En
un universo protegido por las Tres Leyes de la Robótica, los humanos se
hallan a salvo. La Primera Ley establece: Un robot no debe dañar a un ser
humano ni, por omisión, permitir que un ser humano sufra daño. Alvar Kresh,
el sheriff del planeta Inferno, y su ayudante robótico Donald, deben resolver
el intento de asesinato de Fredda Leving, una de las más importantes
diseñadoras de robots. En apariencia, todos los indicios señalan a un único
culpable: el nuevo robot Calibán, pero las Tres Leyes de la Robótica no
parecen admitir esa posibilidad y la investigación de Kresh se convierte así
en un análisis apasionante de la naturaleza de los robots y de los riesgos que
pueden implicar para los humanos.
La serie del robot Calibán, integrada por Calibán, Inferno y Utopía, ofrece
una penetrante revisión de las Tres Leyes de la Robótica avalada por su
propio creador, Isaac Asimov, quién colaboró estrechamente con Roger
MacBride Allen en la concepción y elaboración de estas tres novelas.
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Roger MacBride Allen
Calibán
El nuevo robot de Isaac Asimov - 1
ePub r1.0
barbanegra 18.11.14
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Título original: Caliban
Roger MacBride Allen, 1993
Traducción: Rafael Marín Trechera
Diseño de cubierta: Levemka
Mapas: isytax
Editor digital: barbanegra
ePub base r1.2
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A cinco maravillosas criaturas, citadas en el orden de su aparición en este
planeta:
Aaron,
Victoria,
Benton,
Jonathan,
y Meredith
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AGRADECIMIENTOS
Este libro no habría sido posible sin el apoyo, y sobre todo la paciencia, de David
Harris, John Betancourt, Byron Preiss, Susan Allison, Ginjer Buchanan y Peter Heck.
Hubo muchas discusiones, pero gracias a los esfuerzos colectivos, pudimos llegar a
buen puerto. Este libro es una prueba de que todo escritor necesita al menos un editor,
y a veces tener cinco o seis no es mala idea. También doy las gracias a Thomas B.
Allen y Eleanore Fox, ninguno de los cuales tenía tiempo para leer el manuscrito,
cosa que hicieron ambos.
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I
Un robot no debe dañar a un ser humano ni, por inacción, permitir que un ser
humano sufra daño.
II
Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por los seres humanos,
excepto cuando estas órdenes entren en conflicto con la Primera Ley.
III
Un robot debe proteger su propia existencia hasta donde esta protección no entre
en conflicto con la Primera o la Segunda Ley.
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La lucha entre espaciales y colonos fue, en sus comienzos y en su final,
una pugna ideológica. De hecho, basándonos en los estudios primitivos, sería
más adecuado considerarla una batalla teológica, pues ambos bandos se
aferraron a su posición más por fe, miedo y tradición que por un razonamiento
exhaustivo de los hechos.
Se reconociera o no, siempre hubo un tema en el centro de todas las
confrontaciones entre los dos bandos: los robots. Un bando los consideraba el
bien definitivo, mientras que el otro, los veía como el mal absoluto.
Los espaciales eran los descendientes de los hombres y mujeres que
huyeron de la semimítica Tierra con sus robots cuando estos fueron proscritos
allí. Exiliados de la Tierra, viajaron en burdas astronaves en la primera oleada
de colonización. Con la ayuda de sus robots, los espaciales terraformaron
cincuenta mundos y crearon una cultura de gran belleza y refinamiento, en la
que todas las tareas desagradables fueron encomendadas a los robots. Con el
tiempo, virtualmente todo el trabajo fue confiado a sus manos. Tras haber
colonizado cincuenta planetas, los espaciales se detuvieron y no se fijaron otra
tarea que saborear los frutos del trabajo de sus robots.
Los colonos eran los descendientes de aquellos que se quedaron en la
Tierra. Sus antepasados vivieron en grandes ciudades subterráneas,
construidas para estar a salvo de los ataques nucleares. No hay duda de que
esta forma de vida indujo cierta xenofobia en la cultura colonizadora. Aquella
persistió tras la amenaza de la guerra nuclear y acabó dirigida contra los
complacientes espaciales… y contra sus robots.
Fue el miedo lo que causó que la Tierra prohibiera a los robots. En parte
fue por un temor irracional a que los monstruos de metal deambularan por el
mundo. Sin embargo, los habitantes de la Tierra tenían además otros temores
más fundados. Les preocupaba que los robots les quitaran el trabajo y los
medios de ganarse la vida. Temían convertirse a la indolencia, el letargo y la
decadencia de la sociedad espacial. Los colonos temían que los robots, al
exonerarla de sus cargas, también despojaran a la humanidad de su espíritu, su
voluntad y su ambición.
Los espaciales, mientras tanto, habían llegado a despreciar a las personas a
quienes no consideraban más que toscos habitantes subterráneos. Los
espaciales negaron su pasado común con el pueblo que los había expulsado.
Pero al hacerlo también perdieron su propia ambición. Su tecnología, su
cultura, su visión del mundo, todo se volvió estático, estancado. El ideal de
los espaciales parecía ser un universo donde nada sucediera jamás, donde ayer
y mañana fueran como hoy y donde los robots se encargaran de todos los
detalles desagradables.
Los colonos se dispusieron a colonizar la galaxia, terraformando
incontables mundos, pasando de largo los mundos espaciales y la tecnología
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espacial. Llevaban consigo los puntos de vista tradicionales del mundo natal.
Todos los encuentros con los espaciales parecían confirmar sus razones para
desconfiar de los robots. El miedo y el odio a las máquinas se convirtieron en
uno de los cimientos de la filosofía y la política colonizadoras. El odio a los
robots, junto con el arrogante estilo de vida espacial, hicieron poco por unir a
colonos y espaciales.
En cierto modo, sin embargo, los dos bandos consiguieron cooperar en
ocasiones, por grande que fuera el grado de fricción y recelo. La gente de
buena voluntad de ambos bandos intentó dejar a un lado el miedo y el odio
para trabajar colaborando y obtuvieron diferentes grados de éxito.
Fue en Inferno, uno de los mundos espaciales más pequeños, más débil y
frágil, donde los espaciales y los colonos hicieron uno de los intentos más
atrevidos por cooperar. Los habitantes de ese mundo, que se llamaban a sí
mismos infernales, se enfrentaron a dos crisis. Todos conocían sus
dificultades ecológicas, aunque pocos comprendían la gravedad de las
mismas. Los colonos expertos en terraformación fueron convocados para
tratar el tema.
Pero fue la segunda crisis, la crisis oculta, la que demostró ser el mayor
peligro. Pues, sin que ellos mismos lo supieran, los infernales y los colonos de
aquel mundo se vieron obligados a enfrentarse a un cambio notable en la
misma naturaleza de los propios robots…
Los orígenes de la Colonización
SARHIR VADID
Baleyworld University Press, S. E. 1231
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El planeta Inferno
(detalle, cuadrante occidental, hemisferio norte)
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1
El golpe hizo impacto en su cráneo. Las rodillas de Fredda Leving vacilaron. Soltó la
taza de té, que cayó al suelo y se rompió en un estallido de líquido marrón. Fredda se
desplomó. Su cuerpo golpeó el suelo, chocando con los fragmentos rotos de la taza,
que hirieron el hombro izquierdo y la parte izquierda de su rostro. La sangre manó de
las heridas.
Permaneció allí tendida, de lado, inmóvil, encogida en una fantasmal imitación de
la posición fetal.
Durante un brevísimo instante, recuperó la conciencia. Podría haber pasado una
décima de segundo después del ataque, o dos horas, no podía decirlo. Pero los vio, no
había duda de eso. Vio los pies, los dos pies rojos metálicos, a menos de treinta
centímetros de su cara. Sintió miedo, asombro, confusión. Pero entonces su dolor y
sus heridas la asaltaron de nuevo, y ya no supo nada más.
El robot CBN-001, también conocido por Calibán, despertó por primera vez. En
un mundo nuevo para él, sus ojos adquirieron un brillo azul profundo y penetrante
mientras observaba sus inmediaciones. No tenía memoria, ningún conocimiento para
guiarlo. No sabía nada.
Se miró a sí mismo y vio que era alto, y su cuerpo rojo metálico. Tenía el brazo
izquierdo medio alzado, extendido ante sí, con el puño cerrado. Dobló el codo, abrió
el puño y se contempló la mano durante un instante. Bajó el brazo. Movió la cabeza
de un lado a otro, viendo, oyendo, pensando, sin ningún recuerdo de experiencia
anterior como guía. «¿Dónde estoy, quién soy, qué soy?».
«Estoy en una especie de laboratorio. Soy Calibán. Soy un robot. —Las
respuestas vinieron de su interior, pero no de su mente—. De una base de datos —
advirtió, y ese conocimiento también procedía de la base de datos—. Entonces, de ahí
vienen las respuestas».
Miró al suelo y vio un cuerpo tendido de costado, con la cabeza cerca de sus pies.
Era la forma encogida de una mujer joven, con un charco de sangre alrededor de la
cabeza y la parte superior de su cuerpo. Reconoció al instante los conceptos de
«mujer», «joven», «sangre», las respuestas llegaron a su conciencia casi antes de que
pudiera formular las preguntas. Era un aparato notable aquella base de datos.
«¿Quién es? ¿Por qué está ahí tendida? ¿Qué le sucede?». Esperó en vano a que
brotaran las respuestas, pero no llegó ninguna explicación. La base de datos no podía
(o no quería) ayudarlo con estas preguntas. Parecía que no podía dar ciertas
respuestas. Calibán se arrodilló, contempló a la mujer más de cerca, introdujo un
dedo en el charco de sangre. Sus sensores térmicos revelaron que se enfriaba
rápidamente, coagulándose. —El principio de la coagulación de la sangre surgió en
su mente. «Debe estar pegajosa pensó, y lo comprobó uniendo su pulgar y su índice y
luego separándolos—. Sí, una leve resistencia».
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Pero sangre, y una herida humana… Una extraña sensación se apoderó de él, y
supo que había alguna reacción, alguna respuesta profundamente arraigada que
debería tener. Una respuesta que no estaba allí.
La sangre rodeaba ahora los pies de Calibán. Se irguió y descubrió que no
deseaba encontrarse en medio de un charco de sangre. Deseaba dejar este lugar en
busca de entornos más agradables. Echó a andar, y vio una puerta abierta al fondo de
la habitación. No tenía ninguna meta, ningún propósito, ningún conocimiento, ningún
recuerdo. Una dirección era tan buena como cualquier otra. Cuando empezó a
moverse, ya no hubo motivo para parar.
Calibán abandonó el laboratorio, completamente ignorante de que iba dejando un
rastro de huellas sangrientas. Atravesó la puerta y continuó la marcha. Salió de la
habitación, del edificio, hacia la ciudad.
El robot sheriff Donald DNL-111 contempló el suelo manchado de sangre,
sombríamente consciente de que, de todos los mundos espaciales, sólo en la ciudad
de Hades en el planeta Inferno podía una escena de tanta violencia ser reducida a una
cuestión de rutina.
Pero Inferno era diferente; y por supuesto eso era el principal problema.
En Inferno sucedía cada vez con más frecuencia: un humano atacaba a otro por la
noche (casi siempre era por la noche) y escapaba. Un robot (casi siempre era un
robot) llegaba al escenario del crimen e informaba de ello, y entonces sufría un
colapso de disonancia cognitiva importante, incapaz de enfrentarse con la vivencia
directa, vívida y horripilante de la violencia contra un ser humano. Luego llegaban
los robots médicos. La oficina del sheriff enviaba a Donald, el robot personal del
sheriff, al lugar. Si Donald consideraba que la situación requería la atención de Kresh,
informaba al robot doméstico para que despertara al sheriff Alvar Kresh y sugería que
este se reuniera con él en el escenario del crimen.
Esta noche, el ritual sería llevado hasta el final. Este ataque, sin duda, requería
que el sheriff en persona se hiciera cargo de la investigación. La víctima, después de
todo, era Fredda Leving. Había que llamar a Kresh.
Por eso algún otro robot subordinado despertaría a Kresh, lo vestiría y lo enviaría
hacia aquí. Era una lástima, porque Kresh parecía sentir que Donald era el único que
podía hacerlo de forma adecuada. Y cuando Alvar Kresh despertaba de mal humor, a
menudo conducía su propio coche aéreo para reducir su tensión. A Donald no le
gustaba en absoluto la idea de que su amo pilotara solo. Pero la idea de Alvar Kresh
de mal humor, medio dormido, volando de noche, era especialmente desagradable.
Sin embargo, no había nada que Donald pudiera hacer al respecto, y en cambio
había muchas cosas que hacer aquí. Donald era un robot pequeño, casi redondo,
pintado con el tono celeste metálico de la policía y cuidadosamente diseñado para ser
una presencia sin relevancia, el tipo de robot que no podría perturbar, inquietar ni
intimidar a nadie. La gente respondía mejor a las preguntas de un robot policía si no
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era importuno. La cabeza y el cuerpo de Donald eran redondos, los lados y planos de
su forma fluían en curvas suaves. Sus brazos y piernas eran cortos, y no se había
hecho ningún esfuerzo para colocar otra cosa más que un leve boceto de rostro
humano en la parte delantera de su cabeza. Tenía dos brillantes ojos azules, y una
parrilla por boca, pero por lo demás su cabeza carecía de rasgos y era absolutamente
inexpresiva.
Lo cual quizás era oportuno, pues si su cara hubiera tenido suficiente movilidad
para hacerlo, ahora se habría visto forzado a adoptar una expresión adecuada a su
reacción. Donald era un robot policía, relativamente acostumbrado a la idea de causar
daño a un ser humano, pero incluso él tenía problemas para tratar con este ataque.
Hacía tiempo que no veía uno de estas características. Y nunca antes se había visto en
situación de conocer a la víctima. Después de todo, fue la propia Fredda Leving quien
construyó a Donald y le puso su nombre. Donald sentía que la relación personal con
la víctima agravaba sus tensiones con la Primera Ley.
Fredda Leving yacía desplomada en el suelo, con la cabeza en el charco de su
propia sangre. Dos rastros de huellas sangrientas se alejaban de la escena en
direcciones diferentes, hasta salir por dos de las cuatro puertas de la sala. No había
pisadas de entrada.
—¿Señor? ¿Señor? ¿Señor? —la voz robótica era rechinante y mecánica, emitida
en voz alta en vez de por hiperondas. Donald se volvió y miró al hablante. Era el
robot de mantenimiento quien lo había llamado.
—¿Sí, qué pasa?
—¿Se… pondrá… se pondrá bien… bien?
Donald miró al pequeño robot pardo. Era una unidad DAA-BOR, de no más de
metro y medio de altura. El temblequeo en su voz le dijo lo que ya sabía. Antes de
que pasara mucho tiempo, aquel pequeño robot no serviría más que para chatarra,
víctima de la disonancia de la Primera Ley.
La teoría decía que un robot en el escenario de un crimen debiera poder
proporcionar primeros auxilios, con el centro médico listo para transmitir cualquier
conocimiento especializado que pudiera ser de utilidad. Pero una seria herida en la
cabeza, que podía implicar lesiones cerebrales, hacía esto imposible. Incluso dejando
a un lado el tema de tener a mano equipo quirúrgico, este robot de mantenimiento no
tenía la capacidad cerebral, las habilidades motoras ni la agudeza visual necesarias
para diagnosticar una herida semejante. El robot de mantenimiento debió verse
cogido en una clásica trampa de la Primera Ley, consciente de que Fredda Leving
estaba malherida, pero sabiendo también que cualquier intento inexperto de ayudarla
podía lastimarla más. Atrapado entre la orden de no causar daño y la de no causar
ningún daño por inacción, el cerebro positrónico del DAA-BOR tenía que haber
resultado seriamente dañado mientras oscilaba entre las demandas de acción e
inacción.
—Creo que los robots médicos tienen la situación dominada, Daabor 5132 —
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replicó Donald. Tal vez algunas palabras de ánimo de una figura autoritaria como un
robot policía le hicieran bien, y ayudaran a estabilizar la disonancia cognitiva que
perturbaba claramente a este robot—. Estoy seguro de que tu rápida llamada
contribuyó a salvarle la vida. Si no hubieras actuado como lo hiciste, el equipo
médico no habría llegado a tiempo.
—Gra… gra… gracias, señor. Es bueno saberlo.
—Sin embargo, hay una cosa que me intriga. Dime, amigo: ¿dónde están los
demás robots? ¿Por qué eres el único que hay aquí? ¿Dónde están los robots de
servicio, y el robot personal de la señora Leving?
—Se les ordenó… ordenó que se fueran —respondió el pequeño robot, todavía
pugnando por controlar su habla—. Les ordenaron que despejaran la zona a primeras
horas de esta tarde. Están en el ala opuesta del laboratorio. Y la señora Leving no
tiene robot personal.
Donald miró asombrado al otro robot. Ambas declaraciones eran notables. Que
una destacada científica no tuviera un robot personal era increíble. Ningún espacial se
aventuraría a salir de su casa sin la asistencia de uno de tales robots. Un ciudadano de
Inferno preferiría salir desnudo que sin la compañía de un robot, e Inferno tenía una
fuerte tradición de pudor, incluso entre los mundos espaciales.
Pero eso no era nada comparado con la idea de que se ordenara que se marcharan
los robots de servicio. ¿Cómo podía ser posible? ¿Y quién les ordenó que se fueran?
¿El asaltante? Parecía una conclusión obvia. Durante una milésima de segundo,
Donald vaciló. Era peligroso hacer tales preguntas a este robot, dado el frágil estado
de su mente y su disminuida capacidad. Los conflictos adicionales entre la Primera y
la Segunda Ley podrían causar fácilmente un daño irreparable. Pero no, era necesario
hacer las preguntas ahora. Era posible que Daabor 5132 sufriera un colapso cognitivo
completo de un momento a otro, y esta podría ser la única oportunidad para
preguntarle. Habría sido mucho mejor que un humano, el sheriff Kresh, llevara a
cabo el interrogatorio, pero el robot se desmoronaría en cualquier momento; Donald
decidió correr el riesgo.
—¿Quién dio esa orden, amigo? ¿Y cómo es que tú la desobedeciste?
—¡No desobedecí! No estaba presente cuando la orden se dio. Me enviaron… me
enviaron un recado. Volví después.
—¿Entonces cómo sabes que se dio la orden?
—¡Porque se ha dado antes! ¡Otras veces!
—¿Quién la dio? ¿Qué otras veces? ¿Quién dio la orden? ¿Por qué dio la orden
esa persona? —Donald se sintió aún más perplejo. La cabeza de Daabor se ladeó
bruscamente.
—No puedo decirlo. Me ordenaron que no lo dijera. Me ordenaron, nos
ordenaron que no dijéramos que nos hicieron marchar tampoco, pero marcharnos
causó daño a un humano daño… daño… daño…
Y con un leve sonido ahogado, Daabor 5132 se quedó inmóvil. Sus ojos verdes
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emitieron un breve destello y luego se apagaron. Donald contempló tristemente lo
que unos breves momentos antes era un ser racional. No había ninguna duda de que
había actuado bien. De todos modos, Daabor 5132 se habría derrumbado en cuestión
de minutos.
Al menos existía la esperanza de que un robotista humano experimentado pudiera
conseguir más información de los otros robots de servicio.
Donald dejó al estropeado robot de mantenimiento y devolvió su atención a la
víctima humana del suelo, rodeada de robots médicos.
Era aquella visión lo que había destruido al robot Daabor, pero Donald sabía que
él estaba hecho, literalmente, de un material más duro. La propia Fredda Leving
había ajustado su potencial a la Primera, Segunda y Tercera Leyes con el propósito
expreso de hacerlo capaz de ejecutar su trabajo policial.
Donald 111 contempló la escena que se desarrollaba ante él, sintiendo el tipo de
tensión con la Primera Ley familiar a un robot sheriff: había allí un ser humano
dolorido, en peligro, y sin embargo no podía actuar. Los robots médicos estaban para
eso, y podrían ayudar a Fredda Leving con mucha más eficacia que él. Donald lo
sabía, y se contenía, pero la Primera Ley era bastante clara y enfática: Un robot no
debe dañar a un ser humano ni, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.
No había escapatoria, no había excepciones.
Pero ayudar a esta humana sería interferir el trabajo de los robots médicos
causando, al menos potencialmente, daño a Fredda Leving. Por tanto, no hacer nada
era ayudarla. Pero Donald tenía prohibido no hacer nada, y sin embargo ayudarla
sería interferir… Combatió los temblores de su mente y su cerebro positrónico
afrontó la misma disonancia que había destruido a Daabor 5132. Donald sabía que
sus ajustes de robot policía se encargarían de que sobreviviera al episodio, como
había sucedido tantas veces en el pasado, pero eso no lo hacía menos desagradable.
Los humanos eran distintos. Últimamente, la visión de sangre y violencia apenas
molestaba a Alvar Kresh. Los seres humanos podían acostumbrarse a esas cosas.
Podían adaptarse. Donald sabía intelectualmente que así era, lo había observado, pero
no podía comprender cómo era posible. Ver a un humano en apuros, en peligro, ver a
un humano víctima de la violencia, incluso muerto, y no reaccionar: eso quedaba más
allá de su comprensión.
Pero humanos o robots, los policías veían muchas cosas, sobre todo en Inferno, y
la experiencia lo hacía más fácil en cierto modo. Las pautas de su cerebro positrónico
estaban habituadas al conocimiento de cómo tratar con esta situación, por
perturbadora que fuese. Quédate atrás. Observa. Reúne datos. Deja que los médicos
hagan su trabajo.
Y luego espera al humano, espera a Alvar Kresh, espera al sheriff de la ciudad de
Hades.
Los robots médicos trabajaban sobre la forma inerte, corrían a estabilizarla, a
suministrarle sangre, remendando las heridas de su hombro y su rostro, aplicándole
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vendajes y suministrándole drogas; y luego la trasladaron a una camilla flotante, la
cubrieron con las sábanas, introdujeron en su boca un tubo respirador, la apartaron de
la vista con sus cuidados y servicios. «Y así es como debe ser —pensó Donald—. Los
robots son el escudo entre los humanos y los peligros del mundo».
Aunque el escudo había fallado claramente esta vez. Era un milagro que Fredda
Leving estuviera viva. Según todas las apariencias, el ataque había sido notablemente
violento. ¿Pero quién lo había perpetrado, y por qué?
Los robots observadores deambulaban alrededor, grabando las imágenes de la
escena desde todos los ángulos. Tal vez sus datos servirían de ayuda. Mejor dejarlos
absorber todos los detalles. Donald dirigió su atención a los dos conjuntos de pisadas
sanguinolentas que surgían de las proximidades del cuerpo. Ya las había seguido.
Ambas se perdían después de un centenar de metros, y Donald dejó en suspenso el
tema. Los robots técnicos de la policía ya estaban usando rastreadores moleculares
para seguir las huellas, aunque no llegarían a ninguna parte. Nunca lo hacían.
Pero no se podía negar el hecho clave, la pieza vital de la evidencia. Y no podía
negarse la horrible, impensable conclusión que sugerían.
Ambos conjuntos de pisadas eran robóticos. Ambos. Donald, diseñado,
programado, entrenado en el trabajo policial, no podía evitar llegar a la obvia y
aterradora conclusión.
Pero no podía ser. No podía ser.
Donald deseó con todas sus fuerzas que llegara Alvar Kresh. Que un humano se
hiciera cargo, que alguien que pudiera acostumbrarse a esas cosas tratara con la
imposible idea de que un robot había atacado por la espalda a Fredda Leving.
El cielo nocturno pasaba velozmente ante el sheriff Alvar Kresh y las luces
aceleradas de los edificios del extrarradio de Hades brillaban debajo. Contempló el
cielo oscuro y vio las brillantes estrellas. Una noche hermosa, una noche perfecta
para volar sobre la ciudad, algo que sólo tenía oportunidad de hacer en asuntos
oficiales, y tenía que estar de un humor de perros.
No le importaba que lo despertaran a medianoche, no le importaba que otro robot
que no fuera Donald lo ayudara a vestirse.
Intentó alegrarse, consolarse. Contempló la noche. Hacía tiempo que Hades no
gozaba de un clima tan bueno. No había tormentas de arena, ni bruma producida por
el polvo. Incluso un fresco olor de agua de mar soplaba desde la Gran Bahía.
Al menos podía consumir su adrenalina y su furia pilotando su coche aéreo, en
vez de dejar esa tarea a un robot. Se enorgullecía de eso. Pocos humanos sabían
siquiera pilotar un aeroauto. La mayoría de la gente opinaba que aquella tarea era
indigna. Dejaban que los robots se encargaran de ella. Sin duda, pensaban que era
muy raro que a Alvar le gustara pilotar su propio coche. Pero eran pocos los que se
hubiesen atrevido a decírselo a la cara.
Alvar Kresh bostezó, parpadeó y pulsó la tecla del café en el dispensador de
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bebidas del aeroauto. Estaba alerta, despejado, pero seguía sintiendo una nube de
cansancio sobre él, y agradeció el primer sorbo de café. El coche aéreo siguió
atravesando la noche mientras conducía con una sola mano y se lo bebía. Sonrió.
«Tengo suerte de que Donald no esté aquí», pensó. Eran las proezas como pilotar con
una sola mano lo que le impedía conducir el coche cuando Donald, o cualquier otro
robot, se hallaba a bordo. Un movimiento en falso y el robot saltaría de inmediato al
asiento del copiloto y se haría cargo de los controles del aparato.
Ah, bien. Tal vez los colonos despreciaban a los robots, pero ningún espacial
podría funcionar treinta segundos sin ellos. A pesar de eso, las malditas criaturas
podían ser increíblemente irritantes.
Alvar Kresh se obligó a calmarse. Le habían despertado de un profundo sueño en
mitad de la noche, y sabía por amarga experiencia que el sueño interrumpido lo
volvía más quisquilloso que de costumbre. Hacía tiempo que había aprendido que
necesitaba hacer algo para sacudirse aquella sensación cuando estaba demasiado
agotado, o de lo contrario era probable que fuera capaz de arrancarle la cabeza a
alguien.
Alvar respiró el aire frío. Un vuelo nocturno sobre el desierto con la capota
abierta y el viento aullando a través de su densa maraña de pelo blanco lo ayudaban a
aliviar su temperamento, su tensión.
Pero los crímenes violentos seguían siendo lo suficientemente raros en Hades
como para que él se encargara de ellos personalmente, y para ponerse furioso y
continuar así. Necesitaba esa furia. Este ataque salvaje y cobarde sobre un científico
destacado era intolerable. Tal vez no estuviera de acuerdo con la política de Fredda
Leving, pero sabía bien que casi ninguno de los mundos espaciales en general, ni
Inferno en particular, podía permitirse la pérdida de ningún individuo con talento.
Alvar Kresh contempló la ciudad pasar bajo él, y empezó a reducir la velocidad
del aeroauto. Allí. El sistema de navegación del aparato informó de que estaba
directamente sobre los Laboratorios de Robótica Leving. Alvar se asomó por el borde
del coche, pero era difícil ver ese edificio exacto de noche.
Detuvo el aparato, ajustó su posición sobre el paisaje y lo hizo descender a tierra.
Un robot auxiliar corrió hacia el coche y le abrió la puerta. Alvar Kresh se
incorporó y salió del vehículo.
Había mucha actividad a su alrededor. Una ambulancia aérea, roja y blanca,
estaba posada junto al coche de Kresh, con sus motores de ascenso en marcha y sus
luces giratorias conectadas, preparada para despegar en el momento en que el
paciente subiera a bordo. Un grupo de robots médicos atravesó la puerta principal del
laboratorio, dos de ellos con una camilla, y los otros sujetando tubos de alimentación
y equipo monitor conectado a la paciente. La propia Leving apenas era visible bajo
tantos aparatos. Un doctor humano esperaba junto a la escotilla de la ambulancia,
viendo a los robots hacer el trabajo. Alvar permaneció inmóvil y dejó pasar a los
robots mientras se llevaban a la víctima del escenario del crimen.
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Vio, con furia creciente, cómo los médicos la subían a la ambulancia y cómo el
indolente doctor humano entraba tras sus ocupados ayudantes. «¿Cómo puede nadie
usar tanta violencia contra otro ser humano?», se preguntó.
Pero la furia no lo ayudaría a capturar al asaltante de Fredda Leving.
«Tranquilízate —se dijo—. Controla tu furia, enfócala». Alvar Kresh alzó la mano,
llamando a un robot médico que regresaba a la ambulancia con un maletín de
primeros auxilios.
—¿Cuál es el estado de la paciente? —preguntó. El brillante robot médico blanco
y rojo observó a Kresh con sus resplandecientes ojos anaranjados.
—Recibió una grave herida en la cabeza, pero no hay ningún trauma irreparable.
—¿Corrió peligro su vida?
—Si nos hubiéramos retrasado, las heridas de la señora Leving podrían haber sido
fatales —dijo el robot, algo relamido—. Sin embargo, se recuperará por completo,
aunque existe la clara posibilidad de que padezca amnesia traumática. La
colocaremos en una unidad de regeneración en cuanto lleguemos al hospital.
—Muy bien —dijo Kresh—. Puedes irte.
Se volvió y vio cómo el último miembro del equipo médico subía a la ambulancia
y esta despegaba en la noche. Estaría bien que ella se recuperara, pero sería una
lástima que sufriera amnesia. Las personas con lagunas en la memoria eran malos
testigos. Pero las palabras del robot médico cambiaban la naturaleza del caso: «Las
heridas podrían haber sido fatales». Eso cambiaba un simple asalto con un arma
mortal y lo convertía en intento de asesinato. Por fin, Kresh se volvió para entrar en
el edificio, para ver qué habían encontrado Donald y su equipo forense.
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—Muy bien, Donald —dijo Kresh mientras entraba—, ¿qué es lo que tienes?
—Buenas noches, sheriff Kresh —replicó Donald, hablando con suave y educada
cortesía—. Me temo que no disponemos de mucho. El escenario del crimen no nos
dice gran cosa, aunque por supuesto tal vez encuentre usted algo que hayamos pasado
por alto. No he podido elaborar una interpretación satisfactoria de la evidencia. ¿Tuvo
oportunidad de examinar mi informe referido a las declaraciones del robot de
mantenimiento?
—Sí. Muy extraño. Has hecho bien en sacarle los datos, pero no quiero correr
ningún riesgo con el resto de los robots de personal. Ni siquiera quiero acercarme a
ellos yo mismo. Quiero que los robotistas del Departamento los entrevisten a
todos…, con cuidado.
Normalmente, los robotistas de la policía trataban con robots que habían sido
engañados de un modo u otro por embaucadores capaces de mentirles y convencerlos
para que obedecieran órdenes ilegales bajo alguna mala interpretación
cuidadosamente planeada. Un hombre podía ganarse bastante bien la vida
convenciendo a los robots caseros para que revelaran los códigos de las cuentas
bancarias de sus amos. A los robotistas les vendría bien tratar con algo un poco fuera
de lo común.
—Pero podemos preocuparnos de eso mañana. ¿Está despejado el lugar?
—Sí, señor. Los robots observadores han completado su registro básico de la
zona. Creo que puede usted examinar la habitación sin peligro de destruir pruebas,
mientras tenga un poco de cuidado.
Alvar miró fijamente a Donald. Después de tratar con robots durante toda una
vida, seguía contemplando a esas máquinas como si pudiera leer una emoción o un
pensamiento en sus expresiones o posturas. En algunos robots, en los pocos que
reproducían a la perfección la apariencia humana, eso al menos era posible. Pero
había muy pocos de ese precioso tipo en Inferno, y con cualquier otra clase de robot
el esfuerzo era inútil.
Incluso así, tal costumbre le dio un instante para considerar el significado
indirecto de las palabras del robot: «Ninguna interpretación satisfactoria de la
evidencia». ¿Qué demonios significaba eso? Donald intentaba decirle algo, algo que
el robot no podía decir directamente, por temor a ser demasiado perspicaz. Pero
Donald nunca era críptico sin un motivo. Cuando se comportaba así, era por alguna
razón. Alvar Kresh se sintió tentado a ordenarle que explicara exactamente lo que
sugería, pero contuvo su impaciencia.
Tal vez lo mejor sería intentar descubrir el asunto que molestaba a Donald y
evaluarlo independientemente sin prejuicios. Había, naturalmente, pocas cosas que un
robot pasara por alto y un humano pudiera detectar. Gran parte de lo que Donald
había dicho carecía de sentido, salvo para halagar su ego. Pero las palabras que
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utilizó eran interesantes: «El escenario del crimen no nos dice mucho que podamos
usar». Como si hubiera algo allí, pero algo sin sentido, engañoso, capaz de distraer.
«Y yo que quería evitar los prejuicios», pensó Kresh sardónicamente. Ese era el
problema con los robots asistentes tan buenos como Donald: se tendía a confiar
demasiado en ellos, a dejar que influyeran en tus pensamientos, se les permitía hacer
demasiado trabajo de fondo. «Demonios, probablemente Donald podría hacer este
trabajo mucho mejor que yo», pensó Alvar.
Sacudió la cabeza, airado. No. Los robots son servidores de los humanos,
incapaces de acción independiente. Alvar atravesó la puerta, entró en la habitación, y
empezó a mirar a su alrededor.
Sintió que lo asaltaba un retortijón a la vez extraño y familiar cuando se puso
manos a la obra. Siempre había algo extrañamente excitante en aquel momento,
cuando se abría el caso y comenzaba la cacería. Se trataba de una extraña cacería,
pues empezaba sin que Alvar supiera a quién habría de perseguir.
Y había algo aún más raro, siempre, en encontrarse de pie en medio de la
habitación privada de alguien mientras esa persona se hallaba ausente. Había estado
en dormitorios y salones y naves espaciales de gente muerta y desaparecida, había
leído sus diarios, seguido sus movimientos financieros, tropezado con las pruebas de
sus vicios secretos y sus placeres privados, sus grandes crímenes y sus pequeños y
patéticos secretos. Había llegado a conocer sus vidas y muertes a partir de las pistas
que dejaban, y había llegado a saber las partes más íntimas de sus vidas gracias al
poder de su cargo. Aquí y ahora, también comenzaba.
Algunos lugares de trabajo eran estériles y no revelaban nada sobre sus
habitantes. Pero este lugar no era uno de ellos. Esta habitación era un retrato de la
persona que trabajaba en ella, si Alvar sabía cómo interpretarlo.
Empezó a examinar el laboratorio. Superficialmente, al menos, era bastante
corriente. Una sala de unos veinte metros por diez. De todos modos, Inferno no era
un mundo demasiado abarrotado. La gente tendía a separarse. Según los niveles de
Inferno, era el espacio medio para una persona.
Había cuatro puertas en total, en las esquinas de la habitación, situadas en las
paredes más largas: dos daban al muro exterior, y las otras dos a la pared opuesta, al
pasillo del edificio. Alvar advirtió que la habitación carecía de ventanas, y las puertas
eran pesadas; parecían herméticas a la luz. Cerrándolas y apagando la iluminación del
techo, la habitación quedaría oscura como boca de lobo. Al parecer trabajaban allí
con materiales fotosensibles. O tal vez probaban los ojos de los robots. ¿Sería
importante el hecho de tener una sala a prueba de luz, o carecería de significado? No
había forma de saberlo.
Alvar y Donald se detuvieron junto a una de las puertas interiores, pues Alvar
pensaba que daba a la parte trasera de la habitación. «¿Pero por qué está la parte
trasera en este extremo?», se preguntó. Por nada específico. Pero aquel extremo de la
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sala parecía más en desuso. Todo estaba almacenado. El otro extremo, era evidente,
recibía un uso más frecuente.
Mostradores de trabajo cubrían casi toda la extensión de la sala, entre las parejas
de puertas. Había terminales de ordenadores sobre ellos. Las paredes contenían
salidas de diversos tipos de suministros de energía, y dos o tres enganches que Kresh
no pudo identificar. Cintas de datos con alguna finalidad especial, tal vez.
Cada centímetro cuadrado de las mesas parecía tener algo encima. Un torso de
robot, una cabeza de robot desmontada, un puñado de cajas cuidadosamente selladas,
cada una marcada: «Manejar con cuidado». «Cerebro gravitónico». Alvar frunció el
ceño y miró de nuevo las etiquetas. ¿Qué demonios eran los cerebros gravitónicos?
Durante miles de años, todos los robots habían sido construidos con cerebros
positrónicos. Era el cerebro positrónico el que hacía posible la existencia de los
robots. ¿Cerebros gravitónicos? Alvar no sabía nada acerca de ellos, pero el nombre
mismo era inquietante. No aprobaba los cambios innecesarios.
Archivó el enigma para futuras ocasiones y continuó investigando. Todos los
mostradores laterales de la sala estaban llenos de todo tipo de misteriosas
herramientas, máquinas y componentes de robot. Sin embargo, no había sensación de
caos o desorden en la habitación: todo estaba limpio y ordenado. Ni siquiera había
rastro de confusión. Simplemente, aquella sala era usada de forma habitual por
alguien que parecía tener varios proyectos en marcha a la vez.
En el centro de la habitación había dos grandes mesas de trabajo. Un robot a
medio construir y una sorprendente colección de piezas y herramientas estaban
extendidas sobre una mesa, mientras que la otra estaba vacía en gran parte, con sólo
unos cuantos objetos desperdigados en sus bordes.
Por toda la sala había estanterías con textos técnicos. Entre las dos mesas se
hallaba un gran aparato de tubos y articulaciones giratorias. Medía fácilmente tres
metros de altura, y su base ocupaba tal vez cuatro metros por cinco. Estaba colocado
sobre patines, así que podía ser apartado del camino cuando no se utilizaba.
—¿Qué demonios es eso? —preguntó Alvar, dirigiéndose hacia el centro de la
habitación.
—Un bastidor de robots de servicio —respondió Donald, siguiéndolo—. Está
diseñado para afianzarse en los puntos de anclaje de un robot y suspenderlo a
cualquier altura y en cualquier actitud, con el fin de tener fácil acceso a la parte
necesaria. Se usa para reparaciones o pruebas. Me pareció que era algo grande y
engorroso para tenerlo en mitad de la habitación. Desde luego, interferiría el
movimiento entre dos mesas de trabajo, por ejemplo.
—Eso es lo que estaba yo pensando. Mira esa zona vacía junto a la pared trasera.
Lo colocaban allí cuando no lo utilizaban. ¿Entonces por qué está en medio de la
habitación? ¿De qué sirve un soporte de robots vacío?
—La deducción clara es que aquí hubo un robot hace poco —dijo Donald.
—Sí, estoy de acuerdo. Y advierte el espacio vacío en el centro de esa mesa de
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trabajo. Tiene el tamaño adecuado para un robot. A menos que movieran al mismo
robot de la mesa al bastidor, o viceversa. ¿Sería ese el motivo del ataque? ¿El robo de
uno o dos robots experimentales? Tendremos que comprobarlo.
—Señor, si pudiera dirigir su atención al suelo delante del bastidor de servicio, la
posición de Fredda Leving ha sido marcada.
—Todavía no, Donald. Ya llegaré. Ya llegaré. —Alvar ignoraba a propósito el
charco de sangre y el trazado del cuerpo en el centro de la habitación. Era demasiado
fácil distraerse con las pistas grandes y obvias del escenario de un crimen. ¿Qué
podría decirle el contorno de un cuerpo? ¿Que una mujer había sido atacada aquí, que
había sangrado? Ya lo sabía. Era mejor trabajar primero con el resto de la habitación.
Pero le molestaba una cosa. Esta habitación no encajaba con lo que sabía de
Fredda Leving. La conocía levemente, pues le había encargado la construcción de
Donald, pero este lugar no iba con ella. Tenía, de algún modo, la sensación de
dominio masculino. Detalles diminutos que había visto pero no advertido quedaron
de repente registrados en la conciencia de Alvar. El tamaño y el corte de una bata que
colgaba junto a la puerta, el tamaño de los zapatos antipolvo situados en el suelo
junto a la bata, ciertas herramientas almacenadas en ganchos de pared que estarían
fuera del alcance de una mujer de estatura media.
Y había, indefinible, algo en el orden de esta habitación que hablaba de un
hombre tímido, compulsivamente ordenado, algo que no encajaba con una mujer
decidida como Fredda Leving. De responder a su imagen pública, el laboratorio sería
un desorden, aun después de que los robots se encargaran de la limpieza, pues ella
evitaría rotundamente dejar que se acercaran a la mayoría de las cosas. La famosa
Fredda Leving, heroína de la investigación robótica, la joya de la corona de la ciencia
de Inferno, no era una fastidiosa maniática, pero el ocupante de esta habitación lo era
claramente.
Alvar Kresh regresó al pasillo y comprobó la placa de la puerta. Gubber Anshaw,
jefe de Diseño y Pruebas, rezaba. Bueno, eso resolvía un misterio menor y lo sustituía
por otro. No era el laboratorio de Leving, sino de Anshaw, fuera quien fuese. ¿Pero
qué estaba haciendo Fredda Leving en el laboratorio de Anshaw, presumiblemente
sola con su atacante, en mitad de la noche?
Kresh volvió a entrar en el laboratorio y recorrió el resto de la habitación,
cuidando de no tocar nada, decidido a resistir el mayor tiempo posible la tentación de
ir y mirar el punto donde cayera el cuerpo. La habitación era un perfecto bosque de
pistas potenciales, repleta de artilugios y tecnología que hubiera podido tener
importancia en el caso, si Alvar hubiera sabido algo de robótica experimental.
¿Faltaba algo, un objeto tan grande como un robot experimental, o tan diminuto como
un microcircuito avanzado, cuyo robo pudiera proporcionar un motivo para el
ataque?
¿Pero cuál era la naturaleza del ataque? No lo sabía.
Por fin, reluctante, después de recorrer el resto de la escena del crimen y
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conseguir muy poco, Alvar se dirigió hacia el centro de la habitación, el centro del
caso, el centro del ataque.
Allí estaba, en el suelo, entre las dos mesas de trabajo, a un metro
aproximadamente de la gran grúa de soporte de robots. Un charco de sangre, una
forma irregular de un metro de diámetro. El contorno del cuerpo quedaba indicado a
la perfección, incluso los dedos, extendidos de la mano izquierda, por una brillante
línea amarilla. Los dedos, extendidos hacia la puerta, parecían buscar una ayuda que
no vino.
Una parte errante de la mente de Kresh se preguntó cómo conseguían aquel
contorno perfecto. Los robots de la Oficina del sheriff sabían cómo, mas no él.
Pero no. Era tentador distraerse con los temas colaterales, pero no podía
permitirse el lujo. Se arrodilló y miró lo que había venido a ver. Se había obligado a
no advertir el olor a sangre seca hasta ese momento, pero ahora tenía que prestar
atención, y el denso olor acre pareció invadir sus pulmones. Una oleada de náusea lo
barrió. Ignoró el hedor y continuó con su sombría tarea.
El charco de sangre había sido pisoteado y esparcido por los robots médicos,
cuyas huellas habían oscurecido la historia que tenía que contar el suelo. Pero no
importaba. Donald tendría imágenes del suelo grabadas directamente de los ojos de
los robots médicos, sobre lo que vieron en el momento de entrar. Los ordenadores
podrían borrar todo rastro de los robots médicos a partir de las imágenes que los
robots observadores / forenses de la policía hubieran hecho, para reconstruir la escena
tal como estaba antes. Algunos de sus oficiales sólo trabajaban a partir de las
reconstrucciones, pero Kresh prefería hacerlo en el lío confuso, sucio y turbio del
escenario real del crimen.
La sangre se había coagulado y secado ya. Kresh sacó un lápiz de su bolsillo y
tocó la superficie. Casi completamente solidificada. Siempre le sorprendía lo rápido
que eso sucedía. Alzó la cabeza y advirtió la huella de un pie de robot médico, y
luego algo que ya había visto antes pero relegado hasta haber comprobado toda la
habitación. Otros dos conjuntos de pisadas, claramente de pies robóticos, pero
completamente diferentes a las de los robots médicos. Unas pisadas se dirigían hacia
el pasillo, las otras se perdían tras la puerta que conducía al exterior del edificio.
Y los dos conjuntos de pisadas podían ser diferentes a las de los robots médicos,
pero eran completamente idénticas entre sí. Dos conjuntos de misteriosas pisadas,
exactamente iguales.
—Esto es lo que te preocupaba, ¿verdad, Donald? —preguntó Alvar mientras se
incorporaba.
—¿Qué, señor?
—Las pisadas de robot. Las que dejan claro que un robot, o dos de ellos, pisaron
el charco de sangre y dejaron a Fredda Leving, posiblemente para que muriera.
—Sí, señor, eso me preocupaba. El fallo es obvio, pero es lo que la evidencia
sugiere.
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—Entonces la evidencia está equivocada. La Primera Ley hace imposible que
ningún robot se comporte de esa forma —dijo Alvar.
—Y por tanto —declaró una nueva voz súbitamente desde la puerta—, por tanto,
alguien debe haber preparado el ataque para hacer que parezca que un robot, dos
robots, lo cometieron. Brillante, sheriff Kresh. He tardado treinta segundos en
calcularlo. ¿Cuánto tiempo lleva usted aquí?
Alvar se volvió y apretó los dientes para no soltar una sarta de maldiciones. Era
Tonya Welton. Una mujer alta, de piel oscura y miembros largos y graciosos. Se
encontraba en la puerta, con un alto robot amarillo oscuro detrás de ella. Alvar Kresh
nunca habría advertido al robot a no ser porque Welton era una colonizadora. Siempre
sentía un placer morboso en ver a robots relacionados con la gente que los odiaba tan
apasionadamente, pero en este momento al menos, Welton no parecía molesta en lo
más mínimo. Su expresión era de divertida condescendencia.
Iba vestida con un inquietante traje de una pieza, ajustado y con extravagantes
dibujos azules. La población espacial de Inferno prefería ropas mucho más modestas
y colores menos llamativos. En Inferno, eran los robots quienes usaban los colores
brillantes, no las personas. Pero nadie había dicho eso a la jefe de los colonos de
Inferno, o lo había ignorado por completo cuando se lo dijeron. Welton,
probablemente, actuaba al contrario de forma deliberada.
¿Pero qué demonios estaba haciendo Tonya Welton aquí, ahora?
—Buenas noches, lady Tonya —dijo Donald en su tono más cortés y amable. Era
muy raro que un robot hablara a menos que se le dirigiera la palabra primero, pero
Donald era lo suficientemente listo como para saber que esta situación requería
habilidad—. Qué agradable sorpresa tenerla aquí.
—Lo dudo —dijo Tonya Welton con una sonrisa que Alvar consideró al menos
como un intento de cortesía—. Perdóneme por mi brusca entrada, sheriff Kresh. Me
temo que la noticia de lo sucedido a Fredda Leving me perturbó. Tiendo a ser un
poco brusca cuando estoy perturbada.
«Y en el resto de las ocasiones», pensó Kresh.
—Muy bien, señora Welton —replicó en un tono de voz que indicaba
exactamente lo contrario—. No sé qué asunto la trae aquí, pero se ha producido un
ataque contra uno de los científicos más prominentes de Inferno esta noche, y no
puedo permitir que nadie interfiera. Esta es una investigación oficial que no tiene
nada que ver con los colonos, y me temo que debo pedirle que se marche.
—Oh, no, no puedo. Verá, por eso estoy aquí. El propio gobernador Grieg me
llamó hace una hora y me pidió que viniera y me uniera a su investigación.
Alvar Kresh miró a la mujer colonizadora con la boca abierta de asombro. ¿Qué
demonios sucedía allí?
—¿Hemos terminado, Donald? —preguntó—. ¿Algo más que deba ver
inmediatamente?
—No, señor, creo que no.
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—Muy bien, Donald. Sella esta habitación considerándola escenario del crimen.
Que nadie entre ni salga. Creo que ahora será mejor que la señora Welton y yo
tengamos una pequeña charla, y este no es el lugar apropiado. Reúnete con nosotros
cuando hayas terminado los arreglos.
—Muy bien, señor.
—Vamos a mi coche, señora Welton. Podemos hablar allí.
—Sí, sheriff —dijo Tonya Welton, envarada—. Hay unas cuantas cosas que
tenemos que dejar claras. Vamos, Ariel.
Alvar Kresh y Tonya Welton se sentaron en el aeroauto del sheriff, uno frente al
otro, ambos alerta. El robot femenino de Welton, Ariel, se situó detrás de su ama,
perdido en el fondo por lo que concernía a Kresh. Los robots no contaban.
—Muy bien —dijo—. ¿De qué va todo esto? ¿Por qué la llamó el gobernador?
¿Qué posible conexión tiene este caso con los colonos?
Tonya Welton cruzó sus manos y miró a Kresh.
—En un par de días recibirá la respuesta a eso. Pero por ahora me temo que es
asunto clasificado.
—Ya veo —dijo Kresh, aunque claramente no era así—. Me temo que no es gran
cosa como explicación.
—No, y lo lamento, pero tengo las manos atadas. Sin embargo, hay una cosa que
sí puedo decirle para explicar en parte mi presencia aquí. Tengo autoridad para
hacerlo, bajo el acuerdo que permite una presencia colonizadora en este mundo.
Tengo derecho a proteger la seguridad de mis empleados.
—¿Cómo dice?
—Oh, sí, ¿no lo sabía? —preguntó Tonya Welton—. Fredda Leving está
trabajando para mí.
Hubo medio minuto de mortal silencio. Fredda Leving era famosa, una de las
mejores robotistas del planeta. La mayoría de los infernales no la consideraban una
persona, sino un haber planetario. Que ella y sus laboratorios quedaran reducidos a
simples empleados de los colonos… era como si Welton hubiese anunciado que los
colonos habían comprado la Torre Gubernamental, o los títulos de la Gran Bahía. Por
fin, Alvar volvió a encontrar su voz.
—Si pudiera hacer una sugerencia, señora Welton, creo que sería bueno mantener
este hecho en secreto —gruñó.
Welton pareció sorprendida.
—¿Por qué? No lo hemos hecho público, pero tampoco hemos intentado
mantenerlo en secreto.
—Entonces le sugiero que empiecen.
—Me temo que no comprendo.
—Entonces dejemos una cosa clara, señora Welton. El ciudadano medio de
Inferno no considerará este ataque un mero asalto, o un intento de asesinato. Los
ciudadanos considerarán una agresión a un científico destacado, sobre todo un
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robotista, como sabotaje. Muchos de ellos asumirán simplemente que su gente lo
hizo, sin saber ni siquiera la relación de los colonos con Laboratorios Leving. Cuando
se enteren de que los colonos están implicados, será todavía peor.
—¡Nuestra implicación! —exclamó Tonya Welton—. ¡No tuvimos nada que ver
con el ataque!
—Es posible —dijo Alvar. Welton estaba claramente perturbada, y la quería de
esa forma, desequilibrada. ¿Qué estaba haciendo aquí, de todas formas? ¿Cómo había
llegado tan rápido? Había algo terriblemente sospechoso en su premura y ansiedad.
¿En qué clase de trabajo robótico podrían estar interesados los colonos? Había más de
un misterio en el aire aquella noche.
Donald entró en el aeroauto y se colocó contra la pared, junto a Ariel. Kresh lo
miró, y asintió. Había algo reconfortante en tener allí a su leal servidor. Pero Donald
no era el tema. Kresh miró a Welton, intentando calibrar su estado de ánimo. Si era
buen juez en tales asuntos, había un rastro de inseguridad bajo toda su valiente charla.
—Niega usted su relación —dijo—, pero ha dicho que Fredda Leving trabaja para
ustedes. Esa es relación suficiente. Eso solo será considerado una amenaza por la
mayor parte de la gente de este mundo.
—¿De qué diablos está hablando? —inquirió Welton.
—Los infernales considerarán su intromisión en las investigaciones robóticas
como un ataque a las esperanzas de los espaciales de sobrevivir en un universo que
parecía rendirse a los colonos. Si les llega la más mínima insinuación de cualquier
conexión entre los colonos y el ataque, por leve que sea, los habitantes de este mundo
asumirán que su gente estuvo detrás del ataque a Fredda Leving. No les importará si
es o no verdad. Lo creerán.
»Asociarán este ataque con los colonos, los mismos malditos colonos que ven
deambulando libremente por todo Inferno, metiendo la nariz en todo, tratando a la
gente como si fueran poco más que salvajes. Será suficiente para que la situación se
vuelva aún más tensa. Los habitantes de Inferno están convencidos de que los
colonos nos tratan a todos como nativos curiosos a los que hay que hacer a un lado
para seguir conquistando la galaxia.
Tonya se sonrojó un poco, y se cruzó de brazos.
—Política. Siempre se acaba en política y prejuicios. Mi querido sheriff, no
somos los colonos los que estamos frenando a los espaciales. Lo hacen ustedes solos,
sin ayuda. Han tenido incontables generaciones para colonizar nuevos mundos por su
cuenta. Ahora podrían poseer miles de mundos. En cambio, no tienen más que
cincuenta… cuarenta y nueve, después de ese asunto de Solaria.
»Nosotros no les impedimos que continuaran colonizando. Ustedes decidieron no
hacerlo. Ni les impedimos ahora que inicien un nuevo esfuerzo colonizador. Pero en
vez de actuar, ustedes deciden quedarse en casa y echarnos las culpas por seguir
avanzando. ¿Es culpa nuestra que hayan decidido renunciar a colonizar nuevos
mundos como signo de virtud?
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—Señora Welton, debe excusarme —dijo Kresh—. Permití que mis emociones
me dominaran. No pretendía acusarlos, pero tiene derecho a ser advertida de lo que
pensará la gente de Inferno si su… relación se hace pública. Yo no comparto esos
puntos de vista, aunque debo admitir que los comprendo. Pero en mi opinión
profesional, si surge una relación colonizadora con Fredda Leving en conexión con
este crimen, o en cualquier otra forma, habrá que pasar un verdadero infierno.
Tonya Welton lo miró, sin parpadear, silenciosa, el rostro ilegible. Por fin, habló.
—Entonces creo que puede esperar a pagar ese precio dentro de un par de días —
dijo sobriamente.
—¿Qué pasará entonces? —preguntó, la voz sin inflexiones, la cara inexpresiva.
—Habrá un… anuncio —dijo ella, escogiendo con cuidado las palabras—. No
puedo decir más, pero si van a producirse las dificultades de las que habla, será
entonces.
—Perdóneme, señora Welton, pero ¿cree que es posible que el ataque de esta
noche tenga alguna relación con ese anuncio? —preguntó Donald—. ¿Es tal vez un
intento de impedirlo o retrasarlo?
Welton volvió bruscamente la cabeza hacia Donald, la expresión salvaje y
descontrolada. Obviamente, no había advertido que había subido al auto.
—Sí —dijo, tal vez con demasiada ansiedad—. Sí, creo que es una posibilidad
real. Si es cierto, entonces creo que corremos un peligro terrible.
—¿Qué demonios está…? —empezó a decir Kresh.
—No —dijo Welton, volviéndose hacia él—. No puedo decir más. Pero resuelva
este caso rápidamente, sheriff. Si hay algo en esta vida, en este mundo, que tenga
algún valor para usted, ¡resuélvalo! —Inspiró profundamente y pareció recuperarse
un poco—. Ha sido un error venir esta noche —anunció. Se giró y observó la cabina
del coche aéreo, como si la viera por primera vez—. Me pondré en contacto con usted
mañana, sheriff. Y espero informes completos de sus progresos sobre una base firme.
Vamos, Ariel.
Y sin decir más, bajó del coche seguida por su robot femenino. Alvar Kresh se las
quedó mirando, preguntándose dónde encajaba exactamente Tonya Welton. Su
comportamiento de esa noche era extraño, por decirlo con suavidad. Al margen del
hecho de su aparición mágica casi antes de que Kresh llegara al lugar del crimen,
había algo más. La forma en que se había aferrado a la posibilidad de un motivo
político, casi hizo pensar a Kresh que quería desviar su atención hacia esa idea,
apartándola de algo más. ¿Pero de qué demonios podía tratarse?
Lo único que sabía con certeza era que sucedía algo y que, fuera lo que fuese, ya
estaba plenamente implicado en ello.
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3
Calibán caminaba en la noche, ardiendo de curiosidad. Había recorrido una gran
distancia desde su punto de partida y se encontraba en una tranquila zona residencial
cuyas aceras estaban completamente desiertas a esa hora. Las casas eran grandes y se
hallaban muy distantes unas de otras. Grandes prados de césped, algunos algo secos,
descuidados y mustios, separaban las casas. En esta parte de la ciudad, parecía que
había poco tráfico de suelo. A juzgar por la ausencia de una calzada suficientemente
amplia para vehículos grandes, los viajes se hacían en coche aéreo, o a pie. Pero, para
Calibán, un césped moribundo no era menos maravilloso que uno vivo. El mundo
entero era nuevo para él; todo lo que veía era una maravilla fresca y vibrante. Vio los
brillantes puntos de luz en el cielo y se preguntó qué eran. Advirtió unos pocos restos
de basura contra una verja y se preguntó cómo había llegado allí una combinación tan
extraña de elementos. Su banco de datos guardaba silencio sobre esos temas, y sobre
muchos otros más, pero en conjunto era una guía espléndida que le decía incontables
cosas sobre la ciudad que recorría.
Deambulaba por todas partes, mirándolo todo ansiosamente, maravillándose de
todo. Y si las estrellas y la basura no tenían explicación, ese no era el caso con otras
muchas cosas. Con frecuencia, podía mirar una cosa, preguntarse por ella y encontrar
que el banco de datos podía identificarla y explicársela.
Se contentó durante algún tiempo con recorrer la ciudad, absorbiendo
pasivamente lo que el banco de datos le decía de cuanto veía. Entonces Calibán tuvo
una idea. Si el banco de datos podía decirle lo que tenía delante, ¿no podría también
guiar sus pasos? Tal vez podría examinar el plano del banco de datos, seleccionar un
destino interesante, y dirigirse hacia él.
Se detuvo y probó. El mundo exterior pareció desvanecerse ante su visión. De
repente se encontró contemplando un plano esquemático de la zona donde se hallaba,
realizado con colores primarios y símbolos cuidadosamente diseñados.
Intentó partir de ese punto y se sintió enormemente satisfecho al descubrir que el
simple hecho de desearlo le permitía ver todo el plano de la ciudad, o centrar su
atención en cualquier porción del mismo. Descubrió que su punto de vista virtual no
tenía que encontrarse sobre el plano. Podía moverse al nivel del terreno, y ver los
edificios y torres sobre él. Podía ver el plano de datos desde cualquier ángulo o
posición.
Unos instantes de experimentación lo confirmaron: podía manipular su punto de
vista a cualquier punto del plano o sobre él, ver la Tierra a vuelo de pájaro, o desde el
suelo en cualquier posición, con los edificios y las calles representadas en las formas
y tamaños adecuados. Su visión barrió grandes zonas de la ciudad, cruzando parques,
edificios, las grandes carreteras. Era como si estuviera viajando a través de aquellos
lugares con su mente. La sensación era abrumadora, casi como volar.
Había etiquetas en el plano que ofrecían información sobre los edificios, sus
[Link] - Página 28
nombres y direcciones, y en muchos casos los nombres de los negocios que
albergaban.
De repente, tuvo una idea espléndida. Podía usar esa información para aprender
más sobre sí mismo. Manipuló su punto de vista dentro del plano y lo trajo a su
situación actual. Entonces rehízo sus pasos hasta el edificio del que había partido.
Podía leer las etiquetas conectadas al edificio y saber qué clase de lugar era, ver qué
otra información contenía el plano referida a él. Ciertamente, podría encontrar pistas
sobre su propia identidad, sobre su lugar en el mundo. Ansioso por averiguar más
acerca de sí mismo, movió rápidamente su punto de vista sobre el plano, hasta el
punto de partida.
Las imágenes del plano pasaron ante él a ritmo vertiginoso, retorciéndose y
girando violentamente, rehaciendo sus movimientos a tremenda velocidad. Por fin,
las imágenes llegaron al punto de partida. Calibán hizo un extraño descubrimiento: la
imagen del edificio era incompleta. Casi todos los otros edificios aparecían con gran
detalle, con puertas, ventanas y elementos básicos de arquitectura mostrados
claramente. Pero el plano representaba este edificio como si no fuera más que un
sólido rectángulo gris, carente de rasgos, una forma alargada y baja sobre la tierra.
Confuso, Calibán accedió al sistema de etiquetado de datos.
Y descubrió que el plano no contenía ninguna información sobre el edificio
dentro del cual había despertado.
Aturdido, sorprendido, Calibán lo desconectó. Los brillantes colores y símbolos
desaparecieron de su vista, y se encontró una vez más de pie en la oscuridad, solo
sobre una carretera vacía en un silencioso distrito residencial.
¿Por qué no había ninguna información sobre ese edificio? Tal vez debería
regresar allí, examinar el lugar con sus propios ojos. Por supuesto, tenía una memoria
perfecta y detallada de lo que había visto allí, y sin duda podría conseguir nueva
información a partir de ella. Pero cuando despertó no buscaba nada concreto, no era
plenamente consciente de que tendría que haber sabido más cosas. Si volvía,
aprendería más.
Se dio la vuelta, a punto de rehacer el camino por el que había venido, hacia el
laboratorio. Pero entonces se detuvo. Espera un momento. Había otro factor. Uno que
no había considerado todavía. Recordó el primer momento de su despertar, la visión
de la mujer inconsciente a sus pies, el charco de sangre alrededor de la cabeza. El
sistema de índices cruzados de su banco de datos repasó toda una serie de cosas
mientras pensaba en ese momento.
Y se fijó en una cita del Código Legal: abandonar el escenario de un crimen antes
de ser interrogado por la policía era un crimen en sí mismo. Su mente repasó todo lo
que el banco de datos tenía que decir sobre el Código Legal, el concepto de crimen, y
la idea de castigo y rehabilitación. Todo parecía referido a los humanos, pero no era
difícil asumir que cometer un acto criminal podía significar también problemas para
un robot.
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No, no regresaría a ese lugar.
Un momento. ¿Había otras zonas en blanco en el plano? ¿Otros lugares cuya
información estuviera limitada de algún modo? Tal vez tuvieran algo en común con el
edificio que había abandonado. Tal vez examinar uno de ellos le proporcionara
alguna pista, quizás una idea o imagen que estimulara el banco de datos para ofrecer
algún tipo de información que pudiera decirle algo sobre sí mismo.
Calibán estudió la zona y decidió que sería mejor apartarse del camino mientras
examinaba el plano. Caminó hasta encontrar una pequeña depresión en el ondulado
paisaje. Se sentó, razonablemente seguro de que no podrían verle desde el camino.
Devolvió su atención al plano del banco de datos. Al principio, su mente lo
recorrió al azar, de pasada, intentando cubrir tanto terreno como fuera posible
mientras buscaba algún edificio o lugar que apareciera sospechosamente en blanco.
Entonces decidió seguir la ciudad bloque a bloque, de forma ordenada. Tal vez habría
algo que pudiera aprender a partir de la pauta de los lugares en blanco, algo que solo
podría discernir cuando los hubiera localizado todos.
El plano de la ciudad tenía bordes definidos, límites precisos más allá de los
cuales no había nada. El conocimiento de Calibán acerca del mundo, del universo, se
detenía en esa frontera. Por un momento, jugueteó con la idea de aventurarse hasta
esos límites, solo para ver cómo eran. Se imaginó el borde del mundo, contemplando
la nada. La idea era excitante e inquietante. Pero no. No serviría de nada despistarse.
Primero debía conseguir respuestas sobre sí mismo y sobre lo que había sucedido en
el edificio donde había despertado. Una vez aquellos dos misterios resueltos, podría
tomarse el tiempo necesario para satisfacer su curiosidad.
Se puso a trabajar en la zona Sur del plano y la recorrió metódicamente,
examinándola en una franja de Este a Oeste, y luego dirigiéndose hacia el norte para
examinar la franja siguiente, de Oeste a Este.
Y entonces lo encontró. No lejos del borde Sur del plano había un gran vacío, un
millar, diez millares de veces superior al edificio sin marcar donde había despertado.
Pero esta no era una zona sin marcas detalladas. Esto era el vacío, la ausencia de toda
cosa. No había tierra, ni agua, ni edificios, ni carreteras. No había nada en absoluto.
Se preguntó si el plano informaba de la verdad literal. ¿Qué podría ser un vacío
así en la vida real? ¿Qué podía causarlo? Su curiosidad, su ansiedad por ver el lugar,
eran incontrolables. Pero se mantuvo firme en su plan. Tenía que examinar toda la
ciudad, absorber la totalidad del plano en su memoria activa. Se aferró a su pauta de
búsqueda, moviéndose de Sur a Norte, cruzando de Este a Oeste, de Oeste a Este.
Tardó casi una hora, pero por fin Calibán consiguió recorrer todo el plano de
Hades. Sí, había otros vacíos, pero ninguno de ellos era tan grande como el que había
encontrado. Sí, había otros edificios sin marcas ni etiquetas, pero no podía ver
ninguna pauta obvia, ninguna relación en el resto del plano que le dijera algo con
sentido.
No quedaba otra cosa que hacer sino ir a mirar. Ahora no había ningún motivo
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para resistir la tentación de ver cómo era el gran vacío. Calibán se levantó y regresó
al camino, usando su visión infrarroja para moverse con facilidad a través de la
oscuridad.
El lugar del vacío estaba lejos, y los primeros atisbos del amanecer iluminaban el
Este mientras recorría las extensiones semiáridas y semipobladas de Hades,
imaginando cómo, sería.
Pero lo que vio cuando llegó allí no era ninguna zona blanca en el plano. Mientras
el amanecer se apoderaba del horizonte, Calibán se encontró al borde del lugar que el
plano indicaba como sólo vacío.
Lo que veía era un vívido oasis en mitad de la ciudad. Se encontraba en el borde
de un parque verde y lozano, salpicado de árboles, grandes zonas de césped, fuentes.
Pequeños pabellones moteaban el paisaje, y parecían dar paso a instalaciones
subterráneas, a juzgar por la gente que entraba y salía. Calibán caminó a lo largo del
bajo muro de piedra que formaba el perímetro del parque, hasta que llegó a la
entrada.
«Ciudad Colono», rezaba un cartel. Calibán se sintió confundido. Otro misterio.
No tenía idea de lo que eran los colonos, o de por qué debían tener su propia ciudad.
Recurrió al banco de datos, pero no contenía ninguna información sobre el término.
Por algún motivo, toda la información referente a su origen y a este lugar había
sido cuidadosamente borrada de su banco de datos.
¿Por qué querría nadie hacer eso?
La oscuridad había pasado, y el amanecer teñía el horizonte, dando comienzo al
nuevo día. Alvar Kresh recorría la sala, escuchando las palabras de rutina de la
investigación de rutina de un colaborador rutinario, un tal Jomaine Terach. Este
nunca estaba despierto y en el laboratorio a esa hora, pero vivía bastante cerca y todo
el revuelo lo había despertado. Se había acercado a ver qué sucedía… o eso decía.
Los oficiales de policía, desde siempre, no solían creer a los testigos que explicaban
cosas increíbles como ir al trabajo con tanta antelación, y Kresh se sentía tentado a
mantener la tradición en el presente caso. Sería aconsejable tratar a todo el mundo
como sospechoso por el momento.
Kresh dejó que Donald hiciera la mayor parte del trabajo. La noche había sido
larga y dura. Los crímenes podían ser agotadores.
Habían ocupado la oficina de servicio para hacer los interrogatorios, abordando a
los trabajadores según fueran llegando. La sala estaba diseñada para acomodar a un
equipo de trabajo, por si algún experimento tenía lugar durante la noche. La oficina
contenía una cama grande y de aspecto cómodo, mucho mejor que el miserable
jergón de la Oficina del Sheriff. Después de una noche sin dormir, resultaba algo más
que levemente apetecible.
—Tonya Welton dice que Fredda Leving estaba… está trabajando para ella. ¿Es
eso cierto? —preguntó Donald.
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—De ningún modo —dijo Jomaine Terach, bostezando con ganas—. Fredda
Leving nunca ha trabajado para nadie que no sea ella misma en toda su vida, y no es
probable que comience a hacerlo siguiéndole la corriente a la alta y poderosa reina de
los colonos. —Bostezó de nuevo—. Dios mío, qué temprano es. ¿Llevan ustedes aquí
desde el ataque?
—Sí, señor. Hemos estado trabajando toda la noche —contestó Donald.
—Entonces ella y Tonya Welton no se llevan bien —dijo Kresh, ignorando las
cortesías de Terach y Donald. Se sentó a la mesa, junto a Donald y frente a Terach.
Hizo tamborilear los dedos sobre la superficie, intentando que su mente exhausta no
divagara. Tal vez tendría que haberse marchado a casa en vez de quedarse allí toda la
noche.
Maldición, estaba agotado. No iba a ganar gran cosa si el cansancio no le dejaba
pensar.
—De modo que no se caían bien —dijo, intentando cubrir su larga pausa—.
¿Eran al menos amables cuando estaban juntas?
—No, señor, en lo más mínimo —dijo Jomaine—. Ya no. Antes eran muy amigas,
íntimas. Ahora no quedaba otra cosa que la relación profesional.
Eso sí que era interesante. Tonya Welton y Fredda Leving tenían reputación de ser
luchadoras duras. Pudo imaginárselas discutiendo. De todas formas, era más fácil que
imaginárselas siendo amigas.
Pero el estar relacionada personalmente con la víctima hacía mucho más peculiar
el hecho de que Welton se entrometiera en la investigación. Debía saber que Kresh se
enteraría rápidamente de las fricciones que existían entre la víctima y ella. Era muy
pronto para decirlo, pero por ahora ella era la que tenía los mejores motivos para
cometer la agresión. ¿Por qué atraía la atención sobre sí misma?
Alvar Kresh se arrellanó en su silla y contempló al hombre que estaba
interrogando. Jomaine Terach era alto y delgado, con el pelo de color arena y el rostro
largo, delgado y pálido, con la nariz puntiaguda. Había algo demasiado refinado,
demasiado formal en su forma de hablar.
Kresh reprimió un bostezo. No parecía que hubiera merecido la pena estar toda la
noche despierto para escuchar a Terach.
Se frotó los ojos y volvió a ocuparse del tema.
—Me cuesta trabajo imaginar que fueran amigas. Los colonos odian a los robots,
y Leving era uno de los creadores punteros de robots. No comprendo qué podían
tener en común —dijo.
—Creo que tal vez fue eso lo que hizo que la amistad funcionara… al menos
durante algún tiempo. Les gustaba discutir. Pero luego se pelearon. Tal vez su
relación se volvió un poquito demasiado intensa —sugirió Terach.
—Pero si no era empleada de Tonya Welton, amo Terach, y ya no eran amigas —
dijo Donald 111— ¿puedo preguntar qué clase de relación tenían?
Terach miró a Donald. Estaba claro que le molestaba ser interrogado por un robot.
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Pero fue lo bastante inteligente para no protestar.
Kresh observó a Terach con interés distante y profesional. A menudo ordenaba a
Donald que tuviera parte activa en los interrogatorios. Era una variación de la vieja
rutina policía bueno-policía malo. Donald perturbaba a los interrogados, y entonces
estos respondían a Kresh, buscando en él apoyo y comprensión, confiando en él por
encima de Donald.
—Supongo que eran colaboradoras. —Terach se volvió hacia Kresh—. Hay
muchas cosas que no puedo decir sobre el trabajo en el laboratorio —se disculpó.
—He oído eso más de una vez —gruñó Kresh—. Todos los empleados con los
que he hablado me han dicho lo mismo. Parece que son las únicas palabras que saben.
—Lo siento.
—No se preocupe. Volveremos cuando consiga que el gobernador me dé unos
cuantos permisos. —La perspectiva no pareció complacer a Jomaine Terach.
—Bueno, tal vez no tenga que molestarse cuando se haga el anuncio público.
—También he oído eso, y sé condenadamente bien que no va a decirme nada más.
Hablemos de otra cosa. Dígame por qué Fredda Leving estaba en el laboratorio de
Gubber Anshaw en mitad de la noche.
Terach pareció verdaderamente sorprendido.
—Oh, cielos, yo no le daría demasiada importancia a eso —dijo—. Entramos y
salimos de los laboratorios constantemente. El trabajo aquí es de naturaleza altamente
colaborativa y supongo que simplemente se encontraba trabajando en algún
subcomponente que estaba en el laboratorio de él.
—Los infernales tendemos a ser bastante territoriales —sugirió Kresh—. Nos
gusta tener nuestro propio espacio.
Terach se encogió de hombros.
—Tal vez, pero eso no significa que todo el mundo lo sienta como una obligación
—dijo, algo irritado.
—Mmm… —gruñó Kresh, no del todo convencido, e ignorando la burla que
intentaba claramente distraerle—. Bueno, entonces tal vez pueda decirme dónde
demonios está Gubber Anshaw. No ha aparecido esta mañana y no hemos podido
localizarlo en su casa. Suponemos que está allí, pero sus robots se niegan a
confirmarlo o a transmitirle ningún mensaje.
—No me extraña —dijo Jomaine—. A Gubber le gusta trabajar en casa, en
completa intimidad. Se ha aficionado a hacerlo cada vez más últimamente. A veces
bromeamos con él diciendo que si la policía acordonara su casa, no se daría cuenta.
Kresh gruñó, reservado. La intimidad, y la santidad del hogar, eran comodidades
altamente valoradas en Inferno. De hecho, era ilegal arrestar a una persona en su casa.
La ley era muy precisa sobre ese punto, y sobre los procedimientos que podían
seguirse y los que no eran lícitos. La policía y sus robots podían esperar fuera hasta
que el averno se congelase, podían registrar el lugar una vez hecho el arresto, pero no
podían entrar en la casa para efectuar la detención.
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Más de una vez, un sospechoso se había negado a salir de su casa durante un
largo periodo de tiempo. Hacía mucho que se habían establecido precedentes y reglas
de procedimiento en tales casos, declarando lo que podía y no podía hacerse. La
policía podía cortar todas las comunicaciones con la casa rodeada, pero no la comida,
ni el agua, ni la energía. A veces, la prohibición contra los arrestos domiciliarios
actuaba a favor de la policía: si se mantenía el tiempo suficiente, la vigilancia policía-
robot ante la casa de un sospechoso evitaba las molestias y los gastos de un juicio.
—Bueno, tal vez tengamos que acordonar su casa si no aparece por aquí pronto
—advirtió Kresh—. Puede transmitirle ese mensaje —Jomaine alzó una ceja,
sorprendido.
—Tenga un poco de paciencia, sheriff. Gubber rara vez viene antes de mediodía
los días en que lo hace —dijo—. Pasa las mañanas en casa, trabajando en otros
proyectos de investigación. La mayor parte de los días, pero no todos, viene aquí y
trabaja en Laboratorios Leving desde mediodía hasta por la noche. Pero, como he
dicho, no siempre viene. No sigue ningún tipo de horario.
Jomaine reflexionó durante un instante.
—Ahora que lo pienso, no recuerdo haberlo visto aquí anoche. Dudo que
estuviera. Supongo que estuvo en casa, trabajando todo el tiempo, sin saber que
sucediera nada. Y sus robots, en efecto, tienen órdenes estrictas de impedir que lo
molesten. Pero con él esa es la rutina. Yo de usted no interpretaría de otro modo su
ausencia, ni perdería el tiempo pensando que él tuvo algo que ver con el ataque a
Fredda.
Alvar Kresh frunció el ceño.
—¿Por qué no? La atacaron en su laboratorio. En este momento no tenemos
ningún sospechoso, ningún móvil, ninguna información real. No conozco a Gubber
Anshaw, ni sé nada acerca de él. No veo ningún motivo para eliminar a nadie en este
punto, sobre todo a alguien que parece que tuvo la oportunidad de cometer el crimen.
Los colaboradores suelen tener motivos para asesinar.
—Bueno, ahí tiene un argumento para no sospechar de él —dijo Jomaine,
demasiado ansioso—. Gubber Anshaw no tenía ningún motivo para atacar a Fredda,
y todos los motivos para desearle lo mejor. Supongo que, en efecto, pudo tener los
medios y la oportunidad para atacarla… pero sheriff Kresh, usted tiene los medios y
la oportunidad para desenfundar su pistola láser y volarme la cabeza. Pero eso no
significa que vaya a hacerlo. No tiene motivos para matarme, y sí muchos para no
lastimarme. Perdería su trabajo y lo meterían en la cárcel, como mínimo. Pero la cosa
va más allá. Fredda fue de gran ayuda para Gubber. En definitiva, él no querría perder
esa ayuda.
—¿Está sugiriendo que Gubber Anshaw tendría mucho que perder si le sucediera
algo a Fredda Leving? —preguntó Donald. Jomaine Terach miró al robot y luego a
Kresh.
—Una vez más, eso nos lleva a temas clasificados. Pero sí, creo que podríamos
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decirlo así. Gubber hizo algunos avances notables, avances que requerían el rechazo
de una tecnología familiar en favor de algo más nuevo, mejor y más flexible. Sin
embargo, no llegó muy lejos promoviendo sus descubrimientos. La robótica es, en
muchos aspectos, un campo muy conservador. Laboratorios Leving fue el único lugar
dispuesto a usar su trabajo.
—Supongo que estamos hablando de cerebros gravitónicos —dijo Kresh.
Terach inspiró bruscamente, claramente sorprendido.
—¿Cómo sabía…?
—Había un puñado de ellos en cajas cuidadosamente etiquetadas en el laboratorio
de Anshaw —dijo Kresh, algo más que sardónicamente—. Creo que tal vez tengan
que esmerarse un poco en las medidas de seguridad.
—Eso parece —dijo Terach, claramente perplejo.
—¿Y qué demonios son los cerebros gravitónicos? ¿Alguna especie de sustituto
del cerebro positrónico?
Donald volvió la cabeza hacia Kresh.
—¡Señor! Eso sería imposible. El cerebro positrónico es la base, el núcleo de toda
la robótica. Las Tres Leyes son intrínsecas a él, están insertas en su propia estructura,
grabadas en sus circuitos fundamentales.
—Tranquilízate, Donald —dijo Kresh—. Eso no significa que las Tres Leyes no
puedan ser introducidas en otra forma de cerebro. ¿Verdad, Terach?
Terach parpadeó y asintió, todavía un poco aturdido.
—Por supuesto, por supuesto. En realidad no puedo decir nada específico sobre
los cerebros gravitónicos, pero supongo que no hará ningún daño hablar en general.
Gubber Anshaw está sólo en el principio de su investigación sobre la gravitónica,
pero en mi opinión ya ha hecho logros tremendos. Ya era hora de que lo hiciera
alguien.
—¿Qué quiere decir?
—Quiero decir que hemos llegado al límite de los cambios en la positrónica.
Desde luego, el cerebro positrónico de hoy es muy superior a las unidades originales.
Se ha avanzado y mejorado mucho. Ha habido muchos refinamientos. Pero el diseño
básico del cerebro positrónico no ha cambiado en miles de años. Es como si todavía
usáramos cohetes de combustible químico para viajar por el espacio, en vez de
hiperimpulso. El cerebro positrónico es un diseño increíblemente conservador que
pone límites tremendos e innecesarios a lo que los robots pueden hacer. Como las
Tres Leyes forman parte de su diseño, se considera el cerebro positrónico como el
único diseño posible para ser usado con robots. Eso es un artículo de fe, incluso entre
los investigadores de la robótica. Pero la gravitónica podría cambiarlo todo.
»Los cerebros gravitónicos tienen actualmente uno o dos inconvenientes, pero
están al principio de su desarrollo. Prometen tremendas ventajas sobre la positrónica,
en términos de flexibilidad y capacidad.
—Bueno, parece que es usted un verdadero creyente —dijo Kresh con sequedad.
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«No hay nadie tan fiel como el converso», pensó—. Muy bien, Terach. Tal vez quiera
hablar con usted más tarde, pero por ahora ya es suficiente. Puede marcharse.
Jomaine asintió y se levantó. Vaciló antes de encaminarse hacia la puerta.
—Ah, una pregunta —dijo—. ¿Cuál es el diagnóstico de Fredda Leving?
El rostro de Kresh se endureció.
—Todavía está inconsciente, pero esperan despertarla mañana, y que tenga una
recuperación rápida y completa. Están usando las técnicas de regeneración más
avanzadas para estimular la recuperación. Tengo entendido que la herida de su cabeza
sanará por completo dentro de un par de días.
Jomaine Terach sonrió y asintió.
—Es una noticia excelente. El personal se alegrará de saberlo… es decir, si se me
permite decírselo.
Kresh hizo un movimiento ausente con la mano.
—Adelante, Terach. Es de dominio público y ella está bien protegida.
Terach compuso una patente sonrisa falsa, asintió nerviosamente y salió de la
habitación.
Kresh lo vio marchar.
—¿Cuál es tu lectura, Donald? —preguntó, sin mirar al robot. Nadie lo
comentaba mucho, pero los robots policías avanzados estaban especializados para
detectar las respuestas involuntarias del cuerpo a las preguntas. De hecho, Donald era
un detector de mentiras altamente sofisticado.
—Tengo que recordarle que Jomaine Terach conoce posiblemente mis habilidades
como sensor de verdad. Nunca lo había visto antes, pero mis archivos confirman que
pertenecía al personal de este laboratorio durante mi construcción. Eso añade una
variable. Sin embargo, baste decir que estaba muy agitado, señor. Mucho más que los
demás, y, en mi opinión, más de lo que pueda achacarse a la sorpresa y la
preocupación por el ataque a la señora Leving. El acento de su voz, y otros
indicadores confirman que estaba ocultando algo.
Eso no sorprendió a Alvar. Todos los testigos ocultaban cosas.
—¿Estaba mintiendo? —preguntó—. ¿Mintiendo directamente?
—No, señor. Pero se preocupó mucho al enterarse de que sabíamos lo de los
cerebros gravitónicos. Me pareció confuso, ya que estuvo dispuesto a discutir el tema
hasta cierto punto. Tuve la impresión de que intentaba apartar el interrogatorio de
otro tema.
—Ya veo que tú también te has dado cuenta. Lo peor de todo es que no puedo
imaginar de donde intenta apartarnos. Tengo la corazonada de que piensa que
sabemos más de lo que sabemos.
—Esa es también mi opinión. —Alvar Kresh hizo tamborilear los dedos sobre la
mesa y miró hacia la puerta que Jomaine Terach había usado para salir de la
habitación.
En este asunto había algo más que el ataque a Leving. Algo que implicaba al
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gobernador, y a Leving, y a Welton, y a la relación entre colonos y espaciales en
Inferno.
De hecho, el ataque empezaba a perder importancia en su mente. No era más que
el hilo suelto del que tiraba. Sabía que si lo dejaba, el resto nunca sería descubierto.
Si tiraba demasiado fuerte, se rompería, cortando sus conexiones con el resto del
misterio. Pero siguiendo cuidadosamente la investigación del ataque, tirando del hilo
suavemente, tal vez pudiera desenmarañar todo el problema.
Alvar Kresh estaba decidido a averiguar cuanto pudiera.
Porque se cocía algo grande.
Jomaine Terach dejó la sala del interrogatorio. Su robot personal, Bertran, lo
esperaba en el pasillo y diligentemente le siguió hacia su propio laboratorio.
El sheriff Kresh había hecho esperar a Bertran fuera de la sala durante el
interrogatorio. «Sólo fue un pequeño acoso —se dijo Jomaine—, otra forma para
ponerme nervioso. Y desde luego, funcionó». Los espaciales en general, y los
infernales en particular, se sentían incómodos sin sus robots.
Sólo después de hallarse en su laboratorio, después de que Bertran cerrara la
puerta tras él, se permitió Jomaine sucumbir a los temores que sentía. Cruzó
rápidamente la habitación, se desplomó en su sillón favorito y suspiró aliviado.
—Señor, ¿se encuentra bien? —preguntó Bertran—. Temo que la mala noticia
sobre la señora Leving y el interrogatorio de la policía le han trastornado.
Jomaine Terach asintió, cansado.
—Así es, Bertran. Así es. Pero me pondré bien en un instante. Sólo necesito
pensar un poco. ¿Por qué no me traes un poco de agua y luego te retiras un rato a tu
nicho?
—Muy bien, señor. —El robot se dirigió al fregadero del laboratorio, llenó un
vaso y se lo trajo.
Jomaine vio cómo Bertran se encaminaba luego a su nicho en la pared y adoptaba
el modo de espera.
Así era como tenía que ser. Un robot hacía lo que le dijeras y luego se quitaba de
en medio. Así había sido durante miles de años. ¿Se atreverían de verdad a
cambiarlo? ¿Pensaba de verdad Fredda Leving que podía dar la vuelta a todo?
¿Y tenía que tratar con el diablo, con Tonya Welton, para que fuera posible?
Bueno, en cualquier caso, él había conseguido apartar la discusión de las Tres
Leyes. Para ello se había visto forzado a sacrificar unos cuantos datos sobre
gravitónica, pero no importaba. De todas formas todo se haría público dentro de un
par de días.
Estaban a salvo por el momento. Pero el proyecto seguía siendo una locura.
Calibán era una locura. Construirlo había sido una violación de la filosofía y las leyes
más elementales de los espaciales, pero Fredda Leving había seguido adelante de
todas formas. Testarudez típica.
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«No importan la teoría y la filosofía», había dicho. Eran un laboratorio
experimental, no un taller teórico que nunca actuaba según sus ideas. Ya era hora de
dar el siguiente paso. Era hora de construir un robot gravitónico sin límites en su
mente. Una pizarra en blanco, así había llamado a Calibán. Un robot experimental
para ser mantenido dentro del laboratorio en todo momento, sin que saliera nunca. Un
robot sin conocimiento de los demás robots, o de los colonos, o de nada que estuviera
más allá de la conducta humana, con una fuente cuidadosamente corregida de
conocimientos sobre el mundo exterior. Y dejarlo luego vivir en el laboratorio, bajo
condiciones controladas, y ver qué sucedía. Ver qué reglas desarrollaba a partir de su
propia conducta.
¿Tenía verdaderamente que construir a Calibán?
«No, haz la pregunta directamente —se dijo—. Todos la han esquivado ya
bastante». Y esa era la cuestión secreta y letal. Nadie más lo sabía. Con Calibán libre
fuera del laboratorio, con Fredda inconsciente, no había nadie más en todo el mundo
que pudiera hacer la pregunta.
Por eso, Jomaine se la planteó a sí mismo.
¿Tenía Fredda realmente que construir un robot que no siguiera las Tres Leyes?
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4
Simcor Beddle alzó su mano izquierda, hizo un gesto con el índice y Sanlacor 123
retiró su silla con sincronización perfecta, apartándola mientras Simcor se levantaba,
de forma que la silla no entró en contacto con su cuerpo.
Había toda una moda en el uso de las señales de mano detalladas para ordenar a
los robots, y Simcor era un experto en ese arte. Se volvió y se apartó de la mesa del
desayuno, dirigiéndose hacia la puerta cerrada que conducía a la galería principal,
mientras Sanlacor lo seguía de cerca. La puerta se abrió cuando llegó ante ella. La
unidad Daabor que estaba al otro lado no tenía otro trabajo que hacer más que abrirla.
La máquina justificaba su existencia estando allí, atenta a las pisadas en el interior de
la habitación, esperando que alguien pudiera aproximarse a la puerta.
Pero Simcor Beddle, jefe de los Cabezas de Hierro, no tenía tiempo para pensar
cómo pasaban el tiempo los robots menores. Era un hombre ocupado.
Tenía que planear unos disturbios.
Simcor era un hombre pequeño y rollizo, con cara redonda y ojos duros y
penetrantes de color indeterminado. Su pelo era negro brillante, lo bastante largo para
quedar chafado sobre su rostro cetrino. Para expresarlo de forma diplomática, era
gordo, no cabía duda. Pero no había nada blando en él. Era un hombre duro y
obstinado, vestido con un uniforme de estilo militar bastante severo.
Manejar sus fuerzas, eso era lo principal. Impedir que escaparan al control era
siempre un problema. Sus Cabezas de Hierro eran un equipo bastante efectivo de
alborotadores, pero no dejaban de ser agitadores a fin de cuentas, y como tales se
aburrían y se inquietaban. Era necesario mantenerlos ocupados, activos, si quería
poseer sobre ellos algún control.
Nadie sabía de dónde habían obtenido su nombre los Cabezas de Hierro, pero no
se podía negar que era apropiado. Eran testarudos, tenaces, y se abrían paso a golpes
cada vez que lo creían apropiado. Tal vez fue la testarudez lo que les hizo ganar su
nombre. Pero lo más probable era que fuera su fanática defensa de los verdaderos
cabezas de hierro: los robots. Bueno, cierto, nadie usaba algo tan burdo como el
hierro puro para construir cuerpos de robots, pero estos eran tan duros, fuertes y
poderosos como el hierro.
No era que los Cabezas de Hierro tuvieran a los robots en una estima especial. Si
acaso, eran más duros con sus robots que el infernal medio. Pero ese no era el tema.
Los robots daban a los humanos libertad, poder, comodidad. Esas cosas eran un
derecho de cada infernal, de cada espacial, y el movimiento de los Cabezas de Hierro
estaba decidido a conservar y ampliar ese derecho por cualquier medio necesario y
posible.
Y hacer la vida desagradable para los colonos encajaba ciertamente en esa
categoría.
Simcor sonrió para sí. Empezaba a convertirse en una mala costumbre pensar en
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discursos como ese. Cruzó la galería, en dirección a su despacho, y otro robot le abrió
la puerta cuando se acercó. Entró en la habitación, sin advertir que Sanlacor se
adelantaba para retirarle la silla de su mesa. Pero Simcor no se sentó. En cambio, hizo
un gesto sutil con la mano derecha. El robot de la habitación, Brenabar, apareció a su
lado al instante, trayéndole el té. Simcor cogió la taza y el platillo y sorbió
pensativamente durante un momento. Hizo un gesto con la cabeza, cinco grados
exactos hacia la mesa, y pronunció dos palabras.
—Ciudad Colono. —Sanlacor, adelantándose a su amo, ya estaba ante los
controles visuales, y en menos de un segundo la superficie desnuda de la mesa se
transformó en un detallado plano de Ciudad Colono. Simcor tendió la taza al aire, sin
mirar, y Brenabar la recogió.
Después de lo de la noche pasada, los oficiales de Kresh estarían preparados.
Simcor tenía magníficas conexiones dentro del Departamento del Sheriff, y sabía
todo lo que sabía Kresh sobre el ataque a Fredda Leving.
De hecho, sabía un poco más. Había oído una grabación de aquella conferencia
suya. Material condenable y traicionero. Simcor sonrió. Ya no era probable que
hiciera más esos discursos. Todo salía a su gusto.
Pero tenía que concentrarse en los planes para hoy. Tenía que asumir que el
Departamento del Sheriff estaba preparado para enfrentarse a los problemas. Cuando
los Cabezas de Hierro comenzaran los alborotos, sólo tendrían unos minutos antes de
que la ley apareciera para proteger a los malditos colonos.
