La vida de Bambi en el bosque
La vida de Bambi en el bosque
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Titivillus 21.03.15
Título original: Bambi. Eine Lebensgeschichte aus dem Walde
Felix Salten, 1924
Traducción: María Dolores Ábalos
Prólogo: John Galsworthy
Apéndice: Emilio Pascual
Ilustraciones: Esperanza Sánchez
Grabado del autor: Shula Goldman
John GALSWORTHY
[1]
A comienzos del verano los árboles permanecían inmóviles bajo el cielo azul,
y con las ramas tendidas recibían la energía que el sol derramaba sobre ellos. En
las matas y arbustos de la espesura se abrían las flores, cual estrellas blancas, rojas
o amarillas. En las finas puntas de las ramas comenzaban a aparecer innumerables
brotes delicados, firmes y decididos, que parecían pequeños puños cerrados. En el
suelo crecían flores de muchas clases, como estrellitas de colores, y así la oscura
tierra del bosque contrastaba con su destello y con su colorido. Por doquier olía a
hojas tiernas, a flores, a tierra húmeda y a madera verde. Al amanecer y al ponerse
el sol miles de voces resonaban por todo el bosque, y desde la mañana hasta la
noche cantaban las abejas y zumbaban las avispas y los abejorros a través de la
perfumada quietud.
En aquellos días transcurrió la primera infancia de Bambi.
Caminaba detrás de su madre por un estrecho sendero que atravesaba los
matorrales. ¡Qué agradable era ir por allí! El tupido follaje le acariciaba
dulcemente los flancos y se ladeaba con suavidad. El camino parecía cerrado y
lleno de obstáculos por todas partes; no obstante, avanzaban con la mayor
comodidad. Caminos como aquél recorrían el bosque en todas direcciones. La
madre los conocía todos, y cuando Bambi se detenía delante de un arbusto como
si de una verde muralla infranqueable se tratara, la madre encontraba siempre sin
vacilación el punto por donde el camino no tenía broza.
Bambi iba haciendo preguntas. Le gustaba preguntar a su madre. Era lo más
hermoso que conocía: preguntar sin cesar y luego escuchar la respuesta de la
madre. Bambi no se extrañaba en absoluto de que todo el rato se le ocurrieran
tantas preguntas sin esfuerzo alguno. Lo encontraba perfectamente natural;
sencillamente le encantaba. También le entusiasmaba esperar con curiosidad hasta
que obtenía una respuesta. Fuera ésta como fuera, siempre quedaba satisfecho.
Claro que a veces no la entendía, pero también eso era bonito, porque así podía
seguir interrogando cuanto quisiera. A veces no seguía preguntando, y eso
también le gustaba, porque de ese modo se entretenía imaginándose a su manera lo
que no había entendido. Otras veces notaba claramente que su madre no le daba
respuestas completas, que no le decía a propósito todo lo que sabía. Y hasta era muy
bonito, pues así quedaba presa de una gran curiosidad, de una noción vaga y
misteriosa que le conmovía felizmente, de una expectativa que le producía inquietud y
serenidad a un tiempo y que le hacía permanecer callado.
Una vez preguntó:
—¿De quién es este sendero, mamá?
La madre respondió:
—Nuestro.
Bambi siguió preguntando:
—¿Tuyo y mío?
—Sí.
—¿De nosotros dos?
—Sí.
—¿De nosotros dos solos?
—No —dijo la madre—, de nosotros, los corzos…
—¿Qué son los corzos? —preguntó Bambi riéndose.
La madre le miró y rió también.
—Tú eres un corzo* y yo también lo soy. Los dos somos corzos. ¿Lo entiendes?
Bambi dio un salto de alegría.
—Sí, ya lo entiendo. Yo soy un corzo pequeño y tú uno grande, ¿no?
La madre asintió.
—Eso es.
Bambi se puso otra vez serio:
—¿Existen otros corzos, además de tú y yo?
—Claro que sí —dijo la madre—. Muchos.
—¿Y dónde están? —exclamó Bambi.
—Aquí, por todas partes.
—Pero… no los veo.
—Ya los verás.
—¿Cuándo?
Bambi se detuvo por la curiosidad que le entró.
—Pronto.
La madre continuó andando tranquilamente.
Bambi la siguió. Iba callado, considerando detenidamente lo que podría significar
«pronto». Llegó a la conclusión de que «pronto» no era lo mismo que «en seguida».
Pero no acababa de saber en qué momento «pronto» dejaba de ser «pronto» y
empezaba a ser «dentro de mucho tiempo». De repente preguntó:
—¿Quién ha hecho este sendero?
—Nosotros —le contestó la madre.
Bambi se mostró sorprendido:
—¿Nosotros? ¿Tú y yo?
La madre dijo:
—Quiero decir nosotros, los corzos.
Bambi preguntó:
—¿Cuáles?
—Todos nosotros —dijo la madre sin más explicaciones.
Siguieron andando. Bambi estaba contento y tenía ganas de salirse del camino de
un salto, pero se mantenía obediente junto a la madre. Delante de ellos, algo se deslizó
rápidamente a ras del suelo. Con un movimiento brusco salió aquello que ocultaban
las frondas de los helechos y las hojas de las lechugas silvestres. Un hilillo de voz
silbó lastimosamente; luego se hizo el silencio. Unicamente las hojas y los tallos de
hierba siguieron dando sacudidas. Un turón* había cazado un ratón. Avanzó deprisa,
se acurrucó a un lado y se dispuso a comérselo.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Bambi agitado.
—Nada —le tranquilizó la madre.
—Pero… —Bambi temblaba—, pero… yo lo he visto.
—Está bien —dijo la madre—, pero no te asustes. El turón ha matado al ratón.
Bambi, sin embargo, se asustó horriblemente. Un terror grande y desconocido
para él le oprimió el corazón. Tardó mucho tiempo en poder hablar de nuevo. Luego
preguntó:
—¿Por qué ha matado al ratón?
—Porque… —la madre vaciló—. Vayamos más aprisa —dijo después, como si se
le hubiera ocurrido alguna cosa y hubiese olvidado la pregunta.
Apresuró el paso. Bambi la siguió saltando.
Transcurrió un rato largo; de nuevo caminaban tranquilamente. Bambi preguntó
por fin angustiado:
—¿También nosotros mataremos alguna vez a un ratón?
—No —contestó la madre.
—¿Nunca? —preguntó Bambi.
—Jamás —fue la respuesta.
—¿Por qué no? —preguntó Bambi aliviado.
—Porque nosotros no matamos a nadie —dijo sencillamente la madre.
Bambi recobró la alegría.
De un joven fresno cercano al sendero salió un fuerte grito. La madre continuó
andando sin prestar atención. Bambi, en cambio, se detuvo con curiosidad. Dos grajos
se disputaban allá arriba, en las ramas, un nido que habían usurpado.
—¡Largo de aquí, bribón! —gritó uno.
—No se sulfure, chiflado —respondió el otro—. No le tengo ningún miedo.
El primero vociferó:
—¡Búsquese los nidos por sí mismo, ladrón, o le saltaré la tapa de los sesos! —
estaba fuera de sí—. ¡Qué infamia! —refunfuñó—. ¡Qué infamia!
El otro, que había advertido la presencia de Bambi, descendió varias ramas
volando y le graznó:
—¿Qué miras tú con la boca abierta, mamarracho? ¡Fuera!
Bambi saltó asustado y se fue. Luego alcanzó a su madre y la siguió de nuevo,
tímido y turbado, creyendo que ella no se había dado cuenta de que se había quedado
rezagado.
Al cabo de un rato preguntó:
—Mamá, ¿qué es una infamia?
La madre dijo:
—No lo sé.
—Mamá, ¿por qué estaban tan enfadados esos dos?
La madre contestó:
—Estaban peleándose por la comida.
Bambi preguntó:
—¿También nosotros nos pelearemos alguna vez por la comida?
—No —dijo la madre.
Bambi preguntó:
—¿Por qué no?
La madre respondió:
—Porque hay suficiente para todos nosotros.
Bambi aún quería saber algo más:
—Oye, mamá.
—¿Qué quieres?
—¿También nosotros nos enfadaremos alguna vez?
—No, hijo mío —dijo la madre—. Entre nosotros no existe eso.
Siguieron andando. De pronto se hizo la claridad ante ellos, una claridad
luminosa. Terminaba la verde maraña de matas y arbustos, y también el sendero. Unos
pasos más y saldrían al luminoso espacio que se abría ante ellos. Bambi iba a saltar
hacia adelante, pero la madre se detuvo.
—¿Qué es eso? —exclamó Bambi, impaciente y ya embelesado.
—El prado —respondió la madre.
—¿Qué es un prado? —insistió Bambi.
La madre le cortó la palabra.
—Ya lo verás por ti mismo.
Se había puesto seria y vigilante. Quieta y con la cabeza erguida, escuchaba con
atención y aspiraba el viento a grandes bocanadas; tenía un aspecto muy solemne.
—Está bien —dijo por fin—. Podemos salir.
Bambi dio un salto, pero ella le cerró el paso.
—Espera hasta que te llame.
Inmediatamente, Bambi se detuvo obediente.
—Así está bien —le elogió la madre—. Y ahora fíjate bien en lo que te voy a
decir.
Bambi se dio cuenta de lo excitada que hablaba su madre y escuchó con mucha
atención.
—No es tan sencillo ir al prado —continuó la madre—. Es algo difícil y peligroso.
No preguntes por qué. Ya lo aprenderás más adelante. Por ahora obedece exactamente
lo que yo te diga. ¿Lo harás?
—Sí —le prometió Bambi.
—Bueno. Entonces yo saldré delante sola. Quédate aquí y espera. Mírame a mí
todo el rato. No me pierdas de vista ni un momento. Si ves que vuelvo otra vez aquí
corriendo, te das la vuelta y echas a correr tan aprisa como puedas, que yo ya te
alcanzaré.
Calló; parecía estar reflexionando, y luego continuó con tono enérgico:
—En cualquier caso, corre, corre todo lo que puedas. Corre aunque pasara algo,
aunque veas que… que me caigo al suelo. No te preocupes por mí, ¿entiendes? Veas
lo que veas y oigas lo que oigas, tú sigue corriendo todo el rato tan aprisa como
puedas. ¿Me lo prometes?
—Sí —dijo Bambi en voz baja.
—Pero si te llamo —siguió diciendo la madre—, puedes venir. Fuera, en el prado,
podrás jugar. Es bonito; te gustará. Sólo que… también me tienes que prometer que a
la primera llamada mía, te pondrás a mi lado. ¡Sin falta! ¿Me oyes?
—Sí —dijo Bambi en voz más baja todavía, impresionado por la seriedad de su
madre.
Esta siguió diciendo:
—Una vez que estemos ahí fuera, si grito, no te quedes boquiabierto ni empieces a
hacer preguntas. Sígueme con la velocidad del viento. Acuérdate: en cuanto yo
empiece a andar, echa a correr sin dudas ni vacilaciones, y no te pares hasta que
estemos otra vez aquí dentro. ¿No te olvidarás?
—No —dijo Bambi acongojado.
—Bueno, ahora me voy —dijo la madre, que ya parecía algo más tranquila.
Salió. Bambi, sin apartar la vista de ella, la vio avanzar con paso lento. Lleno de
esperanza, de miedo y de curiosidad, vio cómo la madre escuchaba en todas
direcciones; la vio estremecerse y también él se estremeció, dispuesto a volverse de un
salto hacia la espesura. Pero la madre se tranquilizó de nuevo y al cabo de un rato
recobró la alegría. Bajó el cuello, lo estiró, miró hacia donde estaba Bambi y gritó:
—¡Ven!
Bambi salió de un salto. Una alegría inmensa se apoderó de él con tal fuerza que al
instante olvidó toda su angustia. Dentro de la espesura del bosque sólo había visto las
copas verdes de los árboles, y a través de ellas, de vez en cuando, alguna que otra
mota azul. Ahora veía el azul del cielo en toda su grandeza, y eso le hacía feliz sin
saber por qué. Del sol únicamente había conocido en el bosque cada uno de sus
anchos rayos o el tenue haz de luz dorada que jugueteaba entre las ramas. Y ahora, de
pronto, se hallaba en mitad de una fuerza ardiente y cegadora, imbuido de su poder
absoluto, en medio de una bendición abrasadora que le cerraba los ojos y le abría el
corazón.
Bambi estaba embriagado, completamente fuera de sí; sencillamente estaba loco.
Saltó con torpeza tres, cuatro, cinco veces, sin moverse del mismo sitio. No lo podía
evitar; tenía que hacerlo. Algo le impulsaba a dar saltos. Sus jóvenes miembros se
estiraban con energía, respiraba profundamente, sin dificultad, y al aspirar toda la
fragancia del prado, le entraba una alegría tan desbordante, que no podía por menos
de saltar. Bambi era muy pequeño. Si hubiese sido una criatura humana, habría
gritado de júbilo. Pero era un corcino, y los corzos no saben gritar de alegría, al
menos como lo hacen los niños. Así que manifestaba su felicidad a su modo:
lanzando al aire las patas y todo el cuerpo.
Su madre estaba a su lado y se alegraba. Veía que Bambi estaba enloquecido, se
lanzaba al aire y volvía a caer torpemente en el mismo sitio; miraba a su alrededor
aturdido y embriagado y, al momento siguiente, volvía a saltar, y así una y otra vez. La
madre comprendió que Bambi sólo conocía los estrechos senderos de los corzos del
bosque, que en su corta existencia estaba acostumbrado tan sólo a la estrechez de la
espesura y que por eso no se movía del sitio: porque aún no sabía corretear libremente
por el prado abierto. La madre estiró las patas delanteras y se agachó sobre ellas, miró
un segundo a Bambi, salió disparada y se puso a galopar en círculo, haciendo zumbar
a su paso los altos tallos de hierba. Bambi se asustó y se quedó inmóvil. ¿Sería aquello
una señal para que volviera al bosque? «Veas lo que veas y oigas lo que oigas, no te
preocupes por mí», le había dicho su madre. «Echa a correr tan aprisa como puedas.»
Ya iba a dar la vuelta para huir, como se lo habían mandado, cuando de repente llegó
la madre galopando y haciendo un ruido asombroso; se quedó a dos pasos de él, se
agachó como antes, rió y le dijo:
—¡A ver si me pillas! —y en un abrir y cerrar de ojos se alejó.
Bambi estaba perplejo. ¿Qué significaba aquello? ¿Qué le pasaba de repente a su
madre? Pero ya llegaba otra vez, y tan deprisa que sólo de verla se podía uno marear.
Le empujó con la nariz en el flanco y dijo:
—Venga, a ver si me pillas —y se marchó a todo correr.
Bambi se precipitó tras ella. Primero dio unos cuantos pasos, pero pronto los
pasos se convirtieron en saltos ligeros. Se sentía trasportado, creía volar. Bajo sus
pasos y sus saltos había cada vez más espacio libre. Bambi se hallaba fuera de sí. El
zumbido de la hierba le resultaba delicioso, y su roce era blando y suave como la
seda. Corría en círculo, se revolcaba y de nuevo se ponía a correr en círculo; se
revolcaba otra vez y volvía a salir disparado como un rayo. La madre ya llevaba un
rato quieta, recobrando aliento. Lo único que hacía era echarse a un lado y esquivar a
Bambi, que pasaba volando y se ponía furioso.
De repente ya no pudo más. Se paró y se acercó a la madre levantando
delicadamente las patas; la miró radiante de alegría. Luego se pusieron a pasear juntos,
de buen humor. Desde que estaba allí fuera, Bambi sólo había sentido el cielo, el sol y
la verde llanura a través de su cuerpo: el cielo, con ojos ebrios y cegados; el sol, por la
agradable sensación de calor de su lomo y a través de las profundas bocanadas de
aire. Ahora, por primera vez, disfrutaba del esplendor del prado con ojos que a cada
paso se sorprendían de las nuevas maravillas. Aquí no se veía ni un trocito de suelo,
como dentro del bosque, porque los tallos de hierba se apiñaban en racimos,
arrimados los unos a los otros, creciendo en lujo y abundancia, ladeándose
suavemente a cada paso y, condescendientes, siguiéndose otra vez en seguida. La
extensa y verde llanura estaba cuajada de blancas margaritas, de gordas cabezuelas
hinchadas rojas y violetas del trébol florecido y de luminosos botones de oro de
dientes de león.
—¡Mira, mamá! —exclamó Bambi—. Una flor ha echado a volar.
—No es una flor —dijo la madre—; es una mariposa.
Bambi siguió entusiasmado el vuelo de la mariposa, que con una delicadeza
infinita se había desprendido de un tallo y ahora volaba atolondrada de acá para allá.
Bambi vio entonces que muchas de esas mariposas volaban por la pradera; parecían
tener prisa y, sin embargo, se movían despacio, revoloteando para arriba y para abajo.
Aquel juego le encantaba. Realmente parecían flores voladoras, alegres flores que no
querían quedarse quietas sobre sus pedúnculos y que se marchaban a bailar un poco.
O flores que habían bajado con los rayos del sol y, no teniendo aún sitio, lo buscaban
afanosamente; descendían y desaparecían como si ya hubieran encontrado acomodo
en alguna parte, pero en seguida volvían a subir, primero un poco, luego otro poco,
para seguir buscando cada vez más lejos, porque los mejores sitios ya estaban
ocupados.
Bambi seguía a todas con la mirada. Le habría gustado mucho ver alguna de cerca,
contemplarla al detalle, pero no podía. Se mezclaban sin cesar la una con la otra, y
esto le producía una gran confusión.
Cuando volvió a mirar al suelo, se deleitó viendo la multitud de veloces seres
vivientes que pululaban bajo sus pasos. Saltaban y se dispersaban hacia todos lados;
aparecían en forma de hervidero y, al momento siguiente, volvían a hundirse bajo la
verde hierba de la que habían salido.
—¿Qué es esto, mamá? —preguntó Bambi.
—Son bichitos —respondió la madre.
—¡Mira! —exclamó Bambi—. ¡Mira lo alto que salta este trocito de hierba!
—No es hierba —le explicó la madre—; es un saltamontes.
—¿Por qué salta así? —preguntó Bambi.
—Porque estamos pasando nosotros —respondió la madre— y se asusta.
—¡Oh! —exclamó Bambi dirigiéndose al saltamontes, que se había posado en
mitad de una margarita—. ¡Oh! —dijo Bambi cortésmente—. No tenga miedo, que no
le vamos a hacer nada.
—No tengo miedo —respondió el saltamontes con voz áspera—. Al principio me
he asustado, porque en ese momento estaba hablando con mi mujer.
—Disculpe, por favor —dijo Bambi humildemente—. Les hemos molestado.
—No importa —dijo el saltamontes—. Tratándose de ustedes, no importa. Pero
nunca se sabe quién puede venir, y hay que estar atento.
—Es que hoy es la primera vez de mi vida que estoy en el prado —le contó Bambi
—. Mi madre me ha…
El saltamontes bajo la cabeza con gesto terco, puso una cara seria y refunfuñó:
—Eso no me interesa. No tengo tiempo para estar de cháchara con usted. Ahora
tengo que ir a buscar a mi mujer. ¡Hop!
Y se fue.
—¡Hop! —dijo Bambi desconcertado y boquiabierto ante el gran salto con el que
había desaparecido.
Bambi corrió hacia su madre:
—Oye, he hablado con él.
—¿Con quién? —le preguntó la madre.
—Pues con el saltamontes —dijo Bambi—; he hablado con él. Ha sido muy
amable conmigo. Y me ha gustado mucho. Era de un color verde precioso, y por un
extremo era tan transparente como no puede serlo ni la hoja más delicada.
—Eso son las alas.
—¿Ah, sí? —dijo Bambi—. ¡Y hay que ver la cara tan seria que tenía! Como si
estuviera meditando algo. Pero a pesar de eso, ha sido amable conmigo. ¡Y cómo
saltaba! Ha dicho «¡hop!», y ha pegado un salto tan alto que no he vuelto a verlo.
Continuaron andando. La conversación con el saltamontes había excitado a
Bambi; también le había cansado un poco, pues era la primera vez que hablaba con un
extraño. Sintió hambre y se apretó contra su madre para recuperarse.
Luego permaneció un rato tranquilo, medio soñando, con esa leve sensación de
embriaguez que le envolvía cada vez que terminaba de mamar. Al poco tiempo vio en
mitad de la maraña de tallos de hierba una flor de color claro que se movía. No,
aquello no era una flor, sino una mariposa. Bambi se acercó.
La mariposa estaba perezosamente colgada de un tallo y movía las alas sin hacer
ruido.
—¡Quédese quieta, por favor! —le gritó Bambi.
—¿Por qué voy a quedarme quieta? ¡Si soy una mariposa! —respondió la
mariposa extrañada.
—Por favor, quédese quieta un ratito nada más —le rogó Bambi—. Hace tiempo
que deseo verla de cerca. Hágame ese favor.
—Está bien —dijo la blanca mariposa—, pero no mucho tiempo.
Bambi se puso a mirarla.
—¡Qué bonita es usted! —exclamó entusiasmado—. ¡Qué preciosa! ¡Parece una
flor!
—¿Qué? —dijo la mariposa abriendo y cerrando las alas—. ¿Una flor? En fin, en
el medio en que me muevo, la opinión generalizada es que somos más bonitas que las
flores.
Bambi estaba confuso.
—Claro —tartamudeó—, mucho más bonitas… Perdóneme, yo sólo quería
decir…
—Me es bastante indiferente lo que usted quisiera decir —le interrumpió la
mariposa.
Torció afectadamente su estrecho cuerpo y jugó vanidosamente con sus delicadas
antenas.
Bambi la contempló arrebatado.
—¡Qué delicada es usted! —dijo—. ¡Qué elegante y delicada! ¡Y qué preciosidad
de alas blancas!
La mariposa desplegó las alas del todo, luego las levantó y las juntó, de manera
que parecían la vela de un barco.
—¡Oh! —exclamó Bambi—, ahora entiendo por qué es usted más bonita que las
flores. Usted además sabe volar, y eso no pueden hacerlo las flores, porque están
unidas al tallo. ¡Claro, en eso consiste!
La mariposa se alzó.
—¡Exactamente! ¡Yo sé volar! —dijo.
Se alzaba tan poco a poco que no se notaba ni lo más mínimo. Sus blancas alas se
movían con suavidad, llenas de gracia; de pronto se lanzó al aire bañado por el sol.
—Me he quedado tanto tiempo quieta sólo por usted —dijo revoloteando delante
de Bambi para arriba y para abajo—, pero ahora me voy.
Así era el prado.
[3]
Una noche, yendo de nuevo al prado con su madre, creía saber todo lo que allí
podía ver u oír. Pero lo cierto es que no estaba tan al corriente de la vida como él
pensaba.
Al principio todo fue como la primera vez. Bambi tenía permiso para jugar a
pillar a su madre. Corría describiendo círculos. El amplio espacio abierto, el cielo
y el aire libre le embriagaron de nuevo de tal manera que se volvió loco de alegría.
Al cabo de un rato se dio cuenta de que la madre estaba quieta. Al verla, se detuvo
en plena curva tan de repente que las cuatro patas se le quedaron esparrancadas.
Para recuperar una postura más decorosa, dio un gran salto en el aire y ya se
quedó bien. Al otro lado, la madre parecía estar hablando con alguien, pero la
hierba estaba tan alta que le impedía ver quién era. Bambi se acercó lleno de
curiosidad. Entre la maraña de tallos, junto a la madre, se movían dos largas
orejas. Eran de color gris castaño y tenían un bonito dibujo de rayas negras. Bambi
se sorprendió, pero la madre le dijo:
—Ven para acá, que es nuestra amiga la liebre. Ven sin miedo y deja que te
veamos.
Bambi se acercó inmediatamente. Allí estaba la liebre sentada y su aspecto era
el de una persona muy honesta. Sus largas orejas se estiraban, tiesas e imponentes,
y al momento volvían a caer y se quedaban lacias, como si hubieran sufrido un
ataque repentino de debilidad. Bambi se quedó un poco perplejo al ver los bigotes
tiesos y vigorosos que rodeaban la boca de la liebre. Pero notó que tenía una cara
muy dulce, de rasgos bondadosos, y que con sus grandes ojos redondos miraba el
mundo con modestia. La liebre tenía todo el aspecto de ser una amiga. Los reparos
que fugazmente atravesaran la mente de Bambi desaparecieron al momento. Y,
cosa extraña, en seguida le perdió el respeto que le había inspirado al principio; se
lo perdió del todo.
—Buenas noches, jovencito —le saludó la liebre con estudiada cortesía.
Bambi sólo inclinó la cabeza y dijo: «Buenas noches.» No sabía por qué, pero
sólo inclinó la cabeza. Muy amable, muy gentil, pero un poco condescendiente. No
podía evitarlo. Tal vez fuera de nacimiento.
