2 Macabeos
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2 MACABEOS
El Segundo libro de los Macabeos (=2 Mac) no es, como pudiera pensarse, la continuación del Primer
libro de los Macabeos; es, en parte, una obra paralela, pero más restringida. Gira alrededor de las hazañas
de Judas y se detiene en la victoria de este sobre Nicanor. Es decir, va aproximadamente desde el 180 hasta
el 160 a.C.
No se conoce el nombre del autor. Este presenta su obra como un resumen de un escrito más amplio,
de cinco volúmenes, compuesto por Jasón de Cirene, del que no se sabe mayor cosa. Tanto el original como
el resumen se escribieron en griego.
El Segundo libro de los Macabeos comienza con dos cartas que los judíos de Jerusalén envían a los de
Egipto. En ellas los exhortan a celebrar la fiesta de la Dedicación del Templo, instituida por Judas Macabeo.
La historia propiamente dicha comienza en 2.19–32, con un prefacio en que el autor explica sus
intenciones y su método: con mucho trabajo ha resumido los cinco tomos de Jasón de Cirene. El autor del
resumen sin duda añadió algunos elementos propios.
El telón de fondo de esta historia son los intentos de los reyes de la dinastía seléucida (especialmente
Antíoco IV) de imponer la cultura y religión griegas en Israel, con el apoyo de algunos judíos, y la lucha de
muchos otros por mantener su identidad religiosa, cultural y política (véase la Introducción general a los
libros de los Macabeos).
El autor presenta la historia de este periodo con una visión teológica, dentro del esquema “fidelidad-
pecado-castigo-misericordia”. Cuando el cargo de sumo sacerdote lo ejerce un hombre fiel, el templo es
inviolable (cap. 3). Viene luego un periodo de decadencia y pecado (4.1–5.10) que lleva inevitablemente al
castigo (5.11–6.17). La fidelidad de algunos que prefieren el martirio a quebrantar la ley apacigua la cólera
de Dios. (6.18–7.42). A esto se unen las oraciones del pueblo y el Señor se aplaca, y Judas derrota a los
paganos y purifica el templo (8.1–10.8). Vienen nuevas luchas con otros pueblos y nuevas victorias de Judas
(10.9–15.39).
Tres temas principales concentran la atención: Dios, el templo, la Ley.
Son frecuentes las invocaciones a Dios. Se da relieve a la santidad del templo. Los que quieren
destruirlo, sucumben. Entre ellos están Antíoco IV Epífanes, Lisias, Antíoco Eupátor y Nicanor.
El autor profesa claramente la fe en la retribución después de esta vida. La esperanza en la resurrección
anima a los mártires. La solidaridad con el pueblo no se rompe con la muerte.
Se recalca la importancia de la observancia fiel de la Ley.
Fundamentalmente es una obra de historia, pero no en el sentido moderno; los datos reales son
transformados en símbolos que sirven de enseñanza. De allí que los personajes aparezcan con rasgos
ejemplares; seres sobrehumanos intervienen para ayudar en los momentos de crisis. Los discursos que aquí
y allá aparecen en la obra quieren conmover al lector. Las gestas exageradas pertenecen a esta manera
propia de narrar. El estilo es retórico, ampuloso, rebuscado, de acuerdo con los usos de la historiografía de
ese entonces.
El libro puede dividirse en las siguientes partes:
1
1
“Los judíos de Jerusalén y de la región de Judea saludan a sus hermanos judíos de Egipto y les
desean completo bienestar. 2Que Dios los llene de sus beneficios en recuerdo de la alianza que hizo con
Abraham, Isaac y Jacob, sus siervos fieles; 3que les dé a todos la disposición de honrarlo y cumplir su
voluntad con corazón grande y ánimo generoso, 4que disponga sus corazones para cumplir su ley y sus
mandatos, que les dé paz, 5y que escuche sus oraciones y se reconcilie con ustedes y no los abandone
en sus dificultades. 6Esto es lo que ahora pedimos para ustedes en nuestra oración.
7
“Ya en el año ciento sesenta y nueve, durante el reinado de Demetrio, nosotros los judíos les
escribimos a ustedes. Nos encontrábamos entonces en medio de la gran persecución y crisis que se
desataron en esos años, después que Jasón y sus seguidores traicionaron la tierra santa y su gobierno,
8
e incendiaron la puerta principal del templo y asesinaron a gente inocente. Pero hicimos súplicas al
Señor, y él nos escuchó; le presentamos un sacrificio y una ofrenda de cereales, encendimos las
lámparas y colocamos sobre la mesa los panes consagrados. 9Ahora les escribimos de nuevo a ustedes,
para recomendarles que celebren la fiesta de las Enramadas en el mes de Quisleu.
“Escrita en el año ciento ochenta y ocho.”
3
1
En tiempos del sumo sacerdote Onías, la ciudad santa de Jerusalén vivía en completa paz, y las leyes
eran cumplidas del modo más exacto, porque él era un hombre piadoso, que odiaba la maldad. 2Los mismos
reyes rendían honores al santuario y aumentaban la gloria del templo con magníficos regalos. 3Aun Seleuco,
rey de Asia, sostenía de sus propias rentas los gastos para la celebración de los sacrificios.
4
Pero un cierto Simón, del turno sacerdotal de Bilgá y administrador del templo, se disgustó con el sumo
sacerdote Onías por causa de la administración del mercado de la ciudad. 5Al no poder imponerse a Onías,
fue a hablar con Apolonio de Tarso, que en aquel tiempo era jefe militar de las provincias de Celesiria y
Fenicia, 6y le contó que en el tesoro del templo de Jerusalén había incalculables riquezas, que la cantidad de
dinero depositado era incontable, mucho más de lo que se necesitaba para los gastos de los sacrificios, y
que, por lo tanto, el rey podía apoderarse del tesoro. 7Apolonio fue a ver al rey y lo puso al corriente del
asunto de los tesoros del templo. Entonces el rey confió a Heliodoro, el encargado del gobierno, la misión de
apoderarse de aquellas riquezas.
8
Heliodoro se puso inmediatamente en camino, con el pretexto de visitar las ciudades de Celesiria y
Fenicia, pero en realidad lo hacía para llevar a efecto las intenciones del rey. 9Cuando llegó a Jerusalén, fue
recibido amistosamente por el sumo sacerdote y los habitantes de la ciudad, a quienes expuso lo que le
habían dicho acerca del tesoro del templo, y manifestó el motivo de su venida. Preguntó, entonces, si era
cierto lo que le habían contado. 10El sumo sacerdote le explicó que el dinero depositado pertenecía a las
viudas y los huérfanos, 11y que una parte era de Hircano, hijo de Tobías, personaje que ocupaba un cargo
importante. Así pues, las afirmaciones del impío Simón eran falsas. Le explicó que todo el dinero depositado
sumaba la cantidad de trece mil doscientos kilos de plata y seis mil seiscientos kilos de oro, 12y que de
ningún modo se podía cometer una injusticia con los que habían confiado en la santidad del lugar y en el
carácter sagrado e inviolable de aquel templo venerado en todo el mundo. 13Pero Heliodoro, en virtud de las
órdenes que había recibido del rey, insistía en que el dinero debía ser entregado al tesoro real.
14
En el día señalado por él, entró en el templo para hacer el inventario del tesoro, y en toda la ciudad
hubo una gran preocupación. 15Los sacerdotes, con vestiduras sacerdotales, estaban arrodillados delante del
altar e invocaban a Dios, autor de la ley sobre los depósitos, y le suplicaban que guardara intactos los bienes
de quienes los habían dejado allí. 16El aspecto del sumo sacerdote impresionaba profundamente a quienes lo
miraban: su rostro y la palidez de su semblante manifestaban la angustia de su alma; 17el miedo y el temor
que se habían apoderado de él mostraban a quienes lo miraban el dolor profundo de su corazón. 18La gente
se precipitaba en tropel a las calles para orar en común por el templo, que estaba en peligro de ser
profanado. 19Las mujeres, vestidas de luto y con el pecho descubierto, llenaban las calles. De las más
jóvenes, que ordinariamente eran obligadas a permanecer en su casa, algunas corrían hasta las puertas y
otras subían a los muros o se asomaban por las ventanas, 20y todas, con las manos levantadas al cielo,
elevaban su oración. 21Daba compasión ver a la gente, de rodillas y en desorden, y la preocupación del sumo
sacerdote, presa de una gran angustia.
