Centessimus Annus, para entender y reflexionar la Encíclica
Cien años después de la encíclica Rerum Novarum y tras la conclusión, con el ocaso
del marxismo, de un ciclo en la historia de Europa y del mundo, Juan Pablo II es
testigo de las amenazas de guerra, de la pobreza creciente, de los regionalismos.
(1991)
Centessimus Annus.
Carta Encíclica del Papa Juan Pablo II en el Centenario de la Rerum Novarum
1 de mayo de 1991.
Sobre la cuestión social
CONTEXTO.
Cien años después de la encíclica Rerum Novarum y tras la conclusión, con el ocaso
del marxismo, de un ciclo en la historia de Europa y del mundo, Juan Pablo II es
testigo de las amenazas de guerra, de la pobreza creciente, de los regionalismos y
los bloques de naciones. Los políticos y analistas cristianos se preocupan por el
poco cambio moral en un siglo.
Veían el crecimiento de los problemas antiguos, pero también se añadían unos
nuevos provenientes de las cosas nuevas que emergen en el umbral del tercer
milenio. En los últimos años se creía que el mercado libre bastaría por sí solo para
fundar una civilización digna del hombre. Se preguntaban, pues sobre que modelo
seguir, ¿Qué diría la Iglesia?
CONTENIDO.
La Iglesia no tiene un modelo económico que proponer. Pero ofrece, como
orientación ideal e indispensable, la propia doctrina social, la cual (...) reconoce la
positividad del mercado y de la empresa, pero al mismo tiempo indica que éstos han
de estar orientados hacia el bien común.
El hombre mismo es el principal factor de la producción: en él se funda la riqueza
de las naciones más que en los recursos naturales. También se afirma de un modo
nuevo que la contribución auténtica de la Iglesia en el campo social se realiza en el
corazón del hombre . Es así como la Iglesia promuere los comportamientos
humanos que favorecen la cultura de la paz, del desarrollo y de la solidaridad. Se
señala que para construir una sociedad más justa y digna del hombre es necesario
un compromiso de servicio en los órdenes político, económico, social y cultural.
El compromiso decisivo debe provenir del mismo corazón del hombre, de la
intimidad de su conciencia.
Sólo así podrá el hombre cambiarse a sí mismo y contribuir a la mejora de toda la
sociedad. Da una mirada retrospectiva hacia la Rerum Novarum , las cosas nuevas
que hoy nos rodean, y mira al futuro hacia el tercer milenio de la era cristiana.
Esto se nota con un gozo que se va dando en diálogo con la pobreza, la desigualdad
social, y los conflictos.
Un ejemplo de éxito de la voluntad de negociación y del espíritu evangélico contra
un adversario decidido a no dejarse condicionar por principios morales. Esto es, a
la vez, una amonestación para cuantos, en nombre del realismo político, quieren
eliminar del ruedo de la política el derecho y la moral. La causa primordial del
hundimiento del comunismo fue el vacío espiritual provocado por el ateísmo, que
finalmente destruyó toda esperanza en el sistema. El marxismo había prometido
desenraizar del corazón humano la necesidad de Dios; pero los resultados han
demostrado que no es posible lograrlo sin trastocar ese mismo corazón.
ACTUALIDAD.
La lectura de Centessimus Annus hace 13 años no nos ofrece un modelo a seguir
que justifique los modelos liberales y sociales de hoy. No esperamos que la Iglesia
nos de recetas para curar todos los males del mundo actual. Nosotros somos
quienes debemos actuar para inyectar en la empresa y en la sociedad el respeto a
la dignidad de la persona. Los empresarios, por el lugar privilegiado que poseen,
tienen mayor obligación de mirar por aquellos que menos tienen, fomentar más
espacios de trabajo digno, cooperar con el Estado y sociedades intermedias para la
construcción de una sociedad más justa.
También hoy está vigente la exhortación a vivir una unidad de vida, a ser hombres
y mujeres íntegros, a ser valientes con una sólida formación intelectual y espiritual,
que sepan dar ejemplo de caridad, justicia, respeto, pero sobre todo de unidad, para
combatir el vacío espiritual que ha provocado el ateísmo práctico de hoy.