—¡Qué principito más hermoso! —dijo la liebre a la madre.
Miraba atentamente a Bambi, levantando tan pronto una oreja como la otra, o las
dos a la vez, para dejarlas caer en seguida, cosa que a Bambi no le gustaba nada.
Aquel gesto parecía querer decir: «Bah, no vale la pena.»
Mientras tanto, la liebre seguía mirando dulcemente a Bambi con sus grandes ojos
redondos. La nariz y la boca, con sus soberbios bigotes, se le movían sin cesar, como
cuando una persona contrae la nariz y los labios para reprimir un estornudo. Bambi se
echó a reír. Al momento rió también de buena gana la liebre, pero sus ojos
adquirieron una expresión más pensativa:
—La felicito —dijo a la madre—; sinceramente la felicito por este hijo. Sí, sí, sí…
Algún día se convertirá en un magnífico príncipe… Sí, sí, sí, eso se ve a simple vista.
Para gran sorpresa de Bambi, se incorporó y se sentó erguida sobre las patas
traseras. Atisbo los alrededores con las orejas tiesas y luego, moviendo la nariz, volvió
a sentarse con muy buenos modales sobre las cuatro patas.
—Bueno, ya me despido de los señores —dijo—. Aún me queda mucho que hacer
esta noche. Humildemente me despido.
Se dio la vuelta y se fue brincando, con las orejas caídas y apretadas contra los
hombros.
—¡Buenas noches! —le gritó Bambi.
La madre sonrió:
—La buena de la liebre… Tan sencilla y tan modesta. Tampoco ella tiene las cosas
fáciles en este mundo.
Había simpatía en sus palabras.
Bambi se puso a pasear un poco para dejar que su madre comiera. Tenía
esperanzas de encontrarse de nuevo con su primer amigo y también estaba dispuesto a
hacer nuevas amistades. Sin saber a ciencia cierta lo que le pasaba, había siempre una
expectativa en su interior.
De repente oyó a lo lejos un suave susurro en la hierba y unos golpes ligeros en el
suelo. Alzó la vista. Algo corría por la hierba en la otra linde del bosque. ¡Una
criatura! ¡No, dos! Bambi lanzó una rápida mirada a su madre, pero ésta, con la
cabeza metida dentro de la hierba, no se preocupaba de nada. Sin embargo, aquellas
dos criaturas se perseguían y daban vueltas, describiendo los mismos círculos que él
momentos antes. Bambi estaba tan perplejo que dio un salto atrás, como si quisiera
huir. La madre lo notó y levantó la cabeza.
—¿Qué te pasa? —le dijo.
Pero Bambi estaba sin habla, no encontraba palabras; sólo balbució:
—Allí… allí…
La madre miró en esa dirección:
—¡Ah, sí! —dijo—. Es mi prima. Veo que ella también tiene un hijo. ¡Ah, no!
¡Son dos!
La madre había hablado con alegría, pero ahora se puso seria:
—¡Pensar que Ena tiene dos hijos! ¡Dos hijos!
Bambi se quedó mirando con la boca abierta. De pronto vio una silueta exacta a la
de su madre. Hasta ese momento no la había visto. Vio cómo los otros dos seguían
persiguiéndose en círculo, pero únicamente se distinguían sus lomos rojizos que, al
dar vueltas, parecían dos finas rayas rojas.
—Ven —le dijo la madre—, vamos hacia allá, que por fin tendrás compañía.
Bambi quería correr, pero como la madre iba muy despacio y a cada paso miraba
hacia todos lados, se contuvo. Sin embargo, se hallaba excitadísimo y muy
impaciente.
La madre siguió hablando:
—Ya me imaginaba que tarde o temprano nos encontraríamos con Ena. ¿Dónde se
habrá metido?, me preguntaba. Ya me imaginaba que tendría un hijo; era fácil
suponerlo. ¡Pero dos…!
Hacía un rato que los otros los habían visto, y ya salían a su encuentro. Bambi
tuvo que saludar a la tía, pero sólo tenía ojos para sus hijos.
La tía era muy simpática.
—Ya ves —le dijo—; éstos son Gobo y Falina. Podéis ir a jugar juntos.
Los pequeños permanecieron rígidos y en silencio, mirándose fijamente. Gobo
pegado a Falina, y Bambi frente a los dos. Ninguno de ellos se movía. Los tres se
miraban con la boca abierta.
—Déjalos —dijo la madre—. Ya se harán amigos.
—¡Qué criatura más hermosa! —dijo la tía Ena—. De verdad, es precioso. Tan
fuerte y tan bien plantado…
—Vaya, no está mal —dijo la madre con modestia—. No me puedo quejar. Pero
eso de que tengas dos hijos, Ena…
—Sí, las cosas son unas veces de una manera y otras de otra —le explicó Ena—.
Ya sabes, querida, que he tenido hijos muy a menudo.
La madre dijo:
—Bambi es mi primer…
—¿Lo ves? —la consoló Ena—. A lo mejor la próxima vez las cosas son de otro
modo.
Los pequeños aún seguían de pie mirándose el uno al otro. Ninguno decía ni una
palabra. De pronto Falina dio un salto y se marchó. Se había aburrido.
Al momento, Bambi se precipitó tras ella. Gobo los siguió inmediatamente.
Echaron a correr en semicírculo; de pronto se dieron la vuelta y cayeron rodando unos
sobre otros; luego salieron corriendo en todas direcciones. Aquello era fantástico.
Cuando más tarde se detuvieron súbitamente casi sin aliento, ya estaban muy
familiarizados y empezaron a charlar.
Bambi les contó que había hablado con el bueno del saltamontes y con una
mariposa blanca.
—¿Has hablado también con el escarabajo? —le preguntó Falina.
No, Bambi no había hablado con el escarabajo. Ni lo conocía ni sabía quién era.
—Yo hablo a menudo con él —le explicó Falina un poco arrogante.
—Pues a mí me ha reñido el grajo —dijo Bambi.
—¿De verdad? —preguntó Gobo asombrado—. ¿Tan malo fue el grajo contigo?
Gobo se sorprendía con facilidad; era muy modesto.
—Pues a mí —dijo Gobo— el erizo me ha pinchado en la nariz.
Pero lo mencionó sin darle ninguna importancia.
—¿Quién es el erizo? —preguntó Bambi con alborozo.
Le parecía maravilloso estar allí con amigos oyendo tantas cosas apasionantes.
—El erizo es una criatura terrible —dijo Falina—. Tiene todo el cuerpo lleno de
pinchos grandes, y además es muy malo.
—¿Crees de veras que es malo? —le preguntó Gobo—. ¡Si no hace daño a nadie!
—¿Que no? —replicó prontamente Falina—. ¿Acaso no te ha pinchado?
—Oh, pero eso fue porque quería hablar con él —le objetó Gobo—. Además,
sólo me pinchó un poquito. No me dolió mucho.
Bambi se dirigió a Gobo:
—¿Y por qué no quería que hablaras con él?
—No quiere hablar con nadie —se interpuso Falina—. En cuanto te acercas a él,
se enrolla y ya no se le ven más que pinchos. Nuestra madre dice que es de esos que
no quieren saber nada del mundo.
Gobo opinó:
—A lo mejor sólo tiene miedo.
Pero Falina lo veía de otra manera:
—Mamá dice que no hay que mezclarse con gente así.
De pronto Bambi empezó a decir a Gobo en voz baja:
—¿Tú sabes lo que es… el peligro?
También los otros se pusieron ahora serios, y los tres juntaron las cabezas.
Gobo reflexionó. Se esforzó sinceramente por saberlo, pues bien veía la
curiosidad con la que Bambi esperaba la respuesta.
—El peligro… —susurró—, es algo muy malo.
—Sí —le insistió Bambi nervioso—, algo muy malo, pero ¿qué?
Los tres temblaban de miedo.
De repente Falina exclamó en voz alta y gozosamente:
—El peligro es… cuando hay que huir.
Y se fue de un salto; no quería quedarse allí y tener miedo. Bambi y Gobo saltaron
inmediatamente tras ella. De nuevo empezaron a jugar y a corretear haciendo eses por
la verde pradera, suave como la seda, y en un instante se olvidaron de la seria
cuestión. Al cabo de un rato se detuvieron y se reunieron otra vez para hablar.
Miraron a sus madres, que a su vez estaban muy entretenidas corriendo de vez en
cuando y charlando tranquilamente.
La tía Ena levantó la cabeza y llamó a sus hijos:
—¡Gobo! ¡Falina! ¡Nos tenemos que ir en seguida!
También la madre de Bambi advirtió a éste:
—Ven, que ya es hora.
—Déjanos un rato más —rogó Falina encarecidamente—, sólo un ratito.
Bambi suplicó:
—Vamos a quedarnos un poco más, por favor. ¡Se está tan bien…!
Y Gobo repitió con humildad:
—¡Se está tan bien…! ¡Otro ratito!
Los tres hablaban a la vez.
Ena miró a la madre de Bambi:
—¿No te lo decía yo? Ahora no se quieren separar.
De pronto ocurrió algo mucho más importante que todo lo que le había sucedido a
Bambi ese día, que no era poco.
Procedentes del bosque se oyeron unas fuertes pisadas y crujidos y susurros de
ramas, y antes de poder aguzar las orejas, surgieron dos animales de entre la espesura.
El uno corriendo estrepitosamente, el otro persiguiéndolo a galope. Corrían como el
huracán. Trazaron una amplia curva en el prado, se internaron de nuevo en el bosque,
donde se les oía galopar, salieron otra vez impetuosamente de la espesura y de pronto
se detuvieron; se hallaban a unos veinte pasos el uno del otro.
Bambi los miraba sin moverse. Se parecían bastante a su madre y a la tía Ena. Pero
sus cabezas estaban coronadas por unas astas perladas de un brillante color castaño y
candiles* blancos resplandecientes. Bambi se sentía aturdido; miraba a uno y a otro
alternativamente. Uno de ellos era más pequeño, y también sus cuernas lo eran. Pero
el otro era altivo y hermoso. Iba con la cabeza erguida y en lo alto resaltaba la
cornamenta, que lanzaba destellos claros y oscuros en su perlado castaño
resplandeciente y en sus puntas blancas y brillantes.
—¡Oh! —exclamó Falina llena de admiración.
—¡Oh! —repitió Gobo en voz baja.
En cambio, Bambi no dijo nada. Estaba absorto y sin habla.
Después los dos animales se movieron, fueron cada uno hacia un lado y
regresaron lentamente al bosque. El más altivo se acercó a los pequeños, a la madre y
a la tía Ena. Pasó de largo en un silencio majestuoso; llevaba la noble cabeza erguida a
la manera de un rey y no se dignó mirar a nadie. Los pequeños no se atrevieron a
respirar hasta que desapareció en la espesura. Se volvieron a buscar al otro, pero en
ese momento se cerraban tras él las puertas de la espesura.
Falina fue la primera que rompió el silencio.
—¿Quién era ése? —exclamó.
Pero le templaba su audaz vocecita. Gobo repitió:
—¿Quién era ése? —pero apenas se le oyó.
Bambi permanecía callado.
La tía Ena dijo en tono solemne:
—Esos eran los padres.
Ya no hablaron más, y se separaron. La tía Ena se dirigió hacia el arbusto más
próximo. Era su camino. Bambi tuvo que atravesar toda la pradera con su madre hasta
el roble, para llegar al sendero habitual. Estuvo mucho tiempo callado. Por fin,
preguntó:
—¿No nos han visto?
La madre comprendió a qué se refería y le contestó:
—Claro que sí. Lo ven todo.
Bambi se sentía angustiado; temía hacer preguntas, pero al mismo tiempo le urgía
demasiado; así que empezó a decir:
—¿Por qué…? —y se calló.
La madre le ayudó:
—¿Qué quieres decir, hijo mío?
—¿Por qué no se han quedado con nosotros?
—No se quedan con nosotros —respondió la madre—. Sólo de vez en cuando.
Bambi continuó:
—¿Por qué no han hablado con nosotros?
La madre le contestó:
—Ahora no hablan con nosotros. Sólo de vez en cuando. Hay que esperar a que
vengan y a que nos hablen cuando les apetezca.
Bambi preguntó con el ánimo exaltado:
—¿Hablará mi padre conmigo?
—Claro que sí, hijo mío —le prometió la madre—. Cuando seas mayor, hablará
contigo y a veces podrás quedarte con él.
Bambi iba callado al lado de su madre; todo su pensamiento lo ocupaba la
aparición del padre.
«Qué hermoso es —iba pensando—. Qué hermoso.»
La madre, como si pudiera oír sus pensamientos, le dijo:
—Si sigues con vida, hijo mío, si eres prudente y sabes evitar el peligro, también
tú serás algún día tan fuerte y hermoso como tu padre y tendrás una cornamenta como
la suya.
Bambi respiró profundamente. Tenía el corazón henchido de emoción y felicidad.
[5]
El tiempo pasa, y Bambi aprende a distinguir lo bien que saben los manojos de
hierba, lo tiernos que son los brotes de las hojas y lo dulce que sabe el trébol. Cuando
se arrima a su madre para apagar su sed, ocurre con frecuencia que aquélla le rechaza.
—Ya no eres tan pequeño —le dice.
Otras veces incluso le dice con franqueza:
—Vete, déjame en paz.
Puede suceder que la madre se levante en su escondrijo del bosque en pleno día y
se vaya sin tener en cuenta si Bambi la sigue o no. A veces, cuando caminan por las
sendas habituales, da la impresión de que la madre no nota que Bambi va corriendo
tras ella muy obediente.
Un día la madre desaparece. Bambi no sabe cómo ha podido ser, no puede
explicárselo. Pero el caso es que la madre se ha ido y Bambi está solo por primera vez.
Extrañado, se pone nervioso, le entra miedo y empieza a sentir una angustia
desesperada. Grita lleno de tristeza, pero nadie le contesta; nadie acude.
Escucha, olfatea. Nada. Grita de nuevo. En voz baja, suplicante y con dulzura
llama:
—Mamá…, mamá —pero todo es en vano.
Desesperado, ya no lo puede soportar y comienza a andar.
Recorre el sendero que conoce, se detiene y llama. Luego, temeroso y
desconcertado, continúa caminando con paso vacilante. Está muy triste.
Sigue y sigue andando y llega a senderos por los que no ha ido nunca; encuentra
sitios desconocidos para él. Ya no sabe orientarse.
En esto oye las voces de dos pequeños que llaman como él:
—¡Mamá…, mamá…!
Se queda quieto y escucha.
Son Gobo y Falina. Tienen que ser ellos. Rápidamente corre en la dirección de las
voces y pronto ve el brillo de su rojizo pelaje a través de las hojas. Allí están Gobo y
Falina gritando melancólicamente bajo una alheña:
—¡Mamá, mamá!
Al oír un ruido entre los arbustos, se alegran. Pero cuando reconocen a Bambi, se
llevan una decepción. No obstante, se animan un poco al verle. Y Bambi se pone
contento dé no estar ya tan solo.
—Mi madre se ha ido —dice Bambi.
—La nuestra también —responde Gobo en tono quejumbroso.
Se miran entre sí muy perplejos.
—¿Dónde pueden estar? —pregunta Bambi a punto de sollozar.
—No lo sé —suspira Gobo.
El corazón le late con fuerza y se siente desgraciado.
De pronto dice Falina:
—Yo creo que están con los padres.
Gobo y Bambi se miran estupefactos. Al instante se apodera de ellos un profundo
respeto.
—¿Quieres decir… con los padres? —pregunta Bambi temblando.
Falina tiembla también, pero pone una cara muy elocuente. Hace como que sabe
más de lo que dice. Naturalmente no sabe nada; ni siquiera sabe cómo se le ha
ocurrido eso. Pero como Gobo le repite:
—¿Crees de verdad eso?
Ella pone cara de lista y repite con aire de misterio:
—Sí, eso creo.
Al menos es una suposición, sobre la que se puede reflexionar. Sin embargo,
Bambi no se siente más tranquilo. Además, ahora tampoco puede reflexionar; está
demasiado triste y excitado a la vez.
De manera que se va. No le gusta quedarse tanto rato en el mismo sitio. Falina y
Gobo le acompañan un trecho. Los tres llaman:
—¡Mamá, mamá!
Pero de pronto Gobo y Falina se detienen; no se atreven a seguir. Falina dice:
—¿Para qué seguir? Mamá sabe dónde estamos. Quedémonos, pues, aquí para
que nos encuentre cuando vuelva.
Bambi se va solo. Camina por un bosque de coníferas cerrado y joven, y llega a
un pequeño claro. Bambi se detiene en mitad del claro. De pronto se queda como si
hubiera echado raíces en el suelo; no puede moverse.
A un lado del claro, junto a un avellano grande, hay una silueta. Bambi no había
visto nunca una criatura semejante. Al mismo tiempo el viento le lleva un olor como
nunca había sentido antes. Es un olor desconocido, fuerte, penetrante y perturbador;
para volverse loco.
Bambi mira a la silueta con atención. Curiosamente está erguida y tiene una cara
pálida sin pelos alrededor de la nariz y de los ojos, terriblemente desnudos. Ese rostro
le inspira un miedo horrible, un frío espanto. Esa cara tiene una fuerza inmensa que
paraliza a Bambi. Mirar esa cara es una tortura insoportable; no obstante, Bambi la
mira fijamente.
La extraña criatura permanece mucho tiempo sin moverse. Luego estira una pata
que le sale de cerca de la cara. Bambi ni se había fijado en la existencia de esa pata.
Pero al ver cómo esa horrible pata se estira, Bambi se asusta del simple movimiento y
huye como un plumón arrastrado por el viento. En un santiamén se interna de nuevo
en la espesura y echa a correr.
De pronto aparece la madre. Atraviesa de un salto las matas y los arbustos y se
sitúa junto a Bambi. Ambos corren todo lo que pueden. La madre le guía, pues conoce
el camino, y Bambi la sigue. Así corren hasta llegar a su escondrijo.
—¿Has… visto? —le pregunta la madre en voz baja.
Bambi no puede hablar; se ha quedado sin respiración. Sólo asiente con la cabeza.
—Era… «él» —dice la madre.
Y los dos se estremecen de miedo.
[6]
Bambi se quedaba muchas veces solo. Pero ya no pasaba tanto miedo como al
principio. La madre desaparecía y por más que la llamara, no volvía. Y cuando
menos se lo esperaba, aparecía de nuevo.
Una noche estaba Bambi paseando muy solito. Ni siquiera se había encontrado
con Gobo y Falina. El cielo iba adquiriendo un color gris pálido y comenzaba a
oscurecer, de manera que las copas de los árboles parecían formar una bóveda por
encima de los arbustos. En esto se oyó un ruido entre las matas y luego una serie
de crujidos de hojas. Pasó la madre rápidamente. Detrás, a muy poca distancia de
ella, corría alguien más. Bambi no sabía quién era. Podía ser la tía Ena, o el padre,
o cualquier otro. Pero a su madre la reconoció inmediatamente, a pesar de la
rapidez con que pasó a su lado. Había oído su voz. Iba gritando, y a Bambi le
pareció que era en broma, aunque también pensó que sonaba un poco a miedo.
Un día Bambi llevaba horas vagando por la espesura. Por fin, empezó a llamar.
Pero no porque tuviera miedo, sino porque no quería quedarse tan solo y porque
se daba cuenta de que pronto se sentiría muy mal. Así es que empezó a llamar a su
madre.
De repente apareció uno de los padres y le miró severamente. Bambi no le
había oído llegar y se asustó. Era un corzo más fuerte, más alto y más gallardo que
los demás. Su rojizo pelaje tenía un tono oscuro e intenso, pero en su cara había
ya reflejos de color gris plateado, y por encima de sus orejas juguetonas resaltaba
una poderosa y alta cornamenta salpicada de perlas oscuras.
—¿Por qué llamas? —preguntó el corzo severamente.
Bambi estaba temblando de respeto y no se atrevía a responder.
—Tu madre ahora no tiene tiempo para ti —continuó el corzo.
Bambi se sentía completamente anonadado por aquella voz tan imperiosa, pero
al mismo tiempo le producía admiración.
—¿No sabes estar solo? ¡Vergüenza debiera darte!
Bambi quería decir que sabía muy bien estar solo, que ya había estado solo
muchas veces, pero no le salía nada. De manera que obedeció y se avergonzó. El
corzo dio media vuelta y se fue. Bambi no sabía ni por qué ni a dónde, ni si se había
ido deprisa o despacio. Simplemente había desaparecido tan de repente como había
llegado. Bambi escuchó atentamente, pero no oyó ningún paso que se alejara, ninguna
hoja que se moviese. Por eso pensó que el corzo tendría que estar todavía cerca, y
venteó en todas direcciones. Pero el aire no le trajo ningún olor. Bambi respiró
entonces aliviado de hallarse otra vez solo, pero al mismo tiempo sentía un fuerte
deseo de volver a ver al corzo y de ganarse su aprobación.
Más tarde, cuando llegó la madre, Bambi no le contó nada de su encuentro. Y
tampoco la llamó cuando desapareció de nuevo. Mientras vagaba de un lado a otro,
pensaba en el corzo; sentía grandes deseos de encontrárselo. Entonces le diría: «Ya ve,
no la llamo.» Y el corzo elogiaría su conducta.
Pero con los que sí habló fue con Gobo y con Falina, al verlos de nuevo en el
prado. Le escucharon con gran curiosidad y no pudieron contarle ninguna experiencia
comparable a la suya.
—¿No te has asustado? —le preguntó Gobo excitado.
Bambi confesó que sí, que había pasado miedo, pero sólo un poco.
—Yo me hubiera asustado muchísimo —dijo Gobo.
Bambi replicó que no, que mucho miedo no había tenido, porque el corzo era
precioso. Gobo dijo:
—Eso no me hubiese servido de nada. Con miedo no habría sido capaz ni siquiera
de mirarlo. Cuando tengo miedo, los ojos me hacen chiribitas y ya no veo nada, y
corazón me late tan aprisa que no puedo ni respirar.
Falina, tras el relato de Bambi, se quedó muy pensativa y no dijo nada.
La siguiente vez que se encontraron, Gobo y Falina salieron presurosos a su
encuentro. De nuevo estaban solos, como también lo estaba Bambi.
—Te hemos estado buscando todo este tiempo —dijo Gobo.
—Sí —dijo Falina enfáticamente—, pues ahora ya sabemos con exactitud quién
era ese al que viste.
Bambi, de pura curiosidad, dio un salto.
—¿Quién? —preguntó.
Falina dijo en tono solemne:
—Era el viejo príncipe.
—¿Quién os lo ha dicho? —insistió Bambi.
—Nuestra madre —respondió Falina.
Bambi se mostró extrañado.
—¿Es que le habéis contado la historia?
Los dos asintieron.
—¡Pero si era un secreto! —exclamó Bambi indignado.
Gobo se disculpó al momento.
—Yo no he sido. Ha sido Falina.
Pero Falina dijo con desenvoltura:
—¡Bah, qué tontería, un secreto! Yo quería saber quién era. Ahora ya lo sabemos
y la cosa resulta mucho más interesante.
Bambi ardía en deseos de escucharlo todo; así es que se tranquilizó. Falina se lo
contó todo:
—Es el más distinguido del bosque. No hay otro que pueda comparársele. Nadie
sabe la edad que tiene. Nadie puede decir dónde vive. Nadie sabe decir quiénes son
sus parientes. Sólo unos pocos le han visto alguna vez. A veces le han dado por
muerto por no vérsele aparecer durante mucho tiempo. Pero luego alguien lo veía de
nuevo, aunque sólo por un instante, y así se sabía que aún continuaba con vida. Nadie
se ha atrevido jamás a preguntarle dónde había estado. No habla con nadie, y nadie se
atreve a dirigirle la palabra. Recorre caminos por los que no va nadie. Conoce hasta el
último rincón del bosque. Y para él no existe el peligro. Los otros príncipes luchan de
cuando en cuando entre sí; unas veces sólo para probar sus fuerzas y en broma, otras
veces en serio. Pero con él hace muchos años que no pelea nadie. Y de los que
lucharon alguna vez con él hace mucho tiempo, ya no vive ninguno. El es el gran
príncipe.
Bambi perdonó a Gobo y a Falina que hubieran ido contando su secreto a su
madre. Incluso estaba contento, pues así se había podido enterar de todas esas cosas
tan importantes. Pero también se alegraba de que Gobo y Falina no lo supieran todo.
No sabían que el gran príncipe le había dicho: «¿No sabes estar solo?» y también:
«¡Vergüenza debiera darte!» Ahora Bambi se alegraba de haberles ocultado la
reprimenda. Falina lo habría ido contando por ahí como todo lo demás, y entonces
todo el bosque habría hablado de ello.
