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Literatura de Puerto Rico

Este documento analiza la representación del tema negro en la literatura puertorriqueña. Explica que el elemento negro ha tenido una gran influencia en la cultura puertorriqueña desde la esclavitud, particularmente en la música, la religión, el idioma y otras áreas. Aunque el aporte cultural negro es limitado en comparación con otros países debido al deseo de parecerse a los blancos, el legado africano sigue presente. La poesía, en particular la de Luis Palés Matos y Fortunato Vizcarrondo, ha cult
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Literatura de Puerto Rico

Este documento analiza la representación del tema negro en la literatura puertorriqueña. Explica que el elemento negro ha tenido una gran influencia en la cultura puertorriqueña desde la esclavitud, particularmente en la música, la religión, el idioma y otras áreas. Aunque el aporte cultural negro es limitado en comparación con otros países debido al deseo de parecerse a los blancos, el legado africano sigue presente. La poesía, en particular la de Luis Palés Matos y Fortunato Vizcarrondo, ha cult
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El tema del negro

en el cuento puertorriqueño
Yo soy indio y africano:
borincano
donde razas muy ardientes confluyeron:
soy la vida, soy la llama.
Mis abuelos no me dieron
ni perfiles ni colores
seductores,
pero escucha: las cadenas
que a mis razas humillaron,
en las venas
rabia y fuego le dejaron.
Luis Felipe Dessús

Ya para 1531 el negro aparece como raza fundamental de la comunidad puertorri-


queña y se constituye desde entonces en elemento étnico capital de la estructura cultu-
ral boricua. No hay aspecto de la vida del puertorriqueño que no esté afectado por el
elemento afronegroide: la música, los instrumentos —el bongó, la timba, por ejemplo—,
la religión —la Fiesta de Santiago, el baquiné, la santería, el santiguo, la brujería—,
las supersticiones, el idioma, el arte yerbatero y curandero, las artesanías, las diversio-
nes, el arte culinario, el baile —la boma, la plena, la salsa—, el físico, la idiosincrasia.
En sí, es imposible alienar la negritud de la puertorriqueñidad.
Sin embargo, si comparamos a Puerto Rico con otros países donde hubo y hay ne-
gros, el aporte cultural es limitado, pues muchos de sus descendientes, por desear pare-
cerse a los blancos, no practicaban sus costumbres. Todo parece indicar que el puertorri-
queño pretende consciente o inconscientemente eliminar o borrar sus raíces y aparecer
como blanco. Además muchos puertorriqueños temen que sus compatriotas vean en
ellos rasgos raciales que la gente asocia mentalmente con los negros. Por eso muchos
con rasgos somáticos de blanco, pero con una patente ascendencia racial negra, se consi-
deran como que tienen «raja» escondida y con frecuencia son objeto de burla. Por eso
el típico refrán puertorriqueño de raíz negroide apunta que «El que no tiene dinga,
tiene mandinga». Es decir, que prácticamente ningún boricua puede escapar del legado
africano y que, por lo tanto, tenemos, el que más y el que menos, «una gota de sangre
negra» que corre por nuestras venas,
ij Por otro lado el elemento negro —a quien desde los tiempos de la esclavitud se le
& ha asignado concepciones negativas y estereotipos prejuiciados— ha sido objeto de una
1 reivindicación y revalidación en el quehacer literario isleño de los últimos años. José
Q Luis González en su ensayo de interpretación histórico-cultural del pueblo borincano
.£ titulado El país de cuatro pisos refiriéndose a la aportación del negro en nuestra cultu-
u ra, apunta: «Ya es un lugar común decir que esa cultura tiene tres raíces históricas: la
2 taina, la africana, y la española. Lo que no es lugar común, sino todo lo contrario, es
£<, afirmar que, de estas tres raíces, la más importante, por razones económicas y sociales,
98
y en consecuencia culturales, es la africana».l Y luego señala, «que los primeros puer-
torriqueños fueron en realidad los puertorriqueños negros»2 Para González, el jíbaro
prácticamente ha dejado de existir como factor demográfico, económico y cultural de
importancia, en tanto que el puertorriqueño mestizo y proletario es cada vez más el
verdadero representante de la identidad popular puertorriqueña.3
Los escritores isleños, atentos a la situación del puertorriqueño de color, abordan el
tema en prácticamente todos los géneros. En la poesía de las letras insulares el tema
se ha cultivado extensamente. Este es el género más prolífero —también así en la poesía
universal— y con el cual corrientemente se asocia más o se identifica el tópico. Esto
lo prueba la gran cantidad de estudios y antologías sobre la poesía negroide.4 Todo pa-
rece indicar que la negritud encuentra su medio de expresión más adecuado en la poe-
sía. En nuestro medio basta con mencionar los nombres de Luis Palés Matos y Fortunato
Vizcarrondo. De las obras de Palés Matos —una de las figuras principales de la poesía
negroide hispánica junto con los cubanos Nicolás Guillen y Emilio Ballagas— merece
especial mención Tuntún de pasa y grifería (1937), obra que le consagra con méritos
de resonancias extrainsulares y que contiene dos de sus mejores poemas: «Danza negra»
y «Majestad negra». Es indiscutible la gran influencia que ha tenido este poeta en el
desarrollo genérico del tema, pues su obra fijó conciencia en los negros como parte esencial
de nuestra insularidad y de sus potencialidades creadoras. José Emilio González afirma
que «ningún poeta puertorriqueño ha podido, como Luis Palés Matos, explorar y expre-
sar en forma tan superiormente estética el mundo de los negros».5 A la figura de Pa-
lés Matos sigue el mulato Fortunato Vizcarrondo, quien publicó en 1942 su poemario
versonegrista Dinga y Mandinga. Este volumen contiene el poema negrista más popu-
lar de Puerto Rico: «¿Y tu agüela, aónde ejtá?»6, que presenta el caso del individuo
que se empeña en ocultar sus orígenes raciales negros.7