TEXTO
La tercera encíclica social de Juan Pablo II, Centesimus Annus (El centésimo año),
fue promulgada el 1 de mayo de 1991. Escrita para conmemorar el centenario de
Rerum novarum, la encíclica del Papa León XIII, Centesimus Annus dio a conocer
a la Iglesia y el mundo la reflexión madura de Juan Pablo sobre las causas y el
significado de la revolución de 1989 (fecha del hundimiento de la Unión Soviética),
al tiempo que apuntaba hacia las “cosas nuevas” del siglo XXI y daba un desarrollo
creativo a la doctrina social de la Iglesia.
La promulgación de una encíclica para celebrar el centenario de Rerum novarum
era algo inevitable. Con ella, Juan Pablo se proponía abordar cuestiones de
economía contemporánea; de ahí sus palabras a su compañero de clase, el obispo
Jorge Mejía, del Pontificio Consejo Justicia y Paz: “Quizá convenga ver lo que dicen
unos cuantos economistas”. Mejía captó la indirecta, y así, como contribución al
caldo de cultivo intelectual del que saldría la encíclica, Justicia y Paz organizó para
el 5 de noviembre de 1990 un encuentro de economistas de prestigio procedentes
de varias facultades. Después de una sesión matutina en la sede del consejo, los
economistas fueron llevados al Palacio Apostólico, donde Juan Pablo II ejerció de
anfitrión en un almuerzo de trabajo. El obispo Mejía desempeñó el papel de
moderador, pidiendo comentarios a cada uno de los economistas invitados. El
profesor Robert Lucas recuerda que Juan Pablo II formuló preguntas “con gran
agudeza, aunque eso sí, educadamente”. Lucas quedó impresionado por la
“inteligencia y seriedad” del Papa, y por su “total falta de ceremonias y pomposidad”.
Después de la comida?debate con el Papa, los economistas regresaron a la sede
del consejo para reanudar las discusiones.
En su debido momento, el consejo elaboró una “síntesis” que se proponía servir de
guía para la redacción de la encíclica del centenario. Juan Pablo la estudió e hizo
que llegara a manos de sus interlocutores intelectuales, entre ellos el filósofo italiano
Rocco Buttiglione, que había conocido al cardenal Wojtyla en Cracovia y era autor
del mejor estudio sobre el proyecto intelectual de Juan Pablo anterior al papado: “Il
pensiero di Karol Wojtyla” (El pensamiento de Karol Wojtyla), publicado en 1982.
Basándose en aquellas conversaciones, Juan Pablo decidió que la nueva encíclica
debía distinguirse de la ” síntesis” curial por su mayor utilización del personalismo,
tan esencial en sus estudios filosóficos, y que debía reflejar con mayor detalle las
realidades empíricas de la situación económica mundial del momento. Enseguida
quedó claro que era posible combinar los dos focos de atención, de tal modo que el
análisis moral de la economía se desprendiera de la filosofía de la acción moral
característica de Juan Pablo. El resultado fue una encíclica que no analizaba la
economía de arriba abajo, en términos de macroagregados, sino de abajo arriba;
una encíclica cuyo objetivo era describir “la persona económica” como dimensión
de “la persona actuante”, el agente moral creado con inteligencia y libre albedrío,
dos cosas que deben guardar relación con la vida económica. Juan Pablo no era un
lector avezado de obras técnicas de economía, ni le parecía que entre los deberes
de la Iglesia figurara el de recetar soluciones técnicas para temas económicos. Sí
era, en cambio, un consumado filósofo de la persona humana, y las conversaciones
que lo llevaron a escribir Centesimus Annus con su estilo personalista aclararon los
vínculos entre la doctrina social de la Iglesia, la obra filosófica del Papa y el mundo
del siglo XXI.
¿Qué había ocurrido?
Centesimus Annus se abre con un tributo al papa León XIII, cuya aplicación creativa
de los principios morales del catolicismo a las “cosas nuevas” sociales, económicas
y políticas de finales del siglo XIX había creado, en palabras de Juan Pablo, “un
ejemplo perdurable para la Iglesia”. Los temas principales de Rerum novarum (la
dignidad del trabajo y de los trabajadores, el derecho a la propiedad privada y los
deberes que acarrea, el derecho de asociación, incluido el de formar sindicatos, el
derecho a un salario justo y el derecho a la libertad religiosa) seguían formando
parte del legado intelectual de la Iglesia. Además, León XIII había formulado una
predicción “sorprendentemente acertada” sobre la caída del socialismo, inevitable a
sus ojos y a los de Juan Pablo por culpa de su error ” fundamental” acerca de la
naturaleza de la persona humana. Ese error “antropológico”, agravado por el
ateísmo, había ocasionado indecibles sufrimientos a la humanidad.
