El Vengador - Keith Luger
El Vengador - Keith Luger
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En la población de Silvertown (Arizona) el humilde ranchero Robert Wynn
está a punto de ser ahorcado por asesinato después de un juicio amañado.
Todas las pruebas parecen estar en su contra hasta que aparece un misterioso
forastero llamado Larry Mason.
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Keith Luger
El vengador
Bolsilibros - Héroes de la pradera - 004
ePub r1.0
Titivillus 21-06-2019
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Keith Luger, 1970
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
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PRÓLOGO
—¿Te das cuenta, Paul? —dijo con vehemencia Dan Gardner a Paul Benny,
su compañero de aventura—. ¡Tenemos oro para comprar medio Kansas!
—No tanto… —replicó Benny, con voz que parecía ausente, mientras
contemplaba el cabrilleo de los últimos rayos del sol sobre los riscos.
—¡Al diablo contigo! ¿Qué quieres?
Benny volvió la cabeza, miró irónicamente a Gardner y comentó:
—El oro sería condenadamente bueno si no fuésemos tres a repartir.
—¡Ah! ¿Es eso? ¡Hay diez mil para cada uno! ¿No crees que sea un bocado
apetitoso?
—Treinta mil es una fortuna.
—¡También lo es diez mil!
Benny sonrió a su amigo, y tornó a fijar sus pupilas en el paisaje.
Gardner tosió, escupió un par de veces y luego declaró:
—Lo que es para mí, tengo bastante. No sé lo que harás tú o lo que hará Jack,
pero yo veo mi porvenir con claridad. Regresaré a mi pueblo, ¿entiendes?
Todas las noches sueño con ello. Entraré en Baklahova con un flamante traje
y montando un potro de la mejor estampa. La gente se detendrá mirándome
primero con extrañeza y luego con estupor. ¿Y sabes lo que pasará?
Gardner hizo una pausa, como tratando de saborear el instante que reflejaba
su imaginación.
—No, no lo sé —contestó Benny, dejando resbalar la mirada por el borde del
precipicio que se abría a unas veinte yardas.
—Pues me apuntarán con el dedo y dirán: «¡Pero si es Dan Gardner! ¡Es Dan
Gardner!». Y la noticia correrá de boca en boca y en menos tiempo del que
utilizaba Pianola Jos, el mayor borracho que he conocido, en acabar con un
cuartillo de whisky, tendré a mi alrededor a todo Baklahova saludándome,
apretándome las manos, pegándome palmadas y convidándome a beber…
¡Eso es lo que pasará!
—Es un bonito sueño —convino Paul.
—Y cuando sepan que llevo una buena bolsa, querrán que forme parte del
Consejo Municipal, y hasta es posible que me nombren hijo predilecto de
Baklahova, con sólo que haga cualquier cosa en favor de la ciudad. ¿Qué te
parece una biblioteca? A la gente le gusta leer, digo yo.
—No es mala idea.
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—Me alegro de que te guste, Paul. Yo siempre he dicho que si hubiera tenido
una cultura, seguramente me hubiesen ido mejor los negocios. Aprendí a leer
a los treinta años y entonces pensé que ya no necesitaba saber las cosas de los
libros para tirar adelante, pero ahora comprendo que estaba equivocado. Uno
puede adquirir una cultura a cualquier edad y sacar provecho de ella. Por eso
se me ha ocurrido lo de la biblioteca pública. En Baklahova no hay ninguna, y
se pondrán contentos cuando les suelte la noticia de que van a poder presumir
de una. En todo el condado será la primera y eso creo yo que da categoría,
¿no te parece?
—Seguro, Dan.
Gardner inspiró profundamente. Estaba satisfecho. Su amigo Paul daba la
aprobación a la idea que llevaba rumiando desde hacía varios días. Había
sentido temor de que a Paul le pareciese mal o ridiculizase su plan.
—¿Y Jack? —preguntó Benny.
—Se marchó con el pequeño al bosque. Jack le prometió una ardilla.
—¿Hace mucho?
—Cosa de una hora.
Transcurrió un minuto. Gardner sacó una bolsa de tabaco, armaron cigarrillos
y encendieron amparando la llama del fósforo detrás de una roca.
Se mantuvieron en silencio hasta que, de pronto, Paul exclamó:
—¿Qué es aquello?
Dan miró al amigo, interrogando:
—¿Qué?
—Allí, por el borde del tajo, se ha metido en la grieta… Creo que es una
serpiente…
Benny señalaba con el dedo índice.
—¿Sí? —dijo Gardner, al tiempo que desenfundaba el revólver—. No me son
simpáticos esos bichos. Me gustará volarle la cabeza.
Echó a andar bajo la mirada de Benny. Éste dio una chupada al cigarrillo, y
después lo tiró al suelo, aplastándolo con la bota.
Gardner pateó la grieta, esperando ver surgir de ella a la serpiente.
—Puede que el interior esté removido aquí —opinó— y entonces no volverá
a salir por aquí.
En ese instante, un violento empujón lo lanzó hacia el abismo. El instinto de
conservación le hizo revolverse hacia quien lo asesinaba, y durante una
décima de segundo pudo contemplar el rostro de su amigo Paul Benny. Vio
unos labios contraídos, unos ojos que fulguraban odiosamente y una nariz que
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palpitaba como el vientre de un sapo. Luego sintió que unos brazos invisibles
lo atraían con fuerza poderosa hacia abajo y empezó a caer, a caer.
Benny oyó un aullido, y después un golpe seco. Se humedeció los labios con
la lengua, y se asomó al precipicio. Allá al fondo, vio el cuerpo exánime de
Gardner. Sus brazos y piernas estaban abiertos, y la cabeza aparecía
grotescamente doblada. En la frente tenía una mancha rojiza y pardusca.
Parecía un muñeco de trapo.
Observó que continuaba con el revólver en la mano y no le gustó. Bajó,
sosteniéndose en las hendeduras de las rocas y en las raíces que salían a flor
de tierra.
Al llegar junto al cadáver, tuvo miedo, porque los ojos abiertos e inmóviles de
Gardner parecieron maldecirle. Pensó no mirarlos más. Se agachó, y se dio
cuenta de que los dedos sin vida estaban agarrotados sobre la culata del
«Colt». Le costó no poco trabajo desarmarlo. Después, le enfundó la pistola.
La sangre había saltado a las piedras cercanas. Sangre y algo de color terroso.
Masa encefálica.
Benny se dijo que nunca había sentido tanta necesidad de un trago de whisky.
Debía darse prisa. En el campamento tenía una botella.
Subió, y quince minutos más tarde bebía ansiosamente el licor, junto al
carromato.
El sol había terminado de ponerse, y la noche se iba tragando poco a poco los
objetos.
Oyó la risa alegre del hijo de Jack y la voz de éste, y poco después llegaron a
su lado.
Jack llevaba una ardilla en los brazos, atada por las patas, y el chiquillo no
apartaba los chispeantes y regocijados ojos de ella.
—¿Qué tal, Paul? —saludó Jack, al llegar.
Benny miró a su socio durante unos segundos, y finalmente, empinó de nuevo
la botella.
El niño palmeó feliz.
—¿Has visto, tío Benny? —gorjeó—. Mi padre ha conseguido una mascota.
Paul depositó la mirada en el pequeño. Jack percibió algo raro en la
atmósfera, y preguntó:
—¿Ocurre algo?
—Será mejor que el chico se acueste.
Hubo un silencio. Los dos hombres se quedaron mirando. En la frente de Jack
apareció una arruga.
—Métete en el carro, Jimmy —dijo.
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—¿Por qué, padre? Quiero ver cómo duerme la ardilla.
—Ya habrá tiempo. Obedece, Jimmy.
El rostro del niño mostró una sombra de decepción y subió al vehículo.
Benny se alejó sin soltar la botella y Jack fue detrás de él. Se detuvieron junto
a un álamo.
—Está bien —rezongó Jack—. ¿De qué se trata?
—Es Dan. —Benny miró a su amigo, y parpadeó—. Ha muerto.
Jack arrugó la nariz y entrecerró los ojos.
—¿Qué dices? ¡Muerto! ¡No es posible!
—Yo tampoco lo puedo creer. Subimos arriba. Me dijo que lo acompañase.
Ya sabes que le encantaban las puestas de sol. Y luego…
—¿Qué? ¿Cómo fue?
—Estábamos charlando. Me contaba lo que pensaba hacer con su parte. Se
acercó al borde del precipicio. No me di cuenta de lo que hacía. Era infantil
en sus menores actos. Quizá para arrojar una piedra y ver cómo llegaba al
fondo. De pronto… resbaló y desapareció… ¡Ha sido horrible! Cuando caía
lanzó un grito. ¡Se me eriza el vello al recordarlo!
Los ojos de Jack se nublaron. Transcurrió un minuto antes de que acertase a
decir:
—Gardner… Dan Gardner… No he conocido un hombre más bueno.
—Yo tampoco —murmuró Benny. Y bebió una vez más.
—¿Dónde está? —preguntó Jack, con voz ronca.
—En el barranco. No lo he movido. Ocurrió hace una hora. Me vine aquí a
esperarte. Hay cosas que se hacen mejor entre dos.
—Vamos —dijo Jack.
—¿No bebes? Te hará falta.
Jack negó con la cabeza. Cogieron un pico y una pala, y fueron al lugar donde
se encontraba el cadáver.
—Lo subiremos a la cumbre de la colina —decidió Jack, mientras cerraba los
párpados de Dan.
—¿Por qué? Éste es un buen sitio para enterrarlo.
—Desde allí podrá ver todas las puestas de sol. Estoy seguro de que nos lo
agradecerá.
La botella resbaló de la mano de Benny y se hizo añicos al chocar con una
piedra. La tierra embebió el whisky.
—Ayúdame —pidió Jack—. Cógelo de las piernas.
Paul se echó a temblar y tuvo que hacer un gran esfuerzo para vencer la
extraña sensación que se había apoderado de él.
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Tardaron media hora en llegar a lo alto del monte. Jack cavó y Paul sacó la
tierra. Antes de depositar el cadáver en la fosa, Jack rezó una corta oración.
Mientras tanto, la trente de Benny transpiraba gruesas gotas de sudor.
Había cerrado la noche cuando lo enterraron.
Jack cogió dos leños secos, e hizo con ellos una tosca cruz que clavó en la
cabecera de la tumba.
Al día siguiente, los dos buscadores de oro fueron a la orilla del río, y
empezaron a trabajar en las bateas. Durante una hora no hablaron más que lo
necesario. A mediodía llegó el hijo de Jack con la comida.
El niño, después de comer, se marchó a jugar por las inmediaciones.
Mientras fumaban, opinó Benny:
—Creo que hemos sacado todo el oro de esta parte del río.
—Podemos seguir ascendiendo —contestó Jack.
—Es mejor que nos marchemos. Pronto empezarán las lluvias y aquí lo
pasaremos mal. Después de todo, ahora tocamos a más.
Jack miró a su socio y preguntó:
—¿Te refieres a la parte de Gardner?
—Son cinco mil para cada uno.
—No tenemos derecho a ella.
Los labios de Paul dibujaron una mueca.
—¿Qué quieres decir con eso de que no tenemos derecho? Formamos una
sociedad para esta aventura, ¿no? Cuando uno de los socios muere, sus
beneficios se reparten entre los que quedan.
—No ocurre exactamente eso cuando el que fallece tiene herederos. Gardner
estaba casado, tú lo sabes.
—Pero se separó de su mujer.
—No legalmente. Tuvieron una pelea y él entonces se marchó de Baklahova.
Si deseaba que lo nuestro tuviera éxito, era para poder regresar allá.
—¿Y qué? —rezongó Benny—. Su esposa no sabe nada. Hasta puede que se
haya olvidado de él y esté con otro.
—No debes hablar así. Y aun cuando hubiese ocurrido como tú dices, a
nosotros no nos importa. La parte de Gardner corresponde a su viuda.
Benny entrecerró los ojos, observando fijamente a su compañero.
—¿Hablas en serio, Jack?
—Puedes jurar que sí.
—Baklahova queda muy lejos de mi ruta. Tú tendrías que entregar la parte de
Dan a su viuda.
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—Mi camino tampoco pasa por allí, pero iré a Baklahova aunque tenga que
perder dos semanas.
Benny soltó una carcajada y Jack lo miró con sorpresa.
—¿Qué te pasa ahora, Paul?
—Tiene gracia…, mucha gracia…
—¿Dónde está el chiste?
—No había caído. Tú me convences para entregar los beneficios de Gardner a
su esposa, doy mi consentimiento, nos despedimos… y te encuentras con el
doble de lo que te corresponde. Es una bonita faena.
Jack palideció hasta la raíz de los cabellos.
—Eres un canalla, Paul —dijo roncamente.
Benny dejó de reír bruscamente.
—Está bien, Jack. Yo iré a Baklahova y haré esa visita a la viuda de Dan.
—Sé perfectamente que no la harías. Te ciega el oro. Lo vi el día que hicimos
el primer lavado de arena. Te pusiste como loco. No eras, ni has sido desde
entonces, el Paul Benny que Gardner y yo conocimos en Dodge City. Para ti
no existe más que el metal. Se acabó el afecto, la amistad y el recuerdo del
juramento que hicimos antes de iniciar el viaje. Serías capaz de todo por un
puñado de oro.
Benny apretó los dientes, murmurando:
—¿Quieres decir que yo maté a Dan?
—No he dicho eso. Pero su parte es sagrada y no permitiré que la toques.
Hubo un silencio, mientras los dos hombres se miraban cara a cara.
Finalmente, Benny rió de nuevo y dijo:
—No hay por qué pelear. Estoy de acuerdo. La viuda de Gardner gana.
Jack asintió con la cabeza, y repuso:
—Nos iremos mañana. Será mejor que volvamos al campamento para
preparar la marcha.
Volvió la espalda a Benny, y se acercó a la orilla del río, donde estaba su
batea. Se agachó para recogerla y cuando se enderezó oyó un estampido, y
algo como una aguja al rojo vivo le penetró por la espalda, quemándole la
carne. Giró sobre sus talones haciendo un esfuerzo para no caer, al tiempo que
llevaba su mano derecha a la funda que sostenía el revólver.
Entonces vio a Benny que reía con la pistola humeante.
—¡Habrá una sola parte, Jack! —le gritó. Y disparó de nuevo.
Jack sintió que el proyectil le quitaba la vida, y su mente se anegó en la nada
antes de desplomarse.
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Benny dio unos pasos y se acercó a su socio, comprobando que había muerto.
La segunda bala estaba alojada cerca del corazón.
—¡Padre!
La exclamación, un alarido de angustia, sobrecogió al asesino.
Vio al hijo de Jack a unas treinta yardas, subido a una alta roca que había a la
otra margen del río.
—¡Ven, Jimmy! —le gritó.
El pequeño estaba inmóvil como una estatua, y sus ojos permanecían fijos en
el cadáver de Jack.
—¡Jimmy! —chilló otra vez—. ¡Ven! ¡Tu padre ha sufrido un accidente!
El niño levantó la cabeza y miró a Paul.
—¡Tú lo has matado, Benny! ¡Tú!
Era la primera vez en mucho tiempo que no lo llamaba «tío Benny».
Tragó saliva y vociferó:
—¡Te digo que vengas!
—¡Has matado a mi padre! ¡Eres un criminal! ¡Te ahorcarán por eso!
Benny levantó el revólver para disparar, pero en ese instante el chiquillo saltó
de la roca y se guareció tras ella.
—Conque lo has visto, ¿eh, Jimmy?
No hubo respuesta, y Paul se puso en movimiento.
Cuando llegó al lugar donde se había escondido el hijo de Jack, lo encontró
vacío.
La rabia le invadió de nuevo.
—¡Jimmy! ¡Jimmy!
Oyó que una piedra caía por la ladera cercana, y al volver la cabeza vio al
niño saltando por entre las peñas. Hizo fuego y la bala silbó por encima de la
cabeza de Jimmy. Después, volvió a desaparecer.
Benny echó a correr en persecución del fugitivo. Le daría alcance antes de
que lograra subir a la cumbre.
Empezó a ascender. De cuando en cuando pasaban a su lado las piedras que
Jimmy hacía rodar con sus pies. Era una buena pista. No podría escapársele.
Lo vio fugazmente junto a una piedra negra, respirando fatigosamente, y
disparó. Soltó una maldición porque falló de nuevo la puntería.
Cuando llegase a lo alto estaría en posición de no marrar. Jimmy tendría que
bajar por la otra ladera y podría disparar sobre él hasta sentado sin temor a
desperdiciar un solo proyectil.
Por fin pisó la cumbre, y vio al chiquillo corretear desesperadamente hacia un
bosque de álamos.
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Rió entre jadeos. Desde aquella altura, Jimmy parecía un conejo. Le colocaría
una bala en la nuca, dejándolo tieso a mitad de camino. Treinta mil dólares
era un buen precio para pagar tres vidas.
Benny dio unos pasos rápidos, siguiendo la carrera del niño con el punto de
mira de su revólver.
De pronto algo se agarró a su bota derecha, y le pareció que tiraba de él con
fuerza. Perdió el equilibrio y cayó de bruces, golpeándose la sien con una
piedra. Centenares de lucecitas se desparramaron por su cerebro.
Estuvo inconsciente durante varios minutos. Cuando se levantó, de su boca
brotó una maldición.
Allá abajo no había nadie. Jimmy había logrado llegar al bosque. Podía estar
horas y horas o días buscándolo, y quizá no lo encontrase.
Pensó que al fin y al cabo, aquélla era una región salvaje. ¿Qué podía hacer
un niño apartado por centenares de millas del primer lugar civilizado? Moriría
de hambre.
