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Penal Trabajo Final

Este documento presenta un trabajo de investigación sobre el proceso por delitos comunes atribuidos a congresistas y otros altos funcionarios en el Perú. El trabajo analiza el modelo peruano de acusación constitucional, destacando los problemas de incluir elementos ajenos y restringir la actuación de la judicatura ordinaria. Propone soluciones para mejorar el modelo y asegurar el debido proceso y los derechos humanos.
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Penal Trabajo Final

Este documento presenta un trabajo de investigación sobre el proceso por delitos comunes atribuidos a congresistas y otros altos funcionarios en el Perú. El trabajo analiza el modelo peruano de acusación constitucional, destacando los problemas de incluir elementos ajenos y restringir la actuación de la judicatura ordinaria. Propone soluciones para mejorar el modelo y asegurar el debido proceso y los derechos humanos.
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FACULTAD DE DERECHO

ESCUELA PROFESIONAL DE DERECHO

TRABAJO DE INVESTIGACIÓN

EL PROCESO POR DELITOS COMUNES ATRIBUIDOS A CONGRESISTAS Y


OTROS ALTOS FUNCIONARIOS

Autores:

LIBERATO LANTO, REYNER

NEGRON CASTRO, AMERICA

MONTOYA JIMENEZ, BRYAN

TABOADA TASAYCO, RICSE

VELIZ CULQUI, OSCAR

VIDARTE MONTEZA, MARYCARMEN

PROFESOR:

MANUEL MOISES VALDIVIA COTRINA

Lima, Perú

(2019)
INDICE
1.- LA FUNCIÓN DE CONTROL DEL CONGRESO

2.- DESLINDE CONCEPTUAL ENTRE ACUSACIÓN CONSTITUCIONAL, ANTEJUICIO Y JUICIO


POLÍTICO
2.1.- JUICIO POLÍTICO
2.1.1.- OBJETIVO
2.1.2.- MATERIAS O CAUSALES
2.1.3.- SANCIONES
2.1.4.- EFECTOS
2.2.- ANTEJUICIO Y ACUSACIÓN CONSTITUCIONAL
2.2.1.- OBJETIVO
2.2.2.- MATERIAS
2.2.3.- EL ANTEJUICIO EN LA HISTORIA CONSTITUCIONAL PERUANA
3.- EL MODELO PERUANO DE 1993: ACUSACIÓN CONSTITUCIONAL CON INCRUSTACIONES DE
JUICIO POLÍTICO
3.1.- PRESENTACIÓN DEL MODELO DE ACUSACIÓN CONSTITUCIONAL PERUANO
3.2.- PROBLEMAS DEL MODELO DE ACUSACIÓN CONSTITUCIONAL PERUANO
3.2.1.- LA INCLUSIÓN DE ELEMENTOS EXTRAÑOS Y DESNATURALIZADORES
3.2.2.- RESTRICCIÓN DE LA ACTUACIÓN DE LA JUDICATURA ORDINARIA Y DEL
MINISTERIO PÚBLICO
3.2.3.- INFRACCIÓN CONSTITUCIONAL, DEBIDO PROCESO Y CORTE INTERAMERICANA
DE DERECHOS HUMANOS
4.- SOLUCIONES PARA EL MODELO DE ACUSACIÓN CONSTITUCIONAL PERUANO
INTRODUCCION
1.- LA FUNCIÓN DE CONTROL DEL CONGRESO

El Congreso es (debe ser) el reflejo político y social de un país. La preponderancia de


una función parlamentaria respecto de otras dependerá del tipo de Congreso que se quiera
desarrollar . Un sector de la doctrina señala, por ejemplo, que la función legislativa ya no es la
principal función parlamentaria, ello porque el Gobierno ha asumido una importante
capacidad legisferante (decretos legislativos, decretos de necesidad y urgencia, etc.) o porque
la ley, en términos de Zagrebelsky esté en crisis y desintegración. Por otro lado, se argumenta
que la principal función del Congreso es la de representación de los múltiples y más variados
intereses sociales, políticos y económicos de una sociedad determinada.

Dentro de un esquema de pesos y contrapesos, de distribución de funciones y


separación de poderes, la función de control que pueda ejercer el Congreso ha tomado gran
importancia. El control parlamentario de los actos de gobierno (en sentido lato) no debe
entenderse, por cierto, como una sanción final al presunto responsable, sino como la garantía
de una opinión pública libre, donde la ciudadanía conozca qué se está investigando, sobre qué
asunto de interés relevante, y pueda después formar una adecuada y libre opinión pública.

Como señala la doctrina, es característica esencial del Estado Constitucional que en el


mismo se constituya un amplio sistema de controles de muy diversos tipos: jurisdiccionales, y
sociales. El control parlamentario es un control de carácter político cuyo agente políticos es el
Congreso y cuyo objeto es la acción general del Gobierno y, por extensión, también la acción
de toda entidad pública, con la excepción de la judicatura (para preservar su independencia)
Una manifestación de la función de control parlamentaria es el procedimiento de acusación
constitucional, que reconoce al Congreso la atribución sancionadora del Estado.

2.- DESLINDE CONCEPTUAL ENTRE ACUSACIÓN CONSTITUCIONAL, ANTEJUICIO Y JUICIO


POLÍTICO

Para la mejor apreciación del modelo peruano de acusación constitucional, conviene


establecer muy brevemente necesarios deslindes conceptuales entre instituciones que,
aunque diferentes en su origen y tradición, suelen (con)fundirse. El propósito del presente
apartado es establecer las diferencias entre dos instituciones previstas para la atribución de
responsabilidad (política o penal, según cada sistema) de los altos funcionarios del Estado, así
como establecer las características de sus específicos procedimientos parlamentarios. Por ello,
en primer lugar, se detallará la naturaleza del juicio político, para luego, finalmente, precisar
las características del antejuicio político desde nuestro modelo constitucional histórico.

