MIENTRAS AGONIZO, UNA NOVELA
DE VOCES
Reinaldo Spittaleta*
RESUMEN ABSTRACT
Este texto nos pone frente a una obra clásica, This text puts us before a master narrator´s
frente a un maestro de la narración, al classical work and at the same time suggests
mismo tiempo que deja traslucir la an impassioned critical reader´s fascination
fascinación de un lector crítico y apasionado with his narrative. The phrases tragic
por lo narrado. “Polifonía trágica”, “novela polyphony, novel of voices, choral music
de voces”, “novela de música coral” son novel are an invitation to embark on
invitaciones a abordar de otro modo la Faulkner´s novel on a different mood.
novela de Faulkner, Mientras agonizo.
KEYWORDS
PALABRAS CLAVE Novel, polyphony, voices, tragedy.
Novela, polifonía, voces, tragedia.
*
Comunicador Social. Periodista de la Universidad Pontificia Bolivariana. Docente de cátedra
de la misma universidad. Columnista del periódico El Espectador. Escritor y ensayista.
Dirección electrónica: spitaletta@[Link]
Artículo recibido el día 13 de abril de 2007 y aprobado por el Comité Editorial, el día 27 de
abril de 2007.
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REINALDO SPITTALETA
“Mi madre es un pez”, dice Vardaman. Mi madre es una adúltera, es una
mujer que se preparó toda su vida para pasar mucho tiempo muerta, para
cobrar una suerte de venganza ¿contra quién? Tal vez contra ella misma, o
contra su marido, al cual engañó con un reverendo; mi madre es una figura
que está entre el odio y la desesperanza, y ni muerta deja tranquilos a sus
cinco hijos, y, menos aún, a su marido, un pobre blanco cornudo. Ni tampoco
a su padre, al que odiaba, y junto al cual la deben enterrar.
Mientras agonizo, tal vez la más lograda obra de William Faulkner, una
polifonía trágica, es un novela in crescendo, novela de río crecido e incendio,
con 59 monólogos interiores (o discurso sin auditorio), esos mismos que
inventó Joyce, y que ya el novelista estadounidense había ensayado en El
Sonido y la Furia (1929).
Una novela de voces, de voces mudas, de voces que gritan en un silencio
de desamparo. La anécdota es, quizá, lo de menos. El tema: la muerte de
mamá, de Addie Bundren. El desarrollo: una estructura de tragedia griega,
con una familia predestinada al padecimiento, a su destrucción, a una
disolución lenta pero imparable. Es novela de música coral. La historia es
cercada por narradores interiores. Avanza y retrocede, sin dejar cabo suelto,
creando en el lector interés permanente, no se puede abandonar su lectura.
Novela, corta novela, que puede dejar sin respiración al que en ella se
embarca. Ya lo dijo alguien, no sé quién: “Mientras agonizo se lee de una
sentada. Lo que cuesta después, al terminarla, es ponerse de pie”.
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Dice Harold Bloom (¿Cómo leer y por qué?) que de todas las novelas
estadounidenses del siglo XX la de comienzo más brillante es Mientras
agonizo. Se inicia con un monólogo de Darl mientras camina con su hermano
Jewell, al que odia a muerte, a la casa donde está agonizando Addie, la
mamá. Desde el principio, Faulkner establece un ambiente y un contexto
social:
“Jewel y yo subimos del campo, siguiendo el sendero en fila india. Aunque
voy quince pies delante de él, cualquiera que nos observe desde la casa de
algodón podrá ver el maltrecho sombrero de paja que usa Jewel, toda una
cabeza por encima de la mía.
El sendero va recto como una plomada, los pies lo han gastado hasta la
suavidad y lo cocina julio como a ladrillo, entre las verdes hileras de algodón,
hacia la casa de algodón en el centro del campo, donde gira y rodea la
casa de algodón marcando cuatro suaves ángulos rectos, volviendo a cruzar
el campo, así gastado por pies, así precisamente desdibujado.
La casa de algodón está hecha de troncos rústicos de los cuales hace ya
tiempo que cayó el tartajeado. Cuadrada, con el tejado de agua roto, yace
vacua y temblorosamente dilapidada bajo la luz del sol una sola ventana
ancha en las dos paredes opuestas que dan a las entradas del sendero.
