Javier Gomá
Javier Gomá
Qué es la dignidad
El concepto se usa en toda clase de contextos —tratados, Constituciones, leyes,
resoluciones judiciales—, pero siempre queda pendiente de definir. Su esencia se
presupone o su entendimiento se confía al buen sentido 1
EVA VÁZQUEZ
"Escándalo de la filosofía” llamó Kant al hecho de que faltara un argumento decisivo sobre la
existencia de la realidad objetiva fuera del yo. Dos siglos más tarde, el escándalo de la filosofía es, a
mi juicio, que todavía falte un argumento decisivo sobre la existencia de la dignidad —esa realidad
moral— y sobre su contenido. No hay noción filosófica más influyente y transformadora y, sin
embargo, carece de un filósofo a la altura de su importancia. El Diccionario de filosofía de Ferrater
Mora ni siquiera le concede una entrada a lo largo de sus cuatro tomos.
Se usa con profusión en toda clase de contextos a guisa de fundamento teórico —tratados y
organizaciones internacionales, Constituciones políticas, declaraciones de derechos humanos, leyes
y resoluciones judiciales—, pero invariablemente su esencia se presupone o su entendimiento se
confía al buen sentido, quedando, por eso mismo, a la espalda y pendiente de definir. Incluso, ya en
nuestro siglo, ha inspirado el movimiento social de los indignados sin que estos hayan sentido la
necesidad de precisar antes, siquiera elementalmente, qué es aquello cuya ausencia enciende su ira y
su protesta.
Podría definirse la dignidad precisamente como aquello inexpropiable que hace al individuo
resistente a todo, incluso al interés general y al bien común: el principio con el que nos oponemos a
la razón de Estado, protegemos a las minorías frente a la tiranía de la mayoría y negamos al
utilitarismo su ley de la felicidad del mayor número.
La dignidad es idea de larga genealogía intelectual, pero solo en la Ilustración se configura como
propiedad inmanente de lo humano, sin más fundamento que la humanidad misma, a la luz del
convencimiento, expresado por Tocqueville, de que ahora “nada sostiene ya al hombre por encima
de sí mismo”. Somos los hombres quienes nos reconocemos unos a otros la dignidad; es decir,
mutuamente nos concedemos por convención un valor incondicional… no sujeto a convenciones.
Con todo, el concepto ilustrado de dignidad experimenta una mutación extraordinaria en el siglo XX
a consecuencia de su democratización. Porque en Kant la dignidad todavía conserva resabios
aristocráticos al presentarla dependiente de nuestra racionalidad moral, que excluye en la práctica
muchos casos, mientras que el concepto democrático obra una especie de universalización de esa
distinción aristocrática a todo sujeto existente. Una aristocracia de masas.
La dignidad democrática se recibe por nacimiento y otorga a su titular derechos sin mérito moral
alguno por su parte, válidos incluso aunque desmienta esa dignidad de origen con una odiosa
indignidad de vida. Es irrenunciable, imprescriptible, inviolable, aquello que siendo inmerecido
merece un respeto y coloca en cierto modo al resto de la humanidad en situación de deudora. Es
única, universal, anónima y abstracta, por lo que prescinde de las determinaciones (cuna, sexo,
patria, religión, cultura o raza) en las que se fundaban el surtido variado de las antiguas dignidades.
Es, en fin, una dignidad cosmopolita, la misma por igual para todos los hombres y mujeres del
planeta. Pues ahora nos parece una verdad evidente que nadie es más que nadie y que, como dijo
Juan de Mairena, “por mucho que un hombre valga, nunca tendrá valor más alto que el de ser
hombre”.
Aunque inviolable, la dignidad sigue siendo hoy violada mil veces cada día. La diferencia con otros
tiempos estriba en que ahora, en este estadio democrático de la cultura, ya nadie puede hacerlo sin
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envilecerse. La repugnancia que nos inspiran los cotidianos atropellos nos despierta un sentimiento
aún más vivo de nuestro propio valor. Y cuanto más seguros estamos de esa dignidad originaria,
tanto más trágicamente tomamos conciencia de la mayor de las indignidades, la absoluta, esa que no
es de naturaleza personal ni social, sino metafísica: la muerte. Qué paradójica condición la nuestra,
dotada de dignidad de origen y abocada extrañamente a una indignidad de destino.
Cada uno de nosotros experimenta en carne propia la contradicción de un mundo que, con una
mano, nos concede el gran premio de la dignidad individual, último y supremo estadio de la
evolución de la vida; pero luego, con la otra, nos lo revoca reservándonos la misma indigna suerte
que al resto de los seres menos evolucionados. El pobre como el rico, el ignorante como el sabio, el
célebre como el anónimo, el afortunado tanto como el desventurado, todos igualmente agitados por
este dramatismo universal de la doliente epopeya humana.
Demasiado conscientes de esta indignidad metafísica última, la felicidad como tal es una posibilidad
que ha quedado clausurada para nosotros, los contemporáneos. Por encima de ser feliz está el ser
individual. Siempre quedará a nuestro alcance, en cualquier circunstancia, por difícil que se
presente, el obrar conforme a esa dignidad que ya hemos intuido y probado. Lo nuestro ya no es ser
felices, sino ser dignos de ser felices, aunque de hecho no podamos serlo. Lo nuestro es dotar a
nuestra vida individual de una forma insustituible, para que así nuestra muerte sea verdaderamente
un atropello intolerable. Que resulte manifiesto para el mundo que nuestra muerte constituye una
objetiva pérdida, una destrucción absurda y sin sentido, una visible injusticia.
La máxima que guiará nuestras vidas a partir de ahora será: “Compórtate de tal manera que tu
muerte sea escandalosamente injusta”.
Se diría que la solución a muchas de las penalidades que afligen hoy a la cultura española pende
casi exclusivamente de una prometida ley de mecenazgo que, aunque varias veces pospuesta,
lloverá algún día sobre nosotros como maná en el desierto. En ella parecen residenciadas todas las
esperanzas del sector. Ahora bien, sin necesidad de ley alguna, la cultura occidental durante siglos
ha ido creando sus obras más excelsas gracias en altísima proporción al mecenazgo de Corona,
casas nobles y autoridades eclesiásticas, estamentos aristocráticos a los que luego se unió la alta
burguesía. Y en este país nuestro de ahora mismo, también sin necesidad de ley, si un mecenas que
haga honor a su nombre, émulo de aquel que protegió a Horacio y Virgilio, quiere contribuir
financieramente de modo desprendido a una causa digna de apoyo, ¿puede decirme alguien quién se
lo impide? Nadie. Lo que ocurre es que no está fiscalmente incentivado o no lo está en grado
suficiente. Ah, luego en realidad no hablamos de mecenazgo, sino de desgravación fiscal.
El llamado mecenazgo consiste en una deducción de la cuota del IRPF o del impuesto de sociedades
aplicable a algunos donativos. En otras palabras, dinero que deja de ingresar la Hacienda pública
para que el contribuyente les dé un destino más acorde a sus preferencias personales. ¿Algo que
objetar? Nada de nada, si el Estado puede permitírselo. Pero no encontraréis filántropos para
mejorar cárceles, pensiones de jubilados o prestaciones por desempleo. Admiramos el vasto
desarrollo de la filantropía en EE UU, pero olvidamos que su sistema de sanidad y enseñanza
públicas desmerecen del que uno esperaría de un país tan rico. Porque ¿tú qué prefieres: pagar tus
impuestos de forma abstracta para que el Estado lo aplique, por ejemplo, a asfaltar los baches de una
carretera comarcal o donar un cuadro al Museo del Prado, con pública ceremonia de recepción
incluida y placa conmemorativa que proclama al mundo tu generosidad? Cada país identifica las
necesidades que debe cubrir el Estado y aprueba un plan anual de ingresos y de redistribución de las
rentas con arreglo a un sentido compartido de la justicia social. Lo que se deja de ingresar por un
lado va en detrimento de ese plan o debe compensarse con otros ingresos adicionales. He llegado a
la conclusión de que, en un régimen democrático, en el que los ciudadanos consienten las leyes a
través de sus representantes, el verdadero mecenas es el contribuyente anónimo que financia los
servicios públicos que tanto nos dignifican, en tanto que el sedicente mecenas, ansioso de la
desgravación, a veces sólo aspira a ser un contribuyente privilegiado.
Javier Gomá Lanzón (Bilbao, 1965) es ensayista y director de la Fundación Juan March.
Libre y con compromiso
España atraviesa las dificultades propias de una democracia sin buenas costumbres. No
pudo heredarlas de la dictadura y no ha sabido inventarlas en estos 40 años
NICOLÁS AZNÁREZ
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Escribió Tocqueville: “¿No habría que considerar el desarrollo gradual de las instituciones y de
las costumbres democráticas no como el mejor sino como el único medio que nos queda para ser
libres?”.
La historia de España de los últimos 40 años responde con rara exactitud y en el orden establecido a
esta pregunta sobre la libertad colectiva. A partir de 1975 tuvo lugar en nuestro país un primer
momento fundacional, carismático en términos weberianos, de invención de
nuevas instituciones, que salió asombrosamente bien; después, conforme al discurso natural de las
cosas, se esperaba un segundo momento de consolidación social de dichas instituciones a través de
las costumbres democráticas, pero este otro proceso, tan delicado, propio de un estadio de madurez
de un pueblo, no se ha consumado aún. Somos todavía una democracia sin mores y en esta carencia
se halla, a mi juicio, la causa última de nuestro actual descontento.
Así como quien acerca demasiado la nariz a la obra maestra del gran pintor sólo es capaz de ver
hilos y manchas de pintura sobre un lienzo, así también un análisis excesivamente circunscrito a
aspectos parciales de nuestra Transición sólo conduce al previsible bizqueo del observador. En
ambos casos conviene tomar distancia para contemplar el cuadro entero. En efecto, sólo una visión
culta sobre el hecho, vale decir, una visión con amplia perspectiva histórica, hace justicia a la
magnitud de lo acontecido aquí en los setenta. España tenía consigo misma una deuda muy antigua
pendiente de cobro.
Conforme al esquema de Weber, tras el carisma de la Transición debería haber venido en España
durante los 40 siguientes años la consolidación de sus instituciones a través de costumbres sociales
(del demos a las mores). Las instituciones democráticas garantizan la libertad al ciudadano y al
mismo tiempo esperan un determinado uso de ella. Un ejercicio racional y virtuoso de la libertad
dignifica al ciudadano y favorece la convivencia. Lejos de agotarse en meros procedimientos, la
democracia propone también un ideal material de ciudadanía.
Ideal de un ciudadano no sólo libre, sino también emancipado; uno que no sólo ajusta su libertad
externa a la ley, sino que educa su corazón y lo civiliza allá donde la ley no alcanza. ¿Cómo obligar
a alguien a ser virtuoso a la fuerza? Vano sería el intento de imponer este ideal por ley. “Leges sine
moribus vanae”, dice el verso de Horacio. Se extiende, en consecuencia, no por la coacción de la
ley sino por la persuasión de la costumbre, las buenas costumbres de un pueblo, auténtica fuente de
moralidad social. Escribe Tocqueville: “Las leyes son siempre vacilantes en tanto no se apoyan en
las costumbres; las costumbres forman el único poder resistente y duradero del pueblo”. No
cualquier rutina merece el nombre de costumbre, sólo aquella dotada de normatividad moral, cuya
violación es castigada sólo con el reproche colectivo, sin sanción jurídica. Llamamos buenas a
aquellas costumbres que mueven blandamente al ciudadano, sin necesidad de coerción, en dirección
a dicho ideal de libertad y le enseñan su ejercicio virtuoso. El resultado de su ampliación por medio
de las mores sería algo así como la universalización de la decencia (ideal de una mayoría selecta). 8
España atraviesa ahora las dificultades propias de una democracia sin buenas costumbres. No pudo
heredarlas de la dictadura y no ha sabido inventarlas en estos 40 años. Carecemos de un ideal cívico
compartido, seductor y potente. Sentimos por todas partes la torpeza de las instituciones políticas
que nos rigen y exigimos su reforma inmediata, pero con alta probabilidad esas mismas
instituciones funcionarían pasablemente bien de estar administradas por ciudadanos competentes y
con sentido del decoro. En el fondo, simplemente queremos administradores decorosos. ¿Y cómo
conseguir este tesoro? Con el apremio irresistible de propio ejemplo cívico, generalizado a la
sociedad entera gracias a las imitaciones colectivas de las costumbres. Nada más eficaz para exigir
decencia que practicarla. Una sociedad comprometida con aquello mismo que reclama ejerce una
presión muda sobre la selección de los administradores públicos y somete su gestión a la medida de
una pauta moral —no escrita pero realísima— que éstos ya no pueden ignorar sin gravísimo y
justificado reproche.
A lo mejor resulta que queremos reformar las instituciones para no reformarnos a nosotros mismos
y así permanecer instalados en nuestra suave vulgaridad moral, libres y sin compromiso para
siempre como en una juventud eterna. Comprometerse no menoscaba la libertad; al contrario, la
perfecciona. Ojalá una España del futuro con buenas costumbres democráticas. Libre y con
compromiso.
Javier Gomá Lanzón es ensayista. El 2 de marzo Galaxia Gutenberg publica su libro Filosofía
mundana. Microensayos completos.
Javier Gomá: «La ejemplaridad debe ser un ideal de
dignidad, no un aparato de linchamiento»
El filósofo y escritor, autor de la «Tetralogía de la ejemplaridad» que ahora se reedita,
reflexiona en una entrevista sobre la dignidad de una vida basada en principios éticos,
sobre la muerte y la posteridad
destinada a ser leída por otros filósofos. La filosofía debería contribuir a que nuestra
vida sea más digna, profunda, gozosa, consciente. Tiene que ser tres veces
mundana: primero, porque hable del mundo, no de otros libros, no de lo que han escrito
Nietzsche o Heidegger; debemos tener el atrevimiento de apropiarnos de nuestra época a
través del pensamiento, no ser serviciales respecto a lo que han dicho otros. Segundo,
filosofía para todo el mundo, igual que el teatro, la novela, no para especialistas. Y, por
último, filosofía con un poco de mundo, es decir, con gracia, belleza, humor, alejada de una
prosa árida, abstrusa, que expulsa a quien desea vivir con conciencia. Se echa de menos el
tiempo en que se daba el Nobel de Literatura a filósofos como Sartre o Russell, que
escribían con estilo.
¿Es preferible imitar el mundo o definirlo?
Es casi una cuestión de estrategia comunicativa. El concepto tiene varias ventajas. Iluminas
con las dos funciones de la luz, dar prioridad y dar calor con una prosa clara. Si la vida es un
libro, puedes leerlo dos veces. La primera vez tu lectura está distorsionada por la emoción
del descubrimiento. De igual manera que si has leído el Quijote con veinte años y lo vuelves
a hacer con 50 es un Quijote distinto, cuando hablamos del libro de la vida es también
diferente. En mi caso, la primera lectura me llevó a la Tetralogía de la ejemplaridad y otros
libros (Filosofía mundana, La imagen de tu vida). Pero en esta segunda lectura se me ha
hecho más evidente lo que llamo el suelo no urbanizable de la vida, lo que no es susceptible
de integrarse en un plan civilizatorio, los contornos ingobernables e irreductibles de la
existencia humana.
«Hay más mezquindad en nuestro corazón de la que imaginaba. Nace del tedio, del
cansancio, de las pequeñas heridas»
Thoreau decía que no nos pertenecemos, que perdemos nuestra vida tratando de
ganarla. ¿Una vida ejemplar puede lograrse aligerando nuestro equipaje?
Recuerdo una frase que decía mi padre cuando entraba en un supermercado o en unos
grandes almacenes: «¡Cuán grande es el número de cosas que no necesito!». Aplaudo
los valores de Thoreau, no el procedimiento de conseguirlos. No es en la cabaña junto al
lago, sino en el proceso de socialización cuando aspiramos a alguna forma de ejemplaridad.
Si me preguntas qué lecciones he aprendido en esta segunda lectura del mundo, creo que
hay mayor mezquindad en el corazón humano de la que yo imaginaba, empezando por uno
mismo, una mezquindad que nace del tedio, del cansancio. No tanto la maldad con
mayúscula sino la mezquindad de las pequeñas cosas, de las pequeñas heridas. También
me choca que la gente viva tan a corto plazo mentalmente, que esté en el mundo sin tener
un plan, como adentrarse en un territorio desconocido sin mapa. No solo en la política, que
es el arte del cortoplacismo, sino en las relaciones personales, económicas, sentimentales.
Se idolatran cosas insignificantes. La codicia por el dinero o por el estatus social tiene
mucho de hortera, de mal gusto. 11
Hay un fenómeno apoyado en esos patios vecinales que son las redes sociales y en un
puritanismo posmoderno que consiste en poner la lupa en todo comportamiento, en
juzgar al prójimo con una dureza inusitada. No hay quien resista un escrutinio feroz.
Hace poco leí las Vidas paralelas de Plutarco. En la biografía que dedica a Pericles ya se ve
la extrema mezquindad de las pasiones humanas, cómo trataron de desprestigiarlo sus
rivales, y hablamos de la edad de oro de la democracia ateniense. Mi idea de la
ejemplaridad ha sido tomada de forma transversal, no adscrita a un ideario o un sector,
pero también como un instrumento para desacreditar, al contrario, incluso para lincharlo.
Una persona que ha sido pillada sustrayendo una crema en un supermercado, o tiene una
deuda con Hacienda, o se ha saltado un semáforo en rojo, aparece en los titulares de
prensa y es juzgada sin compasión por una jauría opinativa. La ejemplaridad es un ideal de
indulgencia, benevolencia y dignidad que no debe utilizarse como instrumento de anulación
del rival político; entonces se desvirtúa y se transforma en una ejemplaridad antipática.
¿Podríamos decir que los gobernantes que pilotan hoy el mundo no son un ejemplo de
ejemplaridad pública?
Tenemos que prescindir de la beatería de la política. No podemos esperar que los políticos
sean ángeles. Lincoln, ideal de político decente, compraba votos. Mientras la esencia de la
economía es obtener el máximo beneficio, la de la política es conseguir el poder, y
mantenerlo. ¿Cómo podemos civilizar la política o la empresa? ¿Confiando en que sus
responsables sean una especie de entes seráficos o más bien imaginando una ciudadanía
ilustrada que exija del empresario y del político determinados comportamientos?
En «Aquiles en el gineceo», el tercer volumen de la tetralogía, habla de la evolución del
hombre del estado estético al ético. Sin embargo, mucha gente vive presa de un
narcisismo hipertrofiado.
Karl Jaspers definió la Era Axial (periodo entre el 800 a. C. y el 200 a. C.) como la línea
divisoria más profunda de la historia, un tiempo-eje de conciencia colectiva en el que
coincidieron el nacimiento de la filosofía en Grecia, los grandes profetas judíos y Confucio y
Buda en Asia. Mi tesis es que el paso de los siglos XVII al XIX es un tiempo axial mucho más
importante que aquél, que estaba basado en modulaciones de un mismo paradigma, el del
cosmos, mientras que lo ocurrido a partir del siglo XVII es un cambio completo de
paradigma, la sustitución de la totalidad del cosmos por el nacimiento de la subjetividad
moderna. Es el primer momento de fascinación voluptuosa del propio yo y de la
autoconciencia del romanticismo. El hombre descubre su dignidad de forma incondicional,
una dignidad que se resiste a todo, incluso al interés general, al bien común. Eso no lo
hubieran entendido en Grecia y Roma, y mucho menos en la Edad Media. Fue un momento
brillante y embriagador que produjo toda una literatura, toda una filosofía que exalta la
juventud, la sensibilidad, la pasión, el vértigo... pero también la amargura, la ruptura con lo
social. De ahí vienen las vanguardias, la transgresión, el nihilismo, elementos típicamente 12
adolescentes. En el estadio estético uno se auto pertenece; el estadio ético
implica una alienación de tu propio yo, aprendes que eres sustituible, descubres
la mortalidad y experimentas un proceso de socialización. El romanticismo se ha
convertido en cultura popular, y hoy ves Disney Channel o lees un best seller escrito por el
hombre del tiempo y lo que subyace es el universo romántico vulgarizado, te insisten en
valores como la juventud, la intensidad, la autenticidad, la sinceridad, el ser tú mismo...
pero nunca la socialización, la civilización, la virtud, la renuncia, la educación, la
ejemplaridad. En un reality show el valor supremo es la sinceridad. Puedes decir y hacer lo
que sea, que, si lo haces sinceramente y a la cara quedas legitimado, aunque sea una
barbaridad. En esta época los valores adolescentes se llevan al paroxismo. Y lo importante
no es ser libres, sino ser libres juntos. Coges una foto familiar antigua y aparece el padre
con unos bigotazos, la madre y dos o tres hijos; el mayor de ellos, tratando de imitar el
decoro del padre. Ciento cincuenta años después, en la foto vemos al niño con unos
pantalones rotos, un tatuaje y un piercing, y al padre intentando imitarlo. Durante siglos, el
estadio estético tendía hacia el ético, y ahora gente que está supuestamente en el estadio
ético anhela una vuelta al estético.
«Dejemos la beatería, no podemos esperar que los políticos sean ángeles, pero sí que estén
exigidos por ciudadanos ilustrados»
Billy Wilder dijo que «ninguna buena acción queda sin castigo». ¿La injusticia del mundo -
con la muerte como coda final- no es un veneno contra la ejemplaridad?
En esa época cósmica a la que me refería antes, el mundo era bueno, no era injusto; si
alguien moría era una desgracia para su familia, pero no menoscababa la belleza del
cosmos. Cuando llega la subjetividad moderna descubrimos la dignidad, pero también que
estamos condenados al indigno anonimato de los sepulcros, como decía el poeta Leopardi.
Y nos revolvemos: cómo es posible que la naturaleza sea capaz de crear algo tan elevado,
tan digno, y le reserve el mismo destino que un gusano. La ejemplaridad es un ideal de
dignidad. La felicidad es un concepto inventado en una época que no es la nuestra, en un
mundo cósmico en el que todo estaba armonizado. Propongo cambiar el concepto de
felicidad por el de no tener deudas con la vida. Se puede ser digno en cualquier
circunstancia, no necesariamente feliz. Que el mundo sea injusto no desmiente el ideal, lo
corrobora.
No le gusta el Dios del vasallaje, de la obediencia. ¿Poner la otra mejilla ante la injusticia
es el gran error del cristianismo o su gran revolución?
Jesús era un gran creador de metáforas. Por un lado, estaría el personaje histórico, el
galileo -como lo llamo en mis libros- y todo lo que genera para la reflexión filosófica. Luego
está el movimiento religioso y cultural que produjo, el cristianismo, y por último el
pensamiento general sobre la religión. Es cierto que ha sido un elemento de mandato y
sumisión, pero eso no agota el fenómeno religioso, que puede mover a la resistencia. 13
Frente a la docilidad, la ejemplaridad es conflictiva, no tiende a la obediencia. Una persona
ejemplar abre juicio a los que están alrededor: si yo te demuestro que la virtud es posible,
¿por qué eliges la barbarie? Por eso la virtud genera resentimiento y es frecuente que la
ejemplaridad sea crucificada.
Dice que la experiencia no tiene el monopolio de la realidad, pero ¿cómo es posible la
continuidad de lo humano más allá de la experiencia, más allá de la muerte?
Me parece una anomalía que, después de Kant, la inmortalidad del alma, un tratado clásico
durante la Antigüedad, haya sido cancelado como problema filosófico en los últimos siglos.
Y más anómalo si se repara en que a partir de la modernidad la subjetividad ya no es parte
de un todo, como antes, sino una nueva totalidad, para la cual la muerte deja de ser un
accidente en el mundo, sino la realidad radical, la tragedia absoluta. Si hay una pregunta
pertinente en la filosofía contemporánea es la de bajo qué condiciones podríamos pensar
una continuidad de lo humano, de la individualidad, más allá de su muerte. Pero se ha
olvidado por completo. Kierkegaard y Unamuno la tocan, pero como vivencia subjetiva, sin
entrar en su contenido material. En cambio, es el tema central de Necesario pero imposible,
la obra que cierra la tetralogía. Y para pensar esa esperanza, no hay más remedio que
tomar en consideración su más ilustre precedente, la hipótesis cristiana de la resurrección,
y extraer de ella sus consecuencias filosóficas, que yo redefino en mi libro como
«mortalidad prorrogada».
¿Se considera Javier Gomá ejemplar?
R Ha sido una experiencia bendecida por la emoción del estreno. La obra se llevó también a Bilbao y
a Barcelona.
¿En qué cambió su concepción teórica de nuestro paso por el mundo al perder a su padre?
No cambió mi marco teórico de la muerte, pero sí la experiencia que supone el vivir un duelo de 40
días.
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¿Hay para usted a partir de ese suceso un antes y un después?
Que la vida no es una fórmula matemática, es un partido que hay que jugar y para el que es necesario
desarrollar el sentido de la deportividad. La vida es sin duda un deporte de alto riesgo.
Si al final vamos a morir, ¿de qué nos sirve la ejemplaridad que usted tanto ensalza?
¿Merece realmente la pena haber nacido a tenor de la lucha permanente que supone una vida
que siempre acaba mal?
Haber nacido ya es haber vencido a la nada. Está el dios cristiano que es eterno, los dioses griegos
que son inmortales pero que han nacido porque tienen árbol genealógico y el ser humano que muere
pero que tiene la posibilidad de vivir una vida rica consciente de sí mismo y con dignidad moral.
Lo único que perdura es el arte y esa imagen de tu vida, la ejemplaridad, a la que aludo en mi libro.
Más que creer tengo confianza en la existencia de un dios interpersonal, no en un dios físico que crea
el mundo y al que se le podría preguntar por qué lo ha hecho tan mal.
¿Qué nos aporta la sabiduría para andar por la vida?
El arte de vivir de forma prudencial y armoniosa. La sabiduría hace que si no logramos ser felices por
lo menos seamos dignos de serlo.
¿Cuáles son los ingredientes necesarios para alcanzar una vida gozosamente plena?
La felicidad es un término tramposo porque nadie es feliz. Tan solo se tiende a un estado de mejor
satisfacción. Para alcanzar una existencia plena es necesario no tener deudas con la vida y
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permitir que cada época tenga su razón de ser.
Viviendo la infancia como un niño, la adolescencia como un joven y la vejez, tal cual
es. Esa es mi receta frente a la tendencia actual de ensalzar únicamente la juventud como el culmen
de la vida. Y como la juventud es corta te pasas después 60 años con la sensación de que la vida te
debe algo, amargado y resentido ignorando las posibilidades que abre la vejez para disfrutar. Como
dice la Biblia de los patriarcas, después de tener una larga vida hay que morir no cansado de la vida
sino colmado de años.
Acabo de releer El Banquete de Platón y emana tal gracia, gozo y picardía combinado todo ello con
un pensamiento que es amigo de la vida que si no te hace feliz por lo menos hace tu vida más
gozosa.
Deme una receta útil para que mi vida sea más gozosa.
Apostar por la ingenuidad aprendida que plasmé en un libro y que no es más que un grito de guerra
reivindicando vivir con una cierta ingenuidad alejada de la estupidez o la candidez.
R La individualidad es la última y suprema evolución de la vida desde sus formas más elementales.
La muerte es un invento moderno. Siempre se ha muerto la gente, pero era parte del cosmos y nada
importante ocurría cuando alguien moría. De repente, el hombre dejó de admitir ser parte del cosmos
y nació la subjetividad moderna que denuncia la indignidad del sepulcro. Nació así el sentido de la
vida. Por primera vez los retratos muestran las marcas individuales de la vejez que lleva a la 18
mortalidad y Rembrandt lo hace con una maestría total al representarse durante años como una
entidad mortal.
Señor Gomá: sitúe por favor el papel del humor en la escala de valores de nuestra vida.
Tiene un papel central. Hay que apostar por el humor y por la ironía en su máxima expresión que es la
auto ironía, no por la broma a costa de otros. El humor es el test que tiene que superar el entusiasmo
para que no se convierta en fanatismo. La primera víctima de los totalitarismos es el humor y hay que
estar alerta con el totalitarismo del ego. Al ego hay que embridarlo para dejar espacio al otro. Más que
ser libres hay que saber ser libres juntos.
Por una sed de reconocimiento que tenemos todos para salir del anonimato y de la invisibilidad.
Pero, ¿sabemos hablar a los demás para interesarles con nuestro discurso?
Hay de todo. Habría que ponerse en el lugar del que escucha, echar mano de la auto ironía y la
amenidad y, sobre todo, no tratar al otro como si fuese un muro. Lo que me preocupa es conocer
hasta qué punto sabemos utilizar el préstamo de atención que se debería devolver con intereses. El
español no ha sido un buen gestor de la atención ajena.
Introducción a un teatro de la dignidad
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Se repite a menudo aquello de que en filosofía lo importante son las preguntas, no las
respuestas. Opino lo contrario. Las preguntas filosóficas son previsibles, siempre las mismas,
mientras que lo enjundioso reside en las respuestas ofrecidas por cada autor. Dos son las
preguntas filosóficas fundamentales: qué hay en el mundo y, en segundo lugar, qué hacer con lo
que hay.
Responde la filosofía a la primera con una ontología, a la segunda con la propuesta de un ideal
humano. Por ir a lo más cercano, a las dos preguntas mencionadas la Tetralogía de la
ejemplaridad [obra fundamental en el pensamiento de Javier Gomá] contesta: lo que hay en la
realidad –estructurándola como ser y haciéndola inteligible– es el universal concreto del
ejemplo; lo que debemos hacer, si deseamos vivir con dignidad, es imitar el ideal de
ejemplaridad.
COMEDIA
SEGUNDO ACTO
pasado año
Este descendimiento de la eternidad filosófica a la mortalidad literaria con sus antinomias
irreconciliables se radicaliza aún más cuando la literatura de llegada es la dramática. Si en algún
momento se cumple aquello de que la filosofía dice (in abstracta) lo que la literatura muestra (in
concreta), es precisamente en el teatro. Reducido a su forma más elemental, el teatro tiene que
ver con al menos una persona que comparece físicamente en la escena ante un público
presencial.
La palabra filosófica, de suyo impersonal y abstracta, cede el paso a la rotunda corporeidad del
actor, cuyo personaje, por efecto de la acción en curso, experimenta alguna clase de
transformación a la vista de todos. Lo propio del tiempo es pasar y de la acción ocurrir, y ambos
verbos describen lo peculiar del teatro, donde ocurren tantas cosas mientras el tiempo pasa, en
consonancia con la esencia temporal y ejecutiva de lo humano, y en contraste con el quehacer
peculiar de la filosofía, donde propiamente no pasa nada, si bien con su interpretación teórica
del mundo, unitaria y convincente, contribuye a dar espesor, profundidad y dignidad a eso que
pasa.
Cada uno a su manera, ambos se ocupan del discurrir humano: el discurrir del pensamiento que
desemboca en el discurso filosófico, y el discurrir de la vida que fluye como las aguas de un río 21
en el devenir de la obra teatral. Cada cual, con su ángulo, uno y otro colaboran en enunciar el
ideal: la filosofía en su perfección lógica, el teatro en su imperfección dramática.
Pero, al mismo tiempo, conviene diferenciar cuidadosamente los dos géneros para evitar una
confusión entre ellos que sólo puede perjudicar el resultado. El autor filosófico que se propone
escribir para el teatro –un teatro que verdaderamente lo sea y no la ilustración de una idea o la
parábola de una tesis filosófica– experimenta el cambio de género primeramente como una
renuncia a la brillantez. Porque la filosofía tiene como cometido unir los fragmentos de la
experiencia y componer con ellos una síntesis luminosa, mientras que el teatro permanece entre
esos fragmentos, privados de la luz de la síntesis, y en consecuencia parcialmente envueltos en
tinieblas.
El teatro pide al filósofo doblado de dramaturgo no tanto la antigua pericia con las ideas como
inventiva para imitar la emoción de la vida, cuyo significado es problemático, abierto a muchas
interpretaciones. Si el elemento de la filosofía es el puro pensamiento fijado por escrito, el teatro
se desenvuelve en la exterioridad dinámica de los cuerpos. El lector conecta a través de un libro
con la intimidad del filósofo que lo escribió, mientras que al espectador del teatro únicamente le
es dado percibir por los sentidos lo que el actor hace y habla, sin penetrar en su fuero interno.
FILOSOFÍA Y LITERATURA
Spinoza dijo que la idea de círculo no es redonda y Althusser, siguiendo el juego, añadió que el
concepto de perro no ladra. El propósito supremo del teatro es, por el contrario, que el perro
ladre, ladre mucho, que llegue incluso a morder.
Un ideal –una propuesta de perfección ética con forma personal– contiene por definición un 22
postulado de universalidad. Pero que una norma moral quiera ser válida no sólo para quien la
propone sino también para los demás, que no sólo yo la juzgue vinculante, sino que todos
deberían hacerlo si obraran racionalmente, es una pretensión que suscita hoy en día no pocas
resistencias ideológicas. Tendemos a sospechar de un intento de esa naturaleza porque
descubrimos en su seno un grave riesgo de intolerancia a la diversidad.
Lo que yo estimo obligatorio no debe tratar de imponerse a los demás, objetaría una conciencia
moderna, instruida en el historicismo y el pluralismo. Evitar este riesgo, que indudablemente
existe, no obliga, sin embargo, a renunciar a toda forma de universalismo como si fuera cosa del
pasado y el presente estadio de la cultura estuviera abocado a un particularismo sin remedio.
Obliga, más bien, a asegurarnos de que el universalismo del ideal que proponemos esté limpio
de esos excesos.
EL HUMOR
Sin duda, también el humor tiene límites. Una de las fuentes más seguras de la ética es la
imaginación, por cuanto, al menos en su relación con los demás, su ejercicio estriba en ponerse
en el lugar del otro: este descentramiento del propio yo, que se imagina en la posición ajena,
favorece un sentido más agudo para la justicia, la igualdad, la solidaridad, el respeto, la
compasión, el altruismo o la ternura. Conocer de cerca el dolor de determinados grupos en
histórica posición de desventaja, así como su dura lucha por la vida y la dignidad –mujeres,
homosexuales, negros, gitanos, analfabetos, lisiados, tartamudos– hiela la sonrisa en los labios.
Ejemplaridad y comedia
EL BIEN
La auténtica ejemplaridad es siempre conflictiva. Y ese conflicto ineludible admite ser tratado a
la manera trágica o cómica. Quiero cansarme contigo, o el peligro de las buenas
compañías explota su lado cómico, llevando al extremo una idea esbozada en el micro
ensayo Amor, lujo y buena conciencia (en Filosofía mundana. Micro ensayos completos, 2016),
donde se puede leer: “Definitivamente, el mal ejemplo nos absuelve mientras que el bueno nos
señala con el dedo acusador y nos condena”.
24
Portada del nuevo libro de Javier Gomá con su nueva comedia. Estará en librerías en el próximo mayo (.)
En esta comedia, Tristán, el protagonista, un abogado de prestigio, a punto de rematar su carrera
con un éxito extraordinario, entra en una crisis conyugal severa por los perniciosos efectos
derivados de la mera proximidad familiar de su cuñado, un individuo sin tacha, en verdad
ejemplar, bondadoso, servicial, sinceramente tierno, con quien se le compara más de lo que el
pobre desgraciado quisiera porque el cotejo incesante sólo le depara una copiosa lluvia de
reproches.
Son, pues, estas inevitables comparaciones, sin necesidad de que el cuñado haga nada concreto,
salvo ser bueno, las que despiertan en Tristán un intenso resentimiento y ponen a dos
matrimonios al borde del colapso. La obra avanza dando muchas vueltas conforme a las
convenciones de las comedias de enredo: equívocos, confusiones, malentendidos,
suplantaciones, golpes de efecto. Entre ellas, el final feliz que, en este caso, sin embargo, se basa
en un malentendido, lo cual colorea el desenlace en una cierta ambigüedad de última hora.
FRESCO Y SANO
Gomá pone su literatura del lado de lo fresco y sano,
vivirla
Aristóteles en su Poética sentó la conocida regla de que la tragedia imita a hombres superiores a
los reales, mientras que la comedia imita a inferiores. Ciertamente, está en la esencia del humor
reducir el tamaño de su objeto, que siempre sale de la burla más encogido de como entró. Ahora 25
bien, si el objeto burlado es un ideal de nobleza y dignidad, entonces el humor no lo invalida,
sino que, al revés, lo recomienda con mayor persuasión que antes porque suaviza su rigor. La
ejemplaridad es un ideal de esa clase y la presente comedia, lejos de pretender desmentirlo,
aspira, por el contrario, a confirmarlo y aun a mejorarlo, depurándolo de su severidad y
ofreciendo la imagen de una ejemplaridad risueña.
El clasicismo de la fortaleza
Esta comedia no participa de ese gusto hoy tan común, herencia lejana del Romanticismo, por
“tirar de los pies a las excelsas figuras”, en expresión de Luciano de Samosata, y que se
manifiesta en esa abusiva preferencia moderna por temas dramáticos relacionados con la
corrupción de la naturaleza humana y sus aspectos más sórdidos, perversos y mórbidos.
Cuando el Goethe anciano, distanciado del subjetivismo desafiante de su juventud, clama por
una vuelta al estilo clásico, lo hace porque identifica el clasicismo con lo sano y el romanticismo
con lo débil, endeble y enfermizo: “A lo clásico voy a llamarlo lo sano y a lo romántico lo
enfermo. La mayor parte de las nuevas creaciones no son románticas por nuevas, sino por
débiles, endebles y enfermas, mientras que lo antiguo no es clásico por antiguo, sino por fuerte,
fresco y sano” (J.P. Eckerman, Conversaciones con Goethe).
Mi literatura se pone decididamente del lado de lo fuerte, fresco y sano, entendiendo por sano lo
que dignifica la vida y ayuda a vivirla. Los protagonistas de la comedia pertenecen a una
saludable medianía humana, ligeramente superior a la nuestra, y salen de esa clase media
profesional –un abogado, una profesora universitaria, un parado, un ama de casa– tan explotada
por la industria cultural como olvidada por el arte, salvo para deformarla hasta la caricatura. El
arte contemporáneo ha sido más propenso a complacerse en la anomalía de todos los aspectos de
la vida (psíquico, moral, estético y social) y, con lúcida penetración de la mirada, a desvelarla y
denunciarla en la normalidad sólo aparente de las situaciones.
Ilustración de Riki Blanco para este texto de Javier Gomá sobre teatro y filosofía que se
publica en Cultura-s (Riki Blanco)
Mi opción por lo sano-típico invita a adoptar, en cambio, una mirada menos lúcida y más
ingenua y así la obra, que empieza en una cena familiar y termina en una bastante deslucida
fiesta sorpresa, sugiere que, para alcanzar la verdadera sabiduría, en ocasiones la inteligencia 26
haría bien en inclinarse ante la ingenuidad. No basta, pues, con poner en escena un perro
ladrador; conviene que el perro además sea un ejemplar excelente de su especie.
El anhelo de dignificación se extiende también al estilo. La misma palabra arte ya nos revela que
su esencia está asociada al artificio, a obra sujeta a reglas no naturales, una característica que en
particular el arte dramático, que aísla artificiosamente del mundo un espacio llamado escenario,
acentúa aún más. De ahí que la tradición dramática desde su origen, sea en verso o en prosa,
haya inventado un estilo artístico reconociblemente distinto del vulgar que usamos los
espectadores para comunicarnos entre nosotros en un entorno cotidiano.
Se trata de un lenguaje que el público entiende sin esfuerzo, y en consecuencia extraído del decir
popular, pero al mismo tiempo diferente, más elevado, resultado de la aplicación sobre ese
primer material lingüístico de un criterio de selección literaria que lo ennoblece.
DIGNIFICAR
Quiero cansarme contigo se separa de esta tendencia mayoritaria y prefiere que sus cuatro
personajes se expresen en un estilo ligeramente superior al nuestro, sin salir de los límites de la
naturalidad. Aspira a enlazar con nuestra venerable tradición artística, que la moda actual ha
interrumpido, y aboga por retomar ese vulgar ilustre que nos legaron los maestros del estilo
elevado en nuestra lengua. En suma, dignificar los asuntos y dignificar la forma. He aquí el lema
de la comedia y, más en general, de la trilogía dramática a la que pertenece, titulada Un hombre
de cincuenta años, la cual querría ser el ensayo –palabra común a la filosofía y la escena– de un
teatro de la dignidad.
27
En uno de los micro ensayos que componen Razón: portería, una de sus más recientes publicaciones y una idónea puerta de
entrada para acceder a las claves de su obra, Javier Gomá Lanzón (Bilbao, 1965) escribe de los distintos estadios de la vida
y dice que en cada uno de ellos “el hombre ha de buscar no tanto la enfática felicidad sino, con más llaneza, ese momento
propicio que los griegos llamaron 'kairos' y que podría traducirse libremente como su 'enhorabuena'”. Escribe el filósofo de
la conveniencia de que el niño, el joven, el adulto y el anciano disfruten de su etapa concreta, desarrollando
sus potencialidades y plenitudes, hasta llegar, si se tiene la fortuna, al final del recorrido, “como los antiguos
patriarcas, colmado de años, tras completar exitosamente el ciclo vital y sin grandes deudas con la vida”.
Tras leer esta esclarecedora pieza, que celebra la vida y reivindica el placer de saber envejecer, es imposible no
preguntarse hasta qué punto el autor simboliza ese caminar consciente hacia adelante, cumpliendo con
las obligaciones y llevando a cabo los deseos y vocaciones con una alegría equilibrada.
Afable, reflexivo, dado a cuestionarse muchas verdades aceptadas, a sopesar sus palabras y
acciones, Gomá da la impresión de haber trazado un mapa personal y de tener muy clara la ruta a seguir, siempre
mirando a su propósito de frente, seguro de los objetivos, sabedor de que mejor no perderse en meandros y carreteras
secundarias.
De esa manera, nada le ha impedido ir levantando una obra sólida cuyas ramas brotan de un tronco robusto, el de la
ejemplaridad como punto de partida y como constante tema de reflexión. Ahí está su tetralogía: Imitación y
experiencia, Aquiles en el gineceo, Ejemplaridad pública y Necesario pero imposible, libros que próximamente la editorial
Taurus publicará juntos, en una caja que dará idea de la unidad del proyecto filosófico, y que coincidirá en las librerías con
otros trabajos. Así un volumen que reúne sus textos sobre fundaciones: Carta a las fundaciones españolas y otros ensayos
del mismo estilo (Pre-Textos) y Breve historia de la cultura occidental (Taurus). A Gomá no le faltan proyectos ni habilidad
para sacar partido a su tiempo. Ya acaricia la idea de ponerse a escribir muy pronto otro ensayo corto, casi un panfleto, para
el que tiene decidido el título: Visión, cultura y corazón educado. Lecciones de la crisis. Y adelanta que todo esto, en
realidad, “es una transición para una nueva etapa” en su producción literaria, una etapa “cuyos contornos”, según dice, “se
van perfilando poco a poco, sin excluir una idea que quizá algún día lleve a cabo: escribir textos filosóficos para la escena”.
Todo un plan de trabajo para los próximos dos años. Pasos medidos de un trayecto firme, el de este hombre que compagina
el ejercicio solitario, reconcentrado, del pensador, con las dotes organizativas y de gestión necesarias para llevar el timón de
un centro cultural como es la Fundación Juan March, cuyo destino dirige desde 2003. En él parece haber un talante práctico
y a la vez soñador, una mirada sagaz y observadora a los detalles de lo cotidiano, del día a día, que se mezcla con una
indagación en lo sublime, lo trascendente, lo inaprehensible de la existencia. Todo esto se va dibujando a medida que
avanza la conversación. Una conversación detenida, en la que hablamos ampliamente de las renuncias y los horizontes de la
filosofía, pero también del presente con sus luces y sus sombras, y, por supuesto, del gran tema: la vida.
Para entender la visión filosófica de Javier Gomá hay que ir al momento en que se fraguó, al trazado de una ruta intelectual
que surgió en la adolescencia, una época que tan bien comprende y analiza en su Aquiles en el gineceo. Él mismo lo explica
de la siguiente manera: “Yo me considero una persona de vocación literaria muy intensa e incluso muy tiránica. A partir de
los 15, 16 años, tuve una visión, más bien una pasión, que me condujo hacia un conjunto de temas que tenían una conexión
sistemática unos con otros y que partían de la ejemplaridad como concepto principal. Al principio quería contarlo todo de
una sola vez, pero no acababa de encontrar la manera. Cuando acepté que iba a escribir un primer libro en el que sólo diría
unas cuantas cosas, y que a ese habrían de sucederle otros que fuesen dando vueltas al tema central desde diferentes
perspectivas, fue cuando el proyecto adquirió sentido”.
