Agustin Iriarte
Agustin Iriarte
Wa l d a V a l e n t i
Hacer un itinerario aproximado de la corta vida de Carlos Mauricio Valenti es difícil por los
pocos datos conocidos envueltos en nieblas de lejanía, que hay acerca de él. De ahí la razón de
llamar a este trabajo aproximación a una biografía.
La desaparición de todas las personas relacionadas en una u otra forma con el artista, es otro de
los motivos, y también digámoslo sinceramente, la indiferencia de los hermanos (mi padre y mi
tía) al no haber conservado y coleccionado parte de su obra, ni apreciado en todo su valor el
talento del inquieto joven, atormentado, en aquellos aciagos años de principios de siglo.
Hoy, como su única sobrina carnal, que aún no había nacido cuando él murió –pues de haberlo
conocido mi recuerdo sería personal- me he dedicado a la tarea, ardua y añorante, de querer
hilvanar algunos hitos de su vida, con la doble responsabilidad de rescatar al hombre del olvido
y presentar al autentico artista, rebelde ante lo estancado e inmutable de la pintura de inicios del
siglo en Guatemala, a la cual, con genuina pasión hace despertar a corrientes estéticas nuevas y
técnica diferente de las que habrán de nutrirse los artistas guatemaltecos de entonces a nuestros
días.
Otros artistas contemporáneos de Carlos Valenti –los De la Riva, Rodríguez Padilla, González
Goyri - sólo nos dejaron memorias borrosas de su trato con aquél, repetidas hoy débilmente por
deudos indiferentes.
En el año 1979 hice viaje a Francia instalándome algunos meses en París con objeto de consultar
archivos. Fue ésta una experiencia muy interesante, la de encontrarme en los Anciennes
Archives de Paris, situados en el muelle Henri IV; en los de la imponente iglesia de La
Magdalena (construida según los planos de Vignon, en estilo académico, por orden de Napoleón
I y destinada a ser originalmente el Templo de la Victoria, abierta al culto después de la caída del
emperador, el 14 de febrero de 1816); en los diversos cementerios del perímetro citadino,
incluyendo los de Montmartre y Bagnieux; en los archivos de la Morgue de la Policía de París,
situada en la rue des Carmes, en los cuales quedaron asentados los nombres y descripciones del
hallazgo de cadáveres y muertes irregulares desde los años 1910 al 12, enfrentándome
dolorosamente a las tragedias allí descritas... Hasta el momento he perseverado en buscar datos
específicos de los acontecimientos de entonces, en publicaciones conservadas en la Hemeroteca
Nacional. He hecho nuevos contactos con quienes puedan aportar algo de sus recuerdos y
también escribí a Barcelona en busca de pormenores de la vida de Jaime Sabartés, personaje
influyente en las ideas revolucionarias delos jóvenes artistas de principios de siglo; de manera
que creo haber agotado casi todos los recursos de investigación en este caso, por lo que
principiaré a narrar los hechos.
Carlos Mauricio Valenti Perrillat nació en París el 15 de noviembre de 1888. Tercer hijo de don
Carlos Valenti Sorié, de nacionalidad italiana, y de Helena Perrillat-Bottonet, nacida en Saboya,
Francia. El padre llegó a Guatemala en el año de 1888. Había conocido a don José María Reyna
Barrios en Europa 1, y años después, este, al ser presidente de la republica, en 1892, le guardó
amistad y más tarde le invitó a participar en la famosa Exposición de 1897. Los preparativos de
dicha Exposición empezaron un años antes, por lo cual don Carlos Valenti Sorié viajó de regreso
a Francia y adquirió mobiliario ad hoc para una lujosa barbería: sillones de hierro y peltre
blanco, reclinables; enormes espejos venecianos, así como un laboratorio de productos químicos
para el cabello, y un gramófono para entretener a la clientela; tal aparato, marca Víctor, con el
famoso perrito escuchando al amo 2. Además contrató dos o tres fígaros de primera clase, de los
cuales no tenemos sino el nombre del señor Godoy, que más tarde estudió en esta capital
teneduría de libros y formó numerosa familia. En el ínterin, doña Helena, su esposa, llegó al país
en 1891 acompañada de sus tres hijos: Emilio, el mayor; Blanca, la segunda, y el pequeñito
Carlos Mauricio, que tenía tres años de edad.
Carlos M. Valenti Perrillat, de escasos cinco o seis años de edad, se distinguió como una criatura
sumamente paciente, de frágil salud y carácter suave. Era el preferido de la madre, con la que le
uniera lazos de profundo amor, por el desbordado afecto que ella le profesaba. Aún ya crecido,
su diminutivo era el de “bebé”, cuando le mencionaba a otras personas. Le orientó en el camino
de la rectitud con sentido ético determinado y determinante. Su primer colegio fue el Villatoro 3
hasta aproximadamente la edad de trece o catorce años. Dicho centro cantaba entonces con
capacidad para 120 alumnos. Plantel donde regía estricta disciplina militar, forjadora de rigores
y obediencia. Valenti dejó fama de estudioso. Sobresalió por sus modales correctos y buen
comportamiento, mereciendo la medalla de oro al mejor alumno, a asimismo otra distinción al
ganar un campeonato de fútbol con su equipo. Ya mayor pasó a ser estudiante del Instituto
Nacional Central de Varones, entonces Instituto Normal de Varones, hasta obtener su diploma
de bachiller. Don Manuel Estrada Cabrera había traído al país varios educadores, entre ellos los
pedagogos belgas León y Julio Connerot. Nombro al primero director del Instituto, y al segundo,
director de la Escuela Normal de Varones.
Cuando asistía al Colegio Villatoro recibía también clases de piano con el distinguido maestro
Herculano Alvarado 4 y estudiaba en casa con empeño durante largas horas, mas, dejaba
escuchar sus adelantos únicamente en el círculo familiar, por que era tímido y no gustaba del
elogio (merecido por sus afanes), ni el pregón actitud derivada asimismo de su modestia,
cualidad que le caracterizó en toda su vida. Contaba trece años cuando oía los entusiasmos del
hermano mayor, Emilio, por su asistencia, con otros jóvenes, a la Academia de Bellas Artes,
dirigida por D. Santiago González 5, escultor y pintor venezolano, contratado por el gobierno de
Estrada Cabrera para decorar el Templo a Minerva, por lo cual, uno o dos años después
abandono el piano y se inscribió en dicha Academia.
Cabe decir que se aplicó en ella tanto, que el propio D. Santiago se maravilló de su disposición
para el dibujo y luego, el alumno resulto mejor dibujante que el maestro, como puede apreciarse
en los diseños guardados por la familia del doctor Manuel Morales, que en vida siempre estuvo
dispuesto a mostrarlos gentilmente. En ellos se admira gran delicadeza y nitidez de línea. Don
Santiago fue su profesor hasta 1909, cuando se retiró de sus actividades docentes y falleció,
causando en el joven Valenti un doloroso impacto.
Adolescencia
Bajo la dictadura de Estrada Cabrera, el medio artístico era inmutable a principios de siglo. No
obstante, se recibían del exterior algunas publicaciones y revistas, como: Le Mercure, Juan Blas,
El Fígaro Literario, Le Petit Journal Illustré, La Presse Médicale, de Francia; El Estudio, una
publicación bilingüe –inglés-español- e ilustrada con lo último en bellas artes y artes plásticas.
