Genealogía de la Máscara Mortuoria
Genealogía de la Máscara Mortuoria
Directores:
Josep Casals Navas
José Enrique Monterde Lozoya (tutor)
2016
Índice
Agradecimientos..................................................................................................... 9
Presentación y objetivos.................................................................................... 15
Estado de la cuestión.......................................................................................... 31
Marco teórico...................................................................................................... 41
siva desde un punto de vista externo, lo cierto es que considero que es importante
también compartir y hacer públicos aquellos agradecimientos dirigidos a las perso-
nas que, de un modo u otro, me han acompañado en este viaje.
Aquella etapa me preparó para dar el salto que, desde la perspectiva de una ciudad
pequeña, se antojaba difícil. La posibilidad de cursar el máster en la Universidad
de Barcelona suponía la confirmación de un proyecto que empezaba a tomar cierta
forma, aunque aún fuera borrosa. El apoyo personal e intelectual de Blanca Ga-
rralda, siempre ansiosa por aprender, vivir y crecer, fue el puntal necesario con el
que avanzar cuando todo parecía estar cuesta arriba. Los dos años del máster me
permitieron iniciar un giro de 180 grados con respecto a lo que venía haciendo (cen-
trado en los estudios iconográficos) del que, muy probablemente, todavía me que-
dan muchos grados por virar. Debo dirigir un agradecimiento especial al profesor
Sureda quien, empeñado en que nos atreviéramos a investigar temáticas que nada
tenían que ver con lo que estábamos trabajando –quienes ya teníamos un tema
de investigación–, me permitió desembarazarme de ciertos condicionamientos que
arrastraba (sin saberlo) y que me impedían avanzar. Esta apertura de horizontes
supuso el inicio de la etapa que daría lugar a la tesis doctoral. No puedo olvidarme
de Marta Piñol, con quien compartí alrededor de innumerables cafés en la “sede”
todo este proceso de cambios en el que estaba inmerso y quien aguantó con in-
usitada paciencia una mezcla imposible de dudas, proyectos, ambiciones, frustra-
ciones… Además, y a buen seguro, esta tesis nunca hubiera visto la luz si no fuera
por su apoyo inquebrantable con los papeleos interminables que acompañan a una
tesis doctoral y que, viviendo al otro lado del Atlántico, era imposible cumplimentar.
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Agradecimientos
Después de todo este recorrido, los agradecimientos finales, como no puede ser
de otro modo, están reservados a los directores de la tesis. A Josep Casals le debo
el haberme abierto a un nuevo campo de estudio amplísimo e inabarcable, pero
fascinante y pertinente. Pero, por encima de todo, le agradezco el haber sabido
transmitirme con la palabra y con su ejemplo la necesidad de trabajar desde el
compromiso intelectual, sin posibilidad para los atajos. Siento, no obstante, que
aún me queda mucho camino por recorrer y que esta tesis no es más que un primer
jalón necesario, pero el método de trabajo será, desde ya, innegociable. A José
Enrique Monterde, otro ejemplo excepcional de rigor y excelencia, le agradezco
enormemente su generosidad y confianza depositada en esta tesis y las facilidades
que siempre me ha prestado a pesar de las complicaciones derivadas de la dis-
tancia. Sin la ayuda de ambos esta tesis muy probablemente hubiera naufragado
o habría resultado mucho menos interesante. Por último, me reservo una mención
especial a Isabel Mellén. Las conversaciones siempre inspiradoras, sus dudas, su
curiosidad insaciable, me han hecho reflexionar mucho sobre los aspectos más
importantes que componen la tesis y, sin duda alguna, ella tiene buena culpa de los
aciertos que ésta pueda presentar. Creo que, finalmente, también es justo acordar-
me de quienes me han acompañado y me han apoyado más allá de lo académico.
Todos ellos lo saben de sobra, por lo que no será necesario nombrarlos (y con ello,
además, evito las posibles lagunas de mi errática memoria).
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La cuestión de las imágenes demuele las fronteras que delimitan las épocas y las culturas,
pues sólo se puede encontrar respuestas más allá de esas fronteras.
Lo que vemos no vale -no vive- a nuestros ojos más que por lo que nos mira.
El sábado 6 de mayo de 1950, los hermanos Viggo y Emil Højgaard, junto a la es-
posa de este último, Grethe Højgaard, encontraron cerca de la localidad danesa de
Silkeborg un extraño cuerpo flotando en una turbera pantanosa de carbón sobre
la que se encontraban trabajando. El lunes a primera hora los tres familiares aler-
taron a la policía del hallazgo pensando que estaría relacionado con un asesinato
que había ocurrido unos días antes. El aparente buen estado de conservación que
presentaba aquel cadáver hizo que los carboneros pensaran que la muerte había
sido reciente. Cuando se presentaron las autoridades, pronto advirtieron que el ha-
llazgo era de otra naturaleza y llamaron a los responsables del Museo de Silkeborg
para que analizaran el caso. Dado que el cuerpo tenía una cuerda alrededor del
cuello, se trasladó al hospital Bispebjerg de Copenhague para que se le realizara
un examen forense.
Tras unos primeros análisis, los especialistas advirtieron que el caso era particu-
larmente raro y que el hombre que yacía desnudo y con signos de ahorcamiento
no era de esta época sino de la Edad de Hierro, aproximadamente del siglo III
a.C. La noticia del suceso se extendió rápidamente por todo el mundo y se sumó
así a la larga lista de momias halladas en similares circunstancias. Sin embargo,
el llamado hombre de Tollund, destacó por un motivo singular: su rostro estaba
perfectamente conservado y se podía apreciar con nitidez cada una de las arrugas
y características faciales (fig. 1). Mirar al hombre de Tollund era como mirar, cara
a cara, a un hombre del pasado. Permitía así satisfacer el viejo anhelo de saber
cómo eran realmente los hombres y las mujeres de tiempos tan lejanos.
Esta investigación busca ocuparse de unas piezas singulares que guardan estrecha
relación con el caso relatado: las máscaras mortuorias. Desde al menos el período
amarniense del antiguo Egipto (sigo XIV a.C.) se conoce la técnica de moldeado del
rostro, la cual permite obtener una copia exacta y precisa de la apariencia externa del
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Gorka López de Munain
Durante la Antigüedad romana existía una sólida tradición funeraria de extraer una
máscara mortuoria del difunto (imagines maiorum) y conservarla, debidamente
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Presentación y objetivos
1 H. Slim, “Masques mortuaires d’El-Jem (Thysdrus)”, Antiquités africaines, vol. 10, 1, 1976, p. 81.
2 A este curioso análisis se sumaron las opiniones de antropólogos y doctores que hicieron des-
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Gorka López de Munain
Las máscaras mortuorias irán por tanto basculando a lo largo de la historia entre
un uso más o menos práctico y un uso ritual, que se verá inevitablemente condi-
cionado por el extraño influjo que ejerce su poder de presencia. En los relatos del
antropólogo Nigel Barley sobre sus viajes alrededor del mundo leemos múltiples
casos en los que, con reacciones y prácticas muy diversas, las personas hacen
uso de todo tipo de objetos como elementos sustitutivos en el momento de la
muerte de un familiar3. Y es que es precisamente en la muerte –en la ausencia por
antonomasia– donde encontramos el inicio de esa urdimbre que mueve la creen-
cia en la presencia. Como veremos a lo largo de la investigación –y al contrario de
lo que pudiera parecer–, la semejanza no es una condición necesaria para activar
dicha presencia4. Ante la desaparición de alguien cercano, no son sólo aquellos
objetos semejantes –fotografías, retratos, máscaras...– los que construyen una
presencia; también los enseres personales –desde un recuerdo personal hasta
el objeto más insospechado– la activan de un modo que en ocasiones puede ser
incluso más eficaz5.
Vemos poco a poco cómo se va desplegando esta red de conexiones que tiene a
la imagen y a la muerte como protagonistas principales; red que se extiende en un
abanico espacio-temporal extenso, por lo que para nuestra investigación necesita-
remos precisar algunas acotaciones en este sentido –si bien éstas serán generales,
abiertas e intencionadamente porosas–. A grandes rasgos, podemos apuntar que el
espacio geográfico prioritario será el ocupado por Europa occidental y los países de
la cuenca del Mediterráneo –sin olvidarnos de otros vastos territorios como la actual
Rusia o los Estados Unidos, donde las máscaras mortuorias tuvieron una presencia
muy relevante–. Este amplio territorio discurrirá en un eje temporal no menos ge-
neroso que nos llevará desde el neolítico pre-cerámico (aproximadamente el 9000
a.C.) hasta prácticamente nuestros días. Desarrollar la investigación dentro de se-
mejantes dimensiones no es algo gratuito o fruto de una ambición desmedida y
poco calculada, sino que responde a un motivo que es importante puntualizar.
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Presentación y objetivos
Si [la investigación] se limita a una cronología demasiado breve, incluso aunque ésta parezca
ya larga a los ojos del método histórico clásico, corre el riesgo de atribuir caracteres originales
de época a fenómenos que son en realidad mucho más antiguos (…). Los errores que no
pueden dejar de cometerse son menos graves que los anacronismos de comprensión a los
que lo expone una cronología demasiado breve7.
Los objetos que nos interesa analizar han podido ser millones y, sin embargo, hoy tan
sólo contamos con un número muy limitado de ejemplos dispersos, además de algu-
nos textos poco clarificadores. Nos encontramos, pues, ante un archivo desvencijado
en el que cualquier intento de reconstrucción histórica carecería por completo de sen-
tido. Tomando como muestra el citado ejemplo de uso de las máscaras mortuorias
en época romana, sabemos por las fuentes conservadas que debieron existir miles;
sin embargo, contamos con tan pocos ejemplares que resulta completamente impo-
sible acometer un trabajo de historización fiable. Algo parecido podemos decir de los
períodos que nos llevan al siglo XIX, momento en el que el fenómeno adquiere unos
tintes diferentes y conservamos un buen número de piezas y referencias documenta-
les. ¿Qué hacemos por tanto?, ¿obviar el pasado e iniciar el estudio desde la franja
espacio-temporal en la que contamos con ejemplares suficientes?, ¿emplear dicho
pasado inestable como antecedente, conscientes de su inconsistencia? En vez de
eso, proponemos un estudio transversal que nos permita trazar un atlas imaginario
de temporalidades heterogéneas a partir del cual comenzar a extraer conclusiones.
Será así como, a través de lo que Georges Didi-Huberman ha denominado “conoci-
miento por montaje”, podremos establecer conexiones, vínculos e interpretaciones
que resultarían impensables de hacerse bajo una mirada exclusivamente diacrónica.
6 P. Ariès, Historia de la muerte en Occidente. Desde la Edad Media hasta nuestros días, Acan-
tilado, Barcelona, 2000, p. 16.
7 Ibid., 16-17.
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Gorka López de Munain
los materiales no se disponen en la forma de (una) historia, sino acaso sólo a la manera
de fragmentos, que dinámicamente son poseídos de una fuerza imán que los une
momentáneamente en una constelación, en la que doy por un momento cuenta cartográfica
de lo que es su difícil heterotopía (sobre todo a partir de los aparatos críticos que le otorgan
certeza, credibilidad). Son en todo momento las imágenes las que han determinado por sí
mismas la clase de vínculos y affinitas, en nombre de la que comparecen unidas a otras
imágenes, y luego también a otros múltiples contextos8.
Debemos ser nosotros, pues, quienes fomentemos esa fuerza imán generadora
de constelaciones nuevas e imaginarias entre las piezas seleccionadas en nuestro
particular atlas. Aquí, el historiador o genealogista no podrá evitar la mancha de
subjetividad que deja su paso en el texto o en la investigación, y deberá ser cons-
ciente de su propio constructo historiográfico.
Las imágenes, las representaciones con las que se han relacionado las personas
a lo largo de su vida, trazan en su devenir histórico un tejido complejo del que hoy
sólo podemos rescatar jirones a partir de los cuales construir una nueva red de
significaciones (el historiador, como decía Benjamin, no sería más que un simple
trapero). Asimismo, es importante observar que este archivo de jirones carece de
un origen preciso a partir del cual trazar las líneas genealógicas como si de un es-
quema arbóreo se tratara. Agamben apunta, siguiendo a Kant en su Lógica, que “la
arqueología es, en este sentido, una ciencia de las ruinas, una ‘ruinología’”9, la cual
evidencia un origen inaccesible cubierto de cascotes10. A este respecto, Foucault
nos ha dejado unas palabras de gran valor en su obra sobre Nietzsche:
¿Por qué Nietzsche genealogista rechaza, al menos en ciertas ocasiones, la búsqueda del
origen (Ursprung)? Porque en primer lugar uno se esfuerza en recoger la esencia exacta de
la cosa, su posibilidad más pura, su identidad cuidadosamente replegada sobre sí misma,
su forma inmóvil y anterior a lo que es externo, accidental y sucesivo. Buscar tal origen es
tratar de encontrar “lo que ya existía”, el “eso mismo” de una imagen exactamente adecuada
8 F. R. de la Flor, De Cristo. Dos fantasías iconológicas, Abada Editores, Madrid, 2011, p. 13.
9 G. Agamben, Signatura rerum. Sobre el método, Anagrama, Barcelona, 2010, p. 111.
10 Hablar del origen presenta dificultades, ya que los autores se muestran en ocasiones contra-
dictorios (incluso con ellos mismos). Agamben comenta al respecto del ensayo de Foucault
sobre Nietzsche que su estrategia se ve rápidamente: “se trata de hacer jugar la genealogía,
cuyo modelo Foucault rastrea en Nietzsche, contra toda búsqueda de un origen” Cfr. Agamben,
Siganatura Rerum, 111. Efectivamente Foucault sigue esta línea, pero matizando que Nietzsche
emplea al menos dos usos de la palabra Ursprung (para nosotros, simplemente origen), ver:
M. Foucault, Nietzsche, la genealogía, la historia, Pre-Textos, Valencia, 2008, pp. 13-16. Sin
embargo, Deleuze no se muestra tan categórico como Agamben y pone en consideración la re-
lación dialéctica entre la genealogía y origen: “Genealogía quiere decir a la vez valor del origen
y origen de los valores. (…) Genealogía quiere decir pues origen o nacimiento, pero también
diferencia y distancia en el origen”. G. Deleuze, Nietzsche y la filosofía, Anagrama, Barcelona,
2000, p. 9.
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Presentación y objetivos
a sí misma; tener por adventicias todas las peripecias que han podido suceder, todas las
astucias y todos los disfraces; comprometerse a quitar todas las máscaras para desvelar al
fin una identidad primera. Ahora bien, si el genealogista se toma la molestia de escuchar la
historia más bien que añadir fe a la metafísica, ¿qué descubre? Que detrás de las cosas hay
“otra cosa bien distinta”: no su secreto esencial y sin fecha, sino el secreto de que no tienen
esencia, o de que su esencia fue construida pieza a pieza, a partir de figuras extrañas a ella.
¿La razón? Que ha nacido de una forma del todo “razonable”, –del azar–11.
El origen, aun siendo una categoría plenamente histórica, no tiene nada que ver con la
génesis. Por “origen” no se entiende el llegar a ser de lo que ha surgido, sino lo que está
surgiendo de llegar a ser y del pasar. El origen se localiza en el flujo del devenir como un
remolino que engulle en su ritmo el material relativo a la génesis13.
El recurrir a la genealogía como vía para estudiar estas huellas del rostro se jus-
tifica por tratarse de artefactos que escapan, como ya se ha dicho, a cualquier in-
tento de historización convencional. Bajo estas premisas, imágenes de naturalezas
diversas se relacionarán entre sí, en el marco de una temporalidad heterogénea,
formando constelaciones de sentido únicas; historiando, como diríra Benjamin, el
“flujo del devenir como un remolino”. Unas manos en negativo pintadas en una cue-
va del paleolítico nos llegan como testimonios mudos, silenciosos, que esconden
un significado indescifrable; sin embargo, no podemos evitar que nos interpelen,
que nos sintamos interrogados, pues éstas se encuentran aquí, inevitablemente,
21
Gorka López de Munain
Fig. 4. Izquierda: Fotografía de un exvoto de cera, Museo etnografico siciliano Giuseppe Pi-
trè, Palermo; centro: Exvoto de mano, sala de exvotos de la Santa Cueva, Montserrat, 2011;
derecha: manos pintadas en la cueva de El Castillo, Cantabria.
22
Presentación y objetivos
Siguiendo con el ejemplo de las manos pintadas en las cavernas, nos topamos
con una deriva rizomática (y anacrónica) de la mano como huella en la sala de los
exvotos de la “Santa Cueva” del monasterio de Montserrat. Allí, colgada con una
chincheta, una niña llamada Elsa Ramos dejó a la Virgen un exvoto muy singular
y sencillo en su factura: la huella de su mano dibujada con un bolígrafo sobre un
simple papel. Inmediatamente, todo un entramado de conexiones se nos dispara,
uniendo esta modesta ofrenda con las manos de los pobladores de las cuevas en
los tiempos del Paleolítico antes mencionadas o con las manos de cera que abarro-
taban los altares de las iglesias (fig. 4).
18 El rizoma sigue un principio de ruptura asignificante que va “contra los cortes demasiado sig-
nificantes que separan las estructuras, o atraviesan una. Un rizoma puede ser roto, quebrado
en cualquier parte, él se recupera según tal o cual de sus líneas y siguiendo otras líneas. No
podemos terminar con las hormigas, porque forman un rizoma animal en el que la mayor parte
puede ser destruida sin que por esto deje de reconstruirse”. Ibid., 23.
23
Gorka López de Munain
24
Presentación y objetivos
de presencia. Por otro lado, sabemos que las máscaras mortuorias han sido em-
pleadas de manera más o menos continuada durante más de treinta y cinco siglos,
por lo que tenemos un campo de acción magnífico para estudiar su impacto en la
práctica de la representación semejante. Partiremos de la hipótesis de que las más-
caras mortuorias han jugado un papel central que va más allá del mero recurso téc-
nico; cuál es este papel concreto, cuál es el impacto específico que la historiografía
artística ha tendido a arrinconar, es algo que tendremos ocasión de desarrollar a
lo largo del estudio. Por último, la tercera de las hipótesis que guiarán el trabajo
plantea la consideración de los siglos XVIII y XIX como el momento histórico en el
que se produce la definitiva consideración de la máscara mortuoria como objeto
autónomo (proceso que contará con importantes antecedentes).
Para poder llevar a cabo los objetivos anteriormente expuestos, orientados bajo la
guía de las hipótesis enunciadas, la investigación se ha dividido en dos grandes
bloques. Antes de iniciar su desarrollo, realizaremos el necesario estado de la cues-
tión para conocer cuáles han sido las investigaciones que nos han precedido y de
qué manera se ha abordado el estudio de las máscaras mortuorias hasta nuestros
días. Después del estado de la cuestión, presentaremos el marco teórico sobre el
que discurrirán nuestros argumentos y, con ello, estaremos en disposición de iniciar
los apartados que integran los dos bloques del estudio.
25
Gorka López de Munain
26
Presentación y objetivos
esta investigación frente a esta idea de presencia en las imágenes. Las siguientes
páginas estarán dedicadas a diferentes casos y ejemplos de análisis específica-
mente seleccionados para delimitar los bordes de lo que llamamos “imagen habi-
tada” o “imagen daimónica”. Si bien algunos de ellos no guardan relación directa
con las máscaras mortuorias, su elección se justifica por ser casos generales que
permitirán una aplicación posterior en el objeto de estudio concreto.
Con estos tres primeros apartados abordados, que en suma forman el primer gran
bloque teórico, tenemos el terreno preparado para acometer el estudio del segundo
bloque, titulado “Una genealogía de la máscara mortuoria”. Iniciaremos el camino
definiendo nuestra manera de “pensar la historia como una sucesión de constela-
ciones” e, inmediatamente, acometeremos la primera de ellas: analizar los diálogos
que aparecen entre las nociones de rostro, máscara y muerte. Para ello nos remon-
taremos a los casos más antiguos del Neolítico, donde se encuentran los primeros
intentos de plasmar un rostro en imagen, así como las primeras asociaciones de
las máscaras con la muerte. Este sendero desembocará en uno de los grandes
apartados de esta investigación: el estudio de las imagines maiorum o imágenes
de los antepasados, un culto de época romana en el que las máscaras mortuorias
serán las auténticas protagonistas. Fieles a la búsqueda de supervivencias, vere-
mos cómo este culto reverdece en el Renacimiento con unas características muy
singulares que nos posibilitarán aplicar algunas de las ideas trabajadas en el primer
bloque a propósito del Nachleben.
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Gorka López de Munain
28
Presentación y objetivos
A partir del siglo XVIII se empieza a advertir un uso distinto de las máscaras mor-
tuorias. Algunos autores, como Ernst Benkard, sostienen que es el momento en el
que éstas adquieren su definitiva independencia de los usos técnicos anteriormente
aludidos –en los que, recordemos, había importantes excepciones– para revelarse
como objetos plenamente autónomos. A juzgar por los datos que disponemos, el
abanico temporal que se abre desde mediados del XVIII hasta principio del XX tal
vez sea el momento histórico en el que se producirán más máscaras mortuorias
(fig. 5). Éstas tomarán un protagonismo sorprendente ocupando noticias y titulares
en los periódicos, desatando intensas polémicas, animando a ávidos coleccionistas
y entrando en los museos más importantes del momento. Después llegará un largo
olvido que cubrirá con un manto negro su pasado fulgor; sombra que veremos ex-
tenderse hasta nuestros días.
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Estado de la cuestión
Como avanzábamos unas líneas más arriba, el estudio de las máscaras mortuorias
ha sido un tema, en general, escasamente trabajado desde la Historia del Arte o
disciplinas afines (Historia, Antropología, Filosofía, etc.)1. Sin embargo, reciente-
mente se está viendo una revalorización interesante por parte de algunos pensado-
res e historiadores del arte destacados. Tradicionalmente, las máscaras mortuorias
han sido consideradas objetos inclasificables, cercanos a lo morboso, algo menor
o casi kitsch, y por tanto rara vez han salido de los sótanos de los museos o de las
casas de coleccionistas de cosas insólitas. Esta situación ha hecho que no hayan
sido apenas atendidas por parte de los investigadores y que, por ello, tengamos
que partir, como veremos, de una situación difícil por la falta de estudios sólidos en
los que apoyarnos2.
Iniciando este repaso en sentido cronológico, encontramos que uno de los primeros
en indagar problemas relativos a obras obtenidas mediante la semejanza por con-
1 A título de anécdota, una rápida búsqueda en Google de las palabras “máscara mortuoria”,
“death mask”, “totenmaske” o “masque mortuaire” devuelve gran cantidad de resultados (en
inglés salen alrededor de 8.680.000) que, a priori, parece dibujar una perspectiva halagüeña.
Sin embargo, pronto empezamos a comprobar cómo el contenido de la mayoría de resultados
se repite una y otra vez y, de las cantidades ingentes de páginas y entradas dedicadas al simple
morbo de ver el rostro muerto de celebridades del pasado –casi siempre las mismas–, resulta
complicado rescatar algo de información válida. Esta misma sensación de vacío se siente al
comenzar a indagar más a fondo en repositorios y bases de datos de bibliografía especializada.
Evidentemente, esta primera impresión, obtenida a partir de simples búsquedas directas, no
tiene por qué revelar por sí misma cómo será el estado de la cuestión de un tema en concreto
pero, como pudimos comprobar a lo largo de la investigación, lo cierto es que no estaba dema-
siado desencaminada.
2 Por el contrario, otras disciplinas como la medicina (y la historia de la medicina) sí han mostrado
cierto interés por las máscaras mortuorias. No obstante, es preciso advertir que las piezas que
más han interesado a estas corrientes han sido aquellas máscaras de pacientes con deformi-
dades, asesinos, etc. Véase por ejemplo: M. H. Kaufman; R. McNeil, “Death masks and life
masks at Edinburgh University”, BMJ : British Medical Journal, vol. 298, 6672, 1989.
31
Gorka López de Munain
tacto fue el historiador del arte Aby Warburg, en su estudio sobre el arte del retrato
y la burguesía florentina. En él analizaba las figuras votivas de cera que inundaban
la iglesia florentina de la Santissima Annunziata desde una perspectiva novedosa
para su tiempo3, incorporando además el concepto de supervivencia (Nachleben),
aspecto que seguiremos muy de cerca en la configuración teórica de nuestro tra-
bajo. El siguiente en detenerse a estudiar este fenómeno fue el historiador del arte
Julius Von Schlosser con su obra Geschichte der Portraitbildnerei in Wachs (‘histo-
ria del retrato en cera’), aparecida en 19114. En ella, el austríaco realiza el primer
estudio más o menos sistemático de la escultura en cera y afronta el problema del
empleo de las máscaras mortuorias en algunas obras concretas, como los retratos
en terracota italianos, logrando una obra de referencia que será cita ineludible de
cuantos acercamientos se produzcan a este singular aspecto (hoy casi olvidado) de
la retratística. En una línea diferente, el coleccionista americano Laurence Hutton
publicó en 1894 una curiosa obra sobre su propia colección de máscaras mortuo-
rias que, sin embargo, no tuvo demasiado eco en tierras europeas5. Se trata de un
catálogo ilustrado acompañado de una breve introducción de gran interés histórico,
pero que no podríamos calificarla de interés como estudio crítico del fenómeno.
3 A. Warburg, “El arte del retrato y la burguesía florentina. Domenico Ghirlandaio en Santa Tri-
nità. Los retratos de Lorenzo de Médici y su familia”, en El renacimiento del paganismo: Aporta-
ciones a la historia cultural del Renacimiento Europeo, Alianza Editorial, Madrid, 2005.
4 El artículo apareció en 1911 en el Austrian Jahrbuch (XXIX, 1910-11) y existe una versión en
francés: J. von Schlosser, Histoire du portrait en cire, Macula, París, 1997. Recientemente ha
sido traducido al inglés, incluido en la obra: J. von Schlosser, “History of Portraiture in Wax”,
en Ephemeral Bodies. Wax Sculpture and the human figure, Getty Publications, Los Angeles,
2008.
5 L. Hutton, Portraits in plaster, from the collection of Laurence Hutton, Harper & Brothers, Nue-
va York, 1894.
6 Véase por ejemplo estas dos referencias puntuales que, aun siendo poco más que una nota,
aportan datos de interés para el estudio de las máscaras mortuorias en el Renacimiento: Ma-
cLagan, Eric, “The Use of Death-Masks by Florentine Sculptors”, The Burlington Magazine,
vol. 43, 249, 1923; J. Schuyler, “Death Masks in Quattrocento Flerence”, Source. Notes in the
History of Art, vol. 5, 4, 1986.
7 E. Benkard; G. Kolbe, Das ewige Antlitz : eine Sammlung von Totenmasken, Frankfurter Ver-
lags-Anstalt, Frankfurt & Berlin, 1926.
8 E. Benkard, Undying faces. A collection of death masks with a note of Georg Kolbe, Published
32
Estado de la cuestión
portantes pensadores como Martin Heidegger o Elias Canetti9. Decía este último
que “en mi vida había visto mascarillas funerarias, eran algo totalmente nuevo para
mí. Intuí que estaba próximo al momento sobre el que menos sabía. Acepté el título
del libro que las contenía, El rostro eterno, sin reflexionar sobre él”10. Esta cita nos
demuestra que en los años veinte aquella tradición, que tanto peso había tenido en
ciertos lugares, parecía emprender el camino del olvido, pero comenzaban a surgir
estudiosos que recogían y recopilaban los primeros rastros de esta práctica. En este
sentido, el libro de Egon Friedell titulado Das letzte Gesicht, y publicado en 1929, se
enmarca en una línea semejante al de Benkard, pero con una ambición menor en lo
que a la investigación histórica se refiere11; algo parecido podemos decir de la obra
de Richard Langer titulada Totenmasken, aparecida en Leipzig en 192712.
33
Gorka López de Munain
do. La obra de Michael Hertl, titulada Totenmasken. Was vom Leben und Sterben
bleibt recopila buena parte de esta tradición en un texto accesible e introductorio,
pero muy informado14. Después de unos apartados de presentación, donde aborda
cuestiones de mayor amplitud como la muerte, las máscaras o la expresión psico-
lógica, y una panorámica general del uso de las máscaras mortuorias desde Egipto,
la segunda parte del libro analiza diferentes ejemplos relevantes como la máscara
de Martín Lutero, William Shakespeare, Jean-Paul Marat, etc., desde una perspec-
tiva atenta no tanto a la historia de las piezas en sí, sino a todo lo que éstas han
generado a lo largo del tiempo.
Por otra parte, no podemos dejar de comentar los trabajos monográficos sobre
máscaras mortuorias de personajes famosos –algunos de los cuales han sido con-
feccionados por Hertl–. Si bien la mayoría están concebidos desde marcos teóricos
muy distantes, aportan multitud de datos que serán muy relevantes para nuestra
investigación. Existen monografías de las máscaras mortuorias de Ignacio de Lo-
yola15, de Shakespeare16, de Goethe17, de Napoleón18, de Nietzsche19, etc., que
presentan exhaustivos estudios de caso. El problema es que, en términos genera-
les, en estas monografías no se suele contextualizar suficientemente el porqué de
la obtención de esas máscaras y cuáles fueron los usos que tuvieron, centrándose
casi siempre en cuestiones más de tipo documental o archivístico.
14 M. Hertl, Totenmasken. Was vom Leben und Sterben bleibt, Thorbecke, Stuttgart, 2002.
15 P. de Leturia, “La mascarilla de San Ignacio”, en Estudios Ignacianos, Institutum Historicum,
Roma, 1957 (Estudios Biográficos).
16 F. J. Pohl, “The Death-Mask”, Shakespeare Quarterly, vol. 12, 2, 1961.
17 M. Hertl, Goethe in seiner Lebendmaske, Königshausen & Neumann, Wurzburgo, 2008.
18 S. M. Watson, The story of Napoleon’s death-mask. Told from the original documents By G. L.
de St. M. Watson with illustrations, John Lane, Londres y Nueva York, 1915.
19 M. Hertl, Der Mythos Friedrich Nietzsche und seine Totenmasken: optische Manifeste seines
Kults und Bildzitate in der Kunst, Königshausen & Neumann, Wurzburgo, 2007.
20 G. Didi-Huberman, La pintura encarnada, Valencia, Pre-textos, 2007.
21 G. Didi-Huberman, “Ressemblance mythifiée et ressemblance oubliée chez Vasari: la légende
du portrait sur le vif”, Mélanges de l’Ecole française de Rome. Italie et Méditerranée, vol. 2, 106,
1994.
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Estado de la cuestión
22 G. Didi-Huberman, Ante el tiempo: historia del arte y anacronismo de las imágenes, Adriana
Hidalgo Editora, Buenos Aires, 2008.
23 G. Didi-Huberman, L’empreinte, Centre Georges Pompidou, Paris, 1997.
24 G. Didi-Huberman, La ressemblance par contact: archéologie, anachronisme et modernité de
l’empreinte, Éditions de Minuit, Paris, 2008.
25 M. Pointon, “Casts, Imprints, and the Deathliness of Things: Artifacts at the Edge”, The Art
Bulletin, vol. 96, 2, 2014.
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Gorka López de Munain
Por cerrar este breve recorrido a las exposiciones más relevantes sobre esta temá-
tica, y sin salirnos del mismo museo de París, entre el 5 de marzo y el 26 de mayo
del 2002 se desarrolló la muestra Le dernier portrait (‘El último retrato’), comisaria-
da por Emmanuelle Héran. El catálogo que se publicó con motivo del evento recoge
importantes aportaciones de historiadores del arte que en su mayoría se centran
en aspectos conectados con los diversos usos que han tenido las máscaras mor-
tuorias a lo largo del tiempo (con especial atención al siglo XIX). Salvo el apartado
de Héran, titulado Le dernier portrait ou la belle mort, extenso y lleno de aportacio-
nes relevantes, el resto son en su mayor parte estudios breves que presentan la
problemática sin abordarla en profundidad, pero constituyen en suma un punto de
partida fundamental y juegan un rol determinante en el análisis de estas singulares
piezas ya que, en el momento de publicarse la obra, eran muy pocos los estudios
disponibles sobre la materia.
36
Estado de la cuestión
Dentro de esta relación entre imagen y muerte, contamos con un corpus bibliográfi-
co sólido que además se expande por diferentes disciplinas. Desde una postura an-
tropológica, debemos considerar el libro clásico de Vincent Thomas, Antropologie
37
Gorka López de Munain
38
Estado de la cuestión
apenas contamos con libros o artículos de referencia que trabajen de manera direc-
ta las máscaras mortuorias. Sin embargo, entrados en el siglo XXI, las aportaciones
de autores como Nancy, Pointon, Olariu o Hertl, sumadas a las valiosas reflexiones
de Didi-Huberman en torno a la temática de la huella, el contacto, etc., marcan la
llegada de una recuperación del interés por las máscaras mortuorias que aún resul-
ta aventurado confirmar, pero cuyas líneas generales pueden empezar a advertirse
de manera cada vez más nítida. Con todo, si comparamos esta situación con otros
grandes temas afines (como puede ser el retrato, tanto pictórico como escultórico),
cuyas producciones bibliográficas asociadas son hoy día casi inabarcables, debe-
mos apuntar que es muy poco lo que se ha dicho y mucho el camino que queda to-
davía por recorrer hasta lograr dibujar un marco de conocimiento lo suficientemente
amplio como para derivar, a partir de él, estudios de caso más específicos y profun-
dos. Todo ello refuerza nuestra voluntad (y confirma la necesidad) de emprender
una investigación de amplios márgenes, que conciba el fenómeno desde una óptica
teórica y que no escatime en aperturas espaciotemporales; sólo así podremos dar
sentido a uno de los objetivos principales de esta investigación: aportar una primera
teoría de las máscaras mortuorias que pueda ser útil como punto de partida para
futuras investigaciones.
39
Marco teórico
41
Gorka López de Munain
a la linealidad que éste parece definir; éstas viajan por el tiempo (los tiempos) de
un modo que intenta eludir, casi siempre, el acto de historiar. La historia del arte,
la historia de las imágenes, no deja de ser una convención intencionada, un cons-
tructo fruto de nuestro tiempo y de nuestra sociedad que se levanta sobre las bases
construidas por las propias disciplinas que intentan hacer suya –y legitimar– su
propia creación. Sin embargo, las imágenes son fenómenos ajenos a este marco
disciplinario que busca capturarlas para conferirles un significado. Decía Didi-Hu-
berman que “la imagen, en efecto, fundamentalmente vaga (vagat): vagabundea,
va y viene, de aquí a allá, se prodiga sin motivo aparente. Mariposea, como suele
decirse. Pero ello no significa que sea imprecisa, improbable o inconstante, sino
que cualquier conocimiento general de las imágenes tiene que construirse como
conocimiento de los movimientos exploratorios –de las migraciones, como decía
Aby Warburg– de cada imagen particular”1. Las imágenes que vemos en los mu-
seos y que nos han llegado del pasado son como mariposas clavadas en su alfiler;
están muertas, inmóviles, ajenas a su verdadera naturaleza móvil, vivaz, esquiva
y agitada. De igual modo, las imágenes insertas en un discurso histórico-artístico
demasiado cerrado (“clásico”, “canónico”) pierden esa condición que las hace in-
aprehensibles, que las hace, en el fondo, tan capaces de construir conocimiento
original y útil.
Sabemos que puede parecer poco oportuno partir de estos presupuestos, tan difí-
cilmente definibles, en el marco de una investigación de estas características; sin
embargo, creemos que es perfectamente plausible enfocar un análisis riguroso de
determinadas imágenes –en nuestro caso las máscaras mortuorias–, asumiendo
las limitaciones de las que partimos y, sobre todo, conscientes de las posibilidades
que se abren explorando su naturaleza desde nuevas ópticas.
1 G. Didi-Huberman, La Imagen Mariposa, Mudito & Co, Barcelona, 2007, pp. 15-16.
2 G. Didi-Huberman, Ante el tiempo: historia del arte y anacronismo de las imágenes, Adriana
Hidalgo Editora, Buenos Aires, 2008.
3 G. Didi-Huberman, La imagen superviviente. Historia del arte y tiempo de los fantasmas según
42
Marco teórico
Siguiendo con este vector temporal, tendremos asimismo muy presentes las suge-
rentes ideas vertidas por Keith Moxey en su reciente obra El tiempo de lo visual,
donde el autor plantea diferentes modos de pensar las imágenes incorporando a la
ecuación una profunda reflexión sobre el tiempo7. En su estudio defiende la necesi-
dad de un planteamiento heterocrónico que trascienda la imposición occidental de
un tiempo teleológico. Sus análisis son indudablemente deudores de las investiga-
ciones de Didi-Huberman antes comentadas, pero también se hallan presentes au-
tores diversos –y a menudo confrontados– como George Kubler, con su clásico La
configuración del tiempo8, Reinhardt Koselleck o Gilles Deleuze, entre tantos otros.
Lo interesante de Moxey es que no se detiene en lo que sería el tema central de su
obra, las imágenes y el tiempo, sino que proyecta los debates generados hacia la
propia disciplina de la historia del arte cuestionando su propia utilidad y poniendo
sobre la mesas sus problemas y limitaciones más acuciantes.
Con estas ideas y autores tenemos un primer boceto del eje temporal sobre el que
iremos avanzando. Entramos así en el segundo de ellos: la teorización de la ima-
gen. Consideramos fundamental este apartado (ampliado en el capítulo “La másca-
ra como imagen”) ya que no podemos desarrollar una argumentación sólida sobre
una imagen si previamente no tenemos un consenso mínimo sobre qué entende-
mos por “imagen”. A continuación presentaremos el marco general que utilizaremos
a la hora de pensar, precisamente, la máscara mortuoria como imagen.
43
Gorka López de Munain
Las últimas dos décadas han generado multitud de discusiones acerca de qué es
aquello que, de forma más o menos irreflexiva, llamamos “imagen”. De todos estos
debates, que han producido cantidades enormes de bibliografía, se han ido perfi-
lando algunas corrientes más o menos estables (Bildwissenschaft, Visual Studies,
Bildanthropologie, etc.) que nacen a hombros de quienes, unas décadas antes,
habían sentado las bases de esta necesidad de pensar la imagen: Aby Warburg
(1866-1929), Walter Benjamin (1892-1940), Georges Bataille (1897-1962), Maurice
Blanchot (1907-2003), Maurice Merlau-Ponty (1908-1961), Roland Barthes (1915-
1980) y tantos otros que irán apareciendo también en nuestro trabajo. Por tanto,
el sustrato que poseemos para pensar la máscara mortuoria como imagen es lo
suficientemente amplio y diverso como para no tener que seguir en exceso a uno u
otro autor, en una suerte de exégesis, y apuntalar así un marco teórico propio que,
inevitablemente, beberá de aquellas ideas que mejor se ajusten a nuestro modo de
encarar el problema.
44
Marco teórico
pertenece a nadie”9. Las máscaras mortuorias serán en cierta medida ese “objeto
que no pertenece a nadie” y que, podríamos añadir, puede asimismo pertenecer a
todos. En ningún caso iremos distribuyendo con equidad o sopesando la carga de
una u otra disciplina que en cada momento pueda parecer precisa, sino más bien
dejaremos que el objeto y las circunstancias que lo rodeen sean las que vayan de-
finiendo la necesidad de acercarnos en diferentes momentos hacia la Antropología,
la Historia del Arte, la Sociología, la Filosofía, etc.
Tampoco planteamos este “objeto que no pertenece a nadie” como una negación
de las disciplinas dominantes, sino más bien como propuesta de un enfoque que
busque revitalizarlas permanentemente incorporando aquellos cruces que puedan
resultar provechosos en cada caso de análisis10. En este sentido, recordamos la
actitud ejemplar de apertura que tuvo José Luis Brea, evitando que cada disciplina
delimitara la naturaleza de sus objetos de estudio y que fueran éstos mismos los
que en cada caso reclamasen una u otra corriente. Desde esta perspectiva, este
nuevo campo extendido (estos “objetos que no pertenecen a nadie”) compuesto de
9 R. Barthes, Le bruissement de la langue: Essais critiques IV, Éditions du Seuil, París, 1984,
pp. 106-107.
10 Para ver más en profundidad estos problemas derivados de la interdisciplinariedad, véase el in-
teresante debate producido entre David Freedberg y Francesco Faeta, publicado recientemente
en castellano: F. Faeta, “«Crear un objeto nuevo, que no pertenezca a nadie» Campo artístico,
antropología, neurociencias”, Revista Sans Soleil - Estudios de la Imagen, vol. 5, 1, 2013. D.
Freedberg, “Antropología e Historia del Arte: ¿El Fin de las Disciplinas?”, Revista Sans Soleil
- Estudios de la Imagen, vol. 5, 1, 2013.
11 J. L. Brea, “Estética, Historia del Arte, Estudios Visuales”, Estudios Visuales, vol. 3, 2006, p. 13.
45
Gorka López de Munain
Con este tipo de investigaciones, la historia del arte comienza a girar, por un lado, ha-
cia el espectador, hacia el modo en el que éste se relaciona con la cultura visual que
le circunda y, por otro, hacia las obras menores o “populares”, habitualmente atendi-
das sólo por los antropólogos o folcloristas y que, en cambio, se revelan como poten-
tes generadoras de significados y respuestas en las personas. Más allá de discutir
acerca de qué es arte y qué no es –discusión que tendremos ocasión de retomar más
adelante–, se puede apreciar cómo el foco se ha orientado hacia los usos y funciones
de las imágenes y las respuestas que inducen en los seres humanos. Si hablamos
de respuestas y experiencias, inevitablemente tendremos que ahondar en la crisis de
la experiencia anunciada por Walter Benjamin –de forma prácticamente transversal,
como tendremos ocasión de ampliar– en buena parte de su obra14. Cuando el filósofo
alemán se preguntaba: “¿qué valor tiene toda la cultura cuando la experiencia no nos
conecta con ella?”15, estaba ya apuntando las claves de una crisis que no podemos
obviar, tal y como recientemente ha señalado Giorgio Agamben16.
Con relación al debate entre imagen y arte, las máscaras mortuorias transitan un
terreno de nadie: son artefactos que en multitud de ocasiones han sido empleados
46
Marco teórico
Más recientemente, los llamados Estudios Visuales también han centrado su aten-
ción en la reflexión sobre aquello que es propiamente su objeto de estudio: la cul-
tura visual. Su mirada simplificadora en lo que se refiere a la tradición de estudios
sobre la teoría de la imagen les ha llevado a plantear nuevos modos de encarar los
problemas que en algunos casos pueden resultar provechosos y en otros, por el
contrario, poco estimulantes. Aunque no será el marco principal del tema que nos
17 Tema ampliado en: J. Casals, “Wittgenstein y el arte”, en Nicolás Sánchez Durá (ed.) Cultura
contra civilización: en torno a Wittgenstein, Editorial Pre-Textos, Valencia, 2008, p. 177.
18 Ibid., p. 179.
19 El uso de estos medios en los inicios de la disciplina se amplía en: H. Bredekamp, “A Neglected
Tradition? Art History as Bildwissenschaft”, Critical Inquiry, vol. 29, 3, 2003, p. 420.
47
Gorka López de Munain
ocupa, la noción de Cultura Visual puede aportar una mirada nueva que permita
pensar ese espacio de objetos heterogéneos. Para Mitchell, “la cultura visual alien-
ta la reflexión sobre las diferencias entre lo que es arte y lo que no”, ya que “no se
encuentra limitada al estudio de las imágenes o de los media, sino que se extiende
a las prácticas diarias del ver y el mostrar, especialmente a aquéllas que se suelen
considerar como inmediatas o no mediadas”20. Otra cuestión importante es que el
estudio de la cultura visual no atiende solamente a aquello que percibimos por la
mirada, sino que se refiere a una construcción sinestésica a través de medios mix-
tos (no solo medios visuales) de lo social.
La aportación más destacada de esta línea a los objetos que nos ocupan se puede
resumir en dos orientaciones claras. Por una parte, los Estudios Visuales han con-
tribuido a derribar “el corte o diferencial epistemológico entre ese ámbito extendido
de objetos visuales y el de las prácticas artísticas” (“más allá de las constricciones
reguladoras de sus formaciones institucionalizadas”)25 y, por otro lado, a reconocer
la necesidad de un enriquecimiento disciplinar que nos permita abordar este campo
extendido de objetos y prácticas productoras de significado cultural. Por tanto, lo
20 W. J. T. Mitchell, “Mostrando el Ver: una crítica de la cultura visual.”, Estudios Visuales, vol. 1,
2003, pp. 25-26.
21 W. J. T. Mitchell, Picture Theory: Essays on Verbal and Visual Representation, University of
Chicago Press, Chicago, 1994.
22 W. J. T. Mitchell, Iconology: Image, Text, Ideology, University of Chicago Press, Chicago and
London, 1987.
23 J. Elkins, Visual Studies. A skeptical introduction, Routledge, Nueva York, 2003.
24 M. Dikovitskaya, Visual Culture. The Study of the Visual after de Cultural Turn, MIT Press,
Massachusetts, 2005.
25 J. L. Brea, “Estética, Historia del Arte, Estudios Visuales”, cit., pp. 12-13.
48
Marco teórico
que en nuestra investigación tomaremos de esta corriente será, sobre todo, la con-
sideración de un campo ampliado de objetos que no tienen que encuadrarse dentro
de una tradición epistemológica dada y, muy especialmente, la actitud de apertura
hacia otras disciplinas en busca de conceptos e ideas que enriquezcan nuestros
análisis.
26 G. Boehm, Was ist ein Bild?, Fink Wilhelm GmbH & CompanyKG, Munich, 1994.
27 K. Sachs-Hombach, Bildwissenschaft. Disziplinen, Themen, Methoden, Suhrkamp Verlag
GmbH, Berlín, 2010.
28 H. Belting, Imagen y culto: una historia de la imagen anterior a la era del arte, Akal, Madrid,
2010.
29 Estas ideas serán ampliadas en el apartado “Imagen, medio, cuerpo”.
49
Gorka López de Munain
las obras de arte representan algo muy diferente a las imágenes, ya que están
ancladas o formuladas por medio de una convención institucionalizadora. Las imá-
genes, por su parte, son más volátiles y dependen de otros procesos de percepción
que sólo pueden tener lugar en el cuerpo del observador. De hecho, Belting afirmó
años después que el resultado de Imagen y culto, a pesar de su éxito, no terminó
de satisfacerle y emprendió un nuevo camino hacia esa antropología de la imagen
que venimos apuntando30. Desde la fundación en el año 2000 del programa “Antro-
pología e imagen: Imagen – Medio – Cuerpo” en la Hochschule für Gestaltung en
Karlsruhe, Belting viene insistiendo en la necesidad de adoptar nuevos enfoques
que nos conduzcan hacia una verdadera teoría de la imagen –sin que ello suponga
necesariamente, como hemos visto, la negación del concepto de “arte”–. Esta pers-
pectiva antropológica –que nada tiene que ver con la disciplina de la Antropología–
fija su atención en la praxis de la imagen y, sobre todo, apunta al ser humano –a su
cuerpo– como “lugar de las imágenes”; de ahí tal “giro antropológico”.