1
José Luis González, El país de cuatro pisos y otros ensayos (Río Piedras: Ediciones Huracán, 1980), p, 19-
2 Ibid., p, 20.
3
La obra de Isabelo Zenón Cruz, Narciso descubre su trasero (Humacao, P.R.: Editorial Furidi, 197}), es
lectura obligada para cualquier interesado en el tema del negro en la cultura puertorriqueña, pues ningún
otro escritor lo ha estudiado con mayor minuciosidad.
Otros estudios que merecen mención especial son: Tomás Blanco, El prejuicio racial en Puerto Rico (San
Juan, P.R.: Biblioteca de Autores Puertorriqueños, 1942); José Colombán Rosario y Justina Carrión, El negro
(San Juan, P.R.: Negociado de Materiales, Imprenta y Transportes, 1940); Luis M. Soler, Historia de la escla-
vitud negra en Puerto Rico (Río Piedras, P.R.: Editorial Universitaria U.P.R., 1953); Loida Figueroa, Breve
historia de Puerto Rico (Río Piedras: Editorial Edil, Inc., 1968), volumen 1, pp. 261-290; Eduardo Seda Bo-
nilla, Réquiem por una cultura (Río Piedras: Editorial Edil, Inc., 1970), pp. 39-76; y Manuel Alvarez Naza-
rio, El elemento afronegroide en el español de Puerto Rico (San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña,
1974).
4
La poesía afroantillana ha sido frecuentemente antologizada desde su primer momento de auge (1927-3 7).
Las muestras preparadas por Emilio Ballagas (193?, 1946), Ramón Guirao (1937), Jorge Luis Morales (1976),
José Luis González y Mónica Mansour (1976) y Aurora de Albornoz y Julio Rodríguez Luis (1980), revelan
el interés de la critica por esta poesía.
}
José Emilio González, La poesía contemporánea de Puerto Rico (1930-1960) (San Juan: Instituto de Cul-
tura Puertorriqueña, 1972), p. 454.
6
Este poema ha sido recitado en innumerables ocasiones por el declamador Juan Boria, el «Faraón del Verso
Negro» según lo anunció Luis Palés Matos. Además los músicos puertorriqueños Domingo Colón y Frank
Asencio le pusieron música, y Ruth Fernández lo ha interpretado con regularidad. Este poema corrió la
99
Se inicia la dramaturgia del tema del negro en la isla con la comedia de Ramón C.F.
Caballero titulada La juega de gallos o El negro bozal (1852), la cual presenta sendas
estampas nativistas de lo jíbaro y de lo negroide con diálogos salpicados del pintoresco
lenguaje afrohispano de mediados del siglo XIX. En 1867 Alejandro Tapia y Rivera
escribe La cuarterona, obra que expone el tema del prejuicio racial que imposibilita
la realización del amor. En 1883 Rafael E. Escalona publica sus dos piezas bufo-cómico-
catedráticas tituladas Flor de una noche y Amor a la pompadour. La primera ofrece la
peculiaridad de que todos sus personajes son negros, única obra puertorriqueña en que
hemos encontrado tal situación. En ambas, además aparece el «negro catedrático», tipo
del negro sabihondo y decidor a quien se llamó irónicamente así en las Antillas. En
ese mismo año Eleuterio Derkes publica su comedia de costumbres titulada Tío Fele,
donde la intención del autor no es otra que resaltar la bondad y fidelidad del negro. De
acuerdo a Socorro Girón,8 ésta es la primera vez que aparece en la literatura puerto-
rriqueña la figura de la abuela negra —Majuana en este caso— escondida en la cocina
por los hijos que se avergüenzan de su sangre negra y creen que escondiéndola podrán
disfrazar su «raja». Un año después, 1884, Ramón Méndez Quiñones aborda en ¡Pobre
Sindal las amarguras del esclavo negro de antaño en nuestro medio insular, faceta ya
antes manejada por Caballero pero sin tratamiento profundo. No es, entonces, hasta
la segunda mitad del siglo actual, después de setenta y un años, que vuelve a tratarse
el tema cuando aparecen las obras de Francisco Arriví tituladas Medusas en la bahía
(1955), Vejigantes (1957) y Sirena (1958), trilogía que cala profundo en el problema
del prejuicio racial en Puerto Rico. De las tres sobresale Vejigantes , indiscutiblemente
obra clásica del teato borincano, la cual presenta el conflicto originado en el ser de la
abuela negra para proyectarse luego en la hija mulata y en la nieta cuarterona en térmi-
nos de la negación de lo racial africano por razones de carácter social. Arriví toca el
tema de la abuela escondida como ya lo habían hecho Derkes en Tío Vele, Matías Gon-
zález García en sus cuentos y Vizcarrondo en su poesía. Dicho tema, que aparece en
los géneros de poesía, cuento y teatro, proyecta su más notable impacto en este último
por lo que posee de espectáculo. A partir de aquí hay otro grupo de escritores que in-
cluyen levemente el tema en sus piezas teatrales: Rene Marqués —Los soles truncos (1958)
y Mariana o El Alba (1965)—, Manuel Méndez Ballester —Encrucijada (1958) y Bienve-
nido don Goyito (1965)— y Emilio S. Belaval —La hacienda de los cuatro vientos (1959).
Es palpable, pues, que la dramaturgia borícua carece —en relación con la magnitud
del conflicto— de obras vigorosas que planteen abiertamente el problema del prejuicio
racial en la Isla.9

