Indices y referencia en Peirce
1. PRAGMATISMO Y «VERDADERO»
Charles 5. Peirce (1839-1914) ha sido conocido durante algún tiempo
por la formulación de una máxima que explica el significado de términos
generales a través de las consecuencias experimentales que tendrían, en
ciertas circunstancias, las oraciones en las que figuran esos términos.
Esta máxima, al menos según alguna de las formulaciones que de ella
dio Peirce, está muy cerca de lo que después se llamó criterio operaciona-
lista del significado. Peirce quiso proponer con la máxima una hipótesis
() Convenciones de las referencias a la obra de Peirce:
Collecred Papers of Charles Sanders ¡‘circe (ocho volsj. VoIs. 1-6 editados por C.
Harsthone and P. Weiss, 1931-1935. (1. PrincipIes of Philosophy. II. Elements of Logie.
III, Exact Logie (Published Papers). IV. The Simplest Mathematics. V. Pragmatism
and Pragmaticism. VI. Scientific Metaphysics). VoIs. 7 y 8 editados por A. W. Burks,
1958. (VII. Science and Philosophy. VIII. Reviews, Correspondence and Biblio-
graphy), Cambridge. Mass.: Belknap Press. La referencia se da indicando el número
de volumen y el parágrafo correspondiente: p. ej.. 6.179 es el volumen VI. parágrafo
179,
Wrftings of Charles Sanders ¡‘circe: A Chrono/ogica/ Edition. M. Fisch ed. Vol. 1. 1857-
1866. (1982). Vol. II. 1867-1871. (1984). Vol. III. 1872-1878 (1986). Vol. IV. 1879-1884
(1988>. Bloomington Indiana University Press. La referencia se da con las siglas SW.
número de volumen y página.
Semioties and Signíflc~. The Corresponden ce between Ch. 5. ¡‘circe and U Lady W’lhv.
Edited by C. Hardwick. 1977. Bloomington Indiana University Press. La referencia se
da con la sigla LW y el número de página.
lije New Elemenis of Alarhematics. Cuatro vois. en cinco. Editado por C. Fisele,
¡976. Ihe Hague: Mouton. La referencia se da con la sigla NF, número de volumen
y página.
Además de estos materiales he consultado los manuscritos originales de Peirce en
edición microfilmada, preparada entre 1963 y 1966 por The Houghton Library y Har-
Anales del Seminario de Meta/Ysica, N’ 25-1 991/1 55-1 93. lid, Universidad Complutense. Madrid
156 del Castillo, R.
que explicara cómo se comprenden los términos a través del concepto de
«resultados observables>, ¼
Se ha mostrado concluyentemente que Peirce se vio llevado por algu-
na de estas versiones de la máxima a un problema: la explicación de la
naturaleza de los condicionales contrafácticos. El modo como se com-
prende el significado de una expresión se puede concebir traduciendo la
expresión a un condicional cuyo antecedente prescribe ciertas operacio-
nes que han de realizarse. y cuyo consecuente especifica ciertos fenóme-
nos observables que tendrán lugar como resultado de esas operaciones sí
la proposición es verdadera: «el pragmatismo es el principio de que todo
juicio teórico que se exprese en una oración en modo indicativo es una
forma confusa de un pensamiento cuyo único significado —si es que tie-
ne alguno— está en su tendencia a confirmar a la máxima práctica co-
rrespondiente que se puede formular como una oración condicional.
cuyo antecedente está en modo imperativo» (5.18). «El significado de una
palabra es... la suma de predicciones condicionales con las que la perso-
na que usa esa palabra tiene la intención de hacerse responsable...» (8.176).
El significado de «duro», para utilizar el ejemplo de Peirce. se podría es-
pecificar mediante la paráfrasis: «no rayable por otras substancías», o
mejor. «si lo rascas con otras sustancias, entonces no se rayara».
Este tipo de criterio dc significado proporciona una explicacón plausi-
Ile del modo como los usuarios de un lenguaje comprenden algunos tér-
minos, pero sí se toma el contenido del condicional asociado con «duro»
como siendo extensionalmente edíuivalente a la disyunción lógica «o no
se rasca con otra sustancia o no se raya», entonces, mientras no se raye
un diamante, la disyunción será verdadera, y en consecuencia podemos
inferir tanto que un diamante es duro como que un diamante no es duro:
es decir, es verdad que un diamante es duro y que un diamante no es
duro mientras no pase el test del rayado, pues uno puede decir «si p en-
tonces q» y «si p entonces no q» en todos los casos en que p esté sin
cumplir. El modo como Peirce expone esto en 1878 es algo distinto pero
vard Uníversí ty. Sigo la n u merado n cIada en el Annotated Ca¿alogue of ¡he Pa¡ers of
Charles Sanders Peirce, 1967. Richard Robín (cd,). Amhersí Uníversíty of Massaeh u s—
sets Press. (Agradezco al profesor J. Verical las facilidades que me ha propo rcio nado
para consultar este material), La referencia se da con la sigla MS y el número de
manuscrito.
Todas las traducciones de este escrito son un las.
1. «,., deseo mostrar lo imposible que es que tengamos una idea en nuestra mente
que no se relacione con otra cosa mas que con los concebibles efectos sensibles de las
cosas. Nuestra idea de algo es nuestra idea de sus efectos sensibles.» (540lY <<Unnsi—
dérense aquellos efectos de un objeto de una concepción que podrían coneebiblemen-
te tener consecuencias prácticas. La concepción de esos efectos es la c<)ncepcion total
dc ese objeto” (5.402).
Indices y referencia en Peirce 157
absolutamente equivalente a lo que se acaba de decir2. El hecho es que
Peirce, consciente de este problema. introduce años después, en «Tssues
of Pragmatism», importantes variaciones en la formulación de la máxi-
ma. Esas variaciones introducen asunciones en virtud de las cuales expli-
quemos la plausibilidad que damos a una generalización del tipo «Todos
los diamantes son duros». Intentan a su vez evitar otro absurdo al que
también podría conducir una mala comprensión de la máxima: el de de-
cir que no podemos entender un enunciado hasta después de que haya
sido verificado3. Peirce habla entonces de una especificación del signifí-
2. Peirce presenta esta situación en 1878 hablando de los diamantes que no han
pasado el test del rayado o que. por alguna circunstancia, no 1<) pasarán. En la medi-
da en que afirmemos la ley «lédos los diamantes son duros,, y su consecuencia prác—
#ie41 «si este día manie ¿w objero de un iest no resulta rayado>’. entonces no puede tener
diferencia práctica lo cíue sostengamos de un día m ante que nunca es objeto de un
test: «No hay diferencia en absoluto entre una cosa dura y una suave mientras no se
sometan a un test... podemos preguntar qué nos impide afirmar que todos los cuerpos
du ros son ab sol nl a mente suaves ha st a que los tocamos.,. 1 .a reflexión mostrará que la
respuesta es ésta: no habría falsedad a lgtí na en ese modo de hablar, 1 mpl icaria una
modificación de nuestro uso actual del lenguaje respecto a las palabras cliiro y suave.
pero no (le sus significados. Pues no representa que un hecho sea diferente de lo que
es: 1<> único que implica son ordenamientos torpes de los hechos...». (5,403).
3. Corrigiendo la posición de 1878 (vid. nota ant.) dice en 5.457: «Decir, como da-
ba a entender el art íeu lo de 1878. que es así como un arbitrario «u so del lenguaje» cíe—
cicle urga ni zar sus pensamientos es tanto como tomar pa rti do contra la real dad de la
cual clad. dado que lo real es aquel lo que es tal cual es. con independencia de cómo
pien se en cuatí u ier momento que es...”. En realidad, las variaciones que Peirce i ntro—
dujo en la form u 1 ación de la ná xi ma pragmática pueden entenderse [a mbién Como
un a precision del concepto de «condiciones tic asertabí 1 idací”. Haciendo uso de Las
distinciones que propuso en su pionera leona cíe actos tic habla (vid. 2.315. 2.334-339.
2.252. 3,433. 5.543, 5.473-476. 5.547. NE IV. 248-249. MS 517, MS L-75. vid tb. Brock
1981). Pci ree conecta la noción (leí ¿ictc cíe aserción cte tina proposicion con la expí
c;ició n <leí sigo i Watlo: «El significado cíe un a palabra es... la su ma tie predicciones
Co lid iC ion a cts con las cítie la persona que usa la palabra tiene la intención de hacerse
responsable...» (8.176), Perc, si este principio se aplica a enunciados sob re sucesos del
pa SacIo. ptiecle Co ncl dcir a con u sio nes 5’ pensamos q tic la propc>sic ion que expresa—
vms se refiere :i la evide nci a futura. 1) ice Pcirce: «no puede tener signí ficado hacerse
respo nsab le cíe ti n suceso pasatlc i nclepencliente mente de stí ftítu ra confirmación, Pe-
ro afirmar un a proposición es hacerse responsable cte su verdad, Así que el único sig—
ni fiCado t¡ nc puede tener ti ¡vi aserción sob re un stíceso pasadc> es que. si en el futuro
se conti rma stí verdad, a si qtíeda rá cleterm i nado su significado (5.548., vitI. tb. Hook—
way: 1985 y Ayer: 1968), Ureo que las correcciones que voy a explicar evitan precisa-
me n te el malentendí do a que puetie co)n clticí r el texto, a n tericir y que cometieron algn—
n<,s positivistas a ños después: cí nc el s ignificaclo cte ti n a oración en líe m PO pasado
consiste en las investigaciones, informes históricos o docu mentales que han de hacer-
se en el futuro para contrastarlo, Puede que en ocasiones Peirce se exprese cte esta for-
lila. pero el luturo al que alucie se expresa en términos ideales, cte modo que el con—
158 del Ciastillo, R.
cado a través del concepto de la posibilidad de verificación. La forma de
los condicionales, mediante los cuales se expresaría el significado de tér-
minos generales como «duro», sería contraJ’óctica: «si se hubiera rascado
con otras sustancias, no se hubiera rayado». Al hablar de verificabilidad,
la máxima exige tan sólo una explicación de cómo podría ser una prueba
confirmatoria característica y cuáles sedan sus resultados, no que la
prueba se lleve a cabo: o sea. se exige tener una idea de los tipos de obser-
vaciones que constituirían pruebas en contra o a favor de la verdad de un
enunciado, y no que hayamos de ser capaces ahora, en el estado actual
de investigación, de poder crear las condiciones para hacer esas observa-
ciones o de disponer de un método para ponerlas en práctica en un nú-
mero fínito de pasos u observaciones. En consecuencia, la aceptación de
una generalización del tipo «todos los x son A» no exige completa verifi-
cación, aunque bastaría un caso para falsaría. No puedo entrar aquí en
más detalles sobre este punto. Considero que la mejor explicación de las
variaciones que Peirce introduce en la máxima y su relación con el pro-
blema de los contrafácticos la ha realizado Peter Skagestad, aunque Ayer,
hace ya bastantes años y desde otra óptica. desarrolló interesantes refle-
xiones sobre ese mismo problema en su exposición de Peirce (vid. Ska-
gestad: 1981, cap. 3: Ayer: 1968).
Lo importante para la discusión que quiero plantear es que Peirce, fue
consciente de que la decisión entre generalizaciones como las del ejem-
pío anterior («los diamantes son duros» o «los diamantes son suaves»)
no se explicada sin una interpretación adecuada de los condicionales
con antecedente incumplido, por una razón fundamental: sí se careciera
de medios para entenderlos. también se carecería de medios para enten-
der el concepto de ley y de confirmación, así como gran parte del uso en
nuestro lenguaje de términos disposicionales, que para Peirce no eran
sólo los predicados terminados en «-ible’> o «-able». sino también predi-
cados como «es duro». «es rojo», etc.
Lo cierto es que la necesidad de una explicación no extensional de los
giros condicionales expresa en Peirce una posición de consecuencias mu-
cho más generales: la existencia de lo que llamamos un estado de cosas
es real sólo por referencia a nuestra comprensión de ese estado en térmi-
nos operacionales, o sea. a través de giros condicionales. A su vez, la exis-
tencia real de un estado de cosas es independiente de que sc proporeto-
nen de hecho, en un estado de la investigación, pruebas confirmatorias.
aunque no puede ser absolutamente independiente de alguna prueba que
se pudiera proporcionar en condiciones ideales. Un condicional se entien-
de entonces, desde esta perspectiva, como un principio de inferencia ma-
junto de pruebas que se toman como confirmatorias de la verdad del enunciado es
sólo una aproximación al conjunto ideal de pruebas que confirmarían a la larga la
verdad del enunciado (vid. tb. 5.556), y no la evidencia disponible.
Indices y referencia en Peirce 159
terial (lo que Peirce llamó un guiding principie —principio rector—) que
no depende de la determinación de caso dado alguno para su aceptación,
sin que eso signifique que se acepte independientemente de toda determi-
nación de casos de aplicación, sino sólo que no hay ningún caso particu-
lar de cuya determinación dependa su aceptación. Esto es, en esencia, lo
que Peirce viene a decir con el ejemplo de la dureza. Pero el tema no aca-
ha aquí.
El problema de las condiciones de verdad de los contrafácticos puede
incluso ayudar a entender cómo concibe Peirce el concepto de verdad: la
naturaleza de los condicionales podría haberle conducido a la identifica-
ción de «verdadero» con «afirmación justificada» y a hablar de condicio-
nes de asertabilidad para los contrafácticos en vez de condiciones de ver-
dad. Si fuera así, un contrafáctico no sería verdadero ni falso en forma
independiente de una situación de conocimiento dada: sólo sería una
manera de indicar las inferencias admisibles en esa situación concreta.
Pero Peirce no identificó «verdadero» con «que se puede afirmar justifi-
cadamente aquí y ahora». Veámoslo: (i) Peirce nunca mantuvo que «ver-
dadero pero que no se puede asertar justificadamente» tenga sentido.
