EL VIZCONDE DE
BRAGELONNE
TOMO II
Alejandro Dumas
I
EL NUEVO GENERAL DE LOS JESUITAS
En tanto que La Valliére y el rey con-
fundían en su primera declaración todas las
penas pasadas, toda la dicha presente y to-
das las esperanzas futuras, Fouquet, de vuel-
ta a la habitación que se le había señalado en
Palacio, conversaba con Aramis sobre todo
aquello que precisamente el rey olvidaba.
-Decidme ahora -preguntó Fouquet-, a
qué altura estamos en el asunto de Belle-Isle,
y si tenéis noticias de allá.
- Señor superintendente -contestó
Aramis-, todo va por ese lado conforme a
nuestro deseo; los gastos han sido pagados y
nada se ha traslucido de nuestros designios.
-Pero, ¿y la guarnición que el rey que-
ría poner allí?
-Esta mañana he sabido que llegó
hace quince días.
-¿Y cómo se la ha tratado?
-¡Oh! Muy bien.
-¿Y qué se ha hecho de la antigua
guarnición?
-Fue trasladada a Sarzeal, y desde allí
la han enviado inmediatamente a Quimper.
-¿Y la nueva guarnición?
-Es nuestra ya.
-¿Estáis seguro de lo que decís, señor
de Vannes?
-Absolutamente; y ahora veréis cómo
ha pasado la cosa.
-Ya sabéis que de todos los puntos de
guarnición, Belle-Isle es el peor.
-No lo ignoro, y ya está esto tenido en
cuenta; ni allí hay espacio, ni comunicacio-
nes, ni mujeres, ni juego; y es una lástima -
repuso Aramis, con una de esas sonrisas que
sólo á él eran peculiares- ver el ansia con que
los jóvenes buscan hoy las diversiones y se
inclinan hacia aquel que las paga.
-Pues procuraremos que se diviertan
en Belle-Isle.
-Es que si se divierten por cuenta del
rey, amarán al rey; en cambio, si se aburren
por cuenta de Su Majestad y se divierten por
cuenta del señor Fouquet, amarán al señor
Fouquet.
-¿Y habéis avisado a mi intendente
para inmediatamente que llegasen...?
-No; se les ha dejado aburrirse a su
sabor durante ocho días; pero al cabo de este
tiempo han reclamado, diciendo que los ante-
cesores suyos divertíanse más que ellos.
Contestóseles entonces que los antiguos ofi-
ciales habían sabido atraerse la amistad del
señor Fouquet, y que éste, teniéndolos por
amigos, procuró desde entonces que no se
aburrieran en sus tierras. Esto les hizo re-
flexionar. Pero, acto continuo, añadió el in-
tendente que, sin prejuzgar las órdenes del
señor Fouquet, conocía lo suficiente a su amo
para saber que se interesaba por cualquier
gentilhombre que estuviese al servicio del
rey, y que, a pesar de no conocer todavía a
los nuevos oficiales, haría por ellos tanto co-
mo hiciera por los anteriores.
-Perfectamente. Supongo que a las
promesas habrán seguido los efectos; ya sa-
béis que no permito que se prometa nunca en
mi nombre sin cumplir.
-En seguida púsose a disposición de
los oficiales nuestros dos corsarios y vuestros
caballos, y se les dio la llave de la casa prin-
cipal, de suerte que forman partidas de caza,
y deliciosos paseos con cuantas mujeres hay
en Belle-Isle. Más las que han podido reclutar
en las inmediaciones y no han temido ma-
rearse.
-Y hay buena colección en Sarzeau y
Vannes, ¿no es cierto?
-¡Oh! En toda la costa -respondió
tranquilamente Aramis.
-¿Y para los soldados?
-Para éstos, vino, excelentes víveres y
buena paga.
-Muy bien; de modo...
-Que podemos contar con la actual
guarnición, más, si es posible, que con la an-
terior.
-Bien.
-De lo cual se deduce que, si Dios
quiere que nos renueven la guarnición cada
dos meses, al cabo de tres años habrá pasa-
do por Belle-Isle, todo el ejército, y en vez de
tener un regimiento a nuestra disposición,
tendremos cincuenta mil hombres.
-Bien suponía yo -dijo Fouquet- que
no había en el mundo un amigo más precioso
e inestimable que vos, señor de Herblay; pe-
ro con todas estas cosas -repuso, riendo- nos
hemos olvidado de nuestro amigo Du-Vallon.
¿Qué es de él? Declaro que en esos tres días
que he pasado en Saint-Mandé todo lo he ol-
vidado.
-¡Oh! Pues yo..., no -replicó Aramis-.
Porthos se encuentra en Saint-Mandé untado
en todas sus articulaciones, atestado de ali-
mentos y con vinos a todo pasto; he dis-
puesto que le franqueen él paseo del pequeño
parque, paseo que os habéis reservado para
vos solo, y usa de él. Ya comienza a poder
andar, y ejercita sus fuerzas doblando olmos
jóvenes, o haciendo saltar añejas encinas,
como otro Milón de Crotona. Ahora bien, co-
mo no hay . leones en el parque, es probable
que le encontremos entero.
Es todo un intrépido nuestro Porthos.
-Sí; pero, entretanto, va a aburrirse.
-¡Oh! No lo creáis.
-Hará preguntas.
-No, porque no ve a nadie.
-De todos modos, ¿espera alguna co-
sa?
-Le he dado una esperanza que reali-
zaremos algún día, y con eso vive satisfecho.
-¿Qué esperanza?
-La de ser presentado al rey.
-¡Oh! ¿Y con qué carácter?
-Con el de ingeniero de Belle-Isle.
-Tenéis razón.
-¿Es cosa que puede hacerse?
-Sí, ciertamente. ¿Y no creéis conve-
niente que vuelva a Belle-Isle cuanto antes?
-Lo creo indispensable, y pienso en-
viarle lo más pronto posible. Porthos tiene
mucha apariencia, y sólo conocemos su flaco
Artagnan, Athos y yo. Porthos nunca se ven-
de, pues está dotado de gran dignidad; en
presencia de los oficiales hará el efecto de un
paladín del tiempo de de las Cruzadas. Es
bien seguro que emborrachará al Estado Ma-
yor sin emborracharse él, y será para todos
objeto digno de admiración y simpatía, aparte
de que, si tuviésemos que ejecutar alguna
orden, Porthos es una consigna viviente, y
tendremos qué pasar por lo que él diga.
-Pues enviadle.
-Ese es también mi proyecto, pero de-
ntro de algunos días, pues habéis de saber
una cosa.
-¿Qué?
-Que temo a Artagnan. Ya habréis ad-
vertido que no se encuentra en Fontaine-
bleau, y Artagnan no es hombre que esté au-
sente u ocioso impunemente. Ya que he ter-
minado mis asuntos, procuraré averiguar en
qué se ocupa Artagnan.
-¿Decís que habéis terminado vuestros
asuntos?
-Sí.
-En tal caso sois feliz, y por mi parte
quisiera decir lo propio.
-Creo que no tengáis que temer.
-¡Hum!
-El rey os recibe perfectamente, ¿no
es verdad?
-Sí.
-¿Y Colbert os deja en paz? Casi, casi.
-Así, pues -dijo Aramis-, podemos
pensar en lo que os manifestaba ayer respec-
to de la pequeña.
-¿Qué pequeña?
-¿Ya la habéis olvidado?
-Sí.
-Respecto de La Valliére.
-¡Ah! Tenéis razón.
-¿Os repugna conquistar a esa joven?
-Por un solo motivo.
-¿Por qué?
-Porque ocupa otra mi corazón, y nada
siento absolutamente hacia esa joven.
-¡Oh, oh! -exclamó Aramis-. ¿Decís
que tenéis ocupado el corazón?
-Sí.
-¡Pardiez! ¡Hay que tener cuidado con
eso!
-¿Por qué?
-Porque sería cosa terrible tener ocu-
pado el corazón cuando tanto necesitáis de la
cabeza.
-Es verdad. Pero ya visteis que apenas
me habéis llamado he acudido. Mas, volvien-
do a la pequeña. ¿Qué provecho veis en que
le haga la corte?
-Dicen que el rey ha concebido un ca-
pricho por esa pequeña, por lo menos según
se cree.
-Y vos, que todo lo sabéis, ¿tenéis no-
ticias de algo más?
-Sé que el rey ha cambiado casi re-
pentinamente; que anteayer el rey era todo
fuego por Madame; que hace algunos días se
quejó Monsieur de ese fuego a la reina ma-
dre; y que ha habido disgustos matrimoniales
y reprimendas maternales.
-¿Cómo habéis sabido todo eso?
-Lo cierto es que lo sé.
-¿Y qué?
-A consecuencia de tales disgustos y
reprimendas, el rey no ha dirigido la palabra
ni ha hecho el menor caso de Su Alteza Real.
-¿Y qué más?
-Después, se ha dirigido a la señorita
de La Valliére. La señorita de La Valliére es
camarista de Madame. ¿Sabéis lo que, en
amor, se llama una pantalla?
-Lo sé.
-Pues bien: la señorita de La Valliére
es la pantalla de Madame. Aprovechaos de
esa posición; bien que, para vos, esa circuns-
tancia la creo innecesaria. No obstante, el
amor propio herido hará la conquista más fá-
cil; la pequeña sabrá el secreto del rey y de
Madame. Ya sabéis el partido que un hombre
inteligente puede sacar de un secreto.
-Pero, ¿cómo he de abrirme paso has-
ta ella?
-¿Eso me preguntáis? -repuso Aramis.
-Sí, pues no tengo tiempo de ocupar-
me en tal cosa.
-Ella es pobre, humilde, y bastará con
que le creéis una posición. Entonces, ya sub-
yugue al rey como amante, ya llegue a ser
sólo su confidente, siempre habréis ganado
un nuevo adepto.
-Esta bien. ¿Y qué hemos de hacer en
cuanto a esa pequeña?
-Cuando deseáis a una mujer, ¿qué
hacéis, señor superintendente?
-Le escribo, hago mil protestas de
amor y mis ofrecimientos correspondientes, y
firmo: Fouquet.
-¿Y ninguna ha resistido hasta ahora?
-Sólo una -contestó Fouquet-; pero
hace cuatro días que ha cedido como las
otras.
-¿Queréis tomaros la molestia de es-
cribir? -preguntó Aramis a Fouquet, presen-
tándole una pluma. Fouquet la cogió.
-Dictad -le dijo-; tengo de tal modo
ocupada la imaginación en otra parte,. que no
acertaría a trazar dos líneas.
-Vaya, pues -dijo Aramis-; escribid.
Y dictó lo que sigue:
"Señorita: Os he visto, y no os sor-
prenderá que os haya encontrado hermosa.
"Pero, faltándoos una posición digna
de vos, no podéis hacer otra cosa que vege-
tar en la Corte.
"El amor de un hombre de bien, en el
caso de que tengáis alguna ambición, podría
servir de ayuda a vuestro talento y a vuestras
gracias.
"Pongo mi amor a vuestros pies; pero,
como un amor, por humilde y prudente que
sea, puede comprometer al objeto de su cul-
to, no conviene que una persona de vuestro
mérito se arriesgue a quedar comprometida
sin resultado para su porvenir.
"Si os dignáis corresponder a mi cari-
ño, os probará mi amor su reconocimiento
haciéndoos libre para siempre."
Después de escribir Fouquet lo que
antecede, miró a Aramis.
-Firmad -dijo éste.
-¿Es cosa necesaria?
-Vuestra firma al pie de esa carta vale
un millón; sin duda lo habéis olvidado, mi
amado superintendente.
Fouquet firmó.
-¿Y por quién vais a remitir esa carta?
-dijo Aramis.
-Por un criado excelente.
-¿Estáis seguro de él?
-Es mi correveidile ordinario.
-Perfectamente.
-Por lo demás, ¿no es pesado el juego
que llevamos por este lado?
-¿En qué sentido?
-Si es verdad lo que decís de las com-
placencias de la pequeña por el rey y por Ma-
dame, le dará el rey cuanto dinero desee.
-¿Conque el rey tiene dinero? -
preguntó Aramis.
-¡Cáscaras! Preciso es que así sea,
cuando no pide.
-¡Oh! ¡Ya pedirá, estad seguro!
-Hay más aún, y es que yo creía que
me hubiera hablado de esas fiestas de Vaux.
-¿Y qué?
-Nada ha dicho de eso.
-Ya hablará.
-Muy cruel creéis al rey, amigo Her-
blay.
-Al rey, no.
-Es joven, y, por lo tanto, bueno.
-Es joven, y, por lo tanto, débil o apa-
sionado; y el señor Colbert tiene en sus villa-
nas manos su debilidad o sus vicios.
-Ya véis cómo le teméis.
-No lo niego.
-Pues estoy perdido. ¿Por qué?
-Porque mi fuerza con el rey consistía
sólo en el dinero.
-¿Y qué?
-Y estoy arruinado.
-No.
-¿Cómo que no? ¿Estáis acaso mejor
enterado que yo de mis asuntos?
-Quizá.
-¿Y si pide que se celebren las fiestas?
-Las daréis.
-Pero, ¿y dinero?
-¿Os ha faltado acaso alguna vez?
-¡Ah! ¡Si supierais a qué precio me he
procurado el último!
-El próximo nada os costará.
-¿Y quién me lo dará?
-Yo.
-¿Vos, seis millones?
-Diez, si fuese necesario.
-En verdad, amigo Herblay -dijo Fou-
quet-, vuestra confianza me asusta más aún
que la cólera del rey.
-¡Bah!
-Pero, ¿quién sois?
-Creo que ya me conocéis.
-Tenéis razón; ¿y qué queréis?
-Quiero en el trono de Francia un so-
berano que dé su entera confianza al señor
Fouquet, y que el señor Fouquet me sea fiel.
-¡Oh! -murmuró Fouquet es-
trechándole la mano-. En cuanto a seros fiel,
podéis contar siempre con ello; mas, creed-
me, señor de Herblay, os hacéis ilusiones.
-¿En qué?
-Jamás me dará el rey su entera con-
fianza.
-No he afirmado que el rey os dé su
entera confianza.
-Pues eso es lo que habéis dicho.
-No he dicho el rey; te dicho un sobe-
rano.
-¿Y no es igual?
-No, por cierto, que hay mucha dife-
rencia.
-No os comprendo.
-Ahora me comprenderéis; su-
pongamos que ese soberano fuera otra per-
sona que Luis XIV.
-¿Otra persona?
-Sí, que todo lo deba a vos.
-Imposible.
-Hasta su trono.
-¡Oh! ¡Estáis loco! No hay más hombre
que Luis XIV que pueda ocupar el trono de
Francia. No veo ni uno solo.
-Pues yo, sí.
-A menos que sea Monsieur -repuso
Fouquet, mirando a Aramis con ansiedad...
- Pero Monsieur...
-No es Monsieur …
-¿Y cómo queréis que un príncipe que
no sea de la sangre, que no tenga derecho
alguno...?
-El rey que yo me doy, es decir, el que
os daréis vos mismo, será cuanto tenga que
ser, no os preocupéis.
-Cuidado, señor de Herblay, qué me
hacéis estremecer. Aramis sonrió.
-Así como así, ese estremecimiento os
cuesta muy poco -dijo.
-Repito que me asustáis.
Aramis volvió a sonreír.
-¿Y os reís con esa calma? -dijo Fou-
quet.
-Y cuando llegue el día reiréis vos co-
mo yo; pero, por ahora, debo ser sólo yo el
que ría.
-No comprendo.
-Cuando llegue el día, ya me explica-
ré, no tengáis miedo. Ni vos sois san Pedro ni
yo Jesús, y, sin embargo, os diré: "Hombre
de poca fe, ¿por qué dudas?"
-¡Diantre! Dudo..., dudo porque no
veo.
-Es que entonces estáis ciego, y os
trataré, no ya como a San Pedro, sino como a
San Pablo, y os diré: "Llegará día en que se
abrirán tus ojos."
-¡Oh! -murmuró Fouquet-. ¡Cuánto
desearía creer!
-¿Y no creéis aún vos, a quien tantas
veces he hecho atravesar el abismo en que
os hubieseis sepultado sin remedio si hubie-
rais caminado solo; vos, que de procurador
general habéis ascendido al cargo de inten-
dente, del puesto de intendente al de primer
ministro, y que de primer ministro pasaréis a
ser mayordomo mayor de Palacio? Pero, no -
añadió con su habitual sonrisa-; no, no, vos
no podéis ver, y, por consiguiente, tampoco
podéis creer eso.
Y Aramis se levantó para ausentarse.
-Una palabra no más -dijo Fouquet-;
nunca habéis hablado así; nunca os habéis
mostrado tan confiado, o mejor dicho, tan
temerario.
-Porque para hablar alto es preciso te-
ner la voz libre.
-¿De modo que vos la tenéis?
-Sí.
-Será de poco tiempo a esta parte.
-Desde ayer.
-¡Oh! Señor de Herblay, ¡pensad bien
lo que hacéis, pues lleváis la seguridad hasta
la audacia!
-Porque uno puede ser audaz cuando
es poderoso.
-¿Y lo sois?
-Os he ofrecido diez millones, y os los
ofrezco de nuevo.
Fouquet levantóse turbado.
-Veamos -dijo-; hace poco hablabais
de derribar reyes y reemplazarlos por otros
reyes. ¡Dios me perdone, pero, si no estoy
loco, eso es lo que habéis dicho no hace mu-
cho!
-No estáis loco, y es realmente lo que
he dicho no hace mucho.
-¿Y por qué lo habéis dicho?
-Porque a uno le es dado hablar de
tronos derribados y de reyes creados, cuando
es superior a los reyes y a los tronos ... de
este mundo.
-¡Entonces, sois omnipotente! -
exclamó Fouquet.
-Ya os lo he dicho y os lo repito -
contestó Aramis con ojos encendidos y labio
trémulo.
Fouquet se arrojó sobre su sillón y de-
jó caer su cabeza entre las manos.
Aramis lo contempló por un instante
como hubiera hecho el ángel de los destinos
humanos con cualquier sencillo mortal.
-Adiós -le dijo-, estad tranquilo, y en-
viad vuestra carta a La Valliére. Mañana sin
falta nos volveremos a ver, ¿no es verdad?
-Sí, mañana -dijo Fouquet moviendo
la cabeza como hombre que vuelve en sí; pe-
ro, ¿dónde nos veremos?
-En el paseo del rey, si os place.
-Muy bien.
Y los dos se separaron.
II
LA TEMPESTAD
El día siguiente amaneció sombrío y
nebuloso, y como todos co
nocían el paseo dispuesto en el rea¡ pro-
grama, las primeras miradas de todos al abrir
los ojos se dirigieron al cielo.
Sobre los árboles flotaba un vapor
denso, ardiente, que apenas tenía fuerza para
levantarse a treinta pies del suelo, bajo los
rayos del sol que sólo podía distinguirse a
través del velo de una pesada y espesa nube.
Aquel día no había rocío. Los céspedes
estaban secos, las flores mustias. Los pájaros
cantaban con más reserva que de costumbre
entre el ramaje inmóvil, como si estuviera
muerto. No se oían aquellos murmullos ex-
traños, confusos, llenos de vida, que parecen
nacer y existir por influjo del sol, ni aquella
respiración de la Naturaleza, que habla sin
cesar en medio de todos los demás ruidos:
nunca había sido tan grande el silencio.
Aquella melancolía del cielo hirió los
ojos del rey cuando se asomó a la ventana al
levantarse.
Mas como hallábanse dadas las órde-
nes para el paseo, como estaban hechos to-
dos los preparativos, y como, lo que era aún
más perentorio e importante, contaba Luis
con aquel paseo para responder a las prome-
sas de su imaginación, y hasta podemos decir
a las necesidades de su corazón, decidió el
rey, sin vacilaciones, que el estado del cielo
nada tenía que ver con todo aquello, que el
paseo estaba resuelto, y que hiciera el tiempo
que quisiese, se llevaría a cabo.
Por lo demás, hay en algunos reinados
terrenales, privilegiados del cielo, horas en
que se creería que la voluntad de los sobera-
nos de la tierra tiene su influencia sobre la
voluntad divina. Augusto tenía a Virgilio para
decirle: Nocte placet tota redeunt spectacula
mane. Luis XIV tenía a Boileau, que había de
decirle otra cosa, y a Dios, que debía mos-
trarse casi tan complaciente con él como lo
había sido Júpiter con Augusto. .
Luis oyó misa según costumbre; pero,
hay que decirlo, algo distraído de la presencia
del Creador por el recuerdo de la criatura.
Durante el oficio divino púsose a calcular más
de una vez el número de minutos, y después
el de segundos que le separaba del bien-
hadado momento en que Madame se pondría
en camino con sus camaristas.
Por lo demás, excusado es manifestar
que todos en Palacio ignoraban la entrevista
que se había verificado el día anterior entre
La Valliére y el rey. Tal vez Montalais, con su
habitual charlatanería, la hubiera revelado;
pero Montalais se hallaba en esta ocasión
contenida por Malicorne, quien le había ce-
rrado los labios con -la cadena del interés
común.
Respecto a Luis XIV, se contemplaba
tan dichoso, que había perdonado casi ente-
ramente a Madame su jugarreta de la víspe-
ra; y, en efecto, más motivo tenía para ale-
grarse que para entristecerse de ello. Sin
aquella intriga, no hubiese recibido la carta
de La Valliére; sin aquella carta, no hubiese
habido audiencia; y sin aquella audiencia,
habría permanecido el rey en la indecisión.
Había demasiada dicha en su corazón para
dar entrada al rencor, al menos por aquel
momento.
Así fue, que, en lugar de fruncir el ce-
ño al ver a su cuñada, se propuso mostrarle
más afabilidad y benevolencia que de cos-
tumbre.
Era, sin embargo, con una condición:
que estuviese lista muy pronto.
Tales eran las cosas en que pensaba
Luis durante la misa, y que, digámoslo, le
hacían olvidar durante el santo ejercicio
aquellas en que hubiera debido pensar por su
carácter de soberano cristianísimo y de hijo
primogénito de la Iglesia.
Sin embargo, es Dios tan bondadoso
con los errores juveniles, y todo lo que es
amor, aun cuando no sea de los más legíti-
mos, halla tan fácilmente perdón a sus mira-
das paternales, que al salir de la misa miró
Luis al cielo, y pudo ver por entre los claros
de una nube un rincón de ese manto azul que
huella el Señor con su planta.
Volvió a Palacio, y, como el paseo no
debía verificarse hasta las doce, y no eran
todavía más que las diez, se puso a trabajar
tenazmente con Colbert y Lyonne.
Mas, como en algunos intervalos de
descanso fuese Luis de la mesa a la ventana,
en atención a que esa ventana daba al pabe-
llón de Madame, pudo divisar en el patio al
señor Fouquet, de quien hacían sus cortesa-
nos más caso que nunca desde que vieran la
predilección que el rey habíale mostrado el
día antes, y que venía por su parte con aire
bondadoso y placentero a hacer la corte al
rey.
Instintivamente, al ver a Fouquet, el
rey se volvió hacia Colbert. Colbert parecía
estar contento y mostraba su semblante ri-
sueño y hasta gozoso. Dejóse ver ese gozo
desde el momento en que, habiendo entrado
uno de sus secretarios, le entregó una cartera
que puso Colbert, sin abrirla, en el vasto bol-
sillo de sus calzas.
Pero como siempre había algo de si-
niestro en el fondo de la satisfacción de Col-
bert, optó Luis, entre las dos sonrisas, por la
de Fouquet.
Hizo seña al superintendente de que
subiese, y, volviéndose después hacia Lyonne
y Colbert.
-Terminad -dijo- esos trabajos y po-
nedlos sobre mi mesa, que luego los exami-
naré despacio.
Y salió.
A la señal del rey, Fouquet se apresu-
ró a subir. En cuanto a Aramis, que acompa-
ñaba al superintendente, se había replegado
gravemente entre el grupo de cortesanos
vulgares, confundiéndose en él sin ser visto
por el rey.
El rey y Fouquet encontráronse en lo alto
de la escalera.
-Señor -dijo Fouquet al observar la
graciosa acogida que le preparaba Luis-, se-
ñor, hace algunos días que Vuestra Majestad
me colma de bondades. No es un rey joven,
sino un joven dios el que reina en Francia, el
dios de los deleites, de la felicidad y del
amor.
El rey se ruborizó. A pesar de lo lison-
jero del cumplimiento, no por eso dejaba de
envolver alguna reticencia.
El rey condujo a Fouquet a una salita
que separaba su despacho del dormitorio.
-¿Sabéis por qué os llamo? -dijo el rey
sentándose al lado de la ventana, de modo
que no pudiese perder nada de lo que pasase
en los jardines, adonde daba la segunda en-
trada del pabellón de Madame.
-No, Majestad; pero estoy persuadido
de que será para algo bueno, según me lo
indica la graciosa sonrisa de Vuestra Majes-
tad.
-¡Ah! ¿Prejuzgáis?
-No, Majestad; miro y veo.
-Entonces, os habéis equivocado.
-¿Yo, Majestad?
-Porque os llamo, por el contrario, a
fin de daros una queja.
-¿A mí, Majestad?
-Sí, y de las más serias.
-En verdad, Vuestra Majestad me hace
temblar... y no obstante, espero lleno de con-
fianza en su justicia y en su bondad.
-Tengo entendido, señor Fouquet, que
preparáis una gran fiesta en Vaux.
Fouquet sonrió como hace el enfermo
al primer ataque de una calentura olvidada
que le vuelve.
-¿Y no me invitáis? -prosiguió el rey.
-Majestad -respondió Fouquet , no me
acordaba ya de semejante fiesta, hasta que
anoche, uno de mis amigos (y Fouquet acen-
tuó noblemente esta expresión) quiso hacer-
me pensar en ella.
-Pero anoche os vi, y nada me dijis-
teis, señor Fouquet.
-¿Cómo podía suponer que Vuestra
Majestad quisiese descender de las altas re-
giones en que vive, hasta dignarse honrar mi
morada con su real presencia?
-Eso es una excusa, señor Fouquet;
nunca me habéis hablado de vuestra fiesta.
-No he hablado desde luego al rey de
esta fiesta, primero porque nada había re-
suelto aún acerca de ella, y luego porque te-
mía una negativa.
-¿Y qué os hacía temer esa negativa,
señor Fouquet? Mirad, estoy decidido a apu-
raros hasta lo último.
-Majestad, el ardiente deseo que tenía
de ver al rey aceptar mi invitación.
-Pues bien, señor Fouquet, nada más
que entendernos, ya lo veo. Vos tenéis de-
seos de invitarme a vuestra fiesta, y yo de ir
a ella; conque invitadme e iré.
-¡Cómo! ¿Se dignaría aceptar Vuestra
Majestad? -exclamó el superintendente.
-Creo que hago más que aceptar -dijo
el rey riendo-, puesto que me convido a mí
mismo.
-¡Vuestra Majestad me colma de honor
y alegría! -exclamó Fouquet-. Y me veo en el
caso de tener que repetir lo que el señor de
la Vieuville decía a vuestro abuelo Enrique IV:
Domine, non sum dignus.
-Mi contestación a eso es que, si dais
alguna fiesta, invitado o no, asistiré a ella.
-¡Oh! ¡Gracias, gracias, rey mío! -dijo
Fouquet, levantando la cabeza en vista de
aquel favor, que a su juicio era su ruina-. Pe-
ro, ¿cómo ha llegado a conocimiento de
Vuestra Majestad?
-Por el rumor público, señor Fouquet,
que refiere maravillas de vos y milagros de
vuestra casa. ¿No os enorgullece, caballero,
que el rey esté celoso de vos?
-Eso, Majestad, me hará el hombre
más dichoso del mundo, puesto que el día en
que el rey esté envidioso de Vaux tendré algo
digno que ofrecer a mi rey.
-Pues bien, señor Fouquet, preparad
vuestra fiesta, y abrid las puertas de vuestra
morada.
-Y vos, Majestad -dijo Fouquet-, de-
terminad el día.
-De hoy en un mes.
-¿Vuestra Majestad no tiene otra cosa
que desear?
-Nada, señor superintendente, sino
veros a mi lado cuanto os sea posible de aquí
a entonces.
-Tengo el honor de acompañar a
Vuestra Majestad en su paseo.
-Perfectamente; salgo, en efecto, se-
ñor Fouquet, y he aquí las damas que van a
la cita.
El rey, al decir estas palabras, con to-
do el ardor no sólo de un joven, sino de un
enamorado, retiróse de la ventana para to-
mar los guantes y el bastón, que le presen-
taba su ayuda de cámara.
Oíanse fuera las pisadas de los caba-
llos y el rodar de los carruajes sobre la arena
del patio.
El rey descendió. Todo el mundo se
detuvo al aparecer en el pórtico. El rey se di-
rigió derecho a la joven reina. - En cuanto a
la reina madre, siempre padeciendo con la
enfermedad de que estaba atacada, no había
querido salir.
María Teresa subió a la carroza con
Madame, y preguntó al rey hacia qué lado
deseaba se dirigiese el paseo.
El rey, que acababa de ver a La Vallié-
re, pálida aún por los acontecimientos de la
víspera, subir en una carretela con tres de
sus compañeras, respondió a la reina que no
tenía preferencia por ninguno y que .iría sa-
tisfecho donde se dirigiesen.
La reina mandó entonces que los bati-
dores se dirigiesen hacia Apremont.
Los batidores marcharon inmedia-
tamente.
El rey montó a caballo. Durante algu-
nos minutos siguió al carruaje de la reina y
de Madame, manteniéndose al lado de la por-
tezuela.
El tiempo se había aclarado, a pesar
de que una especie de velo polvoroso, seme-
jante a una gasa sucia, se extendía sobre la
superficie del cielo; el sol hacía relucir los
átomos micáceos en el periplo de sus rayos.
El calor era asfixiante.
Pero, como el rey no parecía fijar su
atención en el estado del cielo, nadie pareció
inquietarse, y el paseo, según la orden dada
por la reina, partió hacia Apremont.
El tropel de cortesanos iba alegre y
ruidoso; veíase que cada cual tendía a olvidar
y á hacer olvidar a los demás las agrias dis-
cusiones de la víspera.
Madame, especialmente, estaba lindí-
sima.
En efecto, Madame veía al rey a su es-
tribo, y como suponía que no estaría allí por
la reina, esperaba que habría vuelto a caer en
sus redes.
Pero, al cabo de un cuarto de legua, o
poco menos, el rey, tras una grandiosa sonri-
sa, saludó y volvió grupas, dejando desfilar la
carroza de la reina, después la de las prime-
ras camaristas, luego todas las demás suce-
sivamente, que, viéndole detenerse, querían
detenerse a su vez. Pero el rey, haciéndoles
seña con la mano, les decía que continuasen
su camino.
Cuando pasó la carroza de La Valliére,
el rey se le aproximó. Saludó a las damas, y
se disponía a seguir la carroza de las cama-
ristas de la reina como había seguida a las de
Madame, cuando- la hilera de carrozas se pa-
ró de pronto.
Sin duda, la reina, inquieta por el ale-
jamiento del rey, acababa de dar orden de
consumar aquella evolución.
Téngase presente que la dirección del
paseo le había sido concedida. El rey le
hizo preguntar cuál era su deseo al parar los
carruajes.
-El de marchar a pie -contestó ella.
Sin duda esperaba que el rey, que se-
guía a caballo la carroza de las camaristas,
no se atrevería a seguirlas a pie.
Encontrábanse en medio del bosque.
El paseo, en efecto, se anunciaba
hermoso, hermoso sobre todo para poetas o
amantes.
Tres bellas alamedas largas, umbrosas
y accidentadas, partían de la pequeña encru-
cijada en que acababan de hacer alto.
Aquellas alamedas, verdes de musgo,
festoneadas de follaje, teniendo cada una un
pequeño horizonte de un pie de cielo colum-
brado bajo el entrelazamiento de los árboles,
presentaban bellísima vista.
En el fondo de aquellas alamedas pa-
saban y volvían a pasar, con patentes señales
de temor, los cervatillos perdidos o asustados
que, después de haberse parado un instante
en mitad del camino y haber levantado la ca-
beza, huían como flechas, entrando nueva-
mente y de un solo salto en lo espeso de los
bosques, donde desaparecían, mientras que,
de vez en cuando, se distinguía un conejo
filósofo, sentado sobre sus patas traseras,
rascándose el hocico con las delanteras e in-
terrogando al aire para reconocer si todas
aquellas gentes que se aproximaban y venían
a turbar sus meditaciones, sus comidas y sus
amores, no iban seguidas por algún perro de
piernas torcidas, o llevaban alguna escopeta
al hombro.
Toda la cabalgata habíase apeado de
las carrozas al ver bajar a la reina.
María Teresa tomó el brazo de una de
sus camaristas, y, después de una oblicua
mirada dirigida al rey, quien no pareció ad-
vertir que fuese en manera alguna objeto de
la atención de la reina, se introdujo en el
bosque por la primera senda que se abrió an-
te ella.
Dos batidores iban delante de Su Ma-
jestad con bastones, de que se servían para
levantar las ramas o apartar las zarzas que
podían embarazar el camino.
Al poner pie en tierra, Madame vio a
su lado al señor de Guiche, que se inclinó an-
te ella y se puso a sus órdenes.
El príncipe, encantado con su baño de
la víspera, había declarado que optaba por el
río, y, dando licencia a Guiche, había perma-
necido en palacio con el caballero de Lorena y
Manicamp.
No sentía ya ni sombra de celos.
Habíanlo buscado inútilmente entre la
comitiva; pero, como Monsieur era un prínci-
pe muy personal, y que pocas veces concu-
rría a los placeres generales, su ausencia ha-
bía sido un motivo de satisfacción más bien
que de pesar.
Cada cual había imitado el ejemplo
dado por la reina y por Madame, acomodán-
dose a su manera según la casualidad o se-
gún su gusto.
El rey, como hemos dicho, había per-
manecido cerca de La Valliére, y, apeándose
en el momento en que abrían la portezuela
de la carroza, le había ofrecido la mano.
Inmediatamente Montalais y Tonnay-
Charente habíanse alejado, la primera por
cálculo, la segunda por discreción.
Únicamente que había esta diferencia
entre las dos: la una se alejaba con el deseo
de ser agradable al rey, y la otra con el de
serle desagradable.
Durante la última media hora, el tiem-
po también había tomado sus disposiciones:
todo aquel velo, como movido por un viento
caluroso, se había reunido en Occidente; des-
pués, rechazado por una corriente contraria,
avanzaba lenta, pausadamente.
Sentíase acercar la tempestad; pero,
como el rey no la veía, nadie se creía con el
derecho de verla.
Continuó, por tanto, el paseo; algunos
espíritus inquietos levantaban, sin embargo,
alguna que otra vez sus ojos hacia el cielo.
Otros, más tímidos aún, se paseaban
sin apartarse de los carruajes, donde pensa-
ban ir a buscar un abrigo, caso de tempestad.
Pero la mayor parte de la comitiva,
viendo al rey entrar resueltamente en el bos-
que con La Valliére, le siguió.
Lo cual, advertido por el rey, tomó la
mano de La Valliére y la condujo a una ave-
nida lateral, donde nadie se atrevió a seguir-
los.
III
LA LLUVIA
En aquel instante, y en la misma di-
rección que acababan de tomar el rey y La
Valliére, iban también dos hombres, sin cui-
darse poco ni mucho del estado de la atmós-
fera, sólo que en vez de seguir la calle de ár-
boles, caminaban bajo los árboles.
Llevaban inclinada la cabeza, como
personas que piensan en graves negocios.
Ninguno de ellos había visto a Guiche ni a
Madame, ni al rey y a La Valliére.
De pronto pasó por el aire algo así
como una llamarada, seguido de un rugido
sordo y lejano.
-¡Ah! -exclamó uno de ellos levantan-
do la cabeza-. Ya tenemos encima la tempes-
tad. ¿Volvemos a las carrozas, mi querido
Herblay?
Aramis levantó los ojos y examinó la
atmósfera.
-¡Oh! -dijo-. No hay prisa todavía.
Luego, prosiguiendo la conversación
en el punto en que sin duda la había dejado:
-¿Conque decís -añadió- que la carta
que escribimos anoche debe de estar a estas
horas en manos de la persona a quien iba di-
rigida?
-Digo que la tiene ya de seguro.
-¿Por quién la habéis remitido?
-Por mi correveidile, como ya tuve el
honor de decir.
-¿Y ha traído contestación?
-No le he vuelto a ver: induda-
blemente la pequeña estaría de servicio en el
cuarto de Madame, o vistiéndose en el suyo,
y le habrá hecho aguardar. En esto llegó la
hora de partir y salimos, por lo cual no he
podido saber lo que habrá ocurrido.
-¿Habéis visto al rey antes de mar-
char?
-Sí.
-¿Y qué tal se ha mostrado.?
-Bondadosísimo.... o infame, según
haya sido veraz o hipócrita.
-¿Y las fiestas?
-Se verificarán dentro de un mes.
-¿Y se ha convidado él mismo?
-Con una tenacidad en que he recono-
cido a Colbert.
-Perfectamente.
-¿No os ha desvanecido la noche vues-
tras ilusiones?
-¿Acerca de qué?
-Acerca del auxilio que podéis propor-
cionarme en esta ocasión.
-No; he pasado la noche escribiendo,
y ya están las órdenes dadas para ello.
-Tened presente que la fiesta costará
algunos millones.
-Yo contribuiré con seis... Agenciaos
dos o tres, por vuestra parte, para todo even-
to.
-Sois un hombre admirable, querido
Herblay.
-Pero -preguntó Fouquet con un resto
de inquietud-, ¿cómo es que manejando mi-
llones de esa manera no disteis de vuestro
bolsillo a Baisemeaux los cincuenta mil fran-
cos?
-Porque entonces me hallaba tan po-
bre como Job.
-¿Y ahora?
-Ahora soy más rico que el rey -dijo
Aramis.
-Estoy contento -dijo Fouquet-, pues
me precio de conocer a los hombres y sé que
sois incapaz de faltar a vuestra palabra. No
quiero arrancaron vuestro secreto, y así no
hablemos más de ello.
En aquel momento oyóse un sordo
fragor que estalló de repente en un fuerte
trueno.
-¡Oh, oh! -murmuró Fouquet-. ¿Qué
os decía yo?
-Volvamos a las carrozas -dijo Aramis.
-No tendremos tiempo -dijo Fouquet-,
pues comienza a llover con fuerza.
En efecto, como si el cielo se hubiera
abierto, un diluvio de gruesas gotas hizo re-
sonar casi al mismo tiempo la cima de los ár-
boles.
-¡Oh! -dijo Aramis-. Aún tenemos
tiempo de llegar a los carruajes antes de que
las hojas se impregnen de. agua.
-Mejor sería -observó Fouquet- reti-
rarnos a una gruta.
-¿Hay alguna por aquí? -preguntó
Aramis.
-Conozco una a pocos pasos de aquí -
dijo Fouquet con una sonrisa.
Luego, como quien procura orientarse:
-Sí -añadió-, porque aquí es.
-¡Qué dichoso sois en tener tan buena
memoria! -dijo Aramis sonriéndose a su vez-;
¿pero no teméis que si vuestro cochero no
nos ve regresar, crea que hayamos vuelto por
otro camino y siga los carruajes de la corte?
-¡Oh! -dijo Fouquet-. No hay tal peli-
gro; cuando dejo apostados mi cochero y mi
carruaje en un sitio cualquiera, sólo una or-
den expresa del rey es capaz de hacerlos
mover de allí; y, además, creo que no somos
los únicos que nos hayamos alejado tanto,
pues si no me engaño oigo pasos y ruido de
voces.
Y al pronunciar estas palabras, se vol-
vió Fouquet, separando con su bastón un es-
peso ramaje que le ocultaba el camino.
Aramis miró por la abertura al mismo
tiempo que Fouquet.
-¡Una mujer! -exclamó Aramis.
-¡Un hombre! dijo Fouquet.
-¡La Valliére!
-¡El rey!
-¡Oh, oh! ¿Será que el rey conoce
también vuestra caverna? No me extrañaría,
porque me parece que está en buenas rela-
ciones con las ninfas de Fontainebleau.
-No importa -replicó Fouquet-; de to-
dos modos, vamos a la gruta; si no la conoce,
veremos lo que hace; y si la conoce, como
tiene dos aberturas, en tanto que entra el rey
por una, saldremos nosotros por la otra.
-¿Está lejos? -preguntó Aramis-. Pues
gotean ya las hojas.
-Vedla aquí.
Fouquet separó algunas ramas, y dejó
al descubierto una excavación de roca, oculta
completamente con brezos, hiedra y espesa
bellotera. Fouquet mostró el camino. Aramis
le siguió.
En el momento de entrar en la gruta,
Aramis se volvió.
-¡Oh! -exclamó éste-. Pues entran en
el bosque y se dirigen hacia este lado.
-Cedámosle entonces el puesto -dijo
Fouquet sonriéndose-.; pero no creo que el
rey conozca esta gruta.
-En efecto -repuso Aramis-; veo que lo
que andan buscando es un árbol más espeso.
No se equivocaba Aramís, pues el rey
miraba a lo alto y no en torno suyo.
Luis llevaba del brazo a La Valliére y le
tenía cogida la mano con la suya.
La Valliére comenzaba a insinuarse en
la hierba húmeda.
Luis miró con mayor atención en de-
rredor de sí, y, viendo una enorme encina de
espeso ramaje, llevó a La Valliére bajo aquel
árbol.
La pobre muchacha miraba a su alre-
dedor, y parecía que deseaba y temía al
mismo tiempo que la siguiesen.
El rey la hizo recostar en el tronco del
árbol, cuya circunferencia, protegida por las
ramas, estaba tan seca como si en aquel
momento no cayese la lluvia a torrentes; él
mismo púsose delante de ella con la cabeza
descubierta.
Al cabo de un instante, algunas gotas
que filtraron por entre las ramas del árbol le
cayeron al rey en la frente, sin que hiciera
éste el menor caso.
-¡Oh, Majestad!-murmuró La Valliére,
llevando su mano al sombrero del rey.
Mas Luis se inclinó y se negó obstina-
damente a cubrirse la cabeza.
-Esta es la ocasión de ofrecer nuestro
sitio -dijo Fouquet a Aramis.
-Esta es la ocasión de escuchar y no
perder una palabra de lo que se digan -
respondió Aramis al oído do Fouquet.
En efecto, callaron ambos y pudieron
percibir la voz del rey.
-¡Ay, Dios mío! Señorita -dijo el rey-,
adivino vuestra inquietud; creed que siento
de corazón haberos aislado del resto de la co-
mitiva, y, lo que es peor, para traeros a un
sitio donde estáis expuesta a la lluvia. Ya os
han caído algunas gotas. ¿Sentís frío?
-No, Majestad.
-Sin embargo, veo que tembláis.
-Majestad, es que temo que se inter-
prete torcidamente mi ausencia en momentos
en que estarán ya todos reunidos.
-Os propondría que volviésemos a to-
mar los carruajes, señorita; pero, mirad y
escuchad; decidme si es posible marchar con
un aguacero como éste.
En efecto, el trueno retumbaba y la
lluvia caía a torrentes.
-Además -prosiguió el rey-, no hay in-
terpretación posible en perjuicio vuestro. ¿No
estáis con el rey de Francia, es decir, con el
primer caballero del reino?
-Ciertamente, Majestad -respondió La
Valliére-, y me hacéis en ello un honor gran-
dísimo; por eso no es por mí por quien temo
las interpretaciones.
-¿Pues por quién?
-Por vos, Majestad.
-¿Por mí, señorita? -dijo el rey son-
riéndose-. No os comprendo.
-¿Ha olvidado ya Vuestra Majestad lo
que pasó anoche en el cuarto de Su Alteza
Real?
-¡Oh! Os suplico que olvidemos eso, o
más bien permitidme que sólo lo recuerde
para agradeceros una vez más vuestra carta
y...
-Majestad -dijo La Valliére-, el agua
penetra hasta aquí, y seguís con la cabeza
descubierta.
-Os suplico que sólo nos ocupemos de
vos, señorita.
-¡Oh! Yo -dijo sonriendo La Valliére-
soy una provinciana habitauada a correr por
las praderas del Loira y por los jardines de
Blois, haga el tiempo que quiera. En cuanto a
mis vestidos -añadió, mirando su pobre traje
de muselina-, bien ve Vuestra Majestad que
no pierdo gran cosa.
-En efecto, señorita; más de una vez
he notado que casi todo lo debéis a vos mis-
ma y nada a vuestro traje. No sois coqueta, y
eso es para mí una gran cualidad.
-Majestad, no me hagáis mejor de lo
que soy, y decid sólo que no puedo ser co-
queta.
-¿Por qué?
-Pues -dijo sonriendo La Valliére- por-
que no soy rica.
-¡Entonces confesáis que os gustan las
cosas hermosas! -exclamó vivamente el rey.
-Majestad, sólo encuentro hermoso lo
que está al alcance de mis facultades, y todo
cuanto es superior a mí...
-¿Os es indiferente?
-No, lo juzgo extraño, como cosa que
me está prohibida.
-Y yo, señorita -dijo el rey-, advierto
que no estáis en la Corte bajo el pie en que
debéis estar. Sin duda no me han hablado lo
suficiente acerca de los servicios de vuestra
familia, y creo que mi tío ha descuidado de
un modo poco conveniente la fortuna de
vuestra casa.
-¡Oh! ¡No, Majestad! Su Alteza Real, el
señor duque -de Orléans, ha sido siempre
muy bondadoso con mi padrastro, el señor de
Saint-Remy. Los servicios han sido humildes,
y podemos afirmar que hemos sido recom-
pensados según sus obras. No todos tienen la
fortuna de hallar ocasiones en que poder ser-
vir a su rey con brillo. De lo que estoy cierta
es de que, si se hubiesen presentado esas
ocasiones, habría tenido mi familia el corazón
tan grande como su deseo; pero no hemos
tenido esa suerte.
-Pues bien, señorita, a los soberanos
toca enmendar el destino, y me encargo con
el mayor placer de reparar inmediatamente,
con respecto a vos, los agravios de la for-
tuna.
-¡No, Majestad, no! -exclamó con vi-
veza La Valliére-. Os ruego que dejéis las co-
sas en el estado en que se hallan.
-¡Cómo, señorita! ¿Rehusáis lo que
debo, lo que quiero hacer por vos?
-Todos mis deseos están cumplidos,
señor, con habérseme concedido formar parte
de la servidumbre de Madame.
-Mas, si rehusáis para vos, aceptad al
menos para los vuestros.
-Majestad, vuestras generosas in-
tenciones me deslumbran y me asustan, pues
al hacer por mi casa lo que vuestra bondad
os impulsa a hacer, Vuestra Majestad nos
creará envidiosos, y a ella enemigos. De-
jadme, señor, en mi medianía; dejad a todos
los sentimientos que yo pueda abrigar ¡a gra-
ta delicadeza del desinterés.
-¡Admirable es vuestro lenguaje, se-
ñorita! -exclamó el rey.
-Tiene razón -murmuró Aramis al oído
de Fouquet-, pues es cosa a la que no debe
estar habituado.
-Pero -replicó Fouquet-, ¿y si da igual
contestación a mi billete?
-¡Bien! -dijo Aramis-. No prejuzgue-
mos y esperemos el fin.
-Y luego, querido Herblay -añadió el
superintendente dando poca fe a los senti-
mientos que había manifestado La Valliére-,
no pocas veces es un cálculo muy hábil el
echarla de desinteresado con los reyes.
-Eso es justamente lo que me decía yo
a mí mismo -repuso Aramis -. Escuchemos.
El rey se acercó a La Valliére, y, como
el agua filtrase cada vez más a través del
ramaje de la encina, sostuvo su sombrero
suspenso por encima de la cabeza de la jo-
ven.
La joven levantó sus encantadores
ojos azules hacia el sombrero que la resguar-
daba del agua, y meneó la cabeza exhalando
un suspiro.
-¡Oh Dios mío! -dijo el rey-. ¿Qué tris-
te pensamiento puede llegar a vuestro cora-
zón, cuando le formo un escudo con el mío?
-Majestad, voy a decíroslo. Ya había
tocado esta cuestión, no fácil de discutir por
una joven de mi edad; pero Vuestra Majestad
me ha impuesto silencio. Vuestra Majestad no
se pertenece; Vuestra Majestad es casado;
todo sentimiento que alejase a Vuestra Ma-
jestad de la reina, impulsándole a ocuparse
de mí, sería para la reina origen de profundo
pesar.
El rey quiso interrumpir a la joven, pe-
ro ella continuó en ademán de súplica.
-La reina ama a Vuestra Majestad con
un afecto fácil de comprender, y sigue con
ansiedad cada uno de los pasos de Vuestra
Majestad que le separan de ella. Habiendo
tenido la dicha de encontrar un marido seme-
jante, pide al Cielo con lágrimas que le con-
serve la posesión de él, y está celosa del me-
nor movimiento de vuestro corazón.
El rey quiso de nuevo hablar, pero La
Valliére volvió a interrumpirle.