Adoptando como trasfondo el análisis anterior, Juan Pablo se plantea la pregunta
de a qué se debían los hechos de 1989, y por qué se habían producido justo en
aquel momento y de aquella manera. Repite, como en tantas ocasiones, que el
motor de la historia es la cultura, no la economía ni la superioridad material. Ésa era
la verdad que explicaba el porqué, el cómo y el cuándo de 1989.
Por supuesto que había otros factores, uno de ellos “la violación de los derechos de
los trabajadores” por parte de un sistema que decía gobernar en su nombre. Con
su resistencia “en nombre de la solidaridad”, los trabajadores habían “recuperado,
y en cierto sentido redescubierto, el contenido y los principios de la doctrina social
de la Iglesia”, y eso los había animado a resistir “mediante una protesta pacífica, sin
usar otras armas que las de la verdad y la justicia”. Se trataba de otra refutación del
credo marxista, ya que, “mientras el marxismo sostenía que la exacerbación de los
conflictos sociales era la única manera de solucionarlos a través del enfrentamiento
violento”, la división de Europa en Yalta no se había visto superada por otra guerra,
sino por el compromiso no violento de unas personas que ” tuvieron éxito [ . . . ] en
la búsqueda de maneras eficaces de dar testimonio de la verdad”.
La incompetencia económica era otro factor clave en la crisis del socialismo real, y
reflejaba “la violación [por el socialismo] de los derechos humanos a la iniciativa
privada, la propiedad y la libertad en el sector económico”. Creyendo que la
economía explicaba la cultura, los marxistas habían acabado por destruir las
economías por ellos mismos construidas. Subordinar la cultura a la economía
significaba suprimir las cuestiones más urgentes de la vida, y el único resultado
posible era la desintegración social. No obstante, la causa más profunda de la caída
del socialismo era el “vacío espiritual” que creaba. El marxismo había intentado
“arrancar del corazón humano la necesidad de Dios”, demostrando que ese objetivo
no podía llevarse a cabo “sin sembrar el desconcierto en el corazón”.
El humanismo cristiano, que reflejaba las verdades permanentes inscritas en la
condición humana, sabía cómo hablar al desconcierto creado por el humanismo
ateo en el corazón de los hombres, y de esa manera había devuelto a la gente sus
culturas verdaderas. En cuanto un número suficiente de personas hubo recuperado
su conciencia hasta el punto de poder decir “no” a la mentira comunista, esa mentira,
y el propio comunismo, se vinieron abajo. Así describía y explicaba Juan Pablo los
hechos de 1989.
La economía libre
Lejos de pretender esbozar una “economía católica” para el mundo posterior a la
guerra fría, Juan Pablo afirmaba explícitamente que la doctrina social de la Iglesia
“no tiene modelos que ofrecer”. Centesimus Annus prefiere analizar las cuestiones
que cabía esperar de quien había escrito Persona y acción y Laborem exercens:
¿Qué clase de personas utilizan la economía libre? ¿Cómo contribuye esa actividad
al bien común económico? ¿Cómo sirve al bien de la humanidad? Persona y acción
había analizado la estructura básica de la acción moral. Laborem exercens había
profundizado en la experiencia del trabajo. Centesimus Annus realizó una gran
aportación al pensamiento social católico, gracias a que aplicaba esos análisis a la
“economía libre”, considerada como expresión de la creatividad humana y palestra
de responsabilidad moral. En ese sentido, Centesimus Annus “institucionalizaba”
las aportaciones morales de Persona y acción y Laborem exercens.
