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1

Esta traducción fue realizada sin fines de lucro por la cual no tiene costo
alguno.
Es una traducción hecha por fans y para fans.
Si el libro logra llegar a tu país, te animamos a adquirirlo.
No olvides que también puedes apoyar a la autora siguiéndola en sus redes
sociales, recomendándola a tus amigos, promocionando sus libros e incluso 2
haciendo una reseña en tu blog o foro.
Sinopsis
Mi matrimonio parecía perfecto visto desde fuera.
La gente me envidiaba. Querían mi vida, querían ser yo.
La señora Alejandra Gambino.
Esposa de Dino Gambino. Hija de Eduardo Castillo.
Respetada. Amada. La realeza de la mafia.
No tenían ni idea de los horrores que se escondían detrás de las
puertas cerradas.
No sabían que estaba en el punto más bajo que una persona podía
alcanzar.
Introduzcan a Julius Carter.
El distante, guapo y de ojos azules, Julius Carter.
3
Él me salvo.
Yo lo jodí.
Ahora todo el mundo estaba detrás de mí. Mi vida estaba acabada.
Solo era cuestión de tiempo. Era una mujer muerta.
La pregunta era, ¿quién me atrapará primero?

RAW Family #2
Prólogo
Alejandra

E
staba confundida.
Al menos, recuerdo estar confundida.

Que me saquen de la escuela para ir a la oficina de mi padre no es


algo bueno. La oficina es donde lleva a cabo sus negocios. He estado allí
antes, pero no es lugar para una chica como yo, o eso dice él.
El pasillo de alguna manera parece más largo que nunca. Camino sin
saber qué esperar, agarrándome fuertemente a la mochila.
¿Hice algo malo? ¿Por qué sonaba tan tenso al teléfono?
4
Mis pies siguen avanzando. Trago con fuerza, mirando mis zapatos. El
cordón de mi zapato está deshecho.
No le gustará eso.
Me detengo donde estoy para asegurarme que mi apariencia es casi
perfecta, paso mis dedos por mi largo y recto cabello negro, y aliso la falda
de mi uniforme escolar privado con mis manos. Me tomo mi tiempo, tirando
de mis calcetines blancos hasta mis rodillas, llevando cuidado de no
mancharlos.
Mi padre no crio una jauría de animales. Él crio damas, y en el caso
de mi hermano, un caballero.
Mis hermanos y yo nos enorgullecemos de ser todo lo que mi padre
deseaba. La única familia de la mafia con elegancia y humildad, estoy
segura.
A los dieciocho, sé cuál es mi lugar. Mi lugar es hacer feliz a mi padre.
Y lo hago.
Por lo menos creo que lo hago. Hasta ahora, no ha habido quejas.
Estudio duro para mantener un buen promedio. Me visto
apropiadamente, sin mostrar demasiada piel, y cuido de mis hermanas más
jóvenes con amor y cuidado, convirtiéndolas en las señoritas que deben ser.
Incluso tengo que admitir que soy una persona decente, y amo a mi familia.
Somos seis en total. Por orden de edad, Miguel tiene veinticuatro años,
yo, Veronica dieciséis, Carmen quince, Patricia trece y Rosa nueve. Ella es la
última, nació solo un año antes de que mamá muriera. Sé que Rosa no la
recuerda. También sé que le hace daño. Tiene fotos como el resto de
nosotros, pero no es suficiente.
El nombre de mi madre era Dorina, cariñosamente conocida como Dori
para cualquiera que fuera cercano a ella. Conoció a mi padre cuando ambos
eran solo unos niños, corriendo y jugando en la calle. Él le echó tierra en la
cara. En vez de llorar como las otras chicas, simplemente se levantó y se
sacudió la tierra de encima. Caminó a casa ese día y le habló a su madre
acerca del niño tonto que le había tirado tierra. Su madre, mi abuela, rio
alegremente y abrazó a su niña. Le explicó:
—Oh, gatito, los chicos hacen las cosas de forma divertida. Y cuanto
peor tratan a una chica, generalmente significa que más les gusta.
Mamá oyó esto y se recompuso.
Iba a casarse con ese muchacho.
5
Catorce años más tarde, Mama se convirtió en la señora Eduardo
Castillo. Fueron felices durante el tiempo que vivió mi madre. Era la única
mujer del mundo que podía hacer reír a mi padre. La amaba tanto que
cuando murió, lloró. Y me asustó demasiado.
Mi padre es un hombre razonable, pero algo cambió durante su
periodo de duelo. Se volvió más frío, más cerrado. Empezó a encerrarse.
La única persona que puede hacerle entrar en razón, es mi hermano,
Miguel.
Al llegar a la puerta de la oficina, toco ligeramente con una mano
temblorosa.
—Entra —dice una voz familiar.
¿Mi hermano? Mi cuerpo se pone rígido. ¿Qué está haciendo aquí? No
debería estar aquí.
Empujo la puerta abriéndola, entro y cierro silenciosamente detrás de
mí. Camino hasta pararme frente a la mesa donde está sentado mi padre,
pero miro a mi hermano, que está parado detrás de mi padre, sin mostrar
ninguna emoción. No lo he visto en un año. Tiene buen aspecto. Papá tiene
una mano en su frente. Aún no me ha mirado. Le doy a mi hermano una
sonrisa dulce. Cuando no me la devuelve, mi pecho duele y Miguel ve mi
dolor. Sus ojos se vuelven suaves y pesarosos.
Parece que está a punto de llorar.
Es aquí que me gustaría señalar que los hombres de mi familia no
lloran.
Cuando mi padre levanta la cara, mi piel se estremece ante la mirada
de sus ojos. Hay algo que nunca había visto antes. Algo calculador.
Sé que papá no es un buen hombre, pero es bueno con nosotros. Es un
hombre de familia. Él haría cualquier cosa por nosotros.
Mataría por nosotros.
De hecho, sé que lo ha hecho.
Me aclaro la garganta y le pregunto suavemente:
—¿Papá? ¿Está todo bien?
Sorprendida por mi propia habilidad para ocultar el temblor en mi voz,
me mantengo recta, fingiendo estar en calma. Mi padre me mira a los ojos.
No he notado hasta ahora cuánto ha envejecido desde que mamá murió. Las
líneas en su bronceado rostro se han profundizado tanto que parece tener 6
diez años mayor de los cincuenta que tiene. Por la piel oscura bajo sus ojos
parece como si no hubiera dormido en meses. Pero las arrugas nacidas de la
risa alrededor de sus ojos... se han ido.
Supongo que no ríe tanto como solía hacerlo. Sin mi madre, no tiene a
nadie que lo haga reír.
—Alejandra. —Se dirige a la silla frente a la suya. Su áspera voz
ordena—: Siéntate.
No quiero sentarme.
Quiero correr.
Miro a mi hermano en busca de ayuda. Él sacude la cabeza,
señalando la silla. Trago con fuerza, mi corazón palpita cuando camino
hasta que finalmente me siento.
Papá suspira. Se pone en pie.
—Te he llamado para discutir algo contigo. Algo de importancia. Me
temo que tenemos que discutir esto bastante rápido. No hay mucho tiempo.
Los cálidos ojos marrones de mi hermano se oscurecen. Lo veo
morderse el interior de la mejilla. Su rostro se ensombrece rojamente y la
vena en su sien late. Parece que está a punto de estallar.
Ver esto hace que un miedo helado se hunda profundamente en mi
vientre. Miguel no pierde la paciencia. Es un caballero, paciente y
controlado.
Mi corazón late muy rápido. Algo está muy mal aquí.
Sin saber qué decir, asiento una vez para hacerle saber que estoy
escuchando. Continúa:
—Estamos en tiempos difíciles. No basta con tener a nuestra propia
gente. Hay seguridad en los números. —Hace una pausa, plantando las
palmas de las manos sobre su escritorio, inclinándose hacia mí—. Hay un
momento en la vida de cada persona donde uno debe hacer sacrificios por
un bien mayor. ¿Lo entiendes?
Asiento. Lo entiendo. Entiendo que mi padre pasa mucho tiempo fuera
de casa para conseguir mantener la buena vida que tenemos. Este es su
sacrificio, y lo hace sin una queja.
Aprecio lo que hace por nosotros, aunque no sé con certeza qué es lo
7
que hace. Eso no me concierne. Solo soy una mujer.
Sus labios se curvan en lo que estoy segura que es un intento de
sonrisa, pero parece más como una mueca. Murmura en voz baja:
—Siempre fuiste una buena chica. Soy tan afortunado de tenerte.
Mi corazón se acelera mientras el calor se extiende a través de mí,
derritiendo parte del miedo que se congelaba dentro de mí. Me calienta
hasta los dedos de los pies. Pero los puños de mi hermano se aprietan tan
fuerte que sus nudillos se vuelven blancos. Miguel gruñe detrás de mi padre.
—Díselo.
La débil sonrisa de papá disminuye, pareciendo levemente irritado por
la interrupción.
—Sí. Por supuesto.
Moviéndose alrededor del escritorio, mi padre se sienta en el borde y
toma mi mano en una de sus manos y la acaricia suavemente con la otra.
Cuando era niña, esto lo era todo para mí. Mirar los ojos sonrientes de mi
padre mientras hablaba de esto y de aquello, nunca importaba lo que
hablaba, solo que su atención era acogedora e inquebrantable.
Pero luego arrojó una bomba.
—Vas a casarte con Dino, el hijo de Vito Gambino.
Lo dice sin sentimientos, sin ninguna reacción, sin emoción.
Mi agarre en su mano se debilita, pero él lo mantiene firme. ¿Como
apoyo? No lo sé. La sangre desaparece de mi cara. Mis labios se separan y
mi respiración se hace superficial.
Mi estómago se hace un nudo. Siento como si mi cuerpo estuviera
tratando de estrangularse a sí mismo.
Lamiendo mis labios secos, emito un tembloroso y silencioso:
—¿Por qué?
Mi padre se toma un momento, sin soltarme la mano, y piensa
cuidadosamente en lo que va a decir.
—Los Gambino no son tan diferentes a nosotros. Los italianos son
gente de la familia, pero tienen algunos problemas entre sí. No pueden
confiar el uno en el otro. Cada familia tiene sus propios motivos. Vito vino en
busca de paz. Y su oferta fue bienvenida. Me trató con respeto y me habló
sobre dónde ve a nuestras familias dentro de diez años. Y su visión —me
8
aprieta la mano—, es una que comparto.
El puente de mi nariz duele y mis ojos pican.
—Papá, solo tengo dieciocho...
Estoy agarrándome a lo que sea. Esa declaración no tiene sentido, ni
siquiera para mí. Afortunadamente, mi hermano viene en mi ayuda.
Miguel interviene.
—Raul ha estado cortejando a Alejandra desde que tenían dieciséis
años, papá. Diste tu bendición. Esto es... —su enojo aumenta cuando
escupe—, esto es una locura. Simplemente no... Esto no es normal. No en
esta época.
¡Sí! ¡Oh, Dios, sí!
En los cinco minutos que estuve aquí, me olvidé de mi novio. Él me
ayudará. Sé que lo hará.
Mi padre se pone de pie y gira, mirando a Miguel. Con una calma
mortal, dice:
—¿Tienes una idea mejor? Necesitamos esta alianza, mi hijo.
Alejandra lo entiende. Deben hacerse sacrificios. Ella hace esto por la
familia. —Se vuelve hacia mí, con los ojos llenos de orgullo—. Es un honor.
La primera de mis lágrimas cae. Mi garganta se inflama, susurro:
—No quiero casarme con Dino. Quiero casarme con Raul.
Mi padre se vuelve hacia mí, mirándome con los ojos vacíos de
emoción.
—Llamé a Raul esta mañana. Le prometí la mano de Veronica, así que
él te dejará.
Las palabras son una bofetada en mi cara. Una y otra vez, el dolor me
llena, aplastándome.
Cerrando los ojos, ni siquiera trato de ser elegante. Levanto mis
manos para cubrir mi rostro mientras mi cuerpo se sacude por los sollozos
ásperos y extraños para mí.
—¿Cómo ... pu-pudo... él?
Pero en lugar de consolarme, mi padre solo arroja más sal en la
herida que ha abierto en mi corazón.
9
—No seas así, Alejandra. Su padre quería tener una conexión con
nuestra familia. Es un privilegio. —Mi padre suelta una carcajada—. ¿Creías
que te amaba, verdad?
Lloro en voz alta, ya no puedo controlar mis emociones. Los sollozos
suenan como si fueran arrancados de mi garganta. Mi vida se está
desmoronando a mí alrededor.
Miguel aparece a mis pies, arrodillándose y alzando la vista hacia mí.
Aparta mis manos de mi cara con lágrimas.
—Si hay alguna forma de salir de esta, te lo juro, Ana, la encontraré.
Lo juro.
Papá pone los ojos en blanco ante la determinación en la voz de mi
hermano.
—Es un matrimonio. No un asesinato. Son razones para celebrar, no
para llorar.
En este momento, prefiero el asesinato al matrimonio.
No puedo respirar. Cada vez que trato de respirar, mi pecho
convulsiona mientras otro sollozo se arranca de mí.
Mi padre me mira con desdén antes de sacudir la cabeza,
informándome:
—Vito me prometió que Dino es un buen chico y que te trataría bien.
Como una princesa. Y serás una princesa en su familia. Amada y respetada
por todos, como si estuvieras aquí. Ahora basta de esta tontería. Está hecho
—Le da una mirada de advertencia a Miguel—. No hay nada que pueda
hacerse. Hemos llegado a un acuerdo. Los Castillos y los Gambino se unirán
a través del matrimonio. —Mi padre se ríe—. Deberíamos estar
celebrándolo... —coloca sus dedos debajo de mi barbilla, alzando mi cara
para que lo mirara—, no llorando, gatito.
El limpia mis lágrimas, besando mi mejilla.
—Me acompañarás a la cenar de esta noche. Nos reuniremos con Vito
y Dino.
Inmediatamente, Miguel gruñe:
—Yo también voy.
Mi padre mira a su hijo. Después de un rato, asiente.
—Sí. Deberías.
10
Saber que Miguel estará allí alivia un poco la tensión en mi cuerpo.
No dejará que me pase nada.
No lo hará.

***

Más tarde ese mismo día, nos encontramos con los Gambino en uno
de sus muchos restaurantes.
No los conocía de antes, pero sé quiénes son tan pronto como los veo.
Los hombres eran como mi padre, tienen cierto aire sobre ellos. Su carácter
exige atención. Son hipnotizantes. Los hombres quieren ser ellos, y las
mujeres desean calentar sus camas.
Nunca entendí eso. Nunca me afectaron de la misma forma en que
afectaban a otras personas.
El hombre mayor nos alcanza un segundo antes de que el más joven
se detenga. Ambos nos sonríen. A pocos metros de la mesa, Vito extiende los
brazos a mi padre.
—Eduardo.
Mi padre, sin expresión, avanza hasta los brazos de Vito, se golpean
el uno al otro en un cómodo abrazo de hombres.
—Vito. Gracias por recibirnos.
Miro a ambos hombres. Los dos van vestidos con trajes exquisito y, no
puedo dejar de notar lo atractivo que es el hombre más joven. Incluso para
ser un hombre mayor, Vito es guapo, con ojos sonrientes y cabello canoso.
Me doy cuenta que el hombre más joven nos ha alcanzado también, tira de
la corbata alrededor de su cuello, aflojándola. El pequeño gesto me hace
darme cuenta que no estoy sola en esta situación. Dino probablemente esté
tan cabreado por este arreglo como yo.
Saber eso me tranquiliza un poco.
Vito se acerca a mí, conduciendo a su hijo hacia adelante.
—Esta debe de ser Alejandra.
11
Vito se acerca para tomar mi mano floja, besando la parte de atrás.
Mira a su hijo.
—Lei è così piccola.
Dino me mira, sus ojos avellanos bailando. Extiende la mano,
esperando pacientemente a que coloque mi mano en la suya, a diferencia de
su padre, que se tomó esa libertad por su cuenta. Titubeante, coloco mi
mano en la suya, y su sonrisa se ensancha, deslumbrándome.
—Por favor, disculpa a mi padre. No quiso ser grosero. Simplemente
estaba diciendo que eres muy pequeña. Chiquita.
Ya sé esto. Mis hermanas y yo tenemos la estructura y el tono de mi
madre. De pie no mido más un metro y medio, con espeso cabello negro y
recto hasta mi cintura y los ojos marrones. Esto hacía que muchos me
considerarían bonita. Mi madre me decía que la belleza era un regalo y que
nunca se debía de usar la belleza para conseguir lo que uno quería, que
debía ser humilde.
Cuanto más se acercaba Dino, más fuerte se revolvía mi estómago.
Realmente es un hombre hermoso. Alto, con hombros amplios y
cintura estrecha, pómulos altos, barbilla fuerte, labios llenos y ojos avellana
sonrientes. Sus grandes manos envuelven las mías, sus labios bajan, y
cuando suavemente tocan mis nudillos, mi estómago comienza a
alborotarse.
Mientras se aleja de nuevo, murmura:
—Puedo ver por qué tu padre te esconde. Las joyas más preciosas se
guardan generalmente en un lugar seguro.
Casi puedo oír a Miguel mofarse detrás de mí. Extendiendo la mano,
presentándose. Mirando a mi hermano, Dino sonríe mientras le da la mano.
—Amas a su hermana.
Una declaración.
Miguel, sin confirmar ni negar este hecho, aparta su mano. Dino
levanta las manos en un gesto aplacado.
—Lo entiendo. Yo también tengo dos hermanos. —Dino me mira—.
Haría cualquier cosa para mantenerlos a salvo. —Deteniéndose un
momento, se acerca a Miguel y dice en voz baja—: Tu hermana estará a
salvo conmigo —me mira y continúa—. Infierno, tal vez un día ella incluso
me quiera. Y cuando estemos casados, tú y yo seremos hermanos. Lo que
significa que tú y tus hermanas serán tratados como tales y colocados bajo 12
mi protección. Daría mi vida para mantenerlos a salvo.
En cuanto a ganar a Miguel, creo que Dino ocupa el primer puesto con
su argumento de apertura.
Nos sentamos, y mientras mi padre y Vito charlan, Miguel —
decidiendo darle a Dino su bendición— charla con Dino de negocios. Veo
cómo Dino se desenvuelve, y estoy impresionada. Él es a partes iguales
serio e ingenioso, atrapando a Miguel completamente con la guardia baja.
Atrapar a mi hermano riendo con Dino fue desconcertante.
Esto realmente está sucediendo.
Este es el hombre, el extraño, con el que voy a casarme.
Mi pecho se aprieta.
No estoy segura de estar lista para esto, no que a alguien le importe
un poco.
De repente, Dino se vuelve hacia nuestros padres y anuncia:
—Discúlpenme, caballeros. Me gustaría tener un momento con
Alejandra. —Se vuelve hacia mí con los labios curvados—. La he descuidado
demasiado esta noche.
Miguel me mira y sus ojos se amplían. Mi padre sonríe a Dino
mientras Vito asiente de acuerdo.
—Por supuesto. Pero trata de no tardar demasiado. Todavía tenemos
mucho que discutir.
No me dio mucha opción, me pongo de pie y aliso mi vestido negro.
Tomando mi mano, Dino la coloca en la curva de su codo, llevándome lejos.
Caminamos lentamente, cómodos en nuestro silencio, y estoy sorprendida
de encontrarme completamente segura caminando junto a este hombre, este
hombre peligroso. Cuando me abre la puerta, salgo. Me pide que me siente
en una de las mesas exteriores, y hago lo que me dice.
Siempre hago lo que me dicen.
Dino se sienta y me observa de cerca.
—No has dicho una palabra. Ni una.
Me encojo de hombros. ¿Qué quiere que diga?
13
Sus ojos se suavizan.
—Sé que esto no es fácil. Créeme, me enojé muchísimo cuando mi
padre me dijo lo que él quería que hiciera. —Se burla—. Quiero decir, vamos,
solo tengo veinticinco años. No quiero casarme. Esto hace que mi pecho se
muera de dolor. Y por alguna razón, tampoco creo que tú quieras.
Encuentro mi voz.
—No, no quiero.
Sonríe cálidamente.
—Por favor, no te preocupes por mis sentimientos ni nada.
No puedo evitarlo. Bajo mi barbilla para esconder una sonrisa, pero él
la atrapa.
—Miren eso. —Se ríe antes de añadir—. Eres muy guapa, Alejandra.
Preciosa, en realidad.
Mi rostro se calienta rápidamente cuando mi corazón late más rápido.
Dino se inclina sobre la mesa, tomando mi mano. Lo miro a los ojos y
me pregunta en voz baja:
—¿Crees que puedes darme una oportunidad? Me gustaría intentarlo.
—Se detiene un momento—. Tenemos que intentarlo.
Tiene razón. Tenemos que hacerlo.
Y podría ser peor. Quiero decir, es atractivo y encantador y divertido,
y creo que me gusta.
Desviando mis ojos, enredo mis dedos entre los suyos y susurro:
—Sí. —Trago fuerte—. Yo... quiero intentarlo.
Dino se pone de pie y me envuelve con los brazos, sujetándome con
fuerza. Mi sorpresa repentina desaparece cuando me doy cuenta que
necesito el consuelo tanto como él. Suavemente mis brazos serpentean
alrededor de su cintura, descansando mi cabeza contra su pecho,
agarrándome a él por apoyo, encontrando seguridad en el suave latido de
su corazón. Besa la parte superior de mi cabeza.
—Sé que esta no es la situación ideal, pero creo que podemos hacer
que funcione. Sabemos cómo son nuestras familias. Sabemos lo que esperan
de nosotros. Me gustaría ser tu amigo.
Retrocede.
14
—Creo... —Se aclara la garganta—, creo que podría amarte. Creo que
podríamos llegar a amarnos el uno al otro.
Mi garganta se cierra. Trato de hablar, pero todo lo que sale es un
gruñido dolido. Bajando la cara, la humedad se arrastra por mis mejillas.
Estoy asustada.
Me odio por llorar. Pero Dino no lo hace.
Alzando mi barbilla, me aprieta y besa mi mejilla.
—Bella, no llores. Por favor, no llores.
Antes de que sepa lo que está pasando, sus labios cubren los míos.
Tan pronto como me besa, se aleja y me abraza una vez más. Me agarro a
su camisa, llorando. Murmura:
—No te preocupes, Alejandra. Te mantendré a salvo.
Sus palabras me tranquilizan.
Como dije... Podría ser mucho peor.
Seis años después...

Mi estómago se presiona contra el colchón. Dedos se hunden en mis


caderas, sosteniéndome. Respiro rápidamente por mi nariz, luchando
contra el dolor. Mordiendo la almohada para evitar gritar, pienso en el
consejo de mi abuela mientras mi marido se masturba en el sofá,
sonriendo a mi rostro lleno de lágrimas mientras mira como su hermano
me viola.
Y cuánto peor tratan a una chica, generalmente significa que más les
gusta.
Si ese es el caso, mi marido realmente debe amarme.
Debe amarme a muerte.

15
1
Julius

Phoenix, Arizona

—S
olo digo que estaríamos mejor.
Miro hacia Ling desde el asiento del
conductor. Mi frente fruncida.
—¿Qué es esa mierda de nosotros?
Pone los ojos en blanco, y sonrió sin poder evitarlo. Es tan fácil
molestarla. Una expresión de irritación cruza su rostro.
16
—Nosotros somos compañeros, Jules.
Mis labios se curvan.
—No me digas Jules.
Es su turno de sonreír.
—Pero te sienta tan bien. —Le lanzo una mirada asesina, y se ríe—.
De acuerdo. No te volveré a decir Jules.
—Ni ninguno de tus estúpidos apodos.
Ella asiente, pero se gira para ocultar su sonrisa de suficiencia.
—Ni ninguno de mis estúpidos apodos.
Conducimos en silencio por un rato antes que Ling hable mediante
un bostezo. No la culpo. Llevamos dos horas en el auto, después de un
largo vuelo de trece horas desde Sydney, Australia. Estamos oficialmente
exhaustos. Ella se cubre la boca con una mano mientras bosteza.
—¿Y dónde nos hospedaremos?
Ling lleva trabajando conmigo cuatro años.
Perder a Twitch fue duro para ella. Ya antes de ello estaba tan mal
que perderlo la llevó al borde. Quería estar lo más lejos posible del
almacén, tan lejos como fuera posible de cualquier recordatorio de Twitch.
Sin mencionar, que no se llevaba del todo bien con Lexi.
Menos de un año después de la muerte de Twitch, Happy y yo
cerramos el almacén. No es que tuviéramos otra opción. Después de que el
imbécil nos dejara, el negocio empeoró. Los policías estaban encima de
nosotros, vigilándonos, escuchando y escondidos detrás de cada esquina.
La muerte de Twitch atrajo atención no deseada hacia nosotros. Ya no
valía la pena el riesgo.
El imbécil. Arruinó todo lo que habíamos construido. Por suerte, el
dinero que llegamos a ahorrar era más que suficiente para nosotros.
Mierda.
Era más que suficiente para mantener a los hijos de los hijos de
nuestros hijos. Luego Happy fue y vendió la mansión, y todos los restos de
Twitch habían desaparecido. Bueno, todos excepto uno.
El pequeño AJ. Antonio Julius. Antonio Junior.
Una sonrisa se expande lentamente por mi rostro cuando pienso en
17
él.
Cuando nos enteramos que Lexi estaba embarazada, nos sorprendió.
Twitch nunca fue tan descuidado, y aunque nos agradaba Lexi,
sinceramente, nunca imaginé que ella permitiría que ocurriera algo así.
Parecía tan controlada, para nada impulsiva.
Pero bueno, Twitch siempre tuvo la habilidad de desarmar incluso a
las personas más compuestas. Era su don.
Ling odió a Lexi bastante tiempo. No tenía que decirlo, pero todos
sabíamos que Ling quería ese bebé, sentía que lo merecía. Cuando Lexi
estaba de tres meses, hubo que llevarla al hospital.
Inmediatamente temí lo peor.
Happy me llamó y me dijo que llevara mi trasero al hospital. Por lo
que fui. Me subí en el primer vuelo a Sydney, y cuando llegué, lo que me
encontré allí me perseguirá por el resto de mi vida.
Lexi era un esqueleto. Parecía que no había comido en meses.
Nikki estaba a su lado en la cama de hospital, sosteniéndole la mano
y rogándole que comiera algo, llorando, aterrada por su amiga.
Todos lo estábamos.
Happy se giró hacia mí entonces, y susurró:
—El bebé va a morir.
Una afirmación. Sin preguntar. Sus palabras eran una sentencia.
Estoy seguro que todos lo pensamos, pero oírlo en voz alta fue
diferente. Lo hizo real. Me hizo algo, me obligó a reaccionar. No iba a
permitir que sucediera.
Ese bebé era el último rastro de mi mejor amigo.
Por lo que me quedé. Me quedé junto a la cama de hospital un mes
entero, solo dejándola para ducharme y cambiarme de ropa. En ese
tiempo, hablé de Twitch, y aunque los ojos de Lexi seguían muertos, sabía
que tenía su atención. Después de una semana de que las enfermeras la
amenazaran con una intravenosa para alimentarla y de que yo hablara sin
parar, Lexi comenzó a comer de nuevo.
La semana siguiente, Lexi habló. Se giró hacia mí, su rostro
consumido generando un dolor incalculable en mí. Con la voz ronca, apoyó
una mano en su vientre y preguntó:
18
—¿Alguna vez conociste a su mamá?
Sacudí la cabeza.
—No, nena. Ella no fue una buena madre. Me alegro de no haberla
conocido.
Su garganta se movió cuando tragó para contener lágrimas. Se
aferró con más fuerza a su estómago, enroscando los dedos en la tela de
su camisón.
—Yo tampoco soy buena madre.
Miré con el corazón pesado cómo las lágrimas caían por sus mejillas.
—¿Quieres a este bebé?
Abrió la boca, pero no emitió sonido. Después de varios intentos,
finalmente respondió.
—No lo sé.
Había una forma segura para saber si lo quería. Era cruel, pero
debía hacerlo. Tenía que saber. Suspiré.
—De acuerdo. Conozco a un tipo. Hablaré con él.
Lexi parpadeó.
—¿Qué?
Me encogí de hombros.
—No te juzgo, Lexi. Sé que ya has pasado la etapa recomendada
para terminarlo, pero como dije, conozco a un tipo—. Toqué su mano—.
Será como si el bebé jamás hubiera existido.
Ella retiró la mano como si la hubiera lastimado. Su pecho se infló,
adoptó una expresión de furia, con ojos salvajes, y susurró con una calma
mortal:
—¿Como si el bebé nunca hubiera existido?
Pude haber sonreído. Quise hacerlo, pero no lo hice. En cambio, alcé
una ceja.
—O adopción. Cualquiera de las dos.
Abrazándose, soltó un débil:
—No. —Y luego con más fuerza—. ¡No! Este es mi bebé. —Luego más
bajo, y mil veces más adolorido—: Este es mi bebé. Nuestro bebé. Es todo
lo que me queda de él. 19

Fue suficiente. Me estiré y alcé su barbilla hasta que me estuvo


mirando a los ojos.
—Si quieres este bebé, demuéstralo. —En ese momento sus ojos
cambiaron, se suavizaron, y vi el miedo. Pero en mi opinión, miedo era
mejor que resignación. Sacudí suavemente su barbilla—. Ahora tienes que
vivir. Si no por ti, entonces por tu bebé. Este bebé es un regalo, pero tienes
que ganártelo, Lex. Sé que Twitch no está aquí, pero tu bebé te necesita.
Ante la mención de mi amigo, Lexi perdió la poca fuerza que había
acumulado. Sollozando, su cuerpo se debilitó debajo de mis dedos.
Presioné un poco más.
—Tu bebé no tiene a su papi. Necesita a su mami.
Entonces la solté, y ella se dejó caer en las almohadas de la
incómoda cama de hospital. Su llanto suave y lamentable fue como una
puñalada en el estómago, mayormente porque evidenciaba que ella no
tenía fuerzas para llorar más. Sujeté su pequeña y fría mano entre las
mías. La froté, intentando desesperadamente calentarla.
—¿Puedes hacer eso, Lex? ¿Puedes cuidar de ti misma, asegurarte
de que tu bebé tenga a alguien de quien depender?
De repente, me miró, parpadeando antes de hacer una pregunta
acelerada.
—¿Crees que sea un varón? —Su mano libre se movió sobre su
pequeño embarazo—. Yo sí lo creo. Lo he creído desde que me enteré.
Tomé eso como una buena señal. Ninguna mujer que quisiera
abortar quería hablar esos detalles. Sonreí suavemente.
—Sí, nena. Creo que tienes un pequeño hombrecito ahí dentro. —Mi
sonrisa se agrandó—. Y conociendo a Twitch y su testarudez, se verá igual
a él. El pobre no tendrá opción.
Una pequeña sonrisa iluminó el rostro de Lexi.
—¿Y si es una niña?
Chasqueé la lengua.
—Una plaga para ti, mujer. Si tienes una niña ahí, y es la mitad de
bonita como su mamá… —Me recliné contra la silla y suspiré mientras
sacudía la cabeza—. Mierda. Es suficiente para que un hombre tenga
20
pesadillas. Por suerte Twitch no estará para verla irse en su primera cita.
Apenas esas palabras salieron de mis labios, quise retractarme.
Consumirlas mientras siguieran en el aire. Mi estómago se tensó y me
llené de ansiedad. Me sentí como un imbécil de primera.
Pero para mi sorpresa, Lexi sonrió de una manera que no había visto
desde la muerte de Twitch. Se rio un poco antes de suspirar.
—Es lindo hablar de él. Todos tienen tanto miedo de mencionarlo. A
veces creo que fue solo un fragmento de mi imaginación.
Apreté los labios.
—No tiene nada de malo hablar de quienes ya no están.
Se estiró hacia mí con una mano temblorosa. La atrapé a medio
camino, abrazando ese contacto. Nos quedamos así un rato antes de que
apretara los dedos.
—¿Julius?
Con la voz rasposa por el agotamiento, parpadeé, y respondí.
—¿Qué pasa, nena?
Sus susurros sonaban más a un ruego que un pedido.
—¿Te asegurarás de que el bebé lo conozca? ¿Las cosas buenas?
En ese preciso momento supe que Lexi estaría bien. Me sentí
abrumadoramente aliviado.
—Sí, Lex, puedo hacerlo.

****

—Tierra a Julius. ¿Um, hola? ¿Hay alguien ahí? —La voz de Ling me
trae al presente.
—¿Qué?
Arquea una ceja perfectamente delineada.
—¿Te sientes bien? Quizás deberíamos buscar un lugar cercano para
pasar la noche.
Sacudo la cabeza.
21
—No, estoy bien. Solo estaba perdido en mis pensamientos.
—Un lugar peligroso. —Su voz exuda sarcasmo.
Contengo una risa.
—No tienes idea, chica.
Concentrarte en el camino cuando estás cansado, es difícil. Y es peor
aún concentrarse en el camino mientras sientes unas uñas perfectamente
arregladas subiendo por tu pierna. Gruño una advertencia.
—Ling.
Replica suavemente.
—Tengo hambre.
Tomando su mano y colocándola en su propia pierna, murmuro:
—Nada para comer donde estás buscando.
Oigo su sonrisa cuando habla en un ronroneo.
—Puedo pensar en algo que podría satisfacerme.
Mi única respuesta es suspirar y sacudir la cabeza, rezando que no
note la tensión dentro de mis pantalones.
Me guste o no, Ling es una mujer hermosa. Está loca como una
cabra, pero es hermosa.
Suspirando ella también, mira por la ventana y se queja:
—Nunca quieres jugar conmigo.
Me rio a mi pesar.
—Cuatro años después, aún no lo comprendes. No cago donde
duermo, Ling Ling. —Arriesgo una mirada hacia ella—. Además, No juego a
tu particular variedad de juegos.
Sus ojos almendra hallan los míos, y aunque no sonríe, su mirada lo
hace.
—¿Qué? ¿Nunca quisiste poner tus manos sobre una mujer?
¿Hacerle saber cuánto lo quieres? ¿Que incluso si ella no quiere dártelo, lo
tomarás por la fuerza?
Al detenernos en un semáforo en rojo, lucho por poner los ojos en
blanco ante las inocentes palabras de una mujer inocente. Finjo pensarlo.
22
—Eso suena un poco a… mmm… ¿cómo se le dice? —Mi rostro se
endurece—. Ah, sí. Violación.
Ondea una mano hacia mí, sacudiendo su cabellera larga, y hace un
ruido que sugiere que soy un tono.
—Oh, por favor. Es completamente consensuado, y lo sabes.
La luz cambia a verde, y seguimos camino.
—¿Qué te mata más? ¿Qué no me interese eso, o que no soy el tipo
malo que crees que soy?
—Julius, no se trata de ser un tipo malo. —Su voz es suave—. Puedo
hacer que todos sean malos por una noche.
Esto no es regodearse ni alardear. Suena cansado y agotado en los
labios de una mujer peligrosa. Una depredadora. Y suena cansada de su
propio juego.
No es muy seguido que siento pena por Ling, pero esta es una de
esas veces.
Conducimos en silencio, parando en una estación de gas por
provisiones antes de llegar a la parada. El motel es tranquilo, como debería
serlo a las 3 de la mañana. Cuando entramos, aparece un joven por el
sonido de la campanilla de la puerta.
—¿Puedo ayudarlos?
Una lenta y codiciosa sonrisa se estira por los labios de Ling, y sus
ojos brillan excitados.
—Santo cielo. Ciertamente son grandes por estos lares.
El joven no saca su mirada de Ling, pero traga con dureza, su nuez
de Adán moviéndose incómodamente al hacerlo. Ella simplemente lo
empeora cuando hace un espectáculo de lamerse sus labios rojos fresa.
Por la forma en que él sigue el movimiento de su lengua con sus ojos, sé
que se pregunta si saben tan bien como se ven.
Sí lo hacen.
Ling y yo nunca llegamos al dormitorio, pero ha habido situaciones
en que sus labios hallaron los míos.
Tiene sabor a fresa. Puedo dar fe de eso.
23
Dejo caer mi billetera en el mostrador, y el joven salta, mirándome
sorprendido. Me tomo mi tiempo mirándolo de arriba abajo. Casi tan alto
como yo. Ling tenía razón. Sí es grande.
—¿Tienes disponibilidad?
El chico reconoce su lugar de inmediato.
—Sí, señor.
Pero no puede resistirse a la Afrodita en carne y hueso a mi lado. Le
lanza una mirada furtiva.
—¿Una habitación?
Cuando comienzo a responder afirmativamente, ella me interrumpe.
—No.
Me detengo para mirarla.
—Una habitación.
Alza una ceja de forma que indica que no le gusta mi tono. Vuelve a
mirar al chico y le da una sonrisa demasiado amable.
—Dos habitaciones, por favor, cielo.
Pero el chico se acuerda de mí.
—¿Señor?
Vuelvo a mirar a Ling. Entrecierra los ojos peligrosamente. Le lanzo
una mirada asesina antes de girar hacia el empleado.
—Dos habitaciones. Pero asegúrate que sean contiguos, hijo.
Vuelve a tragar. Su voz tiembla un poquito.
—Sí, señor. ¿Cómo van a pagar?
—Efectivo.
—Necesitaré ver una identificación.
Asiento.
—Claro. —Abro mi billetera, pero en lugar de sacar mi licencia de
conducir, saco cien dólares y los dejo en el mostrador—. Anotarás al señor
y la señora Sonny Jones. Nos quedaremos en cuartos separados porque
estamos peleados en este momento, dado que mi esposa… —señalo a
Ling—… Laura, está enojada conmigo porque miré a una mesera en el
24
restaurante local. —Hago una pausa—. ¿Me sigues?
Sin perder un segundo, se guarda el efectivo, asiente, y responde.
—Entendido.
Tomo mi bolso y me inclino para tomar el de Ling, pero ella lo aleja
de mi alcance. Se gira hacia el empleado.
—¿Podrías ayudarme con mi bolso, em…?
Pica el anzuelo.
—Sí, puedo. Y soy Cory, pero llámame Chip.
La risa de Ling retumba.
—Oh, claro que sí, cariño. ¿Y cuántos años tienes?
Me adelanto, conteniendo la risa, mientras Chip responde.
—Tengo dieciocho, acabo de terminar mi último año.
Ling camina a mi lado.
—Bueno, felicitaciones Chip. Eso es increíble. —En voz baja,
murmura—: Justo como me gustan.
—Compórtate —le susurro en voz baja sin mover los labios.
Resopla, antes de responder.
—¿Y qué tiene eso de divertido?
Nos detenemos en las habitaciones, y yo entro en la mía justo antes
de oír a Ling pedirle a Chip:
—¿Podrías meterla por mí, cariño? Acabo de hacerme la manicura.
Odiaría arruinarla.
Sin perder tiempo, me ducho antes de subir a la cama.
Una hora más tarde, estoy escuchando un concierto. Gritos de
pasión y dolor emanan del cuarto a mi lado. Me duermo con los sonidos de
sexo crudo de fondo mientras Ling hace que Chip sea malo por una noche.

25
2
Alejandra

M
i matrimonio no fue siempre de esta manera. Al principio,
fue todo lo que pude haber esperado. De hecho,
secretamente había deseado un esposo como Dino. ME
mantuvo completa. Fue un apoyo y paciente y amable. Dino se convirtió
rápidamente en mi roca.
Habiendo salido por seis meses antes de nuestra boda, rápidamente
aprendí que Dino Gambino era un hombre dulce y divertido. Amaba que
fuese posesivo y me mantuviera al alcance de su mano, siempre
tocándome, buscando confort y calidez. Era lindo ser necesitada por
alguien por una vez en mi vida.
Lo que no había esperado fue el lazo que habíamos formado en el
corto tiempo en que nos habíamos conocido. Éramos los dos contra el 26
mundo. Camaradas. Y pronto se convirtió en mi mejor amigo, la persona a
quien llamaba cuando necesitaba desahogarme sobre mi padre u oír una
voz familiar. Siempre me hacía sonreír y reír. Su actitud despreocupada
era contagiosa. Dino siempre podía sacarme de mis humores oscuros.
El día que nos casamos, miré a los ojos de mi mejor amigo y dije
“acepto” sin dudarlo.
Me consideré suertuda. ¿Cuántas personas podían decir que se
habían casado con su mejor amigo?
Mis hermanas nos miraron con admiración, asombradas de que dos
personas en un matrimonio arreglado podían ser tan felices. Les dio
esperanza.
Cuando se completó la ceremonia y nos dimos nuestro primer beso
como marido y mujer, Dino me inclinó, y me agarré a él mientras nos
reíamos en la boca del otro. Nuestras familias estallaron en un estruendo
de aplausos y clamores.
Verdaderamente estábamos unidos, entonces y para siempre.
Hasta que la muerte nos separe.
Esa noche, Dino me llevó a mi nuevo hogar. Ahí es cuando se puso
incomodo, para mí de cualquier manera. Era virgen. Durante una de
nuestras largas conversaciones nocturnas, había confesado esto, mi cara
calentándose con rubor. Golpeé mi palma contra mi frente en el
ensordecedor silencio que siguió.
¡Duh! Era la hija de dieciocho años de un jefe de la mafia. Por
supuesto que era virgen.
Pero Dino solo se rio entre dientes, y el áspero sonido pasó sobre mi
como una mantita de seguridad.
—Lo sé, Bella. No te preocupes de eso ahora. Hablaremos de eso
cuando tengamos qué.
Simplemente me hacía tan fácil ser yo misma, y lo apreciaba sin fin.
Independientemente de lo torpe que yo era, Dino me tomó en sus
brazos y me besó. Nos habíamos besado antes, pero no fueron nada como
este.
Este fue más lento, más profundo, y mucho más preciso, y sentí algo
removerse dentro de mí.
Claro, Dino era mi amigo, pero también era mi esposo, sin 27
mencionar impresionante. Esta era su noche marital. Yo creía en vivir en
matrimonio en cada sentido de la palabra. Quería hijos, y solo había una
manera de alcanzar ese objetivo.
Cuando se alejó y sus labios dejaron los míos, sentí la pérdida
dentro de mí. Vio hacia abajo en mis ojos.
—¿Está bien?
Asentí inmediatamente, entusiasta, y sofocó una risa antes de que
sus labios estuvieran en los míos nuevamente. Me tocó en todos los
lugares correctos, y por un momento, estuve horrorizada por la reacción de
mi cuerpo a él. Fue solo después de que Dino me explicara que todo lo que
estaba pasando era algo bueno que comencé a relajarme.
Sin madre ni tías que me dijeran qué esperar, todo lo que podía
hacer era confiar en Dino.
¿A quién más podría preguntarle sobre sexo? ¿Mi padre? ¿Mi
hermano?
No lo creo.
Me desvistió con tanto cuidado y me besó en lugares en los que no
había sido besada antes. Estaba perdida para mí misma. Voluntariamente
puse mi cuerpo al cuidado de Dino.
Cuando él comenzó a desvestirse, miré en silencio. Mientras más
ropas se quitaban, más alto tiraba la sábana, escondiéndome detrás.
Cuando la pieza final de ropa fue removida para revelar la única parte de
un hombre que no había visto nunca antes, deje caer la sábana,
parpadeando en shock.
¿Eso era eso?
¿Cómo mierda se suponía que eso iba a caber donde necesitaba
caber?
Yo no era ningún doctor, pero rápidamente deduje que la única
manera en que eso encajaría dentro de mí era con una cirugía mayor.
Se acercó un paso hacia mí. Me alejé.
Detectando mi vacilación, me preguntó que estaba mal. Tragando y
parpadeando, no hice ningún esfuerzo para esconder mi curiosidad. Luego
de poco tiempo, abrí mi boca, mi voz apenas un susurro.
—Esto va a doler. 28

La cara sonriente de Dino se desvaneció y luego se suavizó. Y para


mi sorpresa —y decepción— también lo hizo la parte de él en la que estaba
tan interesada. Mi estómago se retorció en una ráfaga de emociones
conflictivas. Estaba en parte aliviada, en parte entristecida.
Subió a la cama y me jaló a su lado. Estaba desnuda, pero no dudé;
me sostuve a él como había hecho cientos de veces antes. Este era mi
esposo, y no estaría avergonzada frente a él. Era obvio que la idea de
lastimarme era suficiente para enfriarlo. Lo tomé como una buena señal.
—Sí, esto va a doler. —Cuando mi cuerpo se puso rígido en sus
brazos, suavemente deslizo sus dedos sobre mi espalda, calmándome—.
Pero no durará mucho. Y solo la primera vez. Es el precio que pagas por el
placer definitivo.
Casi hice un puchero. Casi.
—No veo que te lastime.
Su cuerpo se sacudió con su risa silenciosa.
—Me lastimas, Alejandra. —Sentí sus labios en mi frente—. He
estado en constante dolor por seis meses seguidos.
Levanté mi cara para poder verlo a los ojos. Estaba confundida.
—¿Por qué?
Buscó en mi cara luego dulcemente ahuecó mi mejilla.
—Estando duro, nena. —Enfatizó esto, presionando su cadera a la
mía, su dura longitud quemando en mi estómago.
Mis ojos se abrieron con sorpresa.
¿Había estado así de duro por seis meses?
Pobre Dino.
No podría, y no dejaría a mi esposo sufrir un día más.
Pegando una sonrisa, me incliné y puse un suave beso en sus
calientes labios. Lo besé invitadora. Sin necesitar más estimulo, sus
brazos me rodearon, tirándome más cerca. Pasamos horas explorando al
otro, y estuve conmocionada pero gratamente sorprendida por la
experiencia de mi primer orgasmo.
Dino tenía razón.
Dolió.
29
Pero tuvo razón una segunda vez.
El dolor pasó.
Mientras Dino encontraba su liberación, yacía en sus brazos y me
encontré preguntándome cuándo querría hacerlo de nuevo. Establecí con
bastante rapidez que Dino quería hacerlo cuando nuestros horarios lo
permitían, y en ocasiones, incluso cuando no.
No estaba exactamente disgustada por ello. Me gustaba el sexo. Más
importante, me gustaba el sexo con mi esposo.
Por cinco meses, nuestra relación fue asombrosa.
Luego una noche, Dino confesó que estaba enamorado de mí.
Decir que estaba aturdida es dejarlo corto. Estaba estupefacta.
Dino era un hombre inteligente. Ambos vinimos a este matrimonio
sabiendo que era. Estaba feliz con la idea de tener una fuerte amistad con
mi esposo, y, por supuesto, tenía un profundo respeto por él. No quería
verlo infeliz. Pero no lo amaba. Y no podía entender por qué él complicaría
nuestra relación con emociones floreciente.
Respondí con un “Gracias”.
Esta no era la respuesta que Dino había esperado. Se alejó de mí.
Miré su dolor transformarse rápidamente en ira. Me preguntó si lo amaba
también, y fui honesta.
Una lección para el futuro: La honestidad no es la mejor política.
Ante mis ojos, el hombre con el que me había casado, mi mejor
amigo, se había transformado en algo oscuro. Algo atemorizante.
Parte de mí siempre había sabido que Dino era un hombre peligroso,
pero aún tenía que ver ese lado de él.
Luego hice algo estúpido. Le dije a Dino que me preocupaba
muchísimo por él, que era mi mejor amigo.
Esto solo erizó su ira.
Dino se fue esa noche. Recogió sus llaves, dejó su billetera y condujo
lejos de mí. Frenética con preocupación, llamé a su celular y le envié
incontables mensajes pidiéndole que vuelva a casa. Exhausta y triste por
este giro de acontecimientos, me quedé dormida en nuestra cama marital.
Despertarme en medio de la noche, escuchando la voz de Dino envió
30
oleadas de alivio por mis venas. Vistiéndome con una bata, bajé por las
escaleras, determinada a acabar con esta pelea antes de que se pusiera
peor.
En cuanto a peleas, esta era algo inusual.
Caminando dentro del salón familiar, me incliné y encendí la luz. La
imagen que me recibió estaría por siempre quemada en mi mente.
Dino se sentaba en el sofá, el sofá que habíamos elegido juntos una
semana antes de nuestra boda, mientras una mujer joven chupaba su
pene con gran entusiasmo.
Me quede ahí, pegada en mi lugar, viendo.
La cabeza de la mujer se balanceaba mientras trabajaba en la polla
de mi esposo. Luego Dino abrió sus ojos. Estaban inyectados en sangre.
Parpadeó lentamente luego su mirada calló en mí. Y sonrió. Sonrió con esa
deslumbrante sonrisa que amaba.
Nunca estaría afectada por esa sonrisa de nuevo. Esa sonrisa estaba
muerta para mí.
Bajando su mano, agarró un puñado del rubio cabello de la mujer y
la empujó hacia abajo más fuerte, forzándola a trabajar más duro. Y lo
hizo, atragantándose pero gimiendo al mismo tiempo.
La culpa es mía. Estúpidamente olvidé como las personas
reaccionaban a hombres como Dino. Y secretamente, en algún lugar
dentro de mí, deseé estar afectada por él en la manera en que esta mujer
lo estaba. Pero no lo estaba.
Y ahora, nunca lo estaría.
Con palabras arrastradas, profirió un helado:
—Hola, nena. ¿Quieres unírtenos?
La mujer se giró para enfrentarme, levanté una mano a mi boca. No
era mayor que yo. Su ceño se frunció, y preguntó:
—¿Quién es esa?
Dino y yo respondimos al unísono.
—Mi esposa.
—Su esposa.
31
Con el corazón adolorido por la traición de mi esposo y amigo, forcé
una sonrisa.
—Diviértete. —Me las arreglé para dejarlo salir, antes de girarme y
caminar lejos. Escuché a Dino rechinar:
—Lárgate de aquí. —Seguido por un jadeo femenino y un ligero golpe
cuando la empujó al piso.
Sería el primero de muchos incidentes iguales.
La puerta principal se abrió y cerró cuando la mujer salió. Pasos me
siguieron por el pasillo. Mientras mi pie aterriza en el primer escalón, una
fuerte mano agarro mi codo y me jaló hacia atrás con fuerza. No
acostumbrada a este tipo de tratamiento.
—¡Oye! —grité indignada. Luego estuve contra la pared con una
amenazadora mano alrededor de mi cuello.
La mano descansó ahí en advertencia y los ojos de Dino ardieron.
—¿Celosa?
¿Celosa? No. ¿Sintiéndome traicionada y enojada? Sí.
Tragué duro a la mirada en sus ojos, y susurré:
—No.
El impacto de su mano sobre mi mejilla me tuvo soltando un
sorprendido grito.
Miré a Dino Gambino y rápidamente me di cuenta que estaba en
problemas, y no conocía a mi esposo en absoluto. Traté de nuevo.
—¿Dino, qué es esto?
La mano alrededor de mi cuello se apretó ligeramente. Inclinándose
en mi cara hasta que nuestras narices se tocaban.
—Estabas destinada a quererme —gruñó. Luego me besó. Sabía a
whiskey y caramelo de limón. Antes de esta noche, me gustaba ese sabor.
Hoy, estaba petrificada. Contra mis labios, preguntó—: ¿Me amas?
No respondí, esa siendo mi respuesta.
La respuesta no verbal de Dino fue abofetearme, más fuerte que la
vez anterior.
Un jadeo sorprendido me atravesó. Garganta congestionada,
parpadeé a través de mis lágrimas y traté desesperadamente de contener 32
esta situación rápidamente declinante. Luchando para respirar, mi pecho
pesaba mientras mi corazón latía fuera de mi pecho.
Estaba en tremendo problema, y nadie estaba viniendo a salvarme.
—¿Me amas, Alejandra?
Le habría dicho que lo hacia esa vez, de haberme dado tiempo de
contestarle. Abriendo mi boca un segundo muy tarde, en impacto de un
tipo diferente de bofetada me golpeó.
Dino me había dado un puñetazo. Me golpeo justo en la boca.
Nunca había sido golpeada antes de esa noche. La abrumadora
cantidad de dolor que irradiaba de mi rostro palpitante también era nueva.
Había tenido la rara pelea con mis hermanas cuando había sido golpeada
en un momento de ira, pero esos momentos siempre eran seguidos por el
remordimiento instantáneo de parte de la persona responsable. Nunca he
experimentado ira como esta. Estaba visiblemente agitada. No podía
pensar en nada más que, ¿quién es este hombre?
Tirada al frío y duro piso, el sabor metálico de la sangre inundó mi
boca. Mi labio hormigueó y comenzó a hincharse, y mi diente se sentía
suelto. Intenté tragar, pero su mano se apretó en mi cuello, levantándome
por este. Estrellas explotaron ante mis ojos cuando Dino estrelló mi cabeza
contra la pared. No había manera de salir de esto.
Había dicho mis votos. Esta sería mi vida hasta que Dino decidiera
tomarla por la suya.
La comprensión de que solo yo podría cambiar cómo esto llegaba a
su desenlace me golpeó con una fuerza como ninguna otra.
Dino me preguntó por tercera y última vez:
—¿Me amas, Bella?
Esta vez, respondí sin rastro de duda. Mi cuerpo se estremeció.
Respirando rápidamente a través de mi nariz sangrante, mentí con un
susurro temeroso.
—Sí, Dino. Te amo.
Deteniéndose, se rio entonces, un sonido frío. Aflojando su agarre,
pero nunca dejándolo ir, escuché una línea de alivio en su voz.
—Sabía que lo hacías. —Sus labios descendieron, y me besó duro.
Terminé mi estremecimiento. Aún estaba asustada de Dino, pero algo de la
33
gentileza que conocía había regresado. Mordisqueó mi labio
ensangrentado, alejándose para verme a los ojos. Me miró sin pestañear
antes de confesar un desesperado—: Yo también te amo, nena.
Su mano acaricio mi mejilla amoratada, y sus nudillos pasaron
sobre mi labio partido, forzando un siseo fuera de mí. Viéndose de alguna
forma preocupado, Dino puso su brazo sobre mis hombros y me condujo
arriba. Me guio dentro del baño, tan gentil como fuera posible, mojó un
trapo y me limpió. Enlazando sus dedos con los míos, hizo el intento de
acompañarme a la cama. Dudé. Los ojos de Dino encontraron los míos,
una ceja interrogante levantada.
El monstruo dentro recientemente liberado, forcé una sonrisa que no
alcanzó mis ojos y miré hacia el baño. Entendió la indirecta, con un ligero
beso en mis labios inflamados, me dejó para aliviarme en paz. Cuando
cerré la puerta del baño, las compuertas se abrieron. Me abracé fuerte por
la cintura, colapsando en el piso con sollozos silenciosos.
No sé cuánto tiempo pasó antes de que Dino golpeara la puerta del
baño preguntando si todo estaba bien. Bajando la válvula, lavé mi cara
manchada de lágrimas y caminé fuera para dormir en mi cama marital con
un hombre que me había levantado la mano.
Mi esposo me hizo el amor esa noche. Me amó tan dulce y gentil que
luego de que se hubo dormido, lloré silenciosamente en mi almohada con
alivio. Me sostuvo durante la noche, sus brazos familiares y su cuerpo
tibio.
Cuando desperté en la mañana, encontré a Dino sentado a los pies
de nuestra cama, desnudo, acunando su cabeza en sus manos. Mis
movimientos alertándole de mi reciente despierto estado, me miró. Aun
insegura, halé la sábana hasta mi barbilla e intenté lamer mi labio, pero
mientras mi lengua pasaba sobre el corte, me estremecí. No vería lo que él
notó en mi rostro hasta más tarde ese día, pero su reacción lo decía todo.
Yo era un desastre. Y él estaba arrepentido.
—Lo siento —susurró, su voz temblorosa.
La esperanza se encendió en algún lugar dentro de mí. Una pequeña
flama que abanique furiosamente, desesperadamente, rehusándome a
dejarla desvanecerse en la oscuridad.
La oscuridad no era una opción.
Me rehusaba a creer que me había casado con un monstruo. Estaba
segura que la noche anterior había sido una situación de una sola vez.
34
Estaba equivocada.
3
Julius

C
ansado, frustrado y hambriento, me siento en el borde de la
demasiado suave cama de hotel mientras me pongo mis
zapatos y después los ato.
Me digo a mí mismo que esté tranquilo, pero Ling y su cita de
graduación, Chip, me mantuvieron despierto anoche. No me siento muy
indulgente. Juro por Dios, que si la oigo murmurar alguna palabra de
queja sobre lo cansada que está, le golpearé su flaco trasero cubierto de
Gucci.
Encaminándome al baño, paso una mano por mi cabello, cepillo mis
dientes y me lavo la cara. Las bolsas bajo mis ojos no tienen buen aspecto,
especialmente cuando tengo programada una reunión. Agitando mi cabeza
ligeramente ante mi reflejo, suspiro murmurando entre dientes: 35

—Jodida Ling.
La mujer es un verdadero dolor en mi culo.
Paso mis manos sobre la chaqueta del traje y después me marcho,
levantando la bolsa por el camino. Me deslizo las gafas de sol y me
aproximo a la puerta de Ling. Golpeo fuerte una vez. Cuando ella no
responde inmediatamente, me muerdo el interior de mi mejilla con enojo.
Cuando levanto la mano para golpear de nuevo, ella abre la puerta.
Mis ojos van a la deriva sobre ella. Está vestida, maquillada,
arreglada y lista para salir. Sus labios rojo cereza se curvan en una
sonrisa y cuando no veo ni un solo destello de cansancio en su cara, mi
cabreo diez veces más.
Pero entonces ella hace algo que me recuerda por qué aún me
mantengo a su alrededor.
—Buenos días, rayo de sol. —Radiante, me tiende una bolsa de
papel y una taza de café para llevar en el tamaño más grande disponible.
Puntos extra para Ling mientras advierto que la bolsa de papel tiene restos
de grasa en ella.
Con un gruñido, agarro la bolsa y el café en una mano y después me
estiro y levanto la bolsa de Ling primero y luego la mía con la otra mano.
Encaminándome al auto, oigo su suave risa tras de mí.
—¿Qué te está mordiendo el trasero esta mañana? —Pasa a mi lado
y se coloca en el lado del asiento del pasajero, su sonrisa se vuelve
ladina—. Si me lo preguntas amablemente, te diré lo que mordió el mío
anoche.
Mis labios se curvan mientras abro el auto, y me meto dentro,
arrojando nuestras bolsas en el asiento trasero. Oír más risas femeninas
solo empeora mi humor.
Tomo un muy necesario sorbo de café. Está más bien templado pero
fuerte. Mierda, podría estar frío jodidamente congelado, y aún lo trataría
como un amante. Abriendo la bolsa, rebusco dentro, y mi estómago gruñe
fuertemente. Lo que sea que esté dentro huele bien, lo alcanzo y, sin parar
a inspeccionarlo, desenvuelvo la mitad de un sándwich y le doy un
monstruoso bocado. El sabor me golpea, y gimo. Tragando, tomo otro
bocado de hamburguesa de tocino y huevo, apenas masticándola antes de
tomar un nuevo mordisco.
Siento unos ojos en mí. Aun masticando furiosamente, me giro hacia
36
Ling y paro a medio mordisco.
—¿Qué? —mascullo, con la boca llena.
Sus labios se curvan con repulsión mientras sus cejas se elevan.
—Nunca me acostumbraré a la forma en que comes. Eres un cerdo.
—Simula estremecerse—. Asqueroso.
Arrojando el último cuarto de hamburguesa en mi boca, le hablo de
ello.
—Viejas costumbres. —Levanto el vaso de café y tomo un sorbo—. Si
alguna vez hubieses estado en prisión, lo entenderías.
Los ojos de Ling me miran con incredulidad antes de girarse a mirar
por la ventanilla.
—Conozco a montones de personas que han estado en prisión. Los
follé también. —Me apunta con una mirada—. Y no comen como cerdos.
Arranco el auto y le respondo tranquilamente.
—Seguro que lo hacen. En privado.
En prisión, todo lo que tenías entre tú y tu comida era la cantidad de
tiempo en que podías conseguir meterla en la boca antes de que alguien
más grande y más fuerte, viniese y decidiese que la necesitaba más de lo
que tú lo hacías. Si no comías más rápido, no comías en absoluto. En mi
primera semana en el reformatorio, fui afortunado si me las arreglaba para
comerme la mitad de mi comida antes de que me la quitasen. Rápidamente
llegué a saber el orden jerárquico y no me gustó.
Así que lo cambié.
Un mediodía, un tipo más mayor, más grande y mucho más malo
deslizó mi bandeja ante mis narices. Para el momento, había tenido
bastante. Ya era frío y solitario en el suelo de cemento de ese maldito
agujero que llamaría casa durante los próximos años, así que si podía
evitar estar hambriento, entonces iba a hacerlo.
Rápidamente me di cuenta que si quería comida, iba a tener que
luchar por ella.
El reformatorio es menos una prisión y más un zoológico. Muestras
tu tamaño y dominación, y los otros te dejarán en paz. El hambre le hace
cosas a la gente. Alimenta la ira y la irritación. Esa ira e irritación pronto
se convierten en furia cruda y antes de que lo sepas, estás clavándole un
37
pincho improvisado en la barriga a un tío, con el que hace una semana
estabas jugando al baloncesto. Puede conseguir incluso que la más
agradable de las personas haga cosas que no se había imaginado posible.
Me recuerdo levantando la bandeja sobre mi cabeza y dejándola caer
sobre la del otro chico, el ataque insospechado le dejó despatarrado en el
sucio suelo. Me recuerdo levantando ese pegajoso, delgado y normal trozo
de plástico y enterrárselo, una y otra vez, las sacudidas de su cuerpo
trayéndome un enfermo sentido de satisfacción.
Recuerdo el atronador rugir de la sangre en mis oídos y al otro tío
sangrando en el suelo, inmóvil. Y también recuerdo que me agaché y
alcancé bocados de comida del suelo, arreglándomelas para comer alguno
antes de que me llevasen los oficiales. Recuerdo la mirada en las caras de
los otros chicos mientras era escoltado al agujero.
Nadie más volvió a tomar mi comida de nuevo. Seguro, yo no era el
más grande o el más fuerte, pero hice mi declaración. Ahora ellos sabían
que habría consecuencias para sus acciones si venían por mí.
No fue mi última pelea en el reformatorio, pero costó un montón
hacerme pelear otra vez. La única cosa en la que encontraba consuelo era
en ser capaz de mantenerme calmado durante más tiempo que la mayoría.
Mi control estaba cerca de ser inquebrantable, y los chicos venían a mí por
consejos o para que les escuchase. Esa primera pelea cimentaría mi papel
en el reformatorio. Me lo había ganado sin siquiera saber que estaba
luchando por él. Era jodidamente bueno en ello sin embargo, y mientras
los años fueron pasando, me gané un nivel tácito de respeto entre mis
compañeros. De nuevo, no sabía que lo quería, pero el tenerlo me dio una
pulgada de poder que no había tenido antes. Era bastante gracioso que eso
me llevaría a mi actual papel en la vida.
El sabor del poder es dulce en la lengua.
Acabando lo último de mi café, arrojo la taza vacía en la bolsa de
papel y se la alcanzo a Ling. Ella la agarra sin preguntar, y yo salgo del
solar del aparcamiento, conduciendo al oeste, haciendo una salida corta
antes de bajar el volumen de la radio para preguntar:
—¿Detalles?
Ling revuelve un momento antes de localizar su compendio Oronto.
Da la vuelta a la primera página y lee en voz alta:
—Disputa entre las familias Castillo y Gambino. Castillo tienen sus
manos en todas partes. Armas, dinero sucio y mujeres. Gambino es un
caso clásico. Drogas, protección y sobornos. Los Castillo tienen un hijo 38
único, Miguel, es el contacto. Unos cuantos años atrás, Castillo y Gambino
llegaron a una tregua. El mayor de los hijos de Gambino, Dino, se casó con
la mayor de las hijas de Castillo, Alejandra.
Sin rastro de emoción, murmuro un frío:
—Qué dulce.
Ling resopla una risa.
—De todas formas, vas a adorar esto.
Señalando la página con una uña de manicura perfecta, anuncia con
regocijo:
—Los Gambino… no saben que estamos llegando.
Bien, eso ya era jodidamente genial.
—Por favor dime que esta es una disputa menor.
—Por supuesto. —Prácticamente puedo oírla sonreír—. Solo un
homicidio.
—Maldición —murmuro, tomando una respiración profunda.
Levantando sus manos, la estúpida hace todo lo que puede para
esconder su sonrisa, pero no puede hacerlo del todo.
—¿Qué? No es como si no hubiéramos hecho esto antes.
Mis ojos se deslizan sobre ella, mi expresión atrapada en algún lugar
entre has debido perder tu jodida cabeza y te golpearé el trasero, mujer.
—Sí. ¿Solo que esas otras veces? Yo estaba jodidamente preparado,
y así ellos también lo estaban.
Se echa hacia atrás en su asiento, dejando caer la cabeza y
suspirando. Con los ojos cerrados, murmura un distante:
—Jesús, eres caliente cuando estás enojado.
Y todo lo que puedo hacer es mirar hacia el cielo y rezar.
Querido Señor, Jesús, soy un hombre paciente, pero no soy un jodido
santo.
Dándome un momento para calmarme, conduzco en silencio.
Después de un corto tiempo en la carretera, Ling me pregunta.
—¿Quieres follar?
39
Algunas veces, me pregunto sobre esta mujer.
Girándome lentamente, me quito las gafas de sol. Mi mirada grita
que está empujando su suerte. Sus expertos ojos de inocencia hacen que
mi sangre se cuaje. Continuo mirando mientras ella estalla en risas.
—¡Es una broma! —declara.
Vuelvo la cara a la carretera, y murmuro:
—Ja, já, hijaputa.
Su delicada mano invade mi espacio. Me frota el hombro.
—Oh, vamos. Era una broma. Solo estoy bromeando.
Completamente bromeando. —Su mano inmovilizada, admite—. A menos
que estés dentro. —La ira burbujea en mi barriga, mientras concede
alegremente—: ¡Broma!
Tengo que admitirlo. Me gusta Ling. Cuando Twitch la tenía,
pensaba que estaba loca. De hecho, más de una vez, le dije que tenía que
quitársela de encima. Ahora, no estoy diciendo que no esté loca, pero no es
una mala persona. En los cuatro años que llevamos compartidos, ha
crecido una amistad. Una noche después de una borrachera, una Ling
bebida admitió que yo era su primer amigo, y que no sabía qué hacer con
eso. Mi rechazo a tener sexo con ella de alguna forma me había ganado su
respeto. Saber que había sacado una parte de ella que otra gente
raramente veía... fue agradable. Nadie más había llegado a ver a Ling la
comediante o Ling la que se preocupaba. Otra gente conseguía ver a Ling
la bruja y, más frecuentemente, Ling la puta.
Pero a ella le gusta de esa manera. Esa es su cubierta de protección.
Su manta de seguridad.
Hay mucho más en Ling de lo que ve el ojo. Cuatro años más tarde,
y aún no la conozco. Tiene capas, e incluso con las que he pelado, no estoy
ni cerca del centro. Demonios, apenas he escarbado la superficie.
—¿Por qué no quieres follar conmigo? Sabes que no afectaría a
nuestro trabajo. Montones de hombres piensan que soy bonita. —Aunque
la pregunta suena superficial, me mira pensativamente.
—Eres bonita. —Le doy una mirada furtiva—. También creo que las
serpientes son bonitas. Pero eso no significa que quiera que me chupen la
polla.
Su pequeña mano me golpea en el hombro, y consigue una sonrisa.
40
—Eres un idiota. —Pero oigo la sonrisa en su voz—. ¿Quieres el resto
del archivo, o tan solo te vas a lanzar?
—Dámelo.
Lee para sí misma, después murmura:
—Oh, y la trama se hace más gruesa.
Genial. No me molesto en endulzar mi frustración.
—¿Quieres compartir? ¿Quizás en algún momento de este año?
—El tipo muerto, Raul Mendoza, era el enamorado del Instituto de
Alejandra Castillo. Y toma ya… estaba casado con la hermana más joven
de Alejandra, Veronica. Dino Gambino ha sido acusado del homicidio.
Mis cejas se levantaron. ¿A qué clase de tormenta de mierda nos
estábamos encaminando?
—¿Alejandra y Raul tuvieron un amorío?
Ling agita la cabeza.
—No, de acuerdo con esto. Alejandra es una esposa modelo y es leal
a su marido. Ama a Dino. Ellos están felizmente casados de acuerdo a
nuestras fuentes.
Lo pienso un rato, antes de preguntarle.
—¿Y tú qué opinas?
Sin dudarlo, Ling responde.
—Creo que el camino a la verdad pasa por la esposa.
Bingo.
Sonrío para mí mientras me pregunto cómo voy a hacer que la
esposa traicione a su marido.
Una hora de conducir y llegamos a nuestro destino. Nos detenemos
en la residencia de Eduardo Castillo. Aproximándome al intercomunicador,
presiono el botón, y anuncio:
—Julius Carter y Ling Nguyen, por petición de Miguel Castillo.
El timbre chasquea antes de que las anchas puertas de hierro
fundido se abran lentamente. Despacio, me dirijo por el sendero de grava,
divisando los perfectamente cortados setos y las estatuas artísticas que 41
bordean la entrada. La mansión luce tal como me la había imaginado. El
exterior exige atención, y sin siquiera mirar el interior, diría que será igual
de exigente.
Mientras me aproximo a la entrada, un hombre bien vestido con
gafas, un auricular y un traje de chaqueta negro con una C en cursiva
grabada en el bolsillo, avanza hacia el auto. Abriendo la puerta, extiende
su mano. Salgo del vehículo y le alcanzo las llaves, y caminando alrededor
del auto, le abro la puerta a Ling y la escolto fuera. Subimos los escalones
para ser saludados por un hombre más cercano a mi edad. Su apariencia
es más dura que sus años. Alto y macizo, sus ojos marrones vagan por
Ling. Sus ojos destellan. Recorre con una mano su revuelto cabello negro.
Extendiendo una mano, la estrechamos mientras se presenta.
—Señor Carter. Soy Miguel Castillo. Gracias por venir. No sabía que
traería a —sus ojos descansan en los llenos labios de Ling—, una invitada.
Ling sonríe.
—Hola, Señor Castillo. Mi nombre es Ling. Soy la asistente personal
del Señor Carter. Es un placer conocerle.
Miguel inmediatamente se calentó con ella.
Tomando su mano, le besa los nudillos.
—Me disculpo, Ling. No quise ser maleducado. Por favor, debes
llamarme Miguel.
Mientras levanta la mirada hacia mí, pierde la sonrisa.
—Vamos. Completaré todo lo que necesiten saber. Los Gambino
estarán aquí en una hora. No tenemos tiempo que perder. —Miguel nos
guía al vestíbulo—. Me disculpo por adelantado, pero debo pedirle que
saque cualquier arma que lleve consigo. Mi padre se lo tomaría como un
insulto personal.
El mensaje está claro.
No insultes a Eduardo Castillo.
Con un asentimiento, saco mi amor del bolsillo interior de mi
chaqueta. Una pistola calibre 45 grabada para mí. Twitch la hizo para mí
en mi treinta cumpleaños. El chico no tenía un hueso sentimental en todo
su cuerpo, pero este regalo era algo que atesoraría para siempre. Permito a
Miguel colocarla en una caja fuerte bajo las escaleras. Ling alcanza su
chaqueta y saca un puñal, un spray de pimienta y una pequeña pistola
calibre 22. Miguel empieza a tomarlas cuando Ling tose, recuperando su
42
atención. Mete la mano en el dobladillo de su falda, los ojos puestos en
Miguel, subiendo lentamente por su muslo. De un lugar que no quiero ni
pensar, saca otra pistola calibre 22 y otro cuchillo curvo.
Miguel y yo nos quedamos mirándola, y mientras Miguel la observa
con asombro, mis ojos le sonríen a mi pequeña viborilla favorita.
Nuestro momento de mirarnos fijamente se termina cuando Ling se
encoge de hombros lenta y seductoramente.
—Eso es todo.
Miguel sonríe entonces, sorprendido, antes de girarse hacia mí.
—¿Asistente personal, eh? ¿Cuánto me costaría tener un asistente
personal como esta?
Ling se pone a mi lado, colocando delicadamente un brazo en el
hueco de mi codo. Una sonrisa ladina le cruza la cara, haciéndole parecer
más peligrosa de lo normal.
—Tu vida.
Caminando por delante de Ling, lucho con mi sonrisa mientras
escucho murmurar con gravedad:
—Definitivamente necesito una de estas.
Miguel nos dirige a la sala de conferencias, y después de ayudar a
Ling a sentarse, me siento. La expresión de Miguel se ha tornado
repentinamente preocupada.
—Raul Mendoza era mi cuñado. Mi hermana Veronica se casó con él
hace tres años. El pasado lunes, Raul no volvió a casa.
—¿Esto era inusual para él? —pregunta Ling.
Miguel asiente.
—Oh, sí. Él amaba a mi hermana. Siempre iba a casa cuando decía
que lo haría, y si iba a retrasarse, llamaba. Pero tan solo... desapareció.
¿Desapareció?
—Entonces, ¿cómo saben que ha sido asesinado?
Una sonrisa frunce los labios de Miguel.
—Porque alguien entregó a Raul en casa. —Me dispara una mirada—
. Para ser más exacto, entregó el cuerpo de Raul en la cama de matrimonio
mientras mi hermana dormía.
43
Una ceja perfectamente depilada se alza mientras Ling pregunta.
—¿Veronica no se despertó?
Miguel agita su cabeza.
—Ella se despertó a la mañana siguiente al lado de su marido
muerto. Después de gritar y llorar, intentó tomar el teléfono y llamar a
nuestro padre, pero se sentía desequilibrada. Le llevó cinco minutos
marcar el número. Su visión era borrosa. Se sentía atontada y con
nauseas.
Juego sucio.
—Alguien la drogó.
Miguel extendió su brazo a su costado.
—Quizás.
Pienso durante un momento.
—Y creo que Dino Gambino hizo esto. ¿Por qué?
Miguel se sienta otra vez, sus ojos puestos en la mesa de madera de
caoba, claramente pensando con mucho detenimiento su respuesta.
—He visto cosas, oído cosas, sobre mi cuñado Dino que me han
hecho preguntarme.
Es crítico que tenga toda la información que necesito aquí.
—Pero tu hermana Alejandra es feliz en su matrimonio, ¿no?
Miguel levanta un hombro.
—No estoy seguro que pueda fingirse una felicidad como esa. Si
Alejandra está fingiéndolo, ella se merece un premio. —Suspira—. Veo
cómo Dino la mira cuando piensa que nadie le está observando. La manera
en que la agarra del brazo demasiado apretado y las silenciosas miradas
que se dan el uno al otro.
Ling aporta.
—Todos los amantes tienen peleas.
Los ojos de Miguel arden.
—Él es un hombre celoso. Cuando descubrió que Raul y Alejandra
habían estado saliendo, se levantó en medio de una cena familiar, agarró a
Alejandra de un brazo y se marcharon. No se dijo ni una palabra. —Sus
ojos se tornaron glaciales—. Le faltó al respeto a mi padre, le faltó al
44
respeto a mi familia. —Se detuvo un momento—. A la siguiente semana,
Raul estaba muerto.
Puedo ver que el hombre tiene las ideas muy claras sobre esto, pero
acusar a un hombre de matar en una reunión familiar con la información
que tenía...
—No es suficiente.
Una pequeña parte del fuego de Miguel se desinfla.
—Lo sé.
Con el debido respeto, pregunto:
—¿Qué tendría que hacer?
Los ojos de Miguel se vuelven suplicantes.
—Hablar con Alejandra. En privado. Pregúntele dónde estaba Dino
esa noche. Si no estaba en casa, entonces es culpable. Él mató a Raul. Lo
sé. Lo siento en mis huesos. —Ante mi duda, habla más bajo—. Por favor.
Estoy para que juzgues. Tan solo juzgues.
Hace cuatro años, me habría marchado con mi dinero y nunca
hubiese vuelto a mirar atrás, pero las cosas habían cambiado. Me giro
hacia Ling. Su discreto asentimiento es todo lo que necesito.
Con un firme asentimiento, me pongo de pie y me aliso la chaqueta.
—De acuerdo. Hablaré con Alejandra.

45
4
Twitch

Una semana antes…

A
medida que camino a través de la calle de la ciudad
cabizbajo, mi sudadera actuando como camuflaje, suspiro con
irritación. Cada segundo que pasa me recuerda que no estoy
en casa.
En cambio, me encuentro aquí. En una misión.
Jodido Jesucristo, detesto la ciudad. Luces brillantes, bocinas
sonando, un inconfundible olor a muerte en el aire mientras las personas
caminan con sus teléfonos móviles pegados a sus orejas y creyéndose los 46
ombligos del mundo.
Cuando me acerco al edificio, me dirijo al callejón. Tengo que esperar
otros quince minutos antes que tenga vía libre para entrar.
Saco mi teléfono y escribo un mensaje rápido.
Yo: Apunto de tener un encuentro con #1
Un minuto pasa antes de recibir respuesta.
Happy: Haz que la visita sea corta. Tengo que hablar contigo.
Mi pecho se tensa. Antes de poder pensarlo, marco y llevo el teléfono
a mi oreja. En el segundo que responde, pregunto un conciso:
—¿Qué sucede?
Happy baja el teléfono un momento antes de que yo oiga pisadas.
—¿Estás demente? No llames así de la nada, imbécil. Tenemos un
procedimiento —sisea en la línea.
A la mierda eso.
—Algo sucede. ¿Qué es?
Suena exasperado.
—Nada sucede, hombre. Jesús, solamente…
En el fondo, escucho la voz de un niño.
—Tío Happy, ¿quieres helado?
Mierda. Demonios.
Mi respiración se agita; mi voz se vuelve ronca.
—Es él, ¿cierto?
Ignorándome completamente, Happy le responde a mi hijo:
—Diablos, sí. Dile a tu mamá que quiero que el mío tenga mucho
caramelo líquido encima. —Mis ojos se cierran de dolor ante la mención de
Lexi. Entonces Happy está de regreso con un suspiro—. No puedes llamar
así, T.
Desprovisto de emoción, respondo con un susurrado:
—Lo sé.
—Joderás todo.
47
—Lo sé.
Un momento de silencio, entonces Happy murmura:
—Su cumpleaños es la semana que viene.
Ya lo sé. ¿De verdad cree que me olvidaría algo como el cumpleaños
de mi propio hijo? La razón por la que estoy aquí es él. Porque lo amo
demasiado. Mi mandíbula se cierra con fuerza y lucho contra la urgencia
de apretar los dientes, me tranquilizo.
—Lo sé.
Happy declara:
—Sé que lo sabes, idiota. Quería hablar contigo, porque quería darle
algo tuyo, pero quería tu aporte.
Y así como así, mi enfado decae.
—Eso es uh… —Toso—. Es realmente agradable. Gracias, hombre.
—No hay problema. Estaba pensando en tus gemelos de cráneo y
huesos cruzados.
Esos eran mis gemelos preferidos. Sonrío.
—Creo que es una buena idea.
Escucho la sonrisa en su voz.
—Muy bien entonces. —Hay un momento de duda antes de que
pregunte—: ¿Cuánto tiempo más vas a estar fuera, T? Casi tiene cuatro.
Está creciendo sin ti, hombre.
No tenía ánimos para un sermoneo, respondo con un brusco:
—Tanto tiempo como lo requiera. —Entonces cuelgo.
Me quedaré aquí por siempre si es necesario. Haré lo que tenga que
hacer para mantener a salvo a mi familia.
Regresando el teléfono a mi bolsillo, compruebo la hora.
6:59 p.m.
Saliendo del callejón, sujeto mi identificación falsa, me acerco al
intercomunicador y presiono el timbre.
—¿Sí?
Murmuro un aburrido:
—Oye, tengo una entrega urgente para un tal Andrew Ivanon. 48

El intercomunicador sisea un:


—¿Te refieres a Andrei Ivanov?
—Sí, claro. Él.
—Está bien. Ahí voy.
Resoplo a través de los labios para luego rascarme la barbilla.
—Eh, sí, no puedo hacer eso. Necesito la firma del hombre en
persona. Algo sobre papeles de la corte o alguna mierda así.
Una leve pausa, y luego:
—Espera un momento, por favor. —Me paro junto a la puerta,
silbando torpemente. Cuando el intercomunicador vuelta a sisear, la voz
me dirige—: Ve a la entrada lateral. Te escoltaré.
Cielos. Están haciendo esto demasiado fácil. Andrei debería estar
indignado.
Camino de regreso al callejón y espero en la puerta de seguridad.
Cuando ésta se abre, dos oficiales armados de seguridad me saludan con
lo que estoy seguro creen que son expresiones intimidantes. En respuesta,
alzo mi placa UPS y arqueo las cejas.
—Cualquier día, chicos. Una vez entregue esta carta, estoy fuera de
servicio.
El más alto de los hombres me entrega un libro, y firmo sin dudarlo.
El segundo hombre me acompaña al ascensor. Cuando entra conmigo,
lucho para no fruncir el ceño. Teclea el tercer piso, de acuerdo al plan, mi
teléfono comienza a sonar. Haciendo gala de sacarlo de mi bolsillo, susurro
un:
—Lamento eso. —La alarma suena más y más alto hasta que el
ascensor está bramando con los sonidos de aves piando y una suave
canción de piano. Grito por encima de la alarma—: La puse para recordar
ver Survivor.
La alarma finalmente se apaga, el guardia de seguridad se toma un
momento de silencio, antes de murmurar:
—Estoy seguro que Missy va a ganar.
Me giro con lentitud, pareciendo ofendido.
—Estás loco, amigo. Esto es pan comido para Natalie. Missy tendrá 49
suerte si se marcha con la dignidad intacta.
El guardia resopla una carcajada.
—De ninguna manera. Missy se rompió la pierna y llora mucho. La
gente adora esa mierda sensiblera.
Me permito diferir.
—No es verdad. Nat es implacable, un demonio que te apuñala por la
espalda. —Una sonrisa ladina ladea mis labios—. Todos adoran a los
villanos.
La puerta del ascensor hace un sonido metálico, y mientras salimos,
presiono discretamente el botón para activar la app en mi teléfono. El
walkie-talkie del guardia chilla. Deteniéndose a medio camino, se lleva el
dispositivo al oído y presiona el botón.
—Cuarto de radio, ¿me copian?
Nada.
—¿Sy? ¿Me escuchas?
Una vez más, silencio.
El guardia suspira.
—Mierda. —Volviéndose hacia mí, murmura—: Tendrás que ser
rápido. Tengo que regresar abajo.
Así que me exhibo haciendo malabarismo con mi teléfono, mi cartera
y la carta.
—Seguro.
Presionando el segundo botón en la app, el walkie-talkie del guardia
vuelve a la vida, siseando y crepitando:
—¡Ven aquí abajo, Johnson! ¡Código rojo en el sótano!
Con otro clic en el botón, el walkie-talkie vuelve a morir. Johnson
ahora asustado, sacude y presiona el radio.
—¿Hola? ¿Sí, qué pasa? Mierda. —Me mira—. Tengo que ir abajo.
Quédate aquí hasta que venga por ti.
El guardia ya está corriendo en la dirección opuesta cuando le grito:
—¡Pero Survivor, hombre!
El ascensor comienza a cerrarse cuando lo veo encogerse de
50
hombros. Antes de que las puertas se cierren, grito:
—¡Entonces apresúrate a subir!
Y con un simple toque de un botón, la app que tengo deja sin
energía al edificio. Con un guardia atrapado en el ascensor y el otro
perdido en el sótano, soy libre de hacer lo que me plazca.
Alargando mis manos, me subo la capucha de la sudadera sobre mi
cabeza y me dirijo a la oficina al final del corredor, de donde provienen
incontables palabrotas en ruso. Solamente con las luces de seguridad
brillando, llamo a la puerta. Andrei brama:
—Adelante. —Pero ya estoy dentro.
Andrei golpea un lado de su computadora, como si eso fuera de
alguna manera a hacerla funcionar de nuevo. Mientras lo hace, camino
hacia un lado de la oficina para recuperar un decantador de cristal con
vodka y dos vasos.
Cuando los bajo y abro el decantador, Andrei se da cuenta que no
soy la seguridad. Con un fuerte acento de su prominente boca, dice:
—¿Quién eres?
Vierto en silencio, poniendo un vaso lleno de vodka frente a él.
Busco mi teléfono y, un rato después, la habitación está iluminada por
una fuerte luz blanca.
Ah, la tecnología.
Bajo mi capucha, queriéndome revelar como algo salido de las
pesadillas. Cuando Andrei ve mi rostro, palidece por un momento. Luego
inclina la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada. Sus ojos brillan
mientras sacude la cabeza con incredulidad.
—Un muerto vivo.
Inclinando mi cabeza, levanto mi vaso y lo bebo. El vodka es fuerte
pero suave, sin dudas se trata de algo caro. Andrei levanta su propio vaso
y se bebe el contenido completo como si se tratara de agua. Tratándose de
un ruso y con una edad cercana a los cincuenta, me gustaría creer que se
lava la cara con vodka por las mañanas.
Andrei se sienta y me hace un gesto con la mano.
—¿Por qué un hombre muerto vendría a verme?
Lo miro fijamente a los ojos y tomo otro sorbo. Sabe por qué estoy
aquí. 51

Me mira detenidamente, pensando. Su sonrisa se ensombrece para


luego desaparecer por completo. Tras un momento, susurra:
—Supongo que no hay nada que te detenga.
—Son solo negocios, Andrei —respondo, una determinación férrea en
mi voz.
Se sienta en silencio antes de enderezarse. Asiente.
—Que sea rápido.
Busco en mi cartera, saco mi calibre 36 robada y le quito el seguro.
Levanto el brazo y apunto el arma a su frente, luego la bajo. Es su última
noche de vida. Sé que no debería importarme, pero lo hace.
—¿Qué tal otro trago?
Andrei Ivanov me sonríe, y no hay malicia en su sonrisa. No lo
entiendo.
—¿Por qué estás sonriendo, Andrei? En dos segundos, tu cerebro
estará desparramado por todo tu portátil blanco.
Sus hombros se sacuden.
—Estoy harto de vivir una vida a medias, Twitch. Mi esposa me
abandonó. Mis hijos me odian. Mis socios quieren mi dinero. Todo por lo
que una vez viví ahora me desea muerto. Y no tengo más deseos de vivir.
—Se pone de pie, llenando nuestros vasos. Alzando el suyo, me saluda—.
Na zdorov'ye.
A tu salud.
Oh, la ironía.
Mi mano se alza con suavidad, y un segundo después, un destello
brillante acompañado por un fuerte estallido retumba a través de la
oficina, Andrei Ivanov cayendo hacia atrás en el suelo en un montón
sangriento.
Y por primera vez en mi vida, de verdad me siento mal por tener que
matar a alguien.
Sacudiendo la cabeza, me acerco a la ventana y la abro. Saltando,
camino por el escape de incendios y escribo un mensaje de texto.
Yo: La reunión con número 1 fue corta.
52
Un momento después, me llega una respuesta.
Happy: Me alegra escucharlo. No creo que tengas tanta suerte
con No 2.
Gracias, malnacido.
No es que no lo supiese.
Pero un hombre debe hacer lo que un hombre debe hacer.
5
Alejandra

S
er la esposa de Dino Gambino me da algo de indulgencia.
Consigo hacer cosas que otras esposas no hacen. Pero
diciendo eso, no consigo la libertad que esas mujeres
consiguen.
Consigo asistir a reuniones familiares. Algunas a las que ninguna
otra mujer puede asistir. Por supuesto, soy una princesa mafiosa casada
con un príncipe mafioso y heredero, quien se convertirá en rey de los
dominios cuando su padre lo apruebe.
Sin embargo, no puedo hacer nada por mi cuenta. Cada vez que doy
un paso fuera de la casa, tengo a alguien sobre mi trasero. Esa persona
está ahí para “protegerme” pero sé que solamente es otra manera en que
Dino quiebra mi espíritu. Entiendo el mensaje que él envía cada vez que 53
soy sorprendida.
Soy tu dueño.
Cualquier otra mujer en mi posición, sacaría el máximo provecho de
sus días libres, iría a un café con sus amigas, se arreglaría las uñas o el
cabello, o simplemente iría a comer; y por un tiempo, lo hice, pero mis
amigas se sintieron mal por los perros sobre mi trasero y sin ninguna
intención de hacer daño, ellas dejaron de contactarse. No debería haber
estado sorprendida por eso, pero lo estaba. Estaba herida y molesta. No
puedo decir que las culpo. Dino hizo lo que tenía la intención de hacer.
Me alejó de mis amigos y parientes.
No se me permite visitar a la gente sin una razón. Ni siquiera a mi
familia.
Sé lo que estás pensando. ¿Por qué no simplemente hacerlo de todos
modos?
Respuesta simple:
Porque no vale la pena el precio de unas costillas rotas o de una
violación.
Respuesta más compleja:
Tengo miedo de mi esposo. Y tengo miedo de que algún día, él me
mate sin querer.
—No entiendo por qué estuviste allí todo el día de ayer —expresa
Dino mientras se enfoca en la carretera.
Lucho contra un suspiro, mientras intento responder sin una nota
de sarcasmo.
—Estaba ahí porque mi hermana acaba de perder a su marido, Dino.
Veronica tiene el corazón roto. Necesita apoyo.
Resopla por su nariz.
—Ella tiene otros hermanos y hermanas. No te necesita allí todo el
día.
Hago rechinar mis dientes e intento de nuevo.
—Sí, pero mis otras hermanas son jóvenes y no entienden lo que
sería perder un marido. Ella solo necesita a alguien con quien hablar.
Se gira hacia mí, buscando en mi cara.
54
—¿Estarías molesta si muriera?
La pregunta genera una chispa de emoción dentro de mí. Quiero
gritar “¡Mierda no!” pero en vez de eso, me estiro y agarro su mano, con el
ceño fruncido trato en vano de ignorar el latido acortado de mi corazón que
late rápidamente.
—Sabes que lo estaría. Ni siquiera bromees con algo así.
Estrecha sus ojos hacia mí, buscando algún signo de falsedad, pero
no encuentra nada. Su mano se aprieta alrededor de la mía, mientras
murmura un brusco:
—Te amo, Ana.
Sonrío, pero es estirada, delgada y plana; como un globo desinflado.
—Lo sé, bebé.
Pasé una hora cubriendo el moretón en mi sien antes de que nos
fuéramos. El hermano de Dino, Gio es brusco en la cama y usualmente lo
usaba como un castigo para mí cuando hacía o decía algo que Dino
consideraba ofensivo. Gio es un hombre grande, más grande que Dino, y
yo soy una mujer pequeña. Gio también es gélido. Insensible. No hace falta
decir que el castigo funciona, porque Gio lo disfruta tanto que siempre da
un paso más lejos. Cada vez que Dino recurre a Gio, me queda el
caparazón rota de una persona. Cada vez, una pieza del caparazón se
desmorona. Me preocupa que muy pronto, no haya un caparazón y
simplemente seré, abierta y agradable, sin ninguna parte de la Alejandra
olvidada dentro de mí. Después de que Gio me viola, Dino me ayuda a
ducharme, lavándome con cuidado, besando cada moretón, cada rasguño,
para terminar normalmente haciendo el amor conmigo de forma cuidadosa
mientras lloro, una mujer rota. Todo el tiempo, él canta suavemente “¿Ves
lo bueno que soy para ti? Puedes tener esto todo el tiempo, nena”.
Normalmente, él termina con un susurro “Todo lo que tienes que hacer es
amarme”.
A veces, pasan los días sin que vea el lado desagradable de Dino. A
veces, las cosas son tan buenas que me transportan de regreso a cuando
tenía dieciocho años, cuando reíamos a menudo y hablábamos por horas.
En esos raros momentos, me entrego de buena gana a Dino, sabiendo que
no tendré a mi mejor amigo de regreso por un largo tiempo. Y nunca
sucede. Es decir, dura mucho tiempo. Frecuentemente, despierto en medio
de la noche y doy un vistazo a mi marido. Mi pecho punza con tristeza,
porque sé que el hombre de aspecto angelical que duerme a mi lado, no es
más que un monstruo vicioso. 55
Y Lucifer había dicho que era el ángel más hermoso en el cielo.
Me he vuelto tan buena fingiendo, que a veces, me confundo a mí
misma. A veces, me pierdo en mi propio acto y por un solo momento
disfruto de la falsa felicidad.
Entonces, recuerdo. Y mi alma se cae a pedazos lentamente, como
olas de un océano de infelicidad derramándose sobre mí.
Tirando mi mano a su boca, Dino presiona ligeramente besos sobre
mis nudillos. Mi estómago se agita, no por lujuria, sino por miedo.
He visto esto muchas veces antes.
Esta es la calma antes de la tormenta.
En cualquier momento, Dino hará un chasquido. Y seré castigada.
Mi corazón corre de prisa mientras mi cuerpo se estremece. La
sangre se drena de mi cara, y de pronto, estoy seca. Trago, pero mi
garganta se pega. Mi mano se aprieta alrededor de la suya, en un intento
de enmascarar mi miedo.
Las ventanas teñidas de negro del auto comienzan a levantarse y mi
lengua se traba. Muerdo el interior de mi boca. La determinación hace su
camino a través de mí, así me doy cuenta que la tormenta está llegando
temprano hoy.
Esto es nuevo. Nunca he sido golpeada en un auto.
Mis ojos se cierran y los mantengo cerrados, no importa cuánto mi
mente me dice que pida perdón por lo que sea que haya hecho. Mis manos
ligeramente temblorosas comienzan a estremecerse mientras espero el
primer golpe.
El primer golpe es el más doloroso.
—Está caluroso afuera. ¿Tienes frío, Bella? —Oigo la confusión en su
voz. Me giro hacia él, con la mandíbula endurecida y abriendo mis ojos.
Sus ojos, extrañamente cálidos, me buscan, buscando señales de
problemas.
Se me ocurre que la tormenta no ha llegado. De hecho, la había
fabricado en mi cabeza probablemente.
Las lágrimas llenan mis ojos. Parpadeo rápidamente, espantándolas.
Con mi voz ronca y tensa, respondo y sonrío, pero se agita.
56
—No me he sentido la mejor hoy. Dolor de estómago.
Esta es mi vida. Esta soy yo. Viviendo en el miedo.
Una mujer débil y patética con un marido violento y peligroso.
Su frente se arruga.
—¿Quieres que te lleve a casa?
Sorbiendo, sacudo mi cabeza.
—No, está bien. Me tumbaré en la casa. —Vuelvo a mirar por la
ventana—. Será agradable ver mi antigua habitación.
Seguimos conduciendo solo un pequeño momento hacia la casa de
mi padre, cuando Dino comenta.
—Haz perdido peso. —Me mira de reojo—. No me gusta.
Es difícil comer cuando ya no deseas vivir. He contemplado más el
suicidio en el último mes, que en los seis años completos de matrimonio.
Cuanto más pienso en poner fin a mi vida, veo mayores ventajas en el
curso de acción.
Sin Dino. Sin preocupaciones. Solo libertad.
¿Quién no quiere la libertad?
Esta vez puedo escuchar la preocupación en su voz. Me llena de
alivio. Puedo sacar provecho de esto.
—Solo necesito descansar.
Presiona una mano en mi frente.
—Estás sudada. ¿Cuánto tiempo has estado sintiéndote así?
Respondo inmediatamente.
—Una semana más o menos.
Sus fosas nasales se dilatan en frustración mientras grita.
—¿Por qué no dijiste nada? Podría ser grave.
Ruedo mis ojos.
—No es serio Dino. Es un virus estomacal.
—No sabes eso. —Se detiene un momento antes de aclarar—. Voy a
llamar a la Doctora Rossi tan pronto como lleguemos a casa. Haré que 57
venga mañana.
Oh, gracias Dios.
Después de tantos años de imprevisibilidad, estoy sorprendida de
que haya tocado mi mano con tanta facilidad. Esto es exactamente lo que
quiero. Necesito hablar con la Doctora Rossi en privado. La Doctora Manda
Rossi es la hija de uno de los socios de Vito Gambino. Ella sabe todo sobre
mí, cada sangriento detalle. En más de una ocasión, Manda ha intentado
convencerme de escapar de Dino. Cada vez que ella es llamada a mi
cabecera cuando estoy golpeada y magullada, incapaz de moverme, Manda
llora por mí y conmigo. Ella es una de mis amigas más queridas. Quizás
mi única amiga.
—Estoy segura que no es nada, pero si te hace sentir mejor, está
bien —digo sumisamente.
Dino sostiene mi mano el resto del viaje, observándome
atentamente, la preocupación en sus ojos como si yo estuviera a punto de
morir.
Si tan solo.
Julius
Mientras veo a Miguel Castillo follar con los ojos a Ling, quien lame
sus labios en modo seductor hacia él, me pregunto ¿por qué coño estoy
sentado en una sala de conferencias vacías aguantando esto?
Entonces lo recuerdo.
Dinero. Mucho dinero.
El dinero no hace nada por mí. Sin duda me gusta tenerlo, pero
puedo hacerlo sin él. La cosa es que hay personas que dependen de mí.
Más de la mitad de mis ingresos son arrebatados de mis muchas cuentas
bancarias antes de que haya tenido la oportunidad de disfrutar de la
indecorosa riqueza, para apoyar a mi familia.
Mi familia es importante para mí. Los amo incondicionalmente. Y
siendo el más exitoso de mis parientes sin educación, hago lo que puedo
por ellos en cualquier manera en que ellos lo necesiten. Por lo general,
ellos necesitaban ayuda financiera. Y gracias al Señor de arriba, puedo
ayudar ahí. 58
Mi teléfono vibra en el bolsillo. Lo saco y sonrío ante la pantalla.
Hablando del demonio.
Me vuelvo hacia Miguel.
—¿Hay algún lugar donde pueda hablar en privado? —Me inclino
hacia mi teléfono—. Esto es importante.
Miguel se pone de pie, tendiéndole la mano a Ling.
—Estaría encantado de llevar a la señorita Ling a un tour por la
casa. —Sonriendo como un niño en la tienda de dulces, Ling tomó su
mano y se mueve a su lado. Miguel me mira—. La casa es grande. El tour
abreviado tomará al menos quince minutos.
Inclino la cabeza en reconocimiento.
—Perfecto.
Una vez que me quedo solo, respondo.
—Me preguntaba cuando llamarías.
La furiosa mujer en la línea grita con prisa.
—¿Estás fuera de tu maldita mente, Julius? —Es tan bueno saber de
ella, que ni siquiera me molesto en amonestarla por maldecirme. En
cambio, sonrío—. Supongo que recibiste la entrega.
—¿La entrega? —Oigo el asombro en su voz—. ¿La entrega? —Hace
una pausa un momento antes de gritar—. Una entrega es un ramo de
flores o, o, o un nuevo reproductor de DVD. Una canasta de fruta es una
entrega, Julius. Esto no es una entrega. Esto es una carga. ¡Un
cargamento! ¡Un maldito embarque, Julius!
Soltando una risa a través de mi nariz, desvío la atención de mí.
—¿Vas a gritarme todo el día o vas a dejarme hablar con mi sobrina?
—Un auto, Julius. Era un auto.
Mi sonrisa se modera.
—¿Por qué sigues diciendo era? —Después de un momento de
silencio cierro mis ojos y aprieto los dientes—. Tonya, dime que no lo
devolviste.
Un suspiro, luego uno derrotado:
—No, no lo devolví. Debería haberlo hecho. Y si ella no lo hubiera
59
visto, lo habría hecho. —Mi hermana sonaba cansada mientras intentaba
discutir conmigo—. No puedes hacer cosas así, Jules. No eres responsable
por nosotras. Necesitas parar de comprar cosas para nosotras, eso sí,
cosas que no necesitamos, porque tienes culpa. Culpa injustificada. —Su
voz se suaviza—. No eres responsable, cariño. Nunca lo fuiste.
Mi pecho se contrae ante sus suaves palabras habladas.
—¿Estás diciendo que no va a necesitar un auto? —Silencio—. Ahora
tiene dieciséis años. Y cualquier día vas a llevarla y ella va a obtener su
licencia. Y antes de que discutas, ella obtendrá su licencia. Es inteligente.
Como su mamá.
Gruñe y sé que la tengo.
—¿Pero un Mercedes? ¿Quién necesita un Mercedes a los dieciséis
años? Los niños de dieciséis años necesitan fracasar. Un auto viejo. No un
auto de cincuenta y siete mil dólares.
Sonrío.
—Entraste al maldito sitio web, ¿no? Probablemente calculaste
cuantos presupuestos de cenas puedes pagar con ese dinero.
No se ríe, pero oigo su sonrisa en su respuesta susurrada.
—Nueve mil ciento veinticinco.
Riendo, sacudo mi cabeza.
—Ya no tienes un presupuesto, Tonya. Puedes vivir un poco.
Compra ropa, visita un spa, consigue arreglar tu cabello, sin contrabando
de palomitas de maíz pre cocidas.
Moqueos. Luego más moqueos.
—Te amo. Lo sabes, ¿verdad?
Estoy sobrio inmediatamente. Si hay una cosa que nunca
cuestionaría, sería el amor de mi hermana por mí.
—Lo sé. Lo percibo. Y te amo más, Tater tot. Ahora déjame hablar
con ella. Tengo que desearle feliz cumpleaños a mí chica.
Una rápida mezcla de sonidos en el teléfono a través del altavoz
antes de que mi sobrina Keera venga a la línea gritando.
—¡Oh, Dios mío! ¡Oh, dulce bebé Jesús! ¡SEÑOR JESÚS! Como, ¡Oh mi
Dios! ¡No lo puedo creer! ¡Es asombroso! ¡No lo creo! ¡Oh, Señor!
60
Reprimiendo mi risa, trato sonar como una figura paterna.
—Es mejor que dejes de usar el nombre del Señor en vano, Keke.
Cumpleaños o no, cállate ahora.
Usando su voz interior, ella aún dispara sus palabras, pero usa un
tono más suave.
—El chico de la entrega preguntó por mí. Por mi nombre. Y Miosha
había terminado en ese momento. Mi sueño, Tío Jay, ella estaba verde
guisante de envidia. Como, súper verde. Antes de que hubiera firmado mi
nombre, toda la escuela sabía sobre mi auto nuevo. Gente popular con la
que nunca había hablado en la escuela, de repente comenzó a saludarme.
También los muchachos están tratando de hablarme. No tienes idea de lo
que has hecho por mi popularidad —añade en un susurro agudo—. Épico.
¿Chicos?
Mi frente se hunde en un ceño fruncido.
—¿Chicos? Dile a esos chicos que tu Tío Julius conoce gente que los
pondrá en una lista negra de por vida, niña.
Se ríe suavemente.
—Recuerdo las reglas, Tío Jay. Sin citas hasta después de la
secundaria. Y estoy totalmente de acuerdo con eso. —Escucho la sonrisa
en su voz—. Pero es lindo atraer la atención.
Mi corazón se hincha con orgullo.
Amo a Keera como si fuera mía. Y Tonya tenía razón. Me siento
responsable por las dos, pero no como una carga. Daría mi vida por las
dos.
Keera es una chica inteligente. Va a hacer grandes cosas en la vida.
Puedo sentirlo.
Ahora, Tonya también es inteligente, pero Keera no estaba planeada
y Tonya la tuvo muy joven. Dedicarse a criarla significaba que no había
tiempo para estudiar. Mi hermana estuvo obligada a trabajar con una
niñita, a los dieciséis años.
Mierda.
Ahora que pienso en Keera teniendo dieciséis años y viendo lo joven
que es... no sé cómo lo hizo mi hermana.
—Feliz cumpleaños, niña. Espero que te guste tu regalo. Sé que vas
a ser responsable con él, pero tengo que advertirte que viene con 61
condiciones.
Keera suspira.
—Siempre las hay. Dímelas.
—Número uno: Escucha a tú mamá.
Casi pueda oírla rodar sus ojos.
—Siempre lo hago.
—Número dos: sin chicos.
—Pensé que acabábamos de pasar por esto.
—Número tres: sé inteligente, niña. Usa tu cabeza. Confía en tu
instinto.
Un momento de pausa antes de una silenciosa respuesta.
—Lo haré. Gracias, Tío Julius. Eres el mejor. Te amo.
Me inclino sobre la mesa, pellizcando el puente de mi nariz.
Pronuncio brutalmente:
—Te amo tanto, Keke. Me tengo que ir. Trabajo. Hablamos pronto.
—Adiós, Tío Jay.
Mientras la línea se desconecta, miro hacia la nada, golpeando
distraídamente mi dedo sobre la mesa.
No sé cuánto tiempo transcurre antes de que Miguel entre en la
habitación buscando.
—Ellos están aquí.
Me pongo de pie y avanzo.
Comienza el espectáculo.