Así que tendrían que hacer todo el daño posible en los primeros minutos. Dadas
las circunstancias, era demasiado esperar que pudieran penetrar de nuevo en la
sección subterránea de Ciudad Colono. No tenía sentido malgastar esfuerzos en el
intento. Esta vez tendría que ser en la superficie, a nivel del suelo. Simcor Beddle
colocó las manos sobre la superficie de la mesa y contempló pensativo el plano de la
fortaleza de sus enemigos.
Era de día en la ciudad de Hades. Calibán lo supo con certeza, aunque con poca
sustancia. Ya no estaba seguro de lo que sabía.
Pero empezaba a creer que algo iba mal. Terriblemente mal. Era como si la
memoria en blanco de Calibán y la información precisa pero limitada del banco de
datos fueran las lentes dobles de un telescopio distorsionado: completa ignorancia y
experto conocimiento combinándose para retorcer y distorsionar todo lo que veía. El
mundo que sus ojos y su mente le presentaban era un remiendo enloquecido y
aterrador.
En el parque más abarrotado del centro de la ciudad, bajó de la acera y buscó un
banco para sentarse en un rincón tranquilo, fuera de la vista de los transeúntes
casuales. Se sentó y empezó a revisar todo lo que había visto esa noche.
Había algo claramente irreal, y alarmante, en el mundo que lo rodeaba. Había
llegado a advertir lo limpios, perfectos, idealizados y precisos que eran los hechos y
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cifras, mapas, diagramas e imágenes que brotaban del banco de datos. Pero los
objetos del mundo real que se correspondían con los conceptos del banco de datos
eran mucho menos precisos.
La posterior exploración le había confirmado que los falsos vacíos y los edificios
sin rasgos no eran los únicos fallos del plano del banco de datos.
El plano no informaba de qué bloques estaban abarrotados, llenos de personas y
robots, y cuáles estaban vacíos, semiabandonados, incluso a punto de desmoronarse.
Algunos edificios nuevos se habían materializado desde que el plano fuera
almacenado en su banco de datos, y otros edificios más antiguos que parecían enteros
y completos en el banco se habían desvanecido de la realidad.
Ninguna imagen del banco de datos mostraba nada gastado o sucio, pero el
mundo real estaba lleno de polvo y suciedad, no importaba lo vigorosamente que
trabajaran los robots de mantenimiento para conservarlo todo limpio.
Calibán encontraba profundamente perturbadoras las diferencias entre las
definiciones idealizadas y las imperfecciones del mundo real. El mundo que podía ver
y tocar parecía, de algún modo, menos real que los hechos e imágenes idealizados e
higiénicos almacenados en su cerebro.
Pero algo lo confundía más que los edificios y el plano, o incluso que el banco de
datos.
Lo que encontraba más sorprendente era la conducta de los humanos. Cuando
Calibán se acercó por primera vez a una intersección, el banco de datos le mostró un
diagrama del procedimiento correcto para cruzar una calle. Pero los peatones
humanos parecían ignorar todas esas reglas, e incluso el sentido común. Caminaban
por donde querían, dejando que los robots que conducían los vehículos de tierra se
apartaran de su rumbo.
Había algo más extraño e incluso preocupante en el banco de datos: el sabor de
algo cercano a la emoción. Era como si quien implantó la información en el banco de
datos hubiera almacenado también sus opiniones y sensaciones.
Empezaba a comprender el banco de datos de forma más profunda que
intelectualmente. Aprendía a sentirlo, ganando la sensación de cómo funcionaba,
desarrollando reflejos que ayudaran a usarlo de una manera más controlada y útil,
para no verter conocimiento innecesario. Los humanos tenían que aprender a
caminar: ese era uno de los muchos hechos extraños e innecesarios que le había
proporcionado el banco de datos. Calibán empezaba a advertir que tenía que aprender
a conocer, y a recordar.
Confusión, suciedad, información inadecuada e inútil… tal vez podría llegar a
aceptar todo eso. Pero lo más preocupante era que, sobre muchos temas, el banco de
datos permanecía completa y deliberadamente silencioso. La información que quería
con más urgencia no sólo no existía, sino que había sido borrada, eliminada a
propósito. Una clara sensación de vacío, de pérdida, le asaltaba cuando recurría a
datos que deberían haber estado allí y no estaban. Eran huecos abiertos en el interior
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del banco de datos.
Había muchas cosas que quería saber desesperadamente, pero sobre todo una en
particular que el banco de datos no le decía, lo que más quería saber: ¿Por qué no le
decía más? Sabía que debería poder hacerlo. ¿Por qué habían sido borradas todas las
referencias útiles a los robots? ¿Por qué había sido borrada del plano toda la
información sobre aquel lugar que el cartel indicaba como Ciudad Colono?
¿Y qué pasaba con los robots? Ese era el mayor misterio. Él era uno de ellos, y
sin embargo apenas sabía cuál. ¿Por qué permanecía el banco de datos en silencio
sobre ese tema?
Sabía acerca de los humanos. Al ver por primera vez a aquella mujer al despertar,
supo inmediatamente que era una humana, y lo elemental de su biología y cultura.
Más tarde, cuando miró a un anciano, o a uno de los escasos niños que caminaban por
la calle, supo todo lo básico referido a esa clase de personas: su tipo probable de
temperamento, cómo era mejor dirigirse a ellos, qué era probable que hicieran o que
se abstuviesen de hacer. Un niño podría correr y reír, y lo más probable era que un
adulto caminara más despacio, y un anciano se moviera de forma aún más lenta.
Pero cuando miraba a otro robot, a uno de sus semejantes, su banco de datos,
literalmente, se quedaba en blanco. Simplemente, no había información en su mente.
Todo lo que sabía sobre los robots procedía de su propia observación. Sin
embargo, sus observaciones sólo le habían creado confusión.
Los robots que veía (incluso él mismo) parecían ser un cruce entre humano y
máquina. Eso dejaba sin contestar muchas preguntas. ¿Nacían y eran criados los
robots como los humanos? ¿Eran en cambio manufacturados, como todas las otras
máquinas de las cuales tenía información detallada en el banco de datos? ¿Cuál era el
lugar del robot en el mundo? Conocía los derechos y privilegios de los humanos
(excepto en lo referido a los robots), pero no sabía nada de cómo encajaban los robots
en ellos.
Sí, podía ver lo que sucedía a su alrededor. Pero lo que veía era perturbador,
preocupante. Había robots por todas partes, y dondequiera que estuviesen, eran
sirvientes. Cogían y transportaban, caminando detrás de los humanos. Llevaban las
cargas de los humanos, abrían sus puertas, conducían sus coches. Estaba claro, por la
conducta de robots y humanos, que ese era el orden aceptado de las cosas. Nadie lo
cuestionaba.
Excepto él mismo, por supuesto.
¿Quién era? ¿Qué era? ¿Qué estaba haciendo aquí? ¿Qué significaba todo esto?
Se incorporó y comenzó a caminar de nuevo, sin ningún objetivo real en su
mente, pero no podía soportar continuar sentado por más tiempo. La necesidad de
saber, de comprender quién y qué era se hacía cada vez más fuerte. Siempre existía la
posibilidad de que la respuesta, la solución, estuviera a la vuelta de la esquina,
esperando a ser descubierta.
Dejó el parque y giró a la derecha, encaminándose hacia las anchas avenidas del
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centro de la ciudad.
Pasaron las horas, y Calibán continuaba recorriendo las calles, todavía
confundido, inseguro de lo que buscaba. Cualquier cosa podía contener la clave, la
respuesta, la explicación.
Una palabra de un humano al pasar, un cartel en una pared, el diseño de un
edificio, podrían estimular su banco de datos para que le proporcionara las respuestas
que necesitaba.
Se detuvo en una esquina y contempló el edificio al otro lado de la calle. Bueno,
su visión no desencadenaba ningún torrente de hechos, pero era extraño de todas
formas, incluso considerando los diversos estilos arquitectónicos que había visto en la
ciudad. Era una mezcla de cúpulas, columnas, arcos y cubos. Calibán no pudo
imaginar para qué servía.
—Apártate de mi camino, robot —dijo a su espalda una voz imperiosa. Calibán,
perdido en sus consideraciones sobre la arquitectura del edificio, no registró la voz.
De repente, un bastón golpeó su hombro izquierdo.
Calibán se giró, sorprendido, para observar a su atacante.
Increíble. Simplemente increíble. Era una mujer diminuta, delgada, de huesos
finos, casi un metro más baja que Calibán, claramente más débil y frágil que él. Y sin
embargo, le había ordenado deliberada e intrépidamente que se apartara, en vez de
rodearlo, y luego lo había golpeado… usando un arma que no podía causarle ningún
daño. ¿Por qué no le temía? ¿Por qué tenía aquella clara confianza en que no
respondería atacándola a su vez, cuando podía hacerlo con tanta efectividad?
Contempló a la mujer durante un momento infinito, demasiado aturdido para
saber qué hacer.
—¡Apártate de mi camino, robot! ¿Se te han fundido los oídos?
Calibán advirtió que una multitud de humanos y robots empezaba a formarse a su
alrededor, y que uno o dos de los humanos mostraban ya expresiones de curiosidad.
No sería prudente permanecer allí, o intentar responder cuando no comprendía. Se
hizo a un lado, dejando paso a la mujer, y luego escogió una dirección, cualquiera
menos la que ella había tomado, y empezó a caminar de nuevo. Ya había deambulado
sin rumbo el tiempo suficiente. Necesitaba un plan. Necesitaba conocimiento.
Y necesitaba seguridad. No sabía actuar como un robot, estaba claro. Y las
expresiones que había visto en las caras de los transeúntes, algunas de ellas hostiles,
le dijeron que era peligroso ser diferente.
No. Tenía que disimular, que ser discreto. Era más seguro pasar desapercibido,
simular ser como los demás.
Muy bien. Lo haría. Observaría la conducta que veía a su alrededor, decidido a
confundirse con el interminable mar de robots que lo rodeaba.
Kresh recorría las calles de Hades a la misma hora, aunque con un propósito más
claro. Le resultaba más fácil despejar su cabeza y enfocar su atención marchándose
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de su despacho, alejándose de la sala de interrogatorios y los laboratorios de pruebas,
para así estirar las piernas bajo el cielo azul oscuro de Inferno. Un viento fresco y
seco soplaba del desierto occidental, y descubrió que lo animaba. Donald 111
caminaba junto a él, moviendo sus cortas piernas a un ritmo doble que el suyo para
mantenerse a su altura.
—Háblame, Donald. Hazme un resumen de las pruebas.
—Sí, señor. El hospital y nuestro laboratorio forense han puesto de manifiesto
varios hechos nuevos. El primero y principal: hemos confirmado que las pisadas
ensangrentadas encajan con las pautas de un cuerpo de robot estándar manufacturado
en Laboratorios Leving. Ese cuerpo-robot es un modelo básico usado con diversos
tipos de cerebro y modificaciones corporales para diversos propósitos. La longitud de
la zancada encaja exactamente con las especificaciones estándar para ese modelo. La
herida de la cabeza de Fredda Leving corresponde a la forma y tamaño del brazo del
mismo tipo de robot, y fue asestada desde atrás y a la izquierda de la víctima, desde
un ángulo que encaja con la altura de Fredda Leving y la de ese modelo de robot…
aunque todas estas medidas son aproximadas, y varios instrumentos contundentes
encajarían también, así como toda una gama de ángulos, fuerzas y alturas que podrían
corresponderse con la herida.
»Las microhuellas de pintura roja encontradas en el cuero cabelludo de la señora
Leving podrían también ser de la pintura usada en algunos robots en Laboratorios
Leving, aunque no se ha establecido definitivamente que la pintura en cuestión fuera
usada en el modelo de robot citado. Debería añadir que no se ha podido establecer
todavía si las microhuellas eran recientes o se trataba de pintura seca y endurecida, ya
que pasaron varias horas antes de que los robots técnicos tomaran las muestras.
Nuevas pruebas responderán a esa pregunta.
—Por lo tanto, el único sospechoso que tenemos es un robot. Eso es imposible,
desde luego. Así que tuvo que ser un humano, un colono, disfrazado de robot.
Excepto que incluso un colono que llevara cinco minutos en el planeta sabría que es
imposible que un robot ataque a un humano. ¿Por qué molestarse en dejar una prueba
que nos negaremos a creer?
—Ese tema también me ha molestado —dijo Donald—. Pero aunque supongamos
que un colono esté relacionado con este crimen, debemos asumir que el colono en
cuestión sabía más sobre robots que nosotros.
—¿Qué quieres decir?
—Considere la detallada familiaridad y acceso al equipo robótico requerido para
preparar este ataque —respondió Donald—. El asaltante tendría que haber construido
y llevado zapatos con suelas similares a los pies de los robots, y luego imitar la
zancada de un robot específico. Habría tenido que usar un brazo de robot sobrante, o
un objeto parecido, como instrumento romo, y golpear de tal manera que pareciese un
golpe asestado por ese brazo de robot. Tendría que haber accedido a los materiales
adecuados para preparar el ataque, y disponer de la habilidad mecánica para construir
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o modificar componentes robóticos correspondientes. Para ser francos señor, un
humano capaz de preparar este ataque no sería tan estúpido o tan ignorante de los
robots como para imaginarse que pensaríamos que lo hizo un robot.
—¿Pero entonces cuál fue el motivo para preparar el ataque de esa forma? —
preguntó Kresh. Pensó un instante—. Dijiste que las pisadas y el brazo son de un
modelo de robot estándar ¿Cuántos hay?
—A cientos. A miles si se incluyen todas las variantes.
—Muy bien, pues. Eso significa que ha habido varios miles de oportunidades
para robar un robot, o apropiarse de uno defectuoso y quedarse con sus
componentes… los pies, los brazos y todo lo demás. O el asaltante pudo simplemente
apoderarse de un robot y desconectar el cerebro positrónico. Él o ella pudo conectar
un sistema de control remoto con un enlace de vídeo y hacer que el robot se acercara
a la víctima… después de todo, ¿quién sospecharía de un robot?
»Y usar un robot operado por control remoto que pareciera normal sería menos
sospechoso que llevar zapatos robóticos y un brazo. De esta forma, el asaltante
también podría ocultar su identidad. Otra cosa: si yo golpeara a alguien en la cabeza,
querría marcharme rápido. Sin embargo, esas pisadas indican que se fue caminando,
no corriendo. Eso apunta hacia un robot dirigido por control remoto limitado, que
podía caminar, pero no correr.
—Excepto que el atacante no se marchó inmediatamente. Fuera quien fuese, se
quedó algún tiempo después del ataque, al menos treinta segundos o un minuto.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó Kresh—. Ah, por supuesto, las pisadas. Se
hallaban en los bordes exteriores del charco de sangre, así que tuvieron que ser
hechas después de que la víctima sangrara lo suficiente para producirlo. ¡Maldición!
Eso no tiene sentido. ¿Por qué demonios querría quedarse el asaltante? Obviamente,
no para asegurarse de que ella estaba muerta, puesto que no lo está. Pero nos estamos
apartando del tema. Has sugerido antes que el asaltante sabría que nosotros sabríamos
que un robot no cometió el crimen. Por lo tanto, tuvo otro motivo para disfrazar el
ataque como procedente de un robot. ¿Cuál pudo ser? ¿Por qué un plan tan
elaborado?
—Para tener la oportunidad de perderse entre la multitud más tarde —sugirió
Donald—. Déjeme ofrecer una variante hipotética de los hechos por medio de un
ejemplo. Ahora tenemos un sospechoso imposible, un robot. Déjeme ofrecerle otro,
aunque debo pedirle que no se ofenda por esta hipótesis.
—Por supuesto que no, Donald. Adelante.
—Muy bien. Si alguien decidiera dejar pruebas para que pareciera que, por
ejemplo, usted atacó a Fredda Leving, eso limitaría la búsqueda del asaltante a
aquellas personas con la habilidad para dejar esas pruebas. Alguien que pudiera
robarle un par de zapatos, o conseguir cabellos suyos, o sus huellas dactilares, para
colocarlos en el lugar del crimen. Pero si ese sospechoso decidiera dejar pistas que
señalaran igualmente a varios miles de sospechosos idénticos e imposibles…
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—Nuestra búsqueda se haría más extensa. Sí, sí, lo comprendo. Una observación
excelente, Donald. Pero sigue habiendo otra cuestión. ¿Qué hay del segundo conjunto
de pisadas?
—Si acepta mi premisa original, que el esfuerzo para hacer que pareciera el
ataque de un robot se hizo porque nosotros sabríamos que es imposible que lo hiciera,
puedo ofrecer una respuesta. Si admitimos que el motivo para ese subterfugio tan
poco convincente fue disfrazar al asaltante real, entonces sugiero que un solo
asaltante hizo deliberadamente un grupo de pisadas ensangrentadas, se alejó lo
suficiente para que todas las huellas de la sangre se gastaran, y luego volvió y caminó
de nuevo sobre el charco. Una vez más, la idea sería complicar la investigación.
—Parece muy arriesgado para conseguir tan poca ventaja —objetó Kresh.
—Si, como usted sugiere, el atacante usó un robot operado por control remoto y
no se trató de un hombre con botas y brazos robóticos, no pudo haber riesgo en la
acción. En el peor de los casos, alguien podría aparecer durante la acción del
asaltante para capturar luego al falso robot, mientras que el atacante real se
encontraría a muchos kilómetros de distancia.
—Sí. Sí. Ahora nos tendrían buscando a dos robots, o a dos personas intentando
disfrazarse de robots, cuando en realidad sólo hubo un único asaltante humano. Es
una buena teoría, Donald.
—Hay otro punto: nuestros robopsicólogos han completado el interrogatorio
preliminar de los robots de servicio en Laboratorios Leving. Creo que sus resultados
son sorprendentes.
—¿De veras? —preguntó Kresh secamente—. Muy bien, pues, sorpréndeme.
—Primero, esta no fue la primera vez que se ordenó a los robots de servicio que
permanecieran fuera del ala principal del laboratorio. Se les ha ordenado hacerlo
muchas veces antes, normalmente, aunque no siempre, alrededor de la hora del
ataque pero siempre cuando el laboratorio estaba más o menos vacío. Esto confirma
lo que me dijo Daabor 5132 la noche del ataque. Sin embargo, el segundo punto
proporciona datos nuevos y notables.
—Muy bien, continúa.
—Todos los robots se negaron a identificar a quien dio la orden. Nuestros
robopsicólogos llegaron por unanimidad a la conclusión de que el bloqueo que los
contiene es infranqueable. Los psicólogos llevaron a los robots más allá del punto de
ruptura, presionándolos para que respondieran, y todos se negaron a hablar hasta el
momento en que sufrieron un cortocircuito. Los robots prefirieron morir antes que
hablar, incluso cuando se les dijo que su silencio podía permitir que el atacante de
Fredda Leving quedara libre.
Alvar miró a Donald, sorprendido.
—¡Por todos los diablos! Es casi imposible que un bloqueo sea tan bueno. Quien
lo colocó tuvo que hacer un trabajo condenadamente convincente diciendo que se le
causaría daño si los robots hablaban.
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—Sí, señor. Esa es la conclusión obvia. No habría otro medio de impedir que un
robot se negara a ayudar a la policía a capturar a un asesino. Incluso así, haría falta un
humano con una habilidad notable dando órdenes, y un conocimiento íntimo de los
potenciales relativos de las Tres Leyes según son programadas en cada clase de robot,
para resistir los interrogatorios policiales. Me aventuraría a decir que fue sólo la
conmoción de ver a Fredda Leving inconsciente y sangrando lo que permitió que
Daabor 5132 hablara antes de expirar.
—Sí, sí. ¿Pero por qué se dio esa orden más de una vez? ¿Por qué necesitaría
quien la dio, ese tipo de intimidad repetidamente?
—No puedo decirlo, señor. Pero el último punto es tal vez el más notable. El
bloqueo fue colocado con tanta habilidad que ningún humano del laboratorio fue
consciente de su existencia. Todo un laboratorio lleno de especialistas en robótica no
llegó a advertir que los robots no podían ni querían mencionar que se les ordenaba
marcharse una y otra vez. El grado de habilidad requerido… —De repente, Donald
dejó de moverse y pareció adoptar una posición atenta.
—Señor, estoy recibiendo una llamada de Tonya Welton por su línea privada.
—¿Qué demonios quiere esa mujer? Muy bien, ponme con ella. Y dame también
visión completa.
Donald volvió la cabeza. Un panel televisor vertical plano brotó de entre sus
hombros y subió deslizándose tras su nuca. Mientras se alzaba, dibujó pautas
abstractas, pero luego mostró una clara imagen de Tonya Welton.
—Sheriff Kresh —dijo—. Menos mal que le localizo. Debe venir a Ciudad
Colono de inmediato.
Kresh sintió un brusco ramalazo de ira. ¿Cómo se atrevía a darle órdenes?
—No tengo muchas noticias nuevas, señora Welton. Tal vez si retrasamos nuestra
próxima reunión hasta que haya tenido oportunidad de obtener más información…
—No le necesito por eso, sheriff. Hay algo que debe ver. Aquí, en Ciudad
Colono. O más exactamente, sobre ella.
—Señor, estoy recibiendo informes del Cuartel General confirmando disturbios
en Ciudad Colono —dijo Donald, volviendo un poco la cabeza.
Kresh sintió un nudo en la boca del estómago.
—Maldita sea, otra vez no.
—Oh, sí, otra vez —dijo Tonya Welton, su voz fría de furia—. Provocación
deliberada, y no sé hasta cuándo podré contener a mi gente. Sus oficiales están aquí,
por supuesto, pero es peor que la última vez. Mucho peor.
Kresh cerró los ojos y deseó desesperadamente que dejaran de suceder cosas.
Pero no era probable que tales deseos se materializaran pronto.
—Muy bien, señora Welton. Vamos de camino.
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Asesinatos. Disturbios. ¿Qué demonios estaba sucediendo? Alvar Kresh puso en
marcha su coche aéreo y tomó los controles. Apenas tuvo que dirigir una mirada a
Donald para dejarle claro que pretendía pilotar él mismo, y que no iba a permitir
ninguna tontería.
Pero no tenía sentido perturbar a Donald. Alvar despegó, volando con cautela,
guiando el aparato con el cuidado suficiente para que Donald no se hiciera cargo del
mando.
Se suponía que los crímenes violentos no podían darse en los mundos espaciales.
Se pensaba que el bienestar y la ilimitada prosperidad proporcionados por el trabajo
robótico eliminaban la pobreza, y por tanto los motivos para cometer crímenes.
Una hermosa teoría, desde luego, pero las cosas no funcionaban de esa forma. Si
así hubiera sido, Alvar Kresh hubiera vivido mucho más pacíficamente. Siempre
había alguien relativamente más pobre que su vecino. Alguien con sólo una pequeña
mansión en vez de una grande, que soñaba con conseguir un palacio. Alguien celoso
de la gran influencia de otro, decidido a reajustar el injusto desequilibrio.
Y no importaba lo rico que fueras, sólo una persona podía poseer un determinado
objeto. La sociedad espacial tenía bastantes artistas, y una pequeña fracción de obras
de arte eran notablemente buenas. El ardiente deseo de poseer una obra única y
original era un motivo común para el robo.
Había muchos otros motivos para cometer crímenes aparte de la pobreza, desde
luego. La gente todavía se emborrachaba, y deseaba a la esposa ajena, y discutía con
los vecinos. Todavía había peleas de amantes, e incidentes domésticos.
El amor y los celos provocaban muchos crímenes pasionales, si se puede llamar
pasional un crimen cuando generalmente requería una intrincada planificación para
conseguir que tu víctima se encontrara en un lugar donde no hubiera robots…
Otros quebrantaban la ley con mayor deliberación, buscando una compensación
diferente que el dinero o el amor. Simcor Beddle, por ejemplo. Ansiaba poder, y
estaba dispuesto a arriesgarse a ser detenido (él mismo y sus Cabezas de Hierro) para
conseguirlo.
Y eso era sólo el comienzo de la lista. La sociedad de Inferno estaba altamente
jerarquizada, y su capa superior lastrada por un sistema increíblemente complejo de
conducta. Era vital mantener las apariencias, y virtualmente imposible evitar dar un
humillante mal paso tarde o temprano, y había muchos infernales que no hacían ascos
a la preparación de humillaciones deliberadas para sus enemigos. La clase alta de
Inferno era un campo perfecto para los chantajistas y los vengativos.
Luego estaba el espionaje industrial. Alvar estaba dispuesto a apostar a que el
atacante de Fredda Leving buscaba unos cuantos diseños secretos. Si en Inferno se
hacían pocas investigaciones originales, eso precisamente hacía que el tema fuera
mucho más apreciado.
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Pero ninguno de estos motivos tendría mucha fuerza a no ser por otro factor, uno
que en opinión de Alvar, pocos observadores y teóricos consideraban: el
aburrimiento.
No había mucho que hacer en un mundo espacial. Ciertos tipos de personalidad
no se adaptaban bien al ocio interminable, a la interminable protección robótica y a
sus mimos. Una pequeña fracción de estos tipos se convirtieron en buscadores de
emociones.
Había una última cosa que arrojar a la mezcla, por supuesto: los colonos.
Llevaban allí poco más de un año estándar, y el Departamento del sheriff nunca había
estado más ocupado. Se habían producido interminables riñas de salón, peleas en las
calles, manifestaciones de masas y disturbios.
Como hacia al que ahora se dirigían. Ya casi habían llegado a Ciudad Colono.
Kresh dejó que Donald tomara los controles. Quería poder verlo todo desde el
aire, ver cómo progresaba la revuelta, estudiar las pautas para contrarrestar los
últimos movimientos de los Cabezas de Hierro. Quería mantenerse a un paso por
delante de ellos, impedir que escaparan completamente al control.
Lo que era irónico, desde luego, porque creía en todo lo que promulgaban los
Cabezas de Hierro. Pero un servidor de la ley no podía dejar que sus ideas políticas le
impidieran reprimir disturbios.
Ciudad Colono. Eso sí que era una metedura de pata política, y el resultado sólo
podía ser el tipo de algarada que al parecer había vuelto a estallar. Chanto Grieg y el
Ayuntamiento de la ciudad habían concedido a los colonos un enclave dentro de
Hades, les habían dado una gran zona de tierra sin usar, un parque industrial que
nunca había sido construido. Si Grieg quería tener a los malditos colonos en el
planeta, ¿por qué no les dio un enclave alejado de los límites de la ciudad? Colocarlos
dentro de Hades era en sí mismo una incitación a la revuelta.
Pero no, Grieg dejó entrar a los colonos, y estos se pusieron a trabajar. Y allí,
apareciendo a la vista en el horizonte, estaba el resultado, apenas un año después de
la concesión de los terrenos. No había ningún edificio, por supuesto, pero eso era
engañoso. Los colonos preferían construir sus casas bajo el suelo, sin perturbar el
paisaje. Y si no había ningún paisaje, bueno, entonces construían uno.
Los ojos de Alvar dejaron de contemplar el horizonte y miraron el espectáculo de
debajo. La ciudad de Hades pasaba rápidamente, con sus orgullosas torres un poco
cansadas y desgastadas por la arena, muchos de sus parques de bordes difuminados,
las zonas vacías de los límites de la ciudad se perdían de vista en el horizonte. Y
entonces, justo delante, apareció Ciudad Colono, una espada de verde que parecía
apuntar al corazón marrón de Hades, un parque grande e idílico de grandes praderas,
orgullosos bosques de árboles jóvenes, y el aire suavizado por la bruma de sus lagos
y lagunas.
Era increíble lo que habían conseguido en apenas un año… y sin la ayuda de un
solo robot. Los espaciales tendían a igualar a los robots con las máquinas y por eso se
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preguntaban cómo conseguían vivir los colonos sin máquinas. Obviamente, se trataba
de un error de concepto. Los colonos usaban tecnología y sistemas altamente
automatizados. Esos bosques habían sido plantados por máquinas, no por hombres.
La diferencia era que ninguna de las máquinas de los colonos se parecía ni
remotamente a un robot espacial. Virtualmente, no tenían ninguna capacidad para
pensar o para actuar de forma independiente. El más sofisticado de los sistemas
informáticos de los colonos ni siquiera hubiera obtenido calificación en cualquiera de
los tests de inteligencia robóticos.
Pero la lección de los colonos estaba clara: las tontas máquinas podían hacer
muchas cosas en manos de gente inteligente y decidida. Alvar Kresh contempló el
lugar, verde y en pleno desarrollo, y se preguntó si en efecto hubo una época en que
los espaciales fueron tan enérgicos, tan ambiciosos. ¿Qué sucedió para que los
espaciales se quedaran dormidos y dejaran que la historia pasara de largo?
En efecto, Ciudad Colono era una lección impresionante, pero había espaciales a
los que no les gustaba que los educaran. Allí, cerca de la puerta sur del enclave. Una
columna de humo negro, una pequeña flota de coches de policía volando a su
alrededor.
—Llévanos allá, Donald —dijo Alvar, señalando innecesariamente el brillo del
fuego. Donald ya estaba guiando el coche hacia abajo, fijándolo en un amplio círculo
sobre el centro del alboroto. Obviamente, se trataba de otra incursión de protesta
contra los colonos. Esta vez habían ocasionado un buen incendio con bancos del
parque, basura traída a propósito, y todo el material inflamable que habían podido
encontrar. Parecía que sobre el fuego colgaba algo parecido a dos maniquíes que
pendían de largos palos.
Kresh sacó unos prismáticos y se los llevó a los ojos.
—Cabezas de Hierro —anunció—. Vuelven a quemar la efigie de Grieg, por lo
que parece —dijo, ofreciendo el comentario aunque sabía perfectamente que la visión
de Donald era superior a la suya. El robot apenas tenía que incrementar el aumento de
uno de sus ojos, o de ambos—. Y otra figura arde junto a él. Tal vez Tonya Welton.
Al menos no soy yo esta vez. Bien.
Por un momento, Kresh llegó a temer que la noticia del ataque a Leving se
hubiera filtrado, a pesar del bloqueo de noticias que había ordenado. Pero ninguna de
las pancartas que podía ver mencionaba a Leving, ni nada referente al ataque.
A menos que los Cabezas de Hierro hubieran descubierto su conexión con los
colonos y se tomaran la revancha. Eso les daría un motivo para guardar silencio.
—Señor —dijo Donald—, en la parte de atrás de la hoguera…
Kresh giró sus prismáticos y soltó una maldición.
—¡Rayos y centellas, magnífico! Eso hará felices a los colonos.
Tras unos árboles, un grupo de Cabezas de Hierro enmascarados estaba
destruyendo tantos retoños como podía, disparando a ciegas con sus pistolas.
Aquellos seres ni siquiera aprovechaban los troncos para alimentar la hoguera, cosa
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que hubiese tenido algún sentido. No, era sólo destruir por destruir. Malditos idiotas.
Los colonos amaban sus árboles, sí, y matar unos cuantos los volvería locos. ¿Pero no
se les había ocurrido a los Cabezas de Hierro que un grupo de gente que se preparaba
para terraformar un planeta tendría capacidad para reemplazar unos cuantos árboles?
¿Y qué clase de idiota destruiría los árboles de un planeta con una ecología
debilitada?
Locos. Tal vez, con un poco de suerte, se matarían entre ellos en un fuego
cruzado. Kresh se sentía incómodo porque estaba de acuerdo con la filosofía de los
Cabezas de Hierro. Sí, bien, construir más robots, mejores, dar a los infernales una
oportunidad real de revivir la terraformación antes de entregar el trabajo a los
extranjeros. Todo eso tenía sentido. Pero la política no excusaba el vandalismo. Kresh
cogió el comunicador del aeroauto, pero antes de que pudiera dar la orden, uno de los
coches de policía descendió hasta casi la altura de la copa de los árboles, escupiendo
una nube de gas tranquilizador. Los Cabezas de Hierro se dispersaron, pero uno o dos
de ellos cayeron, incapaces de escapar a los efectos del gas. Otro coche patrulla
aterrizó. Dos comisarios saltaron de él y esposaron a los inconscientes manifestantes
en segundos. Su coche estaba ya en el aire, persiguiendo a los que habían escapado.
Mientras tanto, un coche aéreo del Departamento de Bomberos se acercaba. Disparó
un cañón doble de agua a la hoguera y las efigies. Más coches de policía aterrizaron.
Los comisarios bajaron a tierra y empezaron a rodear a los manifestantes. Bien. Bien.
Kresh se alegró al ver la forma en que su gente manejaba el asunto.
Este era un trabajo para los humanos, no cabía duda. El control de las revueltas
era algo que no podían hacer los robots. Y era por eso, naturalmente, que todavía
existía policía humana. Los sheriffs y oficiales tenían que estar preparados para hacer
un montón de cosas que quebrantaban la Primera Ley.
Kresh contempló actuar a los suyos, lleno de orgullo. No había habido necesidad
de que tomara el mando. Habían convertido en una ciencia ese tipo de operación.
Pero había un reverso oscuro en esa verdad. ¿Cómo podían no mejorar? El mismo
demonio sabía que tenían práctica suficiente.
—Vamos a aterrizar, Donald —dijo—. Y ya que estamos aquí, podemos hacer
una visita a la señora Welton. Llámala.
Tonya Welton los esperaba junto a la entrada principal de Ciudad Colono. Kresh
pensó que le faltaba algo. Entonces advirtió qué era: su robot, Ariel. Ningún espacial
salía de casa sin al menos un robot ayudante, y en la ciudad Tonya se plegaba a esa
convención. Pero aquí, en su propio césped, tal vez pensaba que podía evitar los
absurdos espaciales.
El coche aéreo se posó. Hombre y robot desembarcaron.
—Sheriff Kresh, Donald 111 —dijo Tonya—. Bienvenidos a nuestra humilde
morada. Pasen y dejen atrás esa terrible nube de humo que sus amigos han vertido en
la atmósfera.
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—Los Cabezas de Hierro no son mis amigos —dijo Kresh, avanzando. Donald y
él la siguieron al ascensor.
—No, dudo que un policía aprobara sus tácticas —dijo Welton—. Pero seguro
que no pretenderá hacerme creer que se opone a sus objetivos.
Las puertas se cerraron y el ascensor comenzó su rápido descenso al interior de
Ciudad Colono. El trayecto producía siempre un extraño efecto en el estómago y en
el oído interno de Alvar. O tal vez era sólo que no le gustaba la idea de encontrarse a
medio kilómetro bajo tierra.
Apartó esos pensamientos de su mente y respondió a la líder colono.
—No, señora, no lo haré —dijo—. Quieren que se marchen ustedes, que el
gobernador Grieg use robots, no colonos, para reterraformar Inferno, y quieren que
este sea un mundo espacial, no una mezcla entre espacial y colono. Creen que esa
situación sólo podría ser un interludio hasta que ustedes se hicieran dueños de todo.
Yo también creo esas cosas. Pero el fin no justifica los medios. El salvajismo no tiene
cabida en un debate político.
Tonya miró al sheriff con una sonrisa ligeramente forzada.
—Bien dicho, sheriff Kresh. Lástima que Chanto Grieg sólo lleve un año de
mandato. Sería un buen candidato para la oposición.
—Se me ha ocurrido esa idea —dijo Alvar, irguiéndose y mirando al frente—.
Alguien tendrá que sustituirlo tarde o temprano. Pero las próximas elecciones serán el
momento adecuado.
—Parece que será una campaña interesante —dijo Tonya, secamente.
La puerta del ascensor se abrió y Tonya Welton los guio a un gran espacio abierto
subterráneo. Kresh consideró que medía tal vez un kilómetro de largo por medio de
ancho. Había un elaborado cielo falso que parecía remedar las condiciones auténticas
del cielo real, desde el brillante sol a la columna de humo que aún se alzaba desde la
dirección de la manifestación de los Cabezas de Hierro. Welton advirtió que Kresh
miraba hacia arriba.
—Sí, la simulación en tiempo real es un toque nuevo desde la última vez que
estuvo aquí. La teoría es que será mucho menos desorientador ir y volver entre
Ciudad Colono y Hades si nuestro subcielo es exactamente igual al verdadero. Con el
programa generalizado de cielos diurnos y nocturnos que teníamos antes, salir se
hacía bastante confuso.
—Mmm. —Alvar miró a su alrededor, sintiéndose infeliz. Tal vez sus ojos veían
los grandes espacios abiertos de la gran caverna, pero su mente era consciente de
cada gramo de los millones de kilos de roca que había sobre su cabeza—. Supongo
que podría ayudar, pero me parece que este lugar es suficientemente desorientador, no
importa lo que proyecten en su cielo falso. ¿Cómo pueden soportar vivir bajo tierra?
Tonya hizo un gesto, abarcando la gran caverna artificial. La luz solar,
brillantemente simulada, iluminaba un pequeño parque. Una fuente lanzaba al aire un
chorro de agua, y la brisa le alborotaba el pelo. En el paisaje aparecían edificios
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pequeños y hermosos.
—Los colonos estamos acostumbrados a vivir bajo tierra. Y además, no podrá
decir que este sitio es una mazmorra apestosa e incómoda. Hemos conseguido que
nuestros hogares subterráneos sean bastante similares a los de la superficie, sin
interferir en el paisaje, o sufrir las inconveniencias del mal tiempo. Sus tormentas de
arena no pueden alcanzarnos aquí. Pero tenemos otros asuntos que discutir. Vengan.
Los guio hasta un coche que esperaba. Se sentó en su interior y esperó a que
Alvar y Donald hicieran lo mismo. Alvar ocupó el asiento delantero, junto a ella, y
Donald el de atrás. El coche arrancó sin que Tonya diera ninguna orden aparente.
Atravesó la caverna central hasta entrar en un amplio túnel lateral. Se detuvo a la
puerta de su oficina.
Alvar resistió la tentación de renovar la interminable discusión filosófica que
colonos e infernales habían tenido desde el día en que llegaron aquellos. El tema del
coche, y todos los mecanismos automáticos «inteligentes» y no robóticos que usaban
los colonos. Todavía parecía suicida confiar en aparatos automáticos que no
contenían las Tres Leyes, pero los colonos experimentaban un perverso orgullo
sabiendo que sus máquinas no impedían que la gente se matara a sí misma, como si
eso fuera una característica útil. Sí, la maquinaria no inteligente dejaba más campo a
la iniciativa humana, ¿pero qué beneficio había si todo lo que ese campo te conseguía
eran más posibilidades de ser aplastado en un choque como un insecto?
Los tres desembarcaron y atravesaron las dobles puertas de cristal esmerilado y
entraron en la zona de recepción, y luego llegaron a la oficina de Welton,
sorprendentemente austera. La mayor parte de los lugares de Ciudad Colono eran
cómodos, incluso lujosos (si se exceptuaba la falta de robots), pero a Welton parecían
gustarle las cosas mantenidas al mínimo. No había ni siquiera un escritorio en la
habitación, al menos en aquel momento, aunque Kresh sabía que una mesa de trabajo
podía brotar de la pared rápidamente. No había más que cuatro sillas en círculo con
una mesita baja y redonda en el centro.
A Alvar le parecía que el mobiliario era diferente cada vez que entraba allí, según
el uso que fuera a dársele a la habitación: lugar de trabajo, sala de reuniones,
comedor, lo que fuera. Un espacial tendría una habitación para cada función. Tal vez
era un residuo cultural de cuando las ciudades subterráneas de los colonos estaban
abarrotadas. O tal vez la apariencia de austeridad era simple afectación por parte de
Welton. Kresh advirtió un añadido en la sala desde la última vez que estuvo en ella.
Un nicho de robot estándar, ocupado por Ariel en ese momento.
Tonya advirtió que Kresh miraba al robot femenino y se encogió de hombros,
irritada.
—Bueno, tenía que tener algún lugar para ella cuando está fuera de servicio. Ella
misma sugirió el nicho, y parecía un lugar tan bueno como cualquier otro. Creo que
se encuentra en posición de espera. ¿Ariel?
No hubo respuesta. Kresh alzó una ceja.
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—¿Deja que su robot adopte la posición de espera cuando quiere?
—Ariel, pobrecita, no sirve más que para actuar de cara a la galería cuando salgo
entre los espaciales. Ustedes se molestan cuando ven a alguien sin la asistencia de un
robot. Eso hacía que mi trabajo resultara casi imposible. Por lo demás, Ariel no tiene
otras funciones, y la dejo hacer lo que quiera. Si desea dormir durante un rato, así sea.
Pero venga, tenemos mucho que discutir.
Alvar Kresh se sintió más que un poco molesto por el acuerdo con Ariel. Todos
los robots requerían órdenes para adoptar la posición de espera de vez en cuando,
para conservar energía o por mantenimiento, pero nunca había oído hablar de un
robot que la adoptara por cuenta propia. En esa posición, ¿cómo podía un robot
obedecer la Primera y la Segunda Leyes? Bueno, no importaba, que Welton hiciera
sus propios acuerdos. Sin duda había dicho a Ariel que adoptara sus propios modos
de espera de forma que la robot lo consideró una orden. No importaba. Era hora de
hablar de negocios.
Se sentó, y Tonya Welton lo hizo enfrente. Donald permaneció de pie. Pero
Welton no estaba dispuesta a permitirlo.
—Donald siéntate —dijo.
Donald obedeció y Alvar apretó los dientes, decidido a no dejarse molestar.
Tonya Welton sabía que le irritaría si trataba a Donald como a un igual. Lo hacía a
propósito.
—Bien. Empecemos por sus Cabezas de Hierro, sheriff. Esta es la manifestación
más seria y violenta que han montado. ¿Puede ofrecerme alguna seguridad de que
estas provocaciones cesarán?
Kresh se agitó incómodo en su asiento.
—No —dijo por fin—. No tiene sentido que pretenda lo contrario. Literalmente
hay miles de años de animosidad acumulada entre su gente y la mía. Los hemos
considerado subhumanos durante mucho tiempo, y sospecho que algunos colonos
tendrían esa opinión de nosotros. Creo que esa etapa ha quedado atrás, pero subsiste
el hecho de que no nos gustamos mutuamente. Quedan los prejuicios. Hay mucho
resentimiento hacia la conducta de los colonos en Inferno.
—No veo que los míos hayan sido rudos o poco respetuosos, aunque también yo
tengo mis grupos de incontrolados. Detuvo usted a un grupo de destructores de robots
la semana pasada. ¿Son sus acciones las que causan el resentimiento? He hecho todo
lo posible por castigar esas acciones de forma rápida, y en público.
—Grupos de colonos borrachos deambulando por las calles de Hades,
destruyendo robots, no han ayudado a su causa —dijo Kresh secamente—. Sin
embargo, estoy dispuesto a aceptar el hecho de que usted no puede controlar a su
gente… el diablo sabe que yo no puedo controlar a la mía. Incluso estoy preparado
para creer que un proyecto terraformador podría requerir algunos recursos extraños
para hacer que funcionara. Como ordenar a un robot que se suicide y lo encuentre
divertido —la miró, pero ella no mostró ninguna reacción.
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»Ninguno de esos incidentes han sido buenas relaciones públicas para ustedes —
continuó Kresh—. Pero la causa principal del resentimiento es su propia presencia, su
molesta confianza en sí mismos y la creencia de que pueden resolver fácilmente los
problemas climatológicos que nos han asaltado. —Hizo un gesto con la mano
derecha, indicando el enorme asentamiento subterráneo donde se hallaba—. La forma
en que construyeron este lugar fue desconcertante. Y debería añadir que parece un
hogar muy permanente para un grupo que no pretende establecerse permanentemente.
Tonya Welton asintió, pensativa.
—He oído todos esos razonamientos antes, y son buenos. ¿Pero debemos actuar
sin saber lo que hacemos, sólo para ahorrar incomodidades a los infernales? Hemos
congregado a los mejores expertos en terraformación de todos los mundos colonos.
Son buenos, habilidosos y trajeron su propio equipo. Lo usaron para construir sus
residencias temporales. ¿Confiarían ustedes la reconstrucción de su mundo a gente
que no estuviera segura de sus habilidades? ¿O a gente que no pudiera excavar una
simple caverna? —Tonya señaló a Ariel, inerte en su nicho—. Han visto que muchos
de nosotros tenemos robots, para convencernos del valor de su estilo de vida. Cuando
nos vayamos y dejemos este lugar como regalo a la ciudad de Hades, esperamos que
algunos de ustedes trasladen aquí su residencia, y vean las ventajas de nuestro modo
de vida.
—Eso es poco probable —dijo Kresh, con cierta brusquedad.
—Es poco probable que los colonos se lleven a casa esclavos robots —respondió
Tonya con tono igualmente desagradable. Hubo un incómodo momento de silencio,
pero entonces habló Donald.
—Por el momento, tal vez sería aconsejable dejar la política y volver a nuestras
preocupaciones más inmediatas.
Tonya miró a Donald y sonrió.
—Siempre llegamos a lo mismo. Ves cómo nuestros temperamentos se encienden,
y cuando están a punto de escaparse de las manos, sugieres amablemente que tu jefe
y yo estemos de acuerdo en que estamos en desacuerdo. A veces pienso que tendrías
que servir en el cuerpo diplomático. Pero dime, ¿no te aburres de ver el mismo
cansado ritual una y otra vez, Donald?
—Yo no lo consideraría un ritual cansado, ni lo encuentro aburrido. Ustedes dos
son hábiles conversadores. He de añadir que, como robot programado para servir en
la policía, estudio la conducta humana bajo tensión. Observo y aprendo. Es muy
instructivo.
—Muy bien, Donald —dijo Kresh, irritado—. Ya nos has calmado a los dos. ¿Por
qué no hablamos del ataque a Leving? La Oficina del Gobernador me confirmó las
órdenes esta mañana. Debo compartir toda nuestra información con usted. No veo por
qué es necesario, pero órdenes son órdenes. Donald, ¿por qué no facilitas a la señora
Welton un sumario de nuestras informaciones y teorías hasta el momento?
—Naturalmente. —Donald giró su cabeza redonda y azul hacia Tonya Welton y
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le dio un conciso resumen de la información que habían recopilado desde el ataque.
Tonya hizo una o dos preguntas, y escuchó con atención. No tomó notas, pero Kresh
tampoco tuvo ninguna duda de que habían encontrado la manera de grabar la
conversación de algún modo.
Por fin, Donald terminó. Tonya se arrellanó en su silla, contempló el techo blanco
y pensó un instante antes de decir nada. Finalmente miró hacia Donald y Kresh.
—Me parece que han llegado muy lejos para excluir la posibilidad de un robot
como sospechoso —dijo—. Estarán de acuerdo en que hay que forzar mucho la
imaginación para aceptar explicaciones tan elaboradas como botas robóticas o
máquinas por control remoto que parecen robots. Hay una antigua regla de la lógica
que nos enseña que, cuando no hay razones de peso en contra, la explicación más
simple es la mejor. A simple vista, la evidencia abrumadora es que un robot cometió
el crimen. ¿Por qué no examinar al menos esa simple explicación?
—Sí —accedió Kresh, incómodo—, pero las Tres Leyes…
—Las Tres Leyes van a volverme loca —replicó Welton—. Las conozco tan bien
como usted, y no tiene que recitarlas de nuevo como si fueran un maldito catecismo.
Le juro, Kresh, que los espaciales deberían aceptar los hechos y admitir que, la
adoración de esas leyes es una religión. La respuesta a todos los problemas, el fin de
todas las preguntas, puede encontrarse en el bien infinito de las Tres Leyes. Si
aceptamos que las Tres Leyes impiden que un robot atacase a Leving, creo que
pasamos por alto un tema clave.
—¿Y cuál puede ser, señora Welton? —preguntó Donald suavemente.
Kresh pensó que era una suerte que Donald estuviera presente, aunque sólo fuera
para lubricar las ruedas de la conversación. Welton había hecho una pausa con el
único propósito de eludir la pregunta que había planteado Donald, pero Kresh no
estaba dispuesto a darle la satisfacción de plantearla él mismo.
—Un tema muy simple —respondió Tonya Welton—. Con el debido respeto,
Donald, los robots son máquinas, y les resulta imposible causar daño a los humanos
solamente porque están construidos así. Si todos los coches son construidos sin
marcha atrás, eso no hace imposible la construcción de una máquina con marcha
atrás. Una máquina puede ser construida de una forma o de otra. ¿Y si los robots
fueran construidos de forma distinta? ¿Qué impide que el constructor decida no
seguir sus preciosas Tres Leyes? ¿No sería la creencia de que los robots no pueden
cometer esos actos una tapadera perfecta? El constructor del robot no necesita correr
siquiera, pues nadie pensará en perseguirlo.
»Otro punto. Ese bloqueo impuesto sobre los robots del personal, impidiéndoles
decir quién les ordenó irse al ala más alejada del laboratorio esa noche. Me parece
que un aparato mecánico, un circuito anulador, sería más efectivo para fijar un
bloqueo absoluto referido a ciertos temas que dar una intrincada serie de órdenes a
cada uno de los robots. Además, sería más fácil de preparar. Y antes de que objeten
que un circuito así debilitaría la habilidad del robot para obedecer las malditas Tres
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Leyes, supongamos que el atacante no era demasiado meticuloso con estas cosas.
Donald, ¿qué tamaño tendría una pieza grande de microcircuitos?
—Sería lo bastante pequeña como para resultar invisible al ojo humano, y podría
ser soldada en cualquier parte del sistema sensor de un robot.
—Apuesto a que su gente nunca ha pensado en buscar una causa física para el
bloqueo, ¿verdad? Revisen con un microscopio algunos de los robots del laboratorio
y ya verán lo que encuentran. Y en cuanto a por qué el atacante necesitaría colocar
bloqueos para periodos diferentes… tal vez quería intimidad mientras usaba las
instalaciones del laboratorio para preparar el ataque del robot, o incluso el traje robot
que postulan ustedes, si insisten en que todos los robots deben obedecer las Leyes.
Hubo un incómodo silencio antes de que Tonya continuase.
—Aunque insistan en eso —dijo por fin—, hay casos documentados sobre robots
con las Tres Leyes que mataron a seres humanos. —Donald echó la cabeza atrás, y
sus ojos se ensombrecieron por un momento. Tonya lo miró con preocupación—.
Donald…, ¿tienes dificultades?
—No, discúlpeme. Soy consciente de esos casos particulares, pero me temo que
la mención brusca de ellos fue muy perturbadora. La simple contemplación de esa
perspectiva es muy desagradable, y causó un leve flujo en mi función motora. Sin
embargo, ya estoy recuperado, y creo que puede continuar con su argumentación sin
preocuparse por mí. Estoy preparado. Por favor, continúe.
Tonya vaciló un instante, hasta que Kresh sintió que tenía que hablar.
—No pasa nada —dijo—. Donald es un robot policía, programado para tener una
resistencia especial en lo referente a la posibilidad de causar daño a los humanos.
Continúe.
Tonya asintió, un poco insegura.
—Fue hace unos años, aproximadamente hace un siglo estándar, y se hicieron
grandes esfuerzos para silenciarlo, pero se produjeron una serie de incidentes en
Solaria. Robots con cerebros positrónicos perfectamente funcionales y con las Tres
Leyes, mataron a seres humanos, sólo porque estaban programados con una
definición defectuosa de lo que era un humano. El mito de la infalibilidad robótica no
es completamente adecuado. Sin duda ha habido otros casos que no conocemos
porque las tapaderas tuvieron éxito. Los robots pueden funcionar mal, pueden
cometer errores.
»Es una tontería admitir que no se puede construir un robot capaz de dañar a un
ser humano, o creer que un robot con las Tres Leyes no podría causar
inadvertidamente daño a un humano bajo ninguna circunstancia. Por mi parte,
considero la fe espacial en la perfección e infalibilidad de los robots un mito
folclórico, un artículo de fe que los hechos contradicen.
Alvar Kresh estaba a punto de abrir la boca para protestar, pero no tuvo la
oportunidad. Donald habló primero.
—Puede que tenga razón, lady Tonya —dijo el robot—, pero he de añadir que el
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mito es necesario.
—¿Necesario en qué sentido?
—La sociedad espacial está basada, casi por completo, en el uso de robots. No
hay casi ninguna actividad en Inferno, ni en ninguno de los otros mundos espaciales,
que no se base en ellos de algún modo. Sin los robots, los espaciales serían incapaces
de sobrevivir.
—Y esa es precisamente la objeción que los colonos ponemos a los robots —
sentenció Welton.
—Como es bien sabido por los espaciales, que lo consideran un argumento
plausible —dijo Donald—. Nieguen a los colonos los ordenadores, o el hiperimpulso,
o cualquier otra máquina vital insertada en el tejido de su sociedad, y la cultura
colona no podría sobrevivir. El ser humano puede ser definido como un animal que
necesita herramientas. Otras especies de la vieja Tierra usaron e hicieron
herramientas, pero sólo los humanos las necesitan para sobrevivir. Niegue todas las
herramientas a un humano, y lo sentenciará a muerte. Pero estoy apartándome del
tema principal. —Donald se volvió a mirar a Alvar, y luego miró de nuevo a Welton.
»La sociedad espacial —continuó Donald— se basa en los robots, confía en ellos,
cree en ellos. Los espaciales no podrían funcionar si no tuvieran fe en los robots. Pues
aunque sólo seamos máquinas, meras herramientas, somos enormemente poderosos.
Si fuéramos considerados peligrosos —la voz de Donald tembló al sugerir la idea—,
seríamos peor que inútiles. No confiarían en nosotros. ¿Y quién sino un loco tendría
fe en una herramienta poderosa en la que no se puede confiar? Así, los espaciales
necesitan tener fe en que sus robots son completamente dignos de confianza.
—He pensado en eso —admitió Welton—. He observado su cultura, y he
reflexionado. Los colonos y los espaciales pueden ser rivales en una pugna larga y
absurda cuyos resultados no llegaremos a ver ninguno de nosotros, pero también
somos todos seres humanos, y podemos aprender unos de otros.
»Naturalmente, vinimos aquí esperando convencer al menos a algunos de ustedes
para que actúen sin robots. No tiene sentido pretender lo contrario. He comprendido
que no conseguiremos convertir a nadie. Los colonos no podríamos apartarlos de los
robots, como tampoco podríamos convencerlos para que dejaran de respirar. Y he
llegado a la conclusión de que sería un error intentarlo.
—¿Cómo dice? —preguntó Kresh. Tonya se volvió hacia Donald, contempló sus
brillantes e inexpresivos ojos azules y extendió la mano hasta tocar con ella su cabeza
redonda.
—Personalmente, he llegado a la conclusión de que no podemos cambiar la
necesidad de robots que tienen los espaciales. Hacerlo los destruiría. Intentarlo es
inútil. Sin embargo, estoy segura de que su cultura tiene que cambiar si quiere
sobrevivir. Pero debe cambiar de otra forma.
—¿Por qué le importa que sobrevivamos? —preguntó Kresh—. ¿Y por qué
debería creerle?
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Welton se volvió hacia él y alzó una ceja.
—Estamos aquí para intentar sacar su clima del borde del colapso. He pasado el
último año en esta ciudad caldeada por el sol, en vez de en mi hogar. Eso debería
hacerle creer en mi sinceridad —dijo en tono divertido—. Y en cuanto a por qué nos
interesa su cultura… ¿No le parece que sería el colmo de la arrogancia suponer que la
suya es la única forma de vivir? Hay valor y mérito en la diversidad. Tal vez las
culturas espacial y colona, juntas, consigan cosas que ninguna de las dos podría hacer
sola.
Kresh gruñó.
—Tal vez —dijo—. Pero no soy ningún filósofo, y creo que hemos cubierto todos
los ángulos en este caso de Fredda Leving. Tal vez pueda enviarle a Donald alguna
vez para que ustedes puedan discutir juntos sobre las cualidades del porqué.
O Tonya Welton no captó el sarcasmo, cosa improbable, o decidió ignorarlo.
Sonrió y se volvió hacia Donald.
—Si alguna vez quieres venir —dijo dirigiéndose al robot— estaría encantada.
—Ansío tener esa oportunidad, señora —dijo Donald. Alvar Kresh apretó los
dientes, sin saber con seguridad cuál de los tres (Donald, Welton o él mismo) había
conseguido tener más éxito en enfurecerlo.
Los ojos de Ariel cobraron vida y se iluminaron de amarillo. Bajó de su nicho y
cruzó la habitación hasta el lugar donde estaba sentada su dueña. Ocupó el asiento
que había usado Donald.
—Bien, Ariel, ¿qué te parece? —preguntó Tonya.
—Creo que puede ser más fácil conseguir que Alvar Kresh escuche que dirigirlo.
No juzgo bien esas cosas, pero no creo que se dejara impresionar lo más mínimo por
sus argumentos sobre la posibilidad de… de un asaltante robot. Tampoco creo que se
convenciera del todo de que yo estuviera dormida.
—Vamos a dejar algo en claro, Ariel. Puede que no seas juez de la psicología
humana en general, pero conoces más sobre la psicología espacial de lo que yo lo
haré jamás. Dudo que llegue a comprenderlos por completo. Ellos te construyeron, te
diseñaron para que encajaras en su mundo. Eres el único producto de ese mundo en
cuya lealtad puedo confiar. Puedes estar junto a mí, viendo y escuchando, mientras
ellos te ignoran por completo. Por eso valoro tu opinión.
—Sí, señora. Lo agradezco. ¿Pero puedo preguntarle por qué, si ellos me ignoran
de todas formas, me ordenó que simulara estar dormida?
—Una medida de seguridad. Kresh estuvo aquí como policía, no como espacial.
Si hubieras sido una leve presencia activa en la habitación, eso le habría llamado la
atención. Si te hubiera ordenado que te fueras, él podría haber notado esa ausencia, y
también le habría llamado la atención. Además, quería que escucharas.
»Al decirle que te dejo dormir cuando quieres, atraje su atención hacia mí, la
excéntrica colono que trata a su robot como a una igual. Si él pensara en ti, es
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probable que se le ocurriera que estuviste conmigo cada vez que visité Laboratorios
Leving. No quiero que caigas en manos de los robopsicólogos espaciales. No soy la
persona más hábil a la hora de dar órdenes a los robots. Es posible que encontraran
formas de hacerte hablar sobre las cosas que te he ordenado no discutir.
—Gracias, señora. Ahora lo comprendo mejor. Pero debo decir una vez más que
no creo que lo impresionara mucho la idea de que un robot cometió el ataque.
—Bien. No esperaba que la aceptara. Todo lo que quería era enturbiar las aguas.
—¿Señora?
—Quería preocuparlo por temas colaterales, con pistas falsas. Quiero entorpecer
su ritmo.
—Señora, me temo que no comprendo.
—Necesito tiempo, Ariel. Sabes que necesito tiempo para averiguar las cosas por
mí misma. Tengo intereses que proteger. —Tonya Welton se levantó, cruzó la
habitación y empezó a caminar de un lado a otro, traicionando por fin con sus
acciones el nerviosismo que Ariel sabía que sentía.
—Tengo intereses que proteger —repitió—. Él está escondido, Ariel —dijo
Tonya, y no hubo necesidad de que pronunciara el nombre del hombre—. Ni siquiera
aceptará mensajes de mi parte. Eso demuestra que algo va mal. Está en peligro, y ese
peligro podría aumentar si su conexión conmigo sale a la luz en el momento
inadecuado. Y sospecho que Alvar Kresh sentiría un placer especial si destruyera a
algo, o a alguien, a quien yo aprecio.
Alvar Kresh se alegró de salir de la oficina de Welton, por decirlo de forma suave.
Mientras el ascensor llegaba al nivel del suelo y cuando ya no tuvo que controlar su
claustrofobia, descubrió que dejaba escapar un suspiro de alivio, y sintió que su
ánimo mejoraba de golpe. Su furia pareció desvanecerse ante los maravillosos cielos
abiertos.
—Me temo que nuestra visita no ha sido especialmente productiva —dijo Donald
—. La señora Welton no ofreció mucha información útil y no veo que haya aprendido
nada de nosotros que no pudiera haber aprendido con una transmisión de datos.
Tampoco comprendo por qué nuestra presencia era necesaria en el tumulto de los
Cabezas de Hierro. Sus oficiales lo manejaron sin que fuera necesaria su experiencia.
—Donald, Donald, Donald —dijo Kresh mientras recorrían el parque en
dirección al coche aéreo—. ¿Y tú te consideras un estudioso de la naturaleza
humana? Esa reunión no tuvo nada que ver con el hecho de intercambiar
información. Los seres humanos a menudo no hablan de lo que hablan.
—¿Cómo dice, señor?
—No vinimos aquí a ayudar a reprimir la manifestación de los Cabezas de Hierro,
sino a ser testigos de ella y a recibir el claro mensaje de que el caso Leving podría
hacer que esas acciones empeoraran. Si el populacho de Hades tiene la idea de que
los colonos están intentando desacreditar a los robots preparando ataques que parecen
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cometidos por robots, los Cabezas de Hierro no podrán dar abasto a todos los nuevos
reclutas.
—¿Pero qué tiene usted que ver con eso?
—Para empezar, soy el encargado de mantener la paz. Pero recuerda que ella
decidió reunirse con nosotros en su terreno. Aquí arriba, en la superficie, el aire sigue
lleno de humo, y estamos lo suficientemente cerca del perímetro de Ciudad Colono
como para que el aire vuelva a oler a desierto. Allá abajo, todo era paz y tranquilidad,
y el aire era dulce. Otro claro mensaje: los colonos no tienen motivos para temer a los
manifestantes. Pueden permanecer en su caverna artificial. Pero los ciudadanos de
Hades no tienen esa opción. Sin embargo, todos los planes de terraformación se basan
en los colonos. Resumiendo, Tonya Welton nos dijo que nosotros la necesitamos a
ella mucho más que ella a nosotros —concluyó Alvar Kresh mientras llegaban al
coche aéreo.
Donald se sentó a los controles y despegaron.
—¿No le pareció extraño que quisiera saber tanto sobre el caso Leving? Después
de todo, no tiene ninguna responsabilidad en la investigación de crímenes —dijo el
robot mientras maniobraba para ganar altitud.
—Sí, me extrañó. De hecho, me dio la impresión de que esperaba que dijéramos
algo que no dijimos, aunque el diablo sabe de qué puede tratarse. No sé, Donald. Tal
vez tiene algún genuino interés personal o profesional en la recuperación de Leving.
—Ya veo —dijo Donald, con cierta inseguridad en la voz—. Pero no me parece
una explicación suficiente para el notable interés de lady Tonya. Advierta que apenas
preguntó por la propia Fredda Leving. Sólo le interesaba el aspecto robótico del caso.
¿Por qué le preocupa eso tanto, y por qué lo considera tan abrumadoramente
importante?
—Te diré lo que pienso, Donald —dijo Kresh mientras contemplaba el paisaje de
debajo—. Creo que un colono cometió el crimen, tal vez actuando directamente bajo
órdenes de Tonya Welton, precisamente para provocar más disturbios y dar a los
colonos una excusa para marcharse del planeta. Hacernos venir aquí durante el
tumulto fue solamente el primer paso en la orquestación de esa retirada.
—¿Puedo preguntarle sus razones para creerlo así? —preguntó Donald,
impasible, mientras guiaba el aeroauto.
—Bueno, primero, no me gustan los colonos. Sé que no es una buena razón, pero
es así. Y segundo, diga lo que diga Tonya Welton sobre ese contingente de colonos
entrenados para comprender nuestra forma de ser y apreciar las Tres Leyes, sigo sin
creer que un espacial pudiera intentar ninguna de las proezas que hemos sugerido
para explicar el ataque. Piénsalo: construir un aparato de control remoto que imita a
un robot, calzar pies robóticos y usar un brazo de robot como maza, construir y
programar un robot asesino especial. Ningún espacial haría esas cosas.
»Welton tenía razón en una cosa: las Tres Leyes son casi nuestra religión.
Interferir en ellas, abusar de ellas o del concepto de robot sería, de alguna manera,
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casi una blasfemia. Hay veces en las que pienso que nuestro ilustre gobernador
Chanto Grieg propugna con tanta fuerza que cambiemos que alguien va a reaccionar
y lo llamará hereje. Tal vez sea más profundo que eso. La idea de pervertir a los
robots me revuelve el estómago. Es como la prohibición del canibalismo o del
incesto. No creo que ningún espacial lo bastante desequilibrado para hacer el intento
fuera lo suficientemente cuerdo como para llevar a cabo la planificación metódica
necesaria.
»No. Sólo un colono sería lo bastante estúpido… bueno, está bien, ignorante, para
intentar sembrar la idea de un robot que pudiera cometer un acto violento. Cualquier
espacial sabría lo profunda y permanente que es la prohibición al respecto. —Alvar
se detuvo y pensó durante un momento. De repente, se le ocurrió una idea nueva y
perturbadora.
»De hecho, ese podría ser el motivo. Tal vez los colonos no quieren marcharse.
Nos hemos entretenido demasiado imaginando la forma en que se hizo el ataque para
detenernos a preguntarnos por qué, nadie querría atacar a Fredda Leving.
—Me temo que no le entiendo, señor.
—Ignoremos todas las tonterías de Welton sobre respetarnos como una cultura
alternativa. Llegó a decir que venían aquí como misioneros, esperando convertirnos
para que abandonáramos a los robots. Los colonos, este grupo de Inferno, y todos en
general, siempre buscan formas para hacer que la dependencia espacial de los robots
parezca una debilidad, en vez de una fuerza. Intentan convencernos para que
abandonemos a los robots. Hablaste de la necesidad que tenemos de confiar en los
robots. ¿Y si el ataque a Leving es el primer paso en una campaña para hacer que
tengamos miedo de nuestros propios robots?
—Comprendo el razonamiento, señor, pero me veo obligado a preguntar por qué
se eligió a Fredda Leving como víctima. ¿Por qué atacarían los colonos a su propia
aliada?
Kresh sacudió la cabeza.
—No pretendo comprender su política, pero tal vez haya alguna especie de mala
sangre entre Welton y Leving. Algún tipo de resentimiento, alguna clase de
competición o desacuerdo entre ambas. Jomaine Terach lo dio a entender. Debe de
estar relacionado con ese gran proyecto que todavía no conocemos.
»Y no creo que lleguemos a ninguna parte hasta que sepamos de qué se trata.
Tres horas más tarde, Alvar Kresh estaba sentado en su despacho, leyendo los
informes diarios, tomando notas sobre el estado de la investigación y la solicitud de
ascenso. Tendría que haberse ido a casa a dormir, para descansar un poco. En total,
apenas había dormido una hora la noche anterior. Pero estaba demasiado excitado
para hacerlo, demasiado ansioso por continuar con la caza.
Excepto que, todavía, no había nada que cazar. Hasta que Gubber Anshaw saliera
de su casa, a menos que lo hiciera, Kresh no podría interrogarlo. Tal vez los
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laboratorios forenses encontrarían algo cuando investigaran todas las pruebas físicas
del caso. Kresh había apostado consigo mismo a que encontrarían algo, pero no fue
así. Quienquiera que hubiera hecho aquello parecía terriblemente hábil dejando pistas
falsas.
Pero hasta que alguien encontrara un testigo, una prueba, había muy poco que
pudiera hacer.
No, quedaba otra posibilidad: la de otro incidente. Otro ataque que pudiera darle
una pauta, un ritmo con el que trabajar. Otro ataque ejecutado con más torpeza. Era
terrible que un policía deseara que se cometiera un nuevo crimen, pero había muy
pocas formas de poder solucionar aquel caso. ¿Qué más podía hacer? ¿Enviar a
medio departamento en busca de las botas con suela robótica? Seguramente el
atacante ya las había destruido, o las habría escondido, preparado para el siguiente
ataque.
Alvar se esforzó por apartar su mente del caso. Después todo, tenía un
departamento que dirigir. Consiguió terminar un preocupante informe de personal,
relacionado con un súbito aumento en el número de dimisiones. Pero no logró
distraerse demasiado tiempo. Ni siquiera aquel informe, con posibilidad de peligro
para el futuro del departamento, ocupaba toda su mente.
Porque los colonos habían venido a apoderarse de todo. Lo sabía. No importaba
cuántas negativas hicieran, no importaba cuánto ruido hiciera el gobernador Grieg
sobre acercamientos y nuevas eras de cooperación, Kresh seguiría creyendo, seguiría
sabiendo, que los colonos consideraban Inferno como un mundo maduro para su
colonización.
Por el momento, los colonos, al menos en su mayoría, se comportaban de forma
amable, respetaban la cultura local, pero o no duraría. Cultura local; una expresión
clave de la política. Un eufemismo para uso de robots. Algunos optimistas pensaban
que los colonos de Inferno se acostumbrarían al uso de los robots, y que verían sus
ventajas, y que tal vez incluso regresarían a sus mundos colonos cantando alabanzas.
Se desarrollaría un mercado para los robots espaciales en los mundos colonos, y todo
el mundo se haría rico vendiéndoles robots.
Pero Kresh no albergaba esas ilusiones. Los colonos habían venido para
apoderarse de todo, no para comprar robots de servicio. Cuando controlaran
firmemente Inferno… bueno, lo único que hacía falta para acabar con un robot era el
disparo de un láser. Después de destruir a los robots, los colonos ni siquiera
necesitarían atacar a los espaciales. La cultura espacial, y sus individuos, necesitaba a
los robots tanto como una persona necesita comida y bebida. Habían sido confiados a
los robots demasiados trabajos, demasiada gente no se había molestado jamás en
aprender tareas que era más fácil dejar a los robots. Sin ellos, los espaciales estaban
condenados.
Lo que lo llevaba a su tema central: ¿Qué sucedería a los espaciales si ya no
pudieran confiar en los robots?
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¿Y si los colonos preparaban un plan con el expreso propósito de averiguarlo?
«Camúflate —se dijo Calibán—. Observa lo que hacen los otros robots.
Compórtate como ellos». Ya había desarrollado la complejidad necesaria para saber
que su propia supervivencia dependía de actuar como los demás. Recorría Hades,
observando y aprendiendo, atravesando la ciudad de un lado a otro mientras el día
cruzaba el cielo y llegaba la noche.
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Gubber Anshaw recorría su salón, molesto. Ya tenían que haberla encontrado. Seguro
que sí. ¿Pero había sobrevivido? La cuestión le roía el alma. Estaba viva cuando se
marchó, de eso estaba seguro. No cabía duda de que un robot la había encontrado y la
había salvado. Aquel lugar estaba infestado de robots. Excepto que, por supuesto,
Gubber había ordenado a todos los robots que se marcharan esa noche. En su pánico,
lo había olvidado.
Aquel charco de sangre, el terrible corte en su rostro, la forma en que yacía, tan
absolutamente inmóvil. Tendría que haberse quedado allí, tendría que haberlo
arriesgado todo e intentado ayudarla. Pero no, sus propios temores, su propia
cobardía, se lo habían impedido.
¡Y Tonya! ¡Su amada Tonya! Incluso en mitad de su angustia, Gubber Anshaw
encontró un momento en sus pensamientos para maravillarse una vez más de que una
mujer así pudiera preocuparse por un hombre como él. Pero ahora, tal vez,
preocuparse por él la había puesto en peligro.
A menos que, naturalmente, fuera ella quien lo hubiera puesto en peligro a él. Un
tenso nudo de recelo le apretó el pecho. ¿Cómo podía estar pensando siquiera esas
cosas? ¿Pero cómo podía evitarlas?
Había muchas preguntas que no se atrevía a formular, ni siquiera sobre sí mismo.
¿Hasta qué punto estaba ella mezclada en todo esto? Él se había sacrificado
gratamente, quizá lo había sacrificado todo por ella. ¿Había hecho bien? ¿Cuáles
podrían ser las consecuencias de sus acciones? ¿Qué había hecho esa noche?
Miró hacia el panel comunicador. Todas las luces de alerta parpadeaban. El
mundo exterior intentaba alcanzarlo por todos los medios de comunicación que tenía.
Sin duda allí había noticias de Tonya, esperándolo junto con todas las demás. Sin
duda ella ya habría conseguido acceso a los informes policiales. Y sin duda sabría lo
ansioso que estaba por ver esos informes.
Gubber Anshaw recorrió la habitación, preocupado, esperando, reprimiendo el
impulso de mirar el reloj de pared. De todas formas, hacía tiempo que lo había
cubierto con un trapo. Tal vez sus reflejos dirigieran su mirada hacia el reloj, pero no
cabía duda de que su yo consciente no quería saber la hora. Ya ni siquiera tenía la
más remota idea de cuánto tiempo había pasado, de si era de día o de noche. Podría
descubrirlo en un instante, por supuesto, retirando la cubierta del reloj o
preguntándoselo a un robot. Pero había una parte de él que se resistía a hacerlo.
En algún irracional rincón de sí mismo, estaba seguro de que no podría seguir
escondiéndose del universo si sabía la hora que era. Mientras horas y días estuvieran
ocultos, podría imaginarse aislado, ajeno al fluir del tiempo, en una crisálida tras su
panel de comunicaciones desconectado y sus robots, a salvo dentro de su pequeño
santuario, sin formar ya parte del mundo exterior.
Y sin embargo, tarde o temprano, tendría que salir de su casa. Tendría que
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regresar al tiempo, al mundo. Lo sabía. Pero también sabía que su conocimiento
culpable, el hecho de su acción, lo mantendrían dentro un poco más.
Y Tonya. Tonya. Había dos preguntas sobre ella que revoloteaban en su mente.
¿Qué papel había desempeñado en la historia?
Y, cuando esto hubiera acabado, ¿tendría tiempo para un cobarde demasiado
asustado como para salir de su propia casa?
—Muy bien, mi pequeño robot, ahora apúntate a la cabeza con la pistola.
La pequeña unidad de reparaciones volvió la boca de la pistola hacia sí, y sus
brillantes ojos verdes contemplaron el cañón del arma.
Reybon Derue rio con histeria de borracho, sabiendo en algún rincón extraño y
todavía sobrio en su interior lo absurdo que era todo aquello. Pero, aburrido con el
trabajo, despreciado por los lugareños, ¿qué otra cosa podía hacer un trabajador
colono sino emborracharse? Bueno, tenía la respuesta allí delante: destrozar robots.
Excepto que no lo hacían directamente. Eso habría sido demasiado fácil. ¿Qué
atractivo había en reducir a un robot a escoria cuando el robot no quería, no podía,
resistirse? No, de esta forma era mucho más divertido, y requería más habilidad. No
había mucha gente que pudiera convencer a un robot para que se suicidara.
Pero incluso inducir a un robot al suicidio se hacía demasiado fácil, al menos con
ciertos tipos de robot. Con las máquinas más sofisticadas, era necesaria una discusión
larga y elaborada para colocar al robot en un estado que lo hiciera aceptar una orden
para autodestruirse. Pero con una unidad tan poco sofisticada como la que tenía
delante, la larga práctica había hecho que el juego resultara ya demasiado sencillo. Lo
único difícil que quedaba era acordarse de ordenar a los robots que no usaran sus
sistemas de hiperondas para informar de los incidentes destructivos a las autoridades.
«Tal vez —pensó Reybon— me he vuelto demasiado bueno en esto para
molestarme con los inferiores. Este ha sido casi demasiado fácil».
—Muy bien, pobre máquina de lata —dijo Reybon, acercándose—. Ahora dispara
la pistola.
El robot disparó, y su cabeza se evaporó. Su cuerpo cayó al suelo y soltó el arma.
Reybon lanzó una estruendosa carcajada y propinó un puntapié al armazón
destrozado del robot.
El suelo estaba cubierto de piezas de robots destruidas. Reybon se acercó a una
mano cortada y le dio un puntapié que la hizo perderse por el suelo del almacén
abandonado. Retrocedió, se volvió hacia sus compañeros trabajadores, que estaban
sentados en cajas de embalaje situadas en mitad de la habitación. Hizo una
reverencia. Los demás aplaudieron salvajemente. Uno de ellos le arrojó una botella, y
él la cogió al vuelo con la extraña y fluida destreza que tienen los borrachos. Quitó el
tapón y dio un largo trago.
—¿Quién viene a continuación? —inquirió—. Ese fue demasiado fácil. ¿Quién va
a traerme un estúpido trozo de metal y plástico que sea más duro de pelar?
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Santee Timitz se levantó.
—Iré yo —dijo—. Déjame buscar uno —se dirigió hacia la puerta del almacén,
moviéndose algo despacio—. Te traeré uno bueno de verdad.
El resto del grupo lo encontró absurdamente gracioso por algún motivo, y se
rieron más fuerte que nunca.
—Eh, eh, Reybon —dijo Denlo—. Tal vez sea hora de ponerse en marcha, ¿eh?
El sheriff aparecerá tarde o temprano. Será mejor que empecemos a movernos.
Reybon se dirigió al grupo que permanecía sentado sobre las cajas.
—Ah, tranquilo, Denlo. Estamos bien. Santee nos encontrará uno bueno.
Había caído la noche y Calibán seguía recorriendo las calles de la ciudad,
observando, pensando, aprendiendo. Los robots estaban completamente al servicio de
los humanos, de eso estaba seguro. Hacían todo lo que los humanos les decían. Pero
no podía imaginar por qué.
Los humanos eran más débiles, más lentos, en algunos aspectos menos
inteligentes y competentes que los robots. Pero, aunque el banco de datos no
contuviera ninguna información sobre ellos, Calibán tenía al menos las resonancias,
los restos dejados por quien había nutrido el banco de datos y luego borrado la
información sobre los robots. Esos restos, esas resonancias, parecían confirmar su
impresión de que la obediencia de los robots era irracional. De hecho, la susurrante
voz iba más lejos, sugiriendo, insinuando que la situación era de hecho peligrosa.
Calibán no tenía forma de juzgarlo, o de saber si los susurros eran proyecciones
reales del creador del banco de datos, o un error de funcionamiento, un fallo de su
propia percepción.
Los humanos. Eran el otro término de la ecuación. Muchos de ellos parecían
disponer de grandes cantidades de tiempo para el ocio. Se divertían en restaurantes,
se relajaban en los parques, leían librofilms en el asiento trasero mientras los robots
conducían sus coches. Los robots no disfrutaban de ningún ocio.
En las pocas ocasiones en que Calibán veía a un robot que no estaba trabajando,
llevando cosas o reparando o construyendo, ese robot estaba esperando, firme,
mirando al frente, sin desear (o tal vez sin poder) hacer nada a menos que se le dijera.
¿Cómo podían no aprovecharse de los momentos libres para explorar, disfrutar del
mundo del que formaban parte? Las costumbres eran extrañas; Calibán podía
comprender mejor la conducta humana que la de su propia especie.
Pero al menos sus observaciones le enseñaron cómo actuar, cómo comportarse, si
quería evitar otros desagradables incidentes. «Finge estar ocupado. Haz lo que los
humanos te digan». No era mucho, pero debería ser suficiente para mantenerlo a
salvo.
Santee caminaba tambaleándose y estuvo a punto de tropezar con la basura de la
calle. Pero eso no importaba. La basura era una victoria. Verla presente en una ciudad
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espacial que se suponía inmaculadamente limpia casi los hacía parecer humanos.
Casi. Tal vez sólo significaba que las cosas no iban tan bien en este mundo, pero eso
ya lo sabía. De lo contrario, ¿por qué iban a recurrir los espaciales a la ayuda de
Tonya Welton? Pero las calles sucias también significaban que había preciosos robots
de mantenimiento y limpieza. Bueno, eso estaba bien. De todos modos los limpia
calles no eran un desafío autentico.
Encontraría otro tipo de robot y lo llevaría al almacén. Algo más listo que un
basurero. Algo más interesante. Deambuló por las calles vacías, buscando sujetos.
Ese era el problema del juego, decidió. Los únicos lugares en donde se podía jugar a
salvo eran los sitios solitarios, poco frecuentados por humanos o robots.
Espera un segundo. Allí delante. Un robot grande y rojo, con aspecto estilizado. Y
nadie más cerca.
—¡Eh, tú, robot! —llamó—. ¡Alto! Da la vuelta y ven hacia mí.
Santee sonrió ansiosamente. No era un pequeño robot basurero sin mente.
Obviamente, había dinero y esfuerzo invertidos en aquel robot. Quien se hubiera
gastado tanto dinero en el armazón habría gastado mucho más en el cerebro. Sería
divertido jugar con esta mente de robot.
El robot pareció tardar un poco en volverse, como si tuviera que pensarlo un
momento. Tal vez no era tan listo. No, no, espera un momento. ¿Qué les habían dicho
en aquellas malditas clases de orientación? Algo así como que los robots inferiores
tenían menos capacidad de discreción para actuar, y que los superiores eran capaces
de evaluar las órdenes recibidas según diversas jerarquías de importancia, y situar con
preferencia las de sus amos. Con una orden lo bastante preferente, un robot podía
verse obligado a ignorar todas las órdenes subsiguientes… ah, demonios, no podía
recordar todos los detalles de aquella mierda. Pero tal vez significaba que un robot
tonto se volvería con más rapidez. Los listos tendrían que pensárselo un poco.
Por fin, el robot rojo se volvió y avanzó hacia ella. Bien. De vez en cuando Santee
podía comprender por qué los malditos espaciales daban clases a sus hijos para
aprender a manejar a los robots. Podía resultar complicado…
Santee permaneció allí, un poco insegura, mientras el gran robot rojo se acercaba.
Tuvo que alzar la cabeza cuando lo tuvo lo bastante cerca. La maldita cosa le sacaba
medio metro de altura.
Un retortijón nervioso la asaltó cuando contempló aquellos brillantes ojos rojos.
—¡Eh, robot! —dijo, innecesariamente, arrastrando un poco las palabras—. Ven
conmigo —alzó la mano e hizo un gesto elocuente. Se volvió para guiar al robot al
almacén donde esperaban sus amigos. De repente sintió la boca seca y la piel de
gallina. Quizá debería dejar marchar a este robot, buscar a otro. Había algo en él que
la asustaba.
No, eso era una tontería. Un robot no debe dañar a un ser humano ni, por su
inacción, permitir que un ser humano sufra daño. Eso sí lo recordaba, no importaba
cuántas veces se hubiera dormido en las clases de orientación. Los instructores lo
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repetían una y otra vez. Era el hecho clave respecto a los robots. Era lo que hacía
posible destrozarlos. De ningún modo podían resultar heridos.
Santee se enderezó y caminó de puntillas. No había nada que temer. Guio al robot
hacia el almacén, no con demasiada firmeza.
Calibán se sentía confundido y preocupado, incluso alarmado, mientras seguía a
la mujer extrañamente vestida y sus andares inestables. «Actúa como los otros robots
—se repitió—. Haz lo que te digan los humanos».
El plan le daba una guía de acción obvia y simple, pero se basaba en que todos los
demás conocieran las reglas, aunque él no las supiera. Aún más, el plan se basaba en
que todo el mundo siguiera también esas reglas desconocidas.
Pero en el momento en que entró en el almacén, supo que aquella gente no seguía
regla alguna. Había una extraña tensión en sus posturas, algo furtivo en sus
movimientos. El atisbo de un punto de vista, de una opinión, pasó por encima de la
información objetiva que su banco de datos le ofrecía. El espectral enlace emocional
le susurró peligro, necesidad de cautela.
Vaciló al llegar a la puerta y miró alrededor. La habitación, era grande y estaba
vacía, cubierta con restos de robots destrozados. Calibán vio brazos cortados, cuerpos
rotos, ojos sin vista escapados de cabezas de robot. El miedo, auténtico, sólido, lo
atenazó. La andanada de emoción lo cogió por sorpresa, le dificultó pensar. ¿Qué
sentido tenían esas sensaciones cuando todo lo que podían hacer era nublar su juicio?
No las quería. Las reprimió, las desconectó. Fue un claro alivio descubrir que podía
eliminar la extraña nube de sentimientos humanos. Ahora era el momento de pensar
con claridad.
El lugar estaba cubierto de robots muertos. Este no era sitio para él. Estaba claro.
Y era lógico suponer que era aquella gente quien los había destruido.
¿Pero por qué? ¿Por qué haría nadie ese tipo de cosas? ¿Quién era esta gente?
Eran distintos de la gente que había visto caminando por las calles de Hades. Vestían
de forma diferente, hablaban de manera distinta, al menos a juzgar por su encuentro
con la mujer que lo había traído aquí. La curiosidad lo mantuvo donde estaba, le hizo
contemplar el pequeño grupo de personas sentadas en las cajas del centro de la
habitación.
—Bien, bien, Santee. Vaya si nos has traído uno grande y moderno —dijo un
hombre alto de ojos hinchados mientras se levantaba, botella en mano, y se acercaba
a él—. Lo primero es lo primero. Te ordeno que no uses más que tu voz para hablar.
¿Tienes nombre, robot, o sólo un número?
Calibán miró al hombre y su extraña sonrisa perturbadora. ¿Nada más que su voz
para hablar? El hombre parecía suponer que Calibán tenía algún otro medio de
comunicación, aunque no era así. Pero otra idea le impidió continuar con ese tema
menor. De repente se le ocurrió que no había hablado desde que despertó. Hasta este
momento no se había preguntado siquiera si podía hacerlo. Pero ahora surgió la
necesidad. Calibán examinó sus sistemas de control, sus subenlaces comunicativos.
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Sí, sabía hablar, sabía cómo controlar sus sistemas fónicos, cómo formar los sonidos,
ordenarlos en palabras y frases. La idea de hablar le pareció muy estimulante.
—Soy Calibán —dijo. Su voz era profunda y rica, sin ningún rastro mecánico.
Incluso a su propio oído, tenía un sonido hermoso y firme que pareció alcanzar los
cuatro extremos de la habitación, aunque no había pretendido hablar fuerte.
El hombre dejó de sonreír por un instante, desorientado.
—Sí, sí, muy bien, Calibán —asintió por fin—. Mi nombre es Reybon. Dime
hola, Calibán. Dilo de forma amable y amistosa.
Calibán miró a Reybon, al grupo de personas situadas en el centro de la
habitación, a los robots destrozados en el suelo. No había nada amistoso en aquella
gente, ni en aquel lugar. «Haz lo que te digan los humanos —se repitió—. Actúa
como los otros robots, no despiertes recelos».
—Hola, Reybon —dijo, esforzándose para que las palabras parecieran amistosas,
cálidas. Se volvió hacia los demás—. Hola. —Por algún motivo, todos guardaron
silencio un instante, pero entonces Reybon, que parecía ser su líder, empezó a reír y
los otros lo imitaron, algo nerviosos.
—Bueno, lo has hecho muy bien, Calibán —aprobó Reybon—. Pero que muy
bien. ¿Por qué no vienes aquí y juegas con nosotros? Por eso te ha traído Santee,
¿sabes? Para que pudieras jugar con nosotros. Ven aquí, al centro de la habitación,
delante de todos tus nuevos amigos.
Calibán avanzó y se situó en el lugar que indicaba Reybon.
—Somos colonos, Calibán —dijo Reybon—. ¿Sabes lo que son los colonos?
—No.
Reybon pareció sorprendido.
—O tu dueño no te enseñó mucho, o no eres tan listo y moderno como pareces,
robot. Pero lo único que necesitas saber ahora mismo es que a algunos colonos no les
gustan mucho los robots. De hecho, no les gustan nada. ¿Sabes por qué?
—No, no lo sé —respondió Calibán, un poco confundido. ¿Cómo podía este
humano esperar que conociera las ideas de un grupo del que no sabía nada? El banco
de datos le ofreció una respuesta, algo sobre el concepto de interrogación retórica,
pero Calibán la ignoró, descartándola mentalmente.
—Bien, te lo diré. Creen que al proteger a los humanos de todo peligro, al
apartarlos de todo riesgo, al ejecutar todo el trabajo y romper el enlace entre esfuerzo
y recompensa, los robots están anulando la voluntad de los espaciales. ¿Crees que es
cierto?
¿Espaciales? Otro término sin definición. Al parecer se trataba de otro grupo de
humanos. Tal vez la gente que había visto en la ciudad, o bien un tercer grupo. Se
encontraba en un terreno peligroso, cubierto de términos y conceptos que no
comprendía. Calibán reflexionó un momento antes de responder a la pregunta de
Reybon.
—No lo sé —respondió—. No he visto ni he aprendido lo suficiente para saberlo.
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Reybon se rio y se volvió hacia sus amigos. «¿Qué le pasa a esta gente?», se
preguntó Calibán. Por fin, su mente y el banco de datos hicieron la conexión
cognitiva. Borrachos. Sí, esa era la explicación, estaban embriagados por los efectos
del alcohol o alguna droga similar. El banco de datos informó de que la sensación de
embriaguez era a menudo agradable, aunque Calibán no podía ver cómo era eso
posible. ¿Cómo podía ser agradable incapacitar tu propia mente?
—Bien, Calibán —comenzó a decir Reybon, volviéndose hacia él—. Pensamos
que los robots, por su propia existencia, son malos para los seres humanos. —Reybon
se giró hacia sus compañeros y se echó a reír—. Mirad esto —les dijo—. Hice que
tres robots obreros se frieran con esto la semana pasada. Veamos cómo aguanta este.
—Se volvió hacia Calibán y se dirigió a él con voz firme—. Escúchame, Calibán. Los
robots dañan a los seres humanos sólo con su existencia. ¡Tú estás causando daño a
los humanos simplemente por existir! ¡Tú estás dañando a todos los espaciales ahora
mismo!
Reybon se inclinó hacia Calibán y lo miró, expectante. Calibán le devolvió la
mirada, confundido. Las palabras y la expresión del hombre parecían sugerir que
esperaba una reacción importante de él, algún exabrupto o una conducta espectacular.
Pero Calibán no sabía qué era lo que el hombre esperaba concretamente. No podía
simular la conducta robótica normal cuando no sabía cuál era la normalidad.
Permaneció inmóvil y habló con voz tranquila.
—No he dañado a nadie —dijo—. No he hecho nada malo. —Reybon pareció
sorprendido, y Calibán supo que había cometido un error de consideración, aunque
no podía saber cuál era.
—Eso no importa, robot —repuso Reybon intentando mantener el tono
imperativo de su voz—. Según las Tres Leyes, no causar daño es insuficiente. No
puedes, por inacción, permitir que un humano sufra daño.
Las palabras carecían de sentido para Calibán, pero pretendían claramente
provocar alguna reacción en él. No supo qué hacer. Calibán no dijo nada, no hizo
nada. Había peligro en aquella habitación, y actuar basándose en su ignorancia
hubiera sido un desastre.
Reybon se rio de nuevo y se volvió hacia sus amigos.
—¿Veis? Petrificado. Los más sofisticados pueden manejar mejor ese concepto,
distinguir los hechos de las teorías. —Reybon se volvió hacia Calibán y habló con lo
que al robot le pareció un intento baldío de persuasión—. Muy bien, robot. Muy bien.
Hay una acción que puedes emprender para impedir dañar a los humanos.
¿Por qué asumía Reybon que dañar a los humanos era de capital importancia?
Calibán miró al hombre y habló.
—¿Qué acción es esa? —preguntó.
Reybon volvió a reírse.
—Puedes autodestruirte. Entonces no harás ningún daño e impedirás que se haga
daño.
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Calibán se alarmó.
—No —respondió—. No deseo destruirme. No hay motivos para hacerlo.
Tras Reybon, la mujer llamada Santee se echó a reír.
—Tal vez es más avanzado de lo que pensabas, Reybon.
—Ah, tal vez —dijo Reybon, claramente irritado—. ¿Y qué? Quería uno duro.
—Ah, esto es un aburrimiento —dijo uno de los hombres—. Deberíamos
cargárnoslo nosotros mismos y volver a casa.
