Nitsun
Nitsun
Nitsun, M. (1996). The Anti-Group. Destructive forces in the group and their creative potential.
London: Routledge. Cap 2. Traducción Miquel Sunyer
En este capítulo se examinan aspectos de la vida y la obra de Foulkes con el propósito de desentrañar
los fenómenos que influyeron en su particular visión grupoanalítica, en especial los que hacen
referencia al problema de la agresión y los conflictos destructivos. Sugiero que a pesar del esfuerzo
inmensamente creativo de Foulkes, su contribución es profundamente deficitaria, lo cual en parte
se refleja en su respuesta al conjunto singular de circunstancias sociales y profesionales que
definieron el contexto de su vida laboral.
Hasta la fecha se han escrito pocos estudios biográficos de Foulkes en los que se estudiara la
vinculación entre el hombre y el desarrollo de su teoría. Abundan historias, impresiones y anécdotas
(por ejemplo: Anthony, 1983; Skynner 1983). Hay también excelentes resúmenes de las amplias
influencias históricas e intelectuales de su pensamiento (Pines 1983 a, b; Rothe 1989; Gfäller 1993).
Pero en cierta forma, la persona de Foulkes sigue siendo un misterio. El hecho de su reciente
fallecimiento (en 1976) de alguna forma lo explica, ya que en cierto modo está todavía muy presente
en la generación de grupoanalistas que le conocieron. Sin embargo, desgraciadamente, esta
generación pasará y una posterior querrá saber más sobre Foulkes. La necesidad de estudios
biográficos sobre Foulkes coincide con su propia insistencia en tener en cuenta las influencias de la
historia personal, social y cultural en la formación de la persona – “las fuerzas colosales de la
sociedad que penetran en el sujeto hasta lo más íntimo”- y, en relación con ello, el cómo el sujeto
se adapta en un sentido orgánico a su entorno total, interno y externo, es una visión que Foulkes
adquirió de uno de sus grandes profesores, el neurólogo Kurt Goldstein
Una descripción detallada de la vida de Foulkes está más allá del alcance de este libro, sin embargo,
adopto una visión biográfica como punto de mira para explorar la tendencia idealizante que Foulkes
tenía sobre los grupos y el grupoanálisis. Dicha tendencia le supuso una dificultad para integrar en
su modelo los aspectos destructivos de la conducta de individuos y de grupos de los que, por otro
lado, era bien consciente. (Foulkes 1964 a).
Pero antes de proseguir, sería necesario realizar una valoración de este intento. Una teoría, como
la del grupoanálisis, debe ser juzgada por sus méritos propios. El punto de vista particular de esta
biografía puede iluminar los orígenes de la teoría, pero supone un orden diferente de su discurso.
Hasta ahí, trato de ubicar la contribución de Foulkes en el contexto de su vida, y también de evaluar
tanto los puntos fuertes como los débiles de su teoría.
Perspectiva Biográfica.
Al contemplar la globalidad del trabajo de Foulkes casi 100 años después de su nacimiento (1898)
se le percibe con un sentido de claridad visionaria (Roberts y Pines, 1992). Foulkes adoptó una
posición osada, apasionada y profética con relación a las perspectivas de la psicoterapia de grupo.
Fue un psicoanalista que realizó una salida radical desde el psicoanálisis organizando el
grupoanálisis. Incorporó, incluso en el grupoanálisis, una rica panoplia de elementos de la tradición
intelectual, en particular las aportaciones del neurólogo Goldstein, de la psicología de la Gestalt y
de las enseñanzas de la escuela de Frankfurt. Al tiempo permaneció fiel al psicoanálisis y cabalgó en
el complejo terreno entre lo individual y lo grupoanalítico.
Foulkes fue un psicoanalista judío alemán que abandonó su Alemania nativa de forma repentina en
1933 para ir a vivir a Londres con su familia. Los nazis habían ganado poder de forma muy rápida,
los judíos estaban en peligro, y la integridad del psicoanálisis peligraba. Foulkes aprovechó la
invitación de Ernest Jones para emigrar a Inglaterra. Se conservan pocos detalles documentados de
las circunstancias que rodearon esta marcha - si lo comparamos con el gran conocimiento que
tenemos con relación a la emigración de Freud pocos años después. A pesar de que Foulkes emigró
antes que otros analistas, incluyendo a Freud, huyendo de la rápida escalada de las hostilidades en
el período previo a la guerra alemana, no es difícil imaginarse que tuvo que afrontar como poco,
elementos de mucha incertidumbre y peligro en el cambio más importante de su vida. Algunas de
las cuestiones más importantes que se pueden hacer a cualquier biógrafo informado son: ¿Cómo
soportó la emigración a otro país? ¿Cómo se adaptó a su estatus de emigrante en un ambiente
nuevo y altamente competitivo? ¿Cómo se sintió siendo superviviente de una guerra? ¿Cómo afectó
el holocausto a su familia? ¿Cómo impactó la realidad de la guerra mundial en él en tanto que
persona y pensador?
La impresión general es que Foulkes se ajustó bien a este cambio. Obtuvo la calificación médica
inglesa y en un plazo relativamente corto fue miembro del Instituto de Psicoanálisis de Londres. Se
implicó mucho en el Instituto, y posteriormente llegó a ser psicoanalista didáctico y, en palabras de
su tercera mujer Elisabeth, permaneció siendo psicoanalista en un sentido “estrictamente
freudiano” hasta el final (E. Foulkes, 1990b) De forma paralela a ello, inició el experimento del
grupoanálisis, fue una figura clave en el experimento del Hospital militar de Northfield en los años
40 – que estableció una brillante tradición del trabajo grupal en Inglaterra- y publico su primer libro
“Introducción a la psicoterapia grupoanalítica” en 1948.
Leyendo el trabajo de Foulkes resulta difícil saber en dónde residen sus más importantes fidelidades
- si al psicoanálisis o al Grupoanálisis. Sin duda, su contribución más original fue como grupoanalista;
sin embargo, esta duplicidad de fidelidades genera una sensación de ambigüedad e incluso
ambivalencia en sus escritos. Las raíces del Grupoanálisis en el Psicoanálisis están siempre presentes
en su trabajo, en unas ocasiones de forma muy clara, en otras generando una sensación de una
posición un tanto incómoda, una especie de posición intermedia entre el individuo y el grupo.
Realizó numerosas referencias a esta vinculación, y lo que sigue, escrito por E. J. Anthony (1983, p.
