Universidad de Salamanca.
Centro de
Atención Integral al Autismo
(INFOAUTISMO). Instituto Universitario de
LA CONDUCTA
Integración en la Comunidad (INICO)
Dña. María Luisa Monroy Pérez
ADAPTATIVA EN Salamanca, 2017
EL TRASTORNO
DEL ESPECTRO
DEL AUTISMO
TESIS DOCTORAL
UNIVERSIDAD DE SALAMANCA
FACULTAD DE EDUCACIÓN
CENTRO DE ATENCIÓN INTEGRAL AL AUTISMO
INSTITUTO UNIVERSITARIO DE INTEGRACIÓN EN
LA COMUNIDAD
LA CONDUCTA ADAPTATIVA EN EL
TRASTORNO DEL ESPECTRO DEL AUTISMO
TESIS DOCTORAL
AUTORA: MARÍA LUISA MONROY PÉREZ
DIPLOMADA EN TERAPIA OCUPACIONAL
DIRECTORES:
DR. RICARDO CANAL BEDIA
DRA. CRISTINA JENARO RIO
Dr. D. Ricardo Canal Bedia, Profesor Titular del Departamento de Personalidad,
Evaluación y Tratamiento Psicológicos y Dra. Dª Cristina Jenaro Rio, Catedrática del
Departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológicos, siendo ambos
investigadores del Instituto Universitario de Integración en la
Comunidad (INICO)
CERTIFICAMOS:
Que el presente trabajo de investigación titulado “La conducta adaptativa en el
Trastorno del Espectro del Autismo”, constituye el trabajo de investigación que
presenta Dña. María Luisa Monroy Pérez para optar al grado de Doctor.
El trabajo, realizado bajo nuestra dirección, reúne los requisitos de calidad,
originalidad y presentación exigibles a una investigación científica y está en
condiciones de ser sometida a la valoración del Tribunal encargado de juzgarla.
Para que conste firmamos la presente en Salamanca, a 31 de marzo 2017.
Fdo. Dr. Ricardo Canal Bedia Fdo. Dra. Cristina Jenaro Río
Tesis Doctoral 1 M. L. Monroy
M. L. Monroy 2 Tesis Doctoral
A mis padres y hermanas por estar ahí
siempre. Gracias por dejarme hacer. Os
quiero.
Quien se atreva a enseñar nunca debe dejar de
aprender.
John Cotton Dana
Tesis Doctoral 3 M. L. Monroy
M. L. Monroy 4 Tesis Doctoral
A Miguel, por su amor infinito.
Nada grande se ha hecho en el mundo
sin una gran pasión.
Georg Wilhelm Friedrich Hegel
Tesis Doctoral 5 M. L. Monroy
M. L. Monroy 6 Tesis Doctoral
A Laura y Sofía, por ser una pieza clave en
todo este proceso de aprendizaje, gracias
por permitirme conocer el mundo a través
de cómo lo perciben vuestros ojos.
A veces las mentes más brillantes e inteligentes
no brillan ante pruebas estandarizadas porque
no tienen mentes estandarizadas.
Diane Ravitch
Tesis Doctoral 7 M. L. Monroy
M. L. Monroy 8 Tesis Doctoral
AGRADECIMIENTOS
A Ricardo Canal Bedia, por abrirme las puertas de Infoautismo e introducirme en este
apasionante mundo. Gracias por ayudarme a crecer profesionalmente y permitirme
hacerlo al lado de un experto como tú.
A Cristina Jenaro Rio, la luz en el camino, darte las gracias por cada mensaje de ánimo.
Por ser un ejemplo del trabajo bien hecho y de la perseverancia, por esforzarte
conmigo y hacer que todo esto mereciera la pena.
A todos los niños y a los papás, que han participado directa e indirectamente en este
trabajo. Gracias por confiar en mi práctica profesional y por enseñarme tanto a diario.
Es un placer formar parte de vuestro día a día y trabajar juntos para mejorar vuestra
calidad de vida.
A mi familia por tener paciencia en los momentos de crisis. Con vosotros faltarán
siempre las palabras de agradecimiento. Porque todo lo que me propongo siempre os
parece un poco descabellado, pero ya sabéis que no hay nada que no pueda conseguir
porque «los límites son mentales».
A M. Arellano, por animarme a continuar, sobre todo en la recta final. Por querer
cuidarme y acompañarme durante este tiempo. Por un futuro mejor, «todos nuestros
sueños se harán realidad mientras tengamos coraje de perseguirlos». A por ellos.
A todo mi equipo. A Almudena, porque contigo las cosas son más fáciles. A Álvaro, el
único que ha tenido valor de venir para quedarse. A Blanca, con su alegría infinita, por
todos los momentos vividos desde el minuto cero. A Clara, por compartir con las chicas
Tesis Doctoral 9 M. L. Monroy
del seminario tu ritmo caribeño y pronunciación norteamericana. A Jana, mi inglesa
favorita, por enseñarme cada vez que regresas, cómo disfrutar cada segundo de la
vida. A María, porque estás siempre, con una sonrisa, dispuesta a ayudarme. A Mayte,
darte las gracias por el “silencio, tesis en proceso”, que has tenido que sufrir en el
último año. A Nicolai, mi ilicitano querido, por aportarme tanto en tan poco tiempo. A
Patri, mi gran amiga, por todos los abrazos mañaneros, por estar aquí ahora. A Pepe,
por compartir tu sabiduría sin distinciones, y por supuesto, por hacer de mí una
experta informática. A Sara, por creer qué es posible un mundo de trabajo en común
de terapeutas ocupacionales y psicólogos. A Viqui, por tenderme una mano y
apoyarme siempre que lo necesito. A todos, sois muy grandes, ir a trabajar es un
placer con compañeros como vosotros.
A mis amigos ocupacionales, a Edu y Celia, por los vinos terapéuticos que nos incitan a
arreglar el mundo, gracias por contar conmigo y hacerme sentir valiosa. A Ekaine por
darme ánimos, fuerzas y empujones para seguir adelante, por enseñarme tanto del
mundo de la terapia ocupacional pediátrica, eres y serás el buen hacer. A Amanda, por
todas sus notas de voz en la distancia, por darme tanto tiempo de margen para poder
avanzar.
A Laura, mi pelirroja, por demostrarme que estás orgullosa de cada uno de mis pasos.
A todas mis chicas por sus palabras de afecto que siempre reconfortan.
Es difícil poder expresar todo lo que ha supuesto, para mí y para todas las personas
que me rodean, elaborar este trabajo. A todos los que habéis formado parte de mi día
a día en estos años, gracias. Suma y sigue.
M. L. Monroy 10 Tesis Doctoral
INDICE DE CONTENIDOS
PRESENTACIÓN.................................................................................................................. 23
PARTE TEÓRICA ................................................................................................................. 27
1 LOS MENORES CON TRASTORNO DEL ESPECTRO AUTISTA ............................................. 29
1.1 EVOLUCIÓN DEL CONCEPTO DE AUTISMO ............................................................................. 29
1.1.1 EL AUTISMO INFANTIL ........................................................................................................... 30
1.1.2 EL AUTISMO COMO CATEGORÍA EN LA CLASIFICACIÓN DIAGNÓSTICA Y ESTADÍSTICA DE LOS TRASTORNOS
MENTALES...................................................................................................................................... 32
1.1.3 EL PARADIGMA DIMENSIONAL DEL DSM-5 .............................................................................. 35
1.2 SINTOMATOLOGÍA CLÍNICA DEL ESPECTRO ............................................................................ 40
1.2.1 DEFICIENCIAS PERSISTENTES EN LA COMUNICACIÓN SOCIAL Y EN LA INTERACCIÓN SOCIAL. ................ 43
1.2.2 PATRONES RESTRICTIVOS Y REPETITIVOS DE COMPORTAMIENTO, INTERESES O ACTIVIDADES. ............ 45
1.3 COMORBILIDAD Y AUTISMO ............................................................................................. 48
1.4 ETIOLOGÍA ................................................................................................................... 50
1.5 PREVALENCIA ............................................................................................................... 53
2 EL DIAGNÓSTICO DEL TRASTORNO DEL ESPECTRO AUTISTA EN ETAPAS INFANTILES ...... 61
2.1 LAS PRIMERAS MANIFESTACIONES COMPORTAMENTALES ........................................................ 61
2.2 DETECCIÓN PRECOZ........................................................................................................ 67
2.2.1 SISTEMAS DE CRIBADO .......................................................................................................... 71
2.3 DIAGNÓSTICO DEL TEA ................................................................................................... 86
2.3.1 EVALUACIÓN DIAGNÓSTICA DEL TRASTORNO DEL ESPECTRO AUTISTA ............................................ 90
2.3.2 VALORACIÓN DE LAS CAPACIDADES COGNITIVAS ...................................................................... 100
2.3.3 EVALUACIÓN DEL LENGUAJE................................................................................................. 113
2.3.4 EVALUACIÓN SENSORIOMOTORA Y OCUPACIONAL ................................................................... 115
Tesis Doctoral 11 M. L. Monroy
3 LA CONDUCTA ADAPTATIVA EN POBLACIÓN CON TRASTORNO DEL ESPECTRO AUTISTA
131
3.1 CONDUCTA ADAPTATIVA ............................................................................................... 131
3.1.1 EVOLUCIÓN DEL CONCEPTO DE CONDUCTA ADAPTATIVA ........................................................... 131
3.1.2 DIMENSIONES DE LA CONDUCTA ADAPTATIVA ......................................................................... 141
3.1.3 PROBLEMAS DE CONDUCTA ................................................................................................. 144
3.2 EVALUACIÓN DE LA CONDUCTA ADAPTATIVA ...................................................................... 145
3.2.1 PROCESO DE EVALUACIÓN DE LA CONDUCTA ADAPTATIVA ......................................................... 145
3.3 LA CONDUCTA ADAPTATIVA EN EL TRASTORNO DEL ESPECTRO AUTISTA .................................... 161
3.3.1 EL FUNCIONAMIENTO ADAPTATIVO EN EL TEA COMO VALOR DIAGNÓSTICO ................................. 161
3.3.2 PERFIL DE CONDUCTA ADAPTATIVA EN TEA MEDIDO CON LAS ESCALAS VINELAND ........................ 188
PARTE EMPÍRICA ............................................................................................................. 199
4 EVALUACIÓN Y DIAGNÓSTICO DE TEA Y CONDUCTA ADAPTATIVA EN NIÑOS MENORES DE
CINCO AÑOS .................................................................................................................... 201
4.1 OBJETIVOS ................................................................................................................. 201
4.2 HIPÓTESIS ................................................................................................................. 202
4.3 MÉTODO ................................................................................................................... 203
4.3.1 PARTICIPANTES.................................................................................................................. 203
4.3.2 FUENTE Y RECOGIDA DE DATOS ............................................................................................ 206
4.3.3 INSTRUMENTOS DE EVALUACIÓN Y RECOGIDA DE RESULTADOS................................................... 207
4.3.4 ASPECTOS ÉTICOS EL PROYECTO ............................................................................................ 215
4.3.5 ANÁLISIS .......................................................................................................................... 218
4.4 RESULTADOS .............................................................................................................. 218
5 DISCUSIÓN ................................................................................................................. 235
6 CONCLUSIONES .......................................................................................................... 249
7 CONSIDERACIONES PARA LA INVESTIGACIÓN FUTURA ................................................ 251
M. L. Monroy 12 Tesis Doctoral
8 REFERENCIAS ............................................................................................................. 255
ANEXOS........................................................................................................................... 325
ANEXO 1. COMPARACIÓN DE LOS CRITERIOS DIAGNÓSTICOS DE LOS TEA EN LOS MANUALES CLASIFICATORIOS
....................................................................................................................................... 327
ANEXO 2. CONSENTIMIENTO INFORMADO ................................................................................. 337
Tesis Doctoral 13 M. L. Monroy
M. L. Monroy 14 Tesis Doctoral
INDICE DE TABLAS
Tabla 1: Niveles de gravedad del Trastorno del Espectro Autista .................................. 37
Tabla 2: Dimensiones afectadas en el Trastorno del Espectro Autista .......................... 42
Tabla 3: Síndromes genéticos y alteraciones cromosómicas vinculadas al Trastorno del
Espectro Autista, con su respectiva frecuencia de co-diagnóstico .................... 49
Tabla 4: Factores de Riesgo en el Trastorno del Espectro Autista ................................. 53
Tabla 5: Estudios de prevalencia para el Trastorno del Espectro Autista ...................... 55
Tabla 6: Signos de alarma en el desarrollo infantil ........................................................ 68
Tabla 7: Herramientas para el cribado del Trastorno del Espectro Autista ................... 72
Tabla 8: Herramientas de detección temprana del Trastorno del Espectro Autista, Tipo
Asperger.............................................................................................................. 80
Tabla 9: Herramientas específicas para el diagnóstico del Trastorno del Espectro
Autista ................................................................................................................. 91
Tabla 10: Módulos de la Escala de Observación de Diagnóstico de Autismo (Autism
Diagnostic Observation Schedule – Generic, ADOS-G) ...................................... 93
Tabla 11: Calificación de los comportamientos en el ADOS (Autism Diagnostic
Observation Schedule – Generic, ADOS-G) ........................................................ 94
Tabla 12: Herramientas de evaluación de la inteligencia............................................. 102
Tabla 13: Escalas de desarrollo infantil ........................................................................ 110
Tabla 14: Herramientas de evaluación del lenguaje infantil ........................................ 113
Tabla 15: Dificultades motoras en niños y adultos con autismo y retrasos motores en
lactantes y niños pequeños en riesgo de Trastorno del Espectro Autista ....... 118
Tabla 16: Herramientas de evaluación de las habilidades motoras............................. 119
Tesis Doctoral 15 M. L. Monroy
Tabla 17: Herramientas de evaluación del procesamiento sensorial .......................... 124
Tabla 18: Doll y las críticas a la exclusividad del CI como forma de evaluar a las
personas con discapacidad intelectual ............................................................. 133
Tabla 19: Definiciones históricas de retraso mental .................................................... 135
Tabla 20: Cambio paradigma de la AARM .................................................................... 136
Tabla 21: Correspondencia entre las áreas de habilidades adaptativas entre los
modelos de 1992 y 2002 .................................................................................. 138
Tabla 22: Dimensiones de la conducta adaptativa ....................................................... 143
Tabla 23: Dimensiones de la conducta adaptativa y desadaptativa ............................ 144
Tabla 24: Aspectos principales de la evaluación diagnóstica de la conducta adaptativa
.......................................................................................................................... 146
Tabla 25: Herramientas de evaluación de la conducta adaptativa .............................. 148
Tabla 26. Contenido de los dominios y subdominios de las VABS ............................... 150
Tabla 27: Objetivos comunes de la entrevista ............................................................. 159
Tabla 28. Distribución de los participantes en función de sus diagnósticos ................ 204
Tabla 29. Abreviaturas de las escalas de la Batería Cognitiva de la Merrill-Palmer .... 208
Tabla 30. Abreviaturas de las puntuaciones compuestas o índices de la WPPSI-III .... 209
Tabla 31. Subtests de la Escala Manipulativa Internacional de Leiter-Revisada más
apropiados en los rangos de edad utilizados ................................................... 210
Tabla 32. Actividades del Módulo 1: Preverbal y palabras sueltas del ADOS-G (Autism
Diagnostic Observation Schedule – Generic) ................................................... 212
Tabla 33. Actividades del Módulo 2: Habla con frases del ADOS-G (Autism Diagnostic
Observation Schedule – Generic) ..................................................................... 213
M. L. Monroy 16 Tesis Doctoral
Tabla 34. Aspectos a codificar en los Módulos 1 y 2 del ADOS-G (Autism Diagnostic
Observation Schedule – Generic) ..................................................................... 213
Tabla 35. Conversión de los códigos de los elementos a puntuaciones de algoritmo del
ADOS-G (Autism Diagnostic Observation Schedule – Generic) ........................ 215
Tabla 36. Puntos de corte para autismo y espectro autista en los dominios del Módulo
1 y Módulo 2 del ADOS-G (Autism Diagnostic Observation Schedule – Generic)
.......................................................................................................................... 215
Tabla 37. Estadísticos descriptivos y significación de las diferencias en aptitudes
intelectuales (Anova) en función de los diagnósticos ...................................... 219
Tabla 38. Correlaciones de Pearson entre las puntuaciones obtenidas en el CI verbal y
CI no verbal ....................................................................................................... 220
Tabla 39. Estadísticos descriptivos del CI, en las tres mediciones, en el grupo de
trastornos del espectro autista ........................................................................ 221
Tabla 40. Estadísticos descriptivos y significación de las diferencias (Anova) en
conducta adaptativa medida por la escala Vineland en función de los
diagnósticos ...................................................................................................... 221
Tabla 41. Correlaciones de Pearson entre las escalas de Vineland para los participantes
con trastornos del espectro autista.................................................................. 224
Tabla 42. Correlaciones de Pearson entre las escalas de Vineland para el grupo de
diagnóstico de discapacidad intelectual........................................................... 224
Tabla 43. Correlaciones de Pearson entre las escalas de Vineland para el grupo de
retraso del lenguaje .......................................................................................... 225
Tabla 44. Correlaciones de Pearson entre las escalas de Vineland para el grupo de
retrasos del desarrollo no especificado ........................................................... 225
Tabla 45. Estadísticos descriptivos y significación de las diferencias (Anova) en las
valoraciones Retest de la conducta adaptativa medida por la escala Vineland en
función de los diagnósticos .............................................................................. 226
Tesis Doctoral 17 M. L. Monroy
Tabla 46. Estadísticos descriptivos y significación de las diferencias (prueba T de
Student de medidas repetidas) en conducta adaptativa medida por la escala
Vineland en el grupo de trastornos del espectro autista (Test-Retest) ........... 229
Tabla 47. Estadísticos descriptivos en el dominio de comunicación de la escala Vineland
en el grupo de trastornos del espectro autista (tres mediciones) ................... 229
Tabla 48. Estadísticos descriptivos en el dominio de habilidades de vida diaria de la
escala Vineland en el grupo de trastornos del espectro autista (tres mediciones)
.......................................................................................................................... 230
Tabla 49. Estadísticos descriptivos en el dominio motor de la escala Vineland en el
grupo de trastornos del espectro autista (tres mediciones) ............................ 230
Tabla 50. Estadísticos descriptivos en el dominio de socialización de la escala Vineland
en el grupo de trastornos del espectro autista (tres mediciones) ................... 231
Tabla 51. Estadísticos descriptivos y significación de las diferencias (Anova) en
comportamientos estereotipados e intereses restringidos (D1, D2 y D4) medido
por el ADOS-G en los diferentes grupos diagnósticos (Retest) ........................ 231
Tabla 52. Correlaciones de Pearson entre el dominio de Habilidades de Vida Diaria de
la escala de Vineland y los ítems de comportamientos estereotipados e
intereses restringidos de ADOS-G para el grupo de trastornos del espectro
autista ............................................................................................................... 232
Tabla 53. Correlaciones de Pearson entre el dominio de Habilidades de Vida Diaria de
la escala de Vineland y los ítems D1, D2 Y D4 de ADOS-G (comportamientos
estereotipados e intereses restringidos) para el grupo de retrasos del desarrollo
no especificado ................................................................................................. 232
Tabla 54. Correlaciones de Pearson entre la escala de inteligencia y los ítems de
comportamientos estereotipados e intereses restringidos de ADOS-G para el
grupo de trastornos del espectro autista ......................................................... 233
M. L. Monroy 18 Tesis Doctoral
Tabla 55. Correlaciones de Pearson entre la escala de inteligencia y los ítems de
comportamientos estereotipados e intereses restringidos de ADOS-G para el
grupo de discapacidad intelectual.................................................................... 233
Tabla 56. Correlaciones de Pearson entre la escala de inteligencia y los ítems de
comportamientos estereotipados e intereses restringidos de ADOS-G para el
grupo de retraso del lenguaje .......................................................................... 234
Tabla 57. Correlaciones de Pearson entre la escala de inteligencia y los ítems de
comportamientos estereotipados e intereses restringidos de ADOS-G para el
grupo de retraso del desarrollo no especificado ............................................. 234
Tabla 58. Comparación de los criterios diagnósticos de los TEA en los manuales
clasificatorios .................................................................................................... 327
Tesis Doctoral 19 M. L. Monroy
M. L. Monroy 20 Tesis Doctoral
INDICE DE FIGURAS
Figura 1. Criterios diagnósticos y características asociadas al Trastorno del Espectro
Autista del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, 5ª
Edición (DSM-5). ................................................................................................. 41
Figura 2: Representación jerárquica de las múltiples causas y factores de riesgo del
Trastorno del Espectro Autista. En esta representación, los componentes de
cada nivel pueden ser influenciados por los del nivel inferior. .......................... 52
Figura 3: Marco persona-ambiente-ocupación. ........................................................... 117
Figura 4: Marco conceptual del funcionamiento humano ........................................... 142
Figura 5. Porcentaje de niños y niñas por categoría diagnóstica ................................. 204
Tesis Doctoral 21 M. L. Monroy
M. L. Monroy 22 Tesis Doctoral
PRESENTACIÓN
Cuando concebí la idea de este trabajo me planteaba un objetivo: aportar a mi campo,
el de los profesionales de la Terapia Ocupacional, un motivo más para trabajar con la
población con trastorno del espectro autista (TEA).
Desde todas las ramas profesionales, este trastorno del neurodesarrollo ha tomado
importancia, derivado en gran medida, al creciente volumen de nuevos casos
detectados a edades tempranas y al impacto que produce el diagnóstico de TEA en la
calidad de vida de las personas con el trastorno y de sus familias. Como terapeuta
ocupacional especializada en infancia, la conducta adaptativa y una respuesta
adaptativa es uno de los objetivos de trabajo con este colectivo. Puesto que la
conducta adaptativa involucra todas las habilidades básicas de las personas, necesarias
para desenvolverse en las ocupaciones de la vida cotidiana.
La presente Tesis Doctoral se divide en varias secciones. La primera, denominada “Los
menores con trastornos del espectro autista”, ofrece una visión panorámica sobre el
origen del concepto del autismo, su evolución y concepción actual en el DSM-5. Ofrece
también otros datos relativos a la frecuencia de aparición de manera conjunta con
otras patologías, sus posibles causas y prevalencia. En la segunda parte se desarrolla el
proceso diagnóstico, desde los primeros síntomas comportamentales y su detección
temprana, hasta la valoración específica del trastorno del espectro autista. Se hace
hincapié en la evaluación de todas las áreas del proceso evolutivo: intelectual, social,
motora, sensorial y del lenguaje. El tercer capítulo teórico se centra exclusívamente en
Tesis Doctoral 23 M. L. Monroy
el concepto de conducta adaptativa, sus dimensiones y del funcionamiento de los
niños con un diagnóstico de trastorno del espectro autista en esta área.
La parte metodológica se encuentra desarrollada en la cuarta sección, dedicada a
describir las particularidades del estudio que se ha desarrollado en niños menores de
cinco años con bajo funcionamiento. El objetivo del mismo ha sido analizar las
características de la conducta adaptativa, el desempeño intelectual y los
comportamientos estereotipados o repetitivos de los niños con trastorno del espectro
autista, en comparación a otros grupos diagnósticos (discapacidad intelectual, retraso
en el lenguaje y retraso del desarrollo no especificado).
En coherencia con las evidencias empíricas derivadas de la revisión bibliográfica, las
hipótesis planteadas predecían que los niños con TEA mostrarían un perfil específico
de comportamiento adaptativo, así como, más limitaciones que los grupos de iguales
en las dimensiones analizadas, y mayor sintomatología en cuanto a los
comportamientos estereotipados o repetitivos.
De modo resumido, puede decirse que nuestros resultados muestran que el
funcionamiento adaptativo de los niños con TEA sigue un patrón caracterizado por
déficits, que exceden a las limitaciones en su capacidad intelectual, en los dominios de
comunicación, seguido de déficits en las habilidades de vida diaria y socialización.
Además, aunque el desempeño cognitivo y adaptativo de la población con autismo es,
diferente y menor, en comparación con otros niños de su misma edad y CI con otros
diagnósticos, tiende a aumentar durante los primeros cinco años de vida a un ritmo
más lento que el resto de niños.
En lo que respecta a la expresión de sintomatología característica de patrones
restrictivos y repetitivos de comportamiento, intereses o actividades, observamos que
M. L. Monroy 24 Tesis Doctoral
aunque se da en mayor medida en los TEA con bajo CI no verbal y edad de desarrollo,
no es exclusiva de este grupo y no está relacionada con el desempeño adaptativo.
La Tesis Doctoral incluye en los anexos la comparación de los criterios diagnósticos del
TEA en los manuales clasificatorios DSM, y el consentimiento informado utilizado para
proceder a la evaluación de los participantes en este estudio. Los resultados del
estudio avalan la importancia de una detección e intervención tempranas, pues los
datos sugieren que con independencia de la severidad de las limitaciones, con los
apoyos necesarios, es posible mejorar el funcionamiento de estos niños y niñas con
TEA.
Tesis Doctoral 25 M. L. Monroy
M. L. Monroy 26 Tesis Doctoral
PARTE TEÓRICA
Tesis Doctoral 27 M. L. Monroy
M. L. Monroy 28 Tesis Doctoral
1 LOS MENORES CON TRASTORNO DEL ESPECTRO AUTISTA
1.1 Evolución del concepto de autismo
Desde la primera definición de autismo infantil (Kanner, 1943), el término ha pasado
por varios periodos que reflejan el debate sobre la nosografía de este trastorno. Si
intentásemos analizar históricamente el concepto de autismo nos remontaríamos a las
palabras griegas de la que proviene, «auto» e «ismo»: auto- [gr. αὐτο-] Significa
'propio' o 'por uno mismo’ + -ismo [gr. -ισμός -ismós] ‘tendencia’ o ‘actitud’ (RAE,
2014). Este término aparece por primera vez en 1911 en la obra Dementia Praecox or
the Group of Schizophrenias (Traducción al inglés, 1950. Original en alemán Dementia
Praecos oder Gruppe der Schizophrenien, 1911) del psiquiatra suizo Eugen Bleuler,
quien introdujo el vocablo en el campo de la psicopatología para referirse,
originalmente, a uno de los síntomas fundamentales de la esquizofrenia (otro término
acuñado por Bleuler).
El psiquiatra y eugenista suizo sustituyó la noción de Dementia praecox, enfermedad
que Emil Kraepelin había definido como «una evolución progresiva hacia un estado
terminal de empobrecimiento intelectual», por un grupo de Psicosis Esquizofrénicas
que tenían en común ciertos mecanismos psicopatológicos, así como síntomas
fundamentales, especialmente el autismo. En este sentido bleuriano, el autismo
expresaba «la retirada activa con la que algunos pacientes esquizofrénicos se repliegan
en un mundo cerrado, que tiene como consecuencia la ruptura de la relación con los
demás y la realidad exterior». Se entendía por autismo el hecho de estar encerrado en
uno mismo, aislado socialmente (Garrabé de Lara, 2012).
Tesis Doctoral 29 M. L. Monroy
Sin embargo, el uso original de la palabra no se correspondía exactamente con el
significado que adquiriría tres décadas más tarde, y que persiste en la actualidad
(Artigas-Pallarès y Paula, 2012). En ese momento, esta concepción se basaba en
trastornos que comenzaban al final de la adolescencia, de modo que el autismo estaba
relacionado con la patología mental del adulto joven. De hecho, la existencia de
psicosis en el niño y de sus manifestaciones fue muy discutida en la primera mitad del
siglo XX. Fue a partir de la incorporación del término “esquizofrenia” por parte de
Bleuler en 1911, cuando se elaboraron por separado los conceptos de esquizofrenia
infantil y psicosis infantiles (Garrabé de Lara, 2012).
1.1.1 El autismo infantil
Las aportaciones de Leo Kanner y Hans Asperger contribuyeron a dar un giro en el
estudio de la psicopatología infantil. Fueron los primeros en publicar descripciones del
autismo, como entidad única y diferente a la esquizofrenia o psicosis infantil en sus
obras. Ambos describieron detalladamente diversos casos tratando de explicar la
alteración. Kanner en su artículo de 1943 Autistic disturbances of affective contact,
acuñó el término de autismo infantil temprano para describir el cuadro clínico de once
niños de entre 2 y 8 años.
Las características conductuales y personales que Kanner destacaba en estos niños
aludían a la incapacidad para relacionarse con las personas, retraso en la adquisición
del lenguaje, utilización del habla sin propósito comunicativo, ecolalia demorada,
buena memoria, insistencia obsesiva por mantener la invarianza del ambiente y falta
de imaginación. Kanner relacionó la falta de interés de estos niños hacia otras
personas, con la esquizofrenia, haciendo referencia al término autismo, utilizado por
M. L. Monroy 30 Tesis Doctoral
Bleuler 30 años antes. El concepto de autismo según Kanner, manifestaba la
incapacidad de establecer vínculos relacionales por carecer de ese ingrediente
cognitivo, que poco o nada tenía que ver con la referencia a la conducta intencional de
evitar relaciones sociales en pacientes adultos con esquizofrenia de Bleuler (Balbuena
Rivera, 2007).
A pesar de las diferencias individuales que Kanner destacó en las descripciones de los
11 niños de su artículo, él estaba convencido de que había dos características
nucleares y significativas, necesarias para hacer un diagnóstico de autismo infantil. La
característica principal era lo que él denominó «soledad autista» (1943), que en
palabras de Frith (2004), “no tiene que ver con estar solo físicamente, sino con estarlo
mentalmente”. El segundo rasgo era la «insistencia obsesiva en la invarianza»,
expresión que utilizaba para describir varios factores al mismo tiempo, como eran los
movimientos repetitivos simples, las rutinas rígidas y limitadas en sus propósitos y los
temas de interés extremadamente restrictivos.
Un año después de la publicación de Kanner, de manera independiente, el pediatra
austríaco Asperger (1944) dio a conocer su ensayo (Die Autistichen Psychopathen im
kínder salter), donde empleó el mismo término para describir un cuadro clínico
semejante a los niños de Kanner, pero en niños de mayor edad, con un mejor lenguaje
y sin afectación significativa en el funcionamiento cognitivo. Sin embargo, aunque
aparentemente se trataba de dos entidades nosológicas diferentes, ambos autores
coincidieron en la referencia común a la psicopatología autística (Garrabé de Lara,
2012). Los dos autores acentuaron las peculiaridades en la comunicación y en la
adaptación social de los niños por ellos estudiados. Además prestaron especial
Tesis Doctoral 31 M. L. Monroy
atención a los movimientos estereotipados y a los logros intelectuales de algunos de
estos niños en áreas concretas (Frith, 2004).
1.1.2 El autismo como categoría en la Clasificación Diagnóstica y Estadística
de los Trastornos Mentales
El autismo infantil no estaba incluido como categoría diagnóstica en el primer manual
de Clasificación Diagnóstica y Estadística de los Trastornos Mentales DSM-I (1952), a
pesar de que Kanner la reconociera ya en 1943 como una condición única nunca antes
descrita. En cambio, en el DSM-II (1968) aunque este trastorno no aparecía como una
categoría diagnóstica independiente, clasificada a los niños que presentaban síntomas
similares al autismo «reacciones psicóticas en niños, manifestando primariamente
autismo» bajo la etiqueta de "esquizofrenia o reacción esquizofrénica, tipo infantil".
En el empeño de aislar el autismo de las otras condiciones psiquiátricas mencionadas,
fue necesario determinar qué síntomas eran universales y cuáles eran específicos del
trastorno (Balbuena Rivera, 2007). Para este propósito, el trabajo precedente de
Kanner contribuyó a la casi desaparición del término esquizofrenia en las publicaciones
psiquiátricas infantiles y, lo más determinante, a la evolución del concepto de autismo.
En la década de los 70, Wing retomó la descripción del trastorno, surgiendo el término
“trastorno del espectro autista” (de ahora en adelante se nombrará con las siglas TEA)
para agrupar una serie de trastornos en los cuáles se reconocen alteraciones en tres
áreas fundamentales en el desarrollo de las personas, con distinta gravedad y
presentación específica en cada niño.
Los síntomas se basaban en una tríada de trastornos evolutivos (tríada de Wing) en los
que se altera cualitativamente un conjunto de capacidades en la interacción social, la
M. L. Monroy 32 Tesis Doctoral
comunicación y la imaginación. Según ésta autora, el TEA presenta una amplia
variedad de expresiones clínicas y son el resultado de disfunciones multifactoriales en
el desarrollo del sistema nervioso central (Wing y Gould, 1979).
Con el fin de crear un sistema con los criterios de diagnóstico explícitos del autismo, en
la tercera edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales
(DSM-III, 1980) se incluyó el “Autismo infantil” como categoría diagnóstica
independiente. En aquel momento, sólo había una designación de autismo bajo la
etiqueta de “autismo infantil” alejada del diagnóstico diferencial de esquizofrenia. En
esta época se contemplaban sólo seis características enumeradas, y cada uno de estos
seis síntomas, debían estar presentes para que una persona fuera diagnosticada con
autismo infantil. Algunos de los criterios parecían excesivamente estrictos y no
abarcaban las cuestiones de cambios en el desarrollo (Volkmar, Cicchetti, Bregman y
Cohen, 1992). La concepción de invarianza en el desarrollo, unido a la controversia
creada con el descriptor “infantil” que limitaba el trastorno a la primera infancia, hizo
que ésta categoría se renombrara como “trastorno autista” con la versión revisada
(DSM-III-R, 1987). En el Anexo 1 se incluye una comparación de los criterios
diagnósticos DSM a lo largo de las diferentes ediciones del manual.
El DSM-III-R, en contraste a la versión anterior, realiza las primeras modificaciones de
la definición de autismo infantil, proponiendo una lista de dieciséis ítems con tres
apartados diferenciados correspondientes con la tríada de síntomas descrita por Wing
y Gould (1979). Debían estar presentes, al menos, ocho de los dieciséis ítems
presentados para el diagnóstico de trastorno autista.
Tesis Doctoral 33 M. L. Monroy
En 1994, se produjeron los mayores cambios con el DSM-IV (APA, 1994), cuando se
añadió el trastorno autista a la categoría de los trastornos generalizados del desarrollo
(TGD) junto a otros subtipos. El objetivo primordial era abarcar la complejidad y la
variedad de situaciones en las que se dan los síntomas del autismo. Esto significó que
un diagnóstico de trastorno generalizado del desarrollo podía hacerse en las categorías
de trastorno de Asperger, trastorno de Rett, trastorno desintegrativo infantil, y
trastorno generalizado del desarrollo no especificado (TGDNoe), además de trastorno
autista que era el más conocido y representativo.
Aparte de la inclusión de cuatro nuevos subtipos, se realizaron modificaciones
drásticas en el lenguaje utilizado, en comparación con la versión de 1980 (DSM-III), y
en los criterios que debían cumplirse a fin de recibir un diagnóstico de trastorno
autista. Estos criterios con una lista de dieciséis síntomas diferentes que se utilizaban
para describir el trastorno, se mantuvieron en la siguiente revisión DSM-IV-TR (APA,
2000). En ese momento, el niño sólo necesitaba exhibir seis de los dieciséis para recibir
el diagnóstico.
Otro sistema de clasificación diagnóstica muy similar que conserva, no obstante, a día
de hoy, el término de autismo infantil es la Clasificación Internacional de
Enfermedades (CIE-10), desarrollada por la Organización Mundial de la Salud (OMS,
2000). En relación al DSM-IV, la CIE-10, mantiene la misma esencia clasificatoria por
categorías y de criterios diagnósticos.
La última publicación, en 2013, de la quinta versión del Manual Diagnóstico y
Estadístico de los Trastornos Mentales da un giro radical a las descripciones
consolidadas como relevantes del TEA hasta entonces. Con el nuevo manual, se revisan
M. L. Monroy 34 Tesis Doctoral
los criterios diagnósticos del trastorno autista, que se mantuvieron sin modificar desde
la cuarta edición (DSM-IV, 1994).
La característica más significativa del DSM-5 (APA, 2013), entre otras novedades que se
expondrán detalladamente más adelante, es la fusión de algunas de las categorías
diagnósticas independientes de los “trastornos generalizados del desarrollo”
contempladas hasta ahora en el DSM-IV-TR (2000) por la categoría general de
“trastorno del espectro autista”. La denominación trastornos generalizados del
desarrollo, de acuerdo con Posada-De la Paz, Ferrari-Arroyo, Touriño y Boada (2005)
no era demasiado acertada, ya que el desarrollo de los niños con TEA no está afectado
de manera ‘generalizada’. Además, ambos términos TEA y TGD solían intercambiarse
en la literatura científica con frecuencia, por lo que la nueva categoría general evita la
confusión a la que podría derivar el término TGD (Posada-De la Paz et al., 2005). El
término autismo se utiliza, a día de hoy, para designar exclusivamente al trastorno del
espectro autista.
1.1.3 El paradigma dimensional del DSM-5
La concepción actual del autismo, y con ello, su clasificación diagnóstica, se ha refinado
para llegar a un cierto consenso clínico con el fin de obtener una mejor definición del
trastorno. Con el DSM-5 las categorías diagnósticas de trastorno autista, síndrome de
Asperger, trastorno desintegrativo infantil y trastorno generalizado del desarrollo no
especificado, clasificadas como entidades independientes en los anteriores manuales
(APA, 1994, 2000), se encuentran ahora bajo el mismo título de una única dimensión
diagnóstica: trastorno del espectro autista. Por otro lado, el síndrome de Rett,
contemplado anteriormente dentro de los trastornos generalizados del desarrollo,
Tesis Doctoral 35 M. L. Monroy
queda fuera de esta nueva clasificación, ya que al contrario del TEA en el sentido
actual del término, tiene una etiología genética ya establecida (Jeffrey et al., 2010;
Pantaleón y Juvier, 2015).
De hecho, el manual aclara que las personas con un diagnóstico bien establecido según
el DSM-IV de trastorno autista, síndrome de Asperger o trastorno generalizado del
desarrollo no especificado, se les aplica el diagnóstico de la noción actual de trastorno
del espectro autista. El planteamiento del DSM-5 de una única categoría supone, por lo
tanto, acotar la amplitud espectral. Esta idea supone ubicar en una única dimensión a
los diversos trastornos del neurodesarrollo existentes, que sin pertenecer a ninguna de
las categorías anteriormente definidas por los manuales diagnósticos dentro del
espectro autista, en ocasiones, rozaban o caían de lleno dentro del espectro (Artigas-
Pallarés, 2001). Se da así respuesta a la dificultad que supone establecer límites
precisos entre los subtipos de TEA y, por ende, se facilita la identificación de TEA
(Artigas-Pallarés, 2001; Christiansz, Gray, Taffe y Tonge, 2016; Gómez y Cernuda, 2007;
Grzadzinski, Huerta y Lord, 2013; Magiati y Howlin, 2001; Szatmari et al., 2009;
Szatmari, Bryson, Boyle, Streiner y Duku, 2003). En el DSM-5, la categoría única de
trastorno del espectro autista se encuentra ahora englobada dentro de los “trastornos
del neurodesarrollo”.
Esta categoría de trastornos del neurodesarrollo incluye, además, del trastorno del
espectro autista los siguientes trastornos: del desarrollo intelectual, de la
comunicación, del aprendizaje, motores, tics, déficit de atención con hiperactividad y
otros del neurodesarrollo no especificados, que en algunos casos, se presentan de
manera comórbida con el trastorno del espectro autista (APA, 2013).
M. L. Monroy 36 Tesis Doctoral
En la actualidad, el concepto de trastorno del espectro autista, se entiende como «un
trastorno heterogéneo del neurodesarrollo, con grados y manifestaciones muy
variables que tiene causas tanto genéticas como ambientales. Suele reconocerse en
una fase temprana de la niñez y persiste hasta la edad adulta. No obstante, sus
manifestaciones pueden modificarse en gran medida por la experiencia y la
educación» (Morrison, 2015).
La nueva definición del DSM-5 fusiona los tres criterios diagnósticos por los que se
regían los anteriores manuales (alteraciones en la interacción social recíproca,
alteraciones en la comunicación, y presencia de formas restrictivas, repetitivas y
estereotipadas del comportamiento, los intereses y la actividad en general) y da paso a
dos únicos criterios de “comunicación social” (criterio A) y de “comportamientos
restringidos y repetitivos” (criterio B).
El énfasis otorgado a la dimensionalidad del trastorno en las diferentes áreas que se
ven afectadas en el TEA, tiene el fin de centrar la atención en concretar la gravedad de
la sintomatología que presente el niño. De esa manera, se especifica el grado de
dependencia de la persona para cada uno de los criterios diagnósticos (Tabla 1).
Tabla 1: Niveles de gravedad del Trastorno del Espectro Autista
Comportamientos restringidos y
Nivel de gravedad Comunicación Social
estereotipados
Grado 3 “Necesita Las deficiencias graves de las aptitudes de La inflexibilidad del
ayuda muy comunicación social, verbal y no verbal, comportamiento, la extrema
notable” causan alteraciones graves del dificultad para hacer frente a los
funcionamiento, un inicio muy limitado a la cambios y los otros
apertura social de las otras personas. Por comportamientos
ejemplo, una persona con pocas palabras restringidos/repetitivos
inteligibles, que raramente inicia una interfieren notablemente con el
interacción y que, cuando lo hace, utiliza funcionamiento en todos los
estrategias inhabituales para cumplir ámbitos. Ansiedad
solamente con lo necesario, y que intensa/dificultad para cambiar
únicamente responde a las aproximaciones el foco de la acción.
sociales muy directas.
Grado 2 “Necesita Deficiencias notables en las aptitudes de La inflexibilidad del
Tesis Doctoral 37 M. L. Monroy
Comportamientos restringidos y
Nivel de gravedad Comunicación Social
estereotipados
ayuda notable” comunicación social, verbal y no verba; comportamiento, la dificultad
problemas sociales obvios incluso con ayuda para hacer frente a los cambios
in situ; inicio limitado de interacciones y los otros comportamientos
sociales, y respuestas reducidas o anormales restringidos/repetitivos resultan
a la apertura social de otras personas. Por con frecuencia evidentes para el
ejemplo, una persona que emite frases observador casual e interfieren
sencillas, cuya interacción se limita a con el funcionamiento en
intereses especiales muy concretos y que diversos contextos. Ansiedad
tiene una comunicación no verbal muy y/o dificultad para cambiar el
excéntrica. foco de la acción.
Grado 1 “Necesita Sin ayuda in situ, las deficiencias de la La inflexibilidad del
ayuda” comunicación social causan problemas comportamiento causa una
importantes. Dificultad para iniciar interferencia significativa con el
interacciones sociales y ejemplos claros de funcionamiento en uno o más
respuestas atípicas o insatisfactorias a la contextos. Dificultad para
apertura social de las otras personas. Puede alternar actividades. Los
parecer que tiene poco interés en las problemas de organización y de
interacciones sociales. Por ejemplo, una planificación dificultan la
persona que es capaz de hablar con frases autonomía.
completas y que establece la comunicación,
pero cuya conversación amplia con otras
personas falla y cuyos intentos de hacer
amigos son excéntricos y habitualmente no
tiene éxito.
Fuente: APA (2013)
Por otro lado, algunos autores han manifestado que algunos niños pequeños con
autismo pueden no cumplir con los nuevos criterios diagnósticos de TEA, según el
DSM-5 (APA, 2013). A pesar de que el nuevo diagnóstico de TEA está destinado a ser
más inclusivo, estudios recientes han mostrado que los nuevos criterios pueden excluir
inadvertidamente algunos casos diagnosticados con trastorno generalizado del
desarrollo no especificado (TGDNoe), trastorno de Asperger según criterios del DSM-IV
(APA, 2000) y autismo de alto funcionamiento (Gibbs, Aldridge, Chandler, Witzlsperger
y Smith, 2012; Matson, Kozlowski, Hattier, Horovitz y Sipes, 2012; Mattila et al., 2011;
McPartland, Reichow y Volkmar, 2012; Taheri, Perry y Factor, 2014; Worley y Matson,
2012). Lo que puede significar que el DSM-5 es más sensible a niños con mayor
severidad del autismo, menor CI y menores puntuaciones de comportamiento
adaptativo (Taheri et al., 2014), otros autores sugieren la necesidad de modificación de
M. L. Monroy 38 Tesis Doctoral
estos criterios para mejorar la sensibilidad (Christiansz et al., 2016). No obstante, las
categorías de gravedad descriptivas, pueden servir para orientar a los profesionales en
el establecimiento de las prioridades y objetivos personales de cada individuo con TEA.
Otro aspecto novedoso del DSM-5, es la relevancia concedida al aspecto «sensorial»,
referido por diversos autores (Caminha y Lampreia, 2012; Kern et al., 2006; Klintwall
et al., 2011; Leekam, Nieto, Libby, Wing y Gould, 2007; Rogers, Hepburn y Wehner,
2003). En esta edición se incluye como síntoma clínico dentro del criterio de
comportamientos repetitivos, descrito como: “Hiper- o hiporreactividad a los
estímulos sensoriales o interés inhabitual por aspectos sensoriales del entorno (p. ej.,
indiferencia aparente al dolor/temperatura, respuesta adversa a sonidos o texturas
específicos, olfateo o palpación excesiva de objetos, fascinación visual por las luces o el
movimiento)” (APA, 2013). Además, en comparación con los anteriores manuales, el
DSM-5 concibe de una manera más abierta la edad de aparición de los síntomas de
TEA, sustituyendo los 30 meses del DSM-III, y los 36 meses del DSM-IV, por “inicio en la
primera infancia”.
Por otro lado, elimina el requisito “Retraso o ausencia total del desarrollo del lenguaje
oral (no acompañado de intentos de compensarlo mediante modos alternativos de
comunicación, tales como gestos o mímica)”, contemplado anteriormente para el
diagnóstico de trastorno autista del DSM-IV, debido a los avances en investigación, que
han demostrado que ésta característica no es específica ni universal para las personas
con TEA (Gernsbacher, Morson y Grace, 2016; Grzadzinski et al., 2013).
En el DSM-5 las diferencias son, por lo tanto, más cuantitativas que cualitativas, debido
al refinamiento de los criterios diagnósticos y a esta perspectiva dimensional, que
Tesis Doctoral 39 M. L. Monroy
supone dar más importancia a los niveles de severidad de los síntomas que a la propia
etiqueta diagnóstica. Este nuevo enfoque permitirá establecer el nivel de apoyo
necesario individualizado y, por ende, una mejor atención y una mejor calidad de vida
de las personas con TEA.
1.2 Sintomatología clínica del espectro
Las manifestaciones clínicas del trastorno del espectro autista son muy amplias, y
aunque a lo largo de su historia los criterios diagnósticos se han visto modificados, hay
ciertos aspectos que se han mantenido desde las primeras descripciones del concepto.
Las tres áreas de afectación que comparten los individuos con TEA, descritas
inicialmente por Kanner, han sido corroboradas por otros autores a lo largo del tiempo
(Baron-Cohen, 1988; Volkmar et al., 1987; Wing, 1989).
Antes de la llegada del DSM-5, los criterios para un diagnóstico de trastorno autista
coincidían con la tríada de síntomas descritas por Wing y Gould (1979), las alteraciones
de la interacción social recíproca, el deterioro de la comunicación y el lenguaje, y el
patrón restringido de intereses y comportamientos. El nuevo manual, con dos criterios
“deficiencias persistentes en la comunicación social y en la interacción social” (criterio
A) y “patrones restrictivos y repetitivos de comportamiento, intereses o actividades”
(criterio B), conjunta las primeras dos históricas (APA, 2013) (Figura 1).
M. L. Monroy 40 Tesis Doctoral
Figura 1. Criterios diagnósticos y características asociadas al Trastorno del Espectro Autista del Manual
Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, 5ª Edición (DSM-5).
Fuente: Traducida de Grzadzinski et al. (2013)
Es necesario puntualizar que las nuevas categorías de síntomas recogen los mismos
puntos que en el DSM-IV-TR, a excepción de dos cambios importantes; por un lado, las
deficiencias o retraso en el lenguaje, que no son un fenómeno exclusivo del TEA
(Gernsbacher et al., 2016) y no se incluyen en esta categoría de síntomas, y por otro,
se incorpora a la categoría de “comportamientos repetitivos” el síntoma clínico de
“sensibilidad inusual a los estímulos sensoriales” hasta ahora no contemplado en los
manuales (Grzadzinski et al., 2013) pero si descrito por diversos autores desde su
origen a la actualidad (Kanner, 1943; Kern et al., 2006; Leekam et al., 2007; Rogers
et al., 2003).
A pesar de la fusión de dos criterios en uno solo, los síntomas que subyacen en el
trastorno del espectro autista siguen siendo los comúnmente conocidos. Morrison
(2015) en la guía rápida para el diagnóstico clínico del DSM-5 describe, de manera más
Tesis Doctoral 41 M. L. Monroy
actual y precisa, el perfil de TEA en torno a las tres dimensiones típicamente afectadas;
comunicación, socialización y conducta motriz (Tabla 2).
Tabla 2: Dimensiones afectadas en el Trastorno del Espectro Autista
A pesar de tener una audición normal, el lenguaje oral de los pacientes con TEA
puede presentar un retraso de incluso varios años. Sus deficiencias varían en
gran medida en alcance e intensidad, desde lo que solíamos denominar trastorno
de Asperger (estas personas pueden hablar con claridad y tienen inteligencia
normal o incluso superior) hasta los individuos con afectación tan intensa que
apenas pueden comunicarse. Otros pueden mostrar patrones de expresión oral
inusual y uso idiosincrásico de frases. Pueden hablar con un volumen excesivo o
carecer de la prosodia (cadencia) que determina la musicalidad del lenguaje
Comunicación normal. También es posible que no utilicen el lenguaje corporal u otra conducta
no verbal para comunicarse, por ejemplo, las sonrisas o los movimientos de la
cabeza con los que casi todos nosotros expresamos aprobación. Suelen no
entender la base del sentido del humor (p. ej., el concepto de que las palabras
que la gente utiliza pueden tener significados múltiples o abstractos). A menudo,
los niños con autismo tienen dificultad para iniciar o sostener una conversación;
antes bien, pueden hablar a sí mismos o sostener monólogos sobre temas que les
interesan, pero no con otras personas. Tienden a formular preguntas una y otra
vez, incluso después de que han obtenido respuestas repetidas.
La maduración social de los pacientes con TEA es más lenta que la de los niños
con desarrollo típico, y las fases del desarrollo pueden ocurrir fuera de la
secuencia esperada. Los progenitores con frecuencia se inquietan durante los
segundos 6 meses de vida, cuando su hijo no establece contacto visual, responde
con sonrisas o se acurruca; en vez de esto, el bebé se aleja del abrazo del
progenitor y se queda mirando el espacio vacío. Los lactantes mayores no
señalan los objetos o juegan con otros niños. Pueden no estirar los brazos para
Socialización
ser cargados o mostrar la ansiedad normal al separarse de los progenitores.
Quizá como resultado de la frustración por la incapacidad de comunicarse, el TEA
tiene como consecuencia frecuentes berrinches y agresividad en niños pequeños.
Con poca necesidad aparente de cercanía, los niños mayores tienen pocos
amigos y no parecen compartir sus alegrías o tristezas con otras personas. En la
adolescencia y en los años posteriores, esto puede manifestarse como una falta
de necesidad de actividades sexuales.
Las metas del desarrollo motor de pacientes con TEA suelen alcanzarse a tiempo;
los tipos de conducta que eligen los distinguen de otros. Incluyen acciones
compulsivas o rituales, sin un fin determinado (denominadas estereotipias), girar,
balancearse, aplaudir, golpearse la cabeza y mantener posturas corporales
extrañas. Chupan los juguetes o los hacen girar en vez de utilizarlos como
Conducta motriz símbolos para un juego imaginario. Sus intereses restringidos los conducen a
preocuparse por las partes de los objetos. Tienden a resistirse al cambio y
prefieren apegarse de manera rígida a la rutina. Pueden parecer indiferentes al
dolor o a las temperaturas extremas, así como mostrar inquietud por oler o tocar
objetos. Muchos de estos pacientes se lesionan al golpearse la cabeza, pincharse
la piel o hacer otros movimientos repetitivos.
Fuente: Morrison (2015)
A pesar de que las características centrales son las mismas descritas con anterioridad,
en el estudio de la sintomatología del TEA, hay que tener en cuenta que sus
manifestaciones clínicas varían en función del nivel cognitivo (Mayes y Calhoun, 2004;
M. L. Monroy 42 Tesis Doctoral
Mulas, Hernández-Muela, Etchepareborda y Abad-Mas, 2004) y sufren algunos
cambios con la edad (Cox et al., 1999; Gómez y Cernuda, 2007; Mayes y Calhoun,
2004), presentándose con diferentes particularidades en cada etapa del desarrollo
(primera infancia, infancia, adolescencia, edad adulta). Así, pueden observarse
periodos de fluctuaciones, acompañados en algunas ocasiones de mejorías y en otras
de momentos críticos, como la adolescencia, donde pueden reaparecer algunos
síntomas ya superados (Gómez y Cernuda, 2007).
1.2.1 Deficiencias persistentes en la comunicación social y en la interacción
social.
Respecto a la interacción social, desde Wing y Gould (1979) los especialistas en
autismo infantil, han considerado el deterioro social o “deficiencia social” el síntoma
nuclear del trastorno y el que permanece a lo largo de toda la vida. Según esta autora,
los niños con esta deficiencia se caracterizan por marcados déficits en el
reconocimiento social, comunicación social y comprensión social (Ravelli et al., 1990).
Las alteraciones de la conducta social en el autismo tienen como rasgo común una
falta de “reciprocidad” (Rutter, 1983) que está marcada por una afectación de los
comportamientos no verbales, como la atención conjunta, el contacto visual o la
expresión facial (Wing y Gould, 1979). Según Baron-Cohen, Leslie y Frith (1985) tienen
afectada la capacidad para atribuir estados mentales a otros, esto es, para tener una
teoría de la mente de las otras personas. Gómez y Cernuda (2007) lo concretan como
la incapacidad para desarrollar relaciones con iguales apropiadas al nivel de desarrollo,
por la carencia de la comprensión de las normas convencionales implícitas en la
Tesis Doctoral 43 M. L. Monroy
interacción social. Los déficits generalmente se observan tanto en la iniciación de la
interacción social como en la respuesta (Baron-Cohen, 1990).
Suele estar ausente la tendencia espontánea de compartir el disfrute o interés por
otras personas (por ejemplo, mostrar señalando o dar) (Gómez y Cernuda, 2007) y la
falta de reciprocidad social o emocional (por ejemplo, no participar en juegos sociales
simples).
En lo que se refiere a la comunicación, las alteraciones en el trastorno del espectro
autista hacen referencia al deterioro de las habilidades verbales y no verbales
utilizados en la interacción social recíproca (Wetherby, Watt, Morgan y Shumway,
2007). Las dificultades en ésta área son los síntomas más comunes, pueden
manifestarse con déficits en la atención conjunta (Mundy, 2016) en la ausencia de los
gestos comunicativos como el contacto visual (Alessandri, Mundy y Tuchman, 2005) o
señalar un objeto (Shumway y Wetherby, 2009) hasta un marcado retraso del
desarrollo del lenguaje hablado o incluso, su ausencia total, sin compensación por
otros medios de comunicación; siendo la ausencia de lenguaje el principal motivo de
consulta de los padres (Johnson y Myers, 2007; Lazenby et al., 2016).
Las alteraciones en la comunicación de los niños con TEA que desarrollan lenguaje,
tienen como rasgo común un fallo para respetar la pragmática de la conversación
(Baron-Cohen, 1988), es decir, tienen un uso inadecuado del lenguaje en un contexto
social dado y una intención comunicativa significativamente más baja (Maljaars,
Noens, Jansen, Scholte y Van Berckelaer-Onnes, 2011; Shumway y Wetherby, 2009).
Las dificultades no solo se limitan al componente pragmático, sino que existe evidencia
de que los demás componentes (léxico-semántico, morfosintáctico y fonético-
M. L. Monroy 44 Tesis Doctoral
fonológico), presentan alteraciones que varían desde una aparente ausencia de déficit
o poca dificultad a niveles severos (Tager-Flusberg, 2006; Whitehouse, Barry y Bishop,
2008).
En este caso, las dificultades semánticas comprensivas y expresivas están supeditadas
al nivel de funcionamiento intelectual del niño con TEA (Groen, Buitelaar, Van Der
Gaag y Zwiers, 2011). Otros problemas frecuentes que manifiestan los niños con TEA
que tienen lenguaje oral son alteraciones en la habilidad para iniciar o mantener una
conversación con los demás, utilizando de manera estereotipada y repetitiva el
lenguaje o un lenguaje idiosincrático (Gernsbacher et al., 2016).
En ocasiones una jerga muy elaborada sustituye el lenguaje, con entonación adecuada
pero con un discurso vacío de contenido y falta de expresión facial y gesticulación
disociada de la comunicación (Artigas, 1999; Kanner, 1943). Se dan fenómenos como la
ecolalia (Kanner, 1943; Sterponi y Shankey, 2014) y la inversión pronominal (Benítez-
Burraco, 2008; Kanner, 1943), además de falta de juego apropiado a la edad,
espontáneo y variado o de juego imitativo social propio del nivel de desarrollo del niño
(Riviere, 1997).
1.2.2 Patrones restrictivos y repetitivos de comportamiento, intereses o
actividades.
En el desarrollo infantil, los comportamientos repetitivos durante las actividades, como
el juego, son una forma de aprendizaje. No obstante, en los niños con TEA la
frecuencia de comportamientos repetitivos, es elevada y atípica (Wolff et al., 2014). El
patrón restringido de intereses y comportamientos se manifiesta en la alteración de la
Tesis Doctoral 45 M. L. Monroy
capacidad imaginativa que abarca desde la incapacidad para el juego con objetos hasta
el uso de habilidades de modo repetitivo y obsesivo (Gómez y Cernuda, 2007).
De este modo, las personas con TEA manifiestan un interés desmedido por
determinadas conductas repetitivas motoras y verbales, que Sambraus (1985) define
como estereotipias:
«Un modelo o patrón fijo, en una conducta que se produce de una forma determinada,
con connotaciones de anormalidad y que siempre cumple tres características (1)
el modelo o patrón conductual que se produce siempre es morfológicamente
idéntico, (2) se repite constantemente de la misma forma y (3) la actividad
conductual producida no va dirigida a ningún objetivo».
El abanico de estereotipias manifestadas por las personas con TEA son diversas, se
pueden clasificar morfológicamente desde un punto de vista motor; estereotipias con
el cuerpo (por ejemplo, mecerse o girar sobre sí mismo), con la cabeza (por ejemplo,
balancear la cabeza), con la deambulación (como hacer carreras sin motivo o andar de
puntillas), manierismos con una mano, con ambas manos o con un objeto (aleteo de
manos, retorcerse los dedos o jugar siempre con el mismo juguete, por ejemplo, a
girar las ruedas de un coche) (Muñoz-Yunta et al., 2005). En ocasiones, las
estereotipias motoras están asociadas entre ellas y pueden indicar el grado de
severidad en el TEA (Kim et al., 2015).
Otro aspecto a destacar es la inflexibilidad de rutinas o patrones rítualizados. La
inflexibilidad cognitiva, descrita como la capacidad de cambiar de pensamiento o de
acción en función de las demandas del entorno (Geurts, Corbett y Solomon, 2009), es
el dominio de las funciones ejecutivas más claramente relacionada con los
M. L. Monroy 46 Tesis Doctoral
comportamientos repetitivos en TEA (Boyd, McBee, Holtzclaw, Baranek y Bodfish,
2009; Lopez, Lincoln, Ozonoff y Lai, 2005). La literatura ha demostrado que las
personas con TEA tienen problemas con la flexibilidad en las actividades de la vida
diaria (Mackinlay, Charman y Karmiloff-Smith, 2006), haciendo referencia a la obsesión
en mantener rutinas o rituales específicos y resistirse al menor cambio (Gómez y
Cernuda, 2007).
En cuanto al interés por aspectos sensoriales manifestados en los sujetos con TEA se
han descrito desde Kanner. Las características sensoriales en el autismo, en contraste
con las conductas repetitivas, se han considerado secundarias al trastorno (Boyd et al.,
2009) o síntomas asociados a la severidad de los síntomas específicos del TEA (Cervera,
Andrés, Cerezuela, Fraile y Llongo, 2014).
En la actualidad, han tomado más importancia con la inclusión del síntoma clínico de
“sensibilidad inusual a los estímulos sensoriales” a la categoría de comportamientos
repetitivos dentro de los criterios diagnósticos en el DSM-5 (APA, 2013). En este
manual, se sugieren tres variaciones de los comportamientos sensoriales y se apoyan
empíricamente: (1) hiperreactividad (en inglés ‘sensory underreactivity’, es decir,
reacciones negativas a la entrada sensorial o evitación de ella), (2) hiporreactividad (en
inglés ‘sensory overreactivity’, reacciones disminuidas o retardadas a la entrada
sensorial) y (3) los comportamientos desorganizados de búsqueda sensorial (en inglés
‘sensory seeking behavior’, es decir, interés inusual o interacción excesiva con aspectos
sensoriales del ambiente) (Ben-Sasson et al., 2008; Ben-Sasson, Cermak, Orsmond,
Tager-Flusberg y others, 2007; Boyd et al., 2010; Liss, Saulnier, Fein y Kinsbourne,
2006).
Tesis Doctoral 47 M. L. Monroy
A pesar de que las características sensoriales son menos específicas y universales en
los criterios diagnósticos, son muy comunes en el autismo (Klintwall et al., 2011). Wing
(1990) ya destacaba el abanico de respuestas inusuales, desde la indiferencia o la
fascinación, a la angustia a cualquier tipo de estimulación sensorial, de los niños con
autismo. Algunos autores describen los patrones existentes de procesamiento
sensorial en el TEA (Kern et al., 2006, 2007) y su relación con dificultades en otras
áreas significativas como la alimentación (Cermak, Curtin y Bandini, 2010; Kanner,
1943) o el sueño (Hundley, Shui y Malow, 2016; Reynolds, Lane y Thacker, 2012).
1.3 Comorbilidad y autismo
La gravedad del trastorno del espectro autista no solo depende del número de
síntomas presentes, sino de la comorbilidad con otros síndromes (APA, 2013; Mulas
et al., 2004; Posada-De la Paz et al., 2005; Simonoff et al., 2008). En la actualidad, el
DSM-5 reconoce que las personas con autismo pueden presentar otras patologías
comórbidas (APA, 2013), pero es difícil establecer las tasas de prevalencia estimada del
trastorno del espectro autista con respecto a otros trastornos (Klinger, Dawson y
Renner, 2013). Además, los factores de riesgo subyacentes, ya sean genéticos o
ambientales, pueden estar asociados no sólo a uno sino a varios trastornos (Bolkan y
Gordon, 2016).
Algunas de estas afecciones comórbidas de salud mental incluyen trastornos de
ansiedad (particularmente frecuentes) y depresión (2 a 30%), comportamiento
obsesivo-compulsivo (TOC) (en cerca de una tercera parte), trastorno por déficit de
atención/hiperactividad (más de la mitad), convulsiones (25 a 50%) (Morrison, 2015) y
especialmente, discapacidad intelectual, pues un porcentaje significativo de los niños
M. L. Monroy 48 Tesis Doctoral
con TEA, entre el 65-80%, cursa con discapacidad intelectual más o menos grave
(Chakrabarti y Fombonne, 2005; Charman et al., 2011; Chaste y Leboyer, 2012;
Holguín, 2003; Morrison, 2015). Muchos de los síntomas concomitantes a estas
afecciones pueden agravar los síntomas primarios del autismo (Matson, 2015), al tener
una discapacidad sobreañadida de la enfermedad de origen. Aunque por lo general, es
el trastorno autista el que adolece el cuadro clínico típico de la enfermedad básica, que
con frecuencia no tiene tratamiento etiológico ni curativo (Posada-De la Paz et al.,
2005). Esto supone una dificultad añadida para el diagnóstico de TEA, y también para
el pronóstico (Posada-De la Paz et al., 2005).
Existen otras enfermedades que pueden situarse en las fronteras del autismo, la
mayoría de origen genético, que en su historia natural manifiestan rasgos muy
similares, cuando no idénticos, típicos del cuadro clínico del trastorno del espectro
autista (Cohen et al., 2005). Fariña, Galli, Lazo, Mattei y Raggio (2015) recogen algunos
de los síndromes genéticos y alteraciones cromosómicas más frecuentes que asocian
TEA como parte de su fenotipo (Tabla 3).
Tabla 3: Síndromes genéticos y alteraciones cromosómicas vinculadas al Trastorno del Espectro
Autista, con su respectiva frecuencia de co-diagnóstico
Síndrome Frecuencia de co-diagnóstico Gen/Región
X Frágil 45-70% FMR1
Rett 50% MECP2
Down 5-15% Trisonomía Cr. 21
Angelman 50% UBE3A (materno)
Neurofibromatosis 4% NF1/NF2
Potocki-Lupski 90% Duplicaciones Cr.17p
Smith-Lemli-Opitz 50-75% DHCR7
Esclerosis tuberosa 40-50% TSC1/TSC2
Macrocefalia 75% PTEN
Turner ? Monosomía X
Prader-Willi 19% Delección Cr.15q11-q13
Fuente: Fariña, Galli, Lazo, Mattei y Raggio (2015)
Tesis Doctoral 49 M. L. Monroy
Estos problemas concurrentes, potencialmente aditivos e interactivos, tienen un
impacto negativo significativo en el funcionamiento y la calidad de vida del día a día de
las personas con TEA (Matson, 2015; Posada-De la Paz et al., 2005).
1.4 Etiología
A las dificultades conceptuales y descriptivas del concepto, se unen las dificultades en
otra dimensión como es la etiología. El autismo se ha definido conductualmente
(tipología) y no biológicamente (etiología) (Baron-Cohen, 1990; Frith, 2004; Mulas
et al., 2004) debido a lo complejo de la identificación de las causas del inicio del
trastorno. En este terreno, para la comprensión de las causas precisas del trastorno del
espectro autista, se han propuesto múltiples teorías que, hasta la fecha, aunque son
muchos los avances en los conocimientos del origen, no muestran evidencias precisas
y contundentes que permitan identificar sus factores etiológicos (Belinchón-Carmona
et al., 2005; Cabanyes-Truffino y García-Villamisar, 2004; Posada-De la Paz et al., 2005).
La evolución de las distintas teorías, en algunos casos opuestas, sobre la naturaleza del
trastorno ha permitido mejorar la comprensión del autismo. Las ideas psicoanalíticas,
predominantes entre los años 40 y 60 del siglo pasado, atribuían el autismo a factores
afectivos inadecuados del niño con sus figuras de crianza. La tendencia era pensar que
el autismo era consecuencia de una “madre fría” o de progenitores desnaturalizados
(Eisenberg, 1957). El trabajo de Rimland (1964) aportó la primera explicación
psiconeurobiológica, donde el autismo era presentado como un trastorno de los
sistemas cerebrales encargados de regular el arousal y la atención.
Otros autores como Folstein y Rutter (1977) enfatizaron la relevancia de los factores
genéticos y, con ello, de la existencia de un déficit cognitivo en el autismo,
M. L. Monroy 50 Tesis Doctoral
principalmente lingüístico, originado por alguna alteración neurobiológica. A pesar de
que la alteración en el desarrollo del lenguaje, era una de las primeras
manifestaciones, Rutter (1983) demostró que el trastorno del lenguaje por sí solo no
era capaz de explicar las alteraciones sociales del autismo, ya que tales déficits sociales
no se encontraban frecuentemente en niños con trastornos del lenguaje. Desde el
marco de la neuropsicología cognitiva, Baron-Cohen (1993; 1985) empleó el término
«teoría de la mente», procedente de Premack y Woodruff (1978) para definir la
capacidad de las personas de atribuir estados mentales a sí mismo y a los demás. Esta
hipótesis de la posible alteración específica de los niños con autismo en su habilidad
para representar estados mentales, tales como creencias, deseos, intenciones…
proporcionó una explicación causal del autismo. Los niños neurotípicos, a diferencia de
los niños con TEA, desarrollan esta capacidad desde el primer año de vida (Gergely,
Nádasdy, Csibra y Bíró, 1995) hasta estar firmemente establecido en torno a los 3 o 4
años (Baron-Cohen, 1991).