22
Mientras se hacían súplicas al Señor todopoderoso para que guardara intactos y seguros los depósitos
de quienes los habían dejado en el templo, 23Heliodoro se disponía a ejecutar su decisión. 24Pero cuando él y
sus acompañantes se encontraban ya junto al tesoro, el Señor de los espíritus y de todo poder se manifestó
con gran majestad, de modo que a todos los que se habían atrevido a entrar los aterró el poder de Dios, y
quedaron sin fuerzas ni valor. 25Pues se les apareció un caballo, ricamente adornado y montado por un jinete
terrible, que levantando los cascos delanteros se lanzó con violencia contra Heliodoro. El jinete vestía una
armadura de oro. 26Aparecieron también dos jóvenes de extraordinaria fuerza y gran belleza,
magníficamente vestidos. Se colocaron uno a cada lado de Heliodoro, y sin parar lo azotaron descargando
golpes sobre él. 27Heliodoro cayó inmediatamente a tierra sin ver absolutamente nada. Rápidamente lo
levantaron y lo colocaron en una camilla. 28Y así, a Heliodoro, que con gran acompañamiento y con toda su
guardia había entrado en la sala del tesoro, tuvieron que llevárselo a cuestas, incapaz ahora de valerse por
sí mismo, mientras reconocían claramente el poder de Dios.
29
Y en tanto que por la fuerza de Dios aquel hombre quedaba derribado, mudo y sin esperanza de
salvación, 30los judíos daban gracias al Señor, que había mostrado su gloria en el santuario; y el templo, en
donde poco antes habían reinado el miedo y la confusión, estaba ahora lleno de alegría y gozo por la
manifestación del Señor todopoderoso.
31
Los amigos de Heliodoro corrieron a pedir a Onías que hiciera una oración al Dios altísimo, para que le
perdonara la vida a Heliodoro, que ya estaba a punto de morir. 32El sumo sacerdote, temeroso de que el rey
sospechara que los judíos habían atentado contra la vida de Heliodoro, ofreció un sacrificio por su curación.
33
Y al ofrecer el sumo sacerdote el sacrificio por el pecado, los mismos jóvenes, vestidos con las mismas
vestiduras, se aparecieron nuevamente a Heliodoro, se pusieron de pie junto a él y le dijeron: “Da muchas
gracias al sumo sacerdote Onías; por su oración, el Señor te perdona la vida. 34Y ahora que has recibido el
castigo de Dios, proclama a todos su gran poder.” Dichas esta palabras, desaparecieron.
35
Heliodoro ofreció un sacrificio e hizo grandes promesas al Señor por haberle conservado la vida, y
despidiéndose de Onías volvió con sus tropas al rey. 36A todos hablaba de lo que el Dios altísimo había
hecho, y que él había visto con sus propios ojos.
37
El rey, entonces, le preguntó a Heliodoro a quién podría enviar de nuevo a Jerusalén, y él respondió:
38
“Si Su Majestad tiene algún enemigo o uno que conspire contra su gobierno, envíelo allá, y si logra
sobrevivir, volverá a Su Majestad despedazado por los azotes, pues ciertamente en ese lugar hay un poder
divino. 39El que vive en el cielo vela sobre ese lugar y lo protege; a los que van allí con malas intenciones, los
golpea y los hace morir.”
40
Esta es la historia de Heliodoro y de la conservación del tesoro del templo.
4
1
Simón, de quien ya se ha hablado antes, que traicionó a su patria propagando las falsas noticias acerca
del tesoro del templo, calumniaba a Onías diciendo que él había atacado a Heliodoro y le había causado esos
males. 2Se atrevió a llamar enemigo de los intereses públicos a Onías, el benefactor de la ciudad, protector
de sus compatriotas y celoso defensor de las leyes. 3La enemistad creció a tal punto, que uno de los hombres
de confianza de Simón cometió algunos asesinatos. 4Considerando Onías que tal rivalidad era perjudicial, y
viendo que Apolonio, hijo de Menesteo, jefe militar de las provincias de Celesiria y Fenicia, fomentaba la
maldad de Simón, 5se dirigió al rey, no para acusar a sus conciudadanos sino buscando el interés general y
particular de todo el pueblo, 6pues veía que sin una intervención del rey sería imposible alcanzar la paz
pública y que Simón pusiera fin a su locura.
(1 Mac 1.10–15)
7
Cuando Seleuco murió, lo sucedió Antíoco, conocido con el nombre de Epífanes. Entonces Jasón,
hermano de Onías, compró con dinero el cargo de sumo sacerdote; 8en una entrevista con el rey, prometió
darle once mil ochocientos ochenta kilos de plata como tributo, más otros dos mil seiscientos cuarenta de
entradas adicionales. 9Se comprometió, además, a pagar casi cinco mil kilos de plata, si lo autorizaba a
establecer, por cuenta propia, un gimnasio y un centro de deportes y cultura griega, y si daba a los
habitantes de Jerusalén el derecho de ciudadanos de Antioquía. 10El rey le concedió lo que pedía, y desde que
Jasón tomó posesión del cargo, fomentó entre sus compatriotas la manera griega de vivir. 11Renunció a los
privilegios que bondadosamente los reyes habían concedido a los judíos por intercesión de Juan, el padre de
Eupólemo. Este Eupólemo es el mismo que fue enviado a hacer un tratado de amistad y pacto con los
romanos. Jasón suprimió además las costumbres conformes con la ley e introdujo otras contrarias a ella.
12
Se apresuró a construir un gimnasio al pie de la ciudadela, e hizo que los jóvenes más sobresalientes se
dedicaran a los ejercicios del gimnasio. 13La extremada maldad del impío y falso sumo sacerdote Jasón hizo
que por todas partes se propagara la manera griega de vivir, y que aumentara el deseo de imitar lo
extranjero. 14Así, los sacerdotes dejaron de mostrar interés por el servicio del altar, y ellos mismos,
despreciando el templo y descuidando los sacrificios, en cuanto sonaba la señal se apresuraban a ayudar a
los luchadores a entrenarse en los ejercicios prohibidos por la ley. 15Despreciaban por completo los honores
de la propia patria, y estimaban en sumo grado las glorias de los griegos. 16Pero precisamente por eso se
vieron en una situación difícil: aquellos mismos a quienes se propusieron seguir y copiar en todo, fueron
después sus enemigos y verdugos. 17Porque la violación de las leyes divinas no queda sin castigo, como lo
demuestra la historia que sigue.
18
Al celebrarse en Tiro, en presencia del rey, los juegos que tenían lugar cada cuatro años, 19el malvado
Jasón envió, como representantes de Jerusalén, a algunos en calidad de ciudadanos de Antioquía, para
presenciar los juegos, y les dio trescientas monedas de plata para el sacrificio al dios Hércules; pero ellos
mismos pensaron que no convenía emplear ese dinero en el sacrificio, sino más bien en otros gastos. 20Y así,
el dinero destinado por Jasón para el sacrificio en honor de Hércules, fue dedicado, por quienes lo llevaban, a
equipar barcos de remos.
21
Cuando Apolonio, hijo de Menesteo, fue a Egipto para asistir como delegado a la coronación del rey
Filométor, supo Antíoco que Filométor era contrario a su política, y se preocupó por tomar medidas de
seguridad. Por eso se dirigió a la ciudad de Jope, y de allí marchó a Jerusalén. 22Jasón y la ciudad le hicieron
un gran recibimiento a la luz de antorchas y entre aclamaciones. Después Antíoco acampó con su ejército en
la región de Fenicia.
Intrigas de Menelao
39
Con la complicidad de Menelao, Lisímaco cometió en Jerusalén muchos robos de objetos sagrados. Al
saberlo, el pueblo se levantó contra Lisímaco; pero para entonces ya muchos objetos de oro habían
desaparecido. 40Viendo que la gente, enfurecida, empezaba a rebelarse, armó Lisímaco cerca de tres mil
hombres y dio comienzo a una injusta represión, dirigida por un tal Auranos, hombre tan entrado en años
como descentrado en juicio. 41Cuando la gente vio que Lisímaco los atacaba, unos reunieron piedras, otros
tomaron palos pesados, otros recogieron con la mano la ceniza que había en el suelo y, en medio de una
gran confusión, comenzaron a lanzarlo todo contra los hombres de Lisímaco. 42De esta forma, a muchos de
ellos los hirieron y a otros los mataron, y a todos los demás los pusieron en fuga; y al profanador Lisímaco lo
mataron junto al tesoro del templo.
