El triaje (del francés triage, "clasificación") o protocolo de intervención es un método de
selección y clasificación de pacientes empleado en la medicina de emergencias y desastres.
Evalúa las prioridades de atención, privilegiando la posibilidad de supervivencia, de acuerdo
con las necesidades terapéuticas y los recursos disponibles. Trata por tanto de evitar que se
retrase la atención del paciente, que empeoraría su pronóstico por la demora en su atención.
Un nivel que implique que el paciente puede ser demorado no quiere decir que el diagnóstico
final no pueda ser una enfermedad grave, ya que un cáncer, por ejemplo, puede
tener funciones vitales estables que no obligue a ser visto por un médico con premura. Por
tanto, evalúa el riesgo inmediato de muerte y las posibles complicaciones derivadas de la
espera. En situaciones de demanda masiva, atención de múltiples víctimas o desastre, se
privilegia a la víctima con mayores posibilidades de supervivencia según gravedad y la
disponibilidad de recurso.
El Diccionario crítico de dudas de medicina señala que «con frecuencia, es posible traducirlo
al español como „priorización‟, „clasificación‟, „selección‟ o „filtro‟».1 El Diccionario de la lengua
española, de la Real Academia Española, define el término triaje como acción y efecto de triar
(escoger, separar, entresacar).2
El primero en utilizar este término fue el barón Dominique-Jean Larrey, médico cirujano militar,
jefe de los servicios sanitarios del ejército de Napoleón, que comenzó a utilizarlo como un
sistema de clasificación para tratar a los heridos en el campo de batalla.[cita requerida]
Índice
1Clasificación de triaje
o 1.1Triaje en desastres
1.1.1Consulta prioritaria
o 1.2Triaje de urgencias y emergencias
2Conceptos relacionados
o 2.1Diferencia entre catástrofe y desastre
o 2.2Demanda masiva y atención de múltiples víctimas
o 2.3Triaje estructurado
3Notas
4Bibliografía
Clasificación de triaje[editar]
Triaje en desastres[editar]
Esta clasificación, que se ha ido empleando en la guerra, se ha extendido para las catástrofes.
En estas se clasifica a los pacientes por colores:
Negro : las posibilidades de recuperación son nulas. En algunos triajes diferencian el
negro que es el paciente agonizante del blanco en que ya ha fallecido.
Rojo : cuando el paciente tiene posibilidad de sobrevivir y la actuación médica debe ser
inmediata.
Ejemplos: Paciente en choque, estado epiléptico o convulsivo, paro cardiaco o respiratorio,
dificultad para respirar, fracturas o golpes graves, traumas (cráneo, cadera), heridas graves,
parto en curso, intento de suicidio, embarazada con sangrado. Debe atenderse
inmediatamente.
Amarillo : pacientes que presentan una situación de urgencia con riesgo vital.
Puede complicarse en cualquier momento. Ejemplos: Tos con expectoración y fiebre sin
mejora después de una consulta médica, cuerpo extraño en ojo, en oído, dolor de cabeza, con
síntomas asociados, signos de infección de herida quirúrgica, heridas que necesitan puntos
que no involucre un órgano vital, embarazadas sin sangrado, dolor en el pecho de más de 5
días, dolor abdominal de más de 5 días. Promedio de espera para la atención: 1 a 2 horas.
Verde : paciente levemente lesionado, que puede caminar y su traslado no precisa medio
especial.
Ejemplos: Vomito sin sangre, diarrea sin deshidratación, alergias, enfermedades crónicas,
enfermedades en menores de 5 años sin complicaciones, esguince, espasmo muscular, tos
seca y malestar general, trauma menor. Promedio de espera para la atención: hasta 6 horas
Clasificación blanca (no urgente) : paciente con problema no agudo que no asiste a
consulta externa y espera ser atendido en urgencias por una molestia menor o crónica
Ejemplos: resfriado común, malestar sin fiebre, Cólico menstrual, flatulencia,
estreñimiento, cefalea crónica sin síntomas asociados, revisión de sutura, masa en
testículo, oleadas de calor, incontinencia crónica sin síntomas agudos, tos crónica sin
síntomas asociado. Debe ser remitido a consulta externa. Se deben atender máximo en
72 horas
Consulta prioritaria[editar]
Espacio de consulta ambulatoria asignada para atender a usuarios con una clasificación
TRIAJE VERDE O BLANCA y que sin corresponder a una urgencia existe la posibilidad de
deterioro si en las próximas 24 horas no se define algún manejo. Dicho deterioro no
corresponde a una urgencia vital, sin agravamiento de síntomas o dificultad para que sea más
efectivo tratamiento. El procedimiento de verificación de derechos será posterior a la selección
y clasificación del paciente, “triaje” y no podrá ser causa para posponer la atención inicial de
urgencias.
