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Libro Ciudades Enrique Viloria PDF

Este documento presenta el prólogo escrito por el Dr. Guillermo Morón para el libro "Ciudades y Escritores" de Enrique Viloria Vera. En el prólogo, Morón destaca la amplia obra publicada de Viloria Vera a pesar de su corta edad, comparándolo con eruditos del pasado como "El Tostado". Luego discute brevemente la distinción entre cultura urbana y rural, señalando que la cultura en Venezuela ha sido principalmente urbana desde la fundación de las primeras ciudades durante la colonia.

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Este documento presenta el prólogo escrito por el Dr. Guillermo Morón para el libro "Ciudades y Escritores" de Enrique Viloria Vera. En el prólogo, Morón destaca la amplia obra publicada de Viloria Vera a pesar de su corta edad, comparándolo con eruditos del pasado como "El Tostado". Luego discute brevemente la distinción entre cultura urbana y rural, señalando que la cultura en Venezuela ha sido principalmente urbana desde la fundación de las primeras ciudades durante la colonia.

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CONTENIDO

Palabras Liminares 3
Dr. César Navarrete.
Presidente de DEL SUR, Banco Universal.

Presentación 5
Dra. Carmen Cristina Wolf Losada.
Presidenta del Círculo de Escritores de Venezuela.

Prólogo 7
Dr. Guillermo Morón. Presidente Honorario
del Círculo de Escritores de Venezuela.

Introducción 13
lejandría y Lawrence Durrel 17
A
Bahía y Jorge Amado 23
Barcelona y Salvador Pániker 29
Buenos Aires y Jorge Luis Borges 37
Caracas y José Pulido 43
Ciudad de México y Carlos Fuentes 51
F lorencia y Sinclair Lewis 57
La Habana y Guillermo Cabrera Infante 65
Lisboa y José Saramago 71
Londres y Sándor Márai 77
Madrid y Enrique Gracia Trinidad 85
Nueva York y Arturo Uslar Pietri 95
Oxford y Javier Marías 103
París y Julio Cortázar 109
Praga y Jaroslav Seifert 115
Salamanca y Alfredo Pérez Alencart 121
Venecia y Thomas Mann 133
Las Ciudades Invisibles de Italo Calvino 139

Epilogo 145
Alvaro Pérez Capiello
Sobre el autor 149



Palabras Liminares

Para DEL SUR, Banco Universal, es un verdadero honor


sumarse, mediante el patrocinio de este libro Ciudades y
Escritores, al homenaje que el Círculo de Escritores de Venezuela
realiza a uno de nuestros humanistas por antonomasia: el Dr.
Guillermo Morón.
Vayan nuestras palabras de felicitación a todos los que han
hecho posible este merecido reconocimiento al Dr. Guillermo
Morón, quien ha sido nombrado Presidente Honorario del
Círculo de Escritores de Venezuela, y en especial, a mi buen
amigo de tantos años, Enrique Viloria Vera, autor del libro, y
a Carmen Cristina Wolf Losada, Presidenta en ejercicio del
Círculo, gentil dama y mejor poetisa.

César Navarrete
Presidente de DEL SUR, Banco Universal



Presentación

La publicación de este libro constituye una inmensa satisfacción


para el Círculo de Escritores de Venezuela y su Junta Directiva.
Ciudades y Escritores, de Enrique Viloria Vera, se edita con motivo
del nombramiento del Dr. Guillermo Morón como Presidente
Honorario de esta Institución. El historiador Guillermo Morón
es Miembro de la Academia de la Historia, de la cual fue su Pre-
sidente durante largos años, ha sido Miembro Activo del Círculo
de Escritores de Venezuela desde su creación en 1990, un inves-
tigador de la historia cuya obra es indispensable para adentrarnos
en el acontecer venezolano y en la comprensión del presente. A él
corresponde el Prólogo de esta obra.
Por otra parte, siento gran alegría en presentar un libro de En-
rique Viloria Vera, un poeta y ensayista cuya escritura me complace,
después de algunos años de haber compartido con él las aulas de
la Universidad. Él es crítico literario y de artes visuales, polígrafo y
doctor en Derecho, con más de ciento diez libros publicados como
autor o coautor. Lo considero un ciudadano del Renacimiento, por
su capacidad casi ilimitada de investigar y trabajar en diversas áreas
del saber. Y es un hombre de bien, que ya es mucho decir en esta
época en que se vuelve tan difícil encontrar alguno.
Ciudades y Escritores es una obra fascinante, que induce a re-
correr las calles de Barcelona, Buenos Aires, México, Florencia,
Madrid, Lisboa, París o Caracas. Son múltiples ciudades, reales o
imaginarias, celajes pictóricos y sociológicos de visiones distintas,
que corresponden a diversos autores, y en sus páginas encontra-
remos la mirada lúcida y la escritura lírica, personalísima, vital de
Enrique Viloria.
Esta edición no sería posible sin el concurso del Dr. César
Navarrete, Presidente de Del Sur Banco Universal. Expresamos
nuestra profunda gratitud a este mecenas de la literatura y las
artes en nuestro país. Un ser humano a quien profeso gran afecto
y admiración por sus cualidades personales y gerenciales, y por su
amplia cultura humanística y ciudadana.


Igualmente, agradecemos al novelista y ensayista Álvaro Pé-
rez Capiello, Miembro del Círculo de Escritores de Venezuela,
por el Epílogo a la obra y al editor Sergio Pascual Casamayor
(Basílides) director de Epsilon Libros por el amoroso cuidado en
la impresión de estas páginas, y por su preciso y generoso texto
para la contraportada.

Carmen Cristina Wolf Losada


Presidenta del Círculo de Escritores de Venezuela


Prólogo

En Salamanca, donde el magnífico poeta y lúcido prosista Al-


fredo Pérez Alencart le sigue la historia a las luces y a las som-
bras de la ciudad y de las Universidades, estudió El Tostado.
Recuerdo las conversaciones que, en los años cincuenta poco
más o menos, sostuve en la biblioteca de Rafael Cansinos As-
sens (1883-1964), un erudito sin tregua, conocedor de idiomas
antiguos y modernos, traductor para la Editorial Caro y Ragio
y también para la de nuestro gigante Rufino Blanco Fombo-
na (1874-1944), la famosa en aquellos largos años desde 1914
hasta mas acá de 1936, cuando trabajó en Madrid, Editorial
América. Don Rafael se refería a Don Rufino con la frase “era
un Tostado”. Sucede que también él lo fue. Se refería a la fama
de Alonso de Madrigal Tostado de Rivera, un Teólogo nacido
en Madrigal de las Altas Torres, quien vivió tal vez entre los
años 1400 y 1455. Fue Rector del Colegio de San Bartolomé
en la ciudad de Fray Luís de León (1527-1591), de Miguel de
Unamuno (1864-1936), de Antonio Tovar y de Don Alfonso
Ortega Carmona, perínclitos varones de la inteligencia y de la
cultura si no resulta un pleonasmo eso, inteligencia y cultura, ya
que perínclito es un superlativo de rango aquí bien usado.
Parece ser que la fama de El Tostado se asentó no sólo en
sus actuaciones que lo llevaron a formar parte del Concilio de
Basilea en 1437-1444 y a ser Obispo de Ávila en 1449, sino por
su extraordinaria capacidad para escribir con erudición y me-
moria que asombra a los bibliógrafos y a los diccionarios, pues
sus Comentarios a la Sagrada Escritura llenaron veintiún tomos.
Su extensa bibliografía se recoge en el Manual del Librero His-
panoamericano de Antonio Palau y Dulcet (Madrid-Barcelona,
1954-1955, tomo octavo, págs. 58-61). Quien escribió también
“mas que El Tostado” fue Don Marcelino Menéndez y Pelayo
(1856-1912), sin que se le quede atrás el Insigne Don Francisco
Rodríguez Marín (1855-1943) cuya edición de Don Quijote de
la Mancha, en los diez tomos de 1950, tiene un “comento refun-


dido y mejorado con mas de mil notas nuevas”. ¿Y don Enrique
de Gandía en Argentina? “Escribe más que El Tostado” es, o era,
una frase de elogio a los maestros de las letras, eruditos, sabios
en humanidades que fueron y son en la larga tradición de la
lengua española.
Pues toda esa parrafada se debe al asombro que me produce
este escritor, nacido ayer en Caracas, esto es en 1950, no llega a
los sesenta años y ya ha publicado mas de cien títulos que usted
podrá contar al final de esta nueva obra, ilustrada, esto es, bien
documentada y muy bien escrita.
Últimamente suele hablarse y escribirse sobre la cultura ur-
bana, tal vez para contraponerla a una cultura rural. Es muy an-
tigua esa yuxtaposición, desde Los trabajos y los Días hasta Vir-
gilio, si quisiéramos pedantear un poco con los griegos y latinos,
esos antecesores de la literatura que luego tomó cuerpo en la ya
larga historia de la lengua española. ¿Existe una cultura rural
distinta a una cultura urbana?
Aquí, en esta Provincia de la cultura en lengua española,
llamada también castellana porque es la universal, primero fue-
ron las ciudades, fundadas durante el siglo XVI, Coro de 1526
a Nirgua de 1628. Viven en la ciudad los fundadores y sus suce-
sores, son vecinos, la Iglesia y el Cabildo son las referencias, no
las Encomiendas ni las haciendas, aunque se construya la casa
de San Mateo y también Juan Francisco de León tenga vivienda
cómoda en Panaquire. Las Gobernaciones y Capitanías Gene-
rales tienen sus capitales, sus ciudades principales: La Asunción,
Cumaná, Barcelona, Santo Tomé, Barinas, Trujillo, Mérida, San
Cristóbal, Maracaibo y también San José de Oruña porque
Trinidad es jurisdicción venezolana hasta finales del gran siglo
XVIII, autónomas o unidas entre 1776 y 1793 cuando ya Vene-
zuela se amarra en Caracas; no son campesinos los Venezolanos,
pertenecen a la jurisdicción del Cabildo y Ayuntamiento. Así,
la cultura unificada por la Gramática, por el idioma común, es
cultura urbana con las Siete Partidas y las Leyes de Indias, con
la Escuela pública que debe pagar el gobierno de cada ciudad,
además de los Conventos franciscanos, dominicos, jesuitas, con


los tres niveles, Primeras Letras (Primaria), Gramática (Secun-
daria), Filosofía (Universitaria), como lo hace José Félix Espi-
noza de los Montero en el pueblo (aldea y villa) que funda en
1780 en Arenales donde estudiaron los caroreños que en 1810
se hacen patriotas o realistas. Durante el siglo XVIII la cultura
es urbana, como lo demuestra José de Oviedo y Baños en la pá-
gina, citada y leída hoy con gusto y admiración: la Caracas con
casas nobles, calles limpias, que no consienten lodos ni buhone-
ros ni zaperocos. José Luís Cisneros viaja de ciudad en ciudad,
las pasea, las describe con admiración, la Venezuela urbana. Y
cuando Alejandro de Humboldt recorra todo el ámbito de las
“regiones equinocciales”, Cumana, Caracas, La Victoria, Cala-
bozo, de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, se detiene en la
sorprendente cultura caraqueña y venezolana.
Rural se hace Venezuela en el pantanoso siglo XIX, durante
la larga y exterminadora guerra de la Independencia, que no es
una sino muchas desde 1810 hasta 1823. Y después, sin tregua, a
partir de 1830 con lo que le cae encima a las exhaustas ciudades,
salen corriendo los vecinos a esconderse en los montes porque
las candelas de la Guerra Federal no sólo destruyen a Barinas y
a San Carlos, sino todo lo que encuentra. La Venezuela rural es
decimonónica hasta el 18 de octubre de 1945, cuando los cam-
pesinos, conuqueros y en alpargatas o todavía descalzos buscan
de nuevo refugio, esta vez en las ciudades. La cultura rural está
en las novelas, cuyo último campeón es Rómulo Gallegos y cier-
tos médicos sanitaristas que derrotaron al paludismo, a las ni-
guas y al chípo. Pero las ciudades ya no disponen de la disciplina
de la Gramática. El analfabetismo rural se hizo urbano.
Claro está que el prestigio de la aldea viene de los clásicos
de nuestra lengua. Por eso Fray Antonio de Guevara escribió su
Menosprecio de corte y alabanza de aldea: “Es privilegio de aldea
que el hidalgo o hombre rico que en ella biviere sea el mejor de
los buenos o uno de los mejores; lo qual no puede ser en la corte
o en los grandes pueblos” (Clásicos Castellanos, 29; Edición y
notas de M. Martínez de Burgos, Espasa Calpe, S.A., Madrid
1942, pág. 69).


En la España moderna, la del siglo XX, escribieron sobre
los pueblos, las aldeas, el campo, aquel liviano Azorín de Río
frío del Ávila y posteriormente el vallisoletano Miguel Delibes
desde La sombra del ciprés es alargada. Uno y otro vivían en la
ciudad, pertenecen a la Cultura urbana con nostalgia del paisaje
rural y de la vida “contigo pan y cebolla”.
Estos ensayos de Enrique Viloria Vera pertenecen, estre-
chísimamente, a la cultura urbana. Si yo escribiera sobre Cara-
cas lo haría como aquel peruano de los años cincuenta o sesenta,
cuyo nombre no acude a mi memoria, aunque me tropecé con él
alguna vez en los pasillos o alrededores de la Universidad de San
Marcos, que se disputa la antigüedad con la de Santo Domingo,
porque todo fue primero en esa isla, la ciudad, la Real Audien-
cia, la Universidad y la Gramática de Nebrija, “compañera del
Imperio”. Pero sí recuerdo el título que le robaría para Caracas,
la de estos malos años: Lima la horrible, Caracas la horrible, no
fue seleccionada por este lúcido ensayista y, sin duda, crítico
literario.
El Capítulo, Salamanca y Alfredo Pérez Alencart, lo traslada
el autor del segundo de su libro Pérez Alencart: la poética del
asombro (Ensayo y Antología), publicado por la Editorial Ver-
bum (Madrid 2006, 136 págs.). La mitad del libro es el ensayo
completo sobre el poeta salmantino, de raíces peruanas; el Perú
dejó de ser incaico hace mucho tiempo, aunque las culturas se
mezclan, se transforman y dejan sus ecos. Pérez Alencart se en-
raizó de tal manera, tan profundamente, en Salamanca que se
ha convertido en un sucesor de Fray Luis de León y tal vez,
igualmente, de Miguel de Unamuno. La lengua castellana es la
herencia común en uno y otro espacio histórico y cultural.
Enrique Viloria Vera demuestra en este libro, abierto a la
curiosidad de la inteligencia, que es un consumado hombre de
letras, un inteligente lector, un crítico literario. Pero no a la ma-
nera del profesor que enseña el género y analiza las cualida-
des de la obra seleccionada, sino el investigador que busca una
particular faceta en el autor y en el libro específico: La visión
que Jorge Amado expone sobre Bahía en su novela Jubiabá, el

10
especial París del complejo Julio Cortázar, la ensoñada Habana
-hace largo rato desaparecida, convertida en un laberinto de mi-
seria- de Guillermo Cabrera Infante.
Con excepción de Alejandría y las de Italo Calvino (están
en los libros de historia o en la imaginación) conozco todas las
demás ciudades que este nuestro escritor visita en compañía de
guías expertos. Pero a los guías, con las normales excepciones,
ya no los recuerdo a todos. Esos nombres que han estado cerca,
en la juventud Thomas Mann, aquí, en las tertulias de la Aso-
ciación de Escritores, en el Instituto Pedagógico, en los bares
de la vieja Sabana Grande, forma parte del morral de nuestras
lecturas como principal. Pero encontrarlos aquí, en esta hermosa
galería, en las ciudades que visitan tan sentidamente, es como
si los hubiera leído uno a uno y los hubiera acompañado por las
calles, barrios, mercados, olores y escabrosidades de esas ciuda-
des encantadas, como Venecia, milagrosas como la más hermo-
sa de todas, Praga, desaparecidas como La Habana, elaboradas
como Barcelona, entrañables como Salamanca, endemoniadas
como esta Caracas embasurada y, por lo visto, con sus poetas
de alto rango (los dos escogidos) que la aman, la admiran y la
entienden, aunque ya no es, en ningún rincón, la limpia y seño-
rial de José de Oviedo y Baños ni la de “techos rojos” de Pérez
Bonalde.
Puedo dejar testimonio claro: este libro de Enrique Viloria
Vera está escrito con la buena letra de un humanista moderno,
gratamente desarrollado el argumento, sin sobras ni recortes,
ciudades y escritores entrelazados en una armonía sin fatiga.

Guillermo Morón
Presidente Honorario del Círculo de Escritores de Venezuela

11
12
Introducción

Nuevas tierras no hallarás,


no hallarás otros mares.
La ciudad te ha de seguir.
Darás vueltas por las mismas calles.
Y en las mismas calles te harás
viejo y en estas mismas casas
habrás de encanecer.

Constantino Kavafis

13
Enrique Viloria Vera. Foto Antonio Prieto

14
El dicente y emotivo epígrafe bastaría para ilustrar lo que senti-
mos ante esas ciudades que se mimetizan con los que las vivimos,
evocamos y visitamos más allá de los recorridos comunes, y de los
consabidos lugares de interés cinco estrellas. No son entorno, se
convierten en epidermis, en piel polisémica sensible a nuestros
plurales estados de ánimo que encuentran su correlato en un atar-
decer encendido, en un aroma a sándalo, en una aurora tímida,
en batiente ola o rosada piedra, en fin, en encuentro furtivo de
aeropuerto o metro que se resiste a ser olvido y se transforma en
mujer efímera e imposible.
Las ciudades no son como ellas son, son también lo que va
quedando en la remembranza, en la imaginación, en la visible
invisibilidad de narradores o poetas, en el recuerdo propio que,
ambivalentemente, es más generoso o más desdeñoso que la rea-
lidad misma.
Algunos de estos textos aparecieron publicados inicialmente
en la prensa venezolana, ampliados dieron origen al libro Ciuda-
des Evocadas. Ediciones Pavilo, Caracas, 1998. Para la presente
edición, incorporamos nuevas y viejas visiones que otros dispares
escritores ofrecen de disímiles e invocadas ciudades

Enrique Viloria Vera

15
16
Alejandría y Lawrence Durrell

La ciudad es la que debe ser juzgada,


aunque seamos sus hijos quienes
paguemos el precio.

17
Ciudades y Escritores

18
Alejandría y Lawrence Durrell

Alejandría (en árabe: al-Iskandariya) ha ejercido una fascina-


ción sin igual desde el momento mismo de su fundación en
el año 331 a.c. por Alejandro Magno; llamada a ser la ciudad
portuaria más grande de la antigüedad, su actividad comercial,
su desarrollo físico, cultural y religioso concitó el interés de grie-
gos, judíos y egipcios, llegando a tener para comienzos de la era
cristiana más de 300.000 habitantes. Su Faro, el célebre Faro
de Alejandría, una de las siete maravillas del mundo antiguo, se
erguía en la isla de Faros, la cual fue integrada al puerto por un
rompeolas de grandes bloques de piedra llamado Heptastadium
(siete veces 201 metros). Su celebérrima Biblioteca contó con
la colección más grande de libros, cerca de 500.000 volúmenes,
del mundo antiguo. En su seno se desarrolló el culto al Dios
Serapis, el buey sagrado que los antiguos egipcios consideraban
como encarnación de Osirís. Con la construcción del templo
dedicado a su devoción, el Serapeum, Alejandría se convirtió
también en la capital espiritual del Antiguo Egipto.
Atractivo secular, ancestral, reiterado, que ejerció su in-
fluencia sobre Lawrence Durrell (seudónimo del escritor bri-
tánico Charles Norden), quien con su obra El Cuarteto de Ale-

19
Ciudades y Escritores

jandría, desentraña mediante el análisis del alma de un con-


junto de personajes singulares: Justine, Balthazar, Mountolive
y Clea, entre otros, los rasgos fundamentales, la idiosincrasia
de una ciudad cosmopolita, “ni griega, ni siria, ni egipcia, sino
un híbrido, una ensambladura”, que se sirvió de esos “símbolos
vivientes” como si fueran “su flora”, envolviéndolos en conflic-
tos que en realidad le pertenecían única y exclusivamente a
ella: a la siempre amada Alejandría.
Ciudad plural, ecuménica, dispar, situada en el Delta del
Nilo y de las principales culturas de la antigüedad, “ciudad de
cinco razas, cinco lenguas, una docena de religiones, el reflejo
de cinco flotas en el agua sangrienta. Pero hay más de cinco
sexos...la mercadería sexual al alcance de la mano es desconcer-
tante por su variedad y profusión... Alejandría es el más grande
lagar del amor; escapan de él los enfermos, los solitarios, los
profetas, es decir, todos los que han sido profundamente heri-
dos en su sexo”.
Durrell se adentra en el mundo de emociones personales
que hombres de negocios, peleteros, amantes, esposas, coristas,
diplomáticos, escritores, homosexuales, filósofos, experimentan
en relación con el sexo, con esa pasión voraz que también le es
común a la ciudad, a esa Alejandría que dio origen a “una raza
de reinas terribles que dejan tras de sí el olor amoniacal de sus
amores incestuosos, a las gatas devoradoras de hombres, como
Arsinoe” y a grandes hetairas que pueden competir con las del
pasado: Laís, Charis, Pasifae.
Alejandría ubicua en la literatura y en el afecto de los hom-
bres sensibles, inapropiable, de muchos amos y admiradores
que Durrell comparte con Kavafis, rindiéndole permanente
homenaje a lo largo de su Cuarteto al poeta de la ciudad, al
viejo, a ese bardo que convirtió en tema de sus obras los burde-
les, los amores miserables, las sombrías callejuelas donde una
“prostituta borracha camina... sembrando los fragmentos de
una canción como si fueran pétalos”. Música sublime, com-
parsa invisible, que a lo mejor fue la que escuchó Antonio, ese
notable suicida de la historia romana y, en especial, de la poesía

20
Alejandría y Lawrence Durrell

de Kavafis, al que el poeta, y ya no Durrell, le aconseja: “acér-


cate resueltamente a la ventana, y escucha con emoción, y no
con los ruegos y lamentos de los cobardes, como último placer
los sones, los maravillosos instrumentos del cortejo misterioso,
y di adiós a Alejandría, que para siempre pierdes”.
Ciudad erótica, sexual, hermanada indistintamente con el
vicio y la virtud, donde las mujeres ejercen un protagonismo
fundamental que el propio Durrell reconoce al momento de
confesar que “con una mujer sólo se pueden hacer tres cosas:
quererla, sufrir o hacer literatura”. Homenaje dual a la ciudad
y a un conjunto de mujeres que, diversas y dispares, comparten
con Alejandría el pecado del mestizaje, del entrevero de razas,
conductas, creencias y colores, porque como bien lo reconoce el
escritor: “para ser feliz aquí una mujer tendría que ser musulma-
na, egipcia: absorbente, suave, blanda, demasiado madura; en-
tregada a las apariencias, piel de cera que vira al amarillo limón
o al verde melón bajo los resplandores de la nafta”.
Abordajes sexuales bizarros, sorprendentes, practicados en
una ciudad en la que los hombres pueden acercarse a una mujer
en la calle, ofreciéndole sin escrúpulos un pago por sus servi-
cios sexuales, porque “en nuestra ciudad nadie se ofende por
eso. Algunas muchachas se limitan a reír. Otras aceptan inme-
diatamente. Pero nunca se advierte un gesto de ofensa. Entre
nosotros no se finge la virtud. El vicio tampoco. Ambos son
naturales”. Vicio natural y consentido que puede llegar a la abe-
rración, a la pedofilia, a la existencia de burdeles de niñas “ves-
tidas con grotescos camisones de pliegues bíblicos, los labios
pintados, collares de abalorio y sortijas de lata” que son ofrecidas
como especial manjar a unos marineros verriondos ansiosos de
aventuras incomparables, de placeres inconcebibles.
Urbe de talmudes, evangelios y coranes, en la que coptos,
judíos y cristianos supeditan sus convicciones a un islamis-
mo, a veces fanático, cuyas creencias los musulmanes hacen
evidentes, diariamente y tres veces al día, cuando el muecín
desde el minarete de las espigadas mezquitas recita el Ebed:
Alabo la perfección de Dios, repitiéndolo tres veces lenta y

21
Ciudades y Escritores

piadosamente. Perfección que es propia de ese Dios musul-


mán: “el Deseado, el Existente, el Singular, el Supremo; de
Aquel que no tiene compañero ni compañera, ni nadie que se
Le parezca, ni Le desobedezca, ni Le represente, que es sin
igual y sin descendencia”.
En Alejandría, siempre escindida y dividida, es posible di-
ferenciar dos ciudades y dos puertos, el de los egipcios y el de
los occidentales, donde ambos comparten el calor, el colorido, la
luz, el polvo, el aroma de los limoneros, la fragancia del azahar,
los efluvios del mar, el amor y el cafard, intentando reconciliar la
sensualidad y el ascetismo intelectual que, como características
nacionales, convierten a los alejandrinos en histéricos y en ex-
tremistas, “en amantes excelsos e incomparables”. No obstante,
si se observa con atención, podrá constatarse que “cuando se
atraviesa el barrio egipcio, el olor de la carne va cambiando:
amoníaco, sándalo, salitre, especias, pescado,” y, en especial, se
podrá contemplar la única decoración de muchas de las vivien-
das árabes de la ciudad: “las impresiones azules de manos ju-
veniles, talismán que en esta parte del mundo protege a la casa
contra el mal de ojo”.
Ciudad de pasiones encendidas y de amores apagados, a la
que concurren gentes de todas las procedencias: marroquíes, ar-
gelinos, judíos del Asia Menor, de Turquía, de Grecia, de Geor-
gia, griegos, etíopes, en busca de encuentros decisivos como el
de aquel escritor (Amauti) al que Durrell le reconoce la gracia
y la justicia en su retrato de la ciudad y de sus mujeres, ése que
“por error logró perforar el caparazón insensible de Alejandría y
acabó descubriéndose a sí mismo”.
Alejandría y el amor, calles y besos, autobuses y caricias,
tranvías y manos entrelazadas, playa y sexo, pasión y desenfreno,
normalidad y aberración, entrega y renuncia: “Una ciudad es un
mundo cuando amamos a uno de sus habitantes”.

