Contratos en El Nuevo Codigo Civil
Contratos en El Nuevo Codigo Civil
Disposiciones generales.
Definición.
Clasificación.
Contratos de Consumo
ACLARACIÓN METODOLOGÍCA: Los artículos del texto definitivo del Código Civil y
Comercial (CCC), irán en este color.
Los artículos del Código Civil (el “Código de Vélez”), irán en este color.
Los artículos del Anteproyecto Original, redactado por la Comisión integrada por los Dres.
Ricardo Luís Lorenzetti, Elena Highton de Nolasco y Aída Kemelmajer de Carlucci, irán en
este color.
INTRODUCCIÓN
En ente curso no pretendemos hacer un Manual de Contratos ni, muchísimo menos, un
Tratado.
La finalidad es otra: Queremos mostrarle al abogado no especialista en la materia, las
similitudes y diferencias entre el Código Civil y Comercial (CCC) y el Código Civil (CCivil)
que ya conocemos.
Sin ser discípulos de Jorge Mosset Iturraspe, nos consideramos muy influidos por su
terminología y nos parece conveniente expresarlo directamente.
Hacemos esta aclaración porque la doctrina no ha llegado a un total acuerdo en torno al
significado de términos básicos en esta materia como, por ejemplo, objeto o causa-fin,
entre otros.
INTRODUCCIÓN
ARTICULO 957.- Definición. Contrato es el acto jurídico mediante el cual dos o más
partes manifiestan su consentimiento para crear, regular, modificar, transferir o
extinguir relaciones jurídicas patrimoniales.
Art. 1.137. Hay contrato cuando varias personas se ponen de acuerdo sobre una
declaración de voluntad común, destinada a reglar sus derechos.
ARTICULO 1023.- Parte del contrato. Se considera parte del contrato a quien:
c) manifiesta la voluntad contractual, aunque ésta sea transmitida por un corredor o por un
agente sin representación.
3) A nombre ajeno y en interés ajeno: Caso del mandatario con representación (con
poder)
4) A nombre ajeno y en interés propio: Por ejemplo, caso del comprador que tiene un
poder irrevocable para escriturar, otorgado por el vendedor.
Según como actúe, esa persona será parte o no del contrato. La regla es que los efectos
activos (adquisición de derechos) y pasivos (asunción de deberes) de los contratos
recaen sobre las partes.
Los contratos plurilaterales son los que pueden tener más de dos partes, como, por
ejemplo, el contrato de sociedad o los contratos asociativos: Por ejemplo, las
Agrupaciones de colaboración, Uniones Transitorias, Consorcios de cooperación, etc.
(ver. arts. 1442 y sgtes del CCC)
ARTICULO 977.- Contrato plurilateral. Si el contrato ha de ser celebrado por varias partes,
y la oferta emana de distintas personas, o es dirigida a varios destinatarios, no hay
contrato sin el consentimiento de todos los interesados, excepto que la convención o la
ley autoricen a la mayoría de ellos para celebrarlo en nombre de todos o permitan su
conclusión sólo entre quienes lo han consentido.
ARTICULO 1443.- Nulidad. Si las partes son más de dos la nulidad del contrato
respecto de una de las partes no produce la nulidad entre las demás y el
incumplimiento de una no excusa el de las otras, excepto que la prestación de aquella
que ha incumplido o respecto de la cual el contrato es nulo sea necesaria para la
realización del objeto del contrato.
ARTICULO 16. — La nulidad o anulación que afecte el vínculo de alguno de los socios
no producirá la nulidad, anulación o resolución del contrato, excepto que la
participación o la prestación de ese socio deba considerarse esencial, habida cuenta de
las circunstancias o que se trate de socio único.
Si se trata de sociedad en comandita simple o por acciones, o de sociedad de capital e
industria, el vicio de la voluntad del único socio de una de las categorías de socios hace
anulable el contrato.
(Artículo sustituido por punto 2.6 del Anexo II de la Ley N° 26.994 B.O. 08/10/2014
Suplemento. Vigencia: 1° de agosto de 2015, texto según art. 1° de la Ley N° 27.077 B.O.
19/12/2014)
Introducción
Ahora abordaremos una de las cuestiones que estimamos como más trascendentales en
el Derecho de los Contratos: La posibilidad de su revisión judicial. El tema se entronca
con otro, casi filosófico, que domina toda la materia, que es el de la fuerza de la
obligatoriedad de los contratos o, expresado en forma de interrogante, el de ¿cuál es la
razón o causa eficiente por la que debamos cumplir con las obligaciones emergentes de
los contratos? Mejor dicho, ¿cuál es la razón o causa eficiente por la que sea justo que
debamos cumplir con las obligaciones emergentes de los contratos?
En la parte final de su nota al artículo 943 del Código Civil, Vélez Sársfield nos dice que
"El consentimiento libre, prestado sin dolo, error ni violencia y con las solemnidades
requeridas por las leyes, debe hacer irrevocables los contratos". Efectúa así el Codificador
la defensa más vehemente a la teoría de la autonomía de la voluntad como fuente de la
obligatoriedad de los contratos: Dos personas que negocian todas las cláusulas del
convenio y manifiestan su voluntad con discernimiento intención y libertad, deben quedar
obligadas por este acuerdo como a la ley misma, idea que encuentra su manifestación
positiva en el artículo 1197 del Código Civil y ahora en los artículos 958 y 959 del CCC:
ARTICULO 958.- Libertad de contratación. Las partes son libres para celebrar un contrato
y determinar su contenido, dentro de los límites impuestos por la ley, el orden público, la
moral y las buenas costumbres.
Deteniéndonos un poco en el tema, creemos que no se debe perder de vista, como por
desgracia pensamos que ha sucedido frecuentemente, que la llamada autonomía de la
voluntad no es más que una ficción legal útil o necesaria, como muchas otras que existen
en los ordenamientos jurídicos.
Decimos que es una ficción legal útil o necesaria porque se trata de un postulado
incorporado por el ordenamiento jurídico que, si bien no se corresponde totalmente con la
realidad (por eso decimos que es una ficción) resulta conveniente por razones de política
legislativa.
Veamos unos ejemplos de ficciones legales que aparecen en nuestro Código Civil y en el
CCC:
a) La mayoría de edad: Art. 128.- " Cesa la incapacidad de los menores por la mayor edad
el día que cumplieren los DIECIOCHO (18) años...” (modificado por la Ley N° 26.579, B.O.
22/12/2009)
Este Código denomina adolescente a la persona menor de edad que cumplió trece años.
A nadie escapa que ni siquiera los más doctos juristas conocen en toda su vastedad el
ordenamiento jurídico que nos rige. Sin embargo, la presunción iure et de iure de que las
leyes son conocidas es una ficción necesaria a la hora de impartir justicia, porque si se
admitiera la ignorancia en este aspecto, se crearía no solo una honda inseguridad, sino
que en cierto sentido se estaría castigando al que sabe y premiando al ignorante, hasta
caer en el absurdo de que "convendría" no saber de leyes, para así poder excusar un
comportamiento ilícito.