misma suerte que *El negro bembón» (Motivos de son, 1930), de Nicolás Guillen, que ha sido cantado
tradicionalmente tanto en Cuba como en Puerto Rico.
7
Además de los poetas ya mencionados han cultivado el tema Salvador Brau, José Antonio Daubón, José
GautierBenítez, Luis Uoréns Torres, Clara Lair, Julia de Burgos, Virgilio Dávilay Luis Felipe Dessús, entre otros.
8
Socorro Girón, *El tema del negro en la literatura puertorriqueña» (Inédito), p. 23. Este trabajo obtuvo
el primer premio en el certamen de ensayo auspiciado por la Casa del Autor Puertorriqueño el 10 de julio
de 1982. Agradezco a la Dra. Girón el haberme proporcionado gentilmente copia de su trabajo aún inéditt
9
En el poco cine que se ha hecho en Puerto Rico existe una película de corta duración, que
tor negro Luis Maisonet para Educación de la Comunidad, titulada «El resplandor», la cual se ¿tasa en la
rebelión y abolición de los esclavos.
100
En el ensayo existen varias obras que abordan el tema del puertorriqueño negro: Ha-
cia una poesía antiliana (1932) de Luis Palés Matos, Insularismo (1934) de Antonio S.
Predreira, El prejuicio racial en Puerto Rico (1942) de Tomás Blanco y José Martí, defen-
sor de los negros (1973) de José Ferrer Canales. Sólo este último hace justicia a la situa-
ción del puertorriqueño negro.
En la novela contamos con varias obras que tratan el tema como parte medular y mu-
chas otras que lo abordan como elemento secundario o alusivo. Enrique Laguerre, nues-
tro mis fecundo novelista, ha tratado el tema en toda su obra, sin embargo presenta
sólo dos protagonistas mulatos y los personajes negros que aparecen no corresponden
a la realidad boricua, pues sus actuaciones, actitudes y sentimientos no se diferencian
de los blancos. Usmaíl (1959), de Pedro Juan Soto, es a nuestro parecer la mejor novela
que se conoce sobre el prejuicio racial en Puerto Rico. También Racismo (1964), de Gui-
llermo Bauza y Los Integrados (1964), de Sadi Orsini, tratan el tema como aspecto esen-
cial de la obra. Otras novelas en que aparece el tema como segundo o tercer orden son:
La peregrinación de Bayoán (1863) de Eugenio María de Hostos, El negocio (1922) de
Manuel Zeno Gandía, Los vates de Tomás Blanco, Veinte siglos después del homicidio
(1971) de Carmelo Rodríguez Torres y Figuración en el mes de marzo (1972) de Emilio
Díaz Valcárcel, entre otras.10
Se mantfiesa también el tema en el cultivo narrativo romántico de fondo histórico
y legendario de las Leyendas y tradiciones puertorriqueñas (1924-1925), del historia-
dor Cayetano Coll y Tosté. Entre éstas figuran Los negros brujos (1591), El carimbo
(1784), CarabalíX1830), La negra azul (1833) y Los duendes de la hacienda «Las Lizas»
(1869). Estas leyendas de tema negroide presentan una serie de cuadros y tramas que
ofrecen en su conjunto la visión del negro en Puerto Rico a través de los siglos XVI al XIX.
Pero de todos los géneros es el cuento uno de los más prolíferos, donde se han logra-
do varias de las más valiosas creaciones del tema y donde aparece —junto con la poesía—
con mayor viveza e intensidad. u El negro entra a nuestra cuentística desde muy tem-
prano, antes de que existiera una literatura puertorriqueña. u Este aparece en las

,Q
Además de los novelistas ya mencionados abordan el tema Salvador Brau (Lejanías, 1912), Federicp De-
getau (El secreto de Ja domadora, 1886), César Andreu Iglesias (Una gota de tiempo. 1958), Pepita Caballe-
ro Balseiro (Bajo el vuelo de los alcatraces, 1956), Guillermo Coito Thorner (Trópico en Manhattan, 1951),
Edgardo Rodríguez Julia (La renuncia del héroe Baltasar, 1974), y José Luis González (La llegada, 1980).
11
Para el estudio del cuento puertorriqueño recomendamos la lectura de los siguientes: Concha Melén-
dez, «El cuento en la edad de Asomante (1944-1955), «Asomante, /, 1955, pp, 39-68; José Luis González,
«Sobre el cuento puertorriqueño*, en Paul J. Cooke, Antología de cuentos puertorriqueños (Godfrey, III-
nois. Monticello Col/ege Press, 1956), pp. 4-6; Rene Marqués, Cuentos puertorriqueños de hoy (Río Piedras:
Editorial Cultural, Inc., 1959); Concha Mdéndez, El arte del cuento en Puerto Rico (Nueva York: Las Atné-
ricasPublishing Co., 1961); Lülian Quites de la Luz, El cuento en la literatura puertorriqueña (Río Piedras:
Editorial U.P.R., 1968); Emilio Díaz Valcárcel, «Apuntes sobre el desarrollo histórico del cuento literario
puertorriqueño y la generación del 40», Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña, año XII, núm-
43, abril-junio 1969, pp. 11-17; Rafael Rodríguez, «Apuntes sobre él último decenio de narrativa puertorri-
queña: el cuento-», Nueva. Narrativa Hispanoamericana, val. 11, núm. 1, enero 1912, pp. 179-91-
lz
Antes de que existiese una literatura puertorriqueña —antes del Aguinaldo puertorriqueño (184}) y de
El gíbaro (1849)— ya el tema del negro estaba presente en muchos de los escritos referentes a la isla de
Puerto Rico. En la Elegía VI deJuan de Castellanos, que data de 1519 y que se publicó en la isla por primera
vez en 1915 por Cayetano Coll y Tosté en el Boletín Histórico de Puerto Rico, ya está presente la figura
del negro. En la comedia Los engaños (1567), de Lope de Rueda, se presenta el tema en boca del personaje
Guiomar. Esta Guiomar señala que tiene una hija en San Juan de Puerto Rico —primera mención de la
101
13
manifestaciones cuentísticas de tradición oral. En el romanticismo —donde aparecen
los primeros relatos que abordan el tema—, aunque ya el negro es parte capital del
conglomerado isleño, no se le da la importancia que merece. u En el realismo y natu-
ralismo la figura del negro aparece salpicada de los elementos folklóricos y tampoco
tiene la atención que amerita.15 Durante el modernismo dominan los relatos basados
en el tema de la esclavitud.1(S
En la generación del treinta, aunque hay bastantes escritores que tratan el tema y
su agenda principal era buscar qué y cómo somos, domina una especie de indiferencia
hacia el elemento negro. Sus miras se proyectaron en España o en el desaparecido pue-
blo taino para la búsqueda de afirmaciones, pero muy poco en los levantamientos,
rebeliones e insurrecciones de los negros. Sin embargo, Tomás Blanco en su relato «Cul-
tura, tres pasos y un encuentro» nos proporciona en este período el primer intento de
incluir al negro como parte esencial y genuina del pueblo borincano. Además esta corriente
nos proporciona indicios de dos elementos que serán desarrollados a cabalidad en gene-
raciones futuras: el prejuicio racial (El hombre negro del ño de Cesáreo Rosa Nieves)
y la exploración del campo poético (Un enigma y una clave de Luis Hernández
Aquino). 17
No es, entonces, hasta la generación del cuarenta cuando surge un profundo interés
por el negro. Es éste el más prolífero de los períodos y donde domina una fuerte nota
de denuncia social. Se comienza a presentar al negro urbano, mejor dicho al negro en
el arrabal. Además existe un gran apogeo los elementos poéticos y musicales. Esta gene-
ración incorpora nuevas técnicas y da nuevos matices a temas ya elaborados por genera-
ciones anteriores, y, naturalmente, también introduce otros nuevos: la homosexualidad,
la prostitución, entre [Link]
Esta generación muestra una consistente atracción por el desarrollo de personajes ni-
ños de color —Melodía, Alejo, Gino y el niñito de «Interludio», por ejemplo. Y es pre-
cisamente en estos relatos donde se logran varias de las mejores creaciones del tema.
Parece que a estos escritores les gusta emprender la difícil tarea que otros no se atreven
intentar: bucear en el alma y la psicología de un niñito (todos aparentemente tienen