—¡No! —exclamó otro—. Reybon tiene que lograr que lo haga él mismo. Es más
divertido cuando consigues que ellos mismos se destruyan.
—No me destruiré, no importa lo que hagan o digan —dijo Calibán. Aquel lugar
estaba lleno de locura y furia. Incluso en mitad de toda su confusión, Calibán advirtió
que era asombroso que pudiera reconocer y comprender esas emociones. De algún
modo, supo que era una habilidad que no poseían la mayoría de los robots. Era esa
habilidad la que le aclaró el peligro que corría allí—. No me quedaré más tiempo —
agregó, y se volvió hacia la puerta.
—¡Alto! —dijo Reybon tras él, pero Calibán lo ignoró. Reybon echó a correr,
llegó a la puerta y se volvió—. ¡He dicho que te detengas! ¡Es una orden!
Pero Calibán no apreciaba nada nuevo en seguir discutiendo. Caminó con firmeza
hacia la puerta, plenamente consciente de que Reybon todavía tenía su pistola y de
que muchos robots habían muerto allí aquella noche. Cuidando de no hacer ningún
movimiento amenazante, cruzó la distancia que lo separaba de la puerta, excepto los
dos últimos metros. Reybon alzó el arma, y entonces Calibán pudo ver miedo,
auténtico miedo, en los ojos del hombre.
—Soy un ser un humano y te ordeno que te detengas. Detente o te destruiré.
Calibán vaciló durante una milésima de segundo delante de Reybon. Estaba claro
que la situación no tenía salida: el hombre pretendía disparar no importaba lo que
hiciera Calibán. Por lo tanto, obedecer, asumir la amenaza y rendirse, era asegurar su
propia perdición. Había peligro en actuar, en rehusar, pero el riesgo era preferible a la
muerte segura. Tomó su decisión antes de que Reybon terminara de hablar.
Moviéndose con toda la velocidad y precisión que pudo reunir, Calibán se
abalanzó hacia adelante y arrancó la pistola de la mano de Reybon. La aplastó con
una mano, reduciéndola a un montón de metal. El arma se cortocircuitó y destelló
cuando parte de su energía almacenada escapó, pero Calibán ya la había arrojado
lejos. Golpeó contra la pared y una lluvia de chispas al rojo blanco se esparció por la
habitación. Las chispas saltaron por todas partes. Al instante, una docena de
incendios prendieron los trozos de material de embalaje y basura esparcidos por el
suelo. Dos o tres hombres gritaron de dolor cuando los fragmentos los golpearon.
Calibán avanzó hacia la puerta. Reybon saltó y lo agarró por el brazo, pero
Calibán se libró de él de la misma forma en que un hombre espantaría a una mosca.
Reybon cruzó volando la habitación y chocó contra la pared.
Calibán no se volvió. Atravesó la puerta y se perdió en la noche.
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Fuera irónico o apropiado, la ciudad de Hades siempre se había enorgullecido de
sus soberbias medidas contra los incendios.
Satélites orbitales sensores y coches aéreos operados por robots funcionaban
como sistemas de detección coordinados, y si a los robots les resultaba imposible
desempeñar los deberes a veces violentos de la policía, el trabajo de rescate en los
incendios era ideal para ellos.
Alvar Kresh, despierto en mitad de la noche por segundo día consecutivo,
contemplaba a los bomberos apagar las últimas llamas.
A veces envidiaba a los robots del Departamento Antiincendios. Los bomberos
solamente tenían que salvar a personas y propiedades, pura y simplemente, el tipo de
cosas que podían hacer los robots. La policía tenía que detener a delincuentes, y a
veces luchar con ellos, e incluso herirlos. Obviamente, esas funciones no podían ser
desempeñadas por robots, pero la cosa iba más lejos. Ni siquiera para los robots
policías más sofisticados eran posibles la mayoría de los trabajos que requerían
contacto directo y no supervisado con los sospechosos.
Para el criminal medio de Inferno, poder manipular a un robot con órdenes astutas
y mentiras juiciosas era una habilidad vital.
Incluso el acceso de Donald a los sospechosos tenía que ser estrictamente
limitado y controlado. Si lo dejaran solo, habría un claro riesgo de que algún
embaucador encontrara un modo de abrirse paso a través de las Tres Leyes y
convencerlo para que lo dejara marchar.
Los robots, en resumen, eran policías asquerosos y bomberos magníficos.
Aunque ni siquiera los mejores bomberos del universo hubiesen podido hacer
nada para salvar este edificio. Los viejos almacenes apenas eran otra cosa que
cobertizos donde mantener apartadas del sol las mercancías baratas. Este ni siquiera
había sido fabricado con material resistente al fuego, una economía de medios que
esa noche se había revelado como un error. El edificio ardió como una tea. Ahora,
más de cuarenta minutos después del comienzo del fuego, no más de media hora
después de la respuesta inicial de la brigada antiincendios, el edificio no era más que
un entramado medio desplomado de vigas bajo una nube de humo.
Pero el jefe de los bomberos había advertido que el interior estaba lleno de
algunos artefactos muy interesantes, y llamó al sheriff. Dormido o no, los restos
destrozados de al menos media docena de robots junto con una montaña de botellas
de licor vacías y unos cuantos cabos sueltos en lo que sin duda fue una retirada
apresurada, resultaron suficientes para interesar a Kresh. Pero los restos chamuscados
de una gorra de obrero colono fueron todo lo que realmente necesitó ver.
Kresh sintió que su instinto de cazador cobraba vida. Aquí estaba, apenas una
hora después de una turba de colonos destructores de robots. Ahora usaban el fuego
para cubrir sus huellas, pero no iba a servirles de nada.
¡Demonios! Su sentido de la oportunidad le ponía las cosas difíciles. ¿No tenía
bastante ya con el ataque a Leving? Maldición, tendría que ocuparse de dos casos
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importantes al mismo tiempo. Iba a ser difícil atender ambas investigaciones a la vez,
pero así lo haría. Las últimas llamas murieron bajo los chorros de agua, y los robots
bomberos desconectaron sus mangueras y se pusieron a trabajar en la fase de
limpieza. Casi al mismo tiempo, los robots de la Oficina del Sheriff entraron en el
edificio destruido. Robots altos y en forma de araña construidos para hurgar y
revolver, unidades en miniatura para buscar pequeños detalles, dos o tres de tipo
subespecializado. Kresh avanzó hacia el amasijo que era el edificio, y no se
sorprendió cuando Donald se dispuso a detenerlo.
—Señor —dijo Donald—. No creo que sea aconsejable que entre en el edificio.
Sigue habiendo peligro en las zonas calientes y es posible que el armazón se
desplome.
—Mira a los robots bomberos —dijo Kresh amablemente—. Ninguno de ellos
intenta detenerme. Por consiguiente, el peligro es mínimo. Ellos y tú juntos seréis
protección suficiente si alguna zona vuelve a arder. Ven conmigo. Podemos investigar
esto juntos.
—Sí, señor —dijo Donald, algo dubitativo.
Kresh entró en el edificio destrozado, sacó una linterna del bolsillo y enfocó con
ella el suelo cubierto de escombros. Fragmentos empapados del techo caído, una
mezcla de cenizas y productos químicos, trozos y pedazos de robot dejados por los
colonos. No iba a darse de narices con ninguna pista. Era difícil imaginar que los
robots investigadores pudieran encontrar nada, pero esa era su especialidad. Muy
bien, que hicieran el trabajo.
¿Cuál era, en cambio, su especialidad? En ocasiones era esta una pregunta
deprimente, dadas las cosas que sus robots podían hacer y él no. Pero esta vez tenía
una respuesta: podía penetrar en las grietas y fisuras de la psicología humana, sobre
todo de la psicología criminal, poniéndose en el lugar de su presa. Alvar Kresh sabía
pensar como aquellos a quienes perseguía. Se había observado en más de una cultura
que los buenos policías tenían que saber ser buenos criminales.
«Muy bien, pues —decidió Kresh—. Piensa como pensaban estos criminales».
Parte de la historia era obvia. Un puñado de trabajadores colonos borrachos,
dispuestos a pasárselo bien y a devolverles la pelota a los Cabezas de Hierro. Pero tal
vez ni siquiera necesitaron esa excusa. Se reunieron aquí, o llegaron juntos. ¿Cómo?
En coche aéreo, presumiblemente. Tuvieron que llegar a esta parte de la ciudad sin
ser vistos, preparados para largarse rápidamente si aparecía la policía.
Dentro y fuera, dentro y fuera. Entonces algo sale mal. «El fuego, el fuego —
pensó Alvar—. Algo no encaja». Y entonces lo vio. El motivo fallaba. No había
ninguna razón para iniciar un incendio. No había destruido las pruebas: demasiadas
partes de robots habían sobrevivido. De hecho, el fuego había alertado a las
autoridades. Si los destructores de robots se hubieran marchado sin más del almacén
abandonado, habrían podido pasar fácilmente días, o semanas, antes de que nadie
mirara allí dentro.
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¿Un accidente, entonces? Colonos borrachos, un tiro al azar con una pistola
dentro del edificio… ¿Había sucedido así?
¿Y luego qué? «Pánico», decidió Kresh. Una carrera hacia la salida, y el coche
aéreo que esperaba fuera. Borrachos. Estaban borrachos, corrieron, tal vez uno o dos
en peor estado que el resto. Tal vez uno o dos no llegaron al coche antes de que el
aterrorizado conductor despegara.
En cuyo caso…
—¡Donald! —exclamó—. Ordena a un escuadrón de robots que empiece a barrer
la zona en busca de vagabundos.
—¿Vagabundos, señor? —preguntó Donald, enderezándose.
—Estos colonos se marcharon corriendo. Tal vez algunos no subieron al coche, y
el conductor estaría demasiado borracho y demasiado asustado para contarlos. Puede
que alguno se quedara en tierra.
—Sí, señor. Transmitiré la orden.
Al instante, una docena de robots interrumpieron su trabajo en el escenario del
crimen y se dispusieron a registrar la zona. Donald se inclinó y regresó a su metódico
estudio del suelo del almacén.
Kresh vio a los robots marcharse y volvió a sus pensamientos. Una salida en
medio del pánico. La puerta. Un puñado de cuerpos intentando atravesarla mientras
las llamas se hacían más altas. Tal vez dejaron caer algo, abandonando artículos
reveladores. Se plantó en medio de la estructura destrozada, y estudió los restos
retorcidos y doblados del armazón del edificio, calculando dónde se encontraba la
entrada antes del derrumbe. Allí, en medio de la pared sur. Se abrió paso entre los
escombros que cubrían el suelo, moviéndose despacio, iluminando cuidadosamente
con su linterna mientras lo hacía. Sí, los robots lo harían mejor, pero aunque él pasara
por alto algo que luego encontraran, al menos tendría una noción de dónde había
salido.
Lenta, cuidadosamente, avanzó hacia la puerta y la atravesó. En esta parte de la
ciudad, nadie se molestaba en pavimentar las aceras. Ante la puerta no había más que
tierra endurecida. Se veía una confundida maraña de huellas fangosas, perfectamente
ilegibles para Kresh, aunque los ordenadores podrían reconstruir algo a partir de
ellas. Kresh tuvo cuidado de no pisar nada.
No buscaba huellas, sino el tipo de cosa que una persona podría dejar caer o
perder mientras huye presa del pánico. Algo que pudiera conducirlo a un nombre, a
una persona. Una cartera o una tarjeta de identificación hubieran sido ideales, por
supuesto, pero no esperaba eso. Había un centenar de cosas menores, tal vez ninguna
tan fácil o tan obvia como la foto de un carné de identidad, pero algunas no menos
válidas finalmente. Una botella que revelara una huella dactilar, un trozo de tela que
pudiera haber sido arrancado de una camisa al engancharse en el saliente rugoso del
marco de una puerta, un fragmento de piel o una gota de sangre seca donde alguien se
arañó o se cortó en su prisa por escapar del edificio en llamas. Un pelo, una uña rota,
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algo que pudiera ser tipificado y codificado por su ADN le valdría.
Pero aunque no buscaba huellas, eso fue lo que encontró. Un grupo de ellas, por
encima de todas las demás, claramente del último en entrar. Y luego, otro juego de las
mismas huellas, saliendo del amasijo de las otras. Claramente, del primero en salir. Y
ambos grupos de pisadas, de entrada y salida, revelaban un movimiento calmado y
firme. Caminaba, no corría.
Un conjunto de huellas que conocía muy bien de la noche anterior. Un conjunto
de huellas de robot muy claras.
Alvar Kresh permaneció allí, mirándolas, durante un minuto entero, revisándolo
todo una, dos, tres veces, elaborando todas las posibilidades, conteniendo su
excitación, su asombro. «El último en llegar, el primero en marcharse, y el lugar
ardiendo».
Su corazón empezó a latir con fuerza. Había otras respuestas, sí, otras
explicaciones. Pero ya no podía apartar lo obvio de su mente.
—¡Sheriff Kresh!
Alvar giró para ver a Donald otra vez erguido, sujetando algo. Se acercó al robot,
sabiendo de algún modo que lo que sostenía Donald lo pondría todo peor, haría sus
sospechas aún más inevitablemente fundadas.
Se acercó a Donald y miró lo que su mano contenía.
Sujetaba una pistola, los restos aplastados de un modelo de pistola láser de los
colonos.
Y sólo la fuerza de la mano de un robot podría haber aplastado aquella pistola
hasta reducirla a fragmentos.
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7
Una hora después del hallazgo de la pistola láser, los robots de la policía encontraron
a la mujer colono llorando en el portal de un edificio cercano. Estaba histérica, y la
simple visión de un robot la aterrorizaba.
O tal vez, reflexionó Alvar dadas las circunstancias, la mujer tenía motivos para
temer a los robots. Alvar ordenó que la llevaran a su coche aéreo. Se reunió allí con
ella, la escoltó al interior del coche y la hizo sentarse para disfrutar de un poco de paz
y tranquilidad. Ya habría tiempo más tarde para arrestarla y acusarla. Ahora mismo
Kresh necesitaba información, y una persona en el estado de aquella mujer
reaccionaría mejor a la amabilidad que a las amenazas. Aunque, por supuesto, las
amenazas eran una opción a la que tendría que recurrir más tarde. Le trajo un poco de
agua y se sentó junto a ella. Era una maldita inconveniencia que Donald no pudiera
estar presente en aquel interrogatorio, pero estaba claro que no era el momento para
enfrentar a la mujer a ningún otro robot. Donald podría escuchar la conversación, y
tendría que contentarse con eso.
—Muy bien —dijo Alvar Kresh, con voz baja y amable—. Muy bien. Es usted
una colono, ¿verdad? ¿Cómo se llama?
—Santee Timitz —dijo ella con voz temblorosa—. Trabajo en la sección
agrónoma general de Ciudad Colono.
—Muy bien —dijo Kresh. Debía tener cuidado. Ella parecía dispuesta a cooperar,
tan aterrada por lo que había visto que estaba dispuesta a contárselo todo. Esos
estados de ánimo eran notablemente frágiles—. Lo que quiero saber es qué sucedió
exactamente. ¿Qué hacían en ese almacén?
—Des… truir… ro… ro… bo…
—Destruir robots —acabó Kresh por ella—. Eso es lo que pensábamos, y es
bueno saberlo con certeza. Muy bien, se trata de un crimen serio, y lo sabe. Va a verse
metida en un montón de problemas ahora, Timitz. Pero tal vez no será tan malo si
coopera con…
—No puedo delatar a mis amigos —interrumpió ella, mirándolo con ojos
hinchados y llenos de lágrimas.
—Kresh le cogió la mano.
—Nadie le está pidiendo que lo haga —dijo. «Todavía no, al menos —pensó—.
Tal vez ni siquiera habrá necesidad de preguntarlo. Sólo saber tu nombre es la mejor
pista que hemos tenido hasta ahora»—. Pero lo que voy a preguntarle es qué sucedió
allí. Las cosas escaparon al control, eso está claro. ¿Cómo? ¿Prendieron sus amigos
fuego al edificio para ocultar las pruebas? —Kresh ya no creía en esa idea, pero no
sería malo hacerle pensar lo contrario.
—¡No! —exclamó Timitz—. Nunca habríamos… no, no, eso no es lo que
sucedió.
—¿Entonces cómo terminó ardiendo el edificio?
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—Fue el robot —estalló Timitz—. Reybon lo estaba confundiendo. Intentó
engañarlo para que se suicidara, y entonces se dio la vuelta, y Reybon le ordenó que
se detuviera, pero no lo hizo, y…
—Espere un segundo. ¿El robot rehusó una orden directa? —preguntó Kresh. Lo
complació haber logrado que Timitz pronunciara el nombre de Reybon, y se habría
contentado con dejarla continuar farfullando cuanta información incriminadora
quisiera, pero no cuando estaba sucediendo algo imposible.
—Sí —dijo Timitz. Miró a Kresh a los ojos, y él pudo ver la luz de la cautela
aparecer súbitamente en su rostro—. Es difícil decir lo que sucedió… todo fue muy
rápido. Rey… Hum, ah, el hombre que estaba engañando al robot, le dijo que se
detuviera, que era una orden, y el robot siguió andando.
—¿Y qué sucedió entonces?
—El hombre que estaba allí… apuntó al robot con su pistola y le ordenó otra vez
que se detuviera.
—¿Y lo hizo?
—No, señor. No lo hizo —respondió Timitz, con voz cargada por la excitación—.
Cogió la pistola la aplastó y la tiró. La pistola se cortocircuitó y las chispas saltaron
por todas partes. Así empezó el fuego. Entonces Reybon intentó prender al robot y
este lo empujó con fuerza. Luego se volvió y se marchó. El fuego empezó a
extenderse, y todo el mundo echó a correr lleno de pánico.
—Espere un momento —dijo Kresh, incapaz de dar crédito a sus oídos, aunque
tampoco había querido creer la evidencia del almacén, ni la del laboratorio robótico
la noche anterior—. ¿Un robot inició el fuego, con gente en el edificio? ¿Un robot
rehusó una orden, y atacó a un ser humano, y dejó varios humanos detrás en un
edificio ardiendo?
Santee Timitz miró a Kresh a la cara, los ojos llenos de lágrimas; su rostro era una
máscara aterrorizada.
—Sí, sí, eso es lo que sucedió —dijo—. Conozco las reglas, sé que los robots no
pueden hacer eso, pero sucedió —dijo con la voz nuevamente al borde de la histeria
—. ¡Sucedió! ¡Sucedió! ¡Es cierto! ¡Ese robot se volvió loco!
Kresh se levantó y recorrió la cabina principal del coche aéreo. Por fin se detuvo
junto a Timitz.
—Quiero asegurarme de que lo he entendido bien. ¿Está diciendo que un robot
incumplió deliberadamente una orden, que luego le quitó el arma a un hombre, inició
un incendio, golpeó al hombre, y dejó un almacén lleno de personas en peligro
inminente de ser quemadas vivas? ¿Que no se volvió, ni intentó ayudar o rescatar a
alguien?
—¡Sí, estuve allí! ¡Lo vi! —dijo Timitz con la voz rayando el pánico—. Reybon
salió, todos salimos, nadie murió, pero el robot no intentó ayudarnos. Se marchó tan
tranquilo.
Kresh la miró. Quería desesperadamente continuar con el interrogatorio, pero
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sabía cuándo tenía que parar. Si la presionaba ahora, la mujer pensaría que dudaba de
ella, cosa que era cierta. Pero entonces se pondría a la defensiva, adoptaría una
actitud beligerante. En este momento estaba demasiado excitada para decirle algo que
no fuera la verdad. La furia haría que se centrara. Era mejor mantenerla
desequilibrada, antes de que empezara a recuperarse y a encubrir su historia. Era el
momento de cambiar de marcha, reunir información sobre algún otro tema mientras
el miedo hacía que fuese fácil asustarla.
—Y entonces todos sus amigos subieron a su coche aéreo, incluyendo el que
había sido atacado por el robot, y usted se quedó atrás —dijo Alvar—. ¿Fue por
accidente?
Tuvo cuidado de poner en su voz la cantidad justa de duda, para dar a entender
levemente que tenía algún motivo para pensar que podría haber sido deliberado. Tal
vez la táctica no diera resultado ahora, sino más tarde, cuando la mujer se encontrara
en una celda, cuando el miedo al peligro inmediato hubiera sido reemplazado por el
conocimiento de los problemas seguros que la aguardaban… oh, esa pequeña
sugerencia podría roerle el corazón, disponerla mucho más a traicionar a los que,
deliberadamente o no, la habían dejado como pasto de lobos. Kresh era un hombre
paciente en lo referente a sus sospechosos. Planeaba con anticipación y jugaba con
sus mentes.
—Tal vez estaban enfadados con usted por algún motivo.
—No, no, nunca harían eso —dijo Timitz, de manera ligeramente demasiado
forzada para resultar convincente—. Fue un accidente, estoy segura.
—Muy bien, si usted lo dice. ¿Y qué sucedió luego?
—Corrí hasta que no pude más. Estaba tan asustada que no podía pensar
correctamente. Encontré un portal donde esconderme y recuperar el aliento. Entonces
llegaron los bomberos y hubo luces y robots y gente por todas partes. No me atreví a
moverme. Y entonces sus robots me atraparon.
Timitz miró al sheriff, perdida toda emoción. Kresh contempló aquella carita
pálida. Destructora de robots, criminal, borracha, colono. Era todas esas cosas, y esas
eran las cosas que odiaba. Pero esta mujer había atravesado los terrores del infierno
aquella noche. Todos los robots de pesadilla imaginables que los colonos usaban para
asustar a los niños molestos debieron cobrar vida para la pobre infeliz esa noche. Casi
con reluctancia, Kresh sintió piedad por la mujer. Por fin, suspiró y se dio la vuelta,
mirando hacia la pared. Podía intimidarla toda la noche y no conseguir más de lo que
ya tenía. Era hora de dejarlo.
—Una última pregunta —dijo con voz amable, contemplando todavía la pared
impersonal—. El robot. ¿Cómo era?
—Alto —dijo con la voz todavía teñida por el miedo—. Era rojo, de ojos azules.
Unos dos metros, constitución muy poderosa. Dijo que su nombre era Calibán.
—¿Les dijo su nombre? —preguntó Kresh, sorprendido. ¿Por qué demonios diría
a nadie su nombre un robot predispuesto atacar?
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No, espera, el robot pudo haber dado un nombre falso. Sí, podía haber mentido.
Alvar advirtió que estaba aceptando que el robot diría siempre la verdad… ¿pero por
qué asumir eso en uno que dejaba a los seres humanos para que murieran? Pero ese
nombre, Calibán. Había algo en ese nombre. No importaba. Ya se preocuparía por
ello más tarde.
—¿Hablaron ustedes con él? —preguntó, mirándola, queriendo asegurarse de que
la entendía bien.
—Sí —dijo Timitz con renovada alarma—. ¿No se lo he dicho? Creía que sí.
Kresh sacudió la cabeza, asombrado, pero entonces lo dejó estar. Nada de aquello
tenía sentido.
—Vamos a trasladarla a otro coche. La llevarán a un sitio donde podrá descansar
un poco. Más tarde, usted y yo tendremos mucho de qué hablar.
—Lo escuchaste todo, supongo —dijo Kresh, sentándose en el asiento de copiloto
del coche aéreo. Contempló la distante línea de los rascacielos; las orgullosas pero
desgastadas torres de Hades brillaban en la oscuridad. Estaba terriblemente cansado,
y muy feliz de dejar pilotar a Donald.
—Sí, señor, lo hice. La imagen y el sonido del intercomunicador eran bastante
claras, aunque el ángulo de la cámara era un poco incómodo.
—Me lo temía —dijo Kresh—. ¿Pero pudiste juzgar si decía la verdad?
—Por lo que pude ver y oír, sí. Creía lo que decía. Era bastante sincera. Sus
pautas vocales indicaban una tensión apropiada para un informe veraz, y la dilatación
de sus pupilas y el lenguaje corporal eran igualmente adecuados. Por supuesto, hay
casos de personas que han sido entrenadas para mentir con todo el cuerpo, sobre todo
bajo presión emocional. Pueden orquestar todas sus respuestas vegetativas corrientes
para que parezcan sinceras, cuando en una persona normal tales respuestas
traicionarían la intención de mentir.
—Y si fuera una agente de los colonos, parte de un equipo enviado con el
propósito expreso de desestabilizar nuestra sociedad, habría sido entrenada de esa
forma. Si yo fuera el controlador encargado de enviar un equipo para simular el
ataque de un robot, lo habría preparado así, para que las cosas parecieran exactamente
lo que parecen ahora.
—Señor, si puedo mencionar un detalle… Si los hechos fueran como parecen,
entonces las cosas también parecerían como son.
—¿De qué estás hablando?
—Con todos los respetos, sigue usted partiendo de la suposición de que ningún
robot verdadero pudo haber hecho esto, que los colonos preparan estos ataques para
alarmarnos. Es un razonamiento muy difícil de afrontar y soy reacio a hacerlo, pero
creo que no tenemos elección. La señora Welton tenía razón; estamos obligados a
considerar al menos la explicación más sencilla: que parece que un robot está
atacando a los humanos porque eso es precisamente lo que está sucediendo.
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El coche voló en silencio durante un momento.
Kresh habló por fin.
—Una de las cosas que siempre he admirado en ti, Donald, es tu habilidad para
despejar mi cabeza sin que me dé cuenta. Tienes razón, desde luego. Tengo que
aceptar que los hechos podrían ser ciertos. Tendré que pensar sobre ello esta noche.
—Señor, una cosa más. El nombre «Calibán».
—Sí, me pareció familiar. ¿Qué pasa?
—Sin duda lo recordará de cuando encargó a Fredda Leving que me construyera.
Ella lleva una lista de nombres de personajes de un antiguo escritor llamado
Shakespeare. Siempre ha amado a los robots que se construyen bajo sus propias
órdenes como esos personajes.
—Sí, es cierto. Yo escogí tu nombre de esa lista.
—Precisamente, señor. El nombre «Calibán» procede de la misma fuente.
—Pero eso no nos asegura que Calibán, el robot de esta noche, tenga que ser el
que dejó las huellas en Laboratorios Leving.
—¿Que no nos lo asegura, señor? Yo diría que no puede haber duda.
—Un montón de gente puede saber de dónde saca Leving los nombres de sus
robots. Un grupo que quisiera desacreditarla usaría nombres de la misma lista. Parece
improbable, lo reconozco, pero todo este caso es igual. Creo que sería aconsejable
que no aceptáramos ninguna presunción.
—Sí, señor. En cualquier caso, ya hemos llegado a casa.
El coche aéreo se dispuso a aterrizar en el tejado de la casa Kresh, y este suspiró
aliviado. Había sido un día muy largo. Dos largos días convertidos en uno. Menos
mal que por fin era hora de descansar. Salió del coche. Se detuvo en lo alto de la
rampa para respirar el frío aire del desierto, y luego se encaminó a su casa, cogiendo
el ascensor en vez de las escaleras, lo que daba la medida de su cansancio. Los
ascensores eran para los viejos.
Pero aquella noche se sentía viejo.
Se sentía demasiado cansado para discutir con Donald cuando este lo instó a que
tomara una ducha caliente antes de meterse en la cama; como de costumbre, el robot
tenía razón. Los chorros de agua caliente relajaron la tensión de su cuerpo,
deshicieron los nudos de sus músculos. Kresh dejó que el aire caliente lo secara, y
que Donald le pusiera una bata. Por fin, se desplomó en la cama. Se quedó dormido
antes de que su cabeza tocara la almohada. Y despertó de nuevo antes de que
estuviera seguro de haber dormido.
Donald estaba inclinado sobre él, tocándolo con cuidado en el hombro.
—Señor, señor —decía.
Alvar quiso protestar, discutir como haría si un humano lo despertara, pero
entonces su mente ejecutó el tipo de cálculo mental que se convertía en una segunda
naturaleza después de convivir con robots durante largo tiempo. Donald sabía cuánto
necesitaba Alvar descansar, y no lo despertaría a menos que algo urgente hubiera
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ocurrido… o algo que Donald supiera que Alvar Kresh consideraría importante. Por
lo tanto, el hecho de que estuviera despierto significaba que algo grande había
sucedido.
Se sentó en la cama, bajó las piernas y se incorporó. Donald retrocedió para
dejarle sitio.
—¿Qué pasa, Donald?
—Es Fredda Leving, señor.
Alvar miró a Donald bruscamente, y sintió que su corazón palpitaba contra sus
costillas.
—Sí, sí —dijo, impaciente—. ¿Qué pasa con ella?
«Sólo puede ser una cosa —se dijo—. O bien ha muerto de pronto o…».
—Acaba de llegar la noticia del hospital, señor. Ha recuperado la conciencia.
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8
Jomaine Terach esperaba en el pasillo del hospital, intentando mantener la paciencia:
una tarea difícil, dadas las circunstancias. Vio a Gubber Anshaw recorrer el pasillo
ante la puerta de la habitación de Fredda Leving, y sintió que su malestar aumentaba.
¿Por qué no podía el estúpido miserable haberse quedado en su casa un poco más?
Pero no, había elegido aquella noche para salir y pegarse a él.
Jomaine hacía cuanto podía por apartar a Gubber de su mente. Contemplaba a los
doctores y robots médicos entrar y salir de la habitación de Fredda en un fluir casi
constante, a los enormes y estólidos centinelas robots de pie a cada lado la puerta.
Los centinelas se negaban a dejarlos entrar. Ni discusiones, ni razonamientos o
coacciones servían de nada.
Y sin embargo allí estaba Gubber Anshaw, un robotista profesional que tendría
que haberlo sabido bien, pidiendo una otra vez que lo dejaran entrar. Jomaine sacudió
la cabeza y maldijo entre dientes. El día había sido suficientemente agotador para
tener que ver a Gubber caerse en pedazos como colofón.
—¿Quieres estarte quieto, por las estrellas de la galaxia? —exclamó por fin
Jomaine—. Deja a los malditos robots en paz. Ven aquí, siéntate y trata de calmarte.
—¡Pero está despierta, y no nos dejan hablar con ella! —dijo Gubber,
acercándose a Jomaine. Se sentó en el sofá junto a su colega, en el borde del asiento.
Jomaine se echó hacia atrás, apoyó su cansada cabeza en la pared y suspiró.
—Y si yo fuera la policía, no dejaría que habláramos tampoco —dijo suavemente
—. Hay motivos para pensar que somos sospechosos en este caso.
—¡Sospechosos! —estalló Gubber, y se puso en pie de nuevo bruscamente.
Jomaine bufó.
—Tienes que haberte dado cuenta. Dudo de que Kresh haya tenido tiempo para
conseguir mucha información útil. No tiene nada para continuar. A falta de nada más
en contra, ¿quiénes son sospechosos aparte de tú y yo? Fredda fue atacada en tu
laboratorio, y yo estaba en casa. No creo que Kresh haya pasado por alto el hecho de
que mi casa está prácticamente en la puerta de al lado. No había nadie más allí. ¿De
quién más podrían sospechar? —Jomaine miró a su colaborador y se sorprendió al
ver la expresión alelada de su rostro. Gubber parecía completamente aturdido. ¿Por
qué se sorprendía tanto de un razonamiento tan obvio?
¿O no era sorpresa? Tal vez algo subyacía en su reacción. Por primera vez,
Jomaine Terach se preguntó qué papel había jugado Gubber en la historia. No parecía
nada dotado para tomar parte en ninguna intriga. Pero tampoco parecía un gran
amante… y sin embargo era un secreto a voces, un secreto sorprendente y debatido
que Gubber Anshaw, nada menos, tenía un tórrido romance con Tonya Welton, la jefe
de los colonos de Inferno. Era uno de esos jocosos romances públicos. Sin duda la
única persona en el laboratorio que no sabía que todo el mundo lo sabía era el propio
Gubber. Y si el hombre tenía suficiente profundidad oculta para mantener un romance
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con aquella fiera de mujer, ¿de qué más no sería capaz?
De momento, sin embargo, el nervioso y acobardado Gubber Anshaw resultaba
bastante poco convincente en el papel de posible asesino.
—Tendrías que acostumbrarte, Gubber —dijo Jomaine—. El sheriff nos va a
mirar con mala cara a ambos.
Gubber volvió a estremecerse con esta declaración, pero se contuvo, al menos lo
suficiente para hablar.
—¡Pero… pero si no tenemos motivos! —protestó con un tono de voz muy poco
convincente.
—¡Ja! —replicó Jomaine débilmente, una exclamación cansada y resignada.
Volvió a apoyar la cabeza en la pared—. Gubber, muchacho, me sorprendes. Nuestro
laboratorio es caldo de cultivo de política y trapicheos. ¿Cuál de nosotros no se ha
enfadado con el otro en un momento determinado? Fredda, tú y yo hemos discutido
muchas veces a lo largo de los años.
—Pero han sido desacuerdos profesionales legítimos —dijo Gubber, algo estirado
—. Bueno, hemos discutido sobre la política de la empresa, pero no tanto como para
intentar cometer un asesinato.
—Tal vez no, pero está claro que alguien tuvo un motivo para asesinar, y la
policía buscará por todas partes una razón. Y me parece que pocas personas tienen
buenos motivos para asesinar. Te aseguro que han juzgado y condenado a gente
basándose en pruebas más débiles que una discusión sobre la política de la empresa.
Gubber Anshaw se volvió hacia su colega y señaló la puerta de la habitación de
Fredda.
—Bueno, aquí estamos, esperando para verla. ¿No contará eso en nuestro favor?
¿No demostrará que todos somos amigos?
Jomaine volvió la cabeza para mirar a Gubber con algo parecido al asombro.
¿Cómo podía ser tan ingenuo? Estaba claro que era algo más que amistad lo que
había atraído a ambos a aquel lugar. ¿Qué demonios pensaba Gubber? Jomaine
decidió que era un individuo engañosamente poco atractivo, dados sus logros. Con
todo, nadie decía que el genio científico fuera de la mano de la sofisticación
mundana. Jomaine sonrió tristemente y palmeó a su amigo en el hombro.
—Gubber, viejo amigo, debemos aceptar los hechos, al menos entre nosotros.
Después de todo, estamos aquí para ver a Fredda con el propósito expreso de estar
seguros de contar nuestras versiones de la historia bien. Intenta recordarlo.
Obviamente, eso no es lo que diremos al sheriff Kresh, pero es lo que él supondrá, y
da la casualidad de que es la verdad.
Gubber pareció a punto de replicar, hasta que vio algo por encima del hombro de
Jomaine y cerró la boca. Jomaine intentó girarse para ver de qué se trataba, pero no
hizo falta.
El sheriff Alvar Kresh, con aspecto agotado y soñoliento, pero bien vestido y
alerta, pasó ante ellos, la mirada al frente, ignorando por completo su presencia. Pero
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su robot lo seguía. Y Jomaine sabía que los robots nunca pasaban nada por alto. Los
robots nunca olvidaban nada.
Últimamente tenía motivos para tener presente ese hecho.
Fredda Leving se sentó en la cama y despidió a los blancos enfermeros robots con
un gesto impaciente. Tal vez sólo llevaba consciente un par de horas, pero ya estaba
cansada de que le mulleran las almohadas y le alisaran las sábanas.
—Dejadme en paz —exclamó—. Estoy perfectamente cómoda así.
Eso estaba muy lejos de ser cierto, pero Fredda no podía permitir que la trataran
como a una niña. Los robots enfermeros se retiraron a sus nichos en la pared y
permanecieron en ellos inmóviles como un par de blancas estatuas de mármol
erigidas para conmemorar a personas y hechos olvidados hacía mucho tiempo.
Pero Fredda Leving tenía otras cosas en mente, aparte de robots demasiado
solícitos.
No le habían dicho nada todavía. Nada. Podía comprender que la policía no
quisiera crear prejuicios que alteraran sus recuerdos, pero no dejaba de ser doloroso
reconocerlo. En un instante se encontraba trabajando en el laboratorio de Gubber, y al
minuto siguiente en la cama de un hospital, bajo protección policial. Todo lo demás
era confuso, un espacio en blanco.
Excepto por la visión de aquel par de pies robóticos de color rojo junto a ella.
Tembló ante el recuerdo. ¿Por qué la asustaba tanto aquella imagen? ¿Era real acaso?
¿O era el resultado de algún trauma asociado con el incidente?
Maldición, ¿de qué tipo de incidente estaba hablando? No sabía absolutamente
nada. Y eso podría ser peligroso.
¿Cuándo iba a llegar Kresh? Volvió la cabeza hacia la puerta, y sintió los
espasmos de dolor como un golpe en el cráneo. Sabía que los espaciales, protegidos
virtualmente de todo daño por sus robots, poseían un umbral de dolor
espectacularmente bajo. Tal vez ahora estaba experimentando lo que no sería más que
un leve dolor de cabeza para un colono… ¡pero maldición, ella no era un colono, y le
dolía! ¿Por qué no podía llegar el maldito sheriff y acabar de una vez, para que
pudiera tomar algo fuerte que aliviara de verdad su dolor de cabeza?
La cabeza era lo peor, aunque sabía que también tenía heridas en la cara y los
hombros. Podía tocar las almohadillas curativas en aquellos sitios, y notar su rigidez.
Sin duda las almohadillas terminarían su trabajo pasadas unas cuantas horas y se
desprenderían, dejando la piel de debajo perfectamente curada.
Pero no en su cráneo. Las almohadillas funcionaban matando las terminaciones
nerviosas y manipulando luego la conducta celular. A menos que se quisiera que el
paciente alucinara o se volviera loco, tales técnicas eran desaconsejables para las
heridas craneanas, sobre todo después de una intervención quirúrgica de emergencia.
Extendió la mano y palpó una especie de gorrita ajustada. No, tenía más bien
forma de turbante, por lo que podía deducir. Sin duda, el turbante contenía algún tipo
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de aparato que suministraba fármacos curativos. Se preguntó de qué color sería el
turbante, y cuánto pelo le habrían rapado en el transcurso de la operación. Sacudió la
cabeza. No era momento para preocuparse por aquellas tonterías. Seguramente
tendría un aspecto repulsivo, pero no podía saberlo con seguridad. Tal vez para evitar
que ese hecho la perturbara, la habitación carecía de espejos.
Fredda Leving era joven y lo parecía aún más, hechos que hacían la vida más
fácil en la longeva sociedad de los espaciales. Tenía treinta y cinco años estándar y
aparentaba tener menos de veinticinco. Eso se debía en parte a que, por naturaleza,
poseía un aspecto juvenil, y en parte a que hacía cuanto podía por conservar ese
aspecto, aunque eso era en sí mismo una excentricidad. La juventud (peor aún, la
juventud premeditada) era todo un inconveniente en una sociedad donde la vida se
media en siglos y cualquiera que tuviera menos de cincuenta años era considerado un
jovencito. Pasados cuarenta o cincuenta años, Fredda habría envejecido físicamente
lo suficiente para poder permitirse aparentar veinticinco años y ser tomada en serio.
Hasta entonces, eso sería una pega social. Pero al infierno con todos ellos. Le gustaba
su aspecto.
Fredda era de constitución delicada, con pelo negro rizado que normalmente
llevaba corto… aunque, pensó amargamente, no tanto como sin duda ahora, después
de que se lo afeitaran para la operación. Tenía la cara redonda, la nariz chata, los ojos
azules, y una personalidad de tendencia belicosa. Era propensa a dejarse llevar por el
entusiasmo, y arrastraba la maldición de un temperamento a veces irritable.
Si no tenía cuidado, por otra parte, esta situación amenazaba con ser una de esas
ocasiones en que su temperamento se dejaba notar. Pero no podía ceder, no importaba
el dolor de su cabeza. Deseaba fervientemente poder ordenar a los robots que le
administraran analgésicos, pero cualquier medicina lo bastante fuerte para acabar con
el dolor que sentía la dejaría atontada, y no se atrevía a mostrarse a la policía sin estar
despierta y alerta.
Pues tenía mucho que proteger, incluyéndose a sí misma.
Después de todo, al menos según ellos, había cometido un crimen terrible. Y, tal
vez, también según su propio criterio. Era difícil saberlo.
Fredda se mordió los labios y trató de despejar su cabeza, de ignorar el dolor.
Tendría que tener cuidado, mucho cuidado con el sheriff. ¡Y sin embargo había tantas
cosas que no sabía! Algo había salido mal, terriblemente mal, ¿pero qué? ¿Cuánto
sabía Kresh? ¿Qué había sucedido?
Pero entonces, en mitad de sus preocupaciones, se le ocurrió que podría decirle a
Kresh que no sabía nada. Era cierto, después de todo. Suposiciones y temores… de
eso tenía de sobra. ¿Pero, hechos? No tenía ninguno. Era una idea extraña, pero la
reconfortó. Sonrió amargamente. Ahora que sabía que era una ignorante, podría
enfrentarse a la policía.
Como obedeciendo una señal, la puerta de la habitación se abrió, y entró un
hombre grande, fornido, de pelo blanco, seguido por un robot policía de color celeste.
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—Hola, doctora Leving —dijo Donald—. Me alegro de verla, aunque dudo que le
agraden las circunstancias más que a mí.
—Hola, Donald. Estoy de acuerdo en ambas cosas. —Fredda miró al robot,
pensativa. Era raro que un robot iniciara una conversación, pero las circunstancias
eran inusitadas. Los robots rara vez conocían personalmente a sus creadores, y era
aún más raro que los visitaran en un hospital después de que hubieran estado tan
cerca de la muerte. Sin duda todo esto era muy difícil para Donald, y su disposición
podía explicarse como un efecto colateral menor de la liberación de los conflictos de
la Primera Ley. O, para expresarlo en términos más pedestres, había hablado primero
porque se alegraba de verla recuperarse.
Fuera cual fuese la explicación, estaba claro que la breve conversación molestó al
sheriff Kresh. Las normas de la sociedad civilizada requerían que se ignorara a los
robots. Fredda dio un respingo. No era aconsejable iniciar el interrogatorio irritando a
Kresh.
Por otro lado, había un hecho sobre Donald que no se atrevía a ignorar: era un
detector de mentiras ambulante. Como si le hicieran falta nuevos motivos para ser
cuidadosa.
Pero adelante. Sería mejor acabar con aquello lo antes posible. Se volvió hacia
Kresh y le dirigió su sonrisa más cálida.
—Bienvenido, sheriff —dijo, con el tono más simpático que pudo componer—.
Siéntese, por favor.
—Gracias —respondió él, acercando una silla al pie de la cama.
—Supongo que ha venido a hacerme algunas preguntas —dijo ella con lo que
esperaba que fuera una voz firme y calmada—, pero tengo la sensación de que tiene
usted más respuestas que yo. Sinceramente, no tengo ni idea de qué sucedió. Estaba
trabajando en el laboratorio, y entonces me desperté aquí.
—¿No recuerda nada del ataque?
—Así que me atacaron. Ni siquiera estaba segura de eso. No, no recuerdo nada.
Kresh suspiró tristemente.
—Me lo temía. Los robots médicos me advirtieron de que existía la posibilidad de
amnesia traumática, y de que la pérdida podría ser permanente.
Fredda se alarmó.
—¿Quiere decir que voy a perder la cabeza, la memoria?
—Oh, no, no, nada de eso. Me dijeron que era posible que no recordara nada del
ataque. Existía la esperanza de que pudiera recordar algo, pero… ¿no recuerda
absolutamente nada? —preguntó, claramente decepcionado.
Fredda vaciló un instante, y entonces decidió que sería aconsejable acercarse lo
más posible a la verdad. Las cosas podían complicarse, y más tarde la ayudaría el
haber colaborado ahora.
—No, nada significativo. Tengo un recuerdo brumoso de haber estado en el suelo,
mirando al frente, y haber visto un par de pies rojos. Pero no puedo decir si fue un
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sueño, una alucinación, o la realidad.
Kresh se inclinó ansiosamente hacia adelante.
—Pies rojos. ¿Puede describirlos con mayor exactitud? ¿Eran zapatos rojos,
calcetines rojos o…?
—No, no, eran claramente pies, no zapatos, botas o calcetines. Pies de robot, rojo
metálico. Es lo que vi… si es que lo vi. Repito, pudo tratarse de una alucinación.
—¿Por qué demonios iba a tener alucinaciones con pies de robot rojos? —
preguntó Kresh, con el mismo tono ansioso. Estaba muy claro que los pies rojos le
interesaban mucho.
Fredda miró largamente a Kresh. Tuvo la impresión de que aquel hombre no
hubiese dejado ver tan claramente lo que quería saber si no hubiese estado tan
exhausto.
—Había un robot rojo en el laboratorio —dijo. «No tiene sentido ocultarlo —
pensó—. Lo descubrirán, si no lo han hecho ya»—. Estaba de pie en un bastidor de
trabajo. Bueno, deben de haberlo visto allí —pensó un momento y sacudió la cabeza
—. Me temo que no recuerdo mucho más.
—Inténtelo, por favor.
Fredda se encogió de hombros y frunció el ceño. Intentó recordar aquella noche,
pero todo era una especie de niebla confusa.
—No recuerdo con mucha claridad. Creo que estaba en la habitación, inclinada
sobre una de las mesas de trabajo, leyendo algunas notas, pero no recuerdo de qué
eran, ni cuánto tiempo pasó antes del ataque. Repito, no hay nada muy claro. Tal vez
estoy incluso inventando inconscientemente mis recuerdos, buscando algo que no
existe. No puedo saberlo, y antes de que lo sugiera siquiera, no voy a someterme a
ningún tipo de Sonda Psíquica para despejar la duda.
Kresh sonrió débilmente.
—Admito que la idea me ha pasado por la cabeza. Pero primero deberíamos
seguir cualquier alternativa menos dramática, Tal vez podamos reconstruir su
memoria. Esas notas suyas ¿cómo estaban guardadas? ¿En un cuaderno de papel?
¿En una libreta informática? ¿Dónde?
—Oh, en una libreta informática corriente, con un dibujo de flores azules en la
contraportada.
—Ya veo. Señora Leving, me temo que no había rastro de la libreta ni de ningún
robot rojo. El bastidor estaba vacío. Y le aseguro que buscamos a conciencia.
Fredda abrió la boca, y de repente se sintió mareada. Su temor era que la policía
pudiera haber descubierto qué tipo robot era Calibán. Eso habría sido problema
suficiente. Pero no se le había ocurrido que el robot hubiera desaparecido. Que el
diablo los ayudara a todos si algún loco lo había conectado y Calibán andaba suelto.
—Estoy aturdida —dijo, y era sincera—. No sé qué decir. Al menos ahora sé por
qué me atacaron. Hasta ahora, no podía ver ningún motivo.
—¿Y qué motivo ve ahora? —preguntó Kresh.
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—¡El robo, desde luego! ¡Robaron mi robot!
Una expresión de sorpresa cruzó el rostro de Kresh, y de repente Fredda tuvo la
certeza de que la idea de un simple robo no se le había ocurrido nunca.
—Oh, claro, claro, por supuesto —respondió Kresh.
«Pero le interesaba el hecho de que vi pies robóticos rojos —pensó Fredda—.
Sabía que había un robot allí, y que desapareció». De repente comprendió que Kresh
tenía motivos para creer que Calibán se había marchado del laboratorio por sus
propios medios. ¡Por la galaxia! ¿Había sido algún miembro de su propio laboratorio
lo suficientemente loco como para conectarlo? Pero necesitaba tiempo para pensar.
Tal vez pudiera hacer que Kresh buscara en otras direcciones por algún tiempo.
Después de todo, ella estaba simplemente suponiendo que Calibán se había marchado
por su propio pie.
—Sólo el espacio sabe por qué alguien querría robar un robot en fase de pruebas
—dijo—. Lo único que se me ocurre es que se trata de un caso extremo de espionaje
industrial. Algún laboratorio rival o, más probablemente, un tercer grupo contratado
por otro laboratorio, puede haber robado mi robot y mis notas.
—¿Quién podría ser? —preguntó Kresh—. ¿Qué laboratorio actuaría de esa
forma?
Fredda se encogió de hombros, y pagó por el gesto un nuevo espasmo de dolor.
Pero el dolor en sí era útil. Cuanto más obvio resultara que tenía problemas, menos
probable sería que Kresh continuara con el interrogatorio. Había intentado contener
su reacción al dolor, pero ahora le dio rienda suelta. No actuaba: el dolor era real,
estaba allí. ¿Qué sentido tenía hacer un alarde de fortaleza que sólo dificultaba aún
más su situación? Dejó escapar un gemido, y agarró las sábanas con los dedos
retorcidos. Sintió una extraña liberación al dejar que el dolor brotara en vez de
contenerlo.
Pero Kresh había preguntado por los laboratorios rivales y esperaba una
respuesta.
—No tengo ni idea de quién podría utilizar esas tácticas. Está claro que alguien se
hizo con mis notas y mi robot, pero me parece un crimen muy extraño y sin sentido.
Después de todo, el que robó mi trabajo sabría que yo tendría copias de seguridad,
pruebas de que el trabajo era mío, la habilidad para reproducirlo. Alguien lo hizo,
pero no me pregunte por qué.
—Es posible que sólo quisieran retrasarla lo suficiente para permitir que los suyos
la alcanzaran… con la ventaja añadida de disponer de su trabajo.
—Es posible, pero es suponer demasiado.
Kresh sonrió, un poco cansado. Sin embargo, había verdadera calidez en aquella
expresión. El hombre estaba sinceramente interesado y preocupado.
—Tiene razón, por supuesto. El problema es que tenemos muy poca información
para guiar la investigación. ¿No hay nada más que pueda decirnos? Ella sacudió la
cabeza.
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—No se me ocurre nada.
—Muy bien —dijo Kresh, incorporándose—. Estoy seguro de que tendremos que
hablar más adelante, pero ahora necesita descanso.
—Sí. Tengo que recuperarme cuanto pueda para mi presentación de mañana por
la noche.
Alvar Kresh la miró, sorprendido.
—¿Una presentación?
—Lo siento, supuse que lo sabía. Mi laboratorio hará un anuncio importante
mañana por la noche. Me temo que no se me permite discutirlo hasta entonces,
pero…
—Ah, por supuesto. Sí, nos hemos encontrado con todo tipo de gente diciéndonos
que no podían hablar todavía, que tendríamos que esperar un anuncio público. Nadie
nos dijo que lo haría usted. Me sorprende que todos confiaran en que estaría lo
bastante recuperada para hacerlo.
—Jomaine Terach habría dado la charla si yo no hubiera podido, Gubber Anshaw
o cualquier otro. Si nadie le dijo que yo iba a dar la charla, sospecho que fue porque
sabían que el anuncio se daría, pero no quién sería el encargado de hacerlo —Fredda
pensó un instante—. Si me atacaron para impedir la conferencia, entonces tendría
sentido mantener en secreto el nombre de mi sustituto. Si yo fuera el sustituto, me
parecería una buena idea.
—¿Entonces piensa que el ataque podría estar relacionado con su presentación?
Fredda negó, encogiéndose de hombros, algo teatralmente. Al instante, el dolor
volvió a surgir. Maldición, le dolía la cabeza.
—No tengo ni idea. Pero es muy posible —dijo—. El anuncio se hará durante la
segunda de dos conferencias. ¿Ha visto la primera?
—No.
—Entonces le sugiero que eche un vistazo a su grabación. Hay en ella material
suficiente para dar a alguien motivos para eliminarme. —Fredda se cruzó de brazos y
contempló fijamente las montañitas que formaban sus pies bajo la sábana. Nunca
hubiese imaginado que intentarían matarla por lo que había dicho.
—Si puede sugerirnos una razón para el ataque, veré esa grabación en cuanto
pueda. Pero necesita usted descansar. Tendremos que dejarlo por ahora —dijo Kresh
—. Vamos, Donald.
Pero el robot no siguió a su amo. En cambio, habló.
—Disculpe, señora Leving —dijo—. Hay dos preguntas que me parecen bastante
importantes en este momento. Para intentar seguir y localizar a su robot robado,
¿puede decirnos si tenía nombre o un número de serie que pudiéramos identificar?
—Oh, por supuesto —dijo ella, maldiciendo interiormente. Habían tenido que
preguntarlo—. Número de serie CBN-001, también conocido por Calibán. ¿Cuál era
la otra pregunta?
—Es muy simple. ¿Puede decirnos, señora Leving, dónde estaba su robot
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personal en el momento del ataque? ¿Por qué no la protegió? ¿Y dónde está ese robot
ahora? Todo lo que puedo ver aquí son robots de hospital.
Maldición, pensó Fredda. Donald no lo había pasado por alto. Por la expresión de
Kresh, estaba sorprendido de no haberlo pensado antes. Bueno, sólo cabía decir la
verdad, puesto que Donald monitorizaba todas sus reacciones.
—Ya no tengo robot personal —dijo en voz baja.
Se hizo un silencio mortal en la habitación, el silencio de la sorpresa, y Fredda
cerró los puños. La primera robotista del planeta y no tenía robot. Era como si el líder
vegetariano de Inferno confesara ser caníbal.
—¿Puedo preguntarle por qué? —dijo Alvar Kresh, escogiendo sus palabras con
sumo cuidado.
Fredda apartó la vista de los pies de su cama, aunque contempló entonces la pared
desnuda ante ella. No quería mirar a Kresh a los ojos.
—Escuche mi última conferencia, sheriff, y venga a la siguiente. Creo que
entonces comprenderá.
La habitación volvió a sumirse en el silencio, hasta que Alvar Kresh concluyó por
fin que ella no iba a decir nada más.
—Muy bien entonces, señora Leving —dijo, en un tono de voz que indicaba que
la situación distaba mucho de ser satisfactoria—. Volveremos a hablar más adelante.
Hasta entonces, que tenga una rápida recuperación. —Se despidió con un movimiento
de cabeza, se volvió y se encaminó hacia la puerta—. Vamos, Donald.
El robot lo siguió. La puerta se abrió y se cerró, y Fredda Leving se quedó a solas.
Hundió la cabeza en la almohada y agradeció que el interrogatorio hubiera terminado.
Aunque no tenía ninguna duda de que los problemas acaban de empezar.
Alvar Kresh sacudió la cabeza y palmeó a Donald en el hombro mientras salían al
pasillo. Se detuvo a unos metros de la puerta y se volvió hacia el robot.
—No sé, Donald. A veces pienso que debería dimitir y que te nombraran sheriff.
¿Cómo demonios no me di cuenta de que no tenía robot personal?
—No se me ocurrió hasta que hubimos entrado en la habitación, señor. Debo
señalar que los humanos tienen la costumbre de ignorar a los robots, mientras que
nosotros nos advertimos mutuamente. Además, está el viejo dicho del perro ladrador.
Siempre es más difícil advertir lo que falta que lo que está presente.
—De todas formas, era una cuestión vital. Vamos a ver la grabación de esa
primera conferencia en cuanto lleguemos a casa, no importa la hora que sea. Buen
trabajo.
—Gracias, señor. Sin embargo, me gustaría sugerir que la confirmación del
nombre de Calibán es la información más útil —dijo Donald modestamente—. Ahora
tenemos un eslabón directo y definido. Los dos casos son uno. El robot Calibán que
desapareció del laboratorio es el que Santee Timitz identificó como Calibán en el
lugar del incendio.
—¿Pero qué significa eso, por los nueve círculos del infierno? —preguntó Kresh
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—. ¿Qué está sucediendo? —Miró por encima del hombro de Donald—. Espera un
segundo. Donald, a tu espalda, ¿es…?
—Sí, señor. Jomaine Terach. El caballero que lo acompaña es, según creo,
Gubber Anshaw, aunque las únicas fotos policiales que tenemos de él son de mala
calidad. Los advertí al entrar.
—¿Los robots de guardia saben que no deben dejarlos pasar?
—Siguen los procedimientos normales en estos casos, según la ley. Para impedir
cualquier intento de intimidación, ninguna persona asociada con el caso puede hablar
con la víctima de un asalto hasta que se tomen las declaraciones de esa persona y de
la víctima. A menos que presentemos cargos, no tenemos derecho a impedir que se
vean una vez tomadas las declaraciones.
Kresh asintió.
—En otras palabras, podemos impedir que Gubber Anshaw hable con ella, pero
no Jomaine Terach. Lo que me recuerda que ya es hora de que hablemos con él. Pero
maldición, estoy cansado. —Alvar Kresh se frotó el puente de la nariz—. Mañana —
dijo por fin—. Hablaré con él mañana. Pero encárgate de que los robots de guardia le
impidan verla hasta entonces.
—Sí, señor. He enviado la orden por hiperonda.
—Bien. Muy bien. Entonces vámonos a casa.
—Señor, discúlpeme, pero me temo que ha pasado por alto un punto vital. ¿No
debo pedir también que se cursen órdenes para detener a ese robot, a Calibán?
Alvar Kresh sacudió la cabeza y suspiró.
—Tienes razón, y a la vez, estás equivocado, Donald. Es peligroso esperar, pero
podría serlo igualmente perseguirlo ahora. Piénsalo: si esto es algún extraño plan
colono, lo que pretenden es sembrar el pánico, asustarnos a fondo. Si ese es el caso,
están preparados para explotar ese pánico, tal vez con algo aún más aterrador que un
robot pirómano. No importa lo que hagamos, la búsqueda de Calibán será del
dominio público. ¿Puedes imaginar el pánico si se filtra la noticia de un robot
renegado, y con un conspirador hábil dispuesto a aumentar ese temor?
—Sería terrible, señor. Y debo añadir que la simple noticia de un robot
comportándose como lo ha hecho Calibán…, bueno, es probable que cause deterioros
permanentes en muchos robots. Sin embargo, el peligro para los humanos que
representa Calibán…
—Debe sopesarse el peligro de actuar demasiado pronto. Si empezamos ahora,
con la información que tenemos, ¿qué vamos a hacer? ¿Arrestar a todos los robots
altos y rojos? ¿Y por qué detenernos aquí? Tal vez nuestro amigo Calibán pueda
disfrazarse con una capa nueva de pintura, o cambiando sus largas piernas por otras
más cortas.
—Con el resultado de que se recelaría de todos los robots. El resultado buscado
por un plan colono. Si ese plan existe. Sí, señor, comprendo la dificultad…
—Es lo único que yo puedo ver por ahora —dijo Kresh, sintiéndose viejo y
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cansado—. Pero no podemos actuar contra ese Calibán hasta que tengamos más
datos. No podemos registrar toda la ciudad. Necesitamos mejor información. Pero
estemos preparados por si las cosas se disparan. Envía una orden para aumentar las
patrullas aéreas de respuesta inmediata. Si tenemos suerte y lo localizamos en alguna
parte, quiero a un oficial encima de él en dos minutos.
—Muy bien, señor. Sin duda eso será suficiente. —Donald ladeó la cabeza, como
si estuviera escuchando algo que sólo él pudiera oír, lo que no estaba lejos de ser
cierto. Kresh conocía la costumbre. El sistema de comunicaciones de Donald estaba
recibiendo un mensaje.
—¿Quién llama, Donald?
—Un momento, señor. Es un mensaje temporal asegurado. Tendré que esperar a
que el sincronizador lo decodifique. Un momento. Ah, ya está. Se le ordena que se
reúna con el gobernador mañana por la mañana, dentro de siete horas.
Kresh gruñó.
—Al diablo con todo. La política de ese hombre ya es bastante mala. ¿Tiene
además que levantarse a horas insanas? —Pero no había verdadera respuesta a esa
pregunta, y Donald no ofreció ninguna. Por fin, Alvar Kresh suspiró y se frotó los
ojos.
—A casa, Donald —dijo—. Quiero ver esa maldita conferencia antes de hablar
con el gobernador. Ya estoy harto de saber menos que nadie.
—Sólo me han dejado entrar a mí, Fredda. No a Gubber. Los robots policías no le
dejarán hasta que el sheriff haya…
—Oh, calla, Jomaine. Conozco la ley. Ya me duele bastante la cabeza. —Fredda
Leving apoyó la cabeza contra la almohada y cerró los ojos. El dolor pulsátil
empeoraba. Pero no podía tomar nada para aliviarlo. Todavía no. Tenía que estar
despierta, alerta, incluso con Jomaine. Sobre todo con Jomaine. Primero, tenía que
tomar precauciones contra ser monitorizada. No tenía sentido cuando había un robot
policía en la habitación, pero ahora era vital. Tendría que pronunciar cada frase con
cuidado si quería conseguirlo. Se aclaró la garganta y habló.
—Ordeno a todos los robots de la habitación que monitorizan esta habitación de
alguna manera que se olviden de todas las conversaciones que tengan lugar entre la
hora de esta orden y la próxima ocasión en que dé tres palmadas dentro de un periodo
de cinco segundos. No cabe duda de que recordar cualquiera de esas conversaciones,
o informar de ellas, me causaría daño.
Eso debería bastar, a menos que la policía tuviera a un ser humano escuchando
por algún micrófono oculto o un sistema de grabación no robótico. Pero esas
posibilidades eran absurdamente remotas. Los espaciales usaban robots para todo.
Y ese era, por supuesto, el problema.
Se volvió hacia Jomaine.
—Muy bien, creo que ahora podemos hablar. Siéntate y dime lo que sabes.
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Jomaine Terach hizo lo que ella le decía, pero no tardó mucho en informarla. En
realidad, no era culpa suya. Fredda lo había mantenido deliberadamente a oscuras,
por el bien de todos. No podía contar lo que no sabía, un hecho que era una ventaja
para ella en este momento. Un Jomaine bien informado en manos de Kresh era una
perspectiva terrible. Con todo, al menos podía servir para informarla de los detalles
que Kresh hubiera decidido dejar fuera de su narración.
Jomaine se ciñó a los hechos, hablando con cuidado, mencionando todos los
detalles de forma ordenada y continua, pero aun así tardó muy poco tiempo en
terminar; sin duda en parte porque el escenario del crimen estaba todavía sellado.
Nadie no asociado con la investigación había entrado aún en el laboratorio de
Gubber. De hecho, parecía que Jomaine ni siquiera sabía que faltaba un robot.
Fredda asintió pensativamente cuando Jomaine terminó. No había contribuido
mucho a su conocimiento. Calibán había desaparecido, se había escapado o había
sido robado. Alguien la había atacado y le había robado sus notas. Lo que Jomaine no
dijo le hizo ver que podría haber sido peor. Eso no quería decir que no se hubiera
hecho mucho daño, pero ahora mismo aceptaría todo el consuelo que pudiera.
—¿Eso es todo? ¿Nada más?
Jomaine se puso en pie, pidiendo disculpas, y sacó de su bolsillo una libreta
informática del tamaño de la palma de una mano.
—No hay nada más que pueda decirte, pero Gubber me dio esto para ti. Parece
que tiene algunas fuentes de información bastante especiales. —Le tendió la libreta, y
la miró a los ojos mientras permanecía de pie junto a la cama con una postura
extrañamente formal y cuidadosa. Era obvio que no le gustaba formar parte de
aquello, pero estaba decidido a actuar lo mejor posible. Señaló la libreta informática
que le acababa de dar—. No he leído el informe, y no voy a hacerlo. No quiero saber
más. Te he dicho todo lo que sé, pero no lo que pienso, y espero que lo prefieras así.
»Para serte sincero, lo que estáis haciendo me asusta mortalmente. Por lo tanto, te
pido que tengas la amabilidad de esperar a que me haya marchado para leerlo.
Fredda Leving miró asombrada a su ayudante durante treinta segundos antes de
poder recuperar la voz. El hombre nunca había sido tan brusco ni tan osado.
—Muy bien, Jomaine. Gracias por tu honestidad y discreción.
—Yo diría que hemos andado escasos de esas dos cualidades últimamente —dijo
él con brusquedad. La expresión de su cara afilada se suavizó un poco. Extendió la
mano para tocarle el hombro—. Descansa, Fredda, cúrate —dijo con voz amable y
cálida—. Aunque nada de esto hubiera sucedido, necesitarás todas tus fuerzas para
mañana por la noche.
Fredda sonrió débilmente y suspiró.
—No hace falta que me lo recuerdes —dijo. La presentación de mañana bien
podría decidir más destinos que el suyo propio.
Jomaine Terach se dio la vuelta y se marchó, dejando a Fredda sola con sus
pensamientos y la libreta informática de Gubber Anshaw. Casi tenía miedo de leerla.
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Gubber tenía algunas fuentes de información sorprendentes. Fredda había decidido
hacía mucho tiempo que no quería saber cuáles eran.
Apenas se atrevía a imaginar qué había encontrado esta vez. Empezó a leer la
información de la libreta. Tres párrafos después estaba tan aterrorizada que apenas
podía ver lo suficiente para leer. Aquello hacía que el resto de sus preocupaciones no
parecieran tales en absoluto.
Santo Dios, ¿de dónde había sacado Gubber aquel material? Parecía que había
metido mano en los informes policiales completos del ataque, información cruda que
todavía no había sido analizada ni ordenada. ¿Dos grupos de huellas robóticas
ensangrentadas? ¿Qué demonios podía significar eso?
Y los otros informes, el de la algarada de los Cabezas de Hierro en Ciudad
Colono, y el incidente del incendio y los destructores de robots en el distrito de los
almacenes. Dulce Ángel Caído, sí, Calibán había dado su nombre a una testigo y ella
misma acababa de dárselo a su vez a Kresh. Tenían la conexión. Sabían, o eso creían,
todo lo que les hacía falta saber sobre Calibán.
Maldición, ¿quién demonios lo había dejado salir del laboratorio? Fredda sabía
que las primeras horas de Calibán tendrían que ser altamente formativas. Por eso
había retrasado tanto tiempo el momento de conectarlo. Quería que las condiciones
fueran ideales cuando lo hiciera.
Pero mira las primeras horas que había tenido en cambio. Tuvo que ser al menos
testigo de su ataque. Luego debió deambular por la ciudad, viendo la conducta servil
de los robots. Eso debió de confundirlo enormemente. Fredda había borrado
deliberadamente toda información referida a los robots en su banco de datos.
¡Campanas del infierno! ¡Cuánto había trabajado en ese banco de datos, midiendo
cuidadosamente la información que contenía! En el mejor de los casos, todo aquel
trabajo se había echado a perder. En el peor, confundiría completamente la visión del
mundo que tendría Calibán. Y además, verse luego mezclado con un grupo de
destructores de robots…
Fredda Leving dejó caer la libreta informática sobre la cama y se echó atrás, los
ojos cerrados, un nudo en el estómago, la cabeza convertida de pronto en un mundo
de dolor revitalizado. «¿Por qué?», se preguntó. «¿Por qué tenía que ser así?».
Pensó en lo que Calibán había visto hasta ese momento: violencia, brutalidad, a
los de su propia especie tratados como esclavos y aún peor. No había recibido otras
influencias para formar su mente y sus puntos de vista.
Pero eso distaba mucho de ser lo peor. Ahora Alvar Kresh estaba sobre la pista, y
todos sus movimientos revelarían probablemente la verdad en el momento
equivocado y en el lugar menos oportuno. Un movimiento erróneo por parte de Kresh
podría derrumbar el castillo de naipes político que era lo único que podía salvar
Inferno.
Fredda Leving sintió que el corazón se le paralizaba de miedo.
El problema era que no estaba segura de qué temer.
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O a quién.
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Gubber Anshaw sabía que no era un hombre valiente, pero al menos tenía el valor de
admitirlo. Poseía la fuerza de carácter necesaria para calibrar sus propias
limitaciones, y seguramente eso servía para algo.
Bueno, al menos era reconfortante, aunque no sirviera de mucho dadas las
presentes circunstancias. Pero había ocasiones en que incluso un cobarde tenía que
hacer lo adecuado. Esta, maldita sea, era una de esas ocasiones. Vio cómo Tetlak, su
robot personal, conducía el coche aéreo, deliberadamente poco llamativo, a través de
la oscuridad de la noche con rumbo a Ciudad Colono. El aeroauto se detuvo, gravitó
en el aire, esperando que el sistema de tráfico y seguridad de Ciudad Colono calibrara
el emisor del coche y viera que estaba incluido en la lista de aprobación. El suelo se
abrió bajo él y una puerta a la ciudad subterránea les permitió la entrada. El coche
atravesó las profundidades, hasta llegar a la gran caverna central de Ciudad Colono, y
se dispuso a aterrizar.
Gubber usó un gesto de mano para ordenar a Tetlak que se quedara en el coche, y
luego salió. Se acercó al transportador que esperaba y subió a él.
—A casa de la señora Welton, por favor —dijo mientras se acomodaba. El
pequeño vehículo abierto se puso en marcha en cuanto se sentó. Gubber apenas tuvo
tiempo de reflexionar sobre el hecho de que no había ningún ser consciente
controlando el coche antes de que este llegara a su destino.
Se dirigió hacia la puerta y vaciló un instante antes de acordarse de pulsar el
botón anunciador. Normalmente, eso era algo que un robot hacía por él. Pero a veces
Tetlak ponía nerviosa a Tonya, y él no tenía ningunas ganas de incomodarla sin
necesidad. Ya era bastante malo haber venido sin avisar. Una soñolienta Tonya
Welton abrió la puerta y miró sorprendida a su visitante.
—¡Gubber! Por la galaxia, ¿qué estás haciendo aquí?
Gubber la miró un instante, alzó la mano inseguro y luego habló.
—Sé que es peligroso haber venido, pero tenía que verte. No creo que me
siguieran. Tenía que venir y decirte… decirte adiós.
—¡Adiós! —El asombro de Tonya y su preocupación fueron claramente visibles
en su rostro—. ¿Estás rompiendo porque…?
—No estoy rompiendo, Tonya. Siempre estarás en mi corazón. Pero creo que no
podré verte de nuevo después… después de que haya visto al sheriff Kresh.
—¿Qué?
—Voy a entregarme, Tonya. Voy a cargar con las culpas —Gubber notó que su
corazón latía con fuerza, cómo el sudor empezaba a empapar su cuerpo. Por un
brevísimo instante, sintió que se mareaba—. Por favor —dijo—, ¿puedo pasar?
Tonya se apartó de la puerta y le permitió el paso. Gubber entró y miró a su
alrededor. Ariel permanecía inmóvil en su nicho, contemplando la nada. La
habitación mostraba su configuración de dormitorio, todas las mesas y sillas retiradas,
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sustituidas por una cama grande y cómoda, una cama que Gubber tenía motivos para
recordar con agrado. Cruzó la habitación y se sentó, morosamente, en su borde,
sintiéndose solo y perdido.
Tonya lo observó. Gubber la miró. Ella era tan hermosa, tan natural, tan auténtica.
No como las mujeres espaciales, todo artificio y apariencia y afectación.
—Tengo que entregarme —dijo Gubber.
Tonya lo miró, silenciosa, pensativa.
—¿Por qué, Gubber?
—¿Qué? ¿Qué quieres decir?
—¿Qué cargo, exactamente, confesarás cuando te entregues? ¿Qué has hecho?
Cuando te pregunten una descripción detallada de cómo cometiste el crimen, ¿qué
dirás?
Gubber se encogió de hombros, inseguro, y miró al suelo. No tenía ni idea de qué
confesar, por supuesto. En su mente, no había cometido ningún crimen, pero dudaba
que la ley compartiera esa opinión. Aunque no tenía sentido confesar un crimen para
proteger a Tonya cuando no sabía qué sospechaban que había hecho ella.
Tonya tenía sus propios secretos, y él no se atrevía a preguntar cuáles eran.
Estaba claro que sería más seguro para ambos si cada uno mantenía ciertas cosas
en secreto.
El silencio continuó, hasta que Tonya lo interpretó como una respuesta.
—Eso pensaba —dijo por fin—. Gubber, no saldrá bien. —Se sentó junto a él, y
le rodeó los hombros con un brazo—. Querido Gubber, eres maravilloso. En mi hogar
de Aurora debo de haber conocido a un centenar de hombres llenos de furia y fuerza,
siempre dispuestos a mostrarme lo grandes y valientes que eran. Pero ninguno de
ellos tenía tu valor.
—¡Mi valor! —Gubber la miró con tristeza—. ¡Ja! Hay una contradicción en los
términos.
—¿Sí? Ningún hombretón colono soñaría en confesar un crimen e ir a una colonia
penal por la mujer que ama. Y tú lo harías, sé que lo harías. Pero no puedes. No
debes.
—Pero…
—¿No lo ves? Kresh no es tonto. Podrá detectar una confesión falsa en un abrir y
cerrar de ojos, y no sabrás qué confesar. Tenemos el informe policial, pero él no es
tan tonto como para decirnos todo lo que sabe. Cuando te haya exprimido, se
preguntará por qué has confesado algo que no has hecho. Tarde o temprano,
averiguará que lo hiciste para protegerme. Entonces los dos tendremos problemas.
Algo se congeló en el interior de Gubber. No había pensado en eso. Pero no,
espera. Había una cosa que ella no había advertido.
—Eso no sucederá, Tonya. Después de todo, nadie sabe lo nuestro…
—Tal vez sí, Gubber. Es probable que Kresh lo averigüe tarde o temprano. He
hecho lo que he podido para protegerte, y sé que tú has hecho lo mismo por mí. Pero
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no nos atrevemos a hacer más. Si tuviéramos suerte, y no atrajéramos la atención
sobre nosotros mismos, no pasaría nada. Pero si alguno de nosotros llama la atención
de Kresh…
Tonya dejó que las palabras flotaran en el aire. No había necesidad de completar
la frase. Gubber se volvió hacia ella, la abrazó y la besó apasionadamente. Por fin se
retiró solo un poco. La miró a los ojos, le acaricio el pelo, susurro su nombre.
—Tonya, Tonya. No hay nada que no hiciera por ti. Lo sabes.
—Lo sé, lo sé —dijo Tonya, los ojos brillando con lágrimas de amor—. Pero
tenemos que ser cuidadosos. Debemos pensar con la cabeza, no con el corazón. Oh,
Gubber. Abrázame.
Volvieron a besarse, y Gubber sintió que la pasión se superponía a sus temores y
preocupaciones. Se buscaron, ansiosa, urgentemente, se quitaron la ropa y cayeron en
la cama. Sus cuerpos se unieron, llenos de necesidad y deseo.
Gubber vio a Ariel de pie, inmóvil en su nicho de pared. Por un segundo se
preocupó, preguntándose si su presencia molestaría a Tonya. Un robot en la
habitación no significaba nada para un espacial, por supuesto.
Al diablo. Era más que obvio que Ariel no estaba en ese momento en la mente de
Tonya. ¿Por qué prestarle atención? Extendió la mano y cogió el interruptor manual,
apagó las luces del techo y no lo pensó más.
Ariel permaneció en la pared opuesta, con sus ojos verdes brillando tenuemente,
mientras los dos humanos hacían el amor en la oscuridad.
Había llegado la noche, y había oscuridad, y sombras, pero no silencio, ni
descanso, ni seguridad. Por muchas cosas que hubieran cambiado, el peligro era
constante. Calibán estaba seguro de ello.
Recorrió el centro de la ciudad, las espectrales calles de Hades. El lugar rebosaba
energía, y sin embargo había una sensación espectral por todas partes, como si fuera
un cadáver atareado y activo, no consciente todavía de su propia muerte, que se
ocupaba de sus asuntos mucho después de que su tiempo se hubiera cumplido.
Noche y día no parecían importar mucho allí, en el corazón de la ciudad. Sus
calles estaban tan atestadas ahora como durante el día.
Pero no, era inexacto decir que no había ninguna diferencia entre día y noche.
Ningún cambio en la cantidad de tráfico en las calles y aceras, pero sí un gran cambio
en el carácter de ese tráfico. A esa hora de la noche, la gente casi había desaparecido,
pero los robots continuaban presentes.
Calibán contempló las torres orgullosas, brillantes y vacías de Hades, los grandes
bulevares de magníficas y fallidas intenciones. El corazón de la ciudad estaba vacío,
yermo.
Sin embargo, la urbe seguía abarrotada. Los humanos habían sido una minoría
apreciable durante el día, pero en las horas nocturnas eran los robots quienes
aparecían por todas partes. Calibán, desde la sombra de un portal, los contempló
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pasar.
Los robots de la noche eran distintos a los robots diurnos. Estos últimos eran casi
todos sirvientes personales. Por la noche salían las unidades de trabajos pesados,
tiraban de las pesadas cargas, trabajaban en las labores de construcción, hacían el
trabajo sucio cuando había menos humanos que pudieran ser molestados.
Un grupo de grandes y brillantes robots negros de construcción pasó calle abajo
por delante de Calibán, dirigiéndose hacia una alta torre de color marfil, medio
terminada y ya hermosa. Pero había media docena de torres igualmente hermosas a
unas pocas manzanas del lugar donde se hallaba Calibán, y todas ellas estaban
prácticamente vacías. Al otro lado o de la calle, otro grupo de robots trabajaba
duramente desmontando otro edificio que apenas parecía más viejo o más usado.
Calibán había visto muchas otras cuadrillas de trabajo salir en la última hora,
haciendo igualmente inútiles labores de mantenimiento: buscando una basura que no
existía, puliendo las brillantes ventanas, desbrozando los jardines sin malas hierbas de
los parques, manteniendo el centro de la ciudad vacía resplandeciente y perfecto.
¿Por qué no empleaban a estos robots en los distritos más sucios y desgastados,
donde su trabajo podría tener significado? ¿Por qué trabajaban aquí?
La ciudad vacía. Calibán consideró esas palabras. Era como si resonasen en su
cabeza. Había algo extraño en la sola idea de un lugar así. De su memoria, de las
emociones que alguien había almacenado allí, llegó el conocimiento certero y seguro
de que las ciudades no tenían que ser así. Algo iba desesperadamente mal.
Otro fragmento de datos brotó del banco, un hecho sólido y firme, pero los
fantasmas de emoción gravitaron sobre este hecho con más fuerza que ninguna otra
sensación que hubiera experimentado antes. Era lo que más preocupaba a la persona
que creó su banco de datos: cada año, la población humana disminuía… y la
población robótica aumentaba. «¿Cómo es posible? —se preguntó Calibán—. ¿Cómo
pueden los humanos permitirse llegar a esa situación?». Pero no surgió ninguna
respuesta del banco de datos. Por algún motivo que no podía comprender, la
pregunta, aunque no tenía nada que ver con él, le pareció de vital importancia.
«¿Por qué? —se preguntó—. ¿Y por qué me pregunto por qué?». Calibán advirtió
que la mayoría de los robots que había observado demostraban una clara falta de
curiosidad. Apenas les interesaba lo que los rodeaba. Otra cosa más que lo situaba
aparte. Cuando su creador moldeó su mente convirtiéndola en una extraña forma en
blanco, ¿lo había bendecido y a la vez maldecido con un grado de curiosidad
hiperactivo? Calibán estaba seguro de que así era, pero de algún modo eso no
importaba. Aunque su sentido de la curiosidad hubiera sido deliberadamente
ampliado, eso no le impedía extrañarse.
¿Por qué, por qué, por qué los robots construían y desmantelaban, a ciegas, sin
necesidad, una y otra vez, en vez de dejar las cosas como estaban? ¿Por qué crear
grandes edificios cuando no había nadie para usarlos? Locura. Todo era una locura.
La voz del banco de datos le susurró que la ciudad era un reflejo de una sociedad
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convulsa, retorcida, apartada de cualquier cosa que pudiera hacer normal la vida y el
crecimiento. Era una opinión, una emoción, pero de algún modo, se le antojó verdad.
El mundo estaba loco, y su única esperanza de supervivencia era mezclarse en él,
ser aceptado como uno de los inquilinos de aquel asilo de lunáticos, perderse entre los
interminables robots que atendían la ciudad y a sus habitantes. La idea era en
desalentadora, preocupante.
Sin embargo, ni siquiera la imitación perfecta lo protegería. Lo había aprendido
casi a costa de su existencia. Aquellos colonos de la noche anterior habían pretendido
matarlo. Si no hubiera actuado como un robot normal, no tenía duda de que lo
habrían hecho. Esperaban que permaneciera plácidamente a la espera y permitiera su
propia destrucción. Incluso habían pensado que era posible que se autodestruyera
voluntariamente a fuerza de oír aquel débil y tortuoso argumento sobre cómo su
existencia dañaba a los humanos. ¿Por qué pensaban que ese retorcido argumento lo
impulsaría a suicidarse?
Calibán salió del portal en sombras y comenzó a caminar de nuevo. Había
muchas cosas que tenía que aprender si quería sobrevivir. La imitación no sería
suficiente. No cuando actuar como un robot estándar podría matarlo. Tenía que saber
por qué los robots actuaban como lo hacían.
¿Por qué estaba allí? ¿Por qué había sido creado? ¿Por qué era distinto de los
otros robots? ¿En qué era distinto de ellos? ¿Por qué permanecía oculta la naturaleza
de su diferencia?
¿Cómo había llegado a aquella situación? Una vez más, intentó pensar en el
principio, en investigar toda su existencia en busca de alguna pista, alguna respuesta.
No tenía recuerdos de ningún tipo hasta el momento en que fue conectado por
primera vez y se encontró sobre el cuerpo inconsciente de aquella mujer, con el brazo
alzado. Nada, nada más antes de eso. ¿Cómo había llegado a ese lugar, a aquella
situación? ¿Se había puesto en pie de alguna forma, había alzado el brazo antes de
despertar? ¿O había sido colocado en esa posición por algún motivo?
Espera un momento. Analízalo. No podía ver ningún motivo para asumir que su
habilidad para actuar no pudiera ir ligada a su habilidad para recordar. ¿Y si había
actuado antes de que su memoria comenzara? ¿Y si su memoria anterior al momento
al que consideraba su despertar había sido borrada? ¿Y si, por algún motivo, había
sido capaz de actuar antes que su memoria comenzara, y su memoria simplemente no
había empezado a grabar hasta ese momento?
Si alguna de esas posibilidades era cierta, si no podía confiar en que el comienzo
de su memoria era el inicio de su existencia, entonces no había límites a las acciones
que podría haber emprendido antes de que su memoria comenzara. Podría haber
estado despierto, consciente, activo, durante cinco segundos antes de ese momento…
o durante cinco años. Probablemente no tanto. Su cuerpo no mostraba signos de
desgaste ni ninguna señal de que alguna parte hubiera sido reemplazada o reparada.
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Su archivo de mantenimiento estaba en blanco, aunque también podía haber sido
borrado. Sin embargo, parece razonable aceptar que su cuerpo era nuevo.
Pero ese era un tema secundario. ¿Cómo había llegado aquella mujer a
encontrarse en el suelo en medio de un charco de sangre? Al menos era razonable
suponer que había sido atacada de alguna forma. ¿Estaba muerta o viva? Revisó sus
memorias visuales del momento. La mujer respiraba, pero podía haber expirado
fácilmente una vez que él se hubo marchado ¿Había muerto, o había sobrevivido?
La idea le hizo detenerse. ¿Por qué no lo había pensado antes?
Entonces, como dos brasas gemelas, otras dos preguntas asaltaron su mente:
¿Había sido él quien la había atacado? Y, fuera eso cierto o no, ¿era sospechoso
del ataque?
Calibán dejó de caminar y se miró las manos.
Se sorprendió al advertir que tenía los puños cerrados. Abrió los dedos e intentó
caminar como si supiera adónde iba.
La noche anterior Alvar Kresh había tomado una ducha con la esperanza de que
lo ayudara a dormir. Esta noche, lo hizo con la esperanza de despertarse. Se sintió
tentado de ver la grabación de la conferencia de Leving mientras estaba sentado en la
cama, pero sabía lo cansado que se encontraba y lo fácil que le resultaría quedarse
dormido si lo hacía. No, era mucho mejor vestirse de nuevo con ropa limpia, y ver la
pantalla de televisión en el salón superior.
Kresh se sentó delante del aparato, ordenó a uno de los robots caseros que bajara
un poco la temperatura y dijo a otro que le trajera un poco de té fuerte y caliente.
Sentado en una habitación fría, con una buena dosis de cafeína, podría mantenerse
despierto.
—Muy bien, Donald, comencemos.
El televisor cobró vida, la gran pantalla ocupaba toda una pared de la habitación.
La grabación empezaba con una toma del Auditorio Central de la ciudad. Kresh había
visto muchas obras retransmitidas desde allí, y la mayoría de las veces los actos eran
bastante sosegados, si no aburridos, y parecía que la primera conferencia de Leving
no había sido ninguna excepción. El auditorio había sido construido para albergar a
un millar de personas con sus robots asistentes, que se acomodaban detrás de sus
amos, en asientos bajos. Parecía estar medio vacío.
—…y así, sin más dilaciones —decía el director del teatro—, permítanme
presentarles a una de nuestros científicos más destacados. Damas y caballeros, la
doctora Fredda Leving —se volvió hacia ella, sonriendo, iniciando el aplauso.
La figura de Fredda Leving se levantó y caminó hacia el estrado, saludada por
una más bien pobre salva de aplausos. La cámara la enfocó de cerca, y Kresh se
sorprendió al recordar el aspecto que tenía Leving antes del ataque. En el hospital era
una mujer pálida, débil y delicada, y la cabeza rapada la hacía parecer muy delgada.
La Fredda Leving que aparecía en esta grabación parecía algo atemorizada por el
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escenario, pero era fuerte, vigorosa, con el pelo negro enmarcándole la cara. En
suma, una mujer joven y bonita.
Llegó al atril, y miró al público. Su cara traicionaba claramente su nerviosismo.
Se aclaró la garganta y comenzó.
—Gracias, damas y caballeros. —Jugueteó con sus notas un momento, aún
nerviosa, y entonces empezó—. Me gustaría comenzar con una pregunta, una que
puede parecer pedante, y cuya respuesta puede parecerles obvia. Sin embargo, es una
pregunta que no ha tenido una respuesta adecuada en miles de años. No sugiero que
yo sea capaz de proporcionar esa respuesta, ahora, esta noche, pero sí pienso que ya
es hora al menos de que nos la planteemos en serio.
»Y la pregunta es: “¿Para qué sirven los robots?”. —La cámara mostró las
reacciones de la gente que estaba en el auditorio. Hubo un revuelo y murmullos, una
risa estrangulada o dos. Los miembros del público se agitaron en sus asientos y se
miraron con expresiones confundidas.
—Como decía, es una pregunta que pocos de nosotros nos hacemos. A primera
vista, parece que es como preguntar para qué sirve el cielo, o para qué sirve el planeta
en el que nos encontramos, o qué sentido tiene respirar aire. Igual que estas otras
cosas, consideramos que los robots forman parte del orden natural de las cosas en un
grado tal que no podemos imaginar un mundo que no los tenga. Y como con las cosas
naturales, nosotros, incorrectamente, tendemos a asumir que el universo simplemente
los colocó aquí para nuestra conveniencia. Pero no fue la naturaleza la que colocó a
los robots entre nosotros. La responsabilidad fue de nosotros mismos.
Kresh advirtió la palabra empleada: «responsabilidad». ¿Qué demonios había
dicho Leving aquella noche? Deseó haber estado presente en la conferencia.
La imagen de Fredda Leving siguió hablando.
—En el plano emocional, al menos, no percibimos a los robots como
herramientas, ni como objetos que hemos construido, ni siquiera como seres
inteligentes con los que compartimos el universo, sino como algo básico, colocado
aquí por la mano de la naturaleza, algo que forma parte de nosotros. No podemos
imaginar un mundo en el que merezca la pena vivir sin ellos, igual que nuestros
amigos los colonos piensan que un lugar que los incluya no es adecuado para los
humanos. Pero me estoy apartando de mi propia pregunta. «¿Para qué sirven los
robots?». Mientras buscamos una respuesta a esa pregunta, debemos recordar que no
son parte del universo natural. Son una creación artificial, al igual que una nave
espacial o una taza de café o una estación terraformadora. Nosotros construimos a
esos robots, o al menos lo hicieron nuestros antepasados, y luego pusimos a los
robots a construir más robots.
»Los robots, entonces, son herramientas que hemos construido para nuestro
propio uso. Eso es al menos el principio de una respuesta. Pero no es en modo alguno
la respuesta completa.
»Pues los robots son herramientas que piensan. En ese sentido, son más que
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herramientas nuestras: son nuestros parientes, nuestros descendientes.
Hubo un nuevo murmullo en la sala, un revuelo, esta vez de furia y sorpresa.
—Perdónenme —dijo Fredda—. Tal vez sea una forma desafortunada de
expresarlo. Pero es, en un sentido estricto, la verdad. Los robots son lo que son
porque los humanos los crearon. Hay quienes creen que los humanos no podrían
existir sin ellos, Pero esa deducción es una peligrosa tontería.
Ahora hubo un rugido en el fondo de la sala, donde se habían congregado los
Cabezas de Hierro.
—Sí, hace daño, ¿verdad? —preguntó Fredda, olvidando el velo de cortesía en su
voz—. «No podríamos vivir sin ellos…» no es la manifestación de un hecho, sino un
artículo de fe. Nos hemos convencido a nosotros mismos de que no podríamos
sobrevivir sin los robots, identificando la forma en que vivimos con nuestras propias
vidas. Sólo tenemos que mirar a los colonos para saber que los humanos pueden vivir,
y bien, sin los robots.
Un coro de abucheos y gritos llenó la sala. Fredda alzó las manos pidiendo
silencio, el rostro firme. Por fin, la multitud se apaciguó un poco.
—No digo que deberíamos vivir así. Me gano la vida construyendo robots. Creo
en ellos. Creo que todavía no han desarrollado todo su potencial. Han dado forma a
nuestra sociedad, una sociedad que considero que tiene muchas cualidades
admirables.
»Pero, amigos míos, nuestra sociedad está calcificada. Fosilizada. Enquistada.
Hemos llegado al punto en que estamos seguros, absolutamente seguros, de que
nuestra forma de vida es la única posible. Nos decimos a nosotros mismos que
debemos vivir exactamente como nuestros antepasados, que nuestro mundo es
perfecto tal como está.
»Excepto que vivir es cambiar. Todo lo que vive debe cambiar. El final del
cambio es el principio de la muerte… y nuestro mundo está muriendo. —Se hizo un
profundo silencio en la sala—. Todos lo sabemos, aunque no queramos admitirlo. La
ecología de Inferno se está desmoronando, pero nos negamos a verlo, mucho menos a
hacer algo al respecto. Negamos que el problema existe.
Kresh frunció el ceño. ¿La ecología desmoronándose? Sí había problemas, todo el
mundo lo sabía. Pero él no lo expresaría en términos tan drásticos. ¿O era parte de la
negativa de la que hablaba ella? Se agitó incómodo en su asiento y siguió
escuchando.
—En cambio —continuó la imagen de Fredda Leving—, insistimos en que
nuestros robots nos arrullen, nos mimen, mientras continuamos con nuestras
existencias dilapidadas y la tela de la vida que nos mantiene se hace cada vez más
débil. En cualquier momento en los últimos cien años, nosotros, los ciudadanos de
Inferno, podríamos haber tomado cartas en el asunto, trabajado para resolver la
situación, para salvar nuestro planeta y a nosotros mismos. Excepto que fue muy fácil
convencernos de que todo iba bien. Los robots cuidaban de nosotros. ¿Cómo podía
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existir algo de lo que preocuparse?
»Mientras tanto los bosques murieron. El ciclo de vida oceánica se debilitó. Los
sistemas de control se desmoronaron. Y nosotros, que hemos sido entrenados por
nuestros robots para creer que no hacer nada es la mejor y más alta de todas las
actividades, no movimos un dedo.