43
Por estos acontecimientos se siguió un juicio en contra de Menelao. 44Cuando el rey fue a Tiro, tres
hombres enviados por el consejo de ancianos de los judíos acusaron a Menelao ante el rey. 45Menelao,
viéndose ya perdido, ofreció mucho dinero a Tolomeo, hijo de Dorimeno, para que convenciera al rey en su
favor. 46Así pues, Tolomeo, llevando al rey a una galería con el pretexto de refrescarse, lo hizo cambiar de
opinión. 47De esta manera, el rey absolvió de las acusaciones a Menelao, autor de todos estos males, y
condenó a muerte a los pobres acusadores, a quienes aun los salvajes hubieran declarado inocentes. 48Ellos,
que habían querido defender la ciudad, y a sus habitantes y los objetos de culto, sufrieron sin más el injusto
castigo. 49Por esta razón, algunos habitantes de Tiro, disgustados por tanta maldad, costearon con
generosidad los gastos de sus funerales. 50Menelao, gracias a la codicia de los poderosos, permaneció en su
cargo, y fue de mal en peor, llegando a ser el mayor enemigo de sus conciudadanos.
Muerte de Jasón
5
1
Por aquel tiempo, Antíoco se preparaba para su segunda expedición contra Egipto. 2Entonces, durante
casi cuarenta días, aparecieron en toda la ciudad jinetes con armadura de oro, armados y organizados en
escuadrones, que corrían por el aire con las espadas desenvainadas; 3compañías de caballería en orden de
batalla, con ataques y asaltos de una y de otra parte, con agitar de escudos y con lanzas innumerables, tiros
de flechas, relampaguear de armaduras de oro y corazas de todo tipo. 4Todos pedían a Dios que estas
visiones anunciaran algo bueno.
5
Habiendo circulado el falso rumor de la muerte de Antíoco, Jasón tomó no menos de mil hombres y, sin
previo aviso, atacó la ciudad. Finalmente, después de haber rechazado a los que defendían las murallas,
Jasón tomó la ciudad, y Menelao buscó refugio en la ciudadela. 6Jasón degolló sin compasión a muchos de
sus propios conciudadanos, no comprendiendo que la victoria sobre sus compatriotas era la mayor derrota;
pero él pensaba que estaba celebrando el triunfo sobre sus enemigos y no sobre sus paisanos. 7Sin embargo
no logró conquistar el poder, sino que el único resultado de su traición fue la humillación, y huyó de nuevo
hacia el territorio de Amón. 8Su conducta perversa tuvo un triste final: después de caer prisionero en manos
de Aretas, jefe de los árabes, huyó de ciudad en ciudad; perseguido por todos, odiado como traidor a las
leyes, aborrecido como verdugo de su patria y de sus compatriotas, fue a parar a Egipto. 9Y él, que había
desterrado de su patria a muchos, murió en tierra extranjera, después de haberse embarcado para
Lacedemonia con la esperanza de encontrar allí un lugar de refugio, gracias al parentesco de los
lacedemonios con los judíos; 10y a él, que había dejado a tantos sin sepultura, nadie lo lloró; no se le hicieron
funerales, ni encontró un lugar en la tumba de sus antepasados.
Profanación del templo
(1 Mac 1.16–28)
11
Cuando el rey supo estas cosas, llegó a la conclusión de que Judea quería rebelarse. Entonces,
enfurecido como una fiera, se puso en marcha desde Egipto, tomó con su ejército a Jerusalén, 12y ordenó a
sus soldados golpear sin compasión a los que encontraran y degollar a los que buscaran refugio en las casas.
13
Fue una matanza de jóvenes y ancianos, una carnicería de mujeres y niños, y un degüello de muchachas y
niños de pecho. 14En solo tres días, el total de víctimas fue de ochenta mil: cuarenta mil murieron
asesinados, y otros tantos fueron vendidos como esclavos.
15
No contento con esto, el rey se atrevió a penetrar en el templo más sagrado de toda la tierra; y
Menelao, traicionando las leyes y la patria, le sirvió de guía. 16Con sus manos impuras tomó el rey los vasos
sagrados, y robó las cosas que otros reyes habían ofrecido para el engrandecimiento, la gloria y la dignidad
del templo.
17
Antíoco estaba lleno de orgullo y no entendía que, a causa de los pecados de los habitantes de
Jerusalén, el Señor se había enojado por poco tiempo y parecía haberse olvidado del santuario. 18Si los judíos
no hubieran cometido tantos pecados, Dios hubiera castigado a Antíoco desde el primer momento y lo
hubiera hecho desistir de su audacia, como lo había hecho con Heliodoro, a quien el rey Seleuco envió para
inspeccionar el tesoro del templo. 19Pero el Señor no escogió al pueblo por amor al templo, sino que escogió
el templo por amor al pueblo. 20Por eso, el templo, después de haber participado de las calamidades del
pueblo, participó también de su bienestar; fue abandonado porque Dios todopoderoso se enojó, pero fue
nuevamente restaurado con todo su esplendor, cuando volvió a gozar del favor del soberano Señor.
Matanzas en Jerusalén
(1 Mac 1.29–40)
21
Antíoco, después de llevarse del templo casi sesenta mil kilos de plata, volvió rápidamente a Antioquía,
pensando, en medio de su orgullo y arrogancia, que podría hacer que los barcos navegaran por tierra y que
los hombres caminaran por el mar. 22Sin embargo, dejó comisarios encargados de hacer mal a los judíos. En
Jerusalén puso a Filipo, natural de Frigia, de sentimientos más salvajes que el que lo había nombrado; 23en el
monte Guerizim dejó a Andrónico; y además de estos nombró a Menelao, el peor de todos en cuanto a
perseguir a sus conciudadanos. Era tal el odio que el rey sentía por los judíos, 24que envió a Apolonio, jefe de
los mercenarios de Misia, al frente de un ejército de veintidós mil hombres, con la orden de degollar a todos
los hombres adultos y de vender a las mujeres y los niños. 25Al llegar a Jerusalén, Apolonio fingió tener
intenciones pacíficas y esperó hasta el sagrado día sábado; y aprovechándose de que los judíos estaban
descansando, ordenó a sus tropas hacer un desfile militar; 26a todos los que salieron a ver el espectáculo los
hizo matar allí mismo, y recorriendo con sus tropas la ciudad, dio muerte a gran cantidad de gente.
27
Pero Judas Macabeo se reunió con unos diez hombres más y se retiró al desierto; en aquellas
montañas vivió con sus compañeros como los animales salvajes, y para mantenerse ritualmente puros
comían solo hierbas.
(1 Mac 1.41–64)
6
1
Poco tiempo después, el rey envió a un anciano de la ciudad de Atenas para obligar a los judíos a
quebrantar las leyes de sus antepasados y a organizar su vida de un modo contrario a las leyes de Dios,
2
para profanar el templo de Jerusalén y consagrarlo al dios Zeus Olímpico, y para dedicar el templo del
monte Guerizim a Zeus Hospitalario, como lo habían pedido los habitantes de aquel lugar.
3
Aun para la masa del pueblo era penoso y difícil soportar tantos males. 4El templo era escenario de
actos desenfrenados y de fiestas profanas, organizadas por paganos que se divertían con mujeres de mala
vida y tenían relaciones con prostitutas en los atrios sagrados. Además, llevaban al templo objetos que
estaba prohibido introducir en él, 5y el altar se veía lleno de animales que la ley prohibía ofrecer. 6No se podía
observar el sábado, ni celebrar las fiestas tradicionales, ni siquiera declararse judío. 7A la fuerza se veía la
gente obligada a comer de los animales que cada mes se ofrecían en sacrificio para celebrar el día del
nacimiento del rey. Cuando llegaba la fiesta del dios Baco, se obligaba a la gente a tomar parte en la
procesión, con la cabeza coronada de ramas de hiedra.
8
Por instigación de los habitantes de la ciudad de Tolemaida, se expidió un decreto para que en las
ciudades griegas vecinas se observara la misma conducta contra los judíos y se les obligara a tomar parte en
la comida de los animales ofrecidos en sacrificio; 9los que no aceptaran las costumbres griegas serían
degollados. Todo esto hacía prever la calamidad que se aproximaba.