2.1.- JUICIO POLÍTICO

El juicio político o impeachment es una institución de clara naturaleza política y que se


lleva a cabo a través de un órgano eminentemente político como es el congreso o parlamento.
Los fines y objetivos que persigue el juicio político, así como los actos materia de su
procedimiento, son, pues, de absoluta materia política. Así mismo, se puede distinguir el juicio
político inglés, parecido a un juzgamiento penal, del juicio político norteamericano, de carácter
inequívocamente político y no criminal.

Bajo causales como “traición” (que englobaba una amplia gama de conductas, desde la
falsificación de la moneda hasta el reconocimiento de la autoridad del Papa) o “mala
conducta”, el impeachment fue concebido en la Inglaterra de Eduardo III (1376) para promover
la remoción de determinados funcionarios. El juicio político inglés acarreaba sanciones
administrativas e, incluso penales (si así lo juzgaban) . Sin embargo, conforme la Cámara de los
Comunes sumaba sus fuerzas y consolidó su supremacía política , este mecanismo del juicio
político comenzó a perder utilidad a favor de la, en esa época, institución de la responsabilidad
política, en virtud de la cual, un ministro (o todo el gabinete) era removido mediante el
ejercicio del voto de censura o la denegatoria del voto de confianza, que lo obligaban a dimitir.

Con características especiales, el impeachment fue acogido en la Constitución de los


Estados Unidos de Norteamérica de 1787. El juicio político norteamericano fue previsto
expresamente para funcionarios públicos y por causales específicas como traición, cohecho, y
otros delitos y faltas graves. A diferencia del modelo británico, el Senado norteamericano, en
ningún caso, puede imponer sanciones penales.

En ambos modelos (inglés y norteamericano), existe la prohibición del derecho de


gracia para eliminar la sanción impuesta. Igualmente, en ambos sistemas, la acusación la
realiza la Cámara de los Comunes o Cámara de los Representantes (según sea el caso),
mientras que la determinación de la responsabilidad recae en la Cámara de los Lores o el
Senado norteamericano.
2.1.1.- OBJETIVO

El objetivo del juicio político es la sanción política ante un acto moral o políticamente
reprensible de tal grado que llegue a lesionar la respetabilidad de la función que el alto
representante estatal está desempeñando. Al decir de Bayard , el juicio político no tiene por
finalidad el castigo de los delincuentes, sino la protección del Estado. Lo que se busca en el
juicio político es retirarle el poder a quien está haciendo un mal uso de él (es indigno de él) e
impedir, por otro lado, que éste pueda volver a retomarlo en el futuro. Este retiro del poder es
claramente un objetivo político del impeachment, y es precisamente sobre la base de
consideraciones de índole política que el congreso, instancia política por excelencia (reflejo de
los múltiples sectores políticos de una sociedad determinada), sancione con la suspensión,
destitución, o inhabilitación al funcionario considerado políticamente responsable. El juicio
político agota su objetivo cuando el funcionario es separado o ya no está más en el cargo eso
es finalmente lo que se persigue.

Por otro lado, lo político, a diferencia de lo jurídico, tiene que ver con el análisis de la
conveniencia u oportunidad. En otros términos, el juicio político sanciona una determinada
conducta o actuación de un funcionario estatal (por ejemplo, una política de gobierno llevada
a cabo por el ministro de un sector o ramo determinado) por estimarla políticamente
inconveniente o inoportuna. La discrecionalidad del órgano político sancionador, como es
apreciable, es pues muy amplia. Esto se aprecia sobre todo en Inglaterra, pues en los Estados
Unidos de Norteamérica se proscribe su utilización según criterios de oportunidad política.

2.1.2.- MATERIAS O CAUSALES

El juicio político sanciona la falta política [18]. Ahora bien, esta denominada falta
política puede estar contenida en la comisión de un delito común, en la comisión de un delito
de función, en la omisión de un deber de función o en la comisión de una acción o conducta
carente de naturaleza penal (pero sí moralmente reprimible), en la medida en que éstas
afecten la dignidad, la autoridad o el decoro de la función política. En otras palabras, el juicio
político no sanciona la comisión de un delito de función por sí mismo, sino que lo condenará
siempre y cuando a través de esta comisión se lesione la dignidad del Estado. El juicio político
castiga y reprime una conducta por considerarla políticamente incorrecta, aun cuando dicha
acción no sea penalmente perseguible.
Así por ejemplo, un funcionario estatal puede ser removido de su cargo a través de un
juicio político por causa de su embriaguez habitual [19] o porque solicitara, siendo juez, para sí
mismo y los suyos cercanos, favores a compañías ferroviarias, algunas de las cuales seguían
procesos judiciales en el tribunal donde trabajaba [20]. Como se puede apreciar con facilidad,
en el primer caso la destitución de un funcionario responde una causa estrictamente moral o
ética: la embriaguez no comporta ninguna comisión de un delito, sino que es un acto que en sí
mismo lesiona la dignidad y autoridad del cargo. El sancionado con la remoción si bien no
cometió delito alguno, su conducta de ebriedad habitual mancillaba la dignidad estatal. Y esta
consideración fue la que tomó el órgano político para sancionarlo.

Por otro lado, en el segundo caso, es decir, en la destitución del juez, se puede
observar que el referido funcionario es sancionado por la comisión de un delito cometido en
ejercicio de sus funciones: el delito de tráfico de influencias, pues buscaba conseguir favores
(económicos) respecto de las compañías ferroviarias que seguían procesos judiciales en el
tribunal que este juez integraba. En este caso, la destitución es la sanción política que se
impone a la comisión de un delito de función, pero no por el delito en sí mismo considerado,
aisladamente, sino en la medida en que arrastra o significa la lesión a la dignidad y autoridad
del cargo de magistrado judicial.