Triaje de urgencias y emergencias[editar]
Se trata del proceso de clasificación para los que acuden a un Servicio de Urgencias,
hospitalario o extrahospitalario. Entendemos por triaje de urgencias el proceso de valoración
clínica preliminar que ordena a los pacientes antes de la valoración diagnóstica y terapéutica
completa según su grado de urgencia, de forma que en una situación de saturación del
servicio o de disminución de recursos, los pacientes más urgentes son tratados los primeros, y
el resto son controlados continuamente y revaluados hasta que los pueda visitar el equipo
médico. El triaje de emergencias extrahospitalario tiene dos componentes: (1) Triaje
telefónico, entendido como el proceso de clasificación de los pacientes por el Centro
Coordinador o Regulador de Emergencias, con base en la valoración protocolizada de su
grado de urgencia, de forma que se establezcan los tiempos de espera razonables para ser
atendidos y tratados por el equipo sanitario y se active el mejor recurso de atención para su
caso y/o el mejor medio de transporte sanitario al centro sanitario más adecuado,
independientemente del orden de la demanda asistencial; y (2) el Triaje de Emergencias,
entendido como el proceso de clasificación de los pacientes por un equipo sanitario de
atención prehospitalaria, de acuerdo a la valoración protocolizada de su grado de urgencia, de
forma que se establezca los tiempos de espera razonables para ser atendidos y tratados por
el equipo sanitario y el mejor medio de transporte sanitario al centro sanitario más adecuado,
siendo el personal de enfermería quienes generalmente lo realizan.
En los últimos años se han desarrollado distintos sistemas y escalas de triaje,
en Canadá (Canadian Triage and Acuity Scale) basado en el australiano, Reino
Unido (Manchester Emergency Triage System), Estados Unidos (Triage Scale
Standardization), Andorra (Modelo Andorrano de Triaje) basado en el canadiense
y Australia (The Australasian Triage Scale). En España se han realizado dos adaptaciones,
que se están implantando en varios hospitales:
El "SET", Sistema Estructurado de Triaje, que resulta de una adaptación del "MAT",
Modelo Andorrano de Triaje. En él hay 650 motivos de consulta distribuidos en 32
categorías sintomáticas, que con datos del interrogatorio y unos datos exploratorios
básicos, clasifican con 5 niveles de urgencia.
El "Manchester", basado en el sistema del mismo nombre del Reino Unido. A partir de 51
motivos de consulta y a través de unas preguntas dirigidas en un diagrama. Es decir
según la respuesta si/no, se produce la clasificación, con 5 niveles de gravedad.
Se han desarrollado en varias comunidades autónomas, como en Navarra y la Comunidad
Valenciana, otros programas alternativos propios.
La tendencia actual, en la mayoría de los hospitales, es la de establecer 5 niveles de
gravedad, según la posible demora en su atención:
Nivel 1 o rojo : precisa de la atención por el médico de forma inmediata.
Nivel 2 o naranja : la atención por el médico puede demorarse hasta 10 minutos.
Nivel 3 o amarillo : Pacientes que presentan una situación de urgencia con riesgo vital; la
atención por el médico puede demorarse hasta 60 minutos.
Nivel 4 o verde : la atención por el médico puede demorarse hasta 2 horas.
Nivel 5 o azul : la atención por el médico puede demorarse hasta 4 horas.
En caso de que por falta de recursos no pudiera cumplirse con estos tiempos se debería
retirar, es decir volver a valorar la situación del paciente. Cabe señalar que a nivel hospitalario
el triaje es una actividad especializada de los servicios de emergencia o urgencia, que se
caracteriza por un registro escrupuloso de las funciones vitales, escalas e índices diversos, los
que son constantemente evaluados para mejorar los resultados, evitando el sobretriaje o
subtriaje, asegurando la calidad de atención.
Los programas referidos, aunque engloban teóricamente el nivel extra-hospitalario, no reflejan
las características diferentes en este medio.
