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Resumen de Lyotard

Este documento resume la obra "La condición postmoderna" de Jean-François Lyotard. Lyotard argumenta que el conocimiento ha cambiado su estatus en las sociedades posindustriales, volviéndose una mercancía. También critica los grandes relatos legitimadores del conocimiento y propone que existen diferentes juegos de lenguaje para producir conocimiento. Finalmente, rechaza las visiones funcionalista y marxista de la sociedad, proponiendo en cambio una perspectiva postmoderna.

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Resumen de Lyotard

Este documento resume la obra "La condición postmoderna" de Jean-François Lyotard. Lyotard argumenta que el conocimiento ha cambiado su estatus en las sociedades posindustriales, volviéndose una mercancía. También critica los grandes relatos legitimadores del conocimiento y propone que existen diferentes juegos de lenguaje para producir conocimiento. Finalmente, rechaza las visiones funcionalista y marxista de la sociedad, proponiendo en cambio una perspectiva postmoderna.

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La Condición Postmoderna.

Lyotard

Introducción
Jean-François Lyotard nació en Versalles en 1924 y murió en París en 1998. Fue
profesor en la Universidad de Paris VIII, miembro del Collége de France y profesor emérito
de la Universidad de París. El filósofo francés es reconocido por su estudio sobre el
postmodernismo a finales de la década de 1970. Antes fue miembro de Socialisme ou
Barbarie, un grupo de izquierda crítica conformado por diversos intelectuales franceses.

Lyotard señaló que el discurso humano ocurre en un variado número de


dominios inconmensurables, y que la época de los grandes relatos que intentaban
dar sentido a la historia había sido dejada atrás. Asimismo, criticó los
metadiscursos idealistas, iluministas, cristianos, marxistas y liberales. Afirmó que
la cultura postmoderna se caracteriza por la incredulidad con respecto a los
metarrelatos. Y fue un defensor de la pluralidad cultural y de la diversidad.

En 1979, publica La condición postmoderna: informe sobre el saber. Este


escrito surgió inicialmente como un informe sobre la condición actual del saber a
pedido de las autoridades universitarias canadienses de Québec, y a raíz de la
trascendencia obtenida fue posteriormente publicado. En la obra, el autor intenta
analizar el concepto teórico postmoderno desde una perspectiva filosófica, y
diagnosticar los cambios producidos durante el siglo XX. El trabajo de Lyotard
tiene por objeto el saber en las sociedades desarrolladas contemporáneas.

A continuación, se expone un detallado análisis de la obra, examinando


uno a uno los capítulos que la componen. Y finalmente se presenta una de las
repercusiones que tuvo la obra, describiendo el debate con Jürgen Habermas.

I - El campo : El saber en las sociedades informatizadas

Para Lyotard el saber cambia de estatuto al mismo tiempo que las sociedades
entran en lo que se denomina la era postindustrial y las culturas en la edad
postmoderna. Este cambio se produjo a partir de finales de los años cincuenta,
momento que señala el fin de la reconstrucción europea luego de la Segunda
Guerra.

El autor afirma que "el saber científico es una clase de discurso"[1]. La


ciencia está legitimada por el lenguaje, por los discursos construidos a su
alrededor, por las informaciones y los medios de información, por las teorías de la
comunicación y la informática, etc.

El saber se halla afectado en sus dos funciones principales: la investigación y la


transmisión de conocimientos. Para Lyotard, la propagación de las máquinas de
información influye en la circulación de los conocimientos como lo hizo antes el
desarrollo de los medios de transporte y el de sonidos e imágenes.

El saber es producido para ser vendido, y es consumido para ser valorado


en una nueva producción. “El antiguo principio de que la adquisición del saber es
indisociable de la formación (Bildung) del espíritu, e incluso de la persona, cae y
caerá todavía más en desuso”[2]. Y es que el saber deja de ser en sí mismo su propio
fin y pierde su valor de uso; en las últimas décadas se ha convertido en la principal
fuerza de producción, lo que ha modificado la composición de las poblaciones
activas de los países desarrollados, y lo que significa el principal “embudo” para
los países del tercer mundo.

Al adquirir la forma de mercancía indispensable para el desarrollo de las


potencias productivas, el saber constituye la herramienta más importante en la
competencia mundial por el poder: las naciones se han peleado por dominar
territorios, materias primas y mano de obra barata, es probable que se peleen para
dominar las informaciones.

El Estado tendrá cada vez menor control sobre la producción y la expansión


de conocimientos debido a la rapidez de su circulación y a su utilización para fines
privados. En este sentido, se prevé la caída de los Estados de bienestar y la
necesidad de rever el papel que habían asumido desde la década de 1930.