22
Bahía y Jorge Amado

Los chiquillos de las calles


bonitas y arboladas serían ricos.
Ellos serían sus criados.
Para eso existía el Morro y los
moradores del morro.

23
Ciudades y Escritores

24
Bahía y Jorge Amado

Bahía, San Salvador o Salvador, escueta y llanamente, lo mismo


da, es esa sui-generis y colorida ciudad portuaria que, en forma
de promontorio, amanece cada mañana ungida por el agua de
la Bahía de Todos los Santos. Ciudad de dos niveles, se erige
en una pendiente empinada que permite diferenciar la ciudad
alta de la baja, comunicadas entre sí por medio de ascensores,
funiculares y carreteras serpenteantes, y muy especialmente, por
los deseos y ensoñaciones de aquellos que habitan en los morros
de la ciudad alta, quienes en las noches claras y de luna bre-
ve, se sientan al borde del barranco, esperando con ansiedad de
amante voluptuoso que el resplandor inusitado de la encendida
ciudad baja los asalte, o que los inunden aquellos sones confusos
que suben por las laderas del morro para confirmar una distan-
cia que se traduce en vidas y destinos diferentes.
Jorge Amado en su novela Jubiabá, escoge a Bahía y, en
especial, al Morro do Capa Negro para mostrar una manera de
concebir la vida y la muerte, la relación del hombre con el hom-
bre, y de éstos con esos dioses africanos, tercos e imperecederos,
que se anclaron en el corazón de unos esclavos que resistieron,
con paciente valentía, los ritos y creencias que, a fuerza de lati-

25
Ciudades y Escritores

gazos y zurriagazos, unos colonizadores intentaron imponerles


para que adorasen al Dios blanco de los cristianos.
Morro do Capa Negro que debe su nombre a las técnicas
practicadas por un señor blanco que tenía su hacienda en el mo-
rro, a quien “le gustaba que los negros y las negras tuvieran hijos,
para así tener él más esclavos... y cuando no hacía hijos, él lo
mandaba capar... Capó mucho negro el de la hacienda”. Morro
de Bahía, testigo inocente de la supresión de miles de testículos
oscuros e indefensos, donde habita el desencanto y la desespe-
ranza, la fantasía y la nostalgia, el poder de esas canciones tristes
que hacen llorar: tiranas, côcos, sambas; cantares melancólicos,
saudosos, de unos ciudadanos, cuyo color de piel, los condenó a
vivir en el sojuzgamiento y la esclavitud, en la complacencia y
la servidumbre.
Morro de aparecidos fugaces, de fantasmas reiterados, de
súbitos hombres lobos creados y alimentados por una colectivi-
dad deseosa de aventuras, de sobresaltos, de novedades, que le
diesen un sentido distinto a esa vida difícil y dura en el morro
que se traduce en negros estibadores, caleteros, limpiabotas o
zapateros, en negras vendedoras de acarajá, frutas y pastelillos,
lavanderas, cocineras o servicio de adentro en las casas ricas de
la ciudad baja. Morro do Capa Negro, donde los niños se con-
gregan alrededor de Ze Camarao para escuchar entusiasmados
las correrías heroicas del cangaceiro Lucas da Feira, ese bandido
que “tenía una puntería buena..., que en el fondo era bueno...
sólo robaba a los ricos... y luego repartía el dinero entre los po-
bres”, y que, además, no dejaba mulata incólume, negra que no
tumbara a suelo o lecho durante su paso justiciero y vengador.
Cerro de la ciudad alta, protegido por Jubiabá, un expe-
rimentado santón, un macumbeiro, quien “era el patriarca de
aquel grupo de negros y mulatos, gentes que vivían en ran-
chos de barro y cañas, cubiertos de lata” y que “llevaba siempre
un ramo de hojas que el viento sacudía mientras el viejo iba
pronunciando palabras en nagô... ojú ánun fó ti iká, li okú”.
Jubiabá, pai-de-santo, conductor de las mejores macumbas de
Bahía de Todos los Santos, esas que empezaban conjurando a

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Bahía y Jorge Amado

Exú, a ese pequeño diablo perturbador y travieso que se com-


place en molestar a los asistentes a las ceremonias, para luego
darle paso a los sones monótonos de la orquesta que “produ-
cían una música enervante, melancólica, música vieja como la
raza, que salía de instrumentos primitivos: atabaques, agogôs,
chocallos, calabazas”.
Macumbas, candomblés, legado ancestral de una raza que
para que sobrevivieran sus creencias confundió, ladinamente,
sus dioses, sus orixás, con los santos cristianos: Xangó, dios del
rayo y de la tempestad: San Jerónimo; Oxossi, dios de la caza:
San Jorge; Omulu, la terrible diosa de las viruelas: San Roque,
y Oxalá, dios del rayo y de la tormenta: el Señor de Bonfin “que
es el más milagroso de los santos de la ciudad negra de Ba-
hía de Todos os Santos y del paí-de-santo Jubiabá”. Macumbas
sensuales, eróticas, en las que las feitas, las sacerdotisas, danzan
descalzas al compás de la monótona música, y giran frenética-
mente, oscilando el cuerpo, con los ojos fijos en los ogâs, mien-
tras, esperan que el orixá se posesione de una de ellas, toda, de
su alma y de su cuerpo, para en incomparable éxtasis caer “en
el suelo, sacudiendo el cuerpo como si aún danzara, echando
espuma por la boca y por el sexo”.
Morro do Capa Negro, partero de Antonio Balduino, de
Baldo, ese huérfano que de su padre “sólo sabía que se llamó
Valentín, que fue matón a sueldo de Antonio Conselheiro, que
amaba a todas las negras que encontraba al paso, que bebía mu-
cho ... y que murió bajo un tranvía, borracho perdido”. Negro
pendenciero que se crió y educó, suelto en el morro, ejercitando
golpes de lucha copeira, oyendo y aprendiendo de las charlas
y consejas de Jubiabá y de Ze Camarao. Negro orgulloso que
“antes de tener diez años se juró que un día había de circular su
nombre en las historias, y que sus aventuras serían relatadas y
oídas con admiración por otros hombres en otros morros”.
Antonio Balduino, de “la piel del diablo”, quien fue per-
diendo el “ojo de la piedad” para sucesivamente ejercer di-
versos oficios, muchacho de mandados, tocador de guitarra,
ingenuo compositor de sambas que un aprovechado poeta le

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Ciudades y Escritores

compraba para ponerlas a su nombre y disfrutar de una fama


creadora que no le pertenecía, mendigo, ladrón, furibundo be-
bedor de cachaza, amante sin parangón, vagabundo, asesino,
fugitivo, atracción de circo de pueblo, y sobre todo, boxeador
exitoso que perdió su invicto y su credibilidad ante la noticia
del casamiento de Lindinalva, esa bella, pecosa y delgada peli-
rroja que, a pesar de su manifiesto odio y su evidente repudio
por Balduino, éste la convirtió en su amor inaccesible; en fin,
efímero emperador de esa “ciudad religiosa, ciudad colonial,
ciudad negra de Bahía. Iglesias suntuosas ornadas de oro, casas
de azulejos azules, antiguos caserones donde la miseria habita,
calles y pendientes pavimentadas de guijarros, viejas fortalezas,
lugares históricos, y el muelle, principalmente el muelle: todo
pertenece al negro Balduino”.
Baldo del Morro do Capa Negro, transformado en trabaja-
dor en regla, en líder de una huelga legendaria y victoriosa que
le otorgó un nuevo aliento a su vida, evitando que su cuerpo de
ahogado, abombado y deforme, fuese sacado del mar y depo-
sitado en la arena, como ocurrió con su amigo suicida Viriato
el Enano. Huelga libertaria que, sin embargo, no impidió que
algún ruin envidioso, un desconocido enemigo, con el ojo de la
piedad cegado y el de la maldad abierto, asesinará a traición a
Antonio Balduino, para incorporar su nombre y sus aventuras
a las leyendas de Bahía, en forma de Romance popular de alto
tiraje y bajo costo que se vende “en el muelle, en el arenal, en los
veleros, en las ferias, en el Mercado Modelo, en las tabernas... a
los marineros y a los negros tatuados que llevan un ancla, o un
corazón y un nombre grabado en el pecho”.

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Barcelona y Salvador Pániker

Pero yo sigo siendo el de la sardana


en la plaza del pueblo...

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Ciudades y Escritores

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Barcelona y Salvador Pániker

Una ciudad es también una dirección postal, unas señas urbanas


que posibilitan comunicar con exactitud, sin incertidumbres, a
sí mismo y a los demás, donde se nace, se estudia, se respira, se
vive, se trabaja, se hace el amor, se escribe, se procrea, se muere y
quizás se resucita. Salvador Pániker así lo subraya, prolija y ex-
playadamente, de entrada y sin tapujos, en sus intimas y enjun-
diosas memorias personales, en sus dietarios que recogen toda
una espontaneidad reflexiva: “el ensayo de montaje de una músi-
ca inconclusa”, en fin, en eso que no quiere llamar autobiografía.
En el primer folio de sus pródigos y numerosos testamentos
vitales, el escritor, sin anestesia, nos hace saber, directamente, a
rajatabla, con severo tono de registro civil y con la autoridad de
un dedo índice enhiesto e inobjetable: “Usted nació (…) en el
número 36, piso tercero, puerta segunda, de una calle en la parte
alta de una húmeda ciudad fundada por Amílcar Barca, y que
con el tiempo habría de llamarse De Ferias y Congresos.”
Barcelona habita espiritual y físicamente en las evocaciones
del escritor, su ciudad es ayer un chalet -“discreto, una torre con
jardín trasero” - , mañana un ático “recoleto con una gran terraza
y una excelente vista”, hoy una villa, antes de ayer, en tiempos

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Ciudades y Escritores

de su empresaria existencia: un ordenado y puntual espacio de


oficinas, en otros momentos menos laborales y ejecutivos, un
intimo apartamento en el Paseo de Gracia destinado exclusiva-
mente a la tardía apuesta por un futuro de atareadas reflexiones
y acaloradas letras: “lo alquilé para estar solo, para escribir y
respirar, pensar a ratos, sentir que la ciudad palpita.”
Con mayor precisión el escritor confiesa que, a lo largo de
su maleable existencia, ha conocido desemejantes Barcelonas:
“la de las iglesias ardiendo al comienzo de la guerra civil, la
de los años de la gran clausura, la de los estraperlistas de la
postguerra, la de los inmigrantes, la de la gauche divine, la de
comienzos de la democracia…Los cambios y los ciclos.”, in-
cluyendo la del Teatro Liceo, quemado y reconstruido, que el
escritor frecuentaba en su primera y más tonta juventud, “invi-
tado a los palcos de las familias amigas, indiferente a la tramoya
de Puccini y compañía:” Sin embargo, en medio del desasosiego
que produce la ruidosa trepidación de la modernidad, Pániker
con abrumadora honestidad admite que “la nueva Barcelona, la
de los juegos olímpicos, es difícil de reconocer…”
Barcelona, la ciudad de origen de este escritor universal,
siempre es, a pesar de la diversidad de locaciones físicas habitadas
por Pániker, una recurrente y fiera remembranza de las múltiples
mudanzas existenciales de un catalán a su manera que se ve a sí
mismo, - décadas después, recuerdos luego, niño y consentido -
correteando por húmedas habitaciones de alto techo en una casa
sita en “Párroco Ubach número 36”; una vivienda familiar que
parecía “transplantada del Eixample, con esa dignidad sobria y
aburrida de la arquitectura catalana de los años veinte.”
Viene y va la temprana vida del filósofo, de su Barcelona na-
tal al Madrid de sus estudios superiores, teniendo siempre como
telón de fondo, en el más profundo recoveco de su identidad, a
esa ciudad mediterránea de condales abolengos que se abre al
mundo desde un puerto acogedor de multiculturales diversida-
des, por la que se puede pasear jubiloso, entusiasmado, gozoso,
ilusionado, del brazo del primer amor. “por la diagonal o por el
Paseo de Gracia a las Granjas Catalanas.” Inevitables entonces

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Barcelona y Salvador Pániker

las comparaciones entre la ciudad de siempre del escritor y la


advenediza, la definición por contraste, el reconocimiento de la
diferencia y la aceptación de lo evidente, tal como acontece en
otras latitudes de tradicional rivalidad urbana entre dos ciuda-
des que pujan por ser la mejor , la primera, la verdadera capital.
Pániker registra sus impresiones prematuras y tardías sobre la
urbe del oso y del madroño: “Acostumbrado al rigor del Ensan-
che barcelonés, Madrid, a bocajarro, me pareció un galimatías.
Al poco, sin embargo, mis comentarios fueron cambiando: del
inicial desconcierto pasé a la atracción y la empatía. Entré en la
gracia del bullicio populista (…) Madrid tenía, sigue teniendo,
una cierta indecisión espacial, una falta de centro y simetría, un
aire de cosa antigua y a la vez inacabada (…) Se puede discutir
si Madrid tiene mucho que ver con España, e incluso, si España
es un concepto con algún contenido estable: Pero, puestos a dis-
cutir, ningún sitio mejor que el propio Madrid.”
Barcelona es puerto, Mediterráneo, Barrio gótico, Catedral
y Ramblas, sin estas últimas, multitudinarias, comerciales y bu-
lliciosas, perdería parte sustancial de su código genético urbano.
Remontar y bajar las ramblas, curiosear a solas, comentar para sí
mismo o para otro, beber una caña con su correspondiente tapa,
desandar el presente y anticipar el porvenir, en fin, imaginarse
otra vida en medio del gentío, ha sido tarea grata y gratuita de
barceloneses y turistas; el propio escritor no ha podido escapar a
la seducción que producen estas calles con su permanente alga-
rabía, Pániker rememora “Con una imaginaria música de fondo,
deambulaba Ramblas abajo, entre las flores y los pájaros, para
entrar por el Arco de Teatro al Barrio Chino o a la Plaza Real,
donde el protagonista hipotético de una novela no menos hipoté-
tica vivía su rebelión, su deseo lujurioso de anonimato (…) Todo
poblado catalán costero exige unas ramblas, un canal primitivo y
populoso, tercer mundista, alegre, desembocando al mar.”
Ni siquiera la visión panorámica que se obtiene de la ciudad
desde las alturas del Tididabo, desde esa atalaya mixta, natural
y artificial, falsa y cierta, genuina y kitsch, Barcelona se escapa
a uno de los implacables juicios del escritor, “ese urbanícola re-

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Ciudades y Escritores

calcitrante “, quien, en repetidas ocasiones, expresa su opinión


acerca del color de la ciudad y del tono de los catalanes:
• Sobre la ciudad: Pániker es áspero en la apreciación de
su ciudad y sin contemplaciones expresa su categórica
opinión sobre una decolorada urbe: “…a mí Barcelo-
na siempre me pareció gris. Quiero decir parda. Y fea.
Claustrofóbica: por falta de verde, por darle la espalda
al mar, por la viciada atmósfera, por la pusilanimidad de
los catalanes: ¿qué fue de aquellas manzanas abiertas que
proyectó Cerdá? Hasta las palomas tomaron el color de
los adoquines.”
• Acerca de los catalanes: Sobre sus orígenes sanguíneos
y su nacionalidad inevitable, el escritor reconoce que “mi
tanto por ciento de sangre india sólo contribuía a que
fuera un punto más moreno que los demás”, sin embar-
go, teniendo muy en cuenta esa particularidad étnica,
sin reservas, confiesa que: “Yo soy un catalán con raíz
remota, pero catalán al fin. Prueba de que soy catalán:
no me gusta pagar impuestos, no me gustan las milicias,
no me gusta el Estado.” Y más prolijo en argumentos
confirma sin tapujos que: “Bien es cierto que Cataluña
sigue siendo un país de gente huraña y aburrida, esca-
samente hospitalaria, poco tribal. Mi abuelo Alemany,
cuando le preguntaban “¿cómo está usted?, contestaba:
y a usted que más le da.” Los catalanes, por otra par-
te, no saben flirtear -en la acepción más amplia de este
verbo-. A los mejores les salva su sentido irónico. Y un
cierto empuje locuril. Dicho sea sin ánimo de contribuir
a la maledicencia histórica, y a sabiendas de que existen
fastuosas excepciones.” Comentarios semejantes, atre-
vidos y sin cortapisas le prodiga también el escritor a
la particular burguesía catalana: endogámica, discreta,
oligárquica. Sin embargo, a pesar de todo, Pániker con-
firma tajante, para que no quede la menor duda acerca
de su reconocida condición ciudadana: “O sea que soy
catalán pero no me siento catalán. Ni español. Me sien-

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Barcelona y Salvador Pániker

to ciudadano del mundo, completamente de vuelta de


cualquier nacionalismo.”
Barcelona, la ciudad por antonomasia de la gauche divine,
es una inmensa editorial, un pie de imprenta, un colofón, una
localidad precisa y necesaria para completar citas y referencias
de interminables repertorios bibliográficos de ensayos, tesis y
tesinas, en fin, en esa peculiar ciudad tipográfica Pániker deci-
dió ser, a la vez, editor y escritor, y en especial, conquistar esta
última condición que sólo pueden certificar los interminables
folios impresos y una curiosa e intransferible manera de enten-
der la vida, en especial, en los precarios momentos de agudas
dificultades existenciales: “Curiosa particularidad de mi sistema
defensivo: Siempre, en los momentos de crisis, me he puesto
a escribir con intensidad: Siempre, ya digo, he tratado de en-
contrar alguna ventaja en la desventaja, sin perder el tiempo
en quejas o en cantos trágicos. Siempre he sabido que lo más
peligroso es el lenguaje”, y por si fuera poco, en su condición de
escritor de Cataluña, para más añadiduras reconoce humilde y
sin remilgos que “el catalán es una lengua recoleta y menestral,
también poética, sin pizca de arrogancia, como cohibida y a la
vez telúrica. El castellano, ya se sabe, arrastra multitud de im-
prontas históricas, muchas de ellas impresentables.”
Una ciudad nunca deja de ser, es posibilidad cierta de re-
descubrimientos inusitados, de improviso retorno a lo inédito,
confesión aceptada acerca de la notabilidad de lo evidente y
siempre visto y, ahora, vuelto a ver en compañía de otros ojos,
en particular los de una mujer “que no usa perfume (…) no
es exactamente una mujer guapa, aunque si atractiva, con una
boca sensual y algo porcina, un pelo tupidísimo que le cae por
la frente, una sonrisa divina que le transfigura el rostro.” Toma-
do por sorpresa en sus acendradas percepciones citadinas y en
sus pretéritas vivencias urbanas, Pániker consiente: “Habíamos
deambulado, antes de comer, por el Portal de l’Ángel, pavimen-
tado, por la plaza de la Catedral, Barrio Gótico, y parecía que
estuviéramos en una ciudad desconocida.”

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Buenos Aires y Jorge Luis Borges

Esa ciudad que yo creí mi pasado,


es mi porvenir, mi presente...

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Ciudades y Escritores

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Buenos Aires y Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges habitó el mundo, declaró haber navegado por


los diversos mares del planeta, confesó haber sido “una parte de
Edimburgo, de Zurich, de las dos Córdobas, de Colombia y de
Texas”, pero nunca pudo renunciar a Buenos Aires, a esa ciudad
que amó y rechazó, que le fue tan cercana y tan distante, en la
que vio el rostro de una muchacha que puede suplir todas las
visiones, todo lo que merece ser visto y lo que no. Buenos Aires
aparece en la obra del poeta como un lugar ubicuo, imborrable,
como una ciudad portátil que lo acompaña en el recuerdo, sin
necesidad de ojos para volver a ver lo que sólo existe en la me-
moria, en esa memoria emotiva que es capaz de trasladarse hasta
los orígenes mismos de su ciudad, para asistir al momento de
su fundación mítica, cuando “ el río era azulejo entonces como
oriundo del cielo con su estrellita roja para marcar el sitio en que
ayunó Juan Díaz y los indios comieron”.
Como toda ciudad, Buenos Aires es paraje cernido, per-
colado, sometido a los mitos y prejuicios de quien la recuerda
y rememora: es tarde y crepúsculo, noche, patio, aurora, ami-
gos, amores, calles y sucesos, sueño y, en ocasiones, pesadilla.
La Buenos Aires de Borges no escapa a esta circunstancia, el

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Ciudades y Escritores

poeta la evoca desde su más recóndita condición de ciudadano,


se adentra en las evidencias de lo físico y en la inmaterialidad
de las esencias, la recorre con la mirada y con el pensamiento, la
describe con la simplicidad de lo contemplado directamente, sin
tamices, y con la complejidad de lo que se refleja oblicuamente
desde unos espejos donde habita la oscuridad y la ceguera.
Buenos Aires, en la poesía de Borges, es el orgullo del barrio,
el sentido de pertenencia a un ámbito que trasciende lo geográfi-
co para adquirir un carácter propio que lo diferencia y distingue
de aquellos otros barrios que compiten con él por ser el mejor,
el más distinguido, la encarnación de la hombría, del fútbol, del
tango, la milonga, o de las más bellas y decididas mujeres. Paler-
mo, Barrio Norte, el Paseo de Julio, dejan de ser nomenclatura
urbana, dirección de vecindad o terminal de tranvía, metro o au-
tobús para transmutarse en lealtad, en amistad, en pesadilla lúci-
da, en olvido preservado, en resignación, en fin, en todas aquellas
emociones experimentadas por un poeta que diferencia su patria
grande de la chica, su país, su ciudad, de su barrio.
Barrios disímiles, amados y despreciados, aceptados y recha-
zados: uno repudiado, al que el poeta le reclama “sufres de caos,
adoleces de irrealidad, te empeñas en jugar con naipes raspados
por la vida”; otro protegido, que Borges preserva del olvido que es
el “modo más pobre del misterio”. Barrios de barrios, como Barrio
Norte que alguna vez fue “un argumento de aversiones y afectos,
como las otras cosas del amor”, o como Palermo, ese barrio posee-
dor “de unas cuantas milongas para hacerte valiente y una baraja
criolla para tapar la vida y unas albas eternas para saber la muerte”.
Barrios de Buenos Aires trazados con “vaivén de recuerdo” y que
se van diluyendo “en la muerte chica de los olvidos”.
Si la vida tiene asidero en la Buenos Aires de Borges, la
muerte no oculta su vigencia: La Chacarita y la Recoleta son
convocados desde lágrimas, deudos y entierros para sumarse al
variado espectro de los lugares que protagonizan la paradójica
vida urbana. El poeta convive a lo largo de toda su poesía con
la muerte, la hace suya, la convierte en compañera insustituible,
incluso, en fuente de vida, en otro mar, en otra flecha “que nos

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Buenos Aires y Jorge Luis Borges

libra del sol y de la luna y del amor”. De allí que sea impensable
que Borges no le cante a los cementerios de Buenos Aires, a esos
dos camposantos extremos, contradictorios, donde las lápidas
sustituyen a las partidas de nacimiento y a los carnés de iden-
tidad. La Chacarita es, a los ojos de Borges, “un conventillo de
ánimas”, “una montonera clandestina de huesos”, allí “la muerte,
es incolora, hueca, numérica, se disminuye a fechas y a nombres,
muertes de la palabra”. La Recoleta es otra cosa, “aquí es pun-
donorosa la muerte”, “bellos son los sepulcros, el desnudo latín
y las trabadas fechas fatales, la conjunción del mármol y la flor”.
Sin embargo, en ambos, en el anónimo y en el conocido, en el de
todos y en el exclusivo, en cualquiera de ellos “siempre las flores
vigilaron la muerte, porque siempre los hombres incomprensi-
blemente supimos que su existir dormido y gracioso es el que
mejor puede acompañar a los que murieron”.
Buenos Aires es un fervor de calles, patios, balcones, arra-
bales, aldabas, portones y zaguanes que Borges recupera de su
anonimato para incorporarlos a una eternidad personal que se
nutre de los detalles de una ciudad vista en dos tiempos: en los
de la juventud cuando “buscaba los atardeceres, los arrabales y
la desdicha”, y en el de la madurez cuando, por el contrario, se
conformaba con “las mañanas, el centro y la serenidad”. Ese fer-
vor del poeta se expresa en el peculiar homenaje que le prodiga
a las calles de Buenos Aires, a esas que “ya son mi entraña”, y
que pueden revestir infinitas características y variedades: “ávi-
das, incomodas de turba y ajetreo, desganadas, enternecidas de
penumbra y de ocaso, reales como un verso perdido y recupera-
do, abatidas de agua y de sombra, taciturnas, grandes y sufridas”;
heridas abiertas de su ciudad que le permiten decir a Borges con
absoluta satisfacción que “hoy he sido rico en calles”.
Borges tampoco puede prescindir de los patios de su ciu-
dad, de esos “patios cóncavos como cántaros”, “cielo encauzado”,
declives por los cuales “se derrama el cielo” en casas y jardines.
Patios de Buenos Aires que conviven con “la amistad oscura de
un zaguán” y con los jardines que son como “un día de fiesta”.
Protagonistas fundamentales de una manera de vivir, de conso-

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Ciudades y Escritores

lidar el hábito de morar en la casa de siempre, esa que incorpora


al patio una caterva de cielos y quebradizas lunas nuevas, infun-
diéndole al jardín su ternura; mientras el poniente se acuesta en
la hondura de la calle del poeta.
Buenos Aires, en la perspectiva de Borges, es también la
plaza de Mayo, la Dársena Sur, una esquina de la calle Perú,
un arco de la calle Bolívar, la vereda de Quintana, una puerta
numerada, la pieza contigua y el infaltable espejo que repite y
reproduce a los hombres sin cesar. Es igualmente, la otra calle, el
enemigo, “un plano de mis humillaciones y fracasos”, la creado-
ra de laberintos urbanos y personales que genera certidumbres
autobiográficas que conducen al reconocimiento de que con la
ciudad, con Buenos Aires, “no nos une el amor sino el espanto;
será por eso que la quiero tanto”.
Ciudad irrenunciable, patria cierta de un poeta que acepta
sin remilgos que “los años que he vivido en Europa son ilu-
sorios, yo estaba siempre (y estaré) en Buenos Aires” porque
“Buenos Aires es hondo, y nunca, en la desilusión o el penar,
me abandoné a sus calles sin recibir inesperado consuelo, ya de
sentir irrealidad, ya de guitarras desde el fondo de un patio, ya
de roce de vidas”.