Sí, era lo mismo que si lo hubiera matado. Eso le hizo recordar que algo en
que tropezó le había impedido hacer fuego.
Se volvió y un estremecimiento le sacudió la espina dorsal.
La cruz de la tumba de Dan Gardner estaba doblada y los sarmentosos leños
eran como dos brazos que emergían de la tierra.
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CAPÍTULO PRIMERO
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—Sí, un pistolero más al servicio de Allighan.
—¿Quién será? Oí decir que Pete Chamber venía a Silvertown.
—Vi una vez a Chamber. Fue hace tres años, en Jackson City. Es más bajo
que ese tipo del saloon.
La gente corría por la calle, en dirección al edificio de ladrillo que ocupaba el
tribunal de justicia de la ciudad.
Cuando los dos amigos llegaron ante la puerta, hubieron de esperar durante
quince minutos para entrar.
La sala era bastante amplia, pero daba la impresión de que sus paredes iban a
estallar de un momento a otro.
El fiscal Howard interrogaba al hombre que se sentaba en un sillón, bajo el
estrado del juez Puchkin.
—Entonces, señor Wynn, ¿continúa negando ser el autor del asesinato de
Wallace Thompson?
Robert Wynn había cumplido los veinticinco años y era rubio, de ojos verdes
que denotaban un gran nerviosismo.
—¡Ya he respondido cien veces! ¡No he matado a Thompson! —Y luego
añadió, con un gesto de asco—: ¡Usted lo sabe perfectamente, fiscal!
El juez golpeó su mesa con un martillo de madera, gritando:
—¡No toleraré que insulte al señor fiscal, acusado!
Wynn se puso en pie de un salto, mirando a Puchkin.
—¡Y usted también sabe que soy inocente, juez!
Algunos de entre el público rieron regocijadamente.
—¡Le impongo una multa de cinco dólares por insolentarse con este tribunal!
—chilló Puchkin, rojo de ira, sin dejar de golpear con el martillo.
—¿Sí? ¿Y quién la va a pagar? —replicó sardónicamente Wynn.
—¡Diez dólares!
Un hombre de unos cincuenta años con cara de perro dogo, se levantó de una
silla y dijo:
—Ruego a Su Señoría perdone a mi defendido. Él se da cuenta de la
monstruosidad cometida y tiene los nervios rotos.
Wynn miró con ojos relampagueantes al abogado.
—¿Cómo se atreve a decir eso, Carrigan? Es usted tan fullero como ellos. Así
que… ¡ésa es su defensa!
—¡Silencio! —bramó el juez—. ¡Y escuche esto, acusado! Si vuelve a
interrumpir el curso legal de este juicio, lo haré encerrar y continuaremos sin
su presencia. ¡Ya está advertido!
Wynn se pasó una mano por el cabello y volvió a sentarse.
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El fiscal, sonriendo, dio las gracias al juez con la mirada. Después se dirigió
al procesado.
—¿Está usted dispuesto a contestar a mis preguntas señor Wynn?
—Creo que no tengo dónde elegir. Puede empezar cuando quiera.
—¿Qué hizo usted la tarde en que Thompson fue asesinado?
Wynn se hundió en el sillón y miró al techo como si su respuesta, a fuer de
repetirla, la supiese ya de memoria.
—Comí a las doce en mi casa. Frijoles, tocino y…
—¡No nos importa lo que comiese!
—Está bien. Salí hacia las doce y media…
—¿Adonde fue?
—Quería acercarme a La Jara para comprar unas pastillas de tabaco. Como no
tenía prisa, dejé ir el potro al paso, y me entretuve contemplando el paisaje y
pensando en mis negocios.
—¿Qué negocios?
—Todos saben que tengo media docena de vacas lecheras. Hace algunas
semanas leí en un diario de Chicago que allí se deseca la leche. Pensé que yo
también lo podría hacer. Mientras iba hacia La Jara, hice cálculos sobre el
dinero que tengo para hacer frente a los gastos que requiere poner en marcha
una industria así.
Wynn, haciendo una pausa, miró hacia los estrados donde se sentaban los
componentes del jurado. Éstos eran en su totalidad hombres y no halló
ninguna cara amiga.
—Continúe, señor Wynn —instó el fiscal.
—Cuando me hallaba a unas doce millas de La Jara, encontré a un
desconocido. Me preguntó dónde estaba Yunta. Yo se lo indiqué. Seguimos
juntos hasta La Jara y nos despedimos a la entrada del pueblo.
—¿Y qué pasó después?
—Tuve que darme prisa, porque empezó a llover torrencialmente. Fui al
establecimiento de Lou Jarry y le compré tres pastillas de tabaco.
—¿Había alguien en el local?
—Solamente Lou.
—Bien, termine.
—Después regresé a casa.
—¿Lloviendo?
—Sí.
—¿Por qué no esperó a que acabase de llover?
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—Calculé que había para rato y quería estar en casa antes de que fuera de
noche. ¿Hay alguna ley que prohíba a un hombre cabalgar durante una
tormenta?
—No, no la hay, señor Wynn —repuso el fiscal. Se volvió hacia el juez—: He
terminado por ahora, Señoría.
Puchkin asintió, y dijo:
—El abogado defensor puede preguntar.
El de la cara de perro se irguió y dio unos pasos acercándose al acusado.
—Dice que un hombre le acompañó hasta La Jara. ¿Sabe dónde podemos
encontrarlo?
—He dicho que era un desconocido y que se dirigía a Yuma. Cuando el
alguacil me detuvo y supe de qué lado se encontraba, le invité a que fuésemos
a Yuma antes de que ese hombre desapareciera.
—El alguacil fue a Yuma con dos de sus hombres. Ningún forastero había
entrado en el pueblo que respondiese a las señas que usted dio.
—¡No lo creo! —Wynn adelantó el busto agresivamente, pero pareció
pensarlo mejor y trocó su mirada furiosa por otra divertida—. Me gustaría
saber quién es el fiscal en este juicio.
Carrigan tosió y dijo embarazado:
—Nada más, Señoría.
—¡Llame al testigo! —ordenó el juez, dirigiéndose al hombre que hacía de
secretario.
Éste se incorporó, y leyó en un papel:
—¡Lou Jarry!
Un individuo rechoncho y cargado de espaldas braceó entre las primeras filas
de espectadores para abrirse paso.
Wynn abandonó el sillón del estrado y se sentó junto a su defensor. Su lugar
fue ocupado por Jarry.
Después de las preguntas sobre la identidad y domicilio del testigo, éste
prestó juramento y el juez autorizó al fiscal para que preguntase.
—¿Ha oído al acusado el testigo?
—Sí, señor fiscal.
—¿Ratifica o niega su declaración?
—La niego.
Wynn saltó de la silla.
—¡Maldito canalla!
El juez golpeó la mesa e impuso silencio. El acusado volvió a sentarse.
Howard preguntó, sonriendo triunfalmente:
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—¿Quiere explicar al jurado, señor Jarry, qué parte de la declaración del
acusado es la que niega?
Jarry giró la cabeza hacia el jurado, contestando:
—Wynn no estuvo en mi establecimiento ese día que dice. Hace más de dos
meses que no lo veo.
Las manos de Wynn se crisparon en los brazos del sillón.
—Nada más —dijo el fiscal, invitando con los ojos a Carrigan para que lo
sustituyese.
Pero el abogado sólo se incorporó unos centímetros para manifestar:
—Renuncio al interrogatorio del testigo.
Puchkin movió la cabeza en sentido afirmativo.
—El testigo puede retirarse —dispuso—. ¿Está el fiscal preparado para el
informe final?
—Lo estoy.
—¿Y el abogado defensor?
—También, Señoría.
—Hable, pues, el señor fiscal.
Howard paseó ante la baranda tras la que se hallaban los miembros del jurado,
y empezó a decir:
—No será necesario que emplee mucho tiempo en mi acusación. Los hechos
acusan por sí solos. Wallace Thompson fue asesinado en su propia casa la
tarde del día 24 de octubre último por Robert Wynn. ¿Qué motivos tenía
Wynn para llevar a cabo el crimen? Thompson y Wynn no se llevaban bien
desde hacía tiempo. Pleitearon por unos cuantos acres de pastos y Thompson
ganó el juicio civil. Esto creó un resentimiento en Wynn. La tarde del día 24
pasado estalló una tormenta en Silvertown. Fue entonces cuando Wynn pensó
que era el momento para vengarse de su competidor. Sabía que Thompson
estaba solo en casa, ya que su hermana por ser ese día jueves, se encontraba
en la iglesia. Todo le salió como había planeado, y es fácil suponer de qué
forma se produjeron los hechos. Wynn llamó a la puerta de Thompson, éste le
abrió y quizá quedaría un poco extrañado por la visita. Mas Wynn iría
preparado y con unas cuantas frases desvanecería las sospechas de su rival. A
continuación, Thompson lo dejaría entrar y al dar la espalda, Wynn lo baleó.
La víctima murió instantáneamente, al recibir un proyectil en la nuca.
El fiscal hizo una pausa, mientras metía los dedos en las sisas del chaleco.
—¿Qué es lo que alega el acusado para contrarrestar lo que acabo de relatar?
¡Yo os lo diré! Un estúpido cuento, una sarta de embustes que ni un chiquillo
podría creer. Presenta un testigo, Lou Jarry, que se ha encargado por sí mismo
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de echar por tierra las ilusiones del acusado. Y luego, de propina, habla de un
desconocido que le acompañó en un viaje que nunca hizo. —El fiscal miró a
Wynn—. Debo reconocer que el acusado posee una imaginación fantástica,
pero esta vez no le ha servido.
—¡Lou Jarry se ha vendido a ustedes! —gritó Wynn, fuera de sí, poniéndose
nuevamente en pie.
—¡Cállese! —bramó el juez Puchkin—. ¡Ya hablará por usted su abogado
cuando le toque!
—¿Mi abogado? —replicó el reo, con una mueca—. ¿Qué abogado? Es un
actor más en esta inicua farsa.
—¡Siéntese!
—¡Hablaré una sola vez, y luego ahorcadme! He dicho la verdad, y hay un
hombre que puede dar fe de que cuando Thompson era asesinado, yo estaba
camino de La Jara.
—¿Quién? —preguntó Howard, con ironía—. ¿El desconocido del cuento?
—¡Yo, señor fiscal!
La voz partió de entre el público y fue seguida por un silencio impresionante.
Todas las cabezas giraron hacia el lugar donde se abría paso un individuo de
unos treinta años, de rostro moreno y ojos negros.
Vestía una camisa negra y un pañuelo rojo rodeaba su cuello.
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CAPÍTULO II
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—¿Quiere leerme unas frases que se han pronunciado?
El secretario dejó la pluma sobre el pupitre y rezongó:
—¿Cuáles?
—Las anteriores al instante en que yo he intervenido.
El actuario cogió el folio que tenía encima, buscó con la mirada, y leyó en voz
alta:
—«Acusado: He dicho la verdad y hay un hombre que puede dar fe de que
cuando Thompson era asesinado, yo estaba camino de La Jara». «Fiscal:
¿Quién? ¿El desconocido del cuento?».
—Gracias, secretario —dijo Mason. Se volvió hacia el juez—: Señoría, la
pregunta del señor fiscal abre una posibilidad para la presentación no de uno,
sino de cíen testigos aun cuando estuviese emitiendo su informe.
—¡Y un cuerno! —chilló Howard, con los ojos desorbitados—. ¿Dónde se ha
creído que está?
Larry recitó, sin dejar de mirar al juez:
—Caso «Happel contra Scroen», llevado al Tribunal Supremo en 1887.
Número 324 del Repertorio de Justicia, tomo IV, editado por Mac Millan en
Nueva York.
El juez, el fiscal y el abogado defensor parpadearon, arrugando la nariz, se
miraron unos a otros e hicieron otros gestos que indicaban la estupefacción
que les producía lo que acababan de oír.
Finalmente, Puchkin, armándose de valor pegó un martillazo y decretó:
—¡Se suspende la vista hasta mañana a las doce! Usted señor Mason vendrá a
mi despacho dentro de quince minutos. El fiscal y el abogado, pueden
acompañarme ahora. El acusado queda bajo la vigilancia del alguacil. En
cuanto a los miembros del jurado, debo recordarles que no pueden hablar del
asunto que se juzga hasta que hayan pronunciado un veredicto. ¡Despejen la
sala!
El público tardó un minuto largo en comenzar a desplazarse hacia la calle.
Howard y Carrigan se lanzaron en pos del juez, y Larry Mason se acercó a
Wynn.
—¿Cómo va eso, muchacho?
El acusado miró a su salvador, y habló en voz baja:
—¿Por qué lo ha hecho, señor Mason? Usted no es el hombre que me
acompañó a La Jara…
—¡Cierre la boca!
Fue oportuna la advertencia, porque el alguacil, un individuo de robusta
complexión y hocico saliente, se aproximó diciendo:
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—Vamos, Wynn. Te has ganado otro descanso.
El joven se incorporó y dirigió una mirada de agradecimiento a Larry, antes
de echar a andar junto al representante de la ley.
Minutos más tarde, Mason entraba en el despacho del juez, tras solicitar
permiso.
Sobre una mesa vio el tomo IV del Repertorio de Justicia de Mac Millan.
Puchkin fumaba un cigarrillo sentado en un sillón. Howard y Carrigan
apoyaban la espalda en la pared y se mantenían en actitud dubitativa.
—¿Es usted abogado, señor Mason? —preguntó el juez.
—Ya le dije a qué me dedico —repuso Larry.
Transcurrieron varios segundos.
—Está bien —asintió Puchkin—. Lo importante es que tenía usted razón. He
leído el caso «Happel contra Scroen». Una pregunta inoportuna del fiscal —el
juez miró a Howard y éste apretó los dientes—, dio lugar a que un abogado
presentase ciertos testigos. Comparecerá usted mañana a las doce y declarará
lo que sepa respecto al asunto Wynn.
—Deseo que se me haga la citación formalmente.
—¿Dónde se aloja?
—En el Hotel Minero.
—De acuerdo. Allí se le hará antes de las doce de la noche. Hasta mañana,
señor Mason.
Larry hizo una inclinación de cabeza y salió del despacho. Ya en la calle, dos
hombres se pusieron a su lado. Eran los mismos que había visto en el
mostrador del saloon, antes del juicio.
Se detuvo preguntando:
—¿Quieren algo de mí?
—Sí. Darle escolta.
—¿Por qué?
Elías Sumter respondió:
—Harán lo posible para que usted no declare mañana en favor de Wynn. Ya
nos entiende.
—No necesito niñeras.
—Le matarán, Mason —vaticinó Bill Rainer—. Usted no sabe cómo están las
cosas en Silvertown. Con su intervención, les ha estropeado el plan.
—¿A quiénes?
—A unos cuantos que quieren hacerse los dueños de esta parte del país. ¿Es
que no ha visto cómo procedían el juez, el fiscal y el abogado? Todo estaba
ensayado. Pura comedia.
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—¿Y qué pinta Wynn en eso?
—Es el único hombre que hasta ahora no ha tenido miedo. Quería reunir a los
hombres honrados de la región para acabar con la pandilla de buitres antes de
que fuese demasiado tarde.
—¿Quiénes son los buitres?
—Siegel, el banquero, Laing, Charters y otros cuantos. Los irá conociendo, si
es que no se va de la ciudad y vive aún unos cuantos días.
Larry sonrió, manifestando:
—Me quedaré en Silvertown y procuraré conocer a esos personajes. Pero sigo
pensando en que deben dejarme solo. Sé valerme por mis propios medios.
Nos veremos.
Mason se tocó el sombrero y se alejó de sus informantes.
La gente se detenía para verlo pasar. Todas las miradas convergían en aquel
hombre que había dado, con su presencia, un nuevo giro al juicio de Robert
Wynn. Pero al propio tiempo nadie envidiaba al forastero, y ni por cien mil
dólares se hubieran cambiado con él.
Frank Logan, herrero de la localidad, y Alone Peabody, su ayudante,
contemplaban al forastero desde la puerta de la fragua cuando el primero
expuso:
—Veinte dólares de los míos contra diez de los tuyos a que a ese tipo lo
entierran mañana.
Peabody sopesó la propuesta, acariciándose la barbilla, y contestó:
—Es una apuesta ganada… por usted. Me arriesgaría si agregase a los
veinticinco el ruano.
Logan miró a su ayudante, y lanzó una carcajada.
—Está hecho, muchacho.
Se hicieron más apuestas en Silvertown sobre el futuro inmediato de Larry
Mason, y en todas ellas la vida de éste, alcanzó una mínima cotización.
Larry entró en el Hotel Minero y cuando se dirigía hacia la escalera para subir
a su habitación, una joven de unos veintitrés años, de cabello rubio y ojos
azules, le atajó el camino.
—Perdone, señor Mason. ¿Puede dedicarme unos minutos?
—Naturalmente. Pero no estoy muy presentable. ¿Qué le parece si me da
tiempo a que tome un baño, y luego nos divertimos en grande?
La muchacha se sonrojó levemente.
—No se haga demasiadas ilusiones, señor Mason. Creo que equivoca la
invitación.
Larry frunció el ceño.
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—¿Sí?
—Soy Arlene Laurice, periodista del Silvertown Journal.
—¿Una mujer periodista? Pensaba que eso sólo se daba en Nueva York.
—Aquí estamos muy adelantados.
Larry contempló más detenidamente el bello rostro de Arlene, mientras ésta
agregaba:
—Deseo hacerle un reportaje, señor Mason, y permítame que le felicite por su
suerte. Hay muchos hombres en nuestra ciudad que darían un puñado de
billetes por salir en la primera página del diario.
