. Todavía es útil Ramiro Guerra
y Sánchez (Azúcar y población…, Habana, 1927).
25
En 1866, la producción de las provincias de Camagüey y Oriente, que juntas
formaban el Departamento Oriental, era el 10 % de la del Departamento
Occidental. La actual provincia de Matanzas producía ella sola el 42 % del total
de la zafra, y la llanura roja antes mencionada el 62 %. Jacobo de la Pezuela:
Diccionario geográfico, estadístico…, 1863, t. I, p. 67.
26
Juan Pérez de la Riva: "La population de Cuba…", en Population, París, jan-
fev., 1967.
27
En 1899, los nacidos en el extranjero residentes en las provincias de
Camagüey y Oriente eran 20 206; en 1931 eran 186 268 (Censo, 1953, p. 75).
28
A. Menéndez Cruz: “Algunas experiencias…”, en Cuba Socialista, La Habana,
julio de 1963, p. 21.
29
No hay publicado ningún estudio satisfactorio sobre los antillanos en Cuba,
pero el estudio de Alberto Pedro Etnología y Folklore [La Habana], 1966 No. 1,
pp. 25-39) es una magnífica investigación sobre una comunidad típica que
contribuye a llenar esta sensible laguna.
30
De 1900 a 1917 no parece haber llegado inmigrantes chinos, al año siguiente
llegaron 7 y 1 100 en 1910 (Censo, 1919, p. 175). Desde entonces, la
inmigración se formalizó, y el censo de 1931 arrojó un saldo de 26 282, pero
hubo una apreciable emigración hacia Estados Unidos.
31
Sobre la fusión de los chinos en la población cubana y los matrimonios mixtos,
véase Lowry Nelson: Rural Cuba, Minneapolis [1950], pp. 28-29.
32
En realidad, buena parte de los 20 millones de libras que les fueron acordados
pasó a manos de los comerciantes metropolitanos que tenían fuertes hipotecas
sobre los ingenios y otras propiedades de las Antillas. Richard Madden: The
Island of Cuba…, 1849, p. viii.
33
Les migrations…, París, 1955, pp. 137.
34
Podrían citarse docenas de autores, pero, desdeñando a los más "ilustres",

59
preferimos mencionar sólo algunos que, aunque de segundo orden, fueron
considerados en la época como “autoridades”: E. Petit: Droit Public…, París,
1771; [J. B. Dubocq:] Letres…, Genève, 1785, p. 247; L. M. Moreau de Saint
Mery: Lois…, París, 1785, t. 4, p. 754; Hilliard d’Auberteil: Considerations…,
París, 1776, t. I, pp. 68-69.
35
E. T. Thompson: “The climate…”, en Agricultural History, 1941.
36
Mariano Torrente: Cuestión importante sobre la esclavitud, Madrid, 1841; y su
Memorias sobre la esclavitud en la Isla de Cuba..., Londres, 1853; J. Ferrer de
Couto: Los negros…, Nueva York, 1864. Este apóstol del esclavismo llevó su
celo misionero al punto de recorrer la Isla entera vendiendo personalmente su
obra, a buen precio, y solicitando propinas de los hacendados, se entiende. H. B.
de Chateau-Salins: El Vademécum…, Nueva York, 1831. Una de las más
infectas publicaciones esclavistas, que tuvo también entusiasta acogida, como lo
demuestran sus numerosas ediciones: 1848, 1854, etc., es de M. Dupierris,
Cuba y Puerto Rico…, Habana [1866]. Este conocido médico, especialista en
hidrología, fue uno de los principales tratantes de chinos.
37
E. Huntington: Civilización…, Madrid [1942]. Véase particularmente el Capítulo
II: "El hombre y los trópicos". Pocas veces se ha puesto mejor inteligencia al
servicio de peor causa.
38
L. Ragatz: The fall of the planter class…, New York, 1928. Esta excelente obra
nos dispensa de otra referencia.
39
De 10 a 15 centavos diarios en la década del sesenta. San Pelayo, Torre y
Cía : Importación de trabajadores asiáticos…, Habana, 1867.
40
Proceedings…, The House of Commons,[London], May, 29 1848 (8 vols. in
4º).
41
Nos falta todavía un buen estudio sobre las variaciones del precio de los
esclavos en Cuba, pero entretanto se puede tener una idea consultando a H. S.
Aimes: A history…, New York, 1907 (Appendix II), aunque este autor maneja las
cifras con poco tino.
42
Hasta mediados de la década del cuarenta, Cuba ejerció un virtual monopolio
en el mercado mundial del azúcar. Los precios, muy altos, se basaban en un
reducido consumo per cápita en Europa occidental —menos de 4 kilogramos, el
10 % del consumo actual—, pero los hacendados obtenían suculentas
ganancias. Diez años más tarde, las cosas cambiaron gracia al desarrollo de la
industria remolachera: los precios se derrumbaron, y en 1841 el azúcar se
cotizaba en Londres CIFF a 10 centavos libra (4.5 FOB Habana), lo cual a los