62
6
Julius

L
ing y yo esperamos justo fuera de la sala de conferencia
mientras miro el intercambio entre Miguel y las personas que
acababan de llegar.
Un hombre entra primero y, viendo a Miguel, él alcanza a estrechar
su mano. Miguel duda un momento antes de tomarla. Él es un tipo
grande. No tan alto como yo, pero no lo suficientemente alto. Es
musculoso también.
A mi lado, Ling susurra por la esquina de su boca.
—Meow. Ese hombre está bueno.
Ignorándola, miró a una pequeña mujer que venía detrás de él. Ella
se veía frágil y débil. Ella lo esconde bien detrás de un vestido de 63
diseñador, tacones altos y lentes de sol de un tamaño muy grande, pero
tan pronto y ella ve a Miguel, su rostro cambia. Ella remueve los lentes de
sol y sonríe.
Y esa sonrisa me tiene. Amarrado.
Esta mujer es hermosa.
No. Hermosa es una palabra muy débil para ella.
Ella es impresionante.
Con cabello negro apiñado arriba de su cabeza en un pulcro y estilo
alto con clase, un solo mechón cae libro por el lado de su rostro. No puedo
ver el color de ojos que ella tiene desde aquí, pero la sonrisa dirigida a su
hermano trae un hoyuelo en su mejilla.
Alejandra Gambino da un paso hacia adelante, abre sus brazos
demasiado delgados y espera a que su hermano haga su camino hacia ella.
Miguel sonríe con fuerza, da un paso hacia adelante y la abraza a
Alejandra en un abrazo de oso. Ella la envuelve. La coloca en un nido de
seguridad, y ella cae en él. Colocándose sobre las puntas de sus pies,
aprieta a su hermano con fuerza.
Ellos tienen mucho amor por ellos mismos, eso se puede ver. Lo
entiendo.
Yo tengo eso con mi hermana.
Tan pronto y ellos se separan, Dino da un paso hacia adelante y
reclama a Alejandra, colocando un brazo alrededor de su huesuda cintura.
Ella se ve enferma a su lado.
Sus mejillas están hundidas y pálidas. Su clavícula está demasiado
pronunciada. Sus ojos se ven demasiado grandes en su rostro; círculos
oscuros están debajo de ellos. Sus tobillos están delgados como un palo. Y
por la forma en que Miguel la mira con preocupación y luego coloca una
mano en su frente, puedo ver que algo no está bien.
Alejandra rueda sus ojos, alcanza y remueve la mano de su hermano
de su frente antes de apretar su mano y sonreírle a él. Pero esta sonrisa es
diferente a la primera. Es forzada.
Pero luego ella se gira hacia su esposo, lo mira a los ojos y le sonríe.
Él levanta su mano para sostener sus mejillas, acariciando con sus
pulgares sobre los pómulos de éstas, hablándole suave a ella. Sus manos
cubrieron las de ella, y ella cerró los ojos, tomando las palabras.
64
Inclinándose hacia abajo, él captura sus labios en un suave beso, y ella se
levanta hacia este.
Está claro que esta pareja está enamorada.
Y yo me siento como si estuviera importunando en un momento
privado.
Bueno. Esto hace mi trabajo más difícil.
¿Cómo voy a hacer que esta mujer me hable?
Una mujer leal puede ser incorruptible. Si Dino Gambino es culpable
de homicidio, dudo que Alejandra Gambino sea una persona que lo
confirme. Pero tengo que intentarlo.
Miguel mira donde Ling y yo estamos de pie, señalándonos para que
nos acerquemos. Ling desliza su brazo a través del mío, y hacemos nuestro
camino hacia el acusado. Dino me mira en el transcurso del camino.
Conozco este juego. Yo jodidamente inventé este juego.
Las tácticas de intimidación no funcionan conmigo, chico.
Me nivelo con él con una mirada, poniendo la misma maniobra. El
primero que aparte la mirada es un huevo podrido. Mis labios tiemblan ante
su mirada, pero lo disimulo. Miguel aclara su garganta.
—Dino. Alejandra. Este es Julius Carter y Ling Nguyen. Ellos son
invitados míos. Ellos van a unirse a nuestra reunión.
Alejandra habla, pero yo mantengo mis ojos en Dino, quien de
repente se ve confundido.
—Es un placer conocerlos. A ambos.
La mirada de Dino cambia a Ling, manteniéndose sobre sus llenos
labios rojos. Ling sonríe, revelando sus dientes blancos.
—A usted también Señora Gambino. —Ling bate sus pestañas,
arrojando lo que parece ser una mirada tímida hacia Dino, sus miradas lo
atrapan.
Sus labios se levantan en una pequeña sonrisa traviesa.
Oh, mierda.
Sentí que rodé los ojos.
Maldita sea, Ling. 65

Estoy seguro que Alejandra nota la forma en la que Ling y Dino se


están mirando. La miro de reojo y lo que veo hace que mi cuerpo se
endurezca.
Alejandra Gambino, hija del rudo Eduardo Castillo, esposa del
acusado asesino Dino Gambino, me ve a mí con ojos amplios, un suave
sonrojo rosa cubriendo sus mejillas. Todo lo que puedo hacer es observar
mientras sus labios se separan parcialmente. Parpadeando, su sonrojo
aumenta mientras sus ojos vuelan a mi pecho.
—Lo siento. ¿Nos conocimos antes?
Esas palabras rompen la burbuja de Dino y Ling. Dino me mira.
—¿Ustedes dos se conocieron antes?
Marrones. Sus ojos son suaves y marrones. Ojos de ciervo. Eso
parece. Suaves, como el resto de ella, el tono de su voz y el brillo de su
cabello.
—No. —Me duele hacerlo, pero aparto mi mirada de ella y miro a su
esposo—. No lo hemos hecho.
La voz de ella tiembla.
—Te ves tan familiar.
Mis ojos nunca dejan a Dino, sonrío tentativamente.
—Supongo que tengo uno de esos rostros.
Hay algo de ese tipo que intenta tan duro ser amenazador que hace
todo lo opuesto.
No me dan miedo los hombres como Dino. Les pongo balas a ellos.
Miguel corta en el momento.
—Aún estamos esperando a Mendoza y Di Marco. Por favor, únanse
conmigo para una bebida. —Sosteniendo sus brazos fuera, Ling lo toma
con emoción mientras Alejandra con educación lo rechaza.
—Por favor discúlpenme. Estoy un poco indispuesta hoy. Creo que
necesito un descanso. —Mirando a su esposo, añade—: voy a estar en mi
habitación si me necesitas.
Las cejas de Dino se alzan mientras ve a su esposa con obvia
preocupación.
66
—¿Quieres que vaya?
Ella lo rechaza.
—Voy a estar mejor después de que duerma. —Dando un paso más
cerca, ese para sobre las puntas de sus pies y besa su mejilla—. No te
preocupes. Estoy bien.
Alejandra mira a Dino con tanto amor que mi pecho duele, y tengo
que pelear con el impulso de patearlo en las bolas.
Mientras Alejandra hace su camino escaleras arriba, Ling se
remueve de los brazos de Miguel y se aferra a Dino.
—Hábleme de usted, señor Gambino.
Con su esposa olvidada, Dino baja su voz y murmura;
—Estoy más interesado en ti, Señorita Nguyen. —Mientras ellos se
mueven hacia el bar, Dino de repente nota que ni Miguel ni yo los estamos
siguiendo—. ¿Vienen?
Miguel asiente.
—Necesito hablar con Julius en privado. —Baja la mirada hacia la
mujer al lado de Dino—. ¿Te molestaría entretener a Ling por unos
minutos?
Una lenta sonrisa se esparce a través del rostro de Dino.
—No hay problema.
Tan pronto como están fuera del alcance, Miguel se gira hacia mí y
susurra:
—Ahora es tú única oportunidad. Arriba, la tercera puerta a la
derecha. La habitación de Alejandra. Hazlo rápido. Dino irá a revisarla
pronto.
Mirando más allá de Miguel donde Ling y Dino están de pie, noto la
mano de Ling descansando en el pecho de Dino mientras ella le habla.
—Ling lo puede detener.
Miguel se gira para verlos, frunciendo el ceño y murmurando.
—Y aquí pensaba yo que teníamos algo especial.
Me gusta este hombre. Luchando con mi sonrisa, lo golpeo en los
hombros. 67

—No es nada personal Miguel.


Ling se mueve más cerca de Dino. Estando casi al lado de su cuerpo,
sus labios se mueven suavemente, seductoramente y Dino no puede quitar
sus ojos de ella. Algunas veces, me pregunto que les dice a los hombres
para que la vean de esa forma, y luego recuerdo que probablemente es
mejor que no lo sepa. Mientras comienzo retirarme hacia las escaleras,
escucho a Miguel suspirar.
—Definitivamente necesito una de esas.
Tomando dos escaleras al mismo tiempo, me encuentro a mí mismo
de pie frente a la habitación de la infancia de Alejandra Gambino. Antes de
que mi mente pueda vagar a lugares que no debería, toco la puerta.
Movimiento al otro lado de la puerta me hace saber que ella está despierta.
Abriendo la puerta, murmura:
—Dino, no puedo descansar cuando me revisas cada dos según… —
Una mirada de sorpresa cruza por su rostro cuando ella se da cuenta que
en verdad no soy el imbécil que ella llama su esposo—. Oh. Hola. ¿Estás
perdido?
Oficialmente negocios ahora. Mi mirada de juego está puesta.
—Señora Gambino, me han llamado aquí por la muerte de Raul
Mendoza.
Su expresión resguardada le falla, y la tristeza se escabulle,
mostrando entendimiento inmediato.
—Por supuesto. —Se encoge de hombros ligeramente —. ¿Pero cómo
puedo ayudarlo? Estaría mejor que esté hablando con mi hermana
Veronica.
Sonríe disculpándose mientras intenta cerrar la puerta en mi cara.
Pero soy más rápido que ella. Empujo mi pie entre la abertura de la puerta
y la empujo para abrirla, permitiéndome entrar en su habitación. Hace un
sonido indignado antes de colocar sus manos en sus caderas.
—Voy a tener que pedirle que se vaya ahora, Señor Carter. Ya le dije
que no se nada.
Escojo ignorar la suavidad en su voz.
En su lugar, camino por el espacio de la habitación, tocando las
cosas mientras me muevo. Desde sus sábanas puramente blancas, ahora
un poco arrugadas porque ella había estado acostada, a los antiguos 68
muebles en blanco y dorado, le quedan a ella.
El alto librero que está lleno con clásicos bien leídos. Tienen que
estar bien leídos. Los lomos están desintegrándose. Suficientemente
interesante, más copias de bolsillo nuevas de los libros que se están
cayendo aparte están sobre el estante. Me giro hacia ella, señalando los
libros.
—¿Por qué tienes dos de cada uno?
Asombrada por la pregunta, ella responde silenciosamente.
—Los originales eran de mi madre. Los heredé cuando ella murió.
Ella los leía tanto. No quería destruirlos, así que leí otras copias.
Tiene sentido. Inteligente, chica sensible.
La pregunta parece haber desarmado a Alejandra. Su cuerpo se
relaja, y me pavoneo dentro. Esta es una táctica que uso seguido. Llegar a
conocer a la persona que estás interrogando.
—¿Tu madre murió cuando eras joven?
No se mueve. Parpadeando, su rostro se vuelve inexpresivo. Intenta
responder, pero en su lugar, murmura.
—Sí.
Levanto uno de los libros viejos y gentilmente lo veo, tomando todo el
cuidado posible.
—La mía también. —Mientras bajo el libro, pregunto algo que ella no
está esperando—. ¿Saliste con Raul Mendoza en la secundaria, correcto?
Sus cejas se alzan.
—Sí. Antes de que conociera a Dino.
Me muevo dos pasos hacia ella y gentilmente tomo su brazo.
—Por favor, siéntate. Te ves exhausta.
Da un paso hacia la cama antes de dudar, enviando miradas de ojos
abiertos hacia la puerta. Alejándose, baja su voz pánico claro.
—Necesita marcharse Señor Carter.
—Julius —me apresuro a decir.
—Está bien. Tú necesitas irte, Julius. Ahora. —Cuando no hago 69
ningún movimiento para irme, da un paso hacia adelante e intenta jalarme
hacia la puerta. Sonrío.
¿Este pequeño gorrión cree que puede moverme?
Jala y jala y…nada.
Luego intenta otra táctica. Moviendo sus manos detrás de mí, coloca
sus pequeñas manos en la base de mi espalda y empuja con todas sus
fuerzas. Jadeando, susurra frenéticamente.
—Si Dino te encuentra aquí, él no va a estar complacido. Va a
causarme problemas.
Entiendo.
Girándome, tomo sus dos manos en una de las mías y la miro
directamente.
—Dino no vendrá. No hasta que mi compañera Ling lo deje ir.
A su rostro le falta expresión, la lucha la abandona. Murmura con
cansancio y resuelta.
—Por supuesto. —Soltándome, ella se mueve hacia la cama y se
sienta en el medio con las piernas cruzadas jalando un suave oso de
peluche en su regazo. Acariciando el pelo del oso, lo mira y pregunta con
aburrimiento:
—¿Qué quieres saber Julius?
Espero un momento, intentando encontrar las palabras, pero esta
pequeña mujer tiene mi mente corriendo. Mientras me recuesto contra la
pared, decido que una pregunta directa me va dar una respuesta directa.
—¿Dino asesinó a Raul Mendoza?
La mano que acaricia el peluche se detiene. Lentamente levantando
su rostro hacia mí, me pregunta sorprendida.
—¿Disculpa?
Mis ojos ruedan. Ella es buena. No tan buena como yo, pero buena.
—¿Pregunté si tu esposo mató a Raul Mendoza?
Su voz tan alta como un susurro, suelta.
—¿Por qué me preguntarías eso?
70
Me rehúso a jugar este juego. Prefiero quedarme callado y dejar que
su mente corra. Después de un momento de silencio, sus cejas se
contraen.
—¿Eso es lo que las personas piensan? ¿Qué Dino hizo esto? —
Simplemente cruzo mis brazos sobre mi pecho. Abrazando al oso más
cerca, ella murmura—. No. No fue él. No podría ser.
—Tú hermano parece pensar lo contrario.
Con eso, me mira, con ojos como platos.
—¿Miguel piensa que Dino hizo esto?
—¿No es cierto que cuando Dino se enteró de que saliste con Raul, él
hizo un escándalo en una cena familiar?
—Bueno, sí, pero…
—¿Y que él comenzó a mostrar agresión contra Raul, un hombre que
al principio le agradaba?
—Sí, eso es cierto pero…
—¿Dónde estaba tu esposo esa noche, Alejandra?
Perdida de palabras, niega con la cabeza.
—No. Él no hizo esto. Raul era mi cuñado. Veronica y Raul se
amaban mucho. No hay forma que Dino lo pudo haber matado por una
razón tan débil. —Su respuesta parece débil y suena patética.
—Te hice una pregunta, Alejandra. —Sus ojos se encuentran con los
míos, y traga duro. Intento de nuevo—. ¿Dónde estaba Dino esa noche?
Jalando el oso debajo de su mentón, mira la pared distraídamente.
Se ve tan infantil que me tengo que recordar que no debo reconfortarla.
Permanecemos callados en la compañía del otro hasta que ella murmura
temblorosamente.
—Él no lo hizo. —Luego traga con fuerza y murmura—: ¿Pero qué
sucedería si él lo hizo?
Progreso. Finalmente estoy llegando a una parte.
Resoplo al quedarme sin respiración.
—No sería bonito, Alejandra. No soy policía. Solo hago de policía
debajo de la ley. Si Dino fuera encontrado culpable de asesinar a uno de
los hombres de tu padre sin provocación…. —La miro a los ojos para que
lo entienda—. Él sería asesinado. 71

Un ruido sale de ella, en parte ahogándose, en parte llanto.


Levantando sus dedos temblorosos a sus labios, ella murmura.
—Ojo por ojo. —Con los ojos brillantes, ella me mira—. Y si… y si yo
fuera a… ¿Qué sucedería si yo?
La aprisiono con una mirada. Sin parpadear, respondo.
—Si fueras a mentir por ayudar a tu esposo, lo averiguaría. —Su
mirada intensa, añado fríamente—. Y los mataría a ambos.
Mentira.
Esto no es verdad.
De ninguna manera.
Tendría a Ling para matarla a ella.
Nunca podría hacerle daño a una mujer. Es solo que no está en mi
naturaleza.
Un “oh” sin respiración se le escapa. Sus pupilas como alfileres, veo
su miedo cuando capas de sudor se acumulan en su frente.
Pero no veo nada más allí. Su mente está trabajando a una milla por
minuto. La forma en que sus ojos se mueven de lado a lado y se aferra al
oso con una fuerza imposible, algo tiene que dar.
Finalmente, después de lo que parece fue para siempre, me da una
entrada.
Su labio tiembla mientras ella revela algo que ya he escuchado de
Miguel.
—Dino es diferente. —Y aunque sus ojos están llenos de lágrimas,
continúa con una voz estable—: Él me ama.
Si yo tuviera duda de esto, la escena escaleras abajo me hubiera
dado una pista.
Me mira, su expresión preocupada.
—Él me ama. —Solo que esta vez cuando lo dice, la desesperación
enlaza su voz. La forma en la que lo dice como si no fuera una cosa de
hermosura, sino de miseria.
Una sola lágrima corre por su mejilla, pero no se deja llevar por la
emoción. Levanta una mano y la limpia. Y tengo que decir que estoy
impresionado. Esta pequeña mujer carga una jodida cantidad de fuerza 72
dentro de ella. Una persona ciega podría ver eso.
Sabiendo que solo tengo minutos antes de que Dino venga a
revisarla, doy un paso hacia adelante, cerca pero aun dándole espacio, y
pregunto una vez más.
—¿Dónde estaba Dino esa noche?

Alejandra
Los dioses finalmente habían escuchado mis plegarias.
Lucho contra la necesidad de reír histéricamente y saltar fuera de mi
cama con felicidad pura.
Las lágrimas que derramo son muy reales. Pero quizás no por la
razón que Julius Carter cree.
Estoy tan cansada de esta vida.
Las personas de veinticuatro años no deberían de sentirse como yo
me siento. Se supone que sean descuidadas, felices e incluso sin
importarles nada.
Oh, lo que daría por ser una mujer normal de veinticuatro años.
Lo que daría, ciertamente.
Quiero esa vida. La quiero tanto que siento la libertad en el momento
en el que digo:
—Dino lo hizo.
Julius me atraviesa con una mirada de incredulidad, pero no vacilo.
Un paso más cerca de la libertad.
Sostengo mi oso con más fuerza y susurro:
—Dino mató a Raul.
Y que Dios se apiade de mi alma.

73
7
Julius

—T
enemos una situación.
Ling me mira sentada desde su lugar
junto a Dino, su sonrisa pegajosa de manzana
acaramelada muere lentamente.
—Bien. —Mirando de mí a Dino, coloca una mano demasiado
familiar en su antebrazo—. ¿Me disculparías? El negocio llama.
Sus ojos la devoran.
—Nunca me dijeron por qué está aquí.
Ella le sonríe mientras se aleja.
74
—Todo a su debido tiempo, señor Gambino.
Acercándose a mí, murmura:
—Baboso hijo de puta.
La declaración me toma desprevenido. Son pocos los hombres que a
Ling no le gustan, por razones obvias. Esa razón es que tienen un pene. Y
a Ling le gustan las pollas. A Ling le gustan mucho las pollas.
Tan pronto como entramos en la oficina de Miguel, este levanta la
vista desde su posición sentada.
—¿Bien?
No hay manera fácil de decirlo.
—Hablé con tu hermana. Ella no está bien. Esa mujer necesita
ayuda. No sé qué ha pasado, pero algo pesa sobre ella.
El rostro de Miguel muestra dolor solo un momento antes de que la
ira se apodere de él. Se pone de pie y ladra:
—Ya lo sé. Maldición si lo sé. —Se calma con una respiración
profunda, y pregunta a través de un suspiro—: ¿Qué te dijo?
Una vez más, no hay manera fácil de decirlo.
—Dice que Dino mató a Raul.
Ante eso, Miguel se derrumba casi literalmente. Con el shock escrito
por toda su cara, se desliza hacia atrás en la silla de su escritorio y se
pellizca el puente de la nariz con fuerza.
—Mierda. Esto no es bueno. —Al retirar la mano de su nariz, sus
ojos se ensanchan antes de que me mire con la mandíbula apretada, gruñe
un venenoso—. ¿Qué hiciste?
Ante esto, Ling se adelanta y dice severamente:
—No me gusta tu tono.
¿Cómo es que esto se volvió hacia mí? Mierda, todo el mundo
necesita relajarse. Pongo mi mano sobre el hombro de Ling y miro a Miguel
a los ojos.
—No trabajo así. Nunca tuve que forzar a una mujer antes en mi
vida, y no iba a empezar hoy. —Necesitándolo de mi lado, le digo—: Tengo
una hermana, hombre.
Parece que quiere creerme pero no puede hacerlo.
75
—¿Entonces ella salió y dijo que él lo hizo? ¿Así?
Oh, sé lo que quiere decir, y si yo fuera él, estaría cuestionándolo
también. A mí también me sorprendió.
—Exactamente así.
Ling habla, sonando más como la voz de la razón de lo que he oído
antes.
—Una mujer como esa no se vuelve contra su hombre, uno que
obviamente ama, sin una razón. Hay algo más aquí. Algo vital que nos
falta.
—Y lo que sea lo que sea —añadí—, ella no lo está compartiendo con
nadie.
Miguel se pone de pie una vez más, paseando por su escritorio y
saliendo por la puerta.
—Sígueme.
Miguel nos conduce por las escaleras, pasando la habitación de
Alejandra, hasta el final del pasillo. Llama una vez, con firmeza. Una voz
grita:
—Adelante.
Abre la puerta, llevándonos dentro de lo que rápidamente me doy
cuenta es el estudio privado de Eduardo Castillo. Esto no es una oficina.
Una oficina no es un paraíso personal o un escondite. Una oficina implica
solo trabajo se hace allí, y por el aspecto de esta sala... esto está lejos de
ser una oficina.
El gran escritorio de caoba tallado en la parte de atrás de la sala
grita riqueza, y el trono que se dobla haciendo de silla de escritorio grita
poder. La habitación tiene un tema de color obvio, con todo color borgoña
y verde fluyendo a través de él. Yo diría que el tema del color es la realeza.
Me reiría si no fuera un miembro de la realeza subterránea en este
esquema.
Había llamado a Happy antes de la reunión, aprendí algunas cosas
sobre Eduardo Castillo. Viene de una larga fila de sucios hijos de puta.
Tiene fama de ser un hombre justo, bueno para su familia. Y por último,
no quieres joder con él o con los suyos. Happy me habló de los pocos que 76
lo hicieron. Ninguno de ellos había sido visto desde entonces, pero
enviaron coronas a las familias de los desaparecidos. Anónimamente, por
supuesto, pero el mensaje tácito decía lo suficiente.
Esa gente no regresaba.
Así que estoy en la guarida del león, produciendo una tormenta de
mierda.
Eduardo Castillo, sentado en el sofá y jugando al ajedrez en solitario,
mira a sus invitados, antes de preguntar:
—¿Problemas?
Miguel se acerca para hablar con su padre, dejando a Ling y a mí
donde estamos. La primera regla de respeto en los bajos fondos: No te
sientes a menos que seas invitado.
Eduardo observa a Miguel atentamente mientras habla rápidamente
en español, solo se detiene para mirar a Ling y a mí antes de volver a mirar
a su hijo. Con un minuto de explicación de Miguel, estamos envueltos en
silencio. Eduardo se levanta y, acercándose a mí, extiende la mano.
—Eduardo Castillo.
—Julius Carter. —Al soltar su mano, hago un gesto a la mujer a mi
lado—. Ling Nguyen.
Cuando Eduardo toma su mano y se inclina para besarla, murmuro:
—Cuidado. Ella muerde.
Eduardo sonríe, brevemente, pero es un progreso.
—Por favor, siéntense.
Ling y yo nos sentamos en el sofá frente a Miguel y Eduardo.
Habiendo tratado con gente como Eduardo cientos de veces antes, espero
que hable primero.
Su voz es cansada y áspera cuando afirma con un fuerte acento:
—Así que. Tenemos un problema. —Me señala—. Y me ayudarás a
arreglarlo.
Sin dudarlo.
—Lo haré.
—Bien.
Suspira por su nariz, envejeciendo diez años ante mis ojos. 77

—Raul Mendoza era un buen hombre, un soldado leal y un hombre


de confianza. Cuando Vito Gambino me presentó a su hijo Dino, pensé que
era como Raul. Vi cómo trataba a mi Alejandra, y fue un alivio para mí,
saber que él la cuidaría y la trataría bien. Se me prometió la lealtad de los
hombres de Gambino. Raul consideraba a Dino un amigo, lo consideraba
de su familia. —Baja su cara y suspira antes de devolver su mirada a la
mía—. Pero no es así. Debemos dar un ejemplo. —Su rostro se vuelve feroz
mientras grita—: Quiero que muera. Hoy. Ahora.
Ling habla, pero lo hace en voz baja.
—Ojalá fuera así de simple, señor Castillo, pero la palabra de
Alejandra no es suficiente.
Odio decirlo, pero tiene razón.
Los asesinos ojos de Eduardo se disparan a los de Ling.
—¿Crees que ella miente?
Ling se da cuenta inmediatamente de que ha insultado a un jefe de
la mafia y se mantiene firme.
—Absolutamente no. Creo em Alejandra. Dios sabe que una mujer
que ama a su marido no haría esto sin una buena razón. —Suaviza su
tono y dice—: Pero necesitamos más información. Si Dino insiste en que es
inocente, necesita una coartada. Si no puede proporcionar una, entonces
procederemos.
Eduardo me mira.
—¿La dejas hablar por ti?
Sé que lo entiende como un insulto, pero no me apego al cebo.
Simplemente repito:
—Como dije... ella muerde.
Eduardo no sonríe, pero sus ojos lo hacen.
Mi turno.
—Estoy convencido de que Alejandra cree que Dino lo hizo. La vi
luchar contra ella misma, y vi el momento exacto en el que perdió la pelea.
Hizo todas las preguntas correctas, y vi las reacciones a las respuestas que
le hice. Estaba aterrorizada por rendirse. —Afirmo con confianza—. Yo le
creo. Creo que Dino lo hizo.
78
Esas son todas las palabras que Eduardo necesita oír, se pone de
pie, enderezando su corbata.
—Quiero ver a este cabrón enterrado.
Bajamos las escaleras y entramos en la habitación principal. Hay
algunas caras nuevas allí, y supongo que son los hombres de Gambino y
sus hijos. En cuanto entramos, Eduardo camina hacia el centro de la sala
y se detiene en silencio frente a los hombres. Noto que Alejandra está
ausente, pero no la necesitamos ahora. No han pasado ni diez segundos y
Eduardo ya tiene la atención de todos los hombres que se quedan en
completo silencio. Mira al suelo antes de mirar a los hombres de la
habitación.
—Primer punto en la agenda. —Sus ojos se vuelven hacia Dino—.
¿Podrías ponerte de pie, Dino?
Dino mira a su suegro y, conociendo su lugar, se pone de pie.
Eduardo mira a Miguel. Miguel se adelanta, mirando a Dino, y dice
lo suficientemente alto para que todos lo oigan:
—Yo, Miguel Castillo, te acuso, Dino Gambino, de asesinar a nuestro
hermano Raul Mendoza.
Y ahí es cuando todo el infierno se desata.

Alejandra
—Oh, Dios —susurro mientras estoy junto a la puerta, escuchando
el coro de hombres enojados junto a chirridos de muebles aquí y allá.
Mierda.
Estoy en muchos problemas.
Oh, mierda.
No hay manera de salir viva de esto.
Soy una chica muerta andante.

Julius 79

—¡Yo no maté a nadie! —grita Dino, su cara ahora roja y


distorsionada de rabia mientras trata de acercarse a Miguel. La expresión
en su rostro es menos vamos a abrazarnos y más voy a hacerte sangrar
hasta dejarte seco.
Moviendo a Miguel detrás de mi espalda, me quedo ahí de pie.
Ningún hijo de puta me pondría una mano encima. Sería la mayor falta de
respeto a Eduardo que un huésped fuera dañado en su casa. De ninguna
manera Dino iba a golpearme.
Al menos, eso es lo que pensé hasta que veo a Dino avanzar hacia
mí, y rápidamente me doy cuenta que él es totalmente estúpido. A un
brazo de distancia de mí, él levanta el puño, lo lleva hacia atrás y
entonces... se detiene a medias.
Una mano delgada y delicada, presiona una cuchilla contra la
yugular de Dino, mientras que otra mano le acaricia su laxa mejilla. Su
voz normalmente seductora es ahora letal cuando Ling proclama
clínicamente:
—¿Sabes que la yugular bombea la mayor cantidad de sangre al
corazón que cualquier otra vena? Perforarla provoca casi definitivamente la
muerte. Digo casi, porque se trata de cómo la perforas. Por ejemplo... —
Cambia la posición de la hoja, presionando la punta directamente contra el
cuello, exactamente en el punto correcto. Observo el escalofrío de Dino un
momento antes de ver la pequeña cantidad de sangre que sale junto a la
hoja.
Lucho contra la necesidad de sonreír. La perra salvaje lo cortó.
Con todos los hombres en la habitación mirando a la víbora mortal
trabajando, ella continúa:
—Si insertas la hoja así… —Presiona más duro, sacando un pequeño
chorrito de sangre por el lado de su cuello—, tendrías que presionarla del
todo —hace como si le diera la vuelta a la hoja en un movimiento
circular—, y retorcer. La muerte sería inevitable. Pero no sería rápido. Oh,
no. Sangrarías lentamente, durante minutos. Sentirías que la sangre sale
de tu cuerpo, con cada latido de tu corazón, dejándote frío y sin vida hasta
que finalmente des el último aliento.
Dino levanta los brazos, de alguna manera sabiendo que Ling no
está jugando. Se dirige a Miguel con una mirada de traición.
80
—No maté a Raul.
Pero Ling tiene su mente en otras cosas. De pie sobre las puntas de
sus pies, coloca sus labios rojo cereza al lado de la garganta de Dino, junto
a su hoja. Su lengua salta y lame hacia arriba, a través de la sangre de
Dino. Y se pregunta por qué la gente piensa que está loca. Está
cementando esa opinión en cada mente aquí presente, cuando murmura:
—No me presiones, cariño. No tienes ni idea de lo mucho que me
excita la idea de matarte.
Con eso, sonrío. Esa es mi chica.
Un hombre mayor se adelanta.
—Ahora, no hagamos nada precipitado.
Veo el parecido entre este apuesto hombre mayor y su hijo de
inmediato. Este es Vito Gambino. Con las manos levantadas en un gesto
de paz, pregunta:
—¿Qué significa esto?
Miguel se adelanta y casi grita:
—Este hijo de puta sucia mató a mi amigo. El marido de mi
hermana. Mi familia. —Y luego añade—: ¡Mató a mi hermano!
Dino aprieta los dientes, las fosas de su nariz se abren y gruñe:
—¡No lo hice! ¡Carajo!
Ignorando el teatro de su hijo, Vito mira a Eduardo.
—Supongo que no permitirías una acusación así, sin pruebas.
Eduardo permanece en silencio. Es Miguel quien habla.
—Tenemos la confesión de alguien en quien confiamos.
Vito pregunta:
—¿Quién?
Una pequeña voz junto a la puerta adquiere toda la atención cuando
hace eco en el silencio.
—Yo.

Alejandra 81

Esto no es una buena idea.


¿Por qué pensé que sería una buena idea?
Mi cuerpo tiembla de miedo, pero mantengo mis rodillas juntas,
esperando que nadie las oiga golpearse entre sí.
—Yo.
Todas las miradas de la habitación se dirigen a mí, incluida la de mi
marido, que parece aturdido y traicionado. Rápidamente evito sus ojos
pero escucho su súplica.
—Ana. ¿Qué estás haciendo?
En lugar de responderle, cruzo la habitación para estar junto a mi
padre, dirigiéndome a todos los que están adentro:
—Yo, Alejandra Gambino, estoy de pie frente a todos ustedes hoy
con el corazón encogido. Mi marido, Dino, me confesó que mató a Raul
Mendoza a sangre fría. —Me vuelvo hacia Vito y le miro a los ojos—. El
Dino que está delante de ti no es el hombre con el que me casé. —Miro a
Dino—. No conozco a este hombre. Sus celos por mi relación anterior con
Raul se intensificaron la noche del asesinato de Raul. Me hizo preguntas y,
no queriendo tener secretos entre nosotros, le respondí. No tengo que decir
que a Dino no le gustaron las respuestas a las preguntas que hizo. La
siguiente cosa que supe, es que Dino estaba lanzando cosas totalmente
enfurecido antes de desaparecer. —Miro al padre de Raul, con lágrimas en
mis ojos—. No volvió hasta la mañana, y cuando volvió, su ropa estaba
arrugada y ensangrentada.
Dino suelta una risa sin humor.
—¿Qué? —Mira a su alrededor a las caras que lo rodean—. No están
jodidamente comprando esta mierda, ¿verdad?
Las sombrías miradas en los rostros de los hombres que nos rodean,
dicen que sí.
Mirando alrededor de la habitación, Dino se vuelve hacia mí,
perdiendo su pelea. Susurra:
—¿Por qué estás haciendo esto?
Esta vez, lo miro a los ojos y miento.
82
—Yo te defendería hasta la muerte, Dino. Pero las cosas ahora son
diferentes.
Levanto una mano hasta mi vientre protectoramente y pronuncio en
voz baja:
—Tengo un hijo que proteger.
Sus ojos bajan hasta la mano en mi estómago.
—Estás embarazada. —Una declaración llena de asombro.
Bajando los ojos en un gesto de rendición, susurro:
—Estoy embarazada.
Voy a ir al infierno.
Mientras mantengo mi rostro hacia el suelo, Dino habla.
—Puedo cambiar.
Dice esto como una declaración, pero sale como una súplica.
Cuando lo miro, sacudo la cabeza.
—No. No puedes.
Julius interviene.
—¿Hay alguien aquí que pueda atestiguar el paradero de Dino esa
noche?
En este punto, la cara de Dino se transforma por el pánico.
—¡Yo estaba en casa, en la cama con mi esposa! —Se vuelve hacia
sus hermanos. Su hermano menor, Luciano, mira a Dino con disgusto,
mientras que Gio sonríe, sacudiendo la cabeza hacia mí. Dino suplica—:
¿Luc? ¿Gio? ¡Digan algo!
Mi corazón late rápidamente. No puedo creer que no lo avalen.
Esperaba que fueran mi único obstáculo.
Dino parpadea rápidamente, volviéndose hacia Vito.
—Papá. Por favor.
Vito habla suavemente, pero el silencio en la habitación asegura que
ha escuchado.
—Después del funeral, lo llamaste feccia —Vito mira a su hijo, con la
decepción claramente visible en sus ojos—. Lo llamaste escoria. 83

Un sollozo audible viene del padre de Raul, y en una muestra de


solidaridad, uno de los hombres de Gambino se acerca a él, sosteniéndolo
mientras un hombre adulto llora por su hijo.
La incredulidad en la cara de Dino me haría reír si no fuera tan
trágico.
Dino gruñe:
—Papa.
Ese es el momento exacto en que Vito Gambino se agrieta. Camina
hacia adelante, hasta encontrarse cara a cara con Dino y, levantando una
mano, lo golpea tan fuerte como puede, tan duro que la cabeza de Dino
vuela hacia un lado.
El último insulto.
Inclinándose hacia delante, Vito sisea:
—¡No eres mi hijo!
Vito Gambino se estira, enderezando su chaqueta. Se mueve para
pararse delante de mí y, cogiéndome por los hombros, me besa ambas
mejillas en un gesto paternal de apoyo. Tocando ligeramente la mano que
sostiene protectoramente mi vientre, él murmura un brusco:
—Felicitazioni, bella.
Vito se acerca a mi padre y ellos se abrazan, luego él se dirige a la
salida, seguido por Luciano y Gio, mientras Dino cae de rodillas y solloza.
—¡Papa!
Sin otro adiós, Julius dice:
—Si alguien quisiera hablar en nombre de Dino, ahora sería el
momento.
Dino mira alrededor de la habitación, con los ojos muy abiertos por
la esperanza, mirando hacia los hombres con las cejas fruncidas. Apuesto
mi vida a que está deseando haber sido más agradable con la mayoría de
los hombres de esta habitación.
Como era de esperar, nadie habla en nombre de Dino. Y ni un
momento después, Julius anuncia:
—Dino Gambino, por la presente, se te encuentra culpable del
asesinato de Raul Mendoza. Tu condena es... —murmura Julius—… la
84
muerte.
Dino de repente se pone en pie e intenta llegar hasta mí. Me quedo
allí observándolo acercarse, con sus labios curvados y voz cruda.
—¡Maldita puta! ¡Te voy a matar!
Mientras sus brazos se extienden para enrollarse alrededor de mi
cuello, el miedo me mantiene inmóvil. Suena un sonido fuerte y Dino se
queda inmóvil.
Se aferra a donde está su corazón, mirándome con lágrimas en los
ojos. Respirando pesadamente a través de su nariz, se derrumba a mis
pies, mientras su sangre sale por debajo de la mano puesta sobre su
corazón.
Miro a Julius para encontrarlo sacudiendo la cabeza ante la visión
de Dino en el suelo, quien ya no se mueve.
Mi mirada se encuentra con la suya y observo el arma en su mano,
cuando la pequeña mujer asiática declara despreocupadamente:
—Caso cerrado, hijo de puta.
Mis ojos se dirigen hacia Dino. Todavía abiertos con asombro, miro
profundamente sus ojos y murmuro para mí misma:
—Soy libre.
Como si de repente me diera cuenta de mi marido muerto está tirado
en el suelo, sangrando mis Louboutins negros, jadeo, apretando una mano
en mi boca. En cuestión de segundos, mi padre y mi hermano están a mi
lado. Mi padre dice:
—Está bien, Alejandra. Te tenemos.
Miguel me abraza, alejándome de Dino. Lejos de mi vieja vida. Me
besa en la sien y dice:
—Lo siento mucho, Ana. Lo siento mucho.
Cuando llegamos a la puerta de mi dormitorio, murmuro:
—Necesito tiempo. Por favor... solo dame tiempo.
Miguel asiente, cerrando la puerta detrás de mí.
Una vez sola y sin miedo, agarro mi bolso y tomo el largo pasillo
hasta la cocina. Salgo por la puerta trasera, me dirijo hacia el auto y
regreso a casa. 85

En el momento en que entro por la puerta, me dirijo hacia arriba.


Una vez dentro de mi dormitorio, paseo.
—Oh, Dios mío —susurro—. Oh Dios mío. Oh Dios mío.
Reuniendo un poco de sentido común, me pongo de rodillas al lado
de la cama y me asomo debajo para sacar la mochila de emergencia de
Dino. La abro y compruebo el contenido. Dinero, armas y pasaportes
falsos. Al abrir los pasaportes, encuentro uno con mi foto pero con un
nombre diferente.
Perfecto.
Arrastro el bolso por la habitación hasta el armario y aparto la ropa
en las perchas para revelar la caja fuerte. La abro en un tiempo récord y
sin ceremonias lanzo las pilas de dinero a la bolsa. Caminando
rápidamente hacia los cajones, agarro pilas de ropa y las arrojo al lado del
dinero.
Eso es todo.
Mi vida en una bolsa.
Triste.
Esto es tan triste.
Pero no voy a detenerme en el pasado. Voy a dejar el pasado donde
pertenece.
Detrás de mí.
Sin mirar hacia atrás, salgo de mi casa, dejando la puerta abierta y
entrando en mi auto. Una vez que empiezo a conducir, abro la ventana y
tiro mi anillo de bodas hacia el tráfico detrás de mí.
Y mientras lo hago, me rio.

86
8
Twitch

V
ivir en las calles podría ser peor.
Cuando digo que podría ser peor, quiero decir que
podría estar haciendo cosas peores que compartir un porro
con un hombre sin hogar, Joseph, en su callejón. Y cuando
digo su callejón, lo digo en serio. Desde el desechado y
rasgado sofá marrón hasta la pequeña cómoda con su escasa ropa en él,
este callejón es su hogar.
Iba a encontrarme con Joseph cuando Wilbur, un hombre sin hogar
más viejo, me ofreció amablemente un sombrero de metal hecho con latas
mientras hablaba de todo tipo de mierda sobre conspiraciones
gubernamentales y microchips insertados en el cerebro de ciudadanos
desconocidos. De acuerdo con Wilbur, si quieres detener el chip, tienes 87
que usar el sombrero. Joseph salió de su callejón, con uno de esos
estúpidos sombreros de mierda, y me miró sonriendo.
—Lo siento por eso. Wilbur —llamó al tipo loco—, ven aquí y
cuéntame una de tus historias.
Pero Wilbur tenía otras ideas.
—No. Estoy haciendo un amigo, Joe.
Joseph me miró con lástima y diversión.
—No vas a escaparte ahora. Te ha reclamado.
Había pasado mucho tiempo desde que había hablado con alguien.
La compañía, por una vez, fue bienvenida. Me alejó de cosas en las que no
debería haber estado pensando de todos modos.
—No hay problema.
No me preguntes cómo pasó, pero cinco minutos después, en el
callejón de Joseph, usábamos sombrero de lata mientras Wilbur nos
contaba la historia de cuando le ganó una mano de cartas a Elvis.
Después de que Wilbur nos contó acerca del tiempo que salió con
Marilyn Monroe, se marchó, y me quedé con Joseph. Pude decir
inmediatamente que este tipo era un buen hombre. Me transmitía una
vibración distinta que gritaba seguridad. Me presenté, y él me estrechó la
mano, agradable y firme. Y por mi vida que no podía entender por qué
carajo este tipo estaba sin hogar. Se lo pregunté, pero todo lo que me dijo
fue:
—Estoy mejor aquí que trabajando.
Disfrutamos de la brisa durante una hora y luego me levanté. Joe
me ofreció su cama para pasar la noche si no tenía dónde quedarme, y
aunque no tenía a dónde ir, lo rechacé.
Ahora, una semana después, estoy aquí sentado en el sofá mohoso,
jugando puff-puff-pass con mi nuevo amigo.
En un cómodo silencio, vemos a la gente apresurarse. Siempre
tienen prisa. Hace cinco años, yo tenía prisa. Hace cinco años, era una de
esas personas. Ahora, tengo todo el tiempo del mundo.
Mirando hacia el cielo nocturno sin estrellas, hablo a mi compañero.
—¿Alguna vez lo echas de menos?
88
Joseph no necesita que lo explique. Me entiende.
—No.
—¿Ni siquiera un poco? —Presiono—. ¿No echas de menos tener un
buen auto y un techo sobre tu cabeza? ¿No echas de menos a las mujeres?
—Está bien, extraño a las mujeres. —Exageradamente sacude la
cabeza tristemente y suspira—. Ninguna muñeca quiere follar a un
hombre sin hogar. Simplemente no es sexy.
Elevado como una puta cometa, me rio. Me rio porque es verdad. Me
rio y me rio hasta que el recuerdo de su rostro sonriente hace que mis
tripas se retuerzan. Inhalo el humo, exhalo y admito en voz alta por
primera vez:
—Extraño a mi mujer. Y a mi hijo. Daría cualquier cosa por estar
con ellos esta noche.
Joe me quita el porro de los dedos, inhalando. Mientras exhala, dice:
—¿Y eso no es una opción?
Sacudo la cabeza, mirando hacia la calle.
—No hasta que me ocupe de otros asuntos.
Una mano pesada me golpea en la espalda.
—Entonces hazlo, hermano.
Apoyado en el sofá marrón rasgado, coloco mis manos detrás de mi
cabeza, cierro los ojos y suspiro.
—Sí. Estoy trabajando en ello.

***

No me di cuenta que me había dormido hasta que me desperté en el


sofá de Joe con Joe en ninguna parte a la vista. Me sentí como un idiota
tomando por ocupar su cama, forzándolo a buscar otro lugar para pasar la
noche.
La noche anterior ya había hablado demasiado. No volvería a ver a
Joseph. Nunca.
Mientras me levantaba y me estiraba, metí la mano en el bolsillo de
89
mi chaqueta, saqué un fajo de billetes y lo metí debajo de la papelera,
donde había visto a Joe ocultar el poco dinero que tenía. Era lo menos que
podía hacer para ofrecerle un poco de consuelo y saber que comería bien,
aunque fuera por un tiempo.
Puse mis manos en mis bolsillos y salí del callejón.
Joe tenía buenas cosas en su camino.
Podía sentirlo.

***

No hay muchas cosas que aprecie en la vida. Extraño, lo sé,


proveniente de mi trasfondo. Supongo que siempre sentía que las cosas
que apreciaba podían irse en cualquier momento. Ninguna vale el
sentimiento de la pérdida cuando esa cosa desaparece. Y ahora, en este
mundo que creé a mí alrededor, no tengo muchos amigos, pero los amigos
que tengo, los aprecio.
Subo los escalones hasta la puerta principal de la casa. Puedo oír la
charla y la risa que sale desde el interior.
Nada sofisticado. Una valla de piquete blanca, un monovolumen
sucio y un pequeño jardín lleno de flores blancas.
Es agradable.
Nada que yo elegiría, pero agradable.
Levantando una mano, llamo. Ni un minuto después, una bonita
pelirroja delgada abre la puerta. Tiene los ojos verdes brillantes y unas
cuantas pecas a través de su nariz. Su sonrisa cae mientras mira mis
brazos tatuados y mi cuello expuesto. Sus piernas se tensan mientras
pregunta cautelosa:
—¿Puedo ayudarte?
Sonrío mentalmente. A ella no le gusto.
—Pasaba por el barrio. Estoy buscando a Nox. Tú debes ser Lily.
Una mirada de confusión cruza su rostro.
—Correcto. ¿Y quién es usted?
90
—Soy Twitch.
Su sonrisa regresa con toda su fuerza y, antes de que me dé cuenta,
se lanza contra mí. Me abraza y me aprieta.
—Bueno, ¿por qué no lo dijiste? He oído hablar tanto de ti.
¡Encantada de conocerte!
Y me quedo ahí, con el cuerpo rígido y la cara torcida en una mueca.
No sé qué hacer. Levanto la mano para acariciarle torpemente el hombro.
Cuando escucho risitas desde la puerta, veo a Nox apoyado contra el
marco, sonriendo ampliamente.
—Le gusta dar abrazos.
Lo miro con furia.
No jodas, Capitán Obvio.
Le doy una palmada de nuevo.
—Encantado de conocerte, Lily.
Por favor, déjame ir.
Retrocediendo, miro la transformación que una simple sonrisa hace
en su cara. Ella es hermosa. No, Lexi es hermosa, pero ella también lo es.
Colocando su mano en el hueco de mí brazo y tira de mí hacia el interior
de la casa.
—No es frecuente que conozca a los amigos de Nox. Se podría decir
que me siento un poco emocionada.
Mirando a Nox a la cara, ella se burla susurrándome:
—Necesito munición. Si tienes alguna historia humillante sobre mi
esposo, necesito saberla desde ayer.
Mis labios se contraen.
—Veré lo que puedo hacer. Es posible que tenga una o dos
guardadas.
Nox sacude la cabeza hacia la mujer a mi lado. Ella casi me arrastra
a la cocina.
—Te pagaré generosamente, por supuesto. ¿Una cena y un postre
bien cocinados?
Como si esa fuera una señal, mi estómago gruñe. Me vuelvo hacia
91
Nox.
—¿Ella sabe cocinar?
Nox se acaricia el estómago, obviamente todavía brillando por el
recuerdo de su última comida.
—Ella sabe cocinar.
Miro a Lily, preguntándome cuánto puedo sacar de esto.
—Si haces una horneada de galletas caseras, tenemos un trato.
Sus ojos se estrechan hacia mí un momento antes de asentir.
—¿Con chispas de chocolate y mantequilla de maní está bien?
Me vuelvo hacia Nox.
—Amigo.
Suspira soñadoramente, mirando a su esposa con amor.
—Lo sé.
Lily saca una silla en la mesa de la cocina y hace que me siente.
—¿Qué quieres? ¿Café, jugo, refresco?
—Un refresco sería genial, gracias.
Nox se sienta frente a mí.
—Nunca pensé que te vería por aquí.
Le doy una mirada.
—Necesito hablar.
Sus ojos se estrechan ante la mirada en mi cara.
—¿Has venido desde Australia para hablar? Una llamada telefónica
habría sido jodidamente más barata, T.
Mis ojos vuelven a Lily. Me vuelvo hacia Nox y susurro:
—Necesito ayuda.
Nox se pasa la mano por la cara.
—Estoy fuera. Soy un hombre de familia ahora. Soy un padre. Llevo
a mis hijos a la escuela. Soy parte de la AMPA. Mierda, soy voluntario,
Twitch. Lo que necesites, no te puedo ayudar.
92
Maldita sea. Eso es un puto golpe.
No puedo culpar al hombre. Si estuviera en su posición, estaría
haciendo exactamente lo mismo que él. Disfrutando de mi familia.
Lily se acerca con dos vasos de soda en la mano.
—Así que, estás en el barrio. ¿Dónde te estás quedando?
Me rasco en la sien.
—Uh, no había llegado tan lejos todavía.
Lily mira a Nox. Tienen una conversación silenciosa. Ella mira hacia
mí y sonríe.
—Bueno, eso está resuelto. Te quedarás aquí con nosotros.
Abro la boca para protestar, pero me corta con un movimiento de su
mano.
—No, insisto.
Poniéndose en pie, se acerca a la sala de estar, recogiendo juguetes y
libros mientras avanza.
—No es mucho, pero tenemos una habitación libre con una cama
individual. Es eso o el sofá cama. Y tú no quieres el sofá cama.
Se vuelve hacia mí y hace una mueca.
—Huele a leche agria.
Miro a Nox.
—Amigo.
Agita suavemente la cabeza, sonriendo ante el rostro ridículo que su
esposa está haciendo.
—Lo sé.
Aunque decliné más veces de las que puedo contar, Nox no lo
aceptó. Así que puse mi mochila en la habitación de invitados y prometí
que solo me quedaría esta noche. Mientras Lily empezaba con la cena, Nox
y yo salimos por la parte de atrás y hablamos.
Entregándome una cerveza, nos sentamos en el porche, mirando
hacia el patio. Bebiendo mi cerveza, escucho su silla crujir mientras Nox
se ajusta. Se frota el muslo, con una expresión de dolor en su rostro.
Señalo con mi barbilla hacia su pierna.
93
—¿Todavía duele?
Masajeando su muslo, hundiendo sus pulgares profundamente en la
piel, responde:
—Sí. Aunque no es tanto el dolor, sin embargo. Es otra cosa. A veces
todavía puedo sentir mi pierna.
Levantando el pantalón, miro la prótesis de aluminio.
Cómo han cambiado los tiempos.
Soy un hombre. Y siendo un hombre, no me siento cómodo con las
emociones corriendo a través de mí. Así que hago lo que cualquier otro
hombre haría. Cambio de tema.
—Entonces, eres padre, ¿eh?
Nox sonríe, sacando el aire de su pecho con fuerza.
—Tres veces. Tengo un niño, Rocco. Tiene seis años. Luego vino
nuestra primera chica, Angie. Ella tiene cuatro años. Y por último, nuestra
segunda chica, Mia. Tiene tres años.
Mi pecho se aprieta.
—Felicidades, hombre. —Sorbo de mi cerveza y con los ojos
entrecerrados miro al cielo y trato de mantener el dolor fuera de mi voz—.
Tengo un niño. AJ. Mañana cumple cuatro años.
—Lo sé.
Mi cabeza se gira hacia él.
—¿Tienes cigarrillos?
Me mira a la cara e ignorándome, pregunta:
—¿Qué estás haciendo aquí, Twitch?
—Mantener a mi familia a salvo.
De inmediato contesta:
—¿Llevando pilas de mierda hasta mi puerta?
Esto fue una mala idea. Me muevo para ponerme de pie.
—Gracias por la cerveza.
—Pon tu trasero en esa silla. Lily está haciendo la cena. Si te vas
ahora, vas a herir sus sentimientos.
94
Lo fulmino con la mirada. Eso fue un golpe bajo. Después de conocer
a Lily, me gusta. No quiero molestarla. El imbécil solo sonríe.
—Siéntate. Hablemos. Por eso viniste aquí, después de todo. Veré
qué puedo hacer. Dilo directamente.
No debería sentarme. Debería irme. En su lugar, me quedo.
—Tengo cinco casas en mi lista. Cada una de esas casas tiene un
rey. —Me detengo un momento, antes de enfatizar—. Está en mi mejor
interés para esos reyes retirarse. Así que eso es lo que estoy haciendo.
Forzar a cada rey a que se jubile de forma anticipada—. Agito mi barbilla—
. De forma permanente.
Nox no parpadea.
—¿Por qué?
Me siento.
—Hice negocios con estos hombres. Ese negocio se volvió
desagradable. Yo... —toso—, no lo manejé bien. Tomé algunas malas
decisiones. Dejé cicatrices. Happy ha estado escuchando cosas. Todos
estos hombres le enviaron condolencias a Lexi cuando morí —le di una
mirada afilada—, a su casa.
El asiente.
—Correcto.
—¿Qué crees que va a pasar si decido volver a casa?
—Ellos saben dónde vive. Ella y tu hijo se convertirán en objetivos
ambulantes.
Bingo.
De repente, se queda quieto.
—¿Planeas ir a casa?
No respondo, solo bebo de mi cerveza. Continúa diciendo:
—Te ayudé a fingir tu muerte, usé todos mis contactos, todos mis
malditos marcadores, y ahora ¿quieres volver a casa? —Sus ojos
resplandecen—. ¿Estás fuera de tu maldita mente? Los policías estarán
sobre ti antes de que puedas decir “boo”.
—Es por eso que estoy aquí.
95
Su frente se eleva levemente.
—¿Qué? Te lo dije, estoy fuera. Ya no hago esa mierda.
Asiento con la cabeza.
—Lo sé.
—Entonces, ¿qué coño quieres, Twitch?
Parece agotado.
Paso mis dedos por la condensación de mi botella de cerveza.
Volviéndome hacia mi amigo, lo miro a los ojos mientras trasmito mi
petición.
—Quiero que me entregues.
9
Julius

N
o puedo creer esta mierda.
Nunca en mi vida me he sentido más enojado o
avergonzado. Así no es como manejo mi trabajo. Soy un
profesional. No cago las cosas. Jamás me equivoco.
No puedo dejar que esto se sepa. Si se sabe, todo por lo que he
trabajado habrá terminado. Mi carrera habrá acabado.
Vamos a retroceder.
Una hora después de la inoportuna muerte de Dino Gambino, un
mensajero exprés llegó a la puerta, para entregar un paquete a Eduardo
Castillo. Dejando a sus hombres para que limpiaran el desastre que era
Dino, Eduardo se excusó hacia sus aposentos privados. 96

Limpiar nunca fue lo mío. No me gusta mucho tener sangre en las


manos.
Decidí subir y ver a Alejandra. Miguel dijo que ella necesitaba tiempo
a solas, y normalmente eso no habría sido algo malo, pero aquí había una
mujer embarazada, arriba, sola, pensando demasiado en las cosas. En la
muerte del hombre que amaba.
Nunca pude soportar ver a una mujer sufriendo.
Sentí la necesidad de ofrecerle mis condolencias. También sentí la
necesidad de dedicarle unas palabras a ella, de dejarle saber que tomó la
decisión indicada. La protección de su bebé debería ser lo primordial,
ahora y siempre. Nadie le reprocharía eso. Me acerqué con cuidado a la
puerta, pero cuando llevé mis nudillos contra la madera, abrió con un
ligero crujido; fruncí el ceño. Abriendo la puerta por completo, y notando el
desorden de la cama, escaneé el cuarto con los ojos entrecerrados.
¿Dónde estaba?
No había tiempo para pensar. Un segundo después de que salí al
pasillo, vi a Eduardo, pálido, de pie en el umbral de la puerta. Abrí la boca
para preguntarle qué pasaba, pero me interrumpió antes de que hablara.
—Necesito que encuentres a Miguel. Encuéntralo y vuelve a
buscarme—. Parpadeó, su frente cubierta de sudor. Habló en voz baja—.
Encuéntralo. Ahora.
Queriendo mantener el tono respetuoso, hice lo que me dijeron.
Encontré a Miguel y Ling en la cocina, y un minuto más tarde, estábamos
en el santuario personal de Eduardo Castillo, con la puerta cerrada detrás
de nosotros.
Miguel fue el primero en hablar.
—¿Papá? ¿Qué pasa?
Sin responder, Eduardo nos señaló que nos sentáramos y luego alzó
el control remoto hacia la TV.
El video en blanco y negro, sin sonido, se comenzó a reproducir en la
pantalla gigante. Lo vimos en silencio. Lo vimos con ojos como platos. Lo vi
como en cámara lenta, cada latido de mi corazón convirtiéndose en un
débil golpeteo en mi pecho.
97
Estábamos en problemas.
Mientras el rufián Ruso, y psicópata conocido, Maxim Nikulin,
atravesaba el corazón de Raul Mendoza una última vez, se arrodillaba
sobre su cuerpo en el estacionamiento del bar, riendo.
Dino Gambino no mató a Raul.
Maxim Nikulin mató a Raul.
Este no fue un asesinato de pasión provocado por los celos.
Era la pérdida de un soldado en medio de una guerra de poder.
Se han perdido vidas por menos. Lo que solo significaba una cosa.
En mi estado presente, la furia nació de un lugar en lo profundo de
mi ser, del lugar que yo me decía que no existía. La verdad era, que me
enorgullecía de ser tranquilo, frío y estar contenido, pero cuando algo me
descolocaba, podía hacer daño. Claro, costaba mucho descolocarme. Y
ahora mismo. Lo estaba.
Poniéndome de pie, apreté mis manos en puños y me giro hacia
Miguel y siseo:
—¿Dónde está ella?
Es hora de hacer control de daños.
Nunca había sido necesario. Por lo que me molesta un poco tener
que hacerlo.
Miguel se gira hacia Eduardo, atónito.
—¿Y ahora qué?
Eduardo, frotándose el rostro con las manos, mira a su hijo.
—Llamamos a Vito, le mostramos el video. —Suspirando, se pone de
pie, caminando hacia su escritorio—. Le mostramos que su hijo ha sido
reivindicado. Una hora después de su muerte. Estoy seguro que Vito
entenderá. —Asiente ausentemente—. Estoy seguro que entenderá que su
hijo, su primogénito, fue asesinado —alza la voz—, por una acusación
falsa —con el rostro enrojecido, ruge—, ¡iniciada por mi hijo e hija, la mujer
de Dino!
Golpeando el escritorio con su mano, de un solo golpe los papeles,
adornos y elementos de oficina caen al piso estrepitosamente. Girando
para enfrentarnos, espeta con sarcasmo:
98
—Sí. Estoy seguro que con una simple explicación todo saldrá bien.
Ling se encoge pero no dice nada.
Miguel parpadea.
—Papa, tenía todos los motivos para creer que fue Dino. Si Alejandra
no hubiera…
Cortándolo a mitad de la frase, Eduardo alza la barbilla.
—Este es el fin de una alianza. Una buena alianza. Una gran
alianza. Y quiero saber por qué. —Cerrando los ojos, murmura con voz
ronca—: Traigan a Alejandra. —Suspirando, se pellizca el puente de la
nariz—. Tráiganme a mi hija.
Después de una hora de búsqueda, se llegó a la conclusión de que
Alejandra había huido. Miguel llamó a su celular unas veinte veces, dejó
incontables mensajes en su contestador diciendo que él no estaba enojado
con ella, que solo quería saber por qué lo hizo y si estaba bien.
Y una mierda.
Yo sí estaba enojado. Yo exigía saber por qué mintió. Y no me
importaba ni una mierda voladora su bienestar. Al menos no ahora
mismo.
Vito había llegado al poco tiempo con sus hijos. Con el rostro gacho
por la vergüenza, Miguel los acompañó arriba. Eduardo señaló a los
hombres que se sentaran, y antes de que comenzaran a mirar, yo me
ubiqué entre los Castillos y los Gambino. Aunque era una posibilidad, la
violencia no resolvería nada en este momento.
El video se reprodujo, y observé cuando Vito Gambino se quebró y
echó a llorar. El hijo menor, Luc, envolvió al padre con su brazo y lo
consoló. La reacción del hijo del medio, Gio, ahora el mayor, me
sorprendió.
Observó cómo Raul Mendoza era asesinado sin piedad con una
mueca en el rostro.
Vito Gambino se puso de pie, sacando su arma.
—¡Mi hijo! —Miró de Eduardo a Miguel, y espetó—. ¡Mi hijo está
muerto por sus alimañas!
Esperaba que Eduardo replicara, que fuera mordaz. Oculté mi
99
sorpresa cuando Eduardo avanzó un paso, con expresión de disculpa,
apoyando una mano en el tembloroso hombro de Vito.
—Lo sé.
Mientras Vito agachaba la cabeza para llorar, Eduardo lo abrazó
como un hermano y lo sostuvo mientras lloraba, ofreciéndole consuelo y
fuerza en su tiempo de necesidad.
—Lo sé. Y no puedo expresar cuánto lo lamento, Vito—. Palmeándole
la espalda, murmuró con firmeza—: Yo arreglaré esto.
Era mi turno de hablar.
—No, no lo harás.
En ese momento, cada rostro en el cuarto giró para mirarme. Volví a
hablar.
—Era mi trabajo juzgar. Juzgué mal. Yo arreglaré esto —añadí una
promesa—. Yo la encontraré.
Vito sacude la cabeza, limpiándose lágrimas con la manga.
—No, a ti no te conozco. Y no confío en ti. —Se giró hacia su hijo
menor—. Luc. Tú la hallarás.
Antes de que Luc pudiera responder, Gio estaba allí.
—No, papa. Déjame hacerlo. Déjame encontrarla.
Vito miró a su hijo, escaneando su rostro.
—Nunca te agradó Alejandra. Nunca pude entender por qué. Pero
quizás fue porque viste en ella algo que yo no. —Una breve pausa, y
accedió—. Sí. Tú la hallarás.
Gio replicó.
—No es que no me agradara. Es que no me importaba.
Esto lo dijo mirando hacia Miguel y Eduardo con una sonrisa
burlona.
Eduardo sacudió la cabeza.
—Quiero que Julius la encuentre.
Lancé una mirada asesina a Gio.
—Yo la voy a encontrar. 100

Entonces Gio me miró, midiéndome. Sus labios se alzaron mientras


me miraba como si fuera un insecto. Uno que deseaba pisar.
—Bien, entonces. Supongo que es una cuestión de quién llega a ella
primero.
Eduardo, claramente asustado, murmuró:
—Por favor, quiero que la traigan a casa.
Vito giró la cabeza.
—Yo la quiero muerta.
Eduardo espetó:
—Está embarazada. Dentro de su cuerpo está el heredero de nuestro
trabajo.
Vito se infló y golpeó su pecho con un puño.
—¡Entonces ella sufrirá la pérdida de un hijo como yo lo he hecho! —
sus fosas nasales se ensancharon—. Y como tú lo harás.
Eduardo no dijo nada, pero vi su mandíbula temblar.
Vito se calmó y luego enderezó su corbata.
—Si tú quieres esta alianza, yo quiero la cabeza de Alejandra.
Miguel vio horrorizado cómo Eduardo accedía.
—De acuerdo.
Y mientras esto pasaba, Ling susurró en mi oído las palabras que
estaban pasando por mi mente.
—Ojo por ojo y el mundo quedará ciego.
Al ver el brillo de emoción de la mirada de Gio, supe una cosa.
Tenía que encontrar a Alejandra primero.

Alejandra
Mientras conduzco por lo que parecen horas, y seguramente porque
son horas, pienso en un documental que vi en la TV hace unos años. Era
101
sobre científicos que pudieron aislar el gen que hacía psicópatas a las
personas. La mayoría de los que lo tienen son cínicos y desalmados. No
reaccionan ante la violencia como los demás, y no se asquean por escenas
macabras. Las disfrutan.
Y por un momento, me pregunté si yo tendría ese gen.
Claro, la gente normal no se hallaría conduciendo y cantando
canciones de la radio, moviendo los pies al compás, solo horas después de
que su esposo muriera.
Quizás soy una psicópata.
Frunzo el ceño, pensando. Si yo soy una psicópata, entonces Dino
también lo era. Mi mente viaja una larga distancia dentro de sí misma,
recordando recuerdos que yo había guardado hace tiempo.
La primera vez que Dino me golpeó y partió mi labio.
La primera vez que Dino me pateó con tanta fuerza que rompió mis
costillas.
La primera vez que Dino tiró de mi cabello con tanta fuerza que tuve
que cubrir una zona calva por seis meses.
No.
No soy una psicópata.
Soy simplemente una mujer endurecida cansada de ser la bolsa de
boxeo de un imbécil.
Me alegra que haya muerto. Me alegra que muriera sintiendo miedo.
Me alegra que sintiera la injusticia.
Se merecía todo eso y más.
Supongo que estoy demasiado aliviada para estar de luto.
No sé dónde estoy, pero sé que tengo hambre, ahora que ya no
siento el nudo eterno de miedo ya que mi marido ha muerto. Una mirada
rápida al tanque de gas dice que tengo que llenarlo, especialmente si
quiero conducir toda la noche. Estacionando en un restaurante al costado
de la carretera, salgo y le doy mis llaves al joven valet. Me cuelgo mi bolso
del hombreo, y le doy doscientos.
—Llénalo y limpia el parabrisas. También apreciaría que chequearas
y cambiaras el aceite y el líquido del radiador. Lo que sea que sobre
después de eso, es tu propina.
102
El Restaurante Sunnyside Up parece decente para almorzar un poco.
No tengo mucho tiempo libre. Me acerco al mostrador donde me recibe una
mesera mayor con una sonrisa arrugada.
—¿Qué vas a querer, cariño?
—Lo que sea más rápido para llevar, por favor.
La mesera no se inmuta.
—Sándwich de ensalada de huevo, ya sale.
Dirigiéndome al refrigerador, saco cuatro botellas de agua y una
bebida energética. Los apoyo en el mostrador luego ataco las golosinas. La
mesera vuelve de la cocina un minuto después con un paquete marrón y,
al ver todo lo que voy a comprar, se estira sobre el mostrador y añade un
paquete de galletitas a la pila. Cuando voy a discutir, ella calcula mi
cuenta, y murmura:
—Yo misma las horneé, cariño, y están por ponerse malas.
Asegúrate de terminarlas antes de mañana, ¿de acuerdo? Además, parece
que necesitas más carne en tus huesos.
Sonriendo por su amabilidad, pago el total, dejándole una propina
más que decente, meto todo en mi bolso, y salgo. Cuando veo que el joven
empleado está charlando con un hombre mayor, mi estómago se cierra.
Grito:
—¿Todo bien?
El hombre mayor me mira antes de pasar su mirada sobre mi
cuerpo.
—¿Cuándo fue la última vez que le hiciste el servicio?
Miro a mi Lexus. El auto está inmaculado. No dejo que la gente coma
en él para que las migas no se metan en lugares donde no deben meterse.
La única gente que permito que miren debajo del capó son mecánicos
profesionales, y hace mucho tiempo que no bebo nada en él. Ni siquiera
agua.
Abriendo la puerta del pasajero, me estiro hacia la guantera y saco el
registro. Se lo doy al mecánico, y él sonríe.
—Buena chica.
Después de hojearlo con el ceño fruncido, suspira y asiente
pensativamente. Devolviendo el libro, declara: 103

—Tu mecánico te está estafando. Secándote de todo tu dinero.


Intento que mi boca no caiga abierta.
—¿Qué?
Asiente.
—Él añade trabajos por todos lados que no ha hecho. Es obvio. Es
un truco viejo. Tres meses seguido, ha cambiado los elegantes
limpiaparabrisas de tu Lexus, y cuando digo que los cambió, me refiero a
que ha anotado eso las veces que pudo rezándole a Dios que no lo
chequearas—. Me dio una mirada paternal—. Lo que supongo que no
haces.
—¿Es enserio? —Suspiro—. Voy con él desde que compré el auto—.
Miro al hombre y añado, humillada—. Ya van cinco años.
El hombre alza las cejas.
—Auch.
Sí. Auch.
Supongo que mi mecánico sacó más de nuestra relación que yo. Y
cuando digo más, me refiero a miles de dólares.
Suspirando, me apoyo en el auto y pregunto con cansancio:
—¿Qué tiene de malo?
—Radiador roto.
Frotándome el cuello, pregunto:
—De acuerdo. Si me lo reparas en una hora, te pago el doble.
—No es tan sencillo, señorita. No tengo las partes necesarias.
Debería ordenarlas. Podría tenerlo listo en cinco días, y eso sería lo más
rápido.
El pánico me inunda, y tartamudeo:
—Yo… yo necesito salir de aquí señor. Tiene que haber una forma.
Se encoge de hombros.
—Puedo emparcharlo, pero eso sería temporal. Y no puedo
garantizar que llegarás lejos. Tengo un auto que prestarte si tienes lugares
adonde ir.
104
La furia hierve dentro de mí.
—Mierda. No, gracias. Cuando digo que debo irme, me refiero a que
no voy a volver—. De repente, se me ocurre algo—. Su auto de préstamo,
¿dónde está?
El mecánico señala a un viejo y golpeado Cadillac azul, que incluso
tenía manchas de óxido. No parece mucho, pero ahí veo tanto. Sonrió
lentamente.
—Te propongo un trato. Mejor dicho, un cambio. Mi auto por el
suyo.
Alza las cejas. Ríe, pero sin humor. Yo necesito salir de aquí rápido,
por lo que decido contar una verdad a medias. Dejando de sonreír, trago
saliva, y mi voz se quiebra.
—Por favor, señor, tengo que salir de aquí, y lo antes posible. Acabo
de terminar una relación, y no terminó bien. Mi marido era posesivo y
peligroso. Me van a seguir, y si me encuentran… —Parpadeo—… estaré en
problemas.
No responde por un rato, permitiendo que lo que le dije hiciera
efecto. Asiente solemnemente, señalando mi frente con la cabeza.
—¿Ese moretón fue su regalo de despedida?
Parece que mi maquillaje no cubre tanto como esperaba. No
respondo, solo desvío la mirada.
—Le propongo algo, señorita. Llévese mi auto. No es mucho, pero
tiene muchas horas de trabajo encima. Ronronea como un gatito. Pero no
puedo tomar su auto.
No noté que estoy conteniendo el aliento hasta que lo suelto. Sacudo
la cabeza.
—Realmente no lo quiero. Los papeles están en la guantera. Si lo
hacemos, será un cambio directo. Si no lo quiere, desármelo y use las
partes. No me importa. Solo no lo quiero de regreso.
Estira su mano.
—Jimmy.
Apoyando la mía en la suya, nos damos la mano.
—Ana. 105

Sonríe.
—Bueno, entonces, déjame buscar tus llaves y puede ir conduciendo
hacia el atardecer, señorita Ana.
Mientras él entra, un pensamiento me hace temblar.
La gente como yo no conduce felizmente hacia el atardecer.
Nos caemos por los acantilados al lado de la carretera.
10
Alejandra

J
immy, el mecánico, me recomendó un motel cercado para la
noche. Me dijo que mencionara su nombre, así que cuando
llego y me dirijo hacia la recepción, no estoy sorprendida de
encontrar a un hombre que es notablemente parecido a Jimmy, solo que
mayor, esperándome en el mostrador.
Ignoro la pintura blanca pelándose y los sucios pisos laminados.
También ignoro las manchas de agua café en el techo y sonrió.
—Hola.
Antes de que diga otra palabra, el hombre mayor ladra:
—¿Eres Ana?
106
Me sacudo ante el sonido retumbante de su voz, mi mano agarrando
mi pecho. Y él resuella una risa crujiente.
—Lo siento, dulzura. Perdí la mayoría de mi audición en la Guerra
de Vietnam ¿Eres la chica de la que Jimmy estaba hablando?
Simplemente asiento mientras trato de calmar mi corazón acelerado.
Trago duro.
—Sí. Necesito un cuarto para la noche… —comienzo, pero me corta
con una orden ladrada:
—Te quedarás aquí dos, señorita Ana, no se dice más. Te ves
cansada como el infierno, y por suerte para ti, cualquier amigo de mi hijo
tiene un especial de dos por uno, así que esta noche va por la casa.
Oh. Este debe ser el padre de Jimmy.
Lo intento una vez más.
—Muchas gracias, pero realmente solo necesito un…
Mi cuerpo se sacude de nuevo cuando el hombre retumba.
—¡No!
Bueno, bien entonces. Sabiendo que no voy a ganar esta discusión,
me rindo con una fina sonrisa.
—Dos noches entonces.
El hombre sonríe y su rostro se transforma. Sus ángulos afiliados se
suavizan y guiña.
—Sabía que entrarías en razón. Además, mi Jimmy dijo que
necesitas un lugar para descansar. Así que voy a ponerte en el libro como
Jane Smith. Nadie nunca sabrá que estuviste aquí. —Parpadeando con
sorpresa a la bondad de este hombre y su hijo, asiento con mi barbilla
temblorosa, limpiando lágrimas perdidas.
El hombre arrulla, aunque fuerte.
—Ahora. —Acercándose, toma mi mano en la suya y le da un suave
golpecito—. Nada de eso. Estás segura aquí. —Cuando miro arriba, me
detiene con una mirada casi enojada—. Nadie va a volver a lastimarte.
Y suena tanto como un juramento que me encuentro creyéndomelo.
Pronto descubro que el nombre del hombre es Duane. Luego de que
me muestra mi habitación, no puedo evitar preguntarme si me ha dado
una linda o si todas son tan lindas como la mía. Seguro, el área de 107
recepción se veía un poco mal presentada, pero las habitaciones son
lindas. Un tapiz amarillo arena con patrón cubría las paredes, dando el
efecto de luz cuando no había ninguna. La cama matrimonial tiene un
edredón de color amarillo pálido y flores blancas. El baño está limpio y con
azulejos blancos, con un fuerte rastro de desinfectante en el aire. Y eso
está bien. Es fresco. Amo ese olor. La alfombra color canela no tiene
manchas y se siente afelpada bajo mis pies descalzos. Considerándolo
todo, el motel es más de lo que podía haber esperado.
Esperaba cucarachas del tamaño de perros pequeños. En su lugar,
obtuve un jarrón lleno con sedosas flores amarillas y blancas.
El sol comienza a ponerse y bostezo. Me levanto de mi posición
sentada en la cama y camino hacia las cortinas amarillo crujiente.
Arriesgando una mirada rápida afuera, veo el mundo continuar viviendo a
mí alrededor. Cierro las cortinas luego camino hacia mi bolso. Desempaco
todas las botellas de agua y mastico un palito de regaliz mientras trabajo
en el resto.
El sabor de frambuesas picantes y azúcar persisten en mi boca, y
mastico el regaliz mientras reviso mi nuevo pasaporte.
María Gambriella.
Esa es quien soy de ahora en adelante. Conociendo a Dino y sus
problemas de confianza, nadie más sabe sobre este pasaporte, sobre este
nombre. Soy oficialmente una nueva persona.
Reviso la pistola, asegurándome de que este cargada y compruebo el
seguro. Luego la transfiero a mi bolso. Es un poco grande, pero todo para
lo que la necesito es para el factor miedo. Nunca le dispararía a una
persona, no a menos que mi vida dependiera de ello. Y más vale que creas
que si tuviera que elegir entre tú y yo, tú perderías, cada día de la semana.
Un ruido de beep suena en mi bolso. Mis cejas se elevan mientras
excavo dentro. Rápidamente encuentro la fuente del beep.
Mi celular. Y tiene la batería baja.
Mierda.
Encontrando un pedazo de papel y un bolígrafo, rápidamente escribo
los números de teléfono que necesito saber, luego camino fuera de mi
cuarto. Inclinándome sobre la barandilla, estiro mi brazo hacia atrás y
lanzo lo más fuerte que pueda. Miro mi teléfono volar por el aire unos
pocos segundos antes de que golpea el suelo con un impacto tan fuerte
que piezas de plástico y metal rebotan por todo el lugar.
108
Me dirijo dentro y me siento en el borde de la cama cerca de la
mesita de noche. Tomando el trozo de papel, lo sostengo y marco en el
teléfono de mi cuarto. Suena cuatro veces antes de que la línea responda.
—Has contactado a la Doctora Manda Rossi. En este momento no
estoy disponible. Si esto es sobre una emergencia médica y está insegura
de cómo proceder, por favor visite su doctor general u hospital. Recuerde,
es mejor prevenir que lamentar. Deje su nombre e información de
contacto, y regresaré su llamada tan pronto como pueda. —Beep.
Sostengo el teléfono en mis manos temblorosas, mi corazón
golpeando en mi pecho. Abro mi boca para hablar, pero luego la cierro.
Sacudiendo mi cabeza, trato de nuevo.
—Yo… uh. —Nada. No puedo pensar en nada que decir—. Manda, es
Ana. —¿Qué puedo decir que no sepa ya? Trato de cualquier manera—.
Para ahora, probablemente ya sabes sobre Dino. —Sostengo el teléfono
más fuerte—. Solo llamaba para dejarte saber que estoy bien. Estoy
segura. —Parpadeo mientras mi rápido latido desacelera. —Finalmente soy
libre, Manda. —Respiro una risa—. Soy libre.
Y con eso, suavemente lo pongo en el gancho, terminando la
llamada.
Me pregunto si esa será la última vez que Manda oirá mi voz. De
repente deseo haber dicho más, algo significativo, algo cariñoso. Deseo
haberle dicho lo mucho que su amistad significo para mí y que no hubiera
sobrevivido tanto como lo hice sin ella.
Me siento en el borde de la cama y reflexiono un poco más.
Algo me dice que el precio de mi libertad va a ser alto, y
probablemente lo pagaré con mi vida.

Julius
No está mal tener amigos en puestos altos.
He lidiado con un montón de personas en mi vida. También he
ayudado a un montón de esas personas. Podrías decir que soy un tipo
decente, o si me conocieras mejor, dirías que se cómo rodar.
Haz un favor, consigue una marca. Así es como la gente se maneja
en mi mundo. 109
Así que hago una llamada a un viejo amigo, un policía. Casper
Quaid no está sorprendido de que haya llamado.
—Me preguntaba cuando llamarías.
Lucho contra una sonrisa.
—No es tan malo como piensas.
Casper se mofa.
—¿Es algo por lo que podría perder mi trabajo?
No respondo. Esa siendo mi respuesta.
Casper suspira.
—¿Qué tengo que hacer, Julius?
Respondo con un aburrido.
—Solo localizando una llamada.
Sé que Casper pensó que iba a ser peor. Sé esto, porque tan pronto
como le digo lo que necesito, accede precipitadamente y me llama en media
hora.
—Este celular no se está moviendo. Tu tipo esta en algún lugar entre
estas coordenadas. —Suelta las coordenadas y las escribo,
entregándoselas a Ling. Le agradezco, y Casper rápidamente clarifica—.
Eso es todo. Hemos terminado. No me llames por más favores, ¿sí?
Entonces, sí sonrío.
—Eso es todo. Hemos terminado. Ten una buena vida.
Casper inmediatamente suena aliviado.
—Igualmente.
Mientras conducimos, buscamos lugares de interés a los lados de la
carretera. La luz del sol comenzaba a desvanecerse, y con ella, nuestro
tiempo. Froto mi nuca mientras conduzco. La tensión causa que mi cuello
se tense. Puedo sentir los ojos de Ling en mí cuando jura:
—Oye. Vamos a arreglar esto. Todo va a estar bien. ¿De acuerdo?
Froto mi cuello más duro y miro al frente.
110
—Sí. —Mi respuesta sale ronca, y ninguno de nosotros cree que todo
va a estar bien. ¿Cómo podría? Tenemos un hombre inocente muerto y
están actualmente cazando a una mujer que encontraría el mismo destino.
No. Esto no está bien.
Ni siquiera cerca.
Antes de irnos, hice a Miguel imprimir dos fotos recientes de
Alejandra, una con cara fresca y sonriente, la otra en la que usaba unas
gafas gigantes.
Ling, mirando por su lado de la carretera, pronuncia.
—Comedor.
Me estaciono y salimos del auto. Revisando mi bolsillo trasero, me
deslizo fuera y caminamos dentro. La camarera regordeta sonríe y nos
recibe.
—Hola, ustedes. Tenemos hamburguesas en el menú esta noche. Si
están interesados, pidan el especial de Deb.
Acercándome al mostrador, veo a la mujer a los ojos y fuerzo una
sonrisa.
—Madame, soy el detective Jay. Esperando que pueda ayudarnos.
Estamos buscando a esta mujer.
Le entrego las fotos impresas de Alejandra a la mujer y veo que la
reconoce en el momento que sus ojos se posan en la cara de Alejandra.
Duda.
—¿Está en problemas?
Sacudo mi cabeza.
—Depende de su definición de problemas. Pero para asegurar su
seguridad, necesito encontrarla lo más pronto posible.
Sus ojos se estrechan hacia mí.
—¿Tienes una placa que pueda ver?
Alcanzando mi bolsillo trasero, saco mi inmaculada falsa placa
policiaca e identificación y se la entrego. Suspira.
—Si. Ella estuvo aquí más temprano.
111
Ling se mete.
—¿Hace cuánto tiempo?
La camarera encoje los hombros.
—Como a las dos.
Maldición. Eso fue hace cuatro horas. Ha desaparecido hace tiempo
para ahora.
Ling susurra:
—Maldición.
La camarera se ilumina.
—Tienen que hablar con Jimmy. Creo que tuvo un problema con su
auto, así que dejo el auto con él. La vi llevarse su auto prestado.
Dando gracias a los dioses de los problemas de autos, pregunto
pacientemente:
—Prestado, ¿eh? ¿Qué tipo de auto?
—Un Cadillac azul. Un clásico. —Mirando más allá de mí, apunta—.
Ahí está ahora. Si quieres alcanzarlo, mejor corres. No volverá hasta
mañana.
Un hombre grande y fuerte con barba y un overol cubierto de grasa
se mete en su camión, ya encaminándose. Llamo a la camarera.
—Gracias por su ayuda. Muy apreciada. Oh, y si alguien más viene
buscando por ella, no les de ninguna información. Por su seguridad. Usted
entiende.
Camino más rápido cuando el motor se enciende, corro. Me lanzo
hacia el camión, y justo cuando comienza a moverse, me detengo frente a
este. Los frenos chillan y el camión salta. Jimmy está fuera del auto y
gritando en un segundo.
—Perdiste tu maldita mente, hijo, ¿o solo tienes una vena suicida?
Respirando profundamente, sacudo mi cabeza, levantando mi
identificación policiaca y las fotos de Alejandra.
—¿Has visto a esta mujer?
Pero Jimmy ni siquiera mira las hojas. Me mira fijamente, curvando
los labios. 112

—No.
Oh, sí. Realmente no le agrado a Jimmy.
Sostengo las fotos en alto y trato una vez más.
—¿Estás seguro?
No hace ni un gesto.
—Lo siento. No puedo ayudarte.
Aprieto mi mandíbula. Estoy a punto de empujar a este hombre
sobre su culo cuando una suave voz femenina suena a mi lado.
—Disculpe, señor. Cualquier información que tenga sobre el
paradero Alejandra Gambino sería muy apreciada. Sabemos que estuvo
aquí. Sabemos que tuvo un problema con su auto. Sabemos que habló con
usted, señor.
Miro hacia Ling, conmocionado y sorprendido de que pueda hacer de
dulce tan bien, cuando agrio es su especialidad. Jimmy mira hacia la
dulce cara de Ling y murmura.
—Tuvo un problema con el auto. Se ha ido.
Ling se mueve hacia delante.
—¿Dónde? ¿A dónde fue?
Jimmy se ve dividido.
Ayudo a hacer esta decisión.
—Hay personas viniendo por ella. La encontraran. Si la encontramos
primero, tenemos una oportunidad de mantenerla a salvo.
Jimmy muerde el interior de su mejilla, en una guerra consigo
mismo. Ling pone su mano en su antebrazo y suplica.
—Por favor. Ayúdanos aquí.
Poniendo sus manos en su cabeza, suelta un respiro, respondiendo
en una exhalación.
—Está en el hotel Sunflower a una cuadra. Es el lugar de mi papa.
Está en la habitación tres, como Jane Smith. No responderá a nadie que
no conozca ese nombre. Ese es el trato.
Alivio. Puro alivio corre a través de mí. Estiro mi mano hacia él.
113
—Gracias, señor.
Jimmy sacude mi mano y me da una mirada fuerte.
—Mantenla a salvo.
Ling sonríe a Jimmy antes de girar y caminar hacia su auto. Ling ya
tiene la dirección del hotel Sunflower en su teléfono.
—Sí. Solo a un bloque de distancia.
A un bloque de distancia.
No sé si me siento o entusiasmado o triste.
Tal vez siento un poco de ambos.
Alejandra
El tibio spray del agua cae sobre mí mientras lloro. Inclinando mi
cabeza contra los fríos azulejos, lloro silenciosamente.
¿Qué voy a hacer ahora?
Nunca he tenido que pensar por mí misma. Alguien más siempre lo
ha hecho por mí. Primero, mi madre, luego mi padre, finalmente Dino. La
única cosa que realmente necesitaba hacer por mí misma era asegurarme
de comportarme bien, una buena hija, una esposa humilde.
¿Quién soy?
Alejandra Castillo Gambino está muerta.
No que ella haya vivido realmente.
María Gambriella ¿Quién es ella? ¿Cómo es ella? ¿Es divertida y
dulce? Tal vez es inteligente y descarada. Esta es mi oportunidad de ser
alguien más, alguien que querría ser.
114
Esnifo y levanto mi cara a la regadera, lavando mi angustia
mandándola por el drenaje junto con el agua espumosa. Limpiando mi
cara con mis manos, cierro la llave y exprimo mi cabello, envolviendo su
longitud en un turbante de toalla y secándolo. Me visto rápidamente con
mi único sujetador, una blusa sedosa blanca, y un par de pantalones de
yoga negros.
En mi prisa por salir de la casa, realmente no me fijé en lo que
estaba empacando. No tengo nada que combine realmente. Pero está bien.
Arreglaré eso mañana con el fajo de billetes en mi bolsa.
Teniendo mi cabello envuelto por un rato ahora, lo desenvuelvo. Cae
en hebras largas y desordenadas por mi espalda, la humedad haciendo
cosquillas en mi piel.
Suena un golpe en la puerta.
Mi cuerpo se paraliza con terror repentino. Llamo dudosa.
—¿S-s-sí?
Una voz femenina llama:
—Pantuflas y café para la señorita Smith, cortesía de recepción.
Mi cuerpo se relaja. Riéndome para mí misma, paso una mano por
mi cara y camino hacia la puerta. Desbloqueo la puerta, y al segundo que
giro el pomo, soy tirada hacia atrás. El duro golpe me hace caer sobre mi
espalda, dolor atravesando mi torso y trasero.
Parpadeando, miro hacia arriba. Y dejo de respirar.
Julius y Ling parados ahí, viendo hacia mí. Ling me apunta con su
pistola, y retrocedo, jadeando.
—¿Cómo me encontraron?
Un Julius sin expresión facial da un paso adelante. Retrocedo hasta
que golpeo la pared. Cuerpo temblando, me sacudo en terror cuando se
acerca. Arrodillándose a mi lado, suspira antes de pronunciar
ruidosamente.
—Regla número uno para hacer una escapada exitosa. —Se inclina,
sus dedos moviendo mojadas hebras de cabello de mi frente suavemente
antes de establecer su mirada en mí una vez más—. Nunca dejes un
rastro.