Naturalmente, fuera de tales esporádicos contactos con el extranjero, que llegaban bien
atrasados a Guatemala, poco o casi nada era conocido en cuanto a los movimientos relativos que
estaban agitando en Europa en el mundo de las artes. En ese tiempo, entre 1905 y 1906, cuando
el grupo de amigos, alumnos de D. Santiago González, sensibles al arte y ya con ímpetu hacia un
cambio se encuentran con un señor llamado Jaime Sabartés 6, venido de Barcelona a trabajar al
lado de un tío suyo, D. Francisco Gual, que no teniendo herederos, pensó que este joven de
veintiocho años podría serle de alguna utilidad, llevándole al negocio de ultramarinos situado en
el entonces Portal llamado “El Tigre”, sobre la plaza central.
Vale la pena hacer un paréntesis sobre este personaje. Sus datos biográficos hechos llegar de
Barcelona dicen: “Jaime Sabartés Gual, nació en 1881 y murió en París en 1968. Era escultor y
escritor. Pasa a Llotja (escuela) y allí aprende con Manuel Fuxá. En aquel tiempo firmaba sus
poemas y prosas con el nombre de Jacobus Sabartés. Algunas de esas obras fueron musicadas
por Narcisa Freixas, colaboradora a la sazón con “Juventut”, periódico catalanista que
trataba ciencia, arte y literatura. En el año 1901, expone “Cabezas de Niño”, en la sala Parés.
Asiduo de “Les Quatre Gats” (Los cuatro gatos), bar de intelectuales de Barcelona y así forma
parte de esa ciudad, y en París del grupo Picasso, que ya conocía desde 1899. Uno de los más
grandes propagandistas de la obra picasiana. En 1904 va a América y se establece en
Guatemala dirigiendo un periódico en Quetzaltenango. En 1935 se instala en París y se
reencuentra con Picasso, de quien fue secretario particular. Publicó en ese mismo año y en
Madrid, “Picasso y su obra”; en 1937 y en la ciudad de Milán, “Picasso 1937”; en París y en
1946 hace detallada biografía en “Portraits et souvenirs”. En esos momentos prepara también
otros escritos. Fue un eficaz enlace entre Picasso y Cataluña. En el años 1953 donó al Museo de
Bellas Artes de Málaga su colección bibliográfica picasiana con cerca de 400 títulos y más
tarde por indicación del propio Picasso donó la rica colección que poseía del extinto artista
malagueño, en número de 600, al Ayuntamiento de Barcelona para crear el Museo de Picasso,
inaugurado en el año de 1963”. 7
En estos datos no se hace mención de su matrimonio en Guatemala en 1908 con estimable dama
de la sociedad, doña Rosa Robles, con quien procreó un hijo. Al crecer el niño dio muestras de
retraso mental, lo que ensombreció grandemente a sus progenitores y aunque le llevaron a
Barcelona en consulta con especialistas, nada pudo hacerse por él. La madre y el hijo regresaron
a Guatemala, donde éste murió años después, siendo adolescente. Doña Rosa le sobrevivió hasta
mediados de siglo. Y Jaime Sabartés, instalado en París vivió con su antigua novia catalana
hasta la muerte de ella en 1954. 8
Así pues, la trayectoria artística de Sabartés era conocida desde su juventud y nada de extraño
tenía que al llegar a esta tranquila ciudad en 1904 conociera a los artistas guatemaltecos,
ansiosos de nuevos horizontes, los cuales se agruparon pronto a su derredor; plenos de
inquietudes intelectuales se acercaban a aquella fuente de conocimientos, por lo que no era raro
que le buscasen aún en horas de trabajo en la trastienda del negocio. Este maestro les hablaba
de la evolución de la pintura y los nuevos logros; del impresionismo y otros movimientos, como
el del mismo Picasso que entonces empezaba a indagar algo que luego se llamó Cubismo, ya
ensayado por Braque y por Cézanne. Tales charlas promovían ansias en los jóvenes estudiantes,
y Sabartés se convirtió para ellos en el mago de un mundo maravilloso, y le buscaban
insistentes, deseosos de hablar de arte y también para pintar.
Siempre lo hacían cautelosamente por el cascarrabias del tío Gual, dueño del almacén, y además
por que cualquier movimiento fuera de lo común sería visto con desconfianza por el gobierno
presidido por Estrada Cabrera.
No obstante, poco a poco fueron saliendo de la sombra, digamos, y las tertulias se llevaron a
cabo en distintos sitios, como el Gran Hotel; alguna fonda, o en el Hotel Unión, del italiano
Antonio Marinelli. Creo que debe darse a Sabartés in memoriam el mérito de haber prendido en
aquellos espíritus inquietos, como el suyo, la chispa de la renovación plástica, en sus críticas
incisivas, en sus consejos lapidarios e irónicos, que sacudieron con luces de su intelecto a los
talentos adormecidos prontos a despertar y convertirse en lo que fueron: los revolucionarios,
descubridores de una nueva técnica artística en el mundo centroamericano.
Cuando Sabartés dispuso viaje a Quetzaltenango hacia el años 1910, el grupo de artistas –Carlos
Wyld Ospina, Rafael Rodríguez Padilla, Rafael Arévalo Martínez, Rafael Yela Günther, los
hermanos De La Riva y Carlos Mérida, se reunían en torno a Valenti. Le buscaban especialmente
en su casa, donde las tertulias literarias y artísticas constituían el tema diario; los pintores
trabajaban bajo su dirección. Podemos decir que los jóvenes guatemaltecos, habían recibido un
legado de arte añoso y caduco, y Carlos Valenti, impulsado por la orientación de Sabartés,
conjugó su talento creador y su premura por generar aspectos innovadores en la pintura. El
campo experimental se abre con él, ilimitado; así podemos apreciar en sus cuadros las diferentes
etapas de su busca, de su inconformidad, de su ansia por asir nuevas formas, luces, colores, y
perseguir diferentes corrientes en las cuales realizarse. Febrilmente investigaba con lápiz,
crayón, acuarela y óleo, la mejor forma de plasmar la exigencia de la visión. Lejos de ser
embrionario de afortunados tanteos, rebuscaba, experimentaba, rompía, borraba, sin satisfacer
jamás su anhelo de perfección, razón por la cual se negó a firmar sus obras, con escasas
excepciones.
Naturalmente, Valenti gozaba de ratos humorísticos, propios de sus años, como lo demuestra
este episodio: en ese tiempo vivían los Valenti en la 9ª Calle entre 8ª y 9ª Avenidas de la actual
zona 1, donde hoy se encuentra uno de los almacenes Paíz. Todo el frente de la casa era utilizado
como local del famoso cine Valenti, contando con el primer patio cubierto, y la parte de atrás
convertida en un acogedor hogar amueblado lujosamente por doña Helena. Un día llegaron las
jóvenes cuñadas de Carlos, Inés y Aída Doninelli, a visitar a la madre de éste. La primera toda
pizpireta, sombrero alado de cimbreante paja de Italia, vestida de falda vaporosa, que descubría
al caminar botines de fina cabritilla gris. El artista se encontraba frente al caballete pintando en
el patio, cuando Inés, llegada recientemente de Milán, y que aún no manejaba bien el español,
muy coqueta e insinuante le preguntó: -¿Qué cosa está facendo Carlo? –Acércate y veras, le
respondió. Y cuando la chica estuvo a su alcance, le apretó en la nariz un pomo de pintura azul,
riéndose a carcajadas de verla embadurnada y oírla exclamar: -¡Uh, qui bárbaro¡.
