Area: Ciencias Sociales I.
Unidad Formativa: I
Docente : Efraín Choque Alanoca
efrainchoque62@[Link]
MOQUEGUA A INICIOS DE LA COLONIA
El periodo colonial, tan trágico para la cultura andina y sus hombres e instituciones, es esta entrega
será estudiado a partir de un ensayo de la Dra. Teresa Cañedo-Argüelles, titulado “Oligarquías
multiétnicas en el cercado andino. Siglos XVIII-XX” publicado en al revista Dialogo Andino de la
Universidad de Tarapacá (2006).El texto que a continuación se presenta ofrece los párrafos màs
importantes del referido ensayo referidos al área de [Link] tener un acceso integral del mismo
acuda a la bibliografía indicada en la parte final.
INTRODUCCIÓN
Los cercados vienen a ser los espacios céntricos que bordean la Plaza de Armas de los pueblos y que se
convirtieron en reductos de dominio criollo, entendiendo este término como la conjugación social de
blancos e indios que por su condición pudiente e influyente se erigieron en una solidaria oligarquía
multiétnica de reconocido prestigio.
Dos son los factores que mejor reflejan este proceso multisecular en la formación de las oligarquías
rurales multiétnicas de Moquegua: el cacicazgo y la propiedad de la tierra. Para realizar su estudio
consideraremos la etapa virreinal y comienzos de la República y tomaremos como marco de análisis
cuatro antiguas doctrinas de la provincia, convertidas, tras la Independencia, en distritos rurales
homónimos: Torata, Omate, Puquina e Ichuña.
EL CACICAZGO
El primer factor responsable en la formación de los cercados rurales está sin duda ligado al cacicazgo,
institución que proporcionaría una poderosa vía para la filtración de criollos en las comunidades andinas y
para la formación de las élites multiétnicas en el ámbito rural del sur del Perú. Sus principales funciones
consistían en apoyar al corregidor y al doctrinero en el ejercicio de sus funciones, tarea que se
recompensaba en forma de privilegios fiscales, o cesión de tierras y disfrute de servicios personales, y
también mediante el otorgamiento de símbolos emblemáticos de superioridad como era el tratamiento de
don o la administración selectiva e sufragios, exequias y sacramentos. Es así que os compromisos
administrativos contraídos por os caciques exigieron a estas figuras un inevitable acto de lealtad con la
Corona, complicidad que les convirtió a veces en rivales de sus congéneres indios.
Esta rivalidad se acrecentó debido a los subterfugios que ejercitaron para su medro personal mediante el
manejo (y malversación) de fondos tributarios y de “influencias” (y favoritismo clientelar). Como
consecuencia de estas rivalidades, la fuerza coercitiva de los caciques se fue debilitando y ello provocó la
necesidad de “seleccionar” a estas autoridades por sus actitudes (de lealtad incondicional a la Corona) y
por su situación económica, condiciones ambas que no estaban necesariamente asociadas con la estirpe
gobernante.
Es así que la herencia dejó de ser condición sine qua non para la sucesión de los cacicazgos. A veces el
acceso a este cargo se hizo por vía electiva y el nombre de cacique podía entonces sustituirse por el de
principal o cacique-gobernador. En otras ocasiones el propio cargo desapareció para ser reemplazado por
el alcalde de naturales. Estos cambios de nomenclatura pueden apreciarse en la siguiente relación de
autoridades indígenas que hemos extraído de la documentación consultada:
TORATA : Tacasi, cacique, Pari, su acompañado y Curata, cacique (1530); Carlos Layme, cacique,
(1543); Gaspar Cutipa, cacique (1559); Francisco Chimo, cacique y Francisco Poma, su acompañado
(1573); Francisco Layme, cacique y Pedro Conta su acompañado (1590).
OMATE: Cayla, cacique y Capachica, cacique (1540); Francisco Cayla, cacique , Juan Acabaña, alcalde,
Blas Chiri, hilacata, Simón Mayco, alcalde y Alonso Pacayqui, principal (1593); José Quispe, cacique,
Juan Chapi, principal, Alonso Sina, principal, Martín Coahuila, principal, Gregorio Quispe, principal y
Pascual Zuni, alcalde (1596)18; Lázaro Ramos Cayla, cacique (1778); Manuel Zuni, alcalde (1789);
Mariano Hurtado, cacique criollo (1791); Ignacio Ramos Cayla, alcalde (1792); Pablo Cayla, alcalde
(1800); Narciso Cayla, principal, 1801. PUQUINA: Ate, cacique y Caya, cacique (154 0); Francisco Tone,
cacique (1574); Thomás Tone, cacique (1718); Fernando Tone, cacique (1757); Melchor Tone,cacique y
Joseph Tone, alcalde hilacata (s.f.); Antonio Bernedo, alcalde criollo (1791); Juan Bautista Tone, cacique y
Francisco Rojas, cacique (1792); Manuel Lajo Olin, cacique gobernador (1795); Felipe Chiri, principal
(1796), Mariano Torres Esquiagola, cacique (1802).