2.1.3.- SANCIONES

Como se ha indicado en los párrafos precedentes, las posibles sanciones previstas en el


juicio político son las siguientes: la suspensión en el ejercicio del cargo, la destitución en el
ejercicio del cargo y la inhabilitación para ejercer la función por un determinado período de
tiempo. La sanción del juicio político busca, pues, retirarle el poder a quien el órgano político
(que es representante de los múltiples intereses de la sociedad) considera que lo está
ejerciendo de forma políticamente reprensible y, a la vez alternativamente, impedir que el
mismo sujeto pasivo de la sanción política pueda retomar el poder en un futuro. En primer
lugar, el retiro del poder a quien se juzga que lo está ejerciendo indebidamente (desde
parámetros de consideración estrictamente políticos) lleva a sancionarlo sea con la suspensión
de su cargo (por un lapso determinado) o con su destitución (que implica el fin de su
mandato). Por otro lado, si además del retiro del poder se estimase conveniente el que el
funcionario destituido no tenga la posibilidad de retomar el poder, se le impondrá asimismo la
sanción de inhabilitación para ejercer la función pública por un período determinado. Ahora
bien, en el caso norteamericano, la inhabilitación puede ser temporal o perpetua, según lo
decida el Senado. En el modelo inglés, la sanción acordada por la Cámara de los Lores sí puede
acarrear además una sanción penal.

2.1.4.- EFECTOS

Siendo el objetivo del juicio político la protección de la dignidad y autoridad del cargo
estatal, y su materia la sanción de una falta política por consideraciones estrictamente de esa
índole, resulta pues consecuencia natural que la decisión o sentencia acordada por el órgano
político no sea revisable en sede judicial. Esta decisión concluye el procedimiento y tiene un
efecto que es doble: por un lado, y de naturaleza administrativa, la suspensión o destitución
del acusado, y, por otro lado, la inhabilitación temporal o permanente de éste para volver a
ejercer alguna función o cargo público.

La razón que fundamenta el hecho de que la decisión emitida por el órgano político no
sea judicialmente revisable radica en que en el proceso de formulación de la mencionada
decisión no han intervenido consideraciones de naturaleza jurídica sino valoraciones de
conveniencia u oportunidad política. Si la decisión de destitución, por ejemplo, de un alto
funcionario ha sido elaborada bajo parámetros políticos que, por su misma naturaleza son
discrecionales y responden a particulares convicciones o ideologías respecto del deber-ser de
una determinada conducta política o de gobierno, nada tienen que hacer las consideraciones
jurídicas formales y materiales, cuyo margen de acción es por ello más restringido. En otros
términos, a un juez se le exige decidir sobre los hechos y el derecho, bajo parámetros
preestablecidos y generales. Sin embargo, estos mismos requerimientos son inapropiados para
el juicio político por su misma naturaleza. De allí que la decisión final del juicio político no
pueda ser discutida en su validez por ningún tribunal jurisdiccional, ya que el proceso seguido
para su asunción no ha sido jurídica sino política.

No obstante lo anterior, existe actualmente una corriente, aún incipiente, que postula
la flexibilización de las denominadas decisiones políticas no justiciables. Sobre todo, esta
decisión se presentaría en la posibilidad de que la judicatura ordinaria (o constitucional) pueda
entrar a analizar decisiones de gobierno que impliquen la restricción irrazonable de derechos
fundamentales, como en los casos de un establecimiento de un régimen de excepción o la
dación de un Decreto de Necesidad y Urgencia. La tensión entre una política cuestión y la
judiciabilidad de los actos políticos es pues notoria.
2.2.- ANTEJUICIO Y ACUSACIÓN CONSTITUCIONAL

A través del antejuicio se busca levantar la inmunidad o prerrogativa funcional de un


alto funcionario por probables delitos cometidos en ejercicio de sus funciones. El
procedimiento mediante el cual se efectiviza el antejuicio es la acusación constitucional.

Este modelo de antejuicio surgió en la Francia Posrevolucionaria como una forma de


tratamiento diferenciado de la criminalidad de los ministros . El antejuicio constituye una
especie de antesala parlamentaria o congresal de un proceso judicial, donde será finalmente
este último el llamado a determinar si el funcionario cuestionado tiene responsabilidad penal o
no.

El antejuicio, como puede observarse, difiere del juicio político, pues, en el primer
caso, el Congreso no aplica ninguna sanción al funcionario acusado, sino que se limita a decidir
si se habilita o no la competencia penal de la judicatura ordinaria para iniciarse el proceso
penal respectivo contra el referido funcionario por la infracción de delitos de función. El
Congreso acuerda o no, luego de una previa investigación, si existen indicios suficientes para
levantarle el fuero a un determinado funcionario y éste sea procesado por la comisión de
delitos cometidos en el ejercicio de sus funciones.

2.2.1.- OBJETIVO

A diferencia del juicio político o impeachment que buscaba hacer efectiva la


responsabilidad política de los altos funcionarios, el antejuicio es un procedimiento político
jurisdiccional que tiene por objetivo materializar la responsabilidad jurídica de estos mismos
altos funcionarios por delitos cometidos en el ejercicio de sus funciones o por infracciones de
la Constitución. Como puede observarse, el margen de actuación del Congreso en materia de
antejuicio es pues más limitado, en el sentido que tiene que valerse para su decisión de
levantamiento del fuero o no de parámetros no sólo de índole política sino, sobre todo, de
carácter jurídico.

La carga valorativa política de un procedimiento de acusación constitucional está dada


en que el Congreso debe establecer, como lo indica Valentín Paniagua , el carácter y
verosimilitud de los hechos imputados al funcionario, es decir, deberá calificar la intención
política o no de la denuncia constitucional, para que se persiga, como debe ser lo correcto, las
conductas legalmente punibles y no las acusaciones maliciosas destinadas a herir la autoridad,
respetabilidad o dignidad del funcionario. La estimación política de la denuncia constitucional
radica en que los congresistas deberán observar en el caso concreto que los hechos que la
sustentan buscan materializar una sanción penal por la comisión de un delito de función, más
no la suspensión temporal de un funcionario “incómodo” por veladas y proscritas
consideraciones de conveniencia política.

