JOSÉ MARÍA PICHARDO (Nino) (N.
1888)*
El forastero
José Paniagua se levantó de improviso de la mesa de juego musitando algo por cierto no
muy agradable. Al mismo tiempo Paco Marmolejo arrojó las barajas al suelo y desenfundando su
revólver le hizo un disparo a quema ropa. El proyectil rasguñó el robusto cuello de José, yendo
a romper con grande estrépito varias botellas de ron en el aparador de la próxima cantina. Sin
pérdida de tiempo Paniagua le hizo fuego a su agresor, hiriéndolo mortalmente.
El incidente sobrevino tan rápidamente que nadie pudo intervenir para evitarlo. Pocas
personas lo presenciaron, porque ocurrió ya de madrugada, y sólo unos cuantos jugadores
estaban cerca y ninguno de ellos se movió, ni dijo una palabra, quizá sobrecogidos por lo
súbito de la trágica escena.
—Ustedes vieron lo que ha ocurrido, amigos –dijo José guardando su revólver–. Recuerden
los detalles de este desgraciado suceso, para el caso de que sean llamados a declarar.
He matado a Paco en legítima defensa. Y ya lo saben: a mí no se me puede ganar con barajas
marcadas.
José Paniagua se retiró con serenidad por la puerta del patio, encaminándose donde
acostumbraba a dejar su caballo. Nadie lo siguió. Poco después perdíase en las sombras de
una callejuela vecina.
El cuerpo del muerto fue cubierto con una sábana en el mismo lugar donde cayó, y
le colocaron cerca de la cabeza una vela encendida. Las autoridades del lugar –el alcalde
pedáneo y un agente de la policía– llegaron como siempre, tardíamente, levantando el acta
correspondiente.
José Paniagua, hombre belicoso, jugador consuetudinario, aunque no de oficio, había
matado a tres hombres en el curso de su vida tempestuosa, y, valiéndose de artimañas, de
malas leyes y de algún padrino influyente en la política, nunca visitó la cárcel por más de un
mes. Él jugaba, no en busca de ganancias pecuniarias, sino por el placer de hacerlo, porque la
emoción del juego, con sus alternativas y azares, lo atraían, lo sojuzgaban. Su personalidad
dominante le había granjeado muchos amigos. Locuaz, espléndido, buen bailador, amante
de las fiestas, galanteador y buen tipo, tenía gran prestigio entre las mujeres, que eran, según
él mismo decía, su debilidad más grande.
Después del trágico acontecimiento, José se ocultó en los montes y luego se fue a otro
lugar lejano, cansado de vivir escondido, prófugo de la justicia. En su vieja guarida de Los
Mameyes no se le volvió a ver.
Un año más tarde el poblado de El Carrizal tuvo el honor de ser elegido por José Paniagua
como sitio de su residencia, y allí se instaló, llevando una vida cómoda y tranquila,
en la casa de la viuda Gonzalito, quien poseía el gran atractivo de tener una hija, todo un
primor de juventud y belleza.
José se dedicó a la compra de productos agrícolas, especialmente de maíz y habichuelas,
y muy pronto el negocio prosperó, proporcionándole medios honestos de subsistencia. Como
medida de precaución se alejó de las casas de juego.
El Carrizal, ubicado en un pequeño valle, a la falda de una alta loma poblada de pinos,
en la remota sección de El Memizo, sólo tiene una calle que la forman dos hileras de casuchas
primitivas, construidas de tablas de palmera y techadas de hojas de cana. Presenta un bello
panorama, con encantadores paisajes bucólicos. El río Sonador, de aguas claras y rumorosas,
corre cerca entre bosques de pomarrosas y gigantes jabillos.
En el centro del poblado queda el mercado público, en una extensa enramada con amplio
patio. En los días de mercado, una vez a la semana, acuden de las secciones vecinas y de los
parajes próximos innúmeros campesinos a vender los productos de sus afanosas labores:
café en grano, maíz, arroz, tabaco en rama, habichuela, miel de abeja, raspaduras, distintas
clases de frutas, árganas, macutos y serones hechos de hojas de palma cana tejidas, recados
de montar, sogas y cuerdas fabricadas de pita.