En los últimos años, debido a la inexistencia de marcadores biológicos para el autismo,
cobra cada vez más sentido considerar una multiplicidad de factores etiológicos que no
son excluyentes entre sí (Grabrucker, 2013) (Figura 2).
Tesis Doctoral 51 M. L. Monroy
Figura 2: Representación jerárquica de las múltiples causas y factores de riesgo del Trastorno del
Espectro Autista. En esta representación, los componentes de cada nivel pueden ser influenciados por
los del nivel inferior.
Fuente: Traducida de Hu (2013)
Existen múltiples evidencias de que los factores genéticos pueden ser en gran parte
responsables en la patogénesis del trastorno autista (Cohen et al., 2005; Gómez y
Cernuda, 2007; Narbona y Patiño, 2002; Posada-De la Paz et al., 2005) aunque no
pueden explicar completamente todos los casos (Grabrucker, 2013). Una causa
genética puede ser identificada en el 20-25% de los niños con trastorno del espectro
autista, estimándose que en torno a un 5-10% de los casos aparecen de manera
comórbida con otros síndromes (Miles, 2011). Diversos autores describen la relación
de patologías genéticas y cromosómicas (Cohen et al., 2005) y su interacción con
factores de riesgo ambientales y del desarrollo (eventos prenatales y perinatales,
riesgos paternos como los descritos en la Tabla 4 así como, de las características
demográficas (edad y educación materna, nivel socioeconómico, etc.) (Grabrucker,
M. L. Monroy 52 Tesis Doctoral
2013; Guinchat et al., 2012; Hu, 2013; Landrigan, 2010; Miles, 2011; Rodier y Hyman,
1998; Stamou, Streifel, Goines y Lein, 2013).
Tabla 4: Factores de Riesgo en el Trastorno del Espectro Autista
Hemorragias durante el embarazo
Fármacos
Condiciones médicas de la madre (hipotiroidismo, infecciones virales,
diabetes gestacional…)
Prenatales Rubeola congénita
Encefalitis por herpes
Exposición fetal al alcohol, talidomida, ácido valproico, misoprostol,
antidepresivos ISRS
Exposición durante el embarazo a insecticidas organofosforados (clorpirifos)
Presentación fetal (por complicaciones del cordón umbilical)
Sufrimiento fetal
Lesiones durante el parto
Parto múltiple
Hemorragia materna
Perinatales Bajo peso al nacer o pequeño para la edad gestacional
Puntuación Apgar baja
Aspiración de meconio
Anemia neonatal
Incompatibilidad ABO o Rh
Hiperbilirrubinemia
Antecedentes de meningitis
Traumatismo encéfalo craneano
Crisis epilépticas
Otitis media crónica
Empleo de fármacos ototóxicos
Postnatales
Deprivación afectiva
Alteraciones gastrointestinales o del sistema inmunológico
Alergias
Exposición a drogas
Exposición a metales pesados
Edad del padre (por cada año que aumenta la edad del padre, también lo
hacen las mutaciones en la espermatogénesis)
Asociaciones Edad de la madre (aumento de las complicaciones del embarazo y la
Epidemiológicas autoinmunidad materna)
No hay evidencias que relacionen las vacunas y el estatus socioeconómico
con el desarrollo de TEA
Fuente: Adaptado de Fariña, Galli, Lazo, Mattei y Raggio (2015) y Grabrucker (2013)
1.5 Prevalencia
Los primeros estudios de prevalencia del autismo publicados entre los años 1960 y
1970, cuando el autismo era considerado una condición muy grave, acompañada por
lo general por discapacidad intelectual, informaban de una prevalencia de
aproximadamente de cuatro a cinco casos por cada 10.000 niños (Lotter, 1966).
Tesis Doctoral 53 M. L. Monroy
Gillbert y Wing (1999), en su análisis de prevalencia en un período de 40 años, sugieren
que las bajas tasas de aparición del trastorno obtenidas en ese período inicial de 1966-
1973 son debidas al uso de los estrictos criterios diagnósticos de autismo infantil según
Kanner (1943).
A partir de la incorporación de los criterios establecidos para el diagnóstico de
autismo, por la American Psychiatric Association (DSM-III 1980, DSM-III-R 1987, DSM-
IV 1994), se observa un incremento en la frecuencia del trastorno debido quizás al
desarrollo de un concepto más amplio del autismo, con una tasa media de prevalencia
de 7.7 por cada 10.000 niños en los años 80, y aun superior en la década de los 90 con
una media de 9.6 casos de autismo por cada 10.000 niños (Gillberg y Wing, 1999). Los
estudios epidemiológicos posteriores a los años 90, registran cifras en un aumento
aparentemente constante (Saemundsen, Magnússon, Georgsdóttir, Egilsson y
Rafnsson, 2013).
Investigaciones más recientes, informaban de una frecuencia aún mayor, 113/10.000 y
100/10.000 (Baio, 2012; Maenner et al., 2014). Elsabbagh et al. (2012), en una revisión
de los estudios de prevalencia a nivel mundial ha estimado que, en la actualidad, el
TEA afecta aproximadamente a un 1% de la población con valores parecidos en la
infancia y la edad adulta.
Aunque tradicionalmente se ha considerado al TEA como un trastorno con escasa
prevalencia (Lotter, 1966), en el presente existe una amplia heterogeneidad en los
índices de estimaciones de prevalencia encontrados entre los diversos estudios (véase
Tabla 5), que consideran el aumento de los casos de autismo en los últimos años. No
está claro si las tasas más altas en la última década reflejan el aumento real de la
M. L. Monroy 54 Tesis Doctoral
frecuencia del trastorno del espectro autista (Baxter et al., 2014; Fombonne, 2005), o
es debido a factores metodológicos que son cuestión de debate. La variabilidad de los
criterios diagnósticos usados en los estudios, la edad y tamaño de la muestra pueden
ser claves para conocer las tasas reales de prevalencia de TEA (Wing y Potter, 2002).
Tabla 5: Estudios de prevalencia para el Trastorno del Espectro Autista
Año de Tamaño Tasa de
Eda Criterios 95%
publicació Autores País de la Prevalenci
d Diagnósticos IC
n muestra a /10.000
1966 Lotter Reino Unido 78.000 8-10 Criterios de 4.1 2.7;
calificación 5.5
propios
1970 Brask Dinamarca 46.500 2-14 Clínico 4.3 2.4;
6.2
1970 Treffert EE.UU. 899.750 3-12 Kanner 0.7 0.6;
0.9
1976 Wing et. Al Reino Unido 25.000 5-14 24 ítems de la 4.8 2.1;
escala de 7.5
calificación
de Lotter
1982 Hoshino et al. Japón 609.848 0-18 Criterios de 2.33 1.9;
Kanner 2.7
1983 Bohman et al. Suecia 69.000 0-20 Criterios de 5.6 3.9;
Rutter 7.4
1984 McCarthy et Irlanda 65.000 8-10 Kanner 4.3 2.7;
al. 5.9
1986 Steinhausen Alemania 279.616 0-14 Rutter 1.9 1.4;
et al. 2.4
1987 Burd et al. EE.UU. 180.986 2-18 DSM-III 3.26 2.4;
4.1
1987 Matsuishi et Japón 32.834 4-12 DSM-III 15.5 11.3;
al. 19.8
1988 Tanoue et al. Japón 95.394 7 DSM-III 13.8 11.5;
16.2
1988 Bryson et al. Canadá 20.800 6-14 RDC 10.1 5.8;
(Denckla, 14.4
1986)
1989 Sugiyama & Japón 12.263 3 DSM-III 13.0 6.7;
Abe 19.4
1989 Cialdella & Francia 135.180 3-9 DSM-III 4.5 3.4;
Mamelle 5.6
1989 Ritvo et al. EE.UU. 769.620 3-27 DSM-III 2.47 2.1;
2.8
1991 Gillbert et al. Suecia 78.106 4-13 DSM-III-R 9.5 7.3;
11.6
1992 Fombonne & Francia 274.816 9 - CIE-10 4.9 4.1;
du Mazaubrun 13 5.7
1992 Wignyosumart Indonesia 5.120 4-7 CARS 11.7 2.3;
o et al. 21.1
Tesis Doctoral 55 M. L. Monroy
Año de Tamaño Tasa de
Eda Criterios 95%
publicació Autores País de la Prevalenci
d Diagnósticos IC
n muestra a /10.000
1996 Honda et al. Japón 8.537 5 CIE-10 21.08 11.4;
30.8
1997 Fombonne et Francia 325.347 8-16 CIE-10 5.35 4.6;
al. 6.1
1997 Webb et al. Reino Unido 73.301 3-15 DSM-III-R 7.2 5.3;
9.3
1997 Arvidsson et Suecia (Costa 1.941 3-6 CIE-10 46.4 16.1;
al. Oeste) 76.6
1998 Sponheim & Noruega 65.688 3-14 CIE-10 3.8 2.3;
Skjeldal 5.3
1999 Taylor et al. Reino Unido 490.000 0-16 CIE-10 8.7 7.9;
9.5
1999 Kadesjö et al. Suecia (Central) 826 6.7- DSM-III- 72.6 14.7;
7.7 R/CIE-10 130.6
Criterios de
Gillberg
(Síndrome de
Asperger)
2000 Baird et al. Reino Unido 16.235 7 CIE-10 30.8 22.9;
40.6
2000 Powell et al. Reino Unido 25.377 1-5 Clínica / CIE- 7.8 5.8;
10/ DSM-IV 10.5
2000 Kielinen et al. Finlandia 27.572 5-7 DSM-IV 20.7 15.3;
26.0
2001 Bertrand et al. EE.UU. 8.896 3-10 DSM-IV 40.5 28.0;
56.0
2001 Fombonne et Reino Unido 10.438 5-15 DSM-IV/CIE- 26.1 16.2;
al. 10 36.0
2001 Magnússon Islandia 43.153 5-14 Principalment 13.2 9.8;
and e CIE-10 16.6
Saemundsen
2001 Chakrabarti & Reino Unido 15.500 2.5- CIE-10/ DSM- 16.8 10.3;
Fombonne (Región 6.5 IV 23.2
Central)
2001 Davidovitch et Israel 26.160 7-11 DSM-III-R/ 10.0 6.6;
al. DSM-IV 14.4
2002 Croen et al. EE.UU. 4.950.33 5-12 CDER* 11.0 10.7;
3 “Síndrome 11.3
Completo”
2002 Madsen et al. Dinamarca 63.859 8 CIE-10 7.2 5.0-
10.0
2004 Tebruegge et Reino Unido 2.536 8-9 CIE-10 23.7 9.6;
al. 49.1
2005 Chakrabarti & Reino Unido 10.903 4-7 CIE-10/ DSM- 22.0 14.4;
Fombonne (Región IV 32.2
Central)
2005 Barbaresi EE.UU. 37.726 0-21 DSM-IV 29.7 24.0;
Minnesota 36.0
2005 Honda et al. Japón 32.791 5 CIE-10 37,5 31.0;
45.0
2006 Fombonne et Canadá 27.749 5-17 DSM-IV 21.6 16.5;
al. (Quebec) 27.8
M. L. Monroy 56 Tesis Doctoral
Año de Tamaño Tasa de
Eda Criterios 95%
publicació Autores País de la Prevalenci
d Diagnósticos IC
n muestra a /10.000
2006 Gillbert et al. Suecia 32.568 7-12 Criterios de 35.3 29.2;
Gillberg 42.2
2006 Baird et al. Reino Unido 56.946 9-10 CIE-10 38.9 29.9;
47.8
2007 Ellefsen et al. Dinamarca 7.689 8-17 CIE-10 27.3 16.9;
Criterios de 41.3
Gillberg
(Síndrome de
Asperger)
2007 Oliveira et al. Portugal 67.795 6-9 DSM-IV 16.7 14.0;
20.0
2007 Latif and Reino Unido 39.220 0-17 Kanner 12.7 9.0;
Williams 17.0
2008 Williams et al. Reino Unido 14.062 11 CIE-10 21.6 13.9;
29.3
2009 Van Balkom et Países Bajos 13.109 0-13 DSM-IV 52.6 41.0-
al. 66.6
2009 Baron-Cohen Reino Unido 11.700 5-9 CIE-10 157 99;
et al. (Cambridgeshir 246
e)
2010 Lazoff et al. Canadá 23.635 5-17 DSM-IV 25.4 19.0;
31.8
2011 Nygren et al. Gothenburg, 6.220 2 DSM-IV-TR 80 0.57;
Suecia 1.09
2011 Brugha et al. Reino Unido 7.333 >16 ADOS-4 98 30;
165
2011 Shin Kim et al. Corea del Sur 55.266 7-12 DSM-IV 264 1.91;
3.37
2012 Baio et al. EE.UU. 337.093 8 DSM-IV-TR 113 11.0;
11.7
2012 Samadi Irán 1.320.33 5 ADI-R 6.3 5.84;
4 6.70
2013 Saemundsen Islandia 22.229 1-4 CIE-10 / DSM- 120.1 106.6
et al. IV ;
135.3
2013 Davidovitch et Israel 423.524 1-12 DSM-IV 48 4.59;
al. 5.01
2014 Maenner et al. EE.UU. 644.883 8 DSM-V 100 9.6;
10.3
2014 Baio et al. EE.UU. 363.749 8 DSM-IV-TR 147 14.3;
15.1
2016 Christensen et EE.UU. 346.978 8 DSM-IV-TR 146 14.2;
al. 15.0
2016 Christensen et EE.UU. 58.467 4 CIE-9 / DSM- 134 12.5;
al. IV-TR 14.4
2016 Fombonne et México 12.116 8 DSM-IV-TR / 87 0.62;
al. ADOS / ADI-R 1.1
CDER* “Síndrome Completo”: Client Development Evaluation Report
Fuente: Elaboración propia a partir del trabajo de Williams, Higgins y Brayne (2006)
Tesis Doctoral 57 M. L. Monroy
Entre las posibles razones a las que se podría deber este incremento, se contemplan
los cambios en los criterios utilizados para el diagnóstico de autismo a lo largo del
tiempo (Fombonne, 2005). Sin embargo, en la actualidad, y bajo los criterios
diagnósticos del DSM-5, y debido a los aspectos en los que difiere con el usado hasta
entonces DSM-IV-TR, las estimaciones de prevalencia probablemente sean menores, al
incorporar los diagnósticos previos de trastorno autista, trastorno de Asperger y
trastorno desintegrativo infantil a la dimensión única de trastornos del espectro autista
(Maenner et al., 2014).
Así mismo, el mayor conocimiento de las características iniciales de TEA, las posibles
causas y su relación comórbida con otras patologías (Fombonne, 2005; Wing y Potter,
2002), están permitiendo una detección precoz. La pronta identificación de los
síntomas, amplía el diagnóstico a casos más leves o en la edad de inicio de trastorno,
registrándose así una mayor incidencia de casos de TEA.
De la misma manera, la mayor concienciación de la existencia del trastorno del
espectro autista entre padres, profesionales y el público en general (Wing y Potter,
2002) y, la creación de servicios especializados, con una mejora de las herramientas
diagnósticas más específicas y mejor definidas, contribuyen a incrementar la tasa de
prevalencia. Por otro lado, las diferencias metodológicas entre estudios en la
definición de la muestra (el tamaño y la edad de la muestra) y en los procedimientos
de detección de casos (Baxter et al., 2014; Fombonne, 2009; Wing y Potter, 2002)
hacen complicado establecer comparaciones reales.
A pesar de la controversia, en cuanto al aumento real de la prevalencia, se asume que
el TEA es una condición relativamente común (Canal-Bedia et al., 2013), que afecta en
M. L. Monroy 58 Tesis Doctoral
una proporción 4 a 1 a la población masculina con respecto a la femenina y aparece en
todas las clases sociales y en las diferentes culturas por igual (Bolkan y Gordon, 2016;
Yeargin-Allsopp et al., 2003).
En definitiva y como hemos venido exponiendo a lo largo de estas páginas, el
Trastorno del Espectro Autista ha requerido de una especial atención desde las
primeras descripciones de Kanner. Desde su origen, y con el fin de facilitar la
agrupación de los síntomas característicos de TEA como entidad clínica, el concepto de
autismo ha sufrido diversas modificaciones en los diferentes manuales de clasificación
de los trastornos mentales hasta llegar a la definición actual, ubicada en el paradigma
dimensional del DSM-5 (APA, 2013). A pesar de los cambios a los que se ha visto
sometida la definición de TEA, los criterios diagnósticos actuales han conservado los
indicios nucleares del trastorno, plasmados en dos únicos criterios como son las
deficiencias persistentes en la comunicación social y en la interacción social, y los
patrones restrictivos y repetitivos de comportamiento, intereses o actividades.
La evolución del concepto hacia un constructo dimensional ha significado darle mayor
importancia a la gravedad de los síntomas para la búsqueda de apoyos, y no tanto, a la
etiqueta diagnóstica. El aumento de la prevalencia, la diversidad de sus causas, y la
comorbilidad con otros trastornos, unido al carácter crónico y la gravedad de los
síntomas, hace necesaria una detección precoz de las primeras manifestaciones de
síntomas compatibles con TEA. La detección unida al diagnóstico temprano específico,
encamina la intervención multidisciplinar que favorecerá el pleno desarrollo del
potencial de las personas con TEA. Así pues, en el capítulo siguiente nos centraremos
en los aspectos relacionados con el diagnóstico.
Tesis Doctoral 59 M. L. Monroy
M. L. Monroy 60 Tesis Doctoral
2 EL DIAGNÓSTICO DEL TRASTORNO DEL ESPECTRO AUTISTA
EN ETAPAS INFANTILES
2.1 Las primeras manifestaciones comportamentales
El DSM-5 clasifica el autismo como un trastorno del neurodesarrollo que afecta a la
interacción social, a la comunicación y a la flexibilidad de los patrones de conducta
(APA, 2013). Esta alteración temprana tiene un fuerte impacto en el proceso de
adaptación y desarrollo social, comunicativo y comportamental y, por lo tanto, en la
capacidad del niño para responder a las exigencias de la vida cotidiana.
A pesar de la variabilidad clínica en las manifestaciones iniciales del trastorno del
espectro autista y la diversidad de sus causas (Grabrucker, 2013), en la actualidad,
existe un consenso sobre las características generales que comparten los menores TEA
en la primera infancia (Canal-Bedia et al., 2013). Gillberg y Wing (1999) al estudiar los
síntomas y manifestaciones de los TEA, encontraron manifestaciones que, en
ocasiones, se acercan al desarrollo normal del niño, y otros síntomas que se identifican
con retrasos evidentes en este desarrollo, ya más cercanos al espectro autista. Los
cambios que lleva consigo el neurodesarrollo típico del niño, exigen alcanzar los hitos
apropiados a cada momento evolutivo (Cabanyes-Truffino y García-Villamisar, 2004).
El análisis de estos hitos del desarrollo, mediante la combinación de datos procedentes
de estudios retrospectivos con datos procedentes de estudios prospectivos de los
últimos años, ha hecho posible concretar con mayor precisión algunos de los
comportamientos susceptibles de ser signos de autismo (Canal, Bohorquez, Guisuraga,
Martín y Primo, 2013). Parece ser, que a los 12 meses aún es pronto para que se
manifiesten algunas de las habilidades afectadas en los niños pequeños con autismo,
Tesis Doctoral 61 M. L. Monroy
como, por ejemplo, la participación en juegos sociales sencillos y el juego con objetos
(Baranek, 1999; Maestro et al., 2001; Osterling y Dawson, 1994; Werner y Dawson,
2005; Werner, Dawson, Osterling y Dinno, 2000).
Sin embargo, al final del primer año de vida se va configurando, de manera progresiva,
un patrón de comportamientos en el que las dificultades en el desarrollo de
habilidades y destrezas, principalmente ausencia de habilidades para la referencia
conjunta (Canal et al., 2013), permite diferenciar a niños con retrasos madurativos
cuyo perfil puede contemplarse dentro de un TEA (Osterling, Dawson y Munson,
2002). El patrón prototipo de presentación de TEA se caracteriza por una normalidad
aparente en los 8 o 9 meses iniciales del desarrollo (Riviere y Martos, 2000), la mayoría
de los bebés menores de un año con riesgo de presentar autismo, muestran menos
signos a los 6 meses que a los 12 (Canal et al., 2013). A pesar de esto, el 50% de los
padres de niños con autismo manifiestan haber notado algunas dificultades en el
desarrollo de sus hijos antes de cumplir el primer año de edad (Ornitz, Guthrie y
Farley, 1977).
Por otro lado, algunos de los comportamientos típicos durante el desarrollo infantil
temprano, no permiten diferenciar claramente a los niños con autismo. Por ejemplo,
en el desarrollo típico hay cierto grado de comportamiento repetitivo en las
actividades habituales del niño, que constituye una forma de aprendizaje; en los niños
con riesgo de presentar autismo, el alcance de los comportamientos repetitivos, son
muy elevados y atípicos a los 12 meses (Wolff et al., 2014). Aunque estos
comportamientos repetitivos y estereotipados no son un predictor útil, debido a que
no todos los niños con TEA exhiben comportamientos problemáticos a edades
M. L. Monroy 62 Tesis Doctoral
tempranas, ya que suelen emerger entre los 2 o 3 años de edad, y cuando lo hacen,
difieren entre los niños (Young y Brewer, 2002).
Con respecto al juego ocurre algo similar, en edades tempranas, el retraso en el
desarrollo de las habilidades de juego no parece distinguir a niños con autismo de
otros niños y se pueden observar actividades de juego de carácter constructivo e
incluso funcional (Baranek et al., 2005; Barbaro, Ridgway y Dissanayake, 2011). Hacia
los 18 meses los niños con TEA muestran mayor preferencia por actividades de juego
causa-efecto, llegando a mostrar acciones de juego menos espontáneas, menos
complejas, menos simbólicas, menos variadas y con menor frecuencia (Baranek et al.,
2005; Gould, 1986; Libby, Powell, Messer y Jordan, 1998; Rutherford, Young, Hepburn,
y Rogers, 2007; Wing, Gould, Yeates y Brierly, 1977). A diferencia de los niños de esa
edad con un desarrollo típico, que desarrollan un gran interés por jugar, dedicando
mucho tiempo a actividades de juego combinatorio, constructivo y simbólico
(Hoffman, Paris y Hall, 1995). Estas limitaciones en el juego, el principal medio de
exploración y aprendizaje del niño, pueden condicionar las oportunidades para la
socialización e intercambio comunicativo en los TEA (Canal et al., 2013).
La ausencia de conductas comunicativas y sociales, síntomas nucleares del trastorno,
son evidentes en edades tempranas según los estudios basados en los hechos que
cuentan los padres sobre los primeros 12-18 meses de vida del niño (Wetherby et al.,
2004; Zwaigenbaum et al., 2005). Algunas de las conductas en comunicación y
desarrollo social evidenciadas son una interacción social reducida (Adrien et al., 1993;
Dawson, Meltzoff, Osterling, Rinaldi y Brown, 1998; Werner et al., 2000), ausencia de
sonrisa social (Maestro et al., 2002; Werner et al., 2000), falta de expresión facial
Tesis Doctoral 63 M. L. Monroy
(Adrien et al., 1993), falta de orientación al nombre (Bernabei, Camaigni y Levi, 1998;
Osterling y Dawson, 1994; Werner et al., 2000; Zwaigenbaum et al., 2005), ausencia de
actos de señalar/mostrar (Wimpory, Hobson, Williams y Nash, 2000), menor
orientación visual a la cara del adulto (Baranek, 1999; Maestro et al., 2002; Werner
et al., 2000), ausencia de imitación espontánea (Zwaigenbaum et al., 2005), además de
conductas sensoriales atípicas (Baranek, 1999; Cermak et al., 2010; Tavassoli, Miller,
Schoen, Nielsen y Baron-Cohen, 2013) y tono muscular, postura y patrones de
movimiento anormales (Baranek, 1999; Loh et al., 2007) más relacionados con el
procesamiento sensorial y el desarrollo motor.
Las diferencias más notables en el funcionamiento comunicativo, social y cognitivo de
los niños con autismo se hacen más evidentes entre los 12 y 24 meses respecto al
desarrollo de los niños con desarrollo típico (Canal-Bedia et al., 2013; Wimpory et al.,
2000), observadas en conductas anteriormente descritas como un escaso contacto
visual, falta de atención, no responder al nombre cuando le llaman, un temperamento
anormal y, sobre todo, retrasos en el lenguaje y en la comunicación (Baghdadli, Picot,
Pascal, Pry y Aussilloux, 2003; Clifford, Young y Williamson, 2007; Gray y Tonge, 2001;
Howlin y Moore, 1997; Lösche, 1990; Zwaigenbaum et al., 2005).
En ese período, se ha constatado en gran variedad de estudios, dos cursos evolutivos
diferentes, uno con aparición temprana al final del primer año de vida o muy al
principio del segundo, y otro que muestra una regresión al final del segundo año de
vida (Davidovitch, Glick, Holtzman, Tirosh y Safir, 2000; Goldberg et al., 2003; Kurita,
1985; Lotter, 1966; Ozonoff, Williams y Landa, 2005).
M. L. Monroy 64 Tesis Doctoral
En algunos casos los síntomas aparecen antes de los 14 meses (Landa y Garrett-Mayer,
2006), pero aproximadamente el 50% de los casos de los niños con TEA que no
muestran alteraciones evidentes desde el principio del segundo año de vida, pueden
aparentar un desarrollo normal hasta pasados los 15 meses y después ir perdiendo
progresivamente las habilidades lingüísticas, comunicativas y sociales (Lord, Shulman,
y DiLavore, 2004; Ozonoff et al., 2005; Werner y Dawson, 2005). En general, se observa
un progreso lento en todas las áreas del desarrollo de estos niños, pero especialmente
en el ámbito social (Landa, Holman y Garrett-Mayer, 2007).
Cuando llegan a los 24 meses, los síntomas del autismo típicamente definidos, son
claramente identificables. Muchos de estos niños tienen pocos medios para expresar
sus necesidades, comunicar sus intereses y compartir con otros su interés por lo que
les llama la atención, aunque sea con procedimientos no lingüísticos (Sigman et al.,
1999).
La evidencia de manifestaciones del autismo a lo largo del segundo año de vida ha sido
ampliamente documentada (Charman et al., 2000; Charman y Baird, 2002; Ray-
Subramanian, Huai y Weismer, 2011; Zwaigenbaum, Bryson y Garon, 2013),
empezando por las diferencias en habilidades de comunicación social, observándose
retrasos o alteraciones en habilidades adaptativas como el juego o la autonomía
personal.
Por definición, según el DSM-5 (APA, 2013), éstas deficiencias en el desarrollo de
habilidades y los comportamientos repetitivos y estereotipados deben estar presentes
en la primera infancia (anteriormente debían estar presentes antes de los 36 meses,
según criterios del DSM-IV) para el diagnóstico de autismo. Sin embargo, las
Tesis Doctoral 65 M. L. Monroy
manifestaciones clínicas de TEA sufren algunos cambios con la edad (Cox et al., 1999;
Gómez y Cernuda, 2007; Mayes y Calhoun, 2004), y en aproximadamente un tercio de
los casos con un diagnóstico al principio del segundo año, y una intervención precoz,
se observan cambios en los síntomas a los tres años lo suficientemente significativos
como para quitar el diagnóstico de autismo (Landa, 2008).
A la edad de 36 meses, se agudizan las diferencias de los niños con TEA sin diagnóstico
previo y tratamiento temprano, con respecto a otros niños de la misma edad
cronológica. Se hacen más evidentes los déficits sociales y problemas de comunicación
previamente descritos (Landa, 2008; Ornitz et al., 1977), con importantes
consecuencias para el aprendizaje del comportamiento adaptativo.
Persisten o se instauran conductas no sociales en el repertorio del niño, como la de
hacer un uso instrumental del cuerpo del otro, o la de llevar la mano del adulto, como
medio para lograr los objetos o actividades que desea. La ausencia de la conducta de
señalar con función declarativa, sigue siendo a esta edad un signo de la presencia de
TEA (Canal et al., 2013). No se orientan espontáneamente hacia estímulos sociales, por
ejemplo, a la voz del adulto cuando le llama por su nombre, y muestran menos interés
y sensibilidad a las expresiones emocionales de los otros (Bacon, Fein, Morris,
Waterhouse y Allen, 1998; Dawson et al., 2004; Fred Volkmar, Kasia Chawarska y Klin,
2004) por lo que no se aprovechan de la información socioemocional para aprender y
adaptarse a situaciones nuevas o que producen incertidumbre (Canal et al., 2013).
De esta manera, las alteraciones existentes en lo que a conducta de comunicación
social se refiere, contribuyen a la desorganización del desarrollo neurológico del niño,
M. L. Monroy 66 Tesis Doctoral
así como de su comportamiento adaptativo (Klin, Jones, Schultz y Volkmar, 2003;
Mundy y Neal, 2001).
2.2 Detección precoz
Las características clínicas del TEA afectan al desarrollo de la autonomía personal
desde los primeros años de vida, más allá de las dificultades en las habilidades de
socialización y comunicación que se describen en el DSM-5 (APA, 2013). Desde un
enfoque evolutivo, conocer los indicadores del desarrollo neurotípico y de los diversos
déficits específicos identificados en el autismo, asumiendo que no todos los casos de
autismo son detectables a la misma edad y del mismo modo, puede permitir una
mejor detección precoz (Canal-Bedia et al., 2015).
La identificación de niños con autismo requiere de un doble proceso, que consta de (1)
la vigilancia rutinaria del desarrollo de todos los niños en los primeros meses y años de
vida y el cribado específico de síntomas de TEA para identificar a aquellos niños en
riesgo de cualquier tipo de desarrollo atípico, y específicamente a niños en riesgo de
autismo; y (2) diagnosticar y evaluar el TEA, así como, diferenciarlo de otros trastornos
del desarrollo (Filipek et al., 2000).
La vigilancia del desarrollo es definida por Charman y Gotham (2013) como la
evaluación sistemática y recopilación de datos pertinentes para la identificación de un
trastorno a lo largo del tiempo mediante un sistema de salud integrado. En este primer
nivel, los profesionales médicos de referencia del niño, deben ser conscientes de los
primeros signos del TEA, así como particularmente sensibles a informar a las familias
sobre los posibles retrasos en el desarrollo de sus hijos en habilidades sociales (por
ejemplo, el contacto visual, la sonrisa, el interés social…), lenguaje (por ejemplo,
Tesis Doctoral 67 M. L. Monroy
ausencia de balbuceo, señalar o mostrar a los demás un objeto de su interés) o en las
habilidades de juego (por ejemplo, mirar a los juguetes durante largos períodos de
tiempo) (Durand, 2014; Healtcare Improvement Scotland, 2016).
De esa manera, los signos que se buscan son múltiples pero, según Posada-De la Paz
et al. (2005), ninguno específico. En este proceso de búsqueda, los padres han
desempeñado un importante papel en la identificación y descripción de los primeros
síntomas del autismo (Canal-Bedia et al., 2013). Autores como Muñoz Yunta (véase
Mulas et al., 2004), Hoge y Sattler (2008) y Barbaro et al. (2011) definen esas
características iniciales, descritas en la Tabla 6, observadas por los padres en edades
tempranas en niños que presentan posteriormente TEA. Estos signos de alarma, hacen
referencia a la ausencia de los eventos evolutivos que se deberían alcanzar en cada
etapa del desarrollo.
Tabla 6: Signos de alarma en el desarrollo infantil
Primer semestre de vida
No muestra postura anticipatoria al levantarlo en brazos
No abraza
Es duro y resistente al contacto
Su cuerpo es pasivo y blando
No mira el rostro de sus padres
Fija la vista ante estímulos luminosos
Tiene prensión palmar, pero no mira el objeto
Ausencia de sonrisa social
Parece estar sordo
Irritabilidad
Trastorno del sueño
Segundo semestre de vida
Indiferencia por los padres
No establece contacto visual durante una interacción
Tiene poco interés en la voz humana
No interviene en juegos de interacción social (p. ej. En juegos en los que uno se esconde y reaparece
para hacer sonreír al bebé)
No responde ni anticipa
Rudimentos de comunicación oral, ausencia de balbuceo y de jerga
No logra imitar sonidos, gestos ni expresiones
No le interesan mucho los juguetes ofrecidos
Muestra fascinación por sus propias manos y pies
Huele o chupa los objetos más de la cuenta
Sueño fragmentado
M. L. Monroy 68 Tesis Doctoral
Segundo año de vida
Puede iniciar la marcha tardíamente
No se interesa por niños de su edad
Prefiere el juego solitario o ritualista
No señala con intención de enseñar o compartir
No comparte la atención ni interés con los demás
No desarrolla juego simbólico
Irritabilidad, es difícil de consolar
Posturas raras y movimientos extraños de manos y pies
Reacciones emocionales inapropiadas
Trastorno del sueño
No dice palabras por su cuenta (en contraposición a repetir lo que alguien más dice)
Tercer año de vida
Interés interpersonal limitado
Contacto visual escaso
Mira fijo al vacío o de forma inusual a los objetos
No desarrolla el habla, o bien es muy escasa; ecolalia
No le gustan los cambios, se irrita con facilidad
Rabietas y agresiones (auto y hetero)
No expresa su afecto abiertamente
Auto-estimulación (balanceo, movimientos repetitivos, aleteo, girar sobre sí mismo, caminar de
puntillas)
Destrezas manipulativas (rompecabezas)
No imita a los adultos y a los compañeros de juegos
Hipoactividad y/o hiperactividad
Trastorno del sueño
Cuarto año de vida
Ausencia de lenguaje o ecolalia patológica
Voz de tipo peculiar, monocorde
Irritabilidad, berrinches frecuentes, agresión
Escaso contacto visual
Trastorno de la percepción táctil: un golpe fuerte parece no percibirlo, pero el simple roce de la piel
puede provocarle una reacción desmesurada
Auto-estimulación
A cualquier edad
Muestra pérdida de habilidades de lenguaje
Muestra pérdida de habilidades sociales
Fuente: Adaptado de Muñoz Yunta (2004) y Hoge y Sattler (2008)
La aparición armónica de adquisiciones afectivas, sensoriomotoras, cognitivas, o
sociales, se ve alterada en el TEA, observándose los signos comúnmente referenciados
en la reducción de habilidades de interacción social (Adrien et al., 1993; Dawson et al.,
1998; Werner et al., 2000), ausencia de actos con función reguladora (para pedir) o
función declarativa (para mostrar y compartir) (Wimpory et al., 2000), falta de
orientación visual a la cara del adulto (Baranek, 1999; Maestro et al., 2002; Werner
et al., 2000), ausencia de imitación espontánea (Zwaigenbaum et al., 2005),
irritabilidad, conductas sensoriales atípicas como evitar ciertas texturas o chupar
Tesis Doctoral 69 M. L. Monroy
objetos no alimenticios (Baranek, 1999; Cermak et al., 2010; Kirby, Boyd, Williams,
Faldowski y Baranek, 2016; Tavassoli et al., 2013), selectividad alimentaria (Bandini
et al., 2010; Martins, Young y Robson, 2008; Schreck, Williams y Smith, 2004), patrones
motores anormales como balanceo de cuerpo o mirarse las manos (Baranek, 1999;
Baranek, Foster y Berkson, 1997; Kirby et al., 2016), dificultades para conciliar el sueño
(Cortesi, Giannotti, Ivanenko y Johnson, 2010; Sivertsen, Posserud, Gillberg,
Lundervold y Hysing, 2012), y/o comportamientos estereotipados como girar o alinear
objetos (Baranek et al., 1997; Kirby et al., 2016).
Si bien es cierto que el diagnóstico de TEA se realiza en base a sus manifestaciones
clínicas (APA, 2013; Cabanyes-Truffino y García-Villamisar, 2004; Gómez y Cernuda,
2007), no podemos olvidar que los ítems clínicos están supeditados al desarrollo
neurológico del niño. En este sentido, varias de las conductas sobre las que se basan
los criterios de diagnóstico no se presentan antes de cumplirse un año de nacimiento
(juego simbólico, la interacción con los compañeros o la elaboración de las primeras
frases) (Zwaigenbaum et al., 2013), lo que puede obstaculizar la detección precoz.
Identificar la presencia de señales de alerta en el niño tempranamente, indicará la
necesidad de proceder a una evaluación diagnóstica más amplia (Canal-Bedia et al.,
2015; Hernández et al., 2005). La existencia de determinados factores como la edad de
aparición de las manifestaciones iniciales del trastorno del espectro autista, la
heterogeneidad de los síntomas, la alta comorbilidad y la diversidad de sus causas
(Cabanyes-Truffino y García-Villamisar, 2004; Canal-Bedia et al., 2013; Lord y Risi,
1998), pueden dificultar la detección temprana de sintomatología compatible con TEA.
M. L. Monroy 70 Tesis Doctoral
La vigilancia del desarrollo, concretamente de las conductas sociales y comunicativas,
forma parte de un proceso flexible y continuo, en el que las observaciones
especializadas del personal sanitario infantil de referencia, permiten identificar a niños
que puedan estar en riesgo de retrasos en el desarrollo a estas edades (Barbaro y
Dissanayake, 2010; Dworkin, 1989).
De manera paralela, para afrontar el reto que supone la detección precoz, es necesario
el desarrollo e implementación de sistemas de cribado (Canal-Bedia et al., 2013). El
cribado y la vigilancia son diferentes, pero incluyen actividades relacionadas con la
detección de dificultades en el desarrollo infantil, con el objetivo común de prevenir o
mejorar la discapacidad. El cribado, del que hablaremos a continuación, es la
identificación prospectiva de un trastorno no reconocido por la aplicación de
instrumentos específicos (Charman y Gotham, 2013).
2.2.1 Sistemas de cribado
El conocimiento de los primeros signos del trastorno del espectro autista, junto con los
beneficios de la intervención temprana, ha llevado a los investigadores a desarrollar
herramientas específicas para detectar TEA en los primeros años de vida, conocidas
como cribado. En la actualidad y desde principios de los años 90 del siglo pasado, una
forma de clasificar los sistemas de detección precoz es tomando en consideración la
población a la que se dirigen (Tabla 7). Gran parte de la literatura de detección de TEA
ha examinado dos tipos de sistemas de detección.
Tesis Doctoral 71 M. L. Monroy
Tabla 7: Herramientas para el cribado del Trastorno del Espectro Autista
Nivel
Rango de
Herramienta de Administración Sensibilidad Especificidad
edad
cribado
Checklist for Autism 1 18-24 9 ítems informados por los 0.18-0.38 0.98-1.0
in Toddlers - CHAT meses padres y 5 ítems observados
(Baron-Cohen et al., por un profesional sanitario.
2000)
Social 1 36 -82 Cuestionario de 40 ítems 0.74 0.54
Communication meses completado por los padres o
Questionnaire – SCQ cuidador primario. Utilizado
(Berument, Rutter, para evaluar a las habilidades
Lord, Pickles, & de comunicación y el
Bailey, 1999) funcionamiento social de niños
que pueden tener un trastorno
del espectro del autismo.
Modified Checklist 1 16-30 El M-CHAT es una herramienta 0.87-0.88 0.99
for Autism in meses de cribado de TEA de 23 ítems
Toddlers - M-CHAT diseñada inicialmente para
(Robins, Fein, niños de 16 a 30 meses de
Barton, & Green, edad. A responder (Sí / No) por
2001) los padres.
Early Screening of 1 14-15 Detección en dos etapas del -- --
Autistic Traits meses proceso.
Questionnaire - ESAT Cuestionario pre-screening de 4
(Dietz, Swinkels, van ítems contestado por los
Daalen, van padres, y si procede, una
Engeland, & evaluación extensa en el hogar
Buitelaar, 2006) de 14 ítems, contestada por los
padres y completada por un
profesional especialista en
salud mental.
Infant Toddler 1 9-24 Lista de 24 ítems completado 0.90-0.93 0.90
Checklist -ITC meses por los padres.
(Wetherby, Brosnan-
Maddox, Peace, &
Newton, 2008)
Autism Observation 1 6-18 Medida observacional directa 0.84 0.98
Scale for Infants – meses con 18 ítems. Con actividades
OASI (Bryson, semi-estructuradas presentadas
Zwaigenbaum, por un profesional capacitado.
McDermott,
Rombough, & Brian,
2008)
The Social Attention 1 8,12, 18 Medida de vigilancia del 0.83 0.83-0.99
and Communication y 24 desarrollo, con un listado de 12
Study - SACS meses a 16 ítems, aplicado a los 8, 12,
(Barbaro & 18 y 24 meses a través del
Dissanayake, 2010) servicio público de enfermería
de Salud Materno-Infantil de
Atención Primaria.
Autism Behavior 2 18 meses Escala de evaluación con 57 0.58 0.76
Checklist - ABC - 35 años ítems completados por los
(Krug, Arick, & profesores sobre conductas
Almond, 1980) anómalas propias del autismo
que se agrupan en cinco áreas
M. L. Monroy 72 Tesis Doctoral
Nivel
Rango de
Herramienta de Administración Sensibilidad Especificidad
edad
cribado
sintomáticas: sensorial,
relación, uso de los objetos y
del propio cuerpo, lenguaje,
autonomía social y personal.
Childhood Autism 2 >24 Escala con 15 ítems de 0.92–0.98 0.85
Rating Scale - CARS meses observación de conductas por
(Schopler, Reichler, medio de una entrevista a los
& Rochen Renner, padres y de la observación del
1988) niño. Identifica retrasos en el
neurodesarrollo, problemas en
la imitación y las relaciones
interpersonales, resistencia al
cambio y afecto inapropiado.
Gilliam Autism 2 3-22 Escala de 58 ítems a completar 0.97 0.97
Rating Scale, Third años por uno de los padres, el
Edition – GARS-3 maestro u otro profesional.
(Gilliam, 2014) Califica en varias subescalas:
conductas estereotipadas,
comunicación, interacción
social, respuesta emocional,
estilo cognitivo, discurso
maladaptado.
Screening Tool for 2 24-35 12 ítems de evaluación 0.83-0.95 0.73
Autism in Two-Year- meses interactiva; el entrenamiento
Olds - STAT (Stone, consiste en la observación y la
McMahon, & puntuación, y las sesiones
Henderson, 2008a) grabadas en vídeo, además de
recibir información sobre el
rendimiento. No es necesaria
formación previa en TEA.
Fuente: Elaboración propia a partir del trabajo de García-Primo et al. (2014)
Así, definen cribado de Nivel 1 cuando el procedimiento se dirige a la población
general, es decir a niños y niñas que se supone tienen o deberían tener un desarrollo
normal. Cuando el procedimiento de cribado se dirige exclusivamente a niños que
presentan algún riesgo objetivo de TEA, o que tienen ya un trastorno identificado, por
ejemplo, un retraso madurativo o dificultades en el desarrollo del lenguaje, se dice que
son procedimientos de Nivel 2, ya que no se dirigen a la población general (Canal-Bedia
et al., 2013).
Además de por el nivel, los instrumentos de cribado varían de acuerdo al formato
(cuestionario, observacional, formato de entrevista, o una combinación de entrevista y
Tesis Doctoral 73 M. L. Monroy
observación, por ejemplo), el tiempo necesario para su administración, el grado de
formación técnica y/o experiencia necesaria para aplicarlo, y el grado de familiaridad
que se requiere con el niño para responder a los ítems. Por lo que la selección del
instrumento de cribado más apropiado requiere tener en cuenta todas estas
características, así como, considerar el propósito y el contexto en el cual se pretende
aplicar (Canal-Bedia et al., 2013).
Junto a los aspectos estructurales del procedimiento, la prueba diagnóstica a utilizar
debe tener también determinadas propiedades psicométricas para que sea
considerada válida. Con el fin de medir la eficacia y utilidad de los instrumentos de
cribado se emplean los parámetros de sensibilidad, especificidad, valor predictivo
positivo (VPP) y valor predictivo negativo (VPN).
Los sistemas de cribado ofrecen valores de sensibilidad; es decir, la proporción de
casos con el trastorno que son identificados como de riesgo (capacidad del
procedimiento de cribado para detectar el trastorno); especificidad, que se refiere a la
proporción de niños sin el trastorno que son identificados como de no riesgo (es la
capacidad del procedimiento de cribado para descartar a los sanos o los que no tienen
el trastorno); valor predictivo positivo (VPP) es la proporción de niños con un resultado
de la prueba positiva que tienen el trastorno; y valor predictivo negativo (VPN) es la
proporción de niños con un resultado de la prueba negativo que no tienen el trastorno
(Canal-Bedia et al., 2013; Charman y Gotham, 2013).
Por lo general, desde el punto de vista de la herramienta de cribado, las medidas que
se consideran más relevantes son la sensibilidad y el valor predictivo positivo. Cuantos
más altos sean estos valores, mejor será la herramienta. Se considera que los índices
M. L. Monroy 74 Tesis Doctoral
de sensibilidad superiores a 0.80 son adecuados para cualquier procedimiento de
cribado, indicando que el 80% de los niños con el trastorno son identificados por el
sistema de cribado. Para la especificidad se recomiendan índices de 0.80 a 0.90 (Canal-
Bedia et al., 2013), y superior o igual a 0.50 para un aceptable VPP (Aylward, 1997).
Para valorar la utilidad de un instrumento de cribado se tiene en cuenta, además del
carácter orientativo de los valores en la sensibilidad y especificidad, otros elementos
como los costes económicos del procedimiento y costes personales o sociales relativos
a la identificación incorrecta de un niño como de riesgo cuando no tiene ningún
problema, en contraste con los costes de fallar en la identificación de un niño
efectivamente afectado (Canal-Bedia et al., 2013).
El elevado número de casos falsos positivos (es decir, los casos de los niños que
después de ser confirmados como con sospecha, no son confirmados con TEA en el
proceso de diagnóstico) que pueden producir los instrumentos de detección de TEA
han cuestionado su eficiencia (Al-Qabandi, Gorter y Rosenbaum, 2011). Sin embargo,
esto debe matizarse, puesto que la realidad es que los falsos positivos son, por lo
general, niños con dificultades de desarrollo que requieren también de un tratamiento
de intervención temprana (Canal-Bedia et al., 2015). Las herramientas de cribado
disponibles, detalladas a continuación, pueden ser lo suficientemente sensibles para
advertir cambios en el desarrollo (Canal-Bedia et al., 2015), son de sencilla aplicación y
ofrecen evaluaciones relativamente rápidas y simples (Durand, 2014).
2.2.1.1 Procedimientos de cribado de Nivel 1
Los sistemas de cribado de nivel 1 se utilizan para identificar a los niños con retrasos
generales en el desarrollo, con especial énfasis en los signos del TEA. Son adecuadas
Tesis Doctoral 75 M. L. Monroy
para un uso extendido entre una población pediátrica general, por lo que son
instrumentos breves y de bajo coste, ya que muchos de los niños examinados no
corren riesgo de TEA. La detección de nivel 1 se realiza a través del personal sanitario
de atención primaria, con el fin de identificar el mayor número posible de niños en la
población, dado que hasta que estos niños se identifiquen como en riesgo, es poco
probable que vean a otros profesionales o especialistas (Robins, 2008).
Por ejemplo, el cuestionario CHAT Baron-Cohen et al. (1992; 1996) y Baird et al. (2000;
2001) fue el primero de este tipo de programas, pensado para ser utilizado por
médicos de familia, pediatras o enfermeras de pediatría para identificar a niños de 18
meses con riesgo de autismo. En la actualidad, la Modified Checklist for Autism in
Toddlers (M-CHAT) es uno de los instrumentos de cribado de nivel 1 más utilizado (Jin,
2016; Siu et al., 2016), desarrollada por Robins, Fein, Barton y Green (2001) para
mejorar las propiedades psicométricas del CHAT. El M-CHAT está adaptado y validado
a la población española desde 2011 con valores estimados para detectar casos de TEA
de 1 de sensibilidad, especificidad de 0.98 y 0.35 de valor predictivo positivo (Canal-
Bedia et al., 2011), similares a los valores del estudio de validez original de M-CHAT
(Robins et al., 2001).
El M-CHAT es un cuestionario de 23 ítems que cumplimentan los padres en la consulta
del pediatra y que incluye una llamada telefónica a aquellos casos en que el
cuestionario resulta sospechoso, (Canal-Bedia et al., 2013). El M-CHAT tiene un valor
predictivo positivo para cualquier retraso en el desarrollo del 90-98% (Chlebowski,
Robins, Barton y Fein, 2013; Pandey et al., 2008). Otros estudios sobre la validación del
M-CHAT revelaron una sensibilidad ligeramente inferior de 0.85 y especificidad de
M. L. Monroy 76 Tesis Doctoral
0.93, pero mostraron que las propiedades psicométricas siguen siendo muy
prometedoras (Dereu et al., 2010).
El valor predictivo positivo del M-CHAT aumenta cuando se aplica en combinación con
otra herramienta (Dereu et al., 2010; Nygren et al., 2012), o cuando se complementa
con una entrevista telefónica o la verificación de las respuestas de los casos con
cuestionario sospechoso, de acuerdo con los hallazgos de Pandey et al. (2008) y Robins
(2008) de lo contrario, el valor predictivo positivo es extremadamente bajo (Kleinman,
Robins, et al., 2008).
Según Eaves, Wingert y Ho (2006) el M-CHAT puede ser útil en la identificación de
niños que necesitan una evaluación adicional, pero no debe utilizarse como cribado
único para excluir la posibilidad de un TEA. Estudios más recientes de la versión
revisada con 20 ítems (M-CHAT-R, Robins, Fein y Barton, 2009) muestra un valor
predictivo positivo para cualquier retraso del desarrollo del 94% (Robins et al., 2014).
Otras herramientas que también se utilizan en estudios de cribado para alteraciones
en el desarrollo ofrecen valores de sensibilidad superiores al 90% como, por ejemplo,
el Autism Observation Scale for Infants (OASI) (Bryson et al., 2007; 2008) y The Social
Attention and Communication Study (SACS) (Barbaro y Dissanayake, 2010).
El Autism Observation Scale for Infants (OASI) (Bryson et al., 2007; 2008) es un sistema
observacional para la detección temprana del autismo en niños de 6 a 18 meses, con
buenos datos iniciales de fiabilidad (Bryson et al., 2007; 2008) como de nivel de
acuerdo interobservadores, tanto para las puntuaciones globales, como para cada uno
de los ítems a los 6, 12 y 18 meses. El estudio de Zwaigenbaum et al. (2005) realizado
Tesis Doctoral 77 M. L. Monroy
con hermanos usando este instrumento, indica valores de sensibilidad y especificidad
de 84% y 98% respectivamente.
El Social Attention and Communication Study (SACS) (Barbaro y Dissanayake, 2010) es
de los últimos trabajos publicados, para detectar niños con TEA por debajo de los 18
meses de edad. Consiste en un programa de vigilancia para ser aplicado a los 8, 12, 18
y 24 meses a través del servicio público de enfermería de Salud Materno-Infantil de
Atención Primaria. Los resultados del estudio indican un valor predictivo positivo del
81% y unos valores de sensibilidad y especificidad estimados de 83.8%, y 99.8%,
especialmente en las edades comprendidas entre los 12 y los 24 meses.
Otro instrumento como el Early Screening of Autistic Traits Questionnaire (ESAT),
(Swinkels et al., 2006) fue desarrollado para ser utilizado en un procedimiento de dos
etapas, la primera con niños con edades comprendidas entre los 14 y 15 meses. Se
debe contemplar su uso para detectar trastornos de desarrollo con afectación en el
desarrollo comunicativo y social, no solo autismo, debido al elevado porcentaje de
falsos positivos (un 75%), es decir niños que teniendo alguna alteración en el
desarrollo no presentaban TEA. Además, los autores no publicaron la sensibilidad
general del ESAT e indicaron que ésta sería baja, por el número de casos identificados
de TEA en comparación con las tasas actuales de prevalencia.
La Infant Toddler Checklist (ITC; Wetherby et al., 2004; Wetherby, Brosnan-Maddox,
Peace y Newton, 2008; Wetherby y Prizant, 2002) es un componente del The
Communication and Symbolic Behavior Scales Developmental Profile (CSBS DP;
Wetherby y Prizant, 2002) y se puede descargar en
http://firstwords.fsu.edu/checklist.html y http://www.firstsigns.org/. Está diseñado
M. L. Monroy 78 Tesis Doctoral
como un cribado de banda ancha para detectar niños con riesgo de TEA o retrasos en
la comunicación, goza de una sensibilidad excelente en la detección entre los 9 y 24
meses (93%) (Wetherby et al., 2004). Wetherby et al. (2007) compararon a niños con
retraso en el desarrollo y TEA de 18 a 24 meses de edad usando el ITC y encontraron
cinco déficits sociales y de comunicación básicos en el grupo de TEA (cambios de
mirada, seguimiento de la mirada / puntos, ritmo de comunicación, actos de atención
conjunta e inventario de gestos convencionales). Sin embargo, en otra muestra
posterior la ITC no pudo distinguir entre los niños con TEA de aquellos con retraso en
el desarrollo o en el lenguaje (Wetherby et al., 2008).
Otra herramienta ampliamente difundida es el Social Communication Questionnaire
(SCQ) (Berument et al., 1999), con 40 ítems basados en la ADI-R y que está pensado
para aplicarlo a niños de 4 años o más. Sus propiedades psicométricas son mejores en
niños mayores, como muestran en su trabajo con 94 niños de 39 a 75 meses que indica
una sensibilidad de 0.74 y una especificidad de 0.54 (Eaves, Wingert y Ho, 2006) o una
sensibilidad de 0.71 y especificidad de 0.79 en otro estudio posterior de los mismos
autores en 151 niños de 36-82 meses de los cuales cerca de un tercio tenían
diagnóstico de TEA (Eaves, Wingert, Ho y Mickelson, 2006). Cuando se aplica el SCQ en
niños más pequeños la puntuación de corte recomendada en la prueba (15 puntos) da
lugar a unos valores de sensibilidad y especificidad extremadamente bajos, de 0.47 y
0.89 respectivamente (Wiggins, Bakeman, Adamson y Robins, 2007), mientras que si se
baja la puntuación de corte a 11 mejora la sensibilidad (0.89). Wiggins et al. (2007)
recomiendan que cuando si se usa el SCQ como herramienta de cribado con niños
pequeños debería bajarse la puntuación de corte.
Tesis Doctoral 79 M. L. Monroy
Para los niños sospechosos de tener TEA tipo Asperger según los antiguos criterios del
DSM-IV (APA, 1994, 2000), existen herramientas concretas de detección con mayor
sensibilidad (Tabla 8).
Tabla 8: Herramientas de detección temprana del Trastorno del Espectro Autista, Tipo Asperger
Rango de
Herramienta Administración Sensibilidad Especificidad
edad
Autism Spectrum Screening 7-16 Cuestionario de 27 ítems 0.62 – 0.82 0.90
Questionnaire - ASSQ (Ehlers, años completados por un
Gillberg, & Wing, 1999) informante no familiarizado.
Gilliam Asperger’s Disorder 3-22 Escala de 32 ítems - -
Scale – GADS (James E. años completados por un
Gilliam, 2001) informante.
Australian Scale for Asperger 5 años a Escala de 24 ítems utilizada - -
Syndrome – ASAS (Garnett & edad como herramienta de
Attwood, 1997) adulta cribado,
completado por los
cuidadores,
maestros, o
profesionales.
Childhood Asperger Spectrum 4 a 11 Cuestionario de 37 ítems 0.88 0.98
Test - CAST años completado por los
(Scott, Baron-Cohen, Bolton, cuidadores.
& Brayne, 2002)
Krug Asperger’s Disorder 6 a 21 Cuestionario de 32 ítems 0.78 0.94
Index - KADI (Krug & Arick, años completado por los
2003) cuidadores.
Fuente: Elaboración propia a partir del trabajo de Durand (2014)
Estas herramientas son adecuadas para la administración de niños mayores de 4 años,
puesto que es difícil detectar los signos de TEA tipo Asperger en menores de edad
(Campbell, 2005; Durand, 2014; Interactive Autism Network., 2010). El Social
Communication Questionnaire (SCQ; Berument, Rutter, Lord, Pickles y Bailey, 1999),
anteriormente descrito, es apropiado para la población con TEA tipo Asperger debido a
sus características psicométricas y al amplio rango de edad que abarca.
Existen otros instrumentos específicamente desarrollados para detectar los síntomas
de comportamiento indicativos de autismo Tipo Asperger, como el Childhood Asperger
Spectrum Test (CAST; Scott et al., 2002; Williams et al., 2006). El estudio de validación
de CAST con un punto de corte de 15, contiene una serie de características deseables,
M. L. Monroy 80 Tesis Doctoral
muestra una fuerte sensibilidad (0.88) y especificidad (0.98) en la discriminación entre
niños con y sin Síndrome de Asperger; sin embargo, el CAST tiene mala validez
predictiva positiva (0.64) (Scott et al., 2002). Williams et al. (2005) han encontrado
valores muy similares en su estudio con esta herramienta, pero consideran que es un
instrumento útil para la detección para la sintomatología del espectro autista en la
investigación epidemiológica.
Otro instrumento de cribado diseñado exclusivamente para identificar a los niños que
requieren una evaluación más exhaustiva para determinar la presencia de Síndrome de
Asperger (SA) o Autismo de Alto Funcionamiento (AAF) es el Autism Spectrum
Screening Questionnaire (ASSQ; Ehlers et al., 1999). El ASSQ ha demostrado una buena
especificidad al identificar correctamente los casos de niños sin Síndrome de Asperger
y una sensibilidad variable para detectar correctamente los casos de Síndrome de
Asperger para los cuestionarios de padres (sensibilidad 0.62 – 0.82 y especificidad
0.90) y maestro (sensibilidad 0.65 - 0.70 y especificidad 0.91) (Ehlers et al., 1999). Se ha
desarrollado una versión ampliada (Autism Spectrum Screening Questionnaire, Revised
Extended Version; ASSQ-REV) con miras a una identificación más temprana de las niñas
con SA (Kopp y Gillberg, 2011).
La Australian Scale for Asperger Syndrome (ASAS; Garnett y Attwood, 1997) es una
escala no estandarizada de 24 ítems basada en criterios formales de diagnóstico de SA,
literatura de investigación sobre características asociadas al Asperger, así como amplia
experiencia clínica de los autores (Garnett y Attwood, 1998). No cuenta con datos
normalizados, por lo que es evidente que la escala de Attwood fallaría en una
evaluación psicométrica, pero sí representa un punto de partida aceptable para
Tesis Doctoral 81 M. L. Monroy
educadores o padres interesados (Safran, 2001). La escala parece ser una herramienta
adecuada para el cribado en el sentido de que discrimina correctamente a los niños y
adolescentes con Síndrome de Asperger (Melfsen, Walitza, Attwood y Warnke, 2005).
La Gilliam Asperger’s Disorder Scale (GADS; Gilliam, 2001) es una escala que de la
misma manera que el ASAS, establece su validez desarrollando sus ítems basándose en
los criterios diagnósticos del DSM-IV-TR y de la CIE-10. Requiere que el padre o
profesional de referencia indique la frecuencia de comportamientos indicativos de SA,
a través de cuatro subescalas: interacción social, patrones restringidos de
comportamiento, patrones cognitivos y habilidades pragmáticas. No hay datos
aportados por los autores sobre sus propiedades psicométricas (Campbell, 2005;
Mayes et al., 2011), y son pocos los estudios, aparte de los datos que aporta el manual
del test, que informen de la validez o fiabilidad del GADS. Mayes et al. (2009) en su
trabajo sugieren que la puntuación compuesta de GADS (Cociente de Asperger) no es
eficaz para distinguir el autismo de bajo y alto funcionamiento, lo que coincide con los
resultados de los mismos autores en un trabajo posterior (Mayes et al., 2011). Mayes
et al. (2011) indican que los cocientes GADS de los profesionales médicos que
completaron la evaluación eran más precisos, que los cocientes de los padres en la
identificación de niños con y sin autismo. Estos autores sugieren que se necesitan más
investigaciones para evaluar si las puntuaciones de GADS difieren en función del
evaluador, puesto que puede ser completado por padres y profesionales, y qué tipos
de evaluadores producen las puntuaciones GADS más exactas. Estos resultados apoyan
la utilidad potencial del GADS como instrumento de cribado en el que basar las
decisiones sobre la necesidad de una evaluación diagnóstica completa, al proporcionar
a los médicos información para ayudar a detectar y diagnosticar el autismo.
M. L. Monroy 82 Tesis Doctoral
Otros instrumentos como el Krug Asperger’s Disorder Index (KADI; Krug y Arick, 2003)
tienen capacidad para diferenciar entre el Síndrome de Asperger y el Trastorno Autista
sin tener en cuenta el funcionamiento cognitivo del niño (Campbell, 2005). En el KADI
el entrevistado indica la presencia o ausencia de comportamientos indicativos de SA.
Dentro de la muestra de estandarización de 486 individuos, el KADI muestra valores de
sensibilidad de 0.78, 0.94 de especificidad y PPV de 0.83 (Krug y Arick, 2003). Entre los
instrumentos publicados, el KADI parece ser uno de los más sólidos en términos de
fiabilidad y validez (Campbell, 2005).
2.2.1.2 Procedimientos de cribado de Nivel 2
Los instrumentos de cribado de nivel 2 están diseñados específicamente para su uso
en una población identificada como de riesgo para el trastorno, como niños con
retrasos madurativos y del lenguaje, y son más detallados que el cribado de nivel 1.
Por lo general, la administración de estos instrumentos pueden requerir más tiempo y
la experiencia de un entorno especializado, como son las unidades de atención
temprana, ya que los niños que son evaluados con un instrumento de nivel 2 tienen
una mayor probabilidad de padecer TEA (Barbaro y Dissanayake, 2009; Robins, 2008).
En la práctica cotidiana, hay una superposición evidente entre los instrumentos de
cribado de nivel 2 y los instrumentos de diagnóstico habituales del autismo (Coonrod y
Stone, 2004), pero los instrumentos de cribado de nivel 2 sólo se pueden usar como
parte de un proceso de evaluación y no como herramienta única para el diagnóstico.
Por ejemplo, uno de los primeros instrumentos desarrollados es el Autism Behavior
Checklist (ABC; Krug, Arick y Almond, 1980) que es una escala con 57 ítems utilizada
como complemento en los procesos de diagnóstico. Pensada inicialmente para valorar
Tesis Doctoral 83 M. L. Monroy
la severidad de los síntomas del autismo, con cinco áreas (comportamiento sensorial,
relaciones sociales, conductas repetitivas, habilidades comunicativas y lingüísticas y
habilidades sociales y adaptativas), pero que muestra notables debilidades si se
pretende usar para fines de cribado, debido a que no se dispone de información sobre
sus propiedades psicométricas aplicada a niños pequeños, por lo que se desconoce su
utilidad como herramienta para la detección precoz (Canal-Bedia et al., 2013).
Otra herramienta veterana para el cribado en el nivel 2 es el The Childhood Rating
Scale (CARS; Schopler, Reichler y Rochen Renner, 1988) que se desarrolló
originalmente como un instrumento de observación (Prizant y Bailey, 1992). Consta de
15 ítems para discriminar autismo de otras discapacidades del desarrollo. Proporciona
una puntuación global de ≥30 puntos; el intervalo de 30 a 36.5 puntos define el
autismo de leve a moderado, y las puntuaciones de 37-60 definen el autismo grave.
Este instrumento es un sistema de clasificación objetivo, basado en el comportamiento
del niño, con fiabilidad y validez demostradas (DiLalla y Rogers, 1994; Eaves y Milner,
1993; Garfin y McCallon, 1988; Rellini, Tortolani, Trillo, Carbone y Montecchi, 2004;
Saemundsen, Magnússon, Smári y Sigurdardóttir, 2003). Se ha comprobado también
que la sensibilidad de la escala es más que aceptable (Eaves y Milner, 1993), y que
identifica mejor los casos de TEA en comparación con otras herramientas de cribado
como, por ejemplo, el ABC (Rellini et al., 2004).
La Gilliam Autism Rating Scale, Third Edition (GARS-3; Gilliam, 2014) es otro
instrumento de cribado. La escala GARS (Gilliam, 1995) fue desarrollada para ser
aplicada a niños mayores de 3 años, solo hay un estudio que evalúa sus propiedades
psicométricas cuando se aplica a niños pequeños, poniendo en duda su utilidad como
M. L. Monroy 84 Tesis Doctoral
herramienta de cribado (South et al., 2002). Aunque los datos de validación aportados
por los autores indican muy buenos niveles de consistencia interna (entre 0.88 y 0.93
según subescalas), los estudios posteriores de la GARS han informado de baja
sensibilidad (Lecavalier, 2005; South et al., 2002); el GARS-2 muestra valores de
sensibilidad de 0.65 y 0.81 de especificidad (Volker et al., 2016). La última revisión, el
GARS-3 ha sufrido cambios significativos reflejando el actual concepto de autismo
según el DSM-5 y una mejora en sensibilidad y especificidad (0.97 en ambos valores)
(Gilliam, 2014), sin embargo, los datos psicométricos del GARS-3, no han sido validados
de forma independiente (Nickel y Huang-Storms, 2015). El GARS, por lo tanto, además
de cribar casos de TEA, puede ayudar en la determinación de objetivos de tratamiento
y evaluar los progresos con los programas de intervención.
Otro instrumento de nivel 2 actual es el Screening Tool for Autism in Two Year Old
(STAT; Stone, Coonrod y Ousley, 2000; Stone, Coonrod, Turner y Pozdol, 2004). El
instrumento consiste en la observación y puntuación de 12 conductas que es probable
que ocurran en un contexto estructurado de juego e interacción para clasificar al niño
como de alto o de bajo riesgo de TEA. El estudio de Stone et al. (2000) dio como
resultado una sensibilidad de 0.83 y una especificidad de 0.86 para la muestra de
validación. En su trabajo posterior (Stone et al., 2004), llevado a cabo con diversos
grupos de niños con autismo, TGD no especificado, retraso madurativo y retraso del
lenguaje indicaba que el STAT tiene muy buena fiabilidad test-retest y de acuerdo
interobservadores, tanto para los casos de alto como de bajo riesgo. El estudio
también demostró un nivel muy alto de acuerdo entre el STAT y los resultados del
ADOS en los grupos de niños con autismo, con retraso madurativo y con retraso del
lenguaje. Los hallazgos posteriores en un estudio con niños menores de 2 años
Tesis Doctoral 85 M. L. Monroy
corroboran los datos de sensibilidad (0.95) y ligeramente inferiores de especificidad
(0.73) (Stone, McMahon, y Henderson, 2008b), recomendándose su uso con cribado
en niños pequeños y no para edades más tardías.
Barbaro y Dissanayake (2009) en su revisión sobre la evidencia de los signos tempranos
de TEA, resaltan que la mayoría de los estudios de detección se basan en el cribado de
nivel 2 (es decir, en la detección de TEA en poblaciones con anomalías del desarrollo),
y son pocos los trabajos prospectivos que han intentado identificar a los niños con un
TEA que no han sido previamente diagnosticados en la infancia (estudios de cribado de
nivel 1), ya que la mayoría de los estudios existentes se han centrado en hermanos,
por el mayor riesgo genético que estos niños parecen presentar (Canal-Bedia et al.,
2013).
La identificación temprana del TEA es el primer paso para facilitar la derivación y el
diagnóstico (Barbaro et al., 2011). El desarrollo de herramientas de detección precoz y
de diagnóstico para el trastorno del espectro autista permiten que los diagnósticos se
produzcan a edades más tempranas (Dawson y Bernier, 2013; Woolfenden, Sarkozy,
Ridley y Williams, 2012). El diagnóstico temprano es crucial porque proporciona la
mejor oportunidad para la intervención temprana especializada, que sirve para
maximizar los resultados de desarrollo de los niños con TEA y sus familias (Barbaro
et al., 2011). Los beneficios de la intervención temprana para niños con TEA son
indiscutibles (Dawson, 2008; Rogers y Vismara, 2008).