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Caracas y José Pulido

Este país ha repartido mal


se lo digo yo en esta acera
sacándole el cuerpo
a la sayona de la mendicidad.

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Ciudades y Escritores

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Caracas y José Pulido

José Pulido devela el lado oscuro de Caracas: el de la malvi-


vencia, el de la ciudadanía de segunda, el de hombres y mujeres
envilecidos, excluidos, rechazados, aquel que se traduce como
precariedad, subsistencia pura y absoluta: la realidad de una Ca-
racas que ya no puede esconder, disfrazar, ocultar la margina-
lidad, la exclusión de más de la mitad de sus conciudadanos.
Pulido se imagina como discurre una existencia interina que se
vive al instante y por cuotas: “barras, / música de vidrios y alco-
hol, / asesinatos rústicos, / sexo agrio, / la madrugada culebrosa
/ toses en vez de gallos / tuercas oxidándose / en los barrancos
del sentir, / almas sin mantenimiento, / suspiros sin ruta, / esta
ciudad enajenante / huérfana de heroísmos / vestida de horós-
copos farsantes”.
En medio de inclementes recuerdos por lo dejado atrás
en el tiempo y en el espacio: “…un pueblo sin asfalto y sin
cemento / de pura tierra el pueblo / ventorrillos y humo”, el
poeta rememora su llegada a la ciudad para convertirse en ciu-
dadano de una vez y para siempre: “…Soñé que me espinaba
las pupilas / Estaba llegando a la ciudad / El autobús marchó
sin altibajos / La parada final me despertó / Y el hervidero de

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Ciudades y Escritores

neón hizo el papel / de que la ciudad me recibía / Y en ese


entonces me quedé atrapado / Entre el sueño y la vida”.
Nuestro escritor deambula y recorre una ciudad ofidia que
a muchos, los de las colinas del Este, los del levante, por donde
sale el sol, le es ajena. Pulido, en pleno centro de una ciudad
repudiada y malquerida confiesa: “Me mordió la avenida Ba-
ralt / la tarde del viernes / culebra atragantada / de buhoneros
y carros / mujeres sin milagros / buscando templos / en el
infierno de la bisutería”.
En la poesía de Pulido, Caracas es redescubierta más allá
de los clichés y lugares comunes de la elegía poética y del impre-
sionismo pictórico; el poeta la representa en esa otra dimensión
que poco o nada tiene que ver con los centros comerciales de
moda o con los paseos para turistas de paquete. En la ciudad
del poeta, la misma que nosotros desvivimos, “hay bullicios de
panadería / una mujer recién bañada / baja la calle cantando /
alguien rompe una botella contra la acera / en lo más profundo
de la intimidad y de la sabiduría filosófica / nada puede superar
la combinación de sudor y vellos púbicos / todo Petare, toda
calleja, la dorada carne de la ciudad / el espíritu bisutero de la
urbe / saltan como un cohete de fiesta patronal”.
El poeta sufre la ciudad como también la soportan sus mal-
hadados habitantes, comparte el infortunio y la frustración de
buena parte de sus congéneres, de aquellos que habitan perma-
nentemente en la esperanza, en la ilusión renovada de que ma-
ñana, por efecto del azar, del milagro o de una decisión adminis-
trativa, en fin, de la rueda de la fortuna, de la infinita bondad de
Dios o de las políticas clientelares del gobierno de turno, todo
va a ser diametralmente distinto.
Ciudadanos que creen en el 41, en el 11, en los dos patitos,
el 22, en los números que revelan los sueños alocados, en el in-
finito poder del Señor, y, sobre todo, en los ilimitados recursos
de un omnipotente Presidente de la República en permanen-
te campaña política quien, afectuoso -cerro, sudor y escalina-
tas arriba- estrechó, a diestra y a siniestra, innumerables manos
expectantes, entusiasmadas, mientras, en generosa demagogia,

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Caracas y José Pulido

aseguraba, a sirios y troyanos, a los habitantes de Río Crecido


y de Quebrada Seca, la definitiva conquista, la final obtención
del hogar soñado, de la salud faltante y de una felicidad posible
obtenida siempre en urnas, esta vez, las electorales.
En palabras ansiosas de un mejor futuro, el poeta, conten-
to y esperanzado como un comprador de sueños más, acude,
optimista, al quiosco de lotería: “Voy a comprar el cero cero /
el ochenta y seis / el dos mil veinte / la lotería está obligada /
a ceder / de tin marín”, para escuchar, atónito y confuso, la fría
respuesta del inmutable vendedor de ilusiones, quien, sin alzar
vista y cara, responde, impertérrito, que no queda ninguno de
esos números que amparaban ansiadas prosperidades, apeteci-
dos y ahora imposibles bienestares.
Nuestro poeta tiene plena conciencia de las falencias, de las
precariedades que supone una existencia minusválida, siempre
al borde, en el límite de la subsistencia, signada por la carencia
de lo fundamental e inscrita en una doble alienación: la de la es-
peranza de que pronto llegará una vida mejor, o la del consuelo
de que se vive tan peor como los demás lo hacen.
A solas consigo mismo, el escritor describe el decurso de
esa existencia que semeja la de un prisionero sentenciado a la
celda para los castigos por el solo delito de habitar en la mar-
ginalidad. El poeta certifica, la conciencia se revuelve: “No hay
idiosincrasia en el andén / no hay país en la butaca del cinema-
tógrafo / amo el café como si fuese la materia prima de mi alma
/ y cuando tengo la anestesia del desamor / busco el rocío / de
los pajonales inventados y soñados / a través de la ventana de mi
baño / que posee cielo propio, una montaña un avión / una acu-
mulación de polvo, de años y años / un pujido de sol revelando
huellas digitales / y bebés de arañas”.
Cielos y aviones inventados por la imaginación del poeta
enjaulado, acompañan a una montaña que perdió lentamente
su lozanía y su verdor: sus árboles, sus quebradas, su flora y sus
animales, para pasar a ser el sostén físico de esas inestables y
crecientes existencias que configuran la marginalidad urbana.
Una realidad de ranchos, de viviendas precarias, de estrechas ca-

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Ciudades y Escritores

llejuelas, de servicios públicos inexistentes e interminables esca-


lones que no conducen a ningún cielo es la que Pulido observa,
no sin cierto dejo de denuncia, cuando informa y confirma: “el
autobús de medianoche se vacía en la parada / un hombre quiere
vomitar / una voz femenina se queja / y gorgotean las alcanta-
rillas / no hay relinchos / no huele a pastos verdes y extensos /
no hay rocío / olvídate de las frutas silvestres / no hay peces ni
tigres ni venados / no es posible tantear un nido colgante / hago
un esfuerzo al besarte con el alma”.
Ciertamente, en el desasosiego de la marginalidad, en el
agobio de la precariedad, cualquier iniciativa vital significa un
esfuerzo permanente, un reiterado albur, un riesgo advertido:
todos los días la gitana del destino te echa las cartas, te tira los
dados. La existencia de aquellos marginados que son fácilmente
reconocibles por sus “ojos de traicionado, boca de chofer, / cas-
trado de la tierra / colilla destripada” es una osada aventura que
fácilmente se convierte en su contrario: “Una desventura baja
en ascensor / y otra desventura / inunda el quiosco / de la Plaza
Venezuela / mi perfil pasa / sobre un cementerio de aborígenes
y españoles / soy un peregrino de vidriera”.
Ese peregrino que habita en la inagotable imaginación del
escritor reconoce, en sus enardecidos versos - genuino reproche
ciudadano – que, a pesar de todas sus andanzas callejeras, de sus
emociones urbanas, de sus circunvalaciones citadinas: “Este no
es mi lugar / soy una raza extraviada “, aunque “el faro rojo de la
patrulla policial gira / en el cuarto / todo el tiempo “.
Pulido no puede soportar, ser testigo y mucho menos pro-
tagonista de una marginalidad que se traduce en encierro, en
acuartelamiento por razones de dinero, en prisión perpetua por
motivos económicos. El poeta se rebela en contra de una rea-
lidad impuesta por las circunstancias de la precariedad; hondo
de afectos se lamenta: “¿Quién es testigo cuando te miro? / y sé
que eres demasiado / bien nacida y fresca para estar tendida / en
un cuarto pequeño y amarillento / ¿Quién puede testificar este
dolor / inacabable e irreductible / de ver a una diosa atrapada en
la perplejidad / las alas a medio salir / los brazos quemados por

48
Caracas y José Pulido

aceite de cocina? / ¡Ay la diosa hermosa / encerrada en una vi-


vienda prefabricada! / un lugar donde el sol es polvoriento, don-
de las flores son de plástico y los sueños pesadillas económicas /
la diosa hermosa allí / como una música retenida / y el hombre
que la mira / y que la ama de este lado / muerto de tanto mirar
/ muerto de tanto fracasar / muerto de tanta política. / Muerto
de amar caro / con un corazón tan barato”.
Los relegados de siempre, los condenados de este valle, los
rechazados anónimos, los desamparados, esa inmensa legión de
recogelatas -como si el aluminio fuese el oro de este siglo-, los
salario-mínimo, los cesta ticket, son exaltados a vivo verso en la
poesía de Pulido, mientras los temerosos pobladores de la otra
ciudad -la luminosa, distante y flemática -rechazan con fingida
indiferencia, tanto al mugriento mendigo, al alocado indigente,
como a los abigarrados y coloridos conciudadanos, las Belkys,
Yuleisis, Nancys y Jordans de las populosas barriadas caraqueñas
que, viernes y sábados, quince y último, toman por asalto los
espacios ciudadanos para manifestar, en medio de su algarabía,
una libertad que sólo se ejerce en el alegre desenfado que acom-
paña a la multitud; Pulido se hace uno con ella: “A veces amo
la carretera / que hay dentro de mí / y el amargo contacto de la
muchedumbre”.
Contemplada desde las humildes y oscuras claraboyas de la
marginalidad, la ciudad ajena parece un buque sin mar que na-
vega decidido en el asfalto de la poesía de Pulido, quien aterro-
rizado confiesa: “Es un barco enorme / lo siento pasar / pegado
a los edificios”. Ese navío fantasma, eslorado y al garete, es “una
masa de silencio / las olas lo golpean en la madrugada” y los pe-
rros se asustan tanto como el escritor, quien, al paso del “escualo
del odio”, gime, se enrolla, tiembla, tirita de miedo y asombro y
se aferra, incrédulo, al único lugar que ofrece una pasajera segu-
ridad: el pasamanos de la escalera de su edificio.
El poeta registra para la historia de una ciudad en per-
manente movimiento, el violento pasaje de esa embarcación
que hiede -como el mismo odio- a capitán eterno, a sobacos
de océano, a descomposición de amores. Luego del amargo

49
Ciudades y Escritores

tránsito del barco del resentimiento queda “a babor un muerto


a estribor un muerto”.
En nombre de todos y cada uno de los jugadores de pelota
en la calle, de los oyentes de música a todo volumen, de los en-
fermos desatendidos en clínicas y hospitales por no tener dinero
o insumos médicos, de los sudorosos pasajeros del metro, de los
recluidos en la Cárcel Modelo, de los come perros calientes a la
hora del almuerzo, de los huelepega de Sabana Grande, de los
locos de la Cota Mil, de los empleados sin palto, del personal del
aseo urbano, de las domésticas de oficio y por día, de los embol-
sadores del auto-mercado, de los asesinados de fin de semana,
de las mujeres de alquiler, de los sin papeles, de las madres que
indagan por sus hijos en morgues y hospitales, Pulido levanta
un necesario y preventivo verso de alerta: “La ciudad exige un
perdón y un latigazo”.

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Ciudad de México y Carlos Fuentes

En México no hay tragedia:


todo se vuelve afrenta.

51
Ciudades y Escritores

52
Ciudad de México y Carlos Fuentes

Una ciudad no se define sólo por sus accidentes geográficos o


por su infraestructura física, por más bellos e incomparables
que éstos sean. Más allá de lagos, ríos, valles, volcanes o mon-
tañas, de interminables avenidas o estrechas callejuelas, de im-
ponentes monumentos, plazas, catedrales, de prudentes casas
dotadas, paradójicamente, de balcones curiosos que emergen
del recuerdo para darle permanencia al pasado, una ciudad,
una verdadera, requiere conformarse también con olores, sa-
bores, aromas, con una peculiar manera de salir o de ponerse el
sol, de ver caer la lluvia o de conculcar el día para convertirlo
en noche intransferible e inajenable. También es ciudad por su
gente, por esa variopinta realidad humana que transita sus ca-
lles, habita en sus moradas, labora en sus oficinas y despachos,
que goza y sufre lo cotidiano, se desespera y se entusiasma con
la cambiante realidad, así como confiada y luego engañada, re-
pudia a sus líderes y dirigentes.
Carlos Fuentes así lo sabe y así lo expresa en su novela
La Región más transparente, cuya única y fundamental prota-
gonista, independientemente de innumerables personajes y de
urdidas tramas, es Ciudad de México, esa urbe plural y poli-

53
Ciudades y Escritores

sémica, hecha de mentiras y verdades, de pasados negados y


presentes cuestionados en la que, sincréticamente, el águila y
el nopal conviven con el cordero y la cruz, en una tensión no
resuelta que todavía clama por identidades que un pasado de
sojuzgamiento y un presente de revoluciones institucionaliza-
das, parecen no otorgarle.
Ciudad de México, en la perspectiva del escritor, es un
compendio de gentes y situaciones, de fenómenos físicos y
realizaciones del hombre, de olores y colores propios, de una
historia que aún deja sentir su peso, de linajes derogados, sus-
tituidos prontamente por súbitos ascensos económicos y socia-
les de aquellos revolucionarios que abogaban por la justicia y la
igualdad. De allí que en virtud de tantas tensiones inmanentes
y no resueltas, “la región más transparente del aire” es un espa-
cio donde inevitablemente “se cruzan nuestros olores de sudor
y páchuli, de ladrillo nuevo y gas subterráneo, nuestras carnes
ociosas y tensas, jamás nuestras miradas.”
Ciudad controversial que olvidó tempranamente los idea-
les de solidaridad y justicia esgrimidos por Zapata y Pancho
Villa, para, renunciando a principios y preceptos, convertirse
en la “ciudad del hedor torcido, de la derrota violada, perra,
famélica, lepra y cólera hundida”; en fin, en ciudad a la que
se le pueden aplicar todos los epítetos del reproche, todos los
calificativos provenientes de la ira de un novelista convencido
de que los “héroes no regresarán” y que, por eso, es necesario
recobrar “la llama en el momento del rasgueo contenido, im-
perceptible en el momento del organillo callejero, cuando pare-
ciera que todas tus memorias se hicieran más claras”. Urbe que
acusa el repudio, el reproche por las utopías fallidas, el reclamo
vehemente de toda una generación frustrada que contempló
como la perennidad de su revolución se diluyó, se esfumó para
darle continuidad y vigencia a un partido que la oficializó, con-
virtiendo en dirigencia, burocracia y gobierno a la oposición, la
anarquía y la montonera.
Habida cuenta de su carácter plural y diverso, Ciudad de
México se define también por sus realidades físicas, materia-

54
Ciudad de México y Carlos Fuentes

les, construidas por el hombre y alimentadas por la historia.


Su Zócalo no puede ser puesto de lado, negado a la hora de
confirmar rasgos y signos específicos de identidad. El empla-
zamiento del Zócalo, ese corazón palpitante de una ciudad que
nació sobre las ruinas de otra, la de Tenochtizlan en la meseta
de Anáhuac, puede ser contemplado con ojos violentos que
transcienden la evidencia palpable y constatable para ubicar
“en el sur, el flujo de un canal oscuro, poblado de túnicas blan-
cas; en el norte una esquina en la cual la piedra se rompía en
signos de bastiones ardientes, cráneos rojos y mariposas rígi-
das: muralla de serpientes bajo los techos gemelos de la lluvia
y el fuego; en el oeste, el palacio secreto de albinos y jorobados,
colas de pavorreal y cabezas de águila desecada... sólo el cielo,
sólo el escudo de luz, permanecía igual”.
Cielo inamovible, sinónimo de infinitos y eternidades,
contemplado por igual por conquistados y conquistadores,
por el indio y el español, por la raza de bronce y la que lle-
gó en carabelas y bergantines, del cual se desprenden lluvias
caudalosas que como timbal del propio cielo, hacen que ca-
bezas gachas, plenas de agua y vaselina, se adosen a los muros
como arquetípicos y reiterados condenados al paredón de la
revolución y del gobierno, esperando, resignados, “la fusilada
que no llega”. Lluvia contagiada de aromas que convierte a
la ciudad en “nube teñida, en olores viejos de piel y vello, de
garnachas y toldos verdes”.
Megalópolis “deforme y escrufulosa, llena de jorobas de
cemento e hinchazones secretas” habitada por aristócratas ve-
nidos a menos que rememoran, nostálgicos, aquella otra ciudad
“pequeña y hecha de colores pastel, donde no era difícil cono-
cerse y los sectores estaban bien marcados”. Ciudad de putas y
secretarias, de obreros y ruleteros, de políticos y burócratas, de
intelectuales y extranjeros, de mariachis y artistas de cabaret, de
espaldas mojadas que regresan frustrados al no haber podido
concretar sus ilusiones en el gran país del norte. Urbe “chata y
asfixiada” que va “extendiéndose cada vez más como una tiña
irrespetuosa” en la que conviven millones de personas que paren

55
Ciudades y Escritores

“con una mueca cerrada, la luz de cada día, la oscuridad de cada


noche, sin solución, en un parto repetido con el ejercicio dolo-
roso de la premura”.
Ciudad de la vida y de la muerte que a 2240 metros de al-
titud se acerca al cielo para solicitar indulgencias y bendiciones
que exorcicen el pecado de no tener memoria, de no contar con
héroes vivos, de portar una máscara anónima e imperturbable
detrás de la cual se esconden “nombres densos y graves, nombres
que se pueden amasar en oro y sangre, nombres redondos y fi-
losos como la luz del pico de la estrella, nombres embalsamados
en pluma”. En fin, aquí nos tocó manito. Qué le vamos a hacer.
En la región más transparente del aire.

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F lorencia y Sinclair Lewis

La belleza resiste todo incluso


a los turistas norteamericanos

57
Ciudades y Escritores

58
Florencia y Sinclair Lewis

Florencia resume, quizás como ninguna urbe del planeta, lo que


una ciudad ideal ha debido ser: bellas edificaciones, buen vino,
artistas inigualables, gobernantes universales, manjares inimi-
tables, pensadores originales, colores y aromas incomparables,
incluyendo su buena dosis de intrigas palaciegas, de chismes de
vecindad, de envidias derivadas del talento, de rivalidades an-
cestrales, en fin, de todo aquello que le da carácter a una ciudad
para que cualquiera que la visite no pueda renunciar a intentar
convertirse también en protagonista de las aventuras de dife-
rente sino que, en su momento, inmortalizaron a los Medici, los
Pazzi, los Bardi, los Rucellai, los Cavalcanti, sin dejar de lado
a Miguel Angel, Da Vinci, Savonarola, Cellini, Fra Angélico y
Fra Bartolomeo.
Hayden Chart, arquitecto, hombre de bien, viudo deprimi-
do intentando reponerse de la muerte accidental de su insopor-
table esposa en un accidente de tránsito, producto de su propia
impericia al conducir, norteamericano promedio nativo de New
Life, Colorado, es el personaje central de la novela póstuma de
Sinclair Lewis, el primer Premio Nóbel estadounidense, Este
Inmenso Mundo, quien luego de una larga convalecencia, experi-

59
Ciudades y Escritores

mentó la necesidad de “renunciar a sus sólidas ideas americanas,


a sus ladrillos y su madera, para vivir entre las viejas piedras de
los dioses paganos europeos”. Este arquitecto al que “le reventa-
ban los tétricos bloques de cemento que colocaban los modernos
con toda desfachatez”, luego de un largo periplo por Europa, se
topó con Florencia para deslumbrarse con “el formidable poder
de sugestión que tenía aquella ciudad tendida a sus pies, una
ciudad que parecía metida en una inmensa cesta de oro entre las
montañas de Arcetri y, más lejos, el monte Fiesole”.
Poder de sugestión variado, ejercido por una ciudad a la que
nada le falta, porque puede esgrimir ante el visitante un pasado
de edificaciones civiles y religiosas, de príncipes, papas, intelec-
tuales, artistas, al más inflexible y estructurado de los turistas,
exhibiéndolo incluso ante esos infaltables norteamericanos, pro-
vistos de guía y cámara, cargados de sus novedades pasajeras (una
estrella de cine, un avión a reacción, el último escándalo sexual de
su Presidente, los asesinatos en serie, el sermón del predicador de
moda) que, sin embargo, demuestran “una reverencia provincia-
na ante la cultura europea”, mientras procuran, en su encuentro
con ciudades como Florencia, “ver la misma elevada ambición en
las catedrales góticas que en los himnos góticos y la misma gracia
y luminosidad en los palacios y en las villas del renacimiento que
en las esculturas y en las canciones de la época”.
Florencia inasible que eleva al cielo, orgullosa, las innume-
rables torres de sus palacios e iglesias para no pasar inadvertida
ante los habitantes de la tierra y mucho menos ante los que
habitan las alturas. Cúpulas majestuosas como la de la Catedral
de Santa María dei Fiori, torres marfileñas como el campanario
de Giotto o como la del Palazzo Vecchio que “domina al mundo
mejor que un rascacielos de cien pisos de hormigón armado”,
sirven para testimoniar la majestad de una ciudad “mil años más
joven que Roma” que por efecto de sus “rojos y amarillos me-
dievales y por sus sombríos pasadizos parece, sin embargo, más
vieja” que la capital del imperio de los imperios.
Este inmenso mundo es el recuento de la titánica tarea de un
arquitecto estupefacto, decidido a romper con sus tradiciones pa-

60
Florencia y Sinclair Lewis

catas, asépticas e ingenuas, para enfrentarse tanto a aprender el


italiano, “un idioma que para los indocumentados sólo consiste
en melodías y tra-la-la y damas nobiles y pregones de helado”,
como a descubrir la sabiduría medieval escondida, oculta, intrín-
seca a la ciudad, esa sabiduría que hay que cultivar “por amor a
ella misma y no por las supuestas ventajas que le atribuyamos”.
Hayden recorrió Florencia y sus alrededores, se trasladó al
sorprendente San Gimigniano con sus antiguas y numerosas
torres, a Siena con su combativa Piazza donde se desarrollaron
palios y batallas bajo la atenta mirada de una torre inaudita que
remeda a la más espigada montaña, para volver siempre a Flo-
rencia, la sinigual ciudad “llena de antiguas resonancias y mode-
rada energía con sus viejísimos pasajes, retorcidos y misteriosos,
cubiertos con arcos de piedra sobre los que había grabados es-
cudos nobiliarios”.
Ciudad medieval, estirpe del Renacimiento, inevitable a los
ojos de un arquitecto que ve más allá de piedras, cemento y
cabillas para enfrentarse a la fábula de unos caballeros andan-
tes desafiando peligros en forma de lanza, ballesta y armadu-
ra para conquistar un precioso galardón que ofrecerá solicito a
una princesa inocente, rosada de rubor. Plazas jubilosas donde
aún palpita el jolgorio, la barahúnda, el bullicio de hombres y
mujeres que se acercan desde el Valle de Arno para ofrecer, en
ferias coloridas y vistosas, los más frescos y variopintos produc-
tos de la tierra toscana. Calles florentinas en las que es posible
ver surgir, a la vuelta de una esquina o de un recóndito patio:
“alguna dama con un puntiagudo tocado acompañada por un
galanteador vestido de satén con un halcón al puño”.
Florencia devota, confesional, poco ecuménica, cetrera,
en cuyas calles se asientan conventos, iglesias y catedrales que
han presenciado, impertérritas, los dimes y diretes, los argu-
mentos, las posiciones, las tesis esgrimidas por unos sacer-
dotes inflexibles que como, Girolamo Savonarola, intentaron
imponer un gobierno religioso basado en virtudes inviables,
en preceptos imposibles de cumplir, debido a su distancia de
lo verdaderamente humano. Iglesias centenarias como las

61
Ciudades y Escritores

de San Michele, Miniato, Santa Croce, María Novella, San


Marco, el Battistero, plenas de santos con caras y expresiones
copiadas del gobernante patrocinador de turno, cálidas en las
creencias aunque frías en sus claustros y aposentos donde “la
Madonna más rosada parecía azulada de frío cuando un aire
traicionero subía de una cripta que se había ido enfriando
cada vez más desde hacía siglos”.
Arquitecto deslumbrado, empecinado en aprender todo
aquello que la urbe le ofrecía gratuitamente, desafiándolo,
obligándolo a hurgar en las entrañas de un conocimiento un
tanto esotérico -la historia, el arte, la política, las costum-
bres, la gastronomía, la enología- de una ciudad que no podía,
ni podrá nunca ser, reducida a un censo, a un inventario de
calles, plazas y edificaciones. Arquitecto obligado a dejar de
lado las insulsas conversaciones con sus coterráneos acerca de
la pesca, el béisbol, el golf, el fútbol americano, del sabor del
ketchup, para saber más de un pasado florentino que ha debi-
do ser, sin dudas, mucho más que “aventuras de capa y espada,
historias de amor entre caballeros andantes y princesas”. Im-
posición personal, consentida, voluntaria, que se tradujo en el
mandato orgulloso de ser un erudito, de ser “un Erasmo, un
Grossetest, un Alberto Magno”.
Ciudad avasallante, extrema, contradictoria, bella en to-
das sus dimensiones, donde el palacio, “esa casa grande, gene-
ralmente de piedra, construida hace varios siglos para que la
habitase una familia muy rica y noble que adquirió riqueza y
nobleza mediante una guerra y con el botín que sacó de ésta,
o prestando ayuda a los papas, reyes y duques, que también
acaudillaban la guerra”, convive con “humildes tejados colora-
dos, de un rosa suave, un violento carmesí, o un naranja pálido,
sobre los muros de yeso amarillo”.
Hayden Chart, diletante bisoño, intelectual de estreno, viu-
do con sentimiento de culpa, arquitecto empedernido, turista
negado, americano redimido, poeta mudo, que al encontrarse
con la inagotable Florencia “se sintió elevado al séptimo cielo;
como hombre solitario que viajaba para encontrarse a sí mismo,

62
Florencia y Sinclair Lewis

se preguntó si allí abajo, en aquel enjambre de estrellas caídas no


estaría la clave del camino que había perdido. Era indudable que
se había enamorado y aunque sólo de una ciudad, sabía por lo
menos que era capaz de poner en marcha la magia del amor”.