37), es un ejemplo:
“No siempre he mantenido que el interés en Grupoanálisis sea a expensas del psicoanálisis; como
muchas veces he explicado, el Grupoanálisis es a la vez menos que el psicoanálisis y más que él. Si
lo miramos desde el punto de vista del psicoanálisis no es más que la aplicación de la introspección,
del pensamiento y de la actitud psicoanalítica en la situación de psicoterapia en el grupo. Desde el
punto de vista de la psicoterapia en general y del estudio de los seres humanos realiza unas
aportaciones que sobrepasan con creces las del psicoanálisis y no lo sustituye.”
Anthony (1983) lo describe como “una idea muy equilibrada que ni devalúa ni sobrevalora ni a uno
ni a otro”. Pero el texto denota un deseo de poder mantener juntos dos diferentes modelos de
psicoterapia. Si bien el grupoanálisis es en muchos aspectos un modelo diferente de psicoterapia,
hay una sensación de que nunca surge de forma totalmente separada del psicoanálisis, a pesar del
hecho de que Foulkes incluyese aproximaciones teóricas que no tienen nada que ver con el
psicoanálisis de forma evidente. E incluso, a pesar del esfuerzo de Foulkes en aportar claridad, le
existencia de un numero de principios psicoanalíticos clave en el grupoanálisis, como por ejemplo
el de regresión, interpretación, y transferencia, hace que la confusión persista. En realidad, las dos
aproximaciones pueden no estar totalmente separadas, pero el problema de la separación/
diferenciación, puede ser un factor de total falta de claridad teórica y de identidad en el punto de
vista grupoanalítico.
Otro aspecto del cambio de contexto de Foulkes fue el corporativismo psicoanalítico que se
encontró en Inglaterra. Fue un período duro en la historia de la Sociedad Británica Psicoanalítica,
dominada por las controversias Freud - Klein que llevo a divisiones en la Sociedad (King y Steiner
1990). En este entorno hostil y competitivo, parece que Foulkes había tenido un impacto limitado
como psicoanalista. Phillis Grosskurth (1989) en su biografía de Melanie Klein describe a Foulkes
como uno de los “machos continentales” (incluyendo a Hoffer y a Walter Schmideberg) que “no
eran muy efectivos”. Si fue esta la situación de Foulkes el psicoanalista, ¿cuánto más se le habría
dicho al creador del Grupoanálisis? En general, y en aquel momento, el psicoanálisis en Gran Bretaña
no daba la bienvenida o no estaba muy dispuesto a dar apoyo a ninguna salida hacia el grupoanálisis.
La vinculación de Bion con los grupos fue intensa pero breve, posiblemente reflejando las presiones
para volver al “puro” psicoanálisis. Y si bien Foulkes empezó a practicar el trabajo grupal fuera de
Londres, en Exeter, lejos de las tensiones y de la atmósfera desagradable del entorno psicoanalítico,
lo hizo en un ambiente general de hostilidad.
Aparecen aquí algunas cuestiones biográficas. ¿En qué medida los esfuerzos de Foulkes por
diferenciar psicoanálisis de grupoanálisis marcan un paralelismo con sus problemas de transición de
un país a otro? ¿En qué medida los problemas derivados de la separación entre disciplinas están
conectados con aspectos relativos a separaciones emocionales en su vida? ¿Hasta qué punto afectó
la hostilidad que encontró en el Instituto de Psicoanálisis en la forma idealizada en la que presenta
el grupoanálisis? – un extremo que será afrontado de forma más detallada en la sección próxima.
¿Qué ocurrió con la agresión y la destructividad en los grupos en dicho contexto? ¿Cómo pudieron
todos estos fenómenos influir en la red conceptual que tejió Foulkes? ¿Fue acaso la agresión
identificada proyectivamente con un mundo externo en guerra? Y finalmente, ¿cómo fue posible
ser consciente de la guerra al mismo tiempo que mantener en una visión optimista de los grupos
humanos?
No podemos contestar a estas preguntas de forma satisfactoria sin acceder a datos biográficos más
sustanciales, pero es difícil evitar la impresión de que su trabajo tenía una particular dinámica o
característica: la negación. Este aspecto pudo estar vinculado a través de la posición de Foulkes en
tanto que, refugiado primero, y como inmigrante después, requiriendo un reajuste radical al tiempo
que un considerable estrés personal. Hasta cierto punto lo corroboran algunos de los datos que se
pueden constatar, ya que Foulkes adquirió la nacionalidad británica en 1938. Al mismo tiempo,
cambió su nombre de Fuchs a Foulkes. Incluso se refiere a sí mismo con sus iniciales S. H. en lugar
de su nombre completo Sigmund Heinrich, y posteriormente se dejó llamar Michael Foulkes. Sólo
podemos hacer conjeturas sobre lo que posiblemente se trataba de evitar con ello: su identidad
alemana o judía, o ambas. Este tipo de aspectos de la identidad estaba de forma muy frecuente en
el mismo centro del torbellino europeo por aquella época y sugieren una cierta incomodidad en
Foulkes, posiblemente temor, asociada a su identidad más íntima y a su pasado reciente.
Vinculado con este concepto de matriz tenemos la idea de Foulkes de red. Ello no era tanto una
novedad cuanto una síntesis de la larga tradición europea y americana enfatizando el crucial lugar
del individuo en la espera psicosocial, y las profundas influencias que penetran a través de la cultura
en la sociedad, la familia y el individuo. En este sentido, para Foulkes el hombre no deja de ser una
abstracción: lo social precede lo psicológico, el grupo al individuo. Lo genial de Foulkes fue vincular
esta perspectiva a la terapia de grupo, no sólo expandiendo nuestra comprensión hacia los
elementos sociales en los que funcionamos los hombres sino añadiéndole una fuerte dimensión
interpersonal al enfoque intrapsíquico del psicoanálisis y, por consiguiente, desarrollando una
forma más radical de psicoterapia. Este enfoque socio - contextual ha llegado a ser familiar en
nuestro sistema de pensamiento actual (Blackwell 1994), pero en la época de Foulkes fue
relativamente nuevo y lideró su aplicación en ámbitos psicoterapéuticos.
Un desarrollo posterior en Foulkes fue el de animar las intervenciones terapéuticas directas con las
familias (Foulkes 1964). A pesar de que él mismo no lo desarrolló realmente bajo ningún punto de
vista, su aproximación conceptual a la red familiar anunciaba la terapia familiar tal y como la
conocemos hoy en día (Skynner 1987). Su trabajo en el Hospital de Northfield con Tom Main y
Harold Bridger nos lleva a la conceptualización de la comunidad terapéutica (Main 1977), influyendo
ampliamente los hospitales psiquiátricos en los años siguientes. Vinculado a ello, el énfasis que puso
en el contexto y su conocimiento de las interrelaciones entre los grupos pequeños y grandes, nos
lleva a las bases para la aplicación de los principios grupoanalíticos a los contextos no clínicos, en
especial en el campo organizativo (Rance 1989). Otras aplicaciones posteriores incluyen el
desarrollo de los grupos de análisis transcultural (Brown 1992) y los estudios grupoanalíticos
antropológicos (Bosse 1985; Knauss 1987).