115
11
Julius

M
omentos como estos no hacen nada por mí. No me siento
grande, o fuerte, o masculino. Ver a Alejandra despatarrada
en el suelo de esa manera no me hizo nada sino feliz. Tengo
que decir que finalmente sí que encontré satisfacción en la mirada
conmocionada en su cara cuando se recuperó de la caída, pero ¿tenerla
arrojada de esa manera, su pequeño y frágil cuerpo pareciendo más una
muñeca de trapo que humana?
No. Eso no me gusta.
Tomándola por el brazo gentilmente, la ayudo a levantarse del suelo
y me sorprende que ella me permita guiarla sin pelea. La encamino a la
cama mientras Ling cierra y bloquea la puerta. Tan pronto como la siento,
ella nos deja fuera, hundiendo su barbilla, y pretende que no estoy aquí. 116

El movimiento es tan infantil que mi usualmente calmado


comportamiento se pincha, y de repente, quiero destrozar cabezas.
Mi corazón late con un duro y rápido redoble mientras mi ira crece.
Me paseo de un lado a otro delante de ella. Camino de un lado a otro un
tiempo antes de pronunciar un bajo y áspero:
—Me estás volviendo loco, Alejandra.
Su respuesta es inmediata.
—Jódete.
Deteniéndome a medio paseo, me giro de cara hacia ella, mi
mandíbula tensa. Esto fue desafiante e irrespetuoso, claro y simple. Mi ira
crece a niveles más altos, bullendo profundo como lava ardiente en mis
venas. Murmuro un mortalmente tranquilo:
—Háblame así otra vez y vas a tener problemas, chica.
Levantando su cara hacia la mía, eleva su barbilla con insolencia.
—No eres mi padre.
—No, solo el hombre al que trataste de tender una trampa con la
muerte de tu marido. El mismo marido al que acusaste de asesinato. No,
yo no soy tu padre, pero si lo fuese —agito mi cabeza ligeramente,
paralizado—, te hubiese repudiado por ser un pequeño coño. —Bam.
Se queda de piedra por mi cortante declaración, sus ojos se amplían,
y su boca se abre antes de que la controle y la cierre de golpe. Mira más
allá de mi codo a la nada, perdiendo el enfoque, y algo me dice que la
acabamos de perder, metida en su propia cabeza.
Ling, sentada en la pequeña mesa, agita su pistola en el aire para
obtener su atención.
—Lo que por cierto, ahora está sobre mí, ya que yo soy la que le
disparó. —Se mofa—. No es que no lo mereciese. El hombre era un imbécil.
—Mira a Alejandra y se encoge de hombros—. Sin ofender.
Alejandra traga con fuerza, cerrando sus ojos, y después susurra:
—Por favor, paren de hablar.
Ling rueda sus ojos. A ella no le gusta el drama. Me las arreglo para
mantenerme callado durante un corto tiempo antes de unirme a Ling en la
mesa.
117
Inclinándome hacia delante, coloco mi boca en su oído, y susurro:
—¿Qué ves?
Ling observa a Alejandra de cerca, evaluándola cuidadosamente
antes de responder tranquilamente:
—Veo una pequeña chica asustada tratando de ser fuerte.
Yo también.
Me pongo en pie, alcanzando la cama. Levantando al vuelo a
Alejandra con un rígido tirón, recojo una bolsa y se la arrojo a Ling. Ella la
agarra, la abre y después sonríe con suficiencia.
—Alejandra, me sorprendes, pequeña y sucia pilla.
Esto capta mi atención.
—¿Qué?
Ling levanta un montón de bolsas de efectivo, y frunzo el ceño con
desaprobación y después con ira hacia Alejandra, quien se niega a
mirarme.
—¿Exactamente cuánto tiempo has estado planeando esto? —No
responde, pero palidece visiblemente. Pensé que era un buen juez del
carácter. Es obvio para mí que no puedo confiar en mí mismo cuando
estoy alrededor de mujeres bellas. Claramente me llenan la cabeza de
mierda, y lo que es peor... las dejo. Mis labios se crispan con disgusto, y
doy a Alejandra un tirón hacia delante un poco más fuerte de lo que
debería—. Muévete.
Pero ella clava sus talones en el suelo, sus ojos se amplían,
retrocediendo en claro pánico.
—¿Dónde vamos? ¿Adónde me estás llevando?
Sin bajar la vista, agarro su brazo tan fuerte que sé que le haré
moretones. Arrastrándola a la puerta.
—Te dije lo que sucedería si me mentías. Te estás yendo a casa —
anuncio. Bajo la vista hacia ella y sonrío con aspereza—. ¿Qué pensabas?
¿Que tan solo te ibas a largar con esto? —Bajo mi cara a la suya hasta que
estamos casi nariz con nariz—. Vito Gambino te quiere en una bolsa para
cadáveres.
Lo que no añado es “Y él está consiguiendo su deseo, porque tu
padre es un cobarde”. 118

La asustada Alejandra lucha contra mí en vano después de repente


se convierte en una resignada Alejandra. Ella termina de dudar y me
permite moverla. Su repentina colaboración debería ponerme nervioso,
pero estoy demasiado complacido con el hecho de tenerla.
En el segundo en el que estamos fuera, me doy cuenta de mi error.
La oigo inhalar con fuerza y sé lo que está viniendo.
La pequeña chica descarada va a gritar.
Hago la única cosa en la que puedo pensar. La empujo contra la
pared de cemento con un duro batacazo, la agarro fuerte por la garganta.
Haciendo chirriar mis dientes, siseo:
—Ni se te ocurra jodidamente hacerlo, zorra. Te mataré aquí si tengo
que hacerlo.
Alejandra levanta el brazo y me araña la mano con una de las suyas
mientras su otra mano se hace un puño y me golpea en el brazo. Sus ojos
se amplían, su boca se abre y se cierra, un sonido de gorjeo se le escapa.
Debería dejarla ir. Debería disculparme. Pero no lo hago. Ella tiene
que entender que mientras esté conmigo, la poseo.
Ling nos pasa un poco más que incómoda.
—¡Jesús, vamos! Estás haciendo una escena.
Permito la lucha un poco más de tiempo y lo hace sin encogerse. Se
está sumiendo en la dura realidad de la situación. Si necesitase hacerlo,
mataría a Alejandra con mis propias manos.
No me gustaría, pero lo haría.
El miedo en los ojos de Alejandra es muy real, y mientras se clavan
en los míos, irradia de los suyos a los míos.
Mis ojos se estrechan mientras trato de entenderla.
¿Qué demonios pasa con ella?
Tiene dinero de su propia familia. No lo necesitaba. El corto tiempo
en que la vi con Dino, parecía feliz. Cansada, pero aún feliz. Cada persona
con la que habíamos hablado nos dijo que Dino y Alejandra eran leales el
uno al otro y felices en su matrimonio. ¿Por qué este pequeño trocito de
mujer habría asesinado a su marido? Ni siquiera podía hacer que esto
tuviese sentido.
Un repentino pensamiento cruzo por mi mente.
119
¿Estaba Dino Gambino engañando a su esposa?
Otro pensamiento.
¿Qué pasa si Alejandra estaba engañando a Dino y el bebé no era
suyo?
Lo último tenía más sentido para mí.
Mi voz baja, me inclino más cerca.
—Voy a dejarte ir ahora, Y no vas a gritar, ¿de acuerdo?
Jadeando desesperadamente por una respiración, con la cara
púrpura, ella gorgotea algo más, agitando su cabeza vigorosamente.
En el segundo en que mi mano abandona su garganta, su manos
temblorosas aguantan las mías en su clavícula. La sostengo, sirviéndole de
apoyo, mientras ella tose y resuella, tomando su muy necesitado oxígeno.
Con su frente cubierta de sudor, cierra los ojos con alivio y esa pequeña
acción me vuelve salvaje. Agarrándola por el cuello, le gruño:
—No vuelvas a hacerme eso de nuevo. —Sus ojos se abren y
pestañea débilmente, su labio inferior temblando. Mis ojos se enfocan en
sus labios, le digo mecánicamente—. No disfruté haciendo esto.
—Maldita sea, Julius. Mueve el culo. Necesitamos salir de aquí —me
grita Ling, el chasquido de sus tacones haciendo eco a través del solar del
parking.
Rozando ausentemente mi pulgar contra su clavícula, bajo la vista a
esta aterrorizada y herida mujer, y en una sola noche, me he convertido en
todo lo que odio en una persona. Suavizo mi rostro.
—No huyas de mí. —Una orden.
Más que una respuesta, Alejandra cierra sus ojos e inclina su cabeza
hacia atrás al muro de ladrillos, jadeando. Mientras sus hombros se
desploman, algo de su fuego disminuye.
Tomaré eso como un de acuerdo.
La agarro por la parte superior del brazo y me dirijo con ella al auto.
Ling abre la puerta para mí, pero antes de que la introduzca dentro, meto
la mano en mi bolsillo, girando la cara hacia ella. Levanto sus manos, las
coloco juntas y ato un cable negro alrededor de sus muñecas tan apretado
120
como puedo sin cortarle la circulación. Ling da un paso hacia delante y las
junta con cinta de embalar. Mientras vuelvo al lado del conductor, oigo a
Ling cerrar la del lado del pasajero de atrás y unírseme en la parte
delantera.
—¿Qué pasa si el auto vuelca?
Mis cejas se fruncen. Arranco el auto y miro a mi invitada por el
espejo retrovisor con una mirada evaluadora. Ella levanto sus manos
atadas y con cinta.
—¿Qué si el auto vuelca? —Sus grandes ojos de cierva no dejan los
míos. Después de un momento, profundizo mi mirada de hastío y respondo
con un frío—: Entonces estás bien y verdaderamente jodida.
Pestañea de regreso a mí, sin mostrar ninguna emoción. Después me
sorprende.
Alejandra Gambino sonríe. Una suave sonrisa. Una sonrisa secreta.
Y eso me golpea directo en la polla.
Que se joda por ser tan bonita.
Inclinándose hacia atrás al asiento del pasajero, cierra sus ojos, y en
menos de una hora y media de conducción, su respiración se vuelve
regular mientras cae dormida. Siento los ojos de Ling sobre mí, me giro
para mirarla antes de estrechas mis ojos.
—¿Qué?
Su mano pequeña y manicurada me alcanza para estrujar mi muslo.
—Te dije que esto estaría bien.
Me recuerdo haciendo esto solo. Recuerdo que no necesité nunca a
nadie. Mi compañero en el delito era Twitch, y después él murió, y no
quise a nadie más. Perder a la gente hace daño, en el cuerpo o en el alma.
Pero estoy agradecido por Ling. Es bonito tener a alguien con quien
compartir la carga.
Le doy una rápida sonrisa, y conduzco en un silencio acompañado,
su mano descansando en mi muslo.
Cuando mis ojos empezaron a cansarse, decido cambiar de planes.
—Estoy en mala forma aquí. Creo que no estamos lejos del
departamento.
Pestañeando con sueño, Ling comprueba el GPS.
—Alrededor de 55 minutos. —Se gira en su asiento, mirando atrás a 121
una dormida Alejandra, antes de preguntar—: ¿Estás seguro que la
quieres en tu casa?
Mi casa es muy importante para mí. Es un lugar seguro, alejado de
todas las idas de olla del mundo. Es mi refugio.
Pero justo ahora, no tengo elección. No puedo conducir durante
mucho más tiempo. Si tuviese un auto, saldría corriendo echando humo.
—Es solo una noche. —Me encogí de hombros ligeramente—. ¿Qué
es lo peor que podría pasar?

Alejandra
Fingir estar dormida durante tanto tiempo es más duro de lo que
parece. Porque tienes poco más que hacer, te encuentras sumergida en lo
que la gente de alrededor está diciendo.
Cuando Julius le pregunta a Ling lo lejos que está el departamento,
mi respiración se detuvo.
La gente dormida no deja de respirar.
Me corregí a mí misma en el momento en que me di cuenta. Fui
afortunada de que nadie lo hubiese notado.
Sabiendo que no pasaría demasiado tiempo hasta que hiciese mi
escape, lucho contra mi corazón acelerado y continuo respirando de
manera constante.
Y continuaré haciéndolo hasta que el auto llegue a una parada.
El auto comienza a detenerse finalmente, los frenos chirriando
bajito. Ling abre la puerta del pasajero y sale. Después de un momento, el
auto continua, se detiene una vez más y finalmente el motor se apaga.
Es casi el momento.
Mi corazón redobla su latido como si me fuese a dar un infarto.
Estoy petrificada.
El frío escozor de las amargas lágrimas pica dentro de mis ojos.
Esta es mi única esperanza. 122

La puerta de mi lado se abre, y sin un solo pensamiento, me siento


derecha y estrello mi cabeza contra... Mierda. Contra Ling.
Ella tropieza y se cae, agarrándose la ahora sangrante nariz, y esto
es todo lo que necesito. Dando un paso afuera, mis pies desnudos golpean
el glacial suelo, y sin saber siquiera donde voy, corro.
La oigo.
—¡Mierda!
La ira en su voz me impulsa. Corro más duro, rodeando el lado del
edificio, las lágrimas bajando deprisa por mi cara. Ni siquiera supe que
estaba llorando hasta que mi visión se vuelve borrosa. Jadeando y
resoplando, el dolor se extiende por mis talones mientras camino sobre
algo afilado. Grito mientras parte mi piel. Sé que estoy sangrando, pero no
puedo hacer nada al respecto. Mis manos están atadas.
Me pongo de pie y tropiezo.
Mierda, esto duele.
Lo intento de nuevo, pero mi cuerpo se desvanece debajo de mí.
Maldición. ¡Mierda! No.
No voy a ninguna parte.
Se acabó.
Y, Dios, esto apesta de verdad. Tenía un plan.
Eres débil. Eres patética. Abraza a la muerte, idiota. Es lo mejor que
vas a conseguir.
Estas amargas lágrimas caen libremente, y doy la bienvenida a la
liberación. Sentada sobre mi trasero, espero. Las pisadas suenan detrás de
mí, y en una rara cuestión de modestia, bajo mi cara a mis rodillas para
esconder mis mejillas cubiertas de lágrimas y los ojos rojos.
Sin una palabra, sus brazos me rodearon, bajo mis rodillas y por
detrás de mi espalda, y me lleva de regreso al auto.
—Me rompiste la nariz, zorra —declara Ling. Suena más sorprendida
que enojada cuando murmura—: ¿Sabes cuánto tiempo tomará para
sanar? Voy a estar morada durante dos jodidas semanas. Gracias, de
todos modos.
Julius me sienta en el auto con la puerta abierta y levanta mi pie.
123
Me arriesgo a echar una ojeada para encontrarlo levantando la mirada
hacia mí.
—Caminaste sobre un clavo. —Agitando su cabeza hacia mí, estira el
brazo, agarra la cabeza del clavo con los dedos y lo saca.
Doy un aullido y retrocedo. El dolor se extiende por mi pie,
pantorrilla y mi rodilla temblorosa. Examina el clavo.
—Está oxidado. ¿Te has puesto alguna vez la vacuna contra el
tétano?
Ling está en pie detrás de Julius, lamiendo la sangre del labio
superior, sonriendo con suficiencia.
—Duele como una perra, ¿no?
Lo hace. De veras lo hace.
Julius se gira hacia Ling, y con un gesto de afecto se estira para
sostener su cara en sus manos, recorriendo con sus pulgares sus mejillas.
—¿Estás bien?
Ling sonríe con una sonrisa sangrienta.
—Sabes cómo me gusta. —Me mira antes de lanzarme un beso—.
Esto fue solo los preliminares.
El hecho de que a esta mujer le excitase el dolor me pone enferma.
El hecho de que Julius parezca ser el que le dé ese dolor, me rompe el
corazón. Seguramente es como Dino, y si ese es el caso, no tengo ninguna
maldita esperanza de sobrevivir.
Libera su cara y después le alcanza el teléfono celular.
—Llama a Aida. Dile que va a necesitar una revacunación de tétano
y antibióticos. Pregúntale si hay algo que pueda hacer por tu nariz.
Ling asiente después se acerca a la entrada del edificio, alejándose
del auto. Mi corazón se sacude. Tener a Ling alrededor me hace sentir
segura. Y ahora tengo un enfadado hombre de buen aspecto cerca de mí.
Decido ser honesta.
—Ellos van a matarme.
No me responde, solo me observa.
—No quiero morir.
Su mandíbula tiene un tic, pero no dice nada.
124
—Tú eres mi única esperanza.
Es entonces cuando responde, un corto ladrido de honestidad.
—Si soy tu única esperanza, pequeño gorrión, di tus oraciones.
Puedes darte por muerta.
La declaración obliga a mi pecho a apretarse mientras la ansiedad se
instala. Mi pecho jadea con respiraciones temblorosas.
No estoy preparada para morir. Ni sé cómo vivir todavía. De alguna
manera me parece injusto.
Julius se endereza después cruza sus brazos sobre su pecho,
mirando algo como un vengador. Ante su vista, escalofríos recorren mi
columna vertebral. Mientras él me observa, Ling sin ceremonia alguna
sopla la sangre de su nariz sobre el pavimento.
Ella no parece una mala persona. Podría ser también mi única
esperanza de escapar. El remordimiento me atraviesa.
—Lo siento por tu nariz. —Esto sale en algo cercano a un susurro.
Ling levanta la mirada hacia mí y luego la baja, estrechando sus ojos
por si acaso.
—Todo es válido en el amor y en la guerra.
Asiento, sabiendo exactamente lo que quiere decir.
No estoy segura de cuánto tiempo pasa antes de que un SUV blanco
llegase conduciendo por la calle, aparcando detrás del negro en el que
estoy sentada en este momento, pero estoy más fría que el hielo. No estoy
segura de lo que esperaba cuando Julius llamó a una enfermera, pero no
era esto.
Una mujer madura muy rolliza y baja con un cigarrillo colgando de
su boca se aproxima. Su grueso cabello de brillante púrpura es corto y
estiloso, y viste unos pantalones azules de enfermera con una camiseta de
estampado floral rosa. Camina hacia nosotros.
—¿En qué clase de mierda te has metido esta vez, Señor Carter?
Le sonríe. Y lo siento por todas partes. Mi barriga se retuerce.
Deseo ser la clase de persona que tiene sonrisas como esas
guardadas para otros.
125
Besa su mejilla.
—Te extrañé, Aida. Simplemente estoy poniendo excusas para verte,
eso es todo.
Ella bufa una risa incrédula, escupe su cigarrillo y después lo pisa.
Girándose hacia mí, echa una mirada hacia mi talón después hacia Julius.
—Esto necesita ser limpiado. Necesito sal y agua, solo un poco de
cada uno. ¿Puedes conseguírmelos, querido?
Julius me inspecciona. Sus ojos se estrechan advirtiéndome antes
de que asienta y se dirija al edificio. Tan pronto como está fuera de vista,
me inclino hacia delante y siseo:
—Por favor, ellos van a matarme.
Una brillante luz alumbra de repente, iluminando por completo la
parte delantera del apartamento, y Aida me ignora.
—El agujero es profundo. El agua salada va a doler como el infierno,
señorita. Espero que seas una de las duras porque no tolero tonterías.
Especialmente de la variedad de autoinflingidas.
Mi voz se vuelve ronca y le digo:
Si no me matan, él lo hará. Por favor ayúdame. Todo lo que necesito
de ti es que encuentres a mi hermano…
Los ojos de Aida se vuelven afilados mientras me corta.
—Yo cerraría esa preciosa boca que tienes, chica. —Mis labios
tiemblan y me alejo, luchando con el dolor que estoy sintiendo.
¿Nadie me ayudará?
Este es el momento en que Aida suspira. Me inspecciona el otro pie,
y dice tranquilamente:
—¿Piensas que alguien que ha planeado matarte llamaría a una
enfermera para asegurarse que no murieses de tétano?
Eso...
Mis cejas se fruncen ante el pensamiento.
Eso es un maldito buen punto.
Abro mi boca, pero ella coloca su palma en alto, deteniéndome.
—Si fuese tú, me comportaría. Tratar con hombres como el Señor
Carter puede ser dañino para tu salud.
126
Echa una mirada hacia arriba a mi frente con moretones.
—Pero algo me dice que tú ya sabes un poco de eso.
Julius sale del edificio trayendo las cosas que Aida necesita.
No tengo mucho tiempo. Le pido desesperadamente a través de
susurros.
—¿Qué sugieres que haga?
Me responde inmediatamente, clínicamente.
—Mantén tu cabeza abajo y tu boca cerrada. Esto no es un juego.
Pero si lo fuese —sus duros ojos se encuentran con los míos—, Julius
Carter lo ganaría.
12
Alejandra

J
ulius acerca una cubeta y un recipiente con sal. Mientras
camina, sus ojos se encuentran con los míos y no los deja. Sus
ojos dicen frases completas, sin embargo, no logro darles
sentido. Desearía saber lo que estaban diciendo. Dirigiéndose hacia Aida,
pone la cubeta a su lado. Sin siquiera mirarlo, alarga su mano, y él pone el
recipiente en ésta.
Aida busca mis manos y quita la cinta antes de cortar la atadura de
cables. Me froto las muñecas laceradas mientras ella murmura:
—Vas a necesitar esas manos en un minuto.
La familiaridad entre ellos no calma mi acelerado corazón. De hecho,
tiene el efecto contrario. Mi corazón late con más fuerza, más rápido. 127
Han hecho esto antes.
Aida toma la sal en su palma y la deja caer en el agua. Sacando un
bate lenguas de madera, revuelve el agua un rato antes de tomar mi piel
lastimado y ponerlo en el agua caliente. Pero no estoy preparada para ello.
La sal en el agua arde en mi herida abierta casi igual de mal que la calidez
del agua. Jadeando audiblemente, me aferro a los costados del asiento de
pasajero y me muerdo el labio inferior mientras todo mi cuerpo se
estremece.
Aida me fulmina con la mirada.
—Tal vez el dolor será una lección para ti.
Me muerdo el labio con tanta fuerza que temo rasgarlo. Y Julius…
me observa. Su dura mirada quemando agujeros a través de mí, cierro mis
ojos para mantenerme a salvo de esos duros ojos azules.
Ling sonríe cruelmente.
—La venganza es una perra, perra.
Mi cuerpo se estremece y comienzo a sudar. Siento el sendero de
ésta desde mi sien bajando a mi mandíbula. La humedad baja por mi
nariz, sobre mis labios. El sudor salado es tan penetrante que hace a mis
ojos arder. Intento parpadear pero no sirve.
Entonces Aida pone una mano enguantada en el agua salada y
procede a torturarme en la forma de una limpieza profunda. Pasa su mano
sobre mi talón, y duele tanto que mi boca se abre en un grito silencioso.
Sacando un gran hisopo de algodón, levanta mi pie del agua y mira
detenidamente el agujero en mi talón. Espero que el hisopo de algodón
roce levemente la herida, no ser puesto directamente en la herida y sin
nada de gentileza.
En entonces cuando grito.
Aida comenta:
—Tal vez deberíamos llevarla adentro.
Julius sacude la cabeza.
—No la quiero sangrando en la casa.
Agarrándome al marco de la puerta del auto, inhalo
temblorosamente y suelto un gemido entrecortado. Aida sigue girando el
hisopo de algodón dentro de la herida. Soy incapaz de respirar. Mi cabeza
cae a los lados, y con el cabello pegado a mi rostro sudoroso, gimoteo 128
roncamente, saliva goteando por la comisura de mi boca y bajando por mi
barbilla.
En conclusión, soy un desastre.
El hisopo de algodón es quitado de la herida y sostenido frente a mí,
Aida señala las manchas.
—Independientemente de lo que imaginas, no hago esto por
diversión. ¿Ves esas manchas? Es óxido. Tengo que hacer eso una vez
más, así que prepárate.
Mi cuerpo tiembla violentamente, el puño cerrado con toda la fuerza,
mientras ruego:
—No, por favor, no. Ya no más. Por favor.
La enfermera Aida hace caso omiso de mies ruegos. Toma otro
hisopo de algodón y repite el proceso. El aspecto que debo tener en este
momento, temblorosa y jadeante, debe parecer como si no me estuviera
divirtiendo, porque incluso Ling me mira, un pañuelo apretado en su
nariz, simpatía grabando sus rasgos.
Aida quita el hisopo y comprueba. Pareciendo contenta con la
limpieza de la herida, esparce suavemente crema antiséptica dentro y
alrededor antes de tapar el pequeño agujero con gasa.
—Quítalo cuando despiertes mañana y pon más de crema
antiséptica sobre la herida. Luego de desenvolverlo, no vuelvas a cubrirlo.
Mantenlo abierto, mantenlo limpio. Lávalo dos veces al día con agua con
sal. Deberías estar bien dentro de una semana, pero va a doler por un
tiempo. —Volviéndose hacia Julius, ordena—: No va a estar en condiciones
en los siguientes días. Vas a tener que ayudar a limpiar la herida.
Frunce el ceño.
—¿Qué estás diciendo, una semana? Es un maldito pinchazo, no
una herida de bala. ¿Me estás diciendo que necesita una semana para que
esa tontería sane?
Aida vuelve a mirarme, y cuando me mira a los ojos, veo disculpas.
Es entonces que me doy cuenta que la enfermera Aida había tenido la
intención de ayudarme al darme más tiempo para sanar del necesario. La
anciana vuelve a mirar a Julius y responde en voz baja:
—Cuatro días al menos.
129
Sin otra palabra, Aida comienza a desabotonar mi blusa. La abofeteo
en la mano.
—¡Oiga!
Ignorando mi triste intento de mantener una mínima forma de
dignidad, murmura un brusco:
—Necesitas una inyección. De hecho, dos. —Me mira a los ojos—. A
menos, por supuesto, que prefieras la cola en vez del brazo. —Alza una
ceja—. Puedo bajar tus pantalones tan rápido como puedo bajarte la
manga.
La lucha me abandona. No quiero tener una infección. No quiero
estar enferma. Dejo que se haga cargo.
Aida baja mi manga para revelar mi brazo. Saca dos inyecciones ya
cargadas. Tomando un hisopo empapado en alcohol, limpia la piel de mi
brazo antes de administras la primera. Duele como una hija de puta, pero
me muerdo la lengua. La segunda arde el doble que la primera, y
masculla:
—La dosis adicional es de liberación lenta, por lo que funciona en
lugar de una pastilla de diez días.
Aida pone una bola de algodón sobre mi brazo, corta un trozo de
cinta médica y lo pega. Explica:
—Probablemente haya una pelota allí mañana. No lo toque a menos
que desees un moratón.
Ling se pone de pie entonces.
—¿Puedes ver mi nariz, Aida? No quiero que sane torcida.
Aida suspira y se pone de pie.
—Está bien, pero vayamos al baño. Probablemente cuando lo haga,
sangrará como un grifo.
La mirada de Ling gira rápidamente hacia mí, con furia evidente.
Curvando el labio, alza la mano y me muestra su dedo medio. Alejándose,
articula:
—Vete a la mierda.
Aida camina detrás de Ling, desapareciendo en la casa, dejándome
con Julius.
—¿Necesitas ayuda para caminar?
130
Lo miro. Mi mente está ocupada en cosas más importante.
—¿Vas a llevarme a casa?
Lo hará. Puedo verlo en sus ojos. Va a llevarme a casa, a mi muerte,
luego irse como si nunca hubiese existido para él.
—No puedo ir a casa. —Esto sale como un susurro, y mucho más
patético de lo que tenía intención.
Julius inclina la cabeza, estudiándome.
—Tu hermano.
—¿Qué?
Julia se endereza.
—Tu hermano te ayudará.
Me obligo a soltar una carcajada fría.
—Mi hermano es un soldado. Aunque quisiera ayudarme, no podría.
Y mi padre… —Mis ojos se cierran. Trago la tirantez en mi garganta—. Mi
padre hará lo que tenga que hacer para mantener la paz.
En términos más sencillos, ya estoy muerta para él.
Parpadeando las lágrimas detrás de mis párpados, declaro:
—No voy a volver allí. —Con Dios como testigo, lo digo jodidamente
en serio.
—Irás a donde te lleve —murmura Julius descontento.
—No, no iré —declaro, ya sacudiendo la cabeza.
Entonces sonríe. Una pequeña sonrisa, pero una sonrisa al fin y al
cabo.
—¿Eso es lo que piensas, pequeño gorrión?
Lo fulmino con la mirada.
—Lo sé.
Su sonrisa se hace más amplia, y si no fuera por todo esta demente
situación, me habría tomado el tiempo para apreciar esa sonrisa. Una
sonrisa como la suya merece apreciación. Es demasiado malo que sea un
imbécil enviado a matarme. No parece del tipo que renuncia a un trabajo.
Se acerca, con los brazos extendidos.
131
—Cálmate, pobrecita. Te llevaré a la casa.
Julius Carter puede que sea un amo del juego, pero ha cometido un
sólido error.
Ha subestimado mi voluntad.
En el momento en que se encuentra al alcance de un brazo, extiendo
la pierna, pateándolo de plano en las bolas. Su respiración lo abandona
como en un silbido, pero alarga la mano para asirme, sus dedos apretando
firmemente en un puño mi largo cabello. El dolor se irradia a través de mi
cuero cabelludo y mis ojos lagrimean, pero no tira, simplemente sostiene.
Lo vuelvo a patear, esta vez en la rodilla, y lucho. Observo mientras la
presión dentro de él aumenta. La vena en su sien se hincha y afloja su
asidero.
Sin tiempo que perder, me quito sus manos de encima, rasgando la
manga de mi blusa, y cojeo alejándome tan rápido como puedo. Más o
menos unos tres segundos después, soy derribada sobre la grava, el
impacto hace que el aire me abandone en un silbido.
Estoy sin aliento.
Luchamos.
Lo golpeo, lo pateo, e incluso intento darle un cabezazo. Mis manos
se cierran en puños, lucho por mi vida. Intentando esquivar mis golpes, su
brazo me rodea alrededor de la cintura, a través de mi pecho. Busco detrás
de mí e intento pellizcarlo. Cualquier cosa que haga que me suelte.
—Deja de golpearme —gruñe en mi oído.
Pero no me detengo. Lucho con más fuerza. Me retuerzo en su
agarre, pateo y golpeo en cualquier lugar que tenga al alcance. No me
detengo a pensar en el hecho de que me estoy hiriendo en el proceso.
Una mano se envuelve una vez más en mi cabello y tira bruscamente
hacia atrás.
—¡Dije que dejaras de golpearme!
—Por favor, no me lleves de regreso —ruego con mi voz temblorosa.
Julius se queda inmóvil. Luego de un momento, murmura:
—No tengo opción.
—Todos tenemos una opción.
132
La mano en cabello se afloja.
—La mayoría de nosotros sí. Tú perdiste ese derecho cuando
incriminaste a tu marido y nos dejaste matarlo. Me quitaste ese derecho.
—Sisea—: No tengo elección.
Jadeando por aire, su cuerpo abandona el mío, y me pone de pie
tirando de mi cabellera. Me pongo de pie sobre unas piernas inestables y
grito:
—¡Maldita sea! ¡Solo déjame ir!
Abre sus fosas nasales, y apenas contiene la ira cuando apunta la
pistola a mi pecho.
—Entra.
—No.
—Tengo un arma apuntándote, perra. Tengo la ventaja. Métete en la
maldita casa.
Mis ojos lagrimean más de frustración que de miedo.
—No tengo miedo de ti o tu pistola. Solo déjame ir. No puedo
permitir que me lleves a casa. Me matarán.
Su mandíbula se aprieta.
—No me repetiré, Alejandra.
Si planea llevarme a casa, siento que no tengo opción. Cojeo hacia
adelante, acercándome más y más a la pistola cargada hasta que estoy a
un suspiro de distancia. Alargando la mano, tomo el cañón en mi mano y
lo llevo a mi frente, jadeando bruscamente. Rechinando los dientes digo:
—Hazlo. Tira del gatillo.
Esos ojos azules miran en mi dirección, dentro de mí. Mi estómago
da un vuelco. Lucho contra el efecto que tienen sobre mí, apenas.
—No lo piense, simplemente hazlo.
Intenta bajar la pistola, y con prontitud, una sensación me llena. Me
muevo hacia adelante sobre mi talón dolorido y tomo el cañón en mis
manos, una vez más usando el poco de fuerza que me queda para alzar la
pistola a mi mejilla con manos temblorosas. La sostengo allí. Con voz
ronca, murmuro un áspero:
133
—Estoy prácticamente muerta. Mátame antes que ellos lo hagan. —
Mis ojos se cierran y respiro hondamente—. Por favor. Libérame.
El arma es apartada firmemente de mi agarre, y antes de soltar mi
primer sollozo, un brazo está rodeándome, llevándome a la casa. A medida
que esto está pasando, todo en lo que puedo pensar es en cómo poner mis
manos sobre esa arma.
Si Julius no me matará y no me dejará ir, tendré que suicidarme.
13
Twitch

—O
ye.
Me dirijo hacia Nox, que está en el
asiento del conductor de su camioneta
familiar. Me mira pensativo,
cuidadosamente, antes de recordarme:
—Esto es lo que querías, T.
Mirando por la ventanilla del pasajero hacia el comedor casi desierto,
asiento en completo silencio. Un pensamiento viene a mí, y yo bufo una
ligera risa.
Si me hubieras preguntado hace cinco años si alguna vez me
entregaría voluntariamente a la policía, te hubiera dicho que no estaba en 134
mi naturaleza, pelearía con uñas y dientes, luchando hasta mi último
aliento fue sacado de mi cuerpo. Pero las cosas han cambiado.
Parte de mi desearía de que Lexi pudiera verme ahora.
Esa misma parte de mí piensa que estaría orgullosa de mí.
La otra parte de mí sabe que ella está mejor sin mí y me pide que
deje de ser un jodido memo.
Me aclaro la garganta.
—¿Conoces a este tipo?
Nox suspira.
—Sí. Es un viejo contacto. Solía ser detective de campo, pero lo
jodió. Ahora está de servicio en las oficinas.
—Creo que si él me lleva ahí dentro volverá al trabajo de campo, sin
necesidad de besarle el culo a nadie.
Nox no lo niega. En su lugar, sonríe.
—Ese es el plan.
Mi labio se contrae luchando con una sonrisa, pero esto hace que mi
estómago se retuerza ante lo incorrecto de esta situación. En un brusco
movimiento, para no tener ni un momento para repensar lo que estoy
haciendo, me acerco para abrir la puerta.
—Hagámoslo.
Nox y yo entramos en la cafetería y el olor a desinfectante me golpea
en la nariz. Una solitaria camarera golpea con la fregona el suelo y grita:
—Está cerrado, muchachos.
Un hombre alto sentado en un taburete, bebiendo café, le dice:
—Está bien, Sheila.
Se vuelve hacia mí y cuando veo su rostro, me detengo en seco. Los
duros ojos del hombre me miran ferozmente mientras murmura:
—Están conmigo.
El hombre se pone en pie, estirándose, y lleva su café a una cabina.
Las luces se apagan alrededor de nosotros, dejando solo la luz de la cocina
para iluminar nuestro entorno, y Nox se desliza en la cabina. Me tomo mi
tiempo, sentándome a su lado.
135
Observo a este hombre, a este policía, y no lo hago discretamente.
¿Qué puedo decir?
No me llevo bien con las figuras autoritarias.
Él observa mi descarada exhibición de falta de respeto y sonríe.
—Antonio Falco, resucitado de entre los muertos, vivo y coleando.
Cuando él extiende una mano, trato de no burlarme.
—Casper Quaid.
Tomo su mano firmemente y la sacudo una vez antes de dejarla caer.
Nox saluda a su viejo amigo.
—Cas, ¿cómo estás?
Casper suspira, pasando una mano por su cabello rubio demasiado
largo.
—Exceso de trabajo y mal sueldo. La misma mierda, diferente día.
¿Cómo está Lily?
El rostro de Nox se suaviza ante la mención de su esposa.
—Preguntando por ti. Quiere que vayas a cenar pronto.
Casper sacude la cabeza lentamente, sus ojos azules están llenos de
regocijo.
—Si no tienes cuidado, te robaré a tu chica.
Nox chasquea su lengua, inclinándose hacia atrás en la cabina,
sonriendo.
—Puedes intentarlo.
Charla. Pequeña charla sin sentido. Me vuelve loco. Una parte de mi
cerebro se agita y hago lo mejor que puedo para rechinar los dientes.
—¿Vamos a hablar de negocios o qué?
Casper pierde su sonrisa y se posiciona cara a cara.
—¿Qué hay que discutir? Quieres que te lleve, y dado que Nox es un
viejo amigo mío, voy a hacer eso de una manera respetuosa, sin esposas.
No vas a conseguir eso de nadie más, Antonio.
—Twitch.
Mi mandíbula se aprieta como si fuera de acero y la parte dañada de
136
mi mente golpea tratando de salir.
—Es Twitch.
—Bien, Twitch —El buen tipo Casper lanza sus brazos—. Entonces,
¿vamos a hacer esto o qué?
Miro a Nox, y él me mira cautelosamente. No cree que vaya a
hacerlo. Puedo verlo en sus ojos. Me está mirando como si fuera un animal
salvaje. Colocando un brazo sobre mis hombros, se inclina más cerca de
mí y murmura en voz baja:
—Sigamos con el plan.
El plan.
Mi maldito plan.
Estoy asumiendo un gran riesgo aquí, y por primera vez en mi vida,
estoy ansioso ante la idea de que las cosas no sean a mi manera. Es
suficiente para hacer que mi estómago se revuelva, porque esta vez, en
realidad me importa una mierda. La incertidumbre me mata.
Me pongo en pie, mientras que pienso en mis opciones. Debo de
estar tardando un tiempo, porque Nox se aclara la garganta.
Sin riesgo, no hay ganancia.
El pensamiento me tranquiliza.
Si esto va a mi manera, puedo ganar mucho con ello.
Además, lo arriesgaría todo por ellos.
Respiro hondo y lo suelto lentamente, volviéndome hacia mi captor.
—¿Qué está esperando, detective Quaid? —Inclino la cadera contra
la cabina y cruzo los brazos sobre mi pecho—. Vamos a hacer esta jodida
mierda.
Esperamos en el estacionamiento por el sedán blanco estándar de
Quaid mientras él va a despertar al jefe de policía de su distrito para
discutir la entrega voluntaria de Antonio Falco. Cuando Quaid, sus ojos
brillan con entusiasmo, me mira, sus ojos en el premio, e intenta
mantener la calma mientras que habla en voz baja.
—El jefe quiere que lo lleve discretamente —Se vuelve hacia Nox, con
una expresión de asombro en su rostro—. Tienes contactos en lugares
oscuros. Muy oscuros.
Nox baja su mirada hacia el suelo cubierto de grava.
137
—Se trata de conocer a las personas correctas.
Está cerrando, evitándome.
No me gusta eso. Mi frente baja una fracción.
—¿Qué?
Casper me mira, parpadeando sorprendido antes de que sus labios
se levanten y se ría suavemente.
—No lo sabe, ¿verdad?
Nox suspira, pasando una mano por su rostro, repentinamente
envejeciendo diez años, pero es Quaid quien me lo dice con una sonrisa
astuta en su rostro.
—Según la Interpol, estás muerto.
—¿Sí, y?
Casper sonríe.
—De acuerdo con el gobierno de los Estados Unidos, estás muy vivo,
Signor, y tienes una dirección residencial en Nevada.
Nox intenta apagarlo con un:
—Cas, no sabes de lo que estás hablando
Pero Quaid continúa.
—Y al parecer eres un hombre de sesenta y un años.
—Cas —gruñe Nox, atrapando nuestra atención. La mirada fija en
su amigo, gruñe lentamente—: No sabes de lo que estás hablando. —Se
detiene por un segundo antes de añadir—: Detente.
Mi voz mordaz, contemplo a mi amigo y abrir y parpadeo.
—¿Me estás guardando mierda, hermano?
La mirada que atraviesa el rostro de Nox, acompañada por la
ferviente sinceridad de su respuesta, me dice que no lo hace.
—Nunca, hermano. —Nada más que honestidad—. Nunca.
Mi corazón acelerado se calma sabiendo que Nox nunca me
traicionaría.
No se atrevería.
Odiaría matar a su mujer. Me gusta Lily, pero Nox no es estúpido. 138
Agradarle a una persona no tiene nada que ver con causar la muerte de
dicha persona y Nox... él sabe que lo haría. Es el precio que pagas por la
duplicidad.
Intercambiamos una mirada de entendimiento antes de que Nox se
gire hacia Quaid y murmure:
—Cuida de mi hijo. —Luego hace un gesto con su barbilla hacia mí y
dice—: Ponte la capucha.
Escucho a mi amigo y alejo ambas manos, agarrando la fría tela de
mi capucha, tirando lentamente de él sobre mis ojos, dejando únicamente
visible mi nariz y boca. Tomo una larga y lenta respiración antes de dejarla
salir lentamente por la nariz.
Nox mueve la barbilla hacia mí y se da la vuelta para salir.
Mi mano se extiende y agarra su antebrazo con fuerza. Se da vuelta,
una mirada de confusión arrugado sus ojos. Hablo bajo, solo para sus
oídos.
—Te lo debo.
Se necesita todo lo que tengo en mí para no fruncir el ceño mientras
lo digo.
Jodidamente odio estar en deuda con una persona.
Nox, conociéndome bien, predice mi lucha interna y sacude la
cabeza.
—Mi mujer cocina para ti, escuchaste a mis chicas leer, enseñaste a
mi chico cómo forzar una cerradura. —Sus cejas se levantan, y sonríe ante
lo último—. No es demasiado seguro que a Lily le emocioné esto —su
sonrisa se suaviza—, pero no hay marcas. Estamos bien. —Se adelanta, su
mano agarrando la parte posterior de mi cuello, apretando cariñosamente
—. Controla tu temperamento. —Me sacude de la parte inferior de mi
cuello y luego susurra—: Cuida el negocio, hombre.
Preferiría morir que admitirlo, pero extrañaré al imbécil.
Viendo Nox salir, me volteo hacia Quaid, observando, esperando el
cambio de carácter, esperando a que a me saque la mierda y me espose.
Pero nunca llega.
En cambio, abre la puerta del copiloto y agita una mano hacia ella.
139
—Tu carroza te espera, princesa.
Hijo de puta.
Con un silencioso ceño fruncido, me meto en el sedán blanco del
chico.
El jefe de policía bajo y robusto nos espera en frente con un solo
oficial uniformado. Quaid se estaciona frente a la estación, pero cuando
pienso que va a salir, asiente hacia el gordo jefe de policía antes de hablar
en voz baja.
—Voy a salir del auto, me dirigiré a tu lado y luego saldrás. Te voy a
tomar por el brazo y te llevaré dentro.
Mis ojos se deslizan sobre él y lo fulmino con la mirada.
Se vuelve hacia mí, atrapando mi mirada desdeñosa y encogiéndose
de hombros.
—Lo mejor que puedo hacer sin puños.
—No estoy huyendo, hombre —digo tranquilamente—. No me toques.
Quaid asiente con la cabeza en reconocimiento.
—Sabemos que no estas huyendo, Twitch, pero tengo un trabajo al
cual volver. —Deja escapar un suspiro breve—. Ayúdame.
Mis pelos se ponen de punta.
—No te conozco. —Mis hombros tensos—. No te debo ni una mierda.
—No, no lo haces —admite—. Pero si esto funciona... —hace una
pausa antes de añadir tranquilamente—, yo te lo deberé.
Consigue mi atención.
Tener a un policía debiéndole a un criminal no es nada despreciable.
Claro, estoy tratando de salir de la vida, pero todavía tengo mierda que
cuidar.
Lo dejo esperando por un momento y luego, en perfecta calma
murmuro:
—Estoy listo.
Mis ojos se cierran por voluntad propia mientras Quaid sale del auto
y se mueve al lado del pasajero. Abre la puerta y, sin dudarlo, vuelve a
ajustar la capucha que cubre mi cabeza y salgo. La sensación de su mano
agarrando mi antebrazo provoca reacción automática de mí.
140
Al igual que un perro rabioso, gruño.
Su agarre se afloja un poco, pero todavía no me gusta. Quiero tirarlo
al suelo y patear la mierda del Detective Quaid frente a su jefe. Y reír
mientras lo hago.
El hecho de que no he hecho eso me recuerda que esto es toda una
grieta en una larga cadena de acontecimientos por venir y que soy un
hombre cambiado, ya no pienso egoístamente en mí mismo.
A medida que subimos los pocos escalones frente al jefe de la policía,
el hombre más viejo me echa una mirada y se ríe.
Mis puños se aprietan firmemente a mis costados con esa risa
burlona.
El jefe levanta la mano y retira la capucha, parpadeando ante mi
apariencia, antes de dirigirse a Quaid y pronunciar una frase fría:
—¿Es esto algún tipo de broma?
Quaid se pone firme, mostrando todo el respeto que puede mostrar
un chico blanco.
—No, Señor.
El jefe me mira a los ojos pero le habla a Quaid.
—Conozco a Antonio Falco. —Hace una pausa, afilando su mirada
sobre mí—. He cenado con Tony Falco, jugado cartas con el caballero, he
estado en su casa y compartido whisky de cuarenta años con el hombre.
—Sus ojos se encuentran con los de Quaid—. Y este no es él.
La mano de Quaid se aprieta sobre mí de una manera que me dice
que está enojado.
—Señor, yo…
No puedo aguantarlo más. Arranco mi brazo lejos de Quaid de
manera no muy sutil y hablo directamente con el jefe.
—Así que conoces a un tipo llamado Falco. Mi apuesta es que hay
algunos de nosotros por ahí. Especialmente en Nueva Jersey.
Silencio.
Lo tengo. Él lo sabe. Yo lo sé. Todos lo sabemos.
El jefe parpadea hacia mí y pregunta:
141
—¿Dónde naciste, hijo?
—New York Methodist, abril del 75.
Silba entre dientes, retrocede y parpadea hacia mí en lo que solo se
puede llamar confusión controlada.
Lamiendo sus labios, se toma su tiempo diciendo lo que tiene que
decir.
—Detective Quaid, no me trajiste a Antonio Falco.
Siento el pánico de Quaid a mi lado cuando comienza.
—Señor, no conoz…
Pero es interrumpido cuando el jefe agrega con total calma.
—Me trajiste a su hijo.
¿Qué carajo acaba de decir?
El jefe da un paso hacia mí, sin pestañear, y dice las palabras que sé
que vienen pero que temo oír.
—Antonio Falco. Junior.
Mierda.
El hijo de puta conoce a mi papá.

142
14
Alejandra

E
s divertido cómo algunos momentos pueden cambiar tu vida,
darle forma, moldearla en algo desconocido, yendo a algún
lugar extraño y todo lo que puedes hacer es aceptar el hecho
o perder la pelea.
Bueno, yo no acepté los hechos. No que espero perder la pelea.
¿Mis pensamientos ahora mismo?
Vamos mierda.
Estoy cansada de ser la débil, que me digan dónde ir, qué hacer,
cómo vestir. Por una vez, estoy tomando el control de mi vida y si eso
significa sonreír durante mi suicidio, entonces, que así sea.
143
Julius se equivocó.
Nunca voy a ir casa. No voluntariamente.
Si él realmente cree que va a llevarme de vuelta ahí, la única manera
en que lo dejaría sería escoltando mi cuerpo frío y sin vida hacia la puerta
de mi padre.
Mientras me quedaba tumbada sobre el sofá de cuero color chocolate
con Julius sentado cerca de la mesa del café, frente a mí, observándome
con esos fríos ojos azules, sus codos apoyados sobre sus rodillas,
cubriendo su boca con la punta de sus dedos; yo estoy recordando
discretamente que este hombre es mucho más peligroso de lo que parece.
Su aparente calma tiene a mi mente trabajando a una milla por
minuto y una alarma me susurra con voz temblorosa.
—¿Quién demonios eres tú, Julius Carter?
Los ojos azul claro se estrechan sobre mí, pero no recibo una
respuesta.
Desde la puerta abierta, una voz segura ronronea.
—Él es el tipo al que llamas cuando los mejores se las ingenian para
echarlo a perder. —Ling se adelanta sonriendo ampliamente, y por un
momento me pregunto cómo una mujer con jodidos pañuelos desechables
rellenando su nariz, puede verse hermosa aún. Se sienta sobre el sofá a
tono, opuesto al mío una fracción a la izquierda, para que aún me intimide
con su mirada violenta y felizmente cruel. Cruzando una delicada pierna
sobre su rodilla, alisa su vestido negro con delicadeza, sus dedos pintados
de rojo—. JC es jurado, juez y verdugo. —Ante eso, mi cara palidece y sus
dientes blancos nacarados destellan. A ella le encanta lo que me está
haciendo—. Julius no hace las leyes de nuestro mundo, Alejandra. Él es la
ley.
Mis entrañas se revolcaron dolorosamente.
Bien. Eso seguramente me hacía sentir mejor.
Gracias, Ling.
En una acción inconsciente, mi mano agarra el delgado material en
mi estómago y lucho contra una mueca. Los nervios siempre me han
enfermado.
La mirada de Julius viaja por mi cuerpo y aterriza en la región
exacta donde mi mano descansa. Lentamente, se sienta derecho, mete la 144
mano en su bolsillo trasero y saca un tubo naranja de píldoras. En un
rápido movimiento me lo lanza y yo lo atrapo con facilidad. Mi frente se
arruga en confusión mientras miro hacia abajo a la blanca etiqueta y leo
en voz alta.
—Doxylamina. —Abro mi boca para preguntar qué son, pero no
puedo encontrar las palabras. Estoy tan cansada.
Julius habla por primera vez desde nuestra rencorosa pelea en el
patio de adelante.
—Te ayudará a mantener la comida.
—¿Comida? ¿Qué?
El hombre se mantiene altanero. La imagen de la perseverancia.
—La niña de mi amigo tuvo el mismo problema. Toma las píldoras.
Tienes que comer —añade—. Por el bebé.
¿El bebé?
Oh, Dios.
En mi estómago se forma un nudo y duele tanto que no me molesto
en luchar contra la contorsión de mi rostro esta vez.
—El bebé —murmuro, agarrando el material de la parte delantera de
mi camiseta con una mano, mientras agarro el tubo naranja con píldoras
con la otra. Miro fijamente la cabeza sobre la pared de la Ling.
Mi breve lista de opciones pesaba sobre mí.
Julius me mira solícitamente, pero Ling... ella me ve. Ella ve lo que
Julius no.
Que soy un fraude. Deshonesta.
Si tengo la oportunidad de reparar el daño que ya he hecho y hacer
que Julius me vea como a una persona, no como un saco de mierda, tengo
que empezar a ser honesta. Necesito que confíe en mí lo suficiente para
que baje la guardia. Necesito que baje la guardia para poder tomar su
arma y terminar esto según mis términos.
Antes de que el miedo me inmovilice, le devuelvo el tubo naranja a
Julius. Sacude su cabeza y comienza.
—No hay vergüenza en necesi…
145
Mi voz me encuentra, pero es débil.
—No hay bebé —digo incluso más baja—. Mentí.
Parpadea hacia mí, la incredulidad fuertemente establecida en su
mirada vigilante.
En el momento en que su cuerpo se vuelve rígido e inmóvil, mi
corazón golpetea. Cuando Julius se pone de pie, se agacha para agarrar el
borde de la mesa del café, mi pecho duele y mi cuerpo se vuelve frío como
el hielo. Me lanzo hacia atrás, las rodillas arriba, levantando el brazo
rápidamente para cubrir mis oídos con mis puños cerrados.
Sé lo que viene. He visto esa expresión antes en la cara de mi
marido.
Es la calma antes de la tormenta.
La mesa del café se voltea, chocando contra la pared con un bramido
que hizo eco y con la fuerza deja un enorme agujero en el punto de
colisión.
Julius estalla:
—¡Maldita sea Alejandra! —Las venas en su cuello se tensan con
cada tosca palabra. Comienza a ir y venir en el espacio donde la mesa de
café solía encontrarse. Abre su boca y deja salir un rio de maldiciones—.
Hija de puta. ¡Jodido infierno! No creo esta mierda. —Reanuda el ir y venir,
gritando un poco más, pero algo me saca de la realidad—. ¿Todo fue una
mentira?
Se gira en frente de mí, las manos en las caderas, sus ojos azul cielo
flameando.
—Respóndeme. —Mi mente tira de mi subconsciente y él inclinando
un dedo, susurra—: Ven conmigo —y las líneas entre la realidad y la
alucinación se difuminan. Ya no puedo oír su voz, pero veo sus labios
moviéndose—. Respóndeme.
Una memoria oculta resurge de un lugar oscuro y sombreado, en el
que hacía mucho tiempo la había enterrado.

Un viaje a New York para mi cumpleaños veintidós suena como un


sueño. Claro, suena como una manera entretenida de celebrar. En teoría.
Cuando Dino se acercó a mí la semana anterior, diciéndome que tenía
146
negocios en New York y que probablemente faltaría a mi cumpleaños, debí
haber olvidado mi animada cara al estar tan contenta con los planes.
Con Dino lejos, podría pasar tiempo con mi familia, mi hermano y mis
hermanas; ya que no conseguía mucho tiempo con ellos. A Dino no le
gustaba que pasara tanto tiempo en casa de mi padre.
Era su esposa. Mi lugar estaba con mi marido, así como también mi
lealtad.
La paranoia de mi marido había llegado a un punto en donde ni
siquiera sus amigos y familiares más cercanos podían quedarse a solas
conmigo. Por supuesto, él nunca aparecía y decía las palabras, pero su
confianza en los demás había disminuido mucho.
La noche siguiente, Dino regresó de una reunión familiar en el
restaurante de su familia y, al verme en la cocina, se acercó por detrás para
enrollarse alrededor de mí.
Estando perdida en mi propio mundo, salté cuando sus brazos se
juntaron alrededor de mí.
Dino se rio suavemente sobre mi mejilla, mordisqueando mi oído
juguetonamente.
—Cobarde.
Estaba de buen humor. Con mi alivio, palpable, solté una risa
agradecida.
—No te oí entrar.
Sonriendo, me gira para que lo mire y se inclina para tomar mis labios
en un firme beso.
—Adivina qué.
Era tan guapo cuando sonreía desde su corazón. Mis manos se
levantaron en un movimiento familiar para descansar sobre su pecho.
—¿Qué?
—Sabes que voy a estar en New York para tu cumpleaños —
comienza.
Lo corté, alisando suavemente la parte delantera de su chaqueta con
las manos.
—Cariño, está bien. Lo entiendo. Son solo negocios.
—Es justamente eso. —Su sonrisa se intensifica—. Vas a venir
147
conmigo. —Su sonrisa se convierte en una sonrisa de oreja a oreja—.
Saldremos a cenar, tal vez veremos un espectáculo, iremos a bailar. Vamos
a ir de fiesta en New York para tu cumpleaños, nena.
Bueno, mierda.
Mis manos se detienen en la parte delantera de su chaqueta y mi cara
cae.
Después de todo, no estaría consiguiendo mucho tiempo con mi
familia. Mi corazón se hunde y siento el frío aguijón de las lágrimas detrás
de mis ojos. Parpadeo nuevamente.
La expresión de Dino se puso glacial y supe el momento exacto en que
su ira comenzó a estimularse ante mi reacción. Así que hice lo único que
podía hacer, y lo hice bien. Después de todo, tenía años de práctica.
Fingí.
Sorbiendo fuertemente, forcé las lágrimas hacia arriba, parpadeando
rápidamente y agarrando sus hombros.
—¿Harías eso? —dejé caer una sola lágrima y susurré llorosa—.
¿Harías eso por mí?
Antes de que él pudiera medir mi reacción, lancé mis brazos alrededor
de él y lo apreté fuertemente, esperando que Dios estuviera ayudando. Con
mi voz sincera, suspiré en su pecho.
—No quería decir nada, pero la idea de que estuvieras lejos de mí
para mi cumpleaños... —Retrocedí y sonreí temblorosamente—. Gracias,
Dino. Va a ser genial.
Cuando sus rígidos brazos se aflojaron, acunándome, supe que lo
tenía. Miró hacia mí, su ceño fruncido con mal humor.
—Haría cualquier cosa por ti, nena. —Tiró de mí más cerca y
prometió—: Te amo.
Así que New York vino, y por el constante buen humor de Dino, la
noche de un sábado en un club llamado The White Rabbit, cometí un error
fatal.
Sonreí al camarero cuando me entregó mi bebida, incliné mi cabeza
hacia atrás y reí cuando él me guiñó un ojo y le dijo a Dino que era un
hombre con suerte.
Dino respondió amablemente, dejó una propina innecesariamente
grande, tomó mi mano y me guío al borde de la pista de baile. Di un sorbo a
148
mi cóctel, sonriéndome a mí misma por lo mucho que había temido este
viaje. En realidad, me estaba divirtiendo.
Bostecé, y Dino captándolo, llamó al conductor de la limusina para
que nos encontrara a fuera en breve. Cuando salimos y nos deslizamos en
la parte de atrás, Dino me tiró sobre su regazo, mordisqueando mi cuello.
Estando borracha y demasiado feliz por el comportamiento de Dino en este
viaje, me incliné sobre su boca.
Dino dijo al conductor “Privacidad” y sin otra palabra, la ventana
divisoria subió.
Dino besó su camino por mi cuello, sobre mi pecho y luego pasó su
lengua en el valle entre mis pechos.
—¿Te divertiste esta noche, nena?
Agarré su cabeza y gemí.
—Oh, sí, cariño.
Con un rápido tirón al escote de mi simple vestido negro, mis pechos
estuvieron descubiertos y Dino tomó una rígida punta dentro de su boca,
succionando con entusiasmo.
Mi espalda se arqueó con el intenso placer que fluía a través de mi
cuerpo.
—¿Quién es él? —preguntó Dino en voz baja, antes de cambiar al otro
pezón, lamiéndolo con su lengua.
Jadeando, en una neblina, respondí:
—¿Quién?
Alzando su cabeza, él murmuró:
—El camarero. ¿Quién es él?
Parpadeando lentamente, me aparté para mirar a mi marido.
—No sé. Nunca lo había visto antes.
Sonrió antes de bajar la boca hacia donde yo lo necesitaba. Suspiré
agradecida.
Un dolor repentino y ardiente irradió a través de mi pecho y grité,
tratando de retroceder. Pero los brazos de Dino se apretaron alrededor de
mí. Un segundo grito fue sacado de mí, cuando el dolor regresó con una
venganza. Asustada, empujé los hombros de mi marido.
149
—Dino, para.
Pero él me mordió de nuevo. Más fuerte.
Apretando mis dientes, tragué un lamento de agonía, mientras
susurraba un inservible:
—¡Pero es mi cumpleaños!
Con una mano firme, me empujó de su regazo hacia el suelo de la
limusina. Aterricé sobre mi estómago y, con un silbido áspero, la respiración
fue eliminada de mí. Escuché el tintineo de su cinturón. La parte interior de
mi vestido fue duramente levantada sobre mis caderas y mis bragas
bajaron hasta mis rodillas.
No estaba lista para él cuando entró en mí por detrás, murmurando:
—Tú, pequeña perra mentirosa.
El dolor fue insoportable.
Con cada traqueteó, con cada seco empujón, el dolor me atormentaba;
mi estómago rodando y manchas blancas bailando en frente de mis ojos.
Me iba a desmayar.
Él iba más y más profundo, gruñendo y murmurando el abuso en mi
oído, hasta que finalmente, por suerte, la oscuridad me abrazó.

La única comprensión de que Dino no estaba desgarrando mi


cuerpo, vino en la forma de un grito ahogado escapándose de mí cuando
me encaramé en la esquina del sofá como un animal herido. Mis manos
temblorosas se levantaron para cubrir mi boca abierta y jadeo suavemente
dentro de ellas, un brillo claro de sudor en mi frente. Parpadeó a través de
las lágrimas.
Trato de tragar a través de la viscosidad en mi garganta. Mi
declaración asustada suena en la silenciosa habitación.
—Te odio.
Ling y Julius intercambian una mirada curiosa, pero con la mirada
fruncida. Ling se encoge de hombros discretamente, pero lo captó y de
pronto, estoy mortificada.
Cuando mis mejillas se acaloran, mi subconsciente se ríe.
Estás perdiendo la cabeza.
150
El intento de aclarar mi garganta es débil, levanto mi mirada para
encontrarme con la de Julius.
—Si no planeas matarme esta noche, ¿hay algún lugar donde pueda
descansar?
Se tomó un momento, pero él habló suavemente.
—Arriba. Segundo cuarto a la derecha.
Piso de arriba.
Mi pie duele como una perra y él me da una habitación arriba. Por
supuesto que lo hace.
Castigo.
Estoy siendo castigada. Entiendo el mensaje que envía y lo tomaré
con la barbilla levantada.
Lentamente hago mi camino más allá de los dos, permaneciendo
altanera, aunque cada segundo es una tortura para mi pie herido. Tomo
las escaleras cuidadosamente, una a la vez, mi talón sensible duele con
cada paso, pero no les dejo ver mi dolor.
No me atrevo.
Soy buena escondiendo el dolor. Vivir con Dino me aseguró eso.
Ellos pueden tomar todo de mí, pero no dejaré que tengan mi
orgullo. Pueden fisgonear por ello mis dedos fríos y muertos.

151
15
Julius

M
is ojos siguen a Alejandra mientras ella se arma de valor y
me pasa con la cabeza en alto. El delicado aroma de su
champú deja un rastro detrás.
Naranja y vainilla.
Trato de no respirar, pero no puedo evitarlo, y cuando lo hago, lo
respiro hasta llenar los pulmones, cerrando los ojos en silenciosa oración.
No sé qué hacer con ella. Ha puesto mi mundo de cabeza.
La pequeña mujer es desafiante, tiene una fuerte voluntad, y es una
bocazas. Ninguno de esos rasgos debía ser sexy, pero estaría mintiendo si
dijera que el mohín de enfado de sus labios me agita de una manera en
que desearía que no lo hiciera, de formas que tendría que ignorar. 152
Lo que pasó aquí hace un minuto... No sé qué demonios fue eso,
pero sería genial si no volviera a suceder.
Su mirada en blanco, sombría, rondaría mis recuerdos. En el
momento en que volvió a la realidad, lo hizo de golpe. Fuera lo que fuese,
la había asustado hasta la muerte.
En una situación normal, diría que la asusté y se sacudió, pero algo
de ella... algo está mal. La situación entera está mal. Por una vez, no
entiendo el motivo. Y eso me come. Mi mente corre a kilómetros por
minuto.
¿Qué me estoy perdiendo aquí?
Si tuviera pensando claramente, cogería mi pistola, la seguiría hacia
esa habitación, apuntaría a su frente y dispararía, enviando su cuerpo a
su padre.
Pero un leve sentimiento de injusticia se apodera de mí cuando
pienso en este rompecabezas. Siempre he confiado en mi instinto y estoy
dispuesto a encontrar las piezas que faltan. Me encuentro queriendo
investigar y saber todo lo que sabe Alejandra Gambino.
Tengo que averiguar dónde la jodí.
¿Por qué le tendió una trampa a su marido?
—¿Qué estás haciendo, Julius?
Alzando la cabeza, atrapo a Ling mirándome con las cejas alzadas.
Sacude la cabeza ligeramente y pregunta en voz baja:
—¿Qué estás haciendo?
Mi espalda se endereza y me muevo para salir de la habitación.
Las siguientes palabras de Ling me detienen.
—Puedo encargarme de ella mientras duerme. Boom. No sabrá lo
que la golpeó —agrega—. Se irá rápidamente. Tranquilamente.
Se irá rápidamente. Tranquilamente.
La declaración es demasiado.
—¿No tienes curiosidad? —Me vuelvo y la observo cuidadosamente—
. ¿No quieres saber por qué hizo lo que hizo?
Ling se queda callada un momento antes de hablar con un suspiro
cansado. 153

—Ella es una mentirosa convincente. No puedes llegar a ser tan


bueno sin práctica. Confía en mí, lo sé. —Hace una pausa de un segundo.
Después de un buen rato de silencio entre ambos, Ling se encoge de
hombros—. Podría ser una perra egoísta que quisiera el dinero de Dino
para sí misma. Quizás planeó esto desde el principio. Tal vez no esté bien
en la cabeza.
Me detengo, llamando su atención con mi solemne observación:
—No crees eso, ¿verdad?
Mi compañera se deja caer en el sofá y su expresión es cautelosa.
—No. Yo no lo creo.
Su cara es casi ilegible. Frunzo el ceño.
—¿Qué piensas?
Ling se ve ligeramente incómoda mientras se mueve en su lugar y se
aclara la garganta.
—Lo que acaba de suceder, cuando ella se perdió… —Se muerde el
labio antes de hablar suavemente—. Solía pasarme a mí, Jay. Solía
sucederme mucho. —Cuando mi mirada se vuelve interrogativa, Ling
murmura—: Estrés postraumático.
Mi intestino se enrosca y cansadamente paso una mano por mi cara.
Mierda. Lo último que necesito es simpatizar con Alejandra Gambino.
Preferiría no saber nada de esto.
Ling, una vez más poniendo su cara de jugar, pone los ojos en
blanco.
—¿Y qué? No importa. Suceden mierdas así todos los días. Tiras de
tus bragas y sigues adelante.
No importa.
Me quedo en silencio, pero mi solemnidad persistente ha preocupado
Ling. Cuando siento su mano en mi brazo, miro hacia abajo para ver sus
hermosos ojos en forma de almendra parpadear hacia m, interrogantes.
—Puedo hacerlo rápido. Simplemente se dormirá y nunca se
despertará. Alguna gente daría su tuerca izquierda para morir así.
No. No debería importar.
Pero no puedo evitar sentir que hay algo más que averiguar de esta
154
pequeña mujer. Tendría que meterme en su cabeza, acercarme a ella,
separarla pieza por pieza y abrirla.
Tomo una decisión, sacudo la cabeza, y Ling hunde su barbilla por
la derrota. Con un arrebato, se mueve para alejarse de mí, pero yo la
agarro de la muñeca antes de que pueda escapar.
—Cuatro días. Le daré cuatro días. Si no consigo nada que valga la
pena de ella para entonces, se va.
La expresión ansiosa de Ling se suaviza. Levanta la mano y me
acaricia la mandíbula, pasando su pulgar sobre ella.
—Julius, eres uno de los únicos amigos que tengo, y haría casi
cualquier cosa por ti.
Su énfasis en “casi” es más que evidente. Dejando caer su mano de
mi mejilla, da un paso atrás, alejándose de mí. Sus ojos se vuelven
frígidos, y su boca forma una línea sombría cuando ella añade
amenazante:
—Pero no voy a morir por ti.
Sus tacones chasquean alejándose, y dejándome por mi cuenta. Me
dejo caer en el sofá y clavo los talones de mis manos en mis ojos.
Ella se irá rápidamente. Tranquilamente... No importa.
Sin embargo, me importa.
¿Por qué me importa?
Mi grave expresión se convierte rápidamente en una de hostilidad,
mis ojos se entrecierran cuando mi mandíbula se endurece.
Alejandra Gambino me contará todo lo que necesito saber. Ella
hablará.
Haré lo que sea necesario para que eso suceda.
Ling tiene razón.
No voy a morir por una frágil e inútil escurridiza mujer.

155
16
Ling

L
a joven que duerme en la cama ni siquiera me oye entrar. Con
el sigilo de una serpiente y la gracia de un felino, camino
silenciosamente hasta el centro de la habitación.
Entre nuestros círculos, me he ganado bastantes títulos en mis años
con Julius.
Viuda negra. Último vistazo. Cenicienta china.
Me he ganado estos apodos por ser la perra despiadada que soy.
Puedo ser pequeña y sexy, pero no soy delicada. Puedo ser la mujer más
peligrosa del mundo.
¿Por qué?
156
Porque soy modesta.
No confundas nunca mi feminidad con mi debilidad. Cortaré tu puta
garganta mientras vuelvo a aplicarme lápiz labial.
Una palabra a los prudentes... No siempre confíes en lo que veas.
Después de todo, incluso la sal parece azúcar.
Cenicienta china, me burlo en silencio. No puedo decirte cuántas
veces casi he pelado la polla de algún imbécil que me llamó china.
Un estúpido chico campesino americano me echó una mirada y dijo:
—Oh, ella es asiática. Ella debe ser china.
Soy una maldita vietnamita, hijos de puta. Toma nota o pierde una
extremidad.
Tras este minuto de relajado indulto temporal, me acerco a
Alejandra y mi expresión se vuelve semisimpática al pensar en lo que ella
posiblemente podría haber experimentado para hacerla tener terrores casi
tan malos como los míos.
Con su espalda hacia mí, mis ojos se desplazan a lo largo de ella.
Pequeña, demasiado delgada, con largo cabello negro enmarañado. Ropa
sucia, desgarrada y un vendaje deshilachado en su talón.
Me rio mentalmente.
Es patética.
No sé por qué eso me hace feliz, pero lo hace. Nunca podría hacer
amistad con chicas bonitas. Pero luego pienso en lo aterrorizada que
estaba...
Mi cara se endurece y mi labio se encrespa. Necesito toda mi
voluntad para silenciar el gruñido cruel que amenaza con escapar de mi
garganta ardiente.
No es mi problema. ¿Qué sabe ella del dolor? No puede ser peor que
lo que mi familia me hizo a mí.
Después de todo, a nadie le importaba cuando mi padre y mis
hermanos...
No lo hagas, chica. No te atrevas a ir allí.
Mis emociones están por todo lo alto, cierro mis ojos e inhalo
157
profundamente, exhalando después lentamente, rogando por el regreso de
mi calma.
Tardo un segundo en darme cuenta que he bajado mi guardia.
Luego, sin volverse, habla en voz baja.
—¿Vas a matarme?
Su voz mansa me sorprende. La pistola calibre 22 en mi mano de
repente se siente más pesada de lo que debería. La agarro más fuerte, y me
toma un tiempo, pero finalmente respondo con un corazón duro:
—Sí.
Su cuerpo se endurece un momento antes de relajarse,
acurrucándose en la almohada. Su voz lleva un borde de alivio cuando
susurra:
—Bien. Gracias.
La pelea que había anticipado, que anhelaba, me ha sido arrebatada
con esas dos palabras suavemente pronunciadas.
¿Qué demonios está mal con todo esto?
Sus palabras me sorprenden, y aunque, sin saberlo, hizo esto muy
fácil para mí, me encanta cuando la gente suplica por sus vidas.
Arrodillándose, llorando, me gusta especialmente cuando besan mis
zapatillas de diseñador antes de patear tan duro sus bocas que vean
estrellas.
Matar a alguien que quiere morir... ¿dónde está la diversión en eso?
Levanto la pistola y apunto, pero cuando mi dedo descansa sobre el
gatillo, suelto un suspiro, aflojo mi apretón, pierdo el foco y bajo la pistola
con la lentitud. Nunca he sido de respetar el espacio de una persona, por
lo que me muevo para sentarme en la cama, justo al lado de Alejandra.
Ella se vuelve para mirarme, con los ojos llenos de lágrimas, llorando
en silencio por su corta vida. Le pregunto:
—¿Quieres morir?
En lugar de contestarme, ella mira mi cara hinchada.
—Realmente siento lo de tu nariz —murmura, volviéndose
rápidamente una vez más.
Agh. Odio a los chupa culos.
158
—Te hice una pregunta.
No me gusta que me ignoren.
Cuando su silencio dura demasiado tiempo y abro la boca para
romperla con una hilera de insultos, ella suspira.
—Vito me quiere muerta. Sus hijos, Gio y Luc, me quieren muerta.
Mi padre hará lo que Vito pida, incluyendo entregar la cabeza de su hija en
una bandeja de plata. No hay nadie que pueda ayudarme. Estoy bien y
verdaderamente jodida.
Perceptiva. Ella está muy bien y verdaderamente jodida. Bien jodida.
Recuerdo lo que Julius dijo antes.
—Tu hermano…
Una pequeña cantidad de fuego arde en los ojos de Alejandra cuando
ella se vuelve hacia mí y me corta con un:
—Mi hermano caminaría a través de los fuegos del infierno si le
dijera que me ayudara. —Sacude la cabeza ligeramente—. Es un buen
hombre. No voy a hacerle eso. No le voy a costar la vida.
Tal vez Julius no estaba completamente equivocado al sugerir que
Alejandra podría ser valiosa. Ella sabe de esta vida. Sin duda, en su
posición, vio cosas, oyó cosas que pueden ser importantes para nosotros.
Pruebo suerte con una declaración importante, pero compenso su
importancia pareciendo completamente aburrida.
—Tienes razón. Estás totalmente jodida —Me encojo de hombros—.
Lo estás, a menos que, por supuesto, puedas demostrar que eres útil.
Su cuerpo se vuelve rígido junto al mío. Me mira con sus ojos
castaños y anchos con una inocencia falsa, largas pestañas revoloteando
en un intento de fingir confusión. Pero esos ojos de cierva de ella...
calculadores como la mierda.
—¿Útil? ¿Útil cómo?
Sonrío por dentro.
Oh, mi Alejandra. ¿Qué secretos llevas en esa linda y pequeña mente
tuya?
Me levanto de las cubiertas para quedarme junto a la cama.
—No importa. Como dijiste... —Me vuelvo hacia la puerta,
caminando hacia ella, sonriendo cruelmente—, ya estás muerta. 159

Al llegar a la puerta, oigo que las cubiertas se mueven, y ella


pregunta con pánico:
—¡Espera! Aún vas a matarme, ¿no?
—Nah.
Sobre mi hombro, le lanzó una sonrisa sádica.
—He decidido lanzarte a los lobos.
Una mirada de furia intensa cruza su rostro. Resplandece, su pecho
se agita, sus fosas nasales se ensanchan, y esos hermosos ojos de cierva
resplandecen furiosamente. Aprieta sus dientes y se acerca al lado de la
cama, recogiendo el jarrón de cristal Swarovski de rosas blancas, lo
levanta y me lo arroja lo más fuerte que puede mientras deja salir una
serie de maldiciones hispanas.
No parpadeo cuando el jarrón golpea el marco de la puerta al lado
izquierdo de mi cabeza, haciéndose añicos. Las maldiciones continúan y
mis ojos se entrecierran mientras mi corazón late más rápido. Momento
inapropiado, lo sé. Sentimientos de calor y deseo se arremolinan dentro de
mí, y muerdo mi labio para calmar mi repentina excitación.
Alejandra debe ver el cambio en mí, porque los labios que hay en su
encantadora y enrojecida cara, dejan de moverse y me observa de cerca
con perplejidad.
Mirando abiertamente su apretado y pequeño cuerpo, imágenes de
este gorrión herido presionando sus suculentos y suaves labios contra los
míos, se repiten dentro de mi cabeza una y otra vez, y advierto en voz baja:
—Nunca luches conmigo.
Su frente de arruga, y para dejar las cosas claras, agrego:
—No a menos que quieras follarme. ¿Está lo suficientemente claro
para usted, señora Gambino?
—Castillo —corrige y la furia en su mirada se desvanece.
Recojo lo que dijo, inclino la cabeza y pregunto:
—¿Perdón?
Se reclina sobre la cama una vez más, de espaldas a mí y dice con
fuerza:
—No vuelvas a llamarme nunca Gambino. —Es más suave cuando
agrega—: Seré una Castillo hasta el día en que muera. 160

Bueno, ahora estamos llegando a algún sitio.


Eso no sonaba como la declaración de una devota esposa, y mucho
menos de una que amaba a su marido. Sabía que había algo de mierda
con Dino y Alejandra desde el momento en que los vi juntos, pero parecía
ser la única persona que lo notaba, aparte de Miguel Castillo. Parecían
demasiado perfectos, demasiado juntos. Era asqueroso, en realidad. Para
cualquier otra persona, serían la pareja ideal, pero para mí, el aire sobre
ellos era antinatural. Forzado. No eran más que un espectáculo.
Repito sus palabras.
—Hasta el día que mueras. —Mis ojos bailan—. No tardará mucho.
Con tono resignado, ella reconoce:
—No. No lo hará.
Y algo sobre la forma en que dice esto hace que los pelos en la parte
posterior de mi cuello se pongan de punta.
Cuando me doy cuenta que he estado parada en la puerta, mirando
a Alejandra acostada en la cama en silencio durante más de un minuto,
me doy la vuelta y camino por el pasillo y bajo las escaleras, con mis
tacones haciendo clic debajo de mí.
Julius se endereza, sentado en el sofá, y me giro delante de él,
dándole la espalda, apartando mi cabello del camino. Sin detenerse ni un
latido, desabrocha suavemente mi vestido hasta la parte baja de mi
espalda y me pregunta:
—¿Y bien?
Aquí estoy, en el comedor, con la piel sedosa de mi espalda desnuda
expuesta ante este hermoso hombre, y todo lo que dice es, “¿Y bien?”.
Tengo que recordar que este es Julius, y Julius nunca me deja jugar.
Nunca me ha persuadido, ni hecho promesas. Es un poco aburrido. Ni
siquiera sé por qué quiero su carne en mi boca. Voy a tener que encontrar
mi propia fuente de diversión cuando todo esto ha terminado,
preferiblemente con forma de hombre cuya polla sea tan grande que me
duela. Hasta entonces, tengo mis dedos y mi preciosa ducha. Ducha
regulable.
Pero mi estómago se aferra al recuerdo de la primera mirada que
Julius le dio a Alejandra, la obvia admiración en su mirada mientras caía
en su encanto y el destello de celos en la cara de mi compañero cuando 161
Alejandra besó a su marido.
Yo lo vi.
Yo lo vi. Y no me gustó.
Él nunca me mira así.
Con un suspiro enfadado, me alejo de él. Justo antes de volver a
subir a mi habitación, me burlo de un hombre que no se lo merece.
Aferrándome a la barandilla con mi zapatilla descansando contra el primer
escalón, confieso:
—Fui allí para hacer lo que tú no fuiste lo suficientemente hombre
para hacer. Subí allí para meterle una bala en el cerebro.
Cuando su mandíbula se endurece, continúo:
—No importa sin embargo —Subo las escaleras con una sonrisa
impasible—. La pequeña cosa planea suicidarse.
Atragántate con eso, jefe.
17
Lucius

T
enía dieciséis años y seguía en la correccional cuando recibí la
llamada. Un oficial que yo consideraba un amigo, solo en
privado, vino con la noticia. Su rostro evitando, el sombrero en
la mano, me dijo que mi hermana, Tonya, había tomado un montón de
píldoras, y aunque su estómago se había bombeado, no se veía bien.
No iba a hacerlo. Tonya solo tenía catorce años y una nueva mamá.
Con nuestros padres muertos, ella solo tenía la ayuda de la hermana de mi
madre, nuestra tía Georgia, que tomó la tutela de Tonya. Con seis hijos
que la tía Georgia tenía por su cuenta, no era fácil para la pequeña voz de
Tonya ser escuchada sobre la mayoría. Siempre que tuve la oportunidad,
llamé para checar a mi hermanita y mi sobrina, pero era rara vez, y
nuestras conversaciones eran tiempo limitado. 162
Tonya me dijo que ser madre era difícil. Rara vez dormía, y el bebé
era exigente. La tía Georgia ayudó, dejando a Tonya dormir cuando pudo,
pero nuestra tía tenía que trabajar para mantener a su ahora extensa
familia. Los turnos de la tía Georgia se hicieron más largos, porque los
billetes no se iban a pagar, y había bocas hambrientas para alimentarse, y
Tonya, a la edad de catorce años, que debía estar jugando con muñecas
Barbie, estaba cuidando a una niña. Una niña inquieta.
La última llamada antes de que mi hermana intentara quitarse la
vida, habló de poner al bebé en adopción, negándose a decir el nombre de
Keera. Me dijo que era una madre terrible y que su bebé merecía una
buena vida. Tonya dijo que no era culpa del bebé que naciera en nuestra
familia. Y me senté sin emoción, guardando silencio, escuchando a una
niña crecida demasiado rápido, tomando decisiones que ningún niño de
catorce años debería tener que tomar y tomar esas decisiones en un nivel
racional.
Antes de que terminara nuestro tiempo, le dije a mi hermana que la
amaba y que necesitaba hacer lo que ella sentía que era correcto, que
apoyaría su decisión. Pero la verdad es que no quería que mi sobrina fuera
adoptada.
Era difícil de explicar, especialmente con gente que no sabía la
verdad sobre Keera. Pero Tonya y yo lo hacíamos. Y Keera era tan
importante para mí como mi hermanita. Eran familia y yo era todo lo que
tenían. Me escoltaron de regreso a mi celda, dejado por mi cuenta después
que salieron las noticias del intento de suicidio de mi hermana.
Las emociones me invadieron.
Tristeza. Dolor. Enfado. Traición. Y, por último, la culpa.
Mi hermanita iba a morir en una cama de hospital estéril en algún
lugar desconocido. Yo no estaba allí para sostener su mano, para
protegerla. No podía orar a una deidad en la que no creía. No tenía nada
detrás de mí, nada divino, ningún dios que me ayudara a ver la luz.
No sentí nada. Y lo sentí completamente.
Esa tarde, cuando salí al patio para tomar aire fresco, tuve mi
primer encuentro con un chico que sin saberlo se convertiría en mi mayor
aliado.
Allí estaba él, un desgarbado trozo de muchacho con el cabello negro
y ondulado que había crecido demasiado tiempo, la ira encapuchada en
sus ojos castaños. Evidentemente, no había encontrado el orden de
163
jerarquía en el patio a su gusto, porque se acercó a un muchacho mayor,
un niño construido como un tanque, a toda velocidad después de que le
fue quitado el balón de baloncesto con el que había estado tirando aros.
Me senté en el suelo y lo observé, esperando que él retrocediera. Pero
no. No lo hizo. Y él iba a conseguir su culo golpeado cuando el chico mayor
dejó de divertirse por el espectáculo inusual de la lucha.
Mi ceño se sumergió en confusión. El chico era diferente, salvaje y
animal. Por la forma en que sus ojos se lanzaban de lado a lado,
evaluando, la forma en que se sostenía, su lenguaje corporal era apenas
humano.
Pensando en mi hermana y en mí por no estar allí para ella, algo
dentro de mí enroscado se soltó. Una protección se apoderó de mí, y me
encontré involucrado en una pelea de patio en la que no tenía lugar estar
involucrado.
El muchacho más viejo tenía un enganche del jovencito en una llave
de cabeza flojo. El chico se esforzó sin rumbo fijo, su rostro se puso rojo
mientras gruñía y luchaba, y yo grité, empujando mi barbilla hacia el
tanque:
—Tú, Johnny. El chico es nuevo. Dale un descanso. No conoce el
camino de las cosas.
Johnny, el chico mayor, se volvió hacia mí con furia de una manera
tan familiar, pero al darse cuenta de a quién estaba hablando, su mirada
reflejó respeto.
—No le haré demasiado daño. —Miró alrededor a sus amigos, una
sonrisa cruel que se extendía en sus labios—. Los dientes vuelven a crecer,
¿verdad?
Su grupo de cómplices se rieron y burlaron obedientemente.
Me acerqué más al chico que luchaba, pero mantenía los ojos fijos
en Johnny.
—Tomaste la pelota. Él se enojó. Te burlaste de él. Está hecho.
Ahora —mi tono era tranquilo, pero firme—, déjalo ir.
El rostro de Johnny se puso púrpura de rabia, y justo cuando él
abrió la boca para hablar, la pequeña mierda en su agarre abrió su boca y
habló con los dientes apretados.
—Vete a la mierda. No necesito tu ayuda, negro. Vuelve a la
plantación y escoge tu algodón, muchacho. 164

¿Qué mierda me dice?


El maldito nervio.
—¿Qué me dijiste? —La vena en mi sien palpitó, y mi corazón
comenzó a correr mientras este muchacho recogía el hilo y tiraba,
desencadenando la ira que desde hace tiempo había escondido del mundo.
Johnny y sus amigos se rieron en voz alta, sorprendidos por el
estallido del chico. El chico había ganado una pequeña cantidad de respeto
ante sus ojos, suficiente para que Johnny lo dejara salir de la cabeza.
Me acerqué más al chico, casi de nariz a nariz, le lancé una mirada
furiosa y le advertí:
—Mejor vigila tu maldita boca... —sonreí viciosamente—, chico.
Pero el chico estaba de pie, su sonrisa era más un gruñido.
—Oblígame.
Fue rápido. Demasiado rápido para que reaccionara, y antes de que
pudiera registrar lo que había sucedido, estaba cayendo hacia atrás en la
cancha de baloncesto, mi ojo palpitando como una perra.
La jodida perra me dio un puñetazo.
En el momento en que aterricé en mi culo, me lancé hacia él, y
aunque tuvo tiempo de moverse fuera del camino, no lo hizo. Era como si
diera la bienvenida a la lucha, queriendo, necesitando la violencia que se
produjo. Rodamos, y me senté sobre su estómago, levantando atrás y
soltándome. Le eché los puños a un ritmo alarmante, con el rostro
golpeado a un lado con cada golpe. Un chico más débil podría haber
muerto, habría muerto. Pero no éste.
No. Éste se reía maníacamente, sus dientes manchados de rojo.
Estábamos rotos después de solo unos segundos, pero el daño
estaba hecho. Llevábamos nuestras cicatrices de batalla. Mi ojo negro, su
nariz rota y labio partido. En la hora de comida, se sentó solo en un
rincón, pero me observó mientras lo observaba.
Por un momento, lo odié. Evocó el monstruo en mí, el demonio que
todos teníamos dentro de nosotros. Pero no se molestó en esconder a su
demonio. Bailaba con él. Quería alimentarlo, nutrirlo, llevarlo a la
vanguardia.
Yo quería matarlo. Había algo mal con el chico, no natural. Tenía un
veneno en él. 165

Como un perro rabioso, necesitaba ser derribado.


Y yo planeaba hacer precisamente eso.
Las luces iban y venían, y esperé en la oscuridad. Estaba a tres
celdas de la mía. Mi mente calculó cómo haría esto. Tenía que ser rápido.
No me importaba lo que me hicieran. Yo ya estaba por asesinato, y
mi hermana probablemente estaba muerta.
No tenía nada, nadie. Estaba vacío por dentro.
Llegaron las seis y la cerradura fue levantada. Las celdas
desbloqueadas luego se abrieron con un chillido chocante, y agarrando el
cuchillo improvisado en mi mano, me moví rápido, decidido.
El yacía en el catre con un brazo echado sobre sus hinchados ojos.
Me acerqué, me arrodillé a su lado, agarré su camisa y empujé el cuchillo
cerca de la piel de su garganta. Con el pecho levantado, presioné mi boca
contra su oreja, y siseé:
—¿Estás listo para morir, bebé? No te preocupes. Lo haré rápido.
Su cuerpo se tensó ante mis manos, pero se obligó a relajarse, y
cuando descubrió su rostro y se volvió para mirarme, vi algo que brillaba
en sus fríos ojos marrones.
Aceptación. Resignación.
Parpadeó ante mí antes de volver su mirada hacia el sucio techo.
—Hazlo ya.
La lucha lo había dejado. Y lo que era peor, parecía como si diera la
bienvenida a la muerte.
¿Qué demonios estoy haciendo?
Había matado una vez en una furia incontrolable. Lo hice porque
estaba enojado, mi hermana estaba herida, y ella necesitaba protección sin
importar el costo. Me miré, muy adentro, y me pregunté si podía hacerlo
de nuevo. Sería peor esta vez, sin rumbo y por nada.
La respuesta me golpeó fuerte.
Sí. Sí, podría.
Miré a ese chico y rápidamente reevalué la situación. Este chico
puede ser la persona más honesta en este lugar olvidado por Dios. Más 166
honesto que yo. No mintió acerca de lo que era. Podría usar a alguien así
en mi equipo.
Mi corazón latía con fuerza en mi pecho, y tragué con dificultad,
quitando el cuchillo de su cuello pero apretando su camisa más fuerte.
—Nunca vas a sobrevivir en este lugar. ¿Qué diablos crees que estás
haciendo, peleando con tanque?
Sus ojos se cerraron, y él gritó:
—Me importa una mierda si muero. A nadie más tampoco.
Mi mente funcionó. En ese momento tomé una decisión. Este
muchacho y yo podríamos ayudarnos unos a otros.
—Voy a ayudarte a hacer algo de ti mismo, chico. —Me puse de pie,
y él pareció sorprendido por mi cambio de actitud—. ¿No quieres
regresárselo a las personas que dijeron que no eres nadie?
Se sentó mirando al vestíbulo por mi cadera, agarrando el fondo del
catre con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos, y supe que
mis palabras lo habían afectado.
Presioné más fuerte.
—Quédate conmigo, y veremos el mundo arder. —Una áspera
sonrisa inclinó mis labios—. Ponlo en fuego tú mismo. Diablos, te
entregaré el encendedor.
Su agarre se aflojó, y él murmuró:
—No soy como tú. No soy inteligente.
Una risa sin humor me escapó.
—¿Quién te dijo eso? ¿Ellos?
La actitud del muchacho hacia mí se ablandó un poco.
—Y pensé que yo estaba loco.
—No estoy loco. Estoy decidido. —Hice un voto a ese muchacho—.
Lo tendremos todo. Dinero. Mujeres. Poder.
El chico tembló los labios. Pensaba que estaba loco.
—¿Oh sí? ¿Cómo vamos a hacer eso?
Con determinación, dije:
167
—No importa lo jodido que tengamos que hacer. Incluso puedes
llegar a matar a unos cuantos tipos.
Debe haber oído la verdad en mi tono, porque sus ojos se alzaron, su
mirada dura se encontró con la mía fuerza contra fuerza.
—Estás conmigo, o estás en mi contra.
Soltó una risa, sacudiendo la cabeza, pasando una mano por su
desordenado cabello. Cuando no respondí en especie, perdió su risa,
parpadeando con ojos astutos.
Pasó un minuto antes de que contestara:
—Estoy contigo.
Sonreí entonces.
—¿Cuál es tu nombre?
—Antonio Falco.
Un resoplido escapó. Por supuesto.
—Te estoy llamando Tony. —Salí de su celda, dándole la vuelta hacia
la puerta abierta—. Soy Julius. Es bueno tenerte a bordo, hermano.
Más tarde ese día, la buena noticia me llegó. Mi hermana había
sobrevivido. Estaba siendo trasladada a la sala de salud psiquiátrica, pero
iba a vivir.
Este día se puso cada vez mejor.
Los muchachos de Juvie no sabían qué les golpeaba. Tony Falco
tenía una pelea en él que incluso yo no podía domar, no quería. Con mi
motivación, se soltó, dirigiéndose a los más temidos de los muchachos y
rasgándolos en pedazos.
Yo era el cerebro. Él era el músculo...
En una quincena, los muchachos bajaron la cabeza con sumisión
cuando pasaban junto a nosotros en el patio, con la esperanza de evitar la
detección. Teníamos grandes esperanzas para nosotros mismos.
¿Quién habría pensado que solo diez años más tarde, los hombres
crecidos se encogen en nuestra presencia?
Fuimos una fuerza a tener en cuenta. Como había prometido a mi
amigo, mi hermano, miramos el mundo arder, y el hedor de la carne
quemada no hizo nada para saciar nuestra hambre de poder.
Queríamos más. Necesitaba más. 168

Perdí a mi hermano por la confianza que le había inculcado. A pesar


de lo que le había dicho, no fuimos invencibles. Él puso su fe en mí, y yo lo
dejé caer.
Perder a Antonio “Twitch” Falco dejó un enorme agujero en mi
interior.
Ojalá hubiera hecho las cosas de manera diferente.
Pero eso fue entonces, y esto es ahora. Soy una persona diferente del
bastardo arrogante que fui hace cinco años. En estos días, soy muy
realista. No voy a soplar humo sobre el culo de nadie, nunca más.
Y mientras subo las escaleras de mi casa y paso por el pasillo hasta
el dormitorio abierto, miró fijamente la forma inmóvil en la cama.
Mis labios se curvan de disgusto.
Siempre he sido un buen juez del carácter.
¿Cómo me equivoqué con esta mujer? Silenciosamente me preocupa
que mi atracción por ella pueda haber borrado las líneas.
Mis pies se mueven por su propia cuenta y mi rodilla empuja la
cama, despertándola.
Sus ojos hinchados parpadean lejos el sueño, y ella me mira
fijamente con esos ojos grandes, sus largas pestañas revolotean
ligeramente.
Es muy hermosa.
Y eso me pone más enojado.
—Levántate —ordeno, retrocediendo hacia la puerta.
Pero ella no me sigue.
Ver su sueño adormilado, con su boca llena y bonita entreabierta de
sorpresa mientras me mira con cautela, me hace enfurecer dentro. Quiero
besar esos dulces labios rosados castigándolos hasta que sangren.
Mi polla se sacude al pensar en una Alejandra dispuesta en mi
cama.
Maldita sea todo al infierno.
Aprieto mi mandíbula y me acerco a la cama, inclinándome hasta la
cintura y hablando en experta calma. 169

—A menos que quieras que te arrastre por las escaleras por el


cabello, pateando y gritando, moverás tu culito, Alejandra. ¿Me escuchas?
Espero una pelea. Espero lágrimas y gritos.
En cambio, sus ojos temerosos se vuelven muertos, vacíos de
emoción, la cabeza baja en obediencia y su movimiento robótico de la
cama hacia la puerta. Cojea todo el camino por las escaleras, y aunque
quiero ayudarla, me tomo esta vez para verla en su lugar. Una parte de mí
quiere que hacerle daño. En la parte inferior de la escalera, la conduzco
hacia la puerta abierta de mi suite.
Cojea hacia el centro de la habitación, mirando la imponente cama
con dosel, cierro la puerta detrás de nosotros, colocando la llave en el
bolsillo de mi pantalón.
Con mi espalda a ella, empiezo a desvestirme, deshago los botones
de mi camisa, y le digo cómo va a salir esto.
—Tu vida está en mis manos. Decido si vives o mueres. Tú no tomas
esa decisión lejos de mí eligiendo tomar tu propia vida. —Sacándome la
camisa, me deslizo de mis zapatos y continúo—: No sé qué pienso hacer
contigo ahora mismo, y viendo que no puedo confiar en ti, estarás en mi
presencia o de Ling cada segundo de cada día. No confío en que Ling no te
mate, así que dormirás conmigo. —Me muevo hacia ella—. Extiende las
manos.
Con la cabeza baja, obedece sin decir una palabra.
No quiero que me encienda.
¿Por qué me enciende?
La esposó y luego coloco sus palmas juntas, usando cintas eléctricas
para sujetarlas. Tomándola por la parte superior del brazo, casi la arrastro
hasta la cama y la empujo hacia abajo en el lado izquierdo. Utilizo otro
conjunto de esposas para vincularla a la cabecera, probando el vínculo
tirando de él yo mismo. Satisfecho de que no se va a escapar, la miro hacia
abajo, con la boca en una línea delgada.
—Duerme. Y no hagas nada estúpido. Eso no terminaría bien para
ti.
Ella no hace un sonido, y me desnudo en paz y tranquilidad,
pensando qué demonios voy a hacer.
Maldita sea. Nunca intenté ser su niñera, ni su guardaespaldas. 170

Vestido solo con mis pantalones blancos de dormir, me paso al lado


derecho de la cama, me acuesto y luego apago la luz, tratando de no
pensar en la distancia cercana entre nosotros. Con ella esposada a la
cama, no costaría mucho bajar sus finos pantalones negros y ponerme
entre sus suaves muslos.
No podría pelear. Bueno, lo haría, pero nadie la oiría protestar.
Sería demasiado pequeña para tomarme al principio, pero lo haría
bien para ella. La tendría preparada, tomaría mi tiempo con ella, la tocaría
hasta que estuviera bien y mojada. Hacerla venir en mi lengua.
Mierda, me encanta comer coño, y en mi mente, Alejandra sabe
cómo una mujer debe. Mi boca se agita mientras cierro los ojos. Mi
corazón empieza a correr mientras la excitación me sacude.
Duro como una roca, me acerco para ajustarme, agarrándome
fuertemente. Dejo escapar un arrebato de placer mientras mi mano rodea
mi pene, y trago duro. Mi toque se prolonga innecesariamente por mucho
tiempo, hasta que finalmente, lo retiro en una exhalación.
Minutos pasan, y permanecemos en completo silencio hasta que su
suave voz suena en la oscuridad.
—¿Y si huyo?
Mi excitación se va. Mi pene se suaviza inmediatamente, y me siento
mal por la reacción de mi cuerpo a ella. Pienso en mi respuesta por un
largo momento antes de darme la espalda, y dejarla tener la honestidad en
su forma más pura.
—Ruega a Dios que puedas esquivar mi bala.