isla en el teatro español—, y se lamenta de su forzosa separación causada a todas luces por el tráfico negrero.
En un conocido soneto que se recoge en la «Carta* del Obispo Fray Damián López de Haro y que data
de 1664 también se mencionan los negros de la Isla. Treinta y tres años después la conocida poetisa mexica-
na SorJuana Inés de la Cruz presenta entre los Villancicos que se cantaron en los Maitines del gloriosísimo
padre S. Pedro Nolasco (1677) a un negro natural dé Puerto Rico que admirado participa en el elogio del
santo festejado.
« Rafael Ramírez de Arellano, J. Alden Masón y Aurelio M. Espinosa, María Cadilla de Martínez y Ricar-
do E. Alegría, figuran entre los estudiosos que se han ocupado en recopilar cuentos del folklore isleño.
14
Los cuentos negros de este período pertenecen a Manuel A. Alonso, El gíbaro (1849).
¡í
Durante este movimiento literario publican cuentos de tema negroide, dos de sus figuras sobresalien-
tes: Pablo Morales Cabrera y Matías González García.
16
Dentro del marco de cuentistas del modernismo que han tratado el tema negroide caen: Alfredo Colla-
do Martell, Ángel M. Villamtl —dos de las figuras cimeras de este movimiento— y Carlos N. Carreras.
17
Además de estos tres escritores han abordado el tema: Vicente Palés Matos, Francisco Rivera Landrón,
Julio Matrero Núñez, Emilio 5. Belaval, Antonio Oliver Frau, y Ernesto Juan Fronfrías.
« Cultivan el tema en esta generación: Abelardo Díaz Alfaro, José Luis González, Edwin Figueroa Rene
Marqués, José Luis Vivas Maldonado, Salvador M. de Jesús, Luis Quero Chiesa, Emilio Díaz Valcárcel, Marta
Teresa Serrano de Ayala, Juan Enrique Celberg, Miguel Serrano Hernández, y Luis Rafael Sánchez.
102
menos de ocho años). Pero en este caso la tarea es más ardua todavía, pues no se trata
de un niñito común y corriente, no es un niñito cualquiera; es un niñito en lucha con-
tra las injusticias y discriminaciones sociales y raciales.
En la generación del setenta experimentamos una búsqueda de raíces y lazos africa-
nos, un pleno loor a la negritud y un enfrentamiento con el disimulado prejuicio racial
que permea la sociedad puertorriqueña. Hay una especie de revalorización de los patro-
nes tradicionales que conlleva a la mítica exaltación del negro y lo negro. El aporte del
elemento negro se percibe como algo bello que debe servir para crear una cultura nueva
y más rica.19
Entre los muchos cuentistas que han cultivado el tema hay tres figuras que ocupan
lugar de distinción por sus significativas aportaciones: José Luis González, Luis Rafael
Sánchez y Carmelo Rodríguez Torres. A José Luis González —uno de los más extraordi-
narios cuentistas que ha dado la literatura puertorriqueña y el iniciador de la genera-
ción del cuarenta20— corresponde el honor de ser el más prolífero en el tema y de ha-
ber creado varios de los mejores relatos. González tiene once cuentos que tratan el tema
medularmente o en forma secundaria. En su primer librito, En la sombra (1943), inclu-
ye el relato El cacique, donde al tirano del barrio lo mata «un mulato corpulento, recio,
honrado a carta cabal». Ya en Cinco cuentos de sangre (1945) entra de lleno en el tema
en «Cangrejeros». «Eran negros. Unos altos, de lustrosa piel y facciones finas. Otros ba-
jetones, de bembes gruesos, nariz y cara colorada. Todos negros, porque el jíbaro no
es capaz de vivir en el manglar.»21 Este grupo de negros cangrejeros vive feliz su vida
sencilla. Pero un día uno de ellos mata en el pueblo y todos deciden irse con él. Cuando
la policía llega encuentra las chozas vacías. Este relato da claras muestras de una unión
humanizadora y una solidaridad al desamparado. Elemento este que desarrollará Gon-
zález a plenitud en relatos posteriores. En el mismo volumen incluye «Miedo», relato
en el que uno de los determinados huelguistas es «un mulato espigado y cejijunto».
En El hombre en la calle (1948) se incluye el cuento «El escritor», donde González
hace un magnífico retrato del escritor burgués que, a pesar de las injusticias que están
sucediendo frente a su casa, se lamenta de «tener que vivir en un país donde nunca
pasa nada». González, entre los muchos elementos negativos que le atribuye al «escri-
tor», introduce uno de sumo interés para nosotros. El «escritor» desea a su sirvienta mu-
lata para la cama, para satisfacer sus deseos sexuales y nada más. Para ambientar el inci-
dente se evocan los versos saturados de sensualidad y sabor afronegroide de uno de los
poemas más conocidos de Luis Palés Matos, «Majestad negra». En la misma colección,

