Manuel Rodríguez,
mártir de la democracia
«Puede ser un obispo,
Puede y no puede .. .
Puede ser sólo el viento .. .
Sobre la nieve ... »
Canto general, Pablo Neruda
La noche del 12 de febrero de 1817, Manuel Rodríguez Erdoyza conseguía el
primero de los objetivos que tenía en mente: el triunfo en la Batalla de Chacabuco permitía
el ingreso relativamente tranquilo del Ejército Libertador de Los Andes, con más de 5.000
hombres, desde Plumerillo, Argentina. Ciertamente, la efectividad del trabajo que le fue
encomendado por el general San Martín a fines de 1815, en la guerra de Zapa - guerra
psicológica o de nervios - y sus guerrillas focalizadas al sur de Santiago entre 1816 y 1817,
generaron en San Martín confianza respecto de su astucia, arrojo y valentía. San Martín
sabía que el espía Rodríguez, con su extraordinaria red de espionaje y sistema de
distracción permanente, unida a sendos ataques sorpresivos en Curicó, San Fernando y
Melipilla, había logrado desesperar a Marcó del Pont y desorganizar al ejército realista.
Orgulloso estaba San Martín quien, junto a O'Higgins, había trabajado en la
consolidación del Ejército Libertador de los Andes por más de dos años, consiguiendo
gracias a esto apoderarse de Santiago en pocas horas e iniciar el proceso de independencia
de Chile. A su vez, San Martín le reconocía a Manuel Rodríguez el haber desorganizado al
ejército realista; confundir al siútico gobernador haciéndole creer, mediante guerrillas
apoyadas por el bandido jefe de milicias José Miguel Neira, amigos de confianza,
hacendados y campesinos, que la invasión sería por el sur del país. Justo Abel Rosales,
periodista, historiador y escribano de la Corte de Apelaciones de fines del siglo XIX, quien
conformó y lideró el comité patriótico de exhumación de los restos de Manuel Rodríguez
en 1894, decía al respecto: «Con astucias, asaltos, emboscadas y mil estrategias, Rodríguez
había logrado diseminar las tropas realistas, impidiéndoles reunirse en Chacabuco, por eso
la gloria de los que vencieron en esa batalla es gloria también de Rodríguez i por eso lo citó
con elogio el general San Martín en el parte oficial que pasó sobre ese importante hecho, de
tal suerte que cuando el ejército patriota de Chile y Argentina llegó de Mendoza al Valle de
Aconcagua, ya Chile estaba en pie de guerra como un solo hombre, resuelto a pelear por la
patria» (Qaros, 5).
El 22 de febrero de 1817, más tranquilo después de la Batalla de Chacabuco y
reponiéndose de las intensas jornadas de batalla gracias al opio y al descanso, ya en su
cuartel central de Santiago, San Martín redacta el parte de la Batalla de Chacabuco,
señalando en forma detallada el desenlace de la misma, sus hitos más importantes y
enumerando y felicitando a los soldados que participaron e hicieron posible el triunfo. Entre
ellos, reconoce al abogado Manuel Rodríguez. El parte dice: «Finalmente, el comandante
Cabot sobre Coquimbo, Rodríguez sobre San Fernando y el teniente coronel Freyre sobre
Talca, tienen iguales sucesos; en una palabra, el eco del patriotismo resuena por todas
partes a un tiempo mismo». (Cgmor, 165) Así, el reconocimiento de San Martín, incluso en
el exilio años después de la muerte de nuestro prócer, es el resultado de una acción
eficiente, previa y meditada de Manuel Rodríguez.
Rodríguez fue relevante para lograr nuestra vida independiente, principalmente,
porque se preocupó de aplicar la técnica de la ubicuidad, técnica que manejó muy bien
cuando estuvo en la clandestinidad. El hecho de que estuviese en varias partes al mismo
tiempo responde a una buena gestión de correos y guerrillas más que a la cualidad mágica
que se le atribuye. Rodríguez ideó un sistema eficiente de engaño informativo con claves
previamente establecidas, además de una disciplinada táctica de guerrilla constante en el
sur. Pero lo más importante fue enseñarle a los ciudadanos de cada rincón de la zona central
y sur, que eran poseedores de derechos soberanos, dueños de su propia libertad, que la
soberanía popular residía en ellos y que de ellos dependía el destino de la patria. Tal poder
de convencimiento y su discurso natural y consecuente, apasionado y constante, trajo
consigo una luz de libertad durante la Reconquista y aún después de ella.
El historiador del ejército, el teniente coronel Pedro Hormazábal, señaló en una
entrevista hecha por el autor el día 28-01-2010, respecto a esto que «la ubicuidad de
Manuel Rodríguez de la que tanto se habla, esto es que andaba simultáneamente en varias
partes en los ataques de montoneras, es un mito, sin duda. Es ciertamente imposible. Lo que
sí es efectivo es que Rodríguez es el jefe de la insurrección popular durante la Reconquista
y quien gestiona y articula de manera eficiente junto a otros patriotas un sistema
informativo y contrainformativo útil para la causa de la liberación de Chile». Con esto, la
virtud más importante de Manuel Rodríguez en la etapa de la Reconquista fue la de levantar
a todos los chilenos en contra de la monarquía, cuestión que no era fácil en aquella época,
ya que el país era realista y, por tanto, gran parte de sus habitantes eran adeptos a la corona
española. El campesinado y los artesanos, ya fuese por desconocimiento o ignorancia, no
participaba en lo más mínimo. Sin embargo, a través de sus discursos, proclamas y
acciones, Rodríguez incorporó a todos los chilenos en la lucha, en especial a las masas
populares de la zona central y sur, quienes no habían tenido participación activa en los años
de la Patria Vieja. Solo así se comprenden a cabalidad las palabras de Luis Vitale cuando
dice: « Los avances de la guerra de guerrillas de 1816 y 1817 sólo pueden explicarse por la
incorporación de activo contingente del campesinado a las guerras de la independencia. El
respaldo de los campesinos de la zona central fue la clave del éxito de Manuel Rodríguez».
(Lvit, 20).
No obstante, antes de plantear cualquier hipótesis, es importante preguntarse cómo
es que Manuel Rodríguez se convierte en libertador de Chile; cómo un abogado, con
estudios en teología y filosofía en una de las mejores universidades coloniales, que había
sido procurador de la ciudad en la primera Junta de Gobierno, ministro de Estado y
diputado, se involucra en un conjunto de acciones riesgosas y distantes a su formación,
ingresa de forma clandestina a Chile cruzando solo la Cordillera de los Andes, investido de
espía y después de guerrillero, con el fin de liberar a su país. No es simple de contestar,
pero vamos viendo las posibilidades.
RODRÍGUEZ, EL ESPÍA
Después de la derrota de las tropas chilenas encabezadas por O'Higgins en
Rancagua en octubre de 1814, comienza el exilio a Argentina de los chilenos que peleaban
contra la corona española. El primero en arrancar, inmediatamente después del desastre, fue
Bernardo O’Higgins, acompañado por su madre y su hermana, siendo recibido con honores
en Mendoza por su hermano de logia, José de San Martín, jefe de la Provincia de Cuyo,
quien luego lo nombraría General del Ejército de los Andes con sede en Plumerillo. Más
atrás, con unas semanas de retraso, venía el contingente de José Miguel Carrera, presidente
de la Junta de Gobierno, quien estaba decidido a organizar la resistencia en Argentina e
invadir Chile por Coquimbo. O'Higgins y Juan Mackenna, que había llegado antes a
Mendoza y que muere el 21 de noviembre de 1814 en Buenos Aires en un duelo a manos de
Luis Carrera, estuvieron informando parcialmente y contando algunas realidades no exentas
de exageraciones de la familia Carrera, en especial de su líder José Miguel, acaecidas entre
1811 y 1814. O'Higgins, quien ya detestaba a los Carrera y a sus seguidores, redactó un
informea San Martín señalándole, además de lo peligroso que eran los Carrera, quiénes de
su columna podían servir a la patria y quienes debían ser arrestados o confinados a las
afueras de Mendoza. En este informe aparece Manuel Rodríguez como enemigo de la
patria, su nombre tarjado con una cruz. Sin embargo, Rodríguez no venía registrado en la
columna de los Carrera, llegando días después de forma solitaria.
San Martín, quien prefería llevarse sus propias impresiones, recibió el informe,
analizó, guardó y esperó que llegara el joven abogado. Unos cuantos días después de su
llegada a Mendoza, Rodríguez se presentaba ante el general, causándole una muy buena
impresión. San Martín lo encontró agradable, sincero, inteligente y consideró que podía ser
muy útil para el plan ideado. Pero antes, para cerciorarse de su seriedad y patriotismo, hizo
que le espiaran día y noche. El hombre de leyes, que ya se había percatado del seguimiento,
se dedicó a hacer proclamas de libertad en la imprenta y a atender un bar de patriotas
exiliados.
Pasaron meses antes de que Rodríguez propusiera a San Martín la idea de ingresar
encubierto a Chile con el objetivo de preparar la invasión final, comprometiéndose a
informar todo cuanto ocurriere. La principal fortaleza de Rodríguez para cumplir esta
misión era el cabal conocimiento que tenía de los chilenos y de la geografía, su inteligencia
superior y sus excelentes relaciones a todo nivel. Esta idea debía ser transformada en un
plan, el cual el General ya había comenzado a madurar, pero que no aún no funcionaba, ya
que los espías propuestos por O'Higgins o bien morían o bien desertaban. Había que
encontrar al hombre, al espía, correcto. Y éste era, sin duda, Manuel Rodríguez. A fines de
1815, San Martín se decide por este abogado, pasando por alto su filiación carrerista. En
octubre de este año lo envía a Chile con el único objeto de que ingrese a Chile y gestione
un sistema informativo de todo cuanto ocurra en el país, de cómo piensan y se comportan
los chilenos, de las acciones de Marcó de Pont, del ejército, etcétera. Toda información
posible era relevante para San Martín, porque el apoderamiento de la información es el
secreto de la victoria en una guerra.
Para poner en marcha el plan, a sabiendas de lo público y conocido que era
Rodríguez, ordena su detención e informa públicamente la orden de aprehensión en su
contra, la que se hace efectiva en la plaza de Mendoza a plena luz del día, enviándolo ese
mismo día a la cárcel de San Luis, dentro de la provincia de Cuyo. Lo deja preso un tiempo,
con las mejores comodidades, hasta que, a fines de diciembre de 1815, con un gran plan
entre sus manos, llega a Chile.
Se le tenía fe a Rodríguez. Debía encargarse de implementar y coordinar el sistema
de espionaje organizado en células, la clave para la consecución de la independencia.
Ernesto Guajardo, en un artículo publicado el año 2010, señala citando a Jaime Cañas que
no le fue fácil a San Martín disponer de agentes capacitados, debiendo ordenarlos en dos
grupos diferenciados por sus fines: el Sistema Celular que gestionaba el guerrillero y el
Sistema Radial. El primero consistía «en la creación de centros de espionaje, divididos en
células que se situaban en casa de patriotas chilenos que contaban con la confianza de los
españoles y fue asignado a aquellos agentes que trabajaban en la búsqueda de información
sobre el ejército español» (Egua,1). Este grupo estaba compuesto principalmente por civiles
encubiertos que observaban y tomaban nota de todo cuanto veían y escuchaban,
infiltrándose en las huestes Talaveras y en los grupos políticos moderados, incluso en
aquellos a favor de la independencia. En esta red operaba Rodríguez.
El segundo grupo, el Sistema Radial, se utilizaba sólo para "misiones especiales",
efectuadas en lugares distantes o de difícil acceso. Dada su especialización, su uso fue
menor. Este grupo estaba formado por militares, entre ellos Bueras y Martínez. Estos dos
grupos operaban de forma independiente y tenían fines diferentes. Mientras el primero
debía informar sobre sucesos cotidianos de carácter social, político y apreciaciones de
carácter personal, el segundo tenía objetivos militares estratégicos. Véase el Grafico 1, en
donde aparece el organigrama del sistema de células, en el cual Manuel Rodríguez aparece
inmediatamente al costado de San Martín concentrando la mayor cantidad de vinculaciones
de vinculaciones de todos los espías. Esto, obviamente, lleva a concluir que Rodríguez es el
jefe o gestor principal de este grupo de informantes y es quien debe recibir toda la
información para clasificarla y enviarla a San Martín.
Fuente: Sergio E. López Rubio, "Los vengadores de Rancagua". Santiago: Editorial Universitaria, 1987.
En el gráfico número 2 aparecen los integrantes del sistema radial cuyos miembros no se
repiten con el grupo de células y que tiene por objetivo el análisis técnico de carácter
militar.
Fuente: Sergio E. López Rubio, "Los vengadores de Rancagua". Santiago: Editorial Universitaria, 1987.
La estrategia acordada en Mendoza entre San Martín y Rodríguez no sólo permitió
el ingreso encubierto de Rodríguez a Chile en diciembre de 1815, sino que, además,
provocó la ejecución de guerrillas sectoriales sorpresivas y movedizas por propia iniciativa
de Rodríguez. Este hecho fundamental fue el que motivó a enviar, por lo bajo, a dos mil
soldados del ejército realista hacia el sur, obligándolos a dispersarse y desprotegiendo la
frontera central y la ciudad de Santiago. Así pues, gracias a Rodríguez y a su táctica
guerrillera, no fue difícil para O'Higgins y el Ejército de Los Andes vencer el 12 de febrero
de 1817 en Chacabuco. Con esto, entró triunfante a Santiago, venciendo a los realistas que
sólo contaban con la mitad de su ejército en la capital. El estratagema concertado entre San
Martín y el santiaguino, consistente en hacer creer a los españoles que el Ejército
Libertador entraría por el sur del país, había funcionado. Tanto así que la estrecha
imaginación de Francisco Casimiro Marcó del Pont no pudo siquiera vislumbrar que los
patriotas exiliados cruzarían la Cordillera de Los Andes con el ejército libertador. Vaya
cómo surtió efecto la maniobra distractiva, podemos verlo al analizar el pasaje de una carta
oficio de Marcó del Pont enviada al virrey del Perú, Joaquín de la Pezuela, en diciembre de
1816. En ellas, después de pedir auxilio de tropas, dice: « De hecho van i no se dude, no
tantos confiados en sus tristes fuerzas como en la disposición de los chilenos a favor de la
revolución. Para preparar mejor los ánimos han marchado catorce o quince días para la
provincia de Concepción el presbítero Eleicegui, Pérez, Serrano, Millalican i otros; para
Talca, Curicó i San Fernando, Cruz, Bustamante, Cienfuegos, Pasos, los Bravo, Manuel
Vega, Bartolo Araos, unos Gaete, Albano, Villota i otros (…) Plan Formado. Mil
cuatrocientos hombres de las tropas de ésta deberán entrar por uno de los caminos del sur a
mediados o fines de enero. La entrada, según sujeto de los de confianza de ... , que algún
día se sabrá, está combinada con los descontentos de Concepción i Colchagua». Y luego
agrega: «Esta expedición según cálculos debe obrar de acuerdo con otra marítima de varios
corsarios i otros buques mercantes al mando de un inglés, cuyo nombre no tengo presente»
(CdH, 237).
¡Qué perdido estaba Marcó del Pont de los sucesos que se vendrían meses más
tarde! Pero más que estos datos de un informante despistado, tales antecedentes falsos
respecto a la acción del Ejército Libertador eran el resultado de la táctica contrainformativa
que gestionó Rodríguez - cuyas chapas eran "El Español" y "Gómez"- junto a sus amigos y
patriotas, Ramón Picarte - "Vicente Rojas"-, Diego Guzmán -"Víctor Gutiérrez"-, Manuel
Fuentes - "Feliciano Núñez"- y Juan Pablo Ramírez - "Antonio Astete"-, entre otros. Eso sí,
el lloriqueo y nerviosismo de Marcó del Pont venía desde antes. El 30 octubre de 1816,
Marcó del Pont escribe al mismo Virrey pidiéndole que lo destine a otra colonia,
enumerando detalladamente a los enemigos de la corona, para quienes solicita el destierro
inmediato. En esta carta, del Pont señala que hay tanto desorden en el sur que se ha visto en
la necesidad de movilizar tropas, indicando que el gran responsable de este movimiento es
Manuel Rodríguez. Dice así: «En los días que llegó la acordada, estaba tramándose un plan
de conspiración por Don Manuel Rodríguez, insurgente prófugo de éste reino, a quien
mandó con éste fin el rebelde Gobernador de Mendoza, don José de San Martín, instruido y
prevenido de dinero y recomendaciones. Sus tramas fueron tan ocultas que sólo por raros
medios han podido descubrirse, con el sentimiento de ver ligados en ella a sujetos que
aunque conocidos por su opinión a favor del sistema revolucionario eran tenidos por
juiciosos y moderados». Y después agrega: «Para evitar estos desordenes, me ha sido
preciso destinar el único cuerpo de caballería que tenía en esta capital a la persecución de
hombres tan perjudiciales y que me den tantos cuidados, debiendo temerse con fundamento
que, si no se remedia con tiempo este daño, puede formarse esta gavilla un ejército»
(ArchBO, 405).
Las acciones de Rodríguez y su gente no pararon, sin importar la llegada del
contingente militar al sur. Es más, tras el arribo de las huestes realistas, los ataques se
multiplicaron en Talca, en Curicó y Melipilla; los hacendados, huasos y campesinos que
permanecían pasivos, se enrolaron y tomaron las armas; se unieron capitalinos, jóvenes y
mujeres. Todos querían servir a la patria, incluso aquellos que la corona consideraba
revolucionarios pero juiciosos, quienes decidieron tomar las armas y abrazar la causa.
Marcó del Pont, ya entregado y desesperado por las acciones de Rodríguez y su gente en el
sur, decide, tras ponerle precio a la cabeza de Manuel Rodríguez, decretar con fecha 22 de
enero de 1817, a menos de 3 semanas de la invasión, un edicto que prohibía a roda persona,
salvo militares, movilizarse a caballo entre el camino de Maipú y el Maule sin un pasaporte
autorizado para tal efecto, bajo pena de muerte. Además, autoriza un catastro de caballos y
confiscación de los mismos. El edicto reza: «Los escandalosos atentados que cometen los
enemigos de la tranquilidad de este reyno, no permiten perder tiempo en tomar rodas las
medidas que conduzcan a su exterminio, y al de aquellos desnaturalizados que olvidándose
de lo que le deben a su Rey y al suelo en que nacieron, son íntimos confidentes y agentes
inmediatos de los que intentan restituir los tiempos de la horrorosa anarquía cuyas resultas
llorarán las generaciones más remotas».
«Esos sucesos de Melipilla y San Fernando me han dado a conocer la parcialidad de los
perversos, quienes nada hubieren hecho contra esos pueblos inermes si el gobierno hubiese
tenido el menor aviso por uno de los muchos resortes que debieron haberse tocado para
aquellos movimientos propios de la impotencia de sus autores, y cuyo pronto castigo ha
dificultado la fuga y ocultación». El historiador chileno Fernando Casanueva, quien eleva
esta acción de Rodríguez al sitio de fundamental para la independencia chilena, señala al
respecto: «Esta guerra constante de hostigamiento contra los españoles -llegando Rodríguez
y sus hombres a tomarse Melipilla y San Fernando, en un audaz golpe de mano, en enero de
1816- fue importantísimo para el ejército patriota chileno-argentino que se preparaba, no
sólo por las valiosas informaciones militares, políticas, de opinión pública, etcétera, que
sobre el enemigo le aportaba en sus frecuentes y secretas idas y venidas a ambos lados de la
cordillera, sino porque creó o reafirmó en el pueblo de las ciudades y del campo la
conciencia de la patria chilena y la necesidad de luchar contra la insoportable dominación y
represión española» (Fercas, 39).
En el mismo sentido, Renato Laso Jarpa, teniente de Caballería del ejército, señala
en su libro Manuel Rodríguez: Húsar de la Vida y de La Muerte respecto de este hecho -
invocando y criticando el olvido e ingratitud de los chilenos y de los historiadores hacia la
importancia de esta acción- que: «Marcó del Pont ahora que necesita sus tropas en la mano,
se da cuenta de que las ha diseminado por todo Chile por culpa de las malditas guerrillas de
Don Manuel Rodríguez. [ ... ] En los transportes de entusiasmo, nadie recuerda a uno de los
artesanos callados de la independencia, al héroe silencioso a quien tal vez se deba en gran
parte el triunfo de Chacabuco. No hay un pensamiento de gratitud para quien lo arriesgó
todo sin recibir nada a cambio: Don Manuel Rodríguez» (Relas, 119). Y Samuel Haigh,
comerciante inglés que arribó a Chile en 1817 y se dedicó a a escribir y tomar apunte de
todo cuanto estaba sucediendo en el país, señala que Rodríguez «contribuyó con sus
guerrillas a distraer y molestar a las fuerzas españolas durante la época en que se esperaba
la invasión de San Martín a Chile, y fue uno de los más celosos cooperadores y
corresponsales del general» (SaHa, 117-118).
En efecto, no todos los historiadores reconocen el rol de Manuel Rodríguez en esta
etapa. Singular es la tesis del historiador Francisco Antonio Encina sobre la gravitación de
Rodríguez en nuestra vida patria, señalando que la historia ha exagerado respecto del
protagonismo de Rodríguez durante la época de la Reconquista y aún después de la llegada
del Ejército Libertador a Chile. Dice que la figura del abogado es un mito, una leyenda, un
personaje novelesco y de escaso apoyo, desconociendo la veracidad de los actos atribuidos.
Además, agrega que su actuación en pos de un Chile independiente no fue gravitante y que
de no mediar su martirio y muerte, no sería reconocido. Dice Encina: «Aunque halago sus
instintos, sin retroceder ante la licencia y el pillaje, su actuación fue tan breve y esporádica,
y tan inerte el pueblo aún en materia política, que no se justifica el ascendiente supuesto
que el detentaba. [ ... ] La simbolización de algunos ideales latentes (audacia, generosidad,
coraje), han creado a posteriori, en alas sobre todo del postrer martirio, un verdadero mito,
tal vez el único que ya tiene valor secular». Luego, Encina señala derechamente que « la
simbolización histórica ha creado a posteriori un héroe de novela en la aflogante y
legendaria figura de Manuel Rodríguez. Se ha fantaseado a discreción acerca de la
identidad del héroe y de su pueblo [ ... quien] apenas contaba con algunos amigos
incondicionales de poco peso» (Frae, 673-674).
Encina, Premio Nacional de Literatura y no de Historia, llegó a decir que «las
montoneras de Rodríguez tenían el inconveniente del desprestigio patriota», lo cual es
extremadamente tendencioso y parcializado en su análisis respecto de la realidad de los
actos atribuidos al caudillo. No es plausible que un historiador de la talla de Francisco
Amonio Encina haya pasado por alto, ya sea por negligencia o por desconocimiento, los
innumerables documentos y libros que registran la importancia que tuvo Manuel Rodríguez
en la época de la Reconquista, en la cual logró, con audacia e inteligencia, devastar al
ejército realista e intranquilizar a su gobernador, preparando con esto el camino de la
independencia. No sólo da cuenta de su generosa, eficaz y extraordinaria acción durante la
Reconquista el parte de la Batalla de Chacabuco y las cartas del general San Martín, sino
que también las variadas misivas enviadas incluso por O'Higgins, en especial una fechada
el 6 de abril de 1817 en la cual le dice que «siempre Chile admirará su mérito brillante». La
nota enviada por el ministro Zañartu el 27 de febrero de 1818 también es elocuente al
reconocer «los felices resultados que tuvieron las incursiones de Ud. sobre éste país» y en
donde le solicitaba un relato pormenorizado de sus acciones, exhortándole de paso a que
diera los nombres de sus colaboradores.
Sin embargo, el precio que Casimiro Marcó del Pont puso a su cabeza a través de un
bando decretado el 7 de noviembre de 1816, es el documento más significativo,
demostrando de manera clara y determinante que Rodríguez era buscado como enemigo
número uno del gobernador español, ya que con su accionar estaba mermando al ejército
realista y desestabilizando la gobernabilidad de Chile. Dicho bando real acredita, además,
lo diligente de su accionar, el constante y real apoyo que le daba el pueblo chileno a nuestro
héroe, a quien nunca denunció ni entregó, rechazando las tentaciones económicas que
ofrecía su "Su Señoría Maricona" al pueblo chileno por la obtención de su cabeza. El bando
decía que: «Todos aquellos que sabiendo el paradero de los expresados Neira y Don
Manuel Rodríguez y demás de su comitiva no dieren pronto aviso a la justicia más
inmediata, sufrirán también la pena de muerte justificada su omisión, incurriendo en la
misma los jueces que avisados de su paradero, no hagan todas las diligencias que estén a su
alcance para prenderles. Por el contrario, los que sabiendo donde existan los expresados
Neira y Rodríguez los entreguen vivos o muertos, después de ser indultados de cualquier
delito que hayan cometido aunque sean los más atroces, y en compañía de los mismos
facinerosos, se les gratificará además con mil pesos que se les dará en el momento de
entregar cualesquiera de las personas dichas en los términos insinuados; bajo la inteligencia
de que este superior gobierno será tan religioso en cumplir su promesa, como ejecutivo en
las penas que van designadas; en ésta virtud para que lo contenido tenga efecto, y ninguno
alegue ignorancia, publíquense los ejemplares convenientes, circúlese por los partidos del
reino. Fecho en esta ciudad de Santiago de Chile, a 7 de noviembre de 1816. Francisco
Marcó del Pont.
Bando decretao por Marcó del Pont con fecha 7 de noviembre de 1816, por el cual pone precio a la cabeza de
Rodríguez y el indulro a quien lo entregue en caso de que hayan cometido delitos.
Con la variada documentación existente, almacenada en nuestra Biblioteca y
Archivo Nacional y en los variados libros de historia, ¿Puede Encina tener algo de razón al
señalar que se ha exagerado respecto del rol de Manuel Rodríguez en nuestra vida
independiente? ¿Podemos decir que era un personaje novelesco, un mito, una leyenda?
¿Podemos señalar, con algo de seriedad, que nuestro abogado guerrillero no tuvo relevancia
en la Batalla de Chacabuco? ¿Seremos capaces de afirmar que el tribuno popular no tenía
apoyo del pueblo, del sector carrerista y de la burguesía chilena? ¿Podríamos decir que el
abogado tenía muy poco apoyo y que éste era sólo de personas de poco peso? Obviamente,
Encina, historiador esforzado, ha tratado de desperfilar a la persona y la obra de Manuel
Rodríguez y, lo que es más peligroso, intenta sin éxito hacer desparecer de la historia, el rol
de Rodríguez Erdoyza en nuestra vida independiente.
Alfredo Jocelyn Holt, historiador connotado y admirador encubierto de Francisco
Antonio Encina, señala sin mayor profundidad ni explicación en su libro referido a la
historia de la independencia, algo similar a su referente Encina. Jocelyn Holt dice no sólo
que Manuel Rodríguez es un personaje novelesco y sobredimensionado en la historia de
nuestro país (principalmente debido a la obras literarias "Episodios Históricos" de Liborio
Brieba y a "Los Húsares Trágicos", de Jorge Inostroza), sino que, en realidad, sólo
conformó un grupo mayoritariamente de delincuentes y algunos patriotas que participaron
en la Reconquista. Algo similar señala el historiador conservador Sergio Villalobos.
No se puede negar que la vida de Manuel Rodríguez ha sido llevada a la novela, al
cine y a la televisión por varios autores y artistas nacionales, pero es que su vida fue
fascinante y repleta de acciones diversas. Esto, necesariamente, ha hecho volar la
imaginación de los creadores, quienes construyeron situaciones anecdóticas entretenidas y
dignas de admiración. No obstante, hay que decir al respecto que no hay antecedentes o
documentos concretos en donde se señale la veracidad
de cuando abrió la calesa a Marcó del Ponto sobre su ingreso en reiteradas
ocasiones al Palacio de Gobierno o de sus disfraces de monje, campesino o preso, entre
otras anécdotas. Sin embargo, lo que sí es verdad y está acreditado mediante documentos
fehacientes que inspiraron a crear estas situaciones que se han trasmitido de generación en
generación, es que Rodríguez estuvo mas de un año moviéndose por Chile, espiando y
realizando acciones en la capital y en el sur de forma encubierta. También es verdad que
informaba a Mendoza usando pseudónimos diversos, que tenía vinculaciones con los
monjes recoletos, que no fue detenido durante ese tiempo (salvo cuando O'Higgins llegó al
poder), que efectuó ataques sorpresivos en el contexto de la guerra de guerrillas y que sabía
los movimientos de los Talaveras y de las decisiones de del Pont. Participó de fiestas
publicas, escuchó los edictos en la plaza, tal vez pudo conversar con algún personero del
gobierno de del Pont que le entregó datos valiosos sin que éste supiera su verdadera
identidad, etcétera. Todos estos actos llevan a concluir que ocultó su identidad y fisonomía
de alguna forma, por ejemplo, mediante un disfraz.
Las referencias en sus escritos a episodios públicos que ocurrían en la capital llevan
a inferir que observaba los hechos en terreno, muy de cerca, también con alguna
modificación de su fisonomía e identidad. Así, entendiendo que la obtención de
información conlleva un riesgo envuelto y que realizó ataques diversos con sus
montoneros, es obvio pensar que más de alguna vez su vida estuvo en peligro y cerca de ser
reconocido. Pero esto nunca ocurrió, lo que se ve acreditado fehacientemente con un hecho
ocurrido en la sexta región en pleno 1816. El año 1948, Gustavo Opazo publicó su libro "El
Guerrillero Venegas". En él, da cuenta de una entrevista que Vicuña Mackenna sostuvo con
Basilio Venegas, en la cual se señala que Neira, por orden de Rodríguez y con el fin de
apoderarse de un correo clave que trasladaba un grupo de Talaveras hacia Santiago, decide
disfrazar al joven montonero Basilio Venegas de monje franciscano, disfraz que le entregó
una patriota hacendada, con el objeto de parar la comitiva que llevaba el correo en Teno y
obtener las cartas. Este hecho acredita no sólo el uso de disfraces y técnicas de espionaje,
sino también que el grupo de Neira se movía no sólo por fines de lucro, sino que también
por fines políticos.
Pero Encina no se equivoca en todo, acertando al decir en el Tomo 1 de su Resumen
de la Historia de Chile que «Motu propio, Manuel Rodríguez había preferido el
compromiso de enviar noticias, estimulado con la creación más factible de las guerrillas,
antes que San Martín se lo ordenara» (Frae, 611) Porque, en efecto, la misión encomendada
conforme al acuerdo y al plan ideado allende Los Andes era exclusivamente observar,
escuchar, analizar, procesar la información y darla a conocer mediante misivas que pasarían
a Argentina mediante un sistema de correo informativo y contrainformativo efectivo y en
clave. Sin embargo, en mayo de 1816, Manuel Rodríguez se cansa de tanta pasividad, sale
de la concha en la que ha estado trabajando secretamente y decide que es el momento de
pasar a la segunda etapa: se deben poner en práctica las montoneras, reclutar todo el
contingente posible y unir a ellas a José Miguel Neira, jefe de un grupo de bandidos
imputados por variados delitos, que se dedicaban a obtener patrimonio ajeno a costa de la
comisión de diferentes infracciones contra la propiedad. Tal como hizo la corona inglesa
con los piratas al otorgarles legitimidad en los siete mares para expandir su imperio,
Rodríguez necesitó de este grupo de delincuentes de Cumpeo para realizar guerrillas
focalizadas y ataques que afectaran a los realistas a cambio de la ansiada libertad del país y
obviamente de recursos de subsistencia.
El plan de concientización y la divulgación de la importancia de la libertad y
soberanía en las masas populares de Maipú al Maule daba sus primeros frutos. Los
hacendados, junto a los campesinos, estaban unidos en pos de la lucha por una vida libre y
más conveniente económicamente para ambos, y los artesanos y dependientes sabían que
vivirían mejor con un gobierno independiente de la corona. Sin embargo, el factor
determinante, el que ayuda a acelerar la lucha contra la corona española, es el régimen del
terror y abuso en contra de los connacionales, primero por parte de Osario y luego por
Marcó del Pont.
Los encarcelamientos y exilios injustos a los patriotas, las alzas de impuestos para
financiar fiestas, la obligación que tenían las familias de hospedar por meses a soldados y
pagarles cuando éstos no pagaban sus impuestos, las diferencias de trato entre criollos y
peninsulares, el cercenamiento de miembros en caso de supuestas conspiraciones contra la
corona y el ahorcamiento de inocentes a plena luz del día generaron un fuerte odio hacia el
gobierno, por parte de los compatriotas y, por supuesto, por parte del "hombre de los mil
nombres", Marcó del Pont, quien señalaba que «No he de dejar a los chilenos ni lágrimas
que llorar» (MiLa, 274). Por todo esto, Rodríguez eligió deliberadamente el sur, ya que el
grueso del contingente militar realista se encontraba en la capital, existiendo una cobertura
deficiente del ejército realista en las localidades de Melipilla, Talagante, San Fernando,
Teno, Curicó y Talca, lo que permitía eficientes arremetidas sorpresivas y una fácil fuga.
Además, como ya se ha señalado, porque generaba en los realistas la falsa ocurrencia de
que todas las tropas de los criollos ingresarían por el sur.
Pero no todo era alegría para Rodríguez. San Martín, al enterarse por otros conductos de las
operaciones del ahora guerrillero Rodríguez entre Santiago y el Maule, le escribe indignado
el16 de diciembre de 1816 por iniciar la guerra sin autorización previa. El general
trasandino escribe «Son ustedes los chilenos unos hombres que no se a qué clase
corresponden: el carácter de Uds. es el más incomprensible que he conocido. Todo lo
quieren saber y nada alcanzan ¡Porra que ya me tienen aburrido! ¿A qué diablos y con qué
objeto han empezado Uds. a poner el sur en movimiento? ¿No les tengo dicho repetidas
veces que se mantengan en la concha hasta mi arribo? ¿A qué empezar a despertar al
hombre y con que objeto? Yo no encuentro objetivo para trastornar todo. ¿Se han creído
Uds. que Neira había de conquistar Chile? Ningún hombre sensato deseará estar bajo la
férula de un salteador. Si mi amigo, si Ud. y los demás no hubiesen promovido semejante
disparate, el hombre no hubiera enviado fuerzas al sur. .. Siga la guerra de Zapa; ésta y no
los disparates que Uds. han hecho, nos tienen que salvar» (lBaMi, 393-394). Es extraña esta
carta que refleja la indignación señalada, ya que días antes, el 3 de diciembre de 1816, San
Martín, por conducto de Rodríguez, le enviaba a José Miguel Neira una carta donde lo
felicitaba por su accionar, acompañada de una chaqueta de miliciano como obsequio.
Decía: «Mi estimado Neira: sé con gusto que Ud. está trabajando bien. Siga así y Chile es
libre de los maturrangos. Dentro de poco tiempo tendré el gusto de verlo. Su paisano y
amigo, José de San Martín» (MaBa, 74).
De esta forma, la carta del 16 de diciembre de 1816 refleja, además de una
insubordinación del guerrillero, el desconocimiento por parte de San Martín del plan que
pretendía aplicar Rodríguez, el cual llevaba ya un tiempo madurando. Éste consistía en
llevar la montonera al sur a la espera de que Marcó del Pont enviara tropas de
enfrentamiento, como efectivamente ocurrió. Esto significa que el reproche de San Martín
referido al envío de tropas para neutralizar la acción del sur por parte del "hombre" Marcó
del Pont, no estaba considerado por el general, entendiendo sólo posteriormente que le
traería beneficios a la causa de la libertad. De hecho, a menos de 20 días de fechada esa
carta, el Ejército Libertador iniciaba el colosal paso de los Andes. Por esto, ciertamente
tiene que haber habido en esos días un hecho delictual cometido por la montonera de Neira,
el cual haya llegado a oídos del general, exaltando la tranquilidad previa a la invasión. Con
todo lo anterior, la decisión de Rodríguez fue acertada y posteriormente felicitada.
La invasión del Ejército Libertador fue un éxito. Las tropas realistas se instalaron en el sur,
la guerra se trasladó a esa zona y el gobernador de Chile, Marcó del Pont, conocido como el
hombre de los mil nombres, es engañado por el hombre de las mil caras, y se fuga de la
capital. Este sujeto, a quien Rodríguez trataba de homosexual y que gobernó con mano dura
nuestro país, disciplinado militar español que luchó en Europa contra las fuerzas militares
de Napoleón y que llegó a Chile a los 45 años de edad (diciembre de 1815), es detenido el
15 de febrero de 1817 en el Quisco junto a su escolta. Se dirigía al puerto de San Antonio
para embarcarse en el primer barco que hubiere. Fue devuelto como prisionero a Santiago
y, después de una larga conversación secreta con San Martín, se le respetó su vida, siendo
enviado a San Luis, Argentina, donde muere de tuberculosis el año 1819. Días antes,
Vicente San Bruno (1775-1817), jefe de la policía secreta de del Pont, que había abrazado
de joven el sacerdocio y que se enfrentó con furia a los franceses en pleno asedio
Napoleónico, valiéndole el ingreso al ejército español, era apresado en plena Batalla de
Chacabuco junto al sargento Talavera Francisco Villalobos, ascendiente de nuestro insigne
historiador. Ambos fueron fusilados en ejecución pública en la Plaza de Armas con sendos
balazos en la espalda. Era 12 de abril de 1817.