-- ¿Fuiste un lector muy temprano? ¿Por qué la inclinación posterior por la filosofía, no por la ficción? 28
- Mi vocación, muy temprana, fue literaria, esa emoción poética hacia determinadas ideas, esa inclinación de todo tu ser
hacia un nudo de relaciones y de intuiciones vagamente presentidas. Se trataba de dar expresión, fijeza y permanencia a esa
visión. Si la celebras, eres poeta; si la defines, eres filósofo. Mi primera reacción fue poética: escribí poesía, cuentos,
novelas, literatura del yo. Pero me di cuenta que el asunto permanecía allí, intocado, incitante. Y entonces vino el trabajo en
el concepto, la filosofía. Y allí hice mi morada.
- Soy observador en el sentido de que me fijo en la gente y en las cosas, pero desgraciadamente tengo muy mala memoria
para los aspectos concretos de la realidad. Algo dentro de mí salta casi al instante de lo particular a lo general. Muchas
veces me desespero cuando debo contar una anécdota porque retengo con exactitud la idea que deseo transmitir,
desprendida de todos esos detalles que la hacen sabrosa para el oyente. De todos modos, si a veces algún detalle se me
queda, es porque conserva para mí un altísimo poder significativo. Y entonces lo uso para algún ensayo. O en una ocasión
para un libro entero: Aquiles en el gineceo contiene una meditación sobre el “caso” singular del Aquiles adolescente y su
paso a la madurez (del estadio estético al ético).
La falta de ejemplaridad
- Si de algo estamos faltos hoy es de ejemplaridad. Curiosamente esa visión adolescente de la que hablas se anticipó a la
necesidad de poner en la conversación, en el día a día, una palabra necesaria, con todas sus lecturas y consecuencias.
- Sí. El concepto de ejemplaridad es, a mi juicio, un concepto conveniente, oportuno y necesario para nuestra época. Se
trata de un concepto explicativo, pero la presentación que hago del mismo en mis cuatro libros es una presentación
sistemática y abstracta. De hecho, incluso algunas veces, se me ha reprochado, amistosamente, que siendo un filósofo del
ejemplo y de la ejemplaridad ponga pocos ejemplos, a lo que siempre contesto que una de las partes del conjunto, Aquiles,
es justamente, toda ella, una especie de ejemplo.
- Sin embargo, los micro ensayos contenidos en libros como Todo a mil y Razón: portería, demuestran una gran capacidad
para la percepción de lo cotidiano. Hay mucha experiencia y acercamiento a las cuestiones del día a día, que son vistas
muchas veces incluso con ironía y humor. El lector siente que se le está hablando de asuntos cercanos, propios.
- Esas entregas son el resultado de mis colaboraciones en prensa, algo que no me sentí capaz de acometer mientras mis
fuerzas estaban completamente absorbidas en ese esfuerzo principal de elaboración de los cuatro libros. No fue hasta que
publiqué el tercero, Ejemplaridad pública, con la idea ya muy madura en mi cabeza del cuarto, cuando pude tomar una
cierta distancia del proyecto general y decidí que era un buen momento para aceptar colaborar en un suplemento cultural, en
este caso “Babelia” (El País). Ya podía objetivar lo que había hecho, ofrecer nuevos tonos, nuevas modulaciones. Ya podía
hablar de los temas de mis libros sin el esfuerzo de clarificación, de sistematización, de abstracción. Tenía la oportunidad de
hacer justamente eso de lo que me hablas: introducir la anécdota, la vida cotidiana, el amor, el humor, la ironía, incluso la
auto ironía, cosas que sólo puedes hacer cuando el trabajo principal ya está maduro. Incluso en otro de mis libros
recopilatorios, Ingenuidad aprendida, elaboré el concepto de filosofía mundana. Mi pretensión es que todo lo que hago
pueda llegar a cualquier persona culta, pero es verdad que los libros de la tetralogía exigen un mayor esfuerzo de atención,
mientras que, en cambio, en las mil palabras de los micro ensayos, se puede introducir al lector en los temas concretos, no
en un sentido de divulgación fácil, de vulgarización de las ideas, porque yo me tomo al lector filosóficamente muy en serio.
Lo que persigo es llevarlo a temas tan importantes como la amistad, el amor, el humor, Europa, la relativización de las cosas
o la importancia de la fortuna, de una manera que resulte amable y seductora.
- En cualquier caso, el estilo, tanto en los artículos como en los ensayos mayores, es muy diáfano, clarificador.
- Creo que la filosofía, si realmente lo es, debe apartarse del lenguaje críptico, hermético, cabalístico. Esa es la auténtica
filosofía, la que ha llegado hasta nosotros desde Platón y Sócrates. Sócrates era un señor que paseaba por las calles, hablaba
con el esclavo de Menón y éste le entendía perfectamente. ¿En qué momento la filosofía se convirtió en una disciplina
hermética? Casi seguro en el momento en el que la universidad se apropió de ella.
29
- ¿Tuvo algo que ver el protagonismo de la ciencia y la pretensión de la filosofía de emularla, de convertirse en una
disciplina científica?
- Es exactamente así. Se pensó que la filosofía se podía codificar y convertir en una especie de ciencia cuando en realidad es
todo lo contrario. La ciencia estudia una región del ser, mientras que la filosofía, si verdaderamente es filosofía, tiene que
ser una propuesta del todo. En la ciencia unos se ocupan de la química y otros de la física o de la biología. Y dentro de cada
una de esas áreas hay diferentes subapartados, hasta el punto de que, con mucha frecuencia, el especialista en una materia
concreta no entiende lo que dice el especialista en otra, tan sofisticado y complejo es el lenguaje que se usa. Las ciencias
para avanzar tienen que especializarse y entonces me pregunto: ¿si todo el mundo se especializa quién se ocupa del cuadro
entero? Ahí entra la filosofía, que, por otro lado, se preocupa no básicamente de cómo son las cosas sino de cómo deben ser:
cómo debe ser el hombre, la sociedad, el arte... Dicho de otra manera: la ciencia trata básicamente de cómo es la naturaleza,
porque en la naturaleza existen regularidades; la ley de la gravedad, la ley que mide el comportamiento de los átomos o de
los astros, mientras que la filosofía se ocupa de algo que no se repite nunca, del hombre. No atiende a las
regularidades sino a aspectos únicos. Y hay una última característica, muy importante: la ciencia se debe verificar
empíricamente en laboratorios, entra en el territorio de lo posible, mientras que la filosofía por esencia no es verificable.
Nunca se ha verificado a Platón, ni a Aristóteles, ni a Kant, ni a Hegel, ni a Nietzsche...
“Por mucha investigación que hagamos del cerebro, el futuro no está escrito”
- ¿Esa etapa de aproximación de la filosofía a la ciencia se está superando o todavía estamos ahí?
- Pues en un plano superficial, que casi llamaríamos periodístico, mucha gente sigue impresionada y todavía parece tener
expectativas sobre las consecuencias filosóficas de algunos avances científicos. Hoy está de moda todo lo que lleva el
prefijo “neuro”: la neurociencia, el neuromarketing, la neuropsicología, la neuroética... Es como si de la investigación
científica del cerebro pudiéramos extraer consecuencias para la ética, para la libertad, incluso para la estética o para la
política. Es evidente que la inmensa mayoría de los avances que se están haciendo y que tienen que ver con el cerebro, son
interesantes y muy clarificadores. Es evidente que a veces pueden tener consecuencias -ojalá cada vez más- desde el punto
de vista médico y terapéutico, pero, en lo que respecta a la filosofía, las conclusiones son perogrulladas. Nos pueden
demostrar, a través de enormes experimentos en las instituciones más prestigiosas, que el hombre está condicionado por el
cerebro, por la formación química del cerebro, y, efectivamente, así es. Ya sabíamos que toda manifestación humana tiene
un condicionamiento somático, y por tanto genético, pero también entran en juego las circunstancias ambientales, sociales,
familiares. ¿Nos pueden decir que todo está determinado por la formación química? ¿Si hubiéramos tenido los instrumentos
científicos necesarios hubiéramos podido predecir, antes de que naciera, todas las óperas de Mozart, por ejemplo, o hay un
elemento imprevisible, misterioso, que tiene que ver con los fondos de la naturaleza humana, con su creatividad, que
convierten en algo imprevisible el curso de la Historia, el curso de las vidas de los individuos y que por consiguiente nunca
va a explicar la investigación científica del cerebro? Vamos a tener que admitir que, por mucha investigación que hagamos
del cerebro, el futuro no está escrito y, sobre todo, en el ámbito artístico, literario.
- No hay fórmulas ni leyes para predecir de qué modo y manera se despliega la sensibilidad creativa. ¿Se puede decir así?
- Por supuesto. La ciencia no puede entrar en terrenos que no son suyos. A mí alguien llegó a decirme, por ejemplo, que en
Harvard habían demostrado que no existe el alma. Pero, ¿cómo en Harvard van a demostrar científicamente algo que por su
propia naturaleza no es susceptible de verificación? El filósofo debe estar informado de los avances de la ciencia, pero no
esperando el último artículo del Harvard review, como si de ese artículo fuera a depender nuestra teoría del hombre, de la
belleza, del arte, de la libertad o de la poesía, porque son ámbitos distintos. Pero, ya lejos de la expectación social, de la
divulgación de la ciencia, dejando de lado esos títulos a veces espectaculares que se ponen a libros en los que parece que
nos van a decir el último hito sobre la naturaleza humana; en ese ámbito subterráneo y profundo de la historia de las ideas,
el positivismo está absolutamente superado. De hecho, el siglo positivista por antonomasia fue el siglo XIX, mientras que
todas las corrientes de la filosofía influyentes en el siglo XX han partido del presupuesto del anti positivismo. Ahí está la
hermenéutica y la deconstrucción, por ejemplo, para demostrarnos que lo que puede percibirse, no es neutro, sino que
depende de la cultura, de la ideología, de la posición social, del lenguaje...
- ¿Por qué da la impresión de que la filosofía no se renueva, de que sigue dando vueltas a las mismas ideas una y otra vez y
sigue preguntándose por lo que ya se preguntaron los filósofos clásicos? Hay un momento en “Razón: portería” en el que se 30
dice que la filosofía no avanza, no ofrece nada novedoso, simplemente se dedica a reinterpretar.
- Sí. Esta cita está incluida en el ensayo titulado “La deserción del ideal. ¿Dónde está hoy la Gran Filosofía?” Ahí llamo la
atención sobre el hecho de que en los últimos 30 o 40 años en Occidente no se ha producido gran filosofía. Ahí planteo que
para mí la filosofía es la propuesta de un ideal, es decir, una visión omnicomprensiva de un deber ser, de lo
que tiene que ser el hombre y la sociedad, y sostengo que, en ausencia de ese ideal, por razones que explico, vivimos
una cierta época del cinismo, del descreimiento, del post ideal o post utopía. Hay una sospecha respecto a todo ese tipo de
planteamientos y la filosofía, huérfana del ideal, se ha aplicado a otros menesteres: filosofía como mera detección de
tendencias; filosofía de ética aplicada a la empresa; filosofía simplemente profesoral; filosofía de la divulgación, en las
lindes de la autoayuda; filosofía que insiste en la crítica de la modernidad una y otra vez, etcétera.
- Si algo está claro en la tetralogía de la ejemplaridad, desde un primer momento, es la fijación de un ideal.
- Sí. Pero eso no quiere decir que yo considere a mi trabajo gran filosofía. Para nada pretendo inscribirme en esa categoría,
pero sí admito que, de algún modo, necesitaba explicarme qué encaje tenía una filosofía como la mía en un contexto en el
que parecía que se había renunciado a un ideal omnicomprensivo. Y luego, insisto, está el hecho de que la filosofía durante
los tres últimos siglos ha tenido algo de filosofía de la sospecha. Si lo tuviera que resumir brevemente lo diría
más o menos así: durante siglos, incluso milenios, la cultura era algo que nos dignificaba,
pero, de pronto, determinados pensadores nos convencieron de que, lejos de eso, era la
trampa de determinadas ideologías. Marx nos llevó a pensar que la cultura en la que
creíamos vivir cómodamente y que nos convertía en seres civilizados, en realidad escondía
los intereses ocultos de una clase dominante sobre una clase explotada. Nietzsche sostuvo
que en realidad esa cultura era el subterfugio utilizado por los vitalmente débiles para
encadenar a los vitalmente fuertes y Freud que la cultura estaba hecha para reprimir nuestros
deseos primarios.
Durante un periodo de tiempo, que abarcó los siglos XVIII, XIX y XX, la cultura, y dentro de la cultura, la filosofía,
fue muy valiosa como un instrumento eficaz en la lucha de la liberación del individuo frente a determinados
opresores tradicionales, como instrumento de lucidez para detectar los distintos modos de dominación. A mi
juicio esa lucha de la filosofía es una lucha que ya ha dado todos sus resultados; tal es así que a veces ya se ha convertido en
excesiva.
Nos hacen tan lúcidos que ya prácticamente hemos perdido la ingenuidad sobre que la cultura también puede tener un
elemento civilizador, dignificado, por mucho que sea un producto social, por mucho que esté mezclada con intereses de
dominio. Creo que ya toca que valoremos el elemento elevador, creador, de la cultura.
“Hay que reivindicar el papel de la cultura como generadora de conciencias y de integración social”
- La cultura como generadora de conciencias es una idea que está cobrando mucho peso en el presente. De hecho, si algo
está claro hoy es que las sociedades cultas son mucho más peligrosas para los poderes que valoran, por encima de todo, la
sumisión de los pueblos.
- Exactamente, hay que reivindicar el papel de la cultura como generadora de conciencias y de integración social. Volviendo
a lo anterior, creo que los rendimientos que esa filosofía de la sospecha ha producido, desde la perspectiva de la liberación
individual durante tres siglos, hoy nos está impidiendo dar el paso siguiente. Ahora que ya nos hemos liberado de
muchas opresiones tendremos que empezar a construir algo y para construir ese algo a lo mejor tendremos
que ser un poco menos lúcidos y ganar un poco más de ingenuidad. A lo mejor tendremos que ser menos cínicos y
tener una mayor capacidad de entusiasmo. A lo mejor tendremos que renunciar a una hiperconciencia y liberar fuerzas
creativas. Yo no crítico, porque ha dado grandes frutos, esa filosofía, que ya se ha convertido en mera historia del
pensamiento y que ha tratado de desmontar, de reconstruir, de desenmascarar, todos los intereses negativos y opresivos,
pero sí digo que, a lo mejor, esa filosofía ya ha dado todo lo que tenía que dar y que ahora mismo estamos en una fase en la
que la sociedad sigue teniendo una serie de problemas. Y habrá que empezar a pensarlos, incluso a sentirlos de una manera
diferente. El paradigma anterior ya no nos sirve.
31
- ¿Hablamos de volver a creer en las utopías?
- Bueno, sí, pero si partimos del hecho de que cada filósofo es dueño de su lenguaje y cada uno elige sus palabras, yo en vez
de utilizar el término utopía prefiero el de ideal. La palabra utopía tiene algo de despersonalización. Al remitirnos a ella
parece que estamos hablando siempre de una especie de república perfecta y, por otro lado, la utopía ha tenido un uso que
ha fomentado los totalitarismos. Por todo ello es un concepto que dejo en penumbra, sin criticarlo, mientras me decanto por
el de ideal, que encaja más con la dirección del trayecto que debe seguir el hombre o la mujer.
- Entonces, ¿en qué momento está ahora la filosofía, en un momento en el que debe empezar a generar nuevos asuntos de
discusión?
- Los filósofos modernos vuelven a los clásicos, pero muchas veces con efecto deconstructivo, para demostrar que Platón,
Aristóteles o Kant, escondían en realidad un afán de dominio. Pero lo que hay que hacer es reconstruirlos para hacerlos más
libres y para hallar el propio camino. No estoy de acuerdo con eso, que se dice tantas veces, de que la filosofía no es la
disciplina de las respuestas sino la disciplina de las preguntas. Para nada. Tiene que haber respuestas. Otra cosa es que, a lo
mejor, esas respuestas no son unas respuestas eternas, para siempre, que valgan para todos los hombres y para todas las
épocas. ¿Qué opina usted del sentido de la vida? ¿Qué opina usted del amor? ¿Qué opina de la muerte, de la felicidad, de la
suerte, del Estado, de Europa, de la melancolía...? Usted, filósofo, me tiene que decir qué opina. No me cuente que se trata
sólo de plantear las eternas preguntas sobre la vida. No me indique el camino de Platón nuevamente. De ese modo estamos
convirtiendo la filosofía en historia de la filosofía. Yo creo que un filósofo tiene que ser absolutamente descarado y tiene
que tener una desenvoltura y un desenfado casi impertinentes.
- Con esto quiero decir que, a mí, en el fondo, me importa un bledo lo que digan Platón y Aristóteles, Kant o Nietzsche.
Toda la historia de la filosofía, y en realidad toda la historia de la cultura, me sirven en la medida, y sólo en la medida, en
que me permitan ver mejor mi vida y mi mundo, y si no me sirven los mando a todos al trastero, porque la historia del
pensamiento no me interesa, o, mejor dicho, me interesa en la medida en que me ayuda a tener una conciencia histórica, a
conocer y aprovechar lo que otros han dicho, esas ideas sobre las que hay un consenso de muchos siglos. No podemos
rechazar todos esos pensamientos fecundos, interesantes, iluminadores, pero a partir de ahí yo quiero saber hoy qué
es el amor, qué es la amistad, qué es el sentido de la vida, qué es la felicidad o qué es la muerte. Quiero
saberlo, sentirlo y definirlo ahora y sólo para eso me vuelvo a la historia de la filosofía. Voy ahí como quien se
va a una caja de herramientas a escoger cuál es la herramienta que más le conviene, si es que le conviene alguna, como
quien tiene que preparar una cena para los amigos y se va al supermercado y escoge los ingredientes adecuados de cada una
de las secciones para hacer una comida exquisita. Pero lo importante es la comida, el arreglo. Ese es el desenfado al que me
refiero. Lo verdaderamente importante son las respuestas que hoy soy capaz de dar a una serie de problemas que la vida me
plantea.
“Una de las cosas que está pendiente es proponer, a esta sociedad en la que vivimos, un nuevo ideal”
- ¿Puede la filosofía del presente ofrecer respuestas para afrontar el momento de desesperanza que atravesamos y que,
indudablemente, tiene que ver con la crisis económica, pero, sobre todo, con una profunda crisis de valores?
- Creo que una de las cosas que está pendiente es proponer a esta sociedad en la que vivimos, a esta etapa democrática de la
historia de la cultura, que tiene unos tintes tan característicos, un nuevo ideal, un ideal que sea acorde y contemporáneo a su
devenir. No se trata de ir hacia un ideal medieval ni arqueológico, sino precisamente de ofrecer uno que posea una de las
características fundamentales del ideal: tener la capacidad de suscitar entusiasmo. Todas las épocas de la cultura han
propuesto un ideal a su sociedad, que ha sido capaz de entusiasmar a sus gentes y que tiene dos grandes consecuencias: por
un lado, promover el progreso moral de esa sociedad en la dirección de ese ideal, ideal que nunca se cumple exactamente,
pero que es como una especie de señuelo que seduce y que moviliza las fuerzas en una dirección, y en segundo lugar,
ofrecer la perspectiva del ideal, porque sólo desde ahí, a través de la comparación, midiendo la distancia con lo que
queremos alcanzar, podemos criticar el presente. Uno de los problemas que nosotros tenemos en nuestra época es que
damos a entender que el precio por ser libres y por ser inteligentes en una sociedad democrática es la renuncia al ideal o,
dicho de otra manera: solamente se puede ser democrático si eres al mismo tiempo una persona resignada. Por tanto, el 32
entusiasmo es imposible, el progreso es imposible y la crítica fundada al presente es imposible. Esto no lo van a hacer las
ciencias, no lo va a hacer la política, el periodismo o las empresas. Es una labor de los que se dedican a pensar y son
responsables a la hora de proponer un ideal que sea verdaderamente contemporáneo y capaz de señalar una dirección y de
movilizar las fuerzas del entusiasmo presentes. Por ahí es por donde debe ir la filosofía, pero lo cierto es que a veces
encuentro más contemporaneidad en una función de danza, en una película, en una obra de teatro, que, en la filosofía
contemporánea, que, a mi juicio, en gran parte, está todavía anclada en unos paradigmas ya superados y que aún no tiene
nada importante que decir a nuestra época.
- Hay un momento en “Razón: portería” en el que dices que hoy viajamos a lugares remotos del planeta, pero que el viaje
que ahora tenemos que realizar, el viaje verdaderamente importante, es el viaje interior, el viaje hacia las profundidades de
la propia intimidad. ¿Dónde compramos los billetes para emprender ese viaje?
- Me viene bien la manera en que has formulado la pregunta, porque quizás lo que tenemos que hacer es dejar
de comprar mercancías. Yo soy un escritor, un filósofo, un ensayista, anti puritano. Muchas veces se nota que me
hacen preguntas buscando mi complicidad para criticar a los políticos o a los empresarios, por ejemplo. Pero a mí que la
política sea política no me impresiona y que el capitalismo sea capitalista tampoco. Que en la política se pretenda acceder al
poder por todos los medios lícitos me parece que es la ley de la política y que el capitalismo pretenda convertirlo todo en
mercancía me parece que es la ley del capitalismo. Lo que sucede es que ni yo quiero convertirme en
súbdito de los políticos ni en consumidor del capitalista. Consumo, pero no soy consumidor;
respeto las leyes, pero eso no me convierte en súbdito. Lo que sucede es que esta sociedad
tiende a convertirnos en súbditos o en consumidores de mercancías, incluso, si es posible, en
mercancías de nosotros mismos y tiende a ponernos precio. Pero tenemos una dignidad que
no tiene precio.
“Dentro de nosotros tiene que haber una tensión entre la dignidad y la mercancía”
- En ese micro ensayo se destacan algunas de las funciones de la universidad, que debería no sólo tender a formar a
profesionales competentes y competidores.
- Sí. La universidad convierte a las personas en profesionales capaces de crear mercancías que tienen precio, pero la
universidad también tiene que tener como finalidad que cada uno de nosotros, aparte de consumidores, seamos ciudadanos,
es decir, personas que no tienen precio sino dignidad. Estoy absolutamente a favor de crear profesionales que creen
mercancías capaces de generar riqueza dentro de un país, pero siempre y cuando vivamos en tensión. No digo que un polo
arruine al otro; que haya que optar entre una cosa u la otra. A lo que me refiero es a que dentro de nosotros tiene que haber
una tensión entre la dignidad y la mercancía. La gente tiene que desarrollar una profesión, por supuesto. En mi Aquiles en el
gineceo se hace una exaltación de la especialización del oficio, pero siempre y cuando al mismo tiempo tengamos
conciencia de nuestra dignidad. Aquí volvemos a lo del billete. Junto al viaje que hacemos
comprando un billete que tiene precio, tenemos que hacer ese otro viaje que no necesita de
dinero, ese viaje hacia el interior, ese progreso no hacia ¡vaya usted a saber qué regiones!,
sino hacia uno mismo.
“Es esencial hacer cosas que no sirvan para nada”
- El viaje interior no es algo que se fomente demasiado en las escuelas, en las empresas, en las familias, en las sociedades
actuales.
- Puede que no, pero es importantísimo. Siempre recomiendo a los jóvenes que en ocasiones se acercan a preguntarme por
el futuro, por el mundo laboral, que ingresen en el mercado lo más tarde que puedan. ¿Por qué van a tener que empezar a
trabajar desde los 21 años, desde el mismo momento en que terminan la carrera, si la esperanza de vida tiende a crecer y las
pensiones, aunque sea por un mero problema económico, van a retrasarse? Lo que les digo es que intenten
hacer ese viaje interior, ese gran tour todo el tiempo que puedan. Es esencial hacer cosas que
no sirvan para nada, que tienen que ver con la propia dignidad, no con el precio. Se trata de 33
practicar ese ocio creativo antes del negocio, al que ya tendrán tiempo de dedicarse
muchísimos años.
- Ya. Pero nos estamos moviendo todo el tiempo en lo que se supone que debería ser, cuando la realidad ahora mismo está
cambiando todos los parámetros. El problema es que estamos tan preocupados por la supervivencia
diaria, que el viaje interior se queda aparcado. Hasta los jóvenes tienen miedo al futuro, dudan de la
posibilidad de encontrar trabajo en aquello que les gusta. Ya no hay seguridad ni siquiera en los derechos adquiridos.
- Bueno, con independencia de la crisis, España tiene unas peculiaridades propias, que es su manera de vivir la modernidad,
la posmodernidad y la época democrática. Este país entró en la modernidad democrática muy tarde y muy rápidamente,
arrastrando el problema histórico de no haber tenido burguesía. Sánchez Albornoz decía que España era un país sin
feudalismo en la Edad Media y sin burguesía, sin clase media, en la edad moderna. Y la modernidad entera es el triunfo de
la clase media, que es la que marca la moderación entre los dos extremos. Aquí hubo fundamentalmente Iglesia y
aristocracia, por un lado, y campesinos y obreros por el otro. Ese fue el origen de las dos Españas que terminó en un gran
conflicto de odio fratricida. Esa especie de gran deuda que teníamos con nosotros mismos se ha pagado hace poco,
prácticamente en la Transición, mientras que Estados Unidos ya lo había hecho en el siglo XVIII e Inglaterra en el XVII,
con la revolución gloriosa. Todo eso hay que tenerlo en cuenta a la hora de hacer un análisis y, finalmente, están las
circunstancias de la crisis, que ha producido y está produciendo desesperación, angustia, sensación de marginalidad, de
absurdo y de sinsentido de la vida en muchísima gente. En el micro ensayo “Somos los mejores” trato de demostrar, y es
algo que he defendido en muchísimos sitios y que nadie ha sido capaz de refutarme, que vivimos en el mejor
momento de la historia universal, y, sin embargo, siendo un hecho que como fenómeno colectivo la democracia
contemporánea es el éxito más grande de la historia universal, también lo es que los miembros de ese proyecto colectivo
sufren angustia y sufren desesperación. Es una paradoja.
- Pero es porque ese proyecto se ha truncado, no avanza en la dirección adecuada. La democracia está fallando, del mismo
modo que el ideal de Europa y de sus instituciones.
- Pero, ¿a qué otra época del pasado volveríamos? La historia universal no avanza de manera rectilínea, sino que lo hace
dando grandes rodeos. Sólo hemos alcanzado la paz como un valor prácticamente sagrado después de la I y la II Guerra
Mundial, porque la paz estuvo siempre asociada a la violencia, a la violencia del que triunfaba en la batalla y era divinizado
por sus partidarios. Solamente después del descendimiento a los infiernos que supusieron las dos guerras mundiales, que
fueron la apoteosis de las barbaries en el corazón de la civilización occidental, nos pusimos de acuerdo en que la paz era un
valor absoluto y entonces se estableció el Estado de derecho de una manera firme en los países occidentales y empezó a ser
muy cuestionada cualquier intervención internacional. A partir de ahí se aseguró la época de paz más prolongada en Europa
y en Estados Unidos. La historia universal es una historia que va dando rodeos. No podemos tratar de vislumbrar cuál va a
ser el futuro de Occidente por lo que ha ocurrido en los últimos cinco, siete o diez años. Siempre pienso que cualquier paso
en la Historia es siempre un paso muy precario y reversible, pero que, si observamos lo que ha ocurrido en los últimos dos
mil, mil, quinientos, cien o cincuenta últimos años, percibimos que la humanidad, por lo menos en Occidente, ha progresado
de una manera indiscutible, aunque ahora la sensación dominante sea la angustia, la indignación y el resentimiento
justificado que produce la crisis en mucha gente. Gente que está sufriendo de una manera que considera que podría haberse
evitado y que le resulta injusta porque no está afectando a los que verdaderamente han provocado las causas de ese
sufrimiento.
- El tema troncal de toda tu trayectoria filosófica, la ejemplaridad, es básico, y tiene mucho que ver con todo lo que está
pasando. Las democracias se han mercantilizado. El valor se ha puesto, sobre todo, en el dinero, en lo material. Y, junto a
ello, también estamos asistiendo a un nuevo despertar. Empieza a emerger una necesidad en la gente de recuperar la
dignidad a la que te referías antes, a valorar más lo que sé es que lo que se tiene. Se percibe aún muy
tímidamente, pero, ¿no crees que la etapa del consumo excesivo está dando paso a algo diferente? Todo se cruza, es
contradictorio. ¿Cómo ves todo esto?
- Sí. Yo creo, y soy consciente de que lo que digo no es nada popular, que no vivimos en una época, ni siquiera en los 34
últimos cinco o diez años, peor que la anterior. Al contrario. Creo que en estos momentos la ciudadanía ha alcanzado una
gran altura moral. Me atrevo a decir que había la misma corrupción, incluso más, en los años 70 y 80, pero ahora somos
más intolerantes frente a ella. Vemos lo que pasa y no miramos hacia otro lado. Y en cuanto a lo que dices del consumo,
estoy de acuerdo. En determinados aspectos, ya hemos empezado a andar hacia una cultura más post material. En España,
cuando finalmente hemos sido democráticos y relativamente ricos, ha habido una ebriedad de los bienes materiales, pero
todo eso se va a ir equilibrando. El mercado va a seguir funcionando, pero tendrá que regularse y adaptarse a las nuevas
circunstancias, porque ya no vamos a consumir de la misma manera. Da la impresión de que estamos entrando en una etapa
en la que vuelven a adquirir sentido, cualquiera que sea la confesión, cosas que podríamos llamar espirituales o
inmateriales.
- Pero frente a esa indudable altura de unos ciudadanos, ahora más informados, está el desprestigio de la política, de las
instituciones...
- Bueno, es que digamos que la sociedad, los ciudadanos, han despertado de su sueño complaciente hace poco y de pronto
miran a las instituciones y les parecen intolerables, pero son las mismas que en los años 80 y 70 funcionaban igual o peor.
Ahora se está produciendo un desajuste provisional, que a lo mejor nunca se resuelve, en el que de pronto la ciudadanía
quiere más: más rectitud, más honestidad, más ejemplaridad. Quiere mejores instituciones, mayor calidad democrática, y
todo eso ha pillado a los políticos con el paso cambiado, porque, además, entre otras cosas, primero había que evitar que el
país se fuera por el sumidero de la economía. Es verdad que el dolor que produce la crisis nos ha hecho más exigentes y que
los políticos no han sido capaces de atender la mayoría de las demandas, pero lo que está claro es que los partidos que
concurran a las próximas elecciones, no podrán ir con el mismo discurso complaciente que en las anteriores. Tendrán que
abrirse a otras propuestas de carácter regenerador y no, seguramente, porque ellos se las crean sino porque será el único
modo de ganar la confianza de los ciudadanos. Tardarán en adaptarse, porque hay que tener en cuenta esa torpeza con que
normalmente la maquinaria partidista asume los mensajes sociales, pero acabarán haciéndolo y en ese proceso, que ya
hemos empezado a percibir, irán desapareciendo muchos nombres y rostros y surgiendo otros nuevos. Ellos saben que serán
menos convincentes si no cambian a sus representantes.
“En la sociedad española, en vez de romper cristales o cabinas telefónicas, la gente se está organizando para pedir
calidad democrática”
- Está claro que las nuevas propuestas y plataformas ciudadanas han provocado una agitación y un movimiento que
irremediablemente obligarán a ir en otra dirección...
- Es decir, es la ciudadanía la que tiene que hacer el gran trabajo de llevar a cabo el cambio.
- Por supuesto. Tendrá que ser así en lo que se refiere a la regeneración más inmediata y luego tendrá que haber una
regeneración, a medio o largo plazo, que es la filosófica. Al final acabarán surgiendo propuestas que tengan que ver con el
todo, que sean capaces de entusiasmar, que no solamente se limiten a criticar el funcionamiento del poder judicial. Mientras
estamos manteniendo esta conversación, tú y yo utilizamos un lenguaje que no hemos creado ninguno de los dos.
Recurrimos a palabras como dignidad, libertad, futuro, palabras con unas connotaciones que han llenado de contenido
creadores del siglo XVI, del siglo XVIII, del siglo XX y del XXI. Nosotros estamos utilizando unas palabras prestadas para 35
comunicarnos y cuando pensamos a solas volvemos a esas palabras porque llevamos a la sociedad dentro de nuestras
conciencias. Entonces, ¿no es importante también cuidar esas palabras que las generaciones futuras tomarán en préstamo,
con las que se van a comunicar y se van a comprender? Esa es la labor de la filosofía; también de la poesía o de la novela,
pero tratar de dar definiciones exactas que sirvan para comprender las cosas es una actividad propiamente filosófica.
Resumiendo: Además de un proyecto que podríamos llamar de trinchera, que es importantísimo, y que culminará con la
reforma de las instituciones aquí y ahora, a corto plazo, está esa otra labor, que podríamos llamar de creación de lenguaje.
Una labor mucho más lenta, que puede llevar 25, 50, incluso 100 años, pero que acabará teniendo una enorme importancia
porque dará lugar al vocabulario que tomarán en préstamo las generaciones futuras.
- ¿Cómo ha ido cambiando el concepto de ejemplaridad a lo largo del tiempo? ¿Cada época la ha interpretado de una
manera distinta?
- La ejemplaridad tiene un contenido histórico y cambiante como la cultura misma. Pero, en ese devenir incesante, hay dos
elementos estructurales que no deben fallar. Uno es ese camino desde el estadio estético al ético, por medio de la doble
especialización, que debe recorrer todo ciudadano. Nadie es virtuoso en sentido plenario si no recorre ese camino en algún
grado. El segundo es una propiedad de la ejemplaridad: debe ser generalizable. En otras palabras, un ejemplo será ejemplar
sólo si, al generalizarse a la sociedad, hace a ésta mejor, más virtuosa. Este principio excluye muchos comportamientos no
generalizables y atempera el relativismo de la ejemplaridad.
- Hoy estamos reclamando más ejemplaridad, necesitamos poner otra vez en circulación palabras como honestidad o
dignidad, pero, por otro lado, y hablas de ello en otro de tus ensayos, se percibe una tendencia en la sociedad a rodearse de
personas no virtuosas, de personas vulgares. Lo vemos cada día y solemos preguntarnos por qué determinados tertulianos o
personajes mediáticos tienen tanto éxito, por qué los programas basura funcionan tan bien y por qué cuando surge una
figura distinta, que condensa valores positivos, hay una tendencia a criticarla, a buscarle los defectos. ¿Eso es algo propio de
la naturaleza humana? ¿Es algo muy español? Siempre se ha dicho que la envidia es muy propia de este país.
- No me atrevería a decir que forma parte del fenotipo, de la idiosincrasia española. En ese artículo que mencionas: “Amor,
lujo y buena conciencia”, en el que pongo el ejemplo de un matrimonio que va a cenar a casa de otro, lo que trato, a través
de la anécdota, es de iluminar un principio general que tiene que ver con la ejemplaridad. En presencia de un ejemplo
excelente, se tienen dos opciones: o bien seducidos por la fuerza, por la energía, por la potencia, de ese ejemplo virtuoso,
nos vemos inclinados a imitarlo, a reformar algún aspecto de nuestra vida, o bien sentimos que ese ejemplo, que, además, es
próximo y posible, nos interpela. “Si esto lo está haciendo el vecino por qué no lo puedo hacer yo”,
nos decimos, sabiendo que seguir ese comportamiento puede tener un gran coste personal, el
de cambiar la rutina, el tipo de vida. Es muy frecuente que en presencia de un ejemplo virtuoso no queramos
cambiar de conducta, porque la que aplicamos ya está bien asentada, nos gusta o nos resulta más cómoda. Está el ejemplo
tan típico del vecino que recicla la basura. Esa persona puede llegar a incomodar, porque cada noche está dando una lección
a alguien a quien no le da la gana de seguirla. En situaciones así se puede optar por decir que, por las razones que sea,
preferimos no aplicar determinadas conductas, pero también se puede tratar de desprestigiar al vecino de algún modo, de
ensuciarlo demostrando que ese ejemplo virtuoso en realidad no lo es, lo cual genera resentimiento. En las familias vemos
mucho este tipo de reacciones. Cuando tenemos un cuñado, u otro pariente, que es un ejemplo virtuoso, podemos actuar
como él, pero qué tranquilidad da si es un desastre: si le pone los cuernos a su mujer, es un borracho o ha llevado a su
empresa a la bancarrota. Eso inmediatamente otorga al otro, con el que se le compara, una situación de gran prestigio
familiar. En fin... Ensuciar los ejemplos alrededor tiene la función de conseguir que no te incomoden.
- En la política tenemos que tener en cuenta las reglas que rigen la lucha política. La política es la ley del amigo y del
enemigo. Su esencia es la ocupación del poder y el mantenimiento del mismo el máximo tiempo posible. Son amigos los
que ayudan a conseguir ese propósito y es una práctica habitual que cuando llegan nuevos grupos políticos, los que ya están
instalados intenten destruirlos, por todos los medios lícitos, desprestigiarlos, excluirlos, marginarlos. Esa es la ley de la
política, siempre ha sido así.
- Sí, pero fíjate cómo le fue a Platón cuando se fue a hacer la utopía en Siracusa. Le fue fatal. Dicho esto, claro que se puede
dignificar la política y hay gente que lo hace. Pese a todo, hay una cierta aspiración a la virtud, y, sobre todo, hay muchas
restricciones al mal uso del poder: de los ciudadanos, de la prensa... Pero, igual que no podemos pedir a una empresa que no
aspire a obtener el mayor beneficio, colocando el máximo número de mercancías en el mercado, tampoco podemos pedir al
político que no aspire a la ocupación del poder, espero que por todos los medios lícitos a su alcance. Una vez ocupado el
poder, ya no se trata solamente de disfrutarlo. A lo mejor hay algunos que hacen cosas y transforman la sociedad, pero lo
que es más importante es que, de la misma manera que la política, el Estado, debe poner condiciones a la economía y
obligar a las empresas a redistribuir una parte de los beneficios, los ciudadanos deben condicionar a los políticos. En
democracia las ocupaciones son temporales y vemos como unos poderes van limitando a otros y evitan que lleguen a
convertirse en poderes absolutos. Es así como tiene que ocurrir.
“Cuando hemos tratado de llevar la perfección del ideal a la realidad esto nos ha conducido al fracaso o al
terrorismo, desde Platón hasta la utopía marxista”
- Hablamos de valores, de ideales. Pero en las sociedades actuales uno de los principales problemas es que estamos faltos de
figuras ejemplares. Hubo una época en la que los poetas y los filósofos lo fueron. El cetro pasó, hace unas décadas, a
empresarios y políticos, hoy tan denostados. Luego fueron los deportistas. Pero los ciclistas se han venido abajo con los
escándalos de dopaje y ya se están cuestionando las primas exageradamente altas de los futbolistas.
- Lo que sucede es que todo tiende a ser desacralizado. Nosotros ahora vemos con enorme admiración a Pericles, por
ejemplo, al que se suele citar como ejemplo de político y orador virtuoso, pero Pericles era un hombre extremadamente
corrupto, que usó el dinero de otras polis en beneficio de Atenas. Sentimos gran admiración por Lincoln, pero en una
película reciente sobre él se demuestra que llegó a comprar votos, un comportamiento que hoy consideramos absolutamente
denigrante. Lo que sucede es que, independientemente de ese hecho, ese señor hizo cosas significativas, admirables. En el
otro lado, están los que piensan que la virtud tiene que ser algo tan elevado, tan elevado, que como no exista hay que cortar
cabezas. Eso fue lo que hizo Cromwell y también Robespierre. Tenían un concepto tan puritano de cómo debía ser la
política que como nadie alcanzaba esos extremos de virtud había que llevar al cadalso a la ciudad entera. Tanto uno como
otro se volvieron locos con las ejecuciones, con la guillotina. Ante esto, tenemos que aceptar que la realidad no es ideal. Yo,
que soy un defensor extremo del ideal, siempre pienso que solamente podemos proponer un ideal si comprendemos que la
realidad ni es ideal, ni lo va a ser nunca, ni debe serlo. El ideal es una propuesta de perfección y la realidad, en esencia, es
imperfecta. Cuando hemos tratado de llevar la perfección del ideal a la realidad esto nos ha conducido al fracaso o al
terrorismo, desde Platón hasta la utopía marxista. Ser un filósofo del ideal no me convierte en un crítico amargo de la
realidad al comprobar que nadie encarna ese ideal. El ideal no se encarna. Debemos tender a él, pero sabiendo que es como
ese horizonte que se aleja a medida que avanzamos en el camino. Y ojalá se aleje, porque el día que se realice mal asunto.
¿Llegará un día en que tengamos una realidad tan ideal que ya no haya que reformarla, que ya no haya que criticarla, que ya
no haya que mejorarla? ¿Podemos pensar que algún día la sociedad va a tener un comportamiento absolutamente rectilíneo?
No. Todo lo que hagamos siempre serán grandes rodeos y siempre el ideal se irá alejando a medida que avanzamos.
Teniendo esto muy claro, soy un defensor vehemente de la necesidad de tener siempre ese ideal por delante y, justamente,
denuncio su falta hoy en día.
- Sí. Avanzar sin tener deudas con la vida es muy importante para mí. Nosotros hemos creado unos conceptos en la
tradición filosófica que fueron producidos en una época que ya no es la nuestra, y uno de esos conceptos es el de la
felicidad. La palabra felicidad evoca una cierta perfección individual. Esa perfección podía ser posible en la época pre
moderna, donde todos creían que se vivía en un cosmos perfecto, y donde el individuo adquiría su sentido siempre y cuando
se situara en la posición que el cosmos le asignara: hombre, mujer, campesino, obispo, científico o lo que fuera. Pero desde
que apareció la subjetividad, el yo moderno, ese cosmos perfecto dejó de convencernos y toda la filosofía que se creó
alrededor de ahí, se ha quedado caduca. La felicidad sugiere una perfección que, para nosotros, que tenemos una dignidad
infinita, pero que estamos destinados a algo indigno, como es la muerte, ya no nos sirve. Por eso digo insistentemente que
determinados conceptos de la tradición tenemos que someterlos a una cierta dieta de adelgazamiento y uno de ellos es la
felicidad. Para mí la felicidad consiste en no tener deudas con la vida, comprender que no hay 37
una respuesta teórica al sentido de la existencia, sino una respuesta práctica. Si en algo
consiste la felicidad es en arrebatarle a la vida el beneficio de esa hora buena de cada
una de sus etapas y hacerlo en la medida que podamos con placer, a fin de que, si
realmente somos niños en la niñez, maduros en la madurez y viejos en la vejez, no
acumulemos demasiadas deudas con la vida, no arrastremos ese sentimiento de que la vida
nos debe algo.
- Así es. Y esto sucede en nuestra época, pero no creo que sea así por mucho tiempo. Antes hablábamos del paso hacia
sociedades post materiales que, sin duda, acabarán modificando muchos conceptos. Es cierto que aún estamos inmersos en
una cultura un poco pueril que transmite la impresión de que el momento culminante en la historia de una persona es la
juventud. La juventud tiene fuerza, energía, belleza, futuro, impertinencia, rebeldía. Pero es algo que, por su propia
naturaleza, dura poco y sucede en un estadio inicial. Todo lo que viene después de la juventud más estricta, que pueden ser
décadas, décadas y décadas, se convierte en una época declinante, en una bajada constante o un esfuerzo agónico por retener
esas cualidades de la juventud. Eso lo que produce es un cierto desajuste, un cierto desequilibrio y una sensación de mayor
deuda. A falta de esa juventud, que es la que proporciona la dicha, el ser humano se convierte en un miope para la hora
buena de las épocas posteriores. Se niega el placer de tener 40 años, 50, 60, 70, que existe si la fortuna lo
permite, porque estamos expuestos cualquier día a sus golpes nefastos. Vivir es envejecer, y el único
tratamiento “antiaging” eficaz es la muerte. Si no queremos ese tratamiento tendremos que comprender que
la única manera de seguir viviendo es envejecer. Este es el argumento de mi ensayo, que se titula
precisamente “Deudas con la vida”.