-¿No será una acción muy culpable -le
dijo- que viendo Vuestra Majestad una ternu-
ra tan intensa y tan noble, diese a la reina
motivo de celos? ¡Oh! ¡Perdonadme esta pa-
labra, Majestad! ¡Dios mío! Bien sé que es
imposible, o mejor dicho, que debería ser im-
posible que la reina mas grande del mundo
llegara a tener celos de una pobre muchacha
como yo. Pero esa reina es mujer, y su cora-
zón, lo mismo que el de otra cualquiera, pue-
de dar entrada a sospechas que los perversos
no descuidarían de envenenar. ¡En nombre
del Cielo, señor, no nos ocupéis de mí, pues
no lo merezco!
-¡Ay, señorita! -exclamó el rey-. ¡Sin
duda no observáis que al hablar de esa ma-
nera cambiáis mi estimación en admiración!
-Majestad, tomáis mis palabras por lo
que no son; me veis mejor de lo que soy; me
hacéis más grande de lo que Dios me ha
hecho. Gracias por mí, Majestad; porque si
no estuviera cierta de que el rey es el hombre
más generoso de su reino, creería que quiere
burlarse de mí.
-¡Oh! ¡Seguramente no creéis seme-
jante cosa! -exclamó Luis.
-Majestad, me vería precisada a creer-
lo si el rey continuara empleando el mismo
lenguaje.
-Soy entonces un príncipe bien des-
graciado -dijo el rey con una tristeza en que
no había la menor afectación-; el príncipe
más desgraciado de la cristiandad, puesto
que no puedo conseguir que mis palabras
merezcan crédito a la persona que más apre-
cio en este mundo, y que me destroza el co-
razón negándose a creer en mi amor.
-¡Oh, Majestad! -dijo La Valliére, apar-
tando dulcemente al rey, que se había acer-
cado a ella cada vez más-. Me parece que la
tempestad va cediendo, y cesa de llover.
Pero, en el momento en que la pobre
niña, por huir de su corazón, indudablemente
muy de acuerdo con el del rey, pronunciaba
aquellas palabras, se encargaba la tempestad
de desmentirla. Un relámpago azulado ilumi-
nó el bosque de un modo fantástico, y un
trueno semejante a una descarga de artillería
estalló sobre la cabeza de los dos jóvenes,
como si la elevación de la encina que los res-
guardaba hubiese provocado el trueno.
La joven no pudo contener un grito de
espanto.
El rey la aproximó con una mano a su
corazón, y extendió la otra por encima de su
cabeza como para protegerla del rayo.
Hubo un instante de silencio, en que aquel
grupo, encantador como todo lo que es jo-
ven, permaneció inmóvil, mientras que Fou-
quet y Aramis lo contemplaban, no menos
inmóviles que La Valliére y el rey.
-¡Oh! ¡Majestad! ¡Majestad! -exclamó
La Valliére-. ¿Oís?
Y dejó caer la cabeza sobre su hom-
bro.
-Sí -dijo el rey-; ya veis como no cesa
la tempestad.
-Majestad, eso es un aviso. El rey son-
rió.
-Majestad, es la voz de Dios que ame-
naza.
-Pues bien -repuso el rey-,acepto
realmente ese trueno como un aviso, y hasta
como una amenaza, si de aquí a cinco minu-
tos se renueva con la misma fuerza y con
igual violencia; mas si así no sucede, permi-
tidme creer que la tempestad es la tempes-
tad, y no otra cosa.
Y al mismo tiempo levantó el rey la
cabeza como para examinar el cielo.
Pero, como si el cielo fuese cómplice
de Luis, durante los cinco minutos de silencio
que siguieron a la explosión que tanto había
atemorizado a los dos amantes, no se dejó
oír el menor ruido, y, cuando se repitió el
trueno fue ya alejándose de una manera visi-
ble, como si en aquellos cinco minutos la
'tempestad, puesta en fuga, hubiera recorrido
diez leguas, azotada por las alas del viento.
-Y ahora, Luisa -dijo el rey por lo bajo-
, ¿me amenazaréis aún con la cólera celeste?
Ya que habéis querido hacer del rayo un pre-
sentimiento, ¿dudaréis todavía que al menos
no es un presentimiento de desgracia?
La Valliére levantó la cabeza: en aquel
intervalo el agua había filtrado la bóveda de
ramaje y le corría al rey por el rostro.
-¡Oh! ¡Majestad! ¡Majestad! -dijo La
Valliére con acento de temor irresistible, que
conmovió al rey hasta el extremo-. ¡Y por mí
permanece el rey descubierto de ese modo y
expuesto a la lluvia! . . . ¿Pues quién soy yo?
-Bien lo veis -dijo Luis-; sois la divini-
dad que hace huir la tempestad; la diosa que
vuelve a traernos el buen tiempo.
En efecto, un rayo de sol pasaba a la
sazón a través del bosque, haciendo caer co-
mo otros tantos diamantes las gotas de agua,
que rodaban sobre las hojas o caían verti-
calmente por los intersticios del ramaje.
-Majestad -dijo la joven casi vencida,
pero haciendo un último esfuerzo-; reflexio-
nad en los sinsabores que vais a tener que
sufrir por mi causa. En este momento. ¡Dios
santo!, os andarán buscando por todas par-
tes. La reina debe de estar alarmada, y Ma-
dame... ¡oh, Madame! -exclamó la joven con
un sentimiento que se asemejaba al espanto.
Este nombre produjo algún efecto en
el rey, el cual se estremeció y soltó a La Va-
lliére, a quien había tenido abrazada hasta
entonces.
Después se adelantó hacia el paseo
para mirar, y volvió casi con ceño adonde es-
taba La Valliére.
-¿Madame habéis dicho? -dijo el rey.
-Sí, Madame... Madame, que está ce-
losa también -repuso La Valliére con acento
profundo.
Y sus ojos, tan tímidos, tan cas-
tamente fugitivos, atreviéronse por un mo-
mento a interrogar los ojos del rey.
-Pero -replicó Luis haciendo un esfuer-
zo sobre sí mismo- me parece que Madame
no tiene por qué estar celosa de mí; Madame
no tiene derecho alguno . . .
-¡Ay! -exclamó La Valliére.
-¡Señorita! -dijo el rey con acento casi
de reconvención-. ¿Seríais vos también de las
que piensan que la hermana tiene derecho a
estar celosa del hermano?
-No me corresponde penetrar los se-
cretos de Vuestra Majestad.
-¡Oh! También lo creéis como los de-
más -exclamó el rey.
-Creo que Madame está celosa, sí, se-
ñor -respondió firmemente La Valliére.
-¡Dios mío! -exclamó el rey con in-
quietud-. ¿Lo habéis echado de ver acaso en
su modo de portarse con vos? ¿Os ha hecho
algo que podáis atribuir a semejantes celos?
-¡De ningún modo, Majestad! ¡Soy yo
tan poca cosa!
-¡Oh! Es que si así fuese... -exclamó
Luis con singular energía.
-Majestad -interrumpió La Valliére-, ya
no llueve, y creo que alguien se acerca.
Y, olvidando toda etiqueta, se apoyó
en el brazo del rey.
-Bien, señorita -replicó Luis-; dejemos
que vengan. ¿Quién osaría llevar a mal que
haya hecho compañía a la señorita de La Val-
liére?
-¡Por favor, Majestad! Van a extrañar
que os hayáis mojado de ese modo, que os
hayáis sacrificado por mí.
-No he hecho más que cumplir con mi
deber de caballero -contestó el rey-; y ¡ay de
aquel que no cumpla con el suyo y critique la
conducta de su rey!
En efecto, en aquel momento veíanse
asomar por el paseo algunas cabezas, solíci-
tas, curiosas, como si buscaran algo, y que,
habiendo divisado al rey y a la joven, pare-
cieron haber hallado lo que buscaban.
Eran los enviados de la reina y de Ma-
dame, los cuales se quitaron el sombrero en
señal de haber visto a Su Majestad.
Pero Luis, a pesar de la confusión de
La Valliére, no dejó por eso su actitud respe-
tuosa y tierna.
En seguida, después que todos los
cortesanos estuvieron reunidos en la avenida,
cuando todo el mundo pudo ver la muestra
de deferencia que había dado a la joven per-
maneciendo de pie y con la cabeza descu-
bierta delante de ella durante la tempestad,
le ofreció el brazo, la llevó hacia el grupo que
esperaba, respondió con la cabeza a los salu-
dos que cada cual le hacía, y, sin dejar el
sombrero de la mano, la condujo hasta su
carroza.
Y, como la lluvia continuara todavía, último
adiós de la tempestad que se alejaba, las
demás damas, que por respeto no habían
subido a su carruaje antes que -el rey, reci-
bían sin capa ni capotillo aquella lluvia de la
que el rey resguardaba con su sombrero, en
lo que era posible, a la más humilde de entre
ellas.
La reina y Madame debieron ver, co-
mo las otras, aquella exagerada cortesanía
del rey; Madame perdió la continencia hasta
el punto de dar con el codo a la joven reina,
diciéndole:
-¡Pero mirad, mirad!
La reina cerró los ojos como si hubiese
sentido un vértigo; se llevó la mano al rostro,
y subió a la carroza.
Madame subió detrás de ella. El rey
montó a caballo, y, sin inclinarse con prefe-
rencia a ninguna portezuela, volvió a Fontai-
nebleau, con las riendas sobre el cuello de su
caballo, pensativo y todo absorto.
Cuando la multitud estuvo alejada,
cuando oyeron que iba extinguiéndose el rui-
do de caballos y carruajes, cuando se hubie-
ron asegurado de que nadie podía verlos,
Aramis y Fouquet salieron de su gruta.
Luego, en silencio, pasaron a la aveni-
da.
Aramis echó una mirada, no sólo en
toda la extensión, que tenía detrás y delante
de sí, sino en la espesura del bosque.
-Señor Fouquet -dijo, cuando se hubo
asegurado de que todo estaba solitario-, es
preciso a toda costa hacernos con la carta
que habéis escrito a La Valliére.
-Será cosa fácil -repuso Fouquet- si mi
sirviente no la ha entregado.
-Es preciso; en cualquier caso, que
sea cosa posible, ¿entendéis?
-Sí; el rey ama a esa joven; ¿no es
cierto?
-Mucho; y lo peor es que ella ama al
rey con pasión.
-Lo cual quiere decir que mudamos de
táctica, ¿no es verdad?
-Sin duda alguna; no tenéis tiempo
que perder. Es preciso que veáis a La Vallié-
re, y que, sin pensar más en haceros amante
suyo, lo que es imposible, os declaréis su
más celoso amigo y su más humilde servidor.
-Así lo haré -contestó Fouquet-, y sin
repugnancia; esa muchacha me parece plena
de corazón.
-O de astucia -lijo Aramis-; pero, en
ese caso, razón de más. Y añadió, tras una
breve pausa: -O mucho me engaño, o esa
jovencita será la gran pasión del rey. Sub-
amos al carruaje, y a galope tendido a Pala-
cio.
IV
TOBIAS
Dos horas después de haber partido el
carruaje del superintendente por orden de
Aramis, conduciendo a ambos hacia Fontai-
nebleau con la rapidez de las nubes que co-
rrían en el cielo bajo el último soplo de la
tempestad, estaba La Valliére en su cuarto
con un sencillo peinador de muselina, termi-
nando su almuerzo junto a una mesita de
mármol.
De pronto se abrió la puerta y entró
un ayuda de cámara a avisar que el señor
Fouquet pedía permiso para ofrecerle sus
respetos.
La Valliére se hizo repetir dos veces el
recado; la pobre niña no conocía al señor
Fouquet más que de nombre, y no acertaba a
adivinar qué podía tener ella de común con
un superintendente de Hacienda.
No obstante, como éste podía venir de
parte del rey, y, en vista de la conversación
que hemos referido, la cosa era muy posible,
echó una ojeada al espejo, prolongó algo más
todavía los largos bucles de sus
cabellos, y ordenó que se le hiciese entrar.
No obstante, La Valliére no podía me-
nos de experimentar cierta turbación. La visi-
ta del superintendente no era un suceso vul-
gar en la vida de una dama de la corte. Fou-
quet, tan célebre por su generosidad, su ga-
lantería y su delicadeza con las mujeres,
había recibido más invitaciones que pedido
audiencias.
En no pocas casas la presencia del su-
perintendente había significado fortuna. En
no pocos corazones había significado amor.
Fouquet entró respetuosamente en el
cuarto de La Valliére, presentándose con
aquella gracia que era el carácter distintivo
de los hombres eminentes del siglo, y que
hoy no se comprende ni aun en los retratos
de la época, donde el pintor trató de hacerlos
vivir.
La Valliére correspondió al respetuoso
saludo de Fouquet con una reverencia de co-
legiala, y le indicó una silla.
-No me sentaré, señorita -dijo-, hasta
tanto que me hayáis perdonado.
-¿Yo? -preguntó La Valliére.
-Sí, vos.
-¿Y qué os he de perdonar, Dios mío?
Fouquet fijó una mirada penetrante en
la joven, y no creyó ver en su rostro más que
ingenua extrañeza.
-Veo, señorita -dijo-, que tenéis tanta
generosidad como talento, y leo en vuestros
ojos el perdón que solicitaba. Pero no me
basta el perdón de los labios, os lo prevengo,
porque necesito sobre todo el perdón del co-
razón y del alma.
-A fe mía, señor -dijo La Valliére-, os
juro que no os comprendo.
-Esa es aún mayor delicadeza -replicó
Fouquet-, y veo que no queréis que tenga
que avergonzarme en vuestra presencia.
-¡Avergonzaros en mi presencia! Pero,
por favor, caballero, ¿de qué os tenéis que
avergonzar?
-¿Sería tal mi suerte -exclamó Fou-
quet- que mi modo de proceder no os haya
ofendido?
La Valliére se encogió de hombros.
-Veo, caballero -replicó-, que estáis
hablando en enigmas, y soy, a lo que parece,
demasiado ignorante para comprenderos.
-Sea -dijo Fouquet-; no insistiré más.
Decidme únicamente que puedo contar con
vuestro perdón, y quedaré tranquilo.
-Señor -dijo La Valliére con cierto
asomo de impaciencia-, no puedo daros más
que una respuesta, y espero que os deje sa-
tisfecho. Si supiese la ofensa que decís
haberme hecho, os la perdonaría; con mucha
más razón lo haré no conociéndola...
Fouquet mordióse los labios, como lo
habría hecho Aramis.
-Entonces -dijo-, puedo esperar que, a
pesar de lo ocurrido, quedaremos en buena
inteligencia, y me haréis el favor de creer en
mi respetuosa amistad.
La Valliére creyó que principiaba ya a
comprender.
"¡Oh! dijo para sí-. No hubiera creído
al señor Fouquet tan solícito en buscar la
fuente de un favor tan reciente."
Y luego; en alta voz:
-¿Vuestra amistad, señor? -dijo-. Creo
que en el ofrecimiento que me hacéis de
vuestra amistad sea para mí todo el honor.
-Conozco, señorita -repuso Fouquet-,
que la amistad del amo puede parecer más
brillante y deseable que la del servidor; pero
os garantizo que esta última será por lo me-
nos tan fiel y desinteresada como la que más.
La Valliére se inclinó; había, en efecto,
mucha convicción y rendimiento en la voz del
superintendente.
Así fue que le alargó la mano.
-Os creo -dijo.
Fouquet tomó la mano que le alargaba
la joven.
-Entonces -añadió-, ¿no tendréis in-
conveniente en devolverme esa desdichada
carta?
-¿Cuál? -preguntó La Valliére. Fouquet
volvió a examinarla, como había hecho antes,
con toda la penetración de su mirada.
Igual ingenuidad de fisonomía, igual
candor de semblante.
-Ea, señorita -dijo después de aquella
negativa-, me veo obligado a confesar que
vuestro proceder es el más delicado del mun-
do, y no me tendría por hombre honrado si
temiera algo de una joven tan generosa como
vos.
-En verdad, señor Fouquet -respondió
La Valliére, con profundo sentimiento me veo
precisada a repetiros que no acierto a com-
prender vuestras palabras.
-Pero, en fin, señorita, ¿no habéis re-
cibido ninguna carta mía?
-Ninguna, os lo aseguro -respondió
con firmeza La Valliére.
-Bien, eso me basta; y ahora, señori-
ta, permitidme que os renueve la seguridad
de todo mi aprecio y respeto.
E, inclinándose, se retiró para ir a re-
unirse con Aramis, que le aguardaba en su
casa, dejando a La Valliére con la duda de si
se habría vuelto loco el superintendente.
-¿Qué tal? -preguntó Aramis, que es-
peraba a Fouquet con impaciencia-. ¿Habéis
quedado satisfecho de da favorita?
-Encantado -respondió Fouquet-: es
mujer de talento y de corazón.
-¿No se ha encontrado resentida?
-Lejos de eso, ni aun ha dado a en-
tender que comprendiese.
-¿Que comprendiese qué?
-Que yo le hubiese escrito.
-Con todo, por fuerza habrá debido
comprenderos para devolveros
la epístola, porque supongo que os la
habrá devuelto.
-¡Ni pensarlo!
-Por lo menos os habréis asegurado de
que la ha quemado.
-Mi querido señor de Herblay, hace
una hora ya que estoy hablando a medias pa-
labras, y por divertido que sea ese juego,
comienza a cansarme. Oídme bien: la peque-
ña ha fingido no comprender lo que decía, y
ha negado que haya recibido carta alguna;
por consiguiente, es claro que no ha podido ni
devolvérmela ni quemarla.
-¡Oh, oh! -dijo Aramis con inquietud-.
¿Qué me decís?
-Digo que ha jurado formalmente no
haber recibido carta alguna.
-Pues no lo comprendo... ¿Y no habéis
insistido?
-He insistido hasta la impertinencia.
-¿Y ha negado siempre?
-Siempre.
-¿Y no se ha desmentido ni una sola
vez?
-No.
-¿Entonces, querido, le habéis dejado
nuestra carta en sus manos?
-No ha habido otro remedio.
-Pues es una gran falta.
-¿Y qué diantres habríais hecho en mi
lugar?
-Verdaderamente, no se le podía obli-
gar, pero es cosa que me inquieta: semejante
carta no puede quedar en sus manos.
-¡Oh! Esa joven es generosa.
-Si lo fuese os habría devuelto la car-
ta.
-Os aseguro que es generosa; he leído
en sus ojos, y me precio de tener algún cono-
cimiento en eso.
-Entonces, la creéis de buena fe.
-Con todo mi corazón.
-Pues yo entiendo que estamos en un
error.
-¿Cómo en un error?
-Creo que, efectivamente, como ella
os ha dicho, no ha recibido ninguna carta.
-¡Cómo! ¿Ninguna carta?
-Lo que digo.
-Supondríais...
-Supongo que, por algún motivo que
ignoramos, vuestro hombre no ha entregado
la carta.
Fouquet dio un golpe en el timbre.
Un sirviente se presentó.
-Que venga Tobías -dijo.
Un momento después entraba un
hombre de mirar inquieto, labios delgados,
brazos cortos y cargado de espaldas.
Aramis clavó en él su mirada pe-
netrante.
-¿Me permitís que le interrogue yo
mismo? -preguntó Aramis.
-Hacedlo -dijo Fouquet.
Aramis hizo un ademán para dirigir la
palabra al lacayo, pero se detuvo.
-No -dijo-, porque vería que dábamos
demasiada importancia a sus respuestas; in-
terrogadle vos; entretanto haré yo como que
escribo.
Aramis se sentó en efecto a una mesa,
con la espalda vuelta al lacayo, cuyos gestos
y miradas examinaba en un espejo paralelo.
-Ven aquí, Tobías -dijo Fouquet.
El lacayo acercóse con paso bastante
seguro.
-¿Cómo has desempeñado mi comi-
sión? -le preguntó Fouquet.
-Como siempre, monseñor -replicó
Tobías.
-Vamos a ver.
-Penetré en el aposento de la señorita
de La Valliére, que estaba en misa, y puse el
billete encima de su tocador. ¿No es eso lo
que me encargasteis?
-Sí; ¿y no ha habido más?
-Nada más, monseñor.
-¿No había nadie allí?
-Absolutamente nadie.
-¿Te ocultaste como te encargué?
-Sí.
-¿Volvió ella?
-Diez minutos después.
-¿Y nadie pudo coger la carta?
-Nadie, porque nadie entró.
-De fuera, bien, pero, ¿y del interior?
-Desde el lugar en que estaba escon-
dido podía ver hasta el fondo de la cámara.
-Escucha -dijo Fouquet, mirando fija-
mente al lacayo-. Si esa carta ha ido casual-
mente a otro destino, confiésalo; porque, sí
se ha cometido algún error, lo pagarás con tu
cabeza.
Tobías se estremeció, pero se recobró
al punto.
-Monseñor -dijo-, he puesto la carta
en el sitio que he dicho, y no pido más que
media hora para probaron que la carta se
halla en poder de la señorita de La Valliére, o
para traeros la carta misma.
Aramis observaba con gran atención al
lacayo.
Fouquet no desconfiaba de él, pues
aquel hombre le había servido bien por espa-
cio de veinte años.
-Anda -dijo-; está bien; mas tráeme la
prueba de lo que dices. El lacayo salió.
-Veamos, ¿qué pensáis? -preguntó
Fouquet a Aramis.
-Pienso que es preciso, por un medio
u otro, averiguar la verdad. La carta habrá
llegado o no a poder de La Valliére; en el
primer caso, es necesario que La Valliére os
la devuelva, o que os dé la satisfacción de
quemarla en vuestra presencia; en el segun-
do, es necesario recobrar la carta, aunque
tengamos que gastar para ello un millón. ¿No
es ése vuestro parecer?
-Sí; pero, a decir verdad, querido
obispo, creo que exageráis la situación.
-¡Qué ciego sois! -murmuró Aramis.
-La Valliére, a quien tomamos por una
política consumada, no es más que una co-
queta que aguarda que yo le haga la corte,
porque he principiado a hacérsela, y que ha-
biéndose asegurado ya del amor del rey, que-
rrá tenerme sujeto con la carta. Nada en-
cuentro en eso de particular.
Aramis movió la cabeza.
-¿No es ésa vuestra opinión? -
preguntó Fouquet.
-Esa mujer no es coqueta -dijo Ara-
mis.
-Permitidme deciros...
-¡Oh! Conozco a las mujeres coquetas
-dijo Aramis.
-¡Amigo mío, amigo mío!
-¿Queréis decir que ha transcurrido
mucho tiempo desde que hice mis estudios?
No importa; las mujeres no varían.
-Sí; pero los hombres cambian, y hoy
día sois más suspicaz que en otro tiempo.
Luego, echándose a reír:
-Vamos a ver -dijo-; si La Valliére
quiere darme una tercera parte de su amor, y
al rey las otras dos terceras partes, ¿no en-
contraréis aceptable la condición?
Aramis se levantó con impaciencia.
-La Valliére -dijo- ni ha amado ni ama-
rá a nadie más que al rey.
-Pero, en último resultado -dijo Fou-
quet-, ¿qué haríais vos?
-Preguntadme mejor qué hubiera
hecho.
-Bien, ¿y qué habríais hecho.
-En primer lugar, no hubiese dejado
salir a ese hombre.
-¿A Tobías?
-¡Sí, a Tobías, que es un traidor!
-¡Oh!
-¡Estoy seguro! No le hubiera dejado
salir sin que me hubiese dicho la verdad.
-Aún es tiempo.
-¿De veras?
-Llamémosle, e interrogadle vos mis-
mo.
-¡Corriente!
-Pero os aseguro que será inútil. Lo
tengo hace veinte años, y jamás ha incurrido
en torpeza alguna, lo cual -añadió riendo
Fouquet- no hubiera tenido nada de extraño.
-Llamadle, sin embargo. Creo haber
visto esta mañana esa cara muy en conver-
sación con uno de los hombres del señor Col-
bert.
-¿Dónde?
-Delante de las caballerizas.
-¡Bah! Todos mis sirvientes están a
matar con los de ese pedante.
- Digo que le he visto, y su rostro, que
me debía ser desconocido cuando entró hace
poco, me ha chocado de un modo desagra-
dable.
-¿Por qué no despegasteis los labios
mientras permaneció aquí?
-Porque en este momento es cuando
veo claro en mis recuerdos.
-¡Oh! -dijo Fouquet-. Empezáis a asus-
tarme.
Y dio un golpe en el timbre.
-Quiera el Cielo que no sea tarde -dijo
Aramis.
Fouquet llamó otra vez. El ayuda de
cámara ordinario se presentó.
-Pronto, que venga Tobías -ordenó
Fouquet.
El ayuda de cámara volvió a cerrar la
puerta.
-Supongo que me dais carta blanca,
¿no?
-Entera.
-¿Puedo usar todos los medios para
averiguar la verdad?
-Sí.
-¿Hasta la intimidación?
-Os constituyo procurador general en
mi lugar.
Esperaros diez minutos, pero in-
útilmente.
Fouquet, impaciente, llamó de nuevo
en el timbre.
-¡Tobías! -gritó.
-Monseñor -dijo el criado-, le están
buscando.
-No debe estar lejos, pues no le he
encargado ningún mensaje.
-Voy a ver, monseñor.
Y el ayuda de cámara cerró la puerta.
Entretanto se paseaba Aramis impaciente,
pero en silencio, por el gabinete.
Pasaron diez minutos más. Fouquet volvió
a llamar de manera capaz de despertar a to-
da una necrópolis.
El criado volvió bastante trémulo para
hacer sospechar alguna mala noticia.
-Monseñor debe de padecer alguna
equivocación -dijo antes de que Fouquet le
preguntase-; por fuerza ha dado monseñor
alguna comisión a Tobías, pues ha ido a las
caballerizas, y ha ensillado por sí mismo el
mejor corredor de monseñor.
-¿Y qué?
-Ha partido.
-¡Se. fue! -exclamó Fouquet-. ¡Que
corran tras él y me lo traigan!
-¡Bah, bah! -dijo Aramis cogiéndole de
la mano-. Un poco de calma, ya que el mal
está hecho.
-¿Cómo que está hecho el mal?
- Yo estaba cierto de ello. Ahora pro-
curaremos evitar la alarma; calculemos el
resultado del golpe, y veamos de remediarlo,
si es posible.
-De todos modos-replicó Fouquet-, no
creo el mal tan grave.
-¿Os parece así? -dijo Aramis.
-Sin duda. Es muy natural que un
hombre escriba un billete amoroso a una mu-
jer.
-Un hombre, sí; un súbdito, no; espe-
cialmente cuando esa mujer es la que ama el
rey.
-Es que, amigo mío, el rey no amaba a
La Valliére hace ocho días; no la amaba ayer,
y la carta es de ayer. Era difícil que adivinara
yo el amor del rey cuando no existía ese
amor.
-Está bien -replicó Aramis-, pero, por
desgracia, la carta no estaba fechada. Eso es
lo que me atormenta, sobre todo. ¡Ah! Si lle-
vara fecha de ayer, no tendría el menor aso-
mo de inquietud por vos. Fouquet se encogió
de hombros.
-¿Estoy por ventura en tutela -repuso-
, hasta el punto de que el rey sea rey de mi
cerebro y de mi carne?
-Tenéis razón -dijo Aramis-; no demos
a las cosas más importancia de la que con-
viene; además... si nos vemos amenazados,
medios tenemos de defensa.
-¡Amenazados! -exclamó Fouquet-.
Supongo que no contaréis esa picadura de
hormiga en el número de las amenazas que
puedan comprometer mi fortuna y mi vida,
¿no es eso?
-Cuidado, señor Fouquet, que la pica-
dura de una hormiga puede matar a un gi-
gante, si la hormiga es venenosa.
-Pero esa omnipotencia de que
habláis, ¿desapareció ya?
-No; soy omnipotente, pero no inmor-
tal.
-Veamos; lo que más urge por ahora
es encontrar a Tobías. ¿No opináis lo mismo?
-¡Oh! Fin cuanto a eso, no le hallaréis
-dijo Aramis-; y si lo consideráis necesario,
dadlo por perdido.
-Mas en alguna parte estará -dijo Fou-
quet.
-Tenéis razón; dejadme obrar -
respondió Aramis.
V
LAS CUATRO PROBABILIDADES DE
MADAME
Ana de Austria había suplicado a la re-
ina que fuese a verla. Enferma hacía algún
tiempo, y cayendo desde lo alto de su hermo-
sura y de su juventud con aquella rapidez de
descenso que marca la decadencia de las mu-
jeres que han luchado mucho, la reina Ana
veía unirse al padecimiento físico el dolor de
no figurar ya sino como recuerdo vivo en me-
dio de los jóvenes ingenios y potentados de
su corte. Las advertencias de su médico y las
de su espejo la desconsolaban mucho menos
que los avisos inexorables de la sociedad de
los cortesanos, que, semejantes a las ratas
de los barcos, abandonan la cala donde va a
penetrar el agua a causa de las averías del
tiempo.
Ana de Austria no se hallaba sa-
tisfecha con las horas que le consagraba su
primogénito.
El rey, buen hijo, pero con más afec-
tación que cariño, dedicaba en un principio a
su madre una hora por la mañana y otra por
la noche; pero, desde que se encargó de los.
asuntos del Estado, las visitas de la mañana y
de la noche se redujeron sólo a media hora, y
poco a poco quedó suprimida la de la maña-
na.
Veíanse en misa, y hasta la visita noc-
turna era a veces reemplazada por una en-
trevista, bien en el aposento del rey en tertu-
lia, o bien en el de Madame, adonde corría
gustosa la reina por miramiento a sus dos
hijos.
De ahí nacía el inmenso ascendiente
de Madame sobre la Corte, que hacía de su
sala la verdadera tertulia real.
Ana de Austria lo comprendió. Viéndo-
se enferma y condenada por sus padecimien-
tos a hacer una vida retirada, se desconsoló
al prever que la mayor parte de sus días y
sus noches transcurrirían solitarios, inútiles,
desesperados.
Recordaba con terror el aislamiento en
que la tenía en otro tiempo el cardenal Riche-
lieu; noches fatales e insoportables, en las
cuales le quedaba, no obstante, todavía el
consuelo de la juventud y de la belleza, que
van siempre acompañadas de la esperanza.
Entonces formó el proyecto de trasla-
dar la Corte a su habitación y de atraer a Ma-
dame con su brillante escolta a la morada,
triste ya y sombría, donde la que era viuda y
madre de un rey de Francia se veía reducida
a consolar de su viudez anticipada a la espo-
sa, siempre llorosa, de un rey de Francia.
Ana reflexionó.
Mucho había intrigado durante su vi-
da. En los buenos tiempos, cuando su juvenil
cabeza concebía proyectos siempre felices,
tenía a su lado, para estimular su ambición y
su amor, una amiga más ardiente y ambicio-
sa que ella misma, una amiga que la había
amado, cosa rara en la Corte, y que, por
mezquinas consideraciones, habían alejado
de ella.
Mas después de tantos años, si se ex-
ceptúan a las señoras de Motteville y la Mole-
na, nodriza española, confidente suya por el
doble carácter de compatriota y de mujer,
¿quién podía lisonjearse de haber dado un
excelente consejo a la reina?
¿Quién, asimismo, entre aquellas ca-
bezas juveniles, podría recordarle el pasado,
por el cual vivía solamente?
Ana de Austria acordóse de la señorita
de Chevreuse, desterrada primero, más bien
por su voluntad que por la voluntad del rey, y
muerta después en el destierro siendo mujer
de un obscuro hidalgo.
Se preguntó lo que en tal caso le
habría aconsejado la señora de Chevreuse en
otro tiempo, cuando estaban metidas en sus
intrigas comunes; y, después de una seria
meditación, le pareció que aquella mujer as-
tuta, llena de experiencia y sagacidad, le res-
pondía con su tono irónico:
-Toda esa juventud es pobre y ambi-
ciosa. Necesita oro y rentas para alimentar
sus placeres: sujetadla por medio del interés.
Ana de Austria adoptó ese plan. Su
bolsa estaba bien provista; disponía de una
suma considerable que Mazarino había reuni-
do para ella y
colocado en sitio seguro. Poseía, además,
las más hermosas pedrerías de Francia, espe-
cialmente unas perlas de tal magnitud, que
hacían suspirar al rey cada vez que las veía,
porque las perlas de su corona no eran más
que granos de mijo al lado de las otras.
Ana de Austria no tenía ya belleza ni
encantos de que poder disponer. Se hizo rica
y presentó como cebo a los que viniesen a
hacerle la corte, ya buenos escudos que po-
der ganar en el juego, ya buenos regalos
hábilmente hechos los días de buen humor,
así como algunas concesiones de rentas que
solicitase del rey, y que se había decidido a
hacer para sostener su crédito.
Desde luego ensayó este medio con
Madame, cuya posesión era la que más tenía
en estima de todas.
Madame, no obstante la intrépida con-
fianza de su carácter y de su juventud, se
dejó llevar por completo, y, enriquecida pau-
latinamente con donativos y cesiones, fue
tomando gusto a aquellas herencias anticipa-
das.
Ana de Austria empleó igual medio
con Monsieur y con el rey mismo, y estableció
loterías en su habitación.
El día de que hablamos se trataba de
una reunión en el cuarto de la reina madre, y
esta princesa rifaba dos brazaletes de hermo-
sísimos brillantes y de un trabajo delicado.
Los medallones eran unos camafeos
antiguos del mayor valor. Considerados como
renta, no representaban los diamantes una
cantidad considerable, pero la originalidad y
rareza de aquel trabajo eran tales, que se
deseaba en la Corte, no sólo poseer, sino ver
aquellos brazaletes en los brazos de la reina,
y los días en que los llevaba puestos consi-
derábase como un favor el ser admitido a
admirarlos besándole las manos.
Hasta los cortesanos habían dado
rienda suelta a su imaginación para estable-
cer el aforismo de que los brazaletes no
habrían tenido precio si no les hubiera cabido
la desgracia de hallarse en contacto con unos
brazos como los de la reina.
Este cumplimiento había tenido el honor
de ser traducido a todos los idiomas de Euro-
pa, y circulaban sobre el particular más de
mil dísticos latinos y franceses.
El día en que Ana de Austria se decidió
por la rifa, era un día decisivo: hacía dos días
que el rey no iba al cuarto de su madre.
Madame estaba de mal humor desde
la célebre escena de las dríadas y de las ná-
yades.
El rey no estaba enojado, pero una
distracción poderosísima le tenía completa-
mente apartado del torbellino y de las diver-
siones de la Corte.
Ana de Austria llamó la atención de la
concurrencia anunciando su proyectada rifa
para la noche siguiente.
Al efecto, quiso ver a la reina joven, a
quien, como hemos dicho, había pedido una
entrevista por la mañana.
-Hija mía -le dijo-, tengo que anuncia-
ros una buena nueva. El rey me ha dicho de
vos las cosas más afectuosas. El rey es joven
y fácil de distraer; pero, en tanto que per-
manezcáis a mi lado, no se atreverá a sepa-
rarse de vos, a quien por otra parte profesa
el más vivo cariño. Esta noche hay rifa en mi
habitación. ¿Vendréis?
-Me han dicho -repuso la reina con
cierto asomo de tímida reconvención- que
Vuestra Majestad iba a rifar sus valiosos bra-
zaletes, cuyo mérito es tal, que no hubiéra-
mos debido consentir que saliesen del guar-
dajoyas de la Corona, aun cuando no fuese
más que porque os han pertenecido.
-Hija mía -dijo entonces Ana de Aus-
tria conociendo todo el pensamiento de su
nuera y procurando consolarla de no haberle
hecho aquel regalo-, era preciso atraer para
siempre a mi tertulia a Madame.
-¿A Madame? -murmuró rubo-
rizándose la reina.
-Sí, por cierto: ¿no os parece mejor
tener en vuestro cuarto a una rival para vigi-
larla y dominarla, que saber que el rey está
siempre en su cuarto dispuesto a galantearla
y a dejarse galantear? Esa rifa es el cebo de
que me valgo para ello. ¿Me lo censuráis to-
davía?
-¡Oh, no! -murmuró María Teresa
dando una mano con otra, con ese impulso
propio de la alegría española.
-¿Ni sentiréis ya tampoco, querida
mía, que no os haya dado esos brazaletes,
como era mi intención?
-¡Oh! ¡No, no, querida madre! ...
-Pues bien, hija mía, tratad de pone-
ros guapa, y que sea brillante nuestra tertu-
lia: cuanta más alegría manifestéis, parece-
réis más encantadora y eclipsaréis a todas las
damas en esplendor y dignidad.
María Teresa se retiró entusiasmada.
Una hora más tarde recibía Ana de
Austria a Madame, y, llenándola de caricias:
-¡Buenas noticias! -le dijo-. Al rey le
ha agradado sobremanera la idea de mi rifa.
-Pues a mí no tanto, señora -repuso
Madame-; ver unos brazaletes tan hermosos
como ésos en otros brazos que los vuestros o
los míos, es cosa a que no me puedo acos-
tumbrar.
-¡Vaya! -dijo Ana de Austria ocultando
bajo una sonrisa un agudo dolor que le aco-
metió en aquel momento-. No toméis las co-
sas tan a pechos, ni vayáis a mirarlas por el
lado peor.
-Señora, la suerte es loca, y según me
ha dicho, habéis puesto doscientos billetes.
-Así es; pero no ignoráis que sólo ha
de haber un ganancioso.
-Indudablemente. Pero, ¿quién se-
rá?... ¿Podéis decírmelo? -preguntó desespe-
rada Madame.
-Ahora me recordáis que he tenido un
sueño esta noche... ¡Oh! ¡Mis sueños son
buenos!... ¡Duermo tan poco!
-¿Qué sueño?... ¿Estáis mala?
-No -dijo la reina ahogando con una
constancia admirable el tormento de otra
punzada en el seno-. He soñado que le toca-
ban los brazaletes al rey.
-¿Al rey?
-Vais a preguntarme qué es lo que el
rey puede hacer con los brazaletes, ¿no es
cierto?
-Así es.
-Y pensáis que sería una fortuna que
el rey obtuviese los brazaletes..., porque en-
tonces se vería obligado a regalarlos a al-
guien.
-A vos, por ejemplo.
-En cuyo caso los regalaré yo a mi
vez, porque no iréis a suponer -dijo riendo la
reina- que ponga esos brazaletes en rifa por
gusto de ganar, y sí sólo por regalarlos sin
causar envidias. Pero si la suerte no quisiera
sacarme del apuro, entonces corregiré a la
suerte, y ya tengo pensado a quién he de
ofrecer los brazaletes.
Estas palabras fueron pronunciadas
con una sonrisa tan expresiva, que Madame
debió corresponder a ella con un beso en se-
ñal de gracias.
-Pero -repuso Ana de Austria-, ¿no sa-
béis tan bien como yo que si el rey obtuviese
los brazaletes no me los devolvería?
-Entonces se los daría a la reina. No,
por la misma razón que tiene para no devol-
vérmelos a mí, pues si hubiese querido dár-
selos a la reina, no tenía necesidad de va-
lerme de él para hacerlo.
Madame lanzó una mirada oblicua a
los brazaletes, que resplandecían en su estu-
che sobre una consola inmediata.
-¡Qué hermosos son! Pero olvidamos -
añadió- que el sueño de Vuestra Majestad no
es más que un sueño.
-Mucho extrañaría -replicó Ana de
Austria- que mi sueño me engañase, porque
rara vez me ha sucedido.
-Entonces, podéis ser profeta.
-Ya os he dicho, hija mía, que casi
nunca sueño; ¡pero es una coincidencia tan
rara la de ese sueño con mis ideas! ¡Se ajus-
ta tan perfectamente a mis combinaciones!
-¿Qué combinaciones?
-Por ejemplo, la de que los brazaletes
fuesen para vos.
-Entonces no le tocarán al rey.
-¡Oh! -dijo Ana de Austria-. No hay
tanta distancia del corazón de Su Majestad al
vuestro ... a vos, que sois su hermana amada
... No hay tanta distancia, repito, que pueda
decirse que el sueño sea engañoso. Examinad
y pensad bien las probabilidades que tenéis a
vuestro favor.
-Veamos.
-En primer lugar, la del sueño. Si el
rey gana, de seguro son para vos los brazale-
tes.
-Admito esa probabilidad.
-Si la suerte os es propicia, entonces
no hay que dudar que son vuestros ...
-Naturalmente; también es admisible.
-Luego si la suerte se decide por Mon-
sieur. . .
-¡Oh! -exclamó Madame pro-
rrumpiendo en una carcajada-. Se los daría al
caballero de Lorena.
Ana de Austria se echó a reír como su
nuera, es decir, de tan buena gana, que le
repitió el dolor y se puso lívida en medio de
aquel acceso de hilaridad.
-¿Qué tenéis? -dijo asustada Madame.
-Nada, nada; el dolor de costado... He
reído mucho... Estábamos en la cuarta pro-
babilidad.
-¡Oh! Lo que es ésa no la veo.
-¡Oh! Lo que es ésa no la veo.
-Perdonad, que no estoy excluida de
entrar en suerte, y, si me tocan los brazale-
tes, estáis segura de mí.
-¡Gracias, gracias! -exclamó Madame.
-Espero que os consideréis como favo-
recida, y que ahora empiece a tomar mi sue-
ño a vuestros ojos aspecto de realidad.
-Me dais realmente esperanza y con-
fianza -dijo Madame-, y los brazaletes gana-
dos de este modo serán mucho más valiosos
para mí.
-¿Conque hasta la noche? -¡Hasta la
noche!
Y ambas princesas se separaron. Ana
de Austria, después que se marchó su nuera,
dijo entre sí, examinando los brazaletes:
-Preciosos son, efectivamente, puesto
que por ellos me conciliaré esta noche un co-
razón, al paso que habré adivinado un secre-
to.
Y, volviendo luego hasta su desierta
alcoba:
-¿Es de este modo como te habrías
manejado tú, pobre Chevreuse? -dijo lanzan-
do al aire su voz-. Sí, ¿no es verdad?
Y, con el eco de aquella invocación, se
reanimó en ella, como un perfume de otro
tiempo, toda su juventud, toda su loca imagi-
nación, toda su felicidad.
VI
EL SORTEO
A las ocho de la noche hallábanse to-
dos reunidos con la reina madre. Ana de Aus-
tria, en traje de ceremonia y engalanada con
los restos de su hermosura y todos los recur-
sos que la coquetería puede poner en manos
hábiles, disimulaba, o procuraba más bien
disimular, a la turba de jóvenes cortesanos
que la rodeaban y admiraban todavía, mer-
ced a las combinaciones que dejamos ex-
puestas en el capítulo anterior, los estragos
ya visibles de aquella enfermedad que debía
llevarla al sepulcro algunos años después.
Madame, casi tan coqueta como Ana
de Austria, y la reina, sencilla y natural como
siempre, estaban sentadas a sus lados y se
disputaban sus agasajos.
Las camaristas, reunidas en cuerpo de
ejército para resistir con más fuerza, y, de
consiguiente, con mejor éxito, a los malicio-
sos dichos que los cortesanos les dirigían,
prestábanse, como un batallón en cuadro, el
mutuo auxilio de un buen ataque y de una
buena defensa.
Montalais, hábil en semejante guerra
de tiradores, protegía toda la línea con el
fuego incesante que dirigía contra el enemi-
go.
Saint-Aignan, desesperado del rigor,
insolente a fuerza de ser obstinado, de la se-
ñorita de Tonnay-Charente, procuraba volver-
le la espalda; pero, vencido por el irresistible
resplandor de los dos grandes ojos de la
hermosura, volvía a cada paso a consagrar su
derrota con nuevas sumisiones, a las que no
dejaba de contestar la señorita de Tonnay-
Charente con nuevas impertinencias.
Saint-Aignan no sabía a qué santo en-
comendarse.
La Valliére tenía, no una corte, sino un
principio de cortesanos. Saint-Aignan, con la
esperanza de a raerse por medio de su ma-
niobra las miradas de Atenaida, fue a saludar
a la joven con un respeto que a ciertos espíri-
tus miopes les había hecho creer en la volun-
tad de contrapesar a Atenaida con Luisa.
Pero éstos eran solamente los que no
habían visto ni oído referir la escena de la llu-
via. Sólo que, como la mayoría estaba ya in-
formada, y bien informada, su favor declara-
do había atraído hacia ella a los más hábiles
como a los más imbéciles de la Corte.
Los primeros, porque decían, unos
como Montaige: "¡Qué sabemos!"; y otros,
como Rabelais: "Puede se?'.
El mayor número siguió a aquéllos,
como en las cacerías cinco o seis podencos
hábiles siguen solos la pista de la presa, en
tanto que el resto de la traílla no sigue más
que la pista de los podencos.
Las reinas y Madame examinaban los
trajes de sus camaristas, así como los de
otras damas, dignándose olvidar por un ins-
tante que eran reinas, para acordarse de que
eran mujeres.
Lo cual equivale a decir que des-
trozaban sin piedad a las pobres víctimas.
Las miradas de ambas princesas reca-
yeron simultáneamente sobre La Valliére, la
cual, según hemos dicho, se hallaba a la sa-
zón rodeada de mucha gente.
Madame no tuvo piedad.
-Verdaderamente -dijo inclinándose
hacia la reina madre-, si la suerte fuese justa,
debería favorecer a la pobre La Valliére.
-Eso no es posible -repuso la reina
madre, sonriendo.
-¿Por qué?
-No hay más que doscientos billetes, y
no todos han podido ser puestos en lista.
-¿Conque no entra en suerte?
-No.
-¡Qué lástima! Pues hubiese podido
ganarlos y venderlos. -¡Venderlos! -exclamó
la reina. -Sí; con eso hubiera podido formarse
una dote, y no se vería obligada a casarse sin
llevar nada, como le sucederá probablemen-
te.
-¡Oh! ¡Bah! ¡Pobre niña! -dijo la reina
madre-. Pues qué, ¿no tiene vestidos?
Y pronunció estas palabras como mu-
jer que nunca ha podido saber lo que era
medianía.
-¡Caramba! Dios me perdone, pero me
parece que trae el mismo vestido que llevaba
esta mañana en el paseo, y que habrá podido
conservar, gracias al cuidado que se tomó el
rey de ponerla a cubierto de la lluvia.
En el mismo instante en que pro-
nunciaba Madame estas palabras, entraba el
rey.
Las dos princesas no hubieran ad-
vertido quizá esta llegada, tan ocupadas co-
mo se hallaban en murmurar, si Madame no
viera de pronto turbarse a La Valliére, de pie
frente a la galería, y decir algunas palabras a
los cortesanos que la rodeaban, los cuales se
apartaron al punto. Este movimiento hizo que
Madame mirase hacia la puerta, mientras el
capitán de los guardias anunciaba al rey.
A aquel anuncio, La Valliére, que hasta
entonces había tenido los ojos fijos en la ga-
lería, los bajó de pronto.
El rey entró.
Presentóse con una magnificencia lle-
na de gusto, y conversaba con Monsieur y el
duque de Roquelaure, los cuales iban, el pri-
mero a la derecha, y el segundo a la izquier-
da del rey.
El rey se adelantó primero hacia las
reinas, a quienes saludó con gracioso respe-
to. Cogió la mano de su madre, la besó, diri-
gió algunos cumplidos a Madame sobre la
elegancia de su traje, y principió a dar la
vuelta a la asamblea.
La Valliére fue saludada lo mismo que
las demás.
Luego volvió Su Majestad adonde es-
taban su madre y su mujer. Cuando los cor-
tesanos notaron que el rey no había dirigido
más que una frase trivial a aquella joven tan
solicitada por la mañana, sacaron al momen-
to una conclusión de aquella frialdad.
La conclusión fue que el rey había
atenido un capricho, pero que el capricho
había pasado ya.
Sin embargo, una cosa era de ad-
vertir, y es, que junto a La Valliére, y en el
número de los cortesanos, se hallaba el señor
Fouquet, cuya respetuosa urbanidad servía
de escudo a la joven en medio de las distin-
tas emociones que la agitaban visiblemente.
Disponíase el señor Fouquet a hablar
más íntimamente con la señorita de La Vallié-
re, cuando se aproximó el señor Colbert, y
después de hacer una reverencia a Fouquet
con todas las reglas de la más respetuosa
cortesanía, pareció resuelto a instalarse al
lado de La Valliére para trabar conversación
con ella.
Fouquet dejó al punto el puesto. Mon-
talais y Malicorne devoraban con los ojos toda
aquella maniobra y enviábanse mutuamente
sus observaciones.
Guiche, colocado en el hueco de una
ventana, no veía más que a Madame. Mas
como ésta, por su parte, fijaba con frecuencia
su mirada en La Valliére; los ojos de Guiche,
guiados por los de Madame, se encaminaban
también alguna que otra vez hacia la joven.
La Valliére sentía como por instinto
que le abrumaba cada vez más el peso de
todas aquellas miradas, cargadas unas de in-
terés y otras de envidia; pero no tenía para
compensar su padecimiento ni una palabra de
interés de parte de sus compañeras, ni una
mirada amorosa del rey.