Valenti frecuentaba a esta chica y a su grupo y sabía reír y bromear con cada una de ellas, pues,
como era natural, él y sus amigos no sólo trabajaban en la plástica, sino se divertían y salían de
juerga. Era sobrio en la bebida; mientras los otros se daban a la borrachera, Carlos los
acompañaba divertido; mas como detestaba la vulgaridad, seleccionaba discretamente sus
aventuras y las guardaba en reserva. Su desapego a tales desórdenes se pueden interpretar como
entrega plena al arte con el cual estaba obsesionado, según lo expresa en carta de 24 de
diciembre de 1910 a Agustín Iriarte, que a la sazón se hallaba en Roma, dice así: “...porque hay
entre nosotros algunos que tienen la verdadera fe –el arte- al cual hay que sacrificarse
pasando sobre todo, rendirle culto como a una divinidad, privarse de todo por él; vivir sólo
para la obra; depositar en el lienzo la vida entera, todo nuestro amor; pasar al cuadro todo lo
que no puede explicarse; vivir en él y volcar allí nuestro ser, todas las más santas emociones
que experimenta el corazón del artista”; o como lo expresa Stefan Swing: “para el verdadero
poeta cualquier pasión que no sea la de crear, soñar, es una aberración”.
Inclinación amorosa la tenía por la pelirroja Inés Doninelli, sentimiento jamás expresado, pero
visible en más de un detalle –la pintó en un óleo, recostada en un campo de ilusiones, mecidas
por la brisa. Dicho cuadro fue sustraído del corredor de la casa Doninelli hacía uno de los años
de la década del 30. Carlos Mérida bastante prendado de ella también, extrovertido y
bullanguero, le decía en público: “Inés te amo. Eres una lindura; te adoro”. En aquellos años de
1908 o 1909, Blanca Valenti, hermana mayor de Carlos Valenti y de notoria belleza, convivía con
el magnate exportador de café Federico von Gerlach, que profundamente enamorado de ella,
esperaba obtener el divorcio de su esposa alemana, para casarse con aquélla. 10 Nacido en una
cuna noble, era hombre de buen gusto y elegancia; acostumbrado a vivir regiamente, su
mansión hallaba situada en Los Arcos –nombre que aún se conserva en la zona de la ciudad, ya
completamente urbanizada, hoy con el número 14; era tan grande que lindaba con la actual 20
Calle, de la zona 10; fraccionada después para lotificación y parte vendida hoy al Club
Universitario. Todo ese vasto terreno era de su propiedad, e ir a visitarlos constituía no sólo una
deferencia, sino disponer de todo un día, por la distancia y el difícil medio de transporte, salvo si
el invitado llegaba en un carruaje de los de la Casa Schumann; o era recogido por uno de los
“landos” de los anfitriones. Algunas veces iban hacía allá a pie los muchachos pintores, y
recuerda Mérida cómo los atendía la hermana de Carlos. Les servía excelentes salchichas
alemanas, así como buena cerveza importada. Ellos aprovechaban llevar sus útiles para dibujo o
pintura, y copiaban las muchas bellezas circundantes. En las caballerizas relinchaban los
caballos de raza importados de Perú y otros lugares, y a Valenti le servían de modelo; en las
enormes pajareras, colocadas al centro de gramales extensos había pájaros de mil colores y
formas; venados domesticados corrían majestuosos entre el encinar vecino (esto es parte ahora
de la colonia “El Campo”); Valenti les tomaba de modelos; también flores, jarrones, estatuillas
dispersas por los jardines. Cuando declinaba el sol entraban en la residencia; ocasionalmente
subían al segundo piso, donde se hallaba el salón de billar y practicaban un poco; otras veces
descasaban en la sala de fumar. Agradable olor de fino tabaco impregnaba el ambiente y no
sabían por qué decidirse: si esbeltos y fuertes cigarrillos ingleses de las mejores mezclas y
brillantes boquillas, o por los habanos alineados en morenas cajas de leve madera, macizos por
su calidad de oscura hoja bien madurada –que alhajados de anillos rojo-dorados pregonaban su
linaje. Los jóvenes tomaban uno a fin de aspirar su aroma, moviéndolo de un lado a otro, cerca
del olfato, como vieran hacer al simpático D. Federico. Se les ofrecían asimismo a la vista botes
de tabaco picado, cuya mezcla con miel daba tan exquisito sabor al humo de la pipa; aunque al
final, ninguna tentación de fumar conmovía a Valenti, pues en reciente visita había fumado dos
o tres cigarrillos, que le ocasionaron cierto malestar pocas veces sufrido. No sólo fue un mareo
profundo, sino un oscurecerse la vista, perdió el equilibrio, y se vio obligado a sentarse en la
butaca más próxima, en la que pasó largos minutos aletargado, con fuerte taquicardia, antes de
reponerse de tan desagradable efecto.
Como siempre, hacia las siete de la noche, al aviso del cochero, los dos muchachos se dirigían al
carruaje dispuesto bajo el pórtico de la mansión para conducirlos de regreso a la ciudad en
recorrido por el entonces Boulevard La Reforma, hoy Avenida, cubierto de frondas y decorado
con estatuas de mármol de tipo clásico, que fueron desapareciendo, sin localizar su paradero.
Consultado el médico por doña Helena sobre la reacción al cigarrillo en el organismo de su hijo,
volvió a insistir en “su diabetes” y en los estragos de la nicotina en la circulación (lo que hoy se
llamaría alergia a la misma).
Al parecer, durante los tiernos años de la primera década del siglo se gestaba en él un gran
anhelo de llegar a la cumbre. Era como un volcán pronto a estallar en explosiones internas, ya
vibrante; ora irritado, luego expansivo en gradual engendro creativo. Unos tras otros salían los
cuadros de sus manos con trazos decididos, estudiados, captados por ese maravilloso don de la
percepción del artista. Vehemente en la continuidad de plasmar multiplicidad de paisajes y
figuras como si fuesen pequeños escalones ascendentes hacía la perfección y el triunfo, por que
huía de la mediocridad; no deseaba ser uno más, sino dejar una obra de proporciones
universales en los altos cánones de la estética. Pero también sufría de angustias, depresiones y
cierta misantropía apuntaba en su temperamento atormentado por esa constante inquietud de
su espíritu y una salud precaria. Era entonces cuando sus trazos manuales se identificaban con
monstruos, fenómenos, seres contrahechos o miserables; cuadros que hoy han dado campo a
algún crítico de arte para comparar la obra esperpéntica de José Luis Cuevas con la de Valenti.
La mayoría de esos cuadros existen en la colección dejada por el doctor Manuel Morales.
Por su delicada constitución, los médicos Sagrini y Morales, le habían atendido desde su
infancia, pero el síntoma más desagradable en él era la disminución visual que le atormentaba y
aparecía cuando menos lo esperaba. Los galenos diagnosticaron diabetes, lo cual le deprimía
mucho ocasionándole estados de inercia y de pesimismo. Le recetaban dietas y medicamentos
inocuos a los cuales se sometió pacientemente, deseoso de curarse cuanto antes, pues deseaba
marchar a París a continuar sus estudios de arte y lograr presentarse en la exposición de pintura
a realizarse allá en 1915. ¡Esa era la meta soñada¡ Traer a la patria un galardón y darle
renombre en Europa. Por desgracia, su dolencia cedía temporalmente, mas no le abandonaba de
un todo; pese a ello continuó con sus prácticas pictóricas hasta principios del año 1912.
Doliente intervalo.
El dolor se hacía presente en la vida de Valenti causado por la gravedad de la salud de su madre,
cuya enfermedad incurable avanzaba hacia la agonía. Por su estado debilísimo no podía
levantarse de la cama y este hijo amado se pasaba tiernamente las horas cerca de ella. Cuando
moribunda abría los ojos y le reconocía, sólo le estrechaba las manos, con las que él acariciaba
las suyas y apenas murmuraba “mi pequeño bebé...” como si preguntase cuál sería su destino al
faltar ella.