De Rerum novarum a Populorum progressio, la doctrina social católica había
dedicado una atención casi exclusiva a la distribución justa de la riqueza: desde el
momento en que toda riqueza procede de la tierra, surge la cuestión moral de cómo
distribuirla con justicia. Juan Pablo confirma que, desde el momento en que Dios
dio la tierra por entero a todos sus habitantes, los bienes de la tierra tienen “destino
universal”. Hoy en día, sin embargo, las economías desarrolladas conocen otra
clase de riqueza. “La posesión de los conocimientos, de la tecnología”, guarda más
relación con la riqueza que los recursos naturales. El Papa da a entender que la
doctrina social católica había tomado demasiado poco en cuenta esta importante
“cosa nueva”, a la que había que añadir, además, la cuestión del actor económico
humano y de lo que ?él o ella? aporta a la mezcla. Juan Pablo sostiene que el “valor”
y la “riqueza” son productos del trabajo, la creatividad y la iniciativa del ser humano.
Si el trabajo, la creatividad, la iniciativa, el valor y la riqueza son lo que define a la
economía, la primera obligación de la Iglesia es animar a los hombres y las mujeres
a hacer buen uso de su creatividad para crear riqueza y valor. Más que en el suelo
cultivable, “la riqueza de las naciones” reside en la mente y la creatividad humanas.
Como el “personalismo” de Juan Pablo II y su teoría de la acción moral lo dotan de
una sensibilidad especial a los vaivenes de la economía contemporánea,
Centesimus Annus supuso una ruptura decisiva con el materialismo que hasta
entonces había caracterizado algunos aspectos de la doctrina social católica. Esa
ruptura, sumada al enfoque cultural con que analiza Juan Pablo la vida pública,
también hicieron que con Centesimus Annus la doctrina social católica abandonara
cualquier pretensión de encontrar una “tercera vía” entre el capitalismo y el
socialismo, o por encima de ellos. El socialismo había muerto, y en el mundo
existían muchas formas de capitalismo (otra aportación perspicaz de Juan Pablo a
la doctrina social católica). “Economía libre”, de acuerdo, pero ¿de qué clase?
¿Basada en qué concepto de la “persona actuante”? Ésas eran las preguntas para
el futuro.
En la encíclica se lee la siguiente valoración moral del capitalismo: “¿Podrá acaso
decirse que después del fracaso del comunismo el capitalismo es el sistema social
vencedor, y que debería ser la meta de los países que en la actualidad se esfuerzan
por reconstruir sus economías y sociedades? Huelga decir que la respuesta es
compleja. Si se entiende por “capitalismo” un sistema económico que reconoce el
papel fundamental y positivo del comercio, el mercado, la propiedad privada y la
consiguiente responsabilidad sobre los medios de producción, así como una
creatividad humana libre en el sector económico, la respuesta, ciertamente, será
afirmativa, aunque fuera quizá más acertado hablar de “economía comercial”,
“economía de mercado” o simplemente “economía libre”. Ahora bien, si por
“capitalismo” se entiende un sistema donde la libertad del sector económico no
queda contenida por un marco jurídico firme que la coloque al servicio de la libertad
humana en su totalidad y la conciba como un aspecto particular de esa libertad, el
meollo de la cual es ético y religioso, entonces la respuesta será claramente
negativa”.
Tras la promulgación de Centesimus Annus, los defensores del “socialismo
cristiano” quisieron alegar que el “capitalismo A” sólo existe en los manuales, pero
era un argumento falto de base empírica y textual; empírica porque era posible
encontrar ejemplos de ese “capitalismo A” en varios países de Europa Occidental y
América del Norte, y textual porque a la hora de expresar su apoyo al “capitalismo
A” Juan Pablo II se había inspirado claramente en esos ejemplos de “capitalismo
real” (sin que ninguno de ellos, por otro lado, le pareciera enteramente satisfactorio).
Así pues, sería simplista y engañoso afirmar sin matices que Centesimus Annus da
su aprobación al capitalismo. No puede decirse, por ejemplo, que la encíclica
refrende una libertad absoluta. Es evidente que para Juan Pablo las energías
desencadenadas por el mercado deberían moderarse y canalizarse a través de la
ley y la cultura moral pública de una sociedad. Centesimus Annus constata el final
del “socialismo real”, y al mismo tiempo plantea un reto de primer orden a todas las
modalidades de ” capitalismo real”.
La sociedad libre y virtuosa
Otra aportación de Centesimus Annus fue hacer que la Iglesia diera un paso
adelante en su análisis del complejo tejido de la sociedad libre.