En el mismo sentido, el procedimiento de acusación constitucional se enmarca en


lineamientos jurídicos, en el sentido de que el Congreso deberá fundamentar su decisión en
consideraciones jurídicas, es decir, llegar a establecer que existen indicios suficientes para
levantar el fuero a un alto funcionario y hacer expedito el camino para el inicio del proceso
penal respectivo en la judicatura ordinaria.

Conviene precisar que la suspensión del ejercicio de las funciones del funcionario al
cual se le ha levantado la inmunidad o la prerrogativa funcional de alto dignatario no significa
una sanción por parte del órgano congresal (como sí lo significa en el caso del juicio político)
sino que es una medida que busca evitar que este funcionario utilice el poder político que vino
ejerciendo en el eventual proceso penal que se le vaya a instaurar.

2.2.2.- MATERIAS

La inmunidad es la prerrogativa de la que goza un alto funcionario (ministro,


congresistas, magistrados del Tribunal Constitucional, etc.) para que pueda desempeñar sus
labores de forma adecuada; es decir, sin que la interposición de demandas o denuncias (con
fundamento o sin él) no obstaculicen el normal desenvolvimiento de sus funciones. La
inmunidad no se entiende como un mecanismo de impunidad, sino como un instrumento para
favorecer y facilitar el mejor desarrollo de las importantes tareas de un funcionario público de
tan alto nivel.

Porque los altos funcionarios gozan del privilegio de la inmunidad, es que es preciso un
procedimiento de acusación constitucional (antejuicio) para examinar en cada caso concreto si
hay indicios suficientes (jurídico-políticos) que hagan razonable el levantamiento del fuero de
este funcionario y se pueda iniciar el proceso penal correspondiente. Ahora bien, es preciso
señalar que la acusación constitucional es el procedimiento idóneo para el levantamiento de la
inmunidad por la comisión de delitos de función o infracciones constitucionales, pero no por la
comisión de delitos comunes. De tal manera que en el caso específico de los delitos comunes
(por ejemplo, homicidio, violación sexual, etc.) no son necesarias ni la denuncia constitucional
ni el procedimiento de acusación constitucional, sino que sólo basta que el Congreso acuerde
de manera expeditiva el levantamiento del fuero.

El antejuicio, entonces, sólo procede como antesala para el procesamiento penal de


altos funcionarios por la presunta comisión de delitos funcionales. Sobre este respecto, se
pueden distinguir tres tipos el delito de función típico, el delito contra los deberes de función y
el delito en el ejercicio de las funciones. El delito más común de esta clasificación es el delito
de función típicamente considerado, es decir, aquel donde el sujeto activo es un agente
cualificado (un alto funcionario estatal) y donde el bien jurídico protegido tiene estrecha
relación con la cualificación del mencionado sujeto activo (por ejemplo, el delito de tráfico de
influencias). Por su parte, el delito contra los deberes de función tiene que ver con el
incumplimiento de deberes especiales, los cuales están recogidos por lo general en los
reglamentos respectivos. Finalmente, los delitos cometidos en el ejercicio de la función son
aquellos previstos específicamente cuando el agente activo (el funcionario público) se
encuentra desempeñando una función especial (por ejemplo, apropiación ilícita de fondos
entregados al funcionario con ocasión de un viaje que realice como representante del Estado).

En síntesis, es conveniente precisar que el procedimiento de acusación constitucional


del antejuicio sólo procede para funcionarios públicos por delitos funcionales (categoría que
comprende los tres subtipos desarrollados en el párrafo inmediato anterior).

2.2.3.- EL ANTEJUICIO EN LA HISTORIA CONSTITUCIONAL PERUANA

De la revisión de nuestros textos constitucionales se puede señalar con facilidad que el


antejuicio es una figura que pertenece a nuestra tradición constitucional y que hubo de
incorporarse muy temprano, con la Constitución de 1823, para finalmente llegar con
fisonomía propia y plenamente consolidada a la Constitución de 1979. Así, por ejemplo, el
artículo 90.5 de la carta constitucional de 1823 señalaba como atribución del Senado el
“Decretar, tanto en los casos ordinarios como en los extraordinarios, que há lugar á formación
de causa contra el magistrado que ejerciere el poder ejecutivo, sus ministros, y el Supremo
Tribunal de Justicia”. Con esta previsión, el sistema del antejuicio adquiere carta de ciudadanía
en nuestra vida constitucional.
La Constitución de 1828 desarrolló con mayor precisión las características del
antejuicio. Así, le correspondía a la Cámara de Diputados (artículo 22) “acusar ante el Senado
al Presidente y Vicepresidente de la República, a los miembros de ambas Cámaras, a los
miembros de Estado, y a los vocales de la Corte Suprema de justicia por los delitos de traición,
atentados contra la seguridad pública, concusión, infracciones a la Constitución, y en general
por todo delito cometido en el ejercicio de sus funciones a que esté impuesta pena
infamante”. Como puede apreciarse, el antejuicio se perfilaba únicamente para delitos de
función e infracciones constitucionales.

Por su parte, la misma carta constitucional de 1828 establecía en su artículo 31 que “Es
atribución especial del Senado conocer si hay lugar a la formación de causa en las acusaciones
que haga la Cámara de Diputados, debiendo concurrir el voto unánime de los dos tercios de los
senadores existentes para formar sentencia”. Así mismo, el artículo siguiente acotaba que: “La
sentencia del Senado en estos casos no produce otro efecto que suspender del empleo al
acusado, el que quedará sujeto a juicio según la ley”.

En los artículos trascritos de la Constitución de 1828 se pueden observar los rasgos


básicos del antejuicio (tal cual ha sido la constante histórica hasta 1993): el Senado decidía si
levantaba el fuero o no a los altos funcionarios por la presunta comisión de delitos de función
e infracciones constitucionales. La decisión del Senado no implicaba sanción alguna, sino que
se limitaba a suspender al funcionario acusado hasta que la judicatura ordinaria emitiera una
sentencia condenatoria o absolutoria. Como puede apreciarse, es el Poder Judicial y no el
Congreso, el que establece la responsabilidad penal del funcionario, y el que decide, en
consecuencia, las sanciones a las que se debe hacer acreedor.