Que «verdadero» y «que se puede afirmar justificadamente» son dos co-
sas no equivalentes en sentido formal se puede mostrar con el ejemplo de
Ayer (vid. Ayer: 1968): Supóngase que se pide a alguien que tome dos pa-
pelitos y que escriba en uno de ellos una lista de proposiciones verdade-
ras y en el otro una lista de proposiciones que cree firmemente, pero de
forma que las listas sean mutuamente excluyentes, que ninguna proposi-
ción verdadera figure en la lista de aquellas que cree firmemente, y que
ninguna de las que cree esté en la lista de proposiciones verdaderas. Esto
es algo que esa persona no podda llevar a cabo racionalmente, aunque lo
que se le pide no es ningún caso auto-contradictorio. Se podría llevar a
cabo la tarea por casualidad si resultara que las proposiciones que se
creen firmetnente resultan ser de hecho falsas, y en la lista de proposicio-
nes no creídas se eligen sólo proposiciones verdaderas. La cuestión de sí
una proposición es verdadera es lógicamente independiente de la cues-
tión de si uno la cree verdadera pero el hecho de que no podamos llevar
a cabo tina acción racional al querer hacer la lista, muestra que asertar
«creo que p y p es falsa» o «no creo p y p es verdadera» es una contradic-
ción pragmática. Asi es como se pueden entender los textos de Peirce don-
de parece mantener lo que luego sc vino a llamar teoría de la redundan-
cia de «verdadero>’. En «The Fixation of Helief~> dice: «...el único objeto
de la investigación es el de establecer una opinión. Podríamos especular y
decir que eso no nos es suficiente y que lo que buscamos no es meramen-
te una opinión sino una opinión verdadera. Pero sométase a prueba esa
idea y se probará que no tiene fundamentó. porque tan pronto como al-
canzamos una creencia estable nos hallamos totalmente satisfechos inde-
pendientemente de que esa creencia sea verdadera o falsa. Está claro que
nuestro objeto no puede ser algo que esté más allá de la esfera de nuestro
160 del (‘astillo, R.
acontecimiento, porque algo que no afecta a la mente no puede ser un
motivo para la acción mental. Lo máximo que se puede mantener es que
buscamos una creencia que pensaremos que es verdadera. Pero que es ver-
dadera lo pensamos de cada una de nuestras creencias, y, en efecto. afií-
marlo es una mera tautología» (5.375>.
Según esto, «es verdad» no añade contenido informativo o semántico
a nuestras creencias, o, dicho de forma más general. no es una propiedad
de un lenguaje. un conjunto de creencias o una teoría. Si acaso, y según
lo que se deduce de la teoría de la aserción de Peirce. seda una propiedad
del uso de ese lenguaje. En última instancia, puede entenderse que lo que
Peirce está mostrando es que no es lo mismo una definición que un criterio
de verdad (vid. tb. 1.574. donde explica el carácter nominal de la defini-
ción de verdad como correspondencia).
(u) Aun cuando Peirce mantiene que la comprensión de la no-equiva-
lencia entre «verdadero» y «que se puede afirmar justificadamente» no
sirve para explicar que una oración verdadera es aquella que se corres-
ponde con la realidad (vid. 5.384. 5.533, 5.554. 8.126>, su dilucidación del
concepto de verdad intenta dar cuenta de la posibilidad de convergencia
del conocimiento científico. Para Peirce, una presuposición del método
científico, y por ende un presupuesto de la razón, es precisamente la
asunción de un mundo independiente de las representaciones que de él
tenemos en un momento, aunque no de toda representación posible. Su
teoría de la verdad es por eso una teoría de la verdad como límite: «ver-
dad es la correspondencia de un enunciado abstracto con el límile ideal
hacia el que una investigación ilimitada conducida a las creencias cíenti-
ficas» (5.556). Obsérvese que en esta definición incluye la idea de corres-
pondencia, pero obsérvese también que el texto anterior es más bien una
explicación del modo como damos contenido a esa idea. tina oración es
verdadera si pasa satisfactoriamente las pruebas que se tomen como con-
firmatorias de la correspondencia del enunciado con la realidad, y esas
pruebas o constreñimientos operacionales son en sí mismas algo a lo que
nos vamos aproximando en la investigación y no algo estiptílado. Los
constreñimientos operacionales no son por tanto estipulaciones del signi-
ficado de los términos. No tienen la lerma: «p es verdadero si sc observa
este o aquel resultado». Y no lo son. acletuás. por algo que Peirce pareció
tener en consideración (vid. Almecler: 1980): porque no podemos correla-
cionar nuestras teorías con la experiencia oración por oracion. sin~> pro-
babil isticamente. Estos contreñimientos ideales son los que impondría cl
conjunto cíe investigadores si observasen y experimentasen ilimitadamen-
te. Esto tiene relación con 1<) que dijimos antes sobre la existencia real dic
los estados de cosas que entendemos en forma de condicionales porque
la aclaración del concepto de verdad que sc acaba de enunciar es parale-
la a la asunción de que «...por un lado, la real iclací es incfcpendl iente. no
necesariamente dcl pensamiento en general. sino sólo cíe lo qtíe tú o yo o
un número finito dc personas podríamos pensar cíe ella; por otro, aunque
Indices y referencia en Peirce 161
el objeto de la opinión final depende del contenido de aquella opinión
(on what that opinion is). no por eso el contenido de aquella opinión de-
pende de lo que tú o yo o cualquier hombre pensemos». (5.048: vid th.
SW. III, p. 28 y ss.). Como se ve. Peirce no identifica verdad con justifica-
clon: se supone que la verdad es una propiedad constante de un enuncia-
do, mientras que la justificación puede perderla. Por ejemplo, con toda
probabilidad el enunciado «las ballenas son peces» era afírmable justifi-
cadamente hace siglos pero hoy no lo es. Sería contraintuitivo decir que
«las ballenas son peces» era verdadero entonces, pues eso significaría que
las ballenas no eran lo mismo que ahora, que algo ha dejado de ser una
cosa para ser otra. Lo que Peirce hace es. más bien, identificar «verdad»
con «justificación ideal». Y. ¿por qué hace eso? Bien, creo que porque. sí
ni siquiera la identificara con ésta, o sea, si la idea de verdad sobrepasan
incluso a la de justificación ideal, el realismo que sostendría sería (para
decirlo en términos kantianos) metafísico y no empírico4.
4. Esto es una forma cte introducirse en la relación que Peirce tiene con Kant. La
interpretación peirceana (le Kant es en cualquier caso un tópico central en la obra de
Peirce y demasiado amplio como para entrar aquí en él (vid. Murphey: 1961. Skages-
tací: 1981 y Hookway: 1985). En realidad, la critica de Peirce a Kant se deriva de la
comprens ion cltic Pci rce tiene del concepto kantiano cíe Cosa—en—sí (vid. 5,257. 5.452.
5.525. 8.13). y aqu i no voy a discutir cómo leyó Peirce la tesis cte la Cosa—en-si.
Lo único que me interesa para la discusión qt¡e me ocupa es que cuando se dice
que la verdad es independiente cte la justificación aquí y ahora, pero no de toda justi-
licacion. se está postulando un concepto cte verdad como limite y esto tiene al menos
ti na i nspi racio n ka ntia na a unq tic no es ti n idea lismo trascendental. También es a si
como. después cíe Pci rce. otros «realistas» han i nterpretaclc> a Kant. y me refiero espe—
ci al mente a Put na m (vid1. Pu t na m: 1990. p. 41).
La cl isti ucíón a la cíue aludía entre un real is mo como el cíe Peirce y un realismo
metafístico consiste en que, según el primero, si tanto un enunciado como su nega-
ción pucíi eran afirmarse justificada me nte. entonces no podemos (lar sentido a la ictea
cte que ese enunciado posea un valor cfe verdad, Peirce lo expresa así: «La verdad es
la prc>p edad que se liga a una proposicion abstracta que una person a podría afirmar.
Esta propiedad dcpencie esencial mente de que no se tome esa proposícion como total-
mcii te verdadera. Espera mos que a 1<, largo del progreso de la ciencia su error clism
nu va í ncleli pitia mente, igna1 qtíe el error cíe 3.14159. el valor que le ciamos a n. di smi—
nuira incletinidaniente conforme la medida avance más decimales. Lo que llamamos
r es el límite ideal (leí que ni ngcí na expresión numérica puede ser absolutamente ver-
claclera. Si nuestra espera es va ini. sí con respecto a alguna cuestión... no ini porta
cuá ntci ci tire la ctisccísión o cíe qtíé métodos científicos lleguemos a disponer, si ntínca
llega ciii mo mento en el qtic ací ni ita nios o qtic esa cuestión no tiene signi ficado o que
una resptiesta u c>tra es una expí icaciOii (le los hechos, entonces no hay verdad con
respecto a esa cuestión>, (5.565>,
Si el concepto de verdad fuera totalmente independiente del de justificacion. sí
con la idea dIC verdad quisiéramos díecir algo que sobrepasara incluso a la justifica-
ción ideal, el realismo que mantendría Peirce sería metafísico y no pragmatista:
162 del Castillo, R.
Analizar la consistencia de este «realismo pragmatista» ha requerido
y sigue requiriendo gran parte de la atención de los estudios que se dedi-
can a Peirce. Su obra ofrece muchas formas de adentrarse en ese realis-
mo. Su teoría de la percepción y su lógica abductiva son de las más inte-
resantes. Hay, sin embargo, una posibilidad más modesta para introdu-
círse en el realismo de Peirce: su teoría de los índices y del objeto dinámi-
co. ¿Y cómo puede conectarse la teoría de los signos indicadores —una
parte de su semiótica— con su realismo pragmatista? (John E. Smith
dice: hay al menos dos maneras en las que Peirce expresa el correlato
«...
real o la independencia de la cosa real respecto del pensamiento. Una es
su concepto del índice o signo indicador, la otra es la doctrina del objeto
dinámico» (Smith: 1983)).
Sugeriré aquí que la explicación que Peirce ofrece de la relación entre
sentido y referencia y más concretamente de la conexión entre el compo-
nente indicador de un lenguaje y la hipótesis realista, es similar, no digo
igual. a la que produjo Putnam cuando conectó la teoría de la «referencia
directa» con su realismo. Esta comparación es posible —de hecho ya la
ha considerado aunque muy brevemente Peter Skagestad (1981: 128-131)
—porque, además, se ha propuesto otra, más general, entre el realismo de
Peirce y el de Putnam a propósito de sus conceptos de verdad
Nc> podemos —explica Pci rce en 1.554— aclarar el concepto cíe verdad con la idea
de correspondencia con la realidad. Que algo es real significa que posee una propie-
dadt con independencia de que haya una representación de ello corno poseyendo esa
propiedad: «muy bien, pero dime qué significa decir que un objeto posee una propie-
dad.., el único signi ficado que podemos ciar a la frase cíe qcíe u ría cosa «posee ti na
propiedad’> es el cíe q cíe algo es verdadero cte ella’>. Otros textos muestran el mis mo a
gumento: «Si habría o no realidad, es un problema del metafisico. no cíe1 logico. l n—
cluso si el metafísico decide qcie donde no hay verdad no hay realidad, aun así, la cus-
tinción entre eí carácter de la verdíadí y el cte la realidiad es preciso y definido.» (5.565)
(1.574). «Según los principios pragmatistas. la realidad no es nací a excepto la verdad cíe
los en u ííciadlos en los qcme se afirma eso real’, (NF.: IV 161—162).
5. Christopher l-íookway ha dicho: «Podemos aceptar que en la obra de Peirce
nos encontramos con umía ilustración cíe la tesis cje Pu tu a ni dIc que si a hatído na nl 05
alguna forma de idicalismo trascendental nos veremos forzados —si no querernos ver-
nos con clucicíes al escepticismo— a adoptar un a versión cíe idealismo objetivo cj ue
gara otice la concordancia de n diestras facu 1 tacles cognit i vas comí la real dad” (FIí,c>k—
way: 1983. p. 287), Sin embargo, ha siclo Peter Skagestacl quien ha sugerido más acer—
tacla níemíte los pu ntos cíe contacto entre el «rea lismo imiterilo,’ cíe Pu tn a ni y el rea lis—
mo pragmatista de Peirce (vid. Skagestad: 1981. p. 5).
Yo creo que en Reason. Truth and Hisrorv. el ec~ncepto cíe verd ¿mcl cte Pu tu a ni enea ja
prácticamente con cl que he explicado en esta seccion: verdad como justificación
,deal, Además. Putnam Mude explícitamente en el segundo capitulo al concepto peir-
ceano del conjunto ideal de predicciones condicionales (o cc,nstreñimienlos operacid)-
nales) para criticar la concepcion positivista cíe la cíe nci a. La cli st inció mí de Putn a ni
Indices y referencia en Peirce 163
Limitaré aquí la comparación con Putnam al tema del componente
indicador del significado de un signo. Putnam ha dicho: «La referencia
de nuestras palabras se determina (en algunos casos) tanto por el entorno
no-humano como por otros hablantes... la referencia de términos como
«agua». «leopardo’>, «oro» y otros, está lijada parcialmente por los pro-
pios organismos y sustancias. Como el pragmatista Ch. 5. Peirce mantuvo
hace mucho, el «significado» de esos términos está abierto a la ilimitada
investigación científica del futuro» (Putnam: 1990, Pp. 109-110). Obsérve-
se aquí la conexión entre la participación del entorno mismo —ligada se-
gún Putnam con el componente indicador de los términos— y la tesis de
Peirce sobre el carácter abierto de la especificación del significado. Pues
bien, es ésta la conexión que me interesa y a la que aludiré aquí.
entre realisnio metafísico y un realismo empírico (o. como él lo llama. «realismo in-
terno”) a través del concepto de justificación ideal, constituye —como en Peirce—
una reinterpretación de Kant. Esto se observa especialmente en «Referemice and
Truth” (Putnam: 1983. p. 85. y Putnam: 1990. p. 41). En The Manv kbces of Realism.
Putnam utiliza el análisis de la probabilidad de Peirce en «Ihe Doctrine of Changes”
conlo tín ejemplo que ilustra un problema importante para la teoria general de la ra-
cionalidad. aunque acaba criticando el concepto peirceano de justificación a la larga.
(Putnaní: 1987. espc. «The Importance of Peirces Puzzle”). Todo esto, sumado quizás
al hecho de qtte Putnam ha ido conípaginando progresivamente sus trabajos episte-
niológicos con otros sobre ética. normatividad. etc se puede tomar como evidencia de
un desarrollo interesante de los pragmatistas y especialmente del Peirce tardio. (Su in-
terés. además, no se circunscribe a Peirce, y Dewey es objeto de análisis en «Episte-
mology as Hypothesis”).