El medio por el que estas relaciones aparecen juntas en la terapia de grupo es la comunicación. Una
conocida frase de Foulkes es la de que “trabajar hacia una mejor articulación de las formas de
comunicación es idéntico a lo que es el propio proceso terapéutico” Y a pesar de que, en sí mismo,
el énfasis en la comunicación es obvio, - sin ella ¿cómo pueden los seres humanos estar relacionados
de alguna forma? - la contribución de Foulkes reside en su forma particular de ver la comunicación
y los métodos que aplica para desbloquearla y para incrementarla en el grupo.
2. Intercambio: Foulkes (1948; 1964a), usó este término para describir la capacidad de compartir
que tienen los miembros del grupo en diversos niveles de profundidad, incluyendo aquellos
aspectos emocionalmente más sensibles que conciernen la experiencia de relación entre sí mismos
y los demás. Ello contribuye a las funciones de apoyo y socialización del grupo.
3. Discusión libre y flotante. Es el equivalente grupal de la asociación libre del psicoanálisis. Cuando
los miembros del grupo contribuyen de forma espontánea a este proceso, el modelo asociativo en
el grupo puede construirse de formas particularmente ricas e imaginativas, facilitando la imaginería
inconsciente y la expresividad emocional que llevan a la introspección y al conocimiento
(Schlapobersky 1994). El material onírico lleva de forma particular a este proceso en el grupo,
frecuentemente de forma altamente posibilitadora.
4. Resonancia: Ello hace alusión al eco de temas o sentimientos a lo largo del grupo creando
elementos de identificación entre los miembros del mismo. Ello puede ser de gran influencia en
tanto que despierta y fortalece el conocimiento emocional y lleva a un agrupamiento social a través
del espíritu de lo que es común. A través de este proceso se consigue el sentido de universalidad
descrito por Yalom (1975) como factor “curativo” en la terapia de grupo.
Como psicoanalista, Foulkes se adhirió al punto de vista clásico de Freud, así como a la psicología
del Yo de Anna Freud. Estaba menos convencido de los desarrollos post freudianos, particularmente
los de la teoría de las relaciones objetales. Sin embargo, su intuitiva comprensión de un amplio
abanico de experiencia psicológica, tal como sugieren los conceptos anteriormente descritos, acercó
el grupoanálisis a fuentes contemporáneas importantes de teorías del desarrollo y la investigación,
de forma especial, los trabajos de Daniel Stern (1985) sobre la armonización, los de Kohut (1971,
1977) sobre la empatía, y los de Bowlby (1977, 1988) sobre el apego. La amplia base experiencial e
intelectual del Grupoanálisis proporciona el marco para poder desarrollar una aproximación
psicoterapéutica integrativa, de forma que ha llegado a ser influyente y popular a finales del siglo
veinte (Norcross y Goldfried 1992).
Tampoco hay ninguna duda de la importancia de otro de los aspectos de la perspectiva de Foulkes
sobre el rol del conductor de grupo. Utiliza el término conductor de forma deliberada, para sugerir
que conducir una terapia grupal tiene más de actitud de director de orquesta que del sentido
convencional y directivo. Esto ha sido asociado con una visión democrática del proceso grupal, en
el que el énfasis vertical del psicoanálisis (incluyendo las jerarquías del pasado sobre el presente y
del analista sobre el paciente), da paso al énfasis horizontal en el grupoanálisis (en el que la
transferencia, la comunicación, y la terapia misma sucede a través del grupo). Otro dicho muy
conocido de Foulkes fue el de “la terapia del grupo por el grupo, incluyendo al conductor” Sobre
todo, tal y como Roberts y Pines (1992) han señalado, Foulkes fue un facilitador, y su estilo de
liderazgo ha tenido una importante influencia en el grupo de trabajo y en la psicoterapia en general.
Foulkes no sólo generó una esperanzada visión del grupoanálisis, sino que proveyó de un modelo
de trabajo del grupo que era al tiempo divertido y profundo –lo que Anthony (1983) se había
referido de forma muy emocionada como “el círculo mágico”. En términos de sus propias cualidades
de liderazgo y de sus capacidades como profesor, Foulkes organizó en torno a él un gran y vibrante
círculo de colegas que han estado profundamente influidos por sus enseñanzas y que llevó a la
tradición grupoanalítica a penetrar mucho en todos los terrenos, tanto clínicos como aplicados, que
han sido mencionados anteriormente. Entre ellos, Malcom Pines y Robin Skinner quizás señalan
tanto sus creativas y esperanzadas contribuciones como la deuda y la gratitud a Foulkes que
libremente se puede reconocer en sus muchos escritos.
Los defectos de la visión de Foulkes
Foulkes lo vincula de forma muy clara con la influencia recibida del neuropsiquiatra Kurt Goldstein:
“desde el aprendizaje y la introspección adquirida en Neurobiología... he llegado a la convicción de
que la situación en la que uno trabaja, la situación como total globalidad decide todos los aspectos
del proceso y su significado... Naturalmente en un grupo la situación total es la situación grupal”
(Foulkes 1973: 73).
Sin ninguna duda Foulkes suscribe la idea de que “el todo es más que la suma de las partes”, el
principio gestáltico que ha sido generalmente bien aceptado y que continúa condicionando nuestra
conceptualización de los grupos. Hay algo atractivo en lo global. Apunta hacia la integración y la
transformación, y contrapone la fragmentación implícita en buena parte de la teorización
psicológica y psicopatológica. En el caso del grupoanálisis, ofrece la teoría de acuerdo con las
aproximaciones psicoterapéuticas actuales, en particular con la de la psicología del yo (Harwood
1992). El énfasis en la globalidad viene también apoyado de forma decidida por grupoanalistas de
orientación Junguiana.
Zinkin (1994), subraya que el objetivo de todas las psicoterapias es alcanzar la globalidad tal y como
fue expresado por Jung con el concepto de Individuación. Sugiere que dicho concepto es más
evidente en grupoanálisis que en el análisis individual, en tanto que parece como que la
Individuación del miembro del grupo depende de la individuación del grupo como un todo. Powell
(1993, 1994) va varios pasos más allá, relacionando el grupo con estados cósmicos de interconexión,
vistos en el marco de una matriz psicofísica, y sugiriendo que se alcanza una dimensión
transcendental religiosa.