LA LOGIA AL PODER
12 de febrero, 1817. En horas de la tarde, gracias a la labor extraordinaria de
Rodríguez, Bernardo O'Higgins, José de San Martín y su glorioso Ejército constituido
principalmente por oficiales argentinos, entran triunfantes a Santiago. Entre vítores y
desbordada alegría, parientes y amigos que el exilio había separado, se reunían nuevamente
y festejaban. Las fiestas luminosas eran pan de cada día y soldados, criollos y extranjeros
empezaban a disfrutar de la nueva patria. Manuel Rodríguez, por su lado, participaba de la
celebración junto a los montoneros victoriosos en San Fernando. A esta fiesta llegaron
todos los patriotas, hacendados, huasos campesinos e incluso el contingente de Neira,
compartiendo juntos momentos de real júbilo. En momentos de reflexión, en la soledad de
la noche, el guerrillero pensaba respecto del Chile futuro. Era necesario reconstruir la
patria; debía llamarse a elecciones para elegir a las autoridades; había que revisar el
reglamento constitucional de 1812 o, derechamente, generar una nueva carta constitucional;
había que establecer un Congreso nacional; reactivar el Cabildo.
Rodríguez tenía claro que San Martín u O'Higgins asumirían el poder de inmediato.
Sabía que sus ideas no eran del todo republicanas. Incluso el propio San Martín le señaló o
al menos le insinuó más de alguna vez, en Mendoza, que sus preferencias políticas se
acercaban más a la monarquía que al republicanismo. A O'Higgins lo conocía muy bien
desde la patria vieja. Habían trabajado juntos, aun cuando desde bandos opuestos. Sin
embargo, a la fecha, abrazaban conjuntamente el objetivo de independizar la patria. Pero
Rodríguez no le perdonaría jamás a O'Higgins que, en su calidad de general del Ejército
chileno, firmara junto a Juan Mackenna el tratado de rendición a orillas del río Lircay el 3
de mayo de 1814, mediante el cual Chile se sometía a la corona española. Tal acuerdo con
el enemigo (por cierto, la única rendición de tropas chilenas en nuestra historia),
representaba una traición de O Higgins al país y, sobre todo, a los miles de chilenos que
dieron su vida por la independencia en los años de la Patria Vieja.
Así, con el fin de cerciorarse de sus inquietudes y tener un conocimiento cabal
respecto de la próxima asunción al poder, Manuel Rodríguez parte a Santiago junto a sus
más cercanos colaboradores. Para el día 15 de febrero de 1817, los vecinos de Santiago,
acatando al bando de San Martín, concurrían a la sala del Cabildo con el fin de elegir al
gobernador que regiría los destinos de la nueva patria. En plena sesión, en circunstancias en
que se cumplían las formalidades de elegir a tres representantes (norte, centro y sur del
país) además del Director Supremo, los asistentes, constituidos en una gran mayoría por la
aristocracia chilena, proclamaron en forma espontánea como Director Supremo al general
José de San Martín, quien al día siguiente, en una reunión similar, fue ratificado por el
doble de los asistentes. El general José de San Martín, conocedor de la inconveniencia de
que un argentino gobernara al pueblo chileno, da la negativa a la petición de los electores,
señalando oficialmente a los presentes que debía abocarse inexorablemente a la terminación
de la guerra y lograr la emancipación de toda América. Finalmente, ante tal evento, la
aristocracia chilena -algunos de ellos con recelo y
por exclusiva petición de San Martín- proclaman el día 16 de febrero de 1817 a don
Bernardo O'Higgins Riquelme como gobernador.
Tras asumir, O'Higgins convoca a su gabinete secreto inmediatamente, para
organizar el país. O’Higgins y los suyos gobernarán hasta 1823 y determinarán
fundamentalmente los destinos de la nación y de muchos de sus hijos. San Martín y
O'Higgins eran miembros de la Logia Lautarina, un verdadero gobierno en las sombras, un
grupo político colegiado, de corte militar y secreto que dictaba las directrices políticas de
las provincias de La Plata y de Chile. Ellos estaban al tanto de que el montonero Rodríguez
era amigo y seguidor de José Miguel Carrera, quien se encontraba en Montevideo,
Uruguay, dispuesto a volver a Chile para derrocar a O'Higgins. Por lo tanto, había que
tenerlo a la vista, ya que se comentaba que podía estar pavimentándole el camino al
caudillo en espera de un regreso triunfante.
Se inicia entonces, al instaurarse la Patria Nueva en febrero de 1817, la vigilancia de
Manuel Rodríguez y la ejecución de la conspiración que traería dramáticas consecuencias
para el caudillo del pueblo. El vencedor de Chacabuco, hijo del ex Virrey del Perú,
Ambrosio O'Higgins, se transforma en el Gobernador de Chile. Como tal, y para mantener
la unión en el país, debe poner orden y aplicar conforme a lo acordado secretamente en La
Logia Lautarina, las políticas decididas para la consecución de conservar el poder político.
Como se ve, desde el primer día de la elección, La Logia Laurarina gobierna el país
mediante la cara visible de O'Higgins. Esta logia es fundada en Chile el mismo día 16 de
febrero de 1817, siendo su venerable maestro el mismo Director Supremo. Con esto, una
vez obtenido el poder político de la nación, Bernardo O'Higgins tenía como misión
conservar el poder adquirido. Para ello cree firmemente en la necesidad de superponer el
orden por sobre las libertades ciudadanas, para así forzar la unión del país. Tiene la
convicción de que mediante la dictadura como sistema de gobierno, sería más fácil
conservar el poder obtenido, logrando de mejor manera el control y la unión de la patria
naciente. O'Higgins sabía perfectamente que había divisiones en el pueblo criollo, producto
de 7 años de luchas internas y dominación española, y no quería por ningún motivo que el
esfuerzo desplegado por chilenos y argentinos fuera en vano. Necesitaba imperiosamente,
entonces, una gran cantidad de voluntades en pro de su mandato, aun cuando esta fuera
quebrantada.
Teniendo claro el catecismo político de conservar el poder para asegurar la
independencia, el general O'Higgins debía adoptar un sistema político que le permitiera
controlar a los ciudadanos con la finalidad de que éstos no rechazaran al gobierno. Debía
evitar las divisiones existentes para que así todos los ciudadanos, en conjunto, lograren la
estabilidad de la independencia, aplicando, por esto, una fuerza enérgica al menor atisbo de
insurgencia. Pero este sistema sólo era eficaz si el gobernador asumía el poder total de la
nación, aunando en sus manos el poder ejecutivo, legislativo y judicial. Ya en 1820,
O'Higgins señalaba: «Un pueblo naciente no debe establecer desde un principio un
gobierno demasiado perfecto: su Constitución y sus leyes deben ser provisionales
reservándose la facultad de examinarlas para la época de tranquilidad». (ABN) De esta
forma, una vez instaurada la Dictadura Suprema, tres aspectos claves debían ser
enfrentados desde el nuevo gobierno:
1.- Continuar la guerra para el logro de la independencia; hacer justicia con los
realistas que gobernaron en la Patria Vieja, enjuiciando y fusilando a los Talaveras y
funcionarios civiles adictos a la corona, aplicándoles, a quienes quedaran vivos,
restricciones a la libertad y de carácter patrimonial. Sin perjuicio de aquello, algunos
realistas más discretos o acomodaticios, pasaron a cumplir funciones en favor del gobierno
de O 'Higgins quien, en la mayoría de los casos, les dio una nueva chanceen la vida civil, en
la vida pública e incluso en el ejército. Una de las primeras medidas realizadas fue crear un
tribunal de fidelidad al gobierno como el que funcionaba en el tiempo de Marcó del Pont,
que espiaba a todos los que pisaban el suelo chileno.
2.- Controlar al grupo aristócrata que en Cabildo abierto lo había ungido
mayoritariamente como Supremo Gobernador de Chile. O'Higgins sabía perfectamente que
este grupo social -ávido de poder- representaría un problema de gobernabilidad y, para ello,
debía de disminuir su poder y evitar cualquier contacto o lazo de aquellos con España.
3.- Otro aspecto o problema a enfrentar, era terminar y/o controlar cualquier facción
que reivindicara cuestiones políticas diversas a las del gobierno, en especial aquellas
cercanas al grupo carrerista y, por supuesto, anular de paso a su referente en tierra patria:
Manuel Rodríguez, a quien O'Higgins aborrecía por su pasado carrerista.
Así, las primeras políticas de gobierno, están referidas a "vengar" los actos
efectuados por los españoles en la época de la Reconquista, enjuiciando a los realistas y
aplicándoles fuertes sanciones económicas. Escribe Jaime Eyzaguirre en su libro
O'Higgins: «El Director Supremo crea un tribunal de fidelidad al gobierno para averiguar la
conducra de los principales pobladores frenre a los ideales revolucionarios. Los que no
pudiesen acreditar su parriotismo quedarían inhabilitados para el desempeño de cualquier
empleo e igualmenre decreta el secuestro de todos los bienes de los realistas prófugos,
aplicando a los realistas no prófugos fuertes contribuciones de guerra» (JaEy1, 184).
Además, se establece un toque de queda bajo pena de muerte: ningún realista podía
transitar en la calle pasada la hora de la oración.
A fines de febrero, mediante decreto supremo, O'Higgins ordena el destierro a
Mendoza del aún adherente del rey, el obispo de Santiago, José Rodríguez Zorrilla junto a
tres canónigos, quienes se identificaban con Marcó de del Pont y San Bruno. Con estas
medidas aplicadas en forma estricta, el gobernador O'Higgins pretendía evitar cualquier
foco de resistencia realista que pudiere siquiera amagar el poder concedido. La sanción al
religioso produjo descontento en el partido patricio chileno que, dada su religiosidad, veían
en el obispo a su referente espiritual y también político. Esto fue una demostración de que
los aristócratasno deseaban extinguir los vínculos con España.
En marzo de 1817, O'Higgins da un nuevo golpe a la aristocracia que lo había
ungido como Director Supremo. Mediante decreto, otorga un plazo perentorio y fatal de 8
días para que la aristocracia quitara los escudos, armas e insignias de nobleza del frontis de
sus casas. Abolía, pues, los títulos nobiliarios de la aristocracia chilena y cortaba de esta
manera todo vínculo del parrido con el Reino de España. En su lugar crea la "Legión del
Mérito", destinada a premiar a los patriotas que se destacaban en la vida civil y militar. En
menos de un mes, entonces, el gobierno independentista estaba directamente afectando al
grupo político que había depositado su confianza en la persona de O'Higgins, quien era ya
considerado por los partidarios de la aristocracia como un dictador militar, un sureño y un
huacho hacendado que los odiaba. La fronda aristocrática no aceptaba de ninguna manera el
despojo obligado de sus títulos nobiliarios, acusando al gobernador de inmoral e
inconsecuente. Como rescata Jaime Eyzaguirre, algunos aristócratas señalaban con
manifiesta verdad, «¿Y no se recordaba acaso en esta oportunidad, con acre ironía y en
prueba del resentimiento que guiaría al gobernante, sus vanos esfuerzos de juventud para
obtener de la Corte española una carta de legitimación que le hubiere permitido heredar de
su padre los títulos de marques de Osorno y Barón de Balleneray?» (JaEy1, 190).
La aristocracia se peleaba con O'Higgins, quien la aborrecía, y éste les amenazaba
con que cualquier intento que pudiere poner límite a su autoridad sería repelido
certeramente. A meses de la asunción al cargo, el Director Supremo era ahora dictador de la
nación. « "En un plan de Administración pública expedido en 1817, se recoge la idea de
radicar la plenitud del poder en el Director Supremo a quien no se fija término a su
mandato» (JaEy2, 71).
El plan de Hacienda y de Administración Pública, compuesto de 240 artículos más
anexos, que empieza a redactarse a fines de febrero de 1817 por el argentino miembro de la
Logia Lautarina y pariente de San Martín, Hilarión de la Quintana, se publica el 2 de
septiembre de ese mismo año. Y si bien es cierto que el mencionado cuerpo legal es una
directriz general en materia de hacienda (para justificar la aplicación de impuestos y su
administración racional para financiar la guerra), hay un principio político de fuerza que
marca el régimen de O'Higgins: el poder político, en su plenitud, debe estar radicado en una
sola persona. O mejor dicho, en su persona. En efecto, el plan referido en el artículo 137,
señala que la potestad del supremo gobierno recae exclusivamente en el Supremo Director
del Estado. A su vez, el artículo 128, que instituye el Supremo Poder Judiciario, establece
que los miembros serán elegidos por el propio gobernante, debiendo el Director Supremo
presidir las reuniones en la propia sala directorial. Agrega el mismo artículo palabras en
primera persona del director O'Higgins, diciendo que el poder judiciario «siempre tendrá la
facultad y ministerio de proponerme cuanto juzgue conducente a la felicidad pública».
No hay, en dicho cuerpo legal, referencia alguna al Congreso Nacional ni a ningún
cuerpo representativo. Menos al Cabildo representativo. Con esto, está claro, O'Higgins
adopta la dictadura como gobierno y además la justifica legalmente una vez asumido el
poder. De esta forma, al asumir la conducción del país, el general O'Higgins, quien antaño
fuera aprendiz de Francisco Miranda, el venezolano revolucionario de la libertad, quien a
instancias del mismo leyó en Inglaterra a los iluminados libertarios entre ellos a Rousseau,
Montesquieu, Voltaire y otros, nutriéndose de sus ideas libertarias y progresistas, y quien
creó en España la Logia Lautarina (O'Higgins le da el nombre a la logia en alusión al
cacique Lautaro, quien se enfrentó valientemente a los Españoles en la época de la
conquista para combatir el imperialismo español), se convertía en dictador militar de la
patria chilena. Súbita y extrañamente, ahora que detentaba el poder de su patria,
desconfiaba el gobernador de aquellos principios inculcados en su juventud, de esos valores
que salieron de su boca en interminables reuniones y agitados Cabildos, tanto en el sur
como en la capital. Desconfiaba abiertamente el chillanejo de los habitantes de su país, de
la libertad y del republicanismo, argumentando que no era el régimen de gobierno a aplicar
en Chile. Decía: «este pueblo requiere palo de ciego; es muy revolucionario; pero luego que
suena el chicote no hay quien chiste» (ArchBO, 25).
Dicho esto, no hay duda de que el gobierno de O'Higgins, que se inicia
gloriosamente en febrero de 1817 legitimado por los 210 padres de familia del criollismo en
Cabildo abierto, confiriéndole facultades omnímodas temporales, y que dura hasta su
abdicación en 1823, era dirigido por un solo hombre investido con el título de Director
Supremo, el cual detentaba en su poder las funciones ejecutivas, legislativas y judiciales.
Pero las decisiones de grave importancia tomadas por O'Higgins, eran resueltas
previamente por el verdadero gobierno en las sombras, por aquél grupo secreto, mistérico,
militar, colegiado y resolutivo, llamado Logia Lautarina, cuya idea principal de gobierno
era obtener el poder total y la instauración del orden por sobre la libertad. Benjamín Vicuña
Mackenna sostiene que la administración de O'Higgins cayó por su falta de <dos elementos
esenciales de toda existencia política i democrática: la LIBERTAD i la MORAL». (BVicl,
336).
De acuerdo a las decisiones adoptadas y documentos recabados, los cuales han sido
expuestos someramente, O'Higgins y la Logia Lautarina no creían en la libertad de los
chilenos que pensaban distinto o que propugnaban principios republicanos. Menos en la
libertad del pueblo. El ejemplo claro de estas limitantes es la afectación de la libertad con
medidas de destierro y exilio sin proceso judicial previo en contra de quienes criticaban y
mostraban su desacuerdo para con el gobierno, las detenciones sin fundamento por posibles
conspiraciones que supuestamente se desarrollaban y los toques de queda aplicados no sólo
a los realistas sino a los ciudadanos chilenos. Pero es la falta de moral de sus políticas y de
sus funcionarios de gobierno, lo que termina de sepultar todo aquello bueno que pudo haber
realizado. Las más graves: su responsabilidad en la muerte de los hermanos Juan José y
Luís Carrera y en el asesinato de Rodríguez.
Ante esto, hay una interrogante que responder: ¿elige O'Higgins la dictadura como
sistema político porque cree en dicho modelo o porque es necesario en esos momentos?
O'Higgins asume la dictadura porque le permite conservar el poder político y porque para
ello tiene un muy buen aliado: el ejército. Este instrumento de fuerza, necesario para
instaurar la dictadura, contaba con más de seis mil hombres profesionales al inicio de su
mandato, lo que en ese momento lo volvía invencible, al menos dentro de sus fronteras. Las
decisiones que tomaba, entonces, debían cumplirse sí o sí, ya que al no cumplirlas se sufría
la amenaza de la fuerza, corno se hizo en muchos casos. Estas decisiones eran rápidas, sin
cuestionamientos mayores, y sin control. Pero obviamente, como la logia gobernaba, no
había decisión de importancia que no fuere decidida por tal organismo. San Martín,
Monteagudo, Alvarado, Zenteno, Zañartu, Hipólito de Villegas, Hilarión de la Quintana,
Antonio de Irisarri, el mismo O'Higgins y otros más eran miembros de la logia y, por tanto,
con su venia y su voto, podía O'Higgins llevar a cabo decisiones políticas de importancia.
Los miembros de la logia, que se unían en juramento de vida para lograr el objetivo de
liberar a América del yugo español, no obligaban a sus miembros a adoptar un determinado
sistema político. Sin embargo, eran fuertemente influenciados por las ideas de San Martín y
Bernardo de Monteagudo, quienes creían y pensaban instaurar el sistema monárquico.
O'Higgins, además de considerar útil este régimen, cree firmemente además en la dictadura
como forma de gobierno. Piensa que el pueblo de Chile es muy complicado y
revolucionario y sabe que el republicanismo y la división de poderes no es posible de
aplicar en nuestro país, ya que, cuando se intentó aplicar durante la Patria Vieja, fracasó
estrepitosamente, significando luchas internas que tuvieron como resultado perder la
independencia y su posterior exilio a Argentina.
Hay cinismo por parte de O'Higgins cuando, en su discurso, señala que la dictadura
debe aplicarse sólo en la primera parte de este nuevo Chile, debido a los momentos de
Guerra que se están desarrollando. El sistema fue ejercido durante sus seis años de
mandato, llevándolo a su abdicación en 1823, cansado el pueblo chileno de los abusos
propios del régimen. De esta forma, quedó de manifiesto su creencia no sólo con el plan de
Hacienda de 1817, sino que también su intento de disfrazarla en la Constitución de 1818,
con el objeto de convencer a los incautos ciudadanos y al mundo de que Chile era una
república.
La dictadura era aplicable para O'Higgins porque era el sistema político más
conveniente, no solo para mantenerse en el poder, sino también para cumplir con el gran
acuerdo secreto pactado en Mendoza en 1815 con San Martín, en el seno de la Logia
Lautarina. Este acuerdo consistía en que, a cambio del apoyo de crear un ejército libertador,
escalar los Andes y liberar Chile, O'Higgins debía permitir y hacer todos los esfuerzos para
crear una escuadra marítima libertadora que zarpara desde Valparaíso al Perú y así
liberarlo. A San Martín sólo le importaba Chile en cuanto era el paso obligado para
dominar el Océano Pacífico y seguir con su plan de liberar el Perú e instaurar una nueva
monarquía a su amaño en América.
Es Fray Pedro Arce, el gurú político de O'Higgins, vicario dominico y pastor
encargado de sumar adeptos para el dictador, quien le escribe el 28 de octubre de 1817 con
motivo de una tumultuosa protesta contra el gobierno por la negativa de llamar a elecciones
y por el tenor del plan de Hacienda y Administración que no reconocía Congreso ni
Cabildo. En esta carta le dice: «Muí Señor mío i amigo. El pueblo es un instrumento
insensato de los malos. Ahora es cuando se necesita una fuerza represora para contener
estos tumultos animosos, que necesariamente concluyen en anarquía. Acuérdese usted de
los escritos de Reynal en el tiempo de la revolución de Francia. Las lágrimas que derramó
este sensible filósofo fueron ocasionadas por aquella libertad imprudente i funesta que
promovió en sus primeros escritos i que por la perversidad de los malos causó tantas
desgracias. Aquí se habla mucho de Congreso o de un poder constituyente sobre la
dirección: es obra de estos pelucones indecentes. Usted será responsable a roda la
posteridad i al mundo entero, sino tomase las medidas oportunas para escarmentar a los
viciosos. No nos desviemos un punto de lo que tantas veces hemos hablado. El poder
lejislativo debe ser continental. El ejecutivo independiente en cada estado y necesariamente
militar. Así, la unión de América será indivisible, la libertad igual i las leyes i el gobierno
permanentes i sólidas. Estos jamás pueden pensar bien, por su ignorancia i por sus vicios.
Usted los conoce» (BVic2, 362) .
Este vicario, que encarceló y engrilló personalmente y sin autorización al padre
Ferreira, realista seguidor de Rodríguez Zorrilla, sostenía a menudo, haya sido en la casa
del conde de la conquista o en el Palacio de Gobierno, conversaciones con el Director
Supremo respecto de las políticas a adoptar en el país, influyendo abiertamente en la
construcción del modelo político dictatorial. Al examinar la carta y los hechos de la época,
vemos que O'Higgins obedeció al pastor como el mejor de los seguidores. Sin embargo, la
dictadura no fue la única forma de gobierno que pensó O'Higgins para nuestro país. Hubo
un tiempo en que estuvo convencido e incluso hizo gestiones para instaurar en Chile una
monarquía a ruegos de su jefe San Martín y otros miembros de la Logia Lautarina.
En el mes de mayo de 1817, el agente consular británico en Chile, Mr. Staples,
envía una carta a su gobierno señalando que recientemente había sostenido una entrevista
con el general San Martín quien le «ha hecho ver que el carácter del pueblo chileno más se
presta para un gobierno monárquico que republicano, exceptuando en todo caso cualquier
rama de los Barbones» e informa que San Martín también está dispuesto a cooperar con
O'Higgins en cualquier medida que se concertare en la manera dicha (Re Va, 110). Así,
más que una idea que rondara a O'Higgins y a San Martín, la monarquía representaba un
sistema político conducente y aplicable que los próceres habían vivido y observado muy de
cerca en sus juventudes, uno en España y el otro en Inglaterra. Ambos fueron criados bajo
esos sistemas y, de acuerdo a su posición, no habían sufrido los horrores e injusticias de
dicho modelo. Pero no se quedaron en la idea, sino que hicieron gestiones efectivas
internacionales para lograr tan ansiado proyecto. Vicuña Mackenna señala que el
guatemalteco hermano de la logia, José Antonio de Irisarri, partea fines de 1817 a Londres
con el objeto de acordar con ese país un plan de instauración de la monarquía en nuestro
país, importando príncipes de países europeos a excepción, por cierto, de España. Señala en
su obra "Vida de O'Higgins", que esos documentos que fraguaban la conspiración fueron
destruidos porque comprometían al gobierno. Sin embargo, estos papeles fueron
encontrados e incorporados en el libro "El pensamiento de los hombres de Mayo",
compilado por Ricardo de Titto y con prólogo de Noemi Goldman, quien señala que el
documento con fecha 20 de diciembre de 1817 tuvo que ser descifrado al estar en clave. En
el documento, Bernardo O'Higgins y San Martín le dan una serie de instrucciones al
diputado
Irisarri para cumplir a su arribo en Londres. Le dicen que: «en las sesiones o
entrevistas que tuviese con los ministros de Inglaterra y con los embajadores de las
potencias europeas, dejara traslucir que en las miras ulteriores del gobierno de Chile entra a
uniformar al país el sistema continental de la Europa y que no estaría distante de adoptar
una monarquía moderada o constitucional, cuya forma de gobierno, más que otra, es
análoga y coincide en la legislaciones, costumbres, preocupaciones, jerarquías, método de
poblaciones, y aun en la topografía del Estado chileno; pero no existiendo en su seno un
principia cuya dirección se encargue el país, está pronto a recibir bajo la constitución que se
prepare, a un príncipe de cualquiera de las potencias neutrales que bajo la sombra de la
dinastía a que pertenece, y con el influjo de sus relaciones en los gabinetes europeos, fije su
imperio en Chile para conservar su independencia de Fernando VII y sus sucesores,
metrópoli, y todo otro poder extranjero».
Y, posteriormente, los generales libertadores agregan en la carta los posibles
candidatos: monarcas a gobernar Chile: «Las casas de Orange, de Brunswick, de Braganza,
presentan intereses directos y naturales para la realización del proyecto indicado, en que se
guardará el más inviolable sigilo y para cuya dirección se incluye la clave número I» (RdTi,
252-253). La "brillante idea" y sorpresa en materia política que O 'Higgins y San Martín
tenían guardada para Chile, después de salir con tantos sacrificios de la monarquía
española, era instaurar un nuevo sistema monárquico con algún príncipe importado desde
Europa, a quien se le pagaría un sueldo altísimo todos los meses por gobernar Chile.
¿Entendemos ahora a Manuel Rodríguez? Rodríguez viajó raudo a Santiago desde
San Fernando, llegando momentos después del ungimiento de O'Higgins. La entrada a la
capital era una verdadera fiesta, entre proclamas patrióticas y gritos de exclamación
popular. Manuel Rodríguez Erdoyza ingresaba en su caballo "negro", obsequio de Carrera
en tiempos de la Patria Vieja, acompañado de Ramírez, Palacios, Guzmán, Neira y otros
patriotas, huasos, campesinos, chinas y cantores, triunfante a Santiago y, mientras avanzaba
por la calle del Rey hacia la Plaza de Armas, se agregaban cada vez más personas de todas
las cataduras existentes. Unos payadores al interior de la escolta cantan emocionados,
marchando junto a su caballo: «Aquí va el guerrillero fiero / el hombre que salvo a la patria
/ Cante por el Chile entero / pues es su mejor salvaguardia / Hombres que trabajan, dejen el
arado, 1 mujeres, niños, esclavos, / hombres libres y confiados / marchemos tras él ya luego
/ formando escolta de fuego / al gran general del pueblo. / Que toda la ciudad humilde / tras
de su huella camine. / Y el cantar de Manuel Rodríguez, / y sus frases de consuelo / vuelvan
a alentar al pueblo, / como en los años difíciles. / ¡Qué de músicas de bandas, / ni repiques
de campanas, / nuestros corazones son arpas, / nuestras voces su proclama! / Aquí va el
guerrillero fiero, / el hombre que salvó a la patria. / Cante por él Chile entero, / que es el
hijo de su alma».
El abogado, convertido en guerrillero por las circunstancias, que con arrojo y valor
se mofó mil veces de la muerte, ingresaba más victorioso que nunca a la Plaza de Armas.
Este espectáculo popular es apreciado discretamente por el entonces Gobernador de Chile
desde la Casa de Gobierno, junto a San Martín y su camarilla de asesores. Bernardo veía
con ojos húmedos y su cara más sonrojada que nunca, en la oscuridad del ventanal principal
del segundo piso, cómo felices sus acompañantes le cantaban, le elogiaban y lo
proclamaban a medida que avanzaba en su caballo. Tal episodio mostró a O'Higgins y a
San Martín el verdadero arrastre popular del caudillo, quien se percató directamente del
cariño que le profesaba el pueblo chileno.
Desde ahora, pues, se conjugaban en un gobernante dos elementos peligrosos y de
nefastas consecuencias: el poder absoluto y el temor al adversario popular que tenía un plan
político distinto para Chile. Certifica esta opinión Alejandro Chelén Rojas al decir: «El
Director Supremo veía en el tribuno a un peligroso adversario, por su popularidad y cariño
que le demostraban vastos sectores de chilenos» (AlCh, 105).
Con la magnitud de la popularidad de Rodríguez presente, O'Higgins lo llamó al día
siguiente a su despacho, ordenándole perentoriamente disolver el grupo de montoneros que
le había dado parte importante de la independencia a nuestra patria. Según O'Higgins, en
atención a la situación actual del país, ya no se justificaba su existencia. Desde ese
momento, el área de seguridad interna y externa de la nación, estaría a cargo de forma
exclusiva y excluyente del Ejército Libertador formado en Los Andes, compuesto por
soldados profesionales cuyos cargos de dirección eran ocupados en su mayoría por oficiales
argentinos. Sin embargo, en la noche de ese día, San Martín llama también al guerrillero y
le entrega una carta señalándole que tras una conversación con O'Higgins momentos antes,
se tomó la decisión de anular la orden perentoria de disolución, ya que se debía enfrentar la
campaña del sur, buscando el vencimiento y expulsión definitiva de los realistas de Chile,
nombrándolo jefe militar de la provincia de Colchagua.
En la carta de San Martín se aprecia claramente la misión entregada y el cargo
conferido. Dice: «Según noticias contestes, sigue a Concepción por el camino de la costa, el
prófugo don Francisco C. Marcó del Pont. No lleva fuerzas, aún no ha de haber entrado al
partido de Colchagua. Derrame Ud. partidas a todos rumbos para que le aprehendan. Su
persona me será remitida con la mayor seguridad. Dios guarde a Ud. muchos años. Cuartel
General en Santiago, febrero 15 de 1817. José de San Martín al comandante don Manuel
Rodríguez. Mañana saldrá una división del ejército para el sur, es preciso que no se pare
hasta que no quede señal de enemigos en la provincia de Concepción, pues si los dejamos
reponer, nada hemos hecho» (MaBa, 91).
Rodríguez, animado con la noticia y muy repuesto por la misión encomendada,
reflexiona en su viaje al sur, entendiendo perfectamente el escenario en que se movía.
Captó de inmediato y sagazmente el mensaje de O'Higgins, quien pretendía, con la primera
medida comunicada, sacarlo del protagonismo político que había ganado, restándole ámbito
de acción y, por tanto, poder. Y aun cuando Manuel no era hombre de títulos, ni necesitaba
reconocimientos, sintió desazón e impotencia después de esa entrevista, ya que estaba en
desacuerdo con la medida de O'Higgins. Rodríguez, hombre de convicciones, de ideas bien
definidas y una honestidad brutal, tenía claro que aún era necesaria su acción y la
existencia, ahora más que nunca, de su grupo de montoneros, ya que según él, que llevaba
más de un año viviendo clandestinamente en Chile, sabía que los realistas seguían actuando
en forma directa y encubierta en el sur de nuestro país.
El sagaz San Martín, que pensaba igual que Rodríguez, en desacuerdo con la
percepción de O'Higgins y concordando con el diagnóstico de Rodríguez, se da cuenta que
la expulsión de los españoles no será fácil, siendo clave la limpieza inmediata de los
enemigos de la independencia con una eficaz acción en el sur del país. Así, Rodríguez,
reconociendo a San Martín como su superior y como quien le había dado la confianza para
su efectiva acción en pleno gobierno de Marcó del Pont, no dudó en cumplir la orden de
dirigirse a la provincia de Colchagua a tomar posesión de ella como comandante de armas y
exterminar los últimos reductos realistas que resistían estoicamente, a días de la Batalla de
Chacabuco.
No tardó mucho Rodríguez en cumplir la misión encomendada y sus montoneros,
con el valor de siempre, en combatir eficazmente, detener y expulsar hacia el sur a los
realistas con los cuales se enfrentó en Colchagua. Acto seguido, con el fin de cumplir el
mandato y remover obstáculos que impidieran el éxito de la revolución, convocó al pueblo
de San Fernando a un Cabildo para la elección de sus autoridades, los cuales
soberanamente decidieron elegir otras autoridades.
De acuerdo a lo expresado por muchos de nuestros historiadores y autores de libros
sobre la vida y obra del caudillo, se le acusa de actuar en la provincia de Colchagua sin
atribuciones, le asignan la responsabilidad de excederse de sus atribuciones, creyéndose
autorizado para tomar medidas político-administrativas en San Fernando, de aplicar multas
y contribuciones gravosas a sus vecinos y de enviar a prisión a prestigiosos hacendados de
la zona que, según Rodríguez, seguían ayudando a los realistas, los cuales en su época no
prestaron ayuda a sus guerrillas.
Al respecto, señala Manuel Balbontín Moreno que cumpliendo «con las órdenes indicadas,
se dirigió al sur y, creyéndose autorizado para tomar medidas administrativas, removió a las
autoridades de San Fernando en un . Cabildo abierto donde impuso cupos de guerra»
(MaBa, 91). En el mismo sentido, Jaime Eyzaguirre señala que «Después de la Batalla de
Chacabuco, Rodríguez se había apoderado del pueblo de San Fernando, cdocando a su
cabeza a individuos que le eran afectos y tomando asimismo venganza de los pobladores
que con anterioridad rehusaron auxiliar sus montoneras. Su conducta independiente y
atropelladora acabó por obligar al gobierno a tomar medidas en su contra y afrontar así la
enorme aureola de popularidad que rodeaba al caudillo por sus hazañas anteriores».
Ricardo Latcham, por su parte, escribe que «el 3 de marzo de 1817, Rodríguez había
hecho elegir en San Fernando autoridades municipales que eran de su amaño y reunían
pocas condiciones para llevar la calma a los agitados espíritus. El comandante se había
tomado atribuciones que nadie le concedió y a la vez pensaba imponer una Juma de
auxilios con el objeto de arbitrar recursos financieros» (RiLar, 166). El historiador
Francisco Antonio Encina señala que «Mientras tanto, en Chile Manuel Rodríguez había
mantenido su actitud subversiva desde que O 'Higgins fue encargado del mando, como
simple continuidad en su vida de guerrillero. El 3 de marzo convocó a las autoridades de
San Fernando para que eligiesen Mandatarios a su satisfacción» (Frae,651), para luego
rematar en el tomo VII de su "Historia de Chile" sobre el episodio de Manuel Rodríguez en
San Fernando, que «se ocupó por algunos días, en San Fernando, en capturar a los soldados
realistas abandonados en Valparaíso que huían al sur y, en seguida, sin aguardar
instrucciones del gobierno constituido, inició de propia autoridad las represalias en las
personas y en los bienes de los vecinos que habían sido realistas o indiferentes. [ ... ]
Prosiguió adelante como si en Chile no existiera gobierno».
El periodista Alfredo Sepúlveda reconoce en su libro Bernardo, publicado el año
2007, que para escribir la obra se basó panicularmente en la "magia de Internet". Pues bien,
dicho sea de paso, en esta materia tiene errores graves, se aparta con desacierto lo expuesto
por los historiadores referidos y de la documentación recabada. A este respecto señala que
Rodríguez «fue detenido junto con sus secuaces por orden del Cabildo de San Fernando y
se le ordenó a sus dueños el dinero y los bienes que había requisado» (AISe, 353). Ante
esto, sabemos con certeza que el que ordenó la detención fue el gobernador supremo y que
las especies requisadas estaban autorizadas por "Bernardo".
Sin embargo, la simple lectura de las cartas-oficio enviadas entre Rodríguez y O'Higgins
respecto de aquel episodio, insertas en el tomo VII del Archivo del general don Bernardo
O'Higgins son la prueba fehaciente de que el teniente coronel Rodríguez actuaba conforme
a atribuciones conferidas por el gobierno recién instaurado, el cual lo nombró comandante
de armas de la Provincia de Colchagua. Se desmienten así las opiniones antojadizas de los
autores e historiadores.
Señala el Archivo O'Higgins, tomo VII: « Ocupación de San Fernando. Actividades
de don Manuel Rodríguez. 243. Exmo. Señor. El oficial don Manuel Velásquez lleva
disposición de VE. a don Salvador Olaguer Feliú. No hay un hecho contra su persona, antes
generalmente me aseguran que opina a favor de la libenad de Chile, y contra todos los
sentimientos de su padre. Sin embargo, por la importancia de éste en el ejército realista y
por la inmediación del parentesco, me ha parecido más acertado acercar el hijo a la
auroridad suprema. Dios guarde a VE. San Fernando, 24 de feb rero de 1817. Manuel
Rodríguez (quien firma) Excmo., señor Director, Brigadier don B. O'Higgins» (ArchBO,
269).