Esa noche, cuando salió la luna, regresó de nuevo la madre de Bambi. Apareció de
repente al pie del gran roble, junto al prado, y buscó a Bambi con la mirada. Este se
dio cuenta en seguida y corrió hacia ella. Esa noche Bambi presenció otra vez algo
nuevo. La madre estaba cansada y hambrienta. No anduvieron tanto como otras veces.
La madre sació su apetito en el prado, donde también Bambi solía hacer la mayor
parte de sus comidas. Juntos mordisquearon un poco los arbustos y se adentraron
apaciblemente en el bosque. De pronto se oyó un ruido fuerte por los matorrales.
Antes de que Bambi pudiera darse cuenta de qué se trataba, empezó la madre a chillar
tan fuerte como cuando se asustaba mucho o cuando era presa de una gran confusión.
—¡Ach! —gritó.
Luego dio un brinco, se detuvo y volvió a gritar:
—¡Ach! ¡Bach!
Bambi vio entonces unos animales enormes que pasaban haciendo mucho ruido.
Estaban muy cerca. Se parecían a Bambi y a su madre; se parecían a la tía Ena y a
todos los de su familia, pero eran gigantescos. Tenían una altura tan enorme que no
quedaba más remedio que rendirse ante ellos y alzar la vista para mirarlos. También
Bambi empezó a gritar pidiendo auxilio:
—¡Ach! ¡Bach! ¡Bach!
Gritaba sin darse cuenta, pero no podía evitarlo. La comitiva pasó despacio a su
lado. Tres, cuatro animales gigantescos, uno detrás de otro. Al final iba uno que era
todavía más grande que los otros. Tenía una hirsuta melena en el cuello y su
cornamenta era similar a un árbol. Viendo aquello, uno se quedaba sin respiración.
Bambi berreaba con todas sus fuerzas; hasta ese momento nunca se había sentido tan
inquieto. Tenía miedo, pero era un miedo especial. Se veía a sí mismo pequeño y
miserable, e incluso le pareció que su madre había encogido lamentablemente. Se
avergonzó sin saber por qué; al mismo tiempo, sin embargo, se estremecía de terror y
gritaba:
—¡Bach! ¡Bach!
Y al gritar así, se sentía aliviado.
Había pasado la comitiva. Ya no se veía ni se oía nada de ella. La madre estaba
callada. Bambi berreaba de vez en cuando un poco. Aún se sentía impresionado.
—Estáte tranquilo —dijo la madre—; ya se han ido.
—¡Oh, mamá! —susurró Bambi—. ¿Quiénes eran ésos?
—En fin, en el fondo no son peligrosos —dijo la madre—. Eran nuestros
parientes mayores. La verdad es que son grandes y distinguidos, más distinguidos aún
que nosotros.
—¿Y no son peligrosos? —preguntó Bambi.
—Normalmente no —le explicó la madre—. Pero dicen que a veces sí lo son. Se
dicen muchas cosas de ellos, pero yo no sé si habrá algo de cierto en esas historias. A
mí todavía nunca me han hecho nada; ni a nadie, que yo conozca.
—¿Por qué habrían de hacernos algo siendo parientes nuestros? —preguntó
Bambi.
Quería estar tranquilo, pero aún seguía temblando.
—Lo más seguro es que no nos hagan nada —respondió la madre—, pero no sé;
yo me asusto cada vez que los veo. Es algo que me pasa todas las veces.
Bambi se iba calmando con la conversación, pero permanecía pensativo. Justo
encima de él, entre las ramas de un aliso*, chilló el autillo de forma llamativa. Pero
Bambi estaba distraído y esta vez se olvidó de hacer como que se asustaba. No
obstante, el autillo se acercó en seguida y preguntó:
—¿Acaso le he asustado?
—Claro —contestó Bambi—; usted me asusta siempre.
El autillo rió en voz baja; estaba satisfecho.
—Espero que no me lo tome a mal —dijo—. Es mi forma de ser.
Luego se infló como una bola, hundió el pico en el suave plumaje y puso una cara
muy seria. Estaba satisfecho.
Bambi le abrió su corazón:
—¿Sabe una cosa? —comenzó a decir en tono de presunción—. Hace un
momento me he llevado un susto mucho mayor aún.
—¿Ah, sí? —preguntó el autillo con disgusto.
Bambi le contó el encuentro que había tenido con sus gigantescos parientes.
—No me hable de parientes —dijo el autillo—. Yo también tengo parientes, pero
en cuanto me dejo ver durante el día, en seguida se ponen a criticarme
despiadadamente. No, los parientes no sirven para nada. Si son más grandes que
nosotros, no valen nada, y si son más pequeños, valen menos todavía. Si son más
grandes que nosotros, no los soportamos porque son unos engreídos, y si son más
pequeños, entonces son ellos los que no nos soportan a nosotros por engreídos. No,
no quiero saber nada de esa historia.
—Pero… yo no conozco para nada a mis parientes —dijo Bambi tímido e
impaciente—. Nunca he oído hablar de ellos; hoy los he visto por primera vez.
—No se preocupe por esa gente —le aconsejó el autillo—. Créame —dijo
poniendo los ojos en blanco para darse importancia—, créame, es lo mejor. Los
parientes nunca son tan buenos como los amigos. Ya ve, nosotros dos no estamos
emparentados y, sin embargo, somos buenos amigos, y eso es muy agradable.
Bambi quería decir algo, pero el autillo continuó:
—Tengo experiencia en estas cosas. Usted aún es muy joven. Créame, yo sé más
de esto. Por otra parte, no es mi intención inmiscuirme en sus asuntos de familia.
Torció los ojos con aire pensativo. Con esa cara tan seria parecía tan importante,
que Bambi permaneció discretamente callado.
[7]
Del roble grande situado al borde del prado caían hojas. Caían de todos los
árboles. Una rama del roble se elevaba muy por encima de las otras, extendida
hacia el prado. De su extremo pendían dos hojas.
—Ya no es como antes —dijo una hoja.
—No —contestó la otra—. Esta noche han caído muchas de nosotras. Ya casi
somos las únicas que quedamos en esta rama.
—Nunca se sabe a quién le tocará —dijo la primera—. Cuando todavía hacía
calor y calentaba el sol, hubo alguna que otra tormenta o aguacero y muchas de
nosotras cayeron, a pesar de que todavía eran jóvenes. Nunca se sabe a quién le va
a tocar.
—Ahora sale el sol pocas veces —suspiró la segunda hoja—, y cuando sale,
no tiene fuerza. Necesitaríamos nuevos impulsos.
—¿Tú crees que será verdad que, cuando nos vamos, vienen otras a
sustituirnos, y luego otras y luego otras? —dijo la primera.
—Seguro que sí —susurró la segunda—, pero es imposible imaginarlo; está
fuera del alcance de nuestra comprensión.
—Y además da tristeza pensarlo —añadió la primera.
Permanecieron un rato calladas. Luego dijo la primera en voz baja, para sus
adentros:
—¿Por qué tendremos que irnos?
La segunda preguntó:
—¿Qué nos pasará cuando caigamos?
—Nos hundiremos.
—¿Y qué habrá ahí abajo?
La primera respondió:
—No lo sé. Unos dicen una cosa, otros dicen otra, pero nadie lo sabe.
La segunda preguntó:
—¿Se sentirá algo, se tendrá conciencia de uno mismo ahí abajo?
La primera respondió:
—¿Quién sabe? Ninguna de las hojas que han caído ha vuelto jamás a
contárnoslo.
Callaron de nuevo. Luego, la primera hoja dijo cariñosamente a la otra:
—No te aflijas tanto, que estás temblando.
—No te preocupes —respondió la segunda—; últimamente tiemblo con mucha
facilidad. Una ya no se siente tan firmemente prendida de la rama.
—No hablaremos más de esas cosas —dijo la primera hoja.
La otra respondió:
—Sí, vamos a dejarlo. Pero ¿de qué otra cosa hablaremos?
Se calló y al cabo de un rato continuó:
—¿Cuál de nosotras dos caerá antes?
—Aún queda tiempo para pensar en eso —la tranquilizó la primera—. Más vale
que recordemos lo bonito, lo maravilloso que ha sido todo. ¿Te acuerdas de cuando el
sol quemaba tanto que parecía que ibas a reventar de salud? ¿Y del rocío de las
mañanas? ¿Y de las noches suaves, deliciosas?
—Ahora las noches son horribles —se lamentó la segunda— y no terminan
nunca.
—No podemos quejarnos —dijo la primera severamente—; hemos vivido más
que muchas, muchas otras.
—¿He cambiado mucho? —preguntó la primera hoja, tímida, pero
imperiosamente.
—En absoluto —le aseguró la primera—. Lo dices porque me ves a mí tan
amarilla y fea, ¿no? Pero lo mío es distinto.
—Me estás engañando —dijo la segunda.
—No, en serio —repitió la primera con mucho empeño—. Créeme. Estás tan
guapa como el primer día. Tienes alguna que otra rayita amarilla, pero apenas se te
nota, y no hace sino aumentar tu hermosura. Créeme.
—Te lo agradezco —susurró la segunda hoja emocionada—. No te creo del todo,
pero te agradezco que seas tan buena. Siempre has sido muy buena conmigo. Ahora
es cuando me doy cuenta realmente de lo buena que has sido.
—Cállate —dijo la primera, y enmudeció también, pues no podía seguir hablando
de la pena que le daba.
Las dos permanecieron en silencio. Pasaron las horas. Un viento húmedo, frío y
hostil sopló por las copas de los árboles.
—¡Ay!… ¡Ahora! —dijo la segunda hoja—. Yo…
Su voz se quebró. Suavemente fue arrancada de la rama y cayó balanceándose en
el aire.
Había llegado el invierno.
[9]
Bambi notó que el mundo había cambiado. Le costaba adaptarse a ese mundo
transformado. Todos habían vivido como la gente rica y ahora empezaba a
empobrecerse. Bambi sólo conocía la riqueza. Encontraba de lo más natural estar
rodeado por todas partes de la mayor abundancia y del lujo más exquisito, dormir
en un hermoso rincón cubierto de verde, oculto a toda mirada, y caminar de un
lado a otro con un precioso pelaje rojizo, suave y brillante.
Ahora todo había cambiado sin que en realidad se hubiera dado cuenta. Esa
transformación que ya llegaba a su fin había consistido para él en una serie de
nuevos fenómenos entretenidos. Le divertía ver cómo la pradera exhalaba los
velos de niebla matutinos, blancos como la leche, o cómo éstos descendían de
pronto del cielo gris del amanecer y luego se desvanecían con el sol. También le
gustaba la blanca escarcha esparcida por el suelo y por el prado. Algunas veces se
deleitaba oyendo gritar a sus parientes mayores, los ciervos. El bosque entero
retumbaba con las voces de estos reyes. Bambi escuchaba y pasaba mucho miedo,
pero su corazón se estremecía de admiración al oír aquellos gritos atronadores.
Entonces recordaba que los reyes tenían unas cuernas tan grandes y tan
ramificadas como las ramas de los árboles, y le parecía que sus voces eran igual de
potentes que sus cuernas. En cuanto oía el poderoso estallido de una de aquellas
voces, se quedaba quieto, inmóvil. Su tono grave sonaba como una exigencia
imperiosa, como el terrible lamento de una raza noble, enfurecida y encrespada de
anhelo, ira y orgullo. Bambi luchaba en vano contra el miedo. Cuando oía aquellas
voces, se sentía dominado, pero al mismo tiempo estaba orgulloso de tener unos
parientes tan distinguidos. A la vez sentía una extraña sensación de irritación por
lo inabordables que eran. Eso le hería, le humillaba, sin que supiera exactamente
por qué ni cómo, sin ser en absoluto consciente de ello.
Cuando pasó la época de apareamiento de los reyes y se acallaron sus gritos
atronadores, Bambi volvió a prestar atención a otras cosas. Mientras iba de noche por
el bosque o al tumbarse de día en su escondrijo, oía el susurro de las hojas que caían
de los árboles. Había un murmullo y un crujido incesante en el aire, en las copas de
los árboles, en las ramas. Un sonido argentino, dulce y constante, se precipitaba sobre
la tierra. Era maravilloso despertarse con él, y era delicioso dormirse al arrullo de
aquel susurro misteriosamente melancólico. Luego, en el suelo se formó una capa
espesa de hojas que crujían y susurraban al ser pisadas. Formaban una capa tan alta
que a cada paso había que apartarlas, y eso era divertido. Hacían un «shsh, shsh»
suave, claro, argentino. Aparte de todo, eran muy útiles, pues esos días no hacía falta
ocuparse demasiado de escuchar ni de ventear. Se oía todo desde lejos. Al menor
movimiento susurraban las hojas; se oía «shsh». ¿Quién iba a acercarse? Nadie,
naturalmente.
Pero después vino la lluvia. Desde temprano por la mañana caía a raudales hasta el
final de la tarde; luego seguía azotando toda la noche hasta la mañana siguiente;
escampaba un rato y comenzaba otra vez con nuevas fuerzas. El aire parecía estar
empapado de agua fría. Si uno intentaba arrancar unos cuantos tallos de hierba, se le
llenaba la boca de agua, y en cuanto tirabas un poquito de un arbusto, te caían
verdaderos torrentes de agua en los ojos y en la nariz. Las hojas ya no crujían.
Aplastadas por la lluvia, formaba una capa blanda y compacta en el suelo; ya no
hacían ni el más mínimo ruido. Bambi experimentó por vez primera lo duro que era
estar día y noche bajo la lluvia y sentirse calado hasta los huesos. Aún no tenía frío,
pero echaba de menos el calor y le parecía algo lamentable tener que andar de un lado
a otro tan empapado.
Pero cuando llegó el viento del Norte, Bambi conoció el frío. De poco servía
arrimarse a la madre. Al principio, naturalmente, le pareció delicioso estar tumbado y
tener al menos un lado bien calentito. El viento del Norte desencadenaba día y noche
su furia a través del bosque. Parecía impulsado por una ira incomprensible, fría como
el hielo, que le llevaba a la locura; parecía querer arrancar todas las raíces del bosque
y llevárselas como trofeo, o aniquilar todo aquello como fuera. Los árboles bramaban
ofreciendo una poderosa resistencia, luchaban con energía contra aquel impetuoso
asalto. Se oían sus gemidos prolongados, sus quejumbrosos crujidos, el estallido con
que se quebraban sus fuertes ramas, el colérico estruendo con el que de vez en cuando
se partía el tronco de un árbol que, vencido de esta manera, parecía gritar por cada
herida de su agrietado cuerpo moribundo. Pero de pronto ya no se oía nada, pues el
viento arremetía con más furia aún contra el bosque y devoraba con su rugido el resto
de las voces.
Bambi comprendió que habían llegado la miseria y la pobreza. Vio cómo la lluvia
y el viento habían cambiado el mundo. Ya no quedaba una hoja en los árboles ni en
los arbustos; despojados de todo, desnudos de cuerpo entero, alzaban lastimosamente
sus brazos pardos al cielo. La hierba de la pradera estaba marchita y de color marrón
negruzco, y tan corta que parecía chamuscada a ras de tierra. También el escondrijo de
Bambi tenía ahora un aspecto lamentable, pelado. Desde que desaparecieran sus
verdes paredes, Bambi ya no se encontraba allí tan recogido como antes, y además
entraba aire por todas partes.
Un día volaba una joven urraca por el prado. Algo blanco y frío le cayó en el ojo,
y otra vez, y otra vez, hasta que se le formó un ligero velo delante de los ojos. A su
alrededor danzaban unos copitos pequeños, blandos, de un color blanco
deslumbrante. La urraca se detuvo en su vuelo, sin dejar de aletear, se puso recta
mirando hacia arriba y subió un poco más. Todo en vano. Allí seguían estando los
copitos blandos y fríos, y le seguían cayendo en los ojos. De nuevo se puso recta
mirando hacia arriba y subió otro poco.
—No se esfuerce, amiga mía —gritó la corneja, que iba por encima de ella, en la
misma dirección—. No se esfuerce. Por muy alto que vuele, no podrá salir de estos
copos. Es nieve.
—¿Nieve? —dijo la urraca asombrada, luchando contra el torbellino de nieve.
—Pues sí —dijo la corneja—. Como estamos en invierno, esto es nieve.
—Disculpe —respondió la urraca—, pero es que salí del nido en mayo y no
conozco el invierno.
—Eso suele ocurrir —observó la corneja—. Ya lo conocerá.
—Bueno, si es nieve —dijo la urraca—, me sentaré un ratito.
Se posó en la rama de un aliso y se sacudió.
La corneja continuó su vuelo torpemente.
Bambi al principio se alegró al ver la nieve. El aire estaba silencioso y apacible
mientras descendían aquellas estrellas blancas planeando; el mundo tenía un aspecto
completamente nuevo. Se había vuelto más luminoso, incluso más alegre, en opinión
de Bambi, y cuando salía el sol un ratito, todo se iluminaba; la capa blanca de nieve
brillaba y resplandecía con tal intensidad que le cegaba a uno por completo.
Sin embargo, pronto dejó Bambi de alegrarse de la nieve, ya que cada vez se iba
haciendo más difícil encontrar alimento. Había que escarbar la nieve y costaba mucho
hallar una brizna de hierba marchita. Además, la nieve cortaba en las patas y había que
tener cuidado de no lastimarse los pies. Gobo ya los tenía lastimados. Claro que Gobo
era de los que no aguantaban mucho, cosa que preocupaba a su madre.
Ahora frecuentemente estaban juntos y hacían más vida social que antes. Ena
acudía siempre con sus hijos. Ultimamente también se movía en su círculo Marena,
una joven corza. Pero la que más contribuía al entretenimiento de todos era la anciana
Netla. Vivía sola y tenía sus propias ideas acerca de todo.
—No —decía—, ya no quiero saber nada de hijos. Ya estoy harta de esa broma.
Entonces solía preguntarle Falina:
—¿Por qué estás harta de hijos si son una broma?
Y Netla hacía como que se enojaba, y decía:
—Pero son una broma pesada, y ya tengo bastantes.
Todos se divertían muchísimo. Se sentaban y se ponían a charlar. Los pequeños
nunca habían oído tantas cosas.
Incluso algún príncipe que otro se reunía ahora con ellos. Al principio, estas
reuniones eran un poco ceremoniosas, sobre todo porque los pequeños todavía
estaban un poco tímidos. Pero aquello pasó pronto y las reuniones se hicieron muy
amenas. Bambi admiraba al príncipe Rono, que era un señor respetable, y quería con
locura al joven y hermoso Karus. Se les habían caído las cuernas, y Bambi observaba
a menudo las dos manchas redondas, de color gris pizarra, que destacaban en la
cabeza de los príncipes; eran tersas, relucientes y con muchos puntitos. Les daban una
apariencia muy distinguida.
Lo más emocionante era cuando uno de los príncipes hablaba de «él». Rono tenía
un bulto gordo, cubierto de pelo, en la pata delantera izquierda. Como cojeaba de esa
pata, solía decir a veces:
—¿Se nota que cojeo?
Y todos se apresuraban a asegurarle que no se notaba lo más mínimo. Eso era lo
que Rono quería oír. Y a decir verdad, se notaba muy poco.
—Pues sí —continuaba luego—, en aquella ocasión me libré de una buena.
Y luego contaba cómo «él» le había sorprendido y le había lanzado su fuego. Pero
sólo le había alcanzado esa pata. Y le dolió como para volverse loco, cosa nada
extraña, pues se le rompió el hueso. Pero Rono no perdió la calma, sino que echó a
correr con tres patas, sin detenerse a pesar del cansancio, pues se daba cuenta de que
le perseguían. Corrió y corrió hasta que llegó la noche. Luego se permitió un
descanso. Pero a la mañana siguiente continuó andando hasta que se sintió seguro.
Entonces se curó; se quedó solo y escondido, y esperó a que se le curara la herida. Por
fin, salió convertido en un héroe. Cojeaba, pero apenas se le notaba.
Como ahora todos se reunían tan a menudo y durante tanto tiempo para contar
toda clase de historias, Bambi oyó hablar de «él» más que antes. Hablaban del aspecto
tan horrible que tenía. Nadie soportaba mirar aquel rostro tan pálido. Bambi ya lo
sabía por propia experiencia. También hablaban del olor que despedía; sobre esto
también podía haber hablado Bambi, pero era lo suficientemente bien educado como
para no mezclarse en la conversación de los mayores. Decían que ese olor cambiaba
de una vez a otra de manera misteriosa y que, sin embargo, se reconocía
inmediatamente, ya que siempre era muy peculiar, excitante, indescriptible, misterioso;
un espanto, en suma. Hablaban de que «él» sólo se valía de dos patas para andar y de
la extraordinaria fuerza de sus dos manos. Algunos no sabían con exactitud lo que
eran las manos. Y cuando los otros se lo explicaron, dijo Netla:
—Yo no encuentro nada sorprendente en ello. La ardilla hace exactamente igual
todo eso que estáis describiendo y cualquier ratoncillo tiene las mismas habilidades.
Y volvió la cabeza con gesto desdeñoso.
—¡Oh, no! —gritaron los otros dándole a entender que no era lo mismo ni mucho
menos.
Pero Netla no se achantaba así como así:
—¿Y qué me decís del halcón? —dijo—. ¿Y del ratonero*? ¿Y de la lechuza? Esos
no tienen más que dos patas, y cuando quieren coger algo, como vosotros lo llamáis,
se apoyan sobre una pata y con la otra lo cogen. Eso es mucho más difícil; seguro que
«él» no es capaz de hacerlo.
Netla no se mostraba en absoluto dispuesta a admirar nada relacionado con «él».
Le odiaba con toda su alma.
—Es repugnante —dijo, y de ahí no había quien la sacara.
Tampoco le llevó nadie la contraria, pues ninguno sentía simpatía por «él». Pero la
cosa se complicó cuando alguien dijo que «él» tenía una tercera mano; no sólo dos
manos, sino tres.
—Eso son habladurías —decidió Netla sin más ni más—. Yo no me lo creo.
—¿Ah, no? —intervino Rono—. ¿Entonces con qué me destrozó la pata? ¿Quiere
explicármelo?
Netla respondió tan tranquila:
—Eso es asunto suyo. A mí no me ha destrozado nada.
La tía Ena dijo:
—Yo he visto muchas cosas en la vida y creo que si dicen que tiene una tercera
mano, algo de verdad habrá en ello.
El joven Karus observó cortésmente:
—En eso no puedo por menos de darle la razón. Yo soy amigo de una corneja…
Se calló un momento abochornado y miró a todos uno por uno, como temiendo
que se rieran de él. Pero al ver que le escuchaban atentamente, continuó:
—Esa corneja es muy instruida, todo hay que decirlo. Es asombrosamente
instruida. Y me contaba que «él» tiene, en efecto, tres manos, pero no siempre. La
tercera mano, dice la corneja, es la mala. No forma parte de su cuerpo como las otras
dos, sino que la lleva colgada del hombro. La corneja dice que ella sabe muy bien
cuándo es peligroso «él» o alguno de su raza y cuándo no lo es. Dice que cuando se
acerca sin la tercera mano, entonces no es peligroso.
Netla se echó a reír:
—Tu corneja es una tonta, mi querido Karus. Díselo de mi parte. Si fuera tan lista
como se cree, sabría que «él» siempre es peligroso. Siempre.
Pero los otros hicieron algunas objeciones. La madre de Bambi opinó:
—Sin embargo, algunos de «ellos» no son nada peligrosos. Eso se nota en
seguida.
—¿Ah, sí? —preguntó Netla—. ¿Tú eres de las que te quedas quieta hasta que se
acercan y luego les das los buenos días?
La madre de Bambi contestó amablemente:
—Claro que no me quedo parada; echo a correr.
Y Falina soltó:
—¡Hay que correr siempre!
Todos se echaron a reír.
Pero cuando siguieron hablando de la tercera mano, se pusieron serios y poco a
poco se les fue metiendo el miedo en el cuerpo. Y es que fuera lo que fuera, tercera
mano o cualquier otra cosa, era terrible y no lo entendían. La mayoría sólo lo sabía
por los relatos de los otros, y algunos de ellos lo habían visto por sí mismos. Decían
que «él» estaba generalmente de pie, lejos y sin moverse; era inexplicable lo que hacía,
porque de repente sonaba un estampido similar al del trueno, salía fuego, y lejos de
«él» uno se desplomaba con el pecho destrozado y moría.
Mientras hablaban de eso, todos se iban encogiendo como si sintieran una oscura
fuerza que los dominara misteriosamente. Escuchaban con avidez muchas historias,
todas ellas llenas de horrores, de sangre y de calamidades. Incansables, tomaban nota
de todo lo que se hablaba. Seguramente eran historias inventadas, cuentos y leyendas
que databan de tiempos de los abuelos y de los bisabuelos; en todas ellas trataban de
averiguar inconscientemente, aterrorizados, cómo podrían aplacar ese poder siniestro
o de qué manera podrían escapar a él.