—No me interesa, señorita Laurie.
La joven se quedó unos segundos perpleja, pero pronto reaccionó y dijo
sonriendo:
—Está bromeando.
—Le aseguro que no. Es mi última palabra al respecto.
—¿Cómo? ¿Es que no se da cuenta de lo que ocurre en Silvertown?
—No me importan los problemas de su pueblo, señorita, si es a eso a lo que
usted se refiere. No le dé tanta importancia a lo que he hecho en ese juicio.
Cualquiera que hubiera estado en mi lugar…
—¡Tonterías! Se equivoca nuevamente, señor Mason. Nadie en su lugar se
hubiera atrevido a salir en defensa de Robert Wynn. ¿Y sabe por qué?
—Es inútil que pretenda convencerme.
—No se preocupe. La respuesta es gratuita. Ni un solo hombre ha movido un
dedo en favor de Wynn, porque caso de hacerlo, no hubiese vivido para
celebrar su próximo cumpleaños.
—¿Aunque los cumpliese mañana?
Los labios de Larry se distendían socarronamente.
La joven dio un resoplido, y exclamó:
—No sé si usted es un loco o un atrevido, pero sea lo que fuere, me interesa el
reportaje.
—A mí, no. Buenos días, señorita.
Larry se tocó el ala del polvoriento sombrero y empezó a subir la escalera.
La periodista apretó los labios, mientras sus ojos fulguraban de rabia. Un
hombre de unos cuarenta años, de cabello entrecano, se le acercó,
jugueteando con un «Colt».
—¿Tuvo dificultades, Arlene?
La joven giró bruscamente, y miró a su interrogador.
—No sé quién se habrá creído que es ese engreído —declaró.
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—Lo malo para su diario es que no tendrá otra oportunidad de oír lo que
pudiera decir el señor Mason.
—¿Usted cree, señor Carruthers? Resulta un poco raro que eso lo diga un
alguacil.
Carruthers repuso sonriendo:
—¿Por qué cree que estoy aquí? He seguido a Mason desde que salió de la
sala, y pienso quedarme cerca de él. Haré lo que pueda para que mañana
acuda a prestar su testimonio en favor de Wynn.
—No me diga; ¿es posible? —replicó Arlene, con un punto de ironía.
—Es mi deber, ¿verdad que sí?
—Seguro, alguacil, seguro. ¿Puedo decir en el periódico que el juez ha
ordenado la custodia del testigo?
—Naturalmente. Y añada que dos de mis ayudantes seguirán a Mason como
la sombra al cuerpo.
—¿Dónde están?
—Los espero de un momento a otro.
—¡Qué emocionante! Los contribuyentes tendrán motivo para sentirse
orgullosos, cuando se enteren mañana de que Silvertown cuenta con un
maravilloso equipo de protección ciudadana. Hasta la vista, alguacil.
—Mis respetos, Arlene. Ah, supongo que mi nombre…
—No sufra. Saldrá con los tipos de letra que se utilizaron cuando el asesinato
de Lincoln…
* * *
Larry, llegado a su habitación, se quitó las botas y se tendió en la cama
vestido. Cerró los ojos, y poco después dormía.
Cuando despertó, el sol ya se había puesto.
Se levantó y mojó la cabeza en el lavabo. Después de peinarse, se calzó las
botas y abandonó la habitación.
En el comedor del hotel se hizo servir un plato de verdura y otro con unas
lonchas de tocino frito. Tomo dos tazas de café, y más tarde salió a la calle.
Había oscurecido totalmente. Se dirigió al saloon que ya conocía, mas cuando
se encontraba a unas veinte yardas de la puerta, un hombre emergió de una
casa, y le apretó duramente el cañón de un revólver en el hígado.
—¡Ni un solo movimiento, zanquilargo! —amenazó.
—¿De qué se trata? —inquirió Larry.
—Se celebra una fiesta en cierto sitio.
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—Pues tendrán que pasar sin mí. Soy un muchacho educado. No acudo a
reuniones donde no he sido invitado.
—¡Qué gracioso! ¡Si abres la boca otra vez, te la cierro! Gira despacio y echa
a andar. Separa los brazos del cuerpo. Así me gusta. Adelante, y dobla por la
primera esquina…
Larry obedeció las instrucciones del asaltante, y cinco minutos más tarde
entraban por la puerta trasera de una casa. Recorrieron un pasillo que
desembocaba en una habitación.
Tres hombres se levantaron de sus sillas al ver a Larry. Dos de ellos de pocas
carnes, habían cumplido ya los cincuenta años, pero el otro aparentaba tener
treinta y era de robusta complexión, moreno y con cejas espesas.
Mason observó a los que se cobijaban allí y comentó, volviéndose hacia su
capturador:
—No me gustan esta clase de reuniones. Faltan las mujeres.
—Sí, ¿eh…? ¡Te voy a…! —Inició un movimiento con la mano armada, pero
lo detuvo la voz del cejudo.
—¡Quieto, Contex!
Se produjo un silencio que rompió uno de los cincuentones al sugerir:
—¿Por qué no le dejas que lo ablande un poco, Henry?
Henry era el joven, quien repuso:
—Quiero charlar antes con el señor Mason. Quizá de sus respuestas, dependa
el que Contex nos muestre una de sus habilidades.
—Soy mal conversador —advirtió Larry.
—Me lo tendrá que probar. Es preferible para usted que haga un pequeño
esfuerzo.
—¿De qué quiere que hablemos?
—De cierto viaje que hizo usted con Robert Wynn.
—Ciertamente, lo hice.
—¿No le han dicho alguna vez que conviene olvidar?
—Sí. Cuando me enamoré por primera vez. Es una historia que merece oírse.
Ella era una pelirroja que trabajaba en un saloon. Tenía diez años más que
yo…
—¡No me interesa! —le interrumpió Henry, haciendo una mueca de
desagrado.
—Usted me preguntó.
—No se pase de listo, Mason. Y entérese de esto: Ignoraba quién era usted
hasta que lo vi en el juicio de Wynn. No me ha gustado nada su aparición en
escena. Naturalmente, usted ha creído servir a la justicia.
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—¿No es así? —preguntó Larry, con la más ingenua expresión.
—¡No! Wynn es un delincuente. Ha infringido varias veces las leyes, pero
nunca se le pudo probar nada. Ahora, con la muerte de Thompson, esta
comunidad puede desembarazarse de él.
—Cargándole el asesinato.
—Exacto. Veo que lo comprende. Colgaremos a Wynn. No muere por el
delito de que se le acusa, sino por otros que cometió y que quedaron impunes.
—En resumen, ¿cuál es su proposición?
—Que se marche de Silvertown mañana al amanecer. No queremos que
entorpezca la labor de la justicia con su declaración, ¿entiende?
—Está perfectamente claro. Le haré una pregunta. ¿Y si me niego a marchar?
—Haría usted el peor negocio. Contex se pone a veces muy pesado.
Larry midió a Contex con la mirada. Era corpulento, de ancho tórax, brazos
largos y manos poderosas. Se reía enseñando unos dientes separados y
cortantes.
—Está bien —asintió Mason—. No me deja elegir.
Henry sonrió y dijo:
—Sabía que se decidiría por lo mejor. Por eso le rugué que viniese. Me fue
usted simpático.
—He tenido suerte, ¿no? Si me lo permiten, desearía volver a la calle…
—Contex lo acompañará. Buenas noches, Mason. Le deseamos todos un buen
viaje.
Larry dio las gracias y salió seguido por Contex.
Cuando llegaron al exterior de la casa, el primero manifestó:
—Fue una gran fiesta, Contex; de las que no se olvidan. Siento que no se
divirtiese usted.
—No ha sido por falta de ganas. Tenía pensado aplastarle la nariz y quitarle la
dentadura.
—Qué bonito.
—Es mi especialidad. En la ciudad me llaman el «sacamuelas». Dicen que
soy la ruina de los profesionales.
—¿Lo hace así?
El puño derecho de Larry rasgó el aire, y se estrelló en el maxilar de Contex.
Sonó a cascajo, y el gigantón se desplomó estrepitosamente, quedando
exánime.
Luego, todo lo cubrió el silencio, y Mason se retiró de aquel lugar andando
con paso corto.
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CAPÍTULO III
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primer trago.
—No quieren perderse el espectáculo.
—¿Cuál?
El del mostrador tragó saliva, y contestó:
—Han «mascado» en el aire un tiroteo.
—Bueno, en ese caso, yo tampoco me lo perderé. Me gusta el olor de la
pólvora.
Los batientes de la puerta se abrieron con violencia, y unos pies se quedaron
inmóviles en el umbral.
Mason vio que los ojos del pelirrojo se agrandaban. Sólo entonces dobló la
cabeza para ver al hombre que la noche anterior había conocido como Henry.
—¿Qué tal? —le saludó—. ¿Bebe conmigo?
Henry clavaba en él sus aceradas pupilas. Dos arrugas surcaban su frente, y
los labios estaban plegados, produciendo dos hoyuelos en sus comisuras.
—¿Se va ya, Mason? —interpeló, arrastrando las palabras.
El pelirrojo se retiró del mostrador, retrocediendo, y cuando llegó al extremo,
desapareció tras una puerta interior.
—Me quedaré, Henry —repuso Larry, descansando el cuerpo sobre la pierna
izquierda, ligeramente inclinado hacia su interlocutor.
Transcurrieron treinta segundos.
—Así que su palabra no vale nada —murmuró Henry.
—No le dije que me iría. Recuérdelo. Usted lo habló todo. Yo me limité a
indicarle que no me dejaba elegir. Creo que ha existido por su parte un simple
error de interpretación…
—Y ahora queda claro todo.
—Para usted.
—Y para usted —dijo Henry. A continuación dio media vuelta, y salió a la
calle.
Larry bebió el último trago de su vaso, y dio una palmada en el mostrador.
El pelirrojo asomó la cabeza por la puerta del fondo.
—¿Qué le debo? —inquirió el cliente.
—Es por cuenta de la casa.
Larry frunció el ceño, asintió, se aseguró de que sus pistolas salían fácilmente
de las fundas, y echó a andar hacia los batientes.
La calle estaba ahora vacía, pero no era difícil presentir a la gente tras los
cristales de las ventanas.
Sus pasos resonaban en los tablones de madera.
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De repente, en lo hondo de la calzada aparecieron tres hombres. Larry
reconoció en el del centro a Contex.
Los tres sujetos y él estaban separados por una distancia de cincuenta yardas.
Aquéllos miraron en dirección a Larry, cambiaron unas palabras y se pusieron
a andar.
Mason continuó moviendo las piernas sin modificar el ritmo, vigilando
atentamente las manos del terceto.
Súbitamente, cuando se hallaban a unas veinte yardas, Contex lanzó un grito.
El impresionante silencio de la calle fue turbado por cuatro estampidos. Tres
de éstos los produjeron las armas de Larry, y el cuarto brotó de un revólver de
Contex.
Los ciudadanos que tuvieron la curiosidad de no perderse el espectáculo
desde las ventanas, pudieron ver que de los tres hombres que intentaban matar
a Larry Mason, uno de ellos se desplomaba, llevándose una mano al pecho sin
haber tenido tiempo para desenfundar; otro caía también fulminado, con un
agujero en la frente, y Contex daba un traspié como si estuviera borracho al
recibir el primer proyectil en el estómago, disparaba sin puntería, y por último
se abatía al sentir en la carne el aguijón de un nuevo insecto de plomo.
Después reinó el silencio.
Larry bajó a la calzada, y se acercó adonde yacían los tres cuerpos.
Los ciudadanos empezaron a salir de las casas, pero no se atrevieron a
aproximarse al lugar de la matanza.
Carruthers, por razón de su cargo, fue el primero en dirigirse a Larry.
—¿Están muertos? —preguntó, al llegar a su lado.
—Sí.
—No me gusta que se ande a tiros por el pueblo, Mason. Hay una orden sobre
ello.
—¿Lo sabían esos tres hombres?
—Creo que sí, pero usted pudo evitar el incidente.
—Marchándome, ¿verdad? ¿Cuánto le pagan, alguacil?
Carruthers enrojeció visiblemente. Larry sonrió, enfundó los «Colt», y se
separó del representante de la ley.
Media hora más tarde, en la sala utilizada como tribunal de justicia, el juez
Puchkin abría la sesión invitando al secretario a que llamase a Larry Mason.
En el sector destinado al pueblo no cabía un alfiler.
El testigo compareció, y contestó a las preguntas del fiscal Howard.
Quedó determinado que el 24 de octubre último, por la tarde, el declarante
acompañó a Robert Wynn a La Jara.
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El abogado Carrigan renunció al interrogatorio.
El jurado no necesitó mucho tiempo para emitir su fallo. Bastaron cinco
minutos. El secretario recogió la papeleta del presidente, la cual fue entregada
al juez y leída por éste. En su virtud, Robert Wynn era inocente de la muerte
de Wallace Thompson.
Puchkin dio por finalizado el juicio agradeciendo a los miembros del jurado la
colaboración prestada.
Wynn y Larry salieron juntos de la sala.
Ya en la calle, y cuando se encontraron en condiciones de hablar sin ser
oídos, Wynn inquirió:
—¿Por qué ha hecho esto, Mason?
—¿El qué?
—No se haga de nuevas. Sabe a qué me refiero. Usted no es el hombre que
me acompañó a La Jara.
—¿Me va a acusar de perjuro?
—¿Cree que podría? Le debo la vida. No me subestime. Sé agradecer un
favor, y acostumbro a pagarlo…
—Conmigo no tendrá oportunidad. Me largo de Silvertown dentro de un rato.
—¡Que me emplumen si consigo entenderlo! ¿Quiere decir que iba de paso, y
sólo se ha quedado para sacarme del atolladero?
—Oí que le habían tendido una trampa y, efectivamente, he hecho lo posible
por ayudarle. Eso es todo. Ahora nos despedimos. Usted sigue su camino, yo
el mío, y se acabó.
—¡Si ha matado a tres hombres para lograr hacerse oír ante el jurado! ¿Es que
no tiene importancia eso para usted?
—No eran hombres, sino ratas envenenadas. Hay una diferencia apreciable, y
le aseguro…
En ese momento oyeron un disparo a sus espaldas, y el sombrero de Wynn
voló atravesado por un proyectil.
Los dos giraron con la velocidad del relámpago, aun cuando Wynn estaba
desarmado. Larry tenía el dedo en el gatillo.
—¡Quieto, Mason! —gritó Robert.
Una carcajada ruidosa hirió los tímpanos de los dos hombres.
Quien reía era una mujer que cabalgaba un potro color canela. Vestía como
un hombre, y su cara era una máscara indescifrable porque estaba sucia,
cubierta de polvo y sudor. En su mano derecha esgrimía el revólver, aún
humeante, que había disparado.
—¡Jean! —exclamó Wynn.
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La aludida pegó un salto, puso los pies en tierra y dijo:
—¡El mayor farsante del país! ¿Cómo está mi viejo amigo Bob?
Wynn se acercó a la chica con los brazos abiertos, pero ella lo detuvo con un
empellón, advirtiendo:
—Nada de aprovecharte, ¿eh, Bob? ¡No creas que soy una de esas fulanas del
saloon! —Y soltó otra carcajada.
—Eres la última persona que imaginaría en Silvertown, muchacha.
—Tienes suerte.
—¿Yo?
—Claro que sí. Me dejé caer por Yuma para comprar las provisiones del
invierno, y allí supe que te habían cogido por lo de Thompson. Vine hacia
acá, porque quería ajustar cuentas con el que te la jugó. Y ahora resulta que te
encuentro paseando como un señorito por la calle. Te juro que el que me
engañó se va a divertir en grande. ¡Le voy a…!
—¡Pero si es cierto, Jean!
Los ojos de la muchacha se fijaron, por encima del hombro de Wynn, en
Larry.
—He sido juzgado —seguía diciendo Robert—. Lo que pasa es que me han
absuelto.
—¿Sí? ¿Quién es ese tipo?
Wynn se volvió hacia su salvador.
—Oh, perdona que no te haya presentado, muchacha.
—Está ahí mirándome como si nunca hubiera visto a una mujer —rezongó
Jean, sin apartar los ojos de Mason.
—No con esa facha, se lo aseguro —repuso calmosamente Larry.
La joven apretó los dientes, y chilló:
—Conque ha salido contestón el grandullón, ¿eh? —Disparó en un segundo
sin desenfundar, y otro sombrero, el de Larry, surcó el aire y cayó a unas
yardas de su dueño.
—¡Jean! —exclamó Wynn—. ¡Es mi amigo!
—¿De dónde la ha sacado, Bob? —masculló Larry, serio.
—¿Es otro chiste? —repuso malhumorada ella, levantando otra vez el cañón
del revólver.
Wynn se interpuso entre los dos antagonistas, diciendo:
—¡Él es quien me ha librado de la horca, Jean!
La joven pareció sorprenderse, miró a Robert, y después a Mason.
—Está bien, es su amigo. No se quede ahí parado como una estatua. Le
pagaré otro sombrero.
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—No es necesario.
—¿Por qué demonios? Es un sombrero viejo. Tiene más grasa encima que la
rueda de un carro. Le compraré uno.
—Insisto en rechazarlo. Es un recuerdo de familia.
—Si se empeña, allá usted. —Luego miró a Wynn, anunciando—: Me tendré
que marchar.
—Si apenas has llegado. ¿Por qué no te quedas unos días?
—Los pequeños tienen hambre. No pueden obligar al estómago a esperar.
—A propósito, no te he preguntado cómo están.
—Fuertes como robles, Johnny ya dispara contra conejos y pájaros.