Cuando la alcanzamos doy la vuelta y sigo el sendero que rodea la casa.
Jewel, quince pies tras mío, mirando hacia delante, entra por la ventana de
un solo paso”.
Sí, en efecto, hay en la descripción de ambientes una especie de
cinematografía, un privilegio de las imágenes, pero, a su vez, una precisión
geométrica. Y son los primeros brochazos en el interior de la mente de Darl,
el personaje más lúcido, racional e intuitivo de la obra, cuyo final es la
inmersión en la locura, en un alejamiento de su mundo. En este comienzo
el novelista instaura los términos fundamentales entre Darl y Jewel, principal
fuente de tensión en esta también denominada “crónica familiar” de Faulkner.
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Más adelante, el sensible Darl escucha la sierra de Cash, otro de sus
hermanos, que construye el ataúd de Addie y dice: “Qué buen carpintero es
Cash. Addie Bundren no podría desear uno mejor, ni una caja mejor en que
descansar”. Claro. Es que él sabe que su madre no lo quiere, y es que en
esta obra hay una ruptura con la figura materna, una lucha contra ella. Ya
no es la unificadora de la familia. Es, de una manera atroz, la que aporta a
su disolución. Ella, Addie, tal vez asumió muy en serio lo que decía su
padre acerca de que la razón para vivir es prepararse para estar muerto
durante mucho tiempo.
Y en esa preparación para la oscuridad, o para el olvido, arrasó con sus
hijos y aun con Anse, su marido, que, puede ser, al final de cuentas, el
único que resulta victorioso del derrumbamiento de catástrofe de su familia:
reemplaza a Addie y consigue dentadura nueva y, además, un gramófono.
Sin embargo, Anse resulta tan destructivo y egoísta como su mujer, sin
desarrollar suficientemente en su personalidad rasgos de cinismo.
Addie, representación de la vida como agonía, como una calistenia rígida
para estar mucho tiempo muerto, tiene una última voluntad que es, en
rigor, la que moverá toda la novela y la precipitación de su familia en una
vorágine de angustias y disturbios. Pide que la entierren en Jefferson, un
pueblo lejano de su lugar de habitación, el condado de Yoknapatawpha,
ese pueblo inventado por la creatividad de Faulkner.
Así, esa familia de blancos pobres del Mississippi, blancos denostados que
viven como negros, comienza una travesía, más bien una embarazosa
epopeya, para transportar el cadáver hasta su morada final. Y todos aceptan,
sin oposiciones evidentes, la petición de Addie. Uno, como Cash, el mayor,
porque tendrá la ocasión de demostrar sus dotes de artesano. Su obra
maestra, el ataúd, una caja en forma de reloj de pared, de la cual se sentirá
orgulloso; la muchacha, Dewey Dell, para aprovechar el viaje mortuorio
para abortar; Jewel, el bastardo, para demostrar su autonomía y, asimismo,
devolver el cariño que su madre le prodigó con especialidad; Vardaman, el
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menor, para conseguir un tren de colores, y, como ya se dijo, Anse para
conseguir una sustituta. Darl, en su rara inteligencia, es, quizás, el único
sin una motivación especial para emprender el largo viaje; para él es una
inutilidad, por eso quema el granero y opone resistencias frente al río que
se interpone con su furia entre ellos y el camino a Jefferson.
Narrada con una técnica novedosa, Faulkner dijo alguna vez que solo pensó
en todas las catástrofes naturales que pueden ocurrirle a una familia y
“dejé que ocurrieran”. En su fondo, la novela, que maneja una anécdota
simple, sin pretensiones, es un montaje, una artesanía eficaz de técnicas,
con una forma que parece, en ocasiones, lindar con lo épico. En Mientras
agonizo, como en otras obras del nobel norteamericano, resuenan
tonalidades bíblicas del Viejo Testamento, como también de jornadas
históricas, homéricas, como cuando se narran mitos o leyendas, o, tal vez,
enormes batallas.
