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Bolilla 4

Este documento trata sobre la aspiración humana a la felicidad y la vida moral según la filosofía de Tomás de Aquino. Explica que la felicidad no puede encontrarse en bienes materiales o poder, sino únicamente en Dios. También describe los parámetros del orden moral como la ley eterna y natural y el papel de la razón y la conciencia.
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Este documento trata sobre la aspiración humana a la felicidad y la vida moral según la filosofía de Tomás de Aquino. Explica que la felicidad no puede encontrarse en bienes materiales o poder, sino únicamente en Dios. También describe los parámetros del orden moral como la ley eterna y natural y el papel de la razón y la conciencia.
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Capitulo IV. Unidad 3.

El deseo de felicidad y la vida moral

Aspiración a la felicidad y vida moral

Aspiración que tiene cada hombre de lograr aquello que espera para lograrla se puede decir que no hay recetas fijas
cada uno ha de intentar alcanzarla. "A las metas altas que el hombre se propone se les llama ideales. Éstos no son otra
cosa que tareas que realizan valores. Un ideal es un modelo de vida que uno elige para sí. Se convierte en proyecto vital
cuando se decide seriamente ponerlo en práctica. Todo el mundo tiene un determinado proyecto vital mediante el cual
cree poder ser feliz: su ideal. La tercera dimensión de la libertad consiste en tratar de realizar los propios ideales. La
realización de un proyecto vital propio, libremente decidido y realizado, es lo que da autenticidad y sentido a la propia
vida."
El hombre tiene que dar un contenido a su libertad y, al realizar ese proyecto vital en el tiempo y por medio de la acción,
optar por un fin que polariza toda la vida y hacia el cual dirige toda su conducta.
Al con afirmar que una acción es realizada con miras a conseguir un propósito; es preciso sostener también que la
inteligencia humana está ordenada a un fin último.
La vida feliz se presenta como el fin último querido natural último fin aquel que es querido por sí mismo,
absolutamente, en razón del cual se quieren todos los demás posesión estable y perpetua del bien totalmente perfecto
que sacia todas las exigencias y deseos del hombre en todo acto humano se da siempre un fin último, el cual hace
posible la acción.

Contenido de la felicidad

Ser feliz está en manos de la libertad: la persona ha de buscar los bienes concretos cuya posesión le dará la felicidad.
Cada hombre se decide por algo a lo cual supedita todo es lo que considera más importante para ser feliz, aunque pueda
equivocarse. Acertar en dónde está la felicidad absoluta es el gran problema del hombre.
Tomás de Aquino las riquezas se presentan para muchas personas --con gran fuerza en una sociedad de consumo y
bienestar como la actual- como un fin capaz de saciar ese deseo de felicidad. Sin embargo, los bienes materiales, aun
cuando son necesarios para cubrir los requerimientos del sujeto, están subordinados a la dignidad de la persona y, por
tanto, sería un absurdo buscarlos por sí mismos. Todo el mundo tiene la experiencia de que la posesión de bienes es
sólo un medio para, justamente, ser feliz.
La felicidad tampoco puede consistir en bienes corporales ya que el cuerpo, por su misma naturaleza, se subordina al
alma. Tampoco la felicidad está en bienes espirituales internos al hombre -la virtud, la sabiduría- ya que si la dicha
consistiese en un bien del alma, la persona sería sustancialmente feliz desde el primer momento y durante toda su vida.
Hay otro dominio de lo humano que parece ofrecer una posibilidad de ser feliz: se trata de la búsqueda del poder. Sin
embargo una vez que se obtiene, el poder, en sí mismo, se revela insuficiente e incapaz de llenar esa aspiración
universal del corazón humano a la felicidad.
Si bien es evidente que todos los bienes producen cierta dicha cuando se alcanzan, la felicidad no puede consistir en la
posesión de riquezas, honores, fama o poder ya que todos, por su misma naturaleza, sólo son medios con respecto a un
fin. Y el motivo estriba en que, dentro del conjunto de los seres y perfecciones de la creación, el hombre es el mayor de
todos y los supera a todos. El objeto de la felicidad ha de encontrarse fuera del hombre y de los bienes creados. Los
ilimitados deseos de felicidad que posee una persona los sacia únicamente un ser infinito. La universalidad del bien está
en Dios, ser increado e infinito.
La persona puede saciar sus ilimitados anhelos de felicidad únicamente en un ser superior, lo único que al hombre
puede hacerle feliz es el bien imperecedero y, por tanto, inmaterial. Precisamente porque el hombre debe elegir
libremente su último fin, puede rechazar a Dios y preferir otros bienes como meta de su existencia. Cuando actúa así,
rebaja su dignidad personal y frustra su felicidad. Busca en los bienes una satisfacción que ellos mismos -por su
condición de medios- no pueden darle.