—En la primavera os haré una visita.
—Llevas cinco años diciendo lo mismo.
—Te aseguro que ahora…
—¡Vete al infierno! Palabra de hombre… ¡Puaf! —Joan hizo una mueca de
asco.
—¿Por qué no te casas conmigo, muchacha? —propuso Wynn—. Es lo que te
conviene…
—Bob Wynn, te he oído repetir esto un centenar de veces y ya me estoy
cansando. A la próxima, te quitaré esa idea de la imaginación metiéndote una
bala en la cabeza.
Robert rió fuerte y dijo:
—Eres la misma condenada Jean Wallace de siempre. Oye, te propongo un
plan. Puedes adquirir aquí las provisiones, cuando termines el trabajo te
acompaño hasta el Llano Estacado.
La joven arrugó la frente, sopesando la proposición. Al cabo de medio
minuto, preguntó:
—¿Palabra de hombre?
—Palabra de Bob Wynn.
Se estrecharon la mano sellando el pacto.
Entretanto, Larry había cogido los dos sombreros. Se puso el suyo,
entregando el otro a Robert.
—Bueno, yo me voy.
—Quería hablar con usted de algo importante, Mason —indicó Bob.
—No tengo tiempo. En otra ocasión.
—No habrá otra oportunidad. Se trata de que dentro de unos días se renovarán
varios cargos en el pueblo. Entre ellos el de alguacil. Hasta el momento
presente sólo hay un candidato, Carruthers. Se da por segura su reelección, y
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nadie se atreve a disputarle el bocado. Carruthers forma parte del equipo a las
órdenes de los caciques que dominan la región. ¿Se da cuenta?
—No me interesa —contestó Mason.
—Escuche sólo hasta el final, y luego váyase si quiere. He luchado para que
los hombres honrados formen un frente unido. Si perdemos esta elección,
Silvertown se convertirá en una nueva Dodge City. Correrán ríos de sangre, y
no habrá hogar en que se pueda vivir en paz. Está en juego el porvenir de la
ciudad, y el de otros muchos pueblos colindantes que por inercia están
sometidos a la política local.
—Lo siento, Wynn. Tengo otras ocupaciones que atender.
—¿Es que tienes cataratas en los ojos, Bob? —chilló Jean—. ¿No ves que tu
amigo está muerto de miedo?
—¿Qué sabes tú, muchacha? Es Larry Mason. Esta mañana ha liquidado a
tres hombres de Siegel…
Jean escrutó el rostro de Larry y luego dijo:
—No lo creo.
—Puedes ir a la funeraria de Leo. Aún estarán calientes los cadáveres.
—Sería por casualidad —murmuró la joven—. Conozco a los hombres a una
milla de distancia. No es el tipo que necesitas, Bob.
Mason declaró, mirando a Jean:
—Aceptaré. Wynn.
—¡Estupendo! —gritó Bob.
—Pero le hago una advertencia. Cuando las cosas marchen bien en
Silvertown, presentaré la renuncia.
—¡De acuerdo!
La muchacha enseñó los dientes, unos dientes blancos como la leche, y
preguntó:
—¿Y para cuándo espera que las cosas marchen bien en Silvertown, señor
Mason?
—De aquí a siete días. Le veré luego, Wynn. Ya sabe dónde encontrarme. —
Larry dio media vuelta y se alejó.
—No debiste exasperarlo, Jean —reprochó Bob—. Si no hubiera sido por él,
mañana me hubieran colgado.
—¿Y cómo crees que podías convencerlo para que aceptase?
La joven sonrió, dejando estupefacto a Wynn. Éste exclamó:
—¡Lo hiciste para que se quedase, Jean!
—Bueno, creo que necesito un buen baño.
—Vente a mí casa.
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—¿Qué supones? Soy una mujer soltera.
—¡Perdona, lo había olvidado!
—¿Dónde se aloja tu amigo?
—En el hotel Minero. ¡Pero no es un sitio recomendable para ti!
—Nadie me comerá, no te preocupes. Oye esto. Consígueme ropa de mujer.
Wynn abrió la boca, y no pudo articular palabra en unos segundos. Al fin,
replicó:
—¿Tú, ropa de mujer? ¿Para qué?
—He pensado casarme con tu amigo.
Jean sonrió, dio unos pasos, montó el potro, y se separó del asombrado e
inmóvil Wynn.
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CAPÍTULO IV
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que se increpan, gritan, y pasean encolerizados por culpa suya. Naturalmente,
se habrá puesto precio a su cabeza.
—¿Cuánto?
—Más de lo que quizá suponga. Pero lo importante es que ha sacado de sus
casillas a Siegel y a los zorros que lo secundan.
—Es posible que me quede algún tiempo en Silvertown. ¿Por qué no me
habla de Siegel y los zorros?
—La ciudad necesita una limpieza, pero no creo que pueda usted barrer solo.
Se necesita más de una escoba. ¿Habla en serio de quedarse?
—Es asunto decidido.
—No trataré de disuadirlo. Ya sé que es usted de los hombres que se obstinan
en una cosa, y la han de llevar a cabo, pese a quien pese.
—Usted también es de esas personas —sonrió Larry—. Pero háblame de
Siegel.
—Ya sabrá que es el banquero de la localidad. Llegó aquí hace unos quince
años. Esto era entonces un poblado minero. Ya sabe, plata casi a flor de tierra
que atrajo a miles de personas de todos los rincones del país. Luego, los
filones se fueron agotando, y la mayoría de los mineros se marcharon,
buscando otro milagro.
»Hubo muchas familias que se quedaron. El terreno no es malo por la parte
del río Calves, y empezaron a cultivar centenares de acres que dieron buen
rendimiento. Más tarde se trajeron unas cuantas docenas de reses que se
reprodujeron en inmejorables condiciones. Silvertown crecía rápidamente.
Siegel tuvo la feliz idea de constituir un Banco. En principio realmente no
hacía falta, puesto que el dinero escaseaba, ya que todo se invertía en las
obras de colonización, pero Siegel obró con astucia. Hizo préstamos a los
agricultores y ganaderos cobrándoles un alto interés, atándoles de pies y
manos por largos años. Ya se puede figurar que los cargos públicos han sido
dados o quitados por Siegel.
»Esta situación hizo que un numeroso grupo de agricultores y ganaderos
pensase independizarse de la tutela del Banco. Tal cosa no podía ni puede
consentirla Siegel. Para evitarlo trajo una pandilla de facinerosos, con lo que
consiguió que el estado de cosas impuesto por él se respetase. La resistencia
cesó. Sólo ese Robert Wynn continuó laborando por una unión, pero sus
esfuerzos se perdieron en el vacío.
»Ahora Siegel tiene un plan más audaz. Quiere convertir Silvertown en el
lugar predilecto de los cuatreros de cinco estados y de los compradores de
ganado robado para sus transacciones. ¿Sabe lo que significa eso? Bandidaje,
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asesinatos, robos, borracheras, escándalos públicos, juego, tahúres, mujeres
de mala vida y un montón de otras cosas que caen dentro de la esfera del
delito.
—Es un buen programa —comentó Larry.
Hubo una pausa. Arlene miró fijamente a Mason y dijo:
—He hablado con Bob Wynn, y sé que el grupo que capitanea lo presentará a
usted como candidato al cargo de alguacil.
—¿Por eso ha querido informarme?
—Pensé que sería justo que supiese con qué clase de gente se va a enfrentar.
¿Cambia eso sus planes?
—Le agradezco su buen deseo, pero lo que me ha contado lo deja todo como
estaba.
—Me alegra oírselo decir. Bien, ahora llega su parte.
—¿Qué quiere que le conteste?
—¿Quién es usted?
—Larry Mason.
—Eso ya lo sé. Me refiero al lugar de donde viene, adonde va, cuáles son sus
antecedentes… Recuerde que necesita hacer una campaña electoral.
—¿No pertenece a Siegel el periódico en que trabaja?
—Sí, pero siempre se pueden enmascarar las noticias. Se escribe en un
sentido y el efecto entre el público es otro.
Larry hizo una señal a un mozo y pidió dos tazas de café.
—Creo que mis declaraciones al respecto carecerán de interés para sus
lectores. He llegado a Silvertown de paso.
—¿Hacia dónde?
—Ponga usted rumbo desconocido. A veces me detengo en los lugares más
insospechados. Esto ocurre cuando se me vacía la bolsa. Entonces acepto
cualquier trabajo honrado y permanezco en él hasta ahorrar unos dólares que
me permitan marchar y holgazanear una temporada.
—¿Con qué objeto hace tal cosa?
—Ninguno concretamente. Debo tener un espíritu nómada. Ello me arrastra
de un lado a otro.
—Ese aspecto de su personalidad no será del agrado de los contribuyentes.
Imaginarán que el día menos pensado puede usted cansarse de la estrella y
marcharse.
—No serán necesarios mis servicios en Silvertown cuando ocurra…
El mozo puso las tazas de café y un azucarero sobre la mesa.
—¿Tiene familia, señor Mason? —preguntó la joven.
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—Ninguna.
—Usted dejó asombrado al juez, a los abogados y al público cuando citó ese
caso del repertorio de justicia. ¿Ha cursado estudios?
—¿Es necesario que haga mención de ello en el diario?
—La gente está intrigada. Muchas personas creen que es usted abogado.
Larry bebió un sorbo de café, y contestó:
—Ponga que he cursado dos años en la Facultad de Harvard.
Una mujer de unos veinte años entró en el comedor. Seis hombres
interrumpieron los movimientos de sus maxilares para contemplarla. Por su
belleza, su lozanía y su fragancia, era lo más parecido a una radiante rosa que
hubiese brotado súbitamente en el salón.
Larry estaba de espaldas a la entrada, y no la pudo ver hasta que pasó a su
lado. Instintivamente, al oír el frufrú de las sedas, levantó la cabeza y quedó
admirado.
La joven se sentó dos mesas más allá y por un instante sus ojos se encontraron
con los de Mason. Éste creyó ver en las verdosas pupilas un brillo de regocijo.
Arlene se levantó y él lo hizo asimismo por cortesía.
—Una última pregunta señor Mason. ¿Aprendió a disparar también en la
Universidad?
—No. Me dediqué a ese deporte en las horas libres.
—Gracias por su amabilidad.
—Estoy a su disposición.
La periodista dirigió una mirada a la joven que se sentaba más allá, y advirtió:
—Tenga cuidado, alguacil. Creo que empiezan a ponerle sitio.
No esperó a oír la respuesta de Mason. Dio la vuelta, y se encaminó a la
salida.
Larry tosió antes de sentarse, y miró de soslayo a la mesa de la bella. Al
descubrir una sonrisa en sus labios, se animó a pasar a la ofensiva.
Correspondió con otra sonrisa, y también hubo contestación. Entonces hizo
una señal a un mozo, y cuando llegó a su lado, dijo:
—¿Quiere preguntar a la señorita si aceptaría una invitación?
El mozo fue y volvió.
—La señorita dice que acepta muy gustosa.
Se puso en pie, y se acercó a su vecina.
—Mi nombre es Larry Mason —declaró con jovialidad, antes de sentarse.
—El mío Ganapierde.
Larry dio un respingo, frunciendo el ceño.
—¿Cómo ha dicho? —balbució.
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—Ganapierde Smith —repitió la joven, sonriente—. Parece raro, ¿verdad?
Pero te aseguro que yo no lo elegí. Fue mi padre, y tuvo sus motivos para
hacerlo. La noche en que yo vine al mundo la pasó mi padre jugando al
póquer en nuestra casa con un par de amigos. Papá se pasó horas y horas
diciendo: «Gano veinte dólares; pierdo quince; gano tres…», y mientras tanto,
mi madre pasando las suyas. Pero ¿no se sienta?
Larry se humedeció los labios, observando el rostro de Ganapierde. Había en
su voz algo que le era familiar. Después del examen, decidió que tal vez le
recordara a alguna otra mujer que habría conocido en su vida, pero no podía
identificarla.
Se sentó y preguntó:
—¿Trabaja aquí?
—En el Topace Saloon. ¿No ha visto todavía mi número?
—Llevo muy poco tiempo en la ciudad.
—¡Pues tiene que ir a verme esta noche! ¿Recuerda la canción Por el río baja
una barca?
Larry miró al techo durante tres segundos, bajó los ojos y negó con la cabeza.
—Es la que yo canto —manifestó ella—. Un verdadero éxito. La repito tres
veces todas las noches. Y no se crea que me agrada. Paso mucho frío, ya me
entiende…
Un carraspeo indicó a Larry la presencia del mozo.
—¿Qué va a tomar, señorita Smith?
—Un whisky, naturalmente.
—Traiga dos —dijo Mason.
—¿Y por qué no una botella? —sugirió la muchacha.
El mozo se partió en dos mitades, cacareando:
—Es lo que digo yo.
Larry arrugó la nariz, asaeteando con la mirada al entrometido, pero pidió la
botella.
—¿No cree que el alcohol es malo para su garganta, señorita Smith?
—¡Oh, no! Eso ocurriría si cantase en Nueva York. Pero aquí es distinto. Mi
público no me quiere con voz de tiple. Prefieren un poco de ronquera, y
descubrí que el whisky es un magnífico reactivo.
Mason iba de sorpresa en sorpresa. Aquello no era lo que él había esperado.
¿Cómo un cuerpo tan armonioso y un rostro tan atractivo podían dar cobijo a
una intrascendencia tan recalcitrante?
—¿Y sabe una cosa, señor Mason?
—¿De qué se trata?
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—Los hombres en general, cuando hacen el amor, prefieren la voz temblorosa
que produce el whisky.
—¿Tiene mucha experiencia al respecto? —inquirió él.
—¿Quién? ¿Yo? —La joven levantó la barbilla—. ¡Se han matado por mí!
—¡Pero si no puede tener usted más de veinte años! —exclamó Larry, sin
poder contenerse.
—Eso es lo que todos creen. La semana pasada cumplí los veinticinco. Y sepa
usted que hago mi trabajo desde los dieciocho. Como puede suponer, no me
conocen por mi nombre; es demasiado largo. El de batalla es Lou Smith…
De pronto, los ojos de la muchacha se agrandaron. Larry observó que estaban
fijos en la puerta. Giró la cabeza y vio a Robert Wynn que se acercaba a
grandes zancadas por entre las mesas. Lou Smith se incorporó rápidamente.
—Perdone, volveré —y salió disparada.
Wynn se detuvo, mostrando en su rostro una gran sorpresa; fue a decir algo a
la joven, pero ésta pasó de largo.
—¡Que me maten! —exclamó—. ¡Casi no la hubiese reconocido!
Larry se le aproximó, diciendo:
—¿Conoce a Ganapierde Smith?
—¿A quién?
—A esa mujer.
—¡Pero si es Jean!
Mason abrió lentamente la boca. Bob lo miró parpadeando, y súbitamente
lanzó una carcajada.
—¿Cómo ha dicho? ¿Ganapierde Smith? ¡Ja, ja, ja! —Se echó hacia atrás,
mientras se agitaban sus hombros—. ¡Ganapierde! ¡Ja, ja ja! Es lo más
gracioso que he oído en mi vida…
Las lágrimas le saltaron de los ojos. Reía estruendosamente, en tanto se cogía
los riñones.
Larry apretó los labios, y murmuró:
—Conque me ha estado tomando el pelo…
Wynn se sentó, sepultando la cabeza entre las manos. Poco a poco fue
calmando su jolgorio y pudo decir:
—Esa chiquilla es el mismo demonio. No se lo tenga en cuenta, Mason.
—Espere a que me la encuentre. Está mal criada. Primero se lía a tiros
conmigo, y luego me embroma… Le hace falta una buena tunda. Seguro que
sus padres no se la han dado.
Wynn se quedó serio, y repuso:
—No les fue posible… Murieron cuando ella tenía siete años.
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Larry miró a su nuevo amigo, y hubo una pausa.
—Su padre se llamaba Peter Wallace —manifestó Wynn, con visible emoción
—. Hace cosa de veinte años se instaló con su esposa, y Jean, que acababa de
nacer, en los límites del Llano Estacado. Allí construyó Peter una casa y
cultivó sus acres. Vinieron al mundo otros dos hijos. Era una familia feliz.
Pero un día, cuando Jean había celebrado su séptimo aniversario, su padre
cayó del caballo y murió del golpe. La mujer no le sobrevivió mucho tiempo.
Falleció más tarde, víctima de unas fiebres malignas. Quedaron Jean y los dos
pequeños. Había una india que trabajaba en la casa, Azucena, y ella se
encargó de atenderlos. Pero Jean se dio cuenta pronto de cuál era la situación,
y cuando todavía era una mocosa, ya llevaba el rancho como el más exigente
de los capataces. Luchó bravamente con los hombres que intentaron
despojarla de su propiedad. Desoyó los cantos de sirena, y si tuvo necesidad
de echar mano a la pistola, no vaciló en hacerlo. Creció indómita, salvaje,
pero sensata. Y hermosa como ninguna otra mujer que he visto. Ahí la tiene.
Se lo debe todo a ella misma, y lo sabe. Parece un varón, pero estoy seguro de
que no hay hembra más femenina de Norte a Sur y de Este a Oeste. Es un
tesoro que guarda en lo más profundo de su corazón. —Wynn dio un suspiro,
y añadió—: Un tesoro que yo pretendo poseer desde hace bastante tiempo. Ya
lo vio usted cuando la encontramos. Me dio calabazas en sus propias
narices…
—Habla como un enamorado.
—¡Y lo estoy!
—Sólo ve en ella virtudes. Es lógico. A mí me da la impresión de que es una
metomentodo. ¡Y por mil diablos que me ponen nervioso las mujeres así!