El Carrizal se anima en los días de mercado; ofrece un aspecto pintoresco. Se nota en
todas partes un ajetreo de colmena laboriosa. Llegan constantemente recuas de animales
de carga. Jinetes en potros briosos corren de un lado a otro. Se ven mujeres vestidas con
COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO | Volumen II | CUENTOS
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sus mejores trajes, llevando algunos pañuelos vistosos en la cabeza, y las más jóvenes lucen
ramos de flores silvestres. Abundan las mozas apuestas, de ojos tentadores, alegres y bailadoras.
El acordeón y el tambor invitan a bailar el merengue cadencioso, con cantores que
entonan coplas populares. En la gallera, que se levanta en una altura donde termina la calle,
riñen gallos, y el pregón de las apuestas, las exclamaciones ensordecedoras que lanzan los
espectadores cada vez que un gallo pica o mata a su rival, se escuchan desde lejos.
El orgullo de El Carrizal es la pequeña y bella iglesia recién construida por contribución
popular, con su alto y elegante campanario desde el cual se domina toda la campiña. Se
levanta el templo en medio de un prado risueño, detrás de frondosos mangoteros, con jardín
primoroso, donde crecen lozanos rosales, gigantescos girasoles, abundan las azucenas y lirios
silvestres y gardenias, cuyas suaves fragancias se sienten desde lejos.
Contribuye a la prosperidad de El Carrizal y la instalación de un moderno aserradero,
situado a un kilómetro de distancia del poblado. Las casas de los trabajadores y empleados,
diminutas, hechas de madera de pino y techadas de zinc, forman contraste con las otras viviendas
rústicas. El batey, que se extiende en dos alas abiertas, con una alta chimenea, ocupa un gran
espacio llano, con depósitos para la madera cortada y secada al aire libre. Se ven montones de
aserrín, que se usa como combustible. El olor de los pinos aserrados impregna el ambiente.
La bodega del aserradero donde se pueden adquirir mercancías diversas, es el lugar de
comercio y atracción más importante de la localidad. Tiene un anexo donde se reúnen los
moradores del lugar, en ratos de ocio y a prima noche a jugar naipes y dominó, a beber ron
y ginebra, a ventilar asuntos y a concertar negocios.
La casa escuela, moderna, con aulas espaciosas y ventiladas, suficientes para alojar con
comodidad a la población escolar de El Carrizal y de las secciones cercanas, se alza majestuosa
más allá de la iglesia, con grandes extensiones de grama y un gran huerto donde se
hacen experimentos agrícolas.
Transcurrieron monótonos y largos los días para José Paniagua, obligado a adoptar un
nombre falso, a vivir tranquilo y con recato, evitando las discusiones acaloradas y pendencias,
temeroso de que cualquier otro incidente o disputa revelara su identidad y se reanudara la
persecución de la justicia por el suceso de Los Mameyes y tuviera que escurrir el bulto otra
vez. Él no se había preocupado nunca por ningún peligro; pero la idea de que era fugitivo
de la ley lo perseguía, lo atormentaba, desde que comenzó a dedicar sus pensamientos y
sus atenciones a la hija de la viuda Gonzalito. Alicia ejercía en él una influencia irresistible.
Le había hecho modificar su manera de pensar y vivir. Ya no era el hombre que perdía los
estribos a la primera provocación, ni malgastaba el tiempo o el producto del trabajo. Y él
mismo se asombraba del espíritu de ahorro que lo dominaba, que pudiera perdonar una
ofensa, y resistir la tentación de enamorar a una mujer ajena.
En la gallera lo engañaron un día con un gallo untado, y no quiso reivindicar su derecho
contra el fraude; y en un baile cuando le negaron una pareja ásperamente, se limitó a dar
las gracias por la negativa truculenta en vez de armar la camorra acostumbrada por lo que
él consideraba un insulto intolerable.