- ¿Se siente Javier Gomá satisfecho con las etapas vividas? ¿Cómo afronta el futuro?
- Alguna vez he dicho que la vida ha sido injusta conmigo… pero en sentido positivo. “Todo a mil” contiene un
microensayo programático, titulado “Lo quiero todo”, donde me refiero a esto. En cierta manera, siento que, dentro de
las limitaciones de este extraño mundo que habitamos, nada esencial se me ha negado. Tengo casa y oficio a plena
satisfacción, y adicionalmente la vida ha permitido, por halago de la fortuna, que lleve a cabo hasta completarlo un plan
literario que en sus primeros esbozos se remonta a mi adolescencia, un plan de 40 años. Miro adelante con confianza, con
alegría y con esperanza, con el sentimiento de haber agotado las etapas anteriores y haberles arrebatado su “hora
buena”. Todo esto no sin trabajo, dolor y ansiedad, mucha ansiedad; con la pena de algunas vidas rotas o truncadas
cerca de mí en estos años y preparándome interiormente para todas esas negatividades que el destino fatalmente nos
reserva.
- ¿Cómo compaginas tu labor como filósofo con la dirección de la Fundación Juan March? ¿Qué te enseña un trabajo que
tanto tiene que ver con la cultura, con la gestión de la cultura en unos tiempos en los que parece no ser una prioridad?
- En Aquiles en el gineceo sostengo que el paseo del estadio estético al ético (ejemplaridad) presupone la doble
especialización: oficio y corazón, profesión y casa, producción y reproducción. En consecuencia, el desempeño de un
oficio, el ejercicio de una profesión con la que ganarse la vida, constituye un elemento de toda individualidad, también de la
mía. Esto quiere decir que vivo mi cargo como director de la Fundación sin los antagonismos románticos, con la mayor
naturalidad y plenamente reconciliado con los deberes profesionales. En estos 11 años que llevo en la dirección he formado
un equipo inmejorable y la coordinación entre nosotros es perfecta. Esta armonía hace todo más fácil. El trabajo en la
Fundación me ha enseñado la importancia de proporcionar criterios seguros y firmes en el “mundo revuelto” de las
humanidades en esta época postmoderna: hay otras instituciones que tienden más a la experimentación y el riesgo; la
Fundación aspira más bien inspirar confianza en la mayoría y a largo plazo. Y esto es algo con lo que simpatizo al máximo,
también como escritor.
- Hablábamos de esa posible etapa post material. ¿No te parece también que estamos en un proceso de pasar del yo al 38
nosotros? ¿Todos estos procesos colectivos que estamos viviendo no nos llevan a darnos cuenta de que sólo podemos
avanzar juntos, uniendo fuerzas, de que en solitario no podemos hacer que cambien las circunstancias de nuestras vidas y de
las generaciones futuras? Tú hablas de la mayoría selecta.
- Todo eso es muy interesante y es indudable que está ahí. La denominación de mayoría selecta es una idea fija de mis
escritos. Uno de los latiguillos que repito muchas veces es que ya lo importante no es ser libres sino ser libres juntos. Hablo
de la mayoría selecta consciente de que la herencia orteguiana, su concepto de masa, es muy pesada. Una y otra vez intento
combatir en mis libros contra eso, pero hay mucha gente que sigue llenándose la boca con ese concepto tan perverso, que
sigue pensando y creyendo en la división entre unas élites superferolíticas y exquisitas y una gran masa de gente que no
tiene más obligación que la docilidad. No dicen que los ciudadanos tengan que ser ciudadanos sino masa y tratan a la
ciudadanía de ese modo tan despectivo. Lo que yo digo es: “Un momento. Esa llamada masa está constituida por millones
de ciudadanos, y cada uno de ellos es responsable, autónomo, crítico, cívico, virtuoso”. Por eso he concebido la expresión
de mayoría selecta, por eso hablo, en un momento dado, de la amistad o del lenguaje como ejemplos de hasta qué punto
limitarse es extenderse. Limitar el propio yo no nos restringe, como pudiera parecer, sino que nos hace más ricos. Por
todo eso no puedo estar más de acuerdo con que vivimos en una época donde el nosotros empieza a cobrar sentido,
donde podemos ser libres juntos, sin renunciar a lo que ya hemos conquistado.
- Te refieres a superar el egoísmo, ese exceso de individualidad que es una fase gineceo, como expones en tu Aquiles, esa
adolescencia perpetua...
- Sí, pero sin renunciar a ese espacio estético. Se trata de cómo educar esa libertad para poder ser libres juntos y juntos
poder hacer muchas cosas. Para mí eso es muy esperanzador.
- La educación aquí es esencial. Resulta muy interesante la imagen de la piñata, que utilizas en otro de tus ensayos, para ver
hasta qué punto estamos educando a las nuevas generaciones exclusivamente para que entren en la sociedad del consumo,
de la competitividad, de la avaricia. ¿Cómo podemos educar a nuestros hijos para que contribuyan a crear sociedades
mejores?
- Podemos volver a la idea de promover en los niños, en los jóvenes, la necesidad del viaje interior. En ese colegio ideal al
que debemos tender no se trata tanto de transmitir conocimientos sino de alentar la idea del amor al conocimiento. No
tengamos tanto interés en que el profesor le explique a nuestros hijos, a lo largo de un año, toda la historia de la literatura
universal, sino en que despierte en él el amor a ese recorrido, a esa historia. Luego ellos ya harán lo que quieran en su
tiempo libre. La escuela debe ser el lugar en el que se transmita la pasión por el conocimiento, más que el conocimiento
mismo, y también un espacio de convivencia, donde se aprenda a convivir. En cuanto a la universidad, ya lo decía antes.
Tiene que formar a profesionales capaces de crear productos que tengan precio, pero también a ciudadanos críticos,
reflexivos, que hayan hecho el viaje interior y que sean conscientes de su dignidad sin precio.
- Pero las humanidades, la filosofía, cada vez están más menguadas en los planes de estudio.
- A veces siento una cierta resistencia a ese exceso de responsabilidad que la sociedad carga sobre los planes educativos y
administrativos. ¿Realmente es tan importante una hora más de literatura? ¿De eso va a depender el futuro de las
humanidades, de la dignidad y de la ciudadanía? No sé si les estamos atribuyendo un exceso de responsabilidad a los planes
de estudio, que ojalá estén bien hechos, sean equilibrados y respondan a la pluralidad de las disciplinas de nuestra época.
Pero pensar que esas directrices, aprobadas por la burocracia administrativa, van a ser la solución a todos nuestros
problemas me parece demasiado. No creo que un poeta nazca por las clases de historia de la literatura, o un filósofo por las 39
de historia de la filosofía. Yo no lo he vivido así. Se trata de un amor, de una vocación, que acaba prendiendo en ti.
- En tu trabajo filosófico hay un gran apoyo en la literatura. Constantemente recurres a novelas, a protagonistas de la ficción
que tomas como ejemplos de conductas, de circunstancias... ¿Crees que la literatura tiene un efecto transformador en la
vida?
- Sí, absolutamente. En primer lugar, considero que lo verdaderamente importante en este mundo depende del corazón
humano. La economía, a la que tanta trascendencia otorgamos, es la disciplina por la cual se utilizan los recursos para
satisfacer las necesidades humanas básicas, pero pocas veces se pregunta cuáles son esas necesidades,
cuáles son esos deseos que nacen del corazón y que tienen que ver con los pensamientos, con
los sentimientos. Todo esto nos lleva a que, al final, la economía entera depende de la poesía. Y tirando del hilo del
carácter transformador de la literatura, podemos preguntarnos: ¿Por qué las novelas del siglo XIX fueron tan
transformadoras? Pues porque nosotros asistimos al destino de Ana Karenina o de un individuo cuya empresa quiebra en las
novelas de Dickens y sentimos que el tratamiento que la sociedad le está dando a esa mujer o a ese pobre y pequeño
empresario es injusto. Eso puede generar en nosotros un sentimiento de injusticia social. Eso educa nuestro corazón y ese
corazón, más educado como consecuencia de la novela o de la poesía, genera actitudes que hacen que determinadas cosas
nos parezcan mal y que incluso, al final, acaben canalizando en demandas y generando leyes. Es conocido que las novelas
de Dickens produjeron un cambio legislativo en el tratamiento del deudor que quebraba, hicieron reflexionar sobre si debía
o no ir a prisión una persona que solamente tenía deudas. Hoy no se admite la prisión por deudas, en el caso de que no haya
delito. Pero en el pasado fue así. ¿Qué sucedió? Pues que hubo un momento en que la sociedad se dio cuenta de que era
injusto y a eso ayudaron las novelas. La literatura transforma la mirada hacia las cosas, esa nueva mirada produce demandas
y las demandas dan lugar a transformaciones en forma de leyes, de costumbres, de actitudes. Y a nivel particular una lectura
puede modificar nuestra manera de situarnos en el mundo. Por tanto, no es que piense que la literatura tiene importancia,
sino que creo que al final es lo único que importa. La política, la economía, y todo lo demás, dependen del corazón humano,
y ese corazón se alimenta de la poesía, de la literatura.
Los tejados del barrio de Salamanca se asoman por los generosos ventanales de la sexta planta de la
Fundación Juan March. Ha amanecido el día calmo. El sol de una primavera que se acerca, el frío que nos
concede una tregua. Los periódicos dispuestos sobre una mesa de la estancia hablan en cambio de un estado
permanente de intranquilidad, de un ritmo enardecido de noticias digno de una de las últimas novelas de Petros
Markaris: políticos corruptos, ancianos desahuciados que se suicidan, ensayos nucleares. Y un Papa
dimisionario. Javier Gomá, director de la Fundación desde hace diez años, irrumpe en la estancia con el ánimo
relajado que imprime la mañana. Acaba de publicar Necesario pero imposible (Taurus), el libro que cierra una
tetralogía de títulos filosóficos que se le reveló como una emoción en la adolescencia y que llevó al papel por
primera vez hace 10 años con el celebrado Imitación y experiencia (Premio Nacional de Ensayo). Transcrita,
pensada y reinterpretada esa emoción, Gomá respira tranquilo. Ha dedicado los mejores días de su vida a una
tarea que, se plantea ahora, nadie le había pedido y por fin la ha terminado.
Tan de lejos surge su vocación filosófica, esa línea de pensamiento centrada en el concepto de ejemplaridad,
que no puede ni quiere aplicarla a lo inmediato. Tampoco en esta ocasión, cuando el concepto clave es el de la
esperanza después de la vida. Cuando escribe, Gomá lo hace pensando también en generaciones posteriores,
por eso ejerce el derecho de los filósofos a "escurrir el bulto" cuando un interrogador le pide que asocie
estas nociones a una actualidad que, a tenor de las portadas de los periódicos que descansan sobre la
mesa, demanda un poco de sentido. "Que uno sea ensayista no significa que tenga que contestar a todo lo
que le preguntan", protesta cuando recuerda cómo en estos días de entrevistas le han pedido que se pronuncie
sobre, por ejemplo, la renuncia de Benedicto XVI. Sus libros y en especial Necesario pero imposible, que ahora
publica, no responden a la velocidad supersónica de la información sino, insiste, al ritmo geológico que debe
tener la filosofía.
- El germen de este libro se remonta a 30 años, por lo que es independiente de los vaivenes del aquí y del
ahora. Pero es cierto que te encuentras con la sorpresa de que cosas que has gestado en tu debate
interior adquieren de pronto actualidad. Me pasó con Ejemplaridad pública, con el concepto de
ejemplaridad en general. Me habían concedido el Premio Nacional de Ensayo por un primer libro, a mí, un autor
desconocido, y cuando publico el segundo en 2009 me piden en la editorial que cambie el título porque no
estaba en el debate y no vendía. Sin embargo, dos años y medio después el concepto es moneda corriente. Mi
idea es que este libro, como los anteriores, pueda servir al debate en los próximos años. La ejemplaridad
podría haberla explicado con nombres como Obama o con antiejemplos como Nixon. Pero yo quiero
situar mis reflexiones en un ámbito abstracto de teoría general.
En ese abstracto de ser especialista en la generalidad, de ser consciente de trabajar en la especie de género
literario que es la filosofía, se mueve el pensamiento de Gomá y el libro que ahora presenta. Si los tres 41
anteriores conformaban una trilogía de la experiencia de la vida, de cómo ser individuales en este
mundo, Necesario pero imposible plantea sobre qué condiciones podemos llegar a comprender que esa
individualidad pudiera prorrogarse después de la muerte. Una cuestión que, señala, la filosofía apartó de su
agenda después de Kant. ¿A qué se debe esta dejación de funciones y por qué recuperarla ahora, en este
tiempo de inseguridades que nos obliga a apegarnos tanto a la tierra, al hoy?
- El tratado de la inmortalidad del alma era un tema filosófico desde Platón hasta Kant, no hubo un gran filósofo
que no le dedicara una parte de sus investigaciones, pero en los siglos XIX y XX se pierde. Ahora, en la misma
línea del concepto de ejemplaridad, trato de recuperarlo, pero con las categorías de la mentalidad del
ciudadano del siglo XXI. Es un tema que la filosofía debe pensar, independientemente de la conclusión a la que
llegue. Igual que hay una filosofía de la ética, de la belleza... también debería haber una de la
supervivencia.
A juicio del filósofo, este olvido meditado de la filosofía hacia la inmortalidad es puramente cultural y tiene sus
justificaciones, pues la modernidad tuvo que hacer un esfuerzo por emanciparse de la tutela religiosa que
quería retrasar el momento en que los ciudadanos modernos llegaran a la mayoría de edad. Con el positivismo,
se establece el dogma de que el mundo que experimentamos agota la realidad, esto es, se hace con su
monopolio, de manera que la trascendencia después de la muerte se convierte en un "no tema". Sin embargo,
Gomá argumenta que algo que ha sido una materia fundamental en la filosofía durante 2.500 años no
puede quedar fulminado, por eso la necesidad de recuperarlo ahora. Esto sí, si bien su trilogía de la
ejemplaridad bebe de la experiencia y llega a conclusiones que el autor considera firmes, en el problema de la
supervivencia del alma no cabe esta seguridad. Así las cosas, su objetivo ha sido no ofrecer soluciones ni
adoctrinar sino proponer una vía más sutil:
- No es un libro catequético ni propagandístico. Lo que quiero es recuperar un tema que está envuelto en
algunos aspectos de épocas pasadas y que, por tanto, no nos resultan convincentes, y adaptarlo al
siglo XXI. Lo doto de categorías y conceptos que lo hagan veraz, verosímil, persuasivo... para que luego tomes
tus decisiones. No reemplazo las decisiones trascendentales del lector. Lo que ofrezco es un mapa que haga
atractiva una determinada opción, pero siempre de una manera muy hipotética. Es un libro filosófico,
antropológico, pero no teológico. Dios tiene un cierto protagonismo, pero es un actor secundario. La
pregunta es natural incluso para un hombre agnóstico, ateo y perfectamente moderno. Este hombre tiene
conciencia de su propia dignidad, pero no hace falta vivir mucho para darte cuenta de que esta dignidad está
avocada a un destino indigno que es la muerte. ¿Hay alguna posibilidad de que nuestra última posibilidad no
sea la muerte?
No deja sorprender que un autor todavía joven como lo es Gomá (Bilbao, 1965) se preocupe con tanto empeño
por cuestiones que asaltan al ser humano en una época más tardía de la vida. Es cierto que cuando el hombre
alcanza la edad adulta ya es consciente de su destino, pero a menudo la vida aplaza el asunto de la
trascendencia para más adelante. A él, en cambio, todas estas preguntas se le aparecieron casi en la época
púber y no cree, además, que la filosofía deba plantearse según la edad por la que esté pasando el pensador:
- Me sorprenden aquellos filósofos que atraviesan etapas, me dan ganas de decirles que me cuenten los
resultados, no los procesos. Si quieres hacer una interpretación del mundo tienes que tener la madurez
suficiente para contármelo de una vez porque, si no, no estamos hablando de la interpretación de la realidad
sino de la sucesión de tus estados de ánimo. Cuando irrumpí en el debate con mis libros, quise llegar con
una opinión muy firme, ahorrarle al lector el proceso y ofrecerle los resultados. Les doy el cuadro entero,
que incluye la posibilidad de supervivencia después de la muerte. Y cuando irrumpo con 38 años ya tienes edad
suficiente como para plantearte los problemas filosóficamente sustantivos.
Junto a su vocación de ofrecer un todo, la producción de este autor ha destacado por aportar nuevos modelos
que se alejan de la tendencia de la filosofía actual a hacer un pensamiento del pensamiento, una historia de la
filosofía, la enésima reinterpretación de la teoría de un gran filósofo. El problema, resuelve él, es que la
situación de la cultura actual conspira contra la realización de la principal misión del filósofo, que no es
otra que mirar la realidad y proponer un ideal de comprensión, no describirla:
- Aristóteles propone el ideal del hombre prudente; Kant, el del hombre autónomo; Nietzsche, el del
superhombre... toda gran filosofía es la propuesta de una cierta perfección que sirva para iluminar a los
ciudadanos y señalar direcciones. En cambio, el presente conspira para que la proposición de un ideal sea
imposible. Vivimos en una sociedad del post. Somos pos ideológicos, posmodernos, posindustriales...
estamos de vuelta de los ideales antes de haber ido a ellos. Es cierto que los ideales han provocado
grandes catástrofes: las utopías políticas, las totalitarias... pero casi podría hablar de una victoria póstuma del
totalitarismo porque, como determinados ideales perversos han conducido a grandes catástrofes, ahora poco 42
menos que se nos ha sustituido la propuesta del ideal. Por eso la filosofía ya no consiste en pensar el mundo y
ofrecer una interpretación movilizadora, sino en reconstruir lo que hicieron otros. También abunda la filosofía
no del cómo debemos ser sino del cómo somos, que nos dice que somos una sociedad líquida, de
riesgo, narcisista, consumista... Luego hay una tendencia que es la de la filosofía sectorial, por ejemplo, de
los animales, de la ética, de la igualdad, de los países descolonizados, del multiculturalismo... y luego también
está la sustitución de la filosofía por los libros de autoayuda.
Contra todas estas filosofías de filosofías se rebela Gomá, que remata su libro con un capítulo titulado Raptado
por las musas, en el que defiende la filosofía como un género literario. Para él, pertenecer a este
mundo, vivir y envejecer, produce una emoción esencial. Si la recreas eres poeta; si la
defines, filósofo. Pero es una misma emoción. En cuanto a hermanos gemelos, el pensador debe emplear los
mismos elementos de la creación del relato, otro de los grandes olvidos de la filosofía contemporánea, raptada
por el discurso de la ciencia:
- La filosofía reciente ha pretendido ser una ciencia y se expresa con una prosa muy seca y antipática
que expulsa al lector cuando, en realidad, el filósofo, como el literato, debe proponer textos
persuasivos, que sean capaces de enamorar, crear un estilo, utilizar las figuras retóricas. Una novela es un
relato convincente que recrea un mundo; un filósofo crea un relato que trata de convencer mediante los
conceptos de que lo que está diciendo es persuasivo. La filosofía ha renunciado a utilizar esos recursos
pensando que la literatura es mera ficción pero, al contrario, la filosofía también es imaginativa.
Zanjada esta misión, la de trazar el ideal de ejemplaridad y la de volver a reunir a la filosofía con lo literario,
Gomá desconoce qué hará después. Antes de volver a sus obligaciones en la Fundación Juan March, se
acomoda en el placer de no saber qué será lo próximo: "No estoy seguro de si volveré a una emoción pre
filosófica o a otras. Ahora quiero descansar y oír la voz de mi corazón. Quiero sentirme libre durante un tiempo.
No sé si haré relatos, teatro... hay voces que te dicen que las grandes expectativas quedan desmentidas por la
experiencia. Me acuerdo de cuando me decían que nunca terminaría mi primer libro. Hoy, no cambiaría un
párrafo de ese tomo, porque expresa perfectamente lo que yo quería decir. La ventaja de publicar tarde es que
cuentas con una cierta madurez. La vida me ha proporcionado esta satisfacción".
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En un tiempo en que flaquean los consensos de nuestra convivencia a la espera de otros nuevos
y que son muchos los que claman por la ausencia de intelectuales que piensen el presente, en un
tiempo en que la filosofía, desconcertada, trata de buscar su sitio, Javier Gomá (Bilbao, 1965),
se ha convertido en uno de los intelectuales más citados y leídos del país con un gran proyecto
cuya ambición es impropia del presente escepticismo: un paradigma moral para la condición
humana, totalizador y universal, escrito desde este tiempo antes que para este tiempo, pues su
vocación es la conquista de la posteridad. Publicada a lo largo de diez años en cuatro libros —
Imitación y experiencia (Pretextos), Aquiles en el gineceo (Pretextos), Ejemplaridad
pública (Taurus) y Necesario pero imposible (Taurus)—, la obra ha sido reeditada bajo el título
sumario Tetralogía de la ejemplaridad (Taurus), en el que es uno de los productos filosóficos
más insólitos del panorama intelectual reciente, pues huye de la rentable actividad metafórica y
descriptiva de colegas como Zygmunt Baumann o Peter Solterdijk en pos de un modelo
prescriptivo. El autor, como se verá, no halla deleite únicamente en la escritura, sino también en
la conversación.
Se ha cuidado mucho en su pensamiento de dejarse llevar por los lugares comunes.
Los lugares comunes tienen mala fama pero en la retórica clásica un lugar común es aquello en
lo que todo el mundo encontraba una argumentación funcional. Hoy, a los lugares comunes,
como todo lo que tiene que ver con las costumbres, a causa del sentimiento del romanticismo y
de la liberación, se les atribuye el carácter inauténtico de las costumbres, pero es que a veces
también responden a verdades muy profundas.
Esta reedición en formato parece no responder tanto a un plan editorial como intelectual.
El último libro, “Necesario pero imposible”, termina con un corolario llamado “Raptado por las
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musas”, que podría parecer excéntrico porque incorpora una materia que no tiene nada que ver
con los libros anteriores. Pero a mí me pareció importante explicar, primero al lector, cuál ha
sido el fenómeno extraño que me ha llevado a escribirlo. He escrito muchos sobre eso, sobre la
visión, la misión. Y aun cuando no tiene ningún carácter explícitamente autobiográfico, estoy
tratando de llevar a conceptos una experiencia que es frecuentemente invocada, pero
prácticamente nunca definida, que es la vocación. Tuve una vocación muy temprana y muy
violenta, a partir de los 15 o 16 años, y sin embargo una maduración muy tardía: mi primer libro
es del 2003, pero tengo anotaciones de 1981 o 1982, cuando tenía 16 años, que han ido directa y
literalmente a los libros. El proceso de escritura se desencadenó cuando felizmente comprendí
que no iba a contarlo en un solo libro sino en cuatro. También decidí no hacer una exposición
sistemática —ejemplaridad y antropología, ejemplaridad y ética, ejemplaridad y derecho,
ejemplaridad y estética, ejemplaridad y ética…— sino escribir cuatro libros, cada uno con su
tono, con su hechura, y que respondieran al principio interior que demandaba cada uno como
producto. El primer libro es más académico, el segundo tiene un punto más confesional, el
tercero es un ensayo de teoría política, y el cuarto tiene un carácter exploratorio, como la
presentación de una tesis. Y cada libro apareció en diferentes épocas a lo largo de una década,
dos en una editorial, dos en otra, y tuvo cada uno una lectura independiente y lectores distintos.
Aunque yo en realidad, en la presentación de cada volumen, hacía aflorar la totalidad, la visión
del proyecto no permitía visualizarla. Con lo cual, desde un principio, tenía la idea de unificarlo.
En mi firma con Taurus, para “Ejemplaridad pública”, ya me reservaba el derecho a una
publicación unitaria.
En la historia de la cultura, las mismas historias son contadas una y otra vez. La crítica cultural
suele censurar estos fenómenos, remakes, como falta de imaginación, pero me parece que son,
como usted dice, un hecho insoslayable e inevitable ¿Podemos decir que es legítima la imitación
siempre que suponga una profundización?
Es una buena definición. El concepto de progreso, que parece excluir la imitación, es muy
explicativo en el ámbito de la ciencia, porque la ciencia consiste en hacer avanzar el estado del
conocimiento. Es cierto que cada progreso, cada avance, convierte en arqueología el
conocimiento anterior. Puedes saber lo que decían los físicos cuánticos hace cuarenta años, pero
tiene un valor meramente anticuario. Lo que importa es lo que sabemos hoy, cuál es el estado de
la cuestión como consecuencia del progreso. En la ciencia, el conocimiento es acumulativo. Por
eso cualquier avance convierte en anticuado todo lo anterior. En cambio, la categoría de
progreso no es explicativa en el ámbito de las humanidades: Tolstoi no deroga a Milton, Milton
no deroga a Dante, Dante no deroga a Virgilio y Virgilio no deroga a Homero. Entre otras cosas,
porque la verdad poética o filosófica ni es acumulativa ni es susceptible de verificación: la
filosofía es un género literario y por tanto, a diferencia de la ciencia, no se verifica, no se advera.
La verdad o legitimidad de la filosofía, como la de un poema o una obra de teatro, es que la
lectura siga siendo fecunda y que esa fecundidad suscite consensos. Platón no ha sido
verificado, tampoco Aristóteles, ni Descartes, ni Kant, ni Hegel, ni Nietszche, ni nadie. Lo que
pasa es que todavía hoy consideramos que su lectura es significativa, que ilumina nuestra
interpretación del mundo. Con lo cual, a diferencia de lo que ocurre en la ciencia, en la que la
categoría de progreso es explicativo y en que cada avance convierte en anticuario lo anterior, en
el ámbito de la literatura, todos somos contemporáneos, toda la tradición es contemporánea. Y
no se produce una progresión en la historia de la literatura sino en todo caso una progresión
hacia dentro, en sentido aristotélico. Eso sería imitar profundizando, que puede proporcionar un
progreso interior, hacia una mayor conciencia de tu vida, una mayor iluminación de tu vida, una
interpretación más refinada de tu vida, hacia una mayor significatividad de tu vida, hacia una
vida mejor, más digna de ser vivida. Y en ese sentido, la imitación de Platón o de Sófocles o de
Shakespeare o de Bertold Bretch es una imitación que tiene fundamento porque siguen siendo
clásicos en la medida en que son contemporáneos y su finalidad no es un progreso histórico sino
un progreso interior.
Decía al principio de esta conversación que debemos evitar juzgar las cosas por sus
corrupciones. Voy a hacer como si no le hubiera oído. En la transición del periodo estético
(adolescente, inmaduro, romántico, artístico, como quiera llamarlo) hacia el ético (la madurez, la
dignidad, el ascetismo) a veces sobrevive un componente romántico como es la tendencia a
abrazar causas mayores que uno mismo, que es una forma de gregarismo. Si de la egolatría del
estado estético pasamos a la conciencia de la mortalidad del estado ético, y por tanto de lo
común con todos los mortales, ¿cómo se llega al gregarismo? ¿Es un segundo estado cósmico y
premoderno?
Voy a explicarle lo que creo que subyace a lo que dice. Para mí ha sido muy importante, en
“Aquiles…” y luego en “Ejemplaridad pública”, en un capítulo que titulo “El universal vivir y
envejecer”, la revisión antropológica. ¿Qué es lo humano? Pues lo humano, lo que hace a un
hombre ser hombre en el siglo XIX era, de acuerdo a una definición perdurable que dio Stuart
49
Mill, ser excéntrico y por tanto no imitable. Y eso supone que lo que te hace humano es lo que
te hace diferente de los demás, lo que te hace especial. Stuart Mill entendió la libertad como la
excentricidad única e inigualable. Claro, en un mundo urbano compuesto por cuatro millones de
madrileños, todos excéntricos, la imitación no es posible pero tampoco el reconocimiento de
reglas comunes de convivencia. De ahí que un esfuerzo que hice en esos dos libros fue una
revisión de la antropología, e insisto en que lo que nos hace humanos es la común mortalidad, el
común vivir y envejecer. Entre Salomón, rey de los judíos, y un inmigrante que salta la valla,
hay evidentes diferencias: otra cuna, otra sabiduría, otra inteligencia, otro poder… Pero todos
esos rasgos son accidentales porque hay algo esencial a ellos, absolutamente individual en ellos
y que es sin embargo común, la mortalidad. Si nosotros establecemos ese cauce común, la
imitación es posible. Sólo si tenemos algo en común que nos iguala puedo aspirar a repetir el
modelo que tú representas. Si somos absolutamente distintos, no hay nada que imitar ni puedes
establecer reglas comunes, no hay ejemplaridad posible. En consecuencia, he destacado con
fuerza la grandiosidad, incluso el carácter sublime de la medianía sin relieve, de ese aparente
cauce común donde estamos todos. Yo pongo mucho énfasis en el concepto de “todo el mundo”.
Porque trato de describir el mundo entero, sí, pero de un modo válido para todo el mundo. Por
eso esta expresión, todo el mundo, es programática para mí, que pretendo una filosofía
totalizadora pero al mismo tiempo accesible para todo el mundo, no para seres privilegiados,
excéntricos o que pertenezcan a una minoría selecta. Entonces, hay indudablemente un proceso
de entrada en lo común.
Recuerdo que en uno de los textos usted sostiene que si en usted hay algo de sublime es lo que
lo iguala con los demás y no lo que lo distingue.
De “Aquiles…” digo que es un libro confesional, siempre y cuando consideremos confesionales,
no aquellos acontecimientos que solamente a mí me han ocurrido, sino que lo que más me ha
interesado de mí mismo es lo que es común a todo el mundo por el hecho de ser hombre. He
reconocido en mi propia vida una experiencia que es absolutamente profunda, absolutamente
individual —pero al mismo tiempo es universal, todos pasamos por ello— y es la experiencia
del descubrimiento de la mortalidad. Y eso es lo que a mí me interesa. Más allá del
romanticismo, que fue liberador, creo que ha llegado el momento de poner el énfasis en el
común vivir y envejecer o la común mortalidad, que crea entre nosotros un sentimiento de
mutua pertenencia y que hace la ejemplaridad y la convivencia posibles. Ahora bien, y así
contesto a tu pregunta, lo que me parece gregario no es el hombre o la mujer que, como
consecuencia de lo que llamo la doble especialización de la madurez —la emocional y la
profesional— funda una casa y elige un oficio con el que ganarse la vida. Eso representa, según
mi tesis, una asunción de su mortalidad, pero también el alumbramiento de su individualidad,
porque es entonces cuando el individuo se convierte en tal. Donde yo veo riesgo de gregarismo
es en la excentricidad masificada.
50
Este asunto quiero llevarlo al terreno de la política: jóvenes que luchan por la causa común de la
izquierda, la revolución, por ejemplo, evolucionan con la edad y raramente lo hacen hacia un
individualismo puro, sino que progresan hasta dar con otra causa común, por ejemplo, la nación
o la religión. Esa necesidad, casi vital, de subordinarse en una causa mayor que el individuo ¿es
un regreso al romanticismo?
Esto me importa mucho porque a menudo me preguntan cosas que, para mí, son corrupciones de
mi ideal, y no me pueden pedir que legitime lo que para mí son desviaciones. En la modernidad
ocurre un fenómeno muy raro y que pocas veces es notado: es una época de la cultura en que los
dos principios que siempre tienen que ver con lo humano, lo individual y lo social, y entre los
que siempre ha habido una cierta tensión (a esa tensión responden consensos como la separación
de poderes, los derechos humanos, etcétera), son llevados hasta el extremo, al radicalismo. En la
modernidad nace el individualismo más extremo, como nunca antes había existido, pero al
mismo tiempo jamás antes se había teorizado de forma tan intensa sobre el colectivismo. Y a la
vez. Y a veces, hasta por los mismos autores. Rousseau y Goethe escribieron novelas que son el
origen del romanticismo en Francia y Alemania, “La nueva Eloisa” y “Werther”, pero al mismo
tiempo son los autores de los textos más colectivistas que probablemente se han escrito nunca,
como son “El contrato social” y “Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister”. La modernidad
tiene algo singular: dos polos que siempre tienen una gradación dialéctica, porque pueden
armonizarse, se extreman tanto que se hacen invivibles. El romanticismo considera el
individualismo la única realidad, y la sociedad trata de dominarte y alienarte para convertirte en
un ser inauténtico. Pero luego están las teorías que consideran que el romanticismo es un
invento burgués y que lo único que verdaderamente hace la vida digna de ser vivida son las
causas colectivas en las que el individuo se elimina de la ecuación. Cito a Arthur Koestler, autor
de “El cero y el infinito”, que lo describe muy bien como el hombre que es “todo para sí mismo,
nada para el todo social”. Nos inducen a pensar que tenemos una dignidad absolutamente
incondicional, pero al mismo tiempo podemos experimentar que somos la nada para el todo
social. Esto podemos llevarlo a un proceso ontogenético, de formación de la personalidad: en el
estadio estético tiendes a un sentimiento de totalidad de tu propia individualidad, y mediante la
51
doble especialización, afectiva y profesional, te integras en un todo social. Ahora bien, siempre
repito con mucha insistencia que ese tránsito no supone la eliminación de lo estético, sino que se
convierte en un momento estético. Y de hecho la individualidad es una tensión entre los
requerimientos como fundador de una casa y titular de un oficio, con ese momento estético en
que tú sigues considerándote un fin en ti mismo. No has dejado de serlo sino que vives dentro de
ti esa tensión. Puedes ser un padre de familia, un pagador de impuestos, un empleado, pero al
mismo tiempo tienes una dignidad que reclama de ti sus derechos. Junto a los deberes para los
demás hay unos deberes para uno mismo que nunca se extinguen. Ocurre a veces, y todos lo
hemos experimentado, eso que se ha llamado “el demonio del mediodía”, que es la tentación que
un hombre o una mujer, ya bien dentro del estadio ético, en determinado momento experimenta
el impulso de retornar al estadio estético. Hay un capítulo en “Necesario pero imposible” que es
fruto de una maduración personal y que se titula “El estadio ético dura mucho”. Tú te
especializas, puedes sentir una voluptuosidad en esa especialización, te enamoras de una mujer,
fundas una casa, te hace mucha ilusión ganarte la vida desarrollando un oficio, y puede haber
una voluptuosidad en esa negación de uno mismo, puede haber un apetito. Pero claro, eso te
ocurre siendo joven y luego la severidad y el ascetismo del estadio ético suponen veinte, treinta,
cuarenta años, y dices “¿el resto de mi vida va a ser así?”. Y viene la tentación del retorno al
estadio estético, a su fuerza y a su intensidad. Así es como yo explico lo que le pasa al Quijote:
cambia de trabajo, cambia de chica… Y dice Cervantes, “frisaba los cincuenta”, que es cuando
habitualmente te visita el demonio del mediodía con las sugerencias de cambiarlo todo,
nostálgico del estadio estético. Esa nostalgia, ese romanticismo, esa fuerza que te lleva a
pretender desmontar todo, lo experimenta el individuo en su propia vida, pero también las
naciones, los pueblos. Vivimos frente a ese imperativo que pesa sobre los pueblos y que define
la democracia moderna básicamente como la administración de las verdades penúltimas, las
finitas, las relativas. Consiste en ponernos todos de acuerdo sobre consensos históricos y
relativos que nos sirvan para solucionar las verdades penúltimas, porque las verdades últimas,
las escatológicas, las que tienen que ver con el sentido de la vida, esas tienen que estar
residenciadas en el corazón y ha de evitarse proyectarlas hacia afuera. Esa dura y severa
educación del corazón, que mantiene en lo íntimo la pregunta por el sentido de la vida y por las
fuerzas escatológicas, a veces se desboca y uno proyecta sobre lo político esa especie de retorno
al estadio estético que es propio de un cierto romanticismo. Hay en esta conversación muchas
realidades subyacentes, incluso temas de actualidad, ¿verdad?
Por supuesto. Hablaba usted antes de la excentricidad masificada, pero me gustaría entrar en
el concepto de vulgaridad, la vulgaridad en tanto bien defendible. Usted sostiene que la
conquista de la libertad no supone la conquista automática de la emancipación, que la
emancipación se alcanza después. 52
Claro, porque la igualdad produce vulgaridad, y la vulgaridad merece un respeto, contrariamente
a lo que hacen normalmente los intelectuales.
En todo caso, son fenómenos prácticamente científicos, casi tan inquebrantables como la
gravitación universal: si uno democratiza el acceso a la cultura o a la universidad, el nivel
medio desciende, por lógica, respecto a cuando sólo los hijos de las élites tenían acceso.
Claro que desciende, y es un precio bien pagado. Y luego habrá que trabajar por elevarlo, pero
lo primero es extenderlo. Cuando oigo decir que la universidad ahora está mucho peor que antes,
recuerdo que a mi madre no la dejó su padre estudiar y que no podían ir a la universidad los
campesinos, los obreros, las personas que no tenían dinero… Esa bajada del nivel es un precio
que tienes que pagar al principio por universalizar la educación. Yo pido para la vulgaridad un
respeto porque la vulgaridad es hija de dos cosas muy importantes: la igualdad y la liberación. Si
tú liberas al sujeto y concedes a todos la misma condición, el primer efecto es la vulgaridad. Y
no hago apología de ello, no digo que todos tenemos que ser vulgares, sino que pido para ella un
respeto para, a continuación, reformarla, en la línea de un ideal de la ejemplaridad, de lo
sublime. Lo que no me permito es tener ni atisbo de nostalgia por la cultura aristocrática,
superior en su perfección a la vulgaridad actual, y esa permanente queja que lleva a comparar
esto con Dante o esto con Homero y concluir que hay un retroceso, olvidando que “esto” es la
realización histórica de algo profundamente bello, profundamente justo y profundamente
verdadero que es la igualdad. Y la igualdad está haciendo reventar todo el tinglado aristocrático,
patriarcal y autoritario de milenios. Hay que darle tiempo para que esa vulgaridad se transforme
en excelencia, en algunos casos, y que cree productos excelsos sobre unas bases igualitarias, de
una manera completamente innovadora.
53
Es uno de los males de nuestro tiempo, el cinismo, considerando que afecta precisamente a los
que, de algún modo, podríamos considerar los más llamados por la responsabilidad.
Este asunto me importa mucho. Ocurre que un paradigma que ha sido fecundo, como es el
paradigma de la liberación, vive un cierto agotamiento. Y como ocurre en los fenómenos
humanos, cuando los paradigmas se agotan es precisamente cuando se convierten en
hegemónicos, a la manera escolástica. Las cosas se convierten en escolásticas cuando pierden
vitalidad. Ahora tenemos escolásticamente una cultura de la liberación que no está permitiendo
satisfacer una demanda social que es un nuevo paradigma que movilice las fuerzas, que ilumine,
que seduzca. La idea dominante es que ya no se puede pensar nada nuevo, que no se puede
sentir nada nuevo, que podemos tener una aproximación hacia las glorias sublimes, pero sólo en
términos anticuarios, como decíamos antes, arqueológicos, volver sobre Shakespeare, Leopardi,
y exprimirlos. El paradigma de la liberación ha sido sobre todo un paradigma de sospecha y de
lucidez y eso me parece muy bien. Podríamos resumirlo en que durante siglos la cultura era un
conjunto de creencias y de costumbres colectivas mutuamente compartidas por un pueblo, de las
que se sentía orgulloso y que básicamente servían para socializar y extender un sentimiento de
pertenencia. Después de Kant y de su filosofía crítica, no solamente la filosofía sino la
conciencia de las élites hacen que la cultura deje de ser un instrumento de socialización y de
pertenencia y se convierta en un instrumento de dominación, como sostiene el marxismo. La
cultura ya no es aquel tesoro que nos enriquece y que mutuamente nos hace sentirnos sociales,
sino que es un instrumento de dominación de unos pocos sobre la mayoría que genera una
ideología para que la mayoría obedezca sin saber que está alienada. Esto ha producido unos
grandísimos beneficios. Nos ha hecho más inteligentes, más lúcidos y más libres. Pero ese
paradigma ya se ha agotado, y eso lo percibes porque se convierte en universal. Cualquier
ciudadano hoy, incluso el más inculto, tiene una actitud cínica y escéptica hacia la realidad,
hacia la cultura. Yo he preguntado en mis artículos a los lectores si consideran posible lo
sublime en el siglo XXI y simplemente la pregunta ya produce un gesto de incredulidad, “¿lo
sublime ahora?”. Otras veces he preguntado si es posible un ideal democrático, y la respuesta
siempre es negativa. La renuncia al ideal sería el precio por ser libres e inteligentes en la época
democrática. Ahora ocurre que ese cinismo, que es hegemónico en la realidad y en la cultura,
está impidiendo que satisfagamos una sed de ideal que yo creo que se está gestando en aguas
subterráneas. Por un lado, yo me declaro hijo gozoso de mi tiempo, en absoluto nostálgico de
épocas anteriores y absolutamente contrario a la resignación, sino más bien decidido a la
transformación y a la reforma de esa vulgaridad en la dirección de un ideal. Y por otro lado,
además de hijo gozoso de mi tiempo, declaro que he asumido el método de la ingenuidad, la
ingenuidad aprendida, que es aquella que conociendo la crítica que la lucidez hace de la
cultura, sin embargo, pese a todo, se atreve a sentir un entusiasmo que te eleve hacia lo
mejor. Y a proponer un ideal, incluso para nuestra época. Para el estado de la cultura, más bien
cínica, lúcida e hipercrítica, ya no existe filosofía sino sólo historia de la filosofía, porque ya
54
todo se ha dicho, todo se ha pensado, todo se sentido, y obstan que esta sociedad es demasiado
compleja y demasiado multicultural y especializada para proponer un ideal unitario. Pese a todo
eso, bendiciendo esas críticas en gran parte, yo propongo un ideal que es una propuesta de
perfección, que señala una dirección, porque es un ideal prescriptivo, no sólo descriptivo, que
ilumina la experiencia individual y que moviliza el entusiasmo, que es el motor del progreso
moral de los pueblos. En este sentido es en el que, además de hijo gozoso de mi tiempo, he
asumido de manera consciente la ingenuidad aprendida.
Lo que reivindico es el anhelo de producir una obra a largo plazo, y que no considero a los
lectores futuros si es que existen, de peor condición que los del presente. Y como hay muchas
personas que están descreídas no solamente del más allá, sino de las generaciones futuras,
convencidas de que sólo el presente los concierne, a mí en cambio, en la línea de lo que te he
dicho antes, que considero la filosofía un género literario y que lo literario tiene por verdad el
consenso de las gentes lentamente trenzado, me gustaría saber si mi obra contiene verdad. Y la
única manera de saber si mi obra contiene verdad es si se van suscitando consensos en torno a
ella y si esos consensos son consensos duraderos. Y esa es la manera de saber si he producido
una obra cuya lectura sea fecunda para esta generación y las siguientes. Se define lo sublime
como aquello que siendo grande es digno de imitación, admiración y de perdurar en la
posteridad. Desde la adolescencia, y en mis notas de entonces ya está, se repite en mí la
expresión “humana perduración”, la fijación por hacer algo perdurable. Pero no mediante una
transformación divina, sino cómo hacer algo que, siendo humano, sea digno de perdurar, que es
la eternidad en esta época, la manera de encontrar algo, un asidero para que no te lleve la
corriente hacia la nada. De ahí esa coquetería con la posteridad: quisiera saber si la verdad de
esta obra se mantiene a lo largo de las generaciones.
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2b92-44ed-b8c1-47ad52e1ffd5
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Javier Gomá: «En la cultura moderna no tenemos
un lugar para pensar y sentir lo sublime»
Publicado por Juan Claudio de Ramón
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El joven Javier Gomá tuvo, un tarde de otoño, el vislumbre de un mundo ordenado y con sentido. El resto de
su vida intelectual lo consumió en cabalgar tras el resto de las piezas. No tuvo prisa, y cuando empezó a
publicar, estaba ya todo en su sitio. De profesión filósofo —lo compagina con los dos mejores trabajos del
mundo, para el gusto del entrevistador: director de la Fundación March y letrado del Consejo de
Estado— heredó de Ortega y Gasset la cortesía de la claridad y la noción, menos que un esbozo en el filósofo
madrileño, de la experiencia de la vida. En la última década ha publicado cuatro libros fundamentales —
Imitación y experiencia, Aquiles en el Gineceo, Ejemplaridad pública y Necesario pero imposible— todos
ellos nacidos de un mismo aliento, que coronan una empresa ansiógena comenzada en su adolescencia. La
editorial Taurus los reunirá en una sola caja en noviembre. También ha alcanzado maestría en el arte de
decirlo todo con mil palabras en sus contribuciones a El País, reunidas por Galaxia Gutemberg en el
apetecible Todo a mil y en ahora en Razón: portería de inminente aparición. Le pedían que escogiera y él
escogió quererlo todo y la razón la expuso con elocuencia aquí. Es el autor de esta definición de vida, al
comienzo de su mejor pieza: la lenta elaboración de un ejemplo póstumo. Nos recibió en la estupenda sede
de la estupenda Fundación March. La charla se demoró y se hace preciso advertir que la entrevista es larga;
el lector sabrá disculparlo: el tema era la vida.