2.3 Diagnóstico del TEA
Actualmente hay gran interés en reducir la edad de identificación de los TEA, debido a
los beneficios del tratamiento precoz e intensivo en los primeros años de vida (Dawson
M. L. Monroy 86 Tesis Doctoral
et al., 2010; Zwaigenbaum et al., 2009). En el caso de confirmación de los signos de
sospecha, es decir, los niños que presentan resultados positivos en los instrumentos de
cribado, reciben una evaluación diagnóstica específica. La edad en el diagnóstico de
autismo oscila entre los 3 y 6 años (Landa, 2008), pero hay cada vez más pruebas de
que el diagnóstico en el segundo año de vida es posible.
En los últimos 25 años, un número creciente de estudios han informado sobre la
estabilidad del diagnóstico de TEA a lo largo del tiempo cuando se proporciona a una
edad muy temprana (Brian et al., 2015; Charman et al., 2005; Chawarska, Klin, Paul,
Macari y Volkmar, 2009; Cox et al., 1999; Eaves y Ho, 2004; Guthrie, Swineford, Nottke
y Wetherby, 2013; Hedvall et al., 2014; Kleinman, Ventola, et al., 2008; Lord, 1995;
Lord et al., 2006; Matson, Wilkins y Gonzalez, 2008; Moore y Goodson, 2003; Stone,
Lee, et al., 1999; Turner, Stone, Pozdol y Coonrod, 2006), ya sea a partir de referencias
clínicas o de niños identificados como en riesgo por los programas de detección precoz
(Constantino y Charman, 2016).
Estos estudios muestran que el diagnóstico desde los 2 años es relativamente preciso y
estable, siendo el juicio de los clínicos con experiencia más fiable que el de los
instrumentos de diagnóstico existentes para este grupo de edad (Lord y Spence, 2006;
Ozonoff et al., 2015). A pesar del apoyo a la evidencia del juicio clínico, puede haber
dificultades particulares cuando se considera un diagnóstico de TEA en niños muy
pequeños, que van desde la presentación comórbida de TEA con otras patologías o la
superposición de características clínicas (y, por lo tanto, el diagnóstico diferencial) en
el caso de niños con discapacidad intelectual o retraso del lenguaje, a la dificultad de
juzgar el grado de dificultad en el funcionamiento adaptativo. En tales circunstancias,
Tesis Doctoral 87 M. L. Monroy
la noción de un diagnóstico basado en la vigilancia y revisión continua, a lo largo del
desarrollo, puede ser valiosa y ayudar a los profesionales de referencia y a los padres a
comprender y reconocer mejor el patrón de desarrollo que aclarará el diagnóstico de
una manera o de otra (Charman y Baird, 2002).
Por lo tanto, realizar un diagnóstico específico de trastorno del espectro autista
requiere, de manera similar al diagnóstico de un retraso madurativo o de una
demencia, de una evaluación cuidadosa y exhaustiva (Hoge y Sattler, 2008; Mulas
et al., 2004), aprovechando cada área de desarrollo relevante para hacer un
diagnóstico diferencial. La evaluación clínica del TEA no es algo que pueda realizar un
solo especialista, sino que precisa de la colaboración de un equipo multidisciplinar, que
a menudo incluye un psicólogo clínico, un logopeda, un terapeuta ocupacional, un
fisioterapeuta, un trabajador social y un pediatra (Bitsika, 2008; Durand, 2014;
Healtcare Improvement Scotland, 2016; Posada-De la Paz et al., 2005; Steiner,
Goldsmith, Snow y Chawarska, 2012). Desafortunadamente, los equipos
multidisciplinares no están disponibles en todas las áreas geográficas; y cuando los
hay, los tiempos de espera para una evaluación puede ser larga (Johnson y Myers,
2007).
La fase diagnóstica se centra en diferentes dominios de «preocupación» (Steiner et al.,
2012), donde se contemplan instrumentos más extensos especialmente diseñados
para conocer la gravedad de la sintomatología que expresa el niño, aparte de un
conjunto de cuestionarios y pruebas psicométricas, que podrían incluir una escala de
desarrollo o una prueba de inteligencia, una prueba perceptual-motora y una prueba
M. L. Monroy 88 Tesis Doctoral
del lenguaje (Durand, 2014; Hoge y Sattler, 2008; Klin, Saulnier, Tsatsanis y Volkmar,
2005; Nickel y Huang-Storms, 2015; Steiner et al., 2012).
Estos últimos aspectos de la evaluación son esenciales para el desarrollo de un plan de
intervención apropiado e integral, creando un perfil individualizado, puesto que cada
niño con TEA varía considerablemente en sus fortalezas y dificultades particulares
(Durand, 2014). En diferentes trabajos, autores como Jepsen, Gray y Taffe (2012) o
Steiner et al. (2012) afirman que lo ideal es utilizar múltiples informantes (por ejemplo,
los padres, los maestros y observaciones clínicas de otros profesionales) dado el alto
potencial de discrepancia de una sola fuente de información, que permitan identificar
todas las características del niño.
Además, se pueden incluir otros estudios complementarios genéticos, bioquímicos,
neurofisiológicos o de neuroimagen para descartar otros síndromes que se suelen
presentar de manera comórbida con el TEA (Durand, 2014; Mulas et al., 2004; Posada-
De la Paz et al., 2005), que irán encaminados a realizar una valoración más precisa.
Las múltiples baterías y pruebas que recoge la literatura para una evaluación
diagnóstica exhaustiva del TEA, están relacionadas no solo con la sintomatología
propia del autismo, sino con otros aspectos estudiados comúnmente en esta
población, como, por ejemplo, el desarrollo cognitivo o la conducta adaptativa entre
otros. Es esencial que los instrumentos utilizados para fines de diagnóstico y
evaluación de niños pequeños sean estandarizados, confiables y estén referenciados
por normas (por ejemplo, las baterías de desarrollo o de lenguaje) y, en el caso de los
instrumentos de detección y diagnóstico, establezcan su sensibilidad, especificidad, así
como valores predictivos positivos y negativos (Steiner et al., 2012). Los coeficientes de
Tesis Doctoral 89 M. L. Monroy
fiabilidad deben estar por encima de 0.80 para las puntuaciones de detección y
subdominios y de 0.90 para las puntuaciones de dominios y totales, y las decisiones de
diagnóstico (Bracken, 1987).
Los instrumentos que se describen a continuación, son utilizados por los distintos
profesionales por estar validados en este colectivo y estar reconocida su capacidad de
valoración con respecto a otras poblaciones. Siguiendo la práctica recomendada por
Moore y Goodson (2003), un protocolo adecuado de diagnóstico de TEA es obtener
información a partir de la Entrevista de Diagnóstico de Autismo Revisada (Autism
Diagnostic Interview-Revised – ADI-R; Le Couteur, Lord y Rutter, 2003); llevar a cabo
una observación clínica apoyándose en la Escala de Observación para el Diagnóstico
del Autismo (Autism Diagnostic Observation Schedule- Generic – ADOS-G; Lord, Rutter,
DiLavore y Risi, 1999); obtener medidas cognitivas y adaptativas; contrastar los datos
obtenidos entre todos los especialistas del equipo y correlacionar la información con
los criterios establecidos para el Trastorno del Espectro Autista F84.0 [299.00] por el
Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales, Quinta Edición - DSM-5
(APA, 2013).
2.3.1 Evaluación diagnóstica del trastorno del espectro autista
Establecer el diagnóstico definitivo de TEA, en la actualidad, requiere de instrumentos
específicos que proporcionen también información sobre la gravedad del autismo. Las
herramientas que cuantifican la gravedad de los síntomas expresados por el niño con
TEA, comúnmente son algunos de los instrumentos de cribado de nivel 2 descritos con
anterioridad, como, por ejemplo, el The Childhood Rating Scale (CARS; Schopler et al.,
M. L. Monroy 90 Tesis Doctoral
1988), la Gilliam Autism Rating Scale (GARS; Gilliam, 1995) o la Autism Behavior
Checklist (ABC; Krug et al., 1980).
Estas herramientas se pueden usar como parte del proceso de evaluación y no como
herramienta única para el diagnóstico (Coonrod y Stone, 2004), tienden a dar
puntuaciones correlacionadas fuertemente con la medida del CI o no corresponden a
las medidas estándar de diagnóstico (Gilliam, 1995; Spiker, Lotspeich, Dimiceli, Myers,
y Risch, 2002; Szatmari et al., 2003; Volkmar et al., 1988). Es común el uso combinado
de diferentes instrumentos, de cribado y específicos, que en muchos casos garantizan
una correcta clasificación diagnóstica.
Hoy en día disponemos de una serie de herramientas específicas para el diagnóstico de
TEA que han demostrado su utilidad (Cabanyes-Truffino y García-Villamisar, 2004;
Posada-De la Paz et al., 2005) (Tabla 9). Sin embargo, hay que tener en cuenta que
existen muchos otros instrumentos que podrían ser útiles pero requieren de
validación, necesitan de un mayor refrendo clínico o la edad de aplicación es más
tardía (Cabanyes-Truffino y García-Villamisar, 2004).
Tabla 9: Herramientas específicas para el diagnóstico del Trastorno del Espectro Autista
Rango de
Herramienta Administración Sensibilidad Especificidad
edad
Cuestionarios
Social 4 - 18 años Escala con 65 ítems a completar 0.56 0.90
Responsiveness por los cuidadores para la
Scale –SRS identificación de la presencia y
(Constantino & extensión de deterioro social.
Gruber, 2007)
Entrevistas Semiestructuradas
Entrevista del Edad mental Entrevista semiestructurada, -- --
Diagnóstico del > 24 meses dirigida a padres de niños con
Autismo Revisada. sospechas de trastorno del
ADI-R -Autism espectro del autismo.
Diagnostic Interview- Evalúa tres grandes áreas
Revised (Rutter (lenguaje/comunicación,
et al., 2003) interacciones sociales
recíprocas y conductas e
Tesis Doctoral 91 M. L. Monroy
Rango de
Herramienta Administración Sensibilidad Especificidad
edad
intereses restringidos,
repetitivos y estereotipados) y
proporciona un algoritmo
diagnóstico y un algoritmo de la
conducta actual.
Diagnostic Interview Cualquier Entrevista semiestructurada -- --
for Social and edad dirigida a padres o cuidadores,
Communicative que permite evaluar los
Disorders. DISCO comportamientos y las
(Wing, Leekam, necesidades del individuo. No
Libby, Gould, & está limitada a los síntomas del
Larcombe, 2002) autismo, sino que valora otros
aspectos como los síntomas
sensoriales, síntomas
emocionales, habilidades
motoras finas y gruesas…).
Ofrece algoritmos para el
diagnóstico de autismo de
acuerdo con los criterios
internacionales de clasificación
(CIE y DSM).
Medidas Observacionales
Escala de Edad mental Evaluación estandarizada y -- --
Observación de > 24 meses semiestructurada de la
Diagnóstico de comunicación, la interacción
Autismo. Autism social y el juego o el uso
Diagnostic imaginativo de materiales para
Observation niños con sospecha de
Schedule trastornos de espectro autista.
(ADOS-G; Lord, Consta de cuatro módulos
Rutter, DiLavore, & diferentes, aplicables a sujetos
Risi, 1999; ADOS -2; de edades diferentes, nivel de
Lord, DiLavore, & desarrollo y comunicación
Gotham, 2012) verbal. Ofrece un diagnóstico
de tipo algorítmico, con puntos
de corte.
Fuente: Elaboración propia a partir del trabajo de Durand (2014)
La Escala de Observación de Diagnóstico de Autismo (Autism Diagnostic Observation
Schedule-Generic – ADOS-G; Lord et al., 1999) es el instrumento más ampliamente
utilizado para el diagnóstico del autismo (Durand, 2014; Kim et al., 2011; Steiner et al.,
2012). El ADOS-G junto con la Entrevista para el Diagnóstico del Autismo, Edición
Revisada (Autism Diagnostic Interview-Revised - ADI-R; Rutter et al., 2003), son las
herramientas de estimación de la severidad de las características básicas del autismo
M. L. Monroy 92 Tesis Doctoral
más referenciadas en las investigaciones genéticas, de neurociencia e intervención en
TEA (Gotham, Pickles y Lord, 2009).
El ADOS-G, es una evaluación estandarizada y semi-estructurada de la comunicación, la
interacción social y el juego o el uso imaginativo de materiales para niños en los cuales
se sospecha un diagnóstico de TEA. El ADOS-G consta de un conjunto de actividades
que permiten que el evaluador pueda observar si ocurren o no ciertos
comportamientos que han sido identificados como importantes para el diagnóstico de
TEA en distintos niveles de desarrollo y edades cronológicas.
Está compuesto por cuatro módulos (aplicados en función de la edad cronológica y
desarrollo del lenguaje descritos en la Tabla 10) e incorpora el uso de situaciones
sociales planificadas, denominadas en el manual como “presiones” (Murray, 1938) en
donde es probable que surja un cierto tipo de comportamiento.
Tabla 10: Módulos de la Escala de Observación de Diagnóstico de Autismo (Autism Diagnostic
Observation Schedule – Generic, ADOS-G)
Nivel de lenguaje expresivo
Módulo del ADOS
Mínimo Máximo
1 Preverbal y palabras sueltas Sin lenguaje Frases simples
2 Habla con frases Frases flexibles de tres palabras(a) Lenguaje fluido (b)
3 Fluidez verbal Lenguaje fluido (niños y -
adolescentes jóvenes)
4 Fluidez verbal Lenguaje fluido (adolescentes y -
adultos)
(a) Uso regular, espontáneo y con sentido de expresiones de tres palabras que incluyan un verbo,
(b) Producción de una variedad de distintos tipos de oraciones, usando el lenguaje más allá del
contexto inmediato y describiendo conexiones lógicas dentro de una oración.
Fuente: Lord et al. (1999)
Un examinador capacitado selecciona el módulo más apropiado de acuerdo con el
nivel de lenguaje expresivo y la edad cronológica del niño y aplica el protocolo de
presiones sociales. Los ítems de comportamientos relevantes para TEA se califican en
una escala de 6 puntos (Tabla 11).
Tesis Doctoral 93 M. L. Monroy
Tabla 11: Calificación de los comportamientos en el ADOS (Autism Diagnostic Observation Schedule –
Generic, ADOS-G)
Las descripciones de los códigos que se detallan a continuación deben aplicarse a cada una de las
secciones en cada uno de los cuatros módulos del ADOS.
Codifique 0 cuando no se evidencian las anormalidades especificadas en el comportamiento en
cuestión.
Codifique 1 cuando el comportamiento es leve o moderadamente anormal, pero no se consideraría
como extremadamente anormal.
Codifique 2 cuando es decididamente anormal, en el sentido especificado en el ítem. La severidad
requerida para codificar anormalidad a este nivel varía de ítem a ítem.
Codifique 3 cuando el comportamiento es marcadamente anormal, de tal manera que interfiere con la
entrevista, o cuando es tan limitado que resulta imposible valorar la cualidad o características.
Codifique 7 cuando el comportamiento en cuestión es de tipo normal, pero no se encuentra
representado en las otras codificaciones (difiere de lo normal en una dimensión diferente a las que se
especifican en ese ítem).
Codifique 8 cuando el comportamiento en cuestión no se da o el ítem no puede aplicarse por algún
motivo (p. ej., las normalidades en el lenguaje expresivo no se pueden codificar si el niño carece de
habla).
Fuente: Lord et al. (1999)
Los códigos de los ítems específicos calificados se convierten a puntuaciones de
algoritmo para cada módulo. Estas puntuaciones de algoritmo se suman y se comparan
con los umbrales de corte, lo que resulta en una clasificación de "autismo", "trastorno
del espectro autista" o "no TEA" (véase Tabla 36).
El ADOS-G ha demostrado una fuerte validez predictiva por lo que es una elección
común entre las medidas de fenotipado (Gotham, Risi, Pickles y Lord, 2007). Es eficaz
en la identificación y clasificación de los niños prototípicos o con sintomatología severa
de autismo, siendo menos específico y sensible para distinguir niños con síntomas de
TEA más leves o con alto funcionamiento (Bishop y Norbury, 2002; Chawarska, Klin,
Paul y Volkmar, 2007; De Bildt et al., 2004; Lord et al., 2000). Cuando se emplea en
niños menores de 2 años y con bajo funcionamiento puede diagnosticar
excesivamente (es decir, niños con retraso global del desarrollo puede indicar una alta
probabilidad de TEA en el ADOS-G).
M. L. Monroy 94 Tesis Doctoral
Para mejorar la sensibilidad y especificidad del instrumento, la segunda versión, el
ADOS-2 (Autism Diagnostic Observation Schedule, 2nd Edition; Lord, DiLavore, et al.,
2012) cuenta con algoritmos revisados y una puntuación comparativa para los
módulos 1, 2 y 3, con distribuciones más uniformes entre grupos de edad y nivel de
lenguaje, así como la inclusión de un quinto módulo (el módulo T) y de sus algoritmos
correspondientes. El ADOS-módulo T está diseñado específicamente para la evaluación
de niños con un lenguaje expresivo limitado y con edades entre los 12 y 30 meses
(Lord, Rutter, et al., 2012), que ha demostrado altos niveles de fiabilidad y validez
como herramienta de diagnóstico en niños muy pequeños con riesgo de TEA (Guthrie
et al., 2013; Luyster et al., 2009).
Las actividades básicas, los ítems, los códigos y los procedimientos del ADOS-G no han
cambiado en esta revisión. Pero si se ha incrementado la compatibilidad de los
algoritmos del módulo 1 al módulo 3, lo que permite comparar la información sobre el
desarrollo de los niños, además del estudio de la trayectoria de la sintomatología para
extenderse a edades más tempranas (Esler et al., 2015). La revisión del ADOS-2 dio
lugar a desarrollar puntuaciones independientes para dos dominios; Afectación Social
(AS) y Comportamiento restringido y repetitivo (CRR), para proporcionar una imagen
más clara de la gravedad de los síntomas de TEA (Esler et al., 2015; Lord, DiLavore,
et al., 2012). Esto ha permitido la agrupación de los niños de acuerdo con niveles
similares de severidad en cada dominio (Hus, Gotham y Lord, 2014; Hus y Lord, 2014).
La puntuación de gravedad calibrada, se creó en respuesta a la necesidad de obtener
una estimación del nivel general de síntomas de TEA en relación con otros TEA de la
Tesis Doctoral 95 M. L. Monroy
misma edad y nivel de lenguaje (Gotham et al., 2009; Hus y Lord, 2014) independiente
de otras variables como las habilidades intelectuales, el lenguaje o la edad.
De manera complementaria al ADOS, se desarrolló la Entrevista para el Diagnóstico del
Autismo, Edición Revisada (Autism Diagnostic Interview-Revised - ADI-R; Rutter et al.,
2003). La ADI-R es una extensa entrevista estandarizada, específicamente diseñada
para obtener información de los padres o de un cuidador familiarizado con la historia
de desarrollo del niño, necesaria para llegar a un diagnóstico de TEA. La entrevista se
centra principalmente en tres dominios de funcionamiento que han sido señalados
como de importancia diagnóstica tanto en la CIE-10 (OMS, 2000) como en el DSM-IV
(APA, 1994): lenguaje/comunicación; interacciones sociales recíprocas; conductas e
intereses restringidos, repetitivos y estereotipados.
La validez de la ADI-R en niños pequeños, de la misma manera que el ADOS, ha sido
dudosa (Chawarska et al., 2007) por la tendencia del instrumento a diagnosticar
excesivamente a los niños no verbales con edades mentales menores de 18 meses, y a
no diagnosticar a los niños de alto funcionamiento verbal (Chawarska et al., 2007; Cox
et al., 1999; Rutter, Le Couteur, et al., 2003).
En comparación con otros instrumentos, la ADI-R identifica menos casos de autismo
que la CARS (Saemundsen, 2003). En este estudio los niños clasificados como autistas
según ambos instrumentos, tuvieron un CI significativamente más bajo y una
sintomatología autista más severa que aquellos clasificados solamente con la CARS.
Los resultados del estudio de Saemundsen (2003) indican que la CARS representa un
concepto de diagnóstico más amplio de autismo que la ADI-R. Esto puede deberse a
que la ADI-R cuantifica tres ámbitos sintomáticos del autismo definidos por la CIE-10 y
M. L. Monroy 96 Tesis Doctoral
el DSM-IV, con un peso especial en el deterioro social, mientras que la CARS se basa en
un concepto unidimensional de autismo sin exaltación de dominios específicos de
síntomas y un corte.
En otros estudios como el de Ventola (2006), casi el 90% de los niños de 16 a 30 meses
de edad clasificados como TEA por otras medidas como el ADOS-G o la CARS, no
cumplían con el límite de diagnóstico de la ADI-R, debido a que no mostraban
suficientes comportamientos restringidos y repetitivos. Para mejorar su utilidad en
niños pequeños, diversos autores sugerían bajar o eliminar el corte de los
comportamientos restringidos y repetitivos en la ADI-R (Chawarska et al., 2007;
Wiggins y Robins, 2008).
Kim y Lord (2012) han presentado nuevos algoritmos de la ADI-R siguiendo la
estructura de la versión ADOS-2. Con esta revisión, la ADI-R muestra ganancias
significativas en la validez predictiva en comparación con el algoritmo anterior, en los
grupos de niños que eran más difíciles de diferenciar (por ejemplo, en los niños no
verbales más pequeños). Esta mejora extiende el uso válido de la ADI-R a niños
pequeños y preescolares jóvenes desde los 12 a 47 meses de edad y hasta la edad
mental no verbal de 10 meses.
El ADOS y la ADI-R son instrumentos complementarios, ya que uno se centra en los
padres como fuentes de información (ADI-R), mientras que el otro se centra en las
observaciones directas (ADOS) (Gotham et al., 2009; Klin et al., 2005). La ADI-R y el
ADOS hacen contribuciones independientes y aditivas al juicio de los clínicos que
resultan en una aplicación más consistente y rigurosa de los criterios diagnósticos (Risi
et al., 2006). En el estudio de Gotham et al. (2009) el uso de ADOS y ADI-R
Tesis Doctoral 97 M. L. Monroy
conjuntamente en una muestra de Estados Unidos obtuvo valores de sensibilidad y
especificidad mayores del 80%, y mayor del 75% en una muestra canadiense. Mientras
que el uso de un solo instrumento dio como resultado una pérdida significativa de
especificidad.
Si el clínico elige no usar la ADI-R, se recomienda que se utilicen fuentes de recogida de
información de los padres complementarias, como el Social Communication
Questionnaire (SCQ) (Berument et al., 1999; Rutter, Bailey y Lord, 2003; véase Hus
et al., 2007) basado en la ADI-R, o el Diagnostic Interview for Social and Communicative
Disorders (DISCO) de Wing, Leekam, Libby, Gould y Larcombe, (2002) (Lord, DiLavore,
et al., 2012; Steiner et al., 2012).
El Diagnostic Interview for Social and Communicative Disorders (DISCO-10; Wing et al.,
2002) es un programa de entrevistas semiestructurado diseñado para recopilar
información sobre el desarrollo y comportamiento de las personas. Es la única escala
consistente con el DSM-5 (Carrington et al., 2014; Kent et al., 2013). En comparación
con la ADI-R, el DISCO difiere de varias maneras, de las cuales las siguientes son las
más importantes. La ADI-R fue diseñada principalmente como un instrumento de
diagnóstico, mientras que el DISCO fue diseñado para obtener sistemáticamente la
información necesaria de la historia de desarrollo de una persona desde su
nacimiento, y una descripción de su actual patrón de comportamiento. Tanto la ADI-R
como el DISCO registran los comportamientos atípicos en el pasado y en la actualidad.
Hay varias secciones DISCO relacionadas con áreas de desarrollo no cubiertas por la
ADI-R como, por ejemplo, el DISCO incluye aspectos de varias "habilidades de la vida
diaria" como el autocuidado o la independencia, y otras habilidades viso-espaciales.
M. L. Monroy 98 Tesis Doctoral
Además de más detalles sobre las respuestas atípicas a estímulos sensoriales,
estereotipias motoras, rutinas repetitivas y trastornos emocionales, y secciones sobre
catatonia, comportamiento inadaptado, trastornos psiquiátricos y problemas de sueño
(Nygren et al., 2009; Wing et al., 2002).
Para muchos ítems, la ADI-R especifica que la codificación del comportamiento pasado
se refiere a lo observado a los 4 y/o 5 años de edad. El DISCO registra la edad de
aparición del desarrollo desviado y para cada ítem individual de comportamiento
atípico califica la peor manifestación a la edad en que surgió. El nivel general de
fiabilidad entre evaluadores para los ítems es alto, según el estudio realizado por dos
investigadores independientes (Wing et al., 2002). Las propiedades psicométricas de
DISCO-9 y DISCO-10 revelan una alta sensibilidad, moderada especificidad y una
suficiente validez en comparación con el ADOS y el SCQ (Leekam, Libby, Wing, Gould y
Taylor, 2002; Maljaars, Noens, Scholte y Van Berckelaer-Onnes, 2012; Nygren et al.,
2009).
El uso adicional de otras medidas sobre el desarrollo socioemocional y el
funcionamiento adaptativo asociado con las habilidades de comunicación social, puede
ser necesario para corroborar las observaciones de interacción social en el contexto de
la evaluación (Lord, DiLavore, et al., 2012; Steiner et al., 2012). Como, por ejemplo, con
la Social Responsiveness Scale (SRS) (Constantino et al., 2003; Constantino y Gruber,
2007, SRS-2; 2012) que proporciona un método para cuantificar el deterioro social y
para discriminar TEA de otros trastornos mentales. Las puntuaciones de la SRS se
basan en lo que relatan los padres o maestros, por lo que es útil como medida
complementaria de la gravedad del TEA, siendo necesario tener en cuenta las
Tesis Doctoral 99 M. L. Monroy
observaciones de un clínico experimentado. La SRS ha mostrado una relativa
independencia de las características de los participantes, como el cociente intelectual.
Bölte, Poustka y Constantino (2008) en su estudio de validación del SRS indicó que una
puntuación total de 100 en el SRS tenía una especificidad del 90% (sensibilidad 56%)
para TEA, así como otros datos aceptables de consistencia interna (0.91-0.97),
fiabilidad test-retest (0.84-0.97) y de acuerdo interobservadores (0.76 y 0.95).
La versión más actual del SRS, el SRS-2 (Constantino y Gruber, 2012) extiende el rango
de edad de 2.5 años a la edad adulta. Los datos indican que una puntuación de corte
total de 70 está asociada a un valor de sensibilidad de 0.78 y a una especificidad de
0.94 para TEA en grupos de población general no seleccionados. En cuanto al valor
predictivo positivo, muestra que el 93% de los niños cuyos resultados superan este
punto de corte recibirán un diagnóstico de TEA al realizarse una evaluación completa
(Constantino y Gruber, 2012).
Los autores sugieren que el SRS-2 es un instrumento robusto para discriminar entre los
niños con TEA y aquellos no afectados por la condición. Las muestras grandes también
proporcionan evidencia de una buena fiabilidad entre evaluadores, alta consistencia
interna y validez convergente con la ADI-R, ADOS y SCQ (Constantino y Gruber, 2012).
2.3.2 Valoración de las capacidades cognitivas
La evaluación del funcionamiento intelectual en los menores con TEA es esencial para
determinar el desempeño global del niño, puesto que se correlaciona con el nivel de
funcionamiento en otras áreas, tales como la conducta adaptativa, la gravedad de los
síntomas y su pronóstico (Filipek et al., 1999; Tomanik, Pearson, Loveland, Lane y
Shaw, 2007). La evaluación de las capacidades específicas que definen de manera
M. L. Monroy 100 Tesis Doctoral
operativa la inteligencia, genera mediciones para valorar el curso del TEA, ayuda a
formular recomendaciones apropiadas de cara a establecer el tratamiento y
documenta los efectos de las intervenciones terapéuticas (Bitsika, 2008; Hoge y
Sattler, 2008).
Existe un alto grado de consenso entre los psicólogos, sobre qué capacidades deben
medirse para obtener un indicador útil de la capacidad intelectual del niño. Éstas
incluyen el razonamiento verbal y no verbal, el pensamiento abstracto o conceptual, la
resolución de problemas, la capacidad de adquirir conocimientos, la competencia
lingüística, la competencia matemática, la memoria, la velocidad mental y la
discriminación y organización perceptiva (Snyderman y Rothman, 1987). Estas áreas se
incluyen en diversos grados, en la mayoría de las baterías actuales de inteligencia. Sin
embargo, los diferentes instrumentos difieren en el énfasis puesto en uno u otro
aspecto como las habilidades lingüísticas, la velocidad de rendimiento, la dependencia
de la presentación visual o auditiva de las tareas o las demandas motoras. De esta
manera, es necesario escoger el procedimiento o instrumento que pueda maximizar el
rendimiento del niño y salvaguardar la validez de la prueba (Klin et al., 2005).
El protocolo de administración y la elección del test de inteligencia varía en función de
varios factores: (1) nivel de habilidades lingüísticas requeridas, (2) la complejidad de
las instrucciones y las tareas, (3) el nivel de demandas sociales, (4) la utilización de
tareas cronometradas y (5) el número de turnos de una subprueba (Klin et al., 2005).
En el caso del TEA, la capacidad verbal del niño va a limitar en gran medida el test
utilizado (Durand, 2014), puesto que un gran número de niños suelen presentar
retrasos significativos en el lenguaje, además de dificultades en aspectos como la
Tesis Doctoral 101 M. L. Monroy
interacción social, malas habilidades de imitación, altos niveles de distracción y baja
tolerancia a períodos prolongados de pruebas. Por lo tanto, hay una necesidad de
baterías alternativas que pueden proporcionar medidas de nivel intelectual con grados
variables de comprensión (Klin et al., 2005). Así, podemos encontrar herramientas de
evaluación de inteligencia para niños con lenguaje verbal o herramientas indicadas
para niños no verbales o con una capacidad verbal limitada.
Tabla 12: Herramientas de evaluación de la inteligencia
Herramienta Rango de edad Administración
Herramientas de evaluación de la inteligencia en niños verbales
Wechsler Preschool and 2 años y 6 meses - 7 Evaluación del funcionamiento intelectual que
Primary Scale of años y 7 meses consta de 14 test, 7 verbales, 5 manipulativos y 2
Intelligence. Fourth de velocidad de procesamiento. Se organiza en 4
Edition - WPPSI-IV escalas, escala verbal, escala manipulativa, escala
(Wechsler, 2012) de velocidad de procesamiento y escala de
lenguaje general.
Wechsler Intelligence 6 - 16 años Evaluación de las capacidades intelectuales. Consta
Scale for Children. Fifth de 15 pruebas que se organizan en cuatro índices
Edition - (comprensión verbal, razonamiento perceptivo,
WISC-V (Wechsler, 2014) memoria de trabajo y velocidad de procesamiento)
y en un cociente intelectual (CI) total.
Stanford-Binet Aplicable desde los Escala que mide cinco factores de la capacidad
Intelligence Scale - Fifth 2 años cognitiva: razonamiento fluido, conocimiento,
Edition (Roid, 2003) razonamiento cuantitativo, el procesamiento
visual-espacial y memoria de trabajo. Cada uno de
estos factores se pone evalúa en dos dominios
separados, verbales y no verbales.
Merrill Palmer-Revised 1 mes - 6 años y 6 Batería de test de aplicación individual destinada a
MP-R (Roid & Sampers, meses la evaluación global del desarrollo infantil. Produce
2004) las siguientes puntuaciones: índice global,
cognición, motricidad fina y lenguaje receptivo
(incluyendo lenguaje infantil). También incluye tres
escalas complementarias, que son: memoria
(incluyendo memoria infantil), velocidad de
procesamiento y motricidad visual.
Herramientas de evaluación de la inteligencia en niños no verbales o con capacidad verbal limitada
Leiter International 2 años - 20 años y Escala de medida de la inteligencia no verbal.
Performance Scale – 11 meses Consta de dos baterías, una que mide la
Revised - LIPS-R (Roid & visualización y razonamiento y otra batería de
Miller, 1997) atención y memoria.
Kaufman-Assessment 3 años - 18 años Aplicable a niños con habilidades de lenguaje
Battery for Children, receptivo. Mide la inteligencia expresado en CI
Second Edition – total y en cuatro puntuaciones de una escala de CI
K-ABC-II (Kaufman, 2004) en términos de procesamiento mental (secuencial
y simultáneo), capacidad de aprendizaje y
conocimientos.
Fuente: Elaboración propia
M. L. Monroy 102 Tesis Doctoral
Entre las diversas baterías de inteligencia actualmente en uso para niños con lenguaje
verbal, las Wechsler Intelligence Scales son las más utilizadas en TEA, por parte de los
profesionales que trabajan en entornos escolares (Kamphaus, Petoskey y Rowe, 2000)
debido a sus propiedades psicométricas, procedimiento de estandarización y su uso
extendido en la investigación (Klin et al., 2005). Según Kamphaus et al. (2000) los
psicólogos escolares usan las pruebas de inteligencia de Wechsler junto con otras
pruebas diagnósticas estandarizadas para determinar el nivel de servicios necesarios
en el sistema educacional.
Dentro de las Wechsler Intelligence Scales nos encontramos con la Wechsler Preschool
and Primary Scale of Intelligence (WPPSI; Wechsler, 1967), y la Wechsler Intelligence
Scale for Children (WISC; Wechsler, 1949), que difieren en la edad de aplicación de la
prueba. La Wechsler Preschool and Primary Scale of Intelligence, Fourth Edition (WPPSI
IV; Wechsler, 2012) es la cuarta versión de la WPPSI, una batería de inteligencia para
evaluar niños en edad preescolar e infantil, desde los 2 años y 6 meses a los 7 años y 3
meses, que apareció por primera vez en 1967, y revisada posteriormente en 1989 y
2002 (Wechsler, 1967, 1989, 2002).
En la WPPSI-IV los coeficientes de consistencia interna en los nueve grupos de edad de
la muestra normativa fueron de 0.95-0.96 para la escala completa de CI, entre 0.85 a
0.96 para las puntuaciones del índice y de 0.71 a 0.95 para las puntuaciones de los
subtest. La estabilidad a corto plazo de las puntuaciones de la WPPSI-IV con intervalos
de repetición de 7-48 días (M = 23 días) en una muestra de 172 niños en tres rangos de
edad indicó valores de estabilidad para todas las edades de 0.88 para la escala
completa de CI, 0.78 a 0.88 para las puntuaciones del índice y 0.69-0.81 para los
Tesis Doctoral 103 M. L. Monroy
subtest. Todos los formularios de registro de muestras de normalización fueron
marcados dos veces por dos anotadores independientes y, como se señala en el
manual técnico e interpretativo, el acuerdo entre evaluadores general es muy alto
(0.98-0.99) debido a que la mayoría de los subtest contienen puntuaciones simples y
objetivas (Wechsler, 2012).
La Wechsler Intelligence Scale for Children, Fifth Edition (WISC-V; Wechsler, 2014) es la
quinta edición de la WISC, utilizada para evaluar un rango superior de edad en
comparación con la WPPSI, niños y adolescentes de 6 a 16 años. Apareció
originalmente en 1949 y en tres revisiones posteriores (es decir, WISC-R, Wechsler,
1974; WISC-III, Wechsler, 1991; WISC-IV, Wechsler, 2003). La fiabilidad interna del
WISC-IV es excelente y, en muchos casos, supera la de su antecesor la WISC-III. La
estabilidad del test-retest es alta o excelente para las puntuaciones del índice (0.80 o
más de 0.90), tal como se informa en el manual. Como es típico de la mayoría de los
tests de inteligencia, la escala completa de CI y el CI verbal tienen las mayores
confiabilidades (> 0.90). La mayoría de las subpruebas también tienen una alta
fiabilidad (> 0.80), aunque algunas sólo en el rango "adecuado" (Wechsler, 2003).
A medida que se han creado nuevas versiones de las escalas Wechsler, con su
consiguiente cambio en contenido y estructura, han afectado a los resultados de los
individuos con TEA (Nader, Jelenic y Soulières, 2012). Algunos autores han indicado un
perfil específico de las escalas Wechsler asociado con los niños con autismo,
caracterizado por un CI verbal más bajo que el CI manipulativo, con puntuaciones más
bajas en los subtest de las escalas de Comprensión y más altos en Diseño de bloques
(Rumsey, 1992; Yirmiya y Sigman, 1991).
M. L. Monroy 104 Tesis Doctoral
La cuarta Escala de Inteligencia de Wechsler para Niños (WISC-IV; Wechsler, 2003)
introdujo ya cambios sustanciales en comparación con la versión anterior WISC-III
(Wechsler, 1991) en muchos niveles. Nader, Courchesne, Dawson y Soulières (2016)
sugieren que la escala completa de CI de la WISC-IV subestima la inteligencia de la
población con TEA. En la actualidad, el WISC-V, tan sólo se cuenta con una referencia a
su aplicación en grupos especiales, de entre los que se encuentra la población con TEA
(Miller et al., 2015).
Aunque estas baterías proporcionan medidas válidas a través de un gran número de
construcciones relevantes y perfiles de rendimiento de funcionamiento que pueden
traducirse fácilmente en objetivos de intervención, hay que tener en cuenta que los
requerimientos de lenguaje, su dependencia de las tareas cronometradas, el
conocimiento de contenido específico y el número de tareas que son exclusivamente
de naturaleza auditiva (y por lo tanto, más susceptible a los efectos disruptivos de la
distracción y a la mala comprensión), hacen que, a veces, las escalas de Wechsler no
sean viables para los niños con TEA (Klin et al., 2005).
La Stanford-Binet Intelligence Scale - Fifth Edition (SB5; Roid, 2003) es un descendiente
directo de la primera prueba de inteligencia, la escala de Binet de 1905 (Binet y Simon,
1905). De hecho, algunas de las subpruebas verbales de las escalas Wechsler son
tareas que se originaron en el laboratorio de Binet; por lo que los elementos de ambas
son similares (Kaufman, O’Neal, Avant y Long, 1987).
La SB5 es la última revisión de las escalas Stanford-Binet, es una prueba que mide la
capacidad intelectual general, ampliamente utilizada en niños con TEA y niños con bajo
Tesis Doctoral 105 M. L. Monroy
rendimiento cognitivo (Mayes y Calhoun, 2003) tanto para fines clínicos como de
investigación (Coolican, Bryson y Zwaigenbaum, 2008).
Las mejoras de la quinta revisión han incluido ampliar el rango de la prueba para
permitir la evaluación de niveles muy bajos y muy altos de capacidad cognitiva;
aumentar los ítems no verbales; aumentar el rango de dominios medidos por la SB5;
actualizar y restaurar los juguetes originales y manipulativos para evaluar a los niños
preescolares que habían sido eliminados en las versiones anteriores; y como resultado
incrementar su utilidad clínica (Roid, 2003).
La fiabilidad interna es muy alta para la escala completa de CI en todas las edades
(0.97 – 0.98) y para el CI no verbal y el CI verbal (0.95 y 0.96, respectivamente). Los
autores indican una fiabilidad test-retest de 0.93 a 0.95 del CI verbal para todas las
edades y ligeramente inferior (0.89 a 0.93) para el CI no verbal (Roid, 2003). La SB5 es
relativamente nueva, específicamente, durante su validación se administró a 83 niños
con autismo (de 2 a 17 años), pero se proporciona muy poca información sobre sus
perfiles cognitivos, o sobre si o cómo podrían diferir de los de la muestra normativa. La
versión anterior (SB4; Thorndike, Hagen y Sattler, 1986) se ha utilizado comúnmente
en la literatura para medir la capacidad cognitiva de niños con TEA (Carpentieri y
Morgan, 1994; Coolican et al., 2008; Harris, Handleman y Burton, 1991; Lennen, Lamb,
Dunagan y Hall, 2010; Mayes y Calhoun, 2003). Investigaciones recientes en población
con TEA sugieren que la SB5 es útil a la hora de evaluar y discriminar a niños con
sospecha de TEA con y sin discapacidad intelectual asociada (Lennen et al., 2010).
La Merrill Palmer - Revised (MP-R; Roid y Sampers, 2004) es una de las evaluaciones
más utilizadas en niños menores de 5 años (Lord y Schopler, 1989). Es la revisión para
M. L. Monroy 106 Tesis Doctoral
actualizar y ampliar el Merrill-Palmer Scale of Mental Test original (Stutsman, 1931)
utilizada para la identificación temprana de retrasos en el desarrollo. Tiene la ventaja
de que se superpone a las pruebas cuyo techo y cuyo suelo está en los 24 meses.
Utiliza unos materiales muy atractivos para las personas con TEA, consiguiendo evaluar
el nivel cognitivo cuando otros instrumentos no lo consiguen (Díez-Cuervo et al.,
2005).
Está organizada en cuatro baterías (batería cognitiva, desarrollo de la motricidad
gruesa, cuestionarios de calificación de los padres y escala de los calificadores). La
batería cognitiva está compuesta de la escala cognitiva, junto a la escala de motricidad
fina y lenguaje y otras adicionales de memoria, velocidad y motricidad visual. La escala
cognitiva es la principal escala utilizada para evaluar las habilidades de tipo cognitivo
desarrolladas por el niño.
A partir de las puntuaciones de todos los ítems de la batería cognitiva se obtiene un
Índice global (IG), que es una medida general del nivel de desarrollo del niño. Además
de las puntuaciones típicas, el MP-R proporciona en varias de sus escalas las
denominadas puntuaciones de desarrollo (medidas en puntuaciones de edad
equivalente). Estas puntuaciones son las estimaciones de aptitud basadas en el modelo
de Rasch. Las puntuaciones de desarrollo son capaces de reflejar el crecimiento (el
desarrollo) y la consecución de pequeños incrementos en las habilidades (aptitudes)
evaluadas, lo que resulta de una enorme utilidad para la planificación del tratamiento
y la medición de los cambios en el tiempo.
Los valores de consistencia interna entre los grupos de edad de la muestra de
validación indican valores de 0.98 (índice de desarrollo), 0.94 (cognitivo), 0.94
Tesis Doctoral 107 M. L. Monroy
(lenguaje receptivo), 0.91 (motor fino), 0.77 (memoria), 0.77 (velocidad) y 0.91 (motor
visual). Los coeficientes de fiabilidad de las escalas de la batería cognitiva exceden el
0.90 de nivel de confianza, excepto las escalas adicionales de velocidad y memoria que
se encontraron con un 0.70. Esto se debe a que las escalas de velocidad y memoria
son las más cortas, comparado con las escalas más largas éstas deberían ser usadas
para generar hipótesis clínicas y no para la toma de decisiones individuales o
diagnóstico. La confiabilidad test-retest indican valores entre 0.84-0.90 en las
diferentes escalas (Roid y Sampers, 2004).
Peters (2013) en su trabajo sobre la utilidad de la MP-R en la población con autismo,
concluye que es una herramienta sensible en la identificación de niños con retraso en
el desarrollo, pero no es específica para diferenciar los niños diagnosticados con TEA
de otros trastornos comunes de la infancia temprana. En parte, considera que la gran
variabilidad en el rendimiento de la prueba de la muestra del estudio contribuye a esa
falta de especificidad.
Para los niños con TEA con habilidades lingüísticas bajas o muy bajas, en los que las
anteriores baterías no tuvieron éxito en su aplicación, o se considera de antemano que
no van a proporcionar medidas de su capacidad intelectual, la Leiter International
Performance Scale - Revised (LIPS-R; Roid y Miller, 1997) es la prueba más adecuada
(Michalec, 2011; Tsatsanis et al., 2003) y frecuentemente utilizada en la población con
TEA (Grondhuis y Mulick, 2013). La LIPS evalúa la habilidad general para realizar
manipulaciones mentales no verbales complejas relacionadas con la conceptualización,
el razonamiento inductivo y la visualización (Roid y Miller, 1997).
M. L. Monroy 108 Tesis Doctoral
Shah y Holmes (1985) analizaron la Leiter International Performance Scale (Leiter,
1980) para su uso con niños con TEA, puesto que evalúa áreas conocidas como
fortalezas para los TEA, y encontraron que ofrecía buenos resultados del potencial
cognitivo y educativo de los niños que no podían completar las evaluaciones de
inteligencia tradicionales. Tsatsanis et al. (2003), en su estudio manifiesta que la Leiter
original (Leiter, 1980) puede tener mayor éxito clínico a la hora de evaluar a aquellos
niños muy afectados o con muy bajo funcionamiento, en particular, a los niños más
pequeños. Esto es debido a los cambios en el diseño del Leiter-R, que se amplía para
incluir una batería de Visualización y Razonamiento (VR) y otra batería de Atención y
de la Memoria (AM), compuesta de 10 subtests cada uno. La batería de VR de la
edición revisada se parece más al Leiter original, y mide aspectos tradicionales de
inteligencia como el razonamiento no verbal, visualización y resolución de problemas
(Roid y Miller, 1997)
A pesar de esto, la Leiter-R parece ser psicométricamente aceptable, con estimaciones
de confiabilidad para el resultado compuesto y los puntajes de CI, que van desde 0.88
a 0.90 para el cribado y 0.91 a 0.93 para la administración de la escala completa (Roid,
Pomplun y Martin, 2009).
Otra escala particularmente útil debido a su amplio rango de edad (3 a 18 años), y a su
menor énfasis en las habilidades verbales es la Kaufman-Assessment Battery for
Children, Second Edition (K-ABC-II; Kaufman, 2004), segunda versión de la Kaufman
Assessment Battery for Children (K-ABC; Kaufman y Kaufman, 1983) usada
habitualmente como otra elección de medidas de inteligencia que no requieren de
Tesis Doctoral 109 M. L. Monroy
capacidad verbal como la Leiter (Baird et al., 2000) o participación verbal como las
escalas Weschler (Kaufman et al., 1987).
La fiabilidad y la validez del K-ABC-II son buenas (Kaufman, 2004). A pesar de que el K-
ABC no incluye una medida de comprensión de las situaciones sociales per se, contiene
una prueba de reconocimiento facial (o memoria para las caras) que ha demostrado
tener valor diagnóstico (Klin et al., 1999).
Las pruebas intelectuales en niños muy pequeños con TEA, la mayoría de las veces, se
obtienen con el uso de escalas de desarrollo (Klin et al., 2005; Steiner et al., 2012).
Estas escalas, proporcionan una estimación del nivel cognitivo, y evitan el concepto de
CI, que en niños pequeños menores de 3 o 4 años, debido a la estrecha
interdependencia del funcionamiento cognitivo con otros dominios del desarrollo,
pueden no ser un valor predictivo de los cocientes de inteligencia que podrán obtener
posteriormente en los años escolares (Klin et al., 2005).
Tabla 13: Escalas de desarrollo infantil
Herramienta Rango de edad Administración
Mullen Scales of Early Desde el Escala diseñada para evaluar la motricidad gruesa,
Learning. MSEL (Mullen, nacimiento a los 5 la recepción visual, motricidad fina, lenguaje
1995) años y 8 meses receptivo y lenguaje expresivo.
Bayley Scales of Infants 1 - 42 meses Evalúa múltiples dominios de desarrollo,
Development (Bayley, incluyendo el cognitivo, el lenguaje (tanto
1993) receptivo como expresivo), motor (fino y grueso),
así como el comportamiento social emocional y
adaptativo.
The Battelle Desde el Evaluación de las habilidades fundamentales del
Developmental Inventory, nacimiento a los 7 niño en las distintas áreas del desarrollo
2nd Edition (BDI-2; años y 11 meses (Personal/Social, Adaptativa, Motora,
Newborg et al., 2005) Comunicación y Cognitiva) y diagnóstico de las
posibles deficiencias o retrasos. Puede aplicarse en
su forma completa o abreviada (screening).
Fuente: Elaboración propia
Las escalas de desarrollo que se han utilizado con mayor frecuencia en la evaluación de
niños pequeños con TEA son las Bayley Scales of Infants Development (Bayley, 1993)
M. L. Monroy 110 Tesis Doctoral
(Eaves y Ho, 2004; Lord, 1995; Stone, Lee, et al., 1999) cuya ventaja es que pueden
proporcionar una estimación apropiada de edad de CI en niños pequeños, se suele
utilizar para individuos muy afectados o para niños con una edad mental inferior a los
3.5 años (Díez-Cuervo et al., 2005). La desventaja es que no es posible obtener
puntuaciones estandarizadas separadas para las habilidades verbales y no verbales
(aunque se puede obtener una "edad mental" basada en el número de ítems de la
escala de lenguaje). Proporciona información relevante para conocer el nivel de
desarrollo y para elaborar programas de apoyo, pero tiene escaso valor predictivo
(Díez-Cuervo et al., 2005).
La Mullen Scales of Early Learning (Mullen, 1995), especialmente, debido a que se
puede administrar a bebés y niños de hasta 68 meses de edad, puede servir como una
alternativa para evaluar a niños muy pequeños con sospecha de un TEA (Akshoomoff,
2006; Filipek et al., 1999; Peters, 2013). Se pueden calcular calificaciones totales,
rangos percentiles y edad equivalente para las cinco escalas por separado (Motor
Grueso, Recepción Visual, Motor Fino, Lenguaje Expresivo y Lenguaje Receptivo). La
evaluación del nivel de habilidades no verbales del niño es importante para estimar el
nivel general de desarrollo, así como también para predecir el resultado. Los niños con
autismo que tienen mayores retrasos no verbales tienen menos probabilidades de
desarrollar un lenguaje funcional a la edad de 5 años, al igual que los niños con
habilidades no verbales relativamente fuertes, pero con habilidades de lenguaje
receptivo y expresivo significativamente débiles (Lord, Risi y Pickles, 2004).
Ambas escalas dependen en gran medida de la evaluación directa con el niño (Steiner
et al., 2012) y permiten anotar, basados en el informe de los padres, comportamientos
Tesis Doctoral 111 M. L. Monroy
difíciles de inducir o de baja frecuencia. Estas escalas evalúan el rendimiento y
desarrollo del niño en varios dominios en el contexto de interacción directa con él
mediante actividades orientadas a objetivos. La observación directa no sólo es
necesaria para obtener información sobre los niveles de desempeño, sino también
para documentar estilos de aprendizaje y otros factores que influyen en el potencial de
aprendizaje del niño (Klin et al., 2005).
Algunos clínicos también pueden elegir las escalas basadas en el informe y
observaciones de los padres, como The Battelle Developmental Inventory, Second
Edition (BDI-2; Newborg et al., 2005), una revisión del Battelle Developmental
Inventory (BDI; Newborg et al., 1984). Evalúa las distintas áreas del desarrollo
(Personal/Social, Adaptativa, Motora, Comunicación y Cognitiva). El BDI puede
utilizarse en los casos en los que no se puede realizar una evaluación directa y/o para
contextualizar y validar los datos basados en la clínica (Klin et al., 2005; Steiner et al.,
2012).
Los coeficientes de fiabilidad del BDI-2 indican valores totales que van desde 0.98 a
0.99, una puntuación altamente aceptable (Newborg et al., 2005). Sipes, Matson y
Turygin (2011), en su estudio concluyeron que el BDI-2 (con punto de corte de 96 para
población con TEA), es un instrumento con gran sensibilidad (0.94) y una menor
especificidad (0.31). Las puntuaciones del BDI-2 pueden ser utilizadas para identificar a
niños que requerirán valoraciones posteriores. Además, la medida puede ser utilizada
para determinar metas de tratamiento.
M. L. Monroy 112 Tesis Doctoral
2.3.3 Evaluación del lenguaje
Las alteraciones en la comunicación en el trastorno del espectro autista, son
frecuentes en cuanto a déficits en las habilidades verbales y no verbales se refiere
(Wetherby et al., 2007). Existe cierta dificultad a la hora de usar evaluaciones formales
del lenguaje con niños con trastorno del espectro autista a una edad temprana
(Charman, Drew, Baird y Baird, 2003) pero las evaluaciones del lenguaje con
instrumentos específicos en ésta área (Tabla 14), pueden proporcionar información
sobre aspectos básicos afectados en el autismo como son la pragmática, semántica,
morfosintaxis y fonología (Brynskov et al., 2016; Tager-Flusberg, 2006; Whitehouse
et al., 2008) y por ende, una mejor información del funcionamiento del lenguaje
expresivo, comprensivo y escrito en TEA (Healtcare Improvement Scotland, 2016).
Tabla 14: Herramientas de evaluación del lenguaje infantil
Herramienta Rango de edad Administración
Peabody Picture Vocabulary 2 años y 6 meses - Sirve para evaluar el nivel de vocabulario
Test - PPVT-III (Dunn & Dunn, 90 años receptivo y hacer una detección rápida de
1997) dificultades o screening de la aptitud verbal.
Reynell Developmental 1 año y 6 meses - 7 Escala que mide la comprensión verbal y el
Language Scales III - RDLS III - años lenguaje expresivo en los niños. Usada en la
(Edwards, 1997) identificación de retrasos del habla y posibles
deficiencias en el lenguaje.
Fuente: Elaboración propia
Algunos de los instrumentos específicos pueden ser la Reynell Developmental
Language Scales III (RDLS-III, Edwards, 1997), diseñada para la valoración de las
habilidades lingüísticas (comprensión y expresión) mediante el uso de dibujos y
juguetes, en las áreas de comprensión y expresión. Los de fiabilidad de la muestra
original con niños con un desarrollo normal son de 0.97 para la escala de comprensión
y 0.96 para la escala de expresión (Edwards, 1997). Esta medida no es específica de
TEA, pero algunos estudios en los que se ha empleado la RDLS-III han indicado que, en
los niños con autismo sin DI asociada, la comprensión del lenguaje está comprometida
Tesis Doctoral 113 M. L. Monroy
(Chan, Cheung, Leung, Cheung y Cheung, 2005; Kjellmer, Hedvall, Holm, et al., 2012;
Lloyd, Paintin y Botting, 2006).
Otro instrumento específico para la evaluación del lenguaje es el Peabody Picture
Vocabulary Test-Third Edition (PPVT-III; Dunn y Dunn, 1997), originalmente publicada
en 1959 (PPVT; Dunn, 1959) y revisada en 1981 (PPVT-R; Dunn y Dunn, 1981). El PPVT-
III es la tercera edición del PPVT, una de las pruebas estandarizadas del lenguaje más
antigua y más utilizada (Stockman, 2000). A diferencia de la Reynell, el PPVT solo
evalúa el lenguaje receptivo. Estas herramientas en solitario pueden resultar poco
prácticas en niños no verbales o con bajo funcionamiento, por lo que en ocasiones, se
emplean combinadas con otras baterías. La correlación del PPVT-III (Dunn y Dunn,
1997), con otras medidas de inteligencia es alta (Sattler, 2001), por lo que es
habitualmente empleado para evaluar el nivel intelectual general además de
proporcionar una estimación del lenguaje / comunicación (Luiselli et al., 2001) en
combinación, por ejemplo, de la Leiter International Performance Scale – Revised (Roid
y Miller, 1997). En el caso de niños con autismo, tanto la Leiter como el PPVT-III
tienden a proporcionar puntuaciones algo infladas, debido a que estas pruebas se
centran en dominios de rendimiento máximo (Shah y Holmes, 1985).
El lenguaje es un aspecto importante del funcionamiento adaptativo en el mundo real,
y los investigadores han encontrado que el rendimiento cognitivo general está
altamente influenciado por la capacidad verbal (Kjellmer, Hedvall, Holm, et al., 2012;
Lennen et al., 2010), específicamente por el lenguaje comprensivo. Por lo que el
lenguaje también se evalúa con las escalas verbales de un test de inteligencia, como
con las Wechsler Intelligence Scales (Kamphaus et al., 2000) o la Merrill Palmer Scale of
M. L. Monroy 114 Tesis Doctoral
Mental Test (MP-R; Roid y Sampers, 2004) que, a menudo, proporcionan información
útil sobre las capacidades del niño en éste área.
2.3.4 Evaluación sensoriomotora y ocupacional
Convencionalmente la práctica diagnóstica ha puesto poco énfasis en la valoración de
las conductas sensoriomotoras y en el desempeño ocupacional (Etchepareborda, 2001;
Filipek et al., 1999) de niños con trastorno del espectro autista. Sin embargo, la propia
sintomatología del TEA, las dificultades en su procesamiento sensorial (Baranek, 1999;
Cermak et al., 2010; Tavassoli et al., 2013) y patrones de movimiento anormales
comúnmente asociados (Baranek, 1999; Loh et al., 2007), causan un deterioro
clínicamente significativo en las áreas del funcionamiento habitual limitando el
desempeño de las ocupaciones de la vida cotidiana (APA, 2013; Matson, 2015;
Mattard-Labrecque, Amor y Couture, 2013).
Los padres de los niños con TEA, y la literatura científica, hacen referencia a diversas
áreas en las que se encuentran mayores dificultades y que tienen una especial
repercusión en la población infantil, objeto de la presente Tesis Doctoral, como son el
juego, la participación social, el sueño, la alimentación, las rutinas de la familia y la vida
independiente (Campbell, Leezenbaum, Mahoney, Moore y Brownell, 2016; Jang,
Dixon, Tarbox y Granpeesheh, 2011; Kasari, Chang y Patterson, 2013; Magiati, Tay y
Howlin, 2014; Mazurek y Sohl, 2016).
Determinar las capacidades de los niños con TEA en su desempeño ocupacional,
implica el análisis de cómo estos niños ejecutan las actividades que se encuentran
afectadas en su día a día (Crepeau, Cohn, y Schell, 2011), más allá de los aspectos
sensoriomotrices (Kuhaneck y Watling, 2015).
Tesis Doctoral 115 M. L. Monroy
Desde este enfoque ocupacional, representado en la Figura 3, es necesario analizar en
detalle (1) las exigencias de una actividad (involucra el examen de los objetos, del
espacio físico, de las demandas sociales, de la secuencia y del tiempo, y de las
funciones básicas del cuerpo y estructuras necesarias para llevar a cabo una actividad
en particular, como la alimentación, descanso, juego, etc.), así como (2) las
características personales (valores, creencias, funciones corporales [como las
funciones sensoriales, afectivas, cognitivas, neuromusculoesqueléticas,
cardiovasculares, respiratorias, endocrinas, etc.] o las estructuras del cuerpo [definidas
por la OMS (2001) como las partes anatómicas del cuerpo, tales como órganos,
extremidades y sus componentes que apoyan la funciones corporales]) y (3) las
destrezas o habilidades de ejecución (sensoriales-perceptuales, motoras y praxis, de
regulación emocional, cognitivas, de comunicación y sociales) que limitan o apoyan la
realización de las ocupaciones, valorando la necesidad de adaptación de entornos y
uso de adaptaciones y/o productos de apoyo (AOTA, 2014).
De manera conjunta, se hace preciso el análisis de (4) la propia ejecución del niño en
las diferentes actividades diarias en las que está involucrado, entendiendo que éste
desempeño está estrechamente vinculado con los contextos en los que está inmerso
(como, por ejemplo, el colegio o el hogar).
Por lo tanto, el análisis no se reduce a cómo el niño ejecuta las actividades, sino que se
extiende a cómo participa en las actividades propias de esos entornos como, por
ejemplo, jugar en el recreo, copiar de la pizarra, vestirse por las mañanas o cenar en
familia, e identifica qué factores (personales o del contexto) pueden estar limitando su
desempeño.
M. L. Monroy 116 Tesis Doctoral
Figura 3: Marco persona-ambiente-ocupación.
Áreas de Terapia Ocupacional según la Asociación Americana de Terapia Ocupacional
Note: ADLS = activities of daily living; IADLS = instrumental activities of daily living
Fuente: AOTA (2014)
En la evaluación ocupacional infantil se contempla un amplio abanico de áreas, pero el
rol del terapeuta ocupacional específicamente en TEA se ha centrado a menudo en las
habilidades motoras y sensoriales (Kuhaneck y Watling, 2015), comúnmente afectadas
y necesarias para un desempeño exitoso en las actividades de vida diaria. Las
herramientas empleadas habitualmente para la evaluación ocupacional, en numerosas
ocasiones se diseñaron originariamente para otras poblaciones, debido a la ausencia
de escalas ocupacionales especialmente diseñadas para personas con TEA (AETAPI,
2014).
En muchos niños con autismo se han encontrado dificultades motrices (Green et al.,
2002; Manjiviona y Prior, 1995) como torpeza motora, anomalías en la marcha, control
postural inadecuado e hipotonía (Bhat, Landa y Galloway, 2011; Gillberg y Kadesjö,
Tesis Doctoral 117 M. L. Monroy
2003; Vilensky, Damasio y Maurer, 1981) que se manifiestan desde la primera infancia
y persisten en la edad adulta como las descritas por Bhat (2011) en la Tabla 15.
Tabla 15: Dificultades motoras en niños y adultos con autismo y retrasos motores en lactantes y niños
pequeños en riesgo de Trastorno del Espectro Autista
Retraso o deterioro motor Deterioro en niños de edad Retrasos en bebés en riesgo de
escolar y adultos con TEA TEA y en niños pequeños y
preescolares con TEA
Coordinación motora gruesa Coordinación pobre de las En el primer año de vida están
extremidades superiores y de las presentes retrasos en las
extremidades inferiores, habilidades motoras gruesas en
incluyendo coordinación decúbito supino, prono y
bilateral y coordinación sentado.
visuomotora. En el segundo año de vida el
inicio tardío de la marcha puede
estar presente.
Retrasos motores gruesos
también están presentes en
preescolares recién
diagnosticados con TEA.
Coordinación motora fina Pobre coordinación del El alcance y el agarre parecen
desarrollo motor fino, estar retrasados en los lactantes
observado en el desempeño de con riesgo de TEA.
tareas manipulativas que El retraso motor en tareas de
requieren de precisión. manipulación fina persiste en el
segundo y tercer año de vida.
Estereotipias motoras Las estereotipias motoras son Las estereotipias motoras, como
comunes en niños mayores y golpear repetitivamente objetos
adultos con TEA. o la exploración sensorial
inusual, pueden aparecer en el
primer año de vida, pero la
mayoría de las veces emergen
en el segundo año de vida.
Postura El feedforward y feedback de la Retrasos evidentes en posturas
postura está afectado en niños y como rodar y sentarse.
adultos con TEA. Se han observado posturas
En general, el control postural inusuales mantenidas por
deficiente persiste en adultos períodos de tiempo, de breves a
con TEA. largos, en bebés que más tarde
desarrollaron TEA.
Imitación y praxis Los impedimentos de imitación
están presentes durante la
imitación postural, gestual y
oral. El rendimiento de las
secuencias complejas de
movimiento es pobre durante la
imitación, en el comando verbal
y durante el uso de la
herramienta, lo que sugiere una
dispraxia generalizada no
específica a la imitación.
Fuente: Traducida de Bhat et al. (2011)
M. L. Monroy 118 Tesis Doctoral
La existencia de otros factores como una edad temprana, la sintomatología propia del
autismo y un CI bajo pueden predecir en el TEA más problemas de coordinación
motora y, por ende, una menor capacidad en el desempeño de las habilidades de la
vida cotidiana (Kopp, Beckung y Gillberg, 2010). Por el contrario, en su estudio, Green
(2009) manifiesta que las alteraciones del movimiento no se asocian con el
comportamiento adaptativo diario, una vez que se tiene en cuenta el efecto del
cociente intelectual.
Este autor considera que hay indicios de que las habilidades motoras por sí mismas no
contribuyen a un pobre resultado adaptativo (Green, 2009), lo que ya ha sido
corroborado por otras investigaciones, que han demostrado que los impedimentos
sociales y de la comunicación específicos del TEA explican las pobres habilidades de
adaptación (Chadwick, Cuddy, Kusel y Taylor, 2005; Gabriels, Ivers, Hill, Agnew y
McNeill, 2007; Kanne et al., 2011; Matson, Dempsey y Fodstad, 2009).
Las baterías de evaluación de las habilidades motoras no están limitadas al uso en
población con TEA, sino que han sido desarrolladas para abordar otros cuadros clínicos
que se pueden presentar de manera comórbida con TEA como, por ejemplo, el
trastorno del desarrollo de la coordinación (Gillberg y Kadesjö, 2003; Piek y Dyck,
2004).
Tabla 16: Herramientas de evaluación de las habilidades motoras
Herramienta Rango de edad Administración
The Beery-Buktenica 3 años - 17 años y Evalúa las habilidades de integración de la
Developmental Test of Visual- 11 meses percepción visual y la coordinación motriz en
Motor Integration - VMI niños.
(Beery, 2004)
Peabody Developmental Desde el Evalúa mediante 6 subpruebas las capacidades
Motor Scales, Second edition nacimiento a los 5 motrices interrelacionadas que se desarrollan
- PDMS-2 (Folio & Fewell, años en los niños.
2000)
Bruininks-Oseretsky Test of 4 - 21 años Evalúa la competencia motora en 8
Tesis Doctoral 119 M. L. Monroy
Herramienta Rango de edad Administración
Motor Proficiency-2. BOT- 2 subpruebas; precisión motriz fina, integración
(Bruininks & Bruininks, 2005) motriz fina, destreza motriz, coordinación
bilateral, equilibrio, agilidad y velocidad,
coordinación de las extremidades superiores y
fuerza.
The Movement Assessment 4 - 12 años Evalúa el funcionamiento motor a través de
Battery for Children - M-ABC tareas motrices finas y gruesas. Hay cuatro
(Henderson, Sugden, & subgrupos relacionados con la edad, cada uno
Barnett, 1992; Henderson, de los cuales contiene elementos que miden la
Sugden, Barnett, & others, destreza manual, las habilidades con la pelota y
2007) el equilibrio estático y dinámico.
Fuente: Elaboración propia
La Batería de Evaluación del Movimiento para Niños (M-ABC; The Movement
Assessment Battery for Children) (Henderson et al., 1992) y la Prueba Beery Buktenica
del desarrollo de la Integración Visomotriz (VMI; Beery, 2004; Beery, Buktenica y
Beery, 1997) han identificado una alta proporción de niños con problemas perceptivo-
motores (Piek y Dyck, 2004).
The Beery-Buktenica Developmental Test of Visual-Motor Integration (VMI; Beery,
2004; Beery et al., 1997) es la prueba más utilizada por los terapeutas ocupacionales
(Rodger, 1994) y la más validada e investigada de su tipo. La prueba implica la copia de
formas geométricas. En la última edición, se han añadido dos nuevas subpruebas: una
prueba complementaria de percepción visual donde el niño compara las cifras en base
a su forma, tamaño y posición en el espacio (sin necesidad de respuesta motora) y una
prueba complementaria de coordinación motora donde el niño dibuja líneas dentro de
los límites (que requiere poca percepción visual). La consistencia interna para las tres
pruebas varía desde 0.85 a 0.88, y la fiabilidad entre evaluadores oscila entre 0.92 a
0.98 (Beery, 2004).
The Movement Assessment Battery for Children (M-ABC y MABC-2; Henderson et al.,
1992; Henderson, Sugden, Barnett y others, 2007) es una revisión del Test of Motor
M. L. Monroy 120 Tesis Doctoral
Impairment (TOMI) originado en las escalas de Oseretsky para evaluar la capacidad
motora de los niños (Burton y Miller, 1998).
El M-ABC mide la destreza motora fina y gruesa, las habilidades con la pelota y el
equilibrio, pero también requiere que el niño entienda y siga las instrucciones. Se ha
utilizado en estudios que involucran a niños con una amplia gama de condiciones de
desarrollo (Brown y Lalor, 2009), entre los que se incluye a los TEA (Green et al., 2002,
2009; Smith, 2004). Aunque su uso es apropiado para la población con TEA, algunos
niños pueden tener peores resultados debido a la mala comprensión de las
instrucciones.