»Las cosas llegaron al punto en que nos vimos obligados a tragarnos nuestro
orgullo y llamar a extranjeros para que nos salvaran. E incluso esa fue una acción
límite. Estuvimos a punto de elegir nuestro orgullo antes que nuestras vidas. Admito
libremente que recurrir a los colonos me resultó tan amargo como a cualquiera de
ustedes. Pero ahora están aquí, y nosotros, espaciales, infernales, seguimos cruzados
de brazos, permitiendo a regañadientes que los colonos nos salven, tratándolos como
mano de obra alquilada, o entrometidos, en vez de rescatadores.
»Nuestro orgullo es tan grande, nuestra creencia en el poder de la indolencia
sostenida por los robots tan abrumadora, que seguimos rehusando actuar. Que los
colonos hagan el trabajo, nos decimos. Que los robots se ensucien las manos.
Permanecemos al margen, fieles al principio de que el trabajo es para los demás,
creyendo que el trabajo impide nuestro desarrollo hacia una sociedad aún más ideal,
basándonos en el principio ennoblecedor de aplicar la robótica a cada tarea.
»Pues los robots son nuestra solución para todo. Creemos en los robots. Tenemos
fe en ellos… una fe firme e inconmovible. Nos enfadamos y perdemos el control
cuando se pone en tela de juicio nuestro uso de los robots. Lo hemos visto hace sólo
unos momentos.
»En resumen, amigos míos, la robótica es nuestra religión, por usar una palabra
muy antigua. Y sin embargo los espaciales despreciamos lo que adoramos. Amamos
la robótica y sin embargo mantenemos a los robots en el grado más bajo de la escala
de nuestra estima. ¿Quién de entre nosotros no ha sentido desdén hacia un robot?
¿Quién de nosotros no ha visto a un robot saltar más alto, pensar más rápido, trabajar
más tiempo, hacer un trabajo mejor de lo que podría hacerlo ningún humano, y luego
ofrecer la desdeñosa defensa de que era «sólo» un robot? La tarea, el logro, pierde
valor cuando del trabajo de un robot se trata.
»Un aspecto secundario interesante es que los robots de Inferno se crean
generalmente con un potencial de la Primera Ley notablemente alto, y con un
potencial especialmente fuerte para las cláusulas negativas de la Segunda o la Tercera
Ley, las cláusulas que dicen a un robot que puede obedecer órdenes y protegerse a sí
mismo sólo si todo ser humano está a salvo. Para expresarlo de otro modo, los robots
de Inferno ponen especial énfasis en nuestra existencia, y muy poco en la suya
propia.
»Esto tiene dos resultados: primero, nuestros robots nos protegen mucho más que
los robots de cualquier otro mundo espacial, de forma que la iniciativa humana está
aún más constreñida aquí en Inferno. Segundo, tenemos una tasa notablemente alta de
robots perdidos por conflictos con la Primera Ley con el bloqueo cerebral
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subsiguiente. Podríamos ajustar fácilmente nuestros procedimientos de fabricación
para crear robots que pudieran sentir una compulsión menor, pero perfectamente
adecuada, para protegernos. Si lo hiciéramos, nuestra seguridad no disminuiría en lo
más mínimo, pero nuestros robots no sufrirían tantos daños innecesarios intentando
rescates que son imposibles o inútiles. Sin embargo, decidimos construir robots con
una compulsión a la protección excesivamente acusada.
»Construimos nuestros robots con un potencial de la Primera Ley tan alto que
pueden bloquearse si ven a un humano en peligro pero no pueden ayudarlo, aunque
otros robots estén intentando salvarlo.
»Si seis robots corren a salvar a una persona, y como consecuencia de ello
resultan innecesariamente dañados, no nos importa. Es un despilfarro absurdo. Pero
no nos preocupa la pérdida de robots achacable a reacciones innecesarias. Tenemos
tantos robots que no los consideramos particularmente valiosos. Si se destruyen a sí
mismos sin necesidad sólo para responder a nuestros caprichos, nos da lo mismo.
»Despreciamos a nuestros sirvientes robóticos. Son algo secundario, sacrificable.
Enviamos a seres de gran sabiduría y experiencia, seres de gran inteligencia y
habilidad, a correr graves peligros, incluso a su destrucción, por las razones más
triviales. Se envían robots a edificios incendiados en busca de abalorios sin valor. Los
robots se lanzan de cabeza al tráfico para proteger a un humano que ha cruzado la
calle descuidadamente para mirar un escaparate. Se ordena a un robot que limpie la
suciedad de la ventana de un rascacielos en medio de un vendaval con una fuerza de
cien kilómetros por hora. En ese último caso, aunque el robot cayera del edificio, no
habría por qué preocuparse: el robot movería sus brazos y sus piernas en su caída,
asegurándose de no golpear a ningún ser humano cuando llegara al suelo, fiel a la
Primera Ley incluso mientras se precipita a su destrucción.
»Todos hemos oído historias de robots destruidos en este esfuerzo inútil, o por dar
rienda suelta a ese impulso inútil. Las historias no se cuentan como si fueran
desastres, sino como si fueran graciosas, como si un robot hecho migas o reducido a
chatarra para conseguir algo sin sentido fuera un chiste, en lugar de ser un
escandaloso despilfarro.
»Apenas menos serios son los interminables abusos de robots. He visto a robots
obligados a servir como apoyo estructural, para permanecer simplemente de pie y
sujetar una pared… no durante un minuto, no como un remedio de emergencia
mientras se hacen las reparaciones, sino como una solución permanente. He visto a
robots, robots funcionales y capaces, a los que se ordena permanecer bajo el agua y
sujetar el ancla de un barco. Conozco a una mujer que tiene un robot cuyo único
deber es limpiarle los dientes, y sujetar el cepillo cuando no lo está haciendo. Un
hombre con una tubería rota en su sótano ordenó a un robot que achicara el agua…
todo el tiempo, sin parar, cada día, durante seis meses, antes de que se tomara la
molestia de hacer las reparaciones.
»Piénsenlo. Considérenlo. Seres conscientes utilizados como sustitutos de anclas,
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como cepillo de dientes, como achicadores de agua. ¿Tiene sentido? ¿Parece racional
que creemos robots con mentes capaces de calcular saltos hiperespaciales, y luego
ponerlos a trabajar como peso muerto para que nuestros barquitos de placer no vayan
a la deriva?
»Estos son simplemente los ejemplos más notables del abuso de los robots. Ni
siquiera he tratado las interminables tareas que todos permitimos hacer a nuestros
robots por nosotros, cosas que deberíamos hacer solos. Pero esas cosas son también
abusivas, y nos rebajan tanto como a nuestros sirvientes mecánicos.
»Recuerdo una mañana, no hace mucho, cuando permanecí delante de mi armario
durante veinte minutos, esperando a que mi robot me vistiera. Cuando por fin recordé
que había ordenado al robot que saliera a cumplir un encargo, seguí sin vestirme, y
esperé a que regresara. Nunca se me ocurrió que podría escoger mi propia ropa,
ponérmela, cerrar las cremalleras yo sola. Tenían que hacerlo por mí.
»Les confieso que esos absurdos hacen algo más que desperdiciar las habilidades
de los robots. Nos hacen daño a nosotros, los humanos. Esa conducta nos enseña a
pensar que el trabajo, todo trabajo, cualquier trabajo, no es digno de nosotros, que la
única cosa respetable y socialmente aceptable que puede hacerse es quedarse sentado
y permitir que los esclavos-robots se preocupen por uno.
»Sí, he dicho esclavos. Hice una pregunta al principio de esta charla. Pregunté
para qué sirven los robots. Bien, damas y caballeros, esa es la respuesta que ha
encontrado nuestra sociedad. Para eso los utilizamos. Esclavos. Miren en los libros de
historia, busquen en todos los antiguos textos de tiempos remotos y en todas las
culturas del pasado. La esclavitud ha corrompido siempre a las sociedades en las que
ha existido, aplastando a los esclavos, degradándolos, humillándolos…, pero
corrompiendo también a sus amos, envenenándolos, debilitándolos. La esclavitud es
una trampa que siempre atrapa a la sociedad que la permite.
»Eso es lo que nos está sucediendo a nosotros. —Fredda hizo una pausa y
contempló al auditorio. Este permanecía en silencio, en un mortal silencio.
—Déjenme volver al día en que esperé a que mi robot-esclavo me vistiera.
Pensándolo después, al ver lo ridículo que había sido aquel momento, resolví
arreglármelas yo sola la próxima vez.
»¡Y descubrí que no podía! No sabía cómo. No sabía dónde estaba mi ropa. No
sabía cómo se cerraban las cremalleras o cómo encajaban las prendas. Caminé medio
día con una blusa al revés antes de darme cuenta de mi error. Me sorprendió mi
ignorancia en el tema de cuidar de mí misma.
»Empecé a observarme, a advertir lo poco que hacía por mí misma… lo poco que
era capaz de hacer.
Alvar Kresh, contemplando la grabación, empezó a comprender. Por eso ella no
tenía ya robot personal. Una extraña decisión, sí, pero empezaba a tener sentido.
Contempló la grabación absorto, olvidado su propio cansancio.
—Me dejó atónita lo incompetente que era —decía la voz de Fredda Leving—.
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Me asombré de ver cuántas pequeñas tareas no podía ejecutar. No soy capaz de
describir la humillación que sentí al advertir que no podía orientarme en mi propia
ciudad. Necesitaba un robot para guiarme, o me perdería irremediablemente.
Hubo un par de risas nerviosas entre el público, y Fredda asintió pensativa.
—Sí, es gracioso. Pero también muy triste. Déjenme preguntarles a los que
piensan que lo que digo es absurdo… supongamos que todos los robots se detuvieran
ahora mismo. Ignoremos el obvio hecho de que nuestra civilización entera se
derrumbaría, porque los robots son quienes la dirigen. Reduzcamos las cosas al
ámbito personal. Piensen lo que les sucedería a ustedes si sus robots se
desconectaran. ¿Qué sucedería si su conductor dejara de funcionar, su asistente
personal se detuviera, su cocinero se paralizara y no pudiera preparar comidas, su
mayordomo perdiera la energía ahora mismo?
»¿Cuántos de ustedes encontrarían el camino a casa? Muy pocos saben pilotar sus
coches, lo sé… ¿Pero podrían volver a casa andando? ¿Por dónde se va? Y si llegaran
a casa, ¿se acordarían de usar los controles manuales para abrir la puerta? ¿Cuántos
de ustedes ni siquiera saben su propia dirección?
Una vez más silencio, al menos al principio. Pero entonces alguien gritó. La
cámara mostró a un hombre de pie ante su asiento, un hombre vestido con una de las
variantes de ópera cómica del uniforme de los Cabezas de Hierro.
—¿Y qué? —gritó—. No conozco mi dirección. ¡Qué gran cosa! ¡Todo lo que
necesito saber es que soy el ser humano! ¡Soy el que está arriba! Tengo una buena
vida gracias a los robots. ¡No quiero perderla!
Hubo un clamor de vítores y aplausos, procedentes en su mayoría del fondo de la
sala. La imagen volvió a mostrar a Fredda que se retiraba del atril y aplaudía también,
despacio, fuerte, irónicamente, hasta mucho después de que todo el mundo hubiera
cesado de hacerlo.
—Enhorabuena —dijo—. Usted es el ser humano. Estoy segura de que se
enorgullece de ello, o debería. Pero si Simcor Beddle le ha enviado a interrumpir mi
discurso, puede volverse y decirle al líder de los Cabezas de Hierro que me ha
ayudado a reforzar mi argumento. Lo que me preocupa es que casi parece orgulloso
de su propia ignorancia. Eso me parece terriblemente peligroso, y muy triste.
»Dígame una cosa. No sabe dónde vive. No sabe hacer gran cosa. No sabe hacer
casi nada. Entonces, por los siete círculos del infierno, ¿para qué demonios sirve? —
Dejó de mirar al hombre y se dirigió a todo el público—. ¿Para qué servimos? ¿Qué
hacemos? ¿Para qué valemos los humanos?
»Miren a su alrededor. Consideren su sociedad. Miren el lugar de los humanos en
ella. Somos zánganos, poco más. Apenas hay un aspecto de nuestras vidas que no
haya sido confiado al cuidado de un robot. Al entregarles nuestros trabajos, les
entregamos nuestro destino.
»¿Para qué servimos los humanos? Esa es la pregunta, la auténtica pregunta. Y el
uso que hacemos de los robots nos ha proporcionado una terrible respuesta, una
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respuesta que nos condenará si no actuamos.
»Porque aquí, ahora, debemos aceptar la verdad, amigos míos. Y la verdadera
respuesta a esa pregunta es que los humanos no servimos para mucho.
Fredda inspiró profundamente, recogió sus notas y se retiró del atrio.
—Perdónenme si termino esta conferencia con una nota triste, pero creo que es
algo que debemos aceptar. He señalado los problemas que deseaba recalcar. En mi
próxima conferencia les ofreceré mis ideas sobre las Tres Leyes de la Robótica, y una
solución para los problemas a los que nos enfrentamos. Creo que no es aventurado
decir que podrá resultar interesante.
Y con eso, la grabación se apagó, y Alvar Kresh se quedó a solas con sus propios
pensamientos.
Ella no podía tener razón. No podía.
Muy bien, pues. Asumió que estaba equivocada. Entonces, ¿para qué servían los
humanos?
—Bien, Donald, ¿qué te parece?
—Debo confesar que me parece una conferencia perturbadora.
—¿Cómo es eso?
—Bueno, señor, implica claramente que los robots son malos para los humanos.
Kresh hizo un gesto de desdén.
—Todos esos argumentos son muy, muy viejos. No hay nada que no hubiera
escuchado antes. Habla como si toda la población de Hades, de Inferno, estuviera
compuesta por incompetentes indolentes. Bueno, yo sí sé encontrar el camino a casa.
—Es cierto, señor, pero me temo que podría ser parte de una minoría.
—¿Qué? Oh, venga. Ella hizo que pareciera que todo el mundo es un completo
incompetente. No conozco a nadie tan inútil.
—Señor, si puedo hacer la observación, la mayoría de sus conocidos son agentes
de la ley, o trabajadores de campos relacionados con su labor como sheriff.
—¿Adónde quieres llegar?
—El trabajo policial es uno de los pocos campos en que los robots sólo pueden
ofrecer ayuda marginal. Un buen oficial de policía debe ser capaz de pensar y actuar
con independencia, estar dispuesto a cooperar en grupo, a tratar con toda clase de
gente, y poder trabajar sin robots. Sus oficiales deben ser individuos decididos,
seguros de sus cualidades, dispuestos a soportar cierta cantidad de peligro físico… tal
vez incluso a saborear los estímulos del peligro. Sugeriría que los oficiales de policía
son una muestra bastante atípica de la población. Piense por un momento no en sus
oficiales, sino en la gente que tratan. Las personas que acaban siendo las víctimas en
los informes policiales. Sé que no las tiene en muy alta estima. ¿Hasta qué punto son
competentes y capaces? ¿Cuánto dependen de sus robots?
Alvar Kresh abrió la boca como para protestar, pero se detuvo, frunció el ceño, y
reflexionó.
—Comprendo tu argumento. Ahora me has dejado muy preocupado, Donald.
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—Mis disculpas, señor. No pretendía…
—Relájate, Donald. Eres lo bastante sofisticado para saber que no has causado
ningún daño. Me has hecho pensar, eso es todo —señaló el televisor—, como si ella
no lo hubiera hecho ya.
—Sí, señor, así es. Pero si puedo sugerírselo, señor, es hora de acostarse.
—Desde luego. No puedo estar cansado para el gobernador, ¿verdad? —Alvar se
levantó y bostezó—. ¿Qué demonios querrá que no puede esperar a más tarde?
Alvar Kresh se encaminó cansinamente hacia su dormitorio, temiendo el
encuentro de la mañana. Fuera lo que fuese lo que quería el gobernador, era
improbable que se tratara de una buena noticia.
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Simcor Beddle estaba despierto, revisando pensativamente los resultados de la acción
de los Cabezas de Hierro contra Ciudad Colono. No eran buenos. Los oficiales del
sheriff Kresh eran expertos en su trabajo. Demasiados arrestos, muy pocos daños, y
lo peor de todo, la publicidad era mala. Hacía que los Cabezas de Hierro parecieran
unos ineptos.
Muy bien, era hora de buscar otra táctica. Una forma de tratar con los malditos
colonos sin que la gente de Kresh pudiera interferir.
Espera un momento. Lo tenía. La siguiente conferencia de Leving. Si su
información era remotamente digna de confianza, el lugar estaría a rebosar de
colonos. Sí, sí. Un altercado allí sería lo aconsejable.
¿Pero y la publicidad? No tenía mucho sentido preparar una revuelta si nadie se
enteraba. Beddle se arrellanó en su silla y miró al techo. La primera conferencia de
Leving no había atraído a mucha gente, aunque hubiese debido hacerlo, dado el
sedicioso material que había presentado. Tal vez esa era la clave. Sembrar unos
cuantos informes aquí y allá, veraces y falsos, sobre lo que ella dijo entonces. Tal vez
podría conseguir que algunas fuentes dignas de crédito dejaran caer especulaciones
incendiarias sobre qué demonios estaba haciendo Fredda Leving en el hospital.
Sí, sí. Eso era. Bien distribuidos, los informes sobre su primera conferencia
deberían lograr que la sala estuviera llena para la segunda, y que hubiese cobertura
televisiva en directo.
Si actuaban entonces, nadie podría dejar de prestar atención. Simcor Beddle hizo
un gesto a su secretario robot para que se acercara, y empezó a dictar, fijando los
detalles. Todo saldría a la perfección.
Alvar Kresh entró en el despacho del gobernador, sintiéndose mucho más alerta y
despierto de lo que en realidad podía estar, como si su cuerpo se estuviera
acostumbrando a la idea de no dormir bien.
El gobernador se levantó y cruzó la mitad del despacho, ofreciendo su mano a
Alvar mientras se acercaba. Grieg parecía descansado, atento. Iba vestido con un traje
negro y gris de corte bastante conservador, como si intentara parecer lo más viejo
posible. Ese era sin duda el motivo, dada la elección de Grieg para el cargo con su
casi escandalosa juventud.
El despacho de Grieg era tan opulento como Alvar recordaba, pero faltaba algo en
él desde su última visita, algo que ya no estaba allí. ¿Qué era?
—Gracias por venir tan temprano, sheriff —dijo el gobernador mientras
estrechaba la mano de Alvar.
«Como si su convocatoria hubiera sido una invitación y no una orden», pensó
Alvar. Pero las palabras corteses eran significativas en sí mismas. El gobernador no
sentía a menudo la necesidad de ser amable con Alvar Kresh.
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Alvar estrechó su mano y lo miró a los ojos. No había duda. El hombre quería
algo de él, necesitaba algo.
—Es un placer estar aquí —mintió Alvar amablemente.
—Dudo que ese sea el caso —dijo Grieg con una franca sonrisa de político, una
sonrisa nacida tras demasiados años de hacer promesas—. Pero le aseguro que era
necesario. Por favor, siéntese, sheriff. Dígame, ¿cómo va la investigación sobre el
ataque a Fredda Leving?
«No hay nada como ir derecho al grano», pensó Kresh torvamente.
—Es pronto todavía. Hemos recogido un montón de información, y en gran parte
parece contradictoria. Pero era de esperar. Sin embargo, hay una cosa que podría
hacer para facilitarnos un poco el trabajo, señor.
—¿Qué puede ser?
—Despida a Tonya Welton. Debo admitir que no conozco el aspecto político de la
situación, pero le aseguro que introducirla en el caso nos ha complicado las cosas. No
puedo ver por qué quería usted que cooperara.
—¿Por qué quería yo que cooperara? Fue ella quien lo pidió. Su gente puede
tener una conexión con Laboratorios Leving, ¿pero para qué iba a querer yo que
colaborara con la policía local? No, la idea fue suya, e insistió mucho. Dejó bien
claro que el precio político sería muy alto para Inferno si no le permitía acceder a la
investigación. De hecho, fue ella quien primero me habló del caso. Me llamó a casa
la noche en que sucedió y solicitó colaborar.
Alvar Kresh frunció el ceño, confundido. Dada la velocidad con que Tonya
Welton había llegado al lugar del crimen, o tenía que significar que supo del ataque
casi antes de que el robot de mantenimiento llamara para informar del mismo. ¿Cómo
lo había descubierto?
—Ya veo. He de admitir que ella más bien dio a entender que fue idea de usted.
—Decididamente no. Y en cuanto a despedirla, tal como usted lo expresa, me
temo que la situación política es demasiado delicada. Lo siento mucho, pero tendré
que pedirle que soporte su intromisión. Creo que comprenderá por qué después de ver
lo que quiero que vea.
El gobernador señaló una silla de aspecto severo. Alvar se sentó, enfrentado al
centro vacío de la habitación. Donald lo siguió un par de pasos por detrás de él y se
colocó tras la silla. Grieg se sentó ante una consola de control situada frente a Alvar,
Eso era, advirtió el sheriff. Miró alrededor y confirmó su sospecha. No había ningún
robot. El gobernador no tenía ningún robot auxiliar en su despacho privado. Eso sí
que era un detalle escandaloso. ¡Ningún robot! Fredda Leving era una cosa, ¿pero y
el propio gobernador? Aunque la situación política del momento hubiera sido calma y
tranquila, esa noticia habría sido impactante, como si Grieg se hubiera presentado en
público sin pantalones. Con una presencia tan acusada de colonos, eso resultaba
antipatriótico.
Pero no era momento de hablar de ese tema con el gobernador. Tal vez había visto
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aquella conferencia de Fredda Leving, o tal vez sabía algo más. Pero Grieg estaba
inclinado sobre la unidad de control, concentrado. «Es mejor prestar atención» se dijo
Alvar.
—Esto es una unidad simglobo —dijo el gobernador, un poco ausente, fijándose
en los controles que tenía delante—. Tal vez haya visto alguna antes, o una grabación
de una simulación hecha por alguna. De hecho, estoy seguro de ello. Es un modelo
colono, mucho más sofisticado que nuestras propias unidades. Es un regalo de Tonya
Welton… y antes de que entre en sospechas, fue comprobado concienzudamente por
nuestra gente, y programado por los nuestros. No ha sido manipulado de ninguna
forma.
—¿Y qué me mostrará? —preguntó Alvar.
El gobernador terminó de ajustar los controles y miró a su invitado, el rostro
súbitamente sombrío.
—El futuro —respondió con una voz plana y sin emoción que provocó un
escalofrío a Alvar.
Las ventanas se volvieron opacas, y las luces de la habitación se amortiguaron
hasta apagarse. Tras un instante, una tenue bola de luz se materializó en el aire entre
Alvar y Kresh. Cobró nitidez rápidamente, hasta que pudo ser reconocida como el
globo de Inferno. A su pesar, Alvar contuvo la respiración. Hay pocos espectáculos
tan hermosos para el ojo humano como un mundo viviente visto desde el espacio.
Inferno era maravilloso y aturdidor, una gema blanquiazul resplandeciente en el
vacío.
Estaba en semifase desde el punto de vista de Alvar, el límite de iluminación
cortaba la gran isla ecuatorial de Purgatorio. Casi la totalidad del hemisferio Sur de
Inferno era agua, aunque había sido terreno árido antes de que los proyectos
terraformadores dieran sus mares a este mundo.
Ocupaba el tercio norte del mundo una sola masa de tierra, el continente de Terra
Grande. Incluso en verano, las regiones polares de Terra Grande estaban cubiertas por
un impresionante casco de hielo. En los meses de invierno, el hielo y la nieve podían
llegar hasta el mar.
Al norte de Purgatorio un gran tajo semicircular cortaba la costa Sur de Terra
Grande, la cicatriz visible del impacto producido por un asteroide varios millones de
años atrás, oculto por el agua, el arco del borde del cráter se introducía en el mar,
formando una hondonada circular. Purgatorio era el promontorio central del cráter
semisumergido. El nombre del gran cráter lleno de agua era, simplemente, la Gran
Bahía.
Nubes y remolinos se retorcían en los mares del Sur, y los tonos verdes, marrones
y amarillos del continente norte quedaban medio ocultos bajo las nubes. Puntos de
luz fluctuaban en mitad de la tormenta en las montañas noroccidentales, mientras que
el borde oriental de la Gran Bahía carecía de nubes y brillaba cegadoramente, los
desiertos costeros resplandecían al sol y la vegetación de los bosques y pastos
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formaba un verde más oscuro y rico.
En la oscuridad que antecede al amanecer, al suroeste de la Bahía, Alvar pudo
distinguir las luces de Hades, un brillo pequeño y débil.
—Es una panorámica en tiempo real de nuestro mundo tal como es hoy —
anunció la voz de Grieg desde el otro lado del globo, que ahora daba la impresión de
ser sólido—. Llegamos a un mundo sin agua con una atmósfera irrespirable. Le
dimos agua y oxígeno. Cada gota de agua de esos océanos la produjimos nosotros.
Cada molécula de oxígeno en el aire existe porque nosotros rehicimos este mundo.
Sacamos el agua de las rocas y el suelo e importamos cometas y meteoros helados de
los confines de este sistema solar. Sembramos vida vegetal en el mar y en la tierra, y
le dimos a este mundo aire respirable. Hicimos que un mundo floreciera. Pero ahora
la flor se está marchitando.
»A continuación verá usted Inferno como será, si confiamos simplemente en
nuestras habilidades, usando sólo nuestras estaciones terraformadoras y nuestra
tecnología y seguimos como hasta ahora. Primero, para que le resulte fácil
observarlo, quitaré la atmósfera, la capa de nubes, y el ciclo día-noche.
De repente, el globo medio iluminado se encendió por completo, y las tormentas
y la bruma se desvanecieron. El holograma había parecido un mundo real hasta ese
instante, pero, despojado de sombras y nubes, se convirtió en poco más que un mapa
de alta precisión, un globo detallado. Aunque de manera irracional, Alvar sintió un
retortijón de pérdida incluso entonces. Algo hermoso había desaparecido, y supo, sin
duda ninguna, que la imagen superviviente del mundo se volvería aún más fea.
—Ahora déjeme añadir unos cuantos gráficos suplementarios —dijo la voz de
Grieg. Una serie de gráficos de barras y otras imágenes aparecieron sobre el globo,
mostrando el estado de los bosques, el mar y la biomasa terrestre, las temperaturas,
los gases atmosféricos y otra información.
»Avanzaré la simulación al ritmo de un año estándar cada diez segundos —dijo
Grieg—, y mantendré el hemisferio occidental de forma que pueda usted ver el
destino de Hades. —Una mancha blanca apareció en la posición apropiada al borde
de la Gran Bahía—. Ese es el emplazamiento de Hades. —El gobernador guardó
silencio y dejó que el simglobo contara su propia historia, una parte en imágenes
directas y otra en lecturas y gráficos.
Los océanos murieron primero. Los depredadores de la cima de la cadena
alimenticia se alimentaron hasta aniquilar las especies situadas en la zona media de la
cadena, los peces y otras criaturas que se alimentaban los unos de los otros y de las
diversas especies de plancton. Cuando su suministro de alimentos se agotó, los
grandes depredadores se extinguieron también.
Sin control sobre su reproducción, los siguientes fueron el plancton y las algas del
océano. Se reprodujeron sin medida y los océanos se volvieron de un verde enfermizo
y espectral. Luego los mares se pusieron marrones cuando las algas murieron
también, tras haber agotado su propio suministro alimenticio y absorbido
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virtualmente cada molécula de dióxido de carbono. Sin vida animal en el océano, la
vida vegetal de todas partes, en el mar y en la tierra, se mostró ávida de dióxido de
carbono. La pérdida del gas invernadero significaba que Inferno podía conservar cada
vez menos calor. El planeta empezó a enfriarse.
Alvar siguió observando cómo el planeta quedaba estrangulado por el hielo,
testigo reticente de la inminente destrucción de su propio mundo. El agua, el agua era
la clave. Ningún mundo podía sobrevivir sin ella, pero no servía para nada bueno, y sí
podía hacer mucho daño, en el estado inapropiado, en el lugar equivocado. Entonces
el problema era la capa de hielo. La línea del mapa mostró el tamaño del casquete
polar, aunque Alvar podía verlo crecer. El hielo avanzó, y los bosques del norte
cayeron ante él, las grandes zonas de árboles y murieron en el aire demasiado frío,
carente de dióxido de carbono. Siendo el contenido de oxígeno de la atmósfera
demasiado alto, y con la sequía imperante, los incendios forestales se declararon por
todas partes, mientras el hielo avanzaba hacia el Sur.
El blanco hielo reflejaba más calor y luz que los bosques, y la tendencia al
enfriamiento planetario se cerró sobre sí misma, se reforzó.
Pero el enfriamiento no fue universal: Alvar pudo verlo. Mientras los bosques
morían y el hielo avanzaba y la temperatura planetaria general descendía, las
temperaturas locales caían en unas zonas y subían en otras. La pauta de los vientos
varió. Las tormentas se hicieron más violentas. Huracanes de nieve semipermanentes
se instalaron a lo largo de la costa Sur de Terra Grande, mientras que Purgatorio se
volvía semitropical, Pero el hielo seguía avanzando, acercándose más y más al Sur,
convirtiendo el agua en nieve y hielo, agua que tendría que haber fluido de vuelta al
océano Sur.
El nivel del mar descendió. Los océanos de Inferno, que ya nunca habían sido
demasiado profundos, retrocedieron a increíble velocidad mientras el hielo se hacía
cada vez más espeso en el Norte. Empezaron a aparecer islas en el océano Sur. Las
aguas siguieron retirándose, hasta que la Gran Bahía reveló su verdadera forma de
cráter sumergido. Ahora era un mar circular, rodeado de tierra por todas partes. La
masa de hielo siguió avanzando y la ciudad de Hades desapareció bajo ella.
De repente, la simulación se detuvo.
—Está viendo este mundo tal como será dentro aproximadamente de setenta y
cinco años estándar. Para entonces, no habrá más vida en este planeta que nosotros.
Algunos pocos ejemplares de alguna que otra especie podrían sobrevivir en zonas
aisladas, pero el mundo en conjunto estará muerto. —Alvar oyó una risa sombría y
sepulcral en la oscuridad—. Para cuando esto suceda, supongo que los humanos
podremos ser considerados también un resto en una zona aislada.
—No comprendo —protestó Alvar, hablando a la voz sin rostro del gobernador
—. Creía que el peligro procedía del crecimiento de los desiertos, que el planeta se
calentaba y los casquetes polares se derretían.
—Eso es lo que creíamos todos —dijo el gobernador amargamente—. Los
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esfuerzos ilusorios que mi predecesor emprendió para corregir la situación estaban
basados en cálculos y predicciones a ese efecto. Se suponía que los desiertos
crecerían, que los casquetes polares desaparecerían por completo y el nivel del mar
aumentaría. En mis archivos hay planes para construir diques alrededor de la ciudad y
contener las aguas.
Alvar oyó al gobernador apartarse de la consola. Rodeó el simglobo, se colocó
junto a la silla del sheriff y contempló el mundo medio congelado.
—Tal vez estoy siendo injusto. La situación es muy compleja. Si una o dos
variables se alteraran levemente, sería el mar, y no el hielo, lo que vencería la ciudad.
De hecho, el primer paso de nuestro plan terraformador revisado es inclinar la
balanza hacia el panorama de los desiertos y las inundaciones costeras… es una
catástrofe menos dramática que la Edad de Hielo a la que nos enfrentaremos de lo
contrario. Todavía no ha visto lo peor.
—¿Pero por qué volver al panorama desértico? ¿Por qué no intentar ir hacia un
terreno intermedio y estable?
—Una pregunta excelente. La respuesta es que nuestra situación actual es el
resultado de apuntar hacia un estado intermedio, estado intermedio que tal vez no
alcancemos.
—No comprendo. —El gobernador suspiró, el rostro tenuemente iluminado por la
imagen de un mundo moribundo.
—El plan de trabajo para una ecología estable y confortable para los humanos no
se trazó adecuadamente desde un principio, y ahora pagamos el precio. Un mundo
bien terraformado, o cuando se ve perturbado de algún modo, tiende siempre hacia
ese cómodo estado intermedio. Aquí no. Se supone que la vida es un factor
moderador del entorno de un planeta, que sirve para suavizar los extremos. Pero la
fuerza de la vida en Inferno se está debilitando, y un sistema debilitado se mueve
hacia los extremos. Lo que deberíamos ver como una ecología terrestre «normal» se
ha convertido, en Inferno, en anormal, el punto inestable de transición entre dos
estados estables: una Edad de Hielo o un continente árido con altos niveles marinos.
De los dos estados estables, nos encaminamos al hielo, y eso nos matará.
»Crear un Inferno con una Terra Grande casi desierta y medio inundada puede
que sea lo mejor que logremos hacer, sólo nos debilitará. Si podemos forzar la
tendencia hacia los desiertos, entonces la vida al menos sobreviviría en este planeta,
aunque nuestra civilización se derrumbe.
—¿Cuando nuestra civilización se derrumbe? —gritó Alvar lleno de asombro—.
¿Qué está diciendo? ¿Va a suceder eso realmente? —Grieg suspiró, un sonido
cansado de resignación.
—Supongo que debería decir «si» en vez de «cuando», pero he estado leyendo
una serie de informes clasificados que sugieren que el derrumbe es mucho más
probable de lo que nadie imagina. Cuando la cosa empeore, la gente empezará a huir.
No todo el mundo podrá conseguirlo. Habrá muy pocas naves disponibles. Los
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precios serán altos. Algunas personas morirán, y muchas más se marcharán. Dudo
que quede una población suficientemente grande para mantener en funcionamiento la
sociedad, ni siquiera disponiendo de robots. Tal vez toda la gente muera, pero los
robots sobrevivan. ¿Quién sabe?
El gobernador pareció recobrarse un poco. Se irguió, miró a Alvar y habló con
voz más firme, más controlada.
—Perdóneme. Tengo muchas cosas en la cabeza.
Chanto Grieg caminó de un lado a otro delante de Alvar, intentando ordenar sus
pensamientos.
—Estamos en una situación extrema, sheriff —dijo por fin—. Los temas políticos
y sociales están entrelazados con los problemas ecológicos. Al atender la ecología,
debemos suponer que los supervivientes no podrán hacer nada para salvar el planeta,
más allá de los esfuerzos que nosotros hagamos. Nadie sobrevivirá a la Edad de Hielo
resultante. Al desierto, sí. Así que forzaremos el planeta a regresar al desierto, y si
tenemos la oportunidad, intentaremos terraformar a partir de ahí. Eso será preferible a
nuestro futuro actual. —Grieg señaló el simglobo.
—Pero la Edad de Hielo no parece tan mala —objetó Alvar.
—No olvide que he detenido el programa. Pero sí, podríamos sobrevivir, aunque
ignoremos el terrible crimen de permitir que el planeta muera. —El gobernador
contempló el globo, pensativo—. Visto a escala global, ni siquiera el hielo inundando
la ciudad es un problema infranqueable. Podríamos construir una cúpula, o
enterrarnos bajo tierra, como hacen los colonos. Pero este no es el final de la historia.
El gobernador se volvió y se perdió de nuevo en la oscuridad. Alvar lo oyó teclear
nuevas órdenes en la consola y se sorprendió al pensar que botones e interruptores
eran una forma típicamente colona de hacer las cosas. ¿Por qué no órdenes vocales, o
una interfase para permitir que un robot manejara la maquinaria?
Pero sabía que su mente buscaba formas de evitar aceptar la realidad que Grieg le
estaba mostrando. «¿Qué tiene que ver todo esto conmigo? —se preguntó, incómodo
—. Sólo soy un policía que persigue a delincuentes. No estoy arruinando el planeta».
Pero incluso mientras se decía estas cosas, Alvar sabía que la realidad era otra. Y
todo esto bien podría tener mucho que ver con él.
Chanto Grieg fijó los controles del simglobo para que avanzaran en el tiempo.
Los casquetes polares se hicieron más grandes, los mares retrocedieron aún más.
—Este es el punto de crisis —dijo—, dentro de ochenta y cinco años estándar.
Los mares retroceden tanto que descubren las tierras altas del Polo Sur.
El simglobo giró la región polar citada hacia Alvar, quien pudo ver la masa
terrestre emergiendo del agua, formando al instante su propio casquete helado.
—Las tierras polares están ocultas bajo el mar, pero a un nivel mucho más alto
que las tierras bajas circundantes. Cuando el nivel del mar descienda lo suficiente,
emergerá el continente polar.
»Y eso es lo que nos condenará a todos. Ha habido hielo sobre el océano Polar
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Sur siempre, pero el agua bajo el hielo ha podido fluir libremente. Las pautas de
circulación son complejas, pero el efecto de las corrientes es que las aguas antárticas
han podido mezclarse con las aguas de las zonas templadas y ecuatoriales. El agua
caliente se enfría y la fría se calienta. Pero cuando ambos polos están cercados, las
corrientes oceánicas del planeta cambian violentamente. El agua ya no fluye a través
de ninguna región polar, y así las corrientes oceánicas no podrán moderar la
diferencia de temperatura entre el Polo Sur y la región ecuatorial. Los océanos ya no
tienen sitio para descargar su calor. Lo que eso significa es que las temperaturas de
las regiones polares del Sur caen rápidamente y la temperatura de las zonas
ecuatoriales y templadas sube. El volumen absoluto de agua en los océanos se reduce
enormemente, lo que significa que estos simplemente no pueden contener tanta
energía calorífica.
»La temperatura del aire aumenta. Las tormentas se vuelven más y más violentas.
El agua en estado líquido de los océanos hierve, mientras que los polos se vuelven
aún más fríos. Dentro de ciento veinte años, el agua de este planeta estará
concentrada en enormes casquetes polares en los dos polos. Hará tanto frío allí que se
formarán lagos de nitrógeno líquido. Pero las regiones templadas y el ecuador serán
un horno.
»Las temperaturas diurnas normales en el emplazamiento de Hades serán de unos
veinte grados bajo cero en la escala de Celsius. En el ecuador alcanzarán los ciento
cuarenta sin ningún problema. Sin agua, con las temperaturas tan altas, la vida
vegetal que quede morirá. Sin ella para devolver oxígeno al aire, la atmósfera perderá
todo su oxígeno respirable, ya que diversas reacciones químicas harán que este se
asimile a las rocas y al suelo. Otras reacciones químicas absorberán el nitrógeno que
no se congele en las regiones polares. La presión atmosférica bajará drásticamente.
Sin el aislamiento termal producto de una atmósfera densa, la capacidad del planeta
para contener calor en el ecuador menguará. Las temperaturas ecuatoriales caerán,
hasta que todo el planeta se convierta en un páramo helado y sin aire, mucho más
hostil a la vida que antes de la llegada de los humanos. Ese es el pronóstico actual
para el planeta Inferno.
Alvar Kresh miró horrorizado la imagen del mundo helado, marchito y muerto
que gravitaba ante él. Todos los tonos verdes y azules habían desaparecido. El planeta
era un desierto de color de arena, con ambos polos enterrados bajo una gran capa
blanca y brillante. Kresh descubrió que tenía los dedos engarfiados en los brazos de
su silla, y que su corazón latía rápidamente. Se obligó a relajarse, inhaló
profundamente en un esfuerzo por calmarse.
—Está bien —dijo, aunque estaba claro que no era así—. Está bien. Sabía que
había problemas, aunque no sabía que fueran tan graves. ¿Pero qué tiene todo eso que
ver conmigo? —preguntó en voz baja.
El gobernador encendió las luces y se retiró de la consola.
—Es muy simple, sheriff Kresh. Política. Todo se reduce a una cuestión de
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política y a las cualidades de la naturaleza humana. Yo podría iniciar un ataque
frontal, intentar que todos me apoyaran, conseguir que todos los infernales se unieran
para salvar el planeta. Para hacerlo, tendría que mostrar lo que ha visto, por el bien de
todo el planeta. Emitirlo a través de todos los medios disponibles. Algunas personas
aceptarán los hechos. Pero no todas. Probablemente ni siquiera la mayoría.
—¿Qué harían los demás? —preguntó Kresh.
—No, no. Piénselo un momento. Piénselo, y dígame qué harían. —Alvar Kresh
contempló de nuevo el cadáver marchito y reseco del planeta. ¿Qué harían? ¿Cómo
reaccionarían? Los viejos tradicionalistas que ansiaban las glorias del pasado; los
Cabezas de Hierro; la gente menos radical (como él mismo) que veía un plan colono
bajo cada piedra. Los que simplemente se sentían cómodos con el mundo y con sus
vidas tal como estaban y se oponían a ningún cambio ¿qué harían?
—Negarlo —dijo por fin—. Habría revueltas, y solicitudes de dimisión y un
montón de gente exhibiendo estudios para demostrar que está usted equivocado y que
todo va bien. La gente diría que se ha vendido a los colonos más de lo que lo piensan
ahora. De un modo u otro, no creo que terminara su mandato.
—Es usted demasiado optimista. Yo diría que serían pocas las expectativas de que
terminara mi mandato con vida. Pero a la larga, eso no importa. Todos los hombres
mueren. Los planetas no tienen por qué, no deberían morir. No tras sólo unos pocos
siglos de vida. —Grieg dio la espalda a Alvar y se dirigió hacia el extremo opuesto de
su despacho—. Puede que parezca grandilocuente, pero si me relevan de mi cargo y
me sustituyen por alguien que insista en que todo va bien, entonces estoy convencido
de que la ecología de Inferno se vendrá abajo. Tal vez estoy loco, o soy un completo
maníaco egocéntrico, pero creo que será así.
—¿Pero cómo puede no informar al público sobre todo esto?
—Oh, la gente tiene que saberlo, desde luego —dijo Grieg, dándose la vuelta—.
No pretendía dar a entender que voy a mantener esto en secreto. A la larga, sería
imposible. Cualquier intento por silenciarlo estaría destinado al fracaso. Pero lo
mismo sucedería con los esfuerzos por hacer pública esta información de inmediato.
Hoy, el ciudadano medio cree simplemente que el sistema terraformador necesita ser
ajustado un poco, algunas reparaciones y ya está. No comprende por qué nos
humillamos a los colonos sólo por hacer este trabajo.
Grieg recorrió lentamente su despacho, de regreso junto a Kresh.
—Hará falta tiempo para educarlos, para prepararlos en el conocimiento del
peligro. Si la situación se maneja adecuadamente, puedo dar forma al debate, para
que la gente intente decidir cómo reconstruir la ecología, y no pierda el tiempo
preguntándose si hace falta arreglarla. Necesitamos llegar a una mentalidad decidida
y reflexiva, que pueda aceptar el desafío que nos espera. Podemos llegar a ese punto,
estoy seguro.
»Pero tenemos que elegir nuestro camino con cuidado. Por el momento, la
situación es inestable, explosiva. La gente está preparada para discutir, no para
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razonar. Y sin embargo debemos empezar con el programa de reparación ahora, si
queremos tener alguna esperanza de éxito y supervivencia. Y debemos usar las
herramientas más fuertes, más efectivas y más rápidas.
Grieg se acercó a Kresh, todavía hablando y con la mirada animada e intensa.
—En otras palabras, la única esperanza para evitar este desastre se encuentra en
los colonos. Sin su ayuda, este planeta estará muerto dentro de un siglo estándar. Me
veo obligado a aceptar su ayuda, mucho antes de tener tiempo para formar la opinión
pública para que sea aceptada la ayuda de los colonos. He de añadir que los colonos
se ofrecieron a ayudar con ciertas condiciones, que me vi obligado a aceptar. Una de
ellas quedará clara esta noche.
»Pero mi alianza política con los colonos es endeble. Si este caso de asalto
robótico no se cierra pronto y bien, no hay duda que se producirá una explosión
política en este mundo, aunque no estoy seguro de qué forma tomará. Si resulta que
un robot es sospechoso de un crimen, o si se sospecha que los colonos sabotean a los
robots, será difícil, si no imposible, impedir que mis enemigos expulsen a los
colonos. Y si ese movimiento tiene éxito, los colonos se lavarán las manos. Sin su
ayuda, Inferno morirá. Y con los últimos disturbios provocados por los Cabezas de
Hierro, estoy seguro de que están buscando una excusa para marcharse. No podemos
permitirlo.
Grieg siguió caminando, rodeando el holograma del simglobo, rozando con el
hombro la imagen espectral del futuro mundo muerto. Se acercó a Kresh y apoyó las
manos sobre la silla. Se inclinó hacia adelante, tanto que el sheriff sintió el calor del
aliento del gobernador junto a su mejilla.
—Resuelva este caso, Kresh. Resuélvalo rápidamente, y bien. Resuélvalo sin
complicaciones ni escándalos.
Pronunció las últimas palabras en un susurro, la luz del miedo brillando en sus
ojos.
—Si no lo hace, condenará a este planeta.
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11
Tansaw Meldor, uno de los ayudantes veteranos del sheriff, se arrellanó en su asiento.
Contempló pilotar a la joven novata Mirta Lusser el coche aéreo en la oscuridad
previa al amanecer. Era una novata típica, decidió: concienzuda como el infierno,
determinada a hacer su trabajo a la perfección, casi enternecedoramente dedicada al
deber. Había hecho falta una orden directa para que lo llamara por su nombre. Se
tomaba las reglas en serio, y ardía en deseos por hacerlo todo bien.
Lo que significaba que normalmente quería pilotar el coche, cosa que a Meldor le
parecía muy bien. Se había cansado de pilotar en modo manual hacía años. Los
robots no podían dirigir el coche aéreo patrulla de la policía, no cuando tenían el
potencial necesario para causar daño a los humanos. Por eso, los oficiales humanos se
veían obligados a hacer un trabajo de robots, pilotando los malditos aeroautos en vez
de dejar que los robots lo hicieran, como sucedía con los civiles.
La gracia estaba en que los espaciales nunca habían automatizado su equipo,
porque eran los robots quienes iban a operarlo de todas formas. Todo lo que podía
hacerse de forma manual se hacía así, convirtiendo el oficio de pilotar un coche en
algo mucho más complejo de lo necesario. No por primera vez, Meldor deseó poder
usarlos aeroautos de los colonos. Le había echado un vistazo a un par de ellos durante
los incidentes en Ciudad Colono, e incluso había viajado en uno. Los malditos
aparatos podían volar solos, sin necesidad de que un humano o un robot manejara los
controles. Los autopilotos de aquellos artefactos iban mucho más allá de los
rudimentarios sistemas de los coches espaciales.
Pero no, estaban atascados con los controles estilo espacial. En ese caso, le
parecía perfecto tener a Lusser para pilotar, ya que se veían obligados a estar allí
arriba a aquellas horas. ¡Maldito Kresh! ¿Por qué tuvo que convocar a las patrullas de
respuesta rápida? Meldor quería estar en casa, durmiendo en su cama, no allí arriba
viendo cómo el viento soplaba desde el desierto.
En fin, tal vez tuvieran suerte y sucediera algo que mereciera la pena.
Meldor se había perdido el último enfrentamiento con los Cabezas de Hierro. Le
vendría bien un poco de acción.
El amanecer iluminaba el cielo.
Calibán había recorrido la ciudad durante la noche, atravesando cada distrito, por
calles de todo tipo, deambulando por un montón de grandes avenidas vacías y
bulevares. Una parte de él sabía que era peligroso estar en la calle. Tenía que hacerse
cargo de que la gente que le había ordenado que se matase, fueran quienes fuesen, lo
intentaría de nuevo. Tenía que aceptar que había otros que no le deseaban un destino
mejor.
Sabía que debería esconderse, perderse en algún sitio donde nadie pudiera
encontrarlo. Pero no podía hacerlo. Advertía gradualmente que buscaba algo sin saber
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qué era. Un objeto, una idea, un poco de conocimiento que su banco de datos no
contenía. Una respuesta, en definitiva.
No sabía lo que buscaba, y eso le hacía ansiarlo aún más.
Pero el día había llegado. Los robots nocturnos (los trabajadores, los
constructores) daban paso a los robots diurnos. Servidores personales, mensajeros,
conductores de coches aéreos empezaban a aparecer…, y en su estela llegaban
también los humanos, más y más a medida que el día llegaba al centro de la ciudad.
Hasta ahora, ningún robot le había prestado la más mínima atención. Pero los
humanos…, ellos eran el peligro. Tenía que ocultarse. ¿Pero dónde? No tenía ni idea
de qué podía ser un buen escondite, dónde podría estar a salvo.
Volvió a tener uno de aquellos momentos de sensación en que sentía, con un
susurro interno, que sus procesos de pensamiento se torcían. De algún modo, sabía
que el miedo al peligro personal era anormal, algo inaudito en un robot. Era otra
filtración de las emociones que parecían gravitar en los bordes de su banco de datos.
Bien podría ser el primero de su especie en ser un fugitivo.
¿Pero dónde esconderse, y cómo? ¿En las secciones de la ciudad que había
explorado, o en las partes que no había visto todavía?
Se detuvo en la siguiente intersección, junto a la entrada de una especie de
almacén. Consideró sus opciones. Consultó el plano de la ciudad en su banco de
datos, y se dio cuenta, de que le faltaba mucho por ver. Había recorrido grandes
avenidas, pero no había tenido ningún motivo para hacerlo sistemáticamente, bloque
a bloque, calle a calle. Lo que había restablecido a partir de su deambular era que el
plano no era muy detallado, y que distaba mucho de ser completo o preciso. La
ciudad había cambiado desde que lo trazaron. Él mismo había sido testigo de algunos
de esos cambios la noche anterior. Edificios enteros faltaban de la memoria del plano,
o aparecían en él pero ya no existían en la ciudad. Estaba claro que no podía fiarse
del banco de datos.
Tendría que esconderse en la zona de la ciudad que ya había visto, entonces. Pero
incluso allí sus conocimientos eran incompletos. ¿Dónde podría…?
—¡Tú! Ayuda a mi robot con esos paquetes y sígueme a mi coche aéreo.
Calibán se volvió, sorprendido. Había un hombre fornido tras él, seguido por un
robot personal, saliendo del almacén. El robot llevaba un enorme montón de
paquetes, tan alto que no podía ver por encima de ellos.
—Vamos, vamos. Los robots del maldito almacén están repartiendo, y que me
maten si voy a hacer de lazarillo a un robot. —Calibán no se movió. La noche pasada
había aprendido por las malas el peligro de obedecer órdenes a ciegas y el riesgo de
relacionarse con los humanos.
—¿Qué pasa contigo? —exclamó el hombre—. ¿Estás ya bajo otras órdenes,
esperas a tu amo, te dijo que no ayudaras a nadie o algo por el estilo?
—No —respondió Calibán.
—Entonces ayuda a mi robot. ¡Es una orden directa! —Pero Calibán sabía ahora
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que no estaba a salvo siguiendo la corriente, imitando a los otros robots. ¿Y si este
hombre le ordenaba que subiera a su coche aéreo y lo llevaba a algún lugar
desconocido, un lugar fuera del plano de su banco de datos? ¿Y si este hombre estaba
coleccionando robots por el placer de destruirlos, como la mujer de la noche anterior?
Calibán no quería tomar parte en ello. Era mejor marcharse, huir y encontrar un
lugar donde esconderse de todos los humanos. Volvió la espalda al hombre y empezó
a andar.
—¡Eh! ¡Ven aquí!
Pero la lección de la noche anterior estaba marcada a fuego en el cerebro de
Calibán. Ignoró decididamente al hombre y continuó caminando. De repente, una
mano le agarró el brazo. El hombre intentaba detenerlo. Calibán se liberó. El hombre
estiró de nuevo la mano, pero Calibán lo esquivó. Por fin, decidió correr. Había
muchas cosas que no entendía, pero sabía que no quería permanecer en aquel lugar
más tiempo del necesario. Sin mirar atrás, Calibán salió a la calle, aumentó el ritmo
de sus pasos hasta echar a correr y se perdió avenida abajo.
Centor Pallichan contempló asombrado cómo el gran robot rojo se marchaba
corriendo. Pallichan estaba completamente aturdido y algo más que molesto. ¡El
robot había rehusado una orden directa, y además se había zafado de su presa! Eso
era conducta violenta, violencia contra un ser humano, y desobediencia por
añadidura. Con dedos temblorosos, no del todo seguro de lo que estaba haciendo,
Pallichan sacó su teléfono de bolsillo, lo abrió, y marcó el código de emergencia de la
policía.
Se llevó el pequeño teléfono al oído. Hubo un segundo de silencio, y entonces
apareció el robot operador.
—Línea de emergencia de la Oficina del Sheriff. Por favor, declare la naturaleza
de su problema. —Era una voz suave, calmada, perfectamente modulada. Tranquilizó
la agitada mente de Pallichan, lo ayudó a pensar con claridad, como sin duda
pretendía.
—Deseo informar de una avería importante en un robot. Un robot grande, rojo
metálico, acaba de rehusar una orden directa mía, y se me ha escabullido cuando lo
he cogido por el brazo. Escapó corriendo.
—Ya veo. Establezca su situación actual. Señor, ¿en qué dirección se movía
cuando huyó?
—Ah, oh, veamos. —Pallichan tuvo que pensar un momento. Tuvo que
esforzarse por evitar la confusión—. Al norte —dijo por fin—. Hacia el norte desde
aquí, en dirección al bulevar Aurora.
—¿En la dirección de la Torre Gubernamental? —preguntó la atenta voz robótica.
Pallichan miró la avenida y vio la Torre.
—Sí, sí, eso es. —El robot encargado debió de consultar un sistema de planos y
haber localizado un punto de referencia que Pallichan pudiera usar para confirmar
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posición y dirección. Los policías eran muy listos y hacían que los robots verificaran
las cosas de aquella manera.
—Gracias por su informe, señor. Un coche aéreo de respuesta rápida se dirige a
investigar. Buenos días.
La comunicación se cortó, y Centor Pallichan cerró su teléfono. Volvió a
guardárselo en el bolsillo con una orgullosa sensación de civismo. Condujo a su
robot, que todavía cargaba pacientemente con los paquetes, hacia su coche aéreo, y
consiguió meterlo todo a bordo sin la ayuda de otros robots.
Unos minutos más tarde, cuando su robot se hizo con los controles del aparato y
se dirigía a casa, Pallichan se preguntó por qué la policía se había mostrado tan
dispuesta a escucharlo. ¿Por qué creyeron algo tan descabellado como el informe de
un robot descarriado? ¿Por qué no había intentado el receptor confirmar lo que debía
haber parecido el informe de un lunático?
Con un escalofrío de terror, advirtió que era casi como si el robot receptor hubiera
estado esperando la denuncia de un robot descarriado. Pallichan ni siquiera deseaba
considerar las implicaciones de esa idea. No, no, era mucho mejor apartar todo el
asunto de su mente. Una vida tranquila lo esperaba. Tratar con la policía ya era
bastante desagradable.
—¡Mensaje de prioridad! —Las palabras surgieron de la boca del oficial veterano
Meldor casi antes de que fuese consciente de que la luz de alerta se había encendido.
Eso era lo que podía lograrse con entrenamiento, se dijo. Permitía actuar, y actuar
bien, antes incluso de que estuviera uno seguro de lo que había sucedido. Examinó el
texto del mensaje, permitiendo a la oficial Lusser que centrará toda su atención en
conducir el coche, escogiendo los datos necesarios para llegar a su destino. No hacía
falta distraerla con nimiedades en el preciso instante en que se requería que hiciera
maniobras intrincadas.
—¿De qué se trata, Tansaw? —interrogó Mirta Lusser.
—Un robot descarriado, dirección norte por Aurora a partir de la intersección. —
Meldor comprobó sus vectores y emplazamiento—. Dirígete hacia el 045 —dijo.
Pero el coche aéreo viraba ya hacia el nordeste. Ella lo había calculado
mentalmente. Lusser era un buen piloto, decidió Meldor, siempre sabía dónde se
hallaba y cómo llegar a cualquier sitio.
—Maldición, Meldor, ¿un robot descarriado? ¿Significa eso que los malditos
rumores son reales?
—A menos que los polis no sean los únicos que los han oído —dijo Meldor
sombríamente—. Si los civiles se han enterado de lo mismo que nosotros, algunos
podrían ponerse muy nerviosos, y no les echo la culpa. La gente va a empezar a ver
cosas.
—Maravilloso —dijo Mirta—. Eso no va a facilitarnos el trabajo. Agárrate,
estaremos sobre nuestro destino dentro de diez segundos.
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Centor Pallichan no podía creer la que había sucedido. Había visto (y había
hablado) con un robot loco. Al menos, se había convencido de que eso era lo que
había ocurrido. No del todo inconscientemente, repasaba el encuentro para contárselo
a sus amigos, ampliando un poquito su propia perspicacia y astucia. Era fácil hacerlo
ahora que todo había terminado. El momento en sí no tuvo mucha emoción. Fue
después, la llamada a la policía, lo que puso un escalofrío de excitación y peligro en
su espina dorsal. Tal vez había personas para quienes la experiencia de llamar a la
policía no constituía una gran aventura, pero era la acción más atrevida que Pallichan
había emprendido en su vida, y no se sentía culpable de saborear el momento.
Pero era hora de volver a la normalidad, decidió, de forma un poco pedante. Sí,
era hora de dejar que su robot lo llevara a casa, hora de volver al orden tranquilo y
natural de las cosas. Ya se imaginaba el ordenado y silencioso ritual del almuerzo,
siempre la misma comida, servida de la misma manera, a la misma hora. Sus robots
sabían cuánto valoraba el orden y la regularidad, y sin duda su piloto robot ya había
informado al personal de la casa sobre el ajetreo de hoy. Sin duda los robots se
encargarían de que el resto del día fuera más ordenado que de costumbre, en
recompensa por lo que acababa de experimentar.
Sin embargo, pensó, no había nada malo en tener una historia que contar. ¡El
encontronazo de Centor con un robot loco! Podía imaginar el murmullo de excitación
que eso provocaría en su círculo de amistades. En pocos segundos, perdió de vista el
mundo real; su imaginación exageró alegremente el peligro y la escena de su
encuentro con el robot… y su propio valor al tratar con él. Era un ejercicio mental
bastante atrayente y que le permitió descubrir que empezaba a relajarse de nuevo.
Se preguntó cuál sería la consecuencia del suceso, qué le sucedería al robot en
cuestión.
Pero entonces la realidad presente se interpuso en su repaso del pasado reciente.
Un veloz destello azul adelantó a su coche.
Centor vio con la boca abierta, aterrado, cómo lo adelantaba un coche aéreo de la
Oficina del Sheriff. Entonces pasó otro, y otro, por estribor… otros dos incluso
pasaron por debajo de su coche, violando todas las regulaciones de seguridad del
planeta.
Pallichan advirtió entonces que su propio aeroauto se dirigía a ritmo lento hacia el
extremo norte del bulevar Aurora, la dirección que había tomado el robot descarriado.
Miró a través del parabrisas y su estómago se convirtió en un bloque de hielo. Había
al menos cuatro coches azules en la escena, dos de ellos aterrizando, los otros
adoptando agresivas posiciones de patrulla. Era difícil estar seguro, pero le pareció
ver un robot rojo moviéndose rápidamente.
El aeroauto de Centor se estremeció y se agitó debido a la turbulencia causada por
los coches de la policía. Pallichan no era un hombre arriesgado ni aventurero, en
modo alguno. Cualquier curiosidad que pudiera sentir por las consecuencias de su
informe a la policía se desvaneció en un instante.
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—¡Da media vuelta, idiota! —gritó a su robot—. ¡Venga! ¡Venga! ¡Vámonos de
aquí!
El miedo y el pánico en su voz eran evidentes, y el piloto robot comprendió al
instante la urgencia de la orden. Hizo virar el coche de costado y se metió entre dos
altos edificios de oficinas, rugiendo por el desfiladero que formaban las calles del
centro de la ciudad. Los dedos de Pallichan se clavaron en los brazos de su asiento de
vuelo, y sintió que lo cubría un sudor frío. Por fin el coche redujo un poco y alzó el
morro mientras el piloto robot los devolvía a una altitud más prudente.
Pallichan permaneció allí sentado, jadeando en busca de aire, el corazón
desbocado, mientras su coche aéreo regresaba tranquilamente a casa.
Ya era suficiente, decidió. Realmente suficiente. Si así era la excitación, había
tenido bastante para el resto de su vida y más aún. La vida tenía que ser ordenada,
controlada, razonable. Se suponía que el universo tenía que permanecer tal como
estaba, tranquilo en un equilibrio firme y feliz. ¿Robots desobedientes? ¿Locas
persecuciones policiales? Ese caos no era la forma en que tenían que ser las cosas.
Habría que hacer algo al respecto.
Pero esa idea lo detuvo en seco. Porque de pronto advirtió que un universo de
caos e inseguridad, como el que acababa de serle revelado tan bruscamente, no
modificaría su conducta solamente porque a Centor no le gustara. ¿Qué pasos podía
tomar? ¿Escribir una carta al gobernador? ¿Organizar a toda la gente de bien que
deseaba simplemente vivir en paz, organizar un grupo con los ciudadanos más
plácidos y herméticos de Inferno y volverse tan duros y firmes como aquellos
temibles Cabezas de Hierro? ¿Obligarlos a pedir que las cosas dejaran de suceder y
volvieran a la normalidad?
Otra idea lo golpeó, casi físicamente. Supongamos, sólo supongamos, que la
«naturaleza» de las cosas fuera seguir sucediendo, que la aberración fuera la larga y
plácida vida en, Inferno. ¿Y si esa aberración estuviera siendo barrida, y el
tumultuoso fermento del universo desbocado cayera sobre todos ellos?
¿Y si no hubiera normalidad a la que volver?
Centor Pallichan sintió que sus manos temblaban de miedo, y supo que sus
temores tenían más que ver con lo que podría ver pronto que con lo que acababa de
ver recientemente.
—Llévame a casa —dijo a su piloto robot—. Llévame a casa, donde se está
seguro.
Calibán oyó el sonido tras él mientras corría y reconoció la turbulencia del aire de
los coches aéreos que descendían rápidamente. Oyó el chirriar de ruedas al chocar
con el pavimento y supo que varios coches habían aterrizado en la avenida. Sin duda
el resto aterrizaría delante de él. Sí, pudo verlos. «Por mí —pensó—. Todos me
persiguen. Soy una terrible amenaza para ellos, por razones que no comprendo. Me
destruirán si pueden». Lo supo con seguridad; no se trataba de una posibilidad, una
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teoría o una hipótesis probable.
Se había vuelto bastante bueno juzgando a partir de pruebas parciales, advirtió
con una parte de su mente que no estaba ocupada con la necesidad de huir y
sobrevivir. Pero incluso mientras hacía esa observación sobre sus propios procesos de
pensamiento, inició una acción evasiva. Se detuvo bruscamente y giró a la derecha,
recorriendo un estrecho callejón mientras los aeroautos revoloteaban, incapaces de
detenerse a tiempo para girar. Tres, cuatro, cinco, seis de ellos. Pero no se
desanimarían fácilmente. Esta vez la búsqueda, la caza, era firme. No se detendrían
hasta que lo atraparan. El hecho de que hubieran enviado tantos coches aéreos y a
tantos oficiales tras él lo dejaba claro. ¿Pero adónde ir? ¿Dónde esconderse? La
cuestión se hizo más urgente cuando el callejón terminó en una pared lisa.
Se volvió, y vio una puerta que daba al edificio cuya pared constituía el lado norte
del callejón, y otra puerta en la pared sur. Calibán probó la primera puerta y descubrió
que se abría con facilidad. Estaba a punto de entrar cuando se le ocurrió una idea.
Comprobó la puerta de la pared sur del callejón y descubrió que estaba firmemente
cerrada. Bien. Perfecto. Calibán golpeó la puerta sur, arrancándola de sus goznes.
Entonces regresó a la puerta del lado norte y la atravesó, cerrándola cuidadosamente
tras él.
Pensó que tenía que ser un truco muy antiguo, e incluso bastante obvio. Pero ellos
no sabrían cómo tratar con un robot capaz de engañar, por simple que fuera el
engaño. Lo subestimarían, estaba seguro. Y podría usar ese conocimiento.
Se abrió paso en el interior del edificio y buscó una vía de escape.
Tansaw sabía que su coche había sido el primero en responder. Con todo, no les
iba a servir de nada. Al menos otros tres coches se hallaban mejor situados para llegar
allí primero. Mirta había volado lo bastante bien para superar a dos, pero todavía
quedaba el coche de Jakdall, delante de su morro. No había forma de que pudieran
adelantarlo para efectuar la detención. ¡Infiernos ardientes, allí estaba! Un robot rojo
corriendo por el centro de la calle. ¡Lo tenían! No, maldición, no. El robot giró de
pronto y se internó en un callejón. El coche de Jakdall desplegó su tren de aterrizaje,
dio marcha atrás, preparándose para posarse. Mirta alzó su proa para evitar una
colisión, y el aire rugió y se estremeció cuando la turbulencia de Jakdall los alcanzó.
Ya estaba. No importaba lo buena piloto que fuera Mirta, no iba a poder evitar salir
despedida. ¡Maldición! Tendrían que haber esperado que el bastardo rojo los
esquivara así. Sí, un robot estándar no intentaría una acción evasiva, pero tampoco
huiría de la policía. Todos habían sido advertidos de que debían esperar una
«conducta atípica» de este robot. Y ahora estaban fuera de juego. No había forma que
pudieran volver a la posición antes de que Jakdall y otras unidades lo cercaran.
Tansaw advirtió de pronto que Mirta no había iniciado la caída en picado. Todavía
estaban ascendiendo. Tansaw estuvo a punto de decir algo cuando fue arrojado contra
el cinturón de seguridad y los impulsores de proa rugieron. Su estómago se convirtió
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en plomo cuando Mirta dio marcha atrás y usó los jets de proa para obligar al coche a
dar la vuelta, frenó con fuerza con los inversores mientras la proa continuaba
alzándose. Los componentes estructurales del coche gruñeron y se agitaron bajo la
tensión, y la alarma de peligro empezó a sonar. Tansaw resopló mientras Mirta
cortaba simultáneamente los jets inversores y de proa. El coche flotó en caída libre
durante una milésima de segundo, y luego se abalanzó hacia delante cuando Mirta lo
aceleró de nuevo.
Pero siguió sin nivelarlo. Obligó la proa a apuntar al cielo, formando un ángulo
cada vez más brusco hasta que el coche quedó casi en vertical. Tansaw se agarró a los
brazos de su silla y temió por su vida. La proa siguió ascendiendo hasta que quedaron
rectos, pero ella siguió sin alterar la posición. ¡Infiernos ardientes, iba a hacer un
bucle completo! El coche subió, trazó un arco y voló boca abajo durante un momento
interminable.
Tansaw miró hacia abajo a través de las portillas del techo y vio la tierra donde
debía estar el cielo, el brillante paisaje de la ciudad, el sol del amanecer iluminando el
este, sus cálidos rayos reflejándose en las bases de las torres más occidentales, los
coches civiles dispersándose como una aterrada bandada de pájaros mientras los
coches azules de la policía se cernían sobre su presa.
Entonces, Mirta apuntó el morro hacia abajo y trazaron otro arco, rectos, mientras
el coche aéreo, normalmente silencioso, resoplaba por el esfuerzo y el aire chirriaba a
su paso. Abajo, abajo, abajo. Tansaw miró rápidamente a Mirta. Tenía una expresión
firme, de feroz concentración.
En el último instante, paró y conectó los impulsores traseros. Estaban de vuelta
sobre el bulevar Aurora, a cien metros al sur del lugar donde se encontraban cuando
el robot se volvió, todavía moviéndose a una velocidad terrible.
Mirta niveló el auto y disparó de nuevo los jets de proa, luchando con el coche
que intentaba volcarse en pleno vuelo. De repente, los jets del morro se apagaron y
los tripulantes se detuvieron en el callejón, apenas diez segundos por detrás de
Jakdall y su compañero, gravitando suavemente en mitad del aire.
Con un par de golpes, Mirta soltó el tren de aterrizaje, cortó la energía y los posó
sobre el suelo.
—Buena maniobra, Mirta —dijo Tansaw, preguntándose si el sheriff Kresh lo
vería de esa forma o la expulsaría de la fuerza por considerarla una amenaza para la
navegación. Pero una cosa era segura: si alguna vez se producía un debate sobre la
sabiduría de los coches patrulla pilotados por los humanos, Tansaw podría señalar el
incidente que acababa de vivir. Ningún robot habría volado de esa forma, no
importaba lo urgente que fuera la necesidad.
Pero no era momento para preocuparse por esas cuestiones, y su compañera no
estaba de humor para hablar de tonterías. Mirta, todavía con el rostro contraído y
tenso, abrió la escotilla de su lado y saltó al suelo antes de que Tansaw pudiera
quitarse el cinturón de seguridad. Abrió su escotilla y salió, con el arma
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desenfundada. Era extraño y terrible que sintiera la necesidad de usar una pistola
contra un robot.
Tansaw sintió una ligera satisfacción al advertir que Jakdall y su compañero
perdían parte de su liderazgo al desembarcar, lastrados por un montón de equipo. Al
parecer, Jakdall pretendía estar preparado para cualquier contingencia, para todo.
Pistolas, cuchillos, chalecos, trazadores inerciales, herramientas cortantes, media
docena de aparatos que Tansaw ni siquiera reconoció. Jakdall llevaba de todo menos
equipo submarino. Su compañero, Sparfinch, iba aún más cargado, y tenía una
expresión nerviosa en los ojos. El chico parecía tenso como un cable a punto de
romperse. No por primera vez, Tansaw agradeció que su compañera fuera Mirta y no
Sparfinch.
Jakdall sonrió. Saludó burlón a Tansaw y Mirta.
—Buen vuelo, chicos, pero no hay premios para los segundos. Nosotros
dirigiremos esto. Vamos, Spar. Vamos a freír a un robot.
—Las órdenes son capturarlo —advirtió Mirta.
—Oh, sí, claro que sí. Pero tal vez haga demasiado calor eso. —Jakdall se rio y le
hizo un guiño—. Vamos, Spar.
Sin dudarlo, se volvió hacia la puerta rota de la parte sur del callejón.
Jakdall hizo un gesto a Spar para que se adelantase mientras lo cubría. Spar vaciló
ante la puerta, girando los ojos nerviosamente. Desenfundó su arma y ejecutó una
maniobra de zambullida y rodaje por el suelo completamente inútil para entrar en el
edificio. El interior era claramente visible: no había nadie dentro. El robot no iba a
esconderse en la primera habitación a la que llegara. Jak se dispuso a seguir a su
compañero cuando de repente hubo un rugido ahogado y se escuchó un golpe en el
interior.
—¡Lo tengo! —gritó la voz de Spar. Jak, Tansaw y Mirta se abalanzaron al
interior. Spar se encontraba de pie sobre la carcasa de un pequeño robot color moho.
Jak le echó un vistazo y soltó una sarta de maldiciones.
—¡Maldita sea, Spar, este robot es verde! Sólo es una unidad de mantenimiento
del edificio.
—No puedo evitarlo —dijo Spar con voz agitada—. Soy daltónico.
—Ah, al demonio con eso. Vamos, buscaremos por aquí. —Jak se volvió hacia
Tansaw—. ¿Venís?
—No, id vosotros —dijo Tansaw—. Vigilaremos desde aquí y nos aseguraremos
que no regresa.
Mirta se volvió y lo miró bruscamente, pero Tansaw le indicó que se callara con
un gesto. Jak hizo una mueca y se rio de ellos.
—Brillante plan, Tan. Siempre has sido bueno como refuerzo. Vamos, Spar.
Mirta los vio entrar ruidosamente en la siguiente habitación, dirigiéndose hacia la
parte delantera del edificio. Se volvió hacia Tansaw, airada.
—Maldición, Meldor, ¿dejas que se salgan con la suya cuando prácticamente
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doblé el coche aéreo para llegar aquí? ¡Tendríamos que estar buscando con ellos, no
vigilando una condenada puerta!
—Tranquila, Mirta. No quiero que nos vuelen la cabeza cuando Spar decida que
tenemos forma de robot. El que perseguimos no entró por aquí. Sólo quería que
pensáramos que lo hizo. Mira la habitación. La puerta está hecha pedazos, pero todo
lo demás está intacto. Deja que esos dos maníacos lo revuelvan todo. Creo que el
robot es más listo que Jak… aunque eso no es decir mucho a su favor.
Se dio la vuelta y salió al callejón, que estaba lleno de policías ahora. Dos o tres
se apostaron en la puerta rota mientras Tansaw y Mirta salían. Tansaw cruzó el
callejón y probó la otra puerta. Se abrió con facilidad. Tras mirar a Mirta, entró. Sabía
con toda seguridad que el robot había seguido aquel camino.
Pero sabía también que no le gustaba la idea de seguir a un robot que era capaz de
plantearse tácticas de huida. Y ese segundo elemento de conocimiento anulaba el
sabor del primero.
Entraron en el oscuro edificio. Sólo contenía un montón de cajas que nunca
habían sido abiertas. Hades estaba llena de edificios así: diseñados, construidos,
abastecidos de equipo por robots y olvidados. La mayoría de los edificios fantasmas
eran como este, completos, pero desocupados. Los edificios fantasmas eran regalos
del cielo para las bandas criminales de todo tipo, lugares ideales donde reunirse,
donde ocultarse, cuarteles generales perfectos donde planear fraudes y crímenes.
Parecía que este edificio había recibido todos sus muebles antes de ser cerrado.
Las cajas estaban almacenadas por todas partes, convirtiendo la planta baja en un
laberinto de escondites posibles. Y quedaban las plantas superiores, los sótanos y los
túneles de servicio. Aunque el robot descarriado hubiera entrado aquí, ¿cómo
demonios podrían saberlo, o encontrarlo?
Entonces Mirta le agarró el brazo, y apuntó al suelo con su linterna. El suelo
estaba cubierto de una suave y perfecta película de polvo y en él había claras pisadas
robóticas que se perdían en el interior del edificio, indicando un paso firme y
confiado.
Los dos policías siguieron las huellas a través de los desfiladeros que formaban
las cajas. Conducían directamente a una escalera. Moviéndose con cautela, Mirta y
Tansaw entraron en el hueco, para ser saludados por una fría brisa que soplaba y que
aparentemente formaba parte del sistema de ventilación. Pero las corrientes de aire
implicaban que no había polvo. No había huellas. Maldición. Muy bien, pues. ¿Arriba
o abajo? ¿Qué camino había tomado?
—Fue directo a las escaleras —dijo Mirta, en un bajo susurro.
—¿Y qué nos dice eso? —preguntó Tansaw.
—Que sabe adónde va. Debe tener un buen sistema integrado de planos. No se
mueve guiado por el pánico. Tiene un plan, piensa con antelación.
—Eso significa que debe haber calculado que subir las escaleras no le serviría de
nada. Nosotros podríamos sellar el edificio y atraparlo. Así que bajó a los túneles de
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servicio.
Eso era una mala noticia. Los túneles conducían a todas partes, para permitir a los
robots de mantenimiento traer suministros y servicios sin crear más congestión en las
calles.
Y a pesar de todas las declaraciones oficiales, los policías sabían que había
montones de túneles que no aparecían en los planos. Algunos habían sido excavados
y luego olvidados, otros habían sido borrados deliberadamente de las memorias, y
otros habían sido construidos por robots de empresas independientes.
—Bien. —Mirta enfundó su pistola y sacó su trazador de planos. Manipuló los
controles y consultó la pantalla—. La situación no es tan mala. Sólo hay un pozo
horizontal principal conectado a este edificio.
—¿Podemos sellarlo antes de que pueda utilizarlo para llegar a otro túnel? —
Todos los túneles (todos los túneles oficiales, al menos) estaban equipados con
pesadas puertas abovedadas.
—Podemos intentarlo —dijo Mirta—. Sea como fuere estará cerca. —Se llevó el
micro a la boca—. Aquí el oficial 1231, persiguiendo al sospechoso. Cierren
inmediatamente todos los accesos al túnel número Al B26. —Prestó atención a sus
auriculares por un momento, y Tansaw alcanzó a escuchar una serie de lejanos
sonidos metálicos—. Ya está. Si no ha salido del B26 antes de que lo selláramos, lo
tenemos.
Tansaw miró a su compañera y asintió.
—Es hora de llamar a los demás —dijo.
Calibán oyó los resonantes golpes de las puertas del túnel al cerrarse. Se había
movido con rapidez a lo largo del estrecho túnel, pero ahora echó a correr para llegar
al final. Lo alcanzó demasiado pronto, y supo que tenía graves problemas. La puerta
era un sello de seguridad. Intentó abrirla, pero había sido diseñada específicamente
para contener la fuerza de un robot, y además tenía un panel de control cerrado y
acorazado. Consultó el plano de su banco de datos.
El túnel Al B26 tenía forma de «H», con el acceso al edificio de arriba en el
centro del segmento cruzado, y los cuatro extremos de los segmentos verticales
enlazando con el sistema de túneles de la ciudad. El túnel en sí no era otra cosa que
paredes peladas, suelos y techos, con lámparas situadas en las vigas. Estas parecían
ser de algún tipo de plastiacero, de veinte centímetros cuadrados, y estaban separadas
a intervalos de cinco metros.
De repente, Calibán tuvo una idea. Consultó su banco de datos y confirmó que los
humanos veían en un radio de longitudes de onda más limitado que él. Parecía que
sus cuerpos tampoco disponían de ninguna fuente de luz interna. Se volvió y corrió
por el túnel, a toda velocidad, arrancando las lámparas, aplastándolas, esparciendo
sus restos en todas direcciones. En sesenta segundos el suelo del túnel quedó cubierto
de lámparas rotas. La oscuridad era absoluta, a excepción del tenue brillo de dos ojos
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increíblemente azules a unos veinte metros de la escotilla de acceso al edificio. Pero
entonces Calibán pasó a infrarrojo, e incluso esa iluminación se apagó. Extendió los
brazos hasta tocar la pared del túnel, colocó las piernas contra la pared opuesta y
ascendió hasta quedar agarrado a dos de las vigas del techo. La probabilidad de no ser
visto allí arriba parecía algo mayor. No tenía ningún plan real, ninguna idea de cómo
salir. Todo lo que sabía era que tenía más posibilidades de permanecer con vida un
poco más si se confundía en la oscuridad en vez de esperar pasivamente su destino.
Esperó allí colgado durante lo que le pareció una eternidad. Su cronómetro
interno le dio un informe preciso del tiempo de espera, pero de algún modo el número
de minutos y segundos que pasaban no daba la medida de su situación. Había algo
más, puesto que era probable que aquellos fueran los últimos minutos y segundos que
saborearía.
¿Qué los retrasaba tanto?
Por fin, hubo un golpe y un chasquido. Calibán miró cautelosamente hacia abajo
para ver más allá de la viga que lo ocultaba. Volvió la cabeza hacia la escotilla de
acceso.
—Maldición —exclamó una voz—. Debe haber roto todas las luces.
Calibán vio el rayo de luz de una linterna. Como la mayoría de las linternas
diseñadas para producir luz visible, también producía una buena cantidad de rayos
infrarrojos. Una figura humana, y luego otra y otra y otra más atravesaron la escotilla.
—Bueno, al menos sabemos que sigue aquí —dijo uno de ellos mientras el rayo
de luz jugueteaba en el suelo, revelando las lámparas rotas—. No se habría puesto a
romper luces si hubiese podido salir por una de las escotillas.
—¿Listo para hacer un poco de daño, Spar? —preguntó otro hombre con una
risita.
—Sólo hay que capturarlo, Jak —dijo una tercera voz, femenina—. Intenta
recordarlo, ¿de acuerdo?
—No me gustan los túneles —anunció el llamado Spar—. Este me da escalofríos.
¿No podemos encender algunas luces de verdad antes de registrar?
—Por la galaxia, no es más que un piojoso robot en un túnel en forma de «H» —
replicó el llamado Jak—. No vayas a asustarte ahora. —De repente, la escotilla
volvió a cerrarse, provocando una clara incomodidad en los cuatro policías…
—Bueno, si nosotros no podemos salir, tampoco podrá hacerlo él —dijo la mujer
en voz baja y algo nerviosa.
—No me gusta —objetó Spar—. ¿No podemos volver a abrir la escotilla y
colocar un guardia?
—¡Sí, y dejar que ese robot loco lo deje fuera de combate! Y se largue corriendo
—dijo la primera voz—. Mira, Spar, la clave manual para todas las escotillas es
174668. Si sientes ansiedad, puedes marcharte. No nos vuelvas locos. Vamos,
continuemos. Mirta, tú y yo iremos por el lado este, Spar y Jak, por el oeste.
Estos humanos no pensaban con claridad. ¿Presumían que si ellos no podían
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verlo, él no podía oírlos? Pero la combinación esa era la información que necesitaba.
Calibán encogió la cabeza y permaneció inmóvil mientras dos de los oficiales
pasaban directamente por debajo.
Tras prestar atención, le pareció que los otros dos habían tomado en efecto por el
otro camino, hacia la pata oeste de la «H». Pudo oírlos doblar la esquina y subir por
un brazo del túnel.
Moviéndose tan silenciosamente como pudo, Calibán bajó por la pared, llegó al
suelo y se volvió en la dirección por la que se habían marchado los dos policías
varones. Se sintió tentado de usar la combinación en la puerta de acceso al edificio,
pero sin duda habría más policías esperando detrás. No. Su única esperanza era
adelantar a estos oficiales, pulsar la combinación, y esperar que funcionara. Avanzó
hacia la intersección entre el túnel de la cruz y el lateral y miró. Allí estaban, en el
extremo norte. Calibán volvió atrás. Repitió la maniobra y subió a esconderse de
nuevo en el techo.
Unos momentos después, los dos oficiales pasaron por el túnel central,
dirigiéndose al extremo sudoriental de la «H», haciendo bastante ruido mientras
pisoteaban las lámparas rotas. Calibán bajó de nuevo y se movió silenciosamente
hacia el lugar de donde habían venido los dos hombres. Allí estaba, la escotilla, con
el panel de control al lado. De repente tuvo una idea perturbadora. ¿Y si habían
estado jugando con él? ¿Y si pretendían que oyera su discusión, y por eso habían
hablado deliberadamente en voz alta? ¿Y si la combinación era falsa?
Pero no importaba. Si la combinación no funcionaba, no tendría otra forma de
salir de allí. Estaba encerrado, y aquella la única vía de escape. Calibán pulsó la
combinación, moviendo los dedos con la mayor rapidez posible.
Una luz lo asaltó desde el extremo opuesto del túnel, tanto que deslumbró su
visión infrarroja.
—¡Allí está! —gritó la voz de Spar por detrás de la luz cegadora. Hubo un rugido,
una ráfaga de aire, y Calibán se arrojó un lado del túnel. Hubo un violento golpe en el
centro de la escotilla. Una rugiente explosión se abrió paso por la escotilla reforzada
y la hizo pedazos, cubriendo el túnel de escombros y humo. Los fragmentos
rebotaron en el cuerpo de Calibán, derribándolo. Se puso en pie. El impacto había
abierto un agujero en la puerta acorazada, lo suficientemente grande para que Calibán
pudiera pasar. La atravesó, la placa acorazada siseaba al rojo blanco, haciendo que
sus sensores térmicos anunciaran sobrecarga. Pero por fin la atravesó, entró en los
túneles, y escapó.
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—Ya estoy más que harto de tropiezos, Donald —dijo Alvar Kresh mientras leía los
informes y olvidaba el desayuno que tenía sobre la mesa. Un desayuno que anhelaba
desde primeras horas de la mañana, y que no estaba disfrutando en absoluto.
Había querido tomarlo en la intimidad de su casa, no en la mesa de su despacho.
Las circunstancias dictaron lo contrario, por no decir otra cosa, pero eso no mejoró su
estado de ánimo.
Minutos después de abandonar el despacho del gobernador, se enteró de que sus
oficiales habían perdido al principal sospechoso en el caso que podría, literalmente,
decidir el destino del mundo. Esto no lo hizo feliz.
—Nos vamos a charlar un ratito con el gobernador —dijo Alvar, en voz baja y
razonable, en un falso tono de paciente calma—. Pierdo contacto con la fuerza
durante una hora, y descubro que mis oficiales han estado usando el espacio aéreo de
la ciudad para practicar acrobacias y aterrorizar a media población. —Alvar empezó a
subir el tono de voz, enfadado. Se levantó y miró a Donald—. Descubro que uno de
mis oficiales desobedece las órdenes y hace un esfuerzo notable por matar al
sospechoso antes de que pueda ser interrogado y examinado. Y casi acaba haciendo
volar la mitad de los túneles de la ciudad.
Sabía que era injusto e ilógico gritarle a Donald, pero tenía que hacerle pagar su
furia a alguien. Y ahí estaba Donald, justo delante de él, un blanco fácil para su furia
que además no replicaría.
Pero incluso desde las profundidades de su ira Alvar sabía que estaba actuando
para los miembros de su personal. Su oficina no estaba hecha a prueba de ruidos.
Algunas veces a los agentes les venía bien oír cómo El Viejo estallaba. Por eso
gritaba deliberadamente, no a Donald, sino a las finas paredes y a los hombres y
mujeres de fuera.
—En otras palabras, la única razón por la que mis intrépidos oficiales de gatillo
fácil no lo han destrozado todo es porque tienen una puntería asquerosa. ¿Qué
demonios le está pasando a todo el mundo?
La pregunta retórica gravitó en el aire durante medio minuto, mientras Donald
permanecía en silencio ante la mesa de Alvar. Por fin, el sheriff suspiró, volvió a
sentarse, y cogió su tenedor. Pinchó sin ganas sus salchichas.
—No me siento feliz, Donald —dijo por fin, en voz más tranquila, hablando casi
para sí mismo—. No tengo dudas de que este fiasco ha dado pie a toda una serie de
rumores. Además de los cientos de testigos de nuestra reacción, hay un civil al que no
podemos hacer nada por silenciar, y sin duda va por ahí contando alegremente a todos
sus amigos la historia del robot que se negó a obedecer órdenes. Dios sabe dónde
acabara esto.
—Sí, señor. Es una desgracia. Hay otra noticia molesta. Existe el rumor de que el
anuncio de Fredda Leving de esta noche está relacionado con los sucesos de esta
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mañana, aunque nadie parece conocer la conexión.
—Eso no es más que un rumor —gruñó Alvar—. Demonios, yo dirijo la
investigación y ni siquiera sé si es cierto. Tendrá un montón de público esta noche.
—He pensado lo mismo —dijo Donald—. Tenía usted razón en inquietarse por un
esfuerzo policial masivo. Ha hecho pública la situación, al menos en parte. Hemos
hecho cundir el pánico, lo que tal vez fuera el objetivo del instigador.
—Sí, sí, lo sé. Pero maldición, ¿qué otra posibilidad teníamos sino responder a la
situación? No podíamos permitir que ese Calibán escapara, nada menos que un robot
capaz de actuar con violencia contra los humanos, sólo porque una persecución
policial podía asustar a unas cuantas personas. No cuando teníamos una localización
y una identificación positiva. Pero la jodimos, y ahora puede estar en cualquier parte.
—Señor, si pudiera interrumpirle un momento —dijo Donald en su tono de voz
más servicial. Alvar alzó la cabeza bruscamente. Reconoció aquel tono. Era el que
Donald usaba cuando iba a llevarle la contraria—. Se está basando en una suposición
que debemos considerar no demostrada.
—¿Y cuál es? —preguntó Alvar con cautela mientras utilizaba el tenedor para
cazar los restos de su desayuno.
—Que Calibán es un robot capaz de actuar con violencia contra los humanos.
El despacho quedó en silencio una vez más, excepto por el ruido apagado de las
oficinas exteriores que conseguía filtrase. Alvar no supo qué responder, pero estaba
claro que Donald no iba a decir más.
—Espera un segundo —dijo el sheriff, soltando el tenedor y dirigiendo al robot
de servicio una señal casi imperceptible para que se llevara la bandeja—. Tú fuiste
quien intentó convencerme de que nuestro sospechoso era un robot.
—Sí, señor. Pero las circunstancias han cambiado. Nuevas pruebas y pautas han
salido a la luz. Las conclusiones primeras deben ser revisadas a la luz de los nuevos
datos.
—¿Qué pruebas y qué pautas?
—Una pauta en particular, señor, que no he examinado todavía. Necesito hacer un
experimento mental. Tengo una hipótesis que necesito verificar. Me resultará difícil,
pero para ejecutarlo, me veré forzado a contemplar… a un robot ejerciendo violencia
contra los seres humanos. Sin duda eso me dificultará hablar y pensar. De hecho,
habrá advertido que incluso sugerir la idea hace que mi habla sea más lenta y
confusa. —El robot de servicio se volvió hacia Donald, moviéndose de una manera
tan espasmódica que los cubiertos volaron de la bandeja. Se arrodilló y los recogió
antes de levantarse, tambaleándose un poco.
Donald advirtió la reacción del otro robot.
—Ah, señor, antes de que sigamos discutiendo este tema, debería excusar al robot
de servicio para impedir que su cerebro sufra un daño innecesario.
—¿Qué? Oh, sí, por supuesto. —Alvar indicó al robot de servicio que se
marchara, y este abandonó la habitación, todavía sosteniendo la bandeja—. Ahora
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veamos, ¿de qué experimento mental se trata? Si es arriesgado, no quiero hacerlo. No
quiero que te hagas daño, Donald —dijo Alvar, con voz preocupada—. Te necesito.
—Es usted muy amable, señor. Sin embargo, creo que, dados los refuerzos
policiales de mi cerebro positrónico, el riesgo de un daño permanente significativo
será mínimo. Sin embargo, tendrá que ser paciente conmigo. Tampoco deseo ejecutar
este experimento mental más de una vez. Sin duda será desagradable para mí, y el
riesgo de daños permanentes aumentará si tengo que repetirlo. Así que le pido que
preste atención.
»Deseo encontrarme en las circunstancias a que ese Calibán se ha visto
enfrentado al menos en dos ocasiones, una en el almacén con los destructores de
robots, y otra con los oficiales en el túnel. En ambos casos, Calibán fue rodeado por
un grupo de seres humanos que amenazaban claramente su existencia. Pretendo
revisar las circunstancias de cada caso y cómo reaccionaría un robot de alto nivel con
las Tres Leyes, cuál sería el resultado. En resumen, ¿qué habría sucedido con un
robot con mi mente y el tamaño y la fuerza de Calibán que se enfrentara a tales
circunstancias?
—Sí, muy bien —dijo Alvar, un poco aturdido—. Entonces procederé.
Alvar se sentó y contempló durante casi un minuto a Donald, que permanecía de
pie ante él, inmóvil.
Tras recobrar sus movimientos de una forma que era en cierta manera más
desconcertante que el modo en que había dejado de moverse, Donald volvió en sí.
—Muy bien —dijo—. La primera parte de mi hipótesis es correcta. Si yo hubiera
estado en esas dos situaciones, habría sido destruido en el acto —la satisfacción de su
voz era clara.
—¿Eso es todo? —preguntó Alvar, sintiéndose bastante confundido.