Además del dormitorio, le cedieron otra habitación grande en el segundo patio, destinado a
taller de pintura, donde el grupo de amigos artistas reanudarían sus sesiones hasta nueva
disposición del guía.
Esta casa de estilo colonial está plasmada en la pintura “Patio” y en la cual Mérida recuerda con
nostalgia las diabluras cometidas, cuando de pronto se descarrilaban. Como no tenían dinero
para pagar modelos, se servían de amigos, parientes y pordioseros sucios y desarrapados que
pasaban pidiendo limosna. Estos últimos a cambio de una taza de café caliente y un inflado
mollete, sentaban sé quietos ante los artistas. Uno de los resultados es el cuadro en mi poder,
llamado “El Viejo o El Anciano”. Existe en la colección Morales un ingenuo desnudo de niña
bañándose frente a un balde con agua. Era la pequeña hermana de su cuñada, llamada Marina.
Además de trabajar en el taller, a veces, entraban botellitas de licor, bebían, cantaban y
bromeaban. En un atardecer, Carlos Wyld Ospina y Alberto Aguilar Chacón, sintiéndose
alondras subieron al techo de tejas, del cual resbalaron y cayeron en una pila, con la
consiguiente algazara de los muchachos. Al hermano no le gustaban tales desórdenes, por lo que
indignado les reprendió y les echó a la calle de malas maneras. De temperamento sensible, los
exabruptos violentos de Emilio irritaban a Carlos, tanto por la descortesía a sus amigos, como
por la molestia ocasionada a los anfitriones, pero no había más remedio que soportar, por lo
cual había escrito a su padre, a Roma, exponiéndole el deseo de trasladarse a su lado. La
respuesta fue evasiva, pues le sugería esperar hasta que él, por su parte, formalizara ciertos
contratos de trabajo pendientes en laboratorios de productos de belleza.
Así transcurrían los días. El pesar de Carlos Valenti por su luto interno estaba presente, no
obstante los esfuerzos de sus compañeros para alegrarle. Es más, el dolor se ahondaba ante la
indiferencia y dificultades con la familia, pese a que –por lo reservado- jamás se confió a los
amigos. Le faltaba sentir el calor de un hogar hasta poco antes disfrutado, así como de la ternura
de quien ya no podía sustituir con ningún otro ser.
Así fue como algunos meses después, a finales de 1911, su hermana Blanca y el propio D.
Federico Gerlach, le convencieron de trasladarse a “Los Arcos”, donde estuvo unos meses más,
precursores de tan deseado viaje a Europa. No obstante el temor generalizado a los viajes
marítimos, por el reciente hundimiento del famoso “Titanic” –en el cual viajaban cientos de
pasajeros, entre ellos el millonario Alfredo Vanderbilt y Benjamín Guggenheim, el famoso
coleccionista de obras de arte, y uno de los señores Castillo de Guatemala. Valenti descartó
peligros y continuó preparándose para la travesía.
Por otra parte, el medio guatemalteco permanecía inerte en cuanto a cambios fundamentales en
la estructura política y reinaba el temor y lo estático, salvo algunos cambios en el campo
pedagógico, pues se había dotado a centros de enseñanza media y escuelas primarias de
modernos equipos; mas, en cuanto al arte, apneas si se contaba con dos o tres de ellas, una
dirigida por el maestro Ernesto Bravo. Otro acontecimiento progresista de la época fue la
fundación de la Academia de Aviación, organizada por el aviador Luis E. Ferro, que había
pedido unidades, poderosas entonces, de la clase “Blériot”, las cuales operarían en el Campo de
Marte.
En relación al viaje de Carlos Valenti, no se sabe cómo lo financió: si su madre había dejado algo
para él (la señora poseía muy buenas alhajas); o si la hermana proporcionó los medios; sin
embargo, en cierto momento comunicó a su hermano Emilio y cuñada, y a Mérida, su
determinación de partir en fecha próxima y exhortó a este último a acompañarle.
No le faltó entusiasmo al camarada, pero carecía de recursos para seguirlo, pues ingresos eran
precarios: solo ganaba unos cuantos pesos dando clases de pintura a algunas señoritas de
sociedad. Sintióse desanimado al pensar en perder al generoso amigo, animador de todo el
grupo, y quedo alicaído. Por una coincidencia, llegó el padre de Mérida, don Serapio Santiago
Mérida, en uno de esos días de su ciudad quezalteca a visitar al hijo, casualidad aprovechada por
Valenti para exponerle y sugerirle la inminencia de una travesía, oportunidad única para el
desarrollo intelectual y artístico del hijo. Larga y paciente charla logró convencer al señor
Santiago, tal era su apellido, a que costease, aunque fuera con mucho sacrificio el viaje a Europa
y sus estudios. A Valenti, Blanca, su hermana, le había prometido –un tanto insegura- enviarle,
por su parte, una pensión mensual, pese a la costumbre de su adinerado compañero de hogar,
de autorizarla a pedir a crédito cualquier capricho de compra en los mejores almacenes y tiendas
de moda, pues sabiéndola manirrota, le daba en efectivo únicamente para “sus dulces”. Esa
posición de completa dependencia a su hermana humillaba la dignidad del joven artista,
causándole mella y cierta inseguridad en el futuro. Alta cifra de cien dólares por persona era el
precio del pasaje, cantidad difícil de reunir. Pero, la resolución estaba ya tomada... Lo único
pendiente, para Valenti, era despedirse de Inés Doninelli y declararle su amor nunca confesado
y restringido a fuerza de voluntad, antagónico a su idea de entrega absoluta y única al arte.
Euforia pasajera
He ahí a los artistas inquietos en Puerto Barrios, embarcándose en el buque “Odembalt” 11,
carguero con capacidad para doce o quince pasajeros únicamente. El grupo de amigos
inseparables los había acompañado hasta allá, llevando guitarras y botellas, embargados de
tristeza y alegría a la vez. Recomendaciones, cantos, abrazos y bromas, convencidos de que
comenzaba a desintegrarse la peña de compañeros en la plástica guatemalteca, todavía en agraz.
Era el 20 del bello mes de mayo de 1912 y los jóvenes emprendían esa maravillosa aventura
apenas creíble en aquellos lejanos tiempos. El barco –lenta ballena fumante- costeó hasta
Panamá y luego deslizándose sobre las agua del Caribe fue haciendo altos en las islas de San
Thomas, Guadalupe, Trinidad, etcétera, hasta tomar el largo trecho entre verdes turquesas de
días ondulantes y brisas caprichosas. Numerosas auroras y crepúsculos marcaban las jornadas
de viaje, y paulatinamente Valenti sentíase convalecer estimulado por el ámbito marino,
paliativo de abscónditos traumas y sufrimientos por la incomprensión del medio, y en especial
por el reciente pesar de la madre desaparecida; de conflictos sentimentales y situaciones
familiares poco gratas dejados atrás. Absorto ante la inmensidad, aprendía gamas luminosas
dentro del manso o encabrió lado azul desplegadas ante el mirar intenso de y captativo.
Dibujaba bocetos de la propia nave, marineros, jarcias, chimeneas, y de las islas, alejándose en
su dimensión visual. Fueron más de treinta días de travesía, plenos de impresiones nuevas y
remozamiento, hasta su arribo por el canal de La Mancha al puerto de Le Havre, en Francia.