—Yo soy una especie de abejón, Alicia, –díjole un día a la muchacha–, y presiento que
me estoy enamorando de ti. Así, pues, creo que lo mejor es que conozcas algo acerca de mi
permanencia en El Carrizal. La razón por la cual me encuentro en este lugar, no es porque
me guste, sino en cuenta de cierto suceso desagradable que ocurrió hace algún tiempo. Yo
tuve que matar a un pícaro jugador de barajas en Los Mameyes, y por eso estoy aquí.
SÓCRATES NOLASCO | EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II
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—¿Qué te obligó a matarlo? –le preguntó Alicia, mirándolo fijamente en los ojos.
—No hubo más remedio, chiquita. Era un guapo de oficio y disparó un segundo antes
que yo lo hiciera; pero erró la puntería.
—¿Por qué no regresas allá y explicas eso? –sugirió Alicia.
—Porque mi nombre luce mal en mis libros. Esa ha sido la tercera vez que me he visto
obligado a despachar a un ladrón, y repetir el mismo alegato de defensa propia ya me parece
una bagatela. No me creerán. Lo único que deseo saber es si todas esas cosas establecerán
alguna diferencia entre nosotros.
—Ninguna –afirmó Alicia–. Si todas fueron muertes en buena lid y no hubo asesinato,
eso no influirá adversamente en mí. Seré para ti la misma de siempre.
—Mi palabra no vale mucho, pero puedes tomarla como oro puro. Te juro, Alicia, que
todas fueron peleas rectas. No hice otra cosa sino defenderme. Nunca disparé primero.
—Hablemos de otra cosa—, propuso Alicia.
—Lo haremos –asintió Paniagua–. Dime, ¿eres libre para permitirme que te enamore?
¿Quieres casarte conmigo?
—¡Libre como el viento! –Exclamó Alicia entre risas–. Sólo que una vez hubo un hombre…
Bueno, ya eso pasó para nunca volver. En cuanto a matrimonio, tiene que probar que
me quieres.
José no la dejó continuar y tomándola entre sus brazos vigorosos, la besó en la boca.
—Nosotros comenzamos un pliego limpio—, le dijo José–. Tengo parientes en el Este,
y el día menos pensado pueden dejarme algo, porque son muy viejos. En lo alto del cerro,
desde donde se divisa todo el poblado voy a construir una casa. He comprado doscientas
tareas a los Escotos. El porvenir se presenta claro para nosotros, Alicia, ahora que sé que
me quieres.
En la bodega José escuchó un día una conversación referente al hombre de quien Alicia le
había hablado. Él oyó una larga historia acerca de un forastero, cuyo caballo tordillo muchas
veces permanecía horas enteras amarrado ante la puerta de la casa de la viuda Gonzalito.
El extraño visitante era delgado y alto, bien parecido, con un luengo bigote rizado. Un sá-
bado por la tarde el jinete misterioso montó su caballo, trotando entre nubes de polvo por
el camino real y desde entonces más nunca nadie lo había vuelto a ver… Y maliciosamente
alguien sugirió que “quizá Alicia podía dar algún informe, si ella deseaba hacerlo”.
Esta sugestión, recalcada con perversidad, irritó a Paniagua, quien se puso de pie, puesta
la mano en la cacha de su revólver; pero sin desfundarlo, y dijo a los murmuradores:
—¡Dejen eso y no lo mencionen otra vez! Quienquiera que lo repita le pesará.
Luego él habló a Alicia acerca de tan enojoso asunto, y ella replicó:
—Ya te dije que una vez hubo un hombre, y también te dije que todo estaba olvidado. Tienes
que creer mi palabra. Lo olvidado, olvidado está. Soy una mujer honrada y eso basta.
Besando a Alicia muchas veces y estrechándola entre sus brazos, José le prometió no
hablar más de un asunto que pertenecía a un pasado ya muerto y que no había razón para
resucitarlo, diciéndole: –Eres mía y sólo mía. No importa lo ocurrido tiempos atrás.
