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La Independencia de Colombia - Rafael Gómez Hoyos

Historia política, Revisionismo, Guerra de Independencia, Guerra civil, Imperio Español, Revolución, Revolucionarios, Realistas, Nueva Granada, América Española, Sedición.

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LA

INDEPENDENCIA
DE COLOMBIA

1
Rafael Gómez Hoyos

COLECCIONES
M APFRE
·
L a F u n d ac ió n M A P F R E A m érica, cre ad a en 1 9 8 8 ,i >

J
tie n e c o m o o b je to el d e s a r r o llo d e a c tiv id a d e s
c ie n tífic a s y c u ltu r a le s q u e c o n trib u y a n a las s i ­
gu ie n te s fin alid ad es d e in terés gen eral:

P ro m o c ió n d e l se n tid o d e so lid a rid a d e n tre


los p u e b lo s y cu ltu ra s ib érico s y am erican o s y
e stab le cim ien to entre ellos d e vín cu lo s de h er­
m an d ad .
D e fe n sa y d iv u lg a c ió n d e l le g a d o h istó ric o ,
so cio ló g ico y d o cu m en tal d e E sp añ a, P o rtu g al
y p a íse s a m e ric a n o s en su s e ta p a s p re y p o s t ­
co lo m b in a.
P ro m o ció n de relacio n es e in terca m b io s c u l­
tu r a le s, té c n ic o s y c ie n tífic o s e n tre E sp a ñ a ,
P o rtu g a l y o tro s p a íse s e u r o p e o s y lo s p a íse s
am erican o s.

M A P F R E , con vo lu n tad d e e star p resen te in stitu ­


cion al y cu ltu ralm en te en A m érica, ha p ro m o v id o
la F u n d ació n M A P F R E A m érica p ara d ev o lv er a la
so cied ad a m e ric an a u n a p arte d e lo q u e d e é sta ha
recib id o.
L as Colecciones M A P F R E 1492, de las q u e fo rm a
p arte este vo lu m en , son el p rin cip al p roy ecto e d i­
torial de la fu n d a c ió n , in teg rad o p o r m ás d e 250
lib ro s y en cu ya re alizació n han c o la b o ra d o 330
h isto ria d o re s d e 4 0 p a íse s. L o s d ife re n te s títu lo s
e stá n r e la c io n a d o s co n las e fe m é r id e s d e 1492:
d e scu b rim ien to e h istoria d e A m érica, su s relacio ­
nes con d iferen tes p a íse s y etn ias, y fin de la p re ­
sen cia de árab es y ju d ío s en E sp añ a. La d irección
cien tífica co rre sp o n d e al p ro fe so r Jo s é A n drés-G a-
lle g o , d e l C o n s e jo S u p e r io r d e I n v e s t ig a c io n e s
C ien tíficas.
03ÁJ0^ 4 j· ? v
C-¡6 3ò 't

RAFAEL GÓMEZ HOYOS


con la colaboración de
MARTA GONZÁLEZ

LA
INDEPENDENCIA
DE
COLOMBIA

1
EDITORIAL
M APFRE
Director coordinador: José. Andrés-Gallego
Director de Colección: Demetrio Ramos
Diseño de cubierta: José Crespo

© 1992, Rafael Gómez Hoyos


© 1992, Fundación MAPFRE América
© 1992, Editorial MAPFRE, S. A.
Paseo de Recoletos, 25 - 28004 Madrid
ISBN: 84-7100-596-4
Depósito legal: M. 27555-1992
Compuesto por Com posiciones RALI, S. A.
Particular de Costa, 12-14 - Bilbao
Impreso en los talleres de Mateu Cromo Artes Gráficas, S. A.
Carretera de Pinto a Fuenlabrada, s/n., km. 20,800 (Madrid)
Impreso en España-Printed in Spain
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««IVERSID AB KACIOMA&
¡M9U0TEGA QBMTäAlb
S /
Monseñor Gómez Hoyos falleció cuando
terminaba este libro. Para su publicación ,
la doctora Marta González ha comprobado
el texto y completado la bibliografía
y las biografías.
ÍNDICE

Primera parte

EL NUEVO REINO DE GRANADA EN EL SIGLO XVIII


1760-1808

Capítulo I. Los virreyes de la Ilustración .................................................. 13

Capítulo II. La sublevación de los C omuneros ............................. 37

Capítulo III, E xperiencias y conocimientos de viajeros granadinos por


E uropa ............................................................................................................... 45

Capítulo IV. O tros factores culturales ...................................................... 71

S egunda parte

EL MOVIMIENTO REVOLUCIONARIO DE 1810


1808-1810

Capítulo I. A contecimientos históricos de E spaña en 1808 ................. ¡89

Capítulo II. L a J unta C entral S uprema : integración de E spaña y


A mérica ........................................ ..................................................... ................ 99

Capítulo III. S antafé: las J untas del 6 y el 11 de septiembre .............. 105

Capítulo IV. C amilo T orres, la voz de A mérica. S us ideas ................... 115

Capítulo V. E n vísperas del 20 de julio de 1 8 1 0 ................................... 119

Capítulo VI. L as J untas de G obierno en la N ueva G ranada ............... 133


10 índice

T ercera parte

ESTABLECIMIENTO Y CAÍDA D E LA PRIMERA REPÚBLICA


1810-1816

Capítulo I. Primeras actuaciones de la J unta S uprema de G obierno 157

Capítulo II. F ederalismo y centralismo : T orres y N ariño .................... 173

Capítulo III. La actitud política del c l e r o ............................................. 187


/
Capítulo IV. F in de la Primera República . Presencia de S imón B olívar
en, la N ueva G ranada ................................................................................... 207

C uarta parte

LA GUERRA DE INDEPENDENCIA Y LA REPÚBLICA DE COLOMBIA


\ 1819-1830

Capítulo I. C ampaña libertadora de la N ueva G r a n a d a ....................... 223

Capítulo II. C reación de la República de C olombia ............................... 233

Capítulo III. B atallas de C arabobo y Pichincha . G obierno de S an ­


tander .................................................................................................................. 245

Capítulo IV. La crisis política de 1826. B olívar y S a n t a n d e r ............. 277

Capítulo V. Ú ltimos años de B olívar. D isolución de C olombia ........ 301

Capítulo VI. La vida cultural durante el proceso emancipador ...... 319

A péndices ....................................................................................... 331


Cronología ...................... ..................................................................:........ 333
Biografías....................... ...................................................... :............;........ 347
Bibliografía ................ 355

Índice onomástico ............................. 369


Índice toponímico ..................... 377
PRIMERA PARTE

EL NUEVO REINO DE GRANADA EN EL SIGLO XVIII


1760-1808
Capítulo I

LOS VIRREYES DE LA ILUSTRACIÓN

El Nuevo Reino se benefició sobremanera con la serie de virreyes


ilustrados que sembraron entre nosotros el éntusiasmo y la pasión por
las ciencias y la economía, y crearon poderosos estímulos culturales en­
tre la juventud, que abrió los ojos a la necesidad de transformación en
los estudios universitarios.
Fueron los virreyes de finales del siglo xviii los que trajeron el im­
pulso, dado por la España de Carlos III, gobernada por el progresista
monarca y sus ministros Gálvez, Campomanes y Floridablanca, a las
artes, letras y ciencias físicas y económicas. Este siglo contribuyó efi­
cazmente a la formación demuestro país, ya estabilizado en el aspecto
demográfico, en las formas jurídicas determinadas por el Código de In­
dias y en la constitución de las clases sociales.
Los gobernantes de este feliz período, a pesar de ser fieles vasállos
de la monarquía y servidores leales del rey, infundieron en las clases
directoras qn anhelo de autonomía, una conciencia de nacionalidad y
una estima de los organismos estatales que necesariamente conducirían
a los futuros movimientos independentistas los cuales, manejados con
una conducta represiva del gobierno, producirían la ruptura final ¡con
España.
El primer virrey don Sebastián de Eslava se hizo famoso por ha­
berle correspondido la defensa de Cartagena —puerta y bastión del Rei­
no— en que se enfrentó con uno de los ejércitos mejor organizados de
Europa. El mismo año deh restablecimiento del Virreinato y de la toma
de posesión por Eslava (1739), Inglaterra declaró la guerra a España, y
el almirante Vernon, al frente de poderosa escuadra, después de tomar
a Portobelo, se aprestó al ataque de Cartagena, defendida heroicamente
14 La independencia de Colombia

por el virrey y por el admirable general de las galeras don Blas de Lezo.
Esta victoria contra la arrogancia inglesa constituyó uno de los episo­
dios más gloriosos en los anales de nuestra historia militar. Por ello,
Eslava fue ascendido a capitán general y se le concedió el título de
marqués de la Real, Defensa.
Eslava fomentó las misiones entre los indios, los hospitales y las
vías de comunicación, cuidó de la pacificación de los indios motilones
y atendió a las fortificaciones de Cartagena, por orden especial del so­
berano, por ser la ciudad más codiciada de los piratas y los enemigos
de España; allí mismo fijó su residencia durante todo su gobierno,
también obedeciendo a los mandatos del rey.
Le sucedió el teniente general don José Alfonso Pizarro (1750) que
dejó fama de un gobierno patriarcal, dedicado a problemas administra­
tivos, arreglo de caminos, fundación de pueblos, organización de la
renta de aguardiente, estableciendo prudentemente los estancos siem­
pre rechazados por el pueblo, etc. En el aspecto material, su corto go­
bierno se distinguió por los muchos esfuerzos hechos en favor del co­
mercio y de la minería. Motivos de salud le motivaron a pedir el
relevo.
Don José Solís Folch de Cardona, duque de Montellano, dueño
de una seductora y caballeresca personalidad (1753) se destacó por una
obra trascendental del gobernante atento al mejoramiento de la hacien­
da pública y a todo lo relacionado con los límites territoriales del país.
Además reconstruyó la Casa de Moneda y emprendió adelantos mate­
riales que todavía recuerdan su nombre y el fomento de la coloniza­
ción del Darién. Fue el primer magistrado en formar la estadística del
país. Al finalizar su período, en un gesto inesperado que han explota­
do novelistas actuales y los cronistas de la época, en forma secreta in­
gresó al convento de la Orden franciscana, donde vivió y murió san­
tamente, después de distribuir sus caudales entre los pobres.
Don Pedro Messía de la Cerda, marqués de la Vega de Armijo
principió su administración en 1761; además de las mejoras fiscales y
materiales en que estuvo empeñado, tuvo felices iniciativas en la re­
forma de los estudios superiores. Pero el hecho más importante cum­
plido durante su gobierno, que marcó época en la historia colonial,
fue el extrañamiento de los jesuítas del país que trajo consigo deplo­
rables consecuencias: se interrumpió una labor antigua extendida a los
más vastos campos de la actividad, como era la instrucción de la ju-

/
Los virreyes de la Ilustración 15

ventud en colegios y universidades, el fomento de las artes y las cien­


cias, la publicación de libjros, los ejercicios espirituales y las misiones
populares, las empresas misioneras entre los indígenas, etc. La cultura
granadina sufrió un rudo golpe del cual tardó mucho tiempo en re­
ponerse, como en su día pusieron de manifiesto Groot o Vergara y
Vergara.
De los mandatarios don Manuel Guirior, don ^ ían u e l Antonio
Flórez, el arzobispo-virrey don Antonio Caballero y Góngora y don
José de Ezpeleta nos ocuparemos a espacio al tratar en páginas pos­
teriores de los planes reformistas en los estudios y en la protección
otorgada a los diversos ramos de la cultura. Don Antonio Amar y
Borbón, el bondadoso y terco virrey a quien ,le tocó sufrir la tempes­
tad de la transformación política de principios de siglo xix, guarda
parecidos sicológicos, en su personalidad y en su comportamiento dé­
bil y vacilante, con Luis XVI, a quien se aproxima hasta en el apelli­
do de Borbón.
En el análisis de la política llevada por estos virreyes sobre esta
atrasada y empobrecida colonia que lentamente asimila el cambio y
pasa de la infancia a la madurez, nos valdremos de los valiosos testi­
monios que nos dejaron en las Relaciones, de Mando, documentos des­
concertantes por la sinceridad y la clarividencia con que analizan las
causas y efectos de la pobreza del Reino, los esfuerzos hechos para su­
perar los obstáculos opuestos a f adelantamiento en todos los sectores,
al desarrollo de la industria y el comercio, y a la superación de la in­
dolencia de las gentes.
Teniendo todo esto en cuenta, no han faltado historiadores serios
que llaman a estos virreyes forjadores de la nacionalidad y padres de la
patriad la cual sería después libertada y organizada por las grandes fi­
guras de la independencia que se forjaron al abrigo de sus institucio­
nes, a pesar de que la necesidad de la propaganda revolucionaria las
impulsó a renegar injustamente, a veces en términos violentos, de toda
la política española L1

1 Ernesto Restrepo Tirado, Gobernante del N uevo Reyno de G ran ad a durante et si­
glo x v ín ; Bogotá, Buenos Aires, 1934, Facultad de Filosofía y Letras.
16 La independencia de Colombia

Reforma de los estudios superiores

Nuevos vientos renovadores soplaron sobre las universidades atra­


sadas en sus planes de estudios que fomentaban sólo la especulación
intelectual, sin atender a los adelantos científicos de la época. En Es­
paña como en América se propaga el desdén hacia la filosofía escolás­
tica ya decadente —plagada de categorías aristotélicas, universales, en­
tes, silogismos ergotistas—, y se multiplican los planes de estudio, con
la tendencia a oficializar y unificar la enseñanza de los institutos uni­
versitarios. El conde de Floridablanca es el entusiasta promotor de es­
tas ideas que debían repercutir en el Nuevo Ijleino, donde el aprendi­
zaje se hacía de memoria, y «en un latín que no conoció la edad de
Cicerón y que servía de risa a los sabios de Europa», como decía don
Francisco Antonio Z ea2.
Solamente los jesuítas habían tratado de poner sus estudios al ni­
vel de las corrientes contemporáneas, pero su expulsión de estos do­
minios tuvo efectos catastróficos para la marcha de los estudios y el
progreso de las misiones entre los indígenas. Fue precisamente Messía
de la Cerda quien inició la reacción contra el atraso e inmovilismo de
las instituciones universitarias, consideradas con especial atención: «En
la Junta Superior de Aplicaciones —escribió en su Relación de Mandó­
se ha tenido por objeto llenar las intenciones piadosas del soberano y
promover la instrucción pública y verdadero bien de los vasallos, a que
se ha dirigido la determinación de que se erija en esa capital una uni­
versidad pública y estudios generales que remedien el abuso y desor­
den que en la actualidad experimentan».
Encomendó el mandatario este proyecto a un personaje granadi­
no, dotado de elevado patriotismo, aguda inteligencia y superior ins­
trucción, don Francisco Moreno y Escandón, de cuya figuración públi­
ca nos hemos de ocupar más adelante. Muy pronto, en 1768, rindió
su erudito y avanzado informe a la Junta Superior de Aplicaciones pre­
sidida por el virrey, la cual, tímidamente, lo envió con concepto favo­
rable al rey, por intermedio del conde de Aranda. Pero sobrevino,

2 Juan David García Bacca, A n tología del pensam iento filosófico en Colom bia (de 16 4 7
a 1761). Bogotá, 1955. Francisco Aguilar, L o s comienzos de la crisis universitaria en E sp añ a ,
Madrid, 1967.
Los virreyes de la Ilustración 17

como era de esperar, la fuerte oposición de los padres de Santo Do­


mingo, poseedores, sin la obligación de enseñar, del privilegió exclusi­
vo de otorgar los grados académicos. Y no sólo se enfrentaron a las
autoridades virreinales, sino que elevaron su litigio ante la Corte, El
soberano delegó lá decisión final en él virrey, expresando que «se tuvo
por útil, importante y del todo necesaria la fundación de universidad
pública y estudios generales en esta capital..,». Pero Messía de la Cerda
y sus compañeros de la Junta no se atrevieron a implantar la iniciativa',
también por falta de fondos suficientes, a pesar de los nuevos y con­
vincentes memoriales de Moreno, quien tuvo el valor de enfrentarse al
ambiente de persecuciones, «donde ha colocado la envidia su trono y
tiene su asiento la maledicencia»3. La negativa a la propuesta de Mo­
reno impidió la puesta en práctica de modificaciones convenientes
aconsejadas por las circunstancias, frenando la modernidad.
De grandes realizaciones fue el gobierno de don Manuel Guirior
(1773-1776), quien a pesar de su brevedad emprendió saludables em­
presas en el ramo de Hacienda, pacificación de tribus bárbaras, bene­
ficencia, comercio y vías públicas. Pero ante todo pretendió —siguien­
do las líneas de su antecesor— dar un vuelco a la educación con
enérgicas medidas que despertaran de su letargo a los encargados de
impartir la instrucción universitaria.
Guirior expuso claramente los ideales de la Ilustraciónj difundidos
y aplicados por el régimen liberal y progresista de Carlos III:

La instrucción de la juventud y el fomento de las ciencias y artes es


uño de los fundamentales principios del buen gobierno, de que como
fuente dimanan la universidad del país y la prosperidad del Estado
para las artes, industria, comercio, judicátura y demás ramos de la po­
licía; y con este conocimiento y el de los esmeros con que nuestro
sabio monarca y su gobierno se han dedicado a establecer acertados
métodos en las enseñanzas, procuré también instruirme del estado que
tenían en este Reino para contribuir por mi parte a tan gloriosa em­
presa, comisionando lo que mi antecesor dejó instaurado, de erigir la
Universidad pública y Estudios Generales...
i 1 . :

3 Guillermo Hernández de Alba, Proyecto del F iscal M oreno y Escandón, p a r a la erec­


ción de U niversidad Pública en el V irreinato de la N ueva G ran ad a ... Año de 1768. Bogotá,
Instituto Caro y Cuervo, 1961.
r"

18 La independencia de Colombia

Se queja el virrey dé que «nuestros jóvenes, privados de la instruc­


ción de las ciencias útiles se mantienen ocupados en disputar las ma­
terias abstractas y fútiles contiendas del perípato, privados del acertado
método y buen gusto que ha introducido la Europa en el estudio de
las bellas letras». En esta virtud comisiona al Fiscal Protector don An­
tonio Moreno y Escandón para que

como cabalmente instruido en la materia y adornado de las cualida­


des necesarias al intento, dispusiese un Plan y Método de Estudios
adaptado a las circunstancias locales que sirviese de pauta a las ense­
ñanzas y cortase los abusos introducidos, y habiéndolo verificado con
i total acierto y muy conforme a las reales intenciones, fue examinado
en la misma Junta Superior y aprobado con universal aplauso, mani­
festándole la gratitud por su celo y mandando se pusiese sin demora
en ejecución hasta tanto que S. M., a quien se dio cuenta con testi­
monio, se dignaba con vista expedir su soberana aprobación, nom­
brando al mismo Moreno por director de estudios4.

Nuevamente, Moreno y Escandón, el aprovechado discípulo de los


jesuítas y de sus recientes maestros en España, sin dejarse amilanar por
el anterior fracaso, no tardó mucho en elaborar su Método provisional e
interino de los estudios que han de observar los Colegios de Santafé, por aho­
ra y hasta tanto que se erige Universidad Pública o Su Majestad dispone otra
cosa. Este documento, escrito en 1774, puede verse completo en el Bo­
letín de Historia y Antigüedades, órgano de la Academia Colombiana
de Historia, tomo XXIII, pp. 644-672. Fue solicitado por Guirior como
una consecuencia inmediata del ruidoso litigio promovido por la Uni­
versidad Toníística contra la tesis que en defensa del sistema coperni-
cano enseñó y defendió en los Colegios del Rosario y de San Bartolo­
mé el sabio naturalista don José Celestino Mutis.
Es dado ver en los lincamientos de este plan el influjo del presen­
tado al Consejo de Castilla por los fiscales Moñino y Campomanes
para las universidades españolas, el cual constituye una de las piezas
más representativas de la mentalidad ilustrada. La actuación de quienes
seguían estas orientaciones, consistía en una tarea pedagógico-moral, en

4 Gabriel Giraldo Jaramillo, Relaciones de M an do de los virreyes de la N u eva G ran ada,


Bogotá, 1954, p. 84.
Los virreyes de la Ilustración 19

la lucha contra la escolástica decadente —la forma cultural dominan­


te—, y en la tendencia a la secularización de la enseñanza. Se trata de
conferir a los estudiantes una formación tan integral, que sea cual fue­
re su estamento, su actividad tenga una positiva utilidad para la socie­
dad.
Por ello, lo primero que considera el plan es la enseñanza prima­
ria, a fin de que los maestros de primeras letras sean competentes y
que no antepongan se necesidad o ansia de dinero a la formación de
los niños.
En el curso de la nueva filosofía, según el plan* se daba especial
relieve a lás ciencias, con una duración de tres años; el de teología du­
raba cinco años, y en algunas materias debe enseñarse algo «de las doc­
trinas renovadas por la juiciosa crítica de nuestro siglo». Los eclesiásti­
cos que salían para los curatos, tendrían infinitas utilidades, con influjo
universal «para el fomento de la agricultura, de las artes y del comercio
en todo el Reino, cuya ignorancia lo tiene reducido al mayor abati­
miento». Reglamenta también la carrera de jurisprudencia que en cinco
años comprendía el derecho canónico y el civil. Y para todas las ma­
terias recomendaba los textos de autores selectos, así antiguos cómo
modernos, según el caso. Al final no podía faltar la preocupación —ex­
presada en su proyecto de Universidad pública— para que éstos anhe­
los tuvieran feliz cumplimiento.
La Junta Superior de Temporalidades, encargada de la organiza­
ción de los estudios, el 22 de septiembre de 1774 ordenó la ejecución
del plan para los dos Colegios Mayores de la capital, y al decir del
virrey Guirior,

se aplicó no obstante la repugnancia manifestada por alguiios educa­


dos en el antiguo estilo y principalmente por los conventos de los
regulares... con tan feliz suceso, que en sólo un año que se ha obser­
vado este acertado método, se han reconocido por experiencia los
progresos que hacen los jóvenes en la aritmética, álgebra, geométría,
y trigonometría, y en la jurisprudencia y teología.

Pero, como otros muqhos planes de reforma universitaria, éste de


Moreno y Escandón caredó de eco práctico y duradero. En efecto, los
Colegios Mayores no contaban con fondos suficientes y como era de
esperar, surgió muy pronto la consabida oposición, por manera que en
20 La independencia de Colombia

la Junta del 13 de octubre de 1779, presidida por el regéñte visitador


don Juan Francisco Gutiérrez de Piñeres se resolvió adoptar un nuevo
Plan Provisional que contenía cambios nlenos radicales5. Como en esta
nueva reforma regresaba el texto del padre Antonio Goudin O.P., los
estudiantes de San Bartolomé se rebelaron contra él, en 1791, por «ser
poco conforme al espíritu del siglo, al gusto del público y a las bellas
ideas que nos inspiraron en las primeras clases». Aunque debe recono­
cerse que la estructura básica del plan de Moreno permaneció, removió
el ambiente universitario y promovió nuevos adelantos6.
Ñp desmayaron en esta lucha los esfuerzos de los gobiernos pos­
teriores, «El principal instituto —escribe el arzobispo-virrey Caballero y
Góngorá— y que ciertamente sirve de fundamento a los demás, es el
de la instrucción de la juventud». Después dél recuento de Cuanto se
había hecho y de las dificultades surgidas, pudo informar en su Rela­
ción de Mando, qué «se formó un plan de estudios, en que desde lue­
go, erigiéndose la Universidad, se extinguía la dominicana y se reunían
en ella las cátedras de los colegios donde únicamente pudiesen estudiar
Facultades los alum nos»7.
Efectivamente, bajo la inspiración del sabio don José Celestino
Mutis, Caballero y Góngora, durante su larga estancia en la población
de Turbaco, cercana a Cartagena, el 14 de julio de 1787, concibió y
redactó su genial plan de Universidad de Estudios Generales, enviado a la
Corte con un extenso memorial explicativo de las condiciones econó­
micas que harían factible el proyecto, de los antecedentes y la absoluta
necesidad que requería su aprobación 8.
Nadie más autorizado que el mismo autor del proyecto para ex­
plicar —en sü Relación de Mando— el contenido y los alcances de
aquel estudio verdaderamente admirable:

Todo el objeto del plan se dirige a subsistir la útiles ciencias exactas


en lugar de las meramente especulativas en que hasta ahora lastimo-

5 Juan Manuel Pacheco, L a Ilustración en el N uevo Reino, Caracas, 1975, p. 112.


6 Boletín de Historia y Antigüedades, tomo XXIV, p. 361.
7 Gabriel Giraldo Jaramillo, Relaciones de M an do, p. 110.
1 8 Guillermo Hernández de Alba, E l P lan de E studios del. A rzobispo Virrey, Bogotá,
1946, Instituto Caro y Cuervo; y Representación del A rzobispo Virrey p a ra prom over la erec­
ción de una U niversidad M ayor. Bogotá, 1961.
Los virreyes de la Ilustración 21

sámente se ha perdido el tiempo; porque un Reino lleno de precio­


sísimas producciones que utilizar, de montes que allanar, de caminos
que abrir, de pantanos y minas que desecar, de aguas que dirigir, de
metales que depurar, ciertamente necesita más que sujetos que sepan
conocer y observar la naturaleza y manejar el cálculo, el compás y la
regla, que de quienes entiendan y discutan el ente de razón, la pri­
mera materia y la forma sustancial. Bajo este pie, propuse a la Corte
la erección de Universidad pública en Santafé; y tal vez la gravedad
de la materia ha detenido la resolución, pues según noticias extraju­
diciales se trabaja en un plan metódico de estudios para la instruc­
ción de la juventud americana; pero no siendo unos mismos los re­
cursos de las provincias para la dotación de cátedras siempre habrá
desigualdad en el número de ellás; y en cuanto a este Reino conven­
dría no se excusasen las de botánica, química y metalurgia, necesarias
en el país de los metales y preciosidades.

El proyecto de creación de una Universidad pública en Santafé no


recibió nunca la aprobación final de la Corte; probablemente, n o por
falta de voluntad en erigirla, sino por las contrapropuestas ocurrencias
políticas que se sucedieron en la Península y absorbieron toda la aten­
ción del rey y de los políticos de esa época.
Los virreyes Ezpeleta y Mendinueta no descansaron en esta lucha
tenaz que trataba de vencer todos los obstáculos. El señor Mendinueta,
en su Relación de Mando de 1803 recalca con mayor énfasis la suma
urgencia de abrir nuevos recursos a los talentos del Reino con una
Universidad verdaderamente general y científica, apta

para propagar la ciencias útiles y ensanchar los conocimientos de unas


gentes que no carecen de aplicación y que manifiestan aptitud para
todb, pero no tienen ocasiones ni medios para acreditar estas aprecia­
bles cualidades, y dan prueba de ello por una deplorable falta de, con­
veniente instrucción. Los que la tienen, puede decirse que la han
adquirido más bien en sus gabinetes, a esfuerzo de un estudio parti­
cular extraído de sus propios libros, que en los colegios y las aulas
públicos, estando en ellos limitada toda la enseñanza.
\ ' -· ' .
Vanos resultaron todos estos propósitos y proyectos para el pro­
greso de la educación y de la ciencia mediante la apertura de una Uni­
versidad moderna en sus métodos y programas. Pero no fue un sueño
22 La independencia de Colombia

inútil, pues la agitación intelectual que conmovió los ánimbs de varias


generaciones, la marcha ascendente de los dos Colegios Mayores de
Santafé y los de Cartagena y Popayán, beneficiados con las innovacio­
nes obtenidas y los logros de la Expedición Botánica del gran Mutis,
despertaron las mentes y alimentaron lós deseos de perfección que irían
a desembocar en la independencia de 1810. Al fin y al cabo, todos
estamos hechos de la misma madera de nuestros sueños, como escribió
el genial dramaturgo inglés.
Las universidades y colegios religiosos de la colonia cumplieron
una misión muy meritoria en la formación adecuada de los ministros
de la Iglesia; el clero recibió en las aulas universitarias una exquisita
formación filosófica, teológica y jurídica, adehiás de la literaria. Y es
inútil observar que la cultura sacerdotal no se quedaba inactiva, sino
que tenía vastas proyecciones en la sociedad, principalmente en aque­
llos tiempos.
Asimismo en el plano de la cultura general, la labor de nuestros
centros Universitarios fue muy benéfica. Gracias a ella, se formó una
sociedad interesada por las nobles especulaciones mentales, caracteri-
záda por el amor a las letras, el espíritu legalista y la afición a la dis­
cusión y a la polémica —así sea en ocasiones meramente bizantina—,
cualidades que han perseverado con sus defectos hasta nosotros. Ya el
historiador Lucás Fernández de Piedrahita anotaba, con gran sutileza,
que los hijos de Santafé eran más inclinados a los estudios serios de
filosofía, teología, y derecho, que a las ciencias prácticas y experimen­
tales.
Es muy cierto, y debemos reconocerlo paladinamente, que se abu­
só de la escolástica ya decadente y se dio excesiva importancia a la
mera especulación. Pero estos defectos fueron comunes a las universi­
dades de España en la misma época. Las nuestras debieron actuar en
tiempos de decadencia, cuando el siglo de oro de los grandes maestros
españoles ya había declinado, y se daba cabida a todas las sutilezas del
silogismo ergotista y sofístico; a la jerga escolástica, como diría nuestro
Caldas. Pero la reacción contra estos métodos resultó en extremo efi­
caz. La lucha por la renovación encargó en los institutos universitarios,
y fue dirigida por Mutis, como lo veremos más adelante. Las aulas fue­
ron un hervidero de ideas nuevas: profesores y estudiantes demostra­
ron su rebeldía intelectual y su descontento.
Los virreyes de la Ilustración 23

Por doquiera —escribe el gran Humbpldt, sagaz observador de nues­


tros fenómenos naturales, sociológicos y políticos—, se nota hoy un
gran movimiento intelectual, una juventud dotada de una rara facili­
dad para comprender los principios de las ciencias... Los criollos gus­
tan de decir que la cultura intelectual hace progresos más rápidos en
las colonias que en la Península. Estos progresos, son efectivamente,
muy notables.

Podemos afirmar que la juventud granadina estaba preparada para


recibir y fecundar las semillas de las ciencias naturales de las que era
portador un joven sabio, venido de España.

L a enseñanza científica de M utis y la E xpedición B otánica

En el año de 1760 llega al Nuevo Reino el gaditano don José Ce­


lestino Mutis en calidad de protomèdico del virrey don Pedro Messia
de la Cerda. El joven doctor —contaba apenas 28 años— que regentaba
la cátedra de anatomía del Hospital General de su ciudad, tenía deci­
dida vocación de naturalista, investigador y escritor, además de una
enérgica voluntad, y admirable capacidad para el trabajo. Tímido y es­
quivo, a la vez que ejercía su profesión entre las gentes de la capital,
daba pábulo a su curiosidad científica, iniciada en la botánica y poco
a poco extendida a las demás ramas de las ciencias * naturales. Muy
pronto emprende correspondencia con los sabios de Europa a los cua­
les —en especial los dos Linneos, padre e hijo— hace envío de plantás
y minerales y ¡solicita libros y más libros. Desde entonces ejerció por
el lapso de casi media centuria, desde la cátedra, un magisterio cientí­
fico continuo que se extendió a sus viajes, sus libros, y muy principal­
mente a la Expedición Botánica. ,
En 1763 se inaugura el curso de matemáticas en el Colegio Mayor
del Rosario con una pompa y solemnidad desacostumbradas. Asisten
el virrey, la audiencia y el cabildo, dignidades de la catedral, los pro­
fesores de los institutos docentes, el Colegio de Abogados, miembros
de las Órdenes religiosas'y caballeros y damas de la alta sociedád. El
lunes siguiente —15 de marzo— el joven sabio da principio a sus leccio­
nes con un discurso denso de ideas, que contiene ya en germen todo
el ímpetu renovador de la Expedición Botánica y preludia el alumbra­
24 La independencia de Colombia

miento de una nueva era. Es un elogio de las ciencias y una exhorta­


ción a la juventud a emprender su camino:

Razón será, señores, que encendidos del amor a unas ventajas tan co­
nocidas, imitemos la conducta de los sabios, apartando la atención de
, los ruines aspectos de nuestra España. No hagan en nuestros ánimos
impresión alguna los motivos de su temeroso procedimiento de las
ciencias naturales, cuyo atraso lloran actualmente los españoles de jui­
cio... Abrazad, señores, esta nueva ocasión que será principio a la
afortunada época de nuestro desempeño. Mudemos, señores, de con­
ducta para sobrevivir con mejor suerte a nuestro primer destino 9.

Nuestra España detenida: gotosa esta España, había escrito pocos


años antes Feijoo, quien se anticipaba dos siglos a las dolidas quejas de
Unamuno: «El descuido de España lloro, porque el descuido de Espa­
ña me duele». Y terminaba el vidente augurando los mayores bienes
para el futuro, para el mayor servicio a la religión, al rey y a la patria,
para perfección de las artes, para avivar el ingenio, instruir el entendi­
miento, formar el juicio y ejercitar la memoria, «y, últimamente, para
inquirir la verdad en todo lo que se ofrece y es permitido a la curiosi­
dad del hombre».
La enseñanza oral exige naturalmente la obra escrita, y más en
aquellos tiempos. Para esta cátedra de matemáticas escribió Mutis, o
tradujo y adaptó varios tratados de física,, astronomía, trigonometría,
aritmética, comentarios a la geometría de Descartes, elementos de me­
cánica, comentarios de Newton, principios matemáticos de filosofía
natural.
También el Colegio de San Bartolomé —regido aún por los jesuí­
tas— recibió la ciencia de Mutis en un maravilloso discurso en el cual
aprovechó la ocasión para plantear sus tesis astronómicas con diáfana
claridad aunque, según sus palabras, «con aquel noble desembarazo que
debe reinar en las disputas filosóficas y la modesta ingenuidad que
acompaña siempre al amor de la verdad». Su postura filosófica es equi­
librada y al expresar las relaciones entre las ciencias naturales y la fe

9 Cfr. Rafael Gómez Hoyos, L a Revolución G ranadina de 1810. Ideario de una gene­
ración y de una época (1781-1821) y Bogotá, 1982, tomo I, p. 319.
Los virreyes de la Ilustración 25

cristiana, en nada se aparta de las exigencias de la ortodoxia. Y expone


con toda claridad el sistema copernicano.
Las conclusiones públicas sostenidas después, eil julio de 1774, por
los discípulos rosaristas de Mutis, quien preside el acto y lo autoriza
con su propia exposición, en las cuales se defiende paladinamente el
heliocentrismo, agotan la paciencia de los aristotélicos. La Universidad
Tomística reaccionó en la defensa de la pacífica posesión de su doctri­
na estancada y organizó un acto solemne para reparar el escándalo
protagonizado por Mutis. La tesis que debían sostener los filósofos do­
minicos era la siguiente: «Por consentimiento unánime de los Santos
Padres y principalmente del gran Agustín y del doctor Angélico, no
debería haber ningún católico que sostuviera como tesis el movimiento
dé la tierra y la inmovilidad del sol, con el fin de explicar más fácil­
mente los fenómenos celestes». Mal aconsejados, le envían a Mutis una
tarjeta de invitación al acto, insultante a su fe de católico y a su pro­
bidad de científico. Mutis ya no tolera más y resuelve poner el proble­
ma en manos del virrey, el cual prohíbe las conclusiones y ordena una
investigación severa. Este sonado incidente demostró la necesidad de
una reforma en la enseñanza universitaria y fue la ocasión para deci­
dirse a confiar esta comisión a Moreno y Escandón 10.
Pero la visión y noble ambición de Mutis iban más lejos y más
alto. En mayo de 1763 dirigió al rey, desde Cartagena, una razonada
exposición solicitándole la creación de una expedición científica en el
Nuevo Reino de Granada a semejanza de otras existentes en Europa y
América. Al no obtener respuesta, al año siguiente escribe de nuevo al
monarca y le da amplias explicaciones de su demanda: «Desde los
principios del afio sesenta en que resolví mi proyectado viaje, no me
hallo ocupado en otros pensamientos que en los que podrían condu­
cirme al logtp de mi suspirada expedición. No he logrado poco en ha­
llarme ya acostumbrado a los rigores de estos climas y en haberme ¡en­
sayado hasta dónde podrán alcanzar mis fuerzas». Pero nada se hizp, a
pesar del informe favorable del virrey y a las convincentes razones que
aconsejaban la expedición, que ofrecía incentivos: los beneficios de la

' _ \ - 1
10 Rafael Gómez Hoyos, op. cit., p. 325. Guillermo Hernández de Alba, C rónica del
M uy Ilustre Colegio M ayor de N uestra Señora del R osario en San tafé de B ogotá , Bogotá, 1940,
libro II, p. 143.
26 La independencia de Colombia

quina, la cascarilla, el guamocó, la zarza, el bálsamo de Tolú, el cativo


de mangle, el bálsamo de Perú, los aceites de María y de palo y mu­
chas otras cosas extraordinarias y ricas.
Sin embargo el sabio continuó sus exploraciones por los montes
recogiendo, preparando y analizando los materiales que caían bajo sus
ojos y en sus manos; llegó al extremo de internarse durante varios años
en dos minas, entregado a sus tareas investigativas. En una de estas mi­
nas lo encontró, hacia el año 1781, el arzobispo Caballero y Góngora
mientras practicaba la visita pastoral a sus feligreses, y se entusiasmó
con los descubrimientos y los planes científicos del ya famoso natura­
lista, que desde 1772 había recibido la unción sacerdotal. Resolvió
apoyarlo, con todas sus fuerzas ante la Corte, valiéndose del crédito y
prestigio \dc que allí gozaba. Fueron tantos sus ruegos y peticiones, que
al fin obtuvo de Carlos III, el 1 de noviembre de 1783, la ansiada
aprobación para la Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada.
Don ^ntonio Caballero y Góngora fue uno de los prelados que
más huella'dejó en la vida civil del último tercio del siglo xviii: desem­
peñó las funciones de arzobispo de Santafé (1779) y de virrey del Nue­
vo Reino (1782). Varón recto, sumamente instruido y progresista, re­
presenta admirablemente el movimiento de la Ilustración. Tocóle
intervenir, recién posesionado de su sede, en la insurrección de los C o­
muneros, iniciada en el Socorro y en la cual se halló comprometida
gran parte de su Clero. Ya vimos sus realizaciones en materia de ins­
trucción pública, pero además fomentó la minería y el cultivo del lino
y del añil, de la quina y del té de Bogotá, como también trabajó por
evitar y remediar dos calamidades públicas que azotaron el país: la vi­
ruela y la lepra. Por todo esto, merece sitio destacado en la historia de
Colombia como eximio promotor de la cultura.
El arzobispo-virrey tomó bajo su especial protección a Mutis y sus
grandiosos proyectos y dio cumplida ejecución a la Real Cédula apro-
bátoria de la expedición, del 1 de noviembre de 1783, que fue peren­
toria: nombró a Mutis —bajo las órdenes del arzobispo-virrey, primer
botánico y astrónomo con generosa remuneración, destinación de fon­
dos generosos y provisión de libros e instrumentos científicos por
cuenta de la Real Hacienda.
No vamos a relatar todos los trabajos y triunfos de esta misión
científica que fue favorecida también por los sucesores de Caballero y
Góngora. Vale decir que ella influyó poderosamente en la vida cultural
Los virreyes de la Ilustración 27

del país y preparó los espíritus para los nuevos tiempos y el futuro
acontecer político. Sus frutos no han sido todavía enumerados y valo­
rados en todo su alcance. Comparada con las demás expediciones ame­
ricanas —la de México, del Perú, de Paraguay— sobresalió por su dura­
ción, que fue indefinida y se prolongó hasta la independencia, por el
numeroso y variado personal que colaboró en ella, por los inmensos
costos, los muchos manuscritos, preciosos iconos y materiales de todo
orden acumulados aquí o enviados a España. Muchos de estos escritos
y prodigiosas láminas de la Flora de Bogotá , apenas se están editando,
pues los volúmenes dedicados a las investigaciones y hallazgos perma­
necieron inéditos debido a los sucesos que perturbaron la paz pública
en España y América.
Gozaron de tal fama Mutis y sus trabajos científicos, que el barón
de Humboldt en su trayectoria americana, en 1801, se decidió a subir
hasta la meseta andina y atravesar penosamente en compañía de Bon-
pland, todo el territorio del virreinato, lo cual estaba por fuera de sus
planes.
Hízolo, según su propia confesión, «por el deseo ardiente de ver
al gran botánico José Celestino Mutis, amigo de Linneo, y de compa­
rar nuestros herbarios con los suyos». Relata con emoción la extraor­
dinaria acogida que le fue dispensada por el virrey, el arzobispo, Mutis
y en general la sociedad santafereña.

Hace 15 años —escribió— 3Í) pintores trabajan con Mutis, quien po­
see de dos a tres mil dibujos. Después de Banks, en Londres, nunca
he visto una biblioteca botánica tan grande como la de Mutis... Evi­
dentemente Caldas es una maravilla en astronomía... Hay por esta
Suramérica una ansia científica completamente desconocida en Euro­
pa, y habrá aquí grandes transformaciones en los porvenir11.