El aspecto negativo de lo global es que, si se toma desde un punto de vista extremado, distorsiona
y oscurecer los detalles llevándonos a la confusión y a la falta de claridad. En este sentido, el gran
énfasis de Foulkes en la “situación total” es, paradójicamente, un punto fuerte y al tiempo su punto
débil. Por ejemplo, el concepto de matriz grupal, concepto generativo que contiene la riqueza de
los detalles implícitos y que pretende ser el nudo fundamental de todo desarrollo grupal, tiende a
ser utilizado de forma global, lo que oculta más que ilumina la dinámica del grupo. Los
grupoanalistas que no saben cómo explicar los fenómenos grupales, creo yo, caen a menudo en la
máxima de “está en la matriz”: una generalización que si bien alivia no necesariamente ilumina.
Propongo que el énfasis de Foulkes en la aproximación global, debido a los aspectos carentes de su
teoría, provoca una falta de concreción y la tendencia a una exagerada generalización. Una teoría
psicológica completa requiere ambos aspectos: la globalidad y la parcialidad. Sin la globalidad, lo
parcial acaba siendo fragmentación y carente de sentido, pero, sin los detalles, lo global acaba
siendo vacío y difuso.
Skinner (1983), en una revisión bastante completa de la teoría grupoanalítica de la última década,
desvela que le costó bastante tiempo darse cuenta de los aspectos carentes en la teoría y la falta de
coherencia interna de la misma. Hasta entonces, creía que eran sus propias dificultades por
entender y comunicar las formas en las que trabajaban los grupos. Alude al fenómeno de “el traje
del emperador”, por el que, no habiendo una adecuada teoría de la psicoterapia de grupo, él y otros
creyeron que existía. Sugiere que este hecho supone un gran peso en los estudiantes que pueden
fácilmente atribuir su falta de claridad con relación al funcionamiento y las intervenciones
terapéuticas a sus propias carencias. “A menudo no es así” dice Skinner. “Ello se debe a que, además
de no tener una teoría clara y comprensiva que enseñarles, nosotros nos comportamos como si la
hubiere” (pág. 341). El último peligro de lo total es que lleva a la confusión y la decepción.
Skinner finaliza con un apunte esperanzador, indicando los puntos fuertes de la contribución de
Foulkes que, según su opinión, no fueron escritos con la suficiente claridad y propone que “nuestra
labor ahora es la de vestir al emperador con los trajes que merece” (pág. 343). Creo que de lo que
se trata no es tanto de construir más teoría encima de la existente como de deconstruirla. Este es
precisamente el aspecto de la teoría de Foulkes que necesita una contraperspectiva
deconstruccionista. Lo global necesita, al menos provisionalmente, ser desmantelado y
diseccionado, para que los componentes sean identificados y comprendidos de forma más clara –
en último término y de esta forma, las globalidades en sí mismas podrán ser reagrupadas y
fortalecidas.
Pines, que ha sido uno de los que ha puesto mayor énfasis en comprender y definir los conceptos
de Foulkes, adopta como elemento psicoterapéutico central la noción de coherencia (Pines 1986;
1994 a). Lo define como representando “la organización significativa de las partes que conforman
una totalidad” subrayando conceptos como identidad, integración y unificación. El uso de la
coherencia conlleva la necesidad de una mayor diferenciación - como base de la integración- de la
forma en la que yo lo sugiero. Creo, incluso, que en la práctica clínica real la mayoría de los
grupoanalistas, con su atención en la relación figura fondo y con el énfasis en el individuo en el
grupo, adoptan una forma de actuar que es compatible con esta noción. Sin embargo, ello está
reflejado inadecuadamente en la teoría, que la veo muy dominada por la concepción de la
globalidad.
Considero que el énfasis excesivo en lo global está relacionado con lo que ya he señalado en varias
ocasiones como una “tendencia idealizante” de Foulkes. Esta idealización aparece de varias formas.
En un plano muy general, Foulkes tuvo una visión altamente ambiciosa y optimista con relación al
potencial del grupoanálisis como escuela de psicoterapia. Escribió:
Estoy convencido de que este trabajo es el mejor método para realizar revolucionarios
descubrimientos de la efectividad del psicoanálisis en el amplio frente tanto de la psicoterapia como
de la enseñanza. Además, el estudio de los procesos mentales en su interacción en la situación
grupoanalítica nos enseñará mucho que es nuevo y nos ayudará a resolver problemas teóricos,
conceptuales que en la actualidad se perpetúan en la situación psicoanalítica. El grupoanálisis
terapéutico es la base sobre la que la nueva ciencia de la psicoterapia puede establecerse. (Foulkes
1964a:14)
Esta frase subraya, quizá exagera, algunas de las características del planteamiento de Foulkes: Un
tono global e idealista; una cierta visión omnipotente del grupoanálisis como ampliando la influencia
del psicoanálisis y de alguna forma superándolo; la creencia de que ayudará a resolver los problemas
teóricos cuando hasta cierto punto ha creado más problemas teóricos de los que ha resuelto; y la
atribución de estatus científico que, desde la perspectiva de todo lo que ha sido dicho, es, como
poco, prematuro.
De forma similar, cuando Foulkes viene a describir la efectividad terapéutica del grupoanálisis per
se realiza comentarios extravagantes:
El impacto terapéutico es muy considerable, intensivo e inmediato. La situación grupal llegará a ser,
con mucho, el elemento terapéutico más poderoso que hayamos conocido (Foulkes 1964 a: 76)
Frases de este tipo aparecen con una frecuencia un tanto incómoda en los escritos de Foulkes. Hay
una evidencia suficiente que justifica estas afirmaciones – sus escritos son ciertamente
decepcionantes en cuanto a proporcionar ilustraciones clínicas - y hay una ausencia de claro
conocimiento de las fuerzas que se contraponen y son antagónicas en grupoanálisis. Incluso, James
Anthony, un próximo colaborador y coautor junto con Foulkes se distanció de él en este grado de
idealización. “El deseo es grande pero la evidencia es en cualquier caso exagerada y depende más
de sus convicciones personales” (Anthony 1983: 42). En el mismo artículo Anthony señala contrastes
interesantes entre Foulkes y Freud:
Foulkes, como Freud, estuvo siempre peleando por su propia forma de terapia creada por él, pero
como Freud, tuvo la tendencia a sobrevalorar lo que el grupo podía hacer. En la medida en que
Freud se fue haciendo mayor, su interés en el psicoanálisis en cuanto instrumento incomparable
para la investigación de la mente individual, se fue incrementando y su creencia en el poder
terapéutico, disminuyendo. Anthony 1983: 46)
Anthony nos proporciona una idea equilibradora sobre la psicoterapia de grupo. Sugiere que
“procesos antiterapéuticos” están más dispuestos a actuar en el grupo que en la terapia individual
dado que la contratransferencia del terapeuta es mayor y el sadismo y la envidia de los miembros
del grupo no son contenidos por ninguna consideración analítica. Anthony cuestiona incluso el
mensaje de que estas medidas “antiterapéuticas” se convierten eventualmente en terapéuticas ya
que a menudo los grupos contienen miembros muy vulnerables con muy baja autoestima y
sensibilidades distorsionadas que pueden ser dañados más que ayudados por este proceso.