171
18
Twitch

L
os hijos de puta me esposaron.
Soy llevado a una habitación blanca y estéril con
cuatro sillas endebles, una de las cuales me lastima el culo
cuando me siendo. Toma toda mi fuerza, pero no me quejo.
Ni una palabra.
Solo cuando el jefe invita a dos otros imbéciles tiesos, a quienes me
introducen como detective y sargento, mis nalgas comienzan a levantarse.
Cuando el jefe se gira hacia Casper Quaid y murmura.
—Eso será todo, oficial Quaid. —Muevo mi mirada hacia la suya.
Su cara palidece, y deja salir una risa corta.
172
—Jefe, lo traje…
El jefe asiente.
—Lo hiciste. Buen trabajo. —Mantiene a Quaid en su lugar con una
dura mirada—. Nosotros nos haremos cargo desde aquí.
Casper Quaid acaba de ser embromado. Y no sé porque me importa.
Este tipo es nadie para mí. Pero desde el momento que conocí al
hombre, no ha sido nada más que respetuoso a un tipo que no se merece
su respeto. Él no califica como un tipo malo.
Casper sabe que ha perdido la batalla y se mueve para salir de la
pequeña habitación. Mis ojos lo siguen mientras se va, cabizbajo, ojos
duros. Sin Quaid a mi lado, siento el constante zumbido en la habitación.
Mis defensas se elevan. El animal dentro de mí está rogando por una
pelea.
Ha sido demasiado tiempo.
La puerta se cierra con un clic suave, y el jefe se sienta, dejando a
los otros dos imbéciles parados.
—Señor Falco —comienza—. ¿Puedo llamarte Antonio?
Maldita sea, odio ese nombre. Mi barbilla se crispa.
—Es Twitch.
El jefe sonríe cortésmente.
—Twitch, entonces. —Se detiene por un momento—. ¿Quieres
decirme por qué estás aquí?
No puedo controlarme. Sonrió y murmullo.
—¿Quieres chupar mi polla, viejo? —Su cara se torna severa, y
suelto una risa entre dientes—. Entonces, tal vez deberías parar con las
delicadezas y traer a Quaid de vuelta. —Miro a los dos hijos de puta
parándose en guardia detrás del viejo. Miran duramente hacia mí, y le
sopló un beso a uno y le guiño al otro—. Nunca me llevé bien con las
autoridades, jefe.
El jefe se endereza.
—Eso no es necesario. Quaid está…
Lo cortó.
—Sí, lo jodió. Lo sé. Entiendo porque no lo quieres aquí. Solo hay un
problema con eso, abuelo. —Me recuesto en mi silla, inclinándome un 173
poco. —No estoy diciendo una maldita palabra sin mi hombre Quaid. —Me
estoy aburriendo. Levantando mis manos, sacudo mis muñecas, las
esposas tintineando musicalmente—. Y sácame estas malditas esposas, eh
¿A dónde mierda voy a correr?
Hice mi jugada. Ahora esperamos.
Mi mirada se asienta en el jefe.
No me asustas.
El jefe me mira curiosamente.
—Señor Falco —comienza—. Twitch. —Se pausa un momento, antes
de preguntarme un calmado pero firme—, ¿por qué esta aquí?
Espero que la curiosidad le gane.
—Solo soy un hombre queriendo su vida de vuelta.
Parpadea hacia mí.
—Lo siento. Me temo que no le entiendo.
Mi respuesta es simplemente levantar mis brazos a la altura de mi
pecho y sacudir mis cadenas suavemente.
No voy a hablar, perra.
El jefe suspira.
—Estas pidiéndome mucho. Y aun tienes que darme algo que me
haga pensar que nuestra relación puede ser de mutuo beneficio.
Pero miro al sargento, viendo su cuerpo sugestivamente.
—Apuesto que te gusta que te inclinen y te azoten, ¿Huh,
muchachote? —La cara del sargento se vuelve purpura y mis ojos
sonríen—. ¿Haces que tu mujer te espose y luego juegue con tu culo? ¿Así
te vienes? ¿Sabe ella que ansias una polla? Confía en mí, a la mayoría de
las mujeres no les importa. Les encanta mirar.
—¿Twitch, qué estás haciendo? —El jefe se está poniendo nervioso
ahora. Debería.
El sargento me impresiona. Aunque su mandíbula se aprieta y su
cara se vuelve de un inusual tono rojo, él respira profundo y se tranquiliza.
Aunque se ve como si quisiera tumbarme, solo me mira. Bastante justo.
174
No va a ayudarme a probar mi punto.
Me giro al otro tipo Detective garganta profunda y miro su
entrepierna.
—¿Qué hay de ti, rayo de sol? Apuesto a que fuiste un luchador en
la secundaria. Te convenciste de que lo dura que se te ponía por frotarte
contra los culos de otros hombres era un resultado de la pelea. Pero no lo
era ¿o sí?
—Señor Falco —ladra el jefe en advertencia.
El detective está cerca de romperse. Necesito mejorar mi juego. Mi
mirada se demora en su boca.
—Era el forcejeo lo que disfrutabas. Dos grandes hombres peleando
por el dominio, esperando a que uno caiga sobre sus rodillas... —El tipo se
mueve en sus pies, y suelto un divertido—: ¿Te estas excitando por esto,
marica?
Se mueve hacia mí y el tiempo se ralentiza. Mis ojos se cierran al
único placer de la pelea, y sonrío cuando él salta sobre la desvencijada
mesa para llegar a mí. Mi silla cae, y parece que me toma por siempre
golpear el piso. La anticipación tiene a mi corazón golpeando y mierda,
desearía poder participar en este baile. Dolor explota en el pómulo de mi
mejilla izquierda, y aunque late por unos momentos, pronto, mi cara se
entumece.
Todo lo que toma es unos segundos bien sincronizados.
El sargento y el jefe lo jalan de encima de mí y el detective es
escoltado fuera de la sala, gruñéndome y gritando.
—Te mataré, pendejo.
Con mis manos detrás de mi espalda, el jefe agarra mis hombros,
halándome hacia arriba y sentándome de nuevo en la endeble silla
mientras le digo al detective.
—Ya estoy muerto niño bonito. Haz lo peor que puedas.
Mi pecho se hace pesado y mi corazón se acelera por la adrenalina.
Me concentro en estabilizar mi respiración, cuando el jefe pregunta un
frustrado.
—¿Por qué? —No sabe qué hacer conmigo. Estoy a punto de
dejárselo saber.
—Soy un hombre peligroso.
175
El jefe suelta un bufido, claramente poco impresionado, antes de
caminar y sisear.
—Eres un maldito listillo con problemas de actitud.
Está enojado. No lo culpo.
—Necesito que entiendas.
Frustrado, al final de su ingenio, se detiene en su camino y se gira a
verme.
—¿Qué? ¿Entender qué?
—Que yo... —Levanto mi mano, la pistola del detective descansando
ligeramente en mi palma, las esposas guindando de mi muñeca—... soy un
hombre peligroso.
Su rostro se torna blanco como una sábana, y abre su boca para
hablar, para gritar, quien sabe, pero lo callo. Lentamente levantando mi
vacía mano izquierda, sostengo el arma en alto con la otra y la pongo en el
centro de la mesa, arrimándome en la silla, antes de explicarle al viejo.
—Crees que me tienes atrapado. Necesito que entiendas que no
puedes enjaular a un animal como yo. Siempre hay una forma de escapar,
y puede que tome tiempo, pero si está ahí, la encontraré. Necesitas saber
que estoy aquí porque te estoy dejando mantenerme aquí, pero me puedo
ir en cualquier momento. —Señalo la pistola con mi barbilla—. Ocho balas
en ese bebé, y solo cinco de ustedes aquí. —Mis ojos se cierran en
aburrimiento—. ¿Crees que estoy jugando? Quiero algo de ti, y mejor que
creas que vas a recibir algo a cambio. Después de que todo esto haya
terminado, veras que fuiste tú quien se llevó la mejor parte en este trato.
El jefe no se delata. Se mantiene solemne, inclinándose lentamente,
tomando el arma de la mesa antes de moverse para sentarse frente a mí.
—¿Qué es lo que quieres, hijo?
Hijo.
Me estoy hartando de esta perra. Nada hace mi sangre hervir más
rápido que esa palabra.
Levantándome tan rápido que la pequeña silla vuela hacia atrás,
levanto mis brazos y luego los estrello, golpeando con mi puño la maldita
ofensiva mesa tan fuerte que el ruido hace eco por la pequeña habitación,
y rujo. 176

—Quiero mi maldita vida de vuelta.


Mi pecho pesa con respiraciones irregulares. Esto tiene que
funcionar. Necesito hacer a esto funcionar. No tengo un plan B. mis dos
manos descansan en la mesa, y mis hombros caen mientras inclino mi
cabeza y murmuro:
—Quiero mi maldita vida de vuelta.
La puerta golpea al abrirse y tres hombres se apresuran dentro.
Estoy listo para ellos. Mi postura defensiva, romperé a estos hijos de puta
si vienen por mí. El detective se ve listo para tirarme al suelo de nuevo, el
sargento mirando al jede, pero es Quaid quien nota las esposas colgando
de mi muñeca enseguida. El jefe saluda a los hombres antes de girar hacia
Casper y decir.
—Oficial Quaid, parece que requerimos su asistencia. —Antes de que
el detective se vaya, el jefe le entrega su arma y dice quedamente—. Más te
vale mantener un ojo en tus cosas cuando el señor Falco este alrededor. El
chico tiene dedos agiles.
La puerta se cierra en la cara pálida y sorprendida del detective, y
me rio por dentro.
Quaid se sienta a mi lado, se inclina y pregunta:
—¿Estás bien?
El jefe toma asiento, y respondo lo suficientemente fuerte para que
me oiga.
—Sí, creo que el jefe y yo estamos en la misma página ahora.
El viejo se ve cansado.
—No aun, pero definitivamente estoy intrigado. —Corre su mano por
su rostro—. De acuerdo, quieres tu vida de vuelta. ¿Qué es lo que me vas a
dar?
Tomo el pedazo de papel de mi bolsillo y se lo entrego. Lo abre y lo
lee silenciosamente mientras le digo.
—Estos hombres en una bandeja de plata.
Mira a la lista y frunce el ceño.
—¿Cómo? Conozco a estos hombres. —Sus ojos cautelosos
encuentran los míos—. Son intocables.
—Con lo que yo sé —me recuesto en mi silla, cruzando mis brazos
177
sobre mi pecho, y sonriendo salvajemente al jefe—, podemos incluso hacer
sangrar a dioses.
19
Alejandra

A
ún está oscuro. El frío me tiene rechinando mis dientes, mi
mandíbula cerrándose apretada, para detener el castañeo de
mis dientes. No sé cuánto tiempo ha pasado desde que Julius
se dio la vuelta, llevándose el calor de las mantas con él.
Las esposas me tienen firmemente sujeta al cabecero, y no puedo
girarme o torcerme más cerca de la comodidad del edredón. Julius me
ordenó dormir, pero mis ojos rebeldes solo se cierran durante un momento
fugaz antes de ser bruscamente despertada por el dolor.
El dolor... oh, Jesús.
Maldición, me duele.
No sé cuánto tiempo más puedo mantenerme tranquila, pero cada 178
vez que me muevo para abrir la boca, el terror me atenaza, y estoy de
nuevo inmovilizada.
Mis brazos han estado entumecidos durante horas, estoy segura, y
una y otra vez se encienden chispas en las puntas de mis dedos como una
corriente eléctrica de pura agonía. Mis manos están tan frías que arden, y
tengo que morderme la lengua para evitar gritar de dolor mientras espinas
y agujas se clavan y pican de dentro a afuera.
Mi cuerpo está agarrotado del fresco aire de la fría noche, y mis
músculos duelen mientras me estremezco. Si llamo a Julius, se
despertará, pero no puedo evitar pensar que si lo hiciese así resultaría
castigada, así que decido sobrellevarlo hasta la mañana.
A Dino le gustaba jugar juegos mentales conmigo. Su hermano Gio
tenía un gran placer en tomarme a la fuerza, torturándome. Después de
que todo fuese dicho y hecho y Gio me hubiese castigado, volviendo mi
mente maleable a cada capricho de Dino, mi marido me llevaría y me
bañaría, y me cuidaría, abrazándome cerca, y proporcionando consuelo a
mi alma rota y ansiada. Me besaría con boca amable y me cortejaría con
palabras incluso más amables, y la parte rota de mí se aferraría a él,
ansiando ser reparada, y dormiría, sintiendo una falsa sensación de
seguridad en los brazos de un hombre que estaba loco por una mujer que
no sentía lo mismo.
Nuestro matrimonio era una gigantesca cagada en cadena.
Estuve poniendo excusas desde el principio.
Él estaba herido por mi rechazo. No podía controlar su ira. El trabajo
le hizo un hombre frío, desensibilizado, y no se dio cuenta de lo que estaba
haciendo. Que Dino me amaba y no sería siempre de esa manera.
Cada vez, me juraba que sería la última vez.
Lo hice durante años.
Repartió golpes como si fuesen besos. Sus correcciones extremas de
mi comportamiento eran infundadas y frecuentes. Tenía débiles excusas
para poner sus manos sobre mí. La verdad se hacía clara para mí con cada
golpe, con cada moretón y con cada herida.
Me había casado con un psicópata, y no había escape de él.
Lo que era peor era que no tenía escape alguno, dado que dos
hombres locos me observaban. Si le daba a Gio algo más que una mirada
dura, iría a Dino y llenaría su cabeza con rumores falsos de mis flirteos, y
179
esa noche, Gio sonreiría victorioso mientras yo lloraba impotente bajo él,
gritando sin esperanza y rogando misericordia, mientras él entraba en mí
con dureza.
Mi marido era un voyeur de closet. A él le excitaba observar como su
mujer estaba siendo golpeada, sujetada y follada. La mayoría de las veces,
se masturbaría ante mis gritos, echando la cabeza hacia atrás. Y ante un
grito especialmente dolorido, su cuerpo entero se tensaría, se agarraría
apretadamente a sí mismo, y yo observaría como el hombre que decía
amarme, se venía, brotando viscosidad blanca por todo su puño de
nudillos blancos mientras yo continuaba siendo violada.
Dino Gambino era un jodido enfermo, y estoy contenta de que esté
muerto.
A mi espalda, siento que Julius se desplaza en la oscuridad y, como
si estuviese intentando ser cuidadoso para no despertarme, se mueve
silenciosamente cruzando la habitación hacia la puerta cerca del armario,
cerrándola tras de sí. Una brillante luz blanca brilla por la ranura de
debajo de la puerta. Transcurre un minuto, y oigo la cisterna seguida de
agua corriendo. Sale, y trato de mantener quieto mi cuerpo tembloroso
mientras la luz del baño brilla directamente sobre mí como un foco salvaje,
revelándome.
Me estremezco en el silencio pesado de la habitación. Mis ojos se
cierran de golpe, y rezo para que él no me haya visto. Pero sé que lo ha
hecho.
La luz del baño se atenúa de repente, y pasos cruzan la habitación,
después se ilumina. Julius se aleja del contacto de la luz y se mueve más
cerca de mí, su cabeza inclinada con confusión. No sabe que pasa
conmigo.
Horas.
He estado de esta manera durante horas, y él no se imagina qué
demonios me está pasando. Mi pecho se estruja y el puente de mi nariz
empieza a hormiguear. Cierro mis ojos una vez más, rezando porque el
escozor detrás de mis párpados cerrados se aquietará.
He permanecido fuerte toda la maldita noche, pero cuando él
alcanza el lado de mi cama y se arrodilla frente a mí para conseguir verme
mejor, me humillo a mí misma jadeando por respirar antes de romper a
llorar. Primero cae una lágrima después le sigue la siguiente, y de repente,
un aguacero de emociones reprimidas mancha mi fría cara. Mi visión se
nubla mientras senderos de cálida humedad recorren mis mejillas.
Intensos sollozos se me escapan, mi boca abierta en un silencioso gemido
180
mientras mi pecho se alza con cada respiración agitada.
Duele.
Duele tan jodidamente tanto justo ahora, en este momento, que mis
brazos se abren con cariño, dándole la bienvenida a la muerte como a un
amante.
Julius chasquea la lengua, sus dormidos ojos azules suavizándose, y
dice:
—Oh, nena. —Sus grandes manos se extienden para acariciar mis
mejillas llenas de lágrimas—. Estás helada.
Mi mente se aclara durante un milisegundo, un simple momento en
donde alguna parte de mí se agarra a un fragmento de esperanza mientras
me doy cuenta que estas no son las palabras de un hombre cruel, un
asesino de mujeres.
Mi corazón ya no puede soportar más. Esta ha sido una semana de
mierda para mí. Durante un segundo, olvido donde estoy y con quién
estoy, olvido que se trata de Julius, un hombre a quien yo debería
importarle una mierda. Sollozo y dejo salir un patéticamente tembloroso.
—No podía estirarme.
Acariciando mi mentón con sus cálidos dedos, murmura un
considerado:
—Lo sé.
—Tengo frío. —Mi voz se rompe mientras confieso calmadamente,
como si la declaración fuese un secreto espantoso, y para asegurarlo, mis
dientes chocan incontrolablemente.
Se pone en pie, bajando la mirada hacia mí, y durante un momento,
su expresión se endurece. No puedo evitar preguntarme si el enfado
tranquilo que se extiende por su guapa cara está allí debido a lo que me
está pasando o, es por él, por dejar que esto suceda. Parpadea,
observándome con su boca tensa, después suspira audiblemente y se
aproxima a la cómoda al lado de la puerta. Abre uno de los cajones y
regresa con un pequeño juego de llaves y una navaja suiza.
La visión del pequeño cuchillo hace que mi estómago se hunda
violentamente y que mi corazón corra y, inmediatamente, mis llantos se
detienen, la agonía reemplazada por el pánico y el pavor. Incluso si
quisiese alejarme, mi cuerpo inútil apenas podría moverse. Le observo
girar la llave y delicadamente liberar mis manos. Me desplazo para
sentarme, pero él me presiona hacia abajo con mano firme.
181
—No te muevas todavía. Cuando la circulación regrese, te va a doler
hasta el alma, chica.
Trabaja con calma, usando el cuchillo para cortar la cinta eléctrica
que me sujeta las palmas, arrancándola cuidadosamente. Un cierto calor
se despliega por mi pecho ante la ternura de sus acciones y, durante un
momento loco, quiero agradecerle su consideración, pero antes de ser
capaz de hacerlo, se sienta en la cama apoyado en el cabecero y me
levanta, arrastrándome al espacio entre sus piernas con mi espalda sobre
su pecho desnudo.
El instinto hace que me retuerza, con el cuerpo rígido.
—No, no, no —murmuro agitadamente. Es entonces cuando la
circulación comienza a regresar a mis brazos, y mi cuerpo entero se siente
como si me estuviese chamuscando, ardiendo, de dentro a afuera. Como
un rayo líquido que me golpea por todas partes, rasgándome desde el
centro y forzando a mi cuerpo a temblar furiosamente, un ronco grito se
desgarra desde mi garganta. Pero Julius no me castiga por mi estallido
como asumo que haría.
El instinto me ha enseñado que la mayoría de los hombres no son de
confianza y te traicionarán si les das la oportunidad. Su reacción me
desconcertaría si no estuviese en una miseria desgarradora. Más que
abofetearme por el sonido, me hace callar como si fuese un niño, frotando
mis brazos resueltamente con sus cálidas manos, manteniendo mi
tembloroso cuerpo quieto.
El dolor es demasiado, ha continuado durante demasiado tiempo, y
mi cabeza gira. La lucha me abandona, y una brillante luz blanca danza
ante mis ojos. Mi estómago se enrosca luego se tambalea mientras mi
cuerpo se debilita, mi cabeza se tira hacia atrás sobre un hombro duro.
Siento a Julius ponerse rígido detrás de mí, pero no dice nada.
Es todo lo que puedo hacer para mantenerme respirando.
Las horas pasan, o al menos se siente como que lo hacen, y me
quedo mirando en blanco a la pared de enfrente de la habitación,
pestañeando lentamente mientras el dolor disminuye, trabajando su
camino fuera de mí. Julius continua frotando mis brazos en completo
silencio, con gentileza ahora.
Con mi cara húmeda con las lágrimas, continuo mirando a ninguna
parte, mi reparación enganchada una y otra vez ante el recuerdo del dolor
de los últimos pocos años de mi vida.
Casi en un susurro, exhalo: 182

—Por favor, Señor Carter. —Sus grandes manos aún en mis codos,
agarrándolos ligeramente en silencioso reconocimiento. Quizá debería
sentir una pequeña cantidad de culpa por nuestra actual situación. No lo
hago, pero quizá debería. Si alguien nos sorprendiese en este momento,
pensarían que somos amantes—. Por favor —repito, y lágrimas frescas
manchan mis mejillas—. Libérame o mátame. —Mi cuerpo empieza a
estremecerse mientras cierro mis ojos y lloro lágrimas de tristeza
acumulada. Con mi cabeza aun descansando hacia atrás sobre su
hombro, mi voz se rompe una vez más, mientras digo con calma—: Lo
siento. Lo siento tanto. Es culpa mía. No sabía que esto sucedería. Lo
siento.
No habla durante un largo tiempo, pero cuando lo hace, no es del
todo lo que quiero oír.
—Lo jodiste por completo. —Para aminorar el golpe de sus siguientes
palabras, continúa frotando mis brazos, lentamente, hablando
gentilmente—. Ahora vive con las consecuencias.
Algo me dice que Julius es tan real como un hombre puede llegar a
ser. Me arriesgo a preguntarle algo muy estúpido.
Girándome en la V de sus piernas, me siento de costado en el hueco
entre ellas, mis piernas descansando en uno de sus fuertes muslos. Debo
parecer un lío, pero Julius me mira directamente a los ojos,
despreocupado de mi estado emocional. Mi labio inferior tiembla, parece
que no puedo evitar que las lágrimas caigan mientras me estiro para tocar
su antebrazo, y pregunto:
—¿Qué harías si fueses yo?
Esperaba que me dijese que colaboraría con sus captores, que haría
cualquier cosa que quisiesen y que aceptaría su destino. Pero rápidamente
he llegado a darme cuenta que Julius Carter es un enigma y hace
solamente lo que quiere hacer, no lo que una persona espera.
Sus ojos echan una mirada a mi cara mientras se inclina hacia
atrás, descansando ligeramente contra el cabecero de la cama. Lleva sus
brazos arriba, y sus dedos se deslizan lejos de mi piel, rompiendo el
contacto, mientras sostiene sus brazos detrás de su cabeza, la viva imagen
de la comodidad.
—Yo lucharía. Correría. Gritaría, amenazaría, dejaría de lado la
mierda de las lágrimas. —Sus hombros saltan ligeramente—. Haría
cualquier cosa para conseguir escaparme.
183
Tomo una respiración profunda y proceso sus palabras. Con una
exhalación temblorosa, me encuentro con sus ojos azules.
—¿Pero tú no vas a dejarme hacer eso, no? —confirmo.
Sus ojos se suavizan para igualar su tono.
—No, nena, no voy a hacerlo.
Asiento para mí misma antes de deslizarme de la cama y moverme
nerviosamente, cojeando hacia el baño, haciendo mi mejor esfuerzo para
ignorar las agujetas de mis músculos y el dolor en mi talón. Enciendo la
luz, y por la esquina del ojo, mientras me muevo para cerrar la puerta, veo
a Julius poniéndose derecho y preparado para hablar. Pero ya se lo que
dirá. Antes de que tenga oportunidad de advertirme, dejo la puerta del
baño abierta una rendija.
Desde el momento en que nuestra conversación termina, algo se ha
desplazado, cambiado entre Julius y yo. Hemos llegado a un
entendimiento. Sé dónde estoy.
Colabora o muere.
Mi barriga se enrosca con inquietud mientras engancho mis yemas
en la banda de mis bragas, empujándolas hacia abajo a mis rodillas y me
siento en el baño. Mientras hago mis necesidades, me susurro a mí
misma:
—Está bien. Vas a estar bien.
Y mi mente se inclina cabeza atrás y se parte de risa.
No, no vas a estarlo.
Ni siquiera cerca.

184
20
Ling

T
erapia.
Puaj. Asqueroso.
Julius me obliga a ir. En los últimos cuatro años, he
pasado por unos cien loqueros.
De acuerdo con las condiciones de nuestro trabajo juntos, Julius
hace las citas y yo voy. Nadie ha dicho que tengo que someterme
completamente, pero Julius está convencido de que necesito ayuda con
mis “problemas de papi y adicción al sexo”.
Pfft.
Por favor. 185
Es estupendo ser yo. Amo mi jodida vida. O sea, podría ser peor.
Podría volver a las drogas. Podría ser una prostituta de nuevo. Podría
seguir comprando en Target.
¿Por qué nadie considera cómo me siento acerca de mí misma? Él
los llama problemas. Yo los llamo una burrada de diversión. Pero Julius no
le ve el sentido, igual que Twitch, y no tengo elección si quiero permanecer
en este trabajo. Así que aquí estoy, en la sala de espera de la doctora
Maura Sternson.
Solamente la he visto dos veces antes. Normalmente me toma unas
pocas sesiones de jugar el romperlas.
Una sonrisa ladina se propaga por mis labios.
Me estoy sintiendo excepcionalmente afortunada hoy.
Pero mientras espero, observo al hombre de cincuenta años y algo
pasando las hojas de su revista. Quiero decir, sí, es del tipo que es
redondo en el vientre y se angosta yendo hacia arriba, pero es alto, y su
apropiada camisa a cuadros y pantalones caqui me hace preguntar cuán
malo lo puedo volver. Los que son poco atractivos lo compensan con
entusiasmo, como si te estuvieran agradeciendo por abrirte de piernas
para ellos. Ellos me adoran.
Creo que a él le gustaría que lo llamara papi.
Es entonces, que frunce el ceño hacia su revista antes de alzar su
mirada hacia mí, como si sintiese mis ojos vagando por su cuerpo.
Mi sonrisa se hace más grande y, manteniendo el contacto visual, le
guiño un ojo.
Las cejas del hombre se alzan muy ligeramente, y aun así, mira
alrededor. Descubriendo que es la única persona además de mí, en la sala,
se vuelve hacia mí, y rio suavemente, observando el rubor rosado
comenzar desde debajo de su cuello, subiendo hasta su cuero cabelludo.
Oh maldita sea, me gusta. Es simplemente adorable. Debo tenerlo.
Lucho contra el morrito horrible y contengo el ceño fruncido que
amenazan con salir.
Mierda. Aborrezco este lugar. No quiero ir a terapia. Quiero jugar.
Quiero que el señor John Doe de allí se corra mientras monto su maldita
cara. Yo…
186
—¿Ling? —La voz de ella, suave y musical, suena y soy arrancada de
mi fantasía.
Sacudo levemente la cabeza para aclararla y echarle un vistazo. Es
mucho más difícil suprimir mi ceño esta vez.
Esta mujer no debe tener más de cuarenta, y se para en sus zapatos
marrones ortopédicos que hacen juego con sus feos pantalones marrones
grisáceos de cordel y una camisa blanca a cuadros. Los cuadros eran
lindos en el señor John Doe, que ahora acompaña a su desaliñada esposa
por la puerta, su rubor todavía visible.
Los cuadros en ella sin embargo…
Dios, ella me da asco.
Mi rostro carente de expresión cambia completamente cuando sonrío
y me pongo de pie.
—Doctora Sternson. Qué bueno verla.
Su sonrisa es amable.
—Ven. Lamento que mi última sesión se retrasara. Espero que no te
causara molestias.
Oh, Maura. Tan jodidamente amable.
—Para nada. No es un problema, de verdad.
¿Ven? Puedo ser normal también cuando pongo mi mente en ello.
Alarga su brazo, y entro a su oficina, tomando asiento en el sofá de
caramelo suave, cruzando las piernas en los tobillos, la imagen de la
perfección. Por dos semanas, ella ha estado intentando romperme. Poco
sabe ella que soy un diamante y no puedo ser roto.
Tomando asiento en el sofá idéntico frente a mí, sonríe y alarga las
manos hacia su largo cabello castaño claro para ponerle un clip en la
nuca.
—¿Puedo darte algo antes de comenzar? ¿Café? ¿Té?
La doctora Maura Sternson toma una aproximación diferente a los
otros psiquiatras, no hay dudas de por qué Julius me pidió cita con ella. A
ella le gusta mantener las cosas casuales, intenta acercarse a la persona,
rompiéndolas poco a poco hasta que son un desastre sollozante. Oh, no
temas. La doctora Maura estará allí, con un pañuelo en mano con un
hombre en el que llorar. Ella cura a las personas, me dijo en mi primera
visita. Se jactó de sus estadísticas de recuperación y todo.
187
¿Qué demonios estoy haciendo aquí?
Buenas noticias, cerebro. La doctora Maura Sternson va a curarte.
La doctora Maura Sternson es una zorra.
Domestico la sonrisa de mi monólogo interno y descarto su
ofrecimiento con una pequeña sonrisa.
—No, gracias. Preferiría comenzar.
—Por supuesto —declara, pero pierde su sonrisa. Inclinándose, más
cerca de mí, su mirada de preocupación es digna de un premio—. Ling,
has venido a verme dos veces ya y ni siquiera hemos arañado la superficie
de tus problemas. —Sonríe una vez más, esta vez con suavidad—. Creo
que deberíamos comenzar hablando sobre por qué intentas instigar una
relación sexual con tantos hombres.
La corrijo, con orgullo en eso.
—No hay relaciones. Es solo sexo.
—Exactamente. —Asiente—. ¿Por qué supones que es así? —Cuando
no me apresuro en responder, continúa con su perorata de doctora—. Las
relaciones sexuales claro que pueden ser divertidas, Ling, pero sin el apoyo
emocional de una relación, ¿dónde te ves en cinco años?
Sonrío con suficiencia.
—Ni siquiera sé si llegaré a cinco años.
Su expresión se desdibuja.
—De eso es de lo que estoy hablando. Bromeas sobre las cosas más
mórbidas. Es una preocupación.
Me remuevo en mi asiento cuando los inicios de la ira comienzan a
hervir en mi interior.
—¿Preferiría que llorara por las cosas mórbidas en la vida en
cambio?
—No —declara la doctora Maura—. Pero hablar sobre ellas y cómo te
sientes ayudaría un montón. Y podríamos comenzar proponiendo ideas si
te parece. Lleguemos a localizar dónde se vuelve violento el sexo para ti.
Con rostro inexpresivo digo:
—Podría ser cuando mi papá y mis hermanos comenzaron a
golpearme y violarme cuando tenía cinco. —Intenta desesperadamente 188
enmascarar la sorpresa de su cara, pero la veo. Y por dentro siento rabia—
. O podría ser cuando fui vendida a un prostíbulo a los seis.
No sientas una maldita pena por mí, zorra. Soy más mujer de lo que
serás.
Esto ha acabado. Voy a terminar esto ahora. A la mierda su estirado
culo y civilidad.
Le echo un vistazo a su escritorio y veo la fotografía en blanco y
negro de la doctora Maura, su marido de aspecto hispano y una
adolescente bella y esbelta, todos con medias sonrisas. Qué precioso.
Me hace querer vomitar.
Giro mi barbilla hacia la foto.
—Tu esposo… ¿es el padre de tu hija?
Mira a la foto y sonríe dulcemente.
—No. Su padrastro. ¿Por qué lo preguntas?
—Ninguna razón. —Sonrío—. Estabas diciéndome cómo el sexo es
malo. Adelante.
Deja escapar una carcajada sorprendida.
—No, Ling. No lo hacía. El sexo puede ser maravilloso en una
relación significativa entre dos personas que se aman entre sí.
Oh, mierda. Ella está pidiéndolo.
Una sonrisita sombría me atraviesa.
—¿Sabes lo que es todavía mejor? —Me detengo para causar una
reacción—. Follar a un extraño en un callejón oscuro. Ni siquiera
intercambias nombres. Él te empuja contra una sucia pared y es excitante.
Como un chucho y una perra en celo. —Respiro hondo y me apoyo contra
el sofá—. Es estimulante.
Me mira decepcionada.
—Ling, eso no suena muy divertido.
—¿Tienes sexo con el Bobby de allá? —pregunto, sabiendo muy bien
que esta pregunta no será respondida.
La doctora Maura parpadea, sorprendiéndome con su respuesta.
—Claro que sí. Es mi marido.
189
Pongo los ojos en blanco por su dulce carácter.
—Sí, pero lo dejas follarte. —Sonrío—. Has sido una chica traviesa.
Te pone sobre su rodilla y te golpea ese trasero redondo hasta que está
bien rosa. —Presiono más—. ¿Lo dejas devorar tu vagina? ¿O eso es
demasiado malo para ti?
La doctora Maura traga saliva y su voz tiembla.
—Estamos hablando de ti, Ling.
Acomodando el asiento, me enderezo.
—No, no. Hablemos sobre ti, doctora Maura Sternson. —Se
encuentra en problemas ahora—. Sobre tu triste vida sexual y cómo tu
marido se masturba cada vez que no estás en casa. O cómo finges tus
orgasmos para hacerlo sentir mejor por no ser capaz de llevarte allí. —Mi
rostro se vuelve uno burlón—. No, ya sé. Hablemos sobre cómo mujeres
como yo se follan a maridos como el tuyo en callejones oscuros. O tal vez
tu marido está en casa abriendo las lujuriosas piernas de tu hija y
devorando ese pequeño bollo suyo como si no estuviera haciendo una dieta
de carbohidratos.
El rostro de la doctora Ling se torna uno indignado, y se pone de pie
tan rápido que me divierte. Me señala con un dedo tembloroso mientras la
ira se muestra en todo su rostro. Cuando grita—: ¡Cierra la maldita boca,
pequeña zorra! —sé que he ganado.
Jadeando al darse cuenta de lo que ha hecho, que ha abusado
verbalmente de una paciente, sus ojos se agrandan, se cubre la boca y se
apresura a salir del cuarto, un sollozo escapando de ella cuando pasa
corriendo a mi lado.
Miro en torno a la oficina vacía y vuelvo a recostarme en el sofá.
—¿Fue algo que dije? —Tomo mi cartera y salgo de la oficina de la
doctora Maura Sternson sacudiendo la cabeza y murmurando—: Y las
personas creen que estoy jodida.

190
21
Twitch

H
an pasado cuatro días desde que ofreciera mi cooperación a
la policía de San Francisco. Y en ese tiempo, he tenido una
pelea en mis manos y cuestiones que demostrar.
El Detective Garganta profunda, alias Detective Jason Renley, ha
estado sobre mi culo cada minuto de su tiempo, con sus cómicas y
trilladas amenazas, haciendo lo posible para deshacerse de mis
insinuaciones sobre su homosexualidad.
La verdad es que sabía que el tipo no era gay, pero para un tipo que
vivía en una ciudad del orgullo gay, podía oler su homofobia a kilómetros
de distancia.
La mejor manera de burlarse de un homofóbico, como todo el mundo 191
sabe, es llamarlo maricón.
Y parece que él no me lo ha perdonado.
Imagina mi sorpresa cuando el día anterior, el Detective Renley me
tiró contra una pared y se movió para lanzar su puño sobre mi cara
cuando un dudoso campeón lo tenía abajo sobre su trasero rápidamente
como un relámpago. El Sargento Dan Willem, el mismo Sargento al que le
pregunté si su esposa jugaba con su culo, se interpuso ante el rostro del
hombre joven y siseó:
—El jefe dice que te retires, muchacho, retírate, ¿me oíste? ¿O
necesito bajarte uno o dos escalones, Jason?
El rostro del Detective Renley resplandeció de un rojo ardiente
mientras se ponía de pie abruptamente, acercándose lo suficiente al
hombre mayor para mostrarle su irritación por la interrupción sin
interponerse ante su rostro.
La lucha de poder era espesa en el aire, tangible; pero el detective
Renley sabía bien que no debía desobedecer a su superior, y se alejó sin
pronunciar ni una sola palabra.
El Sargento Dan Willem miró como el hombre joven se alejaba y
colocó sus manos sobre sus caderas, soltando un largo suspiro y luego
girándose hacia mí.
—No voy a preguntarte si estás bien, porque francamente, me
importa una mierda si lo estás. —Sus fríos ojos verdes me evaluaron—.
Pero el jefe te quiere de una pieza, así que me aseguraré que te quedes así.
Él esperó un momento, pestañeando.
No lo entendí. ¿Qué demonios creía que iba a suceder? ¿Que
tendríamos algún intercambio ingenioso y nos convertiríamos en dudosos
aliados?
Por favor.
No estaba a punto de darle las gracias. Quería golpearlo en la
cabeza.
—No necesito un guardaespaldas.
El sargento Willem sonrió fríamente.
—Parece que sí, rayito de sol.
No vio venir el golpe y la inmensa satisfacción que sentí cuando mi 192
pie conectó con su rodilla, haciendo que sus piernas se doblaran, era mi
forma personal de éxtasis. Con un grito, él cayó al suelo y no miré hacia
atrás mientras me dirigía a la oficina del jefe.
Durante el día, me habían dado rienda suelta dentro del corral; pero
por la noche, estaba encerrado en una celda, como un criminal común.
Estos chicos todavía no tienen idea de con quién están tratando. Si
supieran, sabrían que no hay nada de común en mí. Pero les daría tiempo
para comprender el hecho. Ellos necesitarán ese tiempo. No me cabía la
menor duda de que sería una sorpresa para ellos darse cuenta que
albergaban a uno de los hombres más peligrosos del mundo, y que ese
hombre dejó que unos malditos oficiales de policía anónimos lo encerraran
en una celda todas las noches. Los gratificaré por el tiempo que les tome,
pero cuando la ofensiva llegó con el empujón, fue porque yo no sería la
puta del hombre.
Cuando entré, el jefe no se molestó en levantar la vista de sus
papeles.
—Hablamos de esto, Twitch. —Con un movimiento de su cabeza,
levantó su cara y me miró por encima de sus gafas de lectura posadas en
la punta de su nariz—. Tres días y haz hecho que tu objetivo sea herir a
casi todos mis hombres e insultar a todas las mujeres de mis oficiales.
¿Cuándo te detendrás, Falco? Estás actuando como un salvaje y tengo que
decirte que es preocupante.
Después de no haber salido de este edificio por días, fui rápido en
responder con un ligero encogimiento de hombros.
—Me encierran como un animal y de pronto me convierto en uno.
—No puedo dejarte ir, hijo. —Dejó abajo sus gafas y sacudió su
cabeza suavemente—. Sabes que no puedo.
Una risa dura fue forzada de mí.
—¿Crees que podrías detenerme?
Enderezándose en su silla, me observó cautelosamente.
—En realidad sí, creo que podríamos. —Maldición. El jefe estaba
poniéndose engreído nuevamente. Y eso sonaba como un desafío para mí.
Siempre me encanta demostrar que la gente está equivocada.

***
193

En las primeras horas de la mañana, en la oscuridad parcial del


semi iluminado corral, abrí mi celda con la llave que había guardado desde
el primer día y salí de la jaula que estaba funcionando como mi actual
residencia. Examine la tarjeta de acceso que había robado esta tarde, miré
la identificación, una cadete llamada Janet Nolan e hice mi camino por la
entrada trasera. Una pequeña sonrisa me golpeó mientras me preguntaba
cuánto tiempo les llevaría darse cuenta que no estaba ahí.
Esa noche, me comí un jugoso filete con papas al horno, bañado con
una crema agria; dormí en una cama de motel decente y me duché sin un
oficial mirando mi culo como si estuviera a punto de disparar explosivos
dentro. Y se sintió jodidamente bien. También el silencio fue bueno. Pero
mi partida nunca sería permanente, sino una lección difícil de aprender.
Desperté temprano esta mañana, me duché, vestí y luego caminé a
un restaurante para conseguirme un café y el desayuno antes de regresar
a la estación. La joven Janet Nolan en la recepción está de pronto con su
boca abierta cuando entro. Quitándome mis lentes de sol, pregunto:
—¿Él está en su oficina?
Asiente rápidamente y dejo su tarjeta de identificación en el
mostrador laminado. Suprimiendo su conmoción, da un paso al frente
para registrarme antes de largarme dentro de la oficina del poli. Le guiño
un ojo mientras entro, mi cabeza en alto y ya escucho la conmoción.
—Maldito imbécil, ¿simplemente lo dejaron irse? —Eso me detuvo
justo antes de llegar a la oficina del jefe. No pude ubicar la voz. No conocía
a esa persona—. ¿Tienes alguna idea de lo que dejaste escurrir de entre
tus dedos? La información que ese tipo debe haber tenido es invaluable. ¿Y
qué haces? ¡Jodidamente lo insultan! —Una dura exhalación—. ¡Jodido
Cristo!
El jefe suena cansado cuando responde.
—No fue una burla. Pensé que era un dato. —Hizo una pausa antes
de añadir—. Nunca antes alguien había escapado. ¿Cómo supuestamente
iba a saber que él lo haría?
Se oye un bufido de incredulidad.
—Caramba, no lo sé, Peterson. Tal vez porque —su voz se levantó a
un grito—, ¡jodidamente dijo que lo haría!
—Mierda, Ethan, todos ellos jodidamente alardean. Esta es la
194
primera vez que en realidad se realiza. No lo sabía.
Ethan, quienquiera que jodidamente fuera, baja su voz suavemente.
—No tienes idea de lo que has hecho. Los jefes harán rodar cabezas,
empezando con la tuya.
Por una fracción de segundo, pienso en alejarme solo para fastidiar
al jefe. Toma solo esa fracción de segundo para recordar a la mujer, el
ángel, con el largo cabello castaño, ojos sonrientes y mi necesidad de
volver a ella, hacer que mi orgullo desaparezca rápidamente.
Poniendo mi mano sobre el pomo, le doy vuelta y doy un paso dentro
de la oficina, con la cabeza bien alta, haciendo mi entrada de impacto.
Ambos hombres se giran hacia mí y no dicen nada, solo miran. Un
minuto completo pasa y ni una sola palabra es hablada. El jefe mira
severo, parpadeando con confusión, como si yo fuera un espejismo a punto
de desaparecer en cualquier momento.
Me muevo hacia adelante y tomo asiento en una de las cómodas
sillas de invitados en la oficina del jefe, antes de levantar mi café a mis
labios y hablar para mantener el ambiente relajado.
—Te habría traído un café, Jefe. —Sorbí—. Pero en verdad no quise.
Vi el momento exacto en que él colapsó. Y me hizo sorber por la
nariz con una risa bajo mi respiración.
Su rostro se volvió rojo brillante y las venas de su cuello se
abultaron cuando se movió para cerrar la puerta de la oficina detrás de mí.
En el segundo que la puerta estaba cerrada, suelta.
—¿Dónde estabas? Teníamos un trato. Tú me ayudabas y yo hago lo
que puedo para ayudarte. ¡No te vayas!
Mis hombros rebotan.
—Esas son tus normas, no las mías. Además, ahora debes saber que
no sigo las reglas. —Miro monótonamente—. Yo las hago.
Esto hace nada para calmar su furia.
—Maldito hijo de puta. —El jefe viene hacia mí, la rabia
resplandeciendo en sus ojos, pero el otro hombre en la habitación le pone
una mano con firmeza sobre su hombro para detenerlo. Con el pecho
agitado, el jefe se queda inmóvil antes de cambiar de dirección para
sentarse detrás de su escritorio, flexionando sus manos en un gesto
nervioso, lo que implica que tiene la necesidad sacar la mierda.
Miro al otro hombre antes de levantar la barbilla y murmurar: 195

—¿Y quién mierda eres tú?


La mirada del hombre se encuentra con la mía un largo y sombrío
momento antes de que sus ojos se arruguen en las esquinas y no pude
evitar sentir que podría estarse riendo. Con una clara nota de autoridad,
vestido con un traje gris carbón, una simple camisa blanca y una corbata
negra, su cabello entrecano cortado y estilizado pulcramente, sus zapatos
negros de vestir tan brillantes que podrías usarlo como un espejo; me
desagradó inmediatamente. No era necesariamente su culpa.
Bueno, está bien, sí, lo es. Todo él grita “Soy la gran cosa” y
demonios, solo puede haber uno de nosotros en la misma habitación.
El hombre, que se ve en forma para un tipo de cincuenta años,
extiende una mano hacia mí.
Aficionado.
No la tomé. Simplemente sostuve su mirada sin parpadear.
Su mano cae a su costado y una pequeña sonrisa se entiende en sus
labios.
—Signor, mi nombre es Ethan Black.
Otro displicente sorbo de café.
—¿Supuestamente eso significa algo para mí, papi?
Ethan Black inclina la cabeza hacia un lado.
—No. No a menos que estés en el FBI.
¿FBI?
Me giro para mirar al jefe, quien parece no poder enfrentarse a mi
mirada justo ahora. Y con ese no gesto, la hostilidad se asienta en mi
mente. Me pongo de pie con mis manos a los costados y exclamo:
—Mentiroso pedazo de mierda.
El jefe saltó de su asiento ante mi acusación.
—No mentí.
El calor del momento nos tiene hablando uno sobre el otro como un
par de niños de la escuela primaria.
—Te metiste con el tipo equivocado.
196
—Estamos negociando, Twitch…
—¿Con el puto FBI? Me tendiste una trampa y juro por Dios…
—No te estoy tendiendo una trampa, estúpido neurótico. ¡Estoy
tratando de ayudarte!
—¡Jódete! A la mierda con el FBI. Estoy afuera.
Ya estoy caminando por la puerta cuando Ethan Black abre su boca
y calmadamente declara.
—Siéntese, Signor o le juro que su pequeño e inteligente niño nunca
va a conocer a su padre, porque pasará el resto de su vida en una prisión
de máxima seguridad.
Me giro tan rápido con una sola intención en mi mente, pero la
actual afluencia de emociones en mí, me hace ser descuidado. Mi golpe
nunca alcanza su objetivo y, con la cara roja, miro como Ethan Black
ignora mi ataque con un poco más que un gesto de su mano. Se sienta en
la silla que previamente había ocupado yo y comienza a hablar.
—AJ, ¿no? Al parecer, su maestro del jardín de niños dice que es el
mejor de su clase y rápido como un látigo.
Con mis pies pegados al suelo, ahí y jadeando, mi rabia
continuamente tecleando el ritmo de un tambor a través de mis venas.
—No. —Una única palabra que fue dicha con suficiente calor para
quemar.
El jefe, tranquilo por el momento, comienza:
—Twitch…
—No digas una maldita palabra, viejo. Apenas mantengo la
compostura.
Se me acabó la paciencia, y aparentemente, eso piensa el jefe.
—Si callas tu maldita boca y escucha por un momento, puedo
explicar por qué el jefe de gabinete y asesor especial del FBI está parado
aquí justo ahora, en esta habitación y por qué no te está esposando.
Si abriera mi boca justo ahora, nada bueno podría salir de ella, así
que hice lo único que podía hacer para mantener la paz. Mantener la boca
cerrada.
Ethan Black, Jefe de Gabinete y Asesor Especial del FBI, se sienta
erguido antes de explicar.
197
—Creo que lo que el Jefe de Policía Peterson está tratando de decir
es que usted podría tener alguna información que nosotros pudiéramos
usar. Y a cambio de esa información, estamos preparados para ofrecerte
una nueva identidad, limpia y clara. Es bastante generoso del FBI,
considerando que eres un conocido capo de la droga que fabrica todo tipo
de drogas, actuando bajo el disfraz de tu fábrica de plásticos, tan bien
como finges tu muerte. Sin mencionar los múltiples cargos de porte de
armas, lavado de dinero, robo, fraude y la lista sigue, sigue y sigue. —Hace
una pausa para decantarse—. Esa es una larga lista de cargos, Signor.
Estará disfrutando la vida en prisión y si tuviera que decir, sería de un
periodo de 100 años sin libertad condicional.
Un montón de mierda bombardea mi mente en ese momento, pero
solo una cosa realmente se clava en primer plano.
—Tres meses.
Ethan Black me lanza una mirada de confusión.
—¿Perdón?
—Tres meses —espeto antes de añadir—. Me tienen por tres meses y
ni un maldito día más.
El jefe mira a Ethan antes de acercarse a mí cuidadosamente, con
una mirada que podría acercarse a la de un perro herido.
—Twitch no seamos irrazonables. Simplemente, no es suficiente
tiempo. Demonios, la mayoría de las operaciones encubiertas no estarán
listas en ese momento.
Ethan coincide.
—Lo siento, Signor. No es tiempo suficiente.
Presiono.
—Haremos que sea suficiente.
Ethan sacude su cabeza.
—¿Cómo? Solo hay ciertas horas en un día.
—Tres meses —insisto antes de murmurar—: Es todo lo que tengo
para dar, Black.
Él debe ver la verdad en sus ojos, porque después de un largo e
incómodo momento, asiente ligeramente.
—Está bien. Tres meses.
198
Mi alivio es palpable, me pongo a trabajar. No tengo un segundo que
perder. Estoy tan cerca de recuperar a mi familia y nada se interpondrá en
mi maldito camino.
—Necesito un mapa.
La frente del jefe se frunce.
—¿Un mapa? ¿Para qué?
—Van a necesitar saber dónde viven estos hombres.
Ethan suelta una risa como si acabara de decirle algo lindo.
—Ya sabemos esa información, Signor.
—No, no la saben —digo esto con tanta confianza que los dos
hombres se miran el uno al otro. Levanto mi mano y chasqueó mis dedos—
. Un mapa. Necesito un mapa.
El jefe grita al Detective Renley, y en cuestión de minutos, entrego
las locaciones secretas de cinco de los criminales más duros que el planeta
haya visto. Alguna vez mis amigos, ahora mis enemigos. Es una lástima,
pero para que yo reaparezca en el mundo, ellos deben irse. Así que
jódanse.
Me siento como un maldito narco. Pero casi puedo saborear mi
libertad, y algo me dice que no hay un sabor más dulce en el mundo.
Oh espera. Por supuesto que sí.
Lexi.

199
22
Alejandra

E
l cálido tono café del sofá es traicionero. Apenas te sientas en
el aparente cómodo lugar, el frío del firme y helado cuero te
hace notar que este caro mueble está para intimidar, no para
dar confort. Y ahora mismo, está cumpliendo su propósito demasiado bien.
Esta mañana cuando me desperté por segunda vez, apenas me
sorprendió hallarme esposada de nuevo. Lo que me sorprendió fue ver a
quién estaba esposada.
Parecía que después de mi estallido emocional en mitad de la noche,
Julius había decidido que esposarme a la cabecera de la cama no era la
idea más inteligente. Volví del baño, caminé al borde de la cama, hacia
donde Julius seguía sentado con su espalda en la cabecera, y estiré mis
manos para retomar mi posición como prisionera. Quería mostrarle que 200
era de confianza, porque ganarte la confianza de tu captor parecía una
buena idea.
Mis ojos desesperadamente buscaron permiso para dirigirse hacia
Julius, para explorarlo sin censura, pero no lo permití. Eso no significaba
que me hicieran caso. La visión periférica era algo maravilloso.
¿Cómo podía un hombre que se veía tan amargado, tan enojado, ser
tan dulce como insensible? No estaba segura de cómo procesar la noche,
especialmente el momento en que me tomó en brazos y me sostuvo,
alejando el dolor que él había causado. Mi mente me decía que fuera
cautelosa, que así habían comenzado las cosas con Dino. Pero mi corazón
se aferraba frenéticamente al rayo de esperanza que venía con el gesto de
simpatía.
En lugar de volver a sujetarme, se movió hacia su lado de la cama y
esperó pacientemente a que mi sorpresa disminuyera. Mientras me movía
lentamente, en silencio, para acostarme del otro lado de la cama, Julius se
sentó y arrojó las mantas sobre mi pequeño cuerpo, hasta mi cuello,
asegurándose que me mantendría cálida durante la noche. Con todo lo que
había sucedido en los últimos días, estaba segura que nunca podría
dormir.
Pero luego me desperté, adormecida y confundida.
No sé en qué momento abrí los ojos, pero había unos largos dedos
rozando los míos y la ansiedad apareció. Abrí los ojos como platos, y
cuando intenté alejarme, los dedos me siguieron. Intenté levantar mi
mano, pero me costó mucho, probablemente porque estaba esposada de
nuevo y la otra esposa estaba unida a una gruesa muñeca. Esa muñeca
estaba unida a un fuerte, musculoso, brazo color café. Cuando noté que
tenía al brazo de Julius colgando en el aire, dejé caer mi mano, y ambas
rebotaron en la cama.
Algo se removió del otro lado de la cama, el colchón se movió, y se
despertó. Sentándose, parpadeó hacia mí mientras yo me quedaba quieta,
ojos como platos e incómoda, levantando las mantas hasta mi nariz.
—¿Qué hora es? —preguntó, sabiendo perfectamente que yo no tenía
reloj.
Cuando no respondí, alzó su mano esposada, presionando un botón
en su reloj de pulsera para iluminar la pantalla, y habló con voz ronca:
—Necesito estar en un lugar en una hora, y Ling no está, por lo que
vendrás conmigo. —Se giró hacia mí—. Puedes ducharte primero.
201
Detrás de la seguridad de la manta, hablé:
—No tengo ropa.
Sus ojos recorrieron mi cuerpo cubierto sin preocupación.
—Bien. Iré primero. Puedes tomar algo de Ling.
Algo me decía que Ling no usaba vaqueros y zapatillas. Con mi pie
en ese estado, ni siquiera intentaría ponerme tacones.
—Pero mi pie…
Sonaba como una idiota quejica.
—Alejandra —dijo con firmeza, molesto, y luego suspiró—.
Encontraremos algo.
Entonces se estiró hacia nuestras muñecas, y con una pequeña
llave, liberó la suya. Se estiró, y sonó el indistinguible clic de las esposas
volviendo a ser cerradas.
Una vez más estaba atada a la cabecera.
Y había vuelto a ser Alejandra.
La forma en que me dijo nena…
Mierda. ¿Eso es todo lo que requiere ganarte, un apodo que
probablemente usa con todas las mujeres? Eso es trágico.
Sacudo mi cabeza para aclararla. Este hombre era peligroso. Este
hombre posiblemente seria la causa de mi muerte, e incluso podría hacerlo
con sus propias manos. No podía confiar en él.
Las emociones estaban confusas. Hablar era barato. Eran las
acciones las que decían más que las palabras.
¿Acciones como las suyas de anoche?
Sin una sola palabra, me senté, mi brazo alzado en un ángulo
incómodo, mi codo intentando doblarse en una forma en que los codos no
se doblan. Pero me senté en silencio, mi mente dormida y sin muchos
pensamientos coherentes. Me preguntaba si mis hermanas me
extrañaban, o si estaban simplemente decepcionadas de lo que había
hecho.
Parte de mí esperaba que Veronica, mi hermana más cercana, mi
mejor amiga, supiera que había motivos para lo que hice.
Lo que hice, pensé con una risa. Sonaba como si fuera una 202
adolescente, como si hubiera tomado el auto sin permiso, o hubiera usado
los aretes de diamante de mamá y perdido uno. No, lo que hice no era una
buena expresión. Hacer algo no terminaba con una muerte violenta.
Bueno, no normalmente.
Quería sentirme mal por el fallecimiento de Dino, pero, que Dios me
ayude, no podía hallar ni una pizca de simpatía o arrepentimiento. En
cambio, me sentía cálida. Sentía mis pulmones expandiéndose a toda su
capacidad. Podía respirar de nuevo.
Mi motivo para hacer lo que hice fue simple.
Había perdido mis derechos humanos básicos. La desesperación fue
mi motivador principal.
Mis pensamientos melancólicos me dejan cuando la puerta del baño
se abre y Julius sale de una nube de vapor, con unos vaqueros
demasiados oscuros colgando de sus caderas, sin abotonar.
El agua sigue cayendo de su definido torso, como si no quisiera dejar
de aferrarse, y mientras mis ojos lo recorren, no puedo decir que la culpo.
Atrapa mi mirada divagando y se congela. Afectado, su estómago se aprieta
un segundo antes de avanzar un paso. El movimiento lento me sorprende,
y mis mejillas arden mortificadas cuando mi mirada se encuentra con la
suya.
Mierda.
Me atrapó.
Mi estómago se hunde al pensarlo. La vergüenza me cubre.
Se masajea un hombro con su mano, y su incomodidad es evidente,
pero no mostró su dolor.
Hacía demasiado tiempo desde que un hombre me tocó con manos
suaves o me besó lentamente, con sentimiento. Mi mirada se posó en esos
labios llenos, y me pregunté cómo se sentiría besar a un hombre que
quisiera besar, no uno al que estaba obligada a besar.
Los pensamientos eran irracionales. Incluso estúpidos. No debería
haber estado pensando estas cosas sobre nadie, y mucho menos Julius.
Especialmente Julius.
Me dije que simplemente era porque era extremadamente atractivo,
precioso realmente, y que estar en contacto constante con un hombre de la
estatura de Julius evidentemente iba a generar sentimientos en una mujer
que necesitaba afecto. 203

Un enamoramiento inofensivo.
Una vez más, mis ojos repasaron los fuertes ángulos de su precioso
rostro y fueron a descansar en su boca llena. Retuve un suspiro triste.
Un enamoramiento inofensivo.
Un enamoramiento era todo lo que llegaría a ser.
La verdad, nunca me había sentido tan atraída por un hombre
basándome solo en su apariencia. Su cabello oscuro y corto, casi rapado.
La barba de un día en sus mejillas. La forma en que se paraba, alto y
amenazante. Su perfecta piel marrón claro, pómulos altos, fuerte nariz y
mentón masculino. Esos labios…
Oh, Dios, esos labios. Eran el símbolo de la verdadera fantasía.
Sus brazos con algunas venas. El tamaño de sus manos. Miré sus
pies descalzos y mi estómago se apretó. Lo hizo bajo esa mirada azul
glacial. Era el paquete completo, según parecía. Y debería haber sido la
última cosa que saliera de mi mente, pero quería que me sujetara de nuevo
como había hecho la noche anterior. La sensación de sus fuertes y
musculosos brazos a mi alrededor provocaron sentimientos que creía
muertos desde hace tiempo.
Mierda, pero eso significaba algo para mí. Era importante para mí.
Era algo agridulce, algo que quería explorar sabiendo perfectamente que
nunca podría ocurrir.
Junté mis piernas con fuerza, ligeramente sorprendida ante el calor
que serpenteó por mi pecho y se asentó en mi abdomen con un ligero
latido.
Saber que no era inmune al cuerpo masculino era algo excitante.
Eso significaba que había vida después de Dino, y el hecho hizo que
ya no quisiera morir porque, al final del largo y oscuro túnel, aún había
esperanza para mí. Un diminuto atisbo de esperanza, pero esperanza al fin
y al cabo.
Julius entró en el armario un momento y salió igual de rápido,
poniéndose un jersey fino de color crema. Parecía suave y caliente.
Mientras se acercaba a mí, quise estirarme y sentir yo misma la suave
lana. Me contuve, apretando los dedos a modo de reprobación.
Se inclinó sobre mí, y yo cerré los ojos, respirando la excitante y
204
aromática esencia de su colonia. Cuando me liberó, mi brazo cayó sin
fuerza, pero lo levantó rápidamente. Una expresión dolorosa cruzó mi cara,
y mi boca se separó mientras sus largos dedos eliminaban la rigidez de los
músculos. Se sintió maravillosamente.
Él se sintió maravillosamente.
Julius debía haber estado mirándome de cerca, porque
malinterpretó mi expresión dolorosa como dolor real.
—No me gusta esposarte, pero no me dejas elección. —Mi mirada
voló hasta la suya ante las bruscas palabras, y él continuó masajeando los
músculos de mi antebrazo—. Al contrario de lo que crees, no me gusta el
hecho de que estés sufriendo. Si pudiera, te dejaría ir. —Su admisión me
sorprende—. Pero Gambino te quiere muerta, y tengo que darle algo.
Con la respiración pesada, tragué con fuerza y mantuve su mirada.
—No quiero morir. —Mi confesión susurrada es muy real.
Sus ojos se suavizaron por un momento. Sus manos masajearon mi
brazo durante un segundo más y después sus dedos se deslizaron más allá
de mi muñeca, entonces se curvaron alrededor de mi mano durante un
instante antes de que pusiera mi mano sobre mi regazo. Su voz tenía un
atisbo de arrepentimiento.
—Ese no es mi problema. —Me soltó y dio un paso hacia atrás, sus
ojos sobre mí, su mirada cautelosa—. No a menos que lo conviertas en mi
problema.
Mi boca se abrió rápidamente en un intento de salvarme, y todas las
palabras suplicaban salir a borbotones, pero la cerré igual de rápido. Me
recordé que todos los hombres de mi vida o bien me habían abandonado o
hecho daño, y este hombre haría lo mismo. Sería inteligente estar alerta
ante cualquier trampa que Julius planeara utilizar.
Este hombre no quería ayudarme. Quería manipularme.
El querido Julius no se perdió ni un detalle y sacudió su cabeza
como irritado. Se movió muy ligeramente, poniendo sus manos sobre sus
caderas, mirándome expectante.
—No puedo ayudarte a menos que hables, pequeño gorrión.
Quería inmensamente convertirme en su pequeño gorrión, pero mi
cuerpo se dobló sobre sí, mis mejillas se sonrojaron al responder en voz
baja:
205
—Me gustaría ducharme ahora. —Después añadí—: Por favor. —En
caso de que pareciese algo desagradecida.
Viniendo hacia mí, agarró mi codo y me llevó hasta el cuarto de
baño. Entré, y la puerta se cerró detrás de mí, el distintivo sonido de una
cerradura sonó haciendo eco dentro del inmaculado baño blanco.
Miré tristemente a la ducha, alcancé el borde de mi camiseta sucia,
pero entonces dudé.
¿Y si Julius decidía entrar mientras me estaba duchando?
No podía dejar que me viera.
Una segunda decisión me hizo quitarme el sujetador, sacándolo por
el hueco del brazo de mi blusa, y los pantalones, pero dejándome puesta la
ropa interior y la camiseta rota y sucia. Encendiendo el agua, esperé hasta
que la temperatura era de mi agrado y después me metí debajo del chorro
caliente, mojando mi cabello. Lo lavé con champú dos veces, quedando
satisfecha cuando éste chilló de limpieza. No vi acondicionador, pero no
iba a quejarme. Descubrí la herida de mi talón y la desinfecté con cuidado.
Me ardió mucho, pero me quedé callada por miedo a Julius entrara de
repente para ver qué estaba mal. Me enjaboné meticulosamente y me tomé
mi tiempo para enjuagarme la espuma, y cuando estuve oficialmente
limpia, mi piel en carne viva, me quedé debajo del chorro solo porque era
reconfortante para mi alma.
Un fuerte toque en la puerta me sobresaltó. Grité:
—¿Sí?
Julius respondió a través de la puerta.
—Te he traído algunas prendas de Ling. —El clic de la cerradura
sonó y después el pomo empezó a girar—. Te las dejaré…
Auténtico pánico me hizo gritar.
—¡Déjalas en el armario! —Me costó mucho no gritar—. No entres
aquí.
Hay que reconocer que él no insistió en el asunto, solo murmuró:
—Date prisa.
Después de una autocharla de cinco minutos, cubrí mi mitad
inferior con una toalla mientras me tiraba otra sobre los hombros, dejando
mi cuerpo completamente cubierto, antes de salir corriendo del cuarto de
baño, mirando hacia abajo, y llegando al enorme armario, que podría 206
haber servido como una segunda habitación.
Estaba gratamente sorprendida ante la selección de prendas que me
había traído. Me metí dentro de las braguitas negras pero, como suponía,
no había pantalones vaqueros a la vista. Sin embargo, había un clásico
pero cómodo par de pantalones negros que me sentaban bien, pero
quedaban un poco sueltos alrededor de la cintura. Me puse mi propio
sujetador, porque Julius no había pensado en traer uno de Ling, y me
encogí dentro de una camisa blanca de manga larga, abrochando un botón
de la parte superior. Mi cabello era un desastre sin el acondicionador, pero
lo peiné y lo dejé colgar húmedo sobre mi espalda.
Cuando vi los zapatos que había traído, mi corazón se calentó.
Un par de bailarinas de piel negra descansaban sobre el suelo
alfombrado del armario, y bajo las circunstancias, yo no podría haber
escogido un tipo de zapato más perfecto. Traté de no pensar mucho sobre
Julius y su consideración, pero costaba no hacerlo. Cuando me metí en
ellas, me quedaban un poco grandes, pero tal vez solo media talla.
Cuando estuve todo lo satisfecha que podía con mi apariencia, salí
del armario, con cuidado de no hacer mucha presión sobre mi pie herido.
Julius se levantó de la cama, dándose cuenta de mi cojera
inmediatamente, y frunció el ceño.
—Me olvidé. —Su boca se frunció—. ¿Dolió mucho?
Manteniendo mi vista en el suelo junto a sus pies, levanté el brazo
para poner unos mechones sueltos de cabello detrás de mi oreja.
—Sacar la gasa de la herida no ha sido muy divertido —murmuré.
—No —admitió, su tono amable—. No lo habría sido. —Me miró de
cerca por un momento antes de comprobar su reloj de muñeca y suspiró—
. Tenemos que irnos.
Se giró y salió de la habitación sin decir una palabra más, dejando la
puerta abierta detrás de él. Lo tomé como una invitación y lo seguí como el
perro que era.
Esta vez me senté al frente del atemorizador todoterreno negro. Y
desde el momento que nos abrochamos el cinturón y estamos preparados
para irnos, Julius comienza a darme órdenes sin parar.
Presionando un botón en el lado del conductor del auto, bloqueo
todas las puertas a la vez y a medida que el auto se pone en marcha,
Julius comienza a hablar. 207

—No quiero que me malinterpretes, Alejandra, así que es mejor que


te diga cómo va a funcionar esto. Si intentas llamar la atención de
cualquier transeúnte mientras conducimos, te daré un golpe tan fuerte en
la boca, lo más fuerte que pueda para que te desmayarás.
Ya veo. No es un tipo violento en absoluto.
Eso es tranquilizador.
Permanezco en silencio mientras continúa:
—Si le dices a alguien en el mundo exterior que has sido
secuestrada, les dispararé a esos hijos de puta directo en la cabeza, justo
en la calle y dejaré que sus muertes pesen en tu conciencia.
Otra vez, bueno saberlo. No es que esperara otra cosa.
—Si tratas de escapar de mí, lo cual sería absurdo, por decir menos,
te encerraré en mi armario sin comida ni agua hasta el momento en que
mueras de hambre, momento en el cual te entregaré a Vito Gambino y esté
en mi camino, de vuelta a mi vida.
Auch.
Eso dolió un poco.
No me mira en todo el viaje, solo conduce con cuidado, los ojos en la
carretera. Finalmente, el auto reduce la velocidad y luego se detiene por
completo ante un antiguo bungaló de ladrillo rojo.
—No verás a nadie. No hablarás con nadie. Serás educada y no
hablarás a menos que lo diga, ¿entendiste?
—Entiendo —murmuro a regañadientes.
Asiente, suspirando ligeramente, luciendo un poco tranquilo.
—Bien. Eso es muy bueno.
Julius sale de auto y camina hacia la puerta del pasajero justo
cuando me muevo para bajar y apoyar mi talón dolorido. Siseo ligeramente
y levanto mi pie para quitar la presión, pero Julius está ahí antes de que
pueda parpadear y me levanta del alto asiento de la SUV y me baja con
cuidado hasta que ambos pies tocan el suelo.
El suave aroma de su loción de después de afeitarse me tiene cerca
de la salivación. Huele divino. Trago con fuerza y levanto la mirada hacia
él, sus manos todavía están agarrando mi cintura y murmuro:
208
—Gracias.
Ignora mi agradecimiento al igual que ignora mi cálida mirada y
toma mi mano, metiéndola en el hueco de su codo.
—No pongas todo tu peso en él. Úsame como una muleta.
He utilizado a la gente como una muleta toda mi vida, Julius. No me
pidas que haga lo mismo contigo. Tengo miedo de hacerlo.
Porque definitivamente podría acostumbrarme a usar a Julius como
una muleta. Y qué buena muleta haría.
El viento suave sopla mi cabello enredándolo de manera horrible a
medida que avanzamos en sincronía. Caminamos hacia la puerta principal
de la casa en silencio, porque, francamente, no hay nada más que decir.
Da unos pasos hacia adelante, levantando el dedo para tocar el timbre. El
repiqueteo de las campanas suena en la distancia y la puerta se abre.
Una bonita mujer baja con curvas para matar y piel del color del
chocolate derretido jadea cuando ve a Julius. Los pantalones que viste
lucen pintados y la negra blusa de manga larga abraza su grande pecho.
La única cosa fuera de lugar son sus pantuflas blancas y rosadas de
conejo. Sus suaves ojos marrones están rodeados de pestañas largas y
gruesas, sus largos rizos marrones cuelguen libremente hasta sus caderas.
Su boca abierta se convierte rápidamente en una sonrisa.
—Dijiste que tenías trabajo.
Los ojos de él se arrugan en las esquinas mientras responde.
—Decidí tomar un descanso.
La mujer inclina la cabeza hacia atrás y se ríe con ganas.
—Lo mejor de ser tu propio jefe, supongo. —Su frente se arruga y
coloca una mano en su abundante cadera—. ¿Vas a quedarte ahí?
Julius sonríe, brillante y cegador, envolviendo a la pequeña mujer en
sus brazos y balanceándola hacia adelante y hacia atrás. La mujer agarra
firmemente la parte posterior de su suéter de lana fría y hace un ruido
contenido en la garganta mientras Julius la acuna y yo decido odiarla.
Se separan, sonriendo como un par de tontos, y la mujer me mira
amablemente antes de volverse hacia Julius.
—¿Vas a presentarme a tu amiga, Jay?
¿Jay? No solo consigue sus sonrisas, ¿sino que también tiene apodo
para él? 209

Sí.
Que se joda.
Siento sus ojos en mí mientras miro fijamente a la mujer y hace las
presentaciones.
—Tonya, esta de Ana. Ana trabaja conmigo. —Hace un gesto con su
brazo entre nosotras—. Ana. Tonya.
Tonya toma mi mano y sonríe ampliamente.
—Oh, entra. ¿Qué deseas? Puedo hacer casi cualquier cosa. ¿Café,
té? Tengo soda o podría hacer algo de Kool Aid.
Julius lucha contra un suspiro.
—Tonya, cariño...
¿Cariño? Oh, ahora estoy echando humo. Lo triste es que ni siquiera
sé por qué.
Sí, lo sabes. Estás celosa. Como un guisante verde de envidia.
A veces odio mi cerebro.
Tonya lo corta con un movimiento de mano.
—No me digas así, hermano mío.
Hermano m…
Espera un segundo.
Mi cabeza se levanta de golpe.
¿Acaba de decir hermano? Esta hermosa mujer, esta Tonya, ¿es su
hermana?
Camina por el pasillo, y Julius me agarra del codo. Lo veo con una
mirada de perplejidad, y Julius me empuja. Tonya habla para sí a medida
que llega al final del pasillo.
—Raramente tengo visitas. Ojalá me hubiera dicho que venían,
Julius. La casa es un desorden. —Al llegar a la cocina, está ruborizada,
mirando gran desorden y con ojos de disculpa, me dice—: No esperaba
compañía.
Jesucristo, soy una idiota.
De acuerdo, tal vez fui un poco precipitada con mi juicio. Quiero
compensar mi error. 210

Mi corazón helado se derrite con la dulzura de esta mujer. Lleva su


corazón en la mano. Sé que a Julius no le gustará, pero no puedo evitarlo.
Necesito poner a Tonya a gusto.
Forzando una sonrisa, quito mi mano de su codo, apartándome y le
miento a Tonya.
—Espero que no te importe que te lo diga, Tonya, pero tienes una
hermosa casa. No puedo ver ningún desorden del que estás diciendo en
ningún lugar. Me encantaría un poco de té. —En mi tono más amigable,
digo—: ¿Puedo ayudar?
—Pues, muchas gracias, Ana. Eres muy amable. ¿Manzanilla está
bien? —El alivio en sus ojos es obvio y sus hombros tensos caen mientras
sonríe a cambio—. Bueno, por qué no pones el agua y yo preparo algo para
comer.
Tonya cruza la cocina hasta el refrigerador mientras tomo un
recipiente vacío de la estufa, lo lleno con agua y lo pongo en el fuego. Me
muevo para sacar algunas de las tazas disparejas de la repisa, cuando
unos dedos calientes agarran los míos, envolviéndolos, apretándolos. Su
cuerpo se acerca al mío, su parte frontal rozando mi espalda, su delicada
calidez se filtra en mí. Cierro los ojos y lo inhalo. Un escalofrío me
atraviesa cuando coloca sus labios en mi oído y murmura:
—No tenías que hacer eso.
Sin voltear, murmuro:
—No —reconozco—. No debía.
Pero lo hice. No por él, o incluso por Tonya, sino por mí. Si hay una
cosa que tengo, son modales. Y a medida que siento que el cuerpo de
Julius se aleja, me pregunto cuántos días me quedan por vivir, sin querer,
pero con la esperanza de que mi buena acción me compre uno de sobra.

211
23
Julius

L
a tensión me llena cuando salgo de la casa de mi hermana un
poco más de una hora más tarde. El regreso a casa es
silencioso, con un leve zumbido de tensión en el aire. No me
gustó la forma en que Alejandra sonrió cuando Tonya le contó cómo me
ocupaba de ella y de Keke. Casi pude ver la chispa de esperanza en sus
ojos. No había necesidad de que se encendiera esa llama de ilusión. Así
que lo aplasté murmurando:
—Eso es porque eres mi familia. —Me volví para mirar a Alejandra
directamente a los ojos, queriendo que entendiera—. No me importa una
mierda nadie más.
Sus ojos tenían una emoción que no pude comprender, quizás era
desesperación o algo similar. Alejandra guardó silencio durante el resto de 212
nuestra visita, tal y como le dije, hablando solo cuando le hablaban,
incluso cuando la cara de mi hermana se volvió sombría.
—Ana —empezó, mientras tomaba su taza de té, calentándose las
manos—, ¿estás involucrada en todas esas cosas malas en las que mi
hermano anda metido?
Alejandra lució perdida, y luego se volvió hacia mí, probablemente
tratando de medir cómo responder a eso. Cuando vio que no iba a
ayudarla, miró hacia la mesa, pasando los dedos suavemente por la
madera pulida. Una sonrisa triste cruzó su rostro cuando le dijo a mi
hermana con toda honestidad:
—Yo soy la mala cosa en la que está involucrado tu hermano.
Graciosa, incluso de camino a la muerte.
Tonya parpadeó hacia ella, frunciendo el ceño, antes de soltar un
largo suspiro. Sacudió la cabeza lentamente y se rio entre dientes.
—Bueno, eso es un alivio.
Mi hermana no era lo que se podría llamar sutil.
—Tonya...
Con los ojos muy abiertos, dijo:
—¿Qué?
Miró a Alejandra, y dijo:
—Ella no es tan mala. Tengo que admitirlo, esperaba algo peor.
Quiero decir —murmuró, divertida—, ¿qué ha podido hacer ella, Jay?
Dejé escapar una risa sin humor antes de enderezarme y mirar a mi
hermana.
—No tienes ni idea.
Tonya miró a una pálida Alejandra, se acercó y le dio una palmadita
en la mano.
—No te preocupes. Jay te ayudará a salir de esos problemas.
Mi hermana me miró sin sombra de duda, con total confianza, como
si fuera quien cuelga las estrellas por la noche.
—¿No es así, Jay?
Alejandra sonrió a mi hermana, agarrando sus dedos como si se 213
agarrara a una cuerda de salvamento. Pero su sonrisa se tambaleó, y
cuando habló, su voz tembló.
—No sé si puede ayudarme. Es realmente malo esta vez. Mi propia
familia me ha dado la espalda.
Tonya respondió con confianza:
—Él te ayudará. Es lo que hace.
Alejandra soltó una breve carcajada, y supe lo que estaba pensando.
Estaba pensando en lo equivocada que estaba mi hermana, pero rechazó
la oportunidad de corregirla. Y yo, a regañadientes, estuve agradecido por
ello.
No debería haber ido allí, pero no pude evitarlo. Me pregunté, en
silencio, cómo sería si hubiera llevado a Alejandra a conocer a mi hermana
en diferentes circunstancias. La sentaría a mi lado, donde pertenecía una
mujer como Alejandra, y me enorgullecería de mostrarla. Descansaría mi
brazo en la parte posterior de su silla, mostrando que es de mi propiedad y
la abrazaría en cada momento posible. Cada hijo de puta a nuestro
alrededor sabría que era mía y la trataría como la reina que era.
Esa inesperada visión deja un sabor amargo en mi boca.
Independientemente de cuánto me lo negara a mí mismo, deseaba a
Alejandra, y no solo para calentar mi cama. Yo la quería para mí. Tenía
una luz en sus ojos que llamaba la oscuridad en mí, y su propia presencia
me calmaba. Ella me entendía, entendía esta vida, entendía la manera en
que eran las cosas. Era difícil para una persona ser tan amable y
mantenerse completo cuando todo tu mundo vive de la sangre derramada,
pero Alejandra lo manejaba bien.
Yo la quería.
La quería tanto que me dolía por dentro.
Pero era un punto discutible. Nunca la tendría, y casi me mataba
por dentro.
Bajo circunstancias diferentes.
Ahora, mientras conducimos por la carretera con la radio apenas
audible, mantengo mis ojos en el camino, pero no puedo evitar preguntar:
—¿Por qué no me descubriste?
Me mira desde el asiento del pasajero antes de volverse hacia la
214
ventana y gruñir:
—¿Qué bien habría hecho? Está claro que tu hermana te ama. —
Suspira suavemente—. No voy a hacer que tu vida sea una mierda solo
porque la mía lo sea.
—No tienes que tenerme miedo, Ana. No tengo una agenda oculta.
No tienes que cuidarte la espalda. —Sus ojos tristes se posan sobre mí, sin
pestañear. Sostengo su mirada un momento antes de volver a la
carretera—. Te atacaría de frente.
Resopla, divertida.
—Bueno, eso es un alivio.
Toda esta situación me cansa, mental y físicamente. Ella no entiende
que estoy en guerra conmigo mismo. Mi grosera declaración sale tranquila
y cansada:
—Maldita sea si debería serlo, perra desagradecida.
La siento sorprenderse por mi declaración desagradable e
inesperada, mis palabras ofensivas cuelgan en el aire como algo con mal
olor.
¿Tiene alguna idea de cuánto me costaría mantenerla viva?
Mi trabajo. Mis aliados. Mi maldita vida.
No significa nada para ella.
Su mudez comienza a molestarme.
—¿Tienes hambre?
—Um, sí. Sí, tengo —responde cuidadosamente, en voz baja, como si
fuera lo suficientemente cruel como para negarle la comida. Y, de repente,
me doy cuenta que sus respuestas cuidadosas y sus reacciones,
probablemente sean causa de que alguien ha sido enormemente cruel con
ella. ¿Pero quién?
—¿Las hamburguesas están bien?
Parpadea alejándose de sus pensamientos y asiente.
—Claro. Quiero decir, nunca he comido una antes, pero la comida es
la comida.
Hago una doble toma, agradecido de que lo que dije tan enfadado no
la haya afectado demasiado.
215
—¿Nunca has comido una hamburguesa?
Sus labios se fruncen, sacude la cabeza, y no veo nada más que
honestidad cruda en sus ojos.
—¿Cómo es eso posible?
Una pequeña sonrisa juega en sus labios, y pone los ojos en blanco
ante la pregunta.
—He llevado una crianza muy protegida, Julius. Mi educación fue
muy estricta y muy católica en una escuela solamente de niñas. A mis
hermanas y a mí no se nos permitía tener amigos. Solo nos teníamos las
unas a las otras. Solo comimos en casa o en restaurantes de gama alta. La
comida basura no estaba permitida, aunque Veronica y yo conseguimos
sobornar a uno de los hombres de mi padre para que nos diera una pizza
una vez. La interacción con los niños era un no definitivo. Ni siquiera
había visto la anatomía masculina de cerca hasta mi noche de bodas. Mi
vida era... es... —Hace una pausa y frunce el ceño ante la pérdida de
palabras, antes de susurrar—: Cambiaría muchas cosas de mi vida.
La amargura se filtra en sus palabras, y quiero saber más sobre ella,
aunque no debería. Es un dilema sin salida. Si sé más acerca de ella, corro
el riesgo de estar más unido a esta pequeña mujer. No hacer las preguntas
que quiero hacer, me haría no saber cosas que no debería saber.
Alejandra está escondiendo algo, y planeo averiguar el qué.
Necesitaré presionar, necesitaré hurgar, pinchar, y romper pedazo a
pedazo hasta descubrir qué hay en su interior, y al final de todo, ella no
me gustará tanto, pero así es la vida.
De repente, ella está irritada.
—¿Por qué estás siendo tan amable conmigo? Esto sería mucho más
fácil si me gritaras y me dieras una bofetada.
—¿Quieres que te dé una bofetada? —pregunto con incredulidad.
—Bueno, no —admite—. Pero haría las cosas más simples. Sabría
cómo sentirme si lo hicieras. Puedo lidiar con el odio pero no sé qué hacer
con la indiferencia.
Me mira rápidamente antes de mirar por la ventana.
—O tal vez ese es tu plan. Tal vez me quieras confundir.
Sacudo la cabeza.
—No. No hay ningún plan. Sin importar cómo te trate, sigues siendo 216
mi prisionera.
—Oh, Julius. —Respira profundamente y luego responde
cansadamente a través de una exhalación—. Una prisionera ya no es tal si
quiere permanecer en la cárcel.
Maldita sea, es buena. Pero me niego a picar.
Con esa audaz declaración, seguimos adelante, y el silencio espeso
reemplaza la conversación pesada.
24
Alejandra

E
n primera, las hamburguesas son deliciosas. Julius nos
ordenó batidos de chocolate a ambos para acompañarlas y
debo admitir, que estaba dudosa.
No sonaba para nada tentador. Pero entonces la comida llegó. Una
mordida de esa carne jugosa y suave y fue el paraíso. No pensé mucho en
mi compañía, solo en cuanta comida podía meter en mi boca de una vez.
Masticando con gusto, una sobrecarga de placer nació desde mis pies y
subió hasta mi cerebro.
Luego vi a Julius mirándome con una mueca, con un tono de voz
bromista, casi afectiva, cuando declaró:
—Comes como un cerdo. —Para decir algo tan malo, se veía muy 217
complacido.
Con la boca llena, le lancé una mirada asesina, señalando con mi
barbilla el kétchup que manchaba la suya, y gruñí:
—Como si tú pudieras hablar, imbécil.
Su sonrisa se amplió, y me estiré sobre la mesa por mi batido,
bebiendo justo cuando un hipo amenazaba con subir y, oh por Dios… el
cielo mismo no podría haber hecho una combinación más celestial que
hamburguesas y malteadas.
Era oficial.
Si sobrevivía a esto, iba a engordar felizmente.
Se me escapó un gemido y con toda la emoción, hice saltar a mis
pies en el piso con placer inexplicable, sujetando mi hamburguesa con
más fuerza, mis ojos cerrados mientras procesaba lo genial que era y lo
que había estado perdiéndome. Y los ojos de Julius se arrugaron en las
esquinas mientras comía, mirándome.
Sería el primero de muchos días donde me cuestionaría mi
presencia. ¿Había vivido algún día en mi vida, o simplemente existí? No
conocía mucho del mundo, pero sabía mucho del sub mundo. Las cosas
ante las cuales muchas mujeres se desmayarían, no me inmutaban. Era
un alma vieja atrapada en un cuerpo de veinticuatro, y aquí… ahora…
Julius me dio algo que apreciaría por siempre.
Me había dado una probada de normalidad.
Me había prestado a su hermana por la mañana, mostrándome
cómo deberían ser las interacciones normales entre hermanos. Me había
dado hamburguesas, y aunque nunca lo admitiría, yo le habría dado
cualquier cosa a Julius en ese momento, si lo hubiera pedido.
Se sentía apropiado expresar mi gratitud. Tomando otro gran bocado
de hamburguesa, murmuré:
—Así que… gracias.
Cuando su expresión se volvió solemne, deseé haber cerrado la boca.
Pero luego tragó y habló, sin dejar de mirarme:
—De nada.
Bajé la mirada a la mesa, aliviada y comí el resto de la hamburguesa
con una sonrisa.
218

***

—¡Maldición Ling!
Julius está molesto.
Está molesto, y gritando con fuerza.
Sigue un bajo sonido de golpe, porque también se está paseando. Y
con esas dos palabras, nuestra buena mañana se va al carajo.
Tan pronto volvimos nos encontramos a Ling de pie junto al banco
de la cocina, haciéndose un latte en la cara cafetera de Julius; él se detuvo
en seco, haciendo que me chocara con su espalda. Miró su reloj, y le
preguntó:
—Vuelves temprano. ¿Qué pasó?
Ella inclinó su cabeza y forzó una sonrisa.
—En realidad es una historia divertida. —Pero no había nada de
humor en su voz, lo que indicaba que era una mentirosa y que lo sucedido
no tenía nada de gracioso.
Y entonces Ling comenzó a explicar lo sucedido, y Julius se tensó
más y más, y comencé a alejarme de la cocina. Eventualmente, Ling llegó
al final de su historia, y Julius sacudió el cielo con su furia. Se paseó un
poco más, murmurando, y de vez en cuando, señalándola y gritándole.
Mi cuerpo ansiosamente tenso, finalmente logré alejarme de la
cocina y correr hacia el cuarto de Julius, sentándome en la cama abrazada
a mis rodillas, para esperar que la tormenta pasara.
Pero Ling seguía hablando, inconsciente (o quizás, demasiado
consciente) del combustible que estaba arrojando al fuego. La discusión
llegó al clímax cuando Ling perdió la calma y bramó:
—Y que te follen por tu culo tan correcto, jefe. —Se arrojaron cosas, y
se oyeron llaves de auto—. Me voy. Pienso irme a la mierda desde aquí.
Hallaré a alguien a quien follar, ¿y sabes qué? —Sus tacones se fueron
alejando—. ¡Voy a decirle Papi! —Justo antes de golpear la puerta, chilló—:
¡Y a él le va a encantar!
El auto se encendió, retrocedió, y se alejó a toda velocidad, 219
esparciendo grava en la casa, causando un sonido que retumbó en el
silencio.
En la quietud después de tal guerra, Julius suspira con pesadez, y
luego… nada.
Espero un largo rato que él venga a buscarme, pero no lo hace.
Después de varios minutos en silencio, decido salir de la seguridad
del cuarto silencioso y buscarlo. No necesito ir lejos. Lo encuentro sentado
en la mesa del comedor, sus mangas levantadas hasta los codos, su
cabeza gacha mientras se masajea las sienes.
Mi manifestación le advierte de mi presencia, porque alza la mirada,
irguiéndose, la viva imagen de la dignidad. Por lo que digo lo único que se
me ocurre:
—Lo siento.
Se relaja un poco, y sacude la cabeza.
—Ni siquiera es algo.
—Parece algo. —Sintiéndome más valiente por su calma, entro en la
habitación y lentamente me dirijo a la silla más cercana—. Y ciertamente
sonó como algo.
Con sus ojos fijos en la silla vacía frente a él, murmura:
—Todo con Ling es algo. Pero ella es así. Es una bola de fuego y
rayos. Nunca un momento de calma. O la amas o la odias, no hay
intermedio.
Mi corazón se hunde.
Estoy segura que me encuentro en el segundo extremo sobre ella,
pero Julius… él claramente la ama. Y me retuerce el estómago.
—Estoy segura que volverá —digo para dar charla, no porque lo
desee.
Ni siquiera me mira, y eso me hace sentir inútil.
—Lo hará. Siempre lo hace.
El silencio que sigue comienza siendo cómodo, pero pronto, la
tensión crece hasta que no puedo callarme más.
—Ling… —comienzo—… ¿ella realmente encontrará a alguien, 220
para…?
Abro y cierro la boca como un pescado, pero no puedo terminar mi
pregunta.
—Si —gruñe, sus labios torcidos por el odio.
Y mi corazón se detiene. Dolorosamente.
¿Había malinterpretado la relación de ellos dos?
Por supuesto Julius nunca me verá de una forma sexual. Es
demasiado profesional. No solo eso, además me odia por los problemas que
le he causado. Yo daría lo que fuera para arreglar todo entre nosotros. Yo
adoro la presencia serena pero estática que irradia. Una mezcla de paz y
furia y caos y belleza todo en uno.
Con mis días terminándose, mi mente desesperada ha repasado
todos los escenarios. Y todos vuelven a una solución posible. Puedo
hacerlo suceder, estoy segura. Llevará tiempo, algo que no tengo, pero lo
haré con inteligencia.
Puedo hacerlo. Sé que puedo.
Al menos, eso espero.
Haré que Julius se enamore de mí.

***

Espero con paciencia, dándole tiempo a meditar.