—¿Cómo es posible —dijo el joven Karus muy preocupado— que estando «él»
tan lejos le tire a uno al suelo?
—¿No te lo ha explicado la lista de la corneja? —se burló Netla.
—No —dijo Karus sonriente—. Ella dice que aunque lo ha visto muchas veces,
nadie es capaz de explicarlo.
—Pues «él» puede derribar a una corneja del árbol cuando quiera —observó
Rono.
—Y es capaz de pillar al faisán en el aire —añadió la tía Ena.
La madre de Bambi dijo:
—«El» lanza su mano. Mi abuela me lo contó.
—¿De veras? —preguntó Netla—. ¿Y entonces qué es lo que produce ese horrible
estruendo?
—Cuando se desprende de su mano —explicó la madre de Bambi—, se enciende
súbitamente el fuego y retumba como un trueno. «El» está lleno de fuego por dentro.
—Perdone —dijo Rono—. Es cierto que por dentro está lleno de fuego, pero eso
de la mano es un error. Una mano no podría causar tales heridas. Usted misma tiene
que reconocerlo. Más bien debe de ser un diente lo que nos arroja. ¿No le parece? Un
diente explicaría muchas cosas; uno puede morir de una mordedura.
El joven Karus suspiró profundamente:
—¿No dejará de perseguirnos nunca?
Entonces habló Marena, la joven corza:
—Yo creo que algún día vendrá a vivir con nosotros y se hará pacífico como
nosotros. Jugaremos con él, todo el bosque será feliz y nos reconciliaremos.
Netla exclamó, riéndose:
—Que se quede donde está y que nos deje en paz.
La tía Ena dijo en tono de amonestación:
—No se debe decir una cosa así.
—¿Y por qué no? —replicó Netla acalorada—. ¡Reconciliarnos! ¡No me cabe en
la cabeza! Ha estado matándonos desde que tenemos memoria. Nos ha matado a
todos: a nuestras hermanas, a nuestras madres, a nuestros hermanos. Desde que
vinimos al mundo no nos ha dejado en paz. Nos mata allá donde estemos. ¿Y
pretendéis que nos reconciliemos con «él»? ¡Vaya tontería!
Marena miró a todos con sus ojos grandes, serenos, brillantes.
—La reconciliación no es ninguna tontería —dijo—. Algún día llegará.
Netla se dio media vuelta:
—Voy a buscar algo de comer —dijo, y se fue corriendo.
[10]
Hacía tiempo que los sauces habían perdido sus amentos*. Todo empezaba a
reverdecer, pero las tiernas hojas de los arbustos y de los árboles aún eran
pequeñas. A la suave luz de aquella hora temprana de la mañana parecían, con su
frescura risueña, niños pequeños que acabaran de despertarse.
Bambi estaba junto a un avellano golpeando sus astas nuevas contra las ramas.
Era muy agradable hacer eso. Y además era necesario, ya que el adorno de su
cabeza aún se hallaba cubierto de una piel delgada y velluda. Y había que
quitársela, por supuesto; nadie a quien le gustara el orden esperaba a que se le
cayera por sí sola. Bambi restregó tanto sus cuernas que la piel se le hizo jirones,
cayéndole en largas tiras por las orejas. Mientras frotaba el avellano para arriba y
para abajo, notó que su cornamenta era más dura que el avellano. Eso le produjo
una sensación embriagadora de fortaleza y orgullo. Arremetió con más fuerza
contra el avellano y le arrancó la corteza en trozos largos. Apareció la madera
blanca al desnudo y, al no estar habituada al contacto con el aire, pronto adquirió
el tono rojizo del óxido. Bambi no tenía ninguna consideración. Veía encenderse la
carne blanca de la madera bajo sus golpes y se entusiasmaba. Había ya toda una
serie de avellanos y alheñas que llevaban las marcas de su trabajo.
—¡Pero si ya está casi desarrollado! —dijo una voz a su lado en tono jocoso.
Bambi alzó la cabeza y miró a su alrededor.
Allí estaba la ardilla mirándole con simpatía:
Por encima de ellos, alguien se rió con estridencia:
—¡Ja! ¡Ja!
Bambi y la ardilla estuvieron a punto de asustarse, pero el pájaro carpintero,
pegado al tronco del roble, dijo:
—Perdóneme, pero cada vez que le veo hacer eso, no puedo aguantar la risa.
—¿Y qué es lo que le produce tanta risa? —preguntó Bambi muy cortés.
—Pues que usted entiende el asunto equivocadamente —opinó el pájaro
carpintero—. En primer lugar, debería atenerse a los árboles gordos, porque de
esos finos avellanitos no se saca nada.
—¿Qué quiere que saque de ellos? —preguntó Bambi.
—Bichos —rió el pájaro carpintero—. Bichos y larvas. Mire, se hace así…
Se puso a tamborilear el tronco del roble:
—Toc-toc-toc-toc…
La ardilla subió a toda velocidad junto a él y le riñó:
—¿Qué está usted diciendo? El príncipe no busca bichos ni larvas.
—¿Por qué no? —dijo el pájaro carpintero de buen humor—. Pues están
riquísimos.
A continuación, mordió un bicho, se lo tragó y siguió tamborileando el tronco.
—Usted no lo entiende —siguió riñéndole la ardilla—. Un caballero tan
distinguido persigue unos fines muy diferentes, mucho más elevados. De manera que
ha metido la pata.
—¡A mí qué me importa! —respondió el pájaro carpintero—. ¡Me río yo de los
fines elevados! —dijo en tono jovial, y se fue volando.
La ardilla volvió a bajar a toda velocidad.
—¿No me conoce? —preguntó con gesto complaciente.
—Creo que sí —respondió Bambi amablemente—. ¿No vive usted ahí arriba? —
dijo señalando el roble.
La ardilla le miró sonriente.
—Me confunde con mi abuela —dijo—. Ya sabía yo que me confundía con mi
abuela. Mi abuela vivía ahí arriba cuando usted aún era pequeño, príncipe Bambi. A
menudo me hablaba de usted. Pero, en fin, luego la mató la marta hace ya mucho
tiempo, en invierno. ¿No se acuerda?
—Sí —asintió Bambi—. He oído hablar de eso.
—Pues bien, después mi padre se instaló aquí —dijo la ardilla.
Luego se incorporó, puso ojos de asombro y se colocó finamente las dos patitas
en su blanco pecho.
—Pero… a lo mejor me confunde con mi padre. ¿Conoció usted a mi padre?
—Lo siento —contestó Bambi—, pero no he tenido el gusto.
—Me lo imaginaba —exclamó la ardilla complacida—. Mi padre era muy hosco y
muy tímido. No se trataba con nadie.
—¿Dónde está ahora? —inquirió Bambi.
—¡Ay! —dijo la ardilla—. Hace un mes lo atrapó la lechuza. Sí, y ahora soy yo la
que vivo aquí. Y estoy muy contenta. Tenga en cuenta que aquí es donde nací.
Bambi se dio la vuelta para irse.
—Espere —se apresuró a gritar la ardilla—. No quería hablar de nada de eso.
Quería decirle algo muy distinto.
Bambi se detuvo.
—¿Qué era? —preguntó impaciente.
—Sí, ¿qué era? —dijo la ardilla pensando.
Dio otro salto repentino, se sentó muy erguida apoyada en su majestuosa cola y
miró a Bambi.
—¡Ah, sí! Ya me acuerdo —siguió charlando—. Quería decirle que sus astas ya
están casi completamente desarrolladas y que son preciosas.
—¿A usted le parece? —dijo Bambi contento.
—¡Preciosas! —exclamó la ardilla apretándose entusiasmada su blanco pecho con
las dos patas delanteras—. ¡Qué altas! ¡Qué espléndidas! ¡Y además con esas puntas
tan largas y tan brillantes! Eso no se ve todos los días.
—¿De verdad? —preguntó Bambi.
Se alegró tanto que al instante empezó a golpear de nuevo el avellano, llenando
todo el suelo de largas tiras de corteza.
Mientras tanto, la ardilla seguía hablando:
—Ciertamente he de decir que otros a su edad no tienen una cornamenta tan
magnífica. Cuesta trabajo creerlo habiéndole visto el verano pasado. Le vi algunas
veces de lejos y me parecía increíble que fuera el mismo. Aún recuerdo aquellas
patitas tan finas que tenía entonces.
Bambi interrumpió de repente su tarea.
—Adiós —dijo presuroso, y se marchó corriendo.
No le gustaba que le recordaran el verano anterior. Había sido una época difícil
para él. Al principio, tras la desaparición de su madre, se había sentido completamente
abandonado. El invierno duró mucho, la primavera tardó en llegar y el bosque no
reverdeció hasta muy tarde. Sin Netla, Bambi no habría sabido qué hacer, pero ella se
hizo cargo de él y le ayudó en lo que pudo. No obstante, se había quedado muy solo.
A todas horas echaba de menos a Gobo, al pobre Gobo, que ahora también estaba
muerto como los demás. A Falina la veía rara vez. Estaba muy apegada a su madre y
se mostraba singularmente tímida.
Más tarde, cuando por fin empezó el calor, Bambi comenzó a recuperarse.
Restregaba sus primeras cuernas hasta dejárselas relucientes y se sentía orgulloso de
ellas. Pero pronto se llevó una amarga desilusión. Los otros animales de testa
coronada le perseguían allá donde le vieran. Le echaban furiosos, no le permitían
acercarse a nadie, le maltrataban, hasta que a cada paso empezó a tener miedo de que
le pillaran, de que le vieran, y se metía por caminos escondidos con ánimo muy
deprimido. Al mismo tiempo, a medida que los días se hacían más cálidos y soleados,
se apoderaba de él una extraña inquietud. Su corazón se iba sintiendo cada vez más
oprimido por un ansia que era dolorosa y agradable a un tiempo. Cada vez que veía
casualmente a Falina o a una de sus amigas, aunque sólo fuera de lejos, se sentía
dominado por una excitación incomprensible que le venía en forma de oleadas. A
menudo ocurría también que sólo con reconocer sus huellas o con que una bocanada
de aire le trajera el olor de su proximidad, se sentía irresistiblemente atraído por ellas.
Pero si obedecía al deseo que le impulsaba, siempre era para desgracia suya. Y es que
o bien no encontraba a nadie y al final tenía que reconocer, ya cansado de tanto ir de
un lado a otro, que le rehuían, o bien se cruzaba con uno de los animales astados;
entonces éste saltaba sobre él, le golpeaba, le empujaba y le hacía huir con malos
modos. Los que peor se portaron con él fueron Rono y Karus. No, aquel tiempo no
había sido nada feliz.
Y ahora la ardilla se lo acababa de recordar tontamente. Bambi se enfureció de
repente y empezó a correr. Los herrerillos y los reyezuelos se desbandaron asustados
por los arbustos que iba recorriendo y se preguntaron los unos a los otros muy
agitados:
—¿Quién es ése? ¿Quién era ése?
Bambi no lo oyó. Unas urracas gritaron nerviosas:
—¿Ha pasado algo?
El grajo chilló enfadado:
—¿Qué pasa?
Bambi no le prestó atención. Sobre él cantó la oropéndola saltando de árbol en
árbol:
—Buenos días. Me alegro de…
Bambi no dio ninguna respuesta. La espesura que le rodeaba ya se iba aclarando y
llenando de tenues rayos de sol. Bambi no se ocupó de eso. De pronto algo crepitó
cerca de sus pies; todo un arco iris de colores preciosos le deslumbró con su brillo,
hasta tal punto que tuvo que detenerse. Era Janelo, el faisán, que se elevó por los aires
asustado porque Bambi había estado a punto de pisarle. Se alejó refunfuñando.
—¡Es inaudito! —gritó con su voz quebrada y cantarina.
Bambi se quedó aturdido mirándole.
—Esta vez no ha pasado nada, pero ha estado usted muy desconsiderado —dijo
gorjeando una voz dulce junto a él, en el suelo.
Era Janelina, la mujer del faisán. Estaba sentada en el suelo empollando huevos.
—Mi marido se ha asustado mucho —continuó disgustada—, y yo también. Pero
yo no me puedo mover de aquí. Pase lo que pase, no me muevo. Así es que me podía
haber aplastado tranquilamente.
Bambi se avergonzó un poco.
—Perdóneme —tartamudeó—. No me he dado cuenta.
Janelina respondió:
—¡Oh, por favor! Tampoco es para tanto. Es que ahora mi marido y yo estamos
tan nerviosos… Ya comprenderá…
Bambi no comprendió nada y siguió andando. Ya estaba más tranquilo. El bosque
cantaba a su alrededor. La luz se iba poniendo más dorada, más cálida. Las hojas de
los arbustos, las hierbas del suelo y la tierra húmeda y vaporosa comenzaron a
desprender un aroma penetrante. Bambi, henchido del ardor juvenil que recorría
ahora todo su cuerpo, se puso a caminar muy tieso haciendo movimientos lentos y
contenidos, como si fuera de juguete.
Se acercó a un saúco bajito y, levantando las rodillas, empezó a dar golpes en el
suelo con tal ímpetu que salían disparados trozos de tierra. Con su fina y afilada
pezuña dividida en dos cortó las hierbas que allí crecían: arvejas y puerros silvestres,
violetas y campanillas blancas. Luego escarbó la tierra hasta que la dejó desnuda y
llena de surcos. Y a cada golpe se oía un ruido sordo.
Dos topos que correteaban por la maraña de raíces de un aligustre* se asomaron al
oír los golpes y vieron a Bambi.
—Pero… es ridículo lo que está haciendo ése —susurró uno de ellos—. Así no se
puede cavar.
El otro torció las finísimas comisuras de sus labios con gesto burlón.
—No tiene ni idea; eso se ve en seguida. Es lo que pasa cuando la gente se mete a
hacer cosas de las que no entiende nada.
De repente Bambi cesó de dar golpes, alzó la cabeza y se puso a escuchar y a mirar
a través del follaje. Una mancha rojiza lanzaba destellos por entre las ramas; las puntas
de unas cuernas emitían reflejos de color impreciso. Bambi resopló. Quienquiera que
fuese el que andaba por allí, Rono, Karus o el que fuera, Bambi se lanzó a por él.
«Les demostraré que ya no tengo miedo —pensó súbitamente ofuscado—. Les
demostraré que soy alguien a quien hay que respetar.»
Los arbustos crujieron ante la furia de su embestida, las ramas restallaron y se
quebraron. Bambi vio al otro ante él. Pero no pudo reconocerle, pues todo le bailaba
delante de los ojos. No pensaba más que en atacar. Con las astas bajas se abalanzó
hacia adelante con toda la fuerza concentrada en el cuello, listo para el golpe. Sentía ya
el olor del pelaje de su contrincante; ya no veía ante sí más que el rojizo muro de su
flanco. Entonces el otro hizo un ligero movimiento, y Bambi, desposeído del esperado
obstáculo que lo frenase, pasó de largo y fue a dar al vacío. Estuvo a punto de volcar;
dio un traspiés, recuperó el equilibrio y retrocedió dispuesto a atacar de nuevo.
En esto reconoció al viejo príncipe.
Tanto se sorprendió Bambi que perdió la calma. Le daba vergüenza echar a correr
sin más, que es lo que le apetecía. Pero al mismo tiempo le daba vergüenza quedarse.
Así pues, no se movió.
—¿Y bien? —preguntó el viejo en tono sosegado e imperioso a la vez.
Como siempre, su voz conmovió profundamente a Bambi. Permaneció callado.
El viejo repitió:
—¿Y bien?
—Yo creía… —balbuceó Bambi—. Yo creía que era… Rono o…
Se calló y se arriesgó a mirar tímidamente al viejo. La mirada de éste aumentó su
confusión. Allí estaba, inmóvil y poderoso. Su cabeza se había vuelto completamente
blanca, y sus altivos ojos oscuros brillaban con intensidad.
—¿Por qué no luchas contra mí? —preguntó el viejo.
Bambi le miró singularmente extasiado y misteriosamente estremecido. Le habría
gustado gritar: «¡porque le quiero!», pero respondió:
—No lo sé.
El viejo le observó.
—Hacía mucho que no te veía. Ahora ya eres grande y fuerte.
Bambi no contestó nada. Temblaba de emoción.
El viejo continuó examinándolo. Luego se acercó por sorpresa a Bambi, que se
asustó mucho, y le dijo:
—Pórtate bien.
Se dio la vuelta y al momento siguiente desapareció. Bambi permaneció aún
mucho tiempo en el mismo sitio.
[12]
Un día fueron a ver el pequeño claro situado en las profundidades del bosque,
donde Bambi se encontrara la última vez con el viejo príncipe. Bambi hablaba de
él a Falina con gran entusiasmo.
—Tal vez nos lo volvamos a encontrar. Le echo de menos.
—Ya me gustaría —dijo Falina sin vacilar—. La verdad es que tengo ganas de
charlar con él.
Pero no era sincera, pues aunque sentía curiosidad por conocerle, en el fondo
el viejo le daba miedo.
El cielo se iba poniendo de color gris claro; estaba a punto de salir el sol.
Caminaban en silencio el uno junto al otro; aquí y allá había matas y arbustos
sueltos que permitían ver en todas direcciones. No lejos de ellos se oyó un crujido
de ramas. Inmediatamente se detuvieron y se pusieron a mirar. Lenta y
majestuosamente avanzaba el ciervo* hacia el claro a través de los arbustos. En
aquella penumbra, donde los colores aún no eran definidos, parecía una
gigantesca sombra grisácea.
Falina soltó un grito sin darse cuenta. Bambi se dominó. Estaba igualmente
asustado y sentía las ganas de gritar en la garganta. Pero la voz de Falina sonaba
tan indefensa que sintió compasión por ella y se contuvo para así consolarla.
—¿Qué te pasa? —susurró muy interesado; aunque le temblaba la voz—.
¿Qué te pasa? ¡Pero si no nos va a hacer nada!
Falina no paraba de gritar.
—No te pongas tan nerviosa, querida mía —le rogó Bambi—. Resulta ridículo
asustarse siempre tanto con estos animales. Al fin y al cabo son parientes nuestros.
Pero Falina no quería saber nada de semejante parentesco. Seguía rígida
chillando sin cesar y mirando al ciervo, que caminaba tan tranquilo.
—Cálmate —le imploró Bambi—. ¿Qué va a pensar de nosotros?
Pero no había manera de tranquilizar a Falina.
—Que piense lo que quiera —dijo, y volvió a gritar—: ¡Ba-oh! ¡Ba-oh! Es una
exageración lo grande que es.
Y siguió gritando:
—¡Ba-oh! Déjame, no puedo evitarlo. Tengo que gritar. ¡Ba-oh! ¡Ba-oh! ¡Ba-oh!
El ciervo estaba ahora en el pequeño claro del bosque y buscaba cuidadosamente
entre la hierba algún bocado exquisito.
Bambi, que tan pronto miraba a la enloquecida Falina como al pacífico ciervo, se
rebeló de pronto. Al tratar de infundir aliento a Falina, había vencido su propio
miedo. Ahora se reprochó a sí mismo el lamentable estado en que se ponía cada vez
que veía al ciervo. Era siempre el mismo estado: una mezcla molesta de espanto,
irritación, admiración y sumisión.
—Esto no tiene sentido —dijo con resolución—. Voy a ir derecho a conocerle.
—¡No hagas eso! —gritó Falina—. ¡No hagas eso! ¡Ocurrirá una desgracia! ¡Ba-
oh!
—Voy a ir sin falta —respondió Bambi.
Al ver al ciervo, que se estaba dando un banquete tan tranquilo sin preocuparse lo
más mínimo por la llorosa Falina, le pareció demasiado arrogante. Bambi se sentía
herido y humillado.
—Voy a ir —dijo—. Cállate. Ya verás cómo no pasa nada. Espérame aquí.
Bambi fue, en efecto, pero Falina no esperó. No tenía ganas de esperar, ni
tampoco el valor suficiente. De manera que se dio media vuelta y echó a correr
gritando, pues le parecía que era lo mejor que podía hacer. Y todo el rato se la oía
gritar:
—¡Ba-oh! ¡Ba-oh!
A Bambi le hubiera gustado seguirla, pero ya no se podía. Hizo un esfuerzo y
avanzó. A través del ramaje vio al ciervo en el claro con la cabeza agachada.
Nada más salir, Bambi notó cómo le latía el corazón.
El ciervo levantó en seguida la cabeza y miró hacia donde se hallaba Bambi. Luego
miró distraídamente a un punto perdido.
A Bambi le pareció de lo más arrogante tanto la forma que había tenido el ciervo
de mirarle como la manera de mirar ahora a un punto perdido, igual que si no hubiera
nadie.
Bambi no sabía qué hacer. Había salido con la firme resolución de hablar al
ciervo. Tenía la intención de decirle: «Buenos días, me llamo Bambi. ¿Tendría la
amabilidad de decirme su nombre?»
Se había imaginado que era algo sencillo, y ahora se veía que la cosa no era tan
fácil. ¿De qué servía ir con la mejor intención? Bambi no quería ser descortés, y eso es
lo que sería si se iba de allí sin decir una palabra. Tampoco quería ser importuno, y
eso es lo que sería si empezaba a hablar.
Allí seguía el ciervo, con una majestuosidad indignante. Bambi estaba cautivado y
al mismo tiempo se sentía humillado. En vano trataba de reaccionar y se repetía una y
otra vez el mismo pensamiento: «¿Por qué me voy a dejar intimidar? Yo valgo tanto
como él; exactamente lo mismo.»
De nada servía. Bambi seguía intimidado, y en el fondo de su ser notaba que no
valía tanto como él. Ni mucho menos. Se sentía muy miserable, y recurrió a todas sus
fuerzas para conservar en alguna medida la compostura.
El ciervo le miró y pensó: «Es precioso… Es encantador… ¡Qué hermoso, qué
gracioso, qué modales más delicados! Pero no debo mirarle de esta manera; no está
bien. Además podría turbarle.»
Y volvió a mirar al vacío.
«¡Qué mirada más arrogante! —pensó Bambi—. ¡Es intolerable! ¿Qué se habrá
creído?»
El ciervo pensó: «Me gustaría hablar con él. Parece tan simpático… ¡Qué tontería
que no nos hablemos nunca!» Y miró pensativo a un punto distante.
«Le importo un comino —se dijo Bambi—. Esa especie se comporta siempre
como si estuviera completamente sola en el mundo.»
«Pero, ¿qué le puedo decir? —reflexionó el ciervo—. No tengo ninguna práctica
en hablar. Diré una tontería y haré el ridículo, porque seguro que él es muy listo.»
Bambi se armó de valor y miró fijamente al ciervo. «¡Qué espléndido es!», pensó
desesperado.
«En fin, tal vez en otra ocasión…», decidió por fin el ciervo, y se marchó
insatisfecho, aunque majestuoso.
Bambi se quedó atrás, lleno de amargura.
[14]
El bosque entero se evaporaba bajo el sol abrasador, que tras absorber todas
las nubes, hasta el último jirón, dominaba ahora él solo la inmensidad del cielo
azul, algo pálido por el calor. Por el prado y por las copas de los árboles el aire
vibraba formando ondas transparentes como el vidrio, tal y como suele tremolar
sobre una llama. No se movía ni una hoja, ni un tallo de hierba. Los pájaros
permanecían mudos, ocultos a la sombra del follaje y sin moverse de su sitio.
Todas las sendas y caminos de la espesura estaban vacíos, ya que ningún animal se
había atrevido a salir. El bosque yacía inmóvil bajo la luz cegadora; paralizado. La
tierra, los arbustos y los animales respiraban deleitándose con aquel calor
abrasador.
Bambi dormía. Había pasado una noche feliz correteando con Falina hasta
muy entrado el día, y en su felicidad se había olvidado hasta de comer. Y luego le
entró tal sueño que ya ni sentía hambre. Se tumbó de pronto en mitad de unos
matorrales y al momento se quedó dormido. El penetrante olor amargo que
exhalaba el enebro*, inflamado por el sol, y el suave aroma del joven torvisco*
que tenía junto a la cabeza le embriagaron durante el sueño y le dieron nuevas
fuerzas.
De repente se despertó sobresaltado.
¿No era Falina la que le llamaba?
Bambi miró a su alrededor. Aún recordaba cómo Falina se había quedado muy
cerca de él, mordisqueando las hojas del espino, mientras él se echaba. Bambi
creyó que se quedaría a su lado, pero se había ido. Y probablemente ya se habría
cansado de estar sola y ahora le llamaba para que fuera a buscarla.
Mientras Bambi escuchaba, pensó en cuánto tiempo habría dormido y cuántas
veces le habría llamado Falina. No conseguía averiguarlo. Los vuelos del sueño
aún le nublaban el pensamiento.