De manera que nadie podría decir lo
que padecía la pobre muchacha.
La reina madre hizo acercar entonces el
velador donde estaban los billetes de la rifa,
en numero de doscientos, y rogó a madame
de Motteville que leyese la lista de los elegi-
dos.
Excusado es decir que esa lista estaba
formada con sujeción a las reglas de la eti-
queta: primero figuraba el rey, luego la reina
madre, la reina, Monsieur, Madame, y por
este orden los demás.
Latían los corazones al escuchar aque-
lla lectura. Bien habría trescientos convidados
en la habitación de la reina. Cada cual se
preguntaba si su nombre figuraría en el nú-
mero de los privilegiados.
El rey escuchaba con tanta atención
como los demás. Pronunciado el último nom-
bre, vio que La Valliére no estaba incluida en
la lista.
Por lo demás, todos pudieron advertir
aquella omisión.
El rey se puso encendido, como siem-
pre que sufría alguna contrariedad.
La Valliére, apacible y resignada, no
manifestó la menor emoción. Durante toda la
lectura no había el rey apartado de ella los
ojos; la joven mostrábase en extremo com-
placida bajo aquella feliz influencia que sentía
extenderse en rededor suyo, sin que su ale-
gría y su pureza le permitieran abrigar en su
alma y en su ánimo otro pensamiento que no
fuese amor.
El rey pagaba con la duración de su
mirada aquella profunda abnegación, mos-
trando de este modo a su amante que com-
prendía toda la extensión y delicadeza de
ella.
Cerrada la lista, todos los semblantes
de las mujeres omitidas u olvidadas no pudie-
ron menos de manifestar su descontento.
Malicorne quedó olvidado también en
el número de los hombres, y su gesto dijo
claramente a Montalais, a quien le había ca-
bido igual olvido:
-¿Será cosa de que nos compongamos
con la fortuna, de modo que no nos deje olvi-
dados?
-¡Oh! ¡Sí tal! -respondió la sonrisa in-
teligente de la señorita Aura.
Distribuyéronse los billetes entre todos
los incluidos, por su orden de numeración.
El rey recibió primero el suyo, luego la
reina madre, la reina, Monsieur, Madame, y
así los otros.
Entonces abrió Ana de Austria un sa-
quito de piel de España que contenía doscien-
tos números grabados en otras tantas bolas
de nácar, y lo presentó abierto a la más joven
de sus camaristas, a fin de que sacase una
bola.
La ansiedad general, en medio de to-
dos aquellos preparativos hechos lentamente,
era más bien de codicia que de curiosidad.
Saint-Aignan se inclinó al oído de la
señorita de Tonnay-Charente:
-Ya que cada uno de nosotros tiene
su número, unamos nuestra suerte, señorita
-le dijo-: Si gano, son para vos los brazale-
tes; si ganáis, me contentaré con una sola
mirada de vuestros encantadores ojos.
-No -repuso Atenaida-; si ganáis, se-
rán vuestros los brazaletes. A cada cual lo
suyo.
-Sois inexorable -exclamó Saint--
Aignan-, y os contestaré con esta redondilla;
Iris bella que a mis penas Os manifestáis es-
quiva . . .
-¡Silencio! -dijo Atenaida-. Que vais a
impedirme oír el número premiado.
-¡Número uno! -gritó la joven que
había sacado la bola de nácar del saquito de
piel de España.
-¡El rey! -exclamó la reina madre.
-¡El rey ha ganado! -repitió la reina,
gozosa.
-¡Oh! ¡El rey! ¡Vuestro sueño! -
exclamó Madame, gozosa también, acercán-
dose al oído de Ana de Austria.
El rey fue el único que no dio señal al-
guna de satisfacción. Únicamente dio gracias
a la fortuna de lo que había hecho en su favor
dirigiendo un ligero saludo a la joven que
había sido elegida como mandataria de fugaz
diosa. Luego, recibiendo de manos de Ana de
Austria, en medio de los murmullos codicio-
sos de toda la asamblea, el estuche que con-
tenía los brazaletes:
-¿Son realmente preciosos estos bra-
zaletes? -preguntó.
-Examinadlos -repuso Ana de Austria-
y juzgad por vos mismo.
El rey los miró atentamente.
-Sí -dijo-. ¡Admirable es, en efecto,
este medallón! ¡Qué bien acabado!
- Sí que lo está -añadió Madame.
La reina María Teresa conoció fácil-
mente, y a la primera ojeada, que el rey no le
ofrecería los brazaletes, pero, como tampoco
parecía pensar siquiera en ofrecerlos a Ma-
dame, se dio por satisfecha, o poco menos.
El rey tomó asiento.
Los cortesanos que gozaban de mayor
familiaridad vinieron entonces sucesivamente
a admirar de cerca la alhaja, que muy luego,
con la venia del rey, fue pasando de mano en
mano.
Seguidamente, todos, entendidos o
no, lanzaron exclamaciones de sorpresa y
abrumarán al rey a felicitaciones.
Había motivo, en efecto, para que to-
do el mundo admirase, unos los diamantes,
otros el grabado.
Las damas mostraban patentemente
su impaciencia por ver aquel tesoro monopo-
lizado por los caballeros.
-Señores, señores -dijo el rey, a quien
nada pasaba inadvertido-; nadie diría sino
que lleváis brazaletes como los sabinos; de-
jad que los vean las damas, que me parece
son en este punto más inteligentes que voso-
tros.
Semejantes palabras le parecieron a
Madame el principio de una decisión que se
esperaba.
Leía , además, esa bienhadada
creencia en los ojos de la reina madre.
El cortesano que los tenía en el instan-
te de lanzar el rey aquella observación en
medio de la agitación general, se apresuró a
poner los brazaletes en manos de la reina
María Teresa, la cual, sabiendo que no le es-
taban destinados, los miró muy por encima y
los pasó a manos de Madame.
Esta, y, más -particularmente todavía,
Monsieur, fijó en los brazaletes una detenida
mirada de codicia.
Luego pasó la alhaja a las damas in-
mediatas, pronunciando una sola palabra,
pero con acento que equivalía a una larga
frase:
-¡Magníficos!
Las damas que recibieron los bra-
zaletes de manos de Madame emplearon el
tiempo que les pareció conveniente en exa-
minarlos, y en seguida los hicieron circular
por su derecha.
Mientras tanto conversaba el rey tran-
quilamente con Guiche y Fouquet. Dejaba
hablar, más bien que escuchaba.
Acostumbrados a 'ciertos giros de fra-
ses, su oído, como el de todos los hombres
que ejercen sobre otros una superioridad in-
contestable, no recogía de los discursos pro-
nunciados en torno suyo más que la palabra
indispensable que merece una contestación.
En cuanto a su atención, estaba en
otra parte. Vagaba con sus ojos. La señorita
de Tonnay-Charente era la última de las da-
mas inscritas para los billetes, y, como si
hubiera tomado jerarquía según su inscrip-
ción, no tenía después de ella más que a
Montalais y a La Valliére.
Al llegar los brazaletes a estas úl-
timas, nadie pareció hacer alto en ello.
La humildad de las manos en que
momentáneamente estaban aquellas joyas,
les quitaba toda su importancia.
Lo cual no impidió, sin embargo, que a
Montalais le brincase el corazón de alegría, de
envidia y de codicia a la vista de. aquellas
hermosas piedras, más todavía que por aquel
exquisito trabajo.
Era indudable que si a Montalais le
hubiesen dado a elegir entre el valor pecunia-
rio y la belleza artística, habría preferido sin
titubear los diamantes a los camafeos.
De suerte que le costó gran trabajo
hacerlos pasar a manos de su compañera La
Valliére.
La Valliére fijó en las alhajas una mi-
rada casi indiferente.
-¡Oh! ¡Qué preciosos son estos braza-
letes y qué magníficos! -exclamó Montalais-.
¿Y no te extasías en ellos, Luisa? ¿Has dejado
de ser mujer?
-No -respondió la joven con un tono
de encantadora melancolía-. ¿A qué desear lo
que no puede pertenecernos?
El rey, con la cabeza inclinada hacia
adelante, escuchaba lo que la joven iba a de-
cir.
Apenas la vibración de aquella voz lle-
gó a herir su oído, se levantó lleno de satis-
facción, y, atravesando todo el círculo para ir
adonde estaba La Valliére:
-Os equivocáis, señorita -dijo-; sois
mujer, y toda mujer tiene derecho a las al-
hajas de mujer.
-¡Oh! -exclamó La Valliére-. ¿Vuestra
Majestad no quiere creer en m¡ modestia?
-Creo, señorita, que tenéis todas las
virtudes, tanto la franqueza como las demás;
por consiguiente, os conjuro que digáis fran-
camente lo que pensáis de estos brazaletes.
-Que son tan hermosos, Majestad, que
sólo pueden ser ofrecidos a una reina.
-Celebro mucho que sea ésa vuestra
opinión, señorita; los brazaletes son vuestros,
y el rey os ruega que los aceptéis.
Y como La Valliére, con un movimiento
parecido al espanto, alargase vivamente el
estuche al rey, el rey rechazó dulcemente con
su mano la mano trémula de La Valliére.
Un silencio de sorpresa, más fúnebre
aún que un silencio sepulcral, reinaba en toda
la asamblea Y, sin . embargo, por el lado
donde estaban las reinas, nadie había oído lo
que el rey dijera, ni comprendido lo que había
hecho.
Una caritativa amiga se encargó de
esparcir la noticia. Fue la señorita de Tonnay-
Charente, a quien Madame había hecho seña
que se aproximase.
-¡Dios mío! -exclamó Tonnay--
Charente-. ¡Qué afortunada es esa La Vallié-
re! ¡El rey le ha regalado los brazaletes!
Madame se mordió los labios con tal
coraje, que la sangre brotó en la superficie de
la piel.
La reina joven miraba sucesivamente
a La Valliére y a Madame, y se echó a reír.
Ana de Austria apoyó su barba en su
hermosa y blanca mano, y permaneció largo
rato absorta por una sospecha que le roía el
ánimo, y por un dolor terrible que le roía el
corazón.
Guiche, viendo palidecer a Madame,
adivinando la causa de aquella palidez, aban-
donó precipitadamente la asamblea y desapa-
reció.
Malicorne pudo deslizarse entonces
hasta donde se hallaba Montalais, y, a favor
del tumulto general de las conversaciones:
-Aura -le dijo-, tienes cerca de ti nues-
tra fortuna y nuestro porvenir.
-Sí -contestó aquélla.
Y abrazó tiernamente a La Valliére, a
quien en su interior estaba tentada de es-
trangular.
VII
MALAGA
Durante todo aquel largo y violento
debate entre- las ambiciones de la Corte y los
amores del corazón, uno de nuestros perso-
najes, el que menos desatendido debía ser tal
vez, se hallaba olvidado completamente y re-
ducido a una posición poco lisonjera.
En efecto, Artagnan, Artagnan, porque
es preciso llamarle por su nombre para que
se recuerde que ha existido. Artagnan no te-
nía nada que hacer en aquel mundo brillante
y frívolo. Después de haber seguido al rey a
Fontainebleau, y de haber visto todas las di-
versiones pastoriles y todos los disfraces có-
mico-heroicos de su soberano, el mosquetero
había llegado a persuadirse de que aquello no
bastaba a tenerle satisfecho.
Acometido a cada paso por personas
que le decían:
-¿Cómo os parece que me cae este
traje, señor de Artagnan?
Les respondía con su voz placentera y
socarrona:
-Os hallo tan bien vestido como el
mono más hermoso de la feria de San Loren-
zo.
Era éste uno de aquellos cumpli-
mientos que acostumbraba a hacer Artagnan
cuando no quería hacer otro: de consiguiente,
no había más remedio que contentarse con él
de grado o por fuerza.
Y cuando le preguntaban:
-Señor Artagnan, ¿cómo os vestís esta
noche?
Respondía:
-Lo que haré será desnudarme. Lo
cual hacía reír hasta a las damas.
Pero después que el mosquetero pasó
dos días de aquel modo, y conoció que nin-
gún asunto serio se ventilaba, y que el rey
había olvidado o parecía haber olvidado com-
pletamente a París, Saint-Mandé y Belle-Isle;
que el señor Colbert soñaba con morteretes y
fuegos artificiales; Que las damas tenían un
mes, por lo menos, para dar y recibir mira-
das; Artagnan solicitó al rey una licencia para
asuntos de familia. En el momento en que
Artagnan hacía aquella petición, el rey se
acostaba, cansado de tanto bailar.
-¿Conque queréis dejarme, señor de
Artagnan? -preguntó con aire de sorpresa.
Luis XIV no llegaba a comprender
nunca que se separase nadie de su lado
cuando podía tener el insigne honor de per-
manecer cerca de su persona.
-Señor -dijo Artagnan-, os dejo por-
que no os sirvo de nada. Si al menos pudiera
tener yo el balancín mientras vos bailáis, en-
tonces sería otra cosa.
-¿No sabéis, mi apreciado señor de Ar-
tagnan -replicó gravemente el rey-, que se
baila sin balancín?
-¡Ah! -repuso el mosquetero sin dejar
su imperceptible ironía-. No lo sabía, en efec-
to.
-¿No me habéis visto bailar? -preguntó
el rey.
-Sí, más creo que las dificultades irían
en aumento. Me he engañado; razón de más
para retirarme. Señor, lo siento; pero Vuestra
Majestad no necesita de mí, y demás, si me
necesitase, ya sabría dónde hallarme.
Está bien -dijo el rey. Y le concedió la
licencia.
o buscaremos, pues, a Artagnan en
Fontainebleau, porque sería cosa inútil; pero,
con la venia de nuestros lectores, lo hallare-
mos en la calle de los Lombardos, en "El Pilón
de Oro", en casa de nuestro distinguido ami-
go Planchet.
Son las ocho de la noche, hace calor,
y sólo se ve abierta una ventana en un cuarto
entresuelo.
Un olor de especias, unido al olor me-
nos exótico del fango de la calle, subía a las
narices del mosquetero.
Artagnan, recostado en un sillón de
respaldo plano, con las piernas no estiradas,
sino colocadas sobre un escabel, formaba el
ángulo más obtuso que puede suponerse.
Sus ojos, tan astutos y movibles ordi-
nariamente, estaban fijos y casi velados, y
habían tomado por punto de mira invariable
el trocito de cielo azul que se ve detrás de los
desgarrones de las chimeneas, porción justa
y precisa de azul que se necesitaría para re-
mendar uno de los sacos de lentejas o de ju-
días que formaban el principal mueblaje de la
tienda del piso bajo.
Así tendido, así abismado en sus ob-
servaciones ultrafenestrales, no era ya el
hombre de guerra ni el oficial de Palacio, sino
un pechero bostezando entre la comida y la
cena, y entre la cena y la hora de acostarse;
uno de esos cerebros osificados, que no tie-
nen sitito para la menor idea, merced a la
tenacidad con que la materia acecha en los
puestos de la inteligencia, y vigila el contra-
bando que pudiera hacerse, introduciendo en
el cerebro un síntoma de pensamiento.
Hemos dicho que era de noche; las
tiendas se iban iluminando, al paso que se
cerraban las ventanas de los cuartos superio-
res; una patrulla de la ronda dejaba oír el rui-
do desigual de sus pasos.
Artagnan continuaba sin oír cosa algu-
na ni divisar más que el trocito azul de su cie-
lo.
A dos pasos de él, enteramente en la
sombra, se hallaba acostado Planchet sobre
un saco de maíz, con el vientre sobre el saco
y los brazos bajo la barba, mirando a Artag-
nan pensar, soñar o dormir con los ojos
abiertos.
La observación duraba ya largo tiem-
po.
Planchet principió por hacer:
-¡Hum! ¡Hum!
Artagnan no se movió.
Planchet conoció entonces que era ne-
cesario apelar a un medio más eficaz, y, des-
pués de maduras reflexiones, lo que halló
más ingenioso en las circunstancias del mo-
mento fue dejarse rodar desde el saco al sue-
lo, murmurando contra él mismo la palabra:
-¡Imbécil!
Pero, a pesar del ruido ocasionado por
la caída de Planchet, Artagnan, que en el
transcurso de su vida había oído ruidos mu-
cho más extraños, no hizo el menor caso de
aquél.
Por lo demás, una enorme carreta,
cargada dé piedras, desembocaba por la calle
de Saint-Médéric y embebía en el ruido de
sus ruedas el ruido de la caída de Planchet.
Sin embargo, éste creyó ver sonreírse
imperceptiblemente a Artagnan como en se-
ñal de aprobación tácita a la palabra imbécil.
Por lo que, haciéndole cobrar algún
ánimo, se aventuró á decir:
-¿Dormís acaso, señor de Artagnan?
-No, Planchet; ni siquiera duermo -
respondió el mosquetero.
-Mucho siento -dijo Planchet- haber
oído la palabra siquiera.
-¿Y por qué? ¿No es palabra inteligi-
ble?
-Sí tal, señor de Artagnan.
-¿Pues qué?
-Es que esa palabra me aflige.
-Desarróllame tu aflicción, Planchet -
dijo Artagnan.
-Si no dormís siquiera, según vuestra
expresión, tanto vale a no tener el consuelo
de dormir. O mejor, es como si dijerais en
otros términos: "Planchet, me aburro hasta
no poder más."
-Planchet, ya sabes que no me aburro
jamás.
-Excepto hoy, ayer y anteayer.
-¡Bah!
-Señor de Artagnan, hace ocho días
que habéis venido de Fontainebleau; hace
ocho días que no tenéis nada que ordenar, ni
podéis hacer maniobrar a vuestra compañía.
Os falta el ruido de los mosquetes, de los
tambores y de todo el aparato real; y yo, que
también he llevado mosquete, sé perfecta-
mente lo que es eso.
-Planchet -respondió Artagnan-; te
aseguro que no me aburro lo más mínimo.
-Entonces, ¿qué hacéis ahí echado
como un muerto?
-Amigo Planchet, en el sitio de La Ro-
chela, cuando yo permanecía allí, cuando tú
estabas, cuando estábamos nosotros, en fin,
había un árabe que tenía adquirida cierta ce-
lebridad por la destreza con que apuntaba las
culebrinas. Era un mozo de talento, aunque
de color extraño, de color de aceituna. Pues
bien, ese árabe, luego que había comido o
trabajado, se tumbaba como yo lo estoy en
este momento, y fumaba ciertas hojas mági-
cas en un gran tubo con boquilla de ámbar, y
si acertaba a pasar algún jefe y le echaba en
cara que estuviese durmiendo siempre, le
respondía tranquilamente: "Más vale estar
sentado que de pie, acostado que sentado,
muerto que acostado."
-Ese árabe era tan lúgubre por su va-
lor como por sus sentencias -dijo Planchet-;
me acuerdo de él muy bien, y también de que
cortaba cabezas de protestantes con mucha
satisfacción.
-Precisamente; y por cierto que las
embalsamaba cuando valían la pena.
-Sí, y cuando se hallaba en esa opera-
ción, con todas sus hierbas y todas sus gran-
des plantas, tenía las trazas de un cestero
haciendo azafates.
-Sí, Planchet; así era en efecto.
-¡Oh! También yo tengo memoria.
-Lo creo; más, ¿qué me dices de su
razonamiento?
-Señor, lo encuentro exacto en parte,
pero estúpido en otra.
-Explícate, Planchet, explícate. -Pues
bien, señor, en efecto, más vale estar senta-
do que de pie; eso es incontestable, sobre
todo cuando se halla uno fatigado, en ciertas
circunstancias... (y Planchet sonrió con aire
picaresco). Más vale estar acostado que sen-
tado; pero, en cuanto a la última proposición
de que más vale estar muerto que acostado,
declaro que la encuentro absurda; que mi
preferencia absoluta está por la cama, ' y
que, si no sois vos de mi opinión, es porque,
como he tenido el honor de deciros hace po-
co, os aburrís soberanamente.
-Planchet, ¿conoces al señor de La
Fontaine?
-¿El farmacéutico de la esquina de la
calle Saint-Médéric?
-No, el fabulista.
-¡Ah! Maese Cuervo. -Exactamente;
pues bien, yo soy su liebre.
-¿Tiene también una liebre?
-Y toda especie de animales.
-¿Y qué hace su liebre?
-Piensa.
-¡Ah!
-Planchet ,yo soy como la liebre del
señor de La Fontaine, y pienso.
-¿Conque piensa ? -preguntó inquieto
Planchet.
-Sí, Planchet; tu habitación es bastan-
te triste para inclinar a uno a la meditación;
me p que no podrás menos de convenir en
ello.
Sin embargo, tenéis vistas a la calle.
-¡Pardiez! Hay que ver lo recreativo
que es, ¿eh?
-No por eso es menos cierto, señor,
que si habitáis la parte de atrás os aburriríais
igualmente... No, quiero decir que pensaríais
más todavía.
-No lo sé, a fe mía. Planchet.
-Si a lo menos -repuso el abacero-
fuesen vuestros pensamientos de la especie
del que os condujo a la restauración de Car-
los II.
Y Planchet hizo asomar a sus labios
una sonrisita que no carecía de significación.
-¡Hola, hola! ¿Eres ambicioso, Plan-
chet?
-¿No hay por ahí algún otro rey a
quien restaurar, señor de Artagnan, u otro
Monk a quien meter en algún cajón?
-No, mi querido Planchet, todos los
reyes están en sus tronos... quizá no tan bien
como yo en esta silla, pero al fin mantiénense
en ellos.
Y Artagnan exhaló un suspiro.
-Señor de Artagnan -dijo Planchet-,
me estáis dando pena.
-Tienes excelente corazón, Planchet.
-¡Una sospecha me asalta, Dios me
perdone!
-¿Cuál?
-Que os vais poniendo flaco, señor de
Artagnan.
-¡Oh! -murmuró Artagnan dándose
una puñada en el tórax, que resonó como
una coraza hueca-; no puede ser, Planchet.
-Es que -dijo Planchet con efusión- si
enflaquecieseis en mi casa...
-¿Qué?
-Sería capaz de cometer un atentado.
-¿Cómo?
-Sí.
-Veamos: ¿qué harías?
-Buscar al que es causa de vuestra
pena.
-¿Conque tengo una pena?
-Sí, una tenéis.
-No, Planchet.
-Os digo que sí. Tenéis una pena, y
eso es lo que os pone flaco.
-¿Estás cierto de que voy enfla-
queciendo?
-A ojos vistas... ¡Málaga! Si continuáis
enflaqueciendo, cojo mi tizona y me voy a
cortar la cabeza al señor de Herblay.
-¡Cómo! -dijo Artagnan dando un brin-
co en su silla-. ¿Qué estás diciendo, Planchet,
ni qué tiene que ver con vuestra abacería el
nombre del señor de Herblay?
-¡Bien, bien! Enojaos cuanto queráis,
ofendedme, si os agrada; pero ¡pardiez! que
sé muy bien lo que me sé.
Durante esta segunda salida de Plan-
chet, se había colocado Artagnan de modo
que no se le escapase una sola de las mira-
das de aquél; es decir, que se hallaba sen-
tado, con las manos apoyadas sobre las rodi-
llas y el cuello estirado en la dirección del
digno abacero.
-Veamos -dijo-, explícate, y dime có-
mo has podido proferir semejante blasfemia.
El señor de Herblay, tu antiguo jefe, amigo
mío, un eclesiástico, un mosquetero trans-
formado en obispo... ¿Te atreverías a levan-
tar tu acero contra él, Planchet?
-Sería capaz de levantarlo contra mi
padre, cuando os veo en ese estado.
-¡El señor de Herblay, un gen-
tilhombre!
-Poco me importa que sea un gentil-
hombre o no. Lo que sé es que os hace estar
triste, y de estar triste se pone uno flaco.
¡Málaga! No quiero que el señor de Artagnan
salga de mi casa más flaco que entró.
-¿Y por qué me hace estar triste? Ex-
plícate.
-Hace tres noches que tenéis pesadi-
llas.
-¿Yo?
-Sí, y en ellas no hacéis más que re-
petir: "¡Aramis, solapado Aramis!"
-¿Eso he dicho? -preguntó Artagnan.
-Sí por cierto, a fe de Planchet.
-Bien, ¿y qué? Ya sabes el proverbio
que dice: "Quimeras son los sueños".
-No, porque en estos tres días, siem-
pre que habéis salido no habéis dejado de
preguntarme al volver: "¿Has visto al señor
de Herblay?" O bien: "¿Has recibido alguna
carta del señor de Herblay para mí?"
-Pero creo que nada tenga de particu-
lar que me interese por ese querido amigo -
dijo Artagnan.
-Sí, por cierto, mas no hasta el punto
de enflaquecer.
-Planchet, ya engordaré, te doy mi pa-
labra de honor.
-Bien, señor; la acepto, pues sé que
cuando dais vuestra palabra, eso es sagra-
do...
-No soñaré más con Aramis.
-¡Muy bien!
-No te preguntaré tampoco si hay car-
ta del señor de Herblay.
-¡Perfectamente!
-Pero vas a explicarme una cosa.
-Hablad, señor.
-Ya sabes que soy naturalmente ob-
servador.
-Lo sé muy bien...
-Y hace poco has pronunciado un ju-
ramento singular...
-Sí.
-Que no te había oído jamás.
-¿Malagá, queréis decir?
-Precisamente.
-Es el juramento que empleo desde
que soy abacero.
-Lo encuentro muy natural; ése es el
nombre de unas pasas.
-Es mi juramento de ferocidad; cuan-
do llego a decir ¡malagá!, ya no soy un hom-
bre.
-Pero es el caso que no te conocía ese
juramento.
-Así es, señor; me lo han dado. Y, al
pronunciar Planchet estas palabras, guiñó el
ojo con cierto aire de truhanería que llamó la
atención de Artagnan.
-¡Je, je! -dijo.
-¡Je, je! -repitió Planchet.
-¡Hola, hola, señor Planchet!
Qué diantre, señor! –dijo Planchet-. Yo
no soy como vos, ni me paso la vida en pen-
sar.
-No haces bien.
-Quiero decir, en aburrirme, señor: ya
que la vida es corta, ¿por qué no aprovechar-
la?
-Por lo que veo, eres filósofo epicúreo,
Planchet.
-¿Y por qué no? La mano está buena,
y escribe y pesa azúcar y especias; el pie es-
tá seguro, se baila y se pasea; el estómago
tiene dientes, se devora y se digiere; el cora-
zón no está aún muy encallecido... Pues bien,
señor...
-¿Qué? Veamos.
-¡Ahí está!. . . -dijo el abacero restre-
gándose las manos. Artagnan cruzó una pier-
na sobre otra.
-Planchet, amigo mío -dijo-, ¿sabes
que me dejas estupefacto de sorpresa?
-¿Por qué?
-Porque te revelas a mí bajo un aspec-
to del todo nuevo. Lisonjeado Planchet en al-
to grado, continuó restregándose las manos
hasta arrancarse la epidermis.
-¡Ah! ¡ah! -dijo-. ¿Creéis que porque
sea un bestia, soy un imbécil?
-Bien, Planchet; eso ya es un razona-
miento.
-Seguid bien mi idea, señor. Yo he di-
cho para mí -prosiguió Planchet-: sin placer,
no hay felicidad sobre 1ª tierra.
-¡Qué verdad es eso que has icho,
Planchet! -interrumpió Artagnan.
-Pues procurémonos, si no placer, por
lo menos consuelos.
-¿Y consigues consolarte?
-Sí, por cierto.
-¿Y a ver cómo?
-Armándose de un broquel para ir a
combatir el fastidio. Arreglo mi tiempo de pa-
ciencia, y la víspera, precisamente, del día en
que veo que voy a aburrirme, me divierto.
-¿Y no es más difícil que eso?
-No.
-¿Y has hallado eso tú solo?
-Yo solo.
-¡Pues es prodigioso!
-¿Qué os parece?
-Afirmo que tu filosofía no tiene igual
en el mundo.
-Entonces seguid mi ejemplo.
-No deja de ser tentador.
-Haced lo que yo.
-No desearía otra cosa; pero no todas
las almas tienen un mismo temple, y quizá si
tuviese que divertirme como tú, me aburriría
terriblemente.
-¡Bah! Probad.
-Vamos a ver, ¿qué haces tú?
-¿Habéis notado que suelo au-
sentarme de vez en cuando?
-Sí.
-¿Y de cierta manera?
-Periódicamente.
-Así es; ¿conque lo habéis notado?
-Amigo Planchet, ya conocerás que
cuando dos se están viendo todos los días, si
uno de ellos se ausenta, le falta al otro. ¿No
te falto yo a ti, cuando estoy en campaña?
-¡Inmensamente! Soy como cuerpo sin
alma.
-Esto supuesto, continuemos.
-¿Y a qué épocas suelo ausentarme?
-Los días 15 y 30 de cada mes.
-¿Y estoy fuera?
-Unas veces dos días, otras tres, otras
cuatro... según.
-¿Y qué suponéis que voy a hacer?
-Compras.
-Y al volver me encontráis con el sem-
blante...
-Muy satisfecho.
-Ya veis que vos mismo decís que
vengo siempre satisfecho. ¿Y a qué habéis
atribuido esa satisfacción?
-A que marchaba bien tu comercio; a
que las compras de arroz, de ciruelas, de co-
gucho, de peras en conserva y de melaza, te
salían a pedir de boca. Tú has tenido siempre
un carácter muy pintoresco, y así es que ja-
más he extrañado verte optar por ese ramo,
que es uno de los comercios más variados y
más dulce al carácter, en cuanto a que casi
todas las cosas que en él se manejan son na-
turales y aromáticas.
-Perfectamente, señor; pero ¡qué
equivocado estáis!
-¡Yo equivocado¡ ¿En qué?
-En creer que-voy cada quince días a
compras o a ventas. ¡Oh señor! ¿Cómo dia-
blos habéis podido figuraros semejante cosa?
¡Jo, jo, jo!
Y Planchet comenzó a reír en términos
de inspirar a Artagnan las dudas más injurio-
sas acerca de su propia inteligencia.
-Declaro -dijo el mosquetero que no
llegan a tanto mis alcances.
-Así es, señor.
-¿Cómo que así es?
-Necesario es que así sea, cuando vos
lo decís; pero advertid que eso no os hace
perder nada en mi concepto.
-¡Vamos, no es poca fortuna! No, sois
hombre de ingenio, y, cuando se trata de
guerra, de táctica y de golpes de mano,
¡diantre!, los reyes valen muy poco a vuestro
lado; mas en punto a descanso del alma, a
regalos del cuerpo, a dulzuras de la vida, no
me habléis de los hombres de genio, señor,
porque son sus propios verdugos.
-Querido Planchet -dijo Artagnan con
viva curiosidad-; llegas a interesarme en el
más alto grado.
-A que os aburrís ahora menos que
antes, ¿no es verdad?
-No me aburría; no obstante, desde
que has empezado a hablarme, estoy más
divertido.
-Vamos, vamos, ¡excelente principio!
Respondo de llegar a curaros.
-No deseo otra cosa.
-¿Queréis que haga la prueba?
-Al instante.
-Está bien. ¿Tenéis aquí caballos?
-Sí; diez, veinte, treinta.
-No hay necesidad de tantos: con dos,
basta.
-Están a tu disposición, Planchet.
-¡Bueno! Vendréis conmigo.
-¿Cuándo?
-Mañana.
-¿Adónde?
-Esto es preguntar ya demasiado.
-Sin embargo, no podrás menos de
convenir en que es importante que sepa a
dónde voy.
-¿Os agrada el campo?
-Medianamente, Planchet.
-Entonces, ¿preferís la ciudad?
-Según y cómo.
-Pues bien, os llevo a un sitio mitad
ciudad, mitad campo.
-Sea enhorabuena.
-A un punto en que estoy seguro que
os divertiréis.
-Muy bien.
-¡Y cosa extraña! A un punto de donde
habéis venido por aburriros en él.
-¿Yo?
-Terriblemente.
-¿De modo que es a Fontainebleau
adonde vas?
-A Fontainebleau, sí, señor.
-¿Tú a Fontainebleau?
-Yo en persona.
-¿Y qué vas a hacer allí, Dios santo?
Planchet contestó a Artagnan con un
guiño de malicia.
-¿Tienes allí tierras, pícaro?
-¡Oh! Una miseria, una bicoca.
-¿Y para eso vamos?
-Es que es cosa buena, palabra de
honor.
-¿Conque voy a la casa de campo de
Planchet? -dijo Artagnan.
-Cuando gustéis.
-¿No hemos dicho mañana?
-Pues bien, mañana; así como así,
mañana estamos a 14, víspera del día en que
temo aburrirme; así, pues, convenido.
-Convenido.
-¿Me prestáis uno de vuestros caba-
llos?
-El mejor.
-No; prefiero el más dócil, porque ya
sabéis que nunca he sido buen jinete, y en la
abacería he acabado de perder la costumbre.
Luego...
-¿Qué?
-Luego -repuso con otro guiño-, no
quiero fatigarme.
-¿Y por qué? -se aventuró a preguntar
Artagnan.
-Porque entonces no me divertiría -
contestó Planchet.
Y en seguida se levantó del saco de
maíz, estirándose y haciendo crujir todos sus
huesos, unos tras otros, con cierta armonía.
-¡Planchet, Planchet! -exclamó Artag-
nan-. Declaro que no hay sobre la tierra siba-
rita que se te pueda comparar. ¡Ay, Planchet!
Ya se conoce que no hemos comido juntos
todavía un tonel de sal.
-¿Por qué, señor?
-Porque no te conozco aún -dijo Ar-
tagnan-; y vuelvo de hecho a creer definiti-
vamente lo que pensé de ti el día en que en
Boulogne estrangulaste, o poco menos, a Lu-
bin, el criado del señor Wardes; quiero decir
que eres hombre de recursos.
Planchet prorrumpió en una risa llena
de fatuidad, dio las buenas noches al mos-
quetero y bajó a su trastienda, que le servía
de dormitorio.
Artagnan recobró su primera posición
?h la silla, y su frente, desarru gada por un
momento, tomó una expresión más medita-
bunda que nunca.
Había olvidado ya las locuras y los sueños
de Planchet.
"Sí -se dijo reanudando el hilo de sus
ideas, interrumpidas por el grato coloquio que
hemos puesto en conocimiento de nuestros
lectores-, sí, todo está en esto:
"1° Saber lo que Baisemeaux quería
de Aramis;
'2° Saber por qué Aramis no me co-
munica noticias suyas;
"3° Saber dónde está Porthos. "En es-
tos tres puntos está el misterio.
Ahora bien; puesto qué nuestros ami-
gos nada nos dicen, valgámonos de nuestra
pobre inteligencia. Uno hace lo que puede,
¡pardiez!, o ¡malagá!, como dice Planchet."
VIII
LA CARTA DEL SEÑOR BAISEMEAUX
Artagnan, fiel a su plan, iba al día si-
guiente a visitar al señor Baisemeaux.
Era día de limpieza en la Bastilla; los
cañones estaban bruñidos, relucientes, las
escaleras raídas; los llaveros parecían ocupa-
dos en pulir hasta sus mismas, llaves.
Respecto a los soldados de la guarni-
ción, se paseaban en los patios, bajo pretexto
de que se hallaban asaz limpios.
El comandante Baisemeaux recibió a
Artagnan muy políticamente; pero estuvo con
él tan reservado, que toda la sutileza de Ar-
tagnan no pudo sacarle una sola palabra.
Cuanto más se contenía, más crecía la
desconfianza de Artagnan. Este creyó ob-
servar que el comandante obraba así en vir-
tud de una recomendación reciente. Baise-
meaux no fue en el Palais Royal, con Artag-
nan, el hombre frío e impenetrable que éste
hallara en el Baisemeaux de la Bastilla.
Cuando Artagnan quiso hacerle hablar sobre
la necesidad urgentísima de dinero que había
conducido a Baisemeaux en busca de Aramis,
y lo hizo expansivo aquella noche, Baise-
meaux pretextó que había de dar órdenes en
la prisión, y dejó a Artagnan fastidiarse tanto
esperándole, que nuestro mosquetero, seguro
de no obtener una palabra más, partió de la
Bastilla sin que Baisemeaux hubiera regresa-
do de su inspección.
Pero tenía una sospecha, y Artagnan,
una vez despertadas sus sospechas, no podía
dormir.
Era con relación a los hombres lo que
el gato respecto a los cuadrúpedos; el em-
blema de la inquietud y de la impaciencia a
un mismo tiempo.
Un gato inquieto no está en un mismo
sitio más tiempo que el copó de seda que se
mece al soplo del viento. Un gato que acecha
muere en su puesto de observación, y ni el
hambre ni la sed pueden sacarlo de su medi-
tación.
Artagnan, que se abrasaba de im-
paciencia, sacudió de pronto aquel sentimien-
to como un manto asaz pesado. Díjose a sí
mismo que lo que le ocultaban era cabalmen-
te lo que más le importaba saber.
En consecuencia, reflexionó que Bai-
semeaux no dejaría de avisar a Aramis, si
Aramis le había hecho alguna recomendación.
Así sucedió.
Apenas Baisemeaux había tenido tiempo
para regresar del torreón cuando ya Artagnan
se había colocado de emboscada cerca de la
calle del Petit-Musc, de manera que pudiese
ver a cuantos salieran de la Bastilla.
Después de una hora de plantón en el
Rastrillo de Oro, bajo el colgadizo que le daba
algo de sombra, Artagnan vio salir a un sol-
dado de la guardia.
Era éste el mejor indicio que pudiera
desearse. Todo guardián o llavero tiene sus
días de salida y sus horas de servicio en la
Bastilla, puesto que todos están obligados a
no tener ni mujer ni habitación en la fortale-
za, y pueden salir por consiguiente sin excitar
la curiosidad.
Pero un soldado acuartelado está en-
cerrado veinticuatro horas cuando está de
guardia, y Artagnan sabía esto mejor que na-
die. Aquel soldado no podía dejar el servicio
sino por orden expresa y urgente.
El soldado, hemos dicho, partió de la
Bastilla, y lentamente, como un dichoso mor-
tal a quien, en vez de una facción ante un
aburrido cuerpo de guardia, o en un baluarte
no menos fastidioso, le llega la buena ganga
de una libertad unida a un paseo, a cuenta de
un servicio que son dos placeres. Dirigióse
hacia el arrabal San Antonio, aspirando el ai-
re, el sol, y mirando a las mujeres.
Artagnan lo siguió de lejos, pues aún
no había fijado sus ideas sobre lo que había
de hacer.
"Es preciso, ante todas las cosas -
pensó-, que vea la cara de esa buena pieza.
Un hombre visto es un hombre juzgado."
Artagnan dobló el paso, y, lo que no
era difícil, alcanzó al soldado.
No sólo vio su rostro, que era bastante
inteligente y resuelto, sino también su nariz,
que era un poco colorada.
"Al tunante le gusta el aguardiente" -
se dijo.
Al mismo tiempo que veía la nariz en-
carnada, veía en el cinturón del soldado un
papel blanco.
"Bueno, carta tenemos -añadió para sí
Artagnan-. Ahora bien, un hombre que se
siente satisfecho de ser elegido por el Señor
Baisemeaux para estafeta, no vende el men-
saje."
En tanto que Artagnan se mordía los
puños, el soldado avanzaba siempre por el
arrabal de San Antonio.
"De fijo va a Saint-Mandé -se dijo-, y
no sabré lo que esa carta contiene."
Era para perder la cabeza.
"Si estuviese de uniforme -se dijo Ar-
tagnan-, haría arrestar a ese pillastre y a su
carta con él. El primer cuerpo de guardia me
ayudaría a ello. Pero al demonio si doy mi
nombre para asunto de esta clase. Hacerlo
beber... desconfiará, y después tal vez me
emborrache... ¡Cáscaras! Ya no tengo talen-
to, y para nada sirvo... Atacar a ese desgra-
ciado, matarlo para obtener su carta... eso
estaría bien si se tratase de una misiva de la
reina o de un lord, o de una carta del carde-
nal a la reina. ¡Pero, Dios mío, qué miseria
las intrigas de los señores Aramis y Fouquet
con Colbert! La vida de un hombre para eso...
¡Ah! Ni diez escudos siquiera."
Filosofando así, y mordiéndose las
uñas y el bigote, distinguió a un pequeño
grupo de arqueros y un comisario.
Aquellas gentes llevaban a un hombre
de buena presencia, que luchaba por escapar.
Los arqueros habíanle desgarrado sus
vestidos y casi lo arrastraban. Pedía lo
condujesen con miramientos, pues se tenía
por hidalgo y soldado.
Vio a nuestro soldado marchar por su ca-
mino y gritó:
- ¡Soldado, a mí!
El soldado partió con el mismo paso
hacia aquel que lo interpelaba, y la multitud
los siguió.
Una idea le ocurrió entonces a Artag-
nan. Era la primera, y ya se verá luego que
no era mala.
Mientras el hidalgo refería al soldado
que acababa de ser cogido en cierta casa co-
no ladrón, cuando sólo era amante, y el sol-
dado le compadecía y le daba consuelos y
consejos con esa seriedad que el soldado
francés trata el espíritu de cuerpo, Artagnan
se deslizó detrás del soldado, apretado por la
multitud, y le sacó limpia y prontamente el
papel de su cinturón.
Como en aquel momento el hidalgo
desgarrado tiraba hacia sí al soldado; como el
comisario tiraba del hidalgo, Artagnan pudo
realizar su captura sin el menor obstáculo.
Colocóse a diez pasos detrás de la co-
lumna de una portada, y leyó el sobre:
"Al señor Du-Vallón, en casa del señor
Fouquet, en Saint-Mandé." -¡Bueno! -dijo.
Y la abrió sin desgarrarla; después sa-
có el papel, doblado en cuatro dobleces, y el
cual sólo contenía estas palabras:
"Querido señor Du-Vallón: Dignaos decir al
señor de Herblay que ha venido a la Bastilla y
que me ha interrogado.
"Vuestro afectísimo. "BAISEMEAUX."
-¡Muy bien! -exclamó Artagnan-. He
aquí una cosa clara. Porthos está allí. Seguro
de lo que quería saber: "¡Diablo! -pensó el
mosquetero-. Ved ahí a un pobre soldado, a
quien ese endemoniado de Baisemeaux va a
hacer pagar cara mi superchería... Si regresa
sin la carta... ¿qué le harán? En verdad, yo
no la necesito, pues sabido lo que contiene,
nada me importa."
Artagnan conoció que el comisario y
los arqueros habían convencido al soldado, y
se llevaban su prisionero.
Éste permanecía rodeado de la multi-
tud, prosiguiendo sus quejas. Artagnan llegó
en medio de todos, dejó caer la carta sin que
nadie lo viese, alejándose luego con rapidez.
El soldado continuaba su camino hacia
Saint-Mandé, pensando mucho en aquel ca-
ballero que había implorado su protección.
De pronto pensó un poco en su carta,
y, mirando en su cinturón, vio que no estaba
en él. Su grito de espanto produjo placer a
Artagnan.
Aquel pobre soldado miró en torno su-
yo con angustia, y al fin, detrás de él, a vein-
te pasos, vio el dichoso sobre. Cayó sobre él
como el milano sobre su presa.
El sobre estaba un poco empolvado,
un poco arrugado; pero al fin había encontra-
do su carta.
Artagnan advirtió que el sello roto
preocupaba mucho al soldado; pero al fin el
buen hombre acabó por consolarse, y volvió a
colocar la carta en su cinturón.
-Parte -dijo Artagnan-; ya me queda
tiempo suficiente y no importa que te ade-
lantes. Parece que Aramis no está en París,
puesto que Baisemeaux escribe a Porthos. El
querido Porthos, ¡qué alegría volverlo a ver...
y hablar con él!
Y, regulando su paso por el del solda-
do, se prometió llegar un cuarto de hora des-
pués de él a casa del señor Fouquet.
IX
DONDE EL LECTOR VERA CON PLACER
QUE PORTHOS CONSERVA TODA
SU FUERZA
Artagnan, según acostumbraba, había
calculado que cada hora vale sesenta minu-
tos, y cada minuto sesenta segundos.
Por este cálculo exacto, llegó a la
puerta del superintendente en el momento
mismo en que el soldado salía con el cinturón
despejado.
Un conserje asomóse a la puerta. Ar-
tagnan hubiera querido entrar sin nombrarse,
pero no había otro medio, y se nombró.
A pesar de esta concesión, que debía
alzar toda dificultad, al menos en el sentir de
Artagnan, el conserje vaciló; pero al título,
por segunda vez repetido, de capitán de los
guardias del rey, sin dejar completamente
paso, el conserje dejó de oponerse.
Artagnan comprendió que se había
dado una consigna formidable. Y se decidió a
mentir, lo cual no le costaba mucho, cuando
veía sobre la mentira el bien del Estado, o
pura y simplemente su interés personal.
Añadió, por tanto, a las declaraciones
ya hechas, que el soldado que acababa de
llevar una carta al señor Du-Vallon no era
otro que su mensajero, y que la tal carta te-
nía por objeto comunicarle su llegada.
Desde entonces nadie se opuso a la
entrada de Artagnan, y Artagnan entró.
Un sirviente quiso acompañarle, pero
él respondió que era inútil, pues sabía perfec-
tamente dónde estaba el señor Du-Vallon.
Nada había que contestar a un hom-
bre tan completamente instruido. Escalinatas,
salones, jardines, todo lo revisó el mosquete-
ro. Un cuarto de hora anduvo por aquella ca-
sa más que regia, que contaba tantas mara-
villas como muebles y tantos servidores como
columnas y puertas.
"Indudablemeente -dijo par a sí-, esta
casa no tiene más límites que los de la tierra.
¿Si habrá tenido Porthos el capricho de volver
a Pierrefondos, sin salir de casa del señor
Fouquet?"
Por fin, llegó a una parte remota del
palacio, ceñida con un muro de piedras, sobre
el cual, de distancia en distancia, se alzaban
estatuas en posiciones tímidas o misteriosas.
Eran vestales con peplos a grandes pliegues,
ágiles custodias con sus largos velos de
mármol que abrigaban el palacio con sus fur-
tivas. miradas. Un Hermes, con el dedo sobre
la boca, un Iris de alas desplegadas, una No-
che toda rociada de adormideras dominaban
los jardines, y los edificios que se entreveían
detrás de los árboles; todas aquellas estatuas
se perfilaban en blanco sobre los cipreses que
lanzaban sus negras copas hacia el cielo. Es-
tos encantos parecieron al mosquetero el es-
fuerzo supremo de la inteligencia humana.
Encontrábase en una disposición de ánimo
propia para poetizar, y .la idea de que Por-
thos habitaba en semejante edén, le dio de
Porthos una idea más alta; tan cierto es que
los ánimos más elevados no están libres de la
influencia de lo que les rodea.
Artagnan encontró la puerta, y en la
puerta una especie de resorte que descubrió
y oprimió. La puerta se abrió.
Entró, cerró la puerta y penetró en un pa-
bellón construido en rotonda, y en el cual no
se oía otro ruido que el dé las cascadas y el
canto de los pájaros.
A la puerta del pabellón encontró un laca-
yo.
-¿Es aquí -preguntó Artagnan sin vaci-
lar- donde habita el señor barón Du-Vallon,
no es verdad?
-Sí, señor -contestó el lacayo.
-Pues avisadle que el .señor caballero
de Artagnan, capitán de los mosqueteros del
rey, le espera.
Artagnan fue conducido a un salón, y no
esperó mucho tiempo: un paso muy conocido
estremeció el pavimento de la sala inmediata,
una puerta se abrió, o más bien se derribó, y
Porthos echóse en brazos de su amigo con
una cortedad que no le sentaba mal.
-¿Vos aquí? -exclamó.
-¿Y vos? -contestó Artagnan-. ¡Ah, so-
carrón!
-Sí -dijo Porthos, sonriente y cortado-;
me encontráis en casa del señor Fouquet, y
eso os sorprende un poco, ¿no es verdad?
-No; ¿por qué no habéis de ser de los
íntimos del señor Fouquet? El señor Fouquet
tiene un gran número de ellos, y, especial-
mente, entre los hombres de talento.
Porthos tuvo la modestia de no consi-
derar el cumplido por él.
-Y luego -añadió-, ya me habéis visto
en Bulle-Isle.
-Motivo de más para que me incline a
creer que sois de los amigos del señor Fou-
quet.
-El hecho es que lo conozco -dijo Port-
hos con cierto embarazo.
-¡Muy culpable sois para conmigo! -
exclamó Artagnan.
-¿Cómo es eso? -contestó Porthos.
-¡Cómo! ¡Lleváis a cabo una obra tan
admirable como las fortificaciones de Bulle-
Isle, y nada me decís!
Porthos se sonrojó.
-Hay más -continuó Artagnan-, me
veis allá, y no adivináis que el rey, deseoso
de saber quién es el hombre de mérito que
realiza una obra, de la cual le han hecho las
relaciones más magníficas, me envía para
averiguar quién es ese hombre.
-¡Cómo! El rey os ha enviado para sa-
ber...
-¡Diantre! No hablemos de eso.
-¡Cuerno de buey! -dijo Porthos-.