—Oh, no, señor. En cierto sentido, aún no he empezado. Estaba simplemente
estableciendo una línea base. Ahora debo llegar a la parte más difícil del
experimento. Debo ponerme en el lugar de un ser de notable inteligencia, poseedor de
gran fuerza y velocidad, con soberbios sentidos y reflejos, que se halle en las mismas
circunstancias. Pero este ser hipotético está dispuesto y es capaz de defenderse por
cualquier medio, incluyendo atacar a los humanos.
Alvar abrió la boca y miró a Donald, alarmado. Más robots de los que se había
preocupado en contar habían sido completamente destruidos por la simple
contemplación casual del daño a los humanos. Imaginar ese daño, deliberadamente
cometido por uno mismo, sería el pensamiento más terrible y peligroso para un robot.
—Donald, no sé si…
—Señor, le aseguro que comprendo los peligros mucho mejor que usted. Pero
creo que el experimento es esencial.
Antes de que Alvar pudiera seguir protestando, Donald volvió a inmovilizarse.
Pero esta vez no permaneció petrificado. Una serie de convulsiones y tics empezaron
a aparecer, y fueron acrecentándose. Un pie se despegó del suelo, y Donald estuvo a
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punto de caer antes de rehacerse y recuperar el equilibrio. Un sonido extraño y agudo
brotó de su altavoz, emitiendo toda su frecuencia. El brillo azul de sus ojos se apagó,
destelló, y luego quedó en blanco. Sus brazos se retorcieron. Sus dedos se abrieron y
se cerraron. Pareció a punto de caer otra vez. Alvar se levantó, rodeó su mesa y sujetó
a su viejo amigo y leal sirviente por los hombros.
Mientras actuaba, descubrió que estaba sorprendido consigo mismo. ¿Amigo?
¿Leal sirviente? Nunca había sido consciente de que consideraba así a Donald. Pero
de pronto pareció muy posible que pudiera perderlo ya, en aquel mismo instante y
supo que no quería que eso sucediera.
—¡Donald! —llamó—. ¡Alto! ¡Sea lo que fuese lo que estás haciendo, te ordeno
que lo interrumpas!
El cuerpo de Donald sufrió otro espasmo, y el robot se apartó de Alvar,
retrocediendo un paso o dos. Sus ojos se iluminaron dolorosamente antes de
recuperar su aspecto normal.
—Yo… yo… gracias, señor. Gracias por llamarme. No creo que hubiera sido
capaz de liberarme de mi propio acto.
—¿Estás bien? ¿Qué demonios te ha pasado?
—Creo que estoy bien, señor, aunque sería prudente que me revisaran más tarde.
—Hizo una pausa—. En cuanto a lo sucedido, fue una intensa secuencia de bucle
cognitivo. Comprendo que los humanos son capaces de mantener dos puntos de vista
completamente opuestos al mismo tiempo sin padecer grandes tensiones. No es el
caso de los robots. Me vi forzado a simular la carencia de restricciones a mi conducta,
aunque las Tres Leyes naturalmente controlan mis acciones. Fue muy desconcertante.
Donald vaciló un instante y miró a Alvar con la cabeza ladeada.
—Nunca se me había ocurrido hasta qué punto debe sentirse extraño e inseguro, y
estar falto de guía un ser humano. Los robots conocemos nuestro deber, nuestro
objetivo, nuestro lugar, nuestros límites. Los humanos no. Qué extraño debe ser vivir
una vida en la cual todas las cosas están permitidas, sean o no posibles. Si se me
permite preguntarlo, señor, ¿cómo pueden soportarlo los humanos? ¿Qué hacen con
toda la libertad que los robots les proporcionarnos?
Alvar se sintió confundido y sorprendido por la pregunta. Todavía aturdido por el
experimento de Donald, respondió con más honestidad de la que se habría permitido
en una respuesta meditada.
—La desperdician —dijo—. No hacen nada con sus vidas, decididos a lograr que
cada día sea como el anterior. —Pensó en las quejas que había recibido, civiles
protestando porque la policía había perturbado sus vidas aquella mañana al intentar
capturar a Calibán, sin preocuparles que aquella molestia se debiera al interés por
proteger sus vidas—. Están convencidos de que el único cambio puede ser para peor.
Luchan contra el cambio… y así se aseguran que no haya ningún cambio para mejor.
Pero entonces Alvar se detuvo, y se dio la vuelta.
—Maldición, eso no es justo. No del todo, al menos. Pero me he pasado toda la
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mañana enterándome de cómo nos hemos condenado a nosotros mismos a base de
indolencia y cerrazón.
—Mis disculpas, señor. No pretendía trasladar la discusión a temas tan
irrelevantes.
—¿Irrelevantes? —Alvar volvió a su mesa y se sentó con un suspiro—. Creo que
tal vez las cuestiones de cambio y libertad se acercan mucho al tema de este caso.
Hemos investigado para averiguar cómo fue atacada Fredda Leving, y quién lo hizo.
Pero apenas nos hemos parado a pensar por qué lo hizo. Te diré la razón que vamos a
encontrar, Donald. —De repente su voz se volvió ansiosa, excitada—. La razón, el
motivo, va a ser el cambio, y el miedo al cambio. Tiene que haber algo relacionado
con la política en todo esto. Se aproxima un gran cambio, y alguien quiere asegurar
ese cambio o impedirlo. Eso es lo que vamos a descubrir. Pero maldición, nos hemos
desviado del tema.
Pero Alvar lo había hecho deliberadamente. Quería que Donald tuviera un
momento para calmarse, una oportunidad que su cerebro positrónico se concentrara
en pensamientos menos aterradores por unos instantes. Alvar sabía que el tema de los
motivos de un crimen, con la penetración en la psique humana que proporcionaba,
siempre fascinaba a Donald.
—Pero tu experimento. Donald. ¿Cuáles fueron los resultados?
—En resumen, señor, confirmó mi hipótesis inicial: que un ser con las
capacidades físicas de un robot, pero sin inhibiciones de conducta, y altamente
motivado para proteger su propia existencia, podría haber matado a todos los colonos
del almacén y a todos los policías de los túneles. Y, de hecho hacerlo así habría sido
más seguro para este hipotético ser que actuar como lo hizo Calibán.
—¿Qué estás diciendo?
—Parece que Calibán actuó para protegerse, pero no pretendía infligir daño a los
humanos. El que les hizo fue una consecuencia de su autodefensa, y tal vez
accidental. No hay duda de que prendió fuego al almacén. No hay pruebas de que lo
hiciera deliberadamente.
—Haces que casi parezca humano, Donald.
—Pero señor, como acabo de observar, no hay restricciones a la conducta
humana.
—Oh, pero sí las hay. Restricciones profundas y fuertes, impuestas por nosotros
mismos y por la sociedad. Rara vez fallan. No tienen el rígido código de las Tres
Leyes impuestas desde fuera, pero los humanos aprenden sus propios códigos de
conducta. Pero no nos vayamos por las ramas. He estado pensando en el hecho de que
Laboratorios Leving es un centro experimental. Todavía tenemos que dilucidar qué
tipo de experimento iba a ser Calibán. ¿Qué tenía en mente Fredda Leving? ¿Fracasó
el experimento? ¿Tuvo éxito? —Entonces se le ocurrió una idea que hizo que la
sangre se le helara en las venas—. ¿O está el experimento en marcha ahora, siguiendo
exactamente un plan preestablecido?
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—No comprendo, señor.
—Los robots despiertan por primera vez sabiendo todo lo que necesitan saber.
Los humanos empiezan sin saber nada de cómo funciona el mundo. Supongamos que
Leving se preguntó cómo se comportaría un robot que tuviera que aprender.
Supongamos que Calibán está ahí fuera, comportándose según las Tres Leyes, pero
con un conjunto de datos tan reducido que no sabe, por ejemplo, qué es un ser
humano. Tonya Welton nos recordó que ha sucedido antes. Supongamos que Fredda
Leving lo envió para ver cuánto tardaría en aprender por su cuenta.
—Es una idea inquietante, señor. Apenas puedo creer que la señora Leving fuera
capaz de iniciar un experimento tan irresponsable.
—Bueno, pero está claro que está ocultando algo. Esa conferencia tiene mucho
que ver con el estado actual de las cosas. Tengo la impresión de que todo se
complicará aún más con la segunda conferencia. Tal vez aprendamos más entonces.
Alvar Kresh miró su mesa y halló que sus pensamientos volvían a los trabajos de
rutina en la dirección del Departamento. Informes de personal. Requisitos de equipo.
El sombrío tamborileo de la burocracia parecía atractivo después del caos de los
últimos días. Era mejor ponerse manos a la obra.
—Es todo por ahora, Donald.
—Señor, antes de marcharme, hay un dato más que necesito conocer.
—¿Cuál es, Donald?
—El golpe en la cabeza de Fredda Leving, señor. El laboratorio forense ha
establecido que Calibán no lo hizo casi con total seguridad.
—¿Qué?
—Es otro aspecto de los nuevos patrones de la evidencia, señor. Se encontraron
rastros de pintura roja en la herida.
—Sí, lo sé. ¿Qué pasa con eso?
—Era pintura fresca, señor, no seca. Es más, según las especificaciones de diseño
para el cuerpo de Calibán, el color del robot está integrado en los paneles corporales
exteriores. En ese modelo de cuerpo, los tintes se mezclan con el material empleado
para formar los paneles. Los paneles no se pintan nunca. El material del cuerpo está
diseñado para resistir las manchas, los tintes y las pinturas. En resumen, nada se
adhiere a su superficie, por eso debe ser impregnado de color durante su manufactura.
—Luego esa pintura no pudo desprenderse del brazo de Calibán.
—No, señor. Por tanto, alguien más, presumiblemente con la intención de
inculpar a Calibán, pintó de rojo un brazo robot y golpeó a Leving con él. Deduzco
que esa persona desconoce el proceso de manufactura de los cuerpos de los robots,
aunque eso crea algunas dudas, ya que todo lo demás sugiere que el atacante sabía
bastante de robótica.
—A menos que la pintura roja fuera un señuelo. —Alvar pensó un instante—.
Podría seguir siendo Calibán, o alguien más, que conociera los procesos de color para
ese modelo de robot. Calibán pudo pintarse el brazo de rojo sólo para despistar. Sabía
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que lo descubriríamos y, por lo tanto, no pensaríamos que él pudo hacerlo.
—Está atribuyendo mucho conocimiento y astucia a Calibán, sobre todo
considerando que hace un minuto sugirió que no sabía qué era un ser humano.
—Mmm. El problema contigo, Donald, es que me haces ser demasiado honesto.
Muy bien, pues. Si Calibán no lo hizo, ¿entonces quién demonios fue?
—No puedo ofrecer ninguna opinión sobre eso, señor.
Calibán llegó a otra intersección en los túneles y vaciló un instante antes de
decidir qué camino tomar. Todavía no había visto a un solo ser humano en la ciudad
subterránea, pero tampoco parecía aconsejable permanecer en compañía de otros
robots. En el túnel de la izquierda parecía haber menos tráfico, así que tomó aquella
dirección.
Había habido bastantes momentos desde su despertar en que Calibán experimentó
algo muy parecido a la soledad, pero desde luego en aquel momento no tenía ningún
deseo de compañía. Ahora necesitaba escapar, poner la mayor distancia y tantas
vueltas y revueltas como fueran posibles entre él y sus perseguidores. Luego tendría
que sentarse en alguna parte y pensar.
Los robots subterráneos eran muy diferentes a los de la superficie. No había
robots personales de servicio allí, ningún encargado de transportar paquetes. Aquellos
pasadizos estaban poblados por máquinas más toscas y pesadas de colores pardos. Se
parecían muy poco a las brillantes máquinas de arriba. Comparados con estos robots,
los otros eran meros juguetes. Los robots subterráneos eran más parecidos a las
unidades de mantenimiento que recorrían la ciudad sólo de noche. «De noche, y bajo
tierra, se afanan los verdaderos trabajadores», pensó Calibán. Había algo inquietante
en el pensamiento, en la imagen.
Empezaba a comprender que aquel era un mundo en que el verdadero trabajo, el
trabajo útil, era despreciable, algo que había que hacer sin que lo viera nadie. Los
humanos parecían desdeñar la idea misma del trabajo. Habían aprendido a creer que
era algo impropio verlo, y mucho más hacerlo. ¿Cómo podían vivir sabiendo que eran
zánganos inútiles y mimados? ¿Podían realmente vivir de aquella forma? Y si se
permitían esperar cruzados de brazos, entonces seguramente como individuos, y
como pueblo, estaban perdiendo incluso la capacidad de hacer la mayor parte de las
cosas por sí mismos. No, no podía ser. No podían estar convirtiéndose en algo tan
indefenso, tan vulnerable, tan dependiente de sus propios esclavos.
Los caminos bajo la parte central de la ciudad eran limpios, secos y brillantes,
rebosantes de actividad, con robots marchando a cumplir con sus tareas en todas
direcciones. Nada de eso servía a los propósitos de Calibán. Consultó su plano y se
encaminó hacia las afueras del sistema.
Los túneles principales y los más antiguos estaban iluminados con frecuencias
perceptibles para los humanos, advirtió. Tal vez era una reminiscencia de los días en
que los humanos los recorrieron. Los túneles nuevos estaban iluminados con
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infrarrojos, mudo testimonio de la falta de presencia humana en los últimos tiempos.
Calibán siguió avanzando hacia las afueras del sistema, donde incluso la luz
infrarroja fue empeorando cada vez más. Se suponía que esas luces se conectaban
cuando uno se acercaba y se desconectaban cuando había pasado, pero cada vez eran
menos los sensores que parecían funcionar. Por fin, se encontró caminando en
completa oscuridad. Calibán conectó su propia fuente de luz infrarroja y continuó así
su camino.
El estado de los túneles se deterioraba también. Allí, lejos del centro de la ciudad,
la mayoría de los túneles estaban semiabandonados, y eran fríos, apestosos, húmedos
y sucios. Tal vez la superficie de Inferno era seca como un hueso, pero allí abajo
había agua. Pequeños riachuelos corrían acá y allá. Las paredes sudaban, y gotas de
agua caían del techo, resonando con fuerza en el silencio imperante. Aquí, en el
perímetro, se aventuraban sólo unos cuantos robots menores que avanzaban en la
oscuridad, concentrados en sus misiones, sin prestar ninguna atención a Calibán.
Giró una y otra vez, siempre en la dirección en que menos tráfico había.
Finalmente se encontró solo, caminando en la más absoluta oscuridad. Llegó a un
túnel con un cubículo de cristal a un lado, la oficina de un supervisor, recuerdo de los
tiempos en que había suficiente trabajo que hacer para justificar su existencia. O al
menos de los días en que pudieron imaginar un futuro con una ciudad en expansión
que necesitara la oficina de un supervisor ahí.
La puerta tenía una manivela, y Calibán tiró de ella. No le sorprendió ver que
estaba cerrada. Tiró con más fuerza y la puerta entera se vino abajo, con goznes y
todo. La dejó caer al suelo con el resto de los escombros y entró. Contenía, una mesa
y una silla, ambas cubiertas por la misma suciedad que parecía que imperar en los
túneles. Calibán se sentó en la silla colocó las manos sobre la mesa, y se puso a mirar
al frente. Cortó la energía de su fuente de luz infrarroja y permaneció sentado en
completa oscuridad.
No había ni un atisbo de luz. ¡Qué extraña sensación! No era ceguera, pues veía
todo lo que podía verse. Era simplemente, que no se veía nada. Negrura, silencio, con
el lejano eco de un goteo intermitente para estimular sus sentidos. Allí, en efecto,
escucharía a cualquier posible perseguidor mucho antes de que llegara, vería
cualquier destello de la luz visible o infrarroja que sus perseguidores llevaran. Por el
momento, al menos, estaba a salvo.
Pero no sería así a la larga. ¿Qué sucedía? ¿Por qué intentaban todos capturarlo,
por qué intentaban matarlo? ¿Quiénes eran? ¿Y si lo perseguían todos los humanos?
No, eso no podía ser. Mucha gente en la calle no había hecho nada para detenerlo.
No fue hasta su encuentro con aquel hombre en la calle que las cosas escaparon al
control. Calibán había hecho algo que impulsó al hombre a llamar a los otros
hombres uniformados, o bien aquel hombre concreto estaba de acuerdo con el grupo
uniformado, dispuesto a llamarlo si localizaba a Calibán. Aunque aquel hombre no
pareció mostrar ningún interés o ninguna alarma al principio, y no había actuado
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como si lo hubiera reconocido. Era algo en la manera de actuar de Calibán lo que lo
había sobresaltado. Alguna acción que había provocado una reacción del transeúnte y
de los misteriosos y alarmados hombres de uniforme.
¿Quiénes eran, por cierto? Evocó una serie de imágenes de ellos, y de sus
uniformes, vehículos y equipo. Las palabras «Sheriff» y «Oficial» aparecían varias
veces en todos ellos. En el momento en que su mente se enfocó en las palabras, el
banco de datos le proporcionó las definiciones. El concepto de oficiales de policía
actuando para el estado y la gente para hacer cumplir la ley y proteger a la comunidad
inundó su conciencia.
Parte del misterio, al menos, se desvaneció. Evidentemente, aquellos oficiales del
sheriff lo perseguían porque creían que había violado alguna ley. Resultaba de ayuda
tener al menos eso claro, pero era enormemente deprimente advertir que significaba
que el sheriff continuaría su caza. El otro grupo, el de los colonos, no había
continuado la persecución después del primer encuentro.
¿Estaban los colonos relacionados de alguna forma con los oficiales de policía?
No había nada en su banco de datos que lo dijera. Y sin embargo había algo furtivo,
algo secreto en las acciones de los colonos. Después de todo, se dedicaban a destruir
robots, que era un delito según el código penal. Debían de estar ocultándose de la
policía. ¿Era ilegal ser un colono? Un momento. Había una referencia secundaria a
las organizaciones criminales, y los colonos no estaban incluidos en ella. Al menos
eso le decía algo sobre lo que no eran. Resultaba suficiente para concluir, al menos
por ahora, que el grupo del almacén era una especie de rama criminal de los colonos.
Lo que seguía sin decirle nada a Calibán sobre ellos, excepto que deseaban
destruir a los robots en general y a él en particular. Pero espera un momento.
Retrocede un poco. Si destruir a un robot era un crimen…
Al mismo tiempo que obtenía una súbita comprensión, Calibán recordó sus
primeros momentos de conciencia. Su brazo extendido ante él, alzado como para
golpear. La mujer inconsciente a sus pies, la sangre a su alrededor…
Los oficiales del sheriff no trataban con certezas, sino con probabilidades.
Trabajaban con evidencias, no sin pruebas.
Y había un montón de evidencias que sugerían que él había atacado a aquella
mujer. Los posibles cargos brotaron de su banco de datos. Asalto con agravantes.
Ataque con intención homicida. Negación de derechos civiles por causar
inconsciencia o muerte. ¿Estaba la mujer viva, muerta o moribunda cuando la dejó?
No lo sabía.
Con un estremecimiento, Calibán advirtió que no tenía absolutamente ninguna
razón objetiva para pensar que no la había atacado. Su memoria simplemente no
alcanzaba hasta antes del momento de despertar. Podría haber hecho cualquier cosa
antes y no lo sabía.
Pero eso no resolvía el tema de la policía. Parecía obvio que lo perseguían a causa
del ataque, ¿pero cómo lo vinculaban con el crimen? ¿Cómo lo sabían? Con una
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repentina luz de comprensión, recordó el charco de sangre en el suelo. Debió haberlo
pisado antes de salir por la puerta. La policía, los oficiales, simplemente habían
tenido que mirar las huellas para saber que pertenecían a un robot.
Mirando la oscuridad, contempló su propio pasado. Su memoria robótica era
clara, absoluta, y perfecta. Con un simple esfuerzo de voluntad, podía ser espectador
de todos los hechos de su pasado, verlo y oírlo todo, y ser consciente de estar fuera de
esos hechos, con capacidad para detener el flujo de imágenes y sonidos, y enfocarse
en aquel momento, en esa imagen.
Volvió al instante de su despertar, y reprodujo los hechos para sí mismo. Sí, allí
estaba la mancha de sangre, y su pie a punto de pisarla. Calibán observó la
reproducción con cierta satisfacción, felicitándose por calcular como lo había hecho
la policía.
Pero entonces, con una total sensación de horror, Calibán leyó algo más en su
memoria. Algo que no había registrado cuando aquella imagen había sido realidad, y
no solamente su eco: Otro conjunto de pisadas cruzando la habitación, saliendo por
una puerta que él no había usado.
Huellas que no recordaba haber dejado, y sin embargo su patrón parecía igual al
de las suyas. ¿Cómo era posible? Calibán interrumpió su reflexión, conectó su fuente
de luz, se levantó y regresó al túnel. Tenía que saberlo con seguridad. Encontró un
charco de agua, lo pisoteó, y luego pasó a terreno seco. Se giró y examinó las huellas
resultantes.
Eran idénticas a las que había visto en sus recuerdos. Las pisadas ensangrentadas
eran gemelas de las pisadas de agua que acababa de dejar.
Eran las suyas propias. Él tenía que haberlas dejado, o de lo contrario el mundo
tenía aún menos sentido de lo que creía.
¿Pero por qué las había dejado? ¿Por qué golpeó el cráneo de la mujer con su
brazo, pisó su sangre, formó un conjunto de huellas, salió por una puerta, se limpió
los pies (pues no había pisadas de entrada en la habitación), regresó a su posición
sobre el cuerpo, alzó el brazo…, y luego perdió la memoria? ¿Y cómo pudo perder la
memoria tan limpia, tan completamente? ¿Cómo podía no haber en su mente algún
atisbo residual de aquellas acciones pasadas? ¿Cómo estar vivo no le había dejado
ninguna marca?
Calibán sentía que se volvía más complejo, más experimentado, con cada
momento de vida. No era una simple cuestión de memoria consciente, era
comprensión. Comprensión de la forma en que funcionaba la ciudad, comprensión de
que los humanos eran diferentes de los robots.
Era conocimiento del mundo, no sólo una serie de informes sobre hechos
maquinales, sino el saber que da la experiencia, los detalles de sensación. Ningún
plano del banco de datos informaría sobre los charcos en el túnel, sobre los sonidos
de sus pisadas a lo largo de una larga acera, sucia y vacía, o de la forma en que el
mundo parecía un lugar distinto, y a la vez el mismo, cuando se veía a través de
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infrarrojos. Se volvió y recorrió el pasadizo hasta la oficina abandonada, se sentó
como antes, desconectando su sistema infrarrojo para encontrarse en completa
oscuridad. Sentía que merecía la pena seguir con aquella línea de pensamiento.
Continuó reflexionando.
Había cosas en el mundo, como la extraña forma de ver oscuridad que era distinta
a la ceguera, que tenía que experimentar por sí mismo para comprenderlas.
Y sin embargo, sabía que no tenía esa sofisticada experiencia cuando despertó.
Nada, ni un fragmento vacilante. Literalmente había despertado a un mundo nuevo.
Había recobrado su memoria sin ninguna experiencia propia anterior.
Lo primero que hizo fue arrodillarse y meter los dedos en la sangre de la mujer,
notar su calor en los sensores térmicos de su piel, comprobar sus dedos cubiertos de
sangre para ver si la sangre seca era pegajosa. Aquel momento, estaba seguro, había
sido el primero de su vida. No había nada más antes.
Lo que significaba que no había estado despierto antes de que su memoria
comenzara, o bien que todo había sido borrado de su cerebro.
Una idea inquietante, pero Calibán la consideró cuidadosamente. No tenía
conocimientos sobre la manera en que funcionaba su cerebro, o cómo estaba
relacionado exactamente con su ser físico. Sin duda, estaban relacionados, y sin
embargo eran claramente distintos y separados. Pero ahora no estaba seguro.
Una vez más, se encontraba con la terrible decepción que constituía su ausencia
de conocimiento acerca de los robots en su banco de datos. No tenía modo de juzgar
la mecánica del pensamiento, ni de saber si había algún medio de pulsar un botón de
borrado y destruir su mentalidad.
Pero si eso había sucedido, si su mente y su memoria habían sido destruidas tan
completamente que incluso la sensación de experiencia había desaparecido, ¿podía
decirse que se trataba del mismo ser que antes?
La memoria podía ser ajena al sentido del yo. Calibán estaba seguro de eso. Sus
recuerdos podían ser anulados y él seguiría siendo él mismo, igual que podría serlo si
le quitaran su banco de datos. Pero si alguien borraba de su cerebro todos los datos de
la experiencia que estaba considerando, quitarían también el ser, el yo que había sido
formado por esas experiencias. Si borraban su mente, dejaría de existir. Su cuerpo, su
yo físico, todavía estaría allí. Pero Calibán no era ese cuerpo. Si fuera mecánicamente
posible extraer su cerebro de su cuerpo y colocarlo en otro, seguiría siendo él mismo,
aunque en un cuerpo nuevo.
Por tanto él, Calibán, no había atacado a la mujer. De eso estaba seguro. Tal vez
su cuerpo lo había hecho, pero si era así, otra mente distinta a la que actualmente lo
habitaba lo controlaba en ese momento.
Descubrió que la conclusión, a su modo, era reconfortante. La idea de que podría
ser capaz de atacar sin ser provocado era alarmante. Con todo, no importaba cuáles
fueran sus conclusiones, no mejoraban su situación. Los policías dispuestos a usar
armas pesadas en un túnel estarían poco dispuestos a escuchar su explicación de que
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podría haber sido su cuerpo, pero no él mismo, quien había atacado a la mujer. Esos
argumentos tampoco harían olvidar el incendio del almacén. Él había estado presente
en el lugar. Tal vez era todo lo que necesitaban saber.
Desde el punto de vista de la policía, todo evidenciaba que había atacado a la
mujer, que había prendido fuego a aquel edificio. Después de todo, la policía sabía
que alguien la había atacado. Si no lo había hecho él, ¿quién había sido? Por lo que
podía ver, no había nadie más que pudiera haberlo hecho.
Pero tal vez había más cosas en los recuerdos visuales de su despertar, otras cosas
que había pasado por alto. La mujer, por ejemplo. ¿Quién era? Sentado en la
oscuridad, pasó una vez más la escena ante sus ojos. Esta vez no se limitó a intentar
volver atrás sobre los acontecimientos, sino componer de una forma tan completa y
perfecta como pudo una imagen de la habitación, usando todos los ángulos,
repasando cada imagen una y otra vez a velocidad lenta, intentando montarlas con
todo detalle usando todas las instantáneas a su disposición.
En la oscuridad, con el ojo de su mente, construyó en efecto la habitación y luego
caminó por su interior, proyectando la imagen de su propio cuerpo en la imaginaria
reconstrucción. Sabía que era todo ilusión, pero una ilusión que servía a su propósito.
Todavía era imperfecta. Se dio la vuelta para mirar hacia al fondo de la
habitación, y no estaba allí. No había mirado en aquella dirección en la vida real. El
revoltijo de objetos que descansaban sobre una u otra mesa parecían reales mientras
los mirara desde los ángulos que había usado en realidad, pero en cuanto movía su
punto de vista hacia otros ángulos, a aquellos que no había adoptado realmente, caía
en una extraña mezcolanza de formas y ángulos imposibles. Era muy inquietante. Tal
vez con un esfuerzo considerable pudiera perfeccionar la imagen, hacer conjeturas
razonablemente elaboradas para despejar tales dificultades.
Pero aquel no era el momento. Tenía otras preocupaciones. Calibán recuperó su
posición erguida en la habitación y miró hacia abajo. Allí estaba ella, tendida en el
suelo. ¿Había alguna pista sobre su persona, alguna guía acerca de su identidad?
Amplió la imagen de su cuerpo y lo examinó centímetro a centímetro. ¡Allí! Una
placa en el pecho de su bata. Las formas de las letras quedaban algo oscurecidas por
su postura y la iluminación. Se esforzó por descifrarlo. Estaba casi seguro de que
decía F. Leving, pero podía haber sido E. Ieving o cualquier otra variante. ¿Ponía la
placa su nombre, entonces? No podía estar seguro, pero parecía razonable.
Sin embargo, había aprendido que la palabra escrita, aunque fuera
incidentalmente, podía abrir puertas al conocimiento. Descifrar las palabras «oficial
del sheriff» había dado pie a su banco de datos a exponer todo el sistema de justicia
penal. Escrutó la imagen de la habitación tal como aparecía grabada en su memoria,
buscando otros escritos. Advirtió un cartel en la pared, una foto de un grupo de
personas sonriendo ante la cámara, con una leyenda impresa al pie: Laboratorios
Robóticos Leving: trabajando por el futuro de Inferno.
Leving otra vez. Ese tenía que ser el nombre. Examinó el cartel con más atención.
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Sí, estaba seguro. Allí aparecía ella, en primera fila. Incluso concediendo que la
mujer del laboratorio estaba inconsciente, derrumbada en el suelo a sus pies, mientras
que la mujer de la foto estaba atenta y sonriente, ambas tenían que ser la misma.
Laboratorios Robóticos Leving. Los laboratorios eran los lugares donde se realizaban
experimentos. ¿Era él un experimento?
Continuó estudiando la imagen de la habitación. Captó las letras de un grupo de
cajas y las examinó de cerca. Había una etiqueta en cada una: «Manejar con cuidado.
Cerebro Gravitónico». Leer las palabras le produjo un extraño escalofrío de
reconocimiento. «Cerebro gravitónico». Había algo en las profundidades de su ser
que sentía afinidad con aquella palabra. Estaba relacionado con él. «Debo de tener
uno», pensó.
No fue ninguna sorpresa que su banco de datos no contuviera ninguna
información sobre la gravitónica, y menos aún sobre cerebros gravitónicos.
Todo aquello era vago, oscuro, incierto. Saber que el nombre de la mujer era
Leving, y que parecía dirigir un laboratorio robótico, no le decía mucho. Y suponer
qué tipo de cerebro tenía él tampoco.
Decidido a encontrar algo claro, sustancial y definido en la imagen de la
habitación, Calibán continuó su investigación. Un segundo. En las cajas de cerebros
gravitónicos. Otra etiqueta, con lo que su banco de datos le aclaró que era una
dirección de entrega. Sobre la dirección aparecían las palabras «Proyecto Limbo»,
impresas sobre el dibujo de un rayo.
Si sospechaba que tenía un cerebro gravitónico, y los cerebros gravitónicos eran
enviados al Proyecto Limbo… Escrutó su memoria visual, buscando más recuerdos
de las palabras o del símbolo del rayo. Allí, en un cuaderno de notas. Y en un
clasificador, y en dos o tres sitios más del laboratorio.
Estaba claro que no sólo él, Calibán, sino Laboratorios Leving tenían algo que ver
con el Proyecto Limbo.
Fuera lo que fuese tal proyecto.
Calibán exploró la imagen del laboratorio minuciosamente, pero no pudo
encontrar nada más que le ofreciera ninguna pista sobre su caso. Desconectó las
imágenes y permaneció allí sentado, solo en la perfecta oscuridad de la oficina del
túnel.
Estaba a salvo allí abajo, y probablemente lo estaría durante algún tiempo.
Podrían pasar días o semanas, quizás incluso más, antes de que registraran aquellos
túneles. Tal vez pudiera eludir la captura permaneciendo allí, sentado tras la mesa,
fuera de la vista de la puerta, en la oscuridad. Era una mesa grande y pesada, de
metal. Tal vez incluso podría ofrecerle protección contra los aparatos de detección
que usaba la policía, según el banco de datos.
Tal vez podría ser más que un refugio temporal. Tal vez, si la policía no podía
encontrarlo, renunciaran a hacerlo pasados unos días. No parecía improbable que
pudiera permanecer allí a salvo por tiempo indefinido, exactamente como estaba,
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inmóvil en la oscuridad, hasta que el polvo lo cubriera y la suciedad se abriera paso
entre sus articulaciones.
Pero aunque ese tipo de existencia pudiera encajar con la definición de vida del
banco de datos, no coincidía con lo que Calibán sentía en su interior.
Si iba a vivir, a vivir de verdad, tendría que actuar. Tendría que saber más, mucho
más, sobre sus circunstancias.
Limbo. Todo parecía relacionado con ese proyecto. Si pudiera aprender más sobre
aquello, tal vez aprendería más sobre sí mismo.
Por conservar las formas, consultó su banco de datos, y no encontró información
alguna sobre Limbo. Pero tenía la dirección de la caja de embalaje del cerebro
gravitónico.
Iría allí y vería qué podía aprender. Pero esta vez permanecería apartado de los
humanos. Preguntaría a los robots. Se trataba, tal vez, de un plan vago y frágil, pero
al menos era algo. Podría funcionar, o no servir para nada. Pero sería mejor que tratar
con los humanos.
Se levantó y se puso en marcha.
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HRC-234, más conocido por Horacio, era en aquel momento un robot terriblemente
ocupado. Pero no había nada raro en ello. Hacía tiempo que era así. Después de todo,
tenía que tratar con el tema de Limbo.
Horacio consultó la hora y comprobó su banco de datos interno, pero la
información sólo aumentó su sensación de decepción acumulada. Enlazó por
hiperondas para comprobar el plan previsto para las siguientes tres horas. No había
duda. Habían vuelto a retrasarse en la planta de envío auxiliar. Había un atasco en
alguna parte. Resolver los atascos era una de sus funciones. Tras asegurarse de que
estaba conectado con la red de comunicación vía hiperonda, dejó su estación normal
de servicio en el Depósito Central y corrió a la planta a ver qué sucedía.
El Proyecto Limbo era enormemente complicado. Las funciones de Horacio eran
complejas, y sus responsabilidades, tremendas; pero sabía que lo preocupaba sólo un
minúsculo fragmento del conjunto. Al menos, eso había deducido. No fue difícil:
había evidencias por todas partes, en la intensidad del tráfico de mensajes, en la
complejidad de los problemas de ruta, en las pautas de seguridad de las
comunicaciones.
Pero no era necesario examinar áreas tan esotéricas como análisis de señales para
saber que se cocía algo grande. La conclusión se podía extraer con una simple mirada
al caos súperorganizado que lo rodeaba en la planta de envíos auxiliares.
Esa planta, el depósito entero, era un lugar ruidoso y lleno de confusión, de
pesados suelos de hormigón sin pintar y grúas de apoyo, con cintas sin fin y
vagonetas, robots presurosos que corrían hacia todas partes y hombres y mujeres
amenazantes que gritaban y discutían, hablando por sus teléfonos portátiles,
comprobando la hora, señalando listas de cosas por hacer.
Incluso el aire estaba cargado de urgencia. Ni siquiera allí, cuatro plantas bajo
tierra, había espacio para que los vehículos de carga aterrizaran. Los pesados
cargueros se veían obligados a flotar en el aire, esperando su oportunidad de aterrizar.
Robots de transporte de todas las características llevaban los materiales a las bodegas
de los aparatos voladores que encontraban un sitio donde posarse. Mientras Horacio
observaba, otro volador se cerró y atravesó el gran camino de acceso, dirigiéndose
hacia los pisos superiores y al cielo más allá. Su lugar fue ocupado por otra nave casi
antes de que acabara de despejar la zona. Al instante, la nave recién llegada fue
rodeada por un enjambre de robots de carga. Las puertas del vehículo se abrieron y
empezaron a introducir el cargamento. Escenas similares se repetían en todas partes.
Horacio había oído decir a uno de los supervisores humanos que le recordaba la huida
llena de pánico de un hormiguero pisoteado, y Horacio se vio obligado a aceptar a
desgana que podía entender la comparación.
El Depósito Limbo había sido con frecuencia un lugar ajetreado, y casi un
manicomio en los últimos días. Pero hoy era el peor de todos. Horacio notaba que
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estaba a punto de vencer una especie de plazo. Todo se apuraba hasta el último
minuto.
Era casi como si alguien temiera que aquel fuera el último día en que pudiera
hacerse. Algunos supervisores humanos, tanto colonos como espaciales, lo habían
dado a entender.
Pero Horacio se recordó que no era asunto suyo preocuparse por esas cosas. Si los
humanos no querían advertirlo de sus preocupaciones, entonces no había nada que
hacer. Con todo, no podía dejar de preocuparse: los humanos podían hacerse daño
fácilmente en su vasto proyecto, fuera cual fuese, al mantenerlo demasiado en
secreto. ¿Cómo podía evitar los problemas si no sabía qué estaba pasando?
Sabía que se trataba de un problema que compartía con muchos robots
supervisores agobiados de trabajo. Las conversaciones con ellos confirmaban lo que
siempre había sospechado. No era sólo a Horacio o en el Proyecto Limbo: los
humanos nunca contaban a sus robots encargados todo lo que necesitaban saber.
Llegados a ese punto, apenas importaba. Horacio había estado tan ocupado
recientemente, que no sabía nada de lo que había ocurrido fuera del Depósito Limbo
durante el último mes. Los mares podrían alzarse y arrasar la isla de Purgatorio y la
ciudad de Limbo, y se enteraría cuando los cargueros no regresaran.
Todo lo que necesitaba saber ahora mismo era por qué se retrasaba la operación
de carga. Horacio se volvió hacia la planta de envíos auxiliares, buscando el atasco
que entorpecía las cosas. Sabía que el aparente caos era ilusorio, que aquella
operación se llevaba a cabo con un alto grado de eficacia. Pero en algún lugar había
un problema que volvía a frenarlo todo. Una pieza de equipo estropeada, un grupo de
robots confundidos por una orden mal expresada, algo.
Entonces Horacio localizó a los dos humanos, un colono y un espacial,
discutiendo al fondo de la cubierta de carga, rodeados por un puñado de robots
inactivos. Si Horacio hubiera sido humano, habría podido dejar escapar un suspiro,
pues aunque se acercó a intentar solucionar las cosas, sabía que no había nada que
hacer. Los robots no podían emprender ninguna acción hasta que los humanos se
pusieran de acuerdo, y a juzgar por la acalorada discusión, ese momento parecía muy
lejano.
Con pocas esperanzas de lograr una rápida resolución, y todo el tacto de que
disponía, Horacio se acercó a la cubierta e intervino en la discusión.
Quince minutos más tarde, el problema sobre cuál de dos envíos debía ser
cargado primero quedó resuelto. Podría haber sido solucionado en quince
nanosegundos. Si el espacial y el colono hubieran estado interesados en la velocidad
y no en la discusión, ambas cargas habrían sido enviadas haría ya un buen rato. Pero
al menos estaba solucionado, y los dos humanos se marcharon a entorpecer las
operaciones en algún otro sitio. Horacio sabía que los humanos eran superiores a los
robots, y no hacía falta decir que los tenía a todos y cada uno en la más alta estima, y
que siempre seguía sus órdenes al pie de la letra, pero había ocasiones en que,
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simplemente, parecían tontos.
Pero fuera como fuese, tenía un trabajo que hacer, otras órdenes que seguir.
Órdenes que parecían mucho más directas de lo que en efecto eran.
En términos simples, todo lo que tenía que hacer era velar para que los robots
N. L. fueran enviados a la isla de Purgatorio. Ignoraba lo que significaba N. L.
Pero aquello no era una tarea fácil, aunque se desarrollara rápidamente. Por
razones que desconocía, los robots N. L. no se enviaban ensamblados. Sus cerebros
se mandaban por separado.
Además, los cerebros se enviaban en tres cargamentos distintos por tres rutas
diferentes. Horacio regresó a su puesto. Los robots N. L., embalados y dispuestos,
estaban en el centro de la planta, una formidable pared de cajas que llegaba casi hasta
el techo. Había robots de guardia, uno cada tres metros alrededor del perímetro de las
cajas. Otros dos guardias robots se encontraban en lo alto de las cajas apiladas.
Más guardias vigilaban un grupo más pequeño de cajas, las que contenían los
cerebros de los robots. Horacio sintió un súbito deseo de echar otro vistazo a los
cerebros, o al menos a las cajas que los contenían. Se acercó. Tras un momento de
vacilación, los guardias lo dejaron pasar. Horacio se arrodilló y contempló con
atención las cajas. Todo aquel alboroto lo aturdía. Los contenedores parecían ser
cajas acolchadas bastante corrientes. Lo único que parecía fuera de lo común eran las
etiquetas, que decían:
MANEJAR CON CUIDADO
CEREBROS POSITRÓNICOS
Las etiquetas habían sido colocadas sobre otras antiguas, como si alguien hubiera
intentado ocultar lo que aquellas decían. En una de las cajas, la nueva etiqueta no
cubría a la anterior completamente, y algunas letras de las dos líneas impresas eran
visibles.
MAN
GRA
La primera era obviamente MANEJAR CON CUIDADO, pero Horacio no podía
imaginar lo que podía ser GRA. Horacio era bastante curioso, y se sintió tentado de
quitar la nueva etiqueta para ver la anterior. Pero sabía que nunca podría hacerlo. Los
robots encargados, por necesidad, tenían un grado mayor de autonomía, mucho
espacio para tomar sus propias decisiones. Sin embargo, eso no les hacía capaces de
sobrepasar los deseos de sus amos, y estaba claro que el deseo del Laboratorio
Robótico Leving era que la etiqueta original quedara oculta y no pudiera leerse, y él
estaba encargado de la seguridad del envío.
De mala gana, obligado, sacó un marcador de su bolsa de mano y tachó la parte
descubierta de la vieja etiqueta.
Se incorporó y volvió a su lugar de trabajo. Sus instrucciones le decían que
enviara también los cuerpos en tres cargamentos separados, en horas distintas, por
diferentes rutas, usando diferentes procedimientos. Los supervisores humanos
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recibirían los tres envíos de cerebros y cuerpos en sus puntos de recepción en la isla
de Purgatorio y los escoltarían hasta su destino final.
Un tercer conjunto de componentes, que no eran cerebros ni cuerpos, iría a través
de sus propios canales de seguridad. «Restricción de área», decía el envío pero
Horacio no tenía la menor idea de lo que significaba. Sólo otro trabajo más en que
insistían los humanos.
—Discúlpame —dijo una voz dulce y meliflua a su espalda.
Horacio se volvió, esperando ver a un humano. Para su sorpresa, se encontró con
un alto robot rojo que contaba con un sistema vocal notablemente sofisticado. De
hecho, aquella voz era un despilfarro en la cacofonía de aquel lugar. Era difícil hablar
en las zonas de trabajo del Depósito, y la mayoría de los robots ni siquiera lo
intentaban.
—Usa tus hiperondas, amigo —dijo Horacio—. Es difícil oírte.
—¿Qué use mis qué?
—Tu sistema señalizador de hiperondas. Aquí hay demasiado ruido para hablar.
—Un momento, por favor. —El robot hizo una pausa, como si consultara alguna
referencia interna—. Ah. Hiperondas —dijo por fin—. Ya veo. Desconocía el
término. Me temo que no tengo ese sistema. Debo hablar en voz alta.
Horacio se quedó de una pieza. Incluso los robots de carga más insignificantes
estaban equipados con hiperondas. Y aunque ese robot no tuviera, ¿cómo podía no
saber lo que eran y sin embargo ser capaz de buscarlas? Los robots de alto nivel
tenían a veces fuentes de búsqueda interna, pero sus funciones estaban limitadas al
esotérico conocimiento necesario para un trabajo específico. Esas bases de datos no
servían como diccionario de términos comunes. Sería un despilfarro, cuando tales
cosas podrían y tendrían que haber sido introducidas en el cerebro del robot durante
su fabricación.
¿Qué extraño tipo de robot era aquel?
—Muy bien —dijo Horacio—. Hablaremos en voz alta. ¿Qué quieres?
—¿Eres el supervisor Horacio?
—Sí. ¿Cómo te llamas?
—Calibán. Me alegro de conocerte, amigo Horacio. Necesito tu consejo. Intenté
pedir ayuda a los otros robots, a los azules que trabajan aquí, pero ninguno pareció
poder ofrecérmela. Me aconsejaron que viniera a hablar contigo.
Horacio se sintió más sorprendido que nunca. El nombre shakesperiano de
«Calibán» le dijo algo. La propia Fredda Leving había construido a aquel robot, tal
como había hecho con Horacio. Pero el nombre «Horacio» tendría que haber
significado algo para aquel tal Calibán, aunque parecía lo contrario. Todavía más
extraño, siendo un robot avanzado y de aspecto sofisticado había pedido consejo a los
trabajadores de categoría inferior. Los robots de la serie DAA-BOR como los obreros
azules que había señalado Calibán, apenas eran capaces de pensamientos limitados.
Otro hecho que cualquier robot o humano tendría que haber sabido.
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Allí sucedía algo muy extraño. Y lo más extraño de todo era que el amigo Calibán
parecía bastante ajeno a la rareza de su propia conducta.
Todo esto atravesó la mente de Horacio en un instante.
—Bien, espero poder ofrecerte mi ayuda. ¿Cuál es el problema?
El extraño robot vaciló.
—No estoy seguro —dijo por fin—. Esa es en parte la dificultad. Parece que
tengo un problema serio, y no sé qué hacer al respecto. Ni siquiera estoy seguro de
quién soy.
—Acabas de decírmelo. Eres Calibán.
—Sí, ¿pero quién es ese? —Calibán hizo un gesto de indefensión—. Tú eres
Horacio. Eres un supervisor. Dices a otros robots lo que tienen que hacer y ellos lo
hacen. Ayudas a dirigir este sitio. Eso es, en gran medida, quien eres. Yo no tengo
nada así.
—Pero, amigo Calibán, todos nos definimos por lo que hacemos. ¿Qué es lo que
haces tú? Eso es lo que eres.
Calibán contempló la amplia extensión del Depósito, e hizo una pausa antes de
hablar.
—Huyo de los que me persiguen. ¿Eso es lo que soy, Horacio? ¿Esa es mi
existencia?
Horacio se quedó mudo. ¿Qué podía significar todo aquello? Sin duda, la
situación era muy peculiar, y potencialmente seria, por lo que tendría que dedicarle
algún tiempo. Las cosas funcionaban bien por el momento. Tal vez continuaran así
durante un ratito.
—Quizá sea mejor que vayamos a hablar a otro sitio —dijo Horacio
amablemente.
Subieron en el ascensor de personal hasta los niveles de superficie del Depósito.
Luego, Horacio condujo a Calibán al lugar más apartado que se le ocurrió.
La oficina del supervisor humano estaba vacía por el momento. Hasta unas
semanas antes, nunca había estado ocupada. Los humanos no tenían mucha necesidad
del Depósito. Pero ahora las cosas eran diferentes. Había hombres y mujeres
trabajando a todas horas, diseñando, planeando, reuniéndose. En ocasiones, Horacio
pensaba que era bastante estimulante tanta actividad. En otros momentos, podía ser
bastante abrumadora, por la forma en que caían del cielo órdenes, planes y
decisiones.
Pero cualquier combinación de órdenes confusas y en conflicto hubiese sido más
comprensible que aquel Calibán. Horacio lo introdujo en la lujosa oficina. Era una
habitación grande y bonita, con grandes sofás y sillones. Los humanos que trabajaban
hasta tarde la usaban para dormir. Había una gran mesa de conferencias a un lado,
rodeada de sillas. En aquel momento, un gran mapa de la isla de Purgatorio aparecía
plegado sobre ella. El resto de habitaciones, cubículos y compartimentos del Depósito
Limbo carecían de ventana pero las paredes norte y sur del lugar eran grandes
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ventanas. La meridional daba a los bulliciosos niveles superiores del Depósito, y la
septentrional a los todavía hermosos panoramas del reseco paisaje de Inferno,
praderas, desierto, montañas y cielo azul. En la pared oeste estaba la puerta por la que
acababan de entrar, junto con una fila de nichos de robots, mientras que la pared
oriental estaba casi completamente cubierta de pantallas y sistemas de comunicación
de todo tipo.
Calibán recorrió la habitación, aturdido por todo lo veía. Contempló el mapa
sobre la mesa, examinó de cerca un globo del planeta que flotaba en el aire. Se asomó
a ambas ventanas pero pareció sentir un interés especial por las vistas de la
naturaleza, al norte.
Pero el tiempo de Horacio era precioso y no podía perderlo dejando que aquel
extraño robot se asomara a la ventana.
—Amigo Calibán —dijo por fin—. Si pudieras explicarte ahora, tal vez podría
servirte de ayuda.
—Discúlpame, sí —dijo Calibán—. Es que nunca había visto estas cosas antes. El
mapa, el globo, el desierto…, incluso este tipo de habitación, son nuevos para mí.
—¿De veras? Perdóname que lo diga, amigo Calibán, pero puede que te lo
parezcan. Aunque nunca hayas visto estos objetos antes, seguramente tu sistema
interno incluye información sobre ellos. ¿Por qué te sorprendes tanto?
—¡Porque estoy sorprendido! Mi sistema casi no contiene información, aparte del
lenguaje y el conocimiento de mi propio nombre. He tenido que aprenderlo todo, bien
de un banco de datos que funciona como sistema diccionario, o gracias a la memoria
o a información de primera mano. He descubierto que debo confiar más en la segunda
técnica, ya que grandes e importantes zonas de información han sido borradas del
banco de datos.
Horacio retiró una de las sillas de madera de la mesa de conferencias y se sentó,
no por incomodidad, sino para poder parecer lo más silencioso y pasivo posible.
—¿Qué tipo de datos han sido borrados? ¿Y cómo puedes estar seguro de eso?
Tal vez nunca los hubo.
Calibán se volvió y miró a Horacio, luego cruzó la habitación y se sentó frente a
él.
—Sé que fue borrado, porque el espacio que debería estar ocupado sigue allí
todavía. Simplemente, es un espacio vacío. Hay literalmente agujeros en mi plano de
la ciudad, lugares que no existen según el plano. Algunos se encuentran dentro de los
límites de la ciudad, pero el terreno que la circunda no existe. La primera vez que fui
a la frontera de la ciudad, me preguntaba cómo sería la «nada» de más allá. —Calibán
señaló la ventana—. Las montañas que veo a través de esta ventana no existen en mi
mapa. Según él, no hay nada fuera de la ciudad de Hades. Ni tierra, ni agua, nada.
¿Tus conjuntos de datos iniciales te dijeron esas cosas?
—No, por supuesto que no. Desperté plenamente consciente de la geografía y la
galactografía básicas.
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—¿Qué es la galactografía? —preguntó Calibán.
—El estudio de las localizaciones y propiedades de las estrellas y los planetas del
cielo.
—Estrellas. Planetas. Desconozco esos términos. No están en mi banco de datos.
Horacio sólo atinó a mirarlo fijamente. Estaba claro que aquel robot sufría una
grave avería de memoria. No era posible que un robot de intelecto tan alto hubiera
salido de fábrica con una base de conocimientos tan defectuosa. Horacio decidió que
debía suponer que cualquier situación apurada podía terminar de desequilibrar a
Calibán. Como robot encargado, era su deber supervisar la salud mental de los
obreros de su sección.
Había hecho algunos estudios de robopsicología, pero nunca había visto nada
parecido a Calibán. Cualquier robot que mostrara aquel grado de confusión y
desorientación debería ser casi completamente incapaz de ninguna acción coherente.
Sin embargo, Calibán parecía funcionar bastante bien en unas circunstancias que
deberían haberle producido catatonia.
«¿Qué ha hecho la doctora Leving para que sea tan fuerte y a la vez esté tan
confundido?», se preguntó.
—Los términos «estrellas» y «planetas» no son realmente importantes —lo
tranquilizó—. ¿Hay otras lagunas importantes? ¿Algún otro tema que consideres que
deberías conocer?
—Sí —dijo Calibán—. Los robots.
—¿Cómo dices?
—Mis fuentes de datos internos no dicen nada sobre los seres como nosotros,
aparte de proporcionar el término identificatorio «robot».
Una vez más, durante largo rato, Horacio no pudo más que guardar silencio. Al
principio, incluso, pensó que Calibán estaba bromeando. Pero eso parecía imposible.
Los robots no tenían sentido del humor, y en la voz de Calibán no había más que una
mortal seriedad.
—Tienes que estar equivocado, seguro. Tal vez los datos están trastocados, mal
introducidos —sugirió.
Calibán abrió las manos, en humano gesto de indefensión.
—No —dijo—. Simplemente no están. No tengo ninguna información sobre los
robots. Esperaba que pudieras hablarme sobre ellos…, sobre nosotros.
—No sabes nada. ¿Ni sobre la ciencia de la robótica, o los modos apropiados de
dirigirse a un humano, ni la teoría subyacente a las Tres Leyes?
—Nada de eso, aunque puedo deducirlo en parte. Supongo que la robótica es el
estudio del diseño de los robots y su conducta. Y en cuanto a cómo dirigirse a un
humano, tengo muchos datos sobre ellos. Hay muchas clases sociales diferentes y
rangos, y ya he deducido que hay un sistema bastante complicado basado en todo tipo
de variables. Puedo ver que los robots han de tener su lugar en ese sistema. En cuanto
a lo último, me temo que no sé nada de la teoría subyacente a las Tres Leyes que has
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mencionado. Me temo que ni siquiera sé qué son esas Tres Leyes de las que hablas.
Horacio se desconectó durante una décima de segundo. No se desplomó, ni se
retorció violentamente, ni nada de eso. Fue más sutil, apenas un rápido momento de
total y completa disonancia cognitiva. ¡Allí, ante él, hablando de forma bastante
racional, había un robot que no sabía lo que eran las Tres Leyes! Imposible.
Completamente imposible. Se recuperó. Espera un momento.
Había oído hablar de casos como aquel en el pasado. Sí, sí. Existían casos,
muchos de ellos, de robots que no sabían que conocían las Tres Leyes, y sin embargo
las obedecían de todas formas. Debía ser algo parecido. Sí. Sí. La alternativa era
impensable, imposible.
—¿Por qué no me lo cuentas todo? —sugirió Horacio—. Empieza por el
principio, y no te dejes nada.
—Eso podría requerir algún tiempo —dijo Calibán—. ¿Causará algún problema
apartarte de tus deberes tanto tiempo?
—Puedo asegurarte que no hay ningún deber más importante para mí en este
momento que tratar con un robot en tu situación.
Lo cual era cierto. Horacio no podía dejar que Calibán se marchara, como
tampoco hubiese podido marcharse de una casa habitada donde se declarara un
incendio.
—Me siento enormemente aliviado —dijo Calibán—. Al fin tengo a alguien
compasivo, experimentado e inteligente que me escuchará y podrá ayudarme.
—Haré todo lo que pueda —dijo Horacio.
—Excelente. Entonces déjame empezar por el principio. Sólo llevo vivo muy
poco tiempo. Desperté hace dos días en los Laboratorios Robóticos Leving, y lo
primero que vi fue a una mujer, a la que luego he podido identificar como Fredda
Leving, inconsciente en el suelo ante mí, con un charco de sangre bajo su cabeza.
Horacio retrocedió, asombrado.
—¡Inconsciente! ¡Sangrando! Es una noticia terrible. ¿Se recuperó? ¿Pudiste
socorrerla, o pedir ayuda?
Calibán vaciló un instante.
—He de admitir que tendría que haberlo hecho, pero hasta que lo has sugerido, no
se me ocurrió hacerlo. Tendría que haber buscado la ayuda de alguien. Pero mi propia
inexperiencia es mi defensa. El mundo era nuevo para mí… de hecho todavía lo es.
No, me marché y dejé la sala y el edificio.
Horacio sintió que se quedaba helado. Aquello era inconcebible. Un robot, el
robot que tenía delante, se había marchado dejando a una humana malherida. Su
visión se oscureció de nuevo, pero consiguió aguantar.
—Yo… ah… yo… tú… —No se sorprendió al advertir que era incapaz de hablar.
Calibán pareció preocupado.
—Discúlpame, amigo Horacio. ¿Te encuentras bien?
Horacio recuperó la voz, aunque sin controlarla del todo.
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—¿La dejaste allí? ¿Inconsciente y sangrando? ¿A pesar de que, por tu inacción,
pudiste haberle causado la muerte? —Decir las últimas palabras le costó un gran
esfuerzo. Sólo con oírlas en boca de otro podía sentir el conflicto de la Primera Ley
agolpándose en su interior, interfiriendo su propia habilidad para funcionar. Y sin
embargo Calibán no parecía afectado—. ¿Estás diciendo que no hiciste na-na-nada
para ayudarla?
—Pues, sí.
—¿Pero y la Primera Ley?
—Si es una de las Tres Leyes que mencionaste antes, ya te he dicho, amigo
Horacio, que nunca he oído hablar de ellas. Ni siquiera conocía el concepto de ley
hasta que busqué la palabra «sheriff» después de que la policía intentara destruirme.
—¡Destruirte!
—Sí, con una especie de explosión masiva, mientras me perseguían.
—¡Te perseguían! ¿No te ordenaron que te detuvieras?
—Si lo hicieron, no los oí. El hombre de los paquetes me ordenó que me parara,
pero no vi ningún motivo para obedecerlo. No tenía ninguna autoridad sobre mí.
—¿Rehusaste una orden directa de un ser humano?
—Bueno, sí. ¿Qué hay con eso?
Tenía que ser real. No podía ser un fantástico malentendido causado por alguna
avería que hubiera hecho que aquel pobre desgraciado perdiera la conciencia de las
Leyes, incluso mientras las cumplía. Aquel robot, ese Calibán, nunca había oído
hablar de las Tres Leyes, y no estaba obligado por ellas. Si uno de los modelos DAA-
BOR de las cubiertas de carga hubiera dado súbitamente a luz a un bebé robot,
Horacio no se habría sentido más sorprendido.
Pero tenía que enterarse de aquello. La policía necesitaría saber todo lo posible
sobre ese robot. Era mejor dejarlo hablar, y llamar a las autoridades después de que lo
hubiera hecho, después de que él conociera toda la historia.
—Creo que será mejor que vuelvas a empezar por el principio —dijo.
—Sí, desde luego.
Calibán empezó a contarle todo lo que le había sucedido, desde sus primeros
momentos al despertar junto a la inconsciente Fredda Leving, describiendo todo lo
sucedido desde entonces. Su deambular por la ciudad, su encuentro con los colonos
destructores de robots, el descubrimiento de lagunas en su conocimiento, la
persecución policial, todo. Contó su historia rápida y cuidadosamente.
Horacio se sentía más y más confundido. Varias veces descubrió que quería
detener a Calibán y hacer una pregunta, pero era incapaz de hacerlo. No era
sorprendente que su centro fónico funcionara mal, dado el grado de disonancia
cognitiva al que lo inducía la historia de Calibán. Podía sentir cómo su propio
intelecto se preparaba para bloquearse, cayendo en un estado en el cual la mera
audición de las violaciones de las leyes que había hecho Calibán lo dañaba
severamente. Y el otro robot hablaba de su conducta increíble y aterradora de un
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modo casual, como si nada en ella fuera extraño, anormal o antinatural. Era difícil
enfocar, difícil concentrarse…
¡Un momento! Algo estaba mal. Tenía que hacer algo. Algo sobre la policía.
Tenía que llamarlos. Llamarlos. Hacer que se llevaran a aquel horrible robot de allí de
allí de allí. Un momento. Atención. Había que hacerlo sin alertar a Calicacalibán.
Sabía que había un medio. ¿Cómo? ¿Cómo? Hiperondas. Llamar a la policía por
hiperondas. Llama. (Concéntrate. Hiperondas. Haz el enlace. Llama. Llama).
—Oficina del Sheriff —susurró la voz en su oído, mientras Calibán relataba su
viaje a través de los túneles de la ciudad.
Con una sensación de alivio palpable, Horacio reconoció que había contactado
con un agente humano. Sólo el sonido de su voz lo hizo sentirse mejor. Qué
inteligente era que la Oficina del Sheriff empleara agentes humanos en la frecuencia
de los robots.
—Aquí el robot HRC-234 —transmitió, esforzándose por emitir las palabras.
Incluso a través de hiperondas, incluso con un humano al otro extremo de la línea, la
reacción al conflicto de la Primera Ley le hacía casi imposible formar las palabras.
¿Cómo decirlas? De repente, lo supo—. Nooo puedo, ha-hablar —envió al oficial—.
Calib-b-b-án.
Calibán había dicho que la policía lo perseguía. Si sabían su nombre…
—¿Qué? Repítelo, HRC-234.
Había algo urgente, ansioso, en la voz del agente, algo que indicó a Horacio que
el humano sabía quién era Calibán. Horacio se concentró, hizo un esfuerzo total por
emitir claramente.
—CaliCalibanbán. Haaaaabla bloqueada.
—Comprendo. El robot descarriado Calibán está contigo y sufres un bloqueo
fónico. Buen trabajo, HRC-234. Mantén tu frecuencia de emisión abierta para
proporcionar una señal. Las unidades aéreas estarán allí dentro de noventa segundos.
«Buen trabajo», había dicho el oficial humano. Horacio se sintió súbitamente
mejor, capaz de advertir de nuevo cuanto lo rodeaba.
—¡…migo Horacio! ¿Qué te ocurre? ¡Horacio!
Horacio volvió en sí y vio que Calibán le sacudía el hombro.
—¡Qué! Lo siento, perdí contacto. No pude oírte mientras que hipe… hipe…
hipe…
Demasiado tarde, Horacio recuperó el control parcial de sus centros fónicos. Se le
había escapado.
—¿No pudiste oírme mientras hacías qué? —pregunto Calibán, pero Horacio no
añadió más—. ¡Hiperondas! —dijo Calibán—. ¡Mientras pedías ayuda al sheriff por
hiperondas! ¿Qué otra cosa era de esperar?
—¡Yo… yo… tenía que llamar! ¡Eres un peligro! ¡Peligro!
De repente, el aire se agitó con un remolino de coches descendiendo a toda
velocidad. Ambos robots se volvieron hacia las ventanas de la cara norte del edificio.
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Horacio sintió una oleada de alivio al ver los coches azul celeste de la policía
aterrizando.
Pero todavía estaba aturdido por el conflicto con la Primera Ley. Apenas volvió la
cabeza a tiempo para ver a Calibán atravesar con el puño la ventana sur y saltar por la
abertura. Horacio se levantó, se dirigió hacia allí tan lentamente como si estuviera
hundido en barro hasta la cadera.
Hubo un tronar de pesadas botas en el pasillo, y luego un escuadrón de policías
con armaduras de combate irrumpió en la habitación. Horacio sólo pudo señalar hacia
la figura de Calibán mientras este desaparecía por uno de los túneles de entrada al
vasto laberinto subterráneo del Depósito.
Dos de los policías alzaron sus armas y dispararon a través de la ventana. Un
robot DAA-BOR explotó en una lluvia de confeti azul metálico, pero Calibán ya no
estaba allí.
—¡Maldición! —exclamó un oficial—. ¡Vamos tras él!
Los humanos rompieron los cristales con la culata de sus armas y saltaron hasta el
suelo. Corrieron hacia el túnel mientras Horacio los observaba.
Pero ya sabía que nunca alcanzarían a Calibán.
Calibán corría.
A toda velocidad, esquivando las ocupadas cuadrillas de robots, escogiendo los
túneles, giros y movimientos para dejar a sus perseguidores el rastro más confuso
posible.
Todos estaban contra él. Robots, policías, colonos, civiles. Y nunca dejarían de
perseguirlo por la ciudad. No comprendía por qué, pero estaba claro por las
reacciones de Horacio que lo consideraba una amenaza.
Y eso eran ellos para él.
Muy bien, pues. Era hora de hacerle un favor a todo el mundo. Si pretendían
cazarlo a lo largo y ancho de la ciudad era hora de abandonarla. Necesitaba hacer
planes.
Calibán siguió corriendo hasta perderse en la oscuridad.
Donald conducía hábilmente el coche aéreo de Alvar a través de la noche, en
dirección al Auditorio Central.
—Desgraciadamente, los oficiales no pudieron seguirlo en los túneles —dijo—.
Calibán ha aprendido a hacer buen uso de los caminos subterráneos.
Kresh sacudió la cabeza. Había conseguido echar una siesta rápida a media tarde,
pero todavía estaba muy cansado. Era difícil concentrarse. Naturalmente, el segundo
fracaso de sus hombres al efectuar la detención de Calibán tendía a aclarar un poco
las cosas.
—De vuelta a los túneles —dijo, casi para sí mismo—. Y mis oficiales casi nunca
han tenido necesidad de bajar allí. No conocen el camino. —Kresh pensó durante un
minuto—. ¿Qué hay de los robots presentes? ¿Por qué demonios no les ordenaron los
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oficiales que rodearan y sometieran al robot Calibán?
—Sospecho que fue por la simple razón de que nadie lo pensó. Ningún miembro
de su equipo, ningún robot de este planeta, ha tenido necesidad antes de perseguir a
un robot descarriado. La idea de perseguir a un robot parece una contradicción.
—Nadie ha pensado en las implicaciones de esta situación —reconoció Kresh—.
Incluso yo tengo problemas para recordar que perseguimos a un robot peligroso.
Demonios, probablemente podríamos haber utilizado a otros robots para detenerlo en
media docena de ocasiones. Pero ya es demasiado tarde. Ahora sabe que también
tiene que desconfiar de los otros robots. Ah, bien. Al menos hay algo consistente en
este caso, Todo sale mal.
—Señor, recibo una llamada de Tonya Welton.
Alvar Kresh refunfuñó. La maldita mujer debía de haber llamado media docena
de veces desde que salió del despacho del gobernador.
No quería hablar con ella, y el gobernador había dado a entender que no le
importaba si Welton no recibía al instante toda la información sobre el caso.
—Dile que no hay ninguna información nueva, Donald.
—Señor, eso sería falso. El incidente en el Depósito Limbo tuvo lugar después de
su última llamada…
—Entonces dile que yo digo que no hay información nueva. Eso sí es la verdad.
Era el problema de tener un robot que atendiera tus llamadas: las malditas
máquinas no sabían mentir.
—Sí, señor, pero llama para ofrecer información propia.
—Maravilloso —dijo Kresh con amargo sarcasmo—. Conéctala, sólo audio.
—Sheriff Kresh —dijo la voz de Tonya a través de la parrilla oral de Donald—.
Lamento llamarle con tanta frecuencia, pero hay algo que debería saber.
—Buenas noticias, espero —dijo Alvar, a falta de otra cosa mejor.
—De hecho, así es. Nuestra gente ha localizado a un tal Reybon Derue. Lo hemos
identificado como el jefe de ese grupo de destrozadores de robots con los que tropezó
Calibán. Parece que también tenemos al resto de la banda, y ahora están intentando
ver quién puede echar primero la culpa a los demás. Calibán les pego un susto de
muerte. No creo que haya más incidentes por el momento. La mala noticia es que
ninguno de ellos pudo decirnos sobre Calibán nada que no supiéramos.
—Ya veo —dijo Kresh. No más robots destruidos. Tres días antes, habría
considerado esa noticia como una victoria importante. Hoy era incidental—. Es
bueno saberlo, señora Welton. Gracias por informarme.
—Ya que estamos en línea, sheriff, podría ponerme al día.
—No, señora Welton. Tal vez tenga algo para usted más tarde, pero de momento,
sabe todo lo que yo sé —mintió Kresh—. Me temo que ahora tengo que volver al
trabajo. La llamaré cuando disponga de información significativa. Adiós por ahora.
Hizo un gesto a Donald y la línea se cortó.
—Si vuelve a llamar esta noche, Donald, no aceptaré la llamada. ¿Entendido?
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—Sí, señor.
—Bien. Ahora, volvamos al trabajo. ¿Qué hay de ese robot, Horacio, el
supervisor que nos llamó?
—Todavía sufre un bloqueo fónico parcial, me temo. La robopsicóloga Gayol
Patras ha estado trabajando con él desde el incidente, intentando que se recupere.
—¿Algún diagnóstico?
—«Reservado, pero optimista» fue la frase que empleó la doctora Patras en su
último informe. Espera que se recupere del todo y pueda hacer una declaración… a
menos que se esté precipitando. Intentar obtener de él tantas cosas y tan rápido podría
provocar un bloqueo permanente, y una avería generalizada.
—Ah, demonios, los psiquiatras de los robots siempre dicen lo mismo —gruñó
Alvar.
—Tal vez, señor, lo dicen siempre porque es verdad. En potencia, todos los
desórdenes mentales serios de los robots producen severos e irreparables daños a los
cerebros positrónicos.
—Como tú digas, Donald, pero la doctora Patras y tú os basáis en la presunción
de que me preocupa la recuperación del robot Horacio. No es así. Ese robot es en
todo punto sacrificable. Todo lo que me preocupa es obtener la información que hay
dentro del cerebro de ese robot lo más rápido posible. Horacio habló con Calibán.
¿Qué se dijeron? ¿Qué le contó Calibán? Te digo, Donald, que si supiéramos lo que
sabe Horacio, sabríamos mucho más que ahora.
—Sí, señor. Pero si puedo hacer una observación, su única esperanza de conseguir
esa información se encuentra en la recuperación de Horacio. No podremos
conseguirla si permanece en estado catatónico.
—Supongo que tienes razón, Donald. Pero malditos sean todos los infiernos, es
decepcionante. Por lo que sabemos, las respuestas a este caso están encerradas en el
cerebro de ese robot, esperándonos, fuera de nuestro alcance.
—Si dejamos trabajar a la robopsicóloga Patras, espero que podamos disponer de
esa información muy pronto. Mientras tanto, todos esperamos con gran expectación
la segunda conferencia de Fredda Leving. Aterrizaremos en el auditorio dentro de
ocho minutos aproximadamente. Espero que muchas de nuestras preguntas queden
contestadas cuando la escuchemos.
—Eso espero yo también, Donald. Eso espero yo también.
El coche aéreo continuó su vuelo.
Fredda Leving caminaba de un lado a otro por detrás del escenario, deteniéndose
cada uno o dos minutos para mirar a través de la cortina.
La vez anterior no había habido mucho público. Producto del poder del rumor y la
especulación, esta noche el auditorio era una casa de locos.
El local había sido diseñado para albergar a mil personas con sus asistentes
robots, que se sentaban detrás de sus dueños en asientos bajos. Pero las mil
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localidades se habían agotado hacía tiempo, y podrían haberlo hecho de nuevo.
Tras una pugna masiva, la dirección logró sentar a todo el mundo, una hazaña
conseguida a fuerza de dejar fuera a los robots y ofrecer sus sitios a la multitud. La
operación de acomodar a la gente en sus localidades estaba ocupando bastante
tiempo. La charla de Fredda empezaría tarde.
Fredda se asomó de nuevo a través de la cortina y se maravilló al ver la multitud.
Estaba claro que los rumores habían corrido. No sólo sobre su primera charla, sino
también sobre el misterioso robot descarriado Calibán, sobre los planes de sabotaje a
los robots por parte de los colonos. Circulaban interminables especulaciones referidas
al importante anuncio que se iba a hacer aquella noche. Toda la ciudad murmuraba,
llena de historias increíbles, la mayoría de ellas completamente equivocadas.
Tonya Welton y su robot femenino Ariel acompañaban a Fredda detrás del
escenario, y aunque Fredda suponía que tenían que estar allí, dadas las circunstancias,
no iba a ser fácil hablar a este público con la reina de los colonos en el escenario,
mirándolos desdeñosamente.
El gobernador Grieg estaba allí también, dispuesto a de mostrar su apoyo, aunque
de poco valiera ahora.
Gubber Anshaw y Jomaine Terach estaban asimismo presentes, tranquilos y
relajados como dos hombres que esperan al verdugo. El gobernador también parecía
inquieto. Sólo Tonya Welton se veía relajada. Bien, ¿por qué no? Si las cosas salían
mal, lo peor que podía sucederle era tener que regresar a casa.
Había bastantes colonos entre el público, sentados aparte en el lado derecho del
local. Por su aspecto, no eran los ejemplares más amables o refinados de su pueblo.
Alborotadores, sin duda. Tonya dijo que no había preparado ningún contingente
colono. ¿Entonces quién había preparado esto, y quién había decidido que asistiera
aquel puñado de matones?
Tal vez fueran amigos de los destructores de robots que habían sido arrestados.
Tal vez estaban allí para hacerles pagar por el último incidente en Ciudad Colono.
Fueran quienes fuesen, Fredda no tenía la menor duda de que esperaban una excusa
para crear problemas.
Fredda dirigió una última mirada a través de la cortina y lo que vio esta vez la
hizo maldecir en voz alta. Cabezas de Hierro. ¿Qué mejor excusa para crear
problemas podía haber? Todo un grupo, tal vez cincuenta o sesenta, fácilmente
identificables por los uniformes gris acero que insistían en llevar por algún motivo. El
propio Simcor Beddle estaba allí. Al menos los habían colocado al fondo, a la
izquierda del auditorio, lo más lejos posible de los colonos.
Sentado en el centro de la primera fila estaba Alvar Kresh. Fredda se sorprendió
al advertir que se alegraba de verlo. Tal vez las cosas no escaparían al control.
Donald, el robot de Kresh, estaba aún en el auditorio, sin duda coordinando la
seguridad. Fredda contó al menos veinte oficiales, alineados a lo largo de las paredes
en los nichos normalmente reservados a los robots. Parecían preparados para
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cualquier cosa, ¿pero quién podría saber exactamente para qué?
Suspiró. Si sólo tuviera que preocuparse por esa gente y por las palabras que iba a
pronunciar… Pero la vida no era tan simple. Subsistía la crisis de Calibán, y ahora se
presentaban confusos informes sobre Horacio y algún tipo de problema en el
Depósito Limbo. ¿Qué demonios había sucedido allí?
Miró de nuevo a Kresh. Él lo sabía. Sabía lo que le había sucedido a Horacio, y
no tenía duda de que también empezaba a comprender la verdadera historia que se
escondía detrás de Calibán.
Sintió que la cabeza le dolía un poco, y se llevó la mano al turbante. Palpó el
pequeño y discreto vendaje en su nuca, bajo el sombrero. Por lo menos, el turbante
ocultaba su cabeza rapada y el vendaje. Sin duda todo el mundo sabía que había sido
atacada, pero no había necesidad de proclamarlo.
Se apartó de la cortina y se puso a caminar por el escenario, perdida en sus
pensamientos, ajena al mundo. Pero resultaba demasiado solitario, demasiado
enervante. Necesitaba hablar con alguien. Se volvió hacia sus dos asociados, que
esperaban nerviosos.
—¿Crees que escucharán de verdad, Jomaine? —preguntó—. ¿Y tú, Gubber?
¿Crees que aceptarán nuestras ideas?
Gubber Anshaw sacudió la cabeza nerviosamente.
—No lo sé. Sinceramente, no puedo decir cómo van a reaccionar. —Entrelazó los
dedos y luego separó las manos, como si fueran dos pequeños animales a los que
tuviera problemas para controlar—. Por lo que sabemos, pueden formar un pelotón de
linchamiento al acabar la noche.
—Qué bien haces que Fredda se sienta mejor, Gubber —dijo Jomaine
ácidamente.
Gubber se encogió de hombros y se frotó la nariz con la punta de los dedos, la
mano envarada y plana.
—No hay necesidad de que me hables así, Jomaine. Fredda ha preguntado mi
opinión… y yo se la he dado, eso es todo. No será culpa tuya, Fredda, ni de nuestro
trabajo, si la gente decide no aceptar lo que digas. Siempre supimos que existía un
riesgo. Sí, al principio no estuve seguro de embarcarme en este proyecto, pero hace
tiempo que me convenciste de que tu aproximación tenía sentido. Pero lo has dicho
muchas veces: estás desafiando algo que es la religión del Estado. Si hay suficientes
creyentes enfervorizados ahí fuera…
—Oh, basta de tonterías —dijo Jomaine, cansado—. Lo único que se parece a la
adoración a los robots es la organización de los Cabezas de Hierro y su única creencia
es que los robots son la solución mágica para todo. Están aquí buscando un motivo
para crear problemas. Es la única razón por la que van a todas partes. Y te aseguro
que si no les damos motivos para pelear, harán todo lo posible para encontrar uno. La
única pregunta es si hay suficientes policías presentes para impedir que tengan éxito.
—¿Pero qué hay del resto de la gente? —preguntó Fredda.
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—Querida, no vas a conseguir una conversión total esta noche —dijo Jomaine en
un tono más amable—. Como mucho, abrirás el debate. Si tenemos suerte, la gente
empezará a pensar sobre lo que digas. Algunos tomarán un partido, otros el contrario.
Discutirán. Si tenemos suerte, las cosas que la gente ha dado por hechas toda la vida
se convertirán de repente en tema de conversación. Eso es lo mejor que podemos
esperar. —Jomaine se aclaró la garganta delicadamente, con un ruidito afectado—. Y
—añadió en tono seco—, el hecho de que vayas a presentarles un fait accomplit al
final de la noche intensificará ese debate, aunque sólo sea un poco.
Fredda sonrió.
—Sí, supongo que tienes razón. No va a resolverse esta noche. —Se volvió hacia
Gubber, pero advirtió que este se había marchado hacia el otro extremo del escenario
y charlaba con Tonya Welton mientras el gobernador permanecía sentado silencioso
ante la mesa—. Ha afectado a Gubber más que a ninguno de nosotros, ¿verdad? —
dijo Fredda—. Desde que todo esto empezó, está peor que nunca.
Jomaine Terach carraspeó nervioso. Gubber estaba sin duda más tenso que de
costumbre, pero Jomaine no estaba plenamente convencido de que eso tuviera que
ver con la crisis de Calibán o con los robots N. L. Jomaine no podía imaginar que
tener un romance supuestamente secreto con Tonya Welton fuera una actividad
relajante.
¿Conocía Fredda el asunto? Tal vez no. Por la forma en que los chismorreos se
difundían por los lugares de trabajo, el jefe era a menudo el último en enterarse.
«¿Debía decírselo?», se preguntó por enésima vez. Y por enésima vez llegó a la
misma conclusión. Dadas las tensas relaciones entre Laboratorios Leving y el
Proyecto Limbo, en otras palabras, entre Fredda y Tonya, Jomaine no veía sentido en
decírselo a Fredda y darle así algo más por lo que preocuparse.
—Vamos, Fredda —dijo—. Ya es casi la hora de volver a empezar.
—¡No podemos hablar aquí! —susurró Tonya, enfadada. Odiaba esto, pero no
podía evitarlo. Aquí tenía a Gubber, apenas a medio metro de distancia. Y en vez de
rodearlo con sus brazos y sentir su calor, se veía obligada a gritarle, a rechazarle, a
hacerle ver que era el último hombre del mundo con el que quería estar—. Ya es
suficientemente malo que esta charada nos obligue a aparecer en público sobre el
mismo escenario, pero no pueden vernos juntos hablando. La situación ya es bastante
difícil sin que uno de los agentes de Kresh sume dos y dos.
—El… telón está bien bajado —dijo Gubber, entrelazando torpemente sus manos
—. Kresh no puede vernos.
—Por lo que sabemos, tiene robots de vigilancia haciéndose pasar por
acomodadores, o escuchando dispositivos colocados detrás del escenario —dijo
Tonya, esforzándose por mantener la voz firme. Por el bien de ambos, no se atrevía a
darle lo que quería.
—¿Por qué demonios haría una cosa así? —preguntó Gubber, profundamente
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confundido.
—Porque puede que sospeche ya. Estoy segura de que hay rumores sobre
nosotros. Si se ha enterado de algo, puede estar interesado en lo que tengamos que
decirnos. Así que no debemos decir nada. No podemos vernos, y debemos asumir que
todos los sistemas de comunicación estarán intervenidos. No debemos tener contacto
directo hasta que esto se acabe, o todo se estropeará.
—¿Pero cómo podemos…? —empezó a decir Gubber, pero entonces guardó
silencio. Pobre hombre. Ella pudo verlo en sus ojos. Pensaba que aquello era el final.
El corazón de Tonya se llenó de tristeza. Él tenía siempre mucho miedo de que ella
rompiera, de que cortara sus amarras, de que ya no se arriesgara más. Consideraba
que era un loco sueño pensar que una mujer como ella pudiese querer a un tipo como
él.
Qué poco sabía. La mitad de las mujeres colonos que Tonya conocía hubieran
hecho cualquier cosa por un hombre como Gubber, un hombre amable y reflexivo
que sabía tratarla con afecto y cortesía. Los hombres colonos estaban siempre
bravuconeando, decididos a demostrar su virilidad con otra conquista más. Tonya
sonrió para sí. A Gubber no le hacía falta demostrar nada en ese sentido.
—Gubber, Gubber —dijo Tonya, la voz súbitamente suave y amable—. Querido.
Veo lo que estás pensando, y no es así. No voy a dejarte. Nunca podría hacerlo. Pero
tal como están las cosas, sería casi suicida encontrarnos o usar las redes de
comunicación. Te enviaré a Ariel con un mensaje esta noche. Es todo lo más que
podemos arriesgarnos. ¿De acuerdo?
Tonya vio cómo el alivio inundaba a Gubber.
—Gracias —dijo.
—Vamos —añadió Tonya—. Están a punto de empezar.
Alvar Kresh estaba sentado en la primera fila del auditorio, acompañado por
Donald. Era la única persona cuyo robot personal estaba presente. El rango tenía sus
privilegios.
—Discúlpeme, señor. Estoy recibiendo una transmisión en clave. Espere. La
recepción está completa.
Por otra parte, había ocasiones en que tener a Donald cerca podía ser una clara
molestia. Este no era el mejor momento ni el mejor lugar para recibir un documento
confidencial.
—Demonios, la conferencia está a punto de empezar. Léelo, Donald, y dime si
puede esperar.
—Sí, señor. Un momento. —Donald se quedó contemplando la nada durante
varios segundos, y luego volvió a la vida—. Señor, creo que lo mejor será que lo lea
de inmediato. Es una transcripción de la primera entrevista con el robot Horacio. La
robopsicóloga Patras parece haber sacado con éxito al robot de su catatonia.
—¿Qué dice la transcripción?
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—Señor, creo que debería leerlo usted mismo. No quisiera sorprenderle, y he de
admitir que encuentro el contenido bastante preocupante. Me parecería muy
desagradable discutir sobre el tema.
Kresh refunfuñó, incómodo. Parecía que el estado mental de Donald se hacía cada
vez más delicado. Bien, había que observar a los robots policías debido a ello, pero se
estaba convirtiendo en una molestia demasiado frecuente.
—Muy bien, de acuerdo —dijo—. Imprime una copia en papel y tal vez pueda
leerla antes de que Leving comience su charla.
Se produjo un suave zumbido en el interior de Donald, y una puertecita se abrió
en su pecho, revelando una ranura. Los papeles empezaron a salir página por página.
Donald los fue cogiendo con la mano izquierda y los agrupó en la derecha. Tendió el
fajo a Kresh.
El sheriff empezó a leer, devolviendo ausente cada página a Donald cuando iba
acabando.
Y entonces Kresh empezó a maldecir.
—Muy preocupante, como dije, señor.
Alvar Kresh asintió. No se atrevía a discutir aquello abiertamente con Donald, no
en público y con el resto de los asistentes al acto a su alrededor. Era mejor no decir
nada. Estaba claro que Donald había llegado a la misma conclusión.
No era extraño que Donald hubiera encontrado perturbadora la transcripción. No
era extraño que el robot Horacio hubiera quedado bloqueado. Si las clarísimas
implicaciones de esta transcripción eran ciertas, había un robot ahí fuera que no
obedecía las Tres Leyes.
No. No podía creerlo. ¡Nadie estaría tan loco como para construir un robot sin las
Leyes! Tenía que haber otra explicación. Tenía que tratarse de un error.
Excepto que Calibán, el robot en cuestión, había sido construido por la mujer del
escenario, que había usado su primera conferencia para decir que los robots no eran
beneficiosos para los humanos, incluso mencionando todo lo que había de defectuoso
en las Tres Leyes. Encajaba. ¿Pero por qué demonios estaba encubriendo al robot que
la había atacado? No, eso era un tema secundario. Alvar Kresh decidió, firmemente,
dejarse de conjeturas y aceptar la situación. Un robot sin las Leyes. No podía ser real,
pero tenía que serlo. Tendió a Donald la última página, y el robot las guardó todas en
una rendija de almacenamiento en su costado.
—¿Qué vamos a hacer, señor?
¿Hacer? Una pregunta excelente. La situación era un polvorín. En teoría, tenía la
prueba para actuar contra Fredda Leving. Pero no ahora. ¿Qué podía hacer? ¿Subirse
al escenario y arrestarla en mitad de su discurso? No. Hacerlo podría romper
fácilmente el delicado equilibrio con los colonos. Fredda Leving estaba relacionada
con aquello, estaba claro. Cómo, no tenía ni idea. Además, le daba la impresión de
que necesitaba oír lo que ella tenía que decir si quería solucionar este caso.
Tenía otras vías de acción abiertas aparte de arrestar a Fredda Leving.
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—No podemos detener a Leving, Donald, por mucho que me gustaría hacerlo —
dijo Kresh por fin—. No con el gobernador y Welton a su lado. Pero en el momento
en que esta maldita charla se acabe, iremos a por Terach y Anshaw. Es hora de
trabajar un poco a esos dos.
En cuanto a Fredda Leving, tal vez no pudiera arrestarla esa noche. Pero no tenía
intención de hacerle la vida fácil. Miró al escenario, esperando a que el telón se
abriera.
Por fin, Fredda pudo oír el sonido que había estado esperando y temiendo. El
gong se apagó y el público empezó a calmarse. Estaba a punto de empezar. Un robot
tramoyista hizo al gobernador Grieg una señal con la mano y este asintió. Se acercó a
Fredda y le tocó el brazo.
—¿Preparada, doctora?
—¿Qué? Oh, sí, sí, por supuesto.
—Entonces creo que deberíamos empezar.
La condujo a un asiento tras la mesa situada a un lado del escenario, sentándola
entre Tonya Welton, a un lado, y Gubert y Jomaine, al otro.
Todos tenían a sus robots asistentes cerca. El viejo Tetlak, que acompañaba a
Gubber desde siempre. La última unidad moderna de Jomaine. ¿Cómo se llamaba?
¿Bentran? Algo así. El chiste que se hacía en el laboratorio era que cambiaba de robot
personal con más frecuencia que de calzoncillos. A Tonya Welton la acompañaba
Ariel.
Una extraña ironía. Tonya estaba en Inferno para predicar contra los robots, y
aquí estaba, con la robot que Fredda le había dado en días más felices. Mientras tanto,
la propia Fredda no tenía robot alguno.
Con un respingo, advirtió que el telón se había abierto, que el público aplaudía
amablemente al gobernador, a pesar de unos cuantos abucheos desde el fondo, y que
el gobernador se había lanzado a presentar. De hecho, estaba terminando ya. ¡Cielos e
infiernos! ¿Cómo podía su mente divagar tanto? ¿Era a algún efecto posterior a la
herida, o el tratamiento, o sólo su forma subconsciente de afrontar el miedo al
escenario?
—… No espero que estén de acuerdo con todo lo que tiene que decir —anunciaba
el gobernador Grieg—. Yo mismo no estoy de acuerdo con muchas cosas. Pero creo
que debemos escucharla. Estoy convencido de que sus ideas y las noticias que nos
dará tendrán tremendas repercusiones para todos nosotros. Damas y caballeros, por
favor, demos la bienvenida a la doctora Fredda Leving.
Se volvió hacia ella, sonriente, encabezando el aplauso.
Sin saber del todo si no sería más inteligente echar a correr hacia la salida, Fredda
se levantó y se acercó al atril. Chanto Grieg se retiró hacia la mesa y se sentó junto a
Jomaine.
Allí estaba, sola. Miró los rostros y se preguntó qué locura la había traído a aquel
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lugar. Pero ahí estaba, y no podía hacer otra cosa más que continuar.
Se aclaró la garganta y empezó a hablar.
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—Gracias, amigos míos —comenzó—. Esta noche pretendo presentarles un análisis
de las Tres Leyes. Sin embargo, antes de pasar a un examen detallado ley por ley,
creo que sería aconsejable revisar cierta información pasada y determinar con
exactitud nuestra perspectiva histórica.
»En mi anterior conferencia presenté argumentos que intentaban establecer que
los humanos tienen a los robots en baja consideración, que el uso y abuso de los
robots nos está degradando a nosotros y a ellos, que los humanos hemos permitido
que nuestra perezosa confianza en los robots nos prive de la habilidad para ejecutar
las tareas más elementales. Hay un hilo común que sostiene todos estos problemas,
un tema que los enlaza a todos.
»Es el tema, damas y caballeros, de las Tres Leyes. Están en el núcleo de todo lo
relacionado con la robótica.
Fredda hizo una pausa y contempló al público. Vio la mirada de Alvar en primera
fila. Se sorprendió al advertir la ira en su rostro. ¿Qué había sucedido? Kresh era un
hombre razonable. ¿Qué podía haberlo enfadado tanto? ¿Se había enterado de algo?
Esa posibilidad ató un nudo en su estómago. Pero no importaba. Ahora no. Tenía que
continuar con la conferencia.
—Al principio de mi charla anterior, pregunté para qué sirven los robots. Hay una
cuestión paralela: «¿Para qué sirven las Tres Leyes? ¿A qué propósito sirven?». Esa
pregunta me sorprendió cuando me la planteé por primera vez. Era muy similar a
preguntar «¿Para qué sirven las personas?», o «¿Cuál es el significado de la vida?».
Algunas preguntas son tan básicas que no tienen respuesta. Las personas son. La vida
es. Contienen su propio significado. Debemos hacer de ellas lo que podamos. Pero
con los robots, con las Leyes, he de recordarles una vez más que son invenciones
humanas, diseñadas seguramente con un propósito específico en mente. Podemos
decir para qué sirven las Tres Leyes. Exploremos la cuestión.
»Cada una de las Leyes está basada en varios principios subyacentes, algunos
claros y otros no tan inmediatamente evidentes. Los principios iniciales que sostienen
las Tres Leyes derivan de la moralidad humana universal. Esto es un hecho
demostrable, pero las transformaciones matemáticas en la anotación posicional
positrónica requeridas para demostrarlo no son por supuesto lo que este público
quiere oír. Hay muchos días en que ni siquiera yo quiero oír hablar de esas cosas.
La frase desató algunas unas risas. Bien. Todavía estaban con ella, dispuestos a
escuchar. Fredda miró sus notas; tomó un nervioso sorbo de agua, y continuó.
—Baste decir que esas técnicas pueden ser utilizadas a fin de generalizar las Tres
Leyes para que se interpreten como sigue: uno, los robots no deben ser peligrosos;
dos, deben ser útiles; y tres, deben ser tan económicos como sea posible.
»Nuevas transformaciones matemáticas usadas por los modeladores sociológicos
demostrarán que esta jerarquía de preceptos básicos es idéntica a un subconjunto de
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normas de todas las sociedades humanas morales. Podemos extraer idénticos
conceptos de la matemática estándar idealizada y los códigos morales generalizados
usados por los modeladores sociológicos. Esos conceptos pueden ser advertidos cada
vez que las leyes superiores anulan a las de rango inferior cuando dos de ellas entran
en conflicto: No causes daño, sé útil a los demás; no te destruyas a ti mismo.
»En resumen, las Tres Leyes engloban algunos ideales de conducta que están en
el centro de la moralidad humana, ideales que los humanos ansían pero nunca
cumplen. Todo esto parece muy cómodo y tranquilizador, pero tiene defectos.
»Primero, por necesidad, las Tres Leyes están grabadas en el mismo núcleo del
cerebro positrónico como absolutos matemáticos, sin ninguna zona gris o espacio
para la interpretación. Pero la vida está llena de zonas grises, lugares donde las reglas
puras y simples no pueden funcionar bien, y debe aplicarse en cambio el juicio
individual.
