Evolución de la Familia del Anciano
Evolución de la Familia del Anciano
La institución familiar no queda al margen del desarrollo sociocultural e histórico. Su dinámica se ve afectada
por el concurso de diversas variables que modifican su existencia como sistema.
Hoy en día la expectativa de vida es menor en el hombre que en la mujer, por lo que encontramos más viudos
que viudas. Asimismo, los viudos cuentan con una mayor posibilidad de volver a casarse.
Tiempo atrás, esas ancianas solas, solían integrarse en el hogar de uno de sus hijos dando lugar a hogares
trigeneracionales. En la actualidad, esa modalidad se va modificando en favor de los hogares
unigeneracionales, es decir, ancianos que viven solos.
a. Por aumento de matrimonios que se casan y se van a vivir a su propia casa; antes era común que los
matrimonios jóvenes se quedaran en una de las casas paternas;
b. Por aumento de la migración de los más jóvenes del hogar (se van a vivir solos, a residir a otra
localidad, provincia, etcétera);
c. Por cambio en el rol de la mujer; durante mucho tiempo, la mujer tuvo, como rol principal y único, el de
ser ama de casa, lo que incluía además cuidar a los ancianos de la familia. Desde que la mujer
modifico su rol, abandono también la tarea de cuidadora de los ancianos;
d. Por el problema económico-habitacional hoy ya no se habita en casas grandes, las familias suelen
ocupar departamentos con espacio reducido.
a. Aumento de la tasa de divorcios: la falta de compañía del cónyuge también se verá reflejada en la
situación de los mayores.
b. Disminución de la tasa de fecundidad: los viejos de mañana no serán padres de familias numerosas,
por lo que no podrán contar con muchos hijos que pudieran hacerse cargo de ellos o a los cuales
recurrir.
Hoy, con menos miembros a los cuales recurrir, el anciano vive más, posee menos recursos económicos, y
necesita más por más tiempo.
Los hogares trigeneracionales han sido comunes en nuestro medio. Sin embargo, esta situación,
particularmente en las áreas de ciudad más pobladas, va dando paso a hogares unigeneracionales y
bigeneracionales. De todos modos, las familias con ancianos terminan, tarde o temprano, encontrándose ante
una alternativa difícil:
En un principio las familias extensas se hacían cargo del viejo o lo sostenían en su seno hasta el momento de
morir. A medid que las costumbres fueron modificándose, las entonces familias nucleares pasaron requerir el
exilio de instituciones. En la actualidad, las familias prácticamente ayudan a las instituciones, quienes, en
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definitiva, son las encargadas de hacer algo por los viejos. Algo así como si se hubieran revertido y transferido
los roles y las funciones.
Las familias de los ancianos y ellos mismos están necesitando hoy esquemas de asistencia institucionalizada
que permiten encontrar una salida intermedia entre la institucionalización de residencia permanente y el
mantenimiento del anciano en su domicilio.
¿Por qué es importante hablar de la familia al interpretar o trabajar con la problemática del Geronte?
La familia es una estructura de permanencia perpetua, de pertenencia significativa, escena natural de la vida
del hombre. Índice o influye en la dinámica vital de toda persona.
Durante mucho tiempo, se abordó la situación psicoafectiva y social del anciano desde una actitud que
llamaría “gerocentrismo”, es decir, interpretando al individuo como un sujeto aislado, separado de su
circunstancia y contexto. Se hacían interpretaciones reduccionista médico – fisiológicas del envejecimiento.
Sin embargo, al conocer, comprender y asumir que el anciano no es una isla sino que establece vínculos de
pertenencia y es referente de una comunicación dentro de un sistema familiar, se comienza a superar ese
error inicial y a explorar el ámbito familiar del anciano.
Superado este error del gerocentrismo, y visualizando la necesidad de trabajar con la familia del anciano,
entiendo que se comete un segundo error, diría de aproximación. Se transfieren los esquemas de trabajo
sostenidos con familias de niños, adolescentes o, incluso, adultos, perdiendo de vista que se trata de un caso
diferente. Un niño o un adolescente, por ejemplo, pertenecen a un grupo preexistente que, ya estructurado, lo
recibe con un rol asignado o lugar de pertenencia. La familia del anciano es una estructura que el mismo ha
elaborado, siendo responsable del tipo de dinámica funcional a la que pertenece. Ahora, ellos serán
beneficiarios de víctimas de la dinámica que hayan aplicado a sus propias familias.
Para el adolescente, esta familia, si bien es necesaria, es un sistema del que desea independizarse; para el
anciano, es una estructura de la que se siente depender cada día más. El adolescente busca un camino de
salida, en tanto el anciano busca un lugar, pertenecer, permanecer. Al adolescente se lo quiere retener y al
anciano se lo pretende marginar.
Esta alternativa plantea una circunstancia habitual de conflicto en la dinámica familiar del anciano:
marginación versus pertenencia, exclusión versus permanencia. Por un lado, la familia busca la descarga del
anciano, por el otro, el reclama ser atendido de manera más cuidadosa y protectora. Estas situaciones
generan una curiosa particularidad dinámica que llamo desacomodación dual.
Una crisis grupal afecta sobre la individual, y está sobre la primera, este círculo puede tornarse virtuoso,
cuando esa afectación es positiva o bien puede volverse vicioso, cuando la afectación es negativa y, por ende,
agravante del conflicto.
Respecto de los sistemas familiares, creo oportunos clasificarlos en maduros e inmaduros, teniendo en cuenta
la posibilidad de manejo armónico o no de los recursos que hacen a su estructura. Pertenecer a un sistema u
otro afecta sensiblemente sobre la posibilidad de resolución que tiene el anciano de resolver su crisis de
envejecimiento. Podría aventurarme a afirmar que el destino de resolución o no de tal situación se juega o
decide en el marco del sistema familiar al cual se pertenece.
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1. LOS SITEMAS FAMILIARES MADUROS.
Aquellos que reconocer una cierta estabilidad emocional como para asumir la existencia del conflicto o
situaciones críticas en su seno, con el fin de poder apelar a sus propios recursos y resolverlos
adecuadamente. Sus miembros son capaces de armonizar sus funciones dinámicamente con las
circunstancias de los otros. La armonía es resultante de esa integración funcional y afectiva que implica
estabilidad.
A. LA FAMILIA NORMAL.
Señalo como normal la cualidad de aquel sistema en el cual sus miembros son independientes pero
interdependientes, autónomos en lo personal, pero comprometidos con las circunstancias de los otros. Están
vinculados a través de lazos de reciprocidad.
Se desarrolla en un clima continente y acogedor, flexible y firme a la vez. Esa reciprocidad está alimentada y
cimentada en una actitud de aceptación positiva del otro. La familia normal es un sistema emocionalmente
estable, con buena administración de recursos al servicio de la continencia y resolución de las psis
individuales y grupales.
La problemática del anciano, dentro del sistema familia, reconoce dos aspectos:
a. La ancianidad será vivida por el sujeto como una amenaza de aniquilamiento de sus self y, ante tal
eventualidad, deberá dar respuestas y tomar actitudes para lograr una nueva síntesis.
b. El grupo se verá afectado por esa circunstancia que introduce cambios sustanciales en su propia
dinámica. La familia deberá elaborar una síntesis como grupo.
En este momento, se desarrolla una situación confusa. Me refiero al proceso de desacomodación dual. Por un
lado tenemos al individuo sorprendido por el acceso a una etapa evolutiva difícil. Su propia identidad se ve
cuestionada, su sentido de orientación se ve afectado, su lugar en el mundo se ve dislocado, sus recursos
aparentan disminuir, no obstante, en medio de todo esto, existe la percepción clara de que el mundo sigue
girando de la misma manera. Pareciera ser que solo él es el afectado. Toda esta escena es la
desacomodación, un sentirse desubicado respecto del resto.
Por otro lado esa misma circunstancia de disloque también puede apreciarse en las familias de los ancianos,
afectadas en sus propias dinámicas funcionales por la aparición o emergencia de una crisis de este tipo en la
vida de uno de sus miembros.
Qué ocurre con este tipo de familias nobles. Como cualquier otro sistema, la familia normal también sufre los
efectos iniciales de la desacomodación. Normalidad no es usencia de conflicto sino la posibilidad de
responder flexible, dinámica y efectivamente ante los diversos conflictos que se sucederán. La familia normal
también acusa la existencia del proceso referido.
No obstante, cuenta con recursos necesarios como para resolverlos de manera efectiva o mantiene una
actitud dispuesta, necesaria como para actualizar recursos hasta ahora potenciales, a fin de disponerlos al
servicio de esta causa. Son grupos compactos, continentes, que cuentan con la creatividad, flexibilidad y
comprensión propicias como para enfrentar estas situaciones y recuperar una nueva síntesis significativa.
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Sea cual fuere la medida o respuestas que se le dé a la situación del anciano, todas serán verdaderamente
resoluciones al problema, logradas sobre la base del respeto, la comprensión y promoviendo, en el anciano, el
logro efectivo de un síntesis personal que le permita el reencuentro consigo mismo.