II - El problema: La legitimación

Lyotard denomina legitimación al proceso por el cual el legislador se


encuentra autorizado para promulgar una ley como norma. Un enunciado debe
presentar un conjunto de condiciones para ser aceptado como científico. En este
caso la legitimación es el proceso por el cual un legislador (que se ocupa del
discurso científico) está acreditado para prescribir las condiciones convenidas
(generalmente de consistencia interna y de verificación experimental) para que un
enunciado forme parte de ese discurso y pueda ser considerado por la comunidad
científica.
El autor señala que desde Platón, la cuestión de la legitimación de las
ciencias se halla fuertemente relacionada con la de la legitimación del legislador.
Asimismo, el derecho a decidir lo que es verdadero se encuentra entreverado con
el derecho a decidir lo que es justo. Hay un lazo de similitud entre el tipo de
lenguaje que llamamos ciencia y ese otro que llamamos ética y política, ambos
proceden de la misma tradición occidental.

Inspeccionando el vigente estatuto del saber científico, Lyotard asegura que


la cuestión de la doble legitimación lejos de diluirse, se plantea con mayor vigor.
De esta forma, saber y poder son las dos caras de una misma moneda: “¿Quién
decide lo que es saber, y quién sabe lo que conviene decidir? La cuestión del saber
en la edad de la informática es más que nunca la cuestión del gobierno”[3].

III - El método: Los juegos del lenguaje

En el desarrollo del análisis propuesto por Lyotard, el autor pone énfasis en


los actos de habla, específicamente en su aspecto pragmático, y distingue tipos de
enunciados:

a) en los enunciados denotativos, el destinador se sitúa en la posición de


sabio, el destinatario es colocado en el lugar de tener que dar o negar su
asentimiento mientras que el referente queda comprendido como algo que exige
ser correctamente identificado y expresado.

b) los enunciados preformativos se caracterizan porque su efecto sobre el


referente concuerda con su enunciación y no es tema de discusión ni de
verificación para el destinatario. El destinador debe poseer la autoridad para
pronunciar el enunciado.

c) los enunciados prescriptivos pueden ser modulados en órdenes,


mandamientos, instrucciones, recomendaciones, peticiones, súplicas, ruegos, etc.
El destinador está situado en posición de autoridad y espera del destinatario la
efectividad de la acción referida.

Lyotard se interesa por los juegos de lenguaje, siguiendo los trabajos


realizados por Ludwig Wittgenstein. Desde esta perspectiva se concibe que cada
uno de los tipos de enunciados señalados deben poder ser determinados por reglas
que especifiquen sus propiedades y el uso que de aquéllas se puedan hacer. El autor
enumera tres observaciones a propósito de los juegos de lenguaje. En primer lugar,
sus reglas no poseen legitimación en sí mismas, sino que son admitidas mediante
un contrato existente entre los jugadores. En segunda instancia, si se carece de
reglas no hay juego, y si se modifican las reglas es otro juego el que se inaugura.
Por último, todo enunciado debe ser entendido como una jugada que forma parte
de un juego que la contiene. De esto último se desprende que hablar es combatir
(en el sentido de jugar) y que los actos del lenguaje se derivan de una agonística
general (ciencia de los combates). El lazo social esta construido de jugadas de
lenguaje.

IV - La naturaleza del lazo social: La alternativa moderna

Para analizar el saber, explica Lyotard, debemos estudiar la sociedad


contemporánea en donde éste se manifiesta. La representación metódica que se
hace de la sociedad desde la mirada moderna converge en dos grandes discursos:
el modelo funcionalista parsoniano (la sociedad es un todo funcional) y el modelo
dialéctico marxista (la sociedad está dividida, principio de lucha de clases). Este
corte metodológico que establece dos grandes modelos o tipos discursivos acerca
de la sociedad tiene su origen en el s. XIX.

El funcionalismo entiende la sociedad como un sistema unitario y


autorregulado. Según el autor, de Comte a Luhmann, la sociedad es una totalidad
unida, una unicidad. Toda acción realizada en el marco del sistema sólo puede
contribuir a su desarrollo o a su decadencia. En su versión alemana más reciente,
el funcionalismo se ha vuelto tecnocrático: “la verdadera fiabilidad del sistema,
eso para lo que él mismo se programa como una máquina inteligente, es la
optimización de la relación global de sus input con sus output, es decir, su
performatividad. Incluso cuando cambian sus reglas y se producen innovaciones
[...] no se trata más que de reajustes internos...”[4].

La teoría crítica, en cambio, parte del modelo dialéctico marxista que


observa a la sociedad como dividida y atravesada por el principio de la lucha de
clases. Surge en paralelo con las luchas por el acoso de las sociedades civiles
tradicionales por parte del capitalismo. Sus teorías económicas y sociales fueron
utilizadas, paradójicamente, como elementos para la programación del propio
sistema, pero el modelo crítico ha sobrevivido y se ha profundizado en minorías
como la Escuela de Frankfurt o como el grupo Socialismo o Barbarie (del que
Lyotard formó parte).

Pareciese que la alternativa es homogeneidad o dualidad, funcionalismo o


criticismo del saber. Lyotard afirma que se podría salir de esa alternativa
distinguiendo dos tipos de saber, uno positivista que halla su explicación en las
técnicas sobre los hombres y los materiales y que se convierte en una fuerza
productiva necesaria para el sistema, y otro crítico o hermenéutico que al
preguntarse por los valores o los objetivos, entorpece toda recuperación. Sin
embargo, para Lyotard, con esta solución dual no se hace más que reproducir las
alternativas que se intentaban resolver.