Observa justamente Pérez Arbeláez que Humboldt, en contacto


con Mutis y su expedición, cambió su anterior estilo periodístico 'por1

11 Cartas de Humboldt a su hermano Guillermo, a Antonio Cavanilles y al Insti­


tuto Nacional de Francia, transcribas por Enrique Pérez Arbeláez, Jo sé Celestino M u tis y la
R eal Expedición B otán ica , Bogotá, 1967, pp. 142-157. Ediciones de Cultura Hispánica
(Madrid) publica por primera vez, a todo color, en edición facsímil, las láminas de la
Expedición Botánica (1783-1816), en su Biblioteca Q uinto Centenario.
28 La independencia de Colombia

otro más científico y profundo, lleno de datos, corrigió ante los sabios
europeos la imagen del botánico que informadores maledicentes ha­
bían falseado; apreció más la promoción de las ciencias y la cultura
realizada por España en estas tierras y valoró más el pensamiento de
los criollos y sus esfuerzos por los adelantos científicos.
El padre Pérez Arbeláez, que dedicó gran parte de su vida cientí­
fica a desenterrar los tesoros y valorar los frutos de aquella Expedición
Botánica, escribe que no fue ni lo uno ni lo otro, porque «fue conce­
bida rñás bien como un instituto donde se centralizaron todos los es­
tudios referentes a la naturaleza de la América española al norte del
Ecuador geográfico 12.
Indudablemente fue esta Expedición la que más hondo caló en la
historia del país y la que ejerció mayor influentia educativa, científica,
económica y política. Por ellá desfilaron todos o casi todos los perso­
najes que más tarde se comprometerían en la revolución que cegaría
sus preciosas vidas; por esta razón nos abstenemos de nombrar los
científicos y pintores que fueron sus miembros o colaboradores.
Él ilustre intelectual maestro Darío Echandía —ex-presidente de
Colombia— expuso agudamente un estilo gallardo y lúcida prosa, cómo
influyó además del romanticismo, el espíritu científico en la mentali­
dad de la generación libertadora:

Además del romanticismo, hay otro elemento espiritual que impreg­


nó la mentalidad de la generación libertadora y determinó poderosa­
mente la creación de la psiquis revolucionaria. Se trata del espíritu
científico, siempre peligroso para la autoridad, sobré todo cuando ésta
es absorbente y arbirtraria. La Expedición Botánica y la cátedra de
Mutis en el Colegio de Rosario debieron tener, en el pensamiento de
aquellos proceres, mayor influencia que todas las filosofías del sete­
cientos. El contacto con la ciencia pura puso a los criollos inteligen­
tes a pensar. Despertó la curiosidad mental, la pasión investigadora,
el deseo de aprender y reflexionar, no sólo sobre los problemas filo­
sóficos o jurídicos, sino sobre las cuestiones concretas, sobre las leyes
del universo material y de la vida. Quisieron aprender y aprendieron

j 12 Enriquè Pérez Arbelàez, op. cit., p. 5. Federico A. Gredilla, B io grafia de Jo sé Ce­


lestino M u tis ..., Madrid, 1911, Diego Mendoza, Expedición B otàn ica a l N uevo Reino de
G ran ada , Madrid, 1909, y M em orias, de Francisco José de Caldas.
Los virreyes de la Ilustración 29

la física, la química, la historia natural, las lenguas extranjeras... Fue


un despertar activo y ardiente de la inteligencia, que alentó unas cu­
riosidades realistas y prácticas, tan amenazantes, por lo menos, para
el orden establecido, como las especulaciones de los pensadores del
iluminismo. Guando los hombres adquieren el hábito de reflexionar
sobre las reálidades sensibles... piensan que tienen derecho a observar
críticamente el gobierno, a discutirlo, a reclamar reformas racionales
y técnicas, de la misma manera que pueden analizar químicamente
un cuerpo o comprobar, en el laboratorio, una hipótesis cintífica 13.

¿Alcanzaría el noble arzobispo-virrey —adicto como el que más a


la monarquía— a columbrar que el vendaval que desencadenó sería fac­
tor predominante en la separación de España de estas tierras, a escasos
veinte años de su excelente gobierno? En su Relación de Mando —escri­
ta en 1789— dedica varias páginas a exaltar los trabajos de Mutis y los
resultados de la Expedición Botánica: «Los efectos han sido correspon­
dientes a la esperanza, porque se han enviado copiosísimas remisiones
de preciosidades con que este Reino ha concurrido a enriquecer el ga­
binete de historia natural...». Y tras una larguísima enumeración, ter­
mina jubiloso: «¡Cuánta gloria! ¡Cuánta utilidad!». Tampoco el sabio
Mutis, que prolongó su vida y su labor científica hasta la víspera de la
emancipación, pues murió en 1808, y tan leal al rey y devoto a la mo­
narquía, llegó a sospechar las consecuencias de las ideas que con tanta
generosidad había esparcido.

L a economía del virreinato

Es cosa sabida que la historia económica de un país o un conti­


nente no sólo cumple una necesaria función informadora, pero tapi-
bién es una ayuda para interpretar justamente los fenómenos que for­
man el tejido del proceso político, social y cultural. En este sentido,
los informes económicos de los virreyes ofrecen una imagen apasio­
nante de la Nueva Granada y muestran todas las contradicciones del
sistema que ellos debían aplicar y defender, aunque tratando de aliviar

13 Darío Echandía, H um anism o y Técnica, p. 139, Bogotá, 1969.


30 La independencia de Colombia

sus inconvenientes, en su ánimo sincero de procurar el bienestar de sus


inmediatos vasallos.
Es justo reconocer que la economía de un reino de zonas climá­
ticas tan distintas como han sido descritas, de tanta extensión y de re­
giones separadas por montañas y ríos, necesariamente debería tener
lentísimo desarrollo. A la penuria económica, aumentada por la mala
distribución de las tierras, se deberán en gran proporción, los movi­
mientos revolucionarios, el anhelo de progreso de las clases dirigentes,
no latifundistas, y la aspiración a la libertad económica, precursora de
la autonomía política. En pocas cláusulas él sociólogo e historiador an­
tes citado, Luis López de Mesa, traza un cuadro muy exacto de los
probleiftas económicos que nos aquejaron por largos tiempos:

El progreso económico durante la colonia fue muy escaso en reali­


dad. Las buenas intenciones de monarcas, virreyes y consejeros de In­
dias encallaron en la mtina implacable de aquellos tiempos y en las
empresas descabelladas de las dos dinastías que entonces tanto pertur­
baron a España. Los impuestos fiscales eran muy estorbosos, como
los de alcabala, de puerto, de bodega, de pasos reales\ o muy gravosos,
a la manera de los quintos y diezmos, que arrebataban al capital un
interés mayor que su posible rendimiento; o francamente inmorales,
de la índole de la venta de empleos, donativos graciosos, media ana­
ta, mesada eclesiástica, bulas de cruzada, etc. Y por sobre todo ello el
monopolio abrumador de uno o dos malos puertos sobre el comercio
de naciones tan lejanas y necesitadas de estímulo14.

En verdad la estructura económica impuesta por España a sus co­


lonias americanas, si en los principios debía conciliar la prosperidad de
la metrópoli con la de sus provincias de Ultramar, a la larga y sobre
todo bajo la dinastía borbónica favoreció casi exclusivamente el bene­
ficio de la metrópoli. Fueron muchos los impedimentos para7el desa­
rrollo económico y más tratándose de las condiciones especiales de este
país, donde predominaba la industria minera.
La primera característica que los virreyes destacan con negros co­
lores es la inmensa desproporción entre un territorio potencialmente

14 Luis López de Mesa: D e cómo se ha form ado la nación colom biana, Bogotá, 1934,
p. 105.
Los virreyes de la Ilustración 31

riquísimo y la suma pobreza de sus habitantes. El presidente don An­


tonio Manso y Maldonado, escribe al rey en 1729 sobre el Nuevo Rei­
no: «Halléle, Señor, en la última desolación: los vecinos principales y
nobles, retirados del lugar, los comercios casi ociosos, vacos los oficios
de la república, todos abatidos y en una lamentabla pobreza». Y señala
la paradoja de «ser uno de los reinos más ricos de los que reconocen
el cetro de V. M.». Con buen sentido de la realidad trata el presidente
de explicar esta paradoja, atribuyéndola a la pereza y holganza de los
habitantes y «al descuido de los gobernantes que han dejado empere­
zar a la gente»; a la industria de la minería, «cuya utilidad sólo la sien­
ten los extraños y no el mismo lugar de los mineros»; y a que «se hace
intolerable la paga de los derechos que causan los pleitos, las escrituras
e instrumentos» 15.
El virrey Messía de la Cerda expone que ;

Las minas, particularmente las de oro, por ser las que sostienen y nu­
tren el cuerpo político del virreynato de Santafé, que careciendo de
frutos comerciales, no porque dejen de abundar muy estimables, si­
no por falta de extracción y de comercio, se reduce toda su substancia
al oro que sale de sus minas anualmente y se reduce a las casas de
moneda; de modo que si cesasen por pocos años los mineros en su
ejercicio, faltarían rentas y comercio, arminándose del todo esta má­
quina.

Insiste en la falta excesiva de "comercio, «a excepción de algunas


cortas manufacturas ordinarias que sirven para el interior de los lugares
donde se causan», pues «los frutos de cacao, tabaco, maderas y otros
muy preciosos, no tienen salida ni se comercian a España o puertos» 16.
Don Manuél Guirior hace pertinentes críticas al régimen tributa­
rio cuya orientación predominante de tipo fiscal tuvo tan desastrosos
efectos:

Por lo que hasta aquí llevo insinuado, conocerá V.E. que un reino
donde no hay comercio activo, no tiene ejercicio de navegación y sus
habitantes son pobres, tampoco pude producir para enriquecer al Real

15 Gabriel Giraldo Jaramillo. Relaciones de M an do , op. cit., pp. 21-30.


16 Gabriel Giraldo Jaramillo. Relaciones de M an do, p p . 52-87.
32 La independencia de Colombia

Erario, ni para sostener las muchas cargas a que es preciso acudir para
su conservación y felicidad... porque la razón y justicia dictan que no
es útil sino nocivo para el Erario, cuando crece con daño y empobre­
cimiento del vasallo.

Son postulados de sana economía cuya sabia aplicación sirve para


todos los gobiernos de cualquier categoría, tiempo o nación. Y repite
la idea de la pobreza del reino:

En este principio estriba la decadencia del Reino: no dando frutos en


cambio de lo que recibe para su consumo, es preciso que el poco oro
que se extrae de sus minas jamás permanezca en el Virreynato para
darle vigor, sino que brevemente, y casi sin la menor circulación, sal­
ga a la costa a pagar los efectos y géneros de Europa que entran en
mayor porción de la que permiten sus facultades, ocasionando dos
perjuicios: uno, el comercio de Cádiz y particulares, que no pudien-
\ do expendet lo mucho que atraen, se ven precisados a darlo con pér­
dida o al fiado, quebrando después por no poder cobrar; y otro, al
común, que no sólo por lo barato suele comprar lo que necesita, in­
troduciéndose un lujo perjudicial, sino que cada registro es una red
barredera, que deja exhausto de dinero al R eino-

Para el adelanto de la agricultura, que no era de exportación de


consumo interno, Guirior aconsejaba el cultivo del lino y algodón que
fomentaría la fabricación de paños, ruanas, camisetas, frazadas, etc., y
de aquellos frutos y efectos propios de cada lugar. Para el fomento,
arreglo y crecimiento de la población, ordenó una visita al fiscal pro­
tector Moreno y Escandón para suprimir y unir los corregimientos cor­
tos y numerar los indios, con el fin de evitar la dispersión de las gentes
en los campos. Pero según el posterior informe del arzobispo —Virrey—,
«se multiplicaron las quejas y clamores por los antiguos pueblos de
donde habían sido separados los indios, y se quedó todo efi puro pro­
yecto». El virrey termina por reconocer abiertamente que «en cuanto a
la economía del Gobierno interior de la República, encontrará V. E.
un desorden en este Reino y sus poblaciones muy difícil de remediar,
pero no imposible» 17.

17 Gabriel Giraldo Jaramillo, Relaciones de M ando, año de 1776, pp. 64-97.


Los virreyes de la Ilustración 33

El largo y detallado informe del arzobispo-virrey, que corresponde


a los diez años de su brillante gobierno, denota sus altas dotes de es­
tadista que atendió a todos los ramos de la administración pública. Su
Memoria es la más nutrida de ideas económicas y políticas y la más
exacta radiografía de la nación. No podían faltar sus quejas sobre la
minería, causa del deslumbramiento de los pueblos y de la pobreza de
la tierra:

En gran parte del Reino el beneficio de las minas ha ocupado el lugar


de la agricultura, de las artes y del comercio, porque ofreciendo es­
pontáneamente la tierra los metales, se han deslumbrado todos y sin
excepción se han aplicado a mineros, y faltando el equilibrio con que
mutuamente se sostienen los tres ramos, ha cargado el pesó sobre el
único atendido de minas: de este modo, todo es necesario introducir­
lo de fuera y pagarlo a peso de oro. Esta es la verdadera causa por
qué no hay gente más pobre que los mineros ni que puedan menos
satisfacer sus empeños 18.

Y precisamente dedicó al fomento racional y estímulo de la po­


blación minera. Con una visión económica semejante, el barón de
Humboldt escribiría más tarde: «Cuantas menos minas tiene una co­
lonia, tanto más se dedica la industria de sus habitantes a sacar fruto
de las producciones del reinó animal» 19.
En materia de comercio, tocóle publicar el Reglamento de comercio
libre, y sostuvo la tesis propia de una economía más liberal, según la
cual,

los derechos de entrada y salida que se cobran en la Aduana, no son


tanto un ¡ ramo de la Real Hacienda, cuanto un medio de que últi­
mamente se vale la policía para hacer prevalecer el comercio nacional
al extranjero, con que notoriamente va en aumento el de este Reino,
ya se mida por los derechos que ha producido la Aduana de Carta­
gena, ya por las extracciones que se han verificado.

Pero el arzobispo-virrey aumentó los Resguardos y mantuvo intac­


tos los estancos.

18 Gabriel Giraldo Jaramillo, Relaciones de M an do , p. 114


19 Alejandro de Humboldt, E nsayo político sobre la N u eva España,> Santiago de Chi­
le, 1492, p. 32
34 La independencia de Colombia

Los virreyes don José de Ezpeleta y don Pedro Mendinueta anali­


zan en forma muy amplia y clara la hacienda y el comercio, y las pro­
videncias progresivas que tomaron, pero dentro de las líneas generales
trazadas por la Corona, Mendinueta, que firmó su Relación en 1803,
deja esta enfática afirmación: «Este Reino no tiene fábricas con qué dar
palpación y subsistencia a la población, fomentar su industria y man­
tener un comercio floreciente. Debe por ahora ser minero y agricultor:
uno y otro ramo son capaces de grandes adelantamientos». Y en cuan-
. to a la industria agrícola observa que sólo tendrá notorias ventajas, por j
medio de «la exención de derechos al comercio de frutos que en su
mayor exportación encontrarán conocidas utilidades el negociante eu- I
ropeo y el americano» 20. ' ' I
(puedan, pues, a grandes rasgos los priricipiosren que se sustentaba ¡
la economía del Reino, descritos por los mismos mandatarios, con to­
dos sus inconvenientes. Ya veremos más adelante las severas críticas de ¡
nuestros\ economistas promotores del movimiento emancipador. Pero 1
es justo ^notar que además de los virreyes hubo gobernantes inferiores j
que tuvieron valor y la independencia de criterio de censurar abierta- j
mente esta economía, como el oidor Mon y Velarde, y don Francisco
Silvestre, ambos visitadores de la provincia de Antioquía, los cuales
aconsejaron «una prudente economía en su distribución e inversión». |
Este último escribió abiertamente: «El quitar las muchas trabas o gri- I
líos con que el nombre de la Real Hacienda se han puesto en el co- j
mercio de géneros y frutos, reducidos muchos a Estancos, se hace in­
dispensable para que el Reino prospere»21.
En el penetrante análisis de las condiciones sociales del país, Ga­
bellerò y Góngora apunta a uno de los problemas socio-políticos más
agudos que ha tenido Colombia a lo largo de su historia colonial e
independiente, y que todavía no ha obtenido adecuada solución con j
las distintas reformas agrarias que hasta ahora se han intentado: el la- j
tifundismo con todas sus consecuencias. Al tratar de la población del ¡
Reino, diseminada, con pocas excepciones, en reducidos y pequeños ¡
conjuntos, escribe el Señor Caballero y Góngora: j
■ _
' ‘ \
!I
1 20 Gabriel Giraldo Jaramillo, Relaciones de M ando, p. 218. j
21 Francisco Silvestre, Descripción del Reyno de San ta Fe de Bogotá, escrito en 1781, - j
, Bogotá, 1950, p. 134. i

i
Los virreyes de la Ilustración 35

Éste nace de la antigua y arraigada libertad de huirse los unos de los


otros para poder vivir a sus anchas y sin el recelo de ser notados en
sus infames y viles procedimientos. Los hombres medianamente aco­
modados se llaman aquellos que por falta de providencias precautivas
de la demasiada agregación de tierras en un solo sujeto, han podido
a viles precios adquirir inmensos terrenos en que por lo regular tie­
nen como fedatarios a los de inferior fortuna. Los primeros perma­
necen arraigados a sus posesiones por la ganancia que reciben de sus
esparcidos domésticos; pero éstos, que forman el mayor número de
habitantes libres, hacen propiamente una población vaga y volante
que obligados de la tiranía de los propietarios, transmigran con la fa­
cilidad que les conceden el poco peso de sus muebles, la corta pér­
dida de sus ranchos y el ningún amor a la pila en que fueron bauti­
zados. Lo mismo tienen donde mueren que donde nacieron y en
cualquier parte hallan lo mismo que dejaron... Tal es el abreviado re­
trato del Nuevo Reino de Granada.

Esta acumulación de riqueza agraria en manos de unos pocos —la


llamada oligarquía criolla de los terratenientes— se fue creando desde
los primeros días de la Conquista, pues éstos eran descendientes de los
conquistadores y encomenderos, de los cuales habían heredado vastas
propiedades que fueron acrecentando gracias a la ocupación de bal­
díos, compras fraudulentas y ventajosas a los pobres, o rapiñas violen­
tas a los indígenas.
Este procedimiento económico de las altas clases criollas que lo
hacían valer en el seno de los Cabildos, se enfrentaban al núcleo es­
pañol de los recién llegados de la Península y de los funcionarios pú­
blicos, impedidos por las leyes de Indias para emprender negocios y
adquirir riquezas, los cuales ostentaban su poderío político. Esta riva­
lidad entre criollos y españoles, entre la clase económica y política, que
se mantuvo latente durante todo el coloniaje, en los últimos tercios del
siglo xviii empezó a aflorar y a producir fricciones y conflictos y a
construir una de las más fuertes causas de la separación del Nuevo Rei­
no de Granada. Esta lucha, alimentada por el resentimiento de las cla­
ses altas que se veían sistemáticamente —con muy pocas excepciones-
apartadas de los cargos públicos, dadores de prestigio y honra, tuvo
por escenario a la Real A usencia —más que a los virreyes, por diversos
factores— y a los Cabildos, en especial al de la capital, en los cuales
vino a estallar y a tomar cuerpo la rebelión de los comuneros y el grito
de independencia de 1810.
36 La independencia de Colombia

Ya el tantas veces citado don Francisco Silvestre, con admirable


clarividencia, indicó desde 1777 la gravedad del problema y señaló los
oportunos remedios:

El desterrar la rivalidad en los españoles europeos y españoles ameri­


canos, se hace tan preciso, que sin esto, siempre deben temerse in­
quietudes, que algún día pueden arrastrar su pérdida (de las colonias),
la colocación recíproca de unos y otros en los empleos políticos, mi-
\ litares y eclesiásticos, es el medio más regular y sencillo, y el que tie­
ne por base el Derecho Natural, racional y político; y lo contrario,
mantendrá constante la envidia, la desunión y la rivalidad y causará
■ malos efectos al Estado, de que Dios no permita que el tiempo sea
testigo» 22. '

Que pronto los hechos históricos habrían de darle la razón a pe­


sar de todo lo dicho, no faltaron intentos de modernizar tan vasto y
rico territorio. Así hemos de sañalar la implantación de la Real Socie­
dad de Amigos del País de Mompox, a finales del siglo xviii. O el
nacimiento, en 1801, de la Sociedad patriótica del Nuevo Reino de
Granada, promovida por Mutis y Jorge Tadeo Lozano, con la preocu­
pación de poner en práctica las medios adecuados para fomentar el
avance de la agricultura, ganadería, industria y comercio, mediante la
instrucción popular de ambos sexos. Sus miembros reogieron los pos­
tulados de Adam Smith y Quesnay.

22 Francisco Silvestres, op. cit., p. 136.


‘ Capítulo II

LA SUBLEVACIÓN DE LOS COM UNEROS

Los movimientos sociales expresan las contradicciones de un sis­


tema que se muestra incapaz de darles soluciones efectivas. Discurren
en torno del proceso productivo, pero igual en el de la circulación y
la distribución. Son procesos de lucha silenciosa que se agita y pro­
mueve en el tejido social y que un día cualquiera, al calor de un acon­
tecimiento o al amparo de una voz —elementos detonantes— explotan
en estallidos populares que sacuden violentamente y hacen peligrar los
estamentos de una sociedad.
Para entender cabalmente el fenómeno de la rebelión comunera
del Nuevo Reino es necesario fijar la atención en dos hechos, el uno
de orden político institucional y el otro de tipo geo-económico.
La institución del regente-visitador, implantada por el ánimo re­
formista del ministro Gálvez el 20 de junio de 1776, tuvo honda re-
percursión en la estructura de la Real Audiencia en la cual se aumen­
taron dos plazas: la del regente y la del fiscal de Crimen, que sería «el
actual protector de indios», al cual se le otorgaba la comisión de servir
ambos empleos. Además, el regente quedaba dotado de enormes po­
deres que limitaban y entrababan no poco la autoridad del virrey L Así,
el 23 de diciembre de 1776 fue nombrado don Juan Francisco Gutié­
rrez de Piñeres, visitador general del Nuevo Reino de Granada. Sus
funciones eran sobre todo de vigilancia, y necesariamente redujeron el
poder de los oficiales de Hacienda, Audiencia y virrey. Su salario era
el doble del de un oidor.1

1 José María Ots Capdequí, Instituciones de gobierno del N uevo Reino de G ran ad a du­
rante el siglo xviii, Bogotá, 1950, pp. 68-77.
38 La independencia de Colombia

El riguroso crítico Silvestre anota los posibles malos efectos de esta


reforma, iniciada en el régimen del virrey Flórez, pues los proyectos
del nuevo regente «pusieron en movimiento los ánimos de todos los
habitantes y pudieron hacer temer una sublevación total, y más en las
críticas circunstancias en que se hallaban... Las visitas, por más que
sean útiles, de ordinario han tenido fatales resultados...». No oculta sus
censuras, un tanto exageradas, pues «con las regencias y su instrucción
quedó reducida a sólo el nombre o a un fantasma la autoridad del vi­
rrey que siempre conviene para la seguridad de las Américas»2.
El otro elemento que vino a precipitar, dentro del contexto his­
tórico, el motín comunero, fue la falta de uniformidad de la situación
social en el Reino, pues existían regiones más propicias para que sur­
giera el descontento del pueblo y se propagara con mayor rapidez: la
estructura económica de la región oriental, en las poblaciones de Pam­
plona, el Socorro, San Gil, Vélez y Tunja, donde no existía sino en
leves proporciones la esclavitud de los negros, las encomiendas here­
dadas de los conquistadores, que no habían echado tan hondas raíces,
la industria manufacturera en especial la de tejidos que estaba flore­
ciente, y el tabaco cultivado a gran escala. Existía, además, una eco­
nomía colectiva campesina consistente en los Resguardos de Indígenas,
los cuales poseían en común la propiedad territorial, pero con el solo
goce del derecho de usufructo. Todo esto se había establecido con el
noble propósito de defenderlos de los abusos de los blancos3.
Pero ocurrió que el fiscal Moreno y Escandón promovió la lla­
mada «demolición» gradual de los Resguardos. El 5 de mayo de 1777
la Audiencia ordenó, por recomendación suya, que los indios de los
Resguardos de Zipaquirá y Tausa fueran trasladados al de Nemocán. Y
en junio fueron desposeídos los indígenas de sus tierras, contestando a
sus reclamaciones con un aparatoso despliegue de tropas. Esto trajo
consigo la pérdida de sus escasos bienes y el aumento vertiginoso de
mano de obra que no pudo absorberse, por lo que muchos naturales
se vieron obligados a salir de sus lugares de origen en busca de trabajo.
El beneficio de esta medida fue para la Real Hacienda y el patriciado
criollo latifundista, obtenido al vender u ocupar dichas tierras.

2 Francisco Silvestre, D escripción del Reino de San tafé de Bogotá , op. c it, pp. 102-103.
3 Luis Eduardo Nieto Arteta, Econom ía y C ultural en la H istoria de Colom bia, Bo­
gotá, 1962, pp. 26, 47, 293.
i

La sublevación de los Comuneros 39

Como efecto de las disposiciones de Moreno y Escandón y el oi­


dor don José María Campuzano, en la provincia de Tunja, 60 pueblos
de indios se redujeron a 27, y en su lugar se erigieron en forma apre­
surada, parroquias de españoles. Igual cosa ocurrió en varios distritos
de Boyacá y Bogotá. El mismo Caballero y Góngora se refirió al fra­
caso de tales medidas y al desconcierto producido en la población
indígena4.
A estos factores de perturbación vino a sumarse la actuación del
regente visitador don Francisco Gutiérrez dé Piñeres quien, con omní­
modas facultades, quiso realizar una reforma económica parecida a la
cumplida en Nueva España y que se pretendía extender a Perú y a
Quito. Llegado a Santafé, el regente entró en tratos con el virrey y don
Manuel Antonio Flórez, varón prudente, quien «sea en uso de las fa­
cultades que aún se le conservaban, sea por el mayor conocimiento
que tenía del genio y facultades de los habitantes del Reino», al decir \
de Caballero y Góngora, se le enfrentó abiertamente. Pero, absorbido j
por las urgencias de la guerra con la nación inglesa, terminó por radi- .
carse en Cartagena, y «desde este momento suscribió ciegamente a todo )
lo que este ministro le propuso... El señor Flórez pedía dinero al re­
gente, y éste duplicaba sus esfuerzos y providencias para recoger de las
cajas reales cuanto se pudiera5. ^
Gutiérrez de Piñeres tomó, en efecto, drásticas medidas sobre el
estanco de tabaco, naipes y aguardiente y creó nuevos y durísimos gra­
vámenes que, al igual que en Perú y en Quito, produjeron con rapidez
vertiginosa la rebelión comunera6. El regente visitador procedió al
arreglo de lqs Ramos de Alcabala y Armada de Barlovento, separán­
dolos para qüe nadie pudiera evadirlos. Pero quizá su más destacada
contribución fue la reorganización de los estancos o monopolios reales
—tabaco y aguardiente— que entre otras consecuencias vino acompa­
ñada de una mejora del producto y una limitación del cultivo. Ade-

4 Antonio García, L o s Com uneros, pp. 170-177. Bogotá, 1986.


Indalecio Liévano Aguirre, L os G randes conflictos sociales y económicos de nuestra H is­
toria, Bogotá, 1966.
5 Caballero y Góngora, Relación de M an do, en Gabriel Giraldo Jaramillo, óp. cit.,
pp. 102-103.
6 Manuel Lucena Salmoral, E l M em orial de D . Salvad or P lata, los Com uneros y los
m ovim ientos antirreform istas, Bogotá, 1982, pp. 16-17.

\
F

40 La independencia de Colombia

más, elevó el precio del papel sellado y de los servicios realizados en


las Cortes de Justicia y oficinas públicas; aumentó el precio de la pól­
vora y los naipes, gravó las pulperías, restableció las formalidades de
las guías y las tornaguías y se apoderó de las salinas* antes en manos
de los indios.
Ha sido abundantísima la literatura alrededor de esta sublevación
que empezó en la ciudad de Socorro, el viernes, 16 de marzo de 1781,
con la negativa de los vecinos a pagar los nuevos impuestos, postura
qué se extendió rápidamente a San Gil y Simacota. Pese a algunas in­
terpretaciones exaltadas, puede decirse que el movimiento que encabe­
zaría José Antonio Galán no tenía una afán independentista. Los suble­
vadas no querían un gobierno propio, §ino asegurar la libertad del
trabajo, a la vez que frenar la voracidad fiscal. No procuraron la eman­
cipación —pese a algunas yoces aisladas— pero los rebeldes de Socorro
defendieron el derecho de propiedad, base fundamental de todas las
libertades. El mismo grito que inició la revuelta es buena muestra de
ello: «¡Viva el Rey, pero n a queremos pagar la armada de barlovento!».
Otro hecho indiscutible es que esta revolución logró unir las di­
versas clases sociales al servicio de sus ideales y peticiones: grupos mes­
tizos afectados por los estancos de tabaco y aguardiente y las exaccio­
nes abusivas de los guardias; sectores indígenas descontentos por el
despojo de los Resguardos; y la alta burguesía movida por el resenti­
miento contra los españoles y los oficiales del gobierno y acosadas por
las demasías fiscales que golpeaban duramente sus fortunas. Las activi­
dades subversivas de los magnates criollos, ejercidas abiertamente por
los jefes de las tropas y del gobierno comunero y en forma mañosa e
inteligente por los núcleos de la nobleza de Tunja y Santafé, fueron
un factor importante que atizó la hoguera y excitó a las turbas; pero
al final, asustados ante el curso que iba tomando el conflicto, termi­
naron por contribuir a su ruina.
Con todo, si la sublevación está revestida de especiales caracterís­
ticas por la nobleza de su ideario, se destaca también por la altura mo­
ral de su quehacer, pues no se cometió ni un robo, ni un atropello, ni
una violación, ya que los comuneros se mostraron celosos únicamente
en la quema del tabaco y derrame del aguardiente y en los gritos y
amenazas, a veces infantiles. También fue notorio el espíritu religiosó
de las turbas, animadas por la mayoría del Clero. Más de 80 Cabildos
participaron activamente en el tremendo conflicto.
La sublevación de los Comuneros 41

Las juntas de los principales amotinados eligieron como cabeza al


socorrano Juan Francisco Berbeo, y por indicación de éste quedaron
también designados algunos capitanes generales. Los directores de la
sublevación constituyeron una junta que se denominó Común, y de
aquí el origen del nombre de Comuneros. Berbeo, Salvador Plata, An­
tonio Monsalve y Francisco Rosillo declararon ante notario, en son de
protesta, que «aceptaban el cargo de capitanes generales sin que fuera
en menoscabo de su fidelidad al rey, y sólo cediendo a las amenazas
de las plebes amotinadas».
Es evidente que el objetivo primero y esencial de la revolución, o
como decían siempre los Comuneros con un eufemismo muy típico
de su mentalidad ladina, nuestra empresa, era el buscar la libertad de las
opresiones fiscales, o sea, como escribía el procurador del Común, «le­
vantar el Reino de pechos y dejarlo seguro, especialmente de fuerzas y
armas», Pero a medida que el movimiento cobraba vigor, la dinámica
revolucionaria abría a los Comuneros los nuevos horizontes de la in­
dependencia política, pero como necesaria para obtener la libertad fis­
cal a que primordialmente aspiraban. Por ello el oidor decano escribía
al rey, comentando el oficio de Berbeo a los comisionados de Santafé,
que «el estilo con que les hablaba parece más de soberanía y absoluta
independencia que no de quien solicita la paz para luego quedar de
verdadero súbdito». Y el Reál Acuerdo, en su informe al rey, se queja­
ba de que Berbeo trataba a los comisionados con expresiones tan im­
periosas, que justamente se recelaba la Junta de que sus designios fue­
sen más altos que los que habían manifestado. Por las mismas razones,
el padre Joaquín de Finestrad, el capuchino elegido por el arzobispo
para presidir la comisión pacificadora, aseguraba que

la plebe declaró la independencia, quiso gobernarse como república


soberana, nombró magistrados, estableció un Consejo Supremo, para
la fácil y pronta expedición de los negocios de la empresa, saliendo
de este subrepticio Tribunal los reglamentos para los Comunes, con
apercibimiento de multas pecuniarias, de azotes y de vid a7.

Esta revolución, por su, duración, por el número y calidad de las


huestes, por la activa participación de numerosísimos Cabildos y de

7 Joaquín de Finestrad. E l V asallo instruido , en L o s Com uneros (Biblioteca de His­


toria Nacional, voi. IV, Bogotá, 1905, p. 149).
42 La independencia de Colombia

todas las clases sociales y por sus programas y sólido cimiento ideoló­
gico, constituye ciertamente el primer hecho revolucionario en el cual
despunta ya, con harta claridad, el principio de la soberanía popular y
el anhelo de independencia nacional.
Quienes, siguiendo a los historiadores del siglo pasado y de co­
mienzos de éste, sostienen que fue un simple motín antifiscal o una
reacción contra la economía colonial, no han leído toda la literatura, ni
los documentos descubiertos recientemente en los últimos tiempos, los
cuales arrojan nuevas luces sobre este acontecimiento. Mas calificarlo de
independentista también parece exagerado, pues a la vez que se abogaba
por ,1a caída del mal gobierno, se reafirmaba la sumisión a la Corona.
iTanta repercusión tuvo este movimiento comunero, que doce años
después el famoso ex-jesuita Juan Pablo Viscardo y Guzmán en su cé­
lebre Carta a los Americanos, impresa en Londres en 1792, que tanta
influencia ejerció sobre los promotores de la ruptura con España, alude
expresamente al ejemplo de los Comuneros del Nuevo Reino y dirige
una elocuente y significativa proclama a los granadinos 8. Testigo muy
cercano a la sublevación, don Francisco Silvestre, cuyo criterio agudo
e independiente hemos venido destacando, atribuye la causa principal
al descontento que fue «más impulso de la faltá de la justicia y de ver
ajadas y despreciadas sus quejas y representaciones, del despecho, del
miedo manifestado por los que debieron contener aquél, y del mal
ejemplo, que de otra alguna causa» 9.
Se requirió toda la fuerza persuasiva y convincente del arzobispo
Caballero y Góngora, la seducción de su brillante talento, las galas de
su hábil diplomacia y la resistencia de su carácter, para impedir la lle­
gada del ejército comunero a la capital y con la redacción de las Ca­
pitulaciones o Concordato, disolver las tropas; más tarde, como virrey,
supo apagar las últimas chispas del incendio y devolver la paz al Nue­
vo Reino, «donde se enarboló por primera vez el estandárte de la re­
beldía», al decir del mismo gobernante. !

Mis primeros pasos —escribió— cuando tomé las medas del gobierno
fueron lentos y muy pausados, como de quien caminaba sobre ruinas

8 Rubén Vargas Ugarte, S. J., L a C arta a los Españoles A m ericanos de don Jo sé Pablo
V izcardo y G uzm án , Lima, 1954. -
9 Francisco Silvestre, Descripción del Rey no, op. cit., p. 133.'
La sublevación de los Comuneros 43

y escombros y ponía las manos sobre una llaga apenas cicatrizada.


Con todo, me valí del mismo desorden y confusión para introducir
novedades convenientes y sedimentar más oportunamente los varios
cuerpos del Estado 101.

El terrible escarmiento —la decapitación— sufrido por los princi­


pales jefes que fueron engañados en las solemnes promesas juramenta­
das hechas en las Capitulaciones, mantendrán vivo el recuerdo y laten­
te el rencor de aquellas gentes. Los virreyes, más cercanos a los hechos,
no omitieron advertir a la Corona la necesidad de un cambio en el
trato a sus provincias ultramarinas.

Que así como las Indias se conquistaron con la violencia —escribía al


monarca el virrey Flórez en julio de 1781— y se han conservado con
la suavidad y la libertad que ofrecen sus vastos terrenos, así podrán
solamente por iguales equivalentes medios conservarse... Porque el or­
den que debe irse poniendo en las cosas, para ir asemejando a lo que
se observa en estos Reinos, requiere maña, prudencia, suavidad y
tiempo 11.

El espíritu de concordia se puso nuevamente de manifiesto con la


llegada del virrey Caballero y Góngora, quien publicó un indulto am­
plio y general para todos los comprometidos en la insurrección de los
Comuneros.

10 Gabriel Giraldo Jaramillo, Relaciones de M andos op. c i t p. 108. José Manuel Pé­
rez Ayala, A ntonio C aballero y Góngora, Virrey y A rzobispo de Santafé. Esta magnífica y
completa biografía es el mejor homenaje rendido a la memoria del insigne personaje que
tanto influyó en el progreso de la Nueva Granada, no suficientemente apreciado y sobre
todo incomprendido por la conducta en la sublevación comunera, pues se le ha censu­
rado con acerbía que no hubiere ¡Favorecido la sublevación, actitud sencillamente impo­
sible.
11 Pablo E. Cárdenas Acosta, E l M ovim iento C om unal de 1781 en el N uevo Reino de
G ran ad a ,· Bogotá, 1960, tomo II, p. 125.
m

\
Capítulo III

EXPERIENCIAS Y CO NOCIM IENTOS


DE VIAJEROS GRANADINOS POR EUROPA

Los viajes a lejanos países y diversas culturas tienen para quien


sabe aprovecharlos con inteligencia no sólo el encanto del descanso de
la diaria fatiga, sino un valor de tipo más complicado que lo puramen­
te fisiológico o psíquico. Un viaje a países extraños —escribe Ortega y
GasSet— es un artificio espiritual por el cual se hace posible un renaci­
miento de nuestra personalidad; por tanto, una nueva niñez, una nue­
va juventud, una renovada madurez, una nueva vida en su ciclo com­
pleto.
En realidad, ante el viajero ilustrado y consciente —no se trata del
simple turista— que anda con profunda curiosidad intelectual, todo es
bello y digno de enriquecimiento espiritual: el nuevo acento de una
palabra vieja, el aprendizaje de una lengua distinta, el nuevo color del
mar, de un cielo y de un panorama, el nuevo amigo que nos sale Dios
sabe en quié revuelta del camino; el tropiezo con un libro lleno de en­
canto que pos, deleita y nos sorprende; el asombro ante sitios que fue­
ron escenarios de la Historia, la visión de los tesoros de arte que la
humanidad ha acumulado a lo largo de siglos. Cuántos poetas, artistas,
escritores y políticos a su regreso del recorrido por lugares históricos
han entrado en nueva fase de creatividad, de renovación, afianzamien­
to o corrección de las ideas, visión de nuevas perspectivas o en la ne­
cesidad de proyectarse más generosamente hacia los suyos.
Paul Hazard, que estudió tan profundamente el pensamiento eu­
ropeo de la Ilustración y la influencia de Francia en las demás nacio­
nes del continente, explica cómo pudo llegar —aunque muy débilmen­
te— la heterodoxia a la católica España:

\
46 La independencia de Colombia

. A nuevas barreras, nuevas brechas. Incluso en el país menos permea­


ble, España, acaba siempre por penetrar el pensamiento heterodoxo,
a veces en las formas menos previsibles: una amistad personal con tal
autor extranjero, a quien se ha conocido en otro tiempo durante un
viaje; una correspondencia en *apariencia anodina, pero en la que se
deslizan algunas frases reveladoras; la reseña publicada por un perio­
do que, indignándose contra las ideas que refuta, empieza por ex­
ponerlas; todo esto, independientemente del comercio y del contra­
bando \

Esta infiltración se haría mucho más difícil en el Nuevo Reino de


Granada, rígidamente apegado a la tradición hispano-católica, e impe­
dido por severas prohibiciones de la Corona-para el comercio y trato
con extranjeros y .la introducción de libros, además de las enormes dis­
tancias que lo separaban de Europa. Pese a estos obstáculos, las mis­
mas fo r ja s de penetración señaladas por Hazard —en especial el con-
trabandó— abrirían poco a poco el camino de las nuevas ideas del
Ilumiñismo. Los viajes, muy raros por cierto, debido a los peligros que
se presentaban en la navegación larga y penosa por el río Magdalena y
por el mar Caribe, y a la falta de dinero contante entre los hacendados
y ganaderos que veían muy lejana y costosa la Madre Patria. Pero hubo
granadinos inquietos que voluntaria o forzadamente viajaron por Eu­
ropa y se empaparon de las corrientes culturales de la época.

Juan Francisco M oreno y E scandón

El primero que rompe este enclaustramiento para beneficiarse de


las «luces» de su siglo y proyectarlas en su tierra, fue don Juan Francis­
co Moreno y Escandón. |
Nació en Mariquita, el 25 de octubre de 1736, hijo dé padres que
gozaban de «los fueros de hijosdalgo notorios de sangre». En 1749 in­
gresa como convictor en el Colegio de San Bartolomé, dirigido por los
jesuítas, en el que cursó latinidad, letras humanas y filosofía. En la
Academia Javeriana obtuvo el doctorado de teología, derecho canónico1

1 Paul Hazard, E l Pensam iento Europeo en el siglo xviii, Madrid, 1958, p. 135.
Experiencias y conocimientos de viajeros granadinos por Europa 47

y jurisprudencia civil, y mereció ser designado como catedrático de


Instituto.
En Santafé da principio a su brillante carrera ocupando diversos
cargos en el Ayuntamiento como asesor, procurador general y alcalde
ordinario. Elegido fiscal de la Audiencia, los virreyes Solís y Messía de
la Cerda informan a la Corte sobre sus méritos en términos muy elo­
giosos, y lo mismo hacen el arzobispo, la Universidad y el, cabildo se­
cular. Pero, consciente de su talentp y ambicioso de mayores conoci­
mientos, en 1764 parte para España, con él fin igualmente de pretender
en la Corte, como se decía en aquellos tiempos.
Ya instalado en Madrid, en los años iniciales del reinado de Car­
los III, se dedica a profundizar en los estudios de las ciencias renova­
das. Ha muerto Macanaz, y también Feijoo, quien ya había publicado
su Teatro Crítico Universal y Cartas Eruditas', Campomanes y Florida-
blanca empiezan a divulgar sus obras, y se agitan los problemas de las
reformas de la enseñanza en las universidades. En los libros del sabio
benedictino, que serán tan leídos en la Nueva Granada, se empapa de
los temas tratados por él, el agrario, el demográfico, la vagancia y men­
dicidad, reforma de los estudios, erección de hospicios, y tantos otros
que impresionan su inteligencia ávida de novedades. Porque ya no se
duda de la influencia ejercida por las ideas reformadoras de Feijoo,
contra el cual se levantaron acaloradas polémicas que hoy se han silen­
ciado.
Las inquietudes intelectuales de Moreno fueron tan notorias que
en Madrid se hizo notable por sus luces e ingenio, tanto que era co­
nocido por «el indiano» y señalado por las calles, según refiere su des­
cendiente, el biógrafo don José Manuel Marroquín, quien así mismo
relata —según tradiciones y papeles conservádos dentro de la familia—
que el Consejo de Indias, para poner a prueba su diligencia e instruc­
ción, le encomendó la redacción de un proyecto de sentencia, dándole
quince días para hacerlo; pero Moreno lo elaboró en tres días y resultó
de tan buena calidad que fue aceptado por el alto tribunal. Desdé en­
tonces el abogado granadino tuvo de la Corte muchos motivos de
confianza y recibió beneficios y honrosas comisiones.
Al año siguiente de $u estancia en Madrid se le extendió el título
de fiscal protector de la Real Audiencia de Santafé, y a los siete meses
regresó a su patria, bien provisto de libros, para tomar posesión de su
importante destino.