Es innovadora y sorprendente la idea de Juan Pablo de que “la sociedad”, al igual
que el individuo, tiene “subjetividad”. Ésta se expresa en las asociaciones
voluntarias: “diversos grupos intermedios, empezando por la familia e incluyendo
grupos económicos, sociales, políticos y culturales que nacen de la propia
naturaleza humana y poseen cada cual su autonomía”. El fomento de las
asociaciones voluntarias desempeña un papel crucial en el desarrollo y
mantenimiento de la sociedad libre. La “subjetividad de la sociedad” constituye uno
de los conceptos de mayor potencial de toda la encíclica, y es de esperar que los
intelectuales, católicos o no, le hagan dar fruto.
La actitud positiva de la encíclica ante la “economía libre” era otro reflejo del
protagonismo acordado por el Papa a la cultura en su visión de la doctrina social
católica. Afirma Juan Pablo que “la economía comercial moderna tiene muchos
aspectos positivos”, porque “su base es la libertad humana ejercitada en el campo
económico, como se ejercita en tantísimos otros”. El funcionamiento de una
empresa rentable es uno de los casos que ilustran el énfasis del Papa en la
solidaridad como virtud social básica, porque el éxito de una empresa depende de
“la capacidad de prever [ . . . ] las necesidades ajenas y la combinación de los
factores productivos que más se adapten a la satisfacción de esas necesidades”.
También exige “la cooperación de muchas personas que trabajen por una meta
común”. Tener “dotes de iniciativa y capacidad empresarial” es básico para
identificar una necesidad, planear y organizar un negocio que la satisfaga y correr
riesgos prudentes. Son cualidades que hace falta defender para que una economía
moderna tenga éxito.
No basta con que una “economía libre” hunda sus raíces en la cultura. También es
necesario que esté, dirigida por la ley, es decir, por el Estado. Ahora bien, las
competencias que permiten al Estado crear el marco jurídico de una “economía
libre” tienen sus límites, relacionados, una vez más, con la libertad de la persona
humana. Un ejemplo: el Estado “no podría garantizar directamente el derecho al
trabajo de todos sus ciudadanos a menos que controlara todos y cada uno de los
aspectos de la actividad económica y restringiera la libertad de iniciativa de los
individuos”.
Centesimus Annus también pone en tela de juicio determinados estereotipos sobre
la pobreza y los pobres. Juan Pablo afirma que en el mundo actual la pobreza tiene
como causa principal la exclusión del mundo de la productividad y el intercambio.
El Papa nos exhorta a pensar en los pobres en términos de potencial, y la justicia
exige que ese potencial que tienen reciba la oportunidad de ser aprovechado. En la
sociedad libre, escribe Juan Pablo, es la cultura la principal responsable de fomentar
“la confianza en el potencial humano de los pobres y, por consiguiente, en su
capacidad de mejorar su situación mediante el trabajo, o de realizar una contribución
positiva a la prosperidad económica”. Es evidente que ese principio excluye
cualquier sistema de ayuda social que fomente la dependencia.
Centesimus Annus, digámoslo claramente, no es una “encíclica económica”, sino
una encíclica que versa sobre la sociedad libre y virtuosa. No existe ninguna
sociedad que ejemplifique la visión global expuesta por Juan Pablo II. No viene al
caso debatir si se trata de una encíclica sobre el sistema estadounidense. Se trata,
en realidad, de un desafío dirigido a todos.
Verdad y democracia
Quizá el humanismo ateo perteneciera al pasado, pero Juan Pablo detectaba la
inminencia de una nueva ideología secularista que representaría una grave
amenaza para el futuro de la libertad. Sus palabras de alerta originaron otra
polémica en torno a Centesimus Annus, y crearon un contexto válido para el resto
de la década, un marco en el que situar sus comentarios sobre el mundo posterior
a la guerra fría.
En la visión global que tiene Juan Pablo sobre la condición humana, todo es
susceptible de dar pie a cuestiones morales. En ese aspecto, Juan Pablo chocaba
con determinados teóricos de la democracia, aquellos para quienes la política
democrática es, en cuanto a valores, neutra por definición. Lejos de evitar la
polémica, el Papa declaró su postura sin rodeos, de manera que podría decirse
rotunda.