Con fecha 24 de febrero de 1817, Manuel Rodríguez escribe otra carta-oficio al
Director Supremo Bernardo O'Higgins, diciéndole: «Acompaño a VE. la sumaria que se ha
levantado al Capitán de Dragones realista don Leandro Castilla. El oficial Velásquez lo
lleva reo. VE., a vistas de las acusas, dictará sobre doña Carmen Calvo. Dios Guarde a V E.
San Fernando, 24 de febrero de 1817. Manuel Rodríguez. Excmo. Señor Director, Brigadier
don B O'Higgins» (ArchBO, 269-270). Vera y Pintado, auditor general en Chile en ese
entonces, después de recibir del propio O'Higgins informa a Bernardo, lo siguiente:
«Excmo. Señor: El auditor general no observa en la conducta de los prisioneros de ésta
causa, sino los hechos consiguientes a los mercenarios del tirano. ¿A cuál de ellos no podrá
formarse igual proceso? Dedicados al servicio del Rey lo habían de llenar. A menos que se
denuncien crímenes atroces o que salgan de esa esfera, ¿para que estos juicios? Tome V.E.
con ellos aquella medida de precautiva y correctoria que en todos exige la seguridad de la
patria. Santiago, marzo 11 de 1817. Dr. Vera» (ArchBO, 270).
Así, a días del control de San Fernando, Manuel Rodríguez procede a las
detenciones de cuanto realista se le cruce por delante y, a través de sendas cartas-oficios al
Director Supremo, pone a su disposición a los que considera motivo de causa judicial. Allí
estaba el señor Olaguer Feliú, hijo de militar realista. No obstante constarle que este sujeto
había hablado en favor de la libertad de la patria, Rodríguez ordena su detención y pone a
disposición del gobierno al imputado, dejando la decisión de su destino judicial en manos
del Director O'Higgins. Lo mismo sucede con Leandro Castilla, Capitán de Dragones del
ejército realista quien, en sumario iniciado por el Guerrillero, confiesa ser custodia de
Marcó del Pont en su huida a Valparaíso, reconociendo además ser el jefe de la persecución
de insurgentes en la provincia de Colchagua. El comandante Rodríguez también pone a
disposición del gobierno al imputado Castilla para que decida judicialmente lo que estime
conveniente. El auditor general del Ejército de Los Andes en Chile, Bernardo Vera y
Pintado, abogado y compañero de Rodríguez en la Universidad de San Felipe y con quien
Rodríguez en los concursos de profesores perdió las cátedras de Institutas, recibe del
Director Supremo las cartas-oficios con los antecedentes de investigación sumaria,
haciendo fe de lo expuesto por el colega Rodríguez respecto de su impresión de los
detenidos.
El mismo O'Higgins, en una carta-oficio fechada el 28 de febrero de 1817, le
responde a Manuel Rodríguez: «Ha entregado el oficial don Manuel Velásquez a don
Salvador Olaguer Feliú y a don Leandro Castilla, con la sumaria de éste que Ud. remite con
sus oficios del 24 del que acaba. Lo aviso a Ud. en contestación a sus dichos. Santiago 28
de febrero de 1817. Bernardo O'Higgins al comandante don Manuel Rodríguez» (ArchBO,
277). La conformidad de las decisiones tomadas por el comandante Rodríguez y del
procedimiento aplicado en los casos específicos, entonces, le es otorgada directamente por
el Director Supremo en ésta carta-oficio que contesta las anteriores. Ciertamente, aquí hay
un reconocimiento expreso de los actos del comandante Rodríguez y una legitimidad con
las formalidades aplicadas.
Otras cartas-oficios dan cuenta de su eficiencia en la aprehensión de realistas y
lealtad para con el gobierno de O’Higgins. El 3 de marzo de 1817, la carta de Rodríguez
dice: « Excmo. Señor: El oficial don Felipe Palacios entregará a VE. veinte y nueve reos
realistas. Don Enrique Cardoso y don José Antonio Botarro dejaron sus declaraciones.
Omito acompañarlas, porque nada les imputan, como dadas por ellos mismos. En la junta
de secuestros quedan algunos bienes del primero que llevó unos baúles de ropa por
inventario, y en clase depósito hasta la determinación de VE. Nada se ha entregado del
segundo, y están en la misma junta unos cortísimos intereses que dejó del estanco. Otros
cuantos se aprehendieron de marcha para la provincia de Concepción con el pasaporte que
incluyo. Dos van engrillados, por haber hecho fuego sobre la partida pesquisidora, y el más
alto me avisaron tuvo atrevimiento para patear el morrión y maldecir delante de la tropa
cuando se le intimó el arresto. A los demás no hay particularidad que cargar. Dios guarde a
VE. San Fernando 3 de marzo de 1817. Manuel Rodríguez al Excmo. Señor Director
Supremo del Estado, Brigadier don Bernardo O'Higgins» (ArchBO, 278-279).
Pero la ligereza que podrían suponer estas decisiones, no es tal. Hay dos cartas
escritas el mismo día que demuestran lo difícil que se tornaba el mandato encomendado en
atención a la falta de recursos. Éstas dicen: «Excmo. Señor: La provincia de Colchagua
siente ya demasiado la falta de tabaco, polvillo y demás especies estancadas. Creo urgente
que VE. la provea de administrador y surtimiento, a fin de evitar las privaciones del público
y perjuicios del Estado. Los estanquilleros tampoco tienen hasta entonces un centro donde
calificar sus manejos.
«Dios guarde a V E. San Fernando, 3 de marzo de 1817. Manuel Rodríguez.
Excelentísimo señor Director Supremo del Estado, brigadier don Bernardo O'Higgins»
(ArchBO, 279). Y la segunda: «Excmo. Seíior: En la necesidad de acopiar caballos para las
divisiones del sur, difícil cuando es indispensable éste auxilio, cuando se exige todos los
días en grandes números y cuando justamente se prohíbe una colectación forzada he
arbitrado juntar reses y plata para comprar o trocar, que es lo más escaso y las monturas en
ésta provincia. Pero los hombres de campo tratan así agradadamente como se les deje uno o
dos reales de urilidad. Espero la decisión de VE. San Fernando, 3 de marzo de 1817.
Manuel Rodríguez al Excmo. Señor Director Supremo del Estado, Brigadier don B.
O'Higgins».
Carta escrita de puño y letra de Manuel Rodríguez a O'Higgins del 3 de marzo de 1817 en la que
pide instrucciones para
proceder a una colecta forzada.
El mismo 3 de marzo de 1817, Manuel Rodríguez envía al Director Supremo dos
cartas-oficio en donde explica las razones de las medidas de requisamiento aplicadas y de
las contribuciones extraordinarias ordenadas, además de otras exigencias necesarias. Estas
medidas se entienden y justifican ante la necesidad de financiar la expulsión armada de los
realistas, para lo cual eran necesarios recursos. Los realistas estaban replegados desde San
Fernando hasta Concepción y había que expulsarlos definitivamente. Gregario de la Heras,
comandante de la expedición al sur, necesitaba de recursos y el propio Rodríguez se
encargaba de conseguirlos en San Fernando, dándole apoyo a aquella final ofensiva. El
comandante Rodríguez Erdoyza necesitaba proporcionarle estos recursos a de las Heras
para cumplir el mandato otorgado. Si no los obtenía, era imposible concluir con éxito el
encargo encomendado por O'Higgins y San Martín, y una eventual no estaba dentro de sus
planes. Se necesitaba, principalmente, caballos y monturas, esenciales en toda guerra o
batalla, claves para obtener el logro de la victoria total. Ante esto, nótese en el siguiente
oficio el reconocimiento de las facultades concedidas por el propio O'Higgins a Rodríguez
y del fundamento jurídico de la medida aplicada, dejando la resolución final al Director
Supremo al señalarle que espera su decisión para proceder.
La carta a continuación explicita aún más lo razonable de las medidas y el respeto al
Director Supremo. Dice:
«Excmo. Señor:
Hoy se ha publicado el bando que incluyo. V E. me conteste si dejo libre a propietarios o
administradores la destinación de los intereses que no pertenezcan a prófugos: o si son aplicables algunas
trabas para asegurar en todo tiempo un recurso justo a las exigencias del Estado. Estamos sembrados de
realistas; y abusando la blandura ya se presentan con atrevimiento. Es preciso limpiar el reino, ya que obre
el cuchillo, el ayuno y la disciplina enmiende a éste género de diablos. He consultado a VE. del manejo que
ha de observarse con los de responsabilidad particular en la revolución anterior, o en el sistema que la
sofocó. VE. deja a mi arbitrio las medidas oportunas, encargándome de su eficacia. Para acertarlas, yo
deseo saber sus intenciones con esta maldita raza. Me estremecen mis obligaciones cuando me reparo en un
punto de tránsito a la provincia de Concepción que domina el enemigo. Las tropas atraviesan y se cruzan
gruesísimas partidas. Todo necesitan. ¿Cómo aprontar auxilios, mientras atajen cualquier providencia la
contradicción, las predicaciones o la apatía? Estos vicios cuyo descaro exaltó los ánimos del patriotismo de
San Fernando, han causado hoy un sacudimiento saludable de las autoridades y corporaciones que dejaron
los realistas. Aunque he estudiado la más escrupulosa indiferencia pública que corresponde a un militar y a
un hombre forastero del pueblo que se mueve, advierto a VE. mi concepto así a la novación, por si influye en
la confirmación del alcalde y Cabildo elegido. Hay particularidades odiosísimas en la conducta de los
anteriores. Nadie se movía sin empujarlos materialmente; se entorpecía y burlaban las medidas de auxilio. El
patriota don Pedro Nolasco Guzmán me aseguró que el Regidor Argomedo protestó a don José Antonio
Borarro haberse llegado el tiempo de padecer los hombres de bien; y él mismo que descubrió una gavilla de
enemigos orando a escondidas. La casa del alcalde Silva es una pocilga de españoles, de malvados y de
indignos indolentes. Toda su familia, y del suegro don Ventura Grez, ha tenido y conserva mala opinión, sin
hallarse en ella otra cosa de provecho que una hija mujer de Velasco. Soy enemigo de pequeñeces, ni
procederé por generalidades. Pero las provincias de Chile necesitan mucha expurgación: más en un tiempo
que debe de aprovecharse la fermentación patriótica que está a pique por los genios miserables que nos
rodean desgraciadamente. Ante el movimiento de hoy, me he visto constituido, Excelentísimo señor, a ser
hasta potrerizo. De otro modo las cabalgaduras se imposibilitan en los mismos potreros de su convalecencia.
Dios nos mejore y guarde a VE.
San Fernando, 3 de marzo de 1817.
Manuel Rodríguez al Excmo. Señor Director del Estado, Brigadier don Bernardo O'Higgins» .
Este oficio adjuntaba el siguiente bando: «Don Francisco Silva, gobernador político
de ésta villa de San Fernando, por el Excmo. Señor Director Supremo del Estado de Chile.
Dentro de 24 horas inexcedibles, manifestará a este juzgado una razón exacta de todos los
bienes de españoles o americanos enemigos de ser libres, cualesquiera que los tenga por
cualquier motivo que sea. La razón será expresiva del lugar donde existan los bienes y sus
propietarios. El transgresor en lo más mínimo irá inmediatamente al Director Supremo con
la recomendación que corresponda. El denunciante será agraciado con el tercio del
descubrimiento, que pagarán ocultadores. Publíquese, fíjese y circúlese. San Fernando y
marzo 3 de 1817. Francisco Silva» (ArchBO, 280-282).
Así, de acuerdo al oficio y al bando adjunto, se aprecia claramente que Manuel
Rodríguez actuaba conforme a instrucciones dadas por el supremo gobierno, las cuales
debía realizar conforme a su arbitrio, en orden de detener y juzgar a los realistas de la
provincia por un lado y conseguir los recursos suficientes para permitir que las divisiones
de Gregario de Las Heras actuaran con drástica eficacia en Concepción, por el otro.
La carta-oficio del comandante Manuel Rodríguez denota conocimiento acabado del
lugar, de las acciones y actitudes de los realistas hacendados que escondían muy bien sus
intenciones, las cuales eran seguir apoyando a la corona española. Por esto, hay en las
palabras de Rodríguez Erdoyza algo evidente: el obstáculo constante para el logro de la
revolución independentista efectuado por parte de algunos realistas encubiertos en la
provincia de Colchagua, los cuales evitaban la obtención de recursos y la detección y
juzgamiento de los seguidores del rey residentes. El nivel de traición era evidentemente
alto. El mismo gobernador elegido a dedo por O'Higgins, Francisco Silva, según
información obtenida, reunía en su casa a los realistas quienes se juntaban a conspirar
contra el gobierno. Incluso fueron sorprendidos muchos de ellos escondidos en su casa
orando por la vuelta de Fernando VII. ¿Cómo no iba a ser dificultoso obtener recursos de
guerra si las autoridades de la Junta designadas por O'Higgins eran realistas desde antes de
la Reconquista? Manuel Rodríguez actuaba exactamente conforme al espíritu del Director,
siguiendo al pie de la letra, en su calidad de comandante de armas de Colchagua, el
mandato del general San Martín. Esto era limpiar el país de realistas adeptos a la corona
apresándolos, hacer fuego en caso de desobediencia o expulsarlos definitivamente. Es por
eso es que, disciplinadamente, Rodríguez aplicó medidas económicas certeras para obtener
recursos para la guerra. Y es por eso también que destituyó a los realistas, acción permitida
por el Director Supremo, y detuvo a cuanto realista pudo, previo sumario, poniéndolos a
disposición del supremo gobierno para su juzgamiento.
Llamó a un Cabildo abierto en San Fernando con todos los habitantes mayores de
25 años para que, soberanamente, eligieran autoridades verdaderamente patriotas, con lo
cual se obtendría el apoyo y los recursos para, junto a de las Heras enfrentar a los realistas
que aún quedaban. Al respecto, Alejandro Chelén Rojas, justificando lo obrado por
Rodríguez, señala: «Cualquier chileno, mucho más Rodríguez que se había jugado cien
veces la vida en defensa de la libertad y que conocía bien a los enemigos, tenía el deber de
asesorarse por patriotas reconocidos en el cumplimiento de obligaciones , y exigir, con
responsabilidad, la expurgación de los monarquistas, acentuando también, la fermentación
política que se derivará con la victoria de Chacabuco, evitando que naufragara por la
pusilanimidad de unos o la contrapropaganda de los
emboscados» (AlCh, 72).
Bernardo O'Higgins le daba a Gregario De Las Heras las mismas instrucciones que
a Rodríguez. Esto es, vencer a los realistas y obtener recursos como fuera posible para
financiar las divisiones que procederían a su expulsión definitiva. Sin embargo, mientras al
primero le otorgaba cierta cantidad de recursos y le daba amplia libertad de acción, al
segundo le exigía la búsqueda de recursos. Pero una vez que éste toma decisiones
importantes para el logro de los objetivos ordenados, el dictador no comparte sus medidas,
rechazándolas y desautorizándolo drásticamente al ordenar su destitución, con lo cual se
restauran las autoridades realistas y lo hace detener.
A continuación carta de O'Higgins a De Las Heras: «Santiago, marzo 2 de 1817.
Señor don Gregario De Las Heras. Mi más estimado amigo: Se me queja Ud. de no haber
tenido contestación a las suyas, pero ya habrá salido de la duda y estará satisfecho de que
aquí se la manda y continuaré mandándole dinero y cuanto necesite, a pesar de la moneda
que está bien escasa. [ ... ] Por eso le dije a Ud. en mis anteriores, que exprima a los godos
para el pago de las divisiones que además, de aquí se le remitirá lo que faltare».
En otra carta de fecha 17 de marzo de 1817, días después de la primera detención de
Rodríguez, O'Higgins instaba a De Las Heras a su arbitrio: « ... que los godos vomiten
cuanto tengan, y que a sus expensas nos salvemos de los males que ellos mismos nos han
ocasionado. Esta es una medida, y si yo los estoy estrujando en ésta capital, parece que con
más razón deberá Ud. Hacerlo en unos países destituidos de auxilio y tal vez de opinión»
(AlCh, 93). Con estas cartas como base, ¿Cómo puede explicarse que a dos subordinados se
le den las mismas instrucciones (vencer y expulsar a los invasores del sur, incautarles todos
los bienes y dineros posibles para el logro de la expulsión total de los realistas) y, sin
embargo, una vez en marcha el plan del comandante Rodríguez, O'Higgins le quite el
mando traslade a la capital arrestado?
La explicación puede estar dada porque, una vez que Manuel Rodríguez ordenó la
destitución de las autoridades locales y llamó a un Cabildo abierto para elegir nuevas
autoridades, un grupo de hacendados de la zona, descontentos con la decisión, fueron
raudos a reclamar al Director Supremo. El director, tal vez presionado por las
circunstancias y por las querellas incoadas, desautoriza lo obrado por su comandante y
ordena su aprehensión y traslado a Santiago. Es a lo menos extraña la actitud de O'Higgins
al apoyar a los aristócratas realistas, a quienes consideraba su adversario, en desmedro de
Rodríguez. Para este fin, Rodríguez no sólo quiere trabajar tranquilo, libre de realistas que
boicoteen sus acciones, sino que además cree que la generación de las autoridades en cada
localidad debe ser hecha por los habitantes de la zona, lejos del poder central. Mediante una
interpretación extensiva de las funciones que su cargo le facultaba pues, el abogado
justifica el llamado a elección popular, previa destitución de las autoridades elegidas por el
Director Supremo conforme a su voluntad.
El día 12 de marzo de 1817, no habiendo registro de respuesta por parte de
O’Higgins, la idea de Rodríguez de renovar las autoridades designadas por el poder central
(hecho comunicado el 3 de marzo del mismo año), se presenta éste en la sala del gobierno
local, entrevistándose con el gobernador Silva y sus colegas Grez y Argomedo y otras
autoridades, a quienes les informó que, por decisión de los habitantes de San Fernando, el
pueblo se reuniría al día siguiente en la sala de ayuntamiento para elegir a las nuevas
autoridades, invitándolos a participar en la elección como votantes y como candidatos. De
hecho, dos partícipes de la administración saliente fueron ratificados electoralmente:
Maturana y Arriagada.
Los realistas destituidos, Francisco Silva y Diego de Argomedo, se retiraron
indignados, amenazando a Rodríguez y a su contingente de avisar a O'Higgins del despojo
sufrido. Pese a esto, volvieron al día siguiente, acompañados de familiares, amigos y un
grupo de votantes de pasado realista, con el objeto de votar y ser elegidos. Al perder, se
dirigieron donde O'Higgins a hablar pestes de Rodríguez. Ese mismo día, 13 de marzo de
1817, llegó todo mayor de 25 años a la sala de ayuntamiento, sin necesidad de acreditar ser
padre de familia ni tener propiedades. En la entrada los Manuel Rodríguez, quien declinó
postular como candidato, aduciendo que aún tenía una tarea que cumplir encomendada por
el supremo gobierno.
Rodríguez abre la sesión en nombre del pueblo americano de la villa de San
Fernando. Las autoridades actuales ingresan a la sala al son de las campanas. Una vez que
reina el silencio, explica que se ha llamado a la elección presente en atención a que el
vecindario no está agradado con las autoridades locales, pues no percibe en ellos un
verdadero patriotismo de acuerdo a los tiempos que se están viviendo. Luego, tras dar un
informe de los avances en la guerra contra los realistas y de la necesidad del aporte de todos
para tener una patria libre y próspera, presenta a los candidatos y ordena a su escribano
tomar nota en el acta, modificando el encabezado tradicional en este tipo de elecciones al
llamarla Acta del pueblo y no Acta del Cabildo.
Cada asistente del Cabildo, incluido los candidatos, vota a mano alzada por sus
representantes, siendo elegidos como diputados los patriotas Ignacio de Quezada y Miguel
Bravo. En el cargo de alcalde, por mayoría de los votos, Pedro José Maturana de Guzmán.
Como presidente de la Junta de auxiliares, Manuel Bravo de Naveda. En el cargo de
procurador general, Jacinto Valenzuela y Urzúa. Regidor auxiliar, Mateo Bustamante y
Mateo de Meléndez. El alguacil mayor de la administración anterior, Marcelino José de
Maturana, mantuvo su cargo. Y el regidor, Tomas de la Arriagada, que sirvió también en la
anterior administración, es elegido esta vez popularmente. Una vez terminada la votación y
proclamados los candidatos, se espera la finalización de la redacción del "Acta del pueblo"
firmando las nuevas autoridades locales en señal de aceptación del acto eleccionario.
Este acto de insubordinación, de llamar a elecciones con el objeto de derribar a los
gobernantes elegidos a dedo por O'Higgins, que se efectuaba con el fin de batallar de mejor
forma a los realistas, es sin duda una excusa para aplicar el plan republicano de Rodríguez
de que las autoridades sean renovadas conforme al voto popular. Más que un acto de
insubordinación de carácter administrativo, la llamada a elecciones es un acto político de
relevancia republicano democrática, que se efectuaba con la finalidad de democratizar las
instituciones de la patria que renacía. Las autoridades electas se abocaron inmediatamente a
confiscar los bienes muebles de los realistas detenidos y los de aquellos que no justificaren
su fidelidad ante el nuevo gobierno local. Se incautaron caballos y monturas, las que fueron
enviadas a las Heras para el apoyo de la guerra en el sur, tal como se le había pedido. La
detención de los realistas resultaba más expedita que nunca. Se sentían las mejoras, pero ...
PRIMERA DETENCIÓN DE RODRÍGUEZ
Bernardo O 'Higgins dimensionó en aquellas acciones el poder que Rodríguez
detentaba y ejercía en San Fernando. Es por esto que, tal vez mal asesorado y/o por
inseguridad y debido al aumento de popularidad del bachiller, cambió repentinamente de
opinión, desautorizando sus decisiones y evitando así que éste se volviera aún más popular,
debido a la gravedad que esto traía al poseer el caudillo un cargo político en el supremo
gobierno. O'Higgins siempre necesitó de la opinión de terceros para tomar decisiones. De
Miranda en su primera época; de Mackenna en la guerra; de San Martín, durante la
Reconquista y el inicio de la patria nueva; del acomodaticio abogado sepulturero de
libertades, Rodríguez Aldea; del siniestro asesino mulato, el argentino Bernardo de
Monteagudo; y, en el exilio en Perú, de José Joaquín de Mora. Quizá la carencia de padre
provocó la necesidad de un referente masculino que le diera seguridad en sus decisiones y,
por ello, le urgía rodearse de estos sujetos a los que siempre escuchaba, siguiendo sus
consejos para las decisiones gravitantes. Consejos que, en la mayoría de los casos, eran un
desastre. En este contexto, podemos apreciar ciertas actitudes y resoluciones contradictorias
y dolorosas para nuestra patria. Sobre ello, Benjamín Vicuña Mackenna, unos de sus
biógrafos señala: «O'Higgins estaba llamado a ser en su patria lo que fue en la suya aquel a
quien sus conciudadanos llamaban "el primero en la paz, primero en la guerra, primero en
el corazón de sus compatriotas". Mas, falto le una sola cosa para obtener tan alto timbre:
faltole la constancia i el buen consejo. Era débil, dejose alucinar, abdicó su misión i dejó de
ser un poderpara ser casi un instrumento». Agrega luego: «El jeneral O'Higgins, que poseyó
de un modo tan extraordinario el valor de las batallas, cedía como un niño a las intrigas de
la astucia» (BVicl, 337-338). Tal episodio político, ocurrido en San Fernando, entendido
como acto de insurrección, podía afectar, según O'Higgins, derechamente la gobernabilidad
del país y, por ende, su estabilidad. Esta acción significaba una intromisión en las funciones
e imagen del Director Supremo, originando querellas y reclamos de los hacendados de San
Fernando quienes veían afectados sus patrimonios.
La noticia llegó exagerada a oídos del gobernador O'Higgins quien, aplicando todo
su poder y ordenó arrestar a Rodríguez encomendándole la misión al capitán Miguel
Cajaravilla y sus soldados y enviados civiles. Cajaravilla llegó a San Fernando el 20 de
marzo de 1817 con el fin de apaciguar los ánimos y elegir un Cabildo que representara los
intereses de los propietarios colchagüinos. Para ello, O'Higgins autorizó a los hacendados
José María Guzmán y Fernando Quezada a elegir un Cabildo que los representase, dejando
sin efecto la decisión de Rodríguez, obligando a éste devolver el dinero requisado de forma
inmediata a los propietarios. Así, un lacónico Cajaravilla informa al comandante Rodríguez
que tiene la orden de aprehenderlo e incomunicarlo, llevándolo "vivo o muerto" a la capital
por mandato del Director Supremo, Bernardo O'Higgins. Rodríguez, para evitar un
derramamiento de sangre entre chilenos, se entrega sin hacer problemas, calmando a los
huasos y, en especial, a Neira, quien ya tomaba el cuchillo. Rodríguez fue llevado al cuartel
de San Pablo, a un costado de la Iglesia San Pablo, entre las calles Teatinos y Agustinas,
cuyo comandante era el capitán argentino Rudecindo Alvarado, quien posteriormente sería
clave en la muerte del héroe. Pero previo al arresto, el capitán Cajaravilla le entregó al
guerrillero el siguiente oficio suscrito por el Director Supremo: «Don Antonio Velasco es
nombrado comandante de armas de ese partido. Luego que se le presente, le pondrá Ud. en
posesión del mando, lo hará reconocer y Ud. se pondrá en marcha a ésta ciudad, donde le
necesita el Estado con exigencia para atenciones más dignas de su mérito, talento y
virtudes. El gobierno lo espera con ansia para que coadyuve a los progresos de su suelo
patrio por cuya felicidad ha trabajado Ud. con tanto entusiasmo y desvelo. Dios, etcétera.
Marzo 7 de 1817. B. O'Higgins a don Manuel Rodríguez» (ArchBO, 284). Esta carta-
oficio, además de reconocer los pasados éxitos de Rodríguez, acredita que éste estaba
investido del cargo de comandante de armas de la provincia de Colchagua y que actuaba en
competencia conforme a aquella investidura otorgada a mediados de febrero de 1817 por el
supremo gobierno. Por lo tanto, en atención a los variados documentos existentes y
reseñados anteriormente, no son válidos los argumentos esgrimidos por los historiadores y
autores Encina, Latcham, Balbontín, Eyzaguirre y Sepúlveda al señalar que el abogado
Manuel Rodríguez Erdoyza actuaba de propia iniciativa, sin consultar a O'Higgins respecto
a las medidas tomadas en San Fernando.
Rodríguez, quien tras la Batalla de Chacabuco hacía sólo un mes ingresaba siendo
vitoreado y glorificado a la capital, entraba ahora en calidad de detenido, escoltado por una
tropa al mando del Capitán Cajaravilla. O'Higgins y la Logia Lautarina hacían su primer
anuncio. Sobre este acontecimiento, declara Balbontín: «El regreso a Santiago lo hizo
arrestado por orden de O'Higgins y San Martín, quienes temían su popularidad y la
ascendencia que tenía sobre el pueblo, lo que le daba la posibilidad de no sólo ser el líder
de una causa patriota, sino la de tomar también el mando de la nación, que ellos querían
gobernar de acuerdo con los planes elaborados en Argentina» (MaBa, 92).
Pero además de este supuesto episodio de insurrección al gobierno, que ponía en
jaque la potestad del Director Supremo, existía una antagonía manifiesta entre O 'Higgins y
Rodríguez, cuya fundamentación encontramos en las distintas personalidades y formas de
ver el mundo que ambos tenían. Así, mientras el primero era lacónico y muy serio, el
segundo era alegre y con capacidad oratoria. O'Higgins, un amante de la disciplina y el
orden; el otro, díscolo y republicano. El chillanejo, un hombre inseguro, necesitado de
consejos; Rodríguez, muy seguro de sus convicciones y consecuente con ello. A su vez,
mientras O'Higgins basaba su legitimidad en la fuerza del Ejército de Los Andes y en las
decisiones adoptadas secretamente por la Logia Lautarina, Rodríguez se basaba en su
pensamiento libertario, ilustrado y democrático, apoyado por carreristas, huasos y el
pueblo. De esta forma, al mostrar ideas, personalidades y temperamentos totalmente
diferentes, los próceres no podrían haberse puesto de acuerdo jamás. Señalaba Justo Abel
Rosales ya a fines del siglo XIX, respecto de la personalidad del bachiller: «Rodríguez
atraía a todos con su palabra fácil i persuasiva i era de una naturaleza simpática i
sumamente agradable en su trato. Sabía inspirar afecto i cariño a toda clase de personas,
desde la más alta hasta al más humilde campesino» (Jaros, 4).
Pero para reforzar esta idea, nada mejor que la opinión de una persona que lo
conoció personalmente: Samuel Haigh, aquél comerciante inglés llegado a Chile en 181 7,
quien en su obra Sketches of Buenos Aires and Chile, hace una descripción de Manuel
Rodríguez, señalando: «Yo conocí bastante a Manuel Rodríguez cuyos sentimientos eran
los de un ardiente y virtuoso republicano». Asimismo, «Era tal vez el hombre más popular
de Chile» y también: «Rodríguez tenía treinta años de edad, cinco pies y ocho pulgadas de
alto, era extremadamente activo y de muy buena contextura, su presencia era expresiva y
agradable. En un principio fue abogado y, además de sus cabales cualidades de militar, era
defensor elocuente con oratoria en otro tiempo enérgica y persuasiva» (SaHa, 117-118).
O'Higgins lo consideraba peligroso y le temía temor. Decía el 14 de julio de 1817,
en una de sus cartas desde Concepción a San Martín: «Mucho cuidado con Manuel
Rodríguez» (ArchBO, 24). Obviamente, este temor residía en esa natural cercanía que
detentaba el abogado Rodríguez con el pueblo chileno, cercanía que había nacido a través
de los constantes contactos del guerrillero con el pueblo criollo en la época dura de la
patria. Esta chilenidad o voluntad de acercamiento popular, característica esencial de
Rodríguez, había surgido en su infancia, sin importar su social. «Su familia pertenecía a las
mejores de la colonia; pero la pobreza y cierta afición a lo popular lo desarraigan algo de su
medio natural» (RiLar, 141). Por esto, y a pesar de su ilustración y extraordinaria capacidad
leguleya, talento reconocido por sus pares e incluso por los académicos de la Universidad
San Felipe, busca constantemente como refugio el contacto popular. Así, por medio del
gobernador García Carrasco, quien había sido informado por abogados y políticos
conservadores que el bachiller había captado muy bien las ideas revolucionarias que se
discutían en tertulias secretas en las casas de Infante y Argo medo y en el Café de calle
Ahumada, Manuel Rodríguez -no obstante sus extraordinarios exámenes dados a la
comisión- jamás obtiene la borla de doctor.
Este hecho, unido a las derrotas para obtener las cátedras de Derecho en la
Universidad San Felipe, frustran las aspiraciones del bachiller, quien decide cruzar en
forma permanente el Puente de Cal y Canto para interactuar con el verdadero pueblo
chileno en chinganas, trucos (billares), peleas de gallos y carreras de caballo en la chimba,
la cañadilla o Guanguali (hoy San Pablo), saboreando su frustración hasta altas horas de la
madrugada con el buen ron y la dulce mistela, acompañado de chinas querendonas.
EL DIÁLOGO CON O'HIGGINS
Manuel Rodríguez estuvo sólo unos cuantos días detenido en el cuartel de San Pablo
a raíz del incidente en San Fernando, siendo conducido, días más tarde, a la Casa de
Gobierno. Una vez dentro, O'Higgins le ordenó a su asesor de confianza, José María de la
Cruz, que lo hiciera pasar al salón de encuentros. Tratándolo amigablemente, el jefe de
gobierno le da un discurso y dialoga con el detenido, a lo cual Rodríguez responde usando
su natural ironía y talento oratorio, episodio del cual tomó nota de la Cruz. O'Higgins dijo a
Manuel: «Rodríguez, usted no es capaz de contener el espíritu inquieto de su genio, y con él
va, tal vez, a colocar al gobierno en la precisión de fusilarle, pues que teniendo aun al
enemigo en el país, se halla en el deber de evitar y cortar los trastornos a todo trance. Es
aún usted joven y, madurado su talento, puede ser muy útil a la patria, mientras que hoy le
es muy perjudicial. Por lo tanto, será mejor que usted se decida a pasar a Norteamérica o a
otra nación europea, donde puede dedicarse a estudiar con sosiego las nociones de su
profesión, sus instituciones, etcétera, para lo que se darán a usted tres mil pesos a su
embarque, para pago de transporte, y mil pesos todos los años para su sostén. En
cualesquiera de estos puntos puede hacer servicios a su patria, y, aún cuando no estemos
reconocidos, puede dársele después credencial privada de agente de este gobierno». El
caudillo, a la altura de su ingenio, le respondió luego de un silencio: «Usted ha conocido,
Señor Director, perfectamente mi genio. Soy de los que creen que en esto de los gobiernos
republicanos deben cambiarse cada seis meses o cada año lo más, para, de ese modo,
probarnos todos si es posible. Y es tan arraigada ésta idea en mí, que si fuera Director y no
encontrase quién me hiciera revolución, me la haría yo mismo. ¿No sabe usted que también
se la traté de hacer a mis amigos, los Carrera? ». A lo que O'Higgins, de inmediato, replicó:
«Ya lo se ... Y por ello es que quiero que se vaya fuera». El pícaro Rodríguez, contestó:
«Pues, bien ... , me pondrán en libertad para prepararme». Ante esta respuesta, a O'Higgins
sólo le quedó decir, ofuscado: « ¡Ah no! Marchará usted arrestado hasta ponerlo a bordo,
pues estando comunicado puede hacerlo desde el arresto» (JaEy1, 19 1-192). O'Higgins
mandaba así a Rodríguez detenido a los castillos de Valparaíso a la espera de su partida a
los Estados Unidos. Rodríguez Erdoyza, después de la conversación, en la soledad de su
celda, confirma la idea que había despertado en su mente a pocos días de la Batalla de
Chacabuco: O'Higgins tenía la finalidad de anularlo políticamente. El guerrillero
comprendía perfectamente que aquel ofrecimiento de estudios en el extranjero y de una
representación diplomática en Norreamérica u otra nación europea no era más que un
destierro forzado, un exilio disfrazado. Más aún después del sermón amenazador que ahora
lo tenía detenido. Con certeza y poesía, decía Marra Goyenechea en el siglo XIX respecto
al ofrecimiento: «A la verdad que hai bastante distancia de un ministro diplomático a un
prisionero; y el fusil del centinela que guarda la puerta de su cárcel no es el hacha del lictor
que lo acompaña» (GuMa, 124).
En este diálogo, que todos los historiadores citan y reconocen, el Director Supremo
se refiere directa y, por primera vez, a la muerte del caudillo al amenazarlo con el
fusilamiento en caso de que siga actuando al margen de las ideas del dictador. Tenemos,
con esto, una amenaza de muerte clara y expresa de nada menos que del jefe político y
militar absoluto de Chile en contra del teniente coronel, Manuel Rodríguez.
Nadie duda, al examinar el diálogo, que en boca del Director Supremo ya se
pronunciaban palabras peligrosas y nada de pacíficas, las cuales preveían, necesariamente,
la muerte de Manuel Rodríguez, a quien consideraba perjudicial para el ejercicio de su
poder político. Y ya en la respuesta del valiente patriota a la petición forzada de exilio del
gobernador, se aprecia su apego irrestricto a uno de los principios fundamentales de la
democracia moderna: el principio de alternancia del poder. En efecto, el detenido
Rodríguez quien, conforme a su plan político había llamado al pueblo de San Fernando a
elegir a sus autoridades en un acto eleccionario republicano-democrático, era de la idea de
que los gobiernos que se precien de ser republicanos debían fundamentarse en las
elecciones periódicas, para que así todas las personas o grupos que tuvieren aspiraciones de
poder fueran sometidos a la voluntad popular.
Algunos historiadores sesgados, durante mucho tiempo, han interpretado la frase
referida a la revolución - «Y es tan arraigada ésta idea en mí, que si fuera Director y no
encontrase quién me hiciera revolución, me la haría yo mismo», como una muestra clara del
pensamiento y actitud anárquica y atrabiliaria del audaz patriota. Cabe aquí señalar que, en
aquella época, cualquier persona o grupo que invocaba cambios sociales o políticos era
considerado anarquista por los conservadores.
Historiadores como Encina, Barros Arana y Gonzalo Vial, quizá por falta de
objetividad o por poca prolijidad en su análisis, han señalado que aquella frase o respuesta
de Rodríguez es la de un desordenado, la de un anarquista atrabiliario, la de un rebelde
adicto al caos. Encina, "el sociólogo" de la historia, llega aún más lejos al indicar con
motivo del diálogo registrado, que Manuel Rodríguez es un «revolucionario impenitente»
que tenía, al parecer, una diferencia psicológica abismante en comparación a Bernardo O
'Higgins. Escribe: «La conversación habida entre él y O 'Higgins, que la portentosa
memoria de Cruz nos ha conservado, es un documento inapreciable para estudiar la
psicología de los hombres de acción de la hora» (Frae, 651). El historiador y abogado
Gonzalo Vial Correa, dice que Manuel Rodríguez tuvo un honroso papel en la lucha de la
emancipación pero que «era un revoltoso nato e incorregible».