60
hacendados les parecía catastrófico. Sin embargo, 15 años más tarde, los
precios en Londres se habían reducido a la mitad de aquella cifra, pero el azúcar
FOB Habana se cotizaba a 3 centavos, diferencia que se explica por la
disminución simultánea de los fletes. La baja de precios no afectó demasiado a
los hacendados, pues el consumo per cápita se duplica al mismo tiempo, y esto,
añadido al rápido aumento de la población europea y norteamericana, hizo
posible que Cuba duplicara también sus zafras lanzándose en una carrera
competitiva con la industria remolachera alemana. Modernizando sus ingenios y
estrujando aún más a sus negradas, los hacendados lograron mantener la cuota
de plusproducto y aumentar las ganancias netas. Sobre la coyuntura mundial del
azúcar en los años 1830-1850, véase Erenchun: Anales…, 1858, t. I, p. 69; Julio
Le Riverend: "Sobre la industria azucarera…", en Trimestre Económico, México,
1944.
43
Se encontrará el texto completo del Tratado en F. de Paula Mellado,
Enciclopedia Moderna..., artículo "Esclavitud"; un resumen abundante en
Zamora y Coronado: Biblioteca de legislación ultramarina…, t. 3, pp. 115-124.
Los comentarios ingleses sobre la manera como España aplicaba el Tratado son
particularmente enérgicos y precisos en David Turnbull, Travels…, London,
1840; y sobre todo en R. R. Madden: The island…, London, 1849. La réplica
esclavista y española, la de Mariano Torrente: Memorias…, Londres, 1853.
44
Sobre los identured servants en las Antillas se puede aún consultar a E. G.
Wakefield: A view on the art of colonization…, London, 1849. Pero una visión
más moderna se encontrará en V. T. Harlow: A History of Barbados, 1625-1685,
Oxford [1926]; F. W. Pitman: The development of the British West Indies, 1700-
1763, New Haven, 1917. Muy útiles son también, N. Deer: The history of sugar,
London, 1949-1950 y Eric Williams: Capitalism and Slavery, 1944, pp. 9-11. Esta
última obra ofrece un breve pero muy sugestivo análisis de la cuestión. Sobre los
engagés, el mejor estudio en la actualidad es el de G. Debien: Les Engagés pour
les Antilles (1643-1715), París, 1952, realizado según los registros de pasajeros
del puerto de la Rochelle. Muy importante también es Mandrou: "Les francais
hors de France…", en Annales, Economies, Sociéte, Civilisations, París, 1959,
oct.-dec. , pp. 662-675, que utiliza con mucho acierto la documentación acopiada
por Debien. Estas recientes publicaciones no pueden, sin embargo, relegar al
olvido el pionero, que fue L. Vignols: “Les Antillas…”, en Revue d’Historie
Economique et sociale, París, 1928, t. 16, pp. 12-45.
45
Para las fuentes contemporáneas, véase principalmente Savary des Brusions:
Dictionnaire…, Kopenhagen, 1765, t. IV, col. 1098; Oexmelin: Historie des
aventuriers, Leyde, 1774, pp. 105-113. Este autor sirvió él mismo como engagé
durante los años 1666-1668, y su obra es tal vez el único testimonio directo que
haya llegado hasta nosotros sobre las condiciones de vida de estos esclavos
blancos.

61
46
José Antonio Saco la percibió perfectamente, y desde fecha tan temprana
como 1864 escribía en La América (12 de Marzo): "Donde únicamente hallo una
condición análoga a la de los chinos en Cuba, es en las Antillas Francesas,
cuando se empezaron a poblar en el siglo XVII. Entonces fueron introducidos en
ellas por empresarios particulares muchos colonos de Francia y como se les
contrataban por tres años (…) llámaseles engagés a trente six mois” . Colección
póstuma..., 1881, p. 193.
47
Eric Williams: Capitalism and slavery, 1944, p. 11.
48
J. B. Delaware: Les défricheurs…, 1935, pp. 36-39.
49
G. Laserre: La Guadeloupe…, Bordeaux, 1961, t. I, pp. 272-274.
50
Pues ya no había tierras disponibles donde asentarlos como verdaderos
colonos.
51
Un documento único para apreciar la mentalidad de los tratantes establecidos
en la costa de Guinea, es la correspondencia de Alfaiate, publicada por P.
Verger (Influence du Brésil sur Golfe de Benin, Dakar, 1935, pp. 53-86). Son 82
cartas de un tratante de esclavos a sus corresponsales en Bahía, Río de Janeiro
y La Habana, durante los años 1844-1847. Más sensacional, pero menos
seguro, es Captain Canot…, New York, 1856. La novela de Lino Novás Calvo (El
negrero…, Madrid, 1933) tiene también categoría de documento histórico por la
gran abundancia de testimonios auténticos y la habilidad con que el autor supo
manejarlos. Abundante información se encontrará en The Anti-Slavery Reporter
(London, 1853). La colección de la Biblioteca Nacional comprende diez
volúmenes que cubren hasta 1862.
52
Major J. J. Crooks: A history of the colony of Sierra Leona…, London, 1903; J.
Duncan: Travels…, London, 1847.
53
P. Leroy Beaulieu: De la colonisation…, París, 1902.
54
The Island of Cuba…, 1849.
55
D. Mannix: Black Cargoes, London, 1963. Véase también C. W. Newbury: The
Western Slave Coast…, Oxford, 1961, pp. 34-38.
56
Proceedings…, t. I; también N. Deer: The history of sugar, p. 402.
57
Eric Williams: “The historical… “, en The Journal of Negro History, October,
1945, vol. No. 4, p. 378