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64
La Habana y Guillermo Cabrera Infante

Nada hay tan ilusorio como la luz


malva del crepúsculo en La Habana.

65
Ciudades y Escritores

66
La Habana y Guillermo Cabrera Infante

La Habana parece ser inmortal, no sucumbe ante los avata-


res del tiempo, ni mucho menos ante las severas y draconia-
nas restricciones impuestas por un bloqueo incomprensible, ni
tampoco ante esa dejadez, esa indiferencia de un régimen que
parece querer dejar morir de mengua, poco a poco, despacito,
muy lentamente, a una ciudad invencible que se niega, sin em-
bargo, a perder su carácter indiscutido de soberana del Caribe.
La Habana continúa ejerciendo toda su fascinación, desplegan-
do sin modestias ese inmenso atractivo mestizo que deslumbró
por igual a escritores, músicos, poetas, a artistas provenientes de
diferentes latitudes y sensibilidades.
Hemingway, Graham Green, Lezama Lima, Carpentier,
Guillén, y, en especial, Guillermo Cabrera Infante con su novela
La Habana para un infante difunto no han podido escapar a la
seducción que esa ciudad prieta, cargada de un permanente cli-
ma festivo, de un erotismo cotidiano, de una sensualidad envol-
vente, ejerce sobre todo aquél que la contempla más allá de los
lugares comunes históricos y de las consabidas recetas turísticas.
La Habana es síntesis, convergencia, sustrato, sincretismo plural
donde el Caribe hispano alcanza toda su plenitud e impone al

67
Ciudades y Escritores

mundo una manera híbrida, entreverada, mestiza, de concebir la


realidad y de vivir la vida.
La Habana es más que Cuba nos dice Cabrera Infante
cuando, autobiográfico, confirma que “yo no vivo en Cuba, yo
vivo en La Habana”, en esa ciudad que se va descubriendo de
a pedazos, capaz de promover todos los excesos y de instaurar
“Indias inusitadas” en la emoción de aquéllos que andan en la
busca de su esencia, y que de repente como en una vuelta a los
orígenes de las mixturas, como en una regresión al África mis-
ma, a la que nunca renunciaron sus esclavos, ofrece al melóma-
no “la verdadera música negra: el son, la guaracha y la conga”.
Tan cerca y tan lejos de sus raíces múltiples y diversas, La
Habana ha podido crear sus propios santos “no tan vírgenes y
mártires”, para que su adoración se transmute de festividades en
fiestas “movidas y movibles”. Festejos como el de Santa Bárbara,
el 4 de Diciembre, sucedáneo de la adoración de Changó, “el
más hombre de los dioses africanos, dios de la santería, macho
magnífico” se unen a la veneración de “la muy cubana, respeta-
ble, respetada Virgen de la Caridad del Cobre, afectuosamente
llamada Cachita, la que se transforma en una metamorfosis que
daría envidia a Ovidio, en la muy puta Ochún, carnal cubana”.
Ciudad de hembras sin parangón que conjugan “el verbo
amar en pocos tiempos”, de mulatas atrevidas que descoyuntan
prejuicios con su olor a sexo sin preocupaciones, hecho para el
disfrute, lejos de liberaciones femeninas importadas, de posi-
ciones intelectuales reivindicativas. Mulatas generadoras de una
mitología y de un culto extendido, altamente masculino, que
exalta su sexualidad, y eleva a nivel de categoría estética a esas
escasas, inexistentes, poco vistas pero altamente comentadas
“prietas de ojos verdes”. Verdaderas hembras que incorporan el
ritmo a su cuerpo, para que la imaginación popular, el bolero,
la copla, las confunda con atractivas formas que con su mo-
vimiento, su cadencia, su euritmia, hipnotizan a los hombres,
sometiéndolos a su voluntad. Mulatas cuya evocación propicia,
en la soledad del baño, la masturbación irrepetible, esa en la
que la mano produjo “un instante que duró más de un instante,

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La Habana y Guillermo Cabrera Infante

inmortalidad temporal, el lapso de tiempo que tomó la venida


... el momento hecho todo tiempo ... y por cuya causa , plexo
universal, dejaba ahora de existir todo el cuerpo, latiendo como
un enorme corazón solitario que diera sus últimos latidos, tem-
blando como carne con temblor postrero, estertores del yo, des-
aparecido el ser en el semen.”
Para Cabrera Infante, el solar, las pensiones, las casas de ve-
cindad desempeñaron un papel fundamental en su visión inaugu-
ral de La Habana, cuando dejó de ser niño y se incorporó a la vida
de la parte pobre de la ciudad, esa en la que constató que tendría
que aprender muchas cosas porque: “la ciudad hablaba otra len-
gua, la pobreza tenía otro lenguaje y bien podía haber entrado a
otro país.” Era la experiencia de vivir en habitaciones más o me-
nos estrechas o iluminadas, con ese olor a perfume que llevan las
prostitutas, donde los baños e inodoros eran colectivos y la vida
de cada quien era una puerta abierta que no ocultaba intimidades
ni secretos; esa Habana vieja, de cuarterías y falansterios, en la
que “la extraña luz ceniza que fue una vez malva se había hecho
familiar, la atmósfera de pesadilla era el sueño cotidiano, los ha-
bitantes ajenos o peligrosos eran amigos, el sexo se hizo amor y a
su vez sexo de nuevo”. Monte 822, Zulueta 408, solares de los que
era indispensable salir, dejar atrás, para pasar a vivir en el Vedado,
reconociendo siempre que esa etapa de laberintos habitados “más
que un tiempo vivido fue toda una vida y debió quedar detrás
como la noche, pero en realidad era un cordón umbilical que cor-
tado de una vez, es siempre recordado en el ombligo”.
Ciudad hecha también a la medida de cinematógrafos de
toda calaña, de películas inolvidables que ayudan con sus imá-
genes indelebles a que la memoria permanezca viva, a que los
recuerdos de La Habana tengan asidero en forma de actores,
actrices y directores envueltos en inconfundibles historias. Ex-
periencia memorable para nuestro novelista, quien recuerda con
particular emoción el primer día que fue al cine, y no así el pri-
mero en que hizo el amor con una mujer, porque “fui al cine de
día, asistí al acto maravilloso de pasar del sol vertical de la tarde,
cegador, a entrar al teatro cegado para todo lo que no fuera la

69
Ciudades y Escritores

pantalla, el horizonte luminoso, mi mirada volando como polilla


a la fuente fascinante de luz”. Cines distantes y lejanos, el Lara
del Paseo del Prado, el doble llamado Rex Cinema y Duplex, el
Majestic, el Verdum, en fin, tantos y tan variados cines a los que
se asistía siempre, de gratis, burlando vigilancias endebles, y en
los que “hubo muchos intentos de buscar tanteando el amor”, en
la tertulia, el paraíso, el gallinero y hasta en la cara e inalcanza-
ble luneta, en esos espacios de oscura luminosidad, en los que el
escritor fue protagonista de enamoramientos reales y platónicos,
de amores específicos y tromperos, e incluso del apretón de una
mano homosexual ansiosa de un miembro viril.
Habana de aventuras diversas: intelectuales, eróticas, poé-
ticas, sexuales, etílicas, fílmicas, amistosas, políticas y familiares
que Cabrera Infante recrea, revive, recompone a partir de sus
propias vivencias y de sus intransferibles experiencias en una
ciudad invencible que, a pesar de limitaciones incomprensibles
y odiosas restricciones, continua siendo punto obligado de refe-
rencia, objeto de reflexión y admiración por parte de un escritor
que, desde el exilio, evoca el particular color de unas edificacio-
nes construidas con piedra caliza de color coral, los tranvías que
producían chispas como luces de bengalas, la aventura de sus
cafés al aire libre, las orquestas femeninas que le producían “una
inquietante hilaridad al ver una mujer tocando un saxofón”, y, en
especial, las luces útiles y de adorno que le daban” un brillo sa-
tinado, una pátina luminosa a las cosas más nimias, haciéndolas
relevantes, concediéndoles una importancia teatral”.
La Habana para un infante difunto es el recuerdo militante,
el reconocimiento lejano de aquel que no se distancia de esa
metrópoli desconocedora del fracaso, que permanece vigente,
invencible, en la memoria generosa de escritores, músicos y
artistas que se niegan a ejercer el olvido, y pueden, a pesar de la
ausencia, recordar un crepúsculo “sin los grandes fuegos rojos
que siempre tienden a ser copias de la imagen del infierno,
sino con un predominio verdoso, la tarde filtrándose por entre
nubes secas, bañada de luz verde, como si estuviéramos dentro
de una pecera”.

70
Lisboa y José Saramago

Ciudad como cicatriz quemada


lágrima que no se seca.

71
Ciudades y Escritores

72
Lisboa y José Saramago

“Tuvo lugar ayer el funeral del doctor Fernando Antonio No-


gueira Pessoa, soltero, de cuarenta y siete años de edad, natu-
ral de Lisboa, graduado en letras por la Universidad de Ingla-
terra, escritor y poeta muy conocido en los medios literarios”.
Esta nota fúnebre aparecida en un periódico lusitano, o tal
vez, un telegrama, corto, escueto, conciso, fue lo que motivó
a Ricardo Reis a volver a Lisboa para re-encontrarse -quién
lo sabe- con la ciudad o con el poeta muerto, que era como
encontrarse consigo mismo.
José Saramago en su novela El año de la muerte de Ricardo
Reis hace que su protagonista emprenda un largo viaje por barco,
después de una estada de 16 años en Brasil, para que enfrente
de nuevo a Lisboa, “esa ciudad cenicienta, urbe rasa sobre coli-
nas, como sí sólo estuviera construida de casas de una sola plan-
ta, quizá, allá, un ciborio alto, un entablamento más esforzado,
una silueta que parece ruina de castillo, salvo sí todo es ilusión,
quimera, espejismo”. Enfrentamiento múltiple que implica para
Reis, además de la vuelta a los orígenes, de las preguntas acerca de
la propia identidad, un encuentro con el espíritu de Pessoa, con
ese poeta amigo que murió “casi ignorado por las multitudes”.

73
Ciudades y Escritores

Ricardo Reis desamarra Lisboa, la sufre húmeda, la recorre


inundada, la pasea entumecido para comprobar si sus recuerdos
se corresponden con la realidad, y no son como “un grabado a
buril reconstruido por la imaginación”. El médico-poeta de Sa-
ramago va y viene, de un recuerdo a un olvido, de una añoranza
a una constatación, para acudir a la cita que un destino común le
había deparado con el fantasma de su alter ego Pessoa. Anduvo
calles medievales que no han perdido su encanto, ruas y puentes,
nuevos y viejos, contemplando como siempre y como nunca el
castillo de San Jorge, el monasterio de los Jerónimos, la Torre de
Belém, la casa de los Picos, las iglesias de la Concepción Vieja
y de Santa Catalina, el Hospital de San Luis donde falleció el
poeta, y el cementerio de Prazeres donde reposan los restos de
su amigo muerto, para luego regresar al Hotel de Bragança en
busca de una intimidad inexistente, porque como ya se sabe:
“un hotel no es una casa, le van quedando olores de éste y de
aquel un sudor insomne, una noche de amor, un abrigo mojado,
y luego vienen las camareras a hacer las camas, a barrer, queda
también su propio halo de mujeres”.
Antes de su cita con el verdadero Pessoa, el otro Pessoa, el
heterónimo, el convocado Ricardo Reis, tuvo tiempo de asistir
a fiestas y celebraciones que le daban la bienvenida a un nuevo
año. En un ambiente de expectación y espera, de entusiasmo
y nerviosismo, Reis contempló conmovido, en una plaza aba-
rrotada de gente, como “la aguja de los minutos cubre la aguja
de las horas, es medianoche, la alegría de una liberación, por
un instante breve el tiempo dejó libre a los hombres, se besan
hombres y mujeres al azar, esos son los mejores, los besos sin
futuro”. Cuando el año viejo quedó en el pasado y el nuevo,
1936, se estrenaba con champán, bullicio y pitidos estridentes,
Ricardo Reis regresó de nuevo a la habitación de su hotel para
acudir a la entrevista que la Navidad y el recién llegado año
habían postergado.
Pessoa se le apareció de súbito, sentado en el sofá del cuar-
to, vestido de negro “como si estuviera de luto o fuera de oficio
enterrador”. Luego de los saludos, los abrazos y las emociones

74
Lisboa y José Saramago

de rigor, un tanto intrigado por esa irrupción esperada pero in-


comprensible, el poeta vivo le preguntó al poeta muerto cómo
había llegado, ¿había traspasado puertas?, ¿se desplazó por los
aires?, ¿se filtró por las paredes?, para escuchar atónito la res-
puesta contundente de Pessoa “los muertos se sirven de los ca-
minos de los vivos, y además no hay otros, vine por ahí fuera,
desde Prazeres”.
Muertos que también recorren y disfrutan las calles de Lis-
boa, de “esa ciudad sombría, recogida en frontispicios y paredes”
que le ofrece al transeúnte, independientemente de si respira o
no, motivos para la alegría y la tristeza, para la rutina y la sor-
presa. Así lo entendieron Pessoa y Reis, Reis y Pessoa, que como
ya sabemos son el mismo, cuando en sus correrías por Lisboa,
entre una que otra conversación paúlica o interseccionista, re-
corren, reflexivos, la ciudad baja o ese barrio “castizo, alto, de
nombre y situación, bajo de costumbres, alternan las ramas del
laurel en las puertas con busconas en los portales, aunque por
ser hora matinal se reconozca en la atmósfera una especie de
lozanía inocente, un soplo virginal”.
Encuentros de vivos y muertos en una ciudad “donde se
pierde el Sur y el Norte, el Este el Oeste, donde el único cami-
no abierto es hacia abajo”. Y justamente, hacia allí, hacia abajo
fue donde se dirigió Ricardo Reis, comprometiendo su vida en
amoríos incomprensibles: uno, lujurioso, con una camarera del
hotel, otro, platónico, con una doncella lisiada; mientras Pes-
soa insistentemente le recrimina esos aires de Don Juan que no
le sientan y no le van a un médico confundido que no sabe si
permanecer en Lisboa para que, en el consultorio, sus pacientes
sean “el enfermo médico de un médico enfermo”.
La mudanza de Reis del Hotel Bragança a la Rua Santa
Catarina sirvió para que los poetas sostuvieran, en medio del
frío, la lluvia y la niebla, una conversación acerca del sentido úl-
timo de la soledad, de esa, sin límites, que se experimenta estan-
do donde no se está, “la que anda con nosotros, la soportable, la
que nos hace compañía. Hasta a ésa a veces no logramos sopor-
tarla, suplicamos una presencia, una voz, otras veces esa misma

75
Ciudades y Escritores

voz y esa misma presencia sólo sirven para hacerla intolerable”.


Soledad constitutiva de la vida de las ciudades a la que Lisboa
no escapa, no puede sustraerse, porque en ella también habita el
desencanto, la frustración, la comprensión de que la ciudad en la
que se vive no es la ideal para la realización personal, aunque in-
defectiblemente se tenga “que vivir en algún lugar, comprender
que no existe lugar que no sea lugar, que la vida no puede ser no
vida”, y que, como esperanza alienadora, al igual que ocurre con
Lisboa, “también en el interior del cuerpo la tiniebla es profun-
da y, pese a todo, la sangre llega al corazón”.
Pero si la soledad es triste e inevitable, mucho más lo es el
olvido. Con esa sabiduría despojada de intereses y prejuicios, que
se adquiere cuando ya la experiencia y la madurez no importan
porque la muerte se adueñó de todo, libertando e igualando a los
hombres para hacer efectiva la verdadera democracia en el más
allá, Pessoa le comenta a Reis que sabe a ciencia cierta cuanto es
el tiempo requerido para que los muertos pasen al olvido: “son
nueve meses, los mismos que pasamos en la barriga de nuestras
madres, creo que aún no nos pueden ver, pero todos los días
piensan en nosotros, después de morirnos ya no nos pueden ver
y cada día que pasa nos van olvidando un poco más, salvo casos
excepcionales, nueve meses bastan para el olvido total”.
Lisboa generosa, permisiva, complaciente, propiciadora de
los encuentros de Pessoa con Reis, de Reis con Pessoa, para que
uno y otro dejen de ser uno y otro, en el momento mismo en
que el poeta vivo tomó la decisión de acompañar al poeta muer-
to desde hace nueve meses, a ese lugar desde el cual un solo y
único poeta, Pessoa, podrá evocar a plenitud la ciudad del gran
río, de la magnificente dársena, del imposible sosiego, esa donde
se “acaba el mar y empieza la tierra”.

76
Londres y Sándor Márai

Se aburrían con tanto empeño, conciencia,


preparación y dedicación como si
el aburrimiento fuese la ocupación
nacional más importante (…)
Se aburrían como unas fieras nobles
en sus jaulas. A veces me daban miedo.

77
Ciudades y Escritores

78
Londres y Sándor Márai

Resulta un tanto paradójico que un literato húngaro, cuyo nom-


bre original es Sándor Grosschmid, sea uno de los escritores que
mejor precise la personalidad de una ciudad fastuosa, imponente,
imperial, como Londres (la Londinium de los romanos) y revele,
a la vez, la huidiza, la esquiva, la evasiva, la solapada personali-
dad de los manifiestos súbditos de una indiscutida Majestad, La
Reina, en permanente y demandada salvación divina.
Ese húngaro universal, mejor conocido como Sándor Má-
rai, en su ya celebérrimo libro Confesiones de un burgués, realiza
una profunda endoscopia de diversos temas íntimos que lo con-
ducen a otros indiscutiblemente urbanos donde se explaya una
aguda y penetrante apreciación de ciertas ciudades y sus gentes,
y en especial, de Londres y sus habitantes.
De entrada, el escritor nos refiere una de sus frecuentes y
antigregarias andanzas por la capital brumosa, húmeda y um-
bría, y recuerda su insulsa cena en algún desolado restaurante
italiano o español del Soho, en el que se sentía un desterrado, y
evocativo, rememora, “mis paseos nocturnos de cuatro o cinco
horas por la ciudad, desde Picadilly hasta donde me alojaba, en
un barrio en Kensington Sur; esos paseos solitarios por las calles

79
Ciudades y Escritores

oscuras, dormidas, extrañas de Londres eran una cura balsámica


para mí”, puesto que “en ningún otro lugar del mundo se respeta
tanto la extraterritorialidad de la vida privada como en Inglate-
rra, y tampoco en ningún lugar se la pisotea con tanta crueldad
si llega el caso”.
Es que Londres ha sido siempre así: indolente y vengativa,
aséptica y destripadora, sangrienta y lejana -tal como su famosa
e indiferente Torre, que en sus civiles celdas, “frías y desconso-
ladas”, acogió, entre tantos otros sentenciados y decapitados, al
Santo Moro de la Utopía, por no querer apadrinar complicida-
des extramaritales en lechos del soberano- cauta y charlatana,
católica y anglicana, silente y chismosa, indiferente y fisgona; así
es de contradictoria la ciudad y, en especial, sus pobladores, esos
inmutables y entrometidos habitantes que iluminan, a medias y
deliberadamente, la intimidad de sus estancias victorianas a fin
de que el reflejo de quinqués y lámparas no devele la oportuna
presencia de un fiel súbdito de Su Majestad invariablemente
asomado, en insustituible vigilancia comunal, a la ventana de
una de esas casas angostas y de ladrillos semejantes -“¡Ay, de
esas calles desérticas, repletas de casas iguales!”- protagonistas
todos, vecinos, moradas y espiados, de aterradoras ficciones de
secretas criptas, de espeluznantes narraciones de ultratumba, y,
más recientemente, de increíbles ataques terroristas realizados
por ortodoxos militantes religiosos contra sus propios conurba-
nos quienes, confiados e incautos, comparten con ellos, la plá-
cida vecindad de parques, la insustituible neblina y las jarras
de negra cerveza que hacen posible los interminables domingos
que se parecen a cualquier otro día del monótono calendario
británico.
“Londres nunca tiene prisa” (…) “Londres es siempre si-
lencioso, incluso en hora punta”, confirma el siempre agitado y
ruidoso Márai, de allí la imperiosa necesidad que experimentan
sus ciudadanos por disfrutar, en inusitado frenesí, la incierta ba-
rahúnda, el libertinaje, de los exaltadas capitales del continente:
“cuando conseguían dinero, cuando les sobraba una sola libra,
cuando disponían de una sola hora libre, corrían hacia el conti-

80
Londres y Sándor Márai

nente o hacia el vasto mundo porque no aguantaban la vida en


casa”, o también el irrefrenable requerimiento de escuchar -a lo
lejos, en correctas habitaciones de cáusticos hoteles de veraneo-
el batir furioso de las olas blancas e inclementes contra unos
riscos huraños, afilados y feroces.
En fin, Márai resalta el incomprensible hábito del londi-
nense de pasear su constitutivo aburrimiento por otras latitudes
-foráneas o locales- para ejecutar, previsibles, impasibles y axio-
máticos, lo cotidianamente repetido y consabido: “Se pasaban el
día en el vestíbulo, jugando al solitario o sentados allí en silencio,
iban a jugar al golf, hablaban de lo ocurrido en sus partidas (…)
Estaban meses así (…) sin hacer nada, sumidos en una actitud
de constante espera, con un libro en la mano y una mirada fría e
inocente en los ojos, una mirada inabordable que no preguntaba
nada ni respondía a nada, una mirada de las que suelen molestar
(…) y pensaba que había algo más de la vida, de los negocios y
del amor, algo más preciso y más seguro que aquellos ciudada-
nos amaestrados. Atemorizados por sus propias dudas…”
Londres huele a moho implacable, a humedad guardada,
a niebla embotellada. Durante el gris año londinense apare-
ce, una que otra vez en el británico horizonte, un sol invisible,
lánguido y timorato, que a pesar de los entusiastas comentarios
de sus habitantes, difícilmente se divisa por encima de la torre
disciplinaria, de basílicas y abadías, del parlamento bicameral
o del palacio regio, y, menos, más allá de puentes levadizos a
medio entrever que, húmedos y taciturnos, conectan las fan-
gosas orillas de un río que circula, fantasmal y sin agites, para
darle nombre a localidades diversas (on Themes) que, en medio
de la bruma, se hacen manifiestas y pronunciables, en la medi-
da en que el Támesis las baña y las precisa para que sean dis-
cretas paradas de bostezosos trenes, pontones y autobuses que
transportan, puntuales y exactos, al decir de Marái: “auténticos
caballeros: viajeros -caballeros-maquinistas y pinches de coci-
na- caballeros. Eran caballeros de una forma incomprensible,
eran diferentes, sus nervios interpretaban de otra manera cada
palabra pronunciada, necesitaban más tiempo para dilucidar

81
Ciudades y Escritores

cada concepto, para analizarlo y, en efecto, respondían cuando


el que había preguntado ya tenía olvidado el problema.” En
efecto, de acuerdo con el escritor: “en Londres el mozo de la
tienda de ultramar es capaz de andar y llevar el paquete con el
pedido con la misma dignidad con que camina un señor mayor,
rico y pudiente cuando va de paseo”.
Uno sabe cuando se arriba a Londres, la ciudad se hace
instantáneamente presente en platos, ceniceros y copas; los sa-
bores conocidos y los acostumbrados olores de casa, los insusti-
tuibles de la patria chica, van cambiando de intensidad, aroma
y textura. Nuestro húngaro cosmopolita así lo huele, prueba y
cata, para describirlo impecablemente en uno se sus regulares
viajes desde Dieppe a Londres, cuando al dejar atrás la costa
normanda y acercarse a la inglesa, a bordo, percibe, comenta
y diferencia: “los viajeros empezaban a comer como en casa, a
alimentarse con el gusto del cordero en salsa de menta; el olor a
grasa animal envolvía al restaurante, el pan era insípido y seco,
y el vino, malo y caro; ya estábamos en Inglaterra: Los viajeros
miraban de otra forma, hablaban más bajo, los camareros aten-
dían de otra manera (…) los clientes pedían el menú de una
forma diferente, menos confidencial y franca pero más humana.
El aire se llenaba del olor dulzón del tabaco inglés, el aroma del
té se volvía embriagador.”
Londres y libertad parecen ser, en apariencia, sinónimos:
la cuna del liberalismo, del culto al libre albedrío, a la iniciativa
individual es descifrada por un escritor que ya presentía, en sus
intuitivos adentros, las negaciones, limitaciones e imposiciones
que suponen los autoritarismos impuestos o consentidos, las
autocracias de uno u otro signo, de izquierdas o de derechas,
concebidas para conculcar lo más preciado del hombre mismo:
su inalienable libertad.
Paradójico de nuevo, Marái reflexiona sobre la vida en la
ciudad prototipo de independencias personales, el territorio
privilegiado de una civilización paradigmática, correcta, ideal,
que parece contradictoriamente ser víctima de su propia per-
fección, de una libertad que tarde o temprano, hélas, se asimila

82
Londres y Sándor Márai

con el aislamiento y la soledad, por eso, sus libertarios habi-


tantes: “…corrían al continente en busca de sol, de la sonrisa,
de la libertad de vida individual, no del todo pulcra, que no
se atrevían a aprovechar estando en casa, en esa isla tan disci-
plinada y tan limpia, tan condicionada por las opiniones de la
gente y por el terror anímico…, porque la falta de libertad hace
a veces la vida insoportable incluso a los ingleses (…) porque
eran el pueblo más libre de todos; habían comprado su liber-
tad con dinero contante y sonante, en cada ocasión, a sus reyes
lujuriosos, sedientos de sangre, mujeriegos y asesinos; la City
había pagado los bills y las chartas, había comprado la libertad
para sus ciudadanos y ellos, en plena posesión de sus derechos,
habían creado el modelo de la sociedad civilizada; sólo que no
se sentían bien de forma continua y automática en esa civiliza-
ción modélica, tan patentada….”
Puede entonces uno comprender la esencia dual de una ciu-
dad, la paradoja de sus gentes que van y vienen, sin nunca querer
de verdad irse, partir del todo, emigrar para siempre, porque
como bien lo aprecia Sándor Márai, los correctos londinenses,
luego de lúdicas andanzas y opíparas comilonas continentales:
“Regresaban de sus excursiones callados, llenos de remordi-
mientos y con un brillo taimado en los ojos, y bajaban la vista
al suelo al pisar la tierra de la isla, a su casa, a su home y seguían
viviendo y creando allí, en su civilización estéril, de alto rango
por la que todos ellos habrían muerto a gusto, pero no soporta-
ban el aburrimiento de tanta disciplina”.