De nuevo volvió a llamarle. Bambi giró de repente hacia el lado del que
provenía el sonido. Otra vez se oyó. De pronto Bambi se despejó por completo. Se
sentía admirablemente fresco, descansado y fortalecido, y le entró un hambre colosal.
Otra vez se oyó una vocecita tierna, anhelante y delicada como el trino de un
pájaro:
—Ven…, ven…
Sí, era su voz. Era Falina. Bambi se precipitó en su búsqueda con tal ímpetu, que
restallaron las hojas secas de las matas por las que salió y crujieron las hojas verdes,
calentadas por el sol.
Pero en mitad del salto tuvo que detenerse y echarse a un lado, pues allí estaba el
viejo cerrándole el paso.
En Bambi sólo bullía el amor. Ahora el viejo le era indiferente. Ya se lo
encontraría otro día, en otra ocasión. Ahora no tenía tiempo para los ancianos, por
muy vulnerables que fueran. Ahora sólo pensaba en Falina. De manera que le saludó
distraídamente y trató de pasar de largo corriendo.
—¿A dónde vas? —le preguntó el viejo con gravedad.
Bambi se avergonzó un poco. Buscó una disculpa, pero reflexionó y le contestó
sinceramente:
—A buscarla.
—No vayas —dijo el viejo.
Durante un segundo Bambi sintió un chispazo de ira, tan sólo uno. ¿Cómo podía
el viejo exigirle que no fuera donde Falina? Bambi pensó: «Echaré a correr sin más.»
Y miró fugazmente al viejo. Pero le retuvo la mirada profunda de aquellos ojos
oscuros. Temblaba de impaciencia, pero no echó a correr.
—Me está llamando… —dijo a modo de explicación.
Por el tono en que lo dijo se reconocía con claridad lo que le estaba pidiendo: que
no le entretuviera.
—No —dijo el viejo—. No te está llamando.
De nuevo sonó una vocecita similar al trino de un pájaro:
—Ven.
—¡Ahora otra vez! —gritó Bambi excitado—. ¿Lo oye?
—Sí, lo oigo —asintió el viejo.
—Bueno, adiós —se apresuró a decir Bambi.
Pero el viejo le ordenó:
—¡Quédate aquí!
—¿Qué es lo que quiere? —gritó Bambi fuera de sí—. ¡Déjeme ir! No tengo
tiempo. Se lo ruego. Falina me llama; tiene usted que comprenderlo.
—Yo te digo —dijo el viejo— que no es ella.
Bambi estaba desesperado:
—Pero… reconozco perfectamente su voz.
—Escúchame —continuó el viejo.
De nuevo se oyó la voz.
A Bambi el suelo le quemaba los pies.
—Más tarde. Luego volveré —imploró.
—No —dijo el viejo con tristeza—. Ya no volverás nunca más.
Otra vez se oyó la llamada.
—¡Tengo que ir! ¡Tengo que ir! —dijo Bambi a punto de perder la calma.
—Está bien —dijo el viejo en tono imperioso—. Entonces iremos juntos.
—¡Pero aprisa! —gritó Bambi, y dio un salto.
—¡No, despacio! —le ordenó el viejo con una voz que Bambi se vio obligado a
obedecerle—. Quédate detrás de mí. Vayamos paso a paso.
El viejo se puso en movimiento. Bambi le siguió con impaciencia y jadeante.
—Escúchame —dijo el viejo sin detenerse—. Llame las veces que llame, no te
muevas de mi lado. Si es Falina, aún llegaremos a tiempo. Pero no es Falina. No te
dejes arrebatar. Ahora todo depende de si te fías de mí o no.
Bambi no se atrevió a contradecirle y se rindió en silencio.
El viejo avanzaba lentamente. Bambi le seguía. ¡Oh, cómo andaba el viejo! Sus
pies no hacían el menor ruido. A su paso no se movía ni una hoja. Ni una rama crujía.
Y eso que el viejo se deslizaba por apretadas matas, caminaba entre viejísimos
arbustos enmarañados. Bambi no tenía más remedio que admirarle, a pesar de su
febril impaciencia. Nunca había imaginado que se pudiera andar así.
Se oyó la llamada varias veces.
El viejo se detuvo, escuchó y asintió con la cabeza.
Bambi, atormentado por la premura, permaneció ansioso a su lado.
El viejo se detenía a veces sin que nadie hubiera llamado. Erguía la cabeza,
escuchaba y asentía. Bambi no oía nada. El viejo se desvió de la dirección de donde
provenía la llamada. Bambi estaba furioso.
La llamada seguía oyéndose.
Por fin, se fueron acercando más y más.
El viejo susurró:
—Veas lo que veas, no te muevas. ¿Me oyes? Fíjate en todo lo que yo haga y haz
exactamente lo mismo. Ten cuidado y no pierdas la serenidad.
Nada más dar unos pasos, se les llenó de pronto la nariz de aquel olor penetrante y
perturbador que tan bien conocía Bambi. Le vinieron tantas ráfagas del olor, que
estuvo a punto de gritar. Se quedó quieto, como si estuviera clavado. Inmediatamente
comenzó a latirle el corazón a la altura del cuello.
El viejo se detuvo tranquilo junto a él y le indicó la dirección con los ojos: allí.
¡Allí estaba «él»!
«El» estaba muy cerca, apoyado en el tronco de un roble, tapado por unos
avellanos y llamando dulcemente:
—Ven, ven.
Sólo se le veía la espalda. Su cara únicamente podía verse cuando giraba un poco
la cabeza.
Bambi estaba tan confuso, tan trastornado, que sólo poco a poco fue
comprendiendo de qué se trataba: «él» estaba allí. Era «él» el que imitaba la meliflua
voz de Falina: «Ven, ven.»
Un tercer frío recorrió todo el cuerpo de Bambi. La idea de huir se instaló en su
corazón y tiraba violentamente de él.
—¡Quieto! —le susurró el viejo en tono imperioso, como queriendo evitar un
arrebato de terror.
Bambi se dominó haciendo un gran esfuerzo.
El viejo le miró, al principio un poco burlonamente, según le pareció a Bambi, a
pesar del estado en que se encontraba. Pero luego volvió a mirarle con seriedad y
bondadosamente.
Bambi atisbo con ojos parpadeantes hacia donde estaba «él»; notó que no podría
soportar más tiempo su terrible proximidad.
El viejo pareció haber adivinado su pensamiento, ya que le susurró:
—Vámonos —y se volvió para marcharse.
Sigilosamente se alejaron de allí. El viejo iba por caprichosos caminos en zig-zag,
cuya finalidad Bambi no comprendía. Siguió sus lentos pasos haciendo todavía
esfuerzos por dominar la impaciencia. Si antes le había arrastrado hacia allá el ansia de
ver a Falina, ahora era el instinto de huida lo que recorría sus venas.
Sin embargo, el viejo seguía caminando lentamente, se paraba, escuchaba, elegía
otros caminos en zig-zag, volvía a detenerse y seguía andando despacio, muy
despacio.
Ya tenían que estar muy lejos del horrible lugar.
«Cuando se detenga, se podrá volver a hablar; entonces le daré las gracias», pensó
Bambi.
Vio cómo el viejo desaparecía, delante de él, por una tupida maleza de alheñas. Al
deslizarse por ellas no se movió ni una hoja, no se quebró ni una ramita.
Bambi le siguió y se esforzó por pasar tan silenciosamente como él, por evitar con
la misma habilidad cualquier ruido. Pero no lo consiguió. Las hojas crujían levemente,
las ramas se doblaban al contacto con sus flancos y luego volvían a estirarse con un
fuerte silbido, y las ramas secas, al rozarle el pecho, se partían con un breve y agudo
chasquido.
«Me ha salvado la vida —siguió pensando Bambi—. ¿Qué le puedo decir?»
Pero ya no se veía al viejo. Bambi salió muy despacio de los arbustos y se
encontró ante un mar de varas de oro floridas. Alzó la cabeza y miró a su alrededor.
Hasta donde le alcanzaba la vista, no se movía ni un tallo. Estaba solo.
Libre de toda coacción, al momento le arrastró el impulso de huir.
Bajo sus grandes saltos las varas de oro se partían como cortadas por una
guadaña.
Después de vagar mucho tiempo de un lado a otro, encontró a Falina. Estaba sin
respiración, cansado, feliz y profundamente emocionado.
—Te ruego, querida mía —dijo—, que no me llames cuando estemos separados.
No me llames nunca más. Nos buscaremos hasta encontrarnos. Pero te pido que no
me llames, ya que no puedo resistirme a tu voz.
[15]
Unos días más tarde, iban los dos juntos caminando despreocupadamente por
el joven y apretado bosque de robles situado al otro lado del prado. Querían
atravesar el prado y tomar su viejo camino pasando por el roble alto. Cuando la
vegetación se fue haciendo menos tupida, se detuvieron y atisbaron la pradera.
Allá, junto al roble, se movía algo rojizo.
—¿Quién será? —susurró Bambi.
—Probablemente Rono o Karus —dijo Falina.
Bambi lo puso en duda:
—No creo que se atrevan a acercarse a mí —Bambi miró con más atención—.
No —decidió—, no es ni Karus ni Rono. Es un desconocido.
Falina, asombrada y llena de curiosidad, le dio la razón.
—Es verdad, es un desconocido. Ahora yo también lo veo muy bien.
Se pusieron a observarle.
—¡Con cuánta desenvoltura se comporta! —exclamó Falina.
—Es un tonto —dijo Bambi—. Un verdadero tonto. Se comporta como una
criatura pequeña, como si no hubiera el menor peligro.
—Acerquémonos —propuso Falina, que sentía muchísima curiosidad.
—Está bien —contestó Bambi—. Tengo que observar a ese tipo de cerca.
Dieron unos cuantos pasos y Falina se quedó parada:
—Pero… si se pone a pelear contigo… Ten en cuenta que es fuerte.
—Bah —dijo Bambi inclinando la cabeza a un lado gesto despectivo—. Mira las
astas tan pequeñas que tiene. ¿Crees que le puedo tener miedo? Ese tipo es gordo y
grasiento, pero no creo que sea fuerte. Venga, vamos.
Avanzaron.
El otro estaba ocupado en mordisquear tallos de hierba y sólo se dio cuenta de su
presencia cuando ya habían recorrido un buen trecho de pradera. En seguida salió
corriendo a su encuentro. Se puso a dar saltos alegres y juguetones; daba una
impresión muy infantil. Bambi y Falina, desconcertados, se quedaron quietos
esperándole. Cuando estaba a unos pasos de distancia, se detuvo también él.
Al cabo de un rato les preguntó:
—¿No me reconocéis?
Bambi agachó la cabeza, dispuesto para el combate.
—¿Nos conoces tú a nosotros…? —replicó.
El otro le cortó la palabra:
—¡Pero, Bambi! —exclamó en tono de reproche, aunque con familiaridad.
Bambi se sorprendió al oír que lo llamaba por su nombre. El recuerdo de aquella
voz hizo que le diera un vuelco el corazón, pero ya Falina había pegado un salto hacia
el extraño.
—¡Gobo! —gritó, y se quedó muda, inmóvil, sin respiración.
—Falina —dijo Gobo en voz baja—. Falina, hermana mía, me has reconocido.
Se acercó a ella y la besó en el hocico. Las lágrimas corrían por sus mejillas.
También Falina lloraba y no podía hablar.
—Vaya, Gobo… —comenzó a decir Bambi.
Le temblaba la voz. Estaba muy emocionado, profundamente conmovido y
asombrado a la vez.
—Vaya, Gobo… ¿No estás muerto?
Gobo se echó a reír.
—Pues ya ves. Creo que se me nota que no estoy muerto, ¿no?
—Pero… aquel día… en la nieve… —insistió Bambi.
—¿Aquel día? —dijo Gobo ufanándose un poco—. Aquel día me salvó «él».
—¿Y dónde has estado todo este tiempo? —le preguntó Falina perpleja.
Gobo contestó:
—Con «él». Todo el rato he estado con «él».
Luego se calló, miró a Falina y a Bambi, y se regodeó con su desconcierto.
Después añadió:
—Sí, queridos míos, he vivido muchas cosas, más que todos vosotros juntos en
vuestro bosque.
Sonaba un poco fanfarrón, pero aún estaban tan confusos por la enorme sorpresa
que no lo notaron.
—Cuenta, cuenta —dijo Falina fuera de sí.
—¡Oh! —dijo Gobo con satisfacción—. Podría estar contando días y días y no
terminaría nunca.
Bambi le dijo impaciente:
—Venga, cuenta.
Gobo se dirigió a Falina y se puso serio:
—¿Vive todavía mamá? —preguntó vacilante y en voz baja.
—¡Sí! —exclamó Falina con regocijo—. Aún vive, pero hace mucho que no la
veo.
—Quiero ir a verla ahora mismo —dijo Gobo—. ¿Venís conmigo?
Los tres se pusieron en marcha.
En todo el camino no hablaron ni una palabra. Bambi y Falina se daban cuenta del
deseo y de la impaciencia que sentía Gobo por ver a su madre; por eso permanecieron
en silencio. Gobo avanzaba deprisa y callado. Los otros le dejaban hacer lo que
quisiera.
Sólo a veces, cuando, ciego como iba, pasaba de largo un cruce de caminos y
seguía recto, o cuando de pronto le entraban las prisas y tomaba otra dirección, le
decían en voz muy baja: «por allí», o bien: «no, ahora es por aquí».
Unas cuantas veces tuvieron que atravesar grandes claros. Les llamó la atención
que Gobo nunca se quedaba parado en la linde del bosque, nunca miraba a su
alrededor ni un solo momento para cerciorarse antes de salir a descubierto, sino que
simplemente salía corriendo sin la menor precaución. Bambi y Falina cambiaban
miradas de estupor cada vez que ocurría eso. Pero no decían ni una palabra y le
seguían demorándose un poco.
Caminaron mucho tiempo de un lado a otro, buscando por todas partes.
De repente, Gobo reconoció los caminos de su infancia. Estaba emocionado; no se
daba cuenta de que eran Bambi y Falina quienes le habían guiado. Mirándolos, les
dijo:
—¿Qué os parece lo bien que he encontrado el camino?
No dijeron nada; únicamente cambiaron una mirada.
Poco después llegaron a un pequeño escondrijo rodeado de hojas.
—¡Mira! —dijo Falina, y se deslizó hacia dentro.
Gobo la siguió y se detuvo. Era el escondrijo en el que habían venido los dos al
mundo y donde habían vivido de pequeños con su madre. Gobo y Falina se miraron
de cerca a los ojos. No dijeron una sola palabra. Falina besó tiernamente a su hermano
en el hocico. Luego siguieron corriendo.
Anduvieron más o menos una hora de acá para allá. El sol se filtraba cada vez más
por las ramas y el bosque iba sumiéndose en un silencio cada vez mayor. Era la hora
de tumbarse a descansar. Pero Gobo no se sentía cansado. Seguía avanzando
presuroso, jadeaba de impaciencia y nerviosismo, y miraba desorientado a su
alrededor. Se estremecía cada vez que le pasaba velozmente una comadreja por entre
los pies. Todo el rato estaba a punto de pisar a los faisanes, pegados al suelo, y cuando
éstos alzaban el vuelo con gran murmullo de alas y regañándole, se asustaba
terriblemente. Bambi se asombraba de la manera extraña y ciega que tenía Gobo de
caminar.
Gobo se detuvo y se volvió a los dos:
—No la encuentro —balbuceó desesperado.
Falina le tranquilizó:
—En seguida —dijo conmovida—; en seguida, Gobo.
Gobo tenía otra vez la expresión de desaliento que tan bien conocía ella.
—¿Quieres que la llamemos? —dijo Falina sonriente—. ¿Quieres que llamemos
como cuando éramos pequeños?
Bambi siguió andando. A los pocos pasos vio a la tía Ena. Ya se había echado a
descansar a la sombra de un avellano.
«¡Por fin!», se dijo para sus adentros.
En ese mismo momento aparecieron Gobo y Falina. Los tres se quedaron mirando
a Ena, que había levantado un poco la cabeza y los miraba somnolienta.
Gobo dio unos cuantos pasos inseguros y dijo en voz baja:
—Mamá.
Esta se levantó como si la hubiera despertado un trueno y se quedó inmóvil,
clavada en el suelo. Gobo dio un salto hacia ella.
—Mamá… —comenzó de nuevo, y quería hablar, pero no le salía ni una palabra.
La madre le miró de cerca a los ojos. Pronto desapareció su rigidez; temblaba tanto
que se le estremecían los hombros y el lomo.
No preguntó nada, no pidió ninguna explicación, no exigió que le contara nada.
Lentamente fue besando a Gobo en el hocico, en las mejillas, en el cuello; no cesaba
de lavarle con sus besos, igual que hiciera en otro tiempo, cuando lo trajo al mundo.
Bambi y Falina se alejaron.
[16]
Todos notaron en seguida que Gobo tenía una costumbre extraña y peligrosa.
Dormía por la noche, cuando los demás estaban despiertos yendo de un lado a
otro. En cambio, durante el día, cuando los demás buscaban sus escondrijos para
dormir, él estaba despierto e iba a pasear. Además salía de la espesura cuando
quería, sin vacilación alguna, y se quedaba tan tranquilo en mitad del prado, a
plena luz del sol.
Bambi no pudo aguantar más tiempo sin decirle nada:
—¿No piensas nunca en el peligro? —le preguntó.
—No —respondió simplemente Gobo—. Para mí no existe.
—Olvidas, mi querido Bambi —se inmiscuyó la madre de Gobo—, que «él»
es su amigo. Gobo se puede permitir más cosas que tú o que todos nosotros.
Estaba muy orgullosa. Bambi no dijo nada más. Un día le dijo Gobo:
—¿Sabes una cosa? A veces se me hace raro comer aquí así, cuando quiero y
donde quiero.
Bambi no le entendía.
—¿Por qué va a ser raro? Es lo que hacemos todos nosotros.
—¡Claro, vosotros! —dijo Gobo con aires de superioridad—. Pero mi caso es
algo distinto. Yo estoy acostumbrado a que me traigan la comida y a que me
avisen cuando está lista.
Bambi miró a Gobo con compasión. Luego miró a la tía Ena, a Falina y a
Marena, pero ellas sonreían y admiraban a Gobo.
—Creo —comenzó a decir Falina— que te resultará difícil acostumbrarte al
invierno, Gobo. Aquí en invierno no tenemos heno ni nabos ni patatas.
—Es verdad —respondió Gobo pensativo—. No había pensado en eso. Ni
siquiera puedo imaginarme cómo será. Tiene que ser horrible.
Bambi dijo en tono sereno:
—Horrible no. Sólo difícil.
—En fin —dijo Gobo con gesto altivo—, si me resulta demasiado difícil, no
tengo más que volver con «él». ¿Por qué habría de pasar hambre? No veo la
necesidad.
Bambi se dio la vuelta sin decir palabra y se marchó.
Cuando Gobo se quedó de nuevo a solas con Marena, empezó a hablar de Bambi.
—Bambi no me entiende —dijo—. Cree que sigo siendo el pequeño y tonto Gobo
que fui en otro tiempo. Aún no se resigna a verme convertido en algo excepcional. ¡El
peligro! ¿A qué viene hablarme del peligro? Seguro que lo dice por mi bien, pero el
peligro es algo para él y para sus semejantes, no para mí.
Marena le dio la razón. Le amaba, y Gobo amaba a Marena, y los dos eran muy
felices.
—¿Lo ves? —dijo Gobo—. Nadie me entiende tan bien como tú. La verdad es que
no me puedo quejar. Todos me estiman y me respetan. Pero tú eres la que mejor me
entiende. Los demás…, cuando les cuento lo bueno que es «él», me escuchan, eso sí,
y seguro que no creen que mienta, pero siguen pensando que «él» tiene que ser
terrible.
—Yo siempre he creído en «él» —dijo Marena con entusiasmo.
—¿De verdad? —preguntó Gobo sin prestar mucha atención.
—¿Te acuerdas —continuó Marena— de aquel día en que te quedaste tumbado en
la nieve? Ese día dije que «él» vendría algún día al bosque y jugaría con nosotros.
—No —respondió Gobo bostezando—, no me acuerdo.
Pasaron unas cuantas semanas. Un día, al amanecer, Bambi y Falina se
encontraron con Gobo y Marena en el viejo y familiar bosquecillo de avellanos.
Bambi y Falina regresaban en ese momento de una caminata. Habían pasado por el
roble y se disponían a buscar su guarida, cuando se encontraron con Gobo y Marena.
Gobo tenía la intención de salir al prado.
—Quédate con nosotros —le dijo Bambi—. El sol está a punto de salir y ya nadie
va al prado.
—¡Qué ridículo! —se burló Gobo—. Si no va nadie, iré yo.
Continuó andando; Marena le siguió.
Bambi y Falina se quedaron quietos.
—¡Vamos! —dijo Bambi muy enfadado a Falina—. ¡Vamos! Que haga lo que
quiera.
Iban a marcharse, cuando de repente gritó el grajo al otro lado del prado. Era un
grito de aviso.
Bambi se volvió de un salto y corrió tras Gobo. Justo delante del roble alcanzó a
Gobo y a Marena.
—¿Lo oyes? —dijo.
—¿Qué? —preguntó Gobo, perplejo.
De nuevo chilló el grajo desde el otro borde del prado.
—¿No lo oyes? —preguntó Bambi.
—No —dijo Gobo con tranquilidad.
—¡Es la señal de peligro! —insistió Bambi.
Una urraca se puso a parlotear con voz estridente; a continuación otra, y al
momento otra más. Al mismo tiempo graznó el grajo otra vez, y desde lo alto del cielo
daban señales las cornejas.
Ahora también Falina empezó a rogar:
—¡No salgas, Gobo! ¡Hay peligro!
Hasta Marena le rogó:
—¡Quédate aquí! Hazlo por mí, quédate hoy aquí. Hay peligro.
Gobo sonreía con aires de superioridad:
—¡Peligro, peligro! ¡A mí qué me importa!
Bambi tuvo una idea que le vino dictada por la necesidad del momento:
—Al menos deja que salga primero Marena, para que sepamos…
No había acabado la frase, cuando Marena se deslizó hacia fuera.
Los tres la siguieron con la mirada. Bambi y Falina, sin respiración; Gobo, con
evidente paciencia, como dejando a los demás hacer su excéntrica voluntad.
Vieron cómo Marena salía al prado paso a paso, despacio, con la cabeza erguida y
el andar indeciso. Miraba y venteaba en todas direcciones.
De pronto giró con la velocidad del rayo, dio un gran salto y regresó a la espesura
como empujada por un huracán.
—«El»… «El» está ahí —susurró con voz entrecortada por el miedo; le temblaba
todo el cuerpo—. Yo…, yo… le he visto. Está ahí —tartamudeó—, al otro lado, junto
a los alisos.
—¡Vámonos! —dijo Bambi—. ¡Vámonos inmediatamente!
—¡Ven! —suplicó Falina.
Y Marena, que apenas podía hablar, susurró:
—Te lo ruego, Gobo, ven; te lo ruego.
Pero Gobo permanecía tranquilo.
—Corred todo lo que queráis —dijo—. No seré yo quien os lo impida. Por mi
parte, si «él» está ahí, iré a saludarle.
No hubo manera de retener a Gobo. Se quedaron mirando cómo salía.
Permanecieron inmóviles porque la confianza de Gobo ejercía un poder sobre ellos; al
mismo tiempo les retenía el miedo tan grande que sentían por Gobo. No podían
moverse del sitio.
Gobo estaba ya en el prado mirando a su alrededor y buscando los alisos. Ahora
parecía haberlos encontrado, parecía haber visto a «él». De pronto sonó el trueno.
Gobo fue levantado en el aire por el estampido, dio la vuelta rápidamente y volvió
disparado al bosque.
Cuando llegó, aún seguían allí los otros, paralizados por el susto. Oyeron el
silbido de su respiración, y como no se detuvo, sino que continuó corriendo, lo
rodearon y se dieron a la fuga con él.
Pero poco después Gobo cayó desplomado.
Marena se detuvo inmediatamente a su lado. También lo hicieron Bambi y Falina,
un poco más lejos y en actitud de huida.
Gobo yacía con el flanco desgarrado y chorreando sangre de las entrañas. Alzó la
cabeza y la giró fatigado.
—Marena… —dijo con gran esfuerzo—, Marena, «él» no me ha reconocido.
Se le quebró la voz.
Crujieron los arbustos; alguien se acercaba impetuosamente desde el prado.
Marena agachó la cabeza junto a Gobo.
—«El» viene —le susurró en tono apremiante—. Gobo, «él» viene. ¿No te puedes
levantar y venir conmigo?