Hablemos de ello, por el contrario. ¿Conque
el rey sabía que se fortificaba a Bulle-Isle?
-¡Bueno! ¿Es que el rey no lo sabe to-
do?
-¿Pero no sabía quién la fortificaba?
-No; pero lo sospechaba desde que le
dijeron que dirigía los trabajos un ilustre
hombre de guerra.
-¡Pardiez! -dijo Porthos-. Si yo hubiera
sabido eso . . .
-No os hubiérais escapado de Vannes,
¿eh?
-No. ¿Qué dijisteis cuando no me en-
contrasteis?
-Amigo, reflexioné.
-¡Ah, sí! Vos reflexionáis. . . ¿Y a qué
os condujo el reflexionar?
-A adivinar toda la verdad.
-¡Ah! ¿Habéis adivinado?
-¿Qué habéis adivinado? Veamos -dijo
Porthos arrellanándose en un sillón y adop-
tando aspecto de esfinge.
-Adiviné, en primer lugar, que fortifi-
cábais a Belle-Isle.
-Eso no era muy difícil, pues me
habéis visto manos a la obra.
-Pero adiviné otra cosa, y es que forti-
ficábais a Belle-Isle por mandato del señor
Fouquet.
-Es verdad.
-No es eso todo; cuando me pongo a
adivinar, no me detengo en el camino.
-¡Este querido Artagnan!
-He adivinado que el señor Fouquet
quería guardar el más profundo secreto sobre
las fortificaciones.
-Esa era su intención, en efecto, se-
gún creo -dijo Porthos.
-Sí. ¿Y sabéis por qué deseaba guar-
dar el secreto?
-¡Toma! Para que la cosa no fuera sa-
bida -dijo Porthos.
-Eso en primer lugar; mas ese deseo
estaba sometido a las ideas de una galante-
ría...
-En efecto -dijo Porthos-; he oído de-
cir que el señor Fouquet era muy galante.
-A la idea de una galantería que que-
ría hacer al rey.
-¡Oh, oh!
-¿Os sorprende eso?
-Mucho.
-¿No lo sabíais?
-No.
-Pues yo sí lo sé.
-¿Sois por ventura brujo?
-Nada de eso.
-¿Cómo lo sabéis entonces?
-¡Ah! Por un medio sencillísimo; se lo
he oído decir al mismo señor Fouquet al rey.
-¿Decirle qué?
-Que había hecho fortificar a Belle-
Isle, y que se la regalaba.
-¡Ah! ¿Eso habéis oído que le decía al
rey?
-Con todas sus letras. Y hasta añadió:
Belle-Isle ha sido fortificada por un ingeniero
amigo mío, hombre de mucho mérito, a quien
pediré la venia de presentar al rey.
-¿Su nombre? -preguntó el rey-. El
barón Du-Vallon -respondió Fouquet-. Perfec-
tamente -contestó el rey-; me lo presenta-
réis."
-¿Eso respondió el rey?
-A fe de Artagnan!
-¡Oh! -murmuró Porthos-. Pero, ¿por
qué no se me ha presentado entonces?
-¿No se os ha hablado de esa presen-
tación?
-Sí tal; pero siempre la estoy espe-
rando.
-Estad tranquilo, ya llegará.
-¡Hum! ¡Hum! -gruñó Porthos.
Artagnan fingió no oír, y cambió de
conversación.
-Pero creo que habitáis un lugar muy
solitario, querido amigo -le dijo.
-Siempre he amado el aislamiento,
porque soy melancólico -respondió Porthos
con un suspiro.
-Pues es raro -dijo Artagnan-, no
había caído en éso.
-Eso me sucede desde que estoy en-
tregado a los estudios -repuso Porthos..
-Pero los trabajos del espíritu no
habrán dañado al cuerpo, ¿eh?
-¡Oh! De ningún modo.
-¿Conque las fuerzas siguen bien?
-Demasiado bien, amigo.
-Es que he oído decir que en los pri-
meros días de vuestra llegada.
-No podía moverme, ¿no es así?
-¿Y por qué causa no podíais move-
ros? -preguntó Artagnan con una sonrisa.
Porthos comprendió que había dicho
una tontería, y quiso componerla.
-Sí, he venido de Belle-Isle en malos
caballos, y eso me cansó mucho.
-No me sorprende, pues yo, que venía
detrás de vos, me he encontrado en el cami-
no siete u ocho reventados.
-Ya veis que peso mucho -dijo Port-
hos.
-¿De modo que estabais molido.
-La grasa me ha derretido, y ese de-
rretimiento me ha puesto enfermo.
-¡Ah, pobre Porthos! Y Aramis, ¿cómo
se ha portado en esta ocasión?
-Muy bien... Me hizo sangrar por el
propio médico del señor Fouquet. Pero figu-
raos que al cabo de ocho días ya no respira-
ba.
-¿Pues cómo?
-El cuarto era demasiado chico, y yo
absorbía demasiado aire.
-¿De veras?
-Así me lo han dicho, al menos... Y
entonces me trasladaron a otro aposento.
-¿Dónde ya respiráis?
-Más... libremente, sí; pero nada de
ejercicio. El médico pretende que no debía
moverme, pero yo me encuentro más fuerte
que nunca. Esto ocasionó un grave accidente.
-¿Qué accidente?
-Imaginaos, amigo, que yo me rebelé
contra los preceptos de ese médico imbécil, le
conviniese o no, y en consecuencia pedí al
criado que me servía que me trajera vestidos.
-¿Pues qué, estabais desnudo?
-Por el contrario, tenía una bata her-
mosa. El lacayo obedeció; me puse mi vesti-
do, que se me había quedado demasiado an-
cho; pero, ¡cosa rara!, mis pies también se
habían puesto muy anchos, y las botas les
venían muy estrechas.
-¿Continuaban los pies hinchados?
-Lo habéis adivinado.
-¿Y es ese el accidente de que queríais
hablarme?
-Sí tal; yo hice la misma reflexión que
vos, y dije: ya que mis pies han entrado diez
veces en las botas, no hay razón para que no
entren la undécima.
-Permitidme os diga, amigo Porthos,
que esta vez faltáis a la lógica.
do frente a un tabique, y empecé a me-
terme la bota derecha, tirando con las ma-
nos, empujando con el talón, y haciendo es-
fuerzos tremendos,' de pronto se quedaron
entre mis manos los tirantes de la bota, y mi
pie salió como una catapulta.
-¡Catapulta! ¡Qué fuerte estáis en for-
tificaciones, amigo Porthos! -exclamó sor-
prendido Artagnan.
-Mi pie salió, pues, como una catapul-
ta, que dio contra el tabique y lo derribó.
Amigo, creí que, como Sansón, había derri-
bado el templo. Los cuadros, las porcelanas,
los vasos de flores, las barras del cortinaje, y
no sé qué más, se cayeron; fue cosa estu-
penda.
-¡De veras!
-Sin contar con que al otro lado del
tabique había un armario lleno de porcelanas.
-¿Que echásteis por tierra? -Que arro-
jé al otro extremo de la otra habitación.
Porthos se echó a reír.
-¡En verdad, como decís, es inaudito!
Y Artagnan se puso a reír como Port-
hos.
Porthos, inmediatamente, se puso a
reír más fuerte que Artagnan.
-Rompí -dijo Porthos con voz entrecor-
tada por aquella hilaridad creciente- más de
tres mil francos de porcelanas. ¡Jo, jo, jo!
-¡Bueno! -dijo Artagnan.
-Destrocé más de cuatro mil francos
de espejos. ¡Jo, jo, jo!
-¡Excelente!
-Sin contar una araña que me cayó
justamente sobre la cabeza, y que se rompió
en mil pedazos. ¡Jo, jo, jo!
-¿Sobre la cabeza? -dijo Artagnan sin
poderse tener de risa.
-¡De lleno!
-¡Pero os hubierais roto la cabeza!
-No, porque ya os he dicho, al contra-
rio, que la araña fue la que se rompió, como
cristal que era.
-¡Ah! ¿La araña era de cristal.
-De cristal de Venecia; una curiosidad
sin igual; una pieza que pesaba doscientas
libras.
-¿Y que os cayó sobre la cabeza?
-¡Sobre... la ... cabeza! Figuraos
un globo de cristal dorado, con incrustaciones
que ardían dentro, y unos mecheros que des-
pedían llamas cuando estaba encendida.
-Se entiende, pero no lo estaría.
-Felizmente; si no, me hubiese incen-
diado.
-Y sólo os ha aplastado, ¿eh?
-No.
-¿Cómo que no?
-Porque la araña me cayó sobre el
cráneo. Aquí tenemos, según parece, una
corteza excesivamente sólida.
-¿Quién os ha dicho eso?
-El médico. Una especie de cúpula que
soportaría a Nuestra Señora de París.
-¡Bah!
-Sí, parece que tenemos hecho el crá-
neo de ese modo.
-Hablad por vos, querido amigo, que
los cráneos de los demás no están hechos de
ese modo.
-Es posible -dijo Porthos con fatuidad-.
Pues cuando cayó la araña sobre esta cúpula
que tenemos en lo alto de la cabeza, hubo
una detonación igual a la de una pieza de ar-
tillería; el globo se rompió y yo caí todo inun-
dado...
-¡De sangre! ¡Infeliz Porthos! -No, de
perfumes, que olían a cremas y que me atur-
dieron un poco; habréis experimentado eso
alguna vez, ¿no es verdad, Artagnan? -Sí,
con el muguete; de suerte, mi pobre amigo,
que fuisteis derribado por el choque y aturdi-
do por el olor.
-Pero lo más particular, y que el médi-
co me ha asegurado no haber visto cosa se-
mejante...
-¿Que sacáisteis algún chichón? -
preguntó Artagnan.
-Saqué cinco.
-¿Y por qué cinco?
-Porque la araña tenía en su extremi-
dad inferior cinco adornos muy puntiagudos..
-¡Ay!
-Esos cinco ornamentos penetraron en
mis cabellos, que, según veis, tengo muy es-
pesos.
-Felizmente!
-Y se imprimieron en mi piel. Pero,
advertid la singularidad, estas cosas no suce-
den a nadie más que a mí. En lugar de
hacerme agujeros me hicieron chichones, lo
cual no ha podido jamás explicarme el médi-
co de una manera satisfactoria.
-Pues breen, yo os lo explicaré. -Me
haréis un servicio -dijo Porthos guiñando los
ojos, que era en él el signo de atención lleva-
do a su más alto grado.
-Desde que hacéis funcionar vuestro
cerebro en profundos estudios y cálculos im-
portantes, la cabeza ha medrado; de modo
que tenéis ahora la cabeza demasiado llena
de ciencia.
-¿Eso creéis?
-Estoy cierto de ello. De aquí resultó
que, en vez de dejar penetrar nada extraño
en el interior de la cabeza, ésta se aprovechó
de todas las aberturas para dejar salir una
poca de aquélla.
-¡Ah! -murmuró Porthos, a quien pa-
recía más clara esta explicación que la del
médico.
-Las cinco protuberancias causadas
por los cinco ornamentos, fueron ciertamente
cúmulos científicos, llevados exteriormente
por la fuerza de las cosas.
-En efecto -dijo Porthos-; y la prueba
es que eso me hacía más daño por fuera que
por dentro; de modo que, cuando me ponía el
sombrero de una puñada, con esa graciosa
energía que nosotros los hidalgos de espada
poseemos, si no iba muy mesurado el puñe-
tazo, sentía dolores terribles.
-Os creo, Porthos.
-Por eso -continuó el gigante-, el se-
ñor Fouquet se decidió, viendo la poca solidez
de la casa, a darme otro aposento, y roe con-
dujeron aquí.
-Este es el parque reservado, ¿no?
-Sí.
-¿El de las citas? ¿El que se ha hecho
tan famoso en las historias misteriosas del
superintendente?
-Yo no sé; no tengo aquí ni citas ni
historias misteriosas; pero me han autorizado
para que ejercite mis músculos, y me aprove-
cho del permiso desarraigando árboles.
-¿Para qué?
Para ocupar las manos y para coger
nidos de pájaros; esto lo encuentro más fácil
que trepar por ellos.
-Estáis pastoral como Tirsis, amigo
Porthos.
-Sí; me gustan mucho más los huevos
pequeñitos que los gordos. No tenéis. una
idea de lo delicado que es una tortilla de cua-
trocientos o quinientos huevos de verderol,
de pinzón, de estornino, de mirlo y de todo.
-¡Pero quinientos huevos monstruoso!
-¡Ca! Todo cabe en un salero. Artag-
nan contempló cinco minutos a Porthos, como
si lo viese por primera vez.
Y Porthos quedó muy satisfecho de la
mirada de su amigo.
Así permanecieron algunos mo-
mentos; Artagnan mirando a Porthos, y Port-
hos lleno de satisfacción.
Artagnan intentaba evidentemente dar
un nuevo, giro a la conversación.
-¿Os divertís mucho aquí? -le preguntó
por fin, sin duda después de haber encontra-
do lo que buscaba.
-No siempre.
-Lo concibo; y cuando os aburris de-
masiado, ¿qué haréis?
-Como no estoy aquí por mucho tiem-
po, Aramis aguarda que desaparezca mi últi-
mo chichón para presentarme al rey, que no
puede sufrir los chichones, según él me ha
dicho.
-¿Pero Aramis continúa en París?
-No.
-¿Pues dónde se halla?
-En Fontainebleau.
-¿Solo?
-Con el señor Fouquet.
-¡Muy bien! Pero, ¿sabéis una cosa?
-No. Decídmela y la sabré.
-Que creo que Aramis os olvida.
-¿Creéis?
-¿Ignoráis que en Fontainebleau se
ríe, se danza, se beben los vinos de Mazarino
y que todas las noches hay baile?
-¡Diablo! ¡Diablo!
-Os aseguro, pues, que nuestro queri-
do Aramis os olvida.
-Pudiera muy bien ser, y lo he pensa-
do a veces.
-¡A menos que no os haga traición, el
solapado!
-¡Oh!
-Ya sabéis que Aramis es un astuto
zorro.
-Sí, mas traicionarme...
-Mirad; en primer lugar os tiene se-
cuestrado.
- ¡Cómo que me tiene secuestrado!
¿Estoy secuestrado yo?
-¡ Pardiez!
-¡Quisiera que me lo probaseis!
-Nada, más fácil. ¿Salís alguna vez?
-Jamás.
-¿Montáis a caballo?
-Nunca.
-¿Permiten que vuestros amigos se
aproximen a vos?
-No.
-Pues bien, amigo mío, no salir nunca,
no montar nunca a caballo, y no poder ver a
sus amigos, es lo que se llama estar un hom-
bre secuestrado.
-¿Y con qué fin me había de tener se-
cuestrado Aramis? -preguntó Porthos.
-Vamos a ver, Porthos -dijo Artagnan-
; sed sincero.
-Lo seré.
-Aramis ha sido el que ha formado el
plano de las fortificaciones de Belle-Isle, ¿no
es cierto? Porthos se sonrojó.
-Sí -dijo-; pero no ha hecho más.
-Precisamente, y a mi juicio no es
gran trabajo.
-Eso creo yo también.
-Bien; me alegro de que seamos del
mismo parecer.
-Ni ha ido siquiera una vez a Belle-Isle
-dijo Porthos.
-Ya lo veis.
-Yo era el que iba a Vannes, como lo
habréis podido ver.
-Decid como lo he visto. Pues bien, ahí
está el negocio, querido Porthos. Aramis, que
no ha hecho más que los planos, quería
hacerse pasar como el ingeniero, mientras
que a vos, que habéis edificado piedra por
piedra la muralla, la ciudadela y los baluartes,
quería relegaros a la clase de simple cons-
tructor.
-De constructor, es decir, ¿de albañil?
-De albañil, eso es.
-¿De amasador de mortero?
-Precisamente.
-¿De peón?
-Justo.
-¡Vaya, vaya, con mi querido Aramis!
¿Os creéis, sin duda, todavía de veinticinco
años?
-Y no es eso todo, sino que a vos os
considera de cincuenta. -Hubiera querido ver-
le hincando el pico.
-Sí.
-Un hombre que padece de gota.
-Sí.
-Y de mal de piedra.
-También.
-A quien faltan tres dientes.
-Cuatro.
-¡Mientras que yo, mirad!
Y separando Porthos sus labios, ense-
ñó dos hileras de dientes algo menos blancos
que la nieve, pero tan limpios, duros y sanos
como el marfil.
-No podéis figuraros, Porthos --dijo
Artagnan- lo mucho que le place al rey una
hermosa dentadura. La vuestra me decide, y
quiero presentaros al rey.
-¿Vos?
-¿Por qué no? ¿Creéis que no tengo en
la Corte tanto poder como pueda tercer Ara-
mis?
-¡Oh, no!
-¿Supondréis que tenga la menor pre-
tensión de atribuirme las fortificaciones de
Belle-Isle?
-No, por cierto.
-De modo que ya veis que sólo puede
llevarme a ello vuestro interés.
-No me queda la menor duda.
-Pues bien, yo soy amigo íntimo del
rey, y la prueba es, que cuando hay que co-
municarle alguna cosa desagradable, siempre
me encargo yo de hacerlo.
-Pero, amigo mío, si vos me presen-
táis...
-¿Qué?
-Se incomodará Aramis.
-¿Contra mía?
-No, contra mí.
-¡Bah! Lo mismo da que os presente
yo, que os presente él, ya que de todos mo-
dos debéis ser presentado.
-Es que me tenían que hacer vestidos.
-¡Si los tenéis espléndidos!
-¡Oh! Los que tenía encargados eran
mucho más hermosos.
-Mirad que al rey le gusta la sencillez.
-Entonces seré sencillo. Pero, ¿qué di-
rá el señor Fouquet cuando sepa que he mar-
chado?
-¿Estáis acaso prisionero bajo palabra?
-No, por cierto. Mas le tengo prometi-
do no alejarme sin avisarle antes.
-Bueno; ahora iremos a eso. ¿Tenéis
algo que hacer aquí?
-¿Yo? Nada... Al menos nada impor-
tante.
-A menos que le sirváis a Aramis como
intermediario para algo grave.
-A fe que no.
-Ya comprenderéis que lo digo por in-
terés vuestro. Quiero suponer, por ejemplo,
que estuvieseis encargado de enviar a Aramis
mensajes, cartas.
-¡Ah!, Cartas, sí. Le envío ciertas car-
tas.
-¿Adónde?
-A Fontainebleau.
-¿Y tenéis esas cartas?
-Pero...
-Dejadme hablar. ¿Tenéis esas cartas?
-Ahora precisamente acabo de recibir
una.
-¿Interesante?
-Lo supongo.
-¿No las leéis?
-No soy curioso.
Y Porthos sacó del bolsillo la carta del
soldado que Porthos no había leído, pero sí
Artagnan.
-¿Sabéis lo que debéis hacer? -
preguntó Artagnan.
-¡Pardiez! Lo que hago siempre: remi-
tirla.
-No.
-Pues qué ... ¿guardarla?
-Tampoco. ¿No os han asegurado que
esa carta era interesante?
-Y mucho.
-Pues bien: lo que habréis de hacer es
llevarla vos mismo a Fontainebleau Aramis?.
-Sí.
-Tenéis razón.
-Y puesto que el rey está allí... -
Aprovecharemos la oportunidad...
-Para presentaros al rey.
-¡Cuerno de buey! Artagnan, sois el
único para hallar expedientes.
-Por tanto, en vez de mandar, a nues-
tro amigo mensajeros más o menos fieles, le
llevamos la carta nosotros mismos.
-Pues no se me había ocurrido siquie-
ra, a pesar de que la cosa no puede ser más
sencilla.
-Por eso urge mucho, querido Porthos,
que marchemos al momento.
-En efecto -dijo Porthos-, cuanto antes
salgamos, menos retraso sufrirá el despacho
de Aramis.
-Porthos, discurrís con mucha solidez,
y en vos la lógica favorece a la imaginación.
-¿Os parece? -dijo Porthos.
-Es resultado de los estudios sólidos -
contestó Artagnan-. Conque vamos.
-Pero, ¿y la promesa que he hecho al
señor Fouquet? -preguntó Porthos.
-¿Qué promesa?
-La de no salir de Saint-Mandé sin avi-
sarle.
-¡Vaya, amigo Porthos -dijo Artagnan-
qué niño sois!
-¿Por qué?
-¿No vais a Fontainebleau?
-Iré.
-¿No veréis allí al señor Fouquet?
-Sí.
-¿Probablemente en la cámara del
rey?
-¡En la cámara del rey! -repitió majes-
tuosamente Porthos.
-Pues os acercáis a él y le decís: "Se-
ñor Fouquet, tengo la honra de avisaros que
acabo de ausentarme de Saint-Mandé."
-Y -dijo Porthos con igual majestad-
viéndome el señor Fouquet en Fontainebleau
en la cámara del rey, no podrá decir que
miento.
-Justamente abría la boca para deciros
eso mismo, amigo Porthos; pero en todo me
adelantáis. ¡Qué naturaleza tan privilegiada la
vuestra! La edad no ha hecho mella en vos.
-No mucho.
-De modo que no hay más que hablar.
-Así es.
-¿No tenéis ya más escrúpulos?
-Creo qué no.
-Entonces partamos.
-Voy a hacer que ensillen mis caballos.
-Tengo cinco.
-¿Qué habéis hecho traer de Pierre-
fonds?
-Que me ha regalado el señor Fou-
quet.
-Querido Porthos, no hay necesidad de
cinco caballos para dos personas; además,
que tengo ya tres en París, y serían entre to-
dos ocho, número que considero excesivo.
-No lo sería si tuviese aquí a mis cria-
dos; pero, ¡ay! no los tengo.
-¿Echáis de menos a vuestros criados?
-A Mosquetón; Mosquetón me hace
falta.
-¡Qué corazón tan excelente! -exclamó
Artagnan-. Pero, creedme, dejad aquí vues-
tros caballos, como habéis dejado allá a Mos-
quetón.
-¿Por qué?
-Porque tal vez más adelante...
-¿Qué?
-Podrá resultar que el señor Fouquet
no os haya dado nada. -No comprendo -dijo
Porthos.
-Ni hay necesidad.
-Sin embargo...
-Más adelante os lo explicaré, Porthos.
-Apuesto que es cuestión política.
-Y de la más sutil.
Porthos bajó la cabeza al oír la pala-
bra: política; luego, tras un instante de re-
flexión, añadió:
-Os confieso, Artagnan, que no soy
político.
-¡Bien lo sé, diantre!
-¡Oh! Nadie sabe eso. Vos mismo me
lo habéis dicho, vos, el valiente de los valien-
tes.
-¿Qué he dicho yo, Porthos?
-Que cada uno tiene sus días.
-Eso me habéis dicho, y yo lo he expe-
rimentado. Hay días en que se encuentra
menos placer en recibir estocadas que en
otros.
-Esa es mi idea.
-Y la mía, aunque no crea en los gol-
pes que matan.
-¡Diantre! Pues a algunos habéis
muerto.
-Sí, pero a mí nunca me han matado.
-No es mala la razón.
-De consiguiente, no creo que haya de
morir nunca por la hoja de una espada o la
bala de un mosquete.
-Entonces, ¿no tenéis miedo a na-
da?... ¡Ah! ¿Al agua acaso?
-No tal, que nado como una nutria.
-¿A las cuartanas?
-Nunca las he tenido ni creo haya de
tenerlas jamás; pero os manifestaré una co-
sa...
Y Porthos bajó la voz.
-¿Cuál? -preguntó Artagnan, acomo-
dándose al diapasón de Porthos.
-Que tengo un miedo horrible a la po-
lítica -dijo Porthos.
-¡Ah! ¡Bah! -exclamó Artagnan.
-¡Poco a poco! -dijo Porthos con voz
estentórea-. Yo he visto a Su Eminencia el
cardenal Richelieu y a Su Eminencia el carde-
nal Mazarino; el uno seguía una política roja,
y el otro una política negra. Yo nunca he es-
tado más contento de la una que de la otra:
la primera hizo cortar la cabeza al señor de
Marcillac, al señor de Thou, al señor de Cinq-
Mars, al señor de Chalais, al señor de Boutte-
ville y al señor de Montmorency; la segunda
ha hecho ahorcar a una multitud de frondis-
tas, a cuyo partido pertenecíamos también
nosotros, amigo.
-No hay tal -dijo Artagnan.
-¡Oh, sí! Porque si yo tiraba de la es-
pada por el cardenal, daba tajos por el rey.
-¡Querido Porthos!
-Voy a terminar. Mi miedo a la política
es tal, que si hay política en esto, prefiero
volverme a Pierrefonds.
-Tendríais razón para ello, si tal hubie-
ra; pero conmigo, querido Porthos, no hay
nada de política. La cosa es clara; habéis tra-
bajado en fortificar a Belle-Isle; el rey tuvo
deseos de conocer el nombre del hábil inge-
niero que ha hecho esos trabajos; vos sois
tímido, como todos los hombres de mérito;
quizá Aramis trate de dejaros en la obs-
curidad. Pero yo os tomo por m¡ cuenta, os
hago salir a luz, os presento, y el rey os re-
compensa. Esta es toda mi política.
-¡Esa es también la mía, pardiez! -dijo
Porthos tendiendo la mano a Artagnan.
Pero Artagnan conocía la mano de
Porthos; sabía que aprisionada una mano
común entre los cinco dedos del barón, jamás
salía de ellos sin contusiones. Tendió, pues, a
su amigo, no la mano, sino el puño. Porthos
ni siquiera lo advirtió. Después de lo cual, sa-
lieron ambos de Saint-Mandé.
Los guardianes cuchichearon entre sí
ciertas palabras, que Artagnan comprendió,
pero que se guardó muy bien de hacer com-
prender a Porthos.
"Nuestro amigo -dijo para si no era más ni
menos que un prisionero de Aramis. Veremos
lo que resulta de la liberación de este cons-
pirador."
X
EL RATÓN Y EL QUESO
Artagnan y Porthos regresaron a pie,
como había ido Artagnan. Cuando Artagnan,
que fue el primero que penetró en la tienda
"El Pilón de Oro" anunció a Planchet que el
señor Du-Vallon sería uno de los viajeros pri-
vilegiados, y Porthos, al pasar a su vez, hizo
crujir con la pluma de su sombrero los me-
cheros de madera colgados del cobertizo, al-
go parecido a un presentimiento doloroso
turbó la alegría que Planchet prometíase para
el día siguiente.
Pero era un corazón de oro nuestro
abacero, resto precioso de una época que es
y ha sido siempre para los que envejecen la
de su juventud, y para los jóvenes la vejez de
sus antepasados.
Planchet, no obstante aquella con-
moción interna, pronto reprimida, recibió a
Porthos con un respeto mezclado de tierna
cordialidad.
Porthos, algo estirado' al principio, a
causa de la distancia social que existía en
aquella época entre un barón y un abacero,
concluyó al fin por humanizarse al ver en
Planchet tan buena voluntad y tanto agasajo.
Principalmente, no pudo menos de
mostrarse sensible a la libertad que se le dio,
o más bien se le ofreció, de sumergir sus an-
chas manos en las cajas de frutos secos y
confites, en los sacos de almendras y avella-
nas, y en los cajones llenos de dulces.
De modo que a pesar de las in-
vitaciones que le hizo Planchet para que sub-
iese al entresuelo, eligió por habitación favo-
rita, durante la noche que iba a pasar en casa
de Planchet, la tienda, donde sus dedos
hallaban siempre lo que su nariz había olfa-
teado.
Los hermosos higos de Provenza, las
avellanas del Forest, y las ciruelas de Turena,
fueron para Porthos objeto de una distracción
que saboreó por espacio de cinco horas sin
interrupción.
Entre sus dientes y muelas triturá-
banse los huesos, cuyos residuos sembraban
luego el suelo y crujían bajo la suela de los
que iban y venían; Porthos desgranaba entre
sus labios, de una vez, los sabrosos racimos
de moscatel secos, de violáceos colores, de
los que hacía pasar media libra de su boca al
estómago.
En un rincón del almacén, los mance-
bos, llenos de espanto, se miraban mutua-
mente sin atreverse a hablar.
No sabían que tal Porthos existiese,
pues jamás le habían visto. La raza de aque-
llos titanes que habían llevado las últimas co-
razas de Hugo Capeto, de Felipe Augusto y de
Francisco I, principiaba a desaparecer. Así era
que se preguntaban si sería aquél el duende
de los cuentos de encantamientos que iban a
sepultar en su insondable estómago todo el
almacén de Planchet, sin mover de su sitio
los barriles y cajones.
Porthos, mascando, triturando, chu-
pando y tragando, decía de vez en cuando al
abacero:
-Tenéis un lindo comercio, querido
Planchet.
-Pronto dejará de tenerlo, si esto si-
gue así -dijo el primer mancebo, a quien
Planchet había prometido que le sucedería en
la tienda.
Y, en su desesperación, acercóse a
Porthos, que ocupaba todo el sitio que condu-
cía desde la trastienda a la tienda, esperando
que aquél se levantase y que ese movimiento
le distrajese de sus ideas devoradoras.
-¿Qué queréis, querido mío? -preguntó
Porthos con aire afable.
-Quería pasar, señor, si no os sirve de
molestia.
-De ningún modo, amigo -dijo Port-
hos.
Y, cogiendo al mismo tiempo al man-
cebo por la cintura, lo levantó en el aire y lo
transportó al otro lado.
Por supuesto, que todo esto lo hizo
sonriendo, con el mismo aire de afabilidad.
Al asustado mancebo faltáronle las
piernas en el momento en que Porthos le de-
jaba en tierra, de modo que cayó de espaldas
sobre los corchos.
Sin embargo, viendo la dulzura de aquel
gigante, se aventuró a decir:
-¡Ay, señor, pensad lo que hacéis!
-¿Por qué decís eso, querido? -
preguntó Porthos.
-Porque vais a quemaros el estómago.
-¿Cómo es eso, mi buen amigo?
-Todos esos alimentos son ardientes,
señor.
-¿Cuáles?
Las pasas, las avellanas, las al-
mendras ...
-Sí; mas si las pasas, las avellanas y
las almendras son ardientes...
-No hay la menor duda, señor.
Y, alargando su mano hacia un barril
de miel abierto, donde estaba la espátula con
que se servía a los compradores, tragó una
buena media libra.
-Querido -dijo Porthos-, ¿queréis
traerme agua?
-¿En un cubo, señor? -preguntó senci-
llamente el mancebo.
-No; en una garrafa; con una garrafa
tendré suficiente -respondió Porthos con la
mayor naturalidad.
Y, llevándose la garrafa a la boca, co-
mo hace un músico con su trompa, la vació
de un solo trago.
Planchet estremecíase entre todos los
sentimientos que corresponden a las fibras de
la propiedad y del amor propio.
Sin embargo, como digno dispensador
de la hospitalidad antigua, simulaba conver-
sar con la mayor' atención con Artagnan, y no
hacía más que repetir:
-¡Ay, señor, qué placer!... ¡Ay, señor,
qué honra para mi casa!
-¿A qué hora cenaremos, Planchet? -
preguntó Porthos-. Tengo apetito.
El primer mancebo juntó sus manos.
Los otros dos escurriéronse bajo el
mostrador, temiendo que Porthos oliese la
carne fresca.
-Aquí tomaremos un bocado nada más
-dijo Artagnan-, y cenaremos luego en la ca-
sa de campo de Planchet.
-¡Ah! ¿De modo que vamos a vuestra
casa de campo, Planchet? -dijo Porthos-. Tan-
to mejor.
-Me hacéis grande honor, señor barón.
Las palabras señor barón produjeron
grande efecto en los mancebos, los cuales
vieron un hombre de la clase más distinguida
en un apetito de aquella naturaleza.
Por otra parte, aquel título les tranqui-
lizó. Nunca habían oído decir que a un duen-
de se le llamase señor barón.
-Tomaré algunos bizcochos para el
camino -dijo Porthos con indiferencia.
Y diciendo esto vació un cajón de biz-
cochos en el bolsillo de su ropilla.
-¡Salvóse mi tienda! -murmuró Plan-
chet.
-Sí, como el queso --dijo el primer
mancebo.
-¿Qué queso?
-Aquel queso de Holanda en que entró
un ratón y del que sólo hallamos la corteza.
Planchet echó una mirada por la tien-
da, y al ver lo que había escapado de los
dientes de Porthos, parecióle exagerada la
comparación.
El primer mancebo conoció lo que
querían decir los ojos de su amo.
-¡Cuidado con la vuelta! -le dijo.
-¿Tenéis frutos en vuestro cuarto? -
preguntó Porthos subiendo al entresuelo,
donde acababan de anunciar que estaba ser-
vido el refrigerio. - -¡Ay! -exclamó el abace-
ro, dirigiendo a Artagnan una mirada supli-
cante, que éste comprendió a medias.
Terminado el refrigerio pusiéronse en
camino.
Era ya tarde cuando los tres viajeros,
que salieron de París a eso de las seis, llega-
ron a Fontainebleau.
El viaje fue muy divertido, Porthos se
complació con la compañía de Planchet, por-
que éste le manifestaba mucho respeto, y le
hablaba con interés de sus prados, de sus
bosques y de sus conejares.
Porthos tenía los gustos y el orgullo
del propietario.
Artagnan, así que divisó a sus dos
compañeros tan engolfados en la conversa-
ción, tomó la ladera del camino, y, echando
la brida sobre el cuello de su caballo, se aisló
del mundo entero, como también de Porthos
y de Planchet.
La luna penetraba dulcemente a tra-
vés del ramaje azulado del bosque. Las ema-
naciones de la llanura subían, embalsamadas,
a las narices de los caballos, que resoplaban
con grandes saltos de alegría.
Porthos y Planchet se pusieron a
hablar aparte.
Planchet manifestó a Porthos que, en
la edad madura de su vida, había descuidado
la agricultura por el comercio; pero que su
infancia había transcurrido en Picardía, entre
las hermosas alfalfas que le subían hasta las
rodillas y bajo los verdes manzanos de frutos
sonrosados; así es que había jurado, tan
pronto como su fortuna estuviera hecha, vol-
ver a la naturaleza y terminar sus días como
los había empezado, lo más próximo a la tie-
rra, adonde van a parar todos los hombres.
-¡Hola, hola! -dijo Porthos-. Entonces,
querido Planchet, vuestro retiro está próximo
-¿Por qué?
-Porque me parece que estáis en ca-
mino de hacer una regular fortuna.
-Sí -contestó Planchet-, se hace lo que
se puede.
-Vamos a ver, ¿cuánto es lo que ambi-
cionáis, y con qué cantidad contáis poder re-
tiraros?
-Señor -dijo Planchet sin responder a
la pregunta, sin embargo de lo interesante
que era-, señor, una cosa me causa mucha
pena.
-¿Qué? -preguntó Porthos mirando a
sus espaldas, como para buscar esa otra cosa
que apenaba a Planchet y librarle de ella.
-En otro tiempo me llamabais simple-
mente Planchet, y me habríais dicho: "¿Cuán-
to ambicionas, Planchet, y con qué cantidad
cuentas poder retirarte?"
-Seguramente, así es; en otro tiempo
eso te habría dicho -replicó el buen Porthos
con cierta perplejidad llena de delicadeza-,
pero en aquel tiempo...
-En aquel tiempo era el lacayo del se-
ñor de Artagnan, ¿no es eso lo que queríais
decir?
-Sí.
-Pues bien, si no soy ahora lacayo su-
yo, soy todavía su servidor; y, además, des-
de aquella época ...
-¿Qué?
-Desde aquella época he tenido la
honra de ser su socio.
-¡Oh, oh -exclamó Porthos-. ¡Cómo!
¿Artagnan ha tomado parte en el comercio de
comestibles?
-No, no -dijo Artagnan, a quien aque-
llas palabras sacaron de sus meditaciones y
pusiéronle al corriente de la conversación con
la habilidad y penetración que distinguía cada
operación de su entendimiento y de su cuer-
po-. No ha sido Artagnan el que entró en el
comercio de comestibles, sino Planchet, que
se ha dedicado a la política. ¡Eso es!
-Sí -contestó Planchet con orgullo y
satisfacción a la vez-; hemos hecho juntos un
pequeño negocio que nos ha producido a mí
cien mil libras, y al señor de Artagnan dos-
cientas mil.
-¡Oh, oh! -exclamó Porthos con admi-
ración.
-De suerte, señor barón -contestó el
abacero-, que os suplico de nuevo me llaméis
Planchet como antiguamente, y continuéis tu-
teándome. No podéis suponeros el placer que
eso me causará.
-Si así es, lo haré como deseas, queri-
do Planchet -replicó Porthos. Y, como al decir
esto se hallara cerca de Planchet, levantó la
mano para darle un golpecito en el hombro,
en señal de cordial amistad.
Mas un movimiento providencial del
caballo dejó frustrado el ademán del jinete,
de suerte que su mano cayó sobre la grupa
del caballo de Planchet.
El animal dobló los riñones. Artagnan
empezó a reír, y dijo en voz alta:
-Cuidado, Planchet, que si Porthos te
llega a querer mucha, te acariciará; y si te
acaricia, te aplasta el día menos pensado: ya
ves que Porthos no ha perdido nada de su
fuerza.
-¡Oh! -dijo Planchet- Mosquetón no ha
muerto, y sin embargo, el señor barón lo
aprecia mucho.
-Así es -dijo Porthos con un suspiro
que hizo encabritar simultáneamente a los
tres caballos-; y aun decía esta mañana a
Artagnan lo mucho que le echaba de menos;
pero dime, Planchet...
-¡Gracias, señor barón, gracias! -
¡Bien, Planchet, bien! ¿Cuántas arpentas tie-
nes de parque?
-¿De parque?
-Sí; luego contaremos los prados, y
después los bosques.
-¿Dónde, señor?
-En tu palacio.
-Pero, señor barón, si no tengo pala-
cio, ni parque, ni prados, ni bosque.
-Entonces, ¿qué es lo que tienes, y
por qué llamas a eso casa de campo?
-No he dicho casa de campo, señor
barón -objetó Planchet algo humillado-, sino
simple apeadero.
-¡Ah, ah! --dijo Porthos-. Ya entiendo;
te reservas.
-No, señor barón, digo la verdad pura:
no tengo más que dos cuartos para amigos.
-Entonces, ¿por dónde pasean tus
amigos?
-Por los bosque del rey, que son en-
cantadores.
-El caso es que esos bosques son muy
hermosos, casi tanto como los míos del Be-
rry.
Planchet abrió desmesuradamente los
ojos.
-¿Tenéis bosques semejantes a los de
Fontainebleau, señor barón? -murmuró
asombrado.
-Sí, tengo dos; pero el del Berry es el
predilecto.
-¿Por qué? -preguntó graciosamente
Planchet.
-En primer lugar, porque no conozco
sus límites; y, después, porque está poblado
de cazadores furtivos.
-¿Y cómo puede haceros tan grato el
bosque esa profusión de cazadores furtivos?
-Porque ellos cazan mis piezas, y yo
los cazo a ellos, y esto es para mí, en tiempo
de paz, una imagen en pequeño de la guerra.
A este punto llegaba la conversación,
cuando Planchet, levantando la cabeza, divisó
las primeras casas de Fontainebleau, que se
diseñaban vigorosamente en el cielo, en tanto
que por encima de la masa compacta e in-
forme se elevaban las techumbres agudas del
palacio, cuyas pizarras relucían a la luna co-
mo las escamas de un pez enorme.
-Señores -dijo Planchet-: tengo el
honor de anunciaron que hemos llegado a
Fontainebleau.
XI
LA CASA DE CAMPO DE PLANCHET
Levantaron la cabeza los jinetes, y
vieron que el honrado Planchet decía exacta-
mente la verdad.
Diez minutos más tarde se hallaban en
la calle de Lyón, al otro
lado de la posada "El Hermoso Pavo Real".
Una inmensa cerca de espesos saúcos,
espinos y lúpulos formaba un vallado impene-
trable y negro, detrás del cual se elevaba una
casa blanca, con la techumbre de grandes
tejas.
Dos ventanas de aquella casa daban a
la calle. Las dos eran sombrías.
Entre ambas, una portecita, resguardada
por un cobertizo sostenido sobre pilastras,
daba entrada a ella.
El umbral de esta puerta estaba bas-
tante elevado.
Planchet echó pie a tierra como para
llamar a dicha puerta; pero, cambiando desde
luego de parecer, cogió a su caballo de la bri-
da y anduvo unos treinta pasos más.
Sus dos compañeros siguiéronle. Llegó
hasta una puerta cochera, situada treinta pa-
sos más allá, y, levantando un picaporte de
madera, única cerradura de aquella puerta,
empujó una de sus hojas. Entonces penetró
el primero, llevando el caballo por la brida, en
un pequeño corral, rodeado de estiércol, cuyo
olor revelaba la proximidad de un establo.
-Bien huele -dijo ruidosamente Port-
hos, echando al mismo tiempo pie a tierra-;
no parece sino que estoy en mis vaquerías de
Pierrefonds.
-No tengo más que una. vaca -se
apresuró a decir modestamente Planchet.
-Pues yo tengo treinta -dijo Porthos-,
y a decir verdad, no sé el número de las va-
cas que tengo.
Después que entraron los dos jinetes,
Planchet cerró la puerta. Entretanto, Artag-
nan, que se había apeado con su ligereza
acostumbrada respiraba aquella saludable
atmósfera, y alegre como un parisiense que
sale al campo, cogía, ora un ramo de madre-
selvas, ora un agavanzo.
Porthos echó mano a unos guisantes
que subían a lo largo de los palos, y se co-
mía, o más bien engullía, vainas y fruto a la
vez.
Planchet corrió a despertar a cierto
campesino, viejo y cascado, que dormía bajo
un cobertizo sobre una cama de musgo, cu-
bierto con una chamarreta.
El campesino, que conoció a Planchet,
le llamó nuestro amo, con gran placer del
abacero.
-Llevad los caballos al pesebre, buen
viejo, y dadles buena pitanza -dijo Planchet.
-¡Oh! Hermosos animales -exclamó el
campesino-, procuraré que se harten.
-Poco a poco, poco a poco, amigo -dijo
Artagnan-; no tanto ya: avena, y la paja co-
rrespondiente, nada más.
-Y agua de salvado para mi caballo -
repuso Porthos-, porque se me figura que su-
da mucho.
-¡Oh! Nada temáis, señores -contestó
Planchet-: el tío Celestino es un antiguo gen-
darme del Ivry, y sabe lo que es cuidar caba-
llos. Pasemos a la casa.
Y llevó a sus amigos por una alameda
muy poblada que atravesaba una huerta,
luego un campo de alfalfa, que, por ultimo,
terminaba en un jardinito, tras del cual se
elevaba la casa, cuya fachada principal se
había visto ya desde la calle.
A medida que se iban acercando, po-
día distinguirse por dos ventanas abiertas del
piso bajo el interior, el penetral de Planchet.
Aquella habitación, suavemente ilumi-
nada por una lámpara situada sobre la mesa,
se destacaba en el fondo del jardín como una
risueña imagen de la paz, de la comodidad y
de la dicha.
Donde quiera que caía la lentejuela de
luz desprendida del centro luminoso sobre
una antigua fayenza, sobre un mueble res-
plandeciente de limpieza, sobre un arma col-
gada en la tapicería, la pura claridad encon-
traba un puro reflejo, y la gota de fuego iba a
reposar sobre el objeto grato a la vista.
Aquella lámpara, que iluminaba el
cuarto, mientras que por el cerco de las ven-
tanas caían las ramas de jazmín y de aristo-
loquia, daba luz a un mantel adamascado,
blanco 1 como la nieve.
Había dos cubiertos sobre aquel man-
tel. Un vino clarete mecía sus rubíes en el
cristal labrado de la larga botella, y una vasi-
ja de fayenza azul, con tapadera de plata,
contenía una espumosa sidra.
Al lado de la mesa, y en un sillón de
mucho respaldo, dormía una mujer de treinta
años, cuyo rostro rebosaba salud y frescura.
Sobre las rodillas de aquella fresca
criatura, un gatazo manso, apelotonando su
cuerpo sobre sus patas dobladas, hacía oír
ese ronquido característico que, con los ojos
medio cerrados, significa en los hábitos feli-
nos: "Soy enteramente feliz."
Los dos amigos detuviéronse delante
de aquella ventana, mudos de sorpresa.
Al ver Planchet su admiración ex-
perimentó una dulce alegría. -¡Ah, pícaro
Planchet! -exclamó Artagnan-. Ahora com-
prendo tus ausencias.
-¡Oh, oh! Vaya un lienzo blanco -dijo a
su vez Porthos con voz de trueno.
Al ruido de aquella voz, el gato esca-
pó, el ama se despertó asustada, y Planchet,
tomando un aire afable, introdujo a los dos
compañeros en la habitación donde estaba
puesta la mesa.
-Permitidme, amiga mía, que os pre-
sente al señor caballero de Artagnan, mi pro-
tector.
Artagnan cogió la mano de la dama
como hombre cortesano, y con los mismos
modales con que habría tomado la de Mada-
me.
-El señor barón Du-Vallon de Bracieux
de Pierrefonds -añadió Planchet.
Porthos hizo un saludo que hubiera
dejado satisfecha a la misma Ana de Austria,
so pena de ser tenida por muy exigente.
Entonces le tocó su vez a Planchet, el
cual abrazó con gran franqueza a la dama, no
sin haber hecho antes un ademán que pare-
cía pedir su permiso a Artagnan y Porthos,
permiso que le fue concedido en el acto.
Artagnan hizo su cumplido a Planchet.
-He aquí un hombre que sabe vivir.
-Señor -contestó Planchet riendo-, la
vida es un capital que el hombre debe tratar
de colocar lo más ingeniosamente que pueda
...
-Y del que obtienes grandes intereses
-dijo Porthos riendo como un trueno.
Planchet se volvió hacia el ama de la
casa.
-Amiga mía -le dijo-, aquí tenéis a los
dos hombres que han dirigido una parte de
mi existencia, y que os he nombrado tantas
veces.
-Con otros dos más -dijo la dama con
acento flamenco de los más pronunciados
-¿Sois holandesa? -preguntó Artag-
nan.
Porthos retorcióse el bigote, lo cual
notó Artagnan, que todo lo observaba.
-Soy de Amberes -respondió la dama.
-Y se llama la señora Gechter -dijo
Planchet.
- Pero supongo que no la llamaré de
ese modo -dijo Artagnan.
-¿Por qué? -preguntó Planchet.
-Porque sería envejecerla cada vez
que la llamaseis.
-No: la llamo Trüchen. -Bonito nombre
-dijo Porthos.
-Trüchen -replicó Planchet me ha ve-
nido de Flandes con su virtud y dos mil flori-
nes, huyendo de un marido que le pegaba.
Como natural de Picardía, me han gustado
siempre las mujeres de Artois. Del Artois a
Flandes no hay más que un paso. La desgra-
ciada vino a llorar a casa de su padrino, mi
predecesor de la calle de los Lombardos, y
colocó en mi casa sus dos mil florines, que en
el día le rentan diez mil.
-¡Bravo, Planchet!
-Es libre, es rica; tiene una vaca;
manda a una sirviente y al tío Celestino; me
hace todas mis camisas y todas mis medias
de invierno; sólo me ve de quince en quince
días, y se considera dichosa
-y lo soy efectivamente -dijo Trüchen con
abandono.
Porthos se retorció el otro hemisferio
del bigote.
-¡Diantre, diantre! -dijo para sí Artag-
nan-. Será que Porthos tenga intenciones.
Entretanto, Trüchen, comprendiendo
lo que había de hacer, dio prisa a la cocinera,
añadió dos cubiertos, y puso sobre la mesa
manjares delicados, capaces de convertir una
cena en comida y una comida en festín.
Manteca. fresca, cecina, anchoas y atún,
todo lo mejor de la tienda de Planchet.
Pollos, legumbres, ensalada, pescados
de estanque y de río, caza del monte, en fin,
todos los recursos de la provincia.
Además, Planchet volvía de la bodega car-
gado con diez botellas, cuyo vidrio desapare-
cía bajo una densa capa de polvo ceniciento.
Aquello alegró el corazón de Porthos.
-Tengo hambre -dijo.
Y se sentó junto a la señora Trüchen
con una mirada asesina. Artagnan se sentó al
otro lado. Planchet, discreta y alegremente,
se colocó enfrente.
-No os extrañéis -dijo- si durante la
comida abandona Trüchen la mesa frecuen-
temente, pues tiene que disponer vuestros
dormitorios. En efecto, el ama hacía numero-
sos viajes y se oían crujir en el piso superior
las armaduras de las camas y chillar las rode-
zuelas sobre el pavimento.
Entretanto, los tres hombres comían y
bebían, especialmente Porthos.
Era maravilloso el verlos. Cuando Trüchen
volvió con el queso, las diez botellas no eran
más que diez sombras.
Artagnan conservó toda su dignidad.
Porthos, al contrario, perdió parte de
la suya.