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84
Madrid y Enrique Gracia Trinidad

Mientras la tarde busca en la basura


su cena antes de irse,
mientras la noche coge su abrigo del perchero
para salir de ronda a enamorar plazas y lluvia,
mientras media ciudad se queda idiota
frente al televisor, y la otra media
frente al aceite en la sartén,
frente al tedio infeliz de la tertulia
frente al cristal del miedo que es siempre
tan oscuro…

85
Ciudades y Escritores

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Madrid y Enrique Gracia Trinidad

En la desparpajada poesía de Enrique Gracia Trinidad, Ma-


drid, la urbe, su ciudad, es de osos y gatos, a diferencia del
consabido e identificador símbolo de la capital española que
conserva al oso, incluye al madroño y excluye a los gatos.
Dejemos que el propio poeta nos explique, en su libro Sin
Noticias de Gato de Ursaria, el porqué de la asimilación de la
ciudad con el oso y la razón de la inclusión de los gatos para
caracterizar a los naturales de Madrid.
En lo referente a la dimensión osuna de Madrid, a esa bi-
zarra y en desuso denominación de Ursaria para distinguir, en
un momento dado, a la urbe castellana, el escritor nos recuerda
que: “Es uno de los nombres legendarios de Madrid que viene a
significar tierra de osos. Corresponde a los muchos nombres que
se buscaron cuando no era correctamente político que Madrid
hubiese sido fundada por los musulmanes españoles y decidie-
ron buscarle todo tipo de leyendas y nombres fabulosos”.
Por su parte, en lo concerniente a los gatos, el madrileño
explica: “Es el apelativo que puede ponerse a los madrileños,
desde que en el Siglo XI, subían las murallas de la conquista de
Toledo o del propio Madrid, musulmanes ambos, en las tropas

87
Ciudades y Escritores

del Rey Alfonso VI, ayudándose tan sólo con unas dagas que
introducían en los intersticios de las piedras”.
Y estos esclarecimientos un tanto históricos e idiosincrási-
cos vienen a cuenta porque Enrique Gracia Trinidad de Madrid
es también Gato de Ursaria, un misántropo heterónimo que el
escritor confiesa llevar bien dentro de sí y que, de cuando en vez,
aflora a la superficie, a la vista de todos, para testimoniar el tedio
de la convivencia, el fastidio de compartir, “el deseo de que nos
dejen en paz y no ver a nadie y no aguantar convencionalismos
y componendas sociales ¿o no?”.
El poeta madrileño, en fin, Gato de Ursaria, temprano y
tarde, niño y adulto, solo y triste siempre, al descubierto y en-
capuchado, se desplaza a su antojo por la villa que lo hace irre-
misiblemente urbano para transformarlo también en inequívo-
camente intimista. La poesía de Gracia Trinidad se nutre del
entorno físico y social de Madrid para que sus versos pronun-
cien aquello que el escritor lleva en el más oculto rincón de
sus emociones, el poeta es la ciudad, la metrópoli es el poeta:
“Acaricia la tarde sus ojos de astracán / y comienza a llover (…)
Madrid, Saturno desquiciado, bebe más lluvia, sigue su banque-
te, / a punto está de ebriedad, del hipo, / de ser la risotada de
taberna, / de jugar al traspiés, medir el suelo / y devolvernos a la
tierra / como una digestión insoportable // Son ya las diez y es
tiempo de marcharnos a casa”.
Enrique y Gato se confunden, Madrid y el escritor se ha-
cen uno, para que todos, ciudad urgente, escritor desenfadado y
gato aventurero y odioso vaguen entre las gentes enumerando
emociones propias y ajenas que los identifican y diferencian a la
vez: “Cada calle se acaba en un espejo / donde el tiempo no para
de contar mentiras. / Cada minuto cuelga de una rama, / se des-
ploma, y es arrastrado / hasta el desagüe de los sueños. / Cada
semáforo devora su merienda de cuellos, / su grito de luciérnaga
forzada, / su trinidad obligatoria y ciega. / Mi soledad habita
este palacio / de cristal y de huesos, este sollozo de papel”.
Desparpajo, irreverencia, desenfado, ironía, ganas, fatiga, el
vértigo de la existencia, acompañan a Gato Enrique, a Enrique

88
Madrid y Enrique Gracia Trinidad

Gato en sus reiteradas y mundanas aventuras madrileñas: “Aho-


ra yo también / me pudro / escucho el huracán, / pregunto, la-
dro, gimo, fluyo como la leche”. Aunque al decir de los cronistas
de la época: “hace tiempo que no hay noticias suyas auténticas
y fidedignas. Unos dicen que cambió de nombre y volvió a la
farándula, otros que se ocultó en un monasterio; y hasta asegura
alguno que le han visto en las calles de su vieja ciudad contando
historias antiguas a quien quiera escucharle, a cambio de unas
monedas”. Sin embargo, algunos de sus más celebrados lances,
de sus descabelladas ocurrencias aún se conservan en la poesía
caballeresca de Gracia Trinidad.
Salgamos, trepando a nuestro propio riesgo, a recorrer ca-
lles, tejados y cestos de basura con Gato de Ursaria para com-
partir con él censurables conductas y reprochables actitudes:
• Gato, el indolente: “Hacer, hacer, hacer…Gato de Ur-
saria / decidió que era tiempo de no hacer (…) Gato
de Ursaria, el indolente, / se refugió a la sombra de un
tejo centenario / (sabido es que esa oscuridad callada /
es dulce y venenosa como un beso / y otorga a algunos
hombres la locura / de conocer el nombre de las cosas)
// Sintió los mágicos efectos / de aquella sombra única /
pero no quiso pronunciar palabra”.
• Gato, el abrumado: “Pasó las noches y sus días / turbio
de pensamientos, / oscuro de memorias y olvidos, / harto
de sinsabores, / imitando a Leonardo en sus dibujos /
de proyectos, esquemas, invenciones… (…) y sin haber
escrito – y esto es lo más grave - / el poema perfecto”.
• Gato, el viajero: “Sus ojos están ciegos de horizonte /
porque saben del rito y el conjuro, / del milagro que ocul-
tan / estas cuatro paredes con olor a despensa”.
• Gato, el rutinario: “…llegó un nuevo día / y volvió a re-
petirse la ansiedad, / y volvió a repetirse lo de ayer, / y
volvió a repetirse tarde y noche, / y volvió a repetirse…”
• Gato, el huidizo: “Mientras todos a coro celebraban / lo
que fuera preciso celebrar, / Gato de Ursaria, lento y si-
lencioso, / bebió un último trago de cerveza, / se puso

89
Ciudades y Escritores

de pie y salió sin ser notado, / jurándose a sí mismo no


volver / a pisar un tugurio semejante”.
• Gato, el mal inquilino: “El mundo es una rancia tertulia
de poetas / donde nadie recita buenos versos / y ya no
se conspira, / donde presume el torpe sin que acuda /
quien haga luminosa la palabra (…) Es necesario / ejer-
cer la evasión como un derecho. // ¿Quién ha dicho que
el mundo es una casa?”.
• Gato, el torpe teólogo: “Dios es inmenso, verde, amargo,
triste, / como un ordenador desconectado, / como la so-
ledad…/ y tan eterno”.
• Gato padre: “Luchad por lo imposible. / Lo que es fácil,
será y no se merece / más que un pequeño esfuerzo. /
Vosotros pelead por el milagro, / devorad con los ojos el
lejano horizonte / y que otros miren la quietud que pisan.
/ Ahorrad las fuerzas mientras todos griten, / no forméis
parte del tumulto, / callad, pensad, soñad; / y cuando cese
el griterío / que se oiga vuestra voz si es necesaria”.
• Gato, el impertinente: “Cuando llegó ya estaban a la
mesa. / Comida familiar, tregua de insultos (…) Se es-
peraban las doce campanadas (…) Faltaban dos minutos
para el cambio / de siglo y Gato ya no pudo más; / far-
fulló una disculpa y se marchó (…) Y por supuesto, Gato
no brindó”.
• Gato epistolar: “Hice añicos la luna del espejo. / Ya no
podía resistir más su respuesta miserable (…) Recogí los
cristales diminutos, / teñidos de sangre de mis manos.
/ Te los hice llegar envueltos en papel de celofán. / No
acusaste recibo, pero / jamás podrás decir que no te rega-
lé la Luna”.
• Gato apesumbrado: “Pero la mayor parte de los días / ni
siquiera merecen nuestro grito. / Si en ellos se pudiera
ser hormiga, / sombra de pez o tarde de verano, / sería ser
feliz mucho más fácil”.
• Gato, el temeroso de los espejos: “La soledad es el espejo
de la muerte, / allí se mira y remira, se ve guapa afilando

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Madrid y Enrique Gracia Trinidad

el instrumento (…) Ahora es la muerte la que está mi-


rándose / del lado del que antes nos mirábamos, / y se
asusta de vernos y nos dice / que crucemos la línea del
reflejo, / que está sola y nos quiere a su lado”.
• Gato, el desacostumbrado: “Los desacostumbrados no
tenemos asiento (…) Y así vivimos y bebemos, / sin
asiento ni alfombra ni lugar; / sin sonrisa, sin beso, sin
un hombro. / Y así nos alejamos de la muerte y la vida /
para tomar distancia, / para ver la batalla entre las dos /
sin importarnos quién pueda vencer”.
• Gato triste: “Aquella tarde Gato andaba triste, / más tris-
te que otras veces – aunque es cierto / que nadie puede
mensurar tristezas – (…) Aquella tarde gato procuró / no
encontrarse con nadie ni tener / que saludar amigos o pa-
rientes. / No pudo conseguirlo, todo el mundo / parecía
dispuesto a hablar con él (…) Echó a correr como jamás
/ supuso que podría y se perdió / con las primeras luces
de la noche. / Tardaron años en volver a verle”.
• Gato, el desalentado: “Quiero dejar constancia de estas
horas, cedidas al embrujo de la alquimia, perdidas entre
frascos y papeles, polvo y colores que ya no pueden más,
fracasos y silencios buscando una salida razonable (…)
Si mi existencia se hizo turbia, imprecisa, somnolienta; si
rebosó la mesa de papeles, matraces y morteros: todo sin
concluir, todo sin dar sentido, sin hallar respuesta, de qué
vale insistir en que se sepa”.
Pero incluso Gato Trinidad, Enrique de Ursaria, aun cuan-
do disfruta intensamente de su soledad, del alejamiento auto
impuesto, del ostracismo voluntario: “a la sombra de un tejo se
disuelven / la vida, la existencia, las palabras”, experimenta, muy
a su pesar, la necesidad de retornar al bullicio citadino, de re-
gresar a calles y semáforos para sumarse a la anónima vorágine,
al vulgar torbellino de los que no saben si están siendo: “Así
también es Gato algunas veces, / vagabundo alquilado de sí mis-
mo, / pieza descabalada y miserable / fuera del engranaje de la
cordura. // Aunque al final siempre regresa, vuelve / a perderse

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Ciudades y Escritores

con otros y ser parte de la común locura y la mentira / común


que todos dicen necesaria”.
Reaparece Gracia Trinidad en medio del vértigo madrile-
ño, va de los tejos a los tejados, de éstos a la calle, se incorpora
silente a la desconocida muchedumbre que emerge ansiosa y
en ordenada procesión de los trenes de Cercanías para tomar
presurosa el autobús o el vagón del metro que la conducirá a
los mismos destinos de toda una vida: “Todos muy serios, todos
muy formales, / de dos en dos, de cien en cien, / de mil en mil,
o más, en tropel o fila, / van como tiesas fotocopias, / como hi-
lera de chopos, / como recua de burros obedientes (…) y ni se
mueven”.
Se suma el escritor a los apresurados citadinos que engullen
su bocadillo de serrano, de tortilla o de calamares en cafeterías
repletas y humosas, pide la caña de rigor para brindar con el veci-
no del vermouth de sifón que grita su contento por la victoria de
su madrileño equipo en uno de los castizos derbys que paralizan
la ciudad y las emociones para luego poner en marcha los sabios
comentarios y las sentencias de rigor, porque estos previsibles
conciudadanos: “Cumplen, pagan, se apuntan, rezan, votan… /
mientras estén seguros / de que el domingo tocará paella”.
Sin melindres, el escritor confiesa en nocturnos versos, en
oscuros aforismos, – “en los espejos de la noche se amontona
olvidos” - su condición de sobreviviente en una ciudad donde
“nos asfixia el plástico, la huida que buscamos, las palabras / de
todos los políticos, el odio sin razones, el cansancio de no haber
/ aún amado suficiente // Aquí no existe ahora más que sombra,
/ nuestra sombra, / el dolor de haber sido testigos de la furia, la
fatiga increíble de ver en / todas partes el mismo llanto amargo,
la misma pena oculta por / sonrisas fingidas”.
No puede ocultar Gracia Trinidad su castellana pertenen-
cia, su madrileña estirpe, el vértigo cotidiano. Así, en desma-
ñados versos urbanos que indistintamente son un canto y un
reto, un miramiento y un desafío, un homenaje y una afrenta;
descomedido el poeta afirma: “lo más probable es que Madrid
mañana, / tenga dolor de muelas”, y asimismo, más cariñoso,

92
Madrid y Enrique Gracia Trinidad

mucho más amable, registra: “la ciudad se perfuma, sonriente y


despacio / como una buena amante”.
Madrid dual, farsante, hipócrita, es loada y confrontada
a la vez por el escritor quien advierte que, en las vías y vere-
das de su villa, es fácil encontrarse con la vida que “también
reza sus muslos / de ciega bailarina por la calle. / Y la ciudad la
besa” como con la muerte “enroscada en las plazas, / o tendida
a lo largo de las calles / que atraviesan el hígado y el vientre /
de esta absurda ciudad; / sus órganos más nobles, / el corazón
quizás, aunque no suene, / las costillas al menos, / alzadas como
cúpulas, indestructible insomnio de cristal, / centro de gala, /
jardineras, semáforos, aceras”.
Concluye el poeta que ambas, vida y muerte se aparejan,
se visitan, se frecuentan, se hacen cómplices: “Así van esta vida
y esta muerte / celebrando su pacto de vecinas: / se piden por
la tarde media taza de azúcar, / van al cine (…) Y esta ciudad,
pregunta tras pregunta; / descompone los patios, / huele a ropa
mojada y hace exacta la vida, / debo decir difícil; / la disfraza
de muerte, la perfuma, le pone un lazo rojo, / nos la entrega con
rostro de puta enamorada / y huye”.
Y para que no quede ningún asomo de duda acerca del jui-
cio, de la apreciación del poeta por su ciudad, de Gracia Trinidad
por Madrid, por esa metrópoli gatuna y osuna, adulante y envi-
diosa, besucona y puñalera, cortés y soberbia, sincera y mentiro-
sa, joven y vieja, dulce y amarga, ingenua y hechicera, palaciega y
nueva rica, doncella y cortesana, el escritor sin disimulos le dedi-
ca este indiscreto poema: “Ciudad, mujer sin nombre de mujer, /
lugar de óxido triste, / anciana misteriosa / exiliada de un cuer-
po, / revestida de luz que no comprende. / Ciudad de gritos y
mañanas rápidas, / de tardes lentas y de noches largas, / Ciudad
del corazón y de las uñas, / del aire fino y la amargura densa.
// De ti misma hasta ti, que espere el cielo / hasta ser como tú,
mujer hermosa / vestida con harapos cortesanos, / amante loca y
descarnada bruja, / de todos madre y a tus hijos ciega”.

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Nueva York y Arturo Uslar Pietri

Todas las formas de su vida


están condicionadas por esta
sensación pánica de la presencia
imperiosa del tiempo.

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Ciudades y Escritores

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Nueva York y Arturo Uslar Pietri

Nueva York es un desafío al turista, es más que Manhattan pero


nada es sin ella, sin esa isla, su río y su bahía que fue contem-
plada por vez primera por ojos occidentales en 1528, cuando
Giovanni Verrazano la divisó desde una nave española para dar-
le nombres que sólo la historia registra y preserva del olvido:
Angolema la isla, Vandoma el río y Santa Margarita la bahía.
Años mas tarde, o mejor dicho, siglos después, en 1950, un es-
critor venezolano, Arturo Uslar Pietri, se instaló en Nueva York,
retratándola con palabras en un texto fundamental que con el
nombre de Ciudad de Nadie compila en su libro El Globo de Co-
lores, en cuyas páginas está recogido “el testimonio reiterado de
una inagotable curiosidad por la tierra y la gente”, las impresio-
nes de un conjunto de ciudades que producen “una prodigiosa
variedad de contrastes y reajustes. Todo lo que nos parecía tan
familiar se hace de pronto teatro y novedad”.
Nueva York no podía escapar a esta curiosidad, a esta atrac-
ción del escritor por una ciudad desconocida que le tocó des-
andar durante un largo exilio de su país, en momentos en que
la Segunda Guerra Mundial acababa de terminar, no sin dejar
una secuela de angustias e interrogantes acerca del destino del

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Ciudades y Escritores

hombre por parte de una humanidad pendiente de un eventual


cataclismo atómico. Para esa época, “la isla se hizo más pequeña
que nunca. Todas las gentes que regresaban de la guerra no pa-
recían caber en ella... más que nunca las tiendas parecían tumul-
tos y los hoteles ferias y las calles procesiones. La isla era cada
vez más un buque lleno de turistas”.
Ciudad relativamente nueva, de breve data, creadora ace-
lerada de unas tradiciones y una idiosincrasia que una corta
historia no le permitió acendrar, patinar con el lento paso de
años, leyendas y generaciones. Ciudad de escasos tres siglos,
cuya historia comienza cuando, en un día de invierno de 1613,
el barco “Tigre” se incendió, “se puso amarillo y fiero de fuego
entre la niebla gris y los gritos grises de las gaviotas”, obligan-
do a su propietario, Adrián Block, a construir una choza para
pasar el invierno con los suyos, y darle así inicio a la ciudad
de nadie: Nueva York, esa que fue creciendo progresivamente,
para que diez años más tarde, el entonces gobernador, Peter
Minuit, comprase la isla entera a los indios Manados o Man-
hattan, a cambio de “cuentas de vidrio, adornos de cobre, pe-
dazos de tela, algún cuchillo”.
Nueva Bélgica fue denominada primero, cuando ya contaba
con un gobernador holandés y con un sello que ostentaba en
su centro una piel de castor extendida. Nueva Ámsterdam se
llamó luego a ese villorrio de más de doscientas almas protegido
de los ataques de los indios con un fuerte de piedra en forma
de tortuga y por una larga valla, a lo largo de la cual se exten-
dió la calle de la valla, la actual Wall Sreet. La ciudad comenzó
a llamarse Nueva York, cuando el último de los gobernadores
holandeses, Peter Stuyvesant, el de la pata de palo, no pudo de-
tener el ataque y la invasión inglesa. Nueva York en homenaje
al hermano del Rey de Inglaterra, ciudad inglesa de nuevo cuño,
Nova Elbora, que muy prontamente sustituyó la piel del castor
que identificaba su escudo para dejarle espacio a las aspas de un
molino y a dos barriles de harina.
Ciudad de trepidaciones múltiples que provienen de dife-
rentes fuentes según el caso y la época: de los trenes elevados y

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Nueva York y Arturo Uslar Pietri

subterráneos, del tableteo de las ametralladores Thompson de


los gángsters, del llanto inconsolable de millares de mujeres que
sufren la muerte del galán de los galanes, Rodolfo Valentino,
de los gritos y consignas en contra de tantas guerras injustas e
inmerecidas, del taconeo apresurado de la muchedumbre que
recorre calles y avenidas que aún conservan algunos de los nom-
bres de sus predecesoras, Nueva Bélgica y Nueva Ámsterdam,
de las calderas de los innumerables buques que surcan el río, de
las máquinas de escribir, de la computadoras, que van poblando,
al ritmo del taladro y de la soldadura, unos rascacielos cuya “es-
tructura de acero se disfraza de motivos góticos”.
Nueva York habitada también por la trepidación que se filtra
de teatros y dancings, de los que surgen las canciones, los bailes,
las piezas teatrales, los musicales, que marcarán historia, y a los
cuales, en religiosa procesión, asisten turistas provenientes de todo
el mundo que agotan prontamente la boletería, haciendo obliga-
torias unas reservaciones para dentro de tres meses e incluso más,
para convertir a Broadway en un río de hombres y mujeres que
se “asoman sobre un hervor de luces vivas de todos los colores
... Siluetas luminosas se mueven, saltan, aparecen y desaparecen.
Todos los tiempos, todos los apetitos, todas las latitudes palpitan
en la agitada incandescencia. Hay calor y color de fragua. Hay
muchedumbre de incendio. Todos miran hacia arriba”.
Ciudad en la que trepida igualmente el corazón de millones
de inmigrantes, italianos, alemanes, polacos, portorriqueños, ir-
landeses, cubanos que “se concentran en barrios propios donde
resuena la lengua materna y predomina el color del viejo país”.
Inmigrantes procedentes de las más impensadas latitudes del
planeta, Gambia, Etiopía, Ucrania, Ghana, para conducir de un
lado a otro, a bordo de unos taxis amarillos y desbocados, a unos
seres humanos permanentemente tensos, apurados y ocupados,
que sólo parecen alimentarse de sándwiches desabridos com-
prados al paso y engullidos con premura. Ciudad de la pequeña
Italia, del Barrio Chino, del Bronx, de Brooklyn, de las calles
portorriqueñas o judías, y en especial, de Harlem tan diferente
en el que “el clima, la dieta, los hábitos son distintos. En Harlem

99
Ciudades y Escritores

se comen bananas y ñames antillanos. En las heladas cavernas


de la cordillera central de Manhattan hay caviar y trufas en me-
tal y en vidrio, o en témpanos de hielo labrado”.
También la soledad trepida en Nueva York, para Uslar Pie-
tri esta soledad del neoyorquino es quizás la expresión más fe-
haciente de una sociedad que ya fue capaz de crear, tiempo ha y
sin éticas prohibiciones, clones humanos, porque “los seres que
se mueven en el fondo de esas vertiginosas y elaboradas gargan-
tas llegan a parecerse todos y a adquirir un aire de uniformidad
que impresiona”. Para el escritor “en donde está el hombre está
la soledad como su sombra (...) y hasta podríamos decir que
cada hombre tiene la soledad que merece”. Sin embargo, “los
millones de solitarios de Manhattan no gozan de la mejor cla-
se de soledad; sufren más bien de una forma de ella inferior e
involuntaria…La de ellos es más bien una soledad física, pobre
y estéril, que borra y destiñe al hombre, y que es ignorada por
quienes la sufren, como hay quienes ignoran que están enfermos
o son desgraciados”.
Urbe monumental de obligados escenarios y edificacio-
nes que deben ser visitados para confirmar que efectivamente
se ha estado en la Gran Manzana: la Quinta Avenida “ donde
los hombres vuelven a ser hombres, porque está llena de muje-
res”, la Estatua de la Libertad, emblema regalado a la ciudad, el
Waldorf Astoria que se alza como “un palacio encantado”, los
innumerables rascacielos, cada uno más alto, donde se pueden
contar los segundos que tarda el cuerpo del suicida en llegar a
la calle, la Plaza de Washington, “con su arco viejo, sus árboles
y sus casas georgianas tan fragantes a hogar y a vida interior”,
los innumerables museos contemporáneos en los que se muestra
un arte feo e incomprensible para el visitante común, el Zooló-
gico donde “los que están allí dan vueltas y vueltas sin poderse
escapar”, Wall Street “país sin sol, húmedo, todo en desfiladeros
y veredas donde nace la corriente de Broadway”, el Rockefeller
Center con sus “torres cuadrangulares”, el Central Park, verda-
dero remanso en medio de tanta trepidación, el Greenwich Vi-
llage que es como “un istmo entre las sombras”.