Sin embargo, como los jueces no viven en una torre de marfil y tratan de aplicar el
Derecho con los pies en la tierra, en casos excepcionales admitieron la excusa de
ignorancia de las normas vigentes, reconociendo que una ficción, por útil y necesaria que
sea, no puede primar por sobre las circunstancias del caso. Así, el juez en lo penal
económico Julio Enrique Cruciani, en autos "BUOMBICCI, NELI ADELA s/Régimen Penal
Tributario", del 15 de marzo de 1991, consideró que "una ley en sentido estricto o propio
es la emanada del Poder Legislativo y promulgada por el Poder Ejecutivo con su
correspondiente publicidad y a esta ley en aras de la paz y de la seguridad jurídica se
presume conocida por todos, por lo que entonces no se puede alegar como excusa o
error su ignorancia, sin embargo este principio debe limitarse exclusivamente a la ley en
sentido estricto y no a la ley en sentido material o amplio...Poner en un plano de igualdad
a la ley del Congreso con una resolución administrativa, en cuanto a su conocimiento y
obligatoriedad sería atentar contra la división de poderes, cuestión esta inaceptable para
un sistema democrático y republicano como el establecido por nuestra
Constitución....Corresponde absolver al imputado pues el alegado desconocimiento de
una resolución administrativa - Res. 3118, Art. 7°, inc. 1° (denominación del responsable y
falta de inscripción de la leyenda "IVA responsable inscripto") - importa una causal de
inculpabilidad, al haber incurrido en error o ignorancia de derecho."
Volviendo a la autonomía de la voluntad, esta ficción presupone que cuando las personas
obran con discernimiento, intención y libertad deben ser plenamente responsables por ese
obrar. En materia contractual, el Codificador imaginó a dos partes, en igualdad de
condiciones sociales culturales y económicas, sentadas frente a frente y negociando una
a una las cláusulas que formarán el acuerdo al que después se obligarán como a la ley
misma, Así como " La ignorancia de las leyes no sirve de excusa", también "El
consentimiento libre, prestado sin dolo, error ni violencia y con las solemnidades
requeridas por las leyes, debe hacer irrevocables los contratos" porque de lo contrario
"dejaríamos de ser responsables de nuestras acciones, si la ley nos permitiera enmendar
todos nuestros errores, o todas nuestras imprudencias" (nota al art. 943).
Sin embargo, la realidad de un mundo en rápido cambio, con una economía basada en la
producción y comercialización en masa de bienes y servicios, la publicidad inductiva, la
contratación "al paso" y por correspondencia, entre otras técnicas modernas, dio por tierra
con el molde "artesanal" con el que se hacían los contratos y que tuvo en mente Vélez
Sársfield. Si en la época de entrada en vigencia del Código Civil este "modelo de
negociación perfecta", con partes con igualdad de discernimiento intención y libertad, ya
era una ficción que no se correspondía demasiado con la realidad, hoy día se encuentra
tan alejado de esta, que más que una ficción útil y necesaria, la de la autonomía de la
voluntad termina siendo una ficción peligrosa, solo conveniente a determinados
intereses sectoriales que salen gananciosos con el mantenimiento de la misma.
La lesión enorme o enormísima, que tiene su origen en el Derecho Romano, implica una
inequivalencia o apreciable desproporción entre las prestaciones a cargo de las partes del
contrato. Como la nota del artículo 943 ejemplifica, para algunas legislaciones de la
época, como el Código de Prusia, hay lesión cuando el precio de la venta exceda al doble
del valor de lo vendido. La parte "lesionada" puede pedir la resolución del contrato. Vélez
Sársfield, como se adelantó, rechaza este instituto principalmente por dos razones: Por un
lado, porque cada uno de los textos legales y doctrinarios por el consultado, si bien acepta
la lesión, la regula de manera distinta; por el otro, porque si el consentimiento no está
viciado, el contrato debe ser irrevisable judicialmente.
Años más tarde, la reforma de la ley 17.711 incorpora el instituto de la lesión (en una
variante subjetivo-objetiva) a nuestro Código Civil, a través de la modificación del artículo
954. Este dispone, en lo que aquí nos interesa, que "... podrá demandarse la nulidad o la
modificación de los actos jurídicos cuando una de las partes explotando la necesidad,
ligereza o inexperiencia de la otra, obtuviera por medio de ellos una ventaja patrimonial
evidentemente desproporcionada y sin justificación. Se presume, salvo prueba en
contrario, que existe tal explotación en caso de notable desproporción de las
prestaciones."
Como se ve, el tema de la proporción o desproporción entre las prestaciones a
cargo de las partes empieza a adquirir relevancia a la hora de analizar la validez de
un acto jurídico. Es que, si tenemos en cuenta que la nulidad de un acto jurídico consiste
en la privación de los efectos propios de ese acto, en virtud de un defecto originario o
constitutivo, la desproporción en las prestaciones, (por la que puede demandarse la
nulidad, en virtud de lo normado por el citado artículo 954), configura un vicio "genético"
del acto en cuestión, que lo invalida.
Con todo, el artículo mencionado es apenas el inicio de una nueva tendencia a la hora de
abordar la validez o invalidez de los actos jurídicos, en especial los contratos, porque
como dijéramos anteriormente, la norma incorpora al Código Civil el instituto de la lesión,
pero en una versión subjetiva-objetiva. Por un lado, el elemento objetivo está dado por la
desproporción en las prestaciones, (la " ventaja patrimonial evidentemente
desproporcionada y sin justificación"). Pero también se necesita para completar la figura el
elemento subjetivo, que está dado por la explotación de "la necesidad, ligereza o
inexperiencia" de la contraparte, explotación que se presume iuris tantum "en caso de
notable desproporción de las prestaciones".
Este elemento subjetivo, unido a una posición conservadora por parte de la mayoría de
los jueces, ha sido uno de los obstáculos más grandes para la aplicación de este instituto
a los casos concretos. En efecto, existe poca jurisprudencia nacional que acoja una
demanda por la lesión subjetiva-objetiva. La prueba de la explotación de "la necesidad,
ligereza o inexperiencia", a cargo del demandante salvo notable desproporción de las
prestaciones, es a menudo muy difícil.
Art. 954 del Código Civil: “Podrán anularse los actos viciados de error, dolo, violencia,
intimidación o simulación. También podrá demandarse la nulidad o la modificación de los
actos jurídicos cuando una de las partes explotando la necesidad, ligereza o inexperiencia
de la otra, obtuviera por medio de ellos una ventaja patrimonial evidentemente
desproporcionada y sin justificación. Se presume, salvo prueba en contrario, que existe tal
explotación en caso de notable desproporción de las prestaciones. Los cálculos deberán
hacerse según valores al tiempo del acto y la desproporción deberá subsistir en el
momento de la demanda. Sólo el lesionado o sus herederos podrán ejercer la acción cuya
prescripción se operará a los cinco años de otorgado el acto. El accionante tiene opción
para demandar la nulidad o un reajuste equitativo del convenio, pero la primera de estas
acciones se transformará en acción de reajuste si éste fuere ofrecido por el demandado al
contestar la demanda.”
Art. 332 del CCC: Lesión. Puede demandarse la nulidad o la modificación de los actos
jurídicos cuando una de las partes explotando la necesidad, debilidad síquica o
inexperiencia de la otra, obtuviera por medio de ellos una ventaja patrimonial
evidentemente desproporcionada y sin justificación.
Se presume, excepto prueba en contrario, que existe tal explotación en caso de notable
desproporción de las prestaciones.
Los cálculos deben hacerse según valores al tiempo del acto y la desproporción debe
subsistir en el momento de la demanda.
El afectado tiene opción para demandar la nulidad o un reajuste equitativo del convenio,
pero la primera de estas acciones se debe transformar en acción de reajuste si éste es
ofrecido por el demandado al contestar la demanda.