Es preciso, llegados a este punto, explicar que no nos basaremos de manera ce-
rrada en la idea de medio propuesta por Belting. Si bien presenta un esquema
perceptivo que puede resultar útil en algunos casos –el ser humano como lugar de
las imágenes cuando éste se ha puesto en relación con un medio–, creemos que la
teoría trabajada por Coccia en su reciente obra La vida sensible –donde el medio
ocupa un espacio indefinido fuera del objeto y posibilita la creación de imágenes–
puede aportar un complemento sumamente enriquecedor31. Coccia, para sustentar
sus argumentos, se basa en buena medida en el filósofo cordobés del siglo XII Ave-
rroes, pensador sobre el cual publicó una obra titulada Filosofía de la imaginación
que tendremos ocasión de comentar de forma detallada32.
50
Marco teórico
las imágenes producen un sentido en el acto perceptivo; la clave, por tanto, residiría
en estudiar cómo se da tal producción34. Indudablemente, en este punto resuenan
las ideas de la fenomenología elaborada por pensadores como Jean-Paul Sartre35
o Maurice Merleau-Ponty36, cuyas aportaciones estarán presentes en el apartado
de “la máscara mortuoria como imagen”, aunque advertimos desde ya que nos dis-
tanciaremos del modo habitual en el que la fenomenología moderna tiende a rela-
cionar el sujeto perceptor con el objeto percibido. En el contexto español, es preciso
destacar la contribución de Ana García Varas, no sólo como introductora de estas
corrientes en el ámbito de habla hispana, sino también como teórica de la imagen.
Como ella misma señala acertadamente, “se trata de dilucidar cómo funcionan las
imágenes, cuál es su manera específica de producir significado y cómo la misma
está relacionada con, y anclada en, el ser humano y sus capacidades, el mundo
material que éste crea y el espacio simbólico del que se dota”37.
Pero estas corrientes más o menos actuales tienen, por supuesto, como ya hemos
insistido, importantes precedentes que no podemos obviar. De igual modo, otros
muchos autores fundamentales que no se reconocen en estas líneas se encuen-
tran actualmente teorizando la imagen de manera sólida con aportaciones de gran
relevancia. Josep Casals ha realizado recientemente un atento y profundo repaso
a muchos de estos pensadores que se han ocupado de teorizar la imagen, cada
uno desde sus presupuestos38. Apoyados sobre una sólida tradición filosófica, en
las páginas de este amplio ensayo circulan toda una pléyade de autores que, en-
tre todos, constituyen un puntal decisivo de nuestro marco teórico, como se podrá
apreciar a lo largo de la investigación.
Por último, nos queda referirnos al lugar que ocupa dentro de este marco teórico la
reflexión sobre la presencia en las imágenes. Muchas veces se ha aludido al bino-
mio presencia-ausencia que presentan las imágenes, pero es necesario ir más allá
de su mera enunciación. La muerte constituye la ausencia del sujeto por antonoma-
sia, y las imágenes que surgen alrededor de este acontecimiento, desde los inicios
34 En una reciente publicación el autor se pregunta precisamente cómo crean sentido las imá-
genes: G. Boehm, Wie Bilder Sinn Erzeugen: Die Macht des Zeigens, Berlin University Press,
Berlin, 2007.
35 J.-P. Sartre, La imaginación, Edhasa, Barcelona, 2006.
36 M. Merleau-Ponty, El ojo y el espíritu, Paidós, Barcelona, 1986.
37 A. García Varas, “Lógica(s) de la imagen”, en Filosofía de la imagen, Ediciones Universidad de
Salamanca, Salamanca, 2011, p. 31.
38 J. Casals, Constelación de pasaje. Imagen, experiencia, locura, Anagrama, Barcelona, 2015.
Puede consultarse también: J. Casals, “Imagen, palabra y pensamiento: una visión históri-
co-filosófica”, en Gorka López de Munain, Ander Gondra Aguirre (eds.) Estudios de la imagen.
Experiencia, percepción, sentido(s), Shangrila, Santander, 2014.
51
Gorka López de Munain
Reliquias y exvotos, pero también imágenes habitadas por demonios, por la divini-
dad, por los ancestros, etc. serán los ejemplos que irán apareciendo en el apartado
titulado “La imagen como lugar de la presencia”. Será necesario un recorrido por to-
das estas expresiones para poder pensar mejor eso que hemos llamado la “imagen
daimónica”. Aquí convergerán las ideas de teóricos como Didi-Huberman o Keith
52
Marco teórico
Moxey43 sobre la presencia con propuestas de antropólogos como Alfred Gell44 para
pensar esa condición de “agenciamiento” que caracteriza a las imágenes con las
que se relaciona, en palabras de Wittgenstein, el “animal ceremonial” que somos.
43 Moxey desarrolla sus ideas sobre la presencia de manera casi transversal en su libro El tiempo
de lo visual, pero se centra más específicamente en el capítulo “Los estudios visuales y el giro
icónico”.
44 A. Gell, Art and Agency: An Anthropological Theory, Oxford University Press, Oxford, 1998.
53
1- Teoría de la máscara mortuoria
1.1- La máscara como imagen. Hacia una teo-
ría de la presencia
57
Gorka López de Munain
Es cierto que las máscaras mortuorias no presentan mayor interés desde un punto
de vista material, técnico, estético o artístico, pues muchas veces eran elaboradas
por artesanos sin cualificación alguna. Pero quizá no sea ahí donde debamos fi-
jarnos; no es su parte material, táctil u objetual la que ahora nos interesa analizar,
1 Además de esto, existe otra problemática asociada que tiene que ver con el idioma a partir del
cual se teoriza la imagen. Como es de sobra conocido, en inglés, las palabras image y picture
tendemos a traducirlas por “imagen” cuando realmente están expresando cosas diferentes. Mit-
chell explica con sencillez que “you can hang a picture, you can’t hang an image” (puedes colgar
“a picture”, no puedes colgar “an image”) (citado en: A. García Varas, “Lógica(s) de la imagen”,
cit., p. 29.), lo que en castellano nos obligaría a referirnos directamente al soporte (cuadro, es-
cultura, fotografía), contaminando buena parte de la discusión. En alemán ocurre algo similar
ya que, como recuerda Bredekamp, la palabra Bild incluye también las nociones en inglés de
picture, image, figure o illustration (H. Bredekamp, “A Neglected Tradition?”, cit., p. 418). Cir-
cunstancias similares se presentan cuando hacemos la problemática extensible a otros idiomas
lo cual, desde lo más básico, nos indica las precauciones que debemos tomar al tematizar
dicho concepto. Si consideramos esta cuestión con relación al castellano, encontramos que en
el Tesoro de la lengua castellana (1611), entre otras acepciones, Covarrubias vincula el término
de “imagen” a las obras devocionales “que representan a Cristo nuestro señor, a la benditísima
Madre y Virgen santa, a sus Apóstoles y a los demás Santos y los Misterios de nuestra Fe”.
Quizás aquí se halle uno de los gérmenes de la confusión de la “imagen” con la “obra”. A pesar
de que no contemos con las precisiones o distinciones terminológicas que tienen otros idiomas,
lo cierto es que en la mayoría de los casos el contexto permite entender perfectamente cuándo
la palabra imagen se refiere a la obra (picture) o a la idea o concepto (image).
2 En el apartado dedicado al “marco teórico” se han desgranado algunas de estas corrientes que
recientemente han centrado su foco de análisis en la imagen (Visual Studies, Bildwissenscchaft,
etc.).
58
La máscara como imagen
nos hemos adentrado en la región de una iconología fragilizada de manera singular: privada de
código, entregada a las asociaciones. Hemos hablado de no-saber. Sobre todo, practicando
una cesura en la noción de visible, hemos liberado una categoría que la historia del arte no
reconoce como una de sus herramientas. ¿Por qué? ¿Sería demasiado extraña o demasiado
teórica? ¿Se reduciría a una simple perspectiva personal, una perspectiva del espíritu que, si
no le busca tres pies al gato, al menos corta lo visible en dos?4”
59
Gorka López de Munain
Para Aristóteles sólo podemos conocer a través del sentir y a través de nuestra
interacción con el entorno, con las cosas sensibles. Pero dicha interacción no se
entiende de modo activo, pues lo que le interesa al filósofo es la naturaleza y el
mecanismo del sentir. En este punto entra en juego una noción básica y que nos
será de suma utilidad: la potencia. Según el filósofo griego, tanto lo sensible como
el sujeto son potenciales, y sólo se pasa al acto al ser afectado el sujeto por lo
sensible. Ese movimiento, que pasa de la potencia al acto, es uno de los objeti-
5 Fedón, 96ab, tomado de la edición: Platón, Diálogos III: Fedón, Banquete, Fedro, Editorial
Gredos, Barcelona, 2006, pp. 100-101.
6 G. R. De Echandía, “Introducción”, en Física, Editorial Gredos, Barcelona, 2007, p. 11.
60
La máscara como imagen
vos de la física que propone Aristóteles. Como él mismo explica, “el movimiento
es la actualidad de lo potencial en tanto que está en potencia7”; es decir, la idea
de movimiento pone el énfasis en el proceso, en su dinámica: la actualidad de lo
potencial es siempre un estar siendo actualizado. “Cuando lo construible (…) está
en actualidad, está siendo construido”8. Por orientar brevemente hacia dónde nos
dirigimos con estas indagaciones, nos preguntamos si la presencia en la imagen,
acaso, no es realmente una potencia de lo sensible que actualizamos en función
de unos factores determinantes. Pero antes de entrar en ello, sigamos con algunas
especulaciones aristotélicas en su obra de mayor madurez dedicada al estudio de
la phýsis: Acerca del alma9.
7 La cita original dice: “el movimiento es la actualidad de lo potencial en cuanto tal” (Física, 201a,
10); pero siguiendo la indicación del traductor hemos optado por una alternativa que facilita la
comprensión. Véase: Aristóteles, Física, Editorial Gredos, Madrid, 2007, p. 134, nota 5.
8 Física, 201a, 15.
9 Seguiremos la edición: Aristóteles, Acerca del alma, Gredos, Madrid, 2014.
10 Acerca del alma, I, 1, 402a, 23-27.
11 T. Calvo Martínez, “Prólogo”, en Acerca del alma, Gredos, Madrid, 2014, p. 8.
61
Gorka López de Munain
Con ello, según el pensamiento aristotélico, hay en el alma dos formas de intelecto;
la primera es receptora y en ella intervienen unos sentidos en potencia que perci-
ben –pasivamente– gracias a la presencia de los sensibles en acto, que mueven
a su vez a los sentidos afectados para volverse en acto, cuya naturaleza –la de
los sentidos y la de los sensibles– siempre será diferente; la segunda, se refiere al
intelecto agente que pone en acto las intenciones en potencia de la facultad imagi-
nativa15.
12 A. Martínez Lorca, “Averroes, Tafsîr del de Anima: sobre el intelecto”, Endoxa: Series Filosó-
ficas, 17, 2004, p. 18.
13 Ibid., pp. 18-19.
14 E. Coccia, La vida sensible, cit., p. 41 y passim.
15 “Por esto hay que admitir, como ya se nos mostró a partir del razonamiento de Aristóteles, que
hay en el alma dos partes del intelecto, una de las cuales es receptora, cuyo ser se expone
aquí, y la otra es agente, que hace que las intenciones que están en la facultad imaginativa
muevan al intelecto material en acto después de haberlo movido en potencia”. A. Martínez
Lorca, “Averroes, Tafsîr del de Anima”, cit., p. 35.
62
La máscara como imagen
63
Gorka López de Munain
filósofo entiende como “la facultad de recibir las formas sensibles sin la materia al
modo en que la cera recibe la marca del anillo sin el hierro ni el oro: y es que recibe
la marca de oro o de bronce pero no en tanto que es de oro o de bronce”21 –recor-
demos las palabras de Averroes: “todo lo que recibe algo, es necesario que esté
despojado de la naturaleza de lo recibido”–. Tenemos, por tanto, identificadas las
primeras nociones relativas a la percepción y a la existencia de un lugar intermedio
que la posibilita, pero aún nos queda largo trecho para avanzar hacia la imagina-
ción, verdadera potencia capaz de mover al acto a la presencia o, en palabras de
Aristóteles, “aquello en virtud de lo cual solemos decir que se origina en nosotros
una imagen”22.
Más adelante nos ocuparemos de la imaginación, pero antes será preciso seguir
trabajando la idea de medio a la luz de las reflexiones de Coccia, quien sigue muy
de cerca todo lo aportado por Aristóteles y sus comentaristas, especialmente Ave-
rroes. En su obra La vida sensible, publicada originalmente en el año 2010, con-
densa y desarrolla de manera coherente las investigaciones que, cinco años antes,
habían visto la luz con el libro Filosofía de la imaginación. La “vida sensible” es para
el filósofo italiano “el modo en que nos damos al mundo, la forma en la que somos
en el mundo (…) y, a la vez, el medio en el que el mundo se hace cognoscible,
factible y vivible para nosotros”23. El objetivo no será realizar una física de cuanto
nos rodea a partir de las sensaciones que obtenemos de los sentidos sino, en un
ejercicio de inversión dialéctica, abordar una física de lo sensible: el foco se ubicará
en el espacio intermedio en el que tanto los objetos como los sujetos no tienen otra
existencia que la de una imagen. Esta vida sensible es, en el fondo, una herramien-
ta intelectual extraordinaria para pensar el medio –el espacio indefinido que se abre
entre entre el mirante y el objeto–, pues desplaza el acto de creación de la imagen
desde el organismo humano hacia un entorno metafísico sumamente fértil desde
un punto de vista epistemológico24.
Veíamos anteriormente cómo los objetos eran sensibles en acto, pero nuestros
sentidos estaban siempre en potencia, pasivos, y tenían que ser afectados por
aquéllos para moverse; por tanto, es fácil deducir que “las cosas no son de por sí
64
La máscara como imagen
65
Gorka López de Munain
26 Ibid., p. 27.
27 Ibid., p. 33.
66
La máscara como imagen
Intentando caracterizar el ser de las imágenes, Averroes decía que es “algo inter-
medio entre el ser de las cosas y el de las almas, entre los cuerpos y el espíritu”.
Las imágenes son necesarias porque son el único elemento “que permite a la na-
turaleza pasar del dominio espiritual al corpóreo, y viceversa. Lo espiritual, para
poder aferrar lo corpóreo, necesita de un término medio”28. Apoyándonos en este
razonamiento, podemos pensar que también la presencia necesita de un “término
medio”, de un espacio –el aire del que hablaba Aristóteles– pero en este caso, el
lugar precisaría de una ambientación que catalice el efecto en el receptor.
Con el propósito de pensar cómo puede ser ese espacio o ambientación, ese me-
dio condicionado en el que se aloja la presencia para modular la percepción, del
mismo modo que el espejo nos sirvió para pensar el medio, la fotografía puede
servirnos esta vez de apoyo para avanzar en su caracterización. En la pequeña
historia de la fotografía que elabora Benjamin en 1931, emplea al principio de la
misma el término “aura”, de un modo (aparentemente) diferente a como lo hará
después, para referirse a las ambientaciones naturales que tenían las primeras
fotografías: “Había en torno a ellos un aura, un medium que daba seguridad y
plenitud a la mirada que lo penetraba”29. Esa mirada que atraviesa el “medium”
donde toma forma la imagen contiene unos sugerentes e inesperados ecos de lo
que venimos desarrollando. Forzando ligeramente el argumento, pareciera como
si las primeras fotografías, en las que la exposición podía prolongarse varios
minutos, lograran capturar el halo, la huella, del medio que separa al sujeto de
la cámara; como si, realmente, la cámara fotografiara la imagen medial (la vida
sensible) del individuo, su reflejo vaporoso, y no su materialidad inmediata. Las
cámaras fotográficas funcionarían así como el propio órgano visual, que precisa
de un medio que posibilite la percepción y, por tanto, el aura no sería otra cosa
que dicho medio cargado de presencia. No en vano, Benjamin explicará unas
líneas más adelante que el aura es “una trama particular de espacio y tiempo:
irrepetible aparición de una lejanía, por cerca que ésta pueda estar”30. Si algo
es el medio, la vida sensible, es precisamente “una trama particular de espacio
y tiempo”. Más adelante volveremos con mayor detenimiento a la cuestión del
aura, pero nos parecía pertinente adelantar algunas reflexiones que, creemos,
67
Gorka López de Munain
aportan una mirada distinta a un tema tantas veces abordado y, sobre todo, nos
abre el análisis hacia caminos nuevos y originales para pensar la presencia, el
medio y la imagen.
68
La máscara como imagen
un rostro preciso o un cuerpo definido, sino el espíritu móvil que las imágenes de
vez en vez esbozan. Soñar, de hecho, quiere decir sobre todo imaginar, pero la
imagen aquí no es un simple objeto psíquico, sino casi la materia o la vida de la cual
todo está hecho y se alimenta; nosotros mismos no tenemos otro cuerpo que aquél
que es definido por lo que imaginamos”34.
Ortega y Gasset fue tal vez uno de los primeros en identificar y teorizar ese “in-
tracuerpo” –tal y como él lo denominó–, a partir de las investigaciones sobre la inti-
midad pues, de hecho, concebía ésta como una forma particular de corporeidad36.
Para Ortega, el intracuerpo es concebido como “una imagen interna de nuestro
cuerpo que arrastramos siempre con nosotros” y el “marco dentro del cual todo
nos aparece”37. Pero con anterioridad a las investigaciones del filósofo español, se
había desarrollado, con una extensa tradición filosófica y literaria a sus espaldas,
un tópico que guarda una vinculación muy estrecha con las ideas que venimos
abordando: el ojo del alma. El alma o el intracuerpo son nociones que nos acercan
a ese modo de percibir aquello que va más allá del mero hecho de ver, oír, tocar,
etc. y que requiere de la intervención de la imaginación, y que, bajo formulaciones
69
Gorka López de Munain
como el tópico del ojo del alma, nos demuestran que su búsqueda ha preocupado
desde, al menos, la filosofía griega. Si hacemos un breve repaso a algunos de los
momentos en los que más ha destacado su uso, podremos ir reconociendo sus
nexos con la percepción de la presencia.
San Agustín recoge buena parte de esta tradición en sus Confesiones y él mismo
señala que llegaron a sus manos “algunos libros de los platónicos, traducidos del
griego al latín”40, a partir de los cuales fue configurando su pensamiento crítico. Es
entonces cuando distingue el ojo físico del ojo del alma:
Guiado por ti entré en el interior de mi alma y esto fue posible porque te hiciste mi ayuda.
Entré y con el ojo, sea cual fuere, de mi alma vi la luz inmutable que proyectaba sus rayos
sobre el ojo mismo de mi alma y sobre mi mente. No era la luz ordinaria del día que puede
captar el ojo de cualquier ser vivo de carne y sangre, ni otra luz de su misma especie,
aunque mayor. Era como si la luz del día brillara mucho más intensamente y llenase todo
el espacio de un inmenso resplandor. Lo que yo veía era algo completamente diferente de
cualquier luz41.
El obispo de Hipona accede guiado por Dios a un estadio de percepción que tras-
pasa las posibilidades de la percepción sensible y que sólo puede ser explicada
mediante la participación de un órgano de naturaleza diferente: el ojo del alma. La
38 República, 533d, tomado de la edición: Platón, Diálogos IV: República, Editorial Gredos, Bar-
celona, 2006, p. 371.
39 República, 533d.
40 Confesiones, VII, 9, tomado de la edición: San Agustín, Confesiones, Alianza Editorial, Madrid,
2007, p. 168.
41 Confesiones, VII, 10.
70
La máscara como imagen
luz que éste capta no es una luz terrenal, aunque el conocimiento de la misma sí
que parece llevarse a cabo mediante el intelecto consciente y en estado de vigi-
lia. Aunque normalmente la percepción suele resumirse en lo visual, arrastrando
la jerarquía de los sentidos instaurada por los filósofos griegos, también el alma
puede tener otros sentidos como el oído, tal y como sugiere el propio San Agus-
tín recurriendo a otra metáfora: “Oí tu voz como se oyen las voces que hablan al
corazón”42.
Para hacer operativas las reflexiones llevadas a cabo hasta el momento y no con-
vertir nuestro análisis en un laberinto verbal de escasa utilidad, intentaremos con-
cretar y resumir brevemente el esquema perceptivo que hemos desarrollado. Dicho
71
Gorka López de Munain
esquema, como puede verse en la ilustración (fig. 1.2), estaría compuesto, en pri-
mer lugar, por el objeto material (sensible); a continuación, tenemos el medio en el
que éste se hace imagen; posteriormente, la presencia que altera y condiciona las
propiedades del medio; y, por último, el sujeto receptor en quien tiene lugar el acto
perceptivo con el concurso de la imaginación. A pesar de los esfuerzos de teoriza-
ción que están detrás de esta propuesta o marco de trabajo, muchas veces, y como
bien podemos observar a partir del habla popular, el término “imagen” suele acabar
neutralizando todo lo anterior convirtiéndose en un gran paraguas en el que todo
cabe. Nosotros mismos, por hacer legible y comprensible la investigación, recurri-
remos a esta u otra palabra comodín, pero no podemos olvidar el marco teórico
desde el cual proceden y, sobre todo, desde el cual nosotros las contemplamos.
Presencia
Imaginación
Cuerpo Objeto
Imagen
Medio
72
La máscara como imagen
Cuando vemos una máscara mortuoria sabemos que no estamos viendo al sujeto
presente, pero podemos distinguir y comprender su presencia. En otro magnífico
pasaje de Aristóteles45, el filósofo explica a propósito de la vista que, cuando es-
tamos en tinieblas y la vista está en potencia46, podemos en cambio distinguir el
sentido de la visión porque éste “existe tanto como potencia de ver cuanto como po-
tencia de no-ver”47. De igual modo, aunque en la máscara el sujeto está en potencia
de ser, podemos percibir su presencia. Aquí se encuentra el valor fundamental de
las imágenes: en su potencia de ser reside una privación que la convierte en no-ser,
pero en este juego dialéctico podemos distinguir el ser (la presencia) aunque nunca
se torne acto.
Para Deleuze, la idea de potencia tiene una vinculación clara con lo virtual, pero
presenta asimismo ciertas diferencias con lo expuesto anteriormente. Será funda-
mentalmente a partir de Diferencia y repetición48 cuando Deleuze complete un nue-
vo paso en el estudio de los aspectos relativos a la virtualidad. En su propuesta, no
es lo real lo que se contrapone a lo virtual, sino lo actual, pues tanto lo actual como
73
Gorka López de Munain
sus virtuales son siempre reales y complementarios. Para Deleuze, “el objeto virtual
es un objeto parcial, no por el simple hecho de carecer de una parte que permanece
en lo real, sino en sí mismo y por sí mismo, porque se escinde, se desdobla en dos
partes virtuales, una de las cuales, siempre, falta a la otra. En una palabra, lo virtual
no está sometido al carácter global que afecta los objetos reales. Es no sólo por su
origen, sino en su naturaleza propia, jirón, fragmento, despojo”49.
En una edición ampliada de los Diálogos de Deleuze con Claire Parnet, se recoge
un texto hasta entonces inédito titulado Lo actual y lo virtual50. En él su autor expli-
ca que “no hay objeto puramente actual [pues] todo actual se rodea de círculos de
virtualidades siempre renovados [y además] las imágenes virtuales no se pueden
separar del objeto actual ni éste de aquéllas”51. Recurriendo a Bergson, Deleuze
comenta que “el objeto real [actual] se refleja en una imagen en espejo como objeto
virtual que, por su lado y simultáneamente, envuelve o refleja a lo real: hay ‘coales-
cencia’ entre ambos”52. El binomio actual/virtual actúa como una “imagen de dos ca-
ras” donde lo actual refleja una serie de virtuales que, por su parte, pueden cobrar
vida y convertirse en actuales, sin perjuicio de que en cualquier momento vuelvan
a desandar el camino (como en un círculo cerrado). Además, lo virtual convertido
en actual puede a su vez generar nuevos virtuales describiendo así una configura-
ción de círculos concéntricos. Toda imagen actual posee elementos virtuales que
la envuelven, generando, según los casos, tensiones e incluso rupturas. Vemos
cómo Deleuze está reflexionando sobre cuestiones cercanas a las indagaciones de
Coccia sobre la vida sensible –lo real y lo actual; el objeto y la imagen–, pero cada
uno parte de tradiciones diferentes y la terminología que emplean también difiere
notablemente.
Una fotografía, un objeto reflejado en el espejo o una máscara por contacto pueden
de este modo hacerse presentes, independizarse y pasar de su primera condición
de virtualidad a una nueva de tipo actual –recordemos lo comentado unas líneas
más arriba a propósito de la potencia de ser y no-ser–. De nuevo, es el espejo el
ejemplo al que recurren tanto Deleuze como Belting para poder avanzar en sus
reflexiones. Para el historiador del arte alemán, “el espejo fue inventado con el pro-
pósito de ver cuerpos donde no hay cuerpo alguno”53, constituyéndose como uno
49 Ibid., p. 160.
50Se trata de un anexo expuesto como capítulo V. G. Deleuze; C. Parnet, Dialogues, 2, Flam-
marion, 2008, pp. 179-185.
51 Ibid., pp. 179-180.
52 G. Deleuze, La imagen-tiempo: estudios sobre cine 2, Editorial Paidós, Barcelona, 2001, p. 98.
53 H. Belting, Antropología de la imagen, cit., p. 31.
74
La máscara como imagen
Los espejos sesgados, los espejos cóncavos y convexos, los espejos venecianos son
inseparables de un circuito, como puede verse en toda obra de Ophuls, y en Losey, sobre
todo Eva y El sirviente. Este circuito es a su vez un intercambio: la imagen en espejo es virtual
respecto del personaje actual que el espejo capta, pero es actual en el espejo, que ya no deja
al personaje más que una simple virtualidad y lo expulsa fuera de campo. (…) Cuando las
imágenes virtuales proliferan, su conjunto absorbe toda la actualidad del personaje, al mismo
tiempo que el personaje ya no es más que una virtualidad entre las otras. (…) Distintos pero
indiscernibles: así son lo actual y lo virtual que no cesan de intercambiarse54.
Vemos con todo ello cómo han sido numerosos los intentos por pensar cuestiones
que rodean el incómodo concepto de presencia, cada cual con sus herramientas
y partiendo de tradiciones diferentes. Creemos que con lo desarrollado hasta aquí
contamos con unos recursos mínimos con los que abordar la investigación. Pero,
antes de entrar a trabajar con casos concretos, nos quedan algunos puntos –el
aura, la experiencia o la semejanza– en los que merece la pena detenerse para
afianzar mejor toda esta constelación de saberes.
75
Gorka López de Munain
76
La máscara como imagen
Giorgio Agamben en su libro Infancia e historia defiende desde la primera página que,
“en la actualidad, cualquier discurso sobre la experiencia debe partir de la constata-
ción de que ya no es algo realizable”62. El autor sitúa dicha afirmación en el contexto
de un ser humano contemporáneo y bajo una noción de experiencia particular; “no
se necesita en absoluto de una catástrofe y (…) para ello basta perfectamente con la
pacífica existencia cotidiana en una gran ciudad”63. Nada de lo que acontece en esta
vida “oprimida por lo cotidiano” puede “traducirse” en experiencia, lo que a la postre
convierte la existencia, según Agamben, en algo insoportable. Sin embargo, en otros
momentos históricos, fue precisamente lo cotidiano lo que constituía la “materia pri-
ma de la experiencia”: “Cada acontecimiento, en tanto que común e insignificante,
se volvía así la partícula de impureza en torno a la cual la experiencia condensaba,
como una perla, su propia autoridad”64. En todo caso, aunque el filósofo italiano se
muestre tan aparentemente rígido en su defensa de la pérdida de la experiencia en
nuestro tiempo, al igual que Benjamin, señala la puerta que nos dirigirá hacia la trans-
formación de una “experiencia futura” que aún no podemos advertir.
Aunque hoy día parece que buena parte de la humanidad se “niega a adquirir una
experiencia” cuando se encuentra frente a una obra de arte o un paisaje maravillo-
so y prefiera “que la experiencia sea capturada por la máquina de fotos”65, no debe-
60 D. Costello, “Aura, rostro, fotografía: releer a Benjamin hoy”, en Alejandra Uslenghi (ed.) Wal-
ter Benjamin: culturas de la imagen, Eterna Cadencia, Buenos Aires, 2010, p. 100.
61 Para una aproximación contextualizada a estos textos, véase: J. Casals, “Walter Benjamin:
crisis y transformación de la experiencia”, Viento Sur, vol. 142, 2015; J. Casals, Constelación
de pasaje. Imagen, experiencia, locura, cit., p. 969 y sig.
62 G. Agamben, Infancia e historia, cit., p. 8.
63 Ibid.
64 Ibid., p. 9.
65 Ibid., p. 10.
77
Gorka López de Munain
mos olvidar que la experiencia en la que ahora nos interesa ahondar es aquélla que
no se traduce en una simple vivencia, sino que se transmite y que genera una forma
de autoridad. Aunque escapa de nuestro objeto de estudio, tal vez aún estemos de-
masiado conmovidos por la irrupción de los nuevos medios y no seamos capaces
de advertir los mecanismos de transmisión de experiencias que éstos proponen.
También es cierto que los museos, así como muchos centros turísticos, han susti-
tuido el poder de experiencia aurática que contenían ciertas obras y monumentos
por una especie de simulacro desvaído66, pero quizá sea precipitado elevarlo a una
condición inherente a nuestro tiempo. Además, aunque la “pobreza de la experien-
cia” de la que hablaba Benjamin se ha acentuado hoy día, como sugiere Agamben,
debido a una existencia cotidiana en la que nos vemos privados de experiencias y
a lo sumo sentimos shocks aislados, todavía quedan espacios innegociables como
los sueños, en los que pueden acontecer percepciones auráticas: “las cosas que
veo [en los sueños] me ven como yo las veo”67.
Llegados este punto se hace necesaria una rápida aclaración sobre el propio tér-
mino de experiencia que, según Hans-Georg Gadamer, es “uno de los [conceptos]
más oscuros que tenemos”68. En alemán existen dos variantes principales que han
sido largamente discutidas: Erfahrung y Erleibnis. La primera, como explica Martin
Jay, “sugiere una duración temporal con posibilidades narrativas, permitiendo la
connotación de la acumulación histórica o tradicional de sabiduría. La segunda
palabra […] sugiere una inmediatez vital, una unidad primitiva que precede a la
reflexión intelectual y a la diferenciación conceptual”69. Benjamin subrayaba dicha
diferenciación entre ambas formas de experiencia cuando hablaba del cine como
un arte de masas que por su ritmo acelerado era más proclive a la vivencia (Erleib-
nis) que a la experiencia (Erfahrung)70. Si hablamos, como venimos haciéndolo,
de la experiencia del espectador ante la imagen, parecería que la noción que más
se ajusta sería la de Erleibnis; sin embargo, y siguiendo para ello una vez más las
ideas del filósofo alemán a propósito del aura, comprobaremos que la experiencia
en este sentido se ajusta más a la idea de Erfahrung, basada en la continuidad, el
desarrollo histórico y la tradición:
66 B. Latour, “The migration of the aura or how to explore the original through its facsimiles”, en
Switching Codes: Thinking Through Digital Technology in the Humanities and the Arts, Univer-
sity of Chicago Press, Chicago, 2011.
67 Benjamin citando a Valéry en: W. Benjamin, “Sobre algunos temas en Baudelaire”, cit., p. 71.
68 Citado en: M. Jay, “La crisis de la experiencia en la era pos-subjetiva”, Prismas: revista de his-
toria intelectual, 6, 2002, p. 10.
69 Ibid., p. 11.
70 J. Casals, “Walter Benjamin: crisis y transformación de la experiencia”, cit., p. 100.
78
La máscara como imagen
Por otra parte, es cierto que las reflexiones benjaminianas están profundamente
atravesadas por unos procesos históricos y personales que le llevaron a teorizar la
decadencia y el empobrecimiento de la experiencia. En el texto sobre el narrador,
el filósofo alemán tomaba como ejemplo los acontecimiento bélicos recientes: “Con
la Guerra Mundial comenzó a hacerse evidente un proceso que aún no se ha de-
tenido. ¿No se notó acaso que la gente volvía enmudecida del campo de batalla?
En lugar de retornar más ricos en experiencias comunicables, volvían empobre-
cidos”72. Dicha incapacidad para comunicar la experiencia subraya su naturaleza
compartida: es en la transmisión donde adquiere sentido la experiencia y, por tanto,
la ruptura de este canal –por lo extremo de la guerra– es lo que provocará su crisis.
Sin embargo, esto no significa que con ello se liquide la experiencia de manera
irrevocable. Como apunta Casals, “hay que hundirse en ese fondo para emerger de
él: hay que experimentar la pérdida de experiencia para conocer otra posibilidad de
experiencia”73.
Pero la guerra, los desastres que provocaba en quienes la sufrieron en sus propias
carnes, no era desde luego el único factor que motivaba el empobrecimiento de
la experiencia. Los periódicos, la prensa, evitaban que el lector participase y se
apropiase de las informaciones en forma de experiencia: “los principios de la in-
formación periodística (novedad, brevedad, inteligibilidad y, sobre todo, la falta de
toda conexión entre las noticias aisladas) contribuyen a dicho defecto tanto como
la compaginación y el estilo lingüístico”74. La información, expresada de ese modo,
queda fuera de la experiencia y, por tanto, no formará parte de la “tradición”. Como
apuntaba Benjamin: “En la sustitución del antiguo relato por la información y de la
información por la ‘sensación’ se refleja la atrofia progresiva de la experiencia”75.
Con este ejemplo se observa perfectamente la diferencia entre la vivencia (Erleib-
nis) y la experiencia (Erfahrung): la primera es de consumo rápido, cuantitativo, a
golpes de efecto, imposibilitando la transmisión pausada; la segunda, en cambio,
busca la comunicabilidad de la experiencia por medio de una narración encarnada
79
Gorka López de Munain
en la vida del relator. “Así en lo narrado queda el signo del narrador, como la huella
de la mano del alfarero sobre la vasija de arcilla”76.
Las imágenes que transmiten experiencia son, también, aquéllas en las que ha
quedado impresa la huella de una situación dada y que, por su naturaleza ritual, pa-
san al marco de la tradición77. Como explica Catherine Perret, el aura es un concep-
to dialéctico apropiado para la experiencia dialéctica, es la experiencia en sentido
propio78. La autora asocia el aura a la experiencia en tanto que Erfahrung. El aura
no es un concepto cerrado, definible o susceptible de ser acotado y su apreciación
siempre entraña dificultades por su componente social; es una cualidad que se
asocia a los objetos y que entra de lleno en la cuestión de la percepción, mientras
que la experiencia se sitúa en el ámbito de su comunicación y transmisión, en el
contexto de una tradición que legitima su autoridad. Ambas instancias, por tanto,
podrían comprenderse como las dos caras de una misma moneda –a pesar de que
la idea de Erfahrung es más amplia que la de aura–.
Si tratamos de aplicar estas ideas para una mejor comprensión de la huella del
rostro –esa última “trinchera” del aura–, entendemos la importancia de prestar
atención a aquello que podríamos denominar experiencia aurática. La imagen
provoca en quien la observa (o en quien participa de ella) una experiencia que
depende de lo que Benjamin definía, a partir de las lecturas de Proust, como la
mémoire involontaire [memoria involuntaria]. Por otro lado, estamos ante una
experiencia que se inserta, a priori, dentro de una tradición determinada y que
participa de un culto establecido79. Este valor cultual asociado a la imagen ge-
nera, a su vez, toda una constelación de imágenes mentales que la envuelven,
semantizando la experiencia aurática80. Sin embargo, la repetición constante de
esa misma práctica cultual por la fuerza de la tradición, a lo largo de sucesivas
generaciones, puede hacer que su aura se vea “empobrecida” y, en definitiva,
disminuida hasta casi su total anulación81. El aura, pues, se empobrecerá cuan-
76 Ibid., p. 33.
77 Todo ello partiendo, como explica Didi-Huberman, del hecho de que Benjamin oponía el con-
cepto de aura al de huella en su Libro de los pasajes. El propósito será, pues, “examinar qué
puede ser una auratización de la huella”. G. Didi-Huberman, Falenas, cit., p. 211.
78 C. Perret, Walter Benjamin sans destin, La Lettre volée, Bruselas, 2007, pp. 119-120.
79 Como recuerda Didi-Huberman, la idea de culto benajminiana no tiene porqué asociarse a lo
religioso o al ámbito de las creencias.
80 Para Didi-Huberman, “es el valor de ‘culto’ lo que daría al aura su verdadero poder de experien-
cia”. G. Didi-Huberman, Lo que vemos, lo que nos mira, Manantial, Buenos Aires, 2010, p. 97.
Sin embargo, es importante advertir que el valor de culto no es una condición sine qua non, ya
que una obra no adscrita a un culto establecido puede perfectamente generar en el espectador
una experiencia aurática.
81 “Quitarle la envoltura a cada objeto, triturar su aura, es la signatura de una percepción cuyo
80
La máscara como imagen
sentido para lo igual en el mundo ha crecido tanto que incluso, por medio de la reproducción, le
gana terreno a lo irrepetible.” Cfr. W. Benjamin, “La obra de arte en la época de su reproducción
técnica”, en Discursos interrumpidos I, Taurus, Madrid, 1973, p. 25.
82 W. Benjamin, “Sobre algunos temas en Baudelaire”, cit., p. 32.
83 La citada definición del aura como una “trama particular de espacio y tiempo” no fue desarrolla-
da de forma concreta por el filósofo alemán y tan sólo podemos especular sobre su significado
poniéndola en paralelo con sus ideas al respecto del tiempo. Benjamin sí que insiste varias ve-
ces en la idea del “aquí y ahora” de la obra de arte que se pierde en su reproducción, palabras
que nos remiten igualmente al espacio y al tiempo. Pensamos que se refiere al presente de
la obra, a su realidad hoy (aquí y ahora) que acumula toda una serie de pasados, pues como
apunta, “en dicha existencia singular, y en ninguna otra cosa, se realizó la historia a la que ha
estado sometida en el curso de su perduración. También cuentan las alteraciones que haya
padecido en su estructura física a lo largo del tiempo”, véase: W. Benjamin, “La obra de arte
en la época de su reproducción técnica”, 20. Importa su presente, su presencia actual como
testimonio único, irrepetible e irreproducible del pasado.
81
Gorka López de Munain
Podría afirmarse que la semejanza ha sido uno de los principales hilos configura-
dores de la trama visual que opera en los siglos en los que nos venimos moviendo.
Sin embargo, esta afirmación por sí misma nos dice muy poco, ya que los matices
que la rodean son interminables y nos obligan a tantear el terreno con precaución.
82
La máscara como imagen
Fig. 1.3 Exvotos de cera. Ermita de San Tirso, Dornillas (Castilla y León).
83
Gorka López de Munain
Y de aquí parece que los Cristianos tomaron costumbre de ofrecer ciertas imagines de cera
en los templos, y ciertas muñecas, cuando alguna parte del cuerpo está enferma, así como
la mano, o el pie, o la teta, luego hacemos nuestros votos, y promesas a Dios, y a sus santos
de llevarles su bulto hecho de cera: y cuando alcanzamos salud, ofrecemos aquella mano, o
aquel pie, o aquella teta que teníamos enferma de cera. Y aún haya prevalecido tanto esta
costumbre, que estas mismas muñecas, y figuras se han traspasado de los hombres a los
otros animales, y así también las ponemos en los templos por el buey, o por la oveja, o por
el caballo, como por las personas, o por parte enferma de ellas. Costumbre fue, según dice
Catón en los libros que escribió de las cosas del campo, entre los romanos hacer votos, y
promesas por la salud de los bueyes, y la manera de estas promesas, y sacrificios pone el
dicho Catón en el mismo lugar, de los cual parece nosotros los Cristianos, imitamos en esto
la religión de los antiguos.
De igual modo, en otras culturas antiguas se aprecia esta misma práctica, como
ocurre con los conocidos exvotos ibéricos. Pero, como nos recuerda el pensador
francés,
poco importa para nuestro propósito saber exactamente cuándo se originaron los rituales
votivos: nos es suficiente constatar que las formas típicas del exvoto, por ejemplo las formas
anatómicas, prácticamente no han evolucionado desde la Antigüedad griega, etrusca o
romana hasta hoy día (ni en lo relativo a las dimensiones, a la elección de materiales, a las
técnicas de fabricación, ni tampoco en lo que afecta al “estilo” de la figuración, que sería
mejor calificar como una insensibilidad formal a toda afirmación de estilo) y aun las podemos
contemplar en santuarios cristianos de Chipre, Baviera, Italia o de la Península Ibérica88.
Las formas de las imágenes votivas se han mantenido constantes, ya que lo que
importa de ellas es su semejanza con aquello que se desea sanar: una pierna, una
mano, una cabeza, un pulmón, un corazón… En ellas predomina notablemente el
uso de la cera, material estrechamente conectado con las máscaras mortuorias.
Su plasticidad y capacidad de reproducción lo convierte en el material idóneo tanto
para las máscaras faciales (realizadas tanto en vida como después de la muerte)
como para los exvotos de todo tipo.
La cera, en tanto que material que acepta múltiples plasticidades, se presta perfectamente
a todas las labilidades del síntoma que el objeto votivo trata mágicamente de devolver a su
estado anterior, de sanar, de transfigurar. La cera aparece y desaparece, es decir, puede
84
La máscara como imagen
Sin necesidad de ahondar más en sus peculiaridades, para lo cual existe una abun-
dante bibliografía90, podemos ver cómo la semejanza ha sido uno de los principales
ejes vertebradores de la producción visual de diferentes culturas en épocas muy
variadas. Hablar de la semejanza en términos abstractos no sirve de mucho y, por
ello, es preciso concretar y ofrecer algunas pautas mínimas que después iremos
desglosando con el desarrollo de la investigación. Será importante apuntalar algu-
nas ideas básicas ya que, en la huella del rostro, lo que en todo momento actúa
como reclamo visual es precisamente la semejanza con el mismo; su semejanza
por contacto.
Son numerosas las variantes que se pueden encontrar en diferentes textos alu-
diendo a la idea del objeto similar a su referente, constituyendo en suma una rica
y variada trama semántica. Recogemos las palabras de Foucault a este respecto
para introducir el problema que nos ocupa:
Hasta finales del siglo XVI, la semejanza ha desempeñado un papel constructivo en el saber
de la cultura occidental. En gran parte, fue ella la que guio la exégesis e interpretación de los
textos; la que organizó el juego de los símbolos, permitió el conocimiento de las cosas visibles
e invisibles, dirigió el arte de representarlas. El mundo se enrollaba sobre sí mismo: la tierra
repetía el cielo, los rostros se reflejaban en las estrellas y la hierba ocultaba en sus tallos los
secretos que servían al hombre. La pintura imitaba el espacio. Y la representación –ya fuera
fiesta o saber– se daba como repetición: teatro de la vida o espejo del mundo, he ahí el título
de cualquier lenguaje, su manera de anunciarse y de formular su derecho a hablar91.
El filósofo francés plantea en su obra Las palabras y las cosas una pequeña sín-
tesis de las principales “figuras que prescriben sus articulaciones al saber de la
semejanza”92. Considera que son cuatro las que deben considerarse “esenciales”:
convenientia, aemulatio, analogia y la sympathia, las cuales “nos dicen cómo ha
de replegarse el mundo sobre sí mismo, duplicarse, reflejarse o encadenarse, para
que las cosas puedan asemejarse. Nos dicen cuáles son los caminos de la similitud
y por dónde pasan; no dónde está ni cómo se la ve, ni por qué marca se la recono-
ce.93” Las similitudes han de ser mostradas por la superficie de las cosas; el rostro
89 Ibid., p. 25.
90 Véase una importante recopilación bibliográfica en la página web del Archivo de Exvotos de la
Revista Sans Soleil: [Link]
91 M. Foucault, Las palabras y las cosas: una arqueología de las ciencias humanas, Siglo XXI,
Madrid, 2010, p. 26.
92 Ibid.
93 Ibid., 34.
85
Gorka López de Munain
impreso en una máscara mortuoria es similar al rostro del cadáver porque cono-
cemos el referente, de lo contrario tan sólo sabremos que es semejante a un ser
humano muerto, pero no podremos acceder al siguiente nivel de conocimiento. La
superficie que se muestra es sólo un resorte de cuya activación dependen otros mu-
chos factores. La máscara mortuoria de Nietzsche conserva todo su poder pertur-
bador porque sabemos quién era la persona a la que se asemeja; si desconocemos
su identidad, tal vez sólo nos conmoverá el hecho de sostener la representación
del rostro de una persona muerta. De nuevo, como puede deducirse fácilmente,
vemos cómo las constelaciones de lo aurático y de la presencia extienden su fuerza
de atracción hacia otros elementos afines, como es en este caso la semejanza. A
estas circunstancias debemos sumar una nueva problemática: la correspondiente a
la imprecisión del rostro como algo determinado o concreto. Benedetto Croce llegó
incluso a negar la exactitud de cualquier concepto de “parecido”, ya que el rostro
tiene infinidad de expresiones cambiantes y, por tanto, no hay una única cara, sino
miles diferentes94.
94 B. Croce, Problemi di estetica: e contributi alla storia dell’estetica italiana, G. Laterza & figli,
Bari, 1923, pp. 258-259. Citado en: E. H. Gombrich, “La máscara y la cara: La percepción del
parecido fisonómico en la vida y en el arte”, en Arte, percepción y realidad, Editorial Paidós,
Barcelona, 1983, p. 19, nota 8.
86
La máscara como imagen
cuestionar los propios cimientos de algunos modos de hacer Historia del Arte. Como
explica Didi-Huberman, se podría decir que, a diferencia de la imitación figurativa,
que prioriza y valora la copia separada del modelo óptico, la imitación o mímesis
por contacto hace del resultado obtenido una copia que es el “hijo carnal”, táctil, y
no un reflejo atenuado de su modelo95. Las implicaciones que tiene la obtención de
un objeto a partir de un molde creado por contacto “carnal” con el modelo precisa
de un enfoque interdisciplinar abierto. A pesar de que la semejanza, la mímesis o la
imitación son categorías estéticas tradicionales de la Historia del Arte, rara vez se
ha considerado la mímesis por contacto. Ésta presenta una paradoja interna que
no es fácil de afrontar: la mejor y más perfecta imitación con respecto al modelo
se realiza mediante una técnica que no precisa de la intervención de una mano de
obra especializada o entrenada en las bellas artes.
Es significativo comprobar que el interés por la huella viaja paralelo al interés que
determinados momentos históricos han tenido por reflejar en un soporte dado la
apariencia de las cosas, su similitud96. La huella define una verdad y una similitud
diferente a la del pintor o escultor. En este sentido, se asemeja más a la fotografía,
pero confiriéndole de una tridimensionalidad exacta, real, incontestable: detiene en
el tiempo la imagen veraz de un rostro. Pero, quizá, más que de una imagen veraz,
deberíamos hablar de simulacro, de espejismo. El material empleado no es el “real”,
no es la carne y los huesos lo que lo constituye, pero la apariencia es extrema.
87
Gorka López de Munain
llevaban a cabo prácticas muy similares en las que los peregrinos portaban enor-
mes cirios de su altura que después eran depositados en los altares a modo de
ofreda votiva98.