Finalmente, son sistemas familiares maduros, porque pueden dar una respuesta armónica a la problemática
de sus individuos: una resolución afectiva y efectiva a partir de los propios recursos, gestando una síntesis y
mayor continencia como grupo.
Sistemas familiares en os cuales sus individuos no asumen correctamente sus roles, en virtud de priorizar sus
propios intereses en detrimento de los intereses del grupo. No hay compromiso con la dinámica y vida del
sistema. Un alto monto de agresividad y hospitalidad y mucha rivalidad entre los miembros suele ser
observables en estos sistemas. Los vínculos afectivos son superficiales y cambiantes, intermitentes e
inestables.
Son grupos con escasas posibilidades de resolver adecuadamente situaciones críticas, por eso plantean al
miembro que introduce la crisis como un verdadero estorbo. No se considera que la crisis sea del grupo, sino
del individuo que la vive, dejándolo a su propia suerte.
Se trata de familias disarmónicas en tanto no pueden atinar a brindar verdadera resolución a la crisis de sus
miembros ni a las del grupo como unidad. Se forma así un círculo vicioso.
Asimismo, si un miembro enfrenta un problema o presenta una perturbación o dificultad que encierra una
amenaza al logro de la satisfacción de sus necesidades básicas, el grupo, como totalidad, queda
inevitablemente implicado debido a:
a. El sujeto, insatisfecho en sus necesidades básicas, no puede cumplir con sus deberes para con el
grupo.
b. El grupo queda comprometido mientras uno de sus miembros no pueda cumplir con sus deberes para
con el sistema y en tanto el grupo no cumpla con sus deberes para con sus miembros.
Al adoptar los individuos tales actitudes se generan, dentro del sistema, los puestos o roles vacíos. Más aun,
no solo pueden originarse estas verdaderas lagunas funcionales sino también superposiciones de tol y, por lo
tanto, colisiones, no menos frecuentes ni dolorosas que las referidas lagunas.
No dan respuesta resolutiva o bien, elaboran una resolución aparente por la vía de la separación, es decir,
quitan del medio al anciano (a quien introduce el problema lo extirpan) o se alejan los otros miembros en
actitud de no hacerse cargo del problema. Son ancianos que subsisten como el problema hasta que se
mueren.
Las familias inmaduras no solo son carentes de recursos para dar respuestas efectivas y plásticas a las
necesidades del anciano y del sistema en general, sino que, además, generan nuevos y complejos conflictos.
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A. FAMILIA TIPO CLAN.
Organizadas en torno a la figura de uno de sus miembros. Se trata de grupos monolíticos que actúan
rígidamente sin posibilidad de independencia de sus miembros. Es una estructura organizada sobre mandatos
contundentes que inhiben el dinamismo libre y responsable de sus miembros. Tienden a entronizar la figura
de uno, fortalecido por la misma estructura del
Clan. Generalmente subsisten conflictos con esa misma figura e interpersonales mantenidos en latencia
debido a la culpa por transgredir el mandato tribal de preservar el bien del clan. “todos para uno y uno para
todos” seria el lema distintivo de este sistema cerrado de organización familiar.
Si la problemática concierne a otro miembro del clan, se hará aquello que acepte o disponga el fuerte. Si
atañe al fuerte del clan podemos esperar distintas reacciones posibles:
a. Que otros miembros del grupo deseen ocupar, compitan, incluso entre sí, el lugar del líder,
desplazándolo al ahora debilitado fuerte.
b. Posiblemente con ese debilitamiento del fuerte sienta el sistema una especie de angustia de
aniquilamiento. Ante esta amenaza el grupo, muy probablemente, termine aceptando que uno de los
miembros herede o asuma ese lugar vacante de liderazgo y fortaleza. La diferencia con a. es que aquí
se trata de uno que recibe el mandato familiar aun sin pretenderlo.
c. Es probable que la figura del líder sea tan fuerte que, aun debilitado, continúe ejerciendo el liderazgo
sobre el clan. La familia lo sostiene e o mantiene. E
En varias ocasiones, incluso después de muerto, el líder continúa dirigiendo los destinos del grupo,
que funciona en torno de aquel ahora entronizado.
d. Finalmente, cuando el grupo no puede superar esa situación de pérdida o debilitamiento del tótem, se
produce una especie de dispersión del sistema, en respuesta a esa vivencia de aniquilamiento. Se
quedaron sin tótem y se dispersan.
Resumo: no pueden dar respuesta a la problemática del anciano porque se ocupan más de la subsistencia del
sistema que del bienestar de sus miembros, y perdiéndose el rol que funciona como fuerza de cohesión y
subsistencia, el sistema se desmorona.
B. FAMILIA ABANDONICA.
Sus integrantes viven sumergidos en sus propios intereses y actividades, dejando de lado al grupo familiar.
Comunicación y relación altamente descuidada; relación y unidad del sistema resquebrajada a partir de la
extrema vivencia de contemplar a los otros como verdaderos extraños.
También podría decirse de estos grupos que son familias agotadas, en tanto pareciera ser que no cuentan
con recursos afectivos y emocionales para responder a las reciprocas demandas de sus miembros.
Imposibilidad de dar una respuesta afectiva y efectiva. Es como si este anciano y su problemática no les
perteneciera, como si no fuera parte integrante del sistema, por eso exigen a los otros que le den una
resolución al caso.
C. FAMILIA DISTANTE.
Si bien podríamos decir, en principio, que las familias distantes son básicamente abandónicas, podemos
señalar una diferencia entre ellos: estas acusan una fachada más conflictiva mientras que las distantes
reflejan una actitud o apariencia serena.
Habitualmente esa serenidad está basada en una actitud clara de intelectualización e inhibición de la
expresión afectiva, cubriendo así una extraordinaria inhibición de sus emociones.
En estas familias, la situación del viejo es resuelta siguiendo razonamientos lógicos entendidos como
argumentos válidos que justifican que el anciano este solo, en casa o institucionalizado. Por lo general, los
ancianos de estas familias están distanciados, haciendo cada uno su vida. Esta apariencia de serenidad
esconde la turbulencia de todo lo no expresado o sentido. Tampoco en este caso se responde al problema o
situación del anciano.
Tanto las familias abandónicas como distantes pueden asumir actitudes de sobre exigencia respecto del
anciano. Siendo sistemas agotados se manifiestan con actitudes de expectativa desbordada y apremiante y
requieren del anciano una respuesta que, muy posiblemente, no está a su alcance. Se espera así que el otro
haga lo que yo quiero-necesito-reclamo o se me ocurre que haga, que el otro resuelva su situación para que
todo vuelva a la normalidad.
D. FAMILIA SOBREPROTECTORA.
Demuestran un excesivo interés y preocupación por todo lo referente a sus miembros. Son grupos
omnipresentes, vigilantes e hiperemotivos.
En la mayoría de los casos los grupos sobreprotectores experimentan una actitud básica de rechazo entre sus
miembros, pero a partir de la imposibilidad de adquirir noción consciente de sus conflictos elaboran y
mantienen una actitud sobreprotectora como compensación o reparación de sus deseos e intenciones.
Contrariamente al caso anterior, este sistema plantea una posición protectora en extremo. Privan a sus
miembros de su libertad y responsabilidad, de la privacidad necesaria para tomar las propias decisiones.
Tratan a sus viejos como si fueran criaturas, niños que deben vigilar y manejar a voluntad. Adoptan actitudes
invalidantes.
Las familias sobreprotectoras, en tanto anulan al viejo en su capacidad de respuesta, son invalidantes
La posibilidad de llegar a edades muy avanzadas es cada vez más frecuente. Además de los cambios demo-
gráficos se han dado cambios a nivel epidemiológico, de tal manera que las principales causas de morbilidad
y la mortalidad son las enfermedades crónico-degenerativas. De esta manera, el peso de la enfermedad y la
muerte se desplazan y continuará con esta tendencia, de los grupos más jóvenes hacia los de mayor edad.
El impacto de este nuevo patrón epidemiológico es la frecuencia cada vez mayor de personas que sufren
algún grado de dependencia o invalidez, lo cual trasciende de manera importante en la sociedad y la familia.
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Las repercusiones pueden ser en varios niveles por la carga económica que implica, la necesidad de mayor
número de servicios médicos y hospitalarios y la afectación directa a la familia por las demandas de atención y
cuidados que requiere un paciente dependiente.
Conforme aumenta la población existe también un número cada vez más creciente de personas que deben
fungir como cuidadores de sus familiares dependientes. La demencia, por ejemplo, es una de las
enfermedades que más invalidez provoca y que está de manera estrecha relacionada a la edad avanzada.
Afecta 10% de la población de 65 y más años de edad y 47% de ancianos de 85 años o más. Cuidar a un
paciente con demencia está asociado a mayores niveles de estrés que el cuidado que se brinda a otros
pacientes con problemas funcionales por otro tipo de enfermedad crónica.