Sin embargo, Putnam ha calificado de malentendido la comparación entre su
concepto de condiciones epistémicas ideales y el peirceano: «Mucha gente ha pemísa-
cío que mi idealización era la misma que la de Peirce... una situación (‘ciencia acaba-
da) en la que la cotnun iclad esta ría emí posición para justí ficar todo e nunci acto verda—
clero (y descartar todo enunciado falso)» (Putnaní: 1990). No puedo entrar aquí en es-
te punto. pcrque implica tina disetísión niás general sobre Putnam.
Lo único que quiero poner aquí de níanifiesto es que la relación entre Peirce y
Putnam merecería ser estudiada más a fondo sí es que se quiere emítender adecuada-
mente la recuperación del pragmatismo clásico. Recuérdese que Rorty en Consequen-
ces of Pragmatisin decía: «si el pragmatista quiere ser sabio, no) ha cíe sucumbir a la
tentación ole rellenar el espacio vacio cíe: «5 es verdadera si y sólo si 5 es asertable
“ co)n «en el Ii n cíe la investigación» d) «según los esquemas de nuestra cultu-
ra’>. c’ con cualquier otra cosa,.. Muchos pragníatistas (incluyéndome a mí mismo) no
hemos siclc, lo suficientemente sabios conío para no sucumbir a esta trampa. La defi-
nición de verdad de Peirce como aquello hacia lo que converge la investigación me
ha pa reciclo siempre una buena forma en la que uiJ pragmatista puede atrapar la in-
tuición realista cíe que la Verdad es Una, Pero el pragmatista no debería intentar ha-
cer eso, He de agradecer a las discusiones con Putnam que me haya persuadido para
rechazar las seducciones de la definición de Peirce. aunque —claro está— las razones
que tiene Putnaní para hacerlo no son las mías” (Rorty: 1982).
164 del Castillo, R.
Mi propósito, pues, es introducir cierta parte del realismo de Peirce
acudiendo a sus explicaciones sobre el fenómeno semiótico de la indici-
dad. No mantengo que Peirce desarrollara una teoría de la referencia di-
recta como la de Kdpke o Putnam. Sólo mantendré que Peiree buscó en
su teoría de los índices lo que al realismo de Putnam le proporcionó, al
menos hace unos años, su explicación del componente indicador de los
términos generales.
II. SIGNIFICADO Y REFERENCIA
Para Frege. la relación entre los signos y la realidad era indirecta, me-
diada por significados. entidades conceptuales intersubjetivas que consis-
tían en el modo de presentación de la referencia. Sabemos que Peirce,
además de desarrollar una lógica cuantificacional independientemente
de esto es Frege. diseñó también algunas distinciones en su semiótica (es-
pecialmente la de objeto inmediato y objeto dinámico de un signo) que se
pueden poner en relación con las de Sentido y Referencia de Erege. Sin
embargo, hay razones para pensar que la distinción de Peirce, aun co-
rrespondiendo en lo esencial a la de Frege. ftínciona de otro modo. Aquí
no trato de comparar los modelos de uno y otro, sino tan sólo apelar a
una comparación que pueda resultar útil.
La semiótica de Peirce se caracteriza por un modelo triádico constitui-
do por la acción de elementois mediadores entre expresiones y objetos.
Peirce intenta recoger parte de la tradición que va de Ockham a Locke:
las ideas, para parte de esta tradicion. son signos que significan cd)nceptos.
su contenido: a su vez, los coticeptos esrón por cosas. Dice [‘circe: «el ob-
jeto de ttn signo es una cosa: su significado otra. Su objeto es la cosa u
ocasión a la que se aplica atmnqtme no esté definida. Su signilmeacion es la
idea que liga a ese objeto. sea en la forma de una suposición. o como una
orden. o como una aserción» (5.6). o «es importante distinguir las dos
funciones de una palabra. Primero: denotar algo —estar por algo. Segun-
do: significar algo, o corno dice Mill connotar algo>’ (MS 345). También, se
decía, los conceptos retienen las marcas felevantes epistémicamente para
reconocer al objeto. Para Locke —recuérdese—nos daban esencias noníi-
nales. Pues bien, Peirce también habla en muchas ocasiones de las repre-
sentaciones como contenidos que retienen los rasgos necesar¡o.s para la
identificación del objeto. lo que en su primera época llatna «base»
(ground) dc una representación: los signos están por un objeto «no cmi
cuanto a la totalidad de sus aspectos sino por referencia a una especie cíe
idea que a veces he denoníinado base (ground) del representaníen”
(2.228).
El concepto cte significado en su modelo sem iotico se d il ucicla a través
de la idea de traducción: «El significado de cualquier proflrencia. inscrip-
emón u otro signo es stí tracíticción a ti n signo más conveniente paní lo>s
Indices y referencia en ¡‘circe 165
propósitos del pensamiento. pues todo pensamiento tiene lugar en forma
de signos» (MS 94): «El significado de un signo es el signo al que debe
traducirse>’ (4.132): «el significado es la traducción de un signo a otro sIs-
tema de signos» (4.127). 0 sea, el significado de un signo se especifica a
través de otro signo o conjunto de signos que se dan conjuntamente con
aquél o que podrían darse en su lugar.
Esto permite entender el modelo más abstracto que Peirce formula:
«Un signo es algo A que lleva a algo B ..su signo interpretante determina-
do o creado por él, a tener la misma clase de relación con algo C. su obje-
to, que él níismo tiene con C.>’ (NE:IV. 20-21). El carácter mediador de
unos signos respecto a otros hace que Peirce los llame interpretantes (in-
terpretants): «un signo es sólo un signo in actu en virtud de que recibe un
interpretante, o sea en virtud de que determina a otro signo del mismo
objeto» (5.509). El concepto de interpretante es casi la piedra de toque de
toda la semiótica de Peirce. De hecho. éste clasifica distintos tipos de in-
tercambiabilidad, esto es. de interpretantes. Esto es muy importante (vid.
.Jakób: 199<)). pero lo que interesa retener ahora es. para entendernos, que
ttn interpretante es «...la “significación”. o mejor. “interpretación” de un
signo» (5.184).
Otro aspecto muy importante en estas definiciones es que las relacio-
nes de intercambiabilidad no se conciben en acto, sino virtualmente: «el
significado no reside en lo que actualmente se piensa, sino en aquello
con lo que este pensamiento puede conectarse en la representación. me-
diante pensamientos su bsigttientes. cíe mamíera qtme el signi ficado cte un
pensamiento es algo completamente virtual» (5.289).
Así que [‘circe tío está exactamente diciendo: el significado se espeei-
fica dando otro signo que traduce al primero. El significado no se reduce
a los signd)s-sustitución que podamos dar en un momento. Permitáseme
ilustrar este punto) con un ejemplo de Wittgenstein. Podemos. decía Witt-
genstein. ver esta ligura
como agujero triangular. como cuerpo. apoyado sobre su base, caído so-
bre un costado. como cuña. flecha o aguja. etc podemos ver la figura
como esto. o como aquello. En cada caso, lo que vemos es un objeto in-
tencional: pero esto dítie la figura pocí ría ser. o sea, como podría ser vista.
no es símíi plemente otra ligu ni.
Quien dice veo como aun podna querer decir
cosas muy diversas —comenta Witteenstein (vid. Wittgenstein:1988. PP.
461. 473).
166 del (?astillo, R.
Peirce venia a decir algo similar: Un significado no es susceptible de
de/7nirse No podemos~, de una vez, dar un conjunto definido de condicio-
nes de aplicación de una interpretación. Dar el significado no es simple-
mente dar otra figura: cada figura es un objeto intencional, pero el signi-
ficado es lo que tienen en común varios objetos intencionales. Un signo
puede funcionar como signo en la medida en que es susceptible de inter-
pretarse y la interpretación siempre tiene lugar en la forma de otros sig-
nos. El significado, por decirlo así, circula por la cadena aunque ningún
miembro lo posee en acto. El significado es más bien la regla de consis-
tencia de la cadena. Se entiende que si los signos se tienen como objeto
unos respecto a otros. Peirce esté hablando hasta este momento de objeto
o conjuntos de objetos como algo interno a las redes de representación, a
los sistemas de signos o teoría, y eoncluya de forma general: «El objeto
de la representación sólo puede ser una representación cuyo interpretante
es la primera representación» (1.339). Esto aclara el concepto de interpre-
tante: signos que pueden llegar a ser mediadores entre otros signos y su
objeto. Los signos son tomados unos respecto a otros como objetos, y por
eso unos son interpretantes de otros. «porque cumplen el papel de un in-
térprete que dice que un extranjero dice lo mismo que él dice» (1.553). La
flechita del ejemplo de Wittgenstein interpreta al signo anterior porque
dice que la otra figura representa lo mismo que ella representa. Sin em-
bargo, el único modo que tenemos de representar lo que el segundo signo
representa es dar sucesivas traducciones, o sea, otros signos.
Sin embargo. para Peirce. afirmar que una traducción no capta del
todo el significado y referencia de unos signos no implica que no poda-
mos encontrar un esquema de traducción mejor. Ciertamente, decir que
habda algo así como una sinonimia real al margen cte los procedimien-
tos factibles cíe interpretación, sería un contrasentido: «La idea cíe signifi-
cado es tal que envuelve alguna referencia a un propósito... parece natu-
ral usar la palabra significado para denotar el interpretante intencional
dc un síníbolo’> (5.175): «la laxitud de interpretación que constituye la in-
determinación de un signo debe entenderse como una laxitud que podría
afectar al logro de un propósito, pues dos, .signos cuyos significados sean
equivalentes para todos los propósitos son absolutamente equivalentes».
(5.448 n.). Esta idea de equivalencia respecto a los contextos de intencio-
nes se relaciona directamente con lo que Peirce mantuvo sobre la vague-
dad e indeterminación en eí uso de los signos (vid, P.C. 5..i()5, 5.447-449.
tb. Brock: 1979 y Nadin: 1983). Dc esos análisis de Peirce sobre vaguedad
parece seguirse que la idea cte una mismidad del sentido y la referencia
de varios términos independiente de los procedimientos de interpretación
no tendría para él sentido. Pero, no obstante, tampoco hay que olvidar
que [‘circe introduce la idea de convergencia entre traducciones o inter-
pretaciones: reconocer que tín signo no traduce con exactitud el sentido y
la referencia de otro signo es sólo reconocer que es posible encontrar una
traducción mejor, no que ninguna traducción pueda captar el sentido y la
Indices y referencia en Peirce 167
referencia reales: «el objeto de la representación sólo puede ser una re-
presentación cuyo interpretante es la primera representación. Pero una
sede ilimitada de representaciones. cada una de ellas representando a la
anterior, podría concebirse como poseyendo un objeto absoluto como li-
mite. El significado de una representación no es sino una representación.
De hecho no es otra cosa que esa misma representación concebida como
desprovista de su ropaje irrelevante. Pero este ropaje nunca puede ser to-
talmente eliminado sino sólo sustituirse por algo más diáfano. Así que se
produce un regreso infinito... el interpretante es otra representación a la
que se entrega la antorcha de la verdad y, como representación que es,
tiene a su vez su interpretante. He ahí otra regresión infinita» (1.339).
Como en su teoría de la verdad, Peirce introduce aquí la idea de un
contexto ideal para la aplicación de una interpretación. Decir que una
traducción de un signo no es perfecta es, según él, pedir un desarrollo
mayor de ese signo en otros. Además no podríamos siquiera decir en qué
se diferencia una interpretación de la otra si no se pudiese traducir (vid
tb. .Jakób: 1990). Pero cuando dice que una serie de interpretaciones o teo-
rías pueden tener un objeto como límite, da precisamente el paso que
Quine no da cuando afirma: «No tiene sentido decir cuáles son los obje-
tos de una teoría hablando en sentido absoluto, sino cómo una teoría so-
bre unos objetos es reintcrpretable en otra... no tiene sentido decir cuáles
son los objetos de una teoría como algo distinto de decir cómo interpretar
o reinterpretar esa teoría en otra. Supongamos que trabajamos dentro de
una teoría y estamos tratando con sus objetos. Dentro de esta teoría basv
ca podemos mostrar cómo alguna teoría subordinada, cuyo universo es
un fragmento del universo básico, puede reducirse, mediante una reinter-
pretación. a otra teoría subordinada cuyo universo sea algún fragmento
más pequeño. Hablar de teorías subordinadas y de sus ontologías es sig-
nificativo, pero sólo en lo relativo a una teoría básica con su propia onto-
logia primitivamente adoptada y en última instancia inescrutable» (Quí-
ne: 1969. pp. 50-51). No puedo detenerme en este punto, pero desde luego
la comparación entre la tesis de la indeterminación de Peirce y la de Qui-
nc merece más análisis0’.
6. Son las ideas de Peirce sobre la presencia de elementos no controlados en la
percepción y su opinión sobre el modo holista de conferir evidencia a una teoría lo
que podría poner en relación su tesis de la indeterminación de la referencia con la de
Quine. Para la diferencia entre ambas tesis véase Almeder: 1980, 33-44 y Hintikka:
1976. Hay que recordar también que Kuhn ha analizado la conexión entre «traduc-
ción» e «interpretación» en «Comensurability, Comparability, Communicability» y
que. según él, algunas familias de términos de los lenguajes que queremos traducir no
pueden de hecho traducirse, sino interpretarse. E «interpretar» para Kuhn, a diferen-
cia de traducir, consiste en una situación en la que no conocemos dos lenguas y las
correlacionamos, sino precisamente una situación en la que el intérprete sólo dispone
168 del (‘astillo. R.
Todo lo anterior muestra en cualquier caso que Peirce introdujo un
concepto de convergencia de interpretaciones en condiciones ideales, e
ilustra de forma más general su concepción del significado corno ¡raductí-
bilidad, clave de toda su semiótica.