Miremos una vez más este ser espléndido que irradia belleza: lo veo, es perfectamente
semejante a sí mismo; se parece. El cadáver es su propia imagen. Con este mundo donde
todavía aparece, sólo tiene las relaciones de una imagen, posibilidad oscura, sombra siempre
presente detrás de la forma viva y que ahora, lejos de separarse de esta forma, la transforma
enteramente en sombra. El cadáver es reflejo que domina la vida reflejada, absorbiéndola,
identificándose sustancialmente con ella, al hacerla pasar de su valor de uso y de verdad
a algo increíble, inusual y neutro. (...) Es lo semejante, semejante en un grado absoluto,
trastornante y maravilloso. Pero ¿a qué se parece? A nada99.
98 Estos y otros ejemplos semejantes aparecen recogidos en: G. Didi-Huberman, Exvoto, cit., p.
40 y sig.
99 M. Blanchot, El espacio literario, Editorial Paidós, Barcelona, 1992, p. 247.
88
1.2- La máscara contra el tiempo
Por su parte, las investigaciones más recientes sobre la relación que une al tiem-
po con las imágenes –el modo en el que se articulan ambas instancias– vienen
incidiendo en la definitiva disolución del tiempo lineal que impuso el cristianismo y
89
Gorka López de Munain
Son muchas las temporalidades que pueden converger en las imágenes, desde
su mismo acto de creación hasta el desarrollo de su recorrido vital como objeto
generador de significaciones culturales. El molde del rostro detiene la temporali-
dad natural (biológica) en un objeto sólido, inmóvil. El rostro que dibuja la máscara
no envejece, no se modifica, pues ha detenido el tiempo biológico de su modelo.
En cambio, como artefacto de nueva creación, inaugura una nueva temporalidad
propia que le es única y exclusiva y, a su vez, inicia también una red de intercone-
xiones temporales con aquellos objetos (personas, obras de arte, etc.) que estén
en su ámbito de acción. Podemos pensar que su tiempo vital propio (como objeto)
es lineal, cronológico, pero las interconexiones que genera (como imagen) son ine-
vitablemente anacrónicas, azarosas e indeterminadas. La imagen quizá más que
“ante el tiempo”, se sitúa “contra el tiempo”. Éste le concierne, le afecta e interactúa
de un modo complejo y muy diverso. No empleamos el adverbio “contra” sólo en
el sentido usual de enfrentamiento, sino también (y sobre todo) en el de apoyo, de
conexión, de relación intensa, de contacto4.
Para Alexander Nagel y Christopher S. Wood, las obras de arte manifiestan mejor
que ningún otro artefacto esos efectos de pliegues y curvas del tiempo, ya que se
relacionan con éste de manera plural:
La obra de arte está hecha o diseñada por un individuo o por un grupo de individuos en un
momento dado, pero también apunta más allá de ese instante retrotrayéndose a un origen
remoto y ancestral o, quizá, hacia un artefacto anterior o hacia un origen fuera del tiempo, en
la divinidad. Al mismo tiempo avanza hacia todos sus receptores futuros, quienes lo activarán
y reactivarán como un evento significativo. La obra de arte es un mensaje cuyos remitentes y
destinatarios se alternan constantemente5.
3 Un ejemplo reciente de este modo de posicionarse desde la Historia del Arte lo encontramos
en: K. Moxey, El tiempo de lo visual. La imagen en la historia, Sans Soleil Ediciones, Barcelona,
2015.
4 Idea tomada del modo en el que Chantal Maillard utiliza la palabra “contra” en su obra: C. Mai-
llard, Contra el Arte y otras Imposturas, Pre-textos, Valencia, 2008.
5 A. Nagel; C. S. Wood, Anachronic Renaissance, Zone Books, Nueva York, 2010, p. 9.
90
La máscara contra el tiempo
Al igual que los autores anteriormente citados, Didi-Huberman propone a este res-
pecto una mirada anacrónica y crítica a los acontecimientos del pasado que supere
la antigua consideración negativa que hacia este modo de historiar se tenía por
parte de algunos historiadores, quienes lo calificaban como su verdadera “bestia
negra”6. Negar el anacronismo es negar una paradoja de la que nadie puede sus-
traerse: el estudio del pasado inevitablemente ha de hacerse desde nuestro pre-
sente. El problema reside en el grado de aceptación de tal paradoja y en el modo en
el que se “dosifica” el phármakon (en palabras de Didi-Huberman) del anacronismo,
pues no es difícil caer en una espiral descontrolada de interpretaciones subjetivas7.
No se puede ocultar que el anacronismo es un concepto muy polémico y su práctica
sigue hoy día siendo altamente criticada. Pero las imágenes nos demuestran que
no tienen un único devenir temporal histórico sino que, por el contrario, presentan
múltiples encuentros anacrónicos. Éstas se sitúan contra el tiempo, ajenas a la
linealidad que a éste último se le presupone, describiendo un desarrollo azaroso y
de tipo rizomático al que sólo podemos acercarnos desde nuestro tiempo (presen-
te). La imagen recorre el tiempo de la historia amalgamando significados y memo-
rias en forma de constelación hasta armar un conglomerado heterogéneo8.
Resulta difícil no evocar en este punto, aunque sea brevemente, las ideas de Wal-
ter Benjamin expresadas en muchos de sus escritos. Desde su temprana obra El
origen del drama barroco alemán, el joven Benjamin se cuestionaba ya los proble-
mas fundamentales que conllevaba historiar unos hechos (o unos objetos). Para
él, lo importante no era responder al cómo se han desarrollado las cosas, sino
saber plantear bien el problema, las preguntas. Es decir, se da cuenta de que “la
transformación del pasado en historia va en función del presente del historiador,
del momento en el tiempo y del lugar en el espacio en que se engendra su discur-
so”9. Rompe con la idea de progreso (orientado bajo un telos definido) que habían
iniciado los pensadores de la Ilustración y que culminaría con las ideas de Hegel.
6 Didi-huberman explica este problema poniendo como ejemplo a Lucien de Febvre (en su obra
El problema de la incredulidad en el siglo XVI) contra quien señala que no se puede evitar el
anacronismo pues “si ‘cada época se fabrica mentalmente su universo’ [cita de Febvre], ¿cómo
el historiador podrá salir completamente de su propio ‘universo mental’ y pensar solamente en
la ‘herramienta’ de épocas perimidas?”. G. Didi-Huberman, Ante el tiempo: historia del arte y
anacronismo de las imágenes, Adriana Hidalgo Editora, Buenos Aires, 2008, pp. 51-53.
7 Ibid., 57.
8 Aunque en este punto nos surge una problemática difícil de resolver: ¿son las imágenes las que
amalgaman memorias o por el contrario es la memoria social “superviviente” la que “provoca”
que las imágenes “sobrevivan”? Estas dudas se verán en parte resueltas en el apartado dedi-
cado “La huella superviviente: un gesto sin origen”.
9 S. Mosès, El Ángel de la Historia: Rosenzweig, Benjamin, Scholem, Cátedra ; Universitat de
València, Madrid : [Valencia], 1997, pp. 81-82.
91
Gorka López de Munain
Benjamin adopta una posición totalmente contraria a aquella que defiende la linea-
lidad del tiempo histórico, y pone en valor la necesaria consideración del presente
del historiador tanto para condicionar su visión del pasado como la de su propio
futuro10. Como apunta Stéphan Mosès, “escribir la historia no es recuperar el pa-
sado, es crearlo a partir de nuestro propio presente; o más bien, es interpretar las
huellas que ha dejado el pasado, transformarlas en signos, es, a fin de cuentas,
‘leer la realidad como un texto’”11. En las Tesis de filosofía de la historia, el alemán
aglutina muchas de las ideas que aparecían en sus obras anteriores. En la novena
tesis, una de las más comentadas y citadas, Benjamin se inspira en una acuarela
de Paul Klee para explicar brevemente su modo de entender la historia, el tiempo
y la idea de progreso:
Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él se representa a un ángel que
parece como si estuviera a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están
desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas. Y éste deberá ser el
aspecto del ángel de la historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos
manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente
ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos
y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado
en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja
irreteniblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas
crecen ante él hasta el cielo. Este huracán es lo que nosotros llamamos progreso (Sobre el
concepto de historia, Tesis IX)12.
10 Ibid., 82-83.
11 Ibid., 123.
12 Traducción tomada de la obra de Mosès, Ibid., 145.
92
La máscara contra el tiempo
Estas poliédricas propuestas nos ayudan a reflexionar y tomar posición como histo-
riadores de las imágenes del pasado. Creemos que, si vamos a tratar con este tipo
de imágenes, es pertinente detenerse unos instantes a definir cuál va a ser nues-
tra posición con respecto a éstas. Tanto la máscara mortuoria egipcia que vació
Thutmosis, como cualquiera realizada en el Renacimiento, son obras que nos con-
ciernen y nos cuestionan hoy, en nuestro más estricto presente. En algunos casos
pueden estar dotando de sentido a otros discursos –o al nuestro mismo– y quizá
generando otras imágenes derivadas (fotografías, ilustraciones de libros u obras de
arte por ejemplo), mientras se exponen en las vitrinas de algún museo; otras, en
cambio, pueden estar descansando en algún almacén o en alguna capilla sin que
nadie haya reparado en su presencia.
13 “(...) estaría en esa articulación inevitablemente perdida en la que la verdad de las cosas es
inseparable de la verdad del discurso que inmediatamente la oscurece y la pierde. Nueva cruel-
dad de la historia que obliga a invertir la relación y a abandonar la búsqueda ‘adolescente’: de-
trás de la verdad, siempre reciente, avara desmesurada, hay milenaria proliferación de errores”.
M. Foucault, Nietzsche, la genealogía, la historia, Pre-Textos, Valencia, 2008, p. 21.
14 No podemos obviar en este punto las observaciones de Moxey al analizar cómo el historiador
no puede dejar de estar presente en el texto que construye. Se derrumba así el mito de la obje-
tividad. Véase, especialmente, la parte 2 del libro: K. Moxey, El tiempo de lo visual. La imagen
en la historia, cit.
93
Gorka López de Munain
riador cultural”15) que más intensamente se esforzó por desentrañar este difícil
conglomerado temporal-visual, pero antes de entrar con ello debemos insistir en
algunos puntos importantes.
También estoy afirmando que las obras de arte o, en verdad, muchas imágenes, tienen la
capacidad de crear su propio tiempo para los espectadores atentos. La respuesta afectiva,
sin embargo, se determina por la situación temporal en la que se produce. Pero al igual
que sucede con otros fragmentos del pasado, no se puede mantener a raya a las obras
de arte en el supuesto de que pertenezcan a períodos y lugares distintos del presente.
La intensidad y la complejidad de la respuesta están tan embebidas en el tiempo como
lo están las propias obras. Los objetos visuales perturban y alteran la cronología en vez
de organizarla. Es este sentido anárquico de la temporalidad el que caracterizo como
anacrónico. El tiempo anacrónico no puede reconciliarse con la arquitectura historicista
que estructura con firmeza la historia del arte. […] Se ha dignificado tradicionalmente a las
imágenes con el estatus de “arte” precisamente porque son capaces de conmover a las
personas que las experimentan. No reconocer el poder de esa experiencia estética les roba
su fuerza sobre el espectador16.
Sin embargo, por otra parte, y tal y como han expuesto Nagel y Wood –en línea con
lo argumentado por Warburg–, las imágenes en tanto que obras materiales insertas
en un proceso creativo presentan múltiples temporalidades que, desde el presente,
miran al pasado y proyectan al futuro. “Más bien, la obra simplemente es su propio
precursor, de tal manera que lo anterior no es más lo anterior sino lo presente”17.
Con ello comenzamos a adentrarnos en el fenómeno del Nachleben warburguiano
por medio del cual cualquier etapa recorrida puede ser la originaria: no hay un ori-
gen definido, sólo un gesto –una tensión– que recorre el tiempo y que emerge de
manera misteriosa en determinadas formas y en períodos diversos.
94
La máscara contra el tiempo
Le mímesis por contacto como creación voluntaria, como técnica, tiene igualmente
unos orígenes remotos. Sabemos que los antiguos babilonios en el año 2000 a.C.
95
Gorka López de Munain
realizaban piezas de yeso en serie gracias al empleo de moldes (fig. 1.4). En ellas
aparecen representaciones de dioses y de espíritus pertenecientes a sus creen-
cias, pero también se pueden ver escenas domésticas de la vida cotidiana. Si bien
no contamos con muchos ejemplos de este tipo de épocas lejanas, es de sobra co-
nocido su uso generalizado por parte de los artesanos de la época. A lo largo de la
investigación iremos viendo cómo la semejanza por contacto se ha empleado con
fines muy diversos, desde la reproducción de figuritas votivas, hasta la obtención
de moldes para el estudio anatómico de deformidades.
Incluso ese poder de presencia puede activarse sin que tengamos conocimiento
alguno de la persona representada o, más aún, sin que dicha imagen haya sido
confeccionada de forma voluntaria. En unas excavaciones francesas dedicadas a
la recuperación de restos de época romana, apareció un extraño retrato en negati-
vo de pequeñas dimensiones. Al realizar el positivo del molde, surgió el rostro de un
bebé perfectamente conservado. Los investigadores, sorprendidos con aquel mis-
terioso rostro, sugirieron que tal vez un desprendimiento de tierras ocurrido cuando
el enterramiento era reciente, pudo provocar que la efigie del infante imprimiera sus
facciones sobre el fango húmedo, el cual, al secarse, acabaría convirtiéndose en
un molde perfecto24. Este ejemplo va más allá de las huellas realizadas de forma
intencional por las personas, pues ni siquiera hay una intención (humana) detrás;
se podría calificar de imagen acheiropoiética (de naturaleza no humana).
23 Véase el Apéndice I (Breves notas sobre los orígenes de las máscaras mortuorias. Los cráneos
modelados del neolítico y el valor del ritual), en: E. Benkard, Rostros inmortales. Una colección
de máscaras mortuorias, Sans Soleil Ediciones, Barcelona, 2013, pp. 207-212.
24 G. Coulon, L’enfant en Gaule romaine, Errance, París, 1994, pp. 154-157.
96
La máscara contra el tiempo
En el apartado dedicado al modo en el que creemos que deben ponerse las imáge-
nes “contra el tiempo” defendíamos la necesidad de una mirada –por parte del histo-
riador– heterocrónica que contemplase las manifestaciones visuales al margen de un
tiempo supuestamente universal: cada cultura tiene su particular noción del tiempo
y no debe sustraerse al tiempo dictado por el poder hegemónico de cada momento.
Por otra parte, no podemos encuadrar las obras de arte o los objetos del pasado, por
mucho que algunos historiadores se resistan, en su temporalidad originaria por dos
motivos fundamentales: primero, porque la experiencia de los mismos se hará siem-
pre desde el presente; y, segundo, porque estos coulobjetos han tenido un desarrollo
temporal más allá del instante de su creación o uso (pretendidamente) originario. Ello
hace que sea necesario un enfoque anacrónico que subraye el presente de la expe-
riencia contemplando, también, la vida de la imagen en un sentido diacrónico.
Sin embargo, una mirada anacrónica, y que incorpore la sensibilidad hacia las di-
versas temporalidades heterogéneas, y transcultural a los objetos visuales que
97
Gorka López de Munain
El símbolo y la imagen realizan para Warburg la misma función que, según Semon, realiza
el engrama en el sistema nervioso central del individuo: en ellos se cristalizan una carga
energética y una experiencia emotiva que sobreviven como una herencia transmitida por la
memoria social y que, como la electricidad condensada en una botella de Leiden, se vuelven
efectivas a través del contacto con la “voluntad” selectiva de una época determinada29.
Esa capacidad de las imágenes para “contener”, de manera latente, una carga
que puede ser reactivada tiempo después, presenta vínculos con nuestra noción
de presencia que no podemos dejar de señalar. La presencia en las imágenes la
habíamos presentado como esa alteración del medio que condiciona la recep-
ción; la imagen, en términos warburgianos, estaría también condicionada –carga-
da– por una experiencia que es capaz de sobrevivir en el tiempo. Sin embargo,
28 Realizamos esta afirmación provisional teniendo en cuenta, como señala con insistencia Eliade,
que no se puede hablar gratuitamente de “la unidad de reacciones del hombre primitivo con res-
pecto a la Naturaleza”. M. Eliade, Imágenes y símbolos: ensayos sobre el simbolismo mágico
-religioso, Taurus, Madrid, 1989, p. 33. Por su parte, Joseph Campbell ya desde las primeras
páginas de su famosa obra Las máscaras de Dios se expresa en términos opuestos, lo cual
nos pone ante un brete que tendremos que encarar: “[el] resultado principal para mí ha sido la
confirmación de una idea que mantuve larga y confiadamente: la unidad de la raza humana, no
sólo en su historia biológica sino también en la espiritual (...)”. J. Campbell, Las máscaras de
Dios, vol. 1, Alianza, Madrid, 1991, p. 13. Desde una óptica radicalmente opuesta, David Free-
dberg apunta algunos argumentos de base neurológica para defender una continuidad en las
respuestas: “En El poder de las imágenes describí una gran variedad de respuestas emociona-
les y físicas a las obras de arte que parecían recurrentes tanto temporal como geográficamente.
Tal vez fue la idea de recurrencia la que provocó fuertes acusaciones por haber priorizado las
respuestas innatas (a pesar de que prácticamente no usé esta palabra), como si “innata” fuera
de algún modo una palabra que no concuerda con los conceptos sacrosantos del contexto y de
la construcción social de las respuestas. Pero no lo es (…). Véase D. Freedberg, “Empatía,
movimiento y emoción”, en Ander Gondra Aguirre, Gorka López de Munain (eds.) Estudios de
la imagen. Experiencia, percepción, sentido(s), Shangrila, Santander, 2014, p. 164.
29 Citado en: G. Agamben, La potencia del pensamiento, Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2007, p.
168.
98
La máscara contra el tiempo
La Kunstgeschichte [historia del arte] cuenta, por ejemplo, que un género de las bellas artes
denominado “retrato” emerge en el Renacimiento gracias al triunfo humanista del individuo
y al progreso de las técnicas miméticas; pero la Kulturwissenschaft [ciencia de la cultura] de
Warburg contará otra historia, según el tiempo mucho más complejo de un recruzamiento –
un entrelazo, una sobredeterminación– de la magia antigua y pagana (supervivencias de la
imago romana), de la liturgia medieval y cristiana (práctica de los exvotos en forma de efigies)
y de los datos artísticos e intelectuales propios del Quattrocento; el retrato se transfigurará
entonces, ante nuestros ojos, convirtiéndose en el soporte antropológico de un “poder
mitopoyético” que la historia del arte vasariana se había mostrado incapaz de explicar31.
El Nachleben warburgiano es, sobre todo, una relación de las imágenes con/en el
tiempo y el espacio. Esta idea del “vivir después” sobre la que se apoyaba el histo-
riador de la cultura hamburgués, tenía ya en su momento una importante tradición
dentro de la antropología anglosajona con la noción de “survival”. Resulta llamativo
comprobar que Schlosser, cuando se refiere a la supervivencia de determinadas
prácticas en su estudio de la escultura en cera, utilice la palabra survival y no Na-
chleben, lo que habría sido natural32. También Warburg empleará en otros escritos
30 G. Didi-Huberman, La imagen superviviente. Historia del arte y tiempo de los fantasmas según
Aby Warburg, Abada Editores, Madrid, 2009, p. 34.
31 Ibid., p. 44.
32 Ibid., pp. 45-46.
99
Gorka López de Munain
100
La máscara contra el tiempo
Tylor insiste en más ejemplos que buscan dotar de solidez argumental a su teoría,
pero con el extracto citado quedan perfectamente claras las principales líneas que
explican los survivals. Según recoge el autor, éstos “son procesos, costumbres,
opiniones, etc., que han pasado, por la fuerza del hábito, a un nuevo estado de
la sociedad, distinto de aquél en el que tuvieron su marco original, y así perduran
como pruebas y ejemplos de una situación cultural más antigua, que ha evoluciona-
do hasta otra más nueva”38. Como subraya Harris, los survivals pueden ser socio-
culturales o biológicos y desde antes de la aparición de la obra de Tylor formaban
parte integrante del método comparativo, pero fue el inglés quien lo singularizó y lo
hizo popular39. Todas estas teorías tuvieron una expansión formidable adquiriendo
formas y derivas particulares en función del antropólogo que las aplicara o teoriza-
ra sobre ellas. Todo ello llevó a que en el siglo XX los funcionalistas arremetieran
duramente contra los survivals, siendo famosas las diatribas abiertas por Bronislaw
Malinowsky contra tales ideas. Harris demuestra que en muchos casos los argu-
mentos empleados por Malinowsky eran gratuitos “y llenos de humo”, los cuales
en suma contribuyeron a desprestigiar los survivals, cuando en definitiva éstos han
estado siempre presentes (no directamente aludidos) en la propia práctica diacróni-
ca de historiar40. No podemos pasar por alto el hecho de que Tylor escribió su obra
Cultura Primitiva en 1871, cuando los posicionamientos éticos de los antropólogos
estaban en las antípodas de los actuales. Por tanto, su tendencia a la ridiculización
de ciertas costumbres y su tratamiento despectivo hacia determinadas culturas o
prácticas culturales no nos debe impedir valorar de forma crítica el valor de unas
ideas que resultaron sumamente influyentes.
101
Gorka López de Munain
Resulta igualmente sugerente el vínculo que Tylor propone con relación al tiempo
cuando dice, como hemos visto en la cita, que “en tales comparaciones, poco res-
peto es necesario a la fecha en la historia o al lugar en el mapa”. Para el inglés, la
mirada que buscaba indagar en los survivals debía ser anacrónica y alocal. Cuan-
do, por ejemplo, se examina un juego actual, diferentes formas de escritura, orna-
mentos, costumbres, o cualquier fenómeno bajo el método comparativo, el tiempo
o el lugar en el que éstos se den con respecto a aquéllos con los que han de ser
comparados nada importa, siempre y cuando los lazos de conexión sean lo sufi-
cientemente sólidos como para establecer una relación con sentido. Pero Tylor no
sólo adelanta aplicaciones de la teoría de los survivals para la historia o la antropo-
logía; también se adentra en otros terrenos como el de la historia del arte o la moda
incidiendo en su carácter transversal41.
Pero adaptar estas teorías, teniendo en cuenta las feroces críticas vertidas por
antropólogos como Claude Levi-Strauss, a la historia del arte presentó (y presenta)
unas dificultades excepcionales. Es conocido que Warburg se interesó por estas
vías, ya que como él mismo comentó, “había desarrollado un verdadero asco al
esteticismo de la historia del arte. La consideración formal de la imagen –incapaz
de comprender su necesidad biológica como producto intermedio entre la religión
y el arte (…) [le] parecía no producir más que un estéril conjunto de palabras”42.
Esta postura crítica le hizo buscar las claves de estudio en otras fuentes, a menudo
alejadas de la historia del arte de su tiempo. La obra más relevante en este senti-
do, a pesar de no estar concebida para su publicación, es sin duda la conferencia
ofrecida en el Sanatorio Bellevue de Kreuzlingen (Suiza) titulada “Imágenes de la
región de los indios pueblo de América del Norte”43. En ella el alemán relata su viaje
por diferentes regiones de América del Norte realizando una singular interpretación
de los rituales que él mismo pudo contemplar y fotografiar estableciendo nexos con
otras culturas como la Antigüedad pagana44. Si bien sus bases teóricas beben de
41 “Aquí está la ‘madreselva’ de Asiria, allí la flor de lis de los Anjou, una cornisa con una greca
corre alrededor del techo, el estilo Luis XIV y su padre el Renacimiento se reparten entre sí el
espejo. Transformados, cambiados o mutilados, estos elementos artísticos muestran todavía su
historia, claramente impresa en ellos (…). Lo mismo ocurre con la moda de los trajes de hom-
bres. Los ridículos rabitos de la carcasa de los postillones alemanes muestran por sí solo cómo
llegaron a reducirse a rudimentos tan absurdos (…)”. E. B. Tylor, Cultura primitiva, cit., p. 33.
42 Apuntes tomados en borradores que Warburg tenía para su conferencia de Kreuzlingen. Cfr.
Warburg, El ritual de la serpiente, 73.
43 Existen diversas ediciones de este texto. El título con el que habitualmente se conoce: Schlang-
enritual, corresponde a la edición de Fritz Saxl de 1939. Nosotros nos basaremos en la reciente
traducción al castellano de Joaquín Etorena Homaeche que sigue la edición alemana de 1988
con el epílogo de Ulrich Raulff: A. Warburg, El ritual de la serpiente, cit.
44 Para una lectura crítica y ponderada (lejos de las habituales posturas que encumbran a War-
102
La máscara contra el tiempo
Warburg viajó a los Estados Unidos en 1895 para acudir a la boda de su hermano
Paul con Nina Loeb que tendría lugar en Nueva York. Sin embargo, aprovechó para
poder hacer un viaje por el oeste para conocer de cerca las prácticas rituales de
los indios de la región. Para ello visitó las bibliotecas etnográficas en Harvard y en
Washington, y se entrevistó con autoridades como Franz Boas y Cyrus Adler, así
como Frank Hamilton Cushing y, especialmente, James Mooney45. Se trata de un
viaje que ha sido comentado muchísimas veces por parte de los historiadores del
arte interesados en Warburg, pero las opiniones sobre el mismo difieren sustancial-
mente entre unos y otros. Tras la “recuperación” historiográfica de Warburg en los
años noventa, los primeros trabajos coincidían en ver este viaje como el verdadero
detonante de las principales teorías warburgianas, considerando al alemán como
un hombre profundamente interesado y gran conocedor de estas culturas. Por el
contrario, recientemente se está tendiendo a matizar esta visión idealizada en favor
de una versión más realista que sitúa a Warburg dentro de los múltiples curiosos
(acaudalados) que viajaban a aquellas tierras para no perderse un espectáculo
que amenazaba con desaparecer por la fuerza del progreso. Freedberg comen-
ta cómo Warburg actuó en algunos casos con actitudes muy alejadas de las que
debieran exigirse en todo acercamiento etnográfico, interviniendo en los rituales
y fotografiándolos independientemente de que esto supusiera una interferencia
inapropiada46. Pero más allá de estas cuestiones, lo cierto es que este viaje ayudó a
Warburg a plantear las ideas que más adelante maduraría sobre la memoria social.
Memoria social y supervivencia son dos conceptos tan complejos como problemá-
ticos y buena prueba de ello es la falta de unión y consenso entre quienes los han
estudiado.
burg como un gran antropólogo) de la estancia de Warburg en América del Norte véase: D.
Freedberg, “Warburg’s Mask: A Study in Idolatry”, en Mariet Westerman (ed.) Anthropologies
of Art, Clark Institute Press, Williamstown, 2005. Más recientemente: D. Freedberg; L. Vi-
ves-Ferrándiz Sánchez, Las máscaras de Aby Warburg, Sans Soleil Ediciones, Barcelona,
2013.
45 D. Freedberg; L. Vives-Ferrándiz Sánchez, Las máscaras de Aby Warburg, cit., p. 47.
46 Estos argumentos son desarrollados de forma extensa en: D. Freedberg; L. Vives-Ferrándiz
Sánchez, Las máscaras de Aby Warburg, cit.
103
Gorka López de Munain
ria social. Para Fernando Checa, Warburg “encuentra profundos hilos de conexión
entre la Antigüedad clásica y el arte de los pueblos primitivos”47, y es precisamente
aquí donde se encuentra uno de los interrogantes fundamentales: ¿de qué modo
entiende Warburg que Atenas y Oraibi son parientes? Es decir, ¿qué relación tienen
sus ideas sobre la supervivencia de la Antigüedad en el Renacimiento (Nachleben
der Antike) con todo lo que aprendió en su viaje americano48?, ¿cuál es la vincula-
ción efectiva entre la memoria social y la supervivencia (Nachleben)?
47 F. Checa, “La idea de imagen artística en Aby Warburg: el Atlas Mnemosyne (1924-1929), por
Fernando Checa”, en Atlas Mnemosyne, Akal, Madrid, 2010 (Arte y Estética), p. 137.
48 En la parte final de su conferencia, Warburg elabora un argumento mezclando los rituales con
serpientes de los indios moki en Oraibi y Walpi, con las ménades danzantes, el Laocoonte, los
cultos a Asclepio, la biblia, etc. llegando a la conclusión de que la serpiente “resulta ser un sím-
bolo intercultural”. A. Warburg, El ritual de la serpiente, cit., p. 60.
49 La edición castellana del texto, con el título “Aby Warburg y la ciencia sin nombre”, está incluida
en la recopilación: G. Agamben, La potencia del pensamiento, cit., pp. 157-187.
50 Ibid., p. 162.
51 Citado en: Ibid., p. 164.
52 García Mahíques sitúa esta conferencia como el punto de arranque de una iconología que, en
manos de Panofsky, adquiriría su posterior madurez y su conocida formulación metodológica:
R. García Mahíques, “Aby Warburg y la imagen astrológica. Los inicios de la Iconología”, Mi-
llars: espai i història, vol. 19, 1996.
104
La máscara contra el tiempo
el tiempo y el espacio muy compleja que hace necesarias unas breves puntualiza-
ciones. En primer lugar, creemos importante insistir en una cuestión muy fácil de
malinterpretar y, también, muy difícil de explicar, como es la distinción entre la ima-
gen material (en este caso la máscara facial) y el gesto, la tensión, que subyace de
fondo. La supervivencia tal y como la entendemos se encontraría precisamente en
la pulsión, en el gesto que promueve la creación de expresiones plásticas muy simi-
lares en contextos cultu(r)ales y épocas diversas. Sin embargo, no todo puede sim-
plificarse en esta idea, la cual es sumamente básica y aplicable a infinidad de casos.
105
1.3- Presencia, vacío, huella
Decíamos anteriormente que las imágenes tienen una relación estrecha con la idea
de “potencia”; una potencia que nunca es en un sentido estricto (por ejemplo, en
el retrato el sujeto representado no cobra vida), pero que propone otras formas de
ser en el medio. Suele decirse a menudo que las imágenes muestran la ausencia
1 Pueden ampliarse estas conexiones entre la presencia y los iconos en: H. Belting, Imagen y
culto: una historia de la imagen anterior a la era del arte, Akal, Madrid, 2010.
2 R. Barthes, La cámara lúcida, Editorial Paidós, Barcelona, 2009.
107
Gorka López de Munain
Hablar a las esculturas o a las pinturas, besarlas o morderlas, exclamando que las obras
de arte, a su vez, miran al espectador, le hablan, le escuchan (…) enamorarse, desearlas u
odiarlas: todas estas reacciones a las obras de arte son parte de una larga lista de respuestas
generadas por los observadores en las que las obras son tratadas no como los objetos
inanimados que son, sino como seres vivientes cuya presencia se siente de forma muy similar
a la de los seres vivos3.
3 C. van Eck, “Living Statues: Alfred Gell’s Art and Agency, Living Presence Response and the
Sublime”, Art History, vol. 33, 4, 2010, p. 643.
4 Uno de los introductores principales a la investigación de las respuestas de las personas al po-
der de las imágenes es David Freedberg en su obra ya comentada de El poder de las imágenes.
108
Presencia, vacío, huella
dan sentido. De ahí que, por ejemplo, la larva o fantasma de los romanos acabará
transformándose en lar, máscara del antepasado que fijará la presencia del difunto
en un objeto5.
El objeto, que pasará a ser imagen, suplanta así al cuerpo del difunto que, antes
de la muerte, era el verdadero lugar de la presencia. Esta transferencia, lejos de
ser algo anecdótico, condensa una energía que permite modificar el medio y pro-
piciar así la creación de la presencia en ámbitos, objetos o lugares insospechados
–desde una fotografía hasta un recuerdo–. Belting señala que “la imagen no era
únicamente una compensación, sino que, con el acto de la suplantación, adquiría
un “ser” capaz de representar en nombre de un cuerpo”6. Es, precisamente, este
“ser” de la imagen el que perseguimos con esta investigación.
109
Gorka López de Munain
ritual, y satisfacen las necesidades tanto comunes como personales. La vida del mundo,
materialmente manifestada, una vez exorcizada en nombre de la legibilidad y la racionalidad,
ha vuelto para cautivarnos10.
El autor identifica el llamado “giro pictorial” o “giro icónico” con una nueva tenden-
cia por parte de los historiadores del arte a reconocer las exigencias ontológicas
de unos artefactos visuales que escapan a los encorsetamientos disciplinares de
épocas pasadas. No se trataría, pues, de forzar a los objetos a encajar en deter-
minados patrones de significado, sino más bien atender a lo que “dicen” desde su
presente anacrónico –Moxey incorpora en este punto las ideas sobre la temporali-
dad de Didi-Huberman–11. Si bien plantea un recorrido completo e interesante sobre
esta nueva tendencia en los estudios de la imagen, a nuestro juicio se echa en falta
una mayor apuesta interdisciplinar –especialmente en un cruce con la antropolo-
gía– que, sin duda, enriquecería significativamente su análisis mediante ejemplos
donde esta “agencia” de las imágenes se pone de manifiesto. En todo caso, y a
pesar de las derivas que ha tomado el tema en ciertos ámbitos, es estimulante ver
cómo determinados problemas que han sido habitualmente desatendidos se reto-
man y se incorporan a los debates actuales12.
Por un lado, está lo que veo de la tumba, es decir la evidencia de un volumen, en general una
masa de piedra, más o menos geométrica, más o menos figurativa, más o menos cubierta
de inscripciones: una masa de piedra siempre trabajada, que atrae a su lado el mundo de los
objetos tallados o modelados, el mundo del arte y el artefacto en general. Por el otro, está
–diré de nuevo– lo que me mira: y lo que me mira en una situación tal ya no tiene nada de
10 Ibid., p. 97-98.
11 Ibid.
12 Para un acercamiento desde la crítica contemporánea, véase: S. Martínez Luna, “Presencia,
materialidad y crítica”, Salon Kritik, 2013, en [Link]
terialidad_y_criti.php. Pueden ampliarse algunas ideas de este mismo autor en: S. Martínez
Luna, “La antropología, el arte y la vida de las cosas. Una aproximación desde Art and Agency
de Alfred Gell”, AIBR. Revista de Antropología Iberoamericana, 2012..
110
Presencia, vacío, huella
La máscara mortuoria nos impone una imagen imposible de ver14. Nos habla
también de nuestro destino, del cual no podemos escapar, obligándonos prácti-
camente a negar el vacío y a abrazar la presencia. No es un volumen convexo
inocente, un simple recuerdo, más o menos morboso, más o menos extraño,
aunque a menudo, como ocurre con las tumbas o con las fotografías de nues-
tros familiares difuntos, nos empeñemos en obviarlo. No es tanto la posibilidad
de presencia lo que nos perturba, sino la evidencia de una ausencia ante la
que no podemos permanecer indiferentes; y es que, aunque nos aferremos a la
presencia, ésta también puede ser la de la muerte, no sólo la del difunto repre-
sentado.
13 G. Didi-Huberman, Lo que vemos, lo que nos mira, Manantial, Buenos Aires, 2010, p. 19.
14 Ibid., p. 20.
111
Gorka López de Munain
Podemos caminar entre el “ateísmo metodológico” que, para el estudio de las re-
ligiones, proponía Peter Berger o el “filisteísmo metodológico” aplicado al estudio
de lo estético del que hablaba Alfred Gell15, y así mantener una cómoda distancia
científica con los objetos que irán apareciendo a lo largo de las próximas páginas.
Podemos hacerlo si analizamos la cuestión de la presencia en los ídolos de la Edad
de Bronce o en las figuras de los antepasados tau-tau de Indonesia; ahí la distancia
resulta confortable en tanto que no nos concierne directamente pero, ¿qué ocurre
con aquellas imágenes que nos interpelan de forma directa o nos resultan más
cercanas? La fotografía de un ser querido ya fallecido demuestra que todavía hoy
tenemos esa creencia en la presencia que habita ciertos objetos cotidianos –no
necesariamente sacralizados por las religiones instituidas–. Existe una conexión
superviviente que une las pinturas de las cavernas con las imágenes que rodean
nuestro día a día; esa conexión reside en el poder de presencia de las imágenes,
en ese daimon que en ocasiones las habita.
Pero podemos ir más allá y cuestionarnos cómo debemos encarar las imágenes
que se creían poseídas por algún ser diabólico o que directamente eran habitadas
por un dios. Las mismas dudas nos asolarían ante los innumerables relatos de
imágenes que adquieren vida e interactúan con las personas de forma natural16.
¿Cómo abordar estas cuestiones? Como veremos más adelante, existen multitud
112
Presencia, vacío, huella
de ejemplos en los que las imágenes de los antepasados participaban en los fune-
rales oficiales e incluso la efigie del difunto (en ocasiones animada por un mimo)
recorría el camino del ceremonial. También indagaremos en los rituales de anima-
ción de estatuillas sobre las que después se llevaban a cabo prácticas mágicas que
hoy día nos resultan muy difíciles de comprender. Estas tradiciones vinculadas a
artefactos visuales son, asimismo, salpimentadas por toda una pléyade de textos y
fuentes sobre fantasmas, retornados, aoroi, etc., que configuran en suma un cóctel
complejo, difícil de analizar en un estudio de estas características, pero que intui-
mos alberga una verdad necesaria para comprender los mecanismos que articulan
la presencia en las imágenes. Es por ello que de un frío filisteísmo metodológico
preferimos pasar a una actitud de mayor compromiso a pesar de lo esquivo, im-
pensable o extravagante que, en un primer vistazo, puedan parecer algunos de los
temas de los que nos ocuparemos.
Plotino.
Diferentes culturas a lo largo y ancho del mundo, y en tiempos muy diversos, han
observado en ciertas imágenes la capacidad de constituirse en lugar o espacio
susceptible de ser habitado por una presencia17. Para los griegos era la psyqué la
17 Junto a David Freedberg y Hans Belting, podemos considerar a Alfred Gell como otro de los
animadores principales de esta corriente a partir de la introducción del concepto de “agencia”
en su influyente obra: A. Gell, Art and Agency: An Anthropological Theory, Oxford University
Press, Oxford, 1998. Esta idea busca ir más allá del estudio de las reacciones y respuestas
que las personas tienen ante las imágenes –postura defendida por ejemplo por David Free-
dberg– para indagar directamente en la agencia que ellas ejercen. Ésta sería el poder que
tienen ciertas obras para influir sobre sus observadores y hacerles actuar como si realmente se
estuvieran relacionando con personas vivas y no con objetos inanimados (C. van Eck, “Living
Statues: Alfred Gell’s Art and Agency, Living Presence Response and the Sublime”, cit., p. 643.).
Como consecuencia de este esfuerzo de teorización, la obra de Gell se convirtió rápidamente
en una referencia ineludible tan aplaudida como criticada debido a la complejidad y abstracción
de algunas de las ideas expuestas (como la articulación que realiza entre sus conceptos clave
como “agencia”, “índice”, “prototipo”, “artista” y “recipiente”). Como apunta Caroline van Eck,
“hay una característica definitoria de la respuesta a la presencia animada que no está cubierta
por la teoría de Gell: su carácter experiencial. Art and Agency identifica los modos en los que
los índices provocan que las personas hagan cosas (en el sentido amplio de la palabra), y esta
identificación depende fuertemente de la psicología cognitiva de Pascal Boyer. Pero no entra
en detalle con la experiencia vívida de aquellos afectados por el índice”. El marco teórico que
hemos adoptado para esta investigación resuelve en buena medida las carencias identificadas
113
Gorka López de Munain
que habitaba en los colossos; para los japoneses es el gyakushu del difunto el que
habita los ema de tipo kuyô egaku18; para los cristianos es el propio Cristo quien se
encuentra encarnado en la hostia durante la Eucaristía; en la cultura egipcia el Ka
del muerto se presentaba en las estatuas del enterramiento; o, sin necesidad de
irnos tan lejos en el tiempo, vemos cómo el recuerdo y la memoria del desaparecido
pervive en las fotografías que se emplean en los funerales koreanos19. En casos
más llamativos, los íberos llegaron a construir auténticas “torres de almas”, como
el monumento de Pozo Moro (Chinchilla, Albacete), elevadas con el fin de trasladar
hacia el más allá las almas de quienes habían fallecido20.
Los ejemplos pueden ser interminables y todos ellos inevitablemente apuntan hacia
un mismo hecho que se cruza constantemente en nuestro camino: la “imagen” –en-
tendida del modo descrito en los apartados anteriores– reclama una experiencia en
el observador que, en buena medida, se basa en una fe (o creencia) en la presencia.
Cuando intervienen tanto las religiones como las creencias en la conformación de
dicha fe, resulta muy difícil nombrar su esquiva realidad (alma, espíritu, presencia,
psyqué, antepasado...); por ello, hemos optado por denominar “imagen daimónica”
a aquella imagen que se encuentra activada –o en potencia– y a la que las perso-
nas le atribuyen una presencia alojada en su interior. No será necesario ahondar en
exceso en la compleja arqueología de esta palabra, pues simplemente funcionará
como un punto de apoyo sobre el que poder avanzar con mayor comodidad.
La imagen daimónica será pues la imagen habitada y animada por una presencia.
Que el objeto esté habitado o no dependerá del mirante, del sujeto que tiene una ex-
periencia frente a él. Las figuras adquirirán ese poder de presencia si las personas se
lo otorgan por medio del proceso (ritual) que en cada caso sea preciso: la condición
de habitabilidad la define quienes se relacionan con la imagen. A continuación pre-
sentaremos una rápida panorámica de estas “imágenes daimónicas” tomando como
punto de arranque algunas de las culturas más importantes de la Antigüedad; tras
este recorrido, el retorno al análisis de las máscaras mortuorias revelará un perfil
nuevo, una óptica distinta –incluso incómoda–, pero radicalmente sugerente.
por van Eck en la obra de Gell. Esta forma de pensar las imágenes sitúa el foco en la percep-
ción y en la experiencia acontecida, lo que vendría a complementar las ideas sobre la agencia
aportadas por el antropólogo norteamericano.
18 C. Thompson, “Visiones olvidadas del más allá. Los retratos votivos póstumos del siglo XIX en
Iwate (Japón) redescubiertos”, Revista Sans Soleil - Estudios de la Imagen, vol. 5, 2, 2013, p. 169.
19 J. Kim, “Korean funerary photo-portraiture. Vernacular photographic practice as parallax”, Pho-
tographies, vol. 2, 1, 2009.
20 F. L. Pardo, “La torre de las almas: un recorrido por los mitos y creencias del mundo fenicio y
orientalizante a través del monumento de Pozo Moro”, Gerión, vol. 24, 10, 2006.
114
Presencia, vacío, huella
21 Seguiremos para este ejemplo el artículo de Daisuke Shibata donde se ofrecen multitud de
referencias para ampliar las ideas aquí levemente esbozadas. Véase: D. Shibata, “A Nimrud
Manuscript of the Fourth Tablet of the Series «mīs pî», «CTN» IV 170 (+) 188, and a «Kiutu»
Incantation to the Sun God”, Iraq, vol. 70, 2008.
22 Ibid., p. 190.
115
Gorka López de Munain
cia, no sólo en complejas ceremonias como la apertura de los ojos, como ocurre
en la religión hindú23, sino también, por ejemplo, en el culto a determinados santos
populares como la Difunta Correa o el Gauchito Gil, por citar dos de los más céle-
bres24. La fe en el poder de las imágenes que profesaban los antiguos sacerdotes
mesopotámicos se encuentra presente con pareja intensidad en los peregrinos que
anualmente recorren las tierras de la provincia argentina de Corrientes para ofrecer
sus presentes a la imagen del Gauchito Gil. Este tipo de paralelismos pueden indu-
dablemente parecer excesivos o infundados pero, como se ha visto anteriormente,
un enfoque desde la supervivencia de los gestos nos permite conectar ambas rea-
lidades y, lo que es más importante, comprender o atisbar el complejo entramado
que subyace a dichas expresiones.
Además de profesar unas actitudes hacia las imágenes de gran intensidad mágica,
las culturas mesopotámicas fueron mucho más allá de esa primera pátina. Como
explica Zainab Bahrani, “decimos que el arte de la Antigüedad era mágico, pero
realmente era mucho más que eso”25. La belleza y la excelencia en la factura de las
pinturas, esculturas o construcciones era algo prioritario que de ninguna manera
podía quedar desatendido. Existen numerosos textos en los que se subraya la im-
portancia de este factor, como podemos ver en la siguiente descripción que el rey
asirio Shalmeneser III (858-24 a.C) hace de su propia escultura:
Hice una sagrada, brillante y preciosa estatua de alabastro, cuya factura era hermosa a la
vista (y) su apariencia era excelente. La erigí ante el dios Adad, mi señor. Cuando el dios
Adad, mi señor, mira a esta estatua, puede sentirse realmente honrado (y) así comandar
el alargamiento de mis días, proclamar la multiplicación de mis años (y) decretar a diario la
eliminación de la enfermedad de mi cuerpo26.
Bahrani insiste en que este tipo de esculturas se sitúan en una ambivalencia per-
manente: son un objeto y no lo son, son una imagen y no lo son, son el rey y no lo
son... es decir, las prácticas que rodean a estas piezas hacen que su naturaleza
trascienda los límites de la representación para penetrar directamente en la dialéc-
tica de la presencia. Es aquí donde hallamos el elemento central de la discusión:
el paso del tiempo, lo efímero, en definitiva, la muerte, han alentado (y siguen ha-
23 Para un estudio de estos rituales, véase: D. L. Eck, Darśan. La visión de la imagen divina en la
India, Sans Soleil Ediciones, Barcelona, 2015.
24 Puede encontrarse un repertorio mucho más amplio pero igualmente sugerente en: F. Grazia-
no, Cultures of Devotion: Folk Saints of Spanish America, Oxford University Press, Londres y
Nueva York, 2007.
25 Z. Bahrani, The Infinite Image: Art, Time and the Aesthetic Dimension in Antiquity, Reaktion
Books, Londres, 2014, p. 43.
26 Texto tomado de: Ibid.
116
Presencia, vacío, huella
Pero no sólo las imágenes u objetos materiales podían ser los espacios en los cua-
les habitara la presencia: el propio cuerpo humano también podía convertirse de
igual modo en medio a través de rituales de tipo apotropaico. De hecho, la palabra
salmu (usada por los asirios y los babilonios), que habitualmente se traduce por
representación, se aplicaba también a las personas que formaban parte de estos
ceremoniales. Cuando una predicción astronómica revelaba un mal augurio, se se-
leccionaba a un hombre de entre la gente y se le vestía como un rey para participar
en un rito por medio del cual pasaba a sustituir al verdadero monarca. Esta imagen
o sustituto humano debía sufrir en sus carnes el mal augurio mientras que la per-
sona que hasta ese momento había sido el rey observaba todo el proceso desde
fuera, como un ciudadano más. Esta trasposición de la presencia del monarca en
un medio orgánico debía realizarse en el marco de una fe en la presencia que no
tuviera fisura alguna; durante el ritual, el hombre disfrazado era a todas luces el
salmu del rey28.