En los fundamentos del Proyecto Original, redactado por la Comisión integrada por los
doctores Ricardo Luís Lorenzetti, Elena Highton de Nolasco y Aída Kemelmajer de
Carlucci, solo se expresa que “ Referido a la normativa de la lesión, se mantiene el texto
del artículo 954 del Código Civil con algunas modificaciones que incorporan la
interpretación doctrinal y jurisprudencial” (página 49).
Sin perjuicio de que el tratamiento es similar en ambos textos, pueden observarse las
siguientes diferencias:
Siguiendo con nuestro Derecho Positivo, ya el propio Vélez Sarsfield, ardiente defensor
de la autonomía de la voluntad, prohibía en el artículo 542 a las obligaciones meramente
potestativas, es decir, aquellas contraídas "bajo una condición que haga depender
absolutamente la fuerza de ella de la voluntad del deudor". Es que una "obligación" donde
el "deudor" solo cumple si quiere o puede, no solo no es seria sino que, puesta en un
contrato bilateral, lo desequilibra completamente.
La ley 24.240, de Defensa del Consumidor tuvo que reiterar el principio del artículo 542,
considerando invalidas, en su artículo 37, a " Las cláusulas que desnaturalicen las
obligaciones o limiten la responsabilidad por daños" y a las "que importen renuncia o
restricción de los derechos del consumidor o amplíen los derechos de la otra parte".
b) las que importan renuncia o restricción a los derechos del adherente, o amplían
derechos del predisponente que resultan de normas supletorias;
Este artículo es aplicable tanto a los Contratos celebrados por adhesión a cláusulas
generales predispuestas como a los contratos de consumo, en este último caso,
por remisión efectuada por el art. 1117.
La mirada del legislador de los siglos XX y XXI se posa en el aspecto objetivo del
contrato: Más allá de si la voluntad manifestada por las partes se encuentra o no
viciada, el desequilibrio genético o sobreviniente en los contratos los hace
revisable judicialmente
Posteriormente, las crisis económicas del siglo XX, con la dramática secuela de
imprevisibles y drásticas modificaciones en las reglas de juego hicieron volver la mirada a
los viejos principios, a fin de atenuar lo absurdo e injusto que supone llevar la "ficción" de
la autonomía de la voluntad hasta sus últimas consecuencias.
Surge así la llamada teoría de la imprevisión, que luego de recibir acogida doctrinaria y
jurisprudencial en nuestro país, fue incorporada en nuestro plexo normativo por la ley
17.711, que reformó el artículo 1198, estableciendo que en "los contratos bilaterales
conmutativos y en los unilaterales onerosos y conmutativos de ejecución diferida o
continuada, si la prestación a cargo de una de las partes se tornara excesivamente
onerosa, por acontecimientos extraordinarios e imprevisibles, la parte perjudicada
podrá demandar la resolución del contrato. "
Art. 1.198 del Código Civil: “Los contratos deben celebrarse, interpretarse y ejecutarse de
buena fe y de acuerdo con lo que verosímilmente las partes entendieron o pudieron
entender, obrando con cuidado y previsión.
En los contratos bilaterales conmutativos y en los unilaterales onerosos y conmutativos de
ejecución diferida o continuada, si la prestación a cargo de una de las partes se tornara
excesivamente onerosa, por acontecimientos extraordinarios e imprevisibles, la parte
perjudicada podrá demandar la resolución del contrato. El mismo principio se aplicará a
los contratos aleatorios cuando la excesiva onerosidad se produzca por causas extrañas
al riesgo propio del contrato.
En los contratos de ejecución continuada la resolución no alcanzará a los efectos ya
cumplidos.
No procederá la resolución, si el perjudicado hubiese obrado con culpa o estuviese en
mora.
La otra parte podrá impedir la resolución ofreciendo mejorar equitativamente los efectos
del contrato.”
En los fundamentos del Proyecto, solo se expresa que “En relación a la extinción,
modificación y adecuación del contrato se siguen las pautas del Proyecto de 1998, con
algunas adaptaciones. ” (página 129).
Sin perjuicio de que el tratamiento es similar en ambos textos, pueden observarse las
siguientes diferencias:
3) Mientras que el artículo 1198 expresa que el supuesto fáctico se configura cuando “ la
prestación a cargo de una de las partes se tornara excesivamente onerosa, por
acontecimientos extraordinarios e imprevisibles ”, el art. 1091 del CCC declara que este
tendrá lugar cuando “ la prestación a cargo de una de las partes se torna excesivamente
onerosa, por una alteración extraordinaria de las circunstancias existentes al tiempo de su
celebración, sobrevenida por causas ajenas a las partes y al riesgo asumido por la que es
afectada”.
En realidad, pensamos que simplemente se mejora la redacción al resaltarse, como ya lo
venía haciendo la doctrina y jurisprudencia que
a) Debe tratarse de una “ alteración extraordinaria de las circunstancias existentes al
tiempo de su celebración” , es decir, un cambio imprevisible en las condiciones tenidas en
cuenta al momento de contratar.
b) que sea producida por causas ajenas a las partes.
c) También debe ser ajeno al riesgo asumido por la parte que es afectada . Al
respecto, entendemos que este concepto se encuentra en consonancia con lo dispuesto
en el CCC en relación al caso fortuito, en cuanto eximente de responsabilidad.
En efecto, el art. 1733 del CCC, referido a la Responsabilidad por caso fortuito,
dispone que
“ Aunque ocurra el caso fortuito o la imposibilidad de cumplimiento, el deudor es
responsable en los siguientes casos:… …e) si el caso fortuito y, en su caso, la
imposibilidad de cumplimiento que de él resulta, constituyen una contingencia propia del
riesgo de la cosa o la actividad;” (el subrayado es nuestro)
Si bien la redacción no es la mejor, aquí se recalca que para que algo sea considerado
caso fortuito, debe ser un suceso ajeno al riesgo propio de la cosa o la actividad. Lo
mismo ocurre con la excesiva onerosidad sobreviniente.
4) Queda claro, despejándose dudas que plantea la actual redacción, que este remedio
puede ejercerse extrajudicialmente, o por la vía judicial y, en este último caso, tanto
como acción o como excepción y que, en cualquier caso, puede solicitarse la
extinción del contrato o de alguna de sus partes o solamente la modificación
(adecuación) del mismo, a las actuales circunstancias.
5) Con detalles de redacción, en ambos textos el instituto está previsto para contratos
conmutativos y aleatorios, siempre que contengan obligaciones de ejecución diferida
(vgr.: a plazo) o cuya ejecución no sea instantánea (vgr.: obligaciones “de duración”)
6) Expresamente se legitima a un tercero para invocar este instituto, cuando “le han sido
conferidos derechos, o asignadas obligaciones, resultantes del contrato”.
1
La Publicidad Inductiva en la Sociedad Mercatizada y la defensa de los derechos del Consumidor. En (1)
http://www.jurisconsultora.com.ar/publicidadinduc.html
Propuse llamarla "Sociedad Mercatizada", porque creo que esta expresión refleja el
hecho de que, hoy día, la mayor parte de la actividad de los millones de personas que
componemos dicha sociedad se realiza a través del mecanismo del mercado. Dicho en
otras palabras, es casi imposible que cualquiera de nosotros pueda producir ni la tercera
parte de los bienes y servicios que necesita consumir.
Parece obvio decirlo, pero el divorcio entre producción y consumo (producimos algo
distinto de lo que consumimos) es una característica de la sociedad mercatizada.