Gobo levantó otra vez la cabeza, girando penosamente el cuello, hizo unos
movimientos convulsivos con las patas y permaneció tumbado.
En medio de crujidos y chasquidos se abrieron los arbustos y apareció «él».
Marena le vio muy de cerca. Luego retrocedió lentamente, desapareció tras los
arbustos y corrió junto a Bambi y Falina.
Todavía se volvió una vez más y vio cómo «él» se inclinaba para recoger al
derribado.
Luego oyeron el lamentable grito de muerte de Gobo.
[20]
Bambi estaba solo. Iba andando junto al río, que fluía silenciosamente entre
sauces y cañaverales.
Desde que vivía solo, iba a menudo por esa parte. Allí había pocos caminos y
casi nunca se encontraba con ninguno de los suyos. Pero eso era precisamente lo
que quería. Ultimamente tenía pensamientos serios y el ánimo apesadumbrado. No
sabía lo que le pasaba ni tampoco pensaba en ello. Cavilaba sin orden,
embrolladamente, y le parecía como si la vida entera se hubiera vuelto de pronto
más confusa.
Solía quedarse mucho tiempo junto a la orilla del río. La corriente de agua,
que allí describía una suave curva, ofrecía una amplia vista. El aire fresco del
oleaje le traía olores refrescantes, acres, desacostumbrados, que despertaban en él
sensaciones de seguridad y despreocupación. Bambi se quedaba mirando los patos
que allí se reunían. Hablaban sin cesar entre sí, amables, serios e inteligentes.
Había unas cuantas madres, y cada una estaba rodeada de una multitud de patitos,
que eran continuamente aleccionados y que aprendían infatigablemente. De vez en
cuando una u otra madre daba una señal de aviso. Entonces los patitos se
dispersaban rápidamente hacia todos lados; se deslizaban sin demora en completo
silencio. Bambi veía cómo los más pequeños, los que aún no sabían volar, se
internaban con cuidado en los apretados cañaverales, sin rozar un solo junco, para
que su oscilación no pudiera delatarlos. Veía cómo sus pequeños cuerpos de color
oscuro se deslizaban lentamente por entre los juncos. Luego ya no veía nada. Pero
bastaba una sola llamada de la madre para que otra vez aparecieran todos. En un
santiamén se volvía a juntar la escuadrilla y todos empezaban a cruzarse de nuevo
entre sí. Bambi se asombraba cada vez que los veía. Era como un espectáculo de
acrobacia.
Después de una de esas voces de alarma, Bambi preguntó una vez a una de las
madres:
—¿Qué pasaba antes? He prestado mucha atención, pero no he notado nada.
—No era nada —respondió la pata.
Otra vez dio la señal de aviso uno de los patitos, giró a toda velocidad, se dirigió a
través de los juncos hacia la orilla, donde se encontraba Bambi, y se subió a ella.
Bambi preguntó al pequeño:
—¿Qué ha pasado ahora? Yo no he notado nada.
—No era nada —dio el patito por respuesta.
Se sacudió con la sabiduría de un viejo las plumas de la cola, se las cubrió
cuidadosamente con las puntas de las alas y volvió al agua.
Bambi se fiaba de los patos. Comprendió que estaban más atentos que él, que oían
más y veían mejor. Cuando estaba allí, cedía un poco la constante tensión en la que se
hallaba normalmente.
Además le gustaba hablar con los patos. No decían las tonterías que tantas veces
había oído en boca de otros. Hablaban del ancho cielo, del viento y de lejanos campos
en los que se podían saborear manjares exquisitos.
Una vez vio Bambi una cosa pequeña que volaba por el aire dando respingos;
recorría la orilla como un rayo de color de fuego.
—¡Srriii! —gritó el martín pescador, y pasó volando.
Era apenas un puntito que aleteaba muy ruidosamente; de pronto despidió un
destello verde, otro azul, otro rojo, y desapareció. Bambi se quedó maravillado; quiso
ver al extraño desconocido de cerca y le llamó.
—No se moleste —dijo el carricero* desde los apretados juncos—. No se moleste,
que no le va a contestar.
—¿Dónde está usted? —dijo Bambi buscando por entre el cañaveral.
Pero el carricero se echó a reír desde el extremo contrario.
—¡Aquí estoy! Ese tipo gruñón al que ha llamado antes no habla con nadie. Es
absolutamente inútil llamarle.
—¡Qué hermoso es! —dijo Bambi.
—Pero malo —respondió el carricero desde otro sitio.
—¿Por qué cree eso? —le preguntó Bambi.
El carricero le contestó desde otro sitio distinto:
—Pase lo que pase, no se preocupa por nadie ni por nada. Nunca saluda ni
contesta a ningún saludo. Cuando hay peligro por las proximidades, no da una señal a
nadie. Todavía no ha dirigido la palabra nunca a nadie.
—Pobre —dijo Bambi.
El carricero siguió hablando; su voz alegre y aflautada venía ahora de otro sitio:
—A lo mejor se cree que le envidiamos porque tenga unas cuantas plumas de
colores y no quiere que nadie le vea de cerca.
—Tampoco usted se deja ver —dijo Bambi.
Al momento se puso el carricero delante de él.
—En mí no hay nada que ver —dijo con sencillez.
Allí estaba, delgadito y brillante por el agua, con un traje sin adornos y una linda
silueta; inquieto, sin parar de moverse y satisfecho. En un santiamén volvió a
desaparecer.
—No entiendo cómo se puede estar tanto tiempo en el mismo sitio —gritó desde
el agua.
Y cambiando otra vez de sitio, añadió:
—Es aburrido y peligroso quedarse tanto tiempo en el mismo sitio.
Y desde otro lugar distinto, dijo dando gritos de regocijo:
—¡Hay que moverse! ¡Si se quiere vivir seguro y comer bien, hay que moverse!
Un leve crujido de los tallos de hierba sobresaltó a Bambi. Miró a su alrededor. En
la pendiente de la orilla vio un resplandor rojizo que desaparecía por los juncos. Al
mismo tiempo le llegó un olor cálido y penetrante. A lo lejos se deslizaba el zorro.
Bambi quiso avisar dando patadas en el suelo, pero de pronto se oyó un ruido en el
cañaveral, súbitamente partido en dos por el salto del zorro. Después, un chapoteo en
el agua y el grito desesperado de un pato. Bambi oyó crepitar sus alas, vio su cuerpo
blanco destacando en mitad de lo verde y, finalmente, vio cómo sus alas azotaban con
fuerza las mejillas del zorro. Luego se hizo el silencio.
Poco después el zorro subió la pendiente de la orilla sosteniendo el pato en las
fauces. El cuello le colgaba sin vida; las alas aún se movían un poco, pero el zorro no
le daba ninguna importancia. Este lanzó a Bambi de refilón una mirada burlona y
punzante, y se internó lentamente en la espesura.
Bambi se quedó inmóvil.
Algunos de los patos más viejos habían echado a volar ruidosamente y huían
despavoridos en medio de un gran desconcierto. El carricero lanzaba agudos gritos de
aviso hacia todos lados. Los herrerillos trinaban excitados entre los arbustos. Los
patitos más jóvenes recorrían huérfanos el cañaveral y se lamentaban en voz baja.
El martín pescador pasó a lo largo de la orilla dando respingos.
—¡Por favor! —le gritaron los patitos—. Por favor, ¿ha visto a nuestra madre?
—¡Srriii! —chilló el martín pescador despidiendo un destello—. ¡A mí qué me
importáis!
Bambi se dio la vuelta y se fue. Caminó por un tupido campo de varas de oro,
recorrió una llanura de altas hayas y atravesó un viejo avellanar, hasta llegar a la gran
hondonada. Por allí se quedó vagando con la esperanza de encontrarse con el viejo.
Hacía mucho que no le veía: desde la muerte de Gobo.
De pronto le vio de lejos y corrió a su encuentro.
Caminaron un rato en silencio el uno al lado del otro. Luego preguntó el viejo:
—¿Siguen hablando mucho de él?
Bambi comprendió que se refería a Gobo, y contestó:
—No lo sé… Ahora estoy casi siempre solo —vaciló un instante—, pero yo
pienso mucho en él.
—¿Así que ahora estás solo? —dijo el viejo.
—Sí —respondió Bambi expectante, pero el viejo permaneció en silencio.
Siguieron andando. De repente el viejo se quedó quieto.
—¿No oyes nada?
Bambi escuchó. No, no oía nada.
—Ven —dijo el viejo, y salió corriendo.
Bambi le siguió.
De nuevo se detuvo el viejo.
—¿Sigues sin oír nada?
Entonces Bambi oyó un ruido que no comprendió. Era como si alguien estuviera
aplastando ramas y éstas recuperaran tercamente su posición. Al mismo tiempo se
oían unos golpes sordos e irregulares contra el suelo.
Bambi ya se disponía a huir.
—Ven —dijo el viejo corriendo en la dirección del ruido.
Bambi, a su lado, se atrevió a preguntarle:
—¿No hay peligro allí?
—Sí —respondió el viejo en tono sombrío—. Ahí está el gran peligro.
Pronto vieron cómo las ramas de los arbustos se movían bruscamente a intervalos,
como si alguien las sacudiera y tirara de ellas desde abajo. Se acercaron y vieron una
pequeña senda entre los arbustos.
La amiga liebre yacía en el suelo revolcándose de un lado a otro; pataleaba, se
quedaba quieta, volvía a patalear, y a cada uno de esos movimientos tiraba de las
ramas que había sobre ella.
Bambi se apercibió de una línea oscura parecida a un zarcillo; bajaba tensa desde
una rama hasta la liebre y le rodeaba el cuello.
La liebre debió oír que se acercaba alguien. Se lanzó al aire como loca, cayó al
suelo; quería huir, daba vueltas derribada por la hierba y pataleaba.
—¡Estáte quieta! —le ordenó el viejo.
Luego, apiadándose de ella, le repitió de cerca con una voz suave, que a Bambi le
llegó al alma:
—Estáte tranquila, amiga liebre, que soy yo. No te muevas ahora. Quédate muy
quieta ahí tumbada.
La liebre permaneció inmóvil pegada al suelo. Tenía la respiración agitada y
roncaba levemente.
El viejo cogió con la boca la rama con el extraño zarcillo, la bajó, la pisó
hábilmente, la sujetó al suelo bajo las fuertes pezuñas de sus pies y la partió de un solo
golpe con sus astas.
Luego se inclinó sobre la liebre.
—Estáte quieta, aunque te duela —dijo.
Con la cabeza de lado, colocó una punta del asta pegada a la nuca de la liebre, la
apretó contra la piel de detrás de las orejas, palpó con ella y cabeceó. La liebre empezó
a retorcerse.
Inmediatamente el viejo se echó hacia atrás.
—¡Quieta! —le ordenó—. ¡Es cuestión de vida o muerte!
Y comenzó de nuevo. La liebre yacía quieta y respiraba broncamente. Bambi, a su
lado, miraba mudo de asombro.
El viejo había conseguido meter una de las astas por debajo del lazo apretando con
fuerza la piel de la liebre. Medio arrodillado, giró la cabeza como si fuera a taladrar a
la liebre y metió el asta más y más por debajo del lazo, hasta que éste por fin cedió y
empezó a aflojarse.
La liebre tomó aire y al momento se desahogó del miedo y de los dolores
acumulados.
—¡I-i-ih! —lloró quejumbrosamente.
El viejo interrumpió la tarea.
—Cállate —le dijo reprendiéndole un poco—. Venga, cállate.
Tenía la boca junto al hombro de la liebre y una punta del asta entre las orejas;
parecía como si hubiera ensartado a la liebre.
—¿Cómo puedes ser tan tonta y ponerte a llorar ahora? —gruñó sin severidad
alguna—. ¿Es que quieres que venga el zorro? Pues entonces estáte quieta.
El viejo prosiguió su tarea despacio, con cuidado y con esmero. De repente, el lazo
cedió del todo. La liebre se escurrió para fuera; estaba libre sin que por el momento lo
supiera. Dio un paso y se sentó medio atolondrada. Luego se fue brincando; al
principio despacio, tímidamente, y luego cada vez más aprisa. Finalmente se puso a
correr a grandes saltos.
Bambi la siguió con la mirada.
—¡No da ni las gracias! —exclamó perplejo.
—Aún no sabe lo que hace —dijo el viejo.
El lazo estaba en el suelo en forma de redondel. Bambi le dio una patada y se oyó
un ruido metálico. Bambi se asustó. Era un sonido que no pertenecía al bosque.
—¿Es cosa de «él»? —preguntó Bambi en voz baja.
El viejo asintió.
Siguieron andando en silencio el uno junto al otro.
—Ten cuidado —dijo el viejo— cuando vayas por la senda. Examina las ramas,
lleva siempre las astas hacia adelante, subiéndolas y bajándolas, y en cuanto oigas ese
ruido, date la vuelta inmediatamente. Y si es la época en que no tienes cuernas,
entonces sé doblemente precavido. Yo hace mucho tiempo que ya no voy por las
sendas.
Bambi se sumió en agitadas cavilaciones.
—Pero «él» no está —susurró para sus adentros profundamente asombrado.
El viejo respondió:
—No, ahora «él» no está en el bosque.
—¡Y, sin embargo, sí está! —dijo Bambi meneando la cabeza.
El viejo siguió diciendo con una voz llena de amargura:
—¿Qué fue lo que os dijo vuestro Gobo? ¿No os contó que «él» era todopoderoso
y de una bondad infinita?
Bambi susurró:
—¿Acaso no es todopoderoso?
—En la misma medida en que es infinitamente bondadoso —dijo el viejo enojado.
Bambi dijo desalentado:
—Con Gobo… sí fue bondadoso.
El viejo se detuvo.
—¿Tú crees, Bambi? —preguntó con voz triste; era la primera vez que llamaba a
Bambi por su nombre.
—No lo sé —exclamó Bambi atormentado—. No puedo entenderlo.
El viejo dijo con serenidad:
—Hay que aprender a vivir y a andar con cuidado.
[21]
Una noche impregnada del susurro de la caída de las hojas otoñales lanzó el
autillo un grito estridente a través de las copas de los árboles. Luego esperó.
Bambi le había visto desde lejos por entre el escaso follaje de las ramas, y se
detuvo.
El autillo se acercó volando y chilló con más fuerza. Luego esperó. Pero
Bambi tampoco dijo nada.
El autillo ya no se pudo contener.
—¿No se ha asustado? —preguntó con disgusto.
—Claro que sí —respondió Bambi amablemente—. Un poco.
—Vaya, vaya —arrulló el autillo ofendido—. ¿Sólo un poco? Antes siempre se
asustaba mucho. Era un verdadero placer ver cómo se asustaba. No sé a qué se
deberá que ahora sólo se asuste un poco —dijo enfadado, y repitió—: Sólo un
poco…
El autillo era ya viejo, y por eso era mucho más presumido y susceptible que
antes.
Bambi iba a contestarle: «Antes tampoco me asustaba nunca. Sólo lo decía
para alegrarle.» Pero prefirió guardarse esta confesión para sí. Le dio pena ver al
bueno y viejo del autillo allí sentado, tan encolerizado, y trató de tranquilizarle.
—A lo mejor se debe a que en ese momento iba pensando en usted —dijo.
—¿Qué? —dijo el autillo recuperando la alegría—. ¿Qué? ¿Iba pensando en
mí?
—Sí —respondió Bambi indeciso—, justo en el momento en que empezó a
chillar. De lo contrario, naturalmente me habría asustado igual que siempre.
—¿De verdad? —arrulló el autillo.
Bambi no tuvo valor para negarlo. ¿Qué le costaba hacer que el pobre se
alegrara?
—De verdad —le aseguró, y continuó—: Y menos mal, porque cuando le oigo
así, de repente, me tiembla todo el cuerpo.
El autillo infló las alas y se puso como una bolita blanda de color castaño y gris
claro; era feliz.
—Es muy amable por su parte haber pensado en mí…, muy amable —dijo con un
suave arrullo—. Hacía mucho que no nos veíamos.
—Mucho tiempo, sí —dijo Bambi.
—¿Ya no va por los caminos de siempre? —preguntó el autillo.
—No —dijo Bambi pausadamente—, ya no voy por los caminos de siempre.
—Yo ahora también recorro más mundo que antes —observó el autillo en tono
grandilocuente.
No mencionó que había sido desalojado de donde había nacido por otro autillo
jovenzuelo y desconsiderado.
—No se puede uno quedar siempre en el mismo sitio —añadió, y esperó la
respuesta.
Pero Bambi ya se había ido. Ahora se las apañaba casi tan bien como el viejo para
desaparecer sin hacer ruido.
El autillo se indignó.
—¡Qué poca vergüenza! —arrulló para sus adentros.
Luego se sacudió, hundió el pico en el pecho y se puso a filosofar en silencio:
«Con estos tipos tan distinguidos no hay amistad posible. Por muy amables que sean,
un buen día se comportan como unos desvergonzados y le dejan a uno ahí plantado
con cara de tonto, como a mí ahora.»
De repente cayó al suelo en vertical, como una piedra. Había visto un ratón y sólo
le permitió chillar una vez entre sus garras. Como estaba hecho una furia, le
despedazó y se zampó el pequeño bocado más aprisa que nunca. Luego echó a volar.
«¿Qué me importa a mí ese Bambi? —pensó—. ¿Qué me importa a mí toda la
clase distinguida? Nada, no me importa nada.»
Empezó a gritar con un tono tan chillón y tan seguido que se despertaron unos
palomos junto a los que pasó y salieron de su escondrijo agitando ruidosamente las
alas.
La tormenta azotó el bosque durante muchos días arrancando las últimas hojas de
las ramas. Ahora los árboles estaban completamente desnudos.
Un día volvía Bambi a casa al amanecer para dormir en el agujero junto al viejo.
En esto oyó una vocecita que le llamaba dos o tres veces seguidas. Se detuvo.
Entonces bajó la ardilla como un rayo desde las ramas y se sentó frente a él en el
suelo.
—¡Pero si es usted! —dijo con asombro y devoción—. Le he reconocido nada
más pasar a mi lado, pero no me lo podía creer.
—¿Qué le trae por aquí? —preguntó Bambi.
La alegre carita de la ardilla adquirió una expresión muy afligida.
—Ha desaparecido el roble —comenzó en tono de queja—. Mi viejo y hermoso
roble, ¿lo recuerda? Fue terrible. «El» lo derribó.
Bambi agachó la cabeza con tristeza. Lo sentía en el alma por aquel viejo y
magnífico árbol.
—Fue todo tan rápido… —dijo la ardilla—. Todos los que vivíamos en el árbol
huimos y nos pusimos a contemplar cómo «él» daba dentelladas con unos dientes
enormes y muy brillantes. El árbol gritaba por la herida. Gritaba sin cesar, y también el
diente gritaba. Era horrible oír aquello. Después, el pobre y hermoso árbol cayó.
Fuera, en el prado, lloramos todos.
Bambi permanecía callado.
—En fin —suspiró la ardilla—, «él» lo puede todo. «El» es todopoderoso.
Miró a Bambi con sus ojos grandes y aguzó las orejas, pero Bambi permaneció
callado.
—Ahora ninguno tenemos morada —continuó diciendo la ardilla—. No sé hacia
dónde se habrán dispersado los otros. Yo he venido aquí, pero tardaré mucho en
encontrar otro árbol como aquél.
«El viejo roble», dijo Bambi para sus adentros.
Lo conocía desde pequeño.
—¡No me puedo creer que sea usted! —dijo la ardilla alegrándose de nuevo—.
Todos creíamos que habría muerto hace tiempo. Claro que de vez en cuando se decía
que aún vivía, que éste o el otro le habían visto… Pero como no se sabía nada cierto,
lo tomábamos por un rumor infundado —añadió lanzándole una mirada
escudriñadora—. Pero, claro, como no volvía…
Se le notaba con cuánta curiosidad esperaba una respuesta.
Bambi permaneció callado. Pero también a él se le despertó una leve curiosidad.
Quería preguntar por Falina, por la tía Ena, por Rono y por Karus, por todos los
compañeros de su juventud. Pero permaneció callado.
La ardilla aún seguía sentada frente a él mirándole.
—¡Qué astas! —exclamó maravillada—. ¡Qué astas! Aparte del viejo príncipe,
nadie tiene unas astas semejantes en todo el bosque.
En otro tiempo Bambi se hubiese sentido encantado y halagado por este elogio.
Pero ahora se limitó a decir:
—Sí, puede ser.
La ardilla asintió con la cabeza.
—¡Será posible! —dijo asombrada—. ¡Pero si ya empieza a encanecer!
Bambi siguió andando.
La ardilla se dio cuenta de que la conversación había terminado y se subió a las
ramas.
—¡Adiós! —gritó—. ¡Buenos días! Me alegro mucho de haberle visto. Cuando
vea a alguno de sus viejos amigos, ya le diré que está vivo. Todos se van a alegrar.
Al oír esto, Bambi sintió de nuevo estremecerse levemente su corazón. Pero no
dijo nada. «Hay que permanecer solo», le había enseñado el viejo cuando Bambi aún
era pequeño. Y más tarde, hasta ese día, le había revelado muchos conocimientos y
muchos secretos. Sin embargo, de todas sus enseñanzas, ésa había sido la más
importante para él. Hay que permanecer solo. Si uno quería cuidarse, comprender la
vida y alcanzar la sabiduría, tenía que permanecer solo.
—Pero —le había dicho Bambi una vez— nosotros dos estamos ahora siempre
juntos.
—No será por mucho tiempo —le había respondido el viejo.
Eso había sido pocas semanas atrás.
Ahora Bambi se acordó de ello y también de que las primeras palabras que el viejo
le dirigiera se habían referido a la soledad. Siendo Bambi todavía pequeño, estaba un
día llamando a su madre, cuando de repente se le acercó el viejo y le preguntó:
—¿No sabes estar solo?
Bambi siguió andando.
[23]
El bosque estaba otra vez cubierto de nieve y en silencio bajo un espeso manto
blanco. Tan sólo se oían los gritos de las cornejas y, de cuando en cuando, la
inquieta charla de una urraca y los suaves y tímidos trinos de los herrerillos.
Luego cayó una helada más fuerte y todo enmudeció. Tan sólo el aire vibraba de
frío.
Una mañana el ladrido de un perro rompió el profundo silencio.
Era un ladrido continuo y apremiante, que recorría velozmente el bosque,
estridente, pendenciero, de tonos enloquecidos y prolongados.
Bambi alzó la cabeza en el agujero de debajo del tronco caído y miró al viejo,
que estaba tumbado a su lado.
—No es nada —dijo el viejo respondiendo a la mirada de Bambi—. Nada que
nos concierna a nosotros.
No obstante, los dos se pusieron a escuchar.
Dentro del agujero estaban protegidos con el viejo tronco, que les servía de
techo; la capa alta de nieve los defendía de la corriente de aire helado y la apretada
maraña de ramas de los arbustos los ponía a cubierto de cualquier mirada.
El ladrido se acercaba furioso, jadeante, acalorado. Tenía que ser un perro
pequeño.
Cada vez se iba acercando más. Oyeron otra respiración. Entre los ladridos
pendencieros escucharon un suave gruñido de dolor. Bambi se puso nervioso,
pero el viejo le tranquilizó de nuevo:
—No es nada que nos concierna a nosotros.
Permanecieron quietos en su abrigada cámara mirando hacia fuera.
Un crujido de ramas se iba acercando más y más. La nieve caía de las ramas
repentinamente sacudidas, y en el suelo se formaban nubes de nieve pulverizadas.
Ahora se podía reconocer quién venía.
Era el viejo zorro, que iba saltando, deslizándose, escurriéndose por la nieve,
sorteando arbustos, ramas y raíces.
A continuación apareció el perro. Efectivamente, era un perrito de patas cortas.
El zorro tenía una de las patas delanteras destrozada, con la piel arrancada.
Mantenía la pata rota estirada hacia adelante, le salía sangre de las heridas, silbaba al
respirar y tenía la mirada clavada en la lejanía con una expresión de terror y de fatiga.
Estaba fuera de sí de pánico y de ira; se le veía desesperado, agotado.
De repente se dio la vuelta con un movimiento que desconcertó al perro hasta tal
punto que se quedó unos cuantos pasos atrás.
El zorro se sentó sobre las patas traseras. Ya no podía más. Con su pata delantera
herida de bala, las fauces abiertas y los labios palpitantes, miraba al perro resoplando.
Pero éste no callaba un instante. Su voz potente y desgarrada se hizo más fuerte y
más grave.
—¡Aquí! —gritaba—. ¡Aquí está! ¡Aquí! ¡Aquí! ¡Aquí!
En ese momento no estaba retando al zorro ni hablándole, sino que parecía llamar
a alguien que aún se hallaba muy lejos.