Sin embargo, a la luz de la personalidad de Rodríguez, de lo mordaz de sus juicios,
del conocimiento ilustrado que nutrían sus querellas y acciones y del contexto de la
conversación, no podemos sino decir que aquella frase es una forma exagerada,
apasionadamente irónica de elevar el principio de alternancia del poder como motor rector
del sistema republicano. Para Rodríguez, ésta idea era tan importante en un régimen
republicano, que no importaban tanto quiénes ejercieren el poder, sino bien, lo primordial
era el respeto a este valor moderno. La frase, que gozaba de un paroxismo elevado y que
incluía aquel principio rector, permite el ejercicio y mantenimiento de la república y es un
freno eficaz a la dictadura que se estaba gestando en esa época.
No hay duda alguna, entonces, de que la frase en cuestión, lejos de demostrar una
actitud o un pensamiento anarquista o inestable de nuestro bachiller, representa una idea
política moderna, adelantada a su época, esencial para la democracia de nuestros tiempos.
Aun así, hay una frase que fluyó en aquel diálogo, alertando al Director Supremo, quien la
interpretó y consideró como peligrosa y que lo llevó a pensar inequívocamente que
Rodríguez Erdoyza era un ambicioso del poder, un rebelde que aprovecharía el momento
oportuno para dar el golpe y obtener la dirección del país. Esta frase señalaba que los
gobiernos «deben cambiarse cada seis meses o cada año lo más, para de ese modo
probarnos todos si es posible».
O'Higgins analizaría luego la conversación, surgiéndole una serie de preguntas:
¿Quería Rodríguez decir con aquellas palabras que pensaba despojarme del poder? ¿De
verdad quería ser Director Supremo de la Nación o pensaba allanarle el camino a su vecino,
amigo y condiscípulo de la infancia, Carrera? Quizás, llegar al poder de la nación era el
objetivo de Rodríguez, cosa muy legítima, ya que reunía todas las cualidades, voluntad y
capacidad para gobernar e instaurar su plan verdaderamente republicano. Pero el
guerrillero, señalan los historiadores, era desapegado al poder y a los nombramientos. Dice
Latcham: «En el estrecho ambiente santiaguino es un hombre popular. No goza ni busca el
apoyo oficial y rechaza las embajadas que le ofrecen. Tampoco acepta las reputaciones y el
prestigio basado en el dinero o en los abolengos comprados» (RiLar, 144), apartándose, con
esto, de la célebre frase de José Joaquín de Mora que dice: «Todo chileno es enemigo del
gobierno, mientras no sea empleado público».
Rodríguez, sabemos, nunca solicitó un cargo político. Ni siquiera en San Fernando,
a pesar de la petición de los electores, quienes lo veían como jefe político. Rodríguez se
limitó a resguardar el acto eleccionario, rechazando tres veces comisiones en el extranjero,
renunciando a cargos que le otorgaban y, apenas convertido en Director Supremo el23 de
marzo de 1818, entregó a O 'Higgins el poder en un aplaudido acto delante de todos los
habitantes de la capital, dando cuenta de las acciones realizadas. Rodríguez no habla jamás
de aspiraciones políticas propias. Habla del derecho de cada persona, de cada ciudadano a
ser electo y capaz de someterse a la soberanía popular, invocando, con ello, otro principio
republicano y democrático moderno: la facultad de todo ciudadano para presentarse "como
candidato a cualquier acto de elección popular.
LA FUGA DEL EMBAJADOR
A fines de marzo de 1817, el caudillo aguardaba en su celda del cuartel de San
Pablo, débil y angustiado por la incertidumbre y el trato, en estado febril. Por esos días, el
carcelero le entrega una carta con un documento anexo, escrita por O'Higgins, del siguiente
tenor: «Señor don Manuel Rodríguez. Santiago, marzo 5 de 1817. Mi apreciado amigo:
Ud. marcha para los Estados Unidos, auxiliado y atendido en la forma que le indica
el oficio adjunto. Oportunamente será Ud. ocupado por éste gobierno cerca de los Estados
Unidos adonde se encamina. Su padre y demás que gustare encargarme quedan a mi
cuidado. Sólo ahora acabo de saber, se presentaba la ocasión para que usted realice su viaje,
y como el buque que debe conducirle no puede demorarse, no podrá haberla ahora para ser
más largo. No hay tiempo sino para ofrecerle mi amistad de nuevo. Adiós mi amigo, tenga
Ud. feliz viaje y avíseme de su llegada con las observaciones que digan en beneficio de su
patria: todo suyo, Bernardo O'Higgins».
En el documento anexo hay un detalle del viaje y el reconocimiento a sus servicios.
Dice: «Los servicios distinguidos de Ud. le vinculan la gratitud pública; pero razones
políticas y el imperio de las circunstancias le alejan a países extranjeros. Hoy sale Ud. a
embarcarse para Nueva York. Su transporte, haciéndole víveres el buque, importa $1000 al
Estado; $ 2.000 lleva Ud. en físico y $ 1.000 anuales quedan consignados a su favor sobre
ésta tesorería nacional contra quien Ud. tirará letras respectivas. Siempre Chile admirará su
mérito brillante y Ud. como fiel hijo se servirá aceptar los altos encargos que a su tiempo va
a fiar a su aptitud cerca de aquel gobierno. Dios guarde a Ud. muchos años. Santiago, 6 de
abril de 1817. Bernardo O'Higgins al teniente coronel don Manuel Rodríguez» (AICh, 271-
277) .
Este acontecimiento tiene por finalidad llevar a cabo el famoso exilio dorado, que
no es otra cosa que la muerte política del adversario al gobierno, antecediendo muchas
veces al asesinato alevoso. Sobre este punto, Encina parece no conocer la existencia de esta
carta o la interpretó erradamente al señalar que « Manuel Rodríguez sugirió [él] una
comisión en Estados Unidos con el propósito de fugarse, lo que a fines de abril lograba» ,
cosa que sabemos es de iniciativa de O'Higgins y su Logia Lautarina, el verdadero gobierno
de nuestro país a la fecha. Eso sí, O'Higgins no esconde del todo sus motivaciones, ya que
en la carta señala derechamente que es "por razones políticas", debiendo viajar al extranjero
forzadamente. Las "razones política/' se conjugan en el temor al político popular. El
gobierno sabe perfectamente lo que Manuel Rodríguez representa para el pueblo que nace,
conoce su identificación con el pueblo popular, su franqueza peculiar; sabe de su
popularidad manifiesta, de su capacidad de liderazgo, de su pasado y presente carrerista y
de la fidelidad que detenta con aquel sector; sabe de sus contactos con miembros ilustrados
de la aristocracia y burguesía y del
apoyo incondicional de artesanos, hacendados y huasos del sur. A fin de cuentas, el
gobierno comprende que el apoyo a Rodríguez siempre ha sido transversal. La Logia
Lautarina, al parecer por decisión de San Martín, quien reconocía su utilidad en la
revolución, ésta vez vota en contra, tomando la decisión del exilio y no del asesinato,
reconociendo sus esfuerzos pasados.
En las palabras anteriormente citadas de O'Higgins, hay un engaño y un cinismo
manifiesto, ya que, según la carta, afirma que se hará cargo de su padre y de sus familiares
una vez que viaje al extranjero si él así lo desea. Sin embargo, a días de la Batalla de
Chacabuco y antes del envío de la carta, O'Higgins, mediante decreto fechado el24 de
febrero de 1817, negaba el ingreso al país de los hermanos Rodríguez, Carlos y Ambrosio,
así como al suegro de éste, Timoteo Bustamante, todos los cuales se encontraban
desterrados en Mendoza. Allí, Bernardo O'Higgins de su puño y letra señala que los
partidarios de Carrera que se encontraban en Mendoza, entre los cuales estaban los
hermanos del tribuno, debían de viajar a la brevedad a Buenos Aires, impidiendo su entrada
a Chile, ya que la obra de la independencia al encontrarse en « contradicción con la
presencia de los díscolos, es indispensable alejar a éstos para cimentada. Interpelo a V.E.
para que sirva comunicar órdenes al gobernador intendente de la provincia de Cuyo, a fin
de que salgan desterrados a la capital de Buenos Aires, los individuos de la lista inclusa a
disposición del supremo gobierno. Dios guarde a Ud., Santiago de Chile, 24 de febrero de
1817. Bernardo O'Higgins» .
A su vez, con fecha 4 de marzo de 1817, José Antonio Aicardo, administrador
interino de Mendoza, envía una carta ordenada por O 'Higgins y suscrita por Luzuriaga,
gobernador de Mendoza, al gobernador de Buenos Aires en la que pone a su disposición y
remite a Buenos Aires en carácter de exiliados a las siguientes personas: «don Manuel
Muñoz Urzúa, don Juan Esteban Manzano, don Manuel Novoa y don Carlos Rodríguez».
Luego en la carta, dice: « El desembolso que haya ocasionado el transporte de don Timoteo
Bustamante y don Ambrosio Rodríguez existentes en San Juan, lo acreditaré cuando aquel
teniente gobernador me remita la cuenta respectiva». (ArchSM). Tal vez no era éste el
único engaño anidado por el Director Supremo, sino que la misma representación
diplomática encomendada podía ser un engaño, una traición, una mentira más para darle de
una vez el golpe de gracia. Quizás el barco que lo llevaba a Nueva York se hundía; quizá se
le asesinaba por intentar fugarse; existía la posibilidad de que hubiera intentado un motín en
alta mar y por ello se le debía ejecutar. No hay duda que, estando bien lejos del territorio
nacional, no representaba el adalid del pueblo una amenaza para el gobierno. Finalmente,
éste lo exiliaba, lo obligaba a dejar su tierra, su patria y la gente por la que tanto había
luchado y sacrificado.
O'Higgins era cruel y rencoroso con sus enemigos, aun cuando hubieran sido
patriotas y servidores de la patria. No cejaría en su persecución, no sólo contra el prócer
enemigo, sino contra toda su familia, sobre todo si se vinculaban con el bando carrerista.
Meses más tarde de la supuesta comisión diplomática ordenada a Rodríguez, en junio de
181 7, el padre del caudillo, por orden del gobierno, es transferido a una dependencia de
menor rango en la real aduana, bajándole el grado. En 1820 se le allana la casa tras una
falsa denuncia por supuesta tenencia de oro. O'Higgins decide desterrarlo, viejo y enfermo
a la Serena, donde muere en febrero de 1822. Tenemos entonces que lo que jamás hizo el
cruel gobernador Marcó del Pont con Carlos Rodríguez en plena época de dominación
española, quien a pesar de todo era estimado como leal a la corona, lo hizo un compatriota,
un propio connacional, el propio gobernador de su patria. Ambrosio Rodríguez muere
enfermo en el exilio en Mendoza. Carlos Rodríguez, el hermano, vuelve al país tras la
salida de O'Higgins, convirtiéndose en ministro de Estado y ministro de la Corte de
Apelaciones.
Con la familia Carrera O'Higgins actuó exactamente de la misma manera. En marzo
de 1819, a un año del fusilamiento de Luis y Juan José en Mendoza, O'Higgins le cobra al
padre Ignacio de la Carrera los gastos de la ejecución y el entierro de los cadáveres de sus
hijos. Ignacio Carrera, pobre, enfermo y con la desazón propia de un padre que ha perdido a
dos de sus hijos tan jóvenes, muere dos meses más tarde. Rodríguez, en la cárcel, analizaba
el escenario y se angustiaba con tanta pregunta sin respuesta. ¿Qué representación política
debía ejecutar en el exterior si Chile ni siquiera tenía relaciones
diplomáticas con Norteamérica?, ¿Cómo no dudar de la veracidad de lo
encomendado si no se especificaba la misión a cumplir?, ¿No era acaso extraño que un
"diplomático" de la nación en función oficial espere casi un mes en una cárcel antes de
viajar?, ¿No hubiera sido más normal que el futuro diplomático esperase en su casa?, ¿Qué
clase de "alto encargo" le había encomendado el Director Supremo? No había respuesta.
La carta del ministro de Relaciones Exteriores, Zenteno, a Alvarado era del
siguiente tenor: «Excmo. Señor: Ha dispuesto el Excmo. Señor Director salga a países
extranjeros por razones políticas, un individuo del país. Se presenta la oportunidad de que
efectúe su viaje en la fragata "General Scook", siempre que ésta, sin tocar en puerto alguno
del Mar Pacífico, tome su navegación a Estados Unidos o a Inglaterra, aunque haga escala
en los puertos del Brasil o cualquiera otros del Atlántico que no sea Buenos Aires ni
Montevideo. En este concepto, me previene el Excmo. Señor Director, diga a V que,
haciendo previamente las investigaciones necesarias al capitán del buque sobre el rumbo
que piensa llevar, trate con él el transporte para uno de los países indicados y bajo las
condiciones de no tocar en los puntos que se le prohí[Link] lo que resulte, espera el
gobierno aviso por extraordinario, que se servirá V comunicar a este Ministerio para las
providencias ulteriores; en inteligencia que la medida es urgentísima y empeñara V toda su
eficiencia en su verificativo. Dios, etcétera. Abril2 de 1817. José Ignacio Zenteno al
gobernador de Valparaíso» (ArchBO, 285-286).
Días después de la carta anterior, llega otra dirigida a Alvarado con un decreto de
O'Higgins autorizando el pago de 1000 pesos para el viaje de Rodríguez, en atención a los
servicios prestados para la patria. De inmediato, Alvarado hace las gestiones con el capitán
Jankin de la fragata ballenera "General Scook" para embarcar a Rodríguez conforme a las
instrucciones dadas. El capitán le cobró 800 pesos sin derecho a comida por llevarlo a
Nueva York, sin escalas en ninguno de los destinos señalados, y 1000 pesos con derecho a
comida. Sin embargo, debido a una gestión deficiente de Alvarado, al no llegar los dineros
del gobierno central, la fragata partió dejando a Rodríguez en el fuerte San José de
Valparaíso. Así, después de aquella misiva y orden dadas por el Dictador Supremo de
Chile, amén de las cartas de Alvarado, se desprende que Rodríguez es enviado a fines de
marzo de 1817 con una escolta de prisionero, a ser recluido en el fuerte San José de
Valparaíso, actual Museo Lord Cochrane. «El encargado de negocios de la nueva república
fue conducido como un criminal a Valparaíso, y allí alojado en el castillo de San José hasta
que el buque pudiere zarpar de esa bahía y transportarlo a su destino», dice Mana
Goyenechea en su biografía de Rodríguez.
Su celador es el gobernador de Valparaíso, el coronel argentino Rudecindo
Alvarado, quien debía embarcarlo en el primer buque que encallara en el puerto, sin
importar que éste fuera a Estados Unidos o a Inglaterra. A su vez, con esta carta queda
clarísimo que no era cierto lo de la representación diplomática, ya que no se sabía ni
importaba el destino especifico para ejercer la diputación ni tampoco se entregaron
credenciales de representación. Por lo demás, cada vez que el gobierno de O'Higgins
enviaba representantes fuera del país, además de otorgar credenciales diplomáticas, les
entregaba un documento con una serie de instrucciones que debían ser cumplidas. Nada de
esto recibió Rodríguez. Por otra parte, los 1000 pesos entregados eran para pagar el viaje y
la comida mientras éste se desarrollara, con lo cual llegaría a destino sin dinero ni
contactos. ¡Vaya representación!
Pero Manuel Rodríguez no alcanzó a subirse a barco alguno. Una vez repuesto de su
salud y convencido de que el encargo diplomático era un engaño, se escapa de la cárcel
ayudado por sus múltiples amistades. Se esconde en el puerto, en casa de amigos. Alvarado,
enfurecido, lo busca con su tropa sin dar con su paradero. Días más tarde, Rodríguez decide
viajar a Santiago. Por razones personales va a un fundo de San Fernando y vuelve a la
capital con el fin de ponerse a disposición de la libertad total de la patria, esperando al
general San Martín, con quien se había entendido desde aquella época en Mendoza. La fuga
le trajo problemas a Alvarado, debiendo informar en variadas cuentas respecto de las
razones de la fuga a sus hermanos de logia. Jamás olvidaría este hecho.
Alfredo Sepúlveda, el periodista asiduo a Internet y biógrafo de O 'Higgins, señala
erradamente que Rodríguez « después del encuentro [con O'Higgins] terminó en
Valparaíso, con órdenes de embarcarse a Estados Unidos, pero se fugó del barco que lo
llevarÍa» (A!Se, 354). Rodríguez se fugó, es cierto, pero del fuerte San José de Valparaíso,
no del Barco en que viajaría, por la sola razón de que éste zarpó antes de que se lo pudieran
llevar. Quien de verdad se fugó del barco
"Belén", meses más tarde en Buenos Aires, fue José Miguel Carrera.
SE PREPARA EL ASESINATO Y SE CONCIBE UNA VIDA
Una vez en libertad y dominado por su espíritu libertario, Manuel Rodríguez visita
nuevamente a sus amigos en las tertulias republicanas y en las Chinganas pueblerinas, a la
espera de que San Martín, quien se encontraba en Buenos Aires pidiéndole a su hermano de
logia, el gobernador de Buenos Aires, Pueyrredón, que incautare a la brevedad los barcos
que José Miguel Carrera había traído de Norteamérica para colaborar con la libertad total
de la patria, regresara.
Días después, Rodríguez busca a San Martín en Santiago y lo encuentra en la casa
en que vivió el Conde de la Conquista. Le pide que le aclarara la causa y/o motivo de su
detención, instándole a que le formen un proceso criminal y que de no ser así, se le deje en
libertad, poniéndose de inmediato a su disposición para enfrentar la resistencia realista en el
sur. El general, quien consideraba útil a Rodríguez, se compromete a incorporarlo
nuevamente en el proyecto libertario. Tras el encuentro, en mayo de 1817, Manuel
Rodríguez le envía una carta a O'Higgins. Ésta decía: «Punta, 11 de mayo de 1817. Mi
amigo y señor: la necesidad justa de cubrir mi reputación me obligó a huir de Val paraíso.
V. me disculpe benignamente desplegando su generosidad y sus intenciones. Ya me he
presentado al general, que no quiere despacharme sin acuerdo de V d . ni yo exigiré en
contra. Sírvase V d. contestarla a favor. Yo no tengo el menor crimen y me allano a
cualquier cargo. Vd. es justificado y sensible. Alcance la influencia próspera de sus
intenciones benignas a un amigo y servidor. Manuel Rodríguez» (ArchBO, 274). Esta carta
da muestra de la búsqueda de Manuel Rodríguez por mantener vínculos con O'Higgins,
enseñándole el respeto que tiene hacia su persona, independiente de las discrepancias
ideológicas
que puedan tener. Alegando inocencia, pues, le pide que lo considere en el proceso
de la independencia, sin importar el cargo encomendado. Lamentablemente, no existe
respuesta a ésta carta.
El general San Martín, quien siempre reconoció la importancia de Rodríguez en la
lucha de la independencia chilena, pero que lo tildaba de carrerista y por tanto peligroso
para el proyecto de libertad americana planeado, lo excusa ante O'Higgins. Gracias a esta
intervención evita que lo envíen nuevamente a la cárcel. Pocos días después de la entrevista
con Rodríguez en Santiago, San Martín envía una carta fechada en mayo 18 de 181 7, en la
cual, además de referirse a otras cosas como la renuncia de Hilarión de la Quintana, el
aumento del contingente del ejército y los sables norteamericanos confiscados a Carrera,
señala a O'Higgins, desde Talcahuano, lo siguiente: «El siguiente, día de mi llegada se me
presentó Manuel Rodríguez. No me pareció decoroso ponerlo en arresto, y más cuando,
consecuente a la que me escribió, le aseguré su persona, hasta tanto que V. resolviese. El
me ha hecho las mayores protestas de su sinceridad y deseos de demostrar a V. su buena
comportación; yo no salgo garante de sus palabras, pero soy de opinión que hagamos del un
ladrón fiel. Si V. es de la misma, yo estaré muy a la mira de sus operaciones, y a la primera
que haga le damos el golpe en términos que no lo sienta. Contésteme V. sobre éste
particular, pues en el ínterin le he mandado que salga fuera de ésta y se mantenga oculto
hasta su resolución» (ArchBO, 168).
O'Higgins, que se encontraba en Concepción, le contesta la carta a San Martín el 5
de junio de 1817, diciéndole que « Manuel Rodríguez es bicho de mucha cuenta: el ha
despreciado tres mil pesos de contado y mil anualmente en países extranjeros, porque está
en sus cálculos que puede importarle mucho más el quedarse. Convengo con usted que
haga la última prueba, pero en negocios que su importancia no sea de demasiada
consideración. Haciéndolo usted salir a la luz,
luego descubrirá sus proyectos, y si son perjudiciales, se le aplicará el remedio»
(ArchBO, 14). Estas pruebas documentales dan cuenta inequívoca de la idea fraguada entre
O'Higgins y San Martín: eliminar al abogado Manuel Rodríguez, lo cual se llevará a cabo
antes de un año de cruzadas estas cartas. Es decir, el plan ya se estaba ejecutando. Sólo
faltaban los detalles.
Los dos libertadores convienen expresamente en darle muerte, hecho que se prueba
al señalar las frases "le damos el golpe en términos que no lo sienta" o "se le aplicará el
remedio", en la eventualidad de que asuma algún protagonismo político en la revolución
independentista. Así, la prueba analizada demuestra no sólo un juego con la vida de
Rodríguez por los hermanos de logia, sino que fija un ultimátum no notificado que se le da
al guerrillero, estableciéndose una sanción mortal en caso de que éste represente un
problema político. De éstas cartas, sobre las cuales todos los autores e historiadores de
nuestra patria dan cuenta, se desprende tras un simple análisis, que no hay duda alguna de
la confianza (con reservas, cabe decir) que tenía San Martín respecto al talento y la
habilidad de Rodríguez, comunicándole a O'Higgins que había que atraer al bachiller a su
lado para convertirlo en un instrumento importante para la revolución independentista que
era manejada en el seno de la Logia Lautarina. Si se le seducía y se le convencía de los
proyectos libertarios independentistas, Manuel Rodríguez sería muy útil para la
consecución de los fines planificados.
Sin embargo, cualquier intento del gobierno por atraerlo a su proyecto estaba
condenado al fracaso, ya que el caudillo popular, hombre de principios libertarios, detractor
enérgico de los gobiernos monárquicos y dictatoriales, no podría jamás compartir un
proyecto político que se basara en la supresión de libertades, en un autoritarismo militar
que privilegiara el orden por sobre la libertad y en donde la cuestión social no era tema de
gobierno. O'Higgins responde en concordancia con San Martín, pero deslizando palabras
despectivas a su persona. Señala categóricamente que la permanencia de "el bicho" en el
país representa un gran costo para la patria y para el gobierno que dirige, ya que sin dudas
percibe, amén del rechazo de viajar al extranjero con gastos estatales incluidos, que el
bachiller tiene aspiraciones políticas poderosas. El problema está, pues, en que O'Higgins
estuvo siempre convencido que el abogado Rodríguez era ambicioso, un adicto al poder que
quería derrocarlo en el instante oportuno. Para el dictador no era más peligrosa España que
el propio Rodríguez.
Luego, concuerda O'Higgins sobre la nueva oportunidad que debe darse a Manuel
Rodríguez, sobre una participación en la revolución por la libertad, pero en un espacio o
lugar en que no sea protagonista ("pero en negocios que su importancia no sea de
demasiada consideración"). Es decir, en un puesto en donde no gravite más que el
triunfador de Chacabuco, uno que no le permita volverse más popular, un espacio en donde
el héroe deje de serlo, un lugar en donde se le anule políticamente.
Obviamente, tal lugar y espacio permitido por estos dos libertadores, estaba
condicionado a una fuerte vigilancia del personal gubernativo, sentenciándosele a muerte al
momento en que éste se volviera más atractivo, más querido, más amenazante a su poder.
Fuere como fuere, Manuel Rodríguez estaba nuevamente libre y excusado ante O'Higgins.
Pero su sentencia de muerte ya estaba decretada con acuerdo de la Logia Lautarina. Sólo
era cuestión de tiempo. Sólo había que establecer el cómo, el cuándo y el dónde, ya que el
por qué era evidente. En julio de 181 7, Rodríguez estuvo algunas noches en Santiago y vio
a su pareja, Francisca de Paula Segura y Ruiz, quien lo consolaba en sus momentos de
congoja y dolor por el evidente interés de sus compatriotas del gobierno de sacarlo del
protagonismo político. Sacaba el caudillo fuerza especial cada vez que la veía,
enfrentándose a las adversidades con potente ánimo y férrea convicción. En ese encuentro,
Rodríguez depositó su semilla de héroe en Francisca, germinando al hijo del hijo de la
patria que nació el 25 de abril de 1818.
Algunos historiadores han puesto en duda que Manuel Rodríguez haya tenido
relación seria con mujer alguna. Incluso se ha dudado de que tuviera descendencia, pero la
documentación existente acredita de forma fehaciente no sólo que fue pareja de Francisca
Segura, sino que también padre de un varón que nace días después de la Batalla de Maipo y
días antes de su asesinato. De la Parroquia de Pumanque, sexta región, se extrajo un
certificado de entierro de Doña Francisca de Paula Segura y Ruiz que acredita la relación
de Rodríguez con esta mujer. En ese certificado (a fs, 116 del libro de asiento de
fallecimiento) se halla una partida del tenor siguiente: «En la iglesia parroquial de
Pumanque, que a veintiocho de julio de mil ochocientos setenta y cuatro, se hizo oficio de
entierro al cadáver de Doña Francisca Segura, fallecida de ayer, sepultada en el cementerio
parroquial, viuda de Don Manuel Rodríguez, de más de 90 años de edad, natural de
Santiago, y residenta en ésta muchos años, no recibió sacramento ninguno porque la
enfermedad no dio lugar, no testó, de que doy fe. Francisco Lhus, cura y vicario.
Pumanque, agosto, mil ochocientos setenta y cinco».
En el museo de Santa Cruz de la Fundacion Cardoen hay una medalla de plata con
una imagen religiosa unida a un rosario que dice "J.E.R. 25-Iv-18", la cual heredó la familia
y se entregó de generación en generación, siendo donada por el chozno Juan Esteban
Rodríguez Besa el año 2008 a dicho museo, tras encontrarla en la casa de la hermana de su
abuela.
Rodríguez Besa cuenta que siempre se ha sentido descendiente de Manuel
Rodríguez, señalando que su abuelo siempre narraba como algo anecdótico e hecho de
tener sangre de Manuel Rodríguez, pero que siempre existía la tendencia de ocultar el
vínculo. «Mi familia siempre fue muy católica, entonces, creo que el nacimiento de Juan
Esteban, el hijo de Manuel Rodríguez y Francisca de Paula sin haber contraído matrimonio,
afectaba la moral católica de las familias involucradas. Percibo que siempre hubo un
ocultamiento del fruto de la unión y esto se transmitió de generación en generación».
Agrega que siempre se contaban anécdotas en su familia, como por ejemplo que en una
fiesta en Curicó a finales de 1878, Juan Esteban Rodríguez Segura, en su calidad de
senador, «llegó a la fiesta disfrazado con un uniforme militar oscuro con dos calaveras en
las solapas y que al preguntarle un asistente porque se disfrazaba así, respondió: "Mi padre
ocupó hace años un uniforme así"».
Teniendo presente la fecha de nacimiento de Juan Esteban, que aparece en la
medalla, y aplicando la presunción de concepción del Código Civil, llegamos a concluir
que ésta no se efectuó antes del mes de julio de 1817. Durante todo el mes de julio y hasta
la mitad de agosto de 181 7, Rodríguez estuvo en libertad (tiempo entre la primera y
segunda detención, la que se realiza a mediados de agosto de 1817). Por lo tanto, estaba en
perfecta capacidad para procrear. Por lo demás, ya había conocido a Francisca Segura.
Medalla de nacimiento del hijo de Manuel Rodríguez donada por la familia al Museo de Santa Cruz de la
Fundación Cardoen.
Reverso de la medalla de nacimiento de Juan Esteban Rodríguez Segura de fecha 25 de abril de 18 18.
Fotografía gentileza Museo de Santa Cruz de la Fundación Cardoen.
Así, luego de su fecunda estadía en Santiago, se dirige a Talca, en donde se entera
con dolor y rabia que el jefe de milicias José Miguel Neira había sido ahorcado días antes
en la plaza de Talca, por orden del gobierno en atención a delitos patrimoniales cometidos
en esa provincia. El comandante de Talca de esa época, Ramón Freire, cumplió la pena sólo
después de que el gobierno le enviara un oficio que contenía la orden de ejecutarlo en la vía
pública mediante el ahorcamiento. José Miguel Neira, el huaso bandido que se subordinó a
Rodríguez en la guerrilla y a quien San Martín lo convirtió en jefe de milicias en 1816, el
mismo que aportó con valor a la independencia de Chile, se rebeló contra el gobierno de
O'Higgins el mismo día que Rodríguez fue detenido en marzo de 1817. Aquella rebelión
contra el gobierno se expresó en varios delitos contra el patrimonio, registrados en los
alrededores de Talca. Pero el gran motivo de su insurrección fue la aprisionamiento de
Rodríguez a mediados de marzo de 1817.
San Martín, consciente de que Rodríguez era de utilidad y habiendo limado
asperezas con el Director Supremo, a su vuelta a Santiago propuso darle el cargo de
Agregado del Estado Mayor del Ejército de Los Andes, con grado de teniente coronel,
aprovechando así de tenerlo cerca y vigilando para saber qué tramaba en realidad el
montonero. El gobierno estaba obsesionado con saber si Rodríguez preparaba la vuelta de
los Carreras. El general cuyano escribe a O'Higgins el 23 de junio de 1817: «Mi amigo
amado: recibí la de V. del 5. Queda Manuel Rodríguez agregado al Estado Mayor del
ejército con su grado. Yo vigilaré su conducta, que creo no tardará mucho en descubrirse,
pero tiemblo, porque hago con él una completa alcaldada si me da el menor motivo»
(ArchBO, 172).
Al enemigo político que fielmente le había servido en la lucha por la independencia,
le otorga un cargo menor en donde no hay contacto con el pueblo. Había que tenerlo cerca.
Sólo así el gobierno sabría qué pensaba, qué ideas tenía, con quién se juntaba, cuáles eran
sus proyectos, qué era en realidad lo que pretendía y, en caso de que algo se supiera, si
había siquiera perfume a conspiración, ya que se le aplicaría sin más trámite aquel remedio
letal, aquella "alcaldada" de la
que otrora hablaran los vencedores de Chacabuco. El 5 de julio de 1817, desde
Santiago, envía Rodríguez la siguiente carta O'Higgins, en la cual le agradece haber
confiado en su inocencia, enviándole un ron en señal de aprecio. En ella escribe:
« Santiago, julio 5. Señor don Bernardo O'Higgins.
Mi respetable amigo y señor: Yo estoy reconocido a la generosidad de V. , que me ha facilitado
ponerme en libertad. Tenga V. la generosidad de V. que me ha facilitado ponerme en libertad. Tenga V. la
generosidad de seguirme recomendando con el general. No había hasta ahora escrito a V. las gracias justas
que le doy con agradecimiento, porque mi correo llegó después de salido el último ordinario, ni es fácil a un
pobre militar conseguir cien pesos muchas veces. Sea V. condescendiente en tomar de ese ron que le envío
por muy particular.
Tenga V. también por muy suyas las intenciones y afectos de su amigo fino, servidor.
Manuel Rodríguez»
(ArchBO, 297).
Para esa fecha llegaban noticias a Chile de que José Miguel Carrera, a quien
Pueyrredón incautó tres barcos y armas traídas de Norteamérica poco antes, se había fugado
del bergantín "Belén", en el que estaba detenido, en Buenos Aires, con rumbo a Uruguay,
país desde donde pensaba volver a su patria, decidido a desquitarse y enfrentarse a su
antiguo enemigo Bernardo O’Higgins. Esta noticia fue recibida con esperanza por los
carreristas que se encontraban en el país y también por parte del sector aristócrata que
enfrentaba a O’Higgins.
El gobierno, atento ante la inminente llegada de la familia Carrera al país, decide
observar con mayor preocupación los movimientos de los seguidores carreristas y, en
especial, de Manuel Rodríguez. El gobierno chileno-argentino a mediados de 1817 carecía
de legitimación. Las críticas al sistema de gobierno y a la gestión provenían de todos los
sectores políticos. La aristocracia se enfrentaba a O’Higgins por las políticas dirigidas en su
contra. Los carreristas adquirían esperanzas ante la eventual vuelta de los hermanos Carrera
y pedían reformas republicano-democráticas. El pueblo, aún disperso, intuía que ése
gobierno era muy parecido al de la Reconquista y demandaba igualdad social con los
argentinos. ¿Dónde llegaban estas críticas? El receptor y portavoz de ellas era Manuel
Rodríguez, quien dialogaba con influyentes referentes políticos de la época, quienes
analizaban constantemente las políticas del gobierno dictatorial que restringía las libertades,
el cual aún no anunciaba la confección de una Constitución Política. «En los períodos de
recio autoritarismo es curioso ver juntarse en la oposición a los libertarios intransigentes
con los herederos del pasado y la tradición. Las dictaduras, cuando aprietan, suelen hacerlo
por parejo y se concitan entonces la voluntades de todos los extremistas» (RiLar, 176).
Una de las medidas políticas más crueles de la logia y de O'Higgins al iniciarse su
mandato, fue el asesinato del comerciante español Manuel lmas. La logia había acordado
aplicar mano dura desde sus inicios y, con el fin de aterrorizar a la población chilena, puso
en ejecución un siniestro plan. El 18 de febrero de 1817, O 'Higgins publicó un bando que
ordenaba a todos los particulares entregar en el plazo perentorio de seis días todas las armas
que poseyeran, bajo pena de muerte. Manuel lmas era comerciante, no le interesaba la
política en lo más mínimo. Sólo le importaba el comercio y ganar dinero. Además era un
"guarda tiendas", es decir, cumplía la labor de jefe de policía de las tiendas comerciales con
el objeto de evitar robos. Como tal, guardaba en su local comercial sus propias armas y las
de los demás guardianes del comercio. El gobierno urdió, entonces, el siguiente plan: envió
a un soldado argentino a la tienda de lmas a objeto de venderle un sable. Imas rehusó
comprarlo y el soldado insistió con agresividad. Para salir del paso, Imas le dijo que viniera
en unos días más para comprarle el arma. El soldado llegó a la casa de lmas en la noche del
primero de abril de 1817, hallándose en cama el jefe de policía. Al ir a la puerta y consultar
quién tocaba la puerta tan fuertemente, el soldado se identificó como el sujeto que ofreció
el sable hacía unos días y, por tanto, venía a exigir el acuerdo de compra que el comerciante
había prometido. Una vez que lmas abrió la puerta, ve que se abalanza en su contra un
grupo de soldados que lo detienen, acusándolo de flagrante deliro de infracción al bando
que prohibía el porte de armas.
Imas fue conducido a la cárcel. Su juicio fue brevísimo y fue condenado a la horca
en la Plaza de Armas. El gobierno se encargó de llamar a toda la población para que viere
la ejecución. Se leyó la sentencia públicamente, dando a entender que cualquier acto en
contrario a la voluntad del gobierno sería repelido de manera enérgica. El acto provocó un
rechazo por parte de toda la sociedad chilena en contra del gobierno. Más que miedo, el
pueblo sintió repulsión y recordó los días de Marcó del Pont. Años después, con Freire en
el poder, se decretó una pensión de por vida a la familia Imas como indemnización por la
injusticia cometida por su antecesor, que fue dejada sin efecto cuando Diego Portales llegó
al gobierno.
Así, a estas determinaciones de carácter político se unía un descontento
generalizado, motivado por razones de carácter socioeconómicas y por los retrocesos en la
guerra contra los realistas en el sur del país. Una de las decisiones de carácter político que
rechazaba toda la sociedad civil criolla era la elección del Director Supremo, el delegado
argentino Hilarión de La Quintana, quien subroga a O'Higgins cuando éste, a mediados de
abril de 1817, se dirige al sur a hacer una visita de carácter militar. La sociedad chilena no
aceptaba que un argentino dominara los destinos de la nación.
O'Higgins, en un acto de patriotismo, propuso a su logia antes de viajar al sur dejar
a Luis de La Cruz. Pero esta rechazó tal nombramiento por unanimidad, dejando en el
poder al coronel Hilarión de la Quintana, cuñado de San Martín. O'Higgins acató sin alegar.