La idea de Anthony contiene el germen de la perspectiva antigrupal. Y este tipo de frases reflexivas
que atañen a las limitaciones y peligros del grupoanálisis no están o casi no están en los escritos de
Foulkes. Como consecuencia, lo que aparece es un gran interés en una parte o en una visión de la
terapia de grupo, faltándole una apertura a la duda o a la tensión dialéctica que es intrínseca no sólo
a los esfuerzos psicoterapéuticos sino al desarrollo emocional en su sentido general, con sus
progresiones y regresiones, y sus expresiones alternadas del amor y el odio.
En lugar del reconocimiento que necesitamos cuando estamos en la duda, lo que encontramos en
Foulkes es una exhortación muy conocida de la “fe en el grupo”. La idea tras ello es que muy en el
fondo el grupo tiene creatividad, integridad y poder curativo que trasciende los límites de la técnica
y de la duda terapéutica. Una idea similar se expresa en el principio de que el grupoanálisis es un
“acto de fe”. Estas ideas han sido adoptadas por una corriente continua de grupoanalistas que
reflejan, creo, una visión idealizada de Foulkes, casi una visión religiosa de la terapia de grupo
concebida en términos generales. Y si bien ello proporciona el ánimo necesario en la compleja y
frecuentemente difícil tarea de conducir una psicoterapia de grupo, refuerza una posición
acientífica, acrítica, que ha favorecido poco al avance del grupoanálisis como disciplina. Hace difícil
identificar y comprender los aspectos negativos del funcionamiento grupal, tales como los temores
y la hostilidad hacia el grupo, los ataques al propio el grupo o el en ocasiones evidente mal
funcionamiento grupal que se percibe a través de los abandonos y las actuaciones, y la propia
desintegración del grupo.
El punto crucial que surge de esta discusión es la necesidad de un equilibrio teórico. No son
satisfactorios ni un optimismo fuera de lugar ni un continuo pesimismo. El problema y el esfuerzo
radican en reconciliar ambos. Anthony se acerca más a ello que Foulkes. El artículo al que me he
referido anteriormente en el que Anthony se manifiesta en contra, de hecho, es un himno de
alabanza al Foulkes y su trabajo, un tributo a modo de elegía a su amigo y colega que murió posos
años antes. Sin embargo, eso no detiene a Anthony en su empeño de airear las dudas sobre el
método que el mismo ayudo a desarrollarse. Ya el mantener esta forma de ambivalencia es todo un
logro de por sí.
La visión de Foulkes sobre la agresión en los grupos.
Si había dado la impresión de que Foulkes no era consciente de las fuerzas agresivas y destructivas,
debo corregirlo. El problema no fue su desconocimiento: fue su dificultad en integrar este
conocimiento en su modelo de grupoanálisis.
En un artículo alusivo a su visita a Freud en 1936, Foulkes (1969) describe un episodio en el que
Freud le pregunta su opinión sobre la situación Nazi en Alemania y la posibilidad de guerra; a
continuación, le pregunta a Foulkes cuantos años tiene. Cuando Foulkes le contesta que 38, Freud
comenta: Was Sie noch alles scheckliches erleben konnen” – "¡Cuantas cosas terribles le quedan
aún a usted por vivir!". Sobre este comentario Foulkes dice acerca de Freud “me llevé una buena
impresión de su pesimismo y aunque pueda resultar extraño, también de su convicción sobre el
instinto de muerte”. Foulkes añade: " comparto, a la vez creo comprender ambas cosas con él
“(Foulkes 1969: 24. Itálicas mías).
Personalmente cada vez soy más consciente a lo largo de los años de la verdad y utilidad del
concepto de una primitiva fuerza autodestructiva. "Nada es más cierto que la ubicuidad de la
destrucción, un hecho difícil de aceptar" (Foulkes 1964 a, 138-139)
Un trabajo posterior de Foulkes (1974) sobre su filosofía en psicoterapia contiene la pregunta: ¿por
qué fracasamos? Propone dos factores: la enorme resistencia que la gente opone a cambiar, a
aprender o desaprender y “la necesidad de dañarse a sí mismos, la autodestrucción”. Continúa:
“esto son fenómenos universales, uno podría incluso decir que existe un grado y tipo de sufrimiento
innecesario que la gente añade al inevitable sufrimiento que es parte de la vida misma” (Foulkes,
1974: 275).
Parecería que la creencia de Foulkes en una fuerza autodestructiva permanece constante a través
de su carrera, al menos eso parece evidenciar la sentencia de: “es un hecho difícil de aceptar”. En
este último artículo demuestra más abiertamente su falta de confianza en el método
psicoterapéutico, el lado pesimista de Foulkes.
La forma particular que caracteriza la posición neurótica reside en su nivel verdaderamente elevado
de individualidad. En esencia es grupalmente disruptivo ya que es genéticamente el resultado de
una incompatibilidad entre el individuo y su grupo originario. Es al mismo tiempo la expresión de
las tendencias agresivas y destructivas. (Foulkes, 1964 a: 89)
Pines (1983 a) en unos comentarios sobre la frase de Foulkes, la clarifica más añadiendo que lo que
sería para un individuo sano una situación social, en la que uno representa un punto nodal en un
sistema social de comunicaciones abiertas, se convierte, para en el caso del neurótico, el lugar de
origen de las fuerzas agresivas y destructivas. Se supone que ello fue originado en el grupo familiar
y ampliado a las relaciones de la red social más amplia.
Foulkes tuvo unos puntos de vista positivos y optimistas en relación con la transformación de la
agresión y la destructividad en los grupos de psicoterapia, en formas más saludables de agresividad
y asertividad.