La exposición que be hecho resalta intencionadamente un punto:
algo así como que la noción de significado es relativa a las intenciones y
contextos y que en algunos casos el significado ha de entenderse como el
modo de presentación de un objeto. Sin embargo. esta tesis se ha de pre-
cisar. Peirce dice también que el objeto «es independiente del signo: y sin
embargo deberíamos decir que el objeto no puede ser otra cosa que lo
que el signo representa que es. Por lo tanto, para reconciliar estas dos ver-
dades, aparentemente contradictorias, hay que distinguir el objeto inme-
diato y el objeto dinámico». (LW. p. 198). Distingue entonces Peirce entre
«objeto inmediato» y «objeto mediato o dinámico» de un signo: «Es
usual distinguir dos objetos de un signo. el mediato, fuera del signo, clin-
mediato en él... El objeto mediato es el objeto fuera del signo. Lo llamo
dinámico. El signo debe indicarlo por alusión y esta alusión es, al menos
en su sustancia, el objeto inmediato» (LW, 83).
El inmediato, dice en 4.536. es «el objeto tal como el signo lo repre-
senta y cuyo ser es dependiente de la representación que de él se da en el
signo». En 8.183. «el Objeto en tanto conocido en el signo y por lo tanto
una idea», esto es, algo interno a la representación. De lbrma general, y
ateniéndose a bastantes textos, el objeto inmediato habría de ponerse en
relación con aquellos aspectos del objeto que se retienen en su represen-•
tación.
Lo importante es que para Peirce esos significados (los objetos inme-
diatos) son sólo el modo de alusión a la referencia (objeto dinámico):
ellos solos no determinan a aquello a lo que se aplican: «el signo sólo
puede representar el objeto y hablar de él, pero no puede proporcionar
conocimiento (acquaintance) o reconocimiento de él» (2.231): «el conoci-
miento (acquaintance) no puede ser dado por una representación o des-
cripción». (8.183).
En una carta a James de 1909 explica qué naturaleza tiene el objeto
dinámico: «Debemos distinguir entre el objeto inmediato —esto es, el ob-
jeto tal como es representado en el signo— y el objeto. no digamos el real
(porque puede ser ficticio...) sino dinámico, aquél que según la naturaleza
de las cosas el signo> no puede expresar sino sólo indicar y dejar que el in-
térprete dé con él por obsenacián colateral Por ejemplo, aptinto mi dedo a
cte un lenguaje. En esos casos, <¿interpretar» es más bien un niodo de adquisición cíe
una lengtía parecido al modo co mo adquirimos cíe niños míucstra pr ~pa lengua, es
decir, aprendiendo a reconocer caracteristicas distinguibles de objetos para las qtme
nuestra lengua no ofrece términos descriptivos,
Indices jv referencia en Peirce 169
lo que me refiero, pero no puedo hacer que mi interlocutor sepa que
quiero decir si no lo ve, o si viéndolo no está en su mente segregado de
los objetos circundantes del campo de visión» (8.314).
El ejemplo ilustra algo del carácter de este objeto. aunque también
puede distraer la atención sobre el punto esencial del argumento. El dedo
apuntando no determina mejor la referencia que una descripción, incluso
si acompaña a la proferencia de palabras indicadoras como «esto» y
«eso», porque. como reconoce el propio Peirce estas palabras son usadas
«para que el interlocutor lleve a cabo un acto de observación, pero no
proporcionan ayuda al hacer la observación» (4.157). Sustituir una repre-
sentación del objeto, una descripción del objeto, por un acto de ese tipo
no soluciona las cosas; un acto de ostensión requiere tanta competencia
linguistica como una descripción, o quizá más: primero se ha de saber
qué es señalar, segundo se requiere competencia sobre qué tipos de cosas
se señalan7. Esto es a lo que Peirce se refiere cuando dice que el oyente
ha de saber cómo estoy separando del continuo espacial circundante lo
que estoy indicando. La referencia u objeto dinámico —parece sugenr
Peirce— se podría determinar más,~q través del uso reiterado de observa-
ción colateral: por ejemplo, puedo observar otros contextos de uso de
aplicación de expresiones e intentar por induccidn excluir elcínentos co-
presentes del campo original en el que se inc quiso señalar por primera
vez el objeto de referencia. «Observación colateral» ha de incluir obser-
vación del modo como el signo encaja en otros contextos con ciertos tro-
zos del mundo. El objeto dinámico «se impone a la mente en la percep-
ción. pero va más allá de lo que la percepción revela» (LW, 196).
Cuando Peirce asocia la referencia con la indicación, no puede man-
tener la falsa idea de que la indicación sola pueda determinar vínculos
directos entre sistemas de signos y trozos del mundo al margen de los es-
quemas conceptuales. creencias o redes de intenciones, etc. que permiten
identificar y clasificar trozos del mundo. Sin esos esquemas la indicación
es. por decirlo así, ciega. Y si es así, no tiene sentido preguntar cuáles o
qué son los o>bjetos dIc un sistema de signos hablando absolutamente,
sino preguntar cómo ese sistema es interpretable o reinterpretable en
otro. O sea, no tiene sentido preguntar cuál es la referencia, como no sea
para reinterpretar un sistema en otro. Lo cierto es que la inescrutabilidad
del referente es tina expresión dc la tesis de [‘circe de que «todo signo tie-
ne un objeto singular, aunque ese objeto singular puede ser un conjunto
singular o un continuo de objetos» (5.447): si los objetos nadan en conti-
7. Si apunta mos a un circulo rojo de papel podenios estar refiriéndonos a un ma-
terial, a una forma o a din color. FI gesto cte señalar a su vez ha de ser comprendido
de cierta fornía porque puede significar que se nombra algo. pero también que se
<>irece o se prc>h ibe algo.
170 del Castillo, R.
nuos, el recorte de un continuo es algo que la ostensión sola no propor-
ciona. Por eso no tiene sentido decir de qué estamos hablando o cuál es
nuestra ontología, como no sea para reinterpretar un modo de hablar de
objetos en otro. No admitir esto parecería contradecir los puntos mismos
de partida de la semiótica de Peirce. Peiree encuentra en su modelo se-
miótico un punto de apoyo precisamente para esto: el signo debe tener
un objeto. pero algo es sólo objeto de un signo si tiene también la natura-
leza de un signo. Este era, en esencia, su modelo. De este modo, qué sean
los objetos dependerá radicalmente de los esquemas que nuestro sistema
de signos posea para discriminar objetos.
Pero ahora nos está diciendo que los esquemas por sí solos no deter-
minan aquello a lo que están destinados a aplicarse. Si se quiere salir de
este círculo, ha de ampliarse el tipo de conocimiento que requiere saber
usar el signo, y por eso Peirce precisa lo que entiende por aquella obser-
vación que nos pone en contacto con el referente: «la observación colate-
ral no tiene que ver con la familiaridad con un sistema de signos. Lo que
se aprende así no es colateral, sino sólo los prerrequisitos para compren-
der la idea que significa el signo. Por observación colateral me refiero al
previo conocimiento (acquaintance) de lo que el signo denota» (8.179):
«el objeto del signo es aquello con lo que se presupone un conocimiento
(acquaintance) para poder transmitir alguna información sobre él» (2.232).
Es cierto que si la distinción de objetos. su determinación, sólo fuera
posible por medios lingílísticos nos moveríamos en un círculo, porque la
captación de las situaciones a las que se refieren los términos presupone
en cierto modo esas determinaciones. (Un círculo como éste se puede pre-
sentar en un lenguaje si (i) por un lado, suponemos que la referencia de
los términos se aprende observando cómo cambian las condiciones de
verdad de las oraciones en las que pueden aparecer: oraciones que hace-
mos corresponder con estados de cosas holisticamente, es decir, todas en
bloque y no componente a componente. Y (u) por otro lado, que las con-
diciones de verdad de las oraciones son un resultado de la composición
de la referencia de sus partes, en cuyo caso presupondríamos justamente
la determinación independiente de la referencia de cada parte).
Sin embargo. Peirce parece referirse a algo mucho más general: cuan-
do se dice que los sistemas de signos. los lenguajes, determinan a través
de conceptos la experiencia, no se está diciendo que el lenguaje determi-
ne lo que experimentamos. Un lenguaje nos proporciona conceptos que
son medios para describir objetos de experiencia. Por ejemplo, un predi-
cado, sea P, permite distinguir cosas que son P de las que no lo son. Pero
el que un objeto determinado sea P o no. no está prejuzgado por la len-
gua: debe decidirlo la experiencia. Por esto, algunas veces utiliza una me-
táfora que ilustra este punto: un lenguaje se compara con una red de rela-
ciones que, como un mapa. sirve para hacer posible la determinación de
un punto: «Se pretende que los diagramas... proporcionen una mejor
comprensión de los estados de cosas, se los experimente, lea o imagine.
Indices y referencia en Peirce 171
Sin embargo, una figura así no puede mostrar a qué es a lo que está desti-
nada a aplicarse. propósito que no puede cumplir ningún otro diagrama.
El dónde y el cuándo de la experiencia concreta. o la ocasión o cualquier
otra circunstancia identificadora del posible objeto al que se ha de apli-
car el diagrama. son cosas que no pueden ser exhibidas diagramática-
mente. Describe, describe y describe, pero nunca podrás describir un
dato, una posición... Podría objetarse que un mapa es un diagrama que
muestra posiciones: e indudablemente lo es, pero no hasta que se com-
prenda la ley de proyección, y ni siquiera entonces si no se identifican
previamente al menos dos puntos del mapa con puntos de la naturaleza.
Pero. ¿cómo puede llevar a cabo un diagrama esa identificación? Si un
diagrama no puede hacerlo. el álgebra tampoco, pues ésta no es sino una
especie de diagrama: y si el álgebra no puede, entonces el lenguage tam-
poco: pues el lenguaje no es sino un tipo de álgebra. En un sentido del
término, seria desde luego extravagante afirmar que no es posible infor-
mar acerca de qué estamos hablando, pero. en otro sentido, es del todo
cierto» (3.419).
Esto, dicho en dos palabras. significa que para Peirce. en algún senti-
do, representar presupone la capacidad de referirse a algo. Volviendo al
ejemplo anterior: el lenguaje deja también indeterminado qué objeto
puede ser P o no ser P. es decir, de qué objeto se está hablando. Se podría
conectar este punto de vista con el resto de su trabajo sobre indetermina-
ción y vaguedad (vid. Brock: 1979 y Nadin: 1983). pero se puede entender
a partir de lo anterior por qué Peirce llegó a pensar que los procesos mdi-
ciales tenían un papel importante en la identificación de la referencia5.
8. A riesgo de adelantar la discusión insistiré en la relación de esta posición con
las astínciones realistas cíe Peirce. Obsérvese que no todos los pragmatismos coincidi-
rán en lo que Peirce quería decir. Wirtgenstein decía que sólo con el predicado «P> se
apre noIia n a clisti ngu ir cosas c¡ ue somí P y cosas dlue son no— P. (Wittg. 1988. pf. 381).
Ciertamente, es con eí uso cíe «P» como expresamos una diferencia objetiva. Cuando
aprende mos el uso del predicado podemos asociarlo con algu mía experiencia cual itati—
va semejante en varios casos, pero como no todo lo que nos parece P. lo es. y a la in-
versa, esa setneja misa no proporciona un criterio necesario ni suficiente de aplicación.
Para Wittgenstein es entonces el uso intersub¡etivo cíe «P» lo que proporciona la dis-
tinción P/no-P. Sin embargo. desde el punto de vista que he expuesto antes el hecho
cíe que el criterio de aplicación sea público no suprime la diferencia entre la regla de
uso y el criterio dc aplicación. La regla de uso proporciona el criterio de aplicación.
perol el hecho cíe que se satisfagan las condiciones que expresa eí criterio no es una
dcci sión co)nvetlcio)na 1. o sea. mio está comí tenido en la regí a. La regía general sob re el
uso cíe «P» no tlice qué cosas son P. Se puede admitir que lo real es lo intersubjetivo.
esto es absolutamente peirceano. Pero podríamos decir que muchas interpretaciones
no se emiten en virtud de la convención sino que a veces compartimos convenciones
P0N ue nuestra experiemící as coi ncicle n general mente. Ad ni i ti r esto es ací mití r lo sufi—
172 del castillo, R.
Hl. LA TEORIA DE LOS INDICES
Peirce usa el término índice (mdcx) en su teoría de signos para referir-
se a una clase de signos relacionados con su objeto por algún tipo de co-
nexión existencial o factual,
En realidad, Peirce no habla en su semiótica de tipos exeluyentes de
signos, sino de tipos de relaciones que un signo puede tener con su obje-
to. La distinción entre los índices y otros tipos de signos no es por eso
discreta, sino continua. Pero aunque Peiree dice cosas muy relevantes so-
bre este tipo de problemas propios de la semiótica, lo que interesa para
esta discusión es que la teoría de los indices se puede entender corno una
teoría de la identificación. Thomas Goudge lo entendió así (vid. Goudge:
1964). cuando puso de manifiesto los aciertos y contradicciones a que
Peiree se vio llevado por su modelo de indicidad. Goudge sugidó que la
situación que Peirce toma como paradigma de una teoría de la identifica-
ción es lo que Strawson llamó en Individuos «identificación demostrativa
de particulares» (vid. Strawson: 1959. p. 19). Esto es cierto de algunos ca-
sos que expone Peirce, pero desde luego conduce a explicaciones con-
traintuitivas si no se relaciona ese modelo con el resto de sus ideas sobre
la relación de un signo con su objeto inmediato y su objeto dinámico.
En su sentido más amplio, las formas de relación que Peirce llama
no-degeneradas entre los índices y sus objetos son concebidas en muchos
textos en términos causales. la relación que une al signo y al objeto es
factual o existencial: «un índice es un signo que se refiere al objeto en
virtud de estar realmente afectado por ese objeto» (2.248) (vid. ejemplos
en 2.283-291). Los signos que determinen su objelo por la relación exis-
tencial que mantienen con él se pueden utilizar con fines comunicativos;
de hecho, en su teoría de la asercion se dice que no hay comunícaemon
sin indices, pero aun así Peirce intenta caracterizar un tipo de signos que
pudieran ser índices aunque no se los usara en la comunicaemon: o sea,
un signo. sea x. tal que, aun cuando x se esté usando con fines comunica-
tivos como índice dey, un intérprete podría entender correctamente que.x
ciente para el realismo que Peirce quiere hacer compatible con su pragníatismo. De
hecho, el propio Wittgenstein llega a admitir que hay una diferencia entre los niéto-
dos de medición y la aplicación de una medida. léase: entre las convenciones genera-
les de uso de un término (las instrucciones para medir) y los ejemplos del término en
casos particulares: «a la comprensión por medio del lenguaje pertenece no sólo una
concordancia en las dlellniciones. sino también (por extraño que esto pueda sonar)
una concordancia en los juicios. Esto parece abolir la lógica pero no lo hace —una
cosa es describir los medios de medida y otra hallar y fornítílar resultados dIC mccli—
ciones. Pero lo que llamamos «medir» está también determinado por una cierta c<)ns—
tasícia en los resultados cíe mecí ic o nes>, (ibid. pf. 242) (La argtí inc Vacio mi a nteri<)r si-
gue a la de Kutschera: 1971).