Los avances médicos y tecnológicos han favorecido la aparición de métodos de diagnóstico y tratamiento que
permiten mejor manejo de las enfermedades crónicas, mas no así del enfermo crónico, quien requiere
además del apoyo médico, del sustento emocional y de los cuidados básicos e instrumentales para las
actividades de la vida diaria (higiene personal y de su entorno, alimentación, recreación, cuidados generales,
seguridad, etcétera).
Se tiene conocimiento de que la familia es quien mejor puede proporcionar al anciano todos estos apoyos.
Cuando el anciano tiene cubiertas en forma adecuada todas estas necesidades su calidad de vida mejora y
por lo tanto su capacidad para adaptarse en condiciones más dignas a sus padecimientos o pérdidas.
Por otro lado se ha observado que la carga de cuidar a un individuo dependiente de manera habitual, suele
recaer de modo principal en algún miembro de la familia al cual se le ha llamado cuidador primario. Esta
persona se convierte de esta manera en el eje central del manejo del enfermo, de tal forma que el éxito de
cualquier tratamiento o manejo médico dependerán en gran medida de este miembro de la familia y del apoyo
que éste reciba del resto de su familia. Sin embargo, se ha detectado que el médico muy pocas veces se
dirige a explorar la situación del cuidador; no se sabe si es por falta de tiempo o por desconocimiento.
El cuidador primario se describe como la persona remunerada o no sobre la cual recae la mayor carga del
cuidado del enfermo. Por el estrés y el riesgo al que está sujeto cuando la carga de cuidado se incrementa de
forma importante se le ha descrito como el “paciente oculto”. De aquí la importancia de ser detectado de forma
oportuna en la práctica médica. La carga del cuidador se ha descrito como un término que engloba todos los
diferentes niveles de impacto: físicos, emocionales sociales y financieros que afectan al cuidador primario en
la atención a su enfermo y que lo pueden llevar a un agotamiento o colapso. Es por ello que el tema del
cuidado y la gran carga que esta actividad representa se han considerado como síndrome geriátrico. El
agotamiento del cuidador se presenta cuando la carga del cuidado sobrepasa su capacidad y recursos y es
tan grave que puede provocar un estrés excesivo y el riesgo de muerte o suicidio.
El médico por lo habitual suele centrarse en las condiciones de su paciente y no se ocupa de su cuidador y la
familia. Muchos de los fracasos en el manejo del enfermo geriátrico o dependiente no son entonces por falta
de conocimientos o errores médicos, sino por descuidar este último aspecto.
La geriatría en su enfoque integral al paciente tiene especial interés en el bienestar de su cuidador primario y
por ende de su familia. Si se considera que la principal fuente de apoyo psicosocial al anciano es la familia, los
conocimientos de su estructura y su dinámica serán herramientas de gran valor para comprender mejor sus
necesidades, el contexto en el cual la enfermedad se presenta, los factores que favorecen o disminuyen la
aparición de síntomas o quejas, así como las repercusiones en cada uno de los miembros que rodean al
paciente. El médico se encuentra ante el gran reto, por un lado, de atender las necesidades psico-biológicas
de su paciente y por otro de cuidar del bienestar familiar, ya que es la familia la que también sufre la
enfermedad aunque no la padezca. De esta manera ayudará a todo el grupo familiar para que pueda a nivel
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funcional elaborar el duelo por el familiar enfermo y que la experiencia de cuidarlo se convierta en un reto de
crecimiento y no en lucha devastadora contra la desolación y la muerte.
Para poder entender mejor a la familia es necesario considerarla como un sistema abierto, en el cual hay
continua interacción entre sus miembros. Bajo esta perspectiva, el tipo de interrelación dará la pauta sobre el
bienestar o sufrimiento que se perciba en el sistema. Cualquier eventualidad que provenga del exterior o del
interior traerá consigo una reacción o respuesta que repercutirá de forma positiva o negativa en cada uno de
sus integrantes y, por ende, en todo el sistema.
La familia se encuentra sujeta a cambios continuos, algunos son previsibles como es el paso por las
diferentes etapas del ciclo vital familiar. Otras como la muerte o la enfermedad son imprevisibles. Como
sistema tiene la capacidad de reaccionar y de adaptarse a nivel funcional, lo que se traduce en crecimiento
armónico y en la posibilidad de desarrollarse y alcanzar la madurez en cada uno de sus miembros. Cuando la
familia se adapta de manera inadecuada o disfuncional, la interacción entre sus miembros se va a afectar.
Habrá necesidad de buscar culpables, surgirán alianzas, triangulaciones, nuevos roles o jerarquías: el que
toma el poder, el que huye, el que se somete, la víctima y el victimario, entre otros.
V. Satir enfatiza que la familia es un microcosmos del mundo. Para entender al mundo, se puede estudiar a la
familia en el sentido del manejo del poder, la intimidad, la confianza, la habilidad para la comunicación, etc.
Sin embargo, la vida familiar es como un iceberg en donde la mayoría percibe tan sólo la décima parte de lo
que sucede, es decir, la décima parte de lo que se puede ver o escuchar. Los mismos miembros de la familia
son los que sospechan que ocurre algo más pero no tienen idea de cómo averiguarlo. El desconocimiento
puede llevar a la familia al deterioro de su calidad de vida convirtiéndose en una fuente de peligro por la
ansiedad y estrés que es capaz de generar.
El anciano, por sus características de mayor fragilidad y riesgo de enfermedades crónicas e invalidez, está
más expuesto a la dependencia y a la muerte. El grado de dependencia física o mental será determinante
para el funcionamiento familiar. Es por ello que el profesional de la salud necesita estar consciente de todos
estos riesgos y situaciones que amenazan al anciano y que son determinantes para entender la dinámica
integral de su estado de salud.
Este ejemplo es un caso muy común que se presenta en la consulta del médico. Si el trabajador de la salud
tiene la sensibilidad de captar la problemática y un adecuado conocimiento del enfoque sistémico, evitará las
siguientes intervenciones que no tan sólo pueden ser ineficientes sino que pueden empeorar el cuadro:
1. “Aliarse con algún miembro de la familia”. En este caso se podría hacer con la madre para que presione a
su marido a cambiar de actitud o con alguno de sus hijos. Con esta acción, lejos de ayudar al paciente, se le
está sometiendo al cuidador a una carga extra que tal vez lo lleve al colapso con resultados infructuosos ya
que el enfermo no va a cambiar.
2. “Etiquetar al paciente”, es decir, “el problema familiar es el paciente por su enfermedad y en la actualidad
por su aparente depresión”. El tratamiento se enfocará en exclusiva al paciente. Se le prescribirá algún
antidepresivo con lo que puede mejorar su estado de ánimo, sin embargo su situación de sentirse sometido a
su mujer con pocas motivaciones para vivir es muy probable que le impida salir de manera exitosa de la
depresión. La esposa adquirirá más poder y, a causa de tantos resentimientos guardados, aumentarán sus
actitudes pasivo-agresivas hacia su marido. Los hijos continuarán tomando partido por el padre o la madre.
Este tipo de intervenciones significarían continuar con “más de lo mismo” ya que sólo se va a lograr hacer
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rígido el sistema. Tomando en cuenta el enfoque sistémico en el estudio de la familia puede resumirse lo
siguiente:
• Cuando un miembro de la familia sufre, lo manifiesta en “síntomas” (desde un dolor o trastorno físico
de origen orgánico o psicosomático, hasta cualquier cambio de conducta, desde un simple aislamiento hasta
problemas de violencia, adicción, etcétera)
• Los síntomas del PI cumplen una función familiar y también una función individual
El experto reconoce que los síntomas del PI son una llamada de auxilio para que alguien ayude a aliviar el
dolor y resuelva el desequilibrio familiar resultante. En el caso anterior la persona identificada es Roberto. Su
síntoma principal es la falta de interés por su rehabilitación. La función del síntoma a nivel individual sería por
ejemplo “que le hagan caso, que se preocupen por él”, o bien es una manera pasiva de responder de forma
agresiva al rechazo de su esposa. A nivel familiar es hacer notar, de manera inconsciente, que hay problemas
en la relación con la esposa. Al final la familia es canalizada a un orientador familiar. Los hijos se dan cuenta
que ellos son ajenos al problema y que tomar partido sólo los está distanciando entre ellos y con sus padres.
El problema básico es la falta de comunicación en la relación de pareja, de muchos años de evolución. Los
problemas de salud sólo han propiciado que esta disfunción se magnifique. Si la pareja, a través de la ayuda
terapéutica, logra en-tender sus diferencias, rescatar lo positivo de su relación y mejorar su comunicación, es
muy probable que les ayudará a comprenderse mejor y a ayudarse en forma mutua de tal manera que la
rehabilitación de Roberto tendrá mayores posibilidades de éxito.