El proceso sigue mientras las tendencias agresivas del sujeto se utilizan para atacar y modificar la
neurosis de los otros miembros, mientras que las tendencias constructivas se usan para apoyar a
cada uno y construir el grupo: “en una palabra, uno puede decir que las fuerzas destructivas se
agotan en el análisis mutuo y las constructivas son utilizadas para la síntesis del individuo y la
integración del grupo como globalidad” (Foulkes 1964 a: 90). Esta visión se vincula con la orientación
sociobiológica de Foulkes en tanto que las tendencias constructivas una vez han sido liberadas, son
vistas como liderando al grupo de forma suave hacia las normas de la comunidad de la que forma
parte. Foulkes puso gran énfasis en la función socializadora del grupo, pero especialmente en las
normas de la sociedad externa.
Si bien todo ello no deja de ser un valioso intento de relacionar la agresión con la esencia de la
psicoterapia grupal analítica, según mi opinión es a la vez limitado y confuso. Personalmente lo
cuestiono en base a los siguientes puntos:
1. La agresión, tal y como ha sido descrita por Foulkes, la ubica esencialmente en el individuo: son
las tendencias destructivas del individuo las que le convierten en el que se desvía del por otra parte
saludable grupo social. No sólo resulta catalogado y tildado el sujeto –como neurótico, psicótico o
destructivo – simplificando de esta forma la complejidad de la psicopatología, sino que no cabe la
posibilidad de que el mismo grupo, o la comunidad puedan sean destructivos o anómalos – de
hecho, que el grupo puede ser influido de forma adversa por el sujeto y no al revés. Ello resulta
irónico, e incluso contradictorio, a la vista del consistente énfasis de Foulkes en el contexto social
del grupo. Representan incluso, desde mi punto de vista, la pérdida de una importante oportunidad
para vincular el grupo análisis con la amplia patología social – una preocupación crucial en la
aplicación de este modelo a las preocupaciones organizativas u políticas.
2. El intento de considerar las energías agresivas en los grupos con el análisis y las constructivas con
la síntesis es una consideración exagerada. Trata de reducir aspectos complicados a una fórmula
mecánica. La resolución e integración que producen las sugerencias de Foulkes hacen que el grupo
parezca fácil (e inconsistente con el tono de preocupación y el tono depresivo de su frase sobre las
fuerzas destructivas y auto destructivas).
Es sorprendente cómo ha sido ampliamente aceptada la teoría sociobiológica de Foulkes por los
grupoanalistas. Incluso por aquellos escritores que exponen sus reservas en relación con algunas de
las premisas de Foulkes. Skynner, por ejemplo, señala: “el grupo como globalidad es mucho más
normal que los individuos que lo componen, formando un consenso que es una guía articulada con
el grupo exterior y ello nos permite una constante resocialización y reeducación en valores más
saludables y de ayuda y de formas de interacción” (Skynner 1983: 339). Aquí no sólo son las normas
de un mundo exterior visto como criterio incuestionable para el desarrollo de los individuos, sino
que el éxito de grupo puede ser medido en relación el alcance de estos criterios.
El hecho de que el grupo como colectividad represente un elemento consciente que es más que el
de sus miembros individuales, y que hay oportunidades en ello para trascender, es un punto de vista
que anima; pero que esta necesidad actúe como espejo de una sociedad convencional, es
cuestionable.
Sólo Karterud (1992), hasta donde puedo conocer, sigue esta visión. Cuestiona la noción del grupo
como espejo de las normas sociales, sugiriendo que esto es un “dogma” que necesita una
reevaluación. Cree que esto no considera el impacto de las “decepciones colectivas” en la sociedad;
incluso que ello no tiene en cuenta los grupos formados por pacientes con graves trastornos, que
parece que están incrementándose en los espacios clínicos (se puede argumentar que ello mismo
refleja las heridas de la sociedad contemporánea y la tendencia hacia la fragmentación y la
alienación - una forma diferente de la sociedad normativa).
Volviendo a Foulkes, he llegado a la conclusión de que su dificultad para elucidar el poder de los
procesos destructivos en los grupos, estuvo vinculada a la búsqueda de una concepción idealizada
del grupo y de la comunidad. La impresión, a pesar de lo que el mismo Foulkes sugiere en el pasaje
citado anteriormente, es que “la ubicuidad de la destrucción” fue un hecho difícil de aceptar para
él, que no podía ubicar en una visión idealizada de los grupos, y que realizó un intento parcial e
infructuoso de incluirlo en su teoría, dejando un área crucial del grupoanálisis sin desarrollar y sin
resolver.
Las preguntas de Freud a Foulkes sobre el régimen Nazi en Alemania y la posibilidad de guerra (ver
más arriba) son sorprendentemente relevantes en el contexto actual. Toman un significado
profético si consideramos que Foulkes comienza el grupoanálisis en Inglaterra a principios de los 40.
Fue aproximadamente 10 años después de que hubiese dejado la Alemania de Hitler y el momento
en el que la II Guerra Mundial envolvía toda Europa en una ola de violencia. Foulkes desarrolló su
trabajo de forma paralela a los sucesos envolventes de la guerra (la despiadada destrucción, la
conducta demoníaca de los grupos, la revelación del holocausto con todas sus atrocidades y tras
ello, los campos de muertos de Nagasaky e Hirosima. ¿Cómo podemos explicar la génesis de un
modelo optimista de la conducta humana en el contexto de tal destrucción? Ello debe ser
contrastado con Freud cuyas experiencias prácticamente en el mismo tiempo y lugar contribuyen a
un profundo pesimismo de la visión de la conducta humana. Tema que quedó cristalizado en “El
malestar de la cultura” (1930) ¿Qué sucedió en el caso de Foulkes para esta disparidad entre los
sucesos de la realidad exterior y la visión de confianza en el potencial terapéutico del grupo?
Anteriormente he abordado el tema de la negación, pero hay otras consideraciones.
Una explicación en parte es que quizás, Foulkes estaba librando su propia batalla personal en
Inglaterra. Es evidente que se sintió alienado por parte del poder británico en el tema del
grupoanálisis: “la idea de una psicología o una psicoterapia basada fundamentalmente en el grupo,
es un anatema para los psicoanalistas... la mayoría de los psicoanalistas de hoy ignoran o desprecian
la psicoterapia de grupo” (Foulkes 64 a: 230) Esta y otras frases revelan que Foulkes se sentía en
una lucha o quizás perdiendo una batalla solitaria contra el poder psicoanalítico (y hasta cierto punto
psiquiátrico) No sorprende que se viese empujado a argumentar los beneficios del Grupoanálisis de
forma intensa: “dicen que defiendo mi propio planteamiento. Pero, ¿qué más puedo hacer? Si no
creyese que estoy en el punto correcto, no lo podría adoptar” (Foulkes 1964 a: 121)
Podemos simpatizar con estas frases, pero en cualquier caso señalan que estas difíciles
circunstancias parecen haber llevado a Foulkes a desarrollar sólo una cara del modelo.