\
48 La independencia de Colombia

Desde entonces brillará con luz propia y en su largá como hon­


rosa carrera burocrática ocupará casi todos los cargos abiertos al talen­
to, actividad e ilustración de un criollo del siglo xviii —sin duda el per­
sonaje más descollante en el Virreinato—, porque será necesario
consejero y ejecutor de planos y proyectos de virreyes, audiencias y la
misma Corte.
El 1767 recibió de Carlos III la penosa comisión de notificar la
orden de su expulsión a los jesuítas, sus antiguos maestros, que estaban
aparentemente ignorantes de la triste providencia. A media noche del
día señalado, sin dudar un momento, Moreno se dirigió al Colegio de
la Coñipañía y tocó a la puerta, que se abrió y vio a la comunidad
formaba en el vestíbulo, los breviarios bajo el brazo y dispuesta a em­
prender el camino del destierro.
En seguida fue el autor del Plan de las Temporalidades de la Com­
pañía , eiiviado a España, y la respuesta del gobierno formó la corpo­
ración denominada Junta Superior de Aplicaciones, de la cual fue
nombrado miembro con el virrey, el arzobispo y otras personalidades.
En 1779, fuera de otros cargos de responsabilidad en materias
educativas y sociales, el virrey lo nombró director y protector de Estu­
dios. Su nombre merece gratísimo recuerdo entre otros motivos, por la
fundación hecha por él del Hospicio y de la Real Biblioteca Pública de
Santafé.
En 1774 se le nombró visitador de las provincias del distrito de la
Real Audiencia de Santafé, para que «numerase los indios, reuniese los
corregimientos tenues, levantase mapas de su demarcación y arreglase
las tasas», y en cuatro meses recorrió la extensa provincia de Tunja,
visitó cuatro ciudades, tres villas, 74 parroquias de españoles y 37 pue­
blos de indios en que numeró 4.612 tributarios con un total de 24.657
indios y 33.628 vecinos españoles. También se preocupó por organizar
y elevar los productos de las salinas de Zipaquirá. |
Más tarde pasó a Lima como fiscal y oidor, y finalmente actuó
como regente de la Audiencia de Chile, donde murió en el año de
1792 2.

2 José Manuel Marroquín, D on Francisco A ntonio M oreno y Escandón , B io g rafía , en


el Papel Periódico Ilustrado, vol. IV, pp. 266-272. Guillermo Hernández de Alba, M oreno
y Escandón , Francisco, en E l Colegio de San Bartolom é , p. 322, Bogotá, 1928.
Experiencias y conocimientos de viajeros granadinos por Europa 49

Don Antonio de Alcedo, en su Diccionario geográfico-histórico de las


Indias Occidentales hace mención de Moreno y Escandón como histo­
riador del Nuevo Reino. Pero no se conocen sus obras de este género,
a no ser los relatos de sus empresas educacionales y económicas.
Gracias a su meritoria labor investigadora, el historiador Jorge Or­
lando Meló, rescató del Archivo de Indias de Sevilla valiosos docu­
mentos relativos a la pasmosa actividad de Moreno en la liquidación
de los resguardos indígenas en el oriénte colombiano. En el libro pu­
blicado recientemente que contiene la transcripción ordenada por el
arzobispo-virrey Caballero y Góngora de las actuaciones del famoso
fiscal y el informe final del mismo, firmado el 18 de noviembre de
1779, Meló se propuso estudiar orgánicamente estos problemas a la luz
de tan interesantes testimonios3.

El precursor A ntonio N ariño

Es Nariño, por antonomasia, el precursor de la independencia de


Colombia, representante genuino de dos épocas convulsas que en él se
cruzaron: el siglo xviíi con sus anhelos románticos de renovación y
libertad, y el xix con alborada de una nueva vida cargada de respon­
sabilidades, pesadumbres y desilusiones.
Hombre singular, antitético y paradojal, todos los aspectos de su
rica personalidad son fascinantes. Sin estudios académicos, su casa es
centro intelectual, y su influyente mecenazgo se extiende a los miem­
bros más disímiles de la sociedad contemporánea. Aristócrata por na­
cimiento y formación, su fe democrática lo lleva a ser alternativamente
ídolo ó víctima de ese pueblo que se empeña en redimir. Afectivo y
cordial, amainte de la paz del hogar, de los tesoros de la amistad y de
la naturaleza física vióse competido a vivir una vida enclaustrada y
proscrita, temido por los diversos gobiernos y envidiado por los com­
patriotas que tratan de aminorar su avasalladora influencia. Idealista y
soñador, él mismo protesta contra un pretendido quijotismo que le
1 " · - 1
3 Francisco Antonio Moreno y Escandón: Indios y M estizos de la N ueva G ran ada a
finales del siglo xv in . Biblioteca Banco Popular, yol. 124, Bogotá, 1985. Introducción de
Jorge Orlando Meló.
50 La independencia de Colombia

acomodan y en realidad actúa con un asombroso sentido de la reali­


dad. Liberal y revolucionario en la oposición, se muestra autoritario en
el poder y se exaspera ante las manifestaciones de anarquía y demago­
gia. Siempre en lucha con el ambiente político y social, es arrollado
por los hombres y los hechos, y al fin queda solitario en la playa, ru­
miando recuerdos de grandezas pasadas, y soñando días mejores para
la patria, pero limpia el alma de rencores y amarguras.
Por eso lo vemos en la prisión de la Colonia concebir y presentar
proyectos de reformas económicas y sociales que hubieran podido sal­
var el régimen que combatía; en la infancia de la república indepen­
diente, ante la locura general de pequeñas autarquías, y soberanías utó­
picas,' clamar por un centralismo fuerte,' al servicio de un Estado
poderóso y respetable en su defensa; y en pleno gobierno unitario
grancolombiano, proponer planes de federalismo para prevenir el peli­
gro del previsto separatismo. Lucha estéril y empeños frustrados en su
momento, pero que el futuro histórico demostró valederos, dando ra­
zón tardía a su autor4.
Verdadero autodidacto —sin formación universitaria— con las ven­
tajas de su claro talento, su avidez por la lectura y afición a la conver­
sación erudita, pero también con los vacíos que la falta de sistema y
rigor metódico deja en la formación de una cultura, veremos más ade­
lante los libros y autores que nutrieron su inteligencia. Fue, indudable­
mente, una personalidad profundamente impregnada del romanticis­
mo, mezclado con el racionalismo filosófico de la época.
Matrimonio feliz en plena juventud, fue al poco tiempo de casa­
do elegido alcalde ordinario de Santafé. Dueño de una imprenta que
importa y bautiza con el nombre de Patriótica , funda una tertulia que,
con visos de una academia literaria y científica y de club político, con-
gresa en su casa amistades múltiples de cuanto más valía en la capital,
que estimaban su grandeza de alma y fortaleza de carácter. Entre los
asistentes destacan Francisco Zea, Joaquín Camacho, José María Loza­
no o el doctor Iriárte.
Al lado de una suma sensibilidad, dominada en ocasiones por un
carácter que parecía estoico, poseía Nariño, como buen bogotano, vi­
vísimo sentido del humor que a veces le inducía a reírse de sus propias

4 Rafael Gómez Hoyos, L a Revolución G ran ad in a... tomo I, p. 240.


Experiencias y conocimientos de viajeros granadinos por Europa 51

tragedias, a ironizar sobre los defectos de sus adversarios y a burlarse


de ellos y hacer crítica fina, que no es sino intención trajeada de son­
risas. Su porte gentil dje hidalgo castellano, su afable conversación con
todos, su alta posición económica explican su ascendiente sobre todas
las capas sociales;
Pero también es dable presumir ocultas envidias y malquerencias
que aflorarán en el momento en que se derrumba el ídolo. La mano
dura del infortunio lo modelará, y la concordancia de ideas y vivencias
pondrá cálidas vibraciones en el sereno equilibrio de su mente. Porque
hay mucho de verdad en la sentencia de Fichte: «La filosofía a que un
hombre se inclina está en función de lo que él mismo es como hom­
bre».
Hasta entonces —año 1794, 29 años de edad— la acción revolucio­
naria se había reducido a coloquios reservados sobre la libertad, co­
mentarios sobre las nuevas formas de gobierno de Francia y los siste­
mas republicanos de Filadelfia, y una que otra expresión despectiva
contra los reyes dejada escapar en lugares públicos.
Pero un día don Cayetano Ramírez de Arellano, capitán de la
Guardia y sobrino del virrey Ezpeleta, le presta un libro titulado His­
toire de la Révolution de 1789 et de l'etablissement d'une Constitution en
France, Tome Troisième, impreso en Paris en 1790 y escrito por Galart
de Montjoie. «Leyéndolo en su estudio —dice Nariño— llegó al lugar
donde se hallaba inserto (el papel de la Declaración de los Derechos
del Hombre), le gustó el contenido de él y deliberó traducirlo e impri­
mirlo».
Efectivamente, traduce y luego publica, en diciembre del 93 o
enero del 94, unos 100 ejemplares de la famosa Declaración en la im­
prenta Patriótica, pone en circulación unos cuatro ejemplares, pero ad­
vertido del peligro, destruye los que conserva y recoge los distribuidos
para hacerlos desaparecer. Sólo queda un ejemplar en manos del mé­
dico don Louis de Rieux, famoso conspirador francés y amigo dé Na­
riño.
Empero, los aconteciínientos se complican. Hacia el mes de julio
alguien hace las primeras idenuncias en contra de un numeroso grupo
de criollos —la mayor párte estudiantes de los dos Colegios Mayores—
que pretendían deponer el gobierno. Entre los acusados está Antonio
Nariño que estaba en entendimiento con el revolucionario Pedro Fer­
52 La independencia de Colombia

mín de Vargas. En el mes de agosto aparecieron, fijados en las paredes


más públicas de Santafé, pasquines sediciosos5.
La Real Audiencia entabló, a instancias del virrey, dos sumarios
«sobre pasquines e impresión del papel de los derechos del hombre»,
y por separado inició causa severísima contra los conspiradores que por
orden real fueron enviados presos a España, junto con los autos. Estos
procesos conmovieron hondamente a la capital y al Reino, pues varios
de los estudiantes y cabecillas pertenecían a diversas ciudades y estaban
emparentados con prestigiosas familias.
El 29 de agosto, después de una rígida inspección de los libros y
papeles en la casa de Nariño, es enviado preso al Cuartel de Caballe­
ría. $u actitud, durante el riguroso proceso judicial, fue oscilante y
contradictoria. De su pluma empiezan a brotar infinitos memoriales al
rey, al virrey, la Audiencia y el Cabildo. Fue tan severa la investigación
y tan apremiantes los largos interrogatorios, que cayó enfermo —siem­
pre tuvp constitución física débil— y es asistido por el médico, pero la
diligencia de la confesión se prosigue implacablemente. Su situación se
torna dramática, ya lleva un año de dura prisión, sus nervios están des­
trozados, su ruina económica es total, y su familia queda abandonada
a la caridad de los parientes.
Notificado de la acusación fiscal, nombra abogado a su pariente
político doctor José Antonio Ricaurte, jurisconsulto de fama y agente
fiscal de lo civil de la Real Audiencia. Y ambos, defensor y acusado,
identificados en ideas inician la defensa jurídica, glorioso monumento
que escandalizó á los oidores, aterró a las autoridades transmarinas y
causó mayores infortunios a Nariño.
Este valioso escrito, pieza jurídica y literaria de primer orden en
la historia de las ideas prerrevolucionarias, fue redactado principalmen­
te por Nariño. Allí hizo alardes de su espíritu polémico, de su instruc­
ción y su conocimiento de la tradición jurídica de España en la defen­
sa de los derechos humanos, de la doctrina de la soberanía popular y
las limitaciones del poder público. Pero además de citar las Leyes de
Partida y los antiguos monumentos jurídicos españoles, basa también
su defensa en «los papeles públicos y los librps que corren permitidos».

5 Sergio Elias Ortiz, Colección de Docum entos p a ra la H istoria de Colom bia, Segunda
Serie, Bogotá, 1965, p. 88.
Experiencias y conocimientos de viajeros granadinos por Europa 53

Con gran habilidad trata de dar un sentido sano e inocente a la Decla­


ración de Derechos a la cual atribuye un fondo cristiano. Después de ci­
tar a Santo Tomás en el texto que manifiesta las preferencias por un
gobierno mixto en el cual se equilibran y armonizan la monarquía, la
aristocracia y la democracia, termina su vigoroso razonamiento:

Cortemos el hilo y concluyamos que habiéndose hecho y publicado


el papel de los Derechos del hombre del año 89 y siendo sancionado
por el cristianísimo rey Luis XVI es un absurdo pensar que la destruc­
ción del despotismo alude a la destrucción del trono.

Sin embargo, su entusiasmo comete la suma imprudencia de com­


prometer al virrey don José de Ezpeleta con la alusión de que «el solo
hecho de haber Recibido el libro de donde lo saqué, sin ninguna reser­
va, me obligaba a creer que todo era correcto»; y clava el dardo enve­
nenado en uno de los fiscales: «¿Para qué me detengo en más ejemplos
si tengo en esta ciudad, en el mismo Tribunal, en uno de vuestros fis­
cales que ha firmado la acusación, uno bien notable, que no se puede
comparar con el papel acusado?». Y a renglón seguido transcribe un
discurso de don Manuel Mariano Blaya, aparecido en un numero viejo
del Espíritu de los Mejores Diarios, plagado de duras críticas en contra
del gobierno español en América6.
La defensa surtió peores efectos que la misma traducción y publi­
cación de los Derechos. Los oidores entendieron que era el mejor co­
mentario y apología de los principios revolucionarios que contenía; «si
antes era perjudicial —escribieron— ahora que Nariño con claridad le
ha dado tóda la posible aplicación, le ha puesto en estado tal que to­
dos le comprenden, aun los más ignorantes... La defensa es peor, más
mala y perjudicial que el referido papel...». El abogado Ricaurte, per­
sona de muchas campanillas en la ciudad y ante el gobierno, fue en­
carcelado y enviado a uno de los castillos de Cartagena, donde murió
varios años después. Y el juicio* contra Nariño concluyó con severísima
sentencia dada por unanimidad, el 28 de noviembre del 95: 10 años
de prisión en uno de los presidios de África, extrañamiento perpetuo

6 El documento completo de la larga Defensa puede verse en E l Precursor, Biblio­


teca de Historia Nacional, Docum entos sobre la v id a pública y p riv ad a del general A ntonio
N ariñ o, por Eduardo Posada y Pedro M· Ibañez, Bogotá, 1903, pp. 164-190. ’
54 La independencia de Colombia

de los dominios de América y confiscación de todos sus bienes y uten­


silios de la imprenta; el libro original de donde sacó la Declaración de­
bería ser quemado en la plaza pública, lo mismo que la Defensa con
todas sus copias, pues en el proceso no apareció ningún ejemplar im­
preso del cuerpo del delito.
Lo que sigue es la aventura, la implacable persecución de las au­
toridades de España y América, y el peregrinar errabundo del precursor
por diversos pueblos. Su viaje, aunque forzado, lo pondría en comu­
nicación con los libros y personajes que ampliarían su cultura política,
y sus actividades subversivas.
En marzo de 1796 llega a Cádiz el temible preso, que se había
ganado la simpatía y afecto de la tripulacióh, y al desembarcarse se fuga
hacia'Madrid, donde aboga por la revisión de su sentencia; pero al en­
terarse de que Carlos IV piensa confirmarla, sale para Francia. Allí dia­
loga con el general Francisco de Miranda y con Tallien, el omnipoten­
te miembro del Directorio, a quien

propuso el proyecto de sublevar este Reino constituyéndolo en Re­


pública, a cuya propuesta le contestó que aunque en lo público no
se podría proteger la idea por la paz con España, en lo secreto se
auxiliaría por los medios posibles y que en Inglaterra se podría adop­
tar mejor la presente guerra7.

El mismo Nariño confesará más tarde que pasó en Francia

cerca de dos meses y todo este tiempo lo empleé en correr los tribu­
nales, en examinar algunas de las nuevas leyes, su Constitución y la
historia de su revolución, procurando adquirir cuantas noticias pudie­
ran ilustrarme sobre estos puntos.

Sigue el viaje a Londres donde el segundo Pitt se niega a recibirlo.


Inglaterra, inflada por Burke, está enfrentada a la Francia revoluciona­
ria. Sólo a los dos meses el ministro Liverpool, por intermedio de dos
comerciantes judíos, le ofrece todos los auxilios necesarios para la em­

7 A cta de la sesión de la R eal A udiencia de 13 de ju lio del 97 , en Eduardo Posada, E l


Precursor, op . cit.s p. 2.17. > '
Experiencias y conocimientos de viajeros granadinos por Europa 55

presa, pero a condición de entregar el Reino a la Gran Bretaña. El hi­


dalgo de honor, hijo de español, se niega indignado:

...Me parecía un doble crimen, no sólo a los ojos de España sino a


los de todo el mundo. Sacarla de la dominación de España para en­
tregarla al duro yugo de los ingleses, con otra religión, otro idioma,
y otras costumbres, era, en mi concepto, la acción más vil que podía
cometer. Antes hubiera consentido la muerte que consentir en ella...

Regresa a París, donde se entrevista con el rico cubano Pedro José


Caro, con Olavide y con Pedro Fermín de Vargas, su antiguo compa­
ñero de tertulias y lecturas. Madrid, París, Londres, de nuevo París...
Las gentes ven a este extraño e iluminado personaje que asiste a los
tribunales, visita los parlamentos y libreríás, se entrevista en los cafés
con los conspiradores americanos y que sube hasta las cancillerías de
Francia e Inglaterra. Y parte en dirección a las Antillas, sin otro pen­
samiento que la independencia de su patria. Su viaje por el Caribe,
saltando de isla en isla es una verdadera odisea, por lo precario de sus
recursos. Mas por doquiera entabla nuevas amistades políticas.
En marzo de 1797 llega a Coro y atravesando a Venezuela, pene­
tra en su patria, disfrazado de sacerdote y recorre los campos que fue­
ron teatro del movimiento comunal. Aspira a reavivar el incendio, y
en vista del desprestigio de los antiguos jefes, «me resolví a no contar
sino con el pueblo». Sin embargo, su ánimo decae, pues conoció que,

los pueblos están generalmente descontentos, y que juntan a este des­


contento una ignorancia grande de lo que es el gobierno; esto es* que
aun cuando quisieran hacer alguna novedad, esta ignorancia los ha de
eínbarazar para dejarse conducir...

El soñador romántico e intelectual de bibliotecas, trae eñ su pe­


queña maleta de viajero pobre, una bomba de tiempo, de gran'poder
explosivo que alimentará sus sueños: el Contrato Social de Rousseau.
Pero está fatigado y la familia lo reclama. El 19 de julio de 1797, cierra
su ciclo revolucionario: 'se presenta en Santafé ante el arzobispo Mar­
tínez Compañón y se pone en manos del virrey don Pedro Mendinue-
ta y queda inmediatamente detenido en el Cuartel de Caballería. Allí
rinde un largo informe sobre sus andanzas, pero evitando compróme-
56 La independencia de Colombia

ter a sus aliados en la conspiración, y prepara, basado en sus experien­


cias y lecturas, su Plan de Administración en el Nuevo Reino . Se trata de
un ensayo sagaz y acertado sobre la economía colonial y los remedios
que propone para su desarrollo.
No hemos de seguir paso a paso las nuevas aventuras y desventu­
ras del llamado Caballero Andante de la Libertad; su libertad condicio­
na en una hacienda, donde recupera su salud y parte de su antigua
fortuna, su nueva prisión en Cartagena, su ascenso al poder como go­
bernante de Cartagena, su desafortunada campaña sobre el sur de Co­
lombia, en la cual cae nuevamente en poder del presidente de Quito
que lo envía a las prisiones de Cádiz, donde se le inscribe el 6 de mayo
de 1816. '
Poco antes de ser libertado en la cárcel, en 1820, por el brigadier
don Manuel Francisco Jáurégui, procer de lá revolución de Riego, go­
bernador interino de la plaza gaditana, escribe, con el seudónimo de
Enrique\Somayar, tres famosas cartas con destino a la prensa española,
en que sé trata de convencer al nuevo gobierno liberal, de la necesidad
de reconocer la independencia de América. Brilla en ellas, con las cua­
lidades propias de su estilo directo y objetivos de su lógica convincen­
te, el fuego de su conciencia americanista y de su linaje espiritual, or­
gulloso de los valores de su estirpe hispana, sin que los padecimientos
de la cárcel hubieran despertado rencores y ánimo de venganza contra
la madre patria. Ante el peligro de que las naciones americanas, obte­
nida su separación de España, fueran a caer en manos de otra potencia
política, escribe con el mismo ímpetu juvenil y altanero y con las mis­
mas ideas y sentimientos expresados ante la Corte inglesa, en 1797:

Nosotros no ppdemos dejar de ser españoles, de hablar el mismo


idioma, de venerar la religión de nuestros padres, tener las mismas
costumbres, de conservar nuestras relaciones, de intereses y de fami­
lias, con los de la Península, si no se hacen violentos escuerzos para
arrancarnos unos bienes tan queridos 8.

Nariño no fue escuchado y la guerra civil de emancipación defi­


nitiva, con separación, se produjo con los consiguientes perjuicios para
España y América.

Eduardo Posada, E l Precursor, op. cit., p. 478.


Experiencias y conocimientos de viajeros granadinos por Europa 57

Pedro F ermín de V argas, viajero errante

Si en el valor intelectual y en su inquietud revolucionaria Fermín


de Vargas señala notorias semejanzas con Nariño, en los valores éticos
y en la praxis de la oposición y del gobierno, se distancia de él en tal
forma que se hace absolutamente imposible ensayar un paralelo entre
los dos amigos.
Figura enigmática y tipo de hombre maquiavélico, producto sin­
gular de la sociedad granadina de fines del Setecientos, rompe los mol­
des tradicionales del vivir colonial, se desata de vínculos familiares y
patrios, se enfrenta a leyes divinas y humanas y se lanza a una aven­
tura azarosa,x en la cual se mezcla por igüal el ideal de la ciencia y de
la libertad con gestos innobles y desleales, indicadores de un bajo nivel
espiritual.
Nacido en la villa de San Gil —3 de julio de 1762— de familia
distinguida, cursa estudios en el Colegio Mayor del Rosario, y muy
pronto traba amistad con el sabio Mutis, quien lo vincula a los traba­
jos de la Expedición Botánica, después de haber ejercido el cargo de
gran confianza de oficial primero de la Secretaría del virreinato. Caba­
llero y Góngora hace honrosa memoria de él en su Relación de Man­
do, y lo, llama «sujeto de singulares talentos e instrucción». Más tarde,
cuando se rebela, tanto el virrey, como los oidores y gobernadores no
escatiman los elogios a «sus superiores luces y altas ideas» del fugitivo,
furiosamente perseguido. / -
Más adelante examinaremos los escritos economicosociales de la
primera época, pues tanto en la Secretaría del virreinato como en sus
aijdanzas de la Expedición Botánica se puso en contacto con todos los
problemas de, la administración pública y con la situación real del país.
Por medios ingeniosos adquiere publicaciones prohibidas que más tar­
de traspasará en venta a Nariño, y se hace con una biblioteca envidia­
ble. El virrey don José de Ezpeleta lo nombra, en 1789, corregidor dé
Zipaquirá, destacando el buen concepto que tenía de su probidad y
suficiencia. De esta época sólo se conoce un escrito inédito y mante­
nido oculto, titulado Dialogo entre Lord North y un Filósofo, en el cual
aparece el sentido americanista y aun ecuménico de sus ideas subver­
sivas.
Repentinamente sobreviene el cataclismo moral de aquel extraño
visionario. Pese a sus antecedentes intachables, a los 29 años, con la
58 La independencia de Colombia

ayuda de cómplices meticulosamente escogidos y provisto de pasaporte


y documentos falsos, después de reunir dinero a base de préstamos do­
losos y ventas ficticias, se escapa sigilosamente con una mujer también
casada, disfrazada de hombre, y sale del país a través de los llanos
orientales. Su huida —el 17 de diciembre de 1791— es un alarde de
valor, de cinismo y de ingenio. Abandona para siempre a su esposa y
á sus dos hijos pequeños, y no le importan las lágrimas de sus honra­
dos padres, ya de edad avanzada. «Casi he llegado a perder el juicio
—escribía al virrey don Lorenzo de Vargas, párroco de Charalá, su her-
maño— y sin duda les costará la vida a mis ancianos" padres» 9.
Todo lo deja atrás y contra las instituciones escribirá y luchará,
impulsado por un resentimiento y unas id^eas típicamente rusonianas,
a pesar de que gozaba de excelente posición política y económica.
Sin ser precisamente un Adonis, ateniéndose a las señas propaga­
das por los gobiernos, debía ejercer con el brillo de su talento imagi­
nativo, extraña fascinación sobre las mujeres que va abandonando a lo
largo de su camino, sin atender a los reclamos y mensajes que le en­
vían.
El motivo erótico y pasional de su huida con la Bárbara Forero,
que cinco años más tarde regresará, tendrá escuela pública y arengará
al pueblo en el motín del 20 de julio de 1810, quedará confundido
con el anhelo de independencia patria, sin que se sepa ciertamente cuál
sirvió de pretexto al otro, o si ambos lo impulsaron con idéntica fuer­
za. En efecto, testigos fidedignos depondrán que

el destino que llevaba Vargas era el de pasar a París a pedir auxilio de


gente y armas para introducirse en el Reino de Santafé... y que el lle­
varse a la Bárbara Forero era para que se dijese que la fuga la hacía
Vargas por la libertad de vivir con ella en el mal estado y desfigurar
así el principal objeto.

Y comienza la trashumancia. Pasa a Venezuela, recorté las Anti­


llas, va a Filadelfia, se hace presente en la misma España, en Francia,
en Inglaterra; vuelve a Trinidad y reaparece en Londres. Unas veces
ejercía las funciones de médico o cirujano, o se dedicaba al comercio;

9 Angel Grisanti, E l Precursor N eogranadino V argas. Una vid a real que es la m as ap a­


sionante novela de aventuras, Bogotá, 1951, p. 245. - '
Experiencias y conocimientos de viajeros granadinos por Europa 59

por épocas concibe proyectos de negocios editoriales o se dedica a las


investigaciones botánicas. Se relaciona con los conspiradores Pedro José
Caro y principalmente con Miranda, quien llega a sentir por él admi­
ración y con el cual prepara planes de expediciones revolucionarias. Se
hace recibir por Wílliam Pitt, y presenta al gobierno de Inglaterra me­
moriales sobre la América hispana y la forma de cómo ella puede lle­
var a cabo una invasión a las colonias españolas. Sirve de correo entre
Miranda y Napoléon y logra esquivar siempre y engañar al gobierno
español que lo persigue con saña por todas partes, pero inútilmente.
Fermín Sarmiehto, Pedro de Oribe y Peter Smith, serán los seudóni­
mos con que despista a las autoridades españolas hasta el año de 1802,
cuando recupera su verdadero nombre. «Excelente persona y de lo me­
jor que he visto de nuestra América», dice el gran precursor Miranda.
El 20 de noviembre de 1799 presenta en Londres su primer Me­
morial a Pitt, lleno de falsedades, sofismas, engaños y halagos para la
Gran Bretaña. Se declara descendiente de princesa india, hace alusión
a los intentos revolucionarios de los Comuneros, se proclama jefe y
vocero de los anteriores conspiradores —Nariño y Caro— y solicita au­
xilio de hombres, armas y navios y para ello «entregamos en manos del
gobierno británico aquellas ciudades u otras cosas que se juzguen ne­
cesarias como caución o rehenes».
En 1804, contraviniendo los convenios hechos con Miranda de
pasar a Trinidad para realizar los ambicionados proyectos de libertad a
Venezuela, Vargas se desentiende de todo y regresa a sus aficiones bo­
tánicas en los jardines de Kensigton.
Y al siguiente año presenta por su cuenta y riesgo al gobierno in­
glés un larguísimo y razonado Memorial que lleva por título Relación
sucinta del estado actual de las colonias españolas en la América Meridional,
cuyo objetó principal es demostrar la preferencia que debe darse a Mé­
xico sobre Venezuela y Nueva Granada para la invasión inglesa. Acti­
tud que es un reflejo exacto de aquel espíritu veleidoso e inconstante,
apto más para las lides del pensamiento que para las batallas de la ac­
ción.
El examen de las condiciones sociales de los pueblos americanos
es agudo y exacto, pero es grande su injusticia y falta de veracidad al
censurar, en los peores términos, los esfuerzos de España por la cultura
granadina, de la cual él mismo había sido su beneficiario y exponente.
60 La independencia de Colombia

Aparece en cada página su odio a la religión católica, llam ada «secta


romana». Sin embargo, aconseja

no lastimar los sentimientos religiosos de sus habitantes, sino al con­


trario, intimarles a la primera entrada que en nada se intenta innovar
su culto, que las haciendas y caudales particulares serán respetadas, y
que no se va allí para conquistarlos, sino para liberarlos del yugo de
España y hacerlos una nación independiente.

Eliminada de sus cálculos la ayuda de Francia, para la cual reserva


frases muy poco amables, sólo confía en Inglaterra, «a quien conviene
tanto, por sus intereses mercantiles y a quiep es tan fácil por sus fuerzas
marítimas». - _
Esta traición a su jefe, y protector Miranda, lo enfureció, y en la
copia del Memorial de Vargas, en 1808, dejó estampada esta durísima
frase: «yo saqué esta copia para prueba de la perfidia, mentiras y en­
redos dé este infame traidor a la verdad, a su bienhechor y a su patria».
De la correspondencia de Vargas se desprenden a veces expresio­
nes de exaltado fervor por la causa de la libertad, por la cual se mues­
tra dispuesto a los más grandes sacrificios. Pero también un viento he­
lado sopla sobre muchas cartas en que predominan consideraciones
egoístas y cálculos económicos. Miranda trató de excitarlo a la acción,
sacudiendo su desidia y pereza y exhortándolo a escribir, dados

los conocimientos y luces que en grado superior tiene ya adquiridos,


para beneficio de la patria... Yo no tengo otra súplica que hacerle sino
que no olvide que nació en América y que ella lo llama con los bra­
zos abiertos... Venga cuanto antes a darnos el gran día de América.

Pero inútilmente, porque, al decir del coronel Rutherfurd, «Vargas


está botanizando». Y de espaldas a la heroica y desgraciada campaña
de Miranda, en 1805, Vargas permanece en Londres, entregado a la bo­
tánica.
De sus escritos revolucionarios durante su largo peregrinar, ade­
más de los dos Memoriales al gobierno británico, sólo nos quedan unas
Notas, escritas posiblemente en 1797 que contiene una reforma repu­
blicana, 1una transformación radical de leyes, instituciones y costum­
bres y una revolución política hecha exclusivamente por el pueblo. La
agilidad con que se movilizan los argumentos favorables al buen éxito
Experiencias y conocimientos de viajeros granadinos por Europa 61

de la empresa y se analizan los obstáculos, así como la concisión del


estilo y la brevedad de las ideas, indican que este pequeño catecismo
revolucionario estaba destinado a propagarse, una vez impreso, por to­
das las provincias de América 101.
La luz inspiradora de estos pensamientos políticos viene, induda­
blemente, de Montesquieu y de Rousseau. El Espíritu de las leyes, el
Emilio, y el Contrato Social son las principales fuentes, y el expreso lla­
mamiento a la igualdad, libertad y fraternidad se remontan a la Revo­
lución Francesa, mientras que las diversas alusiones a las luces del día,
lo encuadran en los marcos de la Ilustración.
Biográfica y psicológicamente podemos concluir que aquella vida
proteica y desvertebrada de Fermín Vargas, en quien la única constante
era la línea intelectual, estuvo intensamente estimulada por lo que Max
Scheller ha llamado la auto-intoxicación del resentimiento. Por más qüe
su biógrafo Roberto M. Tisnés Jiménez se esfuerza por quitarle la nota
de inmoral, traidor y desleal a sus amigos y bienhechores, a la religión
católica y a su misma patria, allí están los documentos para compro­
barlo, porque no están sujetos a benigna interpretación. Es menester
dar un enfoque de conjunto, dibujando los exactos perfiles del enig­
mático personaje que murió en Londres hacia diciembre de 1810, en
pobreza y oscuridad, cuando ya en su patria funcionaba la Primera Re­
pública. A pesar de ser tan conocido y mencionado en el Nuevo Rei­
no, Venezuela, y el Caribe, cuando la primera misión diplomática in­
tegrada por Bolívar, Bello y López Méndez funcionó en Londres, en
1810, y entró en contacto con Miranda, nada dijo de Vargas, en un
acto de olvido y desprecio. En carta de López Méndez a la Junta de
Caracas, escrita el 8 de febrero de 1811, nos proporciona este dato:
«En uno dé ellos (paquetes) incluyo la carta dirigida por la Junta de
Socorro a don Fermín Vargas, de cuya muerte en esta capital tengo
avisado a V. S. anteriormente» n.

10 Estas notas, cuyo original, de, mano de Vargas, nos proporcionó el historiador
Guillermo Hernández de Vargas, habían sido publicadas, en 1945, en, el Boletín de His­
toria y Antigüedades, vol. XXIII, ri.os 369-370, pp. 196-701, como adicionales a los escri­
tos de Juan Bautista Picornell, conspirador cón los venezolanos Cortés, Gual y España,
los cuales mantuvieron relaciones con Vargas. El biógrafo de Vargas, Roberto María Tis­
nés, comenta estas notas en Pedro Ferm ín de V argas. B iografía de un Precursor, Bucaraman-
ga, 1979, pp. 411 y ss.
11 Cristóbal L. Mendoza, L a s prim eras m isiones diplom áticas de Venezuela, Madrid,
1

62 La independencia de Colombia

LOS HERMANOS IGNACIO Y MANUEL POMBO <

Fue don Ignacio de Pombo una de las personalidades más desta­


cadas que florecieron en el ocaso de la época colonial y el alborear de
la República y quizás nadie como él representó mejor las inquietudes,
preocupaciones y anhelos de adelantos propios de su siglo y de la ge­
neración de la Expedición Botánica. Porque en él se conjugan valores
en general muy diversos —los científicos y los económicos— los cuales
contribuyen armónicamente a crearle una fisonomía que irradia autén­
tica grandeza.
Escritor científico y hombre de negocios que creó prósperas em­
presas, protector de sabios y amigo y cqnsultor de gobernantes; estu­
dioso de las características, riquezas y posibilidades del país, atiende por
igual al transporte terrestre, marítimo y fluvial del comercio y al desa­
rrollo de la industria, como al progreso de la ciencia y de las letras.
Todos los ramos de la economía sintieron el poderoso influjo de su
brazo que se extendía generoso a cuantos requerían su ayuda. Con ra­
zón ha sido llamado el Jovellanos granadino 12.
Nacido en Popayán de una esclarecida familia —en 1761— estudia
gramática en el Colegio Seminario y luego se traslada a Santafé, y en
el Colegio Mayor del Rosario durante seis años estudia filosofía y ju­
risprudencia. En 1784 resuelve establecerse en Cartagena de Indias,
emporio del comercio exterior e interior y funda una casa comercial
de las más renombradas de América, cón ramificaciones en Cádiz, Mé­
xico, las Antillas, Quito, Guayaquil y Lima.
En busca de mejores conexiones para extender la red de sus ne­
gocios y dar pábulo a su sed insaciable de conocimientos, viajó por
diversos países de Europa, de donde regresó enriquecido en experien­
cias, ideas y libros. En verdad —como él mismo lo reconococió— este
largo viaje significó para él un renacimiento espiritual que, lo estimuló
fuertemente a promover la cultura y el desarrollo econóniico del país:
importa una imprenta, funda la Sociedad Patriótica y el Consulado de
Cartagena, del cual es nombrado prior, crea escuelas primarias, propor-

1962, tomo I, p. 356. Véase también D os vid as no ejemplares. Pedro Ferm ín de V argas. M a­
nuel M allo, por Alberto Miramón, Bogotá, 1962. '
12 Nicolás García Samudio, D on Jo sé Ignacio de Pombo, procer de la ciencia, en Con-
ferencias dictadas en la Academia Colombiana de Historia, Bogotá, 1937, pp. 180-213.

I
Experiencias y conocimientos de viajeros granadinos por Europa 63

doria ejidos a los vednos pobres, construye un muelle en la dársena


del puerto, etcétera.
Pero sus ambiciones abarcan el país. Su correspondencia con Mu­
tis —su confidente protegido— está empedrada de sugerencias y pro­
puestas para el establecimiento en Cartagena de escuelas de dibujo, hi­
lado y pilotaje para lo cual vendrán profesores de la Academia de San
Fernando de Madrid y del Consulado de Barcelona, estudios de mi­
neralogía y química 13.
A veces, ante la inercia de la Corona para la necesaria aprobación,
conociendo la oposición de sus compatriotas, deja escapar sus lamen­
tos: «Veo que todos conspiran a que no se verifique una empresa tan
útil, y así¿ amigo, no hay tiempo más perdido en este país que el que
se emplea en promover el servicio público». Sin embargo, sigue adelan­
te: restablece las comunicaciones con el río Magdalena por el canal del
Dique, fomenta la navegación de Atrato, proporciona recursos abun­
dantes a Caldas para la realización de sus estudios y le proporciona
libros e instrumentos científicos. Al mismo Mutis le envía libros, revis­
tas y material científico, y le sirve de gratuito intermediario para remi­
tir a España los cajones de quina que le envía desde Santafé. Al recibir
de Mutis confidencias sobre sus resentimientos con Caldas y con Zea
—provenientes de su carácter desconfiado y de su fina sensibilidad de
maestro y de científico— interviene en favor de ellos en forma eficaz.
Al llegar Humboldt acompañado de Bompland a Cartagena, en
1801, halló venturosamente en Pombo el mejor colaborador para po­
nerlo en contacto con el país. Desde luego puso a su disposición su
espaciosa y confortable residencia de Turbaco, y el sabio alemán hará
después gratas memorias de este hospedaje material y científico. A su
vez, Pombo escribe a Mutis recomendándole en la forma más calurosa
a sus nuevos e irisignes amigos, a quienes convence de la suma impor­
tancia de que suban a la meseta de Santafé y recorran el Reino hasta
el sur. Sigue sus pasos por Popayán, Quito, Guayaquil, Lima y México,
en donde sus corresponsales reciben órdenes de atenderlos y ayudarles
en sus excursiones.
El nombre de Pombo quedó vinculado a un proyecto de trascen­
dental importancia que aún hoy atrae las miradas de los estadistas nor­

13 C artas inéditas de Jo sé Ignacio de Pombo a don Jo sé Celestino M u tis, copiadas del


archivo de. la Expedición Botánica por Diego Mendoza.
64 La independencia de Colombia

teamericanos: el canal interoceánico por el Atrato. Con Humboldt dia­


logó extensamente sobre los diversos aspectos del problema, y éste, en
su obra Essai Politique sur le Royanme de la Nouvelle Espagne, se refiere
al proyecto, lo analiza y expone sus ventajas, sin olvidar elogiosamente
a su autor. Debemos también al ilustre viajero mil observaciones y co­
nocimientos de la mayor utilidad, sobre nuestra geografía, nuestras
producciones y particularmente sobre la Quina . La Carta del río Mag­
dalena, la Memoria sobre la sal gema de Zipaquirá y la Geografía de las
plantas, dedicadas al Patriarca de los Botánicos, como llama el sabio.
Mutis, son prueba de los beneficios que nos dejó a su paso por nues­
tro territorio.
Al comentar el viaje de Francisco Antonio Zea a París, Pombo se
define a sí mismo y define a Mutis con esta frase de oro: ¡

Es el mayor sacrificio que puede hacer un hombre de talento, consa-


, grar los días de su existencia a las tinieblas y a la barbarie, pudiendo
vivir en medio de la luz entre racionales. Pero el amor de la Patria y
la verdadera gloria arrastra por todo; y ésta no se adquiere sino ha­
ciendo bien y siendo útil a sus semejantes.

Después de leer sus abundantes y eruditos escritos, llegamos a la


conclusión de que la mentalidad de Pombo, había recibido, ciertamen­
te, una profundísima influencia del progresista y renovador gobierno
de Carlos III, a quien cita con fervorosos elogios.
El prior del Consulado de Cartagena es, entre los granadinos, el
hijo más auténtico del siglo xviii, cruzado de preocupaciones culturales
y de problemas económico-sociales. Conocedor profundo de los auto­
res de la época, ingleses, franceses, y españoles, hizo esfuerzos por apli­
car sus postulados á la realidad nacional. Pero la economía que él pa­
trocina, tiene un carácter más humanitario, más benéfico, más en
armonía con la dignidad del hombre, más cristiano que las teorías de
la escuela utilitarista de Smith y sus discípulos. Por ello fácilmente se
advierte en sus escritos y en sus obras una formación a base de las
tradiciones patrias.
Don Manuel de Pombo, nacido —como su hermano— en Popayán,
estudia primero en su ciudad natal bajo el magisterio de Félix dé Restré-
po y en el Colegio Mayor del Rosario de Santafé, donde se gradúa de
abogado. A los 22 años —en 1791— parte para España en busca de me-
Experiencias y conocimientos de viajeros granadinos por Europa 65

jjores horizontes para su inteligencia ávida de conocimientos; los adqui­


rió ciertamente, pero también su educación moral, recibida en el am­
biente austero de su provincia, sufrió un choque violento al ver de cerca
la corrupción de la monarquía y de la Corte en los tiempos de Car­
los IV. En sus escritos aparece su desilusión y descontento y la influen­
cia que aquel espectáculo tuvo en su posterior voluntad separatista.
Con licencia real se casó en Madrid con doña Beatriz O’Donell,
dama de la Corte, hermana de don Enrique, conde De la Bisbal, que
más tarde llegaría a ser teniente general de los ejércitos de Mar y Tie­
rra. En 1795 regresó a América con el cargo de tesorero del Consulado
de Cartagena, donde se empeñó con don Ignacio en sus empresas de
desarrollo cultural y económico. En 1.804 fue promovido al oficio de
contador de la Casa de Moneda de Santafé en el cual demostró su
honradez y competencia.
Ya en Santafé, se puso en contacto con sus antiguos condiscípu­
los, en particular con don Camilo Torres, y se hizo asiduo contertulio
del Observatorio Astronómico dirigido por Caldas y colaborador de la
Expedición Botánica, y propició francamente el clima revolucionario.
Sus numerosos escritos, culturales y subversivos, son indicadores de su
talento y del provecho obtenido con su permanencia en España, adon­
de regresó como prisionero, enviado por el pacificador Morillo, el cual
le perdonó la vida gracias a la actitud enérgica y valerosa de su mujer
y del cercano parentesco con el conde De la Bisbal. Su hijo, don Lino
de Pombo, sobresalió en la filosofía y en las ciencias exactas, y trabajó
en fortificaciones militares. Caído prisionero en 1816, escapó al fusila­
miento por su extremada juventud y fue enviado a la Península. Allí
lo sorprendió la revolución de Riego y se enroló en las filas de los
constitucionalistas. Vencida la causa, escapó de las tropas invasoras
francesas y pasó a Inglaterra, de donde volvió a la patria a prestar no­
tables servicios en la cartera de relaciones exteriores, por voluntad de
Santander, el año de 1833.