Indices y referencia en Peirce 173
es índice de y sin darse cuenta o sin plantearse la hipótesis de que x se
está usando con propósitos comunicativos. Con el ejemplo de Alston, un
aviador que sobrevuela una isla puede considerar que una columna de
humo es un índice de que la isla está habitada, sin darse cuenta o sin
plantearse siquiera la hipótesis de que el humo se estaba produciendo
precisamente para comunicar esa idea. Lo que aquí se quiere mostrar es
que columnas de humo y vida humana suelen estar conectadas existen-
cialmente, y eso basta para que el humo se tome como índice de vida hu-
mana. No es condición necesaria que se use intencionalmente. En cam-
bio, si un naúfrago emite señales de humo según algún código. el aviador
no podrá entender que ciertos dibujos de humo significan socorro sí no
supone que los dibujos se están produciendo intencionalmente para
transmitir una idea
Esto arroja alguna luz sobre el tipo de relaciones que quiere caracteri-
zar Peirce con la teoría de los índices. No obstante, resulta obvio que
Peirce no puede aplicar la idea de conexión causal definida de esta forma
a todo lo que quiere incluir bajo la categoría de los índices, y flexibiliza
el concepto de la conexión existencial que une a objeto e índice hasta lle-
gar a decir que «el indice está por su objeto en virtud de su conexión con
él. no importa que la conexión sea natural. attificial o meramente men-
tal» (8.368n). Una vez se reconoce ese punto, lo que acaba por caracteri-
zar a los índices para Peirce es que no se necesita conectar necesariamen-
te con su uso lo que llama asociaciones por semejanza: es decir, son sig-
nos que determinan su objeto sin mediación de significados generales o,
si se quiere, sin mediación de conocimiento por descripción. Resulta es-
pecialmente interesante notar que es así como el índice desempeña su pa-
pcI en un contexto de interpretación: identifica el objeto de discurso
(2.295, 8.411, 2.248, 2.299).
En 2.330, un índice es cualquier elemento que proporcione contacto
con el objeto del signo, «como el contexto de los interlocutores o cual-
quier cosa que dirija la atención en ese contexto como un dedo apuntan-
do». Los índices que se utilizan con fines comunicativos son expresiones
de intenciones referenciales de un discurso, o del habla: lo que distingue,
por ejemplo, un habla sobre el mundo de las hadas de un habla sobre el
mundo real, u otro universo posible de discurso, no son medios descripti-
vos, sino índices. (8.365. 2.337, 2.536, 5.152). Ninguna descripción distin-
gue tipos de universo de discurso: los significados de los términos son los
9. Con otros indlices. como) señala Alston. como los bostezos, ocurre algo> distinto,.
Si creemos que un bostezo se ha prodt¡cido intencionalmente para que los intérpretes
piensen que se tiene sueño, justamente si se cree eso, entonces no se considera que el
bostezo sea un indice real del sueño (vid. Alston. 1964). Veáse Goudge: 1968 para indi-
ces establecidos a través cíe conexiones causales.
174 del Castillo, R.
mismos en un cuento que en un contexto de habla ordinaria, la distin-
ción entre una cosa y otra se lleva a cabo con signos como «erase una
vez...», pero también con miradas o gestos o entonaciones, señales no
descríptivas que ayudan a determinar la relación del habla con el mun-
do, índices del tipo de mundo al que se quiere hacer referencia: «el objeto
de discurso no puede ser descrito en términos generales,~sólo indicado»
(3.363); <(el níttndo real no puede ser distinguido de uno ficticio por des-
cripción alguna. Se ha discutido a menudo si Hamlet está loco o no. Esto
ejemplifica la necesidad de indicar que se está queriendo hablar del mun-
do real. La realidad es dinámica, no cualitativa. Sólo un signo dinámico
puede distinguir a ese mundo del de la ficción. Es verdad que ningún len-
guaje. hasta donde yo sé. tiene una forma particular de discurso para
mostrar que se está hablando del mundo real. No es necesario, pues los
tonos y miradas son suficientes para mostrar cuándo el hablante es since-
ro. Esos tonos y miradas actuán dinámicamente sobre el oyente, y hacen
que atienda a realidades. Son, por lo tanto, índices del mundo real»
(2.337). «En toda proposición las circunstancias de su enunciación mues-
tran que se refiere a alguna colección de individuos o de posibilidades,
que no pueden ser adecuadamente descritos sino que pueden sólo ser in-
dicados como algo familiar al hablante y al oyente. Unas veces podría ser
el universo fisico. otras el «mundo» imaginario de alguna obra de teatro
o novela...» (2.536).
Esto pone de manifiesto que las cosas más interesantes que dice Peir-
ce sobre el índice atañen al contexto pragmático de uso de los signos,
donde se utilizan para mostrar la relación intencional del habla con la
referencia. Un último texto precisa aun más su punto de vista: «Cuando
un niño apunta a una flor y dice «bonita», eso es tina proposición simbó-
lica: pues cuando se usa la palabra «bonita», ésta representa a su objeto
por virtud de una relación con el objeto. que no tendría si no se usa con
cierta intención y no fuera comprendido como tal signo (if it were not in-
tended and understood as a sign). Sin embargo, el brazo apuntando. que
es el sujeto de la proposición, normalmente indica su objeto por virttmd de
una relación con su objeto que existida aun cuando no se usara con esa
intención y no se comprendiera como tal signo. Pero cuando entra en la
proposición como su sujeto, indica al objeto de otra manera. Pues no
puede ser el sujeto de la proposición simbólica a menos que se tenga esa
intención con él y se comprenda como tal. Ser meramente un índice de la
flor no es suficiente: sólo llega a ser el sujeto de la proposición porque ser
índice de la flor es evidencia de que se tenía esa intención con él (is cvi-
dent that it was intended to be an mdcx)» (2.357).
Hasta aquí, la teoda de los indices es una descripción del uso contex-
tual de esos signos. El ejemplo del dedo vuelve a recordarnos ~-~lgo:un
dedo contiguo a un trozo de espacio puede usarse como índice del objeto
al que tenemos intención de referirnos. El gesto ostensivo del dedo apun-
tando puede acompañar a la proferecia de instancias (tokens> de palabras
Indices y referencia en Peirce 115
indicadoras, a las que Peirce llama en 8.365n «designadores» (designa-
Éions) y que son palabras que en cada una de sus ocasiones de uso locali-
zan al objeto de discurso por relación a la instancia (token) de si mismas
que en aquel momento se escribe o se pronuncia: pronombres persona-
les, pronombres demostrativos, pronombres relativos, nombres propios.
adverbios de tiempo y lugar, etc... mo. «Yo», «aquí». «esto», determinan
una referencia diferente según los cambios en las condiciones de emisión
donde tengan lugar. «Yo» no tiene diferentes significados en correspon-
dencia a esas diferentes referencias. Al contrario, los índices no son am-
biguos, tienen un único significado y justamente por esto es por lo que la
referencia varía’ de un contexto de emisión a otro de expresión. «El pro-
nombre —dice Peirce— es la parte del discurso que funciona como un
índice y que no es inteligible al margen de las circunstancias de enuneta-
ción» (5.152-153). El significado léxico de los índices no determina la re-
ferencia. sino que da una regla para determinar la referencia por relación
al contexto de enunciación de la expresión. La comprensión de los índi-
ces es la comprensión de las reglas según las cuales esas palabras adap-
tan su referencia al contexto. No podemos saber a qué se refiere alguien
cuando usa «esto» si no sabemos delante de qué esta profiriendo «esto» o
qué esta señalando. Este tipo de signos parecen proporcionarle un ejem-
plo en el que se puede determinar un objeto sin la mediación de elemen-
tos descriptivos. Sin embargo. el hecho de que necesitamos saber a qué
tipo lógico pertenece lo indicado por un índice basta para mostrar que el
uso de esas palabras va ligado al uso de términos generales. Un índice di-
rige la atención sobre algo, se usa —dice Peirce— «para que el interlocu-
tor lleve a cabo un acto de observación» (4.157): por eso, el interlocutor
It). La distinción de Peirce entre el signo como un tipo (type) y cada una de sus
instancias (token), es una de las clasificaciones de signos de su semiótica qtme más se
ha utilizado en la literatura posterior (Reichembach. Har-Hillel, Geodman. etc...).
Véase para la distinción de Peirce 2.244-246, 4.537. 8.334. 8.347, 8.363-364.
Por otro lado, hay que advertir que Peirce distingue en 8.365n los índices que lla-
ma designaiians cíe otros tipos die índices que. como dice. sirven para «afirmar he-
chos»: veletas, signos de latitud y altitud, relojes dic sol o patrones—medida (la yarda, el
metro). A éstos los llama reagenro y seria interesante discutir brevemente las condicio-
nes de su uso a través de algún ejetnplo. La descripción que Peirce da en 2.286 y 2.305
del carácter de la yarda-patrón conduce a una posición no muy distinta de la que
Wittgenstein mantiene con el metro-patrón de Paris. Estos índices designan objetos
<osimples» no como elementos últimos de toda representacton smc como medios de (a
representación, medios de comparación o paradigmas de los que no tiene sentido ha-
blar predicatívamente. Esto plantearía la posible coincidencia entre Peirce y el segun-
cío Wittgenstein. en que lo que llamamos elementos últimos o simples son cosas que
sólo pueden ser indicadas y no descritas (vid. Wittg.: 1988. 1, 48-50). Seguir con esta
comparación me llevaría demasiado lejos, pero conviene retener el carácter indicial
de los paradigmas para la discusión de la última sección.
176 del Castillo, R.
ha de saber hacia qué se está dirigiendo su atención: «Un designador no
puede denotar algo si la mente del intérprete no tiene ya conocimiento
(acquaintance) de la cosa que denota» (8.368).
El hecho de que la sola ostensión o las palabras indicadoras no pue-
dan identificar el objeto de referencia sin presuponer algún marco de in-
tenciones o creencias que ineluya conocimiento descriptivo, parece con-
tradecir la posibilidad de usarlos como medios de identificar la referencia
independientemente del contexto. De hecho, en 2.305 llega a decir que los
índices sólo se refieren a su objeto indirectamente, a través de descripcio-
nes o imágenes que se han creado antes de ese objeto. y en 5.75 vuelve a
plantear si los índices guardan un componente descriptivo envuelto en su
uso.
Sin embargo, Peirce advirtió que sin el uso de índices los métodos
descriptivos de identificación serían vagos, Un método descriptivo de
identificación no puede determinar el objeto del discurso, por una buena
razón que Peirce obtiene a partir de su teoría de los individuales: cual-
quier conjunción finita de descripciones o atributos verdaderos de un ob-
jeto puede ser una condición necesaria. pero nunca suficiente, para indi-
viduar o identificar el objeto. Siempre podremos determinar más el obje-
to. El individuo existe como un límite (vid. 3.93).
Cuando Peirce mantiene que las descripciones no bastan para identi-
ficar a un objeto, que «ninguna descripción general puede identificar a un
objeto» (5A47n). hace que su teoría de los indices vaya más allá y se en-
frente al problema de la referencia como una relación factual entre las
expresiones y lo que hay. Y cuando habla de forma más general del índi-
ce y lo asocia con las características de lo real, busca en esa teoría ele-
mentos que se puedan incorporar a su realismo y a su doctrina del objeto
dinámico. Esto explica por qué en la teoría de los índices se mezclan
consideraciones pragmáticas y semánticas. El modo de distinguir descrip-
ciones de algo real y descripciones de algo no real no es él mismo des-
criptivo. La forma como identificamos a un personaje histórico o a un
personaje actual no difiere dc la forma como se identificaría a un perso-
naje que nunca existió: damos descripciones, informes, modelos, etc....
pero las descripciones no aseguran la referencia a algo real. Puede que
las descripciones que nos han permitido hablar de algo resulten falsas, en
cuyo caso nos veríamos conducidos a tener que admitir que no hemos
hecho referencia a nada. Este problema se halla latente en la teoria de los
indices, y lo aclara más su teoría de las categorías, que no puedo abordar
aquí.
El caso de los nombres propios ilustra muy bien este problema: la
condición que a veces pone Peirce para hacer referencias con éxito a in-
dividuos es que <osean bien conocidos y distinguidos (rated) por un nom-
bre propio, de forma que una asercion sobre cualquiera de ellos es falsa
st cualquiera de esos individuos no tiene lugar realmente en su universo.
independientemente de lo que tú. o yo. o cualquier conjunto de hombres
Indices y referencia en Peirce 177
u otros seres inteligentes opinen que es o no es el caso» (4.354: subry.
mío). Obsérvese que aquí se relaciona el uso de un nombre propio pega-
do a su portador con el hecho de que el portador tiene una realidad
independiente ti
Otras opiniones de Peirce sobre los nombres propios son más ambi-
guas que éstas. A partir de muchos textos se llega a la conclusión de que
para Peirce los nombres propios connotan, significan: en 8.178 se trata de
la identificación de Napoleón en la oración «Napoleón was a lethargic
creature». Dice Peirce: «Si el hablante nunca ha oído nada de Napoleón
con anterioridad, la oración sólo significará para él que esa persona o
cosa a la que se ha pegado el nombre «Napoleón» fue una criatura letár-
gica. Es así, porque Napoleón no puede determinar su mente a menos
que el término en el contexto de la oración dirija su atención al hombre
correcto, y eso sólo puede ocurrir si, independientemente se ha formado
un hábito en él por el que ese término se asocia con una variedad de atri-
butos de Napoleón el hombre».