Irónicamente, lo que olvidó fue una convincente explicación de la agresión en los grupos –
exactamente la que Foulkes afrontaba en su encuentro hostil con el poder de los psicoanalistas. Uno
se pregunta incluso si a veces, una idealización defensiva ayuda o bloquea la causa. Después de todo
con lo que Foulkes se encontró fueron esencialmente reacciones “antigrupales”. En mi primer
trabajo sobre el antigrupo escribí:
“La objeción del poder psicoanalítico ortodoxo hacia el grupoanálisis fue sin duda una reacción
intolerante frente a la alteración del sólido contexto transferencial del psicoanálisis individual, pero
cuánta ansiedad refleja también frente al poder de los procesos grupales, hacia el traspaso del
acento terapéutico desde la confortable y cómoda relación de a uno, a la arena grupal, con su
disponibilidad para intensas agresiones, la rivalidad y la alienación. Siento que, si Foulkes hubiese
sido capaz de explorar de forma más abierta y plena estos aspectos, en lugar de haber acentuado
de forma optimista el proceso y los resultados del grupoanálisis a toda costa, hubiese provocado un
mayor impacto sobre sus críticos” Nitsun 1991: 11)
Por supuesto que a Foulkes le resultaba probablemente familiar el hecho de que el encuadre grupal
era un anatema para muchos psicoanalistas. Muy posiblemente, la poderosa implicación de Foulkes
en los grupos fue una forma de encontrarse consigo mismo, y de desarrollar y elaborar su identidad
en el nuevo país. Visto desde el punto positivo, su optimismo sobre la terapia de grupo y su énfasis
en las globalidades y redes, puede ser visto no tanto como una negación del grupo odiado y en
guerra sino una forma de equilibrar la destrucción y sufrimiento de los que fue muy consciente, y
desarrollar una visión reparadora de la sociedad y de la psicoterapia, generando esperanza.
Esto nos lleva al último tema de este apartado – la institucionalización del modelo de Foulkes y
cómo el entorno grupoanalítico sacraliza su herencia tanto en el aspecto positivo como en el
negativo. Kurterud (1992) realiza algunas agudas indicaciones al respecto. Enfatiza no tanto la
idealización de Foulkes en los grupos cuanto la institucionalizada idealización en la sociedad
Grupoanalítica. Indica que ello sirve como un factor cohesivo crucial que fortalece la comunidad
grupoanalítica internacional frente a los peligros de un conflicto interno y de desintegración – casi
como si (...) antigrupo interno. El problema es que el empeño en mostrar cohesión es también la
expresión de su debilidad, un signo de inmadurez. Produce una ideología, término que Kurterud
define como “una distorsión sistemática de la comunicación por el oculto ejercicio de la fuerza”.
Varios autores, en especial Schwartz (1990) han percibido las presiones para formar organización
con el objetivo de fortalecer el ideal narcisista de la Organización más que el progreso de la misma.
Buskerud alerta contra esto como un impedimento para progresar tanto en la teoría como en la
investigación.
Quisiera señalar que estas dos circunstancias –la idealización de los grupos de Foulkes y la
idealización de Foulkes – están íntimamente vinculadas, representando un reflejo ante los aspectos
teóricos e institucionales, y combinándose para mantener el elitismo en Grupoanálisis
Foulkes y el psicoanálisis.
El pesimismo de Freud sobre los aspectos sociales generales es evidente en “El malestar de la
cultura” (1930). En uno de sus últimas publicaciones, “Análisis terminable, análisis interminable”
(Freud 1937), Freud destila un pesimismo considerable con relación al propio psicoanálisis,
cuestionando su eficacia terapéutica y su poder de prevenir la reiteración del descalabro emocional
tras la terminación del tratamiento; este artículo ha sido el tema de revisiones profundas por parte
de Thompson (1991). Sus observaciones, si las combinamos con el propio artículo de Freud, nos
proporcionan un marco útil para tomar importantes aspectos del modelo de Foulkes.
“Análisis terminable e interminable” es una osada expresión de las dudas de Freud sobre los frutos
de su vida de trabajo. De forma atrevida confronta los resultados ambiguos y decepcionantes del
tratamiento psicoanalítico, ofreciendo un conjunto de explicaciones teóricas sobre ello. Aquí, el
instinto de muerte se coloca en el centro del escenario. La visión de Freud es que los aspectos
regresivos y autodestructivos del instinto de muerte están en franca oposición a los deseos curativos
del psicoanálisis. El concepto de instinto de muerte como una fuerza concreta de la vida humana y
como agente causativo en el psicoanálisis, ha sido una de las controvertidas aportaciones de Freud,
no totalmente aceptadas por la comunidad psicoanalítica. (Ricoeur, 1970; Brenner, 1971; Hamilton,
1976; Berenstein, 1987). Thompson señaló, sin embargo, que el concepto tiene su importancia no
tanto como una creencia concreta, cuanto principio abstracto que equilibra el amplio optimismo en
psicoanálisis. La visión optimista que permanece siendo central en el pensamiento psicoanalítico
supone que el tratamiento psicoanalítico lleva a una creciente estructuración, integración y
progreso. Freud indicó esto en varios lugares indicando que el ego está limitado en su organización
y capacidad integradora, que ello puede debilitar la fuerza de las demandas instintivas y conflictos
y que las características del desarrollo pueden llevar más a una desintegración que a la integración.
En relación con esta visión del desarrollo, Freud cuestiona también la unidad del proceso
terapéutico mismo, especialmente la transferencia, las neurosis transferencia y la resolución de la
misma, nociones que han sido idealizadas en la cultura psicoanalítica y que, en palabras de
Bergmann (1988) se han convertido en “dogmas de fe psicoanalíticos” – un interesante corolario al
ya mencionado principio de que el grupoanálisis es un “acto de fe” (ver antes). En la visión de Freud
estos “artículos” son sólo aproximaciones a la realidad psíquica y que no puede esperarse hacer
cargo completamente en psicoanálisis. En este sentido, el proceso psicoanalítico es incompleto en
sí mismo, e incluso desintegrado.