Se deslizaron varios meses y el forastero no se mencionó más, ni en la casa de la viuda
Gonzalito ni en la bodega. Las pocas veces que José descubrió algún celo irrazonable queriendo
echar raíces en su corazón, lo alejó.
—¡Soy un tonto! –Se decía a sí mismo–. Alicia me ama, porque ella lo dice así y porque
ella lo ha demostrado.
Una cálida tarde del mes de agosto regresaba José por el camino real cansado de un
largo día de trabajo infructuoso en una cacería. El crepúsculo comenzaba a purpurar las
nubes sobre las lomas. Al doblar un recodo, vio de lejos la casa de a viuda Gonzalito, y una
sonrisa de inefable ternura asomó a sus labios cuando se encendió en una de las ventanas
de la casa una luz como un pálido luminar.
—Es Alicia que me espera–, dijo José en voz alta y un íntimo regocijo lo invadió.
Ya cerca de la casa, José se detuvo en medio del camino, y entonces notó que un caballo
estaba atado junto a la puerta principal de la casa, y el corazón le dio un vuelco.
—¡Es él! –Exclamó José–. Es el forastero que vino en busca de Alicia. No hay duda, ese
es su potro tordillo.
Mientras José permanecía como petrificado en el camino, lleno de confusión y temor,
dos figuras humanas aparecieron en el umbral de la puerta de la casa de la viuda Gonzalito.
Una era Alicia y la otra un hombre alto y delgado. Ambos reían alegremente. Uno de los
brazos del hombre ceñía la cintura de Alicia.
Paniagua se deslizó entre los matorrales cercanos, ocultándose en atisbo. Su boca estaba
seca y su respiración era anhelante.
Alicia y su acompañante vacilaron un momento y luego se encaminaron hacia el sitio
donde José acechaba, caminando despacio. Y cuando ellos se acercaron, José notó que el
compañero de Alicia era todo un buenmozo, y su bigote luengo y rizado.
Lentamente José levantó la escopeta hasta que el cañón reposó sobre una rama próxima,
apuntando bacia el hombre que acompañaba a Alicia. José tenía el dedo en el gatillo.
La pareja pasó a veinte pasos de distancia del lugar donde José vigilaba. Hablaban en
voz baja, con risas ocasionales.
El cañón de la escopeta de José describió un amplio círculo, en dirección de la pareja
que se alejaba.
Repentinamente el forastero se detuvo y atrajo hacia él a Alicia, estrechándola en apretado
abrazo, y ella luchó con bríos por escapar, rehuyendo la boca ardorosa que se empeñaba en
besarla, hasta que logró desasirse de los tentáculos que la aprisionaban, huyendo en dirección
del aserradero. En ese mismo instante el forastero dio media vuelta, trató de mantener
el equilibrio y cayó de bruces, echando sangre por la boca.
Una columna de humo blanco y ligero fluía de la escopeta de José, dispersándose. El
ruido de un disparo de arma de fuego se repitió, retumbando en ecos prolongados por el
valle y las lomas.
Un momento después José salió de su escondite, encaminándose hacia la casa de la
viuda Gonzalito a buscar su montura. En su rostro se podían leer los efectos turbadores
de la tragedia acaecida. El caballo del forastero lo saludó con un relincho y él acarició su
grupa al pasar.
Dentro de la casa reinaba el silencio. Sólo se escuchaba el mecánico tic-tac del reloj
de pared y se sentía el grato olor de la cena ya dispuesta. José llamó en voz alta. Nadie
le respondió. Entonces su mirada se detuvo en un pedazo de papel blanco clavado con
un alfiler sobre el paño de la mesa del comedor. Lo desprendió de un tirón, acercándose
a la lámpara para leerlo. Decía: “Querido Pepe: Volveré tan pronto me sea posible. Salí a
dar un paseo con un agente de la policía. Él se detuvo para pedir un vaso de agua; pero
descubrí quien era y lo que buscaba. Él ha venido a hacerte preso por el hombre aquel
que mataste en Los Mameyes. Déjame recado para donde irás, y vete pronto, porque yo
no puedo entretenerlo mucho tiempo”. –Alicia. P. D. –”Llévate su caballo, porque el tuyo
está lejos”.