En MS 345 también dice: «Podemos reducir los términos tanto que es-
tén cerca de nada. o sea, que tengan un carácter individual ... Pero no,
nunca puedes reducirlo a un individual. ¿Diñas que Daniel Webster es
un individual? Lo es respecto al habla ordinaria, pero no lo es en sentido
lógico estricto. Pensamos en ciertas imágenes en nuestra memoria —una
tarima con una figura noble pronunciando un discurso patriótico y con-
vincente, una estatua, cierto material impreso— y decimos que el hombre
que pronuncia el discurso, y el hombre de quien se hizo la estatua y el es-
critor de ciertas obras tienen en común el ser Daniel Webster. Entonces.
incluso el nombre propio de un hombre es un término general del nomn-
bre de una clase, ya que nombra una clase de sensaciones y pensamien-
tos. Asi. el verdadero término individual, el esto y el eso absolutamente
singulares, no pueden ser alcanzados. Todo lo que tiene comprehensión
debe ser general».
Según estos textos, el nombre propio se usa para hacer referencia al
mismo objeto sólo si se presupone que el objeto es el mismo, y eso exige
un criterio de identidad expresado en términos de descripciones o atribu-
tos. Aunque de forma más confusa. Peirce vendría a coincidir en lo esen-
cial con Frege.
Sin embargo. son muchas las veces en que Peirce intenta atribuir a los
II. Si. como dice Peirce. «en el sentido que yo le doy... un objeto ficticio, en tanto
algo) singular. debe ser denotado por un nombre propio» (MS 612). entonces la condi-
ción anterior la cumple también un nombre propio en un cuento, pues «una vez mía-
gi miaclos 10)s person ajes llega a ser ti mí h ech<> real cómo se los ha i magi nado y esto no
puede clestruirse sólo por pensar que se pocírian haber imaginado de otro modo»
(5.152. ¡.433).
178 del Castillo, R.
nombres propios justamente la capacidad de denotar sin connotar, es de-
cir. mantiene que el origen de un nombre propio es demostrativo: o<... un
demostrativo o relativo fuerza la atención al objeto particular al que que-
remos referirnos (to the particular objeet intended) sin describirlo» (1.370):
«designa sin implicar caracteres en absoluto» (8.40): «denotan cosas sin
descríbirlas» (3.361): «Un significado consiste en las asociaciones de una
palabra con imágenes... un índice no tiene nada que ver con significados:
ha de hacer que el oyente comparta la experiencia del hablante mostran-
do aquello de lo que está hablando. Las palabras esto y eso son palabras
indicativas. Se aplican a diferentes cosas cada vez que tienen lugar»
(4.56). Eso muestra la importancia de las intuiciones de Peirce sobre el
modo de funcionamiento de este tipo de expresiones. En verdad, un nom-
bre propio funciona como un índice porque nos capacita en el uso del
lenguaje para referirnos públicamente a objetos sin acordar qué caracte-
rísticas descriptivas constituyen exactamente la identidad del objeto. Pero
Peirce buscó consecuencias más generales de este tipo de situaciones. Re-
cuérdese cómo, criticando a Royce. justifica la necesidad de un elemento
indicial en cualquier conocimiento descriptivo: «si el sujeto de discurso
hubiera de distinguirse de otro por un término general, o sea, por sus ca-
racterísticas peculiares, en verdad que su completa distinción requeririá
un conocimiento completo de sus caracteres y por tanto no incluiría la
posibilidad de un error» (8.41).
En 4.544 dice: «los nombres propios deberían considerarse índices
porque la sola conexión actual o real de instancias de la misma palabra
tipo con el propio objeto hace qe se las interprete como denotando su ob-
jeto»>. Según 2.329. «Un nombre propio, cuando uno se encuentra con él
por primera vez, está existencialmente conectado con algún percepto u
otro conocimiento individual del objeto individual que nombra. Entonces
y sólo entonces es un índice genuino. La siguiente vez que uno se en-
cuentra con él. uno ya lo considera un icono de aquel indice. Una vez
que se ha adquirido un conocimiento (acquaintance) habitual de él. se
convierte en un símbolo cuyo interpretante lo representa como un icono)
de un índice del objeto individual nombrado». Peirce quiere decir aquí
que el uso del nombre propio lía de incluir como parte de su compren-
sión en los sucesivos usos., después de su introduccion en un contexto
(una teoría, un cuento, etc...). algo así como la apelación o el recuerdo de
la relación existencial que tuvo con su objeto, y a esta apelación la llama
icono de un índice. Esta relación factual de un término con algo real pre-
sente en el momento de su introducción babia sido ya considerada por
Peiree cuando trató las relaciones de un signo con su objeto: «A esta co-
nexión real. fisica, de un signo con su objeto, sea inmediatamente o por
su conextón con otro signo, la llamo pura aplicacion demostrativa del sig-
no» (5.287). Esto es paralelo a la idea de que el papel del índice es condu-
cir al pensamiento a la experiencia particular o series de experiencias co-
nectadas por relaciones dinámicas (4.56).
Indices y referencia en Peirce 179
Una expresión es un nombre propio si y sólo si es posible introducirlo
como un indice de un individual. de tal modo que el nombre pueda ser
usado en situaciones diferentes de aquellas en las que el objeto está pre-
sente y señalado indicativamente. Pero se reconocen dos pasos. Primero,
algo así como el acto de bautizar al objeto. La relación dinámica (4.56)
entre el índice y su objeto en ese momento se entiende en términos no
descriptivos: «Los índices no asertan nada», dice en 2.291. «Si el índice
fuera interpretado, el modo gramatical sería imperativo o exclamativo,
como “iMira!”.» (ibid.). En el caso del nombre propio «Napoleón». el
imperativo corresponde al acto del bautismo: «Llámate Napoleón». En
este primer momento, la relación entre el nombre y el objeto es una rela-
ción existencial o real. Se entiende que las relaciones espaciales de conti-
gílidad son un tipo de la relación dinámica relevante aquí para Peirce: el
índice tiene «conexiones dinámicas (incluyendo espaciales) con el indivi-
dual...» (2.305).
En segundo lugar, tenemos que advertir el uso referencial del nombre
propio: o mejor podríamos decir el uso como parte de una oración en la
que hablamos de un objeto en una situación en la que no está presente.
Parece. pues. que el nombre, a diferencia de «éste». «aquí» o «ahora»,
está libre de contexto, pero el lazo entre la situación indicial primitiva y
cl objeto ha de conservarse según ciertas convenciones de un grupo de
hablantes: «Es verdad que un nombre como George Washington es un
débil sustituto de esto o eso, que debería prolongar la misma experiencia
a la que se hace referencia ante los ojos del intérprete» (NF. V. 175). 0
sea, para toda referencia en diferentes situaciones posibles de un nombre
propio, ha de haber un orígen deictico en una situación que es o fue
presente 2
Si Peirce estuviera manteniendo que el uso de un nombre propio ha
de poder conectarse en algún punto con su uso indicial primitivo en el
acto de nominación, se habría aproximado a la teoría causal de la refe-
rencia: la referencia se determina a través de cadenas causales. Hay un
acto de bautismo con el referente presente. Después, ese vínculo se trans-
mite de hablante a hablante. La referencia de un nombre propio depen-
dería entonces de algo dado existencialmente que ha jugado un papel
causal en la adquisición del uso del término y que determina a qué se re-
fiere. Un nombre propio. «x», se refiere a x si está en una relación de
continuidad causal con x: por ejemplo, si x es aquello que se bautizó con
«u>. La referencia de un nombre se fija gracias al hecho de que el ha-
blante individual que lo> usa está unido causalmente a otros hablantes
que están en situación de seleccionar al poseedor del nombre, o a algu-
nos nombres de los que procede ese primer nombre. Cualquiera que use
12. (‘itl Pape: 1982, Thibaud: 1987. Short: 1982, McCarthy: 1984.
180 del Castillo. R.
el nombre es un miembro de un colectivo que tuvo contacto con el porta-
dor del nombre.
Lo cierto es que cuando Peirce insiste en el origen demostrativo de los
nombres propios, o en general en la independencia de la capacidad refe-
rencial, utiliza ejemplos que de nuevo contienen la metáfora del mapa y
las coordenadas. Supongamos que intentamos sustituir índices como
«aquí» o «ahora» por descripciones de coordenadas. Esto no eliminaría
la indicidad temporal y espacial. puesto que el origen del sistema de
coordenadas al que se refieren las coordenadas introducidas y las direc-
ciones y unidades de su eje sólo se pueden enseñar y aprender con la
ayuda de signos indicadores. Aprender a usar coordenadas supone el uso
de índices. A partir de este ejemplo, Peirce intenta extender la idea a otros
casos para poner de manifiesto la necesidad que tenemos de separar la
función referencial de un lenguaje de la función predicativa o descriptiva.
Sea a través de este tipo de metáfora o de otras, lo cierto es que Peirce
no llega a admitir que el uso referencial de las expresiones presuponga
siempre un criterio descriptivo de identidad del objeto. Y en ese sentido
se separa de Frege. Para éste, una oración que contuviera índices no ex-
presaría un pensamiento (Gedanke) completo. Mejor diebo, dependiendo
del contexto se expresaría uno u otro pensamiento. Los índices eran para
él nombres propios degenerados: no determinaban la referencia sin ayu-
da del contexto. Además, para Frege los nombres propios lógicos tenían
significado, sentido. Peiree, en cambio, considera que el nombre es «aque-
lla parte del discurso que está en lugar de un pronombre y que puede ser
equívoco». (5.152-153). «No hay razón para decir que yo, tú, eso. esto, etc...
sustituyen al nombre; indican cosas de la forma más directa. Es imposi-
ble expresar a qué se refiere una aserción excepto por medio de un índi-
ce. Un pronombre es un índice. Un nombre no indica el objeto que deno-
ta. y cuando se usa para mostrar de qué se está hablando se requiere la
experiencia del oyente para enmendar la incapacidad del nombre para
hacer lo que el pronombre hace. Por eso, el nombre es un sustituto imperfis-
to del pronombre». (2.287 subry. mío).
Peirce intenta no aceptar la equivalencia entre el uso de indicadores
puros y descripciones, y su argumento discurre para el caso de los nom-
bres propios igual que cuando habla del origen indicador de la construc-
ción de coordenadas. Si se afirma que la referencia de un nombre se
aprende a través de las propiedades de su referente, entonces se está su-
poniendo que las descripciones se refieren a algo. Si la referencia se
aprende a través del conocimiento de un criterio de identificación del re-
ferente, entonces ya se ha supuesto lo que intentan atrapar las descripcio-
nes. Peirce intentó caracterizar un tipo de signos que permitieran hacer
referencia independientemente de los criterios de identificación dcl obje-
to a través de distintos contextos en los que tiene lugar ese objeto. Preci-
samente porque nos podemos referir sin significados, o sea, con un índice
desnudo, a x e imaginarlo que puede ser o podría haber sido eso en otros
Indices y referencia en Peirce 181
contextos. es por lo que podemos identificarlo como lo mismo en esos
otros contextos. El origen indicial de un nombre propio podría explicar
la idea de un indice que denota sin connotar. Que <a» se usa como un ín-
dice de x significaría que. aunque puede ser que a x no le correspondan
las propiedades que le atribuimos, no puede ser que x no hubiera sido x.
Dicho con otras palabras. aunque todo el contenido descriptivo ligado a
«x» se modificara. la relación indicial que liga «x» a x permanecería, aun
cuando x dejara de llamarse «x». Esto representaría una explicación
plausible de lo que Peirce exigió a su teoría de los índices.
No obstante, hay que reconocer que Peirce no mantiene una posición
definitiva y que en ocasiones sostiene que el uso dc los nombres propios
está mediado por sentidos. Esto es consecuencia razonada de la aplica-
ción al caso de los nombres de su modelo semiótico, según el cual las re-
laciones de sustitución entre signos y objetos vienen mediadas por redes
de representaciones intencionales. De acuerdo con este modelo, no ten-
dría sentido decir que el nombre se refiere a algo sin presuponer un crite-
rio de identidad del objeto.
Insistiría, para acabar con esta sección, en algo que ya he dicho. Peir-
ce intentaba buscar en su teoría de los índices bases para el realismo, es
decir, bases para la asunción del concepto de referencia como una rela-
ción que pone en contacto a los signos con entidades independientes.
Peirce no llega a conectar bien su idea general de índice con la idea de
referencia independiente del contexto intencional, aunque casi toda la
crítica viene a coincidir en que lo intentó. La teoría del índice le propor-
cionó, al menos, ciertas ideas que extiende a su epistemología.> como la
dc que la determinación del objeto de un sistema de signos hace interve-
nir necesariamente signos que entren en relaciones factuales con trozos
dIc1 mundo o que los significados que proporciona un sistema no bastan
para determinar su objeto.
IV. OBJETO DINAMICO Y REALISMO
Como ya he dicho. el modo que tiene Peirce de discutir el problema
de la referencia es la introducción del objeto dinámico de un signo o con-
junto de signos. Hay que precisar cómo se entendería esa noción en el
contexto más general de su teoría del significado 4 Su modelo semiótico
3. Véase taníbién la relación entre la i ndlicidadi y la teoría de la percepción de
Peirce en Pape: 1981 y Hookway: 1985.
14. En 8.183 y 8.314 se ofrecen ejeníplos más concretos de objeto inmediato y di-
mí nuco. En esos ejemplos, la olisti nción es más bien entre el objeto descrito en térmi-
íms fe no me mml stas y en té rmi nos realistas, Por ejemplo. habí anclo de la oración «el
sol es azul» dice Peirce: «Si por a¡.ulet se quiere decir el objeto inmediato, que es la
182 del Castillo, R.
y su máxima pragmatista le habían llevado a mantener que internamente
a un esquema de interpretación la distinción entre significado y referen-
cia se desdibuja: explicar qué es x es equivalente a proporcionar el signi-
ficado de «X».