Los movimientos revolucionarios pictóricos que habían empezado a mediados del siglo XIX, ya
se habían extendido por Europa, dándose a conocer por medio de exposiciones en galerías e
intercambio de arte, especialmente francés, que Valenti conocía en parte dada su formación
intelectual. Salones y galerías cautelosos a las innovaciones modernas eran visitados por los dos
artistas en la Ciudad Luz. Entre éstas se encontraban también en Londres la Galería Tate,
inaugurada 1897; su mecenas, Sir H. Tate, comerciante en azúcar, decidió un año más tarde
anexarle ocho salones más y vestíbulos para escultura. En Alemania, la Kunstakademie. En
París mismo el famoso Salón Charpentier, donde tanto estímulo dieron sus propietarios a
Renoir, Degas, Sisley; la Galería Vollard, patrocinadora de Cézanne, Van Gogh, Matisse, Picasso
y otros muchos, como Seurat, Monet (el iniciador del impresionismo), Gauguin y Toulouse-
Lautrec. Además, su curiosidad se proyectaba al “Art Nouveau” de tendencia decorativa y
ampulosa línea; surgido a principios del siglo XX les parecía bastante artificial, en variedad de
colores, con un despliegue de sinuosos y abundantes dibujos. Empero, no llegó a saber que
Holder (austriaco) y Kleint, eran ya representativos valiosos y que cuando este movimiento llegó
a América hispana se le conoció como “modernismo”.
Se puede decir que de Francia irradió el movimiento impresionista, de los “fauves” y muchas de
las tendencias innovadoras. Entre los “fauves” (fieras) coloristas feroces; nombre derivado de la
expresión despectiva del crítico de arte Louis Vauxelles, descollaron pintores como Gauguin,
Matisse, Vlaminck, Roault, Van Dongen, Marquet y otros, que pintaron cuadros en los cuales la
superficie de colores puros choca brillantemente entre sí, sirviendo el blanco para impactar la
composición.
Como se sabe, los primeros impresionistas con sus técnicas fecundas encontraron discípulos en
diversos países de Europa: Lieberman, Slevogth y Vogel, en Alemania; Breitner, Gabriel y
hermanos Maris, en los Paises Bajos; Steer y Sockert, en Gran Bretaña. Surgen otros
movimientos como el expresionismo, cuyo germen nació en Alemania, cuando en 1905 se funda
un grupo de artistas llamado “El Puente” (Brücke). Sus iniciadores fueron Kichner, Heckel y
Schmit-Rotluff, a los que se unieron Pecjsterin y Otto Müeller. Todos eran jóvenes impetuosos,
palpitantes, plenos de amor a la vida y querían empezar “desde el principio”, como quién dice
“borrón y cuenta nueva” con la pintura, tomando la pauta de “el lema es la vuelta a lo primitivo”
a lo elemental, a lo auténtico, y en esta forma fueron influidos por algunos elementos de la
plástica negra y arte primitivo del Pacífico, lo que ya había sido descubierto por Gauguin. Nolde
es uno de ellos y así escribe en sus memorias: “...queremos colores con su vida propia, que
lloren y rían ensueño y dicha, ardientes y sagrados, como canciones amorosas y erotismo,
como cánticos, magníficos corales”. Pero lo principal es la aspiración de expresar el sentimiento
producido en el hombre, algo más allá de la línea y el color, sobre la sociedad circundante, y los
problemas del ser. Ellos quieren unir el arte académico con una nueva creación de lo emotivo,
que da por resultado el “expresionismo”. En tanto el entusiasmo causado por los anhelos y
metas de los jóvenes pintores, a los que se les unen muchos más y en perfecta armonía trabajan
con sentido colectivo hasta llegado el año 1910. Pero en 1907 o 1908 nacía en París el cubismo,
hallazgo de Picasso enraizado en Cézanne, que secundado por Juan Gris (íntimo amigo), Braue,
Léger y otros, fueron exploradores interesados. De tales movimientos, poco o nada se sabía en
regiones centroamericanas, salvo la comunicación directa que tuviera Sabartés con Picasso –
supónese- o por que, como expongo al principio, circulaban en Guatemala algunas revistas y
publicaciones venidas del exterior, bastante retrasadas por las lentas vías de comunicación. En
1909 el pintor italiano Marinetti había firmado en Le Figaro Litteraire, un manifiesto futurista,
poético y a la vez rebelde y político, en franca oposición a los valores establecido, apuntando a
nuevas proclamas en el arte. “Los elementos esenciales de la poesía –dice- tienen que ser el
valor, el reto y la rebelión”. “Queremos destruir los museos, las bibliotecas; pelear contra el
moralismo, el feminismo y todos los oportunistas y utilitarias vilezas”, y sigue una serie de
conceptos más, que dan origen al movimiento futurista, del cual fue gran admirador Giovanni
Papini y a la vez propagandista al analizarlo en su revista “Bacerba”. En un artículo titulado “El
día y la noche”, Papini compendia “los remanentes del hombre primario original a cinco
especimenes: el salvaje, el niño, el delincuente, el loco y el genio, como los únicos que aún
conservan la verdadera percepción, la auténtica intuición y la originalidad, valores que el
hombre tiene el deber de recuperar. El futurismo ha hecho reír a la gente, gritar y escupir.
Veamos si les puede hacer pensar”.
Antes de que Picasso descubriese el cubismo era catalogado como “expresionista”, movimiento
al que está íntimamente ligado Valenti, según podemos confirmar en la mayor parte de sus
últimos cuadros y apuntes. Dice el crítico Jean Laude en su libro sobre Picasso, que: “el
expresionismo sustituye la búsqueda de la belleza por la de la verdad; es en este sentido como
la deforma” . Precursores de tal movimiento expresionista fueron Van Gogh, Munich, Kokoska,
etc. Tal sucedió con Valenti dos o tres años más tarde: a veces ridiculiza; otras da emotividad
dramática o un halo, una expresión que caracteriza a la persona retratada; o el humor del propio
artista cuando pintaba. Como él mismo escribió en una carta en 1911: 12 “...al pintar se vuelca al
lienzo la propia vida y sentimientos”. Habla del artista a través del color oscuro de sus
sufrimientos; grises, sus dudas o temores; imparten luz en segundos de entusiasmo, según le
dicte la atmósfera espiritual y la necesidad interna que le empuja a expresarse y que se tona en
efecto psicológico producido en cierta vibración anímica receptiva al color y a determinadas
formas; por que, aunque quisiera copiar con la exactitud del sujeto u objeto, no puede hacerlo
con la exactitud de una cámara fotográfica; no puede sustraerse a involucrarlo en su estilo,
expresión en la forma, como sus ojos le miran y su pincel lo plasma. Si observamos los paisajes
de Carlos Valenti, comprobaremos que casi ninguno es abierto en horizontes ni en profundidad.
En casi todos surge el obstáculo central de un árbol, un grupo de ellos, o la reja de troncos
esbeltos a través de los cuales se divisa espacio, luz, o montaña; lo que nos hace pensar en los
laberintos psíquicos del artista, ansioso de amplitud; de premuras refrenadas, sea por el
ambiente hostil circundante; por educación reprimida, o por un deseo subyacente de destruir en
algún momento esas barreras que aprisionaban su alma fecunda, amante de libertades y de
grandeza estética, que se estrellaba con un medio nefasto, receloso a mutaciones e incursiones
novedosas.