Hubo brindis y canciones. Artagnan
propuso otra nueva excursión a la bodega, y
como Planchet no caminaba con la regulari-
dad debida, el capitán de mosqueteros se
ofreció a acompañarle. Marcharon, pues, ta-
rareando canciones capaces de asustar al
mismo demonio.
Trüchen se quedó en la mesa al lado
de Porthos.
Mientras los dos golosos elegían de-
trás de loe haces de leña, dejóse oír ese ruido
seco y sonoro que producen al hacer el vacío
los labios sobre una mejilla.
"Porthos se habrá creído estar en La
Rochela", pensó Artagnan. Ambos subieron
cargados de botellas.
Planchet no veía ya de tanto cantar.
Artagnan, que todo lo observaba, notó
que la mejilla izquierda de Trüchen estaba
mucho más colorada que la derecha.
Porthos sonreía a la izquierda de Trü-
chen, y se retorcía con sus dos manos las
puntas de su bigote.
Trüchen sonreía también al magnífico
señor.
El vino espumoso de Anjou hizo de
aquellos tres hombres, primero tres demo-
nios, y luego tres leños.
Artagnan no tuvo fuerzas más que pa-
ra coger una luz y alumbrar, a Planchet.
Planchet arrastró a Porthos, a quien
empujaba Trüchen, muy contenta también.
Artagnan fue el que halló los dor-
mitorios y descubrió las camas. Porthos se
sumió en la suya, después de haberle desnu-
dado su amigo el mosquetero.
Artagnan se arrojó sobre la que le
habían dispuesto, diciendo:
-¡Diantre! Y eso que había jurado no
tocar a ese vino dorado que trasciende a pie-
dra de chispa. ¡Si los mosqueteros viesen a
su capitán en semejante estado!
Y corriendo las cortinas del lecho:
-Por fortuna no me verán - añadió.
Planchet fue trasladado en brazos de
Trüchen, la cual le desnudó, y cerró cortinas
y puertas.
-Es divertido el campo -observó Port-
hos estirando sus piernas que pasaron a tra-
vés de la armadura de la cama, lo cual pro-
dujo un ruido enorme. Verdad es que nadie
paró atención en ello, pues tanto era lo que
se habían divertido en la casa de campo de
Planchet.
A las dos de la madrugaba todo el
mundo roncaba.
XII
LO QUE SE VEÍA DESDE LA CASA DE
PLANCHET
El siguiente día sorprendió a los
tres héroes durmiendo a pierna suelta.
Trüchen había cerrado los postigos de
las ventanas para que el sol no les diera en
los ojos al salir por levante.
De modo que reinaba noche obscura
bajo las cortinas de Porthos, y bajo el balda-
quino de Planchet,
cuando Artagnan, despertado el primero
por un rayo indiscreto que penetraba por un
intersticio de la ventana, saltó de la cama
como para llegar el primero al asalto.
Tomó en efecto por asalto el cuarto de
Porthos, que estaba inmediato al suyo.
Porthos dormía lo mismo que zumba
un trueno, y mostraba orgullosamente en la
obscuridad su enorme cuerpo, del que colga-
ba fuera de la cama hasta el suelo su ner-
vudo brazo.
Artagnan despertó a Porthos, quien se
restregó los ojos con bastante soltura.
Mientras tanto se vestía Planchet, y salía a
recibir a la puerta de su cuarto a los dos
huéspedes, vacilantes todavía de resultas de
la cena última.
Aunque aun era muy temprano, toda la
casa estaba ya en pie. La cocinera degollaba
sin piedad en el corral, y el viejo Celestino
cogía cerezas en el jardín.
Porthos, satisfecho en extremo, tendió
una mano a Planchet, y Artagnan pidió per-
miso para abrazar a la señora Trüchen.
Esta, que no conservaba odio a los venci-
dos, se aproximó a Porthos, al cual le fue
otorgado igual favor.
Porthos abrazó a la señora Trüchen
con un fuerte suspiro. Entonces Planchet
cogió a los dos amigos de la mano.
-Voy a enseñaros la casa -dijo-. Ano-
che entramos aquí como en un horno, y no
hemos visto nada; pero de día todo cambia
de aspecto, y espero que no quedaréis des-
contentos.
-Principiemos por las vistas -dijo Ar-
tagnan-: las vistas me gustan más que nada;
yo he vivido siempre en casas regias, y he
observado que los príncipes no saben elegir
mal sus puntos de vista.
-Yo -observó Porthos- he sido siempre
aficionado a. las vistas; así es que en mi po-
sesión de Pierrefonds he hecho abrir cuatro
alamedas que dan vista a una perspectiva
muy pintoresca.
-Ahora veréis mi perspectiva -repuso
Planchet.
Y condujo a sus huéspedes a una ven-
tana.
-¡Ah, sí! Es la calle de Lyón -dijo Ar-
tagnan.
-Sí; por este lado hay dos ventanas,
desde las que nada se ve de particular si no
es esa posada de enfrente, siempre bulliciosa
y alborotada; es una vecindad muy incó-
moda. Antes tenía cuatro ventanas a ese la-
do, pero he quitado dos.
-Adelante -dijo Artagnan.
Pasaron a un corredor que conducía a
los dormitorios, y Planchet abrió los postigos.
-¡Calla! -dijo Porthos-. ¿Qué es aquello
que se ve allá abajo?
-El bosque -dijo Planchet-. Ese es el
horizonte; una densa faja amarilla en prima-
vera, verde en verano, rojiza en otoño y
blanca en invierno.
-Muy bien; pero es una cortina que
impide ver más lejos.
-Sí -dijo Planchet-; pero desde aquí se
ve...
-¡Ah! Ese gran campo... -dijo Porthos-
. ¡Calla! ¿Qué es lo que diviso en él?... Cru-
ces, piedras.
-¡Vamos! ¡Pero si es el cementerio! -
exclamó Artagnan. -Justamente -dijo Plan-
chet-; y os aseguro que es muy curioso. No
pasa día en que no entierren ahí a alguien.
Fontainebleau tiene bastante gente. Unas ve-
ces son jóvenes vestidas de blanco, con pen-
dones, otras regidores o vecinos pudientes,
con los chantres y la fábrica de la parroquia;
a veces también oficiales de la casa del rey.
-No me place eso mucho -dijo Porthos.
-No es muy divertido que digamos -
añadió Artagnan.
-Os aseguro que eso inspira ideas san-
tas -repuso Planchet.
-¡Ah! No digo que no.
-Pero -continuó Planchet-, algún día
hemos de morir, y hay en no sé dónde una
máxima que he retenido, y es la siguiente:
"No hay pensamiento más saludable que el
pensamiento de la muerte."
-No afirmo lo contrario -dijo Porthos.
-Pero -replicó Artagnan- también es
un pensamiento saludable el del verdor de los
campos, de las flores, de los ríos, de los hori-
zontes azules, de las vastas llanuras sin fin...
-Si los tuviese no les haría ascos -
contestó Planchet-; pero no teniendo más
que ese pequeño cementerio, florido también,
cubierto de musgo, sombrío y tranquilo, me
contento con él, y pienso en la gente de la
ciudad que vive, pongo por caso, en la calle
de los Lombardos, y oye rodar dos mil ca-
rruajes al día, y andar por el lodo a ciento
cincuenta mil personas.
-¡Pero vivas -exclamó Porthos-, vivas!
-Eso es precisamente -dijo Planchet
con timidez- lo que me distrae de los muer-
tos.
-Este diablo de Planchet -repuso Ar-
tagnan- ha nacido para poeta tanto como pa-
ra abacero.
-Señor -dijo Planchet-, yo era una de
esas buenas pastas de hombre que Dios ha
hecho para animarse durante cierto tiempo, y
considerar bueno todo lo que acompaña su
permanencia sobre la tierra.
Artagnan se sentó junto a la ventana,
y, habiéndole parecido sólida la filosofía de
Planchet, se puso a reflexionar.
-¡Cáscaras! -exclamó Porthos-. Si no
me engaño, ya tenemos espectáculo, pues
me parece que oigo cantar.
-Sí que cantan -dijo Artagnan.
-¡Oh! ¡Es un entierro de última clase! -
murmuró Planchet desdeñosamente-. No vie-
nen más que el cura oficiante, el pertiguero y
el niño de coro. Ya veis, señores, que el di-
funto o la difunta no debían ser príncipes.
-No, nadie sigue su féretro. -Sí -dijo
Porthos-, veo a un hombre.
-Sí, es verdad; un hombre embozado
en una capa -añadió Artagnan.
-No vale la pena mirarlo -observó
Planchet.
-Eso me interesa -dijo vivamente Ar-
tagnan acodándose sobre la ventana.
-Vamos; veo que al fin caéis en la ten-
tación -dijo gozoso Planchet-; os sucede lo
que a mí: los primeros días me ponía triste
de tanto persignarme, y los cánticos me pe-
netraban como clavos en el cerebro; pero
ahora me mezclo al son de ellos, y se me fi-
gura que no he visto nunca pájaros más her-
mosos que los del cementerio.
-Pues yo -dijo Porthos- no me divierto
aquí y prefiero bajar. Planchet dio un brinco,
y ofreció su mano a Porthos para conducirle
al jardín.
-¿Y qué, os vais a quedar ahí? -
preguntó Porthos volviéndose hacia Artagnan.
-Sí, querido, sí; luego iré a reunirme a
vos.
-¡Je, je! ¡El señor de Artagnan no hace
mal! ¿Están ya enterrando?
-Todavía no.
-En efecto; el sepulturero aguarda a
que estén atadas las cuerdas alrededor del
ataúd. ¡Mirad!. . . Por aquel lado del cemen-
terio entra una mujer.
-Sí, sí, querido Planchet -dijo con vi-
veza Artagnan-; pero déjame, déjame, que
empiezo a engolfarme en meditaciones salu-
dables, y no quiero que me interrumpan.
Planchet se marchó, y Artagnan devo-
raba con los ojos, detrás del postigo, medio
cerrado, lo que pasaba enfrente.
Los dos sepultureros habían sacado
los correones de las angarillas,
y dejaban deslizar su carga en la fosa.
A pocos pasos, el hombre de la capa,
único espectador de aquella escena lúgubre,
se arrimaba a un gran ciprés y ocultaba ente-
ramente su rostro a los sepultureros y al cu-
ra. El cuerpo del difunto quedó enterrado en
cinco minutos.
Rellenada ya la sepultura, se volvió el
cura con la comitiva; el sepulturero le dirigió
algunas palabras y luego echó a andar tras
ellos.
El hombre de la capa los saludó al pa-
sar, y puso una moneda en la mano al sepul-
turero.
-¡Pardiez! -exclamó Artagnan-. ¡Ese
hombre es Aramis!
Aramis, en efecto, quedó solo, al menos
por aquel lado, pues apenas volvió la cabeza
cuando oyéronse cerca de él en el camino los
pasos de una mujer y el crujir de un vestido.
Volvióse al momento, y, quitándose el
sombrero con mucho respeto cortesano, con-
dujo a la dama bajo un grupo de castaños y
de tilos que daban sombra a una tumba fas-
tuosa.
-¡Tate! -dijo Artagnan-. ¡El obispo de
Vannes dando citas! Vamos, es el mismo
abate Aramis, galanteando en Noisy-le-Sec...
Sí -añadió el mosquetero-; mas, en un ce-
menterio, la cita es sagrada.
Y se echó a reír.
La conversación duró una media hora.
Artagnan no podía ver el semblante de
la dama, porque ésta le daba la espalda; pero
conocía en la postura de los dos interlocuto-
res, en la simetría de sus ademanes y en la
manera acompasada, mañosa, con que se
dirigían miradas, como de ataque o defensa,
que no hablaban de amor.
Al fin de la conversación la dama se
levantó, y fue ella la que hizo una profunda
reverencia a Aramis.
-¡Oh, oh! -dijo Artagnan-. ¡Esto acaba
como una cita amorosa!
El caballero se arrodilla al principio, y
luego la vencida y la que suplica es la dama...
¿Quién será esa señorita?... Daría una uña
por verla.
Pero no pudo ser. Aramis se fue el prime-
ro, la dama se cubrió con sus chales y partió
en seguida.
Artagnan no guardó a más, y corrió a
la ventana de la calle de Lyón.
Aramis acababa de entrar en la posa-
da.
La dama se dirigía en sentido con-
trario. Iba a reunirse a un carruaje de dos
caballos de mano y una carroza que se veían
en la linde del bosque.
La dama caminaba despacio, con la cabeza
baja, absorta en profunda meditación.
-¡Pardiez, pardiez! Es preciso que sepa
quién es esa mujer -dijo el mosquetero.
Y, sin más deliberaciones, empezó a
andar tras ella.
Por el camino se iba preguntando có-
mo se compondría para hacerle alzar el velo.
-Ella no es joven -dijo-, es mujer del
gran mundo. Lléveme el demonio, o ese con-
tinente no me es desconocido.
Conforme corría, el ruido de sus botas
y el traqueteo de sus espuelas sobre el suelo
de la calle iba haciendo un sonsonete extra-
ño; esto le proporcionó una feliz coyuntura,
con la cual no contaba.
Aquel ruido alarmó a la dama; cre-
yendo que la seguían o perseguían, como así
era, volvió la cabeza.
Artagnan dio un brinco, como si
hubiese recibido en las pantorrillas una carga
de perdigones; después, dando un rodeo para
volver atrás:
-¡Madame de Chevreuse! -murmuró.
Artagnan no se quiso quedar sin sa-
berlo todo.
Pidió al tío Celestino que se informara
por el sepulturero quién era
el muerto que habían enterrado aquella
misma mañana.
-Un pobre franciscano mendicante -
replicó éste-, que no tenía ni un perro que le
amase en este mundo y le acompañase a su
última morada.
-Si así fuese -pensó Artagnan-, no
habría asistido Aramis a su entierro... El se-
ñor obispo de Vannes no es un perro en
cuanto al cariño; para el olfato no digo.
XIII
CóMO PORTHOS, TRÜCHEN Y
PLANCHET SE SEPARARON AMIGOS,
GRACIAS A ARTAGNAN
Hiciéronse muchos aprestos .para el
almuerzo en casa de Planchet. Porthos rom-
pió una escalera de mano y dos cerezos, des-
pojó los frambuesos, y no le fue posible coger
fresas, a causa, según decía, de su cinturón.
Trüchen, que se había familiarizado ya
con el gigante, le dijo:
-No es por el cinturón; es por el fien-
dre.
Y Porthos, radiante de alegría, abrazó
a Trüchen, quien le cogió una almorzada de
fresas y se las hizo comer en sus manos. Ar-
tagnan, que llegó en esto, riñó a Porthos por
su pereza y compadeció por lo bajo a Plan-
chet.
Porthos desayunó bien; y cuando hubo
concluido:
-¡Qué bien lo pasaría aquí! -dijo mi-
rando a Trüchen.
Trüchen sonrió.
Planchet hizo lo propio, no sin cierta
desazón.
Entonces Artagnan dijo a Porthos:
-Es necesario, amigo mío, que las de-
licias de Capua no os hagan olvidar el objeto
primordial de nuestro viaje a Fontainebleau.
-¿Mi presentación al rey?
-Justamente. Voy a dar una vuelta por
la población para preparar lo conveniente. No
salgáis de aquí, os lo ruego.
-¡Oh, no! -exclamó Porthos. Planchet
miró a Artagnan con temor.
-¿Estaréis ausente mucho tiempo? -
dijo.
-No, amigo mío, pues esta misma no-
che quedarás desembarazado de dos huéspe-
des algo molestos.
-¡Bah! Señor de Artagnan, ¿como po-
déis decir?
-No, mira, tu corazón es bondadoso;
pero tu casa es pequeña. Hay quien no tiene
dos arpentas de tierra y puede alojar a un rey
y hacerlo muy feliz; pero tú no has. nacido
gran señor, Planchet.
-Ni el señor Porthos tampoco -
murmuró Planchet.
-Mas lo ha llegado a ser, querido; en
primer lugar, es dueño hace veinte años de
cien mil libras de renta, y dueño también,
hace cincuenta, de dos puños y un espinazo
que no han reconocido rivales en este encan-
tador reino de Francia. Porthos es un gran
señor al lado tuyo, hijo mío. . . y no te digo
más creo que ya me entenderás.
-No, no, señor; explicadme...
-Mira tu jardín devastado, tu despensa
vacía, tu cama rota, tu bodega exhausta; mi-
ra... a la señora Trüchen...
-¡Ah, Dios mío! -exclamó Planchet.
-Porthos es señor de treinta pueblos,
con trescientas vasallas muy desenvueltas, y
Porthos es un buen mozo.
-¡Ah, Dios mío! -repitió Planchet.
-La señora Trüchen es una excelente
persona -prosiguió Artagnan-; guárdala para
ti, ¿entiendes? . . .
Y le dio un golpecito en el hombro.
En aquel momento, el abacero vio a
Trüchen y a Porthos guarecidos bajo un em-
parrado.
Trüchen, con una gracia enteramente
flamenca, ponía pendientes a Porthos con pa-
res de cervezas, y Porthos reía amorosamen-
te como Sansón delante de Dalila.
Planchet apretó la mano de Artagnan,
y corrió hacia el emparrado. Hagamos a Port-
hos la justicia de decir que no se movió... In-
dudablemente creía que no obraba mal. Trü-
chen tampoco se alteró, lo cual incomodó a
Planchet; pero tenía éste bastante mundo
para poner buen semblante ante un contra-
tiempo.
Planchet cogió el brazo de Porthos, y
le propuso ir a ver los caballos.
Porthos dijo que estaba fatigado. Plan-
chet propuso al barón Du Vallon probar un
noyó hecho por su mano, y que no tenía
igual.
El barón aceptó.
De este modo pudo Planchet tener
ocupado todo el día a su enemigo, sacrifican-
do la despensa a su amor propio.
Artagnan volvió dos horas después.
-Todo está preparado -dijo-; he visto
a Su Majestad un momento cuando salía a
cazar, y esta noche nos espera.
-¡El rey me espera! -murmuró Porthos
engriéndose.
Y, preciso es decirlo, pues el corazón
del hombre es una ola en extremo movible:
desde aquel instante dejó Porthos de mirar a
la señora Trüchen con aquella gracia impre-
sionante que había ablandado el corazón de
la flamenca.
Planchet estimuló lo que pudo aquellas
disposiciones ambiciosas. Refirió, o más bien
recorrió, todos los esplendores del último rei-
nado, las batallas, los sitios, las ceremonias.
Habló del lujo de los ingleses Y de los benefi-
cios reportados por los tres intrépidos cama-
radas, de
quienes Artagnan, el más humilde en un
principio, había llegado a ser el jefe.
Entusiasmó a Porthos mostrándole su
juventud desvanecida; elogió la castidad de
aquel gran señor y su religioso respeto a la
amistad; estuvo, en una palabra, elocuente y
diestro, hasta el punto de tener embobado a
Porthos, hacer temblar a Trüchen, y hacer
meditar a Artagnan.
A las seis, el mosquetero mandó pre-
parar los caballos, e hizo que Porthos se vis-
tiese.
Dio gracias a Planchet por su buena
hospitalidad, lo deslizó algunas palabras va-
gas acerca de proporcionarle algún empleo en
la Corte, lo cual hizo subir desde luego el
concepto de Planchet en el ánimo de Trüchen,
donde el pobre abacero, tan bueno, tan gene-
roso, tan leal, había perdido mucho terreno
con la aparición y el paralelo de dos grandes
señores.
Porque las mujeres son así: am-
bicionan loa que no tienen, y desdeñan lo que
ambicionaban cuando ya lo tienen.
Después que Artagnan hizo aquel ser-
vicio a Planchet, dijo en voz baja a Porthos:
Tenéis en vuestro dedo, amigo mío,
una sortija muy bella.
-Trescientos doblones -dijo. Porthos.
-La señora Trüchen conservará mucho
mejor vuestro recuerdo si le dejáis esa sortija
-replicó Artagnan. Porthos dudaba.
-Creéis que no es bastante bueno, ¿no
es verdad? -dijo el mosquetero- Os compren-
do, un gran señor como vos jamás va a hos-
pedarse a casa de un antiguo criado sin pagar
liberalmente la hospitalidad; pero, creedme,
Planchet tiene un corazón tan bueno, que no
notará siquiera que tenéis cien mil libras de
renta.
-Si os parece -dijo Porthos engreído
con aquellas palabras-, daré a la señora Trü-
chen mi alquería de Bracieux; es también una
bonita sortija para el dedo... de doce ar-
pentas.
-Es demasiado, mí buen Porthos, de-
masiado por ahora... Dejadlo para más ade-
lante.
Le quitó el diamante del dedo, y.
aproximándose a Trüchen:
-Señora -dijo-, el señor barón no sabe
cómo suplicaron que aceptéis por amor suyo
esta sortijilla. El señor Du Vallon es uno de
los hombres más generosos y discretos que
conozco. Quería regalaros una alquería que
posee en Bracieux; pero le he disuadido de
ello.
-¡Oh! -murmuró Trüchen, devorando.
con los ojos el diamante.
-¡Señor barón! -exclamó enternecido
Planchet.
-¡Mi buen amigo! -balbuceó Porthos
encantado de haber sido tan bien interpreta-
do por Artagnan.
Todas aquellas exclamaciones, al cru-
zarse, dieron un desenlace patético al día que
hubiese podido terminar de una manera gro-
tesca.
Pero Artagnan estaba allí, y donde
quiera que Artagnan mandaba, terminaban
las cosas siempre a medida de su deseo.
Llegaron los abrazos de despedida.
Trüchen. colocada en su lugar por la munifi-
ciencia del barón, sólo ofreció una frente tí-
mida al gran señor, con quien tanta familiari-
dad había gastado el día antes.
El mismo Planchet sintióse penetrado
de humildad.
El barón Porthos, suelta ya la vena de
su generosidad, habría vaciado de buena ga-
na sus bolsillos en manos de la cocinera y de
Celestino.
Pero Artagnan le contuvo.
-Ahora me corresponde a mí -1e dijo.
Y dio un doblón a la mujer y dos al
hombre.
Aquello era oír bendiciones, capaces
de alegrar el corazón de Harpagón, y de
hacerlo pródigo.
Artagnan se hizo acompañar por Plan-
chet hasta Palacio, e introdujo a Porthos en
su cuarto de capitán, donde entró sin ser vis-
to de las personas a quienes temía encontrar.
XIV
LA PRESENTACIÓN DE PORTHOS
Aquella misma noche, a las siete. con-
cedía el rey audiencia a un embajador de las
Provincias Unidas en el gran salón.
La audiencia duró un cuarto de hora.
En seguida recibió el rey a los nuevos
presentados y a algunas damas, que pasaron
las primeras.
En un ángulo del salón, detrás de una
columna, conversaban Porthos y Artagnan,
esperando que les llegase la vez.
-¿Sabéis lo que sucede? -dijo el mos-
quetero a su amigo.
-Pues bien, miradle.
Porthos se puso de puntillas,
y r vio el señor Fouquet en traje de
ceremonia, que conducía a Aramis a la pre-
sencia del rey.
-¡Aramis! -dijo Porthos. -Presentado al
rey por el señor Fouquet.
-¡Ah! -exclamó Porthos. -Por haber
fortificado a Belle-Isle -continuó Artagnan.
-¿Y yo?
-Vos, como he tenido el honor de deci-
ros, sois el buen Porthos, la bondad misma;
por eso querían que' permanecieseis por al-
gún tiempo en Saint-Mandé.
-¡Ah! -repitió Porthos. -Pero, afortu-
nadamente, estoy yo aquí -dijo Artagnan-, y
me llegará el turno en seguida.
En aquel momento dirigíase Fouquet
al rey.
-Señor -dijo-: tengo que pedir un fa-
vor a Vuestra Majestad. El señor de Herblay
no es ambicioso, pero sabe que puede ser
útil. Vuestra Majestad necesita tener un
agente en Roma, y un agente poderoso; creo
que podemos obtener un capelo para el señor
de Herblay. El rey hizo un movimiento.
-No suelo molestar a Vuestra Majestad
con pretensiones -dijo Fouquet.
-Ya veremos -contestó el rey, que
empleaba siempre esa frase en los casos du-
dosos.
A esa frase nada había que replicar.
Fouquet y Aramis se miraron. El rey
continuó:
-El señor de Herblay puede servirnos
también en Francia: algún arzobispado, pon-
go por caso.
-Señor -objetó Fouquet con la gracia
que le era peculiar-: Vuestra Majestad honra
mucho al señor de Herblay: el arzobispado
puede servir de complemento al capelo; no
excluye lo uno a lo otro.
El rey admiró aquella presencia de
ánimo y sonrió.
-No hubiese respondido mejor Artag-
nan -dijo.
Apenas pronunció este nombre, acudió
presuroso Artagnan.
-¿Vuestra Majestad me llama? -
preguntó.
Aramis y Fouquet dieron un paso para
retirarse.
-Permitid, señor -dijo vivamente Ar-
tagnan, haciendo acercarse a Porthos-, que
presente a Vuestra Majestad al señor barón
Du-Vallon, uno de los más valientes hidalgos
de Francia.
Aramis, al ver a Porthos, palideció, y
Fouquet crispó los dedos bajo sus puños de
encaje.
Artagnan dirigió a ambos una sonrisa,
en tanto que Porthos se inclinaba visiblemen-
te conmovido ante la majestad real.
-¡Porthos aquí! -murmuró Fouquet al
oído de Aramis.
-¡Silencio! Es una traición -dijo éste.
-Señor -dijo Artagnan-, hace seis años
que debería haber presentado al señor Du-
Vallon a Vuestra Majestad; pero algunos
hombres se asemejan a las estrellas: nunca
van sin el séquito de sus amigos. Los pléya-
des no se desunen y por eso he elegido para
presentaros al señor Du-Vallon el momento
en que pudierais ver al lado suyo al señor de
Herblay.
Aramis estuvo a pique de perder los
estribos, y miró a Artagnan con aire arrogan-
te, como aceptando el desafío que éste pare-
cía proponerle.
-¡Ah! ¿Estos señores son buenos ami-
gos? -dijo el rey.
-Excelentes, señor, y el uno responde
del otro. Preguntad al señor de Vannes cómo
ha sido fortificada Belle-Isle.
Fouquet alejóse un paso.
-Belle-Isle -dijo fríamente Aramis-, ha
sido fortificada por el señor.
Y señaló a Porthos, que saludó por se-
gunda vez.
Luis admiraba y desconfiaba.
-Sí -dijo Artagnan-; pero preguntad al
señor barón quién le ha ayudado en sus tra-
bajos.
-Aramis -dijo Porthos francamente.
Y señaló al obispo.
-¿Qué diablos significa todo esto? -
pensó el prelado-, y ¿qué desenlace tendrá
esta comedia?
-¡Cómo! -dijo el rey-. ¿El señor carde-
nal... quiero decir, el señor obispo ... se llama
Aramis?
-Nombre de guerra -dijo Artagnan.
-Nombre de amistad -repitió Aramis.
-¡Modestia a un lado! -exclamó Artag-
nan-. Bajo ese traje de eclesiástico, señor, se
oculta el militar más brillante, el caballero
más intrépido y el teólogo más profundo de
vuestro reino.
Luis levantó la cabeza.
-¡Y un ingeniero! -dijo admirando la fi-
sonomía verdaderamente admirable entonces
de Aramis.
-Ingeniero por incidencia, señor -dijo
éste.
-Mi camarada en los mosqueteros, se-
ñor -dijo con calor Artagnan-, el hombre cu-
yos consejos han servido de mucho a los mi-
nistros de vuestro padre. . . El señor de Her-
blay, en fin, que con el señor Du-Vallon, yo, y
el conde de la Fére, conocido ya de Vuestra
Majestad, formaba esa compañía de mosque-
teros que tanto dio que hablar en tiempo del
difunto rey y durante la minoridad.
-Y que ha fortificado Belle-Isle -dijo el
rey con profundo acento. Aramis se ade-
lantó.
-Para servir al hijo -dijo-, como serví
al padre.
Artagnan observó bien a Aramis mien-
tras pronunciaba estas palabras: pero Aramis
mostró en ellas un respeto tan verdadero,
una lealtad tan profunda, y una convicción
tan incontestable, que el mismo Artagnan,
que dudaba de todo, cayó en el lazo.
"No miente el que habla con ese acen-
to", se dijo.
Luis quedó satisfecho.
-En ese caso -dijo a Fouquet, que es-
peraba con ansiedad el resultado de aquella
prueba-, está concedido el capelo. Señor de
Herblay, os doy mi palabra para la primera
promoción. Dad las gracias al señor Fouquet.
Estas palabras fueron escuchadas por
el señor Colbert, a quien desgarraron el cora-
zón.
Colbert salió apresuradamente de la
sala.
-Vos, señor Du-Vallon -dijo el rey-,
pedid. Tengo gran placer en recompensar a
los servidores de mi padre.
-Señor... -dijo Porthos.
Y no pudo añadir una palabra más.
-Señor -exclamó Artagnan- este digno
gentilhombre está turbado por la majestad de
vuestra persona, no obstante haber sostenido
con orgullo la mirada y el fuego de mil ene-
migos. Pero yo sé lo que piensa, y yo, más
habituado a mirar al sol... voy a deciros su
pensamiento: nada necesita, ni desea otra
cosa que la dicha de poder contemplar a
Vuestra Majestad por un cuarto de hora.
-Esta noche cenaréis conmigo -dijo el
rey saludando a Porthos con una graciosa
sonrisa.
Porthos se puso como el carmín , de
satisfacción y orgullo.
El rey le despidió, y Artagnan le em-
pujó hacia la sala después de haberle abraza-
do.
-Sentaos a mi lado en la mesa -le dijo
Porthos al oído.
-Sí, amigo mío.
-Aramis me mira con malos ojos, ¿no
es cierto?
-Antes bien, nunca os ha querido más.
Tened presente que le he hecho obtener el
capelo de cardenal.
-Es verdad -dijo Porthos-.. Decid, ¿le
gusta al rey que se coma mucho en su mesa?
-Es halagarle -dijo Artagnan-, pues
posee un apetito real.
-¡Qué fortuna! -dijo Porthos.
XV
ACLARACIONES
Aramis había efectuado una hábil ma-
niobra para encontrarse con Artagnan y Port-
hos. Acercóse a este último detrás de la co-
lumna, y, apretándole la mano:
-¿Os habéis fugado de mi prisión? -le
dijo.
-No le riñáis -dijo Artagnan-, pues he
sido yo, querido Aramis, quien le ha hecho
salir.
-¡Ah, amigo mío! -replicó Aramis mi-
rando a Porthos-. ¿Es que
habéis perdido la paciencia esperándome?
Artagnan acudió en ayuda de Porthos,
que no sabía qué decir.
-Vosotros, los eclesiásticos -dijo a
Aramis-, sois grandes políticos. Nosotros, los
militares, vamos al bulto. He aquí el hecho.
Fui a ver al buen Baisemeaux.
Aramis aguzó el oído.
-¡Ah! -exclamó Porthos-. Ahora me
hacéis recordar que tengo una carta de Bai-
semeaux para vos, Aramis.
Y Porthos entregó al obispo la carta
que ya conocemos.
Aramis pidió permiso para leerla, y la
leyó, sin que Artagnan pareciese contrariado
en lo más mínimo por aquella circunstancia,
que había previsto absolutamente.
Por su parte, Aramis mostró tal sere-
nidad, que Artagnan le admiró más que nun-
ca. Leída la carta, guardósela Aramis en el
bolsillo con la mayor indiferencia.
-Decíais, querido capitán... -dijo.
-Decía -prosiguió el mosquetero-, que
fui a visitar a Baisemeaux para asuntos del
servicio.
-¿Para asuntos del servicio? - dijo
Aramis.
-Sí -contestó Artagnan-á y, natural-
mente, hablamos de vos y de nuestros ami-
gos. Por cierto que Baisemeaux me recibió
con bastante frialdad. Me despedí. Cuando
volvía, acercóseme un soldado, y, recono-
ciéndome sin duda, a pesar de ir vestido de
paisano, me dijo: "Capitán, ¿queréis tener la
amabilidad de leer el nombre escrito en este
sobre?"' Y leí: "Al señor Du Vallon, en Saint-
Mandé, casa del señor Fouquet. "¡Pardiez! -
dije para mí-. Porthos no ha vuelto, como
creía, a Pierrefondos o a Belle-Isle. Porthos
está en Saint Mandé en casa del señor Fou-
quet. El señor Fouquet no está en Saint Man-
dé. Luego Porthos está solo
o con Aramis; vamos a ver a Porthos." Y
fui a verle.
-¡Muy bien! -dijo Aramis pensativo.
-Pues no me habíais contado eso -
repuso Porthos.
-No tuvo tiempo para ello, amigo mío.
-¿Y trajisteis a Porthos a Fon-
tainebleau?
-A casa de Planchet.
-¿Reside Planchet en Fontainebleau? -
preguntó Aramis.
-¡Sí, cerca del cementerio! -exclamó
Porthos con aturdimiento.
-¿Cómo cerca del cementerio? -
preguntó Aramis receloso.
"¡Bueno! -pensó el mosquetero-.
Aprovechémonos de la sorpresa, puesto que
no parece floja."
-Sí, cerca del cementerio -con-testó
Porthos-. Planchet es un excelente mozo, que
hace excelentes confituras, pero tiene venta-
nas que dan al cementerio... ¡Es cosa que
entristece! Así, esta mañana... -¿Esta maña-
na? -interrumpió Aramis cada vez más alar-
mado. Artagnan volvió la espalda, y se puso
a tamborilear en un vidrio un aire de marcha.
-Esta mañana -continuó Porthos- vi-
mos enterrar un cristiano.
-¡Ah, ah!
-¡Es cosa que entristece! No viviría yo
en una casa donde se están viendo conti-
nuamente muertos... Por el contrario, a Ar-
tagnan parece que le place mucho eso.
-¡Ah! ¿También vio Artagnan?
-No vio, sino que devoró con los ojos.
Aramis estremecióse y se volvió para
mirar al mosquetero; pero éste se hallaba ya
muy en conversación con Saint-Aignan.
Aramis prosiguió interrogando a Port-
hos, y después de exprimir todo el jugo de
aquel limón gigantesco, arrojó la cáscara.
Acercóse a su amigo Artagnan, y le
tocó en el hombro.
-Amigo -le dijo luego que se marchó
Saint-Aignan, pues habían anunciado que iba
a servirse la cena del rey.
-Querido amigo -replicó Artagnan.
-Nosotros no cenamos con el rey.
-Sí tal; yo, a lo menos.
-¿Podéis concederme diez minutos de
conversación?
-Veinte. Es el tiempo que falta todavía
para que Su Majestad se siente a la mesa.
-¿Dónde queréis que hablemos?
-Aquí, sobre estos bancos: habiéndose
ausentado el rey, podemos sentarnos, y el
salón está desierto.
-Sentémonos, pues.
Sentáronse. Aramis cogió una de as
manos de Artagnan.
-Confesadme, querido amigo -dijo-,
que habéis aconsejado a Porthos a que des-
confíe algo de mí. Lo confieso, pero no en el
sentido en que lo tomáis. He visto que Port-
hos estaba aburrido en extremo, y he desea-
do, presentándole al rey, hacer por él y por
vos lo que nunca hubiérais hecho vos mismo.
-¿Qué?
-Vuestro elogio.
-¡Y lo habéis hecho noblemente; gra-
cias!
-Y os he acercado el capelo, que pare-
cía aún bastante lejano.
-¡Ah! ¡Lo confieso! -dijo Aramis con
particular, sonrisa-. En verdad sois el único
para hacer la fortuna de vuestros amigos.
-Ya veis que lo que he hecho la sido
solamente por el bien de Porthos.
-¡Oh! Yo me había encargado de hacer
su suerte, pero vos tenéis el brazo más largo
que nosotros.
Esta vez tocóle a Artagnan sonreír.
-Vamos a ver -dijo Aramis-; debemos
hablarnos con confianza. ¡Me queréis todavía,
mi querido Artagnan?
-Lo mismo que antes -respondió Ar-
tagnan, sin comprometerse ¡gran cosa con
esta respuesta!
-Entonces, gracias, y franqueza por
franqueza -dijo Aramis-, ¿fuísteis a Belle-Isle
por el rey?
-¡Diantre!
-¿Queríais privarnos del placer de
ofrecer Belle-Isle completamente fortificada
al rey?
-Pero, amigo mío, para privaros de
ese placer hubiera sido preciso que estuviese
enterado de vuestra intención.
-¿Fuisteis a Belle-Isle sin saber nada?
-De vos, sí. ¿Cómo diantres queréis
que me figurase encontrar a Aramis converti-
do en ingeniero, hasta el punto de fortificar
como Polibio o Arquímedes?
-Verdad es; no obstante, confesad que
allá me adivinasteis.
-¡Oh! Sí.
-¿Y a Porthos también?
-Amigo querido, yo no adiviné que
Aramis fuese ingeniero. Tampoco pude adivi-
nar que Porthos lo fuese. Hay un proverbio
latino que dice: "El poeta nace, el orador se
hace". Pero jamás se ha dicho: "Se nace
Porthos, y se hace ingeniero."
-Siempre lucís vuestro ingenio -dijo
con frialdad Aramis-. Prosigo.
-Proseguid.
-Cuando os hicisteis dueño de nuestro
secreto, os apresurasteis a ponerlo en cono-
cimiento del rey.
-Y corrí tanto más aprisa, mi buen
amigo, cuanto mayor vi que era vuestra pre-
cipitación. Cuando un hombre, que como
Porthos, pesa doscientas cincuenta y ocho
libras, corre la posta; cuando un prelado go-
toso (dispensad, vos sois el que me lo ha di-
cho) cuando un prelado, repito, traga, por
decirlo así, el camino, nada tiene de extraño
que pensara que esos dos amigos, que no
quisieron avisarme, me ocultaban cosas de
gran importancia, y a fe mía corrí con tanta
celeridad como me lo permitían mis pocas
carnes y el no tener gota.
-¿Pero no reflexionásteis que pudisteis
hacernos a Porthos y a mí un flaco servicio?
-Sí que lo reflexioné; mas tanto Port-
hos como vos me obligásteis a hacer un papel
bien triste en Belle-Isle.
-Perdonadme -dijo Aramis.
-Excusadme -dijo Artagnan.
-¿De modo -prosiguió Aramis-, que en
la actualidad lo sabéis todo?
-No, a fe mía.
-¿Sabéis que tuve que avisar al señor
Fouquet a fin de que se anticipase a vos cer-
ca del rey?
-Eso es lo que encuentro obscuro.
-No hay tal. ¿No sabéis que el señor
Fouquet tiene enemigos?
-¡Oh, sí!
-Y especialmente tiene uno ...
-¿Peligroso?
-¡Mortal! Pues bien, para combatir la
influencia de ese enemigo, quiso el señor
Fouquet dar pruebas al rey de grande ad-
hesión y de grandes sacrificios, y le preparó
una sorpresa a Su Majestad con el ofre-
cimiento de Belle-Isle. Llegando vos a París el
primero, la sorpresa quedaba frustrada... Po-
día parecer que cedíamos al temor.
-Comprendo.
-Ahí tenéis todo el misterio -dijo el
obispo, satisfecho de haber convencido al
mosquetero.
-Sólo que lo más sencillo -dijo éste-
hubiera sido llamarme aparte en Belle-Isle y
decirme: "Querido amigo: estamos fortifican-
do a Belle-Isle-en-Mer para ofrecérsela al rey.
Hacednos el favor de decirnos por cuenta de
quién venís. ¿Sois amigo del señor Fouquet o
del señor Colbert?" Quizá no hubiera contes-
tado nada; pero hubiérais añadido: "¿Sois
amigo mío?' Y yo os hubiese dicho: "Sí."
Aramis bajó la cabeza.
-De esa manera -continuó Artagnan-
me habríais atado las manos, y hubiera dicho
al rey. "Señor, vuestro superintendente forti-
fica Belle-Isle, y muy bien; pero aquí tene-
mos este mensaje de que me ha encargado el
gobernador de Belle-Isle para Vuestra Majes-
tad." O bien: "Aquí tenéis una visita del señor
Fouquet relacionada con sus intenciones." Así
no habría hecho yo un papel tonto, vosotros
habríais gozado de vuestra sorpresa, y no
tendríamos necesidad ahora de mirarnos de
reojo al hablamos.
-Mientras que en la actualidad -repuso
Aramis-, habéis procedido como amigo del
señor Colbert. ¿Sois, en efecto, amigo suyo?
-¡No, a fe mía! -exclamó el capitán-. El
señor Colbert es un pedante, y le odio como
odiaba a Mazarino, pero sin temerle.
-Pues bien, yo -dijo Aramis- quiero al
señor Fouquet, y soy completamente suyo.
Ya conocéis mi posición... No tengo bienes...
El señor Fouquet me ha procurado beneficios,
un obispado: el señor Fouquet me ha obliga-
do como hombre muy cumplido, y me acuer-
do todavía bastante del mundo para saber
apreciar un buen proceder. De consiguiente,
el señor Fouquet me ha ganado el corazón, y
me he consagrado a su servicio.
-Y habéis hecho muy bien: tenéis en él
un buen amo.
Aramis mordióse los labios.
-Creo que el mejor de cuantos pueden
tenerse.
Aquí hizo una pausa.
Artagnan se guardó mucho de inte-
rrumpirle.
-Ya os habrá dicho Porthos cómo se
ha visto mezclado en todo esto.
-No -dijo Artagnan-; si bien es cierto
que soy curioso, nunca pregunto a un amigo
cuando conozco que éste quiere ocultarme su
verdadero secreto.
-Pues voy a decíroslo.
-No os molestéis, si esa confidencia
me compromete a algo.
-¡Oh! Nada temáis. Porthos es el
hombre a quien más he querido, porque es
sencillo y bueno; Porthos es un alma recta.
Desde que soy obispo busco los caracteres
sencillos, que me hacen amar la verdad, abo-
rrecer la intriga.
Artagnan se atusó el bigote. -Hice
buscar a Porthos; estaba ocioso, y su presen-
cia me recordaba mis bellos días de otra épo-
ca, sin desviarme por eso del bien. Llamé a
Porthos a Vannes. El señor Fouquet, que me
quiere, sabiendo lo mucho que yo amaba a
Porthos, le prometió la orden para la primera
promoción. Ahí tenéis todo el secreto.
-No abusaré de él.
-Lo sé, pues nadie sabe mejor que vos
lo que es el verdadero honor.
-Me precio de ello, Aramis.
-Ahora...
Y el obispo miró a su amigo hasta el
fondo del alma.
-Ahora, hablemos de nosotros y por
nosotros. ¿Queréis ser amigo del señor Fou-
quet? No me interrumpáis antes de saber lo
que eso significa.
-Escucho.
-¿Queréis ser mariscal de Francia, par,
duque, y poseer un ducado de un millón?
-Pero, amigo mío -replicó Artagnan-,
para obtener todo eso, ¿qué es necesario
hacer?
-Ser el hombre del señor Fouquet.
-Es que yo soy el hombre del rey,
querido amigo.
-Pero presumo que no exclusi-
vamente.
-¡Oh! Artagnan no es más que uno.
-Es natural que tengáis una ambición
correspondiente a vuestro gran corazón.
-Sí que la tengo.
-Entonces. . .
-Sí, deseo ser mariscal de Francia; pe-
ro el rey me hará mariscal, duque, par; el rey
me dará todo eso.
Aramis fijó en Artagnan su mirada pe-
netrante.
-¿Pues no es el rey el amo? -añadió
Artagnan.
-Nadie lo duda; pero Luis XIII era
también el amo.
-¡Oh querido! Es que entre Richelieu y
Luis XIII no había un Artagnan -dijo tranqui-
lamente el mosquetero.
-Mirad que alrededor del rey hay in-
numerables piedras en que tropezar.
-No para el rey.
-Sin duda; pero...
-Mirad, Aramis, observo que todo el
mundo piensa en sí propio, y nunca en ese
principillo; pues yo quiero sostenerme, soste-
niéndole a él.
-¿Y la ingratitud?
-¡Los débiles son quienes la temen!
-¿Estáis bien seguro de vos?
-Creo que sí.
-Pero el rey puede no necesitaros.
-Creo que me necesita más que nun-
ca. Y si no, en el caso de tener que prender a
un nuevo Condé, ¿quién le prendería? Esta ...
ésta sola en Francia.
Y Artagnan golpeó su espada.
-Tenéis razón -dijo Aramis, palidecien-
do.
Y se levantó y apretó la mano a Ar-
tagnan.
-Están dando el último aviso para la
cena -dijo el capitán de mosqueteros-; permi-
tidme...
Aramis rodeó con su brazo el cuello
del mosquetero, y le dijo: -Un amigo como
vos es la más hermosa joya de la corona real.
En seguida se separaron.
"Bien decía yo -dijo para sí Artagnan-
que aquí había algo." "Hay que apresurarse a
dar fuego a la pólvora -dijo Aramis-, pues Ar-
tagnan ha descubierto la mecha."
XVI
MADAME Y GUICHE
Hemos visto que el conde de Guiche
se había marchado del salón el día en que
Luis XIV ofreció con tanta galantería a La Va-
lliére los maravillosos brazaletes ganados en
la lotería.
El conde permaneció paseando por al-
gún tiempo fuera de Palacio, devorado su co-
razón por mil sospechas e inquietudes.
Después se le vio acechar en la terraza,
frente a los tresbolillos, la salida de Madame.
Pasó una media hora larga. Sólo ente-
ramente, no podía tener pensamientos más
halagüeños.
Sacó su librito de memorias del bolsi-
llo, y, después de muchas dudas, se decidió a
escribir estas palabras:
"Señora: Os suplico que me concedáis
un minuto de conversación. No os alarméis
por esta petición, que nada ajena es al pro-
fundo respeto con que, etc., etc."
Firmaba esta rara súplica, doblada en
forma de billete amoroso, cuando vio salir del
palacio varias mujeres, luego algunos hom-
bres, y en una palabra, casi toda la tertulia
de la reina.
Vio a la misma La Valliére, y también
a Montalais, hablando con Malicorne.
Distinguió hasta el último de los con-
vidados que poco antes poblaban el gabinete
de la reina madre.
Madame no había pasado; pero por
fuerza tenía que atravesar aquel patio para
volver a su cuarto, y
Guiche espiaba el patio desde la terra-
za.
Por último, vio salir a Madame con dos
pajes que llevaban los hachones.
Caminaba de prisa, y cuando llegó a
su puerta gritó:
-Pajes, que vayan a informarse dónde
está el señor conde de Guiche. Tiene que
darme cuenta de una comisión. Si está des-
ocupado, decidle que haga el favor de venir a
verme.
Guiche permaneció mudo y ocultó en
la sombra; pero apenas entró Madame, se
lanzó de la terraza, bajando aprisa los esca-
lones, y tomó el aire más indiferente para
hacerse encontrar por los pajes, que corrían
ya hacia su cuarto.
"¡Ah! ¡Madame me manda buscar!", se
dijo, todo emocionado. Y guardóse el billete,
qué había llegado a ser inútil.
-Conde -dijo uno de los pajes divisán-
dole-, fortuna ha sido encontraros.
-¿Qué hay señores?
-Una orden de Madame.
-¿Una orden de Madame? -dijo Guiche
con aire de sorpresa.
-Sí, conde, Su Alteza Real desea ve-
ros; según nos ha dicho, tenéis que darle
cuenta de una comisión. ¿Estáis libre?
-Estoy a las órdenes de Su Alteza Re-
al.
-Pues tened a bien seguirnos. Cuando
Guiche subió a la habitación de la princesa,
encontró a ésta pálida y agitada.
Montalais permanecía a la puerta, algo
quieta por lo que pasaría con el anillo de Ma-
dame.
Guiche se presentó.
-¡Ah! ¿Sois vos señor de Guiche? -
preguntó Madame-. Tened a bien entrar...
Señorita de Montalais, a terminado vuestro
servicio.
Montalais, más alarmada aún, saludó
y salió.
Los dos interlocutores quedaron solos.
El conde tenía toda la ventaja de su
parte, pues Madame era la que le había dado
la cita. ¿Mas cómo podía el conde aprove-
charse de aquella ventaja? ¡Era tan fantástica
Madame! ¡Tenía un carácter tan veleidoso Su
Alteza Real!
Bien lo manifestó, porque, abordando
al punto la conversación:
-Conde -le dijo-, ¿no tenéis nada que
decirme?
Supuso Guiche que Madame había
adivinado su pensamiento, y, como los que
aman son crédulos y ciegos, como poetas o
profetas, creyó que ella sabía los deseos que
tenía de verla y la causa de esos deseos.
-Sí, señora -dijo-, y encuentro eso
muy extraño.
-¡El asunto de los brazaletes! -
exclamó Madame con viveza-. ¿No es eso?
-Sí, señora.
-¿Creéis que el rey esté enamorado?
Decid.
Guiche miróla con detención; ella bajó
los ojos ante aquella mirada que penetraba
hasta el corazón.
-Creo -dijo- que el rey puede haber
tenido el designio de atormentar a alguien;
de no ser así, no se habría mostrado tan solí-
cito como le vimos, ni se habría arriesgado a
comprometer, por capricho, a una joven has-
ta ahora inaccesible.