V - La naturaleza del lazo social: La perspectiva postmoderna

Las transformaciones en las tecnologías y las técnicas transitan


paralelamente con la modificación de la función estatal. Los administradores se
ven desprovistos de las funciones de regulación y de reproducción, que cada vez
más son encomendadas a autómatas. Conforme a esto, el asunto esencial será
poseer las informaciones que estos últimos tienen almacenadas con el fin de poder
tomar las decisiones correctas. La clase dirigente que cuente con ellas será la
denominada decididores, al mismo tiempo se eclipsa la clase política tradicional,
para ganar lugar una base formada por jefes de empresas, altos funcionarios,
dirigentes de los grandes organismos profesionales, sindicales, políticos,
confesionales.

Lyotard manifiesta que los antiguos polos de atracción establecidos por los
Estados-naciones (los partidos, las profesiones, las instituciones y las tradiciones
históricas) son desestimados. Y no son reemplazados por otros, sino que cada
individuo se ve ensimismado, el objetivo vital queda supeditado a la presura de
cada individuo.

“El sí mismo es poco, pero no está aislado”[5], afirma. No conforma una


masa social de átomos individuales (perspectiva que tiene su origen en una
representación paradisíaca de una sociedad orgánica perdida, según Lyotard), pero
el sí mismo se encuentra atrapado en medio de relaciones complejas y móviles,
situado entre nudos de circuitos de comunicación. Por eso, los juegos de lenguaje
son el mínimo de relación exigido para que haya sociedad. En una sociedad
postmoderna donde el componente comunicacional toma cada vez mayor ímpetu,
los elementos lingüísticos obtienen gran importancia.

El autor propone para comprender mejor las relaciones sociales, que no se


utilice solamente una teoría de la comunicación, sino una teoría de los juegos, que
incluya a la agonística: cada miembro del juego del lenguaje sufre jugadas que le
significan un desplazamiento o alteración de cualquier tipo, pero esas jugadas
generan contra-jugadas, las cuales (en vez de ser meramente reactivas, donde
serían funcionales al adversario) intentan ser inesperadas. En el uso común del
discurso, los interlocutores acuden a cualquier estrategia, cambian de juego de un
enunciado a otro, avanzan desordenados durante la batalla.

VI - Pragmática del saber narrativo

El saber (general) no se reduce a la ciencia ni al conocimiento. El


conocimiento está formado por enunciados que expresan y describen objetos, y
que pueden ser verdaderos o falsos. La ciencia, explica Lyotard, es un subconjunto
de conocimientos constituido por enunciados denotativos que, por un lado, deben
ser accesibles de modo recurrente (observables), y que por otro lado, deben poder
ser aceptados como pertenecientes a un lenguaje científico por parte de los
expertos. En cambio, el saber es algo más amplio, no comprende únicamente
enunciados denotativos, su esfera abarca el saber-hacer, saber-vivir, saber-oír, etc.
Excede el criterio de verdad y asimila otros criterios como los de eficiencia,
justicia, belleza sonora, cromática, etc.

El consenso que permite circunscribir este saber y delimitar al que sabe y al


que no sabe, constituye la cultura de un pueblo. Actualmente, en las sociedades
desarrolladas, este saber de tipo tradicional persiste junto con el saber científico, y
en él prevalece lo que Lyotard denomina “forma narrativa” o relato, y posee cuatro
características esenciales.

Primeramente, los relatos populares narran los éxitos o fracasos del héroe,
que legitiman las instituciones de la sociedad (función de los mitos) o representan
modelos negativos o positivos de integración en las instituciones establecidas.
Permiten definir los criterios de competencia de la sociedad y en consecuencia,
valorar las actuaciones que se realizan con ellos.
En segunda instancia, la forma narrativa acepta una pluralidad de juegos de
lenguaje. El relato es un entretejido de enunciados denotativos, deónticos,
interrogativos, valorativos, etc.

La tercer característica es la relativa a la transmisión de esos relatos. Su narración


obedece generalmente a reglas que fijan la pragmática. Los puestos narrativos
(destinador, destinatario, héroe) se distribuyen homogéneamente y no son
inamovibles:
El narrador no pretende adquirir su competencia al contar la historia porque haya sido su
auditor. El narratario actual, al escucharla, accede potencialmente a la misma autoridad. El
relato se declara repetido (...) el narrador actual puede ser el propio héroe de un relato, como
lo ha sido el antiguo.[6]

La tradición de los relatos es, a la vez, la de los criterios que determinan tres
competencias: saber-decir, saber-escuchar, saber-hacer, donde se ponen en juego
las relaciones de la comunidad consigo misma y con su entorno. Los relatos
transmiten las reglas pragmáticas que constituye el lazo social.