El M-ABC tiene buenas propiedades psicométricas bien establecidas (Crawford, Wilson
y Dewey, 2001), con una validez concurrente aceptable (Barnett y Peters, 2004) y
coeficientes de correlación con otras pruebas de 0.53 (BOT) y 0.48 (VMI) (Croce,
Horvat y McCarthy, 2001; Henderson et al., 1992). Los resultados de las pruebas del M-
ABC de los niños con un desarrollo típico frente a los que tienen dificultades de
aprendizaje son significativamente diferentes; la fiabilidad test-retest oscila entre 73 y
97% (Henderson et al., 1992).
Otra medida ampliamente utilizada para evaluar déficits motores en niños y
adolescentes con TEA (Dewey, Cantell y Crawford, 2007) es el Bruininks-Oseretsky Test
of Motor Proficiency (BOTMP; Bruininks, 1978). Batería de 46 ítems utilizada a menudo
para medir los cambios en las habilidades motrices gruesas y finas en niños que
reciben terapia ocupacional (Wilson, Polatajko, Kaplan y Faris, 1995). La fiabilidad y
validez de la prueba ha sido consistente en diversos trabajos (Beitel y Mead, 1980;
Hassan, 2001; Wilson, Kaplan, Crawford, Campbell y Dewey, 2000). La segunda edición
Tesis Doctoral 121 M. L. Monroy
Bruininks-Oseretsky Test of Motor Proficiency-2 (BOT-2; Bruininks y Bruininks, 2005), se
compone de 8 subtests agrupados en cuatro tareas de funcionamiento motor en base
a los grupos musculares y miembros implicados en los movimientos (Wuang y Su,
2009). Para los resultados compuestos de la validación del BOT-2, los coeficientes de
confiabilidad de consistencia interna oscilaron entre 0.78 y 0.97, la fiabilidad test-
retest en un intervalo de 7-42 días variaron de 0.52 a 0.95 y los coeficientes de
acuerdo entre evaluadores 0.92 (Bruininks y Bruininks, 2005). Algunos autores han
encontrado que el BOT-2 es sensible a las diferencias motrices en el autismo (Dewey
et al., 2007).
El Peabody Developmental Motor Scales. Second Edition (PDMS-2; Folio y Fewell, 2000)
es la segunda edición del Peabody Developmental Motor Scales (PDMS; Folio y Fewell,
1983), una prueba de observación de tareas que incluye tareas motoras gruesas y
finas. Las tareas motoras gruesas se agrupan en cuatro subpruebas: reflejos (desde el
nacimiento a los 11 meses), estáticas (es decir, equilibrio estático y control corporal),
locomoción (por ejemplo, gatear, caminar, correr, saltar o saltar a la pata coja) y
manipulación de objetos (por ejemplo, patear, lanzar y atrapar una pelota). Y las
habilidades motoras finas son medidas por dos subtest de agarre e integración visuo-
motora. La fiabilidad del test-retest a través de las cinco subpruebas y de tres
resultados compuestos varía entre 0.82 y 0.94, mientras que la fiabilidad entre
evaluadores varía entre 0.96 y 0.99 (Folio y Fewell, 2000).
El PDMS-2 se centra en la evaluación e intervención o programación de tratamiento
para niños con discapacidades en general. Discrimina el desarrollo motor de niños con
retraso y/o trastorno de los niños con un desarrollo típico, siendo empleado para este
M. L. Monroy 122 Tesis Doctoral
propósito por algunos autores (Jasmin et al., 2009; Provost, Heimerl y Lopez, 2007). El
PDMS-2 calcula la competencia motora de un niño, identifica los déficits de habilidades
de movimiento finas y gruesas y evalúa el progreso, por lo que es muy útil como
herramienta de investigación (Cools, De Martelaer, Samaey y Andries, 2009).
Por otro lado, dentro del proceso de evaluación diagnóstica, la inclusión en la última
edición del DSM-5 (APA, 2013) del criterio diagnóstico para TEA de “hiper o
hiporreactividad a los estímulos sensoriales o inusual interés en aspectos sensoriales
del entorno”, contribuye y complementa la información sobre las áreas ocupacionales,
destrezas del niño, entornos y contextos en los que está inmerso.
La presencia de dificultades en el procesamiento sensorial en niños con autismo está
bien documentada en la literatura científica básica (Marco, Hinkley, Hill y Nagarajan,
2011; Ornitz, 1989; Ornitz, Lane, Sugiyama y de Traversay, 1993), en la literatura clínica
(Baranek, 1999; Iarocci y McDonald, 2006; Tomchek y Dunn, 2007; Wiggins, Robins,
Bakeman y Adamson, 2009), y por estudios de casos de personas con TEA o relatos en
primera persona (Grandin, 2006; Grandin y Panek, 2013; Higashida, 2014). De hecho,
la aparición inicial de estos síntomas, indicio de un procesamiento sensorial deficiente,
a menudo es anterior al diagnóstico de TEA (Baranek, 1999; Dahlgren y Gillberg, 1989;
Lord, 1995).
Este aspecto está estrechamente vinculado con la Teoría de Integración Sensorial
(Ayres, 1989), enfoque de evaluación e intervención propio de la terapia ocupacional.
Los instrumentos estandarizados utilizados por los terapeutas ocupacionales para
evaluar esta disfunción del procesamiento sensorial, no son específicos para niños con
Tesis Doctoral 123 M. L. Monroy
autismo, por lo que la elección del test se ve limitada por las características de
aplicación de las pruebas.
Tabla 17: Herramientas de evaluación del procesamiento sensorial
Herramienta Rango de edad Administración
Sensory Integration and 4 años - 8 años y 11 meses Batería estandarizada con 17
Praxis Test - SIPT subpruebas que evalúa el desempeño
(Ayres, 1989) visual, táctil, kinestésico y tareas
motoras.
The Test of Sensory 4 meses - 18 meses Cuestionario estandarizado de 24 ítems
Functions in Infants. TSFI administrados individualmente, requiere
(DeGangi & Greenspan, de una simple interacción con el niño.
1989) El TSFI proporciona una medida global
de procesamiento sensorial y
reactividad, así como las puntuaciones
en los subdominios de reactividad al
tacto profundo, integración visuo-táctil,
adaptación motora, control óculo-motor
y reactividad a la estimulación
vestibular.
Sensory Profile – 2 (SP-2; Desde el nacimiento a los 14 Cuestionario estandarizado a responder
Dunn, 2014) años y 11 meses por los padres o profesor. Permite
identificar y evaluar las habilidades de
procesamiento sensorial en situaciones
cotidianas (casa, colegio y comunidad) y
sus efectos en el desempeño funcional
del niño. Aplicable en tres rangos de
edad. Tiene versión corta.
Sensory Processing Aplicable en dos rangos de Cuestionario estandarizado a responder
Measure - SPM (Miller edad de 2 a 5 años el SPM- por los padres o profesor. Tiene 3
Kuhaneck, Henry, & Preschool y de 5 a 12 años escalas: Hogar, Escuela y Aula. Evalúa las
Glennon, 2007) el SPM dificultades de procesamiento sensorial
de los niños en la escuela y en el hogar,
en 7 escalas (praxis, participación social,
visión, audición, tacto, propiocepción y
funcionamiento vestibular).
Fuente: Elaboración propia
Por ejemplo, el Sensory Integration and Praxis Test (SIPT; Ayres, 1989) es un test
estandarizado compuesto por 17 pruebas para niños de 4 a 8 años y 11 meses, que
evalúa varios aspectos del procesamiento sensorial, incluyendo los sistemas;
vestibular, propioceptivo, cinestésico, táctil y visual (Ayres, 1989). Sin embargo, las
pruebas no sólo requieren de un entrenamiento especial del terapeuta, sino también
de aproximadamente 2 horas para su administración. Además de las exigencias de
estandarización del SIPT, aunque si es apropiado para aplicar específicamente en esta
M. L. Monroy 124 Tesis Doctoral
población, su administración implica una cantidad considerable de tiempo para que la
mayoría de los niños con autismo permanezcan atentos a las tareas (Kientz y Dunn,
1997) y no revela cómo es el desempeño del procesamiento sensorial del niño en
entornos naturales (Dunn, 1994) como, por ejemplo, en el contexto escolar (Miller-
Kuhaneck, Henry, Glennon y Mu, 2007) como el Sensory Processing Measure (SPM;
Miller Kuhaneck, Henry y Glennon, 2007).
Los test de praxis tienen una alta fiabilidad test-retest y las demás pruebas es
aceptable, a excepción de 4 (nistagmus postrotatorio, kinestesia y localización del
estímulo táctil y percepción figura-fondo) que manifiestan una fiabilidad test-retest
baja. Su fiabilidad interevaluadores es muy alta (0.94 a 0.99) (Ayres, 1989). El SIPT
(Ayres, 1989) junto con el Sensory Profile (Dunn, 1999) son los más usados por los
terapeutas ocupacionales para detectar dificultades en el procesamiento sensorial
(Miller-Kuhaneck et al., 2007).
Otra herramienta, The Test of Sensory Functions in Infants (TSFI) (DeGangi y
Greenspan, 1989) es una evaluación estandarizada de 24 ítems usada para identificar
los déficits de procesamiento sensorial en lactantes de 4 meses a 18 meses de edad
con trastornos regulatorios (es decir, temperamento difícil, irritabilidad), retraso en el
desarrollo y riesgo de trastornos posteriores de aprendizaje y procesamiento sensorial.
Los resultados de la prueba clasifican al lactante como normal, en riesgo o deficiente
en cada uno de los cinco subtest y en el test total.
Aunque el TSFI está diseñado para lactantes de tan sólo 4 meses de edad, los autores
de las pruebas DeGangi, Berk y Greenspan (1988), sugirieron que es más confiable y
válido con niños de entre 7 y 18 meses de edad y cuando se usan junto con otras
Tesis Doctoral 125 M. L. Monroy
evaluaciones de desarrollo, observaciones clínicas y entrevistas con los padres. La
fiabilidad del test-retest es alta (0.88-0.99) (DeGangi y Greenspan, 1989), aunque
posteriores estudios indican puntuaciones de la fiabilidad test-retest de la puntuación
total de la prueba límite (0.78), con coeficientes de fiabilidad test-retest que van desde
0.54 a 0.74 para los subtest (Jirikowic, Engel y Deitz, 1997). Estos hallazgos sugieren
que las puntuaciones totales de las pruebas TSFI son generalmente más estables que
las puntuaciones individuales de los subtest. Por lo que se considera que las
puntuaciones del TSFI deben interpretarse con cautela y usarse como parte de un
perfil de desarrollo completo para los bebés con sospecha de retraso en el desarrollo
que podrían incluir evaluaciones adicionales de desarrollo, evaluaciones cognitivas,
neuromotoras y de comportamiento (Jirikowic et al., 1997).
El intento más sistemático de elaborar una medida del procesamiento sensorial basada
en las respuestas de padres y cuidadores fue el Sensory Profile (Dunn, 1999), un
cuestionario que se centra en las respuestas sensoriales de la vida cotidiana de 3 años
a 10 años. Mide el procesamiento sensorial de los niños, la modulación, las respuestas
conductuales y emocionales. Los resultados pueden presentarse en forma de cuatro
cuadrantes: búsqueda sensorial; evitador sensorial; sensitivo sensorial o bajo registro.
Incluye estimaciones de consistencia interna (0.47-0.91) y error estándar de medición
(rango 1.0-2.8). En el grupo clínico del estudio inicial se incluyeron 32 niños con
autismo, y en casi el 90% de los ítems, los niños con autismo mostraron un desempeño
que significativamente diferente al rendimiento de los niños sin discapacidades (Dunn,
1999).
M. L. Monroy 126 Tesis Doctoral
Existe la versión del Perfil Sensorial-2 (SP-2; Dunn, 2014) adaptada a la población
española, disponible a principios de 2017. El SP-2 amplía el rango inicial de edad desde
el nacimiento a los 14 años y 11 meses. Diversos estudios han empleado el Sensory
Profile en la población con TEA confirmando la prevalencia de dificultades en el
procesamiento sensorial (Kirby et al., 2016; Lane, Young, Baker y Angley, 2010;
Tomchek y Dunn, 2007) y los diversos patrones sensoriales de estos niños (Lane et al.,
2010; Tomchek, Huebner y Dunn, 2014; Watling, Deitz y White, 2001).
Por tanto, el Sensory Profile puede proporcionar información útil sobre las habilidades
de procesamiento sensorial de los niños con autismo para ayudar al terapeuta
ocupacional en la evaluación y planificación de la intervención (Kientz y Dunn, 1997).
Siendo la versión abreviada del Sensory Profile, más apropiada para los programas de
cribado y protocolos de investigación (Dunn, 1999).
Por último, el Sensory Processing Measure (SPM; Miller Kuhaneck, Henry y Glennon,
2007) es un cuestionario estandarizado que permite la evaluación de problemas de
procesamiento sensorial, praxis y participación social en niños entre 2 a 12 años.
Aunque es apropiado para su uso en una amplia gama de contextos educativos,
clínicos y de investigación, es el que menos aparece en la literatura científica.
A diferencia de los anteriores, el SPM tiene tres dimensiones de medición, (1) la
evaluación de los sistemas sensoriales, similar a otras evaluaciones del procesamiento
sensorial - con índices referenciados por la norma en función en los dominios
sensoriales, (2) la evaluación de las vulnerabilidades sensoriales – se trata de
información clínica descriptiva sobre el procesamiento de vulnerabilidades (bajo /
hiper responsividad, búsqueda sensorial y problemas perceptuales) y (3) la evaluación
Tesis Doctoral 127 M. L. Monroy
a través de múltiples entornos – debido a los tres formatos disponibles del SPM que
permiten comparar y contrastar el funcionamiento del niño en el hogar, la escuela y en
el aula principal en la escuela.
En la muestra clínica, seis de las ocho escalas del hogar y cuatro de las ocho escalas del
aula principal tienen una consistencia interna de 0.80 o mayor. La consistencia interna
para la escala de la escuela es mayor de 0.80. Las puntuaciones escaladas de SPM
estuvieron altamente correlacionadas a lo largo del intervalo de 2 semanas test-retest,
indicando una excelente estabilidad temporal (0.94) (Miller-Kuhaneck et al., 2007). Los
resultados iniciales sugieren que la herramienta es confiable y válida y discrimina a los
niños con problemas de procesamiento sensorial (Miller-Kuhaneck et al., 2007).
La identificación temprana del trastorno del espectro autista es ante todo un reto
difícil. Aunque hay muchas características comportamentales presentes ya en el primer
año de vida de algunos niños en riesgo de TEA (Swain, Eadie, Prior y Reilly, 2015), el
diagnóstico es más preciso y estable a partir de los dos años de edad (Chawarska et al.,
2007; Eaves y Ho, 2004; Lord, 1995; Matson et al., 2008; Moore y Goodson, 2003;
Rogers, 2000).
El patrón “prototipo” del trastorno, que refleja ciertas conductas es, a menudo,
cambiante en niños más mayores que exhiben otras manifestaciones secundarias (Jang
et al., 2011). Además, la comorbilidad con otros trastornos no facilita un diagnóstico
diferencial entre TEA, trastornos específicos del lenguaje o retraso madurativo. Como
resultado suele pasar mucho tiempo desde el momento en que los padres expresan
por primera vez su preocupación sobre el desarrollo de su hijo, hasta recibir el
diagnóstico de autismo (Oro et al., 2012).
M. L. Monroy 128 Tesis Doctoral
Lo ideal es desarrollar una impresión clínica más precisa de cómo el TEA se presenta en
los primeros años de vida y desarrollar pruebas de cribado adecuadas para identificar
estos comportamientos (Canal-Bedia et al., 2015). Los métodos de evaluación
actualmente en uso deben apreciar el desarrollo de déficits secundarios además de los
déficits primarios o centrales. De esta manera, las herramientas que componen
habitualmente una evaluación diagnóstica del TEA valoran aspectos relacionados, no
sólo con la gravedad de la sintomatología que exprese el niño, sino con otras variables
como el CI, procesamiento sensorial o la conducta adaptativa.
La sintomatología del niño puede llegar a ser menos grave y cambiar con el nivel de
desarrollo, a través del proceso de maduración neurológica y de la mayor plasticidad
cerebral presente en los primeros años de vida con la intervención temprana (Dawson
et al., 2010). En este sentido, un diagnóstico precoz, puede ayudar al desarrollo de las
variables personales, cognitivas, sociales y situacionales del niño, cuya interacción
representa lo que hoy en día conocemos como conducta adaptativa. El manejo de la
conducta adaptativa, es necesaria para la ejecución de todas las funciones propias de
la ocupación humana (automantenimiento, productividad, descanso y sueño, juego y
ocio) (Sattler et al., 2008) habitualmente afectadas en el TEA. En este aspecto nos
centramos especialmente en el próximo capítulo.
Tesis Doctoral 129 M. L. Monroy
M. L. Monroy 130 Tesis Doctoral
3 LA CONDUCTA ADAPTATIVA EN POBLACIÓN CON TRASTORNO
DEL ESPECTRO AUTISTA
3.1 Conducta adaptativa
3.1.1 Evolución del concepto de conducta adaptativa
Desde el momento del nacimiento la vida humana es un proceso de constante
adaptación. En cada etapa del desarrollo existen una serie de habilidades básicas
necesarias para hacer frente a la vida cotidiana, que en conjunto constituyen la
conducta adaptativa. El término de conducta adaptativa tiene una larga historia, desde
su origen, ha estado estrechamente vinculado al concepto de Discapacidad Intelectual
[DI]. En torno a 1900, antes de los primeros test de evaluación del funcionamiento
cognitivo, el diagnóstico de discapacidad intelectual se describía en términos relativos
a lo que hoy en día conocemos como conducta adaptativa (Tassé et al., 2012).
Según Nihira (1999), autores como Itard, Seguin, Voisin y Howe, pioneros en el
tratamiento y estudio de niños con necesidades educativas especiales (Woodill y
Velche, 1995), señalaron la ausencia de competencia social (término recuperado
posteriormente por Doll en 1934 y 1936 para hacer referencia a la conducta
adaptativa) como característica esencial de la DI, definida como la necesidad de
entrenamiento en habilidades, la incapacidad para satisfacer las normas sociales y la
dificultad de valerse por uno mismo (citado por Verdugo, Schalock, Thompson y
Guillén, 2011). Más tarde, el desarrollo de pruebas concretas de inteligencia con una
visión psicométrica de la DI, como los trabajos de Binet-Simon (1905) eclipsaron la
valoración de las habilidades de conducta adaptativa y los déficits de la persona,
Tesis Doctoral 131 M. L. Monroy
prevaleciendo las puntuaciones de Cociente Intelectual [CI] (Rubio Franco, 1995;
Scheerenberger, 1983 citado en Verdugo et al., 2011).
El aumento de la importancia del papel de las puntuaciones de CI como única medida
para el diagnóstico de DI, supuso la erradicación de las consideraciones sobrenaturales
atribuidas a las causas de los déficits de las personas con DI, y permitió el desarrollo de
la inteligencia basada en la cuantificación mediante procedimientos objetivables
(Rubio Franco, 1995). Al estar baremados sobre la población general, el CI que
proporcionaban los test de inteligencia era una puntuación muy fiable, lo que propició
que durante mucho tiempo constituyera un criterio incuestionable y predominante
para determinar el grado de afectación intelectual (Scheerenberger, 1983 citado en
Verdugo, Navas, de Urríes, Gómez y Arias, 2012; Verdugo et al., 2011) y, por ende,
para el diagnóstico de DI.
No obstante, el rendimiento intelectual reducido a tareas académicas que
proporcionaban estos test, además de perjudicar a las personas procedentes de
entornos con menos recursos, limitaba su uso en la planificación de programas y
estrategias de actuación de la población con DI (Verdugo et al., 2012). Con el tiempo,
la importancia de la interacción de la persona con su entorno, como reflejan otras
dimensiones como la conducta adaptativa, el contexto o los roles sociales, redujeron el
peso otorgado al CI (Navas, Verdugo y Gómez, 2008). Además, la utilización del CI
como criterio exclusivo para la evaluación y clasificación fue criticada por autores
como Edgar Doll (Tabla 18), que consideraba necesario un diagnóstico de habilidades
específicas frente a niveles generales como los que aportan los cocientes intelectuales.
M. L. Monroy 132 Tesis Doctoral
Así, empleó el término de competencia social, previamente manejado por otros
autores, que aunque seguía subordinado y determinado por el funcionamiento
intelectual, implicaba un cambio cualitativo con respecto a la tradición existente
(Rubio Franco, 1995).
Tabla 18: Doll y las críticas a la exclusividad del CI como forma de evaluar a las personas con
discapacidad intelectual
• Falta de acuerdo con respecto a la edad en la que cesa el desarrollo de la inteligencia.
• Ausencia de concordancia en la determinación de la inteligencia media de la población adulta.
• Influencias de la raza o la nacionalidad en los resultados de la medición.
• Diferencias a la hora de calcular y obtener un índice de inteligencia.
• Falta de homogeneidad en la estandarización de los test mentales.
• Falta de integración de los datos relativos a la variabilidad de resultados que se obtiene tras la
aplicación de una sucesión de test.
• Desconocimiento del papel que desempeñan las emociones en relación con la significación
social de la inteligencia.
Fuente: Doll, 1924. Extraído de Rubio Franco (1995)
Doll define la competencia social como «la capacidad funcional del organismo humano
para el ejercicio de la autonomía personal y la responsabilidad social». Es en ese
momento, cuando en 1936 elabora el primer instrumento que permite evaluar la
competencia social: la “Escala Vineland de Madurez Social” (más adelante ésta prueba
ha evolucionado a Vineland Adaptive Behavior Scales). La primera versión de esta
herramienta incluía 117 ítems organizados en seis grandes dominios (autoayuda en
general, vestido y alimentación; autogobierno; comunicación; socialización,
locomoción y ocupación). Esta misma visión de competencia social, hoy en día
denominada conducta adaptativa, permanece arraigada en la concepción actual y en
los sucesivos instrumentos desarrollados para evaluar el comportamiento adaptativo
(Verdugo et al., 2011).
A pesar de sus antecedentes, la conducta adaptativa no ha tomado especial relevancia
hasta su introducción en el manual de terminología y clasificación de la Asociación
Americana de Retraso Mental (AARM; posteriormente Asociación Americana de
Tesis Doctoral 133 M. L. Monroy
Discapacidades Intelectuales y del Desarrollo, AAIDD) en 1959. Cuando Heber incluyó
en este manual que, «el cociente intelectual no puede ser utilizado como único criterio
diagnóstico del retraso mental (término utilizado entonces para hablar de discapacidad
intelectual) dado que el desempeño de los test de inteligencia no siempre se
corresponde con el nivel de deficiencia en la adaptación social» (citado en Verdugo
et al., 2011).
Con este autor, resurge la importancia de la conducta adaptativa, comprendida como
«la eficacia con la que una persona responde a las demandas naturales y sociales de su
ambiente; con dos ejes principales: el grado en que la persona es capaz de funcionar y
valerse por sí misma de forma independiente, y el grado en que cumple
satisfactoriamente con las demandas de responsabilidad personal y social impuestas
culturalmente» (Heber, 1959). Las deficiencias de adaptación social, maduración o
aprendizaje comprendían la conducta adaptativa. Más tarde, con la reimpresión del
manual, se unificarían en un único constructo de “comportamiento de adaptación”
(Heber, 1961 citado en Tassé, 2009).
La inclusión de este concepto por Heber en la 5ª edición del manual de la AARM
(Heber, 1959) instaba a utilizar la conducta adaptativa como criterio junto a otros
aspectos importantes como el funcionamiento intelectual, para el diagnóstico de la
discapacidad intelectual (Heber, 1959, 1961). Este marco conceptual reiterado en 1973
y 1983 por Grossman caracterizaba, por grupos de edad, las tareas o actividades
abarcadas por el comportamiento adaptativo como: desarrollo sensorio-motor,
habilidades de comunicación, habilidades de autoayuda y socialización e interacción
con otros, en la primera infancia; desempeño de habilidades en las actividades de la
M. L. Monroy 134 Tesis Doctoral
vida cotidiana, razonamiento y lógica, desempeño en el entorno, habilidades sociales y
de participación en actividades grupales, y relaciones interpersonales en la infancia y
en la adolescencia temprana; y responsabilidad profesional y social en la adolescencia
y edad adulta (Reschly, Myers y Hartel, 2002).
A partir de entonces las definiciones de DI, han evolucionado hacia un constructo
multidimensional, contemplando la conducta adaptativa como uno de los pilares
básicos para un diagnóstico de DI (Verdugo et al., 2011), repitiendo su importancia en
sucesivos manuales (Tabla 19).
Tabla 19: Definiciones históricas de retraso mental
Heber, 1959: Retraso mental hace referencia a un funcionamiento intelectual general por debajo de la
media que comienza durante el periodo de desarrollo y que se asocia con deficiencias en una o más de
los siguientes conceptos: (1) maduración, (2) aprendizaje, (3) adaptación social.
Heber, 1961: Retraso mental hace referencia a un funcionamiento intelectual general por debajo de la
media que comienza durante el periodo de desarrollo y que se asocia con deficiencias en conducta
adaptativa.
Grossman, 1973: Retraso mental hace referencia a un funcionamiento intelectual general
significativamente inferior a la media que coexiste con déficits en conducta adaptativa, y que se
manifiesta durante el periodo de desarrollo.
Grossman, 1983: igual que 1973.
Luckasson et al., 1992: Retraso mental hace referencia a limitaciones sustanciales en el funcionamiento
actual. Se caracteriza por un funcionamiento intelectual significativamente inferior a la media, que
coexiste junto con limitaciones en dos o más de las siguientes áreas de habilidades adaptativas:
comunicación, autocuidado, vida en el hogar, habilidades sociales, uso de la comunidad, autodirección,
salud y seguridad, habilidades académicas funcionales, ocio y trabajo. El retraso mental se manifiesta
antes de los 18 años.
Luckasson et al., 2002: Retraso mental es una discapacidad caracterizada por limitaciones significativas
en el funcionamiento intelectual y la conducta adaptativa que se manifiestan en habilidades prácticas,
sociales y conceptuales. Esta discapacidad comienza antes de los 18 años.
Fuente: Verdugo et al. (2011)
Durante los años 70 y 80, a partir de la introducción formal de la conducta adaptativa
en la definición de retraso mental, surgió la necesidad de evaluar y considerar como
criterio diagnóstico la capacidad de la persona con DI para adaptarse a las demandas
de un ambiente social cambiante (Verdugo et al., 2012). Unido a este propósito, a
pesar de que los instrumentos de evaluación del funcionamiento intelectual estaban
más desarrollados, las propiedades psicométricas de los instrumentos de evaluación
Tesis Doctoral 135 M. L. Monroy
de la conducta adaptativa mejoraron con respecto a la primera “Escala Vineland de
Madurez Social” publicada por Doll en 1936 (Vineland Social Madurity Scale)
(Kamphaus, 1987; Verdugo et al., 2011), que sirvió durante muchos años como la
medida estandarizada de conducta adaptativa.
Con el tiempo se desarrollaron varios instrumentos formales, que diferían
significativamente en su calidad, muestra de estandarización y fines (Jenaro y Verdugo,
1997). Ahora disponemos de varios instrumentos, que serán expuestos más adelante
en la Tabla 25, y que son de uso común.
En el año 1992, la AARM propuso una definición más funcional de retraso mental
(término usado para hacer referencia al concepto actual de «discapacidad
intelectual»), que supuso un cambio radical de paradigma (Tabla 20).
Tabla 20: Cambio paradigma de la AARM
1. Cambio de la visión del retraso mental concebido como un rasgo absoluto manifestado
únicamente por un individuo, a una expresión de la interacción entre la persona con un
funcionamiento intelectual limitado y su entorno.
2. El término global de comportamiento adaptativo se amplía a 10 áreas de habilidades adaptativas
específicas (comunicación, autocuidado, vida en el hogar, habilidades sociales, utilización de la
comunidad, autodirección, salud y seguridad, habilidades académicas funcionales, tiempo libre y
trabajo).
3. Clasifica y describe las intensidades y el patrón de sistemas apoyos en cuatro niveles (intermitente,
limitado, extenso y generalizado).
Fuente: Luckasson et al. (1992). Extraído de Jenaro y Verdugo (1997)
La novena edición del manual de terminología y clasificación (Luckasson et al., 1992)
reflejó cambios en la forma de entender el retraso mental como rasgo absoluto
expresado únicamente por un individuo, para plantear una concepción con mayor
énfasis en la interacción entre la persona con un funcionamiento intelectual limitado,
el entorno y las intensidades y patrones de apoyos necesarios (Jenaro y Verdugo,
1997). Fue necesario consensuar previamente la definición de limitaciones
significativas en la conducta adaptativa, para identificar aquellos comportamientos
M. L. Monroy 136 Tesis Doctoral
que mejor caracterizan a las personas con DI de la población sin DI (Balboni et al.,
2014) y conocer qué habilidades adaptativas eran necesarias para asegurar la
integración de las personas con DI en su comunidad (Tassé, 2009).
La AARM incorpora en este momento tres elementos clave para la consideración de DI;
las habilidades, los ambientes y el funcionamiento del individuo en relación con las
necesidades de apoyo y provisión de servicios (Jenaro y Verdugo, 1997; Rubio Franco,
1995). En un intento de definir de un modo más operativo el constructo de habilidades
de adaptación social o conducta adaptativa, la AARM extiende la descripción global
contemplada con anterioridad, a la especificación de habilidades adaptativas
determinadas (Verdugo et al., 2011). Este concepto de habilidades adaptativas supone
una prolongación de la importancia históricamente otorgada a la competencia social,
un precursor del término conducta adaptativa (Jenaro y Verdugo, 1997).
La AARM propone un conjunto de diez áreas de habilidades adaptativas, estableciendo
como criterio de diagnóstico de DI (junto con limitaciones significativas en el
funcionamiento intelectual y una edad de inicio anterior a los 18 años) la presencia de
limitaciones significativas en dos o más de éstas áreas: comunicación, autocuidado,
vida en el hogar, habilidades sociales, utilización de la comunidad, autodirección, salud
y seguridad, habilidades académicas funcionales, tiempo libre y trabajo (Luckasson
et al., 1992). La siguiente edición de la AAIDD (Luckasson et al., 2002) mantiene
características similares a las de 1992 (Tabla 21), y aunque no se produce un cambio de
paradigma, tiene lugar un ajuste en la publicación anterior, derivada de sus ventajas y
de las críticas que suscitó, así como de la evaluación de su implantación en estos diez
años (Jenaro y Verdugo, 1997).
Tesis Doctoral 137 M. L. Monroy
Tabla 21: Correspondencia entre las áreas de habilidades adaptativas entre los modelos de 1992 y
2002
2002 1992
Conceptual Lenguaje Comunicación
Lenguaje y escritura Contenidos escolares
Conceptos de dinero Autodirección
Autodirección Salud y seguridad
Social Interpersonal, responsabilidad, autoestima, Habilidades sociales
credulidad, ingenuidad, sigue reglas, obedece leyes, Ocio
evita las represalias
Práctica Actividades de la vida diaria (comer) Cuidado personal
Actividades instrumentales de la vida diaria (cocinas, Vida en el hogar
uso del teléfono, manejo del dinero…) Uso de la comunidad
Habilidades ocupacionales Salud y seguridad
Mantiene ambientes seguros Trabajo
Fuente: Luckasson et al. (2002)
La conducta adaptativa es conceptualizada aquí desde un enfoque triárquico, al
desglosarla en habilidades prácticas, sociales y conceptuales. A pesar de que ha estado
subordinada al concepto de inteligencia, debido en parte a la conexión entre ambos
constructos en las definiciones históricas de retraso mental y al solapamiento entre los
conceptos de funcionamiento intelectual y destrezas adaptativas (Montero, 1993
citado en Rubio Franco, 1995). Inteligencia y conducta adaptativa son considerados a
partir de este momento, constructos independientes y multidimensionales, pudiendo
observarse entre ambos un gran paralelismo entre los dominios de ejecución que los
componen (intelectual, práctico y social) (Navas et al., 2008). Desde el año 2002
(Luckasson et al., 2002) la relevancia de la construcción de la conducta adaptativa y el
papel que debe desempeñar en el diagnóstico de DI ha sido reafirmado claramente
(Balboni et al., 2014).
En la actualidad, aunque la relación entre inteligencia y conducta adaptativa sigue
siendo teórica (Arias, Verdugo, Navas y Gómez, 2013), uno de los criterios necesarios
para llevar a cabo un diagnóstico de DI es la presencia de limitaciones significativas en
conducta adaptativa (Verdugo et al., 2011), manifestándose de esta manera la
M. L. Monroy 138 Tesis Doctoral
importancia de este constructo. Tanto la undécima edición del manual de terminología
y clasificación de la Asociación Americana de Discapacidades Intelectuales y del
Desarrollo (AAIDD) (Schalock et al., 2010), como el DSM-5 (APA, 2013) y la última
revisión de la Clasificación Internacional de Enfermedades, CIE-11 (OMS, disponible
online en la dirección: http://apps.who.int/classifications/icd11/browse/l-m/en#/)
definen la DI de manera similar, incluyendo la importancia de la conducta adaptativa y
una ligera modificación, sustituyen el término retraso mental por el de discapacidad
intelectual.
La actual definición de la AAIDD describe la DI como «caracterizada por limitaciones
significativas tanto en el funcionamiento intelectual como en conducta adaptativa,
manifestadas en las habilidades conceptuales, sociales y prácticas. Esta discapacidad se
origina antes de los 18 años» (Schalock et al., 2010).
El DSM-5 define la DI o trastorno del desarrollo intelectual como «un trastorno que
comienza durante el período de desarrollo y que incluye limitaciones del
funcionamiento intelectual como también del comportamiento adaptativo en los
dominios conceptual, social y práctico».
«[Las] Deficiencias del comportamiento adaptativo que producen fracaso del
cumplimiento de los estándares de desarrollo y socioculturales para la autonomía
personal y la responsabilidad social. Sin apoyo continuo, las deficiencias adaptativas
limitan el funcionamiento en una o más actividades de la vida cotidiana, como la
comunicación, la participación social y la vida independiente en múltiples entornos,
tales como el hogar, la escuela, el trabajo y la comunidad» (APA, 2013).
Tesis Doctoral 139 M. L. Monroy
La revisión de la Clasificación Internacional de Enfermedades, CIE-11, que se prevé
publicar entre 2017 y 2018, reemplaza el término de retraso mental usado en la, aún
vigente, CIE-10 (OMS, 2000), por el de trastorno del desarrollo intelectual. La CIE-11 lo
define como «un grupo de condiciones de desarrollo caracterizado por un deterioro
significativo de las funciones cognitivas, que están asociados con limitaciones de
aprendizaje y de las habilidades de comportamiento adaptativo» (Salvador-Carulla
et al., 2011).
En su conjunto, las definiciones de conducta adaptativa han incluido consistentemente
seis elementos comunes (Tassé et al., 2012): (1) el aprendizaje y el desempeño de las
habilidades necesarias para satisfacer con éxito las expectativas de la sociedad; (2) la
manifestación de comportamientos que se esperan de una persona de acuerdo a su
edad y cultura; (3) el funcionamiento individual de acuerdo a sus necesidades físicas y
a su participación en la comunidad; (4) la capacidad de una persona para mantener
relaciones sociales; (5) la naturaleza evolutiva del comportamiento adaptativo,
incluyendo el aumento de su complejidad con la edad; y (6) el comportamiento
adaptativo reflejado en la conducta típica y cotidiana de la persona, en lugar de reflejar
el máximo rendimiento.
De tal modo, que en el presente se mantiene la misma esencia conceptual propuesta
por Heber (1959) originalmente (Tassé, 2009; Tassé et al., 2012), definida como el
conjunto de habilidades adaptativas conceptuales, prácticas y sociales que han sido
aprendidas por las personas para funcionar en su vida diaria (Schalock et al., 2010). La
conducta adaptativa representa la interacción de las variables personales, cognitivas,
sociales y situacionales de la persona y su manejo es necesaria para la ejecución de
M. L. Monroy 140 Tesis Doctoral
todas las funciones propias de la ocupación humana (automantenimiento,
productividad, descanso y sueño, juego y ocio) (Sattler et al., 2008). El análisis del
comportamiento adaptativo resulta de especial interés, puesto que representa el
funcionamiento de la persona en las actividades de la vida diaria. Mide el grado de
desempeño en cualquier etapa del ciclo vital, siendo relevante en el estudio de las
personas que, por alguna razón, sea cual fuere, tienen un funcionamiento adaptativo
limitado.
3.1.2 Dimensiones de la conducta adaptativa
Heber (1959) conceptualizó por primera vez este constructo multidimensional como
compuesto por tres factores principales: maduración, aprendizaje y ajuste social. Éstas
áreas continúan formando parte de las definiciones actuales de conducta adaptativa,
pero han sido reformuladas como habilidades prácticas, sociales y conceptuales (Navas
et al., 2008) en los manuales de terminología y clasificación de la AAIDD de 2002 y
2010.
Los estudios analíticos de las escalas adaptativas del comportamiento identificaron
cuatro factores que constituyen la conducta adaptativa: la competencia física en el uso
de habilidades motoras, habilidades conceptuales, habilidades sociales y habilidades
prácticas (Reschly et al., 2002). El primer factor está más relacionado con el
crecimiento y desarrollo del niño, por lo que a partir de 2002 (Luckasson et al., 2002), a
diferencia de lo que sucedía en definiciones anteriores, la competencia física y
motórica (habilidades motoras) se excluye de la dimensión de conducta adaptativa. En
ese momento, se considera que las habilidades motoras, de acuerdo con el marco
teórico del funcionamiento humano (Figura 4) (al que hace referencia el modelo de la
Tesis Doctoral 141 M. L. Monroy
Clasificación Internacional del Funcionamiento, de la Discapacidad y de la Salud (CIF)
propuesto por la Organización Mundial de la Salud (OMS, 2001)), han de ser evaluadas
en el marco de la Salud y no en el de la Conducta Adaptativa (Buntinx, 2016; Harries
et al., 2005; Thompson, McGrew y Bruininks, 1999).
Como se muestra en la Figura 4, el marco conceptual del funcionamiento humano
tiene dos componentes principales: cinco dimensiones (habilidades intelectuales,
conducta adaptativa, salud, participación y contexto) y una representación del papel
que juegan los apoyos en el funcionamiento humano (Wemeyer et al., 2008). Según
este modelo, el funcionamiento humano es un término que abarca todas las
actividades vitales e incluye estructuras y funciones corporales, actividades
individuales y participación, en lo que cual influyen a su vez la propia salud y factores
contextuales o ambientales (Verdugo et al., 2011). Dentro de este modelo se
encuentran la conducta adaptativa y las habilidades intelectuales, considerados
constructos independientes, aunque íntimamente relacionados (Verdugo et al., 2012).
Figura 4: Marco conceptual del funcionamiento humano
Fuente: Verdugo et al. (2011)
M. L. Monroy 142 Tesis Doctoral
Los tres factores restantes (habilidades prácticas, sociales y conceptuales), se
consideran ahora las dimensiones fundamentales del constructo del comportamiento
adaptativo. La undécima edición del manual de terminología y clasificación de la AAIDD
(Schalock et al., 2010) recoge la conducta adaptativa y las habilidades que la
componen (Tabla 22), fruto del consenso de las continuas revisiones y estudios
publicados sobre su estructura factorial (Harrison y Oakland, 2003; McGrew, Bruininks
y Johnson, 1996).
Tabla 22: Dimensiones de la conducta adaptativa
Habilidades prácticas: incluyen las actividades de la vida diaria (la capacidad para vestirse, bañarse,
preparar la comida), habilidades ocupacionales, manejo del dinero, seguridad, cuidado de la salud (por
ejemplo, tomar medicamentos), viajes/desplazamientos, programación/rutinas y uso del teléfono o del
ordenador.
Habilidades sociales: las habilidades sociales incluyen la capacidad para establecer relacionales
interpersonales, interactuar con los demás, responsabilidad social, autoestima, candidez, ingenuidad
(p.ej. prudencia, discreción), seguimiento de reglas y normas, evitar la victimización y resolución de
problemas sociales.
Habilidades conceptuales: entre las habilidades conceptuales se encuentran las habilidades del
lenguaje receptivo y expresivo, lectura y escritura, conceptos aritméticos básicos y conceptos relativos
al dinero o el tiempo, así como el control de uno mismo.
Fuente: Schalock et al. (2010)
De esta manera, la conducta adaptativa está representada por un amplio abanico de
habilidades, solapadas con el modelo tripartito de inteligencia propuesto por
Greenspan y sus colaboradores (Greenspan, 2006; Greenspan y Love, 1997). En el que
manifiestan que la DI es una condición caracterizada por tres tipos de déficits en la
inteligencia (inteligencia práctica, inteligencia social e inteligencia conceptual). La
inteligencia práctica, implica el desempeño de aquellas habilidades de la vida diaria
que comúnmente son medidas por las escalas de conducta adaptativa (Verdugo et al.,
2012), es la inteligencia que permite lograr el mayor grado posible de independencia
personal (Rubio Franco, 1995). La inteligencia social se refiere a las habilidades sociales
e interpersonales de una persona, en ella se otorga especial atención a aspectos como
la ingenuidad y credulidad al considerarlos elementos fundamentales de inteligencia
Tesis Doctoral 143 M. L. Monroy
social (Verdugo et al., 2012). Y la inteligencia conceptual, que es la que ha recibido
mayor énfasis, que equivale esencialmente al factor único de inteligencia general
(factor g), medido en términos de CI (Greenspan, 2006; Verdugo et al., 2012).
3.1.3 Problemas de conducta
El concepto “problemas de conducta” o conducta desadaptativa, ha creado cierta
confusión al relacionarlo directamente con la conducta adaptativa. Esto es debido, en
gran parte, al uso del término erróneo de “conducta inadaptada”, utilizado para
designar a los problemas de comportamiento, tales como conductas autolesivas,
evitación, agresividad o destrucción de bienes, que pueden interferir en el desempeño
de las actividades cotidianas (Woodman, Smith, Greenberg y Mailick, 2015). Aunque se
ha investigado menos que el comportamiento adaptativo, los problemas de conducta
muestran poca relación con el funcionamiento adaptativo de una persona. De hecho,
las dimensiones que los constituyen difieren en ambos conceptos (Tabla 23), estando
más asociados a problemas de salud mental como la depresión o conductas agresivas
(Tassé, 2009).
Tabla 23: Dimensiones de la conducta adaptativa y desadaptativa
Meyers, Nihira & Zetlin (1979)
Conducta adaptativa: autonomía (independencia personal y autosuficiencia) y responsabilidad
(habilidades interpersonales y competencias).
Conducta desadaptativa: personal y social.
McGrew & Bruininks (1989)
Conducta adaptativa: independencia personal, responsabilidad, funcionalidad
académica/cognitiva/vocacional/comunitaria, y desarrollo físico.
Widaman, Borthwick-Duffy & Little (1991)
Conducta adaptativa: desarrollo motor, habilidades de vida independiente, competencia cognitiva y
competencia social.
Conducta desadaptativa: personal y social.
Widaman & McGrew (1996)
Conducta adaptativa: competencia motora y física, habilidades de vida diaria/habilidades de vida
independiente, competencia cognitiva y comunicación y competencia social.
Thompson, McGrew & Bruininks (1999)
Conducta adaptativa: independencia personal, responsabilidad, cognitivo/académico, físico/desarrollo,
y vocacional/comunitario.
Conducta desadaptativa: personal y social.
Fuente: Schalock (2004)
M. L. Monroy 144 Tesis Doctoral
De igual manera, autores como McGrew y Bruininks (1990) apuntan que los problemas
de conducta no están vinculados con las medidas de inteligencia. A pesar de la
importancia que se le otorga a la dimensión de problemas de conducta en los
instrumentos de evaluación de la conducta adaptativa, no se contemplan en el
diagnóstico de limitaciones significativas en conducta adaptativa (Tassé, 2009) y no
han de ser considerados como ausencia de la misma (Verdugo et al., 2012).
En la actualidad, existe un acuerdo general acerca de que la presencia de problemas de
conducta clínicamente significativos, no implica el cumplimiento del criterio de
limitaciones significativas en el funcionamiento adaptativo (Tassé, 2009). Los
problemas de conducta, por lo tanto, han de ser considerados una construcción
separada e independiente de la conducta adaptativa (Luckasson et al., 2002; Schalock,
Buntinx, et al., 2007).
3.2 Evaluación de la conducta adaptativa
3.2.1 Proceso de evaluación de la conducta adaptativa
La evaluación de la conducta adaptativa es útil para determinar el grado de
desempeño funcional en habilidades de comunicación, socialización y vida diaria de la
persona (Tassé et al., 2012; Verdugo et al., 2011). En el proceso de evaluación debe
tomarse en cuenta la importancia evolutiva de la adquisición de determinadas
habilidades identificadas en la actual definición de conducta adaptativa (Schalock
et al., 2010).
Puesto que no existe una escala estandarizada de conducta adaptativa que capture
todo el espectro de comportamientos adaptativos en todos los grupos de edad
(Luckasson et al., 2002), debe prestarse atención a determinadas habilidades sólo
Tesis Doctoral 145 M. L. Monroy
cuando sean relevantes a la edad, ya que determinadas áreas como el trabajo, solo
tienen sentido en la adolescencia y en la vida adulta. De igual manera, el proceso de
evaluación de poblaciones especiales requiere recurrir a los instrumentos que han sido
específicamente modificados para su uso en colectivos concretos como, por ejemplo,
en personas con discapacidad sensorial, motora o de la comunicación (Jenaro y
Verdugo, 1997).
Existen ciertos aspectos que se deben tener en cuenta en la evaluación de la conducta
adaptativa (Tabla 24) sobre todo con fines diagnósticos, recogidos por Navas, Verdugo,
y Tassé (2013) como el propósito de la evaluación, los instrumentos utilizados y los
posibles informantes que proporcionará un mejor juicio clínico.
Tabla 24: Aspectos principales de la evaluación diagnóstica de la conducta adaptativa
Componente de la evaluación Descripción
Evaluación de la conducta adaptativa para determinar la
presencia de limitaciones significativas antes de la edad de 18
Propósito
años, dejando a un lado otras funciones como pudieran ser la
programación o la planificación de apoyos.
El funcionamiento típico, habitual de una persona a la hora de
poner en marcha una serie de habilidades conceptuales,
Objeto de evaluación
sociales y prácticas requeridas en los distintos contextos diarios
en los que la persona se desenvuelve.
Instrumentos de evaluación a utilizar Instrumentos estandarizados sobre la población general.
Entrevista, a poder ser, complementada con otras fuentes de
Formato de administración
información como historia familiar o logros escolares.
Dos o más informantes que conozcan en profundidad a la
persona y tengan la oportunidad de observarla en una amplia
Informantes variedad de contextos y situaciones diarias, siendo la tarea del
clínico y su experiencia, el determinar la fiabilidad de esta
información.
Existen limitaciones significativas (dos desviaciones típicas por
debajo de la media) una vez garantizadas que:
Se ha tenido en cuenta el entorno cultural del que procede
la persona.
Se ha tenido en cuenta la disponibilidad de oportunidades
para poner en macha las distintas habilidades objeto de la
Decisión clínica
evaluación.
Se ha tenido en cuenta la presencia de discapacidades,
fundamentalmente de tipo físico, que pudiera estar
afectando a la expresión de una conducta concreta.
Se ha tenido en cuenta el error típico de medida del test
utilizado.
Fuente: Navas et al. (2013)
M. L. Monroy 146 Tesis Doctoral
A lo largo de este proceso de evaluación, son varias las maneras formales e informales
de reunir información adicional sobre la conducta adaptativa (Sattler et al., 2008). La
evaluación de la conducta adaptativa ha de estar sustentada en el empleo de
instrumentos estandarizados, así como de la información adicional de otras fuentes
que ofrezcan un contexto para corroborar la validez de las medidas obtenidas en las
escalas estandarizadas (Jenaro y Verdugo, 1997).
3.2.1.1 Instrumentos estandarizados
Las escalas de conducta adaptativa son consideradas un complemento fundamental en
la evaluación y diagnóstico de niños con dificultades en el desarrollo, particularmente,
de niños con retraso madurativo (Sattler et al., 2008). Aunque a menudo, el uso de una
escala de conducta adaptativa estandarizada es insuficiente para capturar todos los
aspectos del comportamiento adaptativo del niño (Tassé, 2009), los instrumentos de
evaluación de conducta adaptativa juegan un papel esencial en la formulación de los
planes de intervención (Sattler et al., 2008); ya que proporcionan una estimación del
desempeño típico del niño, en lugar de una estimación de su ejecución máxima, en
circunstancias cambiantes o de su potencial intelectual (Navas et al., 2008).
Existen una serie de capítulos de libros que han proporcionado revisiones narrativas de
las escalas de comportamiento adaptativo en niños y adolescentes (Hangauer,
Worcester y Armstrong, 2013; Harrison y Boney, 2002; Harrison y Raineri, 2004;
Kamphaus y Frick, 2005; Knoff et al., 1999; Sattler y Hoge, 2006), pero estos capítulos
con frecuencia no han incluido descripciones de las ediciones más recientes de las
escalas más destacadas, distinciones diferenciadas por edad, diferencias entre las
Tesis Doctoral 147 M. L. Monroy
formas cortas o extensas de las escalas o la evaluación en profundidad de las
propiedades psicométricas específicas.
Autores como Evans y Bradley-Johnson (1988) y Kamphaus (1987) han realizado
revisiones de las escalas de conducta adaptativa en el pasado, incluyendo cuestiones
conceptuales y psicométricas, pero la más actual de Floyd et al. (2015) presenta las
propiedades psicométricas de 14 escalas de comportamiento adaptativas en uso en
este momento, de las 200 pruebas de evaluación de conducta adaptativa identificadas
en el contexto internacional reconocidas por Schalock (1999), basadas en informantes,
orientadas a normas, diseñadas para niños en edad preescolar, niños en edad escolar y
adolescentes.
De estas 14 pruebas de conducta adaptativa se consideran que tan sólo cuatro son las
más apropiadas tanto para la realización del diagnóstico de limitaciones significativas
en conducta adaptativa (Tabla 25) como para la planificación de programas o apoyos
educativos (Buntinx, 2016). Estos cuatro instrumentos se basan en la medición de las
habilidades de adaptación específicas que refleja el modelo multidimensional actual de
la conducta adaptativa con los dominios de habilidades prácticas, sociales y
conceptuales (Tassé et al., 2012).
Tabla 25: Herramientas de evaluación de la conducta adaptativa
Herramienta Rango de edad Administración
Vineland Adaptive Behavior Desde el nacimiento Evaluación estandarizada en formato de
Scales - VABS (Sparrow, hasta los 90 años entrevista semiestructurada, que evalúa
Balla, Cicchetti, Harrison, & habilidades personales y sociales necesarias
Doll, 1984; Sparrow, Balla, en la vida diaria. Mide la conducta adaptativa
& Cicchetti, 2005, 2016) en cuatro dominios: comunicación,
habilidades para la vida diaria, socialización y
habilidades motoras, y opcionalmente ítems
de conductas críticas desadaptativas. Ofrece
dos índices globales; uno de conducta
adaptativa y uno de conducta desadaptada.
Adaptive Behavior Desde el nacimiento Instrumento de evaluación de la conducta
M. L. Monroy 148 Tesis Doctoral
Herramienta Rango de edad Administración
Assessment System-Second hasta los 89 años adaptativa en formato entrevista
Edition - ABAS II (Harrison & estructurada. Su objetivo es proporcionar una
Oakland, 2003) evaluación completa de las habilidades
funcionales diarias de una persona en
distintas áreas o contextos con el fin de
determinar si es capaz de desenvolverse en
su vida cotidiana sin precisar la ayuda de
otras personas. Las áreas que evalúa son
comunicación, utilización de los recursos
comunitarios, habilidades académicas
funcionales, vida en el hogar o vida en la
escuela, salud y seguridad, ocio, autocuidado,
autodirección, habilidades sociales,
habilidades motoras y empleo. Ofrece
puntuaciones en tres índices globales:
Conceptual, Social y Práctico, así como un
índice global de conducta adaptativa (CAG).
AAMR Adaptive Behavior 3 - 18 años Evaluación compuesta por dos secciones; una
Scale-School: Second abarca la conducta adaptativa (67 ítems) en
Edition. ABS-S:2 (Lambert, nueve áreas (funcionamiento independiente,
Nihira, & Leland, 1993) desarrollo físico, actividad económica,
desarrollo del lenguaje, números y tiempo,
actividad prevocacional/vocacional,
autodirección, responsabilidad y
socialización) que pueden ser incluidas en
tres dominios: autosuficiencia personal,
responsabilidad personal-social y habilidades
en comunidad; una segunda sección trata los
problemas de conducta que se relacionan con
la manifestación de trastornos de la
personalidad y del comportamiento. Puntúa
en cinco dominios: autosuficiencia personal,
autosuficiencia comunitaria, responsabilidad
personal y social, ajuste social, ajuste
personal.
Scales of Independent Cubre un rango de Evaluación de 14 áreas de la conducta
Behavior-Revised. SIB-R edad desde la infancia adaptativa y ocho áreas de problemas de
(Bruininks, Bradley, hasta los 80 años y comportamiento, con referencia a normas de
Weatherman, & Woodcock, mayores conductas adaptativas y desadaptativas
1996) utilizados para determinar el nivel de
funcionamiento en áreas clave del
comportamiento de una persona (entornos
domésticos, sociales y comunitarios). Se
puede administrar en una entrevista
estructurada.
Fuente: Elaboración propia
Las escalas Vineland Adaptive Behavior Scales (se empleará la abreviatura VABS;
Sparrow, Balla, Cicchetti, Harrison, et al., 1984) se han utilizado muy comúnmente
durante las últimas décadas para evaluar el comportamiento adaptativo en personas
con TEA, así como en otras poblaciones (Gillham, Carter, Volkmar y Sparrow, 2000;
Tesis Doctoral 149 M. L. Monroy
Matthews, Smith, et al., 2015). Las VABS se han traducido a muchos idiomas,
provienen de la Escala original de Madurez Social de Vineland, publicada en 1936 por
Doll y revisada por Sparrow, Balla, y Cicchetti en 1984 como Vineland Adaptive
Behavior Scales (emplearemos la traducción al castellano de Escala Vineland de
Conducta Adaptativa). Cuenta con dos revisiones posteriores con protocolos
traducidos al castellano, Vineland Adaptive Behavior Scales, Second Edition (Vineland-
II; Sparrow et al., 2005), y Vineland Adaptive Behavior Scales, Third Edition (Vineland 3;
Sparrow et al., 2016). Esta última edición, en el momento de realización de este
trabajo, no cuenta con investigaciones publicadas.
Tanto VABS como Vineland-II evalúan el funcionamiento adaptativo de 0 a 90 años en
cuatro dominios: comunicación, habilidades de vida diaria, socialización y habilidades
motrices (las normas para las habilidades motoras sólo están disponibles para niños
menores de 6 años). La Entrevista Versión Cuestionario de las VABS, utilizada en la
presente Tesis Doctoral, contiene 297 ítems divididos en función de los cuatro
dominios que evalúa que proveen de una evaluación general de la conducta adaptativa
para determinar en qué áreas el niño tiene fortalezas o debilidades. El contenido de
cada dominio de la conducta adaptativa se entiende mejor en términos de sus
subdominios (Tabla 26).
Tabla 26. Contenido de los dominios y subdominios de las VABS
Dominios y Subdominios Contenidos
Dominio Comunicación
Subdominio Lenguaje Receptivo Comprensión
Escucha y atención
Seguir instrucciones
Subdominio Lenguaje Expresivo Pre-expresión
Primeras palabras
Discurso interactivo
Uso de conceptos abstractos
Habilidades en el discurso
Expresión de ideas complejas
M. L. Monroy 150 Tesis Doctoral
Dominios y Subdominios Contenidos
Subdominio Lenguaje Escrito Primera lectura
Habilidades de lectura
Habilidades de escritura
Dominio Habilidades de Vida Diaria
Subdominio Habilidades Personales Para comer y beber
Control de esfínteres
Vestido
Baño/ducha
Higiene Personal
Cuidado de la Salud
Subdominio Habilidades Domésticas Cuidado de la casa
Cocina
Ropa
Subdominio Habilidades en Comunidad Habilidades de Seguridad/Autoprotección
Uso del teléfono
Dinero
Uso del tiempo y Fecha. Orientación temporal
Orientación espacial derecha / izquierda
Restaurante
Trabajo
Dominio Socialización
Subdominio Habilidades Interpersonales Respuesta a los otros
Expresión-reconocimiento de emociones
Imitación
Comunicación Social
Amistad
Pensar en los otros
Pertenencia a grupos
Quedar/Citas
Subdominio Juego y ocio Jugar
Compartir y cooperación
TV y Radio
Hobbies
Ir a sitios con amigos
Subdominio Habilidades de Afrontamiento
Educación (buen comportamiento)
Seguir reglas
Disculparse
Guardar secretos
Control de impulsos
Responsabilidad
Dominio Habilidades Motoras
Subdominio Habilidades Motoras Gruesas Sentarse
Andar y comer
Juego
Subdominio Habilidades Motoras Finas Manipulación de Objetos
Dibujo y uso de tijeras
Fuente: Sparrow et al. (1984)
Según los datos de la muestra de estandarización de las VABS, la consistencia interna y
la fiabilidad test-retest del cuestionario es buena y la fiabilidad entre evaluadores es
adecuada (Sparrow et al., 1984). La investigación adicional que involucra muestras de
Tesis Doctoral 151 M. L. Monroy
niños con autismo y otras discapacidades del desarrollo apoya su consistencia interna
(De Bildt, Sytema, Kraijer, Sparrow y Minderaa, 2005) y la validez convergente (De Bildt
et al., 2005; Perry y Factor, 1989). Las VABS también han demostrado ser sensibles a
los cambios en el desarrollo a lo largo del tiempo (McGovern y Sigman, 2005), y cuenta
con más investigaciones que su precedesora la Vineland-II (Yang, Paynter y Gilmore,
2016).
La Vineland-II tiene altas correlaciones con la versión anterior (Sparrow et al., 2005).
Los coeficientes de fiabilidad entre dos mitades y test-retest para el total de la
conducta adaptativa abarcaron de 0.83 a 0.94, mientras que las puntuaciones entre
evaluadores indicada en el manual es menor (0.62 a 0.78) (Sparrow et al., 2005). Hay
que destacar que la Vineland-II difiere de las VABS de varias maneras. Una de las
principales diferencias entre ambos instrumentos, es que la Vineland original incluye,
tanto la edad equivalente y las puntuaciones estándar para cada dominio, mientras
que la segunda edición incluye sólo las puntuaciones estándar.
En la segunda edición, se han añadido nuevos elementos para mejorar la medición de
los niños muy pequeños. Se han incluido ítems al dominio de comunicación que evalúa
el desarrollo del lenguaje hablado y la habilidad para iniciar y mantener
conversaciones, incrementando la utilidad en la evaluación de impedimentos
cualitativos en la comunicación generalmente asociados con el TEA (Sparrow et al.,
2005). El dominio de habilidades de vida diaria incluye más elementos para medir la
vida independiente. El dominio de socialización contiene más elementos para medir
cómo el individuo es capaz de comprender y utilizar medios no verbales para regular y
mantener las interacciones y relaciones sociales. Esto hace que el dominio de
M. L. Monroy 152 Tesis Doctoral
habilidades sociales sea más sensible a las dificultades de interacción social
características de las personas con autismo (Sparrow et al., 2005).
La mayor parte de la investigación con las VABS ha encontrado un "perfil de autismo"
al comparar las puntuaciones de dominio usando las puntuaciones de edad
equivalentes, establecido por diversas investigaciones (Carter et al., 1998; Magiati,
Moss, Charman y Howlin, 2011; Perry, Flanagan, Geier y Freeman, 2009; Rodrigue,
Morgan y Geffken, 1991; Stone, Ousley, Hepburn, Hogan y Brown, 1999; Volkmar
et al., 1987), y puntuaciones estándar, con puntuaciones más altas en las habilidades
motoras (si se administran) y en habilidades de vida diaria, puntuaciones más bajas en
socialización, e intermedias en comunicación (Doobay, Foley-Nicpon, Ali y Assouline,
2014; Kraijer, 2000; Volkmar, Carter, Sparrow y Cicchetti, 1993). Sin embargo, este
perfil no se ha replicado en la investigación con Vineland-II, sugiriendo un perfil
distinto según la versión del instrumento que se utilice. Este aspecto de los perfiles de
conducta adaptativa en el TEA se describirá en el siguiente apartado.
El Sistema de Evaluación de la Conducta Adaptativa‐II (The Adaptive Behaviour
Assessment System, Second Edition: ABAS-II; Harrison y Oakland, 2003) proporciona
una medida de la conducta adaptativa en personas desde el nacimiento a los 89 años.
Hay cinco formas de administración del ABAS-II relacionadas con la edad de la persona
evaluada (para padres de niños de entre 0-5 años y 5-21 años; para maestros de niños
de 2-5 años y 5-21 años; y una forma a completar por el adulto de 16-89 años).
Esta escala proporciona puntuaciones estandarizadas para las 10 áreas de habilidades
adaptativas mencionadas en la definición de DI (APA, 2000) del DSM-IV-TR
(comunicación, autocuidado, vida en el hogar, habilidades sociales, uso de la
Tesis Doctoral 153 M. L. Monroy
comunidad, autodirección, salud y seguridad, habilidades académicas funcionales, ocio
y trabajo), así como para las dimensiones de habilidades adaptativas de la definición
de DI (habilidades prácticas, conceptuales y sociales) de la AAIDD (Schalock et al.,
2010). La escala de calificación ABAS-II puede ser completada por un padre, cuidador o
maestro, y también es una opción de autovaloración para adultos.
La consistencia interna es alta. Por ejemplo, las estimaciones de confiabilidad para
todos los grupos de edad van de 0.97 a 0.99 para el índice global de conducta
adaptativa (CAG), 0.91 a 0.98 para los tres dominios adaptativos, y 0.85 a 0.97 para las
diez áreas de habilidades. Las estimaciones de confiabilidad test-retest se encuentran
en los 0.90 para el CAG y en los 0.80 - 0.90 para las áreas de habilidades. La última
estandarización incluye muestras con diversas condiciones clínicas tales como TEA
(Harrison y Oakland, 2003). El ABAS-II se correlaciona moderadamente con la Escala de
Comportamiento Adaptativo Vineland (VABS) y las medidas de inteligencia (Harrison y
Oakland, 2003). Ambos VABS y el ABAS-II documentan niveles comprometidos de
comportamiento adaptativo a través de sus dominios en los TEA de alto
funcionamiento (Kenworthy, Case, Harms, Martin y Wallace, 2010; Lopata et al., 2012).
El Sistema de Evaluación de la Conducta Adaptativa‐II es comúnmente usado por los
profesionales para asistir el diagnóstico y para la clasificación del trastorno. La
investigación y la clínica muestran trabajos específicos de este instrumento en
población con TEA (Harrison y Oakland, 2003), por ejemplo, Ditterline, Banner,
Oakland y Becton (2008) indicaron, en su trabajo sobre el perfil de conducta adaptativa
medido con el ABAS-II en diferentes poblaciones, que los estudiantes con un
diagnóstico de autismo mostraban un perfil concreto, en el que las nueve habilidades
M. L. Monroy 154 Tesis Doctoral
están por debajo del promedio (es decir, vida en el hogar, ocio, habilidades académicas
funcionales, autocuidado, habilidades sociales, autodirección, salud y seguridad,
comunicación y uso de la comunidad; habilidades listadas de la puntuación más alta a
la más baja).
En estudios posteriores con TEA, Kenworthy et al. (2010) describe el deterioro global
de las habilidades adaptativas, y relativamente mayor de las habilidades sociales, en su
muestra comparativa, 40 niños y adolescentes con TEA de alto funcionamiento y 30
niños y adolescentes con un desarrollo típico, emparejados por edad (de entre 12 y 22
años), sexo y CI, coincidiendo con el trabajo de Lopata et al. (2012) que indicaron
deficiencias significativas en el funcionamiento adaptativo general. Al contrario,
Rivard, Terroux, Mercier y Parent-Boursier (2015) en su análisis del perfil clínico de 253
niños con autismo de entre 30 y 65 meses de edad, indicaron más dificultades en el
ámbito práctico del ABAS-II, que incluyen habilidades relacionadas con el autocuidado,
la vida diaria y la salud y seguridad, que en el ámbito conceptual y de socialización.
Estos resultados, sin embargo, pueden deberse a la diferencia de edad de ambas
muestras.
En contraste a los anteriores trabajos, Hill, Gray, Kamps y Varela (2015) analizan el
perfil de un grupo de niños y adolescentes con TEA (n=220) entre 4 y 16 años, y
describe un mejor funcionamiento adaptativo en el ABAS-II relacionado con la edad, el
CI y una mayor gravedad en la sintomatología de TEA.
Otros dos instrumentos, detallados a continuación, como la Escala de Conducta
Adaptativa ‐ Versión Centros Educativos de la AAMR en su segunda edición (AAMR The
Adaptive Behavior Scale – School, Second Edition: ABS-S2, Lambert et al., 1993) y las
Tesis Doctoral 155 M. L. Monroy
Escalas de Conducta Independiente‐Revisadas (Scales of Independent Behaviour –
Revised: SIB-R; Bruininks et al., 1996) no se han vuelto a normalizar en 2 décadas
(Balboni et al., 2014).
Las Escalas de Conducta Independiente‐Revisadas (Scales of Independent Behaviour –
Revised: SIB-R; Bruininks et al., 1996), es una revisión de una versión anterior, Scales of
Independent Behaviour (SIB; Bruininks, 1984). El SIB-R proporciona una evaluación
exhaustiva de 14 áreas de comportamiento adaptativo y ocho áreas de
comportamiento problemático desde los 3 meses a los 80 años. Puede ser
administrado a través de entrevistas estructuradas y obtiene puntuaciones en cuatro
dominios: habilidades motoras, habilidades personales, interacción social y
comunicación y habilidades para vivir en la comunidad.
La prueba proporciona normas desde la infancia temprana hasta la edad adulta y tiene
buenas propiedades psicométricas (Bruininks et al., 1996). No obstante, cuenta con
pocas investigaciones sobre su fiabilidad y validez en la población con TEA. Autores
como Lecavalier, Leone y Wiltz (2006) indican que la consistencia interna de las 14 sub-
escalas oscilan entre 0.87 y 0.96 (promedio = 0.92) en su muestra con autismo. Edgin y
Pennington (2005) y Lecavalier (2006) manifiestan en sus trabajos que, de la misma
manera que otros instrumentos similares de conducta adaptativa, los niños con TEA
tienen déficits en el dominio de interacción social y en la puntuación social compuesta
medidos con el SIB-R.
La Escala de Conducta Adaptativa‐ Versión Centros Educativos de la AAMR (AAMR The
Adaptive Behavior Scale – School, Second Edition: ABS-S2, Lambert et al., 1993) es la 2ª
versión de la AAMD Adaptive Behavior Scale - Public School Version [ABS-PSV] (Nihira,
M. L. Monroy 156 Tesis Doctoral
Foster, Shellhaas y Leland, 1974). En la revisión de 1981 la ABS-PSV fue renombrada
como AAMR The Adaptive Behavior Scale – School Edition: ABS-SE. La ABS-SE supuso
una mejora con respecto a la anterior escala, de la misma manera, que la actual ABS-
S2 sobre su predecesora. La versión de 1974 de la Escala de Conducta Adaptativa de la
AAMD fue diseñada para ser usada con personas con retraso mental, trastornos
emocionales y discapacidades de desarrollo (Fogelman, 1975 citado en Spreat, 1982).