Moralidad social
Entré a casa con la dignidad de la dicha orgullosa.
Todas mis aspiraciones quedaban satisfechas. No tan solo tendría dinero, mucho dinero
ganado honrosamente, para todas mis necesidades, sino que ese dinero era una prueba de
la confianza que inspiraba a la patria mi honradez nunca desmentida. Acababan de nombrarme
Interventor de Aduana, sin que yo hiciera, por obtener ese empleo, más diligencia
que aceptarlo.
Nada dije a mi familia. Quería un poco de comedia, sana y poética: esperar hasta el día
siguiente para que cuando mi mujer me preguntara, con su dulce voz de contralto:
—¿Dónde vas tan temprano?
Responderle yo en tono de bajo profundo:
—¡A la ofiiciiina! ¡A la aduaaanaaa!!!
Y ahí las explicaciones, y la cara de Pascua Florida que pondría ella, y sus risas y sus
lágrimas de purísima alegría, mientras el entendimiento dividíasele entre mí y el ejército de
necesidades urgentes que había que satisfacer para ella y todos los de la casa.
Pero el elemento oficial me lo echó a perder todo.
De pronto empezaron a entrar en casa todos los amigos, todos los conocidos, todos los
comerciantes, todos los aspirantes, todos los pobretes, todos los pedigüeños, haciéndome
madrigales al revés: la felicitación delante y en las ancas el fajazo.
Mi mujer acechando tras la celosía del aposento, se enteró, y en un paréntesis de visitas
salióme al encuentro, entre alegre y enfadada:
—¡Hola! –me dijo ¿Conque eso te tenías guardado?
—Es que no estaba seguro –contesté por disculparme.
—¿No estabas seguro? De lo que no estás seguro es de tu programa. De cierto que
estás pensando en continuar con le tontería de siempre: honradez, honradez, y quedar
como un pícaro, sin poder pagarle a los acreedores, mientras los ladrones de marca son
apreciados por la sociedad, porque le roban a uno solo y a todos los demás les pagan
religiosamente.
—Ay, ¡Julieta de mi vida! –le respondí–. No me acibares la dicha. Mi deber…
—¡Sí, a eso te condenas y nos condenas toda la vida: a deber y no pagar sino lo que nos
quitamos de la boca!
Mi madre, mi santa madre, tan honrada toda la vida, se enteró también de mi nombramiento
y vino a felicitarme.
—Aprovéchate, hijo, –exclamó con la voz velada por el llanto– Aprovéchate. Dios presenta
muy pocas ocasiones en la vida.
—Mamá, no tema usted. El sueldo…
—¡Qué sueldo, muchacho! El sueldo es nada en comparación…
—Ah, no. Ni un centavo más ni un centavo menos.
—Hijo –replicó mi madre con dolorosa angustia–. Hijo, que vas a volver a los días sin
pan y a las noches sin luz. Piensa en el porvenir, piensa en tus hijos…
Aquello me desgarraba las entrañas. La esposa era joven y tenía otra sangre en las venas.
Pero mi madre, la matrona de honor vidrioso y extremado, el modelo de la ciudad, que tenía
a punto de orgullo contarla entre sus vecinas, aconsejarme que me ensuciara las manos con
los dineros del Estado… Al menos contaría yo con la aristocracia, con las honorabilidades
de la ciudad que apoyarían mis propósitos caballerescos.
A poco rato llegó don Sisenando, el más acaudalado de los comerciantes de Puerto Plata,
célebre por el desprendimiento de haber donado tres camas para un hospital donde iban a
parar centenares de clientes suyos arruinados, y me dijo:
—Don Alberto, la discreción antes que todo. Es preciso parecer más bien que ser. Con
mi casa usted puede hacer todo género de negocios sin temor de que el público se entere.
Deme la preferencia.
—Gracias, don Sisenando; pero no sería delicado que yo me dedicara al comercio siendo
Interventor. Así es que aplazo para más tarde la aceptación de su oferta.