-¡Bien! ¿Esa descarada? -dijo altiva-
mente la princesa.
-Puedo asegurar a Vuestra Alteza Real
-dijo Guiche con respetuosa firmeza- que la
señorita de La Valliére es amada por un joven
dignísimo porque es un cumplido caballero.
-¡Oh! ¿Habláis de Bragelonne?
-Mi amigo, sí, señora.
-Y bien, aun cuándo sea amigo vues-
tro, ¿qué le importa al rey?
-El rey sabe que Bragelonne está
comprometido con la señorita de La Valliére;
y, como Raúl ha servido al rey valerosamen-
te, no es de presumir que el rey vaya a cau-
sar una desgracia irreparable.
Madame prorrumpió en carcajadas
que hirieron a Guiche dolorosamente.
-Os repito, señora, que no considero
al rey enamorado de La Valliére, y la prueba
de que no lo creo, es que quería preguntaros
a quién puede desear Su Majestad herir el
amor propio en esta circunstancia. Vos, que
conocéis la Corte, me ayudaréis a encontrar
esa persona, con tanto mas vivo motivo,
cuanto que, según todos dicen, Vuestra Alte-
za Real está en gran intimidad con el rey.
Madame se mordió los labios, y, a fal-
ta de buenas razones, cambió de conversa-
ción.
-Probadme -dijo, fijando en él una de
esas miradas en las que el alma parece pasar
toda entera-, probadme que deseábais
hablarme a mí, que os he llamado.
Guiche sacó de su librito de memorias
lo que había escrito, y se lo enseñó.
-Simpatía -dijo Madame.
-Sí -repuso el conde con insuperable
ternura-, sí, simpatía; pero yo os he explica-
do cómo y por qué os buscaba; vos, señora,
aún no me habéis dicho para qué me habéis
hecho llamar.
-Es verdad.
Y pareció vacilar.
-Esos brazaletes me harán perder la
cabeza -añadió de repente.
-¿Esperábais vos que el rey os los
ofreciese? -replicó Guiche.
-¿Por qué no?
-Pero antes que a vos, señora, antes
que a su cuñada, ¿no tenía el rey a la reina?
-Y antes que a La Valliére -exclamó la
princesa, resentida-, ¿no me tenía a mí, no
tenía a toda la Corte?
-Os aseguro, señora -dijo res-
petuosamente el conde-, que si os oyesen
hablar de esa manera, si viesen vuestros ojos
enrojecidos, y, Dios me perdone, esa lágrima,
que asoma por vuestras pestañas... ¡oh, sí
todo el mundo diría que Vuestra Alteza Real
está celosa!
-¡Celosa! -murmuró la princesa con al-
tivez-. ¿Celosa yo de La Valliére?
Madame esperaba sojuzgar a Guiche
con aquel ademán altivo y aquel tono orgullo-
so.
-Celosa de La Valliére, sí, señora -
repitió el conde con energía.
-Creo, señor -balbució la princesa-,
que os permitís insultarme.
-Yo no lo creo, señora -dijo el conde
algo agitado, pero resuelto a domar aquella
fogosa cólera.
-¡Salid! -gritó la condesa en el colmo
de la exasperación, pues tanta era la rabia
que le causaban la sangre fría y el respeto
mudo de Guiche.
El conde retrocedió un paso, hizo un
saludo con lentitud, se irguió, blanco como
los encajes de sus puños, y con voz ligera-
mente alterada:
-No valía la pena -dijo- de que me
apresurase para sufrir esta injusta desgracia.
Y le volvió la espalda sin precipitación.
No había aún dado cinco pasos, cuan-
do corrió a él Madame como un tigre, y co-
giéndole de una manga le hizo volver.
-El respeto que me afectáis -repuso
trémula de rabia-, es más insultante que el
insulto. ¡Vamos, insultadme, pero, al menos,
hablad!
-Y vos, señora -dijo afablemente el
conde desenvainando su espada-, atrave-
sadme el corazón, pero no me hagáis morir a
fuego lento.
Madame conoció en la mirada que
Guiche fijó sobre ella, mirada llena de amor,
de resolución y hasta de desesperación, que
un hombre tan tranquilo en apariencia se
atravesaría el pecho con la espada, si ella
añadía una palabra.
Arrancóle el acero de las manos, y,
apretándole el brazo con un delirio que podía
pasar por ternura.
-Conde -dijo-, excusadme. Veis lo que
sufro, y no tenéis misericordia de mí.
Las lágrimas, última crisis de aquel
acceso, ahogaron su voz. Guiche, viéndola
llorar, tomóla en sus brazos y la llevó hasta el
sillón, oprimido todavía su corazón.
-¿Por qué -murmuró a sus pies-, por
qué no me contáis vuestras penas? ¿Amáis a
alguien? ¡Decídmelo! Yo moriré, pero será
después de haberos aliviado, consolado y
hasta servido.
-¡Oh! ¿Tanto me amáis? -replicó ella
vencida.
-Os amo hasta ese extremo; sí seño-
ra.
Ella le abandonó sus manos. -Amo,
efectivamente -murmuró la princesa en voz
tan baja que nadie hubiera podido oírla. Gui-
che la oyó.
-¿Al rey? -dijo.
La princesa movió la cabeza, y su son-
risa fue como esos claros que forman las nu-
bes, por entre los cuales, después de la tem-
pestad, cree uno ver abrirse el paraíso.
-Pero -repuso-, hay otras pasiones en
un corazón bien nacido. El amor, es la poe-
sía; pero la vida de ese corazón, es el orgullo.
Conde, yo he nacido sobre el trono, y tengo
el orgullo y dignidad propios de mi jerarquía.
¿Por qué el rey trata de acercar al su lado a
personas indignas de él?
-¡Todavía, señora! -exclamó el conde-.
¿No reparáis que estáis maltratan o a esa in-
feliz muchacha que va a se esposa de mi
amigo?
-¿Y sois tan simple para creer eso?
-Si no creyera -dijo Guiche muy páli-
do-, haría avisar inmediatamente a Bragelon-
ne; sí, si creyese que esa pobre La Valliére
había olvidado los juramentos que ha hecho a
Raúl... Pero, no, sería una infamia vender el
secreto de una mujer; sería un gran crimen
turbar la tranquilidad de un amigo.
-¿Creéis, según eso -repuso la prince-
sa, con un salvaje estallido de risa-, que la
ignorancia sea una dicha?
-Lo creo -replicó él.
-¡Pues probadlo, probadlo! -dijo Ma-
dame con viveza.
-Nada mas fácil; señora, la Corte toda
ha dicho que el rey os amaba, y que amabais
al rey.
-¿Y qué? -dijo la princesa respirando
penosamente.
-Suponed que Raúl, mi amigo, hubiese
venido a decirme: "¡Sí, el rey ama a Mada-
me; sí, el rey ha logrado ganarse el corazón
de Madame!..." ¡Tal vez habría matado a Ra-
úl!
-Hubiera sido preciso -dijo la princesa
con esa obstinación de las mujeres que se
consideran inexpugnables-, que el señor de
Bragelonne hubiera tenido pruebas para ha-
blaros así.
-De todos modos -respondió Guiche
suspirando-, ello es que, no habiendo sido
advertido, nada he profundizado, y hoy mi
ignorancia me ha salvado la vida.
-Veo que lléváis hasta tal extremo el
egoísmo y la frialdad -dijo Madame-, que de-
jaréis a ese desgraciado joven continuar
amando a La Valliére.
-Hasta el día en que sepa que La Va-
lliére es culpable, sí, señora.
-¡Pero, ¿y los brazaletes?
-¡Ay, señora! Ya que vos esperabais
recibirlos del rey, ¿qué hubiera yo podido de-
cir?
El argumento era poderoso; la prince-
sa se sintió vencida, hasta el punto de no
volver a recobrarse más.
Pero, como tenía el alma llena de no-
bleza y un entendimiento claro, comprendió
toda la delicadeza de Guiche.
Leyó evidentemente en. su corazón
que sospechaba que el rey amaba a La Vallié-
re, y no quiso valerse de ese expediente vul-
gar, que consiste en arruinar a un rival en el
ánimo de una mujer, dando a ésta la certeza
de que ese rival corteja a otra mujer.
Adivinó que sospechaba de La Valliére,
y que, para darle tiempo a convertirse, a fin
de que no se perdiese para siempre, se re-
servaba alguna gestión directa o algunas ob-
servaciones más claras.
Leyó, en fin, tanta grandeza real, tan-
ta generosidad en el corazón de su amante,
que sintió abrasarse el suyo al contacto de
una llama tan pura.
Guiche, conservándose, aun a riesgo de
desagradar, hombre de lealtad, se elevaba a
clase de héroes, . y la reducía al estado de
mujer celosa y mezquina.
Y le amó tan intensamente, que no
pudo menos de darle un testimonio de ello.
-He ahí una porción de palabras perdi-
das -dijo tomándole una mano-: sospechas,
inquietudes, desconfianzas, dolores... creo
que todos esos nombres hemos pronunciado.
-¡Ay! Sí, señora.
-Borradlas de vuestro corazón, como
yo lo hago del mío. Conde, que La Valliére
ame o no al rey, que el rey ame o no a La
Valliére, hagamos desde este momento una
distinción en nuestros dos papeles... ¿Por qué
abrís tanto los ojos? Apuesto a que no me
comprendéis.
-Sois tan viva, señora, que temo
siempre desagradaros.
-¡No tembléis así bello asustado! -dijo
ella con encantadora jovialidad- Sí, señor,
tengo que desempeñar dos papeles ... Soy la
hermana del rey, y la cuñada de su esposa.
Con este título, ¿no es lógico que me mezcle
en las intrigas del matrimonio?... ¿Qué decís?
-Lo menos posible, señora.
-Convengo en ello, mas ésta es una
cuestión de dignidad; además, soy la esposa
de Monsieur.
Guiche suspiró.
-Lo cual -repuso la princesa con ternu-
ra- debe induciros a hablarme siempre con el
más soberano respeto.
-¡Oh! -murmuró el conde, cayendo a
sus pies, que besó como si fueran los de una
divinidad.
-En verdad -murmuró la princesa-,
creo que tengo todavía otro papel... Ya lo ol-
vidaba.
-¿Cuál, cuál?
-Soy mujer -dijo más bajo todavía-.
Amo.
El conde se incorporó. Ella le abrió los
brazos; sus labios se tocaron.
Oyéronse pasos detrás de la tapicería.
Montalais llamó.
-¿Qué hay, señorita? -preguntó Ma-
dame.
-Buscan al señor de Guiche -respondió
Montalais, la cual tuvo tiempo `de observar
todo el desorden de los actores de aquellos
cuatro papeles, pues Guiche había constan-
temente desempeñado el suyo con la mayor
heroicidad.
XVII
MONTALAIS Y MALICORNE
Montalais tenía razón. El señor de Gui-
che, llamado por todas partes, estaba muy ex
pues , por la multiplicidad misma de os asun-
tos, a no contestar en ninguna.
Así sucedió que Madame, tal es la
fuerza de las situaciones débiles, no obstante
su orgullo ofendido, a pesar de su cólera in-
terior, nada pudo decir, al menos por aquel
instante, a Montalais, que acababa de infrin-
gir con tan osadía la consigna casi real que la
había alejado.
Guiche perdió también la cabeza, o
mejor dicho, la había perdido ya antes de la
llegada dé Montalais: porque, no bien oyó la
voz de la joven, sin despedirse de Madame,
como exigía la más elemental cortesía, aun
entre iguales, huyó, con el corazón encendido
y la cabeza loca, dejando a la princesa con
una mano levantada y haciendo un ademán
de despedida.
Y era que Guiche podía decir, como di-
jo Querubín cien años después, que llevaba
en los labios dicha para una eternidad.
Montalais halló, pues, a los dos aman-
tes en gran desorden; desorden en el que
huía y desorden en la que quedaba.
La joven murmuró entonces, echando
en torno suyo una mirada investigadora:
-Creo que por ahora sé cuanto podía
desear saber la mujer más curiosa.
Madame se quedó tan turbada con aquella
mirada inquiridora, que, como si hubiera oído
el aparte de Montalais, no dijo una palabra a
su camarista, y, bajando la cabeza, pasó a su
alcoba.
Viendo lo cual Montalais, se puso a es-
cuchar.
Entonces oyó que Madame corría los
cerrojos de su habitación. Comprendió por
ese ruido que tenía la noche por suya, y,
haciendo en dirección a la puerta que acaba-
ba de cerrarse un ademán bastante irreve-
rente que quería decir: "¡Buenas noches,
princesa!" bajó a reunirse otra vez con Mali-
corne, que se hallaba a la sazón muy ocupa-
do en seguir con la vista un correo polvorien-
to que salía del aposento del conde de Gui-
che.
Montalais conoció que Malicorne tenía
entre manos alguna obra de importancia, y le
dejó tender la vista y alargar el cuello. Des-
pués que Malicorne volvió a tomar su posición
natural, le dio un golpecito en el hombro.
-¡Hola! -preguntó Montalais-. ¿Qué
hay de nuevo?
-El señor de Guiche ama a Madame -
dijo Malicorne.
-¡Noticias frescas! Yo sé algo más
nuevo.
-¿Y qué sabéis?
-Que Madame ama al señor de Guiche.
-Lo uno es consecuencia de lo otro.
-No siempre, mi buen señor.
-¿Decís eso por mí?
-Las personas presentes quedan siem-
pre exceptuadas.
-Gracias -contestó Malicorne-. ¿Y por
la otra parte?
-El rey quiso esta noche, después de
la lotería, ver a la señorita de La Valliére.
-¿Y la ha visto?
-No.
-¿Cómo que no?
-La puerta estaba cerrada.
-De modo que...
-De modo que el rey se volvió todo co-
rrido, como ladrón que ha olvidado sus ins-
trumentos.
-Bien.
-¿Y por la otra parte? -dijo Montalais.
-El correo que acaba de llegar para el
señor de Guiche es enviado por el señor Bra-
gelonne.
-¡Bueno! -dijo Montalais dando una
palmada.
-¿Por qué bueno?
-Porque tenemos ocupación. Si ahora
nos aburrimos, grande será nuestra desgra-
cia.
-Importa dividirnos el trabajo -dijo
Malicorne-, a fin de evitar confusión.
-Nada más sencillo -replicó Montalais-.
Tres intrigas un poco animadas, manejadas
con cierta cautela, dan una con otra, echán-
dolo por lo corto, tres billetes por día.
-¡Oh! -exclamó Malicorne en-
cogiéndose de hombros-. No tenéis en cuen-
ta, amigo, que tres billetes al día es propio de
gente vulgar. Un mosquetero de servicio, una
muchacha en el convento, cambian su billete
cotidiano por encima de la escala o por el
agujero hecho en la pared. En un billete se
encierra toda la poesía de esos pobres cora-
zoncitos. Pero, entre nosotros... ¡Oh! ¡Qué
poco conocéis la ternura real, amiga mía!
-Vamos, concluid -dijo impa-
cientemente Montalais-. Mirad que puede ve-
nir alguien.
-¡Concluir! No estoy más que en la na-
rración. Me quedan aún tres puntos que to-
car.
-¡Me haréis morir con vuestra cachaza
de flamenco! -murmuró Montalais.
-Y vos me haréis perder la cabeza con
vuestras vivacidades de italiana. Os decía,
pues, que nuestros enamorados se escribirán
volúmenes. ¿Pero adónde vais a parar?
-A esto: que ninguna de nuestras da-
mas puede conservar las cartas que reciba.
-Está claro.
-Que el señor de Guiche no se atreve-
rá tampoco a guardar las suyas.
-Es probable.
-Pues bien, yo guardaré todo eso.
-Ved ahí lo que es imposible -dijo Ma-
licorne.
-¿Y por qué?
-Porque no estáis en casa propia; por-
que vuestra habitación es común a La Valliére
y a vos; porque se hacen con frecuencia visi-
tas y registros en el cuarto de una camarista,
y porque temo mucho a la reina, celosa como
una española, a la reina madre celosa como
dos españolas, y, finalmente, a Madame celo-
sa como diez españolas.
-Me parece que olvidáis a alguien.
-¿A quién?
-A Monsieur.
-Solamente hablaba de las mujeres.
Clasifiquemos, pues, a Monsieur con el núme-
ro 1.
-Nº 2, Guiche.
-Nº 3, el vizconde de Bragelonne.
-Nº 4, el rey.
-¿El rey?
-Ciertamente, el rey, que será no sólo
mas celoso, sino más poderoso que todos.
¡Ay, querida!
-¿Qué más?
-¡En qué avispero os habéis metido!
-No mucho todavía, si queréis seguir-
me...
-Sí que lo quiero. No obstante...
-No obstante...
-Puesto que aún es tiempo, creo que
lo más prudente sería retroceder.
-Y yo, antes bien, creo que lo más
prudente será ponernos de golpe frente de
todas esas intrigas.
-No creo que podáis manejarlas.
-Con vos sería capaz de manejar diez.
Ese es mi elemento, pues he nacido para vivir
en la Corte, como la salamandra en el fuego.
-Vuestra comparación no me calma,
querida amiga. He oído decir a sabios muy
sabios, en primer lugar que no hay tales sa-
lamandras, y que si las hubiese, quedarían
perfectamente asadas al salir del fuego.
-Vuestros sabios podrán ser muy sa-
bios en materia de salamandras, pero vues-
tros sabios no os dirán lo que yo voy a decir
ahora mismo, y es que Aura de Montalais es-
tá llamada a ser, antes de un mes, el primer
diplomático de la corte francesa.
-Bien, o a condición de que yo sea el
segundo.
-Esta dicho: alianza ofensiva y defen-
siva, entiéndase.
-Lo que os aconsejo es que desconfiéis
de las cartas.
-Os las entregaré conforme me las va-
yan dando.
-¿Qué diremos al rey de Madame?
-Que Madame sigue amando al rey.
-¿Qué diremos a Madame del rey?
-Que haría mal en no contemplarle.
-¿Qué diremos a La Valliére de Mada-
me?
-Todo cuanto queramos, pues es
nuestra.
-¿Nuestra?
-Doblemente.
-¿Cómo es eso?
-Por el vizconde de Bragelonne, pri-
mero.
-Explicaos.
-Supongo no habréis olvidado que el
señor de Bragelonne ha escrito muchas car-
tas a la señorita de La Valliére.
-Yo no olvido nada.
-Esas cartas era yo quien las recibía y
quien las guardaba.
-¿Y por consiguiente las tendréis?
-Las tengo.
-¿Dónde? ¿Aquí?
-¡Oh, no! Las tengo en Blois, en el
cuartito que ya sabéis.
-Cuartito querido, cuartito amoroso,
antecámara del palacio que os haré habitar
un día. Pero, perdón; ¿decís que todas esas
cartas están en ese cuartito?
-Sí.
-¿No las guardábais en un cofre.
-Sí, por cierto; en el mismo cofre en
que guardaba las que vos me remitíais, y
donde depositaba las mías cuando vuestros
asuntos os impedían acudir a la cita.
-¡Ah! Perfectamente -dijo Malicorne.
-¿Qué significa esa satisfacción?
-Significa que nos ahorramos ir a Blois
por las cartas. Las tengo aquí.
-¿Habéis traído el cofre?
-Lo apreciaba mucho viniendo de vos.
-Pues tened cuidado; el cofre guarda
originales que tendrán gran precio más ade-
lante.
-Lo sé muy bien, ¡diantre!, y por eso
mismo me río, y con toda mi alma.
-Ahora, una última palabra.
-¿Por qué una última?
-¿Necesitamos auxiliares?
-Ninguno.
-Criados, criadas...
-¡Malo, detestable! Vos misma daréis
y recibiréis las cartas. ¡Oh! Nada de orgullo:
sin lo cual, no haciendo sus negocios por sí
mismo, el señor Malicorne y la señorita Aura
se verán reducidos a verlos hacer por otros.
-Tenéis razón; pero, ¿qué pasa en el
aposento del señor de Guiche?
-Nada; el conde abre su ventana.
-Marchémonos.
Y los dos desaparecieron; la con-
juración estaba anudada.
La ventana que acababa de abrirse
era, en efecto, la del conde de Guiche.
Pero, como podrían pensar tal vez los
que no están en antecedentes, no era sólo
por ver la sombra de, Madame a través de las
cortinas por lo que el conde asomábase a la
ventana; su preocupación no era del todo
amorosa.
Según hemos dicho, acababa de recibir un
correo, el cual le había sido enviado por Bra-
gelonne. Bragelonne había escrito a Guiche.
Este había leído y releído la carta; car-
ta que le había hecho gran impresión.
-¡Extraño! ¡Muy extraño! -mur-
muraba-. ¡Por qué medios tan poderosos lle-
va el destino a los hombres a sus fines!
Y, apartándose de la ventana para
aproximarse a la luz, leyó por tercera vez
aquella carta, cuyas líneas abrasaban a la vez
su mente y sus ojos.
"Calais.
"Mi estimado conde: He encontrado en
Calais al señor de Wardes, que salió herido
gravemente en un lance con el señor de Buc-
kingham. "No ignoráis que Wardes es hombre
valiente, pero rencoroso y de mala índole.
"Me ha hablado de vos, hacia quien di-
ce siente gran inclinación, y de Madame, que
encuentra hermosa y amable.
"Ha adivinado vuestro amor por la
persona que sabéis.
"También me ha hablado de una per-
sona a quien amo, y me ha manifestado el
más vivo interés, compadeciéndome mucho,
pero todo ello con rodeos, que me asustaron
en un principio, y que concluí luego por tomar
como resultado de sus hábitos de misterio.
"El hecho es éste:
"Parece que ha recibido noticias de la
Corte. Ya comprenderéis que no ha podido
ser sino por conducto del caballero de Lorena.
"Se habla, dicen esas noticias, de un
cambio efectuado en los sentimientos del rey.
“Ya sabéis a lo que eso hace relación.
"Además, decían las noticias, se habla
de una camarista que da pábulo a la maledi-
cencia.
"Estas frases vagas no me han permi-
tido dormir. He deplorado mucho que mi ca-
rácter, recto y débil, a pesar de cierta obsti-
nación, me haya dejado sin réplica a esas in-
sinuaciones.
En una palabra, el señor de Wardes
marcha a París y no he querido retrasar su
partida con explicaciones. Además, confieso
que me parecía duro atormentar a un hombre
cuyas heridas apenas están cerradas.
"Viaja, pues, a jornadas cortas. y va
para asistir, según dice, al curioso espectácu-
lo que no puede menos de ofrecer la Corte
dentro de poco tiempo.
"Añadió a estas palabras algunas feli-
citaciones, y luego ciertas condolencias. Ni
unas ni otros he podido comprender. Hallá-
bame aturdido por mis pensamientos y por
mi desconfianza hacia ese hombre: descon-
fianza que, como sabéis mejor que nadie,
jamás he podido vencer.
"Pero, luego que se marchó, mi espíri-
tu se calmó algún tanto.
"Es imposible que un carácter como el
de Wardes no haya infiltrado algo de su ma-
lignidad en las relaciones que hemos tenido
juntos.
"Es imposible, por consiguiente, que
en todas las palabras misteriosas que me ha
dicho el señor de Wardes, no haya un sentido
misterioso que pueda aplicarme a mí mismo o
a quien sabéis.
"Precisado a marchar con toda la
prontitud para obedecer al rey, no he pensa-
do en ir tras de alardes para obtener la expli-
cación de sus reticencias; pero os envío un
correo con esta carta que os expondrá todas
mis dudas. Vos, a quien considero como otro
yo, haréis lo que os parezca mejor.
El señor de Wardes llegará dentro de
poco; procurad saber lo que ha deseado de-
cir, si es que no lo sabéis ya.
"Por lo demás, el señor de alardes ha
sostenido que el señor de Buckingham había
salido de París muy satisfecho de Madame;
asunto es éste que me habría hecho tirar in-
mediatamente de 1 espada, a no ser por la
obligación en que me considero de antepone
ante todo el servicio del rey.
"Quemad esta carta, que os entregará
Olivain.
"Quien dice Olivain, dice la seguridad.
"Tened a bien, apreciado conde, hacer
presente mis afectuosos recuerdos a la seño-
rita de La Valliére, cuyas manos beso respe-
tuosamente.
"Recibid un abrazo de vuestro afectí-
simo
"VIZCONDE DE
BRAGELONNE.
"P. D. Si ocurriera alguna cosa grave,
pues todo debe preverse, querido amigo, en-
viadme un correo con esta sola palabra: Ve-
nid, y me hallaré en París treinta y seis horas
después de haber recibido vuestra carta."
Guiche suspiró, dobló la carta por ter-
cera vez, y, en vez de quemarla como le en-
cargaba Raúl, se la puso en el bolsillo.
Necesitaba leerla y releerla todavía.
-¡Qué confusión y qué confianza a la
vez! -murmuró el conde-. Toda el alma de
Raúl está en esta carta. ¡Olvida en ella al
conde de la Fére, y habla de su respeto hacia
Luisa! ¡Me da a mí un aviso y me suplica por
él! ... ¡Ah! -prosiguió Guiche con un gesto
amenazador-. ¿Os mezcláis en mis asuntos,
señor de Wardes? Pues bien, yo me ocuparé
de los vuestros. En cuanto a ti, pobre Raúl, tu
corazón me deja un depósito sobre el cual yo
velaré, pierde cuidado.
Hecha esta promesa, pasó Guiche re-
cado a Malicorne para que fuese a verle sin
tardanza, si era posible.
Malicorne acudió con una actividad
que era el primer resultado de su conversa-
ción con Montalais.
Cuanto más preguntó Guiche, que
creíase a cubierto, Malicorne, que trabajaba a
la sombra, más comprendió a su interlocutor.
De aquí resultó que, después de un
cuarto de hora de conversación, durante la
cual creyó Guiche haber descubierto toda la
verdad acerca de La Valliére y del rey, no su-
po nada más que lo que había visto por sus
propios ojos, mientras que Malicorne supo o
adivinó que Raúl desconfiaba desde lejos, y
que Guiche iba a velar sobre el tesoro de las
Hespérides.
Malicorne aceptó el papel de dragón.
Guiche creyó haber hecho cuanto
había que hacer en favor de su amigo, y no
se ocupó más que de sí propio.
Anunciáse en la noche siguiente la
vuelta de Wardes, y su primera aparición en
el aposento del rey.
Después de su visita debía el convaleciente
ir a la habitación de Monsieur.
Guiche fue a ver a Monsieur una hora an-
tes.
XVIII
RECIBIMIENTO DE WARDES EN LA
CORTE
Monsieur acogió a Wardes con aquel
favor particular que la necesidad de esparcir
el ánimo aconseja a todo carácter ligero hacia
cualquier novedad que se presenta. Wardes,
a quien hacía más de un mes no se le veía en
la Corte, era fruta nueva. Agasajarle, era co-
meter una infidelidad con los antiguos, y una
infidelidad tiene siempre su encanto; ade-
más, aquello era hacerle una reparación.
Monsieur le trató, pues, del modo más favo-
rable.
El caballero de Lorena, que temía mu-
cho a aquel rival, pero que respetaba aquella
segunda naturaleza en todo semejante a la
suya, más el valor, prodigó a Wardes aten-
ciones aún más exageradas que las que le
había mostrado Monsieur.
Guiche estaba allí, como hemos dicho,
pero se mantenía algo apartado, aguardando
con impaciencia que terminasen todos aque-
llos abrazos.
Wardes, sin dejar de conversar con los
demás, y hasta con Monsieur mismo, no
había perdido de vista a Guiche; su instinto le
decía que estaba allí por él.
Así fue, que se dirigió a Guiche inme-
diatamente que terminó con los demás.
Los dos cambiaron entre sí los cumpli-
dos más corteses; después de lo cual, War-
des volvió a acercarse de nuevo a Monsieur y
a otros gentileshombres.
En medio de todas aquellas feli-
citaciones de bienvenida, anunciaron a Ma-
dame.
Madame había sabido la llegada de
Wardes y estaba enterada de los pormenores
de su viaje, y de su duelo con Buckingham.
Por eso no le disgustó estar presente a las
primeras palabras que pronunciara el que sa-
bía era enemigo suyo.
Acompañábanla dos o tres camaristas.
Wardes hizo a Madame los más corte-
ses saludos, y anunció, de buenas a primeras
para empezar las hostilidades, que estaba
pronto a dar noticias del señor de Bucking-
ham a sus íntimos.
Era aquélla una respuesta directa a la
frialdad con que Madame le había recibido.
El ataque era vivo; Madame sintió el
golpe sin aparentar haberla recibido, y dirigió
rápidamente sus ojos a Monsieur y a Guiche.
Monsieur enrojeció, Guiche palideció.
Madame fue la única que no cambió
de fisonomía; pero, comprendiendo los mu-
chos disgustos que podía ocasionarle aquel
enemigo con las dos personas que le oían, se
inclinó sonriendo hacia el viajero.
El viajero hablaba de otra cosa. Ma-
dame era valiente hasta la imprudencia: toda
retirada hacíale avanzar más. Después de la
primera opresión del corazón, volvió a la car-
ga.
-¿Habéis padecido mucho con vuestras
heridas, señor de Wardes? -preguntó-. Por-
que hemos sabido que habíais tenido la mala
suerte de salir herido.
Aquella vez tocó a Wardes resentirse;
y se mordió los labios.
-No, señora -contestó-; casi nada.
-Sin embargo, con este horrible calor...
-El aire de mar es fresco, señora, y
además tenía un consuelo.
-¡Oh! ¡Tanto mejor! ... ¿Cuál?
-El de saber que mi adversario sufría
más que yo.
-¡Ah! ¿Salió herido más gravemente
que vos?... Ignoraba eso -dijo la princesa con
una completa insensibilidad.
-¡Oh señora! Estáis equivocada, o me-
jor, aparentáis dejaros engañar por mis pala-
bras. No digo que su cuerpo haya sufrido más
que yo; pero su corazón estaba ya profun-
damente lastimado.
Guiche vio adonde se dirigía la lucha,
y se aventuró a hacer a Madame una seña,
suplicándole que abandonara la partida.
Pero ella, sin contestar a Guiche, sin
aparentar verlo, y siempre sonriente:
-Pues qué -dijo-, ¿fue herido el señor
de Buckingham en el corazón, no creía que
una herida en el corazón tuviese cura.
-¡Ay, señora! -contestó graciosamente
Wardes-. ¡Las mujeres están siempre en esa
persuasión y eso es lo que les da sobre noso-
tros la superioridad de la confianza!
-Amiga mía, comprendéis mal -repuso
el príncipe con impaciencia-. El señor de
Wardes quiere decir que el duque de Buc-
kingham fue herid en el corazón por otra cosa
que n era una espada.
-¡Ah! ¡en, bien! -exclamó Madame-.
¡Ah! Es un chiste del señor Wardes.', Muy
bien. Quisiera saber, no obstante, si le haría
gracia al señor de Buckingham. En verdad, es
una lástima que no esté presente, señor de
Wardes.
Un relámpago pasó por los ojos del
joven.
-¡Oh! -dijo apretando los dientes-.
También yo lo quisiera. Guiche ni pestañea-
ba.
Madame parecía esperar que viniese
en su auxilio.
Monsieur vacilaba.
El caballero de Lorena adelantóse, y
tomó la palabra.
-Señora -dijo-, Wardes sabe muy bien
que para Buckingham no es cosa nueva ser
herido en el corazón, y lo que ha dicho se ha
visto ya otras veces.
-En vez de un aliado, dos enemigos -
murmuró Madame-. ¡Y dos enemigos coliga-
dos, encarnizados!
Y mudó de conversación. Cambiar de
conversación es, ya se sabe, un derecho de
los príncipes, que la etiqueta manda respetar.
El resto de la conversación fue, pues, mode-
rado; los principales actores habían termina-
do sus papeles. Madame se retiró temprano,
y Monsieur, que quería interrogarla, le ofreció
la mano.
El caballero temía mucho que se esta-
bleciese la buena inteligencia entre los dos
esposos para dejarlos tranquilamente juntos.
Encaminóse, pues, hacia la habitación
de Monsieur para sorprenderle a su vuelta, y
destruir con tres palabras todas las buenas
impresiones que Madame hubiese podido
sembrar en su corazón.
Guiche dio un paso hacia Wardes, a
quien rodeaba una porción de gentes.
Mostróle así el deseo que tenía de
hablar con él. Wardes le hizo, con los ojos y
la cabeza, una seña de haber comprendido.
Aquella seña, para las personas extra-
ñas, nada hostil significaba. Entonces Guiche
pudo volverse y esperar.
No esperó mucho tiempo. Des-
embarazado Wardes de sus interlocutores, se
aproximó a Guiche, y ambos, después de un
nuevo saludo, echaron a andar juntos.
-Habéis tenido un feliz regreso, mi
querido Wardes -dijo el conde.
-Excelente, como veis.
-¿Y tenéis siempre el genio tan alegre?
-Ahora mas que nunca.
-Es una gran felicidad.
-¿Qué queréis? ¡Todo cuanto en este
mundo nos rodea es tan ridículo y tan grotes-
co!
-¡Tenéis razón.
-¡Ah! ¿Opináis como yo?
-¡Cómo no! ¿Y traéis noticias de allá?
-No; más bien vengo a buscarlas aquí.
-Perdonad; sé que habéis visto gente
en Boulogne, a un amigo nuestro, y no hace
mucho tiempo.
-¡Gente! ... ¿A un amigo nuestro?
-Tenéis mala memoria.
-¡Ah! Es verdad. ¿Bragelonne?
-Justamente.
-¿Que iba con una misión cerca del rey
Carlos?
-Eso es. ¿Y no le habéis dicho ni os ha
dicho nada?
-No recuerdo bien lo que le he dicho,
os lo aseguro; pero sí sé lo que no le he di-
cho.
Wardes era la sagacidad misma, y co-
nocía en la actitud de Guiche, actitud llena de
frialdad y dignidad, que la conversación to-
maba mal giro. Resolvió, por tanto, dejarse
llevar de la conversación y estar sobre si.
-¿Y qué es, si no lo lleváis a mal, eso
que no le habéis dicho? -preguntó Guiche.
-¿Qué queréis que sea? Lo con-
cerniente a La Valliére.
-La Valliére... ¿Qué es ello? ¿Y qué ex-
traña cosa es ésa que habéis sabido allá,
mientras que Bragelonne, que estaba aquí,
no la ha sabido?
-¿Me hacéis seriamente la pregunta?
-No puede ser más seriamente.
-¡Cómo! ¿Vos, cortesano, que vivís en
las habitaciones de Madame, que sois comen-
sal de la casa, amigo de Monsieur y favorito
de nuestra linda princesa?
Guiche se encendió en cólera.
-¿De qué princesa habláis? - preguntó.
-No conozco más que una, querido.
Hablo de Madame. ¿Tendríais por casualidad,
alguna otra princesa en el corazón? Veamos.
Guiche iba a precipitarse; pero vio la
finta.
Era inminente una lucha entre ambos
jóvenes. Wardes quería la contienda sólo en
nombre de Madame, mientras que Guiche só-
lo la aceptaba en nombre de La Valliére. Des-
de aquel momento empezó, pues, un juego
de fintas, que debía durar hasta que uno de
los dos fuese tocado.
Guiche recobró toda su sangre fría.
-Para nada hay que mezclar a Mada-
me en todo esto, amigo Wardes -dijo Guiche-
; de lo que se trata es de lo que decíais poco
ha.
-¿Y qué decía?
-Que habíais ocultado a Bragelonne
ciertas cosas.
-Que sabéis vos tan bien como yo -
replicó Wardes.
-No, a fe mía.
-¡Vaya!
-Si me las decís las sabré; pero no de
otro modo, os lo juro.
-¡Cómo! ¡Llego de fuera, de sesenta
leguas de distancia; no os habéis movido de
aquí, habéis visto con vuestros propios ojos,
conocéis lo que, según el rumor público, me
ha llevado allá, ¿y os oigo decir seriamente
que nada sabéis? ¡Oh conde, no tenéis cari-
dad!
-Será como gustéis, Wardes; pero, os
lo repito, no sé nada.
-Os hacéis el discreto, y eso es pru-
dente.
-¿De suerte que no me decís nada, así
como tampoco lo habéis dicho a Bragelonne?
-Hacéis oídos de mercader. Estoy se-
guro de que Madame no sería tan dueña de sí
misma como vos.
"¡Ah, gran hipócrita! -murmuró Gui-
che-. Ya has vuelto a tu terreno."
-Pues bien -continuó Wardes-, ya que
es tan difícil entendernos acerca de La Vallié-
re y Bragelonne, hablemos de vuestros asun-
tos personales.
-¡Si yo no tengo asuntos personales! -
exclamó Guiche-. Supongo que no habréis
dicho de mí a Bragelonne nada que no podáis
repetírmelo a sí.
-No; pero tened entendido, Guiche,
que cuanto más ignorante soy en algunas co-
sas, más obstinado soy en otras. Si se trata-
ra, por ejemplo, de hablaros de las relaciones
del señor de Buckingham en París, cómo he
hecho el viaje con el duque, podría deciros
cosas muy interesantes. ¿Queréis que os las
diga?
Guiche se pasó la mano por la frente,
bañada en sudor.
-No dijo-, cien veces no, porque no
tengo curiosidad de saber lo que no me toca.
El señor de Buckingham no es para mí más
que un simple conocido, mientras que Raúl es
un amigo íntimo. No tengo, por tanto, la me-
nor curiosidad de saber lo que haya sucedido
al señor de Buckingham, y tengo el mayor
interés en conocer lo que le ha sucedido a
Raúl.
-¿En París?
- En París o en Boulogne. Ya veis que
estoy aquí, y si sobreviene algún aconteci-
miento puedo hacer frente a él, mientras que
Raúl está ausente y no tiene más que a mí
que pueda representarle; de consiguiente, los
asuntos de Raúl son antes que los míos.
-Pero Raúl volverá.
-Sí, una vez terminada su misión. En-
tretanto, ya comprenderéis que no puedo de-
jar correr rumores desfavorables a él, sin que
yo los examine.
-Con tanto más motivo, cuanto que
estará en Londres bastante tiempo -dijo War-
des con socarronería.
-¿Lo creéis así? -preguntó Guiche in-
genuamente.
-¡Diantre! ¿Creéis que lo hayan envia-
do a Londres para no hacer más que ir y vol-
ver?... No: lo han enviado a Londres para que
se quede allí.
-¡Ah, conde! -exclamó Guiche apre-
tando con fuerza la mano a Wardes- Esa es
una sospecha en extremo injuriosa para Bra-
gelonne, y que justifica perfectamente lo que
me ha escrito desde Boulogne.
Wardes quedó helado; la afición a las
chanzonetas le había llevado demasiado le-
jos, y con su imprudencia dio la ventaja a su
antagonista.
-¿Y qué es lo que ha escrito? -
preguntó.
-Que le habíais deslizado algunas insi-
nuaciones pérfidas contra La Valliére, y que
os burlábais al parecer de su gran confianza
en esa joven.
-Sí, todo eso hice -dijo Wardes-, y al
hacerlo, estaba dispuesto a que el vizconde
de Bragelonne me replicase lo que dice un
hombre a otro cuando éste le ha disgustado.
Así, por ejemplo, si se tratara de buscar con-
tienda con vos, os diría que Madame, des-
pués de haber distinguido al señor de Buc-
kingham, pasa en la actualidad por haber
despedido al gallardo duque sólo en beneficio
vuestro.
-¡Oh! Eso no me lastimaría en lo mas
mínimo, querido Wardes -dijo Guiche son-
riendo, a pesar del escalofrío que corrió por
sus venas como una inyección de fuego...-.
¡Diantre! Semejante favor sería miel.
-De acuerdo; pero si quisiera absolu-
tamente romper con vos, buscaría un mentís,
y os hablaría de cierto bosquecillo en donde
os encontrásteis con aquella princesa, de
ciertas genuflexiones, de ciertos besamanos.
. . Y vos, que sois hombre discreto, vivo y
pundonoroso. . .
-Pues bien, no, os lo juro -replicó Gui-
che interrumpiéndole con una sonrisa en los
labios, aunque se creía próximo a morir-,
tampoco eso me haría saltar, ni os daría
mentís ninguno. ¿Qué queréis, amigo conde?
Yo soy así; en las cosas que me atañen soy
de hielo. ¡Ah! Otra cosa es cuando se trata de
un amigo ausente, de un amigo que, al mar-
charse, me ha confiado sus intereses. ¡Oh!
¡Para éste, ya lo veis, Wardes, soy todo fue-
go!
-Os comprendo, señor de Guiche; pero
por más que digáis, no puede en este instan-
te haber cuestión entre nosotros, ni por Bra-
gelonne, ni por esa muchacha sin importancia
a quien llaman La Valliére.
En aquel momento atravesaban por el
salón algunos cortesanos, quienes, habiendo
oído ya las palabras que acababan de pro-
nunciarse, podían oír también las que iban a
seguir.
Wardes lo conoció, y prosiguió en voz
alta:
-¡Oh! Si la Valliére fuese una coqueta
como Madame, cuyos arrumacos, supongo
que en extremo inocentes, han hecho enviar
primero al señor de Buckingham a Inglaterra,
y después desterrado a vos mismo. . . porque
ello es que os dejásteis coger por sus arru-
macos, ¿no es verdad, señor?
Los cortesanos acercáronse, yendo a
su frente Saint-Aignan, y detrás Manicamp.
-¿Y qué queréis, amigo? -dijo Guiche
riendo-. Todos saben que soy un fatuo. Tomé
por lo serio una chanza, y eso me ocasionó el
destierro. Pero conocí mi error, puse mi vani-
dad a los pies de quien correspondía, y con-
seguí que me llamaran, reconociendo mi falta
y haciendo propósito de enmienda. Y ya lo
veis, hasta tal punto me he enmendado, que
me río ahora de lo que hace cuatro días me
destrozaba el corazón. Pero Raúl' ama y es
amado, y no se ríe de los rumores que pue-
den turbar su felicidad, de los rumores de
que os habéis hecho intérprete, no obstante
saber, como yo, como estos caballeros, y
como todo el mundo sabe, que esos rumores
no eran más que una calumnia.
-¡Una calumnia! -murmuró Wardes fu-
rioso de verse cogido en el lazo por la sangre
fría de Guiche.
-Sí, una calumnia. ¡Pardiez! Aquí está
su carta, en que me dice que habéis hablado
mal de la señorita de La Valliére, y me pre-
gunta si lo que habéis dicho de esa joven es
verdad. ¿Queréis que haga jueces a estos se-
ñores, Wardes?
Y Guiche, con la mayor sangre fría, le-
yó en voz alta el párrafo de la carta relativo a
La Valliére.
-Y ahora -prosiguió Guiche-, estoy
bien convencido de que habéis querido turbar
el reposo de mi amigo Bragelonne, y de que
vuestros dichos eran maliciosos.
Wardes miró en torno suyo a fin de
ver si encontraría apoyo en alguna parte; pe-
ro la sola idea de que había insultado, ya fue-
se directa o indirectamente, a la q e era el
ídolo del día, hizo a todos mover la cabeza, y
Guiche sólo vio hombres dispuestos a darle la
razón.
-Señores -dijo Guiche conociendo por
instinto el sentimiento general-, nuestra dis-
cusión con el señor de Wardes versa sobre un
punto tan delicado, que importa sobremanera
que nadie oiga más de lo que vosotros habéis
oído. Os suplico, pues, que guardéis las puer-
tas y nos dejéis terminar nuestra con-
versación, como conviene a hidalgos, uno de
los cuales ha dado al otro un mentís.
-¡Señores, señores! -exclamaron to-
dos.
-¿Creéis que haya hecho mal en de-
fender a la señorita de La Valliére? -dijo Gui-
che-. En ese caso, me condeno y retiro las
palabras hirientes que haya podido decir con-
tra el señor de Wardes.
-¡Ca! -dijo Saint-Aignan-. ¡No! . . . La
señorita de La Valliére es un ángel.
-La virtud, la pureza en persona. -Ya
veis, señor de Wardes -dijo Guiche-, que no
soy el único que toma la defensa de esa po-
bre niña. Señores, por- segunda vez, os su-
plico que nos dejéis. Ya veis que nadie puede
estar más sereno de lo que estamos.
Los cortesanos no deseaban otra cosa
que alejarse, y unos se dirigieron a una puer-
ta y otros a otra. Ambos jóvenes quedaron
solos.
-¡Bien representado! -dijo Wardes al
conde.
-¿No es cierto? -replicó éste.
-¿Qué queréis? Me he embrutecido en
provincia, querido, mientras que vos me con-
fundís con el dominio que habéis adquirido
sobre vos mismo, conde; siempre se gana
algo en las relaciones con las mujeres, y os
doy por ello la más sincera enhorabuena.
-La acepto.
-Y se la daré también a Madame.
-¡Oh! Ahora, mi querido señor de
Wardes, hablemos tan alto como queráis.
-No me provoquéis.
-¡Oh, sí! ¡Quiero provocaros! Ya sois
conocido como un mal hombre; si hacéis eso,
pasaréis por un cobarde, y Monsieur os hará
ahorcar esta noche de la falleba de su venta-
na. Hablad, mi querido Wardes, hablad.
-Estoy derrotado.
-Sí, mas no tanto como conviene.
-Veo que no os disgustaría molerme
bien los huesos.
-Ni mucho menos.
-¡Diantre! Es que por ahora, mi queri-
do conde, me viene mal; no es cosa que pue-
da convenirme una partida, después de la
que he jugado en Boulogne; he perdido allá
mucha sangre, y al menor esfuerzo volverían
a abrirse mis heridas- ¡Pronto daríais cuenta
de mí!
-Es verdad -dijo Guiche-, y sin embar-
go, hace poco habéis hecho alarde de vuestro
buen aspecto y de vuestro buen brazo.
-Sí, los brazos se mantienen bien, pe-
ro tengo débiles las piernas, y luego, no he
vuelto a tomar en la mano el florete desde
aquel maldito duelo, cuando vos, por el con-
trario, estoy cierto de que os ejercitaréis en
la esgrima todos los días para poner buen
término a vuestra añagaza.
-Por mi -honor, señor -contestó Gui-
che-, hace medio año que no me ejercito.
-No, conde; bien meditado todo, no
me batiré, a lo menos con vos. Esperaré a
Bragelonne, puesto que decís que Bragelonne
es quien me tiene ganas.
-¡Ah! ¡No; no esperaréis a Bragelonne!
-exclamó Guiche fuera de sí-. Porque, según
habéis dicho vos mismo, Bragelonne puede
tardar en volver, y entretanto vuestro carác-
ter perverso llevará a cabo su obra.
-Sin embargo, tendré una excusa.
¡Cuidado!
-Os doy ocho días para acabar de res-
tableceros.
-Eso ya es otra cosa- En ocho días, ya
veremos.
-Sí, ya comprendo. En ocho días hay
tiempo para huir del enemigo. Pues no, ni
uno solo.
-Estáis loco, señor -dijo Wardes, dan-
do un paso como para retirarse.
-¡Y vos sois miserable, si no os batís
de buen grado!
-¿Y qué?
-Os denunciaré al rey por haber rehu-
sado batiros, después de haber insultado a La
Valliére.
-¡Ah! --exclamó Wardes-. Sois peligro-
samente pérfido, señor hombre honrado.
-Nada más peligroso que la perfidia
del que marcha siempre lealmente.
-Devolvedme entonces mis piernas, o
haceos sangrar para equilibrar todas las pro-
babilidades.
-No; aún podemos hacer otra cosa
mejor.
-¿Qué?
-Montaremos los dos a caballo, y
cambiaremos tres pistoletazos. Sois gran ti-
rador, pues os he visto matar golondrinas a
galope y con bala. No digáis que no, porque
yo lo he visto.
-Creo que tenéis razón -dijo que te-
néis razón -dijo Wardes-, y es posible que os
mate del mismo modo.
-Ciertamente, me haríais un favor.
-Pondré lo que esté de mi parte.
-¿Queda convenido?
-Convenido.
-Vuestra mano.
-Aquí está... pero, con una condición.
-¿Cuál?
-Que me juréis no decir ni hacer decir
nada al rey.
-Os lo juro.
-Voy a buscar mi caballo.
-Y yo el mío.
-¿Adónde iremos?
-A la llanura; conozco un sitio excelen-
te.
-¿Iremos juntos?
-¿Por qué no?
Y dirigiéndose ambos hacia las caba-
llerizas, pasaron por debajo de las ventanas
de Madame, suavemente iluminadas. Detrás
de las cortinas de encaje deslizábase una
sombra.
-He ahí una mujer -dijo Wardes son-
riendo- que no sospecha que vamos a matar-
nos por ella.
XIX
EL COMBATE
Wardes eligió su caballo y Guiche el
suyo.
Después los ensillaron por sí mismos
con sillas de pistoleras. Wardes no llevaba
pistolas, pero Guiche tenía dos pares. Fue a
buscarlas a su aposento, las cargó y dio a
elegir a Wardes.