Por convención, en Occidente se considera a Tales de Mileto el primer filósofo, y de él se cuenta una
conocida anécdota: que un día caminaba mirando las estrellas y cayó en un agujero. Ese episodio fija el
arquetipo de filósofo como sabio distraído y ensimismado. ¿Te reconoces en él?
No del todo, porque, en mi caso, desde muy pronto intenté hacer vivible una vida donde el ensimismamiento
máximo al que te arrastra la vocación fuera compatible con una vida normal que te evita caer en el hoyo en el
que cayó Tales. La fecha para mí es otoño de 1980. Yo tenía quince años y algo ocurrió allá bajo ese tamarindo
literario que cito en los libros. Una especie de movimiento interior que me convirtió en un adolescente
intelectual, espiritual y cultural. Sin embargo, comprendí que no debía actuar como se espera en el paradigma
romántico, que es alimentar esa llama de fuego salvaje que es la vocación, sino que había que domesticarlo y
no vivirlo como incompatible con esa biografía normal de ciudadano, hijo, padre, hermano, amigo,
compañero, profesional, sabiendo muy tempranamente que la vocación es una irrupción sobrevenida sobre la
existencia común de cada uno, un injerto raro, una anomalía vital y, por lo tanto, una tensión entre dos polos
que nunca se reconcilian del todo. Los románticos tienden insensatamente a exaltar esa contradicción. Yo me
esforcé por hacer lo contrario: buscar los modos de hacerlos compatibles o convivir con ellos, domesticando
esa tendencia totalitaria que la vocación literaria tiene.
Lo que dices está en consonancia con la segunda anécdota que conocemos de la vida de Tales, que viene
a matizar la primera. Porque Tales, el mismo que pensando en sus cosas se cae por un agujero, tenía
unos conocimientos de astronomía que le permitieron predecir una gran cosecha de aceitunas: de modo
que compró todas las planchas de aceite de la ciudad y se hizo rico. El filósofo tiene un ojo en la eternidad
y otro en la mundanidad.
Así es, pero el paradigma romántico ha producido estragos. El romanticismo del siglo XIX, que tantas cosas
buenas trajo, es un gran exceso, también en la filosofía. La filosofía en el siglo XIX y XX es una filosofía de
energúmenos, contrapuesta a una filosofía mundana, que es aquella que se enriquece con el pulimento del roce
social. Una filosofía energuménica la encontramos en el Zaratustra de Nietzsche, que piensa que ha tenido
revelaciones alucinantes en lo alto de la montaña, como los profetas, y luego baja para difundirlas al mundo.
Eso es el resultado de un estereotipo romántico. Es el que hoy prevalece, puesto que se ha generalizado el
concepto del genio, que prácticamente se ha hecho equivalente a la expresión suprema de la individualidad.
Ser individuo en grado eminente hoy es ser genio. En el ámbito filosófico eso ha alentado una filosofía
energuménica, antisocial y antimundana.
Sí, porque mi visión filosófica, que es transversal respecto a muchas disciplinas, incluye una revisión de la 57
antropología vigente. La ejemplaridad es siempre ejemplaridad pública porque, por su propia naturaleza, el
ejemplo es siempre ejemplo para alguien, lo cual implica que tiende a la universalidad, como ya vio Kant.
Ahora bien, en el romanticismo la universalidad es imposible, en la medida en que todo el mundo se considera
único, distinto y diferente. Por lo tanto, ninguna regla enunciada en el ejemplo de uno le es aplicable a los
demás. Si yo quiero poner en marcha una filosofía basada en la ejemplaridad, hay que revisar esa antropología
que excluye el carácter universal del ejemplo. Como muy bien dices, en las páginas introductorias de Aquiles
en el gineceo sostengo que, por una parte, esa filosofía que propongo es existencial —a mí me parece que solo
la filosofía existencial es filosofía, no en el sentido de que sea existencialista, sino solamente aquella que tenga
que ver con las necesidades básicas del hombre y la mujer— y lo que sucede es que cuando busco una
experiencia fundamental que iguale a todos los hombres y mujeres de este mundo encuentro que hay una que,
siendo la más íntima que existe, es al mismo tiempo, la más universal. Y es que solemos entender que cuando
te sumerges más en tu propio yo encuentras esencias nunca vistas, diferentes, especiales, de acuerdo con esa
acuñación de Stuart Mill que equipara lo individual con la extravagancia. Por tanto, desde esta perspectiva,
lo que nos hace individuales sería lo que nos hace diferentes. Mi tesis es la inversa. El universal vivir y
envejecer —el hecho de que somos mortales— es la experiencia más íntima y a la vez algo que compartimos
todos los hombres y mujeres del mundo. Así que, indagando sobre esa experiencia interior, no te separas del
resto del género humano sino que te asimilas con los demás, cosa que luego desarrollo en Ejemplaridad
pública. Y esa conclusión, que es una concepción revisada de la antropología en la que lo verdaderamente
humano del hombre y de la mujer no sea lo que nos hace distintos sino lo que nos asimila, abre el camino a
una posible ejemplaridad cuya esencia es la repetición del ejemplo y la tendencia a la universalidad.
En 2003 irrumpiste en el panorama filosófico con Imitación y experiencia, que ganó el Premio Nacional
de Ensayo al año siguiente. Es tu obra más voluminosa e imagino que también la menos leída, porque
impone un poco.
No te creas, ha tenido tres ediciones en tapa grande y una en bolsillo, y anualmente me va generando derechos.
Sí que es la más voluminosa.
Pero es fundamental porque es el basamento de todo tu sistema. Sueles conceder importancia a que esa
primera publicación llegara ya cumplidos los treinta y ocho años. En estos tiempos parece un signo de
distinción tomarse el tiempo necesario para hacer un buen trabajo.
No es tanto que me tomara el tiempo necesario, como que necesitaba ser fiel a la vocación, a ese primer
impulso. Siempre me presento como una persona con vocación literaria extrema, rapiñadora, totalitaria, que
irrumpió cuando yo tenía quince años. La vocación se presenta como una visión. Esa visión me gusta definirla
usando la metáfora de un puzle de, por ejemplo, cien piezas. La experiencia normalmente te ofrece cinco o
siete de esas piezas puestas en su sitio, y quedan noventa y cinco por colocar. La vida es básicamente una
experiencia de fragmentos. De pronto determinadas personas, animadas por una vocación, tienen la
imaginación del puzle entero y ven el cuadro entero que se forma. Ven la montaña con su río, o la catedral o
el rostro. Cuando eso te ocurre, y eso a mí me ocurrió muy tempranamente, sientes una compulsión extrema,
urgente, un apremio, por encontrar un objeto que le dé fijeza, orden y sistema a esa visión, la cual, sin ese,
objeto se va a diluir sin remedio. De joven te imaginas que puedes ser bombero, futbolista, diplomático,
fotógrafo… de pronto, sin saber muy bien por qué, todas las competencias y habilidades se disparan en una
sola dirección que tiene que ver con esa visión que has entrevisto y luego tienes la compulsión de pasar esa
visión a una misión que es encontrar el objeto adecuado para ella: un lienzo, una partitura, un texto. Tuve una
visión muy temprana y muy totalitaria y, sin embargo, una maduración muy tardía. Suelo decir que esos veinte
años que transcurren desde la primera emoción hasta la aparición de mi primer libro se resumen con una sola
palabra: ansiedad. No es tanto que me tomara el tiempo como que la visión no maduraba suficientemente. La
visión requería un tiempo objetivo. Presumo de haber dedicado una fidelidad máxima hacia mi propia visión
y por eso iba dejando pasar el tiempo hasta que la visión fuera madurando.
La biblioteca de mi padre tuvo una gran importancia en mi vida. A partir de 1980 la ansiedad empezó a
dominar mi vida —solo ahora, con la obra hecha, estoy empezando a conocer qué es la vida sin ansiedad— y 58
leía ansiosamente. He sido siempre muy mal lector, un lector instrumental: no disfruto y no me guío por la
brújula del placer, que es la única que todo buen lector debería seguir. De ahí me ha quedado un profundo
desprecio a la beatería cultural, esa sacralización del libro, sus autores, la cultura, como si fuera la nueva
religión de salvación. Lo único que cuenta es la emoción: el libro es su sirviente, su mayordomo. Esa emoción
ansiosa me llevaba a leer horas interminables pero como un conquistador, como un violador que tira al suelo
a su víctima antes de forzarla. La vocación no solo instrumentaliza los libros, también la vida, que es uno de
sus problemas graves cuando se manifiesta en grado extremo, y las relaciones familiares, las amistades, los
amores, las experiencias… La ansiedad brotó con gran fuerza y me encontré con que muchos de los libros a
los que me iba impulsando estaban en la biblioteca de mi padre. Terminaba a las cuatro de la madrugada uno
y cuando iba a devolver el libro a la biblioteca veía que el otro libro al que me llevaba el primero también
estaba en la biblioteca de mi padre. Disfruté de esa especie de océano de conocimiento que representa una
buena biblioteca paterna. Si no lo hubiera encontrado allí me hubiera ido a una biblioteca pública o me hubiera
comprado el libro, pero hay momentos en que esa ansiedad requiere una cierta velocidad para encontrar un
libro, y esa velocidad la encontré en la biblioteca de mi padre.
Imitación y experiencia me ha parecido muy emocionante, porque según iba leyendo me daba cuenta de
que tenía algo de cuaderno de notas de toda una vida.
Absolutamente. Hay notas escritas en un cuaderno cuando tenía quince años que están literalmente en el libro
publicado con treinta y ocho.
El tema principal del libro es la imitación, que va a ser la idea fuerza de todo tu pensamiento y que
luego se reformula en la ejemplaridad.
En efecto. En la primera parte de Imitación y experiencia hice una especie de historia de la cultura occidental
desde el punto de vista de la imitación y el ejemplo. Hay en la premodernidad tres clases: la imitación de las
ideas platónicas, como manera de conocer la realidad, la imitación de la naturaleza, que se da sobre todo en el
arte, y la imitación de los antiguos, que se da principalmente en la literatura y la retórica. Me di cuenta de que
la imitación como tema filosófico se había tocado de manera tangencial, pero que nunca se había ensayado
una teoría general. Lo primero que tenía que hacer era reconstruir toda la historia de la cultura occidental
desde el punto de vista de la ejemplaridad, cosa que no estaba hecha en ninguna lengua con un carácter
integrador. Esa historia no pertenecía a mi plan inicial: la acometí porque estaba por hacer.
Y tú descubres una cuarta clase de imitación, que se da con especial intensidad en la época griega
arcaica, pero no se teoriza hasta la modernidad.
Exacto. De pronto descubrimos que, curiosamente, en toda esa extensa época de la cultura premoderna (hasta
siglos XVII-XVIII) no se había teorizado la cuarta clase de imitación, que es la que un sujeto hace de otro
sujeto,ambos seres personales libres y autónomos. Toda la cultura de la era arcaica está basada en ejemplos
de ejemplaridad majestuosa de ciertas figuras ejemplares: héroes homéricos, escultura griega, historiografía…
toda la cultura premoderna es una cultura de la ejemplaridad, y sin embargo nunca se había elevado al plano
del concepto la imitación de unos por otros, cosa que sí se practica, por primera vez, en el siglo XX. Ya no es
una imitación de los antiguos, de las ideas o de la naturaleza, sino la imitación de personas respecto a otras
personas todas ellas dotadas de libertad y racionalidad. Mi empeño ahí era elaborar una teoría general de la
imitación demostrando que no es que imitemos o no imitemos a nuestro gusto, sino que estamos arrojados a
un universo de ejemplos. Todos somos ejemplos para todos. El problema no es si imitamos o no imitamos,
que imitamos siempre por fuerza —contra lo que querría el dogma moderno de la autonomía del sujeto—, y
no solamente los niños, sino que también los adultos, y además todo el tiempo; el problema es solo qué modelo
escogemos y cómo utilizamos nuestra razón para elegir el modelo adecuado. No somos autónomos, como nos
soñó Kant, pero sí somos racionales, porque podemos juzgar críticamente quién es el modelo digno de
imitación. Heteronomía autónomamente asumida.
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En el libro haces una aportación novedosa a la cuestión de los universales, que es la del universal
concreto, que cristaliza en la persona.
Había que deshacer esa asociación que siempre ha habido entre lo universal y lo abstracto y que es la propia
del lenguaje, un universal abstracto. En teoría, solamente puede ser universal, por lo tanto dotado de
racionalidad, aquello que participa de la abstracción del concepto, del lenguaje, de la filosofía… como si lo
concreto siempre estuviera destinado, por una especie de maldición, a no ser susceptible de razón, a ser una
escalera que te sirve para elevarte al balcón del concepto pero luego empujas y tiras al suelo por inútil. Todo
mi esfuerzo es por recuperar una noción del ejemplo como «universal concreto», para el que también utilizo
la palabra «ejemplo personal». El ejemplo personal es la expresión máxima del ejemplo, porque es
concretísimo, ya que todo el individuo está dotado por esencia de una unicidad irrepetible; y, sin embargo, en
la medida que es modelo, está llamado a su repetición, a su imitación, a su reiteración. En suma: a una
universalidad, que no es menos universal porque no sea conceptual.
Cuando Kant dice que Ilustración es salir de la minoría de edad y atreverse a pensar por uno mismo
sin la guía del otro, no se le ocurre pensar que es precisamente a través de la guía del otro que uno puede
llegar a pensar por uno mismo.
Se le ocurre de otra manera, porque en la segunda crítica utiliza la imitación pero como solo método
pedagógico, sin comprender su profundidad sustantiva y su aptitud para llegar a pensar por uno mismo. En el
siglo XX se descubre la cuarta clase de imitación, que tiene lugar entre personas, pero con una visión
distorsionada: solo la practicarían niños, animales, masas y salvajes. Seres disminuidos, con un hándicap,
menores de edad. La imitación podía estudiarse como un fenómeno premoderno o preadulto pero nunca como
algo propio del sujeto moderno, autónomo y plenamente racional. La imitación como estadio intermedio hacia
un estadio definitivo donde ya nadie imita, lo cual es un imposible. Se imita siempre, todos en todas las edades.
Y no debemos darnos golpes en el pecho porque imitar puede ser racional. Obviamente, la imitación se
corrompe —contagio, modas, fenómenos de masas, caudillismo— pero a la ciencia, la técnica o la razón pura
o instrumental están expuestas también a sus corrupciones, como todo.
Aquiles en el gineceo es tu segundo libro, mucho más breve, y para mi gusto verdaderamente inspirado.
Es curioso, los que escribís elegís Aquiles. Muchísimas veces oigo esta preferencia. Álvaro Valverde, el
espléndido poeta, le dedicó un muy hermoso poema. Ignacio Amestoy, uno de nuestros clásicos dramaturgos
españoles, se ha inspirado en el ensayo para una de sus obras de teatro. Que un ensayo inspire una pieza
dramática no creo que tenga muchos precedentes.
En él desarrollas la doctrina de los estadios de la vida. Todos experimentamos un estadio estético y otro
ético antes de morir irremediablemente. Y es la figura de Aquiles la que te sirve para narrar la
existencia entera del hombre. Pero para eso necesitas recuperar un episodio poco conocido de su
biografía, que es su estancia en el gineceo de Esciros, viviendo oculto entre doncellas y efebos.
Muy pronto, todavía en el colegio, leí algo sobre la adolescencia de Aquiles. Y ahí vi muy tempranamente
involucrado de modo latente lo que el Aquiles de muchos años después convierte en patente y que constituye
uno de esos nudos de relaciones que componen el tapiz de mi filosofía. Aquiles es hijo de una diosa inmortal
y de un hombre, así que está destinado a ser inmortal. Solo moriría en un caso, y es que fuera a la guerra de
Troya. Su madre, más interesada en que disfrutara de una vida larga a que la tuviera buena y significativa,
esconde a su hijo donde piensa que nunca nadie le va a buscar: en el gineceo, que es la parte dedicada a las
mujeres en la corte del rey. Ese travestimiento de Aquiles sugiere la ambigüedad adolescente, sin identidad,
sin individualidad, sin yo. De hecho, Aquiles, cuando está en el gineceo, no tiene nombre, es un ente abstracto,
impersonal. Por otro lado, los griegos iniciaron una guerra contra Troya, en Asia (que representaba la lucha
de la civilización helénica contra barbarie oriental), y la victoria pende de un hecho que ha anticipado el
oráculo, que es que Aquiles participe en esa guerra. Solo si Aquiles participa la civilización triunfa sobre la
barbarie. Por eso el astuto Ulises, vestido de mercader, entra en el gineceo y extiende su mercancía, haciendo
que todas las doncellas se arremolinen alrededor atraídas por el brillo del oro, entre ellas Aquiles vestido de
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mujer. Ulises toca la flauta guerrera, Aquiles siente en el pecho un ardor bélico, se despoja de su vestido de
mujer y decide ir a Troya para morir. La pregunta del libro, que hace juego con el subtítulo del libro —
Aprender a ser mortal— es por qué Aquiles, que estaba destinado a ser inmortal, decide ir a Troya donde no
solamente va a morir sino que va a morir joven. ¿Por qué prefiere la mortalidad a vivir de manera inmortal?
¿Cuál es tu respuesta?
Mi contestación es que lo que nos hace individuales es precisamente la mortalidad. El precio de morir es un
precio digno de pagarse si el premio es ser individuales. Lo más alto que alguien puede ser es ser individual,
ser ejemplo y tener un nombre. Aquiles se convirtió en Aquiles en el momento en que aceptó morir. Dio como
barato la inmortalidad, la eternidad, algo que en mi planteamiento es siempre algo magmático, amorfo, sin
identidad, sin personalidad, sin individualidad, característico del estadio adolescente. El gineceo representa
esta adolescencia, el estadio estético, y Troya representa el estadio ético, el maduro. Allí encontré la clave de
la verdad del destino del hombre y de la mujer.
Tus palabras son: «En la polis el sujeto acepta su mortalidad, el ciudadano es el heredero del héroe que
acepta una vida breve. Cambia el autogoce de la adolescencia por casa y trabajo».
Cuando uno es joven se piensa a sí mismo como irreemplazable, eterno y absoluto, cuando uno madura y entra
en el teatro de la finitud, en la sociedad, en la polis, descubre que el que es eterno, irreemplazable y único es,
al mismo tiempo, reemplazable. Uno de los artículos decisivos de mi Razón: portería se titula precisamente
«Único y prescindible».
Es importante distinguir entre muerte y mortalidad. La muerte es un hecho biológico bastante aburrido y sin
ningún interés que le ocurre también a un mosquito, mientras que la mortalidad es la consciencia de tu propia
naturaleza finita. Muchas veces se dice que la sociedad contemporánea esconde la muerte. Yo creo, por el
contrario, que no hay un fenómeno más presente en la vida cotidiana —en los telediarios, películas,
videojuegos, libros…— que la muerte como accidente biológico. Lo que sí se esconde es la mortalidad, la
aceptación moral de nuestra contingencia y de sus limitaciones, que solo experimenta a fondo quien progresa
del estadio estético al ético.
Exactamente. En realidad, una persona que hubiera aceptado en todas sus consecuencias el estadio ético,
cuando llegue la muerte biológica no sería más que la consumación de una decisión ya tomada. Por otra parte,
es importante destacar que la transición entre una y otra se produce a través de la doble especialización de la
casa y el trabajo. La idea completamente dominante en nuestra cultura es que lo que nos hace individuales es
lo que está al margen de la sociedad, extramuros de ella hallaríamos nuestra autenticidad, nuestro yo más
sincero. Es aquel mundo soñador, fantasioso, romántico, más propio de la adolescencia…
Pero antes de ingresar en el estadio ético Aquiles ha vislumbrado la mortalidad, y por tanto la eticidad,
en su amor a Deidamía, una de las doncellas, con la que tiene un hijo. Ha pasado de soñar con todas las
mujeres a unirse a una única, aceptando el doloroso hecho de que también ella morirá. Es el único
momento en el que hablas del amor en sentido carnal en toda la tetralogía.
En Aquiles cuento que el paso entre el estadio estético y el ético, el de la adolescencia a la madurez, muchas
veces tiene una transición. El amor puede ser esa transición. Yo adscribo el amor romántico y pasional al
estadio estético, lo que ocurre es que cuando te enamoras de otra persona, si es correspondido, acabas
queriendo fundar una casa con esa persona. Y eso implica la necesidad de ganarte la vida, lo que presupone
un proceso de especialización-socialización. Por tanto, hay una transición relativamente natural entre el amor
romántico típico del estadio estético al amor ético típico del estadio siguiente. En el estadio ético eres ya
individual, y lo que te hace individual es tu mortalidad, y donde tú percibes tu mortalidad es en el proceso de
la doble especialización: casa y oficio.
Una última pregunta sobre Aquiles en el Gineceo. El universal vivir y envejecer es común a todos
nosotros. Pero no todos lo experimentamos de la misma manera. No es lo mismo envejecer
desempeñando un trabajo intelectualmente apetecible que otro que no lo sea. ¿De qué manera influyen
las condiciones materiales de la existencia en la teoría de los estadios de la vida?
Es obvio que hay muchos destinos sobre la tierra. En Necesario pero imposible distingo entre «ley de vida»
(nacimiento, juventud, estadios y muerte) y las «vidas sin destino», todas esas vidas truncadas y tachadas, que
más bien parecen abortos de vida. La sociología, la economía, la psicología o la historia estudian estas
diferencias. Pero, para una mirada ontológica, son solo accidentes. Entre Salomón, rey de los judíos, o
Alejandro Magno, y ese inmigrante que salta las vallas de Ceuta o Melilla o cruza a nado el estrecho, sin más
bienes que su cuerpo en peligro, muchos rasgos y circunstancias los diferencian, pero, ontológicamente, esos
rasgos y circunstancias son accidentes respecto a lo verdaderamente sustantivo: ambos son mortales, ambos
viven y envejecen sin absolutamente ninguna diferencia sustancial. Y esto que los iguala es muchísimo más
profundo y esencial que todas aquellas circunstancias externas que los separa.
Completas la trilogía de la experiencia de la vida con Ejemplaridad pública. Allí propones una teoría
política para después del nihilismo. Partes de un doble problema: el individuo, que es libre y autónomo,
defiende con celo su subjetividad o su momento estético y, aunque está hastiado, porque sabe que algo
no funciona, es reacio a socializarse. Por otro lado, el Estado, que es la polis, está necesitado de
legitimación y es incapaz de concitar respeto o incitar a la virtud. Ese es el problema que atacas en el
libro. El ensayo arranca con la noción de vulgaridad, que está más extendida que nunca y para la que
pides un respeto. ¿Por qué?
Primero, como bien señalas, al principio del libro desarrollo un planteamiento positivo del nihilismo, que es
la crítica más radical que una cultura nunca ha lanzado contra ella misma. La cultura occidental es la única
que conozco que ha ejercitado radicalmente la autocrítica, y en eso Occidente debería ser imitado por otras
culturas. El nihilismo tiene algo profundamente saludable, que es el cuestionamiento de la tradición. Un
cuestionamiento que no necesariamente tiene que llevar a desestimar toda la tradición, sino apropiarse de ella
solo en lo que siga siendo fecunda. ¿Pero a qué ha llevado el nihilismo? Más que usar conceptos con sentido
moralizante —sociedad narcisista, individualista, consumista— escogí deliberadamente un concepto con
connotaciones estéticas, como es el de vulgaridad, que me parece moralmente neutro y que no tiene ese punto
de reproche edificante a nuestro tiempo. Habrás visto que me declaro hijo gozoso de mi tiempo, y es algo que
caracteriza mi observación del mundo. He mantenido muchas veces que vivimos en el mejor momento de la
historia universal y nadie, en los muchos foros en lo que he discutido, ha podido refutarme. Pero yo no hago
una apología de la vulgaridad, sino que distingo entre apología y pedir un respeto. Pido respeto para la
vulgaridad porque la vulgaridad es la hija —fea pero hija— del beso de dos fuentes absolutamente positivas
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que además representan la expresión más elevada del genio distintivo: la libertad y la igualdad. Cuando la
libertad en el sentido de la liberación, algo constitutivamente del siglo XX, se une a la igualdad, entonces la
consecuencia es la vulgaridad y, en la medida en que es el fruto de dos cosas tan positivas que se han unido
por primera vez creando una civilización, como es la democrática, pido respeto para ella.
Uno de los riesgos de elaborar una teoría de la ejemplaridad era caer en el elitismo. Pero al contrario
que en Ortega, tu teoría no desemboca en una defensa de una minoría selecta o clase rectora.
Si el nihilismo es pieza fundamental en mis libros es porque desmonta el tinglado del aristocratismo vigente
en la cultura desde su aurora. Desde que una persona se encontró en la prehistoria con otra en la selva, una
obedeció y otra mandó, creándose dos estamentos. La ejemplaridad estaba asociada tradicionalmente a esa
aristocracia del estamento superior, un pequeño grupo de personas que se presentan ellas a sí mismas como
modelo para una sociedad mayoritaria cuya única obligación es la docilidad, una mayoría a la que se le endilga,
para mayor desvergüenza, el remoquete de «masa», como si fuera una sustancia indistinta, informe,
compuesta, no por ciudadanos, sino por seres gregarios como ovejas. Estoy totalmente en contra de esos que
se consideran a sí mismos minoría selecta, que llaman a los demás masas indóciles porque nos les obedecen
con la puntualidad que ellos querrían. No creo en las masas, palabra que presupone una toma de postura. No
existen las masas. Lo que existe son muchos ciudadanos que se agrupan, cada uno responsable y capaz de
ejemplaridad. La raya decisiva no es la que separa en la sociedad a los egregios de los vulgares, sino la que,
en el corazón de todos y cada uno de los ciudadanos, separa entre opciones ejemplares y opciones vulgares
del uso de tu libertad individual. No hay seres cualitativamente distintos, sino todos iguales y responsables
con opciones de mayor y menos excelencia moral.
Había algo potente en pedir un respeto para la vulgaridad, como un grito igualitario en contra del elitismo
caduco y polvoriento, esa estructura aristocrática, autoritaria y jerárquica que se desvanece antes los avances
del principio igualitario. Ese elitismo que ve la vulgaridad y dice: «Fijaos a dónde han llegado la igualdad y
la libertad, tenemos que volver al aristocratismo de antes, fijaos qué horrible y repugnante es, cómo se
autocondena sin necesidad de más explicaciones». Yo quería decir que a esa vulgaridad que vosotros, los
eminentes, egregios y aristocráticos, despreciáis subyace una profundísima y original verdad, bondad y
belleza, nunca antes conocida y que vosotros, los exquisitos, no entendéis. Lo que sucede es que mi libro toma
la vulgaridad como punto de arranque, no de llegada. De hecho, el libro entero se estructura en la dialéctica
vulgaridad-ejemplaridad.
Lo que quieres es reformar esa vulgaridad. El problema reside en vivir en una cultura no represora, de
«libertad consumada» como dices tú, que es la nuestra, pero seguir utilizando un lenguaje de liberación.
El problema no es ser libres, pues ya lo somos, sino hacer un uso virtuoso de nuestra libertad, y esto es
lo que propones en Ejemplaridad pública.
Creo que la cultura actual —y muchos de los artículos que publicáis en Jot Down lo confirman— está viviendo
un solapamiento extremo. El paradigma cultural ha pasado y la mayoría de los artistas, escritores, filósofos y
poetas no se han enterado. El verdadero problema de los últimos tres siglos ha sido cómo ser libres frente a
las opresiones tradicionales de la premodernidad. Ese proceso ha terminado. Terminó aproximadamente en
los años sesenta o setenta del siglo pasado. ¿Quiere decir esto que no hay atentados contra la libertad? No, hay
ochociento millones de atentados contra la libertad. La diferencia con antes es que esos atentados hoy se
consideran ilícitos, no están legitimados por el universo simbólico en el que se producen. ¿Hay violaciones
contra la mujer? Miles, desgraciadamente. La diferencia es que antes las violaciones se consideraban procesos
educativos del adolescente aristocrático que violaba a la criada, el derecho que tenía el señor de acostarte con 63
la campesina, etcétera… La cultura entera, con su fuerza de autocoacción consentida, permitía o bendecía la
sujeción de la mujer. Ese proceso de liberación frente a presiones económicas, éticas, ideológicas y
sociológicas tradicionales ha generado durante dos o tres siglos una gran cultura que defiendo, que es la del
romanticismo, la liberación, la experimentación, la filosofía de la sospecha y de la transgresión…
La transgresión ha tenido un momento liberador muy importante, igual que la experimentación de las
vanguardias o la sospecha de la filosofía. Los tres agentes han conspirado positivamente para que el proceso
de liberación que estaba pendiente desde el siglo XVIII se consumase. Incluso cuando el artista dadaísta piensa
que está desmontando la civilización está contribuyendo a la causa civilizatoria, porque con sus
experimentaciones delirantes está demostrando que incluso en el ámbito del arte la libertad individual puede
ampliarse y señala un camino. En el arte, de generación en generación, en el taller al artista se le enseñaba que
había unos rasgos inherentes a la esencia del arte, como por ejemplo la forma, la proporción, la perspectiva,
el color. Eso había sido desde las cuevas de Altamira hasta el siglo XIX. Arte significaba determinadas reglas
que normalmente se enseñaban en los gremios, talleres o escuelas. De pronto un espíritu liberador, el de las
vanguardias artísticas, ensaya producir artes que prescinde de esas reglas milenarias. Entonces tenemos el arte
abstracto, sin figuras, o el cubista, que descompone la proporción, o el surrealista, que no tiene nada que ver
con la realidad. Esas vanguardias nos enseñan y liberan de una tradición que se siente como opresiva. Y lo
mismo ocurre con la moral. ¿Qué pretende la moral dominante? La moral de una época enuncia sus mandatos,
que son históricos, como si tuvieran la misma fuerza que las leyes de la naturaleza. La cultura dominante dice
de sí misma lo que podríamos decir de la lluvia o de la gravedad: es así, siempre ha sido así y siempre lo será.
¿Qué nos enseña la transgresión? Que algo que pensábamos que era naturaleza en realidad es historia,
cultura, producto cambiante, opinable, revisable, reemplazable, y este descubrimiento nos libera. La
transgresión tuvo un papel importantísimo en el proceso de liberación en los siglos XVIII, XIX y XX. La
sospecha, que nace con Kant —no casualmente se llama filosofía crítica—, también. Con la filosofía crítica
de la sospecha descomponemos la pretensión de verdad de los relatos tradicionales. De todos. No hay un relato
tradicional que no haya sido desmontado por la filosofía del siglo XIX y XX. Y casi toda la filosofía de esos
siglos es filosofía de la sospecha, cuyo objetivo es desmontar la pretensión de legitimidad de relatos
tradicionales (políticos, filosóficos, culturales, ideológicos, religiosos, sociales), mostrar su falsedad, los
intereses de parte que esconde y, con este derribo, permitir que la libertad individual se ensanche. Ahora bien,
la libertad individual ha alcanzado su máximo ensanchamiento y progreso, de manera que lo que fue liberador
por la filosofía de la sospecha, la transgresión moral y la experimentación artística durante tres siglos, que
tuvo una gran potencia durante ese tiempo, ahora ha perdido totalmente esa potencia emancipadora. Se ha
convertido en manierismo, en repetición, reiteración y epígono. Está muerto, no es fecundo. Y la gente no se
ha enterado y repiten una y otra vez la misma canción ad nauseam. El tema ya no es ser libres, el tema
importante de hoy es ser-libres-juntos, que significa la aceptación gozosa y positiva de
determinadas limitaciones a tu libertad. Sin embargo, verás cómo los artistas transgresores
inauguran en un museo con presupuestos del Estado y presencia de ministros, un arte en el que se insiste que
el Estado es satánico, la sociedad nos aliena, la cultura nos sojuzga… Se presentan como transgresores aunque
estén subvencionados por el Estado. ¡Qué pereza infinita de todos los que se llaman rebeldes, libertarios,
provocadores, o transgresores! ¡Qué trasnochado y vacuo! Lo que hizo sonrojar a Calígula hace bostezar a
ahora mis hijos. Por eso digo que ejercer hoy la transgresión es como hacertop-less en una playa nudista.
Es muy importante que la democracia se procure un relato nuevo, una poética, llegas a decir en uno de
tus artículos. Y aquí entras en una discusión con las distintas ramas del liberalismo. ¿Por qué no
podemos ir tirando con el respeto a la ley y una multitud de relatos privados? ¿Cuál es el peligro de una
democracia en la que no haya un relato común que actúe de cemento social? En tu libro hablas del
peligro de una democracia sin ideales.
Lo que pasa es que no hablo de ideales, en plural, hablo siempre del ideal que tiene que ser uno porque es una
propuesta de perfección. Pero deja que te conteste a esta pregunta con diferentes ángulos. Efectivamente, voy
recurriendo a diferentes polémicas utilizando, como un cazador-recolector que va cogiendo los frutos que le
apetecen, para una finalidad que es mía. Como ves en Ejemplaridad pública debato con comunitaristas y
liberales, pero no me paro ahí ni me defino porque no me interesa perderme en este debate sino usarlo para 64
mis fines. Hay varios asuntos: primero, en la Antigüedad, hasta el Renacimiento, lo que estuvo presente fue
el concepto de «paideia», que significa la propuesta de la perfección.
Si tuviera que resumirlo de alguna manera lo haría así: para los griegos, la cultura entera (paideia) es el sello
que una generación puede imprimir en la cera de la generación siguiente, que es su alma. La pregunta es: cómo
sería ese sello, ese ideal de perfección. Si yo tuviera la posibilidad de crear un sello —que en griego es «tipos»,
de ahí la idea de «prototipo» y el «arquetipo»— que pudieras marcar en el alma de la generación siguiente
¿cómo confeccionaríamos ese sello? ¿Qué perfección sería esa? Una perfección en todo caso unitaria; no hay
una familiar, otra estética, otra sociológica… no, una perfección unitaria, de lo humano en su conjunto,
respondiendo a la pregunta qué tipo de persona, así en general, alguien es o debe ser. En el Renacimiento eso
se desmorona. Se descompone en esfera pública, regida por ley coactiva, y esfera privada, donde establece el
dogma de la vida privada. Puedo hacer con mi vida privada lo que quiera mientras no perjudique a terceros.
Y así se ha seguido en la cultura contemporánea, que es aquella en la que el espacio público está regulado por
la ley coactiva y el privado está confiado al secreto de la vida privada , mientras no perjudique a
tercero, se dice.
Muchos problemas. En primer lugar, no existe la vida privada desde el punto de vista del ejemplo, porque
todos somos ejemplos para todos. Siempre perjudicamos o beneficiamos a terceros con nuestro ejemplo.
Todos producimos con nuestro ejemplo un impacto positivo o negativo en nuestro círculo de influencia.
Además la verdad moral solo se revela por medio del ejemplo. Cuando quieres conocer una verdad científica
o lógica has de usar instrumentos abstractos, como la matemática, pero la verdad moral solo se hace accesible
a través del ejemplo. No es que el ejemplo ejemplifique la verdad moral, es que solamente se revela a través
del ejemplo, solo ahí se propone a la intuición y se comprende. Si quiero explicarle a mi hijo qué es la
honestidad, la valentía o la decencia jamás le remitiré a un diccionario o un tratado moral, sino que estos
valores se le harán intuible a través del ejemplo, que es ese universal concreto. Eso que ves es una conducta
decente, le diré. El ejemplo es, pues, el instrumento de nuestra educación sentimental. Si vivimos en una red
de influencias mutuas somos maestros y discípulos mutuamente del acceso de los demás a las verdades
morales. Ejemplaridad igualitaria. Por tanto tenemos la responsabilidad de nuestro propio ejemplo y del
impacto que produce en nuestro círculo de influencia. De manera que es imposible que llevemos una vida sin
perjuicio a terceros. Siempre producimos beneficio o perjuicio a terceros a través de nuestro ejemplo. Lo que
sucede es que ese impacto no es jurídicamente punible ni debe serlo. Pero cuando se dice y se baila, en la
canción de Alaska y Dinarama, que «a quién le importa lo que yo haga», mi respuesta (que desarrollo
en Todo a mil) es que sí importa, y mucho, importa a todos. A ti te importa porque no es lo mismo un
uso eminente de tu vida que un uso vulgar. Y además ese ejemplo importa muchísimo a los demás.
Eso de que en tu vida privada puedes hacer lo que quieras sin perjuicio a terceros es imposible porque siempre
perjudicas a terceros. En una democracia las leyes coactivas regulan la exterioridad de la libertad pero no en
el corazón. Desde una perspectiva jurídica, la vida privada (que nos autoriza a elegir el estilo de vida que
prefiramos sin interferencia pública) es una conquista irrenunciable de la modernidad. Pero ha sido una
desdicha que lo que es cierto en el concepto jurídico se halla desplazado a lo moral: lo que es indiferente para
el derecho, no lo es para ti mismo, para la moral, incluso para la viabilidad de la democracia.
Ese es el otro problema que señalas, que la ley coactiva no incita a la virtud.
La ley coactiva, aquella que amenaza con una sanción o una pena en caso de incumplimiento, solamente es
capaz de regular los aspectos externos de la convivencia pero no es capaz de entrar en lo que asegura una
convivencia bien ordenada, un corazón bien educado y con buen gusto. ¿Qué es más eficaz para una sociedad
bien ordenada: que el ciudadano conozca y tema el castigo que la ley prevé en caso de incumplimiento o que
cumpla la ley por convicción propia, porque tienes el corazón bien educado, porque de manera instintiva le
repugnan determinados comportamientos antisociales? Ejemplaridad pública destaca con fuerza el problema
de una democracia sin mores, sin costumbres, que la modernidad ha desechado como achaque del pasado.
Todo lo contrario: las costumbres son el invento que hemos descubierto los hombres para remediar nuestra 65
finitud. Si no existieran, tendríamos que inventar el mundo cada mañana como Adán en el paraíso. Como
existen, confiamos el 90 % de nuestros asuntos la costumbre, lo cual nos permite concentrar la energía y la
creatividad en lo realmente importante. Las costumbres pueden ser cívicas o anticívicas. Si fueran cívicas se
llaman «buenas costumbres». Una sociedad asentada sobre buenas costumbres sería aquella en la que los
ciudadanos son transportados suavemente, por el placer del hábito general, por las inclinaciones del corazón
bien educado, hacia la virtud cívica, sin necesidad de amenaza de ley represora.
En el libro no llegas a proponer un contenido material para esas buenas costumbres o virtud cívica.
¿Me equivoco si pienso que la ejemplaridad que propones es un concepto formal?
El concepto de ejemplaridad es en una buena parte estructural-formal cuyo contenido varía históricamente. La
ejemplaridad romana no es la misma que la japonesa o la rusa, ni la del siglo XII igual que el siglo XXI, pero
en mi propuesta esta historicidad cambiante tiene dos límites. En primer lugar, solamente llamaré ejemplar a
aquel ejemplo positivo que, si se generaliza a la sociedad, produce en ésta un efecto fecundo. No todos los
ejemplos son así, por lo tanto no a todo tipo de comportamiento llamaré ejemplar. Los espartanos se deshacían
de los niños tirándolos por el monte Taigeto. A eso jamás lo llamaría ejemplar, porque contradice uno de los
principios básicos, que es la subsistencia o la dignidad humana. El requisito de la universalización del ejemplo
es ya un requisito que condiciona en alta proporción el contenido de la ejemplaridad. Y segundo, la doble
especialización que describo en el Aquiles como ejemplo cívico y como elemento constitutivo de tu
individualidad. El secreto de la vida reside en hallar la llave de la individualidad en el proceso de socialización.
Una sociedad bien ordenada estará constituida por individuos que han resuelto de una manera satisfactoria
este proceso, lo cual condiciona también el contenido de la ejemplaridad.
Una de las tesis fuertes de tu libro es que todos los ciudadanos, por el hecho de especializarse doblemente
en casa y en el trabajo, son ciudadanos públicos. Los políticos no son los únicos ciudadanos
públicos. Todos lo somos.
Exactamente. Hannah Arendt, a la que todo el mundo ensalza, me parece una buena historiadora de la
filosofía y una muy competente teórica de las ideas, pero no una gran filósofa. En La condición
humanadefiende algo que no solamente es históricamente falso, sino que lo es filosóficamente también. Ella
propone un concepto griego de virtud pública que presupone el abandono de la doble especialización, de tal
manera que ser un personaje público exige poco menos que no fundar casa ni elegir oficio, sino vivir en una
especie de ociosidad gozosa dedicada a la deliberación en la plaza. De tal manera que solamente los parados,
los rentistas o los vagos podrían desarrollar esa virtud pública que ella defiende. En mi visión, lo público de
la ejemplaridad es redundante, porque todo ejemplo es público. Igual que no existen lenguajes privados, como
demostróWittgenstein, tampoco existen ejemplos privados. Por su propia naturaleza un ejemplo es ejemplar
para alguien, luego es público. Cuando hablo de ejemplaridad pública incluye a todo individuo que deja el
gineceo y se va a Troya pasando del estadio estético al estadio ético: este ya es plenariamente una persona
pública sin necesidad de afiliarse a un partido político. De tal manera que los políticos profesionales serían
una modalidad de las personas públicas, pero no admito que asuman el monopolio del concepto de lo público.
Además el imperativo de ejemplaridad es un imperativo de todos los ciudadanos. Muchas veces me preguntan
solo por el último capítulo de Ejemplaridad pública, el 30. Es un capítulo que, como una mera modalidad de
lo que está comentado anteriormente, está dedicado a los políticos, funcionarios y casa real, insistiendo en que
su responsabilidad no es de otra naturaleza a la del resto de ciudadanos; si acaso más intensa (un plus), pero
no diferente (un novum). Pero todo hombre y mujer que realiza la doble especialización puede, con todo
derecho y merecimiento, ser calificada de persona pública.
Sí, la nuestra es una democracia sin ideal. Y entiendo por ideal la propuesta de una perfección. Una perfección
humana y política que seduce, ilumina la experiencia individual, moviliza fuerzas latentes y señala una
dirección. El ideal es aquello que permite dos cosas muy importantes desde el punto de vista de la viabilidad
de un proyecto político. Primero, el progreso, ya que el ideal es aquello que, por la evidencia de su perfección,
lo quieres y activa energías. Y segundo, el ideal es la atalaya desde la que puedes juzgar el presente. Comparas 66
el presente con ese ideal y haces la crítica. El ideal es, pues, requisito del progreso moral de los pueblos y de
la sana crítica del presente.
Ahora bien, vivimos en una sociedad en la que el ideal es imposible. El hombre contemporáneo dice que el
precio que tiene que pagar por ser libre e inteligente es la renuncia al ideal, lo cual equivale a condenarse a la
vulgaridad, a no progresar, a no ejercer una crítica con altura y dirección. El ideal es una fuerza reformadora
de la vulgaridad de la que antes hablábamos. Ante la vulgaridad hoy dominante tenemos tres posibilidades: la
postura reaccionaria es señalar que esta vulgaridad es la prueba del fracaso democrático y que debemos volver
a la sociedad jerárquica, ordenada y autoritaria de antes, que esa sí que funcionaba. La segunda actitud, que
es la dominante, me parece mucho peor, y es la que tiene hoy la cultura general y se ve en todos los sitios, que
es la actitud de la resignación. Es aquello de Churchill de que la democracia es el menos malo de los sistemas.
Como si la madurez ciudadana implicara una renuncia a lo óptimo. Y luego está, en último lugar, la postura
reformista, superadora, la del ideal, por la que abogo. Hoy el ideal parece imposible en una sociedad compleja,
multicultural, desconfiada de los grandes relatos. El exceso de lucidez desmitificadora, la suspicacia
generalizada, el cinismo ambiental, el petimetre que está ya de vuelta de todo antes de haber ido a ningún
sitio: todo esto cierra las puertas al ideal. Pero lo necesitamos. Seríamos más sabios si conserváramos nuestra
capacidad de entusiasmo para elevarnos a él. Aquel imperativo kantiano que decía «atrévete a pensar»
deberíamos traducirlo ahora por un «atrévete a sentir».