En la actualidad, la ABS-S2 evalúa el comportamiento adaptativo en personas con
edades comprendidas entre 3 y 18 años. Está compuesta por dos secciones; una
abarca la conducta adaptativa (67 ítems) en nueve áreas (funcionamiento
independiente, desarrollo físico, actividad económica, desarrollo del lenguaje,
números y tiempo, actividad prevocacional/vocacional, autodirección, responsabilidad
y socialización) que pueden ser incluidas en tres dominios: autosuficiencia personal,
responsabilidad personal-social y habilidades en comunidad; una segunda sección
trata los problemas de conducta que se relacionan con la manifestación de trastornos
de la personalidad y del comportamiento (conducta social, conformidad, integridad,
comportamiento estereotipado e hiperactivo, comportamiento autoabusivo,
compromiso social y comportamiento interpersonal perturbador).
Puntúa en cinco dominios: autosuficiencia personal, autosuficiencia comunitaria,
responsabilidad personal y social, ajuste social, ajuste personal. La muestra de
estandarización del ABS-S2 consistió en 2.074 personas con DI y 1.254 personas sin DI,
por lo que los datos psicométricos están disponibles en individuos con DI
exclusivamente (véase Lambert et al., 1993). El instrumento está diseñado para ayudar
en el diagnóstico diferencial de discapacidad intelectual, planificación de programas y
Tesis Doctoral 157 M. L. Monroy
planes de tratamiento, así como en la identificación de fortalezas y debilidades
adaptativas relativas. Cuenta con pocos estudios en población con autismo como el de
Tomanik, Harris y Hawkins (2004).
3.2.1.2 Instrumentos no estandarizados
Para realizar una evaluación completa de la conducta adaptativa puede ser necesario
corroborar la información obtenida en las medidas estandarizadas (Sattler et al., 2008;
Tassé, 2009) respecto a las áreas de limitaciones y fortalezas, con otras fuentes de
información. A menudo, las pruebas estandarizadas son limitadas ya que miden el
desempeño en áreas muy específicas, y en circunstancias determinadas en lugar de las
habituales, con puntuaciones que derivan de un grupo normativo de individuo
(Cermak, 1989).
Diversos autores como Sattler (2008) y Tassé (2009) manifiestan que cualquier
evaluación integral de la conducta adaptativa, además de una escala de conducta
adaptativa estandarizada adecuada, debe incluir la siguiente información:
Entrevista. En la evaluación infantil es importante realizar entrevistas clínicas con
múltiples informantes (familiares, maestros, cuidadores u otras personas en contacto
directo con el niño) que han observado al niño en diferentes contextos (por ejemplo,
en el hogar, la escuela, el ocio, la comunidad…) a fin de obtener alguna información
cualitativa con respecto al comportamiento adaptativo. De manera general, es
necesario que la persona que revele datos del niño tenga la capacidad de proporcionar
al evaluador información fiable y válida sobre el menor en todos los aspectos que
concierne a su vida diaria. Además, es necesario tener en cuenta en la entrevista que
M. L. Monroy 158 Tesis Doctoral
cada persona difiere en cuanto a personalidad, preferencia por usar posiciones
extremas o intermedias y el nivel de relación con el niño.
A través de la entrevista se reunirá la información vital acerca de las prioridades y
preocupaciones en referencia al niño (Tabla 27). Los datos recogidos en la entrevista
son importantes también para que esa información pueda apoyar y aumentar datos de
otras fuentes, como herramientas de evaluación y observaciones estandarizadas.
Tabla 27: Objetivos comunes de la entrevista
1. Obtener información médica relevante, información detallada relativa al contenido de la
derivación, e información acerca de servicios médicos y educacionales que el niño recibe o ha
recibido en el pasado.
2. Construir una alianza terapéutica y comenzar a establecer la relación de confianza.
3. Llegar a conocer al niño y a la familia mejor, incluso sus intereses y actividades.
4. Proveer una oportunidad para realizar observaciones informales de las personas y sus ambientes.
5. Compartir información acerca de sus habilidades, roles y servicios.
Fuente: Mulligan (2006)
Los tipos de entrevistas son muchos e incluyen desde las muy informales y sin
estructurar, hasta las muy formales y estructuradas, como las herramientas de
evaluación estandarizadas que aplican técnicas de entrevista con un conjunto y orden
específico de preguntas (Mulligan, 2006), como por ejemplo, la Entrevista para el
Diagnóstico del Autismo, Edición Revisada (Autism Diagnostic Interview-Revised - ADI-
R; Rutter et al., 2003) anteriormente descrita.
Historia Clínica. Revisión de la historia médica disponible del niño (antecedentes
familiares, historia de ingresos, enfermedades conocidas…), familiar y social.
Registros escolares. Los registros escolares del niño (como, por ejemplo, las
evaluaciones psicopedagógicas y las adaptaciones curriculares), además de una
comunicación diaria fluida entre padres y maestro, acerca de la conducta y el
desempeño escolar del niño, pueden proporcionar una gran cantidad de información
Tesis Doctoral 159 M. L. Monroy
con respecto a sus habilidades conceptuales, prácticas y sociales. Particularmente
cuando se está implementando alguna intervención en el centro escolar, es útil
obtener una copia de los informes de los profesionales que trabajan con el niño, para
poder compartir la información con las personas que lo valoren en otros contextos.
Observaciones en el entorno natural. Las observaciones van a ser las fuentes de
información más valiosas en todo el proceso de evaluación. Las observaciones
sistemáticas tienen lugar en el contexto o ambiente en que el niño desempeña
regularmente sus actividades; en el aula y/o recreo en el colegio, durante el juego en
el hogar, o mientras el niño desempeña las tareas funcionales como alimentarse,
vestirse o realizar tareas del hogar (Mulligan, 2006).
Para recoger esas observaciones podremos anotar el comportamiento en una hoja de
registro diseñada personalmente, puede ser un listado de chequeo o una escala de
puntuación o usar una descripción narrativa que provea de información detallada y
cualitativa acerca de los comportamientos observados, analizando la frecuencia (el
número de veces que el comportamiento ocurrió en un tiempo dado) o duración (el
tiempo que duró el comportamiento) de los mismos. Para medir la frecuencia y
duración es importante que el comportamiento se defina operacionalmente de
manera que quede claro cuál es el comportamiento, cuándo empieza y cuándo
termina (Mulligan, 2006).
El conjunto de la información recogida mediante los procedimientos de entrevista,
historia clínica, registros escolares y la observación del niño en el entorno natural,
proporcionará una imagen global de su desempeño adaptativo para completar la
evaluación. La evaluación del funcionamiento adaptativo es considerada, por tanto, un
M. L. Monroy 160 Tesis Doctoral
área fundamental para la comprensión de los niños con autismo (Volkmar, Paul, Klin y
Cohen, 2005; Yang et al., 2016), y junto a la historia temprana, la sintomatología actual
y el funcionamiento cognitivo, puede reducir los errores de diagnóstico y ayudar a
planificar el tratamiento (Carter et al., 1998; Klin et al., 2007; Tomanik et al., 2007).
3.3 La conducta adaptativa en el Trastorno del Espectro Autista
3.3.1 El funcionamiento adaptativo en el TEA como valor diagnóstico
El desempeño adaptativo de la población con autismo es objeto de estudio de
numerosas investigaciones desde hace décadas. En términos generales, como ya se ha
descrito previamente, la conducta adaptativa refleja la capacidad de una persona para
cubrir sus propias necesidades. Se define por el grado en el que las personas son
capaces de funcionar y de mantenerse a sí mismas de manera independiente,
empleando las habilidades conceptuales, sociales y prácticas necesarias para su vida
diaria (Schalock, Luckasson y Shogren, 2007; Verdugo et al., 2011) así como de
satisfacer sus necesidades personales y las expectativas culturales y sociales a diversas
edades.
A pesar de que el desarrollo infantil sigue una secuencia y mantiene cierta estructura
en su evolución, no todos los niños se desarrollan al mismo ritmo. Esto es debido, en
cierto modo, a los amplios intervalos de tiempo para la aparición y consolidación de los
comportamientos cognitivos, motores y sociales, esperados para cada fase de
desarrollo (Viana y Pellegrini, 2008). Por un lado, la exploración y la experimentación
durante el primer año de vida del niño es necesaria para avanzar en el conocimiento
del mundo que le rodea y en su propio desarrollo (para conseguir las habilidades
sensorio-motoras, comunicativas y cognitivas correspondientes según su edad y
Tesis Doctoral 161 M. L. Monroy
cultura), y por otro, la participación en las actividades cotidianas proporciona a los
niños oportunidades de aprendizaje a través de los diversos contextos, así como otras
vías para practicar y desarrollar habilidades (Dunst, Bruder, Trivette y Hamby, 2006;
Humphry y Wakeford, 2006).
Determinados factores prenatales, postnatales y ambientales, así como diversas
vulnerabilidades genéticas pueden impedir o interrumpir este proceso de exploración
y participación en cualquier momento del ciclo vital, como es el caso del autismo
(Kirby, 2015). Las dificultades en la conducta adaptativa de los niños con TEA aparecen
a una edad temprana (Paul, Loomis y Chawarska, 2014; Ray-Subramanian et al., 2011;
Ventola, Saulnier, Steinberg, Chawarska y Klin, 2014) y cuando ésta se desarrolla
inadecuadamente, en los niños con autismo se encuentran comportamientos como;
negarse a aceptar cambios en sus alimentos, ropa u horarios (Bandini et al., 2010,
2017; Curtin et al., 2015); realizar repetidamente ciertas habilidades cotidianas como
cepillarse los dientes o lavarse las manos (Cuccaro et al., 2003), participar en
comportamientos repetitivos como alinear juguetes u otros objetos, hacer sonidos
peculiares o agitar los brazos (Bishop et al., 2013) o responder inadecuadamente al
ruido, a la luz o al contacto físico (Akshoomoff y Stahmer, 2006; McCormick, Hepburn,
Young y Rogers, 2016; Tomchek y Dunn, 2007; Wiggins et al., 2009).
Los comportamientos adaptativos insuficientemente dominados, en especial en las
áreas de habilidades de la vida cotidiana, comunicación y socialización, pueden
contribuir a los problemas de comportamiento de los niños con TEA (Dyches, Wilder,
Sudweeks, Obiakor y Algozzine, 2004). Esto, junto a su escasa participación en la
actividad social, probablemente tiene efectos en el desarrollo general, con menos
M. L. Monroy 162 Tesis Doctoral
oportunidades para practicar y desarrollar las habilidades necesarias para la
autonomía personal, perpetuando sus limitaciones (Little, Ausderau, Sideris y Baranek,
2015).
La extensión del funcionamiento adaptativo de los niños con TEA, se determina
individualmente, en cuanto a su desempeño comunicativo, social y en habilidades de
vida diaria. Al igual que con el resto de población, la medición del funcionamiento
adaptativo contempla no solo sus limitaciones, sino sus puntos fuertes en otras áreas
de habilidades adaptativas con las que a menudo coexisten, basándose en el
rendimiento habitual del niño en tareas diarias y circunstancias variables (Verdugo
et al., 2011). Hay que tener en cuenta que en cada etapa del ciclo vital las conductas
aceptadas como adaptativas varían; las conductas y comportamientos propias de una
edad puede no ser aprobadas en otra. De igual manera ocurre con las exigencias de un
entorno dado, por ejemplo, un niño puede tener una conducta adaptativa adecuada
en casa pero no en la escuela (Sattler et al., 2008). Una evaluación completa de la
conducta adaptativa, por lo tanto, debería contemplar los diferentes escenarios en los
que el niño desempeña sus actividades cotidianas, así como, valorar si son o no
apropiadas para su edad.
A pesar de que las características clínicas propias de los individuos con TEA son una
condición que se mantienen a lo largo de la vida, se han descrito mejoras significativas
en la expresión de su sintomatología, así como, en la conducta adaptativa en la
adolescencia y edad adulta (Howlin, Moss, Savage y Rutter, 2013; McGovern y Sigman,
2005), incluso en algunos casos, se plantea que, podría desaparecer o cambiar el
diagnóstico (Fein et al., 2013; Helt et al., 2008). Los médicos de referencia y otros
Tesis Doctoral 163 M. L. Monroy
profesionales enfatizan que el dominio de los comportamientos adaptativos de los
niños con autismo se asocia positivamente con que se conviertan en adultos que
requieren menos supervisión (Carothers y Taylor, 2004).
Existen numerosos estudios que han indagado en la extensión de la conducta
adaptativa en personas con autismo y cómo otras variables, como el CI, la edad o la
sintomatología propia del trastorno, contribuyen a su desarrollo (Doobay et al., 2014;
Flanagan et al., 2015; Kanne et al., 2011; Kenworthy et al., 2010; Mouga, Almeida,
Café, Duque y Oliveira, 2015; Pugliese et al., 2015). La existencia de factores
intrínsecos, como un mayor cociente intelectual, el nivel de desarrollo en el lenguaje
receptivo, las habilidades de imitación verbal-motora y las habilidades motoras; y de
variables extrínsecas, como un diagnóstico temprano y un tratamiento precoz del
trastorno son de ayuda a la hora de prever un mejor pronóstico de un TEA (Baghdadli
et al., 2012; Helt et al., 2008; Sutera et al., 2007). Conocer las relaciones entre el
funcionamiento adaptativo y el resto de las variables, nos puede permitir una mejor
predicción del funcionamiento futuro del niño con TEA, así como adecuar de manera
individualizada los objetivos de sus programas de intervención (Flanagan et al., 2015;
Hedvall et al., 2014; Perry et al., 2009).
3.3.1.1 Funcionamiento intelectual y conducta adaptativa
La competencia cognitiva es uno de los factores más destacados de la conducta
adaptativa (Sparrow et al., 1984), ambas permiten a la persona satisfacer las
demandas físicas y sociales de su entorno. Los resultados de las pruebas de inteligencia
son predictores del éxito en la vida real, incluyendo el rendimiento educativo, el
desempeño ocupacional y la salud (Deary, Strand, Smith y Fernandes, 2007;
M. L. Monroy 164 Tesis Doctoral
Gottfredson y Deary, 2004; Strenze, 2007). La evaluación del estado cognitivo, por lo
tanto, al igual que la información sobre el comportamiento adaptativo, es relevante
para conocer y determinar el nivel general del funcionamiento de cualquier individuo
en su entorno, así como su nivel de autonomía personal (Filipek et al., 1999; Tomanik
et al., 2007). Algunos autores destacan que, a diferencia del funcionamiento
intelectual, la conducta adaptativa es modificable. Aunque el CI pueda sufrir
variaciones durante la etapa de pre-escolarización en niños con TEA (Flanagan et al.,
2015; Hedvall et al., 2014), se mantiene relativamente estable a lo largo de la vida.
El patrón de discrepancia entre las capacidades cognitivas y de adaptación es una
consideración clave de los niños con autismo, por lo que no es de extrañar que exista
variabilidad en su funcionamiento adaptativo (Rodrigue et al., 1991; Volkmar et al.,
1987), incluidos los déficits en la socialización (Beadle-Brown et al., 2002; Carpentieri y
Morgan, 1996; Klin et al., 2007; Loveland y Kelley, 1991; Rodrigue et al., 1991; Schatz y
Hamdan-Allen, 1995; Ventola et al., 2014; Volkmar et al., 1987, 1993) y la
comunicación (Kjellmer, Hedvall, Fernell, Gillberg y Norrelgen, 2012; Klin et al., 2007;
Stone, Ousley, et al., 1999), que describen comúnmente el perfil de desempeño
funcional del TEA.
Según Carter et al. (1998) y Mouga et al. (2015), el CI influye en el desarrollo
adaptativo esperado o que se podría conseguir, limitándolo. Por lo que no es razonable
esperar que una persona vaya a lograr un nivel de funcionamiento adaptativo que sea
significativamente más avanzado que su nivel intelectual o edad mental. Empero, los
perfiles heterogéneos que muestran los niños con TEA en cuanto a variaciones de CI y
comportamientos adaptativos (De Bruin, Verheij y Ferdinand, 2006; Ghaziuddin y
Tesis Doctoral 165 M. L. Monroy
Mountain-Kimchi, 2004; Nicholas et al., 2008), generalmente manifiestan deficiencias
significativas en su capacidad de funcionar e interactuar en la vida cotidiana, a pesar
de que pueden tener niveles más altos de funcionamiento intelectual (Charman et al.,
2011; Flanagan et al., 2015; Gillham et al., 2000; Kanne et al., 2011; Klin et al., 2007;
McDonald et al., 2015; Perry et al., 2009). Lo que significa que los déficits en el
funcionamiento adaptativo del TEA, a menudo, son más graves que sus deficiencias
intelectuales (Carpentieri y Morgan, 1996; Doobay et al., 2014; Fenton et al., 2003; Klin
et al., 2007, 2005; Mazefsky, Williams y Minshew, 2008; Perry et al., 2009; Pugliese
et al., 2015; Rivard et al., 2015).
La investigación sobre TEA de mayor funcionamiento ha dado resultados variables.
Algunos autores indican que los individuos con TEA de alto funcionamiento obtienen
pocos logros en habilidades adaptativas (Howlin, Mawhood y Rutter, 2000; Mawhood,
Howlin y Rutter, 2000), especialmente en las habilidades de socialización (Kanne et al.,
2011; Liss et al., 2001; Schatz y Hamdan-Allen, 1995), en comparación con otros niños
con DI de la misma edad (Weiss y Riosa, 2015). Estos autores coinciden en que la
conducta adaptativa de los niños con TEA con alto funcionamiento está generalmente
más deteriorada que el CI, en el que se encuentran mayores resultados (Bölte y
Poustka, 2002; Doobay et al., 2014; Gabriels et al., 2007; Joseph, Tager-Flusberg y
Lord, 2002; Kenworthy et al., 2010; Liss et al., 2001; Matthews, Pollard, et al., 2015;
Perry et al., 2009; Rivard et al., 2015; Saulnier y Klin, 2007).
Al contrario, otras investigaciones señalan que, en general, el CI puede ser un predictor
de mejora de algunas habilidades (Beadle-Brown et al., 2000; Hedvall et al., 2014;
Kanne et al., 2011), e indican mejoras sustanciales de los niños y adolescentes con TEA
M. L. Monroy 166 Tesis Doctoral
de alto funcionamiento en comparación con el grupo TEA de bajo funcionamiento
(Chang, Yen, Yang y others, 2013; Gabriels et al., 2007; Hedvall et al., 2014; McGovern
y Sigman, 2005), mostrando que las ganancias adaptativas están fuertemente
correlacionadas con el nivel cognitivo.
Por otro lado, algunos estudios apuntan que la brecha entre CI y conducta adaptativa
es menor en los niños con niveles más bajos de funcionamiento, en contraste con los
datos anteriores (Klin et al., 2007; Szatmari et al., 2003). En este aspecto, Kanne et al.
(2011) y Liss et al. (2001), refieren que un bajo funcionamiento intelectual en niños
con y sin autismo es un factor predictivo de la conducta adaptativa. Apoyando a estos
hallazgos el reciente estudio de Flanagan et al. (2015), compara niños con TEA con y
sin retraso cognitivo, revela que la relación entre el CI y la conducta adaptativa es
diferente en ambos grupos. En los niños con TEA sin retraso cognitivo la conducta
adaptativa es más baja que su CI (en los 3, 4 y 6 años, no encontrándose diferencias a
los 2 años de edad). Sin embargo, en los niños con TEA y retrasos cognitivos, la
conducta adaptativa es significativamente mayor que su CI.
En relación con la edad, la capacidad intelectual, a menudo se incrementa durante la
etapa de pre-escolarización en niños con TEA (Flanagan et al., 2015), algunos autores
han indicado que los años preescolares se correlacionan con mejores perfiles de
conducta adaptativa entre los niños con TEA (Gabriels et al., 2007; McGovern y
Sigman, 2005). Según Kamphaus (1993) las puntuaciones del CI y conducta adaptativa
son menos predictivas cuando se recogen durante estos años. Esto es debido, a los
cambios significativos que se dan por la variabilidad de las propias características
Tesis Doctoral 167 M. L. Monroy
clínicas del TEA en los primeros años de vida, y su perfil irregular de habilidades que
pueden reducir la estabilidad de estas puntuaciones (Joseph et al., 2002).
Parece ser que la discrepancia entre la conducta adaptativa y la capacidad intelectual
tiende a ser más pronunciada con el tiempo (Jónsdóttir et al., 2007; Klin et al., 2007;
Pugliese et al., 2015; Szatmari et al., 2003). Mientras que el CI a menudo se mantiene
estable (Eaves y Ho, 1996; McGovern y Sigman, 2005), las puntuaciones estándar de la
conducta adaptativa tienden a decrecer (Gabriels et al., 2007; Magiati et al., 2011) es
decir, a mayor edad, mayor discordancia entre CI y conducta adaptativa (Pugliese
et al., 2015). Y aunque se han descrito discretas mejoras relacionadas con el CI a lo
largo del tiempo en los menores con TEA, como el aumento de habilidades de
comunicación y habilidades de vida diaria, el menor desempeño en habilidades
sociales que sigue siendo bajo en el perfil típico del TEA, no estaría relacionado con las
habilidades cognitivas (Freeman, Del’Homme, Guthrie y Zhang, 1999; Liss et al., 2001;
Matthews, Pollard, et al., 2015), excepto en el estudio de Schatz y Hamdan-Allen
(1995) en el que concluyeron que el funcionamiento social varía con el CI pero no con
la edad.
A pesar de las posibles mejorías, diversos estudios ponen de manifiesto que las
capacidades adaptativas en los niños con TEA pueden ser independientes de su CI
(Farley et al., 2009; Vig y Jedrysek, 1995), debido a que, incluso en la edad adulta, los
individuos con TEA dependen en gran medida de otras personas para desempeño en
las actividades cotidianas en general y, aún más, en lo que a relaciones sociales se trata
(Hume, Loftin y Lantz, 2009). Esto sugiere que quizás el nivel de desarrollo de
habilidades de adaptación, en lugar de la habilidad cognitiva, puede ser un factor
M. L. Monroy 168 Tesis Doctoral
determinante de si una persona con autismo necesita supervisión constante o, por el
contrario, es capaz de funcionar de manera más independiente (Farley et al., 2009; Liss
et al., 2001). Es posible que el poco éxito de los niños con TEA que se comunican
verbalmente, con puntuaciones de CI apropiadas para lograr la edad y la capacidad de
adaptación adecuada, se relacione con algún otro aspecto del trastorno que la
capacidad intelectual general (Williams, Mazefsky, Walker, Minshew y Goldstein,
2014).
3.3.1.2 Edad y conducta adaptativa
A medida que un niño crece, se espera que adquiera una serie de habilidades y se
desenvuelva con mayor competencia en sus acciones. Las demandas familiares y las
expectativas sociales son distintas a cada edad. Además, el desarrollo infantil se mueve
dentro de unas franjas etarias muy amplias e influidas en gran medida por la
variabilidad individual, experiencias vividas y la estimulación ambiental que el niño ha
recibido. No obstante, aunque la edad es un factor clave de los hitos de desarrollo y,
por lo tanto, del desarrollo de una conducta adaptada en niños con un desarrollo
típico, la relación entre la edad y la conducta adaptativa no es clara en niños con TEA.
Diversos autores han puesto de manifiesto como la sintomatología del TEA afecta
desde edades tempranas (Chawarska, Macari y Shic, 2013; Gray y Tonge, 2001; Jones y
Klin, 2013; Landa, Gross, Stuart y Faherty, 2013; Paul et al., 2014; Wetherby et al.,
2004) manifestándose en sus habilidades de comunicación y socialización (Landa et al.,
2007). Sin embargo, son muchas las controversias en cuanto a la vinculación entre la
edad, la conducta adaptativa y otras variables asociadas, como el CI o la severidad de
los síntomas del TEA.
Tesis Doctoral 169 M. L. Monroy
No solo el comportamiento adaptativo varía con la edad en la población con TEA (Liss
et al., 2001), sino que también los déficits en el funcionamiento adaptativo se hacen
más evidentes a medida que los niños crecen (Fenton et al., 2003; Hill et al., 2015;
Kanne et al., 2011; Klin et al., 2007; Matthews, Pollard, et al., 2015; McDonald et al.,
2015; Pugliese et al., 2015). Algunos estudios relacionan pobres habilidades de
conducta adaptativa en los niños de mayor edad. En el caso de los niños más
pequeños, también se han encontrado mejora de habilidades, en comparación con
edades superiores, asociado a la reducción de los problemas de conducta y a un menor
estrés de los padres (Beadle-Brown et al., 2000; Chadwick et al., 2005).
A medida que los individuos con TEA se hacen mayores, parece ser que la brecha entre
las habilidades de desarrollo y las habilidades de vida diaria de los individuos con TEA y
sus iguales aumenta (Kanne et al., 2011; Klin, Saulnier, Chawarska y Volkmar, 2008;
Perry et al., 2009; Pugliese et al., 2015). En varios análisis transversales, la edad se ha
asociado negativamente con las puntuaciones estándar de funcionamiento adaptativo
de Vineland (Fenton et al., 2003; Kanne et al., 2011; Klin et al., 2007; Matthews,
Pollard, et al., 2015; McDonald et al., 2015). Kanne et al. (2011), en su estudio con
niños con autismo de 4 a 17 años (n= 1089), muestra como el nivel general de
habilidades adaptativas disminuyó en relación con el aumento de la edad, mientras
que el grupo de niños mayores (grupo de 9-17 años) tenía habilidades adaptativas
relativamente peores en comparación con su edad mental. La edad demostró
asociaciones negativas significativas similares con los dominios de comunicación y
socialización, pero no con el dominio de vida diaria. Estas asociaciones de la edad con
bajas puntuaciones estándar en comunicación y socialización de Vineland-II, han sido
apoyadas por McDonald et al. (2015) posteriormente, con una muestra más pequeña
M. L. Monroy 170 Tesis Doctoral
(n= 71) con niños de entre 7-12 años de TEA con alto funcionamiento. Mientras que
Matthews, Pollard, et al. (2015) indican que los individuos de mayor edad tienen
resultados más pobres de las VABS en las puntuaciones estándar, especialmente de los
dominios de habilidades de vida diaria y socialización, pero no con las habilidades de
comunicación, que estarían asociadas al CI (dentro del rango de normalidad) y no a la
edad.
De acuerdo con este patrón transversal, otros análisis longitudinales con las
puntuaciones estándar de las VABS han indicado que la adquisición de habilidades
adaptativas se atenúa entre los niños con TEA en comparación a los grupos control
(Fisch, Simensen y Schroer, 2002; Gabriels et al., 2007). En estos estudios, las
puntuaciones estándar de los niños en Vineland disminuyeron con el tiempo. Por
ejemplo, Gabriels et al. (2007) encontraron que la puntuación media del
comportamiento adaptativo global de las VABS de niños con TEA (n=17) disminuyó de
67.71 (± 23.46) en la prueba inicial, a 50.36 (± 24.32) cinco años más tarde. Fisch et al.
(2002) en su trabajo a dos años, de 18 niños con autismo de 3 a 12 años, encontró
descensos en el comportamiento general de adaptación, comunicación, habilidades de
vida diaria y socialización. Estos hallazgos indicarían, según el autor, que los niños con
autismo generalmente adquieren habilidades de adaptación a un ritmo más lento de lo
normal (Fisch et al., 2002), mejorando menos que los niños sin autismo (Gabriels et al.,
2007).
Esta misma conclusión es compartida por Matthews, Pollard, et al. (2015), aunque las
personas en desarrollo típico están desarrollando habilidades adaptativas de
funcionamiento a una tasa que supera a las personas con TEA, observada en las
Tesis Doctoral 171 M. L. Monroy
diferencias en las puntuaciones estándar de las VABS entre individuos con TEA y sus
pares de la misma edad, las personas con TEA continúan adquiriendo habilidades
adaptativas a medida que envejecen.
Otros investigadores, sin embargo, no han observado una asociación entre las
puntuaciones estándar de funcionamiento adaptativo y la edad en los jóvenes con TEA.
Por ejemplo, Kenworthy et al. (2010) no encontró correlación entre la edad y las
puntuaciones estándar del funcionamiento adaptativo en un grupo de individuos de
alto funcionamiento (12-21 años) con TEA, y de manera previa a estudios como el de
Matthews, Pollard, et al. (2015), asoció que las habilidades de comunicación estaban
positivamente relacionadas al CI. Otro estudio investigó la relación de la conducta
adaptativa en niños con TEA de alto funcionamiento (7-12 años) y de acuerdo con los
hallazgos anteriores, los resultados indicaron que los niños tenían déficits significativos
en su funcionamiento adaptativo (Lopata et al., 2012), pero al igual que Kenworthy
et al. (2010) los investigadores no encontraron una asociación entre la edad y el
funcionamiento adaptativo. Es importante puntualizar que los trabajos de Kenworthy
et al. (2010) y Lopata et al. (2012) evalúan la conducta adaptativa utilizando el
Adaptive Behavior Assessment System-Second Edition (ABAS-II; Harrison y Oakland,
2003), que ha demostrado correlaciones moderadas-fuertes con Vineland y otras
medidas de funcionamiento adaptativo (Harrison y Oakland, 2003). Por el contrario,
Hill et al. (2015) si encontró una asociación negativa entre la edad y las puntuaciones
globales del ABAS-II en su muestra de 220 niños y adolescentes con TEA.
A menudo, los efectos de la edad y la conducta adaptativa en niños con autismo se han
relacionado con otros factores como el CI. Por ejemplo, Schatz y Hamdan-Allen (1995)
M. L. Monroy 172 Tesis Doctoral
concluyeron que las habilidades adaptativas, en concreto el funcionamiento social,
varía con el CI, pero no con la edad. Encontraron diferencias significativas en un grupo
de niños con un diagnóstico único de DI con el mismo CI, que manifestaban un mayor
desempeño en su funcionamiento social y adaptativo frente al grupo con TEA. A
diferencia de Schatz y Hamdan-Allen (1995), otros estudios posteriores como el de
Matthews, Pollard, et al. (2015) y Kenworthy et al. (2010) no relacionan las habilidades
sociales con el CI, pero si las habilidades de comunicación, e instan a pensar que las
bajas habilidades sociales son propias del patrón de desempeño de los niños con TEA.
Con todo, un diagnóstico de DI, en niños y adolescentes con y sin TEA, por lo tanto,
puede ser un factor predictivo de la conducta adaptativa (Flanagan et al., 2015; Kanne
et al., 2011; Liss et al., 2001), como señala Schatz y Hamdan-Allen (1995) en los
resultados de su estudio, donde los niños con TEA de bajo funcionamiento y los niños
con retraso madurativo tenían un mejor desempeño adaptativo en la edad adulta.
En esta línea, Klin et al. (2007) sugieren que los datos de las puntuaciones de Vineland
en función de la edad insinúan que los individuos con TEA de mayor funcionamiento se
deterioran cada vez más en relación a sus pares (igualados en edad) a través de la
infancia tardía y hasta la adolescencia. En otro estudio longitudinal anterior, que
incluyó a niños con TEA de alto funcionamiento (separados en un grupo de Trastorno
Autista y otro grupo Síndrome de Asperger según criterios DSM-IV) de 4-6 a 12-14
años, las puntuaciones de socialización de Vineland disminuyeron con el tiempo para
el grupo con diagnóstico de TEA, mientras que los resultados en comunicación se
mantuvieron más estables para ambos grupos (Szatmari et al., 2003).
Tesis Doctoral 173 M. L. Monroy
Otros autores como Freeman et al. (1999), en su muestra de 210 niños con TEA de
entre 3 y 19 años, muestra progresos en todos los dominios de conducta adaptativa
medido con las VABS y en todos los niveles de funcionamiento intelectual. Los
resultados de Jacobson y Ackerman (1990) por su parte, sugieren que entre las edades
de 5 a 12 años las habilidades de los niños con autismo están más desarrolladas, en
comparación con otro grupo de niños con DI con la misma edad y nivel intelectual. Sin
embargo, en los grupos mayores estas diferencias disminuyen, y con el aumento de la
edad (22-35 años) se observan habilidades instrumentales más desarrolladas en las
personas con DI. Schatz y Hamdan-Allen (1995) sugieren que estas mejoras, dado que
Jacobson y Ackerman incluyeron a adultos de mediana edad en su muestra, puedan
deberse a que los cambios relacionados con la edad en el comportamiento adaptativo
de las personas con autismo ocurran sólo después de la adolescencia.
Más recientemente Hedvall et al. (2014), indica mejoras en un periodo de dos años, en
un grupo de 330 niños con TEA (T1: edad media 3 años y 2 meses; T2: edad media 5
años y 6 meses), en la conducta adaptativa relacionada con los niños con un CI dentro
del promedio. Los niños del grupo con retrasos en el desarrollo o funcionamiento
intelectual límite (CI=70-84) habían mejorado sus puntuaciones de las VABS en los
dominios de comunicación y sociales de T1 a T2, mientras que sus puntuaciones en
habilidades de vida diaria y dominios motores fueron aproximadamente iguales en T2
que en T1. Los niños del grupo con CI<70 tuvieron puntuaciones más bajas en las
habilidades de vida diaria, en los dominios social y motor, mientras que sus
puntuaciones en el dominio de habilidades de comunicación fueron más o menos
iguales en T2 que en T1.
M. L. Monroy 174 Tesis Doctoral
A pesar de que la discrepancia entre la edad y la conducta adaptativa pueda
acentuarse con el tiempo (Jónsdóttir et al., 2007; Klin et al., 2007; Szatmari et al.,
2003), es importante señalar que este resultado no refleja una pérdida de habilidades
a lo largo del tiempo, más bien, indica que los niños con TEA no logran obtener
ganancias en destrezas adaptativas a un nivel proporcional a sus ganancias en la edad
cronológica.
3.3.1.3 Severidad de los síntomas de TEA y conducta adaptativa
Las propias características del TEA en cuanto a dificultades en la comunicación y
socialización, pueden afectar a otras áreas de la vida diaria (Gabriels et al., 2007; Green
y Carter, 2014). No obstante, de la misma manera que el resto de variables descritas
anteriormente, la relación entre las habilidades adaptativas y la sintomatología del
autismo no es del todo evidente. Aunque la trayectoria del desarrollo de los niños con
TEA son heterogéneas, sus síntomas característicos parecen tener un efecto tan
restrictivo sobre el nivel de funcionamiento adaptativo que los niños no alcanzan el
nivel de educación que se esperaría según su CI (De Bildt et al., 2005). La presencia de
síntomas iniciales menos intensos puede predecir un mayor desempeño en conducta
adaptativa (Kanne et al., 2011; Matson et al., 2009) puesto que son las propias
conductas disruptivas las que impiden el desarrollo óptimo de la conducta adaptativa
(Chadwick et al., 2005).
Algunos estudios manifestaron que la gravedad de los síntomas del autismo estaba
correlacionada negativamente con el funcionamiento adaptativo (Chang et al., 2013;
De Bildt et al., 2004; Perry et al., 2009) especialmente en TEA de alto funcionamiento
intelectual (Chang et al., 2013; Kenworthy et al., 2010; Klin et al., 2007; Lopata et al.,
Tesis Doctoral 175 M. L. Monroy
2012). Hill et al. (2015) por el contrario, indicó que una mayor gravedad de la
sintomatología y el CI estaban relacionados con la edad y un mejor desempeño
adaptativo. En su estudio con el ABAS-II los niños más jóvenes con menor
funcionamiento intelectual y mayor severidad de los síntomas de TEA mostraban un
mejor funcionamiento adaptativo que aquellos con menor gravedad de los síntomas
de TEA. Del mismo modo, para los niños mayores con mayor funcionamiento
intelectual, la mayor gravedad de los síntomas de TEA estaba asociada con un mejor
funcionamiento adaptativo que el de aquellos con menor gravedad de los síntomas de
TEA.
Algunos estudios como el de Klin et al. (2007) y Saulnier y Klin (2007), confirman la
mala asociación entre el comportamiento adaptativo (utilizando Vineland-II) y el nivel
de sintomatología de TEA actual por observación clínica (utilizando herramientas como
el ADOS), reiterando la noción de que son construcciones relativamente
independientes. Según esto, el nivel de gravedad de los síntomas tendría poca
influencia en la capacidad de la persona para funcionar independientemente.
Otras investigaciones apoyan la falta de correlación significativa entre la
sintomatología autista y el funcionamiento adaptativo. Fenton, D’ardia, Valente, Del
Vecchio, et al. (2003) confirma y extiende el hallazgo de Liss et al. (2001) para el grupo
con bajo cociente intelectual, e incluso los niños con TEA de alto funcionamiento no
logran niveles de independencia en la edad adulta, por el contrario, muchos se
convierten en personas dependientes, siendo incapaces de autogestionarse (Farley
et al., 2009; Hume et al., 2009). Posteriormente, Kenworthy et al. (2010) en un estudio
con el ABAS-II, con TEA de alto funcionamiento (n=40) y desarrollo típico (n=30) con
M. L. Monroy 176 Tesis Doctoral
edades comprendidas entre los 12 y 22 años, igualados por edad, CI y sexo revelaron
déficits de comportamiento adaptativo global en TEA, con mayores dificultades en las
destrezas de habilidades sociales. Dentro del grupo con TEA, las habilidades de
comunicación adaptativa estaban positivamente relacionadas con el CI, mientras que
el funcionamiento adaptativo global se asociaba negativamente con la sintomatología
del autismo.
Dentro de los síntomas que definen el TEA, la literatura ha puesto especial énfasis en
varias áreas; como son el desarrollo de la comunicación verbal, las conductas
repetitivas y estereotipadas, y más recientemente el procesamiento sensorial inusual.
Comunicación verbal. El retraso en el lenguaje, es el componente más amplio de los
déficits de comunicación implicados en el autismo (Thurm, Lord, Lee y Newschaffer,
2007). Rapin (1983) decía que el lenguaje siempre afecta a los niños con autismo, es
una de las características más variables tanto en la infancia como ya en la edad adulta,
y la principal causa de consulta clínica diaria o la razón por la que los padres de niños
pequeños acuden a algún profesional.
A pesar de que se ha demostrado que el requisito diagnóstico de “Retraso o ausencia
total del desarrollo del lenguaje oral (no acompañado de intentos de compensarlo
mediante modos alternativos de comunicación, tales como gestos o mímica)”,
contemplado en manuales previos al DMS-5, no es una característica específica ni
universal de los individuos con TEA (Gernsbacher et al., 2016; Grzadzinski et al., 2013;
Lazenby et al., 2016), la severidad del retraso en el lenguaje es uno de los más
potentes predictores de los resultados dentro de autismo (Szatmari et al., 2003;
Weismer y Kover, 2015).
Tesis Doctoral 177 M. L. Monroy
Los cambios en la comunicación a edades tempranas reflejan la adquisición del
lenguaje, existen varios elementos del desarrollo del lenguaje que son similares para
niños con o sin TEA, como son una amplia variación en el tamaño del vocabulario
individual que aumenta con la edad, el predominio nominal y la composición similar
del vocabulario por categoría semántica y clase de palabras (Charman et al., 2003;
Luyster, Lopez y Lord, 2007; Weismer et al., 2011; Weismer, Lord y Esler, 2010).
Otros estudios han identificado variaciones del desarrollo típico, incluyendo una mayor
proporción de retraso severo del lenguaje, mayor variación en las tasas de crecimiento
del vocabulario y asociaciones más débiles entre el tamaño del vocabulario y la
complejidad gramatical (Charman et al., 2003; Luyster et al., 2007). En el TEA se
encuentra acompañado por la aparición inusual de características lingüísticas
(Chawarska et al., 2007), además de una gama limitada de expresiones faciales,
desinterés por otros niños, una empatía e imitación limitadas y un uso limitado de los
gestos de mostrar (Charman et al., 1997). Entre los niños en edad preescolar con TEA,
los estudios muestran mayor deterioro en su lenguaje receptivo que en su lenguaje
expresivo (Barbaro y Dissanayake, 2012; Hudry et al., 2010, 2014; Weismer et al.,
2010).
La mayor contribución al desarrollo de habilidades de lenguaje en niños con TEA se
encuentra en el CI (Kjellmer, Hedvall, Fernell, et al., 2012). La inteligencia no verbal
presente en un niño de 2 años, es un fuerte predictor de su lenguaje a los 5 años,
mientras que los resultados en el dominio de comunicación a los 3 años son un fuerte
predictor del lenguaje a los 5 años en niños con autismo (Thurm et al., 2007). La
ausencia de habla comunicativa a los 5-6 años de edad es indicativa de un peor
M. L. Monroy 178 Tesis Doctoral
resultado general a largo plazo. Aunque existe una clara co-variación entre CI y nivel de
comunicación, como muestran las asociaciones positivas entre las puntuaciones
estándar en habilidades de comunicación y CI reflejadas por Kenworthy et al. (2010) y
Matthews, Pollard, et al. (2015). Nordin y Gillberg (1998) manifiestan que
probablemente hay algún factor pronóstico en el desarrollo del lenguaje aparte de
esto. Ya que la aparición de la lengua hablada es una de las variables más importantes
que predice mejores resultados en la niñez y la edad adulta (Gillberg y Steffenburg,
1987; Howlin, Savage, Moss, Tempier y Rutter, 2014; Venter, Lord y Schopler, 1992).
Otros autores hablan de la influencia de la severidad de los síntomas característicos de
TEA como un posible predictor del desarrollo del lenguaje (Weismer y Kover, 2015),
mientras que el funcionamiento adaptativo no jugaría un rol tan importante (Kjellmer,
Hedvall, Fernell, et al., 2012). Sin embargo, a menudo un nivel bajo de habilidades
funcionales, son asociadas a alteraciones de la conducta persistentes, así como al
deterioro grave del lenguaje. Los niños que no adquieren o no progresan en sus
habilidades de lenguaje en la infancia, están en mayor riesgo de tener deficiencias más
severas en la vida adulta (Howlin et al., 2014).
La necesidad de conocer el nivel del lenguaje de los niños con TEA radica en la
importancia de la comunicación para el desarrollo de las habilidades adaptativas
(Loveland y Kelley, 1988). Park, Yelland, Taffe y Gray (2012) sugieren que las
habilidades de comunicación están más estrechamente vinculados a los resultados
funcionales y de comportamiento en el autismo que las habilidades lingüísticas
estructurales. En su estudio, las habilidades lingüísticas estructurales en TEA no se
asociaron con problemas emocionales y de conducta o comportamiento adaptativo.
Tesis Doctoral 179 M. L. Monroy
Conductas repetitivas y estereotipadas. Algunos autores han examinado las relaciones
entre los comportamientos repetitivos y las características clínicas asociadas, como los
niveles de funcionamiento adaptativo. Estudios como el de Kanne et al. (2011) y
posteriormente el de Balboni, Tasso, Muratori y Cubelli (2016), informan de resultados
similares utilizando Vineland-II, en tanto que la capacidad de los niños para funcionar
independientemente en el mundo no está relacionada con el nivel de gravedad de los
síntomas en el dominio del comportamiento repetitivo, medido con la ADIR-R (Rutter,
Le Couteur, et al., 2003). Sin embargo, Liss et al. (2001) demostraron que, en los niños
con TEA de alto funcionamiento, los comportamientos adaptativos estaban altamente
correlacionados con la sintomatología autista (es decir, con dificultades en la
socialización, comunicación y conductas restringidas y repetitivas), lo que indicaba que
un mayor número de síntomas de TEA estaba relacionado con un menor
funcionamiento adaptativo.
Baghdadli, Pascal, Grisi y Aussilloux (2003) descubrieron que además de las
características de TEA más severas, una edad más temprana, y un nivel más bajo de
habilidades adaptativas, estaban altamente asociados con comportamientos
autolesivos. Gabriels, Cuccaro, Hill, Ivers y Goldson (2005) expande estos resultados de
Baghdadli y muestra la posible existencia de una serie de relaciones entre las
conductas repetitivas y la presencia de problemas de sueño y conducta (irritabilidad,
letargo e hiperactividad) junto con menores niveles de funcionamiento adaptativo y
cognitivo.
Lopata et al. (2012) indicaron que la edad y el CI no predecían los resultados del ABAS-
II, mientras que los síntomas totales del TEA predecían negativamente el
M. L. Monroy 180 Tesis Doctoral
funcionamiento adaptativo general. Concretamente encontraron correlaciones
inversas significativas entre los síntomas de TEA de conductas restrictivas y repetitivas
y las composiciones de habilidades diarias, sociales y prácticas medidas con el ABAS-II.
Mientras que no se encontraron correlaciones significativas entre los síntomas sociales
de TEA y las habilidades sociales adaptativas, o entre los síntomas de comunicación de
TEA y las habilidades adaptativas de lenguaje y comunicación.
En el estudio de Cuccaro et al. (2003) encontraron relaciones diferenciales entre tipos
de conductas repetitivas con respecto al nivel de habilidad adaptativa.
Específicamente, los comportamientos sensoriales y motores repetitivos se
correlacionaron negativamente con el nivel adaptativo global, mientras que la
insistencia en la invarianza (es decir, las dificultades con el cambio) no lo estaba. En
otro estudio con niños pequeños de entre 17 y 45 meses de edad, Wiggins, Robins,
Bakeman y Adamson (2009) informaron de una correlación significativa entre el Short
Sensory Profile (SSP; McIntosh, Miller, Shyu y Dunn, 1999) y la puntuación de conducta
repetitiva y restringida del ADOS, pero no con las puntuaciones sociales y de
comunicación entre los niños con TEA. Estos mismos resultados fueron replicados por
Rogers, Hepburn y Wehner (2003), de nuevo, las puntuaciones de procesamiento
sensorial medidos por el SSP se correlacionaron significativamente con las
puntuaciones de conducta repetitiva y restringida de ADOS, pero no con las
puntuaciones del área social y de comunicación de ADOS en los niños con autismo.
Además, encontraron que la sensibilidad sensitiva estaba más fuertemente asociada
con niveles de comportamiento adaptativo que con la severidad de los síntomas del
autismo.
Tesis Doctoral 181 M. L. Monroy
En este mismo hilo, Liss et al. (2006) sugieren dos razones dispares para que los
individuos con TEA muestren conductas repetitivas; (1) para inducir una experiencia
sensorial y (2) como reacción a la estimulación sensorial. Esta relación entre conductas
repetitivas y la respuesta sensorial a la estimulación ambiental en personas con
autismo y otros trastornos del desarrollo ha sido examinada específicamente (Baranek
et al., 1997; Colman, Frankel, Ritvo y Freeman, 1976; Gal, Dyck y Passmore, 2002;
Willemsen-Swinkels, Buitelaar, Dekker y Van Engeland, 1998).
Si bien, según los autores, la relación entre el comportamiento adaptativo y conductas
repetitivas no es clara. Watt, Wetherby, Barber y Morgan (2008) examinaron los
comportamientos repetitivos y estereotipados en niños con trastornos del espectro del
autismo (n = 50), retrasos en el desarrollo sin TEA (n = 25) y desarrollo típico (n = 50)
entre 18 y 24 meses de edad. En su muestra los niños con TEA demostraron una
frecuencia significativamente mayor y de una duración más larga de conductas
repetitivas con objetos, cuerpo y comportamientos sensoriales frente a los grupos
control, sin embargo, y a diferencia de los anteriores, no hubo correlaciones
significativas entre los comportamientos repetitivos y estereotipados y el resultado en
las VABS. No obstante, el número excesivo de conductas repetitivas y estereotipadas
pueden interferir con la habilidad de los niños con autismo para aprender nuevas
habilidades y participar en las actividades de la vida diaria (Dunlap, Dyer y Koegel,
1983).
Procesamiento sensorial. La participación y destreza necesarias para las actividades
cotidianas, en las que a menudo relatan dificultades los padres de niños con TEA, tales
como el tiempo de juego, la participación social, el sueño, la alimentación, las rutinas
M. L. Monroy 182 Tesis Doctoral
de la familia o las habilidades motoras (Bhat et al., 2011; Campbell et al., 2016; Jang
et al., 2011; Kasari et al., 2013; Magiati et al., 2014; Mazurek y Sohl, 2016) pueden
estar influenciadas por muchos factores, uno de los cuales es el procesamiento
sensorial (PS) (O’Donnell, Deitz, Kartin, Nalty y Dawson, 2012).
El PS hace referencia a la recepción, organización e interpretación de la información
sensorial (por ejemplo, de los estímulos visuales, auditivos, vestibulares,
propioceptivos, etc.) en la corteza cerebral y el tronco encefálico con el propósito de
permitir respuestas adaptativas y participar en actividades significativas de la vida
diaria (Johnson-Ecker y Parham, 2000). La teoría del PS sugiere que el funcionamiento
óptimo en ambientes diarios requiere una recepción e integración eficientes de los
estímulos sensoriales entrantes. El comportamiento adaptativo, el aprendizaje y el
movimiento coordinado se consideran productos de la integración sensorial efectiva
(Bundy, Lane y Murray, 2002).
Los estudios que abordan la relación entre las anomalías sensoriales y la gravedad del
autismo, normalmente difieren en sus definiciones de “anormalidades sensoriales”. En
este aspecto, podemos contemplar la definición de “anormalidades sensoriales” en
dos formas distintas, como «intereses sensoriales inusuales» y «respuestas sensoriales
negativas», de acuerdo con la ADI-R (véanse los ítems 71-73 del manual; Rutter et al.,
2003). El ítem 71 describe los «intereses sensoriales inusuales» como la
excepcionalmente intensa búsqueda de estimulación a partir de sensaciones básicas
de vista, tacto, oído, gusto u olfato, disociadas del habitual significado de estas
sensaciones. El ítem 72 describe la «excesiva sensibilidad general al ruido» que se
refiere al aumento general de la sensibilidad a los sonidos cotidianos. El ítem 73
Tesis Doctoral 183 M. L. Monroy
describe la «respuesta anormal, idiosincrásica, negativa a estímulos sensoriales
específicos» que implica alguna forma de respuesta inusual, predeciblemente
negativa, a algún estímulo (o grupo de estímulos) sensorial, específico e identificable.
Sin embargo, no todos los trabajos utilizan los conceptos que se manejan en la ADI-R,
por lo que nos encontramos con que se superponen en muchos aspectos con otros
términos empleados para referirse a características similares. Por ejemplo, en otros
estudios se emplea "búsqueda sensorial" en vez de «intereses sensoriales inusuales», y
el concepto de «respuesta anormal, idiosincrásica, negativa a estímulos sensoriales
específicos» se superpone con las definiciones de los conceptos de "hipersensibilidad
sensorial" y "evitación sensorial" (Zachor y Ben-Itzchak, 2014).
Ben-Sasson, Cermak, Orsmond, Tager-Flusberg y otros (2007) habla de perfil sensorial
extremo ya en edades tempranas de niños que serán diagnosticados con TEA. Diversas
investigaciones han informado de que los niños con autismo experimentan dificultades
en el procesamiento de la información de alguno de estos sentidos (Caminha y
Lampreia, 2012; Rogers et al., 2003; Tomchek et al., 2014), de hecho, tienden a
presentar déficits en más de una modalidad sensorial (Baker, Lane, Angley y Young,
2008; Leekam et al., 2007). Klintwall et al. (2011) al examinar el grupo total de 208
niños con TEA, el 76% tenía, al menos, algún tipo de anomalía sensorial. Mientras que
las dificultades más registradas fueron la sobre-reactividad al sonido (44%) e
insuficiente reactividad al dolor (40%). En este estudio se indicó una baja reactividad al
frío y al calor en un 22% y un 7%, respectivamente y cierta reactividad excesiva al tacto
(19%). Las reacciones anormales a los estímulos visuales se observaron en el 19% de la
muestra y la hipersensibilidad olfativa en el 5%.
M. L. Monroy 184 Tesis Doctoral
Aunque las dificultades sensoriales no son específicas de esta población, como se
muestra en los estudios que comparan a los niños con TEA con grupos con otros
retrasos en el desarrollo (Leekam et al., 2007; Mattard-Labrecque et al., 2013; Rogers
et al., 2003; Wiggins et al., 2009), puede haber ciertos patrones de respuesta o
dominios sensoriales que son más frecuentes en los niños con autismo que en otros
trastornos. Baranek, David, Poe, Stone y Watson (2006) y Dunn, Myles y Orr (2002)
indican una mayor frecuencia de sensibilidad excesiva en los niños con TEA en
comparación con los niños con un desarrollo típico con la misma edad cronológica.
Wiggins et al. (2009) encontró que los niños con TEA, en comparación a otros niños
con retrasos en el desarrollo o del lenguaje, tenían más respuestas sensoriales
anormales, especialmente en relación a la sensibilidad táctil, auditiva y
gustativa/olfativa. Coincidiendo con estos resultados, en otro estudio reciente,
McCormick, Hepburn, Young y Rogers (2016), comparando niños con TEA con niños
con retrasos en el desarrollo y un desarrollo típico, encontró que el grupo con TEA
tenía también más síntomas de sensibilidad táctil, hipersensibilidad olfativa-gustativa,
y mayor reactividad a los sonidos que los otros niños.
Otros trabajos, como el de Jasmin et al. (2009) relacionan el procesamiento sensorial
con la conducta adaptativa. En su investigación con 35 niños con autismo, de 3 a 4
años de edad, observó mediante el uso del Sensory Profile (Dunn, 1999), Vineland-II
(Sparrow et al., 2005) y el Peabody Developmental Motor Scales—2nd edition (PDMS-
2; Folio y Fewell, 2000), respuestas sensoriales atípicas (como sensibilidad auditiva,
vestibular y táctil), y un menor desempeño motor y habilidades de vida diaria muy
pobres. De los tres subdominios que componen el dominio de habilidades de vida
diaria en Vineland-II, el rendimiento en el subdominio de habilidades personales (que
Tesis Doctoral 185 M. L. Monroy
incluye comer, beber, bañarse, ir al baño, arreglarse, vestirse y recibir atención
médica) era más bajo en comparación con los subdominios de habilidades en
comunidad y habilidades domésticas.
La autora indica que la evitación sensorial, la reacción excesiva a los estímulos
sensoriales, y las habilidades motrices finas estaban altamente correlacionadas con las
habilidades de vida diaria, incluso cuando se tuvo en cuenta el rendimiento cognitivo
(Jasmin et al., 2009). Otros estudios como el de O’Donnell et al. (2012) con 42 niños
con TEA (edad de aplicación del Short Sensory Profile; SSP; McIntosh, Miller, Shyu y
Dunn, 1999 entre los 36-59 meses) y el de Klintwall et al. (2011) con una muestra
superior, de 208 niños (menores de 4.5 años) concluyeron de la misma manera, que las
dificultades en el procesamiento sensorial no estaban asociadas al nivel de
inteligencia. Además, O’Donnell et al. (2012) a diferencia de Jasmin et al. (2009), indica
una relación significativa entre el grado de deterioro del procesamiento sensorial y el
nivel de comportamiento problemático, por el contrario, la relación con la conducta
adaptativa era poco significativa.
Lane, Young, Baker y Angley (2010) y Baker, Lane, Angley y Young (2008) informaron
en sus respectivas investigaciones en población con autismo, de hallazgos similares y
encontraron una fuerte asociación predictiva entre la disfunción del procesamiento
sensorial y los problemas de conducta. No obstante, Baker et al. (2008) también indicó
una asociación, aunque moderada, de un PS pobre con la disminución del
funcionamiento en el área de habilidades de la vida diaria de las VABS.
Zachor y Ben-Itzchak (2014) empleando la terminología de la ADI-R, observan que el
subgrupo con «intereses sensoriales inusuales» tuvo puntuaciones significativamente
M. L. Monroy 186 Tesis Doctoral
más bajas de las VABS que el subgrupo sin «intereses sensoriales inusuales» en los tres
dominios examinados: comunicación, habilidades de vida diaria y socialización.
Además, indican que tener intereses sensoriales inusuales se asocia con síntomas más
graves del autismo, según lo informado por los padres (ADI-R; interacción social,
comunicación, patrones de conducta restringidos, repetitivos y estereotipados; Rutter
et al., 2003) y observado por los profesionales (algoritmo ADOS en los dominios de
afecto social y conducta repetitiva y restringida – veáse Gotham et al. (2008); y escala
de gravedad ADOS – véase Gotham, Pickles y Lord (2009); Lord, Rutter, DiLavore y Risi,
1999). Por otro lado, el grupo con «intereses sensoriales inusuales» presentaba una
menor capacidad cognitiva y un menor funcionamiento adaptativo. Por el contrario,
tener «respuestas sensoriales negativas» en el TEA se asociaba sólo con la gravedad
del dominio RRB según lo informado por los padres (ADI-R), pero no está relacionado
con otras medidas de la gravedad del autismo. Además, tener respuestas sensoriales
negativas no estaba relacionado con la capacidad cognitiva o con el funcionamiento
adaptativo (Zachor y Ben-Itzchak, 2014).
Además de la relevancia diagnóstica de los comportamientos sensoriales y repetitivos
de los niños con TEA, estos comportamientos también son clínicamente importantes
debido a sus asociaciones negativas con el comportamiento adaptativo (Baker et al.,
2008; Gabriels et al., 2005; Lane et al., 2010) así como la frecuencia y calidad de la
participación en la actividad (Dickie, Baranek, Schultz, Watson y McComish, 2009;
Hochhauser y Engel-Yeger, 2010). Estos datos sugieren que la participación limitada en
experiencias sensoriales presentes en muchos aspectos de la vida cotidiana (por
ejemplo, las texturas de los alimentos, los columpios del parque, el ruido de los
coches), debido a un deficiente procesamiento sensorial, dificulta significativamente la
Tesis Doctoral 187 M. L. Monroy
exploración activa del niño con TEA en el ambiente (O’Donnell et al., 2012) lo que
parece contribuir a su presentación clínica.
3.3.2 Perfil de conducta adaptativa en TEA medido con las Escalas Vineland
Muchas de las investigaciones sobre la conducta adaptativa en personas con TEA han
analizado su perfil adaptativo. Este análisis puede permitir un diagnóstico con mayor
precisión del autismo, sobre todo, cuando se debe diferenciar de otros trastornos que
comparten muchas de las mismas características; puesto que un trastorno específico
conduce a un patrón específico de funcionamiento adaptativo. A menudo, se ha
comparado el desempeño de las personas con TEA con otras poblaciones, tales como
trastornos psicóticos (Matson, Mayville, Lott, Bielecki y Logan, 2003), problemas de
conducta (Griffith, Hastings, Nash y Hill, 2010; Matson et al., 2003), y otros trastornos
del neurodesarrollo (Doobay et al., 2014; Fisch et al., 2002; McCary, Machlin y Roberts,
2013), como retrasos en el desarrollo (Gillham et al., 2000; Paul et al., 2014; Ventola
et al., 2014), déficit de atención con/sin hiperactividad (Ashwood et al., 2015; Mattard-
Labrecque et al., 2013) y concretamente con personas con DI (Kraijer, 2000; Weiss y
Riosa, 2015).
En los niños con TEA que presentan de manera comórbida DI, los resultados en el
comportamiento adaptativo son más bajos que en otros con el diagnóstico de DI más
esquizofrenia, trastornos de la personalidad, trastornos del ánimo, trastorno por
déficit de atención con hiperactividad o epilepsia (Di Nuovo y Buono, 2007). En la
revisión de Kraijer (2000), sobre conducta adaptativa en personas con DI y/o TEA,
muestra diferencias en el desempeño adaptativo de los grupos (DI y/o TEA) en los
dominios de socialización y comunicación (no mostrando diferencias en sus
M. L. Monroy 188 Tesis Doctoral
habilidades motoras y de vida diaria). Aunque los individuos con TEA, en comparación
a los grupos diagnóstico sin autismo continúan mostrando déficits más importantes en
sus habilidades sociales. Schatz y Hamdan-Allen (1995) en su estudio de 72 niños y
adolescentes con autismo (edad media de 8.2 años) encontró que las habilidades de la
vida diaria eran más altas y sus habilidades de socialización eran las más bajas. Al
comparar los niños con TEA con niños con DI, halló que los niños con autismo
mostraban aumentos más pequeños en el comportamiento adaptativo a niveles más
altos de funcionamiento intelectual. Lo que sugiere que, el impacto de la inteligencia
en el comportamiento adaptativo puede ser menor para los niños con autismo que
para aquellos con DI.
Posteriormente, apoyando a estos resultados, Freeman et al. (1999) en un estudio de
210 niños y adolescentes con autismo con edades comprendidas entre los 3 y 19 años,
encontró mejoras en habilidades sociales (no relacionadas con la capacidad
intelectual), y en la comunicación y las habilidades de la vida diaria asociadas con la
inteligencia. Los individuos con CI superior a 70 lograron mayores avances en
comunicación y habilidades de vida diaria, en comparación con aquellos con cocientes
de inteligencia por debajo de 70. Además, el comportamiento adaptativo mejoraba
con la edad. A pesar de la variación significativa en sus habilidades cognitivas (Chaste y
Leboyer, 2012; Morrison, 2015) y ya que la mayoría de los niños con TEA tienen
deficiencias intelectuales, la capacidad intelectual, por lo tanto, puede inducir
diferencias en los perfiles Vineland entre niños con autismo con alto y bajo
funcionamiento cognitivo (Liss et al., 2001).
Tesis Doctoral 189 M. L. Monroy
La evidencia acerca de un perfil específico de funcionamiento adaptativo de autismo es
mixta. Algunos estudios informan de que el patrón típico de conducta adaptativa
identificado en los individuos con TEA con las VABS, está marcado por un déficit
significativo en socialización, déficits intermedios en comunicación y una menor
afectación en las habilidades de vida diaria (Bölte y Poustka, 2002; Carter et al., 1998;
Kraijer, 2000; Sparrow et al., 2005). Sin embargo, este perfil propuesto no siempre se
observa en las muestras de TEA (Balboni et al., 2016), y puede depender de si se
valoran las puntuaciones estándar o de edad equivalente (Fenton et al., 2003; Mervis y
Klein-Tasman, 2004; Perry et al., 2009).
Los diseños de investigación en los que se utilizan los puntajes estándar de las VABS,
generalmente han encontrado un perfil típico de TEA (socialización < comunicación <
habilidades de vida diaria < habilidades motoras) que incluye retrasos muy
importantes en la socialización, retrasos moderados en la comunicación y fortalezas
relativas en la vida diaria y las habilidades motoras en individuos con TEA con un nivel
cognitivo alto o dentro del promedio (Doobay et al., 2014; Klin et al., 2007; Kraijer,
2000; Pugliese et al., 2015; Volkmar et al., 1993) y en individuos con un nivel cognitivo
de bajo funcionamiento (Bölte y Poustka, 2002; Mouga et al., 2015), lo que en cierto
modo es de esperar, por las deficiencias en la interacción social y en la comunicación
que describen al trastorno en el manual de referencia DSM-5 (APA, 2013).
Este patrón de déficit de habilidades sociales ha sido reafirmado utilizando la edad
equivalente, como por ejemplo, Perry et al. (2009), que encontraron este perfil en los
niños de su estudio con muestra única de TEA (n=209; de 22 a 71 meses), en la edad
equivalente y no en las puntuaciones estándar de las VABS. O Yang et al. (2016) con
M. L. Monroy 190 Tesis Doctoral
Vineland-II, encuentra también con las puntuaciones de edad equivalente un perfil con
mayores debilidades en las habilidades de socialización, tanto para los niños con TEA
(n=77; de 29 a 66 meses) con habilidades verbales como para los que no son verbales,
mientras que no observan ese perfil en las puntuaciones estándar.
De manera similar, en un estudio longitudinal Magiati et al. (2011) obtiene el perfil
típico (socialización < comunicación < habilidades de vida diaria) con las VABS, e indica
cambios en los patrones de crecimiento de las diferentes áreas del desarrollo en tres
tiempos utilizando la edad equivalente. Por el contrario, los resultados se mantenían
estables o decrecían con el tiempo según las puntuaciones estándar. Además, Magiati
et al. (2011) observan cómo tras dos años de intervención intensiva, el patrón de
desempeño en conducta adaptativa cambia, manifestando mejoras en las habilidades
de comunicación con respecto a las habilidades de socialización que siguen siendo
deficitarias y de vida diaria que disminuyen en edades superiores (socialización <
habilidades de vida diaria < comunicación).
No obstante, otros trabajos con Vineland-II y puntuaciones estándar, también
muestran el perfil (socialización < habilidades de vida diaria < comunicación), como por
ejemplo, Doobay et al. (2014), manifiesta diferencias entre el grupo control y el grupo
con TEA (n=81; 5-17 años), con puntuaciones estándar más bajas en los tres dominios
analizados; o Pugliese et al. (2015) en su investigación con TEA de alto funcionamiento
(n=447) entre 4 y 23 años, replica los resultados previos con bajos resultados en
socialización y vida diaria comparado con las habilidades comunicativas.
Algunos autores sugieren que este perfil de desempeño puede estar mediado por la
capacidad cognitiva, dado que algunos estudios han demostrado que el
Tesis Doctoral 191 M. L. Monroy
comportamiento adaptativo es igual o superior a la edad mental en individuos con
autismo y retrasos cognitivos de funcionamiento más bajo (Fenton et al., 2003; Kanne
et al., 2011; Perry et al., 2009). Por ejemplo, Fenton et al. (2003) encuentran en su
muestra con niños con TEA (n=23; edad media de 53.8 meses) y retrasos en el
desarrollo (n=27; edad media de 15.4 meses), con niveles cognitivos por debajo del
promedio, puntuaciones estándar en socialización más altas que la comunicación en
las VABS (comunicación < habilidades de vida diaria < socialización) en todos los grupos
de edad con TEA.
Posteriormente, Balboni et al. (2016) reiteran el mismo perfil en Vineland-II
caracterizado por una comunicación más deteriorada que la socialización
(puntuaciones Z) en niños de bajo funcionamiento con TEA. Resultados que coinciden
con el perfil de conducta adaptativa en puntuaciones estándar de otros estudios como
el de Yang et al. (2016) para el grupo con TEA verbal (observándose en el grupo no
verbal otro perfil diferente comunicación < habilidades de vida diaria < socialización <
habilidades motoras) y en otros trabajos previos (comunicación < socialización <
habilidades de vida diaria < habilidades motoras) en niños con bajo funcionamiento
con la segunda edición de las VABS (Paul et al., 2014; Ray-Subramanian et al., 2011).
Paul et al. (2014) revelaron que los niños con TEA, en comparación con los compañeros
sin ese diagnóstico, tenían puntuaciones más bajas en los dominios de comunicación y
habilidades de vida diaria, pero no en el dominio de socialización.
La existencia de estudios como el de Paul et al. (2004), con 20 niños con autismo (edad
media de 6.5 años) en el que encontró un perfil de habilidades de socialización bajas,
pero con puntuaciones de habilidades comunicativas altas, seguido de cerca por las
M. L. Monroy 192 Tesis Doctoral
habilidades de la vida diaria en las puntuaciones estándar, son sorprendentes dada la
definición del trastorno del espectro autista. No obstante, los hallazgos de habilidades
de comunicación altas, en este caso, pueden ser resultado de un pequeño tamaño de
la muestra.
Habitualmente se ha indicado que las habilidades sociales son el principal dominio
afectado, pero dentro del TEA, existen perfiles adaptativos desiguales, según lo
medido por las VABS (Mouga et al., 2015). Otros autores han identificado también
resultados más bajos en habilidades de vida diaria en TEA (Bal, Kim, Cheong y Lord,
2015; Lee y Park, 2007), incluso en comparación a otros grupos control con el mismo CI
(Liss et al., 2001; Park et al., 2012; Tomanik et al., 2007). Muchas personas con TEA
tienen deficiencias significativas en las habilidades de la vida diaria (Liss et al., 2001;
Perry et al., 2009; Tomanik et al., 2007), especialmente los niños con bajo CI y mayor
severidad de síntomas (Green y Carter, 2014) y su nivel de desempeño en esas
habilidades, a menudo, sigue siendo menor que los niños con un desarrollo típico
(Gillham et al., 2000; Liss et al., 2001).
Gillham et al. (2000) afirman que los niños con autismo podrían distinguirse de
aquellos con otros trastornos del desarrollo en función de los déficits en socialización y
habilidades de vida diaria. En su trabajo con las VABS, en niños con autismo y niños
con otros trastornos en el desarrollo de entre 4 y 13 años, además de encontrar el
perfil Vineland con déficits en comunicación y socialización medido con puntuaciones
estándar de los individuos con TEA en relación a sus pares, los niños con autismo se
muestran significativamente más pobres en habilidades de vida diaria y tienen
conductas disruptivas más serias que los niños con otros trastornos del desarrollo.