J orge T adeo L ozano

Jorge Tadeo Lozano nació en Santafé, en 1771 en el seno de la


opulenta familia del marqués de San Jorge. Estudió en el Mayor del
Rosario y se recibió de abogado ante la Real Audiencia. Viajó a España
66 La independencia de Colombia

y tomó parte en la. campaña del Rosellón contra las tropas francesas.
Figuró entre los más fervorosos discípulos de Mutis, dedicado particu­
larmente al estudió de la fauna cundinamarquesa y al de la geografía
de las plantas de los Andes equinocciales. Muchos dé estos trabajos se
publicaron en el Semanario de Caldas.
Lozano tomó parte muy principal en la redacción de la primera
Constitución del Estado de Cundinamarca, después de proclamada la
independencia.
Jorge Tadeo Lozano ha sido considerado, en el campo meramente
científico, como uno de los más aprovechados alumnos de Mutis y co­
laboradores de la Expedición Botánica. Más tarde entró a la política a
pesar de su temperamento débil y carente de ambiciones. Fue presi­
dente del Estado de Cundinamarca, y derrocado del cargo por Nariño.
En 1816 fue fusilado al iniciarse el Régimen del Terrón

F r a n c is c o A n t o n io Z e a

El caso de Francisco Antonio Zea es muy sintomático de la in­


fluencia de la mentalidad estudiantil en el proceso separatista y del
miedo que los estudiantes causaban en el ánimo de las autoridades vi­
rreinales. Este antioqueño inteligentísimo había pasado del Colegio Se­
minario de Popayán al Colegio Mayor del Rosario, y una vez graduado
en jurisprudencia se había incorporado a la Expedición Botánica en ca­
lidad de agregado en reemplazo de don Eloy Valenzuela, encargado de
la parte científica. Brilla por su ingenio en las tertulias y en los perió­
dicos y gacetas por la seriedad de sus escritos románticos en que exci­
taba a los jóvenes «al estudio de los principios y programas de las ar­
tes, el de la economía y la industria, el de la agricultura y la política,
y el de la verdadera filosofía, que es la madre de cuanto bueno hay en
la tierra». j
De repente en virtud de exageradas delaciones, se ve envuelto en
la mencionada sublevación de 1794. Su prisión, proceso y destierro
marcan otro rumbo a su vida proteica y á su destino. En el sumario se
pueden leer los siguientes párrafos:

El quinto reo es don Francisco Antonio Zea, natural dé Medellin, de


estado soltero, de edad de 24 años y de calidad noble, expresándose
Experiencias y conocimientos de viajeros granadinos por Europa 67

en la lista que se ha pasado la vía reservada, que este reo destinado a


la Expedición Botánica en el Virreinato de Santafé, ha sido enviado
no tanto por lo que resulta contra él, cuanto por la travesura de su
genio y considerar que no era conveniente su residencia allí. El ma­
yor cargo fue el de mantener correspondencia con Fermín de Vargas,
quien desde Filadelfia preparaba una invasión al Nuevo Reino, y
amistad estrecha con don Antonio Nariño.

A pesar de ello, la Real Audiencia, siguiendo las rigurosas indica­


ciones del duque de Ampudia, lo envió prisionero a España.
El 18 de marzo de 1796 llegó el grupo de estudiantes al puerto de
Cádiz donde, bien tratados, recibieron permiso de pasear por la ciudad
sin custodia alguna. Ya en la relación con diversos estamentos de la
sociedad, se dieron cuenta del impacto que la Revolución Francesa y
sus principios habían hecho en aquellas gentes.
Hecha la paz con Francia y celebradas alianzas defensivas y ofen­
sivas entre las dos naciones, una real orden del 19 de diciembre de
1797, cortó el proceso, devolvió los infolios a Nueva Granada y puso
en libertad bajo fianza a los reos, porque

Su Majestad quedó enterado de la poca resultancia del proceso, de


cuyas miles fojas sólo se colige los reos habían hablado del nuevo
sistema de Francia y manifestado algún deseo de que si se extendían
aquellas máximas produjesen el mismo efecto en aquellas provin-
14 /
cías .

Más todavía. La real orden de 31 de agosto de 1799 mandó que


«a los quince reos procesados se ponga en libertad, con expresión de
quedar hábiles para que puedan continuar sus estudios y profesiones
sin nota y cómo si no se hubiera procedido contra ellos 1415.
Después de obtener su libertad, Zea se encaminó a Madrid y al
querer regresar a su tierra, le fue negado el permiso; por extraña para­
doja se le confió una misión científica a París, con especiales cartas de
presentación para los mejores centros culturales y generosa remunera­
ción: se le alejaba de su patria, por peligroso, pero se aprovechaban sus
i -- " .. ·

14 Roberto Botero Saldarriaga, Francisco A ntonio Z e a , Bogotá, 1945, tomo I, p. 85.


15 Sergio Elias Ortiz, Colección de Docum entos, op. cit., II, p. 89.
68 La independencia de Colombia

talentos en Europa. En París cumplió notablemente sil comisión en los


centros y academias de ciencias, y frecuentó los círculos de sabios
como Cuvier, Laplace, Humboldt, etc. También trabó amistad cientí­
fica y política con el general Miranda. Por este tiempo redactó nota­
bles escritos. De regreso en Madrid, ya casado, se consagró a sus habi­
tuales actividades científicas y se encargó de la redacción de El Mercurio
y la Gaceta, y en 1804, al morir Cavanilles fue nombrado para dirigir
el Jardín Botánico y desempeñar la cátedra de botánica; más tarde
aceptó la dirección del Semanario de Agricultura.
Ante el desprestigio de Godoy y de la casa reinante, se afilió Zea
en el partido del más avanzado liberalismo europeo que recibió del
pueblo el nombre de los Afrancesados; desde El Mercurio se inició con
iguales éxitos en la prensa política. Elegida para la Junta de Notables
constituida a raíz del motín de Aranjuez que inició el derrumbe de la
monarquía, Zea viajó a Bayona en compañía de varios delegados y par­
ticipó^ en las Cortes que aprobarían nueva carta constitucional, en re-
preseritación de Guatemala. Cultivó amistad con José Bonaparte que
Ib apreció y nombró director general del Ministerio del Interior, y más
tarde prefecto de la ciudad de Málaga.
Ya en marcha el movimiento de independencia de España y re­
cuperada la soberanía de la nación, Zea fue condenado a muerte como
traidor a la causa de Fernando VII. Ducho de huidas, voló a París, y
luego a Londres, de donde partió en 1815 para las Antillas, dispuesto
a participar en la independencia de su patria. En Haití conoció a Si­
món Bolívar, cuando éste, también fugitivo de Cartagena, buscaba el
auxilio del noble demócrata Petión para continuar la lucha. Allí, esti­
mulados por los comunes ideales, se unieron los dos revolucionarios
proscritos que más tarde, en 1819, proclamarían la creación de la gran
República de Colombia.

F r a y D ie g o P a d il l a

Este santafereño eminente, ornato de la orden agustiniana, descue­


lla entre todos los eclesiásticos patriotas por el vigor de su estilo fuer­
temente polemista, la solidez de sus ideas republicanas, la adhesión sin
desfallecimientos al nuevo orden que defendió como publicista y ora­
dor y la fama de virtudes de religioso ejemplar.
Experiencias y conocimientos ie viajeros granadinos por Europa 69

Ingresó al convento de San Agustín y continuó sus estudios en la


Universidad agustiniana de San Nicolás de Barí donde cursó filosofía
y teología, a la vez qué por sus propios medios intensificó los estudios
históricos, jurídicos y políticos. Más tarde lo encontramos establecien­
do cátedras de matemáticas y música y dictando cursos de geografía y
geometría.
A su cultura polifacética —alabada por sus contemporáneos— y al
dominio de las lenguas clásicas y modernas juntaba dotes extraordina­
rias de orador. Todo lo cual lo llevó, en 1784, a Roma como discreto
en el congreso internacional de la Orden. Allí brilló y llamó la aten­
ción de los mejores literatos y filósofos. Visitó diversas ciudades de Ita­
lia y España, completando su formación intelectual con las «luces» que
irradiaban las postrimerías del Setecientos.
Por curiosa coincidencia, en 1751, año del nacimiento del maestro
agustiniano, comenzó la publicación de la Encyclopedie ou Dictionnaire
raisonné des Sciences, des arts er des métiers, gran tarea académica, obra de
la burguesía ilustrada. En el Nuevo Reino, el espíritu de la Enciclope­
dia tenía que impregnar a nuestros intelectuales —como ya hemos vis­
to— por más que estuviesen reciamente formados en la ortodoxia ca­
tólica. Sin embargo, sólo se ha encontrado su huella directa, además
de Nariño, en fray Diego Padilla, quien tradujo y publicó, en 1810, un
Tratado de Economía Política de Rousseau inserto en el Vol. V (1755)
del famoso Diccionario. Pero lo hizo ocultando cuidadosamente el
nombre del verdadero autor que apenas ha venido a descubrirse en los
últimos años 16. Esta publicación del renombrado teólogo, ocultando él
nombre de Rousseau, se explica porque entre El Contrato Social (1762)
y el Discurso sobre Economía Política del ginebrino median grandes dife­
rencias doctrinárias, y por ello en otros temas el religioso agustiniano
pudo mostrarse abiertamente antirrusoniano. Y no olvidemos que en
la cátedra de la Nueva Filosofía que él leyó en la Universidad, se exa­
minan las ideas de Descartes, Bacon, Newton, Locke, Montesquieu y
otros autores coetáneos. En la biblioteca de Félix Restrepo y otros ilus­
trados no aparece ni un solo tomo de la Enciclopedia. Fueron, pues,

16 Rafael Gómez Hoyos, L a Revolución G ranadina, op. cit., pp. 329 y ss. Orense
Popescu, Un tratado de Econom ía P olítica en San tafé de B ogotá, en 1810. E l enigm a de Fray
D iego P adilla, Bogotá, 1968.

\
70 La independencia de Colombia

Nariño y el padre Padilla los únicos introductores en el Nuevo Reino


de la Enciclopedia, celosamente escondida.
El maestro agustiniano que fue firmante del Acta de la Indepen­
dencia, se dedicó a defenderla en multitud de folletos-yen el periodis­
mo, pues fundó y dirigió el Aviso al Público, erudito y polémico. Inser­
tó también en este periódico la célebre Carta a los Españoles Americanos
del padre Viscardo, por manera que gracias a él este documento revo­
lucionario vino a ser conocido y apreciado en el Nuevo Reino.
1 El ilustre Padilla asistió al Congreso de las Provincias Unidas, en
1815, y sostuvo valientemente a la Primera República hasta su caída.
La prisión y el destierro a España fueron el precio doloroso con que
pagó su adhesión a la libertad. ,
Éstos fueron los granadinos que tuvieron la oportunidad de viajar
a Europa, lo cual completó con abundantes luces la instrucción reci­
bida en su patria y los estimuló en el camino emprendido hacia la se­
paración de España.
Capítulo IV

OTROS FACTORES CULTURALES

En el proceso —es decir, la sucesión de hechos— de nuestra eman­


cipación, no debemos perder de vista una serie de factores que concu­
rren a la formación de un clima, de un ambiente, en el cual se fermen­
tan las ideas y aparecen las circunstancias históricas en que aquéllas se
traducen en acción. Porque —como comenta justamente el historiador
Demetrio Ramos—, «entre el desarrollo de la idea y el movimiento in-
dependentista en sí, hay una gran distancia que es preciso salvar» l.
Pues bien, además de las reformas de estudios, del aspecto eco­
nómico-social, las desigualdades entre españoles y criollos, las protestas
contra los impuestos y las revueltas estudiantiles —dejando siempre
como elemento vertebral el ideario y los viajes de los promotores—,
existen otros elementos que determinaron en no pequeña proporción
el clima propicio para la revolución. Veamos algunos de estos factores
culturales que —como afirma el citado escritor— hicieron posible que
grupos miñoritarió pasaran a ser protagonistas.

L as S o c ie d a d e s P a t r ió t ic a s d e A m ig o s d e l P a ís

Por Cédula de 1775 aprueba Carlos III los estatutos de la Socie­


dad Económica Matritense de Amigos del País, que inicia una larga
serie de Sociedades, nacidás dentro de la aristocracia del saber, a la que

1 Dem etrio Ram os, W agram y sus consecuencias, como determinante del clim a público de
la revolución de 19 de ab ril de 1810, en C aracas, Madrid, 1961, p. 13.

\
72 La independencia de Colombia

se quiere incorporar la del linaje. Campomanes y Floridablanca la apo­


yan en todas la formas.
Siguiendo estos ejemplos, en 1782 se funda en Medellín por el
presbítero José Londoño Piedrahita —con licencia del· virrey Flórez—
pues quiere emplear sus bienes de; fortuna «en beneficio de su patria»,
fomentando «la agricultura, la industria y la aplicación al trabajo, como
fundamento en que estriba la felicidad de los Estados y pueblos»2.
En 1784 se establece otra Sociedad en Mompox, presidida por el
teniente coronel Gonzalo José Hoyos. En Santafé Mutis constituye, en
1801, la Sociedad Patriótica de Nuevo Reino con las mismas miras del
fomento de la economía y del civismo, o como se decía, de policía.
Tarribién en Popayán hubo intentos serios para la fundación, promo­
vida con entusiasmo por Caldas, quien se quejaría de la frustración de
tan nobles propósitos, con palabras que pueden ser suscritas en nues­
tros días para tantos proyectos igualmente hermosos que no han sido
realizados:
\

Sabemos que en esta capital se acaloró ha pocos años el proyecto de


una Sociedad Patriótica; sabemos que se formó expediente sobre este
objeto interesante; y sabemos que todo quedó reducido a un bello
pensamiento. ¿Por qué desgracia funesta a nuestra felicidad, todos es­
tos proyectos benéficos se desvanecen? ¿Hay acaso algún genio ene­
migo de la Nueva Granada que los entorpece o los armina? No, nin­
guno se opone a nuestra prosperidad: nuestro poco patriotismo,
nuestra indolencia, nuestras ideas individuales centradas dentro de
nosotros mismos arruinan la grandeza y la felicidad públicas. ¡Ojalá
estas reflexiones hagan impresión en nuestros conciudadanos!3.

Estas preguntas y estas mismas respuestas han podido hacerse


nuestras gentes, muchas veces, a lo largo de nuestra historia.
También en Cartagena se fundó otra Sociedad Patriótica por im­
pulso de ese dinámico patricio don José Ignacio de Pornbó, quien va­
rias veces hace alusión a las labores desarrolladas por ella, l o mejor de
la tradición y de la novedad, con generoso sentido integrador, fue pro­
pio de los Amigos del País.

2 Juan Manuel Pacheco, L a Ilustración en el N uevo Reino, op. cit. p. 72.


3 Gabriel Porras Troconis, H istoria de la C ultura en el N uevo Reino de G ran ad a ,
p. 348. Sevilla, 1952, Escuela de Estudios Hispano-Americanos.
Otros factores culturales 73

L as tertulias literarias

Ya hemos aludido a la repercusión que tuvo entre nosotros la


moda de las asociaciones literarias y científicas que se instalaron en las
principales ciudades europeas. Estas reuniones, venidas de la Francia
del Directorio, hallaron mejor acogida en Santafé, y corrieron con me­
jor suerte y más larga vida.
Fue don Antonio Nariño, el primero que estableció en su casa una
tertulia de esta índole, ciertamente la más importante por su proyec­
ción en la historia política del país. Estamos en 1793. En sus apuntes
consigna la idea de esta especie de academia que llamó El Arcano de la
Filantropía:

Se me ocurre el pensamiento de establecer en esta ciudad una sus­


cripción de literatos, a ejemplo de las que hay en algunos casinos de
Venecia; ésta se reduce a que los suscriptores se juntan en una pieza
cómoda y sacados los gastos de luces, etc., lo restante se emplea en
pedir un ejemplar de los mejores diarios, gacetas extranjeras, los dia­
rios enciclopédicos y demás papeles de esa naturaleza. A determina­
das horas se juntan, se leen los papeles, se critica y se conversa sobre
aquellos asuntos, de modo que se puedan pasar un par de horas, di­
vertidas y con utilidad4.

Los diversos contertulios fueron: José María Lozano, marqués de


San Jorge, don José Antonio Ricaurte, don José Luis Azuola, don Fran­
cisco Antonio Zea, don Francisco Tovar, sacerdote, don Joaquín Ca-
macho, doh Juan Esteban Ricaurte y don Andrés José de Iriarte.
Los diseños realizados por él para adornar la sala de reuniones,
son reveladqres de sus simpatías por los héroes antiguos y contempo­
ráneos, y las inscripciones son reflejo de sus ideas. Las cuatro paredes
estaban dedicadas a la Libertad, a Minerva, a la Razón y a la Filosofía,
y estaban presididas por los retratos de Sócrates y Rousseau, de Tácito
y Raynal, de Jenofonte y Washington, de Cicerón, Demóstones y Wi-
lliam Pitt. Se completaba la decoración de la sala con un obelisco en
el cual se leía la siguiente leyenda: Libertas nullo venditur auro . Se com­

4 Guillermo Hernández de Alba, E l Proceso de N ariñ o , a la luz de documentos inédi­


tos. Bogotá, 1958, p. 146. Con pequeñas variaciones también cita este párrafo Porras.
74 La independencia de Colombia

pletaba eon un retrató del propio Nariño con un amplió horizonte por
fondo y en él un sol con esta leyenda: «Tempora, temporibus succe­
dunt».
Todos estos alardes literarios llenos de intenciones políticas no fue
poco lo que perjudicaron al Precursor a lo largo del juicio por la pu­
blicación de Los Derechos del Hombre. Pero no tenemos testimonio pre­
ciso de lo allí tratado, aunque se supone que se debatieron tanto cues­
tiones filosóficas y científicas, como literarias y políticas.
La Tertulia Eutropélica fue formada por don Manuel del Socorro
Rodríguez, cubano, fundador del periodismo colombiano y director de
la Biblioteca Real, donde se reunían varios contertulios. Dada la ma­
nifiesta adhesión de don Manuel a la monarquía, allí solamente se tra­
taban temas literarios y artísticos, y acaso por esta circunstancia y la
psicología bondadosa y llena de candor del bibliotecario, las reuniones
eran las menos frecuentes, pero las más constantes. A ellas acudían José
María \Valdés, Francisco Antonio Rodríguez, José María Gruesso y Ra­
món Ftanco, entre otros.
El más famoso de estos círculos fue el del Buen Gusto, reunido en
los salones de una aristocrática y culta dama, doña Manuela Santama­
ría de Manrique, aficionada a las ciencias naturales y a la literatura. De
noche se llenaba el salón con los literatos de Santafé. De entre los po­
líticos y futuros dirigentes de la emancipación, sobresalían Camilo To­
rres, Frutos Joaquín Gutiérrez, el poeta José M. Salazar, Manuel Rodrí­
guez Torices, Custodio García Rovira, el canónigo Nicolás de Omaña,
Francisco Antonio Ullosa, José Fernández Madrid, y otros.
Tras estas reuniones que en apariencia tenían como principal ob­
jetivo incrementar la agricultura, el comercio, y las artes, se escondía el
ideal de la independencia; entre una deliciosa taza de chocolate bien
acompañada, y la recitación de unos versos o el comentario de las no­
ticias venidas de Ultramar, se tramaba una secreta conspiración, se leían
libros prohibidos, se conocían principios fundamentales ¡ de derecho
público y de ciencia administrativa, se aprendía a amar ideas que hasta
entonces estaban ocultas y se consideraban como sacrilegas, y en una
palabra se cultivaba el fermento revolucionario.
Las tertulias se extendieron por todo el virreinato y fueron cierta­
mente vehículos de la Ilustración que, con el amor a las letras, fomen­
taron, inclusive entre las mujeres, el sentimiento patriótico, el deseo de
progreso y de imitación en la lucha por la libertad. ~
Otros factores culturales 75

E l periodismo

Tras algunos intentos iniciales emprendidos por un anónimo


«mantenedor del esplendor de las artes y de las ciencias», en 1791 Don
Manuel del Socorro Rodríguez, espíritu inquieto y enamorado del pro­
greso de su patria adoptiva, empezó a editar el Papel Periódico de Santafé
de Bogotá , con el patrocinio del virrey Ezpeleta. Fue, más bien, una
revista semanal que publicaba largos ensayos sobre temas de diversa
índole5. ,
Por tratarse del primer periódico del Nuevo Reino, nos detendre­
mos en el estudio de la personalidad de su autor y en la publicación
que supo mantener por tan prolongados tiempos, por encima de las
críticas e inercia de sus contemporáneos.
Don Manuel del Socorro Rodríguez —el literato que más debe ad­
mirar la posteridad granadina y cuya memoria debe ser eterna, al decir
de don José María Vergara y Vergara—, llega a Santafé en la segunda
mitad de 1790. Nacido en Bayona, Cuba, autodidacta, había obtenido
en La Habana el título en humanidades, y al ser promovido don José
de Ezpeleta de capitán general de aquella isla al Virreinato de Santafé,
tuvo la brillante idea de traer consigo a aquel modesto cultor de las
letras a quien puso al frente de la dirección de la Biblioteca Real.
A instancias del virrey —verdadero prototipo de los mandatarios
ilustrados—, al año siguiente de su llegada, Socorro Rodríguez, funda
el órgano periodístico Papel Periódico de Santafé de Bogotá , que aparece
el 9 de febrero de 1791 y perdura hasta el 12 de agosto de 1796, con
un total de 270 números.
En el primer número expone los propósitos que le animaron, a
los cuales fue inquebrantablemente fiel:

La utilidad común será el primer objeto que desde luego se pbndrá


ante sus ojos. Este recíproco enlace que forma la felicidad del Uni­
verso, hará en su ánimo una sensación que no podrá mirar con indi­
ferencia. Y mucho más cuando considerándose un republicano como

5 Antonio Cacua Prada, ¡don M an uel del Socorro Rodríguez, Itinerario documentado de
su vid a, actuaciones y escritos, Bogotá, 1966. Com o ya hemos apuntado, era de nacionali­
dad cubana don Manuel del Socorro Rodríguez, considerado como el iniciador del pe­
riodismo en Colombia.
76 La independencia de Colombia

los otros, ve que la definición de este nombre le<constituye en el


honroso empeño de contribuir a la causa pública.

El director abre las páginas a todos los colaboradores que deseen


exponer sus ideas, y no fueron pocos los personajes que dieron a co­
nocer sus escritos en el Semanario: Mutis, el primero de todos, que
engalanó sus páginas con el excelente estudio/ El Arcano de la Quina ,
seguido de muchos de sus discípulos como Félix de Restrepo, Pedro
Fertnín Vargas, José Manuel Restrepo, fray Diego Padilla, etc. Con el
fin de estimular a los escritores, propone premios para el desarrollo de
diversos temas de interés general, los critica si no le satisfacen, y no
deja de censurar la pereza de los granadinos. Muestra su afán por la
renovación de los estudios y la promoción dé las lecturas literarias, para
lo cual cita con frecuencia numerosos prosistas y poetas de España y
América; arma polémicas estimulantes, redacta ensayos, discursos, poe­
mas y ^nadrigales que no están a la altura de sus buenas intenciones,
pues ciértamente no le inflámaba el estro poético.
En su propósito persistente de despertar el amor de las letras, em­
pieza por el cultivo del idioma castellano como instrumento el más
apto, pues profesores y escritos hacían alarde de preferir el uso de la
lengua latina, como señal de distinción y de cultura:

Si nuestros literatos —escribía— hubieran perseguido la ilustre empesa


de enriquecer su lengua y no que por afectar una mezquina e indis­
creta erudición prefirieron la latina, hoy tendría España todas las
ciencias sujetas a su lenguaje... Nadie puede dudarlo, porque no sólo
se habría enriquecido el idioma sino que se hubieran hecho unos
descubrimientos singulares por la facilidad que había para ello. Es un
dolo que la lengua del Lacio se prefiera a la de Castilla y más en la
Castilla misma...
i
■ .-i

El apasionado amante de los libros da por cierto que el periodis­


mo es el mejor vehículo para la Ilustración:

El espíritu del siglo es propenso a la Ilustración, a la humanidad y a


1la, filosofía. La América que desde muchos tiempos se halla poseída
de estas mismas ideas, se ha unido insensiblemente en adoptar un
medio muy oportuno para transportarlas, que es el de los periódicos.
Otros factores culturales 77

Y tan persuadido estaba de esta necesidad de la prensa, que una


vez terminado el Papel Periódico, en los años siguientes continuó sacan­
do a la luz nuevos semanarios con diversos títulos.
En materias políticas, el bueno de don Manuel se mostró acérri­
mo partidario de la monarquía, y ella absoluta, pues sostenía que «un
hombre investido de suprema autoridad se echa sobre sí la obligación
de sacrificarse todo por el bien, descanso y seguridad de un gran nú­
mero de vivientes, que de otra suerte: serían lastimosas víctirnas de sus
pasiones y caprichos». En la defensa ingenua de esta posición, llega a
considerar al soberano como un ¿ '

un vice-Dios caracterizado por la misma elección de la Providencia


eterna y no por las intrigas y superchería de la ambición... Confese­
mos que este hombre, colocado por el mismo Cielo, es el único que
puede hacer que sus vasallos disfruten de la más completa libertad,
porque él la tiene en toda su extensión para defender los derechos y
justicia de cada uno.

Y pensar que por una de esas frecuentes ironías de la historia, este


fiel súbdito del rey, terminó sus aventuras periodísticas como director,
en 1810, de La Constitución Feliz, órgano de la Junta Suprema de Go­
bierno, que se quedó en el primer número, acaso porque sé consideró
que aquel antiguo monarquista carecía de suficiente nervio para pro­
pagar los principios de la nueva democracia.
El viejo periodista acaso decepcionado por la transformación po­
lítica que se desarrollaba ante su fatigado espíritu, se refugia en la so­
ledad de slij. biblioteca, pero se inclina en favor de Nariño quien le ha­
bía ofrecido su Imprenta Patriótica para la impresión de muchos de sus
escritos. En un gesto propio de los caballeros medievales, horrorizado
ante los males de la guerra civil y para evitar el derramamiento de san­
gre, se ofrece con toda seriedad para sostener con el brigadier Baraya,
jefe militar del federalismo, un combate singular a manera de juicio de
Dios.
El 7 de julio de 181?, cuando avanzaban las tropas libertadoras
de Bolívar y Santander sobre el Nuevo Reino, muere éste infatigable
trabajador intelectual, a cuya memoria Colombia ha consagrado justos
homenajes. Porque don Manuel, verdadero mecenas, despertador de
conciencias, que en todas las formas trató de impulsar la cultura de la
78 La independencia de Colombia

ciudad y de la nación, a las cuales sirvió con amor entrañable. Las in­
quietudes de la Ilustración hallaron eco en este espíritu de selección,
fiel intérprete de la piadosa y pecata Santafé, pues vituperó fuertemen­
te los excesos e impiedades de la Revolución Francesa.
Para conmemorar el II Centenario de la Biblioteca Nacional, el
Banco de la República, eminente propulsor de la cultura patria, publi­
có en 1978, en cinco tomos, la colección de los números del Papel
Periódico, proporcionándonos, con la grata lectura de aquellas añosas
paginas, el placer de penetrar en los problemas, inquietudes y senti­
mientos de la sociedad granadina en los finales del siglo xviii.
Continuando con la reseña del periodismo de aquellos días ante­
notes a la emancipación, en 1801 empezó a publicarse el Correo curio­
so, erudito, económico y mercantil de Bogotá, bajo la dirección del presbí­
tero José Luis de Azuola y don Jorge Tadeo Lozano. En su largo título
ya anunciaba el contenido, y al terminar la explicación del prospecto,
los fundadores se sentían felices

si estas semillas, sembradas al comenzar el siglo xix, produjeran a su


final mayor utilidad y común felicidad, logrando nuestra patria el
dulce nombre de ciudad y reina floreciente, émula de la gloria de
Atenas en su propiedad y emporio de las sanas costumbres, ciencias
y sabiduría.

Utilidad común, felicidad, emporio de ciencias y sabiduría, son


términos que reflejan adecuadamente el espíritu de la Ilustración. Y es
curioso que aquí resuene el nombre de Atenas, que en los últimos de­
cenios del siglo xix, varios escritores extranjeros darían a la ciudad de
Bogotá.
Tampoco le faltaron al Correro curioso sus acerbos críticos, y por
dificultades económicas sólo pudieron editarse 46 números. Pero fue
un esfuerzo que no se perdió.
En 1806 don Manuel del Socorro volvió a la cargá y fundó el
Redactor Americano, que era mensual, dedicado a transmitir noticias de
América y Europa. A pesar de su extensión y tediosas disertaciones,
prolongó su vida hasta 1809, con 71 números. Además, el editor pro­
puso interesantes iniciativas, como la de crear una Miscelánea Selecta de
Literatura Americana, de una Biblioteca Americana y de uñ Diccionario
Histórico de América, todo complementado con el establecimiento de
cátedras de historia de América y de un Museo de artes americanas.
Otros factores culturales 79

Y llegamos a la más alta cumbre de nuestro periodismo científico,


el Semanario del Nuevo Reino, «fruto maduro de la Ilustración, plantada
por Mutis», al decir de Juan Manuel Pacheco S. J . 6.
Francisco José de Caldas, el más aprovechado discípulo de Mutis,
lo sacó a la luz pública el 8 de enero de 1808, consagrado a «las cien­
cias, artes, agricultura, comercio, industria, caminos, canales, descubri­
mientos, economía política y literatura en general», con el objeto de
promover «la ilustración y la felicidad de estos reinos», y aprovechar
«los inventos y discursos particulares, cuya utilidad de lo contrario tal
vez permanecería ceñida lastimosamente a límites muy estrechos».
Más tarde, Caldas amplía y concreta más los objetivos del Sema­
nario, con un sentido impresionante de la realidad ambiente:

Un pueblo que no tiene caminos, que su agricultura, su industria, su


comercio casi agonizan, ¿cómo puede ocuparse en proyectos brillan­
tes y las más veces imaginarios? El cultivo de una planta, un camino
cómodo y más pronto, el plano de un departamento, la latitud y
temperatura de un lugar, el reconocimiento de un río, etc., son asun­
tos más importantes que todas aquellas cuestiones ruidosas que pue­
den lucir el genio, la erudición y la elocuencia... El Semanario es un
papel serio, y está consagrado a memorias útiles sobre los puntos que
más interesan.

Memoria, discurso, ensayo , toda esta nomenclatura es la más propia


y genuina del Siglo de las Luces.
Los colaboradores constantes fueron los personajes más eruditos
de su tiempo, rpuohos vinculados a la Expedición Botánica, y casi to­
dos inscritos más tarde en el martirologio de la patria. Fue, pues, el
Semanario, más que periódico informativo, revista de alta cultura que a
pesar de la seriedad de los estudios publicados alcanzó gran difusión y
fue reclamada en todas las ciudades del Nuevo Reino. Y sin embargo
también le cayeron censuras. Las que más le dolieron a Caldas fueron
las que atacaron sus creencias religiosas, lo cual le inspiró erguidas pro-I

I ■" - :
6 L a Ilustración en el N uevó R eino, p. 146. Porras Troconis escribe que el Semanario
«fue una publicación que superó desde el primer número a cuantas, hasta entonces, se
habían hecho y se hicieron en los años posteriores, no sólo en el Virreinato, sino en
todo el Continente». Op. cit., p. 384.
80 La independencia de Colombia

testas. Parece que nuestras clases altas se especializaban en la indolen­


cia para actuar y el espíritu crítico para atacar las empresas.
Uno de los ensayos de Caldas, entre los muchos que publicó, ver­
daderas páginas antológicas desde el punto de vista científico y litera­
rio, el de mayor interés por el tema, el estilo y las influencias intelec­
tuales que muestra, fue la monografía titulada El influjo del clima en los
seres organizados, que llenó varias entregas publicadas en 1808. Todavía
puede leerse y citarse con provecho.

L ibros ortodoxos y prohibidos

Ensalza Paul Hazard —con toda razón— la obra intelectual del be­
nedictino fray Benito Jerónimo Feijoo que desde su celda incitó a Es­
paña al progreso: «Enciclopédico, Feijoo era teólogo, historiador, hom­
bre de'letras, hombre de ciencias, reformador, patriota, cosmopolita. Y
por ser todo esto, era profundamente cristiano» 7.
Pues bien, fue tan grande y extenso el influjo del sabio benedicti­
no en nuestra patria, que don José Manuel Restrepo, colaborador de la
Expedición Botánica y del Seminario de Caldas, futuro secretario de Es­
tado de Colombia y primer historiador de la Revolución, en la lejana
provincia de Antioquía —cuando apenas contaba 18 años— confiesa que
la lectura de Feijoo «le fue muy útil y lo estimuló en el estudio, dán­
dole algunos principios de crítica y despejando su entendimiento de
muchas rancias preocupaciones de aquel tiem po»8.
Encontramos sus obras en varias bibliotecas del país. En los con­
ventos de los religiosos no faltaban el Teatro Crítico y las Cartas Erudi­
tas, así como la Demostración crítico-apologética del Teatro Crítico. Y en
las bibliotecas de los proceres no faltaban: en la de Antonio Nariño,
Camilo Torres, Joaquín Camacho, etc. El bibliotecario Socprro Rodrí­
guez hacía alto aprecio de Feijoo, «que ha ilustrado tanto ¡nuestra lite­
ratura y cuyo juicio merece ser preferido al de muchos sabios». Tanto,
que cuando Morillo visitó al leal súbdito de Su Majestad, en su mo­
desta habitación de la Biblioteca Pública, lo encontró leyendo un tomo
del Teatro Crítico.

7 E l Pensam iento europeo, op. cit., p. 124.


8 José Manuel Restrepo, A u tobiografía , Bogotá, 1957, p. 8. v

I
Otros factores culturales 81

En realidad los libros del sabio benedictino fueron un despertar


poderoso de la conciencia granadina y un vivo acicate a la investiga­
ción y al análisis crítico de las ideas reinantes y de las instituciones.
Resulta curiosa la propagación de varias ediciones de los escritos de
Feijoo, entre religiosos, sacerdotes y seglares. Seguramente su estilo fá­
cil y la claridad de su pensamiento, junto con la novedad de los temas
le atrajeron innumerables y apasionados lectores^
Don Félix de Restrepo, tío de don José Manuel, desde 1782 ejer­
ció la docencia de la filosofía, artes e instituta en el Colegio Seminario
de Popayán, donde prolongó su magisterio hasta 1811, por manera que
formó un grupo selecto que después brilló en los días de la indepen­
dencia de la Primera y la Segunda República.
En sus numerosos escritos rechaza el panteísmo de Espinosa y el
espíritu enciclopedista de Bayle y «demás corifeos de la impiedad». Cita
al abate Juan Andrés, a Wolf, Descartes, Leibnitz y Newton. El natu­
ralista autor del Espectáculo de la naturaleza , N. A. Plucke, que gozó de
mucho prestigio entre nuestros intelectuales, es citado varias veces, lo
mismo que el Antilucrecio del cardenal de Polignac. Sigue las ideas de
Antoine Arnaujd en su Arte de pensar y las de Malebranche. En la físi­
ca experimental trae una documentación riquísima, pues abarca los
nombres más sobresalientes en las ciencias físicas y matemáticas: New­
ton, Leibnitz, Descartes, Galileo, Bacon, Boscovich, Pascal, Laplace,
Gravesande, Lavoisier, Kepler, Halley, Boyle. También cita, para refu­
tarlos, «a los famosos materialistas Hobbes, Bayle, M .Voltaire, etc.».
Pero acepta algunas tesis del autor del Emilio. En materias jurídicás y
políticas, cita a Suárez, Vitoria, Vázquez de Menchaca, Covarrubias,
Saavedr^ y Fajardo, etc. Fue el animador entusiasta y constante de la
doctrina de la igualdad específica de los hombres y, en consecuencia,
de la libertad de los esclavos.
Ya apuntamos que Nariño fue dueño de nutrida y variada bibliote­
ca, en la cual prevalecían obras de carácter religioso, los clásicos griegos
y latinos y libros de filosofía, política y derecho. Ahí brillan Solórzano
y Pereira en todas sus obras; Soto, Covarrubias, Grocio, Belarmino,
Saavedra y Fajardo, Historia Universal de América y España. En lite­
ratura, Cervantes, Feijoo, sor Juana Inés, Milton, Ercilla, fray Luis de
Granada, etcétera.
Esto en cuanto a la ortodoxia. Cuando, advertido por sus amigos
de las pesquisas que harían las autoridades en su casa, se previene tra-

\
82 La independencia de Colombia

tando de esconder los libros prohibidos, varios de los cuales habían


sido comprados a Vargas, antes de la salida del Reino. Pero al fin fue­
ron descubiertos por el implacable oidor Mosquera y Figueroa, quien
los clasificó en las actas de la siguiente manera:
Les pensées de M. Voltaire.
Essais sur le Despotisme.
Le Gouverneur ou Essai sur Veducation, par M. D. L. T.
Encyclopédie Méthodique.
Histoire de L'Empire de Sussie, par M. Voltaire.
Histoire philosophique et politique des etablissments y et du commerce des
Européens dan les deux Indes, en diez tomos, por el abate Ray-
nal. \
Ilistoire du Régné de l'Empereur Charles V, en seis volúmenes y la
Historia de la América, de Robertson, en cuatro tomos.
La vie de Phippe II, en seis tomos.
Vida de Federico II, en dos tomos, impresa en Madrid.
Les Provinciales, de Pascal.
Recueil des Lois constitutives des Etats Unis de l'Amerique, repetido.
Vérités philosophiques, por M. de M.
L'esprit des lois y Lettres persanes, de Montesquieu.
Recherches philosophiques sur les Américains, par M. de P.
La morales universelle oy les devoirs de l'homme fondés sur ta nature.
De l'importance des opinions religieuses, par M. de Necker.
Abrégé de la Revolución des Etats Unis d'Amerique.
Logique, par Condillac.
Ovidio, el tomo V de Amores.
Pedro Fermín de Vargas fue quien introdujo la mayor parte de estos
libros, acaso valiéndose del cargo que ocupaba en la secretaría del Vi­
rreinato. Pero cuando ya recorrería las Antillas, confió al cuidado de
un amigo en La Habana los libros que lo acompañaban, cafci todos de
medicina y de historia natural. Sin embargo, todavía aparecen en la
lista la Lógica de Condillac, la Historia Natural de Buffon, las Cartas
persianas de Montesquieu y Helvetio 9.