'9 Carmelo Rodríguez Torres, Rosario Ferré, Manuel Ramos Otero, Germán Delgado Pasapera y Ángel En-
carnación Rivera figuran entre los cuentistas de esta última hornada que se han interesado en el tema del
negro y lo negro.
20
Casi todos los críticos de la literatura puertorriqueña señalan a José Luis González como el iniciador
de la renovación que se realiza en el cuento isleño en la década del cuarenta. Véase, entre otros, Rene Mar-
qués, Cuentos puertorriqueños de hoy (San Juan: Club del Libro de Puerto Rico, 1959), p. 79; Margot Arce
de Vázquez y Mariana Robles de Cardona, Lecturas puertorriqueñas: prosa (Sharon, Conneticut: The Trout-
man Press, 1966), p. 405; RobertL. Muckley y Eduardo E. Vargas, Cuentos puertorriqueños (Skokie, Illinois:
National Textbook Co., 1974), p. 43; Lillian Quiles de la Luz, El cuento en la literatura puertorriqueña,
(Río Piedras: Editorial U.P.R., 1968), p. 122.
21
José Luis González, En Nueva "fórk y otras desgracias (México: Siglo Veintiuno Editores, S.A., 1973), p 16.
103
en un conmovedor cuento de amor filial, se nos presenta a un protagonista de «piel
morena y pelo negro ensortijado».
Es con su cuarto libro de cuentos, En este lado (1954), que la obra de González tiene
su «boom» en el tema, pues de las diez narraciones cinco giran en torno a uno o varios
personajes negros. Pero el logro de nuestro autor no es sólo de carácter individual, ya
que es la primera vez que un cuentistas isleño le dedica tantas narraciones a este impor-
tante elemento étnico de nuestra esencia cultural.
En su ya clásico y antológico cuento «En el fondo del caño hay un negrito»21 —el
más hermoso del autor, según Rene Marqués y Concha Meléndez—, González nos pre-
senta una nueva versión del tema negroide. El niñito negro Melodía —el protagonista
más joven de la cuentística puertorriqueña y por consiguiente del tema—, que aún se
mueve gateando, ve por primera vez al otro negrito en el fondo del caño temprano en
la mañana a los dos o tres días después de haberse mudado al arrabal, y es sorprendido
por su padre. Su familia no tenía qué comer y le apaciguaba el hambre con guarapillos
de guanábana. Melodía se contempla en la superficie del agua y al ver su imagen piensa
ver a otro negrito que le es amigable y le saluda con la manita. Al mediodía vuelve
a asomarse y la madre lo retira del peligro, pero en él queda una sensación de simpatía
hacia «el otro negrito». Al atardecer, poco antes de que el padre regrese con alimentos
del duro trabajo que había conseguido por ese día, Melodía, por tercera vez, ve al ne-
grito que le sonreía, y entonces «sintió un súbito entusiasmo y amor indecible por el
otro negrito, y se fue a buscarlo».
En este cuento se pueden apreciar claramente algunos de los valores de González como
cuentista: concisión, dramatismo y profundidad poética. Este último elemento se hace
sentir en todo el relato: las descripciones del paisaje, la atmósfera de delicadez y hasta
el nombre del negrito. González hace gala de una tierna poesía y de tal forma nos pro-
vee la innovación de un enfoque poético en el tratamiento del tema, brecha que van
a adoptar más adelante Emilio Díaz Valcárcel, Edwin Figueroa y Luis Rafael Sánchez.
La protesta social es evidente. El autor critica las injusticias contra el proletariado —en
este caso una familia negra que vive muriendo, enterrada en el fango de los manglares—
y ataca el régimen capitalista, donde los acomodados económicamente no se preocupan
por los que viven en miseria y abandono, o viven ajenos a tal situación. Es la primera
vez que se nos presenta al negro en el arrabal citadino y su lucha por la sobrevivencia
en ese nuevo ambiente.
«La galería» nos narra —dentro del marco principal del relato— cómo un ama de
leche negra tiene que sacrificar a su propio hijito para salvar al hijo del hacendado blanco.
La narración es una fuerte denuncia al trato de los negros y de su poca importancia