Todos somos productores y consumidores a la vez, pero de distintas cosas. Por dar un
mínimo ejemplo, un zapatero arregla zapatos para obtener dinero con el cual comprarse
las cosas que necesita para vivir.
Al respecto, Alvin Toffler, en su libro "La Tercera Ola", aporta una reflexión que considero
muy interesante: "La brecha abierta entre estas dos funciones - productor y consumidor-
creó al mismo tiempo una personalidad dual. la misma persona que (como productor)
era aleccionada por la familia, la escuela y el jefe a renunciar a la gratificación, a ser
disciplinada, controlada, morigerada, obediente, a ser un jugador de equipo, era
simultáneamente aleccionada (como consumidor) a buscar la gratificación instantánea, a
ser hedonista, más que calculadora, a prescindir de la disciplina, a perseguir su placer
individual..., en resumen, a ser una clase totalmente distinta de persona. En Occidente,
sobre todo, se dirigió sobre el consumidor toda la potencia de la publicidad,
urgiéndole a pedir prestado, a comprar sin reflexión, a "vuele ahora, pagué
después" y, con ello, a realizar un servicio patriótico por mantener en funcionamiento las
ruedas de la economía." 2 , (la negrita es mía).
Por otra parte, esta Sociedad Mercatizada es también una Sociedad de Masas. No se
produce para Juan o para Pedro sino para un número indeterminado de personas. Es
cierto que en sociedades altamente desarrolladas, la tecnología está permitiendo
personalizar la producción de bienes y servicios, pero eso aún no ocurre en nuestro país
y, aún en los lugares donde eso se da, la contratación de los bienes y servicios no deja de
basarse en un "molde" predeterminado por el empresario-productor.
Son, como su nombre lo indica, las condiciones generales que el empresario fija, en
forma unilateral, para todos los que quieran contratar con él. La contraparte sólo
puede aceptar o rechazar estas condiciones y en este último caso no se celebrará el
contrato.
Este procedimiento, típico de la moderna contratación en masa, presenta ventajas e
inconvenientes, si lo comparamos con la forma clásica de contratar, en la cual las partes
discuten o pueden discutir todas y cada una de las cláusulas del acuerdo. Entre las
ventajas se pueden mencionar:
2
Alvin Toffler, "La Tercera Ola", T. I, Pag. 55, Biblioteca de divulgación científica "Muy Interesante",
Hyspamerica, 1986.
a- La prerredacción de las condiciones generales y su impresión en formularios simplifica
la etapa de contratación pues elimina trámites y negociaciones previas. Esto le permite
reducir costos al empresario y concluir más contratos en menos tiempo.
b- Las condiciones generales posibilitan que las partes sepan con mayor precisión cuáles
son sus derechos y deberes.
El principal inconveniente de este procedimiento es que, al ser fijado por una de las
partes el contenido del contrato sin que la otra pueda proponer su modificación, se
corre el riesgo de que aparezcan numerosas cláusulas abusivas, oscuras,
ambiguas o formuladas maliciosamente, con el objeto, en todos los casos, de
favorecer a la parte que redactó las condiciones. En la práctica, lamentablemente,
esto ocurre casi siempre.
Hoy día, en muchos casos, el futuro tomador de un contrato accede al mismo de la mano
de intensas campañas publicitarias (en medios gráficos, televisivos y radiales) diseñadas,
no para brindar información sobre el contrato, sino para generar en el público receptor
un estado emocional inconsciente tendiente a que éste adopte la conducta querida
por el emisor. Esta conducta es, obviamente, la celebración del contrato de que se
trate.
Las técnicas de "captación de clientes" son cada día más refinadas y se valen de la
Psicología, la Sociología y la Estadística para lograr sus objetivos.
Basta observar la publicidad que hoy día realizan en nuestro país los distintos
empresarios o grupos empresariales para notar que la misma gira en torno a crear en el
público -receptor- la sensación de que la opción "hacer o no hacer el contrato" (por
ejemplo, tener una tarjeta de crédito, un teléfono celular, una cobertura médica prepaga,
un seguro de retiro, televisión por cable o satélite, un "infalible y garantizado" remedio
para bajar de peso en dos semanas, un préstamo para comprarse una casa, un "tiempo
compartido", la tarjeta "suma puntos" exclusiva de algún hipermercado, etc.); equivale a
"estar dentro o fuera del Sistema". Se busca generar temor por estar "fuera del
Sistema" y, simultáneamente, deseo por ingresar al mismo y verse finalmente protegido,
tranquilo y feliz. Se promocionan prestaciones de altísima calidad y eficacia junto con un
servicio profesional, experimentado y humano.
Luego, cuando el receptor de la publicidad celebra el contrato, suele descubrir, con mucha
frecuencia, que la realidad dista mucho de lo que se mostraba en la propaganda. Así
pues, vemos que la "información" brindada por medio de la publicidad, no suele coincidir
con las prestaciones a las que el empresario se obliga realmente, de acuerdo al
contenido del contrato. De pronto aparecen "documentos anexos" y cláusulas de
exclusión discrecional de prestaciones, cambio de las mismas y limitación de la
responsabilidad del empresario. Eso es lo que figura en el contenido del contrato.
ARTICULO 987.- Interpretación. Las cláusulas ambiguas predispuestas por una de las
partes se interpretan en sentido contrario a la parte predisponente.
De paso, resulta útil comparar estos artículos con el art. 37 de la LDC, para apreciar sus
similitudes.
Siguiendo con el tema, recordemos que en los contratos celebrados por adhesión a
cláusulas generales predispuestas se protege al adherente, sea o no sea consumidor. Lo
que importa es la forma de contratación. Es la forma o modalidad de contratación la
que pone al adherente (que, por ejemplo, puede ser un pequeño empresario) en situación
de debilidad.
Regula a los "contratos de consumo", entre los arts. 1092 a 1122, pero no deroga la
LDC, sino que modifica sus artículos 1º, 8º, 40bis y 50, según surge del “Anexo de la ley
de derogaciones” (ver art. 2° ley 26.994, que aprueba el Anexo II, que dispone esta y
otras modificaciones normativas). Es decir que el tema tendrá una doble regulación.
Así que nos vamos a encontrar los mismos temas (vgr. concepto de consumidor, de
equiparado, de proveedor, de relación de consumo, efectos de la publicidad, ventas por
correspondencia y a distancia, etc.) regulados en el CCC y en la ley 24.240.
En los Fundamentos del Proyecto Original, redactado por la Comisión integrada por los
doctores Ricardo Luis Lorenzetti, Elena Highton de Nolasco y Aída Kemelmajer de
Carlucci, luego de analizar algunas de las soluciones adoptadas en el Derecho
Comparado, se señala que "...corresponde regular los contratos de consumo atendiendo a
que no son un tipo especial más (Ejemplo: la compraventa), sino una fragmentación del
tipo general de contratos, que influye sobre los tipos especiales (Ejemplo: compraventa de
consumo), y de allí la necesidad de incorporar su regulación en la parte general. Esta
solución es consistente con la Constitución Nacional que considera al consumidor como
un sujeto de derechos fundamentales, así como con la legislación especial y la
voluminosa jurisprudencia y doctrina existentes en la materia.". (Fundamentos, pág. 144)
Más adelante, se añade que “…se propone incluir en el Código Civil una serie de
principios generales de protección del consumidor que actúan como una “protección
mínima”, lo que tiene efectos importantes:
· En materia de regulación, ello implica que no hay obstáculos para que una ley especial
establezca condiciones superiores.