A su vez, algo que era una realidad y lo que más criticaba Rodríguez, era el hecho de que
todos los cargos relevantes político-militares estuvieran bajo dominación argentina, desde
el Director Supremo delegado, hasta los cargos de comandantes de batallón, auditores de
guerra, jefe de Estado mayor e intendente de ejército.
Otra eje social que no soportaba la sociedad chilena, y en especial Manuel
Rodríguez, el más nacionalista entre los próceres, era la actitud prepotente y avasalladora
de los militares argentinos en contra de los chilenos, al jactarse de ser ellos los verdaderos
libertadores de la patria. Estas actitudes aumentaban el descontento social, en especial del
pueblo llano chileno que veía en estos soldados a los nuevos Talaveras, pero ahora del
general San Martín. Dentro de las razones económicas que criticaba Rodríguez y otros
sectores políticos, era el alza considerable de impuestos que el gobierno de O'Higgins había
decretado para los patriotas. Lo recaudado se enviaba a las provincias de la Plata,
beneficiándose con estos recursos chilenos sin ser destinadas a labores sociales.
Manuel Rodríguez, comparando frente a sus seguidores el gobierno de O'Higgins
con el de José Miguel Carrera, decía: «Aquél gobernó con el pueblo, le daba ingerencia en
la cosa pública, dictó una Constitución, creo el senado, etcétera, jamás impuso contribución
alguna que no fuese como castigo a los godos, nunca a los patriotas, y sin embargo
sobraron fondos y se aumentaron las rentas de la nación, mientras que hoy se saca el dinero
aún a los mismos patriotas, no para invertirlo en las necesidades del país, sino para
remitirlo a la Argentina y sostener a nuestros opresores» (MaBa, 94). No había duda, pues,
a ojos chilenos, que la importante e interesada ayuda del general argentino San Martín a
nuestra patria tenía sus costos económicos.
En los primeros días de julio de 1817, el general San Martín debía adentrarse al sur
continuando con la guerra. Con el objeto de no dejar a Rodríguez solo en Santiago, y para
cumplir el plan de anularlo políticamente, le propone la representación diplomática en las
provincias unidas en el Río de la Plata. El caudillo mediante una carta, rechaza el cargo
señalando «no poder salir del país como enviado a la república Argentina, por no permitirle
sus amores dejar el país» . Aquel amor era el de Francisca De Paula Segura y Ruiz.
A menudo se ha tildado a Rodríguez de mujeriego, cosa no probada, ya que la única
mujer con la cual se le vincula certeramente es con Doña Francisca, además de una mujer
en Mendoza que habría sido pretendida por O'Higgins. Este mote de mujeriego,
probablemente, ha de haber nacido en la Reconquista por el contacto con la mujer patriota,
a las cuales visitaba constantemente y porque todas ellas, al igual que hombres patriotas, lo
protegían para que no fuera detenido. Esta relación con mujeres patriotas se basaba en el
intercambio de información y la custodia de correos que estaban en seguras manos en estas
mujeres. No era su único objeto pretenderlas, más bien era aunarlas a la causa.
La negativa de irse a Argentina generó en San Martín asombro y rabia,
escribiéndole a O'Higgins el 21 de julio de 1817, lo siguiente: «Que le parece a V., Manuel
Rodríguez no le ha acomodado la diputación de Buenos Aires, pero le acomodará otro
destino a la India, si es que sale pronto un buque para aquel destino en breves días, como se
me acaba de asegurar, es bicho malo y mañana se le dará el golpe de gracia» (ArchBO,
175).
Como no resulta el exilio dorado a Buenos Aires, nuevamente se pensaba
embarcarlo contra su voluntad lejos del país, esta vez a la India, tan pronto como un navío
saliese rumbo a oriente. Sin embargo, cabe señalar que los hermanos de logia, en especial
San Martín y O 'Higgins, en algunos casos encriptaban con claves las cartas cuyo contenido
sólo ellos entendían. La India era un destino demasiado lejano, en donde el viaje es largo,
sin retorno y en donde además no existían
relaciones diplomáticas. No hay duda, entonces, que "India" es un concepto en clave
que hace referencia a su pronta muerte (lo que es confirmado con la última parte de la
epístola, en la cual se asegura darle "el golpe de gracia"), no un lugar geográfico. En todo
caso, es un hecho que "mañana" no era el día siguiente, sino que un futuro 26 de mayo de
1818.
La proposición de San Martín es correspondida por O'Higgins, quien le escribe el
día 11 de agosto de 1817, desde Concepción: «Señor don José de San Martín. Hace usted
muy bien en separar a Manuel Rodríguez. Es imposible sacar el menor partido de él en
parte alguna. Acabe usted de un golpe con los díscolos; la menor contemplación la
atribuirán a debilidad» (ArchBO, 33). A la proposición de San Martín de darle el "golpe de
gracia" a Rodríguez, O'Higgins asiente con lo propuesto compartiendo que hay que
terminar con los rebeldes como el caudillo con "un golpe", no sólo por el peligro que
aquellos representan para el gobierno, sino porque es un acto político muy eficiente de
autoridad. O'Higgins, dictador a la fecha, tenía ese natural talento para infundir miedo a la
población y demostrar autoridad con tal de mantener la gobernabilidad del país en sus
manos. Eliminar a Rodríguez significaba hacer desaparecer al enemigo político, mantener
la gobernabilidad, infundir miedo y respeto y, por supuesto, evitar la consumación de la
venganza de José Miguel Carrera.
La detención de los hermanos Carrera en Mendoza y los rumores de una posible
conspiración contra el gobierno, lleva al argentino Hilarión De La Quintana a investigar de
manera discreta y encubierta los rumores y las habladurías en los corrillos. El descontento
de toda la oposición al gobierno de Hilarión de La Quintana se acentuaba y, con ello,
empezaba a rondar el fantasma de la revuelta armada de los carreristas.
SEGUNDA DETENCIÓN
El gobierno de Chile, es decir, la Logia Lautarina, estaba al tanto de que las
decisiones políticas y económicas tomadas no eran del gusto de la aristocracia ni del estrato
popular, pero se podía evitar el descontento con otras medidas. Así, se podían aplicar o
anunciar ciertas políticas que tenían por finalidad salvaguardar un poco el asunto.
Worthington, el Cónsul norteamericano que asesoraba a O'Higgins, le sugiere redactar un
reglamento constitucional, pero el dictador, por el momento, se niega a la dictación de una
constitución política.
Lo más complicado para O'Higgins, era, sin lugar a dudas, la posibilidad de que
José Miguel Carrera entrara a Chile y de que esta idea estuviera en las conciencias de sus
seguidores aristocráticos, hacendados de provincias, el pueblo entero e incluso en parte del
mismo Ejército de los Andes. O'Higgins sabía, además, que su representante en tierras
chilenas era Manuel Rodríguez, quien articulaba la conspiración. Hilarión de la Quintana,
con motivo de una inminente acción conspirativa carrerista contra el gobierno, envió
informantes a la calle, quienes le comentaron que los carreristas se estaban organizando en
Santiago, siendo el lugar de reuniones la hacienda de la familia en San Miguel. A raíz de
aquello, para evitar un golpe de gobierno, de la Quintana ordena el 7 de agosto de 1817 una
serie de aprehensiones en Santiago y Mendoza. Manuel Rodríguez es nuevamente detenido,
esta vez junto a Ignacio de la Carrera de 86 anos, Manuel José Gandarillas, Miguel Ureta,
Manuel Jordán, Juan de Dios Martínez, Manuel Lastra, hijo de dona Javiera Carrera, Juan
Antonio Díaz Munoz, Bartolomé Araos, José Tomás Urra y José Conde. Juan José y Luis
Carrera son detenidos en Argentina en momentos en que disponían el ingreso a su patria.
Pero es necesario detenernos un poco para saber qué sucedió en aquella época y
cuáles son los acontecimientos y resultados de lo que se llamó "La Conspiración de 1817 o
el "Plan de Revolución". Como ya se ha dicho, Manuel Rodríguez, Juan José y Luis Carrera
y otros opositores al gobierno de O'Higgins, son detenidos y procesados en Chile y
Argentina respectivamente como autores de alta traición contra ambos gobiernos a
mediados de 1817. Los hermanos Carrera no verían ya jamás la libertad después de esos
días, enfrentándose al batallón de fusilamiento el 8 de abril de 1818, menos de 1 año
después de su detención. Manuel Rodríguez, por su parte, es asesinado camino a Quillora
apenas un mes y medio después de la muerte de sus amigos.
En agosto de 1817, soldados del Ejército Libertador, previo trabajo de inteligencia,
detienen en San Miguel, Hacienda de Los Carrera, por orden del Director delegado de
Chile, Hilarión de la Quintana, a 3 sujetos que habían ingresado clandestinamente a Chile
desde Argentina. Sus nombres: Manuel Martínez, José Conde y Manuel Jordán, carreristas
de toda una vida. La razón de la detención, además de otros sucesos, se origina porque al
pasar José Conde por la capital ese día en la mañana, le comenta a un conocido el motivo
de su estadía en Chile y su objetivo. Ese día se detiene a Manuel José Gandarillas, Tomás
Urra, Don Ignacio de la Carrera, el joven Manuel Lastra, los soldados norteamericanos
amigos de Carrera Guillermo Kennedy, Thomas Eldredge, Exequiel Jewerr y, por supuesto,
a Manuel Rodríguez. Se sabía ya que Luis Carrera estaba preso en Mendoza y que Juan
José estaba detenido en San Luis de la Puma. San Martín dirigió los interrogatorios
personalmente durante días en Santiago, mientras en Mendoza se iniciaba otra
investigación criminal.
La detención se debe a un sueño que tuvo Javiera Carrera, el cual se transformó en
pesadilla. Como puede suponerse, los chilenos exiliados se reunían constantemente en
tertulias en la casa de Javiera Carrera ubicada en Buenos Aires, reuniones las cuales se
extendían hasta altas horas de la madrugada, conversando sobre el acontecer en Chile, así
como los planes para derrocar a O'Higgins del poder. Es en esas reuniones en donde se
empieza a gestar el denominado "Plan de Revolución", que tendría por finalidad instaurar a
Manuel Rodríguez y a los Carrera como gobernadores de Chile. Y, como toda empresa de
esa factura, requería de recursos para llevar a cabo el plan. Las gestiones se iniciaban. Ana
María Cotapos, cónyuge de Juan José Carrera, señalaba que tenía 4000 pesos para aportar y
Javiera Carrera vendería una casa ubicada en el centro de la capital, además de un depósito
de 15000 pesos a su nombre en Santiago.
El plan consistía en que Luis y Juan José Carrera ingresarían a Chile en forma
clandestina. Los acompañarían otros exiliados. Una vez en Santiago, se organizarían y
contactarían con carreristas que estaban en el Ejército Libertador y amigos que de seguro
tomarían las armas. Ya apostados en Santiago, Luis Carrera caería sobre O 'Higgins, a
quien había vencido en la Batalla de Tres Acequias. Lo apresaría en un momento de
descuido, mientras tanto el grandote Juan José se apoderaría de San Martín. Ambos serían
conducidos a Alhué y obligados a firmar la deposición del gobierno y del ejército. Una vez
efectuada esta deposición, se enviaría preso a O'Higgins a Las Canteras, lugar en donde
estaría con arresto. A San Martín se le juzgaría en Consejo de Guerra, cuyo comité lo
presidiría el mismo Juan José. Con los dineros ahorrados y los amigos y soldados adeptos a
Carrera, se levantarían 10 mil hombres en armas, lo que obligaría a los argentinos a
devolverse a su patria. Una vez obtenido el poder, la reconstrucción nacional se haría con
tres líderes que ocuparían los siguientes cargos:
Manuel Rodríguez sería elegido Líder Político o Director Supremo. El general
Brayer sería el encargado de las armas o comandante en jefe del ejército. Y José Miguel
Carrera estaría encargado de la misión diplomática en Estados Unidos, para pagar la ayuda
recibida y traer una escuadrilla para liberar Chile.
El ingreso a Chile de los doce revolucionarios se haría en grupos. Primero, los
estadounidenses llegados a principios de junio, que se enrolarían bajo las órdenes de San
Martín para acceder a información de primera mano. Después, los tres apresados de San
Miguel, quienes llegan a fines de junio. Por último, llegaría De la Sota y Lastra a mediados
de julio de 1817. Luego, en agosto, ingresaría a Chile Luis Carrera con la identidad de
Leandro Barra, como ordenanza de un oficial chileno de apellido Cárdenas, y Juan José con
la identidad de Narciso Méndez como asesor de un dueño de imprentas chileno. Luis, que
había ramada el camino de Córdoba, La Rioja y Mendoza, sustrajo tontamente en un bar la
correspondencia a un cartero de La Rioja, convirtiéndose en sospechoso. En Mendoza,
agosto de 1817, al amanecer después del día en que llegó, fue detenido cuando se aprestaba
a dirigirse a Chile. El oficial Cárdenas ya había sido detenido en San Juan, después de
separarse de Luis. Es interrogado intensamente y finalmente confesó la conspiración
iniciada, sus partícipes, los motivos de la misma, los objetivos y toda conversación intima y
familiar del grupo Carrera. A raíz de la delación compensada de Cárdenas, que luego sale
libre, una tropa de élite detiene en San Luis a Juan José cuando éste entraba a la ciudad.
Por suerte para O'Higgins, San Martín y de la Quintana, estaban ya detenidos dos de
los Carrera y Manuel Rodríguez. Ahora se debía aplicar una enérgica sanción del gobierno.
Escribe O'Higgins a San Martín el 27 de agosto 18 17: « Los imponderables males que
hemos sufrido todos, han tenido su oríjen en las ambiciosas miras de estos jóvenes audaces.
Su existencia es incompatible con la seguridad, buen éxito y tranquilidad del Estado, i ya
no es posible tolerarlos por más tiempo. Es de rigorosa justicia un ejemplar castigo en ellos
i en todos los demás que hayan cooperado a sus detestables designios» (BVic2, 127-128).
San Martín aborrecía a los Carrera, en especial a Juan José. Por lo tanto, debía
tomar una decisión respecto de los hermanos apresados. Lo que más le daba fuerza para
decidir una pena enérgica era que, en plena guerra contra los españoles, los carreristas
planearan dividir el país con su deseo de acceder al poder. La división existente y/o que se
podía extender, alentaría a los enemigos y conmovería al país. A los demás conspiradores
(Cárdenas, Martínez, Lastra, Jordán), se les obliga confesar y firmar un documento de
arrepentimiento de lo planeado. En tanto, en Santiago Urra y Rodríguez son interrogados en
la cárcel. Al parecer estos ignoraban los planes creados y los roles que a ellos les asignaba
el grupo carrerista una vez obtenido el poder.
O'Higgins, al recibir la noticia de la nueva detención de Manuel Rodríguez
efectuada el 7 de agosto de 1817 estando en Concepción, montó en cólera contra el
caudillo, encargándole al auditor del ejército reunir pruebas suficientes para condenarlo por
conspiración y traición contra el gobierno. Rodríguez, pues, esperaba en una cárcel que ya
conocía bien, ubicada en un castillo de Valparaíso a la espera de su interrogación. Estaba
indignado, porque no tenía conocimiento alguno de la conspiración y, sobre todo, por el
estúpido plan revolucionario puesto en marcha. Hilarión de la Quintana, escribía el 8 de
agoto de 1817 a O'Higgins respecto de la detención de Rodríguez: «Señor don Bernardo
O'Higgins: Ayer ha sido preso el teniente coronel don Manuel Rodríguez, lo está por mi
conocimiento de San Martín, y de esta hecha no fugará, como sucedió la vez pasada. Su
destino es el que V. le tenía acordado. También se hallan en diferentes cuarteles Díaz
Muñoz, que estaba en el consulado; Aldunate, que sirvió en artillería y actualmente
retirado; Gandarillas, el que tuvo la imprenta en Buenos Aires, y Bartola Araoz. Por el
correo que viene diré a V. algunos otros» (ArchBO, 316).
Mientras tanto, la Logia Lautarina a instancias de San Martín, viendo el descontento
total de la sociedad civil chilena por la dirección política de Hilarión de la Quintana,
entrega el mando a una Junta de gobierno integrada por los chilenos Luis de la Cruz,
Francisco Antonio Pérez y José Manuel Astorga. La idea era que los propios chilenos
resolvieran la existencia del complot de los Carrera contra el gobierno. Domingo Pérez
escribe a O'Higgins el 15 de agosto de 1817. «Excmo. Señor don Bernardo O'Higgins:
Manuel Rodríguez con otros varios de sus inicuos secuaces quedan presos y asegurados, y
aquel parece lo embarcarán en un buque que sale para la India; es inexplicable lo perverso
de semejante bicho. En fin, señor, VE. sabrá tomar las medidas y precauciones conducentes
a libertarse y librarnos de los catástrofes proscritos por tan pérfidos americanos» (ArchBO,
324). Nuevamente aparece el extraño destino de la India para Rodríguez.
Los detenidos enfrentan un proceso en Santiago como autores del delito de
conspiración para derrocar al gobierno constituido y favorecer a los Carrera. Se les
practican sendos interrogatorios en las oficinas del auditor del ejército, Bernardo Vera y
Pintado, y finalmente, al no acreditarse el delito ni la participación de los detenidos, son
absueltos de los cargos impetrados, declarados inocentes y puestos posteriormente en
libertad. Jaime Eyzaguirre señala: «La cosa quedó sin embargo, sólo aquí, pues luego
O'Higgins fue enterado de que la conspiración no tenía en el país las ramificaciones
supuestas. Nada de compromitente resultó del interrogatorio de las personas detenidas por
sospechosas y pronto quedaron en libertad» QaEy1, 99). A la Logia Lautarina llega el
informe de Vera y Pintado, el cual es leído en cámara a los hermanos asistentes. En él se
relata detalladamente la investigación y su resultado. Esto es la sentencia absolutoria de los
imputados de los cargos de conspiración y traición contra el gobierno constituido. Se acepta
el resultado por los hermanos presentes, pero acuerdan fijar ciertas condiciones para otorgar
la libertad a los detenidos.
A don Ignacio de la Carrera se le confina permanentemente en su hacienda de San
Miguel, en donde debe de cumplir un arresto domiciliario perpetuo. A Manuel Rodríguez
se le obliga a cumplir ciertas condiciones. San Martín creyó que Rodríguez no tenía
conocimiento del plan acordado en Buenos Aires y, dada su eficiente defensa, lo libera,
pero lo obligó a firmar antes el siguiente documento: « Me condeno delante de América
como un indecente enemigo de su representación política si he cometido la indigna torpeza
de obrar, adoptar y consentir en planes de novaciones contra los sucesos de Chile que
empezaron en febrero. Me publico un vil esclavo español si no detesto firmemente todo
movimiento contra el orden convenido, desde que ellos son la causa de nuestro arraso y tal
vez nos esclavicen» (RiLar, 178).
Cuando Vera y Pintado le entrega esta carta redactada por el ministro Zenteno,
Rodríguez no tuvo problema alguno en firmarla, ya que la interpreta como un verdadero
rechazo a la corona española. Pero lo que se buscaba en realidad era un compromiso de
Rodríguez con el gobierno, el cual consistía en el rechazo total de los planes de los
hermanos Carrera. Con
ésta carta, se intenta aislar a Rodríguez de los planes carreristas, lo que significaba
deslegitimarlo frente a los conspiradores. Mientras tanto en Mendoza, la suerte de los
hermanos Carrera era distinta y seguían detenidos como autores de conspiración y traición
a los gobiernos chileno y argentino.
Con fecha 17 de noviembre de 1817, a instancias de José Miguel Infante, la Junta de
gobierno libera a Rodríguez y lo reivindica de la acusación dictada en su contra a través del
siguiente decreto publicado en la gaceta del gobierno de 1817: «El horrendo proyecto de
una conjuración contra el Estado atajado en los primeros pasos que se daban para su
ejecución comprometió a varios ciudadanos con indicios que, apareciendo vehemente,
obligaron a su arresto. Uno de éstos, es el
benemérito teniente coronel don Manuel Rodríguez, cuyo arresto ha durado hasta
hoy por circunstancias inevitables. Por tanto, el gobierno lo declara inocente y manda que
inmediatamente se le alce el arresto; en la inteligencia de que esto en nada perjudica el
honor y estimación que se ha granjeado con los relevantes servicios que prestó a favor de la
libertad del Estado. Insértese este Decreto en la Gaceta para satisfacción del interesado,
después que le de cumplimiento el mayor
de plaza. Pérez, Cruz, Astorga, Zañartu».
Con motivo del informe absolutorio que declaró la inocencia del caudillo, O'Higgins
resuelve suspender de sus funciones al abogado auditor de guerra, Bernardo de Vera y
Pintado, redactor de la sentencia absolutoria, quien no hizo caso de la orden de recabar
pruebas que condenaran a Rodríguez como autor de conspiración y traición al gobierno de
la independencia. No lo quería libre por ningún motivo y temía que se escapara nuevamente
de su lugar de reclusión. Ya escribía a San Martín desde Concepción el 1 de septiembre de
1817, intuyendo que pronto el abogado guerrillero estaría libre: «Señor don José de San
Martín. Amigo mi más amado. Es muy creíble que Manuel Rodríguez no hubiese llegado a
tiempo a Valparaíso; es muy mal bicho, y si se vuelve a escapar, nos puede hacer graves
males» (ArchBO, 38).
Más de tres meses estuvo detenido Rodríguez en la cárcel de San Pablo hasta que, el
17 de noviembre de 1817, ve la luz del día y respira por fin la libertad. Nuevamente se pone
a disposición de San Martín, quien lo nombra -mientras se prepara para ir como embajador
a Argentina- auditor de guerra sustituto con fecha 13 de diciembre de 1817 del Ejército de
los Andes. La razón de esto: el posible desembarco en Valparaíso de tropas realistas que el
virrey del Perú había ordenado desembarcar en tierras chilenas a cargo del general Mariano
Osorio. Los hermanos Carrera, por su parte, siguen presos en Mendoza.
O'Higgins, con el lenguaje duro y vehemente que lo caracterizaba cuando se trataba
de sus enemigos, le escribe a San Martín el 9 de septiembre de 1817, desde Concepción,
pidiéndole las cabezas de los hermanos Carrera. Dice: « Señor don José de San Marrín. Mi
más amado amigo: Un ejemplar castigo y pronto es el único remedio que puede cortar tan
grave mal; desaparezcan de entre nosotros los tres inicuos Carreras, júzgueles y mueran,
puesto lo merecen más que los mayores enemigos de la América; arrójese a sus secuaces a
países que no sean tan dignos como nosotros de ser libres» (ArchBO, 41) .
La Logia Lautarina, en cámara a petición de O'Higgins en diciembre de 1817,
resuelve darle todo el poder de la Junta al coronel Don Luis de la Cruz para darle unidad y
rapidez a los actos de gobierno que se preparaban para un nuevo desembarco.
San Martín viajó del sur a la capital y, con el objeto de vigilarlo de cerca, se llevó a
Rodríguez a la hacienda las Tablas en donde, asumiendo su rol de auditor de guerra, ejerció
labores de supervigilancia, orden y disciplina de los soldados patriotas, no existiendo
ningún problema o desavenencia entre ellos. «San Martín trajo a Rodríguez en calidad de
auditor de guerra, cuyo destino desempeñó mientras estuvo allí el ejército, sin que
mediasen inconvenientes ni obstáculos entre él y su superior» (CuMa, 125).
Más de cuatro mil soldados estaban acuartelados en Las Tablas para enfrentar a los
realistas. Ahí, Rodríguez velaba por el orden y la disciplina. Asimismo, entabló una férrea
amistad con el comandante argentino-francés Ambrosio Cramer, comandante del batallón
número 8 del Ejército de Los Andes. Mientras cumplía con lo pedido, San Martín se
devolvió al sur del país a seguir 'la guerra. A principios de 1818, específicamente en enero,
Rodríguez solicita una licencia para realizar diligencias particulares, pero en realidad
necesitaba descanso para sanar de un mal que de tiempo en tiempo le aquejaba. El general
Balcarce, comandante transitorio del ejército, constata que Rodríguez no vuelve de la
licencia en los días indicados e informa al gobierno a través de un oficio la indisciplina del
abogado. Transcribe Ricardo Latcham en su libro:
«Excmo. Señor: El auditor de guerra de éste ejército, don Manuel Rodríguez, fue
con licencia de tres días para esa capital a practicar diligencias particulares. Se ha
transmarcado aquel término con notable exceso, y aún no se restituye, cuando es de
absoluta precisión que tenga el ejército quien desempeñe las funciones de aquel cargo en
ocurrencias que se
experimentan a cada momento, y de que no puede por ningún modo prescindirse si
han de observarse el orden y la disciplina que la tropa necesita. En esta virtud, se hace
indispensable que VE. se sirva estrechar al citado auditor a que efectúe los substituya en el
caso de que se le haya retirado, o dándosele otro destino. Dios guarde a VE. muchos años.
Cuartel General en Las Tablas, 7 de febrero de 1818. Antonio González Balcarce. Excmo.
Señor
Director Supremo Delegado».
No obstante, Rodríguez no regresa dentro del plazo convenido. Por este motivo,
Balcarce solicita la vuelta inmediata del caudillo o la separación del cargo.
Ante tal situación, en febrero de 1817, el gobierno - previa resolución de la Logia
Lautarina – decide separarlo de su cargo de auditor de guerra sustituto y hacer efectiva la
resolución de San Martín de enviarlo a las Provincias de La Plata como agente diplomático.
El temor de que el pueblo recibiera bien a Rodríguez era el gran motivo del exilio dorado
quese le ofrecía. Sin embargo, no fue una decisión unánime. Muchos miembros de la logia
no estaban de acuerdo con darle credenciales de diplomático a Rodríguez, exigiéndole a O
Higgins y San Martín que tomasen carta en el asunto. Hipólito de Villegas escribía
irónicamente presionando a O'Higgins el 8 de diciembre de 1817: « Amigos, la suerte de
los pícaros y de nuestros enemigos no la tendremos los hombres de bien si caernos en sus
garras». Y luego agrega: «¡Qué vergüenza y qué chaveta tiene Rodríguez para diputado!
¡Qué representación en sólo los cafés y lupanares para sostener la dignidad de diputado de
Chile! En fin vamos trabajando por el bien general y olvidemos los daños que en lo futuro
pueden ocasionarnos esos semilleros de los Carrera» (ArchBO, 380).
Manuel Rodríguez, quien pronto sería padre, aceptó a regañadientes la propuesta
ofrecida de ser embajador de Chile ante las provincias de La Plata. Junto a la propuesta, el
gobierno le envía al guerrillero una nota del siguiente tenor: «Aunque los felices resultados
que tuvieron las incursiones de Ud. sobre éste país, cuando el enemigo lo dominaba, dan
una inequívoca idea de su sagacidad con que desempeñó tan delicado encargo, el gobierno
deseando, dar a Ud. Un testimonio público del aprecio que le han merecido sus personales
riesgos por la causa pública, exige de Ud. un pormenor de ellas, como igualmente un
detalle de todos los individuos que contribuyeron al próspero éxito de ésta empresa. De
orden superior, etcétera, Miguel Zañartu» (MaBa, 97). Pero la verdad es que, más que un
reconocimiento a su labor en la Reconquista, esta nota tenía por finalidad saber los nombres
de sus fieles compañeros, ya que era indispensable que la logia tuviere aquella información
en caso de que existiera un levantamiento en contra del gobierno dictatorial. Obviamente,
Rodríguez no respondió.
RODRÍGUEZ LLEGA AL PODER
La misión diplomática encomendada a Rodríguez sería vigilada muy de cerca. En la
Argentina observarían su contacto con los carreristas y, en caso de sorprenderlo en algún
acto conspirativo, lo detendrían y enviarían con Luis y Juan José, quienes pasaban sus
últimos días en la cárcel. Si era detenido en Argentina por conspirar, el problema del
"bicho" Rodríguez estaba resuelto, ya que este país aplicaría el remedio y no Chile.
Mientras Rodríguez esperaba el viaje a Argentina, a principios de marzo de 1818
llega a Chile un personaje oscuro y frío. Oriundo de Tucumán y abogado de profesión, era
encargado de hacer el trabajo sucio en la logia, asumiendo en la capital el cargo de auditor
de guerra del Ejército Libertador en reemplazo de Rodríguez. Este miembro respetado de la
Logia Lautarina, muy cercano a San Martín, es Bernardo de Monteagudo, admirador de
Robespierre y Saint Just. Monteagudo tiene gran capacidad de oratoria y convicción.
Al mismo tiempo, O'Higgins y el ejército se apostaban en Chimbarongo dispuestos
a avanzar hacia el sur con más de seis mil hombres. Osorio decide esperar al ejército
patriota tras la línea del río Maule, pero San Martín los detecta e intenta enfrentarlos. Los
realistas se escabullen. O'Higgins cruza el Maule y ordena el ataque a los realistas, pero la
ofensiva fracasó debido a que el lugar llamado "Cancha Rayada'' estaba lleno de zanjas
naturales, dificultando un ataque certero y progresivo. Esta acción provocó una débil
ofensiva y una merma en el ejército, obligando a O'Higgins y a San Martín a replegarse y
observar desde la altura de los cerros de Baeza, al nordeste de Talca, las fuerzas enemigas.
O'Higgins, impaciente y nervioso, decide cabalgar desde los cerros de Talca hacia el plano,
resuelto a atacar a los realistas, pero San Martín lo detiene ya que empezaba a oscurecer.
Al día siguiente, jueves 19 de marzo de 1818, la división de Hilarión de la Quintana
avanza primero y, tras él, la de O'Higgins. Pero antes, de forma sorpresiva y mientras
O’Higgins dormía, atacan los realistas, bajo el mandato de Ordóñez. En plena noche, el
ataque provoca la carrera en dispersión de la caballería y un obvio desconcierto. La batalla
se
va perdiendo; las bajas son considerables. O'Higgins pelea valientemente, matan a
su caballo y un proyectil se le aloja en el brazo derecho. Dos oficiales heroicos, Bueras y
Vi el, lo salvan y lo llevan a resguardo.
Benjamín Vicuña Mackenna nos relata el episodio: «Apenas había cerrado el día,
Ordóñez forma en la plaza de Talca tres columnas de ataque; da una a Primo de Rivera, jefe
de Estado Mayor, la otra al coronel Latorre i toma él la última, que debía atacar por el
centro; i mientras Osorio se quedaba, acaso fiel a su antigua devoción, rezando el rosario
con sus ordenanzas, su segundo cae como un relámpago de fuego i de acero sobre el campo
patriota i lo arrolla i desbarata al puesto de carga, sin que ni los pechos más valientes sepan
resistir. El héroe del día fue solo el que supo retirarse, el ínclito las Heras». Agrega luego el
autor: «O'Higgins había galopado al frente de la línea a la primera descarga, i una bala le
había atravesado el brazo. Corrió la voz de que era muerto, i el pánico ganó todos los
corazones» (BVicl, 382-383).
El desastre se apodera de Cancha Rayada; las tropas chilenas son obligadas a
retirarse a la hacienda de Quecheraguas apenas llegan O'Higgins y San Martín, en la
madrugada del viernes 20. El plan es continuar con rumbo norte, hasta San Fernando.
En Santiago, mientras tanto, el pueblo religioso se recogía espiritualmente al ser
viernes santo, al tiempo que desfilaban en las calles los feligreses cargando la virgen de los
Dolores y el Señor de la agonía. El clima bélico dejaba de ser lo primordial, siendo éste
superado por el clima religioso. Pasada la medianoche, el intendente Fontecilla y el teniente
Vidal paseaban conversando. Tomaron por calle Estado hacia la Cañada (hoy Alameda). Al
llegar a la plazuela de San
Agustín, observaron un caballo cansado que se dirigía a la Plaza de Armas. Traía las
herraduras rotas y arriba un sujeto que llevaba un sable. Advirtieron que era un militar.
Vidal preguntó:
«- Quién vive?
- ¿La patria?, contesta el jinete.
- ¿Qué gente?
- Oficial del ejército.
- ¿Alto?
Al acercarse, supieron que hablaban con Samaniego, teniente de caballería, chileno y muy
conocido en Santiago. Sorprendido, el intendente de aquel inesperado encuentro, preguntó:
- ¿De dónde viene usted?
- Del ejército.
- ¿Dónde está el ejército?
- Anoche estábamos cerca de TaJea, pero a las nueve nos asaltaron los godos y nos han
dispersado completamente.
- Apéese usted y marche para San Pablo.
Samaniego quiso añadir algo, pero se le hizo callar por el teniente Vida!, diciéndole:
- ¡Obedezca usted al Intendente!
Este silencio no fue interrumpido en todo el camino» (JoZa, 120-121).
El teniente Samaniego es conducido de inmediato a la Casa de Gobierno, en donde
se encontraba Luis de la Cruz. En la entrevista, el oficial da cuenta de que el ejército
patriota fue derrotado en Cancha Rayada, informando que no sabe nada de los generales,
salvo que vio a O'Higgins huyendo muy mal herido. El delegado de O'Higgins libera a
Samaniego, pidiéndole a todos los presentes guardar la más estricta reserva de lo
acontecido, pero la luz de la mañana permitió ver el ingreso de reducidos grupos de
fugitivos, algunos de ellos heridos, quienes comentaban que el caos era total, que los
realistas habían vencido a las tropas chilenas y que O'Higgins y San Martín habían muerto
en la lucha. La gente salía a las calles a preguntar qué había ocurrido. El pavor se instalaba
en sus mentes. Algunos comenzaron a empacar; la mayoría se reunió en la plaza,
exigiéndole al gobierno información de lo que estaba ocurriendo. Volvía a aparecer, 4 años
después, el fantasma del desastre de Rancagua.
El batallón realista se acercaba a la capital. En cualquier momento llegarían,
volviendo a instaurar el terror que se había vivido hacía un par de años. Las maletas fueron
sacadas de los sótanos, las tiendas de comercio cerraban, muchas de ellas fueron saqueadas,
una ventolera levantó una nube de polvo en la Plaza de Armas. El pueblo chileno tenía
miedo.
En la madrugada del sábado 2 1 de marzo, el caudillo observa desde su casa en calle
Agustinas los diversos grupos de soldados que ingresan a la capital dando las noticias del
desastre de Cancha Rayada y se impone del episodio. Sale a las calles a mirar las
dramáticas escenas de angustia. De La Cruz, Zañartu, Zenteno, Fontecilla y otros asesores
en palacio, analizan la información recibida, dilucidando cuál sería la mejor manera de
ocultar los hechos, pero fue imposible. El pueblo sabía todo, y hubo que convocar a reunión
de notables para el día siguiente, con el fin dar explicaciones de lo ocurrido.
La reunión se efectuó en la casa de Francisco León de La Barra, y participaron
Tomás Guido, Juan Egaña y Manuel Rodríguez, entre otros. Este último preparaba su viaje
a la Argentina para el lunes 23 de marzo de 1818. El propio Luis de La Cruz tomó la
palabra y, escondiendo su nerviosismo, señaló que, no obstante los informes oficiales, los
rumores de que el ejército chileno haya sido derrotado completamente y que O'Higgins o
San Martín hayan muerto o huido no eran del todo confiables. Había que mantener la
calma. Sin embargo, abrumado por la desesperación, señaló que había decretado el envío de
los caudales públicos a Mendoza a cargo de dos funcionarios de Hacienda y de Bernardo de
Monteagudo, quien dejaba su puesto de auditor y huía despavorido. Luego, consultó a los
asistentes respecto a las medidas a seguir.
El beato Juan Egaña tomó la palabra. «Señores, después de tanto como se ha
hablado y de ramas dificultades como se divisan, no queda otra esperanza que sacar a
Nuestra Señora del Carmen y encomendarnos a ella como a nuestra patrona jurada» (RiLar,
185). Con motivo de las palabras de Egaña, que nada aportó en concreto, el director de la
Cruz, ofuscado, se retiró de la reunión diciendo muy duramente: «Me voy y que se queden
los que quieren continuar oyendo semejantes leseras» (RiLar, 185). Manuel Rodríguez dijo
antes de retirarse a su casa, lo siguiente: «Los que quieran asilarse a las polleras, que lo
hagan en buena hora; por mi parte, yo sabré como salvar a la patria» (RiLar, 186).
Por mientras, en las calles, los carreristas, aristócratas y los opositores al gobierno
pedían vivamente un cambio, no sólo por su ineficacia en la guerra contra los españoles,
sino que en especial por la dictadura imperante y por la incapacidad del gobierno y del
delegado del gobierno para tomar decisiones en estos momentos de incertidumbre.
Una vez en su casa, Rodríguez redactó una carta que le fue enviada a de la Cruz en
horas de la tarde del sábado, que decía:
«Excmo. Señor:
Soy destinado a embajador en Buenos Aires. La comisión me hace decoro; y yo creo que el
primero de la vida es seguir las órdenes de V E. ¿Marcho hoy que el país está en apuro?