22
Aparece en las siguientes antologías: Antología de cuentos puertorriqueños, Cuentos puertorriqueños
de hoy, El arte del cuento en Puerto Rico, El cuento (de Concha Meléndez) y Antología general del cuento
puertorriqueño (de Cesáreo Rosa Nieves y Félix Franco Oppenheimer).
Además aparece traducido al inglés bajo el título de *There's a Little Negro at the Bottom oftbe Caño»
en la antología de literatura internacional New World Writing, que patrocina la editorial neoyorquina The
New American Library of World Literature, Inc. También se publica en inglés bajo el título «There's a Little
Colored Boy in the Bottom of the Water», en la antología de Kal Wagenheim, Short Stories from Puerto
Rico,/'/'. 99-103.
104
como seres humanos. El complejo de superioridad del hombre blanco hacendado apa-
rece claramente expuesto en expresiones como: «¡Un negro menos no le va a hacer falta
a nadie!».
En el relato que da título al volumen, «En este lado», González trata el discrimen
contra los negros en los Estados Unidos. De tal forma ha transferido sus escenarios (aho-
ra Nueva Yotk y Cuernavaca) y sus personajes insulares (ahora el protagonista es un nor-
teamericano negro de nombre Bill Rawlings) para ofrecernos un cuento de dimensiones
universales. El cuento muestra los conflictos sicológicos y físicos de un negro que sostie-
ne relaciones amorosas con una mujer blanca. El hecho de que González haya mudado
los ingredientes narrativos fuera de nuestra realidad insular, no nos exime de un pro-
blema de tal naturaleza, sólo que entre nosotros el dilema está más disfrazado.
En «Santa Claus visita a Pichirilo Sánchez», González nos hace ver otra vez la triste
y miserable vida del arrabal mediante los sueños de dos niños de ocho años y su choque
con la amarga realidad. De las dos bellas caracterizaciones infantiles que logra el autor
—Pichirilo y Alejo Cintrón—, la del negrito Alejo es muy acertada y convincente. El
autor aprovecha el personaje para destruir conceptos erróneos sobre «que todos los ne-
gros son brutos», pues Alejo demuestra ser todo lo contrario y se da cuenta «que Santa
Ció no es na más que pa los blanquitos». Alejo forma junto con Melodía una de las
parejas de personajes infantiles más inolvidables de la cuentística puertorriqueña.
González en «El arbusto en llamas» vuelve a alejarse del escenario isleño y se ocupa
de la discriminación racial en los Estados Unidos. El relato es una historia de némesis:
Lee Malloy, un soldado racista del sur de Estados Unidos, muere acorralado y quemado
con bombas de napalm en la Guerra de Corea, tal como él lo hizo con un negro de
Mississippi. Aquí se juntan la inhumanidad de la guerra y la condena del prejuicio racial.
El linchamiento del negro ocurre porque se dice que violó a una mujer blanca «que
se había acostado con medio pueblo». Pero los blancos no pueden concebir que un ne-
gro abuse sexualmente de una mujer blanca, pues siempre, por tradición, es aceptable
que sea lo opuesto. (Este mismo elemento lo tratará Rene Marqués en «Isla en Manhat-
tan»).
La última creación cuentística de González que trata el tema, «Historia de vecinos»
—que todavía no ha sido recogida en libro—, se publica en la revista Sin Nombre en
1975. El cuento trata de un estudiante puertorriqueño en París, a quien se le acaba la
vigencia de la beca y tiene que buscar trabajo para mantenerse mientras finaliza la pre-
paración de su tesis doctoral. Una agencia de empleos lo envía a un almacén de mate-
riales de construcción, donde le pagan la mitad de lo que ganaría un francés, con
el propósito de suplantar a un negro martiniqueño a quien piensan despedir. En la con-
versación que estos dos sostienen descubren sus raíces comunes de hombres del Caribe,
coloniales, exiliados. El negro, que hace veintidós años que reside allí y «se siente tan
extranjero como el día que llegó», añora el cielo, el sol, el mar y las frutas —la pina,
el mango— de su tierra caribeña. Finalmente, el estudiante decide marcharse sin su-
plantar en el empleo a su vecino del Caribe. En este relato más que una denuncia social
late un sentimiento de solidaridad humana. Pues ambos personajes, no importa el color
—en ningún momento se nos dice si el puertorriqueño es blanco o negro— o la condi-
105
ción social, son hombres del Caribe con profundas y semejantes raíces afro-antillanas
que comparten y aceptan.
En suma, González tiene el privilegio de ser el gran propulsor de las nuevas caracte-
rísticas del tema que van a seguir la inmensa mayoría de los escritores de la generación
del cuarenta que presenta al negro en sus relatos. Este autor da auge a una actitud de
fuerte denuncia social prácticamente desconocida hasta este momento, pues sólo «Ba-
gazo» (Terrazo, 1947) de Abelardo Díaz Alfaro, se le anticipa. Además nuestro autor
ha introducido muchas innovaciones al tema: la vena poética, el niño negro como per-
sonaje, el negro en el arrabal citadino, la discriminación racial fuera del contexto insu-
lar, la desmitificación de los estereotipos del negro y la búsqueda de la solidaridad humana.
El negro y lo negro son temas importantes y constantes en la obra de Luis Rafael Sán-
chez, especialmente en su cuentística. En su reciente ensayo «La gente de color: cariños
y prejuicios», el autor entra de lleno en la situación del boricua del color, y en sus obras
teatrales Cuentos de la cucarachita viuda y La pasión según Antígona Pérez aparece co-
mo tema secundario. Ya sea como elemento principal o secundario de la obra, Sánchez
ha demostrado una profunda preocupación por esta muchas veces ignorada temática,
que tanta importancia tiene para nuestra esencia cultural.
Sánchez —figura de transición entre la generación del cuarenta y la del setenta—23
con su colección En cuerpo de camisa (1966) anuncia mundos, personajes y maneras
distintas en el cuento de tema negro. De los once relatos que componen el volumen,
cuatro presentan al negro y lo negroide como foco principal de la narración.
«Aleluya negra» —publicado originalmente en Asomante en 1961 y premiado por
el Ateneo Puertorriqueño en 1960— es un cuento clave del autor, pues es ahí donde
concentra y refina sus ideas sobre la problemática negroide. Pero podemos ir más allá
todavía y afirmar que es un cuento clave para el ciclo temático en general, pues es la
apertura a los nuevos enfoques que prevalecen hoy día. La trama del cuento es mínima:
la joven mulata Caridad se deja seducir por Carmelo el Retinto, un «condenao negrito
prieto que lleva el diablo por dentro». Dominan este relato, pues, el lenguaje —saturado
de raíces populares—, el tono poético —ai estilo de Luis Palés Matos— y el elemento
musical, que ofrece una ambientación puramente negra.
«Aleluya negra» define al negro como un ser esencialmente sexual y erótico, y en lu-
gar de negar o condenar esta tendencia la ensalza. Desde el título del relato palpamos
una «aleluya» y exaltación del negro y la negritud. Estamos ante un nuevo «dios hermo-
samente negro, benditamente negro, maravillosamente negro».24 Esta exaltación es una
clara reafirmación del negro como parte medular de nuestro mestizaje cultural y racial,
elemento someramente visto en «Sol negro» de Emilio Díaz Valcárcel.
El mismo elogio y aprecio por el negro y lo negro es apreciable en «La parentela».
En dos aspectos podemos apoyar nuestros planteamientos: la indicación de belleza físi-
ca de los personajes —la nariz, por ejemplo— y la aceptación de sus creencias religiosas
de transfondo africano: el espiritismo.