Con estos ejemplos, que podrían sumarse a toda una muestra interminable de
casos similares en diferentes culturas de la Antigüedad, se puede apreciar perfec-
tamente cómo la imagen –material u orgánica– y la presencia forman un binomio
difícilmente separable. Estos tempranos casos nos permiten presentar las líneas
maestras de una discusión que se irá enriqueciendo con cada ejemplar, gesto, re-
cuerdo o concepto que sumemos a este caldo de cultivo aún sin definir.
La Grecia que vio nacer los mitos clásicos se gestó entre dáimones, augures, psy-
qué voladoras, espíritus errantes que visitaban a sus allegados durante la noche,
grutas en las que se escuchaba el canto de la Sibila o a donde acudían los iatro-
mantis para contactar con los dioses después de largas incubaciones. El colossos,
27 Ibid., p. 10.
28 Ibid., p. 69.
117
Gorka López de Munain
el bretas o el xoanon eran imágenes (la primera fija y las otras móviles y en ocasio-
nes anicónicas) en las que la presencia jugaba un papel determinante y las escul-
turas funerarias se construían para albergar el alma del difunto. Partimos por tanto
de un contexto en el que aquello que llamamos alma o espíritu era algo común,
formaba parte del día a día, pudiendo incluso interactuar con las personas a través
de imágenes o por medio de formas más sutiles como los sueños o las apariciones
brumosas en la noche.
En Grecia existían muchos tipos de daimones, sobre los cuales los especialistas en
la cultura griega han debatido profundamente29, pero para el tema que nos ocupa
podemos partir de la consideración que sobre este concepto se tenía desde Época
Arcaica hasta su reformulación en tiempos de Platón. En un principio el daimon era
una fuerza –similar en cierto modo a una moira– que se ligaba al individuo desde
su nacimiento para determinar, total o parcialmente, su destino. De hecho, decía
Heráclito que “el carácter de un hombre es su destino”, por lo que se deduce que
el daimon arcaico estaría vinculado a su personalidad, a su suerte, a su talento...
algo que en muchos casos dependía también de los designios de los dioses. Se-
gún Píndaro “el gran propósito de Zeus dirige al daimon de los hombres a quienes
ama”30. Sin embargo, como explica Dodds, Platón transforma esta idea convirtiendo
al daimon en un espíritu-guía que gozaría de un largo recorrido posterior, primero
entre los estoicos y después, con otro nombre, durante el cristianismo. En los diá-
logos platónicos existen multitud de referencias a los daimones (o démones). Por
ejemplo, en El Banquete, Diotima dialoga con Sócrates refiriéndose a Eros:
–Como en los ejemplos anteriores –dijo–, algo intermedio entre lo mortal y lo inmortal.
–¿Y qué es ello, Diotima?
–Un gran demon, Sócrates. Pues también todo lo demónico está entre la divinidad y lo mortal.
–¿Y qué poder tiene? –dije yo–.
–Interpreta y comunica a los dioses las cosas de los hombres y a los hombres las de los
dioses, súplicas y sacrificios de los unos, y de los otros órdenes y recompensas por los
sacrificios. Al estar en medio de unos y otros llena el espacio entre ambos, de suerte que el
todo queda unido consigo mismo como un continuo31.
Platón introduce aquí un elemento que es central en nuestra investigación. Para él, el
daimon –en la edición citada se opta por emplear la palabra “demon”– es una entidad
metafísica intermediaria que opera entre los dioses y los hombres: es un metaxu o
29 Véase por ejemplo, a modo de introducción al tema: E. R. Dodds, Los griegos y lo irracional.,
Alianza Editorial, Madrid, 1999.
30 Ibid., p. 52.
31 El Banquete, 202d-e. Tomado de la edición: Platón, Diálogos III: Fedón, Banquete, Fedro,
Editorial Gredos, Barcelona, 2006.
118
Presencia, vacío, huella
La psyqué estaba hecha o modelada de aire. Sin embargo, su figura mantenía el parecido
con el cuerpo que le había dado cobijo. Era como una marioneta o un ídolo, un exacto reflejo,
ilusorio y vano, que solo se manifestaba en la oscuridad de la muerte y de la noche. Lo único
que la distinguía del cuerpo en vida era, precisamente, su inconsistencia, su carne neblinosa
y mortecina que se deshilachaba al menor contacto37.
Estas almas o figuraciones etéreas visitaban de noche a las personas con las que
habían compartido la vida, lo cual era motivo de gozo y alegría, e incluso el propio
Aquiles en cierta ocasión trató de abrazar en vano a la sombra de su amigo Patro-
119
Gorka López de Munain
clo, aunque pronto advirtió que se estaba abrazando a sí mismo mientras la apari-
ción se esfumaba. Sin duda, estas imágenes daimónicas fluían en el mismo medio,
transparente, inasible, propiciatorio de su aparición –su presencia–, que precisaban
las imágenes materiales para hacer sensibles los espectros que las habitaban.
La primera es el texto de la ley sagrada sobre la acogida de los suplicantes llegados del extranjero.
Si la persona cuyo testimonio alega el suplicante ha muerto, en su país o en otro lugar, y el
dueño de la casa que acoge al suplicante para otorgarle de ahora en adelante su protección
conoce al individuo que le envía, le invoca por su nombre durante tres días consecutivos. Si no
conoce la identidad de quien le manda, pronuncia la fórmula: “humano, seas hombre o mujer”.
Luego construye dos colossoi, uno de hombre, otro de mujer, en madera o en barro. Les sienta
38 J.-P. Vernant, Mito y pensamiento en la Grecia Antigua, Ariel, Barcelona, 2001, pp. 302-316. Si
bien para el tema que nos ocupa el texto de Vernant es una obra fundamental, su premisa de
que la mímesis y las imágenes semejantes fueron creadas en sentido pleno en la Grecia clásica
está siendo recientemente debatido. Para una aproximación al debate, véase: Z. Bahrani, The
Infinite Image, cit., p. 59.
39 Vernant, Mito y pensamiento en la Grecia Antigua, cit., p. 304.
120
Presencia, vacío, huella
a su mesa y les sirve una parte de todos los alimentos. Habiéndose así puesto en regla con el
difunto anónimo que le ha enviado al suplicante, el amo de la casa lo aleja de ella y lo reenvía
al universo de los muertos: finalizado el rito de hospitalidad toma los colossoi y las porciones de
alimento. Los lleva a un bosque no talado donde hinca los colossoi al suelo.
La segunda inscripción reproduce el texto del juramento que garantiza las obligaciones
recíprocas de los colonos que parten para África, a Cirene, y de sus conciudadanos que
permanecen en la metrópolis de Tera. El juramento se practica de la forma siguiente: se
fabrican unos colossoi, esta vez de cera; se les arroja al fuego pronunciando la fórmula: “Que
quien fuera infiel a este juramento se licúe y desaparezca él, su linaje y sus bienes”.
Como se puede comprobar, las imágenes adquieren un estatus cercano al del ser
humano –su presencia– cuando se dan las propiedades de activación precisas por
medio del ritual (sea cual sea éste en cada una de las prácticas que analicemos).
Estos rituales griegos de suplicantes buscaban, gracias a las imágenes, facilitar el
paso del mundo de los vivos al de los muertos; las imágenes materiales se conver-
tían así en espacios habitables para las psyqués errantes40.
Una vez más, Vernant plantea las preguntas adecuadas para comprender y dimen-
sionar el fenómeno que estamos intentando analizar:
40 Sin embargo, recordemos –aun a riesgo de resultar tediosos– que el espacio real sobre el que
habitarán las presencias será el medio; es en él donde se generará la imagen que podremos
percibir como presente. La idea de imagen como lugar de la presencia es un recurso para hacer
más ágil el desarrollo.
41 Existen, no obstante, múltiples versiones y variantes del mito. Véase: A. R. de Elvira, “Laoda-
mía y Protesilao”, Cuadernos de filología clásica: Estudios latinos, 1, 1991.
121
Gorka López de Munain
¿Cómo una piedra, labrada y colocada por la mano del hombre puede encerrar una
significación de doble que la conexione con fenómenos psíquicos incontrolables y misterios
como la imagen onírica o la aparición sobrenatural? ¿De qué forma se explica que una
losa bastamente tallada pueda, en ciertas condiciones, aparecer desdoblada ella también,
ambigua, orientada una cara hacia lo invisible?
Llegados a este punto, el caso de los famosos kouroi (fig. 1.5), en los que el alma o
psyqué debía habitar para perpetuar la memoria social del difunto, podría funcionar
como nexo perfecto entre lo aquí expuesto y ciertos usos de las máscaras mortuorias;
pero aún nos quedan algunos casos singulares más que comentar para mostrar con
claridad el fondo común que hace que las imágenes sean un lugar de la presencia.
Indudablemente existen otros muchos ejemplos en los que las imágenes son trata-
das como seres y objetos vivos –desde la cultura egipcia, pasando por las mesopotá-
micas, las andinas, las mesoamericanas o las orientales– que no hacen sino revelar
ese sustrato o gesto compartido mediante el cual las figuras son animadas, hablan,
participan en reuniones, toman decisiones, acompañan al difunto en su trayecto ha-
cia el más allá, etc. Ya hemos visto cómo en la antigua Mesopotamia, sin el ritual, las
imágenes no eran más que piedras talladas pero, una vez cumplido el ceremonial,
éstas pasaban a albergar la presencia de los dioses. Sin embargo, lo importante es
comprender que este gesto sobrevive a lo largo del tiempo tomando nuevas formas
y realidades hasta llegar a nuestro presente más inmediato (lógicamente adaptado a
la realidad de nuestra sociedad, donde la presencia pasa a habitar nuevos medios).
No podemos detenernos en el análisis de todos los casos en los que las imágenes
presentan estas características de “vitalidad”, pues excedería el propósito de la
investigación, pero sí podemos ahondar en algunos casos significativos. Comence-
mos por situar el foco en el contexto de la magia teúrgica, cuyas primeras noticias,
122
Presencia, vacío, huella
según nos cuenta Dodds, aparecieron en la Grecia helenística del siglo segundo.
En palabras de Proclo (s. V d. C), la teúrgia era “un poder más alto que toda la hu-
mana sabiduría, que abraza las bendiciones de la adivinación, los poderes purifica-
dores de la iniciación y, en una frase, todas las operaciones de la posesión divina”43.
Una de las ramas principales de la teúrgia estaba dedicada a la consagración y
animación de estatuas milagrosas para obtener gracias a ellas oráculos; otra, por
supuesto, era la encargada de la elaboración de estatuillas mágicas de los dioses44.
Como explica Dodds, esta vertiente
43 E. R. Dodds, Los griegos y lo irracional., cit., p. 274. Para ampliar la vertiente de Proclo como
teurgo véase: Proclo, Lecturas del Crátilo de Platón, ed. Jesús María Álvarez, Ángel Gabilondo
y José María García (Madrid: Akal, 1999).
44 Dodds divide la magia teúrgica en dos ramas diferenciadas: la teléstica, dedicada a la elabora-
ción de imágenes, y la mediúmnica, que requería del empleo de un médium en trance.
45 E. R. Dodds, Los griegos y lo irracional., cit., p. 276.
123
Gorka López de Munain
Este tipo de creencias tenían una fuerte conexión con Egipto, donde estaba amplia-
mente extendida la idea de que las imágenes podían estar habitadas por los dioses o
por otras instancias. El ejemplo más claro lo encontramos en el ritual de apertura de
la boca. Se trata de un ritual muy antiguo que en sus inicios estaba dedicado a la ani-
mación o vivificación de la estatua mortuoria, pero después fue extendiéndose su uso
a todo tipo de objetos, desde las ofrendas hasta los propios templos46. Esta práctica
“transformaba la estatua manufacturada por los artesanos en un cuerpo cultual ca-
paz de ser animado por un dios o un espíritu ancestral en el marco de unas acciones
sagradas”47. Aunque hay muchos elementos divergentes, presenta en sus bases una
conexión clara con el ritual de lavado de boca que hemos visto para el caso mesopo-
támico. En ambos, las figuras eran animadas en un marco sagrado y se convertían
así en receptáculos para las deidades u otras manifestaciones de orden divino.
En una piedra de jaspe graba una figura de Sarapis sentado, con un cetro real egipcio y sobre
el cetro un ibis; en el reverso de la piedra el nombre, y mantenla encerrada. Para su utilización
ten el anillo en la derecha y en la izquierda un ramo de olivo y otro de laurel, moviéndolos
sobre la lámpara al tiempo que recitas la fórmula siete veces; ajusta en el dedo índice de tu
mano izquierda el anillo mirando hacia dentro; pega de esta manera la piedra a tu oído y vete
a dormir alejándote sin respuesta49.
46 J. Assmann, Death and Salvation in Ancient Egypt, Cornell University Press, 2005, p. 312.
47 Ibid.
48 Teoría defendida entre otros por J. Z. Smith, Relating Religion: Essays in the Study of Religion,
University of Chicago Press, Chicago, 2004. Citado en: A. García Avilés, “Imagen y Ritual: Alfon-
so X y la creación de imágenes en la Edad Media”, Anales de historia del arte, 1, 2010, p. 11.
49 J. L. Calvo Martínez; M. D. Romero (trads.), Textos de magia en papiros griegos, Editorial
Gredos, Madrid, 1987, p. 199.
124
Presencia, vacío, huella
Toma 28 hojas de laurel medular y tierra virgen y semilla de artemisa, harina de trigo y yerba
de cinocéfalo […]; todo ello lo sujeta en sus manos un muchacho puro. Con los ingredientes
mencionados se une el líquido de un huevo de ibis para conseguir una mezcla total y una
figura de Hermes vestido con clámide, cuando la luna esté saliendo en Aries o Leo, Virgo o
Sagitario. El Hermes debe sostener un caduceo.
Este tipo de prácticas mágicas tuvieron, como hemos visto, una fuerte presencia en
la Grecia helenística por el influjo de otras culturas como la egipcia y, como era de
esperar, su recorrido no quedó truncado con la llegada del cristianismo: la teúrgia
se perpetuó adoptando nuevas prácticas y entremezclándose con otras nuevas
como el culto a las reliquias. Sin embargo, es preciso realizar algunas matizaciones
ya que, para el estudio de las fases más tempranas del cristianismo, nos topamos
con importantes limitaciones: no nos ha llegado ningún objeto vinculado al cristia-
nismo, con un significativo componente simbólico-visual, anterior al año 200. Se
sabe que los primeros cristianos evitaban las representaciones y hasta la realiza-
ción de determinadas pinturas en las catacumbas; todo lo que tenemos entra en el
terreno de la excepción. Se han vertido multitud de teorías al respecto (la observa-
ción de la espiritualidad frente a la materialidad, la importancia de la palabra frente
a la imagen como herencia del judaísmo…), pero ninguna de ellas parece resolver
el problema. Para Finney, los primeros cristianos pasaban absolutamente desaper-
cibidos y no configuraban una forma definida de cultura, por lo que no tendrían ni
requerirían de unas imágenes propias: querían permanecer invisibles51. Tras estos
50 Ibid., p. 197.
51 P. Corby Finney, The Invisible God: The Earliest Christians on Art, Oxford University Press,
125
Gorka López de Munain
Tras la caída del Imperio Romano, las imágenes de culto fueron permanente obje-
to de discusión en el seno del cristianismo, ya que muchos teólogos identificaban
directamente el paganismo con la idolatría y la magia. Como explica Alejandro
García Avilés, este nuevo impulso en favor de las imágenes que se observa a
partir del año 1000 “discurrió paralelo a una nueva miniaturización del ritual en el
ámbito de la cultura islámica [confluyendo ambos procesos en torno al siglo XIII]
dando lugar a que eventualmente se confundieran los procesos de elaboración
de imágenes mágicas e imágenes de culto”52. Tenemos por tanto en todo este
proceso un perfecto campo de análisis para observar el modo en el que se discu-
te el problema de la presencia en unos siglos cruciales en los que, poco a poco
–y motivado por factores que abordaremos más adelante– el naturalismo de las
representaciones va ganando terreno y las máscaras mortuorias y los vaciados
faciales harán de nuevo su aparición tras siglos de letargo.
Pero, antes, veamos rápidamente algunas de las líneas maestras de esta creen-
cia en las estatuas habitadas para después empezar a conectar los entramados
particulares que animan este modo de pensar y de relacionarse con las imágenes
con otras realidades y experiencias más afines a nuestro objeto de estudio. La
teúrgia tardoantigua, y más concretamente la teléstica, en su confrontación con
el territorio de lo cristiano, suscitó extensos debates que nos han dejado testimo-
nios muy elocuentes. Por supuesto, no faltaron las ridiculizaciones tempranas a
unas prácticas que desde el cristianismo se criticaban abiertamente, pero que por
otro lado constituían una amenaza para una cultura en la que las imágenes ten-
drían con el tiempo un lugar determinante. En el temprano siglo III, Minucio Félix
se preguntaba irónicamente cuándo una estatua no es más que materia inerte y
cuándo un objeto divino:
Quizá se me diga que la piedra, el leño o la plata no es todavía un dios. Entonces ¿cuándo
empieza a serlo? Pues resulta que se le funde, se le forja, se le esculpe y todavía no es un
dios; o bien se le suelda, ensambla, erige y tampoco es dios todavía; o bien se le adorna, se
le consagra, se le implora: entonces es por fin un dios, cuando el hombre lo ha querido y le
ha dedicado culto53.
126
Presencia, vacío, huella
Los relicarios son otro de los fenómenos que no podemos obviar en este repaso a
algunos de los receptáculos de presencia más destacados. Éstos extienden la idea
de imagen habitada no ya de forma mágica o metafórica, sino que lo hacen eviden-
te en sentido material mediante la incrustación de la propia reliquia en la figura o
127
Gorka López de Munain
imagen que la contiene. Son así imágenes habitadas en sentido orgánico –pues en
la mayoría de los casos las reliquias son pedazos del difunto como huesos, miem-
bros, cabezas, etc.– cuya condición de habitabilidad se torna palpable cuando se
colocan pequeñas aberturas protegidas por un cristal que muestran la pieza que
contienen. A partir de la Edad Media se hacen muy comunes este tipo de relicarios
escultóricos en los que no siempre se exhibe el objeto sagrado, aunque en todos
los casos queda dentro de la propia figura57.
Ya desde los primeros bultos redondos de época carolingia se observa ese uso a
modo de contenedor figurativo para las reliquias58. Como explica Belting, desde los
inicios de este culto,
lo importante era la analogía existente entre el relicario y la estatua por ser ambos pruebas
de la presencia del santo y por su semejanza en la forma de presentación (…). El efecto
que causaba era aún más sugestivo cuando la estatua se ponía en movimiento durante las
procesiones. En la obra tridimensional, el santo se halla presente físicamente. Al mismo
tiempo y gracias a su aura dorada, se le percibía como una persona sobrenatural cuyo aura
celestial el donante de oro y joyas podía hacer visible en su apariencia externa”59.
Sobre alguna de estas tempranas reliquias del siglo IX y X nos han quedado tes-
timonios de gran interés en los que se aprecia cómo veían los fieles estas obras.
Bernardo de Angers, clérigo de Chartres, escribió a propósito de la cabeza-reli-
quia de San Geraldo de Aurillac: “Su rostro estaba animado por una expresión
tan viva, que sus ojos parecían mirarnos fijamente, y el pueblo leía en el brillo de
su mirada si su petición había sido atendida” 60. Esta mediación de los objetos en
los procesos sociales, muy habitual en la práctica y en la literatura cristiana, se
halla perfectamente conectada con la idea de agencia de las imágenes de la que
hablaba Alfred Gell61.
57 Para ampliar el extenso y fascinante tema de las reliquias que, en buena medida, comparte mu-
chos elementos con las máscaras mortuorias, puede consultarse la obra de A. Walsham (ed.),
Relics and remains, Oxford Journals, Oxford, 2010.
58 H. Belting, Imagen y culto, cit., p. 394.
59 Ibid., p. 396.
60 Ibid., p. 399.
61 Decía Gell al principio de su obra: “en lugar de hablar de comunicación simbólica pondré todo
el acento en el concepto de agenciamiento (agency), intención, casualidad, efecto y transfor-
mación. Considero el arte como un sistema de acciones que intenta cambiar el mundo más
que codificar proposiciones simbólicas sobre el mismo. La aproximación al arte centrada en
la acción es intrínsecamente más antropológica que el análisis semiótico porque se preocupa
del papel de los objetos como mediadores concretos en los procesos sociales antes que en la
interpretación de los objetos ‘como si’ fueran textos”. A. Gell, Art and Agency, cit., p. 6. Tomo
la traducción de la siguiente edición ya que, siguiendo las argumentaciones del autor, traducen
agency, creo que con acierto, como “agenciamiento”, a pesar de que habitualmente suele ha-
blarse de agencia: E. Coccia, El bien de las cosas. La publicidad como discurso moral, Shan-
128
Presencia, vacío, huella
129
Gorka López de Munain
Las máscaras han acompañado a la humanidad desde sus orígenes. Éstas dialo-
gan con el rostro y con el cuerpo de maneras muy diversas; pueden ser una parte
fundamental de prehistóricos ceremoniales fúnebres o el elemento indispensable
de una fiesta de disfraces decimonónica; pueden también ser objetos de ocultación,
epítomes de la otredad o huellas fieles de un rostro ya desaparecido: su naturale-
za es tan rica y diversa como inabarcable. Pero, para el caso que nos ocupa, las
máscaras han tenido una relación con la presencia cuyos marcos más generales
podremos delinear si seleccionamos con acierto los objetos de estudio.
130
Presencia, vacío, huella
Fig. 1.6 Jonathan K. Keller, The adaption to my generation (a daily photo project).
dium del rostro y, como tal, ha acompañado –o incluso causado– el cambio de una
interpretación entre ambos. Esto lo vemos incluso en las máscaras más antiguas
que conocemos, las cuales no se limitaban a reproducir con arcilla o pigmentos el
rostro post mortem, sino que ponían el rostro en imagen tal y como se vería cuando
la persona todavía estaba con vida”66.
66 H. Belting, Facce. Una storia del volto, Carocci editore, Roma, 2014, p. 14.
67 Los estudios neurofisiológicos están demostrando cómo el cerebro controla la expresión facial
en relación con las emociones. Para una aproximación, véase: J. M. Delgado García, “¿Es la
cara el espejo del alma? Fisiología de la expresión facial”, Elementos, vol. 9, 47, 2002.
131
Gorka López de Munain
La máscara puede también ser empleada para sustituir al rostro en ciertos casos
singulares. Durante la Primera Guerra Mundial, muchos combatientes sufrieron
graves deformaciones en sus rostros a causa de la artillería cada vez más potente
y devastadora que se empleaba durante la contienda. Con el propósito de solventar
parcialmente la crudeza de las deformidades, surgió una práctica médico-artística
encargada de elaborar máscaras parciales que buscaban cubrir la mutilación y, en
la medida de lo posible, restituir la apariencia del rostro. Estos artesanos intenta-
ban devolver la dignidad a los soldados logrando en ocasiones unos resultados
sorprendentes (fig. 1.7). Sin embargo, las prótesis terminaron por convertirse en
recuerdos de la guerra que hacían muy difícil la superación del trauma68: su nuevo
rostro-máscara era también el rostro de los desastres de la guerra.
Vemos así cómo la máscara y el rostro pueden alternar los papeles que parecen
tener asignados componiendo una realidad más compleja y que exige de una mayor
profundización. En el año 2014 se presentó en Jerusalén una muestra titulada Cara
a Cara. Las máscaras más antiguas del mundo, comisariada por Debby Hershman,
en la que se exponía un pequeño grupo de 15 máscaras neolíticas de 9000 años de
antigüedad provenientes de las montañas y los desiertos de Judea (hoy territorio de
Israel y Palestina). Las piezas parecen representar rostros cadavéricos y cuentan con
aperturas en los ojos y en la boca que invitan a pensar que pudieron ser portadas o
colocadas sobre otras figuras, ya que algunas presentan una serie de orificios peri-
metrales que podían haber sido utilizados para anudar la máscara al rostro o incluso
para sostener pelo artificial69 (fig. 1.8). Según Hershman, las máscaras pueden tener
relación con las calaveras modeladas halladas también en la misma región, de similar
cronología, y representarían al espíritu del difunto, siendo empleadas en ceremonia-
les mágicos que, por desgracia, hoy desconocemos completamente.
68 K. Feo, “Invisibility: Memory, Masks and Masculinities in the Great War”, Journal of Design His-
tory, vol. 20, 1, 2007.
69 D. Hershman, Face to Face. The Oldest Masks in the World, The Israel Museum, Jerusalén,
2014, p. 8.
132
Presencia, vacío, huella
Fig. 1.7 Francis Derwent Wood, médico del ejército británico y uno de los impulsores del
proyecto realizando la máscara de un soldado mutilado.
Fig. 1.8 Máscara neolítica expuesta en la muestra Cara a Cara. Las máscaras más antiguas del
mundo.
133
Gorka López de Munain
Como dice Belting, las máscaras en las culturas más antiguas sirvieron para dar un
cuerpo al espíritu del difunto70, pero también podemos decir que sirvieron para darle
un rostro. Se sabe que algunas sociedades prehistóricas colocaban las máscaras
sobre el rostro del cadáver y, de este modo, “los antepasados no eran interpretados
por hombres enmascarados durante el ritual, sino que volvieron a producirse en
imagen”71. Es muy difícil saber cómo eran exactamente estos cultos y cuál era el
papel que jugaba la máscara, pero está claro que la putrefacción del cadáver obligó
a estas culturas a buscar fórmulas que permitieran sortear, aunque sea en un sen-
tido simbólico, la ausencia inevitable que trae consigo la muerte.
134
Presencia, vacío, huella
¿No es suficiente ya con soportar esta imagen con que la naturaleza nos ha revestido?
¿Debemos permitir incluso que permanezca una imagen de esta imagen, más duradera aún
que la primera, como si se tratase de algo digno de ser visto?74
72 J.-C. Bailly, La llamada muda. Los retratos de El Fayum, Akal, Madrid, 2002.
73 Pueden contemplarse gran cantidad de ejemplares en el catálogo de la exposición Ancient Fa-
ces: Mummy Portraits from Roman Egypt celebrada del 15 de febrero al 7 de mayo del año 2000
en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York: S. Walker, Ancient Faces: Mummy Portraits
from Roman Egypt, Taylor & Francis, Nueva York, 2000.
74 Citado en: J.-C. Bailly, La llamada muda. Los retratos de El Fayum, cit., p. 15.
135
Gorka López de Munain
136
Presencia, vacío, huella
Fig. 1.12 Cristina García Rodero, Cabezas de cera, Gende, 1997, serie España oculta.
El ejemplo anterior nos permite tender un puente con otra tipología de máscaras
en las que, una vez más, la búsqueda de una presencia tiene un protagonismo
destacado: las máscaras portadas. Belting apunta unas interesantes líneas para
reflexionar sobre este tipo de máscaras que, por sus características, se relacionan
de un modo particular con el cuerpo que las sostiene (como veremos más adelante,
las imagines maiorum eran sacadas en procesión por personas que interpretaban
así al difunto):
La máscara es un pars pro toto de la transformación de nuestro propio cuerpo en una imagen.
Pero cuando producimos una imagen en y con nuestro cuerpo, no se trata de una imagen de
137
Gorka López de Munain
este cuerpo. Más bien, el cuerpo es el portador de la imagen, o sea un medio portador. (…)
[La máscara] Intercambia al cuerpo por una imagen en la que lo invisible (el cuerpo portador)
y lo visible (el cuerpo de la manifestación) conforman una unidad medial76.
Si bien es cierto que la gran mayoría de las máscaras que ocuparán las próximas
páginas de nuestro análisis nunca fueron concebidas para ser portadas, éstas pue-
den también ser consideradas en cierto modo como la pars pro toto de quien repre-
sentan, en tanto que permiten la activación de una presencia singular, incómoda
y a menudo perturbadora. Ciertas imágenes (y con mayor intensidad aquellas que
han protagonizado este repaso) posibilitan la evocación de una presencia propia
para cada uno de los casos o momentos perceptivos; sin embargo, dicha cualidad
presenta un sustrato común en tanto que gesto o energía superviviente. Por ejem-
plo, cuando los artistas en el siglo XIX colocaban las máscaras mortuorias de sus
referentes admirados en un lugar distinguido del estudio, indudablemente se esta-
ba apelando a algo que iba más allá del recuerdo o el simple homenaje a su figura.
De igual modo, los ejemplos que acompañan a este trabajo desprenden esa misma
evidencia, incluso cuando el poseedor de la máscara no tuviera relación alguna con
el efigiado. Son actitudes que en ocasiones pueden parecer ingenuas o llevadas a
cabo por la simple atracción que ejercen algunas obras, pero que, en el fondo, no
hacen sino subrayar ese poder que tienen las imágenes y del que nos es muy difícil
sustraernos. Tendremos ocasión de insistir en este argumento con los casos que
vienen a continuación.
138
2- Una genealogía de la máscara mortuoria.
2.1- Pensar la historia como una sucesión de
constelaciones
El valor cultual de la imagen tiene su último refugio en el culto al recuerdo de los seres queridos,
lejanos o desaparecidos.
Walter Benjamin, “La obra de arte en la época de su reproducción técnica”, 1936.
La historia del arte es una historia de profecías. Sólo puede ser descrita desde el punto de vista
del presente inmediato, actual: pues cada época tiene una posibilidad nueva, pero no transmisible
por herencia, que le es propia, de interpretar las profecías que le son dirigidas y que el arte de las
épocas anteriores contiene.
1 G. Didi-Huberman, Ante el tiempo: historia del arte y anacronismo de las imágenes, Adriana
Hidalgo Editora, Buenos Aires, 2008, p. 143.
141
Gorka López de Munain
mirada sincrónica de estos restos que nos permita por fin imaginar esa trama cuyo
tejido, cuyo soporte, es el gesto. Así, la historia de estas piezas será, en el fondo, la
historia de unos objetos cuyos medios irán creando nuevas imágenes en un discu-
rrir nomádico y azaroso. Uno de los hilos de esta trama será la necesidad misma de
crear objetos mediales, pero habrá otros muchos; aquí tan sólo recogeremos algu-
nos, aquellos que más nos interesen o, simplemente, aquellos que nuestra mirada
revele. Otros acercamientos, otras miradas, mostrarán relaciones nuevas que, en
suma, dibujarán una constelación cada vez más rica y compleja.
2 Ibid., p. 175.
142
2.2- El rostro, la máscara y la muerte
En los ejemplos trabajados en el punto anterior veíamos cómo los seres humanos
del neolítico realizaban unas máscaras que después serían utilizadas en rituales
hoy desconocidos. El culto a los antepasados es un hecho remoto que extiende
sus raíces incluso hasta los tiempos de los neandertales, quienes se sabe que de-
coraban las tumbas de sus semejantes con flores1. La muerte, por su rotundidad
e inevitabilidad, ha generado a lo largo de la historia una cantidad de respuestas
tan variada y rica que de ninguna manera podemos hablar de unidad en el senti-
miento humano de dolor por la muerte de los seres queridos o allegados2.
Las personas recurrimos a todo tipo de imágenes, objetos o prácticas para inten-
tar contrarrestar la testaruda realidad de la muerte. Un paseo por el cementerio
de nuestra ciudad, la visita a cualquiera de los múltiples cementerios online que
se expanden por la red o la interacción con las páginas de difuntos de Facebook
confirma el lugar destacado que todavía hoy ocupan este tipo de cuestiones3.
Llama la atención cómo en buena parte de las imágenes que participan del culto
o recuerdo a los muertos el rostro emerge como auténtico protagonista. Como ve-
remos en las próximas páginas, desde los cráneos de Jericó hasta las fotografías
que decoran las lápidas de cualquier cementerio moderno4, el rostro sobrevive
1 R. S. Solecki, Shanidar: The First Flower People, Alfred A. Knopf, Nueva York, 1971.
2 Nigel Barley nos ofrece en su estudio un variado repertorio de reacciones ante la muerte que no
hace sino incidir en esta idea. Véase: Barley, Bailando sobre la tumba.
3 Para un acercamiento al lugar que ocupa la muerte en los tiempos digitales, véase: C. M. Mo-
reman; A. D. Lewis, Digital Death: Mortality and Beyond in the Online Age, ABC-CLIO, Santa
Barbara, 2014. Ver también: S. Maniusis, “Desde la fotografía postmortem al streaming fune-
rario: imágenes de un gesto que sobrevive”, e-imagen, Revista 2.0, 2015, en [Link]
[Link]/project/desde-la-fotografia-postmortem-al-streaming-funerario-imagenes-de-un-ges-
to-que-sobrevive/.
4 Véase por ejemplo el caso recientemente estudiado del uso de las fotografías en un contexto
funerario, concretamente el cementerio de Chacarita en Buenos Aires: G. López de Munain;
P. Bruno, “La fotografía como refugio de la memoria. El caso del cementerio de Chacarita”, en
143
Gorka López de Munain
Marina G. De Angelis (ed.) Antropología e imagen, Sans Soleil Ediciones, Buenos Aires, 2014.
5 Un completo acercamiento a este fenómeno con abundante información y bibliografía es el
trabajo de I. Rubio de Miguel, “Rituales de cráneos y enterramiento en el neolítico precerámi-
co del próximo oriente”, Cuadernos de prehistoria y arqueología, 30, 2004. Otro estudio más
reciente, dedicado a un yacimiento ubicado en Israel, nos aporta algunas de las últimas con-
clusiones desde un punto de vista científico: V. Slon; R. Sarig; I. Hershkovitz; H. Khalaily;
I. Milevski, “The Plastered Skulls from the Pre-Pottery Neolithic B Site of Yiftahel (Israel) – A
Computed Tomography-Based Analysis”, PLoS ONE, vol. 9, 2, 2014.
6 I. Rubio de Miguel, “Rituales de cráneos y enterramiento en el neolítico precerámico del próxi-
mo oriente”, cit., p. 30.
144
El rostro, la máscara y la muerte
hace que los cráneos dejen de ser objetos que representan a los antepasados en
términos genéricos y pasen a representar a personas concretas7. La investigadora
Rubio de Miguel sintetiza del siguiente modo los cultos a los cráneos:
Esta metodología comparativa empleada por la investigadora, por otra parte habi-
tual todavía hoy, presenta problemas importantes de no ajustarse bajo un marco
teórico adecuado. Comparar de forma directa las prácticas contemporáneas con
las llevadas a cabo hace 9000 años puede condicionar de forma muy importante
el análisis, hasta el punto de hacer inservibles sus conclusiones. Como se ha visto
en capítulos anteriores, si analizamos determinados gestos supervivientes lo que
ha de observarse es precisamente la red que une ambas prácticas tan separadas
en el tiempo. Si nos quedamos en la literalidad de las prácticas, las dudas sobre
su utilidad metodológica se hacen demasiado grandes. Bajo este presupuesto, la
autora apunta que el culto tendría una dimensión pública funeraria y otra doméstica
mediante la custodia de los cráneos modelados en el ámbito familiar.
7 Igualmente, las tzantzas o cabezas reducidas son imágenes altamente elocuentes pues no
es ya un retrato, una representación al uso, sino que son los elementos naturales (orgánicos)
constituyentes de la cabeza del difunto (sobre todo su piel) los que forman la pieza. Es, en
términos técnico-formales, el contrapunto de los cráneos modelados con arcilla; en uno se inte-
resan por preservar en cráneo y sustituyen la piel, en el otro es al contrario.
8 Rubio de Miguel, «Rituales de cráneos y enterramiento en el neolítico precerámico del próximo
oriente», 32-33.
9 E. H. Anna Belfer-Cohen, “In the eye of the beholder: Mousterian and Natufian burials in the
145
Gorka López de Munain
cráneos debió iniciarse al final del Natufiense, época en la que aparecen los crá-
neos separados del esqueleto10. Observamos aquí una primera intención (un primer
gesto) de construir un objeto medial (objeto portador) para llevar a cabo un ritual y
evocar una imagen o un recuerdo de la persona fallecida. Con los años, este culto
se fue complejizando gracias al tratamiento con yeso que se aplica sobre el cráneo,
lo cual evidencia un desarrollo en el culto en el que las imágenes van tomando cada
vez un papel más relevante. Conceptos como el de mímesis se introducen así en
una época completamente desatendida por la historiografía artística tradicional.
Los autores de uno de los estudios más recientes sobre los cráneos modelados
revisan cuáles han sido las teorías más comentadas por los especialistas a la hora
de interpretar estos yacimientos. Las propuestas son de lo más diverso, por lo que
merece la pena recogerlas y observar así cuáles son las lecturas que han surgido
de estas obras sobre las cuales, como es obvio, no tenemos ningún documento, tan
sólo aquellos datos que se interpretan a partir de las excavaciones:
Los cráneos modelados del Próximo Oriente han sido tradicionalmente explicados como
parte de un culto ancestral. El cambio social de grupos de cazadores-recolectores nómadas
a una vida sedentaria en asentamientos agrícolas podría haber producido una necesidad de
marcar territorios, y por lo tanto de asociase con un cierto lugar. El culto de los antepasados,
posiblemente a través de un dispositivo ceremonial basado en cráneos de yeso, puede haber
sido parte de un esfuerzo para plantar raíces y establecer “derechos de propiedad ancestrales”
a un pedazo de tierra.
La interpretación del culto a los ancestros ha sido impugnada a la luz de la diversidad de los
individuos, de ambos sexos y diferentes edades, cuyos cráneos fueron enyesados. Tal vez
la idea de la adoración ancestral debe ampliarse desde el punto de vista tradicional de los
antepasados exclusivamente como ancianos, para abarcar cualquier persona influyente del
pasado (hombres, mujeres e incluso niños) con lazos familiares con los entonces actuales
pobladores del territorio.
Una segunda teoría, basada en las observaciones de las sociedades tribales modernas, afirma
que los cráneos podrían haber sido los de los enemigos vencidos, conservados como trofeos
de guerra para demostrar la propiedad de una tierra. (…) Una tercera explicación sugiere
que los cráneos de yeso formaban parte de un contexto mitológico, espiritual o religioso, tal
vez relacionado con la reencarnación simbólica o la re-introducción de los muertos en la vida
cotidiana de los vivos. (…) También se ha sugerido que los cráneos de yeso podrían haber
sido utilizados en diversas ceremonias, como una protección contra el mal, o en relación
con la fertilidad, la fecundidad y los rituales “de la fuerza de la vida”. En cuarto lugar, se
146
El rostro, la máscara y la muerte
ha propuesto que los cráneos se modelaron como homenaje a los muertos. El hecho de
que el modelado de cráneos parece haber sido reservada a individuos específicos puede
interpretarse en conexión con la creciente complejidad social, con la necesidad de enfatizar
un estatus diferenciado, ya sea hereditario o debido a acciones especiales durante su vida
(culto a los “héroes”). Por último los cráneos pudieron ser modelados en el marco de lo que
denominamos expresión artística. Este propósito artístico aplicado a los cráneos del Levante
PPNB ha sido rara vez aludido previamente11.
11 V. Slon y otros, “The Plastered Skulls from the Pre-Pottery Neolithic B Site of Yiftahel (Israel)
– A Computed Tomography-Based Analysis”, cit.
12 O. Aurenche; S. K. Kozłowski, El origen del neolítico en el Próximo Oriente: el paraíso perdi-
do, Ariel, Barcelona, 2003, pp. 91-92.
13 Ibid., 92.
147
Gorka López de Munain
Fig. 2.2 Busto relicario de Santa Virgen, Fig. 2.3 Busto relicario de Santa Vir-
c. 1525, Museo Diocesano de Arte Sacro, gen, c. 1525, Museo Diocesano de Arte
Vitoria-Gasteiz. Sacro, Vitoria-Gasteiz.
14 R. García; E. Ruiz de Arcaute Martínez, “Los bustos relicarios de las Once Mil Vírgenes:
claves para su estudio”, Akobe: restauración y conservación de bienes culturales = ondasunen
artapen eta berriztapena, 1, 2000, p. 19.
148
El rostro, la máscara y la muerte
perior de la cabeza dejando entrever una gran tapa craneal (fig. 2.3). Sin embargo,
unas restauraciones recientes revelaron que lo que la apariencia sugería no era
del todo correcto. En realidad, no contienen un cráneo completo sino que, gracias
a una combinación de técnicas modernas como los rayos X, la tomografía y la en-
doscopia, se supo que la parte superior del cráneo está ubicada de tal modo que al
abrir la tapa diera la impresión de contener una calavera completa (fig. 2.4)15.
Para que el juego de las presencias se active la calavera no tiene que estar com-
pleta ni ser auténtica: basta con que lo parezca (fig. 2.5). En los relicarios vitoria-
nos lo importante era mostrar que contenían un cráneo auténtico dentro del busto
esculpido, de ahí que la pequeña tapa que lo mostraba estuviera estratégicamente
colocada dejando ver el hueso aparentemente completo. Estos ejemplos muestran
algún tipo de conexión con los cráneos de Jericó puesto que, en ambos casos,
buscan contradecir la naturaleza inerte del material que los recubre y les da forma;
buscan subrayar la autenticidad de la presencia que albergan y trascender su con-
sideración como meros soportes u objetos que representan un referente. Si bien
15 Puede consultarse un estracto del informe de restauración llevado a cabo por el Servicio de
Restauración de la Diputación Foral de Álava: [Link]
tura_FA&cid=1223894360776&language=null&pageid=1193045506457&pagename=Diputa-
cionAlava%2FDPA_Cultura_FA%2FDPA_restauracion Véase también: R. García; E. Ruiz de
Arcaute Martínez, “Los bustos relicarios de las Once Mil Vírgenes”, cit.
149
Gorka López de Munain
en estos casos –a los que, como en otros ejemplos, se les podrían sumar otras
muchas muestras16– la importancia del medio como potencia de la imagen queda
perfectamente manifiesta, en el fondo están acentuando una cualidad que podría-
mos aplicar a todo aquello que de forma más o menos irreflexiva llamamos imagen.
16 Recientemente se descubrió que una estatua de Buda del siglo XII contenía en su interior el
esqueleto momificado de un monje. Para poder comprobarlo se emplearon igualmente técnicas
avanzadas como la tomografía. Véase: [Link]
covered-contain-mummified-remains-monk-1100ad/
17 É. Papet, “Le moulage sur nature au servive de la science”, en À fleur de peau. Le moulage sur
nature au XIXe siècle, Éditions de la Réunion des musées nationaux, París, 2001, p. 90.
150
2.3- Rostros efímeros: las imagines maiorum
En tiempos de la antigua Roma surgió un singular culto a las imágenes de los an-
cestros o imagines maiorum (también llamadas en su forma singular imago) que,
como cuentan las fuentes, gozó de gran predicamento entre las clases más ele-
vadas; pero, del mismo modo que floreció de manera oscura y poco clara, ter-
minó desapareciendo sin dejar apenas rastro hasta que, tiempo después, el Re-
nacimiento posó su mirada sobre esta curiosa práctica político-ceremonial. Estas
imagines eran unos bustos que se guardaban en el Atrium de los hogares romanos
y representaban a los antepasados de la familia. En ocasiones tenían también un
pequeño titulus que nombraba y describía al efigiado1. Además, debían intervenir
en las ceremonias fúnebres y contaban con un papel importante dentro del derecho
romano, lo cual pone de manifiesto la importancia y complejidad de estos objetos.
Está muy extendida la idea de que eran realmente máscaras mortuorias obtenidas
del rostro de los difuntos, pero lo cierto es que éste es un punto controvertido que
presenta dudas significativas. Su uso se normalizó hasta tal punto que, según Hein-
rich Drerup, una parte significativa de las doscientas mil libras (unas cincuenta y
cuatro toneladas) de cera que se utilizaron en la República durante el siglo II a.C.
se destinó a la elaboración de estas máscaras2.
Los orígenes de las imagines de época romana son inciertos y difíciles de preci-
sar. Para Emerson H. Swift, los primeros ejemplares de comienzos de la Repú-
blica no debían diferir demasiado de las estatuas cinerarias etruscas. De hecho,
1 Detalle señalado por Schlosser, quien en su obra dedicada a la escultura en cera habla ex-
tensamente de estas obras: J. von Schlosser, “History of Portraiture in Wax”, en Ephemeral
Bodies. Wax Sculpture and the human figure, Getty Publications, Los Angeles, 2008, p. 181.
2 H. Drerup, “Totenmaske und Ahnenbild bei den Römern”, Mitteilungen des deutschen archäol-
ogischen Instituts, römische Abteilung, vol. 87, 1980, p. 104. Citado por: D. Olariu, La genèse
de la représentation ressemblante de l’homme. Reconsidérations du portrait á partir du XIII
siècle, Peter Lang, Berna, 2014, p. 216.
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Rostros efímeros
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Gorka López de Munain
hmolean Museum (fig. 2.9). Su vinculación en lo formal con las imagines maiorum
parece más que evidente, pero éstas se encuadran dentro de unos ritos funerarios
diferentes, tal vez conectados con las prácticas en las que se utilizaban las figuras
de madera conocidas como xoana8.
Son numerosas las fuentes de autores clásicos que nos hablan de las imagines
maiorum o imago. Se trata de un tema verdaderamente frecuente en la literatura de
la época y su papel en la sociedad era muy amplio y de gran importancia. Como ex-
plica Cicerón, las imagines eran consideradas símbolos de estatus cuya influencia
alcanzaba tanto al ámbito público como al doméstico o particular. Eran objetos que
infundían respeto y admiración, pues con su puesta en escena evidenciaban una
genealogía poderosa9. Leemos en la Guerra de Jugurta de Salustio:
8 Para ampliar esta información véase el catálogo de la exposición: A. Kottaridi; Walker (eds.),
From Heracles to Alexander: Treasures from the Royal Capital of Macedon, a Hellenic Kingdom
in the Age of Democracy, Ashmolean Museum, Oxford, 2011.
9 H. I. Flower, Ancestor Masks and Aristocratic Power in Roman Culture, cit., p. 10.
10 Salustio, Guerra de Jugurta, 84, 29-30. Tomado de la edición: Salustio, Guerra De Jugurta, 1a
ed. en esta colección, Gredos, Madrid, 2011.
154
Rostros efímeros
te un largo período que, como relatará Plinio el Viejo, encontrarán su final cuando
todos los valores que una vez sostuvieron el imperio empiecen a tambalearse.
Aunque muchos de los autores hablan de las imagines como si se tratara de una
tradición ancestral, lo cierto es que la primera referencia clara que nos ha llegado
es la de Plauto en su Anfitrión (probablemente del año 190 a.C.)11. En él se habla
ya del uso de las imagines de un modo muy natural, sin necesidad de presentar el
tema que está tratando:
¿Dónde he perdido mi aspecto? ¿Será que lo extravié allí en el barco? ¿Lo habré olvidado
y ahora no me acuerdo? Porque es bien evidente que éste posee la apariencia [imago] que
hasta ahora tenía yo. Lo que no me hará nadie cuando me muera, me lo hace éste en vida12.
Cuando, entre los romanos, muere un hombre ilustre, a la hora de llevarse de su residencia el
cadáver, lo conducen al ágora con gran pompa y lo colocan en el llamado foro; casi siempre
de pie, a la vista de todos, aunque alguna vez lo colocan reclinado. (…) Luego se procede al
enterramiento y, celebrados los ritos oportunos, se coloca una estatua del difunto en el lugar
preferente de la casa, en una hornacina de madera. La escultura es una máscara que sobresale
por su trabajo; en la plástica y el colorido tiene una gran semejanza con el difunto. En ocasión
de sacrificios públicos se abren las hornacinas y las imágenes se adornan profusamente.