62
58
Proceedings…, t. II.
59
R. Díaz Sánchez: Guzmán…, Caracas, 1950, p. 399.
60
E. Reclus: Nouvelle géographie…, París, 1894, t. 18, p. 576.
61
E. Romero: Historia…, Lima, 1937. Del mismo autor, Nuestra tierra, Lima,
1941.
62
E. Choy: “La esclavitud…”, en Tareas, Junio de 1955.
63
Hay menos seguridad en cuanto al número de culíes llegados a El Callao que
a La Habana, pues mientras Garland (La industria…, Lima, 1904) da 87 343
como cifra oficial hasta el 2 de julio de 1874, Stewart (Chinese…, 1951) los
estima de 100 000 a 150 000 hasta la misma fecha, y ésta es también la cifra
que ofrece José Clavero (Tesoro americano, Lima, 1896, p. 68).
64
La única existente hasta 1919.
65
La América Ilustrada, 15 de enero de 1872.
66
Valor libre a bordo; en puertos europeos podía calcularse en 5 millones de
libras esterlinas.
67
Nouvelle géographie universelle…, 1894, t. 18, p. 576.
68
Emilio Romero: Historia económica y financiera del Perú, 1937, citada por
Emilio Choy: "La esclavitud de los chinos en el Perú", en Tareas, junio de 1965.
69
Véase en este libro "Las condiciones materiales de la inmigración china a
Cuba".
70
Garland: La industria azucarera en el Perú, Lima, 1904, citado por Luis Alberto
Sánchez: "Los chinos en la historia peruana", en Cuadernos Americanos, marzo-
abril de 1952, p. 202.
71
Archipiélago formado por 14 pequeños islotes situados a unos trece kilómetros
de la costa frente a Pisco, la mayor isla del Norte, solo tiene 10 kilómetros
cuadrados.
72
Sin embargo, el escritor inglés Fitz Roy Cole (The peruvians at home, London,
1884) estima lo contrario: "Decididamente al chino le va en Cuba peor que en los
demás países que frecuenta. Parece increíble que en este siglo XIX se

63
perpetúan semejantes atentados contra la humanidad, día a día, en una tierra
civilizada y bajo la dominación de un Estado cristiano".
73
Paz Soldán [seud.]: La inmigración en el Perú, Juan de Aroma [seud.], Lima,
1891, pp. 43 y ss. Mucho más elocuente es Du Hailly (ed.) en "Souvenirs
d’une…", en Reveu des Deux Mondes, París [1866], t. 66, pp. 417-418.
74
Watt Stewart: Henry Meiggs: yankee Pizarro, Duke Univ. Press, 1946.
75
N. Deer: The history of…, London, 1956, p. 404.
76
Población calculada por nosotros, por extrapolación de las tasas de
crecimiento intercensal.
77
Carta al autor (10 de Noviembre de 1964).
78
Francisco de Armas y Céspedes: De la esclavitud…, Madrid, 1866, p. 173.
Información complementaria en José Antonio Saco: "La supresión...", en
Colección de papeles…, t. 3, pp. 140-149; Fernando Ortiz: Los negros
esclavos..., Habana, 1916, p. 95; Ph. S. Foner: Historia de Cuba…, La Habana,
1966, pp. 324-325.
79
Ph. S. Foner: Historia de Cuba…, 1966, t. 1, p. 331.
80
Rapport fait au Ministère…, París, 1843.
81
El célebre decreto del Gobierno Provisional del 4 de marzo de 1848, al
declarar que "notre terre française ne peut plus porter d’esclaves", otorgó la
libertad inmediata a 162 284 negros que aún quedaban esclavos en Martinica y
Guadalupe.
82
Para todo lo relacionado con la mano de obra en la primera mitad del siglo
XIX, es imprescindible la lectura de Manuel Moreno Fraginals: El ingenio…,
1964, pp. 142 y ss. ("El mercado de brazos" ); H. B. Auchinloss: Revista de la
Biblioteca Nacional, La Habana, abril-junio de 1967, año 58, No. 2.
83
Domingo del Monte: Escritos…, Habana, 1929, t. 1, p. 137; L. Lacroix, Les
derniers négries…, París, [1952], pp. 113-116. Menciona varias liquidaciones y
prospectos de negros franceses que armaban en Nantes por cuenta de
comerciantes de La Habana. Las primeras varían de 20 % ad valorem, antes de
1835, a 30 % en 1848. En general, eran los aseguradores y banqueros
franceses los que asumían los riesgos, tanto de la trata de negros como del
tráfico de chinos. También había aseguradores locales en La Habana
(españoles), pero cobraban primas mucho más elevadas.