Cuatro hombres entraron en el comedor.
—¡Cuidado, Mason! —advirtió Wynn—. Éstos quieren pelea.
Larry se echó hacia atrás, contemplando al cuarteto que se desplazaba hacia
ellos.
—Hace tiempo que no me divierto —dijo.
—¡No gaste bromas! ¡Son profesionales del gatillo!
Los cuatro hombres se detuvieron ante los que estaban sentados. Uno de ellos,
de nariz arremangada y ojos pequeños, masculló, mirando a Larry:
—Conque es usted el matón…
El aludido chasqueó la lengua, y repuso:
—Molesta, compañero. Lárguese.
—Lo haré cuando me dé la gana. ¿Lo oyó?
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—Un simple zumbido de abejorro —desdeñó Larry—. Son desagradables.
Los atrapo con la mano y los aplasto con el pie.
—Ha salido gracioso el chico. ¿Verdad, muchachos?
Larry sonrió, recomendando:
—No diga tonterías y váyase. Es un consejo desinteresado. Palabra que no le
cobro nada por él.
—En cambio, nosotros sí que cobramos por hacer nuestro trabajo. Cinco de
los grandes.
—Es un buen trabajo. ¿Y qué es lo que pagan con él?
—Su vida, Mason. A mí me parece cara. Yo lo hubiese dejado en dos mil,
pero el patrón tiene ganas de gastar, y el dinero es suyo.
Los demás comensales se levantaron de sus mesas en cuanto oyeron las frases
que se proferían y abandonaron el salón.
—¿Está incluido el señor Wynn en el negocio? —inquirió Larry.
—No, pero ya que se encuentra con usted, lo incluiremos. Es un regalo que le
hacemos al patrón, y de paso, usted no se encontrará tan sólo durante el viaje
que va a emprender.
—Magnífico, piensa usted en todo. Buen muchacho.
Larry vigilaba atentamente las manos de los pistoleros. Se encontraba en mala
posición para disparar, pero no quería ponerse en pie de repente, ya que antes
de que pudiera conseguirlo, los otros lo coserían a balazos.
Wynn trataba de estirar las piernas buscando la postura más cómoda, dentro
de lo posible, para hacer fuego.
—Terminemos la conversación, Mason —dijo de nuevo el de la nariz
arremangada.
—Fue instructiva —murmuró Larry—. Hasta la otra.
Los cuatro hombres empezaron a recular lentamente, mirando con fijeza a los
que estaban sentados.
El tic tac del reloj de pesas que había en la pared resonaba como los crujidos
de las pezuñas de un ciervo sobre un terreno pizarroso.
Las ruedas de un carro chirriaron en la calle durante unos instantes, y luego
volvió a quedar en el aíre la inexorable marcha del segundero.
Las botas de los asesinos a sueldo se deslizaban suavemente por el piso.
De súbito, del fondo del salón partió una voz:
—¡Eh, muchachos!
Las cuatro cabezas se movieron unos centímetros.
Fue la señal para que el comedor del hotel se convirtiese en un infierno.
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Los revólveres salieron de las fundas. Rojas llamaradas brotaron de los
hocicos negros. Los proyectiles silbaron y mordieron la carne. Los cuerpos se
contorsionaron, como si marcasen el ritmo de una danza epiléptica.
Los cuatro pistoleros fueron cayendo lenta, perezosamente. Uno de ellos
quedó de rodillas, igual que si se dispusiese a orar. Pero luego abrió los
labios, arrojó una bocanada de sangre, y se echó hacia adelante pegando la
cara al suelo.
El humo de la pólvora invadió la estancia.
Larry vio que Wynn estaba herido en un hombro Allá, en el fondo del salón,
Jean Wallace tenía subida la falda hasta la cintura, y sobre sus enaguas había
un cinturón con dos fundas vacías. Las pistolas que debieran contener eran
esgrimidas por sus manos, y de los cañones salían volutas de humo gris.
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CAPÍTULO V
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menos importa.
Wynn se frotó la barbilla, y dijo con pesar:
—Yo te metí en este fregado, Larry. Reconozco que he sido un estúpido
optimista. No calculé con qué nos enfrentábamos. Estaba equivocado.
Hubo otra pausa. Larry siguió imperturbable, con los ojos fijos en el techo.
—¡Y bien! —chilló Robert—. ¿Por qué no lo sueltas de una vez?
Mason bostezó, y después preguntó:
—¿Qué es lo que tengo que soltar?
—¡Recrimíname, dime que te he engañado, que soy un pobre iluso!
¡Cualquier cosa!
Larry continuó sumido en el silencio. Wynn inquirió, exasperado:
—¿Cuándo te marchas? ¡Yo en tu lugar lo haría sin perder tiempo!
Larry se incorporó y puso los pies en el suelo.
—Creo que es una buena idea —convino.
—¡Qué! ¿Quieres decir que te vas a largar?
—Tú mismo me lo has sugerido y es lo más razonable que he oído salir de tu
boca desde que te conozco, Bob. Después de todo, reconocerás que a mí me
importa poco Silvertown y sus problemas. No soy de aquí, ni malditas las
ganas que tengo de dejarme la piel en este pueblo…
En el rostro de Wynn se reflejaba la más profunda decepción.
Larry se levantó, pasó junto a su amigo y cogió el sombrero que había
colgado en una percha de un solo brazo.
—¿Vienes, Bob? —invitó, con la mano en el pomo de la puerta.
Wynn se enderezó, y como un sonámbulo precedió a Larry en la salida.
Bajaron la escalera, y en el vestíbulo vieron a Jean que hablaba con el
conserje. La joven continuaba vistiendo su ropaje femenino, llevaba un lazo
azul sujetando el cabello. Al ver a los dos hombres, les sonrió abiertamente.
—¿Cómo va eso, compañero? —saludó, moviendo rápidamente una mano. Y
al ver la cara de Wynn, añadió—: ¿Dónde es el entierro?
—Mason se va.
—¿Adónde?
—No lo sé. Se marcha de la ciudad.
Jean clavó las centelleantes pupilas en Larry, y exclamó:
—¡No es posible! ¡No tiene derecho!
—¿Quién ha dicho eso?
—¡Yo! ¡Usted dijo que se quedaría! ¡Que aceptaba la candidatura ofrecida
por Bob! ¡Un hombre tiene una sola palabra!
—Fui mal informado.
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—¡Y un cuerno! ¡Bob le dijo que el asunto estaba feo, y usted se hizo el
valiente! ¿Qué es lo que le pasa ahora? Tiene miedo, ¿eh?
—Un poco.
—Un poco, ¿verdad? ¿Fueron los tiros de ayer? ¡Qué pena que yo estuviese
en el hotel! Debí dejar que aquellos tipos lo llenasen de agujeros.
—Ya es bastante, Jean —atajó Wynn—. Larry tiene perfecto derecho a irse.
Realmente, ha hecho más de lo que podríamos exigirle.
—Palabra de hombre… ¡Puaf! —murmuró la joven, desabridamente.
Larry, sin alterar un músculo de su faz, dijo:
—Esto acabó. Les deseo suerte.
—Nos desea suerte, ¿eh? —repuso Jean, sarcástica—. ¿Qué espera? ¿Que se
nos nublen los ojos de lágrimas? ¡Menudo fanfarrón! Ya le expuse a Bob qué
clase de tipo me parecía usted.
—Adiós —dijo Mason.
Y se dirigió hacia el encargado del hotel. Pago el importe del alquiler de la
habitación, y luego se volvió, encaminándose a la puerta.
Antes de que llegase al umbral se oyó un estampido, y un proyectil se incrustó
en el piso de madera, a dos centímetros de su bota derecha. Quedó inmóvil
unos segundos, y después giró sobre sus talones, des pació.
Jean tenía el revólver en la mano. Wynn estaba a su lado, sobrecogido.
—No ha debido hacer eso, señorita Wallace —reprochó Mason.
—¿No? —sonrió ella—. Tendrá que perdonarme. Me he de entrenar a
menudo para no perder la puntería. Le aseguro que a veces resulta divertido.
Me gusta tirar sobre los sombreros. Creo que al suyo le hace falta un agujero
para que haga juego con el que le hice el otro día… En cuanto termine, podrá
ya marcharse…
Jean levantó el revólver, y de pronto, sin que ella ni los dos espectadores se
diesen cuenta de cómo podía ser, de cada una de las manos de Larry brotó una
lengua de fuego.
Un proyectil arrancó el «Colt» que esgrimía la joven, y el segundo desató el
lazo azul que recogía su cabellera. Rápidamente se tocó la cabeza, como si
necesitara cerciorarse de que continuaba estando sobre sus hombros.
—También me gusta divertirme a veces —ironizó Larry, con voz ronca—.
Buena suerte, señorita Wallace.
Se volvió nuevamente, y desapareció por la puerta, sin que la muchacha y los
dos testigos hubiesen salido aún de su asombro.
Diez minutos más tarde Larry salía del pueblo montando su potro. Tomó la
dirección este a través de una llanura de tierra rojiza sobre la que no crecía un
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solo arbusto. Más tarde se desvió hacia el noroeste, y remontó el lecho seco
de un arroyo. Dio vista a un desfiladero, y cuando se acercaba a él una
detonación seguida por el silbido de una bala, le hizo detener.
Tres hombres montados se acercaban al trote. Llegados junto al solitario
jinete, el que parecía de mayor edad, preguntó:
—¿Se le perdió algo, compadre?
—Vengo a hablar con el señor Siegel —contestó Larry.
El otro lo observó con más atención, y manifestó:
—El señor Siegel recibe las visitas en Silvertown los martes y los jueves. ¿No
lo sabía?
—Sí, pero no puedo esperar al próximo martes. Lo que tengo que decirle es
importante.
—¿Para usted?
—Para Siegel.
—¿De qué se trata?
—Será mejor que lo escuche él.
El interlocutor de Larry adoptó una actitud dubitativa durante un minuto, y al
fin dijo:
—De acuerdo. Lo llevaré a su presencia. Pero si me gano una bronca por
culpa de usted, le prometo corresponderle…
—No pase cuidado.
Penetraron en el desfiladero, y media milla más allá desembocaron en un
amplio valle cubierto de verde. En el centro se levantaba una casa de
imponente aspecto, si se le comparaba con las edificaciones rústicas de
Silvertown.
Por los alrededores, Mason contó hasta diez hombres.
Desmontaron al pie de una escalera, y Larry subió por ella precedido por el
sujeto que había llevado la voz cantante.
Un criado les abrió, y tras cambiar unas palabras con el guía, les acompañó
por un pasillo hasta llegar ante una puerta. El criado entró, y salió en seguida
moviendo la cabeza afirmativamente. Los otros entraron.
Un hombre de unos cincuenta años de edad, de cabello entrecano y ojos
negros, que se hallaba sentado tras una mesa cubierta en gran parte de
papeles, levantó la mirada del que leía en aquel instante, y preguntó:
—¿Qué ocurre, Alsop?
—Se trata de este individuo, señor Siegel. Quería verle.
Siegel continuó con los ojos fijos en Alsop.
—Mal hecho —objetó—. ¿Cuántas veces he de repetir…?
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—Ha asegurado que se trataba de algo importante.
El dueño de la casa miró por primera vez a Larry.
—¿De qué se trata?
—Quisiera hablarle a solas.
—No acostumbro a hacer excepciones respecto a mis visitantes. El próximo
martes le veré en la ciudad. Buenos días.
Siegel hizo un gesto indolente de fastidio, y reanudó la lectura del papel que
tenía en la mano.
—¡Ya lo oyó! —dijo Alsop, con brusquedad, cogiendo a Larry por un brazo
—. ¡Andando!
Mason se desasió y declaró:
—Soy Larry Mason.
El banquero irguió la cabeza, murmurando con el ceño fruncido:
—¿Larry… Mason?
Hubo un silencio, que interrumpió Siegel, con una carcajada.
—Es usted el último hombre que esperaría ver en mi despacho, Mason.
—A mí me hubiera extrañado… ayer.
—¿Y qué es lo que ha ocurrido de ayer a hoy que le ha hecho cambiar tan de
repente?
—También soy hombre de negocios. Se me ha ocurrido una idea, pero
necesito un socio para llevarla a cabo…
—Un socio capitalista, supongo.
—Es usted un águila, señor Siegel. Dio en el clavo. ¿Qué le parece sí le dice
ahora a Alsop que nos deje solos?
El banquero dirigió una mirada a Alsop, y éste abandonó la estancia. Larry no
habló de nuevo hasta que hubo oído el chasquido producido por la puerta al
cerrarse.
—Tiene una bonita choza. Debe de haber gastado unos cuantos billetes en su
construcción…
—Sí, unos cuantos. ¿Cuál es ese negocio?
—Y cuando uno se aficiona a la buena vida —ignoró Larry la pregunta—, es
difícil renunciar a ella…
—¿Ha venido aquí para filosofar, Mason? Vaya al grano.
—He ido derechito a él. Estoy tratando de inculcarle la idea de lo que perdería
usted si insiste en continuar por el camino que ha seguido hasta ahora.
Siegel palideció, y sus labios se estiraron en un rictus de ira.
—¡Se está pasando de la raya, Mason!
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—Usted atravesó la divisoria hace ya mucho tiempo. ¿No supuso nunca que
tarde o temprano se vería obligado a retroceder?
—¡No escucharé ni un minuto más sus necedades! ¡Márchese ahora que
puede!
—Usted vendrá conmigo.
La voz de Larry sonó ominosa.
—¿Qué dice? —barbotó Siegel—. ¿Está ebrio?
El joven sacó un revólver, y apuntó a la cabeza del banquero, mientras
respondía:
—Quizá lo esté o me haya vuelto loco. El decidir sobre ello es cuenta suya.
En cualquier caso, le conviene seguir mis instrucciones. No pestañearé si me
coloca en la coyuntura de volarle la tapa de los sesos.
Siegel observó los ojos de su interlocutor, y debió leer en ellos que existía una
gran probabilidad de que la amenaza pudiera convertirse en un hecho cierto.
Se incorporó y preguntó:
—¿Adónde quiere que le acompañe?
—Permítame que me reserve por ahora esa noticia. Ya tendrá informes sobró
la agilidad de mis dedos cuando se trate de sacar el revólver. Voy a enfundar,
y saldremos al exterior. Usted pedirá un caballo, pero se guardará de hacer la
menor señal a sus hombres. Sí intenta burlar mi propósito, le prometo que no
tendrá oportunidad de arrepentirse. Eso es todo. ¡Póngase en marcha!
El banquero estaba demasiado asustado para desobedecer las instrucciones
recibidas, y así, quince minutos después de terminada la entrevista en el
despacho, cabalgaba junto a su aprehensor en dirección al desfiladero.
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CAPÍTULO VI
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de lo que había sucedido aquí, se apresuró a venir…
—Se acercó a ganarse una recompensa, para seguir bebiendo. Supongo que lo
habrán tratado bien.
—Lo tenemos encerrado en la cárcel. Se nos ocurrió que podía servirnos. —
Laing sonrió.
—¿Por qué no acaba? —indicó Larry—. Me tiene emocionado.
—¿No lo supone?
—Poco más o menos. Falleceré repentinamente, y se reservan a ese amigo de
Baco para demostrar que yo era un perjuro y algo peor, teniendo en cuenta la
profusión de entierros que se ha originado en el pueblo desde que llegué.
Henry sacó un cigarro de un cajón, y lo mordisqueó. Al escupir el trozo de
tabaco, observó:
—Aún no me ha explicado la razón de su inopinada visita.
—Quería oír primero lo suyo. Lo mío es esto: tengo a Siegel en mi poder.
Henry se quedó inmóvil unos segundos.
—¿De qué está hablando, Mason?
—Se lo repetiré. He raptado a su jefe, ¿entendido?
—¡No lo creo! —exclamó el vicepresidente del Banco, sin mucha seguridad.
Larry introdujo la mano en el bolsillo de su camisa y la sacó arrojando algo
sobre la mesa.
—¿Qué es esto? —inquirió Laing.
—El calcetín del pie izquierdo de Siegel. Confieso que no es una cosa
correcta, pero me pareció la prueba más convincente para abrirle los ojos.
Usted sabe muy bien que ese calcetín sólo puede ser usado por su jefe. No
hay una persona en toda esta parte del país que se atreva a hacerle la
competencia en mal gusto.
La prenda era de un color calabaza.
Henry tragó saliva, y dijo:
—Suponiendo que confirme su noticia, ¿por qué lo ha hecho?
—¿No lo supone? —retrucó Mason. Después de una pausa continuó—: Se lo
diré yo. Tendré en mis manos a Siegel hasta que se hayan celebrado las
elecciones. Éstas se celebrarán de acuerdo con las más estrictas y puras
normas democráticas. Nada de violencias ni coacciones. Usted ordenará a sus
pistoleros que se mantengan serenos y se porten como buenos chicos. He
tomado las medidas oportunas para que si algo ocurre que no me guste, su
jefe pague las consecuencias. ¿Está claro? Usted es el responsable de la vida
de Siegel.
La puerta del despacho se abrió de golpe.
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Larry giró la cabeza y vio en el hueco a un hombre de su misma edad y
aproximada estatura. Tenía los ojos verdosos, y la nariz achatada. Su barba no
había sido afeitada en un par de semanas. Distendía los labios en una sonrisa
forzada.
—¿Larry Mason? —preguntó, con las manos colgando junto a las fundas de
sus revólveres.
—¿Pete Chamber? —repuso el interrogado, al tiempo que se volvía para
enfrentarse con el pistolero.
Los antagonistas se quedaron mirando a los ojos, inmóviles, sin parpadear.