Éste eligió unas pistolas de que se
había servido más de veinte veces, las mis-
mas con que Guiche le había visto matar go-
londrinas al vuelo.
-No os admirará -dijo-, que tome to-
das mis precauciones. Conocéis muy bien
vuestras armas, y, de consiguiente, no hago
más que equilibrar las probabilidades.
-La observación era inútil -contestó
Guiche-, pues estáis en vuestro derecho.
-Ahora -dijo Wardes-, os ruego que
me ayudéis a montar, pues experimento to-
davía alguna dificultad.
-Será mejor entonces que vayamos al
sitio a pie.
-No; puesto ya a caballo me siento en-
teramente fuerte.
-Como queráis.
Y Guiche ayudó a Wardes a montar.
-Me ocurre -continuó el joven-, que
con el ardor que tenemos para extermina-
mos, no hemos reparado en otra cosa.
-¿En qué?
-En que es de noche, y será preciso
matarnos a obscuras.
-Bien, el resultado será el mismo.
-Con todo, es preciso tener en cuenta
otra circunstancia, y es que las personas de
honor jamás se baten sin testigos.
-¡Oh! -exclamó Guiche-. Veo que de-
seáis tanto como yo hacer las cosas en regla.
-No deseo que puedan decir que me
habéis asesinado, así como en el caso de que
yo os mate tampoco quiero verme acusado
de un crimen.
-¿Se ha dicho acaso semejante cosa
de vuestro duelo con el señor de Bucking-
ham? -replicó Guiche-. Y, sin embargo, se
efectuó bajo las mismas condiciones en que
el nuestro va a verificarse.
-Es que era de día aun y estábamos
con agua a las rodillas; por otra parte, había
en la ribera una porción de gente que nos es-
taba mirando.
Guiche reflexionó por un instante, y se
afirmó más y más en la idea que se le había
ya ocurrido de que Wardes quería tener testi-
gos para hacer recaer la conversación sobre
Madame, y dar un nuevo giro al combate.
Nada replicó, pues, y como Wardes le
interrogase por ultima vez, con una mirada,
le contestó con un movimiento de cabeza que
significaba que lo mejor era atenerse a lo
hecho.
En su consecuencia, pusiéronse en
camino ambos adversarios, y salieron del pa-
lacio por aquella puerta que ya conocemos
por haber visto muy cerca de ella a Montalais
y Malicorne.
La noche, como para combatir el calor
del día, había acumulado todas sus nubes,
que empujaban lenta y silenciosamente de
Poniente a Oriente. Aquella cúpula, sin re-
lámpagos y sin truenos aparentes, pesaba
con todo su peso sobre la tierra y empezaba
a horadarse a impulsos del viento, como un
inmenso lienzo desprendido de un arteso-
nado.
La lluvia, que caía en gotas gruesas
sobre la tierra, aglomeraba el polvo en glóbu-
los que. corrían en todas direcciones.
Al mismo tiempo, de los vallados que
aspiraban la tempestad, de las flores sedien-
tas, de los árboles desmelenados, exhalában-
se mil aromas que traían al ánimo los recuer-
dos dulces, las ideas de juventud, de vida
eterna, de felicidad y de amor.
-Muy grato aroma despide la tierra -
observó Wardes-; es una coquetería de su
parte para atraernos hacia sí.
-Muchas ideas me han ocurrido -dijo
Guiche-; y ahora que decís eso, quiero some-
terlas a vuestro juicio.
-¿A qué son relativas esas ideas?
-A nuestro combate.
-En efecto, me parece que ya es tiem-
po de que nos ocupemos en eso.
-¿Será un combate ordinario, confor-
me las reglas de costumbre?
-Sepamos cuál es vuestra costumbre.
-Echaremos pie a tierra en una buena
llanura, ataremos los caballos al primer obje-
to que encontremos a mano, nos reuniremos
primero sin armas, y luego nos alejaremos
cada cual ciento cincuenta pasos para volver
a encontrarnos frente a frente.
-Perfectamente; así maté al pobre Fo-
llivent, hace tres meses, en Saint-Denis.
-Perdonad; olvidáis una circunstancia.
-¿Cuál?
-En vuestro duelo con Follivent, mar-
chasteis a pie uno contra otro, con la espada
en los dientes y las pistolas en la mano.
-Así es. Esta vez, en cambio, como no
puedo andar, según habéis confesado vos
mismo, volveremos a montar a caballo, nos
vendremos a buscar a cierta distancia, y el
que primero quiera disparar, dispara.
-Esto es lo mejor que podemos hacer;
pero es de noche, y hay que contar con más
tiros perdidos que los que pudiese haber por
el día.
-Bien, pues podremos disparar cada
cual tres tiros: los dos que tienen ya las pis-
tolas, y otro para el cual volveremos a car-
gar.
-Muy bien. ¿Dónde tendrá lugar nues-
tro combate?
-¿Tenéis preferencia por algún sitio?
-No.
-¿Divisáis aquel bosquecillo que se ex-
tiende delante de nosotros?
-¿El bosque de Rochin? Muy bien.
-¿Le conocéis?
-Sí.
-¿Entonces sabréis que tiene un claro
en su centro?
-Perfectamente.
-Pues vamos a ese claro.
-Vamos allá.
-Es una especie de palenque natural,
con toda clase de caminos, salidas, senderos,
fosos y revueltas, y creo que el sitio no puede
ser mejor.
-Me parece bien, si os place. Pero creo
que hemos llegado.
-Sí. Ved que terreno tan hermoso. La
poca claridad que se desprende de las estre-
llas, como dice Comeille, encuéntrase en este
sitio, cuyos límites naturales son el bosque
que lo rodea por todas partes.
-Sí que es muy excelente.
-Pues terminemos las condiciones.
-He aquí las mías; si se os ocurre algo
en contra, me lo diréis.
-Escucho.
-Caballo muerto, obliga a su jinete a
combatir a pies.
-Es muy justo, puesto que no tenemos
caballos de reserva.
-Pero no obliga al adversario a apear-
se de su caballo.
-El adversario quedará en libertad de
obrar como bien le parezca.
-Reunidos ya una vez los adversarios,
no tendrán obligación de volverse a separar y
podrán, por tanto, dispararse mutuamente a
boca de jarro.
-Aceptado.
-Nada más tres cargas, ¿estamos?
-Me parecen suficientes. Aquí tenéis
pólvora y balas para vuestras pistolas; apar-
tad tres cargas, y tomad tres balas; yo haré
otro tanto, y luego derramaremos la pólvora
que quede y arrojaremos las balas restantes.
-Y juraremos por Cristo -repuso War-
des-, que no tenemos sobre nosotros más
pólvora ni más balas.
-Por mi parte, lo juro.
Y Guiche extendió su mano hacía el
cielo. Wardes le imitó.
-Y ahora, querido conde -dijo-, permi-
tidme manifestaros que no se me engaña tan
fácilmente. Sois o seréis el amante de Mada-
me. He penetrado el secreto, y como teméis
que se difunda, queréis matarme para asegu-
raros el silencio; es cosa muy natural y en
vuestro lugar hubiera hecho lo propio.
Guiche bajó la cabeza.
-Ahora, decidme -continuó Wardes
triunfante-: ¿os parece bien echarme encima
todavía ese desagradable asunto de Brage-
lonne? Cuidado, amigo, que acosando al ja-
balí se le irrita, y acorralando a la zorra se le
da la ferocidad de! jaguar. De lo cual resulta,
que estando reducido al extremo por vos, me
defenderé hasta morir.
-Estáis en vuestro derecho.
-Sí; pero tened entendido que no de-
jaré de hacer todo el mal que pueda, y así es
que para principiar ya adivinaréis que no
habré cometido la torpeza de encadenar mi
secreto, o mejor dicho, el vuestro, en mi co-
razón. Hay un amigo, y un amigo despejado,
a quien ya conocéis, que es partícipe de mi
secreto, y de consiguiente ya comprenderéis
que si me vencéis, mi muerte no servirá de
gran cosa. mientras que si yo os mato.. .
¡Qué diantre! Todo puede suceder.
Guiche se estremeció.
-Si yo os mato -prosiguió Wardes-, le
habréis suscitado a Madame dos enemigos,
que trabajarán cuanto puedan por perderla.
-¡Oh, caballero! -exclamó furioso Gui-
che-. No contéis de esa manera con mi muer-
te. De esos dos adversarios, espero matar al
uno dentro de breves momentos, y al otro a
la primera ocasión.
Wardes sólo contestó con una carcaja-
da tan diabólica que habría asustado a un
hombre supersticioso.
Pero Guiche no se dejaba intimidar fá-
cilmente.
-Creo -dijo-, que todo esté arreglado,
señor de Wardes; por tanto, tomad campo, si
no preferís que sea yo quien lo tome.
-No -replicó Wardes-; tengo una satis-
facción en ahorraros esa molestia.
Y, poniendo su caballo a galope, atra-
vesó el claro en toda su extensión, y fue a
situarse en el punto de la circunferencia de la
encrucijada que daba frente a aquel donde
Guiche se había parado.
Guiche permaneció inmóvil.
A la distancia de cien pasos, poco más
o menos, no podían ya divisarse los dos ad-
versarios, ocultos en la densa sombra de los
olmos y de los castaños.
Transcurrió un minuto en medio del si-
lencio más completo.
Al cabo de ese minuto, oyó cada cuál,
desde la sombra donde estaba oculto, el do-
ble ruido que hicieron las pistolas al montar-
las.
Guiche, según la táctica acostum-
brada, puso su caballo al galope, en la per-
suasión de tener una doble garantía de segu-
ridad en la ondulación del movimiento y en la
velocidad de la carrera.
Dirigió esa carrera en línea recta, al
punto que a su parecer debía ocupar su ad-
versario.
Creía encontrar a Wardes a la mitad
del camino, pero se engañó. Continuó enton-
ces su carrera, presumiendo que Wardes le
aguardaba inmóvil.
Pero, apenas había recorrido las dos
terceras partes del claro, cuando advirtió que
éste se iluminaba de repente, y una bala le
llevó silbando la pluma que flotaba sobre su
sombrero.
Casi al mismo tiempo, y como si el
resplandor del primer tiro hubiese servido pa-
ra alumbrar al segundo, resonó otro tiro, y
una segunda bala atravesó la cabeza del ca-
ballo de Guiche, algo más abajo de la oreja.
El animal cayó.
Aquellos dos tiros, que venían en di-
rección contraria a aquella en que suponía
Guiche estaría Wardes, le causaron gran sor-
presa; pero, como era hombre de mucha
sangre fría, calculó su caída, aunque no tan
exactamente que no quedara cogido bajo el
caballo el extremo de su bota.
Afortunadamente, el animal hizo en su
agonía un movimiento que permitió a Guiche
poder sacar la pierna.
Guiche se incorporó, se palpó y vio
que no estaba herido.
Así que sintió desfallecer al animal,
puso sus dos pistolas en las pistoleras, por
miedo de que la caída hiciera disparar alguna
de ellas, o quizá ambas, lo cual le habría des-
armado inútilmente.
Luego que se vio en pie, sacó las pis-
tolas de las pistoleras, y adelantóse hacia el
sitio donde, a la luz de los fogonazos, había
visto aparecer a Wardes.
Guiche desde el primer tiro hízose
cargo de la maniobra de aquél, que no podía
ser más sencilla.
Wardes, en lugar de correr contra Gui-
che o de permanecer aguardándole en su
puesto, había seguido unos quince pasos el
círculo de sombra que le ocultaba a la vista
de su enemigo, y, en el momento en que éste
le presentaba el costado de su carrera, le
había disparado desde su sitio, apuntando a
su placer, para lo cual le sirvió más bien que
le estorbó—el galope del caballo.
Ya se vio que, a pesar de la obs-
curidad, la primera bala había pasado a una
pulgada escasa de la cabeza de Guiche.
Wardes estaba tan seguro de su pun-
tería, que creyó ver caer a Guiche. Así fue
que quedó en extremo sorprendido cuando
vio al jinete seguir en la silla.
Apresuróse a disparar el segundo tiro,
desvió un poco la puntería, y mató al caballo.
Era un accidente afortunado el que
Guiche permaneciese enredado debajo del
animal. De modo que Wardes, antes de que
aquél pudiera desenredarse, cargaba su pis-
tola y tenía a Guiche a merced suya.
Pero, por el contrario, Guiche estaba
en pie, y quedábanle aún tres tiros que dispa-
rar.
Guiche comprendió la posición... Tra-
tábase de ganar a Wardes en celeridad. Y
echó a correr para acercarse a él antes de
que concluyese de cargar la pistola.
Wardes le veía llegar como una tem-
pestad. La bala venía bastante justa, y se re-
sistía a la baqueta. Cargar mal era exponerse
a perder el último tiro; cargar bien era expo-
nerse a perder tiempo, o mejor dicho a per-
der la vida.
Entonces obligó al caballo a ponerse
de manos.
Guiche practicó un giro sobre sí mis-
mo, y en el instante en' que volvió a caer el
caballo, disparó el tiro, que le llevó el som-
brero a Wardes.
Wardes comprendió que tenía un ins-
tante por suyo, y aprovechóse de él para
acabar de cargar su pistola.
Viendo Guiche que su adversario no
había caído, arrojó' la primera pistola que le
era ya inútil, y se dirigió hacia Wardes apun-
tando con la segunda.
Pero al tercer paso que dio le apuntó
Wardes y disparó.
Un rugido de rabia respondió a aquella
detonación; el brazo del conde se crispó y se
abatió. Cayó la pistola.
Wardes vio al conde bajarse, coger la
pistola con la mano izquierda y dar otro paso
hacia él.
El momento era supremo. -Soy perdi-
do -murmuró Wardes-; no está herido de
muerte. Pero en el momento en que Guiche
levantaba la pistola apuntando a Wardes, la
cabeza, los hombros y las corvas del conde
perdieron su fuerza a la vez. Guiche exhaló
un suspiro doloroso, y fue a caer a los pies
del caballo de Wardes. -Vamos, vamos -
murmuró éste-, eso es distinto.
Y cogiendo las riendas, metió espuelas
al caballo.
El caballo saltó por sobre el cuerpo
inerte, y condujo rápidamente a Wardes a
Palacio.
Cuando llegó Wardes se puso a re-
flexionar lo que había de hacer. En su impa-
ciencia por abandonar el campo de batalla no
se había ocupado de averiguar si Guiche es-
taba muerto.
Dos hipótesis presentábanse al ánimo
agitado de Wardes.
O Guiche estaba muerto, o no estaba
más que herido.
Si lo primero, ¿era conveniente dejar
su cadáver expuesto a los lobos? Sería una
crueldad inútil, puesto que si Guiche estaba
muerto, no hablaría.
Si estaba herido, ¿a qué conducía el
dejarle sin auxilio, sino a que le tuviesen a él
por un salvaje incapaz de generosidad?
Esta última consideración triunfó.
Wardes preguntó por Manicamp, y supo que
éste, después de haber preguntado por Gui-
che y no sabiendo dónde ir a buscarle, se fue
a acostar.
Wardes fue a despertarle, y le informó
del lance, que Manicamp escuchó sin decir
palabra, pero con una expresión de energía
creciente, de que su rostro no parecía capaz.
Luego que Wardes concluyó de hablar,
pronunció Manicamp esta palabra
-Vamos.
Por el camino fue enardeciéndose la
imaginación de Manicamp; y, conforme War-
des le refería el suceso, su rostro se obscure-
cía más y más.
-De modo -dijo luego que concluyó
Wardes-, ¿que le suponéis muerto?
-¡Ay, sí!
-¿Y vos os habéis batido sin testigos?
-Así lo quiso él
-¡Es particular!
-¿Cómo que es particular?
-Sí, el carácter del señor de Guiche no
es de esa especie.
-¿Supongo que no dudaréis de mi pa-
labra?
-¡Eh, eh!
-¿Dudáis?
-Algo... Pero dudaré mucho más, os lo
prevengo, si veo muerto al pobre joven.
-¡Señor Manicamp!
-¡Señor de Wardes!
-¡Me parece que me insultáis!
-Tomadlo como queráis. Nunca me
han gustado las personas que vienen a decir:
"¡He matado al señor de tal en un rincón; ha
sido una gran desgracia; pero le he matado
noblemente!" ¡Es la noche muy obscura para
que se crea este adverbio, señor de Wardes!
-Silencio; ya estamos en el sitio.
En efecto, principiábase ya a divisar el
claro, y en el espacio vacío la masa inmóvil
de un caballo muerto.
A la derecha del caballo, y sobre la
hierba, yacía boca abajo el pobre conde, ba-
ñado en su sangre.
Permanecía en el mismo sitio, y no pa-
recía que hubiera hecho el menor movimien-
to.
Manicamp se hincó de rodillas, levantó
al conde, y le encontró frío y bañado en san-
gre.
Le volvió a dejar en el suelo. Exten-
diendo luego el cuerpo y el brazo, anduvo
tentando, hasta que tropezó con la pistola de
Guiche.
-¡Pardiez! -dijo entonces le-
vantándose, pálido como un espectro, y con
la pistola en la mano-. ¡Pardiez, no os enga-
ñábais! ¡Esta muerto!
-¿Muerto? -repitió Wardes.
-Sí; y su pistola está cargada -repuso
Manicamp examinando con los dedos la cazo-
leta.
-¿Pues no os he dicho que le apunté
cuando se dirigía hacia mí, y disparé en el
momento en que él me estaba apuntando?
-¿Estáis bien seguro de haberos batido
con él, caballero Wardes? Yo, lo confieso,
sospecho que le habéis asesinado. ¡Oh, no
gritéis! ¡Habéis disparado vuestros tres tiros,
y su pistola está cargada! ¡Habéis muerto su
caballo, y él, Guiche, uno de los más excelen-
tes tiradores de Francia, no os ha tocado ni a
vos ni a vuestro caballo! Francamente, señor
de Wardes, habéis hecho muy mal en traer-
me aquí; toda esa sangre se me ha subido a
la cabeza, estoy algo ebrio, y creo, por mi
honor, que voy a saltaros la tapa de los se-
sos. : ¡Señor de Wardes, encomendad a Dios
vuestra alma!
-No creo que penséis en cometer tal
atentado, señor de Manicamp.
-Al contrario, pienso en ello muy de
veras.
-¿Seríais capaz de asesinarme? -Sin
remordimiento, por ahora al menos.
-¿Sois hidalgo?
-He sido paje, y por tanto he tenido
que hacer mis pruebas.
-Dejadme entonces defender la vida.
-Para que hagáis conmigo lo que
habéis hecho con el pobre Guiche.
Y, levantando Manicamp la pistola, la
detuvo con el brazo extendido y el ceño frun-
cido a la altura del pecho de Wardes.
Wardes no intentó ni ponerse en fuga,
pues estaba enteramente aterrado.
Entonces, en medio de aquel es-
pantoso silencio de un instante, que a Wardes
le pareció un siglo, se oyó un suspiro.
-¡Oh! -exclamó el señor de Wardes-.
¡Vive, vive! ¡Señor de Guiche, que quieren
asesinarme!
Manicamp retrocedió, y el conde se in-
corporó con gran trabajo sobre una mano en-
tre ambos jóvenes. Manicamp arrojó la pisto-
la a diez pasos, y cogió a su amigo lanzando
un grito de alegría.
Wardes enjugóse la frente, bañada en
sudor frío.
-Ya era tiempo -murmuró.
-¿Qué tenéis? -preguntó Manicamp a
Guiche-. ¿Dónde estáis herido?
Guiche mostró su mano mutilada y su
pecho ensangrentado.
-Conde -exclamó el señor de Wardes-;
me acusan de que os he asesinado: ¡por
Dios, decir que he combatido lealmente.
-Así es -dijo con angustia el herido-; el
señor de Wardes ha combatido noblemente, y
el que dijera lo contrario tendría en mí un
enemigo.
-¡Eh, señor! -dijo Manicamp-. Ayu-
dadme primero a transportar a este pobre
mozo, y después os daré cuantas satisfaccio-
nes queráis, o si os corre demasiada prisa,
hagamos otra cosa mejor; curemos aquí al
conde con vuestro pañuelo y el mío, y ya que
aún quedan dos balas por tirar, disparémos-
las.
-Gracias -dijo Wardes-. En una hora
he visto por dos veces la muerte muy de cer-
ca; es demasiado fea la muerte, y prefiero
vuestras excusas.
Ambos jóvenes quisieron transpor-
tarlo; pero dijo que se sentía bastante fuerte
para caminar por su pie. La bala le había roto
el dedo anular y el pequeño, y se había desli-
zado después sobre una costilla, pero sin in-
teresar el pecho. De consiguiente, lo que
había aniquilado a Guiche era más bien el do-
lor que la gravedad de la herida.
Manicamp pasóle su brazo por debajo
de un hombre, y Wardes el suyo por debajo
del otro, y lo condujeron así a Fontainebleau,
a casa del médico que había asistido en su
lecho de muerte al franciscano predecesor de
Aramis.
XX
LA CENA DEL REY
El rey, entretanto, se había sentado a
la mesa, y la reunión poco numerosa de los
convidados había tomado asiento a sus dos
lados, después del ademán acostumbrado
para que se sentasen.
En aquella época, si bien no estaba
ordenada todavía la etiqueta como lo estuvo
después, la Corte de Francia había roto ya
con las tradiciones de naturalidad y afabilidad
patriarcal que se observaban aún en tiempo
de Enrique IV, y que el carácter receloso de
Luis XIII había ido desterrando paulatina-
mente, para reemplazarlos con maneras fas-
tuosas de grandeza, de que sentía en el alma
no poderse revestir.
El rey comía, por tanto, en una mesita
separada, que dominaba como la de un pre-
sidente las mesas inmediatas; hemos dicho
mesita, y nos apresuramos a añadir que esa
mesa era la mayor de todas.
Además, era la mesa en que se amon-
tonaba mayor número de manjares distintos,
pescados, caza, carnes, frutas, legumbres y
conservas.
El rey, joven y vigoroso, gran cazador,
aficionado a toda clase de ejercicios violen-
tos, tenía además ese calor natural de la
sangre común a todos los Borbones, que hace
perfectamente las digestiones y renueva el
apetito.
Luis XIV era un temible convidado,
complacíase en criticar a sus cocineros; pero
cuando les hacía honor, ese honor era gigan-
tesco.
El rey principiaba por muchas clases
de sopa, sea reunidas en una especie de po-
taje, sea separadas; y solía entremezclar, o
más bien separar cada una de estas sopas
con un vaso de vino añejo. Comía de prisa y
con avidez.
Porthos, que desde un principio había
aguardado por respeto a que Artagnan le
hiciese una seña con el codo, viendo que el
rey engullía con tan buen apetito, se volvió
hacia el mosquetero, y, a media voz:
-Me parece que podemos comenzar di-
jo-; Su Majestad anima: mirad.
-El rey come -dijo Artagnan-, pero
habla al mismo tiempo; componeos de suerte
que, si por casualidad os dirige la palabra, no
os pille con la boca llena, porque sería des-
graciado.
-Entonces, el mejor medio es no co-
mer -contestó Porthos-; sin embargo, os con-
fieso que tengo hambre, y todo esto despide
un olor tan rico, que halaga a la vez mi olfato
y mi apetito.
-No vayáis a estaros sin comer -
repuso Artagnan-, pues se incomodaría Su
Majestad. El rey acostumbra a decir que el
que come bien es señal de que trabaja bien,
y no le place que anden con repulgos a su
mesa.
-Pues si uno come, ¿cómo ha de evitar
tener la boca llena? -dijo Porthos.
-Tratáse simplemente -replicó el capi-
tán de mosqueteros-, de engullir cuando el
rey os haga el honor de dirigiros la palabra.
-Muy bien.
Y, desde aquel momento, Porthos se
puso a comer con un entusiasmo cortés.
El rey, de vez en cuando, dirigía una
mirada al grupo, y, como inteligente, apre-
ciaba las disposiciones de su convidado.
-¡Señor Du-Vallon! -dijo. Porthos se
hallaba a la sazón ocupado con un salmonejo
de liebre, de la cual engullía media rabadilla.
Su nombre, dicho de aquel modo, le cogió de
improviso, y con un vigoroso esfuerzo de
gaznate, se tragó cuanto tenía en la boca.
-¡Majestad! -dijo Porthos con voz apa-
gada, pero bastante inteligible.
-Que pasen al señor Du-Vallon estos
solomillos de cordero. ¿Os gustan los bocados
tiernos, señor Du-Vallon?
-Señor, a mí me gusta todo -contestó
Porthos.
Y Artagnan le dijo al oído: -Todo lo
que me envía Vuestra Majestad.
Porthos repitió:
-Todo lo que me envíe Vuestra Majes-
tad.
El rey hizo con la cabeza una señal de
satisfacción.
-Cuando se come bien, es señal de
que se trabaja bien -repuso el rey, asombra-
do de tener frente a sí un gastrónomo de la
fuerza de Porthos.
Porthos recibió la fuente de cordero, y
se echó una parte en su plato.
-¿Qué tal? -preguntó el rey.
-¡Exquisito! -dijo Porthos tran-
quilamente.
-¿Hay carneros tan finos en vuestra
provincia, señor Du-Vallon? -prosiguió el rey.
-Majestad -dijo Porthos-, creo que en
mi provincia, como en todas partes, lo mejor
que hay es del rey; pero debo decir que no
como el cordero de la manera que lo come
Vuestra Majestad.
-¡Ah, ah! ¿Pues cómo lo coméis?
-Ordinariamente me hago aderezar un
cordero entero.
-¡Entero!
-Sí, Majestad.
-¿Y de qué modo?
-Del siguiente: mi cocinero, que es un
bergante alemán, Majestad; mi cocinero re-
llena el cordero en cuestión de pequeñas sal-
chichas, que hace venir de Estrasburgo, de
albondiguillas, que se hace traer de Troyes, y
de cogujadas, que hace venir de Pithiviers;
después, no sé por qué medio, deshuesa el
cordero, como podría hacerlo con un ave, de-
jándole el pellejo, que forma alrededor del
animal una costra tostada. Cuando se le corta
en grandes lonja como pudiera hacerse con
un gran salchichón, suelta un jugo de color
de rosa, que es a la vez agradable a la vista y
exquisito al paladar.
Y Porthos hizo chascar su lengua. El
rey abrió enormemente sus ojos, haciéndose
plato con unos faisanes en adobo que le pre-
sentaron.
-Es bocado que querría comer, señor
Du-Vallon –dijo-. ¿Conque el cordero entero?
-Entero, sí, Majestad.
-Estos faisanes al señor Du-Vallon;
veo que es un buen aficionado. La orden fue
cumplida. Volviendo en seguida al cordero:
-¿Y no tiene demasiada grasa? -dijo.
-No, Majestad; las grasas caen al
mismo tiempo que el jugo, y sobrenadan; en-
tonces, mi trinchante las recoge con una cu-
chara de plata que he mandado hacer a pro-
pósito.
-¿Y residís ... ? -preguntó el
rey.
-En Pierrefonds, Majestad.
-¿En Pierrefonds? ¿Hacia dónde está,
señor Du-Vallon? ¿Del lado de Belle-Isle?
-¡Ah! No, Majestad; Pierrefonds está
en el Soissons.
-Creía que me hablabais de esos cor-
deros a causa de los prados salados.
-No, Majestad; tengo prados que no
son salados, mas no por eso son peores.
El rey acometió a los entremeses, pero
sin perder de vista a Porthos, que continuaba
engullendo -a más y mejor.
-Tenéis buen apetito, señor Du-Vallon
-repuso-, y hacéis un excelente convidado.
-¡Oh! A fe mía, si Vuestra Majestad vi-
niese alguna vez a Pierrefonds, nos comería-
mos muy bien un carnero mano a mano,
pues tampoco os falta el apetito.
Artagnan le arrimó a Porthos un buen
pisotón por debajo de la mesa. Porthos se
puso encarnado.
-En la edad feliz de Vuestra Majestad -
dijo Porthos para reparar su torpeza-, era yo
mosquetero, y nadie podía conseguir har-
tarme. Vuestra Majestad tiene un excelente
apetito, como tenía el honor de decir hace
poco, pero elige con demasiada delicadeza
para que se le pueda llamar un comilón.
El rey pareció encantado de la corte-
sanía de su antagonista.
-¿Cataréis estas cremas? -preguntó a
Porthos.
-Vuestra Majestad me trata demasiado
bien para que no le diga francamente lo que
siento.
-Decid, señor Du-Vallon.
-Pues bien, Majestad, en materia de
repostería, estoy por los pasteles, y aun esos
los quiero que estén bien compactos; todas
esas golosinas me hinchan el estómago, y
llenan un lugar que considero demasiado pre-
ciso para ocuparlo tan mal.
-¡Ah, señores! -dijo el rey señalando a
Porthos-. Ahí tenéis al verdadero modelo de
gastronomía. Así comían nuestros antepasa-
dos, que sabían lo que era comer, mientras
que nosotros no hacemos más que pellizcar.
Y, diciendo esto, tomó un plato de pe-
chugas de ave mezcladas con jamón.
Porthos, por su parte, embistió a una
tartera de perdigones y codornices.
El copero llenó el vaso de Su Ma-
jestad.
-Echa de mi vino al señor Du-Vallon -
dijo el rey.
Era aquél uno de los grandes honores
de la mesa real.
Artagnan dio con la rodilla a su amigo.
-Si podéis comer la mitad sólo de esa
cabeza de jabalí que veo desde aquí -dijo a
Porthos-, os presagio que seréis duque y par
dentro de un año.
-Probaré hacerlo -contestó Porthos
con la mayor calma.
No tardó en tocarle el turno a la cabe-
za de jabalí, pues el rey experimentaba pla-
cer en alentar a su magnífico convidado, y no
enviaba manjar a Porthos que no hubiese
probado antes él mismo: así, pues, probó la
cabeza de jabalí. Porthos mostróse buen ju-
gador; en vez de comerse la mitad de la ca-
beza, como había dicho Artagnan se comió
las tres cuartas partes.
-Es imposible -dijo el rey en voz baja-,
que un caballero que come tan bien todos los
días y con tan buenos dientes, no sea el hom-
bre más honrado de mi reino.
-¿Oís? -preguntó Artagnan a su amigo
al oído.
-Sí, creo que gozo de algún favor -dijo
Porthos balanceándose en su silla.
-¡Oh! ¡Tenéis el viento en popa! ¡Sí,
sí!
El rey y Porthos continuaron comiendo
de aquella suerte con gran satisfacción de los
convidados, algunos de los cuales habían in-
tentado seguirles por emulación, pero tuvie-
ron que renunciar a ello a lo mejor.
El rey se iba poniendo encarnado, y la
reacción de la sangre al rostro manifestaba
ya el principio de la plenitud.
Entonces era cuando Luis XIV, en vez
de cobrar alegría, como sucede a todos los
bebedores, fruncía el ceño y poníase tacitur-
no.
Porthos, por el contrario, se volvía
alegre y expansivo.
El pie de Artagnan hubo de recordarle
más de una vez aquella particularidad.
Sirviéronse los postres.
El rey no pensaba ya en Porthos. Diri-
gía sus ojos hacia la puerta de entrada, y se
le oyó preguntar más de una vez por qué tar-
daba tanto en venir el señor de Saint-Aignan.
Al fin, en el instante en que Su Majestad ter-
minaba un tarro de dulce de ciruela, con gran
suspiro, se presentó el señor de Saint-
Aignan. De pronto brillaron los ojos de Su
Majestad, que se habían ido apagando poco a
poco.
El conde dirigióse a la mesa del rey, y
al acercarse se levantó Luis XIV.
Todo el mundo se puso en pie, hasta el
mismo Porthos, que daba fin a un almendra-
do capaz de pegar una contra otra las dos
quijadas de un cocodrilo.
La cena había terminado.
XXI
DESPUÉS DE CENAR
El rey tomó del brazo a Saint Aignan,
y pasó a la cámara inmediata.
-¡Cuánto has tardado, conde! -dijo el
rey.
-Traigo la contestación, Majestad -
respondió el conde.
-¿Pues tanto tiempo ha sido preciso
para contestar a lo que le escribí?
-Vuestra Majestad tuvo a bien escribir-
le unos versos; la señorita de La Valliére ha
querido pagar al rey en la misma moneda,
esto es, en oro!
-¡Versos, Saint-Aignan!. .. -exclamó el
rey-. Dame, dame.
Y Luis rompió el sobre de una cartita
que contenía efectivamente unos versos, que
la historia nos ha conservado, y que son me-
jores en intención que de estructura.
Tales como eran, sin embargo. entu-
siasmaron al rey, el cual manifestó su alegría
con transportes nada equívocos; pero el si-
lencio general advirtió a Luis, tan escru-
puloso en punto al bien parecer, que su con-
tento podría dar lugar a interpretaciones.
Volvióse entonces y se puso el billete
en el bolsillo. Dando en seguida un paso que
le acercó al umbral de la puerta que comuni-
caba con la sala donde permanecían los con-
vidados:
-Señor Du-Vallon -dijo-, os he visto
con el mayor placer y os volveré a ver con el
mismo.
Porthos se inclinó, como hubiera
hecho el coloso de Rodas, y salió a reculones.
-Señor de Artagnan -prosiguió el rey-,
esperaréis mis órdenes en la galería; os
agradezco que me hayáis dado a conocer al
señor Du-Vallón... Señores, mañana vuelvo a
París por la salida de los embajadores de Es-
paña y Holanda. De modo que hasta mañana.
La sala quedó al punto vacía.
El rey cogió del brazo a Saint Aignan,
y le hizo volver a leer los versos de la señori-
ta de La Valliére.
-¿Qué te parecen? -le preguntó.
-¡Encantadores, Majestad!
-Me encantan, en efecto, y si fuesen
conocidos...
-¡Oh! Sentirían envidia los poetas; pe-
ro no los conocerán.
-¿Le diste los míos?
-¡Oh! ¡Majestad, parecía devorarlos
con los ojos!
-Temo que fueran flojos.
-No ha dicho eso la señorita de La Va-
lliére.
-¿Crees que hayan sido de su gusto?
-Estoy cierto de ello, Majestad.
-Entonces, tendré que contestar.
-¡Cómo, Majestad!
-¿Ahora?... ¿Después de comer?...
Vuestra Majestad se fatigará demasiado.
-Creo que tienes razón; es nocivo el
estudio después de cenar.
-Y sobre todo el trabajo del poeta;
luego, en este momento se hallan muy ocu-
pados los ánimos en la habitación de la seño-
rita de La Valliére, como en la de todas esas
damas.
-¿Con qué motivo?
-A causa del accidente de ese desgra-
ciado Guiche.
-¡Ah, Dios mío! ¿Le ha sucedido algu-
na desgracia?
-Sí, Majestad; le han llevado una ma-
no, tiene atravesado el pecho, y está agoni-
zando.
-¡Dios mío! ¿Y quién te ha dicho eso?
-Manicamp lo ha traído hace poco a
casa de un médico de Fontainebleau, y se ha
esparcido la noticia.
-¡De modo que lo han tenido que
traer! ¡Pobre Guiche! ¿Y cómo le ha sucedido
eso?
-Ahí está, Majestad. ¿Cómo le ha su-
cedido?
-Dices eso con un aire singular, Saint-
Aignan. Dame detalles. ¿Qué dice él?
-Guiche no dice nada, Majestad, sino
los otros.
-¿Qué otros?
-Los que le han traído, Majestad.
-¿Y quiénes son?
-Lo ignoro, Majestad, pero el señor de
Manicamp lo sabe. El señor de Manicamp es
amigo suyo.
-Como todo el mundo -dijo el rey.
-¡Oh, no! -replicó Saint-Aignan-. Es-
táis en un error, Majestad, porque no todo el
mundo es amigo del señor de Guiche.
-¿Cómo lo sabes?
-¿Quiere Vuestra Majestad que me
explique?
-Lo quiero.
-Pues bien, Majestad, creo haber oído
hablar de una contienda entre dos gentiles-
hombres.
-¿Cuándo?
-Esta misma noche, antes de cenar
Vuestra Majestad.
-Eso no prueba nada. He hecho publi-
car ordenanzas tan severas contra el duelo,
que creo nadie se ; habrá atrevido a contra-
venirlas.
-¡Por eso, Dios me libre de acusar a
nadie! -exclamó Saint-Aignan-. Pero como
Vuestra Majestad me ha ordenado hablar, he
hablado.
-Dime, pues, cómo ha sido herido el
conde de Guiche.
-Majestad, dicen que estando al ace-
cho.
-¿Esta noche?
-Esta noche.
-Cercenada una mano y el pecho atra-
vesado. . . ¿Quién estaba al acecho con el
señor de Guiche?
-No sé, Majestad... Mas, el señor de
Manicamp lo sabe, o debe saberlo.
-Algo me ocultas, Saint-Aignan.
-Nada, Majestad, nada.
-Entonces, explícame cómo ha sucedi-
do el accidente. ¿Ha reventado algún mos-
quete?
-Muy bien pudiera ser. Aunque, re-
flexionándolo bien, no, Majestad, porque se
ha encontrado al lado de Guiche su pistola
todavía cargada.
-¡Su pistola! Pues me parece que no
se va al acecho con pistola.
-También dicen que han matado el ca-
ballo de Guiche, y que está todavía su cadá-
ver en el claro del bosque.
-Pues qué, ¿va Guiche al acecho a ca-
ballo? Saint-Aignan, no comprendo nada de
lo que me dices. ¿Dónde ha sucedido eso?
-En el bosque Rochin, en la rotonda.
-Bien. Llama al señor de Artagnan.
Obedeció Saint-Aignan, y entró el
mosquetero.
-Señor de Artagnan -dijo el rey-. Sal-
dréis ahora mismo por la portecilla de la es-
calera particular.
-Sí, Majestad.
-Montaréis a caballo.
-Sí, Majestad.
-E iréis a la rotonda del bosque Ro-
chin. ¿Conocéis el sitio?
-Me he batido allí dos veces, Majestad.
-¡Cómo! -exclamó el rey aturdido con
aquella respuesta.
-Majestad, en tiempo de los edictos
del señor cardenal de Richelieu -repuso Ar-
tagnan con su calma ordinaria.
-Eso es diferente, señor. Iréis, pues,
allá, y examinaréis detenidamente el sitio. Allí
ha sido herido un hombre, y encontraréis un
caballo muerto. Vendréis a decirme lo que
pensáis de ese suceso.
-Bien, Majestad.
-Excuso deciros que quiero saber
vuestra opinión particular, y no la de los
otros.
-La tendréis dentro de una hora, Ma-
jestad.
-Os prohíbo terminantemente hablar
con nadie.
-¿Excepto con el que me haya de pro-
veer de una linterna -dijo Artagnan.
-Se entiende -contestó el rey, riendo
de aquella libertad, que sólo toleraba a su
capitán de mosqueteros.
Artagnan salió por la escalerilla. -
Ahora, que llamen a mi médico -añadió Luis.
Diez minutos después llegaba de-
salado el médico del rey.
-Señor -le dijo el rey-, vais a traslada-
ros con el señor de Saint-Aignan adonde éste
os conduzca, y me daréis cuenta del estado
del herido que veréis en la casa adonde vais.
El médico obedeció sin replicar, como
se principiaba ya en aquella época a obedecer
a Luis XIV, y salió delante de Saint-Aignan.
-Vos, Saint-Aignan, enviadme a Mani-
camp antes de que el médico haya podido
hablarle.
Saint-Aignan salió a su vez.
XXII
CÓMO DESEMPEÑÓ ARTAGNAN LA
MISIÓN QUE EL REY LE CONFIARA
En tanto que el rey tomaba. estas úl-
timas disposiciones para averiguar la verdad,
Artagnan, sin perder un instante, corría a las
caballerizas, descolgaba la linterna, ensillaba
por sí mismo el caballo, y encaminábase al
sitio indicado por Su Majestad.
En cumplimiento de su .promesa, no
había visto ni encontrado a nadie y, como
hemos dicho, había llegado su escrúpulo has-
ta hacer, sin ayuda de los mozos de cuadra y
de los palafreneros, lo que tenía que hacer.
Nuestro hombre era de aquellos que en los
momentos difíciles se jactan de redoblar su
propio valor.
En cinco minutos de galope llegó al
bosque, ató el caballo al primer árbol que en-
contró,- y penetró a pie hasta el claro.
Principió entonces a recorrer a pie, y
la linterna en mano, toda la superficie de la
rotonda; fue, vino, midió, examinó, y, des-
pués de media hora de exploración, volvió a
tomar en silencio su caballo, y regresó re-
flexionando y al paso a Fontainebleau.
Luis esperaba en su gabinete. Ha-
llábase solo, y trazaba sobre un papel varios
renglones, que Artagnan vio al primer golpe
que eran desiguales y tenían muchos tacho-
nes.
Dedujo, por lo tanto, que debían ser
versos.
Levantó Luis la cabeza y vio a Artag-
nan.
-¡Hola, señor! -le dijo-. ¿Me traéis no-
ticias?
-Sí, Majestad.
-¿Qué habéis visto?
-Os diré lo probable, Majestad -
contestó Artagnan.
-Es que lo que os pedí era lo cierto.
-Procuraré aproximarme a ello cuanto
pueda: el tiempo era a propósito para inves-
tigaciones de la clase de las que acabo de
hacer; esta noche ha llovido, y los caminos se
hallan húmedos.
-Al hecho, señor de Artagnan.
-Vuestra Majestad me dijo que había
un caballo muerto en la encrucijada del bos-
que Rochin, y de consiguiente, principié por
examinar los caminos. Digo les caminos, por-
que son cuatro los que conducen a la encruci-
jada. El que seguí era el único que presenta-
ba huellas recientes, y vi que habían pasado
por él dos caballos, uno al lado del otro, por-
que las ocho patas estaban claramente mar-
cadas en el lodo. Uno de los jinetes llevaba
más prisa que el otro, pues las pisadas de su
caballo llevan a las del otro una distancia de
medio cuerpo de caballo.
-Entonces, ¿estáis seguro de que son
dos los que han ido? -dijo el rey.
-Sí, Majestad; los caballos son dos ex-
celentes animales, de paso igual, acostum-
brados a la maniobra, porque han vuelto en
perfecta oblicua la palizada de la rotonda.
-¿Y qué más, señor?
-Allí han debido estar los jinetes un
momento para arreglar sin duda las condicio-
nes del combate; los caballos se impacienta-
ban. Uno de los jinetes hablaba, el otro es-
cuchaba, contentándose sólo con responder.
Su caballo piafaba, lo cual prueba que absor-
to el jinete en escuchar, le tuvo suelta la bri-
da.
-¿Conque hubo combate?
-Indudablemente.
-Continuad, que sois buen observador.
-Uno de los jinetes quedóse en su si-
tio, el que escuchaba; el otro atravesó el cla-
ro y fue a colocarse primero enfrente de su
adversario. Entonces, el que se quedó en el
puesto atravesó a galope la rotonda hasta
dos tercios de su longitud, creyendo marchar
contra su enemigo; pero éste había seguido
la circunferencia del bosque.
-Los nombres los ignoráis, ¿no es así?
-Enteramente, Majestad. Únicamente
puedo afirmar que el que siguió la circunfe-
rencia del espeso bosque montaba un caballo
negro.
-¿Cómo sabéis eso?
-Porque se han quedado algunas cri-
nes de su cola entre los espinos que guarne-
cen las orillas del foso.
-Continuad.
-En cuanto al otro caballo, poco traba-
jo me costó tomar sus señas, puesto que
quedó muerto en el campo de batalla.
-¿Y cómo han muerto ese caballo?
-De un balazo que le atraviesa la ca-
beza.
-¿Y era esa bala de pistola o de esco-
peta?
-De pistola, Majestad. Por lo demás, la
herida del caballo me ha hecho saber la tácti-
ca del que lo mató. Este había seguido la cir-
cunferencia del bosque, a fin de tener a su
adversario de costado. Además, he seguido
sus pisadas sobre la hierba.
-¿Las pisadas del caballo negro?
-El mismo, Majestad. -Seguid, señor
de Artagnan.
-Ya que conoce Vuestra Majestad la
posición de los dos adversarios, dejaré al ji-
nete que se mantuvo estacionario para ocu-
parme del que partió al galope.
-Corriente.
-El caballo del jinete que daba la carga
quedó muerto en el acto. -¿Y cómo lo sabéis?
-El jinete no tuvo tiempo de echar pie
a tierra, y cayó con él. He visto la huella de
su pierna, que hubo de sacar con bastante
esfuerzo de debajo del caballo. La espuela,
oprimida con el peso del animal, hizo un sur-
co en la tierra.
-Bien. ¿Y qué hizo al incorporarse?
-Ir derecho a su adversario.
-¿Qué continuaba colocado en la linde
del bosque?
-Sí, Majestad. Luego que llegó a dis-
tancia conveniente... paróse sólidamente ...
Sus dos talones están marcados uno
junto al otro... Disparó, y erró el tiro.
-¿Y cómo sabéis que fue herido?
-Porque hallé el sombrero agujereado
por una bala.
-¡ Ah, una prueba! -exclamó el rey.
-Insuficiente. Majestad -repuso con
frialdad Artagnan-: es un sombrero sin letras
y sin armas: una pluma encarnada, como la
de un sombrero cualquiera, y ni aun el galón
tiene nada de particular.
-¿Y el hombre del sombrero agujerea-
do disparó un segundo tiro?
-¡Oh Majestad! Ya había disparado sus
dos tiros.
-¿Cómo lo sabéis?
-He encontrado los tacos de la pistola.
-Y la bala que no mató al animal,
¿adónde fue a parar?
-Cortó la pluma del sombrero de la
persona a quien iba dirigida, y fue a dar en
un pequeño álamo blanco al otro lado del cla-
ro.
-Entonces, el hombre del animal negro
quedó desarmado, mientras que a su adver-
sario le quedaba un tiro todavía.
-Majestad, en tanto que el jinete des-
montado se levantaba, el otro volvió a cargar
su arma, sólo que debía hallarse muy turbado
al hacer esta operación, pues le temblaba la
mano.
-¿Cómo sabéis eso?
-La mitad de la carga cayó al suelo, y
el que cargaba tiró la baqueta para no perder
tiempo en volverla a poner en su sitio.
-¡Señor de Artagnan, es maravilloso
cuanto me estáis diciendo!
-No es más que efecto de la observa-
ción; cualquier explorador habría hecho lo
,propio.
-Se ve la escena sólo con oíros. -La he
reconstruido en mi espíritu con muy cortas
variaciones.
-Ahora, volvamos al jinete des-
montado. ¿Decíais que marchaba contra su
enemigo, mientras que éste volvía a cargar
su pistola?
-Sí, pero en el momento mismo que
estaba apuntando, disparó el otro.
-¡Oh! -murmuró el rey-. ¿Y el tiro?
-El tiro hizo un estrago terrible, señor:
el caballero desmontado cayó boca abajo,
después de haber dado tres pasos mal segu-
ros.
-¿En qué parte fue herido?
-En dos partes: primero en la mano
derecha, y luego, del mismo tiro, en el pecho.
-¿Pero cómo podéis adivinar eso? -
preguntó asombrado el rey.
-¡Oh! Muy sencillamente: la culata de
la pistola estaba ensangrentada, y se veía en
ella la señal de la bala con los fragmentos de
una sortija rota. Por tanto, al herido le han de
haber cercenado, según toda probabilidad, el
dedo anular y el pequeño.
-En cuanto a la mano lo comprendo:
pero, ¿y el pecho?
-Majestad, había dos manchas de san-
gre a distancia de dos pies y medio una de
otra. En una de las manchas estaba arranca-
da la hierba por la mano crispada, y en la
otra sólo se hallaba la hierba aplastada por el
peso del cuerpo.
-¡Pobre Guiche! -exclamó el rey.
-¡Ah! ¿Era el señor de Guiche? -dijo
tranquilamente el mosquetero-. Ya me lo
había sospechado yo, mas no me atrevía a
decírselo a Vuestra Majestad.
-¿Y por qué lo habéis sospechado?
-Porque reconocí las armas de los
Grammont en las pistoleras del animal muer-
to.
-¿Y creéis que la herida haya sido de
gravedad?
-De mucha, puesto que cayó casi en el
mismo sitio; no obstante, ha podido retirarse
andando sostenido por dos amigos.
-¿Según eso le habéis hallado al vol-
ver?
-No; pero he observado las pisadas de
tres hombres; el hombre de la derecha y el
de la izquierda caminaban fácilmente; pero el
de en medio tenía el paso pesado, y además
iba dejando un rastro de sangre.
-Ya que habéis visto el combate en
términos de no habérseos escapado ninguna
circunstancia, decidme dos palabras del ad-
versario de Guiche.
-¡Ah! Majestad, no le conozco.
-¿Vos que habéis mostrado tan mara-
villosa perspicacia?
-Sí, Majestad -dijo Artagnan-; todo lo
he visto, pero no digo todo lo que veo, y
puesto que el pobre diablo ha conseguido es-
capar, permítame Vuestra Majestad decirle
que no seré yo quien lo denuncie.