100
Nueva York y Arturo Uslar Pietri

En fin, esa es Nueva York con todos sus atractivos y ten-


taciones, gentes, costumbres, y edificaciones que la convierten
en “una ciudad universal que a nada se parece, que va a ser in-
dependiente de los seres que la pueblan y que va a crear formas
de vida que no parecen corresponder a la dimensión ni al ritmo
del hombre”.

101
102
O xford y Javier Marías

Todos los que viven allí están


perturbados o son perturbadores
pues no están en el mundo.

103
Ciudades y Escritores

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Oxford y Javier Marías

Después de la fundación de su universidad, Oxford se ancló en


el tiempo, decidió permanecer en la Edad Media, permitiendo
que unos colleges adustos y severos concretaran su fisonomía, y el
lento evolucionar de la vida académica su idiosincrasia. Oxford
no existe sin sus colleges, nada es sin ellos; así lo confirma Javier
Marías, cuando escoge el nombre de uno de tantos, Todas las
almas, para titular una de sus más aceptadas novelas. Todas las
almas puede ser todos los colleges: Trinity, Exeter, St. Antony’s,
Balliol, Merton, Christ Church, Brasenose, Pembroke, Keble, Oriel,
con sus personajes revestidos de extraños nombres: el warden
(el rector), el bursar (el tesorero); los dons o fellows (los profe-
sores) de diferente clasificación y nomenclatura: eméritos, ho-
norarios, investigadores, asistentes y los infaltables visitantes.
No se le escapa al escritor la importancia del portero, ese ser
perpetuo como la ciudad, ese Will existente en cada college que
un día se encuentra en el presente y otro veinte o treinta años
atrás, desandando con su memoria extraviada los tantos pro-
fesores conocidos “algunos ya muertos y otros jubilados, otros
simplemente trasladados o desaparecidos sin dejar más recuer-
do que el de sus nombres”.

105
Ciudades y Escritores

Todas las almas es el alma de Oxford, de esa “ciudad estática


y conservada en almíbar” que, como la obra del novelista español,
es protagonizada por un conjunto de profesores que viven en un
mundo de intrigas, de celos disimulados, de envidias contenidas,
intentando descubrir los secretos del otro: sus inclinaciones sexua-
les, la afición por la bebida, las visitas recibidas o cualquier detalle
inusual que altere la vida rutinaria de unos académicos para los
que el ayer, el hoy y el mañana son irreductiblemente iguales.
En el college, todos desarrollan una capacidad de observación
sin parangón, se fisgonea a los vecinos, a los transeúntes; en fin
se construye, día a día, una habilidad para acumular información
acerca de los demás: “De ahí viene la tradición -cierta - y la leyen-
da –cierta- de la gran calidad, eficacia y virtuosismo de los dons
o profesores de Oxford en las tareas más sucias del espionaje y
de su perpetua y disputada utilización por parte de los gobiernos
británico y soviético como prestigiosos agentes sencillos, dobles
o triples”. En Oxford si bien es cierto que todos vigilan, nadie
mira. Está proscrito mirarse frente a frente, escudriñar el rostro
del vecino, sostener su mirada, ejercer esa comunicación silente en
la que los ojos hablan más que las palabras; de lo que se trata es de
mirar “tan velada e intencionadamente que siempre cabe la duda
de que alguien esté en verdad mirando lo que parece mirar”.
Además de vigilar, los profesores de Oxford tienen la vir-
tud de escuchar a tal punto que han acuñado un verbo que
“en español sólo se puede traducir explicándolo, y to eavesdrop
(ésta es la explicación) escuchar indiscretamente, secretamen-
te, furtivamente, con una escucha deliberada y no casual ni
indeseada”. Oficio de dons y fellows que, más allá de poses cir-
cunspectas, reflexivas, de aparente recogimiento interior, están
pendientes de escuchar lo que acontece en la mesa contigua,
de captar un pedazo de conversación que pueda traducirse en
información valiosa, a la hora de poner de lado al contrincante
que compite por el deseado cargo académico o por el viaje de
estudios largamente acariciado.
Oxford es un ritual de togas y high tables, de disfraces
académicos y encuentros gastronómicos semanales para com-

106
Oxford y Javier Marías

partir una opípara comida aderezada por el aburrimiento co-


lectivo y por el total desinterés acerca de lo que comenta el
compañero de mesa. High tables en las que se bebe con orgullo
el sherry, el oporto y el vino que cobijan los cellars del college,
verdadero motivo de competencia entre una y otra institución,
que sólo es superado por la afición a unas regatas que pare-
cen no acabarse nunca porque el río Isis, como se denomina
al Támesis en estas latitudes, se encuentra permanentemente
poblado de bogadores frenéticos e infatigables. High tables ce-
lebradas en refectorios que ilustran la más rancia medievali-
dad, en las que uno cree haber terminado y debe, sin embargo
al momento de beber el infaltable oporto, volver a empezar,
cambiar de sitio en la mesa, a fin de entablar nuevamente con-
versación con el renovado vecino acerca de lo que investiga en
esta ciudad donde todo el mundo investiga, con una pasión
enfermiza, temas de diferente importancia y envergadura: “un
particular impuesto que entre 1760 y 1767 había existido en
Inglaterra sobre la sidra”, por ejemplo.
Oxford, con sus ciento y tantos miles de habitantes, puede
ser caminada interminablemente, explorando todos sus rinco-
nes, partiendo de Carfax (en latín, quadrifurca, es decir: (cua-
drifurcada), de donde surgen las principales avenidas en las
cuatro direcciones latitudinales y también se llega a “sus confi-
nes de nombres esdrújulos: Headington, Kidlington, Wolvercote,
Littlemore, Abingdon, Cuddesdon, ya más lejos”. En sus calles es
posible encontrar lo impensable, tiendas y más tiendas (Oxfam,
Save the children) en las que se ofrece ropa usada y vuelta a usar
que los oxonienses adquieren con deleite, satisfaciendo con cre-
ces una austeridad que en otras latitudes se llamaría pichirrez.
En primavera, si es que pueden llamarse así esos días de
un sol tímido y poco generoso como los habitantes de la ciu-
dad, Oxford se llena de mendigos provenientes de todas las
latitudes británicas: ingleses, galeses, escoceses e irlandeses
vienen gozosos a esta ciudad adinerada porque “hay un par
de casas de beneficencia o asilos en los que se les procura
una comida diaria y a veces cama a los menos noctámbulos,

107
Ciudades y Escritores

y, principalmente, porque la mayoría de sus habitantes tienen


corazones jóvenes y bisoños”.
Si los días laborales son aburridos en Oxford, debido a que
las obligaciones del narrador de la historia de Todas las almas
“eran prácticamente nulas e inexistentes... en una de las ciudades
donde menos se trabaja, y en ella resulta mucho más decisivo el
hecho de estar que el de hacer o incluso actuar”, los domingos son
peores, “no son simples y mortecinos domingos como en todas
partes…sino domingos desterrados del infinito”. En esos domin-
gos interminables hay que armarse de paciencia, ir a caminar a
las orillas del río, al meadow, para contemplar cisnes y patos que
constituyen la adoración de los oxonienses, o bien, armarse, esta
vez de valor, para visitar unas míseras subastas locales organizadas
con algún fin humanitario en el “parque de bomberos, el vestíbulo
de un hotel sin clientes o el claustro de una iglesia”.
Hilary, Michaelmas, Trinity, son los términos escogidos para
denominar los períodos durante los cuales transcurre la vida uni-
versitaria, se suceden las lectures, los papers, y los estudiantes me-
dran en salones y bibliotecas, esperando impacientes el viernes en
la noche para asistir al pub y beberse toda la cerveza que puedan
acomodar en sus cuerpos, y ofrecer luego unos espectáculos que
las más de las veces culminan en un vómito vulgar y corriente
de escaso valor académico. Muchos Hilarys, Trinitys, Michaelmas,
son necesarios para que los estudiantes se conviertan en doctores,
luego de la defensa de una tesis preparada durante largos y largos
años, que sorprendentemente convirtió un detalle, una aparente
nimiedad -como el de la sidra- en volúmenes ahítos de informa-
ción, adornados con citas enjundiosas, cifras y latinajos de rigor.
Ahí permanece Oxford, estática, perpetua, en almíbar, con
su lentitud existencial, convirtiendo el pasado en perspectiva,
ejerciendo una fascinación alienante, una atracción enfermiza
que hace que a los que intenten prescindir de ella, ponerla entre
paréntesis, alejarse aunque sea por un rato, “les falte el aire, los
oídos les zumben, pierdan el sentido del equilibrio, den traspiés
y tengan que volver apresuradamente a la ciudad que los posibi-
lita y guarda allí ni siquiera están en el tiempo”.

108
París y Julio Cortázar

Cuántas palabras, cuántas nomenclaturas


para un mismo desconcierto.

Julio Cortázar

109
Ciudades y Escritores

110
París y Julio Cortázar

Cada quien puede construir su propia vivencia, su personal me-


táfora de esta ciudad plural, siempre inédita, que a nadie deja
indiferente. Para uno es el fasto de los grandes bulevares, la tre-
pidación del colectivo, la majestad de unas avenidas triunfales
que raudas desembocan en monumentos llenos de historia y
tradición para crear carrefours que propician el cruce de gen-
te, culturas y gentilicios. Para otros, es el espectáculo noctur-
no, luces, plumas, candilejas, música y champán, alimentando
un inmanente trasfondo voyeurista que estimulan bellas y bien
formadas marjorettes que cubren precariamente sus depilados
Montes de Venus con una prenda mínima e innecesaria.
Para algunos, París puede ser también estrellas que se pon-
deran, golosamente, en unas guías gastronómicas que generan
salivaciones inmediatas, dudas acerca de cuál sabor, cuál gusto,
sustentará una comida que deja de ser simple acto de supervi-
vencia para transformarse en comentario obligado, en consejo o
advertencia para aquellos amigos gurmandos que también per-
ciben el mundo a través de las papilas gustativas.
Sin embargo, para Cortázar y sus personajes, para esos que
no están esperando “otra cosa que salvarse del recorrido ordi-

111
Ciudades y Escritores

nario de los autobuses y de la historia”, París es una afrenta, la


posibilidad última de ser lo que se anhela ser, de concretar una
ilusión, una esperanza, que no conoce las medias tintas porque
la ciudad sólo sabe de éxitos o fracasos.
Para esa compleja fauna de artistas de segunda en busca
del protagonismo, de exiliados políticos, falsos estudiantes, mi-
tómanos y expatriados a voluntad, París es una manera de vivir,
de entender la vida, lejos de recorridos turísticos, de confirma-
ciones del vuelo de regreso, de preocupaciones por el núme-
ro de maletines de mano o por el exceso de peso del equipaje.
Para esos tantos Oliveiras y Magas, la ciudad es un vagabundo
circunscrito, sin nuevos o trascendentes destinos, cuya ruta la
aconseja la circunstancia, una frase escuchada al azar, un súbito
deseo de besarse en una plaza anónima donde aún reposan las
rayuelas, “los ritos infantiles del guijarro y el salto sobre un pie
para entrar en el Cielo”.
París oculto, construido de falencias y precariedades, eri-
gido sobre la escasez de dinero y la falta de espacio, donde se
tropieza con las paredes, un bidé sirve de biblioteca, y las medias
sucias acompañan en la repisa de la chimenea a unas botellas
vacías que atestiguan una noche de tristeza y de nostalgia por la
novia o la patria lejana, por los familiares que no se felicitarán
esta Navidad y, sobre todo, por la constatación de que no se es lo
que se quiere ser en esta ciudad donde, en palabras de la Maga:
“somos como hongos, crecemos en los pasamanos de las escale-
ras, en piezas oscuras donde huele a sebo”.
Ciudad limitada a las andanzas por los sitios de siempre,
el Barrio Latino, el Boul Mich, Saint-Germain-des-Prés, con su
miríada de callejuelas: la Rue Bonaparte, la Dauphine, la Buci
con sus puestos de venta de alimentos en plena calle, en los que
una pierna de ganso, unas clementinas, un filete de salmón, una
porción de terrine o una secuencia de entrecôtes rojas y frescas
se convierten en verdadera obra de arte, en decoración disrup-
tiva que altera procesos fisiológicos, porque los alimentos se di-
gieren primero con los ojos antes que con la boca. Callejuelas
generosas, conectoras, como la Rue de Seine que comunica el

112
París y Julio Cortázar

boulevard de cemento y el bullicio de los cafés al aire libre con


el de agua, el Quai de Conti, ese borde plácido, donde el Sena
aporta su contribución para que París asuma ahora la forma de
luz “ceniza y oliva”, reflejada en el río, de lento serpenteo de
péniche, de besos apasionados y manos agarradas confirmando
una promesa de amor adolescente que, por su frescura, se torna
en sombra descifrable.
Imposiciones culturales transforman también la vida de los
personajes de Cortázar en un conjunto de eventos que se deben
presenciar por vez primera o volver a ver, simplemente porque
“il le faut” : Potemkim, Mercedes Sosa, el Ciudadano Kane, Ja-
cques Prévert leído por no se sabe quién, Moustaki, el Teatro
Negro de Praga o el Quilapayún, asumen la forma de mandatos
ineludibles a los que se debe asistir sin importar la lluvia, la nie-
ve, el calor, la huelga de trenes y metro, la ausencia de acompa-
ñante, porque se trata simplemente de algo verdadero, auténtico,
desinteresado.
Ciudad adulta y para adultos, en la que los niños se acari-
cian con guantes de goma, asépticos, se encuentran prescritos
y proscritos debido a que se llanto molesta a los vecinos y, en
especial, a la conserje, a esa Torquemada cotidiana que juzga
lo bueno y lo malo, lo oportuno y conveniente, lo socialmente
aceptable que excluye, por supuesto, al bebé Rocamadour, “dien-
tecito de ajo, nariz de azúcar, arbolito, caballito de juguete”, y, en
consecuencia, a las nociones, a las realidades de padre y madre.
Adultos que sólo saben hacer el amor en cuartos marchitos, en
camas de jergones pretéritos, adornadas con coberturas rancias
y deshilachadas, compartida por dos soledades que confunden el
acto sexual, el jadeo de pie, arrodillado, parado, en cuclillas, con
el verdadero amor, porque la felicidad para el escritor tiene que
“ser otra cosa, algo quizás más triste que esta paz y este placer...
una caída interminable en la inmortalidad”.
Urbe protagonizada por las contradicciones, hecha indistin-
tamente de proezas y frustraciones, de éxitos rotundos y fraca-
sos contundentes en la que los diversos personajes de Cortázar
deambulan de un lado a otro, sin cumplir metas y objetivos per-

113
Ciudades y Escritores

sonales, contándose sus penas, porque “es mucho más fácil hablar
de las cosas tristes que de las alegres”. Ciudad incoherente, habi-
tada por ciudadanos corrientes, en donde “sólo viviendo absurda-
mente se podría romper alguna vez este absurdo infinito”, razón
por la cual Oliveira percibe que “yo en realidad no tengo nada
que ver conmigo mismo”, porque los expatriados terminan por
sentir “como una última luz que se va apagando en una enorme
casa donde todas las luces se extinguen una por una”.
París desconocido por turistas efímeros, cotidiano, profun-
do, hecho tanto de gauloises, pastís, panaches de cerveza y limo-
nada, cafés de quartier, hediondeces perfumadas, supositorios
para cualquier enfermedad, como de suciedades permitidas, lo-
terías de miércoles y viernes, besos franceses plenos de lengua,
copas de blanco y rojo, mascotas consentidas, y de clochards que
prefieren la policía al frío; habitado, en fin por una pléyade de
tránsfugas, quienes, imposibilitados de regresar a sus lugares de
origen, resignados, descreídos, confirman con Cortázar que “es
mejor pactar como los gatos y musgos, trabar amistad inmediata
con las porteras de roncas voces ... Así es como París nos destru-
ye despacio, silenciosamente, triturándonos entre flores viejas y
manteles de papel con manchas de vino...”

114
Praga y Jaroslav Seifert

Tenía ganas de hacer el amor con Praga;


sólo con los ojos, de la misma manera que cuando
miramos a una mujer, enamorados, desde el cabello
hasta los pies.

115
Ciudades y Escritores

116
Praga y Jaroslav Seifert

Praga bien podría ser denominada la hechicera, no hay turista,


viajero, peregrino, que la haya visitado y no haya quedado pren-
dado para siempre del misterio y la elegancia de esta ciudad
evidente y vistosa, la de las cien cúpulas, así como de los de la
otra, la recóndita que reside latente en el secreto escondido en
pequeñas casas y pendientes callejuelas que conducen al legen-
dario Castillo, en el repicar de las campanas de las incontables
iglesias del barrio de Malá Strana, en el bullicio abovedado de
vetustas cervecerías y atascadas tabernas, en el lento fluir, en sí
mayor, del río Moldava que conserva intactos, sin embargo, sus
bríos ocultos y vigentes sus recintos incógnitos para contribuir
todos a incrementar los enigmas arcanos, los entresijos miste-
riosos de esa ciudad sin explicaciones. En efecto, parece que “el
poder penetrar su telaraña inmaterial queda sólo para aquellos
que consideran a esta ciudad y a este país como sus natales.”
Jaroslav Seifert, el poeta checo, Premio Nóbel de Literatu-
ra, el pragués mayor de las letras de la comarca, en su libro de
memorias Toda la belleza del mundo, se confiesa un fervoroso
enamorado de Praga, la ciudad de Oro, de esa urbe cuyo nombre
en la lengua materna del escritor: “suavemente modelado por los

117
Ciudades y Escritores

labios y el aliento - se pronuncia con una “h” muy ligeramente


aspirada Praha, según los entendidos- tiene el género que per-
tenece a las madres, las mujeres y las amantes.”
Esa ciudad de ensueño, la madre de todas las ciudades, que,
indistintamente, ha sufrido sobre sus fortificadas murallas -“que
están fijadas no solamente por sus fundamentos, sino también
por nuestras mentes y nuestros corazones”- el fuego y el em-
bate de fraticidas guerras ancestrales e irracionales conflictos
contemporáneos, ha sido, una y otra vez, protegida de los in-
evitables destrozos físicos e ideológicos por su célebre Castillo,
construido en la colina que da franca sobre el Moldava, vigi-
lante sempiterno y defensor incondicional de la irremisa ciudad
frente a peligros nuevos y amenazas viejas. Seifert confirma: “los
sentimientos cubren suavemente el pasado lejano y cercano con
un velo de leyendas y cuentos que, sin intentar dañar la verdad,
aligeran los destinos y ayudan en épocas de desgracia, a pensar
en tiempos mejores. ¡Acordaos cuando sobre el Castillo levan-
taron una bandera con la cruz gamada!”
Sobre la inolvidable capital gravita además del misterioso
y característico Castillo, con su silueta indeleble, sus fantasmas
rabiosos y sus espectros vengativos que pusieron en entredicho
la valentía y las creencias del rey checo Carlos IV, la Catedral de
frescas ágatas, San Vito, que le otorga a la antigua Ciudadela, a
la Ciudad Vieja, un aura de majestad y ensueño que pocas ciu-
dades del mundo disfrutan. Praga emerge de su hoyo geográfico
para quedar suspendida en el recuerdo y la evocación sosteni-
da por las interminable agujas de las torres de una basílica que
acerca el mismo cielo a ese paraíso terrenal que es la propia e
inimaginada ciudad de oro, en especial, cuando llegan aquellos
momentos en los que “hay que guardar silencio. Dentro de unos
segundos, cuento hasta cien, empezarán a reventar pegajosa-
mente los húmedos capullos de las castañas. Voy a contar: uno,
dos, tres, cuatro…noventa… ¡ahora!”
Praga es vida, celebración y fiesta, pero también es muerte y
catafalco, cadáver y cementerio, deudo y velatorio, y más cuando
de los judíos se trata. En el mismo centro de la capital, la muerte

118
Praga y Jaroslav Seifert

silente y solitaria compite inexplicablemente con la vida bulli-


ciosa y comunitaria. Allí están, a la vista de todos, pragueses y
turistas, en tumbas agrupadas y diversas que hablan de tribus,
fechas y linajes, las lápidas de los innumerables descendientes
hebreos que hicieron de la ciudad un lugar privilegiado del saber
y del comercio. No es extraña a nadie esta paradoja existencial,
la muerte cohabitando con la vida en pleno centro de la capital,
sin embargo, al poeta Seifert, impresionado vivamente por esta
irónica oferta turística de tour multitudinario, reclama: “este fa-
moso monumento es como un reproche: ¿Cómo pudieron per-
mitir, los encargados y los no encargados, que se cortasen partes
del cementerio judío para obtener parcelas y construir allí unos
estúpidos edificios de pisos, que todavía están allí para vergüen-
za de sus promotores? Las cinco sinagogas, el cementerio y los
restos del ghetto constituirían hoy un área histórica, significa-
tiva también por la tradición de los sabios rabinos de Praga y
coronadas por las leyendas judías, famosas mundialmente.”
La capital checa es castillo, río, callejuelas, cervecerías,
iglesias, marionetas, puentes, palacio arzobispal y cafeterías
libertarias que son un abierto desafío, una afrenta, una provo-
cación a diferencias y credos, tal como siglos atrás, en medio
de una de las mayores y más profundas escisiones que haya
conocido la catolicidad, liderizó Jan Hus, aquel bohemio in-
doblegable que estudió latín en la Universidad Carolina, para
luego ordenarse sacerdote , convertirse en Rector Magnifico
de la Universidad y reputado y combativo predicador lutera-
no, prontamente excomulgado y finalmente achicharrado en
el fuego de las justicieras hogueras de la verdadera y única fe.
Hoy se le tributa laico homenaje al hereje en el monumento
que la ciudad construyó para intentar reconciliarse con uno de
sus más controversiales personajes. Jan Hus, desde la distancia
que impone la muerte, quizás podría repetir lo expresado por
Hrubín, el bardo colega de nuestro poeta Seifert, quien mien-
tras su mirada resbalaba por la invernal y turbia superficie del
río Moldava hasta el puente Carlos, suspiró melancólico: “Se
ve que Praga no me quiere dejar.”

119
Ciudades y Escritores

Praga también puede ser un temprano y profundo desen-


canto, así la experimenta también el poeta que de niño fue lle-
vado por su padre a contemplar el célebre carillón de la Ciudad
Vieja, permanentemente admirado con vivaz excitación por na-
cionales y extranjeros, quienes ven aparecer, hora tras hora, en lo
alto de la torre municipal: ricachones, signos zodiacales, el pro-
pio Mesías, aves, los apóstoles y hasta la misma muerte, siempre
triunfal y sonriente.
En aquella infausta oportunidad, nos refiere el escritor,
tuvieron la ocasión, padre e hijo, de entrar a la torre municipal,
donde: “Heinz, el famoso relojero, encargado de revisar y repa-
rar el carillón, nos explicó el funcionamiento del antiguo apara-
to”. Grande y traumática fue la decepción experimentada por el
poeta, quien rememora aquella experiencia, décadas después, viva
y dolidamente: “Vamos por la vida de desengaño en desengaño
(…) Uno de esos desengaños -y la desilusión aquella vez fue bien
fuerte- lo viví todavía niño.” Y ese temprano e infantil desen-
canto se produjo a raíz de la explicación del relojero al escritor:
“Los signos del Zodíaco no me interesaban especialmente, pero
en cambio conocí de cerca, para mi triste sorpresa, a los apóstoles
que siempre miraba desde la calle, debajo de la torre, con devo-
ción y sin cansarme, que se me antojaban medio vivos y que en
realidad no eran sino armazones de unos cuerpos afianzados so-
bre una rueda de madera. Que iba girando lentamente. No era Je-
sucristo el que pasaba de una ventana a la otra, sino sólo su mitad.
Tampoco Juan, el preferido del Señor, tenía piernas, mientras que
San Pedro, con sus llaves de plata, era tan sólo un mísero torso.”
Así Praga la hechicera, la ciudad de quimeras y espejismos,
eterniza el pasmo, el asombro, la sorpresa de aquellos viandantes
que, “sumidos en un silencio impasible, con una curiosidad se-
rena y natural,” contemplan maravillados un antiguo y aceitado
carillón que, puntual, da la campanada exacta, haciendo que el
rico haga sonar sus ducados, que la muerte mueva la cabeza y
castañee, y que al final cante el gallo: “…y luego dicen que ahora
en Praga ya no se producen brujerías medievales, llenas de mis-
terios imperfectos y de una belleza única.”

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Salamanca y Alfredo Pérez Alencart

Pido perdón por las ausencias.


Yo soy el que vuelve de lejos,
el hijo pródigo que encontró cobijo
en dorada ciudad de la Vieja Castilla.