Conceptos relacionados[editar]
Diferencia entre catástrofe y desastre[editar]
Según el Diccionario de la lengua española, una catástrofe es un hecho o suceso infausto que
altera gravemente el orden regular de las cosas, y un desastre es una desgracia grande, un
suceso infeliz y lamentable, por lo que catástrofe es el hecho y desastre, la consecuencia. El
desastre ocurre cuando se pierde la capacidad de respuesta de una organización o sociedad.
Demanda masiva y atención de múltiples víctimas[editar]
La atención de los pacientes en situación de emergencia o urgencia requiere que los centros
hospitalarios, los servicios y los sistemas prehospitalarios tengan una oferta de reserva, la cual
se utilizará para resolver las fluctuaciones de la demanda. La atención individual se explica por
sí misma. La atención de múltiples víctimas ocurre cuando se atiende a dos o más personas
graves procedentes de un mismo evento; la demanda sobrepasa la oferta normal de servicios,
esto ocurre hasta el uso de la primera mitad de la oferta de reserva.
La demanda masiva implica el uso de la segunda mitad de la oferta de reserva. El desastre
ocurre cuando la demanda excede el total de la oferta incluida la oferta de reserva,
produciéndose una pérdida de la capacidad operativa del sistema*
Triaje estructurado[editar]
Sistema de triaje de cinco niveles, fiable, válido, útil, relevante y reproducible, y disponibilidad
de una estructura física, profesional y tecnológica en los servicios, dispositivos y centros
donde se atienden las urgencias y emergencias, que permitan hacer el triaje de los pacientes
según un modelo de calidad evaluable y continuamente mejorable.3
PROCEDIMIENTO DE SECUENCIA DE LA FASE DE
ALARMA EN BOMBEROS
Publicado el 22 febrero, 2016por El Bombero nº 13
PSFAB-GR&B. 2016
Como todos sabemos, las principales funciones de los bomberos incluyen la
prevención y extinción de incendios y salvamento, y como consecuencia, es
frecuente que debamos enfrentarnos a situaciones de carácter impactante con un
fuerte componente emocional, en el que además se ven comprometidos aspectos
cognitivos y conductuales.
En un estudio realizado con 229 bomberos franceses se encontraron tres fases
relacionadas con el estrés laboral en este colectivo: La fase de anticipación; que
comienza cuando se recibe la alarma y termina cuando se llega al lugar de la
emergencia. La fase operativa, que comprende el tiempo en el que el bombero está
actuando en el lugar del incidente, y por último, la fase post-operativa, que
comienza a partir de que el grupo de intervención regresa al parque (Ponnelle,
2003)1. Según este estudio, en la fase de anticipación se encuentran
sentimientos de ansiedad y focalización de la atención (visión en túnel).
En la fase operativa se registran principalmente sentimientos de ansiedad y
agresividad. Por último, en la fase post-operativa encontraron sentimientos de
cansancio, euforia, desaliento y el deseo de expresar ira. En la fase de anticipación
entran en juego aspectos como la conducción del vehículo, la responsabilidad ante
las vidas ajenas que se intuye de la información que se recibe sobre la emergencia, y
en el desarrollo de esta fase incide un factor crucial, y es el nivel de activación
del sistema nervioso simpático y el endocrino producida por el propio
aviso de la emergencia.
El exceso de ruido tiene efectos conocidos no solamente sobre la capacidad
auditiva, sino también sobre aspectos psicológicos y fisiológicos de los trabajadores
expuestos. El ruido es un estresor reconocido, especialmente cuando incluye las
características de impredecibilidad, alto volumen e intermitencia.
En bomberos, se han medido incrementos de la frecuencia cardíaca hasta de 150
latidos por minuto tras el sonido de las alarmas de los parques de bomberos2, es
decir, ha activado su sistema nervioso simpático de manera intensa en un breve
espacio de tiempo. Por lo que tiene una clara vinculación con problemas de salud a
largo plazo.
Recientes estudios de los efectos del uso de alarmas de aviso de emergencia sobre
la salud de los bomberos, muestran mayores niveles de cortisol durante los avisos
de alarma nocturnos (Hall, et al., 2016)3 afectando a los patrones de sueño,
provocando fatiga y afectando a las capacidades de conducción y a la
capacidad de respuesta cognitiva tras ser despertados durante la noche
mediante una alarma de emergencia (Paterson et al., 2016)4. También se ha
encontrado que el estrés y los parámetros cardiovasculares de los
bomberos mejoran si se implementan medidas que controlen los niveles
sonoros de dichas señales acústicas, tanto en el trabajo diurno como el nocturno
(MacNeal et al., 2016)5. Además, los estudios realizados con enfermedades
autoinmunes, desde hace más de una década, muestran que el estrés cotidiano
predice el incremento en la sintomatología en el 74% de los pacientes estudiados6.