Determinación práctica del contenido de la felicidad

Para Tomás de Aquino, el espíritu humano está hecho de tal manera que sólo puede tender a la felicidad, pero sólo lo
hace efectivamente cuando toma contacto con la razón: la razón le dará información de lo que hace feliz y a eso irá.

a) Voluntas ut natura: inclinación, con necesidad natural, hacia el bien en general. es el deseo del fin, la tendencia
o anhelo hacia algo que se presenta intelectualmente como bueno y conveniente y no es poseído.

b) Voluntas ut ratio: ante cualquier bien finito, la voluntad, a pesar de su inclinación natural, está indeterminada:
puede o no adherirse a él. La voluntas ut ratio, mediante la intención del fin y la elección de los medios, debe
dilucidar si el bien que tiene delante es realmente bueno, ordenado al último fin o sólo aparentemente bueno.

En síntesis, la voluntad está abierta a la felicidad o al bien absoluto pero no tiende a ella sin unirse con la inteligencia. La
va/untas ut natura y la va/untas ut ratio no son dos facultades. Es la misma entendida en dos momentos: en cuanto que
es potencia y cuando se conecta con la razón. Como potencia pasiva está determinada, lo que quiere decir que su fin es
uno: el hombre está naturalmente destinado a la felicidad. A su vez, la voluntad, movida por el bien, se encaminado
hacia la felicidad pero esa determinación no es automática: interviene la razón.

Los parámetros del orden moral

Presencia de dos normas, en armonía con las cuales un acto humano se constituye como moralmente bueno y se hace
malo infringiéndolas. Ellas son la ley eterna, norma primera y suprema, y la recta razón humana como norma próxima y
homogénea de todo el orden moral.

La ley eterna y la ley natural

Todas las leyes humanas se alimentan de una, que es la ley divina existe una ley verdadera, de acuerdo con la
naturaleza, conocida de todos, constante y sempiterna. A esa ley no es lícito ni arrogarle ni derogarle algo ni tampoco
eliminarla por completo. Existe una misma ley, eterna e inmutable, sujeta a toda la humanidad en todo tiempo, y hay un
solo Dios común maestro y Señor de todos, autor, sancionador, promulgador de esta ley. La ley eterna no es otra cosa
que la regla establecida por la divina sabiduría en cuanto directiva de todos los actos y operaciones, no guía a todas las
criaturas de la misma manera, sino que las dirige conforme a la propia naturaleza.
Así, las cosas materiales son regidas de modo natural y espontáneo a través de las leyes físicas; los animales responden a
ella por medio de las leyes biológicas determinadas por el instinto y las criaturas racionales participan conociéndola con
su inteligencia y dirigiéndose hacia ella libremente.
Cuando esa ley eterna es referida o aplicada al hombre, se llama ley natural y se la define como la participación en la
criatura racional de aquella ley por la que Dios rige todo lo que ha creado.
La persona posee por naturaleza una tendencia a su propio fin que no es pasiva ni ciega, sino dinámica y libre: es la ley
moral natural. El objetivo de la ley moral es la realización del hombre, su perfección, su felicidad: el cumplimiento de su
fin.
Contenido de la ley natural: La ley natural - ley racional, ya que tener inteligencia es propio de la naturaleza del hombre.
Los primeros principios de la ley natural sean inmutables lugar. Estos principios pueden ser conocidos por todos los
hombres. La ley natural es universal e inmutable. Es una ordenación intrínseca de la naturaleza humana, que es común
a todos y esencialmente inalterable. Por eso es universal, se extiende a todos los hombres, para siempre, en todas sus
circunstancias y sobre todos sus actos singulares. Y es inmutable pues los hombres ni la crean, ni la inventan, ni pueden
cambiarla ya que tampoco dan origen a la naturaleza.

a) El contenido de la ley natural no depende de lo que hace la mayoría, sino de lo que debe hacerse según la recta
razón.
b) Obligatoriedad: la ley natural no admite dispensas.
c) La ley natural es norma moral para toda persona emerge de la propia naturaleza humana

Ley natural está inscrita en el corazón de los hombres. La ley natural es una ley no escrita, promulgada a través de la
misma razón que es capaz de descubrir lo que es y lo que no es coherente con la persona como tal no respetando la ley
de su vida, se daña y priva de perfección.

La recta razón

La inteligencia no solamente presenta el objeto a la voluntad, sino que lo propone como ya regulado moralmente,
conforme o no con el fin último o con la naturaleza humana. Por ese motivo, se considera a la razón "norma" ele
moralidad. La razón, norma del orden moral, no es la razón en general sino la razón recta adecuada a la verdad. La razón
se rectifica conociendo la verdad, o sea, descubriendo el orden impuesto al universo por la ley natural. La recta razón
está iluminada por los primeros principios del orden moral. El hombre obra moralmente bien sólo cuando actúa de
acuerdo con su naturaleza específica y su propio fin. A esto se llama obrar según la recta razón.