Finalmente, manifiesta el autor, es importante analizar la incidencia sobre el


tiempo por parte del saber narrativo. La forma narrativa respeta un ritmo, es la
síntesis de un metro que fracciona el tiempo en períodos regulares y de un acento
que modifica la longitud o amplitud de algunos de ellos. Y es que una cultura que
hace del relato la clave de sus competencias no tiene necesidad de apoyarse
únicamente en su pasado, pues su lazo social descansa, no sólo en el significado
de los relatos que narra, sino también en el acto de contarlos. Tampoco tiene
necesidad de procedimientos especiales para autorizar sus relatos, ya que éstos
poseen por sí mismos esa autoridad. El pueblo los actualiza al contarlos,
escucharlos y al interpretarlos en sus instituciones. Los relatos establecen lo que
puede decirse y hacerse en la cultura, y al formar parte de ésta, se encuentran por
ello legitimados.

VII - Pragmática del saber científico

Lyotard describe la pragmática del saber científico distinguiendo la


investigación de la enseñanza. Con respecto a la primera cuestión, cuando un
investigador declara una proposición (sea verdadera o falsa) desencadena un
conjunto de tensiones que se manifiestan sobre los diferentes puestos pragmáticos
(destinador, destinatario y referente). Estas tensiones son prescripciones que
establecen la aceptabilidad del enunciado en tanto “científico”.
Se presume que el destinador dice la verdad respecto de un referente dado,
también se supone capaz de aportar pruebas de lo que afirma y de refutar toda
declaración contradictoria a la suya. Además, se supone que el destinatario puede
estar de acuerdo o negar el enunciado en cuestión, lo cual implica que sea un
destinador potencial (pues cuando manifieste su aprobación u oposición será
sometido a similares requerimientos que el destinador actual). Por último, el
referente se pretende expresado por el enunciado acorde a lo que es. Lo que el
enunciado declara es verdadero porque se ha demostrado. Pero, llegado aquí,
Lyotard plantea una dificultad: “¿qué demuestra que mi demostración es
verdadera?”[7].

La solución de la ciencia para este problema plantea una doble regla. La


primera es de tipo dialéctico: es referente aquello que se puede probar o demostrar.
La segunda regla es de tipo metafísico: el mismo referente no puede ofrecer una
pluralidad de pruebas contradictorias (o lo que el autor menciona como el “Dios
no engaña” cartesiano). Esta doble regla proporciona al debate la posibilidad de
consenso.

Ya que la verdad del enunciado y la competencia del que enuncia están


sometidas a la aprobación de la colectividad de iguales en competencia, es
menester formar iguales: la investigación necesita de la enseñanza. Pero la
didáctica difiere del juego de la investigación. En ella el destinatario (el estudiante)
no sabe lo que sabe el destinador, de allí que aquél tenga algo que aprender. Al
instruirse puede llegar a convertirse en un experto. De todo esto se desprende el
presupuesto de que existen enunciados que se consideran suficientes y que son
transmitidos a título de verdades indiscutibles de la enseñanza.

Concluyendo, Lyotard realiza una comparación entre el saber narrativo y el


saber científico para obtener ciertas propiedades con relación a este último:

1. El saber científico demanda un solo juego de lenguaje, el denotativo, y la


exclusión de los demás. Es savant el que puede formular un enunciado verdadero
acerca de un referente; y se es científico si se pueden formular enunciados
verificables con relación a referentes accesibles a los expertos.

2. El saber científico se encuentra aislado de los demás juegos de lenguaje,


no es un componente inmediato y compartido como el saber narrativo. De allí que
se vuelva una profesión y que dé origen a instituciones. Surge aquí el problema de
la relación de la institución científica con la sociedad.

3. En la investigación, sólo se exige competencia al enunciador. Éste no


tiene competencia particular como destinatario ni como referente.

4. El enunciado científico no está nunca exceptuado de una falsificación.


Los viejos enunciados pueden siempre ser impugnados, y los nuevos sólo podrán
ser admitidos si se refuta el enunciado precedente por medio de argumentos y
pruebas.

5. El saber científico posee una temporalidad diacrónica: una memoria y un


proyecto. El destinador debe tener conocimiento de los enunciados previos que
traten sobre el mismo referente y sólo expresará un enunciado de temas similares
si difiere de los enunciados precedentes.

El objetivo del autor al proponer estas propiedades del saber científico es


demostrar que éste ya no tiene necesidad del saber narrativo. “No se puede, pues,
considerar la existencia ni el valor de lo narrativo a partir de lo científico, ni
tampoco a la inversa: los criterios pertinentes no son los mismos en lo uno que en
lo otro”[8]. El saber narrativo posee determinada tolerancia respecto del discurso
científico, ya que experimenta cierta incomprensión con relación a los problemas
que éste plantea y trata. En cambio, el saber científico pregunta por la validez del
narrativo y se halla con que no fue sometido a la argumentación ni a la
administración de pruebas. Por tanto, lo define como salvaje, primitivo,
subdesarrollado, atrasado, alienado, ignorante, etc. Esta relación desigual
constituye toda la historia del imperialismo cultural de Occidente.