Para cierto liberalismo la propuesta del ideal se confundiría con el perfeccionismo moral.
Siempre distingo entre el plano del ideal y el plano de la realidad. Es verdad que la propuesta de una perfección
es difícil, pero una sociedad sin un ideal está llamada a envejecer, a repetirse, a ser acrítica con el presente
porque no tiene una posición desde el que criticarla y está condenada a no progresar. Por eso, con gran osadía
por mi parte, he propuesta una ciencia del ideal: el ideal de la ejemplaridad.
Me invitaron a dar unas conferencias en Estados Unidos en 2009 en varias universidades y escribí un artículo
que luego formó parte de Ingenuidad aprendida. La academia americana, en mi campo, está dividida en dos
departamentos: los propiamente filosóficos practican una mezcla de fenomenología, filosofía analítica y
pragmatismo americano, extraña a la tradición filosófica continental, la cual se cultiva en los departamentos
de humanidades y literatura comparada. Cuando estaba escribiendo lo que pretendía ser una especie de
presentación transversal para el público americano de mi proyecto filosófico, me di cuenta de que mi
conferencia iba a ser malentendida por ambos departamentos. Los de filosofía porque la verían demasiado
literaria; los otros, porque la percibirían demasiado constructiva, demasiado «ingenua», puesto que mi
propuesta no insiste en una reiteración de argumento de la lucidez, de la deconstrucción y de la
descomposición, sino que tiene un elemento de emoción vibrante y entusiasmo. Mi ardid consistió en anticipar
la crítica y convertirla expresamente la ingenuidad en mi método filosófico. Me gusta distinguir entre ser
inteligente y ser sabio. Ser inteligente es procurarse los instrumentos adecuados para un fin; ser sabio es saber
escoger bien los fines. Y un elemento de la sabiduría en esta vida consiste en tener la ingenuidad de reservar
una parte en tu corazón para el entusiasmo, el eros que eleva, la emoción, sin permitir que se apague del todo
la llama, aunque a veces parezca que todo conspira contra ella.
¿Por qué crees que eso de lo que hablas, esa lucidez cínica, ha calado tanto en los más jóvenes, que se
supone que son los más inocentes e ingenuos?
Hay que entender que la cultura sigue un proceso lento. Nosotros hablamos con lenguaje prestado. Incluso
cuando estamos solos pensando en algo verdaderamente íntimo, tenemos la sociedad metida porque no
podemos pensar más que a través de palabras y las palabras son construcciones sociales. Entonces, todo lo
que la gente piensa hoy lo hace con palabras prestadas. Esas palabras en préstamo eran vivas y nuevas en el
siglo XVIII o XIX, llenas de frescura y potencia. Sus creadores las publicaron, luego se generalizaron, se
masificaron y se convirtieron en la visión natural del mundo, ya olvidadas de su origen. El niño de hoy, que 67
vive en una época que se está gestando poco a poco sobre bases completamente nuevas, piensa, mira y siente
todavía con los esquemas de la cultura que ha sido dominante durante los últimos tres siglos pero que ahora
decae. Es frecuente que, en fase epigonal, la cultura asuma su forma más rotunda, más hegemónica, más
escolástica. Así ahora: todo el mundo ha interiorizado y repite las consignas de la liberación cuando esta ha
perdido todo impulso emancipatorio. Ha calado tanto la filosofía de la sospecha que el descreimiento ya se ha
convertido en imagen natural del mundo. El cinismo es la regla de vida. Un cinismo inteligente y estúpido.
Inteligente en el sentido de que convierte a un niño de siete años en una persona difícil de engañar, suspicaz
como el que más, pero estúpido porque se priva a sí mismo del ideario de los bienes que hacen esta vida no
solo digna de ser vivida, sino digna de ser amada.
He leído que te defines como un literato y en tu obra la literatura tiene una gran presencia. La vocación
filosófica para ti es una subespecie de la vocación literaria.
El hombre y la mujer tienen un problema. ¿Por qué, si están dotados de dignidad incondicional, están
destinados a algo tan indigno como la muerte? Esto es un enigma extraordinario. Ese enigma, el
experimentarlo en tu propia carne, que es el vivir y envejecer, produce una cierta emoción general hacia el
mundo y hacia nosotros mismos en el mundo. Si recreas, celebras o lamentas esa emoción eres un poeta. Si la
defines eres filósofo. La diferencia es muy pequeña. Es un instrumento que escoges. Un filósofo sin esa
emoción previa, sin una visión del puzle completo, respecto a este mundo fragmentario en el que solamente
diez o quince piezas están puestas, no es filósofo. Y no pasa nada. Será profesor de filosofía, divulgador de
filosofía, editor, traductor, investigador… pero no será filósofo.
Richard Rorty dice que la literatura es más importante que la filosofía porque cumple con mayor
eficacia la que debería ser misión de ambas, que para él es ampliar la imaginación moral de la gente.
Pone el ejemplo de cómo fue mucho más importante para abolir la esclavitud la publicación de La
cabaña del tío Tom que cualquier tratado filosófico reformista.
No hay novela que de alguna forma no sea ejemplar. Todas lo son porque proponen ejemplos positivos o
negativos de conducta que modelan y educan el corazón. No solamente La cabaña del tío Tom. Por ejemplo,
es sabido que la ley de quiebras que aprobó hizo en Inglaterra en el siglo XIX fue una consecuencia del
impacto que tuvo una novela de Dickens. La novela produce en el lector una empatía con los personajes y sus
destinos: identificación, compasión, indignación, protesta. Son ejemplos que, como antes comentábamos,
hacen accesible la verdad moral en acción. En Materiales para una estética defiendo la función desempeñada
por la estética subjetiva, que tanto contribuyó a la liberación, pero señalo el nuevo papel de la estética en una
época nueva en la que la cuestión palpitante ya no es la «vivencia subjetiva» sino la «con-vivencia». El
problema no es ser libres, sino ser libre juntos. Necesitamos un arte que sirva para presentar de manera
seductora y atractiva los límites inherentes a la convivencia. Comprender que determinadas limitaciones son
intrínsecas al individuo, no lo aniquilan, sino que le prestan identidad, lo elevan. Como decía Goethe:
«limitarse es extenderse».
A veces pongo el ejemplo del lenguaje. El lenguaje es estrictamente un producto social. Como tal, una
mentalidad liberadora lo vería como negativo, como opresor. Sin embargo, el lenguaje es aquello que te
permite pasar de la barbarie a la civilización y te permite no solamente pensar con los demás, sino pensarte a
ti mismo. Ahí tenemos un ejemplo de un producto social que te limita puesto que tienes que seguir una
gramática, una sintaxis, una morfología y una semántica pero que al limitarte te extiende, te amplía y te
enriquece. Y el arte que hoy está vigente es un arte desgraciado en una alta proporción, igual que la filosofía,
puesto que no se han hecho cargo de que lo verdaderamente importante ahora no es repetir una vez más la
condena de los límites en nombre de la libertad sino encontrar la manera de presentar de manera seductora y
atractiva una poética democrática que alivie el gravamen de la convivencia, que la presente bajo un aspecto
seductor.
En tu obra el diálogo con Ortega es fundamental. Y tanto en él como en Unamuno España es un tema
filosófico. ¿Lo es también para ti?
No. Soy persona con vocación que ha tenido la visión de un ideal. Y el ideal se postula universal, no es de
Córdoba, no es de Extremadura, no es de Burdeos, ni siquiera es de hoy. Te habrás fijado que, con un poco de 68
ironía, dedico Ejemplaridad pública a una dama anticuada, la posteridad. Es que ni siquiera escribo
exclusivamente para la gente de hoy. Los escritores ahora presumen de despreciar la posteridad y que le da
igual lo que piensen los lectores del futuro. Una de las responsabilidades de la filosofía es tratar de moldear la
conciencia de las generaciones futuras, esa imagen natural del mundo de la que antes hablamos. Nadie se hace
cargo de esa imagen del mundo porque es demasiado general, es un todo. Solo la filosofía. Como las ciencias
están tan especializadas, alguien tiene que hacerse cargo de todo. Y ese alguien es la filosofía.
¿Te interesa la actualidad? Lo pregunto por algo que Sánchez-Ferlosio decía de Savater. Algo así como:
«Muy buen filósofo, pero está demasiado ocupado con la actualidad». La actualidad es algo muy común
entre los filósofos españoles. Y en ti está ausente.
Sí, ausente deliberadamente. Y no por falta de oportunidades, no hace falta entrar en detalles. Parte de mi vida
la dedico a declinar invitaciones a opinar sobre la actualidad periodística. Mis libros proponen un ideal que,
aunque espacio-temporalmente condicionado, aspira a una cierta universalidad. He querido ser ferozmente
fiel a esa misión que consiste en enunciar verbal y sistemáticamente ese ideal. He rehuido todo lo que estorba
esa fidelidad. Así, al final, soy incluso más útil a mi país. En España no sobran casos de fidelidad a una
vocación literaria y sí sobran opinadores de la actualidad… No sé si leíste un artículo que publiqué
tituladoEscurrir el bulto.
Sistemáticamente. Además como escribí ese artículo, me sirve como comodín siempre que necesito utilizarlo.
Cuando me preguntan algo sobre actualidad periodística les recuerdo que soy el autor de Escurrir el bulto.
Todo esto nació porque un día salía de una cena y me llamaron de la radio. El director de La Vanguardia, el
director de ABC y el de Público hablaban sobre independentismo y el director del programa me preguntó mi
opinión. Atravesé un instante lúcido y dije una frase que luego me sirvió para escribir el artículo: «Vosotros
no queréis mi opinión, vosotros queréis mi posición». Y además les dije que dejé de hacer exámenes tipo test
cuando dejé el colegio. La ley de la política es la ley del amigo-enemigo. Y está bien que sea así, eso no lo
critico, admito que cada sector de la realidad siga sus propias reglas. Un partido político aspira a ocupar el
poder y mantenerse en él. Y los otros partidos, a desplazar al que lo ha ocupado. Y los grupos humanos se
dividen clarísimamente: el que me ayuda es amigo y el que me estorba es enemigo. Y cada grupo crea un
universo sentimental, ideológico, político y social que favorece ese fin práctico. Eso, que es la ley de la
política, que está bien y es normal, me parece peligroso que se extienda, como está ocurriendo particularmente
en España, a esferas que no son la política. Entonces resulta que en la cultura, en la opinión, en la ciencia y en
los estilos de vida lo que quieren de ti no es tu opinión sino tu posición, que rellenes A, B, C o D del multiple
choice. Y yo que (aparte de mis obligaciones personales y profesionales), solo quiero ser fiel a mi propia
misión literaria, ocupar una posición y, por tanto, dejarme contagiar por el amigo-enemigo, no me apetece y
me aburre, y por tanto me paso el día escurriendo el bulto.
Tu último libro, el que cierra la tetralogía, Necesario pero imposible, es un libro sobre religión.
No exactamente sobre religión. He hablado del tema de Dios y la inmortalidad del alma deliberadamente en
el último libro porque quería presentar mi teoría de la ejemplaridad en mis libros anteriores de una manera
que cualquier persona, cualquiera que fuese su ideología, pudieran sentirse persuadida por ella. Una
presentación de los fundamentos de la experiencia antes de plantearse la hipótesis de una esperanza. De
manera que cuando irrumpa esta en la meditación filosófica lo haga sobre unas bases que todo el mundo
comparta. Es el coronamiento de un sistema cuyos fundamentos están previamente establecidos en el terreno
de la experiencia de la vida, universal y compartida.
En principio podría parecer que religión y filosofía son incompatibles, porque para el creyente la
filosofía está continuamente aguijoneando su creencia y aserrando el suelo que pisa, y para el filósofo
la creencia puede prefigurar el resultado de su investigación, falseando de partida su propósito.
69
Yo diría más bien lo contrario, no ha habido filosofía importante en toda la historia de la filosofía occidental
que no sea de alguna manera teológica. Hacer filosofía, pensar el ser, como diría Heidegger, en el fondo es
adoptar el punto de vista de Dios, ver las cosas como las vería Dios, contemplar el todo. En ese sentido,
elevarte al punto de vista de Dios, con independencia de que Dios exista o no exista, es lo que
hicieron Platón,Aristóteles, Tomás de Aquino, Descartes, Kant… e incluso el propio Heidegger. Por eso
antes decía que una de las cosas que más me preocupan en la cultura occidental es dónde ubica a lo sublime.
No tiene un fácil emplazamiento en este mundo. Vivimos en un mundo donde está cuestionada la posibilidad
misma de lo sublime. Salvo quizá en la teología y en la astronomía. Quienes practican la teología siguen
creyendo en un relato épico. No conozco una filosofía que pueda ser considerada en verdad grande que no sea
una secularización de la teología.
Te he oído decir que en la partida entre religión y ciencia siempre llegan a tablas.
La imagen me parece buena. Sentados ante el tablero del mundo, el ateo debe explicar de dónde viene todo,
el creyente por qué todo está tan mal hecho si hay un Dios omnipotente y bueno que lo ha hecho como ha
querido. El mundo no es divino y a veces parece antidivino pero no parece creíble tampoco que se haya
producido a sí mismo. En ambos casos, las explicaciones me parecen, por lo general, bastante rocambolescas.
De ahí las tablas.
¿Y qué opinión te merecen los cruzados del ateísmo, como Dawkins, Dennet, Hitchens y demás? Ferlosio
los llama creyentes en la increencia.
Cuestiones como Dios o la inmortalidad del alma han pertenecido al centro de la tradición filosófica desde los
presocráticos. De pronto, estas cuestiones abandonaron el escenario después de Kant. La cultura se hizo
súbitamente atea. Y dio como asunto concluido, sin necesidad de mayor discusión, que la experiencia que
perciben los sentidos agota la realidad, tiene el monopolio. Cuando el llamado «nuevo ateísmo» se pone en
marcha, hace unos años, no hace más que llevar al terreno mediático-científico o al activismo social lo que en
el ámbito filosófico es mainstream desde hace dos siglos. Ahora bien, a mí esta situación me parece una
anomalía: el que Dios o la inmortalidad del alma sea un no-tema, cualquiera que sea la posición final de cada
cual. Es natural, razonable, que el individuo que, como decía antes, tiene conciencia de su dignidad
incondicional y al mismo tiempo de su destino indigno se interrogue si hay alguna posibilidad de que la historia
de su yo continúe después de la muerte, si hay o no una prórroga a su individualidad condenada a la
destrucción, si puede haber realidad más allá de la experiencia. Es una cuestión filosóficamente relevante, sin
ningún género de duda, y digna de meditación constante.
El postulado del positivismo (que el mundo de la experiencia agota toda la realidad) es una creencia tan
indemostrable como su contraria. Además, estos científicos cometen un error mayúsculo de método. Todos
somos agnósticos, porque nada sabemos, pero todos somos creyentes, incluso los ateos. La ciencia positiva,
instrumento óptimo para conocer las regularidades impersonales de la naturaleza, ¿qué puede enseñarnos
sobre la hipótesis de un dios personal, trascendente, espiritual, que escapa a los fenómenos materiales
repetitivos? Nada de nada: así de sencillo. Las relaciones interpersonales no son conocidas a través de la
ciencia de la naturaleza sino que requiere un sentido especial, un sensus, que emparenta con la confianza, la
credulidad, la mutualidad con el otro personal. Solo disfruta de una obra teatral quien, en términos
deColeridge, suspendiendo su incredulidad «se cree» lo que está viendo: ¿quién soportaría a su lado a un
aguafiestas que le recordase que todas las pasiones desatadas en escena son solo ficción, los personajes actores,
y la acción pura fantasía? La verdad poética se esfumaría. Scheler demostró que la filosofía descansa en un
previo eros del pensador y que el amante —que capta el valor del objeto— precede al conocedor. Y mirando
las relaciones interpersonales, una disposición de apertura no solo permite el conocimiento de otro yo sino
que condiciona la existencia misma de esa relación, de manera que aquí la fe crea su propia verificación: así
la amistad o el amor, fundados en la confianza mutua que existe solo cuando recíprocamente se alimenta.
Todo esto lo ignoran esos científicos tan seguros de sí mismos y por eso equivocan su aproximación al
problema de una manera extremadamente grosera. Es frecuente que las ideas religiosas de los científicos y
filósofos sean muy pueriles, contenidos de su infancia que no han evolucionado conforme a su experiencia
del mundo. Se inventan un maniqueo para darse el gusto de refutarlo. ¿Quién cree realmente aquello que ellos
refutan? Hay gente, sí, pero no la más interesante intelectualmente. La argumentación de muchos de estos 70
nuevos ateos es a veces erudita, con abundante información histórica y científica, pero ellos carecen de una
empatía mínima con el objeto de estudio, de ese sensus, y sobre todo se percibe que toda esa argumentación
más o menos articulada descansa en un punto de partida inicial ya tomado de antemano, depende de una toma
de postura o una «opción fundamental» previa respecto al mundo y sus posibilidades muy simple, poco
sofisticada, no justiciada, no refinada.
Sin duda volver a hablar de inmortalidad es una empresa audaz —o ingenua—, porque este tema, para
el común de los hombres cultos, es cosa juzgada: nada nos espera tras la muerte. Me recuerdas a San
Pablo, batiéndose el cobre (dialéctico) en el ágora.
Mi tesis en el Aquiles es que lo que nos hace individuos es ser mortales, finitos y contingentes, no ser
inmortales como Aquiles en el gineceo. Necesario pero imposible es un libro hipotético, no es descriptivo,
porque hablo sobre lo que no sé. Todo el libro se puede resumir en el intento de hacer razonable, verosímil,
esta hipótesis sobre una prórroga post mortem de la individualidad que no puedo comprobar ni experimentar.
Distingo entre el plano de la experiencia y el de la esperanza, que es el terreno de lo hipotético, creíble,
razonable, verosímil, no de lo verdadero. ¿Cómo puedo hacer pensable y razonable para una conciencia
moderna la esperanza de una continuidad de lo humano más allá de la muerte?
Si el individuo es mortalidad, su continuidad o supervivencia será en todo caso «mortalidad prorrogada», nada
de eternidad, divinización o infinitud, como nos dicen Platón o Unamuno. En lugar de «alma inmortal»
prefiero el concepto de «mortalidad que no cesa». Y cuando busco en la historia de las ideas, sin prejuicios,
un precedente de eso que he fundado en Aquiles en el gineceo, el único ejemplo que conozco en época histórica
de una continuidad de lo humano después de la muerte es la pretensión de los discípulos del galileo de la
resurrección de este. Por eso hay un momento central en la segunda parte del libro en la que me sirvo de todos
los estudios sobre el llamado «Jesús histórico». Allí hay una propuesta de una continuidad de lo humano,
corporal, individual y mortal, incluso mortalidad llagada. Es una mortalidad que mantiene los signos de su
paso doliente por el mundo.
Y ese ejemplo que encuentras, en virtud de su inaudita ejemplaridad, que tu llamas superejemplaridad,
dices que merece un suplemento de crédito.
En torno al galileo ocurren tres hechos sorprendentes. Cada una de ellos por separado haría del galileo una
figura única en la historia universal; la coincidencia de los tres al mismo tiempo es cuando menos intrigante
y merecería una explicación de los historiadores que falta. Es chocante que haya seis millones de libros de
filosofía sobre Sócrates y no haya un libro filosófico sobre el galileo en el que se tome en serio la hipótesis
de su resurrección. Del galileo me interesa sobre todo su superejemplaridad en vida y su propuesta de
esperanza (su resurrección). Hegel trata al galileo, y Kant también, entre otros muchos filósofos, pero de una
manera que no hace justicia a esos dos elementos fundamentales.
Los tres hechos sorprendentes son los siguientes. El galileo encarna una ejemplaridad que por su carácter no
solamente extraordinario sino excepcional merece llamarse superejemplaridad. El propio Nietzsche,
enAnticristo, parece que va a refutar la figura de Cristo y no lo hace; resulta que el anticristo es en realidad
solo un anticristianismo porque salva de su crítica a la figura de Cristo, al que considera lo más cercano que
pueda pensarse a su ideal del superhombre si no fuera porque le resulta demasiado compasivo, a diferencia de
San Pablo, a quien Nietzsche considera el origen de todos los males de la cultura occidental. Una
superejemplaridad que por ejemplo Bloch, el autor de El principio esperanza, ateo, destaca como la más
extraordinaria que ha existido nunca. Es decir, ni siquiera los anticristianos la niegan.
El segundo hecho que sorprende es cómo es posible que a un individuo con el que vivieron sus discípulos,
poco después de morir, lo divinizasen. Hay casos de divinizaciones en las religiones politeístas: Alejandro
Magno se diviniza, Julio César se diviniza: en una religión politeísta no tiene ninguna importancia. Pero los
judíos habían sido educados de una manera casi histérica en el monoteísmo, y lo que definía ese pequeño
pueblo monoteísta en un entorno de grandes imperios politeístas era justamente ese monoteísmo radical, que
está desde el principio de la Biblia. Ese Dios que los judíos ni se atreven a pronunciar, al que tienen un respeto
máximo, que es la contraposición lo humano, tras las resurrección lo ubican de repente en una persona
histórica con la que han vivido, generando unos problemas doctrinales extraordinarios para ellos mismos, 71
porque los riesgos de convertirse en una religión politeísta son muy grandes: Dios padre, Dios hijo (y luego
Dios espíritu). Por tanto, si divinizan al galileo no es precisamente motivados por un impulso genuinamente
judío, sino más bien por la irrupción de algo nuevo e incontrolable que les mete en problemas doctrinales y
sociológicos, como es la expulsión del judaísmo, porque el cristianismo al principio era una secta del judaísmo.
El tercer hecho sorprendente es que ese judío iletrado, pobre y desubicado que itineró entre uno y tres años,
que no tiene el poder carismático de un guerrillero como Mahoma, no es legislador como Moisés ni es un
príncipe como Buda, un pobre profeta itinerante como ha habido muchos, que no escribe nada, que no funda
nada, que no establece ninguna institución, es el desencadenante de la religión hoy en día más extendida en el
planeta. Cualquiera de estos tres rasgos por separado convierte al individuo en algo extraordinario. Juntos en
la misma persona es algo filosóficamente incitante. Luego está la hipótesis de la resurrección, indemostrable,
fuera de la experiencia. Como hipótesis tiene la virtud de que es un eslabón que da sentido a la cadena de los
tres hechos sorprendentes. Si resucitó es quizá porque lo divino nunca muere, si lo divino nunca muere es que
ese individuo tenía algún elemento sobrehumano, que explica también su superejemplaridad, la divinización
por los judíos y su importancia histórica. Lo que me interesa en la hipótesis de la resurrección es analizar el
precedente histórico de una continuidad de lo humano y presentarla de una manera que sea razonable para una
conciencia moderna culta, con independencia de si luego le presta o no su íntimo asentimiento.
¿Por qué crees que el hombre moderno descarta la hipótesis de la inmortalidad —o mortalidad
prorrogada— casi de entrada?
Tiene sentido en perspectiva histórica. La figura del galileo es, en origen, solo la de una superejemplaridad
que ofrece esperanza. Inicialmente incita un movimiento antisistema, pero a partir del siglo IV se convierte
en una religión imperial. Pasa de ser una creencia existencial a una religión oficial de una cultura. Y cuando
la religión es usada por la política tiene como objetivo la legitimación del orden y tener gratis, sin ley coactiva,
la obediencia de los súbditos. ¿Qué es mejor: amenazar a tu súbdito con un castigo en caso de incumplimiento
o imbuir en él una serie de ideas religiosas o patrióticas que hacen que obedezca por propia convicción, sin
necesidad de coacción? Es mejor la religión: da explicaciones, alienta y se interna en tu propia conciencia.
Durante mil años ese estallido social procedente del galileo, que era personalísimo y existencial, se convirtió
en «cristiandad», religión cristiana, religión oficial de un Estado en pugna con otros Estados. En ese momento
en teología política cuaja la visión cristiana de las cosas: la teología, la estética, la filosofía… Cuando el
hombre moderno quiere ir poco a poco luchando por constituirse él en ciudadano autónomo, emancipado, se
encuentra con una enorme resistencia por parte de los poderes anteriores, medievales, que pronostican el
hundimiento de la civilización porque, dicen, sin Dios todo está permitido. Es decir, si no se sigue creyendo
en el Dios de la teología política medieval se va a caer en el caos absoluto. Muchos apologetas del siglo XV,
XVI y XVII se insisten en la fragilidad del hombre, en su consustancial corrupción, en el fracaso de lo humano
necesitado de salvación… ¡en el siglo XVIII hasta las vacunas fueron condenadas! Lo querían menor de edad.
Cualquier progreso del hombre emancipado de la tutela celestial se consideraba un desafío a Dios, cuyo trono
se tambaleaba. Y lo que ha ocurrido es lo contrario. No es que sin Dios la anarquía y decadencia moral estén
aseguradas sino al contrario: sin el Dios de la teología política, sin el Dios medieval, ha llegado la democracia,
el proyecto civilizatorio de más éxito y de mayor altura moral de la historia universal.
Y cuando se le ofrece una posibilidad de pensar en una trascendencia ve…
Exactamente. Se ha entendido que, desde el punto de vista psicológico, la religión es una regresión infantil.
Desde el punto de vista ético, una vuelta al estado de súbdito y no de ciudadano. Desde el filosófico y
científico, no atreverte a pensar la autonomía del mundo. Cuando la ciudadanía aspiró a su mayoría de edad
encontró la religión del lado equivocado. Incluso cuando esa mayoría de edad ya era imparable, las estructuras
del antiguo régimen, clero, aristocracia y corona, todavía pugnaban agónicamente por mantener la
subordinación jerárquica de la mayoría de los ciudadanos en una sociedad aristocrática y estamental. Entonces
es imposible que no asocies determinados problemas existenciales y filosóficos —como Dios o la
inmortalidad del alma— a un intento de reducirte a tu infancia ética, política y cultural. 72
Muchas veces me han preguntado si he tenido maestros, y no los he tenido. Soy una copia sin modelo. Primero,
quizá las circunstancias han sido así. Segundo, quizá no he sentido la necesidad, la vocación produce unas
habilidades. En las cosas importantes de la vida me considero una medianía sin relieve, un tipo del montón.
Y lo digo con convicción y reivindicación. En Ejemplaridad pública y en Necesario pero imposible reivindico
la figura de la medianía sin relieve: el señor que se levanta por las mañanas, cumple sus obligaciones, llega a
casa, convive con sus hijos y va envejeciendo sin alharacas. Esa medianía sin relieve me parece épica, es la
de Aquiles. Cuando digo medianía sin relieve no digo algo desechable, digo algo potente que me iguala
gozosamente con todo el mundo. En Necesario pero imposible una de las secciones se titula: Todo el mundo,
indicando dos: el todo del mundo que pertenece a todos por igual. Un yo del montón. Me gusta. También me
gusta la expresión «el común de los mortales». Reúne en un mismo sintagma la idea de mortal y de común.
Lo que nos hace comunes es el ser mortales y eso se crea una comunidad de mortales. Ahora bien, cuando
tienes una vocación muy tiránica, despótico, totalitaria y que te ocupa todo el espacio, la vocación produce
unas habilidades específicas, como la función crea el órgano. Sentí que poco a poco se iban desarrollando en
mí las habilidades necesarias para ejercitar esa vocación. Y quizá eso ha hecho que no haya sentido una
necesidad de encontrar un solo modelo, sino que más bien, como hacemos la mayoría, creas una figura ideal
compuesta por la influencia de muchos modelos, sin concentrarlo en uno solo.
Javier Gomá, filósofo, ensayista y autor teatral abrirá IAMCR MADRID 2019
Titulada de forma corta y provocadora Dignidad. Principio revolucionario la conferencia
inaugural Javier Gomá, que se pronunciará el lunes 8 de julio en la Facultad de
Ciencias de la Información, dará el marco de apertura del Congreso Internacional que
tiene como temas Tecnología, Comunicación y Dignidad Humana.
Javier Gomá Lanzón (Bilbao, 1965) es doctor en Filosofía y licenciado en Filología
Clásica y en Derecho. Actualmente es Director de la Fundación Juan March de Madrid,
Patrono del Teatro Real y del Teatro Abadía. Es autor de la Tetralogía de la
ejemplaridad y del monólogo "Inconsolable". Fue Premio Nacional de Ensayo en 2004
por su primera obra “Imitación y experiencia”.
En palabras del ponente–que conversará con los participantes durante los meses
previos a IAMCR’2019-, “pondrá el acento en el carácter movilizador y transformador
de un principio que remueve obstáculo y promueve la igualdad, el cosmopolitismo y la
humanidad como única raza y único género, que nos une a todos y solidariza en igual
valor y destino, más allá de fronteras, divisiones, géneros, ideologías, razas,
confesiones, etcétera.”
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A lo largo de una década publicó cuatro libros en torno a la noción de ejemplaridad:
Imitación y experiencia (2003), Aquiles en el gineceo (2007), Ejemplaridad pública
(2009) y Necesario pero imposible (2013). Su producción ensayística se presentó en
dos compilaciones: Tetralogía de la ejemplaridad (2014) y Filosofía mundana.
Microensayos completos (2016). Es autor también de Ingenuidad aprendida (2011), de
Carta a las fundaciones españolas y otros ensayos del mismo estilo (2014), de La
imagen de tu vida (2017) y junto a Carlos García Gual y Fernando Savater de Muchas
felicidades (2014). Ha dirigido el volumen colectivo Ganarse la vida en el arte, la
literatura y la música (2012).
Javier Gomá (@JavierGomaL) es un conversador y comunicador nato, como puede
verse en sus perfiles digitales, con decenas de conferencias y entrevistas, por lo que
es un lujo contar con él en nuestro Congreso en la busca de una definición del
concepto más innovador del siglo XX.
74
@CRISSBARBARROJA
MADRID.- Piensa entre los algodones de las alfombras que esponjan los suelos de
la Fundación Juan March que dirige. Iluminado por los rojos de un óleo de Luis Feito,
sesea cuando advierte de que no le gusta hablar de sí mismo –“para no desplazar el
interés de mis libros”, afirma- sin darse cuenta de que el relato de su obra es
un streeptease integral. O sea: el desnudo de un pensador aparentemente ingenuo, y
privilegiado, que acaba de cumplir 51 años de tormentoso pasado interior.
Tenía 15 cuando comenzaron los desvelos: “Algo ocurrió. La vida te ofrece cien
posibilidades. Y una vida normal te permite combinar unas cuantas”. En la de Javier
Gomá (Bilbao, 1965) sólo había una vocación o –como él describe- “un imperativo, una
fuerza exagerada en una única dirección: el afán de hacer algo que perdurase en un
mundo que se desempeña en el corto plazo”.
“El mundo funciona -y bastante bien- con un cortoplacismo, político, social e incluso
personal, máximo. La gente establece vínculos, toma decisiones y ve la vida a corto
plazo. Y yo me di cuenta de que no podía hacer las cosas, tomar decisiones, sin establecer
un plan”, era la perplejidad del quinceañero que ya entonces formuló la expresión
‘humana perduración’ con la que piensa titular, en breve, un nuevo texto.
La ausencia de proyecto le obligó a estudiar Filología Clásica, a poner 2.500 años de
distancia mientras concretaba lo que ocurría en su cabeza. “Era una medida dilatoria para
no tener que elegir”. Con 24 años y “un hastío y ensimismamiento insostenibles - tenía la
sensación de haberlo leído todo, de haberlo pensado todo-”, el hijo y hermano de
abogados cambió la Grecia Arcaica por la Ley. Y en tres años terminó la carrera de
Derecho y la oposición que lo convirtió en número uno de su promoción al cuerpo de
Letrados del Consejo de Estado. O sea: un cerebrito precoz.
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“Los políticos son los actores secundarios en un gran teatro protagonizado por los
hombres de letras, configuradores de la conciencia venidera”
El filosofo lo niega. Después de dar un trago a un refresco de cola, se define “persona de
maduración tardía”. Y fija la frontera de su desarrollo en el primer título de su obra más
ambiciosa: la Tetralogía de la Ejemplaridad: el magma de sensaciones, conceptos y
reflexiones que llegaron en la adolescencia y terminaron negro sobre blanco cuando el
chaval ya había tenido descendencia: dos hijos que hoy estudian en la Universidad.
Entre los títulos de aquella sinfonía de madurez destaca Ejemplaridad Pública: “Hay
veces que se producen sincronías; no fue astucia editorial”, afirma sobre el libro de
vigencia incuestionable. Aunque Gomá vuelve a rechazar: “Tú puedes escandalizarte
porque haya más casos de corrupción o porque tu capacidad moral haga que te repugnen
más”.
En cuanto al futuro, reitera su naturaleza de aprendiz, más que de maestro, para no hacer
pronósticos. Aunque sí confiesa que no participa del pesimismo general: “Lo que existe
se debe y se puede mejorar; pero si analizamos la evolución de la sociedad de los últimos
diez, cien o mil años, se distingue un progreso moral y material. ¿Qué preferirías: ser
preso, mujer, disidente, niño, enfermo, en el siglo XXI o trescientos años atrás? La
riqueza moral de una sociedad se mide por el trato a los sectores más vulnerables.
Hoy siguen siéndolo, pero un poco menos.
A pesar de los avances, considera Gomá que individualmente han crecido los problemas
de la gente. Y habla en tercera persona cuando desarrolla la teoría del ultimo libro de su
tetralogía, Necesario pero imposible, en el que expresa el pensador una tesis sobre la
“dignidad de la vida y la indignidad de la muerte”. Y se anima a explicarlo en un párrafo -
“soy opositor, puedo hacerlo”, se ríe.
“La mentalidad cultural hasta el siglo XVIII era cósmica. La totalidad del mundo era una
imagen estructurada, jerárquica, de arriba abajo, en la que cada uno tenía una posición en
ese todo bien ordenado que daba sentido a la vida. Hasta el XVIII no existía la muerte. Si
alguien moría, el mundo seguía siendo igual de bello, verdadero, majestuoso. En el XVIII
se produce un cambio: esa tesela que es el hombre se separa y dice: ‘Yo ya no formo
parte del todo, yo soy el todo’. Pero aparece una paradoja que es la esencia del
sentimiento moderno: la de que, teniendo una dignidad infinita de origen, el individuo
está abocado a una indignidad de destino que es la muerte”.
“El precio de la verdad es la muerte, que rinde la esencia de las cosas sólo cuando éstas
ya no existen”
Él ha experimentado en sus carnes, y no hace demasiado, la verdad de su reflexión. La
reciente muerte su padre, el duelo, la idea de la ejemplaridad póstuma, estarán presentes
en un proyecto con el que, además, el filósofo inaugura un nuevo género para la filosofía,
o para la literatura: el monólogo filosófico en escena. “Igual tú tienes un nombre mejor”,
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ríe y vuelve a beber cola.
Como a sus colegas Ángel Gabilondo, Manuel Cruz o Santiago Alba Rico, confiesa que
en los últimos años le han salido unas cuantas novias en política, especialmente en época
electoral. “La política tiene necesidad de reforzarse de pensamiento y reflexión. Pero
también hay algunos escritores que caen en la melancolía. Yo no tengo ese
temperamento”, se justifica.
Para qué, si él tiene sus libros y el regalo de dirigir la Fundación Juan March a la que
llegó gracias a su predecesor, compañero del Consejo de Estado, donde “tenía fama de
cultureta”. O sea: de pensador. Un filósofo que acaba de recopilar 63 microensayos sobre
la justicia, el amor, Europa, la dignidad… en un título: Filosofía mundana. “Que no es
una vulgarización de la filosofía, sino la apropiación de nuestro tiempo con el
pensamiento”, afirma. Para adueñarse del presente, Javier Gomá se atreve hasta
con Twitter. Su última reflexión a 140 caracteres: “La tristeza es naturaleza; la alegría,
arte”.
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Javier Gomá Lanzón, director de la Fundación March, es filósofo, letrado del Consejo
de Estado, escritor y articulista prolífico. Autor de la Tetralogía de la
ejemplaridad, hombre de vasta cultura y exquisita educación, Gomá (Bilbao, 1965) es
un tipo original, lleno de paradojas: conviven en él el opositor, el jurista, el pensador y
el lletraferit; afirma tener un ego enorme, pero es un ego inteligente, trufado de sentido
del humor y sensatez, y esta ironía no le evita ser un optimista irredento, ni tampoco
defender la existencia de Dios. Gomá es distinto a otros intelectuales porque le cuesta
mucho analizar el presente. Mejor dicho, se niega: ha elegido observar y comentar la
realidad desde la atalaya de la historia, la naturaleza y el larguísimo plazo. “Para el
corto plazo prefiero escuchar a los que saben”, dice en esta larga conversación (media
hora larga de lectura), celebrada en el saloncito de CTXT.
La charla arranca con su próximo debut como dramaturgo en el Centro Dramático
Nacional (estrenará en junio el monólogo Inconsolable, escrito a la muerte de su
padre), y se desliza luego hacia la relación entre dignidad, ciudadanía, medios,
igualdad, tecnología. Aunque los periodistas intentamos bajar al pensador a la crítica
del hoy, Gomá se escabulle con singular habilidad, pero acá y allá deja comentarios que
denotan una visión crítica del poder, incluso cierto sarcasmo: “Es incuestionable que no
por una ley de la historia, sino por una especie de chapuza general, progresamos. Por
eso soy contrario a las teorías de las conspiraciones, incluso a la teoría de la
conspiración del poder; por mi teoría de la chapuza”.
¿Cómo surgió lo de escribir un texto para teatro?
Un día me invitó a comer José Luis Sainz, el consejero delegado de PRISA. Y me dijo:
“Qué tienes, porque veo que estás mariposeando, a ver si te centras un poco más en el 78
grupo”. Yo, más o menos, voy publicando por aquí y por allá… Y le dije: “Pues mira,
acabo de mandar a El País un artículo sobre la dignidad”. Al día siguiente, me invitó a
desayunar el consejero delegado de Unidad Editorial, Antonio Fernández-Galiano, y el
director de El Mundo, Pedro García Cuartango, al que conozco hace muchos años, y
más o menos repitieron la misma cosa. “Estás mariposeando, no te comprometes”.
¿Se espían los teléfonos entre ellos o algo?
No, yo creo que fue una coincidencia. Lo que sí es verdad es que coincidió el debate.
“Estás mariposeando”, “estás brujuleando”. “¿Qué tienes?”. Y les dije: “Acabo de
escribir un monólogo, que lo he hecho porque me ha dado la gana, y que retrasa la
publicación de La imagen de tu vida, prevista para octubre”. Entonces me dicen
Antonio y Pedro: “Vamos a publicar un extracto y me lo mandas entero”. Les mandé un
extracto y se lo mandé entero. Pasan los días, me llama Pedro y me dice que lo van a
publicar entero. Cosa que no me creí porque tenía 12.000 palabras. Además no era en
un dosier ni una cosa separada, lo iban a publicar en Cultura. Estaba convencido de que
eso no salía porque era una enormidad, y trastocaba la edición corriente... Al final
publicaron siete páginas el domingo, y entonces lo leyó Ernesto Caballero (director del
Centro Dramático Nacional), con el que he establecido una afinidad, una especie de
complicidad grande, cuando apenas nos conocíamos. Y entonces se produce esta cosa
un tanto particular, que va del ordenador a la portada del periódico, y de la portada del
periódico a la sala principal del teatro María Guerrero, que tiene algo de cuento de
hadas, porque como ensayista algunos me han leído, pero como dramaturgo era la
primera cosa que salía de mi ordenador. He hecho dos lecturas en casas, me han
invitado a hacer las lecturas, una en casa de Ricardo Martí Fluxá y otra en la de
Gregorio Marañón.
¿Cuánto dura?
Pues leído por mí dura una hora y cuarto o una hora y veinte. Entonces sospecho que
con los silencios dramáticos, con el montaje, porque el director va a ser el propio
Ernesto, durará en torno a una hora y media... Resultó muy bien la lectura. No hay
posiblemente un acto más aburrido en el mundo, después de las presentaciones de los
libros, que ver a un señor, un busto, que ni siquiera es un busto conferenciante que
puede interactuar, leyendo. Y sin embargo no se oyó ni un mosca...
Se titula Inconsolable, y tiene como motivo el fallecimiento del padre. ¿Es
autobiográfico?
Totalmente... El problema grande fue encontrar el tono, porque lo empecé de una
manera, y al rato me di cuenta de que ese no era mi tono. Y tenía que encontrar ese
matiz: quería hablar de algo inconsolable, y por momentos con un lenguaje
inconsolable, y al mismo tiempo con una cierta autoironía. Y encontrar ese tono, hablar
de la radicalidad de una experiencia que solo puede inspirar silencio, para la que faltan
las palabras, pero por otra parte decirlo de tal manera que no incurra en lo que el propio 79
monólogo llama “literatura maleducada”, que es tratar de explotar los sentimientos para
tratar de lograr la empatía, sino hacerlo con un poco de ironía, con sentido del humor o
con reflexión… De eso se trataba.
El teatro tiene esa capacidad de relación que solo da lo oral.
Cuando empecé a escribir mis libros, eso que luego hemos llamado Tetralogía de la
ejemplaridad, desde el principio había argumentado, por ejemplo, de una manera
sustantiva en Ejemplaridad pública, la importancia que para la cultura tiene la
recuperación de la oralidad. Esto significa lo siguiente: durante milenios, la cultura,
incluso después de la invención de la escritura, incluso después de la generalización de
la imprenta, hasta posiblemente el siglo XVIII, ha sido oral. Oral significa que vosotros
ahora me estáis amablemente prestando vuestra atención. Quien presta la atención
siente que le están prestando algo poderoso, las personas casi se puede decir que están
donde tienen puesta su atención. Entonces la atención es algo sagrado. Y cuando tú
sientes que te están prestando algo tan sagrado, tienes que devolverlo. Y como todo
préstamo, devolverlo con intereses. Los intereses de la amenidad, los intereses del
conocimiento y de la información. Y esa especie de sentencia que escribió Horacio
en Arte poética, instruir deleitando, es algo que quien se dirige de manera presencial,
oral, siente en particular. De manera que tú en un teatro o en una reunión o en una
conferencia, difícilmente puedes decir “me he levantado esta mañana, me he lavado los
dientes durante cinco minutos, no sé si han sido cinco o siete minutos, luego me he
tomado mi pastilla”... Son menudencias que por escrito puedes registrar, puesto que el
papel lo aguanta todo, pero cuando sientes el préstamo, sientes la necesidad de
devolverlo… Entonces adoptas un yo general, no tu yo particular, para que pueda
interesar a todo el mundo… En fin, la tesis es que en el siglo XIX y XX la cultura se
hizo literaria, puesto que nace el yo moderno, que tiene un universo, y necesita un
medio de expresión que soporte este universo subjetivo, que es el papel. Cosa que tiene
enormes ventajas, pero tiene también un inconveniente. Y es que la literatura tiende a
hacerse maleducada, expresionista, no tiene en cuenta el préstamo del interés del otro,
aunque en este caso sea a través de la mediación de un libro. Hay analistas, estudiosos
de la cultura, que han detectado cómo en los siglos XIX, XX y XXI estaríamos en lo
que llaman un proceso de segunda oralidad. Una oralidad que a diferencia de la primera
es compatible con una alfabetización global de la sociedad.
La televisión y la radio son orales. Pero no tienen casi nada de lo que está contando…
La cultura tiene una parte de entretenimiento. Si hay algo que te llama la atención en la
tele, hay teles y teles, pero tienes la sensación del apremio de la amenidad. Tú no
puedes entrar en la televisión y decir lo que antes te decía, “me he levantado esta
mañana, me he tomado una pastilla…".
Bueno, Sálvame va por ahí. Una orgía de realismo sucio y mala educación.
Pero en general eso es quizá más visible en una conferencia. Vas a dar una conferencia 80
o estás en una mesa redonda, o yo mismo en este instante, pues no puedo hablaros de
cosas que sólo a mí me incumben, y en cambio por escrito sí. Puedes hacer un dietario,
un diario… Respondo con dos puntos. En Ejemplaridad pública, en el capítulo ‘Sobre
un arte público’, me preguntaba hasta qué punto los acontecimientos de la segunda
oralidad podrían conducir en el futuro a una recuperación del instruir deleitando de
Horacio, y empezaba a establecer las bases de lo que podríamos llamar una poética que
superara la orgía de la subjetividad romántica, que había sido exaltada en los siglos
XIX y XX.