Tesis Doctoral 193 M. L. Monroy
Estas diferencias se mantuvieron incluso después de controlar las diferencias en la
edad mental entre los grupos (Gillham et al., 2000).
Paul et al. (2014) y Mouga et al. (2015) identificaron en sus estudios, con Vineland-II y
VABS respectivamente, y coincidiendo con Gillham et al. (2000), que los niños con TEA
tienen más dificultades que los niños con un desarrollo típico u otros trastornos del
neurodesarrollo en el dominio de habilidades de vida diaria, específicamente en la
adquisición de habilidades de autocuidado como en la alimentación, vestido y baño
(Mouga et al., 2015; Paul et al., 2014) y habilidades domésticas (Mouga et al., 2015).
Lo que contradice a lo usualmente descrito en el patrón prototípico, de que las
habilidades de vida diaria de los niños con TEA no se encuentran afectadas. Lo que
supone que, las personas con TEA que tienen habilidades de vida diaria pobres tienen
menos probabilidades de vivir independientemente.
Las diferencias significativas entre los diferentes dominios del desarrollo
(comunicación, habilidades para la vida diaria, socialización y habilidades motoras),
son medidos mediante instrumentos de evaluación de la conducta adaptativa tales
como, el Vineland Adaptive Behavior Scales (Sparrow et al., 2005, 2016, 1984), la más
ampliamente utilizada en la literatura científica en población con TEA y sobre la que se
basa el presente trabajo. A pesar de mostrar especial interés por los datos relativos a
los resultados de las escalas Vineland en TEA, es necesario recalcar que este perfil de
una conducta adaptativa y habilidades disminuidas, es consistente con lo reportado
por Harrison y Oakland (2003) y Sparrow et al. (2005) y estudios posteriores (Hill et al.,
2015; Kenworthy et al., 2010; Lopata et al., 2012; Rivard et al., 2015) mediante el uso
de la escala ABAS-II.
M. L. Monroy 194 Tesis Doctoral
La Escala Vineland original en contraste con la Vineland-II, tiene un cuerpo sustancial
de investigación en personas con TEA (Yang et al., 2016). Sin embargo, el manual de
Vineland-II describe dos perfiles diferentes cuando se usan las puntuaciones estándar
para niños y adolescentes verbales (socialización < habilidades de vida diaria <
comunicación < habilidades motoras) y no verbales (comunicación < socialización <
habilidades de vida diaria < habilidades motoras) (Sparrow et al., 2005). Este perfil de
puntuación estándar de Vineland-II para niños no verbales se ha reproducido en niños
pequeños (Paul et al., 2014; Ray-Subramanian et al., 2011) y también se observó en
niños de 2-3 años en las VABS en puntuaciones de edad equivalente (Stone, Ousley,
et al., 1999). Por lo tanto, parece ser que la Vineland-II presenta un perfil diferente,
caracterizado por las mayores debilidades de la comunicación, en lugar de la
socialización, para los niños no verbales y los niños pequeños (Yang et al., 2016). Para
los niños TEA verbales, se han encontrado mayores debilidades en las habilidades de la
vida diaria que en la comunicación en Vineland-II, de manera inversa al patrón típico
de las VABS (Sparrow et al., 2005).
La diferencia en los perfiles del TEA a través de las versiones de Vineland pueden haber
surgido, según Yang et al. (2016), por los cambios en la edición revisada, tal como
incluir nuevos ítems en algunos dominios. Las diferencias también pueden deberse a la
investigación con las VABS, que tiende a utilizar puntuaciones de edad equivalente
para el perfil (Carter et al., 1998; Perry et al., 2009; Rodrigue et al., 1991; Stone,
Ousley, et al., 1999; Volkmar et al., 1987), mientras que la investigación con la
Vineland-II ha tendido a utilizar las puntuaciones estándar (Doobay et al., 2014; Paul
et al., 2014; Pugliese et al., 2015; Ray-Subramanian et al., 2011; Sparrow et al., 2005).
Yang et al. (2016) manifiestan que al igual que las VABS, las puntuaciones de edad
Tesis Doctoral 195 M. L. Monroy
equivalente en la Vineland-II (calculadas a partir de las puntuaciones de subdominio)
pueden ser una medida más sensible a los cambios de las personas con TEA a lo largo
del tiempo, que las puntuaciones estándar (Bacon et al., 2014; Gabriels et al., 2007)
habitualmente usadas.
Finalmente, otros factores como la edad, las habilidades del lenguaje y / o la gravedad
de los síntomas del TEA pueden afectar el perfil de autismo observado (Baghdadli
et al., 2012; Fenton et al., 2003; Perry et al., 2009). En cuanto a las edades utilizadas en
las muestras, Fenton, D’ardia, Valente, Del Vecchio, et al. (2003) exponen la
importancia de utilizar grupos con edades de desarrollo similares al estudiar los
perfiles de conducta adaptativa. Los resultados de su análisis parecen indicar que el
perfil típico en TEA no sigue los patrones definidos por la literatura cuando la brecha
entre edad cronológica y edad de desarrollo es mayor a 40 meses. El uso de un amplio
rango de edad en la mayoría de las investigaciones anteriores (a excepción de los
estudios con niños pequeños) puede enturbiar los patrones por grupos de edad
específicos como sugiere Stone et al. (1999), lo que dificulta las comparaciones entre
los estudios.
A partir de trabajos como éstos se hace evidente que un aspecto importante del
estudio del desarrollo de la conducta adaptativa en poblaciones con TEA, es la
necesidad de que exista una estrecha coincidencia entre la muestra con TEA y el grupo
de control, tanto para edad mental como para la edad cronológica. Sin embargo,
muchos de los datos producidos en los puntajes VABS en los grupos de niños con
autismo y con retraso en el desarrollo se basan en grupos muy heterogéneos en
M. L. Monroy 196 Tesis Doctoral
términos de edad cronológica, cociente intelectual y el diagnóstico clínico de los
grupos de control (Fenton et al., 2003).
En referencia a la capacidad lingüística, usando las puntuaciones de edad equivalente
de las VABS, cuando las muestras se han dividido en función del nivel del lenguaje,
ambos grupos (verbal y no verbal), muestran el mismo perfil. Sin embargo, esto difiere
con los diferentes perfiles de habilidad verbal indicados en el manual de la Vineland-II
(Sparrow et al., 2005).
Por otro lado, no es clara la influencia de los niveles de gravedad de TEA en los perfiles
de puntuación de Vineland. En este aspecto se han encontrado resultados mixtos en
diversos estudios controlando incluso la edad y la capacidad cognitiva, que
contribuyen significativamente a la varianza tanto en las puntuaciones de las VABS
como de la Vineland-II en niños con TEA (por ejemplo, Kanne et al., 2011; Perry et al.,
2009; Ray-Subramanian et al., 2011). Las investigaciones que hallaron una asociación
significativa entre las puntuaciones de Vineland y los síntomas del autismo han tendido
a estar en la dirección de que una mayor gravedad del autismo está relacionada con un
comportamiento adaptativo más pobre (Chang et al., 2013; De Bildt et al., 2005;
Lopata et al., 2012; Perry et al., 2009; Ray-Subramanian et al., 2011; Yang et al., 2016)
pero en estudios como el de Liss et al. (2001) no se ha encontrado una asociación
significativa.
Por lo tanto, el perfil prototípico no siempre se repite, parece diferir dependiendo de si
se examinan las puntuaciones estándar o las puntuaciones de edad equivalente
(Fenton et al., 2003; Perry et al., 2009), así como de las diferencias en los factores
personales de los niños, incluyendo la edad, la habilidad verbal, el nivel cognitivo y la
Tesis Doctoral 197 M. L. Monroy
gravedad del TEA (Baghdadli et al., 2012), que pueden afectar los resultados del perfil
en Vineland.
En definitiva, como se ha explicado a lo largo del capítulo, el concepto de conducta
adaptativa, refleja la capacidad de la persona para hacer frente a las demandas de un
entorno dado, mediante el despliegue de un conjunto de habilidades prácticas,
sociales y conceptuales que, en la actualidad, forman el constructo conocido como
comportamiento adaptativo. La evolución del concepto ha supuesto una mejora del
entendimiento del papel de la conducta adaptativa, y de otras variables asociadas
como el funcionamiento intelectual o la edad, en poblaciones con necesidades
especiales, como es el caso del autismo. El manejo de herramientas de evaluación de
esta área permite un mejor juicio clínico de los profesionales que trabajan con ésta
población, así como una visión general de todos los aspectos del comportamiento
adaptativo del niño.
El comportamiento adaptativo es un área crucial de evaluación para las personas con
TEA y quedan preguntas con respecto a la posible interferencia añadida de la propia
sintomatología del trastorno en la capacidad de adaptación social, la comunicación y el
desarrollo de habilidades de vida diaria. Las conductas que se manifiestan en la
mayoría de los niños con TEA, sus habilidades adaptativas y el grado de deterioro
intelectual son aspectos muy importantes en la determinación y la diferenciación de
los niveles de afectación dentro del trastorno del espectro del autismo. Se necesita
investigación adicional con muestras que controlen las puntuaciones utilizadas, para
determinar las relaciones específicas entre la edad, el CI y las habilidades adaptativas
en niños con TEA.
M. L. Monroy 198 Tesis Doctoral
PARTE EMPÍRICA
Tesis Doctoral 199 M. L. Monroy
M. L. Monroy 200 Tesis Doctoral
M. L. Monroy 248 Tesis Doctoral
6 CONCLUSIONES
En la presente Tesis Doctoral es posible concluir lo siguiente:
1. El funcionamiento cognitivo de los niños con TEA aumenta durante los
primeros cinco años de vida.
2. El funcionamiento adaptativo de los niños con TEA es menor en comparación
con sus iguales con el mismo CI.
3. Los déficits en la conducta adaptativa exceden a los déficits en la capacidad
intelectual de los niños con TEA.
4. Los niños con TEA manifiestan un perfil adaptativo caracterizado por mayores
déficits en los dominios de comunicación, habilidades de vida diaria y
socialización frente al resto de grupos diagnósticos estudiados.
5. Los niños con TEA manifiestan mayores limitaciones en las habilidades de vida
diaria que en las habilidades de socialización.
6. El nivel general de habilidades adaptativas de los niños con TEA es menor en
comparación con sus iguales de la misma edad.
7. El desarrollo de destrezas adaptativas del grupo de niños con TEA se atenúa
con la edad.
8. Los niños con TEA manifiestan mayor sintomatología de patrones restrictivos y
repetitivos de comportamiento, intereses o actividades, sin embargo, no es
exclusiva de este trastorno.
9. El funcionamiento en el subdominio de habilidades de vida diaria de los niños
con TEA no está relacionado con la severidad de los síntomas (patrones
restrictivos y repetitivos de comportamiento, intereses o actividades).
Tesis Doctoral 249 M. L. Monroy
10. En los niños con TEA de bajo funcionamiento, un menor CI no verbal y edad de
desarrollo indica una mayor sintomatología en el ítem de intereses
inusualmente repetitivos o comportamientos estereotipados.
M. L. Monroy 250 Tesis Doctoral
7 LIMITACIONES DEL ESTUDIO Y CONSIDERACIONES PARA LA
INVESTIGACIÓN FUTURA
El estudio que se presenta es de corte longitudinal, con medidas repetidas, en el que
los participantes no han sido escogidos al azar. En este aspecto, aunque lo ideal es
conseguir una muestra aleatoria con sujetos que cumplan los criterios de inclusión en
el estudio (Argimon Pallás y Jiménez Villa, 2012), es importante que los datos
recogidos, los resultados manifestados y las conclusiones finales sean interpretados
teniendo en cuenta que la muestra está compuesta por usuarios de un servicio, y que
estos usuarios participan voluntariamente en las acciones de investigación. Derivado
de este hecho, observamos la pérdida de sujetos entre evaluaciones. En este sentido,
un aumento de la muestra total de participantes en investigaciones futuras puede
fortalecer los aspectos relacionados con el volumen muestral.
Podemos señalar que, aunque el tamaño de los diferentes grupos puede resultar
demasiado pequeño, la muestra utilizada es comparable a la de otros trabajos
(Mazefsky et al., 2008; Paul et al., 2014; Stone, Ousley, et al., 1999; Ventola et al.,
2014). Por otro lado, como el presente estudio incluye población infantil menor de 5
años con bajo funcionamiento intelectual, no es posible generalizar los datos
obtenidos a otros grupos de edad o a los niños con funcionamiento cognitivo alto.
Otra limitación con implicaciones en futuras investigaciones se relaciona con la
metodología de evaluación. En primer lugar, aunque todos los participantes han sido
evaluados con las VABS (Sparrow et al., 1984) y con el ADOS-G (Lord et al., 1999), no
ocurre lo mismo con las escalas de inteligencia, que han sido elegidas en función del
desarrollo lingüístico del niño. Esto puede suponer errores de medida y pérdida de
Tesis Doctoral 251 M. L. Monroy
datos, debido a que no todos los instrumentos resultan con las mismas puntuaciones.
De esa manera, resultan interesantes las evaluaciones retest que hemos realizado, que
posibilitan el uso de varias escalas de inteligencia, para compensar los datos no
obtenidos en algunas evaluaciones por ese hecho.
Además, en la actualidad, los instrumentos de evaluación utilizados cuentan con
versiones más actualizadas, que las utilizadas en este estudio, de las VABS, ADOS y
escalas de inteligencia. Lo que podría resultar de gran interés para contrastar la
información aquí obtenida, con los posibles cambios en los patrones de
funcionamiento en las nuevas ediciones.
Otro factor a tener en cuenta, derivado del contexto del que provienen los
participantes, es la experiencia previa de los evaluadores y el contexto in situ de
evaluación. Los usuarios son evaluados en un horario de tiempo limitado, lo que en
muchas ocasiones puede suponer obtener una evaluación sesgada, derivada de otros
factores que puedan condicionar el rendimiento del niño en los resultados de las
pruebas, como tiempos de espera prolongados entre evaluaciones, fatiga, y otros
aspectos relacionados con la salud. En ese aspecto, se facilita a las familias, en caso de
enfermedad, el cambio de fecha en las evaluaciones para poder evaluar al niño en las
mejores condiciones, así como tiempos de descanso y estructuración del ambiente
durante las evaluaciones.
Además, las baterías de evaluación han sido administradas por diversos profesionales,
lo que puede suponer una limitación o una fortaleza, si tenemos en cuenta las
aptitudes personales a la hora de evaluar. Todos ellos han sido entrenados en la
M. L. Monroy 252 Tesis Doctoral
administración de las pruebas previamente y, específicamente, en niños con trastornos
del neurodesarrollo.
En este sentido, somos conscientes de que la investigación en el campo de la población
con TEA a lo largo del ciclo vital, y no solo en niños pequeños, debe seguir avanzando.
A pesar de las referencias existentes, son escasas las investigaciones en nuestro país,
así como los instrumentos adaptados y validados a la población española.
Como profesional del ámbito ocupacional, y en base a lo concluido en este trabajo,
considero necesario realizar una evaluación más exhaustiva de los niños con TEA, con
instrumentos que midan otros aspectos que, sabemos pueden pueden influir en el
desempeño adaptativo del niño como el procesamiento sensorial. Esto puede suponer
una mejor comprensión del funcionamiento del niño en todas las áreas del desarrollo,
y, por ende, un diagnóstico más acertado y unas líneas de tratamiento más definidas.
Este trabajo es uno de tantos que contribuyen a describir los patrones de desempeño
en diversas áreas de los niños con TEA, porque entendemos que, en la medida en la
que se conozca el funcionamiento de los TEA en el área adaptativa, podremos poner
los medios más adecuados para su intervención precoz, y por ende, pronosticar un
mejor desempeño independiente en su vida adulta.
Tesis Doctoral 253 M. L. Monroy
M. L. Monroy 254 Tesis Doctoral
8 REFERENCIAS
Adrien, J. L., Lenoir, P., Martineau, J., Perrot, A., Hameury, L., Larmande, C. y Sauvage,
D. (1993). Blind ratings of early symptoms of autism based upon family home
movies. Journal of the American Academy of Child & Adolescent Psychiatry,
32(3), 617–626. https://doi.org/10.1097/00004583-199305000-00019
Akshoomoff, N. A. (2006). Use of the Mullen Scales of Early Learning for the
assessment of young children with Autism Spectrum Disorders. Child
Neuropsychology, 12(4-5), 269–277.
https://doi.org/10.1080/09297040500473714
Akshoomoff, N. A. y Stahmer, A. (2006). Early intervention programs and policies for
children with autistic spectrum disorders. En H. E. Fitzgerald, B. M. Lester y B.
Zuckerman (Eds.). The crisis in youth mental health: Critical issues and effective
Programs (Vol. 1, pp. 109–131). Westport, CT: Praeger.
Alessandri, M., Mundy, P. y Tuchman, R. F. (2005). Déficit social en el autismo: un
enfoque en la atención conjunta. Rev Neurol, 40(Supl. 1), S137–S41.
Al-Qabandi, M., Gorter, J. W. y Rosenbaum, P. (2011). Early autism detection: are we
ready for routine screening? Pediatrics, 128(1), e211–e217.
https://doi.org/10.1542/peds.2010-1881
American Occupational Therapy Association (AOTA). (2014). Occupational Therapy
Practice Framework: domain and process (3rd Edition). American Journal of
Occupational Therapy, 68(Suppl. 1), S1-S48.
https://doi.org/10.5014/ajot.2014.682006
American Psychiatric Association (APA). (1980). DSM-III: Diagnostic and statistical
manual of mental disorders (3rd Edition). Washington, DC: American Psychiatric
Association.
American Psychiatric Association (APA). (1987). DSM-III-R: Diagnostic and statistical
manual of mental disorders, text revision (3rd Edition, Revised). Washington,
DC: American Psychiatric Association.
American Psychiatric Association (APA). (1994). DSM-IV: Diagnostic and statistical
manual of mental disorders (4th Edition). Washington, DC: American Psychiatric
Association.
Tesis Doctoral 255 M. L. Monroy
American Psychiatric Association (APA). (2000). DSM-IV-TR: Diagnostic and statistical
manual of mental disorders, text revision (4th Edition, Revised). Washington,
DC: American Psychiatric Association.
American Psychiatric Association (APA). (2013). DSM-5®: Diagnostic and statistical
manual of mental disorders (5th Edition). American Psychiatric Pub.
Argimon Pallás, J. M. y Jiménez Villa, J. (2012). Métodos de investigación clínica y
epidemiológica (4a Edición). Madrid: Elsevier España.
Arias, B., Verdugo, M. Á., Navas, P. y Gómez, L. E. (2013). Factor structure of the
construct of adaptive behavior in children with and without intellectual
disability. International Journal of Clinical and Health Psychology, 13(2), 155–
166. https://doi.org/10.1016/S1697-2600(13)70019-X
Artigas, J. (1999). El lenguaje en los trastornos autistas. Rev Neurol, 28(Supl. 2), 118–
23.
Artigas-Pallarés, J. (2001). Las fronteras del autismo. Rev Neurol Clin, 2, 211–224.
Artigas-Pallarès, J. y Paula, I. (2012). El autismo 70 años después de Leo Kanner y Hans
Asperger. Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, 32(115), 567–
587. https://doi.org/10.4321/S0211-57352012000300008
Ashwood, K. L., Tye, C., Azadi, B., Cartwright, S., Asherson, P. y Bolton, P. (2015). Brief
report: adaptive functioning in children with ASD, ADHD and ASD+ADHD.
Journal of Autism and Developmental Disorders, 45(7), 2235–2242.
https://doi.org/10.1007/s10803-014-2352-y
Asociación Española de Profesionales del Autismo (AETAPI). (2014). La evaluación de
Terapia Ocupacional en personas con TEA: situación actual y retos para el
futuro. Mesas de trabajo «Terapia Ocupacional en personas con TEA».
Recuperado a partir de http://aetapi.org/download/la-evaluacion-de-terapia-
ocupacional-en-personas-con-tea-situacion-actual-y-retos-para-el-futuro/
Asperger, H. (1944). Die „Autistischen Psychopathen” im Kindesalter. Archiv Psychiatrie
Nervenkrankeiten, 117, 76–136. https://doi.org/10.1007/BF01837709
Aylward, G. P. (1997). Conceptual issues in developmental screening and assessment.
Journal of Developmental & Behavioral Pediatrics, 18(5), 240–249.
Ayres, A. J. (1989). Sensory Integration and Praxis Test (SIPT). Los Angeles: Western
Psychological Services.
M. L. Monroy 256 Tesis Doctoral
Bacon, A. L., Fein, D., Morris, R., Waterhouse, L. y Allen, D. (1998). The responses of
autistic children to the distress of others. Journal of Autism and Developmental
Disorders, 28(2), 129–142. https://doi.org/10.1023/A:1026040615628
Bacon, E. C., Dufek, S., Schreibman, L., Stahmer, A. C., Pierce, K. y Courchesne, E.
(2014). Measuring outcome in an early intervention program for toddlers with
Autism Spectrum Disorder: use of a curriculum-based assessment. Autism
Research and Treatment, 2014, 0-9. https://doi.org/10.1155/2014/964704
Baghdadli, A., Assouline, B., Sonié, S., Pernon, E., Darrou, C., Michelon, C., … Pry, R.
(2012). Developmental trajectories of adaptive behaviors from early childhood
to adolescence in a cohort of 152 children with Autism Spectrum Disorders.
Journal of Autism and Developmental Disorders, 42(7), 1314–1325.
https://doi.org/10.1007/s10803-011-1357-z
Baghdadli, A., Pascal, C., Grisi, S. y Aussilloux, C. (2003). Risk factors for self-injurious
behaviours among 222 young children with autistic disorders. Journal of
Intellectual Disability Research, 47(8), 622–627. https://doi.org/10.1046/j.1365-
2788.2003.00507.x
Baghdadli, A., Picot, M. C., Pascal, C., Pry, R. y Aussilloux, C. (2003). Relationship
between age of recognition of first disturbances and severity in young children
with autism. European Child & Adolescent Psychiatry, 12(3), 122-127.
https://doi.org/10.1007/s00787-003-0314-6
Baio, J. (2012). Prevalence of Autism Spectrum Disorders: Autism and Developmental
Disabilities Monitoring Network, 14 Sites, United States, 2008. Morbidity and
Mortality Weekly Report. Surveillance Summaries. Centers for Disease Control
and Prevention, 61(3), 1-19.
Baird, G., Charman, T., Baron-Cohen, S., Cox, A., Swettenham, J., Wheelwright, S. y
Drew, A. (2000). A screening instrument for autism at 18 months of age: a 6-
year follow-up study. Journal of the American Academy of Child & Adolescent
Psychiatry, 39(6), 694–702. https://doi.org/0890-8567/00/3906-0694
Baker, A. E. Z., Lane, A., Angley, M. T. y Young, R. L. (2008). The relationship between
sensory processing patterns and behavioural responsiveness in autistic
disorder: a pilot study. Journal of Autism and Developmental Disorders, 38(5),
867-875. https://doi.org/10.1007/s10803-007-0459-0
Tesis Doctoral 257 M. L. Monroy
Bal, V. H., Kim, S.-H., Cheong, D. y Lord, C. (2015). Daily living skills in individuals with
autism spectrum disorder from 2 to 21 years of age. Autism, 19(7), 774-784.
https://doi.org/10.1177/1362361315575840
Balboni, G., Tassé, M. J., Schalock, R. L., Borthwick-Duffy, S. A., Spreat, S., Thissen, D., …
Navas, P. (2014). The diagnostic adaptive behavior scale: evaluating its
diagnostic sensitivity and specificity. Research in Developmental Disabilities,
35(11), 2884–2893. https://doi.org/10.1016/j.ridd.2014.07.032
Balboni, G., Tasso, A., Muratori, F. y Cubelli, R. (2016). The Vineland-II in preschool
children with Autism Spectrum Disorders: an item content category analysis.
Journal of Autism and Developmental Disorders, 46(1), 42–52.
https://doi.org/10.1007/s10803-015-2533-3
Balbuena Rivera, F. (2007). Breve revisión histórica del autismo. Revista de la
Asociación Española de Neuropsiquiatría, 27(2), 61–81.
Bandini, L. G., Anderson, S. E., Curtin, C., Cermak, S., Evans, E. W., Scampini, R., …
Must, A. (2010). Food selectivity in children with autism spectrum disorders
and typically developing children. The Journal of Pediatrics, 157(2), 259–264.
https://doi.org/10.1016/j.jpeds.2010.02.013
Bandini, L. G., Curtin, C., Phillips, S., Anderson, S. E., Maslin, M. y Must, A. (2017).
Changes in food selectivity in children with Autism Spectrum Disorder. Journal
of Autism and Developmental Disorders, 47(2), 439-446.
https://doi.org/10.1007/s10803-016-2963-6
Baranek, G. T. (1999). Autism during infancy: a retrospective video analysis of sensory-
motor and social behaviors at 9–12 months of age. Journal of Autism and
Developmental Disorders, 29(3), 213–224.
https://doi.org/10.1023/A:1023080005650
Baranek, G. T., Barnett, C. R., Adams, E. M., Wolcott, N. A., Watson, L. R. y Crais, E. R.
(2005). Object play in infants with autism: methodological issues in
retrospective video analysis. American Journal of Occupational Therapy, 59(1),
20–30. https://doi.org/10.5014/ajot.59.1.20
Baranek, G. T., David, F. J., Poe, M. D., Stone, W. L. y Watson, L. R. (2006). Sensory
Experiences Questionnaire: discriminating sensory features in young children
with autism, developmental delays, and typical development. Journal of Child
M. L. Monroy 258 Tesis Doctoral
Psychology and Psychiatry, 47(6), 591–601. https://doi.org/10.1111/j.1469-
7610.2005.01546.x
Baranek, G. T., Foster, L. G. y Berkson, G. (1997). Tactile defensiveness and stereotyped
behaviors. American Journal of Occupational Therapy, 51(2), 91–95.
https://doi.org/10.5014/ajot.51.2.91
Barbaro, J. y Dissanayake, C. (2009). Autism Spectrum Disorders in infancy and
toddlerhood: a review of the evidence on early signs, early identification tools,
and early diagnosis. Journal of Developmental & Behavioral Pediatrics, 30(5),
447–459. https://doi.org/10.1097/DBP.0b013e3181ba0f9f
Barbaro, J. y Dissanayake, C. (2010). Prospective identification of Autism Spectrum
Disorders in infancy and toddlerhood using developmental surveillance: the
social attention and communication study. Journal of Developmental &
Behavioral Pediatrics, 31(5), 376–385.
https://doi.org/10.1097/DBP.0b013e3181df7f3c
Barbaro, J. y Dissanayake, C. (2012). Developmental profiles of infants and toddlers
with Autism Spectrum Disorders identified prospectively in a community-based
setting. Journal of Autism and Developmental Disorders, 42(9), 1939–1948.
https://doi.org/10.1007/s10803-012-1441-z
Barbaro, J., Ridgway, L. y Dissanayake, C. (2011). Developmental surveillance of infants
and toddlers by maternal and child health nurses in an Australian community-
based setting: promoting the early identification of Autism Spectrum Disorders.
Journal of Pediatric Nursing, 26(4), 334–347.
https://doi.org/10.1016/j.pedn.2010.04.007
Barnett, A. y Peters, J. (2004). Chapter 4: Motor Proficiency Assessment Batteries. En
Developmental Motor Disorders: A Neuropsychological Perspective. Deborah
Dewey & David E. Tupper. (pp. 66-110). Guilford Press.
Baron-Cohen, S. (1988). Social and pragmatic deficits in autism: cognitive or affective?
Journal of Autism and Developmental Disorders, 18(3), 379–402.
https://doi.org/10.1007/BF02212194
Baron-Cohen, S. (1990). Autismo: un trastorno cognitivo específico de “ceguera de la
mente”. International Review of Psychiatry, 19-33.
Tesis Doctoral 259 M. L. Monroy
Baron-Cohen, S. (1991). Precursors to a theory of mind: understanding attention in
others. En Whiten, Andrew (Ed). Natural theories of mind: Evolution,
development and simulation of everyday mindreading (pp. 233-251).
Cambridge, MA: Basil Blackwell.
Baron-Cohen, S., Leslie, A. M. y Frith, U. (1985). Does the autistic child have a “theory
of mind”? Cognition, 21(1), 37–46. https://doi.org/10.1016/0010-
0277(85)90022-8
Baron-Cohen, S., Wheelwright, S., Cox, A., Baird, G., Charman, T., Swettenham, J., …
Doehring, P. (2000). Early identification of autism by the Checklist for Autism in
Toddlers (CHAT). Journal of the Royal Society of Medicine, 93(10), 521-525.
https://doi.org/10.1177/014107680009301007
Baxter, A. J., Brugha, T. S., Erskine, H. E., Scheurer, R. W., Vos, T. y Scott, J. G. (2014).
The epidemiology and global burden of Autism Spectrum Disorders.
Psychological Medicine, 45(03), 601–613.
https://doi.org/10.1017/S003329171400172X
Bayley, N. (1993). Bayley Scales of Infant Development: manual. San Antonio, TX:
Psychological Corporation.
Beadle-Brown, J., Murphy, G., Wing, L., Gould, J., Shah, A. y Holmes, N. (2000). Changes
in skills for people with intellectual disability: a follow-up of the Camberwell
Cohort. Journal of Intellectual Disability Research, 44(1), 12–24.
https://doi.org/10.1046/j.1365-2788.2000.00245.x
Beadle-Brown, J., Murphy, G., Wing, L., Gould, J., Shah, A. y Holmes, N. (2002). Changes
in social impairment for people with intellectual disabilities: a follow-up of the
Camberwell cohort. Journal of Autism and Developmental Disorders, 32(3),
195–206. https://doi.org/10.1023/A:1015401814041
Beery, K. E. (2004). The Beery-Buktenica Developmental Test of Visual-Motor
Integration: Beery VMI, with supplemental developmental tests of visual
perception and motor coordination, and stepping stones age norms from birth
to age six: administration, scoring and teaching manual. NCS Pearson,
Incorporated.
Beery, K. E., Buktenica, N. A. y Beery, N. A. (1997). The Beery-Buktenica developmental
test of visual-motor integration: VMI, with supplemental developmental tests of
M. L. Monroy 260 Tesis Doctoral
visual perception and motor coordination: administration, scoring and teaching
manual. Modern Curriculum Press.
Beitel, P. A. y Mead, B. J. (1980). Bruininks-Oseretsky Test of Motor Proficiency: a
viable measure for 3-to 5-yr.-old children. Perceptual and Motor Skills, 51(3),
919–923.
Belinchón-Carmona, M., Posada-De la Paz, M., Artigas-Pallarés, J., Canal-Bedia, R.,
Díez-Cuervo, A., Ferrari-Arroyo, M. J., … others. (2005). Guía de buena práctica
para la investigación de los Trastornos del Espectro Autista. Rev Neurol, 41(6),
371–377.
Benítez-Burraco, A. (2008). Autismo y lenguaje: aspectos moleculares. Rev Neurol,
46(40-48), 8.
Ben-Sasson, A., Cermak, S. A., Orsmond, G. I., Tager-Flusberg, H. y others. (2007).
Extreme sensory modulation behaviors in toddlers with Autism Spectrum
Disorders. The American Journal of Occupational Therapy, 61(5), 584-592.
Ben-Sasson, A., Hen, L., Fluss, R., Cermak, S. A., Engel-Yeger, B. y Gal, E. (2008). A meta-
analysis of sensory modulation symptoms in individuals with Autism Spectrum
Disorders. Journal of Autism and Developmental Disorders, 39(1), 1-11.
https://doi.org/10.1007/s10803-008-0593-3
Bernabei, P., Camaigni, L. y Levi, G. (1998). An evaluation of early development in
children with autism and pervasive developmental disorders from home
movies: preliminary findings. Autism, 2(3), 243–258.
https://doi.org/10.1177/1362361398023003
Berument, S. K., Rutter, M., Lord, C., Pickles, A. y Bailey, A. (1999). Autism Screening
Questionnaire: diagnostic validity. The British Journal of Psychiatry, 175(5),
444–451. https://doi.org/10.1192/bjp.175.5.444
Bhat, A. N., Landa, R. J. y Galloway, J. C. C. (2011). Current perspectives on motor
functioning in infants, children, and adults with Autism Spectrum Disorders.
Physical Therapy, 91(7), 1116–1129. https://doi.org/10.2522/ptj.20100294
Binet, A. y Simon, T. (1905). New methods for the diagnosis of the intellectual level of
subnormals. L’annee Psychologique, 12, 191–244.
Bishop, D. V. y Norbury, C. F. (2002). Exploring the borderlands of autistic disorder and
specific language impairment: a study using standardised diagnostic
Tesis Doctoral 261 M. L. Monroy
instruments. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 43(7), 917–929.
https://doi.org/10.1111/1469-7610.00114
Bishop, S. L., Hus, V., Duncan, A., Huerta, M., Gotham, K., Pickles, A., … Lord, C. (2013).
Subcategories of restricted and repetitive behaviors in children with Autism
Spectrum Disorders. Journal of Autism and Developmental Disorders, 43(6),
1287-1297. https://doi.org/10.1007/s10803-012-1671-0
Bitsika, V. (2008). Including an analysis of difficult behaviour in the assessment of
children with an Autism Spectrum Disorder: implications for school
psychologists. Australian Journal of Guidance and Counselling, 18(01), 1–14.
https://doi.org/10.1375/ajgc.18.1.1
Bolkan, S. y Gordon, J. A. (2016). Neuroscience: untangling autism. Nature, 532(7597),
45-46. https://doi.org/10.1038/nature17311
Bölte, S. y Poustka, F. (2002). The relation between general cognitive level and
adaptive behavior domains in individuals with autism with and without co-
morbid mental retardation. Child Psychiatry & Human Development, 33(2),
165–172. https://doi.org/10.1023/A:1020734325815
Bölte, S., Poustka, F. y Constantino, J. N. (2008). Assessing autistic traits: cross-cultural
validation of the social responsiveness scale (SRS). Autism Research, 1(6), 354–
363. https://doi.org/10.1002/aur.49
Boyd, B. A., Baranek, G. T., Sideris, J., Poe, M. D., Watson, L. R., Patten, E. y Miller, H.
(2010). Sensory features and repetitive behaviors in children with autism and
developmental delays. Autism Research, 3(2), 78–87.
https://doi.org/10.1002/aur.124
Boyd, B. A., McBee, M., Holtzclaw, T., Baranek, G. T. y Bodfish, J. W. (2009).
Relationships among repetitive behaviors, sensory features, and executive
functions in high functioning autism. Research in Autism Spectrum Disorders,
3(4), 959–966. https://doi.org/10.1016/j.rasd.2009.05.003
Bracken, B. A. (1987). Limitations of preschool instruments and standards for minimal
levels of technical adequacy. Journal of Psychoeducational Assessment, 5(4),
313–326.
Brian, J., Bryson, S. E., Smith, I. M., Roberts, W., Roncadin, C., Szatmari, P. y
Zwaigenbaum, L. (2015). Stability and change in Autism Spectrum Disorder
M. L. Monroy 262 Tesis Doctoral
diagnosis from age 3 to middle childhood in a high-risk sibling cohort. Autism,
1-5. https://doi.org/10.1177/1362361315614979
Brown, T. y Lalor, A. (2009). The movement assessment battery for children—second
edition (MABC-2): a review and critique. Physical & Occupational Therapy in
Pediatrics, 29(1), 86–103. https://doi.org/10.1080/01942630802574908
Bruininks, R. H. (1984). Scales of Independent Behavior: Psycho-educational Battery.
Allen, TX: DLM Teaching Resources.
Bruininks, R. H., Bradley, H. K., Weatherman, R. F. y Woodcock, R. W. (1996). Scales of
Independent Behavior - Revised: manual. Boston, MA: Riverside Publishing
Company.
Bruininks, R. H. y Bruininks, B. D. (2005). Bruininks-Oseretsky Test of Motor Proficiency.
AGS Publishing.
Brynskov, C., Eigsti, I.-M., Jørgensen, M., Lemcke, S., Bohn, O.-S. y Krøjgaard, P. (2016).
Syntax and morphology in danish-speaking children with Autism Spectrum
Disorder. Journal of Autism and Developmental Disorders, 1–11.
https://doi.org/10.1007/s10803-016-2962-7
Bryson, S. E., Zwaigenbaum, L., Brian, J., Roberts, W., Szatmari, P., Rombough, V. y
McDermott, C. (2007). A prospective case series of high-risk infants who
developed autism. Journal of Autism and Developmental Disorders, 37(1), 12–
24. https://doi.org/10.1007/s10803-006-0328-2
Bryson, S. E., Zwaigenbaum, L., McDermott, C., Rombough, V. y Brian, J. (2008). The
Autism Observation Scale for Infants: scale development and reliability data.
Journal of Autism and Developmental Disorders, 38(4), 731–738.
https://doi.org/10.1007/s10803-007-0440-y
Bundy, A. C., Lane, S. J. y Murray, E. A. (2002). Sensory integration: theory and practice.
FA Davis.
Buntinx, W. (2016). Adaptive behavior and support needs. En Carr A., Linehan C.,
O’Reilly G., Noonan Walsh P. y McEvoy J. The Handbook of Intellectual Disability
and Clinical Psychology Practice (2nd ed., pp. 107-135). Routledge.
Burton, A. W. y Miller, D. E. (1998). Movement skill assessment. Human Kinetics.
Cabanyes-Truffino, J. y García-Villamisar, D. (2004). Identificación y diagnóstico precoz
de los Trastornos del Espectro Autista. Rev Neurol, 39(1), 81–90.
Tesis Doctoral 263 M. L. Monroy
Caminha, R. C. y Lampreia, C. (2012). Findings on sensory deficits in autism:
implications for understanding the disorder. Psychology & Neuroscience, 5(2),
231-237. https://doi.org/10.3922/j.psns.2012.2.14
Campbell, J. M. (2005). Diagnostic assessment of Asperger’s disorder: a review of five
third-party rating scales. Journal of Autism and Developmental Disorders, 35(1),
25-35. https://doi.org/10.1007/s10803-004-1028-4
Campbell, S. B., Leezenbaum, N. B., Mahoney, A. S., Moore, E. L. y Brownell, C. A.
(2016). Pretend play and social engagement in toddlers at high and low genetic
risk for Autism Spectrum Disorder. Journal of Autism and Developmental
Disorders, 1–12. https://doi.org/10.1007/s10803-016-2764-y
Canal, R., Bohorquez, D., Guisuraga, Z., Martín, M. V. y Primo, P. G. (2013). El autismo.
Una perspectiva neuroevolutiva del desarrollo temprano. En F. Alcantud
(coord.) Trastornos del espectro autista (pp. 95-120). Madrid: Ediciones
Pirámide.
Canal-Bedia, Primo, Guisuraga, Z., Herráez, M., Guerra, I., Santos, J., … Hernández, A.
(2013). Diagnóstico precoz y sistemas de cribado en los Trastornos del Espectro
Autista. En F. Alcantud (coord.) Trastornos del espectro autista (pp. 61-94).
Madrid: Ediciones Pirámide.
Canal-Bedia, R., García-Primo, P., Hernández-Fabián, A., Magán-Maganto, M., Sánchez,
A. B. y Posada-De la Paz, M. D. (2015). De la detección precoz a la atención
temprana: estrategias de intervención a partir del cribado prospectivo. Rev
Neurol, 60(Supl.1), S25–S29.
Canal-Bedia, R., García-Primo, P., Martín-Cilleros, M. V., Santos-Borbujo, J., Guisuraga-
Fernández, Z., Herráez-García, L., … Paz, M. P. la. (2011). Modified Checklist for
Autism in Toddlers: cross-cultural adaptation and validation in Spain. Journal of
Autism and Developmental Disorders, 41(10), 1342-1351.
https://doi.org/10.1007/s10803-010-1163-z
Carothers, D. E. y Taylor, R. L. (2004). How teachers and parents can work together to
teach daily living skills to children with autism. Focus on Autism and Other
Developmental Disabilities, 19(2), 102–104.
https://doi.org/10.1177/10883576040190020501
M. L. Monroy 264 Tesis Doctoral
Carpentieri, S. y Morgan, S. B. (1994). Brief report: a comparison of patterns of
cognitive functioning of autistic and nonautistic retarded children on the
Stanford-Binet. Journal of Autism and Developmental Disorders, 24(2), 215–
223. https://doi.org/10.1007/BF02172098
Carpentieri, S. y Morgan, S. B. (1996). Adaptive and intellectual functioning in autistic
and nonautistic retarded children. Journal of Autism and Developmental
Disorders, 26(6), 611-620. https://doi.org/10.1007/BF02172350
Carrington, S. J., Kent, R. G., Maljaars, J., Le Couteur, A., Gould, J., Wing, L., … Leekam,
S. R. (2014). DSM-5 Autism Spectrum Disorder: in search of essential
behaviours for diagnosis. Research in Autism Spectrum Disorders, 8(6), 701–
715. https://doi.org/10.1016/j.rasd.2014.03.017
Carter, A. S., Volkmar, F. R., Sparrow, S. S., Wang, J.-J., Lord, C., Dawson, G., …
Schopler, E. (1998). The Vineland Adaptive Behavior Scales: supplementary
norms for individuals with autism. Journal of Autism and Developmental
Disorders, 28(4), 287–302. https://doi.org/10.1023/A:1026056518470
Centeno, D. M. (1993). Evaluación de la conducta adaptativa en personas con
discapacidades: adaptación y validación del ICAP.
Cermak, S. A. (1989). Norms and Scores. Physical & Occupational Therapy in Pediatrics,
9(1), 91–120. https://doi.org/10.1080/J006v09n01_05
Cermak, S. A., Curtin, C. y Bandini, L. G. (2010). Food selectivity and sensory sensitivity
in children with Autism Spectrum Disorders. Journal of the American Dietetic
Association, 110(2), 238–246. https://doi.org/10.1016/j.jada.2009.10.032
Cervera, P. S., Andrés, M. I. F., Cerezuela, G. P., Fraile, I. P. y Llongo, E. H. (2014).
Relación entre el procesamiento sensorial y la severidad de la sintomatología
en una muestra de niños con TEA. International Journal of Developmental and
Educational Psychology. Revista INFAD de Psicología, 3(1), 353–362.
https://doi.org/10.17060/ijodaep.2014.n1.v3.513
Chadwick, O., Cuddy, M., Kusel, Y. y Taylor, E. (2005). Handicaps and the development
of skills between childhood and early adolescence in young people with severe
intellectual disabilities. Journal of Intellectual Disability Research, 49(12), 877–
888. https://doi.org/10.1111/j.1365-2788.2005.00716.x
Tesis Doctoral 265 M. L. Monroy
Chakrabarti, S. y Fombonne, E. (2005). Pervasive developmental disorders in preschool
children: confirmation of high prevalence. American Journal of Psychiatry,
162(6), 1133–1141. https://doi.org/10.1176/appi.ajp.162.6.1133
Chan, A. S., Cheung, J., Leung, W. W., Cheung, R. y Cheung, M. (2005). Verbal
expression and comprehension deficits in young children with autism. Focus on
Autism and Other Developmental Disabilities, 20(2), 117–124.
https://doi.org/10.1177/10883576050200020201
Chang, C.-L., Yen, C.-F., Yang, P. y others. (2013). Adaptive behaviors in high-
functioning Taiwanese children with Autism Spectrum Disorders: an
investigation of the mediating roles of symptom severity and cognitive ability.
Journal of Autism and Developmental Disorders, 43(6), 1347–1355.
https://doi.org/10.1007/s10803-012-1684-8
Charman, T. y Baird, G. (2002). Practitioner review: diagnosis of Autism Spectrum
Disorder in 2-and 3-year-old children. Journal of Child Psychology and
Psychiatry, 43(3), 289–305. https://doi.org/10.1111/1469-7610.00022
Charman, T., Baron-Cohen, S., Swettenham, J., Baird, G., Cox, A. y Drew, A. (2000).
Testing joint attention, imitation, and play as infancy precursors to language
and theory of mind. Cognitive Development, 15(4), 481–498.
https://doi.org/10.1016/S0885-2014(01)00037-5
Charman, T., Drew, A., Baird, C. y Baird, G. (2003). Measuring early language
development in preschool children with autism spectrum disorder using the
MacArthur Communicative Development Inventory (Infant Form). Journal of
Child Language, 30(1), 213–236. https://doi.org/10.1017/S0305000902005482
Charman, T. y Gotham, K. (2013). Measurement issues: screening and diagnostic
instruments for autism spectrum disorders–lessons from research and practise.
Child and Adolescent Mental Health, 18(1), 52–63.
https://doi.org/10.1111/j.1475-3588.2012.00664.x
Charman, T., Pickles, A., Simonoff, E., Chandler, S., Loucas, T. y Baird, G. (2011). IQ in
children with Autism Spectrum Disorders: data from the Special Needs and
Autism Project (SNAP). Psychological Medicine, 41(03), 619–627.
https://doi.org/10.1017/S0033291710000991
M. L. Monroy 266 Tesis Doctoral
Charman, T., Swettenham, J., Baron-Cohen, S., Cox, A., Baird, G. y Drew, A. (1997).
Infants with autism: an investigation of empathy, pretend play, joint attention,
and imitation. Developmental Psychology, 33(5), 781-789.
https://doi.org/10.1037/0012-1649.33.5.781
Charman, T., Taylor, E., Drew, A., Cockerill, H., Brown, J.-A. y Baird, G. (2005). Outcome
at 7 years of children diagnosed with autism at age 2: predictive validity of
assessments conducted at 2 and 3 years of age and pattern of symptom change
over time. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 46(5), 500–513.
https://doi.org/10.1111/j.1469-7610.2004.00377.x
Chaste, P. y Leboyer, M. (2012). Autism risk factors: genes, environment, and gene-
environment interactions. Dialogues Clin Neurosci, 14(3), 281–292.
Chawarska, K., Klin, A., Paul, R., Macari, S. y Volkmar, F. (2009). A prospective study of
toddlers with ASD: short-term diagnostic and cognitive outcomes. Journal of
Child Psychology and Psychiatry, 50(10), 1235–1245.
https://doi.org/10.1111/j.1469-7610.2009.02101.x
Chawarska, K., Klin, A., Paul, R. y Volkmar, F. (2007). Autism spectrum disorder in the
second year: stability and change in syndrome expression. Journal of Child
Psychology and Psychiatry, 48(2), 128-138. https://doi.org/10.1111/j.1469-
7610.2006.01685.x
Chawarska, K., Macari, S. y Shic, F. (2013). Decreased spontaneous attention to social
scenes in 6-month-old infants later diagnosed with Autism Spectrum Disorders.
Biological Psychiatry, 74(3), 195–203.
https://doi.org/10.1016/j.biopsych.2012.11.022
Chlebowski, C., Robins, D. L., Barton, M. L. y Fein, D. (2013). Large-scale use of the
modified checklist for autism in low-risk toddlers. Pediatrics, 131(4), e1121–
e1127. https://doi.org/10.1542/peds.2012-1525
Christiansz, J. A., Gray, K. M., Taffe, J. y Tonge, B. J. (2016). Autism spectrum disorder in
the DSM-5: diagnostic sensitivity and specificity in early childhood. Journal of
Autism and Developmental Disorders, 46(6), 2054–2063.
https://doi.org/10.1007/s10803-016-2734-4
Tesis Doctoral 267 M. L. Monroy
Clifford, S., Young, R. y Williamson, P. (2007). Assessing the early characteristics of
autistic disorder using video analysis. Journal of Autism and Developmental
Disorders, 37(2), 301–313. https://doi.org/10.1007/s10803-006-0160-8
Cohen, D., Pichard, N., Tordjman, S., Baumann, C., Burglen, L., Excoffier, E., … others.
(2005). Specific genetic disorders and autism: clinical contribution towards their
identification. Journal of Autism and Developmental Disorders, 35(1), 103–116.
https://doi.org/10.1007/s10803-004-1038-2
Colman, R. S., Frankel, F., Ritvo, E. y Freeman, B. J. (1976). The effects of fluorescent
and incandescent illumination upon repetitive behaviors in autistic children.
Journal of Autism and Childhood Schizophrenia, 6(2), 157–162.
https://doi.org/10.1007/BF01538059
Constantino, J. N. y Charman, T. (2016). Diagnosis of Autism Spectrum Disorder:
reconciling the syndrome, its diverse origins, and variation in expression. The
Lancet Neurology, 15(3), 279–291. https://doi.org/10.1016/S1474-
4422(15)00151-9
Constantino, J. N., Davis, S. A., Todd, R. D., Schindler, M. K., Gross, M. M., Brophy, S. L.,
… Reich, W. (2003). Validation of a brief quantitative measure of autistic traits:
comparison of the Social Responsiveness Scale with the Autism Diagnostic
Interview-Revised. Journal of Autism and Developmental Disorders, 33(4), 427-
433. https://doi.org/10.1023/A:1025014929212
Constantino, J. N. y Gruber, C. P. (2007). Social Responsiveness Scale: SRS. Los Angeles,
CA: Western Psychological Services.
Constantino, J. N. y Gruber, C. P. (2012). Social Responsiveness Scale, Second Edition:
SRS-2. Los Angeles, CA: Western Psychological Services.
Coolican, J., Bryson, S. E. y Zwaigenbaum, L. (2008). Brief report: data on the Stanford–
Binet intelligence scales in children with Autism Spectrum Disorder. Journal of
Autism and Developmental Disorders, 38(1), 190–197.
https://doi.org/10.1007/s10803-007-0368-2
Cools, W., De Martelaer, K., Samaey, C. y Andries, C. (2009). Movement skill
assessment of typically developing preschool children: a review of seven
movement skill assessment tools. Journal of Sports Science and Medicine, 8(2),
154–168.
M. L. Monroy 268 Tesis Doctoral
Coonrod, E. E. y Stone, W. L. (2004). Screening for autism in young children. Handbook
of Autism and Pervasive Developmental Disorders, Third Edition, Vol. 2, 707–
729. https://doi.org/10.1002/9780470939352.ch1
Cortesi, F., Giannotti, F., Ivanenko, A. y Johnson, K. (2010). Sleep in children with
autistic spectrum disorder. Sleep Medicine, 11(7), 659–664.
https://doi.org/10.1016/j.sleep.2010.01.010
Cox, A., Klein, K., Charman, T., Baird, G., Baron-Cohen, S., Swettenham, J., …
Wheelwright, S. (1999). Autism spectrum disorders at 20 and 42 months of age:
stability of clinical and ADI-R diagnosis. Journal of Child Psychology and
Psychiatry, 40(5), 719–732. https://doi.org/10.1017/S002196309900400X
Crawford, S. G., Wilson, B. N. y Dewey, D. (2001). Identifying developmental
coordination disorder: consistency between tests. Physical & Occupational
Therapy in Pediatrics, 20(2-3), 29–50. https://doi.org/10.1080/J006v20n02_03
Crepeau, E. B., Cohn, E. S. y Schell, B. A. B. (2011). Willard & Spackman. Terapia
Ocupacional (11a Edición). Buenos Aires: Editorial Médica Panamericana.
Croce, R. V., Horvat, M. y McCarthy, E. (2001). Reliability and concurrent validity of the
movement assessment battery for children. Perceptual and Motor Skills, 93(1),
275–280.
Cuccaro, M. L., Shao, Y., Bass, M. P., Abramson, R. K., Ravan, S. A., Wright, H. H., …
Pericak-Vance, M. A. (2003). Behavioral comparisons in autistic individuals from
multiplex and singleton families. Journal of Autism and Developmental
Disorders, 33(1), 87–91. https://doi.org/10.1023/A:1022286622534
Curtin, C., Hubbard, K., Anderson, S. E., Mick, E., Must, A. y Bandini, L. G. (2015). Food
selectivity, mealtime behavior problems, spousal stress, and family food
choices in children with and without Autism Spectrum Disorder. Journal of
Autism and Developmental Disorders, 45(10), 3308-3315.
https://doi.org/10.1007/s10803-015-2490-x
Dahlgren, S. O. y Gillberg, C. (1989). Symptoms in the first two years of life. European
Archives of Psychiatry and Neurological Sciences, 238(3), 169–174.
https://doi.org/10.1007/BF00451006
Davidovitch, M., Glick, L., Holtzman, G., Tirosh, E. y Safir, M. P. (2000). Developmental
regression in autism: maternal perception. Journal of Autism and
Tesis Doctoral 269 M. L. Monroy
Developmental Disorders, 30(2), 113–119.
https://doi.org/10.1023/A:1005403421141
Dawson, G. (2008). Early behavioral intervention, brain plasticity, and the prevention
of Autism Spectrum Disorder. Development and Psychopathology, 20(03), 775–
803. https://doi.org/10.1017/S0954579408000370
Dawson, G. y Bernier, R. (2013). A quarter century of progress on the early detection
and treatment of Autism Spectrum Disorder. Development and
Psychopathology, 25(4pt2), 1455–1472.
https://doi.org/10.1017/S0954579413000710
Dawson, G., Meltzoff, A. N., Osterling, J., Rinaldi, J. y Brown, E. (1998). Children with
autism fail to orient to naturally occurring social stimuli. Journal of Autism and
Developmental Disorders, 28(6), 479–485.
https://doi.org/10.1023/A:1026043926488
Dawson, G., Rogers, S., Munson, J., Smith, M., Winter, J., Greenson, J., … Varley, J.
(2010). Randomized, controlled trial of an intervention for toddlers with
autism: the early start Denver model. Pediatrics, 125(1), e17–e23.
https://doi.org/10.1542/peds.2009-0958
Dawson, G., Toth, K., Abbott, R., Osterling, J., Munson, J., Estes, A. y Liaw, J. (2004).
Early social attention impairments in autism: social orienting, joint attention,
and attention to distress. Developmental Psychology, 40(2), 271-283.
https://doi.org/10.1037/0012-1649.40.2.271
De Bildt, A., Sytema, S., Ketelaars, C., Kraijer, D., Mulder, E., Volkmar, F. y Minderaa, R.
(2004). Interrelationship between Autism Diagnostic Observation Schedule-
Generic (ADOS-G), Autism Diagnostic Interview-Revised (ADI-R), and the
Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (DSM-IV-TR) classification
in children and adolescents with mental retardation. Journal of Autism and
Developmental Disorders, 34(2), 129-137.
https://doi.org/10.1023/B:JADD.0000022604.22374.5f
De Bildt, A., Sytema, S., Kraijer, D., Sparrow, S. y Minderaa, R. (2005). Adaptive
functioning and behaviour problems in relation to level of education in children
and adolescents with intellectual disability. Journal of Intellectual Disability
Research, 49(9), 672–681. https://doi.org/10.1111/j.1365-2788.2005.00711.x
M. L. Monroy 270 Tesis Doctoral
De Bruin, E. I., Verheij, F. y Ferdinand, R. F. (2006). WISC-R subtest but no overall VIQ–
PIQ difference in Dutch children with PDD-NOS. Journal of Abnormal Child
Psychology, 34(2), 254–262. https://doi.org/10.1007/s10802-005-9018-3
Deary, I. J., Strand, S., Smith, P. y Fernandes, C. (2007). Intelligence and educational
achievement. Intelligence, 35(1), 13–21.
https://doi.org/10.1016/j.intell.2006.02.001
DeGangi, G. A., Berk, R. A. y Greenspan, S. I. (1988). The clinical measurement of
sensory functioning in infants: A preliminary study. Physical & Occupational
Therapy in Pediatrics, 8(2-3), 1–23. https://doi.org/10.1080/J006v08n02_01
DeGangi, G. A. y Greenspan, S. I. (1989). Test of Sensory Functions in Infants (TSFI). Los
Angeles: Western Psychological Services.
Denckla, M. B. (1986). New diagnostic criteria for autism and related behavioral
disorders—guidelines for research protocols. Journal of the American Academy
of Child Psychiatry, 25(2), 221–224. https://doi.org/10.1016/S0002-
7138(09)60229-6
Dereu, M., Warreyn, P., Raymaekers, R., Meirsschaut, M., Pattyn, G., Schietecatte, I. y
Roeyers, H. (2010). Screening for autism spectrum disorders in Flemish day-
care centres with the checklist for early signs of developmental disorders.
Journal of Autism and Developmental Disorders, 40(10), 1247–1258.
https://doi.org/10.1007/s10803-010-0984-0
Dewey, D., Cantell, M. y Crawford, S. G. (2007). Motor and gestural performance in
children with Autism Spectrum Disorder, Developmental Coordination
Disorder, and/or Attention Deficit Hyperactivity Disorder. Journal of the
International Neuropsychological Society, 13(02), 246–256.
https://doi.org/10.1017 0 S1355617707070270
Di Nuovo, S. F. y Buono, S. (2007). Psychiatric syndromes comorbid with mental
retardation: differences in cognitive and adaptive skills. Journal of Psychiatric
Research, 41(9), 795–800. https://doi.org/10.1016/j.jpsychires.2006.02.011
Dickie, V. A., Baranek, G. T., Schultz, B., Watson, L. R. y McComish, C. S. (2009). Parent
reports of sensory experiences of preschool children with and without autism:
A qualitative study. American Journal of Occupational Therapy, 63(2), 172–181.
https://doi.org/10.5014/ajot.63.2.172
Tesis Doctoral 271 M. L. Monroy
Dietz, C., Swinkels, S., van Daalen, E., van Engeland, H. y Buitelaar, J. K. (2006).
Screening for autistic spectrum disorder in children aged 14–15 months. II:
population screening with the Early Screening of Autistic Traits Questionnaire
(ESAT). Design and general findings. Journal of Autism and Developmental
Disorders, 36(6), 713–722. https://doi.org/10.1007/s10803-006-0114-1
Díez-Cuervo, A., Muñoz-Yunta, J. A., Fuentes-Biggi, J., Canal-Bedia, R., Idiazábal-Aletxa,
M. A., Ferrari-Arroyo, M. J., … others. (2005). Guía de buena práctica para el
diagnóstico de los Trastornos del Espectro Autista. Rev Neurol, 41(5), 299–310.
DiLalla, D. L. y Rogers, S. J. (1994). Domains of the Childhood Autism Rating Scale:
relevance for diagnosis and treatment. Journal of Autism and Developmental
Disorders, 24(2), 115–128. https://doi.org/10.1007/BF02172092
Ditterline, J., Banner, D., Oakland, T. y Becton, D. (2008). Adaptive behavior profiles of
students with disabilities. Journal of Applied School Psychology, 24(2), 191-208.
https://doi.org/10.1080/15377900802089973
Doll, E. A. (1934). Social adjustment of the mentally subnormal. The Journal of
Educational Research, 28(1), 36–43.
https://doi.org/10.1080/00220671.1934.10880460
Doll, E. A. (1936). Preliminary standardization of the Vineland Social Maturity Scale.
American Journal of Orthopsychiatry, 6(2), 283. https://doi.org/10.1111/j.1939-
0025.1936.tb05235.x
Doobay, A. F., Foley-Nicpon, M., Ali, S. R. y Assouline, S. G. (2014). Cognitive, adaptive,
and psychosocial differences between high ability youth with and without
Autism Spectrum Disorder. Journal of Autism and Developmental Disorders,
44(8), 2026–2040. https://doi.org/10.1007/s10803-014-2082-1
Dunlap, G., Dyer, K. y Koegel, R. L. (1983). Autistic self-stimulation and intertrial
interval duration. American Journal of Mental Deficiency, 88(2), 194-202.
Dunn, L. M. (1959). PPVT: Peabody Picture Vocabulary Test. Circle Pines, MN: American
Guidance Service.
Dunn, L. M. y Dunn, L. M. (1981). PPVT-R: Peabody Picture Vocabulary Test, Revised:
Forms L and M. Circle Pines, MN: American Guidance Service.
Dunn, L. M. y Dunn, L. M. (1997). PPVT-III: Peabody Picture Vocabulary Test (3rd ed.).
Circle Pines, MN: American Guidance Service.
M. L. Monroy 272 Tesis Doctoral
Dunn, W. (1994). Performance of typical children on the sensory profile: an item
analysis. American Journal of Occupational Therapy, 48(11), 967–974.
https://doi.org/10.5014/ajot.48.11.967
Dunn, W. (1999). The Sensory Profile: manual. San Antonio, TX: Psychological
Corporation.
Dunn, W. (2014). Sensory Profile 2: user’s manual. Psych Corporation.
Dunn, W., Myles, B. S. y Orr, S. (2002). Sensory processing issues associated with
Asperger syndrome: a preliminary investigation. American Journal of
Occupational Therapy, 56(1), 97–102. https://doi.org/10.5014/ajot.56.1.97
Dunst, C. J., Bruder, M. B., Trivette, C. M. y Hamby, D. W. (2006). Everyday activity
settings, natural learning environments, and early intervention practices.
Journal of Policy and Practice in Intellectual Disabilities, 3(1), 3–10.
https://doi.org/10.1111/j.1741-1130.2006.00047.x
Durand, V. M. (2014). Screening, Diagnosis and Assessment. En Durand, V. Mark.
Autism spectrum disorder: A clinical guide for general practitioners.
Washington, DC: American Psychological Association.
Dworkin, P. H. (1989). British and American recommendations for developmental
monitoring: the role of surveillance. Pediatrics, 84(6), 1000–1010.
Dyches, T. T., Wilder, L. K., Sudweeks, R. R., Obiakor, F. E. y Algozzine, B. (2004).
Multicultural issues in autism. Journal of Autism and Developmental Disorders,
34(2), 211–222. https://doi.org/10.1023/B:JADD.0000022611.80478.73
Eaves, L. C. y Ho, H. H. (1996). Brief report: stability and change in cognitive and
behavioral characteristics of autism through childhood. Journal of Autism and
Developmental Disorders, 26(5), 557–569. https://doi.org/10.1007/BF02172276
Eaves, L. C. y Ho, H. H. (2004). The very early identification of autism: outcome to age
41/2–5. Journal of Autism and Developmental Disorders, 34(4), 367–378.
https://doi.org/10.1023/B:JADD.0000037414.33270.a8
Eaves, L. C., Wingert, H. D., Ho, H. H. y Mickelson, E. C. (2006). Screening for autism
spectrum disorders with the Social Communication Questionnaire. Journal of
Developmental & Behavioral Pediatrics, 27(2), S95–S103.
https://doi.org/10.1097/00004703-200604002-00007
Tesis Doctoral 273 M. L. Monroy
Eaves, L. C., Wingert, H. y Ho, H. H. (2006). Screening for autism. Agreement with
diagnosis. Autism, 10(3), 229–242. https://doi.org/10.1177/1362361306063288
Eaves, R. C. y Milner, B. (1993). The criterion-related validity of the childhood autism
rating scale and the autism behavior checklist. Journal of Abnormal Child
Psychology, 21(5), 481–491. https://doi.org/10.1007/BF00916315
Edgin, J. O. y Pennington, B. F. (2005). Spatial cognition in autism spectrum disorders:
superior, impaired, or just intact? Journal of Autism and Developmental
Disorders, 35(6), 729–745. https://doi.org/10.1007/s10803-005-0020-y
Edwards, S. (1997). Reynell Developmental Language Scales: RDLS (3.a ed.). nfer-
Nelson.
Ehlers, S., Gillberg, C. y Wing, L. (1999). A screening questionnaire for Asperger
syndrome and other high-functioning autism spectrum disorders in school age
children. Journal of Autism and Developmental Disorders, 29(2), 129–141.
https://doi.org/10.1023/A:1023040610384
Eisenberg, L. (1957). The fathers of autistic children. American Journal of
Orthopsychiatry, 27(4), 715-724. https://doi.org/10.1111/j.1939-
0025.1957.tb05539.x
Elsabbagh, M., Divan, G., Koh, Y.-J., Kim, Y. S., Kauchali, S., Marcín, C., … others. (2012).
Global prevalence of autism and other pervasive developmental disorders.
Autism Research, 5(3), 160–179. https://doi.org/10.1002/aur.239
Esler, A. N., Bal, V. H., Guthrie, W., Wetherby, A., Weismer, S. E. y Lord, C. (2015). The
Autism Diagnostic Observation Schedule, Toddler Module: standardized
severity scores. Journal of Autism and Developmental Disorders, 45(9), 2704-
2720. https://doi.org/10.1007/s10803-015-2432-7
Etchepareborda, M. C. (2001). Perfiles neurocognitivos del espectro autista. Revista de
Neurología Clínica, 2(1), 175–192.
Evans, L. D. y Bradley-Johnson, S. (1988). A review of recently developed measures of
adaptive behavior. Psychology in the Schools, 25(3), 276-287.
https://doi.org/10.1002/1520-6807(198807)25:3<276::AID-
PITS2310250309>3.0.CO;2-2
M. L. Monroy 274 Tesis Doctoral
Fariña, L., Galli, E., Lazo, M., Mattei, L. y Raggio, V. (2015). Genética molecular y
Trastornos del Espectro Autista. Anales de la Facultad de Medicina, Universidad
de la República, Uruguay, 2(0), 9-21.
Farley, M. A., McMahon, W. M., Fombonne, E., Jenson, W. R., Miller, J., Gardner, M., …
others. (2009). Twenty-year outcome for individuals with autism and average
or near-average cognitive abilities. Autism Research, 2(2), 109–118.
https://doi.org/10.1002/aur.69
Fein, D., Barton, M., Eigsti, I.-M., Kelley, E., Naigles, L., Schultz, R. T., … others. (2013).
Optimal outcome in individuals with a history of autism. Journal of Child
Psychology and Psychiatry, 54(2), 195–205. https://doi.org/10.1111/jcpp.12037
Fenton, G., D’ardia, C., Valente, D., Del Vecchio, I., Fabrizi, A. y Bernabei, P. (2003).
Vineland adaptive behavior profiles in children with autism and moderate to
severe developmental delay. Autism, 7(3), 269–287.
https://doi.org/10.1177/1362361303007003004
Filipek, P. A., Accardo, P. J., Ashwal, S., Baranek, G. T., Cook, E. H., Dawson, G., …
others. (2000). Practice parameter: screening and diagnosis of autism. Report
of the Quality Standards Subcommittee of the American Academy of Neurology
and the Child Neurology Society. Neurology, 55(4), 468–479.
https://doi.org/10.1212/WNL.55.4.468
Filipek, P. A., Accardo, P. J., Baranek, G. T., Cook, E. H., Dawson, G., Gordon, B., …
Volkmar, F. R. (1999). The screening and diagnosis of autistic spectrum
disorders. Journal of Autism and Developmental Disorders, 29(6), 439-484.
https://doi.org/10.1023/A:1021943802493
Fisch, G. S., Simensen, R. J. y Schroer, R. J. (2002). Longitudinal changes in cognitive
and adaptive behavior scores in children and adolescents with the fragile X
mutation or autism. Journal of Autism and Developmental Disorders, 32(2),
107–114. https://doi.org/10.1023/A:1014888505185
Flanagan, H. E., Smith, I. M., Vaillancourt, T., Duku, E., Szatmari, P., Bryson, S., …
others. (2015). Stability and change in the cognitive and adaptive behaviour
scores of preschoolers with Autism Spectrum Disorder. Journal of Autism and
Developmental Disorders, 45(9), 2691–2703. https://doi.org/10.1007/s10803-
015-2433-6
Tesis Doctoral 275 M. L. Monroy
Floyd, R. G., Shands, E. I., Alfonso, V. C., Phillips, J. F., Autry, B. K., Mosteller, J. A., …
Irby, S. (2015). A systematic review and psychometric evaluation of adaptive
behavior scales and recommendations for practice. Journal of Applied School
Psychology, 31(1), 83-113. https://doi.org/10.1080/15377903.2014.979384
Folio, M. R. y Fewell, R. R. (1983). Peabody Developmental Motor Scales: manual.
George Peabody College for Teachers.