VIII - La función narrativa y la legitimación del saber

Antes del positivismo, la ciencia debió recurrir a procedimientos


relacionados al saber narrativo. Lyotard sostiene que actualmente no debe
considerarse superado el tema de la independencia científica, y menciona el hecho
de que en ocasiones los científicos recurran a la televisión o los periódicos luego
de un descubrimiento. Este comportamiento, entre otros, evidencia la relación
entre el saber científico y el popular: “El Estado puede gastar mucho para que la
ciencia pueda presentarse como epopeya: a través de ella, se hace creíble, crea el
asentimiento público del que sus propios decididores tienen necesidad”[9].

Desde los inicios, el nuevo juego del lenguaje aborda el problema de su


propia legitimidad. En los diálogos platónicos, se observa cómo el saber científico
no puede acceder a lo verdadero sin requerir otro tipo de saber, el relato, al cual
condena y califica de no-saber. Lyotard plantea que puede seguirse el rastro de lo
narrativo en lo científico a través de los discursos de legitimación que constituyen
las grandes filosofías antiguas, medievales y clásicas. Queda exceptuado aquí
Aristóteles, que atraviesa los siglos, y diferencia las reglas a las que hay que
someter los enunciados que se declaran científicos (el organon) de la búsqueda de
legitimidad en un discurso sobre el Ser (la Metafísica); también sugiere que el
discurso científico está conformado por argumentaciones y pruebas, es decir, por
dialéctica.

La ciencia moderna trae consigo algunos cambios. Renuncia a la búsqueda


metafísica de una autoridad trascendente. Por tanto, las reglas de juego de la
ciencia son inmanentes a ese juego y delimitadas mediante el consenso de los
expertos. Estas transformaciones en el saber se manifiestan paralelamente a la
emancipación de las burguesías. La cuestión de la legitimidad sociopolítica
adquiere los nuevos rasgos científicos: la legitimidad se logra por el consenso (en
este caso del pueblo), su modo de normativización es la deliberación. Así como la
comunidad de científicos está en debate sobre lo verdadero y falso, el pueblo lo
está con respecto a lo que es justo e injusto.

El nuevo pueblo (moderno) discrepa poderosamente de aquél que contaba


con los saberes narrativos tradicionales, que no precisaban ninguna deliberación
instituyente, progresión acumulativa, ni pretensión de universalidad. De allí, según
Lyotard, que los representantes modernos sean los destructores de los saberes
tradicionales de los pueblos, relegados actualmente a minorías o separatismos
potenciales.

IX - Los relatos de la legitimación del saber

El pueblo moderno conoce, pero además legisla. Formula enunciados


prescriptivos con valor de normas. Este modo de legitimación recupera el planteo
del relato como validez del saber, en el cual se definen los criterios de competencia
de la sociedad a partir de los cuales es posible valorar las acciones. Llegado aquí,
Lyotard describe dos fuertes versiones del relato de legitimación del saber en la
era moderna.

El relato especulativo unifica los discursos referidos al criterio de verdad y


a la práctica ética, social y política. Lleva a cabo esa unificación al derivar todo de
un principio original (modelo que corresponde con la actividad científica), al
referir todo a un ideal (modelo que corresponde con la práctica ética) y al reunir
ese principio y este ideal en una única Idea, Espíritu o Absoluto. En estas
discusiones participarán Humboldt, Fitche, Schleiermacher y el propio Hegel. El
sujeto del saber no será el pueblo sino el sujeto especulativo y el juego del lenguaje
de legitimación no es político-estatal sino filosófico, no se encarna en un estado
(como en la Revolución Francesa) sino en un Sistema, en un metarrelato racional.
La enciclopedia del idealismo alemán es la narración de la historia universal del
Espíritu: “los discursos del conocimiento sobre todos los referentes posibles son
tomados, no con su valor de verdad inmediata, sino con el valor que adquieren
debido al hecho de que ocupan un cierto lugar en la Enciclopedia que narra el
discurso especulativo”[10]. En la actualidad esta filosofía no ha desaparecido, el
lenguaje especulativo encuentra su lugar en su institución exclusiva: la
Universidad.

Pero la solución al problema de la legitimación puede tomar otras


dimensiones. El saber no encuentra validez en sí mismo, en un sujeto que se
desarrolla al actualizar sus posibilidades de conocimiento, sino en un sujeto
práctico que es la humanidad. Así surge el relato emancipador. La legitimación por
la autonomía de la voluntad privilegia un juego de lenguaje prescriptivo (que Kant
denominó imperativo). Contrariamente al saber especulativo, no hay unificación
de los juegos de lenguaje en un metadiscurso. Los enunciados prescriptivos
formulados por el sujeto práctico son independientes de los científicos. Existe una
relación entre el saber y la sociedad y el Estado. Incluso se pueden enfrentar las
prescripciones del Estado a favor de la sociedad civil. El saber puede asumir una
función crítica.