—Tenía ganas de conocerlo, Mason. He llegado a pensar que era usted un
personaje de leyenda. Algo así como Robin Hood…
—Ya ve que soy de carne y hueso.
—Le cedo la prioridad. Puede mover las manos cuando quiera. Si tiro antes,
no quiero que se lleve un mal recuerdo de mí.
—Muy generoso —murmuró Larry—. ¿Da siempre esa ventaja en sus
asesinatos?
Del rostro de Chamber desapareció todo vestigio de humanidad.
—¡Quieto, Pete! —exclamó Henry, yendo hacia el pistolero.
Éste miró al vicepresidente con enojo.
—¿Qué le pasa ahora?
—¡No puede matarlo!
—Creí que se me pagaba para eso.
—Las cosas han cambiado algo. Mason ha cogido prisionero al señor Siegel.
Chamber hizo una mueca, y luego dijo a Larry:
—Una buena treta. Pero no le valdrá por mucho tiempo. ¿Qué he de hacer,
Laing?
—Esperar. No hay más remedio.
Mason sonrió, y empezó a andar hacia la puerta abierta.
—Son ustedes muy comprensivos —declaró—. Transmitiré sus saludos al
señor Siegel.
—Escuche esto, Mason —advirtió Chamber.
—Venga, suéltelo —replicó Larry, girando en el umbral.
—Lo mataré en cuanto tenga oportunidad. En Silvertown o en donde sea. He
cobrado, y soy hombre que cumple. No trate de huir. Es mejor que arreglemos
el asunto en este pueblo.
—No me marcharé sin darle esa oportunidad —prometió Larry.
Se miraron una vez más, y luego Mason dio la vuelta y salió de la habitación.
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Ya en la calle, se dirigió al almacén de subsistencias de Ibrahim Goldman, e
hizo a éste un pedido importante que quedó en recoger al finalizar la tarde.
Pagó el importe de la compra, y cuando salía estuvo a punto de atropellar a
Jean Wallace, que entraba.
—¡Usted! —exclamó la joven.
—¿Es que no puedo dar un paso sin que se interponga en mi camino? —le
espetó Larry.
—¡Lo mismo puedo decir yo! ¡Y no se crea que logró asustarme con su
exhibición! La próxima vez no tendré contemplaciones…
Mason la observó de pies a cabeza. Continuaba vistiendo ropas de mujer.
—¿Acaso empieza a perder personalidad, Jean Wallace? —apuntó con ironía.
—Creo que está en condiciones de contestar a esa pregunta, señor Mason.
¿Qué fue lo que sintió al verme aparecer en el hotel?
—Nada.
—No diga tonterías, Algo le interesaría.
—En absoluto.
—¿Por qué, entonces, me transmitió la invitación por mediación del mozo?
—Quizá porque necesitaba oír una voz de mujer.
En el rostro de Jean aparecían, uno tras otro, los más encantadores mohines.
—Es malo ser embustero, Larry. ¿No recuerda que acababa de oír la voz de
una señorita? Se marchó cuando yo me senté.
Él carraspeó, un poco perturbado, y ella dijo divertida:
—Estoy segura de que se ha quedado por mí.
—¿Por usted? ¡Oiga…!
—No es preciso que me dé explicaciones. Lo comprendo. Se ha enamorado.
—¿Yo enamorado de usted?
—¿Acaso es algo imposible? Hay muchos hombres que darían años de su
vida porque yo les correspondiese.
—¡Deben de ser idiotas!
Los labios de Jean se plegaron rápidamente. Con ojos furibundos, exclamó:
—¿Cómo se atreve…? ¡No tiene educación!
—Es difícil que usted me dé lecciones al respecto.
El tendero asistía a la escena acodado en el mostrador, mirando a los
protagonistas, mientras fumaba una pipa. De vez en cuando, al término de una
frase, asentía con la cabeza o arrugaba la frente a la espera de una respuesta.
—¡Es posible que le enseñe modales con esto! —estalló la muchacha,
moviendo una mano hacia el lugar en que, bajo la falda, tenía el revólver.
En ese instante, entró en el almacén Robert Wynn.
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—¿Qué es lo que…? —empezó a decir, y al ver a Mason, preguntó—:
¿Todavía aquí?
—Me marché y volví.
—¿Con qué intención?
—Con la de presentar mi candidatura, si es que insistes en tu idea.
—¡Larry! ¡Que me maten si he cambiado! —Abrazó al aspirante a alguacil, y,
separándose, dijo a Jean—: ¿Lo has oído, pequeña? ¡Es de los nuestros!
La joven ronroneó, y repuso:
—No me gusta.
—¿Qué es lo que no te gusta?
—Esa forma de comportarse. ¿Qué es lo que le ha hecho volver? Pensaba
marcharse. Pagó la cuenta del hotel. ¿Quién no te asegura que ha ido a
ponerse de acuerdo con Siegel? Anda, pregúntale adonde ha ido.
—Está en lo cierto. Hablé con Siegel.
—¿Qué? —chilló Robert.
—¿No te lo decía? —murmuró ella, en tono rabioso—. ¡Es un traidor!
—No puedes haber hecho eso, Larry —gimió Wynn.
—Es mi prisionero. Lo conservaré como rehén para garantizar la legalidad de
las elecciones.
Wynn y Jean perdieron el habla durante un largo minuto. Fue el propio
Mason quien reanudó el diálogo:
—Quisiera hablar al mayor número de votantes, Bob. ¿Puedes reunirlos esta
noche en algún sitio?
—¡Claro que sí! ¡Cuenta con ello!
—Hasta luego, entonces. ¿Nos veremos en el Topace a las nueve?
—No faltaré.
—Adiós, señorita Wallace.
Ella no contestó, y cuando Larry se hubo ido, Wynn la miró y lanzó una
carcajada.
—¿Qué te pasa ahora? —refunfuñó la muchacha, malhumorada—. ¿Te hace
gracia algo?
—Sí, es muy bueno. Este round también lo ha ganado nuestro amigo.
Jean soltó un bufido, y se dirigió hacia el tendero, en tanto Bob continuaba
riendo.
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CAPÍTULO VII
Larry había hablado a cuatro docenas de electores que a duras penas pudo
reunir Bob Wynn en una cuadra de las afueras de Silvertown. Otros muchos
fueron invitados, pero excusaron su asistencia por razones de salud, cuando la
verdadera causa de su inhibición radicaba en el temor que sentían a que en
mitad del discurso apareciesen los pistoleros de Siegel y disolvieran el
cónclave con sus poco recomendables medios expeditivos. No les hizo
cambiar de opinión el oír que el banquero había sido puesto a buen recaudo
por el candidato orador, ya que tal argumento fue considerado como una
añagaza del propio Wynn, convertido en agente electoral del forastero.
Larry dirigió la palabra al rebaño durante quince minutos, tratando de levantar
los ánimos decaídos, para lo que pulsó la cuerda patriótica, la familiar y la
social.
Sobre el resultado de tal arenga preguntó a su amigo después de terminada la
sesión, recibiendo la respuesta de que él también lo ignoraba, por no haber
tenido oportunidad de hablar con los asistentes.
Regresaron al centro del pueblo, entrando en el hotel Minero.
Jean les esperaba sentada en el vestíbulo. Después de informarla del
acontecimiento que acababa de tener lugar, Bob se despidió alegando que se
caía de sueño, y que deseaba estar fresco al día siguiente «por lo que pudiera
ocurrir».
Así quedaron solos Jean y Larry, dándose el caso de que era la primera vez
que se contemplaban sin ánimo belicoso.
—¿No se va usted también a dormir? —preguntó ella.
—Sí. Me espera una larga carrera. He de arropar al señor Siegel.
Los grandes ojos de Jean se abrieron con asombro.
—¡Por eso pagó el hotel! ¡Usted se marchó de aquí con la idea de capturar al
banquero!
—Así fue.
—¿Por qué no nos lo comunicó? ¡Y permitió que yo le ofendiera…!
—No sabía que me resultaría tan fácil lograr mi propósito. Prefería silenciarlo
porque quería hacerlo yo solo, y usted y Bob no me hubieran dejado.
La joven movió la cabeza, y murmuró con voz contrita:
—Me he comportado como una salvaje.
—Olvídelo.
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—A veces me pregunto por qué he de ser tan impulsiva.
—Resulta atrayente.
—¿Usted cree? Debería reflexionar con más detención mis actos.
Hubo un silencio. Larry lo interrumpió, diciendo:
—Hace una noche hermosa. ¿Ha observado el cielo?
—No —sonrió ella. Y añadió—: Pero me agradaría.
Salieron al exterior y echaron a andar por la calle hacia el sur del pueblo.
Caminaron en silencio respirando la fresca brisa, y se detuvieron junto a un
pino que se erguía cincuenta yardas más allá de la última casa. Jean apoyó la
espalda en el tronco del árbol y comentó:
—Realmente, sabemos muy poco uno del otro.
—Yo conozco su historia.
—¿Se la contó Bob?
—Sí, y sentí admiración por usted. Lo suyo es una historia de «impulsos».
¿Ve como la naturaleza compensa? Sin ese espíritu de lucha que la posee, no
hubiera sacado su hogar adelante.
—No hablemos entonces de mí. ¿Por qué no me cuenta su vida?
Larry tardó varios segundos en contestar.
—Es poco interesante. Una vida vulgar.
—Estoy segura de que no dice la verdad. ¿Por qué? ¿Tan entrañable es su
secreto?
—Es algo triste que no debo contar a nadie.
La joven se humedeció los labios y repuso:
—Puede tener confianza en mí. Larry.
Él la miró a los ojos y contempló en ellos la lealtad. Entonces manifestó:
—Mi vida sólo tiene un objetivo. Desde hace diez años busco a un hombre
para que sea ahorcado.
Jean no pudo evitar un estremecimiento.
—¿Ahorcado? —inquirió—. ¿Por qué?
—Asesinó a mi padre y a otro amigo para robarles. —La voz de Larry sonó
grave, solemne—. Eso ocurrió hace veintitrés años, y cuando yo era un
chiquillo. Mi padre y dos hombres constituyeron una sociedad para buscar oro
en el río Travers, en California. Lo encontraron en cantidad suficiente para
que cada uno de ellos iniciase una nueva vida con posibilidades de prosperar.
Uno de esos hombres se llama Paul Benny y el otro Dan Gardner. Benny
mató a Gardner arrojándolo por un precipicio, y luego baleó a mi padre.
—¿Cómo se enteró?
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—La tarde que Gardner murió, yo había acompañado a mi padre al bosque
para que me cogiese una ardilla. Al regresar al campamento con el animalito,
Benny dijo que deseaba hablar con mi padre, y tuve que marcharme al carro.
Pero me escurrí, y pude escuchar la explicación que daba Benny sobre el
presunto accidente sufrido por Gardner. Todo parecía normal, justificado,
pero no habían pasado veinticuatro horas cuando Benny remataba su obra,
disparando sobre mi padre por la espalda. Fui testigo presencial de este
segundo crimen, y pretendió eliminarme a mí también. Corrí
desesperadamente y me escapé por milagro. Debió de pensar que moriría de
inanición, y así hubiese ocurrido si no me hubieran recogido otros buscadores
de oro tres días más tarde.
»Tuve la suerte de que uno de los buscadores se encariñase conmigo. Se
llamaba Lewis Mason, y me adoptó. Cuando se cansó de corretear por
California, nos marchamos a Nueva York. Allí crecí y me eduqué. Lewis
Mason me envió a la universidad y cursé dos años de estudios en la Facultad
de Derecho. Interrumpí la carrera cuando aquel buen hombre murió,
dejándome único heredero de su fortuna. Entonces el recuerdo de las
circunstancias en que lo conocí se hizo vivido en mí hasta el punto de
convertirse en una obsesión. Decidí que no recobraría la paz hasta que
encontrase a Paul Benny, y me lancé en su busca. Desde hace diez años
recorro el país, estado por estado, desde la ciudad más grande hasta el más
insignificante pueblo esperando hallar algún día a mi hombre.
—Pero eso es una locura, Larry. Paul Benny puede haber muerto hace una
infinidad de años…
—Es posible, pero también es un riesgo que me propuse correr cuando
abandoné Nueva York.
—Y aun cuando estuviese vivo, es casi imposible que lo pueda encontrar.
¡Han pasado más de veinte años! Ha debido cambiar su aspecto, su fisonomía.
¡Hasta tendrá otro nombre!
—Creo que lo reconocería entre un millón de individuos. Hasta hoy no lo han
visto mis ojos. De eso estoy seguro.
—¿Tan presente tiene ese recuerdo de cuando usted era un chiquillo?
—Millares de veces he soñado con su rostro. Me lo conozco pulgada a
pulgada, y aunque hubiese envejecido cuarenta años, lo identificaría.
Los dos jóvenes guardaron silencio durante un rato. Al fin, dijo ella:
—¿Por qué salvó a Bob? Ya sé que el hombre que lo acompañó a La Jara está
detenido en la cárcel del pueblo.
—Me enteré casualmente de la injusticia que se iba a cometer con él.
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—Pero debió marcharse después de sacarlo en libertad. Tal como están las
cosas, puede dejar incumplida la misión que se ha impuesto. El hecho de que
salga usted elegido, lo cual es bien difícil, no significará que haya derrotado a
Siegel.
—Lo sé. Entonces será cuando la batalla llegará a la máxima virulencia.
—¿Piensa tener permanentemente en su poder a Siegel?
—El rapto es extralegal, y si me convierto en autoridad, lo primero que he de
hacer es dejarlo en libertad.
—Se acabará en ese caso su ventaja inicial. No habrá nadie en su sensato
juicio que luche a su lado. ¿Sabe también eso?
—Sí.
Hubo otro silencio.
—Márchese, Larry.
—Usted es quien se va a ir. Dijo que estaría un par de días para comprar sus
provisiones de invierno. Ha tenido tiempo para hacerlo. Le diré a Bob que la
acompañe hasta el Llano Estacado, tal como se lo prometió.
—No quiero irme —repuso ella, resueltamente.
—Tendrá que hacerlo. Esta vez no son necesarios «impulsos».
—Disparo mejor que cualquier hombre…, a excepción de usted.
—Eso es lo que cree. Hay unos cuantos pistoleros en la ciudad que aprietan el
gatillo hasta durmiendo. Además, debe pensar en sus hermanos. ¿Qué sería de
ellos, si por una locura de usted quedasen solos…?
Jean se ablandó.
—Está bien. No comprendo qué me pasa cuando me habla. Jamás ha habido
un hombre que haya logrado convencerme.
Larry cogió instintivamente a la muchacha por los brazos y dijo:
—Buena chica.
Se quedaron mirando fijamente, y de pronto, él la besó en la boca, sin que ella
hiciese el menor movimiento para impedirlo.
Al separarse, Jean musitó:
—Ignoraba que tuvieras «impulsos».
Él arrugó el ceño, y replicó:
—No ha sido más que eso: un impulso.
—¿Qué quieres decir, Larry? —inquirió ella, muy seria.
—No debes dar importancia al hecho de que te haya besado. Para mí no tiene
ningún significado.
Jean sintió que una ráfaga helada pasaba por su corazón.
—¿Es eso lo que realmente piensas?
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—No hay nada más.
Ella sonrió amargamente y declaró:
—Es una tontería, ¿verdad? Prometí que sólo me besaría el hombre con quien
compartiera mi hogar.
Larry apretó los labios, y más tarde murmuró, con un hilillo de voz:
—Lo siento.
—¿Lo sientes? ¿Por qué? Tú lo acabas de decir. Carece de importancia. Y
creo que no te falta razón.
—Cállate, Jean.
—Sí, me callaré. Nos queda muy poco que hablar. Sólo la despedida. Me iré
mañana al amanecer. Y no es necesario que recuerdes a Bob su promesa.
Conozco el camino de vuelta. Te deseo suerte. Creo que la necesitas. Adiós,
Larry.
La joven dio la vuelta, y él la detuvo cogiéndola por el brazo, mientras decía:
—Te acompañaré hasta el hotel.
Ella se desasió de un tirón, y repuso:
—Quédate ahí. Iré sola. Lo prefiero.
Echó a andar con paso rápido, y Larry la dejó alejarse sabiendo que perdía a
la mujer que amaba.
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CAPÍTULO VIII
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—Usted consiguió mi simpatía cuando se acercó a esta choza en su camino a
Yuma. Curó a mi caballo en el instante que lo daba por muerto.
—Ya le dije que había comido una mala hierba. No tuvo importancia.
—Para mí, sí. Por eso no podía traicionarle. Aunque me hubiera ofrecido el
Banco entero, aquí habría encontrado a Siegel.
—Gracias —dijo Larry, observando la mirada cargada de odio que dirigía su
prisionero a Tom.
Éste se levantó, y después de examinar el contenido de la olla, declaró que la
cena estaba a punto.
Despejaron la mesa, y llenaron tres platos de judías con tocino. Siegel hizo un
gesto de repugnancia, y renunció a su parte.
—Tocamos a más —comentó Larry.
Tom pasó junto al banquero, y éste movió su mano rápidamente queriendo
quitarle el revólver. Pero Tom anduvo listo, y lo evitó inclinándose a un lado.
Al enderezarse, estrelló su puño en la mandíbula de Siegel, quien rodó por el
suelo.
—Esto le enseñará a ser un buen muchacho.
Siegel se incorporó vacilante, escupiendo saliva mezclada con sangre.
—Ha dictado su sentencia de muerte, Tom —barbotó, resoplando.
—Échese en el jergón y duerma —contestó el aludido—. Está demasiado
nervioso.