Si las democracias creían que la caída del comunismo les daba la razón hasta el
extremo de poder ignorar sus fundamentos morales y culturales, corrían un peligro
grave, no exterior sino interno. El Papa señala la frecuencia con que oímos insinuar
que “el agnosticismo y el relativismo escéptico son la filosofía y la actitud básica que
corresponde a las formas democráticas de la vida política”. A veces se ponen en
tela de juicio las convicciones democráticas de quienes creen conocer la verdad,
porque “no aceptan que la verdad quede determinada por la mayoría, ni que esté
sujeta a variaciones con el cambio de tendencias políticas”. A juicio de Juan Pablo,
hay otros temas mucho más dignos de generar preocupación por el futuro de la
democracia, porque si ” no existe ninguna verdad suprema que guíe y dirija la
actividad política, resulta fácil manipular las ideas y las convicciones por motivos de
poder”. Concluye que la historia del siglo XX ha demostrado que “una democracia
sin valores se convierte fácilmente en totalitarismo, encubierto o no”.
Era un tema en el que Juan Pablo llevaba reflexionando casi trece años, pero las
últimas palabras encresparon muchos ánimos. ¡No estaría insinuando el Papa que
unos países que habían defendido con éxito la causa de la libertad contra dos
totalitarismos del siglo XX corrían el riesgo de imitar a esos dos perversos sistemas,
derrotados o caídos por su propio peso!
Pues sí, era justamente lo que insinuaba, sólo que con una diferencia esencial. Las
ideologías secularistas que se esforzaban por excluir de la vida pública cualquier
principio moral trascendental llevaban en su seno una nueva modalidad de tiranía,
aún más peligrosa por no reconocerse como tal. No era muy difícil darse cuenta del
peligro. Si una democracia no reconocía ningún principio moral trascendental, la
única manera de solucionar un conflicto interno era el ejercicio de la fuerza bruta
por una de las facciones en liza (que impondría su voluntad por vía legislativa o con
medios más violentos). A su vez, la facción agraviada interpretaría la imposición de
una solución como una violación de sus derechos básicos. El resultado final sería
la disolución de la comunidad política democrática.
Se trataba, al menos hasta entonces, de un problema de teoría democrática básica,
que parecía haber quedado demostrado con la triste experiencia de la Alemania de
Weimar (espléndido edificio democrático con pésimos cimientos morales y
culturales). Por lo visto, Juan Pablo consideraba que el problema estaba cayendo
en el olvido, sobre todo en Occidente.
Los años noventa le darían la razón, y volvería al tema de la relación entre verdad
y democracia en otros dos documentos docentes de primera categoría.
Una declaración de fe y esperanza
A lo largo del pontificado, Laborem exercens conservaría el favor de Juan Pablo
como objeto de predilección personal entre las tres encíclicas sociales, pero
Centesimus Annus está destinada a ser la más debatida de las tres hasta bien
entrado el siglo XXI. Su amplio espectro temático, su lectura personalista de la
economía y su enfoque cultural de la historia, tan característico, se combinan para
asegurarle una gran audiencia, aunque sus lectores sigan discrepando sobre sus
repercusiones en temas concretos de la vida pública. La encíclica supuso una
amarga decepción para los socialistas católicos y los defensores de una “tercera vía
católica”, algunos de los cuales no escatimaron energías en explicar que la encíclica
no decía lo que tan claramente se leía en ella. A1 margen de esas peculiares
interpretaciones, Centesimus Annus sentó un precedente imposible de ignorar por
ninguna encíclica social del futuro. En ese sentido redirigió la trayectoria de la
doctrina social católica, cuyos orígenes, por otro lado, conmemoraba.
Más allá de las disputas entre teólogos y analistas, Centesimus Annus fue bien
acogida, porque era una declaración extraordinaria de fe y esperanza. En las
postrimerías de un siglo en que la humanidad había descubierto el miedo a lo que
era capaz de hacer, Juan Pablo dijo palabras de fe en la libertad y la capacidad
humana de imponer a la vida pública un orden basado en la dignidad y la justicia.
Su propuesta ganaba en atractivo por su condición de fruto, no del optimismo, sino
de una esperanza trascendental, nacida de la fe en Dios y en la persona humana,
a la que Dios había creado con inteligencia y libre albedrío, convirtiéndola en un
agente moral capaz de construir una sociedad verdaderamente libre y virtuosa.
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