64
84
Arthur F. Corwin: Spain and the Problem of Slavery in Cuba [1817-1873], pp.
112-115, citado por Foner, Historia de Cuba…, 1966, pp. 326-327.
85
Ph. S. Foner: Historia de Cuba…, 1966, t. I, p. 271. Pezuela estimaba en
30 000 el número de esclavos que habían sido transferidos de los cafetales a los
ingenios.
86
Julio Le Riverend: Historia económica…, La Habana, 1963, p. 151.
87
Informe fiscal…, 1845, pp. 18-19 y 25.
88
H. E. Friedlaender: Historia económica…, Habana, 1944, p. 205. Según Deer
(The history…, 1949-1950 p. 531), los precios CIF Londres cayeron de 10
centavos libras en 1839-1840; a 8 centavos en 1844-1845; y a 5.5 centavos en
1849-1850.
89
R. Dana: To Cuba and Back…, Boston, 1860, p. 99.
90
Referencias impresas sobre el precio de los chinos, Dana, pp. 99-100; Abellá:
Proyecto…, Habana, 1874, p. 23; San Pelayo, Torre y Cia.; Importación…,
Habana, 1867, p. 5; etcétera.
91
Entre las muchas referencias impresas que tenemos a mano, podemos
mencionar: Informe fiscal…, 1845, p. 21; M. Torrente: Bosquejo…, 1853, t. II, p.
410 pássim; Urbano Feyjoo Sotomayor: Inmigración…, Madrid, 1855, p. 102;
Anales y Memorias de la Real Junta de Fomento…, t. IV, 1857, pp. 305 y 314;
The Anti-Slavery Reporter, London, 1854, pp. 234-239; José del Perojo:
Ensayos…, Madrid, 1885, pp. 149-151, datos referentes a los años setenta; F. J.
Balmaseda: Tesoro…, 1885-1887, t. II, p. 346; Raúl Cepero Bonilla: Azúcar y
abolición..., 1948.
92
Kolonien…, Berlin, 1885 (3ª. Ed.), citado por P. Leroy-Beaulieu: De la
colonisation…, París, 1902, t. II, p. 595, y por W. Sombort, L’Apogée…, París,
1932, t. I, p. 413.
93
Este informe ha sido reproducido por M. Torrente: Bosquejo…, 1853, t. II, p.
414; A. L. Valverde: Colonización…, 1923, pp. 53-55; Juan Pérez de la Riva:
“Documentos para…”, en Revista de la Biblioteca Nacional, año VI, No. 2.
94
En Martinica y Guadalupe, el salario mensual de un bracero libre era de 30
pesos.
95
Jornales en Galicia, circa 1850, "12 cuartos y dos gazpachos al día"; es decir,

65
unos 15 centavos de la moneda de Cuba; Anales y Memorias de la Real Junta
de Fomento..., t. IV, 1857, p. 304; U. Feyjoo Sotomayor, Inmigración…, 1853, p.
102: "[En Cuba] El bracero obtiene el sueldo de un teniente de Infantería". [En
España] Ibíd., p. 104. "En Galicia, en donde no se eleva el salario de un
trabajador de campo ni a la mitad siquiera de cinco pesos mensuales". Jornales
en Castilla: en 1846-1847, media peseta (moneda cubana). La jornada en
verano dura de quince a dieciséis horas y "tenían que mantenerse, vestirse y
alojarse". J. Ferrer De Couto: Los negros en sus…, New York, 1864, p. 92.
Jornales rurales en Inglaterra: en 1884, seis chelínes por semana, 1.50 pesos; F.
Engels: La situación de la clase obrera en Inglaterra, Buenos Aires [1946]; 1ª.
edición: Leipzig, 1845. Sobre los salarios en Francia se puede consultar todavía
a Levasseur (Historie des classes ouvrières et de l’industrie en France de 1789 a
1870 [2ª. ed., París, 1904, p. 724]); Leroy-Beaulieu (La Question ouvrière aux
XIX e siècle, París, 1872). Y para una visión de conjunto del problema obrero en
los años cuarenta, el magnifico libro de Jacques Benet (Le capitalisme libéral et
le droit du travail, Neuchâtel, 1947, t. I, pp. 25-35). Abundante documentación
sobre los salarios en toda Francia en esos años.
96
Como ejemplo típico podemos citar los salarios pagados en 1846 en
Grenoble, entonces pequeña ciudad de los prealpes del Definado, especializada
en la manufactura de guantes y de papel. Por jornadas de diez horas; bracero,
1.50 francos. Operarios calificados de primera clase: albañiles, canteros,
carpinteros, cerrajeros, herreros, pintores, hojalateros, etc., todos 3 francos
diarios. En la industria, con empleo fijo y por jornadas de once a doce horas:
cortadores de guantes, 2.50 francos. Trabajo femenino: costura de los guantes,
0.75 francos. El precio del pan era entonces en Grenoble de 0.25 francos el
kilogramo, los salarios representaban, pues, de 4 a 12 kilogramos diarios de pan.
Blet, Esmonin, Letonnelier: Le Dauphine: recueil de textes historiques, Grenoble,
1938, pp. 411-414. Estos jornales representan, en moneda cubana, de 0.20 a
0.60 de peso. Para dar una idea del poder adquisitivo de la moneda, veamos lo
que en 1859 se podía comprar con 20 centavos: 2 libras de viandas, 5 onzas de
carne de puerco limpia, 7.5 libras de arroz. Por el mismo dinero se podía
comprar también 6 onzas de tasajo, 3 onzas de manteca, 4.5 onzas de fideos y
2 plátanos machos maduros. Ramón de la Sagra: Historia física, económico,
política…, París, 1861, pp. 62-63. Si suponemos que hay equivalencias entre el
pan y el arroz, tendremos que los jornales franceses representaban de 144 a
432 onzas, y los cubanos, de 225 a 450 onzas (1.50 a 3.00 pesos). Pero las
clases pobres de Cuba no tenían que protegerse del frío y los alquileres eran
más baratos. Por eso decimos que, tomando como base los jornales de peones,
éstos eran el doble de los europeos de la misma época.
97
Lectures on colonization and colonies, delivered before the University of
Oxford in 1839-1841, London, 1861, p. 567.