Disponga VE. Mis votos son por Chile, por el orden, y por la reputación de los que
recibimos la fortuna de sostener la libertad. No conozco amor a la vida, ni me empeña sino
el crédito americano. En 21 de marzo de 1818 protesto por mi honor no demorarme un
momento sucedida la independencia segura, y suplico a las autoridades no me impidan
correr a lo más lejos. ¡Ojala el sacrificio de todo yo, haga al cabo una utilidad!
Dios guarde a VE.».
De la Cruz recibió la carta en la casa de gobernación y, apenas leída, sin dudarlo,
dictó la siguiente resolución al pie de la solicitud tomando razón de la carta:
«Santiago y 21 de marzo de 1818.
Respecto a estar amenazada la patria por el enemigo, y considerarse que al que representa
que él podrá serie útil en sus actuales apuros, suspenderá por ahora su marcha, y se le
destina para que él sirva de mi edecán durante el conflicto de la patria».
Esta carta y su providencia dan prueba irrefutable no sólo del cargo diplomático importante
que le ofreció el gobierno a inicios de 1818, sino que también denota el respeto que tenía
Rodríguez por la autoridad, al solicitar formalmente al delegado Cruz quedarse en el país a
defender la patria.
Carta enviada por Rodríguez a De la Cruz el 21 de marzo de 1818 en la que le pide quedarse en Chile a
apoyar a sus compatriotas. Biblioteca Nacional.
Todos buscaban a Rodríguez en los momentos difíciles y la fe en el caudillo era
sorprendente. De la Cruz, delegado de O'Higgins con instrucciones precisas en las
cuestiones de gobernabilidad y conocedor de la animosidad negativa respecto del caudillo,
no dudó un segundo en nombrarlo su edecán para las convenientes tomas de decisiones en
aquellos momentos. El caudillo, quien debía salir a las provincias de la Plata representando
a Chile, cambia voluntariamente de decisión y resuelve entregar su destino, su libertad y su
vida si era necesario a la causa patriota, dando así esperanzas a un pueblo oprimido por una
dictadura militar, temeroso de una nueva reconquista, a una patria que dudaba de su propio
destino sumida en la inseguridad al igual que aquella gobernada por Marcó del Pon t. Tal
vez, si Manuel Rodríguez hubiere pensado en sí mismo y no en la libertad de la patria, si
hubiera optado por la satisfacción de su familia, en su mujer y en el hijo que pronto nacería,
no moriría asesinado vilmente dos meses después en la aldea de Til Ti!. Pero no se pudo
sustraer a su destino.
Apenas supo de su nombramiento, el 22 de marzo, Rodríguez se reunió con sus
amigos, todos provenientes de diferentes sectores: carreristas, aristócratas, hacendados,
huasos, funcionarios de gobierno, pensadores, etcétera, y empezó a recorrer la ciudad,
sublevando con su entusiasmo a todos los ciudadanos. Las críticas y el temor empieza a
decaer, los ojos se levantan al cielo, las sonrisas vuelven, el miedo va dando paso al valor...
Nuevamente la esperanza es entregada por este hombre que surge en medio de la confusión
como un salvador.
Matta escribió: «Abandona su retiro y se presenta a sus amigos, reúne a los más
osados, arenga en la plaza pública, fascina al pueblo con su mirada, lo reanima con su
palabra, lo subleva con su entusiasmo y su eléctrico ardor le comunica. Las quejas callan,
los corazones se sosiegan, el miedo se transforma en audacia y la multitud se apiña
impetuosa alrededor del hombre májico que la inflama con su energía, que la esfuerza con
su voz» (GuMa, 127-128).
Los seguidores del orador público, en su mayoría carreristas, empiezan a recorrer
las calles avivando un cambio de gobierno, haciendo críticas y levantando a Manuel
Rodríguez como el nuevo candidato a asumir los des tinos de la patria. Piden un Cabildo
para decidir los destinos y se acercan a la plaza de gobierno. El nombre Rodríguez suena en
boca de los concurrentes. Cita A. Díaz Meza: «El guerrillero era objeto de las más
entusiastas aclamaciones y se le consagraba
como el salvador de Chile» (AIDi, 44) .
El delegado de la Cruz al observar que la plaza y las calles estaban repletas de gente
que exigía un cambio de gobierno, decide en la noche del 22 de marzo convocar a un
Cabildo a realizarse la mañana del día 23 de marzo a objeto de resolver el destino de la
nación. Esa noche, Rodríguez se reúne con amigos y partidarios en su casa. Llegan
personeros de todos los grupos y tendencias. La idea era aprovechar el momento de
incertidumbre para limitar la dictadura de O'Higgins, que tenía a toda la población
descontenta. Llegan noticias frescas no oficiales de que O'Higgins está gravemente herido,
pero vivo, y que no está haciendo nada frente a los realistas que marchan a la capital porque
huyó en dirección desconocida. La tendencia más moderada, representada por Infante,
señala que Manuel Rodríguez debe asumir el gobierno, debiendo negociar a la llegada de
O'Higgins la dictación de normas que conviertan el gobierno en un sistema verdaderamente
republicano.
La posición más dura, representada por los carreristas Araos y Valdivieso, propone
que Manuel Rodríguez debe ser aclamado como Director Supremo con poderes totales y
sus labores consistirían en poner orden a la brevedad, ordenar la detención inmediata de los
hermanos de la logia, incluido O’Higgins, donde fuese que se encontrare. Al final del
debate y después de haber escuchado los planteamientos, Rodríguez acepta ser el
representante del pueblo en tan duros momentos, señalando que lo más importante ahora es
la unión de la patria para evitar que los realistas nos expulsen de nuevo del país. Agrega
que, por ello, no ordenará la detención de ningún partidario de la dictadura, pero que se
debe crear un escuadrón militar de voluntarios para enfrentar, con la vida si fuere necesario,
la llegada de los realistas a la capital. Con respecto a las reformas políticas para limitar el
poder de O'Higgins, considera que estas son inminentes, pero que habrán de ser discutidas
una vez que se gane la guerra contra los realistas.
Así, a las 11 de la mañana del lunes 23 de marzo, alrededor de 200 ciudadanos se
reunían en el palacio del dictador, vitoreando el nombre de Rodríguez, quien aparece entre
la multitud bajándose de su caballo, diciendo con energía: «Me toca una tarea penosa: la de
comunicar a mis conciudadanos los detalles del triste suceso que ha ocurrido en la noche
del jueves 19 de marzo. El ejército ha sido sorprendido y derrotado tan completamente que
en ninguna parte se hallaban esa noche cien hombres reunidos alrededor de sus banderas.
Ah, el orgulloso ejército que existía una semana ha y en el cual fundábamos rodas nuestras
esperanzas, no existe ya. Se anuncia que el Director O'Higgins ha muerto después de la
derrota, y que el general San Martín, abatido y desesperado, no piensa más que en atravesar
Los Andes. Pero es preciso, chilenos, resignarnos a perecer en nuestra propia patria,
defendiendo su independencia con el mismo heroísmo con que hemos afrontado tantos
peligros» (RiLat, 187).
Los asistentes al Cabildo, incluidos eclesiásticos, magistrados, empleados públicos
y militares (en su mayoría carreristas), adherentes de Rodríguez, entre ellos Cienfuegos,
Barra, Fontecilla e Infante, enganchan con el discurso encendido del caudillo edecán y
vitorean su nombre y piden el cambio de gobierno. De la Cruz les explica que están
tomando una decisión muy apresurada, ya que el parte de San Martín señalaba que el
ejército se había repuesto y que no había muerto el Director Supremo. La mayoría de los
asistentes seguía con la idea de cambiar el gobierno, alegando que de la Cruz debía entregar
el poder a Manuel Rodríguez. Ante tal situación y en medio del estupor de de la Cruz, surge
el fiel seguidor de O'Higgins y reacio del tribuno, Joaquín Prieto, quien señala que no sería
bueno entregar el poder a una sola mano y menos a Rodríguez quien, además de ser un
agitador natural, era carrerista. Rodríguez, ante el ataque, protesta diciendo que prefiere
“pasarse antes la espada que presenciar la menor alteración al orden público”, aceptando
compartir el poder con Luis de la Cruz.
El pueblo que no tenía derecho a decidir, se agolpaba tras la reja del palacio
directorial. Proferían fuertes gritos y cánticos en alusión a Rodríguez. Se escuchaba
insistentemente "¡Viva Manuel Rodríguez!" y "¡Rodríguez al poder!". Fue tal la fuerza de
ese pueblo que pedía a gritos al caudillo, que los soldados que custodiaban el palacio
tuvieron que ceder ingresando la muchedumbre al patio del edificio. Fue en este momento
cuando los concurrentes, después de una conciliación con los o'higginistas, decidieron
unánimemente nombrar a Director Supremo a Manuel Rodríguez Erdoyza, junco al
delegado de la Cruz, como quien es elegido no por un Cabildo normal y simple, sino que
por todos los grupos de presión y fuerzas políticas existentes, incluido, como el que más, el
pueblo de Chile. Así lo declaró mediante un bando Luis de la Cruz una vez decidida la
incorporación de Rodríguez a las tareas directivas de la patria. El bando decía:
«EL DIRECTOR SUPREMO DEL ESTADO DE CHILE: Por quanto las
Corporaciones, tropas, y pueblo de ésta capital han acordado la Acta del tenor siguiente:
En la ciudad de Samiago de Chile a 23 de marzo de 1818, los Señores del Consejo
consulrivo del M.I., Gefes militares y demás individuos del Pueblo reunidos en el Palacio
Directoria! y conociendo los graves males que amenazan a la patria sino se toman promas y
enérgicas medidas para reparar la pérdida que ha tenido nuestro ejército en las
inmediaciones de Talca; teniendo consideración que en las circunstancias actuales la
atención de un sólo hombre no basta para el inmenso cúmulo de objetos a que debe de
dirigirse, determinaron en fuerza de la autoridad que reside en el pueblo, que las facultades
del Supremo Director propietario, se entienden una e individualmeme delegadas en toda su
extensión en los Ciudadanos coronel D. Luis de la Cruz, y tenieme coronel D. Manuel
Rodríguez, de cuyo enérgico zelo, actividad y verdadero patriotismo, espera el Pueblo la
salvación de la patria, debiendo ellos responder a la generación posterior, y a una inmensa
posteridad del imeresante encargo que se les confía. Así lo acordaron. Por tanto para que
llegue a noricia pública ésta resolución, y la aceptación que hemos hecho los nombrados
mando que se publique por Bando y se fixe en los lugares acostumbrados.
Dado en el Palacio Directorial de Santiago a 23 de marzo de 1818.
Luis de la Cruz».
Bando que consagra el nombramiento de Manuel Rodríguez como Direcror Supremo delegado de la nación,
por aclamación que compartió con Luis de la Cruz. Biblioteca virtual memoria chilena, Dibam.
Apenas unos instantes después de su nombramiento, Rodríguez, en su calidad de
Director Delegado elegido popularmente, se dirige a la Plaza Mayor y grita con fervor y
pasión a los ciudadanos que la patria está intacta y que hay que defenderla hasta morir si
fuese necesario, ya que el enemigo estaba lejos de \a capital. Concurre donde su amigo y
admirador José Miguel Infante, quien se compromete y le entrega dinero para la compra de
armas. Así, Rodríguez abre la maestranza y saca armas, visita las iglesias, vuelve donde los
dominicos y recoletos a asegurar su compromiso y, en su caballo todo el día y toda la
noche, recorre imponente la ciudad.
«En tan supremos instantes, Manuel Rodríguez aparece en medio del pueblo como ángel de
consuelo i salvación; lo convoca a la plaza mayor i de pié, con su mirada de fuego i su voz
de tribuno exclamó: "Es preciso, chilenos, resignarnos a perecer en nuestro propio suelo
combatiendo por la independencia con el mismo heroísmo con que hemos afrontado ya
tantos peligros. ¡Aún tenemos patria, ciudadanos! Los que quieran asilarse a las polleras
que lo hagan en buena hora; por mi parte, yo sabré como salvar a la patria; pero los
hombres de corazón deben quedarse, organizarse y tentar la resistencia. El enemigo aún
dista mucho de la capital, los recursos sobran y Chile exige de sus hijos un nuevo sacrificio.
Un momento de resolución y será libre» (Jaros, 6).
Tras este discurso histórico y esperanzador, en el anuncia medidas extremas, se
dirige al Palacio de Gobierno y ordena traer en forma inmediata el tesoro gubernamemal
que Monteagudo y un par funcionarios de Hacienda llevaban a Mendoza por orden de de la
Cruz. Ubicó a todos los frailes patriotas que estuvieron en Mendoza y los que estaban en las
iglesias y los envió a la maestranza para hacer proyectiles. Fue donde los comerciantes y les
pidió todaslas armas que tuvieran; solicito a título de préstamo caballos de los fundos
cercanos; mandó a buscar a Ambrosio Cramer, comandante argemino que se encontraba al
otro lado de la Cordillera; ingresó sin permiso al batallón numero 4 que estaba formando
reclutas y los conminó a salir a la calles; ordenó detener a los que daban noticias
alarmantes; llamó al pueblo a enrolarse al escuadrón "Los Húsares de la Muerte" dirigidos
por oficiales carreristas, quienes usaban un uniforme negro que tenía como distintivo en el
cuello de la casaca y en el pañuelo, una calavera cruzada por dos tibias sobre un fondo
blanco como símbolo de que morirían en la lucha ames del triunfo de los realistas. Ese día
se enrolaron aproximadamente 200 hombres, dividiéndose en dos compañías, cuyo
comandante era el propio Rodríguez con el grado de coronel. Un grupo estuvo a cargo de
Luco; el otro, a cargo de Serrano.
En la esquina de San Diego con la Cañada se instaló una mesa flanqueada con la
bandera chilena y la de los Húsares. En ella, Benjamín Luco y Manuel Serrano, a vista de
Rodríguez, recibían a los voluntarios. Algunos traían armas. A los que no, se les entregaban
a comodato. Estos soldados especiales concurrieron a las entradas de Santiago y recorrieron
con sus armas la capital a objeto de azuzar a la población, vigilando y deteniendo a aquellos
que apoyaran el regreso de los realistas. Entre los detenidos por el escuadrón aparece un
realista de apellido Ugarte que había enviado al general Osorio desde la hacienda de la
Calera, un caballo con herraduras de plata para que hiciera su entrada triunfal a Santiago.
Ugarte es fusilado en la Plaza de Armas por orden de Rodríguez.
Ese día en la tarde, Luis de la Cruz y Manuel Rodríguez, a fin de levantar los
ánimos caídos, sacan un comunicado que se pega en todos los lugares visibles de la capital.
En este comunicado informan que la derrota y dispersión de los patriotas en Talca no fue
producto de la cobardía, sino más bien de un ataque sorpresivo efectuado por los realistas.
Este comunicado dice, también, que el comandante Las Heras tiene a los realistas
controlados, lo que permitió que en San Fernando y Rancagua se reunieran tropas patriotas
para evitar la llegada a la capital.
Acto seguido, Manuel Rodríguez apoyado por Luis de la Cruz (aunque después de
convencerlo) dicta un bando ofreciendo tierras que están entre Maipú y el canal San Carlos
como premio a los soldados y oficiales que se destaquen en la defensa de la patria. Esta
medida, que constituye una incipiente reforma agraria, fue anulada por O'Higgins cuando
llegó al poder, ganándose más enemigos para su gobierno.
Bando que concede tierras a los soldados que se destaquen en la defensa de la patria, el que fue dejado sin
efecto una vez que O Higgins reasumió el poder.
Los ciudadanos chilenos ya tenían confianza. El miedo se había esfumado y el
valor, el coraje y la esperanza habían surgido gracias a los discursos y arengas de
Rodríguez y sus adherentes. Los gritos de "Viva el Rey" que se escuchaban en la semana
santa habían enrocado por los de "Viva la patria". Pero la felicidad duraría poco. La Logia
Laurarina y los o'higginistas no estaban tranquilos, pero no les importaba tanto el conflicto
con los realistas como las acciones de Rodríguez y de los carreristas, quienes, según ellos,
querían obtener el poder político.
De la Cruz y el ministro del Interior Zañartu, quienes se oponían terminantemente al
nombramiento de carreristas en el ejército por orden expresa de O'Higgins, llamaron a
Rodríguez exigiéndole que éste no nombrara a ninguno de ellos en cargos militares.
Rodríguez señaló que en virtud de la delegación expresa del pueblo en su persona y en
atención a los momentos difíciles que se vivían, había que llamar a todo patriota que
enfrentara a los realistas, sin importar de qué sector fueran. Lo importante era sumar
voluntades y hombres, decía. Zañartu, a sabiendas de que O 'Higgins no había muerto,
amenazó a Rodríguez diciéndole que entendía muy bien que el nombramiento de carreristas
significaba un posible golpe militar, conminándole a excluirlos del escuadrón so pena de
ser procesado a la vuelta del chillanejo. Rodríguez, resuelto y con una sonrisa socarrona, se
limitó a observarlo y recorrió la capital gritando a favor de la libertad.
Zañartu, al ver el poder de decisión de Rodríguez, su hábil manejo de opinión, la
llegada que tenía con el pueblo chileno y, en especial, la posibilidad de un golpe carrerista,
envía esa misma mañana a un emisario a San Fernando, lugar donde estaba O'Higgins mal
herido y en estado febril, para avisarle las nuevas noticias. Al enterarse de que sus
enemigos podían acceder al poder y que su rival gobernaba el país, O'Higgins, haciendo
caso omiso a su médico, Juan Green, montó de inmediato su caballo y galopó toda la noche
con temor y rabia hacia Santiago, llegando al mediodía del 24 de marzo de 1818 a la
capital, para reasumir el gobierno.
El aviso cargado de gravedad que da Zañartu a su jefe era lógico y corresponde a la
función propia de un ministro de Estado leal al gobierno. Se necesitaba de vuelta al
Supremo Director para que asumiera el mando a la brevedad. Su temor a la insurrección
armada es natural, pero imaginario. Era impensable que un grupo de 200 milicianos con
poco y nada de formación profesional, efectúe un golpe militar exitoso y perdurable en el
tiempo, ya que el gobierno contaba con más de seis mil soldados profesionales obedientes
al gobierno de la logia.
Este hecho, que acredita la diferencia de fuerzas militares, es un indicio suficiente
de que Rodríguez no pretendía en ningún caso realizar junto a los carreristas un golpe
militar. Esto hubiese sido un grave error, un suicidio. Pero no hay nada que acredite esta
idea. No hay un documento, una carta, un oficio. A nadie se detuvo por conspiración ni a
nadie se le enjuició. Incluso Rodríguez, por información de de la Cruz, ya había leído el
último parte de San Martín, el cual señalaba que, al margen del desastre de Cancha Rayada,
el Ejército Libertador seguía luchando contra los realistas. El mismo O'Higgins al llegar a
la capital, aprobó casi todo lo obrado y reasumió el poder sin dificultad alguna, el cual le
fue entregado formalmente por el propio Rodríguez, luego de una prolija cuenta pública.
Al llegar O 'Higgins y San Martín días después, observaron que la capital era un
verdadero campamento militar. Todos los chilenos estaban en pie alerta para enfrentar al
enemigo. Las calles estaban repletas de militares y voluntarios empuñando armas, sables y
lanzas; la reserva extraordinaria de infantes, veteranos, heridos y milicianos que Rodríguez
había sacado a la calle el día anterior, estaban esperando en la Calle del Rey, saludando
imponente al dictador que llegaba.
Decía el bando del 23 de marzo: «Ya estáis unidos a vuestros hermanos que se
mantenían en reserva, y que vuelan de todas partes a formar un cuerpo. Aliado de los
invictos Infantes de la patria, de los veteranos y milicianos de Aconcagua y del cuerpo de
nacionales de las tropas de caballería de todas las provincias».
Algo de tranquilidad empezó a dominar al Director que llegaba herido y cansado.
Una vez en el Palacio de Gobierno, dicta al ministro Zañartu una carta-oficio dirigida al
Director delegado de la Cruz que él mismo firmaría por más dolor que esto conllevara
(debido a su herida en el brazo derecho), pidiendo que se reúnan en una asamblea a las
corporaciones para reasumir el mando, destacando la importancia de Rodríguez en esos
difíciles momentos. Dice la carta: «A consecuencia de las noticias verbales que adquirí
anoche por conducto de mi delegado, sobre que en la mañana de ayer una parte del pueblo,
agitada por el zelo justo de salvar la patria, había propuesto entre otras medidas de
seguridad pública, la de asociar al gobierno la persona del teniente coronel Manuel
Rodríguez, para poner en movimiento todos los recursos en auxilio del ejército y protección
de la causa de América, he dado el correspondiente aviso al excelentísimo señor capitán
general don José de San Martín, no obstante que estoy persuadido que Ud. por su parte lo
habrá ejecutado para que cuente con la favorable disposición de esta capital en el progreso
de sus operaciones ulteriores contra el enemigo común.
«Desde luego dejaría las cosas en el estado en que se hallan, si el deseo de trabajar
activamente por mi patria no me estimulase a todo sacrificio, y habiendo resuelto como
resuelvo reasumir la Dirección Suprema que me han confiado los pueblos en los críticos
instantes en que la unidad de acción en el gobierno basta para preparar los medios que
confundan a los tiranos. Dispondrá usted que para las 12 de éste día se reúnan en el palacio
directorial todas las corporaciones con el M.I. , Ayuntamiento, ante quienes expondrá lo
que juzgue conveniente a los intereses del Estado.
Dios guarde muchos años. Santiago de Chile, marzo 24 de 1818».
Carta oficio en la que O’Higgins convoca a una asamblea general para reasumir el mando después. del
desastre de Cancha Rayada.
Pasado el mediodía del día del martes 24 de marzo en el ayuntamiento, después de
la convocatoria, Rodríguez le hace entrega del mando a O'Higgins, dándole cuenta formal
de todo cuanto había hecho y señalándole, además, que para defender a la patria había
creado el escuadrón de "Los Húsares de la Muerte", de más de 200 voluntarios, los cuales
estarían a su disposición cuando lo estimara conveniente. Un O'Higgins muy lacónico,
pálido, con su brazo inmóvil en una funda, disimulando el dolor, pero sobre todo el
desagrado al ver el cargo en que estaba investido el bachiller, sin decir una palabra se retira
junto a sus asesores.
La asamblea de reasunción del mando duró no más de 30 minutos y no hubo
ninguna protesta en contra de O'Higgins, quien volvía a retomar el poder total de la patria.
Mientras tanto Rodríguez volvía a su hogar a descansar. Por lo demás se lo merecía. «No se
levantó una sola protesta. Algunos creían que Rodríguez se opondría al acto de O'Higgins y
que los "Húsares de la Muerte" apoyarían a su jefe. Pero no pasó nada de lo que se temía»
(RiLar, 191).
Los ciudadanos, no obstante la vuelta de la dictadura de O'Higgins, volvían a tener
confianza en la resistencia militar del gobierno , algunos de los que habían decidido viajar
a Mendoza, se quedaron al vislumbrar este futuro promisorio. Pero hay quienes escaparon.
Entre ellos, el cobarde auditor del ejército, Bernardo de Monteagudo, quien el mismo 20 de
marzo arrancó despavorido a Mendoza, y Antonio Arcos, quien pensaba viajar a Perú. Por
esas cosas inexplicables de la vida, ambos gozaban de la máxima estima y confianza tanto
de O'Higgins como de San Martín. A Rodríguez se le denostaba, criticaba, calumniaba,
detenía, encarcelaba, enjuiciaba y se le absolvía siempre. Pero nada o muy poco se le
reconocía. Le quitaban el protagonismo, le exiliaban sutilmente, mientras que a los
cobardes, a los intrigantes amigos de los gobernantes y miembros de la logia, se les
reconocía públicamente y se les mantenía en sus puestos. ¿Acaso el supremo gobierno en
plena guerra no debió procesar y aplicar sumariamente la pena de muerte a Monteagudo por
traicionar a la patria al haber dejado el puesto de auditor de guerra y escapar a Mendoza en
los momentos de invasión? Responde Chelén Rojas:
«¡Cuánta diferencia a otros favoritos del régimen! Bernardo de Monteagudo y
Antonio Arcos que contaban con la máxima confianza de las autoridades; el primero huyó a
Mendoza y el segundo fue apresado en Valparaíso al pretender embarcarse en una fraga ta.
Este fue remitido a San Martín, quien lo degradó y expulsó del ejército. O'Higgins,
posteriormente, los colmó de honores, dándoles toda clase de privilegios» (AlCh, 93).
Una vez más, Rodríguez había salvado a la patria con su acción eficaz y su discurso
cautivante en los momentos difíciles. De no haber sido por aquella acción precisa en el
momento oportuno, tal vez el país hubiera estado en un caos incontrolable con ciudadanos
desmoralizados a la espera de autoexiliarse por miedo. Rodríguez asumió en ausencia de
los generales O'Higgins y San Martín responsabilidades extraordinarias, salvando no sólo al
país sino al gobierno de la logia. Esta es una prueba irrefutable de que la lucha de
Rodríguez en contra de la dictadura, era una lucha legítima a través del modo más racional:
el diálogo.
Rodríguez se negó tajantemente a cierras propuestas carreristas más exaltadas que le
exigían tomarse el poder y ordenar la detención de O'Higgins. El otrora guerrillero creía
firmemente en las instituciones republicanas. Sabía que la mejor y más sana forma de llegar
al poder era a través de elecciones libres y periódicas. Tenía fe y creía que O'Higgins,
dentro de rodo, podía ser razonable, no obstante saber que sus sistemas de gobierno
preferido eran el monárquico y el dictatorial.
Manuel Rodríguez no era el desordenado, atrabiliario y anárquico sujeto que se
creía y que los historiadores por más de 200 años han esbozado. Él ordenó en menos de 48
horas, de manera magistral, a un pueblo caído y confundido. Lo levantó y lo armó como un
fuerte coloso dispuesto a enfrentarse a quien sea, para luego entregar ante todo un país el
poder al Director Supremo que volvía del sur herido y desesperado por la posibilidad de
perder su poderío. El guerrillero vuelve a su hogar en la noche de ese 24 de marzo de 1818,
muy cansado. No había dormido por días, cabalgando por casi todo Santiago, orando
públicamente en las plazas y manteniendo en pie a los ciudadanos de su país que veían
fracturarse sus sueños.
Al regresar a su casa, vio a su padre durmiendo. En su habitación se encontraban sus
maletas listas encima de la cama. ¿Debía viajar o quedarse?, se pregunraba. Pero ahora
existían motivos suficientes para no viajar. Se dirige a la casa de su amada Francisca
Segura y Ruiz, quien lo esperaba muy nerviosa junto a la entrada. Se abrazan fuertemente.
Sus besos calman la ansiedad, y la pasión hace que olvide por un tiempo la angustia vivida.
Francisca, quien muy pronto sería madre, conocía demasiado bien a Manuel como para no
darse cuenta de que su ánimo no era el mismo de los días pasados.
Rodríguez había aceptado el exilio dorado a Buenos Aires para estabilizarse. Pronto
sería padre y necesitaba, por ramo, enfrentar su paternidad. Tal decisión había sido con
anuencia de su mujer, con la cual pensaba contraer matrimonio en un tiempo cercano. El
comandante de los Húsares de la Muerre sabía que debía enfrenrar a los realistas para
terminar definitivamenre con ellos y consolidar la tan anhelada independencia chilena.
Rodríguez entregaba toda su pasión a la causa patriota, dejando otras responsabilidades de
lado. No podía aceptar el envío a Argentina. Le era imposible irse, dejando al país en vilo.
Su mujer entendió el cambio de planes y de destino, pero observó que, mientras estuviera
en Chile sería perseguido implacablemente por el gobierno y así se lo dijo. Rodríguez, que
a nada temía, hizo caso omiso.
A días del episodio de Cancha Rayada, llegan triunfantes a Sanriago el general San
Martín y el comandante Las Heras, indicando que los realistas se dirigían a la capital.
Rodríguez, ya coronel del ejército mediante decreto del 26 de marzo de 1818, dispuso el
acuartelamiento de los Húsares de La Muerre. El día 29 de marzo, en su cuartel de San
Diego, Rodríguez envía a O'Higgins una lista con los miembros de este cuerpo militar:
Manuel Serrano Galeaza de Alfara, José Gregario Serrano Galeaza de Alfara y Pedro
Urriola Balbontín (mayores); Pedro Aldunate Toro (ayudante), Primera Compañía: Capitán
José Gregorio Allende Garcés; Portaguión, alférez José Antonio Mujica; Tenientes: Pedro
Bustamante, Juan de Dios Ureta Carrera, entre otros.
La lista era acompañada por la siguiente carta:
«Excmo. Señor:
Acompaño a V.E. lista con N°1 de los hombres que componen el cuarto escuadrón del
regimiento de Húsares de la Muerte. La con el No 2 es de los oficiales que se han
nombrado para que aprobando, es la propuesta y
extendiéndose los títulos, puedan darse al reconocer en sus empleados.
Dios guarde a Vuestra Excelencia muchos años más.
San Diego, marzo 29 de 1818. Manuel Rodríguez».
Ese día, O'Higgins y Zañartu aprueban sobre el mismo documento no sólo el regimiento
sino a los militares que lo componían. Escribe: «Santiago, a 29 de marzo de 1818.
Aprobando, extiéndanse los correspondientes despachos de que se tomara razón. O'Higgins,
Zañartu. Excelentísimo Señor Supremo del Estado Don Bernardo O'Higgins». Los
Húsares, pues, tenían reconocimiento legal.
Carta escrita por Manuel Rodríguez a O’Higgins solicitando reconocimiento legal de los" Húsares de la
Muerte", acompañando nomina de sus miembros. A un costado la toma de razón del gobernador, accediendo
a la petición. Extraída de la Biblioteca Nacional.
RODRÍGUEZ, HÉROE DE MAIPÚ
Ordóñez y Osorio, comandando las huestes realistas, que llegaban a los 5.000
hombres bien provistos, se acercaban confiados a la capital. La noche del 1 de abril de 1818
descansan en Lonquén, pensando en el golpe final: una segunda reconquista y el
advenimiento de la monarquía están a un paso. El coronel Rodríguez, que tiene informantes
en todos lados, se entera de que una dura batalla se avecina en las afueras de la capital, la
cual determinaría el destino de la patria. En las vísperas de la batalla decisiva se presenta
junto a sus dos oficiales, Serrano y Luco, en la Casa de Gobierno, solicitando instrucciones
para enfrentar a los realistas. O'Higgins se excusa por estar enfermo, pero San Martín lo
recibe y le da la instrucción de acuartelarse con su escuadrón de caballería hasta nueva
orden. Rodríguez exige, de acuerdo a las circunstancias, la presencia de sus doscientos
hombres en tal contienda, alegando que había que sumar voluntades y hombres. Era una
batalla clave. San Martín insiste al decir que no todos los miembros del regimiento Húsares
de la Muerte son profesionales, lo que sería contraproducente para la victoria y que, por lo
tanto, lo mejor era prepararse en las unidades y esperar el requerimiento si era necesario.
Rodríguez acata la orden, sin entenderla, y espera en el cuartel el llamado del general.
En este punto es necesario señalar que ha existido larga pugna entre autores e
historiadores para determinar si efectivamente Manuel Rodríguez actuó con sus Húsares de
la Muerte en la Batalla de Maipú. La versión narrada por años fue que no estuvo en Maipú,
y se fundamenta principalmente en la carta exculpatoria del asesinato del guerrillero escrita
por O'Higgins con motivo de la investigación por el asesinato en el año 1823, y en el relato
de José Zapiola en su obra Recuerdos de treinta años. Escribió Zapiola: «El regimiento de
Rodríguez no concurrió a la batalla. ¿Cómo se explica que un cuerpo organizado en los
momentos de conflicto y formado por patriotas decididos y de conocido valor faltara en su
puesto en la hora crítica? No hemos leído a todos los historiadores que han tratado este
episodio de nuestra revolución, y en los que hemos visto, no encontramos nada que
satisfaga ni remotamente esta duda que debe ocurrírsele a todo el mundo» (UoZa,127).
Ricardo Latcham, tomando lo señalado por Zapiola, dice sin argumentar que
Rodríguez no logra pelear en la batalla por decisión del propio San Martín. «Ni Rodríguez
ni los Húsares de la Muerte logran pelear en el llano de Maipú. San Martín dispuso que
esos hombres desprovistos de instrucción militar no participasen en una batalla tan decisiva
y en cuyo éxito se ponía todo el empeño de la naciente republica» (RiLat, 193).
En Valparaíso, Bernardo O'Higgins, pronto a fugarse del país y a meses de su
destitución de 1823, intenta reescribir sin éxito la historia de lo sucedido el 5 de abril de
1818: «Aquel cuerpo que no llenó sus fines porque no se presentó en acción como tampoco
su comandante, fue formado a expensas del ejército porque con intrigas seducciones y
promesas se hacían desertar por Rodríguez». Así, a pesar de estas afirmaciones
reproducidas en diversos documentos y libros de historia y que han intentado establecer la
ausencia de Rodríguez en la Batalla de Maipú, lo cierto es que el coronel Rodríguez no sólo
estuvo en la batalla decisiva, sino que actuó con heroísmo en ella.
Esto no es explicado con propiedad por autores e historiadores chilenos, sino que
por autores extranjeros, incluso por un militar realista que participó en la batalla. El que no
estuvo presente en la refriega, y en eso hay consenso general, y llego sólo "a sacarse la
foto" después de concluida la batalla por encontrarse imposibilitado para pelear, fue
Bernardo O'Higgins, quien ni siquiera podía escribir de lo delicado que tenía su brazo
derecho. Si el gobernador no concurría, su adversario político tampoco.
El propio Manuel Rodríguez, con fecha 28 de mayo de 1818, poco antes de su
asesinato y estando detenido, declara ante el Intendente Fontecilla, cuando se le pregunta
respecto de las razones que tuvo para no disolver el escuadrón y la negativa de entregar las
armas, lo siguiente:
«Que el martes a la noche, siete del que rige, llegó el exponente del campo de batalla
(Maipú), después de haber despachado roda su fuerza para el sur, por. orden del Excmo.
general en jefe y a las inmediatas del teniente coronel don Manuel Serrano que a los varios
días de su estación en la ciudad, sobre enfermo del pecho y con dos sangrías encima,
empezó a dar cuenta de algunos soldados que se hallaban en la capital, y a recogerlos por
orden de los mismos jefes, que alcanzó a juntar hasta 80 o 90, a quienes la antevíspera de
ser preso dio el Supremo Director orden de licencia, dejando un cuadro de oficiales, cabos,
sargentos, para cuando se renovase la formación del cuerpo; que así lo verificó licenciando
y gratificando como se lo ordenó: que, como los soldados reunidos en Santiago eran de los
dispersos en el campo de la acción por falta de caballos, muchos venían sin armas perdidas
en la refriega; que otros han recogido el exponente valiéndose de comisionados, y que el
día que iba a dar cuenta de todo, que fue el de la conclusión del licenciamiento, fue preso
en la casa del Supremo Director antes de poder hablar con él. Que las fechas de las
papeletas de licencia entregadas a los soldados hasta ese mismo día convencerán la verdad
de lo expuesto» (ArchBO, 168).
Asimismo, Vicuña Mackenna en señala en La dictadura de O'Higgins: «Se sabe que
los Húsares de la Muerte tomaron a retaguardia del enemigo una posición sobre un puente
que debía cerrarles el paso cuando las bayonetas patriotas los arrojaran del campo» (BVicl,
388). Amunátegui, por su parte, especifica lo señalado por Vicuña Mackenna, afirmando
que Rodríguez: «Ese día por la mañana, se hallaban en un punto distante del sitio donde se
trabó. El estruendo de los caftanes le advirtió que la reyerta estaba ya empeñada.
Inmediatamente se encaminó con su tropa a la pelea, guiándose por el ruido de las
descargas. Atravesó la llanura de Maipú casi a tientas, sin saber con fijeza cual era la
posición respectiva de los beligerantes. Esta incertidumbre retardó su marcha, no pudo
presentarse en el lugar de acción hasta las cinco de la tarde» (Arnun, 237) .
El inglés Samuel Haigh , que estaba a kilómetros de la batalla, señala: « El poderoso
patriota don Manuel Rodríguez, que tan grandemente se había distinguido durante el más
rudo y crítico período que sufriera Santiago, al tomar sobre sí el gobierno ad ínterin, al traer
de nuevo la confianza al ánimo de los patriotas por medio de su actividad y energía y al
luchar bizarramente en los llanos de Maipo, había sido colocado en arresto secreto» (SaHa,
116).