El entierro de Addie es, en sí mismo, una especie de combate, en el cual
hay que vencer caminos, ríos, gallinazos, la podredumbre del cadáver, el
prejuicio de los que van apareciendo en cada jornada. Todos los obstáculos
deben ser vencidos para cumplir con la última voluntad de aquella muerta,
a la cual Faulkner pone a hablar, no muy largamente, acerca de su pequeña
historia, de sus frustraciones y desacatos. Y el cortejo fúnebre es guiado
por su esposo e hijos, y conducirlo hasta Jefferson es una aventura triste.
Cash, el carpintero, cuida su obra maestra y hasta siente orgullo de ella.
Darl, con asomos de demencia y dotes proféticas, es un contrapunto tenaz
de Jewel, el hijo adulterino de Addie y el reverendo Whitfield; y Vardaman, el
benjamín, que a veces, por su lenguaje, parecería un retrasado mental. Ah,
claro, y Dewey Dell, de diecisiete años de edad, con un vientre crecido,
producto de sus amores secretos con un recolector de algodón. Y el jefe de
los funerales, Anse. Todos rumbo a una disolución, porque, más que las
catástrofes naturales, son las que se presentan en la familia, que supera el
diluvio y el fuego, pero no su caída.
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En Mientras agonizo, novela en la que la ironía es parte de su composición,
se encuentran tonos épicos, pero también shakesperianos, sobre todo en el
personaje de Darl, un hombre que lucha con su identidad, tal como se
aprecia en el final de uno de sus monólogos: “Y puesto que el sueño es no
ser y la lluvia y el viento son que-fueron, el carro no es. Sin embargo, el
carro es, pues si el carro es fue, Addie Bundren no sería. Y Jewel es, de
forma que Addie Bundren tiene que ser. Y entonces, yo tengo que ser, pues
si no, yo no podría vaciarme para dormir en una habitación extraña. Así
que si yo no estoy vacío todavía es que yo soy”.
En realidad, en esta obra el personaje que sufre una transformación a fondo
es Darl; es un tipo sensible, lleno de dudas e inquietudes frente al paisaje,
frente al mundo y, en particular, frente a la condición humana. Parece andar
siempre en la cuerda floja, porque, además, es, dada su sensibilidad, el
hombre que sabe todo acerca de su familia. Siente desprecio por su madre
y por eso intenta suspender la odisea de llevarla hasta Jefferson. Ese ataúd
perseguido por buitres hay que destruirlo. Falla en el intento y, con ello, le
da categoría de héroe al jinete Jewel. Él sabe que Jewel no es hijo de su
padre, de Anse, y conoce lo del embarazo de su hermana y de sus deseos
abortivos. Intuye, además, que él ya no será más, que aquel viaje tortuoso
acompañando un cadáver cada vez más pútrido, le significará un
alejamiento, una caída interior a un abismo interior.
En Mientras agonizo la poesía está, más que en las palabras, en los hechos
que éstas nombran, y la poesía, en este caso, es Darl, al que muchos
críticos han visto como el alter ego de Faulkner. Es la novela del fracaso de
una familia, un fracaso que venía desde la vida de la madre y que aumenta
y se desata con su muerte. La madre pez, la madre que parece vivir en su
ataúd nuevo, al cual Vardaman le abre orificios para que ella respire.
Novela de muchos puntos de vista, gracias a que cada narrador ve la historia
de un modo diferente, Mientras agonizo es un melancólico canto, un canto
obsesivo a la destrucción de un núcleo familiar, pero más aún, al fracaso
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del hombre, atormentado por la naturaleza y por su condición de desamparo.
En medio de todo el derrumbe, es probable que el único vencedor haya sido
Anse, al que la muerte de su mujer lo conduce a cambiar dientes, a tener
nueva compañera y a poder escuchar música en un gramófono. Y aquí
valdría la pena citar algunas palabras del escritor en su discurso al recibir el
Nobel de Literatura: “Creo que el hombre no solo perdurará sino que
prevalecerá. Él es inmortal no porque sea el único entre las criaturas que
tiene una voz inextinguible, sino porque tiene un alma, un espíritu capaz de
compasión y sacrificio y perseverancia”. e
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