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Ciudades y Escritores

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Salamanca y Alfredo Pérez Alencart

Joven, en esa edad en que los sueños revuelven a los hombres


que van siendo, Pérez Alencart toma una de las más fáciles y
difíciles decisiones de su precoz mocedad, dejar atrás lo ama-
do y lo vivido a fin de iniciar -lejos de su selva, de su puerto
y de su río, de sus familiares y amigos- nuevas querencias e
inéditas experiencias.
El poeta en ciernes, el doctor en proceso, el promotor cul-
tural en gestación, se asombra ahora, esta vez, ante la ancestral
magnificencia de una ciudad dorada que hace sucumbir de pas-
mo y admiración a quienes la perciben con la piel y la recorren
con la emoción. No puede el bisoño Pérez Alencart ocultar su
sorpresa volcada especialmente en su poemario La Voluntad
Enhechizada, su asombro originario que transformará luego en
motivo lírico, en versos citadinos que irán más allá del cielo
salmantino y de los monumentos de la vieja ciudad castellana
para convertirse en genuino y sentido homenaje a su historia,
sus piedras y sus gentes.
Años después, libros después, versos después, en plena ma-
durez vital y creadora, el escritor confiesa su holista embele-
samiento, su integral hechizo ante tanta belleza alumbradora:

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Ciudades y Escritores

“También se ama las piedras que están como vivas, / modelan-


do inocente canción medieval, albergando / labios y cinturas al
borde de noches que alientan bienvenidas / para la consuma-
ción de los sueños. / También se ama a las ruinas que no pue-
den escapar / de los golpes del mundo incansablemente áspero
/ pero con lágrimas posibles y belleza alumbradora / acosando
con su lengua las ruinas que lo salpican. / También se aman
modelos que entregan sus fulgores / en finos atavíos redentores
de visión inagotable.”
Totalmente enhechizado, carente de voluntad, atónito, es-
tupefacto y boquiabierto ante la imponente majestad de Sala-
manca, el poeta confiesa: “Abro los ojos / y desamarro los límites
/ a dos mundos que comienzan / en el lugar exacto de la ausen-
cia. / No sé si todo es adiós / o si las capas de luz y de sombra /
fraccionan el horizonte ubicuo. / Pero esta vez me corresponde
aprender. / (…) Abro los ojos para trazar el itinerario / que ali-
menta el corazón. / Aquí encontré un último rincón / donde me
he demorado / tramitando el estatuto de las germinaciones…”
Aprendizaje no exento de dudas y vacilaciones, de momen-
tos de flaqueza y tentativas de renuncia, es el que le correspon-
de realizar arduamente al poeta, quien no se amedrenta ante la
magnitud del reto de construir otro mundo en un reino que no
ha sido el suyo y que terminará por serlo. En poema dedicado a
su hijo José Alfredo, a su orgulloso legado sanguíneo en tierra
salmantina, el escritor rememora, argumenta y concluye: “Y es
que todo fulgor necesita de un cielo inextinguible / y de una voz
de fondo que le vaya dictando / los perfiles de la ciudad unida
a su destino (…) Entonces, / como un aprendiz de perspicaz
entendimiento, / abro los ojos para redactar los fundamentos /
concernientes a la vida y a las moradas de luz / de un territorio
íntimo de la vieja Castilla. / Después, cuando ya sólo sea huesos
o ceniza, / puede que este legajo de palabras fieles / me siga
religando con la visión de lo querido.”
Ya en plena posesión de su nuevo entorno castellano, con-
vertido, por efecto de la constancia y del entusiasmo, en un sal-
mantino por convicción y no por adopción, el poeta se dedica a

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Salamanca y Alfredo Pérez Alencart

glorificar a la ciudad y sus alrededores, a demostrar su afecto a


las nuevas querencias logradas en tierras ibéricas y, en especial,
su gratitud a aquellos desprendidos samaritanos que le tendie-
ron una mano solidaria. El poeta, agradecido y sin empachos, así
lo declara: “Yo estaba allí, / en ese allí deslizado hacia el vacío / y
el yo habitado por doloridos adioses / de mi patria. / Sin embar-
go, no faltaron apoyos felices / y un horizonte para siempre. / En
Salamanca el pan y la palabra amistad / llegaron juntas, atentas
al joven / sin vituallas.”
Transmutado en pastor físico y espiritual de los innumera-
bles y variados peregrinos que acuden a Salamanca para beber
de su ancestral sabiduría y recibir el óbolo de su inextinguible
brillo, Pérez Alencart realiza su santo oficio ambivalentemente,
generoso y pichirre, munífico y avaro, espléndido y tacaño, dadi-
voso y amarrete: “Con los ojos del amor / y la voz purificada por
el tiempo. / Así la entrega de los dones, / el alcance de la ciu-
dad que / -como guía- / ofrezco a los visitantes. / Pero siempre
oculto algún tesoro. / No quiero que manchen nuestra mesa / al
servirse a manos llenas.”
La ciudad, sus iglesias, sus torres, sus calles, su Plaza Mayor,
su cielo, sus monumentos, conventos, calles, palacios y casonas
ocupan la atención de nuestro escritor. Dejemos que Pérez Alen-
cart nos conduzca de nuevo, esta vez, por la ciudad dorada que
le brindó física y espiritual posada. Acompañado de sus versos
nos introducirá el día de hoy en el brillo y en la oscuridad, en el
fulgor y en las negruras, en la luz y en las sombras de esta ciudad
sin tiempo que es ella, la que siempre ha sido, y la otra, aquella
que se renueva cotidianamente cuando es recorrida con los ojos
de la fogosidad y la exaltación, tal como lo hace nuestro poeta,
para ofrendarle a Salamanca una fidelidad que sólo otorgaban
las ancestrales tejedoras de Ítaca: “VOY a conducirles a lugares
donde se pierde la luz del día, donde una antorcha alumbra el
paso de quien busca penetrar en túneles de verdusca soledad.
Bajo superficie adorable, la ciudad oculta pasadizos de evasión
y terribles secretos de fe. Fuerzo los tabiques que separan estas
regiones de penumbras y entro al tajo que comunica San Este-

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Ciudades y Escritores

ban con las Dueñas y el sótano de Clerecía. Algo me dice que


voy pisando vestigios de amores enterrados por el olvido. Tam-
bién percibo huellas de voraz Inquisición. Pero no juzgo ahora,
sometido al aletazo de la fábula y a la fuerza cierta del susto a
dos manos. Cada historia tiene su marejada de fantasmas; cada
sensación trajina por el pecho a temperatura diferente. En las
entrañas de la ciudad hay un reguero de caminos, unos polvo-
rientos y otros para ser visitados en barca. Vengan compañeros.”
Vayamos entonces.
• Salamanca: “No serás sino aquel hombre que celebre su
ciudad / a cada instante, en todo campanario o torre /
profanadora de los vientos. / No habrá fatigas. Ningún
demiurgo / dictará qué tejados y qué terrazas / formarán
parte de tus recuerdos. No descubrirás otro cielo como
éste, propicio para las apariciones / de cuencos de luz y
de escarcha (…) No podrás irte de ella / pues su sombra
estará dispuesta a amanecer / en las cornisas de cualquier
ciudad extraña / hasta saturar tu memoria con el fuego
de tu nombre.”
• Otra vez Salamanca: “Ciudad irrechazable, me vienes
cual sucesión de desnudeces, / sólo altar, sólo / linaje de
todas las edades. / A ti ato mi memoria, / Salamanca, /
cálido refugio, lugar de residencia, vida por delante. / Y si
el paso mortal prepara su lecho de ascuas, / pueden leer-
me a la intemperie, / sin flores, sin lágrimas, / silabeando
el calor de algunos versos. / Dorándome aquí estaré.”
• La Plaza Mayor: “SERENA / pero atada al gozo de sa-
berse única / y dadora de luces que generan servidumbre
/ de distintos y distantes (…) Los años no han pasado. O
si lo hicieron, / fue para pulir aún más estas invaluables
fachadas / estampadas en el corazón de todo salmanti-
no, de cada visitante, de más de un ausente (…) Plaza
Mayor, donde la gente charla, gira. Cruza, queda…Plaza
Mayor, caudal de asombros, / voces rotas y silencios, /
Plaza Mayor, selecto medallero para empezar a gravitar
por el mundo.”

126
Salamanca y Alfredo Pérez Alencart

• Casa de las Conchas: “SE diría que uno respira mejor


cerca de estas paredes que acogen la marea de trescientas
conchas. También la mirada incita a recrearse con la es-
tampa de un atractivo reino que contagia amores lucien-
tes al batir la flor de lis en el zaguán de las apariciones
(…) Aquí continuaremos, mientras la luz del día, con la
ambición de descubrir algún desplazamiento furtivo.”
• El Puente Romano: “CEDEMOS el paso / a los tibios
espíritus que rebrotan, / ajenos / a la absurda prisa de
estos tiempos. / Reconocemos su abolengo, / pues ape-
nas somos palabra / ante las piedras talladas durante el
primer milenio.”
• La Clerecía: “LOS dones de lo existente bañaron por
siglos su barroco esplendor. La Clerecía tiene dos alas
tremendas, imponentes sobre el cielo de Salamanca, en
silenciosa comunión para las bienaventuranzas. Ahí está
la Pontificia, ensanchada con el Real Colegio, de frente
al aire, Lejos todavía de la sombra de Dios (…) Uno se
reconoce pecador pero los otros no son santos.”
• Torre del Clavero: “Un fragmento de fortaleza y la
anunciación del fuego sobre las altas torres del torreón
octogonal. (…) Quedan ojos llenos de preguntas ante
los escudos de esa posesión. Huellas de adioses están
tatuadas en los ojos que guarda el manantial de paz de la
Plaza Colón.”
• Palacio de Fonseca: “Y ya no hay despedida, pues la ima-
ginación lo instala en el centro de un patio que acumula
certeras esquirlas del Renacimiento. (…) El claustro pro-
porciona sombras para oportunas resurrecciones.”
• Calle de la Compañía: “Al derrumbe del invierno girá-
bamos nuestros pasos hacia la calle de la Compañía. Allí,
de madrugada, la sugestión de los muros nos trasladaba
siglos atrás, cuando los trovadores desorientaban la no-
che conspirando con amor y palabras tutelares. Las faro-
las estaban colgadas en la piedra, como los candiles que
daban lumbre a los bardos de entonces.”

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Ciudades y Escritores

• Universidad de Salamanca: “El estudio puede ayudar a


menguar la sordidez / del ser humano y reclamar unas
aulas donde lata / la conciencia sin la fiebre o el aluvión
/ que purgan los agazapados (…) No escatimo alabanzas
para Salamantica Docet / pues su nombre representa un
esqueje de la dicha, / la presencia continua a cuyo humus
me aferro / por ser palabra y por ser idea.”
• Calle del Ataúd: “ALGO fluye desde las congojas de es-
tas sombras salmantinas, / algo resbala para que tiemble
mi carne entera / y me pierda amanecido como si me hu-
biese tragado / el párpado lento de un muerto regresando
/ con su trozo de olvido (…) Algo fluye como un ataúd
que me pone de muerte.”
• Casa de las Muertes: “Detrás de aquella puerta el extravío.
/ Se escuchan saetas aplacando la mano / del exterminio.
/ Pero el oscuro lienzo crece a dentelladas, / urdiendo su
porvenir / al doblar la escalera donde reposa / el malefi-
cio. / Al otro lado del día, / en la plenitud surgida para lo
aciago, / discurren cuchillos / detrás de aquella puerta. /
Qué lugar.”
A Pérez Alencart no se le escapa que Salamanca, además
de todo lo visto y evocado, es también su valiosa gente -acadé-
micos y escritores, científicos y humanistas- , en fin, el legado
de conocimientos realizado por hombres de saber que dejó una
impronta indudable en el plural acervo cultural de la humani-
dad, en el variado capital intelectual del planeta. En su poesía de
asombros salmantinos hay un espacio para nombrar, rememorar
y enaltecer los grandes hombres a los que Salamanca asocia su
prestigio para hacer posible el lema identificador de su orgullosa
y presuntuosa universidad: “lo que la naturaleza no da, Sala-
manca no lo presta.”
Nuestro poeta incluye en sus salmantinos cánticos de
alabanza a algunas de aquellas figuras que hacen de Sala-
manca algo más que un cielo, y mucho más que una ciudad.
Dejemos nuevamente al poeta renovar sus afectos y expresar
su admiración por:

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Salamanca y Alfredo Pérez Alencart

• Fray Luis de León: El escritor apostado en el aula que


lleva el nombre del acontecido fraile en la Universidad
de Salamanca, discreto y transido, expresa: “Soy / el re-
zagado que vuelve / para conservar este silencio / entre
las paredes del instinto. / Llego y me siento, subrepticia-
mente, / en el incómodo pupitre / que guarda los años
hurtados al maestro: / y el ayer se me hace un hoy / de-
fendiendo su mañana”.
• El Abad Salinas: “CONSTA en algún códice el peso de
los sonidos / que rodeaban al maestro de la aritmética
/ metida entre los dedos del alma. / Sé que él enseñó /
a conocer las antiguas raíces de lo intenso, / la fecun-
da fiebre de quienes escuchan la armonía obstinada del
mundo.”
• Francisco de Vitoria: Ante la lápida que cubre los restos
del insigne jurista, inspirador del derecho de las gentes
de la América castellana, nuestro escritor, el peruano-es-
pañol, el de los dos lados de América, el que conoce bien
la histórica realidad del indio y del mestizo, el también
abogado, “empapado de su aliento”, sentencia: “También
existe una paz eternizable / decidida a garantizar el po-
sible olvido. / De aquí salió una voz para calmar / los
nítidos quejidos de otros semejantes. / De aquí salió una
idea que comprendió / la índole del quebranto; una idea
/ que creció ante la exactitud de la tristeza. / Un hombre
con los ojos puestos en el Supremo / no debe hacerse
cómplice de torpes abusos.”
• Carraolano de Urbieta: Se transmuta el escritor en su
personaje para confesar sus saberes y sus placeres; “Yo,
Carraolano de Urbieta, Bachiller por Salamanca, / no
sé otra cosa hacer que sobresaltar las carnes, / rozarlas
con la piedra filosofal, madurar las orillas / del amor y
amanecer descifrando códigos, mimetizado y sumiso al
corazón de las doncellas.”
• Miguel de Unamuno: “Sucede que nadie llegó a Sala-
manca a gritar blasfemias como él, soplando fuerte, ten-

129
Ciudades y Escritores

sando los músculos, con el pecho descubierto y la mirada


terriblemente convulsa cuando destrozaban las entrañas
de su España (…) No haya quietud mientras el vasco
indómito siga respirando en su Salamanca.”
• Antonio de Nebrija: “Algo le decía al maestro Antonio /
que su trabajo era para siempre, que las palabras adecua-
das son un poder, / no para hablar por encima del hom-
bro / sino como una alianza labrada / desde el principio
hasta el final. / Hoy su estela se asemeja / a una palabra
/ recién creada / pero obediente al gramático centinela
/ y con el aliento imperial tatuando los labios / de sus
mortales portavoces”.
• Girolano de Sommaia: “Inútil cuestionar su afán por el
teatro, / los libros que multiplican el esplendor / junto
a las tertulias literarias, junto / a los lances amorosos, /
junto a los juegos de cartas / y la correspondencia con el
orbe. / Girolano aspiraba a rodar / por el plenilunio de
los siglos. / Concedámosle un trozo de cielo / y ningún
olvido.”
• Diego de Castilla: “En la Universidad, un joven limpia-
ba / su capa para vivir de otra manera, / para ser magní-
fico y excelentísimo, / para que su voz proyecte un sen-
timiento, / un eco de la Nueva España, unos verbos /
rezumando la trashumancia del castellano. / Don Diego,
llegado en el galeón de Acapulco, / guardaba intacta la
lumbre de los sueños, / el imperio de la sangre amotina-
da junto a las bellas cicatrices del delirio. Pero un once
de noviembre, un domingo / de San Martín, vencidos
aquellos consiliarios / que al canónigo de Ávila querían,
/ su balanza de afectos se inclinó a Salamanca, / al polen
de la creación universal…”
El poeta recorre también, en su soledad y en sus evocacio-
nes, los alrededores de Salamanca así como variados rincones
de la provincia castellano-leonesa, pero es su nostalgia y admi-
ración por Salamanca misma, la indómita y majestuosa ciudad
de Castilla la que continuamente lo subyuga; vencido, sin más

130
Salamanca y Alfredo Pérez Alencart

argumentos que los ofrecidos por la emoción, Pérez Alencart


se inclina respetuoso y admirativo ante la dorada ciudad de sus
asombros: “HOY eres tú el hervidero de mis rapsodias de amor.
Hoy la piedra, quieta en su lugar, late como yo quiero, se incen-
dia como una nave varada entre los cielos, concentrada en des-
lumbrar las raíces del tiempo, hambrientas como siempre por
agrietar las creaciones que el hombre levanta para responder a
sus creencias o para reflejar la dicha de encontrarse lejos del
abismo; todavía. Hoy en el color que el amor hunde en tierra fir-
me y en aguas del Tormes, la ciudad es un vividero bendito: hay
vislumbres visionarias en la noche; hay espíritus que zumban
sobre el legendario puente de los romanos y parecieran subirse
a las grupas del toro atado al aire; hay luz altiva en la nueva
catedral porque nunca se agota la lluvia de sus faros ni el vigor
de su origen consagrado. Y en el vecindario, entre tantas triful-
cas del contacto humano, una paz se impone; todavía. Hoy me
encuentro de pie, en la otra ribera, viendo cúpulas y cresterías
donde anidan las cigüeñas. El ámbito azul se va disipando en
el ultracielo mientras la limpia noche ensancha una inmensa
belleza que muda su piel al paso de las horas y las nubes: Todo
irradia hermosura, todavía. Salamanca es un mar amarillo, una
visión mayor, el mudo universo que me hace atesorar imágenes
de amor; todavía.”

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132
Venecia y T homas Mann

El silencio peculiar de la ciudad parecía


absorber blandamente sus voces, apaciguándolas
y deshaciéndolas en el agua.

Thomas Mann

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Ciudades y Escritores

134
Venecia y Thomas Mann

Se puede vivir en Venecia, en esa ciudad inverosímil, confusa, in-


comprensible, compuesta por 120 islas formadas por 170 canales,
en la que es posible cruzar 400 puentes diferentes, denominada
por siempre, y en honor a la realidad, la reina del Adriático. Se
puede también morir en Venecia, como le aconteció a Gustavo
Von Ashenbach, el protagonista de la novela de Thomas Mann:
La Muerte en Venecia, ese personaje meticuloso y detallista, de-
seoso desde su juventud de fama y reconocimiento, creador de
una obra literaria que con el tiempo adquirió “cierto carácter ofi-
cial, didáctico; su estilo perdió las osadías creadoras, los matices
sutiles y nuevos; su estilo se hizo clásico, acabado, limado, con-
servador, formal, casi formulista... se incluyeron escritos suyos en
antologías de lectura para uso de las escuelas. Por eso, al cumplir
los cincuenta años cuando un príncipe alemán que acababa de
subir al trono le concedió un título de noble, él no lo rechazó”.
Von Aschenbach se convirtió así en “el poeta de todos
aquellos que trabajaban hasta los límites del agotamiento, de los
abrumados, de los que se sienten caídos aunque se mantienen
erguidos todavía, de todos estos moralistas de la acción que, po-
bres de aliento y con escasos medios, a fuerza de exigirse a vo-

135
Ciudades y Escritores

luntad y de administrarse sabiamente, logran producir, al menos


por un momento, la impresión de lo grandioso”. Pues bien, ese
mismo Von Aschenbach, el hombre que nunca tuvo tiempo para
el ocio, que interpretó la vida como una inflexible disciplina en
la que la distensión y la indolencia no tenían cabida, decidió, un
buen día, poner su cotidianidad entre paréntesis, abandonar la
reiterada rutina de sus casas de campo y de la ciudad, para huir,
liberarse, descansar de todo y de todos.
Ese escritor de inspiraciones breves, experimentó de pronto
un ansia de aventura, una inclinación por lo lejano que, luego de
una fallida estada en una isla adriática, donde no encontró ni lo
exótico ni lo extraordinario, lo llevó a trasladarse a Venecia, a
esa ciudad magnifica “de irresistible atracción para las personas
ilustradas, tanto por el prestigio de su historia como por sus
actuales encantos”.
No era la primera vez que Von Aschenbach pernoctaba en
Venecia, había estado antes, en otras ocasiones. Sin embargo,
esta visita fue diferente desde el comienzo hasta el fin, hasta
su propio fin. Una vez más se maravilló con el esplendor de
la Plaza de San Marcos, con el magnificente Palacio Ducal y
la imponente catedral con su interminable campanile, con el
incomparable Puente de los Suspiros, con las dos espigadas co-
lumnas de granito, una con el león alado de San Marcos y otra
con San Teodoro de Studium sobre un cocodrilo, aunque en esta
oportunidad, al arribar a la ciudad serena en barco, compartió el
asombro y la sorpresa de los navegantes que la visitaban, confir-
mando contundente que “llegar por tierra a Venecia era como
entrar en un palacio por la escalera de servicio”.
Venecia se le ofreció al personaje de Thomas Mann como
ella es “bella, insinuante y sospechosa; ciudad encantada de un
lado, y trampa para los extranjeros, de otro, en cuyo aire pesti-
lente brilló un día, como pompa y molicie, el arte, y que a los
músicos prestaba sones que adormecían y enervaban”. Nuestro
aventurero se dirigió al Lido, a uno de esos hospedajes de verda-
dero lujo, de circunstancia, en cuyo edificio “reinaba ese solemne
silencio que constituye el orgullo de los grandes hoteles”.

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Venecia y Thomas Mann

En ese hotel suntuoso, despojado de preocupaciones y de ta-


reas cotidianas, nuestro escritor se topó con una de las sorpresas
de la Venecia inverosímil, con un adolescente que encarnaba toda
la belleza que afanosamente había buscado durante años, en es-
critos propios y ajenos, en párrafos y más párrafos que ahora se
le antojaban sosos, burdos, carentes de contenido estético. Ese
adolescente, de nombre Tadrio, diminutivo de Tadeum y que en
polaco se pronuncia Tadrin, se le metió prontamente en el alma
al escritor compitiendo, como inspiración del artista envejecido,
con la ciudad, con los placeres banales del descanso para llevarlo
a afirmar, en el limite de las admiraciones, que “aunque no tuviera
yo el mar y la playa, permanecería aquí mientras tú no te fueras”.
Para Von Ashenbach, Venecia se confundió con Tadrio, con
ese joven de catorce años, de cabeza perfecta, de rostro pálido
y precisamente austero, encuadrado de cabello color de miel,
de nariz recta y boca fina, dotado de una expresión de deliciosa
serenidad divina que le recordaron al escritor “los bustos griegos
de la época más noble”. Desde ese primer encuentro; Tadrio y
Venecia se hicieron uno, la ciudad no existía para el escritor sin
el adolescente, sólo cobraba vida en la medida en que lo perse-
guía, tímido y temeroso, “deslizándose en el turbio laberinto de
los canales, por entre delicados balcones de mármol exornados
con leones, doblando esquinas rezumantes, pasando luego al pie
de otras fachadas suntuosas”, admitiendo que esas fantásticas
travesías por las lagunas de Venecia comenzaban a ejercer un
particular encanto sobre él aunque cierto “espíritu de mendici-
dad de reina caída, bastaba para romperlo”.
Von Aschenbach disfrutó de Tadrio y de Venecia sólo con
la mirada, a ambos los contempló asiduamente de cerca y de
lejos, frenético y apaciguado, iracundo y sosegado, envalento-
nado y temeroso, saludable y enfermo, libre y prejuiciado, a pie
y en góndola, en esa extraña embarcación que ha llegado hasta
nosotros “invariable desde una época de romanticismo y de poe-
ma, negra, con una negrura que sólo poseen los ataúdes, evoca
aventuras silenciosas y arriesgadas, la noche sombría, el ataúd y
el último viaje silencioso”.

137
Ciudades y Escritores

El escritor del escritor Thomas Mann apostó por la belle-


za, sin importarle las amenazas del siroco, el fétido olor de la
laguna ni la evidencia de esa enfermedad nacida en los panta-
nos del Delta del Ganges: el cólera indio. Ashenbach cumplió
a cabalidad el consejo que le impartió el peluquero del hotel,
quien luego de cortarle el cabello, acicalarlo y refrescarle el
rostro, le dijo con humilde cortesía: “ahora puede el señor ena-
morarse sin reparo”.
Tadrio y Venecia, Venecia y Tadrio confundidos en un mis-
mo amor que se afirmó en el proceso de una muerte intuida,
deseada, feliz, porque esa muerte fue corolario de una vida que
tardíamente encontró la estética en un rostro adolescente y la
belleza en una ciudad serena. Enamoramiento inusitado, impre-
visto, inesperado, disruptor de certezas y seguridades, generador
de revelaciones y desvaríos que llevó a Ashenbach a confesarle a
un imaginario interlocutor: “¿comprendes ahora cómo nosotros,
los poetas, no podemos ser sabios ni dignos? ¿Comprendes que
necesariamente hemos de extraviarnos, que hemos de ser nece-
sariamente concupiscentes y aventureros de los sentidos?”.
Muerte en Venecia, en la ciudad inverosímil, donde la feli-
cidad se puede obtener también con el adormecimiento eterno,
ese que se presenta cuando los ojos se hastían de tanta belleza y
se van cerrando, lenta, muy lentamente, contemplando a lo lejos
un pálido e inalcanzable mancebo que saluda y sonríe.