10
Así, por ejemplo, dos mujeres fueron llevadas al tribunal por haber hecho circuncidar a sus hijos;
después de conducirlas públicamente por la ciudad, con los niños colgados de los pechos, las arrojaron desde
lo alto de la muralla. 11Otros, que se habían reunido en cavernas cercanas para celebrar a escondidas el
sábado, habiendo sido denunciados ante Filipo, fueron quemados todos juntos, pues por respeto al sábado
no quisieron defenderse.
12
Recomiendo a los que lean este libro que no se desconcierten por causa de estas desgracias, sino que
consideren que aquellos castigos eran para corregir a nuestro pueblo y no para destruirlo. 13Pues es señal de
gran bondad de Dios no condescender con los pecadores, sino castigarlos pronto; 14para castigar a las otras
naciones, el Señor aguarda con paciencia a que llenen la medida de sus pecados, pero a nosotros 15nos
castiga antes de que lleguemos al extremo de los nuestros. 16Pues él no aparta de nosotros su misericordia,
y aunque nos corrige con calamidades, no nos abandona. 17Baste ahora con haber recordado estas cosas; y
hecha esta breve interrupción, sigamos el relato.
Martirio de Eleazar
18
A Eleazar, uno de los principales maestros de la ley, hombre de avanzada edad y de presencia noble,
se le quería obligar, abriéndole la boca, a comer carne de cerdo. 19Pero él, prefiriendo una muerte honrosa a
una vida sin honor, voluntariamente se dirigió al lugar del suplicio 20después de haber escupido la carne. Se
portó como deben portarse los que firmemente rechazan lo que no está permitido comer, ni aun por amor a
la vida. 21Los que presidían esta comida prohibida por la ley, y que de tiempo atrás conocían a este hombre,
tomándolo aparte le aconsejaron que se hiciera traer carne preparada por él, la cual estuviera permitida, y
que fingiera comer de la carne ofrecida en sacrificio, como lo había ordenado el rey. 22Así evitaría la muerte,
y ellos, por su antigua amistad con él, lo tratarían con bondad. 23Pero Eleazar, tomando una decisión honrosa
y digna de su edad, de su venerable ancianidad y de sus cabellos blancos, que eran señal de sus trabajos y
de su distinción, una decisión digna de su conducta intachable desde la niñez, y especialmente digna de la
santa ley establecida por Dios, respondió en consecuencia: “Quítenme la vida de una vez. 24A mi edad no es
digno fingir; no quiero que muchos de los jóvenes vayan a creer que yo, Eleazar, a los noventa años, abracé
una religión extranjera, 25y que, a causa de mi hipocresía y por una corta y breve vida, ellos caigan por mi
culpa en el error. Con esto atraería sobre mi ancianidad la infamia y la deshonra. 26Además, aunque ahora
evitara el castigo de los hombres, ni vivo ni muerto podría escapar de las manos del Todopoderoso. 27Por lo
tanto, abandono esta vida con valor, para mostrarme digno de mi ancianidad, 28y dejo a los jóvenes un noble
ejemplo, mostrándome dispuesto a morir valientemente por nuestras venerables y santas leyes.”
Dicho esto, se encaminó directamente al lugar del suplicio. 29Los que lo conducían, al escuchar sus
palabras, que ellos tenían por propias de un loco, cambiaron su anterior afabilidad en dureza. 30Pero Eleazar,
ya a punto de morir a causa de los golpes, dijo suspirando: “El Señor lo conoce todo sin error. Él sabe que,
aunque pude escapar de la muerte, sufro en mi cuerpo terribles dolores a causa de los azotes; pero sabe
también que en mi interior sufro con alegría por la reverencia que le tengo.” 31Y de esta manera murió,
dejando con su muerte, no solo a los jóvenes sino a la nación entera, un ejemplo de valentía y un recuerdo
de virtud.
7
1
Sucedió también que siete hermanos con su madre fueron detenidos. El rey quería obligarlos,
azotándolos con látigos y nervios de buey, a comer carne de cerdo, prohibida por la ley. 2Uno de ellos, en
nombre de todos, habló así: “¿Qué quieres saber al interrogarnos? Estamos dispuestos a morir, antes que
faltar a las leyes de nuestros antepasados.” 3Enfurecido, el rey mandó poner al fuego grandes sartenes y
calderas. 4Cuando estuvieron calientes, ordenó que al que había hablado en nombre de todos le cortaran la
lengua, y que le arrancaran el cuero cabelludo y le cortaran los pies y las manos, en presencia de su madre
y de los demás hermanos. 5Cuando ya estaba completamente mutilado, el rey mandó acercarlo al fuego y,
todavía con vida, echarlo a la sartén. Mientras el humo de la sartén se esparcía por todas partes, los otros
hermanos se animaban entre sí, y con su madre, a morir valientemente. Decían: 6“Dios el Señor está
mirando, y en verdad tiene compasión de nosotros. Eso fue lo que Moisés dijo en su canto, cuando echó en
cara al pueblo su infidelidad: ‘El Señor se compadecerá de sus siervos.’ ” 7Así murió el primero.
Entonces llevaron al segundo al suplicio, y después de arrancarle el cuero cabelludo, le preguntaron:
—¿Quieres comer, para que no te corten el cuerpo en pedazos?
8
Él, respondiendo en su lengua materna, dijo:
—¡No!
Así que fue sometido igualmente al tormento. 9Pero él, exhalando el último suspiro, dijo:
—Tú, criminal, nos quitas la vida presente. Pero el Rey del mundo nos resucitará a una vida eterna a
nosotros que morimos por sus leyes.
10
En seguida torturaron al tercero. Este, cuando se lo pidieron, sacó inmediatamente la lengua, extendió
sin miedo las manos, 11y dijo valientemente: “De Dios recibí estos miembros, pero por sus leyes los
desprecio, y de él espero recobrarlos.” 12Hasta el rey y los que estaban con él quedaron impresionados con el
ánimo del joven, que de tal modo despreciaba los tormentos.
13
Muerto este, también el cuarto fue sometido a la tortura. 14Y cuando estaba para morir, dijo: “Acepto
morir a manos de los hombres, esperando las promesas hechas por Dios de que él nos resucitará. Para ti, en
cambio, no habrá resurrección a la vida.”
15
En seguida trajeron al quinto y lo torturaron. 16Él, mirando al rey, dijo: “Aunque eres mortal, tienes
poder sobre los hombres y haces lo que quieres. Pero no pienses que Dios ha abandonado a nuestro pueblo.
17
Aguarda un poco y verás cómo él, con su gran poder, te atormentará a ti y a tus descendientes.”
18
Después trajeron al sexto, quien, estando para morir, dijo: “No te hagas ilusiones; por nuestra culpa
sufrimos esto, porque hemos pecado contra nuestro Dios; por eso nos han sucedido cosas terribles. 19Pero
tú, que te has atrevido a luchar contra Dios, no pienses que quedarás sin castigo.”
20
Pero mucho más admirable aún y digna de glorioso recuerdo fue la madre, quien, viendo morir a sus
siete hijos en un solo día, lo sobrellevó todo con fortaleza de alma, sostenida por la esperanza en el Señor.
21
Animaba a cada uno hablándole en su idioma materno y llena de nobles sentimientos, y uniendo un ardor
varonil a sus reflexiones maternales, les decía: 22“No sé cómo aparecieron ustedes en mis entrañas; no fui yo
quien les dio la vida y el aliento, ni quien organizó su cuerpo. 23Es el creador del mundo, que hizo todas las
cosas, quien forma al hombre desde el primer momento. Él, en su misericordia, les devolverá la vida y el
aliento, pues ustedes, por las leyes de Dios, no piensan en ustedes mismos.”
24
Antíoco creyó que ella se burlaba de él y sospechó que lo estaba insultando. Como el más joven estaba
aún con vida, el rey no solo trataba de convencerlo, sino que con juramento se comprometió a hacerlo rico y
dichoso, y a contarlo entre sus amigos y confiarle altos cargos, si se apartaba de las leyes de sus
antepasados. 25Pero el joven no hizo caso. Entonces el rey mandó a la madre que aconsejara al joven que
salvara su vida. 26Tanto le insistieron, que ella al fin consintió en hablar a su hijo. 27Se inclinó hacia él y,
burlándose del cruel tirano, dijo al hijo en su lengua materna: “Hijo, ten piedad de mí, que te llevé nueve
meses en mi seno, que te di el pecho durante tres años, y que te he criado y educado hasta la edad que
ahora tienes. 28Te ruego, hijo, que mires al cielo y a la tierra, que veas todo lo que hay en ellos y entiendas
que de la nada Dios lo hizo todo; y que de la misma manera creó el género humano. 29No temas a este
verdugo; muéstrate digno de tus hermanos y acepta la muerte, para que por la misericordia de Dios yo te
recobre junto con ellos.”