Cuando fallece otro miembro ilustre de la familia, estas imágenes son conducidas también al
acto del sepelio, portadas por hombres que, por su talla y su aspecto, se parecen más al que
reproduce la estatua. Éstos, llamémosles representantes, lucen vestidos con franjas rojas
si el difunto había sido cónsul o general, vestidos rojos si el muerto había sido censor, y si
había entrado en Roma en triunfo o, al menos, lo había merecido; el atuendo es dorado. La
conducción se efectúa en carros precedidos de haces (…). Cuando llegan al foro, se sientan
todos en fila en sillas de marfil: no es fácil que los que aprecian la gloria y el bien contemplen
un espectáculo más hermoso. ¿A quién no espolearía ver este conjunto de imágenes de
11 H. I. Flower, Ancestor Masks and Aristocratic Power in Roman Culture, cit., p. 46.
12 Plauto, Anfitrión, acto primero, 458-9. Tomado de la edición: T. M. Plauto, Comedia de la olla.
Anfitrión, Vicens Vives, Barcelona, 1994, p. 86.
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Gorka López de Munain
hombres glorificados por su valor, que parecen vivas y animadas? ¿Qué espectáculo hay más
bello? Además, el que perora sobre el que van a enterrar, cuando, en su discurso, ha acabado
de tratar de él, entonces habla de los demás representados, comenzando por el más viejo, y
explica sus gestas y sus éxitos. Así renueva siempre la fama de los hombres óptimos por su
valor, se inmortaliza la de los hombres que realizaron nobles hazañas (...).13
13 Polibio, Historias, II, 53-54, tomado de la edición: Polibio, Historias, vol. II, Gredos, Madrid,
2007.
14 Así lo ve también Bahrani, quien no tiene dudas sobre su obtención por medio del contacto con
el cuerpo muerto, Bahrani, The Infinite Image, 56.
156
Rostros efímeros
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Gorka López de Munain
Victoria muerta a la edad de diez años (c. 70-115 d.C.), o la misteriosa máscara
de un bebé surgida, según Coulon, de forma “fortuita” tras un desprendimiento de
tierras (siglos III-IV d.C.) y que ya ha sido comentada con anterioridad. También se
ha hablado mucho de la máscara mortuoria de Julio César, pero en ocasiones la
“mitología” que rodea todos estos temas dificulta cualquier valoración sólida acerca
de su verdadera existencia.
Uno de los aspectos más llamativos era el que tenía que ver con las procesiones
funerarias y que Polibio describe con todo lujo de detalles. El funeral de esta época
comenzaba con la collocatio, cuando se le presentaban los respetos al cuerpo del
difunto, el cual estaba colocado generalmente en el atrium de la casa sobre una
especie de cama (lectus). Puede que en este momento los actores llevaran ya las
máscaras de los ancestros para “revivirlos” y que también pudieran de algún modo
estar presentes desde el inicio del ritual. Es difícil saber cómo portaban exactamen-
te los actores las imagines. Si aceptamos que se trataba de bustos, difícilmente
podrían ponérselos en la cara y actuar como si fueran ellos y, si por el contrario
imaginamos que son máscaras faciales que se ponían en el rostro para que se pa-
158
Rostros efímeros
recieran a ellos, desde luego no encajaría con los ejemplares que porta el Togado
Barberini. Otra opción plausible es imaginar que se creaban una especie de figuras
o efigies a tamaño real con el busto de cera o yeso (materiales ligeros) y vestidos
tal y como describe Polibio. Los actores (“representantes”) serían en este caso los
encargados de cargar con estos muñecos hasta el foro y después colocarlos en las
sillas de marfil. Herodiano cuenta en su Historia el funeral de Septimmus Severus y
explica que la figura que se colocaba era una réplica de cera:
El testimonio de Herodiano deja claro que era una figura de cuerpo completo la
que se depositaba en el sillón durante el funeral. El mismo relato nos cuenta Lena
Dalkeith cuando trata la muerte de César: “El cuerpo de Caesar fue llevado al
Forum, tumbado sobre un altar de oro y cubierto con un manto púrpura y dorado.
Por encima colgaba la toga verdadera que el hombre ya muerto había vestido el
día de su muerte. Tras ésto, había una figura de cera del propio Caesar, pintada del
modo que mostraba sus veintitrés puñaladas”19. Apiano en sus Guerras civiles na-
rra cómo se expuso una figura realizada en cera de Julio César a tamaño natural, la
cual giraba mediante un mecanismo para mostrar así las heridas que le provocaron
sus asesinos20. Olariu apunta que un pasaje de Quintiliano, nunca antes vinculado
con la efigie de César, podría aportar una visión complementaria para comprender
cómo se veían estas figuras:
Por ello, la gente fue arrastrada por el enojo cuando la toga se expuso en el foro todo
ensangrentada. Sabíamos que César había sido asesinado de muerte violenta; después de
todo, su cuerpo se encontraba en el lecho fúnebre. Sin embargo, la ropa empapada de sangre
portaba la imagen del crimen, de suerte que César no parecía haber sido asesinado, sino que
lo estaba siendo en aquel instante21.
Comprobamos que, si bien es cierto que las máscaras mortuorias parecían obtener-
se del cadáver y con ellas se configuraba una suerte de busto, lo más probable es
18 Herodiano, Historia del imperio romano, IV, 2, tomado de: Herodiano, Herodian of Antioch’s
History of the Roman Empire, University of California Press, Berkeley y Los Angeles, 1961.
19 L. Dalkeith, Stories from Roman History, E. P. Dutton and Co., Nueva York, 1912, p. 52. Tra-
ducción del inglés al castellano por el autor.
20 Apiano, Guerras Civiles, 2, 20, 147. Cfr. J. von Schlosser, “History of Portraiture in Wax”, cit.,
p. 184. En esta obra de Schlosse se ofrece una recopilación de fuentes muy importante.
21 Quintiliano, De institutione oratoria, libro 6, capítulo 1, 31. Traducción personal a partir de la cita
de: D. Olariu, La genèse de la représentation ressemblante de l’homme, cit., p. 220.
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Gorka López de Munain
Sin embargo, esta teoría parece no sostenerse del todo si atendemos a la descrip-
ción del funeral de Vespasiano comentada por Suetonio (XIX): “El día de sus fune-
rales el jefe de los mimos, llamado Favor, que representaba la persona del empera-
dor y según costumbre, parodiaba sus modales y lenguaje, preguntó públicamente
a los intendentes del difunto ‘cuánto costaban sus exequias y pompas fúnebres’”22.
En ella se ve cómo parece ser un mimo el que viste como Vespasiano adoptando
las actitudes que le caracterizaron en vida. Aunque estas discusiones han dividido
muy a menudo a los especialistas, creemos que pueden ser perfectamente com-
plementarias23. No existe documento alguno que describa exactamente cuántas
máscaras se sacaban, cómo eran cada una de ellas y los diferentes recorridos que
tenían. Tan sólo contamos con fragmentos, descripciones vagas y citas indirectas
por lo que lanzarse a especular una u otra hipótesis no parece el mejor camino. Se
puede decir que había una máscara que se colocaba sobre el rostro del difunto24,
otra que portaban los actores (Suetonio, Vidas, Vespasiano, XIX)25, otra que servía
para realizar el busto que se guardaba en las casas26 y otras eran utilizadas para
crear el maniquí que asistía al funeral y a las procesiones27. A partir de los datos y
fuentes con lo que contamos hoy día no es posible determinar si algunas de ellas
eran realmente las mismas, si todas eran obtenidas de un primer molde o en cam-
bio se creaban partiendo de las obras derivadas.
En otro orden de cosas, hablar de las imagines maiorum obliga a tratar un tema
delicado, como es el llamado ius imaginum. A partir de los estudios de Theodor
22 Tomado de la edición: Suetonio, Vidas de los doce Césares, Conaculta y Oceano, Barcelona,
2000.
23 Además, como señala Olariu, es muy significativo que un suceso tan trascendental no haya
sido estudiado con la profundidad que merece: D. Olariu, La genèse de la représentation res-
semblante de l’homme, cit., p. 219.
24 Como es el caso de la máscara de cera de Cumae comentada con anterioridad.
25 También encontramos argumentos en la obra de H. I. Flower, Ancestor Masks and Aristocratic
Power in Roman Culture, cit., p. 126.
26 Tesis defendida por E. H. Swift, “Imagines in Imperial Portraiture”, cit.
27 Idea que podemos extraer según cómo deseemos interpretar las palabras de Polibio: “estas
imágenes son conducidas también al acto del sepelio, portadas por hombres que, por su talla y
su aspecto, se parecen más al que reproduce la estatua.”
160
Rostros efímeros
161
Gorka López de Munain
pinturas, etc. En época imperial estaban ya claramente configurados los árboles fa-
miliares a base de imágenes, cuyos orígenes probablemente sean muy antiguos31.
Pero como todo proceso cultual, tiene un principio y un final, aunque, eso sí, he-
mos podido comprobar perfectamente cómo las líneas que delimitan tal proceso no
son ni muchos menos estancas; la porosidad y las filtraciones de todo tipo están
a la orden del día. El autor paradigmático de este cierre “clásico”, citado hasta la
saciedad, no es otro que Plinio el Viejo. Su comentario sobre el deshonroso final
de las imagines maiorum y los árboles familiares en la obra Historia Natural, se ha
convertido ya en una suerte de lugar común32. En ella, Plinio comenta apenado que
la sociedad romana se encuentra corrupta, pues ha perdido el respeto a la tradición
y ahora entre estos árboles familiares se encuentran esculturas griegas y obras de
escultores extranjeros:
En todo caso, la pintura de retratos (imaginun quidem pictura), que permitía transmitir a
través de las épocas representaciones perfectamente semejantes (maxime similes) cayó
completamente en desuso (in totum exolevit).(...) Ocurre de otro modo con nuestros ancestros:
en los atrios se exponía un tipo de efigie, destinada a ser contemplada: pero no estatuas,
ni de bronce ni de mármol, hechas por artistas extranjeros, sino máscaras moldeadas en
cera colocadas cada una en un nicho: había, pues, imágenes para acompañar a los grupos
familiares y siempre, cuando moría alguien, estaba presente la multitud de sus parientes
desaparecidos; y las ramas del árbol genealógico, con sus ramificaciones lineales, se
propagaban en todas direcciones hasta esas imágenes pintadas.33
Según los datos que conservamos, parece cierto que esta tradición comenzó a per-
der fuerza, y sobre todo prestigio, a partir de los primeros años del siglo primero de
nuestra era. En el momento en el que los árboles familiares son desmembrados y
se utilizan a modo de ostentación –junto con otras esculturas de variada proceden-
cia– el lujo y el poder ganan terreno sobre la legitimación dinástica. El tono pesimis-
ta de Plinio deja ver que la tradición se había corrompido y ya poco se podía hacer.
162
Rostros efímeros
Con la caída del imperio, desaparece el uso de la huella del rostro como imagen de
legitimación dinástica y no se vuelve a recuperar hasta casi diez siglos después, en
los inicios de lo que llamamos época renacentista.
163
Gorka López de Munain
Butades de Sición, pasando por el mito de Los trabajos de Hércules, los Saturnales
o los funerales de Cayo Mario; todo para tratar de justificarlo como antecedente de
la costumbre cristiana de ofrecer exvotos de cera en los templos:
Y de aquí parece que los cristianos tomaron costumbre de ofrecer ciertas imagines de cera
en los templos, y ciertas muñecas, cuando alguna parte del cuerpo está enferma (…) de lo
cual parece nosotros los cristianos, imitamos en esto la religión de los antiguos: mas nuestro
ofrecer, y llevar a los templos imagines, es con mayor respeto, y a mejor fin, y rogando a Dios
verdadero, y no a dioses fingidos como ellos.36
Otros autores observan cómo era la “nobleza de los romanos” y tratan de describirla
para emplearla como ejemplo que explique la nobleza de su tiempo. Diego López, en
la primera mitad del siglo XVII, realiza en su Comento una extensa explicación del ori-
gen y desarrollo del uso de las imagines maiorum en época romana, utilizando fuentes
variadas y muy ricas (Suetonio, Tito Livio, Salustio, Séneca, Cicerón, Cornelio Tácito,
Juvenal, Plinio, etc.). Se trata de una descripción muy documentada en la que se pone
el acento en la idea de ejemplo y modelo de virtud que transmitían las imágenes de
los gloriosos antepasados: “servían estas imagines de despertar a los romanos, para
que imitasen a sus mayores, y procurasen ser semejantes a ellos en virtud, y valor,
no porque la cera pudiese hacer esto, sino porque les representaba las hazañas de
aquellos, cuyos hechos se representaban en aquellas imagines hechas de cera”37. En
todo momento se advierte esa voluntad de establecer un paralelismo más o menos
disimulado con la nobleza que le era coetánea, a fin de ensalzarla y dignificarla:
Estas imagines eran comunes a todo un linaje, como ahora son las armas, y escudos, y con
ello se declara lo que dice Valerio hablando del amor de los hermanos, Parem ex maiorum
imaginibus gloriam traxi (sic) porque siendo todos hermanos tenían unas propias imagines, y
se gloriaban que eran de una propia casa, y linaje38.
36 Juan Sánchez Valdés de la Plata, Coronica y historia general del hombre: en que se trata del
hombre en comun, de la diuision del hombre en cuerpo y alma, de las figuras monstruosas de
los hombres, de las inuenciones dellos, y de concordia entre Dios y el hombre... (por Luis San-
chez, 1598), Cap. XX.
37 D. López, Comento sobre los nueve Libros de los Exemplos de Valerio Maximo, Por Francisco
de Lyra, Sevilla, 1632, p. 81.
38 Ibid., 81r.
39 Otro buen ejemplo aparece en la obra de Lázaro Luis de Guzmán Hierro: “Y para animar los
sucesores a imitarlo, con gloriosa emulación, y generosa competencia del nombre que alcanza-
ron; como dijo de su Colegio D. Francisco de Amaya (…) Por esto en los zaguanes de los no-
bles de Roma, estaban las imágenes de sus Mayores, y las estatuas antiguas de los varones de
164
Rostros efímeros
anteriormente, los eslabones que unen los siglos XV, XVI y XVII con la llamada
Antigüedad son muy difíciles de determinar. Las expresiones que nos orientan en
esta idea: “solían poner las referidas imágenes [imagines maiorum], en las portadas
y entradas de sus casa, y palacio (como hoy en las de los Caballeros e Hijosdalgo)
para mostrar que los señores de ellas, eran Nobles (...)40”, no ofrecen una respuesta
satisfactoria; tan sólo contribuyen a confundirnos más si cabe.
En esta época, se dedicó a la ejecución de retratos, introduciendo esta modalidad pictórica, que
se difundió rápidamente, de modo que en poco tiempo no hubo en toda Venecia persona de
posición elevada que no se hiciese retratar por él o por otro. De entonces procede la costumbre
que en todas las casas haya una galería de retratos; y muchas casas nobles poseen los retratos
de cuatro generaciones; las de más abolengo de aún más. En verdad, esta costumbre, ha
sido siempre, incluso entre los antiguos, muy laudable, pues ¿quién no siente infinito placer
y satisfacción, además del honor y ornato que supone, viendo los retratos de sus mayores,
y sobre todo, si han sido esclarecidos y famosos, ya en el gobierno de la República, ya por
hechos egregios en la paz o en la guerra, por las letras o por otras señaladas virtudes? ¿Y
con qué otros fines, como se ha dicho en otro lugar, colocaban los antiguos las efigies de los
grandes hombres en los lugares públicos con honrosas inscripciones sino para encender los
ánimos de las generaciones futuras en el culto de la virtud y en el incentivo de la gloria?41
Vasari debía conocer muy bien las narraciones clásicas (como puede ser la de
Polibio o la de Plinio), donde se describe la importancia de la imago para que las
generaciones posteriores admirasen la grandeza del personaje efigiado y pudieran
tenerla como muestra de una conducta ejemplarizante. El biógrafo italiano comenta
que, en algunos casos, los retratos de los antepasados pueden remontarse cuatro
generaciones o más, lo que, de ser cierto, dibuja un panorama muy poco conocido
pero fundamental para entender la retratística de este período42. También Gabrielle
165
Gorka López de Munain
Paleotti extiende la fórmula de emplear el retrato como sustituto del difunto, aun-
que esta vez no se apoya en su justificación clásica, lo cual incorpora una de las
muchas derivas que protagonizará esta compleja recuperación de las imagines en
época renacentista. Paleotti explica cómo las personas utilizaban los cuadros de
sus antepasados para evocar su memoria y combatir el dolor por su ausencia:
Quando il padre, la madre, la moglie, o altre persone atrette di lecita benevolenza chiedessero
altrui in grazia il suo ritratto, per potere con questo mezzo dell presenza della pittura ristorare
i danni dell’assenza di lui (…)43.
Si hoy día nos resulta difícil distinguir los usos que tenían los múltiples retratos de
diferentes épocas que han sobrevivido desde la Antigüedad romana, en el siglo XV
la situación debía ser también igualmente confusa. Aunque los textos nos hablan
de máscaras de cera, muchas veces profusamente coloreadas, lo cierto es que,
muy probablemente, terminarían por hacerse también estas imagines en materiales
duros como el bronce o el mármol –especialmente si atendemos al testimonio de
Plinio comentado anteriormente–. Por tanto, es fácil pensar que, llegado el siglo XV,
el ideal asociado a la imago (la creencia en el ius imaginum, la legitimación dinásti-
ca, la elevación a referente moral, etc.) se trasladara con mayor amplitud al retrato
en general y, particularmente, al retrato en busto.
Pero, para ir centrando nuestro tema de estudio, nos fijaremos en aquellos retratos
vinculados más estrechamente con la muerte y la memoria. La práctica de realizar
retratos post mortem no se reducía exclusivamente al formato escultórico; el caso
del retrato funerario de Maximiliano I de Habsburgo resulta en este sentido paradig-
mático. El propio emperador tenía muy claro el poder de las imágenes para conser-
43 G. Paleotti, Discorso intorno alle immagini sacre e profane, Libreria Editrice Vaticana, Ciudad
del Vaticano, 1582, p. 338.
44 J. Pope-Hennessy, El retrato en el Renacimiento, Akal, Madrid, 1985, p. 16.
45 Ibid., p. 17.
166
Rostros efímeros
167
Gorka López de Munain
nos han llegado pocos ejemplares o su localización resulta difícil debido al des-
interés mostrado por los museos durante mucho tiempo, podemos imaginar que
se trataban de obras habituales en esta época. Evidentemente son retratos cuyo
ascendente directo se encuentra en las imagines clipeata de la Antigüedad, bustos
insertados en un clípeo y rodeados por una corona de hojas de laurel, aunque su
peculiar supervivencia renacentista plasmada a partir de una máscara mortuoria
los convierte en unos ejemplares difíciles de ubicar. De hecho, su genealogía no se
cierra en el Renacimiento, ya que existen más ejemplos, como la máscara mortuo-
ria del presidente de los Estados Unidos Ulysses S. Grant, en los que este gesto
encuentra una continuidad. En el citado memorial el rostro muerto del presidente
aparece rodeado por una corona en la que, en este caso, se alternan las hojas de
laurel y las de roble.
La pieza del Victoria and Albert Museum tiene una pareja femenina que se encuen-
tra hoy día en el museo del Louvre (fig. 2.16). Al parecer debieron formar parte de
alguna tumba hoy desconocidas ya que ambas piezas se encuentran dispersas.
Según la ficha del museo parisino, la máscara femenina pudo pertenecer a Battista
Sforza, Duquesa de Urbino (1444-1472) y la emplearía Francesco Laurana para
realizar el busto de mármol que se encuentra hoy en el Museo Nazionale del Bar-
gello en Florencia50. Sin embargo, la presencia de policromía hace pensar que, si
168
Rostros efímeros
bien pudo ser utilizada como modelo para otras obras, el tondo laureado también
tuvo su uso particular buscando en todo momento que fuera el rostro muerto el que
apareciese representado. Este mismo uso lo veremos más adelante en la máscara
mortuoria de Lorenzo de Médici o en la tumba de Girolamo della Torre ejecutada
por Andrea Riccio y ubicada en San Fermo Maggiore, Verona, donde vemos dos
bronces (de Girolamo y de su padre Marcantonio) en los que aparece directamente
la máscara mortuoria sin modificaciones: se busca mostrar el rostro muerto51.
Con todo ello se aprecia cómo hay una voluntad clara de recuperar las formas clá-
sicas ligadas a unos contenidos que, en ocasiones, son adaptados de forma libre
y con escaso rigor histórico. Pero esta visión superficial no puede desligarse del
sustrato que conecta ambos momentos históricos y que requiere una mirada más
atenta. Como veremos en el siguiente apartado, las máscaras o moldes faciales
fueron ampliamente utilizados con propósitos muy diversos; el reto está en discernir
dónde está el mero recurso técnico y dónde el gesto superviviente.
ite?srv=car_not_frame&idNotice=2412&langue=en
51 Para más información sobre esta interesante tumba y su uso de las máscaras mortuorias,
puede consultarse la tesis doctoral de: R. A. Carson, “Andrea Riccio’s Della Torre Tomb Monu-
ment: Humanism and Antiquarianism in Padua and Verona”, 2010, Universidad de Toronto.
169
2.4- La recuperación de la semejanza por
contacto en la retratística del Renacimiento,
su relación con la Antigüedad y la (olvidada)
importancia de la Edad Media
La historia del mundo antiguo, al menos la de los pueblos cuya vida se prolonga en el
nuestro, es como un acorde fundamental que todavía hoy se oye resonar sin cesar a
través de la masa de los conocimientos humanos.
171
Gorka López de Munain
172
La recuperación de la semejanza por contacto...
obtenidas directamente de los rostros tanto de los reyes de aquel período como
de otras personas anónimas4.
4 I. Woldering, The arts of Egypt, Thames and Hudson, London, 1967, p. 157. Véase también:
E. La Roca, “Innamorati dell’immortalità. Ritratto realistico e ritratto ideale: Medio Oriente, Egi-
tto, Grecia, Roma”, en Ritratti. Le tante facce del potere (catálogo de exposición celebrada en
los museos capitolinos de Roma del 10 de marzo al 25 de septiembre), I Giorni di Roma, Roma,
2011. Y por último: M. Hertl, Totenmasken. Was vom Leben und Sterben bleibt, Thorbecke,
Stuttgart, 2002, p. 17.
5 D. Arnold, The Royal Women of Amarna, cit., p. 46.
6 C. Desroches Noblecourt, El Antiguo Egipto. Nuevo Imperio y Período Amarna, Editorial
Noguer, Barcelona - México, 1960, p. 13.
7 G. Roeder, “Lebensgroße Tonmodelle aus einer altägyptischen Bildhauerwerkstatt. Mit 25 Tex-
tabbildungen.”, Jahrbuch der Preußischen Kunstsammlungen, vol. 62, 4.
8 D. Arnold, The Royal Women of Amarna, cit., p. 47.
173
Gorka López de Munain
Plinio explica en su Historia Natural que fue Lisístrato de Sición (hermano de Lisipo)
el primero en utilizar moldes del rostro para realizar los bustos:
Fue el primero que hizo un vaciado del rostro de un hombre con escayola, y empezó a hacerlas
más rectas y perfectas. La primera imagen a través de la fundición a la cera en el molde de
yeso, fue Lisístrato de Sicyon, hermano de Lisipo del que hablamos (XXXIV, 19, 12). Esto dio
la manera de hacer retratos al natural, antes que él, sólo podía hacerse de la mejor manera
posible la cabeza. Con la misma imaginación del artista, se hacían las estatuas pero sin el
modelo, esta idea fue tan popular, que no se hacía figura o estatua sin un modelo de arcilla,
por lo tanto, parece que esta ciencia fue antes del arte de la fundición de bronce9.
Swift, por su parte, piensa que estas técnicas debían ser conocidas desde antes10.
Poco importa quién fue realmente el primero en utilizarlas (dato que jamás conocere-
mos), lo que nos interesa es comprobar que la plástica griega conocía perfectamente
la técnica de obtención de moldes del rostro y muy probablemente la empleara para
mejorar el grado de semejanza que debían presentar los retratos con respecto al mo-
delo. Desgraciadamente no contamos con ejemplares que apoyen esta hipótesis y las
fuentes (de época romana) tampoco terminan de confirmar las sospechas. Con todo,
los especialistas en la escultura griega no parecen haberse interesado demasiado por
las pistas aportadas por Plinio y tan sólo se limitan a copiar lo expresado por éste11.
174
La recuperación de la semejanza por contacto...
imagines maiorum12. Sin embargo, pronto comprobamos que los historiadores del
arte parecen evitar estos argumentos a la hora de explicar el realismo de ciertos re-
tratos romanos, quizá condicionados por la idea de que las obras obtenidas a partir
de máscaras de cera o yeso no son de naturaleza artística –y eso que, como dice
Papini, todos estos problemas histórico-artísticos que nosotros mismos nos hemos
creado, a los romanos les interesaban bien poco13–.
12 Para hacerse una idea de esta popularidad, basta echar un rápido vistazo al apartado de
bibliografía de la citada obra de Harriet I. Flower donde se recogen más de 550 referencias.
13 M. Papini, “Le (brute) cere dei romani. Verità - senza belleza - nella ritrattistica repubblica-
na”, cit., p. 37.
175
Gorka López de Munain
En los primeros siglos de la Edad Media se aprecia una ligera ruptura (aunque
no total) con las prácticas de la Antigüedad sobre las que venimos dando cuenta.
El territorio que hoy conocemos como Europa va modificando su estructura y su
sociedad a partir de la huella dejada por el Imperio romano, cuyo renacimiento se
observará a través de diferentes etapas15, por lo que las relaciones y las supervi-
vencias de la cultura visual del pasado se tornan brumosas. La preocupación por la
semejanza natural en las obras plásticas tendrá un complejo desarrollo que, gene-
ralmente, la historiografía ha tendido a asociar con el momento en el que comienza
a surgir el floreciente Renacimiento italiano. Pero, más allá de estas consideracio-
nes, resulta necesario trascender la ecuación que señala que el retrato semejante
surge exclusivamente al amparo del descubrimiento del individuo; momento que
tradicionalmente se ubica en la retratística romana y en el Renacimiento. Esta con-
sideración reduccionista, extendida y tomada por válida en multitud de estudios, ha
sido puesta en tela de juicio recientemente por el investigador Dominic Olariu quien,
además, en su estudio sobre la génesis de la representación semejante del ser
humano, sitúa a las máscaras mortuorias como objetos cruciales para comprender
este proceso16.
Las conexiones entre las imagines maiorum y los retratos semejantes, individuali-
zados, del siglo XIII deben localizarse no sólo si en ambos casos se está recurrien-
do a una técnica de moldeado, sino en el sentido y el valor que se concede a dicha
individualización. En el caso de las imagines, el hecho de ser semejantes signifi-
caba por sí mismo un rasgo de dignidad, y si además se ejecutaban por medio de
la semejanza por contacto y posteriormente se policromaban y se les añadían ojos
vidriados, el resultado no podía ser más satisfactorio. Son detalles que no se obser-
van de igual grado en la retratística romana, la cual tendemos a valorarla muy por
14 No encontramos dato alguno en una de las obras de referencia: D. Scarpellini, Stele romane
con imagines clipeatae in Italia, L’erma di Bretschneider, Roma, 1987.
15 E. Panofsky, Renacimiento y renacimientos en el arte occidental, Alianza, Madrid, 1999.
16 D. Olariu, La genèse de la représentation ressemblante de l’homme. Reconsidérations du
portrait á partir du XIII siècle, Peter Lang, Berna, 2014, pp. 211-269.
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La recuperación de la semejanza por contacto...
encima de cualquier resto de imago que nos haya podido llegar; sin embargo, no
debemos perder de vista que estas obras trascendían por completo cualquier con-
sideración artística, noción moderna que forma parte de nuestra esfera de intereses
y no de la de los estamentos destacados de la sociedad romana. Olariu apunta
que una situación muy similar se observa en la naciente retratística del siglo XIII,
donde “la semejanza es ante todo una referencia a la dignidad del representado y
un signo de honor”17. Estos nexos supervivientes muestran, en ocasiones, lazos de
unión más estrechos que aquellos que pueden parecer a priori más obvios, como
ocurre con el uso de los moldes para la semejanza natural en los períodos históri-
cos aludidos.
Uno de los primeros signos de interés por la semejanza natural en la Edad Media
se puede observar de forma clara a través de los trabajos de embalsamamiento en
cera. Con ello se marca, esta vez, una diferencia sustancial con la época romana,
pues en ésta el cuerpo muerto no era embalsamado y tampoco recibía los cuidados
que irán apareciendo tiempo después. A partir del siglo XII, en Occidente –ya que
el caso bizantino presenta importantes diferencias–, comienza a surgir una preocu-
pación creciente por la semejanza de los cadáveres expuestos en los ceremonia-
les. Gracias a los estudios de Alain Erlande-Brandenburg, sabemos que es en ese
momento cuando el rito se va asentando hasta llegar a las elaboradas escenas en
las que el cadáver se expone durante largos períodos18. Es entonces cuando se
desarrolla de forma excepcional la técnica del embalsamado y, muy especialmente,
la del embalsamado con cera. Intentaremos por tanto intentar perfilar los nexos que
conectan la preocupación creciente por el rostro del fallecido, las técnicas de em-
balsamado para permitir su exposición, y sus consecuencias plásticas en las efigies
o representaciones, tanto en su vertiente sustitutiva (efímera) como en las escultóri-
cas (efigies sepulcrales), donde el interés por la representación semejante se hará
cada vez más presente. En todo ello, como tendremos ocasión de comprobar, las
máscaras mortuorias se convertirán en el aglutinante que da sentido a la propuesta.
17 Ibid., p. 26.
18 A. Erlande-Brandenburg, Le roi est mort: étude sur les funérailles, les sépultures et les tom-
beaux des rois de France jusqu’à la fin du XIII siècle, Droz, Génova, 1975, pp. 15-19.
19 Para estudiar las posibles influencias de las técnicas bizantinas de embalsamado en cera, véa-
se: D. Olariu, La genèse de la représentation ressemblante de l’homme, cit., p. 103 y sig.
177
Gorka López de Munain
En cuanto al difunto cuerpo del rey, lo embalsamaron utilizando una gran cantidad de sal,
depositaron las entrañas de la Abadía de Montpensier y ordenaron envolver el resto del cuerpo
con tiras enceradas y cuero de ganado. El cuerpo quedó bajo la vigilancia que garantizaba la
abadía20.
Una vez el cuerpo estaba recubierto con las tiras de cera, eviscerado y envuelto
en un cuero animal, fue transportado a París para celebrar los funerales el 15 de
noviembre, siete días después de la muerte del monarca. Por lo que se deduce de
otros detalles descritos en la crónica, el rostro y los brazos quedaron expuestos a la
vista de los asistentes al ceremonial, cumpliendo así con la moda que empezaba a
imponerse en las cortes de aquel momento. Esta situación requería que la técnica
de embalsamamiento, aún rudimentaria, adquiriese el desarrollo necesario para
permitir que los funerales pudieran celebrarse sin que la descomposición del cuerpo
supusiera un obstáculo. Además, se hace cada vez más importante la exposición
de los rasgos fisionómicos del individuo, por lo que del embalsamamiento en cera
se irá paulatinamente avanzando hacia la creación de efigies sustitutivas, pasando
por supuesto por los cuerpos con el rostro recompuesto mediante cera. Todo
ello, recordémoslo, en el contexto de una sociedad que demanda cada vez más
obras veraces, menos abstractas y más apegadas a la naturaleza humana, cuya
manifestación más evidente será la escultura gótica21.
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La recuperación de la semejanza por contacto...
23 J. Pohl, Die Verwendung des Naturabgusses in der italienischen Porträtplastik der Renais-
sance, Triltsch Verlag, Wurzburgo, 1938, p. 17. Citado en: D. Olariu, La genèse de la repré-
sentation ressemblante de l’homme, cit., p. 213.
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Gorka López de Munain
Así ha dicho Jehová el Señor a estos huesos: He aquí, yo hago entrar espíritu en vosotros,
y viviréis. Y pondré tendones sobre vosotros, y haré subir sobre vosotros carne, y os cubriré
de piel, y pondré en vosotros espíritu, y viviréis; y sabréis que yo soy Jehová. Profeticé, pues,
como me fue mandado; y hubo un ruido mientras yo profetizaba, y he aquí un temblor; y los
huesos se juntaron cada hueso con su hueso. Y miré, y he aquí tendones sobre ellos, y la
carne subió, y la piel cubrió por encima de ellos; pero no había en ellos espíritu. Y me dijo:
Profetiza al espíritu, profetiza, hijo de hombre, y di al espíritu: Así ha dicho Jehová el Señor:
Espíritu, ven de los cuatro vientos, y sopla sobre estos muertos, y vivirán24.
Los cristianos pudientes tendrían por tanto parte del trabajo ya hecho y podrían
conservar su cuerpo en el momento de la resurrección de los muertos de la que ha-
bla San Pablo en su epístola a los Corintios: “¿cómo dicen algunos entre vosotros
que no hay resurrección de muertos? Porque si no hay resurrección de muertos,
tampoco Cristo resucitó (…). Así también es la resurrección de los muertos. Se
siembra en corrupción, resucitará en incorrupción”25. Los grandes juicios finales que
pueblan las portadas medievales muestran este momento en el que los muertos se
levantan de sus tumbas para asistir al pesaje de su alma por parte del Arcángel San
Miguel ante la presencia de un Cristo resucitado que da testimonio de su milagro
mostrando las heridas de la crucifixión. En este contexto, no es de extrañar que, si
bien la explicación de la creciente duración de los funerales parece la más sensata,
también operaran de fondo otros argumentos religiosos de importante calado.
Igualmente es importante tener en cuenta otro factor sobre el que hemos ido in-
cidiendo a lo largo de la investigación y sobre el que merece la pena insistir en
este particular momento: la importancia del contacto más allá de la mera técnica.
En la tradición cristiana, existen innumerable ejemplos en los que el acto de tocar
trasciende la acción misma. El Santo Sudario de Turín, la Verónica, las reliquias,
las imágenes que habían estado en contacto con una reliquia o con una imagen
milagrosa, los sepulcros de santos y un interminable abanico de conductas vincu-
ladas a estos objetos nos demuestran que el contacto llevaba asociada la idea de
“transferencia”; por tanto, el uso de las máscaras mortuorias dentro de esta singular
cosmovisión debe ser analizado con las debidas cautelas. “La máscara medieval
tiene así el significado de una huella de un cuerpo que, a su vez, es la huella del
alma sobre la que se imprime la imagen de Dios”26.
Otro factor igualmente central es la atracción que ha ejercido la cera como mate-
rial a lo largo del tiempo. Las imagines maiorum, los exvotos anatómicos, los voti
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La recuperación de la semejanza por contacto...
En esto estriba la razón de por qué las figuras de cera no producen ninguna impresión
estética, y no son, por lo tanto, obras artísticas (en sentido estético), aunque cuando están
bien hechas producen cien veces más ilusión que el mejor retrato o estatua puede hacerlo,
y tendrían que ocupar el primer puesto si el objeto del arte fuera la imitación engañadora de
la realidad. Parecen dar, pues, no la sola forma, sino al mismo tiempo también la materia;
por eso producen la ilusión de que tiene uno el objeto mismo delante de sí. En vez, pues, de
conducirnos de lo que sólo se presenta una vez y nada más, es decir, del individuo, a lo que
se presenta siempre e infinito número de veces en infinitos objetos, a la forma pura o idea,
como hace la verdadera obra de arte, nos da la figura de cera, al parecer, el individuo mismo;
es decir, lo que únicamente se presenta una vez y nunca más; pero, sin embargo, sin lo que
da valor a tal existencia pasajera, sin la vida. Por eso produce la figura de cera espanto,
porque obra sobre nosotros como un rígido cadáver28.
181
Gorka López de Munain
tacto. Se les reconoce cierto valor mágico-religioso y un poder único para evocar la
memoria de los antepasados, pero cuando se trata de mezclarlas con los retratos
considerados, a partir de la historiografía moderna, como obras maestras, los rece-
los hacen su aparición condicionando todo el discurso posterior.
El cronista italiano Dino Compagni (1255 – 1324) ofrecía en su famosa Cronica uno
de los primeros testimonios sobre la presencia de imágenes de cera, concretamen-
te en Orsammichele, aunque no es posible saber si fueron realizadas mediante la
semejanza por contacto. Leemos en su obra: “In Orto San Michele era una gran lo-
ggia con uno oratorio di Nostra Donna, nel quale per divozione eran molte immagini
di cera: nelle quali appreso il fuoco, aggiugnendovisi la caldeza dell’aria (...)29”. Tam-
bién Giovanni Boccaccio en su Decameron da cuenta de la costumbre de ofrecer
29 D. Compagni, Crónica delle cose occorrenti ne’ tempi suoi, Giulio Einaudi Editore, Torino, 1968,
p. 92.
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La recuperación de la semejanza por contacto...
Tomad a vuestro hijo, salvado por la gloria de Dios, cuando he creído poco ha, que no lo
veríais vivo al anochecer; y bien haríais en hacer poner una figura de cera de su tamaño a la
gloria de Dios delante de la estatua del señor San Ambrosio, por los méritos del cual Dios os
ha hecho esta gracia.(...) y sin ninguna dilación haciendo hacer la imagen de cera, la mandó
colgar con las otras delante de la figura de San Ambrosio, pero no de la de aquel de Milán30.
Estas primeras noticias apuntan a que en el siglo XIII eran conocidas las técnicas
de moldeado y que a los artistas les preocupaba cada vez más disponer de elemen-
tos técnicos a partir de los cuales indagar en un proceso de individualización que,
con ello, iniciaba sus primeros pasos, pero que sería ya imparable. Según Olariu,
estos historiadores (Mâle, Schlosser o Pohl) previos a la Segunda Guerra Mundial
manejaban unos enfoques antropológicos y folcloristas lo suficientemente amplios
como para posibilitarles ir más allá de los condicionantes que la historiografía his-
tórico-artística a menudo impedía33; historiografía que se resistía a aceptar que
los moldeados faciales pudieran conocerse y emplearse antes, como mínimo, de
mediados del siglo XIV –a veces incluso se alargaba hasta la época de Verrocchio,
en pleno siglo XV–. Esta limitación, que concluye que el primer caso conocido de
empleo de máscaras mortuorias es el de Bernardino de Siena (1444) y todo lo que
30 Boccaccio, Giovanni. Decameron. Libros en Red, 2004, Séptima jornada, Novela cuarta, pp.
391-392
31 E. Panofsky, Tomb sculpture: four lectures on its changing aspects from ancient Egypt to Ber-
nini, H.N. Abrams, Nueva York, 1992, p. 58.
32 E. Mâle, L’art religieux de la fin du Moyen Age en France: étude sur l’iconographie du Moyen
Age et sur ses sources d’inspiration, Librairie Armand Colin, París, 1922, p. 421 y sig.
33 D. Olariu, La genèse de la représentation ressemblante de l’homme, cit., p. 232.
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Gorka López de Munain
Fig. 2.22 Monumento funerario de Isabel de Aragón, c. 1271, Catedral de Cosenza, Italia.
184
La recuperación de la semejanza por contacto...
34 É. Bertaux, “Le tombeau d’une reine de France à Cosenza en Calabre”, Gazette des beaux
arts, vol. 19.
35 J. von Schlosser, “History of Portraiture in Wax”, en Ephemeral Bodies. Wax Sculpture and
the human figure, Getty Publications, Los Angeles, 2008, p. 197.
185
Gorka López de Munain
pió un rostro esquemático e impersonal (fig. 2.23). Esta diferencia subraya aún más
la sospecha de que el ejemplar italiano fuera ejecutado teniendo como modelo la
mascarilla post mortem de la reina. La tumba quedó tiempo después olvidada y en
unas reformas emprendidas en 1759 los estucos de la pared del transepto norte la
dejaron oculta. En 1891, durante unos trabajos de restauración, fue redescubierto
el monumento y desde entonces ha acaparado la atención de numerosos especia-
listas, tanto por su importancia histórica como por la peculiaridad facial que muestra
la efigiada36. Bertaux, Schlosser y más recientemente –y con nuevos argumen-
tos37– Olariu, se muestran convencidos de que se empleó un molde facial, mientras
que otros especialistas como Erlande-Brandenburg creen que no es posible y que
los defectos faciales pueden explicarse por ciertos problemas que pudo tener el
escultor con el material (que a la altura de la mejilla presenta una veta).
A pesar de no contar con un documento en el que se explicite que la obra fue eje-
cutada con una máscara mortuoria, creemos, en la línea de lo argumentado por
Schlosser, que el propio monumento resulta tan elocuente que puede ser consi-
derado sin problemas como un documento pétreo. Además, el extenso análisis de
Olariu, en el que se atreve incluso a identificar en el rostro de la reina los síntomas
de los males que le llevaron a la muerte, se aportan imágenes de detalle y argu-
mentos que hacen decantar la balanza de forma eficaz hacia el lado que venimos
apoyando. Lo fascinante de todo lo que rodea tanto a este caso como a otros se-
mejantes es observar cómo determinados investigadores, espoleados por las iner-
cias de una tradición vasariana de la que no pueden sustraerse, se esfuerzan por
negar que en el siglo XIII se pudieran utilizar moldes faciales para la realización de
retratos semejantes; hecho que –no sin matices y con otras “tensiones” historiográ-
ficas no menores– parece exclusivo del Renacimiento. Los textos, los indicios, los
monumentos y algunos autores poco a poco van demostrando que la semejanza
natural postclásica no nace en la Italia renacentista y que en todo ello las máscaras
mortuorias tuvieron un protagonismo que debemos tener muy presente38.
186
La recuperación de la semejanza por contacto...
Este recorrido sobre el que venimos indagando continúa en los albores del Rena-
cimiento italiano, momento especialmente sensible y que será preciso estudiar con
atención. Para entender un poco mejor el modo en el que trabajaban los talleres
durante el siglo XIV y principios del XV debemos acudir a una fuente fundamental:
El libro del arte de Cennino Cennini, escrito precisamente a finales del XIV. El pintor
dedica la mayor parte de la obra a aspectos relacionados con la pintura y a trabajos
afines como el dorado, la preparación de diferentes morteros, el barnizado y un
largo etcétera de actividades propias de los maestros de la época. Sin embargo,
los últimos capítulos los reserva para describir unas prácticas más cercanas a lo
escultórico como es el vaciado de diferentes objetos (monedas, figuras, etc.) entre
los que explica cómo hacer el vaciado de un rostro e incluso el de un cuerpo entero.
De sus palabras se deduce que estos procedimientos eran perfectamente conoci-
dos en su tiempo y solicitados por todas las clases sociales:
Y ten presente que la persona que te sirve de modelo es de gran condición, como un señor,
un rey, un papa o un emperador, añade también al yeso agua de rosas templada: si se trata
de cualquier otra persona un agua de manantial, de pozo o de río, templada39.
De igual modo se puede deducir que los escultores debían estar familiarizados con
este procedimiento de obtención de efigies “por contacto”, ya que Cennini explica
187
Gorka López de Munain
cómo pueden obtenerse bustos: “cuando tienes este primer molde, puedes hacer-
lo en cobre, hierro, bronce, oro, plata, plomo y en general en cualquier metal que
desees”40. También Vasari nos ofrece unos comentarios interesantes sobre esta
técnica cuando habla de la vida de Andrea Verrocchio:
A Andrés [Andrea] le gustaba modelar en yeso, es decir, con una materia que preparaba
con una piedra blanda que se extrae de la cantera de Volterra, de Siena y de otras muchas
localidades de Italia. Esta piedra, puesta al fuego, batida y desleída en agua tibia, se convierte
en una pasta, que resulta muy maleable; de manera que se puede hacer con ella lo que se
quiere, y al secarse se endurece y resulta adecuada para moldear con ella figuras enteras.
Andrés la utilizaba para tomar moldes del natural, tal como manos, rodillas, piernas, brazos y
torsos, a fin de copiarlos luego con toda comodidad41.
Fig. 2.24 Montaje fotográfico. Izq: máscara mortuoria de Lorenzo de Médici (1492), Florencia,
Museo degli Argenti del Palazzo Pitti; Centro: busto en terracota de Lorenzo de Médici, atrib.
Verrocchio (c. 1488), atrib. Orsino Benintendi (1498); der: Montaje fotográfico superponiendo
ambas imágenes.
Se demuestra así que las técnicas por contacto para la obtención de los rostros y
otros objetos estaban asentadas a principios del siglo XV, aunque sus inicios, como
ya se ha argumentado en el punto anterior, deben situarse como mínimo en el siglo
XIII. Esta fórmula debió emplearse en el famoso busto de Lorenzo de Médici, como
lo demuestra el siguiente montaje fotográfico (fig. 2.24). No entraremos ahora en
la polémica sobre sus atribuciones a Verrocchio u Orsino Benintendi, para lo cual
40 Ibid., 231.
41 J. Vasari, Vidas de artistas ilustres, vol. 2, cit., 282.
188
La recuperación de la semejanza por contacto...
Otra opción era copiar a distancia el modelo (la máscara), técnica que debían se-
guir tanto los escultores que utilizaban material no moldeable, como el mármol y la
madera, y también los pintores. Son muchos los ejemplos que se pueden encontrar
de esta técnica, como el retrato que Buggiano hizo de Filippo Brunelleschi para el
monumento de la Catedral de Florencia partiendo de la máscara que se extrajo
del artista en el momento de su muerte43 (fig. 2.25). A pesar de que se aprecia una
evidente idealización, comparte los rasgos principales del difunto que, a buen se-
guro, lo hacía reconocible entre sus contemporáneos. También los pintores podían
valerse de las máscaras (mortuorias y en vida) para no tener que obligar al modelo
42 Con respecto al ejemplar de la National Gallery of Art de Washington, las últimas investigacio-
nes señalan que tal vez se trate de una copia obtenida a partir de un modelo anterior (quizá en
cera) realizado por Verrocchio y Orsino Benintendi (ver: R. Panzanelli, “Compelling Presence.
Wax Effigies in Renaissance Florence”, en Roberta Panzanelli (ed.) Ephemeral bodies: wax
sculpture and the human figure, Getty Publications, Los Angeles, 2008, p. 18.) Si aceptamos, tal
y como se observa en el montaje, que se utilizó la máscara mortuoria cuyo positivo se encuen-
tra hoy en el Museo degli Argenti del Palazzo Pitti de Florencia (anteriormente en la Sociedad
Colombaria), deberíamos descartar cualquier atribución a Verrocchio pues éste murió cuatro
años antes que Lorenzo de Médici.