Tanto Bambi como el viejo sabían que era a «él» a quien llamaba el perro.
También el zorro lo sabía. Ahora le caía la sangre a raudales; le salía del pecho e
iba a parar a la nieve, donde formaba una mancha de un rojo intenso que humeaba
ligeramente.
El zorro fue acometido por la debilidad. Dejó caer sin fuerzas la pata destrozada y,
al entrar ésta en contacto con el frío de la nieve, sintió un fuerte dolor punzante. La
volvió a levantar con gran esfuerzo y la mantuvo estirada y temblorosa.
—Déjame… —empezó a decir el zorro—. Déjame huir.
Hablaba en voz baja y tono suplicante. Estaba completamente extenuado y abatido.
—¡No! ¡No! ¡No! —respondió el perro aullando maliciosamente.
—Te lo ruego —dijo el zorro—. Ya no puedo más. Estoy acabado. Déjame que me
vaya. Déjame ir a casa. Déjame que al menos muera en paz.
—¡No! ¡No! ¡No! —ladró el perro.
El zorro le rogó más encarecidamente aún:
—Al fin y al cabo somos parientes —se lamentó—. Somos casi hermanos. Déjame
ir a casa. Déjame morir con los míos. Somos casi hermanos…, tú y yo…
—¡No! ¡No! ¡No! —gritó el perro furioso.
Entonces el zorro se incorporó y se quedó muy erguido, aunque sentado. Hundió
su hermoso y afilado hocico en el pecho que le sangraba, alzó los ojos y miró al perro
a la cara. Con una voz completamente distinta, resuelta, triste y exasperada a un
tiempo, gruñó:
—¿No te da vergüenza? ¡Traidor!
—¡No! ¡No! ¡No! —gritó el perro.
Pero el zorro prosiguió:
—¡Desertor! ¡Renegado! —tenía el cuerpo en tensión, del odio y el desprecio que
sentía—. ¡Esbirro! —siseó—. ¡Miserable! Tú nos sigues el rastro hasta donde «él» no
podría encontrarnos. Tú nos persigues y nos alcanzas porque «él» no podría hacerlo.
Tú nos entregas a nosotros, que somos tus parientes, a mí, que soy casi tu hermano.
¿No te da vergüenza?
De pronto se oyeron otras voces provenientes de todas partes:
—¡Traidor! —gritaron las urracas desde los árboles.
—¡Esbirro! —graznó el grajo.
—¡Miserable! —silbó la comadreja.
—¡Renegado! —bufó el turón.
De todos los árboles y arbustos salían siseos, pitidos y gritos estridentes, y las
cornejas graznaban desde arriba:
—¡Esbirro!
Todos se habían acercado deprisa, y desde lo alto de los árboles o desde el suelo,
en seguros escondrijos, presenciaban la disputa. La furia del zorro desató a su vez la
furia y la saña que todos ellos llevaban dentro, y la sangre que humeaba ante sus ojos
los enloqueció y les hizo olvidar todo miedo.
El perro miró en torno a él.
—¡Eh, vosotros! ¿Qué queréis? ¿Qué sabéis vosotros? ¿Qué decís? Todos
pertenecéis a «él», como yo le pertenezco. Pero yo le quiero, le adoro. Estoy a su
servicio. Y vosotros, miserables, ¿queréis sublevaros contra «él»? «El» es
todopoderoso. Está por encima de nosotros. Todo lo que tenéis es de «él». Todo lo
que crece y está vivo es de «él».
El perro temblaba de entusiasmo.
—¡Traidor! —chilló la ardilla con voz penetrante.
—Sí —siseó el zorro—. ¡Traidor! No hay otro traidor más que tú, tú solo.
El perro se meneaba excitado.
—¿Yo solo? ¡Mentiroso! ¿Acaso no viven con «él» otros muchos? El caballo, la
vaca, el cordero, las gallinas… Muchos de los vuestros, de todas vuestras especies,
viven con «él» y le adoran y le sirven.
—¡Canalla! —bufó el zorro lleno de inmenso desprecio.
El perro no pudo contenerse más y le saltó a la garganta. Gruñendo, echando
espuma por la boca y jadeantes rodaron por la nieve pataleando salvajemente. Hechos
un ovillo del que salían pelos volando, levantaron una polvareda de nieve, salpicada
de pequeñas gotas de sangre. Pero el zorro no pudo pelear mucho tiempo. A los pocos
segundos, yacía de espaldas mostrando su blanca barriga; dio un respingo, se estiró y
murió.
El perro lo sacudió aún varias veces; luego lo dejó caer sobre la nieve revuelta, se
quedó allí esparrancado y volvió a llamar con voz grave y potente:
—¡Aquí! ¡Aquí! ¡Aquí está!
Los otros, aterrorizados, habían huido en todas direcciones.
—¡Qué horror! —dijo Bambi en voz baja al viejo en su agujero.
—Lo más horrible —respondió el viejo— es que todos los perros creen en lo que
ha dicho ése. Creen en eso y se pasan la vida llenos de miedo. Le odian a «él» y se
odian a sí mismos. Pero son capaces de morir por «él».
[24]
La época
Félix Salten nació en 1869, dos años después de que el tratado de 1867 configurase, Cambios en
un poco artificialmente acaso, los confines del llamado imperio austrohúngaro. La derrota Europa
de Austria frente a Alemania, finalizada con la Paz de Praga de agosto de 1866, significó
la eliminación de Austria del proyecto prusiano y la hegemonía de Bismarck (1815-
1898), llamado el «Canciller de Hierro», que durante veinte años había de regir
solapadamente los destinos de Europa. Su victoria sobre Francia en 1871 no hizo sino
confirmar su alternativa. Y así, como ha dicho Pierre Renouvin, de 1871 a 1890 todos
los ojos estaban vueltos hacia Bismarck.
Entre tanto, el imperio austrohúngaro se vio sometido a una reorganización. Frente a El imperio
la solución federalista, propugnada por los pueblos de Bohemia-Moravia (checos, austrohúngaro
polacos y eslavos del sur), prevaleció la solución dualista propuesta por la nobleza
húngara, cuyo sueño, un tanto vago, era restablecer el antiguo reino de Hungría. De este
modo, aunque los húngaros propiamente dichos constituían poco más de la tercera parte
de la población, frente a los eslovacos, rumanos, servios y croatas, acabaron imponiendo
sus puntos de vista por su cohesión, su hábito de gobierno y la influencia que ejercían
sobre las masas campesinas, casi dobles en número, pero mucho menos evolucionadas.
Finalmente, en 1867 se firmó un tratado por el que el imperio se dividía en dos estados
soberanos: Cisleithania y Transleithania. (El nombre procedía del río Leitha, afluente del
Danubio y frontera natural entre ambos estados.) El primero correspondía a la zona de
Austria, con el título de imperio, y el segundo, a la de Hungría, con el nombre de reino.
Cada estado conservaba su propio parlamento, pero el monarca era común a ambos
(Francisco José, que era, pues, emperador de Austria y rey de Hungría), así como los
ministerios de Asuntos Exteriores, de Guerra y de Hacienda. Del mismo modo, se
reunían delegaciones de ambos parlamentos cuando había que tratar asuntos de interés
común o tomar medidas económicas y financieras de importancia para los dos estados.
La configuración del imperio en el concierto europeo se redondeó con el Tratado de La
Berlín de 1878, que cedió al imperio austrohúngaro Herzegovina y Bosnia. (Esta medida configuración
provocó el descontento entre los nacionalistas servios, y fue precisamente en una ciudad del imperio
de Bosnia, Sarajevo, donde ocurriría el atentado que desató la Primera Guerra Mundial,
aunque venía incubándose tiempo atrás.) Austria-Hungría constituyó con Alemania e
Italia la «Triple Alianza», para contrarrestar la «Triple Entente», formada por Francia, El precario
Rusia y Gran Bretaña. Europa quedaba así dividida en dos bloques, cuyo equilibrio duró equilibrio
lo que duraron los entendimientos tácitos entre las potencias rivales. Cuando la disputa europeo
por las colonias y el comercio internacional se combinara en dosis adecuadas con las
reivindicaciones de independencia y emancipación de algunos de los pueblos sojuzgados,
sólo faltaría la chispa que hiciera estallar los intereses encontrados sometidos a presión.
En este caso, la chispa fue el asesinato del príncipe heredero de Austria, Francisco
Femando. Si la gota colmó el vaso, fue porque el vaso estaba lleno. Ya la baronesa de
Suttner, en el epílogo a su novela ¡Abajo las armas!, publicada en 1889, hablaba de «la
inmensa guerra europea que nos amenaza».
Pero, antes de llegar a la explosión final, el Imperio conoció días de prosperidad Prosperidad y
entreverados con reveses. A raíz de la reorganización de los estados, a principios de los reveses
años setenta, el Imperio experimentó un desenvolvimiento económico considerable. Si
bien es cierto que aún predominaba la población agrícola, la industria se desarrolló con
rapidez: se fundaron numerosos bancos, se incrementaron las líneas de ferrocarril, y las
ciudades se embellecieron con nuevos edificios. Por desgracia este primer impulso no
duró mucho, a consecuencia de un crac bursátil ocurrido poco después de la brillante
exposición internacional de Viena de 1873. De los 141 bancos quebraron 96, arrastrando
la industria en su caída. Fue una época particularmente dura, de paro y miseria, con
abundantes huelgas y disturbios reprimidos por el ejército. Fue, en consecuencia, un
período propicio para el crecimiento del proletariado urbano y para que aumentara el
auge y credibilidad de las doctrinas socialistas. La industrialización volvió a reanudarse a
principios de la década de los ochenta, pero el retraso con respecto a Alemania y los
países occidentales era inevitable. Por lo demás, todavía en 1910 el campesinado
representaba las dos terceras partes de la población.
Progresivamente la burguesía rural fue ganando terreno frente a la nobleza, al tiempo Deterioro
que se agudizaba el problema de las nacionalidades, siempre latente y nunca resuelto, y progresivo
se planteaba el de la liberalización del estado. Estas cuestiones dividían a los grupos
políticos, sobre todo en la zona de Austria, donde se fraccionaron en numerosos partidos
con la consiguiente inestabilidad ministerial. En la zona de Hungría la vida era más
tranquila y la nobleza seguía conservando su preponderancia, aunque también los grupos
independentistas planteaban serios conflictos: en 1905, las ideas que propugnaban un
ejército húngaro autónomo, sumadas a las presiones de los distintos nacionalismos,
condujeron a una huelga fiscal y de reclutas, que estuvo a punto de dar al traste con el
compromiso de 1867. La crisis fue conjurada mediante un curioso chantaje: el gobierno
imperial amenazó con implantar el sufragio universal, cosa que las minorías dirigentes
tampoco deseaban, y ante oferta tan generosa cedieron. En cualquier caso, pese a la
creciente prosperidad económica, al prestigio imperial, al poder del ejército, a la
influencia de la Iglesia y al desarrollo cultural[1], el terreno de la discordia estaba
perfectamente abonado cuando, el 28 de junio de 1914, el estudiante servio Princip La chispa
disparó contra el archiduque Francisco Femando y su esposa. Austria declaró la guerra a
Servia, pretextando que sus actividades incitaban a la rebelión a los eslavos del sur y
atentaban contra la integridad del Imperio austrohúngaro.
Con la guerra de 1914 acabó definitivamente el siglo XIX. En lo sucesivo ya nada La guerra de
sería igual. La guerra sembró de muertos Europa, arrasó los campos e hizo aparecer el 1914
fantasma del hambre. El escritor alemán Ernst Jünger, en su novela Tempestades de
acero, la ha descrito con una frialdad y una objetividad estremecedoras. En las ciudades
de Austria y Bohemia las cosechas se redujeron a la tercera parte, el coste de la vida en
cuatro años se multiplicó por seis y el entusiasmo bélico desapareció. La muerte de
Francisco José a finales de 1916 y la subida al trono de su sobrino Carlos, liberal y
deseoso de firmar la paz, hubieran podido apaciguar las cosas, pero los alemanes de
Austria se lo impidieron y todo empezó a empeorar. Las huelgas se sucedieron hasta en
el ejército, los nacionalismos separatistas fueron apoyados por las potencias de la
«Entente», las masas populares adoptaron una actitud revolucionaria a base de huelgas,
motines y agrupaciones de obreros y soldados. Al final de la guerra el imperio estaba El final de la
desmembrado: «El consejo nacional de Praga decidió la creación del Estado guerra
checoslovaco; el de Agram anunció la unión de los eslavos del sur a Servia; Hungría
proclamó su plena independencia; en Viena, los diputados de los países alemanes en el
Reichsrat (Consejo de Estado) se constituyeron en Asamblea Nacional y proclamaron la
República de Austria, el 12 de noviembre, después de que el emperador hubiera puesto
sus poderes a disposición del pueblo» (P. Guillén). El imperio austrohúngaro ya sólo
existiría en las películas de Berlanga. De él no quedarían más que los «trasnochados
oropeles» que un personaje de La inmortalidad del cangrejo, de S. R. Santerbás, ha
resumido así: «Los valses, las polcas, la familia Strauss, los niños cantores de Viena, el
Bello Danubio Azul (que no era bello ni azul), el señor Radetzky, la Musikvereinsaal, las
palmadas a compás y las bromitas a destiempo.»
La Primera Guerra Mundial había cambiado la faz de Europa. Pero la paz sólo fue La tregua
una tregua, pues estaban puestas ya las bases para la Segunda. José Fontana cuenta que
«en la noche del 13 al 14 de octubre de 1918, los británicos lanzaron un ataque con
gases contra las tropas alemanas en Werwick, cerca de Ypres, y el cabo Adolf Hitler
perdió temporalmente la visión a consecuencia de ello». Y añade: «¿Qué habría sucedido
si Hitler se hubiera encontrado en un lugar en el que los gases pudieran haberlo matado?
[… ] ¿Habría estallado entonces la Segunda Guerra Mundial? [… ] Tales lucubraciones
nacen de la ignorancia acerca de los factores que rigen la evolución de las sociedades.»
En el caso de Austria, convertida en reciente República y despojada bruscamente de su
pasado, era previsible su inclinación a girar en la órbita alemana. Sólo diez años después
de haber fijado las fronteras y haber votado la Constitución de 1920, aparecieron
abiertamente los nacionalsocialistas austríacos, con su antisemitismo y su violenta
reivindicación de la unión (Anschluss) con Alemania. Si a esto añadimos la inflación de La irresistible
1922, que paralizó el comercio, la crisis mundial de 1929-1930, el clima de inseguridad y ascensión de
recelos con que se vio la irresistible ascensión de Hitler, el asesinato del canciller Dollfuss Hitler
por los nazis en julio de 1934, las divisiones internas y la labor de zapa y desintegración
realizada por la Alemania hitleriana, tendremos algunos de los escalones que propiciaron
la invasión de Austria por Hitler en marzo de 1938. Austria se convirtió en una provincia
del Reich hasta el final de la guerra. Félix Salten, judío de nacimiento, había salido de
Austria el mismo año 1938, no se sabe si por necesidad o por prudencia. Murió poco
después de acabada la guerra, y ya no pudo ver cómo Austria rehacía su unidad política
después de 1945.
El autor
Siegmund Salzmann, el futuro Félix Salten, nació en Budapest el 6 de septiembre de Nacimiento y
1869. Nacido en el «reino de Hungría» y trasladado con menos de un mes al «imperio familia
de Austria», puede decirse que vivió el nacimiento, dilatación y ruina del imperio
austrohúngaro. Su padre, Philipp Salzmann, era de Miskolcz, un lugar donde la mayor
parte de los habitantes eran judíos. Los antepasados de Salten habían sido todos rabinos,
pero su padre rompió la ininterrumpida cadena haciéndose ingeniero. Descubrió un
yacimiento de carbón y, creyendo que aquello era una mina —y nunca mejor dicho—,
compró la parte del resto de los socios. Pronto resultó que la mina sólo consistía en una
delgada capa de carbón, y Philipp Salzmann se arruinó y aún dejó deudas, que en parte
tendría que pagar su hijo. Su madre, Marie Moskovic, aunque más inteligente y práctica
que su padre, jamás le llevó la contraria, quizá porque, aunque él vivía en las nubes, la
amaba con el amor romántico y devoto de los trovadores.
El pequeño Siegmund llegó, pues, a Viena cuando apenas tenía un mes. Asistió a la Primeros
escuela primaria de Währing. Aunque era el único niño judío de la clase, le permitían estudios y
asistir a las clases de religión, y llegó a mostrar gran interés por las historias bíblicas de aficiones
milagros. (Su padre, con el espíritu tolerante de la época o su desprecio por las
pequeñeces de la vida, no se preocupaba de si sus hijos daban clase de religión o no.)
También le gustaba la música. Con siete u ocho años, se detenía a escuchar a los
músicos callejeros o entraba a las iglesias para oír los sonoros acordes del órgano. Su
primo Josef Lamberg, nueve o diez años mayor que él, le introdujo en el conocimiento
de la música clásica.
Estando en el instituto de enseñanza media Hernals, Siegmund se sintió claramente El niño judío
judío, abandonó el Hernals y se matriculó en el instituto de Vasa, donde la mitad del
alumnado era judío. Allí tuvo un enfrentamiento con el profesor de latín y, al llegar a
tercero, hubo de abandonar el instituto. Por entonces sus padres habían sido
desahuciados y deambulaban de hotel en hotel. Según cuenta el propio Salten, en
aquellos duros días sólo la lectura de los clásicos le mantenía en pie. A los dieciséis años
entró a trabajar en una compañía de seguros, gracias a un pariente lejano que estaba de
director en ella. Los ingresos estables de Siegmund posibilitaron la adquisición de una
vivienda, que puso fin a los vagabundeos de la familia.
Sin embargo, tampoco Siegmund debía de ser hombre de seguros. Pronto perdió el El pseudónimo
empleo, pero empezó a escribir y consiguió vivir de los cuentos que escribía. También su
hermano Ignaz hacía versos, e incluso era considerado el genio de la familia. Siegmund,
para evitar halagos inútiles y confrontaciones molestas, adoptó el pseudónimo de Félix
Salten. Cuando sus padres se enteraron de que Félix Salten era el propio Siegmund
Salzmann, ya llevaba varias cosas publicadas.
El café Griensteidl era el centro de reunión de los jóvenes literatos vieneses. En torno El café
a Hermann Bahr se reunía lo más granado de la literatura de la época. Allí estaban, entre Griensteidl
otros, Schnitzler, Hofmannstahl y Beer-Hofmann, que moriría el mismo año que Salten.
Estos jóvenes desarrollaron una literatura surgida del encuentro entre el naturalismo y el
impresionismo, con predominio del sentimiento y de la psicología. Sólo Salten conservó
siempre la clarividencia del crítico. El, que había empezado como cuentista y poeta, se
convertiría en crítico teatral, con artículos que habían de sorprender por la minuciosidad
y exactitud de sus análisis. A pesar de su juventud, estaba muy bien pagado, y él
respondía consiguiendo noticias de primera página para su periódico de Viena, viajando
al extranjero para conocer de cerca a los protagonistas de los acontecimientos relevantes
o consiguiendo entrevistas oportunas en el justo momento en que los personajes estaban
en candelero. No es de extrañar que los enemigos surgieran en sus propias filas y entre
los de su misma profesión. Karl Kraus, el principal satírico de Viena, se ensañó con
Salten, que en una ocasión contestó a sus pullas con un par de bofetadas.
Desde julio de 1890, el círculo formado en torno a Hermann Bahr se convirtió en «Tribuna
una asociación literaria llamada «Tribuna Libre». Programaron el estreno de dos obras Libre»
de Maeterlinck, El intruso y Los ciegos, en el teatro Rudolfheimer, pero a Salten se le
olvidó presentar las obras a la censura previa y la representación fue prohibida. Como
suele ocurrir en estos casos, la intervención policial sirvió de propaganda para el grupo.
Entre 1890 y 1902 colaboraba en diversos periódicos con artículos de crítica teatral y Periodismo y
otros temas de actualidad. Salten debía multiplicarse, pues seguía manteniendo a su amores
familia. A pesar de no estar mal pagado, su situación económica pasó por momentos de
gran estrechez y penuria. Para colmo, en 1901 estrenó una obra en el teatro de Viena,
que fue vapuleada por la crítica y constituyó un estruendoso fracaso. Por esta época se
vio envuelto también en líos amorosos con una moza desprejuiciada y una sirvienta,
cuyo saldo final se cifró en dos hijos naturales, deudas por valor de 60. 000 coronas de
oro y dos poemas a la criada que fue la madre de su segundo hijo[2].
De esta vida desordenada vino a sacarle Ottilie Metzl, una actriz del Teatro Nacional La boda
de Viena, cuya voz siempre le había cautivado. En la época de su fracaso teatral ella
estuvo a su lado, así como su futuro cuñado, Richard Metzl. Ottilie era un año mayor
que él. Se casaron en 1902 y tuvieron dos hijos: Paul, nacido en 1903, y Anna
Katherina, un año después.
De 1902 hasta la primera Guerra Mundial, Salten escribió en varios periódicos. Su El periodista
fama como periodista empezó a crecer a raíz de la publicación de un artículo necrológico famoso
sobre Zola, el 30 de septiembre de 1902. En esta primera época de su matrimonio estaba
de folletinista en el periódico Zeit, y cuatro años después era redactor jefe del Berliner
Zeitung y del Morgenpost. Viajó a Inglaterra como corresponsal alemán, y conoció a los
políticos británicos David Lloyd George y Winston Churchill. En 1906, con motivo del
terremoto de San Francisco, Salten escribió un artículo lleno de fantasía, que imprimió
por su cuenta, ya que no había tiempo para incluirlo en el periódico. Al comienzo de la
guerra era redactor jefe del Fremdenblatt (diario del extranjero), lo que le eximió del
servicio militar. Salten cambió el formato del periódico y sacó un suplemento dominical
en color. Todos los redactores intentaron disuadirle de aquella descabellada idea, pues era
el único periódico que leía el emperador y no convenía andarse con frívolas
innovaciones. Pero Francisco José I quedó encantado. Durante la guerra escribió unos
tres mil artículos, a una media de dos artículos diarios. Desde las columnas de la Neue
Freie Presse (Nueva Prensa Libre), el diario vienés de mayor difusión, Salten siguió
ejerciendo su influencia sobre la vida intelectual y cultural vienesa.
Fue ésta la época cumbre de su vida. De 1925 a 1934 fue presidente del Club PEN La época
de Austria. Como presidente, organizó el gran Congreso de Viena de 1929. Tenía cumbre de su
entonces sesenta años, y su cumpleaños fue celebrado por todo lo alto. Numerosos vida
poetas y críticos nacionales y extranjeros le felicitaron. La ciudad de Viena le nombró
ciudadano de honor. Se sentía feliz y eufórico. Por estas fechas escribía en su diario: «A
esta edad se habla del umbral de la vejez. ¡Qué estupidez! No me siento acabado en
absoluto. Juego al tenis, este año he hecho una docena de escaladas a la montaña, nado
como un pez y me gustan más que nunca las chicas jóvenes y bonitas. Soy un amante
apasionado de este hermoso mundo.» Ese mismo año hizo un viaje a América, y su hija
—actriz como su madre— se casó con Hans Rehman, también actor.
Los disgustos empezaron en 1937. Su hijo murió en un accidente de coche. Un año Los disgustos
después ocurría la invasión de Austria. Salten, judío de nacimiento, salió de Viena en
prevención de mayores males. Ayudado por la embajada americana, consiguió salvar
buena parte de sus objetos de valor. Su hija ya era ciudadana suiza y pudo establecerse
en Zürich en 1939.
«Odio a Viena tanto como la he amado», decía Félix Salten, sin poder olvidarse de su El fin de la
Viena querida. Ya todo fue muy rápido. En 1942 murió su mujer. Todavía tuvo tiempo guerra y el de
de ver el final de la terrible guerra europea. Las primeras emisiones de radio desde Salten
Austria le hicieron llorar como un niño. Seguía echando de menos a su patria. Pero ya no
volvería a Viena. Una pulmonía complicó irreversiblemente la enfermedad que venía
padeciendo últimamente, y murió el 8 de octubre de 1945, el mismo año que Frank
Werfel y Richard Beer-Hofmann. Tenía setenta y seis años.
La obra
A la hora de analizar la obra de un escritor como Salten, es fácil dejarse tentar por los Futuribles
futuribles. Por ejemplo, ¿cómo hubiera sido la obra de Salten de no haberse dedicado tan
de lleno al periodismo? Sabemos que Bambi nació de un modo un tanto ocasional, sin
pretensiones. (Quizá por eso sea una obra a la vez tan sencilla y tan poderosa.) El éxito
de Bambi en Norteamérica, popularizado por los dibujos animados de Walt Disney, le
convirtió de la noche a la mañana en «escritor de animales». Varios de los libros
posteriores sobre animales, principalmente los de la época de Zürich, los escribió por
encargo[3]. Y se nota. Carecen de esa emoción contenida, de esa gravedad sin
concesiones que posee Bambi. En cualquier caso, no dejan de tener aciertos parciales, lo
que atestigua su capacidad creadora, su amor a la naturaleza y su humanidad.