30
Todavía estaba ella hablando, cuando el joven dijo: “¿Qué esperan ustedes? No obedezco las órdenes
del rey; obedezco los mandamientos de la ley que Dios dio a nuestros antepasados por medio de Moisés. 31Y
tú, rey, autor de todos los males que afligen a los judíos, no escaparás de las manos de Dios. 32Nosotros
sufrimos por nuestros propios pecados. 33Si para castigarnos y corregirnos el Señor de la vida se ha enojado
momentáneamente con nosotros, nuevamente habrá de reconciliarse con sus siervos. 34Tú, impío, el más
criminal de todos los hombres, no te enorgullezcas sin razón ni te llenes de vanas esperanzas para levantar
tu mano contra los siervos de Dios. 35Aún no has escapado del juicio del Señor todopoderoso, que todo lo ve.
36
Nuestros hermanos, después de soportar un sufrimiento pasajero, gozan ya de la vida eterna que Dios ha
prometido; tú, en cambio, recibirás de Dios el castigo que mereces por tu orgullo. 37Yo, lo mismo que mis
hermanos, entrego mi cuerpo y mi vida por las leyes de nuestros antepasados, y suplico a Dios que tenga
pronto compasión de su pueblo, y que con calamidades y castigos te obligue a ti a confesar que él es el
único Dios. 38¡Que en mí y en mis hermanos se detenga la ira del Todopoderoso, justamente desatada contra
nuestro pueblo!”
39
Enfurecido el rey, y no pudiendo soportar la burla, torturó con mayor crueldad a este que a los otros.
40
Así murió el muchacho, sin haber comido cosa impura y con una gran confianza en el Señor. 41Finalmente,
después de sus hijos, murió también la madre.
42
Con esto terminamos nuestro relato sobre la comida de alimentos impuros y las extraordinarias
crueldades que se cometieron.
8
1
Entre tanto, Judas Macabeo y sus compañeros entraron secretamente en las aldeas y empezaron a
llamar a sus parientes, y reuniendo a otros que permanecían fieles al judaísmo, juntaron unos seis mil.
2
Pedían al Señor que mirara por el pueblo a quien todos perseguían, que tuviera compasión del templo
profanado por hombres impíos, 3que se compadeciera de la ciudad devastada y a punto de ser arrasada, que
oyera el clamor de la sangre que le pedía a gritos que hiciera justicia, 4que se acordara de la muerte injusta
de niños inocentes y de los insultos contra su nombre, y que mostrara su odio contra el mal.
5
Poniéndose a la cabeza de un ejército, Macabeo se hizo invencible frente a los paganos, pues el Señor
cambió su ira en misericordia. 6Caía de improviso sobre ciudades y aldeas, y las incendiaba; tomaba
posiciones estratégicas y ponía en fuga a no pocos de sus enemigos, 7aprovechando la noche para sus
ataques. La fama de su valentía se extendió por todas partes.
(1 Mac 3.38–45)
8
Al ver Filipo que poco a poco Judas Macabeo iba haciendo grandes progresos, y que sus éxitos eran
más y más frecuentes, escribió a Tolomeo, jefe militar de Celesiria y Fenicia, para que viniera en ayuda de
los intereses del rey. 9Tolomeo escogió inmediatamente a Nicanor, hijo de Patroclo, quien pertenecía al grupo
de los primeros amigos del rey, y lo envió al mando de no menos de veinte mil soldados de muchos países,
para aniquilar a todos los judíos. Con él envió a Gorgias, general muy experimentado en asuntos de guerra.
10
Nicanor pensaba pagar, con la venta de los judíos que hiciera prisioneros, el tributo de sesenta y seis mil
kilos de plata que el rey debía a los romanos. 11Inmediatamente mandó invitaciones a las ciudades de la
costa, para que tomaran parte en la compra de prisioneros judíos, prometiendo vendérselos a razón de tres
esclavos por un kilo de plata, sin pensar en el castigo que Dios todopoderoso le enviaría.
12
A Judas le llegó la noticia del avance de Nicanor, e hizo saber a sus hombres que el ejército enemigo
estaba cerca. 13Entonces los cobardes y los que desconfiaban de la justicia de Dios huyeron y se refugiaron
en otro lugar. 14Los otros vendían lo que les quedaba y pedían al Señor que los librara del impío Nicanor,
quien antes del combate ya los había vendido; 15pedían a Dios que, si no hacía esto por consideración a ellos,
al menos lo hiciera en atención a la alianza hecha con sus antepasados, y por el santo y glorioso nombre que
ellos llevaban.
(1 Mac 3.46–60)
16
Macabeo reunió a su gente, que eran seis mil hombres, y les recomendó que no perdieran el ánimo
frente a los enemigos ni tuvieran miedo a la multitud de paganos que injustamente los atacaban, sino que
lucharan con valor, 17teniendo presentes los criminales ultrajes que los paganos habían hecho al templo, los
malos tratos y los insultos contra la ciudad y, finalmente, la supresión de las costumbres recibidas de sus
antepasados. 18“Ellos —dijo— confían en sus armas y en su audacia. Nosotros, en cambio, ponemos nuestra
confianza en Dios todopoderoso, que con solo ordenarlo puede derrotar a los que marchan contra nosotros,
y aun al mundo entero.” 19Les recordó la protección de que habían gozado sus antepasados, lo que sucedió
en tiempos de Senaquerib, cuando murieron ciento ochenta y cinco mil hombres, 20y lo que tuvo lugar en
Babilonia durante la guerra contra los gálatas. En esa ocasión tomaron parte en la acción ocho mil judíos y
cuatro mil soldados de Macedonia, y estando los macedonios sin saber qué hacer, los ocho mil judíos,
gracias al auxilio que recibieron de Dios, derrotaron a ciento veinte mil enemigos y se apoderaron de un
enorme botín.
21
Después de haberlos animado con sus palabras, y de hacer que estuvieran preparados a morir por las
leyes y la patria, repartió su ejército en cuatro divisiones. 22Al frente de cada división puso a uno de sus
hermanos, Simón, José y Jonatán, asignando a cada uno mil quinientos hombres. 23Luego ordenó a Azarías
que leyera el libro sagrado, y habiéndoles dado como contraseña las palabras “Dios nos ayuda”, tomó el
mando de la primera división y atacó a Nicanor. 24El Todopoderoso luchó a favor de ellos, y mataron a más
de nueve mil enemigos, y mutilaron e hirieron a la mayor parte del ejército de Nicanor, y a todos los
obligaron a huir. 25Además, se apoderaron del dinero de los que habían venido a comprarlos. Después de
haberlos perseguido un buen trecho, tuvieron que regresar porque se hacía tarde. 26Era la víspera del
sábado, y por esta causa no siguieron persiguiéndolos. 27Después de recoger las armas de los enemigos y el
botín, celebraron el sábado, alabando y dando gracias al Señor porque los había conservado hasta ese día,
en que había comenzado a mostrar su misericordia con ellos. 28Pasado el sábado, repartieron el botín, una
parte entre las víctimas de la persecución, las viudas y los huérfanos, y el resto entre ellos y sus hijos.
29
Hecho esto, todos juntos hicieron oraciones al Señor misericordioso, para pedirle que se reconciliara del
todo con sus siervos.
(1 Mac 4.36–61)
10
1
Macabeo y sus seguidores, guiados por el Señor, reconquistaron el templo y la ciudad de Jerusalén;
2
destruyeron los altares construidos por los paganos en la plaza pública, y también sus lugares de culto.