66
98
Werner Sombart: L’Apogée du capitalisme, 1932, t. 1, p. 518.
99
Lectures on colonization…, London, 1842, t. 2, pp. 235 y 314; 2ª ed.: London,
1861, p. 303.
100
Inmigración de trabajadores españoles…, 1853, pp. 106-107.
101
V. I. Lenin: Le développement du capitalisme en Russie, Edit. en Langes
Etrangères, Moscou, s. a., p. 199 (Capítulo III, ii; t. 2 de la 4ª ed. rusa de las
Obras de V. I. Lenin).
102
R. de la Sagra: Cuba 1860, La Habana, 1963, p. 198 pássim.
103
Raúl Cepero Bonilla: Azúcar y abolición..., 1948, p. 19; 2ª. ed.: 1960, p. 25.
104
Conde de Pozos Dulces: La cuestión del trabajo agrícola y de la población en
la Isla de Cuba, teórica y prácticamente examinada..., París, 1860.
105
Pierre-Maxime Schuhl (Machinisme et philosophie, París, 1935, p. 9) llega a
conclusiones similares en relación con la esclavitud en el Mundo Antiguo.
106
La Reine des Antilles…, París, [1850], p. 268.
107
Carlos Marx: El capital..., México [1946], t. 1, pp. 610 y 608.
108
Hay abundancia de datos sobre la contabilidad de los ingenios, y Moreno
Fraginals, en El ingenio..., analiza y menciona las principales fuentes; sin
embargo, para nuestra demostración bastará con citar los que ofrece Pezuela
(Diccionario…, Habana, 1863, t. 1, p. 60) sobre lo que podía considerarse como
un ingenio mediano en 1860.
109
Principios de economía política y tributación (traducción española), Buenos
Aires, 1937, p. 83; 1ª. ed.: London, 1817.
110
Ramón de la Sagra: Estudios coloniales..., Habana, 1845, pp. 11-12.
Reproducido en Cuba 1860, La Habana, 1963, pp. 194-198. (Trozos escogidos,
seleccionados por Manuel Moreno Fraginals; desgraciadamente, sin indicar
fecha ni procedencia). El análisis de La Sagra es uno de los más agudos y
penetrantes hechos en la época sobre las condiciones laborales imperantes en
la Isla.
111
Julio Le Riverend: Historia económica de Cuba, 1963, p. 157.
112
Vicente Vázquez Queipo: Informe fiscal sobre el fomento de la población

67
blanca en la Isla de Cuba y emancipación progresiva de la esclava…, Madrid,
1845, pp. 4-5, Apéndice.
113
Archivo Nacional: Gobierno Superior Civil, leg. 635/20,044: "Expediente
testimoniado sobre el proyecto de Colonización presentado por D. Domingo
Goicuría en virtud de la Real Orden de 12 de diciembre de 1846"; Centón
Epistolario, t. 4, p. 32: "Carta de José L. Alfonso a Domingo del Monte, mayo 11
de 1844"; Informe de una comisión del M. I. A, de la Habana, sobre la población
blanca..., Nueva Orleáns, 1847.
114
Esta sola condición hacia imposible la inmigración verdadera de colonos
blancos. En las provincias de la Habana y Matanzas, que eran las zonas
"amenazadas" según la Junta, ya no había tierras disponibles donde asentar
nuevos colonos. Ramón de la Sagra (Estudios coloniales..., 1845) propone un
plan diametralmente opuesto. Estas páginas olvidadas, y que son las mejores
que se escribieron en el siglo pasado sobre el problema del trabajo en Cuba, han
sido reeditadas por Moreno Fraginals (Ramón de la Sagra: Cuba 1860, La
Habana, 1963, pp. 212-218).
115
Francisco Melgar: O’Donell, Madrid, 1946, p. 65.
116
Informe…, p. 8.
117
Informe…, p. 11.
118
Zamora: Biblioteca de Legislación Ultramarina, Madrid, 1849, t. 6, pp. 346-
347.
119
Rodríguez San Pedro: Legislación Ultramarina..., Madrid, 1865, t. 2, pp. 424-
425.
120
Los intentos de Betancourt Cisneros que se menciona, consistían en una
auténtica colonización blanca en su inmensa finca de Najasa, de 2 000
caballerías al sur de Camagüey. Los inmigrantes eran, al parecer, tratados como
hombres libres, y si no les convenía ganar el jornal, El Lugareño se comprometía
a darles tierras, ganado y recursos "para que por sí trabajen y me paguen una
renta moderada". Al principio, el ensayo parecía dar resultado, y el 2 de abril El
Lugareño escribía: "Mis colonos siguen perfectamente, contentísimos todos (…)
trabajan igual y junto con mis negros, sin distinción". Pero el fracaso, ahora en el
caso de Estorch, no se hizo esperar; canarios o catalanes, todos desertaron del
campo y se fueron a trabajar como dependientes en las tabernas o almacenes
de la ciudad. Véase Centón Epistolario..., t. 5, pp. 24-36 pássim.
121
Urbano Feyjoo Sotomayor: Inmigración de trabajadores españoles;