Pese a su ingente labor periodística, no pasaba año sin que Salten escribiese una El periódico y
pieza de teatro o una novela. (Un leve repaso a su bibliografía bastará para mostrar su la literatura
enorme actividad literaria.) Pero Salten vivía del periódico, no de la literatura, y aparte de
que le gustaba mantener su posición en la opinión pública, siquiera a través del efímero
artículo periodístico, no podía prescindir de una fuente de ingresos segura. Salten nunca
fue ahorrador, y después de los años de estrecheces gozaba un poco infantilmente
regalando a su mujer un frasquito de perfume o comprándose un bastón.
Afortunadamente su mujer era buena administradora y tenía buen juicio literario.
Siguiendo razonablemente su consejo, amuebló la casa con gusto, la llenó de objetos de
arte y elaboró su obra literaria, desde sus novelas históricas a los cuentos de animales.
Las historias de animales ocupan un espacio importante —en calidad, si no en Las historias
cantidad— dentro de la obra de Félix Salten. Amante de los animales como era, tenía de animales
como mínimo dos perros y un gato, se pasaba muchas horas entretenido con ellos y le
gustaba trabajar acariciándolos. También era cazador. Mal cazador, porque le gustaba
más examinar el comportamiento de los animales que disparar. Observación y respeto:
dos cualidades que Félix Salten pedía al escritor de libros de animales. Para serlo de
verdad, decía, «es necesario no sólo tener talento —cosa más frecuente de lo que se cree
—, sino ser un hombre completo, para así poder amar y entender a los animales. El
narrador ha de permitir que su historia se desarrolle como algo natural a partir de la
esencia más profunda, de la peculiaridad más oculta y de los hábitos más característicos
de los animales… El escritor de libros de animales debe tener auténtica pureza de
corazón. Humildad y respeto ante la existencia, ante el carácter y ante el alma de la
criatura: no lo olvidéis. Si falta ese respeto, la historia de animales del más importante
literato se convertirá en una chapuza sin alma». En Bambi cumplió a la perfección esas
reglas.
Bambi, como el corzo, nació en estado de gracia. Salten la escribió casi por El nacimiento
casualidad; pero su sencillez, su ausencia de pretensiones, la convirtieron en una pequeña de Bambi
obra maestra deliciosa. Sin embargo, la primera edición, publicada en 1924, pasó casi
desapercibida. Cinco años después volvió a tentar fortuna con otra historia de animales
en el bosque, Historia de quince liebres (1929). Si Bambi es la «historia de una vida del «Historia de
bosque», Quince liebres es la historia de otras vidas y elementos del mismo bosque. De quince liebres»
hecho aparecen rápidamente Falina y Bambi, las liebres son testigos de la muerte de
Gobo, y a una de ellas —como a Gobo y más tarde a la Gurri de Los hijos de Bambi—
también se la lleva El, sólo que la liebre muere de melancolía. Quince liebres hace
hincapié en el clasismo que reina en el mundo animal, del que suelen ser siempre
víctimas las liebres. Una vez hay un tímido gesto de protesta por parte de Brinco: «¡Ah,
si nosotros, las liebres, los corzos y todos los oprimidos nos uniéramos; si todos los
perseguidos hiciéramos causa común…!» (cap. 21).
Buena compañía es una colección de cuentos de animales, de 1930. En la carta- «Buena
prólogo dirigida a Galsworthy dice: «Si ningún hombre fuera capaz de torturar a un compañía»
animal, nadie soportaría ver sufrir a los niños, ni que se cometieran injusticias.» Al año
siguiente escribió la Novela de un parque zoológico, un alegato contra todos los parques «Novela de un
zoológicos del mundo. El último capítulo, titulado «Como en la noche», es eso, un coro parque
de animales gritando en la noche: «¿Cuánto durará el cautiverio? ¿Qué hemos hecho zoológico»
para sufrir tanto? ¿Por qué estamos aquí? ¿Para qué nos tienen encerrados?…»
De 1933 es Florián, el caballo del emperador, quien, como su dueño, participa de «Florián, el
los destinos de la monarquía, es decir, de su caída y acabamiento. Salten alude a estos caballo del
hechos con un poco de melancolía, pero sosegadamente y sin rencor. Dos años después emperador»
publicó otra serie de «Historias de animales», titulada Hermanos pequeños, en cuyo «Hermanos
prólogo escribe: «El animal vive con el corazón muy apegado a la naturaleza o a Dios, pequeños»
sin saber nada de ninguno de los dos. El hombre que busque al animal será introducido
por él en una humanidad más pura.»
Los últimos libros de animales fueron escritos durante la Segunda Guerra Mundial.
Renni (1941) es la historia de un perro buscador de heridos durante la guerra, aunque la «Renni»
anécdota es casi un pretexto para mostramos los diferentes métodos de educación de los
perros y sus resultados, todo ello en un ambiente emotivamente cercano como era el
mundo de la guerra. Y aunque Kurt Riedmüller afirma que Salten no toma postura contra
la guerra, lo cierto es que la condena varias veces, siquiera sea de un modo general: «La
guerra es una gran desgracia. No la hay mayor» (cap. XIX). «La guerra deja a todas sus
víctimas maltrechas de cuerpo, alma o mente, o de las tres cosas juntas» (cap. XXII).
«La guerra desaloja del corazón toda espiritualidad; las tritura hasta convertirlas en una
especie de somnolencia; hace que se llegue, sin ninguna emoción, a apremiar las más
terribles destrucciones, y se está capacitado para observar la ruina sin demostrar mayores
sentimientos» (cap. XXIX). Véase también el coloquio de los perros Renni, Héctor y
Orejas Largas del capítulo XXIII, etc. El problema de esta novela es que está lastrada
por una excesiva carga doctrinal y moralizante, que enturbia el buen fluir del relato.
En 1942 realizó Walt Disney la película de dibujos animados Bambi, quizá no tan El «Bambi» de
buena como en su día se pregonó, pero sin duda no tan mala como, siguiendo el vaivén Disney
de las modas intelectuales, se ha supuesto. En cualquier caso significó un trampolín para
Salten, que de la noche a la mañana fue conocido como el «escritor de animales» por
excelencia. Aprovechando el éxito, Salten escribió otros cuatro libros más: La juventud Otros cuatro
de la ardilla Perri (1942), que tiene además un contenido autobiográfico: en el lamento libros más
del árbol caído expresa su tristeza por la muerte de su hijo Paul. Pequeño mundo (1944),
donde pone de manifiesto un profundo amor por todos los seres vivos y hace una
apología de la amistad animal, en la que «puede uno confiar más que en la de muchos
hombres». Si a veces «resulta difícil ganarse la confianza de un animal», dice, «nos lo
merecemos por nuestras crueldades y atrocidades». Finalmente, tanto en El gatito Djibi
(1945) como en Los hijos de Bambi (1945), Salten da más protagonismo al hombre, y
en general puede decirse que estos últimos libros adolecen de doctrinarismo en
detrimento de la sencillez y poesía del relato.
Si exceptuamos la incursión realizada por Salten un año antes con El perro de Argumento
Florencia, Bambi fue su primera historia de animales, la más granada y en cierto modo
la que sirvió de paradigma. El argumento es de sobra conocido. La historia comienza
cuando Bambi viene al mundo. Como todo corzo, como todo hombre, nace en estado de
inocencia. Pronto el aprendizaje de la vida —que al principio es una fuente de sorpresas
maravillosas, donde juegan un papel decisivo el movimiento, la luz y el color— le enseña
a través de reticencias, de misterios, de sustos, que el sol puede ser peligroso, la hierba
funesta, y que vivir es aprender a sobrevivir en un medio esencialmente hostil. El lector
asiste, conmovido y fascinado, a ese cambio progresivo de la mirada de Bambi. Primero
es el aprendizaje de la soledad y luego la experiencia del sufrimiento y de la muerte. Al
final, los ojos reflexivos, melancólicos, de Bambi nos recuerdan una vez más que los
únicos paraísos son los perdidos.
Uno de los hallazgos más valiosos de este libro es el punto de vista. El relato está El punto de
narrado en tercera persona, convencionalmente, pero el lector percibe en seguida que la vista
narración discurre bajo el punto de vista de los animales. Y es aquí donde reside la
tremenda ambigüedad y belleza de la historia. Es posible que, desde nuestra óptica, las
apreciaciones y juicios de valor de los corzos, y en general de los animales del bosque,
carezcan de fundamento y objetividad; pero, desde la suya, no pueden ser más objetivos
y reales. La visión de El (el hombre) a través de aspectos parciales, de pequeñas parcelas
de experiencia, ofrece un juego de pluriperspectivismo literario delicioso y Un juego
filosóficamente terrible. El es todopoderoso hasta que se demuestra que también puede filosófico
morir. Y entonces el viejo corzo da a entender que «hay otro por encima de todos, de terrible
nosotros y de El» (pág. 183). Una lectura laberíntica, borgiana, podría acumular
preguntas hasta el infinito: ¿Qué es el hombre para el corzo? ¿Qué es el hombre para el
hombre? ¿Qué es el Otro para el hombre? ¿Qué es el Otro para el Otro? ¿Qué es…? E
inversamente. Borges, siempre Borges, lo ha expuesto magistralmente en un soneto al
ajedrez: las piezas se pelean sin saber que están movidas por la mano del jugador. Sólo
que…
En toda historia de animales sin duda es fácil dejarse llevar por los subsentidos y las Subsentidos y
dobles lecturas. En Bambi es demasiado evidente para olvidarlo. Bambi acaba dobles lecturas
convirtiéndose en una meditación, suave y melancólica, sobre la radical soledad del ser
ante la vida y sobre todo ante la muerte. «El hombre es un ser-para-la-muerte», escribió
Heidegger. «En la hora que se me acerca estamos solos», dice el viejo corzo. La
condición de corzo en el bosque viene a ser un trasunto de la condición de hombre en el
mundo. El aprendizaje de Bambi ha consistido en saber estar solo y morir solo…
También ha sido un acierto notable el haber elegido un corzo de protagonista, para
subrayar más la indefensión y desvalimiento del ser. «Nosotros no matamos a nadie»,
dice la madre de Bambi (pág. 16). Bambi, como el lebrato Brinco, «pertenecía ahora y
siempre a la raza de los indefensos, de los perseguidos, la raza de los siempre acosados»
(Historia de quince liebres, 6). «Todos nos amenazan, todos nos persiguen —añade
una liebre—. En cambio nosotros no perseguimos a nadie…» (Ib., 3). «Pertenecemos a
una de las muy escasas y nobles razas que andan por este mundo sin la sombra de un
remordimiento en el alma. Nosotros jamás hemos hecho padecer a ningún ser viviente.
Sólo los ciervos y los corzos pueden comparársenos» (Ib., 15). Como se ve, el
horizonte conceptual de Bambi y de Quince liebres es el mismo.
Y, sin embargo, esta historia, que así expuesta parece tan trascendente y aburrida, Estructura
aparece contada de una forma poética y apacible. La estructura del libro es lineal. El
relato avanza al ritmo de las estaciones, se baña en la luz de la primavera, se contrae con
la fría blancura del invierno, se estremece con las detonaciones perturbadoras de la bota
enemiga. El clima conseguido en el momento de la cacería es de una eficacia literaria
asombrosa. Una vez más el punto de vista juega un papel decisivo. Hasta las metáforas Los ojos de
dependen de los ojos que miran la realidad. Durante «la primera infancia de Bambi», el Bambi
corzo pequeño se maravilla de todo, tiene que aprender incluso los matices de
vocabulario cuando se trata del tiempo («llegó a la conclusión de que pronto no era lo
mismo que en seguida», etc., pág. 15). Las preguntas por la «infamia» y el «prado» son
sencillamente deliciosas. Esos ojos, todavía inocentes e inexpertos, le hacen definir a la
mariposa como «una flor que vuela» o al saltamontes como «un trocito de hierba que
salta». Metáforas que en otro contexto podrían ser tal vez un poco cursis, aquí son
encantadoras.
Los personajes obedecen al subtítulo del libro: «Una vida del bosque». Es decir, son El paraíso
los habitantes del bosque. Y no ha sido éste el menor acierto de Salten. Es fácil dejarse imposible
llevar por la tentación de crear un bosque paradisíaco, donde los animales vivan en
estado de inocencia original hasta que la serpiente humana lo enturbie todo con su
presencia agresora. Salten, en cambio, no ha escatimado la conducta de animales rapaces
y depredadores, que en el invierno, en medio del frío y del hambre, descubren su
ferocidad. La «paz de la naturaleza», parece decir Salten, es un sueño. Como había
escrito en su Historia de quince liebres, «quien está hambriento no tiene conciencia».
Y, sin embargo, hay un eco de ese deseo de paz universal, que acaso Salten Un eco de la
conociera a través de la Biblia familiar. La corza Marena, la única que cree en la remota paz universal
posibilidad de un entendimiento con El, en que «algún día vendrá a vivir con nosotros y
se hará pacífico como nosotros, jugaremos con él, todo el bosque será feliz y nos
reconciliaremos» (pág. 82; cf. 146), está glosando sin saberlo el tema bíblico de la paz
universal. También allí se habla de que «la vaca pacerá con la osa, y las crías de ambas
se echarán juntas, y el león, como el buey, comerá paja» (Isaías 11, 7). Sólo que en
Bambi el breve optimismo de Marena es interrumpido por los brutales disparos de El…
Por lo demás, los personajes, en su individualidad, están dibujados de mano maestra, Los personajes
incluso tienen cada uno su peculiar psicología: las liebres, las ardillas, el autillo, el zorro,
los corzos y sus parientes, los ciervos. El hombre, como suele suceder en las historias de
animales, está visto como un elemento hostil y perturbador. Sin embargo, no se habla
tanto de lo peligroso y dañino que es, cuanto de su omnipotencia, de su absoluta
distancia: es el ser que rige los destinos del bosque, y contra el que es imposible luchar.
Su figura adquiere así tonalidades metafísicas, hasta que la experiencia de su muerte
demuestra que no es tan omnipotente como se cree.
Un bello capítulo es aquel en que Bambi divisa a un ciervo y lucha con sus deseos de Corzos, ciervos
hablarle (cap. 13): la timidez y ancestrales malentendidos no permiten derribar la barrera y plantas
de la incomunicación, y ambos se alejan con un tácito «¡qué lástima!» Otros personajes
del bosque son las plantas, que en Bambi sólo están representadas en el breve capítulo
de las hojas secas, pero que en Los hijos de Bambi tendrían mayor protagonismo. Este
capitulito, de corte romántico[4], bellísima transición del otoño al invierno, es notable por
la ironía de la inversión: mientras todos nos preguntamos qué habrá arriba, ellas se
preguntan qué habrá abajo, en el suelo, el cementerio de las hojas secas.
Veinte años después publicó Salten Los hijos de Bambi. Se notan los años y la «Los hijos de
diferencia de tratamiento. Bambi se ha vuelto más hablador, pedagógico y sentencioso Bambi»
que su padre. En general todos los animales se han vuelto un poco más eruditos. La
lechuza llega a decir «O tempora, o mores!» y «Después de mí el diluvio». Las
estaciones del año, que en Bambi veíamos dibujadas a través de un rasgo suavísimo, de
un matiz anotado pasajeramente, aquí son definidas con mayor lujo de conceptos. Hasta
las metáforas de los corzos infantiles se han tomado un poco ampulosas: «La nieve es
blanca como las margaritas y cae del cielo. Pero no es suave ni dulce como las
margaritas, sino cortante como uñas. Primero cae poco a poco, lentamente, como las
hojas en otoño, y después cae cada vez con más rapidez» (cap. I), etc. Ciertos animales
que en Bambi sólo estaban esbozados —las luciérnagas, el erizo—, aquí están más
desarrollados, y aparecen otros nuevos, como la garza. También se da cabida a las
conversaciones de las plantas y los árboles, que en Bambi sólo estaban apuntadas en el
bellísimo coloquio de las hojas secas. El empieza a diversificarse perdiendo su misterio:
hay un El bueno (el guardabosques) y un El malo (los cazadores furtivos). También
aparece un El joven. La novela se cierra con un pensamiento de Falina: «Tal es el
destino de todos los padres: ser abandonados por sus hijos», muy parecido a otro
expresado en Quince liebres: «Por una cosa o por otra… los hijos se nos van. Llega un
día en que no necesitan de nosotros.»
Ninguna de las historias de animales de Salten (salvo en ocasiones Quince liebres) Una pequeña
volvió a tener la belleza, la poesía y la eficacia de Bambi. La sencillez, la mesura, la obra maestra
economía de medios, la inteligente dosificación del aprendizaje de Bambi hacen de esta
novela una pequeña obra maestra, emotiva, pero no ternurista; melancólica, pero no
sentimental. La creación del viejo corzo, tan contenido, tan severo, tan parco en
exteriorizar sus sentimientos, es de una fuerza literaria excepcional. Siempre le
recordaremos diciendo: «¿No sabes estar solo?», o yéndose a morir en soledad, mientras
le dice a Bambi con una nostalgia y una serenidad infinitas: «Adiós, hijo mío. Te he
querido mucho.»
Emilio P ASCUAL
Bibliografía
1901 Der Gemeine (Schauspiel in drei El soldado raso (Obra de teatro en tres
Aufzügen). actos).
1905 Das Buch der Könige (Karikaturen, El libro de los reyes (Caricaturas, Dibujos
Zeichnungen von Leo Kober). de Leo Kober).
— Contiene: Der deutsche Kaiser; Der — Contiene: El emperador alemán; El
Zar; Der König von England; Der König zar; El rey de Inglaterra; El rey de los
der Belgier; Der König von Sachsen; Der belgas; El rey de Sajonia; El sha de
Schah von Persien; Der König von Persia; El rey de Suecia.
Schweden.
1907 Herr Wenzel auf Rehberg und sein Knecht El señor Wenzel en Rehberg y su criado
Kaspar Dinckel (Novelle). Kaspar Dinckel (Novela corta).
1908 Vom andern Ufer (Drei Einakter). Desde la otra orilla (Tres piezas de un
acto).
1909 Reiche Mädchen (Operette in 3 Akten Niñas ricas (Opereta en tres actos de
von Ferdinand Stollberg). Ferdinand Stollberg).
1909 Mein junger Herr (Operette in 3 Akten Mi joven señor (Opereta en tres actos de
von Ferdinand Stollberg). Ferdinand Stollberg).
1909 Der blaue Held (Operette nach Melodien El héroe azul (Opereta según las melodías
von Johann Strauss). de Johann Strauss).
1911 Die Wege des Herrn (Novellen). Los caminos del Señor (Novelas cortas).
— Contiene: Die Wege des Herrn; Hic — Contiene: Los caminos del Señor; Hic
Rhodus; Orestes; Toni Holms Aufstieg; Rhodus; Orestes; La ascensión de Toni
Die Mutter der Sängerin; Der alte Narr; Holms; La madre de la cantante; El viejo
Der Hinterbliebene; Das chiflado; El heredero; La habitación de
Manhardtzimmer; Der Erhebungen über Manhardt; La exaltación de Barbara
Barbara Liebhardt; Wenn Gott will; Liebhardt; Si Dios quiere; Entierro;
Begräbnis; Sedan; Der Sänger vor dem Sedan; El cantante ante el rey; La
König; Der Ernst des Lebens; Feiertag; gravedad de la vida; Día de fiesta;
Mit grossen Herren Kirschen essen; Die Comiendo cerezas con señores
Celiebte Friedrichs des Schönen. importantes; La amante de Federico el
Hermoso.
1911 Das Schicksal der Agathe (Novelle). El destino de Agathe (Novela corta).
1913 Kaiser Max, der letzte Ritter (Erzählung). El emperador Max, el último caballero
(Cuento).
1914 Das lockende Licht (Pantomime in vier La luz atractiva (Pantomima en cuatro
Bildern). cuadros).
1915 Prinz Eugen, der edle Ritter (Erzählung). El príncipe Eugenio, el noble caballero
(Cuento).
— Contiene: Von ewiger Liebe; Auf der — Contiene: Sobre el amor eterno; En el
Brücke; Lebensgefährten. puente; Compañero de la vida.
1919 Im Namen des Kaisers (Eine historische En nombre del emperador (Una narración
Erzählung). histórica).
1920 Die Dame im Spiegel (Novellen). La dama del espejo (Novelas cortas).
1923 Das stärkere Band (Komödie in drei El vínculo más fuerte (Comedia en tres
Akten). actos).
1924 Bambi. Eine Lebensgeschichte aus dem Bambi. Historia de una vida del bosque
Walde. (1943).
1925 Schöne Seelen (Lustspiel in einem Akt). Bellas almas (sainete en un acto).
1925 Neue Menschen auf alter Erde. Eine Hombres nuevos en una tierra vieja. Un
Palästinafahrt. viaje por Palestina.
1925 Bob und Baby (Zeichnungen von Anna Bob y Baby (Dibujos de Anna Katherina
Katherina Salten). Salten).
1928 Der Schrei der Liebe (Novelle). El grito del amor (Novela corta).
1929 Die Geliebte des Kaisers (Novellen). La amante del emperador (Novelas
cortas).
1929 Fünfzehn Hasen. Schicksale in Wald und Historia de quince liebres (1945).
Feld (Roman).
1931 Freunde aus aller Welt (Roman eines Novela de un parque zoológico (1944).
zoologischen Gartens).
1933 Florian, das Pierd des Kaisers (Roman). Florián, el caballo del emperador
(Novela).
1934 Louise van Koburg. Das Schicksal einer Louise von Koburg. El destino de un
Liebe (Schauspiel). amor (Obra de teatro).
— Contiene: Vorspruch; Vor Tau und Tag; — Contiene: Prólogo; Antes del rocío y
Amseln vor dem Fenster; Forellen in der del día; Mirlos delante de la ventana;
Dämmerung; Auerhahnbalz-dramatisch; Truchas en el crepúsculo; El celo de los
Hunde; Zelt der Liebe; Pirschgang im urogallo-dramáticos; Perros; Tiempo de
Gebirge; Trappenbalz; Ein schneeweisser amor; Paseo de caza por la montaña; El
Hase; Tirroo; Mako, der junge Bär; celo de las avutardas; Una liebre blanca
Landschaft im Frühling; Landschaft im como la nieve; Tirroo; Mako, el joven
Oktober. oso; Paisaje en primavera; Paisaje en
octubre.
1944 Kleine Welt für sich. Eine Geschichte von Pequeño mundo. Una historia de criaturas
freien und dienenden Geschöpfen. libres y al servicio de alguien.
1945 Bambis Kinder (Eine Familie im Walde). Los hijos de Bambi. Una familia en el
bosque (1945).
1945 König Dietrichs Befreiung (Novelle). La liberación del rey Dietrich (Novela
corta).
1945 Dieses unschuldige Mädchen (Novelle). Esa niña inocente (Novela corta).
Notas
[1] Recuérdese al menos a los poetas Rainer Maria Rilke (1875-1926) y Hugo von
Hofmannsthal (1874-1929); a la novelista Bertha Kinsky, Baronesa de Suttner (1843-
1915), autora de la conocidísima novela ¡Abajo las armas! y Premio Nobel de la Paz
en 1905; a Stefan Zweig (1881-1942), a Franz Werfel (1890-1945) y Robert Musil
(1880-1942), el autor de Las desventuras del estudiante Törless; al mundialmente
célebre psicoanalista Sigmund Freud (1856-1939), y por supuesto a Kafka (1883-
1924), que, aunque nacido en Praga, escribió toda su obra en alemán. Esto por no
hablar de la música, que tuvo en Viena La Meca de cantantes, artistas, intérpretes y
compositores. Baste mencionar nombres como Anton Bruckner (1924-1896), Gustav
Mahler (1860-1911), los Strauss, y asimismo los músicos nacionalistas: los checos
Smetana y Dvorak, el húngaro Bela Bartok, etc. <<
[2] ¿Fue de esta época disipada y aventurera la novela erótica Josephine Mutzen-
Bacher? Aunque publicada anónima en 1906, los contemporáneos de Salten se la
atribuyeron casi unánimemente a él. <<
[3]Para seguir la trayectoria de estas publicaciones, véase la Bibliografía a partir de
1940. <<
[4]También Bécquer tiene una breve narración titulada Las hojas secas, donde se
manejan motivos semejantes. Ello no quiere decir nada, porque es poco probable que
Salten hubiera leído a Bécquer. <<