3
Después de purificar el templo, construyeron otro altar, y golpeando una piedra contra otra, sacaron fuego
y ofrecieron con él un sacrificio. También quemaron incienso, encendieron las lámparas y presentaron los
panes consagrados. Ya hacía dos años que los sacrificios se habían interrumpido. 4Después de esto,
inclinados y con la frente en el suelo, pidieron al Señor que no volviera a dejarlos sufrir tantas calamidades;
que, en caso de pecar, los corrigiera con bondad, pero que no los entregara en manos de paganos salvajes
que injuriaban a Dios. 5El templo fue purificado en la misma fecha en que había sido profanado por los
paganos, es decir, el día veinticinco del mes de Quisleu. 6Y celebraron con alegría ocho días de fiesta, a la
manera de la fiesta de las Enramadas, recordando que poco tiempo antes la habían celebrado en las
montañas y en las cuevas, donde vivían como animales salvajes. 7Por esto, llevando limones adornados con
hojas, ramas frescas de árboles y hojas de palmera, cantaban himnos a Dios, que había llevado a buen
término la purificación del santuario. 8Además, toda la asamblea aprobó y publicó un decreto en el que se
ordenaba que todo el pueblo judío celebrara cada año estos días de fiesta.
(1 Mac 5.1–8)
14
Cuando Gorgias fue nombrado jefe militar de la región, formó un ejército de mercenarios, y cada vez
que tenía ocasión hacía la guerra a los judíos. 15Al mismo tiempo, los idumeos, que controlaban importantes
fortalezas, hostilizaban a los judíos y acogían a los que huían de Jerusalén, y procuraban fomentar la guerra.
16
Los que estaban con Macabeo, después de hacer oraciones públicas y pedir a Dios que les ayudara en la
lucha, marcharon contra las fortalezas de los idumeos, 17las atacaron con valor y se apoderaron de la región.
Rechazaron a los que combatían en las murallas, degollaron a los que cayeron en sus manos, y aniquilaron a
cerca de veinte mil hombres. 18No menos de nueve mil hombres, provistos de todo lo necesario para resistir
un ataque, se refugiaron en dos torres fuertemente protegidas. 19Macabeo dejó para el asalto a Simón, a
José y a Zaqueo, con un número suficiente de soldados, y se retiró a otros lugares en donde lo necesitaban.
20
Pero los soldados de Simón, codiciosos de riquezas, se dejaron sobornar y aceptaron dinero de algunos de
los que estaban en las torres. Recibieron setenta mil monedas, y dejaron escapar a algunos. 21Cuando le
contaron a Macabeo lo sucedido, este reunió a los oficiales del ejército y acusó a los culpables de haber
vendido por dinero a sus hermanos, dejando escapar a sus enemigos. 22Entonces los hizo ejecutar como
traidores, e inmediatamente después tomó las dos torres. 23Tuvo éxito en toda su campaña; en las dos
torres mató a más de veinte mil enemigos.
(1 Mac 4.28–35)
11
1
Muy poco tiempo después, Lisias, tutor y pariente del rey y encargado del gobierno, muy preocupado
por los últimos acontecimientos, 2reunió cerca de ochenta mil hombres de infantería y toda su caballería, y
avanzó contra los judíos. Su intención era convertir a Jerusalén en ciudad de residencia de los griegos,
3
hacer que el templo pagara impuestos como los templos de las demás naciones, y vender cada año la
dignidad de sumo sacerdote. 4Pero no contaba con el poder de Dios, sino que confiaba en sus millares de
soldados de infantería y caballería y en sus ochenta elefantes.
5
Penetrando en Judea, se acercó a Bet-sur, fortaleza que distaba unos veinticinco kilómetros de
Jerusalén, y la atacó. 6Cuando Macabeo y sus soldados supieron que Lisias estaba atacando la fortaleza, se
reunieron con todo el pueblo, y con gemidos y lágrimas pidieron al Señor que enviara un ángel bueno para
salvar a Israel. 7Macabeo, que fue el primero en tomar las armas, animó a los demás para que todos juntos
hicieran frente al peligro y fueran en ayuda de sus hermanos. Todos ellos, llenos de entusiasmo, se pusieron
en marcha. 8Estando todavía cerca de Jerusalén, se apareció, a la cabeza de la tropa, un jinete vestido de
blanco, agitando unas armas de oro. 9Entonces todos alabaron a Dios misericordioso, y tan fortalecidos se
sintieron en su ánimo que estaban dispuestos a atacar no solo a los hombres, sino a las fieras más salvajes
y a murallas de hierro. 10Marcharon en orden de batalla, con su defensor celestial, ayudados por la
misericordia del Señor. 11Se lanzaron como leones sobre los enemigos, y derribaron por tierra a once mil
soldados de infantería y a mil seiscientos de caballería, y a los demás los hicieron huir. 12La mayoría de ellos
se escaparon heridos y sin armas. Lisias se salvó huyendo vergonzosamente.
(1 Mac 6.55–63)
13
Pero Lisias, que no era tonto, reflexionó sobre la derrota que había recibido, y comprendió que los
hebreos eran invencibles porque tenían como aliado a Dios todopoderoso. Entonces les envió mensajeros
14
para proponerles la paz en condiciones justas, y les prometió usar de su influencia para que el rey fuera
amigo de ellos. 15Macabeo, en consideración al bien común, aceptó todo lo que Lisias proponía, y el rey
concedió todo lo que Macabeo pidió por escrito a Lisias en favor de los judíos.
16
Las cartas escritas por Lisias a los judíos estaban concebidas en estos términos:
“Lisias saluda al pueblo judío. 17Juan y Absalón, delegados de ustedes, me han entregado el
documento transcrito más abajo, y me han pedido la aprobación de su contenido. 18Yo comuniqué al rey
todo lo que era de su competencia; lo que estaba en mis manos, lo concedí. 19Si ustedes continúan
mostrando buena disposición hacia los intereses del estado, yo procuraré promover en el futuro el
bienestar de ustedes. 20He dado orden a sus delegados y a los míos para que se pongan de acuerdo con
ustedes sobre los detalles. 21Que les vaya bien.
“A los veinticuatro días del mes de Dióscoro del año ciento cuarenta y ocho.”
22
La carta del rey decía lo siguiente:
“El rey Antíoco saluda a su hermano Lisias. 23Ahora que mi padre ha sido trasladado a los dioses, he
querido que las personas de mi reino vivan tranquilas, para que puedan dedicarse a sus asuntos. 24Pero
he oído decir que los judíos no están de acuerdo con adoptar las costumbres griegas, como lo quería mi
padre, sino que prefieren vivir según su manera propia, y han pedido que se les permita cumplir sus
leyes. 25Deseando, pues, que también esa nación viva tranquila, decido que se les devuelva el templo y
que puedan vivir según las costumbres de sus antepasados. 26Hazme el favor de enviar algunos
delegados que hagan las paces con ellos, para que, conociendo mi determinación, estén tranquilos y
puedan dedicarse en paz a sus asuntos.”
27
La carta del rey al pueblo judío decía así:
“El rey Antíoco saluda al consejo de ancianos y al pueblo judío. 28Deseo que ustedes se encuentren
bien; yo estoy bien de salud. 29Menelao me ha manifestado que ustedes desean volver a sus hogares.
30
Por consiguiente, concedo una amnistía a todos los que hayan regresado para el día treinta del mes de
Xántico. 31Los judíos podrán comer sus alimentos especiales y seguir sus leyes como antes. Ninguno de
32
ellos será molestado en manera alguna por las faltas cometidas anteriormente. Les envío, además, a
Menelao, para que garantice la seguridad de ustedes. 33Que les vaya bien.
“A los quince días del mes de Xántico del año ciento cuarenta y ocho.”
34
También los romanos enviaron a los judíos una carta en los siguientes términos:
“Quinto Memio y Tito Manio, legados romanos, saludan al pueblo judío. 35Lo que Lisias, pariente del
rey, les ha concedido, lo aprobamos nosotros también. 36Pero revisen ustedes cuidadosamente lo que él
juzgó que debía proponérsele al rey, y envíennos luego un delegado, para que nosotros se lo
expongamos al rey de una manera conveniente para ustedes, pues nos dirigimos a Antioquía. 37Por lo
tanto, apresúrense a enviarnos algunos delegados, para que sepamos cuáles son las intenciones de
ustedes. 38Que les vaya bien.
“A los quince días del mes de Xántico del año ciento cuarenta y ocho.”
12
1
Hechos estos tratados, Lisias volvió a donde estaba el rey, mientras que los judíos se dedicaban a sus
labores agrícolas. 2Pero algunos jefes militares del lugar, Timoteo, Apolonio hijo de Geneo, y también
Jerónimo y Demofón, a los que hay que añadir a Nicanor, comandante de las tropas de Chipre, no dejaban
que los judíos tuvieran paz ni tranquilidad.