La pelea con Ling lo dejó tan molesto que se duchó sin encerrarme
en el cuarto, y aunque eso me excitaba, me planteaba una pregunta.
¿Adónde iría?
Actualmente, era un blanco con vida. Sin mencionar que no tenía
dinero, ropa o un amigo en el mundo.
Mis posibilidades allá afuera, por mi cuenta, eran peores que aquí
adentro, con Julius.
Fui de puntillas a su habitación y me desvestí con facilidad,
entrando a su armario y tomándome mi tiempo para escoger algo más
cómodo que ponerme. Cuando me miré, cerré los ojos y tragué con fuerza,
221
diciéndome que esto era lo último de mi artillería que me quedaba.
Ling se había ido. ¿Quién sabía cuándo volvería? Esperaba que más
tarde que temprano, porque era una perra, y era una perra que dejaba en
claro cómo se sentía respecto de mí.
Me odiaba con toda su alma.
Ahora, mientras me paro ante el lavabo de la cocina, mirando hacia
el estéril pero prolijo patio, me comprometo a hacer lo que pueda para
tener una ventaja.
El suave peso de sus pasos acercándose me acelera el corazón.
Puedo hacerlo.
Siento sus ojos sobre mí antes de que hable.
—¿Qué estás haciendo, Ana?
Su pregunta pesa un poco más de lo que puedo soportar. Mi talón
duele mientras me giro lentamente y él mira mi conjunto, sus ojos
recorriendo cada parte de mí.
—Oh, nena. —Se acerca un paso como un depredador, alza sus ojos
a los míos, y gruñe—. Eso fue una mala idea.
La forma en que me mira es suficiente para que mi cuerpo tiemble
de placer. No puedo hacer que mi boca funcione. Solo puedo encogerme
bajo su ojo vigilante y suspirar.
El aire lanza chispas, y con cada lento y calculado paso que avanza
hacia mí, mi corazón late más y más rápido hasta que estoy a punto de
desmayarme por la presión de su presencia. Trago y abro mi boca un poco.
Me empujo contra la mesada de la cocina que me sostiene.
Él es demasiado, y con sus ojos sonrientes, lo sabe.
En un solo paso, me rodea, alzándose sobre mí, pero su presencia
no me intimida. Sus palabras son cálidas, como miel.
—¿Estás segura de esto, pequeño gorrión? —Sus dedos rozan mi
codo y hacen su camino por allí. Se envuelven en mi muñeca, sujetándome
en mi lugar con firmeza.
No. No es intimidante para nada.
Mis ojos brillan por la lujuria, e inclino mi cabeza para mirarlo,
parpadeando soñadoramente. Mi mirada cae sobre sus labios rellenos, y 222
absorbo su expresión de cautela. Mis labios se secan, así que saco la
lengua para humedecerlos, y asiento un permiso silencioso. Suelta mi
muñeca y la pérdida de contacto casi me hacen llorar.
Su rostro se suaviza en aceptación mientras él inclina sus rodillas,
apoyando las manos en mis caderas, y con un suave movimiento, me alza
sobre el mármol frío. Mi cuerpo se rompe en piel de gallina. Se acerca más,
su cuerpo entrando en el espacio abierto entre mis piernas, intentando
acercarse tanto como la física permita. Sus manos se deslizan por mis
caderas, para apretar mi trasero, y las mías se sujetan de sus hombros, mi
mejillas ruborizadas.
Me mantiene así, cerca, en este abrazo y sus ojos azules y fríos,
nunca dejan los míos mientras las manos recorren mi cuerpo, acariciando
y sujetando mi suave carne. Su toque es eléctrico, y me hallo
mordiéndome el labio para evitar la vergüenza de gemir por una simple
caricia.
Estoy ardiendo por dentro. El área caliente entre mis piernas duele
con delicadeza.
Mis caderas, mis muslos, mi espalda, hombros, y cuello… ninguna
de estas áreas se salva de su erótico masaje.
Julius acerca su frente a la mía, cerrando los ojos mientras sus
maravillosas manos se deslizan por mi espalda para descansar en mis
caderas. Se congela un segundo antes de acercarse más. La frustración me
hace querer acercarme más, pero él me sujeta con fuerza. Alzo mi rostro al
suyo y mi labio superior roza su lleno labio inferior. Mi corazón late
acelerado y mis manos tiemblan. Sujeto sus hombros casi dolorosamente.
Suficiente juego previo.
Necesito su boca más de lo que necesito mi próximo aliento.
Se aleja un centímetro y su mano sujeta mi mejilla, su dedo pasando
firmemente sobre mis labios entreabiertos. Mi manos se deslizan de sus
hombros, por su pecho, mis uñas rasgando suavemente sus costillas hasta
que llego adonde quiero estar.
Santa mierda, estoy muy cerca del orgasmo.
Dios mío, Julius es más de lo que esperaba. Más imaginé.
El borde de su camiseta de algodón es levantado por dedos diestros,
pasa por sobre su cabeza, forzando a mis manos hambrientas a soltarlo un
segundo antes de volver a aferrarme a sus hombros.
Una pausa momentánea y quiero llorar. Julius me ha hecho sentir 223
más en estos minutos de lo que Dino jamás me hizo sentir.
Mi labio tiembla.
Estar aquí, con Julius, así, es la experiencia más cruda de toda mi
vida. Una experiencia que te cambia la vida.
Él mira dentro de mí y se lo devuelvo, con toda la fuerza. No se dicen
palabras. No son necesarias, no ahora.
Lo que comenzó con mi necesidad de hacer esto, ha acabado con mi
deseo de esto más que nada en la vida.
A la mierda el plan.
Necesito esto, necesito a Julius.
Sus manos se apoyan en mis muslos, y sin preguntar, las desliza
hacia arriba para acceder a la parte más íntima de mí. En un momento de
pánico, jadeo y su expresión se limpia. Se detiene, moviendo sus manos
sobre la tela. Envuelve sus brazos fuertes alrededor de mi cintura,
tirándome en él, y cuando lo hace, su polla ya dura me golpea. El
movimiento hace que mis ojos se cierren, y se me escapa un gemido suave.
No veo el suave asalto venir, pero cuando su boca toma la mía en un
profundo y arrebatador beso, gimo en su boca, y mi cuerpo se enciende
por el sonido que nace de su garganta.
Oh, Dios, mierda. Soy una tonta.
¿Por qué permití que esto pasara?
No esperaba estar tan afectada. No esperaba siquiera estar afectada.
Estoy oficialmente con el agua hasta la cabeza. Lo sé porque Julius
Carter tiene labios de ensueño, y ahora que lo he probado, me temo que
esta necesidad no será saciada con facilidad.
Estoy borracha de lujuria, y nunca antes me he sentido así. Es
desconcertante.
Sentada en la mesada de la cocina, usando solo su camisa y unas
bragas, con mis brazos alrededor de su cuello mientras me muerde el
labio, nada se ha sentido tan natural nunca en mi mida como estar en
brazos de Julius Carter.
Se separa para tomar mi rostro en sus manos. Mirándome, busca.
¿Qué?
224
No estoy segura. Pero cuando le sonrío, puedo oír los engranajes en
su cabeza girando.
Soltando mi rostro como si fuera lo más difícil que ha tenido que
hacer, retrocede un paso, lejos de mí.
No.
—Julius.
No lo hagas. Por favor no lo hagas.
Mi voz es un susurro:
—No te atrevas, Julius.
Por favor. Por favor no me dejes. Te necesito.
Oh, Dios, lo necesito. Las palabras me fallan.
—Julius, no te atrevas a alejarte de mí.
Evita mi mirada mientras retrocede otro paso, efectivamente
rompiendo lo poco que me queda. Habla con rudeza.
—No deberíamos hacer esto, Ana.
Parpadeo. Frunzo el ceño.
—Sí. Sí, deberíamos. Porque se siente correcto. Cuando algo se
siente tan bien, es exactamente lo que hay que hacer.
Bufa y sacude la cabeza como si fuera estúpida.
—No sabes lo que estás sintiendo. Estás cofundada.
Lo tiene, pero no lo acepto. Sí, estoy confundida. Soy un maldito
desastre.
Un dolor perforante en mi pecho me llena de emoción, hasta que
repentinamente, me duele el interior.
—Maldición, no me digas lo que siento. Ha habido muchas cosas
malas en mi vida. Sé cuándo algo se siente correcto —espeto en voz baja.
Pero retrocede otro paso, y la desesperación me hace hablar.
—Si te alejas de mí ahora, nunca más te aceptaré.
Sus ojos se entrecierran antes de que vea mi mentira, volviéndose y
alejándose. Antes de salir, murmura:
—Es lo mejor.
225
Me abrazo a mí misma, luchando contra el frío dejado por Julius en
el cuarto. Pero no lloro.
No lo haré.
25
Twitch

—M
aldito idiota. Lunático. Imbécil. —Ethan Black
está teniendo un mal día—. ¿Tienes alguna idea
de lo que nos has costado?
Pongo mi pulgar en mi boca, mordiendo ligeramente.
—Ilumíname.
—Era una dirección falsa, Twitch. No había nadie allí. Nada.
Literalmente nada. Una operación SWAT desperdiciada. Otra oportunidad
yéndose por el desagüe. —Los puños de Ethan se cierran en puños a sus
costados con tanta fuerza que sus nudillos se vuelven blancos. Avanza
dando zancadas, con una expresión amenazante en su rostro tenso—. Si
estás jodiendo conmigo, niño, te pudrirás tras las rejas. Lo juro. 226
Inclino mi cabeza y lo miro inexpresivo.
—Te ves tenso, Black. ¿Podría sugerir más fibra en tu dieta?
—Twitch —interrumpe el jefe antes de que Ethan pueda perder la
calma—. ¿Qué sucedió? Creo que hemos dejado bastante claro que si no
conseguimos nuestra parte del trato, tampoco tú. —Frunce el ceño
confundido—. ¿Por qué nos estás intentando engañar?
—No pensarías que te di la dirección completa, ¿cierto? —La mirada
de molestia en ambos rostros es hermosa.
—¿Qué, entonces? —Ethan quiere ir directamente al grano.
Niego con la cabeza.
—¿Crees que voy a aceptar tu palabra de que te encargarás de estos
chicos? Vamos. —Una risa profunda sale de mí—. De ninguna manera.
Ethan Black suspira fuertemente antes de poner los ojos en blanco y
gritar.
—¿Qué quieres?
Mi oración es simple.
—Quiero estar allí. Presente. Como testigo. Entonces recibirás más
de mí.
El jefe parece impasible.
—No, Twitch. Ahora estás pidiendo demasiado.
Ethan rodea el escritorio para mirar por el vidrio de la puerta de la
oficina.
—De ninguna manera. No voy a llevarte al peligro.
Me encojo de hombros despreocupadamente.
—Entonces supongo que estamos en un callejón sin salida. —Me
pongo de pie y comienzo a moverme—. Te lo dejo a ti. —Me vuelvo hacia el
jefe—. Le desearía bien, pero… —sonrío levemente—… de verdad no
quiero. —Mis pies me llevan hasta la espalda de Ethan Black, que en este
momento se encuentra bloqueando la puerta, y digo—: Sal del camino,
Black.
Ethan se da la vuelta, su expresión cautelosa, su boca tensa en una
fina línea.
—Si me jodes, te la devolveré.
227
—No tengo intención de joder a nadie. —Me repito a mí mismo por
enésima vez—. Solo quiero ir a casa, estar con mi hijo, estar con mi mujer.
Eso es todo.
Veo el momento en que pierde su lucha interna. Suspira largamente
y bajo para luego cerrar los ojos con fuerza, su rostro mostrándose dolido.
—Está bien —murmura en voz baja, para luego más fuerte—: Está
bien. —Sus ojos se abren y mira en dirección al jefe—. Tenlo listo en dos
días. Saldremos al amanecer.
Mis emociones escalan pero las mantengo a raya. Solo hay un
pensamiento pasando por mi mente en este momento.
Yupi yu, hijo de puta.
26
Alejandra

A
lgo cambió en Julius anoche.
Lo que pasó entre nosotros aún está llenando el aire
cuando me dirijo a su habitación, la imagen de la
obediencia. Todavía lo saboreo en mis labios, siento su
cuerpo cerca del mío, pero me digo a mí misma que me lo
saque de encima, que pensar obsesivamente en él me hará más daño que
a él. Así que hago todo lo que puedo y finjo que no pasa nada, que no hubo
beso, ni momento entre nosotros.
Ling no había regresado a casa a medianoche, y cuando él murmuró
algo sobre largarse, fue obvio que estaba preocupado por ella. Pensé en por
qué simplemente no la llamaba y le exigía que volviera a casa. Después de
todo, él era su jefe. 228

Pero eso no era asunto mío. Lo que era mi asunto es lo que ocurrió
cuando entré en el dormitorio. Estaba esperando algo.
No obtuve nada.
Nada de nada.
No me esposó a él, no me esposó a la cabecera, no me amenazó
verbalmente de ninguna manera, simplemente me dejó estar. Sin embargo,
nos encerró a los dos en su dormitorio esa noche, y aunque esperaba que
él me sermoneara sobre lo que ocurriría si me escapaba, simplemente se
desvistió, se metió en sus pantalones de dormir, apagó las luces y se metió
en la cama sin mirarme o decir una palabra; dándome la espalda como si
no estuviera ahí.
Mi respuesta emocional fue desconcertante por decir lo menos. Que
me pase por alto, ignorándome como si no fuera nada, estaba empezando
a construir una curiosa reacción en mí.
Estaba extrañando sus ojos sobre mí, extrañando la forma en que
ellos me sujetaban firmemente, pegada al lugar. Fuertes sentimientos de
deseo no deseado causaron que mi pecho doliera.
Su indiferencia no solo era alarmante, sino también hiriente. Lo sé,
completamente ridículo e irracional. Y una pizca de mi estirada mente se
preguntaba si estaba empezando a desarrollar el síndrome de Estocolmo.
No lo haría.
Tenía un plan y estaba pegándome a él, en cierto modo. Si lo iba a
llevar a cabo, no podía empezar a apegarme al hombre a veces siniestro y
la mayoría de las veces considerado. No era justo. De todos los hombres
con los que logré estar, conseguí al único que revolvía mariposas en mi
estómago con una mirada humilde de esos tempestuosos ojos azules.
¿Cómo podría una persona simplemente dejar de estar atraída por
alguien?
No estaba segura que fuera posible.
Mi madre solía decir que cuando un hombre podía mantener la
atención de una mujer sin decir una palabra, era una receta para el
desastre. Y para mí, eso era Julius. Independiente del consejo de mi
madre, quería empujar los límites. No tengo nada que perder. Literalmente
nada.
Mi propia vida estaba perdida. No tenía nada que arriesgar... aparte
229
de mi cuerpo. Era un desastre tentador, sabiendo que terminaría en
tragedia, pero no me preocupaba en lo más mínimo.
Era imprudente e irresponsable, y tampoco estaba segura si me
importaban las consecuencias, sean las que sean.
Mientras me tumbaba en la oscuridad, una pequeña sonrisa se
dibujó en mis labios. Empujar los límites sonaba más y más emocionante
a cada minuto.
Incluso era excitante hacer algo que no era para el bien de la familia.
Estaba por mi cuenta, responsable ante nadie y nada aparte de mi
propio culo, y haría lo que hiciera falta para asegurarme de vivir otro día.
Mañana, inclinaría mis manos contra la muralla que es Julius, y
empujaría.

***
Ling regresó justo después del amanecer y el alivio visible en el
lenguaje corporal de Julius, me tenía furiosa por dentro.
Desperté algún momento después de la salida del sol y no me
molesté en despertar a Julius. En lugar de eso, me deslicé de la cama y me
moví silenciosamente hacia el cuarto de baño, dejando la puerta abierta
solo una rendija. Me duché rápidamente, notando que alguien había
colocado acondicionador donde no había nada el día anterior.
Agradeciendo a los cielos, unté un montón sobre mi grueso cabello,
masajeando y dejando que actuara por un minuto, mientras me
enjabonaba y enjuagaba.
Después de que quité el acondicionador y salí de la ducha, era hora
de que empezara a empujar.
Me tomé mi tiempo secándome con la gran toalla de baño, que
colgaba en la butaca de la ducha, usando la de repuesto como un turbante
para mi cabello mojado. Haciendo mi camino hacia el tocador, usé mi
mano para limpiar la condensación del espejo y darme un vistazo.
Mi cuerpo era... bueno, no era agradable. Estaba dañado en más
formas en que una persona podía contar, no todas las lesiones eran
visibles a simple vista. El lenguaje corporal tenía mucha fuerza en lo que
230
estaba a punto de hacer, y necesitaba ser prudente.
Envolviendo la toalla alrededor de mí en lo alto de mi pecho, divisé el
cepillo de dientes colgando del lavabo y sonreí. Vertiendo agua sobre él, le
puse una pequeña cantidad de pasta de dientes y, todavía sonriendo, lo
puse en mi boca usándolo para cepillarme los dientes. Obligándome a
estar seria, lo llamé usando a propósito el apodo con que su hermana lo
llamaba.
—¿Jay?
Respondió de inmediato, bruscamente, dejándome saber que estaba
bien consciente de dónde yo estaba.
—Sí.
Mis pies me llevaron a la puerta del baño, y con mis dedos en el
mango, la abrí un milímetro sacando mi cabeza hacia él. Con mi expresión
neutral, le dije:
—No tengo ropa interior.
Se quedó de pie sin mirarme y salió de la habitación. Sabía a dónde
iba y, por Dios, iba a darme su atención cuando volviera.
Tiré la toalla fuera de mi cabeza, pasando mis dedos por mis largos y
ondulados mechones, y examinándome en el espejo. Aflojo ligeramente la
toalla alrededor de mi pecho, lo suficiente para echar un vistazo entre mis
senos. Lamo el exceso de pasta de dientes de mis labios, dejándolos
brillantes y rosados.
Cuando volvió a la habitación y se giró para dejar la ropa en el
closet, mientras me preguntaba por el día anterior, grité:
—Aquí, por favor.
Un momento después, la puerta se abrió más y sus ojos caídos de
sueño se encontraron con los míos, ensanchándose un poco antes de
moverse hacia abajo y luego incluso más abajo hasta mi pedicura ahora
desconchada, para luego subir, descansando sobre mi escote casi
inexistente antes de alcanzar mi cara.
Sí. Ignórame ahora, hijo de puta.
Pero entonces, una leve mirada de exasperación lo atravesó.
—Ese es mi cepillo de dientes.
Lo dejé en mi boca mientras tomaba la ropa que ofrecía su mano
extendida. Sosteniendo el bulto en mis brazos, parpadeé inocentemente 231
hacia él, quitando el cepillo de dientes azul de mi boca antes de lamer mis
labios para limpiarlos muy, muy lentamente.
—Tampoco tengo uno de estos.
Sabía que era atractiva. Eso no me hacía una cabrona presumida,
era simplemente un hecho. Era casi la única cosa por la que había sido
alagada durante todos los años de mi vida. ¿Quién daba una mierda para
que yo lograra estar al nivel de la escuela secundaria? No en mi familia.
Siempre fui la bonita, lo que sea que eso signifique.
Era difícil perderse la forma en que los hombres me miraban. Esas
miradas normalmente me hacían sentir incómoda. Fue la forma en que
Julius me miró en nuestra primera reunión en la casa, el día que Dino fue
sacada de mi vida, la primera vez que fueron bienvenidos. Ese fue el día en
que Julius ya no escatimó en tales miradas hacia mí y maldigo eso para
siempre.
Él caería.
Demonios, ya lo hacía.
Fingir que no veía la forma en que sus ojos me recorrían era difícil,
pero me giré hacia el espejo, sin mirarlo, permitiéndole que mirara su
empalme.
—Gracias por el acondicionador.
Sin respuesta.
—Voy a necesitar algunas cosas, si no es mucha molestia.
Aún sin respuesta.
—Nada demasiado lujoso, solo una navaja para mis piernas y axilas,
tal vez un desodorante femenino —recalqué mientras tomaba el suyo y
libremente lo rociaba en mis axilas—. Sujetadores, bragas y un par de
tijeras para poder cortarme el cabello.
El zumbido de la ira en el aire me obligó a contener una sonrisa
maliciosa. Estaba siendo intencionalmente una niña mimada. Quería una
reacción y no estaba del todo preparada para la que estaba a punto de
conseguir.
Entró en el cuarto de baño con paso amenazador y me giré, mi
espalda hacia el tocador, anticipando su acercamiento. Con un breve
vistazo a sus pies descalzos y a sus largas y musculosas piernas, mi 232
corazón latió más rápido. Con sus cejas bajas, examinó mi cara y el
silencio me estaba matando.
—¿Crees que es un maldito hotel?
Un paso más, y cuando me moví para retirarme, la toalla que cubría
mi parte inferior entró en contacto con el frío mármol del tocador. Estaba
atrapada. No había dónde refugiarse.
Mis labios se separaron sorprendidos por la agresión que resultó de
esa pregunta calmadamente hablada.
Con las mejillas sonrojadas, sacudí mi cabeza.
—¿Crees que soy tu maldito mayordomo? —Su mandíbula se
endureció con eso.
Tragué con fuerza, mi voz débil.
—No estoy pidiendo mucho. No pedí estar aquí, Julius. No seas
irracional.
Dio un paso más, más grande que los demás y se paró en punta de
pie, mirándome con los ojos tan fríos que solo podrían ser descritos como
glaciales.
—Vamos a recapitular, ¿de acuerdo? —No me gustó el sonido de eso.
Se inclinó, metiéndose en mi cara y sus tranquilas palabras parecieron
más fuertes para mí que un grito—. Te obligaste a entrar en mi vida,
acabaste con la vida de un hombre inocente por razones que no me
revelarás, jodiste mi reputación y fastidiaste mis negocios, todo en el lapso
de una hora; y me pusiste en un aprieto, al hacer que te persiguiera la
mitad del camino hacia el siguiente condado, agobiando mi vida con tu
mera presencia, adueñándote de mi espacio, mi refugio personal, donde
me libraría de la mierda como tú. —Jesús, eso duele más de lo que
debería—. ¿Y sientes que tienes el derecho de pedirme algo? —Sus fosas
nasales se dilataron con su furia apenas oculta y sus ojos ardían—. Perra,
por favor. Ruego que me des una excusa para golpear tu culo y, justo
ahora, te estás acercando.
Lo que susurró a continuación fue algo desconcertante.
Su mano subió lentamente y toqueteó suavemente un mechón de mi
cabello, accidentalmente tocando la parte superior de mi brazo, haciendo
que se me pusiera la carne de gallina. Con su cálida respiración sobre mi 233
mejilla, murmuró:
—No te cortarás el cabello. Ni siquiera vuelvas jodidamente a
preguntarme.
Con eso, se giró sobre sus talones y salió del baño, cerrando detrás
de sí con un ligero golpe.
El dolor en mí palpitó a través de todo mi cuerpo, mi respiración
fuerte, volviendo débiles a mis miembros. Levantando mis dedos hacia mis
labios, los sostuve ahí.
Quería una reacción y sí, había conseguido una. Y esta reacción me
sacudió.
Pero entonces, ¿por qué parecía que estaba más afectada que Julius?
Me quité el pensamiento de encima y me giré lentamente,
cepillándome los dientes en silencio, esperando que la mañana mejorará
de aquí en adelante.
Ahora, cerca de una hora ha pasado antes de que el sonido de la
puerta principal abriéndose lenta y tranquilamente, suene. Ésta se cierra
en silencio, pasos suaves y sordos se mueven por el pasillo.
Cuando ella se mueve para ir hacia la cocina mira sorprendida,
deteniéndose con sus tacones en una de sus esbeltas manos. La mirada de
sorpresa es reprimida rápidamente, y alzando su nariz con orgullo, hace
su camino hacia la cocina como si nada hubiera sucedido el día anterior.
Una sonrisa de gato en su cara linda y deslavada, camina directo
sobrepasándome sin mirar hacia atrás y se dirige hacia la cafetera, donde
Julius está parado.
—Buenos días.
Vestido con jeans azules y una camiseta blanca de manga larga,
mientras la preocupación de no tener a su preciosa Ling casi desaparece,
lleva su taza de café a sus labios y da un sorbo.
—¿Te divertiste?
El tono de ella era evasivo.
—Sí, claro.
La mira por encima de su taza.
—Entonces, ¿quién fue esta vez? ¿Chip? ¿Norman?
Veo que ella lo mira pensativamente antes de responderle con 234
osadía.
—Nunca conseguí su nombre, pero tuve una mierda de respuesta
cuando lo llamé Papi.
Estoy segura que él va a despedazarla con ese comentario arrogante.
En su lugar, para mi desesperación, inclina su barbilla al sacudir su
cabeza ligeramente cuando su cuerpo se estremece con su risa silenciosa.
“Todas las cosas con Ling son una cosa...O la amas o la odias, no hay
intermedios”.
¿No era eso lo que él había dicho?
Una cosa sabía con certeza, Ling y yo nunca seríamos amigas. Y lo
que estaba a punto de hacer iba a cimentar nuestro odio la una por la
otra.
Me levanto de mi posición en la mesa del comedor, llevando mi taza
de café vacía hacia el fregadero de la cocina y lavándola. Desde mi visión
periférica, veo el momento exacto en que ella nota la ropa sobre mi cuerpo.
—Perra, ¿asaltaste mi armario? —pregunta, apenas ocultando su ira
ante la idea.
Usando una expresión de inocencia angelical, miro hacia el pantalón
de lino de piernas anchas y el suéter de cachemira de color caramelo,
antes de mirarla y responder.
—Eh, no. Jay los consiguió mientras me duchaba esta mañana.
Espero que esté bien.
Tono. Insinuación. Una falsa sensación de cercanía. La breve
declaración tenía todo eso.
Lancé un golpe.
Y mi vientre se alegra cuando veo que mi flecha alcanza su objetivo.
La presumida expresión de Ling vacila. Sus ojos se estrechan sobre
mí y luego dirige la misma mirada sobre Julius.
—Oh, ¿ahora es “Jay”? —dice, empujando su cadera fuera del
mostrador y moviéndose para salir de la cocina—. Bueno, estoy cansada.
He estado despierta toda la noche. —Me mira y luego a Julius—. Dejaré
que tú y Jay vuelvan a lo que sea que estaban haciendo antes de que
llegara.
La observamos subir las escaleras y un minuto entero pasa antes de
que Julius comente. 235

—No sé qué demonios fue todo eso, pero no juegues con ella,
Alejandra. Ella no juega bien y cuando decide que quiere jugar, es solo
porque planea ganar.
¿No todos buscamos eso?
Mi rostro se vuelve duro cuando comento:
—Gracias por la advertencia, pero no estoy jugando.
Mi vida no es un maldito juego. Esto es serio.
Me grita con un poco de ardor.
—Claro que sí. Lo hiciste conmigo justo antes en la ducha y ahora lo
haces con Ling.
—No, no lo hice —hablo demasiado rápido, mi culpa es evidente.
Sus grandes labios se inclinan en la esquina y levantando sus
manos, rasca su barba de un día.
—Nena —comienza—. Las personas como Ling y yo inventaron las
tácticas de manipulación. Nadie puede hacerlo mejor que nosotros. Estás
cometiendo errores de novata y delatándote. —Su semi sonrisa suaviza
todo su rostro y es hermosa—. Solo detente y todos nos llevaremos bien.
Frunzo el ceño y me giro para que no vea la lucha interna que se
forma detrás de mis ojos.
¿Me estaba delatando? ¿Cómo?
Mis hombros se sueltan con el conocimiento de que él ha estado
sobre mí desde el momento en que despertó. El tintineo suave de su taza
siendo colocada en el fregadero suena y lo siento en mi espalda.
Lo que dice a continuación hace que todo mi cuerpo se vuelva frío
por el miedo.
—¿Quieres que me deshaga de tu padre por ti?
Con mis ojos muy abiertos me giro hacia él y lo miro boquiabierta,
antes de apresurarme.
—¿Qué? ¡No! ¡No te atrevas!
Con su rostro impaciente, asiente suavemente y luego dice:
—Eso es. Esa es quien eres, Alejandra. No eres una seductora. No
eres una estratega. Llevas tu corazón en la manga. Así que sea lo que sea 236
que estás pensando, detente y sé simplemente la dulce persona que eres.
Me estaba matando con sus palabras y me sentía avergonzada por el
calor de las lágrimas que ardían en mis ojos. Parpadeo de nuevo.
—No soy débil.
—No —está de acuerdo sin dudarlo, pero me mira desde un ángulo
diferente—. Y me encantaría meterme en esa cabeza tuya—. Se endereza,
tomando un mechón de mi cabello entre sus dedos y tirándolo
suavemente—. Pero no me dejas entrar, nena. —Deja caer el mechón de
cabello sobre mi hombro y se encoge de hombros—. Quiero ayudarte, pero
no puedo hacerlo sin lo que tú sabes. No tienes mucho tiempo, así que
tienes que decidir qué es lo que vale más para ti... tu vida —insiste,
mientras da varios pasos hacia atrás en dirección a la escalera—, o tu
orgullo.
Mientras él sigue a Ling arriba, me deja ahí, sola, sin supervisión y
es entonces cuando me doy cuenta que él no es falso. Está seguro que no
me iré y tiene razón, porque no tengo a nadie. Nadie salvo él.
Tal vez él realmente quiera ayudarme. O tal vez…
Una sensación de frío se extiende a través de mí desde los pies a la
cabeza.
“Las personas como yo y Ling inventamos las tácticas de
manipulación. Nadie puede hacerlo mejor que nosotros”.
Sacudo la cabeza con la compresión de que acabo de ser manipulada
como un violín finamente afinado.
Julius no quiere ayudarme. Quiere deshacerse de mí. Quiere salvar
su propio culo, como yo misma planeé hacer, no lo culpo por eso. Si fuera
una elección entre tú y yo, casi siempre me elegiría a mí misma.
Él tenía todo, pero me había dicho la verdad en su discurso lleno de
ira esta mañana, que yo no era más que un pedazo de mierda.
Si pudiera ser como Ling, alguien con carácter, alguien poderoso. Tal
vez entonces podría encontrar mi lugar en este desordenado mundo mío.
Quizás si…
Una bombilla explota en mi cabeza, iluminando mis pensamientos,
haciéndolos cristalinos.
En un abrir y cerrar de ojos, mi plan cambia de A a B.
237
No voy a llegar a ser como Ling.
Una sonrisa secreta destella en mis labios.
Voy a reemplazarla.
27
Julius
—No te alejes de mí.
Gruño, siguiéndola por la casa. La maldita pequeño gorrión me está
haciendo explotar la cabeza con cada mirada asesina. Si quiere seguir
mordiéndose la lengua, la haré hablar. Quizás decirle que debería haber
dejado que Gio la tuviera fue agresivo, pero su reacción era lo que
necesitaba ver. La única persona hacia la cual reaccionaba así era el
hermano de Dino.
Con mi labio temblando de furia, lucho contra el impulso de
estirarme y sujetarle la muñeca para tenerla quieta, y acuso:
—¿Estabas teniendo un romance con él, con Gio? ¿No es así? Es por
eso que querías muerto a Dino. —Hago una pausa para que ella reaccione, 238
pero está apagada, tan lejos de mí como le es posible—. Debería haberlo
adivinado. Él no parecía tan molesto por la muerte de su hermano. —
Fulmino con la mirada su espalda en retirada—. Apuesto mi testículo
izquierdo a que por eso se ofreció en persona a buscarte. ¿No es así? —
Sigue caminando y mi estómago arde, agitado, y la furia me quema por
dentro—. Habla conmigo.
Cojea mientras camina, no tan mal como el día anterior, pero lo
suficiente para que mi estómago se contraiga de necesidad de alzarla y
llevarla al sofá, algún lugar suave y cómodo. Mi orgullo, claro, nunca
permitirá que eso suceda, pero que conste, que quiero hacerlo.
—Vete a la mierda —escupe. Dando vueltas alrededor de la casa,
esta siendo la segunda vez pasando por la cocina. Sonrío en secreto,
consciente de que no tiene idea de adónde ir, pero eso no la detiene.
Intento un enfoque más suave.
—Alejandra. —Mierda. Mi tono sigue demasiado duro. Intento de
nuevo—. Nena, por favor, para. Hablemos.
Cuando le digo nena, se gira sobre sus talones, haciendo una
mueca, y casi la choco por su repentino detenimiento. Ella me mira con
furia, alzando una mano y golpeándome con un sólido dedo en el pecho.
Sus ojos llamean y me habla con dientes apretados.
—Deja. —Golpe—. De. —Golpe—. Llamarme. —Golpe. —Nena. —
Golpe, golpe, golpe.
Mierda.
La actitud.
Me hace algo.
Mi pene se remueve dentro de mis pantalones negros y me renuevo
sobre mis pies, mirándola amenazadoramente.
—Te llamaré como se me dé la gana, nena. —Me muevo lentamente,
entrando en su espacio hasta que nuestras narices se tocan—. Para todos
los sentidos prácticos, tú me perteneces.
Y, santo Dios, desearía que esa fuera la verdad, que pudiera usarla
de la forma en que realmente quiero. Dormir a su lado es suficientemente
malo. Mi polla llora pesadas lágrimas en la ducha cada mañana, pero eso
apenas me satisface.
Link me llamó la noche anterior, y aunque negué las acusaciones,
239
tenía razón. Me estoy encariñando. Fue un error de novato darle acceso a
mi espacio, y tanto como me gustaría deshacerme de ella, mi pecho se
cierra al pensar en... en...
Mi mente dibuja las palabras que puedo decir.
En estar solo otra vez.
Ling también es una amiga, pero mayormente es una socia. Tiene
sus intereses propios, y no me involucran. Sinceramente, no me agrada la
mierda que le gusta a Ling. No interactuamos socialmente, no salimos a
cenar, y no hablamos cosas profundas. No es que Ling tenga mucha
profundidad en ella. Tiene su lugar arriba, yo el mío abajo. Comemos
juntos ocasionalmente, pero solo cuando conviene, y lo hacemos
mayormente en silencio, hablando intermitentemente sobre mierda del
trabajo.
Alejandra es una criatura complicada, y que Dios tenga piedad, me
atrae. En todo el día, no para de hablar, pero tan pronto vamos al cuarto a
dormir, se apaga, quedándose tensa. Y eso me mata como la mierda.
Lo entiendo. No me conoce de Adam, y de noche, quizás fantasee con
todas las formas en que puedo hacerla gritar de placer, pero no lo haré. Ni
siquiera si ella quiere.
Bueno, maldición.
De acuerdo, seguramente resistiría un poco, pero mierda, soy
humano. No sé si podría negarme a una mujer como Alejandra. Ella es
pequeña, algo que siempre he amado, también es hermosa, lo cual es un
bono. Y es inteligente, para nada la cabeza hueca que quiere que crea que
es.
Las arenas en su reloj caen cada vez más rápido. Mañana es su
fecha límite.
Si no me da algo, lo que sea, para mañana, entonces la enviamos de
regreso a casa, una oveja al matadero.
Le estoy dando una oportunidad para que se salve, pero me lo está
haciendo difícil.
Agarrando ligeramente la parte delantera de su camiseta de lino,
observo sus grandes ojos marrones ensancharse tan grandes como plato, y
gruño en advertencia.
—Casi se acaba el tiempo, pequeña. ¿Qué va a ser?
Sus ojos brillan, traga con fuerza y me mira a los ojos, mientras dice:
240
—Eres justo como ellos.
Mi frente se arruga.
—¿Cómo quién?
Da un paso atrás.
—Ellos. —Luego otro—. Todos ellos. —De repente, una mirada de
pura tristeza la barre—. No quieres ayudarme. Quieres ayudarte a ti
mismo. La única persona en la que puedo confiar es en mí. —Sus ojos
encuentran los míos y hay algo allí. Dolor, tal vez—. Pensé que tal vez eras
diferente, pero ni siquiera puedes ver lo que está justo frente a ti.
Doy un paso hacia ella, tomando sus dos manos sin permiso y
apretándolas firmemente mientras imploro:
—Dame una razón para ayudarte. —Suelto su mano y me estiro para
acariciar sus frías mejillas—. Soy todo oídos. Solo di las palabras, nena.
Sus ojos se llenan con lágrimas, y los cierra con fuerza antes que
tengan una oportunidad de traicionarla. Resopla lindamente y deja salir
un ronco susurro.
—Ojalá pudiera confiar en ti, Julius. —Mientras hunde su barbilla,
la suelto, y mis manos caen a mis costados. Me golpea fuerte con sus
siguientes palabras suavemente pronunciadas—. Pareces el tipo de chico
por quien una chica haría cualquier cosa para tenerlo a su lado. —En su
voz, encuentro rastros de reflexión.
Y con esas palabras, mi pecho se desploma. Quiero que se quede
conmigo. Permanentemente.
Mierda.
¿Es esto lo que le pasó a Twitch con Lexi?
¿Qué mierda estaba haciéndome este pequeño gorrión?
Porque lo entiendo ahora. Lo entiendo. Y le debo a Twitch una
disculpa por todas las burlas que le di.
Cuando ella se da la vuelta para entrar en mi dormitorio, una
sensación de temor pasa a través de mí ante la realización que tengo a
alguien especial a mi alcance y que puede que tenga que dejarla ir.
Sabiendo esto, entró en pánico.
Mi siguiente oferta me aturde incluso a mí.
241
—¿Y si dijera que te protegería?
Se detiene en la puerta y, sin volver atrás, responde:
—Te diría que no hagas promesas que no puedas cumplir.
Mi cuerpo se vuelve rígido por la inquietud, cierra la puerta detrás
de ella, el suave clic de cerradura resonando en mi mente.
—Llamaste —dice Ling cuando entra en mi cuarto de baño.
No me siento muy bien con esto, pero tampoco tengo elección.
—Esta noche es tu turno. Tengo una reunión a la que no puedo
faltar.
Sus ojos se estrechan peligrosamente.
—¿Así que sales y bebes con los chicos, mientras yo me quedo
atrapada haciendo de niñera con el pequeño coño a quien le gusta a
responder con insolencia?
Arreglando mi cabello en el espejo, no pongo calor en mi siguiente
comentario.
—No la llames así. Y sí, de vez en cuando, tendrás que hacer algo
que no quieras. Se llama trabajo, Ling.
—No —discute—. Esto no es trabajo. Trabajo son pistolas y hombres
en trajes y tiroteos. —Inclina su cadera contra el mostrador y se mueve
para colocar su rostro en mi vista—. Esto es una mierda.
Es lo más cercano a hacer un berrinche que alguna vez haya
escuchado hacer a Ling. La miro, mi ceja levantada con sorpresa.
Baja su rostro y se burla.
—No me va a gustar solo porque tu polla se levanta y pone atención
cada vez que está en la habitación.
Con mis ojos en ella, me inclino y advierto:
—Realmente me estoy cansado de esta petulante actitud de mierda
tuya, Ling. En un niño de cinco años, sería lindo. ¿En ti? —La miro de
arriba abajo—. No tanto.
Abre su boca para empezar otra ronda, pero la interrumpo con:
—Espero no tener que decirte que, si ella es lastimada de cualquier
manera, habrá un infierno que pagar.
242
Su boca formó una línea sombría, asiente una vez.
—Lo entiendo.
—No, no lo haces —le digo—. No lo entiendes. Esta mierda que estoy
diciendo es seria. —Dando un paso más cerca, la encierro, yo en su frente,
el tocador a su espalda. Bajo mi ronca voz—. Si pones una mano en ella,
tocas un solo cabello en su cabeza, la miras de la manera equivocada, te
juro, Ling —mi aliento calienta la manzana de su mejilla—, que estarás
sobre tu culo sin ni una moneda de diez centavos y en la lista negra. —Mi
mano se levanta para acariciar su mejilla—. ¿Ahora me entiendes?
Un momento de silencio.
—Sí. —Una mirada de puro odio brilla en sus ojos—. Te entiendo.
—Bien. —Dejando caer mi mano, me muevo hacia el espejo,
mirándome una vez más y murmuro clínicamente—: Eso está realmente
bien.
28
Alejandra

J
ulius camina fuera del baño y de regreso a la habitación
mientras continuo limpiando la herida en mi talón. Él se
acerca a la cama y se arrodilla cuando alcanza mi costado.
—¿Aun adolorida?
No levanto mi mirada porque temo que él va a ver demasiado en mis
ojos, vea dentro de mí, que vea la ansiedad de saber que me está dejando
sola con Ling. Está ahora la apreciación que siento al comprender cuán
ridícula he sido por haberme sentido alguna vez segura con Ling como un
amortiguador entre Julius y yo.
Me doy cuenta que él no me dejaría con ella a menos de que tenga
que hacerlo, así que no me avergüenzo en rogarle, principalmente porque 243
estoy segura que si lo hago, él se quedaría. Y eso solo confundiría la cosa
entre nosotros mucho más.
—Se está poniendo mejor.
Me ve en silencio mientras pongo todo de mí en mi tarea, haciendo lo
mejor para ignorarlo.
—Voy a regresar tarde.
Trato de mantener mi voz.
—Está bien.
—Mírame.
Realmente no quiero, pero su tono es firme e innegable, y después
de años de que te metan la sumisión, se vuelve un poco más como un
reflejo. Mis ojos encuentran los de él, tormentosos y llenos de
preocupación, y mi boca se abre, mi respiración me deja de golpe. Es como
ser golpeada por un auto bus, luego el bus da reversa, y te golpea de
nuevo. Mi respiración se contrae y no me doy cuenta que estoy llorando
hasta que siento el rastro húmedo en mis mejillas.
—Oye—comienza, alcanzando a quitar las lágrimas con su pulgar,
corriendo sus dedos por la línea de mi cuello.
Y no puedo detener las palabras que se escapan en un susurro.
—Por favor regresa.
Frunce el ceño.
—Lo haré.
—Bien —murmuro, parpadeando a través del torrente de lágrimas,
luego hablo justo arriba de un susurro —. Porque justo ahora, eres todo lo
que tengo.
Antes de que pueda averiguar el impacto de esas palabras, estoy
siendo levantada de la cama y llevada en un par de fuertes brazos.
Me sostienen con fuerza. Son inquebrantables, y por primera vez en
mucho tiempo, me siento segura.
—Sal —ladra, y escucho el sonido notorio de tacones sonando de la
puerta del baño, hacia la puerta de la habitación, y luego fuera al pasillo.
Mi rostro está enterrado en su hombro, él me sostiene como si yo
fuera la cosa más preciada en su vida, y deja un enredo caótico de 244
pensamientos en su camino. Su enorme mano se desliza hacia arriba por
mi espalda hacia la base de mi cuello, donde sus dedos tibios me sostienen
hacia él, y me pregunto si Julius necesita el contacto tanto como yo.
—Mírame —habla gentilmente. Esta no es una demanda, pero es
una petición implorante.
Con un pequeño sorbo, me aparto, apretando la tela a sus costados
con todo lo que tengo. Busca en mi rostro por un largo momento antes de
inclinarse y presionar sus tibios y llenos labios sobre mi frente,
suavemente, con un sentimiento de arrepentimiento. Me presiono contra él
y tomo todo lo que él me da. Cuando, finalmente se aparta, suelta un largo
y cansado suspiro antes de mirarme, pero o hay calor detrás de esto. Todo
es por el espectáculo. Y para respaldar mi reclamo, habla suavemente, con
cuidado.
—¿Mañana vamos a hablar, sí? Y no vamos a dejar una sola roca sin
girar. Porque las cosas… —Me mira con cautela, como si soy un animal
asustado que saldrá corriendo en cualquier momento. Termina su
oración—. Las cosas han cambiado.
Su sorprendente declaración me tiene parpadeando hacia él. ¿Cómo
es que las cosas han cambiado? ¿Y por qué su declaración secretamente
me emociona?
Dándome cuenta que él espera alguna forma de respuesta, le doy un
suave asentimiento para estar de acuerdo.
Su suave rostro se gira inflexible cuando él confiesa:
—Es mejor que no juegues conmigo, Alejandra. No va a terminar
bien para ti.
Sin pensarlo, mi boca se abre y respondo:
—Ya lo he intentado.
Con eso, su rostro se suaviza una vez más, y una pequeña sonrisa
juega en sus labios.
—¿Ah sí? ¿Cómo salió eso?
—No muy bien —admito en voz baja, sin una pizca de pena.
Y el mareo que me inunda cuando él mueve su cabeza, sus hombros
saltando en una risa silenciosa, no tiene precio. Por un corto momento, me
siento tan normal como me puedo sentir. 245

Incluso más cuando levanta su rostro sonriente y me sorprende con


lo brillante de su sonrisa de millón de dólares.
Tres veces más cuando se inclina hacia adelante y presiona sus
labios suaves en los míos en lo que es esencialmente el más corto y
preciado beso de toda mi vida.
Boca suave. Labios cerrados. Y perfecto en cada manera posible.
Tanto que el susto de ello me hace querer llorar de nuevo.
Mi pecho arde y una llama se enciende a través de mí, calentando mi
frío corazón.
La esperanza se vuelve a encender.
¿Dolería realmente confiar en Julius, solo un poco?
No es como si las cosas se pueden volver peores para mí.
Estoy tan cansada de ser lastimada por los hombres, y aunque los
miedos me inundan, alguna parte dentro de mí me pide darle una
oportunidad.
El masculino y boscoso olor de su colonia llena mis pulmones, y yo
deseo ahogarme en su olor, no queriendo salir nunca por aire, dando
libremente mi vida por este pequeño momento.
No queriendo soltarlo en lo más mínimo, suelto la tela de su camisa
y corro mis manos hacia arriba por los firmes músculos de su pecho,
aferrándome a sus largos hombros con mis pequeñas manos tan fuerte
como puedo. Julius suelta mis labios y me rompe el corazón cuando me
demuestra verdadero afecto sin egoísmo, manteniendo su rostro cerca del
mío y luego corriendo su nariz por el largo de la mía antes de regresar a
besar mis labios una vez más.
—Todo es sobre nosotros ahora —susurra, corriendo sus firmes
manos por mi espalda, descasándola en mis caderas antes de apretarlas
ligeramente.
Y con una corta respiración, aprendo a confiar de nuevo.
—Sí. —Porque francamente, si alguna vez quiero un nosotros, quiero
un nosotros con Julius.
Se levanta entonces, colocándome sobre mis pies y dándome una
mirada que me dice que él ya no se quiere ir. Con un bufido, sacude la
cabeza y da un paso lejos de mí. 246

—Mañana, hablaremos.
—Está bien. —Es todo lo que digo, porque no puedo pensar con él
tan cerca.
Da otro paso hacia la puerta.
—Y me vas a decir todo.
—Lo haré —prometo, enmascarando mi alivio y sorpresa de tener a
alguien en quien confiar. No he podido hablar abiertamente con alguien en
años. Teniendo eso ahora, después de todo este tiempo, me hace sentir en
partes iguales nerviosa y emocionada.
Se detiene en el marco de la puerta, vestido completamente de negro,
viéndose como cielo en la tierra. Se toma su tiempo, viéndose
completamente y sin decir una sola palabra, se gira y se va. Y yo lo dejo.
Todo es sobre nosotros ahora.
¿Qué significa eso exactamente?
Definitivamente sé lo que quiero que signifique, pero mis esperanzas
han sido borradas tantas veces antes, que no quiero pensar la declaración
criptica de Julius.
Mi mente es un desorden, me subo de regreso a la cama,
sosteniéndome a mí misma con fuerza, y me cubro completamente.
No pasan diez minutos antes de escuchar el tedioso sonido de
tacones en la distancia. Me quitan las cubiertas y yo me endurezco, sin
saber que esperar. Quizás una golpiza, solo para sacudir las cosas.
En su lugar, Ling me mira con repulsión. Mirando por debajo de su
nariz, me dice:
—Levántate.
Pero estoy confundida, y las palabras no encajan.
Después de un corto minuto, se repite a sí misma.
—Dije que te levantes.
Usando mi codo me levanto en una posición para estar medio
sentada, la interrogo.
—¿Por qué? 247

Con una media sonrisa, ella revela:


—Porque vamos a salir
¿Qué?
Me siento completamente, con los ojos abiertos.
—¿A dónde?
Sale, el sonido de sus tacones sonando fuera de la habitación.
Colapso de regreso en la cama y me pregunto si esta es una buena
idea.
Desde el pasillo, Ling grita:
—¡Levántate!
Y porque suena más como una demanda que una invitación, levanto
mi trasero.
29
Twitch

C
uando Ethan Black me entrega el bastón largo y negro,
parpadeo hacia éste por un momento antes de volver mi
mirada asesina hacia él y preguntar:
—¿Qué demonios? ¿Crees que se trata de una práctica en la banda,
Black? Jesús, dame algo mortal.
Luego del silencio que les di como oferta de paz durante el vuelo de
ocho horas hasta el estado de nuestro objetivo, uno pensaría que él sería
más agradecido.
Black sonríe sombríamente y se inclina para decir con desprecio:
—Jamás de los jamases.
248
Lame bolas.
Rodeado por hombres con equipo negro de SWAT, me mezclo en la
multitud, vestido extraordinariamente similar, pero lo único que faltaba
podría salvar mi vida.
Un arma.
A medida que el camión desaceleraba hasta luego detenerse
completamente, sacudo mi cabeza.
—No tengo un buen presentimiento sobre esto, Black.
Ignorando mis preocupaciones, interroga:
—¿Es ese el lugar?
Mis ojos se alzan para encontrarse con los de él y dejo que mi
desafío se conozca a través de la fría expresión en mi cara.
Me mira fijamente antes de volver a preguntar:
—¿Es el lugar o no, Twitch? —Y respiro hondo, calmando la urgencia
de romper su maldita mandíbula.
No me molesto en mirar por la ventana, he estado aquí antes. Lo
recuerdo bien.
—Es el lugar.
La pintoresca casa en los suburbios es modesta y parece ser como
cualquier otra casa en la manzana. Atrae poca atención en la manera en
que se ve. Si una persona fuera a pasar por la calle, no la mirarían dos
veces. Es humilde, discreta y diseñada para ese único propósito.
Los tejemanejes del interior sin embargo… eso es algo
completamente distinto.
Las drogas están siendo empaquetadas y vendidas mientras
esperamos. También siendo vendidos los cuerpos de chicas entre dieciséis
y veinte años. Porque, como Egon Baris, propietario de esta casa y líder de
la Shiptare Albanesa, me había dicho una vez, nadie quiere pagar por tetas
caídas y un coño grande, pero los hombres pagarán sorprendentemente
bien por una compañera de juegos sin identidad, una compañera que
nadie echará de menos debería hacer a ese tiempo de juegos escapar a
algo más oscuro.
La mayoría de estas chicas son traídas en contenedores desde
Europa del Este, principalmente de Polonia, Ucrania y Rumania. Las más 249
lindas eran llevadas con la promesa de convertirse en bailarinas en
populares centros nocturnos de Estados Unidos, mientras que las más
simples se les decía que servirían en algunos de los establecimientos de
comida más finos que este país tiene para ofrecer.
A Egon no le gusta drogar a sus chicas, porque A: lo excita ver a
estas chicas acobardándose con temor, sabiendo lo que viene cuando un
hombre entra a su cuarto, y B: no cree en desperdiciar su producto.
Hay armas ocultas conseguidas ilegalmente, de grado militar en el
sótano, incluyendo aquellas de oficiales de policía, pasados y presentes.
Algo de la artillería pertenece a las fuerzas armadas rusas, pero fue robada
por algún malparido con pelotas sin un nombre, un hombre que no esperó
sobrevivir al robo, y cuando el precio de esas armas se triplicó, Egon le
pagó al hombre sin quejarse, en cientos de millones.
Cambio de bolsillo para un hombre como él.
Egon Boris es un conocido psicópata. Para empeorar las cosas, es
un psicópata paranoico. Lo que probablemente quiere decir que desde el
momento en que el camión de aspecto militar sea visible desde la casa, va
a entrar en pánico, y va a hacerlo de una manera extrema.
¿Cómo es que lo sé?
Porque es lo que haría yo.
A una manzana de distancia, estacionados a un lado del camino, le
advierto a Ethan:
—Va a salir disparando armas. Lo entiendes, ¿verdad? —Hago una
pausa para dejar que eso cabe profundo y luego hablo lo suficientemente
alto para que los otros ocho en el camión puedan escucharme—. Ustedes
se encargan de los hombres primero, pero toman a las mujeres por lo que
parecen. Pueden parecer dóciles y bonitas, pero son albanesas. Esas
perras aprender a manejar un arma desde que son lo suficientemente
grandes como para llevar una y, créanme, a ellos les importa poco hacer
estallar el culo de todos. Si alguien saca un arma, y será mejor que crean
que lo harán. Acábenlos. —Miro alrededor a los rostros serios de los
hombres que no se molestan en mirarme, jodidos irrespetuosos—.
Acábenlos a todos.
Pero Black se apresura a añadir:
—Todos excepto Baris. Queremos a Baris vivo. Si necesitan
reducirlo, usen fuerza no letal. —Le lanzo una mirada que dice que está
loco si piensa que Egon será un objetivo sencillo. Poniendo sus ojos en 250
blanco, ladra—: Escuchen, no me importa si le disparan a la rótula del
imbécil o si pierde una mano. Solo asegúrense de que el hijo de puta esté
lo bastante entero como para soportar un juicio y llegar la cárcel, ¿queda
claro?
Un coro de “Sí” resuena, y un minuto después, por el radio, Black
confirma que el segundo camión se encuentra en posición, rodeando la
parte trasera de la casa y listos para moverse a la palabra de Black.
Las ropas que estoy usando se sienten restrictivas, aunque no lo son
para nada. Todo está en mi cabeza. La ropa negra calza a la perfección,
pero el grueso material de la camisa negra de mangas largas es pesado
contra mi piel. Mierda, estoy acostumbrado a usar seda, no algodón
pesado. El chaleco antibalas encima de ello es sofocante. Con un casco
negro a juego, hago lo que los otros hacen y pongo las gafas sobre mis
ojos, alzando la mitad de la máscara sobre mi nariz ante la demanda de
Black. Las botas negras de punta de acero sin embargo… voy a
quedármelas.
Los hombres de Black tienen tres armas al alcance del brazo, una
ametralladora MP5 en mano y dos pistolas calibre .45 atadas a cada
muslo.
¿Y yo?
Bajo la mirada al bastón con una rabia ciega. Es como Black
tendiéndome una trampa para que reciba una bala.
A la mierda él.
Sucede rápido, demasiado rápido para comprenderlo realmente.
El camión arranca y se sacude hacia delante, acelerando para luego
detenerse de pronto en frente de la casa construida con sexo, drogas y
rock and roll de Egon Boris. Los hombres salen en fila en una bella
uniformidad, suben las escaleras y sigo detrás, muy detrás. Si alguien va a
recibir un disparo, recuerda mis palabras, va a ser uno de los tipos con
una maldita arma, no yo. Aunque no anuncian su presencia, en cuanto la
puerta es destrozada, gracias al más pesado de SWAT que es usado como
ariete, gritos y chillidos en albanés suenan a través de todo el edificio,
junto con los sonidos de resonantes pisadas cuando los hombres de Egon
trabajan para proteger el fuerte.
Son disparados tiros en cuanto los hombres de Black son enviados
al piso de arriba. Los gritos sorprendidos de las mujeres son fuertes, y
escucharlas rogar por sus vidas en un inglés malo me hace querer romper
cabezas. 251

—¡Al suelo! ¡Manos arriba!


—¡Baja el arma!
—¿Dónde está Baris? ¿Huh? —Un pesado ruido sordo resuena,
seguidos de un dolorido y prolongado gemido—. ¿Dónde está Egon Baris?
—Si no obedeces, te dispararé. ¿Me entiendes?
—Está bien, señorita. No voy a lastimarla.
—Abajo. Abajo. ¡Dije que abajo!
La ley es un trabajo tedioso. Si hubiese venido aquí por mi cuenta,
nunca me hubieran escuchado llegar. Lo último que hubieran visto sería el
cañón de mi arma entre sus ojos y luego el boom.
Realmente era piedad a mi manera. Rápido y conciso. Ninguna luz
parpadeando delante de sus ojos, ni nada.
Solo el desvanecimiento a la inconsciencia.
El final.
Game over.
Sí.
Definitivamente era bondad, mi manera.
La pelea, la lucha por el control, envía a la sangre tarareando a
través de mis venas. A decir verdad, no soy necesario aquí. Con dieciséis
hombres armados incluyendo a Ethan Black y a mí, la guerra ya está
ganada.
Pero lo entiendo. Entiendo la necesidad de batalla. Después de todo,
arrinconas a un perro y te morderá. Lo mismo sucede con la gente.
Cuerpos desperdigados de hombres y mujeres ensucian el piso,
algunos todavía moviéndose pero notablemente lastimados, mientras otros
yacen con los ojos abiertos, sus rostros en estado de shock, la luz borrosa
en sus frías y muertas miradas.
Masacre.
Es mi vida.
Lo único mejor que el sexo es tomar la vida de alguien que realmente
se lo merece. Nada puede satisfacer eso. Ni siquiera eyacular.
Sigo a uno de los hombres por la esquina hacia la despedazada
252
entrada al sótano, cuando una sombra se aproxima por el rabillo de mi
ojo. Sin pensarlo un segundo, alzo el brazo tan alto como puedo y lo bajo
tan rápido que el bastón hace un sonido de silbido a través del aire,
seguido por un fuerte golpe seco cuando quiebro el brazo de uno de los
hombres de Egon.
Grita de dolor, cayendo al suelo, aferrándose el brazo, y el hombre
de Black, el que está frente a mí, se da la vuelta ante el agonizante grito.
Baja la mirada al hombre mientras alzo la pierna, bajándola, y pisando el
rostro del hombre. La sangre se derrama de su nariz mientras siento el
crujido de los huesos rompiéndose en su rostro debajo de mi talón. Hago
esto una y otra vez, no porque lo necesite, tampoco porque necesite
desarmar al hombre, sino porque se siente tan jodidamente bien romper
algo en todo este mundo perfecto. El hombre gruñe, luego otra vez, y una
vez más, más suave esta vez, hasta que nada escapa de su boca
entreabierta, sus ojos completamente vacíos.
Ahí es cuando decido apartarme. Jadeo, trago saliva e inhalo
profundamente, mientras el chico soldado a mi lado murmura:
—Nada mal.
Y suelto una carcajada, luchando por respirar.
—Lo dice el hombre con el arma.
El tipo sonríe entonces, y lo sigo cuando entra al sótano. Cuatro de
los hombres de Egon han sido desarmados, y Black mira alrededor a todas
las armas en el cuarto. Con una sacudida de su cabeza, se gira hacia mí
antes de hablar en el auricular.
—Copiado. —Pasa los dedos sobre un rifle de asalto ruso APST—.
¿Para qué demonios se estaba preparando, la tercera guerra mundial?
—Hombres como Baris no hacen preguntas —admito bruscamente—
. Vendemos al mejor postor.
Black se mueve para pasar a mi lado, pero se queda quieto cuando
llega a mi lado.
—Lo tenemos. Trató de escapar a través de intrincados túneles de
conejo construidos bajo tierra, pero lo atrapamos.
Mi respuesta es tosca.
—Bien.
Estaba bien. Ese era uno menos, uno menos deteniéndome de
unirme a mi familia.
253
Oh sí, definitivamente salió bien.
Más camiones se acercan y la casa es destrozada. La evidencia es
recogida, los heridos son llevados al hospital, los muertos embolsados y
etiquetados y Black se acercar hasta pararse a mi lado.
—Hiciste lo que dijiste que harías, Falco. —Se ve incómodo al
admitir—: No estaba seguro que lo harías, pero ayudaste. Nos trajiste un
pez gordo. Buen trabajo.
No me importan las emociones. Hacen que mi estómago dé un
vuelco. Así que como siempre, traigo una dosis de realidad a la mesa.
—No me agradezcas. No hice esto por ti. —Suelto un largo suspiro,
luego susurro—: Mierda, vaciaré el jodido océano si eso significa ir a casa,
Black. —Un momento de pausa, luego—: Estoy cansado de que otras
personas cuiden de mi hijo. —Trago con fuerza—. Solo quiero estar con mi
hijo.
—Lo estarás —responde inmediatamente Black, antes de subir las
escaleras del sótano y salir de mi vista.
Eso sonó como un juramento para mí.
Estoy esperando que lo sea, porque si Ethan Black no cumple su
promesa, ningún huracán ni las llamas del infierno podrían detenerme de
hacer a su esposa una viuda.

254
30
Alejandra

L
a fuerte música del salón de baile hace latir el ritmo del bajo a
través de mi pecho, obligando a mi corazón a golpear la
melodía de Calvin Harris y Rihanna “This Is What You Came
For”, y las destellantes luces de neón azules que danzan a través del club
oscurecido, pero no me atrevo a quejarme, porque a pesar de lo que siento,
estoy fuera de casa, y eso supera todo lo demás ahora mismo.
Independientemente del hecho de que estoy en la ciudad con Ling, esta
noche se siente algo normal. Una especie de normalidad que no había
experimentado antes en mi protegida vida. Esta noche, no somos
secuestradores y cautivos, sino solo dos mujeres que salen a tomar una
copa en un lugar nocturno obviamente popular.
El hecho de que Ling me haya traído aquí me tranquiliza un poco. La 255
lógica me dice que no me habría llevado a un lugar tan congestionado si
planeaba matarme. Un bono definitivo.
Ojalá tuviera un teléfono celular. Ojalá pudiera llamar a Julius y
decirle dónde estoy, o tal vez simplemente enviarle un mensaje, con la
esperanza de escuchar ese ping y sentir la tranquilidad de su respuesta.
Siempre que teníamos amigos y familiares, Dino y yo jugábamos tan
bien el papel de la pareja enamorada que cuando la gente comenzó a irse,
a veces olvidaba que todo era un acto. Y cuando la bola caía, y Dino
comenzaba a ser amo de mi cuerpo, dictador de mi mente, una lenta
tristeza se filtraría en mi alma. No sentiría nada más que la fría realidad
que era mi vida, una vida que habría cambiado en un latido del corazón
para el primer tomador. Dino tenía la capacidad de hacerme sentir más
alto que la montaña más alta, pero me di cuenta que solo me hacía sentir
así para poder empujarme por el borde y verme caer, tropezando a mi
muerte, una y otra vez. De ida y vuelta.
Era difícil vivir mi vida, y hacerlo en silencio como dama.
La verdad es que no soy diferente a ninguna otra mujer. Quiero estar
con un hombre que me acepte por lo que soy. Me gustaría que un hombre
me amara por todas mis pequeñas rarezas en vez de avergonzarme por
ellas. Y sobre todo, anhelo el afecto de un hombre que me lo dé libremente,
no lo use como arma contra mí.
En este momento de mi vida, estoy cansada, pero soy fuerte. Y
seguiré el camino tan lejos como me lleve, hasta donde haya camino para
viajar.
He pagado cuotas injustas por más de diez vidas con mi matrimonio
con Dino. No voy a renunciar a esta vida, no una que he ganado con las
cicatrices de mi miseria, no sin una pelea.
Me lleva de vuelta a algo que mi hermano me dijo cuando le
pregunté cómo se sentía para matar a una persona. Miguel explicó:
—Ana, bebita, todos vienen a este mundo pataleando, y gritando, y
cubiertos de sangre ajena. Tienes que decidir si tienes un problema para
salir de la misma maldita manera. ¿Y yo? Yo no.
Como todos los niños de mi familia, me habían enseñado a manejar
un arma. Mi padre no estaba interesado en que las niñas conocieran las
armas, sino hasta que Miguel señaló que, independientemente de lo
seguros que creamos que estemos, el conocimiento es poder, y aseguró a
nuestro padre que las lecciones no corromperían a sus señoritas. Decir
que estaba impresionado con lo bien que nos llevamos a nuestras clases 256
de tiro era un eufemismo, y en mi noche de bodas, mi padre me dio un
regalo.
Era la cosa más hermosa que jamás había visto, una pistola
semiautomática calibre 22 con chapa dorada, con rosas doradas
florecientes grabadas en ella, las vides con puntas que subían por la
empuñadura para decorar el cañón. Fue amor a primera vista, y la
acaricié, llevándola conmigo a todas partes que fui gracias a un permiso de
armas ocultas. Hasta una noche fatídica, la primera de muchas noches
donde Dino y Gio me empujaba hasta el borde a toda velocidad a mi
muerte, sonaba un maravilloso respiro de mi existencia de mierda.
Después de haber sido maltratada mentalmente por lo que parecían
horas, Dino me había atado desnuda a la cama con una mordaza de bola
en la boca y un vendaje puro sobre mis ojos, y escuché a Gio describir las
maneras en que él desfloraría a mi hermana entonces de nueve años de
edad. Cuando estuviera lista, por supuesto. Dino se reía y le dijo a Gio que
tendría que esperar un rato. Gio respondió:
—Oh, ¿verdad?
Dino se echó a reír, pero oí la amenaza como cristal.
Gio quería a mi hermana Rosa para él.
Sollocé violentamente detrás de la venda de los ojos, saliva goteando
por mi barbilla alrededor de la mordaza de la pelota. Sabía que tenía que
hacer algo para mantener a Gio lejos de ella. Pero un hombre como Gio no
se dejaba llevar. Necesitaba persuasión de una manera que entendía.
Así que cuando Dino me soltó, me golpeó ligeramente en el fondo y
dijo que me limpiara, mantuve la cabeza baja y me moví hacia el cuarto de
baño, mientras Dino le servía a Gio otro vaso de asqueroso whisky. Sabía
que era terrible. Después de todo, me lo había derramado por la garganta
varias veces.
En mi camino al baño, me detuve justo antes de llegar a la puerta.
Llegando a mi bolso, que colgaba inocentemente en un gancho dorado,
saqué mi arma, dejé caer mi bolso en el suelo y me volví. Teniendo mi
arma en mis dos manos, solo tenía un hombre a la vista, con los brazos en
alto, con la pistola preparada con la promesa de la liberación eterna.
Mi visión se hizo borrosa cuando empecé a hablar, todo mi cuerpo
temblando de cólera reprimida. Respirando profundamente por la nariz,
hablaba en voz baja, solo para él.
—Es solo una niña. 257

En algún lugar de la habitación, una voz firme habló.


—Alejandra, ¿qué crees que estás haciendo?
Pero la rabia burbujeaba, hervía dentro de mí, y la realidad se estaba
deslizando lentamente. Di un paso adelante con las piernas temblorosas,
mis brillantes ojos sobre el sonriente rostro de mi cuñado.
—No eres digno. Eres tóxico.
Su sonrisa comenzó a vacilar, desapareciendo su diversión y pude
ver que estaba empezando a golpear más y más allá a donde dolía. Y me
sentí tan jodidamente bien que todavía no podía ver las consecuencias de
mis acciones.
Mi propia sonrisa fría comenzó a formarse a través de la niebla de la
furia, y presioné:
—No eres nada, el hijo del medio, el olvidado, tan jodidamente
desesperado por atención.
La sonrisa de Gio cayó completamente, desmoronándose como
pedazos de piedra mientras el mar golpeaba furiosamente contra un
acantilado desigual, y para mí, desnudo y golpeado, la victoria era
incalculable. Otro paso adelante, menos tembloroso esta vez, mi pequeño
triunfo por esto con una falsa sensación de confianza.
Mi sonrisa se volvió viciosa, apenas humana, y hablé con los dientes
apretados.
—No puedes tenerla, maldita mierda. Yo te mataré primero. —Mi
dedo se enrolló alrededor del gatillo, pero antes de que tuviera la
oportunidad de limpiar el mundo del mal puro frente a mí, algo descendió
duro en la parte de atrás de mi cabeza, y cuando aterricé en el suelo con
un ruido sordo, mi cabeza inclinada hacia un lado, mi última visión antes
de perder la conciencia fue Dino tomando mi arma y entregándola a su
hermano.
Estaba perdida para mí. Nunca volví a verla, ni se me concedió el
uso de una sola arma después de ese incidente. Creo que fue una sorpresa
para Dino. Me creyó domesticada en todos los sentidos. Pensé que era
bueno mantenerlo sobre sus pies, resistiendo momentos tan ligeramente al
azar a lo largo de los años. Pensé que era tan inteligente. Resistí bastante
para que Dino tuviera que repetirse, nunca lo suficiente como para
enojarlo de verdad. La verdad era, en ese momento, la resistencia era todo
lo que tenía. No pensé demasiado en lo que realmente estaba haciendo.
Para Dino tenerme luchando y luego sometida una y otra vez, fue un juego 258
para él, uno que no me di cuenta que estaba jugando. Mi desafío ocasional
seguido de una rendición rápida tuvo a Dino pensando que me estaba
ganando, mi cuerpo, cada maldita vez.
Ahora que yo sabía esto, odiaba que le hubiera dado eso a él.
Así que tener a un hombre como Julius llegando a mi vida cuando
yo había caído más bajo que las grietas rocosas del infierno, para que me
abrazara tan tiernamente cuando lloraba, para enjugar mis lágrimas y
besarme la frente como si fuera un exquisito tesoro, eso significaba algo
para mí.
Quiero mantener esto.
Quiero mantenerlo por tanto tiempo como él lo permita.
Tal vez no soy la chica más inteligente del mundo, pero no soy lo
suficientemente estúpida como para dejar pasar lo que Julius me hace
sentir. Y por una vez en mi vida, es bueno. Saber que el sentimiento
inexplicable es mutuo es más de lo que podría haber imaginado.
Ahora, mientras evito poner demasiada presión en mi tacón todavía
sensible, Ling toma asiento en el bar, pidiendo bebidas. Me siento torpe a
su lado, y sé que ella no me va a ofrecer un asiento, así que me siento a su
lado en el mismo momento en que el barman coloca nuestras bebidas
delante de nosotros con una seductora sonrisa.
Cuando arrastraba mi culo de la cama y seguía a Ling a su
habitación, ya tenía un traje elegido para mí. Pantalones negros anchos
con una camiseta negra ajustada y un hermoso e intrincado cordón negro
de mangas anchas de estilo kimono que cubre la cintura. Tomé todas las
prendas y me moví a llevarlas a la habitación de Julius para que pudiera
cambiar, cuando Ling gritó:
—No muerdo, perra.
A eso, grité:
—Claro que lo haces —e hice hincapié—, perra.
Su cacareo sonó cuando cerré la puerta detrás de mí.
Ahora, con mi cabello recogido en un puro bollo en la parte superior
de mi cabeza, completamente libre de maquillaje, ignoro el golpeteo en mis
sienes y levanto mi bebida a mi boca. En el segundo lo huelo, me
estremezco y lo pongo de nuevo en la barra.
Ling, con su perfecto vestido rojo, con sus perfectas zapatillas rojas,
y sus perfectos labios rojos luchando contra una mueca, se inclina. 259

—¿Cuál es el problema? —La única imperfección en ella es la correa


blanca a través del puente de su nariz aún magullada. Parece mucho
mejor que el día anterior. Está casi completamente curada.
Sacudo la cabeza y mantengo mi ojo en el bar.
—Es whisky. No puedo beber whisky.
—Dios, eres tan jodidamente preciosa. —Sus labios fruncidos en
disgusto, y voltea su cabello oscuro, hermoso, totalmente recto sobre su
hombro, mirando hacia fuera en la muchedumbre—. Ordena cualquier
cosa que quieras entonces. Jesús
Señala al barman y le ordeno un Cape Cod, más conocido como
arándano con vodka, agradeciéndole mientras coloca el alto vaso delante
de mí con un guiño. Me quedo con el cóctel de tartas, y salivo con la suave
dulzura del jugo de arándano. Tengo la sensación de que ya sé la
respuesta, pero le pregunto a Ling:
—¿Julius sabe que estamos aquí?
—No —responde de inmediato. Me dijeron que te vigilará. Sonríe
modestamente—. Nunca dijo nada sobre no salir de la casa.
Oh, ella piensa que es tan inteligente.
Agito mi bebida con mi paja.
—¿Va a estar furioso?
Se vuelve hacia mí lentamente, lanzándome una mirada que dice:
—¿Qué te parece, genio?
Mis hombros se caen, y suspiro tranquilamente.
—Va a estar furioso.
Cruzando su pierna sobre la otra, explica en un aburrido tono.
—Julius siempre está enojado. Hay apenas diversos grados de su
irritabilidad. Algunos días, está menos enojado que otros. Además, no
tiene que saberlo. Volveremos antes que él.
La necesidad de hacer preguntas es abrumadora. Hago todo lo
posible para quedarme discreta, y me excusen donde no debo hacerlo.
—¿Siempre ha sido así?
Sus cejas se estrechan contra mí.
260
—¿Qué te hace pensar que lo conozco desde hace tanto tiempo?
—No lo sé. —Me encojo de hombros—. Ustedes tienen una cosa de
familiaridad cómoda que pasa. Simplemente asumí...
Ling me corta con una mirada curiosa, se inclina y me mira a los
labios.
—Podría haber otras razones para esa familiaridad, Alejandra —
ofrece provocativamente.
Mi corazón se hunde, y lo hace tan dramáticamente que mi pajilla se
desliza de mis dedos y cae sobre el suelo sucio.
Ling toma obvio placer en mi reacción. Sus ojos brillan con triunfo
mientras saborea agrio Whisky y dice:
—No, no siempre ha sido así. Lo creas o no, hubo una vez en que
Julius sonrío todo un jodido montón.
Mi suave voz, tengo que preguntar.
—¿Qué pasó?
—Perdió a alguien. —Su postura se contrae para proyectar una
cierta gracia, pero sus ojos traicionan su tristeza—. Perdimos a alguien.
No puedo pensar en nada que decir, así que simplemente asiento en
comprensión. De repente, un pensamiento cruza mi mente, y me
pregunto...
La risa ronca de Ling suena, y ella responde a mi silencioso
pensamiento.
—No, cariño. Siempre he sido así. —Alza su copa a la mía, los
tintinea en gritos y bebidas, inclinando la cabeza hacia atrás y bajando la
primera copa, moviendo la que ella ordenó para mí más cerca de ella.
Minutos de silencio pasan, y después de haber terminado mi
primera copa, Ling me ordena una segunda. El alcohol afloja mis hombros
tensos, y con ellos, mi lengua.
—¿Has estado alguna vez en la cárcel, Ling?
Resopla.
—¿Una chica bonita como yo? Nah. —Sonríe entonces, y estoy
sorprendida de encontrar que es genuina—. De todas formas, me gustaría
salir de esta mierda. 261

Una risa sorprendida burbujea mi garganta.


—¿Y qué hay de Julius?
Sus atentos ojos me buscan.
—No debería decirte mierda. —Inclina su cabeza a un lado y frunce
sus labios con sus pensamientos—. Pero supongo que ahora que Julius
piensa mantenerte, cambia las cosas.
Mi boca se abre un poco con esa revelación.
¿Él ahora qué? ¿Eso significa lo que creo que significa?
La chispa de esperanza que sentí antes se enciende en una llama
saludable y mi corazón se calienta.
“Ahora todo es sobre nosotros”.
¿Es eso lo que quería decir Julius? ¿No me iba a llevar de vuelta?
Mi mente implosiona con las posibilidades.
Ling no tiene ni idea de la conmoción que me acaba de dar y parece
tener un argumento mental consigo misma, se endereza.
—Meh, está jodido. —Con su expresión completamente vacía, ella
dice—: Sí. Sí, él sí. Pasó todos sus años de adolescencia encerrados en la
juvenil.
No debería haberme sorprendido, pero lo hizo. Con los ojos muy
abiertos, arrastré mi taburete más cerca de ella.
—¿Por qué?
—Homicidio involuntario. Originalmente fue un cargo de asesinato,
pero su tía consiguió un abogado de lujo que logró hablar de la acusación,
diciendo que actuó en autodefensa.
Y mi corazón cae en la boca de mi estómago.
Ling mira hacia su bebida un largo momento.
—Si atraparas a tu padre violando a tu hermana, ¿qué habrías
hecho?
Oh Dios.
Mi corazón tartamudea con las carreras, y la sangre se escurre de mi
cara.
No mató solo a nadie. Mató a su padre. 262

Una imagen atraviesa mi mente. Un joven Julius de cara limpia,


sentado solo en una celda de la prisión y tomando graciosamente su
castigo, sabiendo que su querida hermana está a salvo en el mundo.
De repente tiene sentido, su estrecha relación con Tonya. La salvó.
Él era su héroe.
Las lágrimas calientes salen detrás de mis párpados cerrados.
Cómo había deseado mi propio Julius en mis días de desesperación.
Me doy cuenta que mi respuesta emocional es algo inusual, pero no puedo
detener el calor intenso que fluye a través de mi torso, extendiéndose
lentamente a cada uno de mis miembros. Pronto, estoy a punto de brillar.
De repente, Ling se para, y hace esto rápidamente. Sus ojos se fijan
en un hombre al otro lado de la habitación, ella murmura:
—Quédate aquí.
—Oye. —Extiendo la mano para agarrar su brazo, pero gira hacia mí,
sus ojos parpadeando, y luego estamos nariz a nariz, mientras ella silba
con los dientes apretados.
—Jodidamente no te muevas de este lugar, Alejandra. ¿Me oyes? —
Algo frío y metálico es presionado en mi rodilla—. Te dispararé. Te
dispararé justo en la rótula. No te muevas.
Ella no está jodiendo.
Con los ojos muy abiertos, trago con fuerza y asiento, porque no
estoy de humor para una herida de bala.
Se mueve a través de la habitación en muy poco tiempo, con fluidez
y elegancia, antes de estar junto a la cabina, de perfil, y hablando con una
persona que no puedo ver. No importa lo lejos a la izquierda o derecha que
me muevo, no puedo ver ni mierda.
Ling comienza sonriendo. Después de un momento, su rostro
cambia y noto la forma en que su mano permanece apretada a su lado.
Pronto, un hombre alto se para, pero no puedo distinguir su cara. Se
inclina sobre Ling, hablando directamente en su oído. Hace esto por un
largo tiempo. Pasan los minutos, y Ling lleva una expresión herida antes
de recuperarse y quitar toda emoción de su rostro. Responde al hombre, y
él agarra sus hombros, como si tratara de mantenerla allí. Pero todo esto
la enfurece. Su expresión de luz ahora oscura, ella habla más duro, las
venas en su cuello abultadas con cada palabra ladrada.
263
El hombre se aleja de ella, y finalmente puedo ver su cara.
Es guapo. También es asiático.
La conversación ha tomado un giro. Pronto el hombre penetra en el
rostro de Ling y le grita, su magnífica cara contorsionada de rabia. Él la
agarra por los brazos y la sacude como una muñeca de trapo.
Oh no.
Miro a Ling de cerca.
He visto esa mirada cerrada en ella antes. Es la misma mirada que
recibí después de romperle la nariz.
No debería haberlo hecho.
Ella se sacude sus manos, y antes de que el hombre sepa lo que lo
golpeó, Ling llega debajo de su falda, abre la navaja estilo mariposa,
retrocede y lo apuñala, sujetándolo a la pared con un cuchillo a través de
su palma. Su rugido resuena sobre la música, o tal vez lo he imaginado.
Abro la boca por sorpresa, me muevo para estar de pie, pero ella ya
se está alejando, y cuando me alcanza, me levanto y la sigo sin preguntar.
Solo hace una pausa para inclinar su vaso y terminar su bebida en un
trago.
Salimos del club y entramos en el auto. Cuando salimos a la calle,
Ling dice clínicamente:
—¿No fue divertido?
Yo no contesto. En verdad, no suena mucho como una pregunta, y
mucho menos una pregunta que uno debe responder.
Parpadeando en la calle, murmura en silencio:
—Sí. Eso fue divertido.

264
31
Julius

R
odeado de hombres riendo y relajándose con sus bebidas, me
reclino en mi silla y sujeto mi vaso de whisky puro bien frío.
Mujeres medio desnudas colgaban de los miembros de
varias firmas. Al costado del cuarto, uno de los hombres recibe con gracia
una mamada que un jefe le regaló. Otro brote de risa invade a los
hombres, y me irrita mucho. Los hombres en mi mundo no ríen mucho.
Nos reunimos una vez cada dos semanas para hablar durante una hora
completa de negocios y luego dedicamos el resto de la noche a disparar
mierda.
No quiero estar aquí hoy.
Estoy agitado, incapaz de concentrarme, porque mi centro de 265
atención está durmiendo en mi cuarto, acurrucada en mi cama. El hecho
es que estoy lejos de Alejandra, y eso me incomoda.
Me pregunto si se halla bien.
Mi labio se crispa al pensar eso.
Si Ling se mete con ella, maldición, la haré lamentarlo.
Cómo desearía poder simplemente levantarme y dejar a estos
malnacidos engreídos disfrutar su fiesta. Pero uno no puede simplemente
irse de un encuentro así. Eso sería una falta de respeto, y los he visto
matar a hombres por mucho menos. Si le faltas el respeto a uno de estos
hombres, y te vas en una bolsa de cadáveres.
Por años, nos hemos reunido el primero de enero, abril, julio y
octubre para discutir lo que está pasando en nuestros respectivos
mundos. Cuando este grupo de hombres peligrosos comenzó a reunirse,
muchas de las bandas estaban en guerra entre sí. Los tiempos han
cambiado. La guerra no era productiva. Los hombres decidieron que una
tregua era necesaria, y mientras nadie hiciera una ofensa intencional a
otro, entonces todo estaba bien en el bajo mundo.
Los hombres que lanzan ofensas por ahí nunca han durado mucho.
Solo tomó unos meses entre la presentación de alguien nuevo, que
pensaran que era lo mejor de lo mejor, que pensaran que sabían más que
todos nosotros, y que quisieran sacarnos provecho. Luego,
repentinamente, desaparecían.
Y nunca volvíamos a verlos.
Los imbéciles arrogantes estaban bien siempre y cuando fueran
mantenidos con correa, pero uno nunca debía deshonrar a quienes lo
criaron, y eso hacíamos todos nosotros, de alguna manera.
Mientras a Marcos Demitriou le chupan la polla, la conversación
cambia de rumbo.
Aslan Sadik, un Turco de los Chicos Perdidos, se lleva el cigarro a
los labios y aspira profundamente, soplando humo pesado a su alrededor.
—¿Oyeron todos lo que le pasó a Baris?
El silencio sigue. Incluso Marcos se tensa, suavemente alejando a la
mujer arrodillada que es todas tetas y labios gruesos. Ella hace una mueca
y él se mete en sus pantalones antes de acariciarle la mejilla con ternura, y
unirse a los demás.
266
Todos los ojos están en Aslan, tan jodidamente típico del turco, ama
la atención. Respira hondo, hablando en un suspiro.
—Los malditos policías lo atraparon. Sabían dónde estaba su casa
segura. Encontraron todo. La mayoría de sus hombres murieron. Los que
no lo están solo esperan el momento para colgarse—. Mira alrededor del
cuarto—. Oí que uno ya lo hizo, con la sábana de su cama de hospital—.
Hace la mímica de tener una soga al cuello—. Ha acabado. No puede
recuperarse. Ha perdido todo.
El pesado acento de Titus Okoye, traficante de armas de Liberia,
resuena en el silencio.
—¿Cómo? —pregunta, su rostro oscuro con interrogantes—. ¿Cómo
lo encontraron?
Aslan no responde, simplemente mira a la gente que le rodea con
claro interés.
Sentado frente a Titus, Lars Odegard del Círculo Noruego, gira su
delgado y pálido rostro hacia Aslan, sus ojos azules escépticos.
—Si oigo bien, hay un tono de acusación en tu voz, Aslan.
Ante tal clara declaración, Aslan se encoge de hombros, alzando las
cejas en falsa inocencia, y Lars se pasa una mano por su cabello rubio
blanco, con el aspecto de querer estallar su pulgar justo en la frente de
Aslan, dejándolo un desastre ensangrentado.
Lars no está satisfecho con el silencio de Aslan.
—Dime, Turco, ¿quién de nosotros ganaría algo eliminando a Egon
del juego?
No estoy de humor para este debate sin sentido, pero Aslan se está
metiendo con hombres muy peligrosos aquí esta noche. Las tensiones
suben, y necesito recuperar la calma. Con un ligero bufido, pongo los ojos
en blanco.
—Ninguno de nosotros gana nada directamente por la salida de
Egon Baris, pero al decir eso, somos hombres de negocios. —Sonrío,
alivianando las tensiones—. La pregunta no es quién ganaría de que el
psicópata Albano perdiera su lugar en nuestro mundo—. Unos pocos ríen,
mientras otros sonríen en acuerdo—. La pregunta es, ¿quién de nosotros
sería lo suficientemente estúpido para no querer reemplazar los servicios
que el ya no provee?
Los hombres ríen con entusiasmo, asintiendo ante lo que acabo de 267
decir, y lo que ellos pensaban. El hechizo de Aslan se ha roto.
Miro a Aslan a los ojos, con una advertencia, mientras admito:
—Porque yo estaría sobre ello. —Alzo mi mano y me llevo el vaso a
los labios, vaciando mi bebida en un solo trago—. En un maldito segundo.
Inclino mi cabeza hacia él en agradecimiento silencioso mientras
una mesera sin camiseta se acerca con un vaso nuevo. Discretamente,
miro mi reloj y suspiro por la hora.
10:07 p.m.
Mátenme.
Lucho contra el deseo de pasarme una mano por los ojos y suspirar.
Esta reunión se extenderá hasta bien entrada la noche y estoy atrapado en
un cuarto lleno de hombres cachondos, cuando podría estar en mi propia
cama, durmiendo junto a una fantasía personificada.
Y claro está, el tiempo avanza más despacio que nunca esta noche.
Mis dedos golpetean el mármol de la mesa, y miro la pared,
pensando en lo que Alejandra podría posiblemente decirme mañana. Ya
nada me sorprende. Solo puedo esperar que sea algo que pueda usar para
ayudarla, para liberarla.
Liberarla.
Frunzo el ceño por esa palabra.
En mi opinión, la libertad está sobrevaluada.
El hombre nos dice que tenemos libertad de expresión, pero nos
limita cuando decimos algo que no coincide con sus ideales. Tenemos
libertad de ir adonde queramos pero nos dicen que sigamos el camino
elegido para nosotros. Nos dicen que expresemos lo que opinamos, pero
constantemente nos cierran la boca, nos ordenan escuchar a aquellos que
saben más.
No.
Definitivamente la libertad está sobrevaluada.
Además, no es como si Alejandra pudiera ser libre realmente. Podrá
probar un poco de ello a través de mí. El costo de su libertad es uno alto, y
cuando sea el momento indicado, se lo diré, y algo me dice que estará
molesta como el demonio cuando lo sepa.
268
No me parece bien, ocultárselo, pero sé en mis entrañas que una vez
se aclare todo, ella comprenderá mi gesto por lo que era. Un gran acto de
protección.
Los minutos pasan lentamente, y no me molesto en charlar con
nadie. No soy un hablador en mis mejores días. Mi atención está en otra
parte, cuando una mujer vestida con traje negro entra al cuarto y se
inclina para hablar al oído de Luka Pavlovic, apodado la Sensación Croata
por las mujeres en todas partes, el dueño del establecimiento en el que nos
encontramos, y como no lo estoy mirando, me pierdo la forma en que me
lanza una mirada asesina.
—Julius, hermano—. Prácticamente me gruñe desde el otro lado de
la mesa—. Tienes una llamada.
Silencio, uno tan pesado que se podría oír la caída de un alfiler.
Todos los ojos sobre mí.
Bueno, mierda.
Esto no es bueno. Una regla básica rota. Uno nunca revela la
ubicación de una reunión, y Dios sabe que no lo hice. ¿Entonces quién lo
hizo?
No puedo ocultar mi sorpresa.
—¿Disculpa?
La mujer se pone de pie junto a Luka y repite el mensaje.
—Un caballero ha solicitado verlo, señor Carter. Está esperando en
la sala de conferencias dos.
Mis ojos se apoyan en Luka, y respondo tranquilamente, con
sinceridad.
—Juro que no sé de qué trata esto. No le dije ni a un alma dónde
estaría hoy.
La expresión de mi rostro debe revelar mi honestidad, porque
después de un largo rato mirándome, la postura de Luka se relaja. Alza su
vaso, bebiéndolo antes de volver a apoyarlo en la mesa.
—Entonces, por favor… —Señala con un brazo hacia la puerta—…
ve con tu invitado inesperado.
Me pongo de pie, enderezando mi chaqueta, y salgo del cuarto.
Caminando por el pasillo, hago una pausa cuando me detengo ante la
puerta con un dorado número dos en ella. En la parte trasera de mi
269
mente, me pregunto si es una trampa. Me pregunto si es Gio.
Inconscientemente, llevo mi mano al bolsillo en el pecho de mi chaqueta y
sujeto el mango de mi arma calibre 45, sacándola de su funda y
sosteniéndola a mi lado por si acaso.
Sin más retraso, abro la puerta, listo para encontrarme con lo que el
destino me depara.
Un alto hombre está de pie junto a la ventana, mirando la calle
abajo, con su espalda hacia mí. Habla con gravedad:
—Cierra detrás de ti.
Lo hago, pero aún sin soltar mi arma.
Entro en el cuarto, estudiando al caballero alto. Vestido en un traje
gris elegante hecho a la medida, su cabello negro con canas tiene el estilo
adecuado. Cuando finalmente gira para verme, frunzo el ceño. Sus ojos
marrones oscuros, la forma de su ceño, su rostro me es familiar, pero no
puedo ubicarlo. Aunque no creo haberlo conocido antes. Tiene que tener
unos sesenta años.
—¿Puedo ayudarlo?
Para mi sorpresa, el hombre baja la mirada a mi arma y ríe por lo
bajo.
—Guarda eso, niño. Le sacarás un ojo a alguien.
Con una mirada de confusión, hago lo que me dice, sintiéndome
como un niñito siendo reprendido por su tío.
Me inspecciona, y cuando he guardado mi arma, su rostro se
suaviza, las arrugas en sus ojos aumentando por su sonrisa. Sosteniendo
una hoja de papel, revela:
—Puse a mis chicos a limpiar y nos llevamos un montón de estos,
pero era claro que me faltarían algunos.
En el papel había dos fotografías, una de mí mismo, y una de
Alejandra, ambas tomas abiertamente Sobre las fotos, en letras negras,
está escrito “¿Ha visto a estas personas?” Seguido por una historia de
mierda sobre cómo robamos un vehículo motorizado a una madre soltera y
su hija discapacitada.
El muy hijo de puta de Gio.
El imbécil no es tan estúpido como pensé.
270
—¿De dónde sacaste esto?
El hombre se acerca a una mesa, tomándose su tiempo para sacar
una silla y sentarse lentamente, como si no tuviera ningún apuro.
No me responde.
Y eso me irrita. Le espeto:
—Oiga, abuelo. Le pregunté algo.
El hombre replica:
—Y me estás haciendo las preguntas equivocadas, Julius Carter.
Mi cuerpo se tensa de frustración.
—¿Quién eres?
—Ah. —El hombre sonríe profundamente, y muestra un hoyuelo—.
Ahora vas mejorando. —Me mira un largo rato antes de estirar sus brazos
y responderme.
—Mi nombre es Antonio Falco.
Parpadeo un minuto entero antes de echar la cabeza hacia atrás y
ser consumido por la risa. Rio por minutos, horas, y el hombre
simplemente me mira, con sonrisa conocedora en su rostro. No puedo
contener mi diversión, limpiándome lágrimas.
—Escúcheme, viejo. Conocí a Antonio Falco. Él era mi compañero,
mi mejor amigo, mi hermano. Y tú no eres él—. De repente, la diversión
desaparece y avanzo un paso amenazadoramente—. Calla tu maldita boca.
Tú no puedes decir su nombre. Ni siquiera lo pienses.
Pero la sonrisa del hombre se profundiza.
—Sé quién eres, Julius. Sé quién eras para él, para Twitch. Sé
tantas cosas de ti que estoy seguro ni siquiera tú sabes de ti mismo—. Su
rostro oscurece—. Pero si me hablas con tanta falta de respeto en el
futuro, te golpearé en los dientes yo mismo, hijo.
Alguien tiene que llamar al geriátrico, porque el abuelo está
jodidamente loco. Pero algo en la forma en que me mira, la forma en que
habla, me hace calmarme.
Pruebo de nuevo, con más suavidad.
—¿Quién eres?
271
Sus ojos sonríen, mientras repite.
—Ya te lo dije, Julius. Soy Antonio Falco.
Suspiro molesto. No tengo tiempo para esta mierda.
Mis pies se mueven rápido. Giro sobre mis talones para alejarme del
loco cuando él dice las palabras que me detienen en seco.
—Antonio Falco —repite, mientras me estiro hacia la puerta cerrada.
Justo cuando voy a abrirla y pedirle a seguridad que se lo lleven, añade—:
Padre.
Y aunque mi mente duda, las imágenes de este hombre pasan por
mi mente, y la familiaridad de su rostro repentinamente cobra sentido.
Este hombre es una versión mayor de Twitch.
32
Alejandra

E
l viaje a casa fue sin incidentes. Ling nos condujo de vuelta a
casa en un silencio horripilante e incómodo.
No me gustó, pero también sabía que preguntar sobre
lo que sucedió en el club era pedir problemas. Sí, ella me había revelado
un poco de sí, y ya no me sentía completamente aterrorizada de esta
mujer, pero esta noche probó que era exactamente como había imaginado
que seria.
Brutal. Violenta. Implacable.
Mi mente me decía que conocer a alguien como Ling era bueno y que
sería un buen aliado. Si solo pudiera conseguir que me tolerara, haríamos
negocios. Ella no necesitaba saber que planeaba quitarle su puesto en esta 272
vida. Me haría su amiga, pero tenía que empezar despacio.
Pasos de bebé.
Presionó el botón en el control remoto adjunto al visor sobre su
cabeza, y las puertas comenzaron a abrirse. Entramos en el recinto que
hacía de casa de Julius, y cuando estacionó en frente y apagó el auto,
salté fuera y esperé a que ella hiciera lo mismo, caminando con ella a la
puerta principal.
La puerta ahora sin seguro, la abrió, me dejó pasar y la aseguró
detrás de nosotras.
Tomé una respiración profunda e hice la decisión de ser más amable
con Ling, empezando ahora.
—Oye —le dije, y cuando se giró hacia mí, sonreí suavemente—.
Gracias por sacarme esta noche. Nunca he estado fuera de esa manera, no
para una noche de chicas, sabes.
Mierda.
En esa sola oración, ya lo había llevado demasiado lejos, y por la
manera en que sus cejas se juntaron, supo que tramaba algo.
Así que, por supuesto. Seguí. Tragando duro, intenté nuevamente
con:
—Lo que quiero decir es que no sé lo que pasa conmigo y Julius,
pero independientemente de lo que suceda, juntos o no, estoy feliz de tener
una mujer en la casa para hablar de cosas de chicas.
Oh mierda. Eso era tan condescendiente. Lo estaba empeorando.
Ella dio un paso hacia mí, y mis mejillas se colorearon de rosa. No
sabía que más decir, así que solo solté.
—Espero que podamos ser amigas.
La cara de Ling se suavizó, y mientras mi corazón latía en mis oídos,
solté un suspiro aliviado discreto. Estiró su mano hacia mí, y con una
sonrisa, me moví para poner mi mano en la suya, para darle un apretón.
Estaba tan esperanzada que olvidé sentirme cansada. Solo cuando mis
dedos tocaron los míos, sacó su mano de la mía, lejos, y no vi la acción,
pero definitivamente sentí la dura bofetada en mi mejilla.
Con un jadeo, acuné mi palpitante, ardiente mejilla y la observé
cuidadosamente.
Bueno, mierda. No se suponía que iría de esa manera. 273

—¿Qué mierda? —susurré con un jadeo.


Viéndose algo arrepentida, Ling dejó salir un pesado suspiro.
—Mira, lo siento. Aquí. —Estiró su mano una vez más, y dudé por
un largo momento antes de dejar caer mi mano de mi mejilla y moverla
para ponerla en su mano, más despacio esta vez.
Parecería que mis años de estar directamente involucrada con
personas horribles habían hecho nada para mejorar mi habilidad para
juzgar personas, porque tan pronto mis dedos tocaron los de ella, se alejó,
cara contorsionada con odio, y me golpeó la misma mejilla tan duro que
solté un quejido, cayendo al suelo en un montón.
Para una mujer pequeña, tenía un gran puño.
Sus tacones repiquetearon suavemente cuando vino a pararse frente
a mí. Mi cara ardía, no podía hacer nada más que ver a la mujer vestida de
rojo mientras hablaba.
—Solo un recordatorio de que no somos amigas. No eres nada como
nosotros. Nosotras nunca seremos amigas. Tengo solo un amigo —sus ojos
destellaron severamente—, y si me lo quitas, lo que pase en consecuencia
será tu culpa, no mía.
El sonido de sus tacones hizo eco en el pasillo mientras me dejaba
en la oscuridad en el suelo frío.
Nada estaba yendo a mi manera.
Quería gritar. Quería gritar y pisotear en la injusticia de todo.
En su lugar, me levante y susurré a la noche:
—Perra loca.
Oh sí.
Definitivamente tenía el gen psicópata.