Valenti, un visionario
Valenti era considerado “un visionario dentro de su fecunda condición de artista”, dedicado
apasionadamente a su quehacer artístico; a plasmar en el lienzo lo que el ojo captaba, pleno de
luminosidad algunas veces; vibrante de color otras, tonos suaves y grises; la mayor parte
sombríos, oscuros, inquietantes. Al crear daba lo mejor de sí mismo: alma, poesía, todo su
sentimiento, por que odiaba la mediocridad. Algunos de sus paisajes aún demuestran
plenamente lo señalado, y a los setenta años de distancia, guardan todavía sus brillantes colores
y belleza. Así me lo hizo notar Carlos Mérida, cuando un día de 1978 me mostraba algunos de
ellos, conservados por él con devoción y que representan los Llanos de Gerona y el Potrero de
Corona, pintados en los pocos años de su creación en Guatemala, comprendida entre 1908 y
1912.
“Tu tío –me dijo- no era hombre normal en el sentido de su genialidad. Nos dejaba a todos
sorprendidos con sus teorías y observaciones, mientras pintábamos. Hablaba lo necesario y
sin jactancia sobre sus conceptos estéticos y apreciaciones, que compartía con nosotros. Una
demostración más de la gran generosidad que le caracterizaba en diferentes aspectos de la
vida, y como era natural, le adornábamos y tomábamos sus palabras como savia nutricia,
originadora de nuevas formas y rumbos a nuestras inquietudes”.
Carlos Valenti era auténtico en su pensamiento. Al decir de Carlos Rendón Barnoya –en uno de
sus escritos- cuando algún amigo le llamaba la atención sobre los cánones del academismo
pictórico prevaleciente, su respuesta era serena, pero justiciera para su labor: “No discutamos –
decía- así lo siento yo y así lo pinto”. Como quien respondiera “¿De que valen las teorías si estoy
creando una obra estética? ¿Cuál la necesidad de la palabra ante la realidad expresiva y la
audacia de la innovación? Así como era de modesto, era orgulloso en otros aspectos: prefería el
silencio que no da razones ni exige disculpas cuando alguna vez se hablara controversialmente
de su persona e ideas.
La obra dejada en Guatemala –en la colección de las familias Garavito, Morales, Valenti,
Doninelli y otras, evidencian su genio. Pinta lo que ve (cualquier cosa o persona que abarque su
campo visual), observándolo desde su soledad angustiada. Se entusiasma por los colores
lóbregos, azules, verdes, tierras tenebrosas en contraste con u cielo celeste, transparente,
nublando, cremoso. Le agrada el azul; ultramar oscuro es el color del ensueño con que subraya
sus personajes. Los reflejos de luz se fijan en su empasto borroso con colores de cal o ladrillo.
Pareciera que en cada tela quisiera trascender al descubrir algo nuevo; algo de sí mismo; la
conquista de un sueño, o el éxtasis de auto liberación. Lastima grande que lo realizado en el
poco tiempo que estudió en París (aproximadamente cinco meses) y los bosquejos hechos
durante la travesía marítima fuese recogido por las autoridades y luego entregado a un emisario
de su padre. Carlos Valenti Sorié, que a la sazón se encontraba en Roma, desconociéndose el
paradero de su obra, hasta la fecha. Por lo demás, continúa siendo la figura cumbre de
principios de siglo en la plástica guatemalteca.
Los dos artista pisaron tierra firme eufóricos, contentos de saberse ya en suelo francés, en la
desembocadura del río Sena, no lejos de la Ciudad Luz. Valenti volvió a oír el suave idioma
materno, escuchando desde siempre de sus labios, y nuevamente ducho en la lengua gala, que
hablaba a la perfección, se constituyó en el amigo guía de Mérida. Se dirigieron a la estación a
fin de adquirir boletos ferroviarios, y como no había trámites de migración, ni aduanas,
tomaron el tren ya dispuesto –entre resoplidos y campanazos- a conducirlos a lo largo de
sesenta y tres kilómetros hacia París, llegando a la gran estación del Norte. Los dos provincianos
transportados desde la minúscula república centroamericana “du Guatemala”, como dicen los
franceses, apenas si llevaban en la mano una valija cada uno, aunque su equipaje de sueños era
voluminoso. Una vez en la calle quedaron absortos, sorprendidos, aturdidos ante el París
acariciado en conversaciones lejanas, que se les abría estupendo, soberbio, aplastante. Pensaron
pronto en el amigo al que iban buscando, Ricardo Castillo, estudiante de música, con quien los
unían lazos de amistad y ahora recomendaciones de los propios padres radicados en Xelajú. Con
gran camaradería los recibió Ricardo, alojándolos temporalmente en pequeña buhardilla.
Impacientes empezaron en su compañía a visitar aquel fantástico mundo. Conocieron, por
medio de él, anfitrión ocasional, a jóvenes de ambos sexos, latinos y franceses, del medio
inquieto del arte y al final de algunas jornadas encontraron lugar habitacional de la 32 Rue des
Fossés, Saint Bernard, Paris 13, vecino al de otros estudiantes de pinturas, como el mexicano
Roberto Montemayor y Tito Leguizamón, argentino; el primero habría de ser después uno de los
grandes de su país; así como muchos chilenos, argentinos y de otros países latinoamericanos.
Esa vivienda-estudio constaba de una amplia habitación dividida en la parte alta, por lo que hoy
se llama “mezanine”. Valenti habitaba el cubículo bajo donde se encontraba el lecho, y Mérida se
instaló en la parte superior. Los cincuenta dólares mensuales enviados a cada uno de ellos por
las respectivas familias, les alcanzaban para compartir gastos de renta y lo esencial de su sencillo
transcurrir. Escribe Carlos a Agustín Iriarte, que se hallaba en Italia, la siguiente carta:
Estimado amigo:
Por fin ya puedo decirte que me encuentro en París habiendo llegado a esta el 15 del
presente mes, en compañía de mi amigo Carlos Mérida, también estudiante de
pintura, compatriota nuestro.
No se si te gustaría venir a París, pues aquí se puede encontrar un campo más grande
de estudio y conocimientos.
Así, pues, te convendría mucho venir y para mí sería muy grato el que nos viéramos
después de tanto tiempo de separación.
Debes de tratar de conseguir de pensión unos 350 francos, pues así se hace mucho
más, contando también con que yo creo que es más cara la vida en Roma.
Era la época de Clemanceau, presidente del Consejo, que en esos momentos fundaba en París el
Diario Le Suffrage Universel. Se daban como acontecimientos importantes las dificultades de
Marrakech y la evacuación de las tropas francesas. Aumentaba la agitación en Mogador. Valenti
leía y oía noticias y se involucraba en el nuevo medio, pleno de su libertad y atmósfera bohemia.
Viva impresión le causó su primera visita a Montmartre y conocer los sitios de reunión, o
residencias de los que, como Renoir, Utrillo, Toulouse-Lautrec, Dégas y otros, habían sido los
primeros en descubrir tan bello lugar. A veces les veía desplazarse modestos y entrados en años,
admirándolos de lejos respetuosamente, como a pintores ya logrados.
Fecundas experiencias
Los amigos le orientaron en cuanto a la escuela a la cual ellos asistían, dirigida por Cornelius
Van Dongen, que se había alineado con los fauvistas de principios de siglo, siguiendo la línea
expresionista, que hasta el año de 1920 habría de llegar a la fama, dentro de su propio estilo:
cierto patrón de figuras alargadas. Dongen entonces hacía partícipes a sus alumnos de la
libertad cromática y expresiva y continuaba nuevos experimentos en el desenvolvimiento
artístico. En ese tiempo, Valenti conoció a Braque, a Juan Gris, Léger, Matisse, Diego Rivera y al
italiano Modigliani, dedicado más que todo a la escultura; así como a Piet Mondrian –holandés-
fundador del movimiento estético y de la revista De Styl.