Este es otro caso muy común en donde se ejemplifica el problema de dependencia. El caso del padre en
apariencia se ha solucionado con una cuidadora, gracias a que la familia cuenta con recursos para ello. El
problema de la madre está siendo negado por dos de los hijos. La cuidadora primaria del padre es la persona
remunerada, pero no hay que olvidar que en ausencia de ella, doña Margarita es quien ha venido fungiendo
como tal. Ante este nuevo diagnóstico, va a ser necesario que alguien asuma el papel de responsabilizarse de
ambos padres ancianos. De acuerdo con el cuadro descrito puede predecirse que Claudia es quien va a
asumir la mayor carga y que es muy probable que la situación la vaya a llevar a tener dificultades con su
marido y sus hijos.
Si el médico no tiene conciencia de este asunto dejará que los hechos evolucionen de esta manera, en donde
surgirá una crisis familiar cuando Claudia, abrumada, reclame a sus hermanos la falta de ayuda, y ellos, al no
tener conciencia de la trascendencia de la problemática tal vez continuarán negándola. Entre las funciones
más importantes del equipo de salud en geriatría está prevenir que la carga del cuidado sobrepase la
capacidad de la familia.
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En este caso, si el equipo tiene presente este riesgo, lo primero que tendrá que hacer es reunir a todos los
hijos para hacerlos conscientes del problema que implica la enfermedad de su madre, para que asuman todos
la responsabilidad que les compete de acuerdo a sus posibilidades personales, además de la necesidad de
brindarle apoyo y comprensión a Claudia para que pueda mejor llevar a cabo su papel de cuidadora primaria.
La dinámica familiar se entiende como colección de fuerzas positivas y negativas que afectan el
comportamiento de cada miembro de la familia haciendo que ésta, como unidad, funcione bien o mal. La
manera de pensar, sentir, actuar y presentarse ante los otros producirá acercamiento o alejamiento, desarrollo
o estancamiento y un clima de seguridad o de ansiedad o depresión en el grupo familiar. Cuando la familia es
funcional o nutricia, existe la mezcla de sentimientos, comportamientos y expectativas entre cada uno de sus
miembros que les permite desarrollarse como individuos y que les da el sentimiento de no estar aislados y de
poder contar con el apoyo de los otros miembros.
Una familia funcional identifica sus problemas de manera clara, cada quien tiene conciencia de sus propias
responsabilidades y limitaciones. Los miembros no dudan en expresar de manera verbal su inconformidad o
incomodidad cuando una situación difícil se presenta y están dispuestos a negociar o comprometerse para
salir adelante. Hay preocupación por el bienestar de todos y cada uno de sus miembros, lo que favorece la
ayuda mutua de la manera que la familia lo juzgue apropiado, dando lugar a diferentes formas de organizarse.
Una familia disfuncional utiliza sus problemas como arma poderosa para quejarse y agredir y no como medio
de acercamiento En la familia funcional los problemas son vistos como situaciones que afectan a todos. Por
ejemplo, si hay un familiar enfermo toda la familia verá ese problema como su problema: cada uno obrará de
acuerdo a sus posibilidades, aportando su tiempo, recursos económicos, servicios, compañía, etc. No se
utiliza este problema para atacar, humillar o castigar al otro, lo que provocaría una amenaza grave a la
estabilidad y compatibilidad de sus miembros. Si esta familia es funcional, lo más probable es que acepten la
responsabilidad que le corresponde y de sus limitaciones propias y de los demás.
Se le deberá dar un seguimiento a la familia para detectar las dificultades que están teniendo en el manejo de
sus padres. El apoyo consistirá en educarlos en el conocimiento y manejo de la enfermedad, brindarles toda
una serie de opciones de ayudas existentes a las cuales recurrir, como por ejemplo asistir a un grupo de
apoyo o autoayuda, lecturas, conferencias, etc.
Por otro lado se les pueden proponer varias acciones como el que la paciente asista a un centro de día
especializado. En este caso el pronóstico puede ser bastante favorable tanto para la familia como para la
paciente y lo más seguro es que la familia elabore en forma sana su duelo y pueda adaptarse, sin que la
calidad de vida de toda la familia se vea de manera seria perjudicada. Sin embargo, si esta familia es
disfuncional o conflictiva, lo más probable es que dé origen al aislamiento, la falta de comunicación y
cooperación, descalificación de los demás y luchas de poder. Además, la crítica constante generará culpas
entre los miembros por sentirse incapaces de desarrollar las tareas en forma óptima, lo que conllevará a una
crisis familiar de mayor magnitud con el deterioro consecuente, no nada más de los enfermos sino de toda la
familia.
EVALUACIÓN FAMILIAR
La evaluación de la familia no es tarea fácil o improvisada sino que requiere de un manejo profesional. Entre
los errores u omisiones cometidos con más frecuencia por el personal de salud es pertinente señalar los
siguientes:
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2. Hacer generalizaciones sobre la familia basadas en una sola parte del sistema. Es decir, si el interrogatorio
se dirige sólo al enfermo o a la persona acompañante y sin tomar ni siquiera en cuenta la interacción entre
ellos mismos, existe el riesgo de llegar a conclusiones sesgadas.
4. Ignorar el lenguaje no verbal de los pacientes, que muchas veces es incongruente con lo que manifiestan a
nivel verbal.
5. Hacer declaraciones generadoras de culpas sin antes haber escuchado a los demás miembros de la
familia. Ejemplo: “su padre está así porque ustedes no se preocupan por él”.
6. Utilizar el síntoma, reforzando el papel de “chivo expiatorio”, en lugar de hacer ver a la familia que todos, de
alguna manera, son responsables de lo que está ocurriendo y que por lo tanto los cambios que se deban de
dar tendrán que ser a nivel familiar y no tan sólo a nivel individual.
7. Abusar del paternalismo profesional imponiendo órdenes bajo la única perspectiva del equipo de salud sin
tomar en cuenta la disposición de la familia.
En resumen hacer hipótesis o intervenciones de manera precipitada, cuando aún no se ha hecho una
adecuada evaluación familiar. Entre los aspectos principales que son necesarios evaluar en una familia
destacan los siguientes:
2. Alianzas o coaliciones. Una alianza significa la unión positiva o negativa entre dos miembros de la familia
con una finalidad que puede ser consciente o inconsciente. La coalición involucra a más de dos miembros y
suele ser negativa. Por lo general son consecuencia de problemas en la familia que pudieron haber sido
generados mucho tiempo atrás, aunque la manifestación sea en apariencia reciente, y que tienen la finalidad
de compensar el sistema. Por ejemplo, resentimientos, rencores, conflictos entre los hermanos o entre los
padres propiciarán la creación de bandos.
5. Reglas que rigen el sistema. Es decir cómo está normado el sistema familiar en su sentir y actuar. En la
familia funcional suelen ser flexibles, adecuadas y sujetas a cambio, mientras que en la disfuncional son
rígidas, fijas e inmutables.
6. Autoestima, la integridad, sinceridad, responsabilidad, compasión, amor y competencia surgen con facilidad
en aquellos que tienen elevada autoestima. Cuando la gente siente que vale poco, espera el engaño, el
maltrato y el desprecio de los demás. Esto abre la posibilidad de convertirse en víctima.
7. Capacidad de compromiso afectivo. Es el grado hasta el cual la familia atiende y valora las actividades
particulares e intereses de cada uno de sus integrantes. Existe todo un rango de estilos que va desde la falta
total de compromiso hasta el extremo, el cual es excesivo. Lo ideal es que el compromiso sea empático, es
decir, en donde hay interés por el otro para beneficio de los demás.
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8. Enlace de la familia con la sociedad. Por lo general debe ser abierto y confiado y está fundamentado en la
elección. De lo contrario será temeroso, aplacador e inculpador. Este punto tiene particular interés para
conocer cómo se va a relacionar la familia con el personal de salud.
En la gran mayoría de las veces tomar conciencia de algunas de las situaciones descritas puede ser motivo
para cambiar. El problema es que ni el personal de salud ni los pacientes tienen conciencia de ello. Es el
caso, por ejemplo, de que tanto el médico como la familia al fin entiendan que la “culpa” no es del familiar
enfermo sino de los problemas en la dinámica familiar, en donde todos participan o son responsables, mejora
de una forma enorme el sistema. Esta técnica de “desetiquetar”, es utilizada en el contexto de la terapia
familiar para equilibrar el sistema. Su utilidad es disolver el “síntoma” que se manifiesta a través del
señalamiento del “chivo expiatorio”, en este caso el anciano enfermo, el cual deja de convertirse en el
“culpable” de todo lo que le pasa a la familia y se libera así de una gran carga. Mientras haya un culpable, no
hay necesidad de cambiar y por lo tanto los problemas seguirán perpetrándose.
Por ahora, la familia mexicana en muchos casos sigue siendo extensa, los ancianos mexicanos cuentan con
varios hijos, lo que permite que existan varias posibilidades en cuanto a quién deba de hacerse cargo de ellos
en caso de dependencia o enfermedad. Sin embargo la tendencia hacia la familia nuclear y la disminución del
número de hijos que se presenta de manera mayoritaria en los países industrializados, también se está
presentando con mayor frecuencia en México, lo que repercutirá en el aumento del riesgo de cuidadores
colapsados.