***

El reloj digital en la mesita de noche dice 11:45 pm, y sin importar


cuán duro lo intento, no parece que pueda sucumbir al dueño que tanto
anhelo. 274

Luego del altercado con Ling, decido que probablemente no es una


buena idea pedir prestada algo de ropa para dormir. Me desvisto
rápidamente, lanzando la ropa de Ling en una pila en la esquina del
armario y busco algo que ponerme. Esta frío esta noche, así que me decido
por el suave y tibio suéter que Julius uso el día anterior.
Deslizándolo sobre mi cabeza, saco mis manos por los huecos y me
abrazo fuerte, bajando mi barbilla y hundiendo mi nariz en la tela,
respirando tan profundo como mis pulmones me permiten. Sigue oliendo a
él, la esencia de su colonia es ligera, pero ahí incuestionablemente. Me
siento como si estuviera en un capullo, envuelta apretadamente, segura en
su centro.
No es nada comparado con ser abrazada por Julius, pero sin
embargo, se siente maravilloso, un cercano segundo lugar.
Tan pronto como recuesto mi cabeza en la almohada, giro para
enfrentar su lado de la cama y frunzo el ceño.
Esta casa solo se siente acogedora cuando Julius está en ella. Lo
extraño y a su poderosa pero serena presencia.
No me toma mucho tiempo notar que dormir sin Julius a mi lado no
es una opción, así que me deslizo fuera de la cama, descalza, y camino
hacia la cocina por un vaso de leche tibia.
Espero que haya miel en la alacena. Si no, tendré que hacer una lista
de compras.
Mis pies pierden tracción, y me tropiezo por la idea.
Julius y yo tenemos que hablar sobre lo que sea que esto es, ¿y
estoy haciendo listas?
Sacudo mi cabeza ante mi ingenuidad. Incluso yo creo que es
patético.
Cuando abro los anaqueles de la cocina, encuentro una olla
pequeña, vierto un poco de leche y enciendo la hornilla. Cuando abro la
alacena en busca de la miel, no encuentro ninguna, pero decido usar algo
de miel de maple en su lugar, echando un poco en la leche caliente. Con
mi último aperitivo de la noche hirviendo, apago la hornilla, la vacío en
una taza y me siento en un banco en la barra de desayuno, envolviendo
mis manos alrededor de esta, calentándolas.
Tomo mi primer sorbo y cierro mis ojos en tenue placer.
275
Es casi perfecto, lo cual es una gran alabanza para no haber usado
los ingredientes correctos. Bajo las circunstancias de mi vida, he llegado a
reconocer que cualquier cosa cerca de la perfección puede ser juzgado
como perfecto en mi libro. Después de todo, ¿quién soy yo para juzgar la
perfección, cuando estoy tan lejos de estar sin falta?
Perdida en mis pensamientos, me asusto cuando oigo la puerta
principal desbloquearse, y mi corazón tartamudea y luego se alegra.
Julius esta en casa.
Pongo mi taza en la barra, me deslizo del banco, haciendo lo que
puedo para ignorar el persistente dolor en mi talón, y espero. Pasos firmes
por el pasillo se acercan más y más hasta que su alta, oscurecida figura
aparece entre las sombras de la entrada de la cocina.
—¿Ana? —pregunta con su voz ronca—. ¿Qué estás haciendo
despierta?
Mis pies se mueven a su propio paso, y no puedo pensar mucho en
cualquier cosa además de estar cerca de él. No desacelero hasta que lo
alcanzo, y no pretendo estrellarme contra él con tanta fuerza, pero cuando
lo hago, deslizando mis brazos alrededor de su magra cintura, gruñe en
sorpresa a mi fuerza imprevista.
De pie es mucho más alto que yo cuando coloco mi mejilla contra él,
descansa justo arriba de su firme estómago. Cierro mis ojos al cuidado que
toma, envolviendo un brazo sobre mis hombros, el otro acunando mi
cabeza, sosteniéndome a él firmemente.
Este abrazo grita “estás segura” mientras jura “nadie pondrá sus
manos en ti de nuevo”.
—No podía dormir —explico patéticamente. Un corto momento pasa,
y repito—: No podía dormir. —Pero me muerdo la lengua cuando mi
corazón me empuja a decir “sin ti”.
Julius alto y fuerte. Con piel moca hermosa, Julius, con sus fríos
ojos azules, y labios calientes e incitantes, me sostiene en su abrazo en
completo silencio, suavemente meciéndome de un lado al otro,
consolándome, dándome en un simple gesto más de lo que cualquiera me
ha ofrecido antes. Y con cada momento en los brazos de este hombre, me
pierdo a mí misma, más y más lujuriosa con este imperturbable y huraño
hombre que se preocupa tanto pero se rehúsa a mostrarlo al mundo, solo
a aquellos que considera merecedores.
276
Y ese cuidado que me muestra me hace sentir digna en un mundo
donde fui enseñada a sentirme simplemente cómoda.
¿Cómo uno se convierte en algo de la nada que siempre fue?
Todo lo que he tenido en mi vida ha sido mi apariencia, y todo lo que
eso me había traído era miseria y dolor. Daría lo que sea para contribuir
como un igual, independientemente de cómo lo consiga. No estoy asustada
de trabajar duro o ensuciarme para conseguir lo que quiero.
Quiero ser digna de Julius, y por tanto como me tenga, trabajaré en
convertirme en su pareja ideal. Esta no será una relación unilateral. Le
daré tanto como me dé a mí. Lo juro.
Julius se aleja, colocando sus manos en mis hombros y mira hacia
mí, sus ojos leyendo mi rostro.
—Escucha, yo…
Es entonces cuando oigo un segundo par de pasos viniendo detrás
de él. Mis hombros se ponen rígidos inmediatamente. No sabía que
teníamos una audiencia.
—Lo siento. No me di cuenta que tenías compañía. —Bajo mi
barbilla en desconcierto y me muevo lejos de su agarre, sus manos
soltándome, pero cuando lo miro, su expresión me dice que lo hace de
mala gana—. Los dejaré solos.
Pero mientras giro para irme, atrapo la vista de un hombre que se
para en la entrada de la puerta abierta, la luz de la luna iluminando su
cara. Y me detengo.
La sorpresa me mantiene inmóvil mientras sinvergüenza miro al
hombre detenidamente, boquiabierta. Trago duro y murmuro:
—¿Signor?
El hombre mayor sonríe en saludo, las arrugas en su rostro
haciéndolo aún más encantador.
—Alejandra —suelta suavemente, amablemente—. Esta es una mala
ciudad para una cara tan linda.
La sorpresa comienza a desaparecer, y en su lugar, alegría se forma,
burbujeando dentro de mí. Una risa sorprendida se me escapa. Extiende
su mano y, con los ojos abiertos con asombro, me acerco a él, colocando
mis manos en las suyas en las suyas correosas.
277
Parpadeando a sus manos luego a su cara, murmuro en asombro.
—Sí es usted.
—No hay otro como yo —bromea.
Miro entre el Signor y Julius, y exploro:
—¿Pero, como? —Oh mierda. Estoy tan confundida—. No lo
entiendo.
Julius frunce el ceño al otro hombre.
—No me dijiste que la conocías.
El Signor le lanza una mirada.
—No hiciste las preguntas correctas. —Luego se gira hacia mí y
suspira—. Mi querida, te las has arreglado para meterte en todo un
problema ¿cierto?
Ante esa franca declaración, saco mis manos de las suyas y
retrocedo rápidamente, mi mano vuela a mi garganta. Mi corazón
comienza a latir más rápido, y de repente estoy boqueando por aire. No
importa cuánto aire inhale, poco hace para satisfacer mis pulmones.
—Oh Dios —susurro roncamente. Mi voz se quiebra cuando hablo—.
Lo que debes pensar de mí...
Trato de moverme aún más lejos, pero una pared ha aparecido
inesperadamente a mi espalda, manteniéndome quieta por lo hombros.
Luego sus labios tocan mi oreja, y murmura:
—Respira. Solo respira, nena.
Luego el Signor está ahí, justo frente a mí, su rostro severo.
—Ahora escúchame, jovencita. Siempre he pensado en ti como una
amable y sensata chica que ha tenido que soportar demasiado en su joven
vida. No pienso pobremente de ti, no ahora, no jamás. Mi hija ha tenido
mucho que decir sobre ti esta pasada semana, defendiéndote hasta el
final, y luego de escuchar a mi Manda, tengo que decirte Alejandra, me
hace sentir estúpido no haberlo visto antes. —Su expresión se vuelve
afligida—. Yo sé —dice de una manera que hace a mi cuerpo temblar.
Mi boca de repente está seca, y lamo mis labios secos
nerviosamente.
—¿Qu... qué sabe?
—Todo. —El padre de mi mejor amiga, mi doctora, mi mayor apoyo, 278
la doctora Manda Rossi, se endereza, su rostro severo pero su tono
suave—. Manda me dijo todo. —Se detiene por un momento antes de
repetir con significado—. Todo.
Nos sostenemos la mirada por un largo rato antes de sentir a Julius
apretar mis hombros en silencioso apoyo.
—Esta reunión es simplemente estupenda, pero necesito saber cómo
se conocen.
Trago duro y trato de hablar.
—Manda... —Pero mi mandíbula esta floja, y mi boca simplemente
no coopera.
El Signor mira a Julius y explica en mi nombre.
—Mi hija, Manda, es una amiga cercana de Alejandra. Es también
una doctora.
Julius titubea.
—Tienes hijos. Otros hijos.
—Sí —responde el Signor en un murmullo solemne—. También
tengo un hijo, Giuseppe. Lo llamamos Zep. Lo creas o no, él y Antonio
nacieron solo separados por unos días.
¿A qué se refiere, otros hijos? ¿Quién es Antonio?
Encuentro mi voz, pero es débil.
—¿Antonio?
El Signor sonríe hacia mí, tomando mi mano y guiándome a la mesa
de comedor.
—Una vez, hace mucho tiempo, estuve enamorado de dos mujeres
muy diferentes de dos diferentes extremos de la escala. —Saca una silla
para mí, y me siento. No continúa hasta que encuentra su propio asiento—
. Estaba comprometido con una de esas mujeres. Su nombre era Ángela
Rossi. —Inclina su cabeza hacia mí—. La madre de Zep y Manda. Venía de
una buena familia, una familia italiana que conocía la vida. Era hermosa,
pero sus ojos... —Movió sus manos sobre sus ojos—. Estaban amargados.
Amargados y tristes. La mayor parte del tiempo que pasamos juntos, lo
pasaba diciéndome lo mucho que me odiaba, y sentí que nunca ganaría su
afecto. —Suspira largo y despacio—. La otra mujer era Lucia DeMartino,
una camarera que no aguantaba tonterías, en un casino que frecuentaba 279
con los chicos. Era italiana también, pero a los ojos de mi padre, era nadie.
Era una coqueta serial y era tan divertido estar alrededor de ella que me
hacía olvidar todas mis responsabilidades. Me hacía ansiar una vida
normal. Cada momento pasado con ella estaba lleno de risa y pasión, y
nos amábamos mucho.
El Signor parece perdido en sus pensamientos, cuando admite.
—Era difícil amar a una mujer que no devolvía mis afectos. Ángela
era terca. Podía ver que estaba comenzando a sentir algo por mí, pero
nunca se dejó admitirlo. Así que cuandoquiera que Ángela me rechazaba,
iría a encontrar a mi Lucia. Y ahí estaría ella, en su pequeño apartamento
sin muebles, con solo una pequeña cama doble con simples sábanas
blancas. Y me recibía, sin importar la hora. Solo quería estar conmigo,
incluso si significaba vivir una vida a medias con el hombre que amaba.
Mira hacia a mí, sosteniendo dos dedos en alto.
—Dos extremos de un espectro. Una mujer dándolo todo. Una no
dando lo suficiente. —Se encoje de hombros—. Era joven y estúpido. Mi
padre sabía sobre Lucia. —El suelta una risa—. Infiernos, todos sabían
sobre Lucia, pero tenía mi deber que cumplir. Así que me casé con Ángela.
Lucia sabía, pero no le importaba. Solo yo le importaba.
Estoy cautivada.
—¿Qué pasó después?
El hombre entrelaza sus dedos, descansando sus manos en la mesa,
mirando hacia ellas.
—Esta vida, nuestra vida, no es para todo el mundo. Mientras más
tiempo pasaba con Lucia, más veía que a ella le molestaba. Seguía
hablando sobre el día en que escaparíamos y estaríamos juntos, lejos de
las armas y violencia. Era ingenua, y la dejé serlo. Era más amable de esa
manera. Ángela fue criada para esta vida. Lucia no. ¿Imaginas mi sorpresa
cuando Ángela anunció que estábamos esperando nuestro primer hijo? —
Ríe entre dientes—. Estaba abrumado. El sentimiento de regocijo, de
convertirme en padre, era algo que no había esperado sentir. Así que tuve
que pensar largo y tendido sobre mi vida y decidí terminar las cosas con
Lucia, pero cuando llegué ahí ella estaba llorando de felicidad—. Lanza sus
brazos a sus lados. —. “Oye, Tony, vas a ser papá. ¿No es genial?”
Mi corazón se aprieta como un tornillo.
—¿Qué hiciste?
Su boca se dibuja con una línea severa, murmura.
280
—Me estaba engañando a mí mismo al creer que podía tener una
vida con Lucia. Estuve con ella hasta el nacimiento de mi primer hijo. Lo
llamamos Antonio, y eso significó algo para mí. Fue nombrado por mí, y
ese derecho debió haber sido para mi esposa, pero Lucia... la amaba más
de lo que era sabio. Pasé cuatro días con mi hijo, sosteniéndolo, tratando
de memorizar como se sentía en mis brazos. Luego, Giuseppe nació, y su
nacimiento le había hecho algo a Ángela. Cada vez que me veía con
nuestro hijo, hablándole y acunándolo, se suavizaba un poco más hacia mí
hasta que sus afectos comenzaron a crecer y me pidió que la perdonara y
que le fuese fiel.
—¿Dejaste a Lucia? ¿Dejaste a tu hijo, solo así? —Mi corazón se
rompe por la mujer.
Sus ojos iluminados, dice:
—Ella era mi esposa. Era mi deber serle fiel. Además, uno de mis
hijos estaba unido por mi nombre. Él tenía que cumplir su deber a nuestra
familia. Mi otro hijo no estaba ligado por honor. Sin mi nombre, el viviría
una vida normal. Se enamoraría. Se casaría con quien quisiera. —Los ojos
del Signor se encontraron con los de Julius—. ¿Cómo iba a saber que
Antonio estaba destinado a seguir mis pasos a pesar de todo? Lo dejé para
darle una mejor vida. Estaba destinado a tener una buena vida. No sabía
que dejarlo causaría más daño que bien. Pienso en él, cada maldito día.
Estoy feliz de que te tuvo, Julius. Gracias por ser su hermano, por estar
ahí cuando yo no pude.
Un pesado silencio sobreviene, lo suficientemente tenso para cortar
con un cuchillo.
—¿Dónde está él? —pregunto—. ¿Dónde está Antonio?
Los ojos del Signor se ponen vidriosos con tristeza.
Es Julius quien responde, y lo hace con un susurro.
—Murió.

281
33
Alejandra
“Las cosas han cambiado”, es lo que dijo Julius. Esas palabras solo
fueron dichas esta tarde, y por alguna razón, se siente como una vida
atrás. Porque tantas cosas han sucedido mientras tanto.
Y después de lo que pasó esta noche, me siento cambiada.
Ya no estoy asustada.
Estoy tranquila, calmada. Y sé que algo acabará por acallar esa
calma y me enviará a la deriva, pero antes de que eso suceda, planeo
tomar las velas y cargar al mar.
La incertidumbre me golpea como un puñetazo en el plexo solar.
Mirándome a mí misma en el reflejo del espejo, juzgo ese reflejo con
dureza, y antes de poder cambiar de opinión, me pongo la bata de Ling 282
sobre mi cuerpo casi desnudo.
Me digo que se lo debo. Le debo algo. Cualquier cosa. Así que me
aventuraré a la incertidumbre con mis brazos abiertos y mi cabeza en alto.
Mis pies descalzos se mueven silenciosamente a lo largo de los
frescos azulejos del suelo del baño. Mi corazón se estremece cuando me
acerco a una corta distancia, en el interior de la puerta cerrada. Cerrando
los ojos, respiro hondo y continuó sin dudar.
Tres pasos más…
Mis piernas empiezan a temblar.
Dos pasos más…
Un rubor se levanta desde mi cuello para calentar mis mejillas.
Un paso más…
Mi corazón late firme, duro y rápido, como un tambor.
Sin vacilar un momento, levanto mi mano y giro la perilla. Se abre
silenciosamente, y cuando empujo suavemente la puerta, me encuentro
con una vista.
Julius sentado en la cama, con el torso desnudo apoyado contra la
cabecera de la cama, las sábanas reunidas justo debajo de su cintura para
revelar un pequeño sendero de vellos que se arrastran desde su tenso
vientre hacia abajo, más abajo hasta donde no puedo ver. Sus ojos están
en mí, esperando expectante.
—¿Qué estás haciendo, nena?
Deslizándome dentro del dormitorio, cierro la puerta del baño detrás
de mí con un suave clic, luego me apoyo contra la superficie fresca por
miedo a acercarme demasiado. Mis labios se separan, y logro decir:
—Esto es lo que querías, ¿verdad?
Con un ligero encogimiento de hombros, la bata sedosa se desliza de
mis hombros y cae por mi espalda, reuniéndose a mis pies, dejándome
expuesta.
Julius se levanta de la cabecera.
—Ana.
Mi apodo sale inseguro, estrangulado.
Pero esto es por lo que vine. Esto es lo que él pidió. Y merece
283
respuestas.
Avanzando, saliendo de la oscuridad y bajo las tiras brillantes de luz
de luna iluminando a través de las persianas abiertas. Se mueve para
ponerse de pie, pero se detiene cuando me ve. Conozco el momento exacto
en que lo hace, porque sus ojos se ensanchan y luego se cierran de golpe,
e inclina su barbilla, maldiciendo a través de un siseo.
Estoy mortificada.
Esto es muy vergonzoso.
Mi cabeza palpita a medida que mis ojos comienzan a arder, pero lo
empujo a un lado. Apunto un dedo tembloroso a la cicatriz elevada por
encima del hueso de mi cadera.
—La vez que Dino me sorprendió sonriendo a nuestro camarero.
Julius alza la cabeza para mirarme, pero no me atrevo a mirarlo a
los ojos. En lugar de eso, deslizo mi mirada en su pecho.
Cierro mis ojos fuertemente, y apunto a la cicatriz en mi pecho
izquierdo.
—La vez que recibí flores de forma anónima. —Respirando fuerte,
agrego en una exhalación temblorosa—: Resulta que, eran de mi hermana.
Girando, levanto el lado derecho de mis bragas para revelar la
cicatriz en mi culo. Bajando la cabeza, inclino la barbilla y esbozo un
ronco:
—Una de las muchas veces que Dino hizo que Gio me violara y yo
cometí el error de gemir. —La primera lágrima cae cuando murmuro un
silencio—: Dino pensó que era de placer. —Más lágrimas caen. Susurro un
miserable—: Me estaban desgarrando.
Todavía con la espalda a él, me estiro a través de mi pecho para
colocar una mano suavemente en la cicatriz en mi hombro izquierdo.
—La vez que no dije “te amo” lo suficientemente rápido.
Me vuelvo de nuevo, y con mi cara baja, toco la cicatriz en mis
costillas.
—La vez que Dino encontró un mensaje de texto en mi teléfono de
parte de mi hermano, Miguel. —Parpadeo hacia el suelo—. Era una foto de
mi marido en un bar, riéndose en compañía de otra mujer.
Mi muslo izquierdo. 284

—La vez que Luc hizo una broma sobre Dino y me reí.
Entre mi seno y mi axila.
—La vez que Dino olvidó mi cumpleaños, y no le recordé.
Cerca de mi ombligo.
—La vez que fui al centro comercial y no se lo dije a nadie.
Mi cadera.
—La vez que quemé la cena.
Sin saber cómo ser graciosa al respecto, simplemente toco el espacio
entre mis muslos, acariciando suavemente mi lugar más íntimo.
—La vez que le pedí estúpidamente a Dino el divorcio. —Él no lo
sabría desde mi posición, pero esta cicatriz es relativamente más grande
que las otras.
Un súbito sentimiento de cohibición se apodera de mí. Levanto mis
manos temblorosas para cubrir mis pechos pequeños. Me quedo allí un
rato antes de encontrar las palabras que estoy buscando.
—Estas son las cicatrices que me dejó. Y aunque estas duelen, las
más dolorosas son aquellas que no puedes ver. —Abro los ojos y encuentro
los suyos—. Mi marido se convenció de que me amaba. Me vi obligada a
amarlo de vuelta. No lamento que esté muerto. —Mi cuerpo está
temblando de rabia reprimida, y gruño—: Lo odiaba. —Soy tan miserable
que apenas puedo sacar las palabras—. Mi matrimonio consistió en tres
emociones. Felicidad, ira y tristeza. Felicidad cuando nos casamos, ira
cuando me di cuenta que Dino no era el príncipe que pensé que era, y
tristeza cuando finalmente entendí que nadie iba a venir a salvarme. —Me
detengo brevemente, antes de añadir fríamente—: Así que planeé salvarme
a mí misma.
Mientras observo esos ojos azules, estoy un poco sorprendida de
encontrarlos desprovisto de compasión.
Sintiéndome empoderada, permanezco en alto. Julius se desliza
fuera de la cama, desnudo como el día que nació, y se acerca a mí, su
larga y gruesa polla balanceándose. Sostengo su mirada. Se acerca cada
vez más hasta que estamos casi pie a pie. Mi corazón late cada vez más
rápido, y la mezcla de sentimientos fluyendo dentro de mí se vuelve
demasiado. Tanto que es aterrador.
Tomando una respiración temblorosa, cierro los ojos, sintiendo el 285
calor de su cuerpo desnudo tan cerca de él.
Se inclina hacia abajo y su torso roza el mío, causando una fricción
deliciosa todo el camino hacia abajo. Trago con fuerza a medida que mi
centro pulsa. Cuando se endereza y mi cara gravita hacia arriba, mis
labios silenciosamente buscan los suyos. Me inclino más cerca, y al mismo
momento en que me muevo para estar parada de puntillas, algo frío me
recubre. Mis ojos se abren para encontrar a Julius a centímetros de mí, la
bata de Ling envuelta sobre mis hombros.
El calor del repentino rubor me sorprende.
Oh, Dios. Le mostré mi cuerpo destrozado y luego traté de besarlo. Por
supuesto que no me desea.
Soy como una mercancía dañada.
Dino se aseguró que nadie me desee nunca más.
La desgracia hace que mi cuerpo se enfríe.
Alcanzando detrás de mí, encuentro el pomo de la puerta y le doy
vuelta. Mientras intento salir del dormitorio con mis piernas temblorosas,
Julius desliza un brazo alrededor de mi espalda y luego se agacha,
colocando el otro alrededor de la parte posterior de mis rodillas,
levantándome como si no pesara nada en absoluto. La oleada de pánico
que sigue no me deja otra opción que envolver mis brazos alrededor de su
cuello mientras me conduce de vuelta a la cama.
Sin pedir permiso, abre la bata con un solo tirón, dejándome solo en
bragas de encaje negro, (gracias, Ling) y me coloca suavemente en el centro
de la cama.
Entro en pánico un poco más, y lo hago en un profundo silencio.
Pero este es Julius, y ahora debería ser más prudente.
Desafortunadamente, el pasado me ha enseñado a esperar lo inesperado.
El colchón se sumerge cuando él se desliza a mi lado, extendiendo la
mano para empujar las mantas sobre los dos.
Apoya la cabeza sobre la almohada que compartimos, nuestros
rostros más cerca, casi nariz a nariz, y su mano descansa suavemente en
mi cadera, amasando el espacio allí con sus largos dedos.
—Quiero matarlo con mis manos —murmura en la oscuridad
parcial—. Ojalá pudiera volver a ese día.
Sus palabras traen una dura reacción. Mi estómago se contrae, y mi 286
carne se llena con piel de gallina.
Sigue hablando, suavemente, para no asustarme.
—Golpearlo. Torturarlo. Romperlo. Destrozarlo. Lo haría. Tendrían
que usar registros dentales para identificarlo. No le echaría ni una ojeada
a su cadáver mutilado. —Suspira ligeramente—. Destruiría cada pedazo de
él, nena. Lo haría.
Julius no lo dice, pero en mi mente, le oigo decir: “Lo haría por ti”.
Su rostro parece más cerca que antes, y me toma un momento
darme cuenta que soy la que inconscientemente lo buscó, buscando la
calidez de sus labios.
—Bésame —le suplico un susurro.
Lo deseo más de lo que quiero mi siguiente aliento.
Pero en su lugar, aprieta mi cadera, casi castigadoramente.
—Lo traería de vuelta solo para hacerlo todo de nuevo.
Sus palabras son un decreto, una promesa, un voto. Estas son las
cosas que él haría por mí. Estas son las cosas que haría para mantenerme
a salvo.
Oh, Dios.
Mi coño se aprieta en excitación, y me sorprendo.
¿Qué demonios es lo que me pasa? No debería estar excitada por
esto. La violencia no era lo mío. ¿Por qué estaba excitado por esto?
Con los ojos muy abiertos, parpadeo hacia su rostro, y la punta de
mi nariz roza la suya.
—Por favor —le imploro, poniendo mis manos sobre su tenso
estómago y luego deslizándolas hasta su pecho, para agarrar sus
hombros—. Bésame.
Pero cuando me muevo para colocar mis labios en los suyos, él se
aparta un centímetro, mirándome a los ojos.
—Así es como son las cosas. No voy jodiendo por ahí. Si termino
contigo, te lo diré. Siempre sabrás dónde estás conmigo, porque te
mantendré a mi puto lado para siempre.
287
Esa es una declaración. Quizás no es una declaración de amor, pero
es lo más cercano a ella que voy a obtener de Julius. Y para mí, es perfecto
en cada maldita forma.
Mi estómago se calienta y mi cuerpo se desenrolla; la felicidad traída
de esa única declaración directa es abrumadora.
—Está bien —suspiro, porque no puedo parecer hacer mucho más.
Mira hacia a mis labios entreabiertos, y mis entrañas se chamuscan
ante el calor en sus ojos. Sus palabras los son todo.
—Para siempre.
Me doy cuenta que necesita algo de mí. Y se lo doy.
Repito en voz baja, pero con sentimiento:
—Para siempre.
Sus siguientes palabras son menos corazones y flores y más fuego y
azufre.
—Me jodes —comienza, extendiendo la mano para correr sus cálidos
dedos por mi mandíbula—. Y nunca encontrarán tu puto cuerpo, nena.
Son momentos como este que me recuerdan al hombre que es
Julius. No veo a menudo al hombre detrás de la máscara, pero sé que él
está allí. Lo siento acechando en las sombras, esperando el momento
adecuado para salir y jugar.
Pero sus palabras no me alarman. No me asustan, porque nunca voy
a joder a este hombre. No habrá otro para mí, solo él, y lo haré feliz. Nunca
se arrepentirá de su decisión al conservarme. Lo juro. Soy suya. A partir
de este momento, le pertenezco.
Esa mierda espeluznante, casi sonó como unos votos matrimoniales.
Sí, medito en silencio. Supongo que sí.
En este momento, aquí con Julius, estoy reclamando la propiedad de
mi cuerpo. Y lo estoy haciendo al entregarme a él. Empujándome más
cerca, presiono mis pechos desnudos contra su torso, mis pezones tensos
en excitación.
Con mi voz ronca de necesidad, le suplico por última vez:
—Me estás volviendo loca, cariño. Ahora, por favor, por el amor de
Dios. —Mis manos se deslizan hacia arriba por sus hombros y acarician
suavemente los lados de su cuello—. Bésame.
288
Pide y serás recompensada.
La mano en mi cadera me acerca de manera imposible y, sin
pensarlo, engancho mi muslo derecho sobre el de Julius. El movimiento
inconsciente hace que la punta de su polla dura y gruesa se presione
contra el material delicado de mis bragas, su calor abrasador forzando un
leve gemido de mis labios.
Ha pasado tanto tiempo desde que la excitación me estremece de
esta forma, incluso años. Había olvidado cómo se siente un orgasmo, así
que cuando Julius se acerca a mí, agarrando las mejillas de mi culo entre
sus manos, apretando y amasando, meciéndose contra mi coño húmedo
cubierto con mis bragas con la presión correcta, ni siquiera lo siento venir.
Mi corazón comienza a correr, y siento que estoy cayendo
libremente. Mis ojos se abren de golpe, amplios, y manchas de color bailan
alrededor de la habitación. Mi boca se abre en una gran O cuando Julius
gira sus caderas, causando una fricción más firme.
Está justo ahí.
Justo ahí.
Justo… ahí.
Mis uñas se clavan en su nuca, sujetándolo contra mí. Mi mejilla
contra la suya, siento su suave jadeo contra mi piel, y es tan jodidamente
caliente que gimo. Suavemente al principio, luego más fuerte, y más fuerte
de nuevo a medida que mi coño comienza a apretar incontrolablemente,
mis caderas impulsándose al ritmo de las contracciones. Gimo largo y
bajo, como si fuera un animal en celo. Supongo que es una reacción
adecuada considerando que me siento salvaje en este mismo momento. El
éxtasis pulsa a través de mí, irradiándose hacia fuera a través de mi
cuerpo entero, y una debilidad repentina me tiene apenas capaz de
sostener mis brazos alrededor de él.
Soy un charco de felicidad, jadeando contra su cálida mejilla.
Mis bragas están empapadas. Puedo sentir la humedad contra mi
hipersensible clítoris, y me estremezco por todas partes. Tragando con
esfuerzo, pongo mis labios contra su mejilla y murmuro un silencio:
—Lo siento.
Su risa silenciosa me hace sonreír. Se aparta para mirarme, con los
ojos suaves.
—Puedes disculparte por muchas cosas, Ana. —Él trae sus labios a
los míos y murmura contra ellos—: Pero no te disculpes nunca por eso. 289
Nunca eso, nena.
Julius se inclina hacia mí, tomando mi labio inferior en su boca,
succionándolo. Sus labios llenos saben a menta y licor, y mi lengua se
abalanza a lamerlo, siguiendo la comisura de su boca. Sabe a sexo y
felicidad. Agarrándome con fuerza, me besa. Separo mis labios, aceptando
todo lo que tiene para ofrecer.
Su lengua roza contra la mía. Bailan juntas, se acoplan, y presiono
mi cara más cerca, en la suya. Gime en mi boca, y mis muslos se aprietan
alrededor de sus caderas.
En un movimiento que me sorprende, Julius desliza una mano por
mi espalda, sobre mi nuca, enredando sus dedos en mi cabello, luego
gruñe:
—Amo este jodido cabello. No te cortes nunca este jodido cabello. —
Sus manos agarran puñados de las largas y gruesas hebras del color de
chocolate negro y tira ligeramente, lo suficiente como para marcar su
punto—. Estaré jodidamente enojado, nena.
En este momento, en lo alto de lo que podría ser el mejor orgasmo de
mi vida, estaría de acuerdo con cualquier cosa que Julius me pidiera.
—Cualquier cosa por ti, querido. —Culmino al tirar contra su agarre,
obligándolo a soltar mi cabello, para colocar mis labios contra los suyos,
besando sus labios llenos tan suavemente como puedo.
Cualquier cosa por ti, querido.
Murmura en mi boca.
—Maldición. No puedo esperar más. Mi polla necesita estar dentro
de ti. —Me besa, profundo, húmedo y caliente. Su mano grande toma mi
entrepierna húmeda, presionando su dedo en la entrada de mi coño y frota
suavemente. Su labio se curva y sus ojos brillan, cuando dice—: ¿Me
dejarás entrar en ese coño apretado, nena? ¿Ese coño caliente y húmedo?
Oh, Dios. Una boca tan bonita diciendo tal cochinada. Tan sucio.
Me encanta.
Las cosas que está diciendo me van a dar un infarto y un orgasmo,
al mismo tiempo.
Me siento débil contra él, tan débil que ni siquiera puedo obligarme
hablar. En cambio, asiento con entusiasmo, ansiosa por sentirlo.
Sus ojos destellan, claramente complacido por mi respuesta
290
voluntaria. Llegando hasta su cuello, él toma mis manos y las baja, más
allá de su estómago, más abajo todavía, guiándolas bajo antes de
envolverlas alrededor de su eje rígido.
Y es cuando me doy cuenta que es toda una gran verga.
—Es tan grande —murmuro mientras corro mis dedos sueltos por el
calor grueso e inflexible. Y esto no es algo bueno. Murmuro esto con pura
miseria, con el ceño fruncido en mi cara.
—Sí, lo es —responde. No lo dice de una manera soy un cabrón
engreído; simplemente declara un hecho. Maldita sea, estoy tan cansada
de ser herida.
Una pequeña parte de mi excitación se desvanece.
Julius alcanza atrás sin romper el contacto conmigo, abriendo el
cajón de la mesita de noche y recuperando un condón. Él no duda como
yo, no me deja arrepentirme de mi elección. Rasgando el paquete de
aluminio con sus dientes, lleva el condón abajo entre nosotros y lo
envuelve en su sitio. Y lo hace mientras habla abiertamente.
—Quiero follarte sin nada, nena, y ese día vendrá, pero estuviste
casada con un hombre hijo de puta que follaba por ahí, y lo hizo para
luego ir a casa y follarte sin protección. Y no voy a hablar de su hermano
ahora mismo, porque estoy a punto de follarte y no quiero perder mi
erección. —Me mira desde su polla—. No digo que tengas nada, nena, pero
estoy completamente seguro que no correré el riesgo, lo que significa que
hasta que ambos nos hagamos pruebas y estemos limpios, no voy a
meterme en ese coño que anhelo más que el aire, ni voy a ir sin nada
cuando follemos. —Sus ojos no sostienen ninguna cantidad de disgusto.
Este es solo Julius dejando las cosas claras—. ¿De acuerdo?
Sé que esto no solo es justo sino también responsable. Pero, mierda,
odio que Dino me ponga en esta posición de pura mortificación. Mi cuerpo
se vuelve de piedra con esto.
—De acuerdo. —Mi nariz comienza a hormiguear con el familiar
aguijón de las lágrimas, y parpadeo para hacerlas retroceder—. Lo siento.
—Cierra la puta boca. —Pronuncia las palabras ásperas tan
suavemente que se sienten como un cálido abrazo. Agarra mis caderas,
clavando sus dedos lo suficiente como para pellizcar—. Cállate ahora
mismo. Nada de lo que te pasó fue culpa tuya. Nada. Eras una mujer joven
rodeada de gente mala que sabía bien lo que hacía, gente en la que
confiabas para cuidar de ti. Confiaste en ellos para mantenerte a salvo.
Una mierda de gente que te falló, Ana, pero tú no eres uno de ellos. Te 291
salvaste a ti misma. No hiciste nada malo. ¿Me entiendes?
—Sí —gruño en voz baja, y en el fondo, sé que tiene razón.
—Bien. —Se desliza lejos de mí, acostándose de lleno en la cama,
acariciando lentamente su polla con sus largos dedos deliciosos que quiero
chupar en mi boca—. Sube, nena. —Sus párpados caen cuando me siento
sobre él, y traza mi cuerpo casi desnudo con una mirada caliente—.
Móntame.
De rodillas, me arrastro a su lado, metiendo los pulgares en la
cintura de mis bragas y las deslizo por mis muslos, hacia el colchón,
donde salgo de ellas. Paso mi pierna sobre él, hacia el lado izquierdo de su
cintura, y luego me acerco más, llevando mis rodillas contra sus caderas.
Se estira hacia mí, pasando el dorso de una mano sobre mi
estómago, que se tensa en respuesta. Corre sus nudillos sobre mi pecho,
más lejos, arrastrándolo sobre el botón sensible que se tensa ante su toque
ligero, haciéndome temblar en dicha pura.
Mientras él continúa explorando mi cuerpo, tomándose su tiempo,
descanso una mano en su estómago para equilibrarme y entonces bajo
más para tomar su larga polla dura en mi pequeña mano. Me siento más
alto, guiando la punta a mi entrada húmeda, y cuando mis partes la besan
en un cálido saludo, saco mi mano, apoyándola con la otra en su
estómago.
Se queda sin aliento mientras pongo la menor presión posible,
sentándome suavemente. La cabeza de él se desliza dentro de mí y los dos
gemimos, mis ojos poniéndose en blanco con tanto deseo. Con los ojos
cerrados, me siento más abajo, pero me estremezco cuando la
circunferencia de él me estira.
Con sus manos en mis caderas, me sostiene allí, sin permitirme
hundirme ni un centímetro más.
—Tenemos todo el tiempo del mundo. Tómalo con calma. Quiero que
esto sea bueno para los dos, nena. Relájate.
Es como si siempre supiera qué decir.
Me recuerdo que este hombre nunca me obligará; él nunca me
violará, ni usará mis afectos para manipular una situación. Julius nunca
me hará daño como lo hizo Dino. Julius no se alimenta del dolor. Él solo
quiere satisfacción mutua, nada más.
Y aquí estoy, encima de él. Una posición que Dino nunca me
292
permitió probar. Dejaba a una mujer en una posición de control, y él
nunca lo permitiría.
Pero Julius lo haría. No solo lo permitiría, sino que era él quien lo
sugería.
Tomando una respiración profunda, mi calma vuelve y muevo mis
caderas alrededor lentamente, probando cuán dolorida estoy.
Sorprendentemente, no hay dolor.
El calor enciende mi vientre en llamas y convierte mi sangre en lava
hirviendo a medida que mis pezones se aprietan ante la sensación de
plenitud imposible entre mis acogedores muslos. Sé que hay más, así que
pruebo las aguas, bajando con una lentitud tortuosa, tomando un
centímetro más, luego otro. Y aunque quema cuando me estira, no duele.
No.
Se siente increíble.
Mi cabeza comienza a flotar, y siento mi corazón latiendo a través de
mi clítoris, mis mejillas enrojecidas de pasión.
Me siento más lejos, tomando otro centímetro, luego otro más, y
entonces, con una ligera mueca, mi vientre se contrae dolorosamente y me
doy cuenta que no puedo aguantar más.
Y me pone triste.
—Oh —digo en voz baja, decepcionada.
Julius pasa la mano por mi muslo desnudo.
—No hay prisa. Tomará algún tiempo.
—Sí —respondo, pasando mis uñas sobre su vientre.
Con un suave tirón, me empuja hacia abajo para acostarme sobre su
pecho. Sus labios toman los míos en un cálido y profundo beso, y yo me
estiro para acariciar sus mejillas mientras él comienza a mecerse dentro de
mí con tierna misericordia.
Sus manos vagan por mi cuerpo, corriendo por mi espalda para
apretar mi nuca y luego se arrastran sobre mi culo y vuelven otra vez,
finalmente descansando sobre mis caderas mientras sus empujes
aumentan.
Jadeo en su boca, gimiendo cuando toca un punto particularmente
293
sensible dentro de mí, y cuando él trabaja en golpear ese punto una y otra
vez, mi cuerpo tiembla y se estremece. Mis puños se aprietan contra él,
mis uñas arañándolo.
Está ocurriendo otra vez.
Lo siento llegar esta vez.
¿Pero cómo? Nunca he tenido un orgasmo dos veces tan seguido. No
está bien. Algo está mal. Jadeando, sacudo la cabeza, y musito en voz alta:
—No.
Julius agarra mis caderas fuertemente y se conduce un poco más
profundo, su grueso pene deslizándose dentro y fuera de mi coño
apretado.
—Sí, nena. Sí.
Una luz brillante destella detrás de mis párpados cerrados y,
rechinando los dientes, gimoteo y jadeo mientras el orgasmo se apodera de
mí, pulsando el placer desde los dedos de mis pies hasta los mismos pelos
en mi cabeza. Cuando finalmente pasa, caigo floja contra Julius, sin
aliento.
Sus embestidas se vuelven espasmódicas, y con un gruñido bajo, su
cuerpo se torna rígido, su estómago se contrae contra mí, y él agarra mis
caderas lo suficientemente duro para dejar moretones, su pene se contrae
dentro de mí cuando encuentra su liberación.
Y cuando su respiración vuelve a la normalidad, él se estira para
acariciar mi cabello con perezosa ternura. Mis párpados caen
pesadamente, y dejo salir un bostezo corto. Julius lo sigue, y con sus
brazos alrededor de mí, desnuda y descubierta ante él, encuentro el sueño.
El mejor que he tenido en años.

294
34
Twitch

—N
ecesito hacer una llamada. —Ethan Black levanta
la mirada de su periódico un breve segundo antes
de volver a leer, y murmura—: ¿Para qué? Ya no
conoces a nadie. Todos creen que estás muerto.
—No todos —digo tranquilamente desde mi lugar en la mesa,
tomando la taza de café caliente y bebiéndolo en silencio.
Black y yo puede que nunca seamos amigos, pero soy un hombre
que entiende lo que le costaría a un hombre como él entender a un hombre
como yo. Desde la captura de Egon Baris, he sido tratado menos como un
criminal y más como un colega. El día después de la redada, volamos de
regreso a San Francisco. Nos detuvimos en el departamento de policía para
tener un encuentro con el jefe y entonces Black me señaló con su mentón. 295

—Toma tus cosas. —No hice preguntas, ¿cuál era el punto? No era
como si Black me fuese a dar respuestas de todas formas. Cuando
llegamos a la casa de dos pisos en los suburbios, lo seguí dentro, donde
me condujo por un largo pasillo hasta una puerta abierta, moviendo sus
brazos para guiarme dentro.
—Esta será tu habitación. —Señaló el final del pasillo—. Baño y
ducha están en esa dirección. —Miró hacia la derecha—. La cocina está
ahí. Busca lo que quieras. No soy tu empleada, por lo que tendrás que
lavar tu ropa y preparar tu comida.
Agradecerle fue lo más complicado, así que me distraje haciendo una
pregunta:
—¿Pensé que eras casado y con hijos?
—Lo soy —respondió, antes de mirarme—. No pensaste que te
llevaría a mi casa, ¿verdad? —Hizo una mueca—. Esta es una de las
muchas casas de seguridad del FBI. Tú y yo viviremos aquí hasta que se
termine nuestro acuerdo. —Se volvió serio—. Habrá momentos en los que
tendré que dejarte aquí solo, no quiero que tener que pedirte que no
escapes, porque no soy lo suficientemente estúpido para creer que puedo
encerrarte, ya no. Todo lo que pido es que si decides abandonar la casa,
uses tu capucha y mantengas tu cabeza abajo. —Puso sus manos sobre
sus caderas y me miró—. Y, por todo lo que es santo, deja una maldita
nota.
Cuando se dio media vuelta, negando con la cabeza, entré a mi
habitación. Era decente. Había tenido peores, eso seguro. Era simple, con
un armario empotrado, una cajonera y una cama de tamaño Queen. Sí.
Definitivamente había tenido peores. Mantendría su propósito y podría
dormir decentemente en las noches. Era más de lo que había podido
desear. Después de todo, aun podría estar en las silenciosas y oscuras
celdas del departamento de policía.
Los ojos de Black se alejan del periódico con pereza. Sus cejas se
levantan mientras pregunta:
—¿Cuántas personas saben que estás vivo, Twitch?
Mantengo mi mirada en él, sin necesitar pensar en la respuesta.
—Uno de mis chicos y un viejo asociado. Ahora, el oficial Quaid, el
jefe y tú. —Piensa sobre esto y sonríe. Con un pequeño moviendo de su
cabeza, lanza una risita, y me molesta. No soy el chiste de nadie.
296
—¿Qué es tan gracioso? —pregunto. Su risita se convierte en una
risa.
—No me gustaría ser tu cuando tu chica se entere de que has estado
vivo todo este tiempo. —Su mueca se tensa—. No señor. Ella hará de tu
vida un infierno.
Mierda.
Mi cuerpo se congela al pensarlo. Intento justificarme con un
hombre que no tiene ni idea de lo que me costó dejar a Lexi atrás.
—Ella lo entenderá una vez que sepa la razón de por qué me fui. No
tenía opción. Tenía que irme.
—¿Me lo dices? —Deja salir una carcajada—. ¿Alguna vez has
lidiado con una mujer despechada, Falco? ¿Sabes algo acerca de las
mujeres? —Me mira fruncir el ceño y luego suaviza el tono—. No hay forma
de arreglarlo. No te va a perdonar. Tendrás suerte si te deja ver a tu hijo.
—Soy su padre. —Es mi pobre argumento.
Black murmura:
—Y de acuerdo a su certificado de nacimiento, tú estás muerto.
Incluso con tu nueva identidad, la que te entregamos, no tienes ningún
derecho. No es una corte.
Mi estómago se retuerce ante el pensamiento de estar lejos de AJ.
Ya ha pasado mucho tiempo.
Necesito a mi hijo.
Estoy mal. Estoy muriendo sin él, sin ella.
Alejando el inaguantable pensamiento, vuelvo a repetir:
—Necesito hacer una llamada.
Señalando con su cabeza hacia el teléfono en el mostrador de la
cocina, dice:
—Línea segura. Levántalo, espera por los tres tonos y entonces
marca. —Se toma un momento para enfatizarlo—. No uses tu celular.
Incluso si es urgente. Hasta las urgencias se pueden detectar. —Mientras
me levanto y me muevo hacia el mostrador, Black continúa la
conversación—. Espero que no estés muy encariñado a eso. —Odio cuando
habla con adivinanzas.
297
—¿Encariñado a qué?
—El tatuaje. —Se toca su mejilla, indicado mi poco famoso 13—.
Porque tiene que irse. Es un indicador. No podemos permitirnos que
alguien lo vea y comience a esparcir rumores de que estás vivo. —Eso
significaba que planeaba llevarme a las otras redadas. Eso era bueno.
—No —miento, a pesar de que quiero ser convincente—. No estoy
encariñado.
Intento no pensar en eso, a pesar de que él está sugiriendo que
remueva mi pasado, el día en que conocí a Lexi. Ese día lo es todo, y
demonios, sí, estoy jodidamente encariñado a ese recuerdo.
—Bien —murmura Black, asintiendo—, porque tu primera sesión de
laser es esta tarde. El chico dice que necesitas entre cuatro y cinco
sesiones, separadas por cuatro semanas.
Bueno, demonios.
No hay forma de salir de esto, entonces.
Lo haré como he hecho todo lo demás en mi vida.
Lo tomaré como un hombre.
Levantando el teléfono, lo llevo hasta mi oreja, espero por los tres
tonos y luego marco. Suena una, dos, tres veces y entonces, él responde.
—Jódeme. Son las 6 de la mañana. Mejor que alguien esté
muriendo, idiota —gruñe Viktor Nikulin al teléfono, y peleo con una
sonrisa. Me meto en el trabajo.
—¿Viktor Nikulin?
—Sí —murmura, y lo oigo moverse, como si se sentara—. ¿Quién es?
Hablo lento pero seguro.
—Vivo en las sombras de los suburbios y veo muchas cosas, trabajo
con mucha gente, conozco muchas firmas. —Me detengo un momento,
sintiendo los ojos de Black en mi—. Tu hermano es un problema para mí.
Viktor Nikulin responde, una mezcla de rabia y disgusto en su voz.
—No tengo un maldito hermano.
—Sí, lo tienes. Ambos sabemos que lo tienes. Y está bien
deshonrarlo, como el maldito loco asesino que es, pero Maxim Nikulin es
un problema para mí. Necesito saber dónde encontrarlo. 298

Él se detiene un momento.
—¿Lo matarás cuando lo encuentres?
—No —le digo honestamente—, pero probablemente muera en
prisión.
Suspira.
—Escucha, no me gusta mi hermano, pero incluso si supiera dónde
está, no te lo diría. Mierda. No te conozco, hombre. Por todo lo que sé,
podrías ser un policía. —Solo trabajo para uno.
Suena confundido.
—¿Quién eres?
—No puedo decirte eso. —Intento obtener la información que
puedo—. Y sé que no hablas con tu hermano, pero aun así es tu familia, y
entiendo que quieras protegerlo. ¿No estaría más seguro en prisión? Parece
que Max ha hecho muchos enemigos.
—No me preocupa que lo encarcelen. No quiero protegerlo —me
confía Viktor tranquilamente—, me preocupan todos los hombres a los que
apuñalará mientras esté ahí. Quiero protegerlos a ellos. —Inhala
fuertemente, luego exhala—. Hazme un favor, ¿sí? Cualquier problema que
tengas con Maxim, déjame a mí y a Anika fuera de eso.
El tono de marcación retumba en mi oído.
Mierda.
Sin suerte.
Maxim Nikulin será un dolor en el trasero.

Una semana más tarde…

—Necesito un arma —le grito a Black mientras sus hombres se


dispersan alrededor de la propiedad frente al mar de Neo Metaxas.
Estoy más que un poco enfadado. No hay razón para tener que
abatir a esos hombres si no puedo disfrutar mi vida porque morí
jodidamente para conseguirla.
299
Black está siendo un idiota.
—¡No necesitas una jodida pistola! Quédate fuera de la acción. —
Agarra la parte frontal de mi camiseta, sacudiéndome—. ¡Teníamos un
trato! —ruge, y me salpica saliva—. Tú no das las órdenes. ¡Tú las
cumples, maldita sea!
Entonces así es como es, ¿eh? Eso habrá que verlo.
Me suelta y yo tropiezo mientras él se adentra en la batalla. Los
hombres de Neo sacan sus pistolas, pero los soldados de Black son más
rápidos. Se disparan tiros, y yo me quedo atrás, con mi estúpido bate en la
mano.
Con mi casco y una máscara que me ocupa media cara, nadie va a
reconocerme, y es bueno porque Neo y yo somos amigos. Sus hombres me
conocen.
El ahora interrumpido juego de póker dispersado por todo el suelo
de la mansión, miro como pintas rojas se estrellan en el impoluto sofá de
terciopelo blanco.
Neo va a estar enfadado. Él siempre tuvo una cosa por el mobiliario
blanco.
Cuando veo a uno de los hombres de Black gritándome, con un
cuchillo de cazar sobresaliendo de su muslo, cayendo al suelo en un
montón, agarrándose la pierna y gimiendo de dolor, no me pienso
demasiado el correr dentro de la batalla de órdago para poner al chico en
un lugar seguro. Poniendo mis manos bajo sus brazos, tiro con todas mis
fuerzas, porque este chico es un jodido tanque. Trato de arrastrarlo hasta
la cocina vacía y lo recuesto contra la nevera, fuera de alcance.
Gime, y yo le digo que se calle. No de forma tranquilizadora, más en
un sentido como “cállate de una jodida vez y no llames la atención hacia
nosotros”. Gime un poco más y pone sus temblorosas manos en el mango
del cuchillo. Sé lo que planea hacer, pero aparto sus manos y agarro su
cara sudorosa.
—Saca eso ahora y te desangrarás hasta morir. Aquí mismo. En esta
casa. —No parece estar escuchando, así que lo sacudo—. ¿Es aquí dónde
quieres morir?
El hombre sacude la cabeza, y es entonces cuando me doy cuenta
que es joven, tal vez esté hacia la mitad de los veinte.
De alguna forma, mis pensamientos se van hasta mi hijo y mi
corazón se encoge.
300
Suavizo mi agarre en el joven y sujeto sus hombros con suavidad.
—No lo toques. Quédate aquí. No hagas ningún ruido, no a menos
que quieras morir. ¿Entendido?
Sudando mares, asiente mientras lágrimas caen por su cara. Tomo
las pistolas de sus muslos y las saco de sus fundas. Mostrándoselas, le
digo:
—Ahora me voy a llevar éstas, ¿de acuerdo? Y voy a disparar a
algunos chicos malos.
—Acábalos —jadea, hablando entre dientes apretados. —Acábalos a
todos.
Sonrío, aunque él no puede ver por mi máscara.
—Oh, planeo hacerlo.
Justo mientras salgo de la cocina, el soldado resuella:
—Detrás de ti.
Mis pies me hacen girar a la velocidad de la luz y el tiempo se
ralentiza. En un parpadeo, veo un chico apuntándome con una pistola, y
lo conozco. El hombre es el hermano de Neo. George el jodido Griego, lo
llamábamos. Tiene mujer. Tiene hijos. Tiene gente que depende de él, y
ahora, en este momento, viene por mí. Viene a matarme.
Paso de medio sorprendido a furioso en un segundo.
Ese es el hombre que yo solía ser. Yo era un hombre que solo
pensaba en el dinero y en sí mismo. Pero este hombre, George, tiene una
familia, y el hecho de que esté dejándolos todo por un par de miles es
asqueroso.
Supongo que algunas personas subestiman lo que tienen, pero estar
lejos de mi hijo durante tanto tiempo… nada en este mundo me haría
volver a ser el arrogante y egoísta imbécil que era antes, no cuando lo
tengo a él para vivir.
Apuntando a su corazón, recuerdo las palabras de Black.
“Desfigura, hiere, mutila… ¡pero no dispares a matar, maldita sea!”
Mi objeto baja, pasando su entrepierna, más abajo incluso y cuando
llego, aprieto el gatillo.
Mientras que su bala pasa mi brazo, la mía alcanza el objetivo, y lo
miro con gran satisfacción mientras hace un hueco en su rodilla, 301
destrozándolo. Con un grito de sorpresa, cae al suelo y, aun temblando
apunta su pistola hacia mí. Antes de que tenga oportunidad de disparar de
nuevo, corro hacia él y mi bota con la punta de hierro conecta con su cara.
La parte trasera de su cabeza se da contra un armario de la cocina y sus
ojos se vuelven vacíos mientras su consciencia se desvanece.
—Toma —murmuro hacia el joven, mientras levanto la pistola de
George en mi mano, devolviéndole una de las dos que le había quitado.
Con una expresión de agonía, agarra la pistola y me dice:
—Vete de aquí. Tengo esto.
Me asomo al pasillo antes de hacer mi movimiento y correr a través
del salón abierto. Uno de los hombres de Neo lucha contra uno de Black, y
el chico de Black está a punto de ser noqueado.
Mientras me muevo hacia ellos, grito para distraerlo, y funciona.
Ambos hombres me miran, y utilizo ese momento para golpear al chico de
Neo en la cara, lejos del soldado de Black. Una vez libre de él, el chico de
Black recupera el control, acaba con el otro chico y lo deja ahí.
Una vez hecho mi trabajo, me voy en busca de más culos que patear.
Dos de los chicos de Black rodean a un chico con su cabeza girada
en un ángulo antinatural, con sangre por todo su rostro, su cuello
evidentemente roto, mientras sujetan a otro hombre esposado.
Las puertas del patio se abren y veo a Black leyéndole a Neo sus
derechos, aunque son un poco diferentes de los que he escuchado antes.
Black se ve alto, mirando hacia abajo a un silencioso Neo Metaxas.
—Si hablas, te pegaré con la pistola. Si respiras demasiado alto, te
pegaré un puñetazo justo en la jodida boca. Si incluso me miras mal, haré
que mis chicos te den una paliza, así que hazte un favor y mantén la boca
cerrada, Metaxas, porque nada te va a salvar del infierno al que te voy a
entregar.
Sabes, ahora que lo pienso, Black y yo no somos tan opuestos. Él es
como un cabrón, aunque nunca se lo admitiré.
Cuando Black me ve sujetando dos pistolas, frunce el ceño con
fuerza antes de quitármelas y depositándolas en la mesa a su lado. Como
un jodido niño al que le quitan su juguete preferido, mi enfado se dispara,
pero no me atrevo a hablar delante de Neo.
Desde el rabillo del ojo, veo a uno de los chicos de Black sentado al
302
lado de un hombre que podría haber estado inconsciente, pero ya no.
Cuando se levanta y tira al soldado al suelo, buscando su pistola,
reacciono. Y hago esto más rápido que cualquiera de los hijos de puta de
todo el ejército.
Buscando detrás de Black, tomo una de las pistolas de la mesa y,
esta vez, no apunto hacia abajo.
El hombre de Neo se levanta, apuntando su pistola justo hacia
Black.
Preparados. Apunten. Fuego
Boom, perra.
Los ojos del tío se cruzan al alcanzarle mi bala, sacando su ojo
izquierdo, dejando un hueco donde solía estar, sus sesos esparciéndose
por todo el sillón blanco de Neo. Aterriza en el suelo, con su cara con una
expresión de asombro que permanecerá eternamente, la cuenca de su ojo
sangrando.
Mi corazón late con fuerza y mi pecho pesa. Me atraviesa pura
adrenalina.
Me giro para ver a todos los hombres de Black de pie, con las
pistolas levantadas, mirándome. Miro desde Black hasta Metaxas y
después otra vez a Black. Dando un paso atrás, pongo la pistola en la
mesa, dejándola con un suave golpe. Me muevo hacia el patio, pero antes
de hacerlo, voy hacia Black. Acercándome a su oído y lo suficientemente
alto para que solo él me oiga, le gruño:
—De nada.
Vuelvo dentro e ignoro las curiosas miradas de todos los hombres de
Black, yendo hasta la cocina, donde veo al joven ser cargado en una
camilla por un par de médicos, el cuchillo aún clavado en su muslo.
Cruzo mis brazos sobre mi pecho y espero en soledad a que se pase
la conmoción.
La próxima vez que pida una jodida pistola, algo me dice que
conseguiré una.

303
35
Alejandra

J
ulius yace de espaldas conmigo apoyada en él. Tengo la mejilla
en su pectoral y, nuestras manos están sobre su corazón que
late con fuerza cuando murmuro en voz baja:
—Mi hermano.
Sus dedos se aferran a los míos suavemente, como si tuviera que
asegurarse de que estamos aquí, juntos por fin. He estado esperando a
este hombre toda mi vida, pero yo no lo sabía. Ahora, estando juntos, una
sólida sensación de alegría me cubre. Gruñe confundido.
Levanto la cabeza a regañadientes y musito en voz alta:
—Debo hablar con mi hermano. Necesito saber lo que está pasando.
Necesito saber que mis hermanas están bien. 304

Una mirada que no puedo leer pasa por su rostro y, sin malicia, dice
con sueño en la voz:
—Nena, lo que hiciste... tienes que entender que ya no tienes familia.
Mi corazón se rompe cuando añade:
—Ahora yo soy tu familia.
Sé que está haciendo todo lo posible para no asustarme. ¿Soy tan
delicada que necesito que me hablen como a un niño? Tengo que decirle
cómo están las cosas en términos que un hombre como Julius entienda.
—Puede que no dispare a la gente todos los días como mi amiga Ling
allá, pero no soy una mojigata, y si alguien plantea una amenaza, será
mejor que crea que voy a acabar con esa amenaza con una fuerza brutal
en caso de que surja la necesidad. Eres solo para mí, Julius —
Inclinándome hacia él, presiono un suave beso en su pecho—. No tengas
miedo por mí. Yo te protegeré, cariño.
Cuando lo miro, veo esa mirada. Lo veo claro. Se está preguntando a
sí mismo: ¿Dónde estaba la Ana que me necesitaba para protegerla, y
quién es esta mujer?
Y no puedo evitar rodar mis ojos.
Esta vida nuestra no es normal.
Esta vida es sucia.
La cosa es que, no importa lo duro que mi padre tratara de criarme
para que fuera buena, nunca quise serlo.
—No me mires así. —Arreglo las cosas apretando su barbilla entre
mis dedos, sosteniéndolo y repitiendo las palabras que mi hermano me
había dicho hace tantos años—. Todos vienen a este mundo dando
patadas, gritando y cubiertos con la sangre de otra persona. —Nunca he
sido más honesta en mi vida cuando admito—: No tengo ningún maldito
problema en salir de la misma manera.
Parpadea hacia mí mientras suelto su barbilla.
—Mierda —exclama, antes de rodar encima de mí, sosteniendo su
peso sobre mí apoyándose sobre sus antebrazos.
Sus cálidos labios bajan y me estremezco cuando me besa la
clavícula. Con sus labios contra mí, él rueda su polla contra mi muslo.
—Nunca he estado tan cachondo como lo estoy jodidamente ahora.
305
Mis ojos revolotean cerrándose ante la sensación de su boca en mí, y
envuelvo mis piernas alrededor de sus caderas desnudas, en silenciosa
aprobación.
Ahí es cuando la puerta de la habitación se abre con un largo
chirrido. No me muevo. Bajo él, mis ojos se ensanchan. Con sus labios
todavía en mi garganta, siento que su cuerpo baja sobre mí y cubre mi
cuerpo con todo su peso, suspirando en mi cuello. Una garganta femenina
se despeja.
—Puedo ver que estás ocupado, jefe, pero son como las 11:00 de la
mañana y el viejo tipo que sigue sonriéndome silenciosamente sobre la
mesa del comedor está empezando a asustarme.
En ese momento, levanta la cabeza, parpadeando hacia mí con sus
cejas fruncidas, y los ojos brillantes con ira.
—Jodida, Ling —susurra, y se aparta las mantas sobre nuestros
cuerpos desnudos.
Completamente tranquilo por su desnudez, ignora a Ling, sale de la
cama, y camina hacia el baño, cerrando la puerta detrás de él. La ducha se
enciende y tirando de las sábanas firmemente contra mis pechos, me
siento para mirarla parada en la puerta abierta.
Si soy honesta conmigo misma, estoy que hiervo por dentro. Oculto
mi enfado cuando la miro abiertamente y digo:
—La próxima vez, golpea antes de entrar.
Sus ojos se estrechan ligeramente, pero ella sonríe.
—Felicidades, Ana. —Golpea con sus uñas la madera pulida del
marco de la puerta, antes de levantar las cejas y decir en voz baja—:
Oficialmente has subido un eslabón en la cadena alimenticia.
Hay algo extraño en Ling, algo tan peculiar que estoy empezando a
sentirme un poco incómoda. Sus labios se contraen.
—Siempre consigues lo que quieres, ¿verdad? —Me inmoviliza con
su intensa mirada—. Pero nunca se aprecia realmente lo que se tiene
hasta que se pierde. —Se endereza, moviéndose para salir—. Prepárate.
Cuando ella cierra la puerta detrás de sí, asimilo sus palabras de
despedida y mi mente se vuelve loca.
¿Qué diablos está planeando? Todavía especulando sobre lo que Ling
306
quería decir con lo que dijo, noto que ya no se oye la ducha, solo cuando
Julius abre la puerta del baño y el vapor se agita alrededor de su fino y
alto cuerpo. Frota una toalla sobre su cara, la deja caer al suelo y me
atrapa observando las gotas de agua que corren por su pecho hacia sus
abdominales.
No siento vergüenza, lo exploro abiertamente con mis ojos. Ahora es
mío.
Cuando él pone la toalla alrededor de su cintura, miro hacia sus ojos
con una mueca suave.
No es un hombre de muchas palabras, mi Julius.
Sacude su cabeza hacia la puerta abierta detrás de él, y tomo la
indirecta, saliendo de la cama con las cubiertas envueltas a mi alrededor.
Mientras paso por delante de él, agarra la parte de atrás de mi cuello y me
acerca. Me mira a los ojos y sostiene mi mirada mientras se acerca,
presionando sus labios contra los míos, suavemente. La mano en mi cuello
se aprieta mientras tira de mí hacia atrás, y me hace darme cuenta que a
veces hablar está sobrevalorado.
Pasa su nariz por la longitud de la mía, y cierro los ojos, tomando su
cálido afecto.
—Tú y yo, nena.
Mis ojos revolotean y los abro, pasando mi mano sobre su pecho
para apretar su hombro, exhalando.
—Sí. Tú y yo.
Su mano se enreda en mi cabello, y tira suavemente, forzándome a
exponer mi cuello.
—Voy a cuidarte como a una reina.
Y con esas palabras, mi cuerpo ya no quiere sus besos, mi cerebro
me advierte que me calme.
Tómalo con calma. No lo sabía. No lo sabe.
Apartándome suavemente de él, doy un paso atrás y bajo mi
barbilla.
—Él solía decirme eso. Lo usó contra mí, me decías que iba a ser su
reina y que yo gobernaría junto a él. —Muerdo el interior de mi labio,
rogando que mi estómago se calme. Parpadeo hacia él con el ceño
fruncido—. No quiero eso. No quiero ser una reina, Julius. Jamás. —Mi
mano se acerca para tocar su estómago—. Quiero ser nadie, una
307
campesina. Solo quiero vivir libre. Una vez más, puedo ver que le he hecho
preguntarse quién soy y cuáles son mis motivos. Pero yo solo soy yo,
Alejandra Castillo. Una mujer que ha sido desgarrada con más frecuencia
de la que podía soportar. Mis fragmentos rotos aún no han sido reparados.
Ni siquiera estoy segura que puedan arreglarse jamás. Rasco ligeramente
contra sus abdominales—. ¿Podrías empezar a entender eso?
Sus ojos se suavizan, y sus labios se contraen cuando deja escapar
un áspero:
—No puedo prometer que vaya a tratarte como a una campesina.
Una sorpresiva carcajada se me escapa.
—Sí, de acuerdo, eso podría haber sido un mal ejemplo.
Sus labios se estiran en una sonrisa mientras sus ojos se fijan en los
míos.
—Eres preciosa cuando no lo haces, pero cuando sonríes, cariño...
—Sus ojos brillan, y sus dedos se acercan para golpear el lugar justo sobre
su corazón—. Boom.
No puedo evitarlo. Acaricio su mejilla y paso mi pulgar sobre sus
gruesos labios.
—Lo mismo me pasa a mí, cariño —le ofrezco suavemente—. Lo
mismo.
Volviendo su cara hacia mi mano, besa el centro de mi palma, y mis
entrañas se hinchan de calor, porque Julius me da algo que nunca he
tenido antes.
Alguien a quien podría amar.
Con más esfuerzo del que me creía capaz de reunir, empujo
juguetonamente a Julius y, sonriendo, entro al baño para ducharme.

***

Han pasado diez minutos, y cuando salgo del dormitorio, duchada y


vistiendo la ropa de Ling, me detengo por el sonido de una mujer que llora
con fuerza.
Mi corazón comienza a golpear en mi pecho. Debe ser malo. ¿Qué 308
podría hacer que una persona como Ling llorara así consideraba que
carecía de emociones en su mayor parte?
Dudo un poco antes de entrar en la sala de estar y escucho al Signor
hablar suavemente.
—Ya, ya. No llores. —Es más amable de lo que recuerdo—. Ven a
sentarte conmigo, señorita Ling.
¿Qué?
Estoy confundida.
¿Por qué el Signor consolaría a Ling? Ni siquiera la conoce. Pero
entonces, Ling exclama:
—Lo amaba. Lo amaba tanto. —Sus sollozos se convierten en un
gruñido—. Habría hecho cualquier cosa por esa mierda. Y la elije a ella. —
Entro por la puerta solo para encontrar a Ling sentada junto a
Signor Falco en el sofá, con sus espaldas hacia mí. No me han escuchado
ni me han visto. Las manos de Ling están sujetas fuertemente entre las de
Falco, su cabeza inclinada hacia delante en lo que solamente puede ser
descrito como angustia pura.
Julius me ve desde su lugar en el sofá contrario y discretamente
niega con la cabeza.
Entiendo. A Ling no le gustará verme aquí, pero aun así no puedo
alejarme.
Signor Falco mira a Ling, luego a Julius.
—Suena como que mi Antonio era más complejo de lo que había
imaginado.
—No era para nada complejo —murmura Julius—, simplemente
sabía lo que quería. No tenía tiempo para aquellos a los que no.
Oh, guau. Auch.
Siento pena por Ling, aunque no se merece nada de simpatía. La
insinuación de Julius es plana y simple, clara como el cristal. Antonio no
quería a Ling.
Ling, demasiado inteligente para no entender el mensaje, levanta su
cabeza de golpe, enfurecida.
—¡Él me quería hasta que ella apareció! Arruinó todo. Y ese niño
suyo… —Su voz se quiebra mientras la rabia se disipa y la tristeza toma
309
parte—. Ese hermoso niño. Debería haber sido mío. Su bebé debería haber
sido mío. —Baja la voz como si estuviera hablando sola—. Después de toda
la mierda que tuve que aguantar, me gané a ese bebé —grita Ling,
furiosa—, él murió por culpa de ella.
—Él murió por ella —responde Julius a gritos—. Twitch murió por
Lexi. Murió protegiéndola. Hay una diferencia. —Ling se gira hacia Signor
Falco y deja salir una risa aguda
—Los hombres en mi compañía tienden a perder sus mentes por las
mujeres. De hecho, es común que sus cerebros se conviertan en mierda.
Pierden todos sus sentidos. —Se gira para mirar a Julius—. No me
sorprendería si utilizas el mismo estúpido truco con tu nueva mascota.
—¿Y qué si lo hice? —responde velozmente—. ¿Qué mierda tiene que
ver contigo?
—¿Conmigo? —grita—. ¿Qué tiene que ver conmigo? —El quiebre de
su voz es absolutamente desgarrador—. Eres mi único amigo, hijo de perra
—respira dificultosamente—, eres todo lo que tengo. Me importas, maldita
sea.
Por mucho que no me agrade Ling, ese argumento me desmorona, y
siento como me enternezco por ella, de una forma que podría ser mortal
para mí.
—Ling, Ling. —Veo a Julius titubear, claramente no esperando esa
respuesta. No hace falta ser un genio para ver que también se preocupa
por la víbora venenosa. Pero Ling descarga su rabia en alguien más.
—¿Dónde estabas? —le pregunta con una calma letal a Signor
Falco—. Su madre lo odiaba. Su padrastro los golpeaba a ambos. Él era
solo un niño pequeño. —Aleja sus manos de las de él y grita—. ¡¿Dónde
estabas?!
—Estaba construyendo un imperio. Criando al hermano de Antonio.
Y luego fui bendecido con una hija. —Signor Falco suspira—. Si hubiera
sabido…
Ling se levanta, mirándolo con rabia.
—Bueno, no lo hiciste, porque claramente no te importaba lo
suficiente. Ya sabes, como no es de tu maldita familia directa. —Es
entonces cuando me ve. Caminando alrededor del sofá, se pone frente a mi
rostro, hablando con una calma letal.
310
—¿Qué mierda estás mirando, perra?
Recuerdo que ella está sufriendo, en duelo nuevamente por un
hombre al que amaba, y no me imagino discutiendo. En cambio, digo
suave y tranquilamente:
—Lamento tu perdida.
Su rostro se contorsiona y una lágrima escapa, cayendo por su
mejilla, pero Ling es muy orgullosa como para dejarme verla llorar.
Mientras pasa por mi lado, me golpea con su hombro, aplastándome
contra el marco de la puerta. No me sorprende. No es como que no lo
esperara. Signor Falco mira por sobre su hombro y sonríe, pero no alcanza
sus ojos. Lo que Ling dijo obviamente le afectó. Julius me hace señas, y no
dudo. Cuando me muevo para sentarme junto a él, pone su brazo
alrededor de mi cintura, sentándome sobre su regazo. Con sus brazos
sosteniéndome fuertemente, veo los labios de Signor Falco curvarse, y dice
bromeando:
—Si esta Lexi es algo parecida a Alejandra —sus ojos danzan—,
bueno, supongo que puedo entender porque mi hijo perdería la cabeza por
una mujer como esa.
Julius asiente.
—Ella es única.
—¿La… —pregunta Signor Falco, dubitativo—… la amaba?
—Recibió una bala por ella. —Es todo lo que Julius responde. Esto,
lo interpreto como un “por supuesto que la amaba”. Signor Falco asiente y
luego sonríe.
—¿Y tengo un nieto?
Los brazos de Julius se tensan a mí alrededor durante un segundo,
antes de relajarse, y su voz contiene tanto cariño cuando responde.
—Sí. Se llama como su papi y su padrino. Antonio Julius Falco. Lo
llamamos AJ. Tiene cuatro años y es muy inteligente.
—Bueno, mírenlo. —Signor Falco sonríe, pero titubea y sus ojos
brillan—. Antonio Falco Tercero.
Se hace el silencio. No dura mucho, y Julius es quien lo rompe.
—Dame algo de tiempo. Puedo hablar con Lexi. Saber cómo se siente
acerca de que conozcas a tu nieto. Estoy seguro que le encantará
conocerte.
—Oh, no —dice Signor Falco negando con la cabeza—, no podría 311
pedirte que hagas eso. Tendrías que decirle como renuncié a mi hijo.
Seguramente no querrá nada que ver conmigo.
Julius descansa sus manos en mis rodillas.
—No conoces a Lexi. Ella es una buena persona. Déjame hablar con
ella.
Evadiendo la oferta, Signor Falco me mira.
—Hable con Manda anoche. —Mi corazón se acelera con interés—.
Se alegra de que estés bien. —Mirando entre Julius y yo, habla con tono
de pregunta—. Le gustaría ver a Alejandra, asegurarse de que esté a salvo.
—Mi corazón late de emoción mientras miro a Julius, esperando que la
respuesta sea la que deseo. Él me mira.
—¿Quieres ver a tu amiga?
Oh por Dios. Sin ser capaz de hablar, mis labios tiemblan.
—Sí —murmuro.
—No veo problema con eso. —Mira a Falco y asiente—. Arréglalo.
Si esta es una broma de mal gusto, nunca se lo perdonaré. Pero
simplemente no puedo imaginarme a Julius haciendo algo tan cruel. Mi
agradecimiento llega en forma de mis brazos alrededor de su cuello,
enterrándome contra él. Julius acepta mi agradecimiento acariciando mi
espalda con su mano.
—Ahora —dice Signor Falco—, ¿qué vamos a hacer con tu situación?
Levantándome, Julius saca algo de su bolsillo trasero y se lo
entrega. Levanto mi cabeza y me siento en silencio mientras Signor Falco
lee el papel.
—Haz correr la palabra —murmura Julius.
Aunque asiente, Signor Falco me mira con el ceño fruncido.
—Haré lo que pueda, pero quizás sea difícil explicarlo, considerando
que el primer esposo de Alejandra fue enterrado solo hace un par de días
—responde.
¿Primer esposo?
¿Qué?
Levantándome con piernas inestables, escapo del agarre de Julius y,
312
con el rostro pálido, tomo el trozo de papel de la mano de Signor Falco,
leyendo en silencio. Y mi estómago se retuerce. Mirando a Julius, jadeo.
—¿Estamos casados?
36
Julius

E
stoy preparado para esto.
No soy lo bastante tonto para creer que Alejandra
estará complacida. Mejor dicho, sé que va a estar furiosa.
Si pudiese explicárselo, hacerle ver lo vital que es, ella se
dejaría convencer. Verdaderamente, incluso si no lo
acepta, no me importará una mierda.
Si ella espera que me sienta tan mal o lamente manipular la
situación para mi ventaja, nuestra ventaja, se va a llevar una gran
sorpresa.
Eso es lo que los buenos hombres de negocios hacen. Ellos toman
una situación de mierda y encuentran la manera de aprovecharse de ella. 313
Pareciendo mucho más bonita en su actual estado de furia, me doy
cuenta que quiero estar solo con ella. Me giro hacia Antonio Falco Padrey
murmuro:
—Deberías irte.
Da una mirada de Alejandra a mí, y asiente en acuerdo.
—Sí, debería. —Alejandra ni mueve un músculo mientras Falco
coloca un brazo a su alrededor y presiona un casto beso sobre su frente—.
Llamaré para hacerles saber cuándo Manda puede venir. —Su mirada
regresa a mí—. No hace falta que me acompañes a la puerta. Mantente en
contacto.
Oigo lo que dice, pero no puedo apartar mis ojos de Alejandra. Va a
volverse loca en cualquier momento, y no es algo que quiera perderme.
Detrás de mi cremallera cerrara, mi polla se retuerce.
Hay algo sobre una mujer con carácter, una mujer que necesita que
la calmen, que la domestiquen, que es tan jodidamente sexy que no puedo
apartar la vista.
En el momento en que oye la puerta delantera abrirse y después
cerrarse, su cabeza se levanta de su postura y sus ojos parpadean.
—¿Desde cuándo?
Sería estúpido jugar juegos con ella justo ahora. Sin una onza de
emoción, declaro:
—Dos días después de que cayeras en mis manos.
Parpadea mirando hacia mí, su cara suavizada pero solo
ligeramente. Apuesto a que ella no estaba esperando esta respuesta.
—Yo… —Tropieza con sus palabras—. ¿Cómo? ¿Por qué? Quiero
decir, no es real o algo así.
Mantengo mi mano extendida hacia ella, esperando que venga hacia
mí. Parte de mí se preguntaba si se marcharía y seguiría su propio camino.
Esta misma parte de mí se pregunta si es lo bastante estúpida para creer
que la dejaré irse.
Teniendo en cuenta su anterior relación, la única relación que ha
tenido, apuesto a que ella está demasiado asustada para marcharse, lo
que definitivamente tiene sus ventajas. Lo que no me gusta
necesariamente, pero hace que mantenga algún control sobre cómo de real 314
será su reacción cuando haga lo que tengo que hacer.
Mi barriga se retuerce ante el pensamiento de abandonarla, incluso
durante un día, pero tengo que hacer lo que pueda hacer para dominar la
situación y ahuyentar a los tiburones del agua. Algunos riesgos merecen la
pena ser tomados. Espero que este sea uno de ellos.
Ella no viene hacia mí, y no muestro lo mucho que me fastidia. Dejo
caer mi mano con un suave suspiro y le digo cómo va a ser.
—Tengo un presentimiento sobre ti, que tienes tus razones para
hacer lo que hiciste. No voy a mentir. Te quiero, incluso después de que
me echaste a los perros. Decidí preparar los planes de la A a la Z si iba a
mantenerte a salvo nena. Tan simple como eso. Acudí a un tipo que
conozco, hace estas cosas rápido. Cobra una cantidad exorbitante, pero
este sello hace que esto sea oficial. Antes de que digas algo más sobre que
no es real —sostengo su mirada—, a los ojos de la ley, ahora eres la
Señora Carter. Esto es tan real como puede llegar a ser. —Tan solo porque
adoro el furioso color rojo de sus mejillas, añado con cara de póker—:
Vamos Ana. Posiblemente no puedo ser un marido tan malo como el
primero.
Sus ojos se estrechan y sus labios se vuelven una línea con
irritación. Pero antes de poder divertirme por el enfado que había causado,
ella mete la pata asintiendo tristemente y estando de acuerdo con
melancolía agonizante,
—No. Supongo que tienes razón.
No. No me gusta esta Alejandra.
Esta Alejandra es la mujer que Dino ha fabricado, la mujer que fue
encajada a golpes en el molde que él colocó.
Me gusta mi Alejandra encolerizada, irritada y real, con la emoción
en sus ojos y malditas agallas.
Agitando mi cabeza, cierro mis ojos.
—Esto no funcionará, Ana. —Cuando levanta la vista hacia mí, sus
preciosos ojos de gacela no mantienen casi ninguna luz—. Escúchame,
pequeño gorrión. Yo no soy él. No te heriré diciendo las cosas equivocadas.
Podría volverme loco y podríamos discutir algunas veces, pero todo lo que
importa es que cuando te folle más tarde esta noche, voy a ser más duro
de lo que debería. Lo que está hecho, está hecho. Supéralo. Solo tengo dos
reglas. No dormimos separados y no nos vamos a la cama enfadados en
315
esta casa. Nos besamos y nos reconciliamos, tanto si nuestro orgullo
quiere como si no. —Sus ojos se ampliaron con incredulidad, y añado—:
Lo siento por sacar esta decisión de tus manos, nena. Eres mi esposa.
Somos un equipo. Y estás exactamente dónde quieres estar. A mi lado.
Da un cauteloso paso acercándose, y algo de calidez vuelve a sus
ojos mientras murmura:
—No creo que alguna vez te haya oído decir tantas cosas de una sola
vez. —Sus labios se levantan en las esquinas, y está peligrosamente cerca
de sonreírme—. Hasta cierto punto me gusta, toda la cosa de la que estás
hablando.
Mi cara baja, suprimiendo un suspiro de alivio, y en su lugar me rio
silenciosamente. No esperaba zafarme tan fácilmente. Levantando mi
mano para pasarla por mi cara, la froto por la parte trasera de mi cuello
distraídamente.
—Sí, bien, mejor te acostumbras a ello, porque solo le hablo a la
gente que es merecedora de que le hablen. —La implicación está allí y es
completamente cierta. Desde este momento en adelante, esta mujer va a
ser mi mundo.
No creo que ella entienda lo que eso significa o lo lejos que iría para
mantenerla a salvo. Aún no, pero lo hará.
Le echo un vistazo para encontrarla delante de mí, su cara suave
perdida en sus pensamientos.
—De acuerdo. —Se aproxima con un simple paso cerca de mí,
tomando mi mano y agarrándola fuerte—. De acuerdo. Así que, ¿cuál es el
plan? ¿Qué hacemos con Gio?
Si le contase el plan, lo arruinaría, no a conciencia, pero lo haría.
Le cuento lo que puedo, dejando fuera la mayoría de los detalles.
—El hombre que mató a Raul, Maxim Nikulin, mis fuentes lo han
localizado. Voy a dejárselo a tu padre.
—Julius —Alejandra frunce el ceño—, eso no es suficiente. Mi padre
hará lo que sea para mantener a salvo su alianza con Vito. —Su mano
estruja la mía—. Y Vito me quiere. —Levanto mi cara, y ella recorre con
sus dedos mejilla abajo—. No puedes detener lo que está viniendo. He
perpetrado el insulto de los insultos. Vito tendrá justicia para su hijo.
Enderezándome, estiro mis brazos para agarrar sus caderas con mis
manos y empujarla hacia mí. Sabe lo que quiero y rueda sus ojos hacia mi 316
mientras se sube en mi regazo, encarándome, sus muslos rodeando el
lateral de los míos. Sus brazos envuelven mi cuello, y se inclina para
presionar su pecho contra el mío, nariz con nariz.
—Estoy empezando a pensar que esta cosa del regazo es una cosa
tuya.
—Cualquier cosa que te acerque, te quiero tan cerca como sea
posible, y esto, esto está consiguiendo que estemos tan cerca como es
posible sin estar dentro de ti. Así que sí. —Beso su labio inferior,
mordisqueándolo gentilmente, mis brazos se estrechan alrededor de su
espalda—. Puedes decir que es una cosa mía. Me acostumbraré a eso. Vas
a pasar un montón de tiempo justo aquí.
Sus labios hacen un puchero para aceptar mi beso de boca cerrada
mientras continúo asaltando sus labios con gentil lentitud.
—Tengo miedo, Julius —susurra contra mis labios. Cuando la
empujo hacia atrás para mirarla a los ojos, confiesa—: No quiero morir. No
de la manera en que Gio planeará. Se tomará su tiempo. Lo hará despacio.
—Dijiste que Vito querrá justicia para su hijo. ¿Qué hay de la
justicia de tu padre para la suya? Estoy pensando que tu papá no va a
tomar esto demasiado amablemente al saber las cosas que el chico de Vito
le estaba haciendo a su niña.
Pero ella ya está agitando su cabeza.
—No. Incluso si tuviese una prueba de lo que estaba pasando, mi
padre me ha enseñado siempre que tenemos que hacer sacrificios por un
bien mayor. Si supiese, él tan solo se diría a sí mismo que estar casada
con Dino era mi sacrificio que hacer en esta vida. Además, no tengo
ninguna prueba para respaldar mis acusaciones.
Mi ira alcanza su punto máximo ante su fría declaración.
—Todo tu jodido cuerpo es una evidencia, Ana.
Su expresión está inmóvil.
—No conoces a mi padre. Se preocupará, pero es un hombre de
negocios. No se preocupará lo suficiente.
Mi suegro sonaba como un tipo legal. Si alguien alguna vez se
atrevía a poner sus manos en mi niña, que Dios les ayudase. Después de
acabar con ellos, estarían rogándome la muerte, y porque soy un hombre
misericordioso, les daría lo que desean.
317
—Que se joda tu padre. Lo resolveremos. —La sostengo más
apretada, moviéndome para descansar mi mejilla contra su pecho, con los
ojos cerrados por el placer. Ella ocupa sus dedos en el pelo de mi nuca,
descansando su mejilla en lo alto de mi cabeza y, alcanzado por una dicha
somnolienta, apenas la oigo cuando empieza:
—Así que marido mío. —Me detengo y la atrapo con una expresión
sorprendida e incómoda—. ¿Exactamente cuántos años tienes?
Pestañeo un momento antes de dejar caer mi cabeza hacia atrás y
que se me escape una carcajada estruendosa. Cuando ella se inclina hacia
abajo para besar mis labios, suelto una risita en su sonriente boca.
Inesperadamente, el matrimonio no parece tan malo. No cuando es
con este pequeño y precioso gorrión.

***
Mi hermana responde a la puerta, y cuando señala mi mano
apretando la pequeña de Alejandra, su boca se abre mientras una
sospecha aparece en sus ojos.
—Ah —empieza Tonya, apoyando su cadera en el marco de madera
de la puerta y confesando con una inclinación de su cabeza—, esto no lo vi
venir.
Sonrío.
—¿Vas a dejarnos pasar o qué?
Se endereza con una sacudida.
—Sí, por supuesto. —Sonriéndole a Alejandra, se mueve a un lado
haciéndonos un gesto con la mano hacia adentro. Mientras dirige el
camino al vestíbulo, recoge zapatos, una bolsa de la escuela, y piezas al
azar de ropa, antes de declarar—: Por favor disculpa por las pertenencias
de mi hija. Las chicas adolescentes son un lío, pero eso no significa que
quieran serlo. —Su nariz se frunce con verdadero aprecio—. Tan solo están
demasiado ocupadas para recordar donde se supone que deben estar las
cosas. Te juro que si esta chica no tuviese la cabeza atornillada... —Se ríe
entre dientes para sí misma—. Bien, ya sabes lo que quiero decir.
318
Alejandra sonríe a mi hermana.
—Lo sé —admite—. Cuando estaba viviendo en casa, mis hermanas,
Veronica, Carmen y Patricia, eran todas adolescentes, y estaba
constantemente recogiendo detrás de ellas. Mi hermana más joven, Rosa,
tiene trece ahora —sus ojos cómicamente anchos—, y la actitud de esta en
particular es algo que se debe tener en cuenta.
Tonya se ríe suavemente.
—Oh, santo cielo, sí. Los trece es una edad terrible. Todas esas
hormonas por ahí sueltas, y en un segundo están gritando, y al siguiente
están llorando, y tanto si lo admiten como si no, algunas veces tan solo
necesitan un abrazo y que les digas que todo va a estar bien.
La auténtica admiración en los ojos de Alejandra es algo conocido
para mí. Siento eso cada vez que observo a mi hermana ser una madre
para su hija.
—Hablando de adolescentes —empiezo—. ¿Dónde está mi chica?
Tonya rueda sus ojos.
—En la cueva que llama habitación. Iré y la traeré. Estará tan feliz
de ver a su tío Jay y encontrar su... —Insegura de cómo llamarla, mira a
Alejandra y se sonroja ligeramente—. Voy a ir y traer a Keera.
Nos sentamos en la mesa de la cocina y bajo la vista a mi mujer.
—¿Estás bien?
No estoy preparado para su sonriente respuesta. Coloca su pequeña
mano en mi rodilla y aprieta.
—Estoy contigo, ¿no?
Mierda.
¿Cómo es que la elevada opinión que esta pequeña mujer tiene de mí
me hace sentir una mejor persona? y ¿qué clase de idiota soy para darle
ese poder?
—Sí, nena —murmuro rudamente sin pestañar.
También podría haberle dicho tan solo que soy suyo.
Su sonrisa se amplía hermosamente, sus labios llenos estirándose
con felicidad.
319
—Entonces, sí, estoy bien.
Maldición.
Mierda.
Soy suyo. Se aseguró de que fuese justo así.
Cuando oigo los pasos corriendo por el vestíbulo, me muevo para
ponerme en pie, colocando mi mano en el hombro de Alejandra para
apoyarme. La cara radiante de una joven mujer aparece en la puerta
abierta, y un ligero chillido se le escapa. Más rápido que una bala a toda
velocidad, Keera está en mis brazos, y la abrazo tan apretadamente como
ella me agarra, balanceándola de un lado para otro.
Se agarra el frente de mi camisa y me sacude, su expresión es una
de burla de enfado.
—Nunca me visitas.
—Trabajo, pequeñina —le explico.
Me sacude algo más, sus grandes ojos marrones, su cabello castaño
ondulado meciéndose mientras lo hace.
—¿Te preocupas más por tu trabajo de lo que lo haces por tu familia,
tío Jay?
Tonya deja salir una profunda y gutural risa entre dientes detrás de
nosotros, y mira alrededor a Keera hacia a Alejandra.
—Nunca subestimes la culpa que una adolescente de dieciséis años
puede provocar en su tío.
Alejandra sonríe abiertamente a la joven mujer. Gentilmente quito
los dedos de Keera de mi camisa y la empuja a mi lado, abrazándola.
—Sabes que te quiero, pero un hombre tiene que arreglárselas para
conseguir dinero.
Keera hace un puchero.
—Tienes un montón de dinero ya. No necesitas más maldito dinero.
—Lenguaje —le advierto con una ceja levantada. Me derrito cuando
ella se sonroja.
No puedo negarlo. Es una buena chica.
—Keke, quiero presentarte a alguien —le digo mientras la empujo
más cerca de Alejandra, que se pone en pie. 320

Keera clava sus ojos en Alejandra cuidadosamente, entonces


especula en voz alta:
—Mama me dijo que trajiste una mujer aquí. Dijo que era bonita. Me
pregunté si era tu novia.
—No es mi novia. Esta es Alejandra —le explico, antes de añadir
cautelosamente, con una mirada vigilante a mi hermana—, mi esposa.
Ambas mujeres se quedan quietas, Keera atascada en un momento
de atónita incredulidad, mientras que mi hermana levanta su mano para
apretar su corazón, con una expresión de desolada confusión cruzando su
rostro.
La voz de Tonya no puede ocultar su dolor.
—Te has casado... —Sus ojos marrones brillan—... ¿y no nos has
invitado?
—Tonya corazón —empiezo, no estoy seguro de lo que puedo hacer o
decir para mejorar el sentimiento de traición.
Keera da un paso atrás, parpadeando hacia mí, sus ojos fríos.
—¿No nos querías allí, tío Jay? —Las palabras son dichas con una
calma engañosa.
—No, eso no es lo que sucedió —les digo a ambas, sin disimular mi
leve molestia.
Mi hermana agita su cabeza, su cara dolida, insegura de lo que
decirme.
Pero Alejandra se aclara la garganta y habla, y cuando lo hace,
miente de un modo encantador:
—De hecho, fue idea mía hacer una boda por el juzgado —dice con
facilidad—. Verán, me casé una vez antes, y ese matrimonio fue... —Se
toma su tiempo, buscando la palabra correcta—. Horrible. Hice una gran
boda la primera vez y fue espantosa y estresante —continúa, colocando su
mano en la mía en una silenciosa muestra de apoyo y después sonríe
hacia mí con arrepentimiento—. No quería que Julius pasase por eso. No
parecía como si esto le atrajese, así que hice una sugerencia. —Le echa un
vistazo a Tonya, después a Keera—. Haríamos un matrimonio en el
juzgado y después vendríamos directo aquí y lo celebraríamos. —Sonríe,
después añade—: Son las primeras personas a las que se lo hemos dicho.
Sabía que Julius querría compartir esto con ustedes, con su familia.
321
La tristeza de Tonya se levantó, pero solo ligeramente, mientras
Keera cruza sus brazos sobre el pecho y mira a Alejandra.
—¿Y qué pasa con tu familia Alejandra?
—Yo soy su familia —mascullo entre dientes apretados al mismo
tiempo que Alejandra declara:
—Julius es mi familia.
Nos detenemos para mirarnos nuestra perfectamente sincronizada
declaración.
Mi hermana, siempre la romántica, suspira ante esto, sonriendo
suavemente ante nosotros dos.
—Bien, míranos, siendo egoístas y todo eso, cuando debería estar
ofreciéndoles mis felicitaciones y la bienvenida a la nueva hermana a la
familia. —Tonya da un paso más cerca de Alejandra y le agarra sus
manos. Alejandra las toma con gentileza, mientras Tonya aclara
amablemente—. No somos muchos de familia, y lo siento por esto, pero
nosotros somos todo lo que tenemos.
—Muchísimas gracias. Estoy feliz de ser parte de ella —trina mi
pequeño gorrión.
Miro de Tonya a Keera.
Ella está confundida y herida.
—Keera —murmura Tonya, frunciendo el ceño a su hija—. Estás
siendo maleducada.
Pero ignorando la advertencia no dicha de su madre, Keera mira a
Alejandra de arriba a abajo.
—Ni siquiera te conozco.
—Llegarás a conocerme —le responde Alejandra sin pestañear, sin
retrocediendo ante una muchacha de dieciséis.
La educada muestra de poder de Alejandra hace que Keera alce las
cejas, casi impresionada. Me mira por el rabillo del ojo.
—Y, ¿te hace feliz?
Levanto mi mano para rascar mi ceja y lucho con una sonrisa.
—Increíble, lo sé.
322
—Oye. —El codo de Alejandra me da en las costillas, y resuello una
larga respiración ante el inesperado movimiento mientras Tonya ríe y los
labios de Keera se tuercen.
Es entonces cuando sé que todo va a estar bien.
No me di cuenta siquiera que estaba buscando consuelo.
No hasta que lo encontré.
37
Alejandra

E
l viaje a casa es tranquilo, y lo agradezco. Después de pasar
tiempo con Tonya y Keera, puse todo mi esfuerzo para que la
joven se acercara a mí. A cambio solo recibí su mirada
estoica. Sin embargo, sí me dio un rayo de esperanza al final de la noche
cuando se puso de pie para abrazar a Julius al despedirse. No esperaba
mucho, por lo que cuando ella me miró de arriba abajo con labios
apretados, me reí un poco sorprendida.
—Bienvenida, fam —masculló.
Y ahora, mientras conducimos en silencio, debo quitarme algo del
pecho, algo que no sé cómo abordar.
Me giro hacia el hombre que protegería con mi vida, y procedo con 323
cuidado.
—Ella es tu hermana, ¿no es así?
Julius me mira un segundo, frunciendo el ceño confundido, antes de
volver su mirada al camino.
—Um, sí. Eso ya te lo dije. —Frunce el ceño, sin comprenderme—.
¿Te sientes bien?
Sacudo la cabeza.
—No Tonya —murmuro suavemente—, hablo de Keera.
Cuando su rostro cambia y sus manos sujetan el volante con fuerza,
añado suavemente:
—Ling me dijo que mataste a tu padre, porque violaba a tu hermana.
Comienzo a creer que Tonya quedó embarazada como fruto de ello. —Pero
me ignora, fingiendo concentrarse en el camino. Parpadeo por su curiosa
reacción—. Está bien, Julius. No es asunto de nadie, y no se lo diré a
nadie. Solo quería que supieras que lo sé, eso es todo.
Cuando me ignora, duele, pero comprendo que esto debe ser algo
doloroso para él, por lo que intento arreglarlo apoyando mi mano en su
muslo y apretarlo, diciendo:
—Oye. Lamento haberlo mencionado. Si quieres hablar de ello, de lo
que sea, aquí estoy.
Pasan cinco minutos, y mientras lo hacen, un caos silencioso se
rompe en mi mente.
¿Qué he hecho?
Y, finalmente, habla. Pero lo hace sin sentimiento.
—Ella lo sabe —murmura con brusquedad—. Se lo dije cuando
cumplió catorce. —Suspira, y es casi como si con el aliento, se hubiera ido
su energía. Se ve tan cansado, tan perdido—. Ella lloró, se llamó un
fenómeno, nos dijo que se sentía sucia. Fue un milagro que saliera tan
perfecta.
Su expresión se relaja mientras piensa en voz alta:
—Recuerdo la epifanía que ella tuvo. Tenía catorce, y no solo había
descubierto que, para todos los usos y propósitos, era una abominación,
sino que además descubrió que su mamá fue violada por su propio papi. 324

Cierro los ojos por la intensidad en sus palabras. Tranquilamente me


pregunto cuánto tiempo lleva guardándose todo esto para sí mismo.
—Oh, bebé —susurro con mi garganta casi cerrada, pesada con
emoción.
—Se merece el mundo, esa chica —admite—. Ambas lo merecen.
—Estoy segura que sí —coincido, y un dolor particularmente pesado
me invade al saber que siempre seré la tercera mujer en la vida de este
hombre. Pero lo acepto y sigo.
—Y juré que se los daría, sin importar el costo.
Ah.
Comienza a tener sentido. He descubierto qué le motiva a hacer lo
que hace y no me sorprende. Ni siquiera un poco.
Me invade la admiración, pero se va tan rápido como llegó, y en su
lugar queda el dolor de la incertidumbre. Yo, también, tenía un guardián
en casa.
Mi corazón se aprieta.
¿Qué ha sucedido con mis hermanos y hermanas?
—Julius —procedo con precaución. Me mira brevemente y mi
corazón duele, mientras ruego—: Realmente me gustaría hablar con mi
hermano. —Vuelve su mirada al camino y me apresuro a añadir—: Solo
una última vez y… y prometo no volver a pedírtelo. —Hundiéndome en mi
asiento, cierro los ojos, y me cubro el rostro con una mano. Hablo entre
mis dedos—. Antes de que me digas que ya no son mi familia, debes saber
que te arriesgas a molestarme, y cuando me molesto… —Quito mis manos
del rostro y entrego mi sutil amenaza—… soy menos que cooperadora.
Desafortunadamente, es la única amenaza que me queda ahora.
Por suerte para mí, el labio de Julius se mueve, y veo sus hombros
sacudirse en una risa silenciosa, y me relajo. Después de un momento de
silencio, bromea conmigo y lo hace con total seriedad.
—No puedo tener una esposa que no coopera ahora, ¿no es cierto?
Asiento y me descubro el rostro.
—Estoy segura que has escuchado el dicho. —Busco su mirada y me
doy cuenta que no conoce el dicho. Me da lástima, y le explico—. Esposa
feliz, vida feliz.
325
Sus hombros se mueven mientras se ríe, y sonrío ante la broma.
Julius extiende su mano y toma la mía, entrelazando nuestros
dedos, luego llevándolos hacia su boca, en donde presiona suaves besos en
mis nudillos. Y entonces mi estómago se llena de olas de ternura.
Apenas lo escucho cuando murmura:
—Pobre hombre. —Otro beso—. Quemándose en el infierno. —Un
beso más corto—. Lo vale todo.
Pero, y esto es lo más importante…
Sí lo escucho.