Con el sólo interés de demostrar la supervivencia y vigor del modelo de antejuicio en


nuestra historia constitucional, es bueno recordar que la Constitución de 1979 recoge lo
previsto desde la Constitución de 1828. Así, se señala en su artículo 183 que corresponde a la
Cámara de Diputados acusar ante el Senado al Presidente de la República, a los miembros de
ambas Cámaras, a los Ministros de Estado, a los miembros de la Corte Suprema de Justicia y
del Tribunal de Garantías Constitucionales y a los altos funcionarios de la República que señala
la Ley por infracción de la Constitución y por todo delito cometido en el ejercicio de sus
funciones. En el mismo sentido, el artículo 184 prescribía que el Senado, una vez recibida la
acusación, podía declarar que había lugar a la formación de causa contra el funcionario para
que éste quedase sujeto a juicio según la Ley.
El modelo aparecido en la Constitución de 1823, y perfeccionado en la Carta de 1828,
permaneció en todos nuestros textos constitucionales, con la excepción de la Carta de 1993.

Finalmente, es preciso acotar que es tradición constitucional, como lo anota Valentín


Paniagua [29], que no cabe acusación constitucional por infracciones constitucionales no
tipificadas. La Ley de Acusación Constitucional de 15 de junio de 1834 reguló por primera vez
este procedimiento y distinguió los delitos de función de las infracciones constitucionales. Sin
embargo, la severidad de las penas previstas para los casos tipificados de infracción
constitucional hicieron que esta ley nunca rigiera en la práctica. Por lo tanto, el procedimiento
de acusación constitucional del antejuicio sólo se consagró en nuestra historia constitucional
para el caso de los delitos de función de los altos funcionarios.

3.- EL MODELO PERUANO DE 1993: ACUSACIÓN CONSTITUCIONAL CON INCRUSTACIONES DE


JUICIO POLÍTICO

El modelo previsto en la Constitución de 1993 no respeta la tradición constitucional


iniciada en 1823 (y sobre todo, perfilada por completo en 1828) sobre el tema del antejuicio,
sino que introduce en el procedimiento de acusación constitucional elementos propios del
juicio político. De tal manera que nuestro modelo de antejuicio y acusación constitucional se
ha visto alterado al establecer como facultad del Congreso el aplicar sanciones de suspensión,
destitución o inhabilitación del funcionario acusado, con independencia de la judicatura
ordinaria.

Si bien ha sido una constante histórica la inclusión de elementos parlamentarios (la


censura en 1856, por ejemplo) en nuestro régimen presidencial sin mayor previsión de sus
consecuencias, la regulación actual de la acusación constitucional resulta aún más peligrosa en
la medida en que el riesgo de vulneración a los derechos de los sometidos a este
procedimiento es, por decir lo menos, muy latente.

3.1.- PRESENTACIÓN DEL MODELO DE ACUSACIÓN CONSTITUCIONAL PERUANO

El artículo 99 de la Constitución de 1993 prevé el procedimiento de acusación


constitucional en términos muy parecidos a nuestra tradición constitucional, es decir, señala
que “Corresponde a la Comisión Permanente acusar ante el Congreso: al Presidente de la
República; a los representantes a Congreso; a los Ministros de Estado; a los miembros del
Tribunal Constitucional; a los miembros del Consejo Nacional de la Magistratura; a los vocales
de la Corte Suprema; a los fiscales supremos; al Defensor del Pueblo y al Contralor General por
infracción de la Constitución y por todo delito que cometan en el ejercicio de sus funciones y
hasta cinco años después de que hayan cesado en éstas.”

Como se aprecia, nuestra carta de 1993 recoge lo ya establecido por la Constitución de


1828: el procedimiento de acusación constitucional para levantar la inmunidad de altos
funcionarios por la comisión de delitos de función o por infracciones constitucionales.

Sin embargo, el artículo 100 de la misma Carta de 1993 introduce elementos propios
del juicio político en nuestro modelo de antejuicio. El referido artículo indica que
“Corresponde al Congreso, sin participación de la Comisión Permanente, suspender o no al
funcionario acusado o inhabilitarlo para el ejercicio de la función pública hasta por diez años o
destituirlo de su función sin perjuicio de cualquier otra responsabilidad (…).” (El subrayado es
mío.)

La naturaleza del juicio político es la sanción política de una conducta que se considera
lesiva a la dignidad o autoridad del cargo por el funcionario público. Y esta conducta puede
comprender tanto una naturaleza penal como una simplemente moral. Por su parte, el
antejuicio es un procedimiento político-jurídico a través de cual se levanta la inmunidad a los
altos funcionarios por la presunta comisión de delitos de función, ello con el propósito de que
sea la judicatura ordinaria la que establezca la responsabilidad penal de los funcionarios
acusados. En este último caso, el Congreso no decide ninguna sanción. Tal es la descripción de
ambos modelos diferenciados, sin embargo, nuestro texto constitucional ha alterado nuestra
forma de antejuicio al introducirle elementos propios del juicio político.

Por su parte, el artículo 89 del Reglamento del Congreso desarrolla los preceptos
constitucionales citados y prevé de forma más detallada el procedimiento de acusación
constitucional. Sin embargo, si bien establece como requisito de procedencia el criterio de que
la acusación constitucional se refiera a hechos que constituyan delitos de función previstos en
la legislación penal (por un mínimo tema de tipicidad), no establece ningún criterio a seguir
para el caso de que la acusación constitucional se sustente en una infracción constitucional. En
otras palabras, la acusación constitucional por infracción a la Constitución no está desarrollada
por el artículo del Reglamento del Congreso que comprende todo el procedimiento de la
referida acusación constitucional.