Considérese, por lo tanto, que en una familia con un miembro dependiente es indispensable identificar a las
personas que fungen como cuidadores, ya que alguno de ellos puede estar agotado o en riesgo importante de
colapsarse.
Cuando se encuentra que el cuidador primario de la familia está en riesgo de colapsarse, por lo general su
queja principal es que “nadie le ayuda” y no cuenta con el apoyo de los otros miembros de la familia. Esta
situación es importante valorarla, ya que de ser cierta se deberán proponer otras alternativas para aliviar la
carga del cuidador. La primera acción será evaluar los recursos con que la propia familia cuenta. Con el solo
hecho de informar de manera directa a todos los miembros acerca de la enfermedad, suele presentarse un
notable cambio de actitud.
Sin embargo, pueden suscitarse diversas situaciones defensivas como las siguientes: El cuidador familiar, de
modo inconsciente, no permite que otros le ayuden ya que él es el “único” que sabe hacer bien las cosas. Lo
anterior puede deberse a varias circunstancias a la vez, como la existencia de conflictos familiares previos no
resueltos que conllevan a sentimientos de culpa; resentimientos o rencores. La lucha por el control o el poder
puede llevar a un tipo de personalidad con tendencia a la victimización y a culpar a los demás.
Por otro lado puede existir una tendencia a la negación o evasión ante la presencia de conflictos, lo que
favorece que algunos miembros de la familia se “desentiendan” del problema. Cuando las situaciones antes
descritas son crónicas o se vuelven más rígidas, se está ante una familia disfuncional, la cual requiere de
manejo familiar profesional específico. Sin embargo en muchos casos la realidad es que la carga del cuidado
del enfermo recae sobre una sola persona y que ésta, muchas veces, no cuenta con ningún otro apoyo.
Existen varios cuestionarios que se han desarrollado para valorar la carga del cuidador. El más conocido es la
escala de Zarit. Tanto esta como otras escalas no están diseñadas para aplicarse en la práctica clínica
rutinaria, sin embargo el médico debe tener en cuenta algunas preguntas que no deberán omitirse, ya que
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pueden ayudar a detectar el problema, porque si los signos son reconocidos temprano, se podrá dar ayuda
oportuna. A continuación se enuncian algunos signos de alarma.
1. El cuidador está desprovisto de amigos y de actividades sociales que alguna vez disfrutó.
2. El cuidador muestra molestia o coraje hacia el paciente u otros porque parece ser que no hay tratamiento
efectivo o curación y no entiende lo suficiente la enfermedad.
3. El cuidador niega la severidad así como los resultados finales del padecimiento.
4. A pesar de lo anterior, el cuidador se muestra ansioso sobre cómo confrontar cada día y lo que el futuro
depara.
5. La depresión se instala y afecta la habilidad del cui-dador para hacer frente al problema
7. La falta de concentración hace que las más simples tareas parezcan imposibles de sobrellevar
10. Los problemas de salud se hacen presentes y comienzan a afectarlo de manera tanto física como mental.
Por lo anterior, si se plantea un acercamiento que incluya tanto el apoyo al cuidador como la atención de
cualquier aspecto modificable de la conducta del paciente la situación se tornará más manejable.
Otros aspectos a considerar son la educación al paciente, pero de modo fundamental al cuidador, ya que la
falta de comprensión de la enfermedad puede empeorar el estrés del cuidador. Tanto en el cuidador como en
el resto de la familia, el médico deberá explorar el conocimiento que se tiene de la enfermedad, cuáles son
sus principales inquietudes, mitos y fantasías.
En la actualidad se cuenta con muchos materiales escritos educativos que pueden ser de gran ayuda.
También es importante que el cuidador cuente con periodos de descanso regulares. Los centros de día son
una excelente ayuda que se puede ofrecer para apoyar al paciente y liberarle tiempo al cuidador. Se ha
descrito también que los periodos de descanso de los cuidadores formales e informales retrasan la
institucionalización del paciente y tienen gran impacto en la carga del cuidador.
CONCLUSIÓN
El cuidado del paciente dependiente y, en especial, del demenciado, requiere de un cuidador que no tan sólo
tenga gran creatividad y que sea capaz de resolver los problemas que se presentan sino que además le
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brinde al enfermo compasión, amor y comprensión. El cuidador familiar seguirá siendo la persona más
adecuada para brindar este apoyo, ya sea de manera directa o indirecta.
La familia necesita ayuda para comprender lo que está pasando con su enfermo; necesita aprender nuevas
técnicas para prevenir y manejar las dificultades, pero sobretodo necesita mantenerse unida y hacer de esta
etapa de crisis una oportunidad de crecimiento y trascendencia.
La familia puede ser la mayor fuente de ayuda y bienestar, pero también puede convertirse en la mayor fuente
de sufrimiento y riesgo de enfermedad y muerte.
Es por ello que el médico y el personal de salud tienen una gran responsabilidad al respecto, a través del
cono-cimiento y apoyo a la familia, son los que mejor pueden ayudar a que el enfermo mantenga una
adecuada calidad de vida, la cual repercutirá no tan sólo en su salud y bien-estar sino en todos los que
conviven con él y que también sufren la enfermedad.
El importante incremento experimentado por el grupo de personas con edad especialmente avanzada, unido a
la frecuente presencia de problemas funcionalmente incapacitantes plantea cada vez más una serie de
demandas, que desbordan a capacidad de respuesta familiar, y a la que el sistema social debe dar cumplida
respuesta. Respuesta que hasta el momento ha sido en muchos casos la residencia geriátrica.
Según datos de la OCDE, el número de personas que viven en residencias geriátricas supera en algunos
países de Europa central el 15 % de la población de sesenta y cinco o más años. Estos datos nos hacen
pensar si no se está abusando de una fórmula que conlleva un elevado coste psicológico tanto para el
anciano como para su familia, en tanto que la incorporación del anciano a una institución geriátrica supone su
extracción del medio social que le es propio para ubicarle en un ambiente artificial integrado exclusivamente
por personas de su misma edad.
El ingreso en una residencia para ancianos puede suponer uno de los cambios capaces de generar mayor
estrés. El hogar de ancianos adquiere connotaciones que subjetivamente trascienden la realidad de un mero
espacio físico. Abandonar la casa familiar supone abandonar el escenario donde se desarrollaron partes
importantes de su propia vida, conllevando por lo tanto una especie de renuncia, que en muchos casos puede
resultar dolorosa.
El ingreso a una residencia geriátrica supone una forma de reubicación especialmente dura y difícil de
elaborar. Lleva consigo la incorporación a un ambiente tan extraño como artificial en el que el anciano es un
desconocido. Por otra parte, la institución geriátrica en tanto que institución es un centro que debe
necesariamente regirse por una serie de normas acrecentando la pérdida del sentido de control personal de
los nuevos usuarios. No resulta por lo tanto extraño que el recién ingresado se desoriente ante el desafío
impuesto por la nueva realidad a la que se debe adaptar.
Tobín describe los primeros esfuerzos de adaptación al ámbito residencial como síndrome del primer mes.
Muchos residentes recién admitidos sufren un proceso confusional, mientras otros se deprimen
extremadamente, presentan comportamientos extravagantes, e incluso entran en una dinámica de progresivo
deterioro. Después del síndrome del primer mes algunos residentes recuperan su nivel funcional, en tanto
otros continúan un progresivo deterioro.
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Distintos estudios comparativos realizados sobre ancianos que viven en la comunidad, y usuarios de
instituciones geriátricas, coinciden en la presencia de mayores tasas de deterioro cognitivo, trastornos
afectivos, y manifestaciones depresivas en la población institucionalizada. Si bien la patología psiquiátrica es
uno de los principales factores de riesgo de institucionalización, junto con la soledad y la necesidad de
cuidados, también el ingreso mismo en la institución, junto a los estresores propios de la vida en la residencia,
pueden actuar como una fuente de este capaz de propiciar el desarrollo de alteraciones cognitivas y
emocionales como consecuencia de los problemas de adaptación.
El principal problema de la institución geriátrica es la institución misma en tanto que constituye una solución al
problema asistencial centrada en la creación de espacios para ancianos, que son alejados de su contexto
natural: el medio social.
La prevalencia de niveles severos de depresión conlleva consecuencias adversas que son más acentuadas
en el caso de los hombres entre las personas de mayor edad. Entre estas consecuencias cabe resaltar una
mayor asociación entre depresión y suicidio, o un paralelismo más marcado entre depresión y mortalidad.
En un trabajo realizado por Ashby y cols., se obtuvo que la mortalidad fue aproximadamente dos veces
superior a la esperada en la comunidad para as misas edades, estando asociada a elevadas puntuaciones en
depresión y la expresión de un deseo de morir durante el periodo de exploración. Este trabajo resalta además
el mal pronóstico de los trastornos cognitivos y depresivos.