9 En carta escrita en Kingston, en 1796, a don José Fuertes, Administrador de C o­


rreos de La Habana, Vargas le dice: «Habiendo recogido en mis viajes algunos libros de
Historia Natural y de Medicina, profesiones que hacen hoy el único consuelo de mi
Otros factores culturales 83

La sólida formación clásica en las humanidades, en especial en to­


das las ramas del derecho, de don Camilo Torres, la verdadera concien­
cia jurídica de la revolución, no lo acercó a las fuentes francesas. Al
lado de recopilaciones de leyes, campean los mejores tratadistas del de­
recho romano, español e indiano, y canónico: Azavedo, Gutiérrez, So-
lórzano, Antonio Gómez, Donato, Herocourt, Bobadilla, Matienzo,
Manzano, Castillo, Velasco, Heineccio, Llórente, Muratori* Filangieri,
etcétera 10.
Don Joaquín Camocho. El inventario que creemos incompleto, de
sus libros, fue hecho por las autoridades españolas antes del sacrificio
del procer. Soblesalen en su biblioteca todas las obías de Covarrubias,
Villadiego y Bobadilla en su Política , Salas en sus Instituciones Romano-
Hispánicas, Solórzano, Murillo, y otros civilistas y canonistas. También
poseía las Leyes de Partida de Castilla y de Indias, y obras de Jovella-
nos y Condillac. Su auténtico pensamiento es bien patente, junto con
estas influencias, en las Cartas de Suba y en el Diario Político, que pu­
blicó con Caldas.
Como todos los promotores del movimiento independentista eran
afamados abogados, en sus alegatos y escritos aparecen casi todos los
libros anteriores. Sólo don M iguel de Pombo, sobrino de don Ignacio y
don Manuel, quien fue ferviente partidario de los principios federalis­
tas de la revolución norteamericana, se acerca más á la línea de los
enciclopedistas, pues cita profundamente a Montesquieu, Raynal,
Mably, Rousseau, Robertson, etc. Y así, de acuerdo con sus ideas, du­
rante la agitación del 20 de julio de 1810, hizo famosa esta frase: «Los
tiranos, señor, perecen, los pueblos son eternos». No hemos de olvidar
que a Miguel de Pombo se debe la traducción de la Constitución y
Actas de independencia de los Estados Unidos, a lo que antepone su
Discurso preliminar sobre los principios y ventajas del sistema federativo.
El economista don Ignacio de Pombo en todos sus escritos .hizo
alarde de su vasta erudicción en estas materias. Al exigir una renova­
ción del ordenamiento económico más compatible con la dignidad y
la libertad natural del hombre y por ende más justo, invoca claros pos­

vida, he determinado enviarlos a esa plaza, a ponerlos en seguridad... y me tomo la li­


bertad de dirigírselos». Cfr. Sergio Elias Ortiz, Colección de Docum entos, Segunda Serie,
Bogotá, 1965, p. 30.
10 Revista Bolívar, n.° 46, Bogotá, 1957, L a biblioteca de Cam ilo Torres.
84 La independencia de Colombia

tulados políticos y filosóficos, tomados de autores españoles, franceses,


ingleses y norteamericanos. Si para él la libertad económica —procla­
mada en todos los tonos— se fundamentaba en la libertad civil y polí­
tica, necesariamente sus ideas llevaban el germen de la revolución. Las
trabas a la libertad de industria, y comercio que había puesto la monar­
quía, recibían de este ciudadano embargado por el anhelo del bien co­
mún, la más demoledora crítica, la cual se extendía a todo el sistema
económico colonial.
Sus fuentes bibliográficas son, como dijimos antes, abundantísi­
mas. En botánica trae a cuento párrafos de Humboldt, La Condamine,
Linneo, Bernardino de Saint-Pierre, Fucroy, y otros autores americanos.
Seitianarios de agricultura, diarios y gacetas y diccionarios acuden a
sostener su tesis. Le son muy familiares Gampomanes, Floridablanca y
Jovellanos, este último con su famoso Discurso sobre la Ley Agraria.
Adam Smith es citado en Riqueza de las Naciones, en inglés, y se la­
menta de que todavía, en 1794, no haya sido vertido al castellano,
aunque hace ostentación en varias páginas de una violenta anglofobia;
en cambio, no disimula su admiración hacia los Estados Unidos. Por
ello incluye varias veces párrafos del presidente Jefferson y apartes del
economista Albert Galletin, secretario de finanzas del país del norte.
No le son desconocidos Unanue, Necker, Ward, el español Peñaranda.
De Campomanes extracta largos párrafos de su Discurso sobre el Comer­
cio. Yeto sobre todo destaca por su capacidad de observación, de fino
administrativo y político, así como por su sagaz visión del porvenir.
Con razón Pombo escribió a Mutis: «Con libros y aplicación, se
consigue saber cuanto se quiera».
Mas la Ilustración no sólo distinguía a los patriotas y así en la
biblioteca del mismo arzobispo-virrey figuran los Ensayos de Locke y
El espíritu de las leyes de Montesquieu , libro profundamente leído y cita­
do, y que figura en varias bibliotecas privadas. La del sabio Mutis es
abundantísima en libros científicos y también filosóficos] qué natural­
mente estuvieron al servicio de los colaboradores de la Expedición Bo­
tánica. El mismo Socorro Rodríguez, pecato y apegado a la tradición,
en una nota de su periódico que explica el motivo de no haber com­
puesto en verso su poema El imperio de la virtud , cita un artículo de
D ’Alembert sobre la poesía.
Desde aquellos lejanos tiempos, y superando todas las barreras le­
gales y geográficas, nuestras gentes amaban la lectura, y esta afición era
Otros factores culturales 85

tan notoria, que los viajeros europeos que por acá visitaron las ciuda­
des y pequeñas villas durante la Gran Colombia, dejaron constancia
con admiración del amor a los libros y los conocimientos que mostra­
ban las personas de la alta sociedad con quienes entraban en contacto.
El mismo Humboldt dejó elogioso testimonio de este hecho.
i
SEGUNDA PARTE

EL MOVIMIENTO REVOLUCIONARIO DE 1810


(1808-1810)

I
Capítulo I

ACONTECIM IENTOS HISTÓRICOS DE ESPAÑA EN 1808

En el largo recorrido hacia la ruptura con España, nos acercamos


a la primera década de 1800, pródiga en acontecimientos políticos ocu­
rridos en la Península que conmovieron hondamente el alma america­
na y produjeron reacciones nunca comparables a las causadas por las
revoluciones de Filadelfia y de Francia.
La historiografía hispanoamericana del siglo xix embelesada con la
independencia de estas patrias, que casi hizo de ella el nacimiento de
la nacionalidad, la exaltó en demasía, desatendiendo la influencia es­
pañola; a su vez, los historiadores españoles contribuyeron a este olvi­
do y mantuvieron cierto desdén por las cosas de América, acaso toda­
vía resentidos por las heridas que dejó la separación. Sólo en los
últimos tiempos, eruditos investigadores como Demetrio Ramos, Jaime
Delgado, Melchor Fernández Almagro y juristas como Fraga Iribame
han rescatado la influencia definitiva del revolucionarismo español en
nuestra propia independencia.
Sólo vamos; a enumerar brevemente los graves sucesos que en este
período se precipitaron: la creciente oposición al régimen corrompido
y tiránico de Godoy, el Principe de la Paz, valido del débil Carlos JV;
el anhelo de reformas políticas que venía desde Carlos III, encarnado
en Aranda, Campomanes y Moñino, para una administración anqui­
losada e inoperante que afectaba mucho más a América; la conspira­
ción de Aranjuez y la caídá de Godoy; la astuta intervención de Na­
poleón que obtuvo la abdicación del monarca y la prisión y
confinamiento de la familia real, y el gobierno de José Bonaparte; y
finalmente el levantamiento del pueblo español del 2 de mayo que ini­
ció la heroica guerra de la independencia contra el invasor francés.
90 La independencia de Colombia

Y comenzó la serie de juntas que necesariamente terminaron por


ser fielmente imitadas por estos dominios que no querían seguir la
suerte de la metrópoli, en caso de ser vencida, y sí imitar su ejemplo
en caso de resultar triunfante. Los Manifiestos o Declaraciones de las
juntas expusieron viejas ideas jurídicas, allá olvidadas, pero vivas en la
conciencia de nuestros juristas, las cuales avivaron el fuego revolucio­
nario l.
Los episodios de España, al ser conocidos confusamente y siempre
tardíamente, crean complejos sentimientos y suscitan actitudes alternas
de zozobra y alegría, lealtad completa en un principio, admiración y
orgullo por los triunfos de las campañas militares; luego susto ante los
triuhfos de los franceses, y anhelos de creación de las Juntas y Cortes
americanas, de las cuales finalmente se pasaría-a la completa emanci­
pación. /
Demetrio Ramos plantea, con Fernández Almagro, el problema de
la falt^ de información en ambos campos, «sumidos unos y otros en
su propio drama». Y agrega:

América, aun sin el conocimiento exacto de la realidad que trepidaba


en los campos peninsulares, tuvo una información de fantasías, tan
nutrida como fabulosa, sobre la guerra española, por lo menos hasta
1810. España, ni siquiera eso. Es más, cuando, ya en 1821, el secre­
tario de Estado don Evaristo Pérez de Castro presenta en las Cortes
su Memoria sobre la anterior legislatura, apenas pudo tocar algún as­
pecto del problema de América, hasta el extremo de que el diputado
señor Moreno hubo de interpelar a Martínez de la Rosa —que pro­
curó cubrir el silencio—, con frases tan terminántes que más bien pa­
recen arrancadas del popular sentimiento que desde años venía a gri­
tar con él: «Se sabe más en las tabernas de Londres que en el
Congreso de España... ¡Dónde estamos!12.

El 17 de junio, la Junta de Sevilla que se llamó Suprepta de España


e Indias, publicó su Manifiesto o Declaración de los hechos que motivaron
la erección de esa Junta que en nombre del señor Fernando VII gobierna los

1 Demetrio Ramos, Orígenes Españoles de la Independencia. E l levantam iento de 1808


y las doctrinas revolucionarias españolas como im pulso de la independencia hispanoam ericana.
Revista Ximénez de Quesada, Bogotá, 1962.
2 Demetrio Ramos, L a s Cortes de C ád iz y A m érica, Madrid," 1963, p. 433.
Acontecimientos históricos de España en 1808 91

Reinos de Sevilla, Córdoba, etc., y demás que vayan sacudiendo el yu go del


emperador de los franceses.
En el recuerdo histórico de los acontecimientos que conmovieron
a España, hace esta ingrata referencia al gobierno de Godoy:

Entretanto, dominaba sobre la España con dominio absoluto y des­


pótico el perverso Godoy, que abusando de la excesiva bondad de
nuestro rey Carlos IV, se apropió en 18 años del favor, los bienes de
la Corona, los intereses de los particulares, los empleos públicos, que
distribuía infamemente todos los títulos, los honores y hasta el trata­
miento de alteza, con las dignidades de generalísimo y almirante...

Después de relatar minuciosamente los hechos de Bayona, declara


que «ha sido, pues, de toda necesidad el que se haya creado lá Junta a
instancia del pueblo y que en uso de sus facultades se haya declarado
independiente, haya desobedecido al Consejo (de Castilla) y Junta Su­
perior, haya cortado toda comunicación con Madrid»; y hace constar
que «las provincias de España van reconociendo en esta Suprema Junta
el fiel depósito de la real autoridad y el centro de la unión sin el cual
nos expondríamos a guerras interiores o civiles que arruinarían del todo
nuestra santa causa».
Al finál viene el llamamiento al pueblo americano, excitado por
el amor común de su rey, a sus leyes, a su patria y a su religión, y
avivado por la advertencia del peligro común:

Amenazan además a las Américas si no se reúnen, los mismos males


que ha sufrido la Europa, la destrucción de la monarquía, el trastorno
de su, gobierno y de sus leyes, la persecución de los sacerdotes, la vio­
lación de los templos, de las vírgenes consagradas a Dios, la extinción
casi total del culto y de la religión: en suma, la esclavitud más bár­
bara y vergonzosa...

Inmediatamente apela a los donativos patrióticos de los cuerpos y


comunidades, de los prelados y particulares, y hace votos porque la
América ha de sostener a España «con cuanto abunda su fértil suelo
tan privilegiado por la naturaleza»3.

3 Este M anifiesto existe en diversos ejemplares en la Biblioteca Nacional, en edicio­


nes hechas en Buenos Aires y Lima.
92 La independencia de Colombia

¿Cómo fueron recibidas estas providencias en el Nuevo Reino?


Es importante, antes de seguir adelante, trazar los principales ras­
gos del personaje a quien le correspondió enfrentarse con la crisis de
la caída del virreinato, el teniente general don Antonio Amar y Bor-
bón. Nacido en Zaragoza en 1742, había cumplido una meritoria ca­
rrera militar el servicio del rey y de España. Nombrado virrey del Nue­
vo Reino en reemplazo de don Pedro Mendinueta, recibió prudentes
instrucciones que lo ponían sobre aviso de las dificultades, desasosie-
gps y conmociones que agitaban estas tierras. Tomó posesión de su
cargo en 1803 con fastuosas ceremonias y regocijos. Ya pesaban sobre
él 61 años que por aquellos tiempos y tras arduos trabajos en la milicia
no eran pocos ni livianos. Sus primeros años de gobierno transcurrie­
ron pacíficamente en medio de la rutina ..Burocrática, con innegables
intericiones de acercar en la atención de los problemas económicos y
fiscales, dentro de las tendencias ya conocidas en anteriores administra­
ciones y movido por cierto ánimo progresita. Tocóle asistir y contri­
buir al creciente progreso cultural, pues fomentó con sus antecesores
las investigaciones de la Expedición Botánica. Hombre bondadoso, ca­
rente de brillo ideológico y de imaginación política, típico representan­
te del ejército, arbitrario y caprichoso, parecía el menos apto para con­
jurar la crucial situación que se le venía encima, acaso sin alcanzar a
medir toda su gravedad.
El presbítero Torres y Peña que ló trató con frecuencia, traza de
él un cuadro nada favorable:

...sordo, poco accesible y demasiado condescendiente con los que li­


sonjeaban con autoridad, al paso que duro y áspero coii los que tra­
taban de moderarla, poco o nada era lo que hacía, o para vigorizar el
interés que los pueblos habían concebido por la causa común de la
nación, o para calmar los recelos y desconfianzas a que¡ dio poco des­
pués ocasión su conducta fría e indolente4. 1

4 José Antonio de Torres y Peña, presbítero, M em oria sobre los Orígenes de la In­
dependencia Nacional, p. 83. Recientemente el profesor Mario Herrán Baquero trató de
descartar Ja borrosa figura del último virrey en una imparcial y hasta benévolá biografíá
apoyada en documentos inéditos, E l virrey don A ntonio A m ar y Bórbón. L a C risis del ré­
gimen colonial en la N u eva G ranada,, Bogotá, 1988. El autor procura dar relieve a su pen­
samiento social y económico.
Acontecimientos históricos de España en 1808 93

Sin embargo, Marco Fidel Suárez dice de él que fue «grande esta­
dista, gran prelado y gran procer de su nación y de su tiempo».
Observa justamente Demetrio Ramos la contradicción que impul­
saba al gobierno de España a deponer a las autoridades godoystas de
la Península, y a confirmar en sus puestos a los mandatarios de Amé­
rica, hechuras y fichas políticas del Príncipe de la Paz, «ante el temor
de que se inclinara ante el Rey José» 5. )
En agosto de 1808 se tuvieron noticias en Santafé de lo ocurrido
en España, y a principios de septiembre llegó el Comisionado de la
Junta, el capitán de fragata don Juan José Pando Sanllorente con el
objeto de obtener el reconocimiento de las nuevas autoridades y reco­
ger los donativos destinados a la guerra con Napoleón.
No fue muy buena la impresión que causó el enviado de la Junta,
si hemos de creer el testimonio de un furibundo partidario del rey, el
presbítero José Antonio Torres y Peña, quien fue precisamente el es­
cogido para pronunciar la oración en la ceremonia de acción de gracias
en la catedral por la proclamación que hizo el Cabildo de Fernando
VII, «el amado», como rey de España y de las Indias.
El 5 de septiembre se celebró la primera Junta de todos los cuer­
pos, en presencia del comisionado, y «a propuesta del virrey, se resol­
vió la jura del monarca, la remisión a España de algunos caudales de
la Real Hacienda y el reconocimiento de la Junta de Sevilla que había
dirigido a aquel comisionado» 6.
La jura del rey se hizo el 11 de septiembre en forma solemnísima,
y el Cabildo hizo a Pando Sanllorente el honor de nombrado regidor
perpetuo, dándole el encargo de llevar al real pendón a la catedral para
la festividad de acción de gracias. Don José Acevedo y Gómez, miem­
bro del Ayuntamiento, redactó la relación de las fiestas de proclama­
ción en térmihos muy zalameros, lo cual no fue óbice para que el 20
de julio de 1810 se constituyera en el orador que mereció el título de
Tribuno del Pueblo y fuera el inspirador del Acta de la Independencia.
Frutos Joaquín Gutiérrez y Camilo Torres hacen burla de la actitud del

5 Orígenes Españoles, op. cit. p, 16: «Se trata, pues, de un doble reconocimiento,
como de un pacto, que al dar continuidad a los mandatarios de la época de Godoy
establece, también, la continuidad de la desconfianza criolla hacia ellos».
6 José Antonio Torres y Peña, M om oria, op. cit. p. 82. Por cierto que el sacerdote
trata de «sediciosa» la proclama de la Junta de Sevilla.
94 La independencia de Colombia

comisionado y de la arenga de Amar y Borbón, a quien no le haría


ninguna gracia la frase condenatoria de Godoy contenida en la procla­
ma de la Junta:

Apareció Sanllorente colocado en un asiento casi igual al del virrey.


La actitud del gran enviado de Sevilla era la de un príncipe otomano,
inmodesta y ridicula al mismo tiempo, acompañada de un aire cho­
cante de elación y superioridad. Sus labios no pronunciaron ninguna
palabra. La Junta se abrió con una pequeña arenga del virrey, tan
misteriosa y confusa, como dirigida a sofocar la voz de los circuns­
tantes. Se leyó el Manifiesto de Sevilla por el secretario don José de
Leyva y se cerró la Junta sin oír a los vocales1.

El autor de las Memorias, tantas veces citado, escribe que

desde que se celebró la primera Junta, se conoció cierto disgusto en


\ algunos concurrentes, de que no se les hubiese dado tiempo para ex­
plicarse como deseaban. Parece que el virrey había disentido al prin­
cipio de las persuasiones de Sanllorente y que éste no había dejado
de trabajar en vencer su repugnancia: pero nada de lo dicho llegó a
traslucirse en el público, lo que hubiera sido demasiado funesto des­
de entonces.

Se queja también de la desidia con que se accedió a colectar los


donativos que Sanllorente debía de llevar a España, pues «se procedió
con tanto abandono y flojedad, que en una situación tan crítica pare­
cía mirarse con indiferencia la suerte de la monarquía y la fidelidad de
los americanos» 8. Con todo, el comisionado Sanllorente regresó a Es­
paña con un auxilio de medio millón de pesos.
Quien mantuvo una posición solitaria, reservada y comprensiva de
la ocasión histórica que se le ofrecía al Nuevo Reino, fue Qamilo To­
rres. En una famosa carta a su tío don Ignacio Tenorio, oídor de Qui­
to, escrita en mayo de 1810, le hace la siguiente confesión: «Qué de­
bemos hacer, qué medidas tomar para mantener nuestra independencia

1 M otivos que han obligado a l N uevo Reino de G ran ad a a reasum ir los derechos de l¿t
Soberanía , etc., en Proceso H istórico del 2 0 de ju lio . Docum entos. Bogotá, 1960, Imprenta del
Banco de la República.
8 José Antonio de Torres y Peña, op. cit. pp. 81-82. “
Acontecimientos históricos de España en 1808 95

y libertad, esta independencia que debíamos disfrutar desde el mes de


septiembre de 1808» 9. Porque él había sido el primero en comprender
la situación y aprovechar esta conyuntura para desconocer la Junta de
Sevilla.
El 15 de septiembre envió el virrey, publicada por bando, una
proclama a los habitantes del Nuevo Reino «y sus agregados», anun­
ciándoles el establecimiento de la Junta de Sevilla tras «la artificiosa
felonía» ejercida por el emperador de los franceses con don Fernando
VII y la Real Familia. Hace un cálido llamamiento a contribuir con
generosos donativos para las guerras, favorecida por el armisticio con
Inglaterra, y recomienda las virtudes de la moderación y la prudencia,
y evitar todo estrépito y desorden, para terminar anunciando «severi­
dad contra todo exceso», y prometiendo conservar «la unión de estos
dominios, inseparables de la nación española con sus altas providen­
cias» 10.
Los ánimos de los granadinos continuaron en un estado de des­
confianza y temor producido por los riesgos provenientes de las victo­
rias del ejército francés y de su posible dominio sobre el Nuevo Reino,
y por ello deseaban que se estableciesen milicias y se les instruyese en
el manejo de las armas, para lo que pudiese ocurrir. Pero el virrey ase­
sorado por algunos oidores dueños de su confianza, se negaba a acce­
der a estas peticiones que consideraba peligrosas para la estabilidad del
gobierno. Pero también había recelos, sospechas y temores por parte
de las autoridades que rio se sentían muy seguras “ dado él origen de
su nombramiento—, y a su vez por parte del Cabildo y de los miem­
bros de la sociedad que él representaba.
Además, 'la sucesión de Juntas españolas —ya más conocidas— y
las noticias atrasadas y a veces contradictorias que llegaban de España,
mantenían viva la confusión y el desconcierto. La Junta de Gobierno
de Cartagena de Indias establecida en 1810, se hizo eco del pensa­
miento dé las demás provincias del Nuevo Reino en una larga y mo­
tivada representación a las Cortes reunidas en la isla de León, en la
cual abundan las quejas y perplejidades causadas por
; ' i
9 Rafael Gómez Hoyos, L a Revolución G ranadina.op. cit. II, 35.
10 Mario Herrán Baquero, E l virrey don A ntonio A m ar y Borbóns Bogotá, 1988,
pp. 293-296.
96 La independencia de Colombia

las reflexiones que ministra la alteración que en la opinión pública de


países tan distantes han debido causar los grandes acontecimientos de
la Península: el sucesivo establecimiento de diversos gobiernos; las re­
clamaciones y contestaciones que hubo entre varias Juntas, y otras mil
circunstancias incidentes; y la inexactitud que de todo ha debido sos­
pecharse, ocasionada por la confusión y catástrofes a que ha seguido
el establecimiento de las autoridades por la orfandad de la nación,
con motivo del inaudito robo de la familia real, se formó de cualquier
manera la Junta de Sevilla, y envió a toda la América sus comisarios,
denominándose Suprema de España e Indias, y a este título confirmó
los mandos y trató de exigir formal reconocimiento de Soberanía; pero
casi al mismo tiempo se supo la formación de igual Junta en Granada
y los requerimientos que hacía a la de Sevilla; seguidamente fueron
multiplicándose las Juntas Supremas, y ya se empezó a hablar de una
Central a que debían concurrir los diputados de la América; pero
muy pronto empezó a resfriarse el ardor con que fue reconocida, en
que se percibió el sistema de eludir la concurrencia de nuestros di-"
\ putados y por las murmuraciones que se multiplicaron hasta de sus
mismos vocales, censurando su conducta y su constitución. Última­
mente, a la formación de la Regencia no pudo servir de buen anun­
cio la irrupción de los franceses por las Andalucías... n.

Esta enjundiosa representación, fue firmada por todos los miem­


bros de la Junta de Gobierno el 1 de febrero de 1811.
Frutos Joaquín Gutiérrez y Camilo Torres en los Motivos hablan
también con desprecio de las noticias mentirosas traídas de España por
Sanllorente, pues la imprenta comprada en Filadelfia estuvo sin funcio­
nes «hasta que fue puesta en uso para imprimir los mentirosos pape­
lotes que traía Sanllorente a fin de deslumbrar a las gentes sobre el
verdadero y fatal estado de la Península».
A todo lo cual se agregaban las indecisiones y contradicciones de
Amar y Borbón, y sus frecuentes choques con la Real Audiencia, como
lo expone con claridad Torres y Peña. ¡
Este escritor insiste en el fenómeno incomprendido £>or la gente,
de la permanencia de las autoridades designadas por el perverso Godoy
—tan duramente censurado por los diversos Manifiestos de las Juntas es­
pañolas— cuando ya en la Península habían sido depuestas:1

11 Sergio Elias Ortiz, Colección de Docum entos. Segunda Serie, op. c i t pp. 298-313.
Acontecimientos históricos de España en 1808 97

Se repetía que todas las hechuras de Godoy y cuantos empleados de­


bieron a éste sus respectivos cargos y destinos, los habían obtenido
por malos medios; y al mismo tiempo se los veía continuar en los
mismos empleos que tenían, al paso que otros que había sido nom­
brados por aquel ministro, y de cuyos nombramientos se tenía noti­
cia antes de su caída, iban viniendo de España y posesionándose de
sus empleos sin embarazo 12.

El divisionismo se irá acrecentando en los meses siguientes, y dará


origen a tres grupos —de diversa importancia en número y calidad so­
cial— que el autor de las Memorias describe con gran perspicacia y co­
nocimiento perfecto del clima político:

De lo dicho es fácil deducir que tres clases de gentes concurrieron al


trastorno general. Los autores originales de toda la tramoya, unos eran
decididos por el sistema francés y por las regeneraciones del bárbaro
Napoleón: eran franceses de corazón... Otros eran republicanos que,
o porque su ambición los inclinaba a creer que habían de figurar y
mejorar de fortuna en el nuevo sistema, o porque se habían embebi­
do en las falsas máximas del Contrato Social, se dejaban arrastrar del.
fanatismo de la popularidad y pensaban en la independencia absolu­
ta... Hombres frívolos y noveleros, colegiales y abogadillos afemina­
dos cuya reflexión se ha formado sobre la farsa y representación de
comedia. Los terceros fueron finalmente los hombres sencillos y sin
malicias que se dejaron engañar de las falsas apariencias de utilidad,
de honestidad y seguridad que se les propusieron 13.

Estos tres grupos descritos con tan negros colores por el sacerdote
realista, conformaban el partido revolucionario, enfrentado al de los
defensores de España, que ciertamente no eran pocos ni débiles, pues
además de detentar el poder político poseían influencias gracias a su
alta posición económica.
El fiscal don Manuel Mariano Blaya, a solicitud de Amar y Bor-
bón, rindió un informe confidencial sobre la situación política, el 20
de octubre de 1808, en el cual solicitaba providencias urgentes, como
censura a los libros y cartas que hicieron propaganda a Napoleón, evi­

12 José Antonio Torres y Peña, M em orias, op. cit. p. 85.


13 Ibidem , 88.
98 La independencia de Colombia

tar la infiltración de papeles subversivos, sumarios en contra de las per­


sonas sospechosas y prevenciones contra los afrancesados14.
El virrey Amar, previa consulta de sus asesores, tomó varias me­
didas preventivas entre las aconsejadas por Blaya y envió órdenes reser­
vadísimas a los gobernadores de las provincias, para vigilar estrecha­
mente a los individuos sospechosos de ideas subversivas, cuyas listas él
mantenía en riguro secreto, predicar el acatamiento al soberano y sua­
vizar lo más posible las noticias provinientes de España 15.

14 Banco de la República, Proceso H istórico del 2 0 de ju lio de 1810, Bogotá, 1960,


p. 49.
15 Proceso H istórico del 2 0 de ju lio , op. cit. pp. 68-74.
Capítulo II

LA JU N TA CENTRAL SUPREMA:
INTEGRACIÓN DE ESPAÑA Y AMÉRICA

La batalla de Bailén significó un gran alivio para las armas caste­


llanas , y su primer efecto político fue el abandono de Madrid por José
Bonaparte. Las Juntas Provinciales, conscientes de su incapácidad para
mantener una guerra, en busca de la necesaria unidad, resolvieron en­
viar a la capital sus diputados, y se constituyó la Junta Central Supre­
ma, depositaría de la soberanía, siempre en nombre de Fernando VII,
la cual fue reconocida por la parte libre de la Península; pero el avance
de las tropas napoleónicas la obligó a instalarse en Sevilla.
El 22 de enero de 1809 esta Junta publicó un famoso decreto di­
rigido a América que empezaba de la siguiente manera:

Considerando que los vastos y preciosos dominios qué la España po­


see en las Indias no son propiamente colonias o factorías como los
de otras naciones, sino una parte esencial e integrante de la monar­
quía española, y deseando estrechar de modo indisoluble los sagrados
vínculos que unen unos y otros dominios... se ha servido S. M. de­
clarar... que los reinos e islas que forman los referidos dominios de­
ben tener representación nacional e inmediata a Real Persona, y cons­
tituir parte de la Junta Central Gubernativa del Reyno, por medio de
sus correspondientes diputados.

Demetrio Ramos destaca con muy buenas razones que esta Júnta
estuvo presidida por el anciano conde de Floridablanca, quien aprove­
chó esta coyuntura para desplegar su política unificadora y reformista
que traía desde el gobierno de Carlos III, y atribuye al mismo tanto el
100 La independencia de Colombia

reglamento que organizó los poderes de la Junta comp el decreto de


22 de enero K
Cualquiera que sea la interpretación, amplia o restringida que se
le dio al decreto, en el sentido de que el considerando habíá suprimi­
do el sistema colonial, lo cual es negado por Ramos, quien destaca la
palabra anfibológica dominios, el hecho es que esta providencia apare­
cía ante la mentalidad de los abogados del Nuevo Reino como el re­
conocimiento de una situación jurídica y política que había sido pues­
ta en práctica por los Habsburgos y desconocida por los Borbones. En
efecto, la legislación de Indias no establecía distinción alguna entre es­
pañoles, europeos y americanos en cuanto a su condición jurídica, la
cual para los criollos, se originaba de su nacionalidad castellana antes
que del accidental lugar de su nacimiento. Efectivamente, en el regla­
mento del 12 de diciembre de 1619 quedó'establecida la preferencia
que, desde el comienzo de la colonización, España daba a los nacidos
en América, «en favor de los pobladores y originarios de los reinos y
provincias de las dichas mis Indias, nacidos en ellas, los cuales, como
hijos patrimoniales, deben y \han de ser antepuestos a todos los demás
en quienes no concurren estas calidades y requisitos».
Mas, como dice Sergio Elias Ortiz, en estos momentos la mayoría
de la población reclamaba la igualdad de condiciones y de oportuni­
dades, respecto a los españoles peninsulares, mayoría a la que califica
de «tan realista como el mismo virrey y los oidores», pues sólo una
pequeña minoría neogranadina podía plantearse entonces un cambio
institucional bajo un régimen semejante al de la República Francesa.
Jaime Delgado hace notar agudamente la expresión «como hijos
patrimoniales», que indicaba cómo la monarquía era un patrimonio
real formado por reinos y señoríos iguales entre sí, pero independientes
unos de otros, en la posesión jurídica de sus fueros, privilegios, fran­
quicias y libertades. No existía entonces el concepto de súbditos igua­
les de la misma Corona, sino que cada uno de los reinos trató de go­
bernarse mediante la acción de sus propios naturales. Así se [explica que
los criollos no se contentaran con las preferencias que se les otorgaban
y llegaron a querer excluir los oficios a los peninsulares12.

1 Demetrio Ramos, E l Conde de Floridablanca, Presidente de la Ju n ta C entral Suprem a,


y su P olítica U nificadora , en Homenaje a Jaime Vicens Vives, vol. II, Barcelona, 1967,
pp. 499-520.
2 Jaime Delgado, L a Independencia H ispanoam ericana , Madrid,-1960, p. 20.
La Junta Central Suprema: integración de España y América 101

También la oposición para los cargos públicos a los criollos no


sólo europeos sino también los nacidos en otras provincias de Améri­
ca, tiene su origen en la estructura del Estado patrimonial, en el cual
cada natural de un territorio particular se considera vinculado a la per­
sona del monarca, pero no se siente unido con los súbditos de los
otros reinos que forman la monarquía, en los cuales ve, en materia de
cargos y oficios, a intrusos y extranjeros3.
Estas concepciones político-jurídicas fueron expuestas por los
grandes jurisconsultos del derecho indiano, como Puga, Aguiar y Acu­
ña, Encinas, Diego de Zorrilla, León Pinelo, y sobre todo por el prín­
cipe de los escritores, Solórzano y Pereyra, en cuya escuela se formaron
nuestros letrados.
Los Borbones tendían a transformar semejante estructura estatal,
especialmente Carlos III, con la asesoría e intervención de Aranda,
Campomanes y Moñino.
El decreto de la Junta central en su parte dispositiva resolvió que
pasarán a formar parte de ella un diputado por cada Virreinato y Capi­
tanía General, es decir, por México, Nuevo Reino de Granada, Perú, el
Plata, Cuba, Puerto Rico, Guatemala, Chile, Venezuela y Filipinas. En
total nueve representantes por América. Esta desigualdad numérica fren­
te a los diputados de España —dos por cada provincia, en total 36— y
el hecho de que los vocales de Indias no fueran elegidos por las Juntas
Provinciales —que no existían— sino por los Cabildos, atraería las protes­
tas de los abogados granadinos que se sentían estimulados a la creación
de Juntas, si en verdad se aspiraba ^al integrismo y unitarismo que se
desprendían de los reglamentos y del decreto del 22 de enero, obra del
ya anciano éxmiñistío de Carlos III, el conde de Floridablanca.
Conocido el decreto en Santafé ya muy entrado el año de 1809,
los Cabildos reconocieron la autoridad de la Junta, y el virrey Amar
procedió a ejecutarlo, convocando a los Ayuntamientos a elecciones:
Camilo Torres, el más popular entre las provincias, obtuvo los votos
de Santafé, Antioquia, Pamplona, Santiago de las Atalayas, Socorro y
Popayán; don Joaquín Camacho salió elegido por Santafé, Antioquia,
Tunja, Santiago de las Atalayas y el Socorro, y el tercero en voto^, el

3 Richard Konetzke, L a condición legal de los criollos y las causas de la Independenciai


edición séparada de E studios A m ericanos, Sevilla, 1950, n.° 5, pp. 33-37.
102 La independencia de Colombia

anciano teniente general don Antonio de Narváez, natural de Cartage­


na, fue declarado electo, gracias a la manipulación del sorteo, hecha
por el virrey que era su amigo y no lo tenía por peligroso en virtud de
su alto rango militar y su adhesión a la monarquía. Pero, dada su
experiencia, permaneció en el Nuevo Reino, «porque era hombre de
cálculo y no se deslumbró con una representación efímera».

M ovimiento revolucionario de Q uito

, Entretanto, el 9 de agosto sobrevino el movimiento revoluciona­


rio de Quito, que dadas las conexiones geográficas y administrativas
con el Nuevo Reino, iba a repercutir hondamente sobre el pensamien­
to y la actitud tanto de las altas autoridades como de nuestros conduc­
tores intelectuales.
Demetrio Ramos ha estudiado muy ampliamente los ingredientes
económicos y sociales, la proyección de las Juntas de España y los fac­
tores cooperantes que llevan a los quiteños a una repentina revolución
que por lo mal preparada, inesperada* mal dirigida, sin serias ramifica­
ciones ni enlaces tenía que ir al fracaso. La Junta Suprema de Gobier­
no de Quito se adelantó a todos los reinos de América, pero con el
reconocimiento de Fernando VII. Destaca el historiador español el pa­
pel protagónico que tuvieron el antioqueño Juan de Dios Morales, su
discípulo Manuel Rodríguez de Quiroga y Juan Larrea. Morales, que
había hecho sus estudios en Santafé, acompañó al oidor don Juan
Anonio Mon y Velarde, promovido a la presidencia de Quito; por su
instrucción, talento, experiencia administrativa y ascendiente ejercido
sobre la sociedad quiteña, más que don Pío Montúfar, marqués de Sel­
va Alegre, «fue la pieza clave que sabe usar de sus conexiones y que
además tiene la ambición promotora necesaria, pues al fin'podría con­
vertirse en cabeza»4. '
El mismo día de la constitución de la Junta su presidente se diri­
gió al Cabildo de Popayán invitándolo a unirse al movimiento, con
razones muy bien expuestas y halagadoras promesas para los habitantes
de la ciudad. Gobernaba entonces a Popayán, desde 1807, amparado

4 Demetrio Ramos, Entre el P lata y B ogotá , Madrid, 1978, p. 191.


La Junta Central Suprema: integración de España y América 103

por el favor de Godoy, el teniente coronel Miguel Tacón, casado con


una hermana de la Tudó, la favorita del omnipotente ministro. Inteli­
gente, instruido, hábil en estratagemas y recursos, valiente y enérgico,
Tacón mantendrá por mucho tiempo la adhesión al rey de la nobiliaria
ciudad y sabrá aprovechar las debilidades de la aristocracia dominante.
El 21 de agosto, al día siguiente de recibida la carta de Quito, publicó
una hábil proclama condenatoria de la sedición y preparó medidas mi­
litares para ayudar a Pasto en la resistencia a la expedición punitiva
enviada por Quito 5.
En oficio de 4 de septiembre de 1810, dirigido al secretario de
Estado, señala el mérito del Ayuntamiento de Pasto y de su teniente
gobernador doctor Tomás de Santacruz, a quien recomienda para una
plaza de oidor.
«El voto general de Popayán —observa don Santiago Arroyo— fue
contra el sistema de Quito; y de este modo el gobernador Tacón pudo
obrar con toda la actividad y perspicacia que le eran propias»6.

5 Exposición que hace el G obernador de Popayán , don M iguel Tacón sobre la revolución
de Q uito de 10 de agosto de 1809 , en Sergio Elias Ortiz, Colección de Docum entos, Primera
Serie, 1984, p. 1.
.......6 Santiago Arroyo, M em orias p a ra la H istoria de Popayán , Bogotá, 1982, p. 264.
Arroyo era pot aquellos días Cabildante de Popayán.
\

!
Capítulo III

SANTAFÉ: LAS JUNTAS DEL 6 Y EL 11 DE SEPTIEMBRE

El 5 de septiembre llegaron a Santafé las noticias de lo aconteci­


do en Quito, y las autoridades quedaron aterradas previendo el pro­
bable contagio. Prontamente convocó el virrey una Junta de notables
en el palacio, integrada por todas las corporaciones públicas y los in­
dividuos más destacados, catedráticos, regidores, etc., tanto españoles
como criollos, la cual se celebró el día 6. Lo primero que se quería
averiguar eran las disposiciones de los santafereños respecto de las
ideas subversivas que habían explotado en Quito. Para prevenir algún
posible motín, el virrey rodeó el recinto de un aparato militar desa­
costumbrado, lo cual provocó las protestas de algunos letrados. Entre
ellas destaca la de Camilo Torres, quien consideró excesiva la forma­
ción del Regimiento Auxiliar, innecesaria en un lugar donde sólo se
iba a deliberar.
En esta primera reunión que se prolongó por varias horas, se oye­
ron las exposiciones, del virrey y de los oidores, y las réplicas de algu­
nos vocales, y en vista de que no se concretó ninguna conclusión, se
convino en dar tiempo para una reflexión más profunda y se señaló la
fecha del día 11 para continuar las discusiones. Este aplazamiento sir­
vió para que los patriotas se consultaran entre sí y prepararan mejor
sus posiciones. ■
La Junta del día 11 duró desde las ocho y media de la mañana
hasta las cuatro de la tarde y fue ampliada con la participación de mi­
litares y de otras personas que —según los críticos— carecían de dere­
cho. En medio del aparato miliar, fueron veintiocho los vocales que pidie­
ron, con diversa elocuencia y razones similares, la erección de una
Junta Provincial, presidida por el virrey, encargada del gobierno del Rei­
106 La independencia de Colombia

no y entrar, con medios pacíficos, a convencer a la Jufita de Quito de


la necesidad de restablecer la paz.
Sobresalieron los votos escritos —porque no se dejaron llevar del
juego de la oratoria improvisada— de Camilo Torres, que circuló en
copias manuscritas entre los letrados del Reino que lo reclamaron; del
síndico procurador doctor José Gregorio Gutiérrez Moreno, de Frutos
Joaquín Gutiérrez, José María Castillo y Rada y don Ignacio de Herre­
ra, quien mantuvo contacto epistolar con los promotores de la revolu­
ción quiteña, gracias a su amistad y parentesco con el obispo de Quito
don José de Cuero y Caycedo que fue un partidario de la Junta. Estos
votos se perdieron, pero existen comentarios muy elogiosos en los es­
critos contemporáneos.
'De Frutos Joaquín Gutiérrez conocemos elr esquema del discurso
con sus argumentos, en uña carta del 22 de septiembre a don Manuel
Martínez Mansilla:

Como a las Juntas e&tán encomendadas la defensa y seguridad de sus


respectivas provincias, con relación a la defensa y seguridad del cuer­
po común, la de Santafé será la que deba entenderse con los quite­
ños, y tirar las líneas para su pacificación, con lo que el Cabildo de
Santafé no tendrá más que contestar, por ahora, a Selva Alegre, que
remitirse a lo que hiciese y dijese la Junta Provincial... A estas ventajas
se seguirán otras que no es fácil describir en este lugar y que presto expon­
dré a V. M. una vez que, si el Señor nos da vida, he de tener el gusto
de verlo \

Castillo y Rada confiesa: «Mi dictamen que di por escrito, fue uno
de los cinco que recogió la Audiencia y que, con nota criminosa, con­
servaba en su archivó secreto para juzgar algún día a sus autores» 12.
Don José Acevedo y Gómez que era regidor perpetuo, en medio
de su discurso le lanzó al fiscal Frías este interrogante: «£>eñor fiscal,
para mí no es un caso metafísico la subyagación de España por Fran­
cia, y no será lícito preguntar: ¿cuál será entonces la suerte de mi pa­
tria?». El fiscal dio una rápida respuesta: «Entonces juntaremos y dis­
pondremos lo que convenga». Ante esta amenaza que implicaba la

1 José Antonio Torres y Peña, M em orias, op. cit., pp. 92-94.


2 Eduardo Rodríguez Piñeres, L a v id a de C astillo y R ad a , Bogotá, 1949, p. 81.
Santafé: las Juntas del 6 y el 11 de septiembre 107

continuidad del gobierno español, Acevedo y Gómez se le enfrentó


con valentía: «Se equivoca V. S., señor fiscal; en este caso los pueblos
serán los que dispongan de su suerte, porqué aquí somos pueblos li­
bres, como los españoles». El secretario del virrey, don José Leyva,
apuntó entonces k idea de que en España se producía una situación
similar a la de la guerra de Sucesión, y que las colonias debían, como
en aquella coyuntura, mantener su tranquilidad, en espera de la victo­
ria final, a fin de seguir el partido del vencedor. Pero el regidor le con­
testó:

No estamos en el mismo caso que cuando la guerra de Sucesión:


entonces se disputaban el trono dos soberanos descendientes de la di­
nastía reinante, ahora lo disputa la nación misma a un tirano usur­
pador, que no ha sido ni será llamado por nuestras leyes constitucio­
nales a reinar en la monarquía.

Como vemos, el temor a caer bajo el dominio francés —recordado


por los excesos revolucionarios— preocupaba más que la separación de
España, a quien se seguía viendo como patria común.
Además, constan los elogios a las intervenciones de; Manuel de
Pombo, canónigos Andrés Rosillo y Nicolás Mauricio de Omaña, To­
más Tenorio, Antonio Gallardo, Luis de Ayala, todos los cuales que­
daron estrechamente vigilados.
Solamente se conserva su integridad el voto del síndico procura­
dor don José Gregorio Gutiérrez Moreno. En estilo reposado y sereno
va desplegando lógicamente sus ideas:

Nó hay que buscar otra causa en el procedimiento de los quiteños


que la sospecha y desconfianza con que miraban al gobierno de sus
magistrados... Nadie ignora que la fidelidad, el patriotismo y el ver­
dadero honor han brillado generalmente en las familias populares de
. la Península y que por el contrario muchos de los ministros públicos
y personajes de alta representación, son los que se han declaradó trai­
dores contra la religión, contra el rey, contra la patria. ¿Cómo, pues,
se desimpresionará a los pueblos de América de que el mismo espíri­
tu de ambición y de felonía no dominará también a sus magistrados,
mucho más siendo europeos como aquellos? Tal ha sido el temor de
los habitantes de Quito y tal será igualmente el que se vaya difun­
diendo en todos los ánimos de las demás provincias. Tanto más ve­
108 La independencia de Colombia

hemente es esta sospecha, cuando se ha visto con dolor que no se ha


verificado el plan de las Juntas Provinciales mandado circularmente
por la Suprema Central Gubernativa a nombre del señor don Fernan­
do VII (que Dios guarde) en su Real Cédula del 1 de enero de este
año. Esta novedad habrá hecho persuadir a las Américas que, en caso
de ser destruida la Suprema Jimia de la Nación, se piensa en some­
terlas al dominio francés para asegurar así cada magistrado su empleo
y representación política.