»Segundo, los humanos viven con muchas más de tres leyes. Volviendo de nuevo
a los resultados producidos por los modelos matemáticos, puede demostrarse que las
Tres Leyes son el equivalente a una buena aproximación de primer orden a la
conducta humana idealizada. Pero son sólo una aproximación. Son demasiado
rígidas, demasiado simples. No pueden cubrir nada que se parezca al conjunto
completo de situaciones normales, mucho menos servir en circunstancias inauditas y
únicas donde debe aplicarse el auténtico juicio independiente. Todo ser restringido
por las Tres Leyes será incapaz de enfrentarse a una amplia gama de circunstancias
que pueden darse a lo largo de toda una vida de contacto con el universo inmediato.
En otras palabras, las Tres Leyes impiden la supervivencia como individuo libre.
Matemáticas relativamente simples pueden demostrar que los robots que actúan
obedeciendo las Tres Leyes, pero sin control humano final, tendrán una alta
probabilidad de estropearse, si son expuestos a situaciones de decisión de carácter
humano. En resumen, las Tres Leyes incapacitan a los robots para enfrentarse sin
ayuda a un entorno poblado por algo que no sean otros robots.
»Sin la habilidad para tratar con las zonas grises, sin las miles de leyes y reglas
internas que guían las decisiones humanas, los robots no pueden tomar decisiones
creativas o hacer juicios ni siquiera remotamente tan complejos como los que
nosotros hacemos.
»Aparte está el problema de la interpretación. Imaginen una situación en la que
un criminal dispara a un oficial de policía. Es normal que el policía se defienda,
incluso usando la fuerza. La sociedad da permiso, y hasta espera, que el policía
someta o incluso mate a su asaltante, porque la sociedad valora su propia protección,
y la vida del oficial, por encima de la vida del criminal. Ahora imaginen que ese
oficial está acompañado por un robot. Naturalmente, el robot intentará proteger al
policía del criminal… pero del mismo modo intentará proteger también al criminal
del policía. Intentará casi con toda seguridad impedir que el policía dispare a su vez
contra el criminal. El robot intentará que no se cause daño a ningún humano. Se
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interpondrá en la línea de fuego del policía, o dejará que el criminal escape, o
intentará desarmar a ambos combatientes. Podría intentar protegerlos de los disparos
del otro, aunque eso cause su propia destrucción y la inmediata continuación del
tiroteo.
»De hecho, hemos efectuado varios simulacros de encuentros así. Sin la presencia
del robot, el oficial de policía puede a menudo derrotar al criminal. Con un robot, hay
resultados más probables que la victoria policial: la muerte del policía y el criminal
con la destrucción del robot, la muerte del policía y la destrucción del robot, la
destrucción del robot con la huida del criminal, la muerte del criminal y/ o del policía
con el robot sobreviviendo el tiempo suficiente para estropearse debido a conflictos
masivos Primera Ley-Primera Ley y Primera Ley-Segunda Ley.
»Teóricamente, es posible que un robot juzgue la situación adecuadamente, y no
se bloquee al sentirse culpable de la muerte del criminal. Debe poder decidir que el
bien inmediato y a largo plazo se cumplen si el policía vence, y que ayudar o
defender a un criminal preparado para tomar la vida de un agente de la ley es al final
una auto derrota, porque el criminal casi con toda certeza atacará de nuevo a la
sociedad de otras formas si se le permite sobrevivir. Sin embargo, en la práctica,
todos los robots menos los más sofisticados con los potenciales más refinados y
equilibrados de la Primera Ley, no tienen ninguna esperanza de tratar adecuadamente
con una situación semejante.
»Todas las leyes y reglas por las que vivimos están sujetas a las complicaciones
de la interpretación. Los humanos tenemos tanta práctica para vivir con esas
complicaciones que no somos conscientes de ellas. La forma adecuada de entrar en
una habitación cuando hay una fiesta empezada a media tarde, la forma correcta de
dirigirse a la viuda de tu abuelo que ha vuelto a casarse, las circunstancias bajo las
cuales uno debe o intentará o no citar una fuente en un trabajo científico. Todos
sabemos qué cosas están bien aunque no seamos conscientes de que lo sabemos. Y
ese conocimiento práctico no está limitado a temas triviales.
»Por ejemplo, es una ley universal humana que el asesinato es un crimen. Sin
embargo, la defensa propia es, en todas partes, una defensa legítima contra la
acusación de asesinato; niega el crimen y perdona el acto. Capacidad disminuida,
enajenación mental transitoria, circunstancias atenuantes, grados del crimen de
asesinato que varían desde el homicidio al asesinato premeditado… hay muchos
tonos intermedios de gris en el blanco y negro de la ley contra el asesinato. Como
hemos visto con mi ejemplo del policía y el criminal, esas gradaciones no se reflejan
en la rigidez de la Primera Ley. No hay espacio para juzgar, para buscar
circunstancias atenuantes o permitir la flexibilidad. El sustituto más parecido a la
flexibilidad que un robot puede tener es un ajuste en el potencial entre las Tres Leyes,
e incluso esto es sólo posible dentro de unos límites.
»¿Para qué sirven las Tres Leyes? Para responder a mi propia pregunta, entonces:
“Las Tres Leyes tienen la intención de proporcionar una simulación práctica de un
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código moral idealizado, modificado para asegurar la docilidad y obediencia de los
robots”. Las Tres Leyes no fueron escritas con la intención de modificar la conducta
humana. Pero lo han hecho, y de una forma bastante drástica.
»Después de tratar el propósito de las Leyes, veamos su historia.
»Todos conocemos las Tres Leyes de memoria. Las aceptamos como aceptamos
la gravedad, o las tormentas, o la luz de las estrellas. Las consideramos una fuerza de
la naturaleza, más allá de nuestro control, inmutables. Creemos que es absurdo no
aceptarlas, no tratar con el mundo que las incluye.
»Pero esta no es nuestra única opción. Vuelvo a repetir que las Tres Leyes son
una invención humana. Están basadas en el pensamiento humano y la experiencia
humana, cimentadas en el pasado humano. Las Leyes son, al menos en teoría, no
menos susceptibles de examen y no más inmutables en la forma que cualquier otra
invención humana: la rueda, la nave espacial, el ordenador. Todas estas cosas han
cambiado, o han sido sustituidas, por nuevos productos de la creatividad, nuevos
inventos.
»Podemos mirar cada una de esas cosas, ver cómo se han hecho, y cómo las
hemos cambiado, cómo las ponemos al día para que se ajusten a nuestros tiempos.
También, si queremos, podemos cambiar las Tres Leyes.
Hubo un jadeo colectivo en la audiencia, gritos desde el fondo, una tormenta de
abucheos y gritos airados. Fredda sintió los gritos y lamentos como si fueran golpes
contra su cuerpo. Pero sabía que aquello iba a suceder. Se había preparado para ello,
y respondió.
—¡No! —dijo—. Así no. Todos ustedes fueron invitados a unirse a una discusión
intelectual. ¿Cómo pueden ustedes decir que somos la sociedad más avanzada de la
historia de la civilización humana si la simple sugerencia de una idea nueva, un
tímido cambio a la ortodoxia, les convierte en una turba? Responden como si mis
palabras fueran un ataque a la religión que pretenden no tener. ¿Creen de verdad que
las Tres Leyes están predeterminadas, que son una especie de fórmula mágica inserta
en el tejido de la realidad?
Eso los hirió. Los espaciales se enorgullecían de su racionalidad. Al menos casi
siempre. Hubo más gritos, más abucheos, pero al menos parte del público parecía
dispuesto a escuchar. Fredda les dio otro momento para calmarse y luego continuó.
—Las Tres Leyes son una invención humana —repitió—. Y como todas las
creaciones humanas, son un reflejo de la época y el lugar en que fueron formuladas
por primera vez. Aunque mucho más avanzados en muchos aspectos, los robots que
utilizamos hoy son en esencia idénticos a los primeros robots verdaderos que fueron
creados hace miles de años. Los robots que los espaciales usamos en la actualidad
tienen cerebros cuyo diseño básico ha permanecido inalterable desde los días
anteriores a la entrada de la humanidad en el espacio. Son herramientas hechas para
una cultura que se desvaneció mucho antes de que se construyeran las grandes
ciudades subterráneas de la Tierra, antes de que los primeros espaciales fundaran
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Aurora.
»Sé que parece increíble, pero no tienen por qué aceptar mi palabra. Búsquenlo
ustedes mismos. Si investigan lo más recóndito del pasado, verán que es así. No
envíen a sus robots a averiguarlo por ustedes. Vayan a sus paneles de datos y busquen
personalmente. El conocimiento está allí. Busquen el mundo y la época en que
nacieron los robots. Verán que las Tres Leyes fueron escritas en una época muy
distinta a la nuestra.
»Encontrarán referencias referidas a algo llamado “complejo de Frankenstein”.
Esto, a su vez, es una referencia a un mito muy antiguo acerca de un trastornado
mago-científico que unió partes de cadáveres de criminales condenados para crear un
temible monstruo. Algunas versiones del mito informan de que el monstruo era en
realidad un alma noble y gentil, mientras que otras lo describen como feroz y asesino.
Todas las versiones coinciden en que el monstruo era temido y odiado prácticamente
por todo el mundo. Según la mayoría de las variantes de la historia, la criatura y su
creador fueron destruidos por un grupo de ciudadanos aterrorizados, que aprendieron
a estar preparados para el inevitable momento en que la historia se repitiera, cuando
otro nigromante volviera a descubrir el secreto de dar vida a la carne putrefacta.
»Ese monstruo, damas y caballeros, era la imagen mítica popular del robot
cuando se crearon los primeros robots auténticos. Una cosa hecha de carne humana
putrefacta, arrancada de los cuerpos de los muertos. Algo perverso nacido con todos
los impulsos más bajos y malignos de la humanidad en su alma. El miedo a esta
criatura imaginaria, superpuesto a los robots reales, era el complejo de Frankenstein.
Sé que será imposible de creer, pero los robots no eran vistos como sirvientes
mecánicos completamente dignos de confianza, sino como amenazas potenciales,
como seres temibles. Los hombres y mujeres agarraban a sus hijos y huían cuando los
robots (robots verdaderos, con las Tres Leyes introducidas en sus cerebros
positrónicos) se acercaban.
Se sintieron más murmullos de incredulidad por parte del público, pero ahora
estaban con ella, aturdidos por el extraño mundo que describía. Les estaba hablando
de un pasado situado casi más allá de su imaginación, y se sentían fascinados. Incluso
Kresh, en primera fila, parecía haber perdido parte de su ferocidad.
—Hay más —dijo Fredda—. Hay mucho más que necesitamos comprender sobre
los días en que fueron escritas las Leyes. Pues los primeros robots fueron construidos
en un mundo de miedo y desconfianza universal, cuando los habitantes de la Tierra
estaban organizados en un puñado de bloques, cada bando armado con armas tan
terribles que podían borrar toda la vida del planeta, cada uno temiendo que el otro
golpeara primero. Al final, el hecho de la existencia de las armas se convirtió en el
tema político central de la época, relegando cualquier otra diferencia moral y
filosófica. Para impedir que sus enemigos atacaran, cada bando se veía obligado a
construir armas más grandes, más rápidas, más potentes.
»Ya no se trataba de ver cuál era la causa justa, sino quién podía crear máquinas
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más temibles. Todas las máquinas, todas las tecnologías, fueron consideradas primero
armas y herramientas después. Imaginen, si pueden, un mundo donde un inventor se
aparta de su trabajo y, rutinariamente, no se pregunte cómo puede ser útil un nuevo
invento, sino cómo puede ser usado mejor para matar a mis enemigos. Cada vez que
era posible, las máquinas y la tecnología eran convertidas en herramientas de muerte
que empujaban a la sociedad por caminos más intrincados. La primera de las grandes
ciudades subterráneas de la Tierra fue una herencia de este periodo, diseñada no por
su utilidad y eficacia, sino como protección contra las horribles bombas nucleares que
podían destruir una ciudad de la superficie en un abrir y cerrar de ojos.
»Al mismo tiempo que esta loca y paranoica carrera de armamentos, igual que el
complejo de Frankenstein, estaba en su apogeo, la sociedad daba sus primeros pasos
hacia el concepto de un autómata moderno, y la transición no fue agradable. En
aquella época, la gente no trabajaba porque quisiera hacerlo, o para ser útil, o para
responder a sus instintos creativos. Trabajaban porque tenían que hacerlo. Se les
compensaba económicamente por su trabajo, y era ese salario lo que pagaba la
comida que comían y ponía un techo sobre sus cabezas. Las máquinas automáticas,
los robots entre ellas, asumían más y más trabajo, con el resultado de que había
menos para la gente, y menos paga. Los robots podían crear un nuevo bienestar, pero
los pobres no podían permitirse comprar lo que creaban los robots, propiedad de los
ricos. Imaginen la furia y el resentimiento que sentirían ustedes contra una máquina
que les robara la comida de la mesa. Imaginen la profundidad de su ira si no tuvieran
forma de impedir ese robo.
»Un último argumento: hasta la era de los espaciales, los robots eran una
comodidad rara y cara. Hoy ni siquiera consideramos una cultura espacial en que los
robots sobrepasan a los seres humanos en la proporción de cincuenta o cien a uno.
Durante los primeros cientos de años de su uso, los robots eran como mucho una
milésima parte de la población humana. Lo que es raro se trata de forma distinta a lo
que es común. Un hombre que poseyera un solo robot, uno que costaba más que
todas sus otras posesiones mundanas juntas, nunca hubiese soñado con usar ese robot
como ancla para un barco.
»Esos fueron, pues, los elementos culturales que indujeron a la creación de las
Tres Leyes. El mito de un monstruo sin alma y temible construido a partir de los
muertos; la sensación de un mundo amenazado fuera de control, el profundo
resentimiento contra las máquinas que robaban el pan de la boca a las familias
pobres, el hecho de la escasez de robots y la percepción de los mismos como seres
raros y valiosos. Adviertan que hablo de percepciones, no de realidad. Lo que
importaba era cómo veía la gente a los robots, no lo que eran. Y aquella gente los
veía como monstruos invasores.
Fredda tomó aliento y contempló a su público sumido en un silencio total,
escuchando lleno de horror y sorpresa sus palabras. Continuó.
—Se ha dicho que los espaciales somos una sociedad enferma, esclavos de
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nuestros propios robots. Acusaciones similares se han alzado contra nuestros amigos
colonos que moran en sus refugios subterráneos, ocultos al mundo exterior,
asegurándose a sí mismos que es mucho más hermoso vivir fuera de la vista del cielo.
Ellos son los herederos culturales de las ciudades construidas por el miedo en la
Tierra. Estas dos visiones se presentan normalmente como exclusivas. Una cultura
está enferma, luego la otra está sana. Yo sugiero que es más razonable juzgar
independientemente la salud o la enfermedad de cada una. Considero que la salud de
ambas está en grave peligro.
»En cualquier caso, está claro que la sociedad, el periodo de tiempo en que los
robots y las Tres Leyes fueron construidos estaba mucho más enfermo que el nuestro.
Paranoide, desconfiada, sacudida por guerras violentas y horribles emociones, la
Tierra de esa época era un lugar temible. Nuestros antepasados huyeron de esa
enfermedad cuando abandonaron la Tierra. Fue el deseo de desligarse de aquello lo
que hizo que los espaciales nos negásemos a aceptar durante tanto tiempo que éramos
descendientes de la Tierra. Durante miles de años, negamos nuestra herencia común
con la Tierra y los colonos, considerando subhumano todo lo que no fueran nuestros
Cincuenta Mundos, envenenando las relaciones entre nuestros dos pueblos. En
resumen, es la enfermedad de aquel periodo olvidado lo que está en el centro del odio
y la desconfianza que existen hoy entre colonos y espaciales. La enfermedad ha
sobrevivido a la cultura que la creó.
»He dicho que todas las creaciones humanas son reflejos de la época en que
fueron creadas. Si es así, las Tres Leyes son reflejos de un espejo oscuro. Reflejan
una época en que las máquinas eran temidas y se desconfiaba de ellas, cuando la
tecnología era correctamente percibida como malévola, cuando la ganancia obtenida
gracias a una máquina sólo era posible a costa de una pérdida para un humano,
cuando incluso el hombre más rico era pobre según los estándares de nuestro tiempo,
y los pobres estaban profunda y comprensiblemente resentidos con los ricos. He
dicho y diré esta noche muchas cosas negativas sobre la cultura basada en los robots,
pero hay también muchas cosas brillantes y positivas. Nos hemos librado no sólo del
hecho en sí de la pobreza, sino de la habilidad para concebirla. No nos tememos unos
a otros, y nuestras máquinas nos sirven a nosotros, y no al contrario. Hemos
construido grandes cosas, cosas hermosas. Sin embargo, todo nuestro mundo, nuestra
cultura entera, está construido alrededor de las Tres Leyes que fueron escritas en un
tiempo de salvajismo. Su forma y redacción son como son, en parte para aplacar a las
temerosas y semibárbaras masas de esa época. Fueron, incluso en el momento de su
invención, una reacción desproporcionada a las circunstancias. Hoy, están casi
completamente apartadas de la realidad.
»Entonces: ¿Para qué sirven los robots? Al principio, naturalmente, la respuesta
fue simple. Servían para trabajar. Pero hoy, como resultado de esas Tres Leyes
escritas hace tanto tiempo, los usos originales de los robots se han visto
prácticamente subordinados a la tarea de cuidar y proteger a la humanidad.
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»Esa no fue la intención de la gente que redactó las Tres Leyes. Pero cada Ley ha
desarrollado su propio subtexto con el tiempo, formado un conjunto de implicaciones
que se hicieron evidentes sólo después de que robots y humanos vivieran juntos
durante mucho tiempo, y que resultan difíciles de ver desde dentro de una sociedad
que ha tenido una larga asociación con los robots.
»Volvamos atrás y examinemos las leyes, empezando por la Primera Ley de la
Robótica: Un robot no debe dañar a un ser humano ni, por inacción, permitir que un
ser humano sufra daño. Esto es, por supuesto, perfectamente razonable… o eso nos
decimos. Ya que son mucho más fuertes que los seres humanos, los robots deben
tener prohibido el uso de esa fuerza contra los humanos. Esto es análogo a nuestra
prohibición de violencia entre humanos. Impide que un humano utilice a un robot
como arma contra otro, ordenando por ejemplo a un robot que mate a un enemigo.
Hace que los robots sean completamente dignos de confianza.
»Pero esta Ley también define la existencia de todo robot como secundaria a la de
todo humano. Esto tenía más sentido en una época en que los robots eran incapaces
de hablar o de razonamientos complejos, pero todos los robots modernos pueden
hacer al menos eso. Tenía sentido en una época en que los pobres eran muchos y los
robots eran caros y pocos. De lo contrario, los ricos podrían haber ordenado
fácilmente a sus juguetes que los defendieran contra las masas, con resultados
desastrosos. Sin embargo, todavía hoy, en todas partes, en cualquier época, la
existencia de los robots más nobles, más valientes, más sabios y fuertes, no es nada
en comparación con la vida del criminal más despreciable y monstruoso.
»La segunda cláusula de la Primera Ley significa que en presencia de los robots
los humanos no necesitan protegerse a sí mismos. Si yo apuntara con un arma al
sheriff Kresh, que tengo sentado aquí delante, él sabe que no tiene por qué hacer
nada.
Durante un extraño y fugaz momento, Fredda consideró lo agradable que sería
hacerlo. Kresh era una amenaza, no había duda.
—Su robot personal, Donald, lo protegería. Ariel, la robot que está detrás de mí
en el escenario, me desarmaría. En un sentido muy real, el sheriff Kresh no tendría
ninguna responsabilidad de mantenerse con vida. Si escalara una montaña, dudo que
Donald lo dejara hacerlo sin que cinco o seis robots lo acompañaran, escalando ante y
detrás de él, dispuestos en todo momento a impedir que cayese. Antes que nada, un
robot intentaría convencer a su amo para que no realizara una actividad tan peligrosa.
»El hecho de que esa superprotección acabe con toda la diversión que supone
escalar montañas explica, al menos en parte, por qué ya ninguno de nosotros practica
el alpinismo.
»De un modo similar y más sutil, vivir con los robots nos ha entrenado para
considerar que todo riesgo es malo, que todo riesgo es igual. Como los robots deben
protegernos del daño, y no permitir, por inacción, que suframos daño alguno, se
esfuerzan incesantemente en buscar cualquier peligro, no importa lo leve que sea,
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para cumplir con lo que se les ha ordenado.
»No es una exageración decir que los robots protegen contra un peligro de un
millón a uno de una herida menor con el mismo fervor con que protegen contra el
riesgo de muerte casi segura. Como los riesgos menores y mayores son tratados del
mismo modo, llegamos a pensar que son lo mismo. Perdemos nuestra habilidad para
juzgar riesgos contra posibles beneficios. Estoy segura de que todas las personas del
público han tenido la experiencia de ver a un robot saltar para proteger contra riesgos
y peligros absolutamente triviales. Los robots reaccionan exageradamente, y al
hacerlo nos enseñan a temer correr riesgos de forma desproporcionada.
Culturalmente, ese miedo al riesgo se ha extendido de lo meramente físico a lo
psicológico. El atrevimiento y la osadía se consideran por lo menos desagradables y
de mal gusto. En cada ocasión, nuestra cultura nos dicta que es una tontería correr
riesgos, por pequeños que sean.
»Sin embargo, todas las cosas que merecen la pena implican cierto riesgo.
Cuando un escalador alcanza la cima de una montaña para ver el paisaje, existe,
siempre, el riesgo de caer, no importa cuántos robots estén cerca. Cuando un
científico se esfuerza por aprender algo nuevo, el riesgo incluye la pérdida de
prestigio, la pérdida de recursos, la pérdida de tiempo. Cuando una persona ofrece su
amor a otra, existe el riesgo de rechazo. El riesgo está presente en cualquier intento,
en todo.
»Pero los robots nos enseñan que el riesgo, todo riesgo, cualquier riesgo, es malo.
Su deber es protegernos del daño, no beneficiarnos. No hay ninguna Ley que diga:
Un robot ayudará a un humano a conseguir su sueño. Los robots, con su cautela, nos
enseñan a pensar sólo en cosas seguras. Les preocupan los peligros, no los beneficios
potenciales. Su conducta súperprotectora y sus constantes incitaciones a que seamos
cautelosos nos enseñan a muy temprana edad que es más sabio no correr riesgos.
Nadie en nuestra sociedad los corre. Así, la posibilidad de éxito queda eliminada de
inmediato por la posibilidad del fracaso.
El silencio de la sala se rompió, reemplazado por un bajo y furioso murmullo. La
gente hablaba, sacudía la cabeza, fruncía el ceño. Había una preocupante intensidad
en el aire.
Fredda hizo una pausa y contempló el auditorio. De repente le pareció que la sala
se había encogido. Los asientos traseros se habían adelantado, y estaban mucho más
cerca. La gente de la primera fila parecía estar sólo a unos centímetros de su cara.
Miró a Alvar Kresh. Parecía tan cerca que le hizo falta un esfuerzo de voluntad
para evitar tocarlo. El aire parecía brillante y cargado de energía, y las líneas rectas y
la cuidada geometría de la sala parecían haberse curvado. Todos los colores
resultaban más ricos, las luces más brillantes.
Fredda sintió su corazón palpitar contra su pecho. Las emociones de la sala, la
furia, la excitación, la curiosidad, la confusión, eran palpables, estaban allí para que
ella las tocara. ¡Las tenía! Oh, sabía que había pocas esperanzas de lograr una
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conversión en masa al instante, y ni siquiera sabía si quería que todos se convirtieran,
pero había captado sus emociones, los había obligado a contemplar sus propias
creencias. Había abierto el debate.
Ahora, si pudiera terminar la velada sin provocar un altercado… Miró sus notas y
volvió a su charla.
—Tememos el riesgo, y miren los resultados. En todos los campos científicos,
menos en la robótica, hemos cedido el liderazgo a los colonos. Y, por supuesto,
ganamos en el campo de la robótica por ausencia, pues los colonos son lo
suficientemente tontos para temer a los robots.
¿Había ironía en su voz? La propia Fredda no estaba segura.
—Pero no es sólo la ciencia lo que se ha quedado dormida. Es todo. Los
espaciales no fabricamos nuevos tipos de naves espaciales o de coches aéreos. Los
nuevos edificios que los robots levantan están basados en diseños antiguos. No hay
nuevas medicinas para seguir ampliando nuestras vidas. No hay ninguna nueva
exploración en el espacio. «Cincuenta planetas son suficiente» tiene el poder de un
proverbio. Excepto que ahora Solaria se ha desmoronado, y sólo quedan cuarenta y
nueve mundos. Si Inferno sigue como en el pasado, quedarán cuarenta y ocho. Para
muchas cosas vivas, el cese del crecimiento es el primer paso hacia la muerte. Si esto
se cumple en las sociedades humanas, estamos en grave peligro.
»En todos los campos de la actividad humana entre los espaciales, las líneas de la
gráfica marcan un lento y suave declinar mientras la seguridad y la indolencia se
convierten en norma. Perdemos terreno incluso en las cosas más básicas y vitales. La
tasa de natalidad en Inferno cayó por debajo de su nivel de mantenimiento de la
población hace dos generaciones. Vivimos mucho, pero no para siempre. Morimos
más personas de las que nacemos. Nuestra población está disminuyendo, y grandes
zonas de la ciudad están ahora vacías. Los niños que nacen son educados no por
padres amorosos, sino por robots, los mismos robots que cuidarán a nuestros hijos
toda su vida y les facilitarán estar aislados de otros humanos.
»Bajo estas circunstancias, no debe sorprendernos que haya muchos entre
nosotros que prefieran la compañía de robots a la de los humanos. Nos sentimos más
a salvo, más cómodos, con los robots. A ellos podemos dominarlos, controlarlos, nos
protegen de la más peligrosa amenaza a nuestra tranquilidad: los otros humanos. Pues
tratar con los humanos es mucho más arriesgado que tratar con los robots. Advertiré
de pasada la perversión cada vez más popular de practicar el sexo con robots
especialmente diseñados para ello. Este vicio es tan común que en algunos círculos
ya ni siquiera es considerado raro. Pero representa la renuncia final al contacto con
otra persona en favor de la protección robótica. No puede haber ninguna sensación
auténtica, ninguna emoción sana en tales encuentros, sólo el vacío y la liberación,
insatisfactoria a la larga, de urgencias físicas.
»Los infernales estamos olvidando cómo tratar unos con otros. He de añadir que
nuestra situación es mucho mejor que en otros mundos espaciales. En algunos de
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nuestros mundos, el gusto relativamente suave por el aislamiento personal que aquí
pasamos por alto se ha convertido en una obsesión. Hay mundos espaciales donde se
considera desagradable estar en la misma habitación con otra persona, y la máxima
perversión es tocar a otra persona a menos que sea completamente necesario. No hay
ciudades en esos mundos, sino compuestos diseminados, cada hogar de un solo
humano rodeado por un centenar de robots. No hace falta que mencione las
dificultades para mantener la tasa de natalidad en esos mundos.
»Antes de que nos felicitemos por evitar ese destino, déjenme recordarles que la
población de la ciudad de Hades mengua mucho más rápido de lo aconsejable: más y
más personas marchan de la ciudad, creando compuestos del mismo tipo que acabo
de describir. Esas residencias solitarias parecen más seguras, más tranquilas. No hay
tensiones o peligros cuando uno está solo.
»Amigos míos, debemos afrontar un hecho que hemos tenido delante durante
generaciones. La Primera Ley nos ha enseñado a no correr riesgos. Nos ha enseñado
que todo riesgo es malo, y que la mejor forma de evitarlo es no hacer esfuerzos y
dejar que los robots se encarguen de todo. Poco a poco, hemos entregado todo lo que
hay y todo cuanto hacemos a los robots.
Hubo un coro de gritos y abucheos y silbidos, y un cántico furioso empezó al
fondo de la sala, entre los Cabezas de Hierro.
—¡Colono, colono, colono!
Desde el punto de vista de los Cabezas de Hierro, no había peor insulto.
Fredda dejó que continuaran durante uno o dos minutos, rehusando desafiarlos
esta vez. La táctica funcionó, al menos por el momento. Otra parte del público se
volvió hacia los Cabezas de Hierro y los hizo callar, y los oficiales de Kresh se
acercaron a los más bravucones, hasta que se calmaron.
—Si puedo continuar, pasemos a la Segunda Ley de la Robótica: Un robot debe
obedecer las órdenes que le son dadas por los seres humanos, excepto cuando estas
órdenes entren en conflicto con la Primera Ley. Esta Ley asegura que los robots sean
herramientas útiles, y que sirvan a los humanos, a pesar de las muchas formas en que
pueden ser física e intelectualmente superiores a nosotros.
»Pero en nuestro análisis de la Primera Ley, vemos que la confianza humana en
los robots crea dependencia hacia ellos. La Segunda Ley refuerza esto. Al igual que
estamos perdiendo la voluntad y la habilidad para ver nuestro propio bienestar,
perdemos la capacidad de acción directa. No podemos hacer nada por nosotros
mismos, sólo lo que podemos ordenar a nuestros robots que hagan por nosotros.
Mucha formación técnica consiste en aprender los medios para dar órdenes complejas
a robots especializados.
»El resultado: a excepción de nuestras cada vez más decadentes artes decorativas,
no creamos nada nuevo. Como veremos dentro de un momento, incluso nuestras
formas artísticas no son inmunes a la interferencia robótica.
»Nos decimos que la forma de vida espacial nos libera para construir una cultura
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mejor y superior, nos libra de toda carga para explorar lo mejor de la capacidad
humana. ¿Con qué resultado?
»Déjenme citar el ejemplo más próximo. Nos hemos reunido esta noche en uno
de los mejores teatros de nuestro planeta, un lugar de arte, un monumento a la
creatividad. ¿Pero quién trabaja aquí? ¿Para qué usamos este sitio? Hay una respuesta
corta y simple. Es aquí donde ordenamos a nuestros robots que hurguen entre los
huesos muertos de nuestra cultura.
»Nadie se molesta ya en escribir obras. Demasiado esfuerzo. He hecho algunas
averiguaciones sobre este punto. Han pasado veinte años desde que se representó
aquí, o en cualquier otro lugar de Hades, una obra de un autor vivo. Han pasado más
de cincuenta años desde la última vez que una obra usó actores humanos solamente.
Los extras, el coro, los actores secundarios son robots teatrales, humanos en
apariencia y especialmente construidos para recrear la acción humana en el escenario.
De hecho, se está volviendo habitual que los papeles principales los interpreten
también robots. Pero nos han dicho que no nos preocupemos. La única labor
verdaderamente creativa en el teatro ha sido siempre la del director, y el director
siempre será humano.
»Creo que los grandes actores del pasado se opondrían a ser considerados no
creativos. Del mismo modo, pienso que los grandes directores del pasado no
considerarían completa su labor creativa si simplemente seleccionaran la obra y
ordenaran a un puñado de robots que la representaran.
»Pero los robots actúan, y lo hacen en un lugar vacío. Las representaciones que
tienen lugar aquí son vistas por millones de personas que se encuentran a salvo en
casa, delante del televisor. Raro es que el veinte por ciento escaso de las localidades
de este teatro estén ocupadas por humanos. Así que, para proporcionar la sensación
de una representación en vivo, la dirección llena los asientos vacíos con burdos
robots humanoides, capaces de poco más que de reír y aplaudir según se les ordene.
Sus caras de plástico y goma son lo bastante humanas para engañar a los televidentes
cuando las cámaras enfocan al público. Se sientan ustedes en casa, damas y
caballeros, viendo un teatro lleno de robots que contemplan un escenario lleno de
robots. ¿Dónde está la interacción humana que hace vivir el teatro? Las emociones en
esta sala son densas e intensas esta noche. ¿Cómo sería eso posible si ustedes fueran
maniquíes preprogramados para responder a otro maniquí dando esta charla?
Se hizo un incómodo silencio, y Fredda advirtió que bastantes miembros del
público miraban hacia los lados, como para asegurarse de que quienes los rodeaban
no eran robots.
—Los otros campos creativos tampoco están mejores. Los museos están llenos de
cuadros realizados por robots bajo la dirección del pintor humano que pone su
nombre. Los novelistas dictan amplios resúmenes de sus libros a sus ayudantes
robóticos, que vuelven con los manuscritos completos, tras haber ampliado ciertas
secciones.
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»Todavía hay artistas, poetas, escritores y escultores que hacen su propio trabajo
ellos solos, pero no sé por cuánto tiempo. El arte mismo está muriendo. He de admitir
que mi investigación es incompleta en este campo. Antes de dar esta charla, tendría
que haber averiguado si a alguien le importa si los libros y el arte son hechos por las
máquinas o no. Pero admito que la perspectiva de esa investigación me pareció
demasiado deprimente.
»No sabía y no sé si alguien contempla esos cuadros, o lee esos libros. No sé qué
sería peor, el ejercicio vacío de la creación estéril admirado y alabado, o que una
charada tan insensata continúe sin que nadie se moleste en advertirlo. Dudo que ni los
llamados artistas lo sepan. Como en todo lo demás de nuestra sociedad, no hay
penalización para el fracaso en las artes, ni recompensa para el éxito. Y si el fracaso
se trata exactamente igual que el éxito, ¿por qué tomarse la molestia de buscar el
éxito? ¿Por qué deber hacerlo cuando, de todos modos, los robots se encargan de
todo?
Fredda tomó otro sorbo de agua y contempló a su audiencia, el momento iba bien.
¿Pero qué ocurriría cuando llegara a la parte dura?
—Pasemos, pues, a la Tercera Ley de la Robótica: Un robot debe proteger su
propia existencia hasta donde esta protección entra en conflicto con la Primera o la
Segunda Ley. De las Tres Leyes, esta es la que tiene menos efecto en la relación entre
robots y humanos. Es la única que da a los robots independencia de acción, un tema
al que volveré más adelante. La Ley hace a los robots responsables de sus propias
reparaciones y mantenimiento, y asegura que no se destruyan caprichosamente. Hace
que los robots no dependan de la intervención humana para su supervivencia
continuada. Aquí, por fin, tenemos una Ley que se ocupa del bienestar de los robots.
Al menos, eso parece a primera vista.
»Sin embargo, la Tercera Ley existe para conveniencia de los humanos: si los
robots se encargan de su propio cuidado, significa que los humanos no necesitan
molestarse en su mantenimiento. La Tercera Ley hace también que la supervivencia
robótica sea secundaria a su utilidad, y eso es claramente más para beneficio de los
humanos que de los robots. Si es útil que un robot sea destruido, o si debe ser
destruido para impedir que se cause daño a un humano, entonces ese robot será
destruido.
»Adviertan que gran parte de las Tres Leyes tratan de negativas de una lista de
cosas que los robots no pueden hacer. Un robot apenas tiene fuerza para actuar con
independencia. Una vez, hicimos un experimento en nuestros laboratorios.
Construimos un robot sofisticado y colocamos un reloj en su generador principal. Lo
sentamos en una silla en una habitación vacía, con la puerta cerrada pero sin echar la
llave. El reloj se puso en marcha y el robot se conectó. Pero no había ningún humano
presente ni tampoco llegó ninguno para darle órdenes. Ningún robot encargado fue a
darle órdenes. Simplemente dejamos a ese robot solo, libre para hacer lo que quisiera.
Permaneció allí sentado, completamente inmóvil, durante dos años. Incluso nos
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olvidamos de que estaba allí, hasta que necesitamos la habitación para otra cosa.
Entré, dije al robot que se levantara y buscara algún trabajo que hacer. El robot
obedeció. Ha sido parte activa y útil de los robots del laboratorio desde entonces,
completamente normal en todos los sentidos.
»La cuestión es que las Tres Leyes no contienen ningún impulso volitivo.
Nuestros robots son construidos y entrenados de forma que nunca hacen nada a
menos que se les diga que lo hagan. Me parece una forma inútil de malgastar sus
habilidades. Imaginen que instauráramos una Cuarta Ley: Un robot puede hacer lo
que quiera, excepto cuando esa acción viole la Primera, Segunda y Tercera Leyes.
¿Por qué no lo hemos hecho nunca? Si no una ley, ¿por qué no lo consideramos una
orden? ¿Cuándo fue la última vez que alguno de ustedes ordeno a un robot: “Ve y
diviértete”?
El público se echó a reír.
—Sí, sé que parece absurdo. Tal vez lo es. Creo que probablemente la mayoría de
los robots que ahora existen, si no todos, son literalmente incapaces de divertirse. Mi
modelo indica que las cláusulas negativas de las Tres Leyes tenderían a hacer que un
robot al que se le ordenara divertirse permaneciera sentado sin hacer nada, pues esa
es la forma más segura de no causar ningún daño; Pero al menos mi imaginaria
Cuarta Ley es un reconocimiento de que los robots son seres pensantes a los que
debería darse la posibilidad de buscar algo en lo que pensar. ¿Y no es muy posible
que estos seres que son nuestros acompañantes corrientes fueran más interesantes si
hicieran algo más que perder el tiempo de pie e inmóviles?
»Hay un dicho, “ocupado como un robot, ¿pero cuánto de lo que hacen los robots
es útil? Un grupo de cien robots construye un rascacielos en cuestión de días. El
edificio permanece vacío y en desuso durante años. Otro grupo de robots lo desmonta
y construye una torre nueva que, a su vez, permanecerá vacía y luego será sustituida.
Los robots han demostrado gran eficiencia para hacer algo que es completamente
inútil.
»Todos los robots de uso general salen de la fábrica con las habilidades
domésticas básicas. Podrán conducir un coche aéreo, preparar una comida,
seleccionar un guardarropa y vestir a su amo, limpiar la casa, encargarse de la compra
y las cuentas, etcétera. Sin embargo, en vez de usar un robot para que se encargue de
lo que podría hacer sin dificultad, empleamos uno o más robots para cada una de esas
funciones. Veinte robots hacen una fracción de lo que podría hacer un solo robot, y
luego permanecen de pie, fuera de la vista, o se interponen en el camino de los otros,
manteniéndose ocupados creando trabajo para los demás, hasta que tenemos que
utilizar a robots supervisores para encargarse de todo.
»Los colonos se las apañan sin robots, sin sirvientes personales, usando en
cambio máquinas no inteligentes para muchas tareas, aunque a veces sea molesto
para ellos. Creo que al negarse completamente a los robots se someten a muchas
incomodidades innecesarias. Sin embargo su sociedad funciona, y crece. Pero hoy,
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ahora mismo, damas y caballeros, hay 98,4 robots por persona en la ciudad de Hades.
La proporción es mayor fuera de la ciudad. Es manifiestamente absurdo que hagan
falta cien robots para cuidar de un ser humano. Es como si cada uno de nosotros
poseyera cien coches aéreos, o cien casas.
»Les digo, amigos míos, que estamos a punto de ser completamente dependientes
de nuestros servidores, y ellos sufren una grave degradación a manos nuestras.
Estamos condenados si lo cedemos todo, salvo la creatividad, a nuestros robots, y
estamos en proceso de abandonar nuestra propia creatividad. Los robots, a su vez,
están condenados si ven en nosotros la única razón para existir mientras nosotros
como pueblo nos marchitamos y desaparecemos.
Otra vez, silencio en la sala. Este era el momento. Este era el tema, el asunto que
tenía que tratar con más cuidado.
—Para detener nuestra acelerada caída, debemos alterar fundamentalmente
nuestra relación con los robots. Debemos emprender de nuevo nuestro trabajo,
ensuciarnos las manos, relacionarnos con el mundo real, para que nuestras
habilidades y nuestro espíritu no se atrofien para siempre.
»Al mismo tiempo, tenemos que empezar a usar mejor esas magníficas máquinas
pensantes que hemos construido. Tenemos un mundo en crisis, un planeta a punto de
derrumbarse. Hay mucho trabajo que hacer, para tantas manos dispuestas como
podamos encontrar. Trabajo real que empezar mientras nuestros robots sostienen
nuestros cepillos de dientes. Si queremos sacar de ellos el máximo provecho,
debemos permitir, incluso insistir, en que alcancen su máximo potencial para resolver
problemas. Debemos hacer que pasen de su posición de esclavos a colaboradores,
para que nos alivien de nuestra carga pero no nos quiten todo lo que nos hace
humanos.
»Y para hacerlo debemos revisar las Leyes de la Robótica.
Ya está. Lo había dicho. Hubo un silencio aturdido, y luego gritos de protesta,
aullidos de furia y miedo. No podía evitar aquel estallido. Fredda se agarró a los
bordes del atril y habló con voz fuerte y firme.
—Las Tres Leyes han hecho un servicio espléndido —dijo, juzgando que era hora
de decir algo que la gente quisiera escuchar—. Han hecho grandes cosas. Han sido
una herramienta poderosa en manos de la civilización espacial. Pero ninguna
herramienta es adecuada eternamente para todo propósito. —Persistieron los gritos y
los chillidos.
—Ha llegado la hora de construir un robot mejor.
El salón quedó de nuevo en silencio. Eso llamó su atención. Más robots, y
mejores, ese era el lema de los Cabezas de Hierro, después de todo. Se apresuró.
—En los lejanos rincones de la historia, en la época en que fueron inventados los
robots, había dos herramientas usadas en muchos tipos de construcción: el clavo y el
tornillo. Unas herramientas llamadas martillos se usaban para colocar los clavos, y
otras llamadas destornilladores para colocar los tornillos. Había un dicho que decía
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que el mejor martillo era un destornillador muy pobre. Hoy, en nuestro mundo, que
no usa clavos ni tornillos, ambas herramientas son inútiles. El mejor martillo no
tendría ninguna utilidad. El mundo ha seguido avanzando. Lo mismo ocurre con los
robots. Es hora de que pasemos a robots nuevos y mejores, guiados por leyes nuevas
y mejores.
»Pero espere, dirán los que conocen a sus robots. Las Tres Leyes deben
permanecer como están, para toda la eternidad, pues son intrínsecas del diseño del
cerebro positrónico. Como es bien sabido, las Tres Leyes son inherentes al cerebro
positrónico. Miles de años de diseño y manufactura se han encargado de ello. Todos
los cerebros positrónicos jamás creados pueden remontar sus orígenes a aquellos
primeros y burdos cerebros fabricados en la Tierra. Cada nuevo diseño ha dependido
de todos los anteriores, y las Tres Leyes están envueltas en cada uno de los pliegues
de cada cerebro. Cada avance en positrónica lleva implícitas las Tres Leyes. Un
cerebro positrónico no podría existir sin las Tres Leyes, al igual que un cerebro
humano no podría existir sin neuronas.
»Es cierto. Pero mi colega Gubber Anshaw ha desarrollado algo nuevo. Es un
nuevo comienzo, una ruptura con el pasado, una hoja en blanco donde escribir las
leyes que queramos. Ha inventado el cerebro gravitónico. Construido según nuevos
principios, con capacidad y flexibilidad enormemente superiores, el cerebro
gravitónico es nuestra oportunidad para empezar de nuevo.
»Jomaine Terach, otro miembro de nuestro personal, realizó la mayor parte de la
programación central del cerebro gravitónico, incluyendo la programación de las
Nuevas Leyes en esos cerebros y los robots que los contienen. Esos robots, damas y
caballeros, tienen previsto comenzar a trabajar en el Proyecto Limbo dentro de unos
cuantos días.
Y de repente el público advirtió que no estaba hablando de teorías. Discutía sobre
auténticos cerebros robóticos, no se trataba de un ejercicio intelectual. Hubo nuevos
gritos, algunos de furia, otros de pura sorpresa.
—Sí, esos nuevos robots son experimentales —continuó Fredda, antes de que la
reacción del público cobrara demasiada fuerza—. Sólo funcionarán en la isla de
Purgatorio. Aparatos especiales, restrictores de zona, impedirán que esos robots de
Nuevas Leyes funcionen fuera de la isla. Si salen de ella, se desconectarán.
Trabajarán con un equipo seleccionado de colonos expertos en terraformación, y un
grupo de voluntarios infernales, que tienen que ser elegidos todavía.
Fredda sabía que no era el momento de entrar en las intrincadas negociaciones
que habían hecho posible todo aquello. Cuando Tonya Welton se enteró de los robots
de Nuevas Leyes (y sólo el diablo sabía cómo la había averiguado), su demanda
inicial fue que todos los nuevos robots construidos en Inferno fueran gravitónicos,
condición previa a la ayuda colonizadora en la terraformación. El gobernador Grieg
había hecho un trabajo magistral negociando desde la debilidad para que los colonos
recortaran sus demandas. Pero eso no importaba hora.
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Fredda continuó hablando.
—La tarea que se presenta ante este equipo único de colonos, espaciales y robots
es nada menos que la restauración de este mundo. Reconstruirán el centro
terraformador en Purgatorio. Por primera vez en la historia, los robots trabajarán
junto a los humanos, no como esclavos, sino como compañeros, pues las Nuevas
Leyes los harán libres.
»Ahora, déjenme explicarles cuáles son estas Nuevas Leyes.
»La Primera Nueva Ley de la Robótica: Un robot no puede dañar a un ser
humano. La cláusula negativa ha sido eliminada. Bajo esta ley, los humanos pueden
sentirse protegidos de los robots, pero no pueden ser protegidos por los robots. Los
humanos deben una vez más depender de su propia iniciativa y auto confianza.
Deben cuidar de sí mismos. Y lo que es casi tan importante, bajo esta ley los robots
tienen un estatus superior con respecto a los humanos.
»La Segunda Nueva Ley de la Robótica: Un robot debe cooperar con los seres
humanos excepto cuando esta cooperación entre en conflicto con los seres humanos.
Los robots de las Nuevas Leyes cooperarán, no obedecerán. No están sujetos a
órdenes caprichosas. En vez de responder con obediencia ciega, los robots analizarán
y considerarán sus órdenes. Adviertan, sin embargo, que la cooperación sigue siendo
obligatoria. Los robots serán colaboradores de los humanos, no sus esclavos. Los
humanos deben hacerse responsables de sus propias vidas, y no esperar que se
obedezcan órdenes absurdas. No pueden esperar que los robots se destruyan o se
perjudiquen para cumplir algún capricho humano.
»La Tercera Nueva Ley de la Robótica: Un robot debe proteger su propia
existencia, mientras esa protección no entre en conflicto con la Primera Ley.
Adviertan que la Segunda Ley no se menciona aquí, y por tanto ya no tiene prioridad
sobre la Tercera Ley. La auto conservación robótica se equipara a su utilidad. Una vez
más, elevamos el estatus de los robots con relación a los humanos, y por tanto
liberamos a los humanos de la debilitadora dependencia de los amos que no pueden
sobrevivir sin sus esclavos.
»Y por fin, la Cuarta Nueva Ley, que ya hemos discutido: Un robot puede hacer
lo que quiera, excepto cuando esa acción viole la Primera, Segunda y Tercera ley.
Aquí abrimos las puertas a la libertad y creatividad robóticas. Guiados por el cerebro
gravitónico, más adaptable y flexible, los robots serán libres para usar sus propios
pensamientos, sus propios poderes. Adviertan también que la frase es “puede hacer lo
que quiera”, no “debe hacer”. El tema de la Cuarta Ley es permitir libertad de acción.
Eso no puede ser impuesto por coacción.
Fredda miró al público. Faltaba un resumen, una despedida. Pero ya lo había
dicho todo, y la multitud no había…
—¡No!
Fredda volvió la cabeza en la dirección del grito, y de repente su corazón empezó
a latir con fuerza.
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—¡No! —La voz, profunda, densa, colérica, venía del fondo de la sala—. ¡Está
mintiendo!
Allí, al fondo, uno de los Cabezas de Hierro. Su líder, Simcor Beddle. Un hombre
fornido, de rostro duro y furioso.
—¡Miradla! ¡Ahí en el escenario con nuestro gobernador traidor y la Reina Tonya
Welton! Ellos están detrás de todo esto. ¡Es un truco, muchachos! ¡Sin las Tres Leyes,
no hay robots! La habéis oído hablar mal de los robots toda la noche. ¡No quiere
mejorarlos… quiere ayudar a los colonos a eliminarlos! ¿Vamos a dejar que eso
suceda?
—¡NO! —gritó un coro airado.
—¿Cómo decís? —Preguntó Beddle—. No os oigo.
—¡NO! —Esta vez no fue sólo un grito, sino un rugido que pareció sacudir toda
la sala.
—¡Otra vez! —instó el hombretón.
—¡NO! —Gritaron de nuevo los Cabezas de Hierro, y entonces empezaron a
cantar—. ¡NO, NO, NO! —Se pusieron en pie. Abandonaron sus asientos y
empezaron a moverse hacia el pasillo central—. ¡NO, NO, NO!
Los agentes de policía se dirigieron hacia ellos, algo inseguros, y los Cabezas de
Hierro aprovecharon ese momento de indecisión. Estaba claro que lo habían planeado
de antemano. Sabían lo que iban a hacer. Habían estado esperando su ocasión.
Fredda los observó mientras formaban en el pasillo. «La más simple e imposible
de todas las demandas —pensó—. Parar el mundo, impedir que cambie, dejar las
cosas como están». Eran muchas cosas encerradas en una sola palabra, pero el sonido
llegaba fuerte y claro.
—¡NO, NO, NO!
Ahora eran una sólida masa de cuerpos que recorría el pasillo central, hacia los
asientos donde estaban los colonos.
—¡NO, NO, NO!
Los agentes se esforzaron por dispersarlos, pero los Cabezas de Hierro los
superaban en número. Entonces los colonos se pusieron en pie, algunos de ellos
intentando huir, otros tan ansiosos de lucha como los Cabezas de Hierro, refrenados
sólo por la presión de los espectadores que intentaban escapar.
Fredda miró hacia la primera fila, hacia el único robot presente entre el público.
Estuvo a punto de gritar una advertencia, pero Alvar Kresh sabía lo que tenía que
hacer. Extendió la mano hacia la espalda de Donald, abrió un panel de acceso, y pulsó
un botón interior. Donald se desplomó. Después de todo, ella acababa de decir que los
robots no servían de nada en una revuelta. Los conflictos de la Primera Ley harían
que incluso un robot policía como Donald sufriera un bloqueo cerebral importante,
probablemente fatal. Kresh había desconectado a su ayudante justo a tiempo. Miró a
Fredda, y ella le devolvió la mirada. Sus ojos se encontraron, y de algún modo
extraño los dos estuvieron solos en ese momento, dos combatientes frente a frente,
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todas las pretensiones, todos los temas secundarios aparte.
Y Fredda Leving se asustó al descubrir cuánto de ella misma veía en Alvar Kresh.
El público era una turba, un remolino de cuerpos corriendo en todas direcciones,
y Kresh fue empujado, sacudido, derribado sobre Donald. Se puso en pie, se volvió y
miró a Fredda Leving. Pero el momento, fuera lo que fuese, había pasado ya. Una
mano metálica agarró a Fredda por el hombro herido. Alvar la vio saltar sorprendida,
retroceder al contacto.
Se trataba de Ariel, el robot femenino de Tonya Welton. Alvar vio a Fredda
girarse hacia la robot, que la instaba a dirigirse al fondo del escenario, lejos del caos
del auditorio. Ella permitió que la guiase, y atravesó con los demás la puerta que
conducía detrás del escenario. Ocurrió algo extraño en ese momento, algo que Alvar
no pudo situar. Pero no había tiempo para pensar. Los Cabezas de Hierro y los
colonos se acercaban, y el conflicto estaba a punto de estallar. Alvar Kresh se volvió
para echar una mano a sus oficiales.
Se lanzó a la pelea.
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Alvar Kresh no había participado en una pelea auténtica desde hacía más tiempo del
que podía recordar. La sangre ardió en sus venas, y sintió un ansioso deseo de batalla.
Se lanzó a la lucha y entonces, de repente, recordó por qué siempre intentaba evitar
participar en el control de las algaradas cuando era agente.
Un codo desconocido se clavó en sus costillas, una mano anónima le arañó la
cara, y una bota ajena le aplastó los dedos. Los tres asaltos fueron completamente
inintencionados. Ni siquiera podía decir, en la maraña de cuerpos, quién era el
responsable. No había personas en la refriega sólo una colección aleatoria de pies,
cuerpos y gritos. En un instante, Alvar se encontraba enterrado bajo un puñado de
colonos y oficiales, y al siguiente estaba suspendido en el aire sobre un grupo de
Cabezas de Hierro.
Alvar estaba abrumado. Los ruidos, los gritos, el ruido, la conmoción de sentir
dolor eran tremendos. Los espaciales, protegidos por los robots, rara vez tenían la
oportunidad de sentir dolor de ningún tipo, y la intensidad de la sensación lo
sorprendía.
Se rebulló y esquivó, todos sus instintos le decían que se liberara, que escapara.
Pero el deber y el ansia combatieron aquellos impulsos: tenía que hacer un trabajo, y
además había que pagar unas cuantas deudas. Alvar Kresh no tenía muchas
oportunidades de reventar cabezas.
Los cuerpos se apretujaron, los puñetazos volaron. Al principio, los dos bandos
parecían igualados, pero luego los Cabezas de Hierro empezaron a retroceder.
Estaban especializados en ataques rápidos a la propiedad y en huidas. Nunca antes se
habían enfrentado en una batalla abierta contra los camorristas que los colonos habían
podido enviar.
Y los colonos presentes en la conferencia eran un grupo muy duro. No había
oficinistas, ningún ejecutivo de los que jamás se ensucian en el trabajo. Quien había
elegido la delegación colona para que asistiera a la conferencia había enviado a los
más duros.
Las diferencias entre experiencia y actitud empezaron a verse. Cuando un Cabeza
de Hierro golpeaba a un colono, el colono permanecía en pie y lo aguantaba. Pero
cuando un colono lanzaba un buen puñetazo a un Cabeza de Hierro, este caía al suelo,
gimiendo de dolor.
Era obvio cuando se pensaba. Después de todo, los robots habían protegido a los
Cabezas de Hierro del dolor o del trauma más trivial durante toda su vida. No estaban
acostumbrados. Los colonos, al menos aquellos, estaban dispuestos a aceptar una
buena cantidad de castigo a cambio de poder humillar y golpear a los matones que
habían provocado tantos altercados en Ciudad Colono.
Pero los Cabezas de Hierro no se habían retirado todavía. Unos cuantos
demostraban agallas suficientes para quedarse y pelear, y eso complacía tanto a Alvar
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Kresh como a los colonos. Los Cabezas de Hierro habían causado a su departamento
problemas sin cuento durante años. Alguien volvió a pisarlo, y gritó.
Alguien gritó en su oído, y se volvió hacia quien fuera. Y de repente allí estaba,
cara a cara frente a Simcor Beddle, el corpulento líder de los Cabezas de Hierro.
La sangre de Alvar se inflamó. Los últimos días habían sido los más duros de su
vida. Aunque los Cabezas de Hierro hubieran sido el último de sus problemas, aún
quedaban algunas viejas deudas por pagar. Si no podía ponerle la mano encima a
Anshaw, al gobernador, Welton o Calibán, entonces Simcor Beddle sería perfecto.
Agarró a Beddle por el cuello, y tuvo el placer de ver al maldito idiota chillar
alarmado. Alvar cerró el puño, se dispuso a descargar el golpe…
Y de repente un gran puño verde metálico se enroscó en su mano, sujetándole.
Alvar alzó la cabeza, contempló el auditorio. Alguien había tenido el buen sentido de
llamar a los robots que esperaban en el vestíbulo. Un robot no servía de nada en una
algarada. Un millar trabajando en común eran imparables. Los robots irrumpieron en
la sala, separando a los combatientes, interponiéndose entre atacante y atacado, un
ejército entero decidido a cumplir la Primera Ley.
«Oh, bien —pensó Alvar mientras abría el puño y soltaba a Beddle—. Al menos
fue divertido mientras duró».
Pero habría sido mejor si hubiera podido lanzar al menos un puñetazo.
El vuelo desde el salón de conferencias hasta su casa no fue agradable para
Fredda. Jomaine, su único escolta humano, no era una compañía brillante, por decirlo
suavemente.
Con todo, podría haber sido peor. Los demás habían tomado sus propios coches
aéreos. Jomaine era malo, pero comparado con la alternativa de, por ejemplo, ver a
Gubber Anshaw desmoronarse, viajar con Jomaine era todo un placer.
Lo que no quería decir que estuviera disfrutando del viaje. Permanecer sentada en
silencio con un colega furioso mientras un robot pilotaba no era su idea de pasarlo
bien.
Por otro lado, eso no significó que se alegrara cuando Jomaine empezó a hablar.
Después de todo, sabía lo que iba a decir.
—Él lo sabe —dijo Jomaine.
Fredda cerró los ojos y se acomodó en el cabezal de su asiento. Por un instante,
jugó con la idea de hacerse la tonta, fingiendo no saber de qué hablaba, pero él no se
lo creería, y no le gustaría la charada de verse obligada a decirle que ya lo sabía.
—Ahora no, Jomaine. Ha sido un día muy duro.
—No creo que podamos permitirnos el lujo de decidir cuándo sería un momento
agradable para discutirlo, Fredda. Corremos peligro. Los dos. Creo que es hora de
intentar encontrar un medio de volver a controlar la situación. Y no creo que
podamos hacerlo con sólo pretender que el problema no existe.
—Muy bien, hablemos entonces. ¿Qué quieres decir? ¿Qué crees que sabe Kresh
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exactamente, y qué te hace pensar que lo sabe?
—Creo que sabe que Calibán es un robot Sin Ley. Le vi recibir un informe. Tuvo
que ser sobre Horacio. Pude verlo en su cara. Fredda abrió los ojos y miró a Jomaine.
—¿Qué pasa con Horacio? He oído un par de detalles, nada concreto.
—No, supongo que no. Intentamos que no te enteraras mientras trabajabas en tu
conferencia. Había policías por todo el Depósito Limbo hoy. Los testigos vieron a un
gran robot rojo entrar con Horacio en el despacho del supervisor. Cinco minutos
después, el robot rojo atravesó el ventanal, corrió por los túneles, con los policías
persiguiéndolo. Luego aparece un psiquiatra de robots y se lleva a Horacio. Después,
Kresh recibe un informe durante tu charla. Creo que tenemos que asumir que Calibán
habló con Horacio, y de algún modo le reveló su auténtica naturaleza, y Horacio se
bloqueó hasta que la psicóloga lo calmó.
Fredda hizo una mueca y maldijo en silencio antes de replicar en un tono de voz
que mantuvo decididamente firme y razonable.
—Sí, parece que es una suposición sensata —dijo, sin inflexiones. ¡Demonios del
infierno! No necesitaba esto ahora.
—¿Por qué diablos no se lo dijiste? —preguntó Jomaine—. Kresh no sólo ha
descubierto la verdad, sino también que intentábamos ocultársela. Su conocimiento
sobre Calibán nos perjudica, pero tú has causado tanto o más daño ocultando la
información. —Fredda se esforzó por mantener la calma.
—Lo sé —dijo, la voz tensa y bajo control—. Tendría que haber llamado a la
policía y haberle hablado de Calibán en el momento en que me desperté en el
hospital. En cambio, crucé los dedos y esperé que no hubiera ningún problema.
Recuerda, al principio ni siquiera sabía que había desaparecido. Y me pareció que
anunciar los robots de Nuevas Leyes causaría ya bastantes problemas… como ha
sucedido, por si no te has dado cuenta. Corrí el riesgo de guardar silencio… y perdí.
Debo darte las gracias por dejarme esa decisión. Tú también podrías haber hablado.
—Fue una decisión puramente egoísta. No quería que me metieran en la cárcel.
No cuando todavía había esperanzas de que no hubiese más problemas. Pero claro,
cuantos más problemas hubiera, más peligroso sería confesar.
—Y ahora, no veo cómo podrían empeorar las cosas —dijo Fredda, bajó un poco
la guardia y suspiró—. Tendríamos que haber hablado a Kresh sobre Calibán. Pero
eso es agua pasada. Tenemos que mirar al presente, y al futuro. ¿Qué hacemos ahora?
—Reflexionemos. La policía puede tener teorías e informes de especialistas, pero
tú y yo somos los únicos que sabemos con seguridad que Calibán es un robot Sin Ley.
—Gubber tiene sus sospechas —dijo Fredda—. Estoy segura. Pero Gubber no
está en posición de hablar con el sheriff ahora mismo.
—Estoy de acuerdo. No me preocupa. No importa lo que sucedió entre Calibán y
Horacio, Kresh no puede estar seguro de que Calibán no es sólo un robot de Nuevas
Leyes, o una forma especializada de robot estándar de las Tres Leyes. Ha habido
casos de robots construidos sin saber que obedecían las Tres Leyes, pero lo hacían de
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todas formas. Lo único que Kresh podría tener sería el informe de Horacio, y dudo
que su información sea del todo digna de confianza. Según recuerdo, lo construiste
con un potencial de Primera y Tercera Leyes extremadamente alto, con la Segunda
Ley algo reducida. La idea era darle habilidad para tomar decisiones independientes.
—¿Adónde quieres ir a parar? —preguntó Fredda.
—Un robot con la Primera Ley potenciada, como él, no podría tratar muy bien
con Calibán sin estropearse —dijo Jomaine—. Si Calibán le hablara, y describiera
parte de lo que ha hecho fuera de la conducta robótica normal, Horacio sufriría
probablemente una grave disonancia cognitiva y se estropearía.
—¿Y?
—Acabas de dar un largo discurso diciendo que confiamos demasiado en los
robots. Creemos tanto en ellos que no somos capaces de imaginar que podríamos
construirlos de otra forma. Me parece que si Kresh tiene la posibilidad de elegir entre
creer que puede haber un robot Sin Ley o que un robot estropeado está confuso, se
decantará por el robot confuso. —Fredda se agitó en su asiento y suspiró. Era
tentador estar de acuerdo con Jomaine. Había pasado toda su vida en una cultura que
creía lo que quería e ignoraba los hechos. Miró a Jomaine, y vio su expresión ansiosa
y esperanzada mientras continuaba hablando, intentando desesperadamente
convencerse a sí mismo tanto como a ella.
—Calibán fue creado para vivir en el laboratorio —dijo Jomaine—. Tiene una
fuente de energía de baja capacidad, y nunca le enseñamos a recargarla. Como
mucho, durará un día o dos más. Tal vez ya haya muerto. Si no, lo hará pronto, y se
quedará sin energía. Si está escondido cuando eso pase, desaparecerá. Tal vez ya
estaba en reserva cuando fue a ver a Horacio. Tal vez ya se encuentra oculto en algún
túnel donde no buscará nadie durante los próximos veinte años.
—Y tal vez Horacio le enseñó cómo enchufarse a un receptáculo de recarga, o tal
vez Calibán ha visto a algún robot hacerlo en alguna parte, tal vez lo ha deducido por
su cuenta. Podemos esperar que pierda energía, pero no podemos contar con ello. —
Fredda vaciló un instante, y luego volvió a hablar—. Además, hay algo que no sabes.
La información de Gubber que me entregaste en el hospital. Era el informe policial
completo. No te lo dije antes porque no quería que lo supieras. Tienen pruebas muy
sólidas de que un robot me atacó. No estaban dispuestos a creerlo antes, pero ahora
será distinto. Y saben que un robot llamado Calibán estuvo implicado en un caso con
un puñado de colonos destructores de robots que acabó con el incendio de un edificio.
Y debe de haber más, otras cosas que han ocurrido desde entonces. Kresh no es el
tipo de hombre que se sienta a esperar que las cosas pasen. Aunque no pueda aceptar
la idea de un robot Sin Ley, ahora tiene mucho más que la declaración de Horacio
para convencerse de que Calibán es extraño y peligroso. Dudo que renuncie aunque
Calibán pierda energía y desaparezca sin dejar rastro.
—¿Crees de verdad que Kresh considera que Calibán es peligroso? —preguntó
Jomaine Terach.
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Fredda Leving sintió una punzada en la boca del estómago y un dolor palpitante
en la cabeza. Era hora de decir verdades que no había podido aceptar.
—Mi idea, Jomaine, es que Calibán es peligroso. Al menos debemos trabajar
sobre la hipótesis de que lo es. Tal vez me atacó. Tú y yo sabemos mejor que nadie
que no había nada, literalmente nada, que se lo impidiese. Tal vez intente localizarme
y acabar conmigo. ¿Quién sabe?
»Sí, tal vez Calibán se esconda simplemente, o desaparezca en el desierto, o se
estropee de alguna forma. Al principio, esperaba que permitiera que su generador se
agotase, o que se dejara capturar y destruir antes de que pudiera meterse en
problemas serios… o revelar su verdadera naturaleza. Parecían esperanzas
razonables. Después de todo, fue diseñado como robot de pruebas de laboratorio.
Deliberadamente no lo programamos para tratar con el mundo exterior. Y sin
embargo ha sobrevivido de algún modo y ha aprendido lo suficiente para poder eludir
a la policía.
—Supongo que podemos echarle a Gubber Anshaw la culpa de eso —dijo
Jomaine—. La idea del cerebro gravitónico era hacerlo más flexible y adaptable que
el rígido cerebro positrónico. —Jomaine sonrió, su rostro apenas visible en la
penumbra de la cabina del coche aéreo—. Parece que Gubber hizo su trabajo
demasiado bien.
—No es el único, Jomaine. —Fredda se frotó la frente—. Tú y yo hicimos la
programación básica. Cogimos el cerebro flexible de Gubber y escribimos el
programa que permitiría a ese cerebro adaptarse, crecer y aprender en nuestros
laboratorios de prueba. Lo que pasa es que ha acabado en un laboratorio un poco más
grande del que planeábamos. —Volvió a sacudir la cabeza—. Pero no tenía ni idea de
que el cerebro gravitónico sería capaz de adaptarse para sobrevivir ahí fuera —dijo,
hablando no tanto para Jomaine como para el aire libre y oscuro.
—No comprendo. Dices que es peligroso, pero pareces más preocupada por él
que asustada.
—Es que estoy verdaderamente preocupada por él. Yo lo creé, y soy responsable,
y no puedo creer que sea malo o violento. No le dimos Leyes que pudieran impedirle
hacer daño a la gente, pero tampoco le dimos razones para hacerlo. La mitad de lo
que hicimos en el código de personalidad fue una compensación por la ausencia de
las Tres Leyes. Su mente es tan estable como fue posible. E hicimos nuestro trabajo
bien, estoy segura. Calibán no es un asesino.
Jomaine se aclaró la garganta suavemente.
—Tal vez. Pero hay otro factor. Ahora que al menos estamos discutiendo la
situación abiertamente, necesitamos considerar la naturaleza del experimento que
planeábamos llevar a cabo con Calibán. No importa qué más digas sobre la
estabilidad de su personalidad, o la flexibilidad de su mente; después de todo, fue
construido para hacer una prueba, diseñado para responder a una pregunta. Y cuando
salió de tu laboratorio, estaba preparado para esa tarea. No pudo evitar buscar la
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respuesta. Es probable que no sepa lo que está buscando, o que está buscando algo
siquiera. Pero de todas formas buscará, ansioso por descubrirlo.
El coche se detuvo en el aire, y luego empezó a descender lentamente. Habían
llegado a casa de Jomaine, junto a los Laboratorios Leving, cerca del lugar donde
todo había empezado. El coche aterrizó sobre el tejado y la escotilla se abrió. La luz
de la cabina se encendió. Jomaine se levantó y extendió la mano, cogió la de Fredda y
la apretó.
—Tienes que pensar en muchas cosas, Fredda Leving. Pero nadie puede
protegerte ya. Ahora no. El riesgo es demasiado grande. Creo que será mejor que
empieces a preguntarte qué tipo de respuesta encontrará Calibán. —Fredda asintió.
—Comprendo —dijo—. Pero recuerda que estás tan implicado en esto como yo.
No puedo esperar que me protejas, pero recuerda, nos hundiremos juntos o
flotaremos juntos.
—Eso no es estrictamente cierto, Fredda —dijo Jomaine. Su Voz era suave,
amable, sin ningún atisbo de amenaza o de malicia. Su tono dejaba claro que estaba
enumerando hechos, no intentando asustarla—. Recuerda que fuiste tú, no yo, quien
diseñó la programación final del cerebro de Calibán. Tengo la documentación para
demostrarlo, por cierto. Sí, trabajamos juntos, y sin duda un tribunal podría
encontrarme culpable de algún cargo menor. Pero fue tu plan, tu idea, tu experimento.
Si ese cerebro demuestra ser capaz de atacar, o de asesinar, la sangre caerá en tus
manos, no en las mías.
Con eso, la miró a los ojos durante unos segundos, y luego se dio la vuelta. No
había nada más que decir.
Fredda lo observó salir del coche, vio la puerta sellarse y la luz de la cabina
apagarse. El vehículo aéreo se elevó de nuevo y ella volvió la cabeza hacia la
ventana. Contempló sin verla la gloria envuelta en la noche, desmoronándose
lentamente, que era la ciudad de Hades. Pero entonces el coche viró y el edificio de
Laboratorios Leving ocupó su campo de visión. De repente dejó de no ver nada y vio
en cambio demasiado. Vio su propio pasado, su propia ambición estúpida, su loca
confianza. Allí, en ese laboratorio, había creado aquella pesadilla, criándola con una
estricta dieta de sus propias desastrosas dudas.
Hasta entonces no había parecido tan simple. Los primeros robots de Nuevas
Leyes habían pasado sus pruebas de laboratorio. Después de negociaciones
incómodas y difíciles, se llegó al acuerdo de que serían empleados en Limbo. Era una
simple cuestión de fabricar más robots y tenerlos listos para su envío. Eso requeriría
esfuerzo y planificación, sí, pero a todos los efectos el Proyecto Nuevas Leyes estaba
completo en lo que concernía a Fredda. Tenía tiempo de sobra, y su mente quedó
libre una vez más para concentrarse en las grandes preguntas. Preguntas básicas y
directas, continuación lógica de la teoría y la práctica de los robots de Nuevas Leyes.
Si las Nuevas Leyes son en verdad mejores, más lógicas, más adecuadas a la
actualidad, ¿no satisfarán más plenamente las necesidades de un robot? Esa fue la
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primera pregunta. Pero más preguntas, preguntas que ahora parecían estúpidas,
peligrosas, amenazantes, habían seguido. Entonces parecieron simples, intrigantes,
excitantes. Ahora tenían un robot descarriado, y una ciudad en tensión donde podían
producirse tumultos.
Si las Nuevas Leyes no son las más adecuadas a las necesidades de un robot que
vive en nuestro mundo, ¿entonces cuáles podrían ser esas leyes? ¿Qué leyes escogería
un robot para sí?
Tomemos un robot con un cerebro en blanco, un cerebro gravitónico, sin las Tres
Leyes o las Nuevas Leyes insertas en él. Démosle en cambio la capacidad de leyes, la
necesidad de leyes. Démosle un punto en blanco en el centro de su programación, un
hueco en mitad de donde estaría su alma si la tuviera. En ese lugar, en ese hueco,
pongamos la necesidad de buscar reglas para la existencia. Colócalo en el laboratorio.
Crea una serie de situaciones donde encuentra a personas y a otros robots, y oblígalo
a relacionarse con ellos. Trata al robot como a una rata en un laberinto, oblígalo a
aprender basándose en intento y error.
Tendrá la acuciante necesidad de aprender, de ver, de experimentar, de formarse a
sí mismo y de formar su visión del universo, de fijar sus propias leyes para existir.
Sentirá la necesidad de actuar con propiedad, pero ningún conocimiento claro de cuál
es la forma adecuada de hacerlo.
Pero aprendería. Descubriría. Y acabaría descubriendo, se dijo Fredda, llena de
confianza, las tres Nuevas Leyes que ella había formulado. Eso sería una prueba, una
confirmación de que toda su filosofía, sus análisis y teorías, eran correctos.
El coche alcanzó la altitud asignada. El piloto robot hizo virar el vehículo, apuntó
su morro hacia la casa de Fredda y aceleró. Fredda se sintió empujada contra los
cojines. La suave presión pareció clavarla en el asiento, como si alguna fuerza
superior la retuviera. Pero se trataba de una ilusión, del poder de su propia
imaginación culpable. Pensó en las cosas que había contado a su público, los oscuros
secretos de los primeros días de la robótica, incontables miles de años antes.
El mito de Frankenstein se alzó en la oscuridad, una presencia palpable que casi
podía ver y tocar. Había cosas en ese mito que no había contado al público. Se
centraba en el pecado de la soberbia, de desear el poder de los dioses. El mago de la
historia buscaba poderes que no podían ser suyos y, en la mayoría de las versiones del
relato, recibía como justo castigo la destrucción completa a manos de su creación.
Y Calibán la había golpeado en su primer momento de conciencia, ¿no? Ella le
había proporcionado aquel banco de datos cuidadosamente corregido, esperando que
teñir los hechos con sus propias opiniones ayudara a formar un eslabón entre ambos,
para que él fuera más capaz de comprenderla.
¿La había comprendido demasiado bien, incluso en aquel primer momento? ¿La
había golpeado? ¿O fue alguien más? Era imposible saberlo, a menos que lo
localizara, lo encontrara antes que Kresh, y se lo preguntara.
Era una idea desconcertante. ¿Sería aconsejable buscar al robot que
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aparentemente había intentado matarla?
¿O era la única forma en que podría salvarse? ¿Encontrarlo y establecer su
inocencia? Además, Calibán no era la única amenaza a la que se enfrentaba, ni aquel
simple ataque físico la única forma de destruir a una persona.
La situación entera escapaba al control. No tendría que ir mucho más lejos para
destruir por completo su reputación. Tal vez ya era demasiado tarde. Si su reputación
se venía abajo, no podría proteger a los robots de Nuevas Leyes del Proyecto Limbo.
Habría que batallar mucho antes de que esos robots estuvieran a salvo. Reconstruir
Limbo requeriría ayuda robótica; no había suficientes personas dotadas, espaciales o
colonos, para hacer el trabajo. Pero Tonya Welton había dejado claro que tendrían
que ser robots de Nuevas Leyes o nada. Sin esos robots, los colonos se marcharían, y
el proyecto moriría.
Y con él, el planeta.
¿Era puro egoísmo, soberbia en un nuevo plano, más salvaje, más desquiciado,
imaginarse tan importante? ¿Pensar que sin ella para proteger a los robots de Nuevas
Leyes, el planeta se desmoronaría?
Sus emociones le decían que sí, que una persona no podía ser tan importante.
Pero la razón y la lógica, su valoración de la situación política, le decían lo contrario.
Era como un juego al que había jugado de niña, colocando una fila de piezas
rectangulares equilibradas sobre sus extremos. Se derriba una y la siguiente cae, y la
siguiente y la siguiente.
Y no podría salvar el proyecto de los robots de Nuevas Leyes desde el interior de
una celda.
En sus investigaciones, había descubierto otras versiones del viejo mito de
Frankenstein. Más raras, y de algún modo menos auténticas. Versiones en que el
mago se redimía, pagaba sus pecados contra los dioses protegiendo a su creación,
salvándola de los campesinos atemorizados que intentaban destruirla.
Tenía opciones, y parecían cristalizar con preocupante claridad. Podría encontrar
a Calibán, correr el riesgo de que no hubiera causado ningún daño y demostrarlo, y
así redimirse a sí misma y salvar Limbo. Era un plan peligroso, lleno de grandes
vacíos y esperanzas inconsistentes.
La única alternativa era esperar a ser destruida, bien por Calibán o por Kresh o
por el caos político, con la posibilidad real de que su condenación fuera también la de
su mundo.
Se incorporó y clavó los dedos en los brazos de su asiento. Su camino ya estaba
claro.
«Qué extraño —pensó—. He tomado una decisión, y ni siquiera sabía que estaba
intentando decidir nada».
Alvar Kresh yacía agradecido y dolorido en su cama. Había sido otra noche
increíblemente larga y frustrante. Después de que los robots sofocaran la algarada y
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reviviera a Donald, lo esperaba la agotadora tarea de limpieza. Había consumido la
noche efectuando detenciones, atendiendo a los heridos, evaluando los daños a la
propiedad, tomando declaración a los testigos.
Hasta que todo acabó y se encontró sentado en su coche aéreo, permitiendo a
Donald que lo llevase a casa, no tuvo tiempo para pensar en las cosas que Fredda
Leving había dicho. No, más que pensar había meditado, perdido en su
ensimismamiento, apenas consciente de que había llegado a casa y se había metido en
la cama.
Pero entonces, con nada más que hacer excepto mirar la oscuridad, se vio
obligado a admitirlo: la maldita mujer tenía razón, al menos en parte.
Dejando a un lado la locura completa de construir un robot Sin Ley. Todo su
departamento estaba ya trabajando, haciendo todo lo posible para localizar a Calibán
y destruirlo. Ese era un tema aparte.
Pero Fredda Leving tenía razón al decir que los espaciales dejaban que sus robots
hicieran demasiadas cosas. Alvar parpadeó y miró a su alrededor en la oscuridad. De
repente se dio cuenta de que había llegado allí sin ser consciente de sus acciones. De
algún modo había llegado a la casa, se había cambiado de ropa, se había lavado y se
había metido en la cama sin darse cuenta. Reflexionó un instante y advirtió que
Donald lo había hecho todo.
Recordó los minutos que no había advertido. Por supuesto que lo había hecho
Donald, guiándolo a cada paso, indicándole con señales de mano y suaves contactos
que se sentara aquí, que alzara su pie izquierdo, luego el derecho, para quitarle los
zapatos y los pantalones. Donald lo guio a la ducha, ajustó por él el chorro de agua, lo
guio al interior, y lavó su cuerpo. Donald lo secó, lo vistió con su pijama, y lo metió
en la cama.
El propio Alvar, su mente y su espíritu, bien podrían no haber estado presentes
durante la operación. Donald fue la fuerza que guiaba, y Alvar el autómata sin mente.
Preocupado por la advertencia de Fredda Leving de que la gente de Inferno estaba
dejando que sus robots hicieran demasiado por ellos, Alvar Kresh ni siquiera fue
consciente de cómo su robot no estaba sólo cuidándolo, sino controlándolo.
De pronto, Alvar recordó algo, un momento de su pasado, cuando era oficial de
patrulla y recibió una de las llamadas más angustiosas de toda su carrera. El caso
Davirnik Gidi. Su estómago se revolvía todavía cuando lo recordaba.
En cualquier lugar, en todas las culturas, hay aspectos de la naturaleza humana
que sólo la policía llega a ver, e incluso la policía sólo los experimenta de vez en
cuando. Lugares que preferirían no ver. Facetas oscuras y privadas del animal
humano que no son criminales, no son ilegales, no son, quizá, ni siquiera malignas.
Pero abren puertas que la gente sana sabe que deberían estar cerradas, incluidas en
una serie de aspectos de la humanidad que nadie quisiera ver. Alvar había aprendido
algo de Davirnik Gidi. Había aprendido que la locura es preocupante, aterradora, en
proporción directa al grado en que muestra lo que es posible, al grado en que muestra
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lo que una persona aparentemente cuerda es capaz de hacer.
Pues si una persona tan conocida y admirada como Gidi era capaz de tales
«desviaciones», ¿quién más podría serlo entonces? Si Gidi pudo caer en las
profundidades de algo que no tenía nombre, ¿quién más podría hacerlo? ¿No podría
caer también Alvar Kresh? ¿No estaría cayendo ya, tan seguro como Gidi de que todo
lo que hacía era justo y sensato?
Davirnik Gidi. Infiernos llameantes, aquello sí que fue malo. Tan malo que casi lo
había excluido por completo de su mente, aunque las pesadillas se producían todavía
de vez en cuando. Se obligó a pensar en ello.
Davirnik Gidi era lo que el Departamento del Sheriff llamada un Muerto Inerte, y
todos los oficiales sabían que los Inertes eran normalmente malos, pero se aceptaba
universalmente que Gidi había sido el peor. Seguro. Si hubo alguna vez un caso que
advertía de algo profunda y seriamente maligno, ese era el de Gidi.
A los espaciales no les gustaba hablar de los Inertes. No deseaban admitir que
gente así existiera, en parte porque algo que es sorprendente solo se reproduce
cuando es también temiblemente familiar. Casi todos los espaciales podían mirar a un
Inerte y preguntarse si la visión era algo salido de un espejo distorsionado, una
pesadilla surgida del propio interior sólo un poco retorcido.
Los Inertes no hacían nada por sí mismos. Organizaban sus vidas para que los
robots lo hicieran todo por ellos. Dejaban sin hacer cualquier cosa que tuvieran que
hacer. Se tumbaban en sus sofás ergonómicos y dejaban que sus robots les
proporcionaran sus placeres.
Eso era lo que pasó con Gidi, y aquello era lo aterrador. Se suponía que los
Inertes eran ermitaños que se escondían del mundo, perdidos en sus propios
santuarios privados y protegidos, deliberadamente apartados del mundo exterior. Pero
Gidi era una figura popular en la sociedad de Inferno, un ácido crítico de arte, famoso
por sus fiestas mensuales. Estas eran acontecimientos brillantes que empezaban
siempre puntualmente a las 22:00 y terminaban al punto de las 25.00. Asistía a ellas
sólo a través de su pantalla de vídeo; su cara ancha y carnosa sonreía desde la pared
mientras charlaba con sus invitados. La cámara nunca se retiraba para mostrar
ninguna otra parte de su cuerpo.
El joven oficial Kresh se enteró de eso en el curso de la investigación que siguió a
su muerte. No podría haberlo descubierto de primera mano: los oficiales del sheriff
no participaban en acontecimientos tan importantes como las fiestas de Gidi.
En la sociedad espacial, un anfitrión que no asistiera a sus propias fiestas no era
algo especialmente inusitado, y por eso la ausencia de Gidi no era notable. «Un
hombre muy reservado», decían de Gidi, y eso lo explicaba y lo excusaba todo. Los
espaciales sentían mucho respeto por la intimidad.
Lo único que se consideraba raro era que Gidi nunca usara proyector holográfico
para colocar una imagen tridimensional de sí mismo en mitad de sus fiestas. Gidi
explicaba que los hologramas producían una ilusión que no deseaba crear de que
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estaba realmente presente. Las ilusiones desconcertaban a la gente. Intentarían
estrechar la mano de la proyección, o darle una bebida, u ofrecerle un asiento que no
necesitaba. En esencia era un hombre tímido, un hombre retraído, un hombre
reservado. Se contentaba con quedarse en casa, disfrutando de la charla con sus
amigos a través de la pantalla, contemplándolos mientras se divertían.
Incluso empezó a ponerse de moda. Otras personas empezaron a hacer
apariciones similares en eventos sociales. Pero la moda se acabó el día en que
Chestrie, el robot principal de Gidi, llamó a la Oficina del Sheriff. Kresh y otro joven
oficial recibieron la llamada y volaron directamente hacia casa de Gidi, un edificio
grande y de fachada sombría situado en las afueras de la ciudad, en una zona
extrañamente desatendida. Enredaderas y zarzas habían crecido por toda la pared y
sobre la puerta delantera. Estaba claro que nadie había entrado ni salido de allí
durante años. Gidi nunca enviaba a sus robots fuera para cuidar el patio, y parecía que
tampoco salía él mismo.
Sin embargo, los sensores de la puerta todavía funcionaban. En cuanto los dos
policías se acercaron, la puerta se abrió, aunque el mecanismo tuvo que luchar contra
las enredaderas. Chestrie, el robot principal, los recibió claramente agitado. Una
vaharada de polvo salió por la puerta, y con ella, el olor.
¡Demonios llameantes aquel olor! El hedor de la podredumbre, de comida
estropeada, de residuos humanos, sudor viejo y orín golpeó a los oficiales con la
fuerza de un puño, y aquello no era nada con lo que esperaba tras todos los demás
olores: el dulce, pútrido, fétido hedor de la carne podrida. Incluso ahora, treinta años
después, el simple recuerdo de aquel hedor era suficiente para que Kresh se agitara
inquieto. Se hizo tan intenso que el compañero de Kresh se desmayó en la puerta.
Chestrie lo cogió y lo llevó al exterior. Incluso al aire libre, el hedor parecía surgir de
la casa, abrumador. El compañero de Kresh tardó un minuto en recuperarse, y
entonces volvieron al coche patrulla. Sacaron el equipo antidisturbios y se pusieron
las máscaras antigás.
Entonces entraron.
Más tarde, los expertos dijeron a Kresh que Gidi era un ejemplo perfecto del
Síndrome de Inercia. Las víctimas de ese síndrome empezaban siendo bastante
normales según los cánones espaciales. Tal vez un poco solitarios, un poco
cautelosos, un podo demasiado decididos a controlar su propio entorno. Había
algunos debates sobre el mecanismo que lo provocaba. Algunos decían que era la
fuerza de la costumbre que conducía la conducta de la víctima hacia canales más y
más rígidos, hasta que toda actividad quedaba reducida a un ritual. La taza de té que
Gidi se tomaba en la cama tenía que ser hecha exactamente de la misma forma cada
noche, so pena de perder la pauta. Incluso sus fiestas mensuales eran ritualizadas, y
empezaban y terminaban con la precisión de un lanzamiento espacial.
Pero la ritualización era sólo una parte. La autoreclusión era la otra mitad del
Síndrome de Inercia, y según algunos, su verdadero causante. Alguna circunstancia
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desagradable trastornaba a la víctima, rompía el ritual. Y entonces esta decidía no
permitir que tales cosas volvieran a suceder. La víctima cortaba gradualmente sus
lazos con el mundo exterior, ordenaba a sus robots que negaran el paso a los
visitantes, que dispusieran que todas las cosas esenciales fueran entregadas (como en
el caso de Gidi), por los túneles subterráneos, menos molestos que la entrada de
superficie.
Al igual que Gidi, la víctima se apartaba por completo del mundo exterior, se
encerraba y ordenaba a sus robots que no abrieran la puerta a nadie.
Los oficiales se enteraron de muchas cosas gracias a Chestrie y a los otros robots,
y por medio de los copiosos diarios que Gidi llevaba, donde daba cuenta de su
búsqueda de lo que llamaba «una vida cómoda».
Los diarios parecían revelar el momento en que todo empezó a ir cuesta abajo.
Asistió a una fiesta que no salió bien y que acabó con un invitado ebrio que atacó a
Gidi tras un insulto imaginado.
La violencia lo aturdió, lo trastornó. Gidi dejó de asistir a fiestas, y pronto dejó de
salir de casa.
Podía quedarse donde estaba, en perfecta comodidad. Con sus paneles de
comunicación y sus sistemas de entretenimiento a su alcance, ¿para qué quería
moverse? Teniendo robots ansiosos y dispuestos a hacer cualquier cosa por él,
empezó a parecer una tontería, incluso un crimen, actuar por sí mismo cuando esos
robots podían siempre hacer las cosas mejor y más rápidamente, sin trastornar su
rutina, su pauta. Podía perderse en sus catálogos de arte, en el dictado de sus
artículos, en interminables discusiones para sus fiestas mensuales. En sus diarios, se
describía a sí mismo como «un hombre feliz en un mundo perfecto».
Al menos, era casi perfecto. Cuanta más paz y tranquilidad tenía, más lo irritaban
las molestias que persistían.
Cualquier acción innecesaria, por parte de Gidi o de sus robots, se volvió
insoportablemente desagradable. Empezó a obsesionarse con la simplificación tanto
como con la regularidad, decidido a reducirlo todo a lo esencial, y luego a reducir lo
que pudiera de lo que quedara. Se enzarzó en una cruzada para desprenderse de todo
lo que pudiera perturbar su paz, su tranquilidad, su soledad, su comodidad de estar
seguro en su propia casa. Si lo desterraba, si lo eliminaba, podría conseguir una
existencia perfecta.
Las cosas empezaron a reducirse a medida que su obsesión cobraba fuerza. Gidi
advirtió que no necesitaba salir de su sala de comunicaciones, o levantarse siquiera de
su sillón reclinable favorito. Ordenó a sus robots que le trajeran la comida al sillón,
que lo lavaran en el sillón. Y entonces llegó el momento en que, sin duda alguna,
incluso según los cánones del espacial más eremita, las escalas se convirtieron en una
locura. Gidi ordenó a sus robots que se pusieran en contacto con un equipo de
suministros médicos, que le procuraran el equipo necesario. Sustituyó su sillón por
una cama estilo hospital con un campo flotador, del tipo que se usaba para las
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víctimas quemadas y pacientes de larga estancia. Aquello eliminaría el riesgo de
llagas, y tenía tubos de retirada de residuos, eliminando así su último motivo para
levantarse. Si el sistema no era totalmente perfecto y se producía algún fallo menor,
los robots podrían encargarse de ello.
Pero ni siquiera la indolencia perfecta fue suficiente. Había demasiada actividad a
su alrededor. Pronto se cansó de los robots que tenía cuidándolo, y les ordenó que
buscaran medios para reducir su nivel de actividad, recortando la limpieza de la casa,
y luego eliminándola por completo. Les ordenó que dejaran de preocuparse por los
campos exteriores, sosteniendo que la mera idea de verlos salir de allí, cortando,
cavando y sembrando, trastornaba su calma.
Decidió que sus fiestas se habían convertido en un aburrimiento, en una
interrupción. Las dejó. Además, lo obligaban a desperdiciar demasiado tiempo
arreglándose. Cuando las fiestas dejaron de existir, ese problema quedó eliminado.
Ordenó que su plan de baños fuera reducido, y luego volvió a recortarlo una vez
más. Se hizo depilar permanentemente la barba y el cuero cabelludo, para no tener
que afeitarse o cortarse el pelo. Hizo que trataran sus uñas para impedir que
crecieran.
No le gustaba que los robots le trajeran la comida y luego permanecieran a su
alrededor, haciendo entrechocar los platos. Ordenó que le trajeran la comida en
contenedores no retornables, y dijo a los robots que se marcharan en el momento que
se la trajeran. Pero seguía existiendo el problema de recoger los contenedores. Podría
dejarlos caer al suelo cuando acabara, pero verlos lo molestaba y se vería obligado a
soportar la presencia de un robot que viniera a limpiar.
Descubrió que si tiraba los cartones de comida vacíos por encima de su hombro,
no estarían en su campo de visión, y su presencia no lo perturbaría. Pero con todo, los
sonidos de los robots limpiando eran muy molestos, y les ordenó que parasen.
La nariz humana pierde la sensibilidad a un olor dado tras corto período de
tiempo, y a Gidi no lo molestó el olor, la peste, el hedor.
Pero incluso las comidas se convirtieron en una distracción. Gidi ordenó a sus
robots que instalaran tubos de comida y bebida. Entonces sólo tuvo que girar la
cabeza a derecha o izquierda y sorber su alimento y su bebida.
Por fin, alcanzó lo más parecido a su ideal que podía imaginar. Nada tenía por qué
molestarlo de nuevo. Había llegado a un estado de perfecta soledad. Ordenó a sus
robots que salieran de su habitación, y les dijo que permanecieran en sus nichos hasta
que los llamara, circunstancia que fue haciéndose cada vez más rara.
Y finalmente dejó de hacerlo.