· Ninguna ley especial en aspectos similares pueda derogar esos mínimos sin afectar el
sistema. El código, como cualquier ley, puede ser modificado, pero es mucho más difícil
hacerlo que con relación a cualquier ley especial.
Por lo tanto, estos “mínimos” actúan como un núcleo duro de tutela.
· También es considerable el beneficio en cuanto a la coherencia del sistema, porque hay
reglas generales sobre prescripción, caducidad, responsabilidad civil, contratos, del
Código Civil que complementan la legislación especial proveyendo un lenguaje normativo
común,…” (Fundamentos, pág. 162)
RELACIÓN DE CONSUMO.
Nuestra Constitución Nacional, en su art. 42, concede un plexo de derechos al
consumidor, en tanto y en cuanto es parte de una “relación de consumo”. Sin embargo,
nuestra Carta Magna no define a la “relación de consumo”, lo que permitió a la
doctrina y jurisprudencia sostener que se trata de un vínculo que puede ser de
carácter contractual o extracontractual, según el caso.
3
(conf. Rinessi, Antonio J., "La desprotección de los usuarios viales, Revista de derecho de daños nº 3,
Accidentes de tránsito "III. Rubinzal-Culzoni, Bs. As.- Santa Fe, 1998, p.111/137)
Como se ve, la noción de relación de consumo es más amplia que la de contrato de
consumo, pues incluye conductas que podemos considerar como precontractuales (vgr.
publicidad previa).
Por ejemplo, la publicidad que se haga de un producto o servicio, tiene efectos jurídicos
(art. 8 LDC). Lo mismo ocurre con una oferta, en los términos del art 7º LDC, o la
información que se brinde a un cliente que ingresa al local o consulta telefónicamente
(arg. art. 4 LDC ) Son todos actos anteriores e independientes de una eventual y posterior
contratación y, sin embargo, igualmente resultan causa fuente de la relación de consumo.
Dicho de otra manera, aunque todavía no haya contrato, igual puede haber relación de
consumo. Por ejemplo, cuando un proveedor hace una publicidad, ya se está vinculando
jurídicamente con consumidores potenciales, (arg. conf. arts 8 y 19 LDC), ya hay relación
de consumo y, por ende, el consumidor ya goza de la protección del art. 42 de la CN.
En su actual texto, el art. 3º de la LDC nos dice que “Relación de consumo es el vínculo
jurídico entre el proveedor y el consumidor o usuario.”. Lo único que nos indica esta frase
es que el legislador buscó ampliar el ámbito de aplicación de la LDC y no ceñirse a la
existencia o no de un contrato de consumo. El “vínculo jurídico entre el proveedor y el
consumidor o usuario”, podrá tener fuente contractual o no (como en el caso de la oferta o
la publicidad antes mencionados). Incluso, no será necesario desentrañar si entre
proveedor y consumidor hay contrato o aún no se había formado el consentimiento.
Por ejemplo, el caso de una persona que ingresa a un hipermercado y resbala con una
mancha de aceite que estaba en uno de los pasillos. Algunos pueden pensar que ya
había contrato, desde el momento en que el consumidor ingresó en el local (el permitirle
el ingreso por parte del propietario del hipermercado y el ingresar por parte del
consumidor, son conductas que formaron el consentimiento en forma tácita, conf. art.
1145 Código Civil). Otros pueden pensar que aún no había ningún contrato pero, en
cualquiera de los dos casos, parafraseando a Highton de Nolasco, el ingresar al local es,
por lo menos, un antecedente de un futuro contrato de consumo.
Dicho de otra manera, aunque no haya contrato, al ingresar al local (hecho jurídico) nace
un vinculo jurídico (una obligación que llamamos relación de consumo) entre proveedor y
consumidor. De este vinculo, nace, entre otros, el deber de prestar un servicio que no
presente “peligro alguno para la salud o integridad física de los consumidores o usuarios”
(arg. conf. art. 5º LDC).
CONTRATO DE CONSUMO.
Con el actual texto del art. 1º de la LDC, podemos decir que contrato de consumo " es el
celebrado a título oneroso o gratuito entre un consumidor final -persona física o jurídica-,
con una persona física o jurídica que actúa profesionalmente, aún en forma ocasional y
que tenga por objeto la adquisición de bienes o servicios por parte del primero, como
destinatario final, en beneficio propio o de su grupo familiar o social "
ARTICULO 962.- Carácter de las normas legales. Las normas legales relativas a los
contratos son supletorias de la voluntad de las partes, a menos que de su modo de
expresión, de su contenido, o de su contexto, resulte su carácter indisponible.
ARTICULO 1094.- Interpretación y prelación normativa. Las normas que regulan las
relaciones de consumo deben ser aplicadas e interpretadas conforme con el principio de
protección del consumidor y el de acceso al consumo sustentable.
En caso de duda sobre la interpretación de este Código o las leyes especiales, prevalece
la más favorable al consumidor.
Por ejemplo, una compraventa tiene normas generales aplicables a su tratamiento (el
Código Civil), y, en ocasiones, especiales (vgr, ley 14.005, de venta de inmuebles en
lotes y a plazos o 19.724, de prehorizontalidad), pero si se trata de una compraventa de
consumo, las normas de la LDC se integrarán con el Código Civil, de manera tal que se
aplicará aquella que sea más favorable para el consumidor.
Para dar una idea, el actual Código Civil permite renunciar a la garantía por vicios
redhibitorios, (conf. art. 2166 CCivil. Esto es igual en el CCC, conforme surge del art.
1036). En cambio, la LDC lo prohíbe, (conf. art. 37 inc. b). Por lo común, esto último es lo
más favorable para el consumidor, por lo que esta norma es la que se aplicará si se trata
de una compraventa de consumo.
Por otra parte, el proveedor, por su actividad, puede estar alcanzado por una normativa
específica (vgr. caso de los bancos o las aseguradoras). Sin embargo, su relación con el
consumidor se rige por la LDC.
CONCEPTO DE CONSUMIDOR.
Queda equiparado al consumidor quien, sin ser parte de una relación de consumo como
consecuencia o en ocasión de ella, adquiere o utiliza bienes o servicios, en forma gratuita
u onerosa, como destinatario final, en beneficio propio o de su grupo familiar o social.
(Artículo sustituido por punto 3.1 del Anexo II de la Ley N° 26.994 B.O. 08/10/2014
Suplemento. Vigencia: 1° de agosto de 2015, texto según art. 1° de la Ley N° 27.077 B.O.
19/12/2014)
Según el art. 1º, consumidor o usuario es “la persona física o jurídica que adquiere o
utiliza, en forma gratuita u onerosa, bienes o servicios como destinatario final, en beneficio
propio o de su grupo familiar o social.”
El texto actual hace hincapié en que el consumidor es un destinatario final del bien o
servicio adquirido, es decir, no usa ese bien o servicio como insumo o materia prima de
un bien o servicio que él produzca.
El nuevo texto del art. 1º amplía notablemente el concepto de consumidor, incluyendo, por
ejemplo, el caso de quien adquiere un vehículo y luego lo usa para fletes o servicio de
remis. Lo importante es que adquirió el rodado como destinatario final (no para
revenderlo)
Al nuevo art 1º es más aplicable aún el comentario de Farina , cuando se refería al art.