Este riesgo de caer en manos de los franceses aparece en los escri­


tos, discursos y representaciones de aquellos días, y esta insistencia nos
muestra que no se trataba de simples argucias para convencer al Go­
bierno, sino de un peligro real que los gfanadinos no consideraban
muy Hipotético y lejano.
Gutiérrez Moreno sigue desplegando sus valiosos argumentos en
favor de la instalación de Juntas Provinciales:
\
En ellas se reconoce uña autoridad suprema de la soberanía, y no se
deniega la obediencia a los jefes y autoridades constituidas. Si la mis­
ma Junta Central ha declarado a las Américas partes integrantes de la
monarquía española, con el goce de los mismos derechos y privile­
gios; si allá se han conservado esas Juntas y se han tenido por nece­
sarias para la mejor armonía y defensa del Estado, ¿por qué este me­
dio tan universal, tan útil y tan necesario no se adoptará en estos
reinos, en que la distancia del trono, la extensión de las provincias y
otras muchas necesidades notorias hacen indispensable su estableci­
miento? 3.

Don Ignacio de Herrera, nombrado síndico procurador para 1810,


hace justicia a la valiente actitud de su inmediato antecesor: «El día 11
de septiembre de 1809 será siempre celebrado en los fastos de la his­
toria: en él supo el procurador don José Gregorio Gutiérrez oponerse
a la tiranía de los funcionarios del antiguo gobierno...» 4.

3 Este Voto se publicó por Estanislao Vergara, en Revista de Bogotá, tomo I,


pp. 94-97. El último párrafo lo insertó Hernández de Alba, en las M em orias de Torres y
Peña, p. 921
4 Gómez Hoyos transcribe íntegramente el dictamen que estaba prácticamente iné­
dito, en L a revolución G ran ad in a, op. cit., tomo II, p. 145. l -
Santafé: las Juntas del 6 y el 11 de septiembre 109

Pero hay más. Podemos acercarnos al denso pensamiento de Gu­


tiérrez Moreno al examinar el Dictamen o Instrucciones para el Diputado
del Reino que presentó al Cabildo el 9 de octubre de 1809.
Este valioso dictamen, complemento de las ideas de Torres, con
el cual mantuvo plena identificación, fue aprobado por los miembros
del Ayuntamiento después de interesante debate. El recurso al tradicio­
nalismo aquí propuesto es común a todos nuestros ideólogos, como
fue igual el optimismo y la utopía que los alimentó, al pensar que Es­
paña acogería las líneas que ellos le trazaban5.
Las autoridades se negaron sistemáticamente al establecimiento de
las Juntas Provinciales, no sólo por el empeño de conservar sus puestos
debidos a Godóy, sino también porque recelaban, con razón, que tales
modificaciones, si se introducían en el régimen de las colonias, lleva­
rían necesariamente a su pérdida total. El 29 de septiembre el virrey
Amar escribió a su amigo don Antonio de Narváez, diputado a las
Cortes, insinuándole que llevase consigo a España a su sobrino Casti­
llo y Rada:

En la última sesión celebrada a mi presencia, se ha querido sujetar el


gobierno a una Junta Superior, cuyas resultas considero ser perjudicia­
les, y ha sido uno de los más acérrimos defensores de esta opinión el
doctor José María del Castillo...6.

Fuera del exacerbamiento de los ánimos, poco resultados prácticos


se obtuvieron de esa famosa sesión: se destinó al marqués de San Jorge
don José María Lozano, para que fuese a Quito con el capitán don
José Dupré y alguna tropa, y se redactó una carta muy hábil por el
Cabildo, para la Junta de Quito, que se contentaba con invitarlos a la
paz. -
Pero continuaron los comentarios insidiosos y alarmistas, las de­
laciones y detenciones; se fortalecieron las milicias; se protegió a los
oidores y que salían a la calle acompañados por soldados y dormían
en la casa del virrey; se promulgaron por éste bandos y edictos con­
minatorios; aparecían pasquines y anónimos contra Amar y los miem-
¡ 1 '

5 Esta noble pieza jurídica la hemos hallado manuscrita en la Biblioteca Nacional


de Bogotá, copiador 6, n.° 12.100, sala primera, p. 234.
6 Eduardo Rodríguez Piñeres, L a v id a de C astillo y R ad a, p. 81.
lio La independencia de Colombia

bros de la Audiencia los cuáles vivían nerviosos; y finalmente se mul­


tiplicaban las pugnas entre éstos y el Cabildo, que eran el reducto
desde el cual los conspiradores adelantaban sus campañas subversivas.
En efecto, al acercarse la fecha de renovación de oficios del Ayun­
tamiento para el año 1810, la Audiencia pretendió apoderarse de aquel
cuerpo que todavía mantenía apariencias de popular, influyendo en la
elección de alcaldes ordinarios, síndico procurador o personero del co­
mún, y asesor, cargos que debían recaer «en personas que merecieran
toda la confianza del gobierno y para ello aconsejó al virrey que nom­
brare seis regidores en calidad de añales». Amar y Borbón aceptó está
desacertada nominación y designó ocho cabildantes, y al alférez real, to­
dos 'españoles. Esta arbitrariedad aumentó el descontento general y
enardeció los ánimos de los criollos que iniciaron desde entonces una
batalla continua contra los nombrados que fueron llamados los intrusos,
contra el gobierno y contra los chapetones, pues el Cabildo era la úni­
ca institución donde su protagonismo era importante. Las ciudades se
llenaron de pasquines, en los que se acusaba al virrey y miembros de
la Audiencia de «hechuras del infame Godoy».
Los cabildantes legítimos devolvieron el golpe, verificando las
principales elecciones en personas adictas al movimiento revoluciona­
rio: como alcalde ordinario de primer voto fue elegido el patriota don
José Miguel Pey y de segundo voto don Juan Gómez, español com­
prensivo y tolerante; síndico procurador y asesor, los doctores Ignacio
de Herrera y Joaquín Camacho, caracterizados enemigos del régimen
español y personajes de influencia en la sociedad. Estas elecciones se
consideraron definitivas para la grande empresa que se avecinaba. El
virrey, pesé a la promesa hecha a la Audiencia de no confirmarlos, no
se atrevió a este nuevo desafuero por temor a una posible revuelta.
«Con esta victoria —escribe despechado el oidor Carrión— cobró brío
el partido de los novadores y se desanimaron los regidores, que en al­
gún modo pudieron haber contenido las maquinacione^ del Cabil­
d o » 7. Así pues, la renovación de oficios en el cabildo, desató una lu­
cha de proporciones considerables, aunque supravaloradas.
Siguiendo el orden cronológico dentro de la línea doctrinaria, me­
rece especial comentario —antes de analizar el M em orial de A gravios—

7 José María Restrepo Sáenz. Inform e del oidor don Jo aq u ín C arrión y M oreno a l Con­
sejo de Regencia. Boletín de Historia y Antigüedades, vol. XIX, Bogotá, 1932.
Santafé: las Juntas del 6 y el 11 de septiembre Ill

un escrito de gran importancia, debido a la pluma del profesor rosaris-


ta Ignacio de Herrera, titulado Reflexiones. El 1 de septiembre de 1809
fue redactado este estudio que contiene una de las críticas más severas
y razonadas a las instituciones políticas y jurídicas de la América espa­
ñola. El Cabildo de 1810, siendo Herrera síndico procurador, en se­
sión de 4 de abril, refrendó este documento, el cual fue remitido al
general Narváez, «en calidad de Instrucciones al Diputado al Reino». De
ahí que este ensayo aparezca con los dos títulos dichos: las reformas
que propone corresponde a una concepción altamente progresista de
la organización estatal8.
Contrariamente a la costumbre de la época, su estilo es denso y
conceptual, su prosa fluida y cristalina, el párrafo corto, ceñido a la
idea, parcas las figuras. Se regocija —después de una pintura de la situa­
ción de América en los siglos anteriores— con la convocatoria a Cortes
hecha por la Junta Central,

para que en ellas se trate de la extirpación de los abusos, para que en


lo sucesivo se ponga un antemural de bronce al despotismo y arbitra­
riedad. La América no se reputa ya por unas colonias de esclavos,
condenadas siempre al trabajo: se le abren las puertas, se la declara
parte integrante del Estado y se le va a dar el lugar distinguido que
le corresponde.

El primer mal que señala es la diversidad del cuerpo legislativo,


consecuencia de la desigualdad en que la Corona mantenía a los crio­
llos y a los españoles a pesar de ser súbditos de una misma soberanía.
La unificación de las leyes debe ser fruto de la igualdad jurídica entre
España y América. Trae a cuento, dentro dé su lealtad al rey, la doc­
trina de la \soberania popular, «pues los pueblos son la fuente de la
autoridad absoluta». Ataca como suprema injusticia la lentitud de la
justicia. A más de un nuevo código, interpretado auténticamente* ¿¿g e
ministros íntegros e imparciales, y para ello presenta interesantes y muy
prácticas sugerencias. Rechaza otro abuso introducido por la Corona,

8 Este admirable alegato jiirídico fue publicado en 1895 por Antonio B. Cuervo
en Colección de Docum entos Inéditos sobre la G eografía y la H istoria de Colom bia, tomo IV,
Bogotá, 1894, con el título completo de Reflexiones de un A m ericano im parcial sobre la
legislación de las C olonias españolas, pp. 52-72.

\
112 La independencia de Colombia

la venalidad de los oficios: «Los empleos vendibles y renunciables son


indignos de una nación ilustrada» 9. Ponía, pues, el dedo en la llaga de
dos problemas endémicos, que enturbiaban la buena imagen de la ad­
ministración hispana.
Con hombres como Herrera y tantos otros, que habían llegado a
tal madurez de pensamiento, se explica suficientemente la revolución
ideológica que precedió la independencia política y se refuta el error
muy común del atraso intelectual del Nuevo Reino.
'Merece también atención, entre los documentos anteriores al 20
de julio, la Instrucción del Cabildo del Socorro a l D iputado a Cortes, fir­
mada el 20 de octubre del mismo año de 1809, obra de don Joaquín
Camacho, por entonces gobernador del Socorro. Se trata de un serio
ensayó sociológico y jurídico de la situación de4a provincia y en ge­
neral del Reino, y las reformas propuestas están en la misma línea re­
formista de todos nuestros ideólogos. Se destaca entre todos por con­
tener la\ primera iniciativa en favor de los negros, pues solicita que se
suprima el comercio de esclavos como una degradación de la natura­
leza humana. Propone nuevo sistema de rentas y solicita en forma
práctica el fomento de la instrucción pública. Reclama la libertad de
agricultura e industria y el libre comercio por todos los puertos de
América y de España con las naciones amigas y neutrales, así como la
extinción de la esclavitud de las propiedades territoriales; y en favor de
estas medidas cita expresamente a Jovellanos y Campomanes: «Los es­
critos de estos grandes hombres —escribe— sin embargo de su elocuen­
cia y de las miras profundas de humanidad que contienen, no han he­
cho en los pueblos la impresión que debía esperarse» 10.
Las C artas de Suba constituyen, acaso, el primer escrito público de
índole subversiva del año que vamos analizando, porque iban dirigidas
al público. Pertenecen a don Frutos Joaquín Gutiérrez, el autor, con
Torres del M anifiesto o M otivos que han obligado a l N uevo Keino a rea­

9 José María Ots Capdequi hace completo relato del origen y evolución de la pro­
visión de oficios públicos, como regalía de la Corona, en especial los oficios concejiles, que
afectaban mucho la libertad de elección para estos cargos. Instituciones de Gobierno del
N uevo Reino de G ran ad a durante el siglo x v m Bogotá, 1950, pp. 371-374.
10 L a Instrucción fue publicada por primera vez en el año de 1852, en varios perió­
dicos, y más tarde en el Boletín Historia y Antigüedades, vól. XXVIII, pp. 417-423. H o­
racio Rodríguez Plata la insertó en su obra A ndrés M aría R osillo y M eruelo , Bogotá, 1944.
Santafé: las Juntas del 6 y el 11 de septiembre 113

sumir los derechos de la soberanía, antes citado; pero se han perdido de­
finitivamente, acaso destruidas —como tantos otros documentos— en el
incendio decretado por Morillo en 1816, en el cual desaparecieron casi
todos los papeles revolucionarios.

El primer paso, el paso más necesario —dirá él mismo en 1811— era


zanjar los cimientos de la opinión pública, y difundir oportunamente
las luces sobre un pueblo que no conocía sus derechos. Éste fue pre­
cisamente el que ya di por los meses de febrero y marzo de 1809,
publicando las Cartas de Suba, que a muchos de los mismos que las
celebraban parecieron una locura: primer grito que se lanzó en favor
de nuestra libertad, reclamando los derechos de las Américas, y por
el cual fui atacado, denunciado y perseguido, valiéndose a un tiempo
los oidores de este documento para acusarme ante el virrey Amar y
hacer que se me mirase como el prototipo de los enemigos de la
tiranía n.

Estas famosas Cartas de Suba le señalan un puesto de primer or­


den entre los iniciadores de la campaña juntista, pues pidió pública­
mente el establecimiento de las Juntas de Gobierno, mucho antes de
la sublevación de Quito y de las Juntas de septiembre; y su importan­
cia fue reconocida por los mismos escritores realistas. El prebendado
Antonio de León, en un sermón, se expresaba en los términos más vi­
rulentos:

Yo me enardezco al acordarme de las intrigas y felonía de que se va­


lieron los sediciosos para inflamar a la rebelión un pueblo natural­
ménte pacífico y amante de su rey... A esto parece que han tirado
nuestros piadosos regeneradores como se puede ver en las Cartas de
Suba, que fueron precursoras de la revolución 112.

11 A l pueblo soberano de C undinam arca , Santafé, 26 de septiembre de 1811, en 4.°,


8 páginas. En este discurso se queja Gutiérrez de Caviedes de habérsele quitado la liber­
tad de hablar y defenderse, como miembro del Congreso.
12 Antonio de León, D iscurso político-m oral sobre la obediencia debida a los reyes y m a­
les infinitos de la insurrección de los pueblos. N. Lora, año de 1816, Santafé.

\
Capítulo IV

CAMILO TORRES, LA VOZ DE AMÉRICA: SUS IDEAS

La vida diamantina de Camilo Torres, entregada al culto de los


más altos ideales —patria, familia, libertad* enseñanza de la verdad y
defensa de la justicia— se proyecta en el escenario de la historia colom­
biana con la eximia dignidad y la heroica grandeza de los claros varo­
nes que inmortalizó Plutarco.
Hijo de español y americana, educado en el ambiente aristocrático
de su tierra natal, Popayán, a la sombra de Félix de Restrepo, completó
su educación en el Colegio del Rosario, y a él se vinculó en la docen­
cia de tiempo completo rco m o ahora se dice— unida al ejercicio bri­
llantísimo de la jurisprudencia. Su erudición universal, adornada con
el dominio de las lenguas clásicas y modernas. Defensor de los perse­
guidos por el gobierno y abogado de pobres, nunca perdió la confian­
za de las autoridades.
Supo mantener continuo desinterés ante los oficios públicos, pues
se abstuvo de aceptar cargos de alcalde y de síndico procurador, y
cuando el virrey Mendinueta, conociendo su fama y sus eximias cuali­
dades lo excitó a pretender una plaza de oidor, se negó rotundamente.
Convenían por maravillosa manera a su temperamento las calida­
des que el autor del Criticón señalaba como característica de los, espa­
ñoles: sequedad de carácter y melancólica gravedad.

Es hombre verdaderamente grande —escribía desde Santafé, al iniciar


la amistad con el barón de Humboldt— extraordinario gigante de in­
teligencia, genio de extensos talentos, gran saber y de virtudes sólidas
y rígidas... Célebre ya en varias materias y como orador por su elo­
cuencia hablada y escrita.
116 La independencia de Colombia

Y pensar que un barón de tales condiciones temperamentales, aje­


no a toda ambición de mando, esquivo al rumor de muchedumbres,
tímido y taciturno, vendría a ser la clave principal, el cerebro y el co­
razón del movimiento independentista y del gobierno republicano.
Desde que conoció el decreto de lá Junta Suprema del 22 de enero,
reflexionó, estudió y preparó cuidadosamente el Memorial de Agravios
de América a España. Y para que su voz tuviera la autoridad de un
cuerpo oficial, se había hecho nombrar asesor del Cabildo para que
éste elevara los reclamos de la Corona en nombre del pueblo de San-
tafé. Efectivamente, la Representación del Cabildo de Santafé a la Suprema
Junta (JJentral de España, fue aprobada el 20 de noviembre de 1809 l.
El tema central, el leit motiv constante fie la disertación y el arco
toral que mantiene enhiesta la soberbia arquitectura jurídica del ale­
gato, consiste en que «la verdadera unión y fraternidad entre los es­
pañoles europeos y americanos, no podría subsistir nunca sino sobre
las bases' de la justicia y la igualdad». La postura de Torres coincidía
plenamente con la de Jovellanos en España: la restauración de la
Monarquía sobre los fundamentos de las libertades civiles, de las
franquicias y fueros municipales y los presupuestos del Estado de D e­
recho. '
Propone que la América lleve a las Cortes 36 diputados —en vez
de los 9 decretados por la Junta Central—, pero los deben nombrar los
pueblos, «para que merezcan su confianza y tengan su verdadera repre­
sentación, de que los Cabildos son una imagen muy desfigurada, por­
que no los ha formado el voto público, sino la herencia, la renuncia o
la compra de unos oficios degradados y venales». Reclamaba así mayor
justicia en la representación de los granadinos en sus instituciones,
mostrando su desacuerdo con un sistema viciado.
Al final vienen las propuestas más avanzadas y revolucionarias
pero siempre cimentadas en las tradiciones y leyes de Castilli:

1 El primero que intentó publicar la Representación , llamada más tarde M em orial de


A gravios, no se debe por obra de quién, -fue don José Gregorio Gutiérrez Moreno, pro-
cürador de aquel año, quien envió el original a Londres a Blanco White con destino a
E l E spañol, pero al parecer se extravió. Se publicó aunque truncada, en México, en 1820.
Vino a editarse íntegramente en Bogotá, imprenta de N. Lara, en 1832. Más tárde se han
hecho innumerables publicaciones del documento más famoso de los caudillos de la in­
surrección.
Camilo Torres, la voz de América 117

Si, en fin, no puede ir un número competente de diputados de Amé­


rica a España, que se convoquen y fo rm en estos d o m in io s C ortes g en erales,
en donde los pueblos expresen su voluntad que hace la ley, y en
donde se sometan al régimen de un nuevo gobierno o a las reformas
que mediten en él las Cortes de España, precedida su deliberación; y
tam b ién a la s co n trib u cion es qu e sean ju s ta s y qu e no pu ed en e x ig ir sin su
con sen tim ien to...

Además, las Juntas Provinciales: «por los mismos principios de


igualdad han debido y deben formarse en estos dominios Juntas pro­
vinciales compuestas de los representantes de sus Cabildos, así como
las que se han establecido y subsisten en España». Largamente expone
los beneficios que traerían tales Juntas, vínculo de unión entre las pro­
vincias ya divididas, y propuestas en las reuniones de Santa Fe del 6 y
11 de septiembre.
En el Memorial de Agravios alienta profundamente el espíritu de
los fueros de Castilla y la altivez de los viejos hidalgos que en la tierra
de las franquicias y libertades municipales reclamaban ante el rey sus
derechos de igualdad. Lo que da fuerza y vigor a este alegato, no son
los principios de la revolución francesa: sin aportar nuevos elementos
dialécticos, con motivaciones derivadas del mismo orden legal que se
quería defender y restaurar, América —en la voz de Camilo Torres-
vencía a España en franca lid y con las armas que ella misma había
forjado en siglos anteriores.
No llegó el memorial a su destino. En cambio sí abrió los ojos de
multitud de patriotas que no estaban bien convencidos de la legitimé
dad de sus derechqs de igualdad y se inclinaban a aceptar como un
dogma la tutoría política de España. El historiador don José Manuel
Restrepó —testigo excepcional de aquella época— nos dice que «el es­
crito circuló de mano en mano y tuvo una influencia poderosa para
desarrollar en la Nueva Granada los gérmenes de la revolución».
La Representación ha sido mal interpretada por americanos que no
han parado mientes en el fondo tradicional por estar embargados y de­
masiado influidos por la Enciclopedia, y por españoles que o la des­
conocen, o han caído en ^1 mismo error de los analistas de América.
Así Francisco Elias de Tejada, que reconoce en el Memorial «la verda­
dera codificación de los principios inspiradores de la emancipación
americana», pero señala el origen rusoniano de las tesis mantenidas.

\
118 La independencia de Colombia

Lejos de «renegar de los padres», pretendió volverlos a los cauces de la


tradición común 2.
El profesor Demetrio Ramos, con su acostumbrada perspicacia y
conocimiento de las fuentes históricas americanas, sí sabe valorar el
contenido de las proyecciones del «texto muy extenso de Torres» que
comenta largamente, destacando su conclusión profètica: «Quiera el
cielo —vaticina don Camilo— que otros principios y otras ideas menos
liberales no produzcan los funestos efectos de una separación eterna».
Este historiador no encuentra desperdicios en el documento, «pleno de
doctrina lógica» 3. Por último, no debemos pasar por alto que pese a
que algunos sólo ven en el Memorial propuestas de independencia, el
fidelismo es bien patente, como vemos a la hora de justificar los de­
seos de igualdad de representación apelando a la-españolidad.

2 Francisco Elias de Tejada, Trayectoria del pensam iento político colom biano, en Revista^
del Colegio M ay or de N uestra Señora del R osario , vol. 47, Bogotá, 1951, p. 70.
3 Demetrio Ramos, L a s Cortes de C ád iz y A m érica , Madrid, 1963, separata del
n.° 126 de la Revista de Estudios Políticos, pp. 453-458.
Capítulo V

EN VÍSPERAS DEL 20 DE JULIO DE 1810

La crisis de la Junta Central de enero de 1810 —que Demetrio Ra­


mos atribuye en gran parte a que los herederos de Floridablanca no
supieron continuar la evolución reformista— dio origen el nuevo go­
bierno de la Regencia que vino a arrojar más combustible a la hoguera
revolucionaria. Ramos hace anotar que la Junta Central se disolvió en
los finales de enero de 1810, sin que ningún diputado americano lle­
gara a incorporarse a ella:

España, en el Cádi? de las Cortes, ensayaba el nuevo régimen, mien­


tras América prolongaba su existencia en la continuación del antiguo,
entre las convulsiones que ahondaban en la sustantividad de su con­
ciencia, basada en la tradición, de ser otros reinos 1.

Porque el golpe final de este proceso revolucionario español ame­


ricano, lo dará este Consejo de Regencia —que llegó a ser presidido
por el rígido granadino don Joaquín de Mosquera y Figueroa, impla­
cable perseguidor de Nariño—, con la Proclama de los Americanos Espa­
ñoles, del 14 de febrero de 1810. Después de exponer detalladamente
las causas «de la revolución que acababa de suceder en el gobierno es­
pañol» y de recordar la doctrina invocada por la Central de que estos
dominios eran parte integrante y esencial de la monarquía española, y
que «como a tal le corresponden los mismos derechos y prerrogativas

. .. 1 Demetrio Ramos, E l Conde de Floridablanca, presidente de la Ju n ta C entral Suprem a


y su política unificadora , op. c i t p. 519.

\
120 La independencia de Colombia

que a la Metrópoli», trae la arenga final, que fue definitiva para nues­
tro conspiradores:

Desde este momento, españoles americanos, os veis elevados a la dig­


nidad de hombres libres; no sois ya los mismos que antes encorvados
bajo un yugo mucho más duro mientras más distantes estabais del
’ centro del poder; mirados con indiferencia, vejados por la codicia y
destruidos por la ignorancia. Tened presente que al pronunciar o al
escribir el nombre del que ha de venir a representarnos en el Congre-
* so Nacional, vuestros destinos ya no dependen ni de los ministros, ni
de los virreyes, ni de los gobernadores: están en vuestras m anos2.

Al día siguiente de la expedición de esta proclama se dio el Real


Decretó de convocatoria a Cortes, y se mandó a los gobernadores de
Indias una circular muy reservada en que se solicitan informes fidedig­
nos sobre la probidad de los funcionarios, pues el Consejo estaba re­
suelto a Cambiar de política en la provisión de empleos, ya que

el favor, la intriga y la inmoralidad, al mismo tiempo que han tendió


cerrada la puerta, de 20 años a esta parte, para toda clase de empleos
a los sujetos de luces, de patriotismo y verdadero mérito, la ha fran­
queado a una porción de personas depravadas, ineptas e inmorales,
cuando menos con notable perjuicio para la causa pública.

¡Reacciones tardías! El agudo espíritu del realista Torres y Peña


había captado muy bien la fuerza revolucionaria de las proclamas es­
pañolas, en especial la del Consejo de Regencia, y con intensa amar­
gura se lamentaba de tan perniciosos efectos:

...entre ellas, una de Cádiz en que se les decía: ya sois libres, ya vues­
tra suerte no depende de los virreyes o gobernadores, sino7de los re­
presentantes nombrados por vosotros mismos, con otros aditamentos,
como que no estarían oprimidos por la ignorancia, etc.; todo esto
acaba de completar las disposiciones que apetecía la perfidia de los
revoltosos para realizar sus planes 3.

2 E l Consejo de Regencia de E sp añ a e In d ias a los A m ericanos Españoles, en la Biblio­


teca Nacional de Bogotá, tomo Gobierno Colonial, n.° 12, 837, pieza n.° 30.
3 José Antonio Torres y Peña, M em orias, op. cit. p. 86.
En vísperas del 20 de julio de 1810 121

El desarrollo de las Cortes de Cádiz puede verse muy bien tratado


por Demetrio Ramos, Las Cortes de Cádiz y América.
¿En qué forma fue recibido en el Nuevo Reino el Consejo de Re­
gencia?

Las noticias de la disolución de la Junta Central y establecimiento del


Consejo de Regencia —escribe Torres y Peña— causaron diversas im­
presiones. A los hombres sensatos, que disgustaba la forma irregular
de aquella nueva corporación y tribunal desconocido en la legislación
española; que habían leído el voto del marqués de la Romana y a
quienes más que todo ofendían los procedimientos de dicha Junta,
no tenían otra cosa sino los sucesos de la monarquía en medio de
tantos riesgos y agitaciones. Los napoleonistas, que no deseaban otra
cosa sino que los franceses dominaran a España y sus Américas, li­
sonjeaban a los republicanos o independientes con la idea de la
emancipación política.,. La verdad es que ellos creyeron entonces y
han creído después tan firmemente la ruina total de la metrópoli, que
tenían por locos o mentecatos a los que pensábamos de otro
m odo...4.

Lo cierto es que el virrey Amar se hizo el desentendido y se valió


de pretextos para evitar el reconocimiento del nuevo cuerpo político
que gobernaba en España; y sólo a instancias del Cabildo se vio obli­
gado a jurar la Regencia. En realidad, muy tardíamente, el 19 de junio
de 1810 el virrey se dirige al ministro de Gracia y de Justicia, avisán­
dole haber recibido y circulado el ejemplar en que constaba la creación
e instalación del Consejo de Regencia 5.
Corróbora estos procedimientos tortuosos de Amar, que comenta
Torres y Peña y que no trascendieron a otros escritos de lá época, la
Representación a las Cortes de León elevada por la Junta Provincial de
Cartagena, él 1 de febrero de 1811:

' Entretanto, no eran menores los motivos de dudas y sospechas den­


tro del Reino. El virrey, después de largo y miserable gobierno, se
notó que de resultas de un pliego que recibió la princesa Carlota del
Brasil, hizo su paz con los oidores, y dio fundamento a creerse éste

4 José Antonio Torres y Peña, op. cit., p. 108.


5 Mario Herrán Baquero, E l virrey don A ntonio A m ar y Borbón , op. cit., p. 333.

\
122 La independencia de Colombia

el origen del sistema de persecución contra todos los que no opi­


naban por la regencia de otra princesa en otros dominios, de cuyo
derecho corrió una apología extendida por un oidor, la cual se diri­
gió desde esta plaza a la Regencia por el capitán de Fragata don An­
tonio Villavicencio, su comisario, y recibieron un grado casi de evi­
dencia estas sospechas, al observarse, con escándalo de todo el
Reino, la renuencia del virrey en comunicar las órdenes para que se
reconociese la Regencia, que sólo lo hizo instado repetidas veces por
el Cabildo de Santafé, y aquí se practicó sin este requisito, aunque
después hubo de comunicar la orden al Cabildo, para su inteligencia3
sin más encargo, ni la menor expresión sobre su cumplimiento, el
que en Santafé se le dio por un simple pregón como almoneda ordi­
naria 6.

Don Ignacio de Herrera, el carácter más vehemente, decidido y


valiente, resuelve iniciar sus actividades como precursor general del Ca­
bildo abusando ante la Junta Central, a la Audiencia de toda suerte de
delitos, particularmente de deslealtad con el rey y de connivencia con
el partido de los afrancesados. El 15 de enero envía a España un exten­
so y motivado Memorial que, entre reiteradas protestas de amor y fi­
delidad a Fernando VII, trata de traidores al virrey Amar y a los oido­
res que seguían sus nefastas maquinaciones:

En América, y especialmente en este Nuevo Reino de Granada, tene­


mos muchos colocados en sus empleos por Godoy, que pretenden
vendernos. Yo haría traición al ministerio de síndico procurador ge­
neral, si en tan tristes circunstancias enmudeciera... Voy, pues, a des­
cubrirlos con libertad, bajo la protesta que haga delante de Dios con
el juramento más solemne que todo es cierto. El virrey don Antonio
Amar es hechura de Godoy... Él se presenta acompañado de franceses
a quienes distingue con predilección sobre todos: hacia ahpra mantie­
ne a Francisco Laviña, su mayordomo, que vende a budn precio los
empleos... Aun los beneficios mismos eclesiásticos se ponen en públi­
ca subasta... Con tan infames disposiciones tiene el virrey en todo el
Reino personas determinadas a seguir sus huellas, y que con facilidad
conspirarán contra la patria...

6 Sergio Elias Ortiz, Colección de Docum entos p a ra la H istoria de Colom bia, óp. cit.,
p. 311. -
En vísperas del 20 de julio de 1810 123

Sigue exponiendo Herrera las connivencias y desacuerdos del vi­


rrey con los oidores y trae a cuento lo dicho entre muchos vecinos
honrados por el fiscal don Diego Frías, en pleno acuerdo con el oidor
don Juan Hernández de Alba,

que la América no tiene otra suerte que la de la Metrópoli, y que si


ésta jura la nueva dinastía de José Bonaparte, debe aquélla sujetarse
al mismo. Iguales expresiones vertió la virreina, y éstas son también
las intenciones de todos los oidores que prentenden asegurar sus em­
pleos con una infame como cobarde entrega de estos Estados.

Hace un recuento de las persecuciones desatadas contra los miem­


bros más eminentes de la sociedad y de la Iglesia, las arbitrariedades
del gobierno al nombrar e imponer en el Cabildo al alférez real, don
Bernardo Gutiérrez, indigno puesto, y de los «seis intrusos», y no es
difícil prever que «mañana se presentará el alférez real por las calles y
plazas con el pendón del intruso José Bonaparte y querrá que lo jure­
mos». Y como excelente abogado acumula cargos resultantes de la pé­
sima política practicada en Pamplona y en el Chocó, para regresar a
Santafé con nuevos y ominosos hechos —como el abandono en la de­
fensa del Reino, pues no se han levantado milicias— de todo lo cual
deduce que «el virrey don Antonio Amar y el oidor don Juan Hernán­
dez de Alba tratan de entregarnos a José Bonaparte y de tiranizarnos
ellos mismos». Todo esto lo denuncia «el Personero de la Capital para
que sin pérdida de tiempo se aplique el remedio»7.
Este tremendo «J’accuse», que trajo a su autor muchos sinsabores,
llegó al Consejo de Regencia, el cual destituyó al virrey Amar y desig­
nó su reemplazo al teniente general don Javier Venegas, pero ni la no­
ticia ni el naandatario llegaron a Santafé, pues la insurrección triunfó
muy pronto contra el inepto y vacilante régimen.
Para enrarecer más el ambiente, continúan las pesquisas ordeñadas
por el·gobierno, seguidas de encarcelamiento de personajes como $1 ca­
nónigo don Andrés Rosillo, Antonio Nariño, enviado a Cartagena, el
oidor de Quito don Baltazar Miñano, el doctor Joaquín Ricaurte, va-
1 ··'■ '

7 M em orial del Síndico Procurador del C abildo de Santafé, doctor Ignacio de H errera, en
Sergio Elias Ortiz, Colección de Docum entos p a ra la H istoria de Colom bia, segunda parte,
pp. 93-100;

\
124 La independencia de Colombia

ríos sacerdotes, etc.; y de parte de los patriotas, alborotos y subleva­


ciones.
El episodio de la revuelta en los llanos orientales de Casanáre, fue
muy significativo para demostrar la agitación reinante en todas las cla­
ses sociales y la pasión por la independencia. José María Rosillo, Vi­
cente Cadena y Carlos Salgar, con otros alocados jóvenes intentaron
apoderarse del abundante parque de la expedición militar enviada por
el virrey en auxilio del gobierno español de Quito. La arriesgada em­
presa, precipitada y generosa, aunque amparada en sus principios por
los prohombres de Santafé, terminó en fracaso, pero los jóvenes se reu­
nieron con otros sublevados de Casanare, después de pasar por los
pueblos de la provincia del Socorro, y ataqaron al gobernador don Re­
migio María Bobadilla, confidente de Amar y^ paniagudo de la virreina.
Por momentos logran una victoria fugaz, el 15 de enero, al caer por
sorpresa sobre la casa del gobernador, en Pore. Empero la reacción mi­
litar fue inmediata, y Cadena y Rosillo caen en poder de Bobadilla,
mientras Salgar puede escapar y perderse en las soledades del llano.
El proceso fue rápido, tanto que el 22 de abril el dictamen del
fiscal los acusa del «notorio bullicio y conmoción», por lo cual pide
declararlos «por enemigos públicos del Estado y de la patria, condena­
dos a que mueran en la horca, remitiendo las cabezas y la causa al
Excmo. señor virrey». En la tarde del 30 de abril fueron ejecutados en
Pore los valientes jóvenes, cuyas cabezas mutiladas llegaron a Santafé,
y produjeron tal conmoción popular qué el gobierno se abstuvo de ex­
hibir sus despojos, como lo mandaba la durísima sentencia.
El Cabildo se convirtió en teatro de la lucha entablada por el pro­
curador general don Ignacio de Herrera contra los intrusos, que apare­
cían como los más fieles representantes de la política oficial.
Sucedió por entonces —leemos en las M em orias de Torres y Peña—
un escándalo demasiado ruidoso en el mismo Ayuntamiento que aca­
bó de descomponerlo todo. Este grave incidente fue llamjado en los
papeles de la época «la trifulca». ¡
En la sesión del 26 de abril el alférez real don Bernardo Gutié­
rrez exigió imprudentemente copia de las Instrucciones al diputado de
las Cortes, junto con los capítulos que habían sufrido reformas. He­
rrera saltó inmediatamente y protestó con energía que dichas Instruc­
ciones eran reservadas, aunque conocía la intriga del alférez, no se
oponía a la solicitud, pues no temía expresar sus pensamientos y sos­
En vísperas del 20 de julio de 1810 125

tenerlos a la faz de todo el mundo. Ya había comenzado la votación


sobre el asunto, cuando el alcalde mayor provincial don José María
Domínguez reclamó la ausencia de los contrincantes, para votar con
mayor libertad.
Al retirarse por los corredores del Ayuntamiento, ante las palabras
injuriosas de Herrera, estalló la ira del español, de un tremendo puñe­
tazo lo derribó al suelo y sobre él siguió propinándole golpes. Saliendo
los regidores de la sala —siempre dice el autor de las Memorias— aco­
metió al alférez real, que era hombre robusto, a dicho procurador ge­
neral que iba descuidado, a más de ser un literato débil y cegatón, y
lo derribó en la galería. Acudió en su defensa el regidor don Jerónimo
de Mendoza y saliendo a la misma galería los alcaldes ordinarios doc­
tor José Miguel Pey y don Juan Gómez, juntaron a su voz toda la gen­
te de la plaza, a la cual concurrieron muchos sujetos de distinción.
De propósito y para aumentar el conflicto y hacerlo más público,
los alcaldes pidieron el auxilio de tropa y muy pronto se congregó el
pueblo airado contra el alférez que así había irrespetado al Cabildo y
a su procurador.
La causa abocada por los dos alcaldes —no obstante la petición
del alférez para que la asumiera la Real Audiencia— fue seguida con
notoria benignidad para Herrera que salió muy pronto de la cárcel,
mientras que Gutiérrez quedó en ella hasta su huida el 20 de julio.
Es apasionante la lectura de este largo proceso —instruido desde el
27 de abril al 28 de mayo— pués ante los jueces desfilan, además de
los regidores, los mismos prohombres del 20 de julio: Camilo Torres,
José Joaquín Camacho, Miguel de Pombo, Gregorio Gutiérrez More­
no, Francisco Morales, Sinforoso Mutis, José María Carbonell, etc. To­
dos ellos habían acudido a presenciar y a estimular el tumulto. Ya el
clima quedó caldeado, el pueblo prevenido y los dirigentes preparados
para la decisión final que no podía tardar. No se explican los histo­
riadores cómo ese día 26 de abril no quedó constituida la Junta Su­
prema 8.
Herrera era demasiado listo para no saber sacar el mejor partido
de la situación.
1

8 Todas las actas del proceso fueron publicadas por Enrique Ortega Ricaurte, D o­
cumentos^ sobre el 2 0 de ju lio de 1810 , Bogotá, 1960.

\
126 La independencia de Colombia

La injuria no se ha hecho solamente a mi persona^—escribía en un


altanero memorial—, se dirige contra el Ayuntamiento, pues el alférez
real pretende acriminarme por las Instrucciones que aprobó. El ultraje
fue casi en la misma Sala Capitular. El pueblo, a quien represento
como síndico procurador general, no ha sido menos ofendido; yo lle­
vo con ardor sus causas y trato de perseguir a un hombre sospechoso
en las circunstancias actuales.

, Los memoriales de Herrera que cursan en el expediente llevan las


huellas de su altivo carácter que, como repetirá, no sabía quemar in­
cienso ante los ídolos, y de su exquisita formación jurídica. No es raro
encóntrar en ellos la doctrina de la reversabilidad de la soberanía. Di­
rigiéndose al virrey para expresarle el contenido de sus informes
—ocultándole las acusaciones de que hemos hablado anteriormente—,
escribe:

\ Yo manifesté, es cierto, que había elevado mis -»informes al Cuerpo


que reasume la soberanía por consentimiento unánime de la Nación,
pero no señalé con el dedo los traidores o sospechosos de tales. Este
secreto lo descubro únicamente a la Junta Central; y debe estar cerra­
do hasta que vengan las providencias de España; porque las circuns­
tancias actuales no me permiten revelarlo a ningún Tribunal de
América9.

Consciente Herrera de su papel histórico, no duda en poner de


relieve la importancia de sus actuaciones: «La capital y los pueblos to­
dos de su distrito sabrán que he sido víctima por conservar su libertad,
y mis hijos encontrarán un modelo de firmeza y verdadero patriotis­
mo».
Resulta de gran interés analizar cómo evolucionan, al compás de
los nuevos acontecimientos, las ideas políticas de Torres, el jefe indis­
cutible de nuestra emancipación, a los pocos meses de redactado el
Memorial de Agravios. Después de conocer el decreto de 22 de enero
del Consejo de Regencia; indignado ante la ejecución de Rosillo y Ca­
dena y demás arbitrariedades del Alto Gobierno; y habiendo visto el

9 Enrique Ortega Ricaurte, Docum entos sobre el 2 0 de ju lio de 1810 , Bogotá, 1960,
p. 114. ~
En vísperas del 20 de julio de 1810 127

desperdicio de la agitación popular provocada por «la trifulca» del


Ayuntamiento, su postura se torna más radical al tiempo que crece su
pesimismo, todo lo cuál se refleja en su Carta a su tío el oidor de Qui­
to, don Ignacio Tenorio, firmada el 29 de mayo.
Don Ignacio le había escrito sometiéndole sus planes —que com­
partían muchos americanos ilustres— de formar un Gobierno Supremo,
elegido por los votos de las provincias de América para gobernar, en
calidad de Regencia, en nombre de ¡Fernando VII, en vista a la irre­
mediable situación de España. Torres expone todas las tropelías come­
tidas por «estos mandones, estos enemigos domésticos, estos sátrapas
crueles, que miran con horror estas ideas; y ellos quisieran sellar eter­
namente nuestra esclavitud y evitar a todo riesgo nuestra independen­
cia».
Empero, quien había mantenido meses antes la necesidad de es­
tablecer Juntas Provinciales y Cortes Generales en América, rechaza con
energía el plan de Tenorio. Para ello apela a las doctrinas populistas
suarezianas que le han de servir como justificación para la transforma­
ción política:

Además, yo no puedo conciliar la independencia de América que us­


ted confiesa, perdida la España, con la necesidad que se quiere im­
poner a las Cortes dé que nombren una Regencia y con la necesidad
también de que ésta gobierne a nombre de Fernando VIL ¿Serán
compatibles estas restricciones con los derechos sagrados de un pue­
blo libre que se reúne por medio de sus representantes para formar y
organizar el gobierno que mejor convenga a sus más preciosos inte­
reses? Si Fernando VII existe para nosotros, entonces que no se altere
el orden de las cosas... Pero si Fernando VII no existe para nosotros,
si su monarquía se ha disuelto, si se han roto los lazos que nos unían
con la Metrópoli, ¿por qué quiere usted que nuestras deliberaciones,
nuestras Juntas, nuestros Congresos y el sabio gobierno que elijamos
se hagan a nombre de un duende a un fantasma?

El eximio jurisconsulto refuta la Ley de Partida invocada por los


defensores del plan rebatido:
1

Si somos libres e independientes, no necesitamos de cubrirnos con el


nombre de un rey para formar la mejor, la más conveniente Consti­
tución, ni mucho menos necesitamos para esto de una ley bárbara

\
128 La independencia de Colombia

hecha en tiempos bárbaros y que no es aplicabletál caso presente...


