Virgilio (Poeta romano, 70 a. C. - 19 a. C.).
Eneida
Libro I
(Eneas procura consolar los ánimos afligidos de sus hombres)
5 “¡Oh, compañeros! Les dice, ¡oh, vosotros, que habéis pasado conmigo tan grandes
trabajos! Un dios pondrá término también a los que pasamos ahora. Habéis arrostrado la rabia de
Escila y sus escollos, que resuenan profundamente; habéis probado también las rocas de los
Cíclopes; recobrad el ánimo y deponed el triste miedo; acaso algún día nos será grato recordar
estas cosas. Corriendo varias fortunas, atrave- sando los mayores peligros, nos encaminamos al
10 Lacio, donde los hados nos prometen sosegado asiento; allí deben resucitar los reinos de Troya.
Armaos de valor y conservaos para la próspera fortuna.”
(Venus intercede ante Júpiter en favor de Eneas)
Ya era acabado el día cuando Júpiter, mirando desde lo más alto del firmamento el mar
cruzado de rápidas velas, y las dilatadas tierras, y las playas, y los remotos pueblos, se paró en la
15 cumbre del Olimpo y clavó sus ojos en los reinos de la Libia. Mientras tales cuidados revolvía en
su mente, Venus, en extremo triste y, arrasados los ojos de lágrimas, le habló de esta manera:
“¡Oh, tú, que riges los destinos de los hombres y de los dioses con eterno imperio y los aterras
con tu rayo! ¿En qué pudo mi Eneas, en qué pudieron ofenderte tanto los Troyanos, para que así,
después de pasar tantos trabajos, se les cierre el paso a Italia por todo el orbe? Me habías
20 prometido que de ellos, andando los años, saldrían los Romanos, guías del mundo, descendencia
de la sangre de Teucro, los cuales dominarían el mar y la tierra con soberano imperio. ¿Qué te ha
hecho ¡oh, Padre! mudar de resolución? Con esto, en verdad, me consolaba yo de la caída de
Troya y de su triste ruina, compensando los hados adversos con los prósperos. Ahora la misma
suerte contraria persigue a unos hombres trabajados ya por tantas aventuras. ¿Qué término das
25 ¡oh, Gran Rey! a sus desgracias?
Besó a su hija el padre de los hombres y de los dioses, sonriéndose con aquel apacible
semblante con que serena el cielo y las tempestades, y enseguida le habló así:
“Depón el miedo, ¡oh Citerea! ; inmotos perseveran para ti los hados de los tuyos. Verás
la ciudad y las murallas prometidas de Lavino, y levantarás hasta las estrellas del cielo al
30 magnánimo Eneas; no he cambiado de resolución. Mas, pues te aqueja este cuidado, voy a
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descubrirte, tomándolos desde muy atrás, los arcanos del porvenir. Tu Eneas sostendrá en Italia
grandes guerras, y domará pueblos feroces, y les dará leyes y murallas; tres veranos pasarán y
tres inviernos antes de que reine en el Lacio y logre sojuzgar a los Rútulos. Y el niño Ascanio,
que ahora lleva el sobrenombre de Iulo (Ilo se llamaba mientras existió el reino de Ilión); llenará
5 con su imperio treinta años largos, un mes tras otro, y trasladará la capital de su reino de Lavino
a Alba-Longa, que guarnecerá con gran fuerza. Allí reinará por espacio de trescientos años el
linaje de Héctor, hasta que la reina sacerdotisa Ilia, fecundada por el dios Marte, pariere de un
parto dos hijos. Luego Rómulo, engalanado con la roja piel de la loba, su nodriza, dominará a
aquella gente y levantará las murallas de la ciudad de Marte, y dará su nombre a los Romanos.
10 No pongo a las conquistas de este pueblo límite ni plazo; desde el principio de las cosas les
concedí un imperio sin fin.
Libro II
(Comienzan los recuerdos de Eneas, tal como se los cuenta a su anfitriona, Dido, reina de
Cartago, en el banquete)
15 El gran caudillo Eneas habló así desde su alto lecho:
"Mándasme ¡oh Reina! que renueve inefables dolores, refiriéndote cómo los Dánaos
asolaron las grandezas troyanas y aquel miserando reino; espantosa catástrofe, que yo presencié
y en que fui gran parte. ¿Quién al narrar tales desastres; quién, ni aun cuando fuera uno de los
Mirmidones o de los Dólopes, o soldado del duro Ulises, podría refrenar el llanto? Y ya la
20 húmeda noche se precipita del cielo, y las estrellas que van declinando convidan al sueño. Mas si
tanto deseo tienes de saber nuestras tristes aventuras, y de oir brevemente el supremo trance de
Troya, aunque el ánimo se horroriza a su solo recuerdo y retrocede espantado, empezaré.