Si la infracción constitucional no está desarrollada en el Reglamento del Congreso, y


está apenas enunciada en el texto constitucional, ¿puede aplicarse válidamente como
supuesto de una acusación constitucional? Se intentará dar respuesta a esta interrogante en el
apartado inmediato siguiente.

3.2.- PROBLEMAS DEL MODELO DE ACUSACIÓN CONSTITUCIONAL PERUANO

Se pueden encontrar tres grandes problemas al modelo de acusación constitucional


previsto por la Constitución de 1993: 1) la inclusión de elementos del juicio político a un
modelo de antejuicio y la colisión con la función jurisdiccional reservada a la judicatura
ordinaria, 2) la irrazonable restricción de las atribuciones de la judicatura ordinaria y del
Ministerio Público en materia de la acusación constitucional, 3) la atipicidad de la infracción
constitucional y los riesgos de la muy probable vulneración al derecho a un debido proceso.

3.2.1.- LA INCLUSIÓN DE ELEMENTOS EXTRAÑOS Y DESNATURALIZADORES

Ya se ha mencionado en el desarrollo del presente trabajo que el juicio político tiene


por objetivo el retirarle el poder a un funcionario público (e inclusive el impedirle que lo vuelva
a tomar) porque lesiona la dignidad o autoridad del cargo que desempeñaba, porque era lo
más adecuado o idóneo, o porque era lo más conveniente u oportuno políticamente. Las
consideraciones para la sanción política (que puede ser de suspensión, destitución o
inhabilitación) son exclusivamente políticas, sin que sea determinante que la conducta
reprochable sea penalmente perseguible o no. Esta especial naturaleza del juicio político hace
que las decisiones adoptadas por el órgano político (el Senado norteamericano, o la Cámara de
los Lores británica, según sea el caso, por citar dos ejemplos) sea irrevisable en sede judicial.

Modelo distinto es el antejuicio. Con el procedimiento de acusación constitucional no


se busca sancionar al funcionario público por una conducta políticamente reprochable, sino
solamente analizar si se dan los indicios suficientes (dentro de un proceso más jurídico que
político) para levantarle el fuero al referido funcionario por la presunta comisión de delitos de
función (o por incurrir en infracciones constitucionales, cuya tipificación ha sido casi
inexistente). Ello con el propósito de que pueda ser procesado penalmente por la judicatura
ordinaria. Este modelo ha estado presente en nuestra tradición constitucional, como ya se ha
indicado, desde la Constitución de 1823.

Sin embargo, la actual Constitución de 1993 ha trastocado el modelo de antejuicio al


introducirle un elemento propio del juicio político como es el de la sanción. Según nuestro
texto constitucional, el Congreso puede imponer la sanción de destitución o de inhabilitación
al funcionario sin perjuicio de cualquier otra responsabilidad de la que fuere pasible. Si el
antejuicio busca ser la antesala a un proceso penal para los altos funcionarios, no tiene por
qué entrañar una sanción, sanción que correspondería en todo caso aplicar a la judicatura
ordinaria si así lo estima pertinente.

Para ahondar en las confusiones conceptuales y normativas que introduce nuestra


actual Constitución, se puede señalar que tales innovaciones pierden de vista un elemento
clave para el juicio político, y que fundamente además las sanciones que en ese procedimiento
se imponen: la sanción a una conducta políticamente reprochable. En el juicio político se busca
con la destitución o inhabilitación retirar el poder que ejerce un funcionario o impedirle que
vuelva a tomarlo porque se considera que ha cometido conductas políticamente reprimibles, y
por tales es sancionado. Más aun, en el modelo norteamericano, cualquier funcionario
(incluido el Presidente de la República) es responsable penalmente, y no se requiere de ningún
levantamiento del fuero, ya que no existe inmunidad penal. Así pues, el juicio político busca
sancionar una falta política.

Por el contrario, el antejuicio no busca retirarle el poder a un funcionario bajo la


consideración que su conducta fue políticamente lesiva a la dignidad de su cargo, sino
posibilitar que un alto funcionario sea procesado penalmente por delitos de función. En este
caso, bajo el modelo actual, el Congreso puede sancionar con la destitución o inhabilitación al
funcionario, no por faltas políticas sino por actos delictivos, por consideraciones jurídicas que
deben ser vistas en un proceso judicial. Con ello, el Congreso se arroga la potestad
jurisdiccional propia de la judicatura.

Si la potestad de impartir justicia emana del pueblo y se ejerce por la judicatura


ordinaria (o Poder Judicial) a través de sus órganos jerárquicos (artículo 138 de la Constitución
de 1993), el Congreso no puede asumir para sí la facultad de juzgar y sentenciar (al imponer las
sanciones de destitución o inhabilitación) a los altos funcionarios por la comisión de presuntos
delitos. El Congreso efectiviza la responsabilidad política de los ministros a través del voto de
censura o la denegatoria del voto de confianza (y aquí sus consideraciones son exclusivamente
de conveniencia u oportunidad política) y permite el procesamiento judicial de los altos
funcionarios si encuentra indicios razonables (jurídicos y políticos) de la comisión de delitos de
función; pero no puede sancionarlos a priori por hechos que deberán ser valorados en un
proceso penal con las debidas garantías. Lo contrario significaría la intromisión del Congreso
en las labores propias y constitucionalmente establecidas para la judicatura ordinaria.

3.2.2.- RESTRICCIÓN DE LA ACTUACIÓN DE LA JUDICATURA ORDINARIA Y DEL MINISTERIO


PÚBLICO

La última parte del artículo 100 de la Constitución actual señala que “(…) Los términos
de la denuncia fiscal y del auto apertorio de instrucción no pueden exceder ni reducir los
términos de la acusación del Congreso”. Si la misma Constitución señala que el Ministerio
Público es el titular de la acción penal, esta restricción de su actuación es irrazonable, ya que
es éste órgano el idóneo para calificar y valorar la comisión de un delito y formular la denuncia
respectiva al Poder Judicial, no así el Congreso, que no tiene atribuciones jurisdiccionales.