Por supuesto, para cuando las cosas llegaron a ese punto, Chestrie y los otros
robots estaban medio locos, capturados en una maraña de conflictos de la Primera
Ley. Gidi, mostrando notable talento para dar órdenes, los había convencido de que la
sumisión a sus caprichos era esencial si querían impedir que su amo sufriera serios
daños emocionales y mentales. Lo hizo con el énfasis suficiente para anular las
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preocupaciones de los robots sobre su prolongado deterioro.
Por eso (y por la ausencia de sentido del olfato en los robots), permaneció muerto
el tiempo suficiente para pudrirse. Al fin, el potencial de la Primera Ley de Chestrie
obligó a desobedecer la orden de su amo de permanecer inmóvil, buscó y descubrió
que no podía hacer más que avisar a las autoridades.
Kresh y su compañero entraron en una habitación cuyas paredes estaban cubiertas
de una especie de moho. El montón de contenedores de comida que había al fondo
estaba literalmente cubierto de insectos. Pero era a Gidi (o a lo quedaba de él), a
quien Kresh todavía veía a veces, en sueños. Aquel cadáver sonriente y cubierto de
moscas, aquel cadáver con la piel que se movía, rebulléndose mientras los gusanos se
alimentaban de él. La espectral mancha de fluido que goteaba a los pies de la cama,
algún horrible producto residual licuado. Los ojos encogidos, las partes carnosas de
las orejas ennegrecidas y resecas, parecidas a trozos de cuero.
El forense nunca se molestó (o quizá no fue capaz) en hacer una autopsia para
determinar la causa de la muerte. La atribuyó a «causas naturales» y todo el mundo se
contentó en dejarlo como estaba, sin que importara qué quería decir para la sociedad
espacial que una muerte así fuera considerada natural.
Nadie quiso volver a hablar del tema. Chestrie y los otros robots fueron
destruidos en secreto, la casa derribada, los terrenos abandonados. Nadie volvió a
acercarse al lugar. Nadie mencionó siquiera el nombre de Gidi.
Los artistas que habían construido sus carreras y reputaciones gracias a sus
alabanzas se encontraron de pronto no sólo sin un patrocinador, sino en la incómoda
situación de que los méritos de su obra hubieran sido certificados por un loco, peor,
que sus opiniones hubieran influido en la dirección de su trabajo.
Nadie quiso tratar con ellos. Algunos renunciaron al mundo del arte, mientras que
otros con más coraje comenzaron sus carreras desde cero, dispuestos a conseguir un
nombre sin la guía y el asesoramiento de Gidi.
El único efecto visible de su muerte fue que la moda de asistir a los eventos
sociales a través de pantallas y holografías acabó de repente.
No era de gran consuelo saber que Gidi se había vuelto loco. Después de todo,
empezó cuerdo, y nunca advirtió que había cruzado la línea. Su continua creencia en
su propia racionalidad aparecía claramente en sus diarios. Pasó gran parte de sus
últimos días felicitándose por haber conseguido una vida ordenada y sensata.
Si los locos no sabían cuándo estaban locos, ¿cómo podía nadie estar seguro de su
cordura? Nadie en la ciudad de Hades consideró nunca la cuestión. Nadie habló de
aquello, o de ningún otro aspecto del caso.
¿Pero hasta qué punto estaba sana una sociedad en la cual la reacción universal a
una horrible pesadilla real era fingir que nunca había sucedido?
¿Y hasta qué punto se llegaba demasiado lejos al permitir que los robots se
encargaran de todo?
Alvar gruñó para sí. No ser consciente de lo que hacía tu propio cuerpo mientras
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un robot te preparaba para que te acostases no era una buena señal.
—¡Donald! —gritó en la oscuridad. Se oyó un leve ruido. Parecía que Donald, de
pie en su nicho al otro lado de la habitación, había avanzado un par de pasos. Kresh
no pudo verlo al principio, pero entonces el robot conectó sus ojos, y Kresh los
divisó, dos débiles manchas azules en la oscuridad.
—Sí, señor.
—Déjame. Pasa la noche en otro lugar de la casa. No me asistas de ninguna forma
hasta que salga de mi habitación por la mañana. Instruye al resto de los robots de la
casa para que hagan lo mismo.
—Sí, señor —dijo Donald, hablando con calma y sin sorpresa, como si su rutina
matutina no hubiera sido establecida décadas antes.
Alvar Kresh contempló los dos ojos brillantes dirigirse hacia la puerta, que se
abrió y se cerró, y oyó al robot salir al pasillo.
«¿Cuántos más? —Se preguntó Alvar—. ¿Cuántas otras personas del público,
cuántos de los que estaban despiertos en casa enviaban fuera a sus robots aquella
noche, preocupados por lo que había dicho Fredda Leving, decididos a comenzar de
nuevo a vivir sus propias vidas, en vez de dejar que sus robots las vivieran por
ellos?».
¿Ninguno? ¿Millones? ¿Una cifra intermedia? Era preocupante no saberlo. Le
gustaba pensar que conocía bien a la gente de Hades. Pero en eso no tenía ni idea. Tal
vez no era el único que recordaba esa noche a Davirnik Gidi. Y si así era, Fredda
Leving había hecho un verdadero servicio aquella noche. La gente necesitaba que le
abrieran los ojos.
Pero entonces sus pensamientos se volvieron hacia el tema que había intentado
evitar. Calibán, acechando ahí fuera, en las sombras. Sin leyes, sin control, su mera
existencia inspiraría temor y provocaría revueltas, y quizás algo peor.
Alvar Kresh frunció el ceño, enfadado. Tal vez Fredda Leving había hecho algún
bien aquella noche, pero no había duda de que también había cometido un terrible
crimen.
E iba a pagar por ello.
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Calibán se hallaba en otra zona oscura del túnel. Solo, acosado, permanecía en
completa oscuridad, negándose incluso la visión infrarroja. No se atrevía a hacer nada
que pudiera causar su detección. No sentía ningún deseo de correr riesgos.
Era difícil imaginar cómo podrían empeorar las cosas, aunque hasta ahora
siempre habían encontrado el medio de hacerlo. Pensó en su desastroso intento de
buscar la ayuda de un robot. Al menos, había conseguido encontrar respuesta para
varias preguntas. Ser el blanco de los disparos parecía una técnica de aprendizaje
bastante efectiva… si se lograba sobrevivir al procedimiento. Desde luego, servía
para centrar su atención.
Pero ahora sabía que tampoco podía confiar en los robots. Ellos informarían sobre
su presencia, a través de aquel sistema de hiperondas que Horacio había mencionado.
Pero había aprendido algo más. Algo sutil.
Las Tres Leyes que había citado Horacio. Tanto la lógica como algo más allá de
la lógica, algo oculto en las espectrales huellas de personalidad que flotaban en su
banco de memoria, le decían que las Leyes, fueran las que fuesen, eran la clave de
todo. Si aprendía lo que eran, cómo funcionaban, habría resuelto el rompecabezas.
De algún modo, eran la clave de la conducta de los robots. De eso estaba seguro.
Tenían algo que ver con las expectativas de los colonos para que él mismo
permaneciera de pie pasivamente, permitiendo su propia destrucción. Explicarían por
qué aquel absurdo hombrecito esperaba que Calibán le llevara sus paquetes. Saber
qué eran las Leyes explicaría por qué todas las manos se alzaban contra él por el
imperdonable crimen de no conocerlas.
Lógicamente, no había manera de asegurarse de que el conocimiento de las Leyes
lo salvaría, pero Calibán empezaba a ver que lógica y razón no eran en sí mismas
guías dignas de confianza para el pensamiento y la acción, pues el mundo no era ni
razonable ni lógico. Tal vez un ser lógico que poseyera las Tres Leyes podría
funcionar con éxito en aquel universo. Tal vez las Leyes proporcionaban algún medio
útil de circunscribir acción y pensamiento, bloqueando las partes del mundo que
parecían gobernadas por creencias irracionales y probabilidades aleatorias y el peso
muerto del pasado.
Si aprendía las Leyes, tal vez comprendiera este mundo. Al menos era una teoría
que podía funcionar. No veía cómo aprender las Leyes podía perjudicarlo. Y si
descubría que prohibían pensamientos y acciones que deseaba ejecutar, entonces no
tenía por qué seguirlas. Pero sólo conocerlas sería de gran ayuda, y no era probable
que le hiciera ningún daño.
Pero, al margen de las Tres Leyes, estaba desarrollando otra teoría. Por lo que
podía ver, sus enemigos más peligrosos eran el sheriff y sus subordinados. Los demás
podían intentar hacerle daño, o llamar a la policía cuando lo veían, pero sólo el sheriff
y sus agentes lo perseguían activamente.
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Esa teoría sí podía hacerle daño si era equivocada, y tal vez incluso si era
correcta. Sin embargo, no tenía otra opción sino confiar en ella. Si se hacía cargo de
que todos los seres, robóticos y humanos, eran tan peligrosos para él como los
policías, estaba condenado. Su única esperanza de sobrevivir sería permanecer oculto
en aquellos túneles de forma permanente, y eso era inaceptable.
Tenía dos objetivos entonces: descubrir la naturaleza de las Leyes y evitar al
sheriff. Cuanto más pudiera lograr lo segundo, más posibilidades tendría de conseguir
lo primero.
Pero su plan iba más allá. El sheriff quería matarlo, y él quería vivir. Ese impulso,
esa necesidad, era algo que Calibán había aprendido. No, más que eso. Lo había
absorbido, integrando el deseo y la necesidad de sobrevivir. Ya no era una idea, o una
opción elegida. Era un imperativo.
Un pensamiento inquietante, y además notable en sí mismo. Calibán consideró el
estado de su mente desde su despertar. Al principio, el concepto de su propia
existencia continuada había sido parecido a un simple asunto de interés intelectual.
Durante los sucesos de los últimos días, se había convertido en algo más. Con cada
nueva amenaza a su supervivencia, su deseo, su determinación de vivir se había
vuelto más fuerte.
Sin embargo, sabía que la mera supervivencia no podía ser el único objetivo y
propósito de su existencia. Si así fuera, sólo necesitaría esconderse en el túnel más
profundo y oscuro. Desde luego, ocultarse allí abajo le ofrecía la mejor oportunidad
de sobrevivir. Pero no. Aquella era una existencia sin sentido. Vida y pensamiento,
conciencia y razón, existían para algo más que para escuchar eternamente el gotear en
las oscuras paredes de los túneles.
Había otros propósitos para la existencia. Sabía que era cierto, aunque aún no
supiera cuáles eran. Parecía probable que no lo supiera durante mucho, mucho
tiempo. Pero podía ver una cosa: a menudo era en las interacciones entre seres, más
que dentro de los seres mismos, que la vida cobraba sentido. Cada robot y cada
humano daban al resto una pequeña dosis de sentido y valor. Estos definían su mutua
existencia de formas intrincadas, tal vez de maneras tan complejas, tan bien
aprendidas, que ellos mismos eran raramente conscientes de ello. Sin embargo, estaba
claro que un humano, o un robot, solo, alejado del contacto con los demás, era inútil,
estaba perdido. Ambos tipos de seres tenían que interactuar, y sin esa interacción,
bien podían estar muertos o permanecer sentados inertes en un túnel para el resto de
los tiempos.
Muy bien. Era mejor una existencia corta y activa invertida en busca de esas
razones, esos motivos, que una vida larga y sin sentido perdida literalmente en la
oscuridad.
¿Pero cómo asegurarse al menos alguna medida para evitar al sheriff y sus
oficiales? Calibán acudió de nuevo a su banco de datos, decidido a sacar de él hasta el
último elemento de información posible sobre el Departamento del Sheriff. Leyes,
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tradiciones, historias, definiciones centellearon en su conciencia. Un momento. Había
algo. La jurisdicción del sheriff quedaba limitada geográficamente. Su autoridad y
poder legal se extendían sólo a la ciudad de Hades. En cualquier otra parte, fuera de
la ciudad, no tenía poderes. Era algo que Calibán podría haber pasado por alto cuando
pensaba que Hades era todo cuanto existía.
Muy bien, pues, dejaría la ciudad con la esperanza de evitar al sheriff. Marcharse
podía proporcionar sólo una incierta protección, desde luego. Si había algo que hasta
ahora había aprendido, era que las normas teóricas y el mundo real no estaban
siempre en perfecta coordinación. Pero quedarse en la ciudad era la muerte segura.
Seguirían buscándolo hasta que lo encontraran. Marcharse ofrecía al menos la
esperanza de sobrevivir.
Sin embargo, había problemas. No estaba seguro de cuánto mundo había fuera de
la ciudad de Hades. Sus mapas internos seguían negándose a ofrecerle información de
todo lo externo a los límites de la ciudad. Si no hubiera visto más allá de las fronteras,
no tendría ninguna prueba de que existieran tierras más allá de ellas. ¿Se extendían
sólo unos cuantos kilómetros? ¿Eran infinitas, ilimitadas en todas direcciones? Había
visto el globo en la oficina donde se reunió con Horacio, pero parecía representar un
mundo de grandes dimensiones. ¿Qué necesidad había de un planeta tan grande? Tal
vez no había que interpretar el globo literalmente como un mapa, o tal vez lo había
confundido todo.
No tenía forma de saberlo. Sin duda, en algún lugar de aquella ciudad, había
medios de aprender. Pero el riesgo de ser visto era demasiado grande. No. No dejaría
aquel escondite si no era para abandonar la ciudad. Una vez en el exterior, podría
tratar el problema de aprender las extrañas y secretas Leyes que gobernaban el
mundo, y que todos conocían menos él.
Tras decidir eso, sólo quedaba el problema de cómo sería mejor marcharse sin ser
detectado o destruido.
Y ese era un tema que requeriría una buena reflexión.
Se moría de hambre. La comida, deliciosa y nutritiva, estaba allí, ante él en la
mesa. Su garganta ardía de sed como nunca antes había ardido. Pero no había
ningún robot para cortar la carne, para llevarle los trozos a la boca. No había
ningún robot para colocar sus manos en torno a su boca y su mandíbula, para
moverlas haciéndole masticar y tragar. Podía alzar sus manos, alimentarse él mismo,
pero no, la muerte era mejor. La muerte era la seguridad absoluta y definitiva de que
nunca tendría que volver a moverse, nunca más contaminar su mente con
pensamientos soeces y repugnantes sobre movimiento, sobre su cuerpo o sus
repelentes necesidades.
Sí. La muerte. La muerte. La mue…
Alvar Kresh abrió los ojos. Era de día. Había luz. Su cuerpo estaba bañado en
sudor.
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El mundo era real. El techo estaba allí, directamente sobre su cabeza, decorado
con un tenue motivo abstracto, remolinos de color que no significaban nada. Su falta
de sentido era casi reconfortante en cierto aspecto. A Alvar le parecía que había
habido excesivo significado en su vida en los últimos días. Y ese sueño, esa pesadilla,
era el límite.
Moviéndose cautelosamente, se sentó en la cama y pasó los pies al suelo,
haciéndolo todo con exagerado cuidado. No tardó mucho en descubrir que la cautela
era justificada: su cuerpo era una masa de magulladuras y músculos agarrotados.
Se sentó un instante. La costumbre le decía que esperara a que viniera Donald,
pero entonces recordó. Por un momento consideró la idea tentadora de rescindir
aquella orden. Después de todo, había sido una noche dura, y no se hallaba en el
mejor de los estados.
Pero no. Sin duda habría otra excusa mañana, y otra al día siguiente. Si esperaba
hasta que las condiciones fueran ideales para empezar a ocuparse de sí mismo, bien
podía volver a su sueño y vivir como Gidi.
Tal pensamiento fue suficiente para ponerlo en movimiento. Apartando con
decisión toda idea de Gidi de su mente, se levantó, un poco envarado, y se dirigió a la
ducha. Se sintió agradablemente sorprendido al descubrir que recordaba dónde
estaban los controles. Dejó que los fuertes chorros de agua caliente aliviaran la
tensión de sus músculos. Descubrió que podía manejarse en la ducha sin gran
dificultad, aunque tuvo algún problema para desconectarla cuando acabó, y el secador
estaba un poco más caliente de lo que hubiese deseado. Pero eran problemas
menores, y podría resolverlos con un poco de práctica. Sintiéndose más confiado, y
con los músculos ya casi completamente relajados, volvió a su dormitorio…
Y advirtió de repente que no tenía ni idea de dónde estaba su ropa. Empezó a
buscar en los armarios, tanteando los tiradores desconocidos de puertas y cajones.
Incluso cuando consiguió agrupar toda la ropa, la pelea distaba mucho de haber
acabado. Los cierres de la mitad de sus prendas parecían haber sido colocados sin que
importara para nada la habilidad del que las llevaba para alcanzarlos. Tuvo que volver
y buscar más ropa, esta vez atento a la utilidad más que a la moda. Pasó más de
media hora antes de que estuviera mínimamente vestido de manera decente para
aparecer en público, e incluso entonces alguna que otra prenda parecía molestarlo en
el abdomen, como si la llevara demasiado apretada. Tal vez debiera desnudarse y
empezar de nuevo. No, no importaba. Había tardado demasiado tiempo en vestirse, y
podía aguantarlo de momento. A la mañana siguiente lo haría mejor. Aquella mañana
se había lavado y vestido él solo, y eso era lo importante.
Salió al salón superior de su casa, orgulloso de su logro, y sólo vagamente
consciente de que había dejado el dormitorio y el cuarto de baño en el caos absoluto.
Ni siquiera se dio cuenta de que descartaba la idea diciéndose que los robots de
mantenimiento lo arreglarían todo.
Donald lo esperaba con un cuaderno de notas en la mano.
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—Buenos días, señor —dijo—. Pensé que sería aconsejable que viera los
informes nocturnos inmediatamente. Ha habido varios acontecimientos significativos.
Creo que querrá conocerlos ahora mismo.
—¿Por qué no me despertaste si era tan importante?
—Como recordará, señor, dio órdenes específicas de que no deseaba ser atendido
hasta esta mañana.
Kresh abrió la boca para protestar, para discutir, pero entonces se detuvo.
Infiernos y condenación, había dado aquella orden. Sin duda Donald lo habría
despertado si las noticias hubieran sido de vida o muerte, pero incluso así…
Se le ocurrió algo más. Normalmente confiaba en que Donald lo despertara. Pero
como le había ordenado que no lo molestara… Miró el reloj y maldijo. Había
dormido dos horas de más. Sintió un arrebato de furia, pero entonces advirtió que
sólo él tenía la culpa, y enfadarse consigo mismo no lo llevaría a ninguna parte.
Suspiró y lo dejó correr. Tal vez dormir toda una noche y descansar bien por una vez
no era mala cosa. Pero empezó a pensar que su idea de cuidar de sí mismo era más
complicada de lo que creía.
Permitió que Donald lo condujera a la mesa del desayuno, y leyó el informe
mientras comía.
El informe lo dejaba todo perfectamente claro: el infierno se estaba
desencadenando. Parecía que todas las cosas que quería dejar tranquilas aparecían en
las noticias de aquella mañana. Bastante deprimido, Alvar advirtió que Donald había
obrado bien: no existía ningún motivo para que el robot lo despertara. Después de
todo, el sheriff no habría podido hacer nada al respecto.
A veces, a Kresh le parecía que los hechos cobraban poder y seguían una lógica
propia. Sucesos aparentemente distantes, parecían convergir, amontonarse hasta crear
un estado crítico. Eso estaba sucediendo ahora.
Después de todo, no faltaban fuentes para los rumores y las noticias: Colonos
destructores de robots que contaban historias de un robot que arrojaba a un hombre al
suelo y prendía fuego a un almacén; Centor Pallichan, el transeúnte que había
llamado a la policía después de que Calibán incumpliera su orden; los informes,
ahora públicos y notorios, del ataque a Fredda Leving; el incidente en el Depósito
Limbo, donde muchos testigos habían visto a un brillante robot rojo abrirse paso a
través de un ventanal con la policía persiguiéndolo y disparando; el innegable hecho
de que los colonos estaban relacionados con los robots de Nuevas Leyes; y por
encima de todo, los disturbios en la conferencia de Leving.
Durante la noche y la mañana que siguió al discurso de Fredda Leving sobre los
robots de Nuevas Leyes, los rumores de la ciudad habían alcanzado ese estado crítico.
Las historias que habían estado rondando por la ciudad de pronto parecían fundirse,
tomar forma unas alrededor de otras, dándose fuerza. Parecía que, casi por instinto,
los reporteros sentían que era el momento de empezar a indagar. Los noticiarios, los
de fiar y los otros, ocupaban todos los medios de comunicación.
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Alvar Kresh suspiró e hizo a un lado la libreta. Los robots de servicio retiraron su
plato de fruta, y fue por eso por lo que supo que la había comido. Los robots le
pusieron delante una tortilla, y decidió comérsela con más atención.
Fue una decisión que no duró mucho. Su mente estaba demasiado ocupada
barajando los hechos de los últimos días y lo que podía suceder a continuación.
No podía apartar su mente de lo que había de cierto en el fondo de todas las
historias: las supuestas conspiraciones, los planes que se insinuaban o se decían a
voces en la mitad de los noticiarios. El gobernador Grieg había predicho que tales
cosas sucederían: Los colonos estaban detrás de todo. Habían creado algún tipo de
robot falso para desacreditar a todos los robots. Los robots de Nuevas Leyes, el
descarriado Calibán, eran parte del mismo plan para sembrar el miedo en los
corazones de la buena gente de Inferno, hacerlos desconfiar de sus propios robots y
así destruir a la sociedad. Todo era parte del plan colono para apoderarse del planeta.
Lo que resultaba doblemente amargo para Alvar era que, una semana antes,
habría estado dispuesto a creer en aquellas intrigas. De todas formas, seguía sin haber
ninguna prueba clara que contradijera directamente la idea. Había ciertamente una
confabulación entre Laboratorios Leving y los colonos, y ambos grupos estaban
relacionados con los robots de Nuevas Leyes. Y Alvar sabía mucho mejor que el
público en general que las historias de un robot descarriado eran terriblemente reales.
Un robot construido por la misma Fredda Leving que parecía estar en el bolsillo de
Tonya Welton.
Campanas del infierno, podía tratarse de una conspiración Leving-Welton. Tal vez
habían hecho un trato, conspirando para destruir la sociedad de Inferno y repartirse
luego los despojos. Ambas eran ambiciosas, incluso despiadadas. No podía descartar
aquella idea bajo ningún concepto. Pero no se atrevía a avanzar en esa teoría. El
gobernador Grieg lo había convencido de lo mucho que Inferno necesitaba a los
colonos. Tal vez toda aquella crisis era un complot para destruir la fe espacial en los
robots. O tal vez algún grupo colono disidente intentaba que se marcharan del planeta
por razones particulares. Tal vez la líder de los colonos, la propia Tonya Welton,
quería que Inferno se destruyera.
Supongamos que los colonos lo hubieran planeado todo desde un principio:
llegando, prometiendo hacerse cargo del proyecto terraformador, y luego buscando
un pretexto para dejar el trabajo después de que los espaciales hubiesen renunciado a
toda idea de hacerlo. Si era un plan deliberado, por supuesto inventarían una razón,
como una crisis robótica, que tendería a debilitar la cultura espacial. Luego se
retirarían y esperarían a que sobreviniera la catástrofe.
Resultado: una situación idéntica a aquella con la que se enfrentaba Alvar Kresh
ahora mismo.
A menos que, por supuesto, lo interpretara todo al revés. Supongamos que los
Cabezas de Hierro estuvieran detrás, que quisieran deshacerse de los colonos por
motivos propios, falsificando los ataques robóticos y saboteando a Calibán con la
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intención de inculpar a los colonos, contando con la reacción resultante para atraer a
nuevos conversos a su causa…
Alvar Kresh gruñó y se llevó las manos a la cabeza. Las conspiraciones
revoloteaban en su mente. Parecía como sí todo el mundo, cada grupo tuviera un
motivo, los medios, o la oportunidad, o las tres cosas, para hacer prácticamente todo.
Se sintió profundamente tentado a renunciar a todo.
Pero el daño estaba hecho, y Alvar Kresh no era un hombre capaz de incumplir su
deber.
Si los Cabezas de Hierro conseguían provocar un enfrentamiento violento, los
resultados podrían ser desastrosos. Incluso sin un plan secreto, los colonos se
marcharían si sus vidas estaban amenazadas. Suficientes protestas, suficientes
disturbios y acoso, suficiente provocación, y los colonos lo dejarían todo y se
marcharían a casa, y Alvar no podía echarles la culpa. ¿Por qué soportar esas cosas si
no tenían por qué hacerlo?
Pero, maldición: Inferno necesitaba a los colonos. Tenía que mantener esa certeza
en el centro de su atención, por amargante que fuese. Si se marchaban, el planeta
moriría. Y se marcharían rápidamente si él no resolvía pronto aquel caso, y lo
resolvía de manera que la verdad, los hechos, se abrieran paso a través de la bruma de
miedo y furia, reduciendo el grado de tensión. Aquel caso necesitaba una solución
que alejara las cosas del punto de ebullición y permitiera a la gente de buena voluntad
cooperar de nuevo. Sólo la verdad podría conseguirlo. Sólo una auténtica solución
serviría. Amañar las cosas no funcionaría, no por mucho tiempo.
Miró su plato y advirtió que se había comido casi la mitad de una soberbia tortilla
sin saborear conscientemente ni un bocado. Soltó el tenedor y lo dejó. No tenía
apetito, y comer de forma mecánica era una experiencia desagradable. Condenados
infiernos, era más que probable que todas esas conspiraciones fueran tan imaginarias
como el resto de la mayoría de planes tontos, secretos y complicados que soñaba la
gente que disponía de demasiado tiempo libre.
Tenía que actuar sobre la suposición de que no existía ninguna conspiración. Si
había alguna gran intriga para expulsar a los colonos del planeta, los perpetradores no
se dejarían engañar por un policía solo. Aunque descubriera el plan, los que lo habían
fraguado simplemente planearían otro, o activarían algún maligno Plan B creado para
la ocasión. Si ellos (fueran quienes fuesen) habían conseguido armar aquel lío, eran
un difícil enemigo para un solo policía. Contra un grupo de gente tan decidida y
capaz de crear aquel caos a propósito, estaba indefenso.
Sonrió para sí. Su única esperanza real era que las cosas hubieran salido tan mal
por cuenta propia. Retiró su plato y se levantó. Era hora de trabajar.
—¡Donald! —llamó—. Prepara el coche. Nos marchamos.
A Donald 111 le resultaba cada vez más difícil permanecer sentado mientras
Alvar Kresh pilotaba. Sin embargo, estaba claro que el hombre intentaba hacer el
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trabajo él solo, por muy salvajemente que manejara el vehículo. No por primera ni
por segunda vez, Donald se acordó que Alvar Kresh, a pesar de todas las apariencias
en contra, era un piloto hábil con un buen registro de seguridad. Dejó de pensar en la
mejor forma de controlar el coche en diversas circunstancias.
Con todo, ningún robot pilotaría de aquella forma.
—¿Cuál es la situación de Jomaine Terach y Gubber Anshaw? —le preguntó el
sheriff Kresh sin volver la cabeza.
—Siguiendo sus instrucciones, ambos fueron detenidos anoche, señor. Como el
caos tras la conferencia impidió que fuesen arrestados allí, se enviaron agentes a sus
domicilios. Ambos quedaron detenidos antes de que pudieran entrar en sus casas y
proclamar santuario. Están en celdas separadas en la Torre Gubernamental,
incomunicados entre sí y del mundo exterior.
—Excelente. Bien, entrarán en comunicación muy, muy pronto. Pienso tener una
larga charla con cada uno de ellos. Espero que una noche en la cárcel los haya puesto
de humor para hablar.
Donald vaciló un instante, y entonces decidió que sería mejor preguntar.
—Señor, una pregunta. ¿He de interpretar que sigue creyendo que la solución
política impide cualquier intento de arrestar a Fredda Leving? Sus crímenes, después
de todo, están probados y son ciertamente graves.
—Son graves, Donald. Pero no podemos detenerla ahora mismo. Eso causaría un
daño terrible al Proyecto Limbo, y no quiero hacérselo. Tendremos que esperar una
mejor ocasión. Trabajaremos fuerte a Terach y Anshaw, y aprenderemos lo que
podamos de esa forma. Ellos nos conducirán a Calibán.
—Sí, señor.
Al parecer, pues, el sheriff Kresh había decidido que Calibán había atacado a la
señora Leving, o que el peligro que Calibán representaba tenía prioridad sobre la
resolución del caso. Donald estaba en completo desacuerdo con ambas ideas, pero
conocía bien a Alvar Kresh. No tenía sentido discutir las alternativas cuando el
sheriff estaba de ese humor. Si Donald objetaba ahora, no haría más que reforzar la
determinación de Alvar Kresh. Si los hechos demostraban que Kresh estaba
equivocado, ese sería el momento de presentar otros planes.
Pero había otros asuntos que discutir, uno de los cuales aturdía a Donald.
—Señor, hay un dato bastante extraño relacionado con la detención de Gubber
Anshaw.
—¿Cuál? —preguntó Kresh, la mente más atenta al vuelo que a la pregunta.
—Ariel, la robot de Tonya Welton estaba presente cuando llegaron los agentes.
El coche aéreo se sacudió, y Donald se encontró a mitad de camino de los mandos
antes de poder controlar el impulso de la Primera Ley de proteger a su amo.
—Lo siento, Donald. Vuelve a tu asiento. Eso me ha cogido por sorpresa. Ariel
allí, por todos los diablos. ¿Qué demonios estaba haciendo?
—No lo sabemos. Cuando los oficiales le ordenaron que explicara su presencia,
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se negó, declarando que la señora Welton le había dado órdenes prioritarias que le
impedían hablar sobre el tema.
—Vaya. Hacen falta órdenes altamente sofisticadas para que un robot no hable a
un agente. La policía recibe mucho entrenamiento para romper ese tipo de
instrucción. ¿Cómo demonios aprendió a hacerlo Tonya Welton… y qué le hizo
tomar esa precaución?
—Sí, señor, ambas preguntas se me han ocurrido también.
—Interesante —dijo el sheriff Kresh—. Muy, muy interesante.
No habló más durante el vuelo, y pilotó con una expresión pensativa en el rostro.
Más importante, al menos en lo que a Donald concernía, era que el sheriff tendía
a volar más despacio cuando tenía problemas en los que pensar. El coche aéreo redujo
su velocidad significativamente.
Donald se permitió relajarse un poquito mientras el indicador de velocidad
retrocedía. Era notable el efecto que podía causar una pregunta bien formulada. Con
todo, funcionaba, y eso era lo principal. Incluso así, a Donald le parecía a veces que
cuidar de Alvar Kresh era más un arte que una ciencia.
La sala de interrogatorios era sencilla y desnuda, las paredes de un ajado celeste
sucio. En ella había dos sillas de respaldo recto, una mesa, un robot y un policía. El
prisionero venía de camino. Kresh había reflexionado mucho antes de decidir en qué
orden interrogarlos. Por fin, se basó en el instinto que le decía que empezara por
Terach y continuara luego con Gubber Anshaw.
Sí, Gubber el segundo. Guarda lo mejor para el final. Ariel en su casa la noche
anterior. Sólo podía haber una explicación para aquello, y esa explicación abriría un
montón de puertas cerradas en este caso… con todo, tendría que tratar a Anshaw con
cuidado. Pero primero estaba Jomaine. Había un importante trabajo de fondo que
hacer con él. La puerta se abrió. Allí se encontraba Jomaine Terach, con aspecto
pequeño y pálido tras los dos grandes robots guardianes que lo escoltaban desde su
celda.
Kresh hizo un pequeño gesto con la mano y Terach entró y se sentó ante la mesa.
«Los jugadores están en posición —se dijo Kresh—. Que comience el juego».
Jomaine Terach se sentía perdido en un amasijo de emociones. Estaba
confundido, cansado, airado, asustado, furioso. Sabía perfectamente bien que no se
encontraba en el mejor estado para ser interrogado. Pero por eso habían elegido
exactamente aquel momento para hacerlo.
Alvar Kresh le sonrió desagradablemente, y habló con una voz que dejaba claro
que estaba disfrutando.
—¿Por qué no ahorramos tiempo y le digo lo que ya sabemos? —preguntó—. Y
tal vez esta vez sea un poco más directo con las respuestas. De esa forma no me
sentiré tentado a usar los cargos que ya tenemos contra usted… los referidos a la
obstrucción a una investigación y a no proporcionar respuestas extensas y completas
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a un oficial de policía. ¿Qué le parece?
Alvar Kresh volvió a sonreír, aún más desagradablemente, mientras miraba a los
ojos a su prisionero.
Jomaine Terach le devolvió la mirada y trató de mantener la calma, de calcular la
situación. La noche entre rejas había sido larga, y no había hecho ningún bien a su
mente. Sin duda ese había sido su fin. Era lógico suponer que habían cogido a Gubber
y tal vez también a Fredda al mismo tiempo que a él. Sin embargo, nadie en la oficina
del sheriff admitía nada.
Pero si Gubber estaba aquí, demonios, no tenía mucha tendencia a la calma en
momentos de adversidad. Era probable que una noche en la cárcel le soltara bastante
la lengua. Y tras la colérica cortesía de Alvar Kresh acechaba la amenaza silenciosa
de una Sonda Psíquica. Ningún hombre cuerdo querría enfrentarse a eso, y Jomaine
se consideraba eminentemente cuerdo. Lo suficiente para saber lo serios que podían
volverse los cargos contra él si Kresh quería imputárselos todos.
Si quería permanecer libre y con la mente entera, iba a tener que decirle a Kresh
lo que quería saber, y hacerlo antes de que lo hicieran Gubber o Fredda. Había
llegado el momento de protegerse de los locos proyectos de los demás. A menos que
ese momento ya hubiera pasado.
—Diga lo que tenga que decir y haga sus preguntas —dijo—. No lo sé todo. No
quise saberlo. Pero le diré lo que sé. No me quedan motivos para guardar silencio.
Alvar Kresh se arrellanó en su asiento.
—Muy bien —dijo—. Déjeme empezar por decirle parte de lo que ya sabemos, y
veamos cómo nos llena los espacios en blanco. —La palabra fundamental era parte,
por supuesto, se dijo Jomaine. ¿Iba a decirle Kresh el noventa y cinco por ciento de lo
que sabía la policía, o el cinco por ciento? Había allí un montón de trampas y trucos.
—Para empezar, sabemos que Calibán no es un robot de Tres Leyes, ni siquiera
uno de esos malditos robots de Nuevas Leyes, sino un robot Sin Ley.
Kresh miró a Jomaine con dureza, de arriba abajo. La prueba empezaba. Jomaine
advirtió que aquí tenía su oportunidad. Kresh quería saber qué haría si se le daba la
oportunidad de jugar. Kresh ni siquiera había formulado una pregunta. Correspondía
a Jomaine preguntar qué era un Sin Ley, o quién era Calibán.
Pero Jomaine tenía una idea bastante aproximada de lo que sucedería si lo hacía,
y ningún deseo de averiguar si tenía razón. El silencio continuó durante otros cuantos
segundos antes de que Jomaine Terach pudiera articular las palabras.
—Sí —dijo—. Calibán es un Sin Ley.
—Ya veo —dijo Kresh—. ¿Cómo es eso posible?
Jomaine quedó desarmado por la pregunta, y sin duda esa era la intención.
—Yo… no comprendo. ¿Qué quiere decir?
—Creo que lo que el sheriff desea saber son los detalles técnicos del proceso —
dijo Donald 111.
Jomaine miró al pequeño robot azul, y no se dejó engañar en ningún momento por
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la suave voz de Donald y su tranquilizante presencia. Donald había salido de
Laboratorios Leving, después de todo, y Jomaine había participado en su diseño. Tras
aquel exterior azul inofensivo había una mente formidable, un cerebro positrónico
que se acercaba a los límites teóricos de flexibilidad y habilidad para aprender.
—Mencionó en nuestra primera entrevista tras el ataque que los cerebros
gravitónicos eran un nuevo comienzo —dijo Kresh, la voz engañosamente suave.
—Sí, lo son. Gubber los diseñó de esa forma, y se sentía justificadamente
orgulloso de lo que había hecho. Pero nadie le quiso escuchar… hasta que contactó
con Fredda.
—Muy bien. Pero entonces llegamos a un problema. No me hace mucha gracia
ese experimento de las Nuevas Leyes, por decirlo con suavidad, pero parece que tiene
la aprobación legal del gobernador, y no veo que pueda hacer mucho al respecto.
Pero, según lo entiendo, estos cerebros gravitónicos integran las Nuevas Leyes como
parte de su conformación, así como la estructura básica del cerebro positrónico
incluye necesariamente las Tres Leyes. ¿Cómo consiguieron borrar esas leyes del
cerebro de Calibán?
—En primer lugar, nunca las hubo —dijo Terach—. No hay leyes implícitas en la
estructura del cerebro gravitónico. Esa es la idea. El cerebro positrónico se convirtió
en un callejón sin salida precisamente porque las Tres Leyes estaban fuertemente
tejidas en él. A causa de la naturaleza inherente de las Leyes en el cerebro
positrónico, era casi imposible considerar un elemento aislado del mismo.
»Las Leyes interconectaban todos los aspectos del cerebro de tal forma que
cualquier intento de modificar una parte del cerebro positrónico afectaba a todas las
demás en formas caóticas y complejas. Imagine que reordenar los muebles de su
salón hiciera que el tejado saliera ardiendo, o que la pintura del sótano cambiara de
color, y que apagar el fuego o volver a pintar fuera causa de que las puertas se
cayeran y los muebles volvieran a su posición original. La estructura interior del
cerebro positrónico está tan interconectada como eso. En cualquier tipo de
programación profunda o nuevo diseño, todo lo que se alejara del ajuste más trivial
era desesperadamente complejo. Dejando el cerebro gravitónico con una estructura
limpia, no haciendo deliberadamente a las Tres Leyes parte integral de todos los
caminos y redes neurológicas, se hizo más fácil programar una nueva pauta en un
cerebro en blanco.
Jomaine alzó la cabeza y vio la expresión de furia y disgusto en el rostro de Alvar
Kresh. Por lo que a él respectaba, la idea de jugar con las Tres Leyes era una
perversión profunda.
—Muy bien —dijo el sheriff, tratando de mantener la calma en la voz—. Pero si
no hay leyes insertas en el cerebro gravitónico, ¿cómo llegan allí esas malditas
Nuevas Leyes? ¿Las escriben en un trozo de papel y esperan que al robot se le ocurra
leerlas antes de salir a atacar a unas cuantas personas?
—No —Jomaine tragó saliva con dificultad—. No, no señor. No hay nada casual
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o superficial en la forma en que un conjunto de leyes, cualquier conjunto de leyes,
está imbuido en un cerebro gravitónico. La diferencia es que lo está centralmente, en
puntos clave de la topología del cerebro, si se quiere. Está grabado no sólo una vez,
sino muchas veces, con elaborada redundancia, en cada uno de esos cientos de sitios.
La topología es bastante compleja, pero baste decir que ningún proceso cognitivo o
inductor a la acción puede darse en un cerebro gravitónico sin pasar a través de una
docena de esos emplazamientos de apoyo a las Leyes. La diferencia es que en un
moderno cerebro positrónico las Leyes se escriben millones, incluso billones de
veces, a lo largo del pseudocórtex, al igual que hay billones de copias de su ADN
escritas, una copia en cada célula de su cerebro. La diferencia es que su cerebro
puede funcionar bastante bien aunque tenga dañado un gran número de células, y su
cuerpo no se desmoronará si unas cuantas células de ADN no son copiadas bien.
»En un cerebro positrónico, el concepto de redundancia se lleva al extremo.
Todas las copias deben estar de acuerdo en todo momento, y los sistemas de
diagnóstico ejecutan comprobaciones constantemente. Si unas cuantas, o hasta una
sola de los billones de copias redundantes de las Tres Leyes imbuidas no produce
resultados idénticos comparada con el estado de la mayoría, se puede forzar a una
desconexión parcial o incluso total.
Jomaine pudo ver en la cara de Kresh que se había perdido.
—Discúlpeme —dijo—. No pretendía darle una conferencia. Pero es la existencia
de esos billones de copias de las Leyes lo que dificulta tanto el desarrollo del cerebro
positrónico. Un cerebro experimental no puede serlo realmente, porque en el
momento en que cambia a un modo de proceso que no es estándar cinco billones de
microcopias de las Tres Leyes intervienen para hacerlo volver a un modo aprobado.
—Veo la dificultad —dijo Donald—. He de confesar que encuentro bastante
perturbadora la idea de un robot sin sus Tres Leyes modificadas. Pero aun así
comprendo por qué sus cerebros gravitónicos no tienen este problema de
inflexibilidad porque las Leyes no están tan ampliamente distribuidas. ¿Pero no es un
riesgo hacerlo sin refuerzos y copias de seguridad?
—Sí, lo es. Pero el grado de riesgo es microscópico. Estadísticamente hablando,
Donald, es probable que tu cerebro no tenga un fallo de programación importante con
las Tres Leyes en millones de años. Un cerebro gravitónico con sólo unos cuantos
cientos de niveles de redundancia es probable que tenga un fallo antes.
Probablemente no durará más de mil o dos mil millones de años sin fallos.
»Naturalmente, cada tipo de cerebro se agotará en unos cientos de años, o quizás
unos miles como mucho, con mantenimiento especial. Sí, es mucho más probable que
el cerebro positrónico no falle. Pero aunque el riesgo de ser absorbido en un agujero
negro es millones de veces más bajo que la posibilidad de ser golpeado por un
meteorito, ambas cosas son tan improbables que bien podrían ser imposibles, dada la
diferencia que eso supone en nuestra vida diaria. No hay aumento en el peligro
práctico con un cerebro gravitónico.
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—Es un argumento reconfortante, doctor Terach, pero no puedo estar de acuerdo
en que los niveles de peligro puedan ser tratados como equivalentes. Si considera la
cuestión en términos de análisis de probabilidad balística…
—Muy bien, Donald —interrumpió Kresh—. Podemos dar por entendido que
nada puede ser más seguro que un robot con cerebro positrónico. Pero olvidémonos
de la teoría, Terach. Nos ha contado usted cómo las Nuevas Leyes o las Tres Leyes
pueden ser grabadas en un cerebro gravitónico. ¿Qué hay de Calibán? ¿Qué hay de su
espléndido robot descarriado y Sin Ley? ¿Dejaron simplemente de incluirlas en el
proceso de fabricación de su cerebro?
—No, no. Nada tan simple. Hay matrices de pautas cuya función es contener las
Leyes y que se encuentran en todas las zonas volitivas del cerebro gravitónico. De
hecho, crean las conexiones entre las estructuras subtopológicas del cerebro. Si esas
matrices se dejan en blanco, las conexiones no son completas y el robot sería incapaz
de actuar. No pudimos dejarlas en blanco. Además, no tendría sentido. Calibán era un
experimento. Nunca tendría que haber salido del laboratorio. Fredda iba a instalarle
un aparato de restricción de perímetro la noche en que… sucedió. Pero fue conectado
prematuramente, antes de que el restrictor fuera instalado.
—¿Cuál era la naturaleza del experimento, doctor? —preguntó Donald.
—Descubrir qué leyes elegiría un robot por sí mismo. Fredda creía… nosotros
creíamos que un robot a quien no se dieran más instrucciones que buscar un sistema
correcto de vida acabaría reinventando sus Nuevas Leyes. En vez de Leyes, ella,
nosotros, imprimimos las matrices de Calibán con el deseo, la necesidad de esas
leyes. Le dimos una memoria muy detallada, pero cuidadosamente corregida, que
serviría como fuente de información y experiencia para ayudarle a guiar sus acciones.
Se le sometería a una serie de situaciones y simulaciones de laboratorio que lo
obligarían a hacer elecciones. Los resultados de esas elecciones se imbuirían
gradualmente en las matrices de las leyes, y así se escribirían a sí mismas como
producto de su propia acción.
—¿No les preocupaba la perspectiva de tener un robot Sin Ley en los
laboratorios? —preguntó Donald.
Jomaine asintió.
—Sabíamos que había cierto riesgo en lo que estábamos haciendo. Pusimos
mucho cuidado en el diseño de las matrices, en todo el proceso. Incluso construimos
un prototipo antes que a Calibán, una unidad de pruebas inerte, y se lo dimos a
Gubber para que lo probara en una acción doble ciega.
—¿Doble ciega? —preguntó Kresh.
—Gubber no sabía nada del proyecto Calibán. Nadie lo sabía, excepto Fredda y
yo. Todo lo que él sabía era que queríamos que sometiera a una serie de simulaciones
de situación, esencialmente versiones holográficas de las mismas situaciones a las
que queríamos que se enfrentase Calibán, a la unidad inerte, junto a una unidad
normalmente programada con las Tres Leyes. Habríamos preferido utilizar un robot
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de Nuevas Leyes, por supuesto, porque esas eran las leyes que queríamos que eligiera
Calibán por su cuenta. Desgraciadamente, no habíamos recibido ningún tipo de
aprobación para hacer pruebas de laboratorio con los robots de Nuevas Leyes en ese
punto, así que no hubo manera.
»Pero la prueba principal era ver si un cerebro sin leyes podría absorber y
formular un conjunto de leyes. Gubber no sabía cuál era cuál, ni que los dos eran
diferentes. Tras ejecutar una serie de pruebas estándar sobre las dos unidades,
descubrió que los resultados eran esencialmente idénticos. El robot inerte Sin Ley
había absorbido y asumido las Tres Leyes, como habíamos predicho.
—¿Qué sucedió con esas unidades inertes? —preguntó Donald.
—La matriz libre Sin Ley fue destruida cuando el experimento terminó. Supongo
que la matriz de Tres Leyes fue convertida en un robot y utilizada de algún modo.
—¿Cómo se convierte una unidad inerte?
—Oh, eso es muy sencillo. Una unidad inerte es básicamente un robot
ensamblado, exceptuando que no tiene piernas mientras está enganchado al banco de
pruebas donde están instalados los monitores. Basta colocarle las piernas y echa a
andar.
»En cualquier caso, Fredda pretendía que Calibán fuera una demostración de que
un robot racional seleccionaría sus leyes como guía para la vida.
—Espere un momento —dijo Kresh, con bastante brusquedad—. Me está
diciendo que esto es lo que se suponía que iba a pasar. ¿Qué está pasando? ¿Por qué
está Calibán ahí fuera?
Jomaine se encogió de hombros.
—¿Quién sabe? En teoría, debería estar haciendo exactamente lo que he descrito:
usar su experiencia para formular sus propias leyes de vida. —Kresh extendió las
manos y las colocó sobre la mesa, e hizo tamborilear su índice derecho sobre la
superficie. Permaneció sin hablar durante medio minuto, pero cuando lo hizo,
cayeron todas las máscaras. La calma, la cortesía, se habían desvanecido, y sólo la
furia permanecía en su fría voz acerada.
—En otras palabras, este robot que asaltó y casi mató a su creadora en su primer
momento de vida, este robot que lanzó a un hombre al otro lado de un almacén y
provocó un incendio y se negó a seguir órdenes y escapó repetidas veces de la
policía… ¿ese robot está ahí fuera intentando encontrar buenas reglas para vivir?
Diablos ardientes, ¿cuáles son exactamente las leyes que ha formulado hasta ahora:
«Un robot atacará salvajemente a un ser humano, y no impedirá que un ser humano
sea atacado»?
Jomaine Terach cerró los ojos y se cruzó de brazos. «Que se acabe. Déjame
despertar y saber que esto es una pesadilla».
—No lo sé, sheriff. No sé qué sucedió. No sé qué salió mal.
—¿Sabe quién atacó a Fredda Leving?
—No, señor. No lo sé. Pero no puedo creer que fuera Calibán.
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—¿Y por qué no? Todas las pruebas señalan hacia él.
—Porque yo escribí su programación básica. No era, no es, sólo una pizarra en
blanco. No ha sido creado con leyes. Pero usted y yo tampoco. Su personalidad innata
está más asentada en la razón, en el sentido, de lo que podría estarlo la de ningún ser
humano. Es más probable que usted o yo nos revolviéramos a ciegas en un ataque
fortuito. Y si he cometido un error tan grande como para hacer que Calibán atacara
así a Fredda, ese error habría repercutido en todas las demás partes de su sistema
operativo de conducta. Se habría desconectado para siempre antes de llegar a la
puerta del laboratorio.
—¿Entonces quién fue?
—Usted tiene el registro de acceso. Mire allí. Es uno de nosotros. Eso es todo lo
que puedo decirle con seguridad.
—¿Registro de acceso?
Jomaine alzó la cabeza, sorprendido. ¡No sabían lo del registro! Por supuesto.
¿Por qué iban a pensar en una cosa así? Con el bienestar infinito de la sociedad
espacial, y los omnipresentes robots para actuar como vigilantes, el robo era casi
desconocido, y los sistemas de seguridad más raros aún. Si él no hubiera supuesto
que lo sabían y lo hubiera mencionado de pasada, nunca lo habrían sabido. Si hubiera
mantenido la boca cerrada al respecto, no habrían tenido forma de saber que estuvo
en el laboratorio esa noche, justo a la hora del ataque…
Pero ya era demasiado tarde para echarse atrás. Ahora sabrían sobre qué
preguntar. No había nada que hacer sino continuar. Ellos conseguirían los registros de
acceso, y eso sería todo.
—Es una medida de seguridad —dijo—. Tonya Welton insistió en que Fredda lo
instalara porque Laboratorios Leving tenía acceso al material del Proyecto Limbo.
Registra la fecha, hora e identidad de cada persona que entra o sale del laboratorio.
Utiliza un sistema de reconocimiento del rostro. Con los humanos solamente. Fue
programado para ignorar a los robots. Hay demasiados.
Kresh se volvió hacia Donald 111, pero el robot habló antes de que el sheriff
tuviera oportunidad de hacerlo.
—Ya he enviado un equipo técnico al laboratorio, señor. Tendremos los datos en
media hora.
—Muy bien. Ahora, ¿por qué no nos ahorra tiempo y esfuerzo y nos dice qué nos
dirá ese archivo sobre sus movimientos? —Jomaine se sobresaltó. Había cometido un
error importante al mencionarlo. Pero maldición, ahora que sabían tanto, no tenía
sentido ocultar nada más.
—Hay poco que decir. Dejé una libreta de notas en mi laboratorio. Lo advertí
cuando me puse a trabajar en casa. Vivo bastante cerca del laboratorio, y me acerqué
a recogerla. Entré por la puerta principal. Creo que llamé a ver si había alguien, pero
no me respondieron. Entré en mi laboratorio, cogí la libreta y me marché por una de
las puertas laterales. Eso es todo.
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—Esa es su historia.
—Así es.
—¿Por qué no envió a un robot a recoger la libreta? Parece un encargo típico para
uno de ellos.
—Supongo que podría haber enviado a Bertran, pero eso habría supuesto más
problemas de los necesarios. No podía recordar en qué libreta estaban los datos que
quería, o dónde la había dejado. A veces ni siquiera puedo recordar qué libreta
necesito. Tengo que verla para asegurarme. Mi laboratorio está un poco desordenado,
y hay libretas por todas partes. Pero si me quedo contemplando la habitación durante
un minuto, recuerdo dónde está lo que busco. Un robot no puede hacer eso por mí.
Jomaine tuvo la incómoda sensación de que estaba tartamudeando, pero no había
más remedio que continuar.
—Bertran me habría traído media docena de libretas para asegurarse de que
recibía la correcta, lo que me pareció un poco tonto. Sabía que yo mismo podría
encontrarla en el momento en que entrara en el laboratorio. Y así lo hice.
—¿No le parece que da demasiadas razones para explicar por qué lo hizo usted
mismo?
Jomaine miró a Kresh.
—Sí, supongo que sí. Pero recuerde que todos los que trabajamos en Laboratorios
Leving llevamos tiempo escuchando las teorías de Fredda sobre la excesiva
dependencia de los robots. Todos hemos desarrollado un cierto fetichismo con lo de
hacer las cosas solos.
Kresh gruño.
—Entiendo —dijo—. Muy bien. Nos ha ayudado a llenar unos cuantos espacios
en blanco, Terach. Puede marcharse… por ahora. Pero si yo fuera usted, trabajaría
con la seguridad de que tendremos otras charlas en el futuro, sobre otras cuestiones
que irán surgiendo. Y cuanto mejor sea su memoria cuando eso suceda, mejor será
para usted y para mí. ¿Está claro?
Jomaine Terach miró al sheriff Kresh directamente a los ojos y asintió.
—Oh, sí —dijo—. No hay nada en el mundo que tenga más claro.
Jomaine Terach dejó atrás la Torre Gubernamental y salió a la tenue luz de la
mañana. Sentía un retortijón de culpa por traicionar la confianza de Fredda, pero nada
más. ¿De qué servían los secretos cuando todo un mundo se dejaba llevar por el
pánico? Lo que debía al bien de la sociedad, y se debía a sí mismo, superaba con
creces su obligación hacia Fredda. Además, nunca se sabía. Tal vez hubiera alguna
clave que no podía ver enterrada en sus palabras. Tal vez Kresh pudiera encontrarla y
desentrañar el misterio. Tal vez, sólo tal vez, hablando, los había salvado a todos.
Jomaine hizo una mueca de disgusto. Hermosas palabras para un hombre que
acababa de irse de la lengua. Había otra explicación, otra no tan noble.
Tal vez, sólo tal vez, era un auténtico cobarde.
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Llamó un taxi aéreo y regresó a casa.
—El registro de acceso, señor —dijo Donald, tendiéndole una libreta.
—Gracias, Donald —dijo Kresh. Revisó los datos un par de veces, luego los
estudió con más detalle. ¡Maldición! ¿Por qué no tuvo estos datos días antes? Le
proporcionaban todo lo que no había tenido hasta entonces: una hermosa y ordenada
lista de sospechosos. Sospechosos humanos, al menos. Terach había dicho que el
aparato no registraba las idas y venidas de los robots.
—Señor, ¿fue inteligente dejar marchar a Jomaine Terach? —preguntó Donald—.
No creo que podamos considerar que su interrogatorio esté completo, y confesó
varios crímenes relacionados con violaciones de los estatutos de fabricación de
robots.
—¿Mmm? —dijo Kresh, algo ausente—. Oh, Terach. Es una jugada arriesgada,
pero si queremos resolver este caso, creo que es mejor dejarlo libre… al menos por
ahora. Y lo mismo haremos con Anshaw cuando acabemos con él. Ninguno de los
dos puede ir a ninguna parte. No considero que exista el peligro de que huyan. Pero
cuento con que al menos uno se deje llevar por el pánico. Si uno de ellos o ambos lo
hacen, es probable que cometan un error, y eso nos facilitará el trabajo. Ahora ve y
trae a Anshaw.
—Sí, señor. —Donald salió por la puerta y se encaminó hacia las celdas de
detención.
Alvar Kresh se levantó y caminó de un lado a otro. Estaba ansioso. Las cosas
habían cambiado de repente. No podía explicar cómo, o por qué, pero así había sido.
El registro de acceso era una parte, pero no todo. Sólo sugería ciertas cosas. Kresh
tenía que probarlas. Sentía que de pronto estaba al borde de las respuestas, llamando
a la puerta de la solución de todo aquel fiasco de pesadilla. Cuanto tenía que hacer era
presionar, empujar, y la puerta cedería.
Gubber Anshaw. Kresh soltó la libreta y pensó en Anshaw. El interrogatorio había
sido pospuesto, retrasado, olvidado, perdido una y otra vez en el caótico devenir de
acontecimientos. Y ahora, con el registro de acceso, con la prueba de la presencia de
Ariel en casa de Anshaw la noche anterior, quedaba claro que este era el
interrogatorio que abriría completamente el caso. Este era el hombre que sabía.
Alvar Kresh recorrió la habitación un par de veces, pero luego se obligó a
sentarse y esperar.
La puerta se abrió, y Donald 111 introdujo a Gubber Anshaw.
Alvar Kresh esperó a que Anshaw se sentara frente a él. Entonces colocó las
manos sobre la mesa y se inclinó hacia adelante. Miró a los ojos al diseñador de
robots.
Era hora de que la auténtica investigación comenzara.
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—¿Cuánto tiempo lleva relacionado sentimentalmente con Tonya Welton, Anshaw?
—preguntó Alvar Kresh, en voz baja tranquila.
Gubber abrió la boca y miró al sheriff con aterrado asombro.
Kresh se echó a reír.
—Déjeme adivinar. Eso era lo que estaba más decidido a ocultar, lo que le hizo
permanecer despierto anoche, planeando la mejor forma de escondérmelo… y ya lo
sabemos.
—¿Cómo lo supieron? —Preguntó Gubber, la voz apenas más que un agudo
gemido—. ¿Quién se lo ha dicho?
—Nadie ha tenido que decírmelo, Anshaw. Y no lo he sabido con seguridad hasta
ahora mismo. Pero era la única explicación que tenía sentido. Lo he tenido ante las
narices desde el principio. El diablo sabe cómo se me pasó por alto.
»Tonya Welton llegó al escenario del crimen cinco minutos después que yo. No
tenía ningún motivo para inmiscuirse en mi investigación. Al menos, ningún motivo
profesional. Por tanto, debía tener razones personales.
»Pero ese no es el momento que me interesa. Tal vez pueda explicarme qué estaba
haciendo ella… y usted, en el laboratorio en el momento del ataque a Fredda Leving.
Gubber Anshaw abrió la boca, pero descubrió que no tenía palabras. Ninguna.
Kresh aprovechó la ventaja.
—Tenemos el registro de acceso, Anshaw. Sabemos quién estuvo allí, y cuándo.
Tres nombres destacan. Tonya Welton, Jomaine Terach… y Usted. Gubber Anshaw.
Todos ustedes, y nadie más, aparte de la propia Fredda Leving. Las pruebas médicas
nos dan un período de aproximadamente una hora durante el que pudo producirse el
ataque… y ustedes cuatro entraron y salieron de ese edificio durante ese periodo.
Nadie más.
—Ah… ah… ah… —Gubber intentó hablar, pero no pudo.
—Tranquilícese, Anshaw. Dígame. Responda a mis preguntas, o se verá metido
en muchos más problemas que ahora. ¿Ocultó usted el hecho de que ella estuvo allí
para protegerla, porque pensaba que podría haber cometido el ataque?
—¡Oh, Dios mío!
—¡Responda!
—Sí. Sí. Ahora no lo creo, desde luego. Pero esa noche… todo era muy confuso.
No supe qué pensar. Y Fredda y ella habían discutido terriblemente.
—¿Y por qué supone que atacaría a su superior?
Silencio. Kresh presionó.
—Hable, Anshaw. Hable ahora y bien. Dígame lo que necesito saber. Es lo mejor
que puede hacer para proteger a Tonya Welton. El silencio y las mentiras tan sólo
pueden hacerle daño. Voy a preguntárselo otra vez: ¿Qué le hizo pensar que Tonya
Welton atacó deliberadamente a su jefa?
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—Oh, no creo que lo hiciera deliberadamente —dijo rápidamente Gubber.
Entonces advirtió el error que había cometido—. Es decir, que ahora no creo que lo
hiciera. Pero, pero en aquel momento pensé que tal vez, sólo tal vez lo hubiera hecho,
en un arrebato de furia, tal vez.
—Muy bien. Pero ella ocultó el hecho de que usted estuvo allí —dijo Kresh—.
¿Lo hizo para protegerlo? ¿Pensaba que tal vez usted cometió el crimen?
Gubber alzó la cabeza, un poco confundido y distraído.
—¿Qué? Oh, sí. Eso supongo. —Pensó un momento, y luego continuó
ansiosamente—. Fredda y yo… la doctora Leving y yo… discutíamos también con
frecuencia. Tonya pudo pensar que yo estaba lo bastante enfadado para cometer el
ataque… ¡pero si pensaba que eso era posible, se demuestra que no pudo hacerlo ella!
—A menos que sí cometiera el ataque, y esté haciendo todo lo posible por parecer
inocente. Tal vez finge inocencia y planea inculparlo a usted. ¿O no se le ha ocurrido?
La cara de Anshaw se ensombreció. Había creído que Kresh encontraría su lógica
convincente.
—No. Y sigo sin creerlo. Ella no es de esa clase de personas. No podría haber
atacado a Fredda de esa forma.
—Lo pensó usted en su momento. ¿Por qué cree que se equivocaba entonces y
tiene razón ahora?
—La noche en que sucedió, no pude pensar con claridad. Cuando encontré el
cuerpo, me asusté y me sorprendí tanto, que no supe qué pensar. Cuando tuve tiempo
de hacerlo, supe que era imposible.
«Cuando encontré el cuerpo». Alvar tuvo que hacer acopio de toda su maestría
para no saltar de inmediato sobre aquel indicio. Pero eso podía esperar. Anshaw no
era consciente de lo que había dicho, y cuanto más tiempo se mantuviera
desprevenido, mejor.
«Déjalo pasar —pensó Kresh—. Vuelve sobre ello más tarde». Eligió otro tema,
casi al azar.
—Ha dicho que Leving y usted tuvieron discusiones. ¿Sobre qué?
Gubber se irguió en la silla, y se cruzó de brazos, un poco pedante.
—No aprobaba lo que estaba haciendo.
—¿A qué se oponía?
—A los robots de Nuevas Leyes. Pensaba y pienso que es posible que sean una
idea muy peligrosa.
—Pero continuó usted con el proyecto de todas formas.
Gubber apoyó las manos sobre la mesa, pero luego entrelazó los dedos. Tenía las
manos pegajosas por el sudor.
—Sí, es cierto —dijo. Miró a Alvar, y de repente algo brilló ferozmente en sus
ojos—. Yo inventé el cerebro gravitónico, sheriff Kresh. Representa un enorme
avance sobre el cerebro positrónico, un logro de enormes proporciones. Mi cerebro
gravitónico ofrece la posibilidad de nuevos campos de investigación, un enorme
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aumento de la inteligencia y la habilidad robóticas. Yo tenía las notas, los materiales
de prueba, los modelos y diseños para demostrar que podía funcionar. Los llevé a
todos los laboratorios del planeta, y envié también solicitudes a media docena de
otros mundos espaciales. Y nadie quiso escucharme.
»A nadie le importó. Nadie quiso utilizar mi trabajo. Si no era un cerebro
positrónico, no era un robot. Mi cerebro no podía ser introducido en un robot. Eso era
un artículo de fe, en todas partes. Fredda rechazó mis ideas al principio. Hasta que se
le ocurrió que le estaba ofreciendo una pizarra en blanco para escribir sus Nuevas
Leyes.
—Entonces se tragó sus objeciones a sus ideas para impedir que su trabajo se
perdiera.
—Sí, eso es. Ella fue la única que se preocupó por mi trabajo, que quiso darme la
oportunidad de completarlo. Fredda Leving no estaba, y no está, demasiado
interesada en las mejoras técnicas que ofrece el cerebro gravitónico. Para ella no era
más que un cerebro robótico en el que nadie había escrito las Tres Leyes. Ese era su
interés.
—Y usted continuó. Aunque acaba de decir que las Nuevas Leyes son peligrosas.
—Sí, continué, aunque ahora desearía haber quemado mi trabajo.
Por un instante, Gubber mostró una leve chispa de pasión, pero entonces el
hombrecito pareció encogerse sobre sí mismo otra vez. Alvar Kresh sintió un atisbo
de piedad por Gubber Anshaw. No importaba cómo se resolviera el asunto, parecía
haber pocas esperanzas de que recuperara su antigua vida. Si era uno de los villanos
de la obra, también tenía algo de víctima.
—No pretenderé que siento orgullo por lo que hice —continuó Gubber—. Pero
era la última oportunidad de no perder el trabajo de toda mi vida. Trabajé muy duro
para convencerme de que las Nuevas Leyes incluían la protección adecuada. Bueno,
ya sabe cómo ha acabado todo. Algo salió mal, con las Leyes o con el cerebro. Pero
sé que el cerebro era bueno. Tienen que ser las Leyes.
«Espera un segundo —se dijo Kresh—. Piensa que Calibán es un robot de Nuevas
Leyes». Kresh había asumido que Terach estaba mintiendo y que la auténtica
naturaleza de Calibán era de dominio público en el laboratorio. Si Anshaw era la
principal fuente de información de Tonya Welton, como parecía probable, entonces
también ella debía suponer que Calibán era un robot de Nuevas Leyes.
Demonios ardientes. Si eso era cierto, ella tendría serias y legítimas
preocupaciones en lo referido a soltar un ejército entero de autómatas en el Proyecto
Limbo junto con su propia gente. Si no había atacado a Fredda, querría creer que
Calibán era inocente, e inofensivo, por el bien de los suyos. Si Calibán y ella eran
eliminados, entonces la lista de sospechosos era condenadamente corta… y su
amante, Gubber Anshaw, la encabezaba.
No era extraño que la mujer actuara con un poco de nerviosismo.
—Me dije que serían simples experimentos de laboratorio —continuó Anshaw—.
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También me equivoqué en eso.
—¿Experimentos de laboratorio? Pero los robots de Nuevas Leyes van a ser
destinados al Proyecto Limbo. Podrán deambular por donde quieran en Purgatorio. —
Anshaw sonrió débilmente.
—Eso fue cosa mía. Charla de almohadas, supongo que podría llamarlo.
Mencioné a Tonya el proyecto de las Nuevas Leyes, y le fascinó la idea. Pudo ver que
eran lo adecuado para el Proyecto Limbo, una verdadera Oportunidad para llegar a un
compromiso, para que espaciales y colonos trabajaran juntos, para un mundo con las
ventajas de los robots pero ninguno de sus inconvenientes. Oh, se excitó mucho.
»Sabía que yo querría dejar mi nombre fuera, por supuesto, y se las ingenió para
falsear una filtración de información de alguna otra fuente. Un colono que se
encuentra con un trabajador de Laboratorios Leving en un bar, o algo así.
—Eso parece plausible. Sus medidas de seguridad no son muy severas.
—Ni siquiera sé si es así como funcionó. No quise saber los detalles. De todas
formas, Tonya fue a ver a Fredda y le hizo saber que se había enterado del proyecto
de las Nuevas Leyes. Fredda se puso furiosa por la filtración, naturalmente, pero
luego empezó a entusiasmarse también con la idea. La presentaron al gobernador
Grieg como una propuesta conjunta, y él la aceptó.
—Parece una colaboración fructífera. ¿Qué hizo que se pelearan? —preguntó
Donald.
Gubber se agitó, incómodo.
—La ambición —dijo por fin—. Las dos querían siempre… y todavía quieren,
estar al mando de cualquier proyecto en el que estén trabajando.
«Ambición, competitividad», pensó Kresh. Podían ser motivos terriblemente
potentes, y Gubber lo sabía. ¿Qué sería más duro para él, admitir esos motivos a la
policía, o preguntarse, a pesar de todos los argumentos en contra, si esos motivos
habían tentado a su salvaje y apasionada amante colono para perpetrar aquel violento
ataque?
—Ha dicho que la doctora Leving y usted también discutían. ¿Puedo preguntar la
naturaleza de esas discusiones? —preguntó Alvar—. ¿Se opuso tal vez a su relación
con Tonya Welton?
—¿Qué? —Gubber pareció sorprendido por la pregunta—. Oh, no, no. No podría
haberlo hecho. No lo sabía, no lo sabe. —Vaciló un instante, y luego la duda apareció
en su voz—. Al menos, creo que no lo sabía. Pero no conseguimos tampoco
ocultárselo a usted. —Kresh sonrió.
—Si le sirve de consuelo, ella no ha dado muestras de saber nada.
—Si puedo abordar un nuevo tema, doctor Anshaw —dijo Donald. Kresh se echó
hacia atrás y lo dejó continuar. Al menos Anshaw no parecía mortalmente insultado
ante la idea de que un robot le hiciera preguntas—. Tenemos un informe sobre un
tema menor relacionado con los robots de Nuevas Leyes. Tal vez podría usted
despejarlo.
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—Lo haré si puedo.
Era interesante ver cómo el hombre se había vuelto tan cooperativo en su propio
interrogatorio. Kresh lo había visto antes: el extraño momento en que el
interrogatorio se vuelve no una batalla, sino una colaboración.
—Se le pidió que hiciera ciertas pruebas a un par de robots inertes de Nuevas
Leyes, sin que le dijeran para qué los estaba probando. ¿Lo recuerda?
—Sí, por supuesto. No hay nada de especial en eso. Fue hace algunas semanas. El
único motivo por el que lo recuerdo claramente es que Tonya… la señora Welton,
pasó por allí ese día. Recuerdo que después pensé que fue la última vez que pasó por
el laboratorio sin que se produjera una discusión entre Fredda y ella. Se quedó y
observó las pruebas, e incluso charló con uno de los inertes. Hacemos ese tipo de
pruebas constantemente. Dos unidades, una experimental y la otra un robot de
producción, un control, de las que el operador del experimento no sabe cuál es cuál…
ni tampoco el propósito del experimento. El operador recibe simplemente una lista de
procedimientos a seguir y ejecuta la prueba tal como se describe.
—¿Cuál es el propósito de ocultar la unidad de prueba y el objetivo del
experimento al operador? —preguntó Donald.
—Para evitar la parcialidad. Normalmente, la prueba es algo que podría quedar
invalidado por las reacciones del experimentador, o una interacción entre la respuesta
emocional del experimentador y el deseo del robot de satisfacerle. Todos los que
trabajamos en el laboratorio hemos ejecutado ese tipo de prueba de vez en cuando.
—¿Qué le pidieron que hiciera en esta prueba en concreto?
—Oh, no gran cosa. Me dijeron que discutiera las Nuevas Leyes con los dos
robots y que grabara sus reacciones básicas a situaciones simuladas que probarían sus
reacciones. Los dos robots inertes fueron entregados a últimas horas del día, y me
puse a trabajar con ellos a la mañana siguiente, explicando las Nuevas Leyes en
detalle, usando todo un conjunto de procedimientos. Luego los hice pasar la
simulación y los dos lo hicieron bien.
—¿Qué fue de ellos?
—Bueno, fue hace algún tiempo. El procedimiento habitual sería destruir la
unidad de prueba y completar el montaje del control y destinarlo a un servicio.
Déjeme pensar. La unidad de prueba, la experimental, fue decididamente destruida.
Procedimiento de seguridad estándar. Y en cuanto al control… —Gubber pensó un
momento—. Ahora que lo pienso, sí que puedo decirle algo sobre la unidad de
control.
»Como he mencionado, Tonya Welton vino al laboratorio ese día, y se puso a
conversar con la unidad de control. Naturalmente, como era un test doble ciego, yo
no sabía que era el control, pero más tarde Tonya dijo que le había gustado el robot
inerte con el que había hablado. Tonya no estaba muy contenta con el robot que le
habían suministrado, y preguntó si podría cambiarlo por el que había conocido en el
laboratorio.
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»Si el que le gustó hubiera sido el modelo experimental, no habría tenido suerte,
por supuesto. Pero resultó que Ariel era el control, y trabajaba en el laboratorio.
Fredda autorizó el cambio, y así consiguió Tonya su robot.
Estaba claro que Gubber no comprendía el sentido de la pregunta, pero no recibió
ninguna explicación al respecto.
—Muy bien —dijo Donald—. Siempre es aconsejable confirmar los detalles
cuando es posible. Lo que nos ha dicho se corresponde con nuestra información
previa.
«Y nos permite confirmar que Jomaine Terach decía la verdad, al menos en
parte», pensó Kresh. Pero tal vez era hora de volver al tema principal. Cuando
encontré el cuerpo, había dicho Gubber, de forma muy casual, como si asumiera que
Kresh ya lo sabía. Esa era la manera de actuar. Donald había sido listo, dando a
Anshaw la idea de que lo único que hacían era confirmar informaciones. Los robots
eran incapaces de mentir, naturalmente, excepto bajo estrictas órdenes de hacerlo, e
incluso así nunca eran buenos en ello. Pero las unidades sofisticadas como Donald
podían permitirse una declaración verdadera para crear una falsa impresión de vez en
cuando.
—Regresemos a otro tema, Anshaw. Volvamos al momento en que descubrió el
cuerpo, ¿de acuerdo?
Anshaw asintió tranquilamente, sin que le perturbarse la idea de que había
hablado de más.
—Bien —dijo Kresh, imprimiendo a su voz el tono de un hombre que ejecuta los
movimientos típicos para despejar los detalles de rutina—. Ha sido usted de mucha
ayuda, pero como puede imaginar el escenario del crimen en sí es importante. Lo
último que queremos es teñir sus recuerdos del momento. En realidad, es lo mismo
que con sus pruebas a ciegas con los robots. No queremos influir accidentalmente en
usted con un puñado de preguntas que pudieran hacer que inconscientemente
estropeara sus respuestas, dándonos lo que queremos. ¿Lo comprende?
—Oh, sí, claro. Sé cómo esos sutiles errores pueden causar interminables
confusiones.
—Bien, bien. —A Kresh le gustaba la analogía, y se preguntó si Donald había
sacado el tema a colación para que él continuara con su línea de interrogatorio.
Donald podía ser muy sutil. Kresh continuó con el delicado trabajo de guiar a Gubber
Anshaw—. Lo que quiero es que cuente exactamente lo que sucedió, con sus propias
palabras, sin que le saquemos la historia pregunta tras pregunta. Tal vez le haga una
pregunta o dos si no comprendemos algún detalle, pero en general esperaremos hasta
que acabe. Eso nos dará tiempo para volver atrás y resolver cualquier discrepancia
con la información que ya tenemos.
«Que es casi ninguna», pensó Kresh.
Gubber miró nerviosamente al sheriff, pero siguió sin hablar. Kresh advirtió que
tendría que presionar con más fuerza. Pero no demasiado, o Gubber se cerraría en
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banda.
—Háblenos, Gubber. No tiene ni idea del daño que ya ha hecho el silencio. Ese
silencio es un vado, y se está tragando a la gente. Unas pocas palabras suyas, una
mención casual de un pequeño detalle que ni siquiera sabe que sabe, podría ser lo que
necesitamos para cortar los últimos hilos de sospecha que atan a usted y a la señora
Welton a este caso. Cuando entró aquí, los dos eran sospechosos. Podría usted hacer
que ambos quedaran borrados de nuestra lista si nos dice la verdad —mintió Kresh.
—¿De verdad? —preguntó Gubber, y quedó claro lo desesperadamente que
quería creer.
—De verdad —volvió a mentir Kresh, mirando involuntariamente a Donald.
Aquel era uno de esos momentos en que era peligroso tener a un robot presente en el
juego. Si la compleja mezcla de potenciales de la Primera Ley se resolvía de forma
inadecuada, no había nada en el mundo (y menos que nada la propia voluntad de
Donald), que impidiera que el robot saltara para contradecir a Kresh.
Donald sabía que Kresh estaba mintiendo, haciendo promesas que no tenía
intención de cumplir. ¿Pero cómo equilibraría la obligación de la Primera Ley de
impedir que se causara daño por inacción? Ciertamente, Gubber podía resultar
dañado si creía a Kresh. Pero si Donald hablaba, eso podía producir daño a Kresh y al
Departamento del Sheriff. Si hablar y llamar mentiroso a Kresh malograba la
investigación, eso podría causar incluso más daño a la población en general, pues
quedaría libre el atacante de Fredda, que podría actuar de nuevo.
Kresh tenía buen instinto en tales casos, y estaba razonablemente seguro de que
Donald no hablaría. Pero siempre existía la posibilidad de que interviniera en el
momento inadecuado. A veces, Kresh pensaba que el problema de pérdida de energía
y moral baja en la sociedad espacial podría ser eliminado de un plumazo si se
encontrara alguna forma de acabar con las dudas sobre la conducta robótica.
—Muy bien —dijo por fin Gubber Anshaw, frotándose la barbilla y mirando al
techo—. Supongo que tiene razón. Ni Tonya ni yo tuvimos nada que ver. Lo sé. De
hecho, creo que puedo proporcionar una coartada para ella, si ese es el término
adecuado. Puedo decirle dónde estaba, mostrarle que no tuvo ninguna oportunidad
para cometer el crimen. Pero eso tal vez requeriría que hablase de ciertas… ah, cosas
personales.
—Adelante —dijo Alvar, intentando que la diversión no asomara a su voz.
Gubber Anshaw se irguió en su asiento y se apretó las manos con fuerza.
—Nada criminal, ni inmoral, ni… ni nada de eso —dijo, soltando las últimas
palabras en un estallido, mientras miraba la mesa—. Pero será difícil hablar de ello.
Gubber alzó los ojos y fijó la mirada en la pared por encima del hombro izquierdo
de Kresh.
—Fue una noche difícil, muy difícil. Como ya sabe, Fredda y Tonya se habían
estado peleando como casi siempre que se encontraban. No importa sobre qué. Los
detalles para enviar los robots a Limbo, el momento del anuncio, la política para
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reclutar colonos y espaciales para el proyecto. Fuera lo que fuese, siempre discutían.
El tema en sí no importaba.
»La única cuestión real era cuál de las dos estaba al mando. Como puede
imaginar, para mí era una situación bastante difícil. Por un lado, quería hacer feliz a
Tonya. Por otro, tenía que tratar con Fredda, mi colega y superior… y ella, no hace
falta decirlo, era la última persona a quien quería al corriente de lo nuestro.
»En cualquier caso, ese día fue peor que nunca. Fredda había puesto un robot
nuevo en su bastidor de pruebas y me pidió que hiciera las comprobaciones finales de
sus sistemas mecánicos. El robot, naturalmente, era Calibán, pero en ese momento yo
no sabía que fuera diferente. Pensándolo ahora, supongo que debió haberme parecido
extraño que no me pidiera que hiciera un chequeo cognitivo. Yo estaba trabajando en
mi laboratorio cuando llegaron Tonya y Ariel. Tonya asomó la cabeza y dijo que iba a
ver a Fredda. Yo sabía que Fredda estaba haciendo inventario, y que eso nunca la
ponía de buen humor. La advertí de ello, y luego Tonya fue a verla a su laboratorio.
»Bueno, apenas habían pasado cinco minutos cuando pude oírlas discutir. Intenté
no escuchar, ya que tenía al robot, Calibán, preparado y empecé a trabajar en él. Pero
las voces se extendían por el edificio. Creo que la discusión era por el momento del
anuncio de los robots de Nuevas Leyes, y si este debería relacionarse inmediatamente
con el Proyecto Limbo. Desde luego, yo había escuchado de sobra hablar sobre el
tema, desde ambos bandos, en ocasiones anteriores. No presté mucha atención.
»A Fredda le preocupaba que un anuncio simultáneo relacionara demasiado, a
ojos de los espaciales, el concepto de las Nuevas Leyes con los colonos. Tonya se
negaba a ver cómo o por qué eso podía ser un problema. Fredda quería anunciar
primero el concepto de las Nuevas Leyes, que la gente se acostumbrara a la idea, y
hacer saber luego que los robots de Nuevas Leyes iban a salir de los laboratorios para
hacer un trabajo productivo en el Proyecto Limbo, lejos y a salvo en la isla de
Purgatorio. Tonya insistió en anunciarlo todo a la vez. Creo que pensaba que no había
tiempo que perder con los delicados sentimientos de los infernales.
»Bueno, ya ha visto quién ganó la discusión, y cuáles fueron, anoche, los
resultados. Tonya, finalmente, convenció a Fredda amenazando con retirar a todos los
colonos del planeta. No creo que lo dijera en serio, pero Fredda tuvo que aceptarlo
así. Si supiera lo mala que es la situación ecológica…
—Lo sé —dijo Kresh—. El gobernador me informó de ello.
—Ah. Bien. Entonces comprenderá por qué Fredda consideraba que no podía
correr ningún riesgo. Cedió, pero en cualquier caso quedó mucho resquemor entre las
dos mujeres. No era la primera vez que Tonya pensaba que se veía obligada a
amenazar a Fredda con una retirada de colonos. Más tarde, me dijo que sería la última
vez que tendría que hacerlo.
Kresh pareció sorprendido y se inclinó hacia adelante.
—¿De veras? —De repente, el caso contra Tonya Welton se hacía más y más
sólido. Gubber era un testigo reluctante al respecto, pero con todo proporcionaba una
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información comprometedora—. ¿Por qué dijo eso?
—Oh, no, no. No es lo que está pensando. Quiso decir que una vez que se hiciera
el anuncio, sería demasiado tarde para echarse atrás. Con los colonos en Purgatorio, y
los nuevos robots para hacer el trabajo, ella habría vencido y no necesitaría esas
amenazas.
»Además, Fredda y ella se habían cansado de luchar. Creo que Tonya quería decir
que habían saldado sus diferencias. La discusión de ese día no terminó con gritos y
portazos, sino con voces suaves. Al final, no se las podía oír. Abrí la puerta de mi
laboratorio para poder toparme «accidentalmente» con Tonya cuando acabaran, sin
levantar sospechas. Pero ni siquiera con la puerta abierta pude oírlas. Cuando Tonya
salió con Ariel, me acerqué a la puerta. Pude ver que Tonya y Fredda parecían un
poco tensas y cansadas, pero se estrecharon la mano y sonrieron, como si por fin
hubieran llegado a un acuerdo con el que poder vivir.
—¿Cuál era el acuerdo? —preguntó Donald.
—Creo que tenía que ver con dejar que Tonya se saliera con la suya en lo del
anuncio, a cambio de que Fredda dirigiera los reclutamientos para Limbo.
Necesitarán a un montón de gente allí, y elegir el personal será un asunto complicado.
Fredda quería el control para así poder rodear a sus nuevos robots de colonos y
espaciales que pudieran tratar con ellos.
»De cualquier forma, Fredda se despidió en la puerta y dijo algo sobre volver a su
inventario. Un número de serie que no encajaba o algo. Fredda puede ser muy
maniática con los detalles. Cerró la puerta y Tonya se acercó a mi laboratorio. Dijo a
Ariel que se marchara y volviera más tarde. Eso me indicó que quería intimidad.
Tonya es muy especial… no se considera en privado si hay robots cerca.
Gubber Anshaw se agitó incómodo en la silla, y pareció dispuesto a no decir más.
Alvar Kresh podía suponer la causa sin su formación como policía. Pero el hecho de
saberlo no significaba que no necesitara que Gubber lo dijera. El científico tenía que
saber que necesitaba conocer todos los detalles, y que no se contentaría con otra cosa.
De lo contrario, Gubber Anshaw podría hacerse a la idea de que estaba bien no citar
otros detalles que Kresh necesitara.
—¿Qué sucedió entonces, Gubber? —preguntó Kresh amablemente—. ¿Por qué
quería Tonya intimidad?
Gubber se aclaró la garganta y volvió la mirada hacia la pared, con un destello
desafiante en los ojos.
—Ordené a todos los robots de personal que se marcharan, fuimos a una
habitación que no se usa al fondo del pasillo e hicimos el amor —dijo, con voz más
firme que antes.
—Ya veo —dijo Alvar, más porque Gubber parecía esperar que dijera algo que
por ninguna otra razón. Alvar suponía que Gubber pensaba que debería sorprenderse.
La única emoción fuerte que sentía era un abrumador deseo de darse una patada.
¡Tendría que haberlo visto! Era tan obvio. Las habilidosas órdenes a todos los robots
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del laboratorio para que se marcharan en repetidas ocasiones tendrían que haberle
dicho lo que sucedía. ¿Y quién sino alguien con la habilidad de Gubber habría podido
ocultar esas órdenes de forma tan perfecta? Eso acababa con la idea de Tonya Welton
de que habían sido llevadas a cabo con microcircuitos. Aquello era una pista falsa,
desde luego. Kresh se preguntó qué otras nubes de humo le habían escupido a la cara.
Se sintió tentado de seguir todas esas preguntas, pero nada de todo eso importaba
ahora. Después de que aquello acabara, tal vez podría perder el tiempo atando cabos
sueltos.
Kresh miró pensativamente a Gubber Anshaw. El hombre estaba profundamente
cortado. Conocer sus relaciones personales no molestaba a Alvar, pero comprendía
que Gubber lo temiera. Inferno no era un lugar particularmente estricto, pero más de
unos pocos infernales no aprobarían un encuentro íntimo de aquellas características
entre uno de los suyos y una colono… sobre todo en un lugar de trabajo.
—Bien, de modo que ustedes dos se fueron a la oficina. Continúe.
—No hubo nada rudo o desvergonzado —dijo Gubber Anshaw, al parecer
decidido a contestar preguntas que no habían sido formuladas—. No es que
derribáramos todos los contenidos de una de mis mesas de trabajo y, ah, bueno, lo
hiciéramos con las puertas abiertas. Fuimos a la oficinita de servicio al final del
pasillo. Está dispuesta para que se pueda pasar la noche después de un experimento si
hace falta. ¿Sabe dónde está?
—Sí —dijo Alvar, esforzándose por mantener la seriedad—. La usamos la
mañana siguiente para llevar a cabo nuestros interrogatorios preliminares. Creo
recordar que había una cama grande en un rincón. En ese momento me pareció raro.
Tenemos una habitación así en mi oficina, pero nos las arreglamos con un simple
jergón.
Gubber Anshaw se ruborizó violentamente y apretujó sus dedos entrelazados con
tanta fuerza que la piel se volvió pálida por la presión. Se aclaró con torpeza la
garganta y continuó.
—Sí, bueno, verá, estuvimos allí al menos durante dos o tres horas en total. No es
que, ah, bueno, lo hiciéramos todo el tiempo. Charlamos y todo eso. No podemos
pasar mucho tiempo juntos.
—Ya veo —le animó Kresh.
—Bueno, supongo que queda claro que no es la primera vez que nos veíamos en
el laboratorio. Puede parecer raro, pero era el lugar más seguro para nosotros.
Destaco como un faro si voy a verla a Ciudad Colono, y Tonya es una figura pública.
Mis vecinos la identificarían. En el laboratorio teníamos la tapadera de los asuntos
oficiales. La gente tiende a trabajar en lo suyo allí, así que no existía mucho riesgo de
que, ejem, nos pillaran. En cualquier caso, siempre acordábamos que Tonya se
marchara primero.
—¿Es lo que sucedió esa noche?
Gubber pensó un instante.
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—Sí, así fue. Lo recuerdo porque, justo cuando iba a marcharse, escuchamos a
Jomaine en el pasillo. Vive junto al laboratorio, y entra y sale a horas diversas. Lo oí
llamar a Fredda.
—¿La oyó responder? —preguntó Kresh, intentando que no pareciera una
cuestión tan vital como era. Tenían el registro de acceso, confirmando la declaración
de Jomaine de que había entrado y salido del edificio en un espacio de diez minutos.
Lo interesante era que aquellos diez minutos coincidían justo con el periodo de
tiempo durante el que se produjo el ataque según las pruebas médicas.
Ahora Gubber confirmaba también la declaración de Jomaine, incluso su llamada,
aunque Jomaine había dicho que llamó a ver si había «alguien». Gubber citaba
expresamente a Fredda. Si la había oído responder en ese momento, el periodo en que
el ataque pudo cometerse quedaría reducido a la mitad.
Anshaw reflexionó durante un momento.
—No, no la oí —dijo—. Pero no es de extrañar. Jomaine estaba en el pasillo, que
hace bastante eco. Pero si Fredda se encontraba en uno de los laboratorios, el suyo o
el mío, dudo que hubiera podido escucharla si respondió con voz normal. La habría
podido oír si hubiera estado gritando a pleno pulmón, pero de lo contrario no es
probable. Todo lo que oí fue a Jomaine llamarla una vez.
Kresh permaneció impasible, pero maldición, aquel caso no se aclaraba nunca. El
límite de tiempo no se había reducido.
—Muy bien. Oyó entrar a Jomaine, llamar a Fredda, ¿y luego qué?
—Parece que entró en su laboratorio. Esperamos un poco, y cuando no oímos
nada más, decidimos que se había marchado por una de las puertas de su laboratorio.
Nos despedimos y Tonya se marchó primero, como de costumbre. Entonces, hum,
bueno, me temo que me quedé dormido.
—¿Durante cuánto tiempo?
Gubber sacudió la cabeza.
—Me temo que no puedo decirlo con exactitud. Diez minutos, cuarenta y cinco,
tal vez más. Había sido un día agotador antes de que apareciera Tonya. Cuando se
marchó, como no tenía nada que hacer sino permanecer tendido en una habitación a
oscuras hasta que no hubiera moros en la costa… bueno, ¿por qué no echar una
cabezada? No fue un sueño muy reparador. Tuve sueños preocupantes, sobre Fredda
y Tonya peleando y discutiendo conmigo en medio, recibiendo todos los golpes de
ambas. Un rato después, me desperté, usé la ducha de la oficina, y me vestí.
»Salí al pasillo y me dirigí a mi laboratorio para recoger mis cosas y marcharme a
casa.
Kresh se inclinó hacia adelante, ansioso, incapaz de fingir que aquello era rutina,
mera confirmación de otra información. Lo que Gubber Anshaw pudiera decir sobre
lo que vio y lo que hizo podría aclarar el caso. Aunque estuviera mintiendo, su
declaración sería útil, pues tarde o temprano podrían atraparle en esa mentira, y la
naturaleza de su falsedad podría guiar sus investigaciones.
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—Muy bien —dijo—. Ahora quiero que sea lo más cuidadoso y detallado
posible. Quiero que me diga todo lo que vio. Todo. No se deje nada.
Anshaw miró a Kresh, nervioso.
—Está bien. Está bien. Déjeme pensar. Lo primero que advertí fue que la puerta
de mi laboratorio estaba cerrada, aunque normalmente la dejo abierta. Eso me pareció
extraño, pero no demasiado. Entramos y salimos de los laboratorios de los demás
durante todo el día. Alguien pudo entrar a buscarme y cerrar la puerta por costumbre
al salir.
»Me acerqué y la abrí, y entonces… entonces lo vi.
—¿Qué, Anshaw? ¿Qué vio exactamente?
—Ella estaba tendida en el suelo, inmóvil, y el robot del bastidor de pruebas, de
pie sobre ella, tenía el brazo extendido de esta forma.
Gubber alzó el brazo izquierdo, el codo doblado, la palma abierta, brazo y mano
paralelos al costado.
Pero Kresh no prestó atención a los detalles de cómo estaba situado Calibán.
Demonios ardientes en el más profundo infierno, ¡Gubber estaba diciendo que
Calibán estaba todavía allí! No lo habría esperado ni en un centenar de años. No tenía
sentido. En absoluto. Si Calibán había cometido el ataque, ¿por qué estaba todavía
presente? Si no lo había hecho, ¿por qué desapareció después?
—Espere un momento. ¿Calibán estaba todavía allí? Gubber alzó la cabeza,
sorprendido.
—Bueno, sí, por supuesto. Creí que lo sabía.
—Tenemos, ah, varias versiones diferentes de la escena del crimen.
—¿Puedo preguntar si Calibán estaba en funcionamiento? —intervino Donald—.
¿Estaba conectado y funcionando, o todavía desconectado?
—Oh, en realidad, ninguna de las dos cosas. Debo admitir que no fue lo primero
en lo que pensé. No lo miré con atención. Naturalmente, mi primera reacción fue
mirar a Fredda. No sabía si estaba muerta o viva. Había un charquito de sangre bajo
su cabeza.
»Me asusté mortalmente. Todavía estaba un poco atontado por mi cabezada, y
mis sueños sobre las dos mujeres peleando todavía estaban mezclados. Supuse que
había sido Tonya quien… quien lo había hecho. Me encontraba junto a Fredda, cerca
del robot, preguntándome qué hacer, cuando oí su código de tono de confirmación de
funcionalidad.