Quebrantados por la guerra y contrariados por el destino en tantos años ya pasados, los
caudillos de los Griegos construyen, por arte divino de Palas, un caballo tamaño como un monte,
25 cuyos costados forman con tablas de abeto bien ajustadas, y haciendo correr la voz de que
aquello es un voto para obtener feliz regreso, consiguen que así se crea. Allí, en aquellos
tenebrosos senos, ocultan con gran sigilo la flor de los guerreros, designados al efecto por la
suerte, y en un momento llenan de gente armada las hondas cavidades y el vientre todo de la gran
máquina.
30 "Hay a la vista de Troya una isla, llamada Ténedos, muy afamada y rica en los tiempos en
que estaban en pie los reinos de Príamo, y que hoy no es más que una ensenada, fondeadero poco
seguro para las naves. Allí avanzan los Griegos y se ocultan en la desierta playa, mientras
nosotros creíamos que habían levantado el campo y enderezado el rumbo a Micenas: con esto,
toda Troya empieza a respirar tras su largo luto. Abrense las puertas; para todos es un placer salir
35 de la ciudad y ver los campamentos dóricos, los lugares ya libres de enemigos y la abandonada
playa; aquí acampaba la hueste de los Dólopes; allí tenía sus tiendas el feroz Aquiles; en aquel
punto fondeaba la escuadra, por aquel otro solía embestir el ejército. Unos se maravillan en vista
de la funesta ofrenda consagrada a la virginal Minerva, y se pasman de la enorme mole del
Eneida, pasajes 3
caballo, siendo Timetes el primero en aconsejar que se lleve a la ciudad y se coloque en el
alcázar, ya fuese traición, ya que así lo tenían dispuesto los hados de Troya; pero Capis, y con él
los más avisados, querían, o que se arrojase al mar aquella traidora celada, sospechoso don de los
Griegos, o que se le prendiese fuego por debajo, o que se barrenase el vientre del caballo y
5 registrasen sus hondas cavidades. El inconstante vulgo se divide en encontrados pareceres.
"Baja entonces corriendo del encumbrado alcázar, seguido de gran multitud, el fogoso
Laoconte, el cual desde lejos,
"¡Oh miserables ciudadanos!" empezó a gritarles: ¿Qué increíble locura es ésta? ¿Pensáis
que se han alejado los enemigos y os parece que puede estar exento de fraude don alguno de los
10 Dánaos? ¿Así conocéis a Ulises? O en esa armazón de madera hay gente aquiva oculta, o se ha
fabrica- do en daño de nuestros muros, con objeto de explorar nuestras moradas y dominar desde
su altura la ciudad, o algún otro engaño esconde. ¡Troyanos, no creáis en el caballo! ¡Sea de él lo
que fuere, temo a los griegos hasta en sus dones!"
Dicho esto, arrojó con briosa pujanza un gran venablo contra los costados y el combo
15 vientre del caballo, en el cual se hincó retemblando y haciendo resonar con hondo gemido sus
sacudidas cavidades; y a no habernos sido adversos los decretos de los dioses, si nosotros
mismos no nos hubiéramos conjurado en nuestro daño, aquel ejemplo nos habría impelido a
acuchillar a los Griegos en sus traidoras guaridas, y aun subsistieras, ¡Oh Troya! y aun estarías en
pie, ¡Oh alto alcázar de Príamo!