1º del “viejo” texto: “El art. 1º, al describir qué entiende por consumidor o usuario, tiene en
cuenta el destino final de los bienes o servicios adquiridos, pero no exige de ningún
modo que este destino final sea servir como alimento, vestimenta, medicina o
4
cualquier efecto para ser utilizado en forma personal exclusivamente.”
Obviamente, esa misma persona que en la compraventa dada como ejemplo tuvo
carácter de consumidor, puede ser proveedor en los contratos que haga con las personas
que transporte (caso del remis) o cuyas cosas transporte (caso del flete). En esos casos
será proveedor si desarrolla esas actividades de manera profesional. Es decir, el
carácter de proveedor o consumidor dependerá de la existencia de una relación de
consumo y del lugar que ocupe en esa relación.
4
Farina, Juan M., Defensa del consumidor y del usuario, 3ra ed., Ed. Astrea, Bs. As. 2004, pág. 55.
CONCEPTO DE PROVEEDOR.
En su artículo 2º, la LDC nos dice que Proveedor "Es la persona física o jurídica de
naturaleza pública o privada, que desarrolla de manera profesional, aun ocasionalmente,
actividades de producción, montaje, creación, construcción, transformación, importación,
concesión de marca, distribución y comercialización de bienes y servicios, destinados a
consumidores o usuarios.“
Dicho de otra manera, proveedor es quien produce, importe, distribuya o comercialice
cosas o preste servicios a consumidores o usuarios de manera profesional, aun
ocasionalmente.
Estas últimas palabras, " de manera profesional, aun ocasionalmente ", que aparecen
en el artículo 2º de la LDC despiertan la perplejidad en el interprete. Por un lado, la ley
exige que el proveedor produzca, importe, distribuya o comercialice cosas o preste
servicios de manera profesional. Pero, seguidamente, permite que lo haga "aun
ocasionalmente" o, dicho de otro modo, no le quita la calidad de proveedor a quien
produzca, importe, distribuya o comercialice cosas o preste servicios a consumidores o
usuarios, "aun ocasionalmente".
¿Se puede ser profesional en forma ocasional? En otros términos ¿La "ocasionalidad" de
una actividad no le quita la "profesionalidad"?
Por nuestra parte, creemos que se puede ser profesional en forma ocasional, porque la
profesionalidad de la que habla la LDC no tiene que ver con el concepto de comerciante
que nos brinda el artículo 1º del Código de Comercio, que lo define como aquella persona
que realiza actos de comercio a titulo propio, haciendo de ello su “profesión habitual”.
Profesionalidad y habitualidad aparecen juntos en el concepto de comerciante. En
cambio, la LDC no pide habitualidad en el Proveedor sino “conocimiento del negocio”,
es decir, un grado de “saber” u “oficio” que pone a esa parte en situación de superioridad
frente a la otra, a la hora de celebrar y ejecutar el contrato.
Por supuesto, se presumirá iuris tantum que quien produzca, importe, distribuya o
comercialice cosas o preste servicios a consumidores o usuarios de manera habitual lo
hace en forma profesional. A la inversa, si se trata de una actuación en forma ocasional,
la parte que alegué estar frente a un Proveedor, deberá acreditar la profesionalidad de
este (es decir, su “conocimiento del negocio”) si quiere que se aplique la LDC.
Con el actual texto de la LDC, la materia del contrato de consumo es muy amplia.
El actual art. 1º nos dice que el consumidor es quien "adquiere o utiliza bienes o servicios
en forma gratuita u onerosa como destinatario final, en beneficio propio o de su grupo
familiar o social."
La LDC no pone restricciones a esos bienes y servicios 5.
En cuanto a los primeros, recordemos que bienes son tanto "los objetos inmateriales
susceptibles de valor" (v gr. derechos creditorios o reales) como las cosas (conf. art. 2312
Código Civil y 16 CCC). Por ende, comercialización de bienes incluye contratos como
compraventa de muebles e inmuebles, nuevos o usados, o locación de muebles e
inmuebles (donde se otorga un derecho personal o creditorio de uso y goce), etc, siempre
que sean comercializados por un Proveedor a un Consumidor.
En cuanto a los posibles contratos de consumo que tengan por objeto la prestación de
servicios, Farina ya decía, refiriéndose al anterior texto pero en opinión que mantiene
total vigencia con la redacción actual que “el concepto de prestación de servicios de esta
5
Salvo los servicios realizados por profesionales liberales, que veremos más adelante.
ley es más amplio que el del contrato de locación de servicios que regula el Código Civil,
pues comprende todo contrato por el cual no se adquiere la propiedad o disponibilidad de
una cosa, sino, mediante el servicio del prestador, lograr el uso o goce de una cosa en
virtud del quehacer humano o del funcionamiento de una máquina o elementos
electrónicos (por ejemplo), así como cuando tiene por objeto un asesoramiento,
transporte, asistencia de cualquier naturaleza, seguro, hospedaje, administración de un
fondo común, etc., sin importar que se trate de una obligación de medios o de resultado.
Así la locación de obra es para la ley 24240 una prestación de servicio, como también lo
es el transporte, e incluso un espectáculo público. Debemos poner mucho énfasis en
esto, pues de otro modo quedarían fuera de esta ley una larga serie de relaciones
6
contractuales de vigencia permanente en todos los ámbitos de la vida diaria"
Por último, cabe destacar que los bienes o servicio pueden ser adquiridos por el
consumidor en forma onerosa o gratuita. Esta última forma de adquisición puede
despertar perplejidad en el lector. A primera vista, ¿por qué proteger al consumir si el
proveedor le hace “un regalo”?.
Sin embargo, ya el decreto 1798/94, al reglamentar el anterior texto del art. 1º de la LDC
nos daba una pauta de los motivos de la actual redacción. Dice el art. 1º del decreto
1798/94 que “Serán considerados asimismo consumidores o usuarios quienes, en función
de una eventual contratación a título oneroso, reciban a título gratuito cosas o servicios
(por ejemplo: muestras gratis).”
Ahora, con el actual texto del art. 1º LDC, consumidor es que “adquiere o utiliza bienes o
servicios en forma gratuita u onerosa como destinatario final”.
6
Farina, Juan M., Defensa del consumidor y del usuario, Ed. Astrea, Bs. As. 1997, pág. 7.
La gratuidad supone una liberalidad, un dar o hacer algo en forma desinteresada, sin
esperar nada a cambio de la otra parte o de un tercero. No es desinteresada la muestra
gratis de un shampoo, sino que se entrega como medio de publicidad y con la finalidad de
futuras ventas. No es desinteresado el modem que se entrega en comodato, sino que se
da para poder facturar el servicio de Internet. No es desinteresado el estacionamiento
“gratuito” que se ofrece en algunos hipermercados, sino que es un medio de “agregar
valor” a los servicios ofrecidos, para así incrementar las ventas. No es desinteresado el
servicio de televisión abierta porque si bien el espectador no debe desembolsar una suma
dineraria para observar la programación, la prestación no halla exenta de interés
económico, desde que la sintonía de la programación por parte de los consumidores trae
aparejado, vía la colocación de publicidades, un indudable enriquecimiento a quienes los
producen y emiten. 7
Pensamos que, en tanto y en cuanto no surja en el caso concreto que la relación entre
proveedor y consumidor consiste en una autentica liberalidad del primero para con el
segundo (en el sentido de un acto desinteresado, donde no se espera nada a cambio del
consumidor ni de un tercero), se justifica plenamente la inclusión de los actos “gratuitos”
en el área de protección de la LDC.