138
Las ciudades invisibles de Italo Calvino

Es el momento desesperado en que


se descubre que ese imperio que nos
había parecido la suma de todas las
maravillas es una destrucción sin fin ni forma

Italo Calvino

139
Ciudades y Escritores

140
Las ciudades invisibles de Italo Calvino

Un imperio da para todo, puede ser la base de lo real y la posi-


bilidad de la ficción, la certeza de lo constatable o la creencia en
lo que eventualmente puede existir; es posible que no se tenga
la capacidad para recorrerlo de un extremo a otro y que sus go-
bernantes deban conformarse con lo visto por otros ojos, con
lo concebido por una imaginación ajena. Esto es justamente lo
que, en la novela Las Ciudades Invisibles de Italo Calvino, le
sucede a Kublai Kan, el Gran Kan, quien debe creer o no creer
“todo lo que le dice Marco Polo cuando le describe las ciudades
que ha visitado en sus embajadas”.
Las Ciudades Invisibles es una apuesta por lo que puede ser,
la complicidad de un Emperador agotado con un viajero ex-
perimentado que mezcla la realidad con la fantasía para crear
parajes imposibles, urbes soñadas, ciudades construidas exclu-
sivamente por la ensoñación, incapaces de ser retratadas, plani-
ficadas, medidas, censadas, porque son pura ficción, entelequias
de un espíritu libertario que a lo largo de sus correrías por mun-
dos desconocidos, se imaginó lo que no podía ser para otorgarle
rasgos y señas, y entretener al Gran Kan, reconociendo que “en
la vida de los emperadores hay un momento que se sucede al

141
Ciudades y Escritores

orgullo por la amplitud desmesurada de los territorios que he-


mos conquistado, a la melancolía y al alivio de saber que pronto
renunciaremos a conocerlos y comprenderlos”.
De la mano del viajero, el Kan se traslada a un conjunto de
bellas e imposibles ciudades que dotadas de nombres bizarros
poseen características inéditas y poco creíbles. Así tenemos a
Diomira, “ciudad con sesenta cúpulas de plata, estatuas de bron-
ce de todos los dioses, calles pavimentadas de estaño, un teatro
de cristal, un gallo de oro que canta todas las mañanas sobre una
torre”. Igualmente, en ese viaje imaginario podríamos escuchar
a Marco Polo decirle al Emperador: “inútilmente, magnánimo
Kublai, intentaré describirte la ciudad de Zaira de los altos bas-
tiones. Podría decirte de cuántos peldaños son sus calles en es-
calera, de qué tipo los arcos de sus portales, qué chapas de zinc
cubren los techos; pero sé ya que sería como no decirte nada. No
está hecha de esto la ciudad, sino de relaciones entre las medidas
de su espacio y los acontecimientos de su pasado”.
Si de matrimonios y dotes se trata, si queremos conocer
regalos inconcebibles, presentes sin parangón, en ocasión de las
bodas de los descendientes de sus fundadores, debemos visitar la
ciudad de Dorotea, donde las muchachas casaderas se compro-
meten con jóvenes de otros barrios “y las familias se intercam-
bian las mercancías de las que cada una tiene la exclusividad:
bergamotas, huevas de esturión, astrolabios, amatistas” o hacer
cálculos con base en datos exclusivos para saber todo lo que
se quiera saber de la ciudad, de su pasado, su presente o de su
mismo futuro.
Ciertamente existen también ciudades inolvidables que se
le meten en el corazón y en la memoria al hombre, haciéndose
indelebles, imposibles de borrar, permanentemente recordadas
sin ninguna posibilidad de olvido; eso ocurre con Zora que tiene
“la propiedad de permanecer en la memoria punto por punto
...el hombre que sabe de memoria cómo es Zora, cuando no
puede dormir imagina que camina por sus calles y recuerda el
orden en que se suceden el reloj de cobre, el toldo a rayas del
peluquero, la fuente de los nueve surtidores, la torre de vidrio

142
Las ciudades invisibles de Italo Calvino

del astrónomo, el puesto del vendedor de sandías, el café de la


esquina, el atajo que va al puerto”.
Despina, por su parte, es una ciudad dual, engañosa, hipó-
crita, que encuentra vigencia en una permanente duplicidad,
ofreciendo diferentes rostros, según se llegue a ella en barco o
en camello. El marinero que viene en barco “distingue la forma
de una giba de camello, de una silla de montar bordada de flecos
brillantes entre dos gibas, sabe que es una ciudad pero la piensa
como un camello de cuyas albardas cuelgan odres y alforjas de
frutas confitadas, vino de dátiles, hojas de tabaco”. Sin embargo,
al camellero que se acerca a la ciudad cabalgando en su bestia,
Despina se le aparece “como una nave que lo saque del desierto,
un velero que esté por partir, con el viento que ya hincha las
velas todavía sin desatar, o un vapor con la cadena vibrando en
la carena de hierro”.
Hay ciudades que son lo que fueron, que se alimentan del
pasado, convirtiéndolo contradictoriamente en presente e inex-
plicablemente en perspectiva, eso ocurre con Maurilia, donde se
invita al viajero a visitar la ciudad mediante la detenida obser-
vación de viejas tarjetas postales que la representan como era y
como va a ser. Estas ciudades sin presente conviven en el rela-
to de Marco Polo con otras contradictorias e incomprensibles
como la ciudad de Zenobia, que “aunque situada en terreno seco,
se levanta sobre altísimos pilotes, y las casas son de bambú y
de zinc, con muchas galerías y balcones a distinta altura, sobre
zancos que se superponen unos sobre otros”.
Para sorpresa de Kublai Kan, el infatigable viajero le relató
también la existencia de una peculiar ciudad que convirtió ele-
mentos de sus edificios en el eje fundamental de las construc-
ciones que la definen. Armilla es así, no se sabe si incompleta,
demolida, hechizada o construida de esa forma por el capricho de
un Dios travieso o de un arquitecto insomne. Lo singular de esta
ciudad es que “no tiene paredes, ni techos, ni pavimentos: no tiene
nada que la haga parecer una ciudad, excepto las cañerías del agua,
que suben verticales donde deberían estar las casas y se ramifican
donde deberían estar los pisos: duchas, sifones, rebosaderos”,

143
Ciudades y Escritores

El Gran Kan supo también por boca de Marco Polo de la


existencia de ciudades incompletas que, como sí compartiesen
también la maldición de Sísifo, tampoco alcanzan nunca a com-
pletarse. Tal es el caso de Sofronia, ciudad compuesta de dos
medias ciudades, con la particularidad de que “una de la medias
ciudades está fija, la otra es provisional y cuando su tiempo de
estadía ha terminado; la desclavan, la desmontan y se la llevan
para transplantarla en otra media ciudad”.
Nada que decir de Aglaura, fuera de las cosas que sus ciuda-
danos repiten desde siempre: “una serie de virtudes proverbiales,
otros tantos proverbiales defectos, alguna rareza, algún punti-
lloso homenaje a las reglas”, y mucho menos de Eutropia que
es la ciudad de las ciudades, donde éstas se desparraman en un
amplísimo altiplano, con la particularidad de que “una sola está
habitada, las otras vacías; y esto ocurre por turno”.
Ciudades invisibles, imposibles, que existen únicamente en
la imaginación de aquél que se fatigó de mucho ver, cuyos ojos
ahora se dirigen hacia adentro, para narrar fábulas que otros
hombres, hastiados de tanto poder, de tanta rutina, reciben con
el mismo entusiasmo con que los niños escuchan sus historias
favoritas antes de que el hada madrina los transporte a esos pa-
rajes donde habita el reposo y la quietud.

144
Epílogo

Toda historia, necesita de un asidero para ser contada... La la-


bor de un crítico serio pasa, seguramente, por separar a la obra,
como entidad independiente, de su autor. ¿Es posible asociar
aquellas esbeltas figuras creadas por Amadeo Modigliani con
la existencia disipada de un pintor, cuya más tierna infancia
transcurrió en el ghetto de Livorno? O aún más, ¿cómo amal-
gamar las poéticas bailarinas con el solitario Degas, cuya vista
parece haberse debilitado a partir de 1893? Sin embargo, el
arte es un vehículo capaz de conducirnos, no sin tropiezos,
a los más recónditos pasadizos de nuestro ser interior, por lo
cual, somos capaces de aceptar que existe una encarnación su-
til del escritor en cada acento de sus personajes, o la expresión
más pura del ánima del pintor en los movimientos rítmicos
del pincel, en esos chispazos de luz, y conos de sombras, que
dan vida a una composición con valor plástico. La vieja frase:
“Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río”, se aplica a la
perfección al caso de artistas como Francisco de Goya, quien
pudo cumplir con los encargos de la Real Fábrica de Tapices,
las comisiones de lienzos de gran formato para la Corte de
Carlos IV, así como con sus fantasmas y miedos secretos, vol-
cados admirablemente en los grabados de la serie Los Capri-
chos, o en los muros de la llamada Quinta del Sordo. Por más
extraña y singular que nos resulte una obra, ella le tributa un
homenaje, de respeto y sumisión, a su artífice. No en balde, la
misma mano que delineó la Lechera de Burdeos pudo, a con-
trapelo, concebir La Romería de San Isidro, o a Saturno devo-
rando a sus hijos. En esta corriente de pensamiento, acometí
la tarea de repasar las líneas del libro Ciudades y escritores, de
Enrique Viloria Vera. Debo confesar que, desde sus primeras
páginas, la descripción de lugares (algunos familiares, otros
todavía por conocer) me cautivó de manera especial, motiván-
dome a colocar sobre el papel ciertas reflexiones que resumo
en este epílogo.

145
Hemos crecido al amparo de muchos paradigmas... La
educación y la costumbre se han empeñado en presentarnos
a la ciudad, no como lugar de encuentro, sino a la manera
de una trampa peligrosa, repleta de pasillos y encrucijadas,
de ruidos, de semáforos, de voces dispersas, de mamotretos
de concreto y cristal templado que languidecen frente a la
basura y las moscas. Sí, a la luz de lo descrito, la ciudad es un
nuevo leviatán que obstruye y oscurece el horizonte humano
en este milenio. Tal vez, las exigencias de la vida moderna,
signada por la rapidez de las comunicaciones, por la urgen-
cia de satisfacer necesidades con los mismos recursos esca-
sos, contribuya, en gran medida, a esta percepción donde los
hombres son engullidos por las gargantas del subterráneo al
final de la jornada laboral, y los cientos de carros y autobu-
ses acaban convertidos en piedras en las calles, víctimas del
hechizo de una parca conocida: la sobrepoblación. Detrás
del colapso de los servicios públicos, la contaminación, los
laberínticos planes de los urbanistas, yace una entidad que,
metafóricamente hablando, se parece al cuerpo humano, con
sus venas y arterias, sus extremidades y sus órganos. Las ciu-
dades también respiran, se mueven, se dan un tiempo para
el amor, y caen, se desangran, y se levantan, como todos los
hombres que en el mundo han sido.
La Bahía de Jorge Amado, la Alejandría de Lawren-
ce Durrel, la Caracas de José Pulido, o la Venecia de Tho-
mas Mann, demuestran la validez del concepto de ciudad,
observado a través de los lentes de estos escritores y sus
obras. Para ver correctamente la magia de sus esquinas, la
verdad de sus monumentos, las cicatrices de sus plazas, las
brujerías y encantamientos que gravitan sobre sus torres, es
necesario contemplarlas desde lejos, ¿a qué distancia? -se
preguntará un avezado lector. Es muy sencillo, parafrasean-
do a José Ortega y Gasset: “A la distancia que no permite ya
distinguir la nariz de Cleopatra”. Como todo buen escritor,
Enrique Viloria nos ha legado una pintura inacabada de la
realidad, que el espectador deberá completar en el instante

146
mismo de su lectura. Asumo entonces que este texto, plaga-
do de desafíos e interrogantes, no le dará tregua al olvido, al
igual que las ciudades y las soñadas invenciones de quienes
lo inspiraron.

Alvaro Pérez Capiello

147
148
SOBRE EL AUTOR

Enrique Viloria Vera (Caracas, 1950)

Polígrafo, abogado por la Universidad Católica “Andrés


Bello” (Caracas, 1970), posee una maestría del Instituto Inter-
nacional de Administración Pública (Paris, 1972) y un doctora-
do en Derecho de la Universidad de Paris (1979).
Ejerció cargos técnicos, gerenciales y de dirección en la
Comisión de Administración Publica, en la Corporación Ve-
nezolana de Guayana, en Petróleos de Venezuela y en el Centro
de Adiestramiento de PDVSA (CEPET), donde se desempe-
ñó como Vicepresidente Académico. También ha sido Director
Principal del Fondo de Inversiones de Venezuela, de la Finan-
ciera Atlántica, de UNISEGUROS y Director Fundador del
Servicio Nacional Integrado de Administración Tributaria (SE-
NIAT), así como Presidente de la Fábrica Nacional de Tractores
(FANATRACTO) y Asesor del Museo de Arte Contemporá-
neo de Caracas Sofía Imber (MACCSI). Igualmente, ejerció la
representación del Centro de Estudios Latinoamericanos de
Administración (CLAD) en Europa.
En materia docente ha dictado las materias Empresas
Multinacionales, Administración Pública, Empresas Públicas,
Negocios Internacionales, Globalización y Antiglobalización,
Teoría de la Organización, Pensamiento Administrativo Con-
temporáneo, Desarrollo Económico y Social venezolano, y Pen-
samiento Medieval Precolombino. Ha sido profesor en el IESA,
en la UNA, en la USR, en la UCV, en la USB, en la UNIMET
y en la Universidad de Salamanca.
Actualmente, en la Universidad Metropolitana de Caracas
es Profesor Titular. En la UNIMET fue Decano de la Facultad
de Ciencias Económicas y Sociales (FACES), y Decano de Es-
tudios de Postgrado, así como Director Fundador del Centro
de Estudios Latinoamericanos Arturo Uslar Pietri (CELAUP).
Adicionalmente, es investigador emérito del Centro de Estudios
Ibéricos y Americanos de Salamanca (CEIAS). Fue igualmente

149
titular de la Cátedra Andrés Bello en el Saint Antony´s College
de la Universidad de Oxford en el Reino Unido y Profesor In-
vitado por la Université Laval en Canadá.
Es autor y coautor de más de ciento diez libros sobre te-
mas diversos: gerencia, administración pública, ciencias políti-
cas, economía, historia, poesía y crítica literaria, artes visuales y
humorismo. Su obra escrita ha sido distinguida con el Premio
de la Academia Venezolana de Ciencias Políticas y Sociales, y
con Menciones de Honor en el Premio Municipal de Literatura
(Mención Poesía) de Caracas y en la Bienal Augusto Padrón
del Estado Aragua. Recibió la Orden Andrés Bello (Banda de
Honor) y el Gran Cordón de la Ciudad de Caracas. En 1998, la
Universidad Metropolitana le otorgó el Premio al Mérito Aca-
démico en el área de Ciencias Políticas, Sociales y Administra-
tivas. Ese mismo año fue nombrado padrino de promoción de
los Licenciados en Ciencias Administrativas de la Universidad
Metropolitana. En el 2002, la Biblioteca Nacional de Venezuela
le organizó una exposición bibliográfica y publicó un detallado
catálogo con motivo de sus 80 títulos. Igualmente, la Biblioteca
Pedro Grases de la Universidad Metropolitana le organizó dos
exposiciones con sus respectivos catálogos en ocasión de sus 50
y 100 títulos bibliográficos.
Es autor de los siguientes textos poéticos: Libro de la Aler-
gia (Salamanca, 2005) A Medio Camino (Obra Poética 1992 –
2004, Salamanca, 2005), Poemas imperiales (Salamanca, 2004),
Libro de los Remordimientos (Salamanca, 2004), De corazón
abierto (antología de poemas de amor, Caracas / Salamanca,
2004), Abreviaciones (Salamanca, 2003), Último Paseo (Ma-
drid, 2002), Libro de Actos (Caracas, 2002), Libro del silencio
(Caracas, 2002), Mapas del Camino (antología poética, Sala-
manca, 2002), En tres y dos (Caracas, 2001), Obituario (Cara-
cas, 2001), Boca a Boca (Caracas / Boca Ratón, 2000), Infante-
rías (Caracas, 2000), Conjugaciones (Caracas, 2000), Deslave
(Caracas, 2000), Virtual Virtual (Caracas,1999), Libro del ol-
vido (Caracas,1999), Amimismo (Caracas,1998), Extramuros
(Caracas,1998), Casa Blanca (Caracas,1998), Signos de mi

150
tiempo (1998), Catedral de piedra (Caracas,1997), Entreve-
rado (Caracas,1997), Bestiario Familiar (Caracas,1993), Hora
Nona (Caracas,1993) y Húmeda Hendidura (Caracas,1992).
Poemas de su autoría han sido recogidos en los siguientes li-
bros o antologías poéticas: Los lugares del verso (Antología del
VII Encuentro de Poetas Hispanoamericanos en homenaje a
Francisco Brines y Ramón Palomares). Fundación Salamanca
Ciudad de Cultura. Salamanca, 2005, Tejedores de Palabra.
II Antología Poética General de la Asociación Prometeo de
Poesía. Madrid, 2005. Eduardo Margareto. El Mundo al otro
lado. Explorafoto. Salamanca, 2005. Rafael Arráiz Lucca. An-
tología de la Poesía Venezolana. Editorial Panapo. Caracas,
1997 y El coro de las voces solitarias: una historia de la poesía
venezolana. Grupo Editorial Eclépsidra. Caracas, 2003, y en
el CD de poemas Reunidos. En 2007, la Biblioteca Nacional
de España lo invitó a leer sus poemas en el Salón de Actos de
su sede, dentro del Ciclo de Poetas en Vivo que patrocina Caja
Madrid. Es coautor de los siguientes poemarios: Cortejos (Ca-
racas, 1995), Invocaciones (Caracas, 1996), Linajes (1994),
Vecindarios (1994).
En materia de crítica literaria es autor de los libros: José
López Rueda: La poética de la errancia (Salamanca, 2008)
Enrique Gracia Trinidad: La poética del vértigo (Sevilla,
2007), Guillermo Morón: lo rural maravilloso (Salamanca,
2007), Tres poetas venezolanos del Siglo XXI (Caracas, 2007)
Pérez Alencart: la poética del asombro (Madrid, 2006) Arráiz
Lucca: la mirada precavida (Caracas, 1996), Ciudades evoca-
das (Caracas, 1998), Joaquín Marta Sosa: memoria del arrai-
go (Caracas, 1999). También publicó, en libro digital, el pri-
mer tomo de sus memorias personales: Ocho lustros y medio
(Caracas y Madrid, 2004). Es también coautor del libro A los
Amigos Invisibles / Visiones de Arturo Uslar Pietri (Caracas,
2006) y de El Libro del Béisbol: Cien años de pelota en la
literatura venezolana (Caracas, 1998).
En materia de artes visuales es autor de los siguientes libros:
Imágenes de imágenes (Caracas, 1988), Lo religioso en el arte

151
contemporáneo venezolano (Caracas, 1991), Ender Cepeda:
la recreación de una identidad (Caracas, 1992); El otro lado
del paisaje (Caracas, 1992), Lo humano en el arte contempo-
ráneo venezolano (Caracas, 1992), El habla oculta de la escul-
tura (Caracas, 1993), Lo animal en el arte contemporáneo ve-
nezolano (Caracas, 1994), Carmelo Niño: selección de textos
(Caracas, 1994), Ender Cepeda: selección de textos (Caracas,
1994), Mosaicos visuales (Caracas,1994), Henry Bermúdez
(Caracas, 1995), Diego Barboza: compilación de textos ( Ca-
racas, 1995), La mujer en el arte contemporáneo venezolano
(Caracas, 1996), La muerte en el arte contemporáneo venezo-
lano (Caracas, 1996), Jorge Pizzani: demiurgo de lo orgánico
(Caracas, 1996), La virgen en el arte contemporáneo venezo-
lano (Caracas, 1996), El erotismo en el arte contemporáneo
venezolano (Caracas, 1996), Asdrúbal Colmenárez: compila-
ción de textos (Caracas, 1996), Antonio Lazo: Adoraciones a
un Dios Revelado (en homenaje a Su Santidad Juan Pablo II
con motivo de su II Visita Apostólica a Venezuela) (Caracas,
1996), Colette Delozanne: la casa del Señor (Caracas, 1997),
Rolando Peña: compilación de textos (Caracas,1998), El pe-
tróleo en el arte contemporáneo venezolano (Caracas,1998),
Adonay Duque: compilación de textos (Caracas, 1998), Co-
marcas del ojo (Caracas, 1998); Edición conmemorativa de
25 años de actividades del Museo de Arte Contemporáneo
de Caracas Sofía Imber (MACCSI) (Caracas,1999), Instala-
ciones en el arte contemporáneo venezolano (Caracas, 1999),
Manuel Quintana Castillo (Caracas, 1999), Los niños en el
arte contemporáneo venezolano (Caracas, 2001). Igualmen-
te, es coautor de los siguientes libros: Ernesto León (Caracas,
1998), Ernesto León: heráldica de nuestro tiempo (Caracas,
1996), 25 lecturas para 25 años (del MACCSI) (Caracas, 1999),
Gilberto Bejarano (Barcelona, Venezuela, 2006).
Su obra ensayística en materia de derecho, economía, ge-
rencia, ciencias políticas, administración pública e historia in-
cluye también los siguientes libros de su autoría: Imaginario
del Conquistador Español, en prensa, (Caracas, 2008), Us-

152
lar Pietri y Francia, en diseño, (compilador) (Caracas, 2008),
Empresa Multinacional, Integración latinoamericana y Ad-
ministración Pública (Caracas, 1973), Estado, desarrollo y
empresa pública en Venezuela (Caracas, 1974), Las empresas
públicas en Venezuela (Caracas, 1978), La empresa multina-
cional y la empresa pública: el caso de la nacionalización en
Venezuela (Premio de la Academia Venezolana de Ciencias
Políticas y Sociales, Caracas, 1979), Petróleos de Venezuela: la
culminación del proceso de nacionalización (Caracas, 1983),
Administración de empresas públicas (Caracas,1983), Plani-
ficación de organizaciones: la experiencia de PDVSA (Cara-
cas, 1992), La gestión multinacional (Caracas, 1992), Compo-
nentes de la organización (Caracas, 1998), La gerencia en la
Nueva Economía (Caracas, 2000), Negocios Internacionales
(Caracas, 2000), ¿Qué es una organización? (Caracas, 2001),
Antiglobalización: riesgos y realidades (Salamanca, 2003),
La inversión extranjera en los sectores petrolero y bancario
de Venezuela (Caracas, 2004), Neopopulismo y neopatrimo-
nialismo: Chávez y los mitos americanos (Caracas / Salaman-
ca, 2004), El mestizaje americano (Caracas / Madrid, 2005) ,
De la empresa internacional a la virtual: la Globalización en
sus diferentes facetas (Caracas, 2006). También es coautor de
los siguientes libros: Administración Pública (Caracas, 1981),
Aportes para una Administración Pública Latinoamericana
(Caracas, 1975), El Conocimiento y las Competencias en las
organizaciones del Siglo XXI (coordinador) (Caracas, 2000),
Ética en los negocios (coordinador) Caracas, 2000) Gerencia
y Nueva Economía (coordinador) (Caracas, 2000), Globaliza-
ción. Riesgos y realidades (coordinador) Caracas, 1999), Go-
bierno y Empresas Públicas (Buenos Aires, 1978), El holding
público (Caracas, 1986), La industria Venezolana de los hidro-
carburos (Caracas, 1985), Introducción a la Administración
(Caracas,1981), Public Enterprise: studies in organizacional
structure (London, 1986), El rol del Estado en una nueva es-
trategia económica (Caracas,1985), Sumario de las nacionali-
zaciones (hierro y petróleo) (San Cristóbal, 1986), Venezue-

153
la: the democratic experience (New York, 1986), Venezuela:
balance del siglo XX (coordinador) (Caracas, 2000), TODO
USLAR (coordinador) (Caracas, 2001) y Venezuela en Oxford
(25 años de la Cátedra Andrés Bello en el Saint Antony’s Co-
llege de la Universidad de Oxford) (Caracas, 1999).
Igualmente, es autor de los libros de humorismo: Noveda-
des de la V República (Caracas, 2007) y La Corrupción Admi-
nistrativa: fuente inagotable del humor (Caracas, 1993).
Artículos de su autoría han sido publicados en las siguien-
tes boletines o revistas: Boletín de la Academia Venezolana de
Ciencias Políticas y Sociales, Revista de Derecho Público, Re-
vista de Control Fiscal, Revista Anales de la UNIMET, Revis-
ta Cultural del BCV, Imagen, Papel Literario de El Nacional,
Revista Venezolana de Desarrollo Administrativo, Cuadernos
Unimetanos y Revista de Poesía Circunvalación del Sur de Ve-
nezuela, así como en las Revistas El Cielo de Salamanca y la
Pájara Pinta de Madrid.
Ha sido consultor organizacional de diferentes organismos
del sector público y privado. De la Galería de Arte Nacional, del
MACCSI, de INTEVEP, de PEQUIVEN, de LAGOVEN, de
PDVUSA, del IVP, PALMAVEN, INTERVEN y de PDVSA
entre otros, y fue miembro por PDVSA de los equipos mixtos
de la empresa Mckinsey and Co. en la realización de diversos
estudios de organización para PDVSA y sus filiales.
Habla, lee y escribe en español, francés e inglés. Preside
Ediciones Pavilo, es miembro de La Academia Venezolana de
Gastronomía y de la Asociación Prometeo de Poesía de Ma-
drid, director fundador del Círculo Metropolitano de Poesía
de Caracas e integrante del Consejo Consultivo del Círculo de
Escritores de Venezuela, dirige la Colección Venezuela en tres y
dos de la editorial Libros Marcados. Igualmente. Fue el primer
delegado estudiantil electo al Consejo de la Facultad de De-
recho de la UCAB, Vicepresidente de la Asociación Cultural
de Pdvsa, Director de la Fundación para la Cultura Urbana, de
Educrédito y de la Fundación Educación / Industria. Dirigió
la revista de poesía Circunvalación del Sur, fue Director fun-

154
dador de la Revista de Política y Administración Tributaria de
Venezuela, y miembro del Consejo de Redacción de la Revista
Venezolana de Derecho Corporativo de la Universidad Metro-
politana de Caracas y del Boletín Internacional sobre Empresas
Públicas en Eslovenia. Ha dictado conferencias o lectura de sus
poemas en Marruecos, España, Yugoslavia, Colombia, Ecuador,
Perú, Nicaragua, Guatemala, Jamaica, Eslovenia, Italia y el Rei-
no Unido. Es miembro de la Asociación Internacional de Críti-
cos de Arte (AICA) y de la Junta Directiva de AICA (Capítulo
Venezuela).
En Venezuela, ha sido columnista permanente en el Su-
plemento Cultural de Ultimas Noticias, El Globo, El Diario
de Caracas, El Universal, El Tiempo de Puerto La Cruz y Pa-
norama de Maracaibo, y en los encartados semanales El Dia-
blo de Caracas (Suplemento humorístico) y El Otro Cuerpo
(Suplemento Cultural del Ateneo de Caracas). En España, fue
columnista en la Tribuna de Salamanca. Actualmente, es co-
lumnista en Venezuela Analítica y en el Noticiero Digital de
Caracas, y colabora con la Revista Cultural del Banco Central
de Venezuela.

[Link]

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