RESEÑA LOS CORISTAS
Esta película muestra como el dinamismo educativo y la innovación en
la enseñanza, ya sea de primera o segunda instancia, logra traspasar
el campo social, económico y crítico de la época en que ésta se
encuentra y saca adelante a un grupo de menores “sin futuro”.
Mientras existía un grupo de niños que vivían en el orfanato por ser
huérfanos, también existía un grupo que eran enviados por sus padres
para solucionar aquellos detalles que lo convertían en “niños
problemáticos” o simplemente enviarlos al reformatorio un mecanismo
más simple mediante el cual se liberaban de ciertas responsabilidades.
Existía una escasa expectativa del prójimo por estos menores, ya que
muchos eran trasladados desde un reformatorio a otro sin recibir
cambios en el actuar de ellos.
Frente al sistema educativo que se vive allí, caracterizado por la
represión y el castigo, es que se contrapone este nuevo método
educativo que aleja la represión, limitados por la política de “Acción,
reacción” pero este modo restrictivo de educar no educa, solo impulsa
a éstos menores a convertirse en seres más rebeldes y de muy baja
cultura.
El rumbo de la historia empieza a cambiar cuando llega al orfanato un
profesor de música dispuesto a tomar este arte como herramienta
educacional y dejando a un lado todo tipo de castigos, en ese momento
se ve cómo es que la música y el desarrollo personal y la dedicación de
este maestro por sacar a sus niños adelante impulsa, no solo a los
niños en sus conocimientos teóricos, sino también en su desarrollo
personal generando una mejora que empieza de adentro hacia fuera,
es decir que parte desde el autoestima de cada niño, hasta la conducta
que estos tienen frente a la sociedad. Ellos mismo son quienes se
consideran seres capaces de lograr algo más y mejor en la vida que ser
aquello a lo que estaban destinados: niños problemáticos.
Se abre una puerta desde mundo al reformatorio, pero más importante
aún es que se abre la puerta del reformatorio al mundo.
En 1949, Clément Mathieu, un profesor de música desempleado, es contratado como
preceptor de un internado correccional de menores. A través de ineficaces y represivas
políticas, el director Rachin intenta mantener disciplinados a estos alumnos difíciles.
A Mathieu lo sorprende la rutina del colegio: el abuso de los mayores contra los niños.
En sus esfuerzos por acercarse a éstos, el preceptor descubre que la música les
interesa y comienza familiarizarlos con el canto coral, al tiempo que va transformando
tanto sus vidas como la propia. Un desgraciado episodio hace que finalmente el
preceptor sea despedido injustamente por Rachin, lo cual da motivo a que los niños
expresen a Mathieu, de un modo muy particular, su gratitud por haber iniciado en
ellos ese cambio.
Su famoso lema de “Acción-Reacción” preocupa al profesor de
música y propone una idea que al director, interpretado por
Francois Berléand, no le va a gustar nada en absoluto: Crear un
coro entre los estudiantes.
Mathieu le pone mucha atención a un chico del cual fue advertido
por su conducta, Pierre Morhange, quien de joven es interpretado
por Jean-Baptiste Maunier. En el mismo entonces que lo escucha
cantar, decide que él será la voz principal.
Con el transcurso de la historia, uno puede apreciar la acústica que
presenta la película, y para ser sólo chicos jóvenes, su talento
musical supera los límites de lo especulado.
Bruno Coulais, el compositor de la banda sonora, crea una
melodía genuina y merecedora de un aplauso que embriaga a
aquel que la escucha. Este compositor fue capaz de que el
espectador pueda cerrar sus ojos y maravillarse. Muy pocos logran
este objetivo.