De decidirse en el procedimiento de la acusación constitucional que hay lugar a la


formulación de una causa por la presunta comisión de un delito en ejercicio de las funciones,
ésta debe limitarse a permitir el procesamiento penal del funcionario público. Y será el
Ministerio Público quien valore los méritos de la causa y decida si hay lugar o no a una
denuncia. Todo ello bajo el entendido de que el Congreso no es una instancia jurisdiccional y lo
único que puede hacer es permitir o no el procesamiento de un funcionario público por la
comisión de delitos funcionales.

En igual sentido, el Poder Judicial no debe verse limitado, al momento de dictar el auto
apertorio de instrucción, a los términos de la acusación del Congreso, ya que es éste y no el
último el que ejerce la función jurisdiccional y sanciona las conductas contrarias al Derecho
con carácter definitivo.

3.2.3.- INFRACCIÓN CONSTITUCIONAL, DEBIDO PROCESO Y CORTE INTERAMERICANA DE


DERECHOS HUMANOS

La Constitución actual señala que la acusación constitucional también procede por


infracción de ella misma, sin embargo no desarrollo los supuestos de tal infracción. El
Reglamento del Congreso tampoco los indica. Por lo tanto, al no estar debidamente tipificados
sus supuestos, la infracción de la Constitución no debería aplicarse.

Sin embargo, la destitución de los tres magistrados del Tribunal Constitucional en el


gobierno de Fujimori, así como la reciente inhabilitación de varios congresistas de ese pasado
régimen [30] han tenido como fundamento la infracción de la Constitución. Ello es vulneratorio
del derecho a un debido proceso por dos razones: 1) los acusados constitucionalmente son
procesados, juzgados y condenados por el Congreso sobre la base de infracciones no
tipificadas, lo que viola el principio de legalidad en materia penal, y 2) los acusados
constitucionalmente son procesados sin que se observen las mínimas garantías de
imparcialidad [31] (pues es el mismo Congreso el que acusa, valora y decide la sanción).

La Constitución consagra que “Nadie será procesado ni condenado por acto u omisión
que al tiempo de cometerse no esté previamente calificado en la ley, de manera expresa e
inequívoca, como infracción punible (…)”. Por lo tanto, no puede haber proceso, y menos
condena, por infracciones no tipificadas como tales. La infracción de la Constitución adolece de
este problema ya que sólo está enunciada por la Constitución y el Reglamento del Congreso,
pero no se indican qué tipos la constituyen. Si no hay tipificación previa y claramente
determinada, ninguna persona (funcionario, en este caso) puede ser procesada y condenada,
ya que no hay ninguna certeza de cuál es la infracción reprimible, toda vez que esta no ha sido
especificada. Sin tipificación de las conductas que podrían comprender la infracción de la
Constitución no puede haber proceso de acusación constitucional que lleve a la destitución o
inhabilitación de los funcionarios públicos; lo contrario es violatorio del debido proceso,
máxime cuando el procedimiento concluye en sede parlamentaria.

Por otro lado, en vista que nuestro actual modelo de acusación constitucional no sólo
significa el permitir que la judicatura ordinaria procese al funcionario público, sino que el
Congreso puede imponerle también a éste (previa a la sentencia judicial condenatoria o
absolutoria) sanciones como la destitución del cargo o la inhabilitación para ejercer función
pública hasta por diez años; la regulación prevista en el artículo 89 del Reglamento del
Congreso es atentatoria del derecho a un debido proceso en el sentido de que los funcionarios
acusados constitucionalmente no tienen las mínimas garantías de imparcialidad e igualdad de
armas.
La heterocomposición de conflictos significó un paso evolutivo importante en la
civilización, pues ya no era la venganza privada la componedora de la paz social, sino que se
encargó a un órgano imparcial a las partes en disputa la solución de la controversia. No se
puede hablar de imparcialidad en el procedimiento de acusación constitucional cuando es el
mismo Congreso el que decide si forma o no la subcomisión encargada de formular la
acusación, si es la propia Comisión Permanente la que decide si la acusación pasa al Pleno y si
es finalmente el Pleno el que decide la suerte de los acusados y les impone una sanción. Por
otro lado, la posibilidad de actuación y defensa de los acusados se ve grandemente disminuida
en el procedimiento de acusación constitucional previsto normativamente.

Todo ello ha significado que en el procedimiento parlamentario de acusación


constitucional por infracción de la Constitución se viole el derecho a un debido proceso de los
funcionarios acusados, pues han sido procesados y sancionados por infracciones no tipificadas
en ningún cuerpo normativo, por juzgadores no imparciales (ya que también eran parte en el
procedimiento) y donde no se respetó la adecuada defensa de sus intereses. Por ello, la Corte
Interamericana de Derechos Humanos, a propósito del caso de los tres magistrados del
Tribunal Constitucional destituidos en el gobierno fujimorista, ha señalado que el derecho a un
debido proceso también debe ser aplicable en sede parlamentaria [32], situación que no fue
observada en el caso mencionado.

4.- SOLUCIONES PARA EL MODELO DE ACUSACIÓN CONSTITUCIONAL PERUANO

Luego de una breve revista a los modelos de juicio político y antejuicio y acusación
constitucional, las posibles y tentativas vías de solución a los problemas descritos podrían ser
las siguientes:

En primer lugar, se debería hacer una reforma constitucional del artículo 100 de la
Constitución actual (o una mutación constitucional, en su defecto) con el propósito de extraer
del modelo del antejuicio elementos extraños y propios del juicio político. Es decir, el
antejuicio debe quedar configurado como la antesala, para los altos funcionarios, de un
proceso penal por la comisión de delitos en el ejercicio de sus funciones. El antejuicio no debe
comprender para el Congreso la facultad de sancionar con la destitución o inhabilitación a
estos funcionarios, ya que no persigue sancionar una falta política, sino promover la
dilucidación de un posible delito penal en sede judicial. Le corresponderá a la judicatura el
desarrollo del proceso penal y la decisión final sobre la responsabilidad del funcionario
procesado.