ICHUÑA: Juande Dios Bernedo, cacique criollo (1791); Diego Ramos, alcalde indio, Pedro Cori, alguacil
mayor (1817); y Mateo Cruz, regidor (1817).
La rebelión de Túpac Amaru de 1781 contribuyó a acelerar este proceso electivo ya que puso bajo
sospecha la lealtad de las autoridades indígenas –en cualquiera de sus modalidades– a la Corona. A
partir de entonces se recurrió a la designación de caciques blancos para el gobierno de los indios (bajo el
nombre de “cacique criollo” o de alcalde), abriéndose así un cauce sin precedentes para la injerencia de
los criollos en las corporaciones indígenas.
A fines del s. XVIII el ingreso de “blancos” en la institución del cacicazgo indígena era ya un hecho
generalizado. Así lo hizo notar el intendente Antonio Álvarez y Jiménez cuando en 1791 constató que en
las doctrinas de Moquegua se había extinguido casi del todo la prepotencia de caciques indios que
dominaban sus pueblos, hoy regidos por alcaldes españoles.
LA PROPIEDAD DE LA TIERRA
Tras la muerte del emperador Huayna Capac y una vez que se organizara el virreinato peruano dentro de
los límites del Tawantinsuyo, una importante cuota de la autoridad del virrey fue transferida a los
conquistadores en forma de tierras y de encomiendas de indios como recompensa por su contribución en
las campañas. El poder que estas figuras ejercieron sobre aquellos espacios y sobre la población
indígena encomendada confirió cierta autonomía a las regiones periféricas del virreinato, cuyo gobierno,
ejercido a través de los cabildos urbanos, estuvo bajo el control de estos encomenderos o de sus familias
y de los miembros de la judicatura civil y eclesiástica que ejercían su autoridad desde las audiencias y los
obispados.
Hacia 1540 los españoles fundaron la ciudad de Moquegua, en el sur del virreinato. Aunque este asiento
asumió la capitalidad del antiguo Colesuyo (parte del cual era ahora el corregimiento y provincia de
Moquegua), los poblados indígenas inscritos en este territorio gravitaron bajo la órbita de otras tres
ciudades que compartían con Moquegua los diferentes aspectos de su gobierno: Puno, Cuzco y Arequipa
y en donde tenían su residencia los encomenderos de la región. Fueron los siguientes:
En TORATA: Hernando de Silva (154 3), Lucas Martínez Vegazo (1543) y Juan de Castro (1559); en
OMATE: Martín López de Carvajal y Miguel Rodríguez de Cantalapiedra (Quinistacas) (1540), Isabel Vaca
de Castro y Francisco Hernández Tarifeño (1573), Gaspar López de Carvajal (1575), Alonso de Cáceres
(1593) y Joseph de Cáceres (1620); en PUQUINA: Diego Peralta y José Francisco Fernández de
Córdoba (1674); en ICHUÑA no hubo propiamente encomenderos sino mineros: Juan Josef Sotomayor
(1787), José Mariano Sotomayor (1789), Ramón Sotomayor, Miguel Sánchez y José Miguel Sotomayor
(1791) y Ramón Sotomayor(1817)44.
Algunos de estos encomenderos fijaron una segunda residencia en los pueblos de sus encomiendas y
propiedades, constituyendo el primer exponente para la formación de una oligarquía criolla en el interior
de los reductos indígenas. Veamos cómo se desarrolló este proceso.
La fundación de Moquegua trajo aparejado el reparto de las tierras de sembradura que el virrey marqués
de Guadalcázar otorgó a los 80 primeros colonos que poblaron la ciudad y en las cuales se inició, desde
1580, el cultivo de la vid a gran escala.