2
$ Díaz Valcárcel, «Apuntes sobre el desarrollo histórico del cuento literario puertorriqueño y la genera-
ción del 40», p. 17.
24
Luis Rafael Sánchez, En cuerpo de camisa (Río Piedras: Editorial Antillana, 1975), p. 30. En adelante
todas las citas del texto pertenecen a esta edición y las páginas se indicarán en paréntesis.
106
«Jum!» nos aporta un nuevo aspecto temático: la homosexualidad. Hasta donde he-
mos podido constatar es Sánchez el único que lo trata en el ciclo temático del negro
y muy pocos lo han hecho en el cuento en general («El asedio» de Díaz Vakárcel, «Holly-
wood memorabilia» de Manuel Ramos Otero y «La última la paga el diablo» de José
Luis Vivas Maldonado). La trama, como en los demás cuentos del autor, es sencilla: el
pueblo persigue al hijo de Trinidad porque es «mariquita» y éste a la postre se suicida
hundiéndose en el río. Por la concepción que existe del negro como un ser desbordante-
mente viril, su homosexualidad choca más que la del blanco. «¡Que los negros son muy
machos!», gritaba el pueblo.25
Es interesante notar el prejuicio racial que existe dentro del mismo grupo minorita-
rio, aspecto qué se puede resumir en algunas de las expresiones del pueblo: «Que el
hijo de Trinidad se marchaba porque despreciaba a los negros. Que se iba a fiestar con
los blancos porque era un pelafustán», (p. 51). El mismo elemento aparece en «Aleluya
negra» encarnado en el sentir de la abuela: «Tú eres negrita de solar. Esos son negros
de orilla que no se cepillan el trasero», (p. 28).
«Tiene la noche una raíz» —al igual que «Jum!»— nos proporciona otra nueva faceta
temática: la prostitución. Gurdelia Grifitos, una prostituta negra, que ante la inocencia
imprudente de un niño de diez años ansioso de probar el «divino amor» que ella ven-
día, se transforma en madre y le hace creer que el amor divino de que hablan los hom-
bres experimentados consistía en esa ternura maternal. «Esa noche apagó temprano, Y
un viejo borracho se cansó de tocar».
En «Los negros pararon el caballo», relato publicado en la revista Sin Nombre en 1972
y aún no recogido en libro, Sánchez transfiere el escenario a Haití y resume un inciden-
te de rebelión política en la vida de un grupo de negros oprimidos, que a pesar de su
infructuoso intento por eliminar al tirano continúan pensando que «la próxima vez lo
enterramos».
Es obvio que los cuentos negroides de Sánchez son una genuina y sabrosa fiesta de
la lengua. Basta con mencionar «Aleluya negra» como modelo máximo. Sánchez se apro-
vecha de la rica cantera del lenguaje popular y lo convierte en una lengua plenamente
literaria. Tal vez no sea muy descabellado afirmar que en gran medida el hecho de crear
un lenguaje literario basado en uno de carácter popular se deba al estudio objetivo del
lenguaje del boricua negro. Esto resulta menos arriesgado todavía cuando sabemos que
dos de sus modelos máximos, Emilio S. Belaval y Palés Matos, bebieron de la misma
fuente temática.
De los cuentistas que recurren al elemento musical para ambientar sus creaciones
—Edwin Figueroa y Emilio Díaz Vakárcel, por ejemplo— es indiscutiblemente Sán-
chez el maestro absoluto. El autor empleando la repetición alternada de frases entre
coro y solista logra producir efectos similares a la plena, la bomba y la guaracha, típica
música popular afroantillana.
Le corresponde a Sánchez, pues, el honor de iniciar la brecha a los nuevos enfoques
que hoy día dominan el panorama temático. Los cuentos negros de En cuerpo de cami-

2i
Véase Zenón Cruz, Narciso descubre su trasero, tomo I, pp. 108-11.
107
sa introducen mundos y maneras distintos. Estamos ante una «aleluya», una exaltación
a lo negro y la negritud. El «ébano» es bello y el negro no tiene que alisarse el pelo
o enmascarar su «charol». Sánchez así ha roto una larga tradición literaria puertorrique-
ña: la idealización del jíbaro. Ahora no es el campesino de la montaña, sino el negro
de la costa el motivo de elogio y orgullo. Nuestro autor además incorpora importantes
aspectos temáticos: el prejuicio racial dentro del mismo grupo minoritario, la homose-
xualidad, la prostitución. Pero Sánchez no se limita sólo a estas aportaciones, sino que
explota a cabalidad el uso de elementos musicales y del lenguaje popular, aspectos estos
bien arraigados en la esencia negra.
Carmelo Rodríguez Torres —el máximo exponente del tema en la generación del
setenta— con sus Cinco cuentos negros (1976) nos ofrece la primera colección de relatos
dedicados totalmente al negro. Las cinco narraciones presentan importantes facetas inex-
ploradas del tema: la indagación en la psicología de un negro de clase media casado con
blanca y los orígenes míticos de la negritud.
«Fuencarral» y «Predela: milagro de la estatuilla profanada» son cuentos saturados de
magia, misterio, maravilla, y de una fuerte resonancia primitiva. De ambos surge la
figura de un negro de características sobrenaturales: inmortal, de virilidad descomunal
y fuerza devastadora. Este es Fuencarral, «el hombre más delicioso (y brutal) que había
en el pueblo».26 Tenía un ancestral parentesco con Mackandal (personaje de El reino
de este mundo, de Carpentier). A Fuencarral lo ejecutan porque seduce a Rosita Urqui-
jo, una muchacha de catorce años. Pero éste se quita la soga del cuello y camina calle
arriba. Las mujeres le siguen las huellas. En sí, nuestro personaje ha resucitado. Todo
el sentido del cuento resplandece cuando Pura, una de las pretendientes, dice «Loor
a Fuencarral, porque en él está el futuro de nuestro pueblo».21
«Predela» relata la leyenda que nace del mito Fuencarral. Mariadna, su última aman-
te, se encierra y se dedica a vestir y a desvestir con paños blancos de lino la negra esta-
tuilla que había llamado Fuencarral. Mariadna entrega la estatuilla a los vecinos y éstos
la ahorcan en el mismo árbol de acacia en que colgaron a Fuencarral. Cuando entran
en la casa de Mariadna se dan cuenta de que la estatua se ha multiplicado en otras trein-
ta y tres.
«El sapo de oro» —cuento que mezcla lo realista con lo legendario y mágico— pre-
senta un caso diferente a lo acostumbrado en el tema: la mujer blanca adulta de clase
acomodada que seduce al negro adolescente. Además de esto aborda también el viejo
tema del amo blanco que utiliza la negra joven como mero objeto sexual.
«Paraíso» —el primer cuento de la colección— tiene un título irónico, pues se nos
presenta en él un mundo de discordia, diferencias raciales y sociales. Más que un paraí-
so, es un verdadero infierno. Este es el único relato obviamente incrustado en el Puerto
Rico actual. El autor bucea en el alma de un negro citadino civilizado y educado (profe-
sor universitario) que rechaza a su novia negra por no tener hijos negros, que tiene hijos
blancos estudiando en escuelas privadas, que se hace una vasectomía que aparentemen-