Siegel, obedeciendo, se tendió sobre un colchón.
Los otros dos hombres empezaron a comer las judías. Tom sacó una hogaza
de pan, y la partió en dos trozos.
Aún no habían llevado a la boca media docena de cucharadas, cuando la
puerta se abrió de repente y una voz conminó:
—¡Quédense donde están, o los achicharramos!
El que hablaba era Pete Chamber, y detrás de él había cuatro hombres. Todos
esgrimían «Colt».
—¡Maldita sea! —exclamó Tom—. ¡Debí atrancar la puerta!
—No les hubiera servido de nada —repuso Pete avanzando hacia la mesa
seguido por sus secuaces.
Siegel se levantó como una exhalación.
—¿Es usted Peter Chamber?
—Sí. Me dieron el encargo de ponerlo en libertad.
—Ha sido usted muy oportuno. ¡Deme su revólver!
Chamber le cedió el que tenía en la mano izquierda.
El banquero giró hacia los hombres que permanecían sentados.
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—¡Levántense! —ordenó.
Larry y Tom se incorporaron lentamente.
—Ha sido divertido, ¿verdad, señor Mason? Ya le advertí que lo pagaría. Y
en cuanto a ti, Tom, ya ves lo que son las cosas. Pudiste ganar dos mil
dólares, y ahora…
Dejó la frase sin terminar, porque empezó a reír espasmódicamente. De
pronto se quedó serio, levantó la pistola apuntando a Tom, y disparó dos
veces.
En el pecho de la víctima aparecieron dos agujeros, y casi instantáneamente,
se pusieron a echar sangre.
—¡Ahí tienes…! —chilló salvajemente Siegel—. ¡Sentencia cumplida!
Tom inclinó el cuerpo hacia adelante, puso las manos sobre la mesa y fue
desplomándose poco a poco. Cuando su cabeza tocaba la madera se le
doblaron las piernas y cayó al suelo muerto.
El asesino desplazó el revólver hasta apuntar a Larry.
—¡Le tocó su turno Mason…!
La mano de Chamber se aferró a la muñeca del banquero.
—No lo haga Siegel.
—¿Qué le pasa? ¿Quiere matarlo usted?
—La vida de ese hombre me pertenece. He cobrado adelantado por ella. Pero
no se trata de eso ahora.
—¿De qué, pues?
—Hay orden de llevarlo entero.
Siegel parpadeó unos segundos.
—¿Quién dio la orden?
—La recibí de Henry, y me encargó también que le transmitiese que alguien
desea verlo. Tenemos instrucciones de acompañar a Mason y a usted hasta
cierto lugar. Ha de ser en seguida.
—De acuerdo, Chamber. —Siegel se acercó a Larry—. No crea que esto
signifique su salvación, Mason. Considérelo únicamente como un
aplazamiento de su ejecución. Cuando quiera, Pete.
Uno de los pistoleros desarmó a Larry, y a continuación salieron de la cabaña.
El candidato a alguacil estaba sorprendido. ¿Cómo era comprensible que
Henry diese orden de respetar su vida siendo así que estaba por debajo de
Siegel? ¿No tenía archisabido que éste era el promotor de la ola de
delincuencia que azotaba Silvertown?
No penetraron en la ciudad, sino que cuando llegaron a sus proximidades
torcieron por un sendero que se dirigía hacia el sur.
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Cuando descabalgaron Larry no pudo reconocer el lugar en que se
encontraban. El cielo se había cubierto de nubes y la oscuridad reinante
dificultaba aún más la localización.
Siegel le puso el cañón del revólver a la espalda, y le conminó a que
anduviese.
Chamber y los miembros de su pandilla se quedaron junto a los caballos.
Si Larry hubiese querido, le hubiera sido posible desembarazarse del
banquero, aun cuando su huida fuese más difícil, por la presencia cercana de
los otros bandidos. Empero, lo que más le indujo a seguir adelante sin ofrecer
resistencia fue la posibilidad de aplacar su curiosidad respecto al problema
que se había planteado en su mente como consecuencia de la liberación de
Siegel.
Caminaban por un terreno cubierto de fina grava.
—Cuidado —advirtió Siegel—. Ahora viene una escalera.
Subieron, y al instante, una puerta se abrió. La voz de Henry dijo:
—Al fin llegaron. Empezaba a creer que era usted el mismo diablo Mason.
Entraron en un vestíbulo de amplias dimensiones. Al fondo se veía un salón
brillantemente iluminado con candelabros.
—¿Pasaste apuros? —preguntó Henry a Siegel.
—Una cosa corriente. ¿Nos espera?
—Sí. Vamos. Está también muy nervioso.
Cruzaron el salón y Henry abrió una puerta, indicando a Mason con la mano
que pasase delante. Así lo hizo Larry, y se encontró en una habitación donde
había una mesa, dos sillones, varias sillas y un hombre.
El hombre tendría unos cincuenta y cinco años de edad. Sus ojos eran negros,
y tenía la barbilla partida. Vestía un elegante traje color marrón.
Los candelabros habían sido colocados de forma que no quedase un palmo de
la habitación sin luz.
Siegel y Henry entraron tras el prisionero.
—Buenas noches, señor Johnson —saludó Siegel—. No comprendo su
presencia aquí…
—¡Cállese! —le interrumpió secamente el aludido. Luego miró a Larry, y
continuó—: Así pues, usted es Mason…
El hijo de Jack Allen no contestó.
—Y quiere estropear mis planes, según me han contado —sonrió Johnson—.
Usted, en cambio, no me conoce ni sabe nada de mí. Yo le informaré al
respecto. Si es que le interesa, naturalmente.
—No me aburre.
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—Es una bonita frase. No me han engañado. Tiene usted personalidad. Me
preguntaba cómo era posible que hombres como Siegel y Henry lo hubiesen
dejado vivir en esta ciudad más de veinticuatro horas. Ahora comprendo por
qué.
—Ha dicho que hablaría de usted.
—Oh, sí. Ha hecho bien en recordármelo. A veces cojo la palabra y no sé
acabar. Hablaré de mí. Me llamo Abel Johnson. El nombre quizá no le diga
nada, pero eso no hace al caso. Le bastará saber que controlo una cuarta parte
del territorio del Oeste. Mi jurisdicción comprende varios Estados. Usted se
preguntará en qué condiciones puede un hombre tener ese poder, siendo
desconocido. Yo le responderé.
Johnson hizo una pausa, y sacó un cigarro.
Henry y Siegel sacaron fósforos, pero la llama sostenida por el primero llegó
antes que la del otro al extremo del veguero.
Johnson dio unas chupadas, lanzó nubes de humo, y prosiguió, tras un fuerte
carraspeo:
—El procedimiento es sencillo. Me valgo de unos cuantos hombres que son
los que aparecen ante el público como los poderosos señores de ciertas
regiones. Tal actuación ofrece grandes ventajas para una actividad como la
que yo despliego, que se extiende por un territorio dilatado. Soy como un
general que ante el mapa del campo de batalla explica a sus oficiales la forma
en que se ha de desarrollar una operación, y asigna a cada uno su cometido.
¿Lo comprende, Mason?
—Perfectamente.
—Pues también comprenderá que una condición esencial para la salvaguarda
de mis intereses, consiste en tener de mi parte a las personas representativas
de una ciudad. Por este motivo he de prestar especial atención a las elecciones
que se celebran de cuando en cuando en lo que pudiéramos llamar «mi
distrito». He venido a Silvertown para inspeccionar la buena marcha de las
que se celebrarán aquí, y me he encontrado con la sorpresa de que había un
hombre que no sólo desafiaba al orden creado por mí, sino que pretendía
sustituirlo por otro. ¿Qué le induce a ello, Mason? Por lo que sé, usted es un
forastero en la ciudad, Tampoco es un chiquillo. Se ve que tiene experiencia
y, al parecer, posee una puntería nada común con el revólver. ¿Qué es lo que
quiere?
—Hacer justicia.
—¿Eso? No me diga que es usted un romántico. Me decepcionaría.
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—Le ampliaré la respuesta. No me gustan las bellaquerías señor Johnson.
Odio el crimen. Aborrezco a las personas que basan su vida y su fortuna en el
pillaje, el soborno, el cohecho, la extorsión y el robo.
—¿No es demasiado suspicaz? Realmente, se comporta ahora como un
hombre vulgar, Mason. Le diré algo para su ilustración. Puede considerarlo
como el reverso de la moneda. Yo soy un creador de riqueza. Hay lugares en
mi jurisdicción que estarían desiertos sin mi ayuda.
—Se refiere, sin duda, a los pueblos donde se trafica con ganado robado,
aquellos otros que se han convertido en el centro de reunión de los tahúres y
viciosos del Oeste…
—¡Exacto! Pueblos en que sólo habría lagartijas y coyotes si yo no hubiera
prodigado en ellos mi bolsa.
—¿Sí? Dígame, señor Johnson. ¿Cuántos dólares recoge por cada uno que
invierte?
—En algunos sitios he cosechado trescientos por uno. En los peores no baja
de cien. No está mal, ¿verdad?
—No. Es un gran negocio.
—Celebro su opinión. Precisamente he de decirle algo importante. Una de las
causas de mi éxito se debe a que sé elegir los hombres que han de regir esos
negocios. No olvide que yo ejerzo sobre ellos una supervisión. Es decir, trazo
las normas a que se han de ajustar y adopto las medidas trascendentales que
les afecten cuando sean del caso.
Abel Johnson hizo una nueva pausa para inhalar del cigarro casi apagado.
Larry lo observaba sin hacer el menor movimiento.
Siegel y Henry se habían sentado en sendas sillas y escuchaban con atención
al que era su jefe. Éste manifestó:
—Le propongo trabajar para mí. Mason.
—¿Trabajar para usted?
—No le sorprenda. El hecho de que usted se halle con vida, obedece a esa
ocurrencia mía. Necesito hombres audaces, con agallas.
—Ya le he dicho…
—No repita sus ideas sobre la moralidad de mis procedimientos, se lo ruego.
Yo siempre he pensado que todos los humanos tenemos un precio. Coja usted
al que se jacte de honrado, y ofrézcale una cantidad. Le dirá que no. ¡Doble la
oferta! Si recibe nueva respuesta negativa, duplique de nuevo… Empezará a
vacilar. ¡Continúe machacando! Usted sabe el resultado. Ese hombre
claudicará.
—Pierde su tiempo, Johnson.
[Link] - Página 67
—Mil dólares mensuales es un buen sueldo. Tengo una vacante para usted en
una casa de juego de Wichita. De un tiempo a esta parte, hay numerosos
pistoleros por allá. Arman alborotos y peleas. Nos han obligado a reponer las
mesas y las sillas seis veces. Y no es eso lo peor. Cuando empiezan el jaleo, el
dinero que hay a la vista desaparece. Para usted será sencillo implantar el
orden. Le bastará con una exhibición de sus habilidades con el «Colt».
Además, tendría bajo su mando a un buen equipo de ayudantes.
—La respuesta es no.
—¿Quiere jugar? De acuerdo, dos mil.
Larry movió la cabeza, en sentido negativo.
—Cuatro mil y cójame la palabra. Tenga en cuenta que lo que le dije antes era
un ejemplo. No crea que le voy a dar todos los beneficios que pueda producir
la casa que administre. Los gastos de personal suben bastante.
—No, Johnson —denegó impertérrito—. Yo no tengo cabida en su historia.
El rostro del magnate adquirió una dureza de granito. Palpitaron las aletas de
su nariz.
—¿Sabe cuál es la alternativa?
—Me la supongo.
—Pete Chamber está ansioso por cumplir su parte del contrato verbal que lo
ha obligado a venir aquí.
—Chamber es un hombre de palabra. Se lo oí decir a él mismo. Bueno, ¿nos
deja que nos enfrentemos?
Johnson meditó unos segundos, y luego repuso:
—Le advierto que no puedo correr el riesgo de que usted sea el vencedor en el
duelo. ¿Me entiende lo que pretendo sugerir?
—A medias, pero por mí no se detenga. Haga lo que quiera. Le recuerdo que
estamos en su casa.
Johnson miró hacia donde se sentaban sus silenciosos sicarios y ordenó:
—¡Llévatelo arriba, Siegel! Tú, Henry, avisa a Chamber. Que suba a la
habitación de Mason con un par de hombres.
El banquero mostró el revólver a Larry, indicándole que le precediese.
Atravesaron el salón y subieron por una escalera.
—Entre por la primera puerta, Mason, y nada de trampas. Continúe andando
hasta el centro de la habitación.
El aludido cumplió la orden.
—Ya puede volverse —dijo Siegel. Y cuando Larry hubo girado, añadió—:
He visto hombres locos, pero usted se lleva la palma.
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—Está por determinar quiénes son los locos —replicó Larry, echando una
ojeada a la habitación.
Vio una cama, un lavabo y dos sillas, pero lo único que le interesó fue la
ventana que había a la derecha de la cama. Pensó que correspondería a la
parte frontal del edificio.
Pete Chamber entró, seguido por dos de sus hombres. Éstos eran corpulentos,
de ancho tórax, brazos largos y piernas gruesas.
—Me han dado carta blanca, Mason —dijo Pete, sonriendo—. ¿No conoce a
estos muchachos? El de la cicatriz en la barba es Jo Duncan. Quizá haya oído
hablar de él. En los ferrocarriles de Kansas guardan buenos recuerdos de Jo.
El otro es Tab Charley. ¿Se acuerda del robo de la casa de juego de Abilene?
Lo hizo Tab. Se llevó ocho mil hojas de lechuga sin ayuda de nadie, pero las
malgastó en un mes de juergas. Ése es su defecto… Le gustan
condenadamente las mujeres.
Chamber hizo una pausa para sacudirse de polvo la manga de la camisa.
Jo Duncan avanzó hacia Larry, y éste, de pronto, le lanzó un puñetazo en
pleno rostro. Sonó un terrible chasquido, y Jo se tambaleó, yendo a estrellarse
contra la puerta.
—No dejaré que me peguen —advirtió Mason—. Sería preferible para
ustedes que me descerrajasen un tiro.
Tab Charley había sacado el revólver y estaba dispuesto a apretar el gatillo
cuando lo detuvo Pete.
—¡No hagas eso, Tab! Sería demasiado rápido para él. Empieza a tener
miedo, y prefiere acabar cuanto antes. ¿No te das cuenta? Y creo que Jo
tampoco te lo perdonaría.
Duncan se tocó los labios y miró la sangre que había en su mano. Inspiró
profundamente y masculló:
—Pete tiene razón. Hay que alargar el espectáculo. He de relacionarme más
con este cerdo.
Se acercó a Larry con más precauciones que antes. Simultáneamente Tab
enfundó el arma y echó a andar hacia la víctima.
El ataque fue desencadenado a un tiempo. Los dos fornidos asesinos lanzaron
al aire sus puños. Larry consiguió burlar el de Duncan, mas al hacerlo se
ladeó y recibió el de Charley junto a la oreja. Aturdido por el golpe,
retrocedió, moviendo la cabeza para recobrarse. Empero, los verdugos,
aprovechando su inferioridad, le castigaron ferozmente el hígado, los riñones
y el estómago. Abrió la boca para tragar aire y se la cerraron de un gancho.
Aunando sus energías disparó el brazo izquierdo en un intento desesperado
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por defenderse. Tab, lanzando un aullido, se desplomó haciendo retumbar las
paredes. Pero entonces se quedó con la guardia baja, y Jo Duncan le colocó
un directo en la mandíbula.
Mason se derrumbó y quedó inerte.
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CAPÍTULO IX
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y son las nueve y media.
Wynn paseaba nerviosamente por la habitación, pellizcándose el labio
inferior.
—¿Quieres dejar de ir de un lado a otro, Bob?
—Tú no lo entiendes.
—¿Qué es lo que yo no entiendo?
—La importancia de las elecciones que se van a celebrar esta mañana. Nos
jugamos el todo por el todo. La semana próxima se renovarán los cargos de
juez y fiscal. Si hoy pudiésemos conseguir que a Larry lo eligiesen alguacil,
aunque no fuese más que por un voto de diferencia, demostraríamos que
podíamos barrer de Silvertown a Siegel y a su pandilla. —Wynn se golpeó
con el puño cerrado la palma de la otra mano, al tiempo que añadía—: Ten la
seguridad de que la semana próxima tendríamos a Ben Thomas de juez y a
Walter Rodhes de fiscal. ¡Y entonces empezaría una nueva era para la ciudad!
Jean se puso en jarras, gritando:
—¿Y qué haces tú ahí hablando y hablando? ¡No adelantaremos nada
encerrados en esta habitación! ¿Es que acaso crees que Larry se va a
descolgar de esa ventana? ¡Hay que ponerse en movimiento! ¡Lo buscaremos!
¡Vamos!
—¡Pero si no sabemos dónde está! No quiso decirme el lugar en que tenía
prisionero a Siegel.
La joven se dirigió a la puerta, y cuando hacía girar el pomo se detuvo
tocándose la cintura.
—¡Ya se me olvidaba! —dijo. Y retrocedió hasta acercarse a la silla, de
donde colgaban los revólveres—. ¡Vuélvete de espaldas, Bob, si es que eres
un caballero!
Wynn asintió, y ella se colocó el cinturón bajo el vestido. Después, salieron.
Ya en la calle, se encaminaron hacia el edificio del juzgado, donde se debían
celebrar las elecciones.
Había mucha gente por los alrededores, esperando el momento en que se
declarase iniciada la votación. Wynn sabía que los ciudadanos darían su voto
a Carruthers o Larry, según se presentase el panorama. Y éste, en aquellos
instantes, no podía ser más desconsolador para el bando de la justicia. Había
muchos pistoleros estratégicamente situados. Su sola presencia bastaría para
convencer a los dudosos sobre el candidato que debían votar.