Según el ejemplo de la carta a iames que comentamos, el objeto diná-
mico sólo se puede indicar: no se puede determinar proporcionando un
conjunto de propiedades necesarias y suficientes. Esto muestra ya el vín-
culo de esta noción con la dc índice. A la vez, según otras definictones. es
el objeto de referencia en condiciones ideales: «el objeto en las relaciones
que mostraría un estudio ilimitado y final» (8.183): «El objeto que puede
estudiar la ciencia dinámica, o lo que en nuestros días se llama ciencia
“objetiva”» (ibid.). Esto muestra la conexión del concepto con las posicio-
nes realistas de Peirce en el tema de la definición de «verdad». La cues-
tión es ahora: ¿cuáles son —si es que los hay— y qué papel tendrían los
componentes indiciales del significado de los términos generales. por
ejemplo términos de clases naturales. ¿cómo se relacionaría ese cotnpo-
nente con la idea de que el solo significado de un signo o conjunto de
signos no determina su objeto?
Bien, lo primero que hay que decir es que Peirce, además de asociar el
objeto dinámico con la indicidad tal y como vimos en 8.314. atribuye a
este una función próxima al de una condición para la convergencia dc
teorías y para la explicación del catnbio de significado. Esto es muy claro.
Short, por ejemplo, dice: «el objeto inmediato es el mundo o una parte
del mundo tal como el signo lo representa, mientras que el dinámico es el
inundo o la parte de él que determina realmente el éxito o fracaso dc
cualquier interpretación del signo». (Short: 1981, p. 214). Carl R. Haus-
man dice que el objeto dinámico «funciona como una condición para los
tests de predictibilidad y convergencia de teorías.... La concepción de
Peirce del objeto dinámico se dlise~a para proveer constrenimientos a
tina teo>ría científica. El objeto dli ná mico es lo que previene a una teoría
de ser radical mente relativa. El objeto dlinamico es ti n a condlicion pa mii
que haya refbrencia en el futuro» (Hausinan: 1987. p. 198). La opinión de
Short y [la istrían inc parece correcta, pero se podría ,¡ usti ficar más. Creo
que Peirce queda decir eso con su teoría del objeto dinámico, o sea, fue
cuali olaol cíe la sensació ti. eso sólo se puede co)nocer por percepe iómí ([<ccli ng). Si se re-
fiere ti no a ¡a comíd ición existencial. Real”, que causa que la u z cmiii cía tenga din a
longitud cíe o> tul a corta, en tonccs... se ha protacIo que la proposicion es vercí adíera.
‘Sol’ pociria significar la ocasión cíe sensaciomies variadas, en tanto objeto inniedliato>.
o pt>dría sign i imear. e mí lanto objeto> cli námico, nuestra interpretación normal dIc esas
sensaciones en términos de lugar. masa. etc...». Paralelamente a esta dlislimlcion, ha—
b ría cíe plantea rse la reí ación cnt re diese ri pciomíes dcl sen ti do común y ctescri pciones
científicas.
indices y referencia en Peirce 183
una forma de hablar de condiciones de convergencia, pero en cambio no
creo que dejara claro cómo operan ese tipo de restricciones o de condi-
ciones de convergencia en relación con el fenómeno de la indicidad. Me-
jor dicho: a partir de su teoría de los índices sólo se entiende que algunas
conexiones causales entre el lenguaje y el mundo explicarían cómo po-
drían funcionar esas restricciones, pero desde luego es a la luz de su tra-
bajo más general sobre inducción y abducción como se llega a entender
lo que tenía en mente. Aquí sólo nos ocuparemos de lo primero. Un
modo como se podría conectar la idea de convergencia con lo que Peirce
buscó en su teoría de los índices podría ser el modo en que Putnam co-
nectó su realismo con su teoría de la referencia directa.
Supongamos que en un momento se cree que las ballenas son peces,
es decir. se atribuye a las ballenas las características de los peces: de he-
cho. esto ha ocurrido. Pero según nuestro conocimiento biológico actual,
las ballenas no son peces. Entonces, el uso anterior de «ballena» no hizo
referencia ni a Moby Dick ni a sus semejantes, y el uso actual de cual-
quier término puede no hallarse en mejor situación que éste: podemos es-
tar equivocados, la investigación podría mostrar que no hemos estado ha-
ciendo referencia alguna. Putnam mostró a través de ejemplos como éste
el problema siguiente: si a la luz del estado presente de nuestra investiga-
ción ningún término de la ciencia de hace más de cincuenta años hacía
referencia, resultaría que en virtud de una gran inducción ningún térmt-
no usado ahora hace referencia.
Aun sin presentar el problema de esta forma, la teoría peirceana de la
verdad como justificación idealizada puede entenderse como un intento
de dar sentido a la idea de referencia como una relación a entidades ob-
jetivas. Si la ciencia progresa es que a lo largo de la investigación ha in-
tentado vérselas siempre con el mismo universo: nuestros antepasados
sólo creían que las mismas criaturas (que nosotros creemos que son ma-
míferos) eran peces. Este problema es lo que en realidad impulsa la ma-
yoría de los argumentos de Peirce sobre el carácter de la noción de refe-
reneta. Si esto es cierto. Peirce estaría diciendo que nuestros actos inten-
cionales (esencialmente creencias científicas y del sentido común) presu-
ponen la noción de referencia. Veamos en qué sentido.
Las intenciones científicas y del sentido común son que un término se
refiera sólo a aquellas cosas que estén en una relación de mismidad con
ejemplos que señalemos en el mundo real. Las definiciones ostensivas y
las operacionales tienen este mismo presupuesto. Y no obstante, como la
relación de mismidad es teórica, esto es, es una relación cuya determina-
ción atañe a las teorías científicas, tal determinación podría exigir un es-
tudio ilimitado y. por supuesto, cualquier aproximación a ella es falible.
Creo que un objeto dinámico, según la terminología de Peirce, es precisa-
mente el objeto de esas presuposiciones referenciales.
En otro momento dice Peirce que el objeto dinámico es «la Realidad
que por algún medio interviene en determinar al signo en su representa-
184 del Castillo, R.
ción (4.536). o «el objeto realmente eficiente, pero no inmediatamente
presente» (8.343). El último texto ha conducido a algunos a pensar que el
objeto dinámico es algo como la Cosa-en sí Pero no es cierto y el propio
Peirce lo aclara:«...en el análisis formal de una proposición. una vez que
se toma como predicado todo lo que las palabras transmiten, permanece
un sujeto que no se puede describir y que, a menos que se prescriba algu-
na forma de encontrarlo, sólo se puede señalar o indicar de alguna otra
manera. Sin embargo la Ding an Sk/I no puede ser indicada ni encontra-
da. y en consecuencia ninguna proposición puede referirse a ella, ni se
puede predicar de ella algo verdadero o falso» (5.525). La indicahilidad de-
termina en algún sentido de qué estamos hablando, pero. ¿cuál es ese
medio por el que el objeto constriñe en el signo o conjunto de signos su
posible representación?: ¿qué tipo de relación factual es ésa que une al
objeto con el signo? Sólo puede ser la relación que tiene el término con
su objeto si aquel tiene un componente indicial. Pero Peirce. según lo que
hemos visto, sólo insiste en la necesidad de indicar aquello a lo que tene-
mos intención de referirnos, sin concretar más la relación que tiene la in-
dicación y lo referido.
La presencia de indicidad en los términos generales se puede explicar
mediante la conexión del uso de los términos con la situación u objeto
que sirvió de paradigma cuando se produjo. Cuando se introduce un tér-
mino en un contexto de investigación, sea por primera vez, sea por exten-
sión de algún otro contexto, se presentan situaciones del nuevo contexto
que sirven como paradigma. Esto recuerda en algún sentido a los bautis-
mos de individuos mencionados en la sección anterior, sólo que ahora
hablamos de referencia de términos que se refieren a clases o a magnitu-
des fisicas: de forma que la identidad de la referencia del término depen-
de de la relación de mismidad de cualquier objeto al que se pueda apli-
car el término con las cosas particulares que funcionan como paradigma
y que podemos indicar con definiciones ostensivas u operacionales. En-
tiéndase, la definición ostensiva «esto es litio» sólo dice que algo es litio
sí es lo mismo que esto, así que esta diefinicion se basa en el supuesto de
que este trozo de sustancia que señalo es lo mismo que la mayoría de los
ejemplos de lo que hemos llamado «litio». Si la investigación muestra
que el presupuesto era falso, entonces se retira la dlefinici~n ostensiva.
Pero la ostensión es imprescindible. Puede que todo lo que asociamos a
un término general sea falso, pero éste se referirá a su extensión igual que
«Napoleón» se refiere a Napoleón: Napoleón podria no haber sido gene-
ral. ni amar a Josefina. ni siquiera llamarse así, pero no puede ser el caso
que Napoleón no haya sido Napoleón. De igual modo, aquello a lo que
se refiere un término de clase natural es a la clase misma, hayamos des-
cubierto ya o no lo que define la relación de mnismidad correspondiente.
p. ej. naturaleza última, origen. etc... Los términos generales tienen un
componente indicial aunque su uso requiere una competencia nías com-
pleja que la de un nombre propio. La referencia de los términos genera-
Indices y referencia en Peirce 185
les se fija indicialmente: identificamos cosas que pasan nuestros tests
operacionales o que satisfacen esencias nominales y decidimos que el tér-
mino se refiere a todo lo que tenga la misma esencia real que esa
No creo que estas ideas contradigan las tesis de Peirce. Es cierto que
dice cosas como «Es fácil establecer cuáles son las esencias de los objetos
artificiales. La esencia de una estufa es que está destinada a (is intended
to...) dar calor. Pero respecto a la esencia de objetos naturales, si tienen
alguna. no podemos dársela por el momento. Sólo podemos dar la esencia
de nuestros nombres para tales cosas» (6.337, subry. mío). Esto parecería
indicar que sólo las esencias nominales nos proporcionan medios de cla-
sificación, pero yo diría —sobre todo por referencia al resto de lo que
Peirce dice sobre clases naturales— que arriba no se niega exactamente
que se pudieran dar esencias reales.
Según el criterio de la máxima, el significado de un término general se
determina a través de las expectativas concebibles sobre la clase de obje-
tos que se cree caen bajo la extensión del término. Entender el significa-
do de un término general, T, era, según la máxima, saber cómo podrían
confirmarse oraciones del tipo «x es 1». Como ha sugerido Bruce Altshu-
lcr. el objeto inmediato en estos casos podría entenderse como esas ex-
pectativas. Esto es cierto, porque quedamos en que para Peirce el objeto
inmediato era el modo de representación del objeto. En un ejemplo que
utiliza Peirce. el significado de «litio» se interpreta en términos de un
conjunto de operaciones que nos ponen en contacto con un ejemplar de
litio. (<Si buscas en un libro de texto de química una definición de litia
puede que se te diga que se trata de un elemento cuyo peso atómico es
aproximadamente siete. Pero si el autor tiene una mente más lógica te
dirá que si buscas entre los minerales que son vítreos, translúcidos, grises
o blancos, muy duros, quebradizos. e insolubles, uno que produce un
tono granate al exponerlo a una llama, de forma que al machacarlo con
cal o con trióxido de arsénico y fundirlo luego, se puede disolver parcial-
mente en ácido muriático: luego evaporar esa solución y obtener el rest-
duo con ácido sulfúrico, purificarla adecuadamente para convertirla con
métodos normales en un cloridio que al obtenerse en estado sólido puede
fundirse y electrolizarse con media docena de células potentes, entonces
se producirá un glóbulo de un metal rosáceo y plateado que flotará sobre
la gasolina: la sustancia dIc esto es un ejemplar (specimen) de litio. La pe-
culiaridíad de esta definición —o mejor de esta instrucción más útil que
una definicion— es que te dice lo que la palabra «litio» denota prescrt-
biendo lo que has de hacer para obtener un conocimiento (acquaintance)
perceptual del objeto de la palabra» (2.330).
Esto es un modo operacionalista de decir qué significa «litio» sobre la
base de consecuencias experimentales. Pero obsérvese que esta definición
operacionalista. como las definiciones ostensivas, lo único que hace es
procuntr ejemplos paradigmnáticos de litio. Puede que la investigación
posterior nos muestre que algunos de nuestros ejemplos paradigmáticos
186 del Castillo, R.
de litio no son realmente litio, en otras palabras: damos sentido a la idea
dc que algo debe pertenecer a una clase o a un género natural de cosas
incluso si los tests de que disponemos no bastan para demostrar si eso es
suficientemente parecido (lo mismo) a la gran mayoría de nuestros ejem-
plares. El modo como la máxima nos permite interpretar el significado
del término no implica que ese significado sea rodo el significado que un
concepto llega a tener Hay «innumerables series de predicciones condi-
cionales envueltas en el significado... pero cuantas pruebas se hayan po-
dido realizar no agorarían su significado» (1.615 subry. mío). Si los giros
operacionales expresaran todo el significado del término, entonces cada
vez que se descubriera o estipulara un test distinto. el significado y la re-
ferencia del término variarían. Si el significado total de los términos en
un momento de la investigación consistiese en las consecuencias experi-
mentales conocidas en ese estado, entonces los términos tendrían un va-
br heurístico sin el supuesto de que se refieren a algo más que a las con-
secuenetas experimentales conocidas en ese estado.
Pero Peirce también decía que el significado no es suficiente para pro-
porcionar conocimiento del objeto de un conjunto de signos. Cuál es el
objeto de un signo o conjunto de signos. es algo que no puede inferirse
sólo a partir de significados (objetos inmediatos) sino a través de la expe-
riencia. El significado de «litio» es el modo como determinamos su refe-
rencia en un estado de la investigación: sin embargo, si hablamos de pro-
greso del conocimiento, la referencia no será lo mismo que el significado
aunque en cada estado de la investigación nuestro modo de acceso a ella
haya de ser necesariamente a través de significados. Puede que la única
manera de explicar de qué estamos hablando cuando usamos «litio» sea
proporcionar definiciones operacionales. Los significados ofrecen fornías
de descubrir un objeto del mundo, o. de forma mas general. presentan los
atributos relevantes para identificar objetos. Pero el objeto dinámico de
«litio» es todo lo que sea de igual naturaleza que los ejemplos indicados
por la definición operacional —aunque puede que los ejemplares que te-
nemos etiquetados no sean realmente litio. Lo importante es que en las
intenciones relerenciales un término se refiera a todo lo que tenga la mis-
ma naturaleza que algunas cosas particulares que podemos señalar, a es-
tas cosas, a esta sustancia llamada «litio». Y el uso (leí término está co-
nectado causalmente con las cosas que están sirviendo de ejemplares. La
referencia del término (el objeto dinámico> es esa esencia misma, y el
modo como es realmente eficiente en nuestra teoría es que el término se
refiere a todas las cosas con la misma naturaleza, la conozcamos ya o no,
que resulten tener esas cosas. Este es el único modo en que lo indicado
puede afectar a sus posibles representaciones. Un sistema dc signos (una
teoría) no puede determinarlo sólo con significados: el objeto no es sólo
las consecuenetas experimentales. Sólo se puede indicar y dejar que una
investigación ilimitada se acerque a él: las definiciones operacionales.
como la ostensión, nos proporcionan ejemplares. cosas señaladas cuya
Indices y referencia en Peirce 187
naturaleza, sea la que sea, habrá de ser (a de cualquier cosa que esté en la
extensión del término.