68
documentos y memoria escrita sobre esta materia, Habana, 1853.
122
Ibídem (ed. 1855), p. 23.
123
Ibídem, p. 105. He aquí la cuenta como la publica el propio Feyjoo: "Por
diligencias de policía, según costumbre 4 ps, ropa y calzado más los gastos
desde su casa al puerto de embarque 2 ps, viaje de ida 50 ps, gasto suponible
en el puerto de desembarque [La Habana] antes de hallar trabajo 4 ps". Total: 70
pesos. En realidad, el pasaje costaba menos de 30 pesos, según el propio autor
lo reconoce.
124
Corbitt: “Inmigration in Cuba”, p. 302.
125
Inmigración de trabajadores españoles…, (ed. 1855), pp. 111-112, 117;
Erenchun: Anales de la Isla de Cuba... (1855), pp. 1046-1048. Véase también
Archivo Nacional: Gobierno Superior Civil, leg. 636/20,088.
126
Erenchun: Anales… (1855), pp. 1051-1056, 1056-1057, 1060, 1061-1073,
1075-1077. En particular, la "Circular de octubre 7 de 1854 para la captura de los
colonos peninsulares fugados" (p. 1074) y la "Orden del Gobierno sobre el
cumplimiento de las contratas de Sotomayor, del 11 de noviembre de 1854" (pp.
1074-1075). Véase, además, Archivo Nacional: Gobierno Superior Civil, legs.
635 y 637. Hay docenas de expedientes formados a colonos peninsulares que
fueron encarcelados por abandono del lugar de trabajo. Para un caso típico ver
el legajo 635/20,068.
127
Real Orden de 1854, cuyo artículo primero decía: "Los particulares que
quieran introducir por su cuenta en la Isla de Cuba colonos españoles, chinos o
yucatecos, podrán hacerlo sujetándose a las condiciones establecidas en este
Reglamento". Y las condiciones eran las mismas para todos.
128
Inmigración de trabajadores españoles…, (ed. 1855), p. 125.
129
Ibídem, pp. 116 y 119.
130
Historia de la Nación Cubana, 1952, t. 4, p. 342.
131
Cuando la cuestión fue llevada a las Cortes, el negrero diputado, enfurecido,
acusó al general Concha de favorecer la trata de negros y de propiciar la
anexión de Cuba a Estados Unidos, amén de otras cosillas más. Los lectores
que quieran seguir las peripecias de esta divertida pelea entre negreros-de-
negros y negreros-de-blancos, encontrarán la versión del general Concha en
Sedano (Cuba desde 1850 a 1873…, 1873, pp. 203-213) y la respuesta pública
de Feyjoo en Inmigración de trabajadores…, 1853 (pp. 104-106). Más amplia