Posteriormente, Parmelee, Katz y Lawton, obtuvieron una asociación significativa entre depresión y muerte.
Esta asociación dejo de ser significativa cuando se controlaron los efectos debidos a la salud física, los
trastornos funcionales y el deterioro cognitivo. Con relaciona las conclusiones de este trabajo, es difícil
analizar el papel que pueda estar ejerciendo la depresión sobre la mortalidad, dado que, si bien la asociación
encontrada en un principio puede ser fruto de la actuación de los problemas de salud, también la depresión
puede jugar un papel importante acelerando el proceso de deterioro físico.
Son múltiples los trabajos donde se comparan las tasas de depresión entre ancianos institucionalizados y
quienes viven en la comunidad. Hay acuerdo generalizado sobre la extraordinaria dimensión que alcanza la
depresión en ancianos que viven en residencias geriátricas, habiéndose llegado a estimar que el 80 & de los
ancianos que viven en instituciones manifiestan síntomas depresivos.
El problema central aún por resolver en torno a esto consiste en la identificación de los agentes capaces de
explicar la elevada prevalencia de trastornos depresivos en contextos institucionales.
De acuerdo con De las Heras y cols., un buen número de factores de tipo orgánico, psicológico,
psicopatológico y socioambiental pueden confluir especialmente a estas edades en las altas tasas de
depresión y suicidio, pero entre los ancianos ingresados en asilos o residencias psiquiátricas, algunos de
estos factores pueden alcanzar aun mayor relevancia ya que en muchas ocasiones el ingreso en una
residencia implica desarraigo y un sobreesfuerzo de adaptación.
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Por nuestra parte, hemos realizado recientemente un trabajo de campo en el que intentamos conocer con
mayor precisión la relevancia de determinados factores respecto de la presencia de sintomatología depresiva
en ancianos que viven en residencias geriátricas. Entre las variables que se han mostrado más estrechamente
ligadas a la depresión queremos mencionar: voluntariedad de ingreso, nivel de dedicación a actividades de
ocio, percepción de apoyo social, expectativas de autoeficacia, estrés residencial, sentimientos de soledad,
satisfacción con la interacción mantenida con los demás residentes, presencia de problemas de salud, entre
otras.
La frecuencia de las visitas familiares, por su parte, no se ha mostrado significativamente asociada con
depresión, sino la satisfacción de la frecuencia de dichas visitas.
Queremos subrayar la necesidad de seguir buscando fórmulas alternativas a la residencia ya que, en nuestra
opinión, la institucionalización no debe ser contemplada como la opción principal de respuesta a las
necesidades del anciano con graves problemas de dependencia.
Un problema que con frecuencia viene a dificultar a permanencia del anciano en su propio hogar es la
soledad. Con el abandono del hogar por parte de los hijos sumado a la perdida de la pareja, la soledad puede
llegar a convertirse en el peor enemigo.
Junto a la soledad, las condiciones de la vivienda pueden también proporcionar problemas adicionales. La
casa puede haber quedado demasiado grande, estar demasiado alejada del entorno urbano, resultar
incomoda, insegura, etcétera. Cuando es posible salvar estas dificultades, resulta difícil imaginar un lugar
mejor para envejecer satisfactoriamente.
Una de las opciones básicas por las que se están optando es el desarrollo y la organización de recursos
formales de apoyo, dirigidos a ayudar a los cuidadores que constituyen la base misma del sistema de apoyo
informal. En este sentido, la puesta en marcha de distintos programas de cuidado doméstico, estancias
diurnas, o grupos de apoyo mutuo, puede suponer para los cuidadores habituales del anciano una ayuda de
facto, capaz de liberarles de una sobrecarga que puede dar lugar tanto a un riesgo mayor de
institucionalización para el anciano, como al desarrollo de desajustes emocionales en el cuidador.
Cuando la adaptación satisfactoria de la vivienda no es posible por distintos problemas como los mencionados
más arriba, el desarrollo de viviendas públicas con un sistema de atención especial puede constituir una
solución óptima en tanto que no lleva consigo la extracción del anciano e su medio.
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problemas especiales (Gran Bretaña); o las experiencias de integración intergeneracional en viviendas
públicas (Israel).
La pregunta de si pueden estos sistemas alternativos sustituir completamente a la residencia geriátrica es una
cuestión que queda aún por resolver, pero si la pregunta se refiere a una importante sustitución parcial, a los
autores de estas páginas les quedan pocas dudas.
Las actitudes y comportamientos que cada persona adopta ante el hecho de la muerte, sea propia o sea
ajena, son el resultado de la conjunción, por un lado de las características y circunstancias individuales y por
otro, del concepto y sentido de la muerte imperante en la sociedad de ese momento y lugar.
Por ello, para comprender las actitudes que el anciano va a adoptar en un momento determinado ante el
hecho de la muerte (ya se personalizada o sea ajena) se hace imprescindible analizar previamente los
conceptos y actitudes que socialmente se mantienen en ese momento histórico y geográfico hacia la muerte y
el morir.
No obstante y a pesar de la aparente objetividad de esta definición, resulta confuso situar en el tiempo el
momento en que se produce radicalmente “el término de la vida”. Es un proceso que va afectando
progresivamente a las distintas partes del organismo, lo cual hace difícil determinar el momento preciso en
que podemos decir que un sujeto está completamente muerto, que no queda ninguna vida en su organismo.
Así, por ejemplo, a pesar de que se haya diagnosticado la muerte cerebral (uno de los criterios médicos
actualmente considerados como de mayor objetividad para determinar la muerte del individuo) todavía existen
en su organismo células con su código genético único, irrepetible y totalmente característico, que siguen
multiplicándose y por tanto, viviendo.
Pero las dificultades de encontrar un criterio objetivo o una definición objetiva de muerte se multiplican cuando
intentamos abordar el concepto subjetivo y vivenciado de muerte. Desde esta perspectiva, la definición de
muerte como “terminación o cese de la vida” resulta insuficiente para abarcar lo que para cada ser humano,
independientemente del momento evolutivo en que se encuentre, significa el hecho de morir.
¿Cómo podríamos sistematizar y organizar la gran cantidad de variables, informaciones y sentimientos que
interactuando confieren su inabarcable complejidad a la simple palabra muerte? Podríamos intentarlo
respondiendo a tres preguntas:
Así, en función del concepto del que dotemos a la vida, adquirirá la muerte un significado especial. Puede
entonces ser entendida como el principio de una nueva existencia, despojada del cuerpo que la aprisiona o
como el final de una etapa detrás de la cual no hay nada.
a. La primera distinción que se hace aquí necesaria es diferenciar entre el concepto que cada uno de
nosotros tiene de lo que es la muerte en general y el concepto de esa misma muerte cuando es puesta
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en relación con uno mismo. Fruto de esta distinción, el concepto personal de muerte se torna
paradójico:
la muerte en general se acepta como algo cotidiano, sin embargo, cuando atañe a lo personal,
siempre parece lejana.
La muerte se acepta a nivel consciente y racional como un hecho natural pero se vivencia en lo
personal como un accidente, arbitrario e injusto, para el que nunca estamos preparados.
La muerte es universal; todo lo que vive está destinado a perecer o a desaparecer. Pero es
también única ya que la muerte constituye para cada uno de nosotros un acontecimiento sin
precedentes y que no se ha de volver a repetir.
b. El segundo aspecto que hemos de considerar es que la muerte es un fenómeno multidimensional que,
por ejemplo, para Foltay Deck comprende al menos tres aspectos:
la muerte como proceso. El proceso de morir.
la muerte como acto. La muerte propiamente dicha.
la muerte en cuanto que entraña unas consecuencias. El más allá de la muerte.
Si aceptamos que el hombre es un ser bio-psico-social, la muerte debe ubicarse en cada una de esas
vertientes (Thomas, 1991):
a. Muerte física: afecta al cuerpo. Culmina con la aparición del cadáver y todo el proceso de la
tanatomorfosis.
b. Muerte psíquica: tiene lugar cuando el hombre deja de tener irreversiblemente conciencia de su
propia existencia como ser independiente y racional (como es el caso de sujetos demenciados).
c. Muerte social: cuando se ha perdido el reconocimiento social de persona, ya sea porque pasa a
ser tratado como si ya hubiera muerto (moribundos en centros hospitalarios), como un número
(presos en instituciones penitenciarias). No siempre son los demás los que determinan la muerte
social, a veces es el propio individuo el que determina su propia muerte social al considerar que ha
dejado de ejercer un papel en la misma y que ya no forma parte de su comunidad, o cuando se
retira de la vida social (el depresivo que trata de permanecer en su cama al margen de todo y de
todos).
a. Algo interno e intrínseco: procede del propio organismo. Con la que “convivimos” desde que nacemos.
b. Algo que procede de fuera: representa un accidente, algo que nos llega. Se puede intentar evitar o al
menos retrasar.
Como señalan Kastenbaum y Aisenberg, podemos diferenciar dos perspectivas a la hora de conceptualizar la
muerte: según se plantee la muerte del prójimo o la muerte propia.