Segundo punto. Presumo de ir practicando lo que luego he reunido en un libro que se
llama Filosofía mundana. Se llama mundana por tres razones. Porque es una filosofía
sobre el mundo, es decir, una filosofía sobre libros. La inmensa mayoría de los libros
que hoy se escriben bajo el nombre de filosofía no van a una apropiación de tu propio
tiempo a través del pensamiento, sino a través de la mediación de otros que han
pensado antes que tú. Y casi se podría decir que en filosofía existe el acuerdo de que el
mundo ya está pensado. Lo que tienes que hacer es saber dónde está pensado y luego
hacer combinaciones. Haces una combinación y ya has pensado con lenguaje
codificado. Filosofía desenvuelta, audaz e insolentemente dirigida al mundo, y no a los
libros que hablan sobre el mundo.
Segundo concepto de mundana: una filosofía que trata de interpelar a todo el mundo,
no a unos pocos. De igual manera que cuando un novelista escribe una novela aspira a
interpelar a cualquier persona que vive su vida conscientemente, y que quiere vivir de
manera digna. Quiere encontrar instrumentos, teóricos y emocionales, que le ayuden a
dignificar su vida. De igual manera que un novelista no escribe novelas para ser leídas
sólo por otros novelistas, no tiene sentido que la filosofía sólo se escriba para ser leída
por otros filósofos, sino por cualquier persona culta que quiere vivir su vida de manera
consciente.
De ahí a la desfachatez de los intelectuales hay un paso...
Yo soy especialista en desfachateces. Primero: una filosofía mundana, sobre el mundo;
segundo, una filosofía para todo el mundo…Y el tercer elemento: es una filosofía
mundana también en el sentido de contar con un poco de mundo. Es decir, con estilo,
con belleza, con humor. Con habilidad en la comunicación del mensaje…
Hoy se necesita la tecnología para llegar a todo el mundo. ¿Cómo mezcla eso con la
filosofía?
Siempre que se ponga al servicio de lo fundamental. Pero que no se convierta la
tecnología, como ocurre con mucha frecuencia, en la coartada codificada para la
ausencia de pensamiento. En Filosofía mundana trato de reflexionar sobre la felicidad,
sobre el bien, la justicia, la muerte, sobre la belleza, el arte, y expreso mi punto de vista.
Voy a la historia del pensamiento como quien va al supermercado a preparar una cena
para amigos. Escojo del supermercado lo que me interesa para hacer un buen banquete. 81
Lo voy a llevar a un terreno que me resulta más cómodo. No desde luego con la crisis
económica ni con la crisis del PP ni con la crisis de España, sino en general, he
argumentado extensamente en los libros mi tesis de que vivimos en un momento de
transformación colosal. Y la manera de definir esta transformación admite varias
aproximaciones. Pero una de ellas es que el mundo de la cultura, desde la aurora de los
tiempos, la sociedad desde que tiene una forma reconocible, como tal sociedad, ha sido
siempre jerárquica, autoritaria y elitista. Y cuando un hombre y una mujer se
encontraron en lo más profundo de la selva, lo primero que ocurrió es que uno mandó y
otro obedeció. El que mandaba trataba de desarrollar un discurso, que hiciera que el que
obedecía se enamorase de sus cadenas. Que encima de obedecer lo hiciera convencido,
con razones ideológicas, con razones políticas o religiosas de lo que tenía que decir o
hacer. Esto ha estado vigente desde el Cromañón hasta el siglo XX. De manera que yo
soy un defensor, muy argumentado pienso, del principio de igualdad, cuya realización
histórica sobre todo se ha producido a partir del siglo XX.
LA SOCIEDAD DESDE QUE TIENE UNA FORMA RECONOCIBLE,
COMO TAL SOCIEDAD, HA SIDO SIEMPRE JERÁRQUICA,
AUTORITARIA Y ELITISTA
Ortega y Gasset, y tengo admiración por algunas cosas de Ortega y Gasset, ni olió las
dos novedades del siglo XX, que son la finitud y la igualdad. Por qué no olió la finitud
es un poco extenso, pero su concepto de la vida es un concepto de vida infinita, no
conoce los límites de la mortalidad y la igualdad, porque él cuando, en la España
invertebrada, el año 1921, elabora su teoría de la minoría selecta, no hace más que
llevar al papel, pensando él que es una gran innovación teórica, no hace más que
trasladar al papel lo que había sido la estructura de la sociedad desde el principio de los
tiempos. Justo en el momento en que todo eso se estaba transformando.
¿Se estaba transformando ya en 1920?
Incluso antes. Ya la Revolución Francesa se hizo en nombre de la igualdad. Ya las
sufragistas estaban luchando en el año 1920. Ya empezaba a haber derechos sociales de
los obreros en el siglo XIX, es decir, es un proceso que va abarcando a todas las zonas
que estaban en marginación, y que se van desarrollando de manera imparable. Un
proceso que no culminará nunca, pero que se estaba quebrando desde el principio... El
otro día, en la Fundación Telefónica, hubo una intervención muy airada contra las
universidades y contra la educación. Yo traté de destacar hasta qué punto el hecho de
que hoy en día la sociedad española esté alfabetizada ya es mucho. Y que la
universidad ha perdido quizá la calidad, si la comparas con esa universidad elitista de la
Central del año 1910 o del año 1920, pero se ha universalizado. Prácticamente todo el
que lo desee puede ir a la universidad. Y esto es una proeza. Se ha democratizado. Y es
verdad que una vez democratizado, estableciendo la base, luego hay que optar a la
excelencia. En un siguiente paso, no tienen que ser sucesivos, pueden ser simultáneos, 84
pero hacer de España un país alfabetizado, cuyas universidades están abiertas a todo el
que lo desee ya me parece una proeza, y no debemos incurrir en el reproche fácil…
Sobre la idea de igualdad, ¿se produce una mejora gracias a las tecnologías, o es al
revés?
Las tecnologías, y en particular Internet, producen una enorme incomodidad al
intelectual, que sigue anclado en la aristocracia de la cultura. Y que es muchas veces el
intelectual de izquierdas. Yo puedo decir mis enormidades, porque soy catedrático, o
porque soy el titular de la cátedra, porque tengo formación académica, y en cambio veo
con desprecio la vulgaridad, la zafiedad, la ignorancia de las nuevas generaciones.
Tenemos que muchos de ellos están alfabetizados, muchos son universitarios, y
muchísimos de ellos son usuarios de Internet. En varias lenguas. Entonces ocurre que
ese control que del conocimiento y la ciencia que tenían los intelectuales se ha diluido,
porque ahora hay fuentes de conocimiento, de información y de opinión no tan
fácilmente controlables. Eso produce angustia, pánico en el intelectual aristocrático
clásico. Porque ya no controla las fuentes de conocimiento. Y tampoco es tan fácil esa
especie organización del espacio que era el periódico tradicional. No solamente te dan
una información, sino que te la organizan espacialmente, unos a la derecha, otros a la
izquierda, con más o menos tipo… Antes los periódicos eran pocos y bien controlados.
Normalmente los que escribían eran un grupo muy pequeño de personas, que se
conocían entre sí. La disolución de la mediación y de la organización jerárquica del
saber, a manos también de una minoría jerárquicamente privilegiada, produce angustia.
Sin embargo, en lo que a mí respecta, yo lo veo con enorme simpatía. La proliferación
de la opinión... Tú valoras lo que valga tu opinión, no lo que valgan tus títulos o tu
posición académica o profesional. Tengas o no tengas estudios. Tengas o no libros
publicados. Hayas estado en Harvard o…
EL CONOCIMIENTO Y LA CIENCIA QUE TENÍAN LOS
INTELECTUALES SE HA DILUIDO, PORQUE AHORA HAY FUENTES
DE CONOCIMIENTO, DE INFORMACIÓN Y DE OPINIÓN NO TAN
FÁCILMENTE CONTROLABLES.
Entonces hay un primer momento en el que veo con simpatía la disolución del orden
tradicional. Y la proliferación rizomática de infinitas fuentes de información y
conocimiento. Y luego, a lo que tenemos que aspirar es a evitar las tutelas sobre los
ciudadanos. Tenemos que hacer ciudadanos que no necesiten tutelas para administrar el
conocimiento y la información que reciben, lo cual significa una ciudadanía más
ilustrada, una ciudadanía más cívica, con más conocimiento, que elija, ojalá, aquello
que es mejor.
También pienso que la tecnología ha producido un salto mortal, un avance
extraordinario, en los últimos diez años, y que la tecnología supone normalmente una
ampliación de la libertad, que enriquece tus posibilidades subjetivas, y que no siempre 85
caracteriza, creo yo, es por la complejidad. Y por tanto los discursos simplificadores,
los terribles simplificadores que decía el historiador Burckhardt, eso es lo primero que
habría que…
Pero ¿no somos más consumidores que ciudadanos?
Somos consumidores y somos más consumidores ahora porque el mercado parece que
lo ocupa todo. Pero también es cierto que ese mismo consumidor, que es más
consumidor que nunca, es más ciudadano ahora que nunca. Por razones que antes
hemos dicho. Está escolarizado, que no es poco, muchos de ellos son universitarios, y
tienen acceso a una información infinita… El otro día participé en una mesa redonda en
la que los ilustres representantes se entregaron a la orgía de crítica del presente en el
ámbito de la cultura y decía: “Mirad, todo lo que estáis diciendo es verdad, pero lo
cierto es que tú coges en Madrid, y hay tal oferta cultural que te produce ansiedad.
Cuando llega el viernes y veo La Guía del Ocio, Metrópoli, me produce ansiedad. Si a
eso añades que a golpe de clic hoy tienes El Quijote en búlgaro, en latín, en lo que te dé
la gana, pues esa misma persona, que es más consumista que nunca, al mismo tiempo
es más ciudadano que nunca. Y se producen tensiones, que es lo propio de una sociedad
compleja como la nuestra. Además a eso añádele que, insisto en lo que decía al
principio, vivimos en una época de una transformación, de unas consecuencias difíciles
de prever. Que significa una sociedad compuesta por ciudadanos de verdad iguales, que
no aceptan nada por encima de lo humano como fundamento de su convivencia. Y que
esta solamente puede establecerse por reglas que tienen que ver con el consenso.
Cómo funciona la democracia…
Eso es. Cómo funciona eso, a largo plazo, dentro de 20 años, 30 años.
Mientras sigan ganando elecciones los partidos corruptos, es una manera de afrontar el
futuro con optimismo.
Convendría distinguir entre la vida interior y la vida colectiva. En la vida individual a
corto plazo te puede ir bien. A largo plazo nos va a ir mal a todos, dentro de 50 años ya
sabemos lo que nos espera. En la vida colectiva, en el corto plazo, normalmente se nos
hace muy evidente la negatividad. Pero yo os invito, que es donde me considero
especialista, a mirar a largo plazo. Porque a corto plazo yo me dedico a escuchar. A ver
lo que dicen los que verdaderamente saben. Me gusta definirme como especialista en
ideas generales, y también me considero especialista en el largo plazo. Y en el largo
plazo es incuestionable, que --no por una ley de la historia, sino por una especie de
chapuza general-- progresamos. Por eso soy contrario a las teorías de las
conspiraciones, incluso a la teoría de la conspiración del poder, por mi teoría de la
chapuza...
¿La incompetencia impide la conspiración?
Sí, porque el mundo es demasiado complejo como para desear que alguien lo diseñe en
la pizarra. Ni siquiera los banqueros y los grandes empresarios… 88
La idea de que progresamos, ¿qué quiere decir? ¿Que somos más ricos, más cultos…?
¡Algún razonador, alguna persona que colabora en la creación de opinión pública, debe
en épocas de bonanza alertar de los peligros, y en época de crisis sobre todo
proporcionar razonada esperanza! Hemos vivido una época de crisis y me he dedicado a
tratar de razonar una esperanza de proyecto colectivo. Cosa que he hecho en todos los
foros, incluido El País. Y suelo hacer esta pregunta, los que me siguen estarán hartos de
oírmela decir: “¿En qué otra época te hubiera gustado vivir si fueras pobre?”. Y no
solamente si fueras pobre, ¿si estuvieras enfermo, estuvieras parado, o tuvieras un
hándicap físico o psíquico, o lo tuviera tu hijo, o estuvieras preso, o fueras niño, gay,
mujer, extranjero, o incluso inmigrante?. Y la respuesta a esta pregunta es siempre
“Hoy. Hoy. Hoy”. Entonces algo habremos hecho bien.
Mirando lo que está pasando en Europa con los in-refugiados, parece dudoso.
Incluso la indignación que hoy tenemos por el maltrato que reciben los inmigrantes, los
no refugiados, es una indignación moralmente elevada. Que hace 50 años o 100 años no
se producía, porque en tiempos de Sócrates, por poner una época, Sócrates prefirió
morir, en parte porque la alternativa que le daban, que era salir de la ciudad, te
convertía en esclavo, te convertía en sin derechos. En Grecia solo tenían tres cosas que
les unían. La mitología, la lengua y las olimpiadas. Fuera de eso, cada uno era de su
padre y de su madre, y tú salías de Atenas y te podían matar, porque carecías
completamente de derechos. Esa tendencia cosmopolita, que suelo definir como que
solo existe una raza, que es la raza humana, y solamente existe un principio, que es la
dignidad, esa va calando por todas partes. Solamente existe la humanidad y solamente
un principio, la dignidad. De manera que lo que antes eran atributos que determinaban
dignidades, en plural, la raza, la cuna, la educación, la religión, todo eso se ha
convertido en accidentes, respecto a lo sustantivo, una sola raza, la humanidad; un solo
principio, la dignidad. Y eso hace que por primera vez un inmigrante sea una persona a
la que le reconoces una dignidad plena, y el atropello a su dignidad te produce
indignación. Incluso en eso estamos progresando. Si tú me obligas a ponerme unos
guantes y a coger el periódico de hoy quirúrgicamente, eso me conduce desde luego a
la melancolía. Pero si, y esta es mi tendencia natural, dejo el periódico y lo miro de
refilón, no como ciudadano, sino como persona que escribe libros, y trato de ver mi
ámbito natural que es el largo plazo, pues entonces ahí te respondo en el corto plazo
mal y en el largo plazo bien. No viene en el pasado, nada nos dice qué va a pasar en el
futuro, porque no hay una ley escrita, todo va a depender de nosotros, incluso los
progresos en el pasado han sido con retrocesos, con zigzags, con hundimientos en la
barbarie absolutos, han sido con millones de personas que se quedan en la cuneta, entre
tanto, pero como proyecto colectivo…. Si tú comparas España hace 50 años, o hace
200 años o 300, incluso hace 30 años… ¡Es que a mi madre, con la que he comido hoy,
su padre no le dejó ir a la universidad! En España, en el año 1977, todavía las mujeres 89
Javier Gomá, filósofo
Madrid.
Tiempo de lectura 8 min.
14 de marzo de 2017. 05:56h
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–En el monólogo realizo una ironía sobre la filosofía maleducada, esa literatura
cuya legitimidad es la sinceridad. Parece que si eres sincero debes encontrar la
simpatía o la solidaridad del lector. Pero no me parece suficiente ni un valor
absoluto. Prefiero la literatura que, más que premiar la sinceridad, premia la
universalidad. La sinceridad está basada en que cada individuo es diferente y tiene
su propio secreto. La sinceridad revela ese secreto. Frente a dicho esquema, yo
prefiero hacer hincapié en lo que nos hace semejantes y no diferentes, en la
universalidad de la experiencia: la orfandad, el duelo. Lo que más me interesa de
mí mismo es lo que comparto con los demás. En el monólogo, pongo el acento
más en aspectos universales que en los privados.
–¿Somos una sociedad poco acostumbrada a la muerte?
–La muerte está por todas partes: en los telediarios, la películas... Lo que está
ausente, no es la muerte como hecho biológico, sino la mortalidad, que es la
conciencia de nuestra condición, algo a lo que nos resistimos de manera instintiva.
Como dice Spinoza, somos una pulsión de vida. La muerte es un escándalo difícil
de asimilar. Es lo contrario de lo que somos, que es vida. La muerte, como hecho
biológico, como hecho repetitivo, nos invade todos los días: guerras, atentados...
Pero la conciencia moral de nuestra condición y la consecuencia que tiene sobre
nuestra vida que seamos mortales, que es un conocimiento exclusivo del hombre,
eso sí que se nos resiste.
–¿Qué le debe a un padre?
–Mientras no nos emancipemos del carácter biológico y de la herencia que hoy
todavía es la paternidad, lo cierto es que tenemos una persona que está ahí antes
de que tú puedas decir «papá» o «mamá». Es una figura configuradora, que da
forma a tu ser inconsciente. Tu padre te da las gafas para ver el mundo. Esa
fuente del subconsciente sólo puede describirse como mitológica y los mitos están
poblados por héroes ejemplares, paradigmáticos, creadores de normas, que
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después puedes cuestionar o transgredir, pero que no debes ignorar. La
paternidad es una fuente de energía psíquica, y, por tanto, una fuente de potencial
conflicto.
–Los padres pierden autoridad en esta sociedad.
–Pongo como ejemplo que ilustre la importancia de la ejemplaridad en la
transformación de la paternidad. Durante milenios, fue un principio jerárquico.
Quien era padre, no sólo tenía una autoridad de hecho, fundada en el derecho, el
dinero y el conocimiento de adulto, también era un principio absoluto, respaldado
por un mandamiento de la ley de Dios. En tu conciencia sabías que debías
respetarlo: «Honrarás a tu padre y tu madre». Desobedecer a tu padre o madre no
sólo tenía consecuencias jurídicas o sociales, te provocaba una escisión interior,
porque ibas contra Dios. Es la época en que un padre podía decir: «Esto lo haces
porque soy tu padre», invocando el principio de autoridad. Hoy, uno difícilmente
puede decirlo. O invocar su autoridad, porque la gran transformación de la cultura
de los últimos cincuenta años es el cuestionamiento del principio jerárquico y de
autoridad. Ya no es suficiente para los políticos decir: «He sido elegido
democráticamente». Ahora necesitan una legitimidad de ejercicio: la ejemplaridad.
Ahora no le basta decir ya «soy tu padre», que es un hecho biológico, sino que
debe ser una potestad moral. Quien ostenta poder hoy, aparte de legitimidad de
origen de él, tiene que demostrar una legitimidad de ejercicio de esa potestad.
Debe convertir la paternidad en una función moral. El hijo obedecerá a su padre si
él percibe que su padre es un ejemplo moral de su potestad. Eso generará
confianza en él. Si se añade el prestigio de edad o social, el hijo se inclinará a
obedecer.
–¿No se abusa de la sensiblería para expresar las emociones en las películas
o en la publicidad?
–Yo propondría al gobierno que, además de imponer a un impuesto a las bebidas
azucaradas, también lo hiciera a los anuncios azucarados que se basan en un
exceso de sensiblería elemental, casi abusiva. El elemento emocional es muy
importante. Si hay una tarea por hacer es de la emoción sentimental del ciudadano
democrático. Ser ciudadano no es sólo ser un individuo autónomo, autolegislador,
mayor de edad. Ser ciudadano es tener un corazón educado y aceptar que el
corazón puede ser educado y que los sentimientos no son emotividades
irracionales, como tanta gente asume, y que afirman: «Si yo lo siento así, tengo
derecho a expresarlo». Pues claro que tienes derecho expresarlo, pero eso no
quiere decir que tengas el corazón educado. Y cuando lo expresas de esa manera
lo único que manifiestas es tu vulgaridad moral. Es importante comprender que la
ciudadanía, que es la oposición natural a los contrapoderes, debe tener una visión
94
culta y un corazón educado. La publicidad y la mercadotecnia que trata de explotar
la emotividad puede provocar rechazo en un corazón educado, sobre todo, cuando
se pretende hacer una manipulación con fines comerciales.
–Habla de la vida ejemplar. ¿Cómo explica que haya salido Trump, que es
misógino y odia a los latinos?
–Hay una respuesta estructural y otra circunstancial. La circunstancial es la crisis,
que produce el desprestigio del sistema. En España lo hemos visto con el
nacimiento de los dos movimientos antisistema: el independentismo y el
ideológico, la izquierda radical. En EE UU ha habido un desprestigio del sistema,
que, además, nunca ha sido muy prestigioso allí. Es el sistema parlamentario,
burocrático, los medios de comunicación oficiales, a lo que podríamos llamar cierto
cosmopolitismo, el que representa Obama, es un lenguaje civilizado, la paz, los
valores universales, una globalización moral y no sólo económica, y la aceptación
del principal valor cosmopolita: sólo existe un principio de dignidad y sólo existe
una raza, la humana, y lo demás es accidental. Eso requiere una educación del
corazón. Aceptar que las determinaciones de raza, género, cuna, religión, lenguaje
o territorio son limitaciones accidentales, que lo sustantivo es la dignidad individual,
y que sólo existe una realidad, la humanidad, requiere una educación sentimental
que está en parte por hacer. Frente a momentos cosmopolitas existen otros
casticistas, como el Brexit y el repliegue frente a la universalización.
–¿Y la respuesta estructural?
–La democracia, como proyecto colectivo, es un éxito sin precedentes, pero los
individuos de ese proyecto sienten descontento. Buscan el sentido de su vida. La
democracia como proyecto colectivo es felicidad, prosperidad. Éste es el mejor
momento de la vida universal, pero a la vez, los miembros de esos proyectos
jamás habían sentido mayor desaliento. Se trata de una paradoja: éxito colectivo y
frustración individual. Y eso se proyecta en las instituciones. Buscan en la política
emociones, pasiones calientes, la lucha contra el aburrimiento, la canalización de
su desprecio, su hastío y su descontento. Esta causa es estructural a la
democracia. La cuestión es cómo canalizar la frustración que produce vivir en el
mejor momento de la historia y ser felices. Tendemos a proyectar estas emociones
contra las instituciones. Lo que tiene que ver con la educación del ciudadano en la
época democrática. Hay que educarlo para que la búsqueda del sentido de su vida
esté residenciado en su corazón y no lo busque en las instituciones políticas, que
no lo deben salvar o ayudar a encauzar su resentimiento, porque su objetivo es la
convivencia pacífica y ahí el aburrimiento es importante y positivo. Pero no es así.
Tenemos algo de niños malcriados, y, al sentir frustración, infelicidad y
descontento, buscamos culpables.
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–La sociedad para ser feliz necesita tener objetos, acumularlos.
–La felicidad no es de este mundo. Se diseñó en una época que ya no es la
nuestra. Para los griegos la esencia moral de una persona es la felicidad, es
alcanzar la perfección. Tenían la idea de que todas las personas persiguen una
finalidad y cumplirla es la felicidad. La modernidad es aquel momento en el que el
individuo que pertenecía al cosmos antiguo se segrega y se constituye él mismo
en una nueva totalidad. Segregado ya del cosmos antiguo, se encuentra con una
dignidad de origen y una indignidad de destino, que es la muerte. Esto describe la
tonalidad de la subjetividad moderna. Qué perfección se puede atribuir a una
entidad, el individuo, que tiene una dignidad que merecería perdurar, pero que es
castigada con la indignidad de la muerte. Aquí nace el concepto del sentido de la
vida. Su búsqueda surge porque añoramos una época en que la perfección era
posible. Somos conscientes de que preferimos ser infelices a nuestra manera que
felices de una forma robotizada, masificada, deshumanizada. Por encima de ser
feliz, está ser una individualidad consciente. La felicidad no es de este mundo. Y
estoy cerca de lo que se puede ser feliz en este mundo. La vida ha sido injusta
conmigo para bien. La felicidad hoy, para mí, es la deportividad, sentir que la vida
es un juego, y que hay que intentar divertirse y aceptar las derrotas ocasionales y
la final.
–Afirma que el peligro anima la solidaridad y la amistad. ¿En nuestro mundo,
sin enemigos, desaparecen esos valores?
–La virtud durante milenios estuvo asociada a la violencia. Ser virtuoso era probar
el valor en el combate y ganar, y la victoria militar producía legitimidad, desde julio
César hasta la Guerra Civil. Después de la Segunda Guerra Mundial, los pueblos
occidentales segregaron esa ecuación entre virtud y violencia y pusieron juntos,
ojalá que para siempre, virtud y paz. La violencia hoy está demonizada en casi
todas sus manifestaciones, no sólo física, también verbal, cultural... Lo malo es
que hayamos expulsado la violencia por la puerta principal, pero que entre por la
de servicio. Y que en ausencia de un enemigo exterior, estemos creando uno
interior, o usando un lenguaje bélico, como sucede en la política española, donde
no hay adversarios, sino enemigos, y donde se aspira, no al juego democrático,
sino a la destrucción del otro. Como si en ausencia del enemigo exterior, se esté
produciendo un antagonismo bélico en el interior. Y eso lo vemos en determinadas
políticas que parece que utilizan metáforas militares para referirse a aquello que
debería ser un limpio juego democrático.
El futuro de la verdad
Javier Gomá reflexiona sobre la verdad, que hoy pasa por un momento difícil, y
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dice que «desde que existe el poder, existe su instrumentalización. Aristóteles dice
que hay tres clases de poder. Si el poder es de uno, es monarquía; si es de varios,
aristocracia; si es de muchos, democracia. Y se refiere a su degeneración: si es de
uno, despotismo; si de varios, oligarquía; si de todos, demagogia». La pregunta
sería: ¿la corrupción del modelo adquiere nuevas formas en la cultura
contemporánea? Sí. La ciudadanía ha alcanzado la mayoría de edad, es libre y
tiene capacidad para expresar su voto. La democracia establece nuevas formas de
dominación y de instrumentalización. Luego está internet, que favorece ciertos
comportamientos y también es usado por el poder».
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FERNANDO PALMERO
29/10/2016 03:03
La democracia tiene que ser aburrida, afirma Javier Gomá con la naturalidad del
hombre de ideas habituado a moverse entre lo provocador y lo razonable. Tiene que
estar desprovista de épica y de verdades absolutas, continúa, y enfrentarse al reto de
instruir a los ciudadanos para soportar ese aburrimiento político y enseñarles a
desplazar sus pasiones a la esfera de lo privado. Una democracia avanzada ha de ser
aburrida. Y la nuestra no lo es, concluye. Pero antes de seguir el razonamiento político
propone hablar de uno de sus últimos textos, quizá el más personal de todos, porque la
última vez que se dejó caer por estas páginas fue para publicar Inconsolable, un extenso
monólogo dramático que revelaba el conflicto vivido en sus 40 días de duelo tras la
muerte de su padre. Escrito siguiendo el principio horaciano de instruir deleitando, su
dramaturgia es, como su filosofía, más mundana que teórica, en un triple sentido que le
gusta precisar resaltando las preposiciones: es una filosofía que reflexiona sobre el 98
mundo, para todo el mundo, "y si la ocasión se muestra propicia, con un poco de
mundo".
Aquel mismo día de finales de julio en el que apareció el texto, Ernesto Caballero,
director del Centro Dramático Nacional, le llamó para decirle que quería llevarlo a
escena y que él mismo se encargaría de la producción. Ya tiene fecha para el estreno:el
próximo 28 de junio en el Teatro María Guerrero de Madrid.
Quizá lo más llamativo de Inconsolable sea la reflexión de fondo sobre los límites de la
filosofía, una disciplina útil para establecer una genealogía de los sentimientos, pero
incapaz de evitar el sufrimiento. ¿Era esa la pretensión?
Así es. La filosofía, que para el hombre y la mujer es el máximo grado de conciencia,
tiene en algunas ocasiones que enmudecer ante la íntima e injusta estructura del
mundo, para la que sobran todas las palabras y ante la que sólo puedes "abismarte".
¿Por qué la Naturaleza es capaz de crear ese universo de experiencias, de ideas, de
presentimientos que es el individuo, para luego destruirlo con el mismo
mecanicismo con el que destruye un mosquito? Por eso, en el texto se dice: "Vive de
tal manera que tu muerte sea escandalosamente injusta". Sin embargo, yo
aplaudo esa filosofía que deja espacio dentro de sus planteamientos a ese residuo
irracional, no conciliable. Una filosofía que nos presentara como un catecismo las
respuestas a todas las preguntas, tendría algo de ilegítimo, algo de falso, incluso algo
de ofensivo.
¿La muerte del padre es liberadora?
Liberadora no sería la palabra. Lo que trato de decir es que la muerte no es sólo algo
del pasado, sino que se convierte en misión, en proyecto de futuro. Los que somos
padres tenemos conciencia del impacto que el ejemplo tiene sobre los hijos, no
podemos ignorar la influencia cotidiana del ejemplo en un entorno
familiar. Lo que ocurre es que con la muerte del padre esa idea adquiere un poder
majestuoso y te gustaría que la imagen póstuma de tu vida fuera civilizadora, que
ayudase a una vida mejor.
¿Cómo se concilia el desarrollo de la individualidad con esa misión civilizadora de la que
habla?
La misión civilizadora no es ya la ampliación de la esfera de la subjetividad. Ya no se
trata de ser libres sino elegantes, entendiendo por elegante el que elige bien, lo que
implica hacer un uso cívico de la libertad ampliada, un uso social, virtuoso,
razonable, que te constituya como individuo y ciudadano y que al mismo tiempo
propicie las bases para una convivencia fecunda, porque convivir significa
aceptar una limitación. Necesitamos un nuevo concepto de lo humano que no
renuncie al ego ni al anhelo de verdades absolutas, sino que domestique el
romanticismo, que coincide con las bases del culto al genio y la exaltación del yo. En
realidad la cultura ha sido así hasta el siglo XIX. Esquilo en su esquela funeraria lo
único que puso es que participó en la guerra de Maratón. Estaba más orgulloso de su 99
servicio a la patria que de ser el fundador de la tragedia griega.
¿En qué momento se pasó del culto a la individualidad a la pulsión de identidad?
La secularización de las culturas ha hecho que renunciemos al
patriotismo y a la religión como valores identitarios sin haberlos
sustituido por otros elementos de satisfacción emocional equivalentes. El
hombre no es sólo un homo oeconomicus que consume y que gana dinero, requiere
también alguna compensación a su dignidad, a la imagen que de ellos mismos
tienen, bien como individuos, bien como pueblos. Como las sociedades modernas
ofrecen pocos elementos que sirvan para conformar la identidad, han surgido
algunas nuevas: regionales, supraestatales, raciales, sexuales... que hacen que
determinados elementos psicológicos que el hombre y la mujer necesitan encuentren
otras fuentes que a veces tienen algo de regreso a una irracionalidad no domesticada.
¿Pero no tiene algo de paradójico este renacer de las identidades en el ámbito de la
política?
El Estado nación ha entrado en crisis y como consecuencia han surgido otras fuentes
de identidad, que pueden ser internacionales, como la UE, o regionales, y que
emergen como proyectos identitarios enormemente poderosos, capaces de cautivar
la sentimentalidad de personas que no encuentran en otros relatos algo que refuerce
su identidad. A mí no me choca que un Estado extremadamente burocratizado ya no
sea una fuente de identidad sentimental para la ciudadanía y se busquen otras
distintas. Otra cosa es que determinado nacionalismo, determinado
independentismo vaya en la dirección correcta de la historia, y a mi juicio van en la
dirección incorrecta. Por una razón, porque la tendencia universal que se aprecia y
yo aplaudo que sea así, es la idea de que solamente existe una raza, que es la
humanidad, y solamente hay un principio, que es la dignidad individual.
¿Por qué cree que la identidad española genera tan poco entusiasmo?
La identidad de un pueblo es su historia, ahí es donde se van sedimentando sus
costumbres, sus hechos fundadores, sus individuos más excelentes, sus valores, sus
principios... y su identidad como pueblo. ¿Qué es España? Ante todo una narración,
una historia, y en este caso una historia con muchos sobresaltos. España ha tenido
una relación con la modernidad problemática. Llega tarde, pero bien, ya que hasta la
Transición no accede de pleno derecho. De pronto nos hicimos mayores de edad pero
carecíamos de la educación sentimental que la libertad requiere. Otros pueblos han
tenido varios siglos de lenta educación del corazón para hacer un uso
correcto. Y eso ha hecho que la identidad que España pueda proporcionar a sus
ciudadanos tenga aún algunos elementos problemáticos que se irán depurando con
el paso del tiempo. A mi juicio vamos en la buena dirección.
¿Pero cuál es la causa del auge de los movimientos desintegradores en nuestro país?
Si esos elementos problemáticos de los que hablábamos coinciden con una crisis
hacen que la identidad que podría proporcionar el sistema sea todavía más endémica
y que eso llame a los antisistema, bien por registro ideológico, bien por registro
territorial, para proporcionar una identidad alternativa. No es casual que el auge 100
del populismo y del independentismo haya coincidido con la crisis.
¿Por qué cree que España ha sido incapaz de consolidar las instituciones surgidas de la
Transición?
La embriaguez de la libertad sin instrucciones de uso que se vivió en los años 80
podemos simbolizarla con la Movida, que es un estallido de liberación positiva y de
autoafirmación identitaria, pero también una exhibición de vulgaridad. Si a eso, en
los 90, le añades el dinero procedente de Europa, que no es el resultado del esfuerzo
y del beneficio empresarial, el resultado es la figura del nuevo rico.
El nuevoriquismo es la vulgaridad del que es libre, es pudiente pero no ha
tenido el tiempo ni la educación para hacer un uso distinguido, refinado,
elegante. Pero la crisis, como decía Sófocles, nos ha obligado a aprender por el dolor.
Pronostico que determinadas conductas que no solamente eran toleradas, sino
admiradas (éxito rápido, dinero en abundancia...) no volverán. No digo que el
corazón humano haya cambiado en cinco años, pero sí que hay un progreso moral
respecto a determinadas conductas que ya nos parecerán impropias de un pueblo
civilizado, maduro e inteligente.
¿Qué es lo que se ha hecho mal para que este país haya estado más de 300 días sin
Gobierno?
Yo no soy muy inclinado a canalizar mis resentimientos personales hacia los
políticos. No tengo ninguna tendencia a demonizarlos. Tampoco a ensalzarlos. Pero
no estoy seguro de que la clase política sea peor que cualquier otra. Por otra parte,
los progresos colectivos requieren mucho tiempo y también mucho dolor. Yo creo en
la ética como resultado del principio de supervivencia. Hacemos lo que no tenemos
más remedio que hacer para sobrevivir. Nos inventamos los Derechos Humanos sólo
después de caer dos veces en la barbarie de la Primera y la Segunda Guerra Mundial.
En España nos está ocurriendo eso. La democracia se concibió y ha
funcionado como una alternancia dentro del bipartidismo. Cambiar eso
requiere tiempo y estar al borde del abismo para que se produzca esa especie de salto
épico genético que nos permita evolucionar y mejorar. Han hecho falta dos
elecciones y estar en los umbrales de las terceras para que el PSOE haga algo
extremadamente doloroso y que representa un cambio de paradigma. Sé que desde
el punto de vista de la noticia, estos meses son muchos. Cuando alcemos la mirada,
sin embargo, lo que veremos es que el Partido Socialista pasó de la ética de la
competición a la ética de la cooperación. Y eso ha supuesto un cierto
aprendizaje moral. Tengo el presentimiento de que el PSOE acabará liderando la
izquierda democrática.
¿Cree que volverá el consenso político?
En una democracia como la nuestra que está basada en la complejidad de los
intereses de multiplicidad de personas no hay más verdad que el consenso y por
tanto, dado que las verdades son por su propia esencia relativas pueden ser
sometidas a crítica y pueden ser comparadas, enjuiciadas e incluso abandonadas.
Sólo así podremos progresar y pasar de una idea a otra mejor. El sano relativismo 101
es admitir que todo lo humano está socialmente condicionado.
¿Es una cuestión de educación?
En parte sí. La educación tiene que tener dos funciones. Por un lado, crear buenos
profesionales que sean capaces de desarrollar con competencia una
profesión con la que se ganan la vida, prestan un servicio a la sociedad y
contribuyen a la riqueza nacional. Pero ese mismo profesional, antes que nada es
ciudadano, y ciudadano es aquel que es consciente de su dignidad. Una dignidad que
no tiene precio. El sistema educativo tiene que formar en esas dos dimensiones que
son conciliables, aunque vivan en una constante tensión creadora. Sin embargo,
algunas reformas educativas se parecen más a una piñata, que al romperse provoca
que los niños se tiren al suelo y se den codazos y empujones para conseguir más
caramelos. Es decir, trasmiten la idea de la competencia que es propia de las
profesiones pero olvidan la dimensión ciudadana: la conciencia de que tenemos algo
inexpropiable que es la dignidad.
¿Qué es la dignidad?
A mí me gusta definir la dignidad como aquello que estorba para poder hacer
determinadas cosas. Tú podrías utilizar a una persona, expropiar algo, podrías
montar una empresa sin pagar a tus trabajadores la Seguridad Social, o incluso
contratar niños, podrías eliminar a las minorías que no te sirven para nada, pero no
lo haces por dignidad, porque la dignidad contradice el principio utilitario y al
hacerlo es lo que te constituye como humano. Los ciudadanos debemos estorbar a
los legítimos intereses de las empresas por obtener el máximo beneficio, y del poder
político que pretende imponerse sin ningún límite ni control.
Han pasado cinco años desde que ETA dejó las armas, ¿por qué no se ha llegado ya a la
normalización, como demuestran hechos como los de Alsasua?
A pesar de estos incidentes, de los que seguramente habrá más, a mí lo que me
parece milagroso es que la ciudadanía haya optado, en general, por la
paz como procedimiento para la resolución de conflictos. El hombre ha
resuelto siempre sus conflictos a través de la venganza y del uso de la violencia. La
paz como valor absoluto es un progreso civilizatorio incuestionable. Los etarras, o los
terroristas en general, no sólo están equivocados en la causa que defienden, sino que
sobre todo son antiguos, son premodernos, son arcaicos, son personas bárbaras,
porque utilizan un instrumento de resolución de conflictos completamente superado.
La violencia sigue existiendo en el mundo civilizado, pero ya no la puedes usar sin
envilecerte, sin envenenarte, sin emponzoñarte, sin encanallarte, y eso no sólo por
razones ético-políticas, sino por el marco de la civilización que estamos creando
entre todos, que ha comprendido con enorme clarividencia que discutamos y
discrepemos, pero dejemos al cuerpo en paz. Y eso es gracias también al Estado de
Derecho, una de las grandes aportaciones culturales de Europa y EEUU, un prodigio
de un refinamiento y una finura que gracias a la globalización, que ante todo es una
occidentalización, se va extendiendo a todo el mundo.
102
En 2015, el filósofo Javier Gomá (Bilbao, 1965) atravesó el trance universal de la muerte del padre. Las experiencias,
emociones y reflexiones causadas por el duelo encontraron cauce por la vía de un género nuevo para el autor: el
monólogo dramático. El 24 de julio de 2016, en un "alarde editorial sin precedentes", como lo define Gomá, el diaro El
Mundo publicó el texto íntegro, con sus 12.000 palabras, siete páginas completas sin publicidad. Lo leyó entonces el
director del Centro Dramático Nacional, Ernesto Caballero, y decidió llevarlo a escena aunque la programación para la
presente temporada ya estaba cerrada. Inconsolable se estrenará el próximo 28 de junio en el Teatro María Guerrero de
Madrid, en la voz del actor Fernando Cayo, con dirección del propio Caballero y escenografía de Paco Azorín. Un
plantel de primera magnitud para "contar algo absolutamente íntimo, pero al mismo tiempo universal, como es la orfandad".
Se trata de abordar una universalidad íntima, y no abstracta, que ya ha explorado en obras anteriores como Aquiles en el
gineceo, donde explicó la aventura de aprender a ser mortal basándose en sus propias experiencias, pero tomando solo
aquello que compartimos todos los seres humanos.
El monólogo Inconsolable es también el texto que cierra el último libro de Gomá, La imagen de tu vida (Galaxia
Gutenberg). El título anuncia el concepto central del libro, relacionado también con la ausencia de la figura paterna.
La exaltación del yo ha hecho que la sinceridad se considere en sí misma un logro
artístico y ético"
La imagen de vida representa un paso más en las teorías que Gomá vertió en su conocida Tetralogía de la ejemplaridad: se
trata de la imagen de uno mismo que se lega a la posteridad, como ejemplo de vida para los demás. "Toda una vida al final
se concentra en 15 o 20 anécdotas que conforman una imagen donde queda condensada una vida entera en su carácter
esencial, paradigmático, definitivo", explica el director de la Fundación Juan March. Al mismo tiempo, esta ejemplaridad
tiene la virtualidad de "elevar la mirada" para determinar qué tipo de persona ha sido quien ya no está entre nosotros, no
atendiendo solo a los hechos biográficos sino a la totalidad de la persona. "Pocas veces nos preguntamos por eso, pocas
veces ha sido objeto de meditación y de reflexión filosófica". Inconsolable es, entre otras cosas, la puesta en escena de esta
teoría.
La imagen de vida es un concepto que lleva "tentando" mucho tiempo al filósofo y que estaba latente en toda su obra
anterior. De manera más explícita apareció en uno de los microensayos de su libro Filosofía mundana, así como en una
conferencia que ha servido de base para este ensayo y que pronunció por invitación del Festival de Filosofía de Módena en
2014. (Han leído bien, existe un festival de filosofía en la ciudad italiana capaz de congregar a 200.000 personas y este año
celebrará su decimoséptima edición).
Con su enfoque universal de lo íntimo, Gomá se rebela contra "los presupuestos del Romanticismo sobre los que se ha
edificado la cultura de los siglos XIX y XX", sobre todo la exaltación del yo; "un yo original, genial, cuya máxima
expresión ya no es la virtud sino la autenticidad y la sinceridad. Lo que tuvo una finalidad emancipatoria y magnitud de
acontecimiento en las primeras décadas del siglo XIX hoy es simplemente exhibicionismo de la vulgaridad del yo, que
muchas veces no tiene nada interesante que decir". Esto ha dado lugar a lo que él llama con ironía "literatura
maleducada", que obliga al lector o al espectador a observar cómo el autor conjura sus demonios o se desnuda
integralmente en ella. "Es la exhibición impúdica de una sinceridad considerada en sí misma como un logro artístico e
incluso ético, elevada a valor supremo. Yo en este monólogo no cuento la relación con mi padre, no hago una exhibición
casi pornográfica de mis sentimientos y de mis anécdotas, no pido al público que sea testigo de mi curación. Lo que hago es
trazar un itinerario y aspiro a que se puedan reconocer en él la mayoría de personas que pasan por el mismo trance de la
orfandad".
Alegría inteligente
P.- ¿En qué consiste la ejemplaridad aplicada al duelo por la pérdida del padre?
R.- Como he intentado representarla en el monólogo, es una cierta piedad filial que permite que la imagen de la vida del
padre emerja, que luzca en su belleza sin excluir los elementos dolorosos ni problemáticos que toda vida implica, pero dejar
que después la luminosidad de la imagen prevalezca. Luego empiezas a preguntarte por tu propia imagen y te das cuenta de
que ahora eres custodio de la imagen de tu padre, y que algún día tus hijos lo serán de la tuya, pero aún estás a tiempo de
añadir colores, dibujos y formas al lienzo para que esa imagen sea más luminosa. 104
P.- Afirma que los bienes propios del ser humano proceden de la conciencia de nuestra propia mortalidad. ¿Cómo sería el
hombre si no existiera la muerte?
Nuestra cultura en general es una invitación a la tristeza, siempre hay una coartada
para deprimirse"
R.- Seríamos inmortales a la manera de los dioses griegos, que nacen pero no mueren, a diferencia del dios
judeocristiano, que no ha nacido ni morirá. A mi juicio es una existencia más poderosa que la nuestra pero poco envidiable,
porque están privados de muchos valores y bienes que hacen la vida digna de ser vivida: el amor, la ternura, el arte, el
derecho, la sociedad, la solidaridad, la filosofía, la religión, la ciencia, la tecnología... Todo eso nace de la conciencia de
nuestra fragilidad, y da sentido a nuestra existencia.
P.- También afirma que "la naturaleza regala la tristeza a cualquiera que pasa mientras que la alegría inteligente es un arte
raro".