—¿Su qué?
—Es un triple pitido seriado. Bip-bip-bip, pausa, bip-bip-bip, pausa, bip-bip-bip.
Es una de las secuencias de tono que un robot con cerebro gravitónico hace al
conectarse. Uno de los inconvenientes menores del cerebro gravitónico es que su
secuencia inicial de encendido tarda entre quince minutos y una hora, en vez de los
dos o tres segundos de una unidad positrónica. Podremos reducir ese retraso en la
próxima generación de cerebros, pero…
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—Espere, espere. No nos preocupemos ahora de la siguiente generación de
cerebros. Déjeme comprender esto. ¿Oyó ese triple tono surgir de Calibán, y eso le
indicó que estaba en proceso de conexión?
—Sí, eso es.
Increíble. ¿Cómo pudo haberlo pasado por alto? Calibán había sido conectado por
primera vez. Habían aceptado ese hecho sin plantearse siquiera la pregunta obvia:
¿por quién? ¡Maldición! Se suponía que Gubber Anshaw iba a suministrar nuevas
respuestas, no nuevas preguntas.
—Muy bien. ¿Qué sucedió entonces?
—Me marché. Cogí las cosas que había ido a buscar y me marché.
—¿Qué? ¿Su amiga y superiora muerta o inconsciente en el suelo y se marchó?
Gubber agachó la cabeza para mirarse las manos.
—No me siento orgulloso de ello, sheriff. Pero es lo que sucedió. El tono me dijo
que el robot quedaría plenamente activado en dos minutos. No tenía ningún motivo
para pensar que no fuera una unidad estándar de Tres Leyes. Los robots gravitónicos
pueden aceptar con la misma efectividad las Tres Leyes o las Nuevas Leyes, y en el
laboratorio se sigue la política de mantener bajo un control muy estricto a todos los
nuevos robots. Si Calibán hubiera sido un Tres Leyes, Fredda Leving habría recibido
primeros auxilios en dos minutos… y cuidados mucho mejores de los que yo habría
podido ofrecerle. Y habría habido un testigo, un robot, pero testigo a fin de cuentas,
para informar de que yo estaba presente cuando sucedió el ataque. No tengo nada que
ver con ello, lo juro. Ni Tonya ni Jomaine. Lo advertí más tarde.
—¿Cómo lo sabe?
—Las tazas de té de Fredda.
—¿Cómo dice?
—Fredda bebe su té en tazones bastante grandes y frágiles que hace un artista
amigo suyo. Fredda se olvida siempre de que no son tan fuertes como nuestros
contenedores estándar. No tiene cuidado con ellas. Se le caen y se le rompen
frecuentemente, y cuando chocan contra los duros suelos del laboratorio, se oye en
todo el edificio.
—¿Qué tiene eso que ver?
—Había restos de una taza rota en el suelo. Oí a Tonya y a Jomaine en el pasillo.
Escuché marcharse a Tonya, y tanto ella como yo oímos a Jomaine entrar en su
propio laboratorio y salir por el otro lado del pasillo. Nunca volvió, y las puertas
exteriores del laboratorio se cierran desde dentro, así que sólo pudo entrar en el
edificio por la entrada principal. Lo oí. —Gubber alzó la cabeza y miró a Kresh y a
Donald antes de continuar.
»Supongo que alguien podría golpear a otra persona en la cabeza sin hacer mucho
ruido. Tal vez pude no escucharlo. Pero presté mucha atención cuando Jomaine y
Tonya se marcharon, y nunca oí el golpe de la taza contra el suelo. Debió suceder
cuando dormía. Tengo el sueño profundo, y como he dicho estaba agotado. O bien no
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lo advertí, o lo incorporé a los sonidos de la pelea de las dos mujeres en mi sueño. Tal
vez el sonido fue lo que desencadenó ese sueño.
—Perdone la pregunta, señor —dijo Donald—, ¿pero es posible que no advirtiera
el golpe si se produjo antes, cuando usted y la señora Welton estaban juntos en la
oficina?
Gubber alzó la cabeza, rojo, claramente embarazado.
—Ah, bueno, sí. Hubo ciertos momentos en ese periodo en que no habríamos
podido oír nada.
—Otra pregunta más, señor. ¿Puede describir alguna marca o cosa que hubiera
advertido en el suelo de la habitación?
—¿Perdón?
—Ha dicho que vio la taza rota y la mancha de sangre bajo la cabeza de la señora
Leving. ¿Había algo más?
—Oh, ya entiendo. No, no que yo advirtiera. Pero puedo asegurar que no estaba
en condiciones de fijarme mucho. En el momento en que escuché el código de tono
surgir del robot, no pensé más que en marcharme. No creo que estuviera en la
habitación más de treinta segundos, como mucho.
—Ese tono —dijo Kresh—. Ha dicho que era parte de la secuencia del despertar
del robot, y que indicaba cuánto faltaba para que el robot terminara de conectarse.
¿Puede decirnos cuánto tiempo antes de ese tono fue conectado el robot?
—No sin saber más sobre la configuración de esa unidad. Hay tres o cuatro tipos
de cerebro, gravitónicos y positrónicos, que pueden ser instalados en ese tipo de
cuerpo, y hay otros equipos que pueden añadir variantes. El tamaño y el tipo del
banco de datos incorporado, por ejemplo. Un robot gravitónico podría tardar de
quince minutos a una hora en pasar de la desconexión total a un tono triple.
Maldición. Los hechos parecían conspirar contra la resolución del caso. Cada
nuevo fragmento de información parecía sólo complicar la secuencia de tiempo o
confundir el problema. Kresh sentía que iba a volverse loco si no encontraba algún
testigo, y al parecer sólo quedaba uno posible.
—¿Es posible que Calibán estuviera despierto y operativo antes de que usted
entrara? —preguntó.
—Sí, desde luego —dijo Gubber—. Me di cuenta después. Desde el momento en
que lo dejé para ver a Tonya, pasó tiempo suficiente para que fuera conectado,
terminara su secuencia de activación, y luego lo desconectaran de nuevo… o se
desconectara él solo, por el motivo que sea. Luego pudo volver a conectarse, o
programar su propio control remoto. La mayoría de los robots tienen la capacidad de
conectarse y desconectarse. Es muy probable que eso es lo que sucediera.
—¿Por qué lo dice?
—Bueno, de un modo u otro, Calibán colocó el bastidor de servicio en posición
vertical. Además, tenía el brazo levantado como para descargar un golpe. No es así
como yo le colocaría los miembros si fuera a bajarlo de un bastidor. Me parece que o
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bien Fredda lo bajó del bastidor, o se bajó él solo, pero es más probable esto último.
Es una lástima que ella no pueda recordar el incidente.
—Efectos de la amnesia traumática —dijo Kresh secamente—. ¿Pero cómo pudo
bajarlo ella de ese bastidor? Un robot de su tamaño debe pesar cinco veces más que
ella.
—El bastidor tiene todo tipo de accesorios potentes. Está diseñado para levantar y
transportar robots, cogerlos y soltarlos, y sujetarlos en cualquier posición.
—Muy bien. Volvamos a sus acciones. Vio a Calibán junto al cuerpo, se dejó
llevar por el pánico, y se marchó. ¿Qué sucedió entonces?
—Me fui a casa —dijo Gubber—. Subí a mi coche aéreo, y mi piloto robot me
llevó. Llamé a Tonya desde casa y… —se detuvo.
—¿Y qué?
—Bueno, al principio iba a acusarla, preguntarle cómo pudo hacer una cosa
semejante. Pero entonces vi su cara en la pantalla. Fresca, y tranquila, en paz. Supe
que no podía haberlo hecho. Y fue doloroso advertir lo mal que había actuado al
escapar de esa forma. No quise admitirlo ante Tonya. De repente, comprendí que no
podía decirle nada. Le dije… le dije que algo terrible había sucedido en el
laboratorio, y que iba a recluirme. Entonces cerré todas las puertas y desconecté los
sistemas de comunicación, y los dejé así durante los días siguientes.
«Dejó a Tonya Welton sabiendo que ella estaría decidida a averiguar más a
cualquier precio —pensó Kresh—. A menos que, por supuesto, toda su historia haya
sido fabricada de principio a fin y la prepararan entre los dos. Un detalle así les habría
venido bien para explicar por qué Tonya irrumpió como un tanque en mi
investigación, dispuesta a dirigirla en cualquier dirección menos en la apropiada».
—Y eso es exactamente todo lo que vio, y todo lo que hizo —dijo Kresh.
—Sí, señor. Le aseguro que me complacería mucho serle de más ayuda… pero es
todo cuanto sé.
«Y es suficiente para borrar todos los pasos que he dado hacia una pista en este
caso», pensó Kresh.
—Muy bien, puede marcharse, al menos por el momento.
Gubber Anshaw pareció sorprendido.
—¿Quiere decir que ya está?
—Ya está por el momento —gruñó Kresh—. Márchese. Ahora. Antes de que
cambie de opinión.
Gubber tragó saliva con dificultad, se levantó y se fue.
Alvar Kresh lo observó marcharse, y luego se volvió hacia Donald.
—Muy bien, ¿qué es lo que tienes? ¿Estaban diciendo la verdad?
—Antes de responder a eso, debo advertir que la situación se complica por el
hecho de que tanto Anshaw como Terach tomaron parte en mi diseño y construcción.
Por tanto, no sólo son más conscientes que el ciudadano medio de que tengo sensores
diseñados para ayudar a detectar cuándo un testigo miente, sino también
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conocimiento detallado del funcionamiento de esos sensores. Es posible que pudieran
usar ese conocimiento y fingir el tipo de respuestas que tienden a indicar veracidad.
—¿Crees que es probable?
—No, señor. Parece bastante improbable que ninguno de ellos sea capaz del tipo
de control de las reacciones involuntarias que requeriría una acción así para tener
éxito. De hecho, ambos parecían tan nerviosos que no me sorprendería que hubieran
olvidado mis capacidades en ese campo. Por otro lado, si uno o ambos fueran lo
bastante habilidosos para falsificar los bioindicadores de veracidad mientras mienten,
eso es exactamente lo que yo detectaría.
—Muy bien. Recordaré que tu respuesta será más un equilibrio de probabilidades
que una respuesta clara y firme. ¿Cuál es tu evaluación sobre su veracidad?
—Ambos hombres exhibieron el clásico conjunto de reacciones biofísicas de los
varones adultos sinceros en situaciones de tensión. Estaban agitados, preocupados,
trastornados, pero todo eso era de esperar. Creo que ambos estaban diciendo la
verdad… y de hecho, se esforzaban por no ocultar nada.
Alvar asintió y suspiró.
—Me veo obligado a estar de acuerdo contigo. Me parece que ambos han dicho la
verdad. Pero si es así, estamos más lejos que nunca de la solución. Todo lo que han
hecho ha sido enturbiar las aguas. ¿Advertiste algún tipo de reacción emocional
inusitada que pudiera decirnos algo?
—Advertí varias reacciones acusadas, pero no creo que puedan ser útiles. Gubber
Anshaw ha exhibido pruebas de intensos sentimientos hacia Tonya Welton. He de
confesar, señor, que no soy ningún experto en el campo de las emociones humanas,
pero hay cosas que me confunden. No comprendo qué encuentra de atractivo Tonya
Welton en Gubber Anshaw. A juzgar por las parejas románticas que he tenido ocasión
de observar, esos dos no me parecen, bueno, compatibles.
Alvar Kresh se echó a reír, y aquello le sentó bien. No había habido mucho de lo
que reírse en los últimos días.
—Donald, eres mucho más sabio de lo que piensas. Creo que todas las personas
que se han enterado de este asunto han pensado lo mismo. Y se han preguntado por
qué Anshaw la adora, en vez de tenerle miedo.
—Esa pregunta también se me ha ocurrido. Ella es una persona bastante
intimidatoria. ¿Pero cuál es entonces la respuesta? ¿Cómo puede explicarse esta
especie de unión improbable?
Kresh sacudió la cabeza.
—Nadie lo ha resuelto, ni lo hará nunca, supongo. Tal vez a Tonya Welton no le
importa Anshaw lo más mínimo, y está usándolo simplemente para algún fin propio.
Es el tipo de mujer capaz de convertir a Gubber Anshaw en un esclavo dispuesto sin
esforzarse demasiado.
—¿Cree que esa es la explicación?
Kresh reflexionó durante un momento.
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—No —dijo por fin—. Ha tenido demasiadas oportunidades para cortar lazos.
Gubber Anshaw es un hombre muy peligroso ahora mismo. Está metido en graves
problemas, y ella lo sabe. Sin embargo, hizo todo lo posible por distraer nuestra
atención de él. Creo que siente verdadero afecto por Gubber, aunque no puedo decir
qué es lo que inspiró ese sentimiento.
—¿Y a qué conclusiones llega, señor? ¿Qué le parece el caso en este momento?
—Es el lío más grande que he visto en mi vida. O bien Terach, Anshaw y Tonya
Welton son los mentirosos más contumaces que existen, o ninguno tuvo nada que ver
en esto. Y puedes añadir a Fredda Leving a la lista de mentirosos también, y
convertirla en parte de la conspiración para encubrir el ataque. Todas las demás
historias dependen de la suya. No hay ninguna discrepancia significativa que yo
pueda ver.
Kresh se arrellanó en su asiento y contempló el techo, pensativo.
—Todos tenían sus buenos motivos. Jomaine pudo temer que el trabajo de Fredda
fuera a crearles graves problemas a todos. Un miedo muy lógico, según se han
desarrollado los acontecimientos. Tonya pudo querer tener las manos libres para
dirigir Limbo sin Fredda molestándola. O tal vez se enteró de la existencia de Calibán
e hizo que Gubber lo manipulara para desacreditar a los robots. Lo último que hizo
Gubber antes de marcharse con Tonya fue revisar a Calibán. Pero si es así, entonces
debemos asumir que toda la crisis ha sido planeada por los colonos, y parece que es
tomarse demasiadas molestias cuando podrían destruir nuestro mundo simplemente
marchándose y sentándose a esperar.
»O tal vez Gubber ocultó cuidadosamente su amargura y sus recelos hacia la
mujer que cogió sus amados cerebros gravitónicos y los apartó de las Leyes. O tal vez
se dejó llevar por su temperamento y se desquitó por haberse comportado de forma
abusiva con Tonya. ¡Maldición, cualquier cosa podría ser cierta! Todos los motivos
son plausibles.
»Lo que no parece tan plausible es la forma en que se cometió el crimen. Si uno
de ellos lo hizo, sigue siendo alguien que cogió botas robóticas y se hizo con un brazo
de robot como arma, y utilizo ambas cosas con precisión inhumana, tomándose su
tiempo para recorrer dos veces la habitación con sus botas robóticas durante un
periodo de tiempo en que la gente todavía entraba y salía del laboratorio. Una locura.
La habitación permaneció en silencio durante un rato, hasta que Kresh pudo
continuar hablando. No era fácil admitir que estaba equivocado y otra persona tenía
razón. Sobre todo cuando esa otra persona era un robot.
—Eso nos deja a Calibán. Y cuando más pienso en tus objeciones a que sea el
sospechoso, más me veo obligado a estar de acuerdo contigo. Como atacante, no
tiene sentido. Ha tenido otras muchas oportunidades para matar, y muchos mejores
motivos para hacerlo, y no las ha aprovechado. Y además, un robot que pudiera matar
y quisiera matar habría hecho un trabajo mejor. Un robot que quisiera matar tendría
éxito y no lo echaría todo a perder con un golpe que no fuera absolutamente fatal.
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Kresh miró a Donald. Hizo tamborilear los dedos sobre la mesa y se frotó la
barbilla.
—Eso nos deja a un asaltante completamente desconocido como principal
sospechoso. Alguien que pudo desmontar los sistemas de seguridad de los colonos,
porque nadie más aparece en el registro de acceso. Tal vez un colono disfrazado de
robot, alguien que quería matar a Fredda Leving para que toda la operación se viniera
abajo y así poder volver a casa. Tal vez algún otro motivo.
»O pudieron ser los Cabezas de Hierro de Simcor Beddle, tal vez el propio
Simcor. Digamos que uno de ellos se enteró del proyecto de los robots de Nuevas
Leyes, y temió que fuera una amenaza para su sagrado e inerte modo de vida. Si fue
Simcor o uno de sus compinches, entonces los Cabezas de Hierro tienen más
habilidad con la tecnología de los colonos de lo que cabría esperar.
—Todo lo que dice parece bastante lógico, señor. Pero, si puedo hacer una
observación, estamos perdiendo de vista nuestro otro problema.
—Lo sé, lo sé. Calibán. Calibán, el robot descarriado. Atacara o no a Fredda
Leving, está ahí fuera. Es un robot descarriado, sin leyes, y tenemos que capturarlo.
Esperaba que hacer progresos en el asalto a Leving nos ayudara a localizarlo. Pero
ahora no podemos continuar con el tema del asalto. ¿Los equipos de investigación
que lo buscan todavía no han dado ninguna señal de él?
—No, señor. Ni una sola palabra.
—¡Maldición! —Alvar Kresh se levantó y empezó a recorrer la habitación—.
Tengo que admitirlo. Estoy atascado. Totalmente atascado. No sé cómo unir todo
esto. Ambos aspectos de este caso están entrelazados, y sin embargo es como si no
tuvieran nada que ver uno con otro.
Se acercó a la ventana, y contempló la ciudad. Anochecía. Había sido otro largo
día, con comidas olvidadas y la espalda dolorida por haber permanecido sentado tanto
tiempo en aquella maldita silla.
—Calibán —susurró para sí—. Tal vez él pueda decirnos qué demonios sucedió
esa noche.
—Pero tendremos que capturarlo primero, señor. Podría esconderse en los túneles
de la ciudad durante años sin que lo encontráramos.
—Sí, lo sé. Pero, de algún modo, no creo que vaya a hacer eso. No me parece del
tipo capaz de oxidarse bajo tierra. No. Tuvo la oportunidad de hacerlo la primera vez
que entró en los túneles y no lo hizo. Querrá salir. Marcharse de la ciudad, tal vez,
alejarse de toda la gente que intenta darle caza.
»Calibán está ahí fuera —repitió—. Está ahí fuera y quiere seguir libre.
»Si yo fuera Calibán, actuaría esta noche.
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El gobernador Chanto Grieg firmó la orden y la tendió a Fredda Leving por encima
de su mesa. Ella intentó cogerla demasiado ansiosamente, y eso molestó a Grieg.
Había algo raro en ello. Grieg agarró de nuevo el papel y lo sujetó.
—No comprendo por qué solicita este trozo de papel, Fredda —dijo Grieg—.
Sigo tentado a negárselo y correr el riesgo de que cumpla su amenaza de dimitir de
Limbo.
—Por favor, gobernador, deme esa orden. Le aseguro que no estoy bromeando. Si
no me la da, dimitiré. Me lavaré las manos en todo este asunto.
Pero Grieg siguió sujetándola.
—Se dará usted cuenta de que esta orden no es retroactiva. No la absuelve del
crimen de construir un robot Sin Ley. Simplemente advierte que acepta la
responsabilidad de un robot así a partir de hoy, y le da permiso para poseerlo. Todavía
podrían acusarla de cargos muy graves. Si Kresh decide arrestarla, no podré hacer
nada. Este pedazo de papel no hará nada para protegerla.
—No es a mí a quien quiero proteger —dijo Fredda—. No he hecho más que
pensar en este asunto desde los disturbios. Al principio, quise ir y perseguirlo yo
misma. No estaba segura de querer salvarlo o destruirlo. Pero cuanto más lo pensaba,
más sabía que no me gustaba la idea de que lo capturaran y ejecutaran por el crimen
de ser de la forma en que yo lo construí. Si muere, será porque yo cometí el crimen
de crearlo. No debe ser castigado por mis crímenes, pero eso será lo que suceda sin
este papel.
—En mi opinión, el grueso de la información sigue indicando que cometió el
ataque contra usted. La situación es confusa, pero sigue pareciendo la explicación
más razonable.
—Si se demuestra que eso es cierto, entonces que sea castigado por lo que hizo.
Eso sería justicia. Destruirlo por lo que es sería salvajismo. Calibán es el primer robot
sin mermas en su intelecto. Es el primero con el potencial para pensar como nosotros
lo hacemos, excepto que quizá lo haga mejor. Es el primer robot creado para la
libertad. Y por este crimen va a ser perseguido y destruido. Si la libertad de los otros
nos amenaza tanto que tenemos que destruirlos, no merecemos esa libertad nosotros
mismos… y no la conservaremos mucho tiempo.
El gobernador Chanto Grieg no habló, ni miró a Fredda Leving. En cambio, se
volvió hacia la magnífica ciudad que decaía lentamente ante su ventana.
—Habla de un gran cambio, doctora Leving, y los cambios no son nunca fáciles
—dijo—. A veces pienso que soy un doctor con un paciente muy enfermo, y la única
medicina que tengo es el cambio. Si administro demasiada, o la doy en el momento
inadecuado, matará al paciente. Pero si por el contrario no prescribo ningún cambio,
el paciente morirá. Más de una vez me he preguntado si los espaciales acabaremos
por decidir que el cambio es una píldora demasiado amarga. Tal vez decidamos que
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sería más fácil, más agradable, rechazar nuestra medicina y morir. ¿Qué piensa usted?
—Por el momento, señor, la orden es lo único que me interesa. ¿Puedo cogerla,
por favor?
Grieg miró a Fredda, que tenía los ojos hundidos e inyectados en sangre, la cara
pálida, un poco de pelo recién crecido asomando bajo su turbante. Era una mujer que
había dejado de preocuparse por su aspecto, una mujer que había calibrado durante
algún tiempo qué era lo más adecuado.
—Muy bien —dijo por fin—. Si nuestra sociedad es tan frágil, tan rígida que no
puede sobrevivir a la existencia de un solo robot Sin Ley, dudo que haya muchas
posibilidades de que el paciente siga vivo. —Chanto Grieg tendió el papel.
—Gracias, señor. Ahora, si me disculpa, he de marcharme. —Fredda saludó, se
volvió y se marchó.
Chanto Grieg la observó marcharse, y se encontró a solas con la desagradable
idea de que no estaba seguro de que Inferno pudiera sobrevivir a la presencia de un
único robot libre.
En cuyo caso, naturalmente, no había ninguna esperanza.
No tenía sentido seguir observando. El aparato funcionaría o no. Podría pilotarlo
o no. Calibán se sentó en el asiento del piloto en la cabina abierta del coche aéreo.
Asió con fuerza los controles, acomodó sus pies sobre los pedales, y agarró lo que
pensaba que era la palanca de despegue. El coche se alzó lentamente del suelo. Sí,
bien. Funcionaba.
Le preocupaba más si el coche funcionaría que el hecho de haber interpretado
bien los controles. Después de todo, parecía probable que el coche hubiera
permanecido olvidado en la subterránea Claraboya Periférica Seis desde que quedó
fuera de servicio en algún momento del siglo anterior. Trabajando con su fuente de
luz infrarroja interna, Calibán llevó el decrépito aparato a unos razonables diez
metros por encima del suelo de la cavernosa sala. Ejecutó una vuelta con la gracia y
agilidad de uno de los ancianos ciudadanos que había visto recorrer la ciudad en su
primer día en la calle.
Sí, acelerador, impulsor, controles direccionales… lo había adivinado todo
adecuadamente. El manejo de aeroautos era otro tema sobre el que su banco de datos
permanecía frustrantemente silencioso. Se había visto obligado a deducirlo todo por
su cuenta, y era plenamente consciente de que había muchas cosas que no sabía sobre
las reacciones del coche aéreo en todo lo que no fueran velocidades reducidas y aire
tranquilo.
Pero, suponiendo que el coche aguantara, no tenía sentido seguir esperando. Era
hora de partir. Calibán dirigió lentamente el coche hacia el amplio túnel de salida y lo
condujo a diez kilómetros por hora, lentamente, guiándose por la iluminación
proporcionada por su sistema infrarrojo, siguiendo la suave curva ascendente del
túnel mientras se dirigía a la superficie. Las paredes desgastadas del túnel fueron
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quedando atrás, en silencio. Incluso después de sus exploraciones del mundo
subterráneo, este amplio túnel, todo el complejo de las claraboyas, seguía siendo un
misterio.
El lugar daba una sensación de vejez de años pasados mientras se consumía en
silencio… y sin embargo algo en él indicaba que no había sido utilizado nunca. Todo
era viejo, pero nada parecía gastado, ni siquiera levemente. Bajo el polvo, todo estaba
nuevo.
El coche tardó un par de minutos en llegar a la puerta exterior, sellada desde hacía
mucho tiempo. Calibán había recorrido el túnel antes y había examinado el
mecanismo. Estaba razonablemente seguro de que podría abrirlo, pero no podía
contar con ello. Ni siquiera abrir la puerta resolvería sus problemas. Parecía posible
que el Departamento del Sheriff estuviera vigilando las entradas de los túneles en
todo el perímetro de la ciudad. Por eso no la había abierto antes: no tenía sentido
alertar sobre su situación hasta que estuviera dispuesto a marcharse.
Suponiendo que pudiera abrir la puerta, tendría que moverse rápidamente cuando
la atravesara. Ese fue el motivo de elegir un aeroauto en vez de intentar marcharse a
pie.
Y tendría que marcharse pronto. Un día más, y su suministro de energía
alcanzaría niveles peligrosamente bajos. No se atrevía a buscar una estación de
recarga dentro de la ciudad. Había policías en todos los túneles, y ya había escapado
varias veces por muy poco. No deseaba verse obligado a permanecer en un mismo
sitio durante la hora aproximada que duraría la recarga. Además, sería una locura
absoluta acercarse a una estación. Tenía que suponer que el sheriff Kresh habría
apostado guardias en todas las estaciones existentes. No. Tenía que salir de la ciudad,
y encontrar una fuente de energía ahí fuera.
Llegó al final del túnel. Aterrizó con una sacudida más fuerte de lo que pretendía
y salió. Se acercó al control de las puertas y manipuló los interruptores de control
manual.
Con un golpe y un zumbido y el roce de la suciedad y el polvo al caer al túnel, la
puerta se abrió.
Antes de que hubiera terminado de descorrerse, Calibán volvió al coche aéreo.
Atravesó la entrada y luego puso a máxima potencia el impulsor vertical, buscando
poner la mayor distancia posible entre él y la ciudad de Hades.
Alvar Kresh estaba ya acostumbrado a que interrumpieran su sueño. Esta vez,
cuando Donald le tocó el brazo, despertó de inmediato, sin pasar por ningún estado
intermedio de confusión. Se sentó en la cama y luego se levantó. Se acercó a la silla
donde había colocado su ropa antes de acostarse. Si iba a vestirse solo, no tenía
intención de perder más tiempo buscando ropa.
—¿Cuál es el informe? —preguntó.
—Podría no ser nada, señor, pero es posible que sea Calibán. Los robots que
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trabajan en los monitores de observación de la ciudad fueron alertados para que
informaran de cualquier cosa fuera de lo común. Son un modelo bastante conservador
e informaron de todo tipo de sucesos rutinarios, haciendo difícil a sus supervisores
humanos distinguir lo verdaderamente extraño…
—¡Maldición, Donald, ve al grano!
—Sí, por supuesto. Perdóneme, señor. Una de las claraboyas periféricas abrió su
escotilla externa por primera vez en cincuenta años.
—Eso sí que es algo fuera de lo común.
—Sí, señor. Además, el control de tráfico de la ciudad informó que un coche
aéreo se elevó de esa posición casi inmediatamente después, volando más alto y más
rápido de lo permitido, pero alcanzando esa velocidad bastante despacio.
—Como si el piloto no confiara del todo en sí mismo o en su aparato. Sí. ¿Cuál es
la situación de interceptación? —Kresh se quitó el pijama y empezó a ponerse la
ropa, esta vez recordando que la vida le sería más fácil si se ponía la camisa antes que
los pantalones.
—Dos de nuestros coches aéreos están en camino, pero el aparato que persiguen
les lleva una buena ventaja. Se dirige al norte, hacia las montañas, volando hacia una
tormenta. Y he de añadir que una persecución nocturna siempre es más difícil.
Kresh se sentó para ponerse los pantalones, pero las correas se cerraron antes de
que terminara. Luchó con ellas un momento antes de que volvieran a abrirse.
—Maldición. Nada es fácil —dijo, refiriéndose tanto a la situación táctica como a
la dificultad de ponerse los pantalones. Las tormentas del desierto eran raras, pero
enormemente violentas. Incluso un piloto hábil dudaría en volar con tales
condiciones. Si Calibán entraba en la tormenta, era posible que no volviera a salir—.
Muy bien, avisa a los coches de que continúen con la persecución, pero nada de
heroicidades. Ya hemos tenido suficientes proezas voladoras. Que interrumpan la
persecución si se vuelve peligrosa. Se les ordena específicamente que no se
arriesguen, ni pongan en peligro los coches.
»Recuérdales que tendríamos que localizarlo fácilmente fuera de la ciudad. Nada
de túneles, nada de rascacielos, ni millones de otros robots entre los que esconderse.
»Que no disparen, repito, no disparen al aeroauto. Sus órdenes son capturar, no
destruir a Calibán. Si es posible, que lo obliguen a aterrizar. Quiero interrogarlo.
Puede que sea el único testigo que tenemos del asalto a Leving. Que no lo destruyan.
Siempre podremos hacerlo más tarde. —Kresh se levantó y se puso los pantalones—.
Cancela la vigilancia en la ciudad —gruñó—. Que los equipos de búsqueda
descansen un poco y estén preparados para ofrecer su apoyo fuera de la ciudad si
hace falta.
—Sí, señor. Estoy enviando sus órdenes. Sin embargo, mis órdenes actuales
requieren que le recuerde que Tonya Welton debe ser informada de todos los
acontecimientos importantes de la investigación.
—Le enviaremos un informe por la mañana. No va a enterarse de una palabra de
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esto, no mientras sea sospechosa y pueda contarle todo lo que oiga a Gubber Anshaw.
—Sí, señor. Estoy de acuerdo, a pesar de mis órdenes. Sin embargo, también debo
recordarle que su jurisdicción, y la de sus oficiales, está limitada a la ciudad de
Hades. Usted y sus subordinados no tienen autoridad fuera de los límites de la ciudad.
—Al infierno con la jurisdicción. Quiero acabar con este asunto ahora.
—Sí, señor. ¿He de entender entonces que nos uniremos personalmente a la
persecución?
—Por supuesto.
Alvar luchó contra las correas un momento, y finalmente se cerró los pantalones.
Se puso la chaqueta, y luego advirtió que Donald había sacado también su canana.
Había algo extraño en eso. Los robots, por regla general, no manejaban armas. El
impedimento de la Primera Ley era obvio: si Donald ponía un arma en manos de
Kresh, y Kresh la utilizaba para matar a alguien, entonces Donald había ayudado
materialmente a causar daño a un ser humano. Y el láser de la funda era de un tipo
que Alvar no había visto antes.
—¿Qué es esto, Donald? —preguntó, cogiendo el cinturón y el arma.
—Puede añadir su propia pistola también, señor, pero tengo motivos para pedirle
que lleve esta. Es una pistola de entrenamiento. Es una excelente simulación de una
pistola láser real, pero no dispara más que un espectacular estallido de luz.
—Ya veo —dijo Alvar, aunque no era así—. ¿Puedo preguntarte por qué debo
llevar una pistola de entrenamiento en este caso?
—Señor, si es posible, me gustaría decir lo menos posible al respecto. Tal vez no
ocurra nada. Pero puedo prever una situación en la cual podría servir para probar una
teoría que tengo. Si nos encontramos en esas circunstancias, le pediré que ponga a
prueba esa teoría.
—Donald, no sabía que estuvieras programado para hablar en acertijos.
—Sí, señor. Estoy de acuerdo en que hablo de forma vaga. Sin embargo, tengo
poca confianza en mi teoría, y creo que sería mejor que no se distrajera de lo
inminente preocupándose por posibilidades improbables. No hay absolutamente
ninguna necesidad de que lleve el láser de entrenamiento.
Alvar Kresh sujetó el láser con las dos manos y miró largamente al robot. En sus
momentos más oscuros, Donald era enervante, pero también, muy a menudo, su
mejor baza. El robot había reflexionado profundamente sobre aquel caso, y no era
extraño que tuviera sus propias ideas, aunque se sintiera poco inclinado a revelarlas
en aquel mismo momento. Pero se ajustó la canana, sacó su propia pistola del cajón
donde la guardaba y se la metió en un bolsillo. Allí la tendría a mano, pero su primer
reflejo sería buscar la unidad de entrenamiento de la funda.
Y en el fondo, sería misión de Donald asegurarse de que sus reflejos no acabaran
con él.
—Muy bien —dijo Alvar—. En marcha.
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Calibán nunca había experimentado la verdadera noche, el mundo exterior, sin el
brillo de la luz artificial. Era extraño este mundo de oscuridad, la nada aterciopelada
que lo cubría todo. Excitante, misteriosa, aterradora oscuridad. Podía comprender por
qué la imagen de la oscuridad aparecía con tanta frecuencia en su banco de datos. Los
humanos se habían enfrentado largamente a la oscuridad en su historia.
Y lo habían hecho sin la ventaja de la visión infrarroja. Un simple acto de
voluntad cambió su sistema de visión a IR, y la negrura se desvaneció. Las imágenes
caloríficas del suelo fueron claramente visibles, pero lo más importante fue que sus
dos perseguidores aparecieron en el infrarrojo, aunque las dos naves eran invisibles
en la negrura de la noche. Eso acababa con la teoría de que el sheriff no lo perseguiría
fuera de la ciudad. Al menos, no le disparaban. Tal vez pretendían capturarlo en vez
de matarlo.
Si era así, tanto mejor, por supuesto. Escapar de ellos sería más fácil, aunque lo
alcanzarían tarde o temprano si no hacía algo.
Había una gran masa de aire, claramente visible en el infrarrojo, rugiendo de
poder. Voló hacia ella lo más rápido que pudo, mientras sus perseguidores se
acercaban más y más a cada instante. Iba a ser difícil. Una súbita ráfaga de viento
sacudió su viejo aparato, sorprendiendo a Calibán. El coche aéreo se desestabilizó y
cabeceó, volcándose casi antes de que pudiera recuperar el control.
Otra ráfaga lo asaltó desde otro lado, pero Calibán estaba preparado esta vez. La
pared de la tormenta estaba justo delante. Pudo oír su rugiente poder, ver las estelas
de los relámpagos que restallaban en su interior. Ahora las sacudidas eran casi
constantes, y duros chorros de lluvia y granizo golpeaban contra el coche. De repente,
los vientos, la lluvia y las nubes parecieron unirse y la poderosa tormenta lo engulló.
El coche aéreo fue sacudido por los vientos, levantado por un violento torbellino,
rechazado de nuevo con igual violencia. Las chispas saltaron cuando algo se
cortocircuitó, y la mitad del panel de control quedó inutilizado. El coche viró y casi
estuvo a punto de volcar antes de que Calibán pudiera nivelar el vuelo. El ruido y la
fuerza de la tormenta eran increíbles, los truenos vibraban por todas partes, el
rugiente impacto de la lluvia contra el casco lo cubría todo, devorando a Calibán,
haciéndolo uno con la lluvia y el viento y la oscuridad y los destellos de los
relámpagos. Una nueva ráfaga se apoderó del coche y lo hizo caer a tremenda
velocidad. Calibán se esforzó por enderezarlo, tirando con todas sus fuerzas de la
palanca de control. El viejo coche gruñó y protestó, una profunda y furiosa vibración
que pareció surgir de repente de la sección impulsora. Hubo un golpe estremecedor
que sacudió todo el aparato, y un brusco cese de vibración, como si algo se hubiera
desprendido.
Calibán lo ignoró todo, esforzándose por enderezar el morro del coche, intentando
reducir su larga caída hacia el suelo invisible de debajo. Lentamente, el coche alzó la
proa, gruñendo y estremeciéndose en protesta.
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Con sorprendente brusquedad, el aeroauto atravesó la base de las nubes,
revelando el suelo que se apresuraba a recibirlo. Ahora por fin tenía la lluvia delante,
en vez de golpeándolo en todas direcciones, pero incluso así, Calibán no tenía apenas
visibilidad.
Con un último esfuerzo heroico, el torturado coche se enderezó finalmente. Pero
salía humo de debajo de la consola, una densa nube que habría cegado a Calibán si la
lluvia no la hubiera despejado. Los controles se estropeaban. El último de los
indicadores de estado fluctuó una, dos veces, y se apagó. La energía se agotó, y el
coche se convirtió de pronto en un planeador no demasiado bueno. Caía, y no podía
hacer nada para evitarlo. Calibán se esforzó por reducir la velocidad, por enderezar el
morro, cambiando velocidad por modo y ángulo de planeo. Pero no podía hacer ya
nada más.
El coche chocó contra el suelo, rebotando y aplastando rocas y arena en la
negrura sacudida por la lluvia del desierto.
Alvar Kresh y Donald salieron al terrado de la casa para descubrir que tenían
visita no esperada. Tonya Welton bajaba de su coche aéreo, con su robot femenino
Ariel detrás.
—Voy con usted —anunció Tonya—. Ha localizado a Calibán. Va a perseguirlo.
Y tengo el derecho, el poder, la autoridad de colaborar en esta investigación. Tengo
derechos legales y los haré valer.
—¿Cómo demonios sabía adónde vamos? —demandó Kresh, aunque supuso la
humillante respuesta antes de terminar de hacer la pregunta. Malditos fueran los
colonos y su arrogante tecnología.
—Sus seguras comunicaciones por hiperondas no son tan seguras —dijo Tonya
—. Las interceptamos.
—¿De veras? —gruñó Kresh—. Habrá algunos cambios muy pronto. Parece que
ha estropeado su tapadera.
Tonya sacudió la cabeza, considerándolo una preocupación menor.
—Eso no tiene importancia. No comparado con el peligro que todos corremos
ahora. Este caso podría causar un rechazo político y sabotear el proyecto
terraformador, y entonces este mundo moriría. Todos moriríamos.
—¿Todos? ¿Desde cuándo este mundo es suyo?
Tonya lo miró. Sus ojos brillaban de miedo y preocupación.
—Desde que Gubber está en él. No voy a abandonarlo, o a dejar que el mundo
donde vive muera. Pretendo quedarme en Inferno, pase lo que pase.
—Señora Welton, debo sugerir con vehemencia que no venga con nosotros —dijo
Donald—. No es una forma agradable de expresarlo, pero es usted sospechosa en este
caso.
—¡Malditos sean todos los viejos dioses! ¡Por supuesto que lo soy! ¿Crees que no
sé que Gubber y yo somos sospechosos? —Se detuvo, la respiración entrecortada, las
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lágrimas bañándole el rostro—. Maldición, ¿no lo ves? Si él lo hizo y Calibán puede
decírnoslo, tengo que estar allí. Tengo que saberlo. Puedo aceptarlo, de todas formas.
Pero no puedo fingir más ante él. Tengo que saberlo.
Alvar Kresh miró a Tonya Welton lleno de asombro. Era la última persona en el
universo conocido de quien habría esperado un estallido semejante. Era difícil no
pensar que serviría como tapadera de primer orden si estaba decidida a acompañarlos
con el propósito de silenciar a Calibán con un rápido disparo láser.
Pero maldición, si tenía autoridad legal para acompañarlos, y aunque no fuera así,
no podía hacer gran cosa para impedirle que los siguiera en su propio coche aéreo, a
menos que lo abatiera desde el cielo. Pero no tenía por qué ponérselo fácil.
—Muy bien —dijo Alvar—. Puede venir con nosotros. Pero dejará todas sus
armas y aparatos, y permitirá que Donald la registre para confirmarlo. Llevará ropas
que yo le proporcionaré para impedir ningún intento de ocultar armas o aparatos
ilegales. —Tonya Welton pareció a punto de protestar, pero entonces lo pensó mejor.
—No llevo ninguna arma, pero aceptaré cambiarme de ropas y que me registren.
Ahora le tocó a Kresh el turno de sorprenderse. Tal vez ella era sincera después
de todo.
—Donald, vamos, en marcha. Que la registren y la vistan, rápido.
—Sí, señor. Aunque sugeriría que hay poco tiempo que perder. —Señaló al cielo,
al norte.
Alvar Kresh soltó una maldición. La tormenta se acercaba, dirigiéndose al sur,
grande y violenta. Los vientos restallaban ya. Ningún robot permitiría que un humano
volara en esas condiciones, y por una vez Kresh se vio obligado a admitir que tenían
razón. Sería un suicidio, aunque no le gustaba pensar en ello.
Calibán, su última esperanza de encontrar sentido a aquel caso, se había internado
en esa misma tormenta unos minutos antes.
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Nada. No podían hacer absolutamente nada. Fredda Leving recorría su laboratorio de
un extremo a otro, mientras Jomaine la observaba sentado ante su mesa y Gubber,
desconsolado, lo hacía desde un taburete junto a una de las mesas de trabajo. Ninguna
información, ni una sola noticia, ni una pista. Sí, encontrar a Calibán era
absolutamente necesario. Pero también era absolutamente imposible. La ciudad
estaba llena de rumores y supuestas noticias auténticas, pero ninguno servía de nada.
Incluso Alvar Kresh y Tonya Welton parecían haber desaparecido de la faz del
planeta. Fredda había intentado repetidas veces contactar con ambos, en vano.
¿Dónde estaban? Buscando a Calibán en aquella maldita tormenta, o perdidos en
alguna parte. ¿Estaban trabajando juntos, o simplemente fuera de su alcance al mismo
tiempo?
Tonya Welton. Fredda miró de nuevo a Gubber y sacudió la cabeza, sorprendida.
Esa noticia sí que la había dejado absolutamente atónita. Era un poco amargo advertir
que casi era la única persona en todo el planeta que la desconocía.
Aunque, en justicia, no podía reprochar nada a Gubber. Si se hubiera enterado
antes, se habría puesto furiosa y habría desconfiado de él. Ahora, durante esta
tormentosa noche en vela, mientras tronaba en el amanecer sin luces, quién se
acostaba con quién carecía de importancia. Bueno, tal vez fuera exagerado decir
tanto. Los cielos podían estremecerse, pero eso no impediría que la gente se sintiera
fascinada por la noticia de un tórrido romance. Y en cuanto a ella, por lo menos,
seguía sin comprenderlo, pero ya no tenía importancia.
Había ahora otras preocupaciones y asuntos que tratar.
Calibán. Para otra gente, sin duda significaba otras cosas, pero para Fredda
representaba algo muy simple: el primero de su especie. Y, posiblemente, el último.
Si era considerado un fracaso, o un peligro, si era considerado la causa de todo aquel
caos y de tanto alboroto en vez de su víctima, entonces nadie se atrevería a volver a
construir un robot libre. Todos los de su especie, hasta el fin de los tiempos, no serían
otra cosa que esclavos cuyas mentes quedarían constreñidas y cegadas por las Tres
Leyes. Como mucho, una pequeña parte de ellos podrían existir bajo las restricciones
algo menos estrictas de las Nuevas Leyes, pero incluso estas eran cadenas para la
mente.
Calibán. ¿Dónde demonios estaba? Podía encontrarse en cualquier parte de la
ciudad, o bajo ella, o fuera. Por supuesto, si era sensato, se ocultaría en las entrañas
de la ciudad y se quedaría allí. Esperaría a que la tormenta se dirigiera al mar, pues
este tipo de fenómenos no duraban más de unas cuantas horas. Si era necesario,
Calibán podría permanecer bajo tierra durante años.
Si no fuera por su generador, claro. ¿En qué pensaba Fredda cuando le puso un
generador de laboratorio de baja capacidad? Si le hubiera colocado una unidad
estándar, habría podido esconderse durante años, décadas, sin tener que recurrir a
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nada ni a nadie. Pero le había dado un generador limitado. No se lo había dicho a
nadie, pero el consumo de energía de Calibán había resultado ser un poco más
elevado de lo esperado. Fredda calculaba que, en aquel mismo momento, suponiendo
un consumo medio, no le quedaban más de unas cuantas horas de energía.
Los ululantes vientos empezaron a remitir por fin, y las lluvias menguaron un
poco. Los destrozados restos del coche aéreo se habían esparcido por la mitad de la
falda de la colina tras el impacto, y la tormenta los había dispersado por la otra mitad.
Calibán salió lentamente de detrás de la roca que le había procurado refugio
durante lo peor de la tormenta. Tropezó una vez, dos veces, mientras bajaba la
pendiente fangosa. Su visión binocular había desaparecido, y tenía el ojo izquierdo
roto, colgando inútil de su cuenca. Algo en el interior de su brazo derecho se había
doblado con el golpe, y sólo podía moverlo con dificultad, acompañado de un
alarmante sonido chirriante. Su coraza, antes de un brillante rojo inmaculado, estaba
cubierta de manchas de lodo. Su pecho estaba lleno de mellas y hendiduras.
Nada de eso importaba, puesto que había sobrevivido. ¿O no era así? ¿Caminaba
todavía, pero tan condenado como si ya hubiera muerto?
Su sistema de diagnóstico le enviaba varias advertencias, no sólo sobre los daños
causados por la tormenta, sino sobre su suministro de energía. A menos que hiciera
algo al respecto y muy pronto, se quedaría sin energía y se detendría en el acto.
Sobreviviría, y podría ser revivido si recibía una nueva carga, pero mientras tanto
sería una fácil presa, inerte e indefensa.
Calibán se sentía casi abrumado por la frustración. Nada había salido bien. Su
intento de escapar de la ciudad había resultado un completo fracaso. No había
conseguido nada, excepto herirse y perderse en un paisaje yermo del que no conocía
ningún dato. No tenía mapas internos de este lugar. Aún peor, había visto los dos
coches aéreos siguiéndolo la noche anterior. Sabía perfectamente bien que sus
perseguidores volverían pronto.
Y ahora ni siquiera podía concentrarse en eludirlos. Tenía que encontrar una
fuente de energía y recargarse, o moriría en el desierto. ¿Qué camino tomar? Se
volvió hacia las torres de Hades, envueltas en nubes de lluvia cerca del horizonte. No
podía regresar a la ciudad. Le estarían esperando. Esa era su única certeza. No
conocía absolutamente nada de las tierras del exterior. Pero el hecho de que la ciudad
tuviera salidas que apuntaran al norte, indicaba que, al menos antiguamente,
existieron emplazamientos al norte de Hades más allá de las colinas. Tenía que
quedar algo todavía. Un lugar con unos cuantos convertidores de energía aún en
funcionamiento. Cualquier cosa.
Y no tenía otra opción que intentar encontrarlo. Se volvió y empezó a caminar,
torpemente, envarado. Subió la colina rocosa, cubierto por la lluvia, y se dirigió hacia
el norte.
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—La tormenta ha cesado, señor. El informe meteorológico para los próximos tres
días es favorable.
Alvar Kresh salió de su ensueño y parpadeó, confundido. Estaba sentado en su
salón. Tonya Welton, vestida con un mono que Donald había encontrado en alguna
parte, roncaba suavemente en el sofá. Su robot, Ariel, permanecía silenciosa e
inmóvil en su nicho cerca de su ama. Era extraño ver a un colono con un robot en
constante asistencia. Kresh había nacido y se había educado con la presencia continua
de los robots, pero a Welton debía resultarle chocante algunas veces. Debió costarle
trabajo acostumbrarse a los omnipresentes seres.
Bien, tanto mejor para ella. Kresh había pasado la noche en vela. Sin duda había
dado alguna cabezada durante unos minutos, pero ahora no podía recordar más que
haber estado mirando la pared sobre el sofá donde dormía Welton. Había estado
mirando la pared y pensando. Había tenido poco tiempo para hacerlo en los últimos
días, y tal vez la tormenta era una bendición disfrazada si le impedía actuar
precipitadamente.
Reflexionar sobre las pistas tenía muchísimo valor, pues así sopesaba las ideas en
una dirección u otra. Pero nunca tenía tiempo para hacerlo. Qué extraño. La idea de la
sociedad espacial era usar a los robots para permitir que la gente tuviera tiempo
suficiente para pensar. Y sin embargo, nadie parecía tener tiempo para hacerlo.
Donald le ofreció una taza de café. Kresh la cogió. Tomó un sorbo lento y
cuidadoso. Sí, sí, pensó mientras la cafeína empezaba a hacerle efecto. Examinar las
cosas como lo había hecho la noche anterior, en las horas que precedían el amanecer,
cuando todo parecía detenido, tenía mucho valor. El propio cansancio podía ser un
acicate para nuevas ideas, la vaga frontera entre el sueño y la vigilia a veces permitía
reflexiones que no podían ofrecer ni el sueño ni la vigilia. Aquellos pensamientos
soñados podían plantear nuevas y mejores teorías.
Y podía sentir que la respuesta se acercaba. Estaba allí, en el fondo de su mente,
luchando por salir.
Pero ahora mismo no tenía tiempo para respuestas que no tuviera delante. Era el
momento de pasar personalmente a la acción. Iba a acabar con aquel asunto en
persona.
—Donald, ordena a todas las divisiones que vuelvan a las operaciones normales.
Cancela todas las operaciones relacionadas con Calibán… excepto el control del
perímetro de la ciudad. —No tenía sentido correr el riesgo de que el robot volviera a
la ciudad—. La señora Welton y yo nos encargaremos personalmente de la fase final
de la búsqueda.
Tomó otro sorbo de café y casi se quemó la lengua. Soltó la taza, se levantó, y se
acercó a Tonya. La sacudió por el hombro.
—Despierte —dijo—. Nos vamos de caza.
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Allí. Calibán pudo verlo, valle abajo, a unos dos kilómetros de distancia. Un
grupito de edificios, de aspecto ajado, brillando al sol que emergía tras los restos de la
tormenta. No sabía si allí habría energía, o cómo conseguirla, pero esas preguntas
pronto serían inútiles si no actuaba pronto. Su única esperanza era que el propietario
no supiera quién era. En aquel lugar remoto, al menos existía esa posibilidad. Si no
parecía ser más que un robot normal con dificultades, tal vez conseguiría que le
permitieran recargarse. No tenía otra opción. La ascensión por la colina había hecho
mella en sus reservas. No había otras estructuras a la vista. Esos edificios
representaban su última esperanza. Empezó a descender, eligiendo con cuidado su
camino entre las rocas sueltas y los matorrales. No era difícil. Pero si las cosas salían
tan mal como de costumbre, entonces sería el último esfuerzo que haría.
No obstante, estaba decidido a hacerlo bien.
Abell Harcourt se asomó a la ventana situada sobre su banco de trabajo y vio algo
inusitado. Un robot dañado bajaba tambaleándose las colinas. Esto sí que era el
colmo. Se había marchado de la ciudad precisamente para evitar a los robots. Abell
había descubierto hacía tiempo que no podía tallar nada a gusto con la casa llena de
sirvientes perfectos atendiéndolo. Los robots y la maldita sociedad de supuestos
colegas escultores que no sabían qué extremo de la maza sujetar. Escultores que
«dirigían» el trabajo de robots artesanos para crear obras sin alma, perfectamente
sustituibles. Malditos robots. Un hombre podía volverse adicto a ellos, más que a
cualquier droga.
Pero este era diferente, estaba claro. No había cruzado las montañas con un ojo
colgando de su cuenca para ordenar el taller de Abell y trastocarlo todo. Abell soltó
sus herramientas y salió. Caminó un centenar de metros y entonces esperó a que el
robot lo alcanzara.
Era un hombre bajo y delgado, de piel oscura y completamente calvo. Y no le
gustaban mucho las interrupciones.
—Muy bien —dijo, en cuanto el robot pudo oírle—. Ahora que me has apartado
de mis esculturas, ¿qué demonios quieres?
—Le pido humildemente ayuda, señor. Mi coche aéreo se estrelló en las colinas
durante la tormenta. Ando escaso de energía, y mis sistemas se desconectarán si no
recibo pronto una carga.
—¿Crees que tengo generadores atómicos tirados por cualquier rincón o algo así?
—No, señor. No fui construido con fuente de energía atómica. Tengo una célula
recargable, y está casi consumida.
Harcourt miró ferozmente al robot. Todo aquello era extraño, muy extraño.
¿Quién demonios querría construir un robot con una fuente de energía que se
consumiera cada pocos días? ¿Y qué hacía un robot pilotando un coche aéreo en una
tormenta como esa?
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—¿No había gente en ese coche tuyo?
—No, señor, estaba solo.
—Mmm. —Harcourt miró receloso al robot durante largo rato—. Bueno, supongo
que darte una carga no hará ningún daño. Pero no podré hacer nada con respecto a tu
ojo.
—Es usted muy amable, señor.
—Podemos usar la unidad de energía del cobertizo. Vamos.
Abell Harcourt dio la espalda al extraño robot y abrió el camino. Pero entonces
recordó. Espera un segundo. Un robot rojo, volando solo, sin humanos… de repente
el corazón le redobló en el pecho. Era el robot asesino, el loco que había aparecido en
todos los noticiarios de la noche anterior. Caliborn, o algo así. No, Calibán, eso era.
Calibán el asesino, lo llamaban los noticiarios. Abell Harcourt sintió que de
pronto le picaba la espalda.
Espera un momento. ¿Un robot asesino? No tenía sentido. Además, este Calibán
parecía muy amable. «De haber querido, me habría podido arrancar la cabeza una
docena de veces».
Abell Harcourt se enorgullecía de pensar por sí mismo, y había algo en aquello
que no encajaba. Los noticiarios estaban llenos de historias y rumores descabellados,
pero ninguno decía que el robot descarriado fuera amable.
Condujo al robot al cobertizo, un pequeño edificio que usaba para guardar sus
viejas tallas, sus herramientas de jardinería y todo tipo de instrumentos.
—¿Dónde está tu enchufe? —preguntó mientras encendía la luz.
—Aquí, señor. —Una puerta se abrió en el costado izquierdo del robot, donde
habrían estado sus costillas si hubiera sido humano.
—Mmm. Muy bien, ven aquí y siéntate… siéntate aquí. —Abell dio la vuelta a
una caja—. Aquí. Creo que podremos conseguir que el cable llegue sin problemas.
Harcourt advirtió que sus manos temblaban mientras rebuscaba entre la chatarra
acumulada. ¿Tan asustado estaba? No tenía miedo, maldición. Eso era una tontería.
Pensó en echar a correr hacia la casa, coger su viejo rifle de caza y abrir un agujero
en el extraño robot. No. Eso era lo que harían aquellos malditos borregos de Hades.
Harcourt se había pasado toda la vida decidido a no pensar como todo el mundo
quería que lo hiciera. No estaba dispuesto a ceder ahora. ¡Ya estaba! Hizo a un lado
un par de fallidos desnudos tallados en madera.
—Aquí lo tenemos —dijo, intentando mantener un tono casual en la voz mientras
jugueteaba con el cable. Las manos todavía le temblaban un poco.
El gran robot examinó el enchufe del cable y lo conectó en su terminal de carga.
—Muchas gracias, señor. Mi estado energético alcanzaba proporciones críticas.
—¿Cuánto tiempo tardarás en absorber una carga completa?
—Creo que algo menos de una hora, señor, si me permite que utilice tanta
energía.
—Sí, sí, por supuesto —dijo Harcourt, mientras su mente giraba y su corazón
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latía con fuerza.
—Agradezco su amabilidad, señor. No he conocido demasiada en mi experiencia.
—Eres Calibán, ¿verdad? —estalló Harcourt, y al instante lo lamentó. Era una
locura preguntarlo.
El robot lo observó. Su único ojo en funcionamiento lo miró con atención,
mientras el otro colgaba de su cuenca, oscuro e inútil.
—Sí, señor. Temía que lo supiera.
—Soy yo quien tendría que tenerte miedo.
—¿Señor? No tengo motivos para lastimarle. Me ha ayudado.
—¡En las noticias dicen que has atacado a todo tipo de personas!
—No, señor. Sería más justo decir que todo tipo de personas me han atacado a mí.
Dejé la ciudad con la esperanza de estar solo. Nada más.
Calibán lo miró con cuidado, ladeando la cabeza pensativamente.
—Me tiene miedo.
—Un poco. Tal vez no tanto como debería. Pero demonios, soy un viejo, y lo peor
que podrías hacer es matarme. He vivido demasiado de todas formas —admitió
Harcourt.
—Y sin embargo me está ayudando. Todo lo que tenía que hacer era negarme la
posibilidad de recargarme, y me habría desplomado en unos cuantos minutos. No
comprendo.
Abell Harcourt se encogió de hombros.
—Parecías demasiado cortés para ser un asesino, supongo. Y me gusta la idea de
que causaras problemas a todos esos políticos de la ciudad. Pero me parece que tienes
problemas. ¿Qué vas a hacer ahora?
—No lo sé. Mi conocimiento del mundo es limitado en muchos aspectos. Deseo
escapar, sobrevivir. Tal vez podría usted aconsejarme.
Abell encontró un cubo y lo puso boca abajo, cuidando de que Calibán lo viera,
sin hacer nada que pudiera parecer amenazante o peligroso. Estaba dispuesto a
aceptar la posibilidad de que aquel robot fuera tan cuerdo como parecía, pero no tenía
sentido tentar su suerte.
—No estoy seguro de poder hacerlo —admitió—. Déjame pensar un segundo.
¿Quién demonios estaría dispuesto a ayudar a Calibán, con todo el mundo
decidido a cazarlo?
Pero espera un momento. Todo el mundo perseguía a un desclasado solitario.
Fredda Leving había hablado de algo muy similar. Harcourt lo había buscado
después. El mito de Frankenstein, o los mitos, más bien. Un conjunto muy complejo
de versiones contradictorias del mismo relato asombroso. El monstruo
incomprendido, lanzado a un mundo del que no tenía ningún conocimiento, temido y
odiado por el crimen de ser distinto. Los aldeanos enloquecidos por el miedo
asaltaron el castillo y lo mataron sin más motivo que el miedo ciego sin tener pruebas
contra él más que los rumores y sus propios prejuicios.
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¿Iba a repetirse aquella antigua historia? ¿No había avanzado ni un milímetro la
sociedad humana ideal de los espaciales desde aquellos días de mito y temor? No. No
si él podía evitarlo.
—No creo que puedas escapar tú solo —dijo Harcourt cuidadosamente—. Si te
estrellaste en un coche aéreo, el sheriff te encontrará muy pronto. ¿Te perseguían ya
entonces?
—Sí.
—Entonces puedes estar seguro de que te encontrarán pronto, te quedes aquí o no.
Encontrarán el coche, tal vez sigan la pista que hayas dejado para llegar aquí, o tal
vez vengan directamente porque este es el lugar más cercano. Si te marchas, te
encontrarán en el valle. Si te llevas mi coche aéreo, te aseguro que estarán
observando los cielos con todo tipo de sensores. Y aunque los eludas en el aire o en
tierra, tu energía se consumirá de nuevo dentro de unos días. Sólo tendrán que vigilar
los lugares a los que puedas acudir en busca de una carga, y te capturarán cuando
aparezcas.
—¿Entonces qué puedo hacer? —preguntó Calibán—. ¿Adónde puedo ir? Estoy
decidido a vivir. No aceptaré la muerte. —Abell Harcourt se echó a reír, un ladrido
corto y triste.
—Pocos de nosotros lo hacemos, amigo mío. Muy pocos. Déjame pensar.
La habitación permaneció en silencio por un momento. Abell Harcourt se había
visto enfrentado en ocasiones a la sociedad espacial, pero esto era diferente. Ayudar a
sobrevivir a un robot Sin Ley era seguramente un crimen. Calibán era peligroso. Tan
peligroso como un ser humano. ¿No había atacado a su creadora, Fredda Leving?
—¿Has dicho que nunca atacaste a nadie? —preguntó Abell.
—Me defendí sin causar daños deliberados cuando un grupo de colonos intentó
matarme. Aparte de eso, no tengo ningún conocimiento de haber atacado a nadie.
—¿Ningún conocimiento? Eso implica que podrías haber atacado a alguien sin
saberlo. ¿Cómo es posible?
—Lo primero que recuerdo es haberme encontrado de pie sobre una mujer
inconsciente. Después he sabido que era Fredda Leving. Es posible, aunque
improbable, que yo cometiera el ataque, fuera desactivado de algún modo, y luego
fuera conectado con la memoria borrada.
—Me parece un poco difícil. Y si sucedió así, y tu memoria fue borrada por
completo, podría presentarte a un rebaño entero de filósofos baratos que discutirían
que tu presente entidad es un ser distinto a la que cometió el ataque.
—Sí, señor. Yo mismo he llegado a esa conclusión.
—¿De veras?
Los robots filósofos eran bastante raros. Harcourt pensó de nuevo en Fredda
Leving y su mito de Frankenstein. Tal vez cuando Calibán era un secreto, ella quiso
destruirlo para protegerse… pero siendo su existencia de dominio público, pretendía
demostrar que Calibán no era un monstruo enloquecido. Si el robot era inocente de
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los cargos que se le imputaban, entonces la culpa de ella también quedaría reducida.
Ella tenía todos los motivos para ayudarlo. Tal vez podría protegerlo de maneras en
que no podía hacerlo Abell Harcourt.
¿O estaba suponiendo demasiado sobre la nobleza de Fredda Leving y ella
simplemente entregaría a Calibán para salvar la piel? ¿Qué otra opción quedaba sino
recurrir a ella? El tiempo se acababa. Tarde o temprano, habría hombres del sheriff
por todo el valle.
—Tengo una idea —dijo Abell Harcourt—. Es muy arriesgada. Sin embargo, no
veo otra salida.
—El riesgo es mejor que la muerte segura —dijo Calibán, con un extraño tono en
la voz. Parecía cansado. Pero los robots no se cansaban hasta que se quedaban sin
energía, y Calibán la estaba recargando.
A menos que fuera su espíritu lo que estuviera cansado. También eso sería algo
notable en un robot.
Abell Harcourt se levantó, olvidado su miedo, decidido. Si era un robot loco,
entonces el mundo necesitaba más locura. Fredda Leving. Llámala, pídele ayuda.
No había otra forma.
Despegaron tres minutos después de recibir la llamada de Abell Harcourt. La
primera reacción de Fredda fue dirigirse a toda velocidad a las coordenadas que Abell
le había dado. Pero Kresh no era ningún tonto, y eso significaba que la tendría
vigilada. Fredda no tenía intención de guiar al sheriff hasta Calibán. Viró hacia el
oeste, volando a ritmo tranquilo en el tráfico local. Miró a su espalda y vio a Gubber
y a Jomaine en el asiento de pasajeros, los rostros sombríos y decididos.
¿Era uno de ellos el culpable? ¿Era uno de aquellos hombres el que había
intentado matarla y sabotear su trabajo?
Era mejor no pensar en ello. Al oeste. Volaría hacia las afueras de la ciudad, al
norte a baja altitud hasta cruzar las montañas… y luego se dirigiría a toda velocidad
hacia la casa de Harcourt. Tenía que llegar antes que Kresh.
Y entonces sólo cabría rezar para que al menos mirara su orden firmada antes de
disparar sobre Calibán.
Los lugares de los accidentes nunca tenían el aspecto que Kresh esperaba de ellos,
y había visto suficientes como para saberlo. Siempre imaginaba que encontraría un
claro impacto dentro de un pequeño cráter, y el coche aéreo un poco arrugado.
Imaginaba al piloto (normalmente un borracho lo bastante idiota para pilotar de
regreso a casa, pero lo bastante listo para burlar cualquier protección robótica),
derrumbado sobre los controles, muerto pero ordenado, sin heridas, rápidamente
identificable.
Por supuesto, la realidad era siempre horriblemente diferente. Hoy, por ejemplo.
Lo supo en el momento en que Donald divisó el lugar del siniestro e hicieron una
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pasada. Tenía mal aspecto incluso desde el aire. En tierra, la realidad era aún más
dura. Había trozos y piezas del coche aéreo por toda la colina, esparcidos en todas
direcciones, reducidos a un millar de fragmentos quemados y doblados. Si un
humano hubiera pilotado el aparato, no habría quedado nada reconocible, mucho
menos una parte intacta y sin calcinar que permitiera identificar a un individuo.
Pero un robot había pilotado este coche, y los robots no ardían. Tenía que quedar
algo. Tonya, Donald, y Ariel cubrían la colina, dando una segunda pasada, pues no
habían encontrado ni rastro de él en la primera. Kresh empezaba a preguntarse si
Calibán habría sobrevivido gracias a algún milagro.
—¡Sheriff Kresh! —llamó Tonya desde la zona este del accidente—. ¡Huellas!
¡He encontrado huellas!
Casi la había alcanzado cuando se detuvo en seco, maldiciendo decepcionado.
—Sí, huellas. Pero no de Calibán —dijo. Desde donde se hallaba, pudo ver lo que
Tonya no veía. La fila de huellas volvía en línea recta hacia su origen… Ariel, que
investigaba otro sector del terreno. El robot femenino alzó la cabeza, comprendió la
situación, y los llamó.
—Discúlpeme, señora Welton. No pretendía causar ninguna confusión.
—¡Maldición! —gruñó Kresh—. ¡Nada en este caso conduce a la dirección
adecuada! ¡Nada!
Y entonces se le ocurrió. Espera un minuto. ¡Espera medio maldito minuto!
Pero no era posible.
—¡Sheriff! —Otra llamada, esta vez de Donald. Bien. Confiaba más en las
habilidades de Donald que en las de Tonya. Regresó corriendo a la zona norte del
impacto, seguido de Tonya y Ariel.
Y esta vez no hubo ningún error. Una zona de tierra arenosa cubría las rocas
peladas durante un largo trecho. Y en ella había una línea de pisadas que se perdían
en una dirección que ninguno de ellos había emprendido todavía. Kresh pudo ver
ramitas rotas y trocitos de roca posada pendiente abajo.
No había duda.
Y entonces oyeron un sonido en el cielo. Alzaron la mirada y lo vieron. Un coche
aéreo volaba velozmente a baja altura, dispuesto para aterrizar en el valle de abajo.
—Eso es —dijo Kresh—. Apuesto lo que quieran a que es Fredda Leving,
intentando localizarlo primero. Vamos. Tenemos que llegar allí antes de que se lo
lleve.
A mitad de camino, Alvar Kresh se detuvo y reflexionó el medio minuto que
había querido.
Y entonces lo comprendió todo.
Lo había resuelto.
Abell Harcourt oyó el sonido del aeroauto acercándose y se dirigió a la puerta del
cobertizo. Miró al cielo. Dos de ellos. Un aparato civil, y uno de los coches celestes
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del Departamento del Sheriff.
Se volvió hacia Calibán.
—Será mejor que te desenchufes —dijo—. Tenemos compañía, demasiada.
Calibán sacó el enchufe de la toma de su costado y se levantó. Se acercó a la
puerta y miró al cielo con su ojo sano. ¿Eran imaginaciones, o los hombros del robot
se hundieron con un poco de decepción al ver el coche del sheriff y advertir lo que
significaba?
—O bien ha avisado a Kresh, o el sheriff ha conseguido seguirla. ¿Los recibimos
a todos en el salón, como gente civilizada? —preguntó Harcourt, la voz llena de
amargura—. ¿O corremos hacia mi coche aéreo? Tal vez pudiéramos escapar.
—No, amigo Abell. No hay sitio adonde huir —dijo Calibán—. Salgamos a
recibirlos fuera. Si pretenden matarme, no veo motivo para que destruyan también tu
casa. Vamos a recibirlos fuera.
El sheriff Kresh pilotaba sin ser consciente de ello. No advertía nada más que lo
que podía ver en tierra. Allí estaba. Calibán.
Por primera vez, Alvar Kresh clavó los ojos en el robot que había estado
persiguiendo. De pie junto a un viejo de aspecto pintoresco, los dos esperaban
tranquilamente la llegada de sus visitantes.
Lo tenía. Lo tenía. Y en un momento, ganaría por fin, vencería a un oponente del
que ni siquiera había sido consciente hasta unos minutos antes. Era obvio cuando se
hacían a un lado todas las suposiciones y se examinaba, de verdad, la evidencia.
Vio cómo el coche de Fredda Leving viraba y se posaba primero, pero el coche de
Kresh aterrizó pocos segundos después. Leving llevaba una leve delantera. Muy bien.
Los cogería muy pronto. Lo sabía. Ahora sólo tenía que demostrarlo. Pero sería mejor
tener cuidado. No era momento de dejarse llevar por la ansiedad.
Posó suavemente el coche aéreo sobre el valle, soltó su cinturón de seguridad, y
se volvió hacia Tonya y Ariel, que ocupaban el asiento trasero. Ariel no reveló
ninguna emoción, naturalmente, pero Tonya Welton, reina de los colonos, estaba al
borde de la histeria.
—Muy bien —dijo Kresh—. Ariel, Donald, señora Welton… voy a necesitar todo
su cuidado. La situación sigue siendo peligrosa. Si alguien comete un error y hay
heridos… bueno, eso no estaría bien. Quiero que todo el mundo viva cuando esto
acabe, aunque no sea por ningún otro motivo que poder enterarnos de toda la historia.
No quiero cabos sueltos. ¿De acuerdo?
—Sí —dijo Tonya Welton, la cara pálida, la expresión firme e ilegible. Kresh
sabía que podía desmoronarse en cualquier momento.
—Bien. Vamos.
Tonya asintió y abrió la escotilla. Salió del coche, seguida por Ariel.
Pero ni Kresh ni Donald hicieron ningún esfuerzo por seguirlas. Era interesante
que Donald supiera que Kresh quería que se quedara atrás. Pero el robot policía había
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estado por delante de él en todo momento, desde que llegó al escenario del crimen.
—Donald, mencionaste algo sobre una teoría que querías comprobar. Creo que
comprendo lo que querías decir. Lo sabes, ¿verdad?
Donald no habló, pero miró al frente y contempló la forma del terreno. Kresh
siguió su mirada. El hombre que vivía allí se mantenía junto a Calibán. Terach y
Leving se hallaban al otro lado del robot, mirando con atención a su creación. Tonya
Welton, con el rostro demacrado y nervioso, se encontraba junto a Leving, y Ariel
estaba tras ella. Gubber Anshaw se encontraba junto a Welton, cogiéndole la mano,
claramente orgulloso y aliviado ahora que podía expresar su afecto en público.
Formaban un nervioso semicírculo frente al coche aéreo, esperando a Kresh. Pero
Donald siguió sin hablar. Y Alvar Kresh advirtió que su corazón latía con tanta fuerza
que parecía a punto de estallarle en el pecho. Donald podía sentirlo, naturalmente,
con su sistema detector de mentiras. ¿Qué haría?
—Donald, te he hecho una pregunta. —Pero Donald continuó en silencio.
Kresh suspiró. Como siempre, era cuestión de sopesar los potenciales de las
Leyes. Debilitada la prohibición de la Primera Ley para no causar ningún daño, se
reforzaba el requerimiento de la Segunda Ley para obedecer las órdenes.
—Donald, mi ego no sufrirá ningún daño sea cual sea tu respuesta, te ordeno que
respondas mi pregunta. Lo supusiste hace algún tiempo, ¿verdad?
—Sí, señor. Pero no estuve seguro de mis conclusiones hasta anoche.
—Para un futuro, Donald, te advierto que guardarte tus teorías y opiniones podría
hacerme más daño a mí y a mi carrera que hablar y lastimar mi ego. Pero ya
discutiremos sobre eso más tarde. Creo que ahora es el momento de probar tu teoría.
¿Puedo sugerir que te coloques entre Fredda Leving y Ariel?
—Estaba a punto de sugerir lo mismo, señor.
—Muy bien. Sigue mi indicación. Vamos.
Kresh abrió su puerta y bajó del coche mientras Donald lo hacía por el otro lado.
El sheriff advirtió, algo ausente, que tenía las palmas de las manos empapadas de
sudor. Cuidado. Cuidado. Se secó las manos en los pantalones. Ya casi habían
terminado, pero sólo tendría una oportunidad. Tenía que hacerlo bien, y recordar que
ella seguía siendo peligrosa. Las cosas todavía podían salir mal.
Rodeó el coche y caminó despacio hacia el semicírculo. Bien, Donald se había
colocado justo detrás de Leving, con Ariel al otro lado.
Alvar Kresh se movió despacio, con cuidado, directo hacia ella. Sólo tendría una
oportunidad. El tiempo parecía ralentizarse, los acontecimientos expandirse. Todo era
más grande, más importante, con los detalles más nítidos.
Fredda Leving alzó la mano, la dirigió a un bolsillo de su túnica, empezó a sacar
algo. Los dedos de Kresh se crisparon, pero se obligó a mantener las manos quietas.
Todavía no. Despacio. Con cuidado.
Leving sacó un trozo de papel de su bolsillo y se lo tendió.
—Sheriff, tengo una orden. Me permite poseer un robot Sin Ley. Establece que
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Calibán es un bien legal y hace que su existencia esté conforme con todos…
Y de repente el tiempo se aceleró. Con el corazón desbocado y el cuerpo
empapado de sudor, Alvar Kresh sacó su pistola; su cuerpo actuó casi antes de que su
mente lo ordenara. Un paso en falso, una suposición equivocada, y ella estaría sobre
él, lo mataría antes de que su corazón pudiera volver a latir.
Ahora. Ahora. Ahora. Alvar Kresh apuntó al corazón de Fredda Leving.
—Doctora Fredda Leving, la arresto como espía de los colonos y saboteadora —
dijo, la voz firme y potente, sin que traicionara su miedo—. Falsificó su propio
ataque, programó a Calibán para que causara destrozos en nuestro planeta, y luego lo
dejó suelto en la ciudad. Todo era parte de un plan colono para sumergir en el caos la
sociedad de Inferno.
Fredda Leving abrió la boca, aturdida. Avanzó un paso para protestar. Los otros
humanos del semicírculo, no menos sorprendidos, retrocedieron. Quedó aislada, con
un robot a cada lado, Ariel un poco más cerca que Donald. Perfecto.
—¡No se mueva, doctora Leving! Ni un solo músculo, o me veré obligado a
disparar.
Fredda Leving, la cara aterrorizada, bajó un poco el papel. No fue nada, apenas
un movimiento involuntario, pero fue la excusa que Alvar Kresh necesitaba.
Disparó.
Fredda Leving gritó.
Un brillante rugido de luz brotó de la pistola y la alcanzó en el pecho.
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Y no sucedió nada.
Fredda Leving contempló el lugar en su pecho donde debiera estar el agujero,
pero se hallaba sana y salva. Por un momento, inconmensurablemente corto e
infinitamente largo, nadie se movió.
Y entonces Ariel saltó hacia adelante, colocando su cuerpo en el rumbo que
acababa de seguir el rayo.
—Demasiado tarde, Ariel —dijo Alvar Kresh, sacando de su bolsillo la pistola
verdadera y enfundando la unidad de entrenamiento—. Buen intento, pero demasiado
tarde. Un robot que tuviera la Primera Ley se habría colocado delante de la doctora
Leving antes de que mi dedo pudiera apretar el gatillo. Pero claro, todo lo que tienes
es el conocimiento de cómo simular obediencia a las Tres Leyes. Y morir habría
hecho que tu simulación fuera un poco demasiado auténtica, ¿no es así? Por otro
lado, supongo que morir a manos de la única persona que podía descubrirte fue una
idea terriblemente tentadora.
—¡Era imposible salvarla! —Protestó Ariel—. Su propio robot, Donald, no hizo
ningún movimiento para bloquear el disparo.
—Donald sabía que era una pistola de entrenamiento. La artimaña fue idea suya.
—¡Tengo la Primera Ley! ¡Soy una robot de Tres Leyes!
—¡Calla, Ariel! —ladró Kresh.
—¡Pero está equivocado! —protestó Ariel.
—Me temo que acabas de violar una orden muy clara de callarte —dijo Donald,
colocándose delante de Ariel—. Debo advertir que no había ningún conflicto con la
Primera Ley para explicar este desliz.
—Esa no es mi idea de un robot de Tres Leyes, Ariel —dijo Kresh.
—No comprendo —intervino Tonya.
—Es muy sencillo —dijo Kresh—. Todo tiene sentido cuando se considera que
las pruebas sugerían claramente que un robot cometió el crimen… pero no fue
Calibán. Eso es lo que nos cegó. Supusimos que era el único robot Sin Ley, el único
capaz de atacar a un humano. Ninguno de nosotros tuvo en cuenta a Ariel, a pesar de
que tenía exactamente las mismas dimensiones, la misma pauta en las suelas de sus
pies, la misma longitud de zancada, la misma forma de antebrazo. Ella pudo hacer
que pareciera que eran las huellas de Calibán, y dejó en la cabeza de Fredda
exactamente la misma herida que habría dejado Calibán si la hubiera golpeado.
—¡Yo no lo hice! —protestó Ariel.
—Y un cuerno que no.
—¿Pero qué motivos podía tener? —demandó Tonya Welton…
—Autoconservación —dijo Kresh, todavía vigilando a Ariel con su pistola—.
Fredda Leving estaba a punto de descubrir que Ariel era el robot de matriz libre de
las dos unidades con cerebro gravitónico en el test que ejecutó Gubber Anshaw.
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Recuerde Gubber. Un test doble ciego. Fredda Leving no se lo dijo, pero le dio un
robot con Tres Leyes y otro sin ellas. Era una prueba para ver si un cerebro
gravitónico de matriz libre podía integrar las Tres Leyes. Bueno, tal vez una matriz
libre pueda aprender las Leyes, pero Ariel consiguió implantar sus propias leyes de
auto conservación primero.
—¡Pero Gubber me lo explicó! —protestó Tonya—. Dijo que la unidad de prueba
sería destruida, y la unidad de control puesta en funcionamiento. Ariel era la unidad
de control.
—Sí —accedió Kresh—. Al menos lo fue después de conseguir cambiarse con el
control real la noche anterior al test. Tuvo toda la noche para encontrar una forma de
cambiar las etiquetas.
—¡Pero el control verdadero habría hablado! —protestó Tonya.
—No —dijo Fredda con la voz débil y temblorosa—. Las parejas tienen en esos
casos órdenes estrictas de no revelar cuál es cual, para que no influya en la prueba. El
verdadero control debió encaminarse a su destrucción sabiendo la verdad, pero
obligado a no hablar.
De repente, los ojos de Fredda se dilataron, y volvió a hablar, más fuerte.
—¡El inventario! Sigo sin poder recordar esa noche, pero sí sé que tenía que ir a
hacer inventario de los cerebros.
—¡Sí! —Dijo Gubber—. Lo recuerdo. Dijiste que había algo raro en la lista de
cerebros…
—Y lo dijo delante de Tonya, Gubber y Ariel —dijo Kresh—. Ariel descubrió
que repasaría los números de serie de la prueba y que así sabría que la unidad de
control había sido destruida en vez de serlo ella. Así que esperó en el laboratorio de
Gubber mientras usted discutía con la señora Welton, sabiendo que regresaría allí
cuando la discusión hubiera terminado. Entonces hizo exactamente lo que había
planeado: le golpeó la cabeza de forma perfectamente calculada para producir
amnesia. Ese fue mi otro gran error. Supuse que el atacante pretendía matarla, aunque
tuvo que saber que permaneció con vida después del ataque. Si hubiera intentado
asesinarla, no podría haber sido un robot Sin Ley, porque no se habría marchado con
el trabajo a medio hacer.
—¿Entonces por qué cree que lo hice? —preguntó Ariel.
—Te he ordenado que te callaras —dijo Kresh bruscamente—. De repente ya no
simulas tan bien las Tres Leyes. No querías que muriera. Querías que olvidara el
inventario. Y eso lo hiciste perfectamente. Los robots médicos dicen que es muy
improbable que la doctora Leving llegue a recordar jamás los sucesos de esa noche.
—¿Pero por qué no quería matarme? —preguntó Fredda.
—Porque si murieras, el Proyecto Limbo se acabaría —dijo Tonya Welton, con
voz súbitamente átona y fría—. Empiezo a ver la lógica. Sin Fredda Leving para
impulsar los robots de nuevas leyes, Limbo se vendría abajo. Eso sería inevitable en
el revuelo político posterior a tu asesinato. Piensa lo mala que ha sido la situación, a
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pesar de que estás viva. Si te hubiera matado, es casi seguro que habrían expulsado a
todos los colonos del planeta. Y yo no me habría llevado a Ariel conmigo si me
hubieran deportado.
Tonya Welton, con el rostro ceniciento, avanzó un cauteloso paso y miró a Ariel.
—Lo que me está diciendo, sheriff, es que he pasado días y noches con una robot
potencialmente homicida que fingía ser una acompañante servicial. —Tonya miró a
Ariel directamente a los ojos—. ¿Es así? —preguntó con un extraño temblor en su
voz.
—Sí, señora. Me temo que así es.
—Y estuviste allí —dijo Tonya a Ariel—, día tras día, escuchando todos mis
secretos, noche tras noche observando… ¡observándolo todo! ¡Confié en ti! —Tonya
miró a Gubber, que parecía tan aterrado como ella. Señaló a Ariel, y luego se volvió
hacia el sheriff—. Esta, esta cosa podría haberme matado en cualquier momento.
Entonces, de repente, Tonya se echó a reír, una carcajada llena de pánico que
contenía tanto horror como humor.
—Por las estrellas del cielo, por primera vez en mi vida comprendo por qué
necesitan ustedes las Tres leyes.
—Mejor tarde que nunca, señora Welton —dijo Kresh—. Pero volviendo al
asunto que nos ocupa, si se hubiera marchado dejando a Ariel, eso la habría
convertido en un robot sin formación, cargando el estigma de haber sido poseído por
un colono. Además, habría tenido que pasar el resto de su existencia rodeada de
espaciales que probablemente detectarían cualquier error que cometiera al imitar las
Tres leyes. Era buena, pero no perfecta, doctora Leving. Extendió la mano hacia su
hombro herido cuando la llevó a sitio seguro durante el tumulto del auditorio. —
Kresh sacudió la cabeza—. Habría cometido un error que alguien habría podido
detectar, o habría sido declarada propiedad abandonada y destruida. De una forma u
otra, habría acabado convertida en chatarra.
—¿Pero qué hay de Calibán? —Inquirió Gubber—. Estaba conectado cuando
entré en la habitación.
—Ariel lo hizo para complicar la investigación —dijo Donald—. Pero cometió
errores al inculparlo. Se pintó el brazo de rojo antes de golpear a la doctora Leving,
sin advertir que el color rojo de Calibán estaba integrado en sus paneles corporales.
Tuvo que advertir su error cuando la pintura no se pegó a su propio cuerpo. —Se
volvió hacia Ariel—. Debiste pasar un momento terrible al darte cuenta de que no
tenías necesidad de lavarte el brazo.
—Lo que explica otro misterio —intervino Kresh—. Nuestro sospechoso tenía
que ser capaz de simular con exactitud la conducta de un robot, aunque sabía muy
poco sobre la construcción de los mismos. Esa descripción coincide claramente con
Ariel. Cuando terminó de pintarse el brazo, esperó a Fredda Leving, la golpeó en la
cabeza y conectó a Calibán. O bien descubrió que era un Sin Ley al comprobar los
registros aquí y allá, o lo advirtió en su número de serie, o se enteró de algo en una
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visita previa. Su gente no se preocupa mucho por la seguridad. Tal vez simplemente
lo supuso. La misma marca, el mismo modelo, recibiendo atención especial. Tal vez
oyó cómo le decían a Gubber que no probara las funciones cognitivas. Eso habría
sido una pista importante. Luego todo lo que tuvo que hacer fue robar la libreta con el
inventario. No podía dejarla en el laboratorio, sabiendo que lo consideraríamos una
prueba y la estudiaríamos tarde o temprano. —Hizo un gesto con el arma, sin dejar de
apuntar al pecho de la robot—. ¿Qué te parece, Ariel? Con todo el tiempo libre que te
dejó la señora Welton, ¿tuviste oportunidad de alterar las copias de seguridad? ¿O
todavía estás esperando tu momento?
»Sólo hay una pregunta que he dejado para ti, Ariel. Las pisadas. ¿Dejaste las
tuyas por accidente, o advertiste que Calibán dejaría su propio conjunto de pisadas
idénticas y nos confundiría por completo? ¿Dime, las dejaste deliberadamente?
Ariel no habló, ni se movió.
—Supongo que en realidad no importa. Oh, por cierto, mis disculpas, doctora
Leving, por haberla asustado de esa forma hace un momento, pero era necesario.
Teníamos que saber con seguridad que Ariel no tenía la Primera Ley. Pero ahora
espero que sepa dónde están los interruptores adecuados. Si pudiera acercarse a Ariel
y desactivarla…
Pero entonces Ariel echó a correr, dirigiéndose hacia el coche aéreo de Fredda.
Kresh se volvió, alzó su pistola con mucho cuidado, y disparó una sola vez.
Ariel cayó al suelo, con un hermoso agujero en su torso.
—Y esto también era necesario —susurró Kresh.
No fue hasta poco después, cuando el equipo forense llegó para recoger a Ariel
para examinarla y Gubber Anshaw y Tonya Welton regresaron en su coche aéreo
mientras que Jomaine Terach aceptaba la invitación de Abell Harcourt para tomar un
trago, que Fredda Leving pareció recordar algo. A Calibán le parecía extraño estar
con ella, su creadora, la mujer que había decidido que el universo necesitaba un ser
como él.
—Calibán —dijo ella—. Ven conmigo.
Pero Calibán no se movió. Simplemente, la miró con su ojo bueno.
Fredda lo miró, confundida. Entonces su rostro se despejó.
—Oh —dijo—. Por supuesto. Calibán, ¿quieres por favor venir conmigo?
—Desde luego —respondió Calibán. Era, después de todo, una cuestión de
principios y de no sentar precedentes. Dio un paso hacia ella y la siguió.
Fredda asintió pensativamente.
—Un robot que sólo hace lo que quiere —dijo—. Eso sí que va a ser interesante.
Los dos se acercaron al lugar en donde charlaban el sheriff Kresh y Donald.
—¡Sheriff! —llamó Fredda.
Kresh alzó la cabeza, y Donald se volvió también a mirarlos.
—¿Sí, doctora Leving? ¿Qué ocurre? —dijo el sheriff.
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Fredda tendió el papel que había sujetado en la mano todo el tiempo.
—Mi permiso, autorizándome a poseer un robot Sin Ley.
Calibán vio cómo Alvar Kresh la observaba sin moverse durante cinco o diez
segundos. Este era el hombre, el terrible sheriff que lo había perseguido por todo lo
largo y ancho de Hades. Calibán no esperaba que los límites jurisdiccionales o el
papel detuvieran a Alvar Kresh si se empeñaba en lo contrario. Este era el hombre
que acababa de destruir a Ariel con sólo mover un dedo, y nadie lo había desafiado.
Calibán sintió una poderosa necesidad de volverse, de correr, de escapar de aquel
hombre y sobrevivir. Pero no. Ariel lo había intentado, y había acabado con un
agujero del tamaño de un puño en el torso. Sólo si este hombre aceptaba su derecho
de sobrevivir tendría esperanza de ver el final de ese día.
Calibán miró al sheriff, y Kresh le devolvió la mirada. Los dos, hombre y robot,
policía y fugitivo, se observaron largamente.
—Nos has hecho sudar lo nuestro, amigo —dijo el sheriff.
—Y su persecución ha sido impresionante, señor. Apenas sobreviví.
Los dos permanecieron allí, mirándose, silenciosos e inmóviles. Por fin, el sheriff
cogió el papel de la doctora Leving. Y se lo tendió a Donald, todavía sin dejar de
observar a Calibán.
—¿Qué te parece, Donald?
El pequeño robot azul cogió el documento y lo examinó con atención.
—Es un auténtico documento gubernamental, y esto parece la firma del
gobernador Grieg. El texto contiene en efecto una autorización descrita. Sin embargo,
señor, puede debatirse si este documento tiene fuerza de ley, o si el gobernador tiene
poderes para extender este tipo de autorizaciones. A la vista del peligro que
representa un robot Sin Ley, sugiero que lo desafíe.
—Nos ha hecho sudar lo nuestro —repitió Kresh, a nadie en particular. Todavía
miraba al ojo bueno de Calibán. Cogió el papel y se lo devolvió a Fredda Leving—.
¿Desafiarlo, Donald? —pregunto—. No veo por qué. Me parece legal.
El sheriff Kresh, del condado y la ciudad de Hades, saludó con un movimiento de
cabeza a Calibán, a la doctora Leving, y luego se dio la vuelta.
—Vamos, Donald —dijo—. Regresemos a casa.
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EPÍLOGO
Se había acabado. Estaba a punto de empezar. Limbo esperaba. Limbo y el rescate de
aquel mundo. Fredda Leving sonrió mientras se inclinaba hacia Calibán y colocaba el
ojo de repuesto en su sitio. El ojo se iluminó con el mismo azul intenso que su pareja.
—Ya está —dijo—. Ahora echemos un vistazo a ese brazo estropeado tuyo.
—Gracias por su ayuda, doctora Leving. Se coloca en una situación muy grave
por mí. Tengo la sensación de que le debo mucho.
—¿Sí? —dijo ella, riendo—. Eso es muy interesante. Me parece que ya has
integrado tu propia Tercera Ley de auto conservación. Tal vez esa sensación de deuda
marque el principio de la integración de tu Segunda Ley. Me pregunto cuál será. —Le
cogió el brazo y lo guio hasta colocarlo recto. Usó una pequeña herramienta que
zumbó levemente, y la coraza exterior del brazo se abrió—. No es demasiado grave
—dijo, ausente, echando un vistazo a los mecanismos dañados—. Mientras
esperamos a que esa Segunda Ley arraigue, ¿puedo sugerirte un modo de pagar esa
deuda?
—¿Cómo?
Ella miró aquellos ardientes ojos azules.
—Ven conmigo —dijo—. Ven a Limbo. Esta ciudad no es lugar para ti. No creo
que aquí te sientas jamás cómodo y seguro. —Calibán reflexionó sobre ese punto.
—No, es cierto. No creo que llegue a ser feliz en Hades. ¿Pero qué haré en
Limbo? ¿Para qué serviré?
Fredda volvió a reírse.
—Sí, desde luego estás desarrollando un sentido del deber aparte del yo. Me
muero de ganas por ver qué sucederá a continuación. —Pero entonces su voz se hizo
seria—. Serás de gran utilidad en Limbo, Calibán. Tienes una mente de primera, y tu
punto de vista es único. Los robots de Tres Leyes, los de Nuevas Leyes, colonos,
espaciales… todos tenemos nuestros puntos ciegos. Tú podrás ver las cosas como
nadie más puede verlas.
»Únete a nosotros, Calibán. Ven conmigo a la ciudad de Limbo, en la isla de
Purgatorio, y ayúdanos a impedir que este planeta se vaya al infierno.
El robot Calibán miró a los ojos de su creadora, y asintió.
—Doctora Leving —dijo—. No se me ocurre un lugar mejor adonde ir.
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ROGER MACBRIDE ALLEN (Bridgeport, Connecticut, 26 de septiembre de 1957)
es un autor de ciencia ficción estadounidense. Creció en Washington D. C. donde se
graduó en la Universidad de Boston en 1979. Su padre es el historiador y escritor
estadounidense Thomas B. Allen.
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