Folio, M. R. y Fewell, R. R. (2000). Peabody Developmental Motor Scales, Second
Edition (PDMS-2). Austin, TX: Pro-ed.
Folstein, S. y Rutter, M. (1977). Infantile autism: a genetic study of 21 twin pairs.
Journal of Child Psychology and Psychiatry, 18(4), 297–321.
https://doi.org/10.1111/j.1469-7610.1977.tb00443.x
Fombonne, E. (2005). The changing epidemiology of autism. Journal of Applied
Research in Intellectual Disabilities, 18(4), 281-294.
https://doi.org/10.1111/j.1468-3148.2005.00266.x
Fombonne, E. (2009). Epidemiology of Pervasive Developmental Disorders. Pediatric
Research, 65(6), 591-598. https://doi.org/10.1203/PDR.0b013e31819e7203
Fred Volkmar, Kasia Chawarska y Klin, A. (2004). Autism in infancy and early childhood.
Annual Review of Psychology, 56(1), 315-336.
https://doi.org/10.1146/annurev.psych.56.091103.070159
Freeman, B. J., Del’Homme, M., Guthrie, D. y Zhang, F. (1999). Vineland Adaptive
Behavior Scale scores as a function of age and initial IQ in 210 autistic children.
Journal of Autism and Developmental Disorders, 29(5), 379–384.
https://doi.org/10.1023/A:1023078827457
Frith, U. (2004). Autismo: hacia una explicación del enigma (2a). Madrid: Alianza
Editorial.
Gabriels, R. L., Cuccaro, M. L., Hill, D. E., Ivers, B. J. y Goldson, E. (2005). Repetitive
behaviors in autism: relationships with associated clinical features. Research in
Developmental Disabilities, 26(2), 169–181.
https://doi.org/10.1016/j.ridd.2004.05.003
Gabriels, R. L., Ivers, B. J., Hill, D. E., Agnew, J. A. y McNeill, J. (2007). Stability of
adaptive behaviors in middle-school children with autism spectrum disorders.
M. L. Monroy 276 Tesis Doctoral
Research in Autism Spectrum Disorders, 1(4), 291–303.
https://doi.org/10.1016/j.rasd.2006.11.004
Gal, E., Dyck, M. y Passmore, A. (2002). Sensory differences and stereotyped
movements in children with autism. Behaviour Change, 19(04), 207–219.
https://doi.org/10.1375/bech.19.4.207
García-Primo, P., Hellendoorn, A., Charman, T., Roeyers, H., Dereu, M., Roge, B., …
others. (2014). Screening for Autism Spectrum Disorders: state of the art in
Europe. European Child & Adolescent Psychiatry, 23(11), 1005–1021.
Garfin, D. G. y McCallon, D. (1988). Validity and reliability of the Childhood Autism
Rating Scale with autistic adolescents. Journal of Autism and Developmental
Disorders, 18(3), 367–378. https://doi.org/10.1007/BF02212193
Garnett, M. y Attwood, A. J. (1997). The Australian Scale for Asperger’s syndrome in
Asperger’s syndrome. A guide for parents & professionals. Jessica Kingsley
Publishers.
Garrabé de Lara, J. (2012). El autismo: historia y clasificaciones. Salud Mental, 35(3),
257–261.
Gergely, G., Nádasdy, Z., Csibra, G. y Bíró, S. (1995). Taking the intentional stance at 12
months of age. Cognition, 56(2), 165–193. https://doi.org/10.1016/0010-
0277(95)00661-H
Gernsbacher, M. A., Morson, E. M. y Grace, E. J. (2016). Language and speech in
autism. Annual Review of Linguistics, 2, 413–425.
https://doi.org/10.1146/annurev-linguistics-030514-124824
Geurts, H. M., Corbett, B. y Solomon, M. (2009). The paradox of cognitive flexibility in
autism. Trends in Cognitive Sciences, 13(2), 74–82.
https://doi.org/10.1016/j.tics.2008.11.006
Ghaziuddin, M. y Mountain-Kimchi, K. (2004). Defining the intellectual profile of
Asperger syndrome: comparison with high-functioning autism. Journal of
Autism and Developmental Disorders, 34(3), 279–284.
https://doi.org/10.1023/B:JADD.0000029550.19098.77
Gibbs, V., Aldridge, F., Chandler, F., Witzlsperger, E. y Smith, K. (2012). Brief report: an
exploratory study comparing diagnostic outcomes for Autism Spectrum
Disorders under DSM-IV-TR with the proposed DSM-5 revision. Journal of
Tesis Doctoral 277 M. L. Monroy
Autism and Developmental Disorders, 42(8), 1750–1756.
https://doi.org/10.1007/s10803-012-1560-6
Gillberg, C. y Kadesjö, B. (2003). Why bother about clumsiness? The implications of
having developmental coordination disorder (DCD). Neural Plasticity, 10(1-2),
59–68. https://doi.org/10.1155/NP.2003.59
Gillberg, C. y Steffenburg, S. (1987). Outcome and prognostic factors in infantile autism
and similar conditions: a population-based study of 46 cases followed through
puberty. Journal of Autism and Developmental Disorders, 17(2), 273–287.
https://doi.org/10.1007/BF01495061
Gillberg, C. y Wing, L. (1999). Autism: not an extremely rare disorder. Acta Psychiatrica
Scandinavica, 99(6), 399-406. https://doi.org/10.1111/j.1600-
0447.1999.tb00984.x
Gillham, J. E., Carter, A. S., Volkmar, F. R. y Sparrow, S. S. (2000). Toward a
developmental operational definition of autism. Journal of Autism and
Developmental Disorders, 30(4), 269-278.
https://doi.org/10.1023/A:1005571115268
Gilliam, J. E. (1995). Gilliam Autism Rating Scale: GARS. Austin, TX: Pro-Ed.
Gilliam, J. E. (2001). Gilliam Asperger’s disorder scale: examiner’s manual. Austin, TX:
Pro-Ed.
Gilliam, J. E. (2014). Gilliam Autism Rating Scale, Third Edition: GARS-3. Austin, TX: Pro-
Ed.
Goldberg, W. A., Osann, K., Filipek, P. A., Laulhere, T., Jarvis, K., Modahl, C., … Spence,
M. A. (2003). Language and other regression: assessment and timing. Journal of
Autism and Developmental Disorders, 33(6), 607-616.
https://doi.org/10.1023/B:JADD.0000005998.47370.ef
Gómez, S. L. y Cernuda, C. J. C. (2007). Curso y pronóstico del trastorno autista.
Pensamiento Psicológico, 3(8), 19-29.
Gotham, K., Pickles, A. y Lord, C. (2009). Standardizing ADOS scores for a measure of
severity in Autism Spectrum Disorders. Journal of Autism and Developmental
Disorders, 39(5), 693-705. https://doi.org/10.1007/s10803-008-0674-3
Gotham, K., Risi, S., Dawson, G., Tager-Flusberg, H., Joseph, R., Carter, A., … others.
(2008). A replication of the Autism Diagnostic Observation Schedule (ADOS)
M. L. Monroy 278 Tesis Doctoral
revised algorithms. Journal of the American Academy of Child & Adolescent
Psychiatry, 47(6), 642–651. https://doi.org/10.1097/CHI.0b013e31816bffb7
Gotham, K., Risi, S., Pickles, A. y Lord, C. (2007). The Autism Diagnostic Observation
Schedule: revised algorithms for improved diagnostic validity. Journal of Autism
and Developmental Disorders, 37(4), 613–627. https://doi.org/10.1007/s10803-
006-0280-1
Gottfredson, L. S. y Deary, I. J. (2004). Intelligence predicts health and longevity, but
why? Current Directions in Psychological Science, 13(1), 1–4.
Gould, J. (1986). The Lowe and Costello symbolic play test in socially impaired children.
Journal of Autism and Developmental Disorders, 16(2), 199–213.
https://doi.org/10.1111/j.0963-7214.2004.01301001.x
Grabrucker, A. M. (2013). Environmental factors in autism. Frontiers in Psychiatry,
3(118), 1-13. https://doi.org/10.3389/fpsyt.2012.00118
Grandin, T. (2006). Pensar con imágenes: mi vida con el autismo. Barcelona: Alba
Editorial.
Grandin, T. y Panek, R. (2013). The autistic brain: thinking across the spectrum.
Houghton Mifflin Harcourt.
Gray, K. M. y Tonge, B. J. (2001). Are there early features of autism in infants and
preschool children? Journal of Pediatrics and Child Health, 37(3), 221–226.
https://doi.org/10.1046/j.1440-1754.2001.00653.x
Green, D., Baird, G., Barnett, A. L., Henderson, L., Huber, J. y Henderson, S. E. (2002).
The severity and nature of motor impairment in Asperger’s syndrome: a
comparison with specific developmental disorder of motor function. Journal of
Child Psychology and Psychiatry, 43(5), 655–668. https://doi.org/10.1111/1469-
7610.00054
Green, D., Charman, T., Pickles, A., Chandler, S., Loucas, T., Simonoff, E. y Baird, G.
(2009). Impairment in movement skills of children with autistic spectrum
disorders. Developmental Medicine & Child Neurology, 51(4), 311–316.
https://doi.org/10.1111/j.1469-8749.2008.03242.x
Green, S. A. y Carter, A. S. (2014). Predictors and course of daily living skills
development in toddlers with Autism Spectrum Disorders. Journal of Autism
Tesis Doctoral 279 M. L. Monroy
and Developmental Disorders, 44(2), 256–263. https://doi.org/10.1007/s10803-
011-1275-0
Greenspan, S. (2006). Mental retardation in the real world: Why the AAMR definition is
not there yet. En H.N. Switzky y S. Greenspan (eds.), What is mental
retardation: Ideas for an evolving disability (pp. 165–183). Washington, DC:
American Journal on Mental Retardation.
Greenspan, S. y Love, P. F. (1997). Social intelligence and developmental disorder:
mental retardation, learning disabilities, and autism. En W. E. MacLean, Jr (ed.),
Ellis’ handbook of mental deficiency, psychological theory and research (pp.
311–342). Mahwah, NJ: Lawrence Erlbaum Associates, Publishers.
Griffith, G. M., Hastings, R. P., Nash, S. y Hill, C. (2010). Using matched groups to
explore child behavior problems and maternal well-being in children with Down
syndrome and autism. Journal of Autism and Developmental Disorders, 40(5),
610–619. https://doi.org/10.1007/s10803-009-0906-1
Groen, W. B., Buitelaar, J. K., Van Der Gaag, R. J. y Zwiers, M. P. (2011). Pervasive
microstructural abnormalities in autism: a DTI study. Journal of Psychiatry &
Neuroscience, 36(1), 32-40. https://doi.org/10.1503/jpn.090100
Grondhuis, S. N. y Mulick, J. A. (2013). Comparison of the Leiter International
Performance Scale-Revised and the Stanford-Binet Intelligence Scales, in
children with Autism Spectrum Disorders. American Journal on Intellectual and
Developmental Disabilities, 118(1), 44–54. https://doi.org/10.1352/1944-7558-
118.1.44
Grossman, H. J. (1973). Manual on terminology and classification in mental retardation
(Rev. Ed.). Washington, DC: American Association on Mental Deficiency.
Grossman, H. J. (1983). Classification in mental retardation (Rev. ed.). Washington, DC:
American Association on Mental Deficiency.
Grzadzinski, R., Huerta, M. y Lord, C. (2013). DSM-5 and Autism Spectrum Disorders
(ASDs): an opportunity for identifying ASD subtypes. Molecular Autism, 4(12),
1-6. https://doi.org/10.1186/2040-2392-4-12
Guinchat, V., Thorsen, P., Laurent, C., Cans, C., Bodeau, N. y Cohen, D. (2012). Pre-,
peri- and neonatal risk factors for autism. Acta Obstetricia et Gynecologica
M. L. Monroy 280 Tesis Doctoral
Scandinavica, 91(3), 287-300. https://doi.org/10.1111/j.1600-
0412.2011.01325.x
Guthrie, W., Swineford, L. B., Nottke, C. y Wetherby, A. M. (2013). Early diagnosis of
Autism Spectrum Disorder: stability and change in clinical diagnosis and
symptom presentation. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 54(5), 582–
590. https://doi.org/10.1111/jcpp.12008
Hangauer, J., Worcester, J. y Armstrong, K. H. (2013). Models and methods of assessing
adaptive behavior. En Models and methods of assessing adaptive behavior. In
D.H. Saklofske, C.R. Reynolds y V. Schwean (Eds.) (pp. 651–667). New York, NY:
Oxford University Press.
Harries, J., Guscia, R., Kirby, N., Nettelbeck, T., Taplin, J. y MacLean, W. E. (2005).
Support needs and adaptive behaviors. American Journal on Mental
Retardation, 110(5), 393–404.
Harris, S. L., Handleman, J. S. y Burton, J. L. (1991). The Stanford Binet profiles of young
children with autism. Special Services in the Schools, 6(1-2), 135–143.
https://doi.org/10.1300/J008v06n01_08
Harrison, P. L. y Boney, T. L. (2002). Best practices in the assessment of adaptive
behavior. En A. Thomas y J. Grimes (Eds.), Best practices in school psychology
(4th ed., Vol. 31, pp. 1167–1179). Bethesda, MD: National Association of School
Psychologists.
Harrison, P. L. y Oakland, T. (2003). Adaptive Behavior Assessment, Second Edition
(ABAS-II): manual. San Antonio, TX: Harcourt Assessment.
Harrison, P. L. y Raineri, G. (2004). Adaptive behavior assessment of preschool
children. En B.A. Bracken y R.J. Nagle (Eds.), Psychoeducational assessment of
preschool children (4th ed., pp. 124–143). Taylor & Francis.
Hassan, M. M. (2001). Validity and reliability for the Bruininks-Oseretsky Test of Motor
Proficiency-short form as applied in the United Arab Emirates culture.
Perceptual and Motor Skills, 92(1), 157–166.
https://doi.org/10.2466/pms.2001.92.1.157
Healtcare Improvement Scotland. (2016). Guideline 145: Assessment, diagnosis and
interventions for autism spectrum disorders. Quick Reference Guide. Edinburgh:
Tesis Doctoral 281 M. L. Monroy
Scottish Intercollegiate Guidelines Network. Recuperado a partir de
http://www.sign.ac.uk/guidelines/fulltext/145/index.html
Heber, R. (1959). A manual on terminology and classification in mental retardation: a
monograph supplement (Vol. 64). American Journal on Mental Deficiency.
Heber, R. (1961). Modifications in the manual on terminology and classification in
mental retardation. American Journal of Mental Deficiency, 65, 499-500.
Hedvall, A., Westerlund, J., Fernell, E., Holm, A., Gillberg, C. y Billstedt, E. (2014).
Autism and developmental profiles in preschoolers: stability and change over
time. Acta Paediatrica, 103(2), 174–181. https://doi.org/10.1111/apa.12455
Helt, M., Kelley, E., Kinsbourne, M., Pandey, J., Boorstein, H., Herbert, M. y Fein, D.
(2008). Can children with autism recover? If so, how? Neuropsychology Review,
18(4), 339–366. https://doi.org/10.1007/s11065-008-9075-9
Henderson, S. E., Sugden, D. A. y Barnett, A. L. (1992). Movement Assessment Battery
for Children: ABC. London: Psychological Corporation.
Henderson, S. E., Sugden, D. A., Barnett, A. L. y others. (2007). Movement Assessment
Battery for Children-2 (Movement ABC-2): Examiner’s manual. Pearson.
Hernández, J. M., Artigas, J., Martos, J., Palacios, S., Fuentes, J., Belinchón, M. y
Posada, M. A. (2005). Guía de buena práctica para la detección temprana de los
Trastornos del Espectro Autista. Rev Neurol, 41(4), 237–45.
Higashida, N. (2014). La razón por la que salto. Barcelona: Roca editorial.
Hill, T. L., Gray, S. A., Kamps, J. L. y Varela, R. E. (2015). Age and adaptive functioning in
children and adolescents with ASD: the effects of intellectual functioning and
ASD symptom severity. Journal of Autism and Developmental Disorders, 45(12),
4074–4083. https://doi.org/10.1007/s10803-015-2522-6
Hochhauser, M. y Engel-Yeger, B. (2010). Sensory processing abilities and their relation
to participation in leisure activities among children with high-functioning
autism spectrum disorder (HFASD). Research in Autism Spectrum Disorders,
4(4), 746–754. https://doi.org/10.1016/j.rasd.2010.01.015
Hoffman, L., Paris, S. y Hall, E. (1995). Psicología del desarrollo hoy. Madrid: McGraw-
Hill.
Hoge, R. D. y Sattler. (2008). Evaluación infantil: aplicaciones conductuales, sociales y
clínicas (5a). México: Manual Moderno.
M. L. Monroy 282 Tesis Doctoral
Holguín, J. A. (2003). El autismo de etiología desconocida. Rev Neurol, 37(3), 259–266.
Howlin, P., Mawhood, L. y Rutter, M. (2000). Autism and developmental receptive
language disorder—a follow-up comparison in early adult life. II: social,
behavioural, and psychiatric outcomes. Journal of Child Psychology and
Psychiatry, 41(5), 561–578. https://doi.org/10.1111/1469-7610.00643
Howlin, P. y Moore, A. (1997). Diagnosis in autism a survey of over 1200 patients in the
UK. Autism, 1(2), 135–162. https://doi.org/10.1177/1362361397012003
Howlin, P., Moss, P., Savage, S. y Rutter, M. (2013). Social outcomes in mid- to later
adulthood among individuals diagnosed with autism and average nonverbal IQ
as children. Journal of the American Academy of Child & Adolescent Psychiatry,
52(6), 572-581.e1. https://doi.org/10.1016/j.jaac.2013.02.017
Howlin, P., Savage, S., Moss, P., Tempier, A. y Rutter, M. (2014). Cognitive and
language skills in adults with autism: a 40-year follow-up. Journal of Child
Psychology and Psychiatry, 55(1), 49–58. https://doi.org/10.1111/jcpp.12115
Hu, V. W. (2013). From genes to environment: using integrative genomics to build a
“systems-level” understanding of Autism Spectrum Disorders. Child
Development, 84(1), 89–103. https://doi.org/10.1111/j.1467-
8624.2012.01759.x
Hudry, K., Chandler, S., Bedford, R., Pasco, G., Gliga, T., Elsabbagh, M., … Charman, T.
(2014). Early language profiles in infants at high-risk for Autism Spectrum
Disorders. Journal of Autism and Developmental Disorders, 44(1), 154–167.
https://doi.org/10.1007/s10803-013-1861-4
Hudry, K., Leadbitter, K., Temple, K., Slonims, V., McConachie, H., Aldred, C., …
Charman, T. (2010). Preschoolers with autism show greater impairment in
receptive compared with expressive language abilities. International Journal of
Language & Communication Disorders, 45(6), 681–690.
https://doi.org/10.3109/13682820903461493
Hume, K., Loftin, R. y Lantz, J. (2009). Increasing independence in Autism Spectrum
Disorders: a review of three focused interventions. Journal of Autism and
Developmental Disorders, 39(9), 1329–1338. https://doi.org/10.1007/s10803-
009-0751-2
Tesis Doctoral 283 M. L. Monroy
Humphry, R. y Wakeford, L. (2006). An occupation-centered discussion of development
and implications for practice. American Journal of Occupational Therapy, 60(3),
258–267. https://doi.org/10.5014/ajot.60.3.258
Hundley, R. J., Shui, A. y Malow, B. A. (2016). Relationship between subtypes of
restricted and repetitive behaviors and sleep disturbance in Autism Spectrum
Disorder. Journal of Autism and Developmental Disorders, 1-10.
https://doi.org/10.1007/s10803-016-2884-4
Hus, V., Gotham, K. y Lord, C. (2014). Standardizing ADOS domain scores: separating
severity of social affect and restricted and repetitive behaviors. Journal of
Autism and Developmental Disorders, 44(10), 2400-2412.
https://doi.org/10.1007/s10803-012-1719-1
Hus, V. y Lord, C. (2014). The Autism Diagnostic Observation Schedule, Module 4:
revised algorithm and standardized severity scores. Journal of Autism and
Developmental Disorders, 44(8), 1996-2012. https://doi.org/10.1007/s10803-
014-2080-3
Hus, V., Pickles, A., Risi, S., Cook, E., Leventhal, B. y Lord, C. C. C. (2007). Between a
ROC and a hard place: decision making and making decisions about using the
SCQ. Journal of Child Psychology and Psychiatry, (48:9), 932-940.
https://doi.org/10.1111/j.1469-7610.2007.01762.x
Iarocci, G. y McDonald, J. (2006). Sensory integration and the perceptual experience of
persons with autism. Journal of Autism and Developmental Disorders, 36(1),
77–90. https://doi.org/10.1007/s10803-005-0044-3
Interactive Autism Network. (2010). Research Report #13, From first concern to
diagnosis and beyond. Recuperado 9 de diciembre de 2016, a partir de
https://iancommunity.org/cs/ian_research_reports/ian_research_report_13
Jacobson, J. W. y Ackerman, L. J. (1990). Differences in adaptive functioning among
people with autism or mental retardation. Journal of Autism and
Developmental Disorders, 20(2), 205–219. https://doi.org/10.1007/BF02284719
Jang, J., Dixon, D. R., Tarbox, J. y Granpeesheh, D. (2011). Symptom severity and
challenging behavior in children with ASD. Research in Autism Spectrum
Disorders, 5(3), 1028–1032. https://doi.org/10.1016/j.rasd.2010.11.008
M. L. Monroy 284 Tesis Doctoral
Jasmin, E., Couture, M., McKinley, P., Reid, G., Fombonne, E. y Gisel, E. (2009). Sensori-
motor and daily living skills of preschool children with Autism Spectrum
Disorders. Journal of Autism and Developmental Disorders, 39(2), 231–241.
https://doi.org/10.1007/s10803-008-0617-z
Jeffrey, L. N., Kaufmann, W. E., Glaze, D. G., Christodoulou, J., Clarke, A. J., Bahi-
Buisson, N., … for the RettSearch Consortium (Members listed in the Appendix).
(2010). Rett syndrome: revised diagnostic criteria and nomenclature. Annals of
Neurology, 68(6), 944-950. https://doi.org/10.1002/ana.22124
Jenaro, C. y Verdugo, M. A. (1997). Retraso mental: definición, clasificación y sistemas
de apoyo. Versión española. Madrid: Alianza.
Jepsen, M. I., Gray, K. M. y Taffe, J. R. (2012). Agreement in multi-informant
assessment of behaviour and emotional problems and social functioning in
adolescents with autistic and Asperger’s disorder. Research in Autism Spectrum
Disorders, 6(3), 1091-1098. https://doi.org/10.1016/j.rasd.2012.02.008
Jin, J. (2016). Screening for Autism Spectrum Disorder. JAMA, 315(7), 718-718.
https://doi.org/10.1001/jama.2016.0930
Jirikowic, T. L., Engel, J. M. y Deitz, J. C. (1997). The Test of Sensory Functions in Infants:
test–retest reliability for infants with developmental delays. American Journal
of Occupational Therapy, 51(9), 733–738.
https://doi.org/10.5014/ajot.51.9.733
Johnson, C. P. y Myers, S. M. (2007). Identification and evaluation of children with
Autism Spectrum Disorders. Pediatrics, 120(5), 1183-1215.
https://doi.org/10.1542/peds.2007-2361
Johnson-Ecker, C. L. y Parham, L. D. (2000). The evaluation of sensory processing: a
validity study using contrasting groups. American Journal of Occupational
Therapy, 54(5), 494–503. https://doi.org/10.5014/ajot.54.5.494
Jones, W. y Klin, A. (2013). Attention to eyes is present but in decline in 2-6-month-old
infants later diagnosed with autism. Nature, 504(7480), 427–431.
https://doi.org/10.1038/nature12715
Jónsdóttir, S. L., Saemundsen, E., Ásmundsdóttir, G., Hjartardóttir, S., Ásgeirsdóttir, B.
B., Smáradóttir, H. H., … Smári, J. (2007). Follow-up of children diagnosed with
pervasive developmental disorders: stability and change during the preschool
Tesis Doctoral 285 M. L. Monroy
years. Journal of Autism and Developmental Disorders, 37(7), 1361–1374.
https://doi.org/10.1007/s10803-006-0282-z
Joseph, R. M., Tager-Flusberg, H. y Lord, C. (2002). Cognitive profiles and social-
communicative functioning in children with Autism Spectrum Disorder. Journal
of Child Psychology and Psychiatry, 43(6), 807–821.
https://doi.org/10.1111/1469-7610.00092
Kamphaus, R. W. (1987). Conceptual and psychometric issues in the assessment of
adaptive behavior. The Journal of Special Education, 21(1), 27-35.
https://doi.org/10.1177/002246698702100107
Kamphaus, R. W. (1993). Clinical assessment of children’s intelligence: a handbook for
professional practice. Allyn & Bacon.
Kamphaus, R. W. y Frick, P. J. (2005). Clinical assessment of child and adolescent
personality and behavior. Boston: Springer Science & Business Media.
Kamphaus, R. W., Petoskey, M. D. y Rowe, E. W. (2000). Current trends in psychological
testing of children. Professional Psychology: Research and Practice, 31(2), 155-
164. https://doi.org/10.1037/0735-7028.31.2.155
Kanne, S. M., Gerber, A. J., Quirmbach, L. M., Sparrow, S. S., Cicchetti, D. V. y Saulnier,
C. A. (2011). The role of adaptive behavior in Autism Spectrum Disorders:
implications for functional outcome. Journal of Autism and Developmental
Disorders, 41(8), 1007-1018. https://doi.org/10.1007/s10803-010-1126-4
Kanner. (1943). Autistic disturbances of affective contact. Nervous Child, 2, 217-250.
Kasari, C., Chang, Y.-C. y Patterson, S. (2013). Pretending to play or playing to pretend:
the case of autism. American Journal of Play, 6(1), 124-135.
Kaufman, A. S. (2004). Kaufman Assessment Battery for Children, Second Edition: K-
ABC-II (2nd ed.). Boston: Pearson Assessments.
Kaufman, A. S. y Kaufman, N. L. (1983). Kaufman Assessment Battery for Children, K-
ABC: administration and scoring manual. American Guidance Service.
Kaufman, A. S., O’Neal, M. R., Avant, A. H. y Long, S. W. (1987). Review article:
introduction to the Kaufman Assessment Battery for Children (K-ABC) for
pediatric neuroclinicians. Journal of Child Neurology, 2(1), 3–16.
https://doi.org/10.1177/088307388700200102
M. L. Monroy 286 Tesis Doctoral
Kent, R. G., Carrington, S., Couteur, A., Gould, J., Wing, L., Maljaars, J., … R Leekam, S.
(2013). Diagnosing Autism Spectrum Disorder: who will get a DSM-5 diagnosis?
Journal of Child Psychology and Psychiatry, 54(11), 1242–1250.
https://doi.org/10.1111/jcpp.12085
Kenworthy, L., Case, L., Harms, M. B., Martin, A. y Wallace, G. L. (2010). Adaptive
behavior ratings correlate with symptomatology and IQ among individuals with
high-functioning Autism Spectrum Disorders. Journal of Autism and
Developmental Disorders, 40(4), 416–423. https://doi.org/10.1007/s10803-009-
0911-4
Kern, J. K., Garver, C. R., Carmody, T., Andrews, A. A., Trivedi, M. H. y Mehta, J. A.
(2007). Examining sensory quadrants in autism. Research in Autism Spectrum
Disorders, 1(2), 185–193. https://doi.org/10.1016/j.rasd.2006.09.002
Kern, J. K., Trivedi, M. H., Garver, C. R., Grannemann, B. D., Andrews, A. A., Savla, J. S.,
… Schroeder, J. L. (2006). The pattern of sensory processing abnormalities in
autism. Autism, 10(5), 480-494. https://doi.org/10.1177/1362361306066564
Kientz, M. A. y Dunn, W. (1997). A comparison of the performance of children with and
without autism on the Sensory Profile. American Journal of Occupational
Therapy, 51(7), 530–537. https://doi.org/10.5014/ajot.51.7.530
Kim, J.-S., Yoo, H.-J., Bae, J.-H., Cho, I.-H., Park, T.-W., Son, J.-W., … Cho, S.-C. (2015).
Clinical characteristics of children with Autism Spectrum Disorder according to
the presence of motor stereotypes. Journal of the Korean Academy of Child and
Adolescent Psychiatry, 26(1), 22-29.
https://doi.org/10.5765/jkacap.2015.26.1.22
Kim, S. H. y Lord, C. (2012). New Autism Diagnostic Interview-Revised algorithms for
toddlers and young preschoolers from 12 to 47 months of age. Journal of
Autism and Developmental Disorders, 42(1), 82-93.
https://doi.org/10.1007/s10803-011-1213-1
Kim, Y. S., Leventhal, B. L., Koh, Y.-J., Fombonne, E., Laska, E., Lim, E.-C., … Grinker, R. R.
(2011). Prevalence of Autism Spectrum Disorders in a total population sample.
American Journal of Psychiatry, 168(9), 904-912.
https://doi.org/10.1176/appi.ajp.2011.10101532
Tesis Doctoral 287 M. L. Monroy
Kirby, A. V., Boyd, B. A., Williams, K. L., Faldowski, R. A. y Baranek, G. T. (2016). Sensory
and repetitive behaviors among children with Autism Spectrum Disorder at
home. Autism, 1-13. https://doi.org/10.1177/1362361316632710
Kirby, R. S. (2015). Epidemiologic features of Autism Spectrum Disorders. En Fatemi S.
Hossein. The Molecular Basis of Autism (pp. 23-31). New York: Springer.
Kjellmer, L., Hedvall, A., Fernell, E., Gillberg, C. y Norrelgen, F. (2012). Language and
communication skills in preschool children with Autism Spectrum Disorders:
Contribution of cognition, severity of autism symptoms, and adaptive
functioning to the variability. Research in Developmental Disabilities, 33(1),
172–180. https://doi.org/10.1016/j.ridd.2011.09.003
Kjellmer, L., Hedvall, Å., Holm, A., Fernell, E., Gillberg, C. y Norrelgen, F. (2012).
Language comprehension in preschoolers with Autism Spectrum Disorders
without intellectual disability: use of the Reynell Developmental Language
Scales. Research in Autism Spectrum Disorders, 6(3), 1119-1125.
https://doi.org/10.1016/j.rasd.2012.03.003
Kleinman, J. M., Robins, D. L., Ventola, P. E., Pandey, J., Boorstein, H. C., Esser, E. L., …
others. (2008). The Modified Checklist for Autism in Toddlers: a follow-up study
investigating the early detection of Autism Spectrum Disorders. Journal of
Autism and Developmental Disorders, 38(5), 827–839.
https://doi.org/10.1007/s10803-007-0450-9
Kleinman, J. M., Ventola, P. E., Pandey, J., Verbalis, A. D., Barton, M., Hodgson, S., …
Fein, D. (2008). Diagnostic stability in very young children with Autism
Spectrum Disorders. Journal of Autism and Developmental Disorders, 38(4),
606–615. https://doi.org/10.1007/s10803-007-0427-8
Klin, A., Jones, W., Schultz, R. y Volkmar, F. (2003). The enactive mind, or from actions
to cognition: lessons from autism. Philosophical Transactions of the Royal
Society of London B: Biological Sciences, 358(1430), 345-360.
https://doi.org/10.1098/rstb.2002.1202
Klin, A., Saulnier, C. A., Sparrow, S. S., Cicchetti, D. V., Volkmar, F. R. y Lord, C. (2007).
Social and communication abilities and disabilities in higher functioning
individuals with Autism Spectrum Disorders: The Vineland and the ADOS.
M. L. Monroy 288 Tesis Doctoral
Journal of Autism and Developmental Disorders, 37(4), 748–759.
https://doi.org/10.1007/s10803-006-0229-4
Klin, A., Saulnier, C., Chawarska, K. y Volkmar, F. R. (2008). Case studies of infants first
evaluated in the second year of life. En K. Chawarska, A. Klin y F.R. Volkmar
(Eds.), Autism Spectrum Disorders in infants and toddlers: diagnosis,
assessment, and treatment (pp. 141–169). New York, NY: The Guilford Press.
Klin, A., Saulnier, C., Tsatsanis, K. y Volkmar, F. R. (2005). Clinical evaluation in Autism
Spectrum Disorders: psychological assessment within a transdisciplinary
framework. Handbook of Autism and Pervasive Developmental Disorders, 2,
772–798.
Klin, A., Sparrow, S. S., Bildt, A. de, Cicchetti, D. V., Cohen, D. J. y Volkmar, F. R. (1999).
A normed study of face recognition in autism and related disorders. Journal of
Autism and Developmental Disorders, 29(6), 499-508.
https://doi.org/10.1023/A:1022299920240
Klinger, L. G., Dawson, G. y Renner, P. (2013). Autistic disorder. En E. J. Mash y R. A.
Barkley (Eds.), Child Psychopathology, Second Edition (2a, pp. 409-454). New
York: Guilford Press.
Klintwall, L., Holm, A., Eriksson, M., Carlsson, L. H., Olsson, M. B., Hedvall, A., … Fernell,
E. (2011). Sensory abnormalities in autism: a brief report. Research in
Developmental Disabilities, 32(2), 795–800.
https://doi.org/10.1016/j.ridd.2010.10.021
Knoff, H. M., Stollar, S. A., Johnson, J. J., Chenneville, T., Nuttall, E. V. y Romero, I.
(1999). Assessment of social-emotional functioning and adaptive behavior. En
E.V. Nuttall, I. Romero y J. Kalesnik (Eds.). Assessing and screening preschoolers:
psychological and educational dimensions (2nd ed., pp. 126–160). Boston, MA:
Allyn & Bacon.
Kopp, S., Beckung, E. y Gillberg, C. (2010). Developmental coordination disorder and
other motor control problems in girls with Autism Spectrum Disorder and/or
Attention-Deficit/Hyperactivity Disorder. Research in Developmental
Disabilities, 31(2), 350–361. https://doi.org/10.1016/j.ridd.2009.09.017
Kopp, S. y Gillberg, C. (2011). The Autism Spectrum Screening Questionnaire (ASSQ)-
Revised Extended Version (ASSQ-REV): an instrument for better capturing the
Tesis Doctoral 289 M. L. Monroy
autism phenotype in girls? A preliminary study involving 191 clinical cases and
community controls. Research in Developmental Disabilities, 32(6), 2875–2888.
https://doi.org/10.1016/j.ridd.2011.05.017
Kraijer, D. (2000). Review of adaptive behavior studies in mentally retarded persons
with autism/pervasive developmental disorder. Journal of Autism and
Developmental Disorders, 30(1), 39–47.
https://doi.org/10.1023/A:1005460027636
Krug, D. A. y Arick, J. R. (2003). Krug Asperger’s Disorder Index: examiner’s manual.
Austin, TX: Pro-Ed.
Krug, D. A., Arick, J. R. y Almond, P. J. (1980). Autism Behavior Checklist. Austin, TX:
Pro-Ed.
Kuhaneck, H. M. y Watling, R. (2015). Occupational Therapy: meeting the needs of
families of people with Autism Spectrum Disorder. American Journal of
Occupational Therapy, 69(5), 6905170010p1–6905170010p5.
https://doi.org/0.5014/a jot.2015.019562
Kurita, H. (1985). Infantile autism with speech loss before the age of thirty months.
Journal of the American Academy of Child Psychiatry, 24(2), 191–196.
https://doi.org/10.1016/S0002-7138(09)60447-7
Lambert, N. M., Nihira, K. y Leland, H. (1993). The Adaptive Behavior Scale – School,
Second Edition: ABS-S2. Western Psychological Services.
Landa, R. J. (2008). Diagnosis of Autism Spectrum Disorders in the first 3 years of life.
Nature Clinical Practice Neurology, 4(3), 138–147.
https://doi.org/10.1038/ncpneuro0731
Landa, R. J. y Garrett-Mayer, E. (2006). Development in infants with Autism Spectrum
Disorders: a prospective study. Journal of Child Psychology and Psychiatry,
47(6), 629-638. https://doi.org/10.1111/j.1469-7610.2006.01531.x
Landa, R. J., Gross, A. L., Stuart, E. A. y Faherty, A. (2013). Developmental trajectories in
children with and without Autism Spectrum Disorders: the first 3 years. Child
Development, 84(2), 429–442. https://doi.org/10.1111/j.1467-
8624.2012.01870.x
Landa, R. J., Holman, K. C. y Garrett-Mayer, E. (2007). Social and communication
development in toddlers with early and later diagnosis of Autism Spectrum
M. L. Monroy 290 Tesis Doctoral
Disorders. Archives of General Psychiatry, 64(7), 853–864.
https://doi.org/10.1001/archpsyc.64.7.853
Landrigan, P. J. (2010). What causes autism? Exploring the environmental contribution.
Current Opinion in Pediatrics, 22(2), 219–225.
https://doi.org/10.1097/MOP.0b013e328336eb9a
Lane, A. E., Young, R. L., Baker, A. E. Z. y Angley, M. T. (2010). Sensory processing
subtypes in autism: association with adaptive behavior. Journal of Autism and
Developmental Disorders, 40(1), 112-122. https://doi.org/10.1007/s10803-009-
0840-2
Lazenby, D. C., Sideridis, G. D., Huntington, N., Prante, M., Dale, P. S., Curtin, S., …
others. (2016). Language differences at 12 months in infants who develop
Autism Spectrum Disorder. Journal of Autism and Developmental Disorders,
46(3), 899–909. https://doi.org/10.1007/s10803-015-2632-1
Lecavalier, L. (2005). An evaluation of the Gilliam Autism Rating Scale. Journal of
Autism and Developmental Disorders, 35(6), 795–805.
https://doi.org/10.1007/s10803-005-0025-6
Lecavalier, L. (2006). Behavioral and emotional problems in young people with
pervasive developmental disorders: relative prevalence, effects of subject
characteristics, and empirical classification. Journal of Autism and
Developmental Disorders, 36(8), 1101-1114. https://doi.org/10.1007/s10803-
006-0147-5
Lecavalier, L., Leone, S. y Wiltz, J. (2006). The impact of behaviour problems on
caregiver stress in young people with Autism Spectrum Disorders. Journal of
Intellectual Disability Research, 50(3), 172-183. https://doi.org/10.1111/j.1365-
2788.2005.00732.x
Lee, H. J. y Park, H. R. (2007). An integrated literature review on the adaptive behavior
of individuals with Asperger syndrome. Remedial and Special Education, 28(3),
132–139.
Leekam, S. R., Libby, S. J., Wing, L., Gould, J. y Taylor, C. (2002). The diagnostic
interview for social and communication disorders: algorithms for ICD-10
childhood autism and wing and Gould autistic spectrum disorder. Journal of
Tesis Doctoral 291 M. L. Monroy
Child Psychology and Psychiatry, 43(3), 327–342. https://doi.org/10.1111/1469-
7610.00024
Leekam, S. R., Nieto, C., Libby, S. J., Wing, L. y Gould, J. (2007). Describing the sensory
abnormalities of children and adults with autism. Journal of Autism and
Developmental Disorders, 37(5), 894-910. https://doi.org/10.1007/s10803-006-
0218-7
Leiter, R. G. (1980). Leiter International Performance Scale: instruction manual.
Chicago: Stoelting.
Lennen, D. T., Lamb, G. D., Dunagan, B. J. y Hall, T. A. (2010). Verbal prowess equals
higher IQ: implications for evaluating autism. Research in Autism Spectrum
Disorders, 4(1), 95–101. https://doi.org/10.1016/j.rasd.2009.09.004
Libby, S., Powell, S., Messer, D. y Jordan, R. (1998). Spontaneous play in children with
autism: a reappraisal. Journal of Autism and Developmental Disorders, 28(6),
487–497. https://doi.org/10.1023/A:1026095910558
Liss, M., Harel, B., Fein, D., Allen, D., Dunn, M., Feinstein, C., … Rapin, I. (2001).
Predictors and correlates of adaptive functioning in children with
developmental disorders. Journal of Autism and Developmental Disorders,
31(2), 219–230. https://doi.org/10.1023/A:1010707417274
Liss, M., Saulnier, C., Fein, D. y Kinsbourne, M. (2006). Sensory and attention
abnormalities in autistic spectrum disorders. Autism, 10(2), 155–172.
https://doi.org/10.1177/1362361306062021
Little, L. M., Ausderau, K., Sideris, J. y Baranek, G. T. (2015). Activity participation and
sensory features among children with Autism Spectrum Disorders. Journal of
Autism and Developmental Disorders, 45(9), 2981–2990.
https://doi.org/10.1007/s10803-015-2460-3
Lloyd, H., Paintin, K. y Botting, N. (2006). Performance of children with different types
of communication impairment on the Clinical Evaluation of Language
Fundamentals (CELF). Child Language Teaching and Therapy, 22(1), 47–67.
https://doi.org/10.1191/0265659006ct297oa
Loh, A., Soman, T., Brian, J., Bryson, S. E., Roberts, W., Szatmari, P., … Zwaigenbaum, L.
(2007). Stereotyped motor behaviors associated with autism in high-risk
infants: a pilot videotape analysis of a sibling sample. Journal of Autism and
M. L. Monroy 292 Tesis Doctoral
Developmental Disorders, 37(1), 25–36. https://doi.org/10.1007/s10803-006-
0333-5
Lopata, C., Fox, J. D., Thomeer, M. L., Smith, R. A., Volker, M. A., Kessel, C. M., … Lee, G.
K. (2012). ABAS-II ratings and correlates of adaptive behavior in children with
HFASDs. Journal of Developmental and Physical Disabilities, 24(4), 391–402.
https://doi.org/10.1007/s10882-012-9277-1
Lopez, B. R., Lincoln, A. J., Ozonoff, S. y Lai, Z. (2005). Examining the relationship
between executive functions and restricted, repetitive symptoms of autistic
disorder. Journal of Autism and Developmental Disorders, 35(4), 445–460.
https://doi.org/10.1007/s10803-005-5035-x
Lord, C. (1995). Follow-up of two-year-olds referred for possible autism. Journal of
Child Psychology and Psychiatry, 36(8), 1365–1382.
https://doi.org/10.1111/j.1469-7610.1995.tb01669.x
Lord, C., DiLavore, P. C. y Gotham, K. (2012). Autism Diagnostic Observation Schedule,
Second Edition: ADOS-2. Torrance, CA: Western Psychological Services.
Lord, C. y Risi, S. (1998). Frameworks and methods in diagnosing Autism Spectrum
Disorders. Mental Retardation and Developmental Disabilities Research
Reviews, 4(2), 90–96. https://doi.org/10.1002/(SICI)1098-
2779(1998)4:2<90::AID-MRDD5>3.0.CO;2-0
Lord, C., Risi, S., DiLavore, P. S., Shulman, C., Thurm, A. y Pickles, A. (2006). Autism
from 2 to 9 years of age. Archives of General Psychiatry, 63(6), 694-701.
https://doi.org/10.1001/archpsyc.63.6.694
Lord, C., Risi, S., Lambrecht, L., Cook Jr, E. H., Leventhal, B. L., DiLavore, P. C., … Rutter,
M. (2000). The Autism Diagnostic Observation Schedule—Generic: a standard
measure of social and communication deficits associated with the spectrum of
autism. Journal of Autism and Developmental Disorders, 30(3), 205–223.
https://doi.org/10.1023/A:1005592401947
Lord, C., Risi, S. y Pickles, A. (2004). Trajectory of language development in autistic
spectrum disorders. En Rice, Mabel L. (Ed); Warren, Steven F. (Ed).
Developmental language disorders: from phenotypes to etiologies (pp. 7-29).
Mahwah, NJ, US: Lawrence Erlbaum Associates Publishers.
Tesis Doctoral 293 M. L. Monroy
Lord, C., Rutter, M., DiLavore, P. y Risi, S. (1999). Autism Diagnostic Observation
Schedule (ADOS): manual. Los Angeles, CA: Western Psychological Services.
Lord, C., Rutter, M., DiLavore, P., Risi, S., Gotham, K. y Bishop, S. (2012). Autism
Diagnostic Observation Schedule–2nd Edition (ADOS-2): Manual (Part II):
Toddler Module. Torrance, CA: Western Psychological Corporation.
Lord, C. y Schopler, E. (1989). The role of age at assessment, developmental level, and
test in the stability of intelligence scores in young autistic children. Journal of
Autism and Developmental Disorders, 19(4), 483–499.
https://doi.org/10.1007/BF02212853
Lord, C., Shulman, C. y DiLavore, P. (2004). Regression and word loss in autistic
spectrum disorders. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 45(5), 936-955.
https://doi.org/10.1111/j.1469-7610.2004.t01-1-00287.x
Lord, C. y Spence, S. J. (2006). Autism Spectrum Disorders: phenotype and diagnosis.
En IMoldon SO, Rubenstein JLR, eds. Understanding autism: from basic
neuroscience to treatment (pp. 1-23). Boca Raton, FL: CRC press.
Lösche, G. (1990). Sensorimotor and action development in autistic children from
infancy to early childhood. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 31(5),
749-761. https://doi.org/10.1111/j.1469-7610.1990.tb00815.x
Lotter, V. (1966). Epidemiology of autistic conditions in young children. Social
Psychiatry, 1(3), 124–135. https://doi.org/10.1007/BF00584048
Loveland, K. A. y Kelley, M. L. (1988). Development of adaptive behavior in adolescents
and young adults with autism and Down syndrome. American Journal of Mental
Retardation, 93(1), 84–92.
Loveland, K. A. y Kelley, M. L. (1991). Development of adaptive behavior in
preschoolers with autism or Down syndrome. American Journal on Mental
Retardation, 96(1), 13-21.
Luckasson, R., Borthwick-Duffy, S., Buntinx, W. H., Coulter, D. L., Craig, E. M. P., Reeve,
A., … others. (2002). Mental retardation: definition, classification, and systems
of supports (10th ed.). American Association on Mental Retardation.
Luckasson, R., Coulter, D. L., Polloway, E. A., Reiss, S., Schalock, R. L., Snell, M. E., …
Stark, J. A. (1992). Mental retardation: definition, classification, and systems of
supports (9th ed.). American Association on Mental Retardation.
M. L. Monroy 294 Tesis Doctoral
Luiselli, J. K., Campbell, S., Cannon, B., DiPietro, E., Ellis, J. T., Taras, M. y Lifter, K.
(2001). Assessment instruments used in the education and treatment of
persons with autism: brief report of a survey of national service centers.
Research in Developmental Disabilities, 22(5), 389–398.
https://doi.org/10.1016/S0891-4222(01)00079-8
Luyster, R., Gotham, K., Guthrie, W., Coffing, M., Petrak, R., Pierce, K., … others. (2009).
The Autism Diagnostic Observation Schedule—Toddler Module: a new module
of a standardized diagnostic measure for Autism Spectrum Disorders. Journal of
Autism and Developmental Disorders, 39(9), 1305–1320.
https://doi.org/10.1007/s10803-009-0746-z
Luyster, R., Lopez, K. y Lord, C. (2007). Characterizing communicative development in
children referred for Autism Spectrum Disorders using the MacArthur-Bates
Communicative Development Inventory (CDI). Journal of Child Language,
34(03), 623–654. https://doi.org/10.1017/S0305000907008094
Mackinlay, R., Charman, T. y Karmiloff-Smith, A. (2006). High functioning children with
Autism Spectrum Disorder: a novel test of multitasking. Brain and Cognition,
61(1), 14–24. https://doi.org/10.1016/j.bandc.2005.12.006
Maenner, M. J., Rice, C. E., Arneson, C. L., Cunniff, C., Schieve, L. A., Carpenter, L. A., …
Durkin, M. S. (2014). Potential impact of DSM-5 criteria on Autism Spectrum
Disorder prevalence estimates. JAMA Psychiatry, 71(3), 292–300.
https://doi.org/10.1001/jamapsychiatry.2013.3893
Maestro, S., Muratori, F., Barbieri, F., Casella, C., Cattaneo, V., Cavallaro, M. C., …
others. (2001). Early behavioral development in autistic children: the first 2
years of life through home movies. Psychopathology, 34(3), 147–152.
https://doi.org/10.1159/000049298
Maestro, S., Muratori, F., Cavallaro, M. C., Pei, F., Stern, D., Golse, B. y Palacio-Espasa,
F. (2002). Attentional skills during the first 6 months of age in Autism Spectrum
Disorder. Journal of the American Academy of Child & Adolescent Psychiatry,
41(10), 1239–1245. https://doi.org/10.1097/00004583-200210000-00014
Magiati, I. y Howlin, P. (2001). Monitoring the progress of preschool children with
autism enrolled in early intervention programmes problems in cognitive
Tesis Doctoral 295 M. L. Monroy
assessment. Autism, 5(4), 399–406.
https://doi.org/10.1177/1362361301005004005
Magiati, I., Moss, J., Charman, T. y Howlin, P. (2011). Patterns of change in children
with Autism Spectrum Disorders who received community based
comprehensive interventions in their pre-school years: a seven year follow-up
study. Research in Autism Spectrum Disorders, 5(3), 1016–1027.
https://doi.org/10.1016/j.rasd.2010.11.007
Magiati, I., Tay, X. W. y Howlin, P. (2014). Cognitive, language, social and behavioural
outcomes in adults with Autism Spectrum Disorders: a systematic review of
longitudinal follow-up studies in adulthood. Clinical Psychology Review, 34(1),
73–86. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2013.11.002
Maljaars, J., Noens, I., Jansen, R., Scholte, E. y van Berckelaer-Onnes, I. (2011).
Intentional communication in nonverbal and verbal low-functioning children
with autism. Journal of Communication Disorders, 44(6), 601–614.
https://doi.org/10.1016/j.jcomdis.2011.07.004
Maljaars, J., Noens, I., Scholte, E. y Van Berckelaer-Onnes, I. (2012). Level of sense-
making in children with autistic disorder and intellectual disability: patterns of
delay and deviance in development. Research in Autism Spectrum Disorders,
6(2), 806–814. https://doi.org/10.1016/j.rasd.2011.10.006
Manjiviona, J. y Prior, M. (1995). Comparison of Asperger syndrome and high-
functioning autistic children on a test of motor impairment. Journal of Autism
and Developmental Disorders, 25(1), 23–39.
https://doi.org/10.1007/BF02178165
Marco, E. J., Hinkley, L. B. N., Hill, S. S. y Nagarajan, S. S. (2011). Sensory processing in
autism: a review of neurophysiologic findings. Pediatric Research, 69(5), 48R-
54R. https://doi.org/10.1203/PDR.0b013e3182130c54
Martins, Y., Young, R. L. y Robson, D. C. (2008). Feeding and eating behaviors in
children with autism and typically developing children. Journal of Autism and
Developmental Disorders, 38(10), 1878–1887. https://doi.org/10.1007/s10803-
008-0583-5
Matson, J. L. (Ed.). (2015). Comorbid conditions among children with Autism Spectrum
Disorders. Springer.
M. L. Monroy 296 Tesis Doctoral
Matson, J. L., Dempsey, T. y Fodstad, J. C. (2009). The effect of Autism Spectrum
Disorders on adaptive independent living skills in adults with severe intellectual
disability. Research in Developmental Disabilities, 30(6), 1203–1211.
https://doi.org/10.1016/j.ridd.2009.04.001
Matson, J. L., Kozlowski, A. M., Hattier, M. A., Horovitz, M. y Sipes, M. (2012). DSM-IV
vs DSM-5 diagnostic criteria for toddlers with autism. Developmental
Neurorehabilitation, 15(3), 185–190.
https://doi.org/10.3109/17518423.2012.672341
Matson, J. L., Mayville, E. A., Lott, J. D., Bielecki, J. y Logan, R. (2003). A comparison of
social and adaptive functioning in persons with psychosis, autism, and severe or
profound mental retardation. Journal of Developmental and Physical
Disabilities, 15(1), 57–65. https://doi.org/10.1023/A:1021404304361
Matson, J. L., Wilkins, J. y Gonzalez, M. (2008). Early identification and diagnosis in
autism spectrum disorders in young children and infants: How early is too
early? Research in Autism Spectrum Disorders, 2(1), 75–84.
https://doi.org/10.1016/j.rasd.2007.03.002
Mattard-Labrecque, C., Amor, L. B. y Couture, M. M. (2013). Children with autism and
attention difficulties: a pilot study of the association between sensory, motor,
and adaptive behaviors. Journal of the Canadian Academy of Child and
Adolescent Psychiatry, 22(2), 139-146.
Matthews, N. L., Pollard, E., Ober-Reynolds, S., Kirwan, J., Malligo, A. y Smith, C. J.
(2015). Revisiting cognitive and adaptive functioning in children and
adolescents with Autism Spectrum Disorder. Journal of Autism and
Developmental Disorders, 45(1), 138–156. https://doi.org/10.1007/s10803-014-
2200-0
Matthews, N. L., Smith, C. J., Pollard, E., Ober-Reynolds, S., Kirwan, J. y Malligo, A.
(2015). Adaptive functioning in Autism Spectrum Disorder during the transition
to adulthood. Journal of Autism and Developmental Disorders, 45(8), 2349–
2360. https://doi.org/10.1007/s10803-015-2400-2
Mattila, M.-L., Kielinen, M., Linna, S.-L., Jussila, K., Ebeling, H., Bloigu, R., … Moilanen, I.
(2011). Autism Spectrum Disorders according to DSM-IV-TR and comparison
with DSM-5 draft criteria: an epidemiological study. Journal of the American
Tesis Doctoral 297 M. L. Monroy
Academy of Child & Adolescent Psychiatry, 50(6), 583–592.
https://doi.org/10.1016/j.jaac.2011.04.001
Mawhood, L., Howlin, P. y Rutter, M. (2000). Autism and developmental receptive
language disorder—A comparative follow-up in early adult life. I: cognitive and
language outcomes. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 41(5), 547–559.
https://doi.org/10.1111/1469-7610.00642
Mayes, S. D. y Calhoun, S. L. (2003). Analysis of WISC-III, Stanford-Binet:IV, and
academic achievement test scores in children with autism. Journal of Autism
and Developmental Disorders, 33(3), 329-341.
https://doi.org/10.1023/A:1024462719081
Mayes, S. D. y Calhoun, S. L. (2004). Influence of IQ and age in childhood autism: lack of
support for DSM-IV Asperger’s disorder. Journal of Developmental and Physical
Disabilities, 16(3), 257-272.
https://doi.org/10.1023/B:JODD.0000032301.07550.0e
Mayes, S. D., Calhoun, S. L., Murray, M. J., Morrow, J. D., Cothren, S., Purichia, H., …
Bouder, J. N. (2011). Use of Gilliam Asperger’s disorder scale in differentiating
high and low functioning autism and ADHD. Psychological Reports, 108(1), 3–
13. https://doi.org/10.2466/04.10.15.PR0.108.1.3-13
Mayes, S. D., Calhoun, S. L., Murray, M. J., Morrow, J. D., Yurich, K. K., Mahr, F., …
Petersen, C. (2009). Comparison of scores on the Checklist for Autism Spectrum
Disorder, Childhood Autism Rating Scale, and Gilliam Asperger’s Disorder Scale
for children with low functioning autism, high functioning autism, Asperger’s
disorder, ADHD, and typical development. Journal of Autism and
Developmental Disorders, 39(12), 1682–1693. https://doi.org/10.1007/s10803-
009-0812-6
Mazefsky, C. A., Williams, D. L. y Minshew, N. J. (2008). Variability in adaptive behavior
in autism: evidence for the importance of family history. Journal of Abnormal
Child Psychology, 36(4), 591–599. https://doi.org/10.1007/s10802-007-9202-8
Mazurek, M. O. y Sohl, K. (2016). Sleep and behavioral problems in children with
Autism Spectrum Disorder. Journal of Autism and Developmental Disorders,
46(6), 1906–1915. https://doi.org/10.1007/s10803-016-2723-7
M. L. Monroy 298 Tesis Doctoral
McCary, L. M., Machlin, L. y Roberts, J. E. (2013). The development of adaptive
behaviour in toddlers and preschoolers with fragile X versus autism.
International Journal of Developmental Disabilities, 59(2), 67–79.
https://doi.org/10.1179/2047387713Y.0000000016
McCormick, C., Hepburn, S., Young, G. S. y Rogers, S. J. (2016). Sensory symptoms in
children with Autism Spectrum Disorder, other developmental disorders and
typical development: a longitudinal study. Autism, 20(5), 572-579.
https://doi.org/10.1177/1362361315599755
McDonald, C. A., Thomeer, M. L., Lopata, C., Fox, J. D., Donnelly, J. P., Tang, V. y
Rodgers, J. D. (2015). VABS-II ratings and predictors of adaptive behavior in
children with HFASD. Journal of Developmental and Physical Disabilities, 27(2),
235–247. https://doi.org/10.1007/s10882-014-9411-3
McGovern, C. W. y Sigman, M. (2005). Continuity and change from early childhood to
adolescence in autism. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 46(4), 401–
408. https://doi.org/10.1111/j.1469-7610.2004.00361.x
McGrew, K. S. y Bruininks, R. H. (1990). Defining adaptive and maladaptive behavior
within a model of personal competence. School Psychology Review, 19(1), 53–
73.
McGrew, K. S., Bruininks, R. H. y Johnson, D. R. (1996). Confirmatory factor analytic
investigation of Greenspan’s model of personal competence. American Journal
on Mental Retardation, 100, 533–545.
McIntosh, D. N., Miller, L. J., Shyu, V. y Dunn, W. (1999). Overview of the short sensory
profile (SSP). En Dunn. The sensory profile: Examiner’s manual (pp. 59–73).
McPartland, J. C., Reichow, B. y Volkmar, F. R. (2012). Sensitivity and specificity of
proposed DSM-5 diagnostic criteria for Autism Spectrum Disorder. Journal of
the American Academy of Child & Adolescent Psychiatry, 51(4), 368–383.
https://doi.org/10.1016/j.jaac.2012.01.007
Melfsen, S., Walitza, S., Attwood, A. y Warnke, A. (2005). Validierung der deutschen
Version der Australian Scale of Asperger’s Syndrome (ASAS). Zeitschrift für
Kinder-und Jugendpsychiatrie und Psychotherapie, 33(1), 27–34.
https://doi.org/10.1024/1422-4917.33.1.27
Tesis Doctoral 299 M. L. Monroy
Mervis, C. B. y Klein-Tasman, B. P. (2004). Methodological issues in group-matching
designs: α levels for control variable comparisons and measurement
characteristics of control and target variables. Journal of Autism and
Developmental Disorders, 34(1), 7–17.
https://doi.org/10.1023/B:JADD.0000018069.69562.b8
Michalec, D. (2011). Leiter International Performance Scale, Revised. En Goldstein, S. y
Naglieri, J. A. Encyclopedia of Child Behavior and Development (pp. 882–882).
New York: Springer.
Miles, J. H. (2011). Autism Spectrum Disorders—A genetics review. Genetics in
Medicine, 13(4), 278-294. https://doi.org/10.1097/GIM.0b013e3181ff67ba
Miller, J. L., Saklofske, D. H., Weiss, L. G., Drozdick, L., Llorente, A. M., Holdnack, J. A. y
Prifitera, A. (2015). Chapter 10. Issues related to the WISC-V assessment of
cognitive functioning in clinical and special groups. En Lawrence G. Weiss,
Donald H. Saklofske, James A. Holdnack, Aurelio Prifitera. WISC-V Assessment
and Interpretation: Scientist-Practitioner Perspectives (p. 287). Academic Press.
Miller Kuhaneck, H. M., Henry, D. A. y Glennon, T. J. (2007). Sensory Processing
Measure (SPM): main classroom and environments forms. Los Angeles: Western
Psychological Services.
Miller-Kuhaneck, H., Henry, D. A., Glennon, T. J. y Mu, K. (2007). Development of the
Sensory Processing Measure–School: initial studies of reliability and validity.
American Journal of Occupational Therapy, 61(2), 170–175.
https://doi.org/10.5014/ajot.61.2.170
Moore, V. y Goodson, S. (2003). How well does early diagnosis of autism stand the test
of time? Follow-up study of children assessed for autism at age 2 and
development of an early diagnostic service. Autism, 7(1), 47–63.
https://doi.org/10.1177/1362361303007001005
Morrison, J. (2015). DSM-5® Guía para el diagnóstico clínico. Editorial El Manual
Moderno.
Mouga, S., Almeida, J., Café, C., Duque, F. y Oliveira, G. (2015). Adaptive profiles in
autism and other neurodevelopmental disorders. Journal of Autism and
Developmental Disorders, 45(4), 1001–1012. https://doi.org/10.1007/s10803-
014-2256-x
M. L. Monroy 300 Tesis Doctoral
Mulas, F., Hernández-Muela, S., Etchepareborda, M. C. y Abad-Mas, L. (2004). Bases
clínicas neuropediátricas y patogénicas del Trastorno del Espectro Autista. Rev
Neurol, 38(Suppl 1), 9–14.
Mullen, E. M. (1995). Mullen Scales of Early Learning. Circle Pines, MN: American
Guidance Services.
Mulligan, S. (2006). Entrevistas y Observaciones. En Mulligan Shelley. Terapia
ocupacional en pediatría: procesos de evaluación (pp. 195-222). Madrid:
Editorial Médica Panamericana.
Mundy, P. (2016). Autism and joint attention: development, neuroscience, and clinical
fundamentals. New York: Guilford Press.
Mundy, P. y Neal, R. (2001). Neural plasticity, joint attention and autistic
developmental pathology. International Review of Research in Mental
Retardation, 23, 139–168. https://doi.org/10.1016/S0074-7750(00)80009-9
Muñoz-Yunta, J. A., Palau-Baduell, M., Díaz, F., Aznar, G., Veizaga, J. G., Valls-
Santasusana, A., … Maldonado, A. (2005). Fisiopatogenia de las estereotipias y
su relación con los trastornos generalizados del desarrollo. Rev Neurol, 41(Supl.
1), S139–S47.
Murray, H. A. (1938). Explorations in personality: a clinical and experimental study of
fifty men of college age (Vol. xiv). New York: Oxford Univ. Press.
Nader, A.-M., Courchesne, V., Dawson, M. y Soulières, I. (2016). Does WISC-IV
underestimate the intelligence of autistic children? Journal of Autism and
Developmental Disorders, 46(5), 1582–1589. https://doi.org/10.1007/s10803-
014-2270-z
Nader, A.-M., Jelenic, P. y Soulières, I. (2012). Cognitive profile in autistic versus
Asperger children: a comparison of WISC-III and WISC-IV profiles. En
International Meeting for Autism Research.
Narbona, J. y Patiño, A. (2002). Estudios genéticos de los trastornos de la
comunicación. Rev Neurol, 35(1), 32-36.
Navas, P., Verdugo, M. A. y Gómez, L. E. (2008). Diagnóstico y clasificación en
discapacidad intelectual. Psychosocial Intervention, 17(2), 143–152.
Navas, P., Verdugo, M. Á. y Tassé, M. J. (2013). Capítulo 5. Conducta adaptativa en
personas con discapacidad intelectual y discapacidades del desarrollo (pp. 111-
Tesis Doctoral 301 M. L. Monroy
134). Presentado en Discapacidad e inclusión: manual de docencia, Amaru
Ediciones.
Newborg, J., Stock, J. R., Wnek, L., Guidubaldi, J., Svinicki, J., Dickson, J. y others.
(1984). Battelle Developmental Inventory. Allen, TX: DLM, LINC Associates.
Newborg, J., Stock, J. R., Wnek, L., Guidubaldi, J., Svinicki, J. y others. (2005). Battelle
Developmental Inventory, Second Edition: BDI-II. Itasca, IL: Riverside.
Nicholas, J. S., Charles, J. M., Carpenter, L. A., King, L. B., Jenner, W. y Spratt, E. G.
(2008). Prevalence and characteristics of children with Autism Spectrum
Disorders. Annals of Epidemiology, 18(2), 130–136.
https://doi.org/10.1016/j.annepidem.2007.10.013
Nickel, R. E. y Huang-Storms, L. (2015). Early identification of young children with
Autism Spectrum Disorder. The Indian Journal of Pediatrics, 1–8.
https://doi.org/10.1007/s12098-015-1894-0
Nihira, K. (1999). Adaptive behavior: A historical overview. En R.L. Schalock (ed.),
Adaptive behavior and its measurement: Implications for the field of mental
retardation (pp. 7–14). Washington, DC: American Association on Mental
Retardation.
Nihira, K., Foster, R., Shellhaas, M. y Leland, H. (1974). AAMD Adaptive Behavior Scale
for Children and Adults. American Association on mental deficiency.
Nordin, V. y Gillberg, C. (1998). The long-term course of autistic disorders: update on
follow-up studies. Acta Psychiatrica Scandinavica, 97(2), 99–108.
https://doi.org/10.1111/j.1600-0447.1998.tb09970.x
Nygren, G., Hagberg, B., Billstedt, E., Skoglund, A., Gillberg, C. y Johansson, M. (2009).
The Swedish version of the diagnostic interview for social and communication
disorders (DISCO-10). Psychometric properties. Journal of Autism and
Developmental Disorders, 39(5), 730–741. https://doi.org/10.1007/s10803-008-
0678-z
Nygren, G., Sandberg, E., Gillstedt, F., Ekeroth, G., Arvidsson, T. y Gillberg, C. (2012). A
new screening programme for autism in a general population of Swedish
toddlers. Research in Developmental Disabilities, 33(4), 1200–1210.
https://doi.org/10.1016/j.ridd.2012.02.018
M. L. Monroy 302 Tesis Doctoral
O’Donnell, S., Deitz, J., Kartin, D., Nalty, T. y Dawson, G. (2012). Sensory processing,
problem behavior, adaptive behavior, and cognition in preschool children with
Autism Spectrum Disorders. American Journal of Occupational Therapy, 66(5),
586-594. https://doi.org/10.5014/ajot.2012.004168
OMS. (2000). Guía de bolsillo de la clasificación CIE-10: clasificación de los trastornos
mentales y del comportamiento. Editorial Médica Panamericana.
OMS. (2001). Organización Mundial de la Salud. Clasificación Internacional del
funcionamiento de la discapacidad y de la salud. IMSERSO España.
Ornitz, E. M. (1989). Autism at the interface between sensory and information
processing. En Dawson, Geraldine (Ed). Autism: Nature, diagnosis, and
treatment (pp. 174-207). New York, NY, US: Guilford Press.
Ornitz, E. M., Guthrie, D. y Farley, A. H. (1977). The early development of autistic
children. Journal of Autism and Childhood Schizophrenia, 7(3), 207–229.
https://doi.org/10.1007/BF01538999
Ornitz, E. M., Lane, S. J., Sugiyama, T. y de Traversay, J. (1993). Startle modulation
studies in autism. Journal of Autism and Developmental Disorders, 23(4), 619–
637. https://doi.org/10.1007/BF01046105
Oro, A. B., Briseño, J. V., García, C. C., Sepúlveda, R. C., Villalobos, A. H. y Sánchez, C. E.
(2012). Early manifestations of autism spectrum disorders. Experience of 393
cases in a child neurological centre. Neurología (English Edition), 27(7), 414–
420. https://doi.org/10.1016/j.nrleng.2011.09.002
Osterling, J. A. y Dawson, G. (1994). Early recognition of children with autism: a study
of first birthday home videotapes. Journal of Autism and Developmental
Disorders, 24(3), 247–257. https://doi.org/10.1007/BF02172225
Osterling, J. A., Dawson, G. y Munson, J. A. (2002). Early recognition of 1-year-old
infants with Autism Spectrum Disorder versus mental retardation. Development
and Psychopathology, 14(02), 239–251.
https://doi.org/10.1017/S0954579402002031
Ozonoff, S., Williams, B. J. y Landa, R. (2005). Parental report of the early development
of children with regressive autism. The delays-plus-regression phenotype.
Autism, 9(5), 461–486. https://doi.org/10.1177/1362361305057880
Tesis Doctoral 303 M. L. Monroy
Ozonoff, S., Young, G. S., Landa, R. J., Brian, J., Bryson, S., Charman, T., … others.