Por lo que existen evidencias de que eventos estresantes frecuentes de alta
intensidad, corta duración, pero repetitivos en el tiempo, como es el caso de la
situación psicofisiológica en la que sitúan las alarmas a los bomberos, afectan al eje
nervioso-endocrino-inmunológico, y pueden tener los mismos efectos negativos
sobre la salud que otros eventos más estresantes que se presenten de modo puntual
(pérdidas de un ser querido, traumas, etc.).
Respecto de la elevación de la hormona cortisol, existen numerosos estudios que
indican que su elevación tiene claras repercusiones sobre la salud de las personas.
En un estudio reciente, realizado con bomberos, se muestra que la restricción de
sueño acompañada de esfuerzo físico (ambos considerados estresores laborales)
provoca una elevación de citoquinas inflamatorias IL-6 y de cortisol7, respuestas
bioquímicas relacionadas con diferentes enfermedades autoinmunes y
cardiovasculares.
A este respecto se puede consultar la NTP 355: Fisiología del Estrés8, editada por
del INSHT, en concreto el apartado “Consecuencias biológicas del estrés”, en el que
se incluye una tabla con las diferentes patologías implicadas en la elevación del
estrés, con el cortisol como máximo exponente de la ecuación:
Consecuencias biológicas del estrés. Tabla idéntica a NTP 355: Fisiología del
estrés
Hemos de tener en cuenta los últimos estudios realizados en EEUU sobre los
riesgos cardiovasculares en bomberos. A este respecto, entre 1994 y 2004 se
produjeron 1.144 fallecimientos de bomberos en acto de servicio. De ellos, el 39%
debido a problemas cardiovasculares9. De estas muertes, el 32% ocurrieron durante
las intervenciones contraincendios, el 37% en otro tipo de intervenciones, y nada
menos que el 31% durante la fase de alarma o el retorno al parque. De hecho, se
constató que el riesgo de muerte debida a accidente vascular se
incrementa hasta en un 14% durante la fase de aviso de alarma.
La alta activación simpática que se deriva del impacto de la
alarma se ha de sumar a la activación propia de la fase de anticipación, de manera
que el bombero sufre un incremento considerable de su respuesta emocional,
cognitiva, conductual y hormonal (estrés), y que, sin duda, va a condicionar el
desarrollo de la intervención, además de las posibles repercusiones en su estado de
salud, y que, evidentemente, aumentan a medida que pasan los años.
En la fase de anticipación, además de realizar el primer análisis de la información
disponible sobre el aviso, se implementan los previsibles procedimientos de
intervención y se selecciona el tren de salida y la dotación necesaria, por lo que este
protocolo requiere que se pongan en marcha recursos con altas demandas de
rendimiento emocional, físico y mental, y debido a que el sistema nervioso
simpático y el endocrino no son precisamente los mejores amigos de las respuestas
racionales, la activación que supone el implemento de un sistema de
alarma inapropiado, supone, de facto, un elemento que distorsiona la
correcta realización de las tareas de nuestros equipos de intervención,
restando calidad al servicio.
Desde hace varias décadas los cuerpos de bomberos van siendo cada vez más
conscientes de la importancia de mantener los índices de activación en la fase de
anticipación lo más bajos posible, de ahí que en la mayoría de servicios se hayan
sustituido las viejas alarmas de timbre metálico, avisadores acústicos continuos e
incluso altos volúmenes de altavoz, por avisadores luminosos, megafonía con
volúmenes ajustables y, en el mejor de los casos, avisadores acústicos
progresivos.
Atendiendo a las fuentes científicas podemos ver que implementar un
procedimiento de alarma adecuado no sólo puede mejorar la calidad de nuestro
servicio; lo cual ya es motivo suficiente, sino que, al mismo tiempo estaremos
cumpliendo con lo estipulado en la legislación vigente, tal como el Real Decreto
486/1997, sobre disposiciones mínimas de seguridad y salud en los lugares de
trabajo; El R.D 286/2006, de 10 de marzo, sobre la protección de la salud y la
seguridad de los trabajadores contra los riesgos relacionados con la exposición al
ruido y la Ley 31/1995, de 8 de noviembre, de Prevención de Riesgos Laborales, la
cual determina las medidas se destinadas a garantizar la protección de los
trabajadores contra los riesgos derivados de la exposición al ruido durante el
trabajo.