43 J. Pope-Hennessy, El retrato en el Renacimiento, cit., p. 15.
189
Gorka López de Munain
a permanecer durante las largas horas que exige la ejecución de un retrato44. Vasari
se expresa muy claro con respecto a esta forma de trabajar cuando se ocupa de la
vida de Verrocchio:
Podemos empezar este repaso con el polémico busto de Niccolò da Uzzano (1359-
1431) conservado en el Museo Nacional del Bargello (fig. 2.26), cuya datación y
44 También Cennini se refiere a la utilización de éstos vaciados para ayudar a los pintores a copiar
sus modelos en el Capítulo CLXXXI, De la utilidad de realizar vaciados del natural: “Creo que
ya he hablado suficiente acerca de las formas de pintar. Quiero tocar otro tema que te será de
mucha utilidad y, a la hora de dibujar, te facilitará mucho el copiar o imitar cosas del natural; esta
técnica se llama vaciar.”
45 J. Vasari, Vidas de artistas ilustres, vol. cit., p. 282-283.
46 L. Bellosi, “Ipotesi sull’origine delle terecotte quattrocentesche”, en Giulietta Chelzazzi Dini
(ed.) Jacopo della Quercia fra Gottico e Rinascimento. Atti del Convegno di studi, Siena, Facoltà
di Lettre e Filosofia, 2-5 ottobre 1975, Florencia, 1997.
47 B. Boucher, “Italian Renaissance Terracotta: Artistic Revival or Technological Innovation?”, en
Bruce Boucher (ed.) Earth and fire: Italian terracotta sculpture from Donatello to Canova, Yale
University Press, New Haven y Londres, 2001, p. 2.
48 Un interesante artículo sobre estas técnicas y procedimientos en: Hubbard Charlotte y Peta Mo-
tture. “The Making of Terracotta Sculpture: Techniques and observations”, en: Ibid., pp. 83-95.
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La recuperación de la semejanza por contacto...
49 Para más información sobre el personaje ver: E. Ferretti, “La Sapienza di Niccolò da Uzzano:
l’istituzione e le sue tracce architettoniche nella Firenze rinascimentale”, Annali di Storia di Fi-
renze, vol. 4, 2011.
50 Véase una buenas síntesis del estado de la cuestión en: Idem., p. 136, nota 148; y G. Didi-Hu-
berman, “Ressemblance mythifiée et ressemblance oubliée chez Vasari: la légende du portrait
sur le vif”, Mélanges de l’Ecole française de Rome. Italie et Méditerranée, vol. 2, 106, 1994, p.
384-385, nota 3.
51 Una bibliografía actualizada sobre el busto de Enrique VII la encontramos en R. Panzanelli,
“Compelling Presence. Wax Effigies in Renaissance Florence”, cit., p. 21-22 (nota 77).
52 MacLagan, Eric, “The Use of Death-Masks by Florentine Sculptors”, The Burlington Magazine,
vol. 43, 249, 1923, p. 303.
53 Salvo casos como el busto de Niccolò da Uzzano donde el escultor ha trabajado intensamente
buscando la sensación de vida y creando un contrapposto con los hombros, utilizando para ello
191
Gorka López de Munain
nada con precisión, ya que podrían ser obra del taller, de seguidores o simplemente
de artesanos anónimos, y las diferencias serían prácticamente imperceptibles.
Fig. 2.27 Pietro Torrigiano, busto de Enrique VII, Fig. 2.28 Pietro Torrigiano
c. 1509, Victoria and Albert Museum, Londres. (atrib.), efigie funeraria de
Enrique VII, 1509, abadía de
Westminster, Londres.
Nos cuenta Vasari que, debido a la fama que tenía Torrigiano en su tiempo, fue
llamado por el rey inglés para realizar numerosas obras de mármol, bronce y ma-
dera54. De modo poco comprensible, Vasari apenas habla de sus obras de terracota
inglesas ni españolas y, aunque las cita, nada dice de su técnica. Estando en In-
glaterra, el italiano mostró su hábil manejo de la técnica de modelado, para la cual
empleaba las máscaras mortuorias (o alguna en vida) de los efigiados. Muestra
de ello es el busto de Enrique VII conservado en el Victoria and Albert Museum de
Londres55 (fig. 2.27). Éste fue elaborado a partir de la máscara mortuoria del rey,
alterando posteriormente los ojos y las vestimentas para darle apariencia de vida a
la pieza. La máscara también fue utilizada para la efigie funeraria de Westminster56,
pero no se sabe con certeza si fue obra de Torrigiano57 (fig. 2.28). El empleo de las
192
La recuperación de la semejanza por contacto...
193
Gorka López de Munain
inspirador de los mismos. María José Redondo Cantera sugiere con acierto que Berru-
guete debió emplear esta máscara para el retrato del sepulcro conservado en la iglesia
del hospital toledano (fig. 2.30), pues los rasgos presentan una semejanza muy signi-
ficativa61. Este sepulcro se realizó en mármol de Carrara importado desde Génova y
según la crónica de Salazar y Mendoza estaba ya terminado en 156162. A buen seguro
en España debió ser habitual el uso de máscaras mortuorias para la ejecución de estos
retratos, pero la falta de investigaciones y el desinterés de los historiadores del arte ha
hecho que el fenómeno permanezca todavía hoy sin explorar63.
194
La recuperación de la semejanza por contacto...
Fig. 2.31 Alonso de Berruguete, retrato Fig. 2.32 El Greco, retrato del cardenal
del cardenal Juan Pardo Tavera, fines del Juan Pardo Tavera, c. 1608, Fundación
XVI, Fundación Casa Ducal de Medinaceli, Casa Ducal de Medinaceli, Sevilla.
Sevilla.
modelo directo que empleó el pintor cretense (fig. 2.32). Checa Cremades comenta
que el primero en formular esta hipótesis fue Manuel B. Cossio y posteriormente
añade que dicha máscara fue realizada por Alonso de Berruguete64. A diferencia
del ejemplar de Berruguete, éste muestra un rostro más estirado y la cabeza es
sensiblemente más pequeña en proporción al cuerpo. Además, el primero lleva el
birrete cardenalicio puesto y se muestra en actitud de leer, mientras que el segundo
deja el birrete sobre la mesa y cierra con su mano izquierda un libro. Sin embargo,
esta secuencia no es igualmente aplicable al grabado que aparece en las primeras
páginas del Chronico de Pedro Salazar y Mendoza, pues éste parece inspirarse en
la pintura de Berruguete, siendo la máscara el modelo secundario. Lo mismo ocurre
con la pintura del discípulo de El Greco Luis Tristán, conservada también en la alu-
dida Fundación, ya que está copiando fielmente la obra de su maestro sin recurrir
para ello a la máscara mortuoria.
195
Gorka López de Munain
fiable de todos y el que la crítica tiende a aceptar como uno de los pocos realizados
en vida (fig. 2.33). Recientemente, el experto en Shakespeare Stanley Wells argu-
mentó que el ejemplar perteneciente a la colección Cobbe se trata de un retrato
realizado en vida, hacia 161065, sin embargo las diferencias con el Chandos son
ciertamente evidentes y resulta difícil aceptar tal hipótesis (fig. 2.33). También la
especialista Hildegard Hammerschmidt-Hummel desconfía de las teorías vertidas
sobre el Cobbe y piensa que el rostro tiene demasiadas diferencias, con respecto
a los comúnmente aceptados, como para ser un retrato del natural y en vida66. El
tercer ejemplo más significativo es el grabado de Martin Droeshout que se estampó
en el frontispicio de una edición que recopilaba las obras de Shakespeare en 1623
y que vería un sinfín de reimpresiones años después. Parece sensato pensar que
este grabado copiaba el “Chandos” (y no el Cobbe como sugiere Wells) ya que las
semejanzas son bastantes significativas (fig. 2.35).
Por tanto, descartando el famoso Flower portrait con el que los especialistas no
se ponen de acuerdo (hasta 2005 se tenía por una obra de 1609, después la
National Portrait Gallery dijo que era falso, pero Hammerschmidt-Hummel vuelve
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Gorka López de Munain
70 Ibid., p. 115.
71 Ibid., pp. 123-124.
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busto ha sido siempre considerado como uno de los retratos más importantes de
Shakespeare, lo que le ha llevado a ser reproducido en innumerables ocasiones y
mediante todo tipo de procedimientos. Existen grabados, réplicas en cera, en yeso,
cuadros, monumentos en bronce y un largo etcétera en los que el modelo rara vez
es la máscara u otros cuadros como el “Chandos”, imponiéndose este busto como
el modelo shakesperiano por excelencia.
Concluimos este recorrido con el ejemplo de san Ignacio de Loyola, uno de los
más interesantes de los aquí tratados, ya que la máscara mortuoria fue decisiva
en la configuración posterior de su iconografía. Se sabe por boca de sus com-
pañeros que san Ignacio, al igual que vimos con el Cardenal Tavera, nunca dejó
que le retrataran en vida, a pesar de la insistencia de algunos por conseguir su
imagen. Según el testimonio del Padre Polanco, fue una vez muerto cuando se
aprovechó para obtener un retrato del fundador de la Compañía jesuítica: “Tuvi-
mos su bendito cuerpo hasta el sábado después de vísperas… También le hicie-
ron algunos retratos de pintura y de bulto en este tiempo: que en vida él nunca lo
permitió, aunque muchos lo pedían”72. Pero, más allá de los retratos que sobre él
72 P. Polanco, Monumenta Ignatiana, Fontes Narrativi, Roma, 1957, p. I, 769-770. Testimonio es-
crito en 1556 en el momento de la muerte de Loyola. (Citado en: P. de Leturia, “La mascarilla
de San Ignacio”, en Estudios Ignacianos, Institutum Historicum, Roma, 1957 (Estudios Biográ-
ficos), p. 461.)
199
Gorka López de Munain
se realizaran tanto en aquel momento como posteriormente, sobre lo cual hay una
abundantísima bibliografía, nos interesa particularmente el proceso de obtención
de la máscara y las consecuencias que éste hecho tuvo en el terreno artístico. El
Hermano Cristóbal López relató con todo detalle cómo se desarrolló el aconteci-
miento:
Luego que (Ignacio) espiró, los hijos que se hallaron presentes procuraron de hazer algo de
lo que no alcançaron en vida. Traen a un official que lo entienda, y házenle que sobre el rostro
de el difunto les vazíe de yesso un modelo para que por él saquen lo más que pudieren de sus
facciones. Hízose ansí. Héchanle ensima yesso muy bueno y bien amassado, y en que salió
muy bien impreso todo cuanto en el rostro avía. Por este rostro de yesso vazió después otro
de cera, el qual tiene el P. Pedro de Ribadeneyra; y deste patrón de yesso, el que se sacó del
rostro del Padre, está en Roma en la casa professa, y por él se han sacado algunos retratos
que andan (…)73.
200
La recuperación de la semejanza por contacto...
Para que mejor se acertasse, rogó al H. Beltrán, grande escultor, que tomasse trabajo de
hazer uno de barro, y enmendar en él lo que al retrato de cera, que arriba dixe, le faltava,
que es: como al tiempo de la muerte los labios se hinchan, se le avía el labio alto hinchado y
el baxo apretado con el yesso, y las ventanas de las narizes apretado con el mismo yesso y
torcido un poco y los ojos cerrados. Para enmendar estas cosas hizo el H. (Beltrán) un medio
cuerpo con la cabeça, perficionando lo que digo.76”
76 H. Cristóbal López, cit., p. 760. Testimonio publicado originalmente en 1587. (Citado en: Ibid., p. 464.).
77 Idem. 464.
78 F. Pacheco, El Arte de la Pintura, Cátedra, Madrid, 1990, pp. 708-709.
79 Citado en: A. Rodríguez Gutiérrez de Ceballos, “La iconografía de San Ignacio de Loyola y
los ciclos pintados de su vida en España e Hispanoamérica”, cit., p. 22.
80 Se dice que ninguno de ellos superó al original, el cual se conservó en el Colegio Imperial de
201
Gorka López de Munain
Además de las piezas comentadas, existe otro positivo en cera, conservado hoy
en el Archivo Romano de la Compañía (fig. 2.41), cuyo recorrido merece la pena
comentar. Leturia informa de una carta enviada por el estudiante Gaspar Moskopp
a su hermano teólogo en Woodstock el 23 de abril de 1897, en la que se describe
el recorrido realizado por la mascarilla (presumiblemente una obtenida del molde
original) que Ricci regaló a la Emperatriz María Teresa de Austria en el momento de
la persecución a la Compañía. Más tarde, la emperatriz donó la pieza a un cortesa-
no y por vías poco claras llegó a la abadía benedictina de Tihany. Allí permaneció
hasta 1896 cuando, cediendo a las presiones de los jesuitas, la donaron a Fran-
cisco Javier Widmann, provincial de la Compañía en Austria. Fue él mismo quien
transportaría personalmente la mascarilla a Roma en 1897, ya que se conserva la
documentación que da cuenta de este suceso81.
Se ha podido ver que, efectivamente, el recurso a estas técnicas era algo de sobra
conocido y empleado en el Renacimiento; además, huelga decir que resulta abso-
lutamente lógico pensar que los artistas interesados en el parecido natural recurrie-
ran a los vaciados para lograr los resultados más exactos posibles. Sin embargo,
esto que parece de simple sentido común, no parece haberse recogido de igual
manera en la historiografía artística. Al hablar de las técnicas por contacto, entra-
mos de lleno en la disputa que unas líneas más arriba presentaba Schopenhauer a
propósito de si es arte o no la obra realizada por medio de estas técnicas.
Madrid hasta su destrucción definitiva en 1931, llegando a adquirir un estatus de reliquia del
santo.
81 Leturia, en su citado estudio, ofrece más información detallada de todo este proceso además de
otras piezas no comentadas aquí.
82 G. Didi-Huberman, “Ressemblance mythifiée et ressemblance oubliée chez Vasari”, cit., p. 387.
202
La recuperación de la semejanza por contacto...
Comme dans tous les bons mythes, en effet, il est question –ici implicitement, mais partout ailleurs
de façon éclatante– d’une origine, d’un âge d’or où tout fut d’abord donné, où tout était parfait
(on appelle cela, faut-il le rappeler: l’Antiquité); puis d’une longue période transitoire, de sommeil
voire de quasi-mort –une longue période tout à tour malheureuse ou coupable, ‘maladroite’
ou ‘grossière’ (e grossa et inetta, come l’écrit Vasari)–, dans laquelle nous reconnaissons les
‘temps obscurs’ du Moyen Âge; en enfin, il est question de ce miracle de Renaissance ou de
‘résurrection’, sous l’espèce d’un jeune héros qui va modifier tout soul le cours du monde83.
El principal olvido vino dado, según Vasari, por el desprecio al que sometió la Edad
Media al buon disegno de la Antigüedad, el cual no sería restaurado hasta la llega-
da de Giotto. Sin embargo, lejos de ser así, la estrategia de Vasari fue precisamen-
te someter al olvido ciertas obras que él a buen seguro conocía, pero que prefirió
dejarlas en silencio. Pero el problema no queda ahí, ya que ese silencio no sólo fue
practicado por quien es considerado el primer historiador del arte, sino que actual-
mente continúa férreamente anclado entre los historiadores del arte actuales. Nos
referimos a aquellos retratos votivos realizados con moldes y que “habitaban” en
muchas de las iglesias (principalmente italianas, pero no sólo) desde, al menos, el
siglo XIV. Sin duda alguna Vasari los conocía, pues hace alguna referencia indirec-
ta en Las Vidas, pero por algún motivo prefirió que quedaran fuera de su “museo
imaginario, y académico, del arte”85.
Tras este primer acercamiento comprobamos que las técnicas por contacto
aplicadas a la retratística revelan una riqueza mucho mayor de la que en un
83 Ibid., 388.
84 Ibid., 409.
85 Ibid., 410.
203
Gorka López de Munain
204
2.5- Otras claves de la semejanza
1 P.-M. Schuhl, Platón y el arte de su tiempo, Paidós, Buenos Aires, 1968, p. 95.
2 Un buen resumen de la situación de la retratística griega desde sus orígenes hasta la época
romana en: C. García Gual, “Rostros para la eternidad”, en El retrato, Galaxia Gutenberg - Cír-
culo de Lectores, Barcelona, 2004.
205
Gorka López de Munain
Con ello, la cultura griega inició un relato de estrecha vinculación con el problema
de la semejanza que se convertirá en un verdadero leit motiv hasta nuestros días:
hablamos de lo que Stoichita denominó “el efecto Pigmalión”. Algunas de sus ideas
fundamentales las hemos podido ver reflejadas en los apartados dedicados a las
imagines maiorum y a las espectaculares ceremonias que acontecían a su alre-
dedor en las que, estas piezas, recibían un tratamiento cercano al que recibiría su
referente –el difunto– en vida. Las exploraciones acerca de la presencia de/en la
imagen (su habitabilidad) que también hemos analizado a propósito de los rituales
de animación de las estatuas (cuyo epítome se halla en la teúrgia), encuentran en
las narraciones mitológicas griegas uno de los referentes más claros de esta bús-
queda. El ejemplo “canónico” lo constituye el mito de Pigmalión, recogido, entre
otros3, por Ovidio en el libro X de sus Metamorfosis:
3 Para ver los diferentes autores clásicos que hablan del mito de Pigmalión, véase: P. Grimal,
Diccionario de la Mitologia Griega y Romana, Barcelona, Editorial Paidós, 2008, pp. 428-429.
4 Ovidio, Metamorfosis, Los Clásicos de Orbis Dictus, Sevilla, 2005, p. 270-295 (libro X).
206
Otras claves de la semejanza
mita sus propiedades matéricas (inertes) hacia una realidad de naturaleza “fantas-
mática”. Veremos a lo largo de los próximos apartados cómo el mito de Pigmalión
encontrará nuevas expresiones plásticas en figuras, efigies, autómatas y todo tipo
de artefactos en los que la línea que separa la materia muerta de la viva se vuelve
cada vez más porosa: la obra podrá carecer de vida, pero nuestra percepción será
capaz en ocasiones de conferírsela.
Una de las claves que envuelve el problema que queremos abordar se encuentra en la
idea de “mímesis”. Sin embargo, si analizamos algunas de las fuentes más difundidas
en la que ésta ha sido expuesta y desarrollada, vemos que se trata de una idea su-
mamente lábil. La palabra imitación en griego (μίμησις) tenía en origen un significado
distinto al que comúnmente se le atribuye. Se aplicaba específicamente a los actos
cultuales que realizaba un sacerdote, tales como el baile, la música y el canto. Por ello,
la imitación en este caso no sería reproducir en otro medio una realidad externa, sino
más bien la interior –por lo que no sería aplicable a las artes visuales–5. Ya en el siglo
V, y sobre todo con Platón, la palabra μίμησις fue empleada para hablar de la imitación
de la naturaleza por parte de las artes6. Como explica Schuhl, la mimética no es uní-
voca y, de hecho, Platón la dividirá en dos vertientes. Por un lado estaría el arte de la
copia (eikastikén), el cual se preocupa por trasladar del modo más ajustado posible la
realidad del modelo a la obra, tanto en su volumen como en su color; y, por otro lado,
tendríamos el arte de la apariencia (phantastikén), la creación fantasmática que busca
la imitación sin tener en cuenta las leyes de la proporción bella o armónica7. En el So-
fista de Platón, Teeteto se realiza la siguiente pregunta, “¿no es entonces verdad que
los artistas, hoy día, mandan a paseo la verdad y dan a sus obras no las proporciones
bellas sino las que parecen serlo?”8 La huella del rostro estaría en principio más cerca
de la primera acepción (eikastikén), aunque sus características hacen que inevitable-
mente adquiera cualidades “fantasmáticas” (phantastikén), pues su reproducción, aun
respetando al máximo las leyes de la proporción (la huella es la proporcionalidad del
efigiado por antonomasia), no deja de ser una “ilusión de realidad”.
Lo que ahora nos interesa analizar es precisamente esta cualidad que tienen ciertas
obras miméticas de construir en nuestra experiencia una sensación de presencia,
5 W. Tatarkiewicz, Historia de seis ideas: arte, belleza, forma, creatividad, mímesis, experiencia
estética, Tecnos/Alianza, Madrid, 2002, p. 301.
6 Aunque no siempre esta palabra era empleada del mismo modo o para designar imitaciones de
la misma naturaleza. También se aplicaba al hablar de las artes utilitarias. Véase: Ibid., 302.
7 P.-M. Schuhl, Platón y el arte de su tiempo, cit., pp. 34-35.
8 Platón, Sofista, 54a, traducción tomada de Ibid., 34.
207
Gorka López de Munain
Debemos a la filosofía de fines del siglo XX el haber puesto de relieve el carácter operativo
de esta noción, haciendo del simulacro una de las nociones clave de la modernidad y de la
posmodernidad. Gilles Deleuze, en unas páginas ya famosas, demostró que el verdadero
caballo de batalla del platonismo no fue la imagen-icono, engendrada por la mímesis, como
se creyó y sostuvo durante largo tiempo, sino la “otra imagen”, la imagen que se basa no en
la “semejanza” sino en la “existencia”, esto es, el fantasma, el simulacro. Esta construcción
artificial, carente a veces de modelo, se presenta con una existencia propia. Ya no copia
necesariamente un objeto del mundo, sino que se proyecta en el mundo. Existe.11
9 J.-L. Nancy, “La imagen: Mímesis & Méthexis”, Escritura e imagen, 2, 2006, p. 11.
10 Z. Bahrani, The Infinite Image: Art, Time and the Aesthetic Dimension in Antiquity, Reaktion
Books, Londres, 2014, p. 40.
11 V. I. Stoichita, Simulacros: el efecto Pigmalión: de Ovidio a Hitchcock, Siruela, Barcelona,
2006, p. 12.
208
Otras claves de la semejanza
vendría a inaugurar de algún modo –aunque se trate, dicho sea de paso, de una
inauguración igualmente “mitológica”– la consideración de determinadas imágenes
como simulacros12. Pero para aproximarnos mejor a esta idea, resulta pertinente
atender algunas de las consideraciones desarrolladas por Baudrillard en su famosa
obra Cultura y simulacro:
“Prohibí que hubiera imágenes en los templos porque la divinidad que anima la naturaleza
no puede ser representada”. Precisamente sí puede serlo, pero ¿qué va a ser de ella si se la
divulga en iconos, si se la disgrega en simulacros? ¿Continuará siendo la instancia suprema
que sólo se encarna en las imágenes como representación de una teología visible? ¿O se
volatilizará quizá en los simulacros, los cuales, por su cuenta, despliegan su fasto y su poder
de fascinación, sustituyendo el aparato visible de los iconos a la Idea pura e inteligible de
Dios? Justamente es esto lo que atemorizaba a los iconoclastas, cuya querella milenaria es
todavía la nuestra de hoy13.
12 Según Stoichita, “el simulacro parte de un verdadero mito de fundación –el mito de Pigama-
lión–, cuyas repercusiones impregnan la historia de la representación.” Ibid., 13.
13 J. Baudrillard, Cultura y simulacro, Editorial Kairós, Barcelona, 2008, p. 15.
14 Ibid., 45.
15 Nos referimos al texto “Simulacro y filosofía antigua” incluido en: G. Deleuze, Lógica del senti-
do, Editorial Paidós, Barcelona, 2005, p. 295 y sig.
209
Gorka López de Munain
fiere’, ‘sólo las diferencias se parecen’. (…) la primera define exactamente el mundo
de las copias o de las representaciones; pone el mundo como icono. La segunda,
contra la primera, define el mundo de los simulacros. Pone al propio mundo como
fantasma.16” Debemos huir de la sentencia común que define el simulacro como
una copia degradada; su potencia reside en que ni es original, ni es copia, es “lo fal-
so como potencia”. En palabras de Blanchot, no es válida la ordenación jerárquica,
ya que estamos ante un “universo donde la imagen deja de ser segunda en relación
al modelo, donde la impostura pretende la verdad, donde, en fin, ya no hay original,
sino un eterno destello en el que se dispersa, en el resplandecer del contorno y del
retorno, la ausencia de origen”17.
16 Ibid., 304.
17 M. Blanchot, “Le Rire des dieux”, La Nouvelle revue française, 1965, p. 103.
18 H. I. Flower, Ancestor Masks and Aristocratic Power in Roman Culture, Oxford University
Press, Nueva York, 2006, pp. 48-59.
19 D. Olariu, La genèse de la représentation ressemblante de l’homme. Reconsidérations du
portrait á partir du XIII siècle, Peter Lang, Berna, 2014, p. 221.
210
Otras claves de la semejanza
La imago de Escipión no es una apariencia o ilusión del general romano, sino que
tiene un estatus propio capaz de producir efecto. Aunque venimos hablando de la
imago de Escipión en singular, es muy probable que realmente hubiera más ejem-
plares (como el que estaría en el atrium de su casa familiar), cada uno de ellos cum-
pliendo una función concreta. La propia familia patricia del africano (gens Cornelia)
expresó después de la muerte de éste su deseo de depositar una imago dentro del
templo de Júpiter, el cual había sido como una casa para él durante su vida públi-
ca20. Sabían perfectamente el poder de las imagines en tiempos de la república y
buscaron de este modo que sus conquistas y triunfos bélicos no permanecieran
sólo en la memoria de sus sucesores, sino también como ejemplos de virtud para
todos los romanos. Con este gesto, la cella del templo pasa a asociarse con el
atrium del hogar familiar y así la imago adquirió una vida propia fuera del entorno
que habitualmente le correspondería.
20 H. I. Flower, Ancestor Masks and Aristocratic Power in Roman Culture, cit., p. 48.
21 Un ejemplo, entro otros muchos, lo encontramos en la narración que hace Juan de Luzuriaga
del momento en el que el pastor Rodrigo Balzategi encuentra el 11 de junio de 1468 la talla de
la Virgen de Aránzazu: “acercóse a diligencias del asombro, y curiosidad; y vencida con aliento
más que humano, la aspereza intratable del sitio, llegó al paraje, y vio una Mujer de singular
hermosura con un Bellísimo Niño en el brazo, que desmintiendo las realidades, y aparentes
vivezas de la Escultura, mostraron ser dos personas de Madre, y Hijo. Alagada todavía la sen-
cillez del Pastor de aquel misterioso engaño a los ojos; empezó a examinar (con ansioso deseo
de saber) la causa, y ocasión, que había traído semejantes personas a tal lugar; que no podía
dejar de ser digna de admiración grande, así por el sitio tan agrio, como por la habitación en
un árbol tan desapacible, y huraño como el Espino.” (Juan de Luzuriaga. Paranynfo Celeste.
Historia de la Mystica Zarza, Milagrosa Imagen, y Prodigioso Santuario de Aranzazu. Madrid:
211
Gorka López de Munain
situación pero, aunque sus esfuerzos no fueron pocos, la realidad es que no consi-
guió que se eliminaran los cultos a estas imágenes “milagrosas”22.
El ataúd, ya cerrado, quedaba todavía disimulado bajo una tela o palluim –palio mortuorio–
y, además, bajo un cadalso de madera que no ha cambiado mucho desde entonces y al
que desde el siglo XVII llamamos catafalco –del italiano catafalco–, pero que se llamaba
antes “capilla” o, más a menudo, “representación”. “Capilla”, porque estaba rodeado por una
luminaria con el altar de un capilla. “Representación”, porque, en el caso de los grandes de
este mundo, estaba rematado por una estatua de madera y cera que representaba al difunto
en el lugar del cadáver24.
El cadáver natural por tanto quedaba oculto y se exponía en su lugar una represen-
tación del mismo en cera o madera que, en ocasiones, se ubicaba en un catafalco
efímero o, por el contrario, se mostraba en el sepulcro a modo de retrato pétreo
–recordemos también que en este punto jugará un papel destacado el naciente
embalsamamiento con cera–25. El propio Ariès recuerda que a partir del siglo XIII
comenzó a popularizarse el uso de las máscaras mortuorias para elaborar la repre-
Por Juan García Infanzón, 1690, capítulo 5, Libro 1, p. 20). Según el autor, era tal la belleza
de aquellas “personas” que “desmintiendo las realidades y aparentes vivezas de la escultura”
hicieron que el pastor creyera que se encontraba ante personas reales.
22 Véase el capítulo “El Dios en la imagen” del libro de D. Freedberg, El poder de las imágenes.
Estudios sobre la historia y la teoría de la respuesta., Cátedra, Madrid, 2009.
23 P. Ariès, Historia de la muerte en Occidente. Desde la Edad Media hasta nuestros días, Acan-
tilado, Barcelona, 2000, p. 137.
24 Ibid., pp. 137-138.
25 Para ampliar su contextualización, véase el apartado “2.4.3. La semejanza natural en la Edad
Media: la clave olvidada por la historiografía”.
212
Otras claves de la semejanza
sentación. De este modo, “se toma la máscara del rostro del muerto para que la
representación resulte totalmente fiel. Esa máscara servía también para obtener,
sobre la tumba, un retrato parecido al rostro del difunto”26. Encontramos aquí un
uso muy similar a lo visto anteriormente en relación con los sepulcros del Cardenal
Tavera o del Cardenal Cisneros, donde la máscara mortuoria determinó los rasgos
finales de los efigiados en el sepulcro.
Mediante la asociación de ofrendas votivas con imágenes sagradas, la iglesia católica había
permitido con éxito que los gentiles conversos conservaran este inveterado impulso de
vincularse a la divinidad a través de la imagen de uno mismo. Los florentinos, descendientes
del supersticioso pueblo pagano de los etruscos, mantuvieron esta práctica mágica hasta
bien entrado el siglo XVII. (…) La iglesia de Santissima Annunziata otorgaba a los notables
de la ciudad y a algunos extranjeros ilustres el raro privilegio de colocar en vida, en la misma
iglesia, su fiel retrato en cera a tamaño natural vestido con sus propias ropas. En la época
de Lorenzo de Médici, la fabricación de estas figuras de cera (voti) constituía una reconocida
práctica artística en manos de los Benintendi, discípulo de Andrea Verrocchio (…)28.
26 P. Ariès, Historia de la muerte en Occidente. Desde la Edad Media hasta nuestros días, cit., p. 138.
27 Ibid., p. 139.
28 A. Warburg, “El arte del retrato y la burguesía florentina. Domenico Ghirlandaio en Santa Tri-
nità. Los retratos de Lorenzo de Médici y su familia”, en El renacimiento del paganismo: Aporta-
ciones a la historia cultural del Renacimiento Europeo, Alianza Editorial, Madrid, 2005, p. 151.
Véase lo comentado anteriormente por Vasari sobre Verrocchio.
213
Gorka López de Munain
Toda la iglesia está tan llena de milagros pintados, y de escultura, que apenas se ven las
paredes, ni la bóveda; porque como ya no caben por los lados, están colgados de arriba, como
lámparas. Un gran número de Papas, Cardenales, Obispos, Emperadores, Reyes, y otros
Señores, y personas particulares, en quien esta Santa Imagen ha obrado grandes milagros:
de cera, pasta, madera y de plata buena cantidad, todas figuras del natural, y muchas de ellas
de excelentes escultores, que con atención miré y vi que muchas eran vaciadas por el natural;
cuya inventiva fue de Andrea Verrocchio: y también inventó el hacer el yeso. Y me holgué de
ver la diversidad de armas, que están ofrecidas, lanzas, rodelas, petos, morriones; que por
antiguas tienen bizarra, y extraordinaria forma, y para dibujarlas eran bien a propósito31.
En el fondo, estas esculturas en cera no dejan de ser exvotos de lujo en los que
la presencia vuelve a tener un papel determinante, aspecto en el que Warburg in-
cide con particular maestría. La conexión entre las tradiciones etruscas (paganas)
y renacentistas (cristianas) abunda en la idea de supervivencia32 que ya hemos
desarrollado anteriormente. Estas figuras, junto a las efigies funerarias, probable-
214
Otras claves de la semejanza
mente sean uno de los exponentes más claros de la creencia en el poder de los
simulacros. Se sabe que Lorenzo de Médici tuvo tres réplicas exactas de sí mismo
repartidas por la iglesia de Via San Gallo, la Annuziata, y la iglesia de Maria degli
Angeli en Asís, para agradecer al poder divino el haber podido salir con vida de las
dagas de los Pazzi en 147833. Se observa con nitidez una intensa fe en el poder
de estas imágenes que, de algún modo, rompía las limitaciones de la presencia
humana en favor de una presencia extendida. El contexto religioso, la voluntad de
enmarcarse en una tradición antigua y un modo particular de relacionarse con las
imágenes, posibilita que la presencia actúe sobre el medio condicionando su per-
cepción –activando así el simulacro–. Además del acto votivo de agradecimiento
que casi siempre está detrás de muchas de estas figuras, no podemos dejar de
advertir el interés por mostrar un poder omnipresente, perfectamente visible (junto
a otros muchos elementos) y constante, que dota a estas imágenes de un estatus
ontológico propio. En su mayoría estaban realizadas mediante las técnicas de va-
ciado, especialmente el facial, que permitían una rápida ejecución, siendo la cera
y en algunos casos el barro, los materiales preferidos por ser abundantes y muy
fáciles de trabajar34.
Pero dentro de este abanico de representaciones, las efigies reales son las que
entrañan una mayor complejidad y exigen un desarrollo más atento a fin conocer
mejor sus particularidades. Además, nos servirán para continuar reflexionando y
sumando eslabones a esa preocupación por la presencia en las imágenes –y su
vínculo con el medio– que recorre la investigación. El empleo de la estatua como
representación continuó su uso hasta principios del XVII y adquirió una expresión
magnífica con ocasión de los funerales regios. Si ya los boti italianos mostraban la
fuerza del simulacro en todo su esplendor, las efigies funerarias de los reyes lle-
varán todo este impulso hasta sus últimas consecuencias sustituyendo el cuerpo
muerto y, lo que es más importante, portando la presencia del monarca como si de
él mismo se tratase. El siguiente comentario de Benkard nos sitúa perfectamente
ante la dimensión de estas prácticas:
Por ello uno de los más importantes deberes del painctre [pintor] y de la chambre du Roy
[cámara del Rey] era hacer un muñeco de mimbre de tamaño real parecido a la figura del difunto
33 Warburg, «El arte del retrato y la burguesía florentina. Domenico Ghirlandaio en Santa Trinità.
Los retratos de Lorenzo de Médici y su familia», 151. Citado también en J. Vasari, Vidas de
artistas ilustres, vol. II, p. 283 y sig.
34 Para ampliar la información sobre estas cuestiones, véase la obra de Schlosser ya comentada
sobre la historia de la escultura en cera, obra publicada nueve años después del texto de War-
burg. Schlosser, «History of Portraiture in Wax». Igualmente es fundamental la tesis doctoral de
R. Ballestriero, “Efigie, cadáver y cuerpo enfermo en la ceroplástica”, cit.
215
Gorka López de Munain
rey; se vestía en primer lugar con una camisa de lino holandés, después con prendas de seda,
y finalmente era exhibido con la ropa de la coronación de los reyes franceses con adornos de
armiño. Un último toque de realismo le era dado al muñeco mediante la adición de unas manos
de cera, mientras que la cabeza del rey, modelada cuidadosamente en cera, emergía del cuello
de la vestimenta. Los moldes de la cara y de las manos se realizaban a partir del cadáver y a
partir de éstos se modelaban las partes correspondientes del muñeco; y debemos comentar
aquí que se adjuntaba a la máscara de cera cabello y una barba real, de manera que la efigie,
tal como se llamaba oficialmente, sólo podía ser comparada con una figura de cera35.
(…) el año de la muerte de Luis XIII ya nos lleva al momento en el que las ceremonias
tradicionales, del modo en el que las hemos visto, empiezan a pasar de moda. Una de las
últimas ocasiones en las cuales aparecen mencionadas es en la muerte del gran Conde (1646);
y en la muerte de María Teresa de España (1683), consorte de Luis XIV, pero realmente éstas
no siguieron llevándose a cabo39.
Pero para comprender mejor las efigies reales conviene matizar, aunque sea bre-
vemente, la naturaleza singular del cuerpo al que nos referimos. Es indudable que
la creación de estas figuras obedece, en un primer lugar, a un sentido práctico, ya
que los ceremoniales fúnebres se prolongaban tanto en el tiempo que resultaba
imposible la exposición en público del cadáver real, pues el olor y la podredumbre
lo impedirían. Para ello se decide crear un simulacro lo más realista posible; un
objeto portador que sustituía el cuerpo ya muerto del rey, pero que, y esto es lo
35 E. Benkard, Rostros inmortales. Una colección de máscaras mortuorias, Sans Soleil Edicio-
nes, Barcelona, 2013, p. 37.
36 No obstante, Olariu sitúa el caso de Eduardo I (1307) como el primer embalsamamiento inglés
conocido: D. Olariu, La genèse de la représentation ressemblante de l’homme, cit., pp. 147-149.
37 Seguimos en este caso las conclusiones de Ginzburg en su obra: C. Ginzburg, Ojazos de ma-
dera: nueve reflexiones sobre la distancia, Península, Madrid, 2000, p. 86 y sig. Este autor se
apoya a su vez en las contribuciones esenciales de R. E. Giesey, The Royal Funeral Ceremony
in Renaissance France, Librairie Droz, Ginebra, 1960; Cérémonial et puissance souveraine.
France XV-XVI siècles, Armand Colin - EHESS, París, 1987.
38 G. Ricci, “Le Corps en l’Effigie: Les Funérailles des Ducs de Ferrare à la Renaissance”, en Wim
N. M. Hüsken, Alexandra F. Johnston (eds.) Civic Ritual and Drama, Rodopi, Amsterdam - Ata-
lanta, 1997. Citado por C. Ginzburg, Ojazos de madera, cit., p. 89.
39 E. Benkard, Rostros inmortales. Una colección de máscaras mortuorias, cit., p. 46.
216
Otras claves de la semejanza
217
Gorka López de Munain
Por otra parte, la teoría de los dos cuerpos del rey apuntala otras cuestiones com-
plementarias con el fenómeno que estamos describiendo. Desde la Edad Media se
fueron desarrollando ciertas ideas construidas entre lo político y lo teológico que
buscaban determinar la compleja naturaleza del cuerpo del rey. El estudio, hoy
clásico, de Ernst Kantorowicz dedicado a “los dos cuerpos del rey” sentó las bases
historiográficas de una ficción político-teológica que distinguía el cuerpo natural del
monarca de su cuerpo político45. A pesar de ceñirse, en principio, a una disciplina
cerrada y tratarse de un campo de estudio limitado (la monarquía inglesa de épo-
ca medieval, con algunas alusiones a otras monarquías), su ámbito de influencia
pronto desbordó sus propósitos iniciales abriendo perspectivas poco trabajadas
hasta la fecha. El modelo que Kantorowicz planteaba se convirtió en una suerte
de patrón con el que entender las formas de concebir y representar el poder en la
Edad Media46.
en su Historias.
43 A. Yarbro Collins, “Ancient Notions f Transferal and Apotheosis”, en Turid Karlsen Seim, Jo-
runn Økland (eds.) Metamorphoses: Resurrection, Body and Transformative Practices in Early
Christianity, Walter de Gruyter, Berlín, 2009, p. 53.
44 Citado en: C. Ginzburg, Ojazos de madera, cit.
45 E. H. Kantorowicz, Los dos cuerpos del rey: un estudio de teología política medieval, Alianza,
Madrid, 1985. Para esta cuestión, sigo el libro que, junto a Marina G. De Angelis, Luis Vives-Fe-
rrándiz y Ander Gondra, dedicamos a la imagen del rey: A. Gondra Aguirre; M. G. De Ange-
lis; G. López de Munain; L. Vives-Ferrándiz Sánchez, Cuando despertó, el elefante todavía
estaba ahí. La imagen del Rey en la Cultura Visual 2.0, Sans Soleil Ediciones, Barcelona, 2014.
46 A. Rucquoi, “De los reyes que no son taumaturgos. Los fundamentos de la realeza en España”,
218
Otras claves de la semejanza
Una vez expuestas las líneas generales de las dos teorías que podrían explicar el
uso de las efigies entre los siglos XIV y XVII, podemos apuntar brevemente una
reflexión crítica de ambas posturas –más la explicación práctica que se refiere al
simple hecho de evitar la putrefacción en el funeral– a la luz de las ideas que han
ido apareciendo en nuestra investigación. Por un lado, parece evidente que esta
costumbre se encuentra espoleada por una recuperación manifiesta de las tradicio-
nes clásicas, pero la construcción y discusión de la teoría de los dos cuerpos del rey
219
Gorka López de Munain
nos induce a pensar que en el fondo podría estar operando un gesto superviviente
más difuso, menos asible, pero capaz de hacer sostener esta práctica –cargada de
connotaciones muy diferentes– hasta nuestros días. La complementariedad de am-
bas posturas, lejos de ser una solución fácil o cómoda de la problemática, revela la
necesidad de atender a aquello que llamamos representación o imagen en relación
con el medio.
La semejanza natural de las efigies, si bien no era determinante, tenía cierta impor-
tancia, por lo que siempre se recurría a la máscara mortuoria y al vaciado de las
manos con el fin de lograr el parecido más aproximado posible –como en el caso
de la efigie de Enrique VII de Inglaterra–. Pero Benkard nos recuerda un elemento
distorsionador que merece la pena atender:
(...) el rostro de la efigie no era el del muerto, los párpados se hacían arqueados, los ojos
iban pintados o eran insertados, la rigidez de la máscara mortuoria era suavizada, y todos los
esfuerzos iban dirigidos a reproducir la expresión del difunto en vida48.
En estos casos la efigie a la que se rendían los honores no era una réplica exacta
del difunto sino que, por el contrario, era trabajada con el fin de mostrar al finado
en vida. Esta situación inmediatamente nos recuerda a los funerales romanos an-
teriormente descritos en los que un mimo, portando la máscara del muerto (imago),
imitaba con sus vestimentas, movimientos, gestos y expresiones, al personaje que
había perdido la vida. De algún modo, el simulacro “ponía en vida” al difunto para
que todos sus allegados pudieran rendirle el debido culto. La vida, la muerte y el
simulacro tejen entre ellos una red sumamente compleja de juegos y prácticas en
los que la presencia toma siempre un papel protagonista.
220
2.6- Las máscaras mortuorias en la encrucijada:
hacia la consideración de objetos independientes
221
Gorka López de Munain
1 Para un dibujo profundo pero sintetizador de la relación del ser humano con la muerte en los
siglos XVI y XVIII, véase: F. R. de la Flor, Era Melancólica: Figuras del imaginario Barroco,
Universitat Illes Balears, Barcelona, 2007.
222
Las máscaras mortuorias en la encrucijada
necesita primero abrumar el corazón, para luego poder aliviarlo”2, lo que explicaría
muchas de las estrategias de terror que se emprendieron durante los siglos finales
del Barroco (y también después). Aunque el loco del famoso aforismo 125 de La
gaya ciencia advertía que “este acontecimiento tremendo está todavía en camino”3,
las voces que aclamaban la muerte de Dios fueron tomando cada vez más peso
dejando al individuo ante un paradigma radicalmente nuevo.
Como explica Valéry, en las sociedades modernas “la salvación, si existe, no puede
estar sino en él [el individuo], así como la muerte es su muerte, que deberá afrontar
sin la ayuda de Dios”4. La fe en la razón, la Ilustración y toda una serie innumerable
de avances científicos parecían solventar muchos de los antiguos problemas que
angustiaban a las personas pero que, en cambio, no terminaban de ofrecer solu-
ciones satisfactorias ante el misterio que aguarda tras el final de la vida. El auge
del espiritismo, los experimentos de galvanismo, la moda de los autómatas5 y otros
muchos impulsos que hacen que el ser humano juegue de algún modo a sentirse
un “nuevo Prometeo”, son síntomas de la complejidad de esta época que nos ad-
vierten de la prudencia con la que han de afrontarse los problemas planteados.
Llegados al XIX, el nuevo sujeto nacido del impulso renovador que se inició en
la centuria anterior –y que fue consolidándose y tomando nuevos rumbos en la
presente–, debe encarar la muerte desde unos presupuestos antropológicos total-
mente diferentes. Se inician en este tiempo profundas reflexiones sobre el yo y el
sujeto, como por ejemplo las emprendidas por Ernst Mach6, lo cual indica que las
soluciones propuestas por la Iglesia y que hasta la fecha habían sido dominantes,
empezaban a palidecer frente a las nuevas teorías filosóficas. El estudio mismo de
la identidad de la persona se cruza con ideas sobre la muerte totalmente originales.
223
Gorka López de Munain
Decía Mach en sus Análisis de las sensaciones que “el yo es tan poco absoluta-
mente estable como el cuerpo. Lo que tanto tememos en la muerte, la cesación de
la estabilidad, sucede ya en gran parte en la vida”7. Este intenso intento por com-
prender las variaciones que experimenta el yo a lo largo de la vida, entendido como
“una unión pasajera de elementos cambiantes”, revela en el fondo una preocupa-
ción constante por la muerte.
La muerte, como sugería Blanchot, siempre es una experiencia ajena: “tomar sobre
mí la muerte del otro como la única muerte que me concierne”8; la muerte propia,
por lo tanto, será siempre una instancia imposible de conocer, de la que no es posi-
ble dar testimonio. Sin embargo, la preocupación por la muerte propia ha motivado
todo tipo de conductas preparatorias que nos hablan de forma directa sobre las
creencias de una época. Según Philippe Ariès, hasta el siglo XVIII la muerte era,
fundamentalmente, un asunto que concernía a quien se veía directamente ame-
nazado por ella. Se encuentra una amplia demostración de esta idea en los testa-
mentos donde, de manera específica, se enumera todo aquello que debía hacerse
una vez que el testador moría para asegurar la salvación de su alma. Escribimos
a continuación el relato que ofrece Ariès sobre las prescripciones testamentarias
de un canónigo parisino de principios del XVII para hacernos una idea del nivel de
detalle que presentaban:
224
Las máscaras mortuorias en la encrucijada
El resumen de este testamento nos proporciona una idea muy clara sobre cómo la
preocupación y la preparación de la muerte (propia) recaía sobre la persona misma
que, o bien estaba por morir, o bien perseguía asegurar a tiempo el tratamiento que
recibiría durante su sepultura. Se trata de una preparación que en todo momento se
halla sostenida y salvaguardada por los preceptos de la religión cristiana y no había
detalle que quedara fuera de ellos. No existe aún la autonomía del sujeto ante la
muerte que veremos dos siglos después. Somos conscientes de que, al trabajar
con estos casos, nos movemos en el terreno siempre inestable de las generali-
zaciones que, si además concierne a algo tan subjetivo como la muerte, se hace
todavía más esquivo. Sin embargo, creemos que estos ejemplos permiten observar
muy bien cuáles eran los ejes principales sobre los que discurrirán estos cambios.
Llegados a este punto, nos vamos acercando a los tiempos del Romanticismo, en
los que la muerte se vuelve absoluta protagonista. En 1825, escribía en su diario
Caroly de Gaïx que “estamos en la época de las bellas muertes; la de Madame Vi-
225
Gorka López de Munain
Entre el gusto por la bella muerte, la preocupación por la muerte ajena y la muerte
propia (autoinfligida), encontramos que las máscaras mortuorias hacen su particular
aparición como síntomas, tal vez, de este nuevo sentir. No podemos hablar en ningún
caso de un sentimiento homogéneo dentro del marco territorial que nos atañe, ya que
en el siglo XIX conviven expresiones variadas que, en el fondo, subrayan la sensa-
ción de cambio e incertidumbre. Esto explicaría, en parte, la escasez de máscaras
mortuorias en los siglos XVIII y XIX en el terreno español: la Ilustración, el Roman-
ticismo, la exaltación del genio, etc., fueron expresiones que llegaron tarde y mal, y
además chocaron con una sociedad profundamente desigual (anacrónica) que mira-
ba al pasado mientras avanzaba sobre un presente que no atisbaba futuro alguno.