En este caso la soberanía que reside en la masa de la nación, la ha rea­
sumido ella y puede depositarla en quienquiera, y administrarla como mejor
. acomode a sus grandes intereses. Pese a estas afirmaciones, no hemos de
olvidar que la única razón que justificaba una separación era la orfan­
dad.
Tampoco admite Torres la formación de una Junta Suprema pre­
sidida por el virrey o capitán general, pues unos jefes nacidos y cria­
dos en el antiguo despotismo, imbuidos en sus perversas máximas y
acostumbrados a considerar a los pueblos como viles esclavos y a
mandarlos al son del tambor; estos jefes, digo, no son buenos para
gobernar hombres libres ni para presidir unas Juntas compuestas de
los representantes de un Reino a qujenes ellos habían oprimido...

Continúa pensando en las Juntas Provinciales, pero no convoca­


das por las autoridades españolas, porque
\ '
i todo poder, toda autoridad ha vuelto a su primitivo origen, que es el pueblo,
y éste es quien debe convocar. ¿Y cuál sería entonces el modo práctico
de la convocatoria? No por la participación directa del pueblo, aún
no acostumbrado al ejercicio del sufragio, acaso estorbado por el tu­
multo y el desorden: ...es preciso y mientras se organiza una verda­
dera representación nacional, que los Cabildos levanten la voz y con­
voquen a los padres de familia y a los hombres de luces de sus
respectivos distritos...

El recurso a los Cabildos —último reducto y sombra de la vieja


democracia castellana— era el más útil desde el punto de vista institu­
cional y práctico, y al fin de cuentas fue el proceso desarrollado a los
pocos días, por Torres y quienes siguieron sus pautas.
Finalmente, don Ignacio Tenorio consideraba que si el gobierno
español se trasladaba a América, se debería continuar prestándole obe­
diencia. Esta idea subleva el ánimo de Torres, siempre fiel a sus doc­
trinas jurídicas expuestas con una dialéctica coherente, pues ello sería
posible

mientras la América y la España podrían llamarse una sola e indivisi­


ble nación sujeta a un mismo soberano, pero desde que la suerte de
la una y de la otra es tan diversa, y después que la fuerza del destino
ha separado la una de la otra, disolviendo los vínculos políticos que
En vísperas del 20 de julio de 1810 129

la unían, serían ciertamente un error funesto creer que después de este


rompimiento debía la América admitir como soberanos unos simples
particulares que ya no tienen representación alguna y a quienes sólo
podemos mirar como a unos hermanos que en su desgracia imploran
nuestra ayuda y protección 10.

Tanta raigambre tenían estas ideas en aquella mente esclarecida,


que «ni el temor, la esperanza ni el respeto me harán abandonar». Su
visión penetraba en el futuro que presentía cercano:

Conozco que ha llegado el momento feliz de la libertad de mi patria


y que si se malogra ahora esta ocasión, nuestra esclavitud queda sella­
da para siempre. Si mi patria es libre, yo seré feliz...; si he de tener el
dolor de verla todavía esclava de tiranos o hecha el juguete de hom­
bres ambiciosos, huiré de ella, abandonaré el país en que comencé a
respirar, los lugares en que me educaron, los sepulcros de mis mayo­
res, los amigos y compañeros de mi juventud, para ir a buscar una
patria donde encuentre un asilo en donde pueda olvidar las desgra­
cias de la mía.

Como vemos, el derrumbamiento de la monarquía española y la


gran crisis suscitada en la metrópoli, comenzaban a producir en Amé­
rica los primeros resultados. La acefalia metropolitana fue la causa que
predispuso los espíritus en favor de una emancipación, pues la posi­
ción de Fernando VII se veía tambaleante. ^
Como dato curioso, Torres en esta carta hace mención de un he­
cho que no fue registrado en los papeles de la época y que ha pasado
desapercibido entre los historiadores. El virrey Amar tenía proyectado,
en caso de la total derrota de España, convocar Cortes Generales ame­
ricanas para el nombramiento de un regente que representará a Fernan­
do VII. Pues bien, Torres habla a su tío de este plan* como escuchado
en forma secreta de los oidores «que quieren que se convoquen las
Cortes Generales de América, como se iba a hacer en España, y que
éstas elijan un regente del Reino, que no debe ser otro, según ellos,
sino Carlota, que está en Brasil, o su hermano el infante don Pedro, y
que mientras tales Cortes'se reúnen, para evitar la anarquía tendría el

1Q Proceso H istórico del 2 0 de ju lio , op. c i t pp. 54-68.

/'
130 La independencia de Colombia

mando pleno en Nueva* Granada el virrey y los oidores». Vemos pues


que frente a un deseo de escisión pesa tanto o más el apoyo a la C o­
rona como poder tutelar.
El único documento oficial, a nuestro entender, que hace referen­
cia a este plan, es la Representación del Gobierno de Cartagena a las Cortes
reunidas en la isla de León, de 1 de febrero de 1811, en el cual los pa­
triotas de Cartagena hablan de

un gran proyecto entre estos jefes (Amar y el gobernador Montes) y


la Audiencia... de aclamar regenta a la princesa Carlora, cuyas tropas
podían entrar en caso necesario por Maynas, por donde confina este
i Reino con el del Brasil, y a su nombre, j al abrigo de la distancia y
de tan relevante servicio, reinan, dominarán y acabarán de destruir
este miserable Reino 11.

Presencia en C artagena de dqn A ntonio V illavicencio

La Suprema Junta de Regencia, conocedora del malestar y descon­


tento que reinaban en tierras de América, resolvió enviar comisarios
regios, en calidad de investigadores y consejeros autorizados, origina­
rios de las propias colonias, para obtener el reconocimiento del Con­
sejo, apaciguar los ánimos y mantener las provincias alejadas de las
pretensiones de Napoleón. Eligió para tan importante misión a tres
personajes de distinción: don José de Cos Iribarri, para el Alto Perú,
don Carlos Montúfar, hijo del marqués de Selva Alegre, para Quitó, y
don Antonio Villavicencio, capitán de fragata, para el Nuevo Reino.
Este último era quiteño y bien conocido en Santafé, donde mantenía
buenas amistades, pues había estudiado en el Colegio del Rosario.
Los comisarios llegaron al puerto de La Guaira el 18 (Je abril y
fueron sorprendidos con la Revolución del 19 en Caracas, qué estable-

11 Sergio Elias Ortiz, Colección de Docum entos p a ra la H istoria de C olom bia , segunda
serie, p. 132. Se trata de la princesa Carlota Juliana de Borbón, hermana de Fernando
VII, de cuyas aspiraciones a la Regencia escribe extensamente Demetrio Ramos en L a s
! Cortes de C ádiz y A m érica , op. cit., p. 543. Gabriel Porras Troconis también trata de estos
planes, aunque en forma muy superficial, Cfr. Entre Bastiones, Cartagena, Colombia,
1930, pp. 189-202. -
En vísperas del 20 de julio de 1810 131

ció la Junta Suprema de Gobierno y destituyó al capitán general don


Vicente de Emparán. De todos modos viájaron a Caracas, y después
de obtener el reconocimiento de Fernando VII, pero no del Consejo
de Regencia, continuaron su viaje rumbo a Cartagena, adonde llegaron
el 8 de mayo. El comisario del Perú murió en la travesía a Panamá y
Montúfar siguió a Santafé por el río Magdalena. Villavicencio perma­
neció en Cartagena donde el despótico gobernador don Francisco
Montes estaba en conflicto con los regidores del Cabildo y los miem­
bros de la aristocracia criolla de aquel puerto: les comunicó la noticia
del nombramiento del nuevo virrey y trató de mejorar estas relaciones.
El Ayuntamiento se reunió en los días 12 y 22 de mayo, y en sus se­
siones se trató del establecimiento de la Junta Provincial y el recono­
cimiento de la Regencia, como veremos detenidamente más adelante.
En nota reservadísima del 20 de mayo, Villavicencio dio cuenta al
virrey Amar de lo ocurrido en Caracas y de la Junta Suprema de Car­
tagena, propiciada por él, calificando esta medida de «sabia, convenien­
te e indispensable para conservar esta provincia a nuestro legítimo so­
berano». Aconsejaba, además la creación de la misma Junta en Santafé,
le recomendaba la lectura del voto del síndico procurador de Cartage­
na, doctor Antonio José de Ayos, con el objeto de moverlo a la insta­
lación de la Junta. Se mostraba muy bien informado de los recientes
escándalos ocurridos en la capital y le da cuenta de la triste situación
en que se encontraba Nariño, preso y enfermo, en incapacidad de es­
cribir y sin que concluyera su injusto proceso. De acuerdo con el go­
bernador, le fueron mejoradas las condiciones de la cárcel. Además le
comunicaba de paso el nombramiento del nuevo virrey en la persona
de don Fráncisco Xabier Venegas.
No qiíedó muy satisfecho el virrey con esta carta en que le noti­
ficaba prácticamente su destitución, y le contestó en forma harto de­
sabrida y poco amistosa, que esperaba conocer los términos de su co­
misión para saber a qué atenerse.
El 24 de mayo Villavicencio firmó un documento con destino al
Consejo de Regencia con un minucioso informe acusatorio de la pési­
ma administración española y la solicitud de mayor comprensión y hu­
manidad en el manejo de la cosa pública, si se quería evitar los males
separatistas, que ya se veían como inminentes. Dividió su extensa, va­
liente y razonada información en tres partes: a) Ineficacia del sistema
administrativo español, aplicado a América, y sus desastrosas conse­

\
132 La independencia de Colombia

cuencias. b) Radiografía moral de los funcionarios españoles del vi­


rreinato dé la Nueva Granada, c) Apolpgía de los hombres aptos, per­
tenecientes a este Reino, para los altos oficios12. El comisionado regio
creía que el malestar en la Nueva Granada desaparecería al otorgarse
prebendas bien remuneradas a las personalidades eminentes de la oli­
garquía criolla.
Es interesante observar que las recomendaciones para los altos car­
gos recayeron en los principales promotores de la emancipación en
Santafé de Bogotá y Cartagena, de todos los cuales hace altos y mere-'
cidos elogios por su ilustración, moralidad, y servicios importantes al
Reino.
Después de tratar inútilmente de moderar las actuaciones del co­
mandante de armas de Mompóx, teniente coronel Vicente Talledo que
despreciaba y perseguía á los criollos, a pesar de los esfuerzos del Ca­
bildo, pues se trataba de otra hechura del virrey y actuaba en conni­
vencia con^ el gobernador Montes, Villavicencio optó por embarcarse
rumbo a Bbgotá. El anuncio de su llegada y la preparación para reci­
birlo con las mayores atenciones, sirvió precisamente de pretexto a los
patriotas para iniciar el motín que culminó en la creación de la Junta
Suprema de Gobierno, y la deposición del virrey.

/1

v12 Este trascendental informe, que demuestra las altas calidades intelectuales de don
Antonio Villavicencio y el perfecto conocimiento que tenía de las cosas de América, fue
publicado en el Boletín Historial de Cartagena, n.° 12, pp. 448-463. Lo reeditó, íntegra­
mente Sergio Elias Ortiz, Génesis de la Revolución del 2 0 de ju lio de 1810 , Bogotá, 1960,
pp. 112-131. -
Capítulo VI

LAS JUNTAS DE GOBIERNO EN LA NUEVA GRANADA

El encadenamiento de los hechos que venían sucediéndóse en Es­


paña y América, particularmente en el Nuevo Reino, y las ideas que
allá y acá agitaban los espíritus, debían culminar lógicamente en la
ruptura de los lazos que nos ligaban por tres siglos con la monarquía
hispana. La generación que se enfrentaba a los acontecimientos estaba
preparada jurídicamente para asumir las responsabilidades de la con­
ducción del Nuevo Estado, aun aquellos que no entendían de leyes, se
hallaban dispuestos a aceptar los nuevos cambios. La agitación de las
masas populares vendría a tiempo.
Para comprender la cabalidad por qué los ideólogos se apoyaban
en los Ayuntamientos para el logro de la transformación política am­
bicionada, es conveniente echar una rápida ojeada a la tradición espa­
ñola de los cabildos, y en la forma específica de cabildos abiertos, que a
pesar de ser común a los pueblos de América, en el Nuevo Reino
arraigó profundamente y asumió claros y definidos perfiles; desde los
primeros días de la Conquista.

N aturaleza y evolución de los cabildos

No se ha destacado hasta ahora el papel preponderante de los ca­


bildos en la gestación y nacimiento de la Revolución de Independen­
cia por los historiadores que se han ocupado en ella, ni su influencia
en la formación de la conciencia democrática de nuestras gentes, pues,
como anota justamente Miguel Aguilera, se ha adelantado mucho en
134 La independencia de Colombia

el examen de la acción individual, pero poco, muy poco, en el análisis


de la masá social 1. '
Rafael Uribe Uribe, gran sociólogo y distinguido jefe liberal, fue
quizás el primero en intuir una gran verdad cuando escribió que «los
Cabildos fueron el origen del movimiento emancipador que fue en el
fondo y en la forma un movimiento comunal perfectamente caracteri­
zado»12. Igual adivinación alcanzó a tener don Tomás Rueda Vargas al
aseverar su convicción de que «nuestra revolución de Independencia
tiene uh origen netamente español, hondamente fuerista, encauzada a
través del Consejo Municipal». Tesis inobjetables, pero que han que­
dado en meros enunciados sin suficiente comprobación.
Ciertamente andan muy equivocados quienes escriben sobre la
quietud incondicional de nuestros cabildos coloniales, pues ellos hicie­
ron germinar la libertad y mantuvieron vivo cierto ideal democrático
de la nación. «Encuéntrase en el estudio sociológico de nuestro pasado
colonial un sentido de liberación revolucionaria antes que de sumisión
y estancamiento» 3.
Resulta imprescindible aquí mencionar las clases de cabildos y sus
características, pues en ocasiones se confunden los términos. Así, he­
mos de hablar de cabildo ordinario, con uno o dos alcaldes y un nú­
mero determinado de regidores, que fue bastante democrático hasta
mediados del siglo xvi, época en la que se generalizó la venta de ofi­
cios. Éstos pasarán a manos de la gente principal del municipio y con
ello, a medida que aumenta la edad de los regidores, el cabildo será
más imperante. Existían también los cabildos abiertos, que no funcio­
naban de forma permanente como los anteriores, reuniéndose sólo en
circunstancias excepcionales. El número de miembros variaba, pero és­
tos siempre eran vecinos de calidad.
Esta tradición de autonomía municipal que sobrevivió en el alma
popular española se habría de proyectar pujante en las tierras cjle Amé­
rica, descubiertas y pobladas por el heroico esfuerzo de esei mismo

1 Miguel Aguilera, R aíces L ejan as de la Independencia, Instituto Colombiano de Cul­


tura, Hispánica, Bogotá, 1960, p. 71.
2 Rafael Uribe Uribe, Antecedentes del C abildo A bierto de 1810 , en Boletín de His­
toria y Antigüedades, año VI, n.° 63, julio de 1910, p. 196.
3 Demetrio García Vásquez, Revaluaciones H istóricas p a ra la ciudad de San tiago de
C ali, tomo II, Cali, 1951, p. 289. -
Las Juntas de Gobierno en la Nueva Granada 135

pueblo. Las Indias ganadas a los infieles serían el escenario natural de


aquellas franquicias y fueros otorgados a las ciudades conquistadas a
los moros.
Solórzano y Pereyra habla del cuidadoso esmero de los reyes de
que en todas las ciudades, villas y lugares de españoles que se iban
fundando,

se creasen cabildos, regidores y demás oficios necesarios en tales re­


públicas, los cuales todos los años sacasen y eligiesen de entre los
mismos vecinos y ciudades sus jueces o alcaldes ordinarios que den­
tro de sus términos y territorios tuviesen y ejerciesen la jurisdicción
civil y criminal ordinaria, y al modo y forma que se solía hacer y practicar
en los Reinos de España antes que se introdujese el uso de los corregidores4.

Y en verdad que las nuevas circunstancias de las Indias causaban


ineludiblemente un retorno a las instituciones medievales, cuando aún
no se había configurado la plenitud de la autoridad regia, y existía la
vigencia de normas de derecho natural.
En las primeras actas de nuestros cabildos asistimos al lento desa­
rrollo de las incipientes ciudades, y en ellas se refleja con nitidez el
espíritu de la tradición castellana. En todas se apela a los viajeros usos
y costumbres 5.
Era obvio que en el período fundacional los cabildos ejercieran
un cúmulo de poderes que más tarde serían cercenados paulatinamente
por la Corona. Los cabildos, viva encarnación de la autoridad cercana,
voz de la tierra y representación genuina de las nuevas repúblicas
—como calificaran los conquistadores a las nuevas poblaciones— eran
los llamados a dirimir litigios de competencia, refrendar poderes, suplir
vacancias, organizar o autorizar nuevos descubrimientos y pacificacio­
nes y dar oportunos consejos a los gobernantes reales 6.

4 P olítica In d ian a , com puesta p o r el señor don Ju a n de Solórzano y Pereyra, corregida e


ilu strad a con notas p o r Francisco R am iro de V alenzuela, tomo II, p. 262.
5 Véanse varios ejemplos en Santafé de Bogotá, Pamplona, Tunja, etc., en Rafael
Gómez Hoyos, L a Revolución G ran ad in a, tomo II, p. 397.
6 Juan Friede, Docum entos Inéditos p a r a la H istoria de Colom bia, Bogotá, 1955-1957,
vol. V, pp. 161-164. Fray Pedro Aguado, Recopilación H istorial, Bogotá, 1956, tomo I,
libro IV, cap. IX. Ernesto Restrepo Tirado, H istoria de la provincia de San ta M arta, Bo­
gotá, 1943,.tomo I, p. 434.
136 La independencia de Colombia

El cabildo combinaba el esfuerzo personal de los vecinos sobre la


base del impuesto personal y subsidiario, con las rentas de propios,
para el arreglo de los caminos públicos, construcción de puentes* sos­
tenimiento de posadas para los viajeros y comerciantes; otorgaba ade­
más la patente del vecino, calidad que éste le daba, con las cargas ane­
jas, importantes privilegios como el de pedir la adjudicación de solares
o estancias o el establecimiento de algún negociq. En las regiones mi­
neras, el cabildo elaboraba las ordenanzas, que son verdaderos mode­
los pdr la técnica y el sentido de justicia que en ellas se manifiesta.
La vida económica del pueblo dependía, por consiguiente, del
ayuntamiento, el cual fijaba los aranceles relativos a la molienda del
trigo, las tarifas de los herreros, carpinteros, alarifes, etc., y los precios
de la carne, del trigo, de la cebada, así como también imponía repar­
timientos de dinero para enviar a los procuradores a la Corte y para el
servicio militar.
En la época inicial ejercieron también importantes funciones de
índole militar, pues organizaban campañas así defensivas como ofensi­
vas, o autorizaban nuevos descubrimientos o pacificaciones, o absol­
vían la consulta que les hacían los capitanes antes de salir a realizar
acciones militares. Era la renovación en estas tierras, por efecto de las
circunstancias, de las viejas mesnadas concejiles de Castilla, las cuales
habían caído en desuso cuando empezó a formarse el ejército integra­
do por asalariados.
Este cúmulo de facultades políticas, económicas y militares de­
muestra, como bien dice Demetrio Ramos, que el municipio, conside­
rado como fundamental en la política de la Corona, es prácticamente
la columna vertebral en la acción colonizadora7. En su articulación le­
gal y en el juego de los acontecimientos, debería contribuir, como el
que más, a la formación de una conciencia nacionalista y democrática
que al fin hará explosión en 1810. ,'
Los rozamientos con los gobernadores reales —virreyes;' audien­
cias, gobernadores— tenían que ser inevitables, porque todos ellos
pretendieron intervenir en la vida municipal. Pero los ayuntamientos
velaron insomnes por su autarquía, y es de justicia reconocer que la

7 Demetrio Ramos, L a Revolución de Coro en 1533 contra los Welser y su im portancia


p ara el Régimen M u n icipal, en Boletín Americanista, año I, n.° 2, Barcelona, 1959.
Las Juntas de Gobierno en la Nueva Granada 137

Corona se puso muchas veces de su parte. De eso existen numerosos


ejem plos8.
Era tal el peso de la herencia castellana que gravitaba sobre el es­
píritu de los pobladores de estas tierras, que llegaron a realizar serios
intentos de revivir la vieja institución de las Cortes, ya desaparecida en
España por la política absolutista de los Habsburgos9. Los casos ocu­
rridos a mediados y fines del siglo xvi, son tan numerosos cómo elo­
cuentes, y pueden verse en la obra tántas veces citada La Revolución
Granadina 10. Por tanto no es de extrañar que los promotores de la
emancipación, Camilo Torres, Ignacio de Herrera, Manuel Santiago
Vallecilla, José Gregorio Gutiérrez Moreno, etc., clamaran por el rena­
cimiento de esta democrática institución; aunque con las lastras que
hemos apuntado —venta de oficios, inoperancia por la ancianidad e in­
terés de la Corona en la falta de iniciativa y pujanza— no era ya tan
democrática.
A pesar de las reformas que en los siglos posteriores introdujo en
el régimen municipal la monarquía borbónica, consistentes en la venta
de los oficios concejiles, con toda su secuela de abusos, banderías y
desidias, el cabildo continuó siendo parte del eje vital de la estructura
social y política del Nuevo Reino. Siempre sintió respresentar la auto­
nomía vecinal y se creyó investido de la personería del pueblo. Aun­
que en vísperas de la emancipación su fuerza no era la de antaño.

L a institución del cabildo abierto

El cabildo abierto fue una institución impuesta en América por


detecho consuetudinario desde los comienzos de la conquista, y reco­
nocida por la Leyes de Indias que la mencionan, pero sin definirla ex­
presamente. Según la doctrina de Bobadilla en su Política para Corregi­

8 Juan Friede, Docum entos, op. cit., vol. V, p. 171. Ernesto Restrepo Tirado, H istoria
de la Provincia de San ta M arta, op. cit., II, pp. 89-93. Demetrio García Vásquez, R evalua­
ciones H istóricas, op. cit., II, p. 301. Tulio Enrique Tascón, H istoria de la C onquista de B uga,
Cali, 1938, p. 100.
9 Francisco Elias Tejada, E l pensam iento político de los Fundadores de la N ueva G ra­
n ad a, S e v illa, 1955, p. 68.
10 Rafael Gómez Hoyos, L a Revolución G ran ad in a , tomo II, pp. 406-410.
138 La independencia de Colombia

dores, y de conformidad con las prácticas, era la deliberáción directa


del pueblo con los cabildantes para decidir los negocios de mayor tras­
cendencia en situaciones urgentes. Las circunstancias específicas y pe­
culiares de la Conquista, habían introducido, como muy bien explica
Ricardo Levene, un derecho consuetudinario propio, resultado de las
peculiaridades del medio, de las necesidades y codicia de los hombres,
de los caracteres de una raza, de la ignorancia y abuso de las leyes n.
La ley 22 del título 11 del libro 4, de la Recopilación de Leyes de
Indias de 1680, reza así: «Permitimos que la elección de procurador de
la ciudad se haga solamente por votos de los regidores, como se prac­
tica en los demás oficios anales, y no por cabildo abierto». Como fuente
se cita la real cédula de Felipe IV de 23 de noviembre de 1623. Esta
disposición prohibitiva indica que en varios lugares se había estableci­
do la práctica democrática de la elección del procurador —representan­
te inmediato del pueblo— por medio de un cabildo abierto.
Juan\ de Castellanos y fray Pedro Simón relatan en sus obras la
celebración de cabildos abiertos en Tunja, y Santa Marta 112. Y en la
publicación reciente de documentos inéditos sacados del Archivo de
Indias por el historiador Juan Friede, resulta la frecuencia con que los
conquistadores apelaron a este recurso extraordinario. Aparecen cabil-
dbs abiertos en Santa Marta, en 1531; en Cartagena, el 23 de noviem­
bre de 1535; en la villa de Acia, en 1536; otro en Cartagena, el 2 de
diciembre de 1538, etc. 13.
No podemos —en form a alguna— pasar por alto la interpretación
de otros estudiosos, como Indalecio Liévano, quienes estiman que «sólo
la consideración superficial de la realidad social ha permitido atribuir a
los cabildos un carácter democrático o la personería de un pueblo,
cuando en realidad fueron el organismo oligárquico por excelencia,
donde se refugiaron los remanentes del poder feudal cuando la Corona
comenzó a recuperar, con trabajo, las facultades cedidas en! las Capi­
tulaciones». Por ello se estima que poco tiene de democrática una ins­

11 Ricardo Levene, Ensayo H isto rial' sobre la Revolución de M ayo, y M arian o M oreno ,
Buenos Aires, 1921, p. 258.
12 Fray Pedro Simón, N oticias H istoriales, Bogotá, 1953, tomo III, p. 127. Juan de
Castellanos, E legías de Varones Ilustres de In d ias, tomo II, Bogotá, 1955, p. 568.
13 Juan Friede, Docum entos Inéditos p a ra la H istoria de Colom bia, tomo II, pp. 177-
188; tomo IV, pp. 11-15; tomo III, pp. 335-340; tomo IV, p. 93; tomo V, pp. 52-55.
Las Juntas de Gobierno en la Nueva Granada 139

titución formada a capricho de las poderosas oligarquías municipales.


Así, aunque se intentó recuperar la participación ciudadana, pòco pudo
lograrse cuando los cimientos estaban tan viciados.

E l cabildo abierto en C artagena, Pamplona, C ali y S ocorro

El 12 de mayo se celebró en Cartagena cabildo extraordinario con


la presencia de los alcaldes ordinarios. El primero de éstos, don José
María García de Toledo tuvo una habilísima intervención oratoria en
la cual pidió el establecimiento de la Junta Superior de Gobierno y
para convencer al gobernador exhibió el Manifiesto del Consejo de Re­
gencia, «porque este Cuerpo, establecido legalmente y por los sufragios
del público, era el más competente para entender y deliberar en las
ocurrencias del día». El orador se negó hábilmente a reconocer la Re­
gencia mientras no se proclamara la Junta de Gobierno y terminó pro­
poniendo que «se trate ante todas cosas, en cabildo abierto, así sobre la
deseada Junta como sobre el reconocimiento del Consejo de Regencia,
para que de un modo más solemne se conozca la voluntad del pueblo
y se acredite la invioláble voluntad de las clases que lo componen...».
El otro alcalde, don Miguel Díaz Granados, se mostró en absoluto
de acuerdo con lo expuesto, y en idéntico sentido se pronunciaron los
regidores José María Castillo y Rada, Gutiérrez de Piñeres y Juan Sal­
vador Nárváez. Tres cabildantes fueron partidarios del reconocimiento
del gobierno español erí esa misma sesión, dejando para un próximo
cabildo pleko, la proclamación de la Junta. Los partidarios del cabildo
abierto exponen que se conforman con el extraordinario pleno y que
se verifique^ el día 16 del corriente 14.
De esté interesante relato se deduce la diversa postura de los regi­
dores pertenecientes a las dos corrientes políticas, la criolla y la espa­
ñola y la prudencia de los patriotas que no quieren forzar a ésta, cons­
ciente de que los hechos serían incontenibles.
El regidor don Tomás Andrés de Torres propuso que el síndico
procurador, doctor Antonio José de Ayos, «haciendo un esfuerzo con

- .14 Manuel Ezequiel Corrales, Docum entos p a r a la H istoria de C artagena de In dias,


Bogotá, 1883, tomo I, pp. 53-63.
140 La independencia de Colombia

su notorio celo, presentase sus pensamientos e ideas, que puedan servir


de regla al cabildo», lo cual fue aprobado. El procurador, que ya venía
preparado, procedió a dar su voto en un escrito de gran importancia
política y jurídica —semejante a los emitidos en Santafé—, conceptuoso
y valiente, aunque redactado en estilo pesado y un tanto oscuro. Des-
pqés de exponer los hechos ocurridos en España y apelar a los consa­
bidos principios legales, y para evitar el peligro de la tiranía francesa,
el procurador termina proponiendo la elección de una Junta integrada
.po r 18 personas, presididas por el gobernador y dividida en secciones
para el despacho de las diversas tareas del gobierno. El punto octavo
coincide con las ideas reformistas de José Ignácio de Pombo en mate­
rias económicas, tendentes a elevar el nivel de vida del pueblo 15.
No se verificó el cabildo proyectado para ei 16 de mayo, y el go­
bernador Montes, renuente a perder su autoridad con la nueva Junta,
procedió a jurar el Consejo de Regencia a espaldas del Ayuntamiento
y con la protesta elevada por los alcaldes ordinarios. Pero en cambio,
el 22 de niayo se dio por el cabildo el paso más avanzado al aprobar
el acuerdo en virtud del cual, mientras se podía organizar la Junta Su­
perior, se entraría a dar puntual observancia a la ley 2.a, título 7, libro
IV de la Recopilación, citada en el informe de Ayos, la cual atribuía la
administración de la República a los gobernantes en unión de los
ayuntamientos. Todos procedieron a jurar el cumplimiento de «esta
nueva forma de gobierno acomodada en cuanto es posible a la necesi­
dad y a las leyes».
Finalmente, en la histórica sesión del 14 de junio, el Cabildo con­
sumó el movimiento al deponer al gobernador Montes de la parte del
gobierno civil y militar que se le había dejado, en vista de graves ra­
zones de orden público y después de haberse asegurado el apoyo o la
neutralidad de las fuerzas armadas. Y siguió dictando medidas para
preservar la tranquilidad social en edictos y acuerdos, en los cuales se
transparenta la perfecta identidad de intereses entre el cuerpo; político
y el pueblo por él representado. '
Esta actitud del cabildo de Cartagena, estimulada por los caudillos
de Santafé, que habían enviado como elemento de enlace al doctor

15 Este valioso documento había permanecido inédito hasta ahora, y ¿e publicó


parcialmente en la obra de Rafael Gómez Hoyos, L a Revolución G ran ad in a , op. cit., II,
pp. 422-425. ~
Las Juntas de Gobierno en la Nueva Granada 141

Castillo y Rada, dejaba ya despejado el camino para el golpe definitivo


en la capital del país. La táctica de los conductores de Santafé fue ca­
lificada por un escritor anónimo cartagenero, testigo de los aconteci­
mientos, de prudentísima,

pues no hay duda de que si se hubiesen adelantado a cualquiera in­


novación política, el virrey quedaba seguro en su retirada, y en apti­
tud de regresar forzado o eñ cualquier otro acontecimiento siempre
el gobernador de Cartagena hubiera hecho marchar fuerzas de la pla­
za a restablecer el gobierno de la capital16.

Frustrado el movimiento popular dirigido por el cabildo de Mom-


pox para el reconocimiento del nuevo gobierno de Cartagena, por la
actuación enérgica del jefe militar Talledo, el segundo pronunciamien­
to le tocó a la ciudad de Pamplona. Se produjo el 4 de julio contra el
gobernador español d o n ju án Bastús y Falla, el mismo oscuro, inepto
y arbitrario gobernante que había reemplazado al eminente criollo don
Joaquín Camacho. El pueblo amotinado lo destituyó y depositó el go­
bierno en una Junta integrada por el cabildo y por algunos ciudadanos,
nombrados diputados.
El Acta que se hizo el 31 de julio dice que «habiéndose reunido
en cabildo abierto los señores... individuos del ilustre cabildo de esta
ciudad, que por la deposición del corregidor don Juan Bastús, había
reasumido la autoridad provincial...», designaron la Junta Provincial,
quedando encargado de la presidencia el vicario eclesiástico doctor
Domingo Tomás de Burgos y de la secretaría el doctor Francisco Soto,
abogado de la Real Audiencia. El pueblo prestó el juramento de obe­
diencia a la Junta durante la misma sesión y el Acta se hizo circular
por los cabildos de la Provincia.
El doctor Soto, en comunicación de 2 de agosto, firmáda por los
miembros de la Junta, explica que los temores de ser acometidos a un
mismo tiempo por los gobernadores de Tunja, Socorro y Maracaibo,
contuvieron al pueblo pamplonés en la noche del 4 de julio y le im­
pidieron eregir la Junta Provincial que deseaba.

16 J. D. Monsalve, A ntonio V illavicencio y la Revolución de Independencia, Bogotá,


1920, I, p. 119. Gabriel Porras Troconis, D ocum ental concerniente a los antecesores de la D e­
claración de la Independencia absoluta de la provin cia de C artagena de In dias, Cartagena, 1961,
p. 32.
142 La independencia de Colombia

El 3 de julio ocurrió el levantamiento del cabildo de Cali en for­


ma más pacífica, porque no iba en contra de determinado gobernante
aborrecido por el pueblo, sino contra el régimen español. De los do­
cumentos correspondientes se destaca que don Ignacio dé Herrera, fue
el enlace entre los dirigentes de Santáfé y los de su ciudad natal, así
como para Pamplona habían actuado los doctores Camacho y Gutié­
rrez de Caviedes.
EI^ 13 de julio el presidente de la Junta doctor Joaquín Caycedo y
^Cuero se dirigió al comisario regio Villavicencio, remitiéndole el Acta
del 3 de julio y dando las motivaciones acostumbradas del paso que
habían dado; y termina el oficio con los votos de los cabildantes cale­
ños por la formación en Santafé de una Junfa Suprema «pensamiento
conformé a las ideas de los españoles en la Península...» 17.
No podía quedar ausente de este anillo revolucionario que iba en­
volviendo en sincronizados movimientos a la capital del virreinato, la
ciudad de \ los Comuneros, el Socorro. El ardimiento de sus ánimos
templados en la lucha y la circunstancia de un gobernante arbitrario y
belicoso, desembocaban en conflictos armados que una vez más tem­
plaron el valor de los habitantes de la ciudad.
Estoy seguro —escribía Acevedo y Gómez el 29 de junio a Villa­
vicencio— de que aquella provincia sólo aspira que se le quite el odio­
so corregidor que la manda, don José Valdés, hechura muy antigua de
Godoy, y que se apareció aquí después de la Revolución de España a
despojar al propiétario doctor don José Joaquín Camacho, hijo bene­
mérito de la Patria, y tan distinguido por su virtud y literatura 18.
Los socórranos estaban apoyados desde la capital del Reino por
sus compatriotas Rosillo, Azuero, Emigdio Benítez, Luis Caicedo, Ace­
vedo y Gómez y otros. Con el propositó de sofocar todo contacto le­
vantisco fue nombrado corregidor el licenciado don José Valdés, hom­
bre enérgico y valeroso, quien empezó por dictar providencias de
vigilancia y represión contra los connotados patriotas. Pronto; se esta­
bleció abierta pugna con el cabildo, el cual organizó una resistencia
desigual, oponiendo a las tropas dispuestas a hacer fuego, la contrata-1

1 17 Alfonso Zawadsky, L a s ciudades Confederadas del Valle del C auca, en 1811, Cali,
1943, p. 25. J. D. Mpnsalve, A ntonio V illavicencio, op. cit. p. 361.
18 J. D. Monsalve, A ntonio de V illavicencio, op. cit. I, p. 138.
Las Juntas de Gobierno en la Nueva Granada 143

ción del numeroso pueblo, presidido por los regidores, resueltos a ha­
cerse matar. El 9 de julio por la noche perdieron la vida ocho hombres
de entre las turbas, que iban armados sólo de piedras.

Todo el resto de la noche —escribieron al virrey en célebre Memorial—


pasamos en vela aguardando en la plaza a que el corregidor nos aco­
metiese con su gente; y al amanecer del 10 salió precipitadamente con
la tropa y se retiró al conventp de Padres Capuchinos, donde se les
abrieron las puertas fijando en la torre banderas de guerra, a que co­
rrespondieron los alcaldes con igual ceremonia y entonces les pusi­
mos sitio formal quitándoles el agua y demás 19.

Una vez más iba a recurrirse a la fuerza para enfatizar las recla­
maciones, aunque, en el fondo, el desconcierto amenazaba a ambos
bandos.
La muerte de dos paisanos por los disparos hechos desde el con­
vento convertido en fortaleza, enfureció al pueblo que se aprestó a to­
marlo por asalto, a no ser por la mediación de los alcaldes que inti­
maron rendición a los sitiados, dándoles seguridad de sus vidas. La
muchedumbre de los asaltantes llegaba a la increíble cantidad de ocho
mil personas. Los jefes militares se rindieron a discreción y fueron tras­
ladados a la Administración de Aguardiente, a los gritos de la gente:
«Viva la Religión, viva Fernando VII, viva la justa causa de la Nación».
Vítores que guardan semejanza/con los del movimiento comunero. El
corregidor fue conducido, para preservar su vida, a una de las piezas
del mismo Ayuntamiento, en un noble gesto de aquellos patricios que
habían sido vejados y amenazados por el imprudente jefe.
Los cabildantes terminaron su exposición al virrey conminándolo
a permitir al Ayuntamiento de la capital la formación de la Junta para
organizar él gobierno y tratar con ella «sobre objetos tan interesantes a
la Patria y consiguientemente a la nación, de cuya causa jamás nos se­
pararemos».
La multitud que se había amotinado se componía de los habitan­
tes del Socorro y Simácota, Valle, Confines, Palmas, Barichara y Ca­
brera, capitaneados por sus curas. El doctor Miguel Tadeo Gómez,

19 Horacio Rodríguez Plata, A ndrés M a ría R osillo y M eruelo, M em orial del Cabildo a l
Virrey¡ firmado el 16 de julio de 1810, pp. 167-179.
144 La independencia de Colombia

alma del movimiento, los arengó con frases encendidas de amor a la


libertad; y lo mismo hizo el presbítero Pedro Ignacio Fernández.
El día 11 de julio se había reunido el cabildo abierto, y constituía
la Junta de Gobierno, se extendió y firmó el Acta de k Revolución
que contiene un relato fiel y minucioso de los hechos ocurridos. Y se
determinó remitir el Acta a los cabildos de San Gil y de Vélez, con la
invitación a enviar sus disputados, lo cual fue aceptado. También se
despachó a Santafé, adonde llegó precisamente el 19 de julio y produjo
el doblé efecto de atemorizar a las autoridades y estimular a los diri­
gentes á dar el golpe decisivo. He aquí como termina el Acta:

Ya respiramos con libertad habiéndose restituido la confianza públi­


ca; ya sabemos que podemos conservar nuestra sagrada religión y esta
provincia a su legítimo soberano don Femando VII, sin peligro de
que los favoritos de Godoy y los emisarios de Bonaparte, nos escla­
vicen dividiéndonos.
\ -

Es de justicia reconocer que sólo el famoso Memorial de Agravios


de don Camilo Torres puede compararse al altivo documento dirigido
al virrey por los patriotas socórranos, y que su movimiento valiente y
heroico le da relieve nacional a la fecundá ciudad, cuna de los comu-
nerós.

L a R evolución dél 20 de julio en S antafé

En Santafé, el síndico procurador don Ignacio de Herrera y el ase­


sor don Joaquín Camacho, continuaron la campaña de urgir al cabildo
para la convocatoria de la Junta de Gobierno. El 28 de mayo Herrera,
movido «por el lenguaje de muchísimos hombres sensatos que de pro­
pósito han venido a mi casa a aconsejarme que como personeijo de la
ciudad, pida ,la convocación de la Junta», eleva una Representación al
Ayuntamiento, en la cual, con gran vigor dialéctico sabe sacar partido
de la doctrina del Consejo de Regencia en favor de la Junta y de las
«Cortes Nacionales».

Denegar a la capital de Santafé —dice— la organización de una Junta;


resistir a los deseos que tienen todos sus vecinos de acogerse bajo la
Las Juntas de Gobierno en la Nueva Granada 145

protección de las personas más bien acreditadas en todo el Reino; y


poner trabas para que no lo logre, es desmentir la declaratoria de
hombres libres que acaba de hacer el Consejo de Regencia y es sem­
brar celos entre los españoles europeos y americanos, concediendo a
los primeros una facultad que no se permite a los segundos20.

El 19 de junio es el mismo Ayuntamiento quien se decide a insis­


tir ante el virrey con igual demanda, movido por la situación existente
en Cartagena y Mompox que hacía temer la división de las provincias,
precursora de una guerra civil: «Ahora son más urgentes las circunstan­
cias, porque ya palpamos lo que antes se tuvo por imposible, y por lo
mismo repetimos nuestra solicitud para que sin pérdida de tiempo se
señale el día de la convocatoria» 21.
El asesor doctor Camacho, en Vista de 16 de julio insta al cabildo
en la siguiente forma:

Habiéndose retardado notablemente la llegada a esta capital del


Sr. Comisario Regio, y siendo cada día más urgentes los motivos... en
vista de la agitación en que se hallan los pueblos, recelosos de su fu­
tura suerte... considera no deberse suspender por más tiempo la cele­
bración de dicha Junta, que V. S. debe promover, dirigiendo de nue­
vo sus oficios al virrey, a fin de que se digne convocarlá á la mayor
brevedad.