Guillermo Matta Goyenechea escribe en el año 1856 una biografía del abogado, en
la cual dice que Rodríguez y su escuadrón no sólo actuaron en Maipú concurriendo a la
batalla, sino que lo hicieron de gran forma: «alcanzaron un triunfo que bien servía de
corona al triunfo de Maipo. Ellos fueron los que acorralaron y rindieron al temible realista
Ángel Calvo, celebre desde mucho tiempo como desertor de la causa independiente y como
feroz caudillo». Gustavo Opazo Maturana señala en varios documentos, que Rodríguez y su
regimiento estuvieron en Maipú. Uno de ellos es extraído de la hoja de servicios de un
miembro de los Húsares de nombre Tomás Quezada, quien dice participar en la batalla bajo
las órdenes de Manuel Rodríguez.
La hoja de vida del coronel Pedro Urriola y el general Marcos Maturana también
dan cuenta de ello. Opazo cuenta el testimonio de Pedro Martínez Aldunate, quien señala
que los Húsares llegan en pelotones a las cinco de la tarde al punto donde estaba situada la
bandera del cuartel general. De la misma manera, cuenta que en el cerro que pertenecía a la
hacienda de Santa Cruz se enfrentaron al oficial realista Ángel Calvo, al mando de 700
hombres, quienes se rindieron por el ayudante Merlo. Concluye que esa noche Rodríguez
regresa a Santiago acompañado de Tomás Urra. «Su inverosímil "Regimiento de Húsares
de la Muerte" pelea en los campos de Maipú, acuchillando y haciendo prisioneros a los
últimos restos del ejército español, que pretendía esclavizar de nuevo a su querida patria. Y
después de ese atardecer rojo de Maipú, rojo por el fuego de los cañones y la sangre
derramada por la libertad de un pueblo, vuelve a Santiago» (GuOp, 29).
Sin duda alguna, los escritos del coronel realista Bernardo De La Torre i Rojas,
enemigo de los criollos, quien peleó en la batalla y fue tomado prisionero en Maipú, es de
alto valor histórico. En ellos, a raíz de la derrota a manos de los chilenos, dice años después
que estos vencieron a un comandante realista de Milicias de Chillan lo desnudaron, lo
mataron y le sacaron la casaca «asegurándome los oficiales enemigos que influyó tanto en
el espíritu de sus tropas, que se puede decir, sin exageración que ella misma las decidió a
esperarnos i a tentar la suerte de otra batalla.
«De cualquier manera que esto fuese, lo cierto es que, San Martín, auxiliado de un famoso
Manuel Rodríguez, perseguido entonces por partidario de Carrera, se decidió a
esperarnos en el campo de Maipú, a una legua de la capital, donde se situó con unos
5000 hombres de todas armas y 14 piezas de artillería, lo mejor que le fue posible».
Luego, agrega en el mismo documento reflexionando respecto de la perdida de la
batalla: «Aquí conviene notar que la previsión i actividad del célebre Manuel
Rodríguez, compañero y partidario de los Carrera, a quien San Martín hizo asesinar
pocos días después i que fue sin disputa el alma de todos los sucesos posteriores a la
derrota de Talca, había levantado en masa todas las poblaciones que teníamos a la
espalda en la larga carrera de ochenta leguas, que distábamos del Maule, base
primitiva de nuestras operaciones i hasta donde no era posible encontrar ningún
jénero de socorro y auxilio» (BerdlaT, 312-323).
Además de este relato fidedigno de un oficial presente ese día en el campo de
batalla y enemigo de Manuel Rodríguez, es preciso referirnos aquí a la opinión muy bien
documentada del historiador del ejército Pedro Hormazábal. «Los Húsares de la muerte que
comandaba el coronel Rodríguez eran una unidad de caballería cuya finalidad era la
exploración y seguridad de la tropa. Ese día el batallón avanzó en Maipú para aislar el
campo de batalla y, a su vez, informar de nuevas fuerzas realistas que se acercaren a la
capital. Lo fundamental de este regimiento el día 5 de abril fue la persecución y
aniquilación de los realistas, entre ellos del realista Ángel Calvo que es detenido y
posteriormente fusilado».
Los Húsares de la Muerte, escuadrón de caballería de excelencia compuesto por
oficiales profesionales y voluntarios milicianos, participó en la Batalla de Maipú, de eso no
cabe duda alguna. Tal vez el gobierno le impidió la concurrencia a la contienda ese
domingo, pero igual se apersonaron y ganaron la batalla. O'Higgins no podía ir, estaba con
fiebre, no podía siquiera tomar las riendas de su caballo, estaba amargado, impotente, le
gustaba mucho la línea de fuego, pero físicamente estaba imposibilitado. Si él no podía ir,
no permitiría la gloria del abogado en el campo de batalla, pues la victoria lo haría aun más
popular.
El estratega San Martín, buen lector de los acontecimientos que se estaban
desarrollando, sabía que tenía que juntar mucha gente en el campo de batalla, ya que la
diferencia de tropas ascendía mil en perjuicio de los criollos, por lo cual no miró con malos
ojos la colaboración de Rodríguez. Pero tampoco podía desechar las peticiones de su
querido hermano Bernardo. Los Húsares no respetaron la orden de San Martín de esperar
acuartelados. Rodríguez ordenó, apenas iniciada la batalla, salir de San Diego y concurrir a
los llanos de Maipú a apoyar a sus compatriotas y éstos, como perros sabuesos amarrados,
salieron a la pelea y a la caza de uno de los más bravos realistas, el temible chileno Ángel
Calvo otrora miembro del ejército libertador y ahora desertor comandante del ejército
realista que es detenido personalmente por Rodríguez después de una lucha sangrienta en el
cerro La Niebla.
Finalmente, llegada la noche del domingo 5 de abril, en el mismo lugar donde se
erigió el templo votivo de Maipú, con una descollante acción de San Martín, Las Heras y
Santiago Bueras quien muere heroicamente en la batalla, los 4.000 hombres del ejército
libertador vencen a los realistas en la famosa Batalla de Maipú. Una vez concluida la
batalla y sabiendo que no había peligro, O'Higgins en el Palacio de Gobierno se entera que
los realistas están huyendo y sale con su reserva al campo de batalla para abrazar a su
querido hermano San Martín, confirmando un pacto que ya se había acordado en 1815 en
Argentina.
De esta forma, la acción de los Húsares fue del todo efectiva. Incluso se sabe que,
con Rodríguez a la cabeza, tomaron la retaguardia del enemigo en un puente de Lo Espejo
cuando las bayonetas de los soldados patriotas los perseguían. Es extraña, pues, la decisión
de San Martín y O'Higgins de impedirle a los Húsares participar en la Batalla de Maipú,
aduciendo su falta de profesionalismo, ya que el propio O'Higgins, que llega a la batalla
malherido, se hace acompañar de la Reserva Extraordinaria, la misma que Rodríguez había
ordenado sacar a la calle el 23 de marzo de 1818 para defender la capital, división
compuesta principalmente por cadetes infantiles, rotos descamisados, ancianos
parapléjicos, soldados heridos e incluso mujeres. Es por esto que no se justifica que el
gobierno no le permitiera actuar al escuadrón de Rodríguez, ya que ¿cómo podríamos
entender, entonces, siendo consecuentes con aquella idea, que O'Higgins haya llegado a
Maipú cuando se enarbolaba el pabellón argentino acompañado por esta "milicia"?
Ciertamente, está decisión está dada por la maniobra política de O'Higgins, ya hecha
varias veces, de restarle protagonismo político a Rodríguez y a sus camaradas. Rodríguez
después de la gran Batalla de Maipú, muy enfermo, pasa días junto a su mujer y su padre,
recorriendo juntos las Chinganas y las casas de sus amigos. Los Húsares, mientras, seguían
en el sur persiguiendo realistas al mando del teniente Manuel Serrano, quien finalmente fue
obligado por el coronel Zapiola a replegarse a Talca en donde, por instrucción del
Gobernador Supremo, le notifica el 14 de abril de 1818, la disolución inmediata de los
Húsares de la Muerte. Días antes, el 11 de abril, el Director Supremo llamó a Rodríguez a
su despacho quien, desanimado, se enfrenta a las duras amonestaciones del gobernador por
la pésima conducta de
sus subordinados, a quienes se les veía en la calle sin el aire marcial exigido a un
soldado del ejército libertador.
Renato Laso Jarpa escribe en su libro sobre el guerrillero: «Debido a su falta de
desempeño, su ninguna preparación militar y a que se ha constituido en un foco
revolucionario peligroso para la tranquilidad de la patria, el régimen de los Húsares de La
Muerte queda disuelto desde este momento» (ReLa, 159).
Rodríguez, acata la orden y reúne a su grupo para comunicarles la decisión
irrevocable ordenada por O'Higgins. Sus amigos, colaboradores y subordinados le imploran
no hacer caso a la orden proponiendo actuar en la clandestinidad. Rodríguez señala que no
quiere divisiones en el país, así es que lo mejor es licenciar a sus subordinados,
otorgándoles las papeletas respectivas, dándoles un plazo perentorio para entregar las armas
de combate. Una vez hecha esta reunión roma sus cosas y se va a su casa a descansar.
¡CABILDO QUEREMOS!
La sociedad chilena, no obstante la gran batalla que aseguraba la independencia,
presentaba un descontento generalizado debido a, principalmente, el alza de impuestos
decretado para devolverle los préstamos pre-guerra y pro-guerra del sur a Argentina.
Asimismo, por la diferencia de trato que hacía el gobierno entre argentinos y chilenos,
dando los puestos clave a los primeros y, por último porque aún no se materializaba en una
carta fundamental el pacto de organización política del país. Rodríguez, muy inquieto y
despojado de su autoridad, cambia el uniforme por la capa y decide visitar a sus amigos,
entre ellos a José Miguel Infame, ministro de Hacienda a la fecha, Agustín Vial, Juan
Agustín Alcalde y Tomás Urra, para exigir a O'Higgins la dictación de una Constitución
Política que estableciera una organización política bajo los principios republicanos
estableciendo un límite temporal a la autoridad del gobernador.
En la tarde del 14 de abril, el gobernador Luzuriaga y Bernardo De Monteagudo
llegan a Chile con la noticia de que días después de la Batalla de Maipú, a las 15 horas del
8 de abril, el gobierno Rio Platense había ordenado fusilar en Mendoza a los hermanos Luis
y Juan José Carrera por traición y sedición contra los gobiernos de Chile y Argentina.
En su libro El ostracismo de los Carrera, Vicuña Mackenna relata de la siguiente
forma el trágico momento: «Luis sintió entonces que el sabor de la agonía le rebosaba en el
pecho, porque sentía la agonía de su hermano acumulada a la suya. Pidió entonces a la
misericordia divina que le había dado la paz, una breve pausa de terrenal entereza, i rogó a
sus sayones le permitieran acercarse a su hermano. 1 encarándose con él con la voz de un
amor tierno e imponente, le dijo: ¡Calmémonos! ¡Acuérdate que somos soldados chilenos i
que debemos morir como tales! ¿Qué importa, añadió, que sea en el banco o en el campo de
batalla el sitio donde debamos perecer? Acordémonos que somos inocentes».
«Los dos hermanos volvieron a separarse, i cuando aun no estaban del todo listos
sobre el banco, las filas de tiradores nivelaron sus fusiles, i dos descargas simultaneas
partieron el acto. El rostro de Luis incólume i apacible, cayo sobre su pecho como quien
duerme después de la jornada. Juan José, más robusto e irritado, dio un grito desgarrador,
se estremeció sobre el poste que lo sostenía i echándose hacia delante, exclamó con un
ronco estertor: ¡Jesús, que trabajo!» (BVic2, 160).
La noticia causó revuelo en la población chilena y produjo una reacción negativa
contra el gobierno de O'Higgins, al cual culpaban del fusilamiento de los hermanos de José
Miguel. Rodríguez, muy apenado por el asesinato de sus amigos y ante esta expresión cruel
y típica de la dictadura, levanta su ira contra el gobierno de O'Higgins y empieza a
desprestigiarlo en
las calles y en tertulias, dando directamente la responsabilidad del hecho al
gobernador y a la Logia Lautarina.
El gobierno de Chile informaba oficialmente que la pena de muerte había sido
ordenada por un tribunal independiente del gobierno Argentino de manera soberana,
deslindando cualquier responsabilidad que se le quisiera atribuir. La población no lo creyó.
Era obvia la incredulidad de la población chilena: tenía motivos. O'Higgins ya había
ordenado, apenas los detuvieron, la muerte de los Carrera, señalando el 27 de agosto de
1817 a San Martín, con un léxico y motivaciones análogas a las que motivaron el asesinato
de Rodríguez, lo siguiente: «su existencia es incompatible con la seguridad, buen éxito y
tranquilidad del Estado y ya no es posible tolerarlos por más tiempo. Es de rigurosa justicia,
un ejemplar castigo en ellos» .
Con fecha 9 de septiembre, 1817, apenas siete meses antes del asesinato legalizado,
contesta a San Martín: «[N]ada me extraña lo que Ud. me dice de Los Carrera. Siempre han
sido lo mismo y sólo variarían con la muerte. Mientras no la reciban, fluctuará el país en
incesantes convulsiones porque siempre es mayor el número de los malos que el de los
buenos. Un ejemplar castigo y pronto es el único remedio que puede cortar tan grave mal.
Desaparezcan de entre nosotros los tres inocuos Carrera. Júzgueseles y mueran, pues lo
merecen más que los mayores enemigos de la
América» (ArchBO, 40-41).
El mensaje de O'Higgins es certero y claro: hay que eliminarlos, ya que su presencia
afectaba y afectaría siempre la institucionalización de la dictadura. Pero la exterminación
no debía de ser de cualquier manera, sino que en forma legal, mediante un juzgamiento
previo que finalizaría con la sanción más gravosa: la muerte. Y mejor aún si era al otro lado
de la cordillera, lo que le daría una imagen de civilidad a la decisión y evitaría
responsabilidades del
gobierno chileno.
Al día siguiente de Maipú, lunes 6 de abril de 1818, Ana María Cotapos, cónyuge
de Juan José Carrera, concurrió al despacho de San Martín rogándole que tras el triunfo en
la batalla tuviera presente el perdón, sobreseyendo la causa de su marido y cuñado. San
Martín, en feliz opio, redacta la siguiente carta a O'Higgins entregándosela a la peticionaria:
«Si los cortos servicios que tengo rendidos a Chile merecen alguna consideración, los
interpongo para suplicar se sobresea en la causa que se sigue a los señores Carrera. Estos
sujetos podrán tal vez ser algún día útiles a la patria y VE. tendrá la satisfacción de haber
empleado su clemencia uniéndola al beneficio público» (AICh, 194) .
O'Higgins no se negó a la petición de San Martín y escribe con una demora de 5
días a Luzuriaga que la “Madama” de Juan José Carrera, con la anuencia del general San
Martín, solicitaba el sobreseimiento de la causa seguida en contra de los hermanos Carrera.
Luis y Juan José eran ya cadáveres. La Logia había dado la orden.
La carta que entregó San Martín a Ana María Cotapos y que llegó al despacho de
Bernardo, no era franca ni válida, ya que no llevaba las dos rayas a continuación de la firma
que la hacían aplicable, como lo había señalado a sus hermanos de logia anteriormente. En
una carta de Bernardo a San Martín de fecha 1 de agosto de 1817 que se encuentra en el
Epistolario de O 'Higgins de De la Cruz se explica de forma clara la instrucción: «No se ha
dado curso a varias recomendaciones que Ud. ha dirigido porque no han traído las dos rayas
después de la firma, que Ud. previno a Zenteno debían tener cuando se deseaba se
efectuasen».
RODRÍGUEZ PIDE FIN A LA DICTADURA
Ya consolidada la independencia tras el triunfo de Maipú y dispuesto el país a entrar
en la estabilidad institucional, la noticia del fusilamiento de los Carrera produjo gran
desazón en la gran mayoría de los chilenos, quienes los consideraban referentes de la
libertad. Este hecho, amén de otros sucesos ya nombrados, generaron una suerte de
discusión generalizada de los actores políticos, quienes querían poner fin a la dictadura
mediante reformas republicanas. Corría la voz, por lo demás, de que O'Higgins estaba
preparando una Constitución que permitiría reforzar su dictadura legalmente. El día viernes
17 de abril de 1818, Manuel Rodríguez, Eyzaguirre, Echeverría, Urra, Valdivieso, Alcalde
y otros republicanos, decidieron, después de sendas reuniones, convocar a un Cabildo
abierto de ciudadanos, donde los vecinos expondrían sus puntos de vista para regular el
gobierno autoritario e instaurar los pilares de un republicanismo que se apegara a la ley y
no a la mera voluntad de uno o de un grupo.
Ese día, la sala de ayuntamiento estaba abarrotada y se formó una comisión que se
abocaría de inmediato a la redacción de una Constitución Política, debiendo estar lista en
no más de 15 días y que establecería en su seno la separación de los poderes del Estado.
Además, se crearían una serie de limitaciones a los poderes del gobernador, la consagración
de la alternancia en el poder fijando un período del mandato del ejecutivo (dos a tres años a
lo más), entre otros. Como propuesta central, se establecía la instauración de un Congreso
nacional para el 15 de agosto de ese año, la regulación de elecciones de las autoridades y la
consagración del Cabildo con poderes soberanos, además de la declaración de la libertad de
imprenta que estaba prohibida y la dictación de un indulto político y militar.
Se eligió una comisión compuesta por Juan Agustín Alcalde, Juan José Echeverría y
Agustín de Eyzaguirre para que se presentaran con amplios poderes de negociación ante el
Director Supremo y expusieran las exigencias del pueblo, buscando el consenso y así
legitimar el proceso. Rodríguez desechó participar, a pesar de que la mayoría lo propuso.
Consideró que no era el momento indicado para parlamentar con el gobernador, pero apoyó
con la fundamentación de las ideas y, por supuesto, con la redacción de las propuestas.
El sábado 18 de abril de 1818, con Rodríguez a la cabeza, una muchedumbre
ensordecedora llega al Palacio de Gobierno. Vienen escoltando a los miembros de la
comisión, quienes llevan sendas carpetas para discutir con el Directo Supremo. O'Higgins,
que no se había enterado de la reunión y que no la tenía en su agenda, después de una larga
espera de los representantes para ser oídos, los hace entrar a palacio rodeado de una fuerte
escolta presidencial. No hay detalles de lo conversado entre O'Higgins y los representantes
del pueblo.
Ningún historiador señala con certeza qué es lo que se habló ni el ánimo imperante.
Tampoco hay documento alguno que registre los diálogos de la reunión. Al parecer, esta
vez, de la Cruz no tomó nota o fue instruido para no escribir nada, olvidando su costumbre.
Posiblemente se conversó respecto de las reformas que estaban consignadas en el pliego de
peticiones. Es posible también que O'Higgins estuviere adolorido del brazo derecho, con el
ceño adusto, oyendo sin decir una palabra mientras se hacían las peticiones, observando
con ansiedad diferentes lugares del salón y haciendo gestos de impaciencia y
desaprobación. Una vez escuchados los planteamientos de los representantes republicanos,
el dictador, fiel a su es rilo, pudo haber amenazado a los cabildantes de fusilarlos por
traición y sedición. Les reprocha cada uno de los puntos discutidos, desconociéndoles
autoridad y legitimidad, y llama a los guardias ordenándoles la detención y la expulsión del
palacio. Estaba claro, O'Higgins no permitiría acciones sediciosas que afectaran o pusieren
en peligro el avance de la independencia. Y no le temblaría la mano para reprimir cualquier
foco de inestabilidad. Lo que sí sabemos de ese día, es que O'Higgins estaba enfermo en
cama antes de la reunión. Su brazo aún le dolía. También conocemos su indignación por el
motivo de la misma. Lo consideraba un acto de sedición y traición. La reunión duró muy
poco, ya que en menos de 20 minutos, los tres representantes del pueblo que dialogaban
con el dictador, salían escoltados por un grupo de militares, quienes los condujeron en
calidad de detenidos a la cárcel. Fueron liberados al día siguiente, pero Echeverría recibía
orden de destierro. Rodríguez y la gente que lo acompañaba, esperaban el resultado de la
reunión en el umbral del Palacio de Gobierno. Sorprendidos ven salir a los representantes
del Cabildo fuertemente custodiados por una escolta de guardias argentinos. Ilustres
patriotas representantes del pueblo que sólo buscaban dialogar y entregar una
documentación al general, eran detenidos por orden del dictador y entregados a manos
foráneas.
Palacio de Gobierno en 1818. A este edificio entró Manuel Rodríguez, a caballo, exigiendo reformas
democráticas. Asimismo, es el lugar de su detención.
Ni Manuel Rodríguez ni la muchedumbre podía creer lo que veían. Bernardo, en un
acto típico y representativo de la dictadura que imperaba, abofeteaba los principios básicos
en que se fundamenta un verdadero sistema republicano. El diálogo, la libertad de
pensamiento, el derecho a ser oído y el respeto a la oposición no eran tomados en cuenta.
Esa imagen arbitraria e injusta hizo explotar a Rodríguez. La traición a los principios del
republicanismo, unida al fusilamiento de los Carrera y la dictadura cada vez más
atropelladora, lo nubló. La ira y la rabia lo dominaron y es así que irrumpe en su caballo
"negro" en el primer patio interior de la casa de gobierno. Dando grandes voces y gritos,
salen de su boca palabras como libertad, republicanismo y término de la dictadura. Manuel
aprovechó de enrostrarle a Bernardo la muerte de los Carrera, asignándole responsabilidad
a su persona y a la Logia Lautarina, que gobernaba Chile desde la Batalla de Chacabuco.
Lo conmina a reinstaurar el Congreso Nacional y a dictar una Constitución política
al más breve plazo. Le señala que la revolución en donde murió tanto compatriota, que
motivó sufrimientos y que derrotó a la monarquía no se hizo para entrar a otro sistema
análogo como el que estaba aplicando. Le refirió que sabía muy bien de sus planes y el de
la Logia para reinstaurar un sistema monárquico en el país. Lo amenaza con no sancionar
aquella Constitución que en secreto estaba redactando y que lo perpetuaba en el poder.
Bernardo, indignado por las acusaciones vertidas públicamente y que todos
comentaban en secreto, pero que nadie se atrevía a decir por temor al gobierno, sale al
balcón de su despacho y con fuertes gritos, muy destemplados, le ordena a la guardia
detener a Manuel por los cargos de sedición y de afectar la tranquilidad pública. Tres
soldados le piden al guerrillero que baje de su caballo. Lo apresan y lo llevan con su
uniforme de húsar directo a la cárcel de San Pablo, comandada por un viejo conocido,
Rudecindo Alvarado, coronel argentino a cargo del regimiento Cazadores de los Andes,
quien estaba a cargo de la cárcel de Val paraíso en marzo de 1817 cuando Rodríguez
escapó en abril de ese año. Alvarado volvía a tenerlo en su poder. Esta vez no se le
escaparía.
Nuevamente encarcelado, no volvería a conocer ya jamás la libertad. El gobierno no
tendría piedad y le esperaba una muerte alevosa y traicionera ejecutada por manos chilenas
y extranjeras. Una muerte ruin ordenada por Bernardo O'Higgins y la Logia Lautarina, las
partes que pretendían instaurar en Chile un sistema monárquico.
DETENCIÓN Y PLAN DE ASESINATO
«Dicen es Manuel Rodríguez
y que se lo llevan camino a Til Til,
que el gobernador no quiere ver
por la cañada su porte gentil>>.
"El cautivo de Til Til", Patricio Manns
La extensa escolta de O'Higgins lleva en horas de la tarde del 18 de abril de 1818,
en calidad de detenido e incomunicado, al teniente coronel Rodríguez a la cárcel de San
Pablo, lugar en donde estaba asentado el batallón Cazadores de Los Andes, como autor de
los cargos criminales de sedición, conspiración para el derrocamiento del gobierno, ingreso
a caballo a Palacio de Gobierno y delito de desacato o incumplimiento de deberes militares.
Éste último, por no cumplir la orden suprema perentoria de disolver el cuerpo armado de
Los Húsares de la Muerte y por no devolver las armas que los soldados de dicho escuadrón
poseían para defender a la patria, las cuales habían sido entregadas en su calidad de
Director Supremo delegado. Pero lo que más le molestaba a O'Higgins era que Rodríguez le
hubiese dicho a la cara, delante de todos sus detractores, las verdades que pocos hombres
en época de dictadura se atreven a pronunciar.
Una vez en el cuartel de San Pablo, se le notifica a Rodríguez que se iniciaría una
investigación en su contra por sedición y traición, incoándose un proceso penal carente de
pruebas de cargo. A días del cautiverio, los investigadores del gobierno no pudieron
acreditar los cargos impetrados de no haber disuelto el escuadrón de Los Húsares ni
devolver las armas a la autoridad, ya que Rodríguez, a días de la Batalla de Maipú, para
evitar confrontaciones entre sus adeptos y los adictos al régimen, había resuelto poner fin a
dicho cuerpo armado. Las armas, en su mayoría, habían sido devueltas; otras fueron
abandonadas en el campo de Batalla de Maipú; otras fueron empeñadas por soldados
irresponsables que no faltan. Sólo restaba la entrega parcial de algunas de ellas, las que
tenía el grupo del teniente coronel Serrano, quien aún se enfrentaba en el sur con grupos de
resistencia realistas que intentaban darse a la fuga. Tales cargos incoados, pues, finalmente
fueron desechados a fines de abril de 1818.
Las imputaciones impetradas, que motivaban la detención, había que acreditarlas a
cómo diere lugar. Había que sacar de una vez de la escena política a Rodríguez. Uno de los
encargados de la investigación criminal era nada menos que el auditor de guerra del
Ejército de Los Andes, el abogado tucumano Bernardo de Monteagudo, revolucionario
extremo, profesional de confianza de San Martín y quien, con motivo del desastre de
Cancha Rayada se había escapado a Argentina dejando abandonado su cargo. Ahora, el
argentino llegaba a la capital con una carta considerada como sospechosa enviada por
Rodríguez el 22 de marzo de 1818 al comandante francés Ambrosio Cramer, ganándose de
esta manera Monteagudo la confianza de O'Higgins.
Monteagudo, hermano de logia y amigo de San Martín, muy convencido de la
revolución americana, llegaba a días de la detención de Rodríguez con las manos
manchadas por la sangre de los hermanos Carrera, fusilados el 8 de abril en Mendoza en
cumplimiento de la sentencia por conspiración y traición en contra del gobierno
legítimamente instaurado en Las Provincias de La Plata sólo tres días después de la batalla
de la independencia. Una parte del plan ya se había cumplido. Quedaba ahora deshacerse de
otro carrerista.
Viviendo días de incertidumbre y angustia, Rodríguez no entiende la detención ni
los motivos de la misma. Menos entiende lo largo de la privación sin que existan
diligencias. Piensa en momentos desfavorables al desvelarse creyendo que son sus últimos
días. Le late fuerte el corazón cuando piensa que está siendo traicionado por O'Higgins y
por San Martín, pero ese pensamiento vuela lejos y nace la esperanza de que el gobierno
apenas sepa de su inocencia lo dejará en libertad para viajar a cumplir el encargo de
embajador en Argentina.
El 28 de abril de 1818, el coronel Francisco de Borja Fontecilla y su amanuense
Fernando de Olivares, llegan a su celda y le exhiben durante el interrogatorio la "gran
prueba del gobierno", "la gran evidencia de cargo", que lo condenaría a las penas del
infierno: una carta conspirativa enviada por Rodríguez en su calidad de Director Supremo
delegado al teniente coronel Ambrosio Cramer incautada en Mendoza. Decía: «Al
comandante Ambrosio Cramer, donde se halle, el 22 de marzo de 1818. Ambrosio, vente,
vente, vente. Obra, obra, obra por la libertad. Vuela, vuela Ambrosio a los brazos de tu
Rodríguez>>.
En el interrogatorio se le consultó además al comandante Rodríguez sobre su
vinculación actual con José Miguel Carrera y sus seguidores en Chile. Se le instó a que
confesara si era cierto que preparaba junto a otros carreristas la vuelta de José Miguel. Se le
preguntó si el verdadero motivo de la creación del escuadrón de los Húsares de la Muerte
era propagar una revolución contra el gobierno de O'Higgins.
Un Rodríguez escuchó serenamente los cargos expuestos, tomando apuntes con su
pluma de todo cuanto se le consultaba. Finalmente, señaló que este gobierno, elegido en un
Cabildo abierto, le dio la espalda al pueblo que lo legitimó, que el ideal republicano se
esfumó y dio paso a una dictadura en la cual gobierna un solo hombre, cara visible de la
Logia Lautarina. Luego, con energía no exenta de lamento, les dice que Chile es un país
dependiente de las provincias rioplatenses, que los ciudadanos argentinos detentan los
cargos más importantes, alega con vibrante pasión que con la ayuda de muchos, entre ellos
del propio gobernante, hemos dejado de ser colonia española, pero que nos hemos
convertido en vasallos del gobierno argentino. Agrega que la independencia jamás se podrá
consolidar mientras exista restricción a las libertades y no se dicte un reglamento
constitucional incluso más moderno que el que redactó en 1812.
Así, Rodríguez considera que nada hemos avanzado si no existe un Congreso
popular y seguimos dependiendo de las provincias del otro lado de Los Andes. Con rabia
marcada, les dice que la Logia Lautarina, compuesta principalmente por ciudadanos
extranjeros, deciden los destinos de la nación por sobre el gobernador O'Higgins. Por
último, informa que no ha tenido contacto alguno con Carrera, que no trabaja para él y que
sólo los une una enorme amistad. Como prueba de ello, cuenta la ocasión en que la que,
mientras Rodríguez era gobernante, el propio José Miguel lo encarceló por criticarle su
forma de actuar poco republicana.
A pesar de pensar que O'Higgins es un dictador que tiene responsabilidad en la
muerte de los hermanos Carrera, que ha restringido las libertades y derechos, que ha
ordenado ejecuciones sin fundamento y que pretende gobernar sin límites formales y
temporales, Rodríguez jamás ha pretendido a través de la violencia encabezar un golpe de
Estado. Tiene a todo un país de testigo, ya que cuando el pueblo lo aclama y lo inviste
Director adjunto de Luis de La Cruz y ante la oposición del ministro Zañartu, protestó
diciendo que prefería «antes pasarse la espada que presenciar la menor alteración del orden
establecido>>.
Respecto de la carta incautada por los soldados del gobernador Luzuriaga en Punta
de Vaca, Rodríguez, con tranquila y segura respuesta, dice que efectivamente esa carta es
de su propiedad, que en su calidad de Director delegado la envió a su amigo el teniente
coronel Cramer y que, además de esa carta, le envió en pleno desastre de Cancha Rayada
un oficio a objeto de que se plegara a la defensa de la patria. Dice que de la Cruz sabía de
esa carta, quien no obstante conocer su adhesión a Carrera, accedió sin problema a la vuelta
del oficial a Chile, a pesar de conocer que estaba separado de su cargo y de que la
referencia de "vuele, vuele" era de puño y letra del doctor Bernardo Vera y Pintado, y que
dicha referencia no significaba otra cosa que la premura de la respuesta patriota. Borja
Fontecilla conocía muy bien las argucias hechas por Rodríguez en época de la Reconquista.
Teniendo pleno conocimiento del sistema de correos encriptados que ideó y aplicó
Rodríguez, no confió en la explicación, restándole credibilidad sobre lo expuesto. Mientras
un Monteagudo a la sombra observaba silencioso el interrogatorio, instó Fontecilla a que
explicara el verdadero significado de las palabras "vuele, vuele" "obra, obra", y le exigía,
sopena de agregar más días de incomunicación, a que revelara de inmediato la incógnita
que esas palabras encerraban.
La respuesta de Rodríguez fue natural y creíble. Con motivo del desastre de Cancha
Rayada y la desesperanza que reinaba, era preciso tomar decisiones efectivas y rápidas. Por
eso es que pensó en este valeroso oficial para sumarse a la defensa de la patria. Había que
aunar todas las voluntades y capacidades para defender a la patria con verdadera acción en
esas horas oscuras.
El interrogador, no muy convencido de las explicaciones dadas, le consulta si sabía
de la destitución de Cramer por encabezar una facción rebelde contra el Ejército de Los
Andes. Rodríguez respondió que tenía conocimiento de ello y precisamente por le había
consultado al director de la Cruz sobre su venida, quien no hizo oposición del llamado.
Señala que siempre se le preguntó de toda decisión al delegado de la Cruz y que siempre
fue leal y disciplinado con el gobierno patriota.
El interrogatorio del enérgico juez dejó de lado el tema de la carta y lo exhortó a que
explicara circunstanciadamente por qué, existiendo en su persona tanta lealtad y disciplina
al gobierno, no desbarató el cuerpo armado de Los Húsares y no devolvió las armas que
ellos detentaban. Ante esto, Rodríguez niega de plano la acusación, señalando
encarecidamente que el mismo día 11 de abril de 1818 le comunicó la orden a Luco y a
Serrano, que estaban en batalla fuera de Santiago.
Agrega que el 7 de abril en la noche llegó desde el campo de batalla a la capital y
que despachó a Serrano al sur a objeto de seguir a los realistas que se fugaban por orden
expresa del gobierno. Explica que un par días después supo que soldados venían de vuelta y
que no batallaban por falta de caballos y, no obstante estar enfermo del pecho y guardando
cama, dispuso reunirlos con ayuda de varios ilustres, juntando alrededor de 90 caballos. A
su vez, reconoce que le fue difícil licenciar y pedir las armas, ya que muchos de sus
integrantes o se negaban a entregarlas o no eran ubicados por estar en plena lucha o las
habían vendido o abandonado en el campo de batalla. Agrega que algunas fueron devueltas,
pero que cuando estaba en plena recolección y en condiciones de informar, fue detenido por
orden del Director Supremo el 18 de abril del presente.
Durante el extenso interrogatorio, que duró más de 8 horas, Rodríguez se paseaba
seguro por la celda mientras respondía cada pregunta de la entrevista. No demostró jamás
signos de desfallecimiento, siendo sus respuestas en todo momento seguras y muy bien
fundadas para todos menos para sus interrogadores que desconfiaban de su integridad. Sus
entrevistadores, finalmente, le proponen que confiese los hechos por los cuales se encuentra
encarcelado a cambio de un
destierro en el lugar que él escoja. Pero Manuel iba reconocer algo que no había
hecho.
Por lo demás, si confesaba los cargos, el destierro no sería necesariamente la
sanción a aplicar. En la madrugada del día 29 terminó el extenso interrogatorio, nada
favorable para los acusadores, quienes no habían podido probar con la extenuante
diligencia los cargos impetrados. La detención no se justificaba. El Intendente fiscal Borja
Fontecilla no tenía un caso contra Rodríguez y no existían antecedentes para fundamentar
castigo alguno en su persona. Con esto, sólo quedaba decretar el sobreseimiento y, en
consecuencia, la libertad de Rodríguez, la cual solicitó a sus interrogadores.
Parte del interrogatorio se encuentra en el Tomo I del Epistolario de O'Higgins,
recopilado por el general de La Cruz. Transcribo: «Declaración de Don Manuel Rodríguez
ante el fiscal, coronel Don Francisco de Borja Fomecilla
en 28 de abril de 1818, en su prisión:
«En el mismo día el señor comisionado pasó al cuartel de San Pablo a tomarle
declaración a un hombre que se hallaba preso, de quien por ante mí fue recibido juramento,
el que hizo bajo su palabra de honor, prometiendo en su virtud decir la verdad de lo que
supiera y le fuere preguntado, y siéndolo de cómo se llama, de donde es natural, qué edad,
estado, ejercicio tiene y si sabe la causa de prisión, dijo: llamarse Manuel Rodríguez,
natural de esta ciudad, su edad mayor de 32 años, su estado soltero, su ejercicio coronel de
ejército y que la causa de su prisión la ignora.
- Preguntado a quién escribió una carta para la otra banda con fecha de 22 de marzo
del presente
año y con quien se remitió.
- Contesta que no ha escrito ninguna.
- Preguntado si la carta lleva una media firma y otra rúbrica y de quién era ésta.
- Contesta que no se acuerda de haber escrito carta en que otro le acompañe con
media firma y
que las cubiertas de las suyas siempre llevan su rúbrica.
- Preguntado en qué parte se escribió la carta, de qué letra, qué personas se hallaban
presentes y
fueron sabedores de su contenido.
- Contesta que se refiere a lo que tiene expresado.