R.- Nuestra cultura en general es una invitación a la tristeza. Además ser triste es lo más fácil, no tienes más que abrir
los ojos y ya la naturaleza te convierte en triste. Si ves cuál es nuestro destino y el de los demás, siempre hay una coartada
para deprimirse. Así que hasta cierto punto la tristeza es vulgar, mientras que la alegría inteligente -no la alegría estúpida
basada en la necedad o en un exceso de candor- me parece tan milagrosa como una sinfonía de Beethoven, y requiere un
arte, una sabiduría, una genialidad que son poco frecuentes. Consiste en hallar razones para el entusiasmo a pesar de la
evidencia de nuestro destino. Quien lo logre es un genio. En cambio, entristecerse es tan fácil como respirar.
Ejemplaridad cervantina
"Siempre me han dicho que soy un autor de la ejemplaridad que pone muy pocos ejemplos y que me muevo en un
plano muy abstracto", confiesa Gomá. Los dos más importantes que ha manejado en sus obras han sido Aquiles (en Aquiles
en el gineceo) y Jesús, al que él llama "el galileo" (en Necesario pero imposible). Ahora suma a estos dos la figura de
Cervantes, un ejemplo más cercano que los anteriores porque es un personaje estrictamente histórico, que escribió sobre sí
mismo y que además "es un español eminente que puede ser rescatado como espejo de una ejemplaridad universal".
Este libro inicia una muy evidente transición de mi literatura envuelta en una nube de
incertidumbre"
Gomá basa la ejemplaridad de Cervantes en tres elementos en perfecta combinación: idealismo, cortesía y humor. El
capítulo dedicado al autor del Quijote en La imagen de tu vida nace de un encargo que la Biblioteca Nacional hizo al
filósofo con motivo de la exposición organizada por la institución para conmemorar el cuarto centenario de la muerte del
escritor, pero Gomá ya tenía "adelantadas unas cuantas ideas sobre Cervantes". Al terminar el ensayo, que apareció en el
catálogo de la exposición, el filósofo se dio cuenta de que esa fórmula cervantina en la que "la cortesía y el humor resuelve
el carácter problemático del idealismo en la modernidad" era la que andaba buscando para su propia puesta en práctica de la
ejemplaridad.
Transición literaria
"Es la primera vez que termino un libro y no tengo por delante ningún otro en proyecto", confiesa Gomá. Ya en la primera
página de La imagen de tu vida, el autor avisa que el libro inicia "una muy evidente transición" de su literatura"envuelta
en una nube de incertidumbre".
Cuenta el autor de Filosofía mundana que con quince años empezó a tomar notas de las ideas que luego ha desarrollado
durante los siguientes treinta. "A mis 51 años publico ahora este libro, estreno el monólogo en junio y no tengo
absolutamente ningún plan después", a excepción de una conferencia -la primera que impartirá en la Fundación Juan March,
que dirige desde hace catorce años- sobre la obra de Fray Luis de León. "Juego con ideas e interrogo a mi corazón para ver
dónde pone su entusiasmo. Me siento joven y con mucho oficio, porque he escrito ya muchos libros, pero no sé por dónde
me llevará la inspiración, puede que incluso a una temporada de silencio".
@FDQuijano
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Detalle de la portada 'La imagen de tu vida' | Galaxia Gutenberg
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"Para la muerte nadie está preparado, se llega virgen", explica el escritor Javier Gomá.
Con la muerte se va lo accidental y queda lo elemental. Por mucho que te conozcas,
sigues siendo un misterio para ti mismo. El verdadero conocimiento de las personas
es postumo, y tiene que ser así: "Mientras uno vive, la imagen está en gestación y
puede variar. Se fija con la muerte: es en ese momento cuando se aprecia. Solo con la
muerte aprendes el significado de la palabra jamás"
El filósofo y escritor, director de la Fundación Juan March, ha abordado a lo largo
de su producción literaria la ejemplaridad. Ahora, sin abandonar esa idea, evoluciona
en el concepto. En La imagen de tu vida (Galaxia Gutenberg, 2017) se habla de lo
que somos y de lo que dejamos con nuestra muerte. Es la muerte una condición
indispensable para valorar a alguien, cuenta Gomá.
El ideal de la ejemplaridad exhorta a cada uno a dignificar su propia vida y a producir
mientras vive un impacto civilizador en su círculo de influencia. La imagen de la vida,
por su parte, designa esa misma ejemplaridad pero ahora póstuma, recordada por
quienes la sobreviven. La ejemplaridad, al extenderse al reino de la posteridad,
descubre su torso más general, definitivo y memorable.
Este es un libro, por tanto, que habla de la vida y -sobre todo- de la muerte. No
busca la exposición de emociones en una suerte de pornografía sentimental. Es más
bien una reflexión en la que emplea su extensa formación humanística. Y lo divide en
un ensayo (género al que nos tiene acostumbrados) y un monólogo teatral, para
mostrar ese duelo por una persona amada:
'Inconsolable', en la estela de las antiguas oraciones fúnebres, dibuja con amor filial la
imagen de la vida de mi padre sirviéndome de un pincel aún tembloroso a
consecuencia de la conmoción producida por su reciente fallecimiento.
No es la muerte igual para todos. Un artista deja huella a través de su obra, pero todos
los que fallecen dejan un ejemplo a quienes le sobreviven: esa es la obra que
dejan. Javier Gomá habla de su propia experiencia, de la muerte de su padre
ocurrida en 2015. Habla de la relación con su progenitor, de lo que significa perder a
un padre. Los padres son el itsmo que une al ser humano con su infancia, como si de 107
una península se tratara. Si se hunde esa conexión, desaparece la niñez. Es una obra en
primera persona, pero "No es un ajuste de cuentas, está lejos de Carta al
padre de Franz Kafka. Aunque no se oculta cierta conflictividad, en términos
civilizados. Es un homenaje. Convierte en palabras la experiencia que muchas
personas han vivido, han seguido un itinerarios similar con una experiencia inefablle e
indescriptible". De este libro sale una obra de teatro, que se representará en el Teatro
María Guerrero, a partir del 28 de junio.
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Casarse por dinero es una ordinariez. Pero casarse por amor sincero con alguien que tiene mucho
dinero es toda una fortuna (una palabra que significa tanto buena suerte como vasto patrimonio).
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Hay un ardid para granjearse esos dos bienes sin renunciar a ninguno, el que usan los padres
ambiciosos con retoños casaderos: conseguir que éstos, desde la infancia, se rodeen sólo de
personas muy ricas porque al final el tiempo hará su trabajo y el rapaz acabará enamorándose
perdidamente de alguien perteneciente a su exclusivo círculo. Y entonces, ¡eureka!, los dos
significados de la mencionada palabra venturosamente se alían, la buena suerte del amor y de la
prosperidad en un mismo golpe de fortuna. Ya no te casas por dinero sino por sentimiento y además
mantienes incólume tu conciencia, que ya se sabe que no tiene precio, aunque sí mucho valor.
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Rodearse de personas ricas puede servir para casarte con una de ellas,
pero rodearte de personas virtuosas genera gran cantidad de problemas
Realmente no hay placer más exquisito que el de una buena conciencia: los hombres virtuosos,
los santos de la historia, son sólo un hatajo de sibaritas. Pero, ay, esos gozos morales son difíciles de
conseguir. Y ahora quizá esperéis el socorrido sermón sobre el esfuerzo que en esta vida es
necesario realizar para elevarse a los bienes más altos o sobre cómo la ausencia de esas cualidades
en nuestra extraviada juventud nos aboca a la actual mediocridad ambiente. Nada de eso. En mi
opinión, el mayor obstáculo para disfrutar de una buena conciencia se halla en los demás. Los otros
son el estorbo.
Rodearse de personas ricas puede servir para casarte con una de ellas, pero rodearte de personas
virtuosas genera gran cantidad de problemas. Por eso resulta más cómodo, más reconfortante y más
tranquilizador contemplar en nuestro entorno ejemplos de conductas vulgares. ¿Por qué tienen tanto
éxito los realities shows? Porque el espectáculo de esa mediocridad moral, de esas vidas rotas y
deformadas, produce sobre nuestro ánimo un efecto sedante. ¡Qué horror!, nos decimos mientras
apagamos la tele, y a continuación nos metemos en la cama acunados por el sentimiento de nuestra
superioridad moral. El escándalo que nos suscitan las noticias sobre la corrupción de los políticos
queda parcialmente compensado por cierta sensación de autocomplacencia: son unos golfos,
murmuramos con desprecio como quien mira el mundo a sus pies. Un compañero de trabajo
negligente; un cuñado machista y desagradable; un vecino polémico o ruidoso; un amigo arruinado
por su imprudencia: todo esto constituye un universo gratificante porque rehabilita ante los demás
mi desmedrada imagen y en todo caso me dignifica coram populo por cuanto muestra una variedad
de comportamientos reprochables que están ahí delante, próximos y posibles, y que yo, honesto sin
alharacas, me abstengo de realizar. 110
Las perspectivas se presentan mucho más sombrías, como nubes espesas y amenazantes, si, por
desgracia, nuestro entorno se compone de dechados de virtud: un colega que destaca en su
profesión; un cuñado cariñoso y servicial; un vecino cívico que separa la basura en tres coloridas
bolsas; un amigo modélico, ponderado por todos. Este otro universo nos perturba, debilita nuestra
posición en el mundo y hace nacer en nuestro interior el gusano de la mala conciencia. En efecto, el
buen ejemplo nos interpela y nos obliga a responder de nuestra vida: ¿por qué no practico yo ese
ejemplo si está visto que es bueno y además posible, como constata precisamente ese precedente? Si
uno como yo es justo, ecuánime, leal, ¿por qué no lo soy yo?; si otro es solidario, humanitario o
compasivo, ¿qué me impide serlo a mí también?; si un tercero exhibe bonhomía y urbanidad,
¿dónde queda mi barbarie? Definitivamente, el mal ejemplo nos absuelve mientras que el bueno nos
señala con el dedo acusador y nos condena.
Supongamos el siguiente caso absolutamente hipotético. Vamos a cenar a casa de unos amigos y, en
el trayecto, con tacto pero con precisión quirúrgica mi mujer señala a mi atención algunas notorias
deficiencias en el cumplimiento estricto de mis responsabilidades familiares: no es que no sepa
cocinar, es que no asisto a las reuniones que convoca el colegio de los niños, no me levanto por las
noches para dar el biberón al recién nacido, no llevo al otro a su partido de fútbol, soy un pésimo
anfitrión, me paso todo el día con gesto ausente leyendo o sentado delante del ordenador (insisto en
el carácter hipotético del caso). En el coche esbozo una defensa pero al llegar a casa de nuestros
amigos mi mala suerte quiere que el marido, maestro cocinero, nos reciba sonriente enfundado en
un delantal y nos informe de que se ha divertido mucho esta tarde preparándonos la cena. Mientras
devoramos los deliciosos platos, Marta, su mujer —que no ha tenido necesidad de moverse del sofá
en toda la noche—, nos comenta, orgullosa, la prenda que es Felipe: padre abnegado que se desvive
por sus hijos, marido atento y tierno, yerno intachable, etcétera. Lector amigo, ¿cuál crees que será
el tema probable de conversación entre mi mujer y yo en el trayecto de vuelta? Acorralado en la
discusión subsiguiente, sólo dispongo de tres salidas. La primera, hacer votos de reformar mi
anterior vida y emular en adelante el fastidioso modelo encarnado en Felipe. Pero como esto
comporta un gran coste personal lo más frecuente es optar por las otras dos. O bien decir: “Felipe
puede permitirse actuar así porque está en paro, mientras que a mí se me acumula el trabajo en la
oficina”, esto es, la regla moral encerrada en su ejemplo no me es aplicable; o, si esto no funciona,
apretar el botón nuclear: “Supongo que sabes que Felipe le pone los cuernos a Marta”, en otras
palabras, intentar el desprestigio del ejemplo positivo para que deje de ser vinculante.
Pero este recurso acaba dejando un poso de resentimiento, la dichosa mala conciencia. Por eso mi
consejo es: cásate por amor con alguien rico y luego rodéate de pésimos ejemplos, y así disfrutarás 111
confortablemente de tu buena fortuna bendecido por una conciencia siempre limpia. O
Daba cuenta aquí hace dos semanas del libro Ingenuidad aprendida de Javier Gomá Lanzón. Gomá ha ido
publicando artículos o microensayos filosóficos en Babelia, que han sido recopilados y publicados luego, los 33
primeros en Todo a mil (Galaxia Gutenberg, 2012) y en febrero del presente año en Razón: portería (Galaxia
Gutenberg), los 22 restantes y otros cuatro de mayor extensión.
Cuando leí Ingenuidad aprendida, a la vez leí todos los artículos de Gomá que encontré en internet publicados
en El País, de tal manera que más que leer este libro lo he releído.
Nada tiene que ver con el contenido del libro pero me apetece comentar dos cosas que me resultan chocantes.
Una, que Javier Gomá Lanzón ganase las oposiciones al cuerpo de Letrados del Consejo de Estado con el
número 1 de su promoción (lo cual demuestra que el hombre fue brillante como opositor). Dos, que este dato
aparezca en el libro bajo la foto del autor, junto a su bibliografía, cuando creo nada tiene que ver con su trayectoria
literaria.
En cuanto a los ensayos, decir que todos ellos son muy interesantes, pero unos más que otros. Cuando un escritor
tiene tres semanas para escribir algo en un periódico, puede ir sobrado o llegar justito para escribir esas tres mil
palabras que forman estos microensayos, nada díficil por otra parte para alguien tan leído y culto como Gomá,
que podría filosofar sobre cualquier cosa, pues todo cuanto nos rodea es objeto de examen, si bien, lo que mueve
al filósofo, a Gomá también, es esa idea de abarcar el mundo como un todo, de buscar una visión de conjunto,
no especializarse en un aspecto concreto como vienen haciendo otros filósofos (Beck, Bauman, Sloterdijk, Ferry,
Lipovetsky, Compte-Sponville, Bell..), a pesar de lo cual él ha dedicado cuatro de sus obras a la Ejemplaridad.
Me resulta tambíen curiosa la habilidad (elegencia, diplomacia) que tiene Gomá para escurrir el bulto y no meterse
en camisa de once varas, cuando alaba a esa generación de docentes tan cultos y bien preparados que imparten
filosofía en las aulas, pero nada dice de otros autores que realizan una labor similar a la suya, la de practicar esta
filosofía mundana. A mí, como lector me gustaría saber, no ya que influencias ha tenido Gomá, quién ha dicho
que es una “copia sin modelo“, sino si filósofos actuales: Sádaba, Savater, Lledó, Manuel Cruz, etc, merecen su
atención, si es el caso, o no.
Decía Socrates que la misión del filósofo era dar razón (logon didonai) de cuanto hay en el mundo. Así, el filósofo
cual portero de un inmueble, debe de ser capaz de dar razones y poseer las llaves de la vida.
112
¿De qué da razón Gomá en estos ensayos?. Lo que me transmiten su lectura es el gozo de vivir (Reconciliados
con la imperfección), de disfrutar lo que tenemos, nada menos que una vida (Deudas con la vida), de apreciar la
belleza (Belleza aprendida), la amistad (precioso el ensayo Viejo amor), el respeto y enponderamiento de la
costumbres (¿Por qué obedece la gente?), la necesidad de reconocimiento (Aplausos) y su prima hermana La
vanidad literaria (Gomá: apunta otra reseña más de tu libro en internet), el no tener (o no querer) una opinión
(adscripción) formada sobre algo y así diplomaticamente no darla (Escurrir el bulto), acerca de la Idea de Europa
(una unión de países proporcionadora de una paz y proseperidad sin precedentes), reconocer que somos los
mejores (Somos los mejores.. “el don que más nos falta es el de saber gozar” pag 79), una Universidad convertida
en La gran piñata, la cual en lugar de formar alumnos críticos, fomenta lo contrario, a saber, preparar
exclusivamente profesionales, y no hombres cultos.
En fin, que este libro vale la pena leerlo y releerlo. Gomá emplea una prosa que si en otros libros más mundanos,
pero más académicos, le exigen un mayor rigor, aquí, en las distancias cortas, va al grano, con pocas palabras,
muchas ideas y un lenguaje sencillo, limpio, legible y entendible. Mundano, como ha de ser, si quiere el autor que
además de comprar sus libros, el vulgo, lo leamos y lo apreciemos.
Respecto a Libertinajes sadomasoquistas. Una apología, bien puede tratarse de una vacilada, si no es el caso,
seguro que Gomá vuelve a sorprendernos y a ilusionarnos, como me sucede cada vez que tengo alguna obra
suya entre mis manos.
Esta entrada se publicó en 2014, Crítica, Editorial Galaxia Gutenberg, Ensayo filosófico, Javier Gomá
Lanzón, Literatura, Literatura Española y está etiquetada con 2014, Crítica, Editorial Galaxia Gutenberg, Javier Gomá
Lanzón, libro, Literatura Española, microensayos filosóficos en 12/04/2014 por Francisco H. González.
JORGE SÁNCHEZ DE CASTRO.
Gracias a twitter tuve conocimiento de un artículo del eminente ensayista Gomá Lanzón,
autor del muy interesante, entre otros, “Aquiles en el gineceo”, Ed. Pretextos; que dio
origen a una conversación que les quiero relatar. El artículo se titula “Somos los mejores”,
El País, 10 de Noviembre de 2012, y del mismo entresaco las siguientes frases:
Contesté al ensayista a través de su cuenta en la red social preguntándole “si eran mejores
tiempos porque el Estado nos ha igualado”. Añadí que, “sin embargo, nadie quiere
igualdad”. De forma elegante el ensayista me repreguntaba a la rawlsiana manera:
“Y el velo de la ignorancia: ¿en qué otra época histórica, ignorando tu posición en ella,
elegirías para vivir?”
Si hubiera querido parecer sarcástico y twitter tuviera la posibilidad de ser más extenso
hubiera contestado con una ironía de la película “Funeral en Berlin”, donde Michael Caine
interpretó al espía Harry Palmer. Palmer se encuentra en Londres recibiendo instrucciones
de su jefe sobre cómo facilitar la deserción de un alto militar ruso que ejerce en Berlín las
funciones de custodia de la zona soviética de la ciudad dividida. Después de escuchar
atentamente el encargo, Palmer le pregunta:
Habiendo intentado probar en los dos últimos artículos que nadie quiere igualdad, me llamó
la atención el artículo del señor Gomá por entender que equipara lo que considero
“protección” a “igualdad”, pues si bien es cierto que la protección ha aumentado hacia
todos, y en especial hacia determinados colectivos, no lo es menos que la desigualdad es
el anhelo buscado diariamente por nuestra ciudadanía.
Ante la evidencia de que la lucha por la igualdad consiste en una intensa producción
legislativa estatal en aras a conseguirla, que ora beneficia a unos y ora a otros a costa hoy
de unos y mañana de otros, la meta de personas y colectivos no puede ser jamás la
igualdad sino la proximidad al Poder con la esperanza de ser los recipiendarios preferentes
de su atención. Por eso yo no hablaría de época igualitaria, sino de época protectora de
forma radicalmente desigual.
Pero fue la caracterización del presente con el poético título a lo Kipling, “Somos los
mejores”, lo que me hizo cavilar. Si Adorno dijo que “escribir poesía después de Auschwitz
es un acto de barbarie”, ¿qué significa entonces escribir después de Auschwitz un artículo
titulado “Somos los mejores?”.
Un comentarista del señor Gomá en la misma red social cifraba esa superioridad en que
jamás tuvimos más riqueza, más educación y más esperanza de vida. Pues bien, estoy
seguro que si le hubiéramos preguntado a los alemanes de 1939 “¿en qué otra época
histórica, ignorando tu posición en ella, elegirías para vivir?”, nos hubieran contestado
como un solo hombre, “en nuestra querida Alemania porque somos los mejores, ¿o no
tenemos más riqueza, más educación y más esperanza de vida que nunca?”.
114
Considero legítimo decir que vivimos en el mejor de los mundos posibles porque sólo
tenemos éste, de la misma manera que solemos argumentar que nuestra ciudad es la
mejor aunque no hayamos salido de ella.
Pero por eso, por si acaso nuestra supuesta superioridad fuera sólo el fruto más perfecto
del olvido y del desconocimiento, no puedo contestar a la pregunta del señor Gomá
otorgando la medalla de oro al presente, no vaya a ser que quede como aquel alemán
apócrifo que preguntado a finales de los años treinta del siglo pasado sobre su país
contestó: “¿Alemania? ¡Somos los mejores!”
JAVIER GOMÁ: “EL FILÓSOFO DEBE SER DESCARADO Y TENER
UNA DESENVOLTURA CASI IMPERTINENTE”
Por Emma Rodríguez © 2014 / En uno de los microensayos que componen Razón: 115
portería, una de sus más recientes publicaciones y una idónea puerta de entrada para
acceder a las claves de su obra, Javier Gomá Lanzón (Bilbao, 1965) escribe de los
distintos estadios de la vida y dice que en cada uno de ellos “el hombre ha de buscar no
tanto la enfática felicidad sino, con más llaneza, ese momento propicio que los griegos
llamaron “kairos” y que podría traducirse libremente como su “enhorabuena”. Escribe el
filósofo de la conveniencia de que el niño, el joven, el adulto y el anciano disfruten de su
etapa concreta, desarrollando sus potencialidades y plenitudes, hasta llegar, si se tiene la
fortuna, al final del recorrido, “como los antiguos patriarcas, colmado de años, tras
completar exitosamente el ciclo vital y sin grandes deudas con la vida”.
Tras leer esta esclarecedora pieza, que celebra la vida y reivindica el placer de saber
envejecer, es imposible no preguntarse hasta qué punto el autor simboliza ese caminar
consciente hacia adelante, cumpliendo con las obligaciones y llevando a cabo los deseos
y vocaciones con una alegría equilibrada. Afable, reflexivo, dado a cuestionarse muchas
verdades aceptadas, a sopesar sus palabras y acciones, Gomá da la impresión de haber
trazado un mapa personal y de tener muy clara la ruta a seguir, siempre mirando a su
propósito de frente, seguro de los objetivos, sabedor de que mejor no perderse en
meandros y carreteras secundarias.
De esa manera, nada le ha impedido ir levantando una obra sólida cuyas ramas brotan de
un tronco robusto, el de la ejemplaridad como punto de partida y como constante tema de
reflexión. Ahí está su tetralogía: Imitación y experiencia, Aquiles en el gineceo,
Ejemplaridad pública y Necesario pero imposible, libros que la editorial Taurus acaba de
publicar juntos, en una caja que da idea de la unidad del proyecto filosófico, y que coincide
en las librerías con otros trabajos. Así un volumen que reúne sus textos sobre
fundaciones: Carta a las fundaciones españolas y otros ensayos del mismo estilo (Pre-
Textos) y Muchas felicidades (Ariel), donde se recoge su visión de la felicidad junto a la de
Fernando Savater y Carlos García Gual. A Gomá no le faltan proyectos ni habilidad para
sacar partido a su tiempo. Ya acaricia la idea de ponerse a escribir muy pronto otro
ensayo corto, casi un panfleto, para el que tiene decidido el título: Visión, cultura y corazón
educado. Lecciones de la crisis. Y adelanta que todo esto, en realidad, “es una transición
para una nueva etapa” en su producción literaria, una etapa “cuyos contornos”, según
dice, “se van perfilando poco a poco, sin excluir una idea que quizá algún día lleve a cabo:
escribir textos filosóficos para la escena”.
Todo un plan de trabajo para los próximos dos años. Pasos medidos de un trayecto firme,
el de este hombre que compagina el ejercicio solitario, reconcentrado, del pensador, con
las dotes organizativas y de gestión necesarias para llevar el timón de un centro cultural
como es la Fundación Juan March,cuyo destino dirige desde 2003. En él parece haber un
talante práctico y a la vez soñador, una mirada sagaz y observadora a los detalles de lo
cotidiano, del día a día, que se mezcla con una indagación en lo sublime, lo trascendente,
lo inaprehensible de la existencia. Todo esto se va dibujando a medida que avanza la
conversación. Una conversación detenida, en la que hablamos ampliamente de filosofía,
de las renuncias y los horizontes de la filosofía, pero también del presente con sus luces y
sus sombras, y, por supuesto, del gran tema: la vida.
Para entender la visión filosófica de Javier Gomá hay que ir al momento en que se fraguó,
al trazado de una ruta intelectual que surgió en la adolescencia, una época que tan bien
comprende y analiza en su Aquiles en el gineceo. Él mismo lo explica de la siguiente
manera: “Yo me considero una persona de vocación literaria muy intensa e incluso muy
116
tiránica. A partir de los 15, 16 años, tuve una visión, más bien una pasión, que me condujo
hacia un conjunto de temas que tenían una conexión sistemática unos con otros y que
partían de la ejemplaridad como concepto principal. Al principio quería contarlo todo de
una sola vez, pero no acababa de encontrar la manera. Cuando acepté que iba a escribir
un primer libro en el que sólo diría unas cuantas cosas, y que a ese habrían de sucederle
otros que fuesen dando vueltas al tema central desde diferentes perspectivas, fue cuando
el proyecto adquirió sentido”.
– ¿Fuiste un lector muy temprano? ¿Por qué la inclinación posterior por la filosofía, no por
la ficción?
– Mi vocación, muy temprana, fue literaria, esa emoción poética hacia determinadas ideas,
esa inclinación de todo tu ser hacia un nudo de relaciones y de intuiciones vagamente
presentidas. Se trataba de dar expresión, fijeza y permanencia a esa visión. Si la celebras,
eres poeta; si la defines, eres filósofo. Mi primera reacción fue poética: escribí poesía,
cuentos, novelas, literatura del yo. Pero me di cuenta que el asunto permanecía allí,
intocado, incitante. Y entonces vino el trabajo en el concepto, la filosofía. Y allí hice mi
morada.
– Sin embargo, los microensayos contenidos en libros como Todo a mil y Razón:
portería demuestran una gran capacidad para la percepción de lo cotidiano. Hay mucha
experiencia y acercamiento a las cuestiones del día a día, que son vistas muchas veces
incluso con ironía y humor. El lector siente que se le está hablando de asuntos cercanos,
propios.
– Esas entregas son el resultado de mis colaboraciones en prensa, algo que no me sentí
capaz de acometer mientras mis fuerzas estaban completamente absorbidas en ese
esfuerzo principal de elaboración de los cuatro libros. No fue hasta que publiqué el
tercero, Ejemplaridad pública, con la idea ya muy madura en mi cabeza del cuarto, cuando
pude tomar una cierta distancia del proyecto general y decidí que era un buen momento
para aceptar colaborar en un suplemento cultural, en este caso Babelia (El País). Ya
podía objetivar lo que había hecho, ofrecer nuevos tonos, nuevas modulaciones. Ya podía
hablar de los temas de mis libros sin el esfuerzo de clarificación, de sistematización, de
abstracción. Tenía la oportunidad de hacer justamente eso de lo que me hablas: introducir
la anécdota, la vida cotidiana, el amor, el humor, la ironía, incluso la autoironía, cosas que
sólo puedes hacer cuando el trabajo principal ya está maduro. Incluso en otro de mis
libros recopilatorios, Ingenuidad aprendida, elaboré el concepto de filosofía mundana. Mi
pretensión es que todo lo que hago pueda llegar a cualquier persona culta, pero es verdad
que los libros de la tetralogía exigen un mayor esfuerzo de atención, mientras que, en
cambio, en las mil palabras de los microensayos, se puede introducir al lector en los
temas concretos, no en un sentido de divulgación fácil, de vulgarización de las ideas,
porque yo me tomo al lector filosóficamente muy en serio. Lo que persigo es llevarlo a
temas tan importantes como la amistad, el amor, el humor, Europa, la relativización de las
cosas o la importancia de la fortuna, de una manera que resulte amable y seductora.
– En cualquier caso, el estilo, tanto en los artículos como en los ensayos mayores, es muy
diáfano, clarificador.
– Creo que la filosofía, si realmente lo es, debe apartarse del lenguaje críptico, hermético,
cabalístico. Esa es la auténtica filosofía, la que ha llegado hasta nosotros desde Platón y
Sócrates. Sócrates era un señor que paseaba por las calles, hablaba con el esclavo de
Menón y éste le entendía perfectamente. ¿En qué momento la filosofía se convirtió en una
disciplina hermética? Casi seguro en el momento en el que la universidad se apropió de
ella.
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– Pues en un plano superficial, que casi llamaríamos periodístico, mucha gente sigue
impresionada y todavía parece tener expectativas sobre las consecuencias filosóficas de
algunos avances científicos. Hoy está de moda todo lo que lleva el prefijo “neuro”: la
neurociencia, el neuromarketing, la neuropsicología, la neuroética… Es como si de la
investigación científica del cerebro pudiéramos extraer consecuencias para la ética, para
la libertad, incluso para la estética o para la política. Es evidente que la inmensa mayoría
de los avances que se están haciendo y que tienen que ver con el cerebro, son
interesantes y muy clarificadores. Es evidente que a veces pueden tener consecuencias -
ojalá cada vez más- desde el punto de vista médico y terapéutico, pero, en lo que
respecta a la filosofía, las conclusiones son perogrulladas. Nos pueden demostrar, a
través de enormes experimentos en las instituciones más prestigiosas, que el hombre está
condicionado por el cerebro, por la formación química del cerebro, y, efectivamente, así
es. Ya sabíamos que toda manifestación humana tiene un condicionamiento somático, y
por tanto genético, pero también entran en juego las circunstancias ambientales, sociales,
familiares. ¿Nos pueden decir que todo está determinado por la formación química? ¿Si 119
hubiéramos tenido los instrumentos científicos necesarios hubiéramos podido predecir,
antes de que naciera, todas las óperas de Mozart, por ejemplo, o hay un elemento
imprevisible, misterioso, que tiene que ver con los fondos de la naturaleza humana, con su
creatividad, que convierten en algo imprevisible el curso de la Historia, el curso de las
vidas de los individuos y que por consiguiente nunca va a explicar la investigación
científica del cerebro? Vamos a tener que admitir que, por mucha investigación que
hagamos del cerebro, el futuro no está escrito y, sobre todo, en el ámbito artístico,
literario.
– Por supuesto. La ciencia no puede entrar en terrenos que no son suyos. A mí alguien
llegó a decirme, por ejemplo, que en Harvard habían demostrado que no existe el alma.
Pero, ¿cómo en Harvard van a demostrar científicamente algo que por su propia
naturaleza no es susceptible de verificación? El filósofo debe estar informado de los
avances de la ciencia, pero no esperando el último artículo del Harvard review, como si de
ese artículo fuera a depender nuestra teoría del hombre, de la belleza, del arte, de la
libertad o de la poesía, porque son ámbitos distintos. Pero, ya lejos de la expectación
social, de la divulgación de la ciencia, dejando de lado esos títulos a veces espectaculares
que se ponen a libros en los que parece que nos van a decir el último hito sobre la
naturaleza humana; en ese ámbito subterráneo y profundo de la historia de las ideas, el
positivismo está absolutamente superado. De hecho, el siglo positivista por antonomasia
fue el siglo XIX, mientras que todas las corrientes de la filosofía influyentes en el siglo XX
han partido del presupuesto del antipositivismo. Ahí está la hermenéutica y la
deconstrucción, por ejemplo, para demostrarnos que lo que puede percibirse, no es
neutro, sino que depende de la cultura, de la ideología, de la posición social, del
lenguaje…
– ¿Por qué da la impresión de que la filosofía no se renueva, de que sigue dando vueltas
a las mismas ideas una y otra vez y sigue preguntándose por lo que ya se preguntaron los
filósofos clásicos? Hay un momento en Razón: portería en el que se dice que la filosofía
no avanza, no ofrece nada novedoso, simplemente se dedica a reinterpretar.
– Sí. Esta cita está incluida en el ensayo titulado La deserción del ideal. ¿Dónde está hoy
la Gran Filosofía? Ahí llamo la atención sobre el hecho de que en los últimos 30 o 40
años en Occidente no se ha producido gran filosofía. Ahí planteo que para mí la filosofía
es la propuesta de un ideal, es decir, una visión omnicomprensiva de un deber ser, de lo
que tiene que ser el hombre y la sociedad, y sostengo que, en ausencia de ese ideal, por
razones que explico, vivimos una cierta época del cinismo, del descreimiento, del post
ideal o post utopía. Hay una sospecha respecto a todo ese tipo de planteamientos y la
120
filosofía, huérfana del ideal, se ha aplicado a otros menesteres: filosofía como mera
detección de tendencias; filosofía de ética aplicada a la empresa; filosofía simplemente
profesoral; filosofía de la divulgación, en las lindes de la autoayuda; filosofía que insiste en
la crítica de la modernidad una y otra vez, etcétera.
– Sí. Pero eso no quiere decir que yo considere a mi trabajo gran filosofía. Para nada
pretendo inscribirme en esa categoría, pero sí admito que, de algún modo, necesitaba
explicarme qué encaje tenía una filosofía como la mía en un contexto en el que parecía
que se había renunciado a un ideal omnicomprensivo. Y luego, insisto, está el hecho de
que la filosofía durante los tres últimos siglos ha tenido algo de filosofía de la sospecha. Si
lo tuviera que resumir brevemente lo diría más o menos así: durante siglos, incluso
milenios, la cultura era algo que nos dignificaba, pero, de pronto, determinados
pensadores nos convencieron de que, lejos de eso, era la trampa de determinadas
ideologías. Marx nos llevó a pensar que la cultura en la que creíamos vivir cómodamente y
que nos convertía en seres civilizados, en realidad escondía los intereses ocultos de una
clase dominante sobre una clase explotada. Nietzsche sostuvo que en realidad esa cultura
era el subterfugio utilizado por los vitalmente débiles para encadenar a los vitalmente
fuertes y Freud que la cultura estaba hecha para reprimir nuestros deseos primarios.
Durante un periodo de tiempo, que abarcó los siglos XVIII, XIX y XX, la cultura, y dentro
de la cultura, la filosofía, fue muy valiosa como un instrumento eficaz en la lucha de la
liberación del individuo frente a determinados opresores tradicionales, como instrumento
de lucidez para detectar los distintos modos de dominación. A mi juicio esa lucha de la
filosofía es una lucha que ya ha dado todos sus resultados; tal es así que a veces ya se
ha convertido en excesiva. Nos hacen tan lúcidos que ya prácticamente hemos perdido la
ingenuidad sobre que la cultura también puede tener un elemento civilizador, dignificador,
por mucho que sea un producto social, por mucho que esté mezclada con intereses de
dominio. Creo que ya toca que valoremos el elemento elevador, creador, de la cultura.
– Bueno, sí, pero si partimos del hecho de que cada filósofo es dueño de su lenguaje y
cada uno elige sus palabras, yo en vez de utilizar el término utopía prefiero el de ideal. La
palabra utopía tiene algo de despersonalización. Al remitirnos a ella parece que estamos
hablando siempre de una especie de república perfecta y, por otro lado, la utopía ha
tenido un uso que ha fomentado los totalitarismos. Por todo ello es un concepto que dejo
en penumbra, sin criticarlo, mientras me decanto por el de ideal, que encaja más con la
dirección del trayecto que debe seguir el hombre o la mujer.
– Entonces, ¿en qué momento está ahora la filosofía, en un momento en el que debe
empezar a generar nuevos asuntos de discusión?
– Los filósofos modernos vuelven a los clásicos, pero muchas veces con efecto
deconstructivo, para demostrar que Platón, Aristóteles o Kant, escondían en realidad un
afán de dominio. Pero lo que hay que hacer es deconstruirlos para hacerlos más libres y
para hallar el propio camino. No estoy de acuerdo con eso, que se dice tantas veces, de
que la filosofía no es la disciplina de las respuestas sino la disciplina de las preguntas.
Para nada. Tiene que haber respuestas. Otra cosa es que, a lo mejor, esas respuestas no
son unas respuestas eternas, para siempre, que valgan para todos los hombres y para
todas las épocas. ¿Qué opina usted del sentido de la vida? ¿Qué opina usted del amor?
¿Qué opina de la muerte, de la felicidad, de la suerte, del Estado, de Europa, de la
melancolía..? Usted, filósofo, me tiene que decir qué opina. No me cuente que se trata
sólo de plantear las eternas preguntas sobre la vida. No me indique el camino de Platón
nuevamente. De ese modo estamos convirtiendo la filosofía en historia de la filosofía. Yo
creo que un filósofo tiene que ser absolutamente descarado y tiene que tener una
desenvoltura y un desenfado casi impertinentes.
– ¿Puedes desarrollar esta idea un poco más?
– Con esto quiero decir que a mí, en el fondo, me importa un bledo lo que digan Platón y
Aristóteles, Kant o Nietzsche. Toda la historia de la filosofía, y en realidad toda la historia
de la cultura, me sirven en la medida, y sólo en la medida, en que me permitan ver mejor
mi vida y mi mundo, y si no me sirven los mando a todos al trastero, porque la historia del
pensamiento no me interesa, o mejor dicho, me interesa en la medida en que me ayuda a 122
tener una conciencia histórica, a conocer y aprovechar lo que otros han dicho, esas ideas
sobre las que hay un consenso de muchos siglos. No podemos rechazar todos esos
pensamientos fecundos, interesantes, iluminadores, pero a partir de ahí yo quiero saber
hoy qué es el amor, qué es la amistad, qué es el sentido de la vida, qué es la felicidad o
qué es la muerte. Quiero saberlo, sentirlo y definirlo ahora y sólo para eso me vuelvo a la
historia de la filosofía. Voy ahí como quien se va a una caja de herramientas a escoger
cuál es la herramienta que más le conviene, si es que le conviene alguna, como quien
tiene que preparar una cena para los amigos y se va al supermercado y escoge los
ingredientes adecuados de cada una de las secciones para hacer una comida exquisita.
Pero lo importante es la comida, el arreglo. Ese es el desenfado al que me refiero. Lo
verdaderamente importante son las respuestas que hoy soy capaz de dar a una serie de
problemas que la vida me plantea.
– Creo que una de las cosas que está pendiente es proponer a esta sociedad en la que
vivimos, a esta etapa democrática de la historia de la cultura, que tiene unos tintes tan
característicos, un nuevo ideal, un ideal que sea acorde y contemporáneo a su devenir.
No se trata de ir hacia un ideal medieval ni arqueológico, sino precisamente de ofrecer
uno que posea una de las características fundamentales del ideal: tener la capacidad de
suscitar entusiasmo. Todas las épocas de la cultura han propuesto un ideal a su sociedad,
que ha sido capaz de entusiasmar a sus gentes y que tiene dos grandes consecuencias:
por un lado, promover el progreso moral de esa sociedad en la dirección de ese ideal,
ideal que nunca se cumple exactamente, pero que es como una especie de señuelo que
seduce y que moviliza las fuerzas en una dirección, y en segundo lugar, ofrecer la
perspectiva del ideal, porque sólo desde ahí, a través de la comparación, midiendo la
distancia con lo que queremos alcanzar, podemos criticar el presente. Uno de los
problemas que nosotros tenemos en nuestra época es que damos a entender que el
precio por ser libres y por ser inteligentes en una sociedad democrática es la renuncia al
ideal o dicho de otra manera: solamente se puede ser democrático si eres al mismo
tiempo una persona resignada. Por tanto, el entusiasmo es imposible, el progreso es
imposible y la crítica fundada al presente es imposible. Esto no lo van a hacer las ciencias,
no lo va a hacer la política, el periodismo o las empresas. Es una labor de los que se
dedican a pensar y son responsables a la hora de proponer un ideal que sea
verdaderamente contemporáneo y capaz de señalar una dirección y de movilizar las
fuerzas del entusiasmo presentes. Por ahí es por donde debe ir la filosofía, pero lo cierto
es que a veces encuentro más contemporaneidad en una función de danza, en una
película, en una obra de teatro, que en la filosofía contemporánea, que, a mi juicio, en
gran parte, está todavía anclada en unos paradigmas ya superados y que aún no tiene
nada importante que decir a nuestra época.
– Hay un momento en Razón: Portería en el que dices que hoy viajamos a lugares
remotos del planeta, pero que el viaje que ahora tenemos que realizar, el viaje
verdaderamente importante, es el viaje interior, el viaje hacia las profundidades de la
propia intimidad. ¿Dónde compramos los billetes para emprender ese viaje?
– Me viene bien la manera en que has formulado la pregunta, porque quizás lo que
tenemos que hacer es dejar de comprar mercancías. Yo soy un escritor, un filósofo, un
ensayista, anti puritano. Muchas veces se nota que me hacen preguntas buscando mi
complicidad para criticar a los políticos o a los empresarios, por ejemplo. Pero a mí que la
política sea política no me impresiona y que el capitalismo sea capitalista tampoco. Que
en la política se pretenda acceder al poder por todos los medios lícitos me parece que es
la ley de la política y que el capitalismo pretenda convertirlo todo en mercancía me parece
que es la ley del capitalismo. Lo que sucede es que ni yo quiero convertirme en súbdito de
los políticos ni en consumidor del capitalista. Consumo, pero no soy consumidor; respeto
las leyes, pero eso no me convierte en súbdito. Lo que sucede es que esta sociedad
tiende a convertirnos en súbditos o en consumidores de mercancías, incluso, si es posible,
en mercancías de nosotros mismos y tiende a ponernos precio. Pero tenemos una
dignidad que no tiene precio.
– Puede que no, pero es importantísimo. Siempre recomiendo a los jóvenes que en
ocasiones se acercan a preguntarme por el futuro, por el mundo laboral, que ingresen en
el mercado lo más tarde que puedan. ¿Por qué van a tener que empezar a trabajar desde
los 21 años, desde el mismo momento en que terminan la carrera, si la esperanza de vida
tiende a crecer y las pensiones, aunque sea por un mero problema económico, van a
retrasarse? Lo que les digo es que intenten hacer ese viaje interior, ese gran tour todo el
tiempo que puedan. Es esencial hacer cosas que no sirvan para nada, que tienen que ver
con la propia dignidad, no con el precio. Se trata de practicar ese ocio creativo antes del
negocio, al que ya tendrán tiempo de dedicarse muchísimos años.
– Ya. Pero nos estamos moviendo todo el tiempo en lo que se supone que debería ser,
cuando la realidad ahora mismo está cambiando todos los parámetros. El problema es
que estamos tan preocupados por la supervivencia diaria, que el viaje interior se queda
aparcado. Hasta los jóvenes tienen miedo al futuro, dudan de la posibilidad de encontrar
trabajo en aquello que les gusta. Ya no hay seguridad ni siquiera en los derechos
adquiridos.
– Bueno, con independencia de la crisis, España tiene unas peculiaridades propias, que
es su manera de vivir la modernidad, la posmodernidad y la época democrática. Este país
entró en la modernidad democrática muy tarde y muy rápidamente, arrastrando el
problema histórico de no haber tenido burguesía. Sánchez Albornoz decía que España era
un país sin feudalismo en la Edad Media y sin burguesía, sin clase media, en la edad
moderna. Y la modernidad entera es el triunfo de la clase media, que es la que marca la
moderación entre los dos extremos. Aquí hubo fundamentalmente Iglesia y aristocracia,
por un lado, y campesinos y obreros por el otro. Ese fue el origen de las dos Españasque
terminó en un gran conflicto de odio fratricida. Esa especie de gran deuda que teníamos
con nosotros mismos se ha pagado hace poco, prácticamente en la Transición, mientras
que Estados Unidos ya lo había hecho en el siglo XVIII e Inglaterra en el XVII, con la
revolución gloriosa. Todo eso hay que tenerlo en cuenta a la hora de hacer un análisis y,
finalmente, están las circunstancias de la crisis, que ha producido y está
produciendo desesperación, angustia, sensación de marginalidad, de absurdo y de
sinsentido de la vida en muchísima gente. En el microensayo Somos los mejores trato de
demostrar, y es algo que he defendido en muchísimos sitios y que nadie ha sido capaz de
refutarme, que vivimos en el mejor momento de la historia universal, y, sin embargo,
siendo un hecho que como fenómeno colectivo la democracia contemporánea es el éxito
más grande de la historia universal, también lo es que los miembros de ese proyecto
colectivo sufren angustia y sufren desesperación. Es una paradoja.