Muchos de los aspectos que hemos ido avanzando en estas líneas adquirirán un
desarrollo más extenso en los próximos apartados. Pensar la muerte en unas cen-
turias tan convulsas y heterogéneas es una tarea ingente que sólo puede acome-
terse delimitando bien las fronteras de aquello que nos interesa –sin perder de vista
un foco más amplio, de contexto, que hemos intentado esbozar en estas líneas–15.
226
Las máscaras mortuorias en la encrucijada
Nunca he visto que una escultura –quiero decir una obra tridimensional trabajada per via di levare
sobre un material duro como el mármol o la madera– ofrezca semejante efecto de estremecimiento
carnal. Si esta escultura existiera, habría que imaginar que el artista, cual orfebre, ha tenido que
realizar por separado cada “punto de escalofrío” (…).
Se puede decir que el moldeado del cuerpo o de partes del cuerpo se ha utiliza-
227
Gorka López de Munain
228
Las máscaras mortuorias en la encrucijada
mente, pero algunas fotografías antiguas confirman el uso que el artista catalán
hizo de esta maltratada técnica19 (fig. 2.43).
Pero el moldeado del natural no era una práctica exclusiva del ámbito de lo artís-
tico. A partir del XIX, numerosas disciplinas científicas comienzan a hacer uso de
estas técnicas con diferentes finalidades: frenólogos, etnógrafos, médicos, anato-
mistas, botánicos, etc., introducen en su quehacer cotidiano los objetos fabricados
mediante moldes debido a su utilidad y relativa sencillez para obtener copias de
sus objetos de estudio. Un caso célebre lo constituye el Museo de Historia Natural
de Florencia, conocido como La Specola, antecedente claro de los futuros museos
anatómicos con su desconcertante colección de figuras de cera del siglo XVIII20. De
entre todas ellas destaca la Venus recostada, obra del taller de Clemente Susini
y Giuseppe Ferrini, cuyas secciones anatómicas pueden ir desmontándose hasta
mostrar el pequeño feto que descansa en su útero21 (fig. 2.44). En este caso, las
técnicas del modelado y de moldeado se confunden y se superponen en una obra
que presenta una más que evidente orientación estética y pericia técnica que, por
el contrario, no parece chocar con su finalidad práctica para el estudio anatómico.
229
Gorka López de Munain
Fig. 2.44 Clemente Susini y Giuseppe Ferrini, Venus anatómica, finales del XVIII, La
Specola, Florencia.
Dentro también del ámbito de La Specola se halla la obra del inclasificable Gae-
tano Giulio Zumbo (1656–1701), escultor italiano especializado en el manejo de la
cera, de cuyas manos emergieron tanto obras devocionales como piezas de inte-
rés anatómico. Las fronteras entre lo artístico y lo científico quedaron así diluidas
en una obra inclasificable que, más allá del estupor o fascinación que hoy puede
generar, ejemplifica a la perfección un momento fascinante de cambios y rupturas
que, a menudo, no ha sabido incorporarse al saber de disciplinas como la historia
del arte. Decía Didi-Huberman que “Zumbo produce a la vez los artefactos y una
anatomía brutal, sin transposición, observada indefinidamente sobre cadáveres de
verdad, y las obras de arte de una puesta en escena sutil, desfasada, reinventada
indefinidamente a partir de las formas de Bernini, incluso de Poussin. (…) Más allá
del realismo e, incluso, más allá del estilo; la obra de Zumbo no ha dejado de ser
considerada desde el ángulo de la perversidad, incluso desde la perversión”22.
El arte y la ciencia comienzan a mostrar sus primeros cruces con las figuras de cera
anatómicas. El interés por la naturaleza del cuerpo humano se plasmó en multitud
de tratados llenos de ilustraciones, especialmente en el Renacimiento, pero los di-
bujos eran notablemente insuficientes; la llegada de la tercera dimensión de manos
de grandes escultores especializados en el manejo de la cera abrió un nuevo cam-
230
Las máscaras mortuorias en la encrucijada
po para los estudios anatómicos23. Los órganos internos, las venas, los ojos, el ce-
rebro… adquirían una existencia casi real encarnados en las ceras de colores que
elaboraban los ceroplastas para figuras que, en muchas ocasiones, tenían poses y
gestos que conectaban directamente con la tradición artística. Es especialmente en
Italia donde estos cruces tomarán un cariz más complejo, ya que las figuras de cera
votivas, como hemos visto en apartados anteriores, se realizaban de manera ha-
bitual desde los inicios del Renacimiento. Esta tradición permitió que artistas como
Zumbo crearan no sólo figuras anatómicas con detalles exquisitos, sino también
auténticas escenas en las que se mostraban de manera directa las consecuencias
de la putrefacción en el cuerpo humano (fig. 2.45).
231
Gorka López de Munain
címenes perseguidos. El gorila fue sin duda uno de los mamíferos más ansiados
por estos cazadores y el relato de Donna Haraway a propósito de los intentos de
Carl Akeley –taxidermista y creador del Salón Africano del museo neoyorkino– por
obtener un ejemplar, da buena cuenta del ambiente que rodeaba estas expedicio-
nes. Su fuerza, su tamaño y su extraño y perturbador parecido con los humanos
hacía que estos safaris, fuertemente trufados por un contexto de enaltecimiento de
la masculinidad blanca que buscaba construir una historia interesada de la natura-
leza, se concibieran como algo más que una mera recolección científica de ejem-
plares para un museo. La fotografía de Akeley sosteniendo la máscara mortuoria
del gorila que el mismo abatió ejemplifica de manera simbólica esta voluntad de
dominación que subraya Haraway (fig. 2.46)24.
Fig. 2.46 Carl Akeley retratado junto a la máscara mortuoria del primer gorila que abatió.
Publicado en Lions, Gorillas, and their Neighbors, Nueva York, Dodd and Mead, 1922.
24 D. Haraway, El patriarcado del osito Teddy. Taxidermia en el Jardín del Edén, Sans Soleil Edi-
ciones, Barcelona, 2015, pp. 52-53.
232
Las máscaras mortuorias en la encrucijada
Volviendo al debate sobre la utilización del moldeado en el siglo XIX, las posturas, a
priori, parecían estar claras a juzgar por los comentarios de Balzac –de ecos pigma-
liónicos– en su obra Le Chef-d’œuvre inconnu, publicada originalmente en agosto
de 1831 en la revista l’Artiste con el título Maître Frenhofer: “la misión del arte no
es copiar la naturaleza, sino expresarla (…) de lo contrario, un escultor dejaría toda
su obra por moldear una mujer”. En principio, el moldeado podía aceptarse siempre
25 É. Papet, À fleur de peau. Le moulage sur nature au XIXe siècle, Éditions de la Réunion des
musées nationaux, París, 2001, p. 25.
233
Gorka López de Munain
y cuando se utilizara como referencia o guía en ausencia del modelo natural, pero
partir del vaciado para elaborar una figura atentaba contra la idea del artista crea-
dor. Sin embargo, los artistas no podían escapar tan fácilmente de la fascinación
que le generaba la perfecta réplica de los rasgos, las huellas del rostro o la textura
de la piel que lograban las técnicas por contacto. Tomando las referencias litera-
rias como pistas para indagar acerca de la veracidad de estos prejuicios hacia el
moldeado, encontramos en la obra Manette Salomon de Édmond y Jules de Gon-
court, publicada en 1867, una interesante descripción del taller del pintor Coriolis
que marca un inesperado contrapunto: “dos moldes de mujer a tamaño natural, los
dos moldes admirables del cuerpo de Julie Geoffroy (…). Esa fue la vida, esa fue la
presencia real de la carne en aquellas impresiones”26.
Las posturas de Balzac y de los hermanos Goncourt ejemplifican muy bien las ten-
siones que recorrieron el siglo XIX a propósito del uso del moldeado natural en el
terreno artístico. Como tendremos ocasión de comprobar en los puntos siguientes,
las máscaras mortuorias se emplearon de manera muy habitual como modelo para
la realización de bustos y esculturas, pero también se obtuvieron innumerables
ejemplares en vida con estos mismos fines, como lo demuestra la nutrida colección
de Geoffroy-Dechaume, en la que además de rostros y cuerpos hay también ex-
tremidades27. Resulta después más difícil saber cómo se empleaban exactamente
estas obras y cuál era el grado de relación que tenían con la obra final. Esto se hace
particularmente esquivo si nos referimos a las esculturas en bronce, cuyo modelo
sería de cera, yeso o barro en función de la técnica, lo cual permitiría un uso directo
del molde tomado al natural. Para animar un poco más el debate y ahondar en las
paradojas que despierta, nos encontramos que incluso a los propios escultores les
realizaban bustos conmemorativos obtenidos de su máscara mortuoria. El ejemplo
del escultor suizo James Pradier (1852), realizado por un artista anónimo y conser-
vado en el Museo de Bellas Artes de Valenciennes, es paradigmático en tanto que
nos muestra el rostro y la mano izquierda del escultor plasmados directamente del
molde. Esta anécdota es particularmente curiosa teniendo en cuenta que Pradier
fue miembro de la Academia de Bellas Artes francesa y profesor de la École des
Beaux-Arts, centros especialmente hostiles con ciertos usos de los vaciados.
Esta polémica fue muy encendida en Francia, donde los teóricos del arte discutieron
ampliamente argumentando casi siempre en favor de una escultura en la que brilla-
26 Las citas de Balzac y de los hermanos Goncourt han sido tomadas de: Ibid., p. 16.
27 Para una magnífica revisión de la obra de Geoffroy-Dechaume, desde un punto de vista perso-
nal pero sumamente elocuente, véase: G. Didi-Huberman, Falenas, cit., pp. 238-253.
234
Las máscaras mortuorias en la encrucijada
ra la pericia y el genio del artista por encima de los atajos que ofrecía el moldeado
del natural. Pero los moldes se empleaban de manera habitual y la frontera entre
su uso directo –retocado y disimulado posteriormente para crear la obra final– o
indirecto –como modelo a partir del cual esculpir una obra independiente– quedaba
poco definida28. Un primer escándalo sobre el uso del moldeado del natural saltó en
el Salón de 1847 con la obra Femme piquée par un serpent del escultor Jena-Bap-
tiste Clésinger. Para la obra, esculpida en mármol, éste empleó el modelo tomado
del natural de Apollonie Sabatier, conocida cortesana que fue además musa de los
artistas más famosos de la época. El crítico Gustave Planche dijo que el empleo de
estas técnicas era “a la escultura lo que el daguerrotipo es a la pintura”, acusación
que, como vemos, entronca con otra clásica disputa que tuvo como protagonistas,
esta vez, a la pintura y a la naciente fotografía.
Pero el caso más sonado vendría unos años después, concretamente en el Salón
de 1877. Auguste Rodin presentó allí la obra L’Âge d’airain (La edad de bronce), un
desnudo masculino que inició en Bruselas en 1875 coincidiendo con un viaje a Italia
que influyó enormemente en el artista. La pieza muestra al joven soldado de vein-
tidós años Auguste Neyt con un detallismo y proporciones excepcionales, lo cual
levantó las primeras sospechas sobre su factura. En enero de 1877 Rodin presentó
el yeso en el Círculo artístico y literario de Bruselas con el título de Le Vaincu y en
una crítica aparecida en el L’Etoile belge se denunciaba que la obra realmente era
un vaciado del natural retocado posteriormente. Cuando, en ese mismo año, pre-
sentó la obra en el Salón parisino, ya bajo el título de L’Âge d’airain, las sospechas
se acrecentaron y el escultor francés tuvo que ofrecer pruebas de todo tipo (como
las fotografías en las que se veía que el modelo tenía una lanza para sostener el
brazo, lo cual demostraría que posó para su realización) para intentar demostrar
que las acusaciones eran infundadas. También se pidió que artistas y escultores
amigos de Rodin certificaran que el procedimiento no era fraudulento y, por ejem-
plo, Gustave Biot declaró lo siguiente: “encuentro extraño que en París, un certifi-
cado como el que me piden, sea necesario, sin embargo, me complace y es todo
un deber entregárselo”. Otros muchos escultores y críticos, conocedores cercanos
de la obra de Rodin, salieron también en su defensa y, tras muchos litigios, Edmond
Turquet, subsecretario de estado de Bellas Artes, terminó por aceptar los argumen-
tos y encargó la fundición en bronce, lo que disparó su fama internacional29. Más
28 É. Papet, À fleur de peau. Le moulage sur nature au XIXe siècle, cit., p. 34.
29 Sobre esta polémica, véase el catálogo de la exposición celebrada en 1997 con el título “Vers
l’Âge d’airain, Rodin en Belgique” publicado por Édition Musée Rodin. También contiene infor-
mación interesante la ficha del Musée d’Orsay donde se encuentra un ejemplar de bronce: http://
235
Gorka López de Munain
tarde Rodin afirmaría que, para él, “un vaciado del natural es la copia más exacta
posible que se pueda conseguir, pero carece de vida”30, algo que siempre intentó
infundir en su obra el escultor francés.
[Link]/[Link]?id=851&L=3&tx_commentaire_pi1[showUid]=8810&no_cache.
Por último, éste y otros muchos escándalos de la época relacionados con los moldeados al
natural son comentados en el catálogo de la exposición “À fleur de peau” citado anteriormente.
En concreto, puede verse: Ibid., pp. 34-38.
30 J. Cladel, Auguste Rodin pris sur la vie, Editions de la Plume, París, 1903, p. 39.
236
Las máscaras mortuorias en la encrucijada
Tanto Ernst Benkard como Belting –quien sigue en esto al primero– sitúan el funeral
de Gotthold Ephraim Lessing como uno de los puntos de inflexión clave de este pro-
ceso31. En 1781 murió el escritor alemán recibiendo un entierro especial, inusual en
31 E. Benkard, Rostros inmortales. Una colección de máscaras mortuorias, Sans Soleil Ediciones,
Barcelona, 2013, p. 68. Hans Belting sigue también esta misma idea en: H. Belting, Facce.
Una storia del volto, Carocci editore, Roma, 2014, p. 101. En todo caso, si bien está extendida
la idea de que la máscara mortuoria de Lessing marca el rumbo hacia una consideración autó-
noma de estas piezas, existía en el marco del Ducado de Sajonia-Weimar un caldo de cultivo
237
Gorka López de Munain
aquella época. Sin embargo, no fueron los fastuosos ceremoniales fúnebres, el ca-
rruaje tirado por cuatro caballos con el que fue conducido al cementerio, o el magnífi-
co féretro en el que fue expuesto su cadáver lo que más ha de llamarnos la atención;
mientras su cadáver era velado con todos los honores, sus amigos, quienes realmen-
te le apreciaron en vida, decidieron extraer de su rostro sereno una máscara mortuo-
ria que les permitiera retener un último resto material de quien estaba ya condenado
a la implacable putrefacción de la muerte. Este hecho, relatado por Ernst Benkard
con tintes que se debaten entre lo legendario y la realidad histórica, nos señala un
momento de cambio en el uso de las máscaras mortuorias introduciendo el factor
de lo afectivo y de la necesidad de recuerdos materiales para sus allegados. Pero,
además del caso singular de Lessing, que simboliza un nuevo rumbo en la sociedad,
determinados ejemplares como las máscaras de Dante, Napoléon o Géricault serán
copiados en masa para cubrir las demandas de una generación ávida por conocer los
pormenores de sus admiradas celebridades32. Se convertirán así en objetos fetichi-
zados cuya muestra, quizá la más recordada y conocida, es la Inconnue de la Seine
que Louis Aragon definió como “jeune morte belle éternellement”33.
En la segunda mitad del siglo XIX, tal vez hacia 1860, apareció en las aguas del
Sena una joven ahogada por causas que nunca se llegaron a saber con exacti-
tud. Una vez trasladado el cuerpo sin vida a la morgue parisina, se iniciaron los
procedimientos habituales para identificar a la joven e intentar averiguar el motivo
de la muerte, pero los esfuerzos fueron en vano. En el París de aquél momento la
morgue se ubicaba a escasos metros de Notre-Dame, y allí acudían de manera en-
tusiasta curiosos de toda condición para contemplar los cadáveres anónimos que
periódicamente se exponían con el propósito de identificarlos. La mayoría de ellos
correspondían a mujeres que se habían suicidado arrojándose al Sena, de ahí que
Gaston Bachelard analizara de manera poética esta macabra circunstancia: “L’ima-
ge synthétique de l’eau, de la femme et de la mort ne peut pas se dispenser un mot
des eaux, un seul, suffit pour désigner l’image profonde d’Ophelie”34.
que merece la pena atender, con ejemplares como el de Federico Guillermo I de Prusia (muerto
en 1750).
32 E. Papet, Masques, de Carpeaux à Picasso (cat. exp. celebrada en el Museo d’Orsay, París, del
21 de octubre de 2008 al 1 de febrero 2009), Hazan/Musée d’Orsay, Paris, 2008, p. 20.
33 L. Aragon, Aurélien, Gallimard, París, 2000, p. 677.
34 G. Bachelard, L’Eau le Rêves, Librairie José Corti, París, 1942, p. 143. Citado en: C. Raynaud,
“Du cortège funèbre au portrait posthume: Fonctions et enjeux du masque mortuaire à la fin du
Moyen Âge”, en Le Dernier Portrait, RMN, París, 2002, p. 175.
238
Las máscaras mortuorias en la encrucijada
De todos ellos fue tal vez Rilke quien ejer- Fig. 2.50 Man Ray, L’inconnue de la Seine, fo-
ció un mayor (y temprano) influjo en la va- tografía para el libro Euvres romanesques
loración de la máscara gracias a su descu- croisées de Aragon y Triolet, 1966 (tomo II).
brimiento en 1902 en una tienda parisina,
tal y como lo cuenta en la novela Los cuadernos de Malte Laurids Brigge: “El mou-
leur [moldeador] de enfrente de la boutique por la cual paso todos los días ha col-
gado dos máscaras ante su puerta. El rostro de la joven ahogada que se moldeó
en la morgue, porque era bello y porque sonreía, porque sonreía de una manera
tramposa, como si supiera”38. Pero alcanzará una de las expresiones estéticas más
logradas con la obra Aurélien de Aragon. En la edición publicada a principios de los
años sesenta, que reúne su obra junto con la de Elsa Triolet, bajo el título de Euvres
35 Una interesante relación de intelectuales fascinados con el rostro de la inconnue puede consul-
tarse en: C. Raynaud, “Du cortège funèbre au portrait posthume: Fonctions et enjeux du masque
mortuaire à la fin du Moyen Âge”, cit.
36 Edouard E. Papet, Masques, de Carpeaux à Picasso (cat. exp. celebrada en el Museo d’Orsay,
París, del 21 de octubre de 2008 al 1 de febrero 2009), cit., p. 20.
37 Para un acercamiento general a la máscara de la inconnue, véase: Anja Zeidler. Influence and
authenticity of l’Inconnue de la Seine. En: [Link]
[Link] (consultado el 5 de junio de 2012). Alcanzó tanta popularidad que hasta llegó a ser el
rostro del primer maniquí de rescate creado por Peter Safar y Asmund Laerdal en 1958 (conoci-
do como rescue Anne). Recientemente se ha publicado una extensa monografía sobre la fortuna
cultural de la desconocida del Sena: A.-G. Saliot, The Drowned Muse: Casting the Unknown
Woman of the Seine Across the Tides of Modernity, Oxford University Press, Oxford, 2015.
38 Publicado originalmente en: Rainer Maria Rilke, Die Aufzeichnungen des Malte Laurids Brigge
(1910). Citado en: C. Raynaud, “Du cortège funèbre au portrait posthume: Fonctions et enjeux
du masque mortuaire à la fin du Moyen Âge”, cit., p. 175.
239
Gorka López de Munain
Antes de morir, parece que los seres hermosos vuelven a ser, por un instante, jóvenes y
hermosos: la enfermedad, los sufrimientos casi inconcebibles, una guerra sin cuartel por
respirar, por no respirar demasiado, por detener los accesos de tos que, en cada ataque,
estaban a punto de asfixiarla, toda esta violencia desordenada y aparatosa qe debería afearla,
era impotente contra aquella expresión de una hermosura perfecta y juvenil, aunque bastante
dura, que iluminaba su rostro44.
Aun siendo la máscara de esta joven anónima una de las más célebres y más am-
pliamente reproducidas, la variedad de personas y tipologías que muestra la pro-
ducción del XIX la relega prácticamente a la categoría de anécdota. Contamos con
máscaras mortuorias de las personalidades más conocidas de la época: escritores,
240
Las máscaras mortuorias en la encrucijada
Las máscaras mortuorias han sido piezas muy difíciles de abordar (además de olvi-
dadas) por parte de los historiadores del arte o los teóricos de la imagen. A menudo
han sido utilizadas de manera sesgada para explicar o argumentar acerca de aque-
llos aspectos que en cada momento se precisara puntualizar pero, como ya hemos
dicho, no se ha desarrollado un estudio sistemático de las mismas que las conside-
rara de manera autónoma. Los estudios de Marcia Pointon, aun siendo rigurosos
y bien documentados, adolecen también de ese mismo recelo a trabajarlas fuera
de los condicionamientos estético-artísticos –aunque ella misma señale en algún
momento que debemos ir más allá de su uso práctico y comprender cómo pueden
estos artefactos tener tal carga semántica45–. Si no se relacionan con artistas que
45 M. Pointon, “Casts, Imprints, and the Deathliness of Things: Artifacts at the Edge”, The Art
241
Gorka López de Munain
Por otra parte, es importante señalar que en muchos casos estas obras eran total-
mente anónimas. Pointon recuerda cómo, mientras los fotógrafos reclamaron des-
de los inicios de la técnica fotográfica el estatus de artista, los formatori –palabra
de origen italiano que, veladamente, parece conceder cierto estatus al creador de
máscaras– quedaron en la mayoría de ocasiones en el absoluto olvido. La creciente
demanda de máscaras mortuorias, frecuentemente vinculada a la naciente frenolo-
gía, hizo que la producción subiera de forma espectacular. Es evidente que, siendo
muchas veces una práctica que nada tiene que ver con lo artístico, los ejecutores
de las máscaras no tuvieron la necesidad de firmar aquello que no era más que su
trabajo rutinario. Pero que esto fuera así no le suma ni le resta interés y ahondar
más en este debate no parece aportar nada relevante –veremos más adelante al-
gunas excepciones significativas en los casos en los que quien obtenía la máscara
era el propio artista o alguno de sus ayudantes–.
242
Las máscaras mortuorias en la encrucijada
En el libro Das ewige Antlitz de Ernst Benkard (1929) también se incluye una in-
teresante nota del escultor Georg Kolbe (1877-1947) en la que explica, a partir de
su experiencia, cómo se realiza una máscara mortuoria. Veamos algunos de los
puntos más importantes de su texto:
Primero pongo la cabeza baja en la línea de equilibrio exacto a fin de evitar la compresión
y el desplazamiento de los músculos relajados y de la piel. Los párpados y los labios están
cerrados suavemente, la barbilla se apoya, y así sucesivamente. Todo esto lo podría hacer una
enfermera, pero sin sentir la verdadera expresión, la individualidad, y sin la perseverancia. El
cabello se peina suavemente y a menudo se dispone de forma desacostumbrada. Las manos
que tal vez nunca se plegaron en vida se colocan a través del cuerpo en actitud de oración, sin
tener en cuenta la personalidad. Cuánto puede ser fingido con los muertos, y cómo se puede
distorsionar. Especialmente los rasgos son muy sensibles […].
Las partes del rostro en las que crece el pelo se pintan encima con una solución delgada de
arcilla para modelar o con aceite para que el yeso no se adhiera cuando se vierte sobre la
cara. La propia piel contiene suficiente grasa y no necesita ninguna preparación. El contorno
de la máscara, las partes del cuello, detrás de las orejas y así sucesivamente, se rodean
con un fino papel húmedo. Por desgracia, casi nunca hay tiempo suficiente para moldear
toda la cabeza por delante y por detrás […]. Se vierte sobre la cara un gran bol de yeso de
la consistencia de sopa de unos pocos milímetros de espesor; a continuación, se inserta un
hilo sobre el centro de la frente, el puente de la nariz, la boca y la barbilla. Un segundo bol
de yeso más sólido se extiende sobre la primera capa como pulpa (esto es para proporcionar
una cubierta exterior firme) y, antes de que fragüe, se extrae el hilo para dividir el todo en dos
mitades. Tan pronto como la capa exterior se ha endurecido, se parte en dos piezas el molde
y se separa cuidadosamente de la cabeza; este es el paso más difícil […]. Las dos mitades
que han sido separadas se encajan inmediatamente y se fijan, posteriormente el negativo se
limpia y se vuelve a rellenar con yeso47.
También nos han llegado algunas elocuentes fotografías que muestran el proceso
de elaboración de una máscara mortuoria. En una atípica fotografía de la colección
de George Grantham Bain (hoy en la Library of Congress de Washington), quien
fuera uno de los pioneros en el uso de fotografías del extranjero para ilustrar las
noticias en los periódicos estadounidenses, se observa a dos personas en su taller
realizando la máscara mortuoria de un individuo fallecido (fig. 2.51). Aunque no
está fechada, se piensa que debió realizarse la instantánea alrededor de 190848.
Los formatori están preparando la masa de yeso y el cadáver tiene ya una solución
sobre los ojos y una tela o papel alrededor de la cabeza, tal y como indicaba Kolbe
leur donner, sur les enduits hydrofuges, les mastics, les vernis, etc., etc. Par M. Lebrun. Nouvele
Édition revue et augmentée par M. –D. Magnier, ingenieur civil. Paris, a la librairie encyclopé-
dique de roret, 1850.
47 E. Benkard, Undying faces. A collection of death masks with a note of Georg Kolbe, Published
by Leonard and Virginia Woolf at the Hogarth Press, London, 1929, pp. 43-45.
48 M. Pointon, “Casts, Imprints, and the Deathliness of Things”, cit., p. 174.
243
Gorka López de Munain
en su texto. Sin duda se trata de una de las imágenes más interesantes que hoy
día disponemos sobre el proceso de fabricación de estas piezas en el ámbito de un
taller especializado –a juzgar por los ejemplares que se ven en la parte trasera–.
Fig. 2.51 Anónimo, elaboración de una máscara mortuoria, 1908 (Nueva York), George Gran-
tham Bain Collection, Library of Congress, Washington D. C.
Sin embargo, en otras ocasiones la máscara se extraía en la propia casa del difunto,
hasta donde se desplazaban los creadores. En la siguiente fotografía, tomada por
Erich Lessing en Austria el 24 de octubre de 1948, vemos a Willy Kauer con un ayu-
dante realizando la máscara mortuoria del compositor austrohúngaro Franz Lehár
(fig. 2.52). Kauer (1898-1976) fue un conocido maquillador vienés especializado en
la creación de máscaras de documentación para los estudios anatómicos o la medi-
cina forense, aunque también se dedicó a la elaboración de máscaras para el teatro
y, como vemos en esta ocasión, máscaras mortuorias49. La obtención del molde en
el lecho de muerte parece ser una de las prácticas más habituales, aunque también
244
Las máscaras mortuorias en la encrucijada
Pero, sin duda, uno de los casos más singulares y mejor documentados correspon-
de al trabajo del escultor Ulric Stonewall Jackson Dunbar (1862 - 1927). Éste fue
un conocido escultor especializado en la creación de bustos conmemorativos y se
le considera uno de los mayores creadores de máscaras mortuorias de su tiempo.
Nació en London, Ontario (Canadá) en 1862 y estudió en Toronto en el taller de su
hermano F. A. T. Dunbar, quien aprendió escultura con el florentino Bontoni50. Su
extensa obra fue llevada a cabo en Estados Unidos y perfila un contexto de natu-
ralización del uso y recepción de máscaras al que merece la pena dedicarle mayor
atención51. Sus creaciones aparecían en los periódicos locales e incluso llegaron a
realizarle entrevistas en tanto que célebre creador de máscaras mortuorias. Entre
50 Se puede consultar más información sobre Dunbar en: “Making Death Masks”: Some Interesting
Facts About the Sculptor’s Art. The Washington Post, 6 de enero de 1895, p. 14.
51 Buena parte del material sobre la obra de Dunbar se encuentra en The Lincoln Highway Natio-
nal Museum & Archives, accesible en: [Link]
[Link]
245
Gorka López de Munain
1885 y 1927 se han podido contabilizar y localizar sesenta y siete máscaras y se-
senta y cinco referencias en periódicos de la época como el Washington Post, el
Washington Times, Los Angeles Times o el New York Times, lo cual nos indica la
popularidad tanto del fenómeno como del artífice.
Descendiendo al estudio de Dunbar, el escultor, hace unos días, encontré al artista creando el
busto del antiguo Presidente de la Corte Suprema Waite. Partiendo de su máscara mortuoria,
creada por Dunbar la mañana después de la muerte del Presidente de la Corte Suprema, y
de unas excelentes fotografías, el artista tenía casi acabado un imponente y realista busto. El
artista desea que su obra sea tan exitosa que se solicite un busto de mármol para ser ubicado
en uno de los nichos reservados para los miembros de la Corte Suprema fallecidos […].
De todas las vanidades del hombre, quizá la mayor sea la de tener un retrato pintado o un busto
de sí mismo. Hombres de estado, combatientes, patriotas, filósofos y poetas encuentran en la
escultura el mejor medio para que prevalezca su fama. Hay algo fascinante sobre el estudio
de un artista, especialmente en el caso de los escultores. Aparece un Walhalla de mármol;
aquí la fama encuentra su última encarnación. Es la forma más perdurable de conservar para
52 “The Waite Death Mask”, The Washington Critic, 26 de marzo de 1888, nº 6123
246
Las máscaras mortuorias en la encrucijada
la posteridad nuestro recuerdo. Al crear una máscara mortuoria, por ejemplo, la cara y el pelo
se cubren con una masa creada para este trabajo y, después, se extiende una fina capa de
yeso de París sobre el rostro y el pelo hasta donde se vaya a hacer la máscara, generalmente
incluyendo las orejas […]. Pero la máscara no se emplea para hacer el busto, como muchos
creen de forma errónea, sino que se utiliza para hacer unas mediciones comparativas en
aras de mantener los detalles característicos […]. El talento de Mr. Dunbar como artista es
incuestionable. Es un estudioso aplicado, un concienzudo e infatigable trabajador, entregado
a su arte, y su éxito ha sido ampliamente reconocido. Tiene la habilidad de perpetuar la
individualidad, las características y el parecido de sus sujetos y su trabajo está reconocido
por su fidelidad al arte53.
Siguiendo con el caso de Dunbar, veamos dos casos más en los que se aprecia
la importancia de la máscara como objeto autónomo, independientemente de que
después se emplease para esculpir un busto conmemorativo. Cuando murió el con-
traalmirante Robley D. Evans (1846-1912), apodado “Fighting Bob”, Dunbar realizó
una máscara mortuoria apenas unos minutos después de su muerte, ocurrida el 3
de enero de 1912. En este caso, la máscara no se expondría, sino que quedaría
en el seno de la familia. “[El molde] se realizará mañana en su casa de la avenida
Indiana por el escultor y qué es lo que se hará con ella después se determinará
posteriormente. Si se realizara alguna observación a su preservación, se destrui-
rá en pedazos en presencia de los familiares. Bajo esa premisa, sólo a Dunbar,
el escultor, se le permitió realizar la máscara”54. Este caso introduce un elemento
distorsionador con respecto a los ejemplos anteriores, ya que las reticencias de la
familia invitan a pensar que también, debido a su naturaleza y a las condiciones en
las que ésta era tomada, la máscara podía ser un objeto incómodo. Sin embargo, el
cronista del suceso, fascinado con la creación y la maestría de Dunbar, cree ver el
rostro de una persona dormida y no duda de que la familia finalmente se decantará
por la conservación del molde:
53 “‘Making Death Masks’: Some Interesting Facts About the Sculptor’s Art”. The Washington Post,
6 de enero de 1895, p. 14.
54 “Mask of Evans, completed today, is found perfect”, The Washington Times, 21 de enero de
1912, p. 6.
247
Gorka López de Munain
rastreado en el molde. El molde sin duda podrá ser utilizado posteriormente tanto por el señor
Dunbar como por otro escultor para elaborar una estatua del héroe naval55.
55 Idem
56 “Makes death mask of admiral Dewey”, Chicago Day Book, 23 de enero de 1917, p. 25.
248
Las máscaras mortuorias en la encrucijada
Fig. 2.54 Dunbar trabajando en la máscara Fig. 2.55 Dunbar mostrando la máscara
mortuoria de George Dewey, 1917, Harris & mortuoria de George Dewey, 1917, Harris &
Ewing Collection, Library of Congress, Was- Ewing Collection, Library of Congress, Was-
hington D. C. hington D. C.
Con este repaso a algunos de los ejemplares que realizó Dunbar vemos cómo las
posibilidades de análisis de las máscaras mortuorias se multiplican hasta conver-
tirse en unas piezas de muy difícil categorización –abundaremos en las próximas
líneas en las posibilidades creativas expuestas hasta aquí de forma somera–. Pero
esta creación masiva de máscaras de celebridades por un único individuo no fue
algo exclusivo de Dunbar o de los Estados Unidos; el escultor ruso Serguéi Dmítri-
yevich Merkúrov (1881 – 1952) tiene documentadas la creación de unas trescientas
máscaras mortuorias de los personajes más destacados de su tiempo: León Tolstoi,
Lenin, Vladímir Mayakovski, Sergéi Eisenstein, Máximo Gorki, etc. En su lugar de
nacimiento (la antigua Alexandropol, actual Gyumri, Armenia) se ubica el Museo
Merkúrov, donde se exhiben cincuenta y nueve máscaras mortuorias de líderes
soviéticos, entre las que destaca el ejemplar de la máscara de Lenin, obtenido di-
rectamente del vaciado original. A diferencia de la mayoría de obras vistas hasta el
momento, muchas de las máscaras de Merkúrov son de la cabeza completa y se
acompañan de un soporte trasero que suele escenificar parte del lecho mortuorio
(figs. 2. 56 y 2.57).
57 “Noted sculptor Makes Death Maks of Dewey for U. S. Navy Department”, The Ogden Standard,
25 de enero de 1917, p. 1.
249
Gorka López de Munain
Fig. 2.56 Serguéi Dmítriyevich Mer- Fig. 2.57 Serguéi Dmítriyevich Mer-
kúrov, máscara mortuoria de Sergei kúrov, máscara mortuoria de Máximo
Eisenstein, 1948, Museo Merkúrov, Gorky, 1936, Museo Merkúrov, Gyumri.
Gyumri.
250
Las máscaras mortuorias en la encrucijada
Por otra parte, los siglos XVIII y XIX son también los siglos de los estudios fisiog-
nómicos del rostro humano. En la introducción de la versión en castellano del texto
de Johann Caspar Lavater (1741-1801) Arte de conocer los hombres por su fisiono-
mía, se dice que “la doctrina de los respetables Lavater y Gall no sólo ha sido culti-
vada en Francia por todos los talentos, sino que se ha vulgarizado de manera que
no hay francés bien educado o algo instruido, que no sea fisionomista por reglas, y
que no estudie de continuo el rostro de los demás”58. Aunque en esta introducción
se sitúa a Lavater y a Gall como los representantes de los estudios fisiognómicos,
resulta conveniente establecer algunos matices. El teólogo y filósofo Lavater, con
la publicación de sus Physiognomische Fragmente (fragmentos fisiognómicos) en
1775, sienta las bases de la teoría y praxis del conocimiento humano por medio de
su apariencia, retomando con ello una tradición que se remonta a la Antigüedad
y que en el Renacimiento reverdecería de manera muy importante. Los estudios
fisiognómicos perseguían conocer las características íntimas de las personas me-
diante la observación y el análisis detallado de su apariencia externa, generalmente
centrado en el rostro humano, deduciendo ingeniosidades de todo tipo, como que
“una boca bien cerrada, cuyos bordes de los labios no se ven, promete un espíritu
aplicado, amigo del orden y de la limpieza”59. Ya en 1715, Johann Heinrich Prae-
torius publicaba su Breviarium physiognomicum en la ciudad de Hamburgo, donde
definía la fisiognomía como “una representación breve y clara de cómo reconocer
los gestos faciales y determinar las inclinaciones de alguien”60.
Por su parte, la frenología también tiene unas raíces previas, pero no será hasta
principios del XIX cuando comience a discutirse de forma intensa. La publicación
del médico Franz Joseph Gall Schreiben über seinen bereits geendigten Prodomus
über die Verrichtungen des Gehirns der Menschen und Tiere (Escritos sobre sus
ya concluidos pródromos sobre las operaciones del cerebro de los seres humanos
y los animales) aparecida en 1789, fijará los conceptos básicos de la frenología
–nombre que no será acuñado hasta 1815–61. En sus trabajos, Gall estudiará la
58 J. C. Lavater, Lavater de hombres, ó, Arte de conocer los hombres por su fisonomía: aumenta-
do con un resumen de la vida de Lavater y del Dr. Gall, Imprenta de Antonio Berdeguer, Barce-
lona, 1848.
59 “Lavater portátil” (de la edición citada), p. 29.
60 Citado en: C. Pogliano, “Entre forme et fonction: une nouvelle science de l’homme”, en L’âme
au corps: arts et sciences 1793-1993, Gallimard / Electra, París, 1993, p. 224.
61 Aunque se trate de un estudio de la fisionomía y la frenología aplicadas a un caso concreto (su
presencia en la Fenomenología del espíritu de Hegel), su autor resume muy bien las particulari-
251
Gorka López de Munain
relación existente entre las formas del cráneo y las capacidades psíquicas, deli-
mitando veintisiete características que tendrán su reflejo en diferentes lugares del
cerebro62. Johann Spurzheim, discípulo de Gall con quien mantendría una tensa re-
lación, viajó en 1832 a Estados Unidos para difundir los conocimientos frenológicos
desarrollados en el continente europeo. Fue recibido con admiración y entusiasmo
y pronto la semilla de este conocimiento brotó dando forma a instituciones como la
Boston Phrenological Society63.
En este contexto de análisis y devoción casi obsesiva por las características del
rostro, podemos imaginar que las máscaras mortuorias de los grandes personajes
del momento desempeñarían un papel fundamental. La posibilidad de disponer en
íntima propiedad el positivo en cera obtenido directamente del rostro muerto de una
insigne figura del panorama cultural, debía colmar las delicias de los fisiognomistas
más entregados de la época. De igual modo, dentro del marco de las prácticas fre-
nológicas, los vaciados faciales fueron muy importantes, ya que permitían el estu-
dio del cráneo tanto de personas vivas distantes como de personas fallecidas (fig.
2.58); de hecho, son famosos los estudios de Gall sobre las máscaras mortuorias,
252
Las máscaras mortuorias en la encrucijada
los bustos o los cráneos de figuras célebres como Dante o el Marqués de Sade.
Como herencia de esta situación debemos ubicar el surgimiento de las primeras
colecciones de vaciados faciales, aspecto que desarrollaremos más adelante. En
todo ello hay un punto que emerge constantemente cuya explicación resulta difícil
de esclarecer: ¿por qué se buscaban las máscaras obtenidas del cadáver y en
raras ocasiones eran apreciadas o reclamadas las del personaje en vida? Precisa-
mente el coleccionista Laurence Hutton recoge una cita de Lavater a este respecto:
“los muertos, y las impresiones de los muertos, tomadas en yeso, no son menos
dignos de observación [que los rostros en vida]. Los rasgos que se establecen son
mucho más prominentes que en la vida y en el dormir. Lo que la vida hace fugitivo,
la muerte lo detiene. Lo que era indefinible se define. Todo se reduce a su nivel
apropiado, cada característica se encuentra en su verdadera proporción, a menos
que una terrible enfermedad o accidente hayan precedido a la muerte.”64
El entierro del escritor alemán iniciaría esta nueva manera de relacionarse con
las máscaras sobre la que venimos ahondando en este apartado. Unos años más
tarde, la muerte de Ludwig van Beethoven (1770 – 1827) marcará la consolidación
de esta práctica reservada exclusivamente, al menos en los primeros años del si-
glo XIX, a las personalidades célebres que habían destacado o bien en lo artístico
o bien en lo político. En 1812, el escultor Franz Klein le realizó al músico alemán
una mascarilla con el propósito de ejecutar un busto, pero la multiplicación descon-
trolada de este vaciado hizo que su impronta apareciera por doquier decorando
estancias privadas, auditorios, memoriales, etc., muchas veces confundida con su
64 Hutton, Laurence. “Introduction”. En: Portraits in plaster, from the collection of Laurence Hutton.
Nueva York, Harper & Brothers, 1894, p. XIV.
253
Gorka López de Munain
Fig. 2.59 Página del Detroit Free Press con algunas creaciones de Dunbar, 1912.
máscara mortuoria (fig. 2.60). Sin embargo, sus rasgos, propios de una persona
saludable y en plenitud de facultades, distan mucho de los que mostrará su másca-
ra mortuoria, obtenida el 28 de marzo de 1827, dos días después de la muerte del
compositor.
254
Las máscaras mortuorias en la encrucijada
iluminó la estancia (desde la ventana se podía ver la calle cubierta de nieve). Ante aquel
fenómeno inesperado, que me impresionó, Beethoven abrió los ojos; alzó la mano derecha
y, con el puño crispado y gesto fiero y amenazador, fijó su mirada en lo alto, como queriendo
decir: “¡Os desafío, poderes adversos!, ¡Marchaos! ¡Dios está conmigo!”, o como si estuviera
dispuesto a gritar, cual un jefe valeroso animando a sus tropas “¡Valor, soldados! ¡Confianza!
¡La victoria es nuestra!”.
Cuando dejó caer la mano, tenía los ojos entreabiertos. Yo le sostenía la cabeza con mi mano
derecha, mientras la izquierda reposaba sobre su pecho. Ya no pude sentir el hálito de su
respiración; el corazón había dejado de latir65.
Mañana un tal Danhauser quiere extraer un vaciado del cuerpo; se realizará en cinco u ocho
minutos. Escríbeme para dar tu consentimiento con un sí o no. Las máscaras de grandes
65 Citado en: E. Buchet, Beethoven: leyenda y realidad, Ediciones Rialp, Madrid, 1991, p. 351.
255
Gorka López de Munain
hombres se hacen de forma habitual y si nos negásemos quizá pudiera entenderse como una
objeción a los derechos del público. (Viena, 27 de marzo de 1827)66.
256
Las máscaras mortuorias en la encrucijada
257
Gorka López de Munain
71 Para el estudio de las obras que representan la muerte de Marat, resulta fundamental la consul-
ta del libro publicado a partir de la exposición Corday contre Marat. Les discordes de l’histoire
en el Musée de la Révolution française en Vizille del 26 de junio al 28 de septiembre de 2009:
G. Mazeau, Corday contre Marat. Deux siècles d’images, Éditions Artlys, Versalles, 2009.
72 Marie Grosholtz (nombre de soltera de Marie Tussaud, más conocida como Madame Tussaud)
era hija de la ama de llaves de Philippe Curtius. Éste siempre tuvo gran consideración hacia
Marie (de hecho ella le llamaba tío) y le enseñó la técnica de la ceroplastia.
73 F. Hervé, Madame Tussaud’s Memoirs and Reminiscences of France, Forming an Abridged
History of the French Revolution, Saunders and Otley, Londres, 1838, p. 199. Hay información
interesante sobre el caso y sobre las efigies de cera en general en: M. B. Sandberg, Living
Pictures, Missing Persons: Mannequins, Museums, and Modernity, Princeton University Press,
Princeton, 2003. Véase también: M. E. Bloom, Waxworks: A Cultural Obsession, University of
Minnesota Press, Minneapolis, 2003.
258
Las máscaras mortuorias en la encrucijada
Fig. 2.65 Marie Tussaud, cabezas guillo- Fig. 2.66 Marie Tussaud (atrib.), Jean-Paul Marat,
tinadas de Jean-Baptiste Carrier, Antoi- c. 1793.
ne-Quentin Fouquier-Tinville, Maximi-
lien Robespierre y Jacques-René Hébert;
Jean-Paul Marat, 1802, Londres, Madame
Tussaud.
74 P. Pilbeam, Madame Tussaud: And the History of Waxworks, Hambledon and London, Londres,
2003, p. 50.
75 Para una descripción de la formación de la Cámara de los horrores, véase: L. Graybill, “A
Proximate Violence: Madame Tussaud’s Chamber of Horrors”, Nineteenth-Century Art Worlwi-
de. A journal of nineteenth-century visual culture, vol. 9, 2, 2010, fecha de consulta en http://
[Link]/[Link]/autumn10/a-proximate-violence.
259
Gorka López de Munain
En cuanto a las máscaras mortuorias, sabemos que al menos se realizaron dos mol-
des obtenidos directamente del rostro: uno el de Marie, ya comentado anteriormente,
y otro obra del escultor Claude-André Deseine (1740 – 1823), de quien se cuen-
ta que desenterró el cadáver Antoinette Gabrielle Danton, por orden de su esposo
Georges-Jacques Danton, siete días después de su muerte para tomar su máscara
mortuoria y esculpir el busto que se encuentra hoy en el Musée des Beaux-arts de
Troyes79. El propio Deseine realizó un vaciado en bronce de la máscara de Marat que
se conserva en el museo Lambinet de Versalles80 y que, junto a la ejecutada por Tus-
saud y custodiada hoy en la Bibliothèque Municipale de Lyon81, generaron gran can-
tidad de obras derivadas en las que se reproducía el rostro post mortem de Marat82.
260
Las máscaras mortuorias en la encrucijada
Cuando Napoleón fue desterrado por el ejército británico a la isla de Santa Elena el
15 de julio de 1815, su suerte ya había sido echada. Casi seis años más tarde, el 5
de mayo de 1821, moriría aquejado de unos intensos dolores estomacales que pu-
dieron deberse a un cáncer hereditario o, más probablemente, a un envenenamiento
con arsénico. En cualquier caso, sabemos que Napoleón estaba acompañado de
médicos y gente de confianza en su exilio en pleno Atlántico y fueron éstos quienes
iniciarían la compleja historia de su máscara mortuoria. Y es que los sucesos que
acompañaron su elaboración y posterior difusión, como veremos, están mucho más
cercanos a una novela detectivesca que a una investigación académica. Existen di-
ferentes teorías que han ido avanzando a lo largo del tiempo, creando en suma un
cóctel verdaderamente difícil de desentrañar. A continuación, realizaremos un rápido
repaso a éstas poniendo el foco en lo que nos interesa: la definitiva independencia de
la máscara mortuoria de todo posible uso posterior como modelo.
George Leo de St. M. Watson escribió en 1915 una muy documentada historia de
la máscara mortuoria de Napoleón basándose en multitud de testimonios orales
y fuentes escritas, además del asesoramiento de especialistas de la época como
frenólogos y antropólogos forenses83. Para intentar esbozar las teorías y leyendas
a propósito de la máscara seguiremos en buena medida su relato, añadiendo algu-
nas aportaciones y revisiones incorporadas por otros estudiosos con posterioridad.