En 1910, entre la infinidad de buscas, surge Vasily Kandinsky con sus cuadros de lo abstracto, en
franco antagonismo con las ideas de Gustavo Voubert, y expone “La representación gráfica es un
estado de animo y No la representación de objetos”. Prevalecía también el simbolismo, cuyos
representantes eran Gauguin, ante todo, Pubis de Chavanne, Bernar, Gustave Moreau,
hablándose asimismo de la tendencia onírica. En es misma época, Kandinsky termina De lo
espiritual en el arte, una serie de notas a lo largo de diez años, publicadas en 1912 y que produce
un impacto de gran efecto en el medio artístico. Ya entonces en Alemania se había formado el
grupo El Caballero Azul, vanguardia en el arte, y al cual pertenecía Kandinsky. En la primera
exposición de este grupo ya presenta dos cuadros abstractos, entre los exhibidos por Derain, Le
Fresnije, Paul Klee, Braque, Picasso.
Valenti tuvo oportunidad de leer esas teorías y observancias poéticas sobre la pintura, estando
de acuerdo con la mayor parte de ellas y pareciéndole original la similitud que el autor
encontraba entre el color y la música; ideas que el compositor Shoenberg aplica a una
composición musical que tituló Sonido Amarillo (así lo comenta en carta a su hermano Emilio).
Se recordará que el propio Valenti había estudiado piano en su infancia, siendo alumno
brillante; lo cual le sirvió en este caso para aprehender con mayor interés las especulaciones de
Shoenberg.
Invadido por oleadas innovadoras palpables, Valenti encauzó su apasionado ritmo ante el
caballete, y muy pronto se acopló –adaptabilidad propia de la juventud- al frenético ambiente
artístico, pleno de conceptos antitéticos que representaban variedad de corrientes en las que
trataban de unirse algunos artistas a fin de hallar un arte relativo a las inquietudes de su tiempo.
Se sentía identificado con el ambiente conocido desde su infancia por las narraciones añorantes
de su madre, y le parecía que su presencia le acompañaba por doquier.
Una carta de Sabartés le presentó a Picasso, que se hallaba instalado en el Bateau-Savoir, Rue
Ravignan, en una casucha bastante destartalada, donde docenas de lienzos colocados por todos
lados, daban fe de la incansable busca pictórica de aquel bohemio; pero conociendo Valenti, él
mismo, de esa pasión, no lo sorprendió tanto afán. Mérida recuerda, a propósito, que hablaron
largamente sobre el amigo Sabartés, y Picasso mostró curiosidad por saber algo relativo al
medio guatemalteco y de los grupos étnicos. No se sabe si la amistad continuó, aunque el grupo
de maestros y alumnos se reunía casi diariamente en el Bar Boulier, en el cual la tertulia se
prolongaba hasta avanzadas horas de la noche. Allí llegaba también Piet Mondrian, acerca del
cual algo se ha dicho.
Los amigos observaron que pasados los primeros meses de entusiasmo, Valenti empezaba a
decaer físicamente, a apagarse y enflaquecer. Mérida, en especial, tan dado a ala diversión
propia de los bohemios de esa época, comprobó en el colega clara indiferencia a la fiesta;
estados emocionales de irritabilidad y depresión. Sus trabajos ante el caballete despedían a
veces tonalidades sucias, resultado de retinas dañadas, que actualmente se diagnostican como
trastornos del sistema vegetativo y funcional. Mas, a principios de siglo ¿qué podría hacer
Mérida, tan joven y poco sagaz al hacer algunas tímidas observaciones sobre su estado de
nerviosismo?, que sabría del infierno de dolor y abatimiento por el que pasaba su amigo? 14 Este
sólo respondía: “Me siento defraudado en mis propósitos; frustra el hecho de comprobar día a
día la disminución de mi campo visual...”. En otros desahogos expresaba: “Cuando veo
retrospectivamente me convenzo de haber perdido el tiempo; de no haber llegado a realizarme
en todo lo que podía dar a causa de mi precaria salud, la ingrata diabetes que no me
abandona; del medio árido de nuestra patria y de mis sentimientos de hijo apegado a su
madre...” –“Pero acá puedes consultar a los mejores oculistas”- respondía Mérida, en aparente
olvido de sus escasas posibilidades económicas.
¿Qué estaba sucediendo en su delicado espíritu, cuya capacidad emotiva ninguno conoció a
fondo?. Sólo él lo sabía. Sin embargo sus compañeros comprobaban su quebrantamiento, pues
empezó a bajar de tono en el trabajo; no quería ya asistir al estudio ni a las tertulias;
ensimismamientos y silencios se prolongaban. A veces le animaban a retornar a su inquietud
artística, como ellos continuaban haciéndolo; pero su espíritu no reaccionaba, parecía
aniquilado, pues sólo él sabía del tempestuoso y avasallador impulso que trizaría el más
elemental instinto de conservación, obsesionado por el diagnóstico del oculista, que requerido
en segunda consulta por él mismo a darle franca opinión sobre su mal, había pronosticado
ceguera absoluta, si no dejaba de forzar la vista, cuando menos durante dieciocho meses.
Mérida nada supo al respecto por la conocida introversión de Valenti, pero me cuanta: “Esa
mañana estábamos trabajando en la escuela todos reunidos, cuando me percaté de su
ausencia al no verle frente a su caballete, ante el cual se había sentado una hora antes. No
obstante, seguí pintando, sin recelo, por que había amanecido aparentemente tranquilo. Mas,
sucede que yo desde joven tengo presentimientos: me ocurre muy a menudo sentir reacciones
extrañas en el plexo solar cuando algo va a sobrevenir, e impulsado por estos fenómenos, salí
de clase y rápidamente me dirigí a casa. Llegué y tembloroso abrí la puerta, dándome cuenta
de que la cortina de su cubículo estaba corrida. Su sombrero sobre el caballete, como solía
dejarlo siempre que regresábamos de la calle. Se acentuó mi duda, ansia e incertidumbre, y
me acerqué a indagar y a abrir la cortina esperanzado de poder aliviarlo en alguna súbita
enfermedad, pero desgraciadamente ¡había llegado demasiado tarde! Horrorizado comprobé
al verle tendido en la cama con un revólver en la mano, que se había disparado al corazón.
¿Cuándo adquirió el arma? No puedo imaginarlo, pues nunca vi semejante adminículo en su
poder. Presumo salió a comprarla esa misma mañana al dejar el estudio. Estaba inmóvil y
una serena expresión invadía ahora su hermoso rostro. Cuando llegaron las autoridades y
amigos, verificaron su muerte causada por dos disparos en el pecho...”. “Puedes imaginarte la
congoja –continúa- avisé desesperado a Roberto Montenegro y Tito Leguizamón, que a su vez
llamaron a otros amigos 15 y nos ocupamos de enterrarlo previo permiso de la autoridad. Esta
tomó posesión del estudio; de los contratos de la casa firmados por él, de manera que el estado
cerró el taller y a mí me pusieron preso dos o tres días, hasta comprobar mi inocencia. Una
tragedia horrible como para que yo hubiese tomado el mismo camino” –prosigue Mérida,
quien reconoce a Valenti una superioridad tan elevada sobre sus compañeros, que sólo la hace
comparable a los grandes- Le enterramos en el cementerio de Montparnasse una lluviosa y fría
mañana del día 2 ó 3 de noviembre de 1912. Íbamos adelante del carro fúnebre cuatro o cinco
amigos, hasta dejarlo en una tumba que no volví a visitar. Desde nuestro arribo a la soñada
urbe habría transcurrido tan sólo cinco meses”.