26
Carmelo Rodríguez Torres, Cinco cuentos negros (San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1976),
p.51.
27
Ibid., pp. 51-52.
108
te le produce impotencia sexual, que no satisface a su esposa sexualmente, que tiene
una esposa insatisfecha porque su carrera profesional no es lucrativa. Es, en sí, un negro
de identidad tambaleante a causa de un estimable complejo de inferioridad racial. In-
discutiblemente el negro de «Paraíso» es muy diferente al negro primitivo de los otros
cuentos.
Si «Aleluya negra» es un poema de alabanza a la negritud, los relatos de Cinco cuen-
tos negros (especialmente «Fuencarral» y «Predela») son un profundo cantar de loor a
nuestros orígenes negros.28
A Rodríguez Torres no sólo le corresponde la distinción de ser el último cuentista
en demostrar genuina preocupación por el tema, sino que ejecuta un hecho único entre
los escritores borincanos: dedicarle toda una colección. Pero la magna importancia de
Rodríguez Torres en relación al tema estriba en la integración de facetas inexploradas
hasta el momento: los orígenes míticos de la negritud, el buceo en la sicología del ne-
gro de clase media, el ataque al mito de inferioridad racial del negro. Rodríguez Torres
continúa la alabanza negra iniciada por Sánchez, pero enfocando directamente en los
orígenes negros.
Los escritores isleños de las últimas dos generaciones —especialmente Sánchez y Ro-
dríguez Torres— habitan el tema del negro por distintas razones. Primero, para reafir-
mar el mestizaje étnico y cultural del puertorriqueño que lo hace parte integral del pueblo
latinoamericano, especialmente caribeño. Segundo, para anunciar lo positivo y bello de
la negritud. Tercero, para denunciar la falsedad de los valores de la sociedad burguesa,
que la clase dominante isleña considera autóctonos de nuestro pueblo. En sí, que lo
negro sirve como instrumento para derrocar la actual estructura social isleña y para anunciar
otra nueva, genuina y más justa. Estos aspectos unen a nuestros escritores al mundo
de la literatura neoafricana en lengua española.
Los motivos de esta cuentística de tema negro son muchos y variados: el drama de
la esclavitud, el conflicto de sangre en el mulato, la belleza sensual de la mujer mulata,
las ceremonias religiosas, las supersticiones de origen folklórico, la pobreza, el orgullo,
los orígenes míticos, el negro homosexual, la prostituta negra, el negro ilustre y el ne-
gro de clase media.
El elemento de unidad y solidaridad de todos los negros del mundo que tan presente
está en la poesía negra de América, aparece en la cuentística isleña. Esta necesidad de
identificarse con otros grupos evidencia un interés por alcanzar una definición de sí mismo.
Estos cuentistas protestan contra el imperialismo y el colonialismo tanto político y eco-
nómico como cultural, y buscan la solidaridad de todos los países. Protestan también
estos escritores contra el capitalismo que les ha inventado e impuesto los problemas de
la discriminación racial. Esta tendencia cae en tierra fértil, pues Puerto Rico no es ver-
daderamente «la tierra más blanca de las Antillas» ni una isla aparte diferente a sus her-
manas. Puerto Rico es una isla mulata como sus vecinas Cuba y Santo Domingo, y su
expresión cultural cae indisputablemente dentro de lo afroantillano.

28
Además de estos cinco cuentos de tema negroide, Rodríguez Torres publica otros dos titulados «Del la-
do allá del 98» y ^Regolfo», los cuales aparecen en Cuentos modernos. Antología (Río Piedras- Editorial
Edil, Inc., 1975).
109
Es imperativo anotar un recurso de capital importancia para la ambientación del re-
lato: la reproducción de la forma particular de pronunciación que tienen los negros.
Muchos de los cuentistas que han tratado el tema del negro han utilizado este recurso.
(«Aguinaldo negro» de Edwin Figueroa y «Bagazo» de Díaz Alfaro). Sin embargo, hemos
podido apreciar que en las tendencias actuales este elemento ha desaparecido por com-
pleto. Este cambio se debe, quizás, a dos razones básicas: primero, que estas formas
de pronunciación representan sólo a un número limitado de negros que habla así por-
que no ha tenido la oportunidad de una educación adecuada; segundo, que esta trayec-
toria podría representar para el blanco opresor la mejor prueba de la supuesta ignoran-
cía e incapacidad intelectual del negro. Por otro lado podríamos agregar que esta sim-
ple reproducción fonética dificulta innecesariamente la lectura.
Recorren las páginas de estos cuentos una variada gama de personajes negros: el es-
clavo, el niño, la prostituta, el homosexual, el hombre ilustre, el profesor universitario,
el cortador de caña, el vendedor de ron clandestino, el delincuente, el guapo de barrio,
el trastornado mental. A pesar de esta gran variedad de tipos el género omite algunos
que consideramos vitales: el puertorriqueño negro en los Estados Unidos, el negro dro-
gadicto, el negro político y la familia negra de clase media.
Aunque es indisputable la capital importancia que ha alcanzado el tema en las letras
boricuas, ahora valdría la pena apuntar hacia su futuro. Después de haber seguido el
trayecto y desarrollo del tema a través de sus tres escritores clave, y anotar sus característi-
cas esenciales, se puede afirmar que éste continuará latente mientras el elemento negroide
sea parte medular de nuestro andamiaje cultural y, más todavía, mientras se siga igno-
rando tal hecho. Ahora bien, el tema del negro, tan rico en posibilidades, está abriendo
paso a la creación de nuevas formas literarias que buscan hacer justicia a la negritud.
A pesar de este genuino intento todavía carecemos de obras que expresen una visión
clara y definida de la lucha de clases que entraña el prejuicio racial en Puerto Rico, y
que presenten las luchas y aportaciones del puertorriqueño negro como elemento vivo
de nuestra colectividad nacional. Dichosamente hacia ahí se empiezan a dirigir las
miras para así hacer verdadera justicia a lo que el hecho hace mucho tiempo amerita.

Rafael Falcón

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