El marxismo, según Lyotard, osciló entre los dos modos de legitimación


mencionados. Por ejemplo, en el stalinismo, el Partido asume el lugar de la
Universidad, el proletariado el de la humanidad, el materialismo dialéctico el del
idealismo especulativo; pero también el marxismo de la Escuela de Frankfurt
puede desarrollarse como saber crítico planteando al socialismo como la
constitución del sujeto autónomo y a las ciencias como los medios para lograr su
emancipación.

X - La deslegitimación

En la actualidad, en nuestra sociedad y en nuestra cultura (identificadas


como postindustrial y postmoderna, respectivamente) el gran relato, sea éste
especulativo o de emancipación, ha perdido credibilidad.

Para Lyotard, el relato especulativo hegeliano no ha encontrado su


legitimidad, no es una ciencia auténtica y desciende al rango de una ideología o de
un instrumento de poder, representa un saber precientífico, un vulgar relato:

Un enunciado científico es un saber si y, solamente si, se sitúa a sí mismo en un proceso


universal de generación. La cuestión que se plantea con respecto a él es: ¿este enunciado es en
sí mismo un saber en el sentido determinado por él? Sólo lo es si puede situarse a sí mismo en
un proceso universal de generación. Y puede. Le basta con presuponer que ese proceso existe (la
Vida del espíritu) y que él es su expresión.[11]

La crisis del saber científico que comienza ya en el siglo XIX no procede de


una fragmentación ocasional de las ciencias, sino que resulta del desgaste intestino
del principio de legitimidad del saber. Los límites clásicos de las diversas
disciplinas cambian, algunos campos científicos desaparecen y otros se
reformulan, las universidades se alejan de su papel de legitimación especulativa.

Así como el relato especulativo, el procedimiento de legitimación procedente


de la Ilustración, el dispositivo de la emancipación, contiene en sí mismo la
potencia de su propia erosión. Su característica es fundar la legitimidad de la
ciencia sobre la autonomía de los interlocutores comprometidos en la práctica
ética, social y política. La división de la razón en cognitiva o teórica por un lado,
y práctica por el otro, embiste contra la legitimidad del discurso de ciencia,
demostrando que es un juego de lenguaje provisto de sus propias reglas pero sin
ninguna propensión a reglamentar el juego práctico: éste es uno más entre otros
juegos o discursos.
Esta deslegitimación, planteada por Nietzsche cuyo concepto de
perspectivismo antecede a los juegos de lenguaje, puede observarse en
Wittgenstein, Buber y Lévinas. La ciencia juega su propio juego y no puede
legitimar a los demás juegos de lenguaje (por ejemplo el de la prescripción) e
incluso, no puede legitimarse en sí misma (como creía la especulación).

El lazo social es lingüístico, es un entretejido de un número indefinido de


juegos de lenguaje, cada cual con reglas diferentes. Y así surgen nuevos tipos de
lenguajes, Lyotard ejemplifica: el simbolismo químico, la notación infinitesimal,
lenguajes-máquinas, matrices de teoría de los juegos, nuevas notaciones musicales,
notaciones lógicas no denotativas, el código genético, los grafos de las estructuras
fonológicas, etc.

XI - La investigación y su legitimación por la performatividad

La pragmática de la investigación científica se halla modificada, en el


presente, por el enriquecimiento de las argumentaciones y la complicación de la
administración de las pruebas.

Los lenguajes que utiliza la investigación científica están sometidos a la


pragmática de formular sus propias reglas y pedir al destinatario que las acepte. Se
construye así una axiomática que contiene la definición de los símbolos del
lenguaje propuesto. A un lenguaje que satisface las condiciones formales de una
axiomática corresponde un metalenguaje determinante: la lógica.

Lyotard cita a Gödel quien ha descubierto la existencia, dentro del sistema


aritmético, de una proposición que no es ni demostrable ni refutable en dicho
sistema; esto significa que el sistema aritmético no cumple con la condición de
completud[12]. Esto prueba, para el filósofo francés, que existen limitaciones
internas a los formalismos. Lo que equivale a afirmar que, para la lógica, el
metalenguaje usado para describir la axiomática es la lengua natural o
cotidiana.

La argumentación de un enunciado científico está subordinada a las reglas


que fijan los medios de la argumentación. Las jugadas realizadas se someten a un
contrato fijado entre los compañeros.
A esta nueva disposición corresponde, evidentemente, un desplazamiento de la idea de la razón. El
principio de un metalenguaje universal es reemplazado por el de la pluralidad de sistemas formales y
axiomáticos capaces de argumentar enunciados denotativos, esos sistemas que están descritos en un
metalenguaje universal, pero no consistente.[13]

Además de la argumentación, el otro aspecto importante para la investigación


es la prueba. Ésta presenta algunos problemas. Como los sentidos humanos son
limitados (la visión, la audición, etc.), deben intervenir las técnicas, quienes están
guiadas por un solo principio, el de la optimización de actuaciones; incrementar
el output (informaciones obtenidas) reduciendo el input (energía empleada). En
este juego la pertinencia no es la verdadera, la justa o la bella, sino la eficiente. Y
las tecnologías que perfeccionan las actuaciones para administrar las pruebas
necesitan de dinero. Por tanto, no existe verificación ni verdad sin dinero. Los
juegos del lenguaje científico se vuelven juegos de ricos, y el más acaudalado tiene
mayor posibilidad de tener razón. Se constituye así una relación directa entre
riqueza, eficiencia y verdad.