69
información, y más edificante sobre todo, en Diario de Sesiones de las Cortes
Constituyentes. Un buen resumen moderno y muy alerta por Le Riverend
(Historia de la Nación Cubana, 1952, pp. 190-191). Queda aún por aclarar hasta
qué punto no fue Ramón Pintó quien pagó los platos rotos de la trifulca.
132
Inmigración de trabajadores españoles…, p. 106.
133
Historia de la Nación Cubana, 1952, t. 4, p. 191.
134
Fernández de Castro: Medio siglo de historia colonial de Cuba. Cartas de
José Antonio Saco, ordenadas y comentadas, 1823-1879, La Habana, 1923, p.
35; Archivo Nacional: Gobierno Superior Civil, leg. 636/2091: "Expediente sobre
querer introducir D. Manuel B. De Pareda colonos negros". Se pensaba traerlos
de las Antillas Menores. La demanda fue rechazada.
135
Fernández de Castro: Medio siglo…, 1923; Nueva York (agosto 14 de 1849 y
marzo 19 de 1850). Véase también La Verdad, Nueva York, 27 de abril de 1848,
14 de junio y 13 de diciembre de 1849; The Anti-Slavery Reporter, London, 1854.
Los abolicionistas del mundo entero acusaban a la reina madre María Cristina y
a su segundo marido, el flamante duque de Rianzares, de participar
financieramente en la Trata por medio de una poderosa sociedad capitalista
integrada por Antonio Juan Parejo, el coronel hacendado y conde de Bagáez,
Manuel Pastor; y el técnico-negrero Pedro Forcade. Parece que a esta compañía
tampoco eran ajenos Wenceslao de Villa-Urrutia y Luis Mariátegui. Acusaciones
de este carácter son difíciles de probar, pero son bien conocidas la codicia y la
falta de escrúpulos morales de María Cristina y de su marido. En la Península se
dedicaron a vender escandalosamente concesiones de ferrocarriles a los
capitalistas extranjeros, y en general a hacer almoneda de cuanto caía a su
alcance. Por otra parte, es sospechoso que el mencionado Antonio Parejo,
hacendado millonario, casado con Susana Benítez, y dueño de uno de los más
grandes ingenios de su tiempo, y que aparece mezclado en múltiples negocios
en Cuba, y de los cuales la Trata no era el más negro, fuese amigo íntimo del
marido de la reina. Sobre este personaje, la correspondencia de Morales con
Coit (copias en la Biblioteca Nacional José Martí) ofrece suculentos detalles. La
influencia de la reina y su camarilla cesó bruscamente el 17 de abril de 1853
cuando el pueblo de Madrid, enfurecido, saqueó su palacio y obligó a expulsarla
para siempre de la Península. Véase algunos detalles más sobre esta
escandalosa reina en Martín Hume, Historia de la España contemporánea (1ª
ed.: Londres, 1900). Sobre Parejo, véase marqués de Villa-Urrutia: La reina
gobernadora Doña María Cristina de Borbón, Madrid [1925], p. 215 (nota) y p.
233; y Ely: Cuando reinaba S. M. el azúcar, Buenos Aires [1963], p. 565 (notas).
136
Fernández de Castro: Medio siglo…, 1923, p. 121, Nueva York (7 de agosto
de 1849).

70
137
Argudín, Cunha Reis y Perdones: Proyecto de inmigración africana para las
islas de Cuba y Puerto Rico…, Habana, 1860, 600 p. Las gestiones habían
comenzado antes de 1853, y es probable que su fracaso inicial se debiese a la
"desgracia" de la reina María Cristina, el 17 de julio de dicho año [véase la nota
135].
138
Biblioteca Nacional José Martí: Inmigración africana. Un volumen que
contiene los originales de todas las solicitudes presentadas a la Empresa,
debidamente firmadas, y que en muchos casos especifica el destino que
pensaba dárseles a los futuros bozales.
139
El conde de Campo Alegre, Miguel Hano y Vega, Francisco (Pancho) Marty y
Torrens, Joaquín Pedroso y Barreto, Santiago Sáenz, José Suárez Argudín,
Noriega Olmo. Suscribieron por más de 250; Juan Atilano Colomé, Luis Antonio
Estrada, José Fonts, Antonio Gavilán, Francisco Martínez, José Portilla, José
Riquelme, Ramón Rovirosa, Domingo Sarría, Marcial Truffin, Angel Urzaz.
Muchos de estos nombres los volveremos a ver mezclados con la trata de chinos
(Colomé). En la lista hay muchos hacendados, pero también una buena
colección de negreros profesionales (Pancho Marty, Argudín, Fonts, y otros), y
faltan nombres tan conspicuos, como los de Zulueta, Pastor, Zaldo, que
practicaban la Trata "por la libre" y no querían "tratos" con nadie.
140
Los principales documentos relacionados con la cuestión se encontrarán en
Proyecto de inmigración africana para las islas de Cuba y Puerto Rico y el
Imperio del Brasil presentado a los respectivos gobiernos por los Sres. Argudín,
Cunha Reis y Perdones, Habana, 1860, 600 pp. Esta importante fuente
documental ha sido poco utilizada hasta ahora.
141
Zamora: Biblioteca de Legislación Ultramarina, 1849, pp. 467-469.
142
Los documentos fundamentales han sido publicados por Carlos Menéndez:
Historia del infame y vergonzoso comercio de indios vendidos a los esclavistas
de Cuba por los políticos yucatecos desde 1848 hasta 1861…, Mérida, Yucatán,
1923. Del mismo autor también: Las Memorias de Don Buenaventura y la venta
de indios yucatecos a Cuba, Mérida, Yucatán, 1925.
143
Pancho Marty había obtenido el privilegio exclusivo de pesca en las costas de
Islas Mujeres y de Cozumel. Carlos Menéndez: Historia del infame…, 1923, p.
205.
144
Diccionario geográfico, estadístico…, 1866, t. 4, p. 242.
145
Carlos Menéndez: Historia del infame…, 1923, p. 209. Los precios, sin