Y es que las tierras de éste y del vecino valle de Torata gozaban de condiciones excepcionales, por su
fertilidad y por su ubicación estratégica en el camino hacia el Altiplano. Los recursos que sustentaban el
poder económico de los españoles pronto se trasladaron fuera del ambiente urbano, hacia el amplio
hinterland que separaba la ciudad de los caseríos indígenas. Allí los encomenderos habían recibido
tierras a título de repartimiento o merced apropiándose de las parcelas más fértiles de la serranía
formando, en el interior de las doctrinas indígenas, colonias agrícolas complementarias que eran ahora
controladas desde la ciudad. Otra vía de infiltración consistió en la ocupación (o usurpación), práctica muy
común que provocó el surgimiento de no pocos conflictos entre españoles e indios.
“La reducción a pueblos se dio para satisfacer los apetitos particulares de los
españoles por adueñarse de las mejores tierras ubicadas en los valles cálidos. Esto ocurrió
cuando se apropiaron de las tierras y aguas de Omo y Cupine ubicadas en la parte central del
valle de Moquegua. Esto tuvo lugar a costa de desaparecer legalmente la parcialidad
Hanansaya que se ubicaba precisamente en los referidos lugares. Ello originó fuertes disputas
judiciales y la defensa de las tierras que pertenecían a los indígenas del lugar. Pero no
contento con ello, los españoles codiciaban más estas tierras colindantes y por las llamadas
composiciones de tierras seguían con este impune proceso de despojo. El 27 de noviembre de
1594, Gonzalo de Mazuelo, Hernán Bueno de Arana, Pedro de Guevara, entre otros, dieron
poder a Diego Fernández de Córdoba, también residente en Moquegua para que pareciera
ante el corregidor de Arica y compusiera con él las tierras ubicadas en el valle de Omo y
Cupina. Citando un instrumento notarial Franklin Pease continúa “…desde el mojón que divide
y parte de las tierras de los yndios Carumas y las de jurisdicciones de Moquegua y Arica, que
es el principio de dicho valle de Omo, hasta más abajo del angostura de Sillaca y de barranca a
barranca río en medio, y pueda hazer las pujas…” , concluyendo que “se aprecia que el poder
para la composición de tierras otorgado por Gonzalo de Mazuelo y sus asociados afectaba
tierras ocupadas por los Carumas o al menos colindaba con ellas” Lo mismo ocurrió con las
tierras de los ayllos capango (entre la actual zona del Aeropuerto (Alto de la Villa) y el Rayo, las
que fueron sometidas compulsivamente a remate en 1598 a favor de Juanes de Saconeta y
luego comprado por Gonzalo de Mazuelo. Y como escribe el historiador moqueguano Manuel
Vera citado por el etnohistoriador Mardonio Vargas con este despojo se inició “el camino a la
viña hacia manos españoles, que nunca más volvería a manos de los Curacas de los
Capangos” (Efraín Choque Alanoca y Oscar Panty Neyra. En: Huaytire, visión geohistórica.
Tacna, 2007)
Los alcaldes de españoles y los caciques indígenas actuaban en representación de cada grupo
adoptando los segundos posturas que variaron de acuerdo a un juego de lealtades tan mudable como
poco definido. En todo caso los criollos tenían siempre la última palabra, puesto que en materia de justicia
el grado de apelación correspondía al corregidor de Moquegua. Por otro lado, la mano de obra indígena
era indispensable para la explotación de los recursos agropecuarios, y aunque los procedimientos para su
captación y uso se regularon por medio de la encomienda y la mita, las relaciones laborales debieron
regirse de facto mediante acuerdos verbales en los que los caciques actuaban como representantes de
los indios e interlocutores ante los encomenderos, hacendados y mineros.
Por lo que respecta a los propietarios indígenas, fueron los caciques y las autoridades indígenas en
general, quienes acapararon mayor cantidad de tierras valiéndose para ello de procedimientos muy
parecidos a los que utilizaban los criollos con esos mismos propósitos. Así pues, a pesar de la separación
residencial que prescribían las leyes, indios y españoles convivían en el ámbito de las doctrinas
compartiendo (y disputándose) tanto los recursos agrícolas como la mano de obra. Puede decirse que el
acceso a las tierras en los distritos rurales favoreció a los miembros influyentes (y pudientes) de la
sociedad, independientemente de su condición étnica, siendo la condición socioeconómica la que
prescribió el estatus fiscal de los individuos contribuyendo a desdibujar las diferencias etnoculturales entre
españoles e indios. Esto puede verse muy claramente en lugares como Omate donde la permeabilidad
social fue más fluida debido a la mayor presencia de criollos y al peso que los cacicazgos mantuvieron
como intermediarios entre la comunidad indígena y la administración virreinal.
