Apapachar
(Abrazar con el alma)
Por Katia Odette Partida
“Tata, ¿por qué no utilizamos el comal?”, ¡Uff, no me imagino diciendo eso!; lo
último que desearías pronunciar en México sería una palabra de origen de lenguas
indígenas. Desde que personas extranjeras se apoderaron del poder en México,
todas nuestras costumbres se han ido, a causa de que cualquiera que hable de esta
manera será fuertemente ridiculizado por personas que están grandemente
influenciadas por la cultura extranjera.
La libertad de expresión es un derecho humano; según la Declaración Universal
de los Derechos Humanos (1949)—El artículo 19 establece que "Toda persona tiene
derecho a la libertad de opinión y de expresión, este derecho incluye la libertad de
mantener opiniones sin interferencia y de buscar, recibir y difundir información e
ideas a través de cualquier medio de comunicación e independientemente de las
fronteras".
La mayoría de los mexicanos suelen quejarse sobre personas con un alto puesto
de trabajo para el bienestar de los demás, que incumplen derechos, sin embargo,
nosotros estamos casi igual, cegados por el control de personas que ni siquiera son
de nuestro país e incumplimos éste y otros derechos que rompen la libertad de
expresión en todas sus formas, incluyendo (especialmente) las palabras con las que
nos comunicamos y lo que pensamos de nuestras raíces.
Al cumplimiento del año 2050 comenzó el auge esta pérdida de identidad,
puesto a que este problema ya había existido décadas antes. Existe una simple
explicación para esto: poca apreciación a nuestra grandiosa diversidad cultural; las
personas están repletas de medios de comunicación y en ellas existe ideas que
promueven la invitación a engrandecer más a otras costumbres, lo que conlleva a
una intolerancia y desinterés a nuestras tradiciones.
Estos son mis puntos de vista; muchos opinaran que siempre he pensado así,
por el contrario, yo detestaba todo lo que tenía que ver con mis orígenes y algunas
veces me llegué a burlar de las personas que les gustaba todo esto. Mis
pensamientos renacieron positivamente gracias a un acontecimiento que tuve hace
unos años: Todo comenzó tras un viaje al que mi madre me obligó a hacer.
Regresé de la escuela con unas compañeras y pasaron un rato en mi casa
mientras estábamos publicando unas fotos de nuestro compañero “el rarito”
mientras él estaba en receso comiendo un riquísimo tlatonile con salsa de
chicatanas, junto con frases ofensivas y crueles. De repente llegó mi madre del
trabajo diciendo:
Kìmì Tuu, ¿Puedes venir, tengo que hablar contigo?
¡Mamá, que no me llames Kìmì Tuu, soy Kerrie! –le respondí furiosa debido
a que ahí se encontraban mis amigas y mi nombre es de origen náhuatl-
Está bien, como quieras, pero ven de inmediato para tratar un asunto
¿Acaso no miras que estoy ocupada? –irritantemente e indebidamente
contesté-
Bien, entonces lo diré enfrente de tus amigas: te marcharás e irás a casa de
tus abuelos justo hoy y regresarás en dos meses
Pero… Madre ¡No me puedes hacer esto! ¡Es terriblemente injusto!
Mis compañeras se echaron grandes carcajadas y yo fingí una risa, que estaba
conformada por nerviosismo, vergüenza y cólera. A sus risotadas, la acompañaron
de un comentario que en ese tiempo me afectó demasiado emocionalmente:
¡Oh, qué bien! Ahora por fin serás uno de ellos completamente
Al final tuve que ir en contra de mi voluntad, preparé mis maletas después de
que mis “amigas” se fueron.
El viaje duró unas cuatro horas, puesto a que el pueblo está un poco retirado
de la ciudad. Al llegar ahí nos encontramos con una casa de cemento de colores de
azul opaco, era de dos pisos, enfrente estaban los abuelos – que por cierto
solamente los conocía por las imágenes- y junto a ellos se encontraba un bien
parecido perrito.
Cuando baje de nuestro automóvil, mis abuelos me dieron un fuerte abrazo que
me abrumaba, y me dieron la bienvenida, a decir verdad, más dulce que he tenido
en la vida. Me recibieron expresando su gran afecto hacia mí:
Hola mi niña adorada Kìmì Tuu, ¡Cuánto tiempo! La última vez que te vimos
fue cuando apenas tenías cuatro meses –exclamó mi abuela Kàchi con una
sonrisa de oreja a oreja- ¡Pero Tañé (es el nombre de mi abuelo), ve a saludar
a la nena!
¡Claro, claro, claro! –dijo con mucha emoción, que hasta no sabía qué hacer-
¡Hola preciosa Kìmì Tuu! ¿Cómo has estado? Por mucho tiempo estuvimos
esperándote, ya estábamos impacientes por tu llegada, espero que te sientas
muy cómoda en nuestra humilde casa. ¡Pero pasa pequeña Kìmì!