71
embargo, pronto subieron, y el gobernador de Yucatán, que en 1859 pedía de
100 a 130 pesos por cada indio prisionero (pp. 223-224), al año siguiente exigía
160 pesos por cada varón de 16 a 50 años, 120 por las hembras de la misma
edad y 80 pesos por los niños de 10 a 15 años de ambos sexos (pp. 229 y 237).
146
Archivo Nacional: Gobierno Superior Civil, leg. 638/20144. Original de una
contrata de yucatecos expedida por la mencionada Sociedad. Es similar a la de
los chinos, aunque con algunas variantes, pues prevé la contratación de mujeres
y niños. Está firmada por el gobernador de Yucatán: Martín Francisco Peraza.
Hay dos sellos: uno del Gobierno Superior Civil de Yucatán y otro de Goicuría y
Hermano, de la Habana. Es el número 109 de esta expedición. Fue el cónsul de
Baviera en la Habana, un aventurero llamado Tito Visino, quien gestionó con el
general Santa Anna el monopolio de compra de yucatecos concedido a la Casa
Goicuría en 1854. Su Alteza Serenísima, al aprobar el "asiento negrero",
declaraba, con cinismo digno de toda su ejecutoria, "…que tales contratas han
de ser beneficiosas a los indígenas (…) sirviendo de un medio eficaz para
despertar en ellos ideas saludables de orden, economía y amor al trabajo".
Carlos Menéndez: Historia del infame…, 1923, p. 85.
147
Carlos Menéndez: Historia del infame…, p. 208, y Las Memorias de
Buenaventura Vivó…, 1925, pp. 70-74.
148
Carlos Menéndez: Las Memorias de Buenaventura Vivó…, pp. 33, 37, 73,
etcétera.
149
Carlos Menéndez: Historia del infame…, 1923, p. 213.
150
José Zorrilla: Recuerdos del tiempo viejo, Madrid, 1882, t. 2, p. 245.
151
Véase, en particular, la correspondencia cambiada con el Capitán General a
propósito de los atropellos sufridos por Sebastián Cucul, a quien el Cónsul vio
encadenado y apaleado (Archivo Nacional: Gobierno Superior Civil, leg.
538/20144). Otros informes y escritos del cónsul en que informaba a su gobierno
de la esclavitud a que eran reducidos los yucatecos, en Carlos Menéndez: Las
Memorias de Buenaventura Vivó…, 1925, pp. 21-24, 45-54.
152
Carlos Menéndez: Las Memorias de Buenaventura Vivó…, 1925, p. 43
(notas). Menciona el precio de 10 onzas (170 pesos), pero no indica su fuente, y
parece confundirlo con el precio a que se vendieron los primeros chinos en 1847.
La correspondencia del cónsul de México en La Habana (Archivo Nacional:
Gobierno Superior Civil, leg. 538/20144), a propósito del caso de Cucul, antes
citado, menciona que se pedía por él y su mujer la exorbitante suma de 816
pesos, pero entonces ya los chinos se vendían a 350 y 400 pesos, y por los
gallegos sabemos que se llegó hasta pedir 200 pesos.

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153
De fecha tan tardía como 1870, encontramos una solicitud, aprobada por las
autoridades españolas, para introducir yucatecos en condiciones similares a las
de los chinos. Archivo Nacional: Gobierno Superior Civil.
154
Carlos Menéndez: Historia del infame…, 1923, p. 205. En enero de 1860, un
informe oficial al Gobierno mexicano afirma que "...se han vendido cien
yucatecos todos los meses. Por el puerto de Sisal se embarcan públicamente 25
a 30 cada vez que el vapor español que viene a Veracruz se volvía a la Habana.
Por Río Lagartos y puerto San Felipe constantemente se ha hecho la misma
extracción en buques mercantes o bien en los viveros del español D. Francisco
Martí". Más adelante, el mismo documento habla de los "millares de indígenas
que existen en Cuba", y finalmente (pp. 215-216) se hace mención de una
cantidad de 30 000 pesos mexicanos depositados en la Administración de
Hacienda de Mérida, para responder de la compra de los indios.
155
Herminio Portell Vilá: Historia de Cuba en sus relaciones con los Estados
Unidos y España, Habana, 1939, t. 2, p. 132. Según los despachos del cónsul
americano, Savage, del 6 de septiembre de 1860.
156
El Encargado de Negocios de Francia en Lima manifestó al Gobierno
peruano, en tiempo oportuno y en forma enérgica, la protesta de su país por esta
indiscreta intromisión en la "reserva de caza" de su país. Paz Soldán: La
inmigración en el Perú..., 1891, p. 37. ¿Haría el cónsul de Francia en La Habana
alguna gestión similar? Sería interesante investigarlo.
157
Paz Soldán: La inmigración en el Perú..., 1891, p. 36.
158
Correspondencia inédita de José L. Alfonso con José A. Saco y otros (en la
Biblioteca Nacional José Martí).
159
La conquista de esta provincia había sido realizada en 1862. Fue el primer
territorio ocupado por Francia en la península de Indochina.
160
Proyecto de inmigración Tonkina y Cochinchina para las islas de Cuba y
Puerto Rico…, Madrid, 1870.
161
Ibídem, p. 17.
162
Boletín de Colonización, La Habana, 28 de febrero; 15 de marzo y 30 de
marzo de 1873.
163
En realidad, de 1855 a 1867, la importación de chinos superó a la de bozales.

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