(2015). Diagnostic stability in young children at risk for Autism Spectrum
Disorder: a baby siblings research consortium study. Journal of Child Psychology
and Psychiatry, 56(9), 988–998. https://doi.org/10.1111/jcpp.12421
Pandey, J., Verbalis, A., Robins, D. L., Boorstein, H., Klin, A., Babitz, T., … others. (2008).
Screening for autism in older and younger toddlers with the Modified Checklist
for Autism in Toddlers. Autism, 12(5), 513–535.
https://doi.org/10.1177/1362361308094503
Pantaleón, G. y Juvier, T. (2015). Bases moleculares del síndrome de Rett, una mirada
actual. Revista Chilena de Pediatría, 86(3), 142-151.
https://doi.org/10.1016/j.rchipe.2015.07.001
Park, C. J., Yelland, G. W., Taffe, J. R. y Gray, K. M. (2012). Brief report: the relationship
between language skills, adaptive behavior, and emotional and behavior
problems in pre-schoolers with autism. Journal of Autism and Developmental
Disorders, 42(12), 2761–2766. https://doi.org/10.1007/s10803-012-1534-8
Paul, R., Loomis, R. y Chawarska, K. (2014). Adaptive behavior in toddlers under two
with Autism Spectrum Disorders. Journal of Autism and Developmental
Disorders, 44(2), 264-270. https://doi.org/10.1007/s10803-011-1279-9
Paul, R., Miles, S., Cicchetti, D., Sparrow, S., Klin, A., Volkmar, F., … Booker, S. (2004).
Adaptive behavior in autism and pervasive developmental disorder-not
otherwise specified: microanalysis of scores on the Vineland Adaptive Behavior
Scales. Journal of Autism and Developmental Disorders, 34(2), 223–228.
https://doi.org/10.1023/B:JADD.0000022612.18116.46
Perry, A. y Factor, D. C. (1989). Psychometric validity and clinical usefulness of the
Vineland Adaptive Behavior Scales and the AAMD Adaptive Behavior Scale for
an autistic sample. Journal of Autism and Developmental Disorders, 19(1), 41-
55. https://doi.org/10.1007/BF02212717
Perry, A., Flanagan, H. E., Geier, J. D. y Freeman, N. L. (2009). Brief report: The Vineland
Adaptive Behavior Scales in young children with Autism Spectrum Disorders at
different cognitive levels. Journal of Autism and Developmental Disorders,
39(7), 1066–1078. https://doi.org/10.1007/s10803-009-0704-9
M. L. Monroy 304 Tesis Doctoral
Peters, M. E. (2013). Determining the clinical utility of the Merrill-Palmer-Revised Scales
of development in a sample of children with autistic disorder. Recuperado a
partir de
http://digitalcommons.georgefox.edu/cgi/viewcontent.cgi?article=1109&conte
xt=psyd
Piek, J. P. y Dyck, M. J. (2004). Sensory-motor deficits in children with developmental
coordination disorder, attention deficit hyperactivity disorder and autistic
disorder. Human Movement Science, 23(3), 475–488.
Posada-De la Paz, M., Ferrari-Arroyo, M. J., Touriño, E. y Boada, L. (2005). Investigación
epidemiológica en el autismo: una visión integradora. Revista de Neurología,
40(Supl 1), S191–S198.
Premack, D. y Woodruff, G. (1978). Does the chimpanzee have a theory of mind?
Behavioral and Brain Sciences, 1(04), 515–526.
Prizant, B. M. y Bailey, D. (1992). Facilitating the acquisition and use of communication
skills. En D. Bailey y M. Wolery (Eds.). Teaching Infants and preschoolers with
disabilities (pp. 299–361). Columbus, OH: Merrill.
Provost, B., Heimerl, S. y Lopez, B. R. (2007). Levels of gross and fine motor
development in young children with Autism Spectrum Disorder. Physical &
Occupational Therapy in Pediatrics, 27(3), 21–36.
https://doi.org/10.1080/J006v27n03_03
Pugliese, C. E., Anthony, L. G., Strang, J. F., Dudley, K., Wallace, G. L., Naiman, D. Q. y
Kenworthy, L. (2015). Longitudinal examination of adaptive behavior in Autism
Spectrum Disorders: influence of executive function. Journal of Autism and
Developmental Disorders, 46(2), 467-477. https://doi.org/10.1007/s10803-015-
2584-5
RAE. (2014). Diccionario de la lengua española - Edición del Tricentenario (23a Ed.).
Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE). Real Academia
Española.
Rapin, I. y Allen, D. (1983). Chapter 8. Developmental language disorders: nosologic
considerations. En Kirk U. Neuropsychology of Language, Reading, and Spelling
(pp. 155–184).
Tesis Doctoral 305 M. L. Monroy
Ravelli, A. J., Bobbink, A. F., Bommel, M. J. E. van, Magnee, M., Deutekom, M. J. van y
Heemelaar, M. L. (1990). Autism: professional perspectives and practice.
Springer.
Ray-Subramanian, C. E., Huai, N. y Weismer, S. E. (2011). Brief report: adaptive
behavior and cognitive skills for toddlers on the autism spectrum. Journal of
Autism and Developmental Disorders, 41(5), 679–684.
https://doi.org/10.1007/s10803-010-1083-y
Rellini, E., Tortolani, D., Trillo, S., Carbone, S. y Montecchi, F. (2004). Childhood Autism
Rating Scale (CARS) and Autism Behavior Checklist (ABC). Correspondence and
conflicts with DSM-IV criteria in diagnosis of autism. Journal of Autism and
Developmental Disorders, 34(6), 703-708. https://doi.org/10.1007/s10803-004-
5290-2
Reschly, D. J., Myers, T. G. y Hartel, C. R. (2002). The role of adaptive behavior
assessment. En National Research Council (US) Committee on Disability
Determination for Mental Retardation; Reschly DJ, Myers TG, Hartel CR, editors.
Mental Retardation: Determining Eligibility for Social Security Benefits.
Washington, DC: National Academies Press (US).
Reynolds, S., Lane, S. J. y Thacker, L. (2012). Sensory processing, physiological stress,
and sleep behaviors in children with and without Autism Spectrum Disorders.
OTJR: Occupation, Participation and Health, 32(1), 246–257.
https://doi.org/10.3928/15394492-20110513-02
Rimland, B. (1964). Infantile autism: the syndrome and its implications for a neural
theory of behavior. En Infantile autism: The syndrome and its implications for a
neural theory of behavior. East Norwalk, CT, US: Appleton-Century-Crofts.
Risi, S., Lord, C., Gotham, K., Corsello, C., Chrysler, C., Szatmari, P., … Pickles, A. (2006).
Combining information from multiple sources in the diagnosis of Autism
Spectrum Disorders. Journal of the American Academy of Child & Adolescent
Psychiatry, 45(9), 1094–1103.
https://doi.org/10.1097/01.chi.0000227880.42780.0e
Rivard, M., Terroux, A., Mercier, C. y Parent-Boursier, C. (2015). Indicators of
intellectual disabilities in young children with Autism Spectrum Disorders.
M. L. Monroy 306 Tesis Doctoral
Journal of Autism and Developmental Disorders, 45(1), 127–137.
https://doi.org/10.1007/s10803-014-2198-3
Riviere, A. (1997). Tratamiento y definición del espectro autista II: anticipación,
flexibilidad y capacidades simbólicas. En A. Rivière y J. Martos (Comp.) El
tratamiento del autismo. Perspectivas actuales (pp. 107–160). Madrid: APNA-
IMSERSO.
Riviere, A. y Martos, J. (2000). ¿Cómo aparece el autismo? Diagnóstico temprano e
indicadores precoces del trastorno autista. En A. Rivière y J. Martos (Comp.) El
tratamiento del autismo. Perspectivas actuales (pp. 13–32). Madrid: APNA-
IMSERSO. Recuperado a partir de
http://www.uam.es/personal_pdi/psicologia/agonzale/Asun/2007/TRD/Artic/R
ivComoApareceAut.htm
Robins, D. L. (2008). Screening for Autism Spectrum Disorders in primary care settings.
Autism, 12(5), 537–556. https://doi.org/10.1177/1362361308094502
Robins, D. L., Casagrande, K., Barton, M., Chen, C.-M. A., Dumont-Mathieu, T. y Fein, D.
(2014). Validation of the modified checklist for autism in toddlers, revised with
follow-up (M-CHAT-R/F). Pediatrics, 133(1), 37–45.
https://doi.org/10.1542/peds.2013-1813 PMCID: PMC3876182
Robins, D. L., Fein, D. y Barton, M. (2009). Modified checklist for autism in toddlers,
revised, with follow-up (M-CHAT-R/F) TM. LineageN. Recuperado a partir de
http://mchatscreen.com/wp-content/uploads/2015/09/M-CHAT-R_F.pdf
Robins, D. L., Fein, D., Barton, M. L. y Green, J. A. (2001). The Modified Checklist for
Autism in Toddlers: an initial study investigating the early detection of autism
and pervasive developmental disorders. Journal of Autism and Developmental
Disorders, 31(2), 131–144. https://doi.org/10.1023/A:1010738829569
Rodger, S. (1994). A survey of assessments used by paediatric occupational therapists.
Australian Occupational Therapy Journal, 41(3), 137–142.
https://doi.org/10.1111/j.1440-1630.1994.tb01300.x
Rodier, P. M. y Hyman, S. L. (1998). Early environmental factors in autism. Mental
Retardation and Developmental Disabilities Research Reviews, 4(2), 121-128.
https://doi.org/10.1002/(SICI)1098-2779(1998)4:2<121::AID-MRDD9>3.0.CO;2-
S
Tesis Doctoral 307 M. L. Monroy
Rodrigue, J. R., Morgan, S. B. y Geffken, G. R. (1991). A comparative evaluation of
adaptive behavior in children and adolescents with autism, Down syndrome,
and normal development. Journal of Autism and Developmental Disorders,
21(2), 187–196. https://doi.org/10.1007/BF02284759
Rogers, S. J. (2000). Diagnosis of autism before the age of 3. International Review of
Research in Mental Retardation, 23, 1–31. https://doi.org/10.1016/S0074-
7750(00)80004-X
Rogers, S. J., Hepburn, S. y Wehner, E. (2003). Parent reports of sensory symptoms in
toddlers with autism and those with other developmental disorders. Journal of
Autism and Developmental Disorders, 33(6), 631-642.
https://doi.org/10.1023/B:JADD.0000006000.38991.a7
Rogers, S. J. y Vismara, L. A. (2008). Evidence-based comprehensive treatments for
early autism. Journal of Clinical Child & Adolescent Psychology, 37(1), 8–38.
https://doi.org/10.1080/15374410701817808
Roid, G. H. (2003). Stanford-Binet Intelligence Scales. Itasca, IL: Riverside Publishing.
Roid, G. H. y Miller, L. J. (1997). Leiter International Performance Scale, Revised: Leiter-
R. Wood Dale, IL: Stoelting.
Roid, G. H., Pomplun, M. y Martin, J. J. (2009). Nonverbal intellectual and cognitive
assessment with the Leiter International Performance Scale-Revised (Leiter-R).
En Practitioner’s Guide to Assessing Intelligence and Achievement (pp. 265–
290). Hoboken, New Jersey: John Wiley & Sons, Inc.
Roid, G. H. y Sampers, J. (2004). Merrill-Palmer Developmental Scale, Revised; MP-R:
manual. Wood Dale, IL: Stoelting.
Rubio Franco, V. J. (1995). Las habilidades sociales y la conducta adaptativa en el
retraso mental. Competencia personal y competencia interpersonal. En
Verdugo Alonso, M.A. (dir): Personas con discapacidad: perspectivas
psicopedagógicas y rehabilitadoras (pp. 677-716). Madrid: Siglo Veintiuno de
España.
Rumsey, J. M. (1992). Neuropsychological studies of high-level autism. En High-
functioning individuals with autism (pp. 41–64). Springer.
M. L. Monroy 308 Tesis Doctoral
Rutherford, M. D., Young, G. S., Hepburn, S. y Rogers, S. J. (2007). A longitudinal study
of pretend play in autism. Journal of Autism and Developmental Disorders,
37(6), 1024–1039. https://doi.org/10.1007/s10803-006-0240-9
Rutter, M. (1983). Cognitive deficits in the pathogenesis of autism. Journal of Child
Psychology and Psychiatry, 24(4), 513-531. https://doi.org/10.1111/j.1469-
7610.1983.tb00129.x
Rutter, M., Bailey, A. y Lord, C. (2003). The Social Communication Questionnaire, SCQ:
manual. Western Psychological Services.
Rutter, M., Le Couteur, A. y Lord, C. (2003). The Autism Diagnostic Interview-Revised
(ADI-R). Los Angeles, CA: Western Psychological Services.
Saemundsen, E., Magnússon, P., Georgsdóttir, I., Egilsson, E. y Rafnsson, V. (2013).
Prevalence of Autism Spectrum Disorders in an Icelandic birth cohort. BMJ
Open, 3(6), 1-6. https://doi.org/10.1136/bmjopen-2013-002748
Saemundsen, E., Magnússon, P., Smári, J. y Sigurdardóttir, S. (2003). Autism Diagnostic
Interview-Revised and the Childhood Autism Rating Scale: convergence and
discrepancy in diagnosing autism. Journal of Autism and Developmental
Disorders, 33(3), 319-328. https://doi.org/10.1023/A:1024410702242
Safran, S. P. (2001). Asperger syndrome: the emerging challenge to special education.
Exceptional Children, 67(2), 151–160.
https://doi.org/10.1177/001440290106700201
Salvador-Carulla, L., Reed, G. M., Vaez-Azizi, L. M., Cooper, S.-A., Leal, R., Bertelli, M., …
others. (2011). Intellectual developmental disorders: towards a new name,
definition and framework for “mental retardation/intellectual disability” in ICD-
11. World Psychiatry, 10(3), 175–180. https://doi.org/10.1002/j.2051-
5545.2011.tb00045.x
Sambraus, H. H. (1985). Stereotypies. En Ethology of farm animals (pp. 431–441).
Elsevier, Amsterdam.
Sattler, J. M. (2001). Assessment of children: cognitive applications. La Mesa, CA: Inc.
Sattler, J. M. y Hoge, R. D. (2006). Assessment of children: behavioral, social, and
clinical foundations. San Diego, CA: Publisher Inc.
Tesis Doctoral 309 M. L. Monroy
Sattler, J. M., Hoge, R. D., Bellono, L. D. G., Herrejón, J. L. N., Filós, A. R. B. y Fuentes, S.
V. (2008). Evaluación infantil: Aplicaciones conductuales, sociales y clínicas.
Manual Moderno.
Saulnier, C. A. y Klin, A. (2007). Brief report: social and communication abilities and
disabilities in higher functioning individuals with autism and Asperger
syndrome. Journal of Autism and Developmental Disorders, 37(4), 788-793.
https://doi.org/10.1007/s10803-006-0288-6
Schalock, R. L. (2004). Adaptive behavior: its conceptualization and measurement. En
Emerson, E., Hatton, C., Thompson, T., Parmenter, T.. International Handbook of
Applied Research in Intellectual Disabilities. John Wiley & Sons.
Schalock, R. L., Borthwick-Duffy, S. A., Bradley, V. J., Buntinx, W. H., Coulter, D. L.,
Craig, E. M., … others. (2010). Intellectual disability: definition, classification,
and systems of supports (11th ed.). Washington, DC: American Association on
Intellectual and Developmental Disabilities.
Schalock, R. L. y Braddock, D. L. (1999). Adaptive behavior and its measurement:
implications for the field of mental retardation. American Association on
Mental Retardation.
Schalock, R. L., Buntinx, W. H. E., Borthwick-Duffy, S., Luckasson, R., Snell, M. E., Tassé,
M. J. y Wehmeyer, M. L. (2007). User’s Guide: Mental retardation: definition,
classification, and systems of supports. Applications for clinicians, educators,
disability program managers, and policy makers (10th ed.). Washington, DC:
American Association on Intellectual and Developmental Disabilities.
Schalock, R. L., Luckasson, R. A. y Shogren, K. A. (2007). The renaming of mental
retardation: understanding the change to the term intellectual disability.
Intellectual and Developmental Disabilities, 45(2), 116–124.
Schatz, J. y Hamdan-Allen, G. (1995). Effects of age and IQ on adaptive behavior
domains for children with autism. Journal of Autism and Developmental
Disorders, 25(1), 51–60. https://doi.org/10.1007/BF02178167
Schopler, E., Reichler, R. J. y Rochen Renner, B. (1988). The Childhood Autism Rating
Scale (CARS). Los Ángeles: Western Psychological Services.
Schreck, K. A., Williams, K. y Smith, A. F. (2004). A comparison of eating behaviors
between children with and without autism. Journal of Autism and
M. L. Monroy 310 Tesis Doctoral
Developmental Disorders, 34(4), 433–438.
https://doi.org/10.1023/B:JADD.0000037419.78531.86
Scott, F. J., Baron-Cohen, S., Bolton, P. y Brayne, C. (2002). The CAST (Childhood
Asperger Syndrome Test) preliminary development of a UK screen for
mainstream primary-school-age children. Autism, 6(1), 9–31.
https://doi.org/10.1177/1362361302006001003
Shah, A. y Holmes, N. (1985). Brief report: the use of the Leiter International
Performance Scale with autistic children. Journal of Autism and Developmental
Disorders, 15(2), 195–203. https://doi.org/10.1007/BF01531605
Shumway, S. y Wetherby, A. M. (2009). Communicative acts of children with Autism
Spectrum Disorders in the second year of life. Journal of Speech, Language, and
Hearing Research, 52(5), 1139–1156. https://doi.org/10.1044/1092-
4388(2009/07-0280)
Sigman, M., Ruskin, E., Arbelle, S., Corona, R., Dissanayake, C., Espinosa, M., … others.
(1999). Continuity and change in the social competence of children with
autism, Down syndrome, and developmental delays. Monographs of the Society
for Research in Child Development, 64(1), 1-114.
Simonoff, E., Pickles, A., Charman, T., Chandler, S., Loucas, T. y Baird, G. (2008).
Psychiatric disorders in children with Autism Spectrum Disorders: prevalence,
comorbidity, and associated factors in a population-derived sample. Journal of
the American Academy of Child & Adolescent Psychiatry, 47(8), 921-929.
https://doi.org/10.1097/CHI.0b013e318179964f
Sipes, M., Matson, J. L. y Turygin, N. (2011). The use of the Battelle Developmental
Inventory–Second Edition (BDI-2) as an early screener for Autism Spectrum
Disorders. Developmental Neurorehabilitation, 14(5), 310–314.
https://doi.org/10.3109/17518423.2011.598477
Siu, A. L., Bibbins-Domingo, K., Grossman, D. C., Baumann, L. C., Davidson, K. W., Ebell,
M., … Pignone, M. P. (2016). Screening for Autism Spectrum Disorder in young
children: US preventive services task force recommendation statement. JAMA,
315(7), 691-696. https://doi.org/10.1001/jama.2016.0018
Sivertsen, B., Posserud, M.-B., Gillberg, C., Lundervold, A. J. y Hysing, M. (2012). Sleep
problems in children with autism spectrum problems: a longitudinal
Tesis Doctoral 311 M. L. Monroy
population-based study. Autism, 16(2), 139–150.
https://doi.org/10.1177/1362361311404255
Smith, I. M. (2004). Motor problems in children with autistic spectrum disorders. En
Dewey D., Tupper D.E.: Developmental motor disorders: A Neuropsychological
Perspective (pp. 152–168).
Snyderman, M. y Rothman, S. (1987). Survey of expert opinion on intelligence and
aptitude testing. American Psychologist, 42(2), 137-144.
https://doi.org/10.1037/0003-066X.42.2.137
South, M., Williams, B. J., McMahon, W. M., Owley, T., Filipek, P. A., Shernoff, E., …
Ozonoff, S. (2002). Utility of the Gilliam Autism Rating Scale in research and
clinical populations. Journal of Autism and Developmental Disorders, 32(6), 593-
599. https://doi.org/10.1023/A:1021211232023
Sparrow, S. S., Balla, D. A. y Cicchetti, D. V. (2005). Vineland Adaptive Behavior Scales,
Second Edition: Vineland-II (2nd ed.). New York: American Guidance Service.
Sparrow, S. S., Balla, D. A. y Cicchetti, D. V. (2016). Vineland Adaptive Behavior Scales,
Third Edition: Vineland-3 (3rd ed.). New York: American Guidance Service.
Sparrow, S. S., Balla, D. A., Cicchetti, D. V., Harrison, P. L. y Doll, E. A. (1984). Vineland
Adaptive Behavior Scales (1st ed.). New York: American Guidance Service.
Spiker, D., Lotspeich, L. J., Dimiceli, S., Myers, R. M. y Risch, N. (2002). Behavioral
phenotypic variation in autism multiplex families: evidence for a continuous
severity gradient. American Journal of Medical Genetics, 114(2), 129–136.
https://doi.org/10.1002/ajmg.10188
Spreat, S. (1982). The AAMD adaptive behavior scale: a psychometric review. Journal
of School Psychology, 20(1), 45–56. https://doi.org/10.1016/0022-
4405(82)90040-1
Stamou, M., Streifel, K. M., Goines, P. E. y Lein, P. J. (2013). Neuronal connectivity as a
convergent target of gene x environment interactions that confer risk for
Autism Spectrum Disorders. Neurotoxicology and Teratology, 36, 3–16.
https://doi.org/10.1016/j.ntt.2012.12.001
Steiner, A. M., Goldsmith, T. R., Snow, A. V. y Chawarska, K. (2012). Practitioner’s guide
to Assessment of Autism Spectrum Disorders in infants and toddlers. Journal of
M. L. Monroy 312 Tesis Doctoral
Autism and Developmental Disorders, 42(6), 1183-1196.
https://doi.org/10.1007/s10803-011-1376-9
Sterponi, L. y Shankey, J. (2014). Rethinking echolalia: repetition as interactional
resource in the communication of a child with autism. Journal of Child
Language, 41(2), 275-304. https://doi.org/10.1017/S0305000912000682
Stockman, I. J. (2000). The new Peabody Picture Vocabulary Test-III. An illusion of
unbiased assessment? Language, Speech, and Hearing Services in Schools,
31(4), 340–353. https://doi.org/10.1044/0161-1461.3104.340
Stone, W. L., Coonrod, E. E. y Ousley, O. Y. (2000). Brief report: screening tool for
autism in two-year-olds (STAT): development and preliminary data. Journal of
Autism and Developmental Disorders, 30(6), 607–612.
https://doi.org/10.1023/A:1005647629002
Stone, W. L., Coonrod, E. E., Turner, L. M. y Pozdol, S. L. (2004). Psychometric
properties of the STAT for early autism screening. Journal of Autism and
Developmental Disorders, 34(6), 691–701. https://doi.org/10.1007/s10803-004-
5289-8
Stone, W. L., Lee, E. B., Ashford, L., Brissie, J., Hepburn, S. L., Coonrod, E. E. y Weiss, B.
H. (1999). Can autism be diagnosed accurately in children under 3 years?
Journal of Child Psychology and Psychiatry, 40(02), 219–226.
https://doi.org/10.1111/1469-7610.00435
Stone, W. L., McMahon, C. R. y Henderson, C. M. (2008a). Screening tool for autism in
two-year olds (STAT). Thousand Oaks: Sage Publishing.
Stone, W. L., McMahon, C. R. y Henderson, L. M. (2008b). Use of the Screening Tool for
Autism in two-year-olds (STAT) for children under 24 months: an exploratory
study. Autism, 12(5), 557–573. https://doi.org/10.1177/1362361308096403
Stone, W. L., Ousley, O. Y., Hepburn, S. L., Hogan, K. L. y Brown, C. S. (1999). Patterns of
adaptive behavior in very young children with autism. American Journal on
Mental Retardation, 104(2), 187-199. https://doi.org/10.1352/0895-
8017(1999)104<0187:POABIV>2.0.CO;2
Strenze, T. (2007). Intelligence and socioeconomic success: a meta-analytic review of
longitudinal research. Intelligence, 35(5), 401–426.
https://doi.org/10.1016/j.intell.2006.09.004
Tesis Doctoral 313 M. L. Monroy
Stutsman, R. (1931). Merrill-Palmer Scale of Mental Tests. Stoelting Company.
Sutera, S., Pandey, J., Esser, E. L., Rosenthal, M. A., Wilson, L. B., Barton, M., … others.
(2007). Predictors of optimal outcome in toddlers diagnosed with Autism
Spectrum Disorders. Journal of Autism and Developmental Disorders, 37(1), 98–
107. https://doi.org/10.1007/s10803-006-0340-6
Swain, N. R., Eadie, P. A., Prior, M. R. y Reilly, S. (2015). Assessing early communication
skills at 12 months: a retrospective study of Autism Spectrum Disorder.
International Journal of Language & Communication Disorders, 50(4), 488–498.
https://doi.org/10.1111/1460-6984.12150
Swinkels, S. H. N., Dietz, C., Daalen, E. van, Kerkhof, I. H. G. M., Engeland, H. van y
Buitelaar, J. K. (2006). Screening for autistic spectrum in children aged 14 to 15
months. I: the development of the Early Screening of Autistic Traits
Questionnaire (ESAT). Journal of Autism and Developmental Disorders, 36(6),
723-732. https://doi.org/10.1007/s10803-006-0115-0
Szatmari, P., Bryson, S., Duku, E., Vaccarella, L., Zwaigenbaum, L., Bennett, T. y Boyle,
M. H. (2009). Similar developmental trajectories in autism and Asperger
syndrome: from early childhood to adolescence. Journal of Child Psychology
and Psychiatry, 50(12), 1459–1467. https://doi.org/10.1111/j.1469-
7610.2009.02123.x
Szatmari, P., Bryson, S. E., Boyle, M. H., Streiner, D. L. y Duku, E. (2003). Predictors of
outcome among high functioning children with autism and Asperger syndrome.
Journal of Child Psychology and Psychiatry, 44(4), 520–528.
https://doi.org/10.1111/1469-7610.00141
Tager-Flusberg, H. (2006). Defining language phenotypes in autism. Clinical
Neuroscience Research, 6(3), 219–224.
https://doi.org/10.1016/j.cnr.2006.06.007
Taheri, A., Perry, A. y Factor, D. C. (2014). Brief report: a further examination of the
DSM-5 Autism Spectrum Disorder criteria in practice. Journal on Developmental
Disabilities, 20(1), 116-121.
Tassé, M. J. (2009). Adaptive behavior assessment and the diagnosis of mental
retardation in capital cases. Applied Neuropsychology, 16(2), 114–123.
https://doi.org/10.1080/09084280902864451
M. L. Monroy 314 Tesis Doctoral
Tassé, M. J., Schalock, R. L., Balboni, G., Bersani, H., Borthwick-Duffy, S. A., Spreat, S., …
Zhang, D. (2012). The Construct of Adaptive Behavior: Its Conceptualization,
Measurement, and Use in the Field of Intellectual Disability. American Journal
on Intellectual and Developmental Disabilities, 117(4), 291-303.
https://doi.org/10.1352/1944-7558-117.4.291
Tavassoli, T., Miller, L. J., Schoen, S. A., Nielsen, D. M. y Baron-Cohen, S. (2013).
Sensory over-responsivity in adults with autism spectrum conditions. Autism,
0(0), 1-5. https://doi.org/10.1177/1362361313477246
Thompson, J. R., McGrew, K. S. y Bruininks, R. H. (1999). Adaptive and maladaptive
behavior: Functional and structural characteristics. En R. L. Schalock (Ed.).
Adaptive behavior, conceptual basis, measurement and use (pp. 15–42).
Washington, DC: American Association on Mental Retardation.
Thorndike, R. L., Hagen, E. P. y Sattler, J. M. (1986). Stanford-Binet Intelligence Scale.
Riverside Publishing Company.
Thurm, A., Lord, C., Lee, L.-C. y Newschaffer, C. (2007). Predictors of language
acquisition in preschool children with Autism Spectrum Disorders. Journal of
Autism and Developmental Disorders, 37(9), 1721–1734.
https://doi.org/10.1007/s10803-006-0300-1
Tomanik, S. S., Harris, G. E. y Hawkins, J. (2004). The relationship between behaviours
exhibited by children with autism and maternal stress. Journal of Intellectual
and Developmental Disability, 29(1), 16–26.
Tomanik, S. S., Pearson, D. A., Loveland, K. A., Lane, D. M. y Shaw, J. B. (2007).
Improving the reliability of autism diagnoses: examining the utility of adaptive
behavior. Journal of Autism and Developmental Disorders, 37(5), 921–928.
https://doi.org/10.1007/s10803-006-0227-6
Tomchek, S. y Dunn, W. (2007). Sensory processing in children with and without
autism: a comparative study using the Short Sensory Profile. American Journal
of Occupational Therapy, 61(2), 190-200. https://doi.org/10.5014/ajot.61.2.190
Tomchek, S., Huebner, R. A. y Dunn, W. (2014). Patterns of sensory processing in
children with an Autism Spectrum Disorder. Research in Autism Spectrum
Disorders, 8(9), 1214–1224. https://doi.org/10.1016/j.rasd.2014.06.006
Tesis Doctoral 315 M. L. Monroy
Tsatsanis, K. D., Dartnall, N., Cicchetti, D., Sparrow, S. S., Klin, A. y Volkmar, F. R. (2003).
Concurrent validity and classification accuracy of the Leiter and Leiter-R in low-
functioning children with autism. Journal of Autism and Developmental
Disorders, 33(1), 23–30. https://doi.org/10.1023/A:1022274219808
Turner, L. M., Stone, W. L., Pozdol, S. L. y Coonrod, E. E. (2006). Follow-up of children
with Autism Spectrum Disorders from age 2 to age 9. Autism, 10(3), 243–265.
https://doi.org/10.1177/1362361306063296
Venter, A., Lord, C. y Schopler, E. (1992). A follow-up study of high-functioning autistic
children. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 33(3), 489–597.
https://doi.org/10.1111/j.1469-7610.1992.tb00887.x
Ventola, P. E., Kleinman, J., Pandey, J., Barton, M., Allen, S., Green, J., … Fein, D. (2006).
Agreement among four diagnostic instruments for Autism Spectrum Disorders
in toddlers. Journal of Autism and Developmental Disorders, 36(7), 839–847.
https://doi.org/10.1007/s10803-006-0128-8
Ventola, P. E., Saulnier, C. A., Steinberg, E., Chawarska, K. y Klin, A. (2014). Early-
emerging social adaptive skills in toddlers with Autism Spectrum Disorders: an
item analysis. Journal of Autism and Developmental Disorders, 44(2), 283–293.
https://doi.org/10.1007/s10803-011-1278-x
Verdugo, M. Á., Navas, P., de Urríes, F. B. J., Gómez, L. E. y Arias, B. (2012). Evaluación
de la conducta adaptativa en el contexto español. En S. Santos y P. Morato
(Eds.) Comportamento adaptativo. Dez anos depois (pp. 35–52). Lisboa:
Faculdade de Motricidade Humana.
Verdugo, M. Á., Schalock, R. L., Thompson, J. y Guillén, V. (2011). Discapacidad
Intelectual. Definición, clasificación y sistemas de apoyo (11a). Madrid: Alianza
Editorial.
Viana, I. y Pellegrini, M. (2008). Consideraciones contextuales en la infancia.
Introducción al desarrollo del niño. En Terapia Ocupacional en la Infancia:
teoría y práctica (pp. 1-18). Madrid: Editorial Médica Panamericana.
Vig, S. y Jedrysek, E. (1995). Adaptive behavior of young urban children with
developmental disabilities. Mental Retardation, 33(2), 90-98.
M. L. Monroy 316 Tesis Doctoral
Vilensky, J. A., Damasio, A. R. y Maurer, R. G. (1981). Gait disturbances in patients with
autistic behavior: a preliminary study. Archives of Neurology, 38(10), 646–649.
https://doi.org/10.1001/archneur.1981.00510100074013
Volker, M. A., Dua, E. H., Lopata, C., Thomeer, M. L., Toomey, J. A., Smerbeck, A. M., …
Lee, G. K. (2016). Factor structure, internal consistency, and screening
sensitivity of the GARS-2 in a developmental disabilities sample. Autism
Research and Treatment, 2016, 1-12. https://doi.org/10.1155/2016/8243079
Volkmar, F. R., Carter, A., Sparrow, S. S. y Cicchetti, D. V. (1993). Quantifying social
development in autism. Journal of the American Academy of Child & Adolescent
Psychiatry, 32(3), 627–632. https://doi.org/10.1097/00004583-199305000-
00020
Volkmar, F. R., Cicchetti, D. V., Bregman, J. y Cohen, D. J. (1992). Three diagnostic
systems for autism: DSM-III, DSM-III-R, and ICD-10. Journal of Autism and
Developmental Disorders, 22(4), 483–492. https://doi.org/10.1007/BF01046323
Volkmar, F. R., Cicchetti, D. V., Dykens, E., Sparrow, S. S., Leckman, J. F. y Cohen, D. J.
(1988). An evaluation of the Autism Behavior Checklist. Journal of Autism and
Developmental Disorders, 18(1), 81–97. https://doi.org/10.1007/BF02211820
Volkmar, F. R., Paul, R., Klin, A. y Cohen, D. J. (2005). Handbook of autism and pervasive
developmental disorders, diagnosis, development, neurobiology, and behavior.
John Wiley & Sons.
Volkmar, F. R., Sparrow, S. S., Goudreau, D., Cicchetti, D. V., Paul, R. y Cohen, D. J.
(1987). Social deficits in autism: An operational approach using the Vineland
Adaptive Behavior Scales. Journal of the American Academy of Child &
Adolescent Psychiatry, 26(2), 156–161. https://doi.org/10.1097/00004583-
198703000-00005
Watling, R. L., Deitz, J. y White, O. (2001). Comparison of sensory profile scores of
young children with and without Autism Spectrum Disorders. American Journal
of Occupational Therapy, 55(4), 416–423.
https://doi.org/10.5014/ajot.55.4.416
Watt, N., Wetherby, A. M., Barber, A. y Morgan, L. (2008). Repetitive and stereotyped
behaviors in children with Autism Spectrum Disorders in the second year of life.
Tesis Doctoral 317 M. L. Monroy
Journal of Autism and Developmental Disorders, 38(8), 1518–1533.
https://doi.org/10.1007/s10803-007-0532-8
Wechsler, D. (1949). Wechsler Intelligence Scale for Children: manual. Oxford, England:
Psychological Corporation.
Wechsler, D. (1967). Wechsler Preschool and Primary Scale of Intelligence. New York:
Psychological Corporation.
Wechsler, D. (1991). Wechsler Intelligence Scale for Children, WISC-III: manual.
Psychological Corporation.
Wechsler, D. (2002). WPPSI-III: administration and scoring manual. Psychological
Corporation.
Wechsler, D. (2003). Wechsler Intelligence Scale for Children, WISC-IV. Psychological
Corporation.
Wechsler, D. (2012). Wechsler Preschool and Primary Scale of Intelligence, Fourth
Edition: WPPSI-IV. Psychological Corporation.
Wechsler, D. (2014). Wechsler Intelligence Scale for Children, Fifth Edition: WISC-V.
Psychological Corporation.
Weismer, S. E., Gernsbacher, M. A., Stronach, S., Karasinski, C., Eernisse, E. R., Venker,
C. E. y Sindberg, H. (2011). Lexical and grammatical skills in toddlers on the
autism spectrum compared to late talking toddlers. Journal of Autism and
Developmental Disorders, 41(8), 1065–1075. https://doi.org/10.1007/s10803-
010-1134-4
Weismer, S. E. y Kover, S. T. (2015). Preschool language variation, growth, and
predictors in children on the autism spectrum. Journal of Child Psychology and
Psychiatry, 56(12), 1327–1337. https://doi.org/10.1111/jcpp.12406
Weismer, S. E., Lord, C. y Esler, A. (2010). Early language patterns of toddlers on the
autism spectrum compared to toddlers with developmental delay. Journal of
Autism and Developmental Disorders, 40(10), 1259–1273.
https://doi.org/10.1007/s10803-010-0983-1
Weiss, J. A. y Riosa, P. B. (2015). Thriving in youth with Autism Spectrum Disorder and
intellectual disability. Journal of Autism and Developmental Disorders, 45(8),
2474–2486. https://doi.org/10.1007/s10803-015-2412-y
M. L. Monroy 318 Tesis Doctoral
Wemeyer, M. L., Buntinx, W. H., Lachapelle, Y., Luckasson, R., Schalock, R. L. y Verdugo
Alonso, M. Á. (2008). El constructo de discapacidad intelectual y su relación con
el funcionamiento humano. Recuperado a partir de
http://gredos.usal.es/jspui/handle/10366/55871
Werner, E. y Dawson, G. (2005). Validation of the phenomenon of autistic regression
using home videotapes. Archives of General Psychiatry, 62(8), 889–895.
https://doi.org/10.1001/archpsyc.62.8.889
Werner, E., Dawson, G., Osterling, J. y Dinno, N. (2000). Brief report: recognition of
Autism Spectrum Disorder before one year of age: a retrospective study based
on home videotapes. Journal of Autism and Developmental Disorders, 30(2),
157–162. https://doi.org/10.1023/A:1005463707029
Wetherby, A. M., Brosnan-Maddox, S., Peace, V. y Newton, L. (2008). Validation of the
infant—Toddler checklist as a broadband screener for Autism Spectrum
Disorders from 9 to 24 months of age. Autism, 12(5), 487–511.
https://doi.org/10.1177/1362361308094501
Wetherby, A. M. y Prizant, B. M. (2002). Communication and symbolic behavior scales:
developmental profile. Paul H Brookes Publishing.
Wetherby, A. M., Watt, N., Morgan, L. y Shumway, S. (2007). Social communication
profiles of children with autism spectrum disorders late in the second year of
life. Journal of Autism and Developmental Disorders, 37(5), 960–975.
https://doi.org/10.1007/s10803-006-0237-4
Wetherby, A. M., Woods, J., Allen, L., Cleary, J., Dickinson, H. y Lord, C. (2004). Early
indicators of Autism Spectrum Disorders in the second year of life. Journal of
Autism and Developmental Disorders, 34(5), 473–493.
https://doi.org/10.1007/s10803-004-2544-y
Whitehouse, A. J., Barry, J. G. y Bishop, D. V. (2008). Further defining the language
impairment of autism: is there a specific language impairment subtype? Journal
of Communication Disorders, 41(4), 319–336.
https://doi.org/10.1016/j.jcomdis.2008.01.002
Wiggins, L. D., Bakeman, R., Adamson, L. B. y Robins, D. L. (2007). The utility of the
Social Communication Questionnaire in screening for autism in children
Tesis Doctoral 319 M. L. Monroy
referred for early intervention. Focus on Autism and Other Developmental
Disabilities, 22(1), 33–38.
Wiggins, L. D. y Robins, D. L. (2008). Brief report: excluding the ADI-R behavioral
domain improves diagnostic agreement in toddlers. Journal of Autism and
Developmental Disorders, 38(5), 972–976. https://doi.org/10.1007/s10803-007-
0456-3
Wiggins, L. D., Robins, D. L., Bakeman, R. y Adamson, L. B. (2009). Brief report: sensory
abnormalities as distinguishing symptoms of Autism Spectrum Disorders in
young children. Journal of Autism and Developmental Disorders, 39(7), 1087–
1091. https://doi.org/10.1007/s10803-009-0711-x
Willemsen-Swinkels, S. H., Buitelaar, J. K., Dekker, M. y van Engeland, H. (1998).
Subtyping stereotypic behavior in children: the association between stereotypic
behavior, mood, and heart rate. Journal of Autism and Developmental
Disorders, 28(6), 547–557. https://doi.org/10.1023/A:1026008313284
Williams, D. L., Mazefsky, C. A., Walker, J. D., Minshew, N. J. y Goldstein, G. (2014).
Associations between conceptual reasoning, problem solving, and adaptive
ability in high-functioning autism. Journal of Autism and Developmental
Disorders, 44(11), 2908-2920. https://doi.org/10.1007/s10803-014-2190-y
Williams, J., Allison, C., Scott, F., Stott, C., Bolton, P., Baron-Cohen, S. y Brayne, C.
(2006). The Childhood Asperger Syndrome Test (CAST). Test–retest reliability.
Autism, 10(4), 415-427. https://doi.org/10.1177/1362361306066612
Williams, J., Higgins, J. P. y Brayne, C. E. (2006). Systematic review of prevalence
studies of autism spectrum disorders. Archives of disease in childhood, 91(1), 8–
15.
Williams, J., Scott, F., Stott, C., Allison, C., Bolton, P., Baron-Cohen, S. y Brayne, C.
(2005). The CAST (Childhood Asperger Syndrome Test) test accuracy. Autism,
9(1), 45–68. https://doi.org/10.1177/1362361305049029
Wilson, B. N., Kaplan, B. J., Crawford, S. G., Campbell, A. y Dewey, D. (2000). Reliability
and validity of a parent questionnaire on childhood motor skills. American
Journal of Occupational Therapy, 54(5), 484–493.
https://doi.org/10.5014/ajot.54.5.484
M. L. Monroy 320 Tesis Doctoral
Wilson, B. N., Polatajko, H. J., Kaplan, B. J. y Faris, P. (1995). Use of the Bruininks-
Oseretsky test of motor proficiency in occupational therapy. American Journal
of Occupational Therapy, 49(1), 8–17. https://doi.org/10.5014/ajot.49.1.8
Wimpory, D. C., Hobson, R. P., Williams, J. M. G. y Nash, S. (2000). Are infants with
autism socially engaged? A study of recent retrospective parental reports.
Journal of Autism and Developmental Disorders, 30(6), 525–536.
https://doi.org/10.1023/A:1005683209438
Wing, L. (1989). The diagnosis of autism. En C. Gillberg (Ed.), Diagnosis and treatment
of autism (pp. 5-22). Springer US. https://doi.org/10.1007/978-1-4899-0882-
7_2
Wing L. (1990). What is autism? En Ravelli, A. J., Bobbink, A. F., Bommel, M. J. E. van,
Magnee, M., Deutekom, M. J. van y Heemelaar, M. L. Autism: professional
perspectives and practice. Springer.
Wing, L. y Gould, J. (1979). Severe impairments of social interaction and associated
abnormalities in children: epidemiology and classification. Journal of Autism
and Developmental Disorders, 9(1), 11-29.
https://doi.org/10.1007/BF01531288
Wing, L., Gould, J., Yeates, S. R. y Brierly, L. M. (1977). Symbolic play in severely
mentally retarded and in autistic children. Journal of Child Psychology and
psychiatry, 18(2), 167–178. https://doi.org/10.1111/j.1469-
7610.1977.tb00426.x
Wing, L., Leekam, S. R., Libby, S. J., Gould, J. y Larcombe, M. (2002). The Diagnostic
Interview for Social and Communication Disorders: background, inter-rater
reliability and clinical use. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 43(3),
307-325. https://doi.org/10.1111/1469-7610.00023
Wing, L. y Potter, D. (2002). The epidemiology of autistic spectrum disorders: is the
prevalence rising? Mental Retardation and Developmental Disabilities Research
Reviews, 8(3), 151-161. https://doi.org/10.1002/mrdd.10029
Woodill, G. y Velche, D. (1995). From charity and exclusion to emerging independence:
an introduction to the history of disabilities. En Brown I., Focus on History of
Disabilities/L’historique des handicaps du développment (Vol. 4, pp. 1-11).
Tesis Doctoral 321 M. L. Monroy
Woodman, A. C., Smith, L. E., Greenberg, J. S. y Mailick, M. R. (2015). Change in autism
symptoms and maladaptive behaviors in adolescence and adulthood: the role
of positive family processes. Journal of Autism and Developmental Disorders,
45(1), 111–126. https://doi.org/10.1007/s10803-014-2199-2
Woolfenden, S., Sarkozy, V., Ridley, G. y Williams, K. (2012). A systematic review of the
diagnostic stability of autism spectrum disorder. Research in Autism Spectrum
Disorders, 6(1), 345–354. https://doi.org/10.1016/j.rasd.2011.06.008
Worley, J. A. y Matson, J. L. (2012). Comparing symptoms of autism spectrum disorders
using the current DSM-IV-TR diagnostic criteria and the proposed DSM-V
diagnostic criteria. Research in Autism Spectrum Disorders, 6(2), 965–970.
https://doi.org/10.1016/j.rasd.2011.12.012
Wuang, Y.-P. y Su, C.-Y. (2009). Reliability and responsiveness of the Bruininks–
Oseretsky Test of Motor Proficiency-in children with intellectual disability.
Research in Developmental Disabilities, 30(5), 847–855.
https://doi.org/10.1016/j.ridd.2008.12.002
Yang, S., Paynter, J. M. y Gilmore, L. (2016). Vineland Adaptive Behavior Scales: II
profile of young children with Autism Spectrum Disorder. Journal of Autism and
Developmental Disorders, 46(1), 64-73. https://doi.org/10.1007/s10803-015-
2543-1
Yeargin-Allsopp, M., Rice, C., Karapurkar, T., Doernberg, N., Boyle, C. y Murphy, C.
(2003). Prevalence of autism in a US metropolitan area. JAMA, 289(1), 49–55.
https://doi.org/10.1001/jama.289.1.49
Yirmiya, N. y Sigman, M. (1991). High functioning individuals with autism: diagnosis,
empirical findings, and theoretical issues. Clinical Psychology Review, 11(6),
669–683. https://doi.org/10.1016/0272-7358(91)90125-E
Young, R. y Brewer, N. (2002). Diagnosis of autistic disorder: problems and new
directions. International Review of Research in Mental Retardation, 25, 107–
134. https://doi.org/10.1016/S0074-7750(02)80007-6
Zachor, D. A. y Ben-Itzchak, E. (2014). The relationship between clinical presentation
and unusual sensory interests in autism spectrum disorders: a preliminary
investigation. Journal of Autism and Developmental Disorders, 44(1), 229–235.
https://doi.org/10.1007/s10803-013-1867-y
M. L. Monroy 322 Tesis Doctoral
Zwaigenbaum, L., Bryson, S. y Garon, N. (2013). Early identification of Autism Spectrum
Disorders. Behavioural Brain Research, 251, 133–146.
https://doi.org/10.1016/j.bbr.2013.04.004
Zwaigenbaum, L., Bryson, S., Lord, C., Rogers, S., Carter, A., Carver, L., … others. (2009).
Clinical assessment and management of toddlers with suspected Autism
Spectrum Disorder: insights from studies of high-risk infants. Pediatrics, 123(5),
1383–1391. https://doi.org/10.1542/peds.2008-1606
Zwaigenbaum, L., Bryson, S., Rogers, T., Roberts, W., Brian, J. y Szatmari, P. (2005).
Behavioral manifestations of autism in the first year of life. International
Journal of Developmental Neuroscience, 23(2), 143–152.
https://doi.org/10.1016/j.ijdevneu.2004.05.001
Tesis Doctoral 323 M. L. Monroy
M. L. Monroy 324 Tesis Doctoral
ANEXOS
Tesis Doctoral 325 M. L. Monroy
M. L. Monroy 326 Tesis Doctoral
Anexo 1. Comparación de los criterios diagnósticos de los TEA en los manuales clasificatorios
Tabla 58. Comparación de los criterios diagnósticos de los TEA en los manuales clasificatorios
Categoría Subtipos y Códigos de
Versión Criterios diagnósticos
Diagnóstica clasificación
DSM-III Trastornos 299.0x Autismo infantil Autismo Infantil [299.00]
(1980) Profundos del A. Comienzo antes de los 30 meses de edad.
Desarrollo 299.9x Trastorno profundo del B. Falta generalizada de capacidad de respuesta a otras personas.
desarrollo de inicio en la C. Déficits graves en el desarrollo del lenguaje.
infancia D. Si el habla está presente, patrones peculiares del habla tales como la ecolalia
inmediata y retardada, lenguaje metafórico, inversión pronominal.
299.8x Trastorno profundo del E. Respuestas extrañas a diversos aspectos del medio ambiente, por ejemplo,
desarrollo atípico resistencia al cambio, peculiar interés en fijarse en objetos animados o
inanimados.
Ausencia de delirios, alucinaciones, pérdida de asociaciones, y de incoherencia como
en la esquizofrenia.
DSM III-R Trastornos 299.00 Trastorno autista Trastorno autista [299.00]
(1987) Generalizados del Por lo menos deben estar presentes ocho de los dieciséis ítems siguientes y ha de
Desarrollo 299.80 Trastorno generalizado haber al menos dos ítems del apartado A, uno del apartado B y uno del apartado C.
del desarrollo no especificado Nota: se considerará que se reúne u determinado criterio sólo si la conducta es
anormal para el nivel de desarrollo de la persona.
A. El deterioro cualitativo en la interacción social recíproca se manifiesta por los
siguientes aspectos:
(Los ejemplos presentados entre paréntesis están ordenados de forma que los
mencionados en primer lugar son los de probable aplicación a los más jóvenes o
los más afectados, mientras que los últimos se refieren a las personas de mayor
edad y menos afectadas por este trastorno).
1. Se tiende a ignorar de forma persistente la existencia o los sentimientos de
los demás (por ejemplo, tratar a una persona como si fuera parte del
mobiliario, no apreciar el estrés que sufren los otros o ignorar la necesidad de
Tesis Doctoral 327 M. L. Monroy
Categoría Subtipos y Códigos de
Versión Criterios diagnósticos
Diagnóstica clasificación
vida privada que tienen los demás).
2. En períodos de estrés no hay búsqueda de apoyo o ésta es anómala (por
ejemplo, el sujeto no solicita ayuda, aunque esté enfermo, lesionado o
cansado, o busca el apoyo de forma estereotipada; por ejemplo, diciendo
“queso, queso, queso” cada vez que se hace daño).
3. Incapacidad o dificultad para imitar (por ejemplo, no poder decir adiós con la
mano, ni imitar las actividades domésticas de la madre, o recurrir a la
imitación mecánica y fuera de contexto).
4. Anomalías o ausencia de juegos sociales (por ejemplo, el niño no participa
activamente en juegos simples, prefiere el juego en solitario o implica a otros
niños en el juego solamente como “ayuda mecánica”).
5. Déficit considerable en la capacidad para hacer amigos (por ejemplo, ningún
interés en hacer amigos o a pesar de tenerlos, desconocimiento de las
convenciones utilizadas en la interacción social; por ejemplo, leer la guía
telefónica a un compañero que no se interesa en el tema).
B. Existencia de un deterioro cualitativo en la comunicación verbal y no verbal, y en
la actividad imaginativa, como se pone de manifiesto por la presencia de alguno
de los siguientes ítems:
1. No hay ninguna forma de comunicación, como balbuceo, expresión facial,
gestualidad, mímica, o lenguaje hablado.
2. La comunicación no verbal es notablemente anómala en lo que concierne al
contacto visual cara a cara, la expresión facial, la postura corporal o la
gestualidad para iniciar o modular la interacción social (por ejemplo, el sujeto
no se acerca cuando se le va a dar la mano, se queda inmóvil si se le abraza,
no sonríe ni mira a la persona cuando establece algún tipo de contacto social,
no recibe ni salida a los padres o visitantes y mantiene la mirada perdida en
las situaciones sociales).
3. Ausencia de actividad imaginativa, como simulación del papel del adulto, de
personajes imaginarios o de animales; falta de interés en las historias
M. L. Monroy 328 Tesis Doctoral
Categoría Subtipos y Códigos de
Versión Criterios diagnósticos
Diagnóstica clasificación
imaginadas.
4. Anomalías graves en la producción del habla, incluyendo alteraciones del
volumen, el tono, el énfasis, la frecuencia, el ritmo y la entonación (por
ejemplo, el sujeto habla con un tono monótono, no hace inflexiones de voz al
formular preguntas y mantiene un tono fuerte y desagradable).
5. Anomalías graves en la forma o contenidos del lenguaje, incluyendo su uso
repetitivo y estereotipado (por ejemplo, ecolalia inmediata, o repetición
mecánica de anuncios de televisión), uso del pronombre “tú” cuando resulta
apropiado utilizar el pronombre “yo” (por ejemplo, “tú quieres un pastel”,
tendría el significado de “yo quiero un pastel”), uso de palabras o frases
peculiares (por ejemplo, “ir a pasear por el prado”, tendría el significado de
“yo quiero ir a columpiarme”), observaciones irrelevantes (por ejemplo,
hablar de asuntos del colegio en una conversación sobre deporte).
6. Deterioro importante en la capacidad de iniciar o mantener una conversación
con los demás, a pesar de lo apropiado del lenguaje (por ejemplo, embarcarse
en largos monólogos sobre un tema sin dejar que intervengan los demás).
C. Repertorio notablemente restringido de actividades e intereses, como se pone de
manifiesto en los siguientes ítems:
1. Presencia de movimientos corporales estereotipados: por ejemplo, golpear
rítmicamente con la mano cualquier superficie, entrelazar las manos,
contorsionarse o bailar, golpearse la cabeza, o presentar movimientos
complejos que afectan a todo el cuerpo.
2. Preocupación excesiva por detalles o formas de distintos objetos (por
ejemplo, olfatear objetos, examen repetitivo de la textura de los materiales,
atención especial al volante de un coche de juguete) o vinculación a objetos
peculiares (por ejemplo, insistir en llevar encima un trozo de cuerda).
3. Malestar importante frente a pequeños cambios del entorno; por ejemplo,
cuando se mueve un vaso.
4. Insistencia excesiva en seguir rutinas con gran precisión. Por ejemplo, seguir
Tesis Doctoral 329 M. L. Monroy
Categoría Subtipos y Códigos de
Versión Criterios diagnósticos
Diagnóstica clasificación
siempre el mismo amino cuando se va de compras al supermercado.
5. Restricción notable en el conjunto de intereses y preocupación excesiva por
algún aspecto determinado. Por ejemplo, interés centrado únicamente en
alinear objetos, en recoger detalles sobre la meteorología actual, o en creerse
un personaje fantástico.
D. Comienzo en la infancia o niñez.
Especificar si el comienzo es en la niñez (después de los 36 meses de edad).
DSM-IV Trastornos 299.00 Trastorno autista F84.0 Trastorno autista [299.00]
(1994) y Generalizados del 299.80 Trastorno de Rett A. Un total de 6 (o más) ítems de (1), (2) y (3), con por lo menos dos de (1), y uno de
DSM-IV-TR Desarrollo (TGD) (2) y de (3):
(2000) 299.10 Trastorno desintegrativo 1. Alteración cualitativa de la interacción social, manifestada al menos por dos
infantil de las siguientes características:
a. Importante alteración del uso de múltiples comportamientos no verbales,
299.80 Trastorno de Asperger como son el contacto ocular, expresión facial, posturas corporales y
299.80 Trastorno generalizado gestos reguladores de la interacción social.
del desarrollo no especificado b. Incapacidad para desarrollar relaciones con compañeros adecuadas l nivel
(incluyendo autismo atípico) de desarrollo.
c. Ausencia de la tendencia espontánea para compartir con otras personas
disfrutes, interese y objetivos (p. ej. No mostrar, traer o señalar objetos
de interés).
d. Falta de reciprocidad social o emocional.
2. Alteración cualitativa de la comunicación manifestada al menos por dos de las
siguientes características:
a. Retraso o ausencia total del desarrollo del lenguaje oral (no acompañado
de intentos de compensarlo mediante modos alternativos de
comunicación, tales como gestos o mímica).
b. En sujetos con un habla adecuada, alteración importante de la capacidad
para iniciar o mantener una conversación con otros.
c. Utilización estereotipada y repetitiva del lenguaje o lenguaje
M. L. Monroy 330 Tesis Doctoral
Categoría Subtipos y Códigos de
Versión Criterios diagnósticos
Diagnóstica clasificación
idiosincrásico.
d. Ausencia de juego realista espontáneo, variado, o de juego imitativo
social propio del nivel de desarrollo.
3. Patrones de comportamiento, intereses y actividades restringidos, repetitivos
y estereotipados, manifestados por lo menos mediante una de las siguientes
características:
a. Preocupación absorbente por uno o más patrones estereotipados y
restrictivos de interés que resulta anormal, sea en su intensidad, sea en
su objetivo.
b. Adhesión aparentemente inflexible a rutinas o rituales específicos, no
funcionales.
c. Manierismo motores estereotipados y repetitivos (p. ej. sacudir o girar las
manos o dedos, o movimientos complejos de todo el cuerpo).
d. Preocupación persistente por partes de objetos.
B. Retraso o funcionamiento anormal en por lo menos una de las siguientes áreas,
que aparece antes de los 3 años de edad: (1) interacción social, (2) lenguaje
utilizado en la comunicación social o (3) juego simbólico o imaginativo.
El trastorno no se explica mejor por la presencia de un trastorno de Rett o de un
trastorno desintegrativo infantil.
CIE-10 Trastornos F84.0 Autismo infantil F84.0 Autismo infantil
Generalizados del A. Presencia de un desarrollo anormal o alterado desde antes de los tres años de
Desarrollo F84.1 Autismo atípico edad. Deben estar presentes en al menos una de las siguientes áreas:
1. Lenguaje receptivo o expresivo utilizado para la comunicación social.
F84.2 Síndrome de Rett 2. Desarrollo de lazos sociales selectivos o interacción social recíproca.
3. Juego y manejo de símbolos en el mismo.
F84.3 Otros. Trastorno B. Deben estar presentes al menos seis síntomas de (1), (2) y (3), incluyendo al
desintegrativo de la infancia menos dos de (1) y al menos uno de (2) y otro de (3):
1. Alteración cualitativa de la interacción social recíproca. El diagnóstico
F84 Hiperactividad asociada a requiere la presencia de anomalías demostrables en por lo menos tres de
Tesis Doctoral 331 M. L. Monroy
Categoría Subtipos y Códigos de
Versión Criterios diagnósticos
Diagnóstica clasificación
un retraso mental y a las siguientes áreas:
movimientos estereotipados a. Fracaso en la utilización adecuada del contacto visual, de la
expresión facial, de la postura corporal y de los gestos para la
F84.5 Síndrome de Asperger interacción social.
b. Fracaso del desarrollo (adecuado a la edad mental y a pesar de
F84.8 Otros trastornos las ocasiones para ello) de relaciones con otros niños que
invasores del desarrollo impliquen compartir intereses, actividades y emociones.
c. Ausencia de reciprocidad socio-emocional, puesta de manifiesto
F84.9 Otros trastornos por una respuesta alterada o anormal hacia las emociones de las
invasores del desarrollo no otras personas, o falta de modulación del comportamiento en
precisados respuesta al contexto social o débil integración de los
comportamientos social, emocional y comunicativo.
d. Ausencia de interés en compartir las alegrías, los intereses o los
logros con otros individuos (por ejemplo, la falta de interés en
señalar, mostrar u ofrecer a otras personas objetos que
despierten el interés del niño).
2. Alteración cualitativa en la comunicación. El diagnóstico requiere la
presencia de anomalías demostrables en, por lo menos, una de las
siguientes cinco áreas:
a. Retraso o ausencia total de desarrollo del lenguaje hablado que
no se acompaña de intentos de compensación mediante el
recurso a gestos alternativos para comunicarse (a menudo
precedido por la falta de balbuceo comunicativo).
b. Fracaso relativo para iniciar o mantener la conversación, proceso
que implica el intercambio recíproco de respuestas con el
interlocutor (cualquiera que sea el nivel de competencia en la
utilización del lenguaje alcanzado).
c. Uso estereotipado y repetitivo del lenguaje o uso idiosincrásico
de palabras o frases.
M. L. Monroy 332 Tesis Doctoral
Categoría Subtipos y Códigos de
Versión Criterios diagnósticos
Diagnóstica clasificación
d. Ausencia de juegos de simulación espontáneos o ausencia de
juego social imitativo en edades más tempranas.
3. Presencia de formas restrictivas, repetitivas y estereotipadas del
comportamiento, los intereses y la actividad en general. Para el
diagnóstico se requiere la presencia de anormalidades demostrables en,
al menos, una de las siguientes seis áreas:
a. Dedicación apasionada a uno o más comportamientos
estereotipados que son anormales en su contenido. En ocasiones,
el comportamiento no es anormal en sí, pero sí lo es la intensidad
y el carácter restrictivo con que se produce.
b. Adherencia de apariencia compulsiva a rutinas o rituales
específicos carentes de propósito aparente.
c. Manierismos motores estereotipados y repetitivos con palmadas
o retorcimientos de las manos o dedos, o movimientos completos
de todo el cuerpo.
d. Preocupación por partes aisladas de los objetos o por los
elementos ajenos a las funciones propias de los objetos (tales
como su olor, el tacto de su superficie o el ruido o la vibración
que producen).
El cuadro clínico no puede atribuirse a las otras variedades de trastorno generalizado
del desarrollo, a trastorno específico del desarrollo de la comprensión del lenguaje
(F80.2) con problemas socio-emocionales secundarios, a trastorno reactivo de la
vinculación en la infancia (F94.1) tipo desinhibido (F94.2), a retraso mental (F70–72)
acompañados de trastornos de las emociones y del comportamiento, a esquizofrenia
(F20) de comienzo excepcionalmente precoz ni a síndrome de Rett (F84.2).
DSM-5 Trastornos del Discapacidad intelectual Trastorno del espectro autista F84.0 [299.00]
(2013) Neurodesarrollo (trastorno del desarrollo A. Deficiencias persistentes en la comunicación social y en la interacción social en
intelectual): diversos contextos, manifestado por lo siguiente, actualmente o por los
317 Leve antecedentes (los ejemplos son ilustrativos, pero no exhaustivos):
Tesis Doctoral 333 M. L. Monroy
Categoría Subtipos y Códigos de
Versión Criterios diagnósticos
Diagnóstica clasificación
318.0 Moderado 1. Las deficiencias en la reciprocidad socioemocional varían, por ejemplo, desde
318.1 Grave un acercamiento social anormal y fracaso de la conversación normal en
318.2 Profundo ambos sentidos, pasando por la disminución en intereses, emociones o
315.8 Retraso global del afectos compartidos, hasta el fracaso en iniciar responder a interacciones
desarrollo sociales.
319 Discapacidad intelectual 2. Las deficiencias en las conductas comunicativas no verbales utilizadas en la
(trastorno del desarrollo interacción social varían, por ejemplo, desde una comunicación verbal y no
intelectual) no especificado verbal poco integrada, pasando por anomalías del contacto visual y del
lenguaje corporal o deficiencias de la comprensión y el uso de gestos, hasta
Trastornos de la comunicación: una falta total de expresión facial y de comunicación no verbal.
315.31 Trastorno del lenguaje 3. Las deficiencias en el desarrollo, mantenimiento y comprensión de las
315.39 Trastorno fonológico relaciones varían, por ejemplo, desde dificultades para ajustar el
315.35 Trastorno de fluidez de comportamiento en diversos contextos sociales, pasando por dificultades
inicio en la infancia para compartir juegos imaginativos o para hacer amigos, hasta la ausencia de
(tartamudeo) interés por otras personas.
315.39 Trastorno de la Especificar la gravedad actual:
comunicación social La gravedad se basa en deterioros de la comunicación social y en patrones de
(pragmático) comportamiento restringidos y repetitivos.
307.9 Trastorno de la
comunicación no especificado B. Patrones restrictivos y repetitivos de comportamiento, intereses o actividades,
que se manifiestan en dos o más de los siguientes puntos, actualmente o por los
Trastorno del espectro autista antecedentes (los ejemplos son ilustrativos, pero no exhaustivos):
[299.00] 1. Movimientos, utilización de objetos o habla estereotipados o repetitivos (p.
ej., estereotipias motoras simples, alineación de los juguetes o cambio de
Trastorno por déficit de lugar de los objetos, ecolalia, frases idiosincrásicas).
atención/hiperactividad: 2. Insistencia en la monotonía, excesiva inflexibilidad de rutinas o patrones
314.01 Presentación combinada rítualizados de comportamiento verbal o no verbal (p. ej., gran angustia
314.00 Presentación frente a cambios pequeños, dificultades con las transiciones, patrones de
predominante con falta de pensamiento rígidos, rituales de saludo, necesidad de tomar el mismo camino
M. L. Monroy 334 Tesis Doctoral
Categoría Subtipos y Códigos de
Versión Criterios diagnósticos
Diagnóstica clasificación
atención o de comer los mismos alimentos cada día).
314.01 Presentación 3. Intereses muy restringidos y fijos que son anormales en cuanto a su
predominante intensidad o foco de interés (p. ej. fuerte apego o preocupación por objetos
hiperactiva/impulsiva inusuales, intereses excesivamente circunscritos o perseverantes).
314.01 Otro trastorno por 4. Hiper- o hiporreactividad a los estímulos sensoriales o interés inhabitual por
déficit de aspectos sensoriales del entorno (p. ej., indiferencia aparente al
atención/hiperactividad dolor/temperatura, respuesta adversa a sonidos o texturas específicos,
especificado olfateo o palpación excesiva de objetos, fascinación visual por las luces o el
314.01 Trastorno por déficit de movimiento).
atención/hiperactividad no Especificar la gravedad actual:
especificado La gravedad se basa en deterioros de la comunicación social y en patrones de
comportamiento restringidos y repetitivos.
Trastorno específico del C. Los síntomas deben de estar presentes en las primeras fases del periodo de
aprendizaje: desarrollo (pero pueden no manifestarse totalmente hasta que la demanda social
315.00 Con dificultades en la supera las capacidades limitadas, o pueden estar enmascarados por estrategias
lectura aprendidas en fases posteriores de la vida).
315.2 Con dificultad en la D. Los síntomas causan un deterioro clínicamente significativo en lo social, laboral u
expresión escrita otras áreas importantes del funcionamiento habitual.
315.1 Con dificultad Estas alteraciones no se explican mejor por la discapacidad intelectual (trastorno del
matemática desarrollo intelectual) o por el retraso global del desarrollo. La discapacidad
intelectual y el trastorno del espectro autista con frecuencia coinciden; para hacer
Trastornos motores: diagnósticos de comorbilidades de un trastorno del espectro autista y discapacidad
315.4 Trastorno del desarrollo intelectual, la comunicación social ha de estar por debajo de lo previsto para el nivel
de la coordinación general de desarrollo.
307.3 Trastorno de
movimientos estereotipados
Trastornos de tics:
307.13 Trastorno de Gilles la
Tesis Doctoral 335 M. L. Monroy
Categoría Subtipos y Códigos de
Versión Criterios diagnósticos
Diagnóstica clasificación
Tourette
307.22 Trastorno de tics
motores o vocales persistente
307.21 Trastorno de tics
transitorio
307.20 Otro trastorno de tics no
especificado
Otros trastornos del
neurodesarrollo:
315.8 Otro trastorno del
neurodesarrollo especificado
315.9 Trastorno del
neurodesarrollo no especificado
M. L. Monroy 336 Tesis Doctoral
Anexo 2. Consentimiento informado
CONSENTIMIENTO SOBRE CONFIDENCIALIDAD
Nuestro Compromiso de Confidencialidad indica el modo en que va a ser
tratada la información clínica que recopilemos sobre usted y el modo en que usted
puede acceder a dicha información, así como el procedimiento a seguir en caso de que
usted tenga alguna pregunta duda o queja que comunicarnos sobre este tema.
Estamos obligados por ley a proteger la confidencialidad de la información
clínica que custodiamos, a entregarle el documento sobre confidencialidad y a cumplir
con las directrices que dicho documento establece.
Si usted tiene alguna pregunta o queja, por favor póngase en contacto con
nuestro centro llamando al 923 294 854.
Por favor, firme este documento después de leer nuestro Compromiso de
Confidencialidad. Le comunicaremos cualquier cambio significativo que se realice en el
mencionado compromiso.
Si lo desea puede solicitar una copia del presente consentimiento firmado por
usted en cualquier momento.
Escriba aquí su nombre completo:
He recibido el Compromiso de Confidencialidad y doy mi consentimiento. Lo que firmo.
En a de 20
Fdo:
Tesis Doctoral 337 M. L. Monroy
M. L. Monroy 338 Tesis Doctoral