Así terminó la vida de Carlos Mauricio Valenti, otro artista atormentado, cuyo genio desbordó
los límites impuestos por la naturaleza debilitada desde la infancia por la enfermedad.
Sucumbió ante la evidencia del fracaso al no haber tenido tiempo para encontrar su propio
camino. Su punzante inquietud se resistió a la actividad; a frenar el trabajo creativo; a negarle a
sus ojos ávidos de luz el despliegue del arco iris en busca de soluciones al problema
tridimensional de espacio, tiempo y corporeidad. Se rindió al golpe asestado a la urgencia
apasionada de cabalgar en el Pegaso de su genialidad, que interponiéndose en su carrera hacia el
triunfo, le dejó inmerso en el sueño de la eternidad...
Notas:
1
El general José María Reyna Barrios, que en el gobierno de su tío, el general Justo Rufino Barrios, tuvo
oportunidad de viajar a Europa y los Estados Unidos. Hombre de sensibilidad, buen gusto y ciertas
inquietudes intelectuales, inicia un período de intenso intercambio con el mundo, con motivo de la
Exposición Centroamericana. Hace de la Avenida La Reforma, entonces Boulevard “30 de Junio”, una
modesta réplica de Champs Elisées, remodela el Teatro Colón y promueve la afluencia de compañías
operáticas italianas; de teatro y zarzuela; contrata pintores, escultores, y arquitectos; recibe bien a los
poetas que se acercan a su círculo; patrocina publicaciones de diversa índole.
2
Todavía hoy (1980) existen algunos de esos sillones de la ex-barbería Valenti en una peluquería situada
en la 5ª Calle y 3ª Avenida de la zona 1. Por cierto, parece que son de fabricación norteamericana;
hechos, según consta en los mismos, en 1878. Fueron seis los importados, así como los grandes tremoles,
de los cuales luce uno en la casa de la familia Bran Azmitia, pues D. Juan Francisco Bran –padre de
Rigoberto de los mismos apellidos-, que a la vez era hijo de D. Gregorio Bran, propietario del entonces
llamado “Potrero de los baños de los padres”, fue émulo de Carlos Valenti Sorié, y aprendió a barbero-
peluquero desde los dieciocho años en aquel centro de estética masculina.
3
Aún existe la casa de altos donde funcionó este colegio, situado en la 10ª Calle y 12 Avenida, esquina
frente a la basílica de Santo Domingo.
4
Famoso pianista y compositor –1873 a 1921-, nacido en la ciudad de Totonicapán. Uno de los mejores
alumnos del Conservatorio Nacional de Música; enviado en goce de una beca otorgada por el gobierno
del general José María Reyna Barrios a Italia, donde fue alumno de los maestros Nicola D’Arienzo y de
Beniamino Cesi. Después de ocho años de arduos estudios y riguroso examen, obtuvo el título de pianista
del Conservatorio de Nápoles. Director del Conservatorio Nacional de cual fue alumno. Actuó como
solista en el Teatro Colón, en Estados Unidos y en Europa.
5
Santiago González, escultor venezolano. Llegó a Guatemala, según algunas personas, a fines del siglo
pasado. Alumno de Rodin. Conoció a D. Antonio Doninelli cuando éste –muy joven, acompaño a su
padre a la ciudad de París, provenientes de Milán. Especialista en fundición escultórica, este último, es
llamado por Rodin. Desde entonces nace la amistad entre D. Santiago y el joven Doninelli. Cuando
González llega a Guatemala, Doninelli estaba instalado y le invita como huésped a su casa. A solicitud de
González le cede una habitación dentro del propio taller de escultura, donde vivió durante algunos años
hasta que se le declaró la tuberculosis pulmonar y se separó de la casa alrededor de 1908. En el ínterin
imparte clases en su propia Escuela de Bellas Artes y poco tiempo después falleció –3 de octubre de
1909- y es inhumado en el panteón de los Doninelli. Tengo a la vista el certificado de defunción de este
artista. Es interesante recordar que entre las maquetas y moldes que existían en el taller Doninelli había
un Rosetón –motivo decorativo- del Arco del Triunfo de París, que a la muerte de Antonio Doninelli fue
solicitado por Rafael Yela Günther a la viuda, y ésta gustosamente se lo obsequió.
6
Originario de la Ciudad Condal. Bautizado en la catedral de dicha ciudad (Barcelona) con los nombres
de Jaime Ernesto Luis, el 16 de junio de 1880. Hijo legítimo de C. Francisco Sabartés, maestro de primera
enseñanza, natural de Oliana, y de doña María Gual, originaria de la capital de Cataluña. En Guatemala
casó con doña Rosa Robles Corzo en enero de 1908. (Datos obtenidos por gentileza de Edgar Aparicio y
Aparicio, Marqués de Vistabella).
7
Datos enviados gentilmente por el señor Cónsul General de Guatemala en Barcelona D. Francisco
Soriano Delgado.
8
Datos proporcionados por D. Joaquín Robles Klee, que en 1935 viajó a París y visito a Sabartés, pues
era sobrino de doña Rosita y don Jaime le veía con simpatía.
9
Este sofá de medallones era parte de los muebles traídos por doña Helena de Valenti desde Francia; aún
se encuentran muy bien conservado en el seno de la familia Llarena Doninelli, así como dos sillones de
medallón.
10
El matrimonio Gerlach-Valenti se efectuó dos años más tarde en 1914, cuando iba a nacer el hijo
primogénito Federico, que falleció en Caracas, Venezuela en 1968.
11
“Odembalt” después de la primer guerra mundial fue entregado a los ingleses como compensación de
gastos. Comprado más tarde por la HAPAG (Hamburg American Line), estuvo en servicio hasta 1936.
12
En esta misma carta le afirma su devoción al arte, cuando le dice así mismo: “!Ah, que felicidad para
un mortal ser artista¡ ¡Ah, Yo no se qué daría por serlo¡ Daría todo, todo. Bienaventurado sean los que
tienen fe, porque sólo ellos conocen la verdadera felicidad”. Y mas adelante, refiriéndose a su madre
exclama: “...se encuentra grave, me siento muy solo, no sé como. Sólo Dios puede juzgarme, vivo como
un mueble, animalmente, por el dolor creo que el espíritu se ha evaporado de mi cuerpo, que no tengo
alma, soy un mísero animal viviente...”.
13
Durante mi estadía en París (1979) busqué en unión de Jorge Arturo Taracena A. Amigo que conoce
perfectamente la ciudad, el número 32 de la Rue de Fossés, Saint Bernard, y aunque el edificio existe
todavía, reconstruido después de la primera Guerra Mundial, el portero no podía ser el mismo el mismo
para informarnos naturalmente.
14
En carta de doña Blanca Valenti v. de Gerlach, escrita a la autora desde caracas en 1969, recuerda que a
los tres meses de estar su hermano Carlos en París le escribió angustiado que por falta de visibilidad
ocasionalmente se perdía en las calles cuando salía solo, por lo cual debía de recurrir a algún transeúnte
amable, o policia, en busca de orientación, o salir salir siempre acompañado de sus condiscípulos.
15
El artista Rafael Rodríguez Padilla relató a su hijo Jacobo, también artista, que hallándose en un café
cercano, en compañía del maestro Ricardo Castillo, aquella mañana de noviembre, pasó Carlos Mérida
corriendo y agitado, con voz quebrada por el llanto y los sollozos les dijo: “Valenti se ha matado”
Patético anuncio que circuló muy pronto entre compañeros de estudio y amigos.
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