Allí fue llamativo el patrimonio que el cacique principal de Omate, Don Francisco Cayla, llegó a reunir. Sus
solares, casas y chacras, con decenas de miles de cepas de vid, llegaban hasta Arequipa. Buena parte
estas tierras (las de Vayalún, Cayanca, Eta, Carata, Cupilaqui y Sormevaya) las había obtenido por
derecho de cacicazgo; Otras se las había comprado a la comunidad (las de Caravaya y Toncoala); Unas
terceras (las de Coavacha) se las compró a Doña Inés Maldonado, quien a su vez las había obtenido de
la comunidad de indios (contraviniendo la ley, puesto que las tierras indígenas eran bienes vinculados).
Pero en su negociación con Doña Inés para recuperarlas, Don Francisco Cayla logró que pasaran
finalmente a formar parte de su patrimonio privado previo pago de 2.200 pesos, lo que le dio derecho a
disponer de ellas a su libre voluntad como de cosa propia…. Finalmente, las tierras que tenía en Arequipa
las había obtenido de Lucas Martínez Vegazo, García López de Carvajal y Núñez de Carvajal. Es decir,
que la tradicional tendencia de los encomenderos a acaparar tierras indígenas en este caso se subvertía,
siendo el cacique quien las adquiría de los encomenderos o de sus familias.
Aunque de la privatización de tierras terminaron beneficiándose todos los indios de las doctrinas, fueron
sin duda los caciques quienes más propiedades acapararon. Por ejemplo en Puquina, si el promedio de
tierras por usuario apenas llegaba al medio topo la familia Tone (del cacicazgo principal) había superado
en 1718 los 12 topos distribuidos entre los pagos de Embruna, La Calera, Cayman y Pocobaia . Sin
contar con las 50 cabezas de ganado que tenían, los negocios de fletes y el comercio de pañete, vino y
aceite con que trajinaban. Consta también que la cacica Marcela Rojas se apropió en 1787 de unas
tierras que el indio Felipe Chiri tenía en el pago de Coalaque esgrimiendo que si el tenedor de una cosa
inmoble que llaman bienes raíces está veinte años ausente, el que la ocupa por diez años la gana por
prescripción. Los caciques de esta doctrina consiguieron apropiarse asimismo de algunas islas guaneras;
Las conocidas con el nombre de Frayles, Empinadas, Perica y Blanca habían pasado a ser propiedad del
cacique de hanansaya, Don Francisco Rojas, mientras que la de Margarita le pertenecía al cacique de
hurinsaya Don Manuel Lajo Olim.
En Ichuña los españoles no recibieron encomiendas sino minas de plata, oro y cobre, pero sus cargos de
prácticos o peritos ligados a las concesiones mineras les permitieron establecer con los indios unas
relaciones de tutelaje, señorialismo y dependencia parecidas a las contenidas en aquella institución. Al
contrario de los encomenderos de toda esta región que residían en las ciudades de Moquegua, Arequipa
o Cuzco, los mineros de Ichuña tuvieron que vivir cerca de los yacimientos de manera permanente para
vigilar y dirigir los trabajos de extracción y procesamiento del mineral.
Por entonces la población indígena vivía diseminada por los bofedales de ychu donde pastaban sus
rebaños de llamas y alpacas. La posición hegemónica de los Sotomayor estuvo ligada no sólo al control
de los recursos mineros y al poder político, sino también a su ascendencia religiosa como patronos de la
iglesia. Los indios tenían su techo en las inmediaciones de las bocaminas donde trabajaban y allí mismo
se les curaba de sus enfermedades cuando había medios para hacerlo.
ACTIVIDADES:
1. Elaborar un resumen del texto.
2. Elaborar un mapa de ideas de la ocupación temprana de los españoles en los Valles de
Moquegua.
BIBLIOGRAFIA
-Teresa Cañedo-Argüelles.” Oligarquías multiétnicas en el cercado andino. Siglos XVIII-XX”. En: REVISTA DIÁLOGO
ANDINO Nº 28. Facultad de Educación y Humanidades, Departamento de Ciencias Históricas y Geográficas, Arica-
Chile. Diciembre de 2006. pp 19-30.