SIEMPRE RECOMIENDO A LOS JÓVENES QUE EN OCASIONES SE ACERCAN A
PREGUNTARME POR EL FUTURO, POR EL MUNDO LABORAL, QUE INGRESEN EN
EL MERCADO LO MÁS TARDE QUE PUEDAN. ¿POR QUÉ VAN A TENER QUE
EMPEZAR A TRABAJAR DESDE LOS 21 AÑOS, DESDE EL MISMO MOMENTO EN
QUE TERMINAN LA CARRERA, SI LA ESPERANZA DE VIDA TIENDE A CRECER Y
LAS PENSIONES, AUNQUE SEA POR UN MERO PROBLEMA ECONÓMICO, VAN A
RETRASARSE? LO QUE LES DIGO ES QUE INTENTEN HACER ESE VIAJE INTERIOR,
ESE GRAN TOUR TODO EL TIEMPO QUE PUEDAN.
– Sí. Yo creo, y soy consciente de que lo que digo no es nada popular, que no vivimos en
una época, ni siquiera en los últimos cinco o diez años, peor que la anterior. Al contrario.
Creo que en estos momentos la ciudadanía ha alcanzado una gran altura moral. Me
atrevo a decir que había la misma corrupción, incluso más, en los años 70 y 80, pero
ahora somos más intolerantes frente a ella. Vemos lo que pasa y no miramos hacia otro
lado. Y en cuanto a lo que dices del consumo, estoy de acuerdo. En determinados
aspectos, ya hemos empezado a andar hacia una cultura más post material. En España,
cuando finalmente hemos sido democráticos y relativamente ricos, ha habido una
ebriedad de los bienes materiales, pero todo eso se va a ir equilibrando. El mercado va a
seguir funcionando, pero tendrá que regularse y adaptarse a las nuevas circunstancias,
porque ya no vamos a consumir de la misma manera. Da la impresión de que estamos
entrando en una una etapa en la que vuelven a adquirir sentido, cualquiera que sea la
confesión, cosas que podríamos llamar espirituales o inmateriales.
– Bueno, es que digamos que la sociedad, los ciudadanos, han despertado de su sueño
complaciente hace poco y de pronto miran a las instituciones y les parecen intolerables,
pero son las mismas que en los años 80 y 70 funcionaban igual o peor. Ahora se está
produciendo un desajuste provisional, que a lo mejor nunca se resuelve, en el que de
pronto la ciudadanía quiere más: más rectitud, más honestidad, más ejemplaridad. Quiere
mejores instituciones, mayor calidad democrática, y todo eso ha pillado a los políticos con
el paso cambiado, porque además, entre otras cosas, primero había que evitar que el país
se fuera por el sumidero de la economía. Es verdad que el dolor que produce la crisis nos
ha hecho más exigentes y que los políticos no han sido capaces de atender la mayoría de
las demandas, pero lo que está claro es que los partidos que concurran a las próximas
elecciones, no podrán ir con el mismo discurso complaciente que en las anteriores.
Tendrán que abrirse a otras propuestas de carácter regenerador y no, seguramente,
porque ellos se las crean sino porque será el único modo de ganar la confianza de los
ciudadanos. Tardarán en adaptarse, porque hay que tener en cuenta esa torpeza con que
normalmente la maquinaria partidista asume los mensajes sociales, pero acabarán
haciéndolo y en ese proceso, que ya hemos empezado a percibir, irán desapareciendo
muchos nombres y rostros y surgiendo otros nuevos. Ellos saben que serán menos
convincentes si no cambian a sus representantes.
– Está claro que las nuevas propuestas y plataformas ciudadanas han provocado una
agitación y un movimiento que irremediablemente obligarán a ir en otra dirección…
– Es decir, es la ciudadanía la que tiene que hacer el gran trabajo de llevar a cabo el
cambio.
127
– Por supuesto. Tendrá que ser así en lo que se refiere a la regeneración más inmediata y
luego tendrá que haber una regeneración, a medio o largo plazo, que es la filosófica. Al
final acabarán surgiendo propuestas que tengan que ver con el todo, que sean capaces
de entusiasmar, que no solamente se limiten a criticar el funcionamiento del poder judicial.
Mientras estamos manteniendo esta conversación, tú y yo utilizamos un lenguaje que no
hemos creado ninguno de los dos. Recurrimos a palabras como dignidad, libertad, futuro,
palabras con unas connotaciones que han llenado de contenido creadores del siglo XVI,
del siglo XVIII, del siglo XX y del XXI. Nosotros estamos utilizando unas palabras
prestadas para comunicarnos y cuando pensamos a solas volvemos a esas palabras
porque llevamos a la sociedad dentro de nuestras conciencias. Entonces, ¿no es
importante también cuidar esas palabras que las generaciones futuras tomarán en
préstamo, con las que se van a comunicar y se van a comprender? Esa es la labor de la
filosofía; también de la poesía o de la novela, pero tratar de dar definiciones exactas que
sirvan para comprender las cosas es una actividad propiamente filosófica. Resumiendo:
Además de un proyecto que podríamos llamar de trinchera, que es importantísimo, y que
culminará con la reforma de las instituciones aquí y ahora, a corto plazo, está esa otra
labor, que podríamos llamar de creación de lenguaje. Una labor mucho más lenta, que
puede llevar 25, 50, incluso 100 años, pero que acabará teniendo una enorme importancia
porque dará lugar al vocabulario que tomarán en préstamo las generaciones futuras.
– Hoy estamos reclamando más ejemplaridad, necesitamos poner otra vez en circulación
palabras como honestidad o dignidad, pero, por otro lado, y hablas de ello en otro de tus
ensayos, se percibe una tendencia en la sociedad a rodearse de personas no virtuosas,
de personas vulgares. Lo vemos cada día y solemos preguntarnos por qué determinados
tertulianos o personajes mediáticos tienen tanto éxito, por qué los programas basura
funcionan tan bien y por qué cuando surge una figura distinta, que condensa valores
positivos, hay una tendencia a criticarla, a buscarle los defectos. ¿Eso es algo propio de la
naturaleza humana? ¿Es algo muy español? Siempre se ha dicho que la envidia es muy
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propia de este país.
– En la política tenemos que tener en cuenta las reglas que rigen la lucha política. La
política es la ley del amigo y del enemigo. Su esencia es la ocupación del poder y el
mantenimiento del mismo el máximo tiempo posible. Son amigos los que ayudan a
conseguir ese propósito y es una práctica habitual que cuando llegan nuevos grupos
políticos, los que ya están instalados intenten destruirlos, por todos los medios lícitos,
desprestigiarlos, excluirlos, marginarlos. Esa es la ley de la política, siempre ha sido así.
– Sí, pero fíjate como le fue a Platón cuando se fue a hacer la utopía en Siracusa. Le fue
fatal. Dicho esto, claro que se puede dignificar la política y hay gente que lo hace. Pese a
todo, hay una cierta aspiración a la virtud, y sobre todo, hay muchas restricciones al mal
uso del poder: de los ciudadanos, de la prensa… Pero, igual que no podemos pedir a una
empresa que no aspire a obtener el mayor beneficio, colocando el máximo número de
129
mercancías en el mercado, tampoco podemos pedir al político que no aspire a la
ocupación del poder, espero que por todos los medios lícitos a su alcance. Una vez
ocupado el poder, ya no se trata solamente de disfrutarlo. A lo mejor hay algunos que
hacen cosas y transforman la sociedad, pero lo que es más importante es que, de la
misma manera que la política, el Estado, debe poner condiciones a la economía y obligar
a las empresas a redistribuir una parte de los beneficios, los ciudadanos deben
condicionar a los políticos. En democracia las ocupaciones son temporales y vemos como
unos poderes van limitando a otros y evitan que lleguen a convertirse en poderes
absolutos. Es así como tiene que ocurrir.
– Hablamos de valores, de ideales. Pero en las sociedades actuales uno de los principales
problemas es que estamos faltos de figuras ejemplares. Hubo una época en la que los
poetas y los filósofos lo fueron. El cetro pasó, hace unas décadas, a empresarios y
políticos, hoy tan denostados. Luego fueron los deportistas. Pero los ciclistas se han
venido abajo con los escándalos de dopaje y ya se están cuestionando las primas
exageradamente altas de los futbolistas.
– Lo que sucede es que todo tiende a ser desacralizado. Nosotros ahora vemos con
enorme admiración a Pericles, por ejemplo, al que se suele citar como ejemplo de político
y orador virtuoso, pero Pericles era un hombre extremadamente corrupto, que usó el
dinero de otras polis en beneficio de Atenas. Sentimos gran admiración por Lincoln, pero
en una película reciente sobre él se demuestra que llegó a comprar votos, un
comportamiento que hoy consideramos absolutamente denigrante. Lo que sucede es que,
independientemente de ese hecho, ese señor hizo cosas significativas, admirables. En el
otro lado, están los que piensan que la virtud tiene que ser algo tan elevado, tan elevado,
que como no exista hay que cortar cabezas. Eso fue lo que hizo Cromwell y
también Robespierre. Tenían un concepto tan puritano de cómo debía ser la política que
como nadie alcanzaba esos extremos de virtud había que llevar al cadalso a la ciudad
entera. Tanto uno como otro se volvieron locos con las ejecuciones, con la guillotina. Ante
esto, tenemos que aceptar que la realidad no es ideal. Yo, que soy un defensor extremo
del ideal, siempre pienso que solamente podemos proponer un ideal si comprendemos
que la realidad ni es ideal, ni lo va a ser nunca, ni debe serlo. El ideal es una propuesta de
perfección y la realidad, en esencia, es imperfecta. Cuando hemos tratado de llevar la
perfección del ideal a la realidad esto nos ha conducido al fracaso o al terrorismo, desde
Platón hasta la utopía marxista. Ser un filósofo del ideal no me convierte en un crítico
amargo de la realidad al comprobar que nadie encarna ese ideal. El ideal no se encarna.
Debemos tender a él, pero sabiendo que es como ese horizonte que se aleja a medida
que avanzamos en el camino. Y ojalá se aleje, porque el día que se realice mal
asunto. ¿Llegará un día en que tengamos una realidad tan ideal que ya no haya que
reformarla, que ya no haya que criticarla, que ya no haya que mejorarla? ¿Podemos
pensar que algún día la sociedad va a tener un comportamiento absolutamente rectilíneo?
No. Todo lo que hagamos siempre serán grandes rodeos y siempre el ideal se irá alejando
a medida que avanzamos. Teniendo esto muy claro, soy un defensor vehemente de la
necesidad de tener siempre ese ideal por delante y, justamente, denuncio su falta hoy en
día.
– Sí. Avanzar sin tener deudas con la vida es muy importante para mí. Nosotros hemos
creado unos conceptos en la tradición filosófica que fueron producidos en una época que
ya no es la nuestra, y uno de esos conceptos es el de la felicidad. La palabra felicidad
evoca una cierta perfección individual. Esa perfección podía ser posible en la época
premoderna, donde todos creían que se vivía en un cosmos perfecto, y donde el individuo
adquiría su sentido siempre y cuando se situara en la posición que el cosmos le asignara:
hombre, mujer, campesino, obispo, científico o lo que fuera. Pero desde que apareció la
subjetividad, el yo moderno, ese cosmos perfecto dejó de convencernos y toda la filosofía
que se creó alrededor de ahí, se ha quedado caduca. La felicidad sugiere una perfección
que para nosotros, que tenemos una dignidad infinita, pero que estamos destinados a algo
indigno, como es la muerte, ya no nos sirve. Por eso digo insistentemente que
determinados conceptos de la tradición tenemos que someterlos a una cierta dieta de
adelgazamiento y uno de ellos es la felicidad. Para mí la felicidad consiste en no tener
deudas con la vida, comprender que no hay una respuesta teórica al sentido de la
existencia, sino una respuesta práctica. Si en algo consiste la felicidad es en arrebatarle a
la vida el beneficio de esa hora buena de cada una de sus etapas y hacerlo en la medida
que podamos con placer, a fin de que si realmente somos niños en la niñez, maduros en
la madurez y viejos en la vejez, no acumulemos demasiadas deudas con la vida, no
arrastremos ese sentimiento de que la vida nos debe algo.
– Así es. Y esto sucede en nuestra época, pero no creo que sea así por mucho tiempo.
Antes hablábamos del paso hacia sociedades post materiales que, sin duda, acabarán
modificando muchos conceptos. Es cierto que aún estamos inmersos en una cultura un
poco pueril que transmite la impresión de que el momento culminante en la historia de una
persona es la juventud. La juventud tiene fuerza, energía, belleza, futuro, impertinencia,
rebeldía. Pero es algo que, por su propia naturaleza, dura poco y sucede en un estadio
inicial. Todo lo que viene después de la juventud más estricta, que pueden ser décadas,
décadas y décadas, se convierte en una época declinante, en una bajada constante o un
esfuerzo agónico por retener esas cualidades de la juventud. Eso lo que produce es un
cierto desajuste, un cierto desequilibrio y una sensación de mayor deuda. A falta de esa
juventud, que es la que proporciona la dicha, el ser humano se convierte en un miope para
la hora buena de las épocas posteriores. Se niega el placer de tener 40 años, 50, 60, 70,
que existe si la fortuna lo permite, porque estamos expuestos cualquier día a sus golpes
nefastos. Vivir es envejecer, y el único tratamiento “antiaging” eficaz es la muerte. Si no
queremos ese tratamiento tendremos que comprender que la única manera de seguir
viviendo es envejecer. Este es el argumento de mi ensayo, que se titula
precisamente Deudas con la vida.
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– ¿Se siente Javier Gomá satisfecho con las etapas vividas? ¿Cómo afronta el futuro?
– Alguna vez he dicho que la vida ha sido injusta conmigo… pero en sentido
positivo. Todo a mil contiene un microensayo programático, titulado Lo quiero todo, donde
me refiero a esto. En cierta manera, siento que, dentro de las limitaciones de este extraño
mundo que habitamos, nada esencial se me ha negado. Tengo casa y oficio a plena
satisfacción, y adicionalmente la vida ha permitido, por halago de la fortuna, que lleve a
cabo hasta completarlo un plan literario que en sus primeros esbozos se remonta a mi
adolescencia, un plan de 40 años. Miro adelante con confianza, con alegría y con
esperanza, con el sentimiento de haber agotado las etapas anteriores y haberles
arrebatado su “hora buena”. Todo esto no sin trabajo, dolor y ansiedad, mucha
ansiedad; con la pena de algunas vidas rotas o truncadas cerca de mí en estos años y
preparándome interiormente para todas esas negatividades que el destino fatalmente nos
reserva.
– ¿Cómo compaginas tu labor como filósofo con la dirección de la Fundación Juan March?
¿Qué te enseña un trabajo que tanto tiene que ver con la cultura, con la gestión de la
cultura en unos tiempos en los que parece no ser una prioridad?
– Hablábamos de esa posible etapa post material. ¿No te parece también que estamos en
un proceso de pasar del yo al nosotros? ¿Todos estos procesos colectivos que estamos
viviendo no nos llevan a darnos cuenta de que sólo podemos avanzar juntos, uniendo
fuerzas, de que en solitario no podemos hacer que cambien las circunstancias de nuestras
vidas y de las generaciones futuras? Tú hablas de la mayoría selecta.
– Todo eso es muy interesante y es indudable que está ahí. La denominación de mayoría
selecta es una idea fija de mis escritos. Uno de los latiguillos que repito muchas veces es
que ya lo importante no es ser libres sino ser libres juntos. Hablo de la mayoría selecta
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consciente de que la herencia orteguiana, su concepto de masa, es muy pesada. Una y
otra vez intento combatir en mis libros contra eso, pero hay mucha gente que sigue
llenándose la boca con ese concepto tan perverso, que sigue pensando y creyendo en la
división entre unas élites superferolíticas y exquisitas y una gran masa de gente que no
tiene más obligación que la docilidad. No dicen que los ciudadanos tengan que ser
ciudadanos sino masa y tratan a la ciudadanía de ese modo tan despectivo. Lo que yo
digo es: “Un momento. Esa llamada masa está constituida por millones de ciudadanos, y
cada uno de ellos es responsable, autónomo, crítico, cívico, virtuoso”. Por eso he
concebido la expresión de mayoría selecta, por eso hablo, en un momento dado, de la
amistad o del lenguaje como ejemplos de hasta qué punto limitarse es extenderse. Limitar
el propio yo no nos restringe, como pudiera parecer, sino que nos hace más ricos. Por
todo eso no puedo estar más de acuerdo con que vivimos en una época donde el nosotros
empieza a cobrar sentido, donde podemos ser libres juntos, sin renunciar a lo que ya
hemos conquistado.
– Te refieres a superar el egoísmo, ese exceso de individualidad que es una fase gineceo,
como expones en tu “Aquiles”, esa adolescencia perpetua…
– Sí, pero sin renunciar a ese espacio estético. Se trata de cómo educar esa libertad para
poder ser libres juntos y juntos poder hacer muchas cosas. Para mí eso es muy
esperanzador.
– Sí. Yo distingo entre la muerte y la mortalidad. Se trata de tener presente que somos
mortales, de adquirir esa conciencia. No sé si esa es una labor de los profesores, de los
colegios. Es un asunto que tiene que ver con lo que decía antes, con la filosofía. Hay que
ir creando ese lenguaje que la gente, las distintas generaciones, han de tomar prestado y
han de poner en circulación.
– Pero las humanidades, la filosofía, cada vez están más menguadas en los planes de
estudio.
– A veces siento una cierta resistencia a ese exceso de responsabilidad que la sociedad
carga sobre los planes educativos y administrativos. ¿Realmente es tan importante una
hora más de literatura? ¿De eso va a depender el futuro de las humanidades, de la
dignidad y de la ciudadanía? No sé si les estamos atribuyendo un exceso de
responsabilidad a los planes de estudio, que ojalá estén bien hechos, sean equilibrados y
respondan a la pluralidad de las disciplinas de nuestra época. Pero pensar que esas
directrices, aprobadas por la burocracia administrativa, van a ser la solución a todos
nuestros problemas me parece demasiado. No creo que un poeta nazca por las clases de
historia de la literatura, o un filósofo por las de historia de la filosofía. Yo no lo he vivido
así. Se trata de un amor, de una vocación, que acaba prendiendo en ti.
Entre los libros de Javier Gomá de los que se habla en la entrevista destacan su tetralogía
de la ejemplaridad, conformada por las obras: Imitación y experiencia, Aquiles en el
gineceo, Ejemplaridad pública y Necesario pero imposible, que acaban de ser publicadas
juntas por la editorial Taurus, y el conjunto de microensayos que componen Razón:
Portería (Galaxia Gutenberg).
ENTREVISTA
De joven quedó atrapado por los griegos. Tuvo una visión iluminadora que le ha llevado 30 años
plasmar en una celebrada tetralogía sobre la ejemplaridad pública. Un concepto que todo el mundo
adopta ahora –de reyes a líderes antisistema– sobre el que este autor escurre a conciencia el bulto y
se resiste, dice, “a dar certificados”. Javier Gomá practica una filosofía de la vida cotidiana con
preguntas que le revolotean sobre su cabeza de antiguo adonis rubio al frente de una fundación de
prestigio como la Juan March. Perspicaz y provocador, reivindica la vulgaridad, dándole la vuelta y
apuntando con ella como una lanza contra el elitismo. Este ensayista ya maduro y bien armado de
argumentos rezuma independencia de juicio, calidad y hondura de criterio junto al entusiasmo que
le llevó a completar en cuatro volúmenes –Imitación y experiencia, Aquiles en el
gineceo, Ejemplaridad pública y Necesario pero imposible, todos en Taurus– una especie de
epifanía adolescente a la que ha dedicado toda una vida.
¿Y entonces? Si lo reformulamos y nos preguntamos si existe o no el progreso, ahí diré que durante
un tiempo la historia miró al pasado. La idea de lo nuevo se veía como algo negativo, lo bueno 136
había ocurrido antes y lo que había que hacer era imitarlo, reiterarlo…
La rémora de los nostálgicos. La nostalgia de una edad de oro donde lo humano había sido
definido como algo completo, y lo nuevo, no anticipado, como desconocido, tenía que ser malo:
sospechoso, monstruoso. Ya en el Renacimiento y sobre todo en el siglo XVIII, lo nuevo representa
una superación de la beatería del pasado. Y una confianza en el propio tiempo que hace concebir a
pensadores de la época como Condorcet o Hegel la idea del progreso. Un movimiento necesario,
que obedece a una ley, a una dinámica que explica el curso de la historia y nos va a llevar a un ideal
en el futuro. Yo no me muevo ni en lo primero ni en lo segundo. Ni pretendo ser optimista, me
califico como un realista al echar la vista atrás y observar empíricamente qué ha ocurrido.
¿Qué nos ha pasado? Es incuestionable que nuestra época, no medida al corto plazo, es la mejor de
la historia universal. Tanto por progreso material, si nos fijamos en Occidente, como desde el punto
de vista moral. Si nos preguntamos honestamente en qué otra época nos hubiera gustado vivir si
fuéramos pobres, estuviéramos enfermos, sufriéramos un handicap, tanto nosotros como nuestros
hijos, si fuéramos mujeres, homosexuales, extranjeros, si nos encontráramos presos o nos
mostráramos disidentes, todas estas respuestas serían una: ahora, ahora y ahora. Esto quiere decir
que, no sin retrocesos, no sin rodeos, Occidente ha experimentado un progreso moral extraordinario.
Y cuanto más, por medio de la persuasión de la excelencia, muestra Occidente ese progreso, más lo
quieren incorporar en otras partes del mundo.
Con sus excepciones, o si no vaya usted a predicar eso a quienes reclutan fieles para el Estado
Islámico.El mundo islámico es hoy más occidental que hace siglos.
Con sus contradicciones llamativas como las que muestran los voluntarios al decir: “Voy a
luchar por Alá, pagan bien y nos dan ropa de marca”. Allí y aquí existen contradicciones.
¿Quiere decir esto que hemos logrado un progreso incuestionable? ¿Aseguramos así que el futuro
suponga una misma escala de avances en las siguientes décadas? No, si algo hemos aprendido es
que todo lo humano es precario, es reversible, puede desvanecerse.
¿Como bien nos enseña Stefan Zweig en sus memorias, El mundo de ayer, que todo se
diluye?Exactamente, que no podemos los ciudadanos pensar que, hagas lo que hagas, las
sociedades van a progresar, porque no. No hay conquista que no sea reversible. Si miramos al
pasado, hay razones para la confianza y cierta esperanza, pero no hay nada garantizado.
Usted se muestra muy seguro de que esas conquistas de la ciudadanía a lo largo de dos siglos,
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las conquistas del humanismo, puedan sostenerse con la misma fuerza de principios asentados
en la trascendencia o la fe. ¿No es precisamente al contrario? Los dos grandes descubrimientos
del hombre en términos morales dentro de nuestra época son la igualdad y la finitud. Por finitud
podemos entender la secularización de la sociedad, la desacralización. Es de los grandes progresos
de la humanidad en el siglo XX. El fundamento de la convivencia debe residir en acuerdos entre
iguales. Son verdades relativas, he defendido el relativismo como algo bello. Solamente si lo
consideramos así es susceptible de ser discutible por nosotros. Serían las verdades penúltimas, las
verdades últimas se asientan en el corazón, en la esfera íntima de cada ciudadano.
Hablemos de revelaciones, pues. Cuenta usted que una tarde, hace más o menos 30 años, tuvo
una especie de iluminación que le llevaría a escribir durante tres décadas su tetralogía de la
ejemplaridad. ¿Cómo fue? Digamos que la vida se nos presenta como un puzle de 50 piezas de las
cuales tú dispones de 10 y con el resto no sabes qué hacer, no entiendes nada. La filosofía, sostengo,
es una vocación literaria. Imagina que de pronto sabes cómo colocar esas 40 piezas descontroladas y
obtienes la visión de todo el cuadro. Lo ves: un retrato, un castillo, un río. Cuando tienes la visión,
viene la ansiedad. El miedo de que si no le das un soporte, esa visión se va a desvanecer, como todo
lo humano, en el río de la vida y no pasará de un flujo psicológico. Necesitas un soporte que le dé
orden. Si es un lienzo, eres un pintor; si es una partitura, músico. Si es un texto, eres escritor.
Cuando yo tuve esa visión quise reivindicarla dentro de la literatura porque creo que la filosofía es
literatura. Y que esas obras deben sobrevivir y hacerse válidas con sucesivos consensos de lectores.
¿Verificarse así? Son visiones del mundo, fecundas, iluminadoras, que te ayudan a vivir mejor. A
mí me ocurrió eso, pero no fue una tarde, lo he convertido en materia literaria. Fue un proceso.
ampliar fotoJavier Gomá, director de la Fundación Juan
March. SAMUEL SÁNCHEZ
Pero un proceso temprano. ¿Qué años tenía? Quince o 16 años. Me ocurrió cuando tuve una 138
fascinación sin límites por la Grecia arcaica. Mi vocación consistía en eso. Solo en eso y no sabes
muy bien por qué se activan tus facultades en una sola dirección. Objetivamente es un
empobrecimiento de la vida. La vida nos ofrece cien posibilidades y, de todas, yo elegí una. A
cambio experimenté una gran concentración de energías. Era una anomalía. A mí me ocurrió y lo vi
representado en la Grecia arcaica: un modelo de ejemplaridad, imitación, ideal, en la epopeya
homérica, en Heródoto, en las cerámicas, en las estatuas. Dentro del universo de aquella cultura
clásica latía una ejemplaridad: normativa, educativa, a través del mito, de la épica, de las
narraciones en las que proponían ejemplos que personificaban de lo bueno, lo útil, lo bello. Esa
intuición luego me di cuenta que trascendía ese periodo histórico.
Luego acabó como letrado del Estado. Una cosa es un proyecto basado en la vocación de un tipo
que andaba en el monte como vaca sin cencerro, o sea, yo, a, de pronto, en tres años, conseguir la
respetabilidad. Del tú qué estudias y llevarme 20 minutos la explicación ante una chica que me
respondía “a mí también me gustan los mitos”, a no tener que añadir nada si decías que estudiabas
Derecho en Icade y ya. Pero antes hice Filología Clásica, me pasé seis años de carrera con notas
mediocres y uno perdido, preso de una idea que no sabía cómo administrar tras haber
experimentado una vocación muy rara, temprana, violenta, rapiñadora que pude madurar
tardíamente después. Desde la revelación a esa maduración, la única palabra que encuentro para
definir mi vida es ansiedad. Ansiedad por la búsqueda del soporte, la forma que atravesaba todas las
disciplinas como un material indomable y que no sabía cómo abordar. Leía en todas las direcciones,
siempre he sido muy mal lector.
Lo dudo. Sí, he leído muchísimo, pero no por placer, que es la guía de cualquier buen lector.
O no, la sed de respuestas puede valer como motivación. Bueno, es lo que me decía mi padre:
“Tú eres muy mal lector”. Yo me sentía un tanto violador de libros. Cogía a un autor, lo exprimía
entero y me quedaba solo con lo que a mí me interesaba.
¿Y quién no? Para eso están. ¿Sí? Pero yo lo hacía de una manera muy descarada, desenvuelta. E
instrumentalizando la lectura para ponerla al servicio de mi propia visión.
Cualquier padre que vea a su hijo devorar páginas como lo hacía usted no creo que le tachara
de mal lector. Mi padre era notario, ahora jubilado, y su biblioteca ha sido mi maestra. ¿Sabes lo
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que es terminar un libro a las tres de la madrugada lleno de ansiedad, un libro que te ha abierto la
puerta hacia otros tres y encontrarlos también en la misma biblioteca? Eso es muy importante, esa
urgencia, ese apremio satisfecho en el momento es muy importante. Fue el vivero. La biblioteca
sigue ahí, bueno, sin algún libro que me he llevado. Yo estuve después de la carrera metido de lleno
en el estado estético, con un embarazo de 157 semanas que no sabía cómo romper, un estado
acentuado por una vocación literaria que es una anomalía adicional.
¿Una rareza andante? Lo compensaba con que siempre he sido una persona autoirónica, con
muchos amigos y hermanos muy irónicos también. Convivía entre una tendencia a la seriedad de lo
que tenía entre manos y una desacralización de mí mismo.
Eso es sanísimo. Por eso no ha acabado usted de los nervios. Exactamente, el sentido del humor
para mí ha sido terapéutico. Y el placer de ciertos caprichos terrenales.
¿De ahí su redefinición de conceptos como la vulgaridad, que usted reivindica? ¡Un respeto
para la vulgaridad! Hemos vivido a lo largo de la historia presos de una cultura jerárquica,
aristocrática y patriarcal hasta el siglo XX. La realización histórica de la igualdad está
desmantelando como un tsunami un tinglado que ha permanecido vigente desde que el hombre es
hombre. En nuestra época hemos fundado una civilización democrática a base de acuerdos
cambiantes y relativos que desmantela el elitismo aristocrático, una de cuyas expresiones se
encuentra en Ortega, que sostiene en La rebelión de las masas que lo único que espera de ellas es
docilidad. Obediencia, servidumbre. Él piensa que está proponiendo una idea nueva y no está más
que certificando el pasado, una estructura antigua. Sin la visión de que esa masa iba a convertirse en
ciudadanía. Cada uno de ellos lleva una célula de ejemplaridad en sí misma.
¿Una masa de individualidades, podríamos decir?No existen masas, existen muchos ciudadanos,
es distinto. ¿Qué pasa con la vulgaridad? Es la hija absolutamente innovadora de la libertad
individual y la igualdad. Cuando se juntan, su primera manifestación aún no refinada, ni sometida a
tratamiento, es la vulgaridad, pero en vez de despreciarla, hay que ver en ella una profunda verdad,
una profunda belleza, una justicia que no debemos hacer de menos, sino tratar como materia prima
para reformar en dirección hacia la ejemplaridad. Es el hijo feo de dos padres hermosos. Pero no
podemos impugnarla, sino reconducirla hacia un ideal.
Por un momento me parecía que estuviera hablando de “la casta”. Yo, ni casta, ni casto.
Ese discurso, ¿no se lo comprarían en Podemos ya?No creo que me compren el hecho de que
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sostenga que vivimos el mejor momento de la historia universal.
Pero sí que exista un caldo de cultivo mediante el cual pudiéramos llegar a ello.
Pues bienvenidas sean las coincidencias.
MIGUEL GENER
Bilbao, 1965. Gomá es filósofo, ensayista y desde 2003 dirige la Fundación Juan March. Ganador
del Premio Nacional de Ensayo por Imitación y experiencia, su primera obra y el comienzo de su
tetralogía sobre ejemplaridad pública publicada por Taurus. Estudió Filología Clásica, se doctoró en
Filosofía y cursó Derecho. Sacó plaza a letrado del Cuerpo General del Estado con el número uno.
Ha sido elegido porForeign Policy como uno de los 50 personajes más influyentes en el mundo
iberoamericano. Contribuye a la divulgación filosófica a través de diversos medios de comunicación
y ha publicado artículos y conferencias en volúmenes como Razón portería o Todo a mil (Galaxia
Gutenberg).
¿Y está contento con el hecho de que en los discursos del anterior rey se utilizara su teoría de
la ejemplaridad? Lo vivo con atención. El rey Juan Carlos utilizó eso para establecer distancias
con su yerno. Unos meses después mata un elefante en una cacería. El concepto de ejemplaridad se
vuelve contra él como un bumerán en su propio cogote. ¿Qué nos muestra aquello? No había
cometido ninguna ilegalidad y correspondía a su esfera privada; sin embargo, la ciudadanía se
levanta con una opinión uniforme en contra de esa actitud de una manera tan fuerte que acaba
pidiendo disculpas. ¿Por qué? Porque existía una demanda tan fuerte que le recordaba que su
comportamiento afectaba a la sociedad ya que la monarquía es fuente de moralización colectiva. No
admite su vida esa división en esfera pública y privada. Existen cosas que se sienten como
verdaderas sin que se puedan codificar: lo recto, lo justo, lo decente, aunque no sepamos definirlo
en una ley, sí sabemos reconocerlo perfectamente cuando se da ante nuestros ojos. 141
¿No le extraña un poco que a figuras con tan poca vocación para la ejemplaridad se les llene la
boca con ella? Su libro provocó una especie de epidemia que afectaba desde a Rajoy,
previamente al caso Bárcenas, hasta a los sindicatos. Tiene su peligro. Me he tirado tres décadas
tratando de plasmar aquella visión. No he tenido más fidelidad que esa, ni he pertenecido a grupo
político alguno, ni social, aunque he tenido permanentes ofertas. Defiendo mi derecho a escurrir el
bulto permanentemente sin otra fidelidad que la de mi vocación literaria, que también es cívica.
Saco el comodín y lo esgrimo, salvo en los libros, donde está todo, sin acudir a la actualidad.
Establezco principios generales, quien los quiera aplicar a la actualidad, que no a la realidad, que lo
haga.
¿Qué diferencia hay? La actualidad se rige por la ley del amigo-enemigo. Esta se explica por una
fidelidad al grupo, a los partidarios, sus clanes, y odio al resto. Yo rehúyo eso porque normalmente
no me piden mi opinión, sino mi posición y militancia en según qué barricada. He pretendido
escribir cuatro libros transversales que trasciendan eso. No aspiro a ocupar ningún poder ni que mis
ideas se instrumentalicen para ello. Ojalá mis planteamientos duren años y lleguen a la posteridad.
Por otra parte, me satisface ver que todo el mundo utiliza el concepto de ejemplaridad: los sistema,
los antisistema, nacionalistas, centralistas, la Casa Real, los sindicatos… He colaborado a eso,
precisamente escurriendo el bulto.
En las figuras de Aquiles o el galileo usted no escurre el bulto. Pero en el caso del segundo,
Jesús de Nazaret, el superejemplo como dice usted, ¿podemos fiarnos plenamente de que sus
acciones milagrosas no sean más que mera ficción literaria? Todo lo que queda como dogma
de fe, dice el cardenal Newman, a quien usted cita en Necesario pero imposible, pertenece al
secreto. ¿Será una treta para enmascarar la ficción? Antes del romanticismo, la literatura tenía
su propia verdad. En las epopeyas de Homero encontramos una ética, una estética, una política.
La Ilíada puede servir como una Biblia laica para cualquiera de nosotros. Eso es. A través de
ejemplos. Un cosmos con narraciones ejemplares que existieron, que tuvieron base real. Los
Evangelios tienen una base legendaria, obvio. Lo que no me interesa es cómo las instituciones lo
instrumentalizan.
142
¿Para preservar su poder? Eso ya es sociología de la religión, que no me interesa; efectivamente
existe una manera de dominación a través de ello. Es un temazo, pero no el mío. Mi óptica es
existencial. El patriotismo y la religión ya no funcionan en las sociedades secularizadas. Me
preocupa que nos armemos de costumbres democráticas efectivas. No podemos utilizar como
elemento unificador solo la ley y una adhesión tácita al sistema. No hemos sido capaces aún de
armar esas costumbres democráticas. Elegir lo bueno y lo cívico sin que sea necesario que la ley
castigue. Por estilo, por decencia, por respeto.
¿Y la rabia? ¿No sería también un motor para demandar esa ejemplaridad pública? ¿Está
ocurriendo eso? También. Lo que sucede es que somos un pueblo que ha accedido a la modernidad
muy tarde. La Guerra Civil ocurre, entre otras cosas, por no existir una clase media. Dice Locke:
“Primero propiedad y después libertad”. Tuvimos un seiscientosy después llegó la transición
política.
Le oí decir a José Guirao que pasamos directamente a la posmodernidad sin haber transitado
por la modernidad. ¿Lo corrobora? Algo así nos ha pasado. La Transición nos constituye por
primera vez en un Estado contemporáneo. La dictadura era un sistema de corrupción
institucionalizada y estructural, absolutamente elitista, oligárquica. En el tiempo presente ocurre
algo muy importante: la demanda de transparencia, vivimos en una sociedad mucho más abierta,
más madura. Eso unido a la esencia igualitaria y a la libertad, combinadas las tres cosas,
encontramos explicación a una demanda hegemónica de la sociedad española. Una demanda de
ejemplaridad: quien no lo vea así, tiene un problema. Y gordo.
¿Por qué una demanda tan natural genera tantas resistencias en quienes tienen por ahora el
poder?Esta sociedad es mucho más abierta. Ya no se puede implantar ninguna acción con el
paternalismo de antaño. Eso es un signo más de progreso moral, aunque rechine todo el maderamen
del barco. Es salud democrática, calidad democrática. El principio de autoridad además ha sido
sustituido por el de aceptación y consenso, vales lo que generan tus ideas, no lo que simbólicamente
te atribuyes por tu posición de representante de una institución
143
Foto: Shannon Fagan / Getty Images Los griegos denominaron acmé a la edad madura en la que,
habiendo acumulado experiencia, se encuentran en la plenitud de sus capacidades.
CUANDO ALGUIEN te dice: “Voy a contarte un chiste buenísimo”, lo más normal es que, aunque sea
gracioso, nunca te lo parezca tanto como te lo habían hecho creer con ese preámbulo. Peor es quien te pide
lo que él califica de un “pequeño” favor cuando luego a ti no te parece tan pequeño pero temes quedar de
mezquino si no le complaces. Parejamente, la “felicidad” es una de esas palabras fulleras cuya sola mención
levanta expectativas excesivas que no pueden sino frustrarse toda vez que, al patentizar la diferencia que
separa las resonancias grandiosas que evoca —un estado de plenitud sin fisuras— y nuestra situación real
menos halagüeña, acaba sembrando la desolación y la desdicha por doquier. Esos buenos deseos de feliz
navidad, feliz año o felices vacaciones que por costumbre nos intercambiamos en fechas establecidas no se
cumplen nunca y ahondan el poso melancólico de nuestra alma. La felicidad es uno de esos conceptos
fastidiosos heredados de nuestra gloriosa tradición cultural —de cuando el hombre participaba de la
perfección del cosmos— que al individuo moderno, imperfecto y atribulado, le pesan como una carga
angustiosa. Haríamos bien en desconfiar de quienes lo manosean demasiado o lo agitan como un señuelo. Si
hemos de considerarlo todavía un concepto útil, no sería nunca un estado sino una dirección y una posición
relativa. ¿Quién por ventura es (estado) feliz en este mundo? Nadie. En todo caso, uno se mueve hacia
alguna clase de bien (dirección) y se juzgará más o menos satisfecho si avanza hacia él o se aleja. Forzado a
dar una definición de la felicidad —una vez sometida a una dieta de adelgazamiento semántico—, la mía
sería ésta: feliz es quien no tiene deudas con la vida.
La deportividad —la aceptación de las reglas de juego y de las victorias y derrotas que sobrevienen de su
aplicación— parece, en efecto, la actitud adecuada para el vivir, siempre que no se olvide que la vida es
deporte de algo riesgo. Y como siempre que se practican estas actividades arriesgadas, acaba uno sufriendo
lesiones (las heridas de nuestra mortalidad). “Hay gente que es mejor que su vida”, se lee en Los Thibault, y
esta gente suele pensar que con ellos la vida ha roto las reglas, como la protagonista de El despertar, la
novela de Kate Chopin: “No estaba desesperada pero tenía la impresión de que la vida le pasaba de largo,
rompiendo e incumpliendo todas sus promesas”. Y, ante tal incumplimiento, nace el sentimiento de deuda,
de que la vida nos debe algo pendiente de cobro.
Una de las características de nuestro tiempo es que ha hecho de la juventud el acmé del ciclo vital humano
en sustitución de la edad madura. Como la juventud dura poco, toda la vida restante se resume en una lucha
larga y a la postre inútil contra el envejecimiento inevitable. Hay jóvenes que, ante esa perspectiva, se
declaran cansados de la vida incluso antes de haber vivido. La fugacidad de la lozanía genera en otros una
especie de derecho de crédito contra el mundo y aquí el peligro es la tentación de cobrarse deudas a
destiempo prestando atención al demonio del mediodía que, en torno a la cincuentena, nos susurra al oído la
idea de cambiar de pareja, coche, look y hábitos. Finalmente, hay quienes, al comprender que nunca podrán
cobrarse deuda alguna por la juventud perdida, se llenan de resentimiento. Para Max Scheler la diferencia
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entre el asceta y el resentido estriba en que el primero renuncia a algún bien reconociendo que es bueno
mientras que el segundo, tras comprobar que definitivamente no está a su alcance ese bien, lo odia y trata de
enlodarlo.
Hoy todo el mundo quiere ser joven pero, bien mirado, vivir es vivir y envejecer. Vivir equivale a envejecer
y querer vivir a querer envejecer. Permanecer siempre joven, no envejecer nunca, es como no vivir, porque
envejecer es la única fórmula hasta ahora conocida para seguir viviendo. El único tratamiento anti-aging de
probada eficacia sigue siendo la muerte porque quien está muerto ya no envejece más.
Quien por vivir con genuino espíritu deportivo acepta las derrotas sin resentimiento, acumulará pocas
deudas. No se cansará nunca de la vida y, si tiene la suerte de llegar al final del camino, disfrutará de la
ancianidad colmado de años, como los antiguos patriarcas.
Un libro, editado por Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, que encierra 33 piezas que Gomá
(Bilbao,1965) concibió, explica él mismo a Efe, como un ensayo hecho por entregas, como en el
siglo XIX, y en los que "testa" el concepto de filosofía mundana que tanto defiende el pensador
en sus libros y con el que pretende hacer llegar las reflexiones más intensas y profundas de 145
forma transparente.
Y un pensamiento que aboga por "salir de las buhardillas y que pase más a los salones", con el
objetivo de proporcionar instrumentos y herramientas para tratar temas fundamentales en un
momento en el que parece que las brújulas están un poco desorientadas.
"Este es un libro para que la gente reflexione sobre cuál es el futuro del arte, sobre la verdad, la
moralidad, la muerte, el terrorismo, la inteligencia y su diferencia con la sabiduría, sobre los
beneficios de estar sentado; Europa, el chisme y los rumores, el amor, el sexo, el mito, la huelga
general o por qué es más importante ser escritor que ser ministro, entre otras cosas", subraya el
autor,
Reflexiones, todas ellas, aderezadas con el sentido del humor y la pasión literaria que caracteriza
a este pensador, que quiere que Todo a mil vaya dirigido a los estudiantes de bachillerato o a los
universitarios de primero o segundo de carrera.
En un libro anterior, Filosofía mundana, Goma, doctor en Filosofía, abogado y premio Nacional
de Ensayo por Imitación y experiencia, proponía lo que llama el "test de la mundanidad o el del
café", que venía a decir que, si un científico, un artista, un novelista o un ensayista que había
cultivado una idea no era capaz de trasmitirla o explicarla con emoción en una sobremesa o en
un café a un grupo de amigos, es que es no es interesante o, en último término, verdadero.
Y recuerda que Ortega y Gasset pidió al filósofo la cortesía de la claridad. "Si no sabes decirlo
con conceptos luminosos, es que no lo sabes".
De ahí que este nuevo libro del pensador siga siendo un exponente de la filosofía "mundana",
que busca "introducir blanda y suavemente al lector culto y sensible, pero no especializado, en la
almendra de la reflexión filosófica, sus materias y sus usos", sirviéndose para ello de un estilo
más literario que técnico.
En Todo a mil, Gomá ordena sus microensayos de forma cronológica rotando las estaciones del
año en que vieron la luz los ensayos.
"Primavera, verano, otoño e invierno, la flor, el sol, una hoja seca, la nieve, y otra vez la flor, la
primavera, y con ella la repetición, pero nada es igual, porque quien ha mutado ha sido el
hombre. Los temas son permanentes, pero hay un rotar constante que cambia la totalidad del
siglo XXI", sostiene el autor de Ejemplaridad pública.
"Las estaciones rotan en la rueda de la naturaleza -escribe-, los hombres avanzan en el camino
de la vida".
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En estos microensayos el autor reflexiona sobre los excesos y la mesura en una pieza
denominada Lo quiero todo. También sobre la locución "ganarse la vida", que indica que la vida
no es un regalo, o sobre la molesta tendencia a la sinceridad excesiva y el sentido de la
responsabilidad en un ensayo irónico con el título de Yo no he sido.
Todo a mil se cierra con el "manifiesto ingenuista mundano", donde Gomá hace un elogio de la
cultura, que define como "una dama preñada y con fuertes dolores de parto", ya que, en su
opinión, se está gestando un cambio en los fundamentos de nuestra civilización, de unas
dimensiones tales que habría que remontarse a la glaciación para observar algo parecido".
Para ello, Gomá reivindica una vez más "pasar de la buhardilla al salón". "La cultura ha de
conspirar positivamente en este proceso abandonando su tradicional misantropía y haciéndose
apresuradamente mundana", concluye.