La administración de la prueba se aleja de la cuestión de la verdad para pasar


a otro juego de lenguaje, el de la performatividad (mejor relación input-output). El
Estado y las empresas compran sabios, técnicos y aparatos para incrementar su
poder.

La realidad suministra las pruebas para la argumentación científica y los


resultados para las prescripciones y promesas de orden jurídico, ético y político.
Las técnicas permiten apropiarse de ambos aspectos al apoderarse de la realidad.
Al manejarlas se puede reforzar la realidad y, en consecuencia, las posibilidades
de que sea considerada justa y tenga razón. Es así como se constituye la
legitimación por el poder.

Éste legitima la ciencia y el derecho por medio de su eficacia. La


performatividad de un enunciado aumenta de acuerdo a las informaciones de las
que se dispone con relación a un referente. La ampliación de poder pasa, en estos
tiempos, por la producción, memorización y accesibilidad de las informaciones.

XII - La enseñanza y su legitimación por la performatividad


Con respecto a la transmisión del conocimiento (a la enseñanza) cabe
señalar que con ella se intenta alcanzar la mejor performatividad del sistema social.
Cuando se adopta la teoría de sistemas, se ve a la enseñanza superior como un
subsistema dentro del sistema social. Ésta puede asumir diferentes roles.

La enseñanza puede estar dirigida a favorecer a la sociedad en la


competición internacional. Varía de acuerdo a las especialidades que los Estados
o las Universidades puedan vender en el mercado mundial. Aquí Lyotard predice
un aumento en la demanda de las disciplinas referidas a la formación telemática
(informáticas, cibernéticas, lógicas, matemáticas, etc.) que adquieren así, una
prioridad en cuestiones de enseñanza. Vale mencionar que treinta años después, en
la actualidad de nuestro país, se ha lanzado un programa de becas universitarias
TICs y Bicentenario, destinadas a favorecer a las carreras científico-técnicas y de
tecnologías de la información y las comunicaciones, mientras que las ciencias
humanas quedan relegadas en su alcance y con un estipendio hasta cinco veces
menor.

Además, la enseñanza superior tendrá como objetivo brindar al sistema


social la conservación de su cohesión interna. En el contexto actual de
deslegitimación, las universidades no están destinadas a formar una élite que guíe
a la nación hacia su emancipación, sino que su tarea es suministrar los jugadores
para cubrir los puestos pragmáticos que las instituciones sociales necesiten (tantos
médicos, tantos ingenieros, tantos administradores, etc.). Se observa que además
de los estudiantes aspirantes a ser profesionales o técnicos, los demás jóvenes
vinculados a las ciencias humanas y a las letras, se convierten en excedentes que
se encuentran fuera de las estadísticas de demanda de empleo.

En resumen, el principio de performatividad subordina las instituciones de


enseñanza superior a los poderes. Una vez que el saber no tiene su fin en sí mismo
(como realización de la idea o como emancipación de los hombres), su enseñanza
deja de ser responsabilidad exclusiva de ilustrados y estudiantes. La autonomía de
las universidades se encuentra mermada, la mayoría de los consejos de enseñantes
no dispone de poder sobre el volumen de inversión necesario para su
institución.
Lyotard diagnostica un cambio en la pregunta formulada tanto por el
estudiante, como por el Estado y la Universidad, ya no es: ¿es verdad?, sino ¿para
qué sirve?

Pero si la enseñanza debe garantizar la reproducción de competencias y su


progreso, en tal caso, la transmisión del conocimiento no se debería limitar a las
informaciones, sino que implicaría aprendizajes de los medios idóneos para
optimizar la capacidad de conectar campos: la interdisciplinaridad (lo que para el
modelo humboldiano sólo traería confusión al sistema).

Finalmente, la figura del Profesor se ve desplazada por las redes de


memorias (para transmitir el saber establecido) y los equipos interdisciplinarios
(para imaginar nuevas jugadas).

XIII - La ciencia postmoderna como investigación de inestabilidades

Lyotard afirma que el saber científico está en la búsqueda de la salida de la


crisis provocada por el determinismo. La legitimación por medio de la
performatividad descansa sobre la hipótesis determinista: “es preciso suponer que
el sistema en el cual se hace entrar el input está en estado estable: obedece a una
trayectoria regular de la que se puede establecer la función continua y derivable
que permitirá anticipar adecuadamente el output”[14]. Todo esto encierra la
filosofía positivista de la eficiencia.

Pero el desarrollo de la ciencia no responde al positivismo, sino más bien, a


su opuesto: buscar e inventar el contraejemplo, buscar la paradoja. Nuevamente el
teorema de Gödel es un ejemplo de tal cambio, al que Lyotard suma los trabajos
de Mandelbrot sobre los objetos fractales y la teoría de las catástrofes de René
Thom.