3
Además, los habitantes de la ciudad de Jope cometieron un gran crimen. Invitaron a los judíos que allí
vivían, a subir con sus mujeres y sus hijos a unos barcos que ellos mismos habían amarrado allí cerca, como
si no hubiera entre ellos enemistad ninguna, 4sino como por cumplir un decreto dado por los habitantes de la
ciudad. Los judíos, deseosos de paz y sin sospechar nada, aceptaron; pero cuando salieron a mar abierto,
los de Jope los hundieron. Eran no menos de doscientas personas.
5
Cuando Judas supo de la crueldad que habían cometido con sus compatriotas, alertó a los hombres que
estaban con él, 6e invocando a Dios, justo juez, marchó contra los asesinos de sus hermanos. De noche
prendió fuego al puerto, incendió los barcos y mató a quienes se habían refugiado en el puerto. 7Como las
puertas de la ciudad estaban cerradas, se fue, con el propósito de volver más tarde y exterminar a todos los
habitantes de Jope. 8Pero al saber que los habitantes de Jabnia querían hacer lo mismo con los judíos que
vivían allí, 9cayó de noche sobre la ciudad e incendió el puerto y la flota, de manera que el resplandor de las
llamas se veía desde Jerusalén, a una distancia de cuarenta y tres kilómetros.
Campañas en Galaad
(1 Mac 5.9–68)
10
Judas y sus soldados se habían alejado de allí algo más de un kilómetro y medio en una expedición
contra Timoteo, cuando cayeron sobre ellos por lo menos cinco mil árabes de a pie y quinientos de a caballo.
11
Se trabó un violento combate, pero los soldados de Judas, con la ayuda del Señor, consiguieron la victoria.
Los árabes, vencidos, pidieron a Judas hacer las paces, y prometieron suministrar ganado a los judíos y
prestarles ayuda de allí en adelante. 12Judas, comprendiendo que en realidad los árabes podían serles útiles
en muchas cosas, aceptó hacer las paces con ellos. Después de este convenio, los árabes se retiraron a sus
tiendas.
13
Judas atacó también a Caspín, ciudad fortificada, rodeada de terraplenes y murallas, y habitada por
gente de diversas naciones. 14Los habitantes, confiados en la fortaleza de sus murallas y en su provisión de
víveres, se mostraron insolentes contra Judas y sus soldados; los insultaban, y además injuriaban a Dios y
decían palabras horribles. 15Judas y sus soldados invocaron al Señor, soberano de todo el universo, que sin
aparatos ni máquinas de guerra destruyó Jericó en tiempos de Josué, y con violencia salvaje se lanzaron
contra las murallas. 16Dios quiso que tomaran aquella ciudad, en la que hicieron una matanza espantosa, a
tal punto que el estanque vecino, que tiene trescientos sesenta metros de ancho, aparecía lleno de la sangre
derramada.
17
Alejándose de allí ciento treinta y cinco kilómetros, llegaron a la ciudad de Cárax, donde viven los
judíos llamados tubianos. 18No encontraron allí a Timoteo, pues se había ido de aquella región sin alcanzar
éxito alguno; pero había dejado en algún lugar una guarnición bastante fuerte. 19Entonces Dositeo y
Sosípatro, generales de Macabeo, marcharon contra la guarnición y mataron a los hombres que Timoteo
había dejado en la fortaleza, que eran más de diez mil. 20Macabeo, por su parte, distribuyó su ejército en
compañías, les nombró jefes y atacó a Timoteo, que tenía ciento veinte mil soldados de infantería y dos mil
quinientos de caballería.
21
Informado Timoteo del avance de Judas, envió primeramente las mujeres y los niños y todo el
equipaje hacia un lugar llamado Carnáin, sitio muy seguro y de difícil acceso, pues todos los pasos eran muy
estrechos. 22Apenas apareció la primera compañía de Judas, el miedo y el terror se apoderaron de los
enemigos, porque Dios, que todo lo ve, se les manifestó. Se dieron a la fuga en todas direcciones, de tal
manera que con frecuencia se herían unos a otros y se atravesaban con sus propias espadas. 23Judas los
persiguió con la mayor energía, y pasó a cuchillo y aniquiló a treinta mil de aquellos criminales. 24El mismo
Timoteo cayó en manos de los soldados de Dositeo y Sosípatro; pero con mucha astucia les pidió que lo
dejaran libre, pues tenía como rehenes a los padres y hermanos de muchos de ellos, a los cuales no se les
tendría ninguna consideración. 25Por fin, tras largos discursos en que les prometió que devolvería sanos y
salvos a aquellos judíos, Timoteo los convenció, y ellos lo dejaron en libertad a fin de salvar la vida de sus
parientes.
26
Judas se dirigió luego a Carnáin y al templo de la diosa Atargatis, y degolló a veinticinco mil hombres.
27
Después de esta victoria y de la matanza que hizo, marchó contra Efrón, ciudad fortificada, donde vivían
Lisias y gente de diversas naciones. Jóvenes fuertes, colocados delante de las murallas, las defendían con
valor, y dentro había abundante provisión de máquinas de guerra y proyectiles. 28Pero, después de invocar al
Señor, que con su poder destroza las fuerzas de los enemigos, los judíos se apoderaron de la ciudad y
mataron como a veinticinco mil personas que en ella había. 29De allí se pusieron nuevamente en marcha y se
dirigieron a Escitópolis, ciudad que dista ciento ocho kilómetros de Jerusalén. 30Pero como los judíos que
vivían allí les informaron de que los habitantes de Escitópolis habían mostrado buenos sentimientos para con
ellos y los habían tratado bien en momentos difíciles, 31Judas y sus soldados les dieron las gracias y les
recomendaron que en adelante mantuvieran las mismas buenas relaciones con los judíos. Llegaron a
Jerusalén cuando ya estaba cerca la fiesta de las Semanas.
Muerte de Menelao
(1 Mac 6.28–30)
13
1
En el año ciento cuarenta y nueve llegó a oídos de Judas que Antíoco Eupátor venía hacia Judea con
gran cantidad de soldados, 2y que con él venía Lisias, su tutor y encargado del gobierno, con un ejército de
ciento diez mil soldados griegos de infantería, cinco mil trescientos de caballería, veintidós elefantes y
trescientos carros provistos de cuchillas en los ejes.
3
A estos se les unió Menelao, quien con mucha astucia incitaba a Antíoco, pensando no en la salvación
de su patria sino en conservar su puesto. 4Pero Dios, Rey de reyes, hizo que Antíoco se enojara contra ese
criminal. Lisias demostró al rey que Menelao era el causante de todos los males; entonces el rey mandó que
lo llevaran a la ciudad de Berea y que le dieran muerte en la forma que allí se acostumbra. 5Hay en Berea
una torre de veintidós metros de altura, llena de ceniza, provista de un aparato giratorio, inclinado por todas
partes hacia la ceniza. 6Cuando alguien comete un robo en un templo o algún otro crimen muy grave, le dan
muerte arrojándolo de allí. 7De esta manera, y privado de sepultura, murió el malvado Menelao; 8y
exactamente como lo merecía, pues había cometido muchos pecados contra el altar, cuyo fuego y ceniza son
puros; así, en la ceniza encontró la muerte.
(1 Mac 6.31–63)
9
El rey Antíoco venía, pues, con la salvaje intención de causar a los judíos peores sufrimientos que su
padre. 10Al saberlo, Judas recomendó a la gente que orara al Señor día y noche, para que una vez más los
ayudara, pues iban a perder la ley, su patria y el santo templo; 11y también para que no permitiera que el
pueblo, que solo ahora empezaba a tener respiro, cayera en manos de paganos que injuriaban a Dios.
12
Todos juntos cumplieron la orden, y durante tres días suplicaron al Señor misericordioso con lágrimas y
ayunos, e inclinados y con la frente en el suelo. Entonces Judas les habló para animarlos, y les mandó que
se reunieran con él.
13
Pero después de una reunión privada con los ancianos, resolvió ponerse en marcha y, con ayuda del
Señor, solucionar la situación, sin esperar a que el ejército del rey invadiera Judea y se adueñara de
Jerusalén. 14Habiendo confiado al creador del mundo el éxito de su campaña, animó a sus soldados a
combatir valientemente, hasta la muerte, por las leyes, el templo, la ciudad, la patria y sus costumbres
propias; y estableció su campamento cerca de la ciudad de Modín.