La conciencia moral

El conocimiento moral universal, es un saber que se orienta hacia la valoración de situaciones concretas en las que
estuvo en juego el bien o el mal. La persona humana, cuando tiene que tomar una decisión, debe emitir un juicio sobre
el valor del acto que va a realizar que le permita dilucidar si es bueno o malo, en función del ideal perseguido. Es una
realidad de experiencia que acompaña la conducta del hombre todas las personas valoran al actuar, si lo que hacen está
bien o mal. Ese juicio partirá de la ley moral objetiva, percibida por la razón, y será la persona interesada y sólo ella
quien deba hacerlo; ninguna otra podrá ocupar su lugar.
Es precisamente ese juicio racional, que versa sobre el actuar y sobre la relación de este obrar con el fin fundamental, lo
que constituye la conciencia moral. La conciencia moral es el primer acto en el que el conocimiento de las exigencias de
las virtudes y de las normas se personaliza, se aplica a la propia situación y es visto como midiendo la propia conducta."
El juicio de la conciencia es la norma próxima e inmediata de las acciones porque ninguna ley puede ser regla de un acto
sino a través de la aplicación .Lo que cada sujeto hace de ella al actuar. La conciencia dictamina sobre la moralidad de las
acciones en su concreta singularidad.
Mediante la conciencia -que es insustituible en cada persona-, adquiere fuerza obligatoria interior la ley moral natural.
La conciencia interviene en todo acto libre para indicar a la persona qué valor moral tiene lo que hace y en quién se
transforma al hacerlo.

La conciencia moral

El conocimiento moral particular

La conciencia moral es el juicio concreto que la persona emite a la luz de la sindéresis sobre el acto singular. Por eso se
dice que la conciencia no es juez autónomo o árbitro de la ley o crea la ley, sino que la descubre y la toma como guía.
Para que un acto sea recto, no bastan los primeros principios ni la ciencia moral es preciso un nuevo tipo de saber
directivo, sumamente particularizado, que ya no es visión intelectiva ni saber científico universal, sino la virtud
intelectual y moral llamada prudencia. Como toda virtud, la prudencia es un hábito que mueve a emitir juicios exactos y
precisos sobre el bien y el mal. Para llegar a conocer la moralidad de una acción concreta, la sindéresis y la ley natural
proponen el elemento principal; la ciencia moral aplica el principio general a la acción determinada; la prudencia
considera esta acción; y la conciencia juzga. En todo este proceso cabe la posibilidad de error. Si bien la sindéresis no se
equivoca, la conciencia sí puede hacerlo en la medida en que no se adecue a lo determinado por los primeros principios
morales que indican dónde está el bien y dónde el mal.

Modalidades de la conciencia

La conciencia, en relación con el acto, puede ser:


a) antecedente: cuando juzga sobre un acto que se va a realizar ya sea para mandarlo, permitirlo, aconsejarlo o
prohibirlo;
b) consecuente: cuando juzga un acto ya realizado para aprobarlo, si fue bueno y esto da lugar a la alegría o satisfacción,
o bien para reprobarlo como malo, causando dolor o remordimiento.

Teniendo en cuenta su conformidad con la ley moral, la conciencia puede ser:

a) verdadera o recta: cuando juzga la bondad o malicia de un acto rectamente, en conformidad con la ley moral;
b) errónea o falsa: cuando juzga en desacuerdo con la ley moral, al considerar buena una acción que es mala o viceversa.
La causa del error de este juicio es la ignorancia, cuya naturaleza y modalidades ya se han estudiado en el capítulo III.

Según el tipo de consentimiento con que el sujeto asiente al juicio de conciencia, ésta puede ser:
a) cierta: es la que juzga con firmeza que un acto es bueno o malo, sin temor a errar;
b) probable: no posee seguridad completa, dictamina sobre la moralidad de un acto sólo con probabilidad, inclinándose
por una de las posibilidades;
c) dudosa: el temor de equivocarse la lleva a suspender el juicio: no se decide por la bondad o maldad del acto.

Principios para seguir la conciencia

a) sólo la conciencia cierta es regla de moral


b) además de cierta, la conciencia debe ser verdadera o invenciblemente errónea, para ser regla de moralidad.
c) la conciencia venciblemente errónea no es regla moral legítima
d) no es lícito actuar con conciencia dudosa

La conquista de los valores morales: formación de la conciencia

La conciencia no pone en tela de juicio el valor de la ley moral, sino la adecuación de los actos personales a esa regla el
hombre tiene obligación de adquirir, mediante la formación, una conciencia verdadera y cierta.
La dignidad de la persona requiere obrar con conciencia formada rectamente.

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