Thompson sugiere que el pesimismo de Freud debe ser visto no como absoluto sino como una forma
de “pesimismo correctivo”. Su artículo no acaba con una nota final de pesimismo y su objetivo no
era erradicar la creencia psicoanalítica sino restaurar un equilibrio teórico en el excesivo optimismo.
En términos de Bakhtin (1981) que pone acento en el diálogo como elemento vital en el proceso de
desarrollo, Freud miró de restablecer un diálogo entre la integración y la desintegración, regresión
y progreso; pone voz al lado que fácilmente queda tapado y silenciado por el optimismo, un aspecto
que creyó debía ser mantenido en constante diálogo con el otro lado. “Este equilibrio no es una
tarea fácil, incluso hoy” escribe Thompson (1991: 166) y señala la resistencia que el artículo de Freud
provocó en el momento de la publicación y posteriormente. Lo ve incluso, como un tributo a la
grandeza de Freud en tanto pensador y escritor, quien al final de su vida fue capaz de tomar una
distancia con relación a su propia creación.
Atribuyendo el origen de la opción del instinto de vida y de muerte al filósofo Empédocles, Freud
señaló “de estos dos poderes (amor y conflicto). la primera lucha por aglomerar las partículas
primitivas de los cuatro elementos en una simple unidad mientras que la otra, por el contrario, se
esfuerza en destruir todas estas fusiones y en separar las partículas primitivas de los elementos
entres sí (1937: 246).
Muchas de las características de la visión de Foulkes de los grupos analíticos resuenan con esta
descripción del Eros. El esfuerzo por combinar partículas en una simple unidad es una metáfora
excelente para la visión de Foulkes de la matriz, dándole apoyo a su exagerado énfasis en las
globalidades. Esta impresión queda reforzada al comprobar la caracterización de Laplanche del Eros:
“el impulso de vida contiene en él una mezcla del optimismo que nace de la ideología del progreso
y evolución: Eros es lo que une y tiende a formar entidades más complejas y siempre más ricas,
inicialmente a nivel biológico y posteriormente a nivel psicológico y social (1970) La trayectoria
descrita aquí desde lo biológico a lo psicológico y a lo social encaja con la visión de Foulkes del
desarrollo así como con la concepción del grupo como facilitador del progreso desde el individuo
aislado a una existencia compartida en la red social. Sin embargo, la fuerza modificadora y
contraequilibradora de Tanatos, el instinto de muerte, está ausente en el modelo de Foulkes. Incluso
descartando el pesimismo inherente en ella, al no ser incluida en el modelo de grupoanálisis se le
priva del potencial nivelador que sin duda este tipo de constructo posee al ofrecer sí más no, un
punto de vista crítico.
Si Foulkes se adhirió en principio al psicoanálisis clásico, e incluso sin incorporar muchas de sus
dialécticos esfuerzos, mostró un rechazo distinto a considerar los últimos desarrollos en relación
con la teoría de las relaciones objetales.
En un artículo posterior “Aportación crítica a la teoría de los objetos internos” (Foulkes 1975 b)
rechaza la teoría de las relaciones objetales principalmente por el énfasis que ésta pone en los
fenómenos intra-psíquicos, argumentando que se toma a los "objetos" como "personificaciones"
que de forma mecánica son proyectadas en la mente humana sin tener en cuenta sus orígenes
interpersonales. En algunos aspectos es una crítica importante a hacer a los grupoanalistas, sin
embargo, el rechazo de Foulkes es total, introduciendo un grado de exageración y simplificación
extrema – “retroceden casi a una teoría que corresponde al exorcismo o a la penitencia” (: 282) y
deja de considerar algunos de los poderosos aspectos de la teoría, incluso la comprensión de los
impulsos agresivos y destructivos como fuerzas movilizadoras de las relaciones interpersonales. Por
ejemplo, la visión de Melanie Klein de los mecanismos de defensa de proyección, escisión e
identificación proyectiva como derivados del esfuerzo para hacerse cargo de la agresión primitiva y
de la envidia, son importantes para comprender aspectos de la vida grupal. La teoría de Fairbain del
objeto antilibidinal tiene mucho que aportar a la comprensión de la proyección sobre el grupo
mismo de un objeto frustrante, que evita e incluso castigador. Bion (1961), por supuesto, aplica los
conceptos de Klein directamente sobre los estudios de grupo y sus planteamientos, junto con los de
Klein y Fairbain serán explorados de forma más profunda en capítulos posteriores. El grupoanálisis
no necesariamente excluye el uso de estos conceptos, incluso son asumidos por muchos autores,
sugiriendo que de hecho son mucho más relevantes de lo que Foulkes admitió, pero sus orígenes
conceptuales tienden a ser negados permaneciendo en el grupoanalisis como bolsas de intensa
resistencia a la teoría de Relación de Objetos.
Powell (1993) entre otros, señaló que la conceptualización de Foulkes sobre grupos llegó a una
parálisis. Estoy de acuerdo con ello: en estas casi dos décadas desde la muerte de Foulkes ha
ocurrido una atrofia de algunos de sus conceptos básicos. Nociones tales como, comunicación,
traducción y resonancia entre otras, han llegado a ser de tan de uso común que han perdido toda
su vitalidad y carácter distintivo como componentes de la teoría. Estoy también de acuerdo con la
observación de Powell de que la inclinación de Foulkes hacia todo ello se debe probablemente en
parte a su temor a que se desorganizara su propia herencia psicoanalítica. Así que mientras Powell
señala que la teoría de Foulkes hubiese podido desarrollarse más de lo que ha hecho si hubiera
tenido las herramientas conceptuales para elaborarla en su totalidad como por ejemplo en el
trabajo de Jung o la psicología transpersonal de hoy en día. Mi punto de vista personal es que el
énfasis en la totalidad, generativa como fue en cierta forma, oscurece aspectos importantes del
grupo.
Mantengo algún sentido de totalidad en la vinculación entre la historia y la ideología del desarrollo
de Foulkes: que su experiencia al dejar Alemania en los inicios de la II guerra Mundial, el auténtico
hecho de la guerra y su esfuerzo por establecer el grupoanálisis como método respetable para la
psicoterapia en Inglaterra no han sido coincidencias. Probablemente todas contribuyeron de
diversas formas en su esfuerzo por crear un poderoso nexo entre los grupoanalistas, de forma un
tanto ambiciosa y muy positiva. Todo lo cual se vio reforzado por la idealización que se ha hecho de
Foulkes y su trabajo en la comunidad Grupoanalítica internacional, resultando en la propagación de
su influencia, pero también a la vez, al riesgo de caer en la reificación y el institucionalismo.