***

La casa nos recibe con silencio, y mientras paso por delante de él,
Julius me atrapa por la cintura y me acerca a él, su pecho tocando mi
espalda. Se inclina hacia adelante y apoya su mejilla en la mía, y me
acuesto en él, sin importar como araña la delicada piel de mi rostro.
Por un extraño pero emocionante momento, me pregunto si esto es
sentirse normal.
Si lo es, no quiero perder nunca la normalidad que me da Julius.
—Bonita noche —digo tranquilamente en la oscuridad del pasillo.
—Sí —dice contra mi nuca, y el calor de su aliento hace que se me
erice la piel.
¿Cómo se supone que una mujer pudiera pensar teniéndolo a él
cerca? En este momento, no me importa mi seguridad. Me doy la vuelta
entre sus brazos y meto los dedos en sus bolsillos, poniéndome de
puntillas, queriendo desesperadamente que tome mi boca con un beso
profundo, que me mueva el piso.
—¿A la cama?
Entrecierra sus hermosos ojos, y es tan jodidamente sexy que mi
estómago se contrae.
—Mmm —es lo único que responde, su aprobación retumbando
desde su pecho hacia el mío.
No la escucho aparecer.
326
Ling habla suavemente, su voz extraordinariamente tentativa.
—Están de regreso.
Quiero gritarle por interrumpirnos, y planeo hacerlo, pero cuando
me doy la vuelta para hacerlo, lo que veo me lo impide.
Vestida con una bata corta, tipo kimono, sus piernas desnudas, sin
maquillaje, su cabello atado en un moño en lo alto de su cabeza, evita
mirarme cuando habla.
—Tuvimos una entrega esta tarde. Era un sobre. Lo olvidé hasta
hace veinte minutos atrás. No pensé… —Traga con fuerza y se muerde el
interior de su mejilla—. No pensé que fuera importante.
Julius da un paso hacia delante y camina hacia ella; la cautela que
irradia su cuerpo me dice que esta actitud es rara en ella.
—Ling, Ling —dice, receloso—, ¿qué es?
Sosteniendo la bata, ella comienza:
—Solo comencé a verlo cuando ustedes llegaros. Habría llamado,
pero…
¿Verlo?
—¿Es un video? —adivina Julius.
Es tan extraño verla sin sus perfectos labios rojos, su cabello liso, su
pose perfecta. Una parte de mi quiere celebrar el descubrimiento que es
como cualquier mujer, pero es tan alarmante que, en cambio, me da
escalofríos.
Está realmente conmocionada.
—Un video de Gio —confirma. Mi cuerpo se pone rígido. Entonces,
finalmente, me mira, directo a los ojos, pero lo que dice a continuación me
hace desear que no lo hubiera hecho—, y está dirigido a Alejandra.
Mi corazón pasa de latir irregularmente, a hacerlo frenéticamente.
Veo la televisión encendida en la sala de estar e inmediatamente reconozco
la voz de Gio. Sin pensarlo dos veces, mis pies me llevan hasta ahí.
Ling me grita:
—¡No entres ahí! —Seguido por—: Maldición. No dejes que lo vea
Julius. Es malo.
Mis piernas me llevan hasta la puerta abierta. La imagen en la
327
televisión me golpea. Casi no noto cuando Julius pasa a mi lado, control
remoto en mano. Gruño.
—Déjalo encendido.
—Ana, amor, no quieres ver esto. Deja que me encargue de esto —
ofrece razonablemente.
—Cállate —respondo, sin dudarlo.
Moviéndome hacia él, tomo el control remoto de su mano, y él me
deja. Giro el volumen más alto de lo necesario, pero lo necesito. Tengo
tanto miedo de perder un solo momento.
Mis ojos se aguan con el brillo de la pantalla, pero en lugar de
retirarme, me acerco.
Regreso de nuevo al principio del video y veo el horror desplegarse.
Gio entra en la pantalla.
—¿Está encendido esto? Sí. Bueno. —Con un suspiro, se mueve
para sentarse en la silla vacía.
La silla junto a mi hermano atado y ensangrentado.
Miguel se sienta alto, a pesar de que su difícil respiración y su frente
abierta, en carne viva hasta el hueso. No puede hablar debido al trapo
atado alrededor de su boca medio abierta. Sus ojos están más apagados de
lo que los he visto. Apenas puede mantenerlos abiertos.
Gio se arrastra alrededor de la silla.
—Está bien, así que estoy adivinando, ya sabes que esa palabra se
ha extendido. —Su sonrisa es burlona—. Felicitaciones a la feliz pareja—.
Aplaude ligeramente y luego se vuelve hacia mi hermano, despeinando su
cabello juguetonamente—. Este chico, ¿eh? Tienes que amar a este chico.
Tanta fe, tan poco cerebro.
Gio se para entonces, empezando a andar, todos los signos de
humor perdidos. De repente, se detiene y se enfrenta a la cámara, con los
brazos abiertos antes de colocar sus manos en sus caderas.
—¿Qué diablos estabas pensando, Alejandra?
Parpadea hacia la pantalla como si esperara una respuesta.
—Teníamos algo bueno, tú, Dino y yo. Fuiste buena para nosotros.
Quiero decir, luchaste, pero sé que en el fondo te gustó. No nos hiciste
trabajar demasiado duro para ello. Era lo mismo cada vez. Luchabas, te
328
rompías, y luego te sentabas allí, y lo tomabas, como una buena chica.
Estabas tranquila y mansa y jodidamente patética. —Me fulmina con la
mirada—. Exactamente como debería ser una mujer. —Sentándose junto a
mi hermano, se encoge de hombros—. ¿Entonces qué pasó? ¿Qué cambió?
—Asiente como si estuviera comprendiendo—. Bueno, así que estás
embarazada. —Pone los ojos en blanco y se burla—. ¿Qué demonios? —Se
inclina y se coloca los dedos en los labios antes de retirarlos y decir—:
Tengo que entender que este bebé, este mocoso, es mío ahora. Lo afirmo
como mío, y voy por ti y por él. —Sonríe cruelmente—. Tengo que cuidar
de mi familia, después de todo. El muchacho necesitará a su tío. —Mira a
mi hermano rápidamente antes de mirar atrás a la cámara, con los ojos
cerrados—. Uno de ellos, al menos.
Se levanta de su posición sentado, alcanza y quita detrás de él un
gran cuchillo de caza, corriendo suavemente sus dedos contra la afilada
cuchilla.
—¿Qué pensabas, que te dejaría ir como si nada hubiera pasado? —
Se apresura justo antes de golpear la cámara, sus ojos resplandecen y
gruñe con los dientes apretados—. Me quitaste a la única persona que me
entendió. La única puta persona que lo consiguió. Me tuvo. —Se aleja y
corre una mano tranquilamente a través de su corto cabello—. Y mira a
quién me dejaste. —Me lanza una expresión de qué carajo—. ¿Mi
hermanito, Luc? ¿El maldito maricón? Apuesto a que, si bajas sus
pantalones, encontrarás un puto coño donde debería estar su pene. Señor
Violencia Innecesaria. Señor Hacer El Amor Es Genial. Una mirada de
disgusto lo cruza mientras sacude la cabeza—. ¡Qué puta! Te destriparé
por esto.
Sigue y luego parpadea en la cámara como si acabara de tener una
idea mejor.
Gio toma su cuchillo y fotografía.
—Necesitabas ser castigada, Alejandra, y como no estás aquí,
alguien tiene que remplazarte.
Cuando se mueve hacia mi hermano, ya estoy sollozando.
—No —susurro roncamente, mi cuerpo temblando mientras lloro—.
Por favor, no lo hagas.
Pero sé que mis súplicas son inútiles.
Este video solo me muestra lo que ha llegado a pasar. Y en mi
corazón, sé que mi hermano ya está muerto.
329
Gio empuña el cabello de Miguel y tira fuerte, bajando por lo que
están nariz a nariz. Mi hermano se estremece cuando Gio gruñe:
—¿Qué estás haciendo hablando con Falco? —Sacude la cabeza con
fuerza—. No tienes jodidos negocios que hablar con un hombre así,
maldito maricón. —En el último acto de insulto, lo libera un momento,
solo para darle una bofetada en la cara—. Dime qué le mandaste y te
dejaré ir.
Gio tira de la mordaza improvisada y los labios de mi hermano se
encrespan, su respuesta débil y espumosa.
—Vete a la mierda, maldita mierda.
Gio se ríe ásperamente antes de golpearlo. Cuando Miguel gruñe,
Gio chasquea su cuello y se regodea:
—Si lo recuerdo bien, tu hermana dijo lo mismo cuando la até a la
cama de Dino y tomé su apretado culito. —Agarra su entrepierna y la agita
ligeramente—. ¡Oh sí!, ella gritó muy bien, pero apuesto a que le gustó esa
mierda.
En eso, oigo pasos rápidos, y luego algo detrás de mí se rompe.
Julius suelta un rugido animal que me sacude, pero no lo suficiente para
apartar la mirada.
Las lágrimas no se detienen cuando veo a Gio golpear a mi hermano.
Cuando hunde el cuchillo en su pecho, suelto un chillido sollozante y
tropiezo por el choque de lo que acabo de presenciar.
—No, no, no —lloro, todo mi cuerpo débil y tembloroso. Mis ojos se
cierran en suprimido dolor, pero solo por un momento.
A los sonidos del gemido de mi hermano, miro a la pantalla y casi
desearía no haberlo hecho.
Gio, ha empujado la silla de mi hermano al suelo, le apuñala
repetidamente en el estómago y en el pecho con toda su fuerza, y solo
puedo mirar mientras mi hermano parpadea lentamente, lanzando sus
últimas respiraciones.
Ya no lloro. No puedo. La emoción me ha dejado. Todo lo que queda
es un desapego nebuloso.
Estoy entumecida.
Fría. 330

La sangre ruge en mis oídos y apenas parpadeo mientras Gio corta a


mi hermano desde el pecho hasta el estómago, riéndose, y comienza a
remover sus entrañas, destripándolo. Mi hermano tiembla y se sacude
cuando la sangre gotea por la comisura de su boca.
Antes de encontrar la paz, Miguel vuelve la cara hacia la cámara,
cerrando sus ojos en una cansada oscuridad que pronto se convertirá en
permanente, y sibila un gorgoteo:
—Ana... Golpea... Grita... Pelea.
No encuentro consuelo en saber que mi hermano murió orgulloso.
No cuando el recipiente vacío que lo llevaba me mira tan abiertamente,
maldiciéndome silenciosamente hasta las profundidades del infierno.
Gio se levanta de su posición arrodillada sobre mi hermano y limpia
la hoja sobre sus pantalones.
—No quería hacer eso, Alejandra. —Se ríe para sí mismo—. ¿A quién
estoy engañando? —Su rostro ensangrentado sonríe—. Sí, lo hice. Y
realmente lo disfruté. Estoy jodidamente duro.
Mis tripas retroceden al darse cuenta que no es su sangre.
Se mueve para tomar un asiento, pasando por encima de mi
hermano para llegar allí.
—Ahora, ¿qué aprendimos hoy? —Coloca las manos en su regazo,
entrelaza sus dedos y mira, sin pestañear, a la pantalla—. Newton dijo
que, por cada acción, hay una reacción igual y opuesta. —Mira hacia abajo
al cuerpo de mi hermano con las cejas levantadas y sonríe—. Estoy
pensando que tiene razón.
Su sombrío rostro, murmura con calma:
—Tú tomas algo de mí, tomo algo de ti.
Gio se pone de pie y promete:
—Voy por ti, y es mejor que estés lista para mí cuando llegue, nena.
—Agarra la cámara con sus manos. La pantalla se sacude cuando la
coloca a la altura de los ojos—. Iba a esperar, pero creo que será mejor que
te diga las buenas noticias ahora. —Suelta una suave risa—. Mi padre
quiere que nos unamos una vez más. Quiere que nuestras familias lo
intenten de nuevo. Querían que me casara con Veronica, pero resulta, que
Luc la quiere. Oh, luché por lo que quiero. Te va a encantar esto. —Su
sonrisa se oscurece cuando él revela en silencio, tóxico—: Yo recibo a
Rosa. 331

La pantalla se queda en blanco, y con ella, mi mente.


En los últimos cinco minutos he presenciado la ira de un loco, la
muerte de mi hermano y la promesa de convertir a mi hermana de trece
años en una víctima constante de violación, abuso y tortura mental.
¿Qué estaba pensando, que iba a quedarme sentada ociosamente y
dejar que eso sucediera?
Demonios, no.
Decido justo entonces y allí.
Voy a matar a Gio.
Yo misma lo voy a matar.
Un hechizo inesperado de coraje florece desde lo más profundo de mi
estómago. Estaré lista para cuando venga.
Mis pies giran y salgo de la habitación, gritando:
—Llama al Signor. Llámalo ahora mismo. Si mi hermano envió algo,
tiene que ser importante.
Sea lo que sea, por mi propio bien, ruego que sea útil.

332
38
Twitch

B
ogdan Mihailović es un maldito sentimental. También es el
tercero en mi lista de cinco.
Aunque Yugoslavia ya no existe, sin importar el hecho
de que la desintegración del país ocurrió en 1992, Mihailović todavía llama
a su tripulación Los Muchachos Yugo. El grupo serbo americano es
demasiado caótico para ser llamado una empresa, demasiado organizado
para ser llamado una simple pandilla.
Están atrapados en algún punto intermedio. Lo han estado desde
que los conocí.
Conozco algunos hombres de Serbia, y en su mayor parte, son gente
decente, pero este grupo de hombres… están fuera de control. No hacen 333
nada a medias. Comen festines cada maldita noche, también festejan
mucho y beben demasiado. La sobre indulgencia es una especialidad de
las suyas.
Mihailović aún no lo sabe, pero los Muchachos Yugo ya han
terminado. Su tiempo para disolverse ha llegado, y no siento la menor
pena por hacer que eso suceda.
Después de acabar con Neo Metaxas y el pináculo disparo que salvó
la vida de Black, me habían dado más libertad para hacer lo que me
apetezca. No es que necesite permiso.
Siempre fui una persona más de pedir perdón que pedir permiso.
Así que cuando Ethan Black me dijo que ya no necesitaba
permanecer en el interior siempre y cuando usara gafas de sol y ropa que
cubriera mis tatuajes, hice lo que estoy seguro que se esperaba, y me reí
de él.
¿No había aprendido nada sobre mí en nuestro tiempo en sociedad?
Me miró fijamente durante todo un minuto antes de sacudir la
cabeza y alejarse, solo para regresar un momento después y gruñirme para
decidir lo que quería para la cena.
Elegí bistec, y también lo pedí de un lugar decente.
Esperaba una disputa y terminé sorprendido cuando Black enfrió su
temperamento y estuvo de acuerdo. Cuando murmuró algo acerca de
querer masticar un grueso pedazo de carne deliciosa, me mordí la lengua.
Quiero decir, vamos. Lo puso en bandeja de plata. Realmente quise decirle
que no podía masticar el mío, pero no estaba de humor para una guerra de
palabras con el tipo que tenía un palo de un metro metido en el culo.
Llegó la comida y Black pagó al chico de la entrega, dejando las
bolsas de papel marrón de la cena en la cocina. Nos sentamos en silencio,
recogiendo nuestros propios platos antes de probar lo que era uno de los
mejores cortes de carne de mi vida. O era sinceramente increíble, o había
pasado demasiado tiempo desde que había comido una comida decente.
Supuse que era un poco de la columna A, un poco de la columna B.
La costra en el medio de mi mejilla había picado casi
constantemente desde mi primera sesión de eliminación de tatuajes con
láser. La especialista en piel con la que hablé me dijo que debido a que el
tatuaje había sido hecho hace tanto tiempo y ya se había desvanecido un
poco, estaba segura que no necesitaría más de cinco sesiones, pero ella
juzgaría cuán limpia se vería la zona después de cuatro.
334
Ella me aconsejó que después de la sesión, la piel podría hincharse o
ampollarse. No estaba muy contento con eso.
Luego dijo que el área probablemente formaría una costra, picaría y
sangraría. Eso era en cierto modo un asco. Después me recordó a
permanecer fuera del sol, a masajear la zona durante diez minutos al día y
beber mucha agua para mantenerme hidratado. Estaba confundido. Me
trataban como si fuera a tener una amputación o alguna mierda así.
Afortunadamente, solo había estado sujeto a las costras y a la
picazón, nada demasiado serio. Pero aun así, no podía afeitarme y ya
había comenzado a albergar una barba decente, la cual picaba a su vez.
Por el momento, estaba absolutamente irritado.
Cuando levanté mi mano para rascar la zona, Black tosió en
advertencia. Mi mano cayó de nuevo a la mesa, haciendo que mis
cubiertos golpearan fuertemente contra mi plato.
—Es solo por un tiempo —murmuró sin compasión.
Mi labio se curvó ante su tranquilo razonamiento.
—Tengo que hacer esta mierda tal vez cinco veces más. No sabía que
se sentiría así. —Suspiré en voz alta, recogiendo mi tenedor y pinchando
un ajo de judías verdes antes de empujarlo en mi boca, luego balbuceé—:
Quiero afeitarme, maldita sea.
El labio de Black se crispó.
El hijo de puta quería sacarme de casillas.
—¿Qué?
Soltó una carcajada, cortando su exquisito filete y apuñalando un
pedazo luego usando su tenedor para señalarme.
—Estás actuando como una perra.
Me quedé estupefacto.
¿Este maldito saco de arrugas sabía con quién estaba lidiando?
Yo merecía respeto.
Ante mi aturdido silencio, echó la cabeza hacia atrás y rio de alegría.
—Ah, ya sé que no te gustará escuchar esto, pero maldición. No has
dejado de quejarte todo el tiempo que hemos estado aquí. —Se puso serio,
inclinando la cabeza hacia un lado, mirándome con pura frustración—.
Tengo una esposa. Tengo dos hijos y una hija. ¿Crees que preferiría estar
335
aquí con tu asqueroso culo o en casa con ellos? —No respondí, porque si lo
hacía, me dejaría abierto a ser llamado Capitán Obvio. Continuó—: ¿Me
oyes hablando mal de todas las malditas cosas?
No. No lo hacía. Pero no era una comparación justa.
—Puedes ver a tu esposa y a tus hijos en cualquier momento. Toda
mi vida depende de los próximos meses. —Lo sostuve con una mirada
fija—. Has tenido a tu familia por mucho tiempo. Un poco de tiempo lejos
de ellos no puede lastimar. Mierda, podría incluso sentirse como unas
vacaciones para ti. —Jugué con mi comida—. No es lo mismo. —Podría
haber estado enfurruñado, pero no me importaba—. Mi mujer me llora.
Tengo un hijo que no conoce a su padre. Él es mi mundo, y no… —Me
puse de pie rápidamente, interrumpiéndome.
Estaba muy cerca de romper algo, y antes de que ese algo se
convierta en la nariz de Black, me paré, llevando mi plato casi vacío al
fregadero. Dejé el resto de la comida en la basura y luego enjuagué mi
plato, usando el grifo aun corriendo para chapotear un poco de agua fría
en mi cara, cuidando evitar mi herida sanando.
Los ejercicios de respiración que me habían enseñado fueron útiles
en este mismo momento. Cerré los ojos, inhalando profundamente y
exhalando lentamente, contando mentalmente diez repeticiones. Una vez
que terminé, mis hombros se hundieron de alivio.
Esto era un medio para un fin. No duraría para siempre. Tenía que
calmar esta mierda.
Pero no quería calmar esta mierda. Quería pelear con un oponente
digno. Sabía que no ayudaría en nada. La cosa es que, era quien yo era. Y
puede que no me sienta mejor después que la pelea hubiera terminado,
pero mientras estuviera sucediendo, estaría en las putas nubes.
Oí que Black se acercó al fregadero y abrí mi boca para dispararles
algunas palabras tan afiladas como cuchillos, pero cuando me volví, las
palabras se convirtieron en polvo en mi boca.
Mis ojos se clavaron al lugar en el centro de la mesa de comedor.
Detrás de mí, él colocó su plato en el fregadero, deteniéndose solo un
momento para poner una mano en mi hombro, apretando firmemente por
una fracción de segundo antes de subir las escaleras y entrar en su
dormitorio en el primer piso.
La puerta se cerró silenciosamente y, sin sentir mucho de nada, me
dirigí a la mesa, con mis pies descalzos golpeando el frío suelo de baldosas.
336
Me acerqué a la silla que había ocupado a la hora de cenar, me
estiré y las agarré en mi mano, sin atreverme a mirarlas hasta que llegué a
la seguridad de mi habitación, cerré la puerta detrás de mí y encendí la
luz.
La cama me clamaba, así que me senté en silencio, levantando el
pequeño paquete de fotografías hasta el nivel de mis ojos.
Sonreí a la primera foto espontánea.
AJ sentado en un carrito de compra, pareciendo decididamente
avergonzado a medida que arrebataba una barra de chocolate entre los
otros comestibles. Una mujer joven vestida toda de negro con su cabello
negro en un estilizado corte Bob, labios pintados de negro y sus ojos
ahumados divertidos observaba a mi hijo, con sus manos en sus caderas.
No conocía a la chica gótica, pero no podía tener más de veintiún
años.
La siguiente fotografía hizo que mi corazón se saltara un latido.
En el parque, AJ estaba jugando con sus camiones mientras Lexi
yace sobre su estómago sobre la hierba afelpada. Él rueda los camiones
sobre el trasero de Lexi, usando el espectacular trasero de mi nena como
una montaña para que sus tractores se muevan. Se veía un poco más
grueso de lo que recordaba, pero no menos tentador, tal vez más. Atraje la
foto más cerca de mi cara y entrecerré los ojos, pero el rostro sonriente de
Lexi estaba borroso. La decepción me inundó.
Maldita sea.
La siguiente foto hizo que mi garganta se cierre.
Lexi, vestida con un vestido veraniego blanco, su largo cabello
ondulado fluyendo alrededor de ella mientras el viento lo lleva.
Ella se abraza a sí misma, luciendo miserable a medida que apoyaba
su espalda contra el frente de una lápida blanca de mármol, con una sola
margarita metida detrás de su oreja.
Mi lápida de mármol blanco.
Esta mujer, mi todo.
La siguiente imagen fue tomada el mismo día. Lexi se apoya en el
mármol blanco, presionando su mejilla contra ella, con una expresión de
pura nostalgia en su hermoso rostro. La margarita ahora yace a través de
lo que debería ser mi eterno lugar de descanso.
337
Peligrosamente cerca de llorar, pasé a la siguiente imagen y mordí el
interior de mi mejilla cuando me fijé en la imagen de mi sombrío hijo
colocando un puñado de botones de chocolate encima de esa lápida.
Y solo así, me desmoroné.
La primera de las lágrimas cayó, y mi respiración se entrecortó,
resonando en el silencio de la habitación fría y estéril. El lugar donde mi
corazón debería doler incontrolable. Con el pecho pesado, intenté respirar
profundamente mientras apretaba la foto con ambas manos, tan fuerte
que se arrugó y besé la imagen de mi hijo una y otra vez.
Tenía que ir a casa con él.
Con ellos.
Con mi propósito renovado, me recordé a mí mismo que todo lo que
hago, lo hago por la gente que amo.
El fracaso no es una opción.

Dos semanas, tres días después…


Phoenix es más caliente de lo que recuerdo, incluso de noche.
El convoy al estilo militar negro rebota, sacudiendo a todos los
ocupantes del vehículo, mientras viajamos por el desigual camino hacia el
desierto.
Este trabajo va a ser más fácil que los demás, fácil porque Bogdan
Mihailović fue arrestado esta mañana. Eso no significa necesariamente que
va a ser sin ningún esfuerzo. Mi conjetura es que ahora que Mihailović
está encerrado, esta mierda va a ser más apretada. Más apretada, como en
triple seguridad. Eso si su tripulación ya no está en movimiento.
La vigilancia rápidamente llegó a conocer sus hábitos y determinó
que visitaba el mismo café todas las mañanas en su ciudad natal de
Chicago, Illinois. Antes de que tuviera la oportunidad de pedir su
desayuno, los chicos de Black se abalanzaron sobre él. Fue detenido más
que nada por capricho, y ahora estoy rezando en silencio para que la
trinchera esté donde todavía recuerdo que está.
Los niños soldado están en silencio, como de costumbre; la única
diferencia es que esta vez Black rebota su pie de arriba hacia abajo en
notable aprehensión. 338

Mucho está en juego en esta memoria mía.


Por suerte para mí, todavía soy tan afilado como una tachuela.
El conductor navega por las direcciones que le doy, y antes de llegar
allí, mi boca se vuelve seca, y fuerzo una deglución audible. Mi frente está
empapada de la humedad, cierro los ojos con inquietud, pero sé bien que
no debo cuestionarme.
Una hora con cuarenta y cinco minutos después de viaje en el
desierto, el acompañante del conductor abre la escotilla que separa los
navegantes de la carga, y anuncia:
—Señor, nos estamos acercando a una especie de búnker.
Mi exhalación es larga y lenta, y una de puro alivio.
Black me mira y asiente respetuosamente. Inclino mi cabeza en
respuesta.
Estamos en marcha.
Pero esta vez, no estoy jodiendo.
—Necesito un arma —anuncio en el silencio de la cabina.
Todos los soldados se mueven al mismo tiempo, y mis defensas se
elevan. Miro a mí alrededor en todas y cada una de sus manos extendidas,
ofreciéndome sus pistolas sin lugar a dudas.
Si no lo supiera, diría que estos hombres me estaban mostrando
alguna clase de respeto.
Parpadeo hacia Black, desafiándolo a decir algo, cuando me estiro
para tomar una pistola del tipo sentado a mi lado.
—Gracias —murmuro.
—No hay problema —responde el soldado.
Asiento, frunciendo los labios, a medida que suelto un silencioso
gruñido:
—Vamos a golpear algunas cabezas.

339
39
Alejandra

L
as situaciones de la vida tienen una forma de sacarte las
emociones. Particularmente al estirar los momentos tan
delgados que ni siquiera sientes más. Tú solo existes.
Existiendo como un androide, y nada más. Pero en ese estado de
entumecimiento, esas emociones estiradas, tan finas como pueden ser,
aún están muy allí. Sí, allí están. Mi mente recorre esas emociones como
dedos en las cuerdas de un harpa, jalando las cuerdas con marcada
miseria, pena y dolor, tocando una pieza sin nombre que pronto voy a
llamar venganza.
Mis ojos se han puesto tan secos que incluso parpadear se siente
como una tarea. Pero no me atrevo a sollozar, ni una sola lágrima, sin
embargo necesito la liberación. 340
Mi corazón me dice que me endurezca contra el sentimiento de
angustia que siento, hacia la dureza y lo uso.
Lo cual planeo.
Julius entra en la habitación. Sé esto porque escucho sus firmes
pisadas aun cuando él alcanza la cama. Mis ojos se cierran mientras me
inclino sobre el lavamanos, sosteniéndome a mí misma al apretar los lados
del mueble hasta que mis nudillos se vuelven blancos. Respiro
profundamente, intentando lograr encontrar el sentido de lo que necesito
hacer.
Vito Gambino me quiere muerta. Gio quiere el bebé que nunca llevé.
Gio asesinó a Miguel a sangre fría y, en mi opinión, ojo por ojo ha
sido servido. Ya no hay necesidad para que yo muera. Mi hermano tomó
mi lugar. Su vida valía mucho más que la mía.
Julius llega a ponerse de pie en la entrada abierta del baño. Siento
sus ojos en mí, mi pena se derramará fuera de mis ojos, corriendo por mis
mejillas, y con mi furia.
—Nena —dice en una suave y grave tono suyo, y mi estómago se
vuelca con violencia.
—Ellos me rompieron. Él mató a mi hermano y ahora él quiere a mi
hermana, Julius —murmuro con frialdad—. Ella tiene trece años. —Mis
ojos se abren, pero en lugar de mirarlo a él, tomo mi propio reflejo—. Trece.
—Sacudo mi cabeza lentamente—. Él no puede tenerla. No voy a dejar que
la tenga.
—Está bien —declara.
—Ella solo es una niña pequeña.
—Ella lo es —asegura él.
—Él quiere romperla. Hacerle daño. Robar su inocencia. Volverla
oscura como lo hizo conmigo.
Se endereza.
—No va a suceder.
La frustración se acumula en mí cuando yo lo admito:
—Necesito hacer algo. No sé a dónde ir desde aquí. No puedo ni
siquiera pensar en qué hacer, dónde comenzar —mi voz es débil cuando 341
murmuro—, quiero matarlo, pero cómo —pierdo mis palabras. Cuando las
encuentro de nuevo, hablo con resolución—. ¿Cómo planeas un asesinato?
Un largo momento de silencio, luego silenciosamente:
—Ven conmigo.
No es una pregunta, porque él sabe que no necesita preguntar. Por
supuesto que voy a ir con él. Seguiré a Julius a donde sea, ciegamente.
—¿A dónde?
—No muy lejos. —Alcanzando en sus bolsillos, saca las llaves de su
auto, sosteniéndolas con fuerza en su palma.
Necesito pensar, pero estoy demasiado herida. Hacer algo aburrido,
algo que no es interesante, como ir por un paseo, puede ayudar a aclarar
mi mente.
—¿Y cuando regresemos, me ayudarás? ¿Haremos un plan?
Baja su mirada hacia mí, sin moverse, antes de afirmar.
—Tú y yo, nena.
Y son las palabras que necesito escuchar.
Esas palabras son una declaración. Julius va a ayudarme, me va
ayudar a deshacer en mi vida todos los parásitos que son la familia
Gambino.
Vamos a hacerlo juntos, como un equipo. Se avecina una tormenta.
Hay pocos hechos en la vida.
El sol siempre va a salir al amanecer y se va a poner al atardecer.
Nacemos con nada y morimos prácticamente con lo mismo.
Y finalmente, sangramos rojo.
Son hechos que no se discuten, pero yo tengo mis reservas. Me estoy
muriendo por cortar la garganta de Gio Gambino para ver de qué color
sangra el mal.
En este momento, aunque mantengo mis emociones caóticas para
mí misma, mi corazón destrozado necesita a Julius más de lo que él pueda
saber. Así que iremos por un paseo, solo para que pueda mantenerlo cerca
de mí y yo pueda estar donde esté más cómoda.
A su lado. 342

***

Alcanzamos el prístino edificio blanco, y aunque ahora son las


primeras horas de la mañana, las luces están encendidas, y puedo ver
personas moviéndose alrededor a través de las iluminadas ventanas.
Miro hacia Julius mientras él se estaciona en la calle.
—¿Qué es este lugar?
Parpadea hacia mí por un largo momento antes de hablar, y cuando
él lo hace, mi corazón se hunde.
—Recibí un mensaje de Falco mientras estábamos donde Tonya. —
Corriendo la punta de su dedo sobre el cuero del volante del auto, confesó
renuentemente—. Le pedí que llamara a tu hermano, dejarle saber que
estás a salvo. —Mi frío corazón se calienta de alguna manera. Este
hermoso hombre mío—. Falco dijo que Miguel fue a revisar tu casa cuando
te fuiste. Dijo que la caja de seguridad había quedado abierta.
¿Qué?
Julius continuó.
—Me dijo que Miguel le envió algo de lo que él encontró como póliza.
Gio lo había estado vigilando, pensando que tú lo contactarías. Envió los
discos a Falco, cientos de ellos, con fecha y hora.
Estoy de alguna manera desconcertada. La única caja de seguridad
que conozco, la vacié cuando me fui.
Mis cejas se fruncen con incredulidad.
—¿Qué son?
Julius se encoge de hombros lentamente.
—Falco no puede llegar a ellos. Los archivos están revueltos. Él abrió
uno, pero le pedía una contraseña. No escribió nada. Diez segundos
después, frío su computadora. Muerta.
—No entiendo.
—Los archivos están protegidos —dijo cuidadosamente—. Adivino
que lo que sea que tengan es importante.
343
—Está bien —murmuró para mí misma, antes de preguntar—, ¿y
nosotros estamos aquí porque…?
—Braden Kelly. Mafia inglesa. Están en vigilancia en este momento.
—Me envía una mirada conocedora—. Son genios de la computadora.
—Piensas que él puede encontrar lo que son esos archivos. —Déjame
adivinar—. ¿Él te lo debe?
Julius sacude su cabeza.
—No, pero si él accede yo estaré en deuda con él.
Mi pecho arde con la sutil belleza de esas palabras.
Crecí en lo clandestino, y sé lo que significa que un hombre te deba
un favor. Nunca se hace a la ligera y es algo muy importante deberle a
alguien. No ofreces un favor a menos que pienses cumplir, porque si no
cumples, mueres. El problema es que nunca sabes lo que vas a tener que
hacer como resultado para la otra persona. Es preocupante sin embargo,
deberle a alguien incondicionalmente de esa manera.
Mi interior congelado comienza a derretirse, mi sentimiento de
pérdida se mantiene como un recordatorio de lo que he ganado con Julius.
Julius está dispuesto a hacer esto por mí. No es algo que siquiera se
cuestiona, como si fuera algo obvio, como si yo valgo las consecuencias.
La calidez que me consume es reconfortante, y cosas que una vez me
atreví a sentir vinieron adelante, encendiendo la barrera en mi corazón.
Brilló, luego una pequeña llama se encendió, y en instantes, rugió en una
llamarada que los dioses creerían fuera meritoria.
Me estoy enamorando.
Reacia a eso.
Conocer el hecho es algo sorprendente. Después de Dino, nunca me
creí tan estúpida para enamorarme. Sin hablar de un hombre como
Julius.
Pero, aquí estamos.
Ahora, definitivamente no soy lo suficientemente estúpida para creer
que Julius me amaría verdaderamente. Pero sería ciega si no viera la
forma en que me mira. Él quizás nunca me ame completamente, pero le
gusto, mucho, y voy a tomarlo. El amor hace que las personas hagan cosas
impredecibles y tontas. Nuestro matrimonio me va a dejar contenta y
satisfecha. Sí. Me puedo ver cómoda con una pareja donde mi compañero
344
y yo nos sintamos atraídos el uno del otro, deseemos la compañía del otro
y nos hagamos reír. Lo voy a considerar como un bono que no me golpeen
cada segundo del día.
Julius sale del auto y camina alrededor hacia mi puerta, abriéndola
y ayudándome a salir. Midiendo las aguas, pongo toda la presión en mi
talón y estoy más sorprendida cuando todo lo que siento es un débil dolor
que es completamente soportable. Me muevo a tomar su mano, pero él se
aparta. Y, auch, eso duele.
—Jesús. —Suspira ruidosamente al ver mi obvia reacción, metiendo
sus manos en los bolsillos de su pantalón—. No me veas así, Ana. Va a ser
mejor para nosotros que Kelly piense que solo trabajamos juntos.
Tiene razón, por supuesto, así que cuando mueve su cabeza hacia el
edificio y comienza a caminar, yo lo sigo detrás, quedando en una protesta
silenciosa.
El área de recepción está vacía, y las luces blancas y fluorescentes
están brillando contra las paredes blancas inmaculadas que hacen que
mis ojos duelan. Hay una puerta de madera detrás de la recepción que
atrae, y asumo que debemos entrar, pero Julius se mueve a la puerta
blanca que está a la izquierda, presiona su dedo en el botón que está al
lado y espera.
Un parlante que no puedo ver rechina y luego murmura, haciendo
que yo me estremezca con el molesto sonido. Un hombre gruñón pregunta:
—¿Sí, qué desea?
El labio de Julius se levanta de un lado y luego pregunta
ruidosamente, a un micrófono que no es visible:
—¿Está Braden Kelly?
Un crujido y un zumbido.
—¿Quién quiere saber?
—Julius Carter.
Un zumbido y luego una voz medio desorientada anuncia.
—Bueno, que me jodan.
La puerta cruje, luego un fuerte zumbido viene de alguna parte. Un
clic audible suena, y la puerta se abre para revelar a un hombre pelirrojo a
finales de los treinta con una barba pelirroja. Sus ojos son suaves y
345
rodeados de arrugas, le sonríe a Julius, revelando una cegadora sonrisa
blanca.
—Que me jodan, en verdad. —Estirando sus brazos, toma la mano
que Julius aún no le ofrece y la estrecha con rudeza. Tiene un suave
acento que me intriga—. Carter, entra, ¿por favor? Tengo que regresar
antes de que me despidan.
Julius y yo lo seguimos dentro y caminamos rápidamente por el
estrecho pasillo, apresurándonos para alcanzar al hombre que yo asumo
es Braden Kelly.
Julius suena sorprendido.
—¿Tú familia no es dueña de este lugar?
Kelly le envía una sonrisa.
—Oh, sí. Y créeme, ellos usarían cualquier excusa para librarse de
mí. Dicen que soy un maldito lunático. —Mira de Julius hacia mí y
mantiene su paso con facilidad—. Te quitan un ojo con un abridor de
cartas uno a la vez… —Sacude su cabeza y chasquea la lengua
sonoramente —. Sangrientamente.
No puedo evitar la sonrisa que se forma en mis labios. Él es bastante
sorprendente.
Solo porque estos hombres son asesinos a sangre fría, no significa
que no tengan cierto carisma, y Braden Kelly lo tiene.
Nos acercamos a la puerta al final del pasillo, y Braden la lanza
abierta para revelar a otros dos hombres sentados alrededor de una mesa
que se giran a vernos. Uno de ellos se levanta, un hombre alto de cabello
castaño tan largo como para enrollarse detrás de sus orejas. Cuando él ve
a Julius, su mandíbula se aprieta. Y aunque claramente no está feliz de
tenernos aquí, muestra su respeto con un simple asentimiento.
—Carter. ¿Cómo van las cosas?
Julius inclina su cabeza en una forma de estimación.
—Connor.
El hombre que permanece sentado parece que no está ni afectado o
no afectado por nuestra presencia. Él es más pequeño que Braden, más
robusto que Connor, con su largo cabello amarrado a una cola de caballo
en la base de su cuello. Se inclina hacia atrás en su silla, mordiendo una
pluma, pero sus ojos sonríen.
346
—Julius. ¿Qué hace un hombre tan fino como tú visitando a Kelly
tan temprano en la mañana? ¿Deseas que te ensucien tu bonito cabello?
—Braden se ríe—. Oh, Shane, o esos costosos zapatos.
Mis entrañas se hunden con el insulto que ellos están arrojando.
¿Me refiero, ellos están locos?
¿Tienen un deseo de morir?
Connor le sonríe a las locuras de su hermano.
—Más bien, muchacho. —Mueve su mentón hacia mí—. ¿Miren, lo
harían? Él viene presentando regalos. —Me da un guiño y, sin pensarlo
demasiado, camino hacia él, sin detenerme hasta que estamos nariz con
pecho, y canalizo mi Ling interior. Necesito hacer esto, porque estoy
convencida que hombres como estos encuentran la presencia de mujeres
mansas trabajando con Julius como algo sospechoso.
Levanto mi mirada hacia él y sonrío, batiendo mis pestañas en clara
seducción. Él está demasiado atraído para notar mi mano acercándose. Su
grito sorprendido cuando mis dedos toman tu polla lo es todo. Mi sonrisa
permanece mientras aprieto duramente un momento antes de soltarlo. Sin
perder contacto visual, me muevo de regreso a Julius y escucho como
Braden y Shane se ríen, mientras Connor sisea, agarrando su polla a
través de sus pantalones.
Braden empuja con su hombro a Connor.
—Espero que te guste tu regalo con dientes.
Shane añade, riéndose:
—No vas a estar obteniendo simpatía de mí. Sabes mejor que eso,
Connor.
El rostro de Connor se vuelve rojo, pero una sonrisa tiembla en sus
labios. Mantiene sus ojos en mí, y cuando habla, su voz es más amigable
de lo que había sido un momento antes.
—¿Y quién puedes ser tú? —Mantengo mi boca cerrada.
Julius responde por mí:
—Esta es María Gambriella, de Nueva York. Está trabajando
conmigo por un tiempo.
—Italiana —murmura Connor, claramente disgustado. Sacudiendo
su cabeza en una burlona tristeza, él suspira—, pudo haber sido tan
bueno entre nosotros, amor. 347

Con eso, Shane levanta la mirada, luciendo intrigado.


—¿Oh? ¿Qué sucedió con la señorita Ling entonces?
Julius indica diplomáticamente.
—Incluso Ling necesita un descanso de vez en cuando.
Pero Connor frunce el ceño en mi dirección.
—Me pareces familiar.
Mis entrañas comienzan a moverse salvajemente.
Está bien. Él no te conoce, relájate.
Fuerzo a mi ansiedad a calmarse mientras respondo calmadamente:
—No nos hemos conocido. —Miro hacia abajo a su entrepierna y
fuerzo una sonrisa—. Lo recordaría.
La mano de Julius toca mi espalda baja como una advertencia. Y
mis mejillas se vuelven rojas con mi frustración acumulada.
Si mi coqueteo fingido le molesta, él no debió haberme dicho que iba
a ser mejor que estos hombres no supieran que él era mi esposo. Solo
estoy actuando mi papel.
—Así que —comienza Braden—, ¿por qué han venido llamando? No
te hemos visto desde el funeral de nuestro hermano.
Mi boca se abre sin permiso o sin pensarlo.
—Lamento tu perdida.
Todos los ojos están en mí.
Después de un momento, Shane responde con sentimiento:
—Gracias, querida. Tremendamente generosa. —Luego eleva sus
brazos en el aire, estirándose—. Pero el chico se lo buscó, metió su nariz
en algo donde no le concernía, y eso hizo que lo mataran.
Julius responde silenciosamente e inquebrantable.
—Matarlo no era algo que quería hacer.
Y me golpea como una toalla mojada arrojada a mi rostro, conectado
como un duro sonido de una abofeteada.
348
Julius.
Por supuesto.
Juez. Jurado. Ejecutor.
Shane le da a su hermano una mirada matadora.
—Nosotros sabemos. Todos tenemos nuestros lugares en este
mundo. Danny no miró el camino, y se paró en un tráfico que se
avecinaba.
Connor se inclina más cerca hacia mí, parpadeando pensativamente
hacia mi rostro.
—Juro que te he visto antes, querida. Es solo que no puedo
localizarlo.
—No lo has hecho —digo en un tono que no deja lugar a
contemplación.
Braden mira a Julius cuidadosamente.
—Basta de charla. ¿Por qué estás aquí?
Julius da un paso al frente, tomando un asiento en la silla vacía en
frente del escritorio, y yo me muevo a pararme detrás de él.
—¿Puedes descifrar un archivo?
Braden parpadea, claramente no esperando la pregunta.
—Depende de lo que fue usado para encriptarlo en un principio.
—¿Cuánto tardarías? —pregunta Julius, mirándose aburrido,
sonando sus dedos en el brazo de la silla.
Braden se encoge de hombros.
—Si tuviera el archivo…
Julius alcanza en su bolsillo, saca una USB metálica y se la arroja a
Braden.
—¿Cuánto?
Braden Kelly aprieta la USB y sonríe.
—¿Piensas que soy estúpido, Carter? El dinero no significa nada
para mí. La vida de un gitano, lo sabes. Estoy pensando en algo más útil.
—Aun sonriendo, sus ojos se amplían mientras él apunta con un dedo a
349
Julius—. Quiero algo sólido.
Parece que tener a Julius Carter debiéndote algo vale más que todo
el dinero del mundo.
Julius pretende pensarlo por un largo tiempo antes de asentir al
aceptarlo.
—Una marca será. Ahora…
Braden se mueve alrededor del escritorio y se sienta antes de
encender la laptop. Coloca la USB y, sin mucha palabra, sus dedos se
mueven sobre el teclado a un paso rápido. Un minuto pasa y bufa en
sorpresa.
—Quien sea que encriptó esto necesita un sólido golpe en el mentón.
Un niño de cinco años pudo haber hecho un mejor trabajo. —Levanta la
mirada a Julius—. Son archivos de video. Esto no va a tomar mucho
tiempo. Siéntate bien.
Mierda.
Archivos de video.
Oh mierda.
Mis entrañas de aprietan.
¿Pueden ser? Dino nunca hubiera sido tan estúpido. Él no…él no
hubiera…
¿Habría?
Julius parece estar pensando lo mismo que yo, porque su rostro se
vuelve duro y se pone de pie rápidamente, mirando a los hermanos de
Barden.
—Discúlpennos, chicos. Necesitamos un momento a solas.
Shane levanta sus manos entendiendo.
—Vamos, Connor. Tenemos trabajo que hacer.
Mientras Connor se levanta, me mira de arriba abajo.
—Sí, ya voy. —Sale de la habitación, cerrando la puerta detrás de sí.
Braden trabaja sin descanso hasta el final, sonríe, levantando sus
manos en un gesto sagrado a los lados de los laptop.
—Soy un jodido genio, lo soy.
—Lo hiciste —murmura Julius en voz alta. 350

Suena sorprendido.
—Creo que lo hice, mi amigo. Dame un segundo. —Braden escribe
un poco más de repente, el archivo se abre, y aunque no puedo ver la
pantalla, puedo escuchar la conmoción.
Si el rostro de Braden no se hubiera palidecido tanto mientras él
mira el video en completo shock, el sonido de mi llanto audible y los gritos
de dolor en el video me dicen lo que él está viendo.
Debí saber que Dino grabaría lo que él y Gio me hicieron.
Él era, después de todo, un voyerista.
Braden me mira, confusión escrita en todo su rostro, su suave voz
con compasión:
—Muchacha…
Sin advertencia, la puerta se abre y todos nos giramos. Connor está
allí de pie, con una sonrisa orgullosa en su hermoso rostro. Chasquea sus
dedos, y anuncia:
—Sé quién eres.
Trago duro, mi mano hecha un puño a mis costados. Finjo
arrogancia.
—¿Oh si? —reto—. ¿Quién soy?
En un segundo, la sonrisa de Connor me mira con el ceño fruncido.
Desde atrás de su espalda, él levanta su mano y apunta con una pistola a
mi cabeza.
—Una mujer muerta.
Mis ojos se si cierran y mi cuerpo se retuerce con cada disparo que
se escucha.
Un momento pasa, y no siento dolor.
Cuando escucho el quejido agonizante, mis ojos se abren con
incredulidad e impresión.
Julius está de pie al lado de Connor, quien aprieta su herida
sangrante en su hombro, levantando una mano en el aire, un agujero a
través de esta, derramando rojo en el linóleo blanco del suelo. Sus dientes
apretados de dolor, él sisea:
—Tú jodida mula. ¿Tienes idea de quién es esa mujer?
351
—Lo sé —responde Julius en perfecta calma—. Ella es mi esposa.
Braden se levanta lentamente de su silla, su mano elevada en un
gesto apaciguador, sus ojos en el arma que Julius apunta a la cabeza de
su hermano.
Cuando Shane corre por la puerta abierta, él mira hacia abajo al
charco de sangre que es Connor y luego de regreso a Julius, murmurando
un silencioso y estupefacto:
—Jódeme.
Braden suspira con cansancio.
—Que me jodan, en verdad. —Mira a Shane y anuncia—: Mamá se
va a enojar.
40
Julius

A
ileen Kelly es la respetada y apreciada matriarca del clan
Kelly.
Desde el momento en que Redmont “El Carnicero”
Kelly, el último marido de Aileen, recibió su diagnóstico
terminal, mordazmente le informó a sus hijos que no le
entregaría las riendas a ninguno de ellos, porque no estaban preparados
para dirigir. En cambio, Aileen dio un paso al frente y asumió el control sin
problemas. No muchas mujeres tienen semejante poder en estas partes,
pero Aileen probó una y otra vez que ella podía aventajar incluso a los más
expertos de las empresas y llevar la delantera por tanto tiempo como
sintiera necesario.
Es una mujer brutal pero afectiva, en especial cuando se trata de 352
sus hijos.
La había conocido una vez, y eso fue en el juicio de su hijo. Me
sostuvo la mirada con sus ojos osadamente, desafiándome a quitarle a
Danny. Y cuando Daniel Kelly se arrodilló delante de mí, casi ansioso de
aceptar su castigo, apreté el gatillo con mis ojos puestos en ella. Para
mostrarle respeto a la familia Kelly, asistí al funeral. Aileen ni siquiera
parpadeó en mi dirección, no es que la culpara. Estaba de duelo, después
de todo.
Aileen conocía la ley, y la conocía bien. No tuvo razones para
disputarlas cuando su hijo, el más joven de los Kelly, había confesado
abiertamente su crimen. Pero eso no quería decir que tuviera que gustarle.
Por lo que cuando entra hecha una furia en el edificio una hora después,
pasa por alto a sus hijos y viene hacia mí con ojos relampagueante,
siseándome como una gata salvaje a pelear.
Irguiéndose en su metro sesenta y siete con delgado cuerpo, su
cabello rojizo rizado atado en un descuidado moño, y un par nítido de los
ojos más verdes que hayas visto, ella es una fuerza que debe ser tenida en
cuenta. Sus pantalones negros y gran sudadera negra me dicen que ha
venido directamente de la cama, y supongo que una gran parte de su furia
es el resultado de la aterradora sensación que debió haber sentido cuando
su teléfono sonó a las 3 a.m.
Aileen confirma esto cuando camina hacia mí dando largas
zancadas, alzando la mano y apuntándome como forma de advertencia,
mientras habla a través de su denso acento.
—Enviaste a uno de mis chicos a una muerte anticipada, Julius
Carter, y tomarás a otro sobre mi cadáver. Marca mis palabras, chico. —
Alza sus ojos para mirarme, aunque se siente como si me estuviera
mirando debajo de su nariz con repulsión—. No quiero ver nada de eso.
Antes de tener la oportunidad de responder, el timbre suena, y antes
de que alguien tenga la oportunidad de moverse, miro a Braden y advierto
calmadamente:
—Respondería si fuera tú.
Pero Aileen se carcajea, fulminándome con incredulidad.
—¿Crees que das las órdenes, no, muchacho? —Años de fumar han
provocado que arrugas se formen alrededor de su boca. Mira a su hijo, y
avisa apretando el ceño—. Llegas a responder y tendrás que enfrentarte a
mí, pequeño.
353
Entiendo los alardes de jefe. Estoy en su edificio, habiéndole
disparado a su hijo, y ahora estoy sentado aquí con mi arma baja, pero eso
no engaña a nadie. Soy más rápido que cualquiera de estos chuchos.
Respirando hondo, me giro hacia la mujer madura y hablo sin una
pizca de malicia, a pesar de lo difícil que es llevarlo a cabo.
—Tu hijo puso una pistola sobre mi mujer, planeó asesinarla justo
enfrente de mí. ¿Qué habrías hecho, Aileen? Solo hice lo que tuve que
hacer, y como puedes ver… —giro mi barbilla hacia la pared opuesta,
donde Connor está sentado contra la pared, aferrándose el hombre
lastimado mientras hace muecas de dolor. La mano con el agujero en el
centro de su palma está apoyada contra su muslo extendido,
estremeciéndose—, Connor vive. —Fulmino con la mirada al hombre
herido—. Que es más de lo que merece, podría añadir.
Aileen parpadea hacia mí con incredulidad.
—¿De eso se trata todo esto? ¿Una mujer? —Le echa un vistazo a
Alejandra—. ¿Por esta zorra?
Las mejillas de Alejandra arden de un brillante rojo. Abre la boca y
suelta un montón de maldiciones en español que no comprendo
completamente. Y, por Dios, me hace querer elogiarla.
—Esa zorra… —alargo la mano, pistola en mano, usándola para
rascarme el ceño. Mi voz es baja y peligrosa, cuando termino—… es mi
esposa.
El timbre suena una segunda vez, más duradero que la primera vez.
Veo el momento exacto en que pierde su furia. La mira lentamente,
siendo reemplazada por una vergüenza que me habría hecho reír si la
situación fuera diferente.
—Ya veo —es todo lo que responde Aileen.
Mi paciencia se está agotando.
—A menos que quieras que tu hijo muera esta noche, por supuesto,
ignora a la enfermera que espera afuera.
Braden mira a Shane, que sacude la cabeza. Shane es inteligente,
conoce su lugar, y a menos que su madre se lo señale, no harán nada.
Los ojos de Aileen se entrecierran con desconfianza, buscando en mi
354
cara alguna señal de desconfianza. No encuentra nada, y con un discreto
cabeceo hacia Braden, corre por el corredor para encontrarse con Aida.
Nos sentamos en silencio, observándonos entre sí, esperando a la ayuda
que prometí. Pisadas resuenan por el corredor, y cuando Braden regresa
con la mujer baja y redondeada sosteniendo un bolso de lona, sonrío antes
la expresión irritada de Aida.
—¿Qué, no me escucharon tocar el timbre?
No me molesto en ponerme de pie, y sé que Aida entenderá la razón.
No voy a darle mi espalda a ninguno de estos irlandeses bastardos. De
ninguna manera, no hay cómo. Descanso mi mirada en Aileen, dejando
que Aida sepa donde yace la culpa.
—Te escuchamos.
Aida se adentra más en la habitación con un suspiro, apoyando la
bolsa en el escritorio, abriéndolo y quitando equipo médico. Ella ignora
completamente a los Kelly y pregunta:
—¿Qué demonios pasó aquí para que sea disparado?
Alejandra responde fríamente.
—Intentó matarme.
Ahí es cuando Aida se da la vuelta, reconociendo a Ana con una
sonrisa sorprendida.
—Bueno, mírate. —Suelta un resoplido poco impresionado—. Estas
todas limpia y para nada muerta. —Pone sus ojos en blanco en dirección a
Alejandra—. No podría haber predicho este giro de eventos. Oh, espera. —
Hace una pausa, alzando las cejas con falsa sorpresa—. Sí, lo hice.
Alejandra no sonríe, pero sus ojos se arrugan en las comisuras.
Aileen no puede quitar sus ojos de Alejandra. Parpadea
pensativamente.
—Te conozco. Eres de la que todo el mundo está hablando. La chica
de Gambino. —Una sonrisa cruel se extiende por sus labios—. Mataste a
tu esposo.
—No, no lo hice. —Ana responde con demasiada rapidez, sus
mejillas ardiendo.
—Técnicamente —la interrumpo—, Ling lo mató.
Aileen sacude la cabeza, mirando con dureza a Alejandra.
355
—Tu esposo murió hace muy poco tiempo, ¿y ya tomas los votos con
este de aquí? —Inclina su cabeza hacia mí—. ¿No tienes vergüenza, niña?
Aida se endereza ante eso.
—¿Tomar los votos? —Con los ojos bien agrandados, me mira con
sorpresa—. ¿Casados? —Resopla con diversión—. Eso fue rápido, señor
Carter, incluso para usted.
Alejandra se aparta de su lugar, apoyándose contra el escritorio, y
avanza hacia Aileen, cuando la alcanzo para aferrar su muñeca y atraerla
hacia mí, envolviendo un brazo alrededor de sus hombros, a lo largo de su
pecho, sosteniéndola contra mí.
Mi enojo alcanza su punto máximo, pero la calidez del cuerpo de mi
esposa tiene un efecto tranquilizante sobre mí.
—No creo que sea de incumbencia de alguno. —Fijo a Aileen con una
mirada intensa—. En especial no la tuya. —Sin girarme para enfrentarla,
declaro—. Aida, no lo trates. No todavía. —Le echo un vistazo a Braden—.
Vine aquí por ayuda. Un trato fue pactado, y Braden ofreció sus servicios a
cambio de un favor de su elección. En lo que a mí concierne, la vida de
Connor se volvió un castigo cuando apuntó con un arma a mi esposa.
Ahora la elección es tuya, Aileen. —Me detengo por un momento—. Pierde
a otro hijo por mi mano o entrega el favor de Braden a cambio de la vida de
Connor.
Braden suelta un gemido largo y forzado.
—Jodido infierno. —Apunta una mano hacia donde su hermano
lastima se sienta, pareciendo más que exasperado—. Mátalo entonces. ¡Ni
siquiera me agrada tanto!
—Vete a la mierda, estúpido cretino —grita Connor desde el suelo.
Aileen grita.
—Cierra la jodida boca, Brae. —Señala a Connor—. Esa es tu
sangre. No hablarás de esa manera de tu hermano, ¿entiendes? La familia
lo es todo.
Shane cierra los ojos con fuerza y se mueve para cubrirse la boca,
pero nadie se pierde la manera en que sus hombros se sacuden con
silencioso regocijo.
Aileen suspira, alzando la mano para pincharse el puente de la nariz
con molestia.
356
—¿Por qué lo hiciste, Con? —Baja la mano, fulminando a su hijo con
la mirada—. Nunca pensé que harías algo tan estúpido.
Connor hace una mueca mientras se mueve para sentarse más
recto.
—No sabía que estaban casados, má. —Gira su oscura mirada hacia
Alejandra—. Ella tiene una recompensa encima. Pensé en cobrarla.
Una recompensa.
Mierda.
Las personas hacían cosas temerosas por dinero. Esto era algo más
que no necesitaba en mi plato en este momento.
—¿Cómo supiste de esta recompensa?
Connor sonríe, pero se tambalea.
—Un amigo de Gambino, el hermano del que ella asesino. Ha estado
por los alrededores, dejando fotos de ella, esperando a que alguien estará
desesperado para cobrarlo.
—¿Lo estás? —pregunto serenamente—. Desesperado por cobrar, me
refiero.
Connor Kelly intenta encogerse de hombros. Su rostro se vuelve
blanco, y suelta un gruñido de agonía.
—No necesito el dinero, pero allí estaba ella. Lo tomé como una
señal. No puedo ignorar una señal como esa, no cuando cae en tu regazo
tan bellamente.
Alejandra hace la pregunta que se reproduce en mi mente.
—¿Cuánto valgo? —Paso mi pulgar sobre su clavícula, una caricia
suave que dice que me encuentro aquí.
Connor parpadea de manera cansada. La pérdida de sangre está
comenzando a debilitarlo.
—Míralo de esta manera, cariño. Alguien te quiere muchísimo.
La habitación se vuelve solemne ante esa declaración entregada
lánguidamente. Aileen contempla a su hijo herido y expresa su aceptación
con un cabeceo.
—Muy bien, Carter. El favor de Braden por la vida de Connor. —
357
Traga saliva, una expresión de sufrimiento empático haciéndola parecer
mucho mayor que sus años—. Ahora, arréglalo.
Alejandra asiente entonces.
—No le dirás a nadie que estuvimos aquí.
Aileen le frunce el ceño.
—He estado en este mundo mucho más que tú, querida. Conozco
todas las reglas tácitas. De hecho, podría enseñarte una o dos cosas sobre
lealtad.
Pero Alejandra no se acobarda, ni intimida en lo más mínimo.
—Entonces tendré tu palabra si no te importa. —Antes de que Aileen
consiga hacer su voto, Alejandra agrega—: Para que sepas, si rompes tu
palabras, no va a ser Julius de quién tendrás que preocuparte. —Sin una
pizca de emoción, Anna anuncia—: Yo mataré a tu toda tu familia, les
dispararé a todos, si pones a la mía en peligro.
Aileen observa detenidamente a Alejandra, considerando la muy real
amenaza.
—Lo harías, ¿no, muchachita? —Se apoya contra la pared y
responde con voz cansina—: Tienes mi palabra. Ninguno de los Kellys dirá
una palabra. —Mira a sus hijos con intención—. ¿No es cierto, chicos?
Todos murmuran a la vez:
—Sí, mamá.
Aida espera pacientemente, y le hago una señal con un cabeceo.
Cuando se aproxima a Connor, pronuncia las mismas palabras que le dijo
a Alejandra el día que se conocieron.
—Espero que seas fuerte, porque no tolero la idiotez. Especialmente
de la variedad auto —infligida.
No paso por alto la sutil sonrisa que adorna el bello rostro de
Alejandra.

358
41
Ling
No vuelven a casa hasta después del amanecer. Me paro cerca del
mostrador de la cocina tomando sorbos de mi café como si recién me he
despertado luego de que entraran, fingiendo vigilancia. Poco saben que no
he dormido en absoluto.
Me encojo mentalmente a la vista de ellos. Julius lidera el camino,
sosteniendo las pequeñas manos de ella en las suyas y jalando su cansado
cuerpo, teniendo cuidado de no apurarla. La delicada flor. Ella parpadea
adormilada, sus ojos aleteando cerrados a su propio paso.
Se mueven para pasar junto a mí como si ni siquiera estuviera ahí.
Porque para ellos, no lo estoy.
Cuando toso suavemente, Julius se gira hacia mí y bosteza mientras 359
acerca a Alejandra, amoldándola a su costado, donde cierra sus ojos con
una expresión de calma.
—Pensé que estarías durmiendo.
Me golpea. Eso es todo lo que soy ahora.
Un pensamiento de fondo.
El conocimiento me deja pasmada.
Oh, como han cambiado las cosas. Esta pequeña mujer produce una
gran cantidad de poder sobre un hombre que yo creí demasiado inteligente
como para ser tratado de esta manera.
—Oye —comienzo, pero él me corta.
—Espera un segundo —murmura, llevando a Alejandra a su cuarto.
De ellos, debería decir.
Agh. El pensamiento tiene a mis venas chisporroteando con ira.
Regresa luciendo estresado y cansado, pareciendo como la mitad del
hombre que era hace dos semanas.
—¿Qué pasa?
Pienso cuidadosamente sobre lo que estoy a punto de decir. No
quiero sonar necesitada. Solo quiero exponer los hechos. Aclarando mi
garganta, comienzo.
—¿Qué nos pasó, Julius? No me habas. Ni siquiera me ves ya. Las
cosas estaban bien por aquí hasta que ella llegó.
La respuesta que estoy esperando nunca llega. En lugar de decirme
que soy una parte irremplazable de este equipo, su ceño se junta en
confusión.
—¿Qué es esto? ¿Estás renunciando?
¿Yo, renunciar?
¿Si quiera me conoce?
Juego a ganar. Siempre.
—No, no voy a renunciar. Solo esperando que este cambio no sea
uno permanente, eso es todo. Extraño la manera en que solía ser.
Mis preocupaciones son dejadas de lado, se sienta en un banco en el
bar de la cocina y pasa una mano por su cara. 360

—No sé qué está pasando, Ling, y no sé si las cosas serán lo mismo


de nuevo. Pero justo ahora, tenemos cosas más importantes con las que
lidiar. —Suspira—. Alejandra tiene un precio por su cabeza.
“Cosas más importantes con las que lidiar” es lo que él dice. Más
importantes que yo es a lo que se refiere.
—Cierto —digo sin sentirlo—. Entonces, ¿Qué vas a hacer al
respecto?
—Nosotros —pronuncia y levanta su cabeza para descansar su
mirada fatigada en mí—. Qué vamos a hacer al respecto —declara—. No
puedo hacer esto solo, Ling Ling. Necesito tu ayuda.
Estoy perdiendo a mi único amigo, y rompe mi oscuro corazón. Este
no es el Julius de hace cuatro años. Infiernos, este no es el Julius de hace
un mes. No conozco a este tipo, pero el Julius que conozco nunca dejaría a
una mujer manejarlo por las bolas.
Todo lo que puedo hacer ahora es ofrecerle una sonrisa forzada
mientras se desmorona por el estúpido coño de una mujer, y ofrecer un:
—Bien, jefe. ¿Qué vamos a hacer al respecto?
Me enfurezco en completo silencio.
Mírenlo.
Miren lo que ella le está haciendo, a uno de los pocos hombres a los
que he admirado.
Maldita ella. Esto no va a terminar bien.
Ella va a tener lo que merece.
Esta perra va a pagar.

361
42
Alejandra

J
ulius es reservado en el mejor de los días, pero el reciente
cambio en nuestra relación me ha dejado ver un lado diferente
de él. Hoy, ha vuelto de nuevo al viejo Julius, aquel que
mantiene su otra cara oculta de las miradas indiscretas del mundo. Me
está dejando por fuera, y no solo duele; me hace enojar.
¿Cómo se atreve a darme algo tan bonito, algo en lo que me aterraba
meterme, y luego me lo quita a pocos minutos después de empezar a
apreciarlo? Me preocupa que no seré capaz de funcionar en un mundo
donde su indiferencia me corroe como una plaga.
Primero, pensé que todo estaba en mi cabeza, pero a medida que
avanzó el día, se hizo evidente que tal vez su problema estaba en mí.
362
Cuando desperté temprano en la tarde, después de haber pasado el
anochecer hasta el amanecer con los Kelly, mi primer pensamiento fue
encontrar a Julius, envolver mis brazos alrededor de él, para estar cerca
de él. Buscando debajo de las sábanas, mis dedos encontraron los suyos, y
en un movimiento lento pero tierno, envolví mi dedo índice en torno al
suyo, vinculándolo mientras acariciaba su pulgar con el mío.
Con los ojos cerrados, sonreí en la almohada, y mi cuerpo se relajó
ante la comodidad que encontré al despertar junto a este hombre.
Tan pronto como me moví para estar más cerca, Julius salió de la
cama sin decir ni una palabra y se dirigió al baño desnudo, su polla dura
con una erección matutina.
Mi estómago dio un vuelco ante el cambio inusual característico.
¿Había hecho algo malo?
Rodando sobre mi espalda para mirar hacia el techo, pensé en ello
con el ceño fruncido.
No estaba muy segura. La única cosa que vino a mi mente fue mi
flirteo peligroso con Connor Kelly la noche anterior. Pero Julius era una
persona directa. Si hubiera hecho algo que no le gustara, me lo diría.
O por lo menos, pensé que lo haría.
Desde luego, dejó claro que la comunicación iba a jugar un papel
importante en nuestra relación, y no habría lugar para malos entendidos.
Al decir eso, no estaba completamente inconsciente de la situación
actual que nos había reunido. Era estresante, y la única vez que realmente
me sentí a gusto era cuando estaba aquí, sola en la cama con Julius. Era
nuestro tiempo lejos de toda la mierda en mi vida lo que arruinaba el suyo.
Y Julius era mi campeón. Aceptaba todo sin queja. Le debía tanto
que escudé mis emociones rebeldes y puse una tapa sobre ellas.
Todo el mundo tenía derecho a un mal día. Sin duda tenía una cuota
justa en mi vida.
Le permitiría a Julius este día, pero si cuando se despertara a la
mañana siguiente, permanecía retraído, íbamos a tener unas palabras. Y
si tener unas palabras significaba lanzar un florero para forzar una
reacción, haría eso, porque valía la pena luchar por Julius, y lanzar
floreros envía un mensaje sólido. Destrozaría todo el maldito mundo en
pedazos con tal de hacer las cosas bien con él.
Comimos nuestro desayuno tardío en silencio. Mordisqueé mi
363
tostada mientras él devoraba cereal. Leyó el periódico, así que aproveché la
oportunidad para mirarlo descaradamente.
Después de la ducha, se puso unos pantalones de chándal de color
carbón y nada más. Pasó por delante de mí sin siquiera dirigirme una
mirada, y la indiferencia me sorprendió hasta la médula. Ahora vería cosas
que no había visto antes, o mejor aún, fallé en notar. Su hermoso rostro se
veía tenso, con el indicio de una ligera barba por las que ansiaba pasar
mis dedos, y sus labios llenos y besables se extendían muy delgados.
Mi corazón se apretó de tristeza.
Hoy estaba diferente. Se movía de manera diferente, lucía sus
facciones de manera diferente… simplemente era diferente. Era más frío de
lo que había sido el día anterior, incluso parecía desagradable.
Los latidos de mi corazón tartamudearon, y mi esperanza se
desvaneció.
Al parecer, todo el progreso que habíamos hecho había
desaparecido.
¿Se estaba dando cuenta ahora que yo no valía la pena todos los
problemas que provocaba?
Mierda.
Eso era lo que temía más que nada.
Mi plan era mostrarle a Julius lo mucho que apreciaba que tuviera
la esperanza de avivar la llama del deseo que alguna vez sintió por mí. La
vieja Alejandra permitía que la gente pasara por encima de ella. La nueva
Alejandra desgarraría la luna del cielo para proporcionar una luz de
esperanza, e iluminar el camino para su amado.
Y Julius tendría esa luz de luna.
Me preguntaba si sabía el alcance de lo que haría para hacerlo feliz,
de lo que haría para mantenerlo a salvo. Pensé que mi postura era
evidente.
Estaba loca por él.
Esta relación era una calle de dos vías. No esperaba un paseo libre,
ni quería uno. Deseaba ser un miembro activo de nuestro equipo, y le
demostraría mi valor, dada la oportunidad.
Y como esta existencia muchas veces cruel y a menudo apática me
había enseñado, con el fin de obtener resultados, a veces, uno debe
ensuciar su halo. 364

Dejando la tostada a medio comer de nuevo en mi plato, pregunté


cuidadosamente:
—¿Vas a enviar el vídeo a mi padre?
No hizo faltar aclarar de cuál vídeo hablaba. Mi padre tenía que
saber que su hijo y único heredero estaba muerto. Pero en vez de mirarme,
él negó con la cabeza.
—No. Es mejor mantener a tu padre en la oscuridad durante el
mayor tiempo posible.
—¿Cuánto tiempo? —pregunté, incapaz de creer que pudiera desear
que continúe la alianza de mi padre con Gambino, dada la muerte de mi
hermano.
Ante esa pregunta hosca, levantó la vista hacia mí desde el
periódico. Sus ojos se estrecharon muy ligeramente, y murmuró un duro:
—Mientras sea jodidamente necesario. —Me dio una mirada de
reojo—. No es que estás bajo un horario. Todo lo que tienes es tiempo. —
En voz muy baja, murmuró—: Gracias a mí.
Era un insulto, y lo hizo a propósito. El dolor hizo que un rubor
carmesí aparezca en mis mejillas.
Decidí que definitivamente hoy no era un día para desafíos, y por
eso, me mordí la lengua.
Quería decirle que se había metido en este matrimonio no solo de
buen agrado, sino que él me había puesto en una posición en la que, para
salvar mi vida, no me atreví a objetar. Me hubiera gustado recordarle que
Gio era mi problema y que si él no podía manejar la situación, me dejara
ir para así poder hacerlo por mi cuenta. Mi corazón tierno luchó con
mencionar que lo amaba mucho y lamentaba demasiado todas las
dificultades que le había causado por el hecho de estar aquí.
Pero nada bueno resultaría de luchar con mi marido por algo tan
trivial como sentimientos de dolor, no en la situación en la que nos
encontramos. Independientemente de la forma en que me había hablado,
estaba eternamente agradecida por todo lo que había hecho por mí.
La hora de la cena vino y se fue. Comimos juntos la pasta que había
cocinado con el fin de apaciguar a la bestia, la cual él comió rápidamente,
paladeando su tenedor colmado de comida en la boca como si no pudiera
escapar de mí lo suficientemente rápido. Lo observé con nostalgia mientras
365
se retiraba a su oficina, cerrando la puerta detrás de él con un ligero
portazo.
Un suspiro se me escapó cuando me senté en el sofá y levanté su
ordenador portátil para apoyarlo en mis muslos, abriendo la tapa. Julius
me había dado la contraseña el día antes y me dijo que pidiera lo que
necesitara con una de sus muchas tarjetas de crédito. Pasé la noche
comprando ropa y maquillaje en línea, haciendo que sean enviados a la
casilla de correo que también me había proporcionado.
Cuanto más compraba, más en casa me sentía. Mi confusión interna
disminuyó con cada compra adicional.
Julius no iba a hacer nada precipitado, estaba segura de eso.
Infierno, se casó conmigo, me hizo mudar a su casa y dijo que me
abastezca de cosas que quería y necesitaba. Estaba teniendo un mal día,
nada más. No era como si él fuera a echarme de una patada en mi culo.
Me reí sin poder evitarlo, carcajeándome ante mi nerviosismo
infundado.
Con la mirada fija en el navegador web abierto, contemplé hacer algo
muy estúpido, algo que hiciera que Julius se volviera loco si llegara a
enterarse. Pero a medida que pasaban los minutos, la compulsión que me
aferraba solo se puso peor, y supe que iba a hacerlo, al diablo las
consecuencias, si las había. El acceso a mi correo electrónico estaba ahí, el
cursor parpadeando desafiándome a hacer un movimiento.
Un solo clic era suficiente, y cuando mi bandeja de entrada se abrió,
mi corazón latió más rápido. La culpa me hizo mirar hacia los lados en
busca de cualquier signo de acercamiento, pero con Julius escondido en
su oficina y Ling estando Dios sabe dónde, me aferré a mi mala decisión y
seguí adelante.
Hice clic en Redactar, escribí la dirección de correo electrónico de mi
padre, y luego escribí tres palabras antes de presionar enviar.
Estoy a salvo.
Mi corazón me rogó que añadiera mucho más, pequeños detalles sin
importancia, pero mi cerebro lo prohibió. Cerré la sesión tan rápido como
había entrado y luego entré en otro sitio web de diseñador y ordené algo
más de ropa, pretendiendo que mi vida no se caía a pedazos a mí
alrededor.

***
366

Cuando unos dedos ligeros apartaron lentamente los mechones de


cabello de mi frente, mis ojos se abrieron más sorprendidos y jadeé,
saltando a una posición semi sentada desde donde yacía acostada en el
sofá. La única indicación de que estaba dormida es haber sido despertada
bruscamente.
Me desplomo en alivio cuando encuentro a Julius sentado junto a
mí. Su voz es poco más que un susurro.
—Hola.
Tengo la boca seca, y trago con fuerza, parpadeando adormilada.
—Hola.
Han pasado unas largas semanas. Mi mente duele. Mi cuerpo duele.
Mis huesos duelen. Mi maldita alma duele. Estoy agotada en todos los
sentidos de la palabra.
Cuando noto la expresión suave de Julius, mis pensamientos
egoístas se desvanecen en la nada.
—¿Estás bien?
Me mira, y en lugar de responder con palabras, enfoca sus ojos
sombríos sobre en los míos y sacude la cabeza lentamente.
Julius me ha lanzado un salvavidas. Me aferro a él, en el optimismo
que trae.
Deslizándome hacia delante, subo en su regazo, frente a él, y pongo
mis piernas a cada lado de él. Alzo mi mano para acunar su cálida mejilla
sin afeitar con amor, cada vez más cerca para coaccionar sus labios con
los míos. Su boca cálida ni me da la bienvenida ni me rechaza cuando
presiono suaves besos con la boca cerrada sobre su tentadora boca llena.
No responde al toque, pero su ingle me dice que disfruta de mi
atención.
¿Qué te molesta tanto, mi amor? ¿Por qué no hablas conmigo, cariño?
Deja que te ayude.
Mis manos se deslizan por su cuello hasta aferrar sus hombros, y
aprieto, explicando en voz baja:
—Necesito creer que todo va a estar bien. —Sacude su cabeza ante
mi ingenuidad, pero no se mueve—. Adelante. Pregúntame si todo va a 367
estar bien.
Con un ligero suspiro, me niego a mostrarle que ha roto mi espíritu.
Me sostiene, sus dedos acariciando suavemente mi espalda, y pregunta
con cierto sarcasmo:
—¿Todo va a estar bien, Ana?
Parpadeo, lanzándole una mirada que le dice que está loco
claramente.
—¿Cómo diablos voy a saber?
Claramente sorprendido por mi respuesta, baja la cara, apoyando su
frente contra la mía en una muestra de cercanía que silenciosamente me
enorgullece, y se ríe en voz baja. Con su rostro tan cerca del mío, me
agarro a su cuello y lo sostengo inmóvil, mientras susurro:
—Todo va a estar bien. Lo prometo.
Lo digo en serio, no me es posible prometer algo así, porque,
francamente, las circunstancias tienen todas las características de una
situación que va a acabar en tragedia.
Pero Julius no me contradice. En cambio, alimenta la mentira, como
si él se diera cuenta lo mucho que necesito que él me siga el juego.
—Lo sé, nena.
Se estira, agarrando mi barbilla entre su pulgar y dedo índice, y
asalta mi boca con un profundo beso castigador que sabe absolutamente a
desesperación en mis labios, como una despedida.
No me gusta en absoluto.
—Vamos a dar una vuelta —afirma bruscamente.
Me aparto para mirarlo a los ojos, y él estudia mi cara en silencio.
Acercándome unos centímetros, presiono un largo beso suave en su
mejilla sin afeitar y murmuro:
—Por supuesto.
Me alegra la distracción. Solo Dios sabe que Julius necesita un poco.

***

368
Conducimos por un largo tiempo, incluso horas, pero no cuestiono a
Julius en cuanto a dónde vamos. Estoy feliz de que me quiera con él.
Las carreteras están relativamente desiertas, siendo las primeras
horas de la mañana, y eso me gusta. No hay bocinas o luces brillantes
irradiando por las ventanas, con poca gente por completo, libre para
conducir a su propio ritmo. Casi pacífico.
Empiezo a dormitar, solo para ser despertada de golpe cuando el
auto llega a una repentina parada chirriante.
Frunciendo el ceño ante la parada brusca, miro alrededor,
parpadeando adormilada. La carretera oscura y desolada provoca
escalofríos por mi cuello, y la piel de mis brazos estalla en piel de gallina.
Me vuelvo a Julius, que mira fijamente a la carretera frente a él. Nos
quedamos allí un rato con el auto aún en marcha. Cuanto más tiempo nos
sentamos ahí, más rápido late mi corazón.
Justo cuando abro la boca para preguntarle qué estamos esperando,
con la mandíbula tensa, ordena sin emoción:
—Bájate.
¿Qué?
Mi corazón se encoge en sí mismo.
No.
Mi respiración sale más rápida, y la sangre se precipita fuera de mi
cara, dejándome pálida y fría. Esto no puede estar sucediendo.
Sentándome erguida en mi asiento, pregunto en un susurro:
—¿Qué?
Su expresión es increíblemente dura, y se repite a sí mismo:
—Bájate. —No me muevo. No le creo.
Él no quiere decir lo que dice. Sus palabras salen ronca, a medida
que las pronuncia cruelmente:
—Sal del auto, Alejandra.
Todavía estoy durmiendo. Todo esto es un sueño.
Mi cuerpo se pone rígido de la conmoción, parpadeo hacia él,
incapaz de hablar. Pero no necesito hacerlo. Julius habla por los dos, y me
rompe en pedazos. 369

—No pensé lo suficiente en cuanto a lo que significaba ser tu


marido. Nunca antes tuve que lidiar con esta clase de mierda confusa.
Cada día que estás conmigo es un día distraído. No. —Sacude la cabeza—.
Te tienes que ir.
Oh, Dios mío. Él cambió de opinión.
Soy oficialmente una novia devuelta, y él quiere un reembolso
completo.
—Estamos casados —es todo lo que puedo pensar en decir, mi
incredulidad aturdida es evidente—. No soy un perro que puedes devolver
al refugio porque no se ajusta a tu estilo de vida, Julius.
Mírame.
Sigue evitando mi mirada, hablando directo y clínicamente.
—Todavía serás mi esposa, de nombre. Con toda la protección que
viene con eso. Pero he terminado. Tienes que bajarte.
Mírame.
—¿Por qué haces esto? —Mi tono racional disminuye, solo para ser
reemplazado por pura confusión—. ¿Fue algo que hice? —Mi pánico se
eleva a nuevos extremos a medida que dejó escapar un suspiro tembloroso
y trato de razonar con él—. Dijiste que no tenía que temerte. —Mi pánico
se convierte en ira, mientras sollozo—: ¡Que me apuñalarías jodidamente
de frente, Julius!
Mi cuerpo empieza a temblar en el asiento de cuero.
¡No puede hacer esto!
Pero algo me dice que está decidido y no va a cambiar de opinión.
¡Mírame, maldito cobarde!
Sus ojos permanecen en la carretera mientras sacude con la cabeza
ligeramente, cerrando los ojos por un momento. Y pierdo el control.
—¡Mírame, maldita sea! —Mi grito casi estremece las ventanas del
inmenso SUV negro.
Toma una respiración profunda y, finalmente, se vuelve hacia mí.
Sus ojos glaciales, cuando dice entre dientes:
—Sal del auto.
370
—No —le digo, mi comportamiento es de incredulidad.
De ninguna manera me va a sacar de este auto. Tendrá que sacarme
a rastra.
—Sal del auto, Ana. —Su tono es engañosamente calmado.
—¡No! —grito, mi pánico tornándose en miedo.
¿Por qué está pasando esto?
Golpeando el volante con el puño con tanta fuerza que la bocina
resuena en la noche abierta, las venas de su cuello se abultan cuando
ruge:
—¡Sal del puto auto!
Niego con la cabeza fervientemente, observándolo resoplar con
frustración, su labio encrespándose. Mi voz calmada tiembla.
—No. No, no voy a hacerlo. Quiero estar contigo. —Comienzo a
llorar—. Por favor —suplico en un susurro tembloroso—. Por favor, Julius.
No hagas que me vaya. Quiero estar contigo. Solo tú.
Mi miedo se convierte en frío terror cuando él sale del auto,
rodeándolo hasta el lado del pasajero, mi lado. Busco frenéticamente el
mecanismo de bloqueo, pero no puedo ver ni una maldita cosa en la
oscuridad.
La puerta a mi lado se abre un poco, y suelto un jadeo cuando
Julius me alcanza. Lucho para salvarme, agarrando la manija de la puerta
y tirando con fuerza, tratando de cerrar la puerta, pero sus manos se
interponen en el camino. Presa del pánico, grito un roto:
—Dijiste que nunca me dejarías. Dijiste que éramos tú y yo. ¡Tú y yo!
—Las lágrimas vienen fuerte y rápido. Esto realmente está sucediendo. Mi
garganta se cierra de emoción, y digo ahogadamente—: Oh, Dios, por favor
no me dejes, Julius. Te necesito.
Agarra mi brazo y empuja con fuerza, pero me aferro al asiento, y
todo lo que se las arregla para salir del vehículo es uno de mis zapatos. Él
tira de mí, y gruñe:
—Suéltate.
—Eres todo lo que tengo. —Mi corazón continúa corriendo, y mi
visión se torna borrosa cuando grandes lagrimones se arrastran por mis
mejillas. Me aferro a la agarradera que se encuentra por encima de mi 371
cabeza, con un pie en el auto, el otro fuera.
Su brazo rodea mi cintura, y luchamos momentáneamente, los
sonidos de nuestra pelea resonando en la oscuridad. Pero mi pie se desliza
fuera de mi zapato, lanzándome hacia atrás y fuera del auto. Caigo
desvalida sobre la grava a un lado de la carretera con un chirrido muy
poco femenino, mi muslo duele cuando pequeñas piedras irregulares
cortan a través de mis pantalones de yoga negros. Siseo de dolor y trato de
recuperar la compostura, pero es demasiado tarde. Julius da la vuelta y se
aleja como si ni siquiera le importa. Y ahí es donde estoy jodido.
En cierto modo, él lo hizo.
Sin mirar hacia atrás, se mueve hacia el lado del conductor y pone el
auto de nuevo en marcha, cerrando las puertas detrás de él.
Mi mente es un desastre. Estirándome, agarro un puñado de cabello
en desconcierto y cierro los ojos, murmurando:
—Esto no está sucediendo. Estoy soñando. Esto es no está
sucediendo. —Las lágrimas caen por mi cara y mi pecho se torna pesado
cuando lucho para tomar una respiración profunda a través de mis
sollozos desgarradores.
Cuando suena el zumbido de la ventana del pasajero abriéndose,
mis ojos se abren de golpe y una pequeña pizca de esperanza brilla.
Una bolsa de lona negra es arrojada por la ventana, junto con mi
otro zapato.
Julius me mira fijamente sin parpadear, antes de afirmar:
—Eres libre, Ana. Vuela lejos. —Su mirada se oscurece, sus ojos se
entrecierran—. Vuela lejos de aquí.
Mis brazos se envuelven a mí alrededor, y me sostengo con firmeza
bajo el aire fresco. En lugar de suplicar, abro la boca y la angustia me
inunda. Mi voz es pequeña y rota, cuando confieso ronca:
—Te amo.
Pero la ventana ya está cerrándose, cortando mi declaración.
El auto vuelve a la vida, y cuando me levanto para correr hacia él, mi
pie se engancha a una piedra, y suelto un jadeo de dolor, cayendo de
rodillas en el suelo. El SUV se aleja con tal velocidad que la grava sale
disparada a mi lado, y tengo que levantar la mano para proteger mi cara
de los guijarros sueltos siendo arrojados como misiles a medida que las
ruedas giran por un segundo antes de que el SUV sale disparada, 372
chillando por la carretera mientras Julius recupera el control del vehículo.
Un entumecimiento silencioso irradia a través de mí. Fijo la mirada
tras él, todavía en estado de shock. La melancolía pronto le sigue.
Así que, esto acaba de pasar.
Tomando una respiración entrecortada, me pongo de pie, deslizo mis
zapatos en su lugar y me llevo los dedos a mi cabello ahora enredado.
Agarrando la bolsa de lona en una mano, de mala gana comienzo a
moverme, esperando que Julius podría volver, pero sabiendo muy bien que
no lo hará. Lanzo la bolsa de lona por encima del hombro, arrastrando los
pies a lo largo de la carretera, negándome a llorar. Paso una cuadra, luego
la siguiente, y finalmente una tercera, cuando me vuelvo hacia las
brillantes luces intermitentes amarillas y blancas.
Vacante.
Con un suspiro de abatimiento, me tomo un momento para limpiar
las lágrimas que descansan sobre mis mejillas, limpio mi nariz con la
manga y camino hacia el lugar donde todo esto comenzó.
El Sunflower Inn.
Ling
La observo tambalearse hasta el motel de mala muerte y sonrío ante
lo jodida que se ve.
¿No viste venir eso, cierto, perra?
Mi teléfono suena en mi regazo, y contesto sin mirar para ver quién
está llamando.
—Vigílala. —Son las únicas palabras dichas antes que un Julius
brusco cuelgue.
Cuando ella entra al edificio, busco entre mis contactos y marco.
A medida que el teléfono comienza a sonar, me pregunto si valdrá la
pena morir por todo esto.
Apuesto a que tampoco verás venir lo siguiente.
Una enorme sonrisa se posa en mis labios 373
A la mierda.
Si vas a irte, vete con una explosión.
43
Twitch

Nueva York, dos meses de


contrato.

S
abía que Claudio Conti iba a ser una maldición incluso antes
de comenzar a buscarlo. ¿El problema? El idiota era un
millonario, y le encantaba mostrar lo bien que le iba. Tenía
propiedades por todas partes, las cuales estaban en su mayoría aisladas.
Su equipo de seguridad eran ex militares. Todos sabían que estaba casado,
pero nadie conocía a su esposa. No tenía un nombre y rara vez se le veía.
Raramente dejaba entrar personas a su círculo cercano, y la mayoría que 374
lo hacía terminaba muerto. Los extraños eran considerados un peligro,
hombres, mujeres o niños. No confiaba en nadie.
Era difícil rastrear a un hombre que no quería ser encontrado.
La mayoría de las personas tienen a alguien en quien confían,
alguien a quien torturar hasta revelar cada pequeño secreto guardado en
los oscuros rincones de su mente.
Conti tenía solo una persona así, y era absolutamente intocables. Su
nombre era Emil Barone, y mantenía su vida más oculta que una maldita
virgen. Conti tenía solo un cabo suelto, y era Emil.
Donde sea que se viera a Emil, podías estar seguro que Claudio
Conti se encontraría cerca.
Estaba su esposa pero no la conocía, nadie la conocía, y parecía ser
inaccesible. Para todos los intentos y propósitos, la mujer era un
fantasma.
Llegamos a Nueva York hace algunos días. Le pedí a Happy que
contactara a algunos viejos conocidos que pudieran conocer el actual
paradero de Conti, pero nadie le decía nada. Ese era el problema con estar
fuera del radar. Ya nadie te consideraba parte de su mundo, y los
contactos de Happy estaban desapareciendo. Podía llamar a Nox, pero me
dijo directamente que estaba fuera, y no quería llevarle más mierda, no
después de todo lo que había hecho por mí.
Había una persona que deseaba poder llamar, pero no podía.
Julius aún era parte de la clandestinidad. El y Ling eran los malos,
los que iban de pueblo en pueblo haciendo justicia en aquellos quienes lo
habían jodido tanto como para que los mayores tuviesen que llamar a una
pareja tan joven para que se hicieran cargo del trabajo.
Estaba secretamente orgulloso de él. Sabía que lo había pasado mal
después de que me fui. Le habría dicho de no pensar que era necesario
mantenerlo al margen.
Él y Happy eran mis amigos, pero Julius era mi hermano. No había
competencia en eso. Haría todo lo que estuviera en mi poder para
protegerlo. Su reacción ante mi muerte debía ser genuina.
Apestaba no poder contactarlo. Si alguien podía adivinar dónde
estaba Conti, ese era Julius. Hacer que Happy lo llamara para preguntarle
sobre Conti levantaría muchas sospechas.
375
Parte de mi creyó que estaría aquí en Nueva York. Es en donde están
la mayoría de sus propiedades, sin mencionar su lugar de trabajo. No
dudaba que tenía más de lo que yo conocía.
Conti era alguien de la vieja escuela. Los Conti tomaban dinero de
pequeñas empresas, y a cambio les ofrecían protección. Eso no significaba
que fueran a protegerlos en absoluto: Significaba simplemente que estaría
protegidos de ellos, Los Conti, por un tiempo.
La extorsión era una forma de vida para ellos, pero con la aparición
de las grandes empresas, la mafia poco tenía que hacer. No había “niños
pequeños” a los que extorsionar, lo que significa menos dinero.
Conti había contratado armas y asesinos. El hombre odiaba las
drogas. No quería nada que ver con ellas. Aunque traían dinero. No
importaba al final, porque las dos formas de trabajo en las que él estaba
eran demandadas, lo que significaba que Conti lo hacía bastante bien.
De alguna manera era alguien preciado. Se abrumaba fácilmente. Ni
siquiera mantenía su propia agenda, necesitaba que alguien lo hiciera por
él. Y Emil era esa persona.
Black me preguntó si estaba dentro de nuestros intereses hackear el
teléfono de Emil Barone. Le dije que no importaría, pero no era tan tonto
como para pensar que un hombre como Conti dejaría su agenda tan
disponible. No, este hombre la llevaba en lápiz y papel, y después de un
tiempo, los quemaba.
No eran estúpidos. Lo sabían mejor que eso. No debían dejar rastros.
Ahora, haciendo vigilancia por cuatro días seguidos, nos quedamos
frente a un lugar que se dice que Conti frecuenta. Un lugar llamado
Corazones Sangrantes. Es viernes por la noche, y me siento con suerte.
Black no estaba contento con mi falta de conocimiento sobre este
tipo.
Le dije que se fuera a la mierda. ¿Qué? ¿El idiota creía que estaba
escondiendo algo? Si tuviese algo, créeme, lo estaría usando para
encontrar a Claudio.
Mientras nos sentamos en las mesas bajo la luz del café, perdiendo
nuestro tiempo y tomando nuestra tercera taza de café, Black y yo
miramos cuidadosamente a través de la ventana. Aunque no puedes ver
hacia adentro por las luces neón, tienes una perfecta vista de lo que
sucede ahora. Este lugar fue bien elegido. Black saca sus binoculares y
mira hacia fuera.
376
Las horas pasan, y la fila de Corazones Sangrantes es larguísima. Y
no pasa nada.
Black suspira.
—Estamos aquí nada más que por un capricho.
—Sí —respondo, porque apesta.
Black me golpea suavemente el hombro, se levanta y dice:
—Esto es una pérdida de tiempo. Vamos. Nos vamos de aquí.
Salimos del café y me arreglo el abrigo. Luego de otra sesión para
remover el tatuaje, ahora logro cubrirlo con una bandita. Paso la mano por
mi barba que muero por afeitar.
Algo hace que me gire. Mirando distraídamente hacia el club, me
detengo en seco.
El maldito Emil Barone.
Sale de Corazones Sangrantes cerca de una cara familiar, hablando
animadamente con un hombre que solía conocer.
Sasha Leokov.
Un buen hombre, ese es Sasha. Es ruso. Con estilo. No habla
mucho. Solía trabajar para una firma llamada Chaos. Solo hablé con él un
par de veces en el trabajo, pero por como se ve, está enfadado. Y mi
curiosidad estalla.
Black nota que estoy quieto y se gira para mirar al hombre.
Bajo su aliento, susurra:
—Te tenemos.
Sasha siempre fue genial y calmado, que mi cabeza me dice que
haría falta mucho para que un hombre tan compuesto emocionalmente se
enfade.
¿Qué le está diciendo Emil para hacerlo enojar tanto?
Entonces, cuando Sasha deja su sermón y deja a Emil fuera del
club, pregunto:
—Black, ¿de quién es ese club?
Deja salir un largo suspiro, su ceño fruncido.
—Alguien llamado Leokov. Reservado. Bajo perfil. Paga sus
impuestos. 377

Por supuesto que lo hace.


Me rio, manteniendo la vista en Emil.
—¿Sabes quién es el amigo más cercano de Leokov? —Black se
encoge de hombros y me da una mirada de “esto me importa una mierda”.
Haré que le importe una mierda. Esto es jodidamente importante.
Emil maldice, negando con la cabeza, luego mete sus manos en sus
pantalones antes de dirigirse calle abajo.
Black lo sigue con vista de águila.
—Sigue al conejo blanco.
Cuando otro hombre se acerca a Emil, dejo salir en voz baja:
—Bueno, mátame. —Hago una mueca y me acerco al hombre junto a
mí—. ¿Estás seguro que no quieres saber quién es la mano derecha de
Leokov?
Black, sabiendo cuando ha metido la pata, niega con la cabeza.
—Supongo que no importaría después de todo.
Mientras Emil mira alrededor, bajo mi rostro.
—Viktor Nikulin. Sabes quién es, ¿cierto? —digo.
La respuesta de Black llega en forma de un asentimiento silencioso.
Emil Barone sigue caminando mientras Maxim Nikulin sale de las
sombras para unírsele. Caminan a la par sin dirigirse una palabra.
Cuando ambos se suben a un caro automóvil deportivo y encienden el
motor, entro en pánico.
—Mierda. Black, síguelos. —Me dirijo hacia el sedán blanco,
abriendo de golpe la puerta del pasajero y gritando—. ¡Vamos a perderlos!
Black entra, enciende el motor y nos vamos, siguiéndolos tan de
lejos que ninguno de los dos se daría cuenta.
Esta puede ser mi noche de suerte.
Si los números cuatro y cinco de mi lista trabajan juntos, no solo
mataría dos pájaros de un tiro.
Haría colapsar una maldita montaña sobre sus cabezas.
—Los estás perdiendo —gruño, y Black me muestra el dedo de en
medio. Dejo salir un gruñido—. Acércate. Los estás perdiendo. 378

—No los estoy perdiendo —dice Black con confianza, pero yo lo veo
diferente.
—Sí, los estás perdiendo.
—No.
Mi temperamento estalla.
—Sí, maldita sea, sí.
Black me mira antes de volver a mirar el camino.
—Créeme, Falco. No los estoy perdiendo. —Se detiene un momento,
antes de continuar tranquilamente—. Sé hacia donde van.
¿Ah?
—Así que —empiezo cuidadosamente, sin saber cómo interpretar el
tono de Black—, ¿hacia dónde se dirigen?
Desde lejos, observamos el automóvil dirigirse a una propiedad que
parece cara. Todo el lugar grita riqueza. Grande e intimidante, un lugar
donde me gustaría vivir.
—¿Quién vive aquí?
Ethan Black apunto la propiedad con el mentón.
—Esa es la casa de Evander MacDiarmid. Originario de Glasgow,
emigro con su padre cuando era adolescente. Comenzaron una pandilla,
Tierras de Acero. Sus crímenes eran Leyenda. Se volvieron serios, y se
volvieron una de las mayores firmas de Nueva York. —Black me mira con
una expresión sombría—. Necesitamos retirarnos. Ya sabemos dónde está
este lugar, pero MacDiarmid no está en la lista. No puedo hacer esto solo
porque uno de tus hombres y su perro faldero están ahí.
Lo sé, y eso me carcome por dentro. Inclinándome en el respaldo,
miro el techo del automóvil y aprieto mis manos en puños.
—¿Qué sugieres que hagamos?
—Esperamos —responde—. Sabemos que ambos están aquí. Pondré
una alerta de pasaporte en Conti, pero ambos sabemos que no lo
necesitará, ya que viaja en privado. Seguiremos a Emil donde quiera que
vaya y le dejaremos hombres cerca. Podemos ponernos al día con ellos en
otro momento. No pasara esta noche, Twitch. —Siento su mirada en mí—.
Lo siento. Sé que quieres que esto se termine.
379
—No, haremos esto bien. Otra semana no me matará —le digo,
gruñendo.
Black suspira, aliviado.
—Eso está bien. Además, no me gustaría molestar a la esposa de
MacDiarmid.
Mi ceño se frunce ante ese comentario, pero pesco el anzuelo.
—¿Por qué? ¿Quién es?
A la luz de la luna, una pequeña sonrisa aparece en los labios de
Black.
—Tu hermana, Manda.
La sorpresa me hace enderezarme.
Bueno, golpea mi trasero y llámame perra.
44
Alejandra

¿E
n qué momento renuncias a la vida?
Ya he sobrevivido tanto. Perdiendo a mi madre a
las once. Dada a un abusivo marido a los dieciocho
años. Casada y rechazada por otro a los veinticuatro.
La parte más difícil de perder a alguien no es el adiós, sino aprender
a vivir sin lo que proporcionan, y constantemente tratar de llenar el vacío
que dejan atrás cuando se van.
Ni siquiera estoy enfadada con Julius.
Realmente no. Solo herida.
Pero intentaré apartar la herida abierta que causó. Cuando el 380
pensamiento pasa, mi pecho se aprieta insoportablemente, y otro ataque
de lágrimas se apodera de mí, inmovilizándome.
Tan pronto como entré en el área de recepción de The Sunflower Inn,
un joven sentado detrás del mostrador se levantó de su asiento y se
precipitó hacia mí, envolviéndome en sus brazos en el mismo momento en
que perdí el uso de mis piernas.
—Paw Paw —gritó el adolescente mientras me abrazaba, bajándome
al suelo para sentarme y luego retrocedió.
Debo haber tenido un aspecto extraño, porque cuando levanté la
mano para decirle que no necesitaba ayuda, sus ojos se abrieron de par en
par y soltó una baja maldición. Fue entonces cuando Duane apareció de
atrás.
Él me miró y sus hombros cayeron, una mirada de tristeza cruzando
su desgastado rostro. Vino a arrodillarse a mi lado, tomando mi fría y
sucia mano en la suya, acariciándola en una acción paternal que tenía
una repentina oleada de emoción que me invadía. Labios temblorosos,
levanté mi mano libre para cubrir mis ojos y luego giré mi cabeza hacia un
lado mientras otro torrente de lágrimas se me escapaba. Y cuando lloré,
esta vez, la parte de mí que era racional y me mantuvo unida se liberó y
fue arrastrada mientras la inundación de agua salada rayaba mi cara,
goteando de mi barbilla.
Duane me apretó la mano.
—Estaba preocupado por usted, señorita Ana. El estado de tu
habitación... y tú no estabas allí... bueno, Jimmy y yo pensamos lo peor. —
Le eché un vistazo a través de mis dedos y los ojos de Duane se abrieron
de par en par mientras susurraba dramáticamente—: Pensábamos que
estabas muerta.
No pude evitarlo.
Duane pensó que habló en voz baja.
No lo hizo.
Un breve momento de risa me escapó cuando le expliqué:
—Lo siento por la habitación. Cualquier daño, lo pagaré.
Un pensamiento me cruzó, y retiré a regañadientes mi temblorosa
mano de la suya, buscando mi mochila. Al desabrocharla, busqué dentro,
sacando un fajo de efectivo que había tomado originalmente de mi casa
con Dino y se lo entregué.
381
Miró hacia abajo el paquete en su mano y parpadeó en estado de
shock.
—No puedo tomar esto, señorita Ana.
Con un leve suspiro, agarré su muñeca y le dije:
—No necesito ese dinero, Duane. Arregla la habitación y...
Me quedé callada.
—¿Y tal vez me prestas otra por esta noche?
Su aturdida incredulidad se convirtió en ira.
—Maldición, chica. Por supuesto que puede tener una habitación. —
Se puso de pie, se aferró al dinero y mi estómago se relajó en alivio. Metió
el joven a su lado y me dijo—: Este es Wyatt, el chico de Jimmy. Wyatt,
ésta es Ana. —Clavó a su nieto con una mirada fulminante—. Necesita
nuestra ayuda.
Los ojos de Wyatt recorrieron mi cuerpo, pero no sexualmente. Su
mandíbula rígida, parecía enojado por mi estado. Con un solo gesto de
asentimiento, Duane levantó la mano para alborotar su cabello.
—Buen hombre.
El joven se adelantó y me tendió la mano. Lo miré un momento
antes de tomarla, y me ayudó a levantarme, envolviendo un brazo
alrededor de mí en apoyo. Duane fue detrás del mostrador y sacó un juego
de llaves de la pared, arrojándolos a Wyatt, y los atrapó sin siquiera mirar.
Lo siguiente que supe, estaba siendo escoltada a la habitación más
cercana a la recepción.
Wyatt abrió la puerta y me ayudó a sentarme en la cama.
—Señora, ¿hay alguien a quien llamar?
Sacudí la cabeza lentamente y susurré:
—No tengo a nadie.
Y no tenía.
Ya no.
Se quedó mirándome, con los ojos muy duros.
—No hay hombre que tenga derecho a poner las manos sobre una
mujer.
382
Estuve de acuerdo con él.
—Sí.
Cuando Wyatt se agachó delante de mí, vi tanto de su padre y
abuelo en él que sentí que conocía mejor a esta familia que a mí misma.
—¿Necesitas algo? Estaré feliz de conseguírselo —preguntó.
Una sonrisa reluctante extendió mis labios, y bajé la barbilla. Mis
ojos ya no llorando, finalmente vi mi estado. Mis pantalones rasgados y la
blusa con manchas de suciedad se burlaban de mí.
—Necesito ropa. —Mi leve sonrisa se intensificó—. Pero yo no te
torturaría enviándote a buscarlas para mí.
Se puso de pie, con palabras firmes.
—¿Qué talla tienes?
Y en silencio sabía que tenía que hacer esto por mí. Le eché un
vistazo.
—Un pequeño cero.
Al salir, justo cuando estaba a punto de decirle que sacara algo de
dinero de la mochila, se dio la vuelta y caminó hacia atrás, alcanzando su
bolsillo y sacando un fajo de efectivo que estaba segura que Duane le
había deslizado.
Se paró en el marco de la puerta y ordenó:
—No abras la puerta a nadie.
Este adolescente que mostró la fuerza de un hombre me hizo sonreír
de nuevo.
—Bueno.
Wyatt miró al suelo, con el ceño fruncido en su rostro mientras
luchaba internamente consigo mismo.
—Creo que deberíamos tener una contraseña, señora. Para cuando
vuelva.
—Claro —dije en un tono apaciguador.
Se quedó derecho y me miró a los ojos.
—Llamaré dos veces y diré que tengo una entrega para la señorita
Zero 383

—Eso estará bien, Wyatt —concedí. Después de todo, solo estaba


tratando de ayudarme.
Extendiendo la mano para cerrar la puerta detrás de él, metió su
cabeza.
—Paw Paw... quiero decir, Duane quiere una palabra.
Estaba esperando mi aprobación. Tan lindo.
Incliné mi cabeza en silencioso permiso, y Duane abrió la puerta,
entrando, sosteniendo un paquete de ropa plegada. Parecía un poco
incómodo con su ofrenda, golpeándolo en la cama y declarando:
—Pensé que necesitarías algo para dormir, cariño. Estas son de
Wyatt. Es más delgado que Jimmy y yo, que, por cierto, está satisfecho de
saber que estás respirando.
Mi sonrisa era genuina, más aún cuando atrapé su ligero sonrojo.
—Muchas gracias, Duane. Has sido muy amable.
Ya estaba fuera, claramente alborotado por los elogios. Con un
abrazo, se volvió para salir.
—No pienses en ello. Ahora, cierra detrás de mí. No queremos que
los malos vuelvan a buscarte de nuevo.
Me dirigí hacia la puerta, de pie con la mano apoyada en el
encargarse de.
—Gracias de nuevo, Duane. —Cerré La puerta a medio camino,
mirándolo a los ojos—. Pero la gente que me consiguió la última vez fueron
los buenos.
La expresión de su rostro mientras cerraba la puerta le decía todo.
Estaba seguro que dejé a Duane preguntándose qué harían los
malos una vez que me agarraran, si los buenos eran los que habían
causado tanto daño.