También, la antigua teoría de sistemas, que proviene de la termodinámica y


que admite que los sistemas físicos respetan una regularidad y una evolución
predecible, es puesta en duda por la aparición de la mecánica cuántica y de la física
atómica.

Todas estas nuevas investigaciones hacen concluir al filósofo en que las


ideas de estabilidad y de previsión tienden a desaparecer.
XIV - La legitimación por la paralogía

El discurso científico postmoderno descarta la legitimación por medio de


los grandes relatos (dialéctica del Espíritu o la emancipación de la humanidad).
Según Lyotard, el principio del consenso es insuficiente:

O bien es el acuerdo de los hombres en tanto que inteligencias


cognoscentes y voluntades libres obtenido por medio del diálogo. Es en
esta forma como se encuentra elaborado por Habermas. Pero esta
concepción reposa sobre la validez del relato de la emancipación. O
bien es manipulado por el sistema como uno de sus componentes en
vistas a mantener y mejorar sus actuaciones. Es objeto de
procedimientos administrativos, en el sentido de Luhmann. No vale más
que como medio para el verdadero fin, el que legitima el sistema, el
poder.[15]

Dentro de la descripción de la pragmática de la ciencia, lo importante es el


disenso, pues el consenso funciona como un horizonte, pero nunca es obtenido. El
concepto de paralogía difiere del de innovación. Ésta es empleada por el sistema
para optimizar su eficiencia, mientras que aquélla es una jugada realizada en la
pragmática de los saberes.

El criterio de performatividad tiene sus ventajas dentro de la concepción de


consenso de Luhmann. Entre ellas menciona que prescinde de discursos
metafísicos, renuncia a las fábulas, requiere mentes claras y voluntades frías, hace
a los jugadores responsables de los enunciados y de las reglas de juego, etc.

Pero a menudo en la realidad, advierte Lyotard, no se tienen en cuenta


algunas nuevas jugadas, porque desestabilizarían posiciones previamente
establecidas por la jerarquía científica o universitaria. Este comportamiento,
sostiene el autor, es terrorista, porque obligará a un compañero de juego, bajo la
amenaza de ser privado de jugar, a dar su asentimiento o a callar.

En cambio, lo destacable de la pragmática científica actual, es su


actividad diferenciadora (de imaginación o de paralogía), que posibilita nuevas
ideas, nuevos enunciados, y permite la aparición de metaprescriptivos, que son
quienes prescriben las reglas de los juegos de lenguaje. Pero el discurso científico
opera sólo con enunciados denotativos. Trasladado al campo social, éste no
funciona con la misma simplicidad que las ciencias, pues está formado por
enunciados diversos (denotativos, prescriptivos, preformativos, técnicos,
evaluativos, etc.). En la pragmática social no se pueden determinar
metaprescripciones para todos esos juegos de lenguaje, y por lo tanto, en ella no es
posible lograr un consenso. De aquí que Lyotard se oponga terminantemente a la
propuesta de Habermas de la búsqueda de un consenso universal por medio del
diálogo de argumentaciones. En oposición a esto, Lyotard parece estar más de
acuerdo con lograr consensos locales y limitados en el espacio y en el tiempo.

Repercusiones de la obra

Uno de los debates desencadenados a partir de la Condición postmoderna fue el


protagonizado por Lyotard y Habermas. El punto esencial de la discusión entre
ambos es la valoración que cada uno hace de la modernidad. Mientras que para
Habermas la modernidad se encuentra inconclusa y aún no ha terminado de
suministrar sus frutos, para Lyotard es una propuesta acabada y fracasada.

Lyotard entiende que la búsqueda de consenso y de unidad son intenciones


pertenecientes al discurso moderno, a las que hay que enfrentarles las de disenso,
localismo, discontinuidad, disgregación. Las tentativas de cualquier
fundamentación son considerados por el filósofo francés como grandes relatos.
Ante este afán moderno de legitimación por el consenso, defiende Lyotard un
nuevo criterio: la paralogía.

Aun cuando Habermas ha renunciado a la fundamentación metafísica, la


crítica de Lyotard persiste contra la idea de consenso y contra la reivindicada
preeminencia de la ética discursiva. Un aspecto clave de la polémica es la
aspiración moderna de universalidad a la que Lyotard opone el concepto de
inconmensurabilidad de los juegos del lenguaje, pues a su entender no existe un
metarrelato unificador.

Para él, la postmodernidad debería aceptarse como una realidad sin


lamentos, sin la ilusión de un retorno a la modernidad, sin la nostalgia por la unidad
o por la totalidad, admitiendo la pérdida de sentidos y de los viejos valores. Los
cambios ocurridos en la actualidad deben ser estudiados y tenidos en cuenta, pero
deben buscarse nuevas soluciones, siempre con una actitud jovial a la manera
del gay saber nietzscheano.
Pero Habermas propone una teoría de los derechos naturales y apuesta por
una racionalidad sustantiva. Racionalidad que se apoya en el lenguaje y que abarca
a todos los tipos humanos. Éste es el proyecto de la Ilustración que aún ha quedado
inconcluso.

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