El 5 de mayo, a las 17:49, moría Napoleón y el gobernador de la Isla, Hudson Lowe,
manda al doctor Archibald Arnott84 que se encargue del cadáver. Mme Bertrand, la
mujer del general Henri Gatien Bertrand –militar muy cercano a Napoleón que es-
tuvo a su lado en Elba, en Santa Elena y que después se encargó de repatriar sus
restos en 1840–, insistió desde un primer momento en que debía hacerse una más-
cara pero, al parecer, se mostró reacia a que ésta fuera elaborada por un inglés.
Entre tanto, los artistas Ensign Ward y Joseph William Rubidge crearon algunos
bocetos del cadáver antes de que se descompusiera85.
83 S. M. Watson, The story of Napoleon’s death-mask. Told from the original documents By G. L.
de St. M. Watson with illustrations, John Lane, Londres y Nueva York, 1915.
84 A Arnott se le atribuirá posteriormente la creación de una máscara mortuoria diferente. Sin em-
bargo, se trata de una hipótesis muy poco fiable.
85 Aunque se encuentra sensiblemente condicionado por el hecho de ser el catálogo elaborado
261
Gorka López de Munain
para la venta de una de las máscaras, tomamos algunos datos de interés de: Napoleon’s dea-
th mask, vol. 1793, Bonhams, Londres, 2013.
86 Watson señala que el día 6 Burton realizó una máscara en dos partes, pero la definitiva sería
la que se ejecutó el día 7. Puede consultarse un buen resumen en un artículo publicado tras la
aparición de la obra de Watson: “The mystery of Napoleon Death Mask. New light on controver-
sy has raged for years over Antommarchi and Sankey casts”, The New York Times, 15/08/1915.
262
Las máscaras mortuorias en la encrucijada
87 Incluso se sabe que en 1833 Antommarchi realizó unas tiradas por suscripción, en bronce y en
yeso, identificadas con una medalla con el perfil del emperador. Esta oferta tuvo gran éxito e
incluso el rey Luis Felipe solicitó treinta ejemplares, cinco de ellos en bronce y veinticinco en
yeso, por mil francos. Citado en: B. Chenique, “Le masque de Gericault ou la folle mémoire d’un
culte sentimental et nauséabond”, en Le Dernier Portrait, RMN, París, 2002, p. 150.
88 La pieza, después de estar expuesta en el Cabildo, desapareció durante 43 años hasta que fue
de nuevo colocada en el Louisiana State Museum. Para más información, véase: Death Mas of
Napoleon. Its Story. Lost 43 Years, Found and Returned to the Louisiana State Museum. (Nueva
Orleans, The Museum, 1936).
89 El nieto del general José Lacret y Morlot relata este suceso en un artículo donde aprovecha
para poner a la venta la máscara que había heredado de su abuelo. Véase: “Says Genuine
Death Mask of Napoleon Is Now in Havana”, The New York Times, 13/02/1916.
263
Gorka López de Munain
Además de todo lo dicho hasta ahora, muchos autores afirman la existencia de otro
molde que se sumaría a este particular rompecabezas. Según la versión más ex-
264
Las máscaras mortuorias en la encrucijada
La máscara Sankey tiene una nota manuscrita por el propio reverendo Boys en
1862 que certificaría así su autenticidad. Dice la nota: “Loose 20th Oct.r 1862./ This
Cast was taken from the Face of Napoleon Buonaparte as he lay dead at Longwod
[sic] St Helena, by Mr Rubidge 7 May 1821 which I do hereby certify/ R Boys M.A./
Incumb.t of Loose & late Sen.r Chaplain St Helena”, con la fecha “7 de mayo de
1821” escrita aparte, consiguiendo con ello sumar confusión al testimonio. La nota
del ejemplar de Boys, redactada por la misma mano pero mucho tiempo antes, dice
lo siguiente: “This Cast was taken from the Face of Napoleon Buonaparte as he lay
dead at Longwood St. Helena 7th May 1821 which I do hereby certify/ R. Boys M.A.
Sen.r Chaplain/ By Rubidge”. Todo apunta a que esta nota se redactó cuando el re-
verendo aún servía en Santa Elena, lo que le dota a la pieza de mayor veracidad95.
Sin embargo, Watson sostenía que las máscaras Sankey y Boys fueron obtenidas a
partir del molde que realizara Burton y no mediante un molde extraído por Rubidge.
Es cierto que no hay datos que justifiquen dicha hipótesis, pero no es menos cierto
que tampoco los hay en sentido contrario. Tanto el modelo Antommarchi como la
95 Los textos, y las consideraciones sobre los mismos, están extraídos del catálogo de la casa de
subastas Bonhams: Napoleon’s death mask, vol. 1793, p. 7.
265
Gorka López de Munain
Veamos algunos fotogramas más de este particular relato para intentar dilucidar
otros aspectos que aún permanecen oscuros. La máscara Boys, cuyo último dueño
era un muy lejano familiar del reverendo, se puso a la venta en Londres en junio
de 2013 a través de la casa de subastas Bonhams, alcanzando el valor de 170.000
libras esterlinas. El catálogo elaborado para tan importante evento recogía multitud
de referencias y datos, pero naturalmente obviaba aquellos que podían poner en
tela de juicio la autenticidad de la obra o, mejor dicho, la demostración de que el
efigiado fuera realmente Napoleón Bonaparte. Sin embargo, el suceso no quedaría
resuelto con la venta de la pieza. En noviembre de 2013, Ed Vaizey, secretario de
Estado de Cultura del Gobierno británico, declaró que se paralizaba la salida del
país de la máscara mortuoria en espera de que surgiera un comprador del Reino
Unido que impidiese su marcha (éste debería pagar más de 175.100 libras). El blo-
queo se estableció hasta el 12 de enero de 2014 con una posible prórroga hasta el
12 de abril. En el año 2015 se celebraría el 200 aniversario de la Batalla de Water-
loo y como el propio Vaizey declaró, “aún sigue habiendo una gran fascinación por
Napoleón en el Reino Unido”96.
Leslie Webster, responsable del Reviewing Committee on the Export of Works of Art
and Objects of Cultural Interest (RCEWA) [Comité de revisión de la exportación de
obras de arte y objetos de interés cultural] expresó acerca de la máscara que nos
ocupa unas reflexiones que nos son de gran interés:
Este extremadamente extraño molde original tiene un poder y una inmediatez que pone
los pelos de punta; la sensación de que estamos en presencia de Napoleón es muy fuerte.
Hay muchos retratos grandiosos, así como caricaturas británicas contemporáneas de esta
importante y controvertida figura, pero esta imagen en su lecho de muerte nos habla mucho
más directamente a nosotros –aquí vemos al hombre en sí mismo y sentimos su carisma,
incluso después de muerto–. Esta es una supervivencia notable y valiosa97.
96 Incluso varios medios españoles se hicieron eco de la noticia. El periódico ABC, en una noticia
tomada de EFE, titulaba: “Reino Unido bloquea la exportación de la máscara mortuoria de Na-
poleón”, ABC, 14/11/2013.
97 [Link]
266
Las máscaras mortuorias en la encrucijada
La presencia como valor y la importancia del hecho de que sea un retrato post mor-
tem adquiere un peso específico verdaderamente curioso en las palabras de Webs-
ter, quien proviene de un organismo gubernamental. Por su parte, el Arts Council
England fue finalmente quien se encargó de realizar la evaluación del caso y en la
página web de la institución pueden consultarse todos los documentos generados98.
En la resolución del mismo se explica que, “durante el período de aplazamiento ini-
cial, se nos informó de una seria intención de recaudar fondos para la compra de
la máscara mortuoria por parte de una institución del Reino Unido. Para el final del
segundo período de aplazamiento no se había recibido oferta alguna de compra de
la máscara mortuoria, y por lo tanto se emitió una licencia de exportación”.
Aunque parezca imposible, aún quedan otros flecos por comentar sobre esta sin-
gular máscara que repasaremos muy brevemente. Como ya hemos dicho, además
del tipo Antommarchi, hay otras máscaras de Napoleón diferentes sobre las que
98 [Link]
viewing-committee/case-hearings-201314/
99 “La máscara mortuoria de Napoleón, en el Alcázar”, ABC, 01/11/2010.
267
Gorka López de Munain
Pero lo interesante del caso es que toda esta discusión ha tenido como escenario
de confrontación no ya los libros eruditos como los de Watson o Veauce, sino los
foros de Internet donde los estudiosos aficionados a Napoleón han ido indagando
sobre todos estos enigmas a fin de esclarecer alguno de sus puntos más oscuros.
Por ejemplo, A. Martin, autor de la web [Link], realizó en el año
2001 un estudio comparativo de la máscara RUSI con los rostros de los descen-
dientes de Napoleón empleando unos montajes verdaderamente originales. Tal fue
el impacto generado que incluso la propia Direction des musées de France101 y el
propio Chaduc en representación del Musée de l’Arme102 (a cuyas palabras contes-
taría Roy-Henry en la citada carta) respondieron a las afirmaciones de Martin que
sostenía la autenticidad de la máscara RUSI frente a la conservada en el Musée
100 Roy-Henry, en su carta abierta a Chaduc anteriormente comentada, expone algunas de las más
conocidas: [Link]
101 [Link]
102 [Link]
268
Las máscaras mortuorias en la encrucijada
En cuanto a su máscara mortuoria, se sabe que fueron varias las copias extraídas
del cadáver que han llegado hasta nuestros días con poca o nula documentación.
El ejemplar conservado en el British Museum, perteneciente a Sir Hans Sloane
(1660-1753), difiere ligeramente en su apariencia de la que se exhibe en el castillo
103 [Link]
104 M. Pointon, “Casts, Imprints, and the Deathliness of Things”, cit., p. 171.
105 E. Benkard, Rostros inmortales. Una colección de máscaras mortuorias, cit., p. 56.
106 P. Gaunt, Oliver Cromwell, Blackwell Publishers, Oxford, 1996, p. 4.
107 Puede consultarse una breve historia de la cabeza decapitada de Cromwell en: [Link]
[Link]/web/20100311214801/[Link]
online
269
Gorka López de Munain
Fig. 2.72 Máscara mortuoria de Fig. 2.73 Máscara mortuo- Fig. 2.74 Máscara mortuoria
Oliver Cromwell, 1658, vendida ria de Oliver Cromwell, de Oliver Cromwell, 1658,
en el año 2009. 1658, Warwick Castle, National Portrait Gallery,
Warwick. Londres.
Siguiendo en terreno inglés, el caso de Isaac Newton nos plantea una situación nue-
va en Inglaterra, pero perfectamente asimilable a otros ejemplos vistos anteriormen-
te en Alemania o Francia. Cuando el 31 de marzo de 1727 murió el célebre físico a
los ochenta y cuatro años de edad, el escultor flamenco Jan Michiel Rijsbrack (1694-
1770) obtuvo un molde de su rostro (por indicación de John Conduitt109) (fig. 2.75)
a partir del cual esculpiría el busto que se encuentra en la abadía de Westminster.
Benkard plantea que la máscara fue realizada por el escultor francés Louis François
Roubiliac110 (1690-1762), pero hoy sabemos que fue el propio Rijsbrack quien le fa-
cilitó una copia al escultor francés111. Éste después realizaría en 1730, partiendo de
la máscara mortuoria, la famosa estatua del Trinity College en Cambridge.
108 Aunque se deba aclarar que el National Portrait Gallery tiene dos ejemplares que muestras
algunos rasgos algo diferentes (en una de ellas no está la característica verruga sobre la ceja
izquierda). Sin embargo, la falta de documentación nos impide conjeturar más allá de la hipóte-
sis expuesta.
109 Conduitt era un parlamentario inglés que se casó con la sobrina de Newton y cargó con los
gastos del monumento levantado en la abadía de Westminster.
110 E. Benkard, Rostros inmortales. Una colección de máscaras mortuorias, cit., p. 60.
111 M. Keynes, The Iconography of Sir Isaac Newton to 1800, Boydell Press, Rochester, 2005, p.
75.
270
Las máscaras mortuorias en la encrucijada
La curiosidad y fascinación que ejercen estas singulares obras hizo que trascendie-
ran el objetivo con el que fueron concebidas para generar todo tipo de reacciones
que entran en el terreno de lo afectivo, de la admiración, llegando en ocasiones
a bordear las difíciles líneas de lo supersticioso, lo apotropaico, lo fetichista, etc.
Pero esta atracción hacia las máscaras mortuorias de personajes famosos no debe
considerarse exclusiva de tiempos pasados, hoy día siguen generando respuestas
adaptadas a la realidad de nuestro tiempo. Recientemente, un grupo de científicos
creó un modelado en 3D de la máscara de Newton conservada en la Royal Society
de Londres, utilizando una adaptación de la tecnología Kinect de Microsoft. El re-
sultado de este curioso experimento puede verse en Youtube115, presentado en un
sencillo vídeo que cuenta con miles de visionados.
271
Gorka López de Munain
116 E. Guillén, Retratos del genio: el culto a la personalidad artística en el siglo XIX, Cátedra, Ma-
drid, 2007, p. 12.
117 Citado en: P. Ariès, El hombre ante la muerte, cit., p. 455.
272
Las máscaras mortuorias en la encrucijada
–“espero que Dios no se ofenda por este dolor excesivo”, exclamaba la pequeña
Eugéne de La Ferronays–118. Quizás éste sea el momento en el que la cultura oc-
cidental ha reflexionado de manera más intensa sobre la muerte, retomando así
otros tiempos igualmente catastrofistas, como la baja Edad Media o el Barroco
contrarreformista119. En este ambiente singular aparecerán numerosos cuadros en
los que se recrea la muerte de artistas insignes como La muerte de Masaccio de
Louis-Charles-Auguste Couder (1817), La muerte de Leonardo de Ingres (1818) o
La muerte de Brunelleschi de Frederic Leighton (1852).
118 La fascinante historia, documentada en detalle gracias a la correspondencia y a los diarios ínti-
mos de la familia La Ferronays, es brillantemente relatada en: Ibid., pp. 458-480.
119 E. Guillén, Retratos del genio, cit., p. 266.
273
Gorka López de Munain
Pero no sólo los artistas ocupaban esta privilegiada posición. Como explica Josep
Casals a propósito de la obra de Otto Weininger, el genio es “un sujeto colmado
de valor que se caracteriza por la más individualizadora universalidad y la mayor
voluntad de eternidad”121. Es en esta conexión con el tiempo donde encontramos
un vínculo con aquello que representan las máscaras mortuorias de esta época. El
genio intenta sustraerse a la “voracidad de Cronos” adueñándose de su presente,
como si se tratara de un presente eterno, luchando de forma denodada contra la
inevitable contradicción de la vida misma: la libertad y la individualidad que el genio
hace suya es siempre transitoria –y él lo sabe mejor que nadie–. Las obras, los me-
moriales, los monumentos y, por supuesto, las máscaras mortuorias, intentan ex-
tender la memoria del genio más allá de los límites que imponen el tiempo y la vida.
Esta idea del genio, estudiada de forma teórica por pensadores como Weininger,
también se vio atravesada por los impulsos cientifistas de las nuevas corrientes de
estudio de la personalidad como la frenología. Por ejemplo, cuando murió Immanuel
Kant (1724 – 1804) se extrajo del cadáver una máscara mortuoria que mostraba un
rostro ya decrépito y consumido por la mala salud que arrastró durante los últimos
años de su vida (fig. 2.77). Ésta fue vaciada por el profesor Andreas Johann Frie-
drich Knorre de la Escuela de Artes de Königsberg y, al parecer, se obtuvieron tres
copias que fueron a parar al Museo de Anatomía de Berlín, a la Sociedad Prusiana
de Antigüedades y al archivo estatal de Königsberg122. Sin embargo, se tiene noticia
120 Guillén, Esperanza. op. cit., p. 276. Para el caso de la máscara morturia de Géricault, véase: B.
Chenique, “Le masque de Gericault ou la folle mémoire d’un culte sentimental et nauséabond”, cit.
121 J. Casals, Afinidades Vienesas, cit., p. 64.
122 L. Stolovich, “How did Kant’s death mask end up in Tartu? A surprising finding at the Archive
274
Las máscaras mortuorias en la encrucijada
de una cuarta copia que llegó a la Universidad de Tartu (Estonia) procedente, se-
gún ciertos indicios, de la colección del frenólogo Franz Joseph Gall (1758 – 1828),
quien poseía una vasta colección de máscaras mortuorias123.
of Art Museum of the University of Tartu”, Kantovsky sbornik, vol. 40, 2, 2012, pp. 77-78.
123 Ibid., p. 77.
124 Referencia tomada de: P. Fara, Newton, cit., p. s/p.
125 W. Benjamin, Desembalo mi biblioteca. El arte de coleccionar, José J. de Olañeta, Palma de
Mallorca, 2015, p. 34.
275
Gorka López de Munain
(…) en su interior habitan espíritus, o al menos geniecillos, que hacen que para el coleccionista,
me refiero al verdadero, el coleccionista tal como debe ser, la posesión sea la relación más
profunda que se pueda mantener con las cosas: no se trata, entonces, de que las cosas estén
vivas en él; es, al contrario, él mismo quien habita en ellas127.
Como no podía ser de otro modo, la posibilidad de tener las máscaras mortuorias
de personalidades singulares de la época despertó gran interés entre los coleccio-
nistas. Se crearon grandes colecciones por parte de personas cercanas al estudio
del rostro o el cráneo, como en el caso de Gall, pero también por parte de curiosos
y eruditos que viajaban por todo el mundo en busca de máscaras que pudieran
comprar o duplicar. Por otro lado, determinadas instituciones, generalmente vincu-
ladas a las facultades de anatomía, también se interesaron en crear importantes
colecciones de piezas que, en este caso, cubrían un espectro de efigiados mucho
mayor: podía haber celebridades, pero también sujetos con severas malformacio-
nes, asesinos y un largo etcétera.
276
Las máscaras mortuorias en la encrucijada
ción de la obra se encuentra sin duda más cercana a la esfera de las reliquias que a
la de las obras de arte. Como curiosidad, pero que nos permite conocer mejor cómo
han sido custodiadas ciertas máscaras, podemos realizar una somera comparativa
con el tratamiento dispensado a las copias de una de las reliquias más importan-
tes –y controvertidas– de la cristiandad: la Sábana Santa de Turín. En España se
custodian al menos veinte copias de esta tela sagrada, la mayoría de las cuales se
hicieron entre los siglos XVI y XVII, cuyo valor auténtico dependía de que hubieran
estado en contacto con el sudario original custodiado en Italia. De modo semejante,
las máscaras obtenidas de los moldes originales eran significativamente más valio-
sas, pero también las que se habían copiado de un ejemplar considerado original.
Cuanto más lejano estuviera el original, más se desdibujaban los rasgos del difunto
(arrugas, rasgos distintivos, pelo, etc.) disminuyendo con ello, por decirlo en térmi-
nos benjaminianos, el aura del objeto.
Otro caso que demuestra la llamativa fascinación por coleccionar objetos moldea-
dos a partir del vaciado de partes del cuerpo lo constituyen las manos de personas
que hicieron con ellas alguna actividad destacada (escritores, músicos, artistas,
etc.). Laurence Hutton, gran coleccionista de máscaras mortuorias del que hablare-
mos extensamente unas líneas más abajo, cuenta numerosas anécdotas sobre las
copias en yeso que él atesoraba de personajes como Walt Whitman, Voltaire, Lin-
coln, Thackeray, Goethe, el Duque de Wellington, Stevenson, etc128. Realmente nos
sorprenderíamos al comprobar el inmenso trasiego de compra-venta que rodeaba
a estos objetos y la cantidad de coleccionistas y curiosos que podían llegar a pagar
grandes sumas de dinero por piezas que hoy ningún museo contemporáneo sabría
muy bien en qué estante del almacén ubicarlas.
128 L. Hutton; I. Moore, Talks in a Library with Laurence Hutton, The Knickerbocker Press, Nueva
York y Londres, 1905, p. 223 y sig.
129 G. Bazin, El tiempo de los museos, Daimon, Barcelona, 1969. Citado en: P. M. Soledad, “El
coleccionismo en las Universidades”, Imafronte, 15, 2000, p. 294.
277
Gorka López de Munain
130 Quizá uno de los casos más destacados sea el Museo de Arte de la Universidad de Oregón,
fruto de una donación particular y un proceso de museización posterior. P. M. Soledad, “El
coleccionismo en las Universidades”, cit., p. 265.
131 Algo parecido a lo que le ocurrió a la colección de Laurence Hutton, a la que más adelante le de-
dicaremos un apartado, que se conserva en la Universidad de Princeton, concretamente en el
Department of Rare Books and Special Collections. Princeton University Library (Departamento
de Libros Raros y Colecciones Especiales de la Biblioteca de Princeton). En otras ocasiones
las colecciones sufrieron peor suerte, como ocurrió con la importante colección de máscaras
mortuorias del Australian Museum. Éstas fueron donadas al Anatomy Museum de la Universi-
dad de Sidney en 1897, pero por motivos que se desconocen acabaron desapareciendo de sus
archivos.
132 P. M. Soledad, “El coleccionismo en las Universidades”, cit., p. 268.
278
Las máscaras mortuorias en la encrucijada
279
Gorka López de Munain
en: [Link]
280
Las máscaras mortuorias en la encrucijada
piezas descansan en los almacenes de los museos. Dado que nos hallamos en ple-
na era digital, cabe mencionar que existe un museo virtual de máscaras mortuorias
(Virtual Museum of Death Mask) asociado al One Street Museum de Kiev136. Este
museo virtual en ocasiones organiza exposiciones en las salas del museo ucrania-
no One Street. Además, sendas actividades se centran en la interesante figura del
escultor Sergey Merkurov, quien trabajaba en sus obras utilizando las máscaras
mortuorias.
281
Gorka López de Munain
Fig. 2.79 Estanterías del almacén de sculturas del Deutschen Literatur archiv, Marbach am
Neckar.
viajes a lo largo y ancho de ese nuevo mundo que se iba desplegando a medida
que avanzaban sus pesquisas, tomaran todo tipo de muestras y pruebas de los
distintos “tipos de razas” que constituían los pueblos considerados primitivos. Entre
estas pruebas, además de fotografías y todo tipo de objetos pertenecientes a sus
rituales y prácticas sociales, llaman la atención los vaciados al natural que obtenían
de sus cuerpos y rostros que, posteriormente, se moldeaban y se pintaban hasta
adquirir la mayor similitud posible con el modelo. En la Berliner Gesellschaft für
Anthropologie, Ethnologie und Urgeschichte (Sociedad berlinesa de antropología,
etnología e historia primitiva) existe una colección importante de este tipo de piezas
realizadas en 1890 en el taller de Louis Castan, que muestran los rostros de unos
individuos de Papúa Nueva Guinea139.
282
Las máscaras mortuorias en la encrucijada
283
Gorka López de Munain
le llevó a ser una gran coleccionista de todo tipo de piezas artísticas y a principios
del XIX abrió el primer museo de Polonia llamado El templo de la Sibila o Templo
de la memoria, dedicado a ensalzar las glorias pasadas del país142. Este gusto por
la memoria y su interés en la fisionomía –se sabe que se carteaba con Lavater– le
llevó a tener también una importante colección de máscaras mortuorias.
142 Durante el Levantamiento de Noviembre, ocurrido en 1830, el museo cerró y su hijo Adam Jerzy
Czartoryski consiguió llevar las piezas más importantes a París, concretamente al Hôtel Lam-
bert, durante su exilio. El hijo de éste, Władysław Czartoryski, reabrió el museo en 1878 en la
ciudad de Cracovia, donde permanece hasta la fecha.
143 Sobre algunas célebres colecciones de vaciados de cráneos y rostros con fines frenológicos,
véase: M. Pointon, “Casts, Imprints, and the Deathliness of Things”, cit., p. 177.
284
Las máscaras mortuorias en la encrucijada
tes retratos hasta facturas de compras y papeles de todo tipo. Estas conversaciones
fueron concebidas a modo de “memorias” de Hutton, ya que éste se encontraba cer-
cano a su muerte debido a una lenta enfermedad que fue debilitándole poco a poco.
Hutton explica cómo su colección se inició de forma casi anecdótica. Durante los
años sesenta del siglo XIX, un niño encontró una caja llena de máscaras en la
papelera de una vieja casa del barrio Tompkins Square de Nueva York y se las
ofreció a un vendedor de vaciados para la práctica de la frenología. Éste no sabía
quiénes estaban ahí representados y no les hizo mayor caso. La casualidad hizo
que Hutton viera las piezas en la tienda de frenología y las adquiriese intrigado por
la semejanza con personajes históricos que encontraba en algunas de ellas. Pronto
se puso a investigar su procedencia y descubrió que las había tirado la mujer de su
antiguo propietario, ya que las encontraba desagradables y horribles145. Sin embar-
go, nunca consiguió ir más allá en su investigación y tan sólo llegó a imaginar que
tal vez se trataran de una parte de la colección del frenólogo George Combe. Éste
llegó a América entre 1838 y 1839, y se sabe que donó a alguno de sus discípulos
las máscaras que había utilizado a lo largo de su vida, pero a partir de ahí nada más
se sabe y tampoco Hutton quiso llevarlo hasta sus últimas consecuencias.
144 L. Hutton; I. Moore, Talks in a Library with Laurence Hutton, cit., p. 148.
145 L. Hutton, Portraits in plaster, from the collection of Laurence Hutton, Harper & Brothers, Nue-
va York, 1894, p. IX.
285
Gorka López de Munain
la de Dante, realizada, quizás, en la primera parte del siglo XIV, y la de Tasso, sin
duda hecha a finales del XVI. La última máscara es la de Edwin Booth, quien murió
hace apenas unos meses. Van desde Sir Isaac Newton, el más sabio de los hom-
bres, a Sambo, el escalafón más bajo del negro Americano; desde Oliver Cromwell
a Henry Clay; de Bonaparte a Grant; de Keats a Leopardi; de Pio IX a Thomas
Paine; de Ben Cannt, el boxeador, a Thomas Chalmers, el predicador iluminado de
Escocia.146” Él mismo dice que su colección es la más amplia y completa de cuantas
existen, situándola por encima de la del National Portrait Gallery de Londres, el Ho-
henzollern Museum, etc. Es importante señalar que la gran mayoría son máscaras
mortuorias, si bien conserva algunas que fueron obtenidas en vida.
En algunos casos Hutton conseguía adquirir directamente la pieza tras largos años
de ininterrumpida y paciente búsqueda por tiendas de curiosidades, tiendas de va-
ciados y anticuarios de todo tipo tanto en Europa como en los Estados Unidos.
También el mismo Hutton estuvo presente en la realización de algunas máscaras
sobre el propio cadáver, asegurándose así la absoluta veracidad de la misma, algo
siempre complicado de certificar en estas piezas. Otras veces el coleccionista con-
seguía una máscara sin identificar, lo que llevaba a una investigación ardua y com-
pleja en la que se involucraban amigos frenólogos, expertos en retratos, etc., para
conseguir desentrañar a quién pertenecía aquel rostro147.
En otras ocasiones el propio Hutton lograba que las instituciones o museos que
tuvieran los ejemplares que deseaba le permitieran hacer una copia de los mismos.
Tal es el caso, por ejemplo, de las máscaras de Federico el Grande, la reina Luisa
146 Ibid., p. X.
147 Ibid., p. XIII.
286
Las máscaras mortuorias en la encrucijada
287
Conclusiones (y epílogo)
Una de las primeras hipótesis de trabajo partía de la idea de que, en las másca-
ras mortuorias, se percibe o se halla presente, bajo determinadas condiciones,
una noción de “presencia” que trasciende la mera materialidad del objeto. Con el
propósito de verificar dicha hipótesis, ha sido preciso construir un discurso teórico
orientado a comprender mejor qué es una máscara mortuoria y cómo se puede
estudiar desde el enfoque de los estudios de la imagen. En primer lugar, ha sido
necesario emprender un esfuerzo de sistematización y definición de una serie de
289
Gorka López de Munain
Este trabajo teórico nos ha permitido también matizar mejor cuál es el objeto de
estudio que, a fin de cuentas, protagoniza esta investigación. Nuestro objeto de
estudio, las máscaras mortuorias, no se considera en tanto que objeto susceptible
de ser enmarcado en un análisis histórico-artístico, sino como objeto sensible que
participa de un acto perceptivo. Por ello, resulta también central la reflexión a pro-
pósito del cuerpo. El cuerpo no percibe directamente el objeto, sino que se relacio-
na con el medio y la naturaleza de su percepción variará, como ya se ha dicho, en
función de los condicionamientos (sociales, culturales, etc.) a los que está sometido
el medio.
290
Conclusiones
Si bien estas conclusiones coinciden en buena medida con las hipótesis de las que
partíamos, otras, en cambio, han emergido de manera inesperada aportando con-
trapuntos muy enriquecedores. En este sentido, el “rostro” se ha mostrado como
una noción fundamental con un papel muy importante –a pesar de que no lo había-
mos considerado de manera tan directa en un inicio–. Aunque no hemos profundi-
zado en ello por tratarse de un tema inabarcable, su estudio aplicado a diferentes
casos nos ha permitido ajustar y enriquecer los enfoques iniciales. El rostro es una
291
Gorka López de Munain
realidad sumamente compleja que va más allá de unas facciones; interactúa con su
individuo portador y, sobre todo, con el tiempo, de forma prácticamente inseparable
hasta su muerte. La fotografía o los moldeados faciales podrán retener un instante
del rostro, pero nunca podrán captarlo, ya que su naturaleza trasciende las posibi-
lidades de estas técnicas. Además, una máscara o un dibujo esquemático también
puede convertirse en rostro, lo cual abre una fisura en el argumento que exigiría un
trabajo de teorización mucho mayor.
De todo este recorrido, nos gustaría destacar algunas conclusiones más concretas
que nos parecen relevantes. Teniendo en cuenta la relación que hemos detectado
entre los momentos de uso de las técnicas por contacto y la preocupación por la
semejanza natural en las artes, creemos importante considerar la relación entre las
imagines maiorum y la retratística de época romana. Aunque no hay argumentos
concluyentes que demuestren que la imago era obtenida mediante estas técnicas,
sabemos sin lugar a dudas que éstas eran empleadas gracias a los vestigios arqueo-
lógicos que nos han llegado en forma de moldes. La negación del uso de moldes para
la obtención de modelos proviene de un condicionamiento historiográfico contempo-
ráneo (aunque su “ocultación” puede remontarse hasta Vasari), que nada tiene que
ver con la realidad histórica. A lo largo de la investigación hemos intentado subrayar
la necesidad de incorporar esta idea al discurso histórico-artístico a fin de subsanar el
olvido. En este sentido, se ha podido demostrar también que, en el siglo XIII, el mol-
deado era conocido y empleado, formando parte –en comunión con otros factores–
de un proceso de cambio en la representación de las figuras que no podemos obviar.
292
Conclusiones
Ejemplos comentados como el del presidente Morrison Waite, cuya máscara mor-
tuoria protagonizó una noticia en el Washington Critic el 26 de marzo de 1888, nos
hablan de un momento en el que estas piezas son sumamente populares y los usos
a los que se verán sometidas serán muy variados. Sin embargo, mientras que por
un lado se extiende el coleccionismo de máscaras mortuorias y las modas, como
la frenología, propician su estudio desde otras vertientes, también se apreciarán
importantes reticencias. La máscara del contraalmirante Robley D. Evans generó
gran incomodidad en la familia del difunto y no se planteó una posterior conserva-
ción o reparto de ejemplares, aunque los cronistas del momento se esforzaran por
rebajar importancia al asunto diciendo que “la estampa parece ser la de un hombre
durmiendo”. Estas tensiones no hacen sino subrayar la situación de cotidianeidad
en la que se desplegaron las máscaras mortuorias en ciertos lugares y durante las
centurias antes comentadas. En cuanto a las zonas geográficas analizadas, nos
hemos movido por diferentes emplazamientos en función de los siglos (Italia, Fran-
cia e Inglaterra en los siglos XV, XVI y XVII; Francia, Alemania, Austria, Estados
Unidos o la Unión Soviética para los siglos XVIII, XIX y XX), quedando patentes
algunas ausencias importantes. España, por ejemplo, ha quedado muy al margen
(salvo algunos casos aislados) por distintos motivos. Si bien es cierto que la prác-
tica de la creación de máscaras mortuorias no tuvo el impacto que sí se observa
en los países vecinos, la total ausencia de investigaciones en este sentido hace
muy difícil especificar con mejor criterio esta situación. Sin duda, este será uno de
293
Gorka López de Munain
los ejes que será necesario abordar en futuras investigaciones, ya que hay todo
un terreno por investigar que, sin duda, aportará información de gran relevancia y
utilidad para la Historia del Arte y otras disciplinas interesadas por la imagen.
294
Conclusiones
tasmas de la ciencia”, en: LÓPEZ DE MUNAIN, G., GONDRA AGUIRRE, A. Imagen y Muerte.
Barcelona: Sans Soleil Ediciones, 2013.
2 LOMBROSO, C. Ricerche Sui Fenomeni Ipnotici E Spiritici. Torino: Unione Tipografico-Editrice
Tornese, 1909, s. 67.
295
Gorka López de Munain
3 Literalmente la expresión With my tongue in my cheek significa “burlarse por lo bajo de algo o
de alguien”. MARCADÉ, B. Marcel Duchamp. Buenos Aires: Libros del Zorzal, 2008, s. 437.
4 Estas ideas han sido tratadas recientemente en: PARCERISAS, P. Duchamp en España: las
claves ocultas de sus estancias en Cadaqués. Barcelona: Siruela, 2009, s. 56 y ss.
296
Conclusiones
La fotografía y las máscaras mortuorias inician así una relación que tendrá unas
repercusiones importantes también en el terreno de lo historiográfico. En nuestra
investigación, nos ha parecido necesario mantener en todo momento un diálogo
297
Gorka López de Munain
constante entre los avances que íbamos desarrollando desde un punto de vista
teórico o histórico –en función de los casos–, y los enfoques historiográficos en los
que se enmarcaban. Hemos podido ver cómo, por ejemplo, siguiendo las aporta-
ciones de Didi-Huberman, la semejanza por contacto arrastra una visión negativa
postvasariana de la que todavía hoy no ha podido desprenderse. Sin embargo,
desde otras tradiciones historiográficas, las máscaras mortuorias y las técnicas de
moldeado han comenzado a interesar a los teóricos e historiadores de la imagen
por su potencialidad para elaborar, a partir de ellas, reflexiones a propósito de la
teoría fotográfica o de la imagen indicial5.
5 En un texto publicado en 1945, André Bazin comenzaba sus reflexiones a propósito de una
ontología de la imagen fotográfica remontándose a los procesos de embalsamamiento de épo-
ca egipcia. “Fijar artificialmente las apariencias carnales” era la única manera de luchar contra
la muerte, por lo que la civilización egipcia volcó todos sus conocimientos y dedicación para
intentar con ello “salvar al ser por las apariencias”. En el marco de una fijación casi obsesiva de
Bazin por el realismo o la “necesidad de la ilusión”, el crítico de cine francés se interesa por las
máscaras mortuorias, las cuales compara con la fotografía en los siguientes términos: “Habría
que estudiar sin embargo la psicología de las artes plásticas menores, como por ejemplo las
mascarillas mortuorias que presentan también un cierto automatismo en la reproducción. En
este sentido, podría considerarse la fotografía como un modelado, una huella del objeto por
medio de la luz” (A. BAZIN, ¿Qué es el cine? Ediciones Rialp, Madrid, 2006, p. 23-24). También
Susan Sontag se interesa por la relación de la fotografía como “rastro directo de lo real, como
una huella o una máscara mortuoria”. A Sontag le interesa el “vestigio material” que posee la fo-
tografía frente a un cuadro pictórico, lo cual le sirve para argumentar la superioridad del registro
fotográfico frente a la pintura (S. SONTAG, Sobre la fotografía, Alfaguara, México D.F., 2006, p.
215). Tanto Bazin como Sontag se centran en el hechizo que les produce la técnica fotográfica y
298
Conclusiones
en la capacidad de ésta para obtener un vestigio, una emanación, de aquello que se posa ante
el objetivo. Desde una perspectiva diferente, Jean-Luc Nancy, vuelve a situar a la máscara mor-
tuoria en el centro del debate reconduciendo, en palabras de Kaplan, “la teoría fotográfica de la
reflexión en el índice a la reflexión en la exposición”, en una línea sin duda más afín a nuestro
trabajo. Para ampliar el debate véase: L. KAPLAN, “Photograph/Death Mask: Jean-Luc Nancy’s
Recasting of the Photographic Image”, Journal of Visual Culture. 2010, vol. 9, nº 1, p. 49; y J.-L.
Nancy, Au fond des images, Galilée, París, 2003.
299
Gorka López de Munain
Sky Real Lives con el título Right to die? (John Zaritsky, 2008) marcó un antes y
un después. En él, el profesor americano de 59 años, diagnosticado con una en-
fermedad degenerativa incurable, ingiere los medicamentos mortales, se despide
de su familia y muere tranquilamente ante las cámaras. A pesar de la complejidad
del caso y de las reacciones suscitadas, la pregunta, de todos modos, seguiría
siendo la misma: ¿hay algo en lo que vemos? ¿Podemos pensar en una forma de
presencia que se manifiesta en estos vídeos de suicidios? No nos corresponde
ahora intentar dar respuesta a estos interrogantes, pero sí nos parecía importante
presentarlos pues, muy probablemente, debajo de estas prácticas se encuentren
los mismos gestos que animaron la creación de las calaveras moldeadas en el
neolítico o de las fotografías post mortem en el siglo XIX. Las imágenes siempre
han estado acompañando a la muerte y, por muchos cambios de paradigma que se
quieran pronosticar, ahí seguirán estando, habitando los medios que cada sociedad
les ofrezca.
300
Resumen
301
Índice de imágenes
303
Gorka López de Munain
Fig. 2.2 Busto relicario de Santa Virgen, c. 1525, Museo Diocesano de Arte Sacro,
Vitoria-Gasteiz, 148
Fig. 2.3 Busto relicario de Santa Virgen, c. 1525, Museo Diocesano de Arte Sacro,
Vitoria-Gasteiz, 148
Fig. 2.4 Busto relicario de Santa Virgen, c. 1525, imagen de Rayos X. Museo Dio-
cesano de Arte Sacro, Vitoria-Gasteiz, 49
Fig. 2.5 Busto relicario de Santa Virgen, toma cenital, 149
Fig. 2.6 Paul Richer, busto de René Descartes, 1913, 150
Fig. 2.7 Bustos de Cerveteri, Italia, siglos II-I a.C., British Museum, Londres, 152
2.8 Tomba delle Cinque Sedie, Cerveteri, Italia, Lazio, 625-600 a.C., British Mu-
seum, 153
Fig. 2.9 Bustos de terracota, Aegae, Grecia, 480 a.C., expuestos en el Ashmoleam
Museum durante la exposición “From Heracles to Alexander the Great”, 153
Fig. 2.10 Frontal funerario, procedencia desconocida, siglo I a.C. Museo Nacional
de Copenhagen, 156
Fig. 2.11 Togado barberini, siglo I a.C., Museos Capitolinos, Roma, 157
Fig. 2.12 Máscara de Cumae, Museo Arqueológico Nacional de Nápoles, 157
Fig. 2.13 Molde de época romana y vaciado contemporáneo, Museo Arqueológico
de Tesalónica, 158
Fig. 2.14 Mongramista AA, retrato de Maximiliano I, 1519, 167
Fig. 2.15 retrato de un hombre anónimo, 1450-1500, Victoria and Albert Museum,
Londres, 168
Fig. 2.16 retrato de una mujer anónima, 1450-1500, Musée du Louvre, París, 169
Fig. 2.17 Retrato en yeso de Akhenaton procedente del taller de Thutmosis, período
de Amarna. Museo egipcio de Berlín, 172
Fig. 2.18 Retrato en yeso de un cortesano procedente del taller de Thutmosis, pe-
ríodo de Amarna. Museo egipcio de Berlín, 173
Fig. 2.20 Relieve funerario de Lucius Antistius Sarculo y su mujer Antistia Plutia
encontrado en Roma, c. 30-10 a. C., British Museum, Londres, 175
Fig. 2.19 Retrato fúnebre en Yeso, segundo cuarto del siglo II d.C, Musei Capitolini,
Palazzo dei Conservatori, Roma, 175
Fig. 2.21 Rostro de san Jaime de la Marca, Santuario de Monteprandone, Italia, 179
Fig. 2.22 Monumento funerario de Isabel de Aragón, c. 1271, Catedral de Cosenza,
Italia, 184
Fig. 2.23 Monumento funerario de Isabel de Aragón, c. 1271, basílica de Saint-De-
nis, Francia, 185
Fig. 2.24 Montaje fotográfico. Izq: máscara mortuoria de Lorenzo de Médici (1492),
304
Índice de imágenes
Florencia, Museo degli Argenti del Palazzo Pitti; Centro: busto en terracota de
Lorenzo de Médici, atrib. Verrocchio (c. 1488), atrib. Orsino Benintendi (1498);
der: Montaje fotográfico superponiendo ambas imágenes, 188
Fig. 2.25 Máscara mortuoria de Filippo Brunelleschi y relieve de su retrato en la
tumba del duomo de Florencia, c. 1446, obra de Lazzaro Cavalcanti (Buggia-
no),OBRA DE LAZZARO CAVALCANTI (BUGGIANO), 189
Fig. 2.26 Busto de Niccolò da Uzzano, c. 1430, Museo Nazionale del Bargello, Flo-
rencia, 191
Fig. 2.27 Pietro Torrigiano, busto de Enrique VII, c. 1509, Victoria and Albert Mu-
seum, Londres ,192
Fig. 2.28 Pietro Torrigiano (atrib.), efigie funeraria de Enrique VII, 1509, abadía de
Westminster, Londres, 192
Fig. 2.29 Máscara mortuoria del cardenal Juan Pardo Tavera, 1545, Hospital Tave-
ra, Toledo, 193
Fig. 2.30 Alonso de Berruguete, Sepulcro del cardenal Juan Pardo Tavera, 1561,
Hospital Tavera, Toledo, 194
Fig. 2.31 Alonso de Berruguete, retrato del cardenal Juan Pardo Tavera, fines del
XVI, Fundación Casa Ducal de Medinaceli, Sevilla, 195
Fig. 2.32 El Greco, retrato del cardenal Juan Pardo Tavera, c. 1608, Fundación
Casa Ducal de Medinaceli, Sevilla, 195
Fig. 2.33 “Chandos Portrait”, 1600-1610, National Portrait Gallery, Londres, 196
Fig. 2.34 “Cobbe Portrait”, c. 1610, Hatchlands Park, Surrey, 196
Fig. 2.35 Martin Droeshout, impreso en 1623, Londres, 197
Fig. 2.36 Gerald Johnson, Monumento funerario de Shakespeare, Iglesia de la Sa-
grada Trinidad de Stratford Upon Avon, 197
Fig. 2.37 Posible máscara mortuoria de Shakespeare, Castillo de Darmstadt, 198
Fig. 2.38 Henry Wallis, Gerard Johnson realizando el monumento funerario de Sha-
kespeare, 1857, Royal Shakespeare Company Collection, Stratford-upon-Avon,
199
Fig. 2.39 Jacopino del Conte, Retrato de San Ignacio de Loyola, Curia General,
Roma, 200
Fig. 2.40 Alonso Sánchez Coello, Retrato de San Ignacio de Loyola, 201
Fig. 2.41 Pietro Torrigiano (Atrib.), retrato de un académico o prelado, c. 1545, De-
troit, Detroit Institute of Arts, 227
Fig. 2.42 Édouard Joseph Dantan, Un moulage sur Nature, 1887, Konstmuseum
Gothenburg, Gotemburgo, 228
Fig. 2.43 Fotogtrafía anónima del taller de Gaudí, 1907, Musée d’Orsay, París, 229
305
Gorka López de Munain
Fig. 2.44 Clemente Susini y Giuseppe Ferrini, Venus anatómica, finales del XVIII,
La Specola, Florencia, 230
Fig. 2.45 Gaetano Giuli Zumbo, Il Trionfo del Tempo, c. 1692, La Specola, Florencia
(detalle), 231
Fig. 2.46 Carl Akeley retratado junto a la máscara mortuoria del primer gorila que
abatió. Publicado en Lions, Gorillas, and their Neighbors, Nueva York, Dodd and
Mead, 1922, 232
Fig. 2.47 Adolphe-Victor Geoffroy-Deuchaume, Cabeza de lobo, Cité de l’architec-
ture et du patrimoine, musée des Monuments français, sin fecha, 233
Fig. 2.48 Mariano FOrtuny, Naturaleza muerta, 1940, Palazzo Fortuny, Venecia, 236
Fig. 2.49 Auguste Rodin, Estudio para el monumento a Balzac (vaciado de un albor-
noz), 1897, Mysée Rodin, París, 237
Fig. 2.50 Man Ray, L’inconnue de la Seine, fotografía para el libro Euvres romanes-
ques croisées de Aragon y Triolet, 1966 (tomo II), 239
Fig. 2.51 Anónimo, elaboración de una máscara mortuoria, 1908 (Nueva York),
George Grantham Bain Collection, Library of Congress, Washington D. C., 244
Fig. 2.52 Erich Lessing, Willy Kauer elaboración la máscara mortuoria de Franz
Lehár, 1948, WestLicht, Viena, 245
Fig. 2.53 Dunbar sosteniendo la máscara mortuoria de Robley D. Evans, 1912, to-
mada de The Washington Times, 248
Fig. 2.54 Dunbar trabajando en la máscara mortuoria de George Dewey, 1917, Ha-
rris & Ewing Collection, Library of Congress, Washington D. C., 249
Fig. 2.55 Dunbar mostrando la máscara mortuoria de George Dewey, 1917, Harris
& Ewing Collection, Library of Congress, Washington D. C., 249
Fig. 2.56 Serguéi Dmítriyevich Merkúrov, máscara mortuoria de Sergei Eisenstein,
1948, Museo Merkúrov, Gyumri, 250
Fig. 2.57 Serguéi Dmítriyevich Merkúrov, máscara mortuoria de Máximo Gorky,
1936, Museo Merkúrov, Gyumri, 250
Fig. 2.58 Topografía frenológica, siglo XIX, Musée Flaubert et d’histoire de la mé-
decine, Rouen, 252
Fig. 2.59 Página del Detroit Free Press con algunas creaciones de Dunbar, 1912,
254
Fig. 2.60 Máscara en vida de Beethoven (1812), copia de la colección de Laurence
Hutton, Manuscripts Division, Department of Rare Books and Special Collec-
tions, Princeton University Library, 254
Fig. 2.61 Máscara mortuoria de Beethoven (1827), copia a partir del molde de Ma-
tthias Ranftl y Josef Danhauser, Beethoven-Haus, Bonn, 255
306
Índice de imágenes
307
Gorka López de Munain
Fig. 3.3 Barthélémy Thalamas, Retrato metafórico, c. 1850, Musée d’Orsay, París,
297
Fig. 3.4 Maurice Mangepan-Flégier posando ante el retrato y la máscara mortuoria
de su tío Ange Flégier, c. 1927, Archivo familiar, Marsella, 298
308
Máscaras mortuorias y retratos post mortem
citados
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Gorka López de Munain
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Bibliografía
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