Después de conocer los riesgos derivados y la legislación vigente, restaba
confeccionar un procedimiento que finalmente fue presentado en marzo de 2016 en
el Consorcio Provincial de Alicante.
De momento se ha implantado de forma parcial, ya que sólo se aplica en horario
nocturno y de forma manual. No obstante, dado que su implantación completa no
conlleva una gran inversión, seguiremos en la brecha intentando “convencer”, ya
que realmente merece la pena tomarse este asunto en serio. Pues, aunque ya se ha
identificado el riesgo, el tratamiento que se le da a este particular no está
completo en cuanto a lo estipulado en la normativa de referencia
respecto de la acción preventiva contra el ruido. El procedimiento
implantado de forma parcial actual, aunque ha mejorado bastante este particular,
al no estar automatizado, es susceptible de incumplimiento debido a que está
sujeto a interpretaciones o prejuicios del bombero o mando responsable de dar el
aviso. Además, los niveles y el emplazamiento de los dispositivos no están
delimitados; Siguen existiendo altavoces en lugares inapropiados, incluso
emplazados junto a las camas, y en zonas de descanso, formación y estudio.
Por lo tanto, este análisis trasciende del mero deseo o capricho de dos bomberos
empeñados en implantar un procedimiento, y entra de lleno en el terreno de lo que
la ciencia y la medicina está diciendo sobre los efectos de las alarmas sobre la
salud de los trabajadores, y en lo estipulado en la legislación en materia de
prevención de riesgos laborales una vez que identificamos el riesgo.
El procedimiento de García-Rizo y Botía implica seguir las siguientes
premisas:
En las zonas de descanso (biblioteca, comedor, dormitorios, aula de formación,
etc.) No existirán dispositivos emisores de sonido.
En las zonas de descanso tan sólo deben existir dispositivos de señalización
luminosa, tal como rotativos o luces de aviso.
Los dispositivos de aviso acústico (megafonía, alarma) estarán colocados en zonas
de paso y estancias exteriores(pasillos, cochera y exteriores).
Una vez claras las premisas, pasamos a describir cómo funciona este
procedimiento de trabajo:
Ante la llamada de un servicio, el personal de centralita o recepción de llamadas del
parque, al finalizar la toma de datos, tocará un botón.
Al pulsarlo se activarán por este orden y de forma automatizada, los siguientes
pasos:
1º.- Se encenderán durante 5 segundos de forma intermitente la bombilla roja en
todos los lugares anteriormente descritos (zonas de descanso).
2º.- Tras los 5 segundos, se conecta de manera automática la megafonía con un
“…ding…dong…ding…” con un volumen no superior a 60 dB (entre 30 y 60 dB
según la normativa), y el personal que se encuentre en centralita informa del
servicio o los datos sobre este. Cuando haya terminado de transmitir los datos y
haya finalizado su locución, tocará un botón para el cierre de la megafonía.
3º.- Al colgar la megafonía, se activa de forma automatizada una sirena tipo
ascendente-progresiva durante un tiempo máximo de 5 segundos, no superior a 90
dB (de 30 a 90 dB según la normativa).
Modelo de secuenciación de la fase de alarma en los parques de bomberos (García-Rizo y
Botía 2016)
Los rangos de potencia han de cumplir con los establecido por las organizaciones
en materia de seguridad y salud relacionada con el ruido, en concreto con los
índices recomendados por la OMS.
Si deseas solicitar que se implante este procedimiento en tu Servicio de Bomberos
puedes descargarte la solicitud tipo que hemos preparado con la intención de
facilitarte el trabajo. Pincha aquí
Como vemos, adaptar el sistema de alarma no es una cuestión de “capricho”, ni un
signo de “debilidad” o de “poco bomberismo”. Tiene unas claras connotaciones
fisiológicas, cognitivo-conductuales y emocionales que no podemos controlar,
y que inciden de manera clara sobre nuestras operaciones y sobre la calidad del
servicio. Y esto viene ocurriendo durante décadas de manera innecesaria.
Si no existiera forma alguna de evitarlo, deberíamos resignarnos, qué duda cabe,
pero existen equipos electrónicos disponibles fácilmente instalables, y
procedimientos eficaces que no restan efectividad al operativo, y son respetuosos
con la salud y con la calidad de nuestro servicio.
Por favor, tomemos conciencia de ello, y cambiémoslo.
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