-Sin embargo, caballero, el que se ba-
te en duelo es un culpable. -No para mí, Ma-
jestad -dijo fríamente Artagnan.
-¡Señor! -gritó el rey-. ¿Sabéis lo que
estáis diciendo?
-Perfectamente, Majestad. ¡Pero qué
quiere Vuestra Majestad! Para mí, un hombre
que se bate bien es un valiente. Esa es mi
opinión. Vos podéis tener otra; es natural,
pues, sois el amo.
-Señor de Artagnan, he ordenado, sin
embargo...
Artagnan interrumpió al rey con un
ademán respetuoso.
-Me habéis ordenado ir a tomar infor-
mes sobre un combate, señor; y os los he
traído. Si me mandáis que prenda al adversa-
rio del señor de Guiche, obedeceré; mas no
me mandéis que le denuncie, porque enton-
ces me veré en la precisión de no obedece-
ros.
-Pues bien, prendedle. -Nombrádmelo,
Majestad. Luis hirió el suelo con el pie.
Luego, después de un momento de re-
flexión:
-Tenéis diez... veinte... cien veces ra-
zón -dijo.
-Tal creo, Majestad; y me alegro en el
alma que sea esa también vuestra opinión.
-Una palabra tan sólo... ¿Quién ha
prestado auxilio a Guiche?
-Lo ignoro.
-Me habéis hablado de dos hombres;
de consiguiente, habría testigos.
-No ha habido testigo ninguno... Hay
más aún, pues así que cayó el señor de Gui-
che, su adversario huyó sin darle siquiera
auxilio.
-¡Miserable!
-¡Toma! Ese es el efecto de vuestras
ordenanzas. El hombre que se ha batido bien
y logra escapar de una muerte, hará cuanto
sea posible por librarse de otra. Está muy
presente el ejemplo del señor de Bouttevi-
lle... ¡Caray!
-Y entonces se convierte en cobarde.
-No; se convierte en prudente.
-¿Y decís que huyó?
-Sí; y tan aprisa como le pudo llevar
su caballo.
-¿Hacia dónde?
-Hacia el Palacio.
-¿Y luego?
-Luego, como he tenido el honor de
decir a Vuestra Majestad, llegaron dos hom-
bres a pie, los cuales lleváronse al señor de
Guiche.
-¿Qué prueba tenéis de que esos
hombres hayan llegado después del combate?
-¡Ah! Una prueba manifiesta; en el
momento del combate acababa de cesar la
lluvia, y el terreno, que no había tenido tiem-
po de absorberla, estaba bastante húmedo.
Las huellas de los pies son profundas; pero
terminado el combate, durante el tiempo que
permaneció desmayado el señor de Guiche, la
tierra se endureció, y las huellas habían de
ser menos profundas.
Luis dio una palmada en señal de ad-
miración.
-Señor de Artagnan -dijo-, sois en
verdad el hombre más hábil de mi reino.
-Eso mismo pensaba el señor de Ri-
chelieu, y lo decía también el señor Mazarino,
Majestad.
-Ahora, nos falta ver si vuestra saga-
cidad se ha engañado.
-¡Oh Majestad! El hombre se engaña:
errare humanum est! -dijo filosóficamente el
mosquetero.
-Entonces, no pertenecéis a la huma-
nidad, señor de Artagnan, porque creo que
jamás os engañáis.
-¿Vuestra Majestad decía que lo ve-
ríamos?
-Sí.
-¿Y cómo?
-He mandado llamar al señor de Mani-
camp, y no tardará en llegar.
-¿Y sabe el señor de Manicamp el se-
creto?
-Guiche no tiene secretos para el se-
ñor de Manicamp.
Artagnan movió la cabeza.
-Repito que nadie asistió al combate, y
a menos que el señor de Manicamp sea algu-
no de los hombres que le trajeron...
-Silencio -ordenó el rey-, que ahí vie-
ne: quedaos ahí, y prestad oído.
-Muy bien, Majestad -dijo el mosque-
tero.
Casi al mismo tiempo vieron a Mani-
camp y a Saint-Aignan en el umbral de la
puerta.
XXIII
AL ACECHO
El rey hizo una señal al mosquetero y
otra a Saint-Aignan.
La señal era imperiosa y significativa:
"¡Cuidado con hablar"! Artagnan se retiró,
como soldado, a un rincón del despacho.
Saint-Aignan, como favorito, se apoyó en el
respaldo del sillón del rey.
Manicamp, con la pierna derecha algo
adelante, la sonrisa en los labios, las manos
blancas y finas, avanzó para hacer su reve-
rencia al rey.
El rey devolvió el saludo con la cabe-
za.
-Buenas noches, señor de Manicamp -
le dijo.
-¿Vuestra Majestad me ha hecho el
honor de llamarme? -dijo Manicamp.
-Os he llamado para que me refiráis
todas las circunstancias del desgraciado acci-
dente ocurrido a Guiche.
-¡Oh Majestad, qué doloroso!
-¿Estábais allí?
-Cuando ocurrió, no.
-¿Pero llegasteis al lugar del accidente
algunos minutos después de ocurrido éste?
-Eso es, Majestad; una media hora
después.
-¿Y dónde sucedió?
-Me parece, Majestad, que el sitio se
llama la rotonda del bosque Rochin.
-Si, el punto de cita para los cazado-
res.
-Ese mismo, Majestad.
-Pues bien, contadme lo que sepáis
sobre ese accidente, señor de Manicamp.
-Es que quizá esté ya enterado de él
Vuestra Majestad, y temería molestarle con
repeticiones.
-No lo temáis.
Manicamp echó una ojeada en torno
suyo; no vio más que a Artagnan arrimado a
la entabladura, sereno, benévolo, pacífico, y
a Saint-Aignan, con quien había venido, y
que seguía apoyado en el sillón del rey con
rostro igualmente afable.
Así, pues, se decidió a hablar.
-Vuestra Majestad sabe -dijo- que en
las cacerías son muy comunes los accidentes.
-¿En las cacerías?
-Sí, en las cacerías; quiero decir,
cuando se caza al acecho.
-¡Ah! ¿Ha sido estando de acecho
cuando ocurrió el accidente?
-Sí, Majestad -contestó Manicamp-.
¿Lo ignoraba acaso Vuestra Majestad?
-Poco menos -dijo el rey con presteza,
pues le repugnaba siempre mentir-. Y ¿decís
que el accidente ocurrió estando al acecho?
-¡Ay! Sí, desgraciadamente, Majestad.
El rey hizo una pausa.
-¿Al acecho de qué animal? -preguntó.
-Del jabalí, Majestad.
-¿Y qué ocurrencia tuvo Guiche de irse
solo al acecho de jabalíes? Ese es un ejercicio
de campesinos, y bueno, a lo más, para el
que no tiene perros ni picadores para cazar,
cosa que no le sucede al mariscal Grammont.
Manicamp encogióse de hombros.
-La juventud es temeraria -dijo sen-
tenciosamente.
-En fin... proseguid -dijo el rey.
-Ello fue -continuó Manicamp, no atre-
viéndose a aventurarse y poniendo una pala-
bra tras otra, como hace con sus pies un sali-
nero en un pantano-; ello fue que el desgra-
ciado Guiche se marchó solo al acecho.
-¿Conque solo? ¡Vaya el osado caza-
dor! ¿Pues no sabe el señor de Guiche que el
jabalí acude siempre?
-Eso es cabalmente lo que aconteció,
Majestad.
-¿Sabía que estaba allí el animal?
-Sí. Majestad; unos labradores lo
habían visto en sus tierras.
-¿Y qué clase de animal era? -Un jaba-
to.
-Debían haberme advertido que Gui-
che tenía ideas de suicidio; porque en fin, le
he visto cazar, y es un montero muy experto.
Cuando tira al animal acorralado y conte-
niendo a los perros, toma sus precauciones y
dispara con carabina; y ahora se va solo a la
caza del jabalí con simples pistolas.
Manicamp se estremeció.
-Y pistolas de lujo, excelentes para
batirse en duelo con un hombre, y no con un
jabalí, ¡qué diantre!
-Majestad, hay cosas que no se expli-
can.
-Tenéis razón; y la que me estáis refi-
riendo es una de ellas. Continuad.
Durante aquel relato, Saint-Aignan,
que habría querido hacer tal vez seña a Mani-
camp, para que no se metiese en honduras
estaba acechado por la mirada obstinada del
rey.
De consiguiente, no había posibilidad
de comunicación entre él y Manicamp.
En cuanto a Artagnan, la estatua del
Silencio, en Atenas, era más ruidosa y más
expresiva que él.
Manicamp continuó, pues, por la esca-
brosa senda en que se había metido hasta
hundirse en el pantano.
-Majestad -dijo-, la cosa habrá sucedi-
do probablemente de la manera siguiente:
Guiche esperaba al jabalí.
-¿A caballo o a pie? -preguntó el rey.
-A caballo. Tiró al animal, y erró el ti-
ro.
-¡Torpe!
-El jabalí arremetió contra él.
-Y quedó el caballo muerto.
-¡Ah! ¿Sabía eso Vuestra Majestad?
-Me han dicho que se han encontrado
un caballo muerto en la encrucijada del bos-
que Rochin, y he presumido que fuese el de
Guiche.
-Era efectivamente el suyo, Majestad.
-¿Y qué le sucedió a Guiche?
-Luego que cayó al suelo, fue acome-
tido por el jabalí, y herido en la mano y en el
pecho.
-Horrible accidente fue; pero hay que
convenir en que la culpa la tuvo Guiche.
¿Quién va al acecho de semejante animal con
pistolas? ¿Había olvidado la fábula de Adonis?
Manicamp se rascó la oreja.
-Es verdad -dijo-; fue una gran impru-
dencia.
-¿Acertáis a explicarnos eso, señor de
Manicamp?
-Majestad, lo que está escrito, escrito
está.
-¡Ah!
- ¿Sois fatalista?
Manicamp se sentía desasosegado.
-No os habéis portado bien, señor de
Manicamp -prosiguió el rey.
-¿Yo, Majestad?
-Sí. ¿Cómo es que siendo tan amigo
de Guiche, y sabiendo que está sujeto a tales
locuras, no habéis procurado contenerle?
Manicamp no sabía a qué atenerse; el
tono del rey no era precisamente el de un
hombre crédulo.
Por otra parte, aquel tono no tenía ni
la severidad del drama ni la insistencia del
interrogatorio.
Había en él más sarcasmo que ame-
naza.
-¿Y decís -continuó el rey-, que el ca-
ballo que se ha encontrado muerto es el de
Guiche?
-Sí, Majestad.
-¿Y eso os ha sorprendido?
-No, Majestad. Ya recordaréis que en
la última cacería fue muerto de igual modo el
caballo del señor de Saint-Maure.
-Sí, pero tenía abierto el vientre.
-Ciertamente, Majestad.
-¡Si el caballo de Guiche tuviese abier-
to el vientre, como el del señor de Saint-
Maure, eso no me extrañaría, pardiez!
Manicamp abrió unos ojos tamaños.
-Pero lo que me choca -continuó el
rey-, es que el caballo del señor de Guiche
tenga rota la cabeza en lugar de tener el
vientre abierto.
Manicamp se turbó.
-¿Me equivoco acaso? -replicó el rey-.
¿No ha sido herido en la sien el caballo de
Guiche? Confesad, señor de Manicamp, que el
golpe ha sido singular.
-Majestad, no ignoráis que el caballo
es un animal muy inteligente, y habrá tratado
de defenderse.
-Pero un caballo se defiende con las
patas traseras, no con la cabeza.
-Entonces, el animal, asustado, habrá
perdido el tino, y el jabalí, ya podéis figura-
ros, señor, el jabalí...
-Sí, comprendo en cuanto al caballo,
pero, ¿y el jinete?
-Majestad, es cosa muy sencilla; el ja-
balí pasaría del caballo al jinete, y como he
tenido el honor de decir, le cogería la mano a
Guiche en el momento en que iba a dispararle
el segundo pistoletazo; luego, con brusco
ataque, le debió agujerear el pecho.
-La cosa no puede ser más verosímil,
en verdad, señor de Manicamp; hacéis mal en
desconfiar de vuestra elocuencia, porque con-
táis maravillosamente.
-Es mucha vuestra bondad -dijo Mani-
camp haciendo un saludo de los más cohibi-
dos.
-Pero quiero desde hoy mismo prohibir
a mis gentileshombres que vayan al acecho.
¡Caray! ¡Tanto valdría permitirles el duelo!
Manicamp temblaba, e hizo un movimiento
para retirarse.
-¿Está satisfecho Vuestra Majestad? -
preguntó.
-Encantado; pero no os retiréis toda-
vía, señor de Manicamp -dijo Luis-, porque os
necesito.
"Vamos, vamos -pensó Artagnan-,
tampoco es éste de mi temple."
Y exhaló un suspiro que podía significar:
-¡Oh! Los hombres de mi temple,
¿dónde se han ido?"
En aquel momento levantó un ujier la
cortina, y anunció al médico del rey.
-¡Ah! -exclamó Luis-. Aquí tenemos
justamente al señor Valot, que viene de visi-
tar al señor de Guiche. Vamos a tener noti-
cias del herido.
Manicamp sintióse más turbado que
nunca.
-Al menos de este modo -añadió el
rey- tendremos la conciencia tranquila.
Y miró a Artagnan, quien no pestañeó.
XXIV
EL MÉDICO
El señor Valot entró.
La posición de los personajes era la
misma: el rey sentado, Saint-Aignan apoyado
en su sillón, Artagnan arrimado a la pared,
Manicamp de pie.
-Ea, señor Valot -dijo el rey-, ¿habéis
hecho lo que os dije?
-Puntualmente, Majestad.
-¿Fuisteis a casa de vuestro compa-
ñero de Fontainebleau?
-Sí, Majestad.
-¿Y habéis encontrado allí al señor de
Guiche?
-Sí, Majestad.
-¿En qué estado? Hablad francamente.
-En un estado muy lastimoso, Majes-
tad.
-Con todo, no creo que el jabalí lo
haya devorado.
-¿Devorado a quién?
-A Guiche.
-¿Qué jabalí?
-El jabalí que le hirió.
-¡Cómo! ¿Ha sido herido el señor de
Guiche por un jabalí?
-Así dicen al menos.
-Algún cazador furtivo...
-¿Qué es eso de cazador furtivo?
-Algún marido celoso, algún amante
maltratado, que le habrá disparado un tiro
por vengarse.
-¿Pero qué decís, señor Valot? ¿No
han sido acaso producidas las heridas del se-
ñor de Guiche por los dientes de un jabalí?
-Las heridas del señor de Guiche han
sido ocasionadas por una bala de pistola que
le ha arrancado el dedo pequeño y el anular
de la mano derecha, después de lo cual pasó
a los músculos intercostales del pecho.
-¡Una bala!... ¿Estáis seguro de que el
señor de Guiche ha sido herido por una bala?
-preguntó el rey aparentando sorpresa.
-A fe mía -dijo Valot-, estoy tan segu-
ro de ello, que aquí la tenéis, Majestad.
Y entregó al rey una bala algo aplas-
tada.
El rey la miró sin tocarla.
-¿Conque el pobre mozo tenía eso en
el pecho? -preguntó.
-No precisamente en el pecho. La bala
no llegó a penetrar, sino que debió aplastar-
se, como podéis ver, o contra el seguro de la
pistola o contra el lado derecho del esternón.
-¡Dios santo! -exclamó el rey seria-
mente-. Pues nada de eso me habíais dicho,
señor de Manicamp.
-Majestad ...
-¿Para qué esa invención de jabalí, de
acecho, de cacería por la noche? Hablad.
-¡Ah, Majestad! ...
-Creo que tenéis razón -dijo el rey
volviéndose hacia su capitán de mosqueteros-
, y que ha habido combate.
El rey poseía, como nadie, la facultad
concedida a los poderosos de comprometer y
dividir a los inferiores.
Manicamp lanzó al mosquetero una
mirada de reconvención. Comprendió Artag-
nan aquella mirada, y no quiso quedar con-
fundido bajo el peso de la acusación. Dio un
paso.
-Vuestra Majestad me mandó que fue-
se a explorar la encrucijada del bosque Ro-
chin -dijo-, y que le dijese, según mi juicio, lo
que allí habrá sucedido. He puesto mis ob-
servaciones en conocimiento de Vuestra Ma-
jestad, pero sin denunciar a nadie. Vuestra
Majestad ha sido el que nombró primero al
señor de Guiche.
-¡Bien, bien señor! -dijo el rey con al-
tivez-. Habéis cumplido con vuestro deber y
estoy satisfecho de vos; esto debe bastaros.
Pero vos, señor de Manicamp, no habéis
cumplido con el vuestro, porque me habéis
mentido.
-¡Mentido, Majestad! La palabra es du-
ra.
-Buscad otra.
-Majestad; no me cansaré e buscarla.
He tenido ya la mal suerte de desagradar a
Vuestra Majestad, y lo mejor que puedo
hacer es aceptar humildemente las recon-
venciones que tenga a bien dirigirme.
-Tenéis razón, señor; quien me oculta
la verdad, me desagrada siempre.
-A veces, Majestad, no lo sabe uno to-
do.
-No mintáis más, o doblo la pena.
Manicamp se inclinó, palideciendo.
Artagnan dio un paso más todavía, re-
suelto a intervenir si la cólera, cada vez ma-
yor,, del rey llegaba a ciertos límites.
-Señor -prosiguió el rey-, ya veis que
es inútil negar la cosa por más tiempo. El se-
ñor de Guiche se ha batido.
-No diré que no; mas Vuestra Majes-
tad hubiera podido mostrarse generoso no
forzando a un caballero a decir una mentira.
-¡Forzado! ¿Quién os forzaba?
-El señor de Guiche es amigo mío, y
Vuestra Majestad ha prohibido el duelo con
pena de muerte.
Una mentira podía salvar a mi amigo,
y he mentido.
-¡Bien! -murmuró Artagnan-. ¡Me gus-
ta ese mozo, pardiez!
-Señor -repuso el rey-; en vez de
mentir habríais hecho mejor en impedir que
se batiese.
-¡Oh! Vuestra Majestad, que es el ca-
ballero más cumplido de Francia, sabe muy
bien que nosotros, los que llevamos espada,
no hemos mirado jamás como deshonrado al
señor de Boutteville por haber muerto en la
Gréve. Lo que deshonra es huir del enemigo,
no encontrarse con el verdugo.
-Pues bien -dijo Luis XIV-; aun quiero
abriros camino para repararlo todo.
-Si es de esos que convienen a un
hidalgo, me apresuraré a seguirlo, señor.
-¿El nombre del enemigo del señor de
Guiche?
-¡Oh, oh! -murmuró Artagnan-. ¿Es-
tamos todavía en tiempo de Luis XIII?
-¡Majestad!... -murmuró Manicamp
con acento de reconvención.
-¿No queréis nombrarle, a lo que pa-
rece? -dijo el rey.
-No le conozco, Majestad.
-¡Bravo! -dijo Artagnan.
-Señor de Manicamp, entregad vues-
tra espada al capitán. Manicamp inclinóse con
la mayor gracia; se quitó sonriendo la espa-
da, y la presentó al mosquetero.
Pero Saint-Aignan se interpuso entre
Artagnan y él.
-Con el permiso de Vuestra Majestad -
dijo.
-Hablad -dijo el rey, alegrándose quizá
en el fondo de: su corazón de que se interpu-
siera alguien entre él y la cólera de que se
había dejado llevar.
-Manicamp, sois un intrépido, y el rey
apreciará vuestro comportamiento; pero que-
rer servir demasiado a los amigos es perjudi-
carles. Manicamp, indudablemente sabéis el
nombre que pide el rey.
-Es verdad, lo sé.
-Entonces, lo diréis.
-Si hubiera debido decirlo, ya lo habría
hecho.
-Entonces, lo diré yo, que no estoy in-
teresado, como vos, en esa probidad.
-Sois libre en hacerlo; pero me pare-
ce, no obstante...
-¡Oh! Basta de magnanimidad; no
quiero que vayáis a la Bastilla de ese modo.
Hablad, o hablo yo.
Manicamp era hombre de talento, y
comprendió que había hecho lo bastante para
hacer formar de él una buena opinión. Lo que
restaba hacer era perseverar en captarse otra
vez la buena voluntad del rey.
-Hablad, señor -dijo a Saint-Aignan-.
He hecho por mi parte cuanto me dictaba mi
conciencia, y preciso es que me hablase bien
alto -añadió dirigiéndose al rey-, cuando he
contrariado las órdenes de Su Majestad; es-
pero, sin embargo, que Su Majestad me per-
donará cuando sepa que tenía que guardar el
honor de una dama.
-¿De una dama? -preguntó el rey, in-
quieto.
-Sí, Majestad.
-¿Fue una dama la causa del comba-
te?
Manicamp se inclinó.
El rey se levantó y acercóse a Mani-
camp.
-Si la persona es digna de con-
sideración -dijo-, no me quejaré de que
hayáis procedido de ese modo, al contrario.
-Majestad, todo cuanto tiene relación
con la casa del rey o la de su hermano es
digno de consideración a mis ojos.
-¿A la casa de mi hermano? -repitió
Luis XIV como titubeando-. ¿Ha sido causa
del combate alguna dama de la casa de mi
hermano?
-O de Madame.
-¡Ah! ¿De Madame?
-Sí, Majestad.
-De suerte que esa dama... -Es una de
las camaristas de la casa de Su Alteza Real la
señora duquesa de Orleáns.
-¿Por quien aseguráis que se ha batido
el señor de Guiche?
-Sí; y lo que es ahora no miento. Luis
hizo un movimiento lleno de turbación.
-Señores -dijo volviéndose a los es-
pectadores de aquella escena-, tened a bien
retiraros por un momento; necesito conferen-
ciar a solas con el señor de Manicamp. Sé
que tiene muchas cosas que manifestarme en
justificación suya, y que no se atreve a
hacerlo delante de testigos. .. Volveos a po-
ner vuestra espada, señor de Manicamp.
Manicamp colocó su acero en el cintu-
rón.
-No le falta presencia de ánimo a ese
perillán -murmuró el mosquetero, cogiendo el
brazo de Saint-Aignan y retirándose con él.
-Él saldrá del aprieto -dijo este último
al oído de Artagnan.
-Y honrosamente, conde.
Manicamp dirigió a Saint-Aignan y al
capitán una mirada de reconocimiento, que
pasó inadvertida para el rey.
-Vamos -dijo Artagnan al atravesar el
umbral de la puerta-; mala opinión tenía for-
mada de la nueva generación, pero veo que
me engañaba, porque estos jóvenes todavía
valen algo.
Valot precedía al favorito y al capitán.
El rey y Manicamp quedaron solos en
el gabinete.
XXV
ARTAGNAN RECONOCE QUE SE
EQUIVOCÓ Y QUE ERA MANICAMP QUIEN
TENÍA RAZÓN
El rey aseguróse, acercándose hasta la
puerta, de que nadie escuchaba, y volvió a
situarse precipitadamente delante de su in-
terlocutor.
-Ea -dijo-, señor de Manicamp, ahora
que estamos solos, explicaos.
-Con la mayor franqueza, Majestad -
contestó el joven.
-Y ante todo -añadió el rey-, sabed
que lo que más me interesa es el honor de
las damas.
-Por eso, precisamente, rehuía herir
vuestra delicadeza, Majestad.
-Bien; ahora lo comprendo todo. Con-
que afirmás que se trataba de una doncella
de mi cuñada, y que la persona en cuestión,
el adversario de Guiche, el hombre, en fin,
que os resistías a nombrar...
-Pero que el señor de Saint-Aignan os
dirá, Majestad.
-Sí, ese hombre, digo, ¿ha ofendido a
alguien de la casa de Madame?
-A la señorita de La Valliére, sí, Majes-
tad.
-¡Ah! -exclamó el rey, como si hubiese
esperado aquello, y como si la noticia le
hubiese, no obstante, atravesado el corazón-.
¡Ah! ¿Conque era la señorita de La Valliére a
quien se ultrajaba?
-No aseguro precisamente que se la
ultrajase, Majestad.
-Pero, al fin...
-Afirmo que se hablaba de ella en
términos poco convenientes. -¡Hablaban en
términos poco convenientes de la señorita de
La Valliére! ¿Y os obstináis en no decirme
quién era el insolente? -Majestad, creía que
eso era ya cosa convenida, y que habíais de-
sistido de hacer de mí un delator. -Es verdad
-dijo el rey moderándose-; por otra parte, no
tardaré en saber el nombre del que he de
castigar.
Manicamp comprendió que la cuestión
había cambiado.
En cuanto al rey, vio que se había de-
jado arrastrar demasiado lejos.
Así es que continuó:
-Y lo castigaré, no porque se trate de
la señorita de La Valliére, aunque le profeso
particular aprecio, sino porque el objeto de la
contienda ha sido una mujer. Quiero que en
mi Corte se respete a las damas y no haya
disputas.
Manicamp se inclinó.
-Vamos a ver, señor de Manicamp -
continuó el rey-, ¿qué se decía de la señorita
de La Valliére?
-¿No lo adivina Vuestra Majestad?
-¿Yo?
-Vuestra Majestad conoce bien la clase
de chanzas que pueden permitirse los jóve-
nes.
-Se diría tal vez que amaba a alguien -
aventuró el rey.
-Es probable.
-Pues la señorita de La Valliére tiene
derecho a amar a quien bien le parezca.
-Eso es justamente lo que sostenía
Guiche.
-¿Y por eso se ha batido?
-Por esa sola causa, Majestad.
El rey se ruborizó.
-¿Y no sabéis más? -dijo.
-¿Sobre qué punto?
-Sobre el punto mas culminante que
me estáis refiriendo.
-¿Y qué desea Vuestra Majestad que
yo sepa?
-El nombre, por ejemplo, de la perso-
na a quien ama La Valliére, y a quien el ene-
migo de Guiche le disputaba el derecho de
amar.
-Majestad, nada sé, nada he oído, ni
he sorprendido nada; pero tengo a Guiche
por hombre de gran corazón, y, si se ha sus-
tituido momentáneamente al protector de La
Valliére, eso es porque el protector está de-
masiado alto para tomar él mismo su defen-
sa.
Estas palabras eran más que transpa-
rentes; así fue que hicieron ruborizar al rey,
pero, esta vez, de satisfacción.
Luis dio un golpecito en el hombro a
Manicamp.
-Vamos, señor de Manicamp -le dijo-,
veo que no sólo sois un mozo espiritual, sino
también un cumplido hidalgo, y vuestro ami-
go Guiche es un paladín completamente de
mi gusto; así se lo diréis, ¿no es verdad?
-Así mismo, señor. ¿Vuestra Majestad
me perdona?
-Completamente.
-¿Estoy ya en libertad?
El rey sonrió y tendió la mano a Mani-
camp.
Manicamp cogió aquella ruano y la be-
só.
-Y luego -añadió el rey-, sabéis contar
perfectamente las cosas.
-¿Yo, Majestad?
-Me habéis hecho una relación anima-
dísima del accidente ocurrido a Guiche. Me
imagino estar viendo al jabalí, que sale del
bosque, al caballo, herido de muerte, a la fie-
ra arremetiendo al jinete después de matar al
caballo. No contáis, señor, pintáis.
-Creo que Vuestra Majestad se digna
mofarse de mí -dijo Manicamp.
-Al contrario -replicó Luis con la mayor
serenidad-; estoy tan lejos de reírme, que
quiero que contéis a todo el mundo esa aven-
tura.
-¿La aventura del acecho?
-Sí, tal como me la habéis referido, sin
cambiar una palabra. ¿Estáis?
-Perfectamente, Majestad.
-¿La contaréis?
-Sin perder un minuto.
-Pues bien, ahora, llamad vos mismo
al señor de Artagnan: Supongo que no le
tendréis ya miedo.
-¡Ah, Majestad! Nada temo desde que
estoy seguro de las bondades de mi rey.
-Pues llamad -dijo Luis. Manicamp
abrió la puerta.
-Señores -dijo-, el rey os llama.
Artagnan, Saint-Aignan y Valot entra-
ron.
-Señores -dijo el rey-, os he hecho
llamar para manifestaros que la explicación
del señor de Manicamp me ha dejado ente-
ramente satisfecho.
Artagnan lanzó a Valot, por un lado, y
a Saint-Aignan, por otro, una mirada que sig-
nificaba: "¿Qué os decía yo?"
El rey se llevó a Manicamp hasta la
puerta, y le dijo en voz baja:
-Que el señor de Guiche se cuide, y
sobre todo que se cure pronto; quiero darle
las gracias en nombre de todas las damas;
pero cuidado que no vuelva a las andadas.
-¡Oh Majestad! Aun cuando tuviera
que morir mil veces, volverá siempre que se
trate del honor de Vuestra Majestad.
La frase no podía ser más directa. Pe-
ro, como ya hemos dicho, Luis XIV gustaba
del incienso, y, con tal que se le diese, no era
muy exigente en punto a la calidad.
-Está bien -dijo despidiendo a Mani-
camp-. Veré yo mismo a Guiche y le haré en-
trar en razón. Manicamp salió de espaldas.
Entonces, el rey, volviéndose hacia los
tres espectadores de aquella escena:
-¡Señor de Artagnan! -dijo.
-Majestad.
-¿Cómo se explica que hayáis visto
tan turbio, vos, que tenéis tan buenos ojos?
-¿Yo he visto mal, Majestad?
-Sí, por cierto.
-Así será, puesto que Vuestra Majes-
tad lo dice. Pero, ¿en qué he visto turbio?
-En todo lo relativo al suceso del bos-
que Rochin.
-¡Ah, ah!
-Habéis visto el rastro de los caballos,
las pisadas de dos personas, los indicios de
un combate, y nada de eso ha existido. Todo
ha sido una pura ilusión.
-¡Ah, ah! -volvió a murmurar Artag-
nan.
-Lo mismo que el manoteo del caballo,
y esas señales de lucha. La
lucha ha sido de Guiche contra un jabalí, y
nada más. Eso, sí, parece que la lucha ha si-
do larga y terrible.
-¡Ah, ah! -repitió Artagnan.
-¡Y cuando pienso que he dado crédito
por un momento a semejante error! ... ¡Pero,
ya se ve, habláis con tal aplomo!
-En efecto, Majestad; preciso es que
estuviese ofuscado -dijo Artagnan con una
gracia que agradó sobremanera al rey.
-¿Conque convenís en ello?
-¡Diantre, Majestad, ya lo creo!
-¿De suerte que ahora veis claramente
la cosa?
-La veo de modo muy distinto que la
veía hace media hora.
-¿Y a qué atribuís esa diferencia, en
opinión vuestra?
-¡Oh! A una cosa muy sencilla; hace
media hora volvía del bosque Rochin, donde
no tenía más luz que la que despedía un po-
bre farol de cuadra...
-¿Y ahora?
-Ahora tengo todas las luces de vues-
tro gabinete, y, además, los ojos del rey que
iluminan como dos soles.
El rey se echó a reír, y Saint-Aignan a
carcajear.
-Lo mismo que el señor Valot -
continuó Artagnan recogiendo la palabra de
labios del rey-, que se ha figurado, no sólo
que el señor de Guiche había sido herido con
bala, sino haber extraído la bala del pecho.
-A fe mía -dijo Valot-, -confieso...
-¿No es verdad que lo habéis creído? -
repuso Artagnan.
-No sólo lo he creído -contestó Valot-,
sino que no tendría inconveniente en jurarlo
ahora mismo.
-Pues bien, mi querido doctor, todo
eso lo habéis soñado.
-¿Lo he soñado?
-¡La herida del señor de Guiche, un
sueño! ¡La bala, sueño también! ... Así, pues,
creedme, no se hable más de ello.
-Bien dicho -dijo el rey-; tomad el
consejo que os da Artagnan. No habléis a na-
die de vuestro sueño, señor Valot; por mi ho-
nor que no os pesará. Buenas noches, seño-
res. ¡Oh! ¡Qué triste es ir al acecho de jabalí-
es!
-¡Qué triste cosa -repitió Artagnan en
voz alta- es ir al acecho de jabalíes!
Y fue repitiendo esa frase por todos
los cuartos que atravesaba, hasta que salió
del palacio, llevándose consigo al señor Valot.
-Ahora que permanecemos solos -dijo
el rey a Saint-Aignan-, ¿cómo se llama el ad-
versario de Guiche?
Saint-Aignan miró al rey. -¡Oh! No
tengáis reparo -añadió el rey-; ya sabéis que
debo perdonar.
-Wardes -dijo Saint-Aignan.
-Bien.
Y, al momento, entrando con pre-
cipitación en su cuarto:
-Perdonar no es olvidar -dijo Luis XIV.
XXVI
CONVENIENCIA DE TENER DOS
CUERDAS PARA UN ARCO
Salía Manicamp de la habitación del
rey muy gozoso de haber salido tan bien de
su apuro, cuando al llegar al pie de la escale-
ra y al pasar por delante de una puerta, ad-
virtió que le tiraban de una manga.
Volvióse y reconoció a Montalais, que
le aguardaba y que con voz misteriosa y el
cuerpo inclinado hacia adelante, le dijo:
-Señor, haced el favor de venir pron-
to.
-¿Y adónde, señorita? -preguntó Mani-
camp.
-Un verdadero caballero no me habría
hecho tal pregunta, sino que me habría se-
guido sin necesidad de
explicación alguna.
-Pues bien, señorita -repuso Mani-
camp-, estoy resuelto a conducirme como un
verdadero caballero.
-Ya es tarde, y habéis perdido todo el
mérito. Vamos al aposento de Madame; ve-
nid.
-¡Ah, ah! -dijo Manicamp-. Vamos al
aposento de Madame.
Y siguió a Montalais, que corría delan-
te, ligera como Galatea.
"Lo que es ahora -decíase Manicamp
conforme seguía a Montalais-, no creo que
sean del caso las historias de caza. Veremos,
no obstante; y si fuese necesario... ¡Oh! Si
fuese preciso, ya hallaremos otra cosa."
Montalais no aflojaba el paso. "¡Qué
cosa tan molesta es tener necesidad al mismo
tiempo de la imaginación y de las piernas!",
pensó Manicamp.
Llegaron al fin.
Madame había terminado su tocado de
noche; estaba en elegante traje de casa, pero
ya se comprenderá que aquel tocado lo había
hecho antes de sufrir las emociones que a la
sazón la agitaban.
La princesa esperaba con visible impa-
ciencia.
Así fue que Montalais y Manicamp la
encontraron de pie junto a la puerta.
Al ruido de sus pasos salió Madame al
encuentro.
-¡Ah! -exclamó-. ¡Al fin!
-Aquí está el señor de Manicamp -dijo
Montalais. Manicamp inclinóse respetuosa-
mente.
Madame hizo seña a Montalais de que
se retirase. La joven obedeció.
La princesa la siguió con la vista en si-
lencio hasta que cerró tras ella la puerta, y,
volviéndose luego a Manicamp:
-¿Qué es eso que me han dicho, señor
de Manicamp? ¿Hay algún herido en palacio?
-Sí, señora, desgraciadamente... El
señor de Guiche.
-Sí, el señor de Guiche -repitió la prin-
cesa-; lo había oído decir, pero no afirmar.
¿De modo que ha sido realmente al señor de
Guiche a quien le ha sucedido esa desgracia?
-Al mismo en persona, señora.
-¿Sabéis, señor de Manicamp -dijo vi-
vamente la princesa-, que los duelos le son
antipáticos al rey?
-Sí que lo sé, señora; pero no creo
que tengan nada que ver los duelos con una
fiera.
-¡Oh! Creo que no me haréis el agra-
vio de creer que dé crédito a esa absurda fá-
bula, esparcida con no sé qué objeto, de
haber sido herido el señor de Guiche por un
jabalí. No, no, caballero; la verdad se sabe, y
en este momento el señor de Guiche, sobre el
disgusto de verse herido, corre el riesgo de
perder la libertad.
-¡Ay, señora! -exclamó Manicamp-.
Bien lo sé; ¡pero qué se le ha de hacer!
-¿Habéis visto a Su Majestad?
-Sí, señora.
-¿Y qué le habéis dicho?
-Le he dicho que el señor de Guiche
fue al acecho; que salió un jabalí del bosque
Rochin; que el señor de Guiche le disparó un
tiro, y que, finalmente, el animal, furioso, se
volvió contra él, le mató el caballo y le hirió a
él mismo gravemente.
-¿Y el rey ha creído todo eso?
-Enteramente.
-¡Me dejáis muy sorprendida, señor de
Manicamp!
Y madame comenzó a pasearse a lo
largo de la habitación, echando de vez en
cuando una mirada investigadora a Mani-
camp, el cual estaba impasible y sin moverse
en el sitio que había elegido al entrar. Al fin
se detuvo.
-No obstante -dijo-, aquí todos están
unánimes en dar otra causa a esa herida.
-¿Qué causa, señora? ... Si no es
indiscreto hacer esta pregunta a Vuestra Al-
teza.
-¿Eso preguntáis, siendo vos el amigo
íntimo y el confidente del señor de Guiche?
-¡Oh señora! Amigo íntimo, sí; confi-
dente, no. Guiche es uno de esos hombres
que pueden tener secretos, y todavía podré
añadir que los tienen, pero que no los dicen.
Guiche es discreto, señora.
-Pues bien, esos secretos que el señor
de Guiche guarda para sí, seré yo la que ten-
ga el placer de descubríroslos -dijo la prince-
sa con despecho-, porque, en verdad, podría
el rey interrogaros por segunda vez, y si le
hacíais el mismo relato, podría no quedar
muy satisfecho.
-Creo que Vuestra Alteza está en un
error. Puedo juraros que Su Majestad ha
quedado muy satisfecho de mí.
-Entonces, permitid que os diga, señor
de Manicamp, que eso no demuestra más que
una cosa, y es que Su Majestad es muy fácil
de contentar.
-Creo que Vuestra Alteza hace mal en
abrigar esa opinión. Todo el mundo sabe que
el rey no se paga sino de muy buenas razo-
nes.
-¿Y suponéis que os agradezca vuestra
oficiosa mentira cuando sepa mañana que el
señor de Guiche ha tenido por su amigo, el
señor de Bragelonne, una querella que ha
terminado en duelo?
-¡Una querella por el señor de Brage-
lonne? -exclamó Manicamp con el aire más
ingenuo del mundo-. ¿Qué me dice Vuestra
Alteza?
-¿Qué tiene eso de extraño? El señor
de Guiche es susceptible, irritable, y se acalo-
ra fácilmente.
-Pues yo, señora. tengo al señor de
Guiche por hombre de mucha calma, y no le
creo susceptible ni irritable sino cuando tiene
motivos muy justos.
-¿Y no creéis que la amistad sea un
motivo justo? -dijo la princesa.
-¡Oh! Sin duda, señora, y sobre todo
para un corazón como el suyo.
-Pues bien, el señor de Bragelonne es
amigo del señor de Guiche; creo que eso no
lo negaréis.
-¡Oh! ¡No por cierto!
-Pues bien, el señor de Guiche ha to-
mado la defensa del señor de Bragelonne, y
como éste se hallaba ausente y no podía ba-
tirse, se ha batido por él.
Manicamp dejó entrever cierta sonrisa,
e hizo dos o tres movimientos de cabeza y de
hombros, que significaban: "¡Bueno! Si así lo
queréis. . . ".
-¡Pero, en fin -dijo impaciente la prin-
cesa-, hablad!
-¿Yo?
-Sí; conozco que no sois de mi parecer
y tenéis algo que decirme.
-Sólo tengo que decir una cosa, seño-
ra.
-¡Decidla!
-Que no comprendo una palabra de lo
que me hacéis el honor de referir.
-¡Cómo! ¿No comprendéis una palabra
de la contienda entre el señor de Guiche y el
señor de Wardes? -exclamó la princesa, casi
irritada.
Manicamp calló.
-Contienda -prosiguió Madame- nacida
de una frase más o menos fundada, acerca
de la virtud de cierta dama.
-¡Ah! ¿De cierta dama? Eso es distinto
-dijo Manicamp.
-Ya principiáis a entender, ¿no es cier-
to?
-Vuestra Alteza me perdonará, mas no
me atrevo...
-¿No os atrevéis? -dijo exasperada
Madame-. Pues bien, yo me atreveré.
-¡Señora, señora! -exclamó Manicamp
como si le asustara aquella amenaza-. Poned
atención a lo que vais a decir.
-¡Ah! Parece que si yo fuese hombre
os batiríais conmigo, a pesar de los edictos de
Su Majestad, como el señor de Guiche se ha
batido con el señor de Wardes por la virtud
de la señorita de La Valliére.
-¡De la señorita de La Valliére! -dijo
Manicamp con súbito sobresalto, como si es-
tuviera muy distante de esperar que fuese
pronunciado aquel nombre.
-¡Oh! ¿Qué tenéis señor de Manicamp,
para sobresaltaros así? -dijo Madame con iro-
nía-. ¿Cometeréis la impertinencia de dudar
de esa virtud?
-¡Pero si no juega aquí para nada la
virtud de la señorita de La Valliére, señora!
-¡Cómo! ¿Después que dos hombres
se han batido a muerte por una mujer, venís
afirmando que esa mujer no tiene nada que
ver en eso, y que no se trata de ella? En ver-
dad, señor de Manicamp, no os creía tan
buen cortesano.
-Perdón, perdón, señora -contestó el
joven-, pero creo que no acertamos a com-
prendernos. Vos me hacéis el honor de
hablarme en un idioma, y yo, a lo que pare-
ce, hablo en otro.
-¿De veras?
-Perdón; pero he creído comprender
que Vuestra Alteza había dicho que los seño-
res de Guiche y de Wardes habíanse batido
por la señorita de La Valliére.
-Eso he dicho.
-Por la señorita de La Valliére, ¿no es
cierto? -repitió Manicamp.
-¡Eh! No he dicho que el señor de Gui-
che se ocupase personalmente de la señorita
de La Valliére, sino en nombre de otro.
-¡En nombre de otro!
-¡Ea, no vengáis haciéndoos el desen-
tendido! Todo el mundo sabe aquí que el se-
ñor de Bragelonne está para casarse con la
señorita de La Valliére, y que, al marcharse a
cumplir la comisión que Su Majestad le ha
confiado en Londres, ha encargado a su ami-
go el señor de Guiche velar por, esa joven. -
¡Ah! Nada digo, ya que Vuestra Alteza está
perfectamente enterada.
-De todo; os lo prevengo. Manicamp
se echó a reír, salida que estuvo a punto de
exasperar a la princesa, quien, como es sabi-
do, no tenía carácter muy sufrido.
-Señora -replicó el discreto Manicamp,
saludando a la princesa-, echemos tierra a
este asunto, que jamás llegará a ponerse en
claro.
-¡Oh! En cuanto a eso, nada hay que
hacer, pues los datos son completísimos. El
rey sabrá que el señor de Guiche ha salido a
la defensa de esa aventurerilla que quiere
echársela de gran señora; sabrá que habien-
do nombrado el señor de Bragelonne por
guardián ordinario del jardín de las Hespéri-
des a su amigo el señor de Guiche, éste ha
dado la dentellada correspondiente al señor
de Wardes, que osó poner la mano en la
manzana de oro. Ahora bien, no dejaréis de
saber, señor de Manicamp, vos, que estáis
tan bien informado, que el rey codicia por su
parte ese famoso tesoro, y que tal vez no lle-
vará a bien que el señor de Guiche se haya
constituido en defensor suyo. ¿Estáis ya bien
enterado, o necesitáis alguna otra aclaración?
Decid, preguntad.
-No, señora; no deseo saber nada.
-Tened, no obstante, entendido, por-
que es necesario que lo sepáis, que la indig-
nación del rey tendrá resultados terribles: en
los príncipes de un carácter como el del rey,
la cólera amorosa es un huracán.
-Que vos apaciguáis, señora.
-¡Yo! -exclamó la princesa con ade-
mán de violenta ironía-. ¿Y a título de qué?
-Porque os repugnan las injusticias,
señora.
-¿Y sería una injusticia, a vuestros
ojos, el impedir al rey que manejase sus
asuntos de amor?
-Sin embargo, espero que inter-
cederéis en favor del señor de Guiche.
-¡Oh! Sin duda estáis loco, caballero -
dijo la princesa en tono altanero.
-Al contrario, señora, estoy en mi ca-
bal juicio, y lo repito, defenderéis al señor de
Guiche ante el rey.
-¿Yo? -Sí.
-¿Y a santo de qué?
-Porque la causa del señor de Guiche
es la vuestra, señora -dijo en voz baja y con
ardor Manicamp, cuyos ojos se inflamaron a
la sazón.
-¿Qué queréis decir?
-Digo, señora, que me extraña mucho
que, en el nombre de La Valliére, mezclado
en esa defensa que ha tomado el señor de
Guiche por el señor de Bragelonne ausente,
no haya adivinado Vuestra Alteza un pretex-
to.
-¿Un pretexto?
-Sí.
-Pero un pretexto, ¿de qué? - repitió
balbuciente la princesa, a quien las miradas
de Manicamp habían hecho ver claro.
-Ahora, señora -añadió el joven-, creo
haber dicho lo bastante para determinar a
Vuestra Alteza a no acriminar ante el rey a
ese pobre Guiche, sobre quien van a recaer
todas las enemistades fomentadas por cierto
partido muy contrario al vuestro.
-¿Queréis decir que todos los que no
quieren a la señorita de La Valliére, y tal vez
algunos de los que la quieren, mirarán con
malos ojos al conde?
-¡Oh señora! ¿Es posible que llevéis a
tal punto vuestra obstinación, que no aten-
dáis a las palabras de un amigo leal? ¿Tendré
que exponerme a incurrir en vuestro des-
agrado? ¿Tendré que nombraros, a pesar
mío, la persona que ha sido la causa verda-
dera de la contienda?
-¡La persona! -repitió Madame sonro-
jándose.
-¿Será preciso -continuó Manicamp-
que os muestre al pobre Guiche irritado, fu-
rioso, exasperado por todos esos rumores
que corren acerca de esa persona? ¿Será pre-
ciso, si os obstináis en no reconocerla, y si el
respeto continúa impidiéndome nombrarla,
que os traiga a la memoria las escenas de
Monsieur con el señor de Buckingham, las
insinuaciones propaladas a consecuencia del
destierro del duque? ¿Será preciso que os
pinte los esfuerzos del conde por agradar,
contemplar y proteger a esa persona por
quien solamente vive, por quien únicamente
respira? Pues bien, lo haré; y cuando os haya
recordado todo eso, tal vez comprendáis que
el conde, apurada su paciencia, provocado
hace mucho tiempo por Wardes; a la primera
palabra poco conveniente que éste haya sol-
tado respecto de esa persona se haya aca-
lorado y respirado venganza.
La princesa ocultó su rostro entre las
manos.
-¡Señor, señor! -exclamó-. ¿Qué estáis
diciendo y a quién lo decís?
-Entonces, señora -prosiguió Mani-
camp como si no hubiese oído las exclama-
ciones de la princesa-, nada os extrañará ya,
ni el ardor del conde en buscar esa contienda,
ni su maravillosa destreza en conducirla a un
terreno extraño a vuestros intereses. No cabe
mayor habilidad ni sangre fría; y, si la per-
sona por quien el conde de Guiche se ha ba-
tido y ha derramado su sangre, debe, verda-
deramente, algún reconocimiento al pobre
herido, no es seguramente por la sangre que
ha perdido ni por los dolores que ha sufrido,
sino por su miramiento a una honra que
aprecia más que la suya propia.
-¡Oh! -exclamó Madame como si
hubiese estado sola-. ¡Oh! ¡Sería sin duda mi
causa! Manicamp pudo respirar; había gana-
do bravamente aquel reposo, y respiró.
Madame quedó, por su parte, sumida
en dolorosos pensamientos. Adiviná-
base su agitación en los movimientos acele-
rados de su seno, en la languidez de sus ojos,
y en las frecuentes presiones de la mano con-
tra su corazón.
Pero, en ella, no era la coquetería una
pasión inerte, sino antes bien, un fuego que
buscaba alimento y sabía hallarlo.
-Entonces -dijo-, el conde habrá deja-
do obligadas a dos personas a la vez, porque
el señor de Bragelonne debe también al señor
de Guiche profundo reconocimiento, tanto
mayor, cuanto que siempre y en todas partes
pasará por haber sido el generoso campeón
de la señorita de La Valliére.
Manicamp conoció que aún quedaba
un resto de duda en el corazón de la prince-
sa, y su ánimo acaloróse con la resistencia.
-¡Vaya un servicio -dijo- que ha pres-
tado a la señorita de La Valliére y al señor de
Bragelonne! El duelo ha producido un escán-
dalo que deshonra en gran parte a esa joven;
un escándalo que la malquista necesariamen-
te con el vizconde. De ello resulta que el pis-
toletazo del de Wardes ha causado tres efec-
tos en lugar de uno; matar el honor de una
mujer, la felicidad de un hombre, y quizá
también herir de muerte a uno de los mejores
hidalgos de Francia. ¡Ah, señora! Vuestra ló-
gica es muy severa: condena siempre, y nun-
ca absuelve.