Gracias –contesté de una manera poco entusiasta-
Pasé a la casa, mi mamá se despidió de mí y de sus padres. El perrito de mis
abuelos, llamado Tachi, enseguida se encariñó conmigo y constantemente se subía
a mis piernas. Yo todavía seguía resentida por lo antes ocurrido, así que actué de
una manera ilícita, porque me salí de la casa de mis abuelos en un descuido de
ellos; corrí, sin tener ningún destino en mente. El paisaje era hermoso, lleno de
montañas atiborradas de árboles, se escuchaba a lo lejos el hermoso canto de
pájaros y me encontré con una o dos mariposas. Pronto comenzó a llover, me
resbalé, pues la lluvia generó que la tierra estuviera deslizadiza y caí en un pequeño
hoyo, probablemente estuve un largo tiempo ahí, debido a que me herí, no con
mucha gravedad, pero sí sufría por el dolor en ese entonces. Tachi me localizó y
me empezó a lamer mi cara, abrí mis ojos y me encontré con una niña de mi edad
(aproximadamente), aún no sabía quién era, ella me ayudó a levantarme y me dirigió
hasta la casa. Cuando regresé, mis abuelos se veían muy tristes y preocupados por
mí, al ver ellos que yo venía a lo lejos, pude notar una expresión de consuelo. Mi
abuelito fue corriendo a alcanzarme, me tomó de un brazo y me cargó hasta lograr
llegar.
Les conté lo sucedido, incluyendo el fantástico suceso con la niña que me
recogió. La abuela muy asombrada me contó una fabulosa leyenda de Xochitl Nolía:
“Hace tantos años, existió un par de gemelos pertenecientes a nuestra familia, ellos
eran la dulzura y ternura en persona, ambos tenían eso en común, aunque eran
muy distintos respecto a su comportamiento, la niña Xochitl Nolía era sociable,
mientras que Tonatiúh era muy tímido.
Un día aconteció que en el atardecer se vio un color nuca antes visto en el cielo,
los perritos rascaban el piso y todos los pájaros huían, las persona se preguntaban
qué pasaba. Lo que sucedía era que un vil brujo llamado Xayakatl estaba en busca
de un alma delicada y tierna, para uno de sus locos experimentos de poder
manipular al cuerpo humano como un títere; por lo que recurrió a Xochitl. Al
conseguir llegar hasta ella, trato de transportarla hasta el lugar donde haría uno de
sus ritos, su hermano, Tonatiúh, logró quitársela de sus brazos. Cuando Xayakatl
se dio cuenta de que su “ingrediente especial” le había sido arrebatado de sus
brazos, tomó a Tonatiúh y se lo llevó.
Su hermana no volvió a ser la misma de antes (evidentemente); por un tiempo
se aisló. Al transcurrir unos meses comenzó a ayudar a todas las personas que
podía, nadie se explicaba cuál era la causa de este gran cambio.
Por las tardes, seguía a la espera de su amado hermano, ella siempre llevaba
un pequeño conejito que le acompañaba y un ramo de flores exóticas. Se
rumoreaba que el brujo la había visitado por una noche de noviembre y le había
pedido cosas para sus brujerías y que a cambio de éstas lograría salvar la vida de
su hermano.
Xochitl murió ya siendo mayor de edad por causas desconocidas. Actualmente
se dice que ella se suele aparecer sólo cuando unas de las personas se encuentran
en peligro de perder la vida.”
La historia me impactó tras saber que realmente la forma en la que actué casi
me cuesta la vida. También me gustó la leyenda, a pesar de que es triste, me
agradó, porque nunca encontraría algo así en ningún sitio web.
Quise regresar al lugar donde la había encontrado, pero ahora con el permiso de
mis abuelos, y ya con el cielo despejado. Estaba anocheciendo ya, pero eso no
impidió que fuera a visitar el lugar. En el camino, me encontré con los escalofriantes
sonidos de las hojas moviéndose con el viento y el gran ruido que producen las
chicharras. Cuando encontré el lugar –que ciertamente pensé que no lo hallaría-,
se escuchó un silencio total, esperé un tiempo, hasta que “¡CRUK!”, oí una rama
romperse, salté del susto, sin duda el ruido no lo había producido yo, puesto a que
estaba completamente quieta. Otro ruido extraño, como cuando una persona va
corriendo entre las hojas, eso mismo percibí, pero creo que a más velocidad. Tras
unos minutos no pasó nada y simplemente esperé sentada en la tierra, sin darme
cuenta que no me encontraba sola, atrás de mí había un lindo conejito, blanco como
la nieve. A muchos no les sorprendería, puesto que en el pueblito al que fui abundan
los conejos, hasta el nombre de éste lo indica, pero para mí fue una gran
experiencia.
Me empecé a interesar por la cultura de ahí, debido a que después del mito
narrado por mi abuela, me atrajo todo lo relacionado. Mis abuelos contribuyeron a
mi pasión, principalmente mi abuela. Ellos me enseñaron algunas de sus
costumbres: Mi abuelo me instruyó en el arte del cultivo del café, mientras que mi
abuela me habló sobre otras leyendas, recetas tradicionales y palabras del origen
náhuatl, principalmente adoré una palabra: “Apapachar”, me explicó que esta es
una de las palabras que le gustan porque proviene de la palabra original
“apapachoa” que significa ablandar algo con los dedos, actualmente se traduce
como “abrazar con el alma” y no existe en otro idioma. Ella también me explicó la
gran importancia de preservar nuestras tradiciones y valorarlas, asimismo me
advirtió que no debía caer en la xenofobia (desprecio a los extranjeros), al contrario,
debía tener cierto aprecio hacia ellas, sin olvidar las mías.
Los dos meses fueron básicamente nada. Regresé totalmente cambiada, con
ropa tejida y gran antojo de comida mexicana. Cuando volví, fue difícil adaptarme a
las burlas, pero esto tenía una sencilla solución: hablar con los padres y maestros.
Empecé una pequeña campaña por las tradiciones, a la cual poco a poco se
fueron uniendo compañeros. Una acción puede cambiar mi mundo