La indicidad podría participar en el significado de los términos gene-
rales del modo siguiente: la forma de enseñar a alguien los criterios para
decidir cuándo se ha encontrado o producido un individuo del tipo bus-
cado incluye necesariamente poner en escena un ejemplo de confronta-
ción directa tan paradigmático como se pueda imaginar y decir ante él:
«He ahí uno», o «esto es uno»: luego, mostrar olro y decir «he aquí otro».
Parte de la transmisión del significado ha de incluir cosas reales dadas
existencialmente. En resumen, el único sentido en que el objeto dinámico
puede afectar o influir en su representación es que la referencia de un tér-
mino depende de la naturaleza real que descubramos en las cosas parti-
culares que sirven como ejemplares.
El término que aplicamos para hablar de una especie animal tiene
por extensión un objeto dinámico. Dado que, según nuestra teoría actual,
las ballenas tienen cierta naturaleza y dado que «ballena» se refiere sólo
a las cosas que tengan la misma naturaleza que los ejemplares particula-
res de ballenas con que en algún momento se ha conectado causalmente
el uso del término, entonces. se sigue que una ballena necesariamente tie-
ne esa naturaleza. Describir un hipotético animal o imaginar un mundo
donde haya animales con todas las características superficiales (esencia
nominal) de las ballenas pero sín su naturaleza (esencia real), es describir
un mundo en el que un animal es parecido a las ballenas, no un mundo
donde las ballenas son otro animal. Este es el mismo argumento que el
de Putnamn con sus ejemplos de «agua». Hablar de un mundo posible en
el que una sustancia tiene todas las propiedades superficiales (se bebe, es
incolora. insabora, llena ríos y mares, etc...) y pasa nuestros tests opera-
cionales pero no es H20 sino XYZ. es hablar de un mundo en el que
XYZ se bebe, es incoloro. etc... pero no es agua.
Este tipo de explicación no contradice lo que Peirce dijo sobre los mo-
dos de clasificación natural, y se pueden utilizar algunos ejemplos. Un
ejemplo frecuente en Peirce es la historieta del estudiante en una obra de
Moliére. En ella se pregunta a un estudiante de medicina por qué el opio
hace dormir a la gente. Su respuesta es que lo hace porque tiene una dis-
posición dormitiva, una propiedad o disposición (power) dormitiva. Dice
Peirce, a propósito de esta anécdota de la vii-tus dormitiva: «Decir que la
gente duerme después de tomar opio porque tiene una propiedad o dis-
posición (power) somnífera no es otra cosa que decir que la gente duerme
después de tomar opio porque la gente duerme después de tomar opio»
(8.12). En 1902. en cambio, dice así: «Es muy fácil reírse ahora del viejo
fisico que al contestar a la pregunta de por qué el opio hace a la gente
dormir, dijo que era porque el opio tenía Una propiedad dormitiva. Es
una respuesta que conduce a vaguedad en extremo. Sin embargo, aun in-
ventada para mostrar qué significado tan pobre puede tener una abstrac-
ción. la respuesta del fisico contiene una verdad que la filosolla moderna
188 del Castillo, R.
ha negado normalmente: que hay realmente alga en el opio que explica el
que siempre haga dormir a la gente» (4.234). La diferencia entre «el opio
tiene una disposición dormitiva» y «el opio hace dormir» no es una dife-
rencia semántica: quiero decir, ambas son equivalentes al nivel de la des-
cripción de fenómenos. No hay diferencia en términos de consecuencias
sensibles experimentables. Pero con lo primero se da a entender que un
presupuesto de la investigación es que hay una conexión real entre el to-
mar opio y el irse a dormir, algo en relación al opio que hace que la gente
duerma después de tomarlo, Y se sugiere también que un estudio de la es-
tructura química del opio y otros somníferos podría explicar qué es ese
algo que está en relación con el opio. Peirce llamó a la introducción de
semejantes~ supuestos «abstracciones hipostáticas» (vid. Zeman: 1983.
Short: 1983, Skagestad: 1981). Peiree utiliza un argumento similar cuando
critica la opinión de Bernard. según la cual una enfermedad no es una
entidad sino sólo un conjunto de síntomas (vid. MS 316. tb. 1.110-llí).
Una enfermedad, dice Peirce, es «una entidad parecida a una familia hu-
mana, que consiste de padre. madre e hijo». El ejemplo tiene mucho sen-
tido. Peirce quiere mostrar con él que la mismidad de referencia de un
concepto que se emplea en diferentes contextos se determina del mismo
modo que la pertenencia a la misma familia (mismidad dIc 1am ilia ~ no>
por la presencia de un rasgo o conjunto de rasgos. sino por la existencia
de un vínculo real determinado o determinable en el futuro por la investi-
gación. Lo que muestran estos ejemplos es que las razones que Peirce da
para introducir la idea de abstracción hipostática se comprenden a la luz
de su teoría del objeto dinámico. Sus escritos de la Minute Logic sobre cla-
ses naturales de 1902 también lo ponen de manifiesto (1.203-231).
Toda esta argumentación se podía poner en relación con el modo co-
mo Peirce reinterpreta a Aristóteles y a los realistas medievales. Se ha de-
batido mucho este punto. Se puede mostrar que la interpretación de Peir-
ce de la esencia de una cosa como su posible conducta (que nosotros
comprendemos con giros condicionales) no es un rechazo de una teoría
de las esencias reales. Para algunos, Peirce creía que el objetivo de la in-
vestigación era descubrir esas regularidades de conducta y no> una forma
que sirva como base para la clasificación real. Si es cierto lo que he soste-
nido aquí. Peirce, aun afirmando lo primero, no negó un lenguaje en que
se hable de clasificación real (origen, causa, etc...), un lenguaje en el que
se predique «verdadero» de una clasificación 5,
15. Los ejemplos que he presentado sc refieren a co>sas co)mo clases natura les o
sustancias, pero conviene recordar lo>s caso)s cte cualidades cíe las cosas. Si ser u ti co-
br fuera simplemente cuestión cíe relejar la luz con cierta 1 omigi 1 ucí dic onda. íos obje-
tos que vemos podrían cambiar ole colo>r un co>mísiolerable número dic veces al dliii y ser
negros en la oscuridad: una cualidad. Ln 1.422. Peirce dice que adníitir que las cosas
rojas (o las cosas diuras) pueden adquirir propiedades contrarias mientras no sc percí-
Indices y referencia en Pci—ce 189
La forma de entender la participación de la indicidad en el significa-
do de gran parte de términos generales consistiría en advertir el papel
que desempeñan ejemplares reales de cosas como paradigmas para la
transmtston dcl significado de los términos. Es esencial a la estructura
del significado de estos términos la inclusión en ella de partes del mun-
ban (mientras no se les aplique un test) «es una negación del sentido común...”. Si se
admite que el color depende de las condiciones del ambiente. reflectancia. cantidad
cte luz, etc la descripción cte esas condiciones sólo> define el color percibido. no el
color real. Si sc quiere escapar al argtl me nto dic qtie «las cosas son rojas en la o>scu rí—
dad o que un cuerpo duro tiene un gradio de dureza cuando no se le está rayando...
ctisti tiguiendio cualidiades que son reales, a saber cualidades mecánicas, y cual idacles
que no son reales. cualidades sensibles, entonces se ha concedido justamente el punto
esencial>, (1.422). «Rojo». en tanto predicado de cosas, implica dar una condición
«stanclard”. Algo ptiecle parecer rojo pero mío ser rojo, así q ríe no es de ayuda decir
que las cosas que parecen rojas en circu nstancias normales son rojas o que el color
rojo es la otisposición cte parecer rojo a observadores norníales en condiciones norma-
les, «No>rmal» es precisamente el sintoma de que estas palabras. «rojo». «duro>,, etc,.,.
funcionan como «litio» o «baile na,>. o sea. i ndici al mente. En 6.327. dice Peirce: «F.s
verdad que todos los colo>res son relativos al sentido de la vista. Sin embargo. hay una
cli fe re ncia cmii re el colo>r y tina sensación de color. Pues u mí color es una cu alictací de
u mi cosa que sigtme siencío la mis tna se exponga o no a ti mio u otro tipo cte ilumina—
cié ti. lo vea u mí ojo no rin al o> uno> claltonico. E ste es el significadlo esta bí ecicto qtme da-
mos a la pal abra ~col or El color es ti mía etí alid ad comísidterablemen te vaga y a la vez
se reí acio>n a con el semiticí o nd)rnial dc la vista. Si por “normal se q di isiera dteci r muera—
me tite el protnecl io (o cua lq ti ier otro> tipo dc media) de las instancias que tienen de
hecho 1tigo r. por ejem pío la se nsaciómu media cte todos los habitantes del munoto cmi
u ti momemí to cla~íc>, etito> tices. el color pocíria variar cteb i cío a a lgun a entermed ad que
afecta ni a u ti a groti parte cíe la gemí te qtíe vi vie ra en ese momento: y como, “color se
reliere al semí ti dIO cro mu ático normal. dependería de lo qtic octí rriera en las mentes de
ciert< co nj u milo cíe personas. Pero, cíe hecho. lo “normal~ no es el promuied io (mii ni ti—
ti <firo) tipo cíe mecíma) cíe lo qtme o>cu rre cte hecho, si mío de lo que. a la larga. ocw-hría
baj<> ciertas ci rcu tista muci as. Es cierto> c¡u e lo d¡tic ocurriría sólo puede aprenderse a tra-
vés cíe la o>bsc rvación cíe lo q oc ocurre: sin eníba rgo. ni migó n conju mito cte sucesos pue-
de representar ni ta mini ma parte cte lo que pociria Ocurrir o> ccurriria en condiciones
m agi nabíes: y por lo la muto, a umuque coticebiblemente esto> poctria impedir que muchas
generaciones determinaran correctamente lo que es normal, no podría caníhiar a la
(comistatable a la larga si hubiera algtiiemí para constataría) verciaclertí muiectia o patrón»
(6.328). Aquí se ve que para Peirce (i) lo>s términos cte color sc,n predicados de cosas.
no) térín i míos cíe cia to>s cíe los semí ti dos y (i ) que esos predicados fu nciomía n del mismo
mnoclc, c¡ Líe los cítie he amializado: si sc dijera que algo es amuí arillo si parece amarillo en
co muctic iones ,,ormahs, para observadores normales, etc.,, se i ntrociuei ría precisamente
la relación entre los ejetiuplos paracligniáticos de un color que podemos señalar y el
col oir tal y co tío sc deterini no ría en concí i ciones ideales. El comuí ponente indicador
a parece cmi estos térní i nos cotno> emí los dc clases naturales o sustancias, y como en
esos casos, los térmi nois q cíe cmi las tcorías cíe ntihicas corresponden a esos términos
somí tambiémí imiclicacloras.
190 del Castillo, R.
do. Con la teoría de los índices Peirce intentó mostrar que no podemos
aprehender trozos del mundo sólo por medio de significados. sino que
más bien la implicación de trozos del mundo es una condición de nues-
tras operactones con signos. Peirce no quiso decir con esto que hay un
mundo independiente del lenguaje o de las representaciones, sino que no
podemos recortar el mundo de cualquier forma, que el modo como lo
aprehendemos depende no sólo de los esquemas intencionales, sino tam-
bién del entorno mismo con el que nos encontramos y que nos hace fren-
te y de algunas conextones causales que unen al lenguaje y al mundo.
Su explicación del significado y de la referencia de los términos gene-
rales tiene como uno de sus conceptos centrales el de objeto dinámico.
Un objeto dinámico podría entenderse como la esencia misma que define
a la clase que corresponde al término. Pero esta esencia ha de entenderse
como un paradigma ideal, límite al que nos aproximamos con sucesiones
de ejemplares. que funcionan en cada momento de la investigación como
puntos de contacto con el mundo.
Esta teoría de la referencia basada en el concepto de indicidad se pue-
de conectar así con el problema de la convergencia de teorías. Peirce bus-
co en su teoría de los índices argumentos que proporcionaran plausibili-
dad a esa idea, conectando su teoría del índice y su concepto de objeto
dinámico. Su tesis sobre el significado como algo determinable a la larga
resulta más clara a la luz de esta conexión. Aunque Peirce no llegó a di-
señar una teoría específica sobre el modo en que se incorpora un compo-
nente indicador en la transmisión del significado de los términos genera-
les, sus escritos iluminan suficientmente el mareo en el que habría de de-
sarrollarse y la relación que guardaría con su realismo pragmatista. Esta
claro que otorgó un papel importante a la indicabilidad en la transmi-
sión del significado y que relacionó ese proceso semiótico con las presu-
posiciones realistas de las creenetas científicas y del sentido común. El
realismo de Peirce no se resume a esto. Sólo se puede llegar a entender a
partir de su teoría general del razonamiento, especialmente de su trabajo
sobre probabilidad, inducción y abducción. Pero dejo esto para otro
momento
Ramón DEL CASTILLO
Universidad Complutense
16. Fste trabajo ha sido realizado oturante una visita a la Universidad de (iornel 1
(Nueva York. EE.UU.) gracias a una beca de estancia breve en el extranjero del Mi-
nisteri<> cte Educación y Ciencia.
Indices y referencia en Peirce 191
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