EXCLUSIONES EXPRESAS.
El artículo 2º excluye del ámbito de aplicación de la ley a los denominados profesionales
liberales.
Así, dispone que “No están comprendidos en esta ley los servicios de profesionales
liberales que requieran para su ejercicio título universitario y matrícula otorgada por
colegios profesionales reconocidos oficialmente o autoridad facultada para ello, pero sí la
publicidad que se haga de su ofrecimiento.” (la negrita es nuestra)
7
Sobre el caso de la televisión, nos remitimos al trabajo, realizado junto con el Dr. Luis Carranza Torres, “El
Estatuto del Consumidor frente a la Ley de Radiodifusión: el consumidor televisivo”, publicado en el diario
“El Derecho”, 21 de marzo de 2006.
deberá necesitar además una "matrícula otorgada por colegios profesionales reconocidos
oficialmente o autoridad facultada para ello".
3) También, con el texto que le dio la ley 26.361, estaba equiparado a los consumidores
u usuarios, quien “de cualquier manera está expuesto a una relación de consumo”. ¿Qué
debe entenderse por “estar expuesto”? Pensamos que se refiere a aquella persona que,
sin ser parte de una relación de consumo, se encuentra colocada 9 o ubicada en una
situación en puede ser parte de una relación de consumo. Es el caso del consumidor
potencial, aquel que es sujeto pasivo y destinatario (recibe los efectos) de las acciones de
10
marketing y/o comercialización que realizan los proveedores.
Queda equiparado al consumidor quien, sin ser parte de una relación de consumo como
consecuencia o en ocasión de ella, adquiere o utiliza bienes o servicios, en forma gratuita
u onerosa, como destinatario final, en beneficio propio o de su grupo familiar o social.
8
En este último caso, se llega igual solución por la simple aplicación del art. 11, que en la especie no
modificó su texto con la reforma de la ley 26.361. Ese artículo dice que “Cuando se comercialicen cosas
muebles no consumibles, artículo 2325 del Código Civil, el consumidor y los sucesivos adquirentes gozarán
de garantía legal...”.
9
Una de las acepciones del Diccionario de la Real Academia Española, en su Vigésima segunda edición, para
la palabra "exponer" es "Colocar algo para que reciba la acción de un agente." Fuente: http://www.rae.es .
10
En nuestra opinión, el consumidor potencial estaría protegido igualmente, sin necesidad del texto que
estamos comentando, por las disposiciones de los arts. 4, 7, 8 y 19 de la LDC, inclusive con el viejo texto.
Todos esos artículos protegen al consumidor aún cuando este no haya adquirido ningún bien o servicio y ni
siquiera haya aceptado oferta alguna.
Por último, comparemos esta definición con la del CCC y veremos que este brinda
una muy similar en el art. 1092:
Queda equiparado al consumidor quien, sin ser parte de una relación de consumo como
consecuencia o en ocasión de ella, adquiere o utiliza bienes o servicios, en forma gratuita
u onerosa, como destinatario final, en beneficio propio o de su grupo familiar o social.
Sin embargo la poco feliz redacción del art. 7 LDC (referido a la obligatoriedad de la oferta
dirigida a consumidores potenciales indeterminados), permitirá a los empresarios
publicitar sus servicios sin que las declaraciones que hagan se consideren una oferta sino
una simple invitación a ofertar. En efecto, dice el referido art. 7 "la oferta dirigida a
consumidores potenciales indeterminados, obliga a quien la emite durante el tiempo en
que se realice, debiendo contener la fecha precisa de comienzo y de finalización, así
como también sus modalidades, condiciones o limitaciones. La revocación de la oferta
hecha pública es eficaz una vez que haya sido difundida por medios similares a los
empleados para hacerla conocer".
Una posibilidad la abre el art. 19 de la ley que dice "quienes presten servicios de cualquier
naturaleza están obligados a respetar los términos, plazos, condiciones, modalidades,
reservas y demás circunstancias conforme a las cuales hayan sido ofrecidos,
publicitados o convenidos" ( la negrita es nuestra).
Aquí el legislador parece querer decir que la simple publicidad que haga el proveedor,
contenga o no una oferta, lo obliga. Porque si no fuera así, sería una redundancia hablar
de servicios "ofrecidos, publicitados o convenidos". Bastaría con la palabra "ofrecidos" o
en todo caso se tendría que expresar "ofrecidos, aún mediante publicidad". Pero el texto
no dice así y su redacción nos autoriza a pensar que, según el art. 19, el proveedor está
obligado a respetar los términos y condiciones que haya publicitado acerca de sus
servicios, aunque dicha publicidad no contenga una oferta. Esto plantea una contradicción
con los ya citados arts 7 y 8. Creemos que se resuelve a favor de la solución dada por el
art. 19 (arg. art. 3 ley 24.240 - interpretación más favorable para el consumidor)
En lugar de expresar que “Es la persona física o jurídica de naturaleza pública o privada,
que desarrolla de manera profesional, aun ocasionalmente…” (actual art. 2º LDC, que
no será modificado), dispone que la contrafigura del consumidor será “una persona física
o jurídica que actúe profesional u ocasionalmente o…una empresa productora de
bienes o prestadora de servicios, pública o privada…”.
Por otra parte, según el art. 1093 CCC, el proveedor también puede ser una “empresa
productora de bienes o prestadora de servicios”.
Por ejemplo, el art. 320 establece que “Están obligadas a llevar contabilidad todas las
personas jurídicas privadas y quienes realizan una actividad económica organizada o son
titulares de una empresa o establecimiento comercial, industrial o de servicios…quedan
excluidas de las obligaciones previstas en esta Sección las personas humanas que
desarrollan profesiones liberales o actividades agropecuarias y conexas no ejecutadas u
organizadas en forma de empresa….” (la negrita es nuestra)
Por ende, como la empresa no es sujeto sino objeto de derecho, va de suyo que no
puede ser parte en un contrato ni tampoco proveedor. Parte y proveedor será, en
todo caso, el titular de la empresa.
En resumen, nos parece un error conceptual expresar que la empresa puede ser
proveedor. En todo caso, lo serán los empresarios que produzcan bienes o presten
servicios.
Por último, si comparamos los textos de los artículos 1092 y 1093 CCC, observamos una
posible fuente de conflictos interpretativos en la definición de consumidor.
En efecto, según el 1092, el consumidor “adquiere o utiliza, en forma gratuita u onerosa,
bienes o servicios como destinatario final, en beneficio propio o de su grupo familiar o
social.”
Por su parte, al definir el “contrato de consumo”, el art. 1093 prescribe que el consumidor
adquiere los bienes o servicios “para su uso privado, familiar o social”.
Cabe pensar que con esta expresión, el CCC busca afirmar el concepto restrictivo de
consumidor, limitándolo a los casos donde se adquiera el bien o servicio sin finalidad de
posterior explotación comercial, o como también se dice, sin “reingresarla al mercado”.
“Uso privado” sería entonces equivalente a “uso no comercial”.
Nos parece una interpretación razonable, dentro del sistema del CCC, porque quienes
quedarían excluidos de la definición de consumidor (vgr: pequeños y medianos
empresarios que adquieren bienes y servicios para utilizarlos con finalidad comercial y
que muchas veces no pueden negociar las cláusulas por hallarse en inferioridad de
condiciones) igual quedarían protegidos por las reglas que rigen para los contratos
de adhesión.