En segundo lugar, la eliminación de las posibilidades de sanción por parte del Congreso
también traerían como consecuencia el respeto a un debido proceso, pues el procedimiento
parlamentario se limitaría a analizar si hay mérito suficiente para el levantamiento del fuero y
el funcionario sea procesado judicialmente por delitos de función. El que el Congreso ya no
pueda sancionar con la destitución o inhabilitación a los funcionarios, hace que ellos puedan
ejercer debidamente su derecho de defensa en la sede idónea, que es la judicial.

Por otro lado, con ello se salva también el problema fáctico del efectivo cumplimiento
del debido proceso en sede parlamentaria. Como puede observarse, la dinámica propia del
Congreso, y de sus procedimientos parlamentarios están muchas veces en tensión con el
derecho a un debido proceso de los acusados constitucionalmente. Si el Congreso no tiene la
facultad discrecional de sancionar a estos funcionarios, el debido proceso de éstos se verá
mejor garantizado.

En tercer lugar, en tanto no se tipifique la infracción de la Constitución prevista en el


artículo 99 del Texto de 1993 (y como nadie puede ser procesado por delitos e infracciones
que no estén adecuadamente previstos), ésta no deberá aplicarse como causal de un
procedimiento de acusación constitucional, máxime si como resultado del mismo se puede
llegar a la destitución o inhabilitación de los procesados. Hasta que la infracción constitucional
no esté tipificada (y lo esté adecuadamente) no debería aplicarse en atención al derecho a un
debido proceso de los probables investigados, y en consideración también del principio de
legalidad en materia penal, sobre todo teniendo en cuenta que la acusación constitucional por
esta vía concluye en sede parlamentaria y puede irrogar, por lo tanto, la destitución o
inhabilitación del funcionario público.

Es más, quizá lo más conveniente sea subsumir la figura de la infracción de la


Constitución dentro de los tipos penales y propiciar así su eliminación por duplicidad. En la
medida en que la responsabilidad política se efectiviza en nuestro modelo a través de la
negación de confianza o voto de censura, la acusación constitucional no puede utilizarse para
destituir o inhabilitar a funcionario incómodo políticamente. Por ello, de tipificarse la
infracción de la Constitución, ésta deberá ser claramente delimitada y determinada y
comprender los tipos penales previstos. Un manejo amplio de las infracciones de la
Constitución podría significar cambiar nuestro modelo de antejuicio a juicio político.

Ahora bien, el cambio de antejuicio a juicio político no es en sí mismo negativo, pero sí


deberá tenerse presente que en un sistema como el norteamericano la responsabilidad penal
no conoce la inmunidad y todo funcionario puede ser procesado por la comisión de cualquier
delito. La modificación de nuestro modelo a uno de juicio político tendría que significar la
eliminación de la inmunidad de los altos funcionarios y el establecimiento de una
responsabilidad penal irrestricta (donde se tendría que incluir al Presidente de la República,
que es absolutamente irresponsable en tanto dure su mandato [33]). Por todas estas
consideraciones se puede observar que un cambio de modelo no sea lo más recomendable a
nuestra realidad.

En cuarto lugar, debería propiciarse igualmente una reforma constitucional del último
párrafo del artículo 100 de la Constitución actual, en el sentido de permitir al Ministerio
Público que pueda examinar la formulación de la causa remitida por el Congreso y evaluar su
procedencia. En otros términos, si el Ministerio Público es el titular de la acción penal, no debe
restringírsele irracionalmente sus funciones al prohibirle reducir o ampliar su denuncia fiscal
según la acusación del Congreso. En el mismo sentido, el Poder Judicial debe tener libertad de
ampliar o reducir en su auto apertorio de instrucción los términos de la acusación del
Congreso.

El que ambas instancias puedan reducir o ampliar los términos de la acusación del
Congreso no significa que se corra el riesgo de propiciar la impunidad, pues tanto la denuncia
fiscal como el auto apertorio de instrucción deben estar debidamente motivados, por expreso
requerimiento constitucional. Asimismo, para salvar el hecho de que el Ministerio Público
pueda desestimar una acusación del Congreso y decidirse porque no debe iniciar la denuncia
ante el Poder Judicial, se debería prever un mecanismo de protección en el sentido de que en
estos casos el Ministerio Público eleve en consulta a la Corte Suprema su decisión de no
formular denuncia.

Finalmente, es adecuado señalar que lo artículos 149 y 150 de la Propuesta de


Reforma de la Constitución de 1993 (de julio de 2002, ahora en suspenso) significan un
conveniente retorno a nuestro modelo histórico de antejuicio y acusación constitucional. El
artículo 149 de la Propuesta de Reforma Constitucional establece que es competencia de la
Cámara de Diputados solicitar al Senado el levantamiento del fuero de los altos funcionarios
por infracción de la Constitución y por todo delito que cometan en el ejercicio de sus
funciones. Por su parte, en el artículo 150 de la misma Propuesta se precisa que corresponderá
al Senado autorizar el levantamiento del fuero en mérito a los cargos formulados por la
Cámara de Diputados. Por último, este mismo artículo 150 acota que, de acordarse dicho
levantamiento de la inmunidad, el funcionario quedará en suspenso en el ejercicio de su
función y sujeto a juicio según ley. Como puede apreciarse, se excluye la posibilidad de que el
Congreso (el Senado) imponga algún tipo de sanción (destitución, inhabilitación) al funcionario
investigado, y, por otro lado, se afirma la idea de que la responsabilidad penal del mismo
funcionario deberá verificarse en un proceso judicial.

Estas son pues algunas consideraciones tentativas, unidas todas ella por la
preocupación de intentar brindar un elenco de mayor protección y garantías a los
procedimientos parlamentarios de acusación constitucional.

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