20 (la muerte de Laoconte)
Sobreviene en esto de pronto un nuevo y terrible accidente, que acaba de conturbar los
desprevenidos ánimos. Laoconte, designado por la suerte para sacerdote de Neptuno, estaba
inmolando en aquel solemne día un corpulento toro en los altares, cuando he aquí que desde la
isla de Ténedos se precipitan en el mar dos serpientes (¡de recordarlo me horrorizo!), y
25 extendiendo por las serenas aguas sus inmen- sas roscas, se dirigen juntas a la playa; sus erguidos
pechos y sangrientas crestas sobresalen por cima de las ondas; el resto de su cuerpo se arrastra
por el piélago, encrespando sus inmensos lomos, hácese en el espumoso mar un grande
estruendo; ya eran llegadas a tierra; inyectados de sangre y fuego los encendidos ojos, esgrimían
en las silbadoras fauces las vibrantes lenguas. Consternados con aquel espectáculo, echamos a
30 huir; ellas, sin titubear, se lanzan juntas hacia Laoconte; primero se rodean a los cuerpos de sus
dos hijos mancebos y atarazan a dentelladas sus miserables miembros; luego arrebatan al padre,
que, armado de un dardo, acudía en su auxilio, y le amarran con grandes ligaduras, y aunque
ceñidas ya con dos vueltas sus escamosas espaldas a la mitad de su cuerpo, y con otras dos a su
cuello, todavía sobresalen por encima sus cabezas y sus erguidas cervices. El pugna por desatar
35 con ambas manos aquellos nudos, chorreando sangre y negro veneno las vendas de su frente, y
eleva a los astros al mismo tiempo horrendos clamores, semejantes al mugido del toro cuando,
herido, huye del ara y sacude del cuello la segur asestada con golpe no certero. Luego los dos
dragones se escapan, rastreando con dirección al alto templo y alcázar de la cruenta Tritónide, y
se esconden bajo los pies y el redondo escudo de la diosa. Nuevas zozobras penetran entonces en
40 nuestros aterrados pechos, y todos se dicen que Laoconte ha merecido su desastre por haber
ultrajado la sacra imagen de madera, lanzando contra ella su impía lanza; todos claman también
que es preciso llevar al templo la imagen e implorar el favor de la deidad ofendida.
Eneida, pasajes 4
(la caída de Troya y la profecía de Héctor)
Al punto hacemos una gran brecha en las murallas, abriendo así la ciudad; todos ponen
mano a la obra, encajan bajo los pies del caballo ruedas con que se arrastre fácilmente, y le echan
al cuello fuertes maromas; así escala nuestros muros la fatal máquina, preñada de guerreros; en
5 torno niños y doncellas van entonando sagrados cánticos, y recreándose a porfía en tocar la
cuerda con su mano. Avanza aquella en tanto, y penetra amenazadora hasta el centro de la
ciudad. ¡Oh patria, oh Ilión, morada de los dioses! ¡Oh murallas de los Dárdanos, ínclitas en la
guerra! Cuatro veces se paró la enemiga máquina en el mismo dintel de la puerta, y cuatro veces
se oyó resonar en su vientre un crujido de armas. Avanzamos, no obstante, desatentados y ciegos
10 en nuestro delirio, y colocamos el fatal monstruo en el sagrado alcázar. Entonces también abrió
la boca para revelarnos nuestros futuros destinos Casandra, jamás creída de los Troyanos por
voluntad de Apolo; y nosotros, infelices, para quienes era aquél el último día, íbamos por la
ciudad, ornando con festivas enramadas los templos de los dioses. Gira en tanto el cielo, y la
noche se precipita en el Océano, envolviendo en sus dilatadas sombras la tierra y el firmamento y
15 las insidias de los Mirmidones. Esparcidos por la ciudad, quedan en silencio los Troyanos; un
profundo letargo se apodera de sus fatigados cuerpos.
Ya la falange de los Argivos se encaminaba desde Ténedos a nuestras conocidas playas en
sus bien armadas naves, a favor del silencio y de la protectora luz de la luna. Un espía griego,
defendido por los hados de los dioses, crueles para nosotros, abre furtivamente a los Griegos
20 encerrados en el vientre del coloso su prisión de madera; devuélvelos al aire libre el ya abierto
caballo, y alegres salen del hueco roble, descolgándose por una maroma. Invaden la ciudad,
sepultada en el sueño y el vino, matan a los centinelas, abren las puertas, dan entrada a todos sus
compañeros, y se unen a las huestes que los esperan para dar el golpe.
Era la hora en que empieza para los dolientes mortales y se difunde por sus cuerpos el
25 primer sopor, dulcísimo don de los dioses, cuando me pareció que veía entre sueños a Héctor en
ademán tristísimo, derramando copioso llanto. Exhalando gravemente de lo hondo del pecho
un gemido, dijo:
"Huye, ay, ¿oh hijo de una diosa! huye y líbrate de esas llamas. El enemigo ocupa la
ciudad. Troya se derrumba desde su alta cumbre. Bastante hemos hecho por la patria y por
30 Príamo; si Pérgamo hubiera podido ser defendido por manos mortales, mi mano le hubiera
defendido. Troya te confía sus númenes y penates, toma contigo esos compañeros de sus futuros
hados, y busca para ellos nuevas murallas, que fundarás, grandes por fin, después de andar
errante mucho tiempo por los mares."