El hombre desarrolla antes la idea de la muerte ajena que la propia, ya que esta última supone la
extrapolación de hechos o sucesos de los que no hemos tenido experiencias. Podemos ver así, una
incapacidad para percibir nuestra propia muerte.
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La manera de entender y conceptualizar la muerte (y por tanto, de comportarse ante ella) es muy distinta para
cada anciano. Variará según se plantee la muerte como un fenómeno existencial (el fin), que la piense como
un fenómeno natural (la terminación de un ciclo) que la piense como muerte de los demás (la pérdida y/o el
vacío) o que esa muerte sea planteada como un fenómeno personal, como muerte propia, como la pérdida de
todo lo que se es y se tiene para cambiarlo por algo absolutamente incierto.
Al reflexionar sobre las actitudes concretas e individuales que cada persona adopta ante la muerte, hemos de
reparar necesariamente en algunos de los aspectos que las determinan:
En primer lugar, la imposibilidad de hablar de una actitud objetiva ante la muerte, a ninguna edad, ni en ningún
momento ya que, como subrayara Freud (1918) la muerte propia es inimaginable y, por ello, en lo
inconsciente, todos estamos “convencidos” de nuestra inmortalidad.
En segundo lugar, la influencia que las circunstancias personales y el contexto situacional en los que el sujeto
se encuentra ejercen sobre sus particulares actitudes ante la muerte.
En tercer lugar, los planteamientos y expectativas que cada uno mantenga con respecto a la muerte y que van
a determinar sus actitudes ante la misma.
Factores psicosociales, históricos, económicos, etc. han llevado a que la actitud social más extendidamente
adoptada ante la muerte sea la de la negación.
Son varios los aspectos relacionados con la muerte y el morir que elicitan por igual miedo y ansiedad. Estas
emociones pueden referirse a distintas facetas del mismo fenómeno. Así puede plantearse el miedo a la
muerte propiamente dicha, o al morir, o a lo que ocurra después.
a. Así, el miedo a la muerte ha sido interpretado como el temor más básico que experimenta el ser
humano, del que derivan los restantes. En muchas ocasiones son utilizados para camuflarlos y hacerlo
menos angustiante otros miedos socialmente más aceptados. Quizás el principal temor asociado a la
muerte es el de dejar de ser. Algo justificable por el hecho de que el hombre no se puede imaginar a sí
mismo en un estado de “nada”. Además, el dejar de ser representa la separación definitiva de las
personas a las que nos unen vínculos afectivos.
La muerte del otro se asocia con la idea de pérdida que hace que la muerte de ese ser implique la pérdida de
algo que uno “tiene” y “quiere” con algo de uno mismo. Cada muerte se convierta en una muerte parcial de
uno mismo.
b. Cuando se trata del miedo al morir propio la posibilidad del dolor físico convierte el morir en un suceso
aún más aversivo. Pero también se teme que la integridad personal, la autonomía y la independencia
se vean comprometidos y ello ocasione la pérdida o disminución de la capacidad para satisfacer las
necesidades personales que tendrán que ser cubiertas por los demás. Por lo que el miedo a la muerte
se convierte en un miedo que lleva asociado el del miedo a la pérdida de dignidad. Finalmente, hemos
de referirnos a los sentimientos y ansiedad que la pre-visión del propio cuerpo muerto, el cadáver
propio, suscitan en la persona. Un miedo asociado al temor al despedazamiento del cuerpo.
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c. La última faceta del miedo a la muerte, es el miedo a lo que pueda ocurrir después de la muerte, un
miedo que se fundamenta en el miedo al castigo y a la idea de que debemos pagar nuestros pecados
e infracciones que puede hacer que tengamos una existencia desgraciada en “el más allá”.
ACERCA DE LAS ACTITUDES SOCIALES ANTE LAMUERTE DEL ANCIANO(Alfonso Blanco Picabia y
Rosario Antequera Jurado)
Es la muerte del anciano, la que se tolera y acepta como un hecho más natural. Algunas de las causas que se
han apuntado para explicar esta mayor facilidad:
a. El distanciamiento cada vez mayor entre los estilos de vida y las modas que imperan culturalmente y
que imponen en la sociedad los más jóvenes y aquellas normas de vida que generalmente conservan
los ancianos. Esto facilita la no identificación de los más jóvenes con la muerte de personas para ellos
muy distintas y distantes de su mundo;
b. el hecho de que el anciano esté habitualmente más apartado de la dinámica diaria habitual tanto del
joven como del adulto, puede causar la impresión de que en parte estuviera ya un poco perdido ... o
muerto;
c. a los ojos de los demás, el deterioro que habitualmente sufren muchos de los ancianos convierte en
aparentemente menos trágica su pérdida;
d. con el predominio de la familia “nuclear”, los ancianos ocupan un puesto menos central en las vidas de
sus hijos.
e. Por otra parte, la sensación de que los ancianos ya han vivido hasta el final y plenamente la propia
vida hace que sus supervivientes acepten su muerte más tranquilamente.
f. Generalmente tiene menores responsabilidades sociales de todo tipo, quienes le rodean tienen una
menor dependencia de él.
g. Hecho que las personas más jóvenes consideran como “normal”: que la muerte es cosa de viejos. Idea
que les es útil porque les permite sentirla más lejos de ellos.
Todo esto ocasiona el que ante la muerte de la persona de edad avanzada, quienes viven la situación (estén o
no vinculados a ella), se identifiquen, no ya tanto con el hecho de la muerte o con quien está en trance de
fallecer, sino con sus allegados. Son ellos quienes han sufrido o van a sufrir una pérdida y quienes
experimentan un dolor y un sufrimiento por ello, que es lo que realmente remueve los sentimientos de esas
personas de su entorno.
Existe, sin embargo, una excepción a todo lo dicho y es el hecho de que el impacto emocional que, por lo
general, ocasiona la muerte de un familiar anciano, se mitiga cuando éste ha sufrido previamente una
dolorosa y prolongada enfermedad. Esto es así porque, en estos casos, la muerte es considerada como el
medio de alcanzar una merecida paz y tranquilidad.
SOBRE LAS ACTITUDES DEL ANCIANO FRENTE A LA MUERTE DE LOS DEMÁS(Alfonso Blanco Picabia
y Rosario Antequera Jurado)
Es en la vejez cuando parece que se llega a aceptar la muerte como un proceso natural, como algo inevitable.
Las personas ancianas no sólo tienen una percepción de la muerte propia como la de algo más inminente,
sino que a lo largo de su existencia, con seguridad, habrán tenido mayores contactos con personas que han
muerto y/o con el proceso terminal de muchos sujetos enfermos. La muerte del otro se convierte entonces
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para el anciano en el punto de partida sobre el cual imagina o fantasea acerca de cómo será su propia
muerte. De esta manera se va preparando para su proceso de “ser en la muerte”.
Es la muerte del cónyuge la que despierta mayor ansiedad en el anciano. Esta muerte representa para el
anciano no sólo la pérdida emocional y afectiva ligada a la desaparición de una persona a la que puede haber
estado profundamente unido durante un largo periodo de tiempo, sino que también representa para unos la
ruptura sólo con el rol de esposo o esposa, y para otros la pérdida de su ya único rol enla vida con lo que
constituía la única forma de identidad social que le restaba al individuo. De ahí la aparición de cuadros de
depresión y ansiedad, de desorientación y de falta de sentido y de propósito de vida.
El anciano experimenta la misma o mayor intensidad ante la muerte de un hijo. Esta situación rompe, desde
la perspectiva del anciano el orden natural de las cosas, que es la de que los padres mueren antes que los
hijos.
A pesar del impacto que estas muertes ejercen sobre la salud y el equilibrio del anciano especialmente en las
primeras semanas, el anciano es también capaz de desarrollar estrategias de afrontamiento que le permiten
superar este estado, sobre todo cuando se le presta la ayuda precisa.
Las circunstancias personales y las redes de apoyo social y emocional con las que cuente el anciano, van a
representar un factor decisivo y determinante de las actitudes, la intensidad y las características del impacto
que la muerte de los demás pueda ejercer sobre él mismo.
Connotaciones especiales adquiere la muerte cuando los ancianos se encuentran en una institución, ya que
en ellas no sólo permanecen durante un largo periodo de tiempo sino que, además generalmente, se
encuentran muy mermadas sus relaciones con el exterior. Por ello, la muerte de otro residente significa para el
anciano la ruptura de una parte importante de sus escasas relaciones cotidianas. Las actitudes del anciano
ante la muerte de un compañero residente van a depender del grado y del tipo de relación que mantuviera con
él, de la personalidad del fallecido y de las circunstancias de su muerte. De cualquier modo y en casi todos los
casos, la muerte de un residente despierta un estado de depresión y ansiedad en el resto de los ancianos ya
que les hace pensar en su propia muerte (“¿quién será el próximo? ¿quizás yo?)