—Pero, don Alberto, si yo no le hablo de comercio, sino de los negocitos naturales que
usted puede hacer en la Interventoría. Yo pagaría lujosamente la exclusiva.
—Don Sisenando, yo considero los negocitos como los hijos. No los quiero naturales. Los
quiero legítimos.
Don Sisenando abrió como una O la boca, enarcó las cejas y manifestó tanto asombro
como si se encontrara ante el ave Fénix. En seguida se marchó.
Yo pasé el resto del día en la más amarga de las mortificaciones. Todos los amigos que venían
a verme me pedían algo y, más o menos veladamente, me aconsejaban que robara. Pero eso era
poca cosa en comparación al efecto que me causaron la opinión de mi madre y la de mi esposa,
de los dos seres llamados en todo el mundo a aconsejar moralidad y honradez. Ellas también,
¡oh, bochorno!, me aconsejaron que metiera manos criminales en las arcas del Estado!
Pasaron meses. Unas veces cobraba mi sueldo, otras no alcanzaban los ingresos para ese
detalle del presupuesto, y un día cambió la política y quedé cesante.
La fila de visitantes, u otra fila de igual longitud a la del día en que fui nombrado Interventor,
se situó a la puerta de mi casa. Pero los individuos de aquella tenían o ponían cara alegre, como
quien oculta un cañón tras un jardín, mientras que los de ésta traían el cañón a vanguardia. Caras
hoscas, caras feroces, de cobradores sin piedad, me presentaban la cuenta y si no pagaba, como
sucedía, hacían un gesto feo y algunas veces soltaban una palabra descompuesta.
Y yo no tenía la culpa. Mientras creyeron que robaba me metían los efectos hasta por
los ojos, me atosigaban, me perseguían para que tomara a crédito. Como si yo fuera una
muchacha bonita los vendedores se ponían celosos por cualquiera preferencia involuntaria
que concediera a uno de ellos.
—Ah! usted le tomó a Tontico una docena de corbatas. A mí tiene que tomarme una
docena de camisas de crea, que son excelentes. Voy a mandarlas a casa de usted.
Y ahora no había consideración, no había piedad. Pícaro, estafador, maula decían de mí
todos aquellos a quienes no había aceptado ni el diez por ciento de lo que me rogaron que
llevara.
¡Sea todo por Dios!
Mi mujer, que ha tenido la amorosa delicadeza de no hacerme reconvenciones después
que he palpado la inmoralidad social, a la cual provoqué y desafié con la protesta muda de
mi honradez, no ha podido contenerse hoy, y me dice:
—Mira, las Fulánez, las Mengánez, las Perencejo y las Sutanejo que vivían metidas aquí,
que me cargaban los muchachos y les celebraban tanto las impertinencias, no me han pagado
la última visita y viven ahora metidas en casa del último Interventor. Yo que llegué a creer
que Conchita estaba enamorada de ti…
Los vecinos no nos perdonan la más mínima infracción. Hasta se quejaron a la policía
de que mis chicos arrojan cáscaras de guineos a la calle.
Noté también la frialdad de todos los amigos. Gente que antes si me dolía una muela
se aparecían con remedios y dentistas, que querían hasta quedarse a velar en casa por esa
bobería, apenas se tocan el sombrero con la diestra para saludarme con la cara muy seria.
Y los mismos, ¡quién lo creyera! le sacuden el polvo, le dan palmaditas en el hombro y le
hacen arrumacos y zalemas a don Patricio, que se ha robado cien mil pesos en la Aduana.
Eso me llamó a reflexión y un día, después que conversamos en casa sobre el estado
miserable de la moralidad social no pude menos que decir a mi mujer:
—Los mismos que lamentan tener una cabeza porque con el sombrero que la cubre tienen
que saludarme, sienten no tener doce cabezas para saludar con doce sombreros a don
Patricio, cada vez que lo encuentran en la calle.
EMILIO RODRÍGUEZ DEMORIZI | CUENTOS DE POLÍTICA CRIOLLA