15
Dándoles como contraseña las palabras “Victoria de Dios”, Judas atacó de noche el campamento del
rey con un grupo de los mejores jóvenes; dio muerte a dos mil soldados, y sus hombres mataron al más
grande de los elefantes, lo mismo que a su guía. 16Finalmente, llenaron de terror y confusión el campamento
y se retiraron triunfantes. 17Al amanecer, todo estaba ya terminado, gracias a la ayuda que el Señor dio a
Judas.
18
Cuando el rey experimentó la audacia de los judíos, intentó atacar sus fortalezas valiéndose de la
astucia. 19Avanzó hacia Bet-sur, lugar fortificado de los judíos, pero fue rechazado; fracasó y resultó vencido.
20
Judas envió provisiones a la guarnición; 21pero Ródoco, un soldado judío, informaba de los secretos a los
enemigos. Cuando lo descubrieron, lo arrestaron y lo ejecutaron. 22Por segunda vez el rey entró en
conversaciones con los de Bet-sur; hicieron un tratado, en el que mutuamente se daban garantías, y él se
retiró. Entonces atacó a Judas y a sus soldados, pero fue derrotado. 23En este momento se enteró de que
Filipo, que había quedado a cargo del gobierno, se había rebelado en Antioquía. Asustado, el rey llamó a los
judíos, aceptó un acuerdo con ellos y juró respetar las condiciones justas; después de esta reconciliación,
ofreció un sacrificio, rindió honores al templo y se mostró generoso con el santuario. 24Recibió bien a
Macabeo, dejó a Hegemónidas como jefe militar de la región, desde Tolemaida hasta Gerra, 25y se fue
después a Tolemaida. Pero los habitantes de esta ciudad, que no estaban contentos con el tratado, se
indignaron y quisieron anular el convenio. 26Entonces Lisias subió a la tribuna, defendió el convenio lo mejor
que pudo y los convenció, calmándolos y dejándolos bien dispuestos, después de lo cual regresó a Antioquía.
Así terminó el ataque del rey y su retirada.
(1 Mac 7.1–38)
14
1
Pasados tres años, Judas y su gente se enteraron de que Demetrio, hijo de Seleuco, había
desembarcado en el puerto de Trípoli con un poderoso ejército y una flota, 2y que, después de hacer matar a
Antíoco y a Lisias, su tutor, se había apoderado del país.
3
Un cierto Alcimo, que anteriormente había sido sumo sacerdote, pero que en lugar de evitar el contacto
con los paganos había voluntariamente incurrido en impurezas, comprendiendo que de ningún modo podía
salvarse ni volver a oficiar en el sagrado altar, 4se entrevistó con el rey Demetrio hacia el año ciento
cincuenta y uno; le regaló una corona de oro, una palma y, además, los ramos de olivo que era costumbre
que el templo ofreciera; y por el momento no dijo palabra.
5
Pero encontró una ocasión propicia para sus insensatos propósitos: Demetrio lo llamó a una reunión de
sus consejeros, y le preguntó sobre las disposiciones y planes de los judíos. Alcimo respondió: 6“Los judíos
llamados hasideos, cuyo jefe es Judas Macabeo, fomentan la guerra y la revolución, y no dejan que haya
tranquilidad en el reino. 7Así, yo, aunque me han quitado mi dignidad hereditaria, es decir, el cargo de sumo
sacerdote, he venido aquí por dos motivos: 8en primer lugar, por un sincero interés en los asuntos del rey; y
en segundo lugar, por el bien de mis propios conciudadanos, pues por la falta de juicio de las personas que
acabo de mencionar, todo nuestro pueblo se encuentra en situación sumamente difícil. 9Aconsejo a Su
Majestad que se informe bien de estas cosas, y que tome las medidas que convienen al país y a nuestro
amenazado pueblo, conforme a la bondad y generosidad de Su Majestad para con todos; 10pues, mientras
Judas viva, será imposible que el estado goce de paz.”
11
Cuando Alcimo terminó de hablar, los otros amigos del rey, que veían con malos ojos a Judas, se
apresuraron a excitar aún más a Demetrio. 12este eligió inmediatamente a Nicanor, capitán del escuadrón de
elefantes, lo nombró jefe militar de Judea y lo envió 13con la orden de matar a Judas y de dispersar a los que
estaban con él y restablecer a Alcimo como sumo sacerdote del más grande de los templos. 14Los paganos de
Judea que habían huido por miedo a Judas, se reunieron en masa alrededor de Nicanor, pensando que
sacarían provecho de la derrota y el desastre de los judíos.
15
Al recibir noticias de la llegada de Nicanor y del ataque de los paganos, los judíos esparcieron polvo
sobre sus cabezas y oraron a Dios, que había establecido a su pueblo para siempre y que sin cesar se había
preocupado de su heredad manifestándose gloriosamente. 16Cuando su jefe les dio la orden, se pusieron en
marcha desde el lugar donde se encontraban, y trabaron combate con los enemigos en el pueblo de Hadasá.
17
Simón, hermano de Judas, estaba combatiendo contra Nicanor, pero a causa de la repentina llegada de los
enemigos tuvo un pequeño fracaso. 18Sin embargo, Nicanor, al conocer el valor de Judas y sus compañeros,
y su ánimo cuando luchaban por la patria, decidió no acudir a las armas para solucionar sus diferencias. 19Así
pues, envió a Posidonio, a Teodoto y a Matatías para proponer la paz a los judíos.
20
Después de estudiar detenidamente las condiciones, Judas las comunicó al ejército, que se mostró
conforme y dio su aprobación al tratado de paz. 21Fijaron un día para que los jefes se reunieran en privado.
De cada ejército se adelantó un carro, y se colocaron asientos de honor. 22Judas había colocado en sitios
estratégicos gente armada y preparada, por temor a que de pronto los enemigos les hicieran alguna mala
jugada. En la entrevista, los jefes llegaron a un acuerdo.
23
Nicanor se quedó algún tiempo en Jerusalén y se portó correctamente. Incluso despidió a los soldados
que se habían reunido alrededor de él. 24Siempre tenía cerca a Judas, pues sentía una gran estima por él.
25
Le recomendó que se casara y tuviera hijos. Y Judas se casó y disfrutó de la vida en paz.
Muerte de Razís
37
Entonces denunciaron ante Nicanor a uno de los ancianos de Jerusalén, llamado Razís, hombre muy
preocupado por el bien de sus conciudadanos, que gozaba de excelente fama y que, a causa de su
generosidad para con ellos, era llamado “padre de los judíos.” 38Anteriormente, en tiempos de la rebelión, ya
había sido acusado de defender la causa judía, y él, con toda firmeza, había expuesto su cuerpo y su vida
por esa causa. 39Nicanor, para hacer patente la hostilidad que sentía hacia los judíos, envió más de
quinientos soldados para apresar a Razís, 40pues pensaba que arrestar a este hombre sería un duro golpe
para los judíos. 41Las tropas estaban ya a punto de tomar la torre donde se encontraba Razís, y trataban de
forzar la puerta de fuera, habiendo recibido órdenes de prender fuego y quemar las puertas, cuando Razís,
acosado por todas partes, volvió su espada contra sí mismo, 42prefiriendo morir noblemente antes que caer
en manos de aquellos criminales y sufrir injurias indignamente. 43Pero, con la prisa de la lucha, falló el golpe;
entonces, cuando las tropas ya entraban por las puertas, corrió animosamente hacia lo alto de la muralla, y
valientemente se lanzó sobre la tropa. 44Rápidamente los soldados se retiraron a cierta distancia, y él cayó
en el espacio libre. 45Todavía respirando, lleno de ardor a pesar de estar gravemente herido, se levantó
bañado en sangre, pasó corriendo por entre la tropa, se colocó sobre una alta roca 46y, casi completamente
desangrado, se arrancó las entrañas y, tomándolas con las dos manos, las arrojó sobre la tropa, pidiendo al
Señor de la vida que algún día se las devolviera. De este modo murió.
Conclusión
37
Así sucedieron las cosas relativas a Nicanor; desde entonces la ciudad ha estado en poder de los
hebreos.
Y yo termino aquí mi narración. 38Si está bien escrita y ordenada, esto fue lo que me propuse. Si es
mediocre y sin valor, solo eso fue lo que pude hacer. 39Así como no es agradable beber vino ni agua solos, en
tanto que beber vino mezclado con agua es sabroso y agradable al gusto, del mismo modo, en una obra
literaria, la variedad del estilo agrada a los oídos de los lectores. Y con esto termino mi relato.