SOBRE LAS ACTITUDES DEL ANCIANO FRENTE A SU PROPIA MUERTE(Alfonso Blanco Picabia y
Rosario Antequera Jurado)
La bibliografía nos ofrece un amplio surtido de trabajos significativos en relación a las actitudes con las que
habitualmente los ancianos se enfrentan a su propia muerte, y muy particularmente, a la polémica de si el
temor de los ancianos a la muerte es superior o inferior al de las personas de otros rangos de edad.
Sigue vigente por su utilidad para la sistematización aquella clasificación que ordena estas actitudes en 4
grandes categorías (Martin:
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d. actitud de serenidad: el anciano tiene conciencia de haber vivido una existencia plena, de haber sido
útil a los demás.
Se considera como la que con mayor propiedad caracteriza a los ancianos, el adoptar una orientación activa
hacia la muerte, producto de la mayor aceptación que a estas edades se produce del hecho de morir.
Dentro de las posibles actitudes ante la muerte, el miedo y ansiedad son las dos más importantes. En
relación a las actitudes de los ancianos ante su propia muerte personal, sea su orientación activa hacia la
misma y la aparentemente escasas ansiedad y temor que ese fenómeno les suscita. Así, se llega a afirmar
que los ancianos aceptan más y mejor que los sujetos de otras edades la muerte en general y su propia
muerte en particular.
La hipotética menor intensidad del temor a la muerte en las personas mayores de 65 años podría justificarse
como consecuente de tres circunstancias:
a. La disminución del valor que socialmente, hoy se le da a sus vidas y que el propio anciano también
asume y comparte, haciéndole reconocer lo precario de su futuro y las limitaciones que
progresivamente le esperan a todos los niveles. (afectivo, económico, etc.).
b. En función de las expectativas que, como consecuencia de la media de vida existente en su medio y
momento histórico, les hacen tener conciencia de que se acercan al límite. Es decir, la sensación y el
conocimiento de que ya han vivido “lo suyo”, cuanto les correspondía.
c. Lo que se ha llamado la “socialización de la muerte”. Un término que presupone que el sujeto se habrá
ido haciendo a la idea de que se ha ido aproximando su hora, a medida que iba viendo morir a los
demás.
Aunque esta menor ansiedad ante la muerte ha sido sistemáticamente constatada en varios estudios, son
varias las interpretaciones alternativas.
La actitud positiva ante la muerte y la mayor acomodación al hecho de su extinción personal que (Para
algunos) presentan los ancianos, se pueden producir tanto a nivel consciente como de fantasía. Pero a niveles
inconscientes, los datos apuntan en el sentido de que en el anciano aparece la misma ansiedad que a otras
edades.
Por tanto, podemos considerar que el hecho de que el anciano tenga una mayor “conciencia” de que ha de
morir, lo tenga más asumido y con ello esté en mejores condiciones de abordar en sus relaciones
interpersonal es el tema con mayor frecuencia y naturalidad, no implica necesariamente que no sienta el
mismo temor y ansiedad ante la idea de su muerte que la que siente cualquier otra persona. Y es esto lo que
en las diversas investigaciones sobre ansiedad ante la muerte en ancianos del medio cultural hispano se
viene reflejando. No parece que los ancianos compartan la idea de que una vida, que otros valoran como llena
de déficits, ya no merezca la pena ser vivida. Ni parece tampoco que las personas de mayor edad se hayan
hecho a la idea de que les toca morir ya.
Venimos insistiendo en la necesidad de diferenciar entre la muerte y el morir; en el caso de los ancianos esta
distinción parece hacerse aún más necesaria. Thomas: para los ancianos el miedo a morir es más intenso que
el mismo miedo a la muerte. Esto es así especialmente en lo referido a la obsesión por no morir en soledad, el
miedo a ser abandonado sin cuidado, a no ser atendido a tiempo y/o a ser encontrado en estado avanzado de
descomposición, etc.
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Parece evidente que no existe una conclusión acerca de cuál es realmente la actitud que de manera genérica
caracteriza la postura del anciano ante el hecho de su propia muerte.
No obstante, existe un nexo común en los distintos estudios efectuados sobre las actitudes del anciano ante la
muerte, ya sea propia o ajena y es la constatación de que disponen de los recursos personales, para poder
afrontar exitosamente su proceso de morir. Tan sólo sería necesario modificar las actitudes y prejuicios que
hacen que nos impulsan a rechazar el proceso de envejecer y de morir, entendiéndolos como algo de lo que
se debe huir, que hay que evitar o ante lo que no se puede hacer nada.
ALGUNAS VARIABLES QUE DETERMINAN LAS ACTITUDES DEL ANCIANO ANTE SU PROPIA
MUERTE (Alfonso Blanco Picabia y Rosario Antequera Jurado)
Resulta inadecuado hacer generalizaciones sin tomar en consideración las matizaciones que a las mismas
confieren la individualidad de cada sujeto y las influencias que cada una de esas variables pudieran ejercer
sobre sus actitudes. Algunas de las variables que han demostrado ejercer una mayor influencia sobre las
actitudes de la población anciana hacia la muerte:
1. LA EDAD
Diferencias no sólo a niveles intergrupales (diferenciar a “los ancianos” de otros grupos de edad), sino también
intragrupales (diferencias dentro del amplio rango de edad que abarca la denominada “vejez”)
Las personas ancianas tienen las mismas actitudes ante la muerte que los sujetos de otras edades, aunque
poseen por lo general, un sentido más real y concreto de que el tiempo de vida es para ellos más limitado que
para los más jóvenes.
2. EL ESTADO CIVIL
Los ancianos casados muestran una mayor ansiedad ante la muerte que los viudos o los solteros. Quizás esto
pueda ser así por la mayor preocupación por la situación en la que pueda quedar el cónyuge.
3. LA RELIGIOSIDAD
En general los estudios sobre la relación entre religiosidad y ansiedad ante la muerte se muestran totalmente
inconsistentes, ya que se han encontrado en ellos relaciones tanto inversas, como curvilíneas, como
inexistentes.
Así, quienes encuentran que a mayor nivel de religiosidad existe una menor ansiedad ante la muerte,
consideran que esto es debido al apoyo emocional y a que las creencias religiosas ayudan a afrontar el
miedo. A esto habría que añadir el mayor apoyo que reciben aquellos ancianos que pertenecen a una
comunidad religiosa. En contraposición a los hallazgos anteriores, autores como Templer y Dotson no
encuentran ninguna relación entre ansiedad ante la muerte y religiosidad. Quizás, como ellos afirman, esto
pueda ser debido a que en la sociedad actual, la religión no es ya la “piedra angular” que da sentido a las
demás facetas de la vida, sino que tiende cada vez más a segregarse de las mismas.
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La relación curvilínea entre creencias religiosas y ansiedad ante la muerte fue ya puesta de manifiesto por
Hinton al comprobar que eran aquellos ancianos con un grado de confianza religiosa “media” (ya que
presentaban dudas), los que mostraban mayores niveles de ansiedad ante la muerte. Sería el grado de
seguridad (ya sea para creer en Dios como para no hacerlo) la variable más determinante en relación con la
ansiedad ante la muerte.
Pero el diferenciar entre religiosidad extrínseca e intrínseca tampoco está exento de polémicas en lo que se
refiere a su relación con la ansiedad ante la muerte. De hecho, trabajos como los realizados por los autores
(Blanco Picabia, Antequera y Torrico, 1994) ponen de manifiesto que los ancianos con una mayor religiosidad
que además adquiere una orientación predominantemente intrínseca son, precisamente, quienes manifiestan
mayores niveles de ansiedad ante la muerte. Por ello, consideramos que la vivencia religiosa, más que mitigar
la ansiedad ante la muerte, pudiera estar sirviendo al anciano como un refugio para obtener consuelo ante la
idea de su propia finitud.
4. LA INSTITUCIONALIZACIÓN
La mayor parte de los estudios concluyen que quienes viven en asilos/residencias manifiestan menor temor a
la muerte y actitudes más positivas ante la misma. Pero a partir de los 85-95 años estas diferencias se
minimizan y aparece un mayor grado de aceptación ante la muerte independientemente de que los ancianos
estén institucionalizados o residan con familiares.
La institucionalización per se no parece ser el factor determinante de los comportamientos de los ancianos
ante la muerte sino más bien el conjunto de variables relacionadas con esa forma de residencia, tales como el
tipo de institución, la asistencia prestada al asilado y las características biográficas y vivenciales de los
ancianos acogidos a la misma principalmente.
A pesar de la diversidad tanto de las actitudes individuales que los ancianos pueden adoptar ante la muerte
como de las variables personales y sociales que inciden sobre las mismas, consideramos que hay algo que
trasciende a las mismas. Y es que, si bien parece que en este periodo evolutivo es frecuente la aceptación de
la muerte y una mayor conciencia de que se acerca la muerte propia, lo que no está tan evidente ni
generalizado es que los ancianos deseen esa muerte, no valoren sus vidas o no sientan el mismo temor y
ansiedad que los más jóvenes ante la idea de “dejar de ser”.
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