Al respecto, repetimos que, en el sistema del nuevo Código, en los contratos celebrados
por adhesión a cláusulas generales predispuestas se protege al adherente, sea o no sea
consumidor. Eso no importa. Lo que importa es la forma de contratación. Es la forma o
modalidad de contratación es la que pone al adherente (que, por ejemplo, puede ser un
pequeño empresario) en situación de debilidad.
EL ABUSO DEL DERECHO Y LAS CLÁUSULAS ABUSIVAS EN EL NUEVO CÓDIGO
Recordemos, en primer lugar, que la figura del abuso de derecho no estaba contemplada
en la versión original del Código Civil, sino que fue incorporada por la reforma de la ley
17.711, al modificarse el artículo 1071. En la concepción decimonónica, el ejercicio de un
derecho no podía configurar nunca un abuso del mismo.
Muchos años más tarde, la reforma de la ley 17.711 se hace eco de las aportaciones
doctrinarias y jurisprudenciales, que apuntan al análisis de la finalidad tenida en cuenta
por el legislador, a la hora de reconocer un derecho.
Art. 1.071 del Código Civil: “El ejercicio regular de un derecho propio o el cumplimiento de
una obligación legal no puede constituir como ilícito ningún acto.
La ley no ampara el ejercicio abusivo de los derechos. Se considerará tal al que contraríe
los fines que aquélla tuvo en mira al reconocerlos o al que exceda los límites impuestos
por la buena fe, la moral y las buenas costumbres.”
Art. 10 del CCC: “Abuso del derecho. El ejercicio regular de un derecho propio o el
cumplimiento de una obligación legal no puede constituir como ilícito ningún acto.
La ley no ampara el ejercicio abusivo de los derechos. Se considera tal el que contraría
los fines del ordenamiento jurídico o el que excede los límites impuestos por la buena fe,
la moral y las buenas costumbres.
El juez debe ordenar lo necesario para evitar los efectos del ejercicio abusivo o de la
situación jurídica abusiva y, si correspondiere, procurar la reposición al estado de hecho
anterior y fijar una indemnización.”
En los fundamentos del Proyecto Original, redactado por la Comisión integrada por los
doctores Ricardo Luis Lorenzetti, Elena Highton de Nolasco y Aída Kemelmajer de
Carlucci se destaca que
Sin perjuicio de que el tratamiento es similar en ambos textos, en los Fundamentos del
Proyecto se señalan las siguientes diferencias:
El abuso de posición dominante puede darse de diversas maneras, sea por un ejercicio
abusivo de los derechos que surgen de la posición dominante en el mercado, sea
directamente por una actuación de mala fe.
Precisamente, en los Fundamentos se señala que “El ejercicio abusivo incluye la posición
dominante, pero debe aclararse que se trata de la posición en el mercado. El
fundamento de este agregado es que el principio protectorio siempre presupone que
alguien domina a otro , pero las reglas a través de las cuales se aplica dicho principio de
política legislativa son diversas y cada una tiene su fundamento específico: buena fe,
abuso del derecho, etc. Si se incluyera una norma que se refiera sólo a la posición
dominante, perderían sentido todas las demás y las absorbería, con gran perjuicio general
del sistema y de su adaptabilidad, ignorando la doctrina y jurisprudencia.” (página 20, la
negrita es nuestra)
Destacamos que estos artículos son muy similares al art. 37 de la ley 24.240, de Defensa
del Consumidor, que no será afectado por la reforma.
Justamente, el CCC aplica el art. 988, entre otros, a los contratos de consumo:
ARTÍCULO. 1117.- Normas aplicables. Se aplican en este Capítulo lo dispuesto por las
leyes especiales y los artículos 985, 986, 987 y 988, existan o no cláusulas generales
predispuestas por una de las partes.
“ARTÍCULO 1119.- Regla general. Sin perjuicio de lo dispuesto en las leyes especiales,
es abusiva la cláusula que, habiendo sido o no negociada individualmente, tiene por
objeto o por efecto provocar un desequilibrio significativo entre los derechos y las
obligaciones de las partes, en perjuicio del consumidor.” (la negrita y el subrayado es
nuestro)
“ARTÍCULO 1120.- Situación jurídica abusiva. Se considera que existe una situación
jurídica abusiva cuando el mismo resultado se alcanza a través de la predisposición de
una pluralidad de actos jurídicos conexos.” (la negrita y el subrayado es nuestro)
Dicho con un ejemplo, la situación jurídica abusiva puede darse cuando el “desequilibrio
significativo entre los derechos y las obligaciones de las partes, en perjuicio del
consumidor”, se alcanza por la combinación de las disposiciones de un contrato de
compraventa y un mutuo destinado a financiarla.
Un inciso polémico
En el considerando 6° del voto que lleva, entre otras, la firma del Dr. Lorenzetti, se
expresa que en el Derecho Comparado “se verifica una marcada tendencia de los
diversos ordenamientos relativos a la defensa de los derechos del consumidor, en
el sentido de excluir que el precio de un bien o servicio pueda ser, por sí mismo,
considerado como abusivo por la autoridad judicial (vid. Directiva 93/13/CEE del
Consejo, de 5 de abril de 1993, sobre las cláusulas abusivas en los contratos celebrados
con consumidores, arto 4.2, y Directiva 2011/83/UE del Parlamento Europeo y del
Consejo, de 25 de octubre de 2011, sobre los derechos de los consumidores). Ello así,
con el evidente fin de evitar precisamente que, de admitir lo contrario, se generen
de modo indirecto los efectos distorsivos del mercado que se mencionaron
anteriormente.”
En cuanto a los “efectos distorsivos”, suponemos se refieren a que existirían diferencias
de precios entre los consumidores beneficiados por la resolución judicial y los que no
fueron beneficiados, por hallarse, por ejemplo, en otra jurisdicción (argumento que surge
de la lectura del mencionado considerando 6°).
Más allá de esta posible explicación, no comprendemos la razón por la cual no pueda
declararse abusiva una cláusula que evidencie una desproporción entre el precio y el
bien o el servicio procurado. Justamente, una cláusula como esta sería susceptible de “
provocar un desequilibrio significativo entre los derechos y las obligaciones” (conf.
Art. 1119 del CCC)
De todas maneras, ante un caso de notable desproporción entre el precio y el bien,
siempre se podrá invocar el vicio de lesión (conf. art. 332 del CCC, similar al art. 954 del
Código actual) si la desproporción existe desde la celebración del contrato, o la excesiva
onerosidad por causas ajenas y extraordinarias, (conf. art. 1091 del CCC, similar al art.
1198 del Código actual) si la desproporción es sobreviniente.
Al respecto, el CCC propone un tratamiento que guarda muchas similitudes con el art.
8 bis de la ley 24.240, en especial en la redacción de los arts. 1097 y 1098:
ARTÍCULO 1096.- Ámbito de aplicación Las normas de esta Sección son aplicables a
todas las personas expuestas a las prácticas comerciales, determinables o no, sean
consumidores o sujetos equiparados conforme lo dispuesto en el artículo 1092.
ARTÍCULO 1099.- Libertad de contratar. Están prohibidas las prácticas que limiten la
libertad de contratar del consumidor, en especial, las que subordinan la provisión de
productos o servicios a la adquisición simultánea de otros, y otras similares que persigan
el mismo objetivo.
Colofón
Para terminar con esta introducción, y a manera de balance provisorio, consideramos
positiva la regulación del “adherente” como categoría autónoma de débil jurídico,
independizándolo de la figura del consumidor.
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