Tras unos minutos de búsqueda infructuosa entre el cuerpo electoral,
decidieron acercarse a la mesa tras la que se hallaban el juez Puchkin, el fiscal
Howard y Carruthers.
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—¿Ha encontrado al señor Mason? —preguntó Puchkin a Wynn.
—No debe tardar. Es seguro que vendrá.
El juez consultó el reloj que tenía en el bolsillo del chaleco sujeto a una
cadena de plata y repuso:
—Es ya la hora. No podemos esperar más.
—Yo, en su lugar, esperaría —murmuró Jean.
Puchkin miró a la muchacha, y dijo:
—¿Me está amenazando?
—Tómelo como quiera.
—Si el señor Mason no se presenta dentro de dos minutos, empezaremos sin
él…
—¡Pero entonces Carruthers no tendrá contrincante!
—Eso no es cuestión mía, señorita. Yo me limito a cumplir con mi
obligación.
—¿Es una obligación procurar por todos los medios que Carruthers salga
reelegido?
Puchkin soltó un bufido, mientras Wynn apartaba a Jean de la mesa.
—¡Buena la estás haciendo, muchacha! Así no ayudarás a Larry.
—¿Y qué podemos hacer? Esta gente sólo entiende un lenguaje. Y yo tengo
aquí dos amigos que están deseando decir unas cuantas cosas.
—¡Nada de pistolas, Jean! ¡Maldita sea! No tenía que haber ido al hotel.
Ahora estarías camino de tu casa.
—Lo que siento es haber tenido que venir con este vestido. Me lo estaba
probando por última vez cuando llegaste.
—¡Mira aquello! —exclamó Wynn—. ¿Ven tus ojos lo que los míos?
La joven siguió la dirección que le indicaba Bob con la mano.
—¡Siegel! ¡No es posible!
—¡Lo es! No hay nadie que se le parezca. Y el que va a su lado es Pete
Chamber.
—¡Eso quiere decir que Larry…! —La voz de Jean se quebró.
—¡Lo han matado!
—¡Me las pagarán ahora mismo!
La muchacha fue a levantarse las faldas, pero Wynn le cogió fuertemente la
muñeca.
—¡Estate quieta, Jean!
—¿Crees que puedo? Esos canallas han asesinado a Larry.
—Aunque mates a Siegel y a Chamber, tú caerás también. No tienes derecho
a dejar abandonados a tus hermanos. Eres lo único con que cuentan en el
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mundo.
Los ojos de ella se quedaron fijos en los de él.
Siegel y Chamber llegaron junto a la mesa. El primero habló al oído al juez
Puchkin. Éste tosió fuertemente, tocó una campanilla y declaró:
—¡Ciudadanos de Silvertown! Nos hemos reunido en esta hermosa mañana
para proceder a la elección de vuestro alguacil. De acuerdo con la ley,
procederé a leer los nombres de los candidatos.
Hizo una pausa para beber un trago de agua de un vaso que había sobre la
mesa.
Los electores, en número de unos doscientos, se habían aglomerado frente a la
urna. Jean y Wynn se hallaban en la primera fila.
El juez cogió un papel y tras un carraspeó, leyó:
—¡Candidato Douglas Carruthers! —Apartó los ojos de la cuartilla y siempre
mirando al público, indicó—: ¡Preséntese ante la mesa!
El alguacil que estaba al lado del juez y con quien había hablado
recientemente, dio un paso al frente, diciendo:
—Aquí me tiene.
Puchkin asintió y volvió la mirada al papel.
—¡Candidato Larry Mason! ¡Preséntese!
La llamada quedó suspendida en el aire. Las cabezas de los electores se
movieron, y hubo murmullos y cuchicheos.
Los ojos de Jean se nublaron de lágrimas, y Robert Wynn se mordió el labio
inferior.
El juez desparramó la mirada protocolariamente entre el público, como si
esperase ver surgir a Mason.
—¿No se encuentra el candidato entre los presentes?
Tampoco hubo contestación.
—Muy bien. De acuerdo con las facultades que me confieren las reglas para
la elección de cargos públicos, yo, Spencer Puchkin, juez de Silvertown,
declaro nula la candidatura de…
En ese instante, un disparo atronó el espacio.
Todos los ojos se volvieron simultáneamente hacia el lugar de donde procedía
la sonora interrupción.
Wynn lanzó un alarido de triunfo, mientras Jean saltaba una y otra vez,
estirando el cuello.
Tres jinetes se acercaban por la calle. Dos de ellos cabalgaban maniatados, y
el tercero era Larry Mason. El aspecto de éste era deplorable. Tenía la camisa
rasgada, y en su cara se observaban varios hematomas. Pero tampoco era muy
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ejemplar el de los fornidos hombres que lo acompañaban. Uno tenía un ojo
completamente negro, y el otro mostraba una grieta en un pómulo.
Pete Chamber se dispuso a sacar el revólver, pero Siegel se opuso a tal acción
en voz baja:
—No haga eso, Pete. Hay demasiados testigos. Se sabría en el gobierno del
Estado y nos enviarían un juez especial. Sería peor el remedio que la
enfermedad.
—¿Qué hacemos, pues?
—Que se celebren las elecciones. Si Larry sale elegido, entonces habrá
llegado su turno. Recuerde que tiene cobrado un precio.
—No se preocupe. Le ofreceré la mercancía, sea cual fuere el resultado de la
votación.
El juez dobló la cabeza hacia Siegel comentando:
—Esto se complica.
—¡Anuncie la candidatura de Mason!
—Pero…
—¡Haga lo que le digo!
Mientras tanto, Larry había desmontado y Wynn lo abrazaba jubilosamente.
Jean no había querido acercarse, y permanecía escondida.
Poco a poco, los partidarios de Mason se fueron agrupando a su alrededor, y
Wynn aprovechó la coyuntura para exhortarlos a que cumpliesen un deber de
ciudadanía votando su candidatura.
Puchkin hacía esfuerzos desesperados para hacer oír su voz sobre aquel
maremágnum, agitando la campanilla.
Duncan y Charley, con las manos atadas a la espalda, continuaban montados
en las sillas.
Carruthers se abrió paso a codazos hasta llegar junto a Larry.
—¿Qué ha pasado, señor Mason?
—¿Y lo pregunta usted? —replicó el aludido, con ironía.
—Aún soy el alguacil de Silvertown.
—Aproveche la oportunidad.
Un coro de carcajadas acogió la respuesta de Larry.
—¿Por qué trae así a esos hombres?
—Pensaban asesinarme y yo me adelanté.
—No puede detenerlos. Mason.
—¿Quién ha dicho que los haya detenido? Se los he traído para que usted
haga de ellos lo que le convenga.
Carruthers se dirigió a los pistoleros:
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—¿Qué tenéis que decir?
—Es falsa su acusación. Él fue quien nos atacó por sorpresa. Debe de estar
loco. No tenemos nada contra él. Ni siquiera lo conocemos.
El numeroso público contemplaba la escena interesado.
Carruthers sacó un cuchillo y cortó las ligaduras de los facinerosos.
—Quedáis en libertad.
Con tal acto, ejecutado ante los ojos de los votantes, el alguacil cavó su
tumba, en la que quedaron enterradas sus probabilidades de reelección.
El juez anunció la candidatura de Larry Mason, y poco después se inició la
votación.
A las once se verificó el escrutinio, cuyo resultado arrojó una diferencia de
sesenta y ocho votos en favor de Larry. Los partidarios de éste prorrumpieron
en gritos de victoria, mientras Wynn se abrazaba a su amigo. Todos juntos se
marcharon al Topace Saloon para celebrar el éxito.
Larry se vio obligado a aceptar invitaciones de unos y otros. Al fin pudo
zafarse de sus admiradores, y arrastró a Wynn hasta la puerta.
—He de irme, Bob —le anunció.
—¿Adónde diablos quieres marcharte?
—He de arreglar un pequeño asunto.
—Ya lo harás mañana. No debes ir solo por ahí. Ahora menos que nunca.
—Sabré cuidarme. Dime, ¿y Jean?
—¡Atiza! ¡Se me había olvidado! Estaba conmigo cuando tú llegaste. Se
debió escurrir. Ahora que recuerdo, ¿qué pasó ayer entre tú y ella?
—Una tontería. Quiero que la veas y le digas algo de mi parte.
—¿Es que no puedes decírselo tú?
—No tengo tiempo. Le dirás que… Bueno, que la quiero.
Wynn se quedó perplejo unos instantes, y de pronto se echó a reír.
—¡Ésta sí que es buena! ¡Esa condenada muchacha se saldrá con la suya! Me
dijo que se casaría contigo.
—¿Cuándo ocurrió eso?
—El día que te conoció. Ya te advertí que era el mismo diablo.
Larry dio una palmada en la espalda de Bob, y salió corriendo del
establecimiento.
Veinte minutos más tarde, llegaba junto a la casa de que había logrado
escapar horas antes, cogiendo desprevenidos a Duncan y Charley.
Descabalgó y echó a andar hacia la puerta. Antes de pisar los escalones,
aquélla se abrió y apareció Pete Chamber.
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—¿Qué tal, alguacil? —saludó, sonriendo, el asesino—. ¿Viene en uso de sus
atribuciones?
—Todavía no. Es una simple visita de cortesía.
Los dos hombres estaban inmóviles, separados por una distancia de seis
pasos, mirándose cara a cara.
—Pues celebro que esté aquí. Lo vi llegar por la ventana. Me ahorra un viaje.
—No lo crea. Precisamente venía a invitarle a que se marche antes del
amanecer. No quiero ver más su cara por mi jurisdicción.
—Suena a chiste, ¿verdad? ¿O habla en serio?
—Si no se larga, lo sabrá.
Hubo un silencio. Chamber se separó de la puerta, hasta llegar al borde del
escalón superior. Allí se detuvo, con las manos colgando.
—Usted sabrá ahora mi respuesta, Mason.
Pete tiró de las culatas, pero antes de que pudiera apretar el gatillo, Larry
disparó dos veces.
El bandido se estremeció de derecha a izquierda, sus ojos se agrandaron,
dobló el cuerpo hacia adelante y finalmente, cayó rodando por la escalera.
Mason saltó por encima del cadáver y subió. Al llegar a la puerta abierta,
sonó un estampido y un proyectil arrancó astillas de la madera.
El nuevo alguacil se agachó y acercó la cabeza al hueco. Cuando hicieron
fuego, desde dentro, él hizo vomitar plomo repetidamente a sus pistolas. Un
grito de muerte anunció el éxito de su ofensiva, y penetró en la casa de un
salto, lanzándose después al suelo. Desde arriba crepitó un revólver. Larry se
ladeó, buscando a su agresor, y apenas lo descubrió le colocó una bala entre
ceja y ceja. Era Duncan.
Entonces, corriendo atravesó el salón en zigzag, abrió la puerta del despacho
en que había sostenido la conversación con Johnson, y se encerró. No había
nadie. Sacó un pañuelo y se secó el sudor de la frente. Desconocía el número
de pistoleros que había en la casa. Lo mismo podían ser tres que diez. Todo
dependía de que hubiesen adoptado o no precauciones después de la derrota
de Carruthers.
De súbito, oyó el galope de un caballo. Se acercó rápidamente a la ventana y
descubrió a un jinete que se alejaba de la casa a galope tendido. Reconoció en
él a Abel Johnson.
Sin dudarlo un instante, metió los «Colt» en las fundas, abrió la ventana y se
dejó caer al exterior. Luego corrió hacia su alazán, subió de un salto a la silla
y el animal salió como una exhalación.
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Vio a Johnson a cosa de media milla, cuando se separaba del sendero sur,
internándose por un terreno pedregoso. Comprendió que pretendía salvar la
colina para seguir por la carretera de Dodge City. Alentó a su caballo, y fue
acortando distancias.
El perseguido desapareció por entre unas rocas, y Larry calculó que lo
alcanzaría antes de que llegase a la carretera.
De pronto, al llegar a las peñas, oyó un disparo, y un proyectil rasgó el aire.
Inmediatamente, se arrojó del animal, que cambió su carrera hacia la derecha.
Rebotó en el suelo varias veces y rodó hasta quedar a cubierto del fuego de
Johnson. A continuación sacó los revólveres, para completar la munición de
los cilindros. Después se arrastró a gatas hacia arriba, cuidando no ofrecer
blanco. Se detuvo junto a una piedra blanca, y gritó:
—¡Eh, Johnson! ¿Me oye?
La respuesta fue otro proyectil, que silbó siniestramente antes de sepultarse en
la tierra.
—¡Quiero decirle algo, Johnson! Usted me hizo una oferta. Ahora le hago yo
la mía. ¡Salga y entréguese!
—¡No dice más que tonterías, Mason!
—¡Es posible que se encuentre en un error respecto a las causas que me
inducen a detenerlo! ¡Y por ello considero justo que las sepa!
—¡Váyase al infierno!
—¡Será juzgado por asesinato!
—¿Asesinato? ¡No está en su juicio, Mason! ¿Se refiere a la muerte de
Thompson? ¡No hay jurado que pueda declararme culpable! Es cierto que
mataron a Thompson para cargarlo en la cuenta de Robert Wynn, pero yo no
lo ordené. ¡Fue cosa de Henry y Siegel!
—¡No se trata de ese asesinato! ¡Me refiero a dos crímenes que cometió hace
muchos años!
—¡Está loco! ¡No sé de qué me habla!
—¿Es preciso que se lo recuerde Paul Benny?
Siguió un minuto de silencio. Larry lo interrumpió al decir:
—¿Se ha quedado sin habla, Benny?
—¿Quién es usted? —La voz del presunto Johnson era temblorosa.
—¿Necesita que se lo diga? ¿Cómo puedo saber que usted cometió dos
asesinatos hace veintitrés años?
—¡El hijo…!
—¡Sí, Benny, sí! ¡El hijo de Jack Allen!
—¡No! ¡No es posible!
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—Entréguese, Paul. No quiero matarlo. Será juzgado legalmente. Puede
creerme. He estado buscándole durante mucho tiempo. Me he dicho
innumerables veces que cuando cayese en mis manos, lo mataría como a un
perro. Como mató usted a Gardner y a mi padre. Sabía que mi deber era
entregarlo a la justicia, pero al propio tiempo dudaba de que lo hiciese si este
momento llegaba. ¡Ahora estoy decidido! ¿Me oye? Será juzgado con todos
los derechos. ¿Qué responde?
Una, dos, tres balas crujieron rebotando en las rocas.
—Está bien, Benny. ¡Iré por usted!
Larry salió de la peña donde se parapetaba y empezó a ascender a saltos sin
dejar de disparar. De cuando en cuando, se apretaba a la tierra, burlando la
puntería de Paul.
Por fin consiguió lo que deseaba. Un chasquido le enteró de que su rival se
había quedado sin municiones.
Entonces se lanzó a campo descubierto, corriendo hacia arriba.
Benny emergió por encima de una roca y gritó:
—¡No puedes ser Jimmy Allen!
Mason se detuvo, y dijo:
—Sí, Paul. Yo soy el hijo de Jack.
—¡No! ¡Te digo que no!
Los ojos de Paul se abrían espantados y su labio inferior colgaba babeando.
De repente dio media vuelta y echó a correr monte arriba.
—¡Deténgase, Benny! —conminó Larry, lanzándose en pos de él.
Al llegar a la cumbre, Paul desapareció, al tiempo que su garganta emitía un
aullido de terror.
Larry se asomó al precipicio y lo vio en el fondo. Tenía la cabeza doblada.
Brazos y piernas se abrían en cruz. Las piedras cercanas estaban manchadas
de sangre y de una sustancia pardusca. Permanecía con los ojos abiertos,
aterrorizados, pero ya no miraba nada. Había muerto.
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CAPÍTULO X
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—¡Grandísimo hipócrita! Me juraste amor eterno. Palabra de hombre…
¡puaf!
—No me digas que lo sientes. Tu corazón pertenece a Larry.
—¿A Larry? ¡Salta del carro ahora mismo, si quieres ver otra vez a tu Arlene!
—¿Por qué no dejas el orgullo a un lado, muchacha?
—¡Lárgate de aquí, te digo!
—Está bien, está bien… Me pasa por dar un consejo.
Robert Wynn saltó del pescante y ella fustigó los caballos.
—Iré al rancho por la primavera, Jean.
—Siempre dices lo mismo.
—Esta vez va en serio. ¡Pero seremos dos! ¡Buena suerte!
—¡Hasta la vista, Bob!
El carro salió del pueblo y se desvió hacia el Oeste.
Jean descubrió un jinete bajo un árbol al aproximarse, sintió que se le
ensanchaba el corazón. Era Larry.
Al cruzar frente a él, la saludó y se colocó a su lado, poniendo el caballo al
paso.
—Vuelves al Llano Estacado —dijo Larry, por decir algo.
—Sí.
Viajaron cinco minutos en silencio. Al fin habló ella por hablar de alguna
cosa.
—Y tú vuelves a Nueva York.
—Sí.
Transcurrieron otros cinco minutos, y de pronto él soltó las bridas, subió al
pescante, cogió a la joven por la cintura y la besó fuertemente en los labios.
Cuando se separaron, Jean abrió la boca y respiró entrecortadamente.
—¿Qué…, qué te ha pasado, Larry?
—¿Sabes lo que me pasa? Pues que soy un «impulsivo».
Se miraron muy serios y al cabo de un rato, ella le guiñó un ojo y sonrió,
diciendo:
—Otro «impulso», querido.
Y él volvió a besarla.
FIN
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