***

Transcurre una hora y Wyatt aún no ha regresado de la tienda.


Aunque no importa. La ropa que Duane me trajo bastará para la
noche. Me acuesto en la cama rígida pero limpia, usando una de las 384
camisas a cuadros de algodón suave de Wyatt y nada más.
Los pantalones de yoga que llevaba solo hace horas estaban ahora
llenos de agujeros. Mi camisa tenía botones arrancado. Lo único que podía
reutilizar era el sujetador y las bragas, que lavé en el fregadero con
champú y colgué sobre la barra de cortina de la ducha para secar.
Antes de ducharme, encendí la luz del baño, y mis pies me llevaron a
de pie frente al espejo pesa sobre la tocador.
Me quedé impactada por mi reflejo.
No solo mi rostro estaba cubierto de tierra y barro de mis lágrimas,
sino que la comisura de mi boca se había partido, sangrando hasta mi
barbilla. Definitivamente parecía peor de lo que imaginaba, y la ducha
estaba llamando mi nombre.
Me sentía mugrienta con el polvo fino del camino de grava que
cubría mi cabello y pequeños guijarros escondidos entre mi ropa.
El agua estaba ardiendo cuando pisé bajo el rocío, pero necesitaba
que lo estuviera. Necesitaba sentirme limpia en la forma que solo el agua
caliente podría proporcionar. Los rasguños y cortes en mis piernas
palpitaron, al igual que la fractura en mi labio, pero después de terminar,
la ducha había demostrado ser una forma de terapia. Me sentí mejor con
toda esta situación.
Mi objetivo casi imposible es encontrar a Gio y asesinar al hijo de
puta a sangre fría. No sé cuánto tiempo tomará, pero sea lo que sea, lo es.
Cuando mi vida esté libre de equipaje, encontraré a Julius y le mostraré
que ya no soy mujer para depender de un hombre, que no lo necesito sino
que lo quiero. Que mi corazón le pertenece no importa cuáles sean sus
opciones.
Seré leal, hasta la muerte. En este momento, la lealtad es todo lo
que tengo que dar.
Ahora, mientras estoy acostada aquí, contemplando los misterios de
la vida, suena un golpe en la puerta. Y dejo de respirar.
Otro golpe. Pero aun así, no me levanto.
Cuando suena la voz, mi corazón salta.
Definitivamente no es Wyatt.
—Jesús. Vamos, Alejandra. Te vi entrar —acusa la ronca voz
femenina—. Déjame entrar. Hace un frío de mierda. 385

Me muevo para deslizarme fuera de la cama, pero paró, sentada en


el borde.
Su tono más duro, sisea:
—Si tengo que protegerte como un maldito halcón, voy a hacerlo con
comodidad, perra. Ahora déjame entrar.
¿Cuidarme?
Bueno, eso tiene mi atención. ¿Podría ser que Julius la envió a
vigilarme?
No soy lo suficientemente valiente como para esperar. Pero me atrevo
a moverme hacia la puerta.
—¿Qué quieres, Ling? —grito mientras me pongo de pie.
Deja escapar un gruñido.
—Acabo de decirte. Mierda. Déjame entrar, ¿quieres?
Sé que es una decisión estúpida, y balanceo los ojos mientras lo
hago, pero desbloqueo la puerta y la abro.
El ataque que espero nunca llega.
Camina dentro sin echarme una mirada, frotándose los brazos y
luego respirando sus manos para calentarla. Gruñe por la molestia.
—¿Está mucho más caliente aquí, y quiere que pase la noche en el
maldito auto? No lo creo, jefe.
Eso confirma mi sospecha inicial. Julius la envió.
Y mi corazón se eleva.
Sabía que estaba actuando extraño, fuera de carácter, y es por eso.
Él nunca quiso dejarme.
—Ling —bufo en irritación—. No puedes quedarte aquí. Necesitas
irte.
Entonces se vuelve para mirarme. Y me sorprende su reacción.
Su cara se suaviza cuando ella me toma, mirándome de arriba abajo
con un movimiento de cabeza.
—Oh, Ana. —Se mueve hacia mí, pero la historia me ha dicho que no
confíe en esta mujer, no totalmente, de todos modos, y doy un paso atrás,
386
lejos de ella.
Sin inmutarse, me lanza una mirada de absoluta simpatía.
—Estás sangrando —me dice.
Por una vez, sus tacones altos no hacen clic, amortiguados por la
suave alfombra mientras se acerca a mí. No me muevo de mi lugar.
Cuando llega a mí, me alcanza, y trato de no vacilar. Pero la bofetada que
creo que está a punto de lanzar nunca cae en mi mejilla. En lugar de eso,
la toma suavemente, pasando su pulgar por la esquina de mi boca donde
estoy herida.
Ella sostiene su pulgar para mostrarme la pequeña mancha de
sangre allí entonces lentamente lo trae a su boca rellena de labios rojos.
Su lengua rosada sale y lava la almohadilla de su pulgar, y mi corazón
empieza a correr. Estoy incómoda con la sensualidad de Ling, ha sido así
desde el principio.
Con la cara baja, se mete el pulgar en la boca y succiona un
momento antes de dejar caer su brazo a su lado. Entonces ella habla:
—¿Te acuerdas de lo que te dije después del club esa noche? ¿Qué
haría si te llevas a Julius?
Pienso duro, intentando desesperadamente recordar su frase.
“...si me lo quitas, lo que ocurra como consecuencia de eso será tu
culpa, no la mía”.
Después de un largo momento, asiento, porque ya no suena como
una amenaza. Ahora, suena como arrepentimiento.
Dando un paso más, me mira a los ojos.
—Lo siento. —Cuando busco su expresión, todo lo que veo es
remordimiento genuino.
Abro la boca para responder, para decirle que está bien, que de
ahora en adelante, nos toleraremos por el bien de Julius. Pero me aturde.
Alzando la mano, se aferra a mis codos, agarrándolos apretados en
silenciosa disculpa, luego se inclina hacia delante para colocar sus labios
en la esquina de la mía, besándome allí. Todavía, no sé qué hacer. Lo
último que quiero es ofenderla. Una Ling ofendida podría terminar mi vida.
Un segundo pasa y ella retrocede lo suficiente para descansar su frente
contra mi sien.
—Lo siento, Ana.
387
Este lo siento es diferente. Más frío de alguna manera.
Y cuando levanta la cabeza y vuelve a hablar, mi corazón
tartamudea. Con los ojos glaciales, dice:
—Pero tú trajiste esto.
Girando sobre sus talones, se aleja de la habitación del motel,
dejando la puerta abierta.
La brisa de la tarde es fresca y, como pasa sobre mí, me enfría hasta
el hueso.
Envuelvo mis brazos alrededor de mí, corro hacia la puerta,
agarrando el mango y moviéndome para cerrarlo, pero nunca lo logro.
La puerta se mueve hacia adentro tan rápido que es como si una
bomba hubiera explotado en el lado opuesto de la misma. Me arrojo hacia
atrás en el suelo, la puerta golpeando mi cabeza a lo largo del camino. Las
estrellas bailan detrás de mis ojos mientras lucho para mantenerme
consciente. La camisa ahora reunida alrededor de mi cintura con mi culo
completamente desnudo, lo escucho.
Lo oigo y muero por dentro.
—Hola, Alejandra.
Antes incluso de tener la oportunidad de mirarlo, mi cuerpo
comienza a temblar de miedo mientras lucho con lágrimas de terror.
Eso es todo.
Esto es el fin.
Me encontró.
Estoy jodida ahora.
Mi primera reacción es cubrir mi culo desnudo, y mientras me
arrastro para hacer eso, Gio se ríe, baja y áspera, mientras se mueve hacia
mí.
—No hay necesidad de eso. Ya lo he comido antes.
Me retuerzo hacia atrás en un intento lamentable de alejarme de él,
pero él agarra mi brazo y me jala con poco o ningún esfuerzo en absoluto.
Aprieto los dientes en un intento de controlar mi respiración, pero mi
pecho se agita.
Me mira y frunce el ceño en confusión, inclinando su cabeza en
pensamiento y hablando en un susurro. 388

—¿Qué es lo que él ve en ti, me pregunto? —Sacude sus


pensamientos—. Lo mismo que mi hermano vio en ti. —Me mira desde
debajo de las cejas encapuchadas—. Nada más que culo.
Muerdo mi labio inferior para silenciar el gemido amenazando con
escapar.
Agarra mi brazo, apretando lo suficiente como para contusionarlo.
—¿Cuánto tiempo pasó antes de que lo follaras? ¿Un día? ¿Dos? —
Me mira y se ríe entre dientes—. Supongo que no puedo culparte. Es todo
lo que sabes. ¿No es, Alejandra?
—Por favor —jadeo, y me siento estúpida por ello, porque no tengo ni
idea de lo que estoy pidiendo. Una muerte rápida tal vez.
Su cara se suaviza, pero solo marginalmente, y me aprieta.
—Oye. Silencio ahora. Está bien, Ana. —Me acerca, su frente en mi
espalda, y me encierra con un brazo firme alrededor de mis hombros—.
Está bien. Vienes conmigo. Y nos vamos a casa.
No puedo luchar, no ahora, no sin que uno de nosotros acabe
muerto, y eso sería más que probable que yo.
Soy más inteligente que dejar que el orgullo me mate. Así que no
lucho. Dejo que me abrazara, y lo hago sin quejarme.
Gio se inclina para colocar su mejilla junto a la mía, balanceándome
suavemente.
—Te extrañé, ¿sabes? —Su mano libre se desliza por mi lado
derecho, corriendo por mi cadera para agarrar mi mano derecha—. Así
que, casada de nuevo, ¿eh?
Asiento despacio, sumisamente, y él levanta mi mano para mirarla.
Gira su cabeza en la mía, para medir mi expresión. Sus cejas se elevan.
—¿No hay anillo?
Sacudo la cabeza y me quedo callada, aunque estoy gritando por
dentro.
Me libera un momento para alcanzar su bolsillo antes de llevar su
brazo alrededor de mis hombros una vez más, sosteniéndome más
apretado que antes. Cuando veo lo que tiene en la mano, un sollozo
petrificado me escapa. Mi cuerpo tiembla tan fuerte que mis dientes 389
chillan.
Espero lo que viene como hielo, frío terror como un animal muerto
en la carretera hace un hoyo en mi estómago.
Gio habla directamente en mi oído, su aliento calentando mi cuello,
y me estremezco ante la sensación.
—Sabes, a los ojos de Dios, no eres la novia de nadie, Ana.
Traicionaste a tu marido, y para ser honesto, creo que estaría lívido de
saber que has tomado otro. Quiero decir, has demostrado claramente que
no eres material de esposa. ¿Quién eres tú para cagar toda la santidad del
matrimonio? —Se detiene un momento—. Cuando me case con tu
hermana, es mejor que creas que lo que le sucedió a Dino no me sucederá.
No lo permitiré. —Siento su estirada sonrisa en mi mejilla. La mataré
primero.
Sus dedos se cierran alrededor de mi dedo anular en mi mano
derecha, y lo sacude hacia arriba delante de mi cara.
—Ahora voy a asegurarme de que todo el mundo conozca tus
pecados, y si esa maldita basura de Julius te da un anillo —su risa es
pura maldad—, me gustaría verte tratar de usarlo.
Las tijeras de jardinería que él sostiene se acercan a mi mano, y
aunque pienso no luchar, mi cuerpo entra en modo de preservación, y
arremeto, pateando y gruñendo a través de gritos suplicantes.
Pero es más grande que yo. Es más fuerte que yo. Más psicópata que
yo.
Nada lo disuadirá.
—No, Gio, no lo hagas. Por favor. —Mis sollozos son inútiles. Trato
de sacar mi mano de su asimiento, jadeando a un débil—. Oh, Dios, no.
Por favor, no lo hagas.
Pero las tijeras de podar están más cerca, y exhaló gritos cansados,
sin esperanza, sabiendo lo que viene.
Mientras descansa las hojas abiertas, brillantes y pulidas alrededor
de mi dedo, todavía. Y cuando los aprieta en un movimiento rápido, mi
dedo anular cae al suelo delante de mí, mientras una gruesa sangre roja
escurre por mis nudillos, recubriéndome la mano.
Así que hago lo único que puedo.
Levanto mi cabeza hacia el cielo, mi cuerpo temblando de angustia, y
grito mi agonía. 390
45
Julius

Dos días más tarde…

C
on los ojos rojos y una barba de cuatro días en mi mandíbula,
acelero por la carretera hacia la dirección que he obtenido por
medios que no me han gustado.
Este no es un movimiento inteligente, en ningún sentido o forma. De
hecho, estoy casi seguro que saldré de esta residencia en una bolsa para
cadáveres. Demonios, he llamado incluso a Tonya antes de llegar, solo
para poder oír su voz una última vez.
Lo que estoy haciendo es imprudente. En sí no es para nada algo 391
que yo haría, pero soy un hombre en duelo.
Se han hecho los arreglos. Mi hermana será una mujer muy rica
cuando yo muera.
Porque mi mujer…
Miro a la caja rectangular blanca de joyería que descansa en el
asiento del acompañante, y pensar sobre lo que contiene me oprime el
pecho. Una y otra vez, y lo seguirá haciendo hasta que acabe con esto.
Mi mujer está muerta. Estoy casi seguro de ello.
Cuando Ling dejó de estar en línea, supe que algo iba mal. Ella
nunca apagaba su móvil, no cuando la necesitaba. La habitación del motel
estaba destrozada, y el dueño de The Sunflower Inn, Duane, había sido
golpeado hasta la inconsciencia, me había dicho su nieto Wyatt.
Solo encontraron una cosa en la habitación, y supe entonces que
Alejandra no estaba.
En mi silencioso dolor, me pregunté por mi compañera.
Sé que Ling tiene sus problemas, pero no es del todo estúpida. Ling
es temerosa, no ingenua. Sabía que abandonar su puesto significaría que
yo la mataría, y no dudaría en hacer esa mierda. No si Alejandra estaba
implicada. Ahora, siendo la situación que era, en el periodo de un día,
había perdido a dos mujeres que me importaban mucho.
He buscado a Ana por todas partes, para nada esperanzado en
encontrarla viva, sino para encontrar su cuerpo y darle la paz mediante un
funeral.
El odio que siento hacia mí es alto. Esto es mi culpa.
Inesperadamente, puede que me haya vuelto como Twitch.
Me confié demasiado. Me mostré muy arrogante. Empecé a sentirme
invencible. Y habría estado bien si hubiera sido yo quien sufriera, el que
muriera, pero no lo fui.
Fue ella.
Ahora mismo, sintiéndome como me siento, enfurecido y desgarrado
y roto, entiendo por qué lo hizo Twitch. Entiendo por qué se puso delante
de esa bala.
Para salvar a mi pequeño gorrión, yo habría hecho lo mismo. Habría
392
hecho cualquier cosa.
Sí. Es mi culpa. No puedo echarle la culpa a alguien excepto a mí
mismo.
Ana era fiel hasta el extremo. Nunca me habría dejado que buscara a
Gio por mi cuenta, y así, en un intento de mantenerla fuera de peligro, la
había desterrado. Yo tenía las mejores intenciones del mundo. La dejé
segura y con protección, y volvería a reclamarla cuando el peligro hubiera
pasado. Después de toda la mierda que ha pasado, se merecía una vida
llena de amor. Y eso era algo que le podía dar si se daban las
circunstancias adecuadas. Pero era una distracción que no necesitaba
mientras realizaba mi misión y, a cuenta de mi decisión, soy la verdadera
causa de su muerte.
Será algo con lo que tendré que vivir hasta el día en que muera, que
con suerte será bastante pronto.
Nunca le dije a Alejandra cómo me sentía respecto a ella, o incluso
cómo ella me hacía sentir menos desconcertado, que me hacía sentir
humano otra vez. Una parte de mí desea que lo hubiera hecho. La otra
parte desea que nunca la hubiera conocido.
La expectativa del amor contra la realidad son dos cosas
completamente diferentes.
La expectativa es que todo son flores y corazones y sentimientos de
calidez, besos y abrazos interminables llenos de esperanza de que la vida
siempre será preciosa. Pero la belleza no dura. Nunca lo hace.
Incluso las rosas tienes espinas.
La realidad del amor es estar aterrorizado por decepcionar a tu
compañero, prenderte fuego a ti mismo para mantener caliente a tu ser
querido y creer que tienes la habilidad de evitar que le ocurran cosas
malas. Y en el momento en que te das cuenta que no lo consigues, tu alma
te deja de la forma más dolorosa, pieza por pieza, es arrancada de ti, y el
amor se convierte en un enemigo eterno.
Me llevó un día de seguimiento, pero conseguí poner mis manos
sobre uno de los chicos de Gambino. Lo convencí para que me diera
detalles sobre una cierta reunión que estaba ocurriendo ahora mismo en la
casa que Vito Gambino se ha asegurado de mantener en secreto. Sé que el
hombre de Gambino no le ha dicho que voy. Lo sé porque ahora mismo
está drogado y encerrado en el maletero de mi auto, sin una oreja, al igual
que la punta de su lengua, y oliendo a su propia orina. Él era lo
393
suficientemente inteligente para ceder en el momento que lo hizo. No sé
cuánto más tiempo me hubiera comportado de forma civil.
Al contrario que la casa de Eduardo Castillo, esta no tenía una
puerta delantera monitorizada. No había jefe de seguridad aquí ni en la
verja de dos metros y medio, poco para detener a alguien que quisiera
entrar. Estábamos fuera en el campo. El siguiente vecino de Gambino
estaba a kilómetros de distancia.
Lo sé.
Lo he comprobado.
La confianza de Vito Gambino en sus hombres es admirable. Es una
pena que vaya a ser la causa de su muerte.
Cuando alcanzo la puerta, rebusco en el bolsillo de mi chaqueta y
saco mi teléfono. Marco el número, y él contesta enseguida.
—¿Estás seguro que es este sitio?
Mi voz es ronca por la falta de sueño.
—Este es.
—De acuerdo —responde, su tono verbalizando su falta de
confianza. Lo entiendo. Hay mucha gente importante aquí hoy. Añade—.
Bueno, estoy aquí. Listo para ir cuando tú lo estés, amigo.
—Bien —digo en tono cansado—. Eso está muy bien.
Con mi auto aun marchando, mi dedo toca el botón de desconexión,
y sin otro pensamiento, giro mi cuerpo para mirar hacia atrás y pongo mi
auto en reversa, retrocediendo una buena distancia, lo suficientemente
lejos para ver la propiedad delante de mí.
Debería estar pensando sobre la consecuencia de lo que estoy
haciendo, no solo por mí, sino por todo lo involucrado. Pero no lo hago. Ya
no me importa una mierda.
Este es el fin del camino. La última parada. La última llamada.
Estoy muy cansado. Pero tengo un objetivo que cumplir.
Mi mano mete la marcha. Con un labio curvado y una mente furiosa,
pongo mi pie en el acelerador, pedal hasta el fondo. La sangre zumba en
mis oídos mientras las ruedas de mi auto giran, haciendo que el barro
salga disparado alrededor del vehículo. Pasa un momento, y me sobresalto
cuando el auto empieza a moverse, el sonido de los fuertes engranajes
394
trasmitiéndose por mi cuerpo. Más y más cerca, mi objetivo sube, y
cuando está justo delante de mí, aprieto los dientes y sujeto fuertemente el
volante, preparándome para el impacto.
Boom.
El sonido hace sangrar mis oídos mientras el SUV se estrella contra
las altas puertas de hierro forjado, mi auto deslizándose hacia el costado
por la colisión. Sacando mi pie del acelerador, me dirijo hacia la rampa y
corrijo el movimiento sin ningún esfuerzo. Acelerando una vez más, hago
mi camino bajando por el sendero de adoquines todo el recorrido hasta la
casa principal.
La conmoción ha llevado a los hombres a salir corriendo de la casa,
armas en mano, esperando una pelea. Pero no conseguirán una. No ahora.
Estoy luchando de una manera diferente hoy.
Cuando los hombres apuntan sus armas hacia mí, levanto mis
brazos en señal de rendición, y grito:
—Necesito ver a Eduardo Castillo.
Al momento de pronunciar el nombre, sale de la casa y me mira.
—Julius Carter, ¿qué mierda estás haciendo aquí?
—Necesito que respondas por mí —le digo, observando la horda de
hombres de aspecto agitado a su alrededor—. Necesito hablar hoy, y como
no fui invitado, necesito que respondas por mí.
Sus ojos se estrechan sobre mí con dureza.
—¿Por qué debería? Te burlas de mi familia con tu presencia,
trayendo nada más que problemas, luego te casas con mi hija sin permiso.
—Sus labios finos—. Dame una razón para no matarte donde estás,
Carter.
Cuando abro mi boca, las palabras mágicas vuelan.
—Estás buscando a Miguel, ¿verdad?
Los ojos de Castillo se encienden y examina mi rostro por un
momento, antes de revelar en voz baja:
—Sí. Ha estado desaparecido por una semana, inalcanzable. Es por
eso que estamos todos reunidos aquí hoy, para organizar su búsqueda. —
Capta mi expresión solemne, entonces pregunta esperanzado—. ¿Sabes
dónde está, no?
395
Expreso mi respuesta sesudamente.
—Sí. Fue capturado.
—¿Por quién? —Castillo se acerca más a mí, con los ojos muy
abiertos, desesperación arrugando su pregunta.
Sintiéndome un poco como un animal enjaulado, lucho contra la
necesidad de atacar. Mis manos todavía en el aire, mis ojos muertos se
encuentran con los suyos, y yo tranquilamente digo:
—Responde por mí.
No estoy diciendo otra maldita palabra sin una garantía de algún
tipo.
Me mira un largo momento antes de dirigirse a Vito Gambino, y
decirle al otro hombre.
—Respondo por él. Tiene el derecho de hablar como mi invitado.
Apártalo y muéstrame una grave falta de respeto.
Gambino luce loco como el infierno, pero cuando sus ojos se acercan
a los míos, con una sola mirada de furia, silenciosamente me atrevo a que
diga una palabra en mi contra. Gambino sacude su cabeza de regreso
hacia sus hombres.
—Sáquenlos de aquí. Escuchemos lo que el señor Carter tiene para
decir. Después de todo, —sonríe sombríamente a mi arruinado SUV—, tiró
cientos de miles solo para llamar nuestra atención.
Mientras los hombres me miran con desconfianza, anuncio en voz
alta:
—De hecho, tengo algo que vas a querer ver —cuando Gambino me
mira como si hubiera pasado oficialmente mi bienvenida, continuo—, pero
necesito traer a otro tipo. Está esperando que yo lo señale. No avanzará
hasta que yo lo llame.
Castillo parece confundido.
—¿Ver?
Mis palabras salen despacio, significativamente.
—Realmente vas a querer ver esto.
Sin un momento de reflexión, asiente en consentimiento.
—Trae a tu hombre. 396

Tomando una mano, la bajo para recuperar mi teléfono celular y


hacer la llamada. Ni un minuto más tarde, un Jaguar XE negro aparece al
final del sendero haciendo un lento descenso hasta el grupo de hombres
que se ha agrupado afuera.
La ventana teñida baja y Braden Kelly saca la cabeza, sonriendo.
—¿Alguien pidió una pizza? —Cuando nadie muestra una sonrisa, la
sonrisa de Braden cae de su rostro, y murmura por el lado de su boca—,
Público difícil.
Sale del auto, y sus hermanos, Shane y Connor, bajan. La mano de
Connor todavía está envuelta firmemente en gasa, las heridas de bala que
le causé todavía están frescas. Shane se apoya contra el auto, mientras
Connor se mueve para sentarse en el capó.
Vito Gambino objeta.
—Dijiste un tipo, Carter.
Es Connor quien responde, y hace esto con un montón de tensión.
—Si crees que vamos a dejar a nuestro hermanito en una casa
cerrada con gente como tú, y no estar aquí para asegurarnos de que salga
en la misma condición en que llegó —se burla—, te has vuelto loco, viejo.
Gambino tomó la ofensa como si Connor lo dijera por él.
—Por qué, pequeña mierda...
Pero Castillo habla sobre él, mirando a los chicos de Kelly.
—Conozco a tu madre, Aileen —les dice en voz tranquila—, ella es
una señora agradable. Se maneja con reglas estrictas. Mantiene a su
familia cerca. Me gusta.
Shane, siempre el diplomático, inclina su cabeza, y su gratitud es
genuina.
—Gracias. También nos gusta ella, la mayoría de los días.
Connor, que no ha dejado de mirar a Vito Gambino, descubre lo que
entendió y explica:
—Escucha, no vamos a ir con Braden. Solo vamos a pasar el rato
aquí, completamente a la vista. Cuando se trata de la familia, nos
tomamos la seguridad en serio. Creo que ustedes chicos pueden entender
397
eso.
Vito enfría sus nervios con un largo suspiro, sacudiendo la cabeza.
—Terminemos con esto.
Llama a todos los hombres a la casa, deteniéndose para susurrarle
al oído de uno de sus soldados, y cuando la entrada está casi despejada,
dos soldados se colocan directamente frente a Connor y Shane. Mientras
entro a la casa junto a Castillo, oigo a Connor murmurar a uno de los
hombres.
—Bueno, ¿no estás guapo con tu traje elegante?
Entramos en el salón, la habitación donde el encuentro estaba en
pleno apogeo antes de mi inesperada entrada, y Braden se pone a trabajar,
instalando su computadora portátil por el televisor de pantalla grande en
la pared y conectando cables en él. Él me da el pulgar hacia arriba cuando
está listo para ir, y me muevo para estar a su lado para dirigirme a los
hombres de la clandestinidad.
—No conozco a algunos de ustedes, pero la mayoría de ustedes me
conocerán. Aquellos de ustedes que no conozcan mi nombre en lo más
mínimo, conocen mi posición. —Me detengo a mirar la multitud de
muchos rostros—. El video que están a punto de ver es inquietante. No lo
endulzaré. Pero necesito que recuerden que somos hombres de código. Les
pido que vean el video en su totalidad y piensen antes de reaccionar. —Mi
mirada es mortal—. Tengo los reflejos de un gato y puedo disparar más
rápido que cualquiera de ustedes hijos de puta. Tengo el apoyo de treinta
de los hombres más mortales y malísimas perras en los EE.UU.
continental, una de mis adquisiciones recientes es Aileen Kelly. No solo
puse a su hijo menor en el suelo, sino también, le hice dos hoyos a su hijo
del medio hace unos días. —Mi mirada pasa a un sonriente Claudio Conti,
y quiero pegarle un culetazo al idiota. Solo para que conste, agrego—, en lo
que respecta a todos ustedes, soy intocable. Recuerden eso.
Doy un paso para poner mi mano en el hombro de Eduardo Castillo.
Desde su lugar junto a Vito Gambino, lo miro, antes de decir:
—Quizás deberías sentarte conmigo.
Su mirada se estrecha levemente, pero él me sigue a un sofá de
cuero ocupado por dos soldados. Cuando nos acercamos, se ponen de pie,
haciendo sitio donde no había antes. Eduardo se sienta, y miro alrededor
de la habitación para ver a las decenas de hombres sentados y de pie en
silencio.
398
Hora de la función.
Con un discreto cabeceo a Braden, la pantalla se ilumina, y él se
mueve a mi lado, arrodillándose junto al sofá. Sonriendo, Braden se
inclina y susurra:
—Pensé que podía condimentarlo un poquito, ¿sabes? Para bien del
entretenimiento.
Antes de que pueda preguntarle de qué diablos está hablando, “Turn
Down for What” de DJ Snake y Lil Jon suena a través de los altavoces, me
sorprendió tanto como a los hombres que me rodeaban. Aunque quiero
golpear la mierda fuera de él, es demasiado tarde para dar marcha atrás
ahora, y con una mandíbula apretada, dejo que el video se reproduzca.
Eduardo Castillo se mueve para objetar, pero con una sacudida de
mi cabeza y mi mano firmemente en su rodilla, su expresión de furia se
mueve para ver la película que hará llorar a hombres adultos.
Durante los primeros veinte segundos de la canción, Braden hizo
que el video pareciera un clip de la canción. Montajes de pocos segundos
de Dino y Alejandra besándose en la cama aparecían en la pantalla.
Al llegar a los veinte segundos, cuando cambia el ritmo, los montajes
cambian drásticamente
Dino abofeteando a Alejandra. Gio pateándole las costillas. Ana
ahogándose en la polla de Gino y vomitando todo el suelo. Gio sujetándole
el cuello y frotándole el rostro en el vómito. Dino atando a Ana a la cama.
Un acercamiento del rostro lleno de lágrimas de Ana. Gio follando a Ana
por el culo con fuerza mientras Dino se masturba cerca. Un acercamiento
del rostro de Ana, lleno de dolor.
Sigue y sigue, y cada secuencia me hace querer dispararles a todos
en el cuarto, querer nada más que destruir la enfermedad que vive dentro
de los hombres Gambino.
Una mirada rápida alrededor del cuarto muestra que el video ha
logrado su objetivo. Hombres, hombres duros, miran con las bocas
abiertas. Están anonadados.
A mitad de la canción, las imágenes cambian, y Eduardo Castillo ve
a su hijo y heredero, Miguel, ser desmembrado por un aliado de confianza.
Gio se sienta a horcajadas sobre Miguel y lo apuñala con el cuchillo de
caza una y otra vez, y lo hace con una sonrisa.
Un grito ahogado suena sobre la música, y sin pensar, tomo la mano 399
del hombre mayor en la mía y apretó. Mi mensaje silencioso es que sea
fuerte. Terminará pronto.
Se acerca el final y cierro mis ojos, habiendo visto demasiado.
En el crescendo de la canción, mientras la música se atenúa, oigo
los sonidos de hombres adultos aullando de furia, y algunos llorando como
bebés.
Abro mis ojos, y me pongo de pie antes de que alguien pueda
reaccionar.
La familia Castillo apenas se está manteniendo, cuelgan de un hilo.
Los hombres Gambino se han alejado de la cabeza de su familia,
esperando disolverse en el cuarto.
Alzo una mano frente a todos los hombres, pidiendo silencio, y
cuando lo recibo, fijo mi mirada en un Vito Gambino ahora pálido.
—Ahora, ustedes se preguntan si aún pueden decir que lo que
Alejandra Gambino le hizo a su esposo fue una ofensa castigable. En su
momento lo llamaron asesinato. Les pregunto ahora, ¿cuántos de ustedes
aún creen eso?
Ni una mano se alza.
—No sé ustedes, pero yo llamaría a la muerte de Dino defensa
personal de parte de Alejandra. —Mi voz sale ronca, mi furia comienza a
emanar—. Esta hermosa chica fue arrojada en un matrimonio a los
dieciocho. Se le aseguró que su marido era un buen hombre, y cuando
resultó que no lo era, ella cerró la boca al respecto, porque le dijeron… —
fijo mi mirada en Castillo—… que era su carga para llevar. Que los
sacrificios eran necesarios en nombre de la familia. —Con dolor en el
rostro, siseo—: Ella lidió durante seis años con violaciones y torturas. Yo
les pregunto, ¿así tratamos a nuestras reinas hoy en día? Porque a mí me
enseñaron que respetábamos a nuestras mujeres. —Un momento de
silencio—. ¿Cómo pasó esto? ¿Cómo dejamos que una de los nuestros
sintiera que no tenía opción más que salvarse a sí misma?
Ante mis crueles palabras, Eduardo Castillo se deja caer del sofá a la
alfombra, de rodillas, la cabeza gacha, el cuerpo hundido, sollozando como
un bebé.
Los hombres permanecen en silencio, pero varios se atreven a
acercarse a Eduardo Castillo en una muestra de apoyo.
Vito Gambino se pone de pie e intenta hablar, pero no puede hallar
400
palabras. Finalmente, logra decir con sentimiento:
—Mi amigo, mi hermano, no sabía, yo… yo… —tartamudea—. No lo
sabía. Lo juro.
Castillo se pone de pie, con lágrimas en los ojos, y escupe:
—¿Amigo? Tú no eres mi amigo. Estoy avergonzado de tener relación
contigo y tu escoria. —Comienza a sollozar—. Ya no más. Acaba aquí. Fue
un error hacer esto. —Gime un instante, y logra seguir—: Tomo toda la
culpa. Desde este día, que se sepa que ya no tenemos deuda entre
nosotros, Gambino.
Gambino empalidece más. Sabe que si no se va ahora, no va a irse.
Punto.
—Eduardo, no sé qué decir. Lamento que te sientas así. —Se acerca
a la puerta, pero todo el cuarto avanza hacia él un paso, y algunos de los
hombres de Gambino intentan seguir a su líder en retirada. Los otros
saben su destino y esperan pacientemente que se cumpla. Dos de los
hombres de Castillo avanzan para bloquearla la puerta abierta a Vito, y
cuando se da cuenta que está atrapado, logra hablar—. Pregúntenle a
Alejandra. ¡Ella les dirá! Yo no sabía. ¡Yo no sabía!
—No puedo hacer eso —le digo. Busco en mi bolsillo y saco la caja
rectangular de joya. Me muevo para arrojársela, y la atrapa.
Tragando con fuerza, Vito abre la caja, y cerrando los ojos con
incredulidad, la baja, y el dedo cortado cae al suelo, a la vista de todo el
cuarto.
Reitero mi declaración anterior.
—No puedo hacerlo, Gambino, porque tu hijo llegó a ella, y aunque
no quiero creerlo, en lo profundo de mi ser sé que está muerta. —Si eso no
le golpeó, esto lo hará—. Él mató a mi mujer. Mi mujer a la que amaba
mucho. Además de eso, mi compañera está desaparecida. Lo único que
hallé de ella fue un caro tacón afuera de su abierto y abandonado auto. Si
conocieras a mi compañera, sabrías por qué ese zapato me hace asumir
que también murió.
Respiro hondo, y sigo hablando al suspirar.
—Solo la tuve por un segundo, viejo, y él me la quitó. —Mi garganta
se cierra por la emoción, pero sigo hablando a todos—. Ella finalmente era
feliz conmigo. Y, por Dios, se lo merecía.
La derrota inunda el rostro arrugado de Vito mientras se hunde.
401
—Espera, por favor. Seamos razonables.
Retrocedo un paso, empujando a la multitud conmigo.
—Estoy siendo razonable. —Con un gesto de mi barbilla hacia su
pecho, Vito baja la mirada y suspira. Cinco puntos rojos aparecen allí, y le
digo—: Ves, soy razonable. Lo haré rápido.
Me aclaro la garganta y anuncio:
—Cualquiera que no esté directamente relacionado con la familia
Gambino debería moverse. Esto no será bonito.
Con una rápida mirada a las ventanas, veo a mis hombres. Todos
llevan rifles semiautomáticos, gracias a mi amigo Titus, Marcos Demitriou,
Titus Okoye, Lars Odegard, Luka Pavlovic y Elias Munoz están esperando
a mi señal.
Quizás tuve que llamar a todas las personas que me debían algo
para llegar aquí, pero mientras mis ojos se encuentran con los suyos,
inclino la cabeza en apreciación.
Me tomo un momento para agachar la cabeza y me froto los ojos.
Estoy tan cansado de esta vida.
Mientras los hombres salen, ofrecen condolencias a Eduardo Castillo
por las muertes de sus hijos. Los soldados de Gambino están encerrados
entre los de Castillo como ovejas, y al ver la expresión de terror en sus
rostros, un enfermizo sentimiento de satisfacción me atraviesa.
Finalmente, en la tranquilidad de la tarde, pintamos de rojo la casa
Gambino.

402
46
Alejandra

G
io se coloca detrás de mí, sus toscas manos sujetan mi
cintura lo suficientemente fuerte como para dejar moretones,
y cuando él presiona su cuerpo contra el mío, lucho con el
estremecimiento de la repugnancia que recorre mi cuerpo.
Quiere que grité. Él anhela mi miedo.
Pero ya no me conoce. Ahora soy diferente. Ya no soy la misma
persona que era ayer.
El hombre sentado en la esquina de la habitación, mirando a Gio
hacer lo suyo, se ríe, burlándose de mi falta de dignidad, y lo odio. Pero
esa risa me llena de algo y me da la fuerza para hundirme profundamente
en mi mente y esconderme allí, en mi lugar feliz. 403
Un momento después, su teléfono comienza a sonar, y con un
suspiro áspero, él se quita de encima de mí, moviéndose sobre a la mesa
de madera para contestar.
No sé qué se dice, pero sea cual sea la noticia, una rabia ciega se
apodera de él. Oigo como el teléfono chocar golpea contra el suelo. Grita,
agarrándose los costados de la cabeza, con el pecho agitado.
Mi corazón tartamudea un momento antes de calmarse. Puede que
Gio ya no me conozca, pero yo todavía lo conozco. Lo que sea que le haya
hecho daño, seré yo quien lo pague.
Sé lo que viene y me preparo mentalmente para ello. Lo acepto.
Con ojos brillantes y ansiosos, se acerca al lugar donde que estoy
atada, desnuda y extendida como un águila. Una cruz de San Andrés mal
hecha me astilla los tobillos y las muñecas. Él jadea mientras se para
frente a mí. En estos momentos, no puedo levantar mi pesada cabeza, así
que mi mirada cae sobre su erección de desinflada.
Jadeando, dice:
—Todos están muertos. Todos. Están jodidamente muertos.
Su voz está cargada de furia, él me agarra por la garganta y gruñe:
—¿Qué mierda ve él en ti?
El hombre en la esquina de la habitación observa a Gio asfixiarme,
la mano en mi cuello tiembla de rabia, y sus ojos se iluminan en una
excitación silenciosa. Él se agacha para agarrar su entrepierna, y sé que
esta escena lo enciende.
Observo a ese hombre y me mira fijamente. Me lanza un beso desde
el otro lado de la habitación, y que me llega como un disparo, un agujero,
enorme y crudo.
Estoy muy cansada de esta vida.
Todo lo que quiero hacer es dormir. Dormir por una eternidad.
Gio me aprieta el cuello con más fuerza, y no me molesto en luchar,
tal y como mi mente insiste. ¿Cuál es el punto de hacerlo? No puedo
ganar. No ahora. Ni nunca.
Con mi escaso suministro de aire, cierro los ojos placenteramente.
Cierro los ojos y encuentro el sueño. Pero antes de hacerlo, miro a los ojos
fríos y sin emoción de Maxim Nikulin.
404
47
Twitch

M
e siento en el gran trono de cuero, y entro en calor junto al
fuego. Hago esto, y espero.
Cuando Black me preguntó a donde iba, le dije que
iba a dar un paseo. No le dije a dónde, porque por nuestra vigilia de
anoche, algo me dijo que no iba a tomar bien saber en dónde estaba.
Una hora pasa, luego otra, y mientras intento no suspirar,
exasperado, decido levantarme estirando mis piernas, intentando no
quedarme dormido.
Mis brazos se estiran sobre mi cabeza, en un estiramiento que
levanta la camiseta negra, descubriendo mi estómago. Mis brazos caen a
mis costados, y niego con la cabeza. 405
Es arriesgado estar en donde estoy, en la guarida del hombre que es
una leyenda en su pueblo natal. No solo eso, es irrespetuoso invadir el
espacio personal de alguien. Para mi suerte, jamás me importó mucho
respetar las cosas.
Tantas personas que exigen respeto cuando no han hecho nada para
ganárselo.
Miro alrededor de la habitación, bañada en la luz del fuego. Una
alfombra persa en el piso, un Picasso en la pared, algunos de los whiskey
más finos reposando en botellas de cristal.
Estoy cansado y pienso irme, cuando la puerta se abre y él entra.
Estoy seguro que intentará dispararme. Sin embargo, estoy armado,
y si intenta hacerlo, no me importaría regalarle un agujero en su hombro.
No es exactamente como imaginé conocer a mi cuñado, pero imagino
que tendré que hacerlo.
Solo le toma un segundo a Evander MacDiarmid darse cuenta que
no está solo, y justo antes de que llegue a su escritorio, se da la vuelta
lentamente, sin un arma.
Casi me impresiona.
Casi.
Esta tan jodidamente confiado.
Vestido en un traje gris claro, con una camisa blanca, una corbata
gris y zapatos de cuero italiano, es casi una cabeza más alto que yo, el
cabello oscuro peinado hacia atrás. Sus ojos castaños fijos, su mirada
paseándose por mis facciones. Se relaja, inclinándose sobre su
monstruoso escritorio, cruzando sus brazos sobre su pecho y haciendo
una mueca. Su marcado acento escocés no es algo que esperaba.
—Estás absolutamente jodido, ¿cierto?
Metiendo mis manos en mis bolsillos, me encojo de hombros.
—Eso me han dicho.
Deja salir una carcajada antes de encaminarse hacia el bar. Se gira y
pregunta.
—¿Un trago? —Asiento, pero soy desconfiado. Se saca su chaqueta y
la lanza a una silla. Sirve dos vasos, poniéndolos sobre su escritorio, luego
camina hacia la puerta de la oficina y grita “váyanse” a los soldados que
406
había dejado ahí, luego cierra la puerta de golpe.
Evander me tiende un trago y lo observo, mirándolo cuidadosamente
mientras toma el primer sorbo antes de que levante el vaso a mis labios y
lo pruebe.
Sí, estoy paranoico. Pero esa paranoia me ha servido todos estos
años. Además, no habría sido la primera vez que alguien intenta
envenenarme.
—Oh, hombre —se me escapa sin pensarlo. Ha pasado tanto tiempo
desde que tomé un buen whiskey.
Su sonrisa se ensancha y luego toma un trago, cerrando sus ojos,
saboreándolo. Traga y luego junta sus labios.
—Algo que los escoceses hacen bien, amigo. Whiskey escocés. No
tendrás uno mejor. —Levanta su vaso, mirando el color—. MacAllan. Del
’72. Oh sí, vale millones, pero preferiría beberme mi propia orina antes de
probar una de las otras mierdas. —Baja su vaso y me mira, frunciendo el
ceño—. Mandy —dice él—, me dijo que no estabas muerto. Lo hizo. No le
creí. Creí que era muy esperanzador de su parte. Sé que quería verte.
Muy bien, entonces. Aquí vamos.
—Sabes quién soy. —No es una pregunta.
Levanta su mano en el aire, sus ojos muy abiertos.
—Solo por casualidad, te lo aseguro. Tu papá me pidió que te
rastreara cuando te mudaste a Australia. Tengo fuentes, ¿ves? Las suyas
solo llegan a América. —Bebe nuevamente—. Descubrí que te dispararon.
Muerto. —Evander niega con la cabeza—. Nunca vi a mi Mandy tan triste.
No podía creerlo, y cuando obtuvo el reporte de tu autopsia, su felicidad
regresó de golpe. Absolutamente convencida de que no estabas muerto. —
Inclina su cabeza—. Tengo que admitir esto. Ella se parece a Zep en eso.
Una vez se les mete algo en la cabeza, olvídalo. Nada de lo que digas los
hará cambiar de opinión.
Casi entendí todo lo que dijo.
—¿Zep?
Me mira, confundido.
—Si. —Me observa detenidamente y responde, cuidadoso—. Tu
hermano.
¿Qué mierda? ¿Ahora tengo un hermano?
407
¿Cuántos hermanos más iban a aparecer?
—No lo sabías.
Claramente confundido, pregunto:
—¿Algún otro?
Echa su cabeza hacia atrás y se ríe, claramente divertido.
—No que yo sepa.
—Bien.
Y el idiota se ríe nuevamente.
—Tengo la sensación de que nos habríamos llevado bien. Tu y yo —
murmura—, somos parecidos.
—Así que, Mandy y Zep, ¿eh? —Dejo salir un gran suspiro, negando
con la cabeza—. Mierda.
Los ojos de Evander sonríen.
—Mejor le dices Manda. Soy el único al que le permite llamarla
Mandy. Cree que es poco profesional. —Al ver que levanto las cejas, me
explica—. Es doctora. Esa es mi chica lista.
¿Doctora? Mierda. Chica lista, por supuesto. Eso explica por qué
revisó el reporte de la autopsia.
Camina alrededor de su escritorio, abre un cajón y saca un
cigarrillo, ofreciéndomelo. Nunca fui un hombre de los que fuman. Le digo
que no, y hace una mueca, sorprendido. Cuando saca otro, una sonrisa
aparece en su rostro, y extiende su brazo hacia mí.
—Cosechado en casa. Creado por mí.
Cuando un hombre te ofrece uno, no dices que no. Mucho menos
cuando te dice que lo ha cosechado el mismo.
Lo tomo y lo paso bajo mi nariz, inhalando profundamente.
Huele tan bien que me hace agua la boca. Lo deseo tanto, pero se lo
entrego. No estoy aquí por placer.
Evander inclina su cabeza, entendiendo.
—Tómalo.
408
El cigarrillo termina en el bolsillo de mi chaqueta, y a regañadientes,
me callo. Paso la mano sobre mi boca y miro su escritorio, escogiendo mis
palabras cuidadosamente.
—Soy un hombre orgulloso, MacDiarmid.
Luego, nada. Eso es todo lo que obtengo.
No sé cómo seguir avanzando.
Enderezándose en su silla, frunce el ceño y se inclina sobre la mesa,
mirándome a los ojos. Me atrapa.
—¿Qué necesitas?
—Dos de tus hombres están en mi camino. Conti y Nikulin. Necesito
que desaparezcan.
Maldice entre dientes. Se ve complicado un momento, luego
murmura.
—Entonces, ¿qué?
—Luego puedo ir a casa. —Simple.
—Así que, te doy dos de mis mejores hombres, pierdo negocios
importantes… —Sus cejas se levantan, cuestionándome—, ¿y qué obtengo
yo a cambio?
Aprieto mis labios. Esta es la parte difícil.
No quiero mentirle a este tipo, así que no lo hago.
—No tengo nada para ofrecerte.
Me mira fijamente un momento antes de hacer una mueca,
mirándome confuso.
—Vaya propuestas de mierda que haces, amigo.
Me siento en silencio, bebiendo mi whiskey, deslizando mi pulgar por
el delicado cristal, sabiendo muy bien que me he expuesto como un idiota.
Y no se siente bien. De hecho, apesta.
Muchos minutos pasan antes de que él vuelva a hablar.
—Escucha, compañero. Soy un hombre casado. Y eso a veces
significa hacer cosas que realmente no quieres hacer. —Levantando el
vaso, se termina el whiskey y deja el vaso frente a él, luego me mira—. Si
Mandy se entera de que acudiste a mí y te rechacé, me cortará las bolas. Y 409
me gustan mis bolas, Falco.
—Está bien —murmuro, porque algo me dice que quiere algo de mí.
—Te ayudaré —dice—, pero… —Hace una pausa—. Cuando termines
con todo esto, te encontrarás con Mandy, pasarás tiempo con ella. —Se
levanta, trayendo consigo el whiskey, sirviéndose más y luego, rellenando
el mío—. Actuaras como si fuera la mejor cosa que ha llegado a tu vida,
porque, mierda, lo será. La amarás como lo haría un hermano. Cuando te
llame o te escriba, te harás el tiempo de responderle. Te va a abrazar, y la
abrazas de vuelta. Cuando te bese para saludarte o despedirse, le darás tu
mejilla porque la hará feliz, ¿entendido?
A pesar de que esto me hace estar extremadamente incómodo, me
hace feliz saber que mi hermana está siendo bien cuidada por este tipo.
—Entendido. —Justo cuando mi ansiedad comienza a relajarse, la
puerta se abre y una pequeña pelirroja y curvilínea aparece a través de
ella, llorando. Evander se levanta de su silla y se acerca corriendo hasta
ella, envolviendo sus brazos alrededor de ella.
—Mandy, cariño, ¿qué pasó?
—Julius llamó a papá. Él y sus hombres mutilaron a los Gambino
porque… porque… —Su voz se rompe—. Gio mató a Miguel. —Más sollozos
salen de su garganta mientras continúa—: Gio. Él… él… —Pero no puede
continuar. Finalmente, logra hablar—. Él cortó su dedo, Vander. —La
rabia la consume mientras toma entre sus manos la camisa de él y grita—:
El maldito se llevó a Ana.
El cuerpo de Evander se vuelve rígido, y noto su rabia en cómo
aprieta la mandíbula.
Estas noticias no le agradan.
Creo que acabo de encontrar una forma de ayudarlo. Hablando
despacio, para no asustar a mi hermana, miro a Evander MacDiarmid y
pregunto:
—¿Necesitas otro par de manos?
Con su espalda hacia mí, Manda se pone rígida antes de girarse y
observar la audiencia que no esperaba. Cuando me ve, sus ojos me
observan mientras finalmente me reconoce.
—Dios Santo.
Fuerzo una sonrisa, pero no logro mirar a los ojos de esta pequeña 410
mujer.
—Eh, hola.
Evander asiente.
—Sí, pero antes tengo que solucionar algo. Julius querrá estar ahí.
¿A quién le importa?
—Déjalo estar.
Evander niega con la cabeza.
—Julius Carter, idiota. Tu mejor amigo, el que piensa que estás
pudriéndote en un cementerio. La chica desaparecida, Ana… es su esposa.
Julius… ¿casado? ¿Mi Julius?
Mierda, no tenía idea.
¿Qué mierda está haciendo él en los Estados Unidos? Lo último que
supe fue que un estaba viviendo en Sidney, Australia.
—Oh.
Manda da un paso hacia mí, a la vez que Evander dice:
—Sí, decir “oh” está bien.
Ella avanza hasta mí, ninguna expresión en su rostro, y cuando me
alcanza, me mira, pestañeando para alejar las lágrimas que cayeron hace
un momento.
—¿Realmente eres tú, Antonio?
Dios, odio ese nombre.
—La gente me llama Twitch —le digo con voz suave.
—Lo sé —murmura, y levanta su pequeña y fría mano para acariciar
mi mejilla—. Lo sé. —Su labio tiembla—. Lo siento. Realmente quiero estar
feliz ahora, pero no puedo. —Su mano cae hasta su costado y agacha su
cabeza, presionando sutilmente su frente contra mi estómago, su cuerpo
temblando son silenciosos sollozos—. Ella es mi mejor amiga.
Miro a Evander, quien hace mímicas de un abrazo y apunta a mi
hermana. Sin pensarlo dos veces, levanto mis brazos y, dudoso, los pongo
alrededor de su pequeño cuerpo. En el momento en que lo hago, me siento
más ligero, y por la esquina de mi ojo veo a Evander asentir con
aprobación. Permito que mi hermana pequeña llore apoyada en mí un 411
momento antes de acariciar su espalda y preguntar:
—¿Dónde los encontramos?
Evander saca su teléfono móvil desde su bolsillo, hace una mueca y
responde:
—Como todo buen perro, responden cuando se les llama.

***

Bien entrada la noche, y un par de llamadas telefónicas después,


Evander tiene la dirección de Gio Gambino, esa en la que se encarga de
toda la mierda. Un plan se está elaborando, y MacDiarmid explica que es
mejor ver en qué estado está Ana antes de llamar a Julius y darle la
dirección.
Pero es la esposa de Julius de quien estamos hablando. Y no puedo
evitar sentir que mi hermano necesita saberlo.
MacDiarmid, como muchos otros antes que él, eventualmente
aprenderá que no sigo las indicaciones que me dan.
Sigo otras.
Mientras me excuso y voy al baño al final del pasillo, saco el teléfono
de MacDiarmid de mi bolsillo, marco el número y espero.
Suena dos veces, antes de que él responda.
—¿Qué?
Quiero decirle tantas cosas, aun así una parte de mi quiere terminar
la llamada sin decir nada.
—Ana está viva.
Movimiento, luego:
—¿Quién es?
—Está viva, hermano. Gambino tiene un lugar en Canningvale. Ella
está ahí. Y te está esperando. —Una pausa rápida—. ¿Qué mierda estás
esperando? Ve a buscarla.
—¿Quién mier… ? —Termino la llamada.
412
Me siento en la tapa del inodoro y paso las manos por mi rostro,
sabiendo que se acerca una tormenta, y estoy dispuesto a pararme en el
ojo de ella.
Algunas veces me preocupo por mí. De verdad.
Dios, ayúdame.
48
Alejandra

M
is palmas están sudorosas, mi cabeza flotando, con mi
largo cabello pegado a mi espalda húmeda, resultando en
una comezón que me produce más agitación de la que
debería, sabiendo que nunca seré capaz de llegar allí con las manos
atadas.
Gio no me ha ofrecido comida en los días que he estado aquí. No sé
cuántos han pasado, pero cuando él comió frente a mí esta mañana y mi
estómago gruñó fuertemente, rio para sí mismo.
—No voy a desperdiciar comida en una mujer muerta.
Y entonces eso era todo.
Planeaba torturarme hasta mi último aliento. 413

Mi estómago dio un vuelco violentamente al solo pensarlo. El lugar


dentro de mi cabeza, aquel lugar seguro al que escapaba, mi lugar feliz, se
había hecho más y más oscuro hasta que ninguna luz brillaba y ya no
quedaba nada de felicidad allí.
Había ganado una batalla inculpando a Dino, pero Gio ganaría la
guerra.
Al final, la satisfacción de las pequeñas victorias fue corta y se
estaba enviciando más y más con cada segundo. El hambre me ha dejado
débil tanto de cuerpo como de mente. La tortura ha roto mi espíritu. Y
estoy lista para morir.
Añorándola, más precisamente.
Ruego en silencio poder ver a Julius una última vez, sentir su beso
en mis labios cuando pase a un plano superior.
Sería el final más feliz para mí.
Pero a la gente como yo no se les cumplen sus deseos. La gente
como yo muere en el frío silencio de la noche, desnudas y solas, sin una
sola alma buscándolas.
La gente como yo son prescindibles.
No somos nada, desaparecemos en una espiral de humo, llevada por
una sombra de luz de luna.
Mis ojos están cerrados y mi respiración es pesada, una mano
grande toma mi barbilla con dureza, alzándola, más arriba de lo que es
cómodo. Intento abrir mis ojos, pero no puedo, y un recuerdo de la golpiza
de Gio hace unas horas me recuerda que mis ojos están hinchados hasta
casi tenerlos completamente cerrados. Cuando algo frío se presiona contra
mi sien, a mi cuerpo se le erizan los vellos.
—Te gusta eso, ¿no? —Reconozco la voz. Intento mover mi barbilla
de su agarre, pero aprieta con más fuerza—. Cálmate. Estoy aquí para
ayudarte. Muestra un poco de aprecio.
Mis labios están agrietados, intento lamerlos, pero mi boca está igual
de seca. Con mi cuello dolorosamente estirado, digo con voz rasposa:
—Mátame.
Escucho su sonrisa.
—Lo haré, nena. Gambino está dormido como un tronco, y voy a
rajarte esa bella gargantita, derramaré toda tu sangre con una sola tajada. 414
—Presiona sus labios relajados contra mi mejilla, y su aliento me da calor,
mientras susurra un arrepentido—: Sé que dije que no lo haría, pero no
puedo evitarlo. Soy… no soy normal. Amo la muerte, amo verla, amo
causarla. Es simplemente quién soy.
En este momento, no me importa lo que es, si me concederá esta
bondad.
—Por favor —es todo lo que ruego.
La mano en mi barbilla comienza a temblar, y Maxim Nikulin me da
un mordisco en la mandíbula.
—Lo lamento. —Su voz lujuriosa tiembla—. Tengo que hacer esto.
Tengo que hacerlo.
La punta de la fría cuchilla es presionada a un lado de mi frente,
justo encima de mi sien. No siento mucho, solo una leve presión. Un
segundo pasa, y el dolor rápidamente le sigue. Mi boca se abre y suelto un
bajo gemido agudo.
Maxim Nikulin me calla.
—Acabará pronto, pero tienes que guardar silencio. Solo un poco
más. —Su mano temblorosa hace un lío en mi cara. Su gemido quedo es
apenas audible, pronuncia un claramente excitado “Mierda, sí”. La aguda
cuchilla corta mi piel, más allá de mi sien, bajando por mi mandíbula y
sobre mis labios, terminando en mi barbilla.
Se toma un momento para ver su obra de arte antes de suspirar con
satisfacción, regresando la cuchilla a apoyarse en el lugar donde mi cabeza
se encuentra con el cuello con una mano, mientras empuja mi cuello más
arriba con la otra.
—Casi acaba —promete, y respirando hondo, contemplo mi último
aliento.
Perdida en mi cabeza, preparándome para lo que está por venir, me
pierdo el comienzo de la conmoción. Fuertes voces masculinas gritan y
una lucha se lleva a cabo, con muebles arañando el suelo, rompiéndose y
gritos de dolor llenando el aire.
No importa.
Mi decisión está tomada, mi mente comete esta misericordia y dejo
de respirar.
415
Dolorosos minutos pasan y mis pulmones arden.
Pareciera que morir toma mucho tiempo.
El suelo debajo de mí está temblando. Las estrellas de arriba se
están cayendo, haciéndose añicos al impactar. El mar está furioso y siento
a mi barco zozobrando, lentamente hundiéndose en las profundidades
oscuras del furioso océano.
Pero entonces una voz familiar suena en la oscuridad, una luz
guiándome a casa, y estoy siendo bajada al suelo frío.
—¿Ana? ¡Ana, demonios! Permanece despierta. Mierda, despierta.
¡Vive, maldita sea!
La voz vuelve a sonar, y aunque la voz de él es amortiguada a
medida que mi conciencia se desvanece a negro, sus palabras penetran mi
corazón congelado.
—Vive. Vamos, chica, respira. Hazlo. —Me aprieta con fuerza,
meciendo mi cuerpo laxo, sus palabras rogadas susurradas directamente
en mi oído—. Si no puedes hacerlo por Julius, hazlo simplemente para
fastidiar a esos hijos de puta.
Una lucha interna toma lugar, mi mente luchando con mi cuerpo, y
esas palabras hacen eco en mi cabeza por lo que parece una eternidad.
—¡Vive, maldita sea!
Entonces algo extraño sucede.
—Vamos, chica, respira.
Algo cae con fuerza contra mi pecho, una y otra vez, hasta que
finalmente, mis ojos se abren. Mi boca se abre en un grito silencioso y mis
pulmones se abren.
—Hazlo para fastidiar a esos hijos de puta.
Un rayo impacta.
Y vuelvo a respirar.

416
49
Twitch

A
cercarse furtivamente a un Gio Gambino dormido fue
satisfactorio. Evander y yo nos acercamos con cautela,
esperando lo inesperado, pero el idiota estaba en realidad
durmiendo.
Cuando lo golpeé con la pistola a través de la cabeza, se despertó
con un sobresalto, balbuceando, quitándose las mantas y gritando:
—¿Qué demonios? —Cuando finalmente se incorporó, Evander
encendió las luces para revelar a un maníaco Gio Gambino con el rostro
sangrando, agarrándose su frente raspada como un niño haciendo
pucheros. Gio enfocó sus ojos en Evander y retumbó—: ¡MacDiarmid, no
entras en la casa de un hombre en medio de la noche, por no hablar de
escabullirse en su habitación, tú maldito maleducado! 417

Con mi media máscara cubriendo la mayor parte de mi cara, Gio


Gambino no era capaz de ver mi labio curvarse, pero él escuchó mi
gruñido, y cuando me miró, su cólera disminuyó ligeramente, dándose
cuenta que estaba en un aprieto. Recobrando la compostura, preguntó con
calma a Evander:
—¿Qué es esto?
Mantuve mi lugar, cerca de los pies de su cama, con la pistola en
mano, mientras Evander se movía por la habitación, hablando al
acercarse.
—Siempre he sabido que eras una mala semilla. Siempre hubo algo
que no estaba bien contigo. No era la única persona que lo sentía, pero tú,
al ser un Gambino, bueno, en realidad nadie quería hacer frente a las
rabietas violentas que vendrían de sacar el tema con tu padre. —Se quedó
quieto y luego se volvió hacia él—. Hay algo en ti que simplemente está
mal. —Se adelantó, más cerca de la cama—. Y cuando oí que Alejandra
Castillo estaba desaparecida, de ninguna manera pensé que tú lo habías
hecho. —Evander me mira con una sonrisa fría—. Pensé: “Él no sería tan
estúpido. Ni de casualidad la secuestraría”.
Mi voz salió ligeramente amortiguada por detrás de la máscara.
—Pero lo hizo.
Evander asintió una vez en confirmación.
—Pero lo hizo. También la mutilaste.
Gio sacudió la cabeza con incredulidad.
—¿Es por eso que estás aquí? ¿Por ella? —Soltó una breve carcajada
antes de que su rostro se contrajera. Estiró la mano y se agarró el cabello
con las dos manos, tirando con furia absoluta, antes de rugir—: ¿Qué
demonios es lo que todo el mundo ve en ella?
—¿Dónde está? —pregunté, pero todos captamos la orden que era.
Gio cerró los ojos e inhaló profundamente antes de exhalar
lentamente.
—Tienen que entender que esto es su culpa. Ella hizo esto. Ella me
quitó a mi hermano, y ahora va a morir por eso.
Evander frunció el ceño.
—No, Gio. Todo lo que hizo fue poner fin a la tortura diaria que Dino
418
y tú le hicieron pasar. Si hubiera sabido… —Las palabras de Evander
fueron pronunciadas en voz baja—. Oh sí, ahora todo salió a la luz. Sin
ocultar nada. Tu familia ha sido completamente aniquilada por la falta de
respeto que has causado. Ella no hizo esto, Gio. Tú lo hiciste. Si tienes que
echar la culpa a alguien, mira en un espejo y encontrarás al hombre
responsable.
Gio niega con la cabeza en desacuerdo, y pregunto otra vez, más
firme que antes.
—¿Dónde está?
Los ojos de Gio se abren de golpe.
—¿La quieres? Bien. Llévatela. —Sus labios se crispan con
disgusto—. Llévatela y lárgate de mi casa de una puta vez. —Sonríe como
si sus palabras fueran una especie de broma personal—. Está en el
sótano. —Cuando ninguno de los dos se mueve, parpadea hacia Evander—
. ¿Y bien? Llévatela y vete a la mierda.
De su bolsillo, Evander saca un par de guantes de cuero negro y se
los pone, luego saca una pistola de su chaqueta.
—¿Qué haces con un perro rabioso? —me pregunta.
Mi respuesta es simple.
—Lo sacrificas.
Evander inclina la cabeza.
—Seguro, de acuerdo. Pero no voy a matar a éste. —Los ojos de Gio
se endurecen, y Evander sonríe—. No. Simplemente voy a silenciarlo. —
Entonces levanta el arma y aprieta el gatillo, dos veces.
Gambino grita en agonía cuando sus rodillas explotan en pedazos.
Ignorando sus gritos y llantos, Evander y yo lo atamos como el cerdo
que es.

***

Me detengo detrás de Maxim Nikulin, y todo mi cuerpo tiembla de


rabia. Él todavía no ha notado que tiene compañía.
La pequeña mujer atada a la gran madera en forma de X luce
irreconocible. Su cara está hinchada, tiene los ojos morados y magullados,
419
y ahora, por culpa de este maldito enfermo, tiene un corte dentado
arrastrándose por toda la longitud de su cara.
No conozco a esta mujer, pero si Julius la eligió, esas son todas las
credenciales que necesito ver. Y en este momento, ella está siendo
brutalizada cruelmente.
No.
Eso no va a pasar.
Con pistola en mano, a la velocidad del rayo, serpenteo mi brazo
alrededor del cuello de Maxim y empujo de él en una feroz llave
estranguladora.
Comienza a lucha, dejando caer el cuchillo. Me codea, me pellizca,
intenta quitarme de cualquier forma, pero lo único que hace es alimentar
mi rabia. Antes de darme cuenta, estoy forcejeando entre las mesas y sillas
que se vuelcan al estrellar su cabeza en ellas. Cuanto más larga es la
lucha, más caliente arden los rescoldos de mi ira.
La lucha de Maxim se debilita hasta que lo único que puede hacer es
jadear por aire.
El plan era dejar que se desmaye, atarlo, y luego entregarlo a
custodia de Black. Pero al estar aquí, con este lunático ahogándose en mi
agarre, miro a la mujer destrozada que ha marcado, y sé que, en este
momento, no puedo hacer lo que originalmente pretendía.
Voy a romper mi promesa hacia Black, y es probable que me cueste
mi libertad, pero no puedo dejar que Maxim Nikulin viva.
El hombre en mi agarre cae dentro y fuera de la conciencia, cayendo
de rodillas delante de mí, y yo lo sigo hacia abajo. Con la cabeza caída
hacia un lado, lo libero y levanto mis manos a cada lado de su cabeza,
agarrándolo con firmeza. Con un movimiento rápido, varios sonidos de
crujido, y lo suelto. Cae al suelo con un fuerte golpe, con los ojos muy
abiertos pero vacíos, la boca abierta, la cabeza caída en un ángulo
anormal.
Sin pensarlo más, me dirijo de inmediato a la pequeña desnuda
mujer llena de cicatrices e inmóvil atada a la cruz y aflojo los nudos de sus
pies y brazos, dejándola en el suelo.
Mi corazón se hunde. No se ve como si estuviera respirando.
—¿Ana? —Golpeo suavemente su cara. No. Definitivamente no está
respirando. Mi pánico se eleva—. ¡Ana, mierda! Mantente despierta. 420
Mierda, despierta. —Mis únicos pensamientos son de Julius
encontrándola así. Gruño feroz—: ¡Vive, maldita sea!
Mis ojos se cierran en abatimiento a medida que su pequeño cuerpo
inerte yace contra el mío. Ella es tan pequeña. Tan diminuta.
No. Ella no va a morir sin luchar.
—Vive. Vamos, chica, respira. Hazlo. —La tiendo en el suelo, coloco
las manos juntas entre sus pechos y bombeo. Lo hago por mucho tiempo,
pero… nada.
No.
Julius no puede perder otra persona.
Empujándola hacia mí, balanceo su cuerpo como si fuera una niña,
y le ruego que no haga que mi mejor amigo entierre a otra persona que
ama. Le susurro al oído:
—Si no puedes hacerlo por Julius, hazlo solo para mortificar a esos
hijos de puta.
—Twitch, necesito que la sostengas inmóvil —pronuncia una suave
voz femenina, y alzo la mirada para encontrar a mi hermana acercándose a
nosotros con una jeringa. Evander le sigue de cerca. Sostengo a Ana
inmóvil a medida que Manda abre su boca y le inyecta debajo de la lengua.
Entonces esperamos.
—Vamos —murmura Manda. Pero pasa un minuto y no pasa nada—
. ¡Vamos, Ana! ¡Lucha, maldita sea! —Manda me mira y ordena—:
Acuéstala sobre su espalda. Ahora. —Hago lo que me dice y veo en shock
cuando mi hermana aprieta los dedos de ambas manos juntas para formar
un gigante puño cerrado. Ella lo alza en alto y lo lleva hacia abajo con
mucha fuerza en el pecho de Ana. Apretando los dientes, gruñe entre
golpes—: Tú. No. Vas. A. Morir. Así. —Le da un nuevo golpe, y entonces
grita—: ¿Me escuchas, Ana? ¡Puedo hacer esto toda la noche!
Cuatro golpes pasan, y cuando Manda aterriza el quinto, más duro
que los otros, observo con asombro como el cuerpo de Ana se pone rígido.
Ella abre los ojos tanto como le es posible alrededor de la contusión y toma
una respiración jadeante. Y al momento en que ocurre, Manda estalla en
un llanto ruidoso, cayendo contra Evander, que la sostiene firmemente en
apoyo.
Los ojos de Ana se cierran de nuevo, pero su pecho se mueve
mientras respira profundamente.
421
—Julius —gime roncamente, extendiendo su mano temblorosa a un
hombre que no está allí.
Me muevo a tomar esa mano, y es entonces cuando lo oigo.
—Aquí estoy, nena. —Sin ojos para nadie más que no sea su mujer,
Julius se arrodilla a su lado, tomando su mano buena y apretando con
fuerza—. Aquí estoy.
—Te amo —exhala Ana, su voz desvaneciéndose.
Y por primera vez en mi vida, veo a mi hermano llorar. Sus hombros
se sacuden entre sollozos silenciosos mientras las lágrimas se arrastran
por sus mejillas, entonces se agacha hasta su cara hinchada, presionando
suaves besos en sus labios, y susurrando:
—Lo siento mucho, nena. Te amo. Te amo más de lo que un hombre
debería amar a su mujer. —Sus cansadas palabras temblorosas provocan
un nudo en mi garganta—. Pensé que te había perdido. Quise morir.
Bastaba con una bala y desaparecía de este mundo. —Suspira con alivio—
. Nos vamos a ir de aquí. Muy lejos de toda esta maldad, ¿de acuerdo?
Vamos a vivir, tú y yo. Sin más de esta mierda, ¿de acuerdo?
Los labios de Ana se mueven, pero ningún sonido sale.
—Bien.
Julius se levanta sobre sus rodillas y mira a Manda.
—Gracias. —Se vuelve a Evander—. Te debo.
Pero cuando Julius ve a la tercera persona, el desconocido llevando
la media máscara, aquel que juró estaba en la habitación, no lo encuentra.
Ya me he ido.

422
50
Julius

T
ú esposa está viva.
Mientras me siento en la cama, viendo hacia abajo al
hombre amarrado con una soga acostado sangrientamente
en el suelo con la mordaza en su boca, me sigo diciendo a
mí mismo que el peligro se terminó. La tengo a ella ahora,
y la mantendré a salvo. Pero soy un realista, y esa parte real de mí sabe
que procurar esa promesa de mantener a alguien a salvo no solo es
estúpido, sino también un voto imposible de mantener.
Ella está a salvo.
¿Entonces por qué mi corazón no deja de correr? Es como si me
temiera tener la esperanza de que todo ha terminado, que tenemos 423
permitido tener una vida libre de repercusiones.
Si Ana está con vida, eso significa que Ling puede estarlo también.
—¿Dónde está Ling? —le preguntó, y por alrededor de la mordaza,
sus labios curvos formando una débil sonrisa, sus ojos adormilados
parpadeando suavemente.
Está cerca de desmayarse, y necesito actuar rápido si quiero
respuestas.
Haciendo mi camino hacia él, quitó la mordaza, liberando su boca, y
me arrodillo a su lado.
—Escucha no tienes a dónde ir, y puedes pensar que no se puede
poner peor —mis ojos se enmascaran peligrosamente—, pero lo que yo voy
a hacerte si no respondes a mis preguntas será un paseo en el parque
comparado con lo que le hiciste a Ana, ¿me entiendes? Ahora, ¿dónde está
Ling?
Parpadea hacia el suelo, y se queja y murmura:
—No lo sé.
Voy a regresar a eso. Ahora, algo que me ha estado molestado desde
el comienzo necesita una respuesta.
—Sabías que Dino no lo hizo. Sabías que él no mató a Raul. ¿Por
qué no atestiguaste por él?
Su discurso fue lento y arrastrado, mientras murmura.
—¿Y perder mi oportunidad de eventualmente ser rey? No. Yo lo
amaba, pero esta era mi oportunidad de algo grande. Hubiera sido
estúpido atestiguar por él. Odié perderlo, pero él estaba en mi camino
cuando se trataba de negocios.
Esa era honestidad, pura y simple. No tenía razón para dudar de su
respuesta.
Miro hacia abajo a este hombre con disgusto. Aunque quiero golpear
su cerebro hacia adentro y mostrarle cada pequeña parte de tortura que él
le enseñó a mi mujer, ella está viva y me necesita con una mente sana,
porque ella tiene una larga recuperación por delante. Cuando los
momentos se vuelvan difíciles y su esperanza se disipe, va a necesitar a
alguien a quien aferrase, y esa persona voy a hacer yo, así que debo
guardar cada buena energía para cuando ella la necesite. Planeo estar allí,
a su lado, cada paso difícil del camino. 424

Nada en este mundo se hacía correcto al hacer dos cosas erróneas.


Estoy exhausto. Solo quiero que esto termine.
—Dime una cosa, Gio, y juro que lo haré rápido. —Me mira, con los
ojos brillando, mientras pregunto—. ¿Cómo sabías en dónde encontrar a
Alejandra?
Sonríe de nuevo, débilmente, y sus ojos parpadean al cerrarse.
—Tienes una serpiente en tu nido, Carter. —Su sonrisa se
intensifica, pero su voz se quiebra—. Una serpiente con brillantes… rojos…
labios.
Oculto bien mis emociones, pero me corazón se estruja.
Hija de puta.
Parece que la maldita usa un forro tan afilado que puede cortar
como una perra.
Este error es mío y solo mío. Fui un tonto en confiar en una criatura
tan fiera como ella.
Nada salvaría a Ling de la dolorosa muerte que le entregaría. Tendría
su cabeza, la partiría por partes, pieza a pieza, hasta que no quedara
nada.
Nadie jode con mi familia.
Ling Nguyen nunca lo verá venir.
Se correrá la palabra. Ella es oficialmente una mujer muerta
caminando.
Levanto mi arma y le disparo a un sonriente Gio Gambino en la
cabeza. Y disparo hasta que ya no hay balas en el dispensador.
Justo ahora, tengo una esposa con la que regresar.

***

—¿Cómo lo está haciendo Ana? —Mis palabras son dichas


silenciosamente para no despertarla.
Cuatro días han pasado, y Manda Rossi, la mejor amiga de Ana y
425
doctora, me da una mirada antes de girarse para ver a la pequeña mujer
en el centro de la cama de hospital de tamaño King en la habitación estéril
pero privada. Manda lo organizó para que se quedara toda la semana en la
pequeña habitación privada del hospital, y yo estoy agradecido por el
silencio. Es obvio que ella está cansada, pero se queda, probablemente por
la misma razón que yo.
Ambos tenemos miedo de perderla de nuevo.
El monitor suena ligeramente, y la intravenosa continúa bombeando
fluido en el frágil cuerpo de Ana.
—Ella está mal, Julius. —Su voz se quiebra—. Realmente mal. —Se
aclara la garganta en un intento de lograr compostura en una situación
que nos deja a ambos sintiéndonos quebrantados. Intenta hablar pero
sacude su cabeza. No me pierdo el pequeño temblor de sus labios cuando
ella se queda callada—. Quiero decir, ella murió. Casi no pude traerla de
regreso. —Ella se gira y me ve con una mirada significativa cuando
murmura—: Ella no quería regresar. Y se hubiera quedado muerta si no
hubiera logrado convencer a Vander de llevarme.
Veo hacia abajo a esta mujer sin sentido y no puedo negar que
puedo ver una parte de Twitch en su carácter. Soy genuinamente sincero
cuando le digo:
—No sé qué decirte. Gracias no parece suficiente.
Mi apreciación la tiene frunciendo el ceño. La pequeña, fiera pelirroja
me mira, su mirada oscura, y ella escupe:
—No te atrevas a darme las gracias. Lo sabía. Yo supe todo el tiempo
lo que le estaban haciendo, y yo… ella —Las primeras lágrimas caen.
Hunde su mentón y toma una respiración quebrantada. Su tono es
tortuoso cuando susurra duramente—: No hice nada. Nada. —Levanta su
rostro lleno de lágrimas para ver a su amiga—. Mira lo que él le hizo. No sé
si ella se va a recuperar de esto. Y si no lo hace, será mi culpa.
Entiendo la culpa. La siento de pie aquí, justo en este momento.
Ninguno de los dos está completamente libre de culpa de lo que le pasó a
Ana. Me gustaría poner la culpa en alguien más, quien sea, pero no puedo.
Si Manda sabía del abuso de Ana y no hizo nada, algo me dice que hay
una razón para ello.
Está claro para mí que Manda ama a Ana.
426
La idea de perder la Ana que amo es demasiado para soportar, así
que digo la única cosa que puedo pensar:
—Ella es dura. Ella lo logrará. —Pero no sueno tan confiado como
debería.
Su lista de heridas es extensa, su peor siendo su dedo amputado,
una muñeca fracturada, y un tobillo quebrado, pero Manda y yo sabemos
que no son las heridas físicas de las que debemos preocuparnos.
¿Cuán largo puedes estirar un hule antes de que se rompa?
Mis pies me llevan hacia a un lado de su cama. Me saco mis zapatos
y me deslizo en la cama al lado de ella, gentilmente sosteniendo su
pequeña y fría mano, y acariciándola, cuidadosamente tratando de evitar
la intravenosa ubicada en la parte de posterior de ésta. Su brazo derecho
está cubierto en una cubierta plástica justo arriba de su codo, su dedo
anular de su mano izquierda le hace falta, quiero gritar mi ira cuando mi
mirada se posa en su rostro vendado.
El amigo de Manda, un alto cirujano plástico de estas partes, vino
cuando lo llamaron. Él hizo todo lo que pudo para salvar el rostro de Ana
de la profunda cortada que Maxim Nikulin le había infringido, pero él nos
aconsejó que necesitaríamos más de una cirugía para que no se notara, y
todo eso dependería de cuán bien se curara Ana.
Los doctores tenían miedo por Ana. Ella había desarrollado un caso
serio de ansiedad en nuestro último tiempo en el hospital.
Cuando una enfermera llegó para darle su morfina, Ana miró la
inyección y comenzó a sudar por montones mientras jadeaba por respirar.
Se desmayó limpiamente y Manda sugirió que quizás sería mejor
para todos si Ana permanecía sedada a través de su hospitalización.
No me gustaba, pero comprendía que era necesario.
Ana tenía miedo hasta la muerte del pensamiento de ser lastimada.
El dolor era su detonante, y rompió mi maldito corazón el verla pasar por
su primer ataque de pánico.
Cuando sus ojos enmascarados se abrieron solo un poco, mi corazón
dolió con solo un mero vistazo de su belleza.
—Hola nena.
Traga duro y luego suelta una respiración.
—Hola. 427

—¿Cómo te estás sintiendo? —Es una pregunta estúpida, pero estoy


obligado a preguntar.
El monitor de corazón resuena cuando su corazón se acelera.
—No más doctores —susurra.
Odio esto.
—No, nena. Los doctores son buenos. Los doctores están ayudando.
Su labio tiembla. Se aferra a mi mano como un salvavidas.
—Llévame a casa. Solo quiero ir a casa. Vamos a casa, Julius —gime
y mis entrañas se encogen con miseria.
El monitor del corazón suena ruidosamente cuando su estrés se
aumenta, y sé que no tardará mucho para que una enfermera entre con
un sedante para mi chica.
Tres días más y puedo llevarla a mi casa.
Frunzo el ceño a eso.
¿Pero dónde está la casa?
Necesito sacar a Ana lejos de aquí. Necesito llevarla a un lugar
donde podamos estar juntos, algún lugar cálido, cómodo y tranquilo.
Y tengo justo el lugar en mente.
El momento en el que la enfermera entra, miro a mi chica a los ojos
y hago un juramento.
—¿Confías en mí, nena?
Sin un segundo de duda. Su respuesta es como un ruego,
desesperado.
—Sí.
Mierda.
No merezco a esta mujer.
—Cuando el doctor diga que estés bien para irte, voy a llevarte a un
lugar donde pueda cuidarte, y voy a hacerlo en un lugar lejos de aquí. ¿De
acuerdo?
La enfermera inyecta el sedante en la intravenosa de Ana, justo
cuando ella responde.
428
—Está bien.
—Tú y yo, nena —susurro, acariciando mi pulgar contra el de ella.
El sedante entra en ella y afloja su agarre en mi mano, sus ojos se
cierran. Su tono adormilado, mientras murmura suavemente:
—Tú y yo, nena. Te amo.
Sé que ella ya no puede oírme, pero no me importa. Lo digo, porque
necesita decirse:
—Te amo, Ana. —Y jodidamente lo amo. Tanto que duele.
Estar locamente enamorado es una peligrosa posición para que esté
un hombre.
Los planes se forman en mi cabeza mientras me acuesto al lado de
mi esposa y planeo llamar a Lexi en la mañana para darle tiempo de
prepararse para nuestra llegada.
51
Twitch

—T
e desapareciste. Sabes cómo me siento sobre
eso.
Ethan Black está de un humor cabreado,
y siento un salvaje sentido de satisfacción por
saber que cuanto más esté separado de su
familia, más irritado se pondrá. Quizás ahora tenga un pequeña
comprensión de cómo me siento.
Fue una noche larga. Estoy jodidamente cansado. Solo quiero
dormir.
La agitación me recorre. Levanto la cabeza de la almohada de
habitación de hotel barata, y gruño: 429
—Mierda. Estoy de regreso, ¿no?
Con esto, arrojo mi pesada cabeza de regreso a la delgada almohada
con un gruñido.
La calma llega tan rápido que no la cuestiono. Pero cuando algo se
desliza a mi lado en la cama, abro mis ojos para encontrar un gran sobre
amarillo allí y Black, vestido con traje y corbata, de pie con los brazos
cruzados sobre el pecho, mirándome. Sacude su barbilla hacia el sobre.
Me siento, lo abro, y busco en su interior. Mi boca se abre en
silenciosa conmoción. Echo un vistazo a Black antes de alcanzar dentro y
sacar un pasaporte, certificado de nacimiento, y una licencia de conducir
actual. Mis cejas se fruncen con confusión.
—¿Qué es esto?
Black me apunta con una mirada.
—No sé dónde estuviste la anoche o con quién, pero nos dieron un
soplo que llevó al arresto de Claudio Conti en algún momento después de
las dos de la mañana.
—No me digas —murmuro sin implicarme.
Maldición.
MacDiarmid trabaja rápido.
—Sí. Te digo. —Black no está impresionado. Pestañea,
observándome de cerca—. Hace como una hora, una pareja de policías del
Departamento de Policía de Nueva York descubrieron el cuerpo de Maxim
Nikulin en un contenedor de basura detrás de un club llamado The White
Rabbit, junto con el cuerpo de Gio Gambino.
Finjo ignorancia.
—¿Quién?
Black resopla una carcajada, agitando la cabeza.
Está sobre mí. Tampoco parece muy enojado.
—¿Dónde estuviste la noche pasada, Twitch?
No quiero mentir, así que improviso.
—No fue en ningún sitio cercano al White Rabbit, si es eso lo que
estás preguntando.
Black coloca sus manos en las caderas y suspira audiblemente ante
430
de dejar caer las manos a los lados y mirarme a los ojos.
—Antonio Falco, ya no tienes ninguna obligación con el FBI. De una
forma u otra, has cumplido tu parte de nuestro acuerdo, y eres libre para
irte.
Una corriente continua de conmoción me entumece de los dedos de
los pies hacia arriba.
Cuando Black levanta su bolsa de lona sobre su hombro y se dirige a
la puerta, está claro que no habrá adioses amables.
Jodidas gracias.
Antes de que salir de la habitación se detiene en la entrada y se gira
hacia mí.
—No mucha gente tiene una segunda oportunidad como esta, Falco.
—Sus cejas se alzan—. Trata de no fastidiarla.
—Ni en sueños —se me escapa, y lo digo en serio.
Black asiente lentamente con comprensión. Trabajé duro para llegar
a este momento. No estoy a punto de joderlo pronto. Se toma un momento,
después murmura un calmado:
—Ama cada momento con él. Solo consigues unos pocos cortos años
en los que ruegan que estés a su alrededor. —Una sonrisa triste se forma
en sus labios cuando se encoge de hombros—. Antes de que lo sepas,
tendrá dieciséis, y estarás rogándole que pase tiempo contigo.
Es un buen consejo. No me lo tomo a la ligera.
—Lo haré.
Un momento de silencio pensativo pasa.
—Adiós, Twitch. Espero no volver a verte jamás. —Black sonríe—. Y
quiero decir esto de la mejor manera posible. —Levanta una mano en un
perezoso adiós después de marcha, cerrando la puerta tras él.
Bien, mierda.
No sé lo que hacer conmigo mismo.
Así que no hago nada.
Meto el sobre amarillo bajo la almohada, y me vuelvo a tumbar en la
cama barata, cierro los ojos, y duermo como un hombre libre.

431
Epílogo
Julius

E
l sol calienta mi piel al momento en que abro la puerta. Antes
de que pueda ayudar a Ana a salir del auto y subirse a la silla
de ruedas, ella abre la puerta y nos mira desde la puerta
principal.
Lleva un par de pantalones vaqueros azules y una camiseta blanca
suelta, su largo cabello castaño cuelga por su espalda mientras ella sale a
nuestro encuentro, descalza y sonriendo como una tonta. Llega hasta
nosotros y, casi ignorándome completamente, sonríe suavemente hacia
Ana, que hace todo lo posible para sonreír ignorando la parte vendada de
su cara.
Lexi, sin permiso, toma la mano de Ana entre las suyas, apretando
fuertemente su mano buena mientras sostiene suavemente la otra. 432

—Oh, Ana, es tan agradable conocerte. No puedo esperar para


mostrártelo todo.
Soltando sus manos, se mueve alrededor de la silla de ruedas y me
empuja fuera del camino con su cadera, lanzándome un guiño astuto y
luego apretando mi mano en un silencioso pero significativo saludo.
Somos bienvenidos aquí.
Ana no ha hablado mucho en los últimos días, pero algo me dice que
Lexi le ayudará en ese asunto.
Saco nuestras maletas del lujoso sedán negro y escucho a Lexi decir
contra la oreja de Ana.
—Mi hijo, AJ, tiene cuatro años y, si le das la oportunidad, hablará
hasta dejarte sorda, así que está bien decirle que necesitas espacio. Es
bueno en eso, entendiendo. Ah, y tenemos rampas de acceso instaladas
por toda la casa. —Ella soltó una risa suave—. Es bueno conocer a gente
en el sector de los servicios de salud. Solía ser trabajadora social, ¿sabes?
Así que, sea lo que sea que necesites, solo pregunta, ¿de acuerdo?
Mientras Lexi empuja la silla de ruedas hacia la casa, dice con
confianza:
—Te va a encantar esto. Bienvenida a Sydney.
Me rio interiormente por el tornado que es Lexi. Estoy empezando a
sentirme bien con el desarraigo de Ana contra las órdenes de los médicos.
Lexi será buena para Ana. Lo siento en mis huesos.
Las cosas solo pueden mejorar desde aquí.
Dios…
Tienen que hacerlo.

Ling
El aire fresco de la noche me provoca un escalofrío. Me aferro a mi
abrigo y camino más rápido.
433
Mientras me acerco el restaurante vietnamita, no ralentizo mis
pasos. Empujo las puertas dobles abriéndolas con las dos manos y me
relajo un poco cuando el calor me golpea.
Camino a través de las cocinas y por el largo pasillo al que no
debería tener acceso. Supongo que eso es una ventaja por ser la hija de Ba
Sang Nguyen. Y hablando del querido papá...
Empujo, abriendo la puerta de la sala de conferencias y entro. Mis
tacones crujen cuando veo al hombre bajo y canoso que está sentado a la
cabecera de la mesa.
Su ceño se frunce cuando me ve.
—No eres bienvenida aquí, Ling.
Al oír mi nombre, todos los hombres de la mesa se vuelven para
mirarme, pero los ignoro, en su lugar, miro a mis cinco hermanos detrás
de mi padre, pero yo me fijo en el más viejo, Van.
—No estoy aquí para hablar contigo, padre. Solo necesito una
palabra con Van.
Mi padre se pone rojo y dice:
—¿Cómo te atreves?
Miro hacia abajo, a la mano de mi hermano, todavía curándose de
cuando la clavé a la pared del club hace un mes.
—Necesito saber cuál es tu decisión, y necesito saberla ahora.
Van mira a mis hermanos y todos se comunican en completo
silencio. Pasa un momento, y Van inclina la cabeza.
Sí.
Estábamos dentro.
Miro de mi hermano a mi padre, y emito un pasivo:
—He venido a reclamar mi lugar.
Mi padre me mira con incredulidad antes de volverse para mirar a
los hombres alrededor de la mesa. Cuando ríe, se ríen obedientemente con
él. Él se ríe un rato, antes de ponerse serio de nuevo.
—No te daría un asiento en esta mesa, ni aunque me lo pidieras.
Bueno, mierda.
¿Qué viene ahora? 434

¡Ah! Ya sé.
—Oh, no estoy pidiendo un asiento, Padre.
Levanto mi pistola desde dentro del bolsillo de mi abrigo y disparo a
mi padre en la cabeza. Se desploma sobre la silla, y me acerco a él,
empujándolo. Aterriza en el suelo con un golpe sordo.
—Estoy tomando el maldito trono.
Me siento en el lugar en que él solía sentarse, a la cabeza de la
mesa. Mis hermanos permanecen detrás de mí.
Una sola mirada alrededor de la habitación me hace evaluar la
situación ante mí.
—¿Alguien tiene algún un problema con eso?
Nadie habla. Ni una maldita alma.
—Eso creía.
Una sonrisa lenta se extiende por mis labios.
Soy oficialmente intocable.
Sí. ¿Les gusto ahora, muchachos?

Twitch
El cielo brilla intensamente color naranja mientras el sol baja,
preparándose para la llegada de la noche. El canto de los pájaros comienza
a silenciarse, un zumbido pacífico en el aire.
Nox se sienta a mi lado, abrazando a su hija durmiente. En silencio,
pregunta:
—¿Y ahora qué?
Miro a la niña dormida sobre su pecho, y me duele el corazón. Tomo
un gran trago de mi cerveza y luego la dejo sobre la mesa que nos separa.
Miro al radiante atardecer una última vez antes de responder.
¿Ahora qué?
—Me voy a casa.
435

SE ACABÓ…
POR AHORA.
Una nota de Belle
Hola,
Gracias por leer el segundo libro de la serie Raw Family.
Espero que hayas disfrutado de Dirty tanto como yo disfruté al
escribirlo.
Este libro significa mucho para mí y tomó mucho más tiempo para
terminarlo de lo que originalmente había planeado. El simple hecho es que
yo, quería entregar al lector lo que merecía, en lugar de una versión
apresurada de lo que podría haber sido estupendo.
Tanto de mi sangre, sudor y lágrimas están aquí, en este libro.
Espero que hayas amado la historia de Alejandra y Julius y
sabremos más sobre ellos en Raw: Rebirth, el final de la serie de Raw
Family.
436
Estarás feliz de escuchar que Raw: Rebirth concluirá la historia que
comenzó en Raw. Lo que significa que… sí, ese libro será sobre Twitch,
Lexi y AJ.
Sigue leyendo para descubrir un pequeño teaser de Raw: Rebirth y
darle un vistazo a la portada.
Gracias por leer. SI te tomaras un momento para hacer una reseña
sobre Dirty, ¡estaría muy agradecida!
Con amor, Belle.
Próximo
Libro
Papi está en casa.
AJ era un chico inteligente. Tenía solo
cinco años, pero conocía el valor de un
secreto.
No le gustó guardar secretos a su
madre y cuando le preguntó si estaba bien
mentir, ella le dijo que nunca estaba bien ser
deshonesto.
No tenía sentido. AJ había oído a su madre mentir antes. ¿Por qué
ella podía mentir y él no podía? 437

Su madre le explicó que, a veces, la gente dice mentiras para impedir


que otra persona fuera herida, y que éstas eran llamadas “pequeñas
mentiras blancas”.
AJ pensó en esto.
Su secreto le haría daño a su madre, según le habían dicho, por lo
que no era realmente una mentira, pensó. Mantener su secreto era más
una “pequeña mentira blanca”. Mientras su madre lo metía en la cama, él
le sonrió.
—Te amo —le dijo, y lo dijo en serio.
La sonrisa de su madre se suavizó.
—Te amo más, cariño —respondió ella en voz baja mientras pasaba
sus suaves dedos por su desordenado cabello.
Ella le lanzó un beso mientras salía de la habitación, apagando la
luz y cerrando la puerta detrás de ella.
AJ estaba en su cama, despierto y esperando.
No estaba seguro de cuánto tiempo debía esperar, pero cuando oyó
que la ventana sonaba y se levantaba con una lentitud acuciante, sonrió
emocionado.
Su pequeña mentira blanca estaba aquí.
Papi estaba en casa.

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Sobre la autora
Belle Aurora tiene veintitantos años y nació en
Adelaide, Australia.
A temprana edad se enamoró de la lectura.
Durante un día aburrido de verano se puso a
registrar los estantes de los libros de su casa.
Se topó con Breath of Scandal de Sandra
Brown y se enamoró de las novelas románticas.
Habiendo sido criada en una familia fuerte y
bulliciosa de ascendencia Croata, desarrolló un
natural amor por el dramatismo y el amor.
Hace apenas unos años atrás descubrió un
nuevo amor. Las comedias humorísticas.
Muchos autores habían abierto un nuevo 439
mundo en el que podía perderse y sentirse segura y en casa en sus
historias. Se sabe que Belle se ha convertido en una fanática chillona
mientras espera ansiosamente sus nuevos títulos.
Belle nunca pensó que escribiría. Nunca le había interesado hasta
hace poco. Friend-Zoned comenzó a formarse y en febrero de este año Belle
escribió las palabras Capítulo Uno. Y se enamoró.
Con palabras.
Con la escritura.
Con una imaginación creativa que nunca supo que albergaba.
Friend-Zoned es el primero de la serie Friend-Zoned. Estén atentos a
este autor descarado.
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