El 18 de julio recurre de nuevo al cabildo, fortalecido por las no­


ticias de los motines de Pamplona y el Socorro que habían llegado a
su antiguo gobernador, y concluye perentoriamente: «V. S., pues, debe
instar para que ^in pérdida de tiempo se llame a la Junta propuesta de
autoridades y vecinos, y que en ella se sancione la de Representaciones
del Reino, haciendo responsables a Dios, al Rey y a la Patria, a los que
se opusieren a medidas tan saludables»22.
De esta suerte aparece cómo, ante la tozudez del virrey que se ne­
gaba sistemáticamente a constituir la Junta, reclamada en todos los tonos

20 Puede^ leerse la representación completa, densa de argumentos y escrita en un


estilo muy ágil, en Demetrio García Vásquez, Revaluaciones H istóricas, tomo II, p. 423.
21 F. J. Vergara y Velasco, C apítulos de una H istoria C iv il y M ilitar de Colom bia, Bo­
gotá, 1905, p. 147.
22 F. J. Vergara y Velasco, op. cit, p. 148.
146 La independencia de Colombia

por el cabildo —pues claramente comprendía que tal paso dignificaba la


pérdida de poder— los patricios tuvieron que acudir al motín popular
como último recurso para vencer la resistencia del superior gobierno.
Las nuevas del triunfo obtenido por el pueblo del Socorro y la
carta enviada al virrey por los patriotas con amenazas de una marcha
de dos mil hombres sobre Santafé para obtener por la fuerza la trans­
formación del gobierno, llenaron de espanto y terror a las autoridades
españoles y de confianza y valor a los republicanos de la capital.
Él día 19 de julio se tuvo una reunión en las horas de la noche
en el Palacio Virreinal para estudiar la situación, considerada como gra­
ve por el virrey y su esposa y mirada con despreocupación por los fun­
cionarios de la Audiencia. El regente Herrera afirmó tranquilamente:
«Yo no\ veo esos peligros», y el oidor Hernández -de Alba después de
asegurar que la temida conmoción estaba muy lejos, concluyó: «Los
americanos son perros sin dientes: ladran pero no muerden». Ello de­
muestra c[ue el afán emancipador aún no era generalizado, lo que se
reclamaba era la obtención «de los mismos derechos de representación
y poder» de los peninsulares.
Los conspiradores, a su vez, celebraron en las mismas horas de la
noche su última junta en las habitaciones de Caldas del Observatorio
Astronómico, al abrigo de toda vigilancia. La concurrencia fue nume­
rosa y una vez que se hizo la exposición de los preparativos y de los
medios para dar el gope difinitivo, Camilo Torres preguntó, ya en su
sentido pragmático:
Y bien, todo está preparado, todo está bueno; pero para asegurar
el éxito es necesario que la chispa incendiaria parta del vivaz enemigo:
¿y quién le pone el cascabel al gato?
Yo, constestó el doctor Francisco Morales, acentuando su afirma­
ción con una palabra y con un gesto de energía.
Al día siguiente, durante el mercado público, Morales, en unión
de sus dos hijos Antonio y Francisco, provocó el incidente ¿el florero
en la tienda de Llórente, chapetón conocido por su mal genio y su
desprecio por los americanos, y a los gritos de los patriotas se inició el
tumulto.
Pero los hombres de la revolución, siempre prudentes y amigos de
los medios pacíficos, pensando que una vez desatada la tormenta el ím­
petu del pueblo podría tomarse incontenible con su secuela de saqueos,
incendios y sangre de las personas más aborrecidas, intentaron un últi-

/
Las Juntas de Gobierno en la Nueva Granada 147

mo esfuerzo para doblegar la resistencia de Amar y Borbón, y en con­


secuencia el cabildo le envió, en las primeras horas de la mañana del
20, uná Diputación presidida por el doctor Joaquín Camacho, muy
apreciado del virrey por sus grandes cualidades morales e intelectuales:

Así que se impuso Amar del objeto de esta misión, se denegó abier­
tamente; instado segunda vez con razones victoriosas, se indigna y
con un aire feroz respondió: Ya he dicho: Así se terminó una medida
humana, justa y que habría salvado a este virrey endurecido en su
sistema imperioso y humillador. ¡Desgraciado! no sabía que era el úl­
timo ultraje que hacía al cabildo y al pueblo 23.

En las horas del mediodía estalló el golpe revolucionario que duró


18 horas hasta la madrugada del día 21. De todos los barrios de la
ciudad acudía el gentío —se habló de nueve mil personas— hacia la pla­
za, incitado por elocuentes agitadores, entre los cuales sobresalió el ar­
diente patriota don José María Carbonell, joven de distinguida familia
y colaborador de la Expedición Botánica.
Don José Acevedo y Gómez fue, a no dudar, el personaje clave
que mantuvo con su elocuencia el entusiasmo de la multitud, con la
cual dialogó, proponiéndole los nombres de los vocales de la Junta, y
dictó al secretario del cabildo el Acta de Independencia. Porque el
pueblo lo nombró su tribuno —¿quién fue el autor de esta reminiscen­
cia romana?— y con este título dirigió los memorables hechos desde
los balcones del Ayuntamiento. Allí, durante las 18 horas del día y de
la noche, se hicieron presentes Jos dirigentes intelectuales con sus fer­
vorosas arengas en las cuales hablaron de libertad, de reasunción de la
soberanía, de los derechos del pueblo conculcados durante siglos por
el gobierno español.
La palabra, que al decir de Ortega y Gasset es «nada, un poco de
aire estremecido que, desde la madrugada confusa del Génesis, tiene
poder de creación», resonó continua y estruendosa en aquella gloriosa
jornada.
1
23 Este relato fue hecho por el mismo Camacho en el D iario Político de San tafé ,
periódico dirigido por él y por Caldas, por comisión de la Junta Suprema. Véase Boletín
de Historia y Antigüedades, vol. I, Bogotá, 1902, p. 355.
148 La independencia de Colombia

Empezaron las idas y venidas de los jefes entre la sala del Cabildo
y el palacio de Amar que tras vacilaciones y negativas había autorizado
solamente un cabildo extraordinario el cual se transformó desde un
principio en cabildo abierto, presidido por el oidor don Juan Jurado,
delegado del virrey. «El pueblo se trasladó en masa a las casas consis­
toriales —escriben los redactores del Diario Político—; reunió a los alcal­
des y regidores, entraron los vecinos y se comenzó, a pesar del virrey,
el Cabildo abierto». La Junta Suprema quedó integrada por los dipu­
tados elegidos por el pueblo y por los miembros legítimos del Ayun­
tamiento, pues quedaron expresamente exluidos los cabildantes llama­
dos intrusos. Esta exclusión fue un nuevo acto de protesta contra las
arbitrariedades dé Amar, una retaliación, pará con los que habían osa­
do aceptar este desafuero, y un alarde de legalismo en plena actuación
revolucionaria.
El sociólogo e historiador Luis López de Mesa llama con razón
esta fecha\ el día más democrático de nuestra historia, porque Acevedo
y Gómez proponía los nombrés de los diputados y el pueblo los acep­
taba clamorosamente y a su vez presentaba nuevas personas que el tri­
buno hacía registrar en el Acta, concluida a las nueve de la noche, des­
pués de todas las interrupciones causadas por sus continuas arengas y
los diálogos con el pueblo y con las embajadas enviadas al virrey Amar.
Pero algunos documentos prueban que tales aclamaciones no fueran
unánimes y que en la selección de los vocales no se consultó al pue­
blo.
A las doce de la noche los partidarios del virrey hicieron un últi­
mo esfuerzo para destruir el fruto inmediato del movimiento, negán­
dose a la firma del Acta constitutiva de la Junta Suprema. Pero poco
antes se había procedido a oír el dictamen del síndico procurador, doc­
tor Ignacio de Herrera, el cual
¡' .
dijo que el Congreso presente nada tenía que deliberar, pues el pue­
blo soberano tenía manifestada su voluntad por el acto más solemne
y augusto con que los pueblos libres usan de sus derechos, para de­
positarlos en aquellas personas que merezcan su confianza; que en
esta virtud los vocales procediesen a prestar el juramento y en seguida
i la Junta dicte las más activas providencias de seguridad pública...
En seguida —continúa el Acta— se oyó el voto de todos los in­
dividuos del Congreso, que convinieron unánimemente y sobre que
Las Juntas de Gobierno en la Nueva Granada 149

hicieron largas y eruditas arengas, demostrando en ellas los incontes­


tables derechos de los pueblos, y particularmente los de este Nuevo
Reino, que no es posible puntualizar en medio del inmenso pueblo
que nos rodea.

Ante los pretextos y disculpas de los realistas que pretendían pro­


rrogar para los días siguientes las firmas y el juramento, Acevedo y Gó­
mez dijo que

el Congreso no tenía ya autoridad para variar la institución del pue­


blo. Hice una arenga y declaré reo de lesa mejestad al que se opusiera
a la instalación. Al fin venció mi firmeza la oposición, y a las tres y
media de la mañana ya estaba reconocida la Junta Suprema de la ca­
pital del Nuevo Reino por el virrey, por los jefes militares y políticos
y por casi todos los cuerpos y autoridades 24.

El Diario Político, creado por la Junta, y puesto bajo la dirección


de Camacho y Caldas, nos ha dejado consignada la valiente cláusula
del discurso final de Acevedo que él prometió reconstruir sin haberlo
cumplido: «Si perdéis este momento de efervescencia y calor, si dejáis
escapar esta ocasión, única y feliz, antes de doce horas seréis tratados
como insurgentes; ved (señalando las. cárceles) los calabozos, los grillos
y las cadenas que os esperan». Es el único párrafo que nos quedó es­
crito de toda aquella caudalosa oratoria improvisada en la plaza y en
la sala del cabildo.
La escenografía en que se va desarrollando el drama —tragicome­
dia a ra to s-d e nuestro penoso resurgimiento y la tramoya del tiempo,
se van describiendo, día a día —pasado el 20 de julio— por los mismos
protagonistas y otros testigos anónimos. Nuestra emancipación encuen­
tra en sus escritos una sonora vibración que alcanzamos a sentir distin­
tamente, a pesar del transcurso de los años: el palpitar de una sociedad
que despierta de su letargo secular, el ritmo acelerado de un país con­
vulso y agitado, con alternos períodos de calma o de angustia.
No entraremos a describir todos los incidentes de este nacer de un
pueblo a una incipiente democracia: de un lado la lucha de los diri-
1
24 Cartas de Acevedo a su primo Miguel Tadeo Gómez, del 21 de julio, y a Carlos
Montúfar del 5 de agosto, en Adolfo León Gómez, E l Tribuno del Pueblo, Bogotá, 1910,
p. 225, y publicadas en Proceso H istórico del 2 0 de ju lio de 1810 , Bogotá, 1960.
150 La independencia de Colombia

gentes por neutralizar y atraer en su favor la acción de las milicias, ga­


nadas definitivamente para la Revolución; defender las personas de
Amar y de su esposa, y las de los oidores con sus familias, de la plebe,
enardecida y embriagada con el vino revolucionario; proteger a mu­
chos españoles inocentes, que eran perseguidos por algún malqueriente
o grupo envidioso y vengativo; calmar los sustos del mismo pueblo
que pasaba alternativamente de la euforia al pánico ante falsas noticias
de reacción de las tropas; en una palabra evitar los excesos a que sue­
len darse las turbas revoltosas. Estos caudillos intelectuales habían co­
nocido y detestado los horrores de la revolución de Francia, y no que­
rían permitir que se repitieran —así fuera en menor escala— en nuestra
sociedad. Bien intuían lo que en nuestros días ha escrito el sociólogo
Raymond A ron:.

La civilización es una delgada piel que un choque basta para desga­


rrar; y la barbarie surge a lo largo de la desgarradura. La revolución,
cómo la guerra, arriesga a desgarrar la película de cultura lentamente
formada a lo largo de los siglos.

Pese a estos esfuerzos de los conductores fue inevitable que las


turbas —compuestas por indios y blancos, patricios y plebeyos, ricos y
pobres— se precipitaran sobre las casas de los oidores Alba y Frías y
del regidor Infiesta y «rompieron a pedradas las vidrieras, forzaron las
puertas y todo lo registraron», dice el Diario Político .
* Las fuerzas militares, ya muy desconcertadas con los antecedentes
dichos, hábilmente ganadas a la causa patriota por los directores, ame­
drentadas por el griterío del populacho y contenida por las vacilacio­
nes, temores y ánimo bondadoso del virrey Amar, permanecieron re­
cluidas en los cuarteles. Sus jefes —inclusive el español don Juan
Sámano, posteriormente perseguidor implacable de los patriotas— pres­
taron juramento de fidelidad a la Junta Suprema y se sumaron a la
revolución.

E l A cta de Independencia

No es el Acta del Cabildo de Santafé, creadora de la Junta Supre­


ma de gobierno, al igual que las actas de los demás Ayuntamientos del
Las Juntas de Gobierno en la Nueva Granada 151

país, un frío instrumento político-jurídico, empedrado de principios ge­


nerales y máximas abstractas, sino úna cálida y un poco descoyuntada
exposición de los hechos que se van relatando a medida que suceden,
de los cuales surgen sentimientos de honor y altivez, con sus conse­
cuencias políticas. Allí resalta el espíritu casuístico y pragmático, el
mismo que inspiró las obras de los grandes tratadistas españoles de los
siglos xvi y xvn, en los cuales los principios teóricos se manifiestan y
desenvuelven alrededor de temas concretos y se aplican á circunstan­
cias específicas. Es lo propio del genio español.
El Acta que daba fe del trastorno de la vida política y civil de la
nación, se consideró siempre por quienes intervinieron en ella como
declaratoria de lá Independencia. Los caudillos con sus conciliábulos y
reuniones anteriores, dentro de la «consumada prudencia» que se ha­
bían impuesto, habían discutido y convenido los términos hábiles y
morigerados —propios de la que ahora se llama la malicia indígena—que
en realidad utilizaron, para mantener en los primeros días las aparien­
cias que no ofendieran al partido contrario, y evitando la ruptura total
con España, todavía poderosa en su maquinaria política que no se po­
dría desmontar fácilmente. El partido monarquista había sido cogido
de sorpresa, y bien podía fortalecerse con el correr del tiempo.
Empero, a lo largo del documento es dable leer expresiones suel­
tas, cláusulas y frases dispersas que, unidas, forman un cuerpo claro de
ideas y doctrinas que justifican la necesidad de emancipación. Lo cual
destaca, sin detrimento del relato exacto y minucioso de los hechos.
He aquí los puntos principales del Acta:
a) La Junta tendrá

el Gobierno Supremo de este reino, interinamente, mientras forma la


Constitución que afiance la felicidad pública, contando con las nobles
Provincias, a las que en el instante se los pedirán sus diputados, for­
mando este Cuerpo el Reglamento para las elecciones de dichas pro­
vincias; y tanto éste como la constitución del gobierno deberán for­
marse sobre la base de libertad, independencia respectiva de ellas,
ligadas únicamente por un sistema federativo, cuya representación de­
berá residir en esta capital para que vele por la seguridad de la Nueva
Granada... '

.... Por consiguiente, la Junta de Santafé asume el gobierno interino


de toda la nación, con facultad de redactar la Constitución política con
152 La independencia de Colombia

la colaboración de las provincias, y de establecer el Reglamento para


las elecciones de diputados, y se establece desde el principio el sistema
de federación. Ya aparecen, además, de libertad e independencia, tér­
minos de indudable sabor rusoniano, como felicidad publica, seguri­
dad de la Nueva Granada, protesta dé «no abdicar los derechos im­
prescindibles de la soberanía del pueblo», etcétera.
b) Esta renuncia de la soberanía sólo se hace en la persona de

su augusto y desgraciado monarca don Fernando VII, siempre que


venga a reinar entre nosotros, quedando por ahora sujeto este nuevo
gobierno a la Suprema Junta de Regencia ínterin exista en la Penín­
sula y sobre la Constitución que se le dé aj pueblo, y en los términos
dichos... - .
·

Por consiguiente, este reconocimiento de la autoridad del rey está


condicionado por una utopía, que sería su venida al país a ejercerla; y
la aceptación de la Regencia está igualmente limitada. De hecho, seis
\ días después fue desconocida. Mas no pdemos pasar por alto un hecho
—mencionado por Liévano Aguirre— pues pone de manifiesto la con­
fusión reinante: Las «correcciones y entrerreglonaduras que se hicieron
en el Acta del cabildo», que permiten establecer que su redacción ini­
cial fue modificada. En ésta se hacía más expreso el reconocimiento de
Fernando VII y del Consejo de Regencia, a la vez que se concedía es­
pecial importancia al nombramiento del virrey como presidente de la
Junta Suprema.
c) Legalismo que ha sido la constante histórica de Colombia,
pues la Junta reclamó varias veces la presencia del virrey, y al excusarse
éste por estar enfermo, se le pide en nuevo mensaje que envíe por es­
crito las facultades que su comisionado el oidor Jurado decía tener, res­
pecto de las fuerzas militares que debían estar al servicio de la Junta,
todo lo cual se cumplió. j
d) Recomendación de

guardar la inviolabilidad de las personas de los europeos en el mo­


mento de esta fatal crisis, porque de la recíproca unión de los ameri­
canos y de los europeos, debe resultar la felicidad pública, protestan­
do que el nuevo gobierno castigará a los delincuentes, conforme a las
leyes... recomendando muy particularmente al pueblo la persona del
Excmo. señor don Antonio Amar...-

I:
Las Juntas de Gobierno en la Nueva Granada 153

Estas recomendaciones, aprobadas por el pueblo «con las señales


de la mayor complacencia», fueron realmente cumplidas por el gobier­
no, y no sin grandes dificultades y esfuerzos. Con ello se nos indica
que la integridad de los españoles se veía con enorme preocupación.
e) Juramento de cumplir la Constitución y defender la religión,
a Fernando VII y «la libertad e independencia de la Patria», de claro
sentido fidelista.
f) Se negó al virrey el poder de aprobar o desaprobar lo que se
había convenido por el pueblo, «porque su autoridád ha cesado desde
el momento en que este pueblo ha reasumido en este día sus derechos
y los ha depositado en personas conocidas y determinadas». Pero en
cambio se le rindió el honor de nombrarlo presidente de la Junta, la
cual le envió otra diputación invitándolo a ocupar este empleo. Esta
fórmula de reasunción de los derechos para depositarlos en otras per­
sonas, es de indudable origen escolástico, tal como lo habían defendi­
do Süárez y los demás teólogos y jurisconsultos antiguos. Este nombra­
miento fue promovido por Camilo Torres, José Acevedo y Frutos
Joaquín Gutiérrez.
g) Sé hace constar que para esta revolución (aquí aparece por pri­
mera vez este vocablo) se ha hecho presente «la inmensa multitud del
pueblo que ha concurrido a ella, que pasa de nueve mil personas que
se hallan armadas». Cálculo un tanto exagerado.
h) Se nombra vicepresidente de la Junta Suprema al alcalde de
primer voto don José Miguel Péy de Andrade, el cual había actuado
hasta entonces con marcada inclinación hacia los patriotas. Pero en
realidad, ante la renuncia de Amar y Borbón para ejercer una presiden­
cia que aparecía meramente honorífica, el doctor Pey actuó desde el
principio como presidente, de modo que él inicia la galería de los
mandatarios republicanos de Colombia.
i) En el Acta aparecen 53 firmas pertenecientes a lo más granado
de la capital en todos sus estamenteos 25.
Queda, pues, en esta Acta plasmada la idea de la ruptura con la
monarquía española y la imagen de un nuevo gobierno soberano. Por­
que en verdad la transformación sería completa en lo político, en lo

25 El acta ha sido publicada muchas veces, últimamente en Sergio Elias Ortiz, Gé­
nesis de la Revolución , op. cit., pp. 185-194.
154 La independencia de Colombia

social y en lo económico; sobrevendrían nuevas medidas administrati­


vas y nuevas libertades de reunión, de palabra y de prensa; nuevas for­
mas de impuestos, derecho de elegir y ser elegidos, etc. Terminaba la
épocá del vasallaje y se inauguraba la era de la independencia, demos­
trada igualmente en las relaciones con los demás Estados.
No podemos alimentar la visión lineal sobre nuestra independen­
cia que daba la historiografía liberal, porque —repetimos— fue un pro­
ceso largo y complejo que partiendo del anhelo de autonomía, aportó
nuevas formas de sociabilidad política, republicanas y democráticas en
el sentido moderno, así fueron débiles sus comienzos. La participación
popular generó relaciones de fuerzas nuevas, deseos de progreso alcan­
zado por los propios medios institucionales, los ensayos intentados y
las experiencias sufridas. - ...
Pero sí puede señalarse que el Acta de julio sirvió para institucio­
nalizar el gobierno de responsabilidad compartida entre el virrey y los
criollos de estamento elevado. En esa alianza, signada a espaldas del
pueblo, ambos socios se beneficiaban mutuamente: el virrey continua­
ba como jefe de gobierno, una vez declarado que el Nuevo Reino re­
conocía a Fernando VII y al Consejo de Regencia, y los criollos parti­
cipaban en la administración como miembros de la Junta Suprema.
«
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O
O
TERCERA PARTE u

V O I 1 OI T9TÏ
u
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ESTABLECIMIENTO Y CAÍDA
DE LA PRIMERA REPÚBLICA a?
( 1810- 1816)
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¿5
I
Capítulo I

PRIMERAS ACTUACIONES DE
LA JU N TA SUPREMA DE GOBIERNO

En los días siguientes al 20 de julio, la plaza mayor, convertida en


el epicentro de la revolución, mantenía congregado al pueblo soberano
en permanentes exigencias con gritos amenazantes, enardecido por ora­
dores que no cesaban de atizar el fuego. Figuraba entre éstos, en pri­
mer plano, el fogoso José María Carbonell, quien fundó en los barrios
una Junta Popular, con ánimo de enfrentarla a los miembros de la Jun­
ta de Gobierno, que tenía por demasiado conservadora.
Por estas razones fue ardua y penosa la acción inicial dé la Junta
que debió dedicarse ante todo a echar aceite a ese mar embravecido,
calmar los motines, conservar el orden dentro de la recién adquirida
libertad y evitar las injusticias. En todas las sublevaciones no faltan los
impacientes que aspiran a cambiarlo todo en poco tiempo. Pero ade­
más, debía atender a la propaganda de las ideas que inspiraron la trans­
formación, la cual debía ser justificada ante propios y extraños, entre
enemigos e indiferentes. En este sentido menudearon bandos, procla­
mas, manifiestos y publicaciones, con la firma del vicepresidente don
José Miguel Pey y del secretario de Estado don Camilo Torres, en to­
dos los cuales hubo derroche de buenos principios, expuestos con pru­
dencia, energía y elevado espíritu de estadistas.
Teniendo en cuenta el excesivo número de vocales, con buen rea­
lismo se procedió a la creación de seis comisiones, para las cuales se
designó a las personas más aptas para los asuntos respectivos: Negocios
Diplomáticos, Interiores y Exteriores, Negocios Eclesiásticos, de Gracia,
Justicia y Gobierno, de Guerra, Hacienda, Policía y Comercio.
; El día 26, cuando ya el orden público parecía estar controlado, el
vicepresidente puso en consideración el problema de la Regencia, dado
158 La independencia de Colombia

que estaba próximo a llegar el comisionado Villavicencio y de Carta­


gena se había recibido la noticia oficial de que se esperaba al nuevo
virrey don Francisco Xavier Venegas. Se convino en recibir al comisa­
rio regio como a persona privada y merecedora de consideraciones, y
escribir a la Junta de Cartagena que. le hicieran entender a Venegas la
nueva situación y no se expusiera a fastidiosas consecuencias.
Villavicencio se había notificado desde la Villa de Honda de los
acontecimientos y de la instalación de la Junta, «como medida sabia,
justa, oportuna y conveniente, mientras se reúnen los diputados de to­
dos los cabildos de su comprensión, y con dependencia del Consejo
de Regencia, de ese cabildo tenía jurado y reconocido» l. El día 1 de
agostó por la tarde entró a Bogotá y fue reqibido ya no como enviado
de la Regencia, sino como un ciudadano distinguido que venía a coo­
perar —como de hecho lo hizo— en la nueva cuyuntura política.
En lo ateniente al Consejo de Regencia, después de largo debate
orientadp por Torres y Gutiérrez de Caviedes, se resolvió por mayoría
de votos desconocerlo, manteniendo mientras tanto la sumisión a Fer­
nando VII, «siempre que venga a reinar entre nosotros», pues conside­
raron que «los sentimientos manifestados por el grito uniforme de
la numerosa multitud de gentes congregadas en la noche del 20 de ju­
lio, no fueron otros que los de reasumir los derechos que a pesar de
su inviolabilidad le habían sido usurpados, y entrar desde luego en
aquella potestad». Razón tenía el oidor don Joaquín Carrión al referir­
se más tarde a este acto de la Juntá: «El día 26 acabaron con el disi­
mulo y firmaron el Acta, de que acompañó ejemplar, estableciendo, ya
sin contradicción, la independencia, único objeto que se había pro­
puesto...»12.
El día 29 la Junta tomó dos providencias importantes para cum­
plir los objetivos que le señaló el Acta de Independencia y afianzar los
principios que le sirvieron de base. Se dirigió a las provincia? que ha­
bían creado sus propias Juntas, invitándolas a elegir diputados a las
Cortes del Nuevo Reino, o sea al primer Congreso Constituyente, con el
fin de darle al Nuevo Estado una estructura jurídica adecuada. Y aten­

1 Enrique Ortega Ricaurte, Docum entos sobre el 2 0 de ju lio de 1810, Bogotá, 1960,
p. 146.
2 José María Restrepo Sáenz, Un español narrador de los sucesos del 2 0 de ju lio , en
Boletín de Historia y Antigüedades, yol. XIX, Bogotá, 1932. ~
Primeras actuaciones de la Junta Suprema de Gobierno 159

dió a la revisión de los planes de enseñanza con el fin de conformarlos


a los nuevos principios democráticos. Para ello, fueron comisionados a
visitar los claustros de la Universidad Tomística don Camilo Torres y
Gutiérrez de Caviedes, profesores de los dos Colegios Mayores. Los
comisionados hicieron la apología de los cánones de la libertad y so­
beranía de los pueblos de América y expusieron la necesidad de educar
a la juventud en las ideas liberales y el odio a la tiranía. La discusión
fue presenciada por numeroso público, además de los profesores y
alumnos. El profesor de teología del San Bartolomé, el sabio y austero
predicador padre Francisco Margallo, refutó la teoría del tiranicidio,
pero aceptó la transformación política como un hecho cumplido y se
mostró dispuesto a acatar la autoridad constituida3.
El mismo día se trató lo relativo al nuevo virrey, don Francisco
Xavier Venegas: se convino en oficiar al Cabildo de Cartagena que a
su llegada le hiciera saber el actual estado de cosas y le detuviera de­
corosamente,

así para que no se exponga a consecuencias que casi ciertamente se­


rían inevitables, como para ocurrir a los comprometimientos de esta
Suprema Junta, que no tanto observa en el pueblo su detestación ha­
cia las personas de los funcionarios de este último gobieino, cuanto
a sus dignidades y representaciones, siendo constante que aborrece
hasta los nombres que se daban a los empleos y los trajes con que se
decoraban... ·' .

De est^ manera, la Junta dio un nuevo paso, y muy definitivo, en


el camino de romper las ataduras que la ligaban a España. El último
acto, el desconocimiento de Fernando VII, vendrá más adelante, cuan­
do el horizonte político esté plenamente despejado.
Grandes preocupaciones causó a los miembros de la Junta la in ­
cómoda presencia en la capital de los funcionarios del anterior go­
bierno, mal vistos y perseguidos con saña por el pueblo. Felizmente
los oidores más odiados, salidos de la cárcel, el 31 de julio fueron
remitidos a Cartagena y al Socorro. Pero quedaba el problema del ex­
virrey Amar y de su esposá doña Francisca de Villanova quienes, de-

Sergio Elias Ortiz, Génesis de la Revolución , op. cit., p. 225.


160 La independencia de Colombia

tenidos en la prisión, fueron devueltos a su palacio gracias ¿ una


reacción ¡Favorable de lps caballeros y damas pertenecientes a la «no­
bleza». .
Finalmente, el 15 de agosto —durante la procesión de Nuestra Se­
ñora del Tránsito— los personajes salieron de Santafé, bien custodiados
rumbo a Cartagena. De esta suerte la Junta se quitó un gran peso de
encima al evitar noblemente desafueros y graves peligros para con los
infortunados mandatarios que siete años atrás habían sido acogidos con
arcos triunfales y ruidosos festejos públicos. Dentro de la sinuosa po­
lítica desplegada por la Junta por aquellos días, es interesante mencio­
nar el oficio del 1 de agosto al Consejo de Regencia del vicepresidente
don José Miguel Pey en que le comunica el relevo del virrey Amar,
por orden de monarca 4.
Llegados a Cartagena el 1 de septiembre, fueron recluidos en el
castillo de La Popa hasta que, resentidos y amargados, el 12 de octubre
fueron enibarcados para España y el 8 de diciembre a la Bahía de la
Goruña, después de sufrir grandes penalidades.
. Aquí se habían perdido sus huellas, hasta que en 1988 el autor del
ensayo biográfico sobre Amar, citado anteriormente, llenó este vacío
cón valiosos documentos hallados en el Archivo General de Indias.
Trátase de una carta autógrafa del ex-virrey, fechada en La Coruña el
13 de enero de 1811, dirigida al presidente del Congreso de Regencia,
en la que intenta interpretar los acontecimientos de la revolución de
julio y justificar su conducta. Lamenta su triste situación económica,
qué empezó a sufrir desde la visita de Pando Sanllorente, y con «suma
amargura» se muestra víctima de las maquinaciones maquiavélicas de
los patriotas:

...Todo fue fraguado por el desenfreno de aquellos naturales/ que, re­


vestidos por sí mismos con los nombres de patriotas y patriotismo
para sacar de sus quicios las legítimas autoridades, con sólo $1 bullicio
de haber reasumido el pueblo sus derechos parciales nombraron vo­
cales de una Junta de Gobierno que cargó con las atribuciones de la
Soberanía5.

4 Mario Herrán Baquero, E l virrey don A ntonio A m ar y Borbón , op. cit., p. 350.
5 Ibidem , p. 305.
Primeras actuaciones de la Junta Suprema de Gobierno 161

Sus palabras reflejan su amargura por una salida no muy honrosa,


acompañada de vejaciones, que desde su puesto de virrey, no podía
entender.
Llama la atención la energía con que Amar inculpa a la Real Au­
diencia por su falta de lealtad y de cooperación para sofocar la rebe­
lión y evitar la pérdida del poder, que no tuvo por definitiva. Hace
fervorosas protestas de fidelidad al rey en los lamentables sucesos de
julio, y se defiende de las reales o supuestas acusaciones enviadas al
Consejo de Regencia en contra de su actitud política. Termina expre­
sando al llegar a España, «mi amor a desangrarme en la defensa de la
santa y porfiada causa porqué pelea», y «por tanto ruego encarecida­
mente a V. A. tenga a bien concederme destino...». Este ofrecimiento
de sus servicios y solicitud de un nuevo cargo, a pesar de su fracaso,
indican claramente que no había comprendido la trascendencia de los
cambios ocurridos, pues en realidad el 20 de julio sólo le atribuía el
valor de un tumulto, y a su caída la califica de «un eclipse de la auto­
ridad del virrey».
La ingenuidad demostrada por el autor de este informe y los en­
gaños sufridos, no dan a la carta ningún valor histórico distinto del de
ayudarnos a captar su vacilante y débil comportamiento, ya lamentado
y reprobado por amigos y adversarios del movimiento emancipador.
Por una de esas coincidencias frecuentes en la historia, la doctora
Carmen Pumar Martínez, profesora de Historia de América en la Uni­
versidad de Alcalá de Henares, descubrió, un año después del doctor
Herrán Baquero, la carta del ex-virrey al Consejo de Regencia que pu­
blicó en Bogótá con un jugoso comentario, en el cual procura defen­
der la memoria de Amar y Borbón como gobernante de la Nueva Gra­
nada. Inútil intento, pues ella misma se encarga de destacar la falta de
visión y las debilidades del personaje^ En efecto, la comentadora dice
que de la carta se desprende que «no sospechaba que tanto él como la
señora virfeina estaban presos»; habla de su «pueril pensar»; de qué
«Amar pidió ingenuamente que sé le entregasen las actas y bandos de
la Junta con objeto de llevarlos personalmente a España»; de su «extra­
ña conducta», pues «se moví^ como un ser abúlico», que «salió de Bo­
gotá convencido de que la Regencia española le había relevado del
mando», que «para Amar el origen de todo el problema residió en ha­
ber reconocido el gobierno español de la Regencia», y que «una vez en
162 La independencia de Colombia

La Coruña, empezó a sospechar que los patriotas de la Juríía le habían


engañado para quitárselo de encima», etcétera 6.
El equilibrado biógrafo de Amar resume en justas conclusiones la
responsabilidad de sus actitudes políticas, y pone de relieve sus contra­
dicciones e indecisión durante la crisis de 1808 a 1810. Estamos en
total acuerdo con este juicio que responde a la realidad histórica y a la
situación anímica e íntima del gobernante que soportó una carga muy
superior a sus fuerzas:

, Sin lugar a dudas, la falta de entereza del virrey don Antonio Amar
y Borbón debe ser tenida en cuenta como factor importante de la
' revolución del 20 de julio de 1810 en el Nuevo Reino de Granada.
(Pero falsearíamos la realidad histórica, sino tuviéramos en cuenta
cómo su gobierno coincidió con una cuyuntura social, económica y
política desfavorable que envolvió a los individuos y a la sociedad
entera de Europa y América 7.

Después de muchos reclamos e instancias al gobierno de Fernan­


do VII para obtener devoluciones, préstamos y sueldos atrasados, en
1818 logró Amar ser indemnizado de los perjuicios producidos por la
revolución, y le fueron reintegrados los bienes secuestrados en Santafé.
Triunfo tardío, porque en el mismo año en 1818 murió quien al decir
de su biógrafo «hasta el final justificó su conducta, creyéndose víctima
de una injusticia».
Con el fin de orientar la conciencia ciudadana la Junta tuvo el
acierto de fundar el Diario Político de Santafé de Bogotá , como vocero
del gobierno, el cual debía, en expresión del vicepresidente Pey, «pre­
sentar al Reino los derechos de los pueblos concillándolos con el de­
coro de la soberanía que los representa». Fue encomendada sú direc­
ción al doctor Joaquín Camacho y al sabio Caldas y salió su> primer
número el 27 de agostó. En aquellos días nebulosos fue verdadero vín­
culo de las luces, como pretendió serlo, y la dirección dual resultó un
verdadero acierto. Sus propósitos quedaron nítidamente fijados desde

6 Carmen Pumar Martínez, L a N arración perdida de A m ar y Borbón sobre los sucesos


de ju lio de 1810: una H istoria diferente. Boletín de Historia y Antigüedades dé Bogotá,
n.° 766, julio-septiembre de 1989, pp. 589-704, vol. LXXVI.
7 Mario Herrán Baquero, E l virrey don A ntonio A m ar y Borbón , op. cit., p. 266.
Primeras actuaciones de la Junta Suprema de Gobierno 163

la primera página: «Difundir las luces, instruir a los pueblos, señalar los
peligros que nos amenazan y el camino para evitarlos, fijar la opinión,
reunir las voluntades y afianzar la libertad e independencia».
El 29 de septiembre el señor obispo de Cuenca envió al vicepre­
sidente Pey una carta de oposición a la Junta Suprema, con estilo re­
gañón, irónico y beligerante; Pey le contestó en un notorio contraste
con este lenguaje, pero con altivez, defendiendo la calidad de soberana
de la Junta, con elocuentes argumentos, deducidos de los más puros
principios. Tanto la carta provocadora como la respuesta, fueron pu­
blicadas en el Diario Político, y el doctor Camacho agregó una nota
que equivale a una tesis:

Se llama Suprema la Junta con muy justo título, por la autoridad so­
berana que le ha depositado el pueblo, en quien reside originalmente
toda potestad civil. Este es un axioma político que sólo afectan ig­
norar los usurpadores de los derechos primitivos del hombre.

El padre Francisco Suárez había escrito que la soberanía popular


era «un egregio axioma de la teología católica», y Camacho habla de
un axioma político . La coincidencia es pefecta8.
Estaba la revolución —que en el pensamiento realista de Torres
«apenas la hemos comenzado»— que Camacho, tan prudente y sobrio
en sus juicios, no temía darle el apelativo de santa:

Santa revolución es la que^ restituye al hombre en sus derechos, la


que va a destruir la usurpación, que va hacer desaparecer la mendi­
guez en que se nos ha mantenido. Santa revolución es la que se va a
desterrar para siempre ese tráfico imprudente que se ha hecho de la
justicia y del gobierno. Santa revolución la que va a quitar las trabas
de la industria y a proteger la propiedad personal del trabajo 9.

8 El inteligente autor de la C arta de un A m ericano a l E spañ ol, Blanco White (folleto


impreso en Londres en 1811, reimpreso en Cartagena, en 1813, 65 páginas. Biblioteca
Nacional de Bogotá, n.° 13.039) al comentar los artículos de la Constitución Española
aprobada por las Cortes de Cádiz, reivindicaba igualmente la conveniencia de usar la
terminología clásica que precisaba con mayor nitidez el contenido jurídico de esta tesis:
«Cuánto mejor hubiera sido adoptar el artículo de la soberanía de la nación, en lugar de
esencialmente, el término radicalm ente , como propuso el sabio diputado de los indios de
Tlaxcala».
9 D iario Político , n.os 23, 37, 38.

\
164 La independencia de Colombia

Temiendo, con razón, que de no hacerse reformas graduales en


un proceso evolutivo, la caída en el vacío sería inevitable, se determi­
naba que «todos los tribunales del Reino y las administraciones y to­
dos los cuerpos constituidos continúen en sus funciones, hasta que en
el Senado constituyente se determine lo que se deba destruir, lo que
se deba reformar y lo que convenga crear de nuevo».
Las lecciones de la historia servían para justificar esta conducta y
principalmente para reprobar los hechos de la revolución francesa,
punto que fue tratado varias veces: «De nada se arrepintió tanto la
Francia después de su funesta revolución, como de haber intentado de­
moler el edificio que sólo debía reparar; de haber querido trasfornar
todos lós antiguos establecimientos, sin dejar piedra sobre piedra».
El primer germen de división que amenaza la estabilidad del nue­
vo gobierno fue precisamente la vieja rivalidad entre españoles y crio­
llos, que antes había estimulado el movimiento separatista. Para con­
jurar el peligro se tomaron varias medidas. El 18 de septiembre se lanzó
una noble proclama. «QuisieravDios —dice el documento que se debe
a Torres— que nuestra nueva República fuese cimentada sobre unos
principios que asegurasen su duración: la unión, el amor al orden, el
respeto y la tolerancia». Es la primera vez que asojna en la literatura
oficial el nombre de República. La misma pluma que había escrito so­
bre la fraternidad entre españoles de España y de América, vuelve, aho­
ra, pero en favor de los españoles: «Desterrad para siempre esa rivali­
dad injusta y escandalosa... Somos unos mismos, y en el orden de las
generaciones sólo estuvo que no hubiéramos nacido en la Península,
donde nacieron nuestros padres... Hay entre ellos muchos hombres de
virtud y de méritos, muchos buenos patriotas...»101. El vicepresidente
Pey, por un decreto hablaba' de «proteger y respetar eficazmente los
derechos de cada individuo, y lo hará con los buenos europeos».
Gutiérrez de Caviedes, que defendió con elocuencia la integridad
del ex-virrey, en una circular aboga por la unión de todos: «Trescientos
años de fraternidad y de amistad, de enlaces recíprocos de sangre, de
comercio y de intereses... son hoy otros tantos motivos para entonar
juntos los himnos de la libertad»

10 Eduardo Posada, E l 2 0 de ju lio , op. cit., p. 205.


11 Ibidem , pp. 183-188.
Primeras actuaciones de la Junta Suprema de Gobierno 165

Dentro de esta campaña de divulgación doctrinaria, sobresale un


famosísimo Manifiesto , redactado y firmado por Gutiérrez de Caviedes
y Torres, unidos por la profesión de las mismas ideas y en el brillo de
las cláusulas, y aprobado por la Junta Suprema el 25 de septiembre.
Con Torres debió dialogar Gutiérrez y convenir los temas y argumen­
tos, el orden y encadenamiento de los hechos y motivaciones, pero con
toda certeza el notable documento se debió a la pluma de don Frutos
Joaquín Gutiérrez. Don Camino se avino a autorizarlo con su ilustre
pluma en segundo lugar, y mucha importancia le atribuyó la Junta,
cuando en aquella penuria del fisco, ordenó la edición verdaderamente
enorme para aquellos días de 4.000 ejemplares12.
El 5 de octubre se deliberó en el seño de la Junta Suprema el
modo de dar una nueva forma al gobierno. El doctor Camacho pro­
nunció un sabio discurso con el consiguiente voto. Hasta entonces la
Junta se hallaba entrabada en su acción, pues además de concentrar en
ella la plenitud del poder, despachaba corporativamente hasta los asun­
tos de menor importancia, estudiados antes de las respectivas Comisio­
nes. Después de haber demostrado que «la potencia legislativa no se
debe mezclar en los juicios, porque su acción se confundiría con la de
aplicar las leyes en las contiendas particulares», termina señalando las
reformas: «Reconcentrad el poder ejecutivo en un Cuerpo compuesto
de pocos individuos, donde el pensamiento se acerque y que padecien­
te), como la luz que entra en un aposento, reflexiones repetidas, os ilu­
mine en vuestras deliberaciones».
Estas ideas fueron acogidas por la Junta, la cual se reorganizó el
26 de octubre con la creación de un Cuerpo Ejecutivo, en quien resi­
día el alto gobierno, y de una Junta Legislativa, mientras que! el Poder
Judicial quedó enteramente separado. Se crearon dos Secretarías de Es­
tado a las cuáles fueron llamados Torres y Gutiérrez. De este modo la
Junta fue adquiriendo poco a poco la fisonomía de un verdadero go­

12 Hemos consultado el único ejemplar existente en la Biblioteca Nacional de Bo­


gotá, Fondo Pineda, n.° 1.277. Fue reproducido en el libro de Eduardo Posada, E l 2 0 de
julio. El título completo —bien largo por cierto, como se estilaba en la época— es ya
indicativo de su contenido: M otivos que han obligado a l N uevo Reino de G ran ada a reasu­
m ir los derechos dé la soberanía3 rem over las autoridades del antiguo gobierno , e in stalar una
Suprem a Ju n ta bajo la sola denom inación y en nombre de nuestro soberano Fem ando V II y con
independencia del Consejo de Regencia y de cualquier otra representación.
166 La independencia de Colombia

bierno republicano, con la división de los poderes conforme a la doc­


trina de Montesquieu.
Otra gran dificultad se le presentó a la Junta desde el pineipio: se
planteó la lucha entre los ardorosos tradicionalistas para quienes todo
lo nuevo era condenable, y los progresistas utópicos que renegaban de
todo lo pasado. Torres, Camacho, Gutiérrez de Caviedes, Gregorio
Gutiérrez Moreno, adoptaron la ardua conducta de mantener el equi­
librio, conciliar la tradición con el progreso y resolver con moderación
^y energía a un mismo tiempo aquella medular discordancia.

La división entre las provincias

Saliendo de Santafé, el panorama que ofrecieron las provincias del


que siguió llamándose por algunos meses el Nuevo Reino, no e