- Preguntado que si en el sobre se hallaba la expresión "vuela" y a qué conducía,
reflexiona ahora, una carta escrita al teniente coronel Ambrosio Cramer, acompañando un
oficio del gobierno en que lo llamaban. Oficio escrito por Don Luis de la Cruz y el
exponente -se le exhibe- ("Señor Gobernador de Cuyo: Aunque se han desvanecido los
recelos de la expedición del enemigo a esa provincia, pues sabemos por comunicación y
noticias seguras que aún después de la dispersión de nuestro ejército no se ha avanzado del
Cantón de Talca, siempre es conveniente sigan las providencias activas de precaución que
V.S. ha tomado, según su nota de 16 del corriente. Nuestra se reúne felizmente en
Rancagua y pronto será aumentada con las tropas que aquí se forman y deben remitirse
oportunamente. No hay un motivo justo para desalentarnos, y sí mucho para alentar el
entusiasmo de los pusilánimes, que no han dejado de infundir su espíritu en algunas
personas de ésta capital, pero que se van disipando a esfuerzos del empeño con que Dios
guarde a Ud. Santiago 24 de marzo de 1818. Luis de la Cruz. Manuel Rodríguez"), que
llenaban entonces el Directorio; que el oficio y carta se escribieron de acuerdo con el
diputado de Buenos Aires, teniente coronel don Tomás Guido; que protestando la necesidad
de oficiales científicos en los apuros del país entonces, cuando se publicaba una derrota
completa o dispersión de la desgracia de Talca, también aseguró que no encontraba un
motivo sustancial para que el referido Cramer no viniese ayudar en la última defensa; que
el "vuela" y media firma dirigida al mismo Cramer es del doctor don Bernardo Vera, que la
escribió, y que todo fue dirigido por el conducido de la secretaría: que no tiene presente de
que letra fue escrita la carta, ni oficio.
- Preguntado que a qué conducían los signos de puntos que se hallaban en el sobre y
si en él
estaba la fecha de 22 de marzo de 1818,
- Contesta que fecha ni puntos cree haber puesto el exponente, a no ser uno que
siempre cierra su rúbrica en el costado izquierdo.
- Preguntado si se llamaba a don Ambrosio Cramer y para qué,
- Contesta que sí y para lo expuesto.
- Preguntado qué contenían las expresiones "obra, obra" "vente, vente" y "vuela,
vuela, Ambrosio
a los brazos de tu Rodríguez", a qué eran alusión ciertos caracteres de puntos que en
ella aparecían,
- Contesta que en aquellos momentos en que generalmente se desahuciaba toda
defensa, desamparando las gentes el país, era preciso traer con prisa los únicos medios que
proporcionaba la esperanza. Tal, entre otros, según los acuerdos expuestos, fue la llamada
del teniente coronel Cramer para organizarse alguna tropa y pelear. Este sólo era el objeto y
debe expresarlo la carta que, según se acuerda el exponente, también contenía estas
expresiones: "Ven a sacrificarte por la libertad del país" . Las "vuela, vuela, Ambrosio a los
brazos de tu Rodríguez", etcétera, importan interesar! o a una marcha pronta, y despedirse
con cariño el que suscribe. Como eran instantes los momentos, se concluiría en puntos los
conceptos y tal vez no escritos con toda expresión de su cláusula regular en despacio; y por
eso signarían los puntos, suspensiones continuadas en cada una que son muy corrientes con
tal signo por todas las reglas de ortografía.
- Preguntado si sabe que Cramer fue separado de ésta capital y por qué
- Contesta que sabe su separación por haberse marchado: que oyó decir que iba el
coronel del uno o tres del Perú, y que preguntando a los señores Cruz y Guido si habría
algún motivo de embarazar su vuelta, o si ella disgustaría a alguna autoridad, le contestaron
parecerles que no.
- Preguntado si Cramer intentó cierta fracción y cuál
- Contesta que ignora absolutamente que Cramer estuviera en alguna fracción, que
el exponente
tomó conocimiento de él en el campamento de Las Tablas, y que su trata jamás
traspasó del más
virtuoso y apreciable entre dos compañeros unidos por el orden general de la
milicia, que el confesante
detesta toda facción y faccionistas.
- Preguntado si el intenso de la carta se encaminó a proyectar los preparativos para
una variación
del gobierno,
- Contesta que el exponente está tan lejos, y ha estado siempre de pensar en esas
mudanzas, que se ha opuesto a ellas con riesgos y a costa de su mismo individuo delante de
todo el pueblo, tales fueron los días en que se intentó separar al señor de la Cruz, y que
prevenía no recibir al señor O'Higgins si no al menos asociado con el exponente. Entonces
vieron en público sus verdaderos sentimientos, y cuando con reflexiones no podía acallar el
clamor, protestó antes de pasarse la espada que presenciar la menor alteración del orden
establecido. El público es testigo de las expresiones, y según su sentimiento, cree el
confesante que lo había sido de la obra si su mediación no hubiese efectuado el orden de las
cosas.
- Preguntado por qué, reconvenido por el gobierno para desbaratar el cuerpo que
formó no lo hizo i dispuso la entrega de las armas que se le franquearon,
- Contesta que el martes a la noche, siete del que rige, llegó el exponente del campo
de batalla, después de haber despachado toda su fuerza para el sur, por orden del Excmo.
general en jefe y a las inmediatas del teniente coronel don Manuel Serrano que a los varios
días de su estación en la ciudad, sobre enfermo del pecho y con dos sangrías encima,
empezó a dar cuenta de algunos soldados que se hallaban en la capital, y a recogerlos por
orden de los mismos jefes, que alcanzó a juntar hasta 80 ó 90, a quienes la antevíspera de
ser preso dio el Supremo Director orden de licencia, dejando un cuadro de oficiales, cabos,
sargentos, para cuando se renovase la formación del cuerpo; que así lo verificó licenciando
y gratificando como se lo ordenó: que, como los soldados reunidos en Santiago eran de los
dispersos en el campo de la acción por falta de caballos, muchos venían sin armas perdidas
en la refriega; que otros han recogido el exponente valiéndose de comisionados, y que el
día que iba a dar cuenta de todo, que fue el de la conclusión del licenciamiento, fue preso
en la casa del Supremo Director antes de poder hab\ar con éL Que \as fechas de las
papeletas de licencia entregadas a los soldados hasta ese mismo día convencerán la verdad
de lo expuesto. Con lo cual se concluyó esta diligencia afirmándose y ratificándose en su
literal contexto y la firmo con el señor Comisionado y Secretario de que doy fe. Pontecilla,
Manuel Rodríguez. Villareal. Ante mí, Olivares, Santiago 28 de mayo de 1818. Remítase
esta causa con el oficio de estilo al señor Gobernador de Mendoza, dejando copia en el
Archivo de la Secretaria de Gobierno. O 'Higgins. Irisarri» .
El expediente, sin el resultado esperado, fue enviado al despacho del gobernador,
quien no podía creer que, nuevamente, el abogado Rodríguez había convencido a sus
interrogadores. Trató de ineptos a sus colaboradores, incluido Borja Fontecilla y
Monteagudo. Las emprendió contra Vera y Pintado. Señaló que él mismo había ordenado
una investigación criminal basándose en la carta que el prisionero le había enviado en su
oportunidad a Cramer, y que aquella era suficiente prueba para justificar una sanción grave
y ejemplar. Por último, señaló que no aceptaría una declaración de inocencia, ya que no
había dudas de que Rodríguez pretendía acceder al poder por la fuerza con la ayuda de sus
amigos carreristas.
Ni los cargos y títulos ganados y otorgados, como jefe militar de Colchagua, el de
auditor de Guerra del ejército de los Andes, el de abogado del Estado Mayor del gobierno
chileno, ni el ofrecido exilio dorado a los Estados Unidos y Argentina, ni los procesos
incoados en su contra, habían permitido neutralizar a Manuel, que cada vez y con más
fuerza se alzaba contra el gobierno con proclamas en contra de la dictadura de O'Higgins.
Detectaba Rodríguez que había un descontento total en la sociedad chilena. El
ciudadano que se levantaba con críticas a la autoridad era desterrado; el que pensaba
distinto era encarcelado o simplemente acallado para siempre. La población chilena tenía
temor y se sentía traicionada por aquel compatriota, al cual le habían dado el poder en
febrero de 1817. Las criticas, en un segundo orden, eran por la hegemonía de los
ciudadanos argentinos, quienes detentaban los cargos importantes y se mofaban de los
compatriotas sacándole en cara que ellos eran los salvadores de la patria.
Entre fines de abril y principios de mayo de 1818, O’Higgins, en su doble calidad de
jefe de gobierno y venerable maestro de la Logia Lautarina, convoca a sesión extraordinaria
para enfrentar los problemas de administración pública. Entre los temas a tratar, uno de los
más importantes de la tabla era el del pagano Manuel Rodríguez.
LA LOGIA LAUTARINA
Para analizar la pugna política de Rodríguez con el gobierno, explicar la detención y
su posterior asesinato y ahondar en forma responsable respecto a las motivaciones y
partícipes de dicho crimen, necesariamente debemos explicar el origen, reglamentación y
objetivos de la Logia Lautarina, porque ella es, en definitiva, el organismo de gobierno en
los primeros años de independencia no sólo de Chile sino que de gran parte de América.
Para ello, se debe determinar si la Logia Lautarina es una de carácter secreto con fines
políticos independiente de la francmasonería o es una logia masónica propiamente tal.
Es Londres, Inglaterra, año 1797. Un venezolano progresista que participó en la
revolución francesa, eximio profesor de matemáticas de O'Higgins, de nombre Francisco de
Miranda, en la necesidad de lograr la independencia de América, funda "La Gran Reunión
Americana", también conocida como "La Logia de Los Caballeros Racionales". Ésta, no
obstante ser una sociedad secreta, nada tenía que ver con la logia masónica fundada en
1717. En una noche gélida de Richmond, entre licor y conversaciones variadas, Miranda le
contó a su alumno preferido de la escuela, Bernardo Riquelme de 19 años, que tenía un
sueño y que éste consistía en un grandioso plan de libertad de todos los países americanos.
El alumno captó la idea de inmediato, aplicando un giro radical a su vida al ingresar como
aprendiz, en 1798, a "La Gran Reunión Americana".
En 1799, O 'Higgins viaja de Londres a Cádiz, España, a encontrarse con su
apoderado Nicolás de La Cruz. Llega a su destino con un pliego de instrucciones escritas
por Miranda, el cual contiene consejos e instrucciones para la logia establecida en Cádiz. A
su llegada a Cádiz, conforme al plan de Miranda, O'Higgins entabla amistad con dos
sacerdotes
revolucionarios: Juan Pablo Fredes y José Cortes, a quienes cuenta todo lo
confesado por Miranda en su estadía en Londres. La propuesta era fundar una filial de "La
Gran Reunión Americana" cuyo nombre sería "Sociedad de Lautaro". Esta filial, cuyo
nombre responde a los relatos contados por O'Higgins a sus hermanos sobre las hazañas de
Lautaro enfrentándose feroz y heroicamente a los españoles, se instaura definitivamente
tras su llegada. En una entrevista efectuada en 1829 por el historiador masón Bartolomé
Mitre al prócer argentino Matías Zapiola, éste reafirma lo expuesto: «¿Cómo se llamaba la
logia a que usted perteneció en España? "Sociedad de Lautaro se titulaba la reunión de
americanos a que fui incorporado en Cádiz"». Y luego agrega: «¿El título de Lautaro era
exclusivo de la de Buenos Aires o lo tenía antes otra logia de Europa? "En Cádiz se llamaba
Sociedad de Lautaro; en Buenos Aires Logia de Lautaro, etcétera,
el gran objetivo era la independencia de América respecto de Europa"».
Según algunos autores como Eyzaguirre, Etcherpare y Alfredo Sepúlveda, la Logia
Laurarina no sería masónica debido a su carácter político. En efecto, señalan que logia o
Sociedad Lautaro, en esencia, no tiene preocupaciones de tipo filosófico o religioso; no hay
en su seno discusiones de carácter metafísico o esotérico; su única preocupación y
fundamento de existencia es asegurar la independencia de los países hispanoamericanos, no
habiendo consenso respecto al tipo de gobierno a instaurar. Así, por ejemplo, Bolívar era
partidario de presidentes vitalicios; San Martín, de monarquías criollas; y O'Higgins, de
monarquías y gobiernos autoritarios y vitalicios. Dicha sociedad secreta, pues y aun cuando
comparta ciertos modos y ritos de la francmasonería, nada tiene que ver con sus logias,
cuestión que queda de manifiesto con una carta enviada por Fernando VII al regresar a su
país después del destierro en Francia en 1814 al gobernador de Cádiz. Dice: «Muy
reservado. El Rey ha sabido por conducto seguro que existe una sociedad muy oculta,
cuyos ritos son análogos a los de la masonería, pero que su único objeto es la
independencia de América» (JaEy2, 8).
El propio maestro Masón René García Valenzuela, en su trabajo sobre el origen de
la francmasonería, señala: «Hay que hacer una precisa distinción entre diferentes
organismos que el vulgo confunde o por desconocimiento o con fines tendenciosos: 1º.- Las
logias masónicas como instituciones iniciativas. Ejemplo, la respetable logia "Filantropía
chilena" fundada en 1827; 2°.- Las logias lautarinas como organismos secretos de acción
libertaria. Ejemplo: las logias Lautaro fundadas en Argentina y Chile» (ReGa, 76).
Según estos autores, que analizan el problema desde fuera de la orden, las logias
masónicas y patrióticas tienen diferentes fundamentos de existencia y objetivos, con lo cual
estas últimas son compuestas principalmente por personas que nada tienen que ver con la
masonería. No es menos cierto que los signos, las fórmulas, los grados y los juramentos
adoptados por la sociedad política de Lautaro a la usanza masónica, llevan a entender
inequívocamente, dada lo mistérico de la orden, que al menos uno de sus miembros
participó en las sociedades de la francmasonería. Aunque Eyzaguirre señala que Miranda
no fue masón ni hay prueba histórica de que sea el fundador de la Lautaro, basado en la
biografía del historiador William Spence Robertson, Francisco Miranda tuvo que
pertenecer a la masonería y pudo haber transportado sus formas, modos y ritos a la logia
americana. Y el hecho de que no exista un documento histórico que lo compruebe, es
explicable en atención al secreto como un bien preciado y funcional para su convivencia y a
la reglamentación interna de las logias que establecen fidelidad a la orden y la prohibición
de comentar con paganos todo cuanto se discuta y aprenda internamente.
A la fecha, pues, era casi imposible que Miranda hubiese adquirido información del
funcionamiento de la logia a través de documentos o revistas, ya que el secreto en esa
época era protegido religiosamente y su divulgación era sancionada drásticamente. Sin
embargo, investigaciones modernas efectuadas por varios autores pertenecientes a la orden,
entre ellos la del abogado y profesor Carlos Wise, señala que «la Logia Lautarina es una
logia masónica de carácter político y militar compuesto exclusivamente por hombres
americanos, cuyo objetivo es liberar las colonias americanas de la monarquía española».
Agrega, además, que la logia masónica tiene una evolución durante el tiempo y una
escala de aquel progreso es el fin político. Dice: «La masonería ha tenido una marcada
evolución desde sus inicios. Empezó siendo un grupo de picapedreros, después se
dedicaron a filosofar y después a la política. La Logia Lautarina es una constatación de la
evolución de la masonería». Entonces, podríamos decir que la logia americana era una
ramificación de la dimensión política de la masonería. Ávida de incorporar todo tipo de
conocimientos después de la revolución francesa y de la independencia de los Estados
Unidos, la masonería hace suyos los conceptos de libertad, igualdad, fraternidad y
republicanismo. Una forma de llevarlos a la práctica, otorgándole un contenido muy
particular, era mediante la organización de la Logia Lautarina.
Los autores, a su vez, señalan que la finalidad política no es exclusiva de logias que
están fuera de la francmasonería, porque ya en el siglo XIX muchas logias masónicas
reconocidas como tal persiguieron objetivos de carácter político. Por lo tanto, la masonería
tiene grupos cohesionados que persiguen tanto fines espirituales, filosóficos, esotéricos
como políticos.
En su trabajo de investigación Las logias políticas en América durante las guerras
de la independencia, Carlos Wise apunta que el estatuto de la logia Lautaro de Santiago
escrita de puño y letra por O 'Higgins, señala en su encabezado que el objetivo de dicho
grupo era trabajar con «sistema y plan en la independencia de la América y su felicidad
consagrando a este nobilísimo fin todas sus fuerzas» . Objetivo análogo persiguió en Perú
la "Logia central de la paz americana del sud", que se organizó en la fragata "Venganza"
por masones regulares y que buscaban <<dar dirección a todos los negocios públicos». Por
tanto, cree que estas logias no eran francmasonas.
Asimismo, Tomás de Iriarte fue miembro de La gran logia de los caballeros
orientales y señala en su libro Memorias que ésta se organizó para <<levantar el grito de
independencia>> contra los invasores brasileros y portugueses. La logia peruana
"Independencia", fundada en 1829 por el gran maestro Andrés Santa Cruz, en su acta de
instalación señalaba que a raíz de una posible guerra contra Colombia era necesario
<<fundar sociedades masónicas exclusivamente encargadas de
uniformar los votos de los pueblos por una línea de conducta que sea más análoga a
sus principios e intereses» (AStaC, 100).
El masón argentino Rodrigo Araya del Valle, en su trabajo de investigación
denominado El rito primitivo y las logias lautarinas, señala que la Logia Lautaro y
Lautarina es logia masónica, al afirmar que el consejo supremo de la francmasonería
primitiva pide en 1795 autorización para organizar en Francia una logia madre entre los
refugiados de las colonias hispanoamericanos que residan en Francia, Inglaterra y Holanda.
Miranda, siendo gran maestro de h "Gran Logia Hispanoamericana'', decide fundar <<en
junio de 1798 las primeras logias en Londres: Lautaro No 1, Caballeros Racionales No 2 y
Unión Americana No 3. La Logia Lautaro debía preocuparse de las preferencias en sus
trabajos por los asuntos de los pueblos de la costa del Atlántico de la América del sur». De
Bernardo O'Higgins señala que es el « futuro libertador de Chile y que es iniciado por
Miranda en la Logia de los Caballeros Racionales en 1798» .
En Cádiz, 1812, O'Higgins, San Martín, Alvear, Zapiola, Pueyrredón y otros, se
unen, dialogan y conversan durante extensas jornadas para acordar un plan general que
pretendía lograr la autonomía y la soberanía americana necesaria que pudiera
definitivamente cortar el cordón umbilical con los dominadores y repeler eficazmente en
caso de cualquier ataque europeo. Para lograrlo, deciden fundar ese año la Logia Lautaro
que a pocos meses se traslada a Argentina, operando en el sótano de unas casas del centro
de Buenos Aires. Se dice que el juramento de iniciación se hacía sobre un evangelio
atravesado por un puñal, no habiendo otro castigo más que la muerte para los traidores.
En 1817, a días de la Batalla de Chaca buco y ya ungido como Director Supremo,
O'Higgins crea el 12 de marzo de 1817, aunque funcionara desde el mismo día de su
asunción, la filial chilena de la Logia Lautaro bajo el nombre Logia Lautarina de la cual,
además, es su primer gran venerable maestro.
Nosotros sabemos que Bernardo O'Higgins no sólo era miembro de la logia sino que
además era su presidente por una carta que firma de su propio puño y letra con motivo del
regreso del Ejército Libertador a Argentina y que firma como secretario José Ignacio
Zenteno. Además, las reglas de la logia están escritas por él, según cuenta Vicuña
Mackenna. Existe una serie de cartas y documentos que nos indican que no había decisión
política de importancia que se tomare sin considerar la opinión de todos los miembros de la
Logia Lautarina, entre quienes se llamaban hermanos, amigos, la sociedad o con la
simbología de tres pares de puntos":::".
La Logia Lautarina, entonces, era presidida por O'Higgins y compuesta por San
Martín, Freire, Monteagudo, Guido, Zenteno, Quintana, Alvarado y otros, quienes se
reunían constantemente en sesiones ordinarias y extraordinarias en la Casa de Gobierno.
Mientras tanto, a principios de mayo de 1818, el prisionero Rodríguez pasaba horas de
ansiedad y desazón en la cárcel. El gobierno aún no dictaba providencia alguna al petitorio
de libertad y sobreseimiento definitivo por él esbozado, buscando con ahínco y sin éxito
pruebas que lo condenaran. El camino para su juzgamiento y sanción capital, pues, no
estaba por el lado de la justicia. Era necesario buscar otra vía.
EL PLAN
Todo indica que el auditor del ejército, Bernardo de Monteagudo, quien contaba con la simpatía de O'Higgins y el
desprecio de San Martín por su huída tras Cancha Rayada, era el encargado hacer el trabajo sucio de la logia y uno de los
inductores de la muerte de los hermanos Carrera. Así, y en coautoría con O'Higgins y con la anuencia de San Martín,
propusieron a la logia el asesinato de Rodríguez y su forma de comisión.
Motivos plausibles existían de sobra para su pronta eliminación. A saber:
-Su pasado y presente carrerista y su amistad con José Miguel, quien en el extranjero buscaba formas de ingresar a Chile a
enfrentarse con O'Higgins.
-Su marcado republicanismo; su popularidad a causa de su legitimidad y acercamiento con el pueblo chileno; su fama
dado su valeroso aporte para el logro de la independencia durante la Reconquista.
-Su apego irrestricto a las ideas modernas de libertad, igualdad y fraternidad tan contrarias a las ideas monárquicas y
dictatoriales de San Martín y O'Higgins.
-Sus constantes críticas públicas y privadas en contra de la dictadura imperante de O'Higgins, quien no llamaba a elección
de Congreso ni dictaba un reglamento constitucional que limitara su mandato.
-Por su rechazo, en consecuencia, a la sumisión de O 'Higgins y del gobierno chileno a los dictados del gobierno argentino
y de la Logia Lautarina.
-Por su popularidad y prestigio de caudillo que se acrecienta a raíz del desastre de Cancha Rayada, siendo elegido Director
Supremo por 48 horas por exclamación popular, detentando un importante arrastre político.
Durante la primera semana de mayo de 1818, José de San Martín, presuroso de terminar con los últimos focos de
resistencia e iniciar el viaje libertario del Perú, resuelve trasladar el Batallón "Cazadores de Los Andes", eje del Ejército
Libertador y en donde se encontraba prisionero Rodríguez, a la ciudad de Quillota. Se había alcanzado ya cierta
tranquilidad tras la Batalla de Maipú, siendo necesario que los ejércitos salieran de la capital a proteger otras zonas.
Rudesindo Alvarado, jefe del regimiento y hermano de logia, acata de inmediato la orden, ejecutándola el 25 de mayo.
En este punto, tenemos que darle las gracias a Vicuña Mackenna, historiador de prolija pluma y gestor de buenos equipos
investigadores, por encontrar en el propio archivo de O'Higgins una prueba fundamental para acreditar no sólo la reunión
de la logia previa al asesinato sino que, además, la responsabilidad de los miembros. Estas reglas fueron encontradas en
manuscrito y son atribuidas sin contradicción a su venerable maestro: O'Higgins. En ellas, aparece un prólogo en que se
fija el objetivo de la logia: la independencia de América y su felicidad. Luego, el documento está dividido en dos partes,
en las cuales se señalan normas de organización y funcionamiento, por un lado, y leyes penales, por otro. Por ejemplo, en
el estatuto existen las siguientes normas de importancia en el tema que nos atañe: <<Artículo 9°: Siempre que alguno de
los hermanos sea elejido para el supremo gobierno, no podrá deliberar cosa alguna de grave importancia sin haber
consultado al parecer a la lojia» .
O'Higgins, disciplinado como él solo con sus hermanos, detentaba el supremo gobierno dela nación. Por ende, toda
decisión importante de carácter militar o política debía consultarla.
Haya sido el envío de representantes diplomáticos al exterior, la creación de nuevos batallones, detenciones, fusilamientos
y eliminaciones de personeros políticos, etcétera. De esta forma, y respondiendo a su disciplina, O'Higgins hubo de
compartir su decisión de asesinar a Rodríguez con los otros miembros de la logia. San Martín no podía restarse de tal
decisión y fue convencido poco a poco de su pronta eliminación. Otra norma de importancia que explica la impunidad del
asesinato es la regla 14. Ésta dice: «Será una de las primeras obligaciones de los hermanos, en virtud del objeto de la
institución, ausiliarse y protejerse en cualesquiera conflictos de la vida civil i sostenerse la opinión unos de otros; pero
cuando esta se opusiere a la pública, deberán por lo menos observar silencio>>. La regla siguiente, 15, señala: «Todo
hermano deberá sostener a riesgo de la vida las determinaciones de la logia».
Hay certeza, al analizar específicamente los artículos 9, 14 y 15, que de acuerdo a su estatuto la Logia Lautarina se reunió
en especial sesión para decidir el destino de Manuel Rodríguez. No s sabe el día específico en que los caballeros se
juntaron ni tampoco lo que sus miembros dijeron. Obviamente, aquellos disciplinados hermanos guardadores de secretos
no dejarían por ningún motivo un acta de deliberación de asesinato en recaudo de su secretario, pero dado los
acontecimientos últimos, ésta tuvo que hacerse entre el 23 de marzo, día en que Rodríguez es ungido como Director
Supremo adjunto, y el 5 de abril, día de la Batalla de Maipú. En esa reunión se decidió, de forma unánime, el asesinato
como única y viable medida para sacar a Rodríguez de la escena política, desechando la idea de mantenerlo preso. De la
prisión se podía fugar, ya lo había hecho hacía un año. Tampoco se le podía exiliar, siempre ocurría algo que impedía que
viajara, además de no asegurar un futuro regreso al país.
Bernardo de Monteagudo, quien asistió a esa reunión importante, venía de Mendoza con una misión cumplida mediante
un plan jurídico: la eliminación de los dos hermanos Carrera, enemigos máximos de O'Higgins y de la logia. Ciertamente,
en su calidad de abogado, convencedor y manipulador de leyes, Monteagudo otorgó un carácter institucional a éste
asesinato, haciendo un informe en derecho que legitimara aquella decisión. Este plan ejecutado fue una maniobra que
buscaba lograr restablecer afectos y confianzas a sus hermanos, quienes lo despreciaban por cobarde y traidor. Tras esto,
O'Higgins, por ejemplo, lo transformó en uno de sus asesores y lo congració, momentáneamente, con San Martín.
Monteagudo debía ganarse aún más la confianza de sus hermanos. Es cierto que había cumplido a cabalidad la misión de
abril. Por tanto, entendiendo que el que gana repite y ya dadas las piezas originales del proceso de 1823, se le encomienda
diseñar el plan para asesinar a su colega de profesión, Manuel Rodríguez.
Se pensó en aplicar el mismo procedimiento que el de Mendoza, el fusilamiento. Pero no era fácil. El proceso judicial no
determinaba con certeza la responsabilidad de Manuel Rodríguez en los delitos atribuidos. Para mayor dificultad, éste no
había confesado y no había pruebas concluyentes que acreditaran preocupación alguna. Y aun cuando esto podía
manipularse y revenirse con pruebas falsas, no era conveniente hacer pública la decisión de muerte ni menos llevarla a
cabo, ya que la popularidad y el cariño que la gente le profesaba al guerrillero, terminaría en un enfrentamiento contra
gobierno de la logia y su imagen visible, O'Higgins, provocando mayores problemas de legitimidad. Los hermanos
estaban al tanto de que, conocida la noticia de la muerte de los Carrera, la oposición y otros no tan opositores levantaron
críticas inmediatas al gobierno. Se decía: si el gobierno dio la orden de asesinar a los Carrera, familia poderosa y
gravitante, qué les podía esperar a los demás personeros políticos. O'Higgins y su logia habían ido demasiado lejos y no
podían permitirse la creación de un nuevo revuelo popular.
Así, la muerte de Rodríguez era políticamente incorrecta, pero necesaria. Ciertamente traería problemas de gobernabilidad
si se conociese la maquinación. El escaso apoyo disminuiría aún más, pudiendo llegar, incluso, al estallido de una guerra
civil o, al menos, al nacimiento de focos de insurgencia. Pero, por otra parte, con su eliminación ya se podría pensar
tranquilamente en la unión mecánica del país bajo un sistema dictatorial o monárquico ordenado, en franco progreso,
amén de la liberación total del Perú. Es decir, cumplir los pasos que la logia se había impuesto desde hace un tiempo.
Lo mejor para llevar a cabo el plan criminal era encargar a un tercero el asesinato directo, aprovechando que estaba en
prisión. No podían permitirse una fuga y menos dejar rastro de que el gobierno de la logia estaba comprometido en su
muerte. Nada podía existir como evidencia. Nada podía levantar suspicacias en el pueblo chileno. No podían siquiera
imaginar que O'Higgins pudo haber dado la orden de matar al insigne patriota. De ahí la razón, tal vez, de que no se
hiciera acta alguna en la sesión extraordinaria de muerte. El asesinato del "bicho" Rodríguez debía ser certero y violento.
Y así fue. La mayoría de los amigos masones no sólo consideraban a Rodríguez un enemigo político que provocaba graves
problemas de poder, sino que, además, lo despreciaban. Basta ver el trato que se le da en \as cartas de Domingo Pérez,
Hipólito Villegas, San Martín y O'Higgins. Había que deshacerse, unánimemente, de él. Tras reflexionar en el plan
criminal se resuelve encargar directamente a Alvarado la misión, la cual es, ejecutada con éxito. Eso sí, es muy probable
que Rudecindo Alvarado haya decidido él mismo ofrecerse. Motivos tenía de sobra. Se le había fugado burlonamente en
Valparaíso ayudado por soldados de su propio regimiento, lo que le había traído más de un problema con O'Higgins y San
Martín, ya que era el encargado de la custodia del prisionero. La forma de aplicación sería una modalidad muy efectiva y
aplicada siglos después: la ley de fuga. Inventando una maquinación o puesta en escena que llevara a todos a pensar que
su muerte fue motivada en atención a que quiso escapar, dada sus ansias de libertad, se le aniquilaría. Monteagudo y
Alvarado acuerdan y deciden ejecutar el plan cuando los Cazadores viajen rumbo a Quillota ma fines de mayo de 1818
con el prisionero escoltado.
¿Cómo es posible que uno de los más importantes forjadores de la república chilena, el guerrillero que junto a un puñado
de valientes pueblerinos y hacendados venció a todo un ejército durante la Reconquista, el que levantó en la capital en
marzo de 1818 el valiente campamento militar para enfrentar al invasor español entregándole en emocionante ceremonia
el poder a O'Higgins, el Director Supremo elegido por aclamación popular, el más querido de todos los políticos de
aquella época, haya sido asesinado alevosamente de la manera más burda y cobarde?
La explicación o motivación real de este crudo asesinato se debe encontrar necesariamente en el mundo político. Los
partícipes y la víctima son actores políticos, el contexto es de mucha pasión política y la motivación es de carácter
política. Indaguemos, pues, respecto a la acción y al pensamiento político de Rodríguez, previo a su muerte. Indaguemos
sobre su discurso político y su participación en la cosa pública desde 1810 hasta el día de su asesinato el 26 de mayo de
1818, ya que así estaremos dispuestos a saber de mejor forma el fundamento de tan cruel asesinato.
LA CONSOLIDACIÓN DE LA INDEPENDENCIA DE CHILE
Y EL ROL DE MANUEL RODRÍGUEZ
«¿De qué nación es usted?
- Soy americano.
¿Cuáles son sus deberes como tal?
- Amar a Dios y a mi patria, consagrar mi
vida a su servicio y combatir por la defensa y
el sostén de los principios republicanos.
¿Cuáles son las máximas republicanas?
- Ciertos sabios dogmas encaminados a hacer
la felicidad de los hombres, que establecen
que rodos hemos nacidos iguales y que por
ley natural, poseemos ciertos derechos, de los
cuales no podemos ser legítimamente privados>>.
Catecismo de Carrera y Rodríguez en
"Cartas de un tipógrafo Yanqui", Samuel Johnston
DATOS BIOGRÁFICOS
Manuel Rodríguez Erdoyza nació el 25 de febrero de 1785 en Santiago. Vivió toda
su vida junto a su padre, Carlos Rodríguez, en la casona de su madre, María Loreto
Erdoyza y Aguirre, ubicada en Agustinas 27, esquina Morandé, cerca de la actual Plaza de
la Constitución, donde vivía su amigo y correligionario en la Patria Vieja, José Miguel
Carrera.
La casona era una herencia de su abuelo, el capitán y empresario vasco Juan
Erdoyza, a su madre. Tenía 500 metros cuadrados y dos entradas, una por Morandé, a
media cuadra de la entrada del palacio de la Moneda, y otra por Agustinas, con dos
enormes pilares de piedra cuadrangulada. En su interior tenía 10 habitaciones, un gran patio
de naranjos y una caballeriza. En esa casa, el destino de Chile se orientó en innumerables
reuniones. Su padre, nacido en Arequipa, Perú, llegó a Chile en 1783 a trabajar como
contador en la aduana, casándose un año después con la viuda María Loreto. Toda su vida
fue un servidor público, llegando a desempeñar el cargo de jefe oficial de contaduría de
Aduanas en Santiago, cargo que Marco del Pont le mantuvo no obstante ser el padre del
enemigo numero uno del reino. En 1818, tras la muerte de su hijo Manuel, O'Higgins lo
separa del cargo y lo exilia, muriendo en 1821 solo y enfermo en La Serena.
María Loreto Erdoyza nació en Santiago. Emparentada con los marqueses vascos de
Montepío, era viuda desde 1779 del empresario español Lucas Fernández de Leyva y Díaz,
del cual tuvo un hijo, José Joaquín Fernández de Leyva Erdoyza, abogado al igual que sus
hermanastros. La relación entre los hermanastros fue de mucha unión y solidaridad,
guardando José Joaquín con mucho celo los libros y apuntes de la carrera de Derecho para
entregárselos a sus hermanos cuando fuera el momento. De la unión entre Carlos y María
Loreto nacieron Manuel Xavier, Carlos y Ambrosio, todos abogados brillantes. Pero antes,
Manuel, al igual que sus hermanos, hacía sus primeros estudios en el mejor colegio de
Chile a la fecha, el Carolino, llamado así por Carlos V.
Entrada a la casa de la familia Rodríguez Erdoyza en el siglo XIX, actual Banco Central.
Manuel ingresa a la universidad a los quince años, estudiando primero Filosofía,
después Teología y, finalmente, Derecho en el año 1802. Se titula de abogado en 1807 con
la categoría de némine discrepante. Siempre destacó su voluntad y capacidad, siendo
reconocido no sólo por sus profesores sino que también por sus pares. Era considerado un
eximio argumentador, lo nominaban para inaugurar charlas y seminarios. Ya en aquella
época recorría los cafés de conversación de Ahumada y las chinganas de la chimba,
participaba de tertulias políticas en casa de José Miguel Infante, Juan Antonio Ovalle, José
Gregario Argomedo y José Antonio de Rojas y otros libertarios en donde se exponían
diversos temas referidos a las nuevas ideas que llegaban desde Europa y del norte de
América. Su inquietud por las ideas de la revolución francesa, y el republicanismo las
aprendió en aquellas reuniones y en los libros prohibidos requisados, que descansaban
apilados en los sótanos de la aduana.
Habiendo ejercido la profesión sobresalientemente, postula a profesor de diversas
cátedras, pero no accede al cargo. Luego se prepara para obtener el doctorado y poder
ejercer en las cortes de Cádiz al igual que su hermanastro que lo esperaba en España. Pero
la falta de dinero para pagar por la borla de doctor que se exigía y la negativa del
vicerrector de la Universidad, el gobernador García Carrasco, a otorgarla, por estar
informado al detalle de las reuniones en que participaba Rodríguez, le impidieron sacar el
grado de doctor, no obstante dar dos veces el examen respondiendo brillantemente a las
preguntas que los profesores hicieron. García Carrasco lo consideraba peligroso por sus
ideas ya expresadas y nutridas diariamente. Aún con este prejuicio, es convencido para
darle una nueva oportunidad en 1809 a cambio de una fuerte suma de dinero. Manuel, muy
consciente de su situación, no quiso molestar a su padre y a su familia con el dinero y
resuelve con desazón no dar el examen de grado de doctor. Decía: <<Yo deseo vestir el
Capelo, pero jamás consentiría que se verificara con detrimento de mis hermanos. Sigo la
carrera de las oposiciones, en que de necesidad debo condecorarme con la borla, pero la
renuncio a tan grande costa>> (RiLar, 24).
Esta negativa a favor de su familia lo sume, sin embargo, en una fuerte frustración,
ya que no comprende el alto costo de la educación, entregándose a la realidad cruda y
placentera del mundo existente al otro lado del río Mapocho, que había conocido ya en su
adolescencia. Por las mañanas trabajaba tramitando causas. Asiste al despacho por las
tardes y corre raudo con su caballo, cuando no había tertulias, a la Chimba. Bebía mistela,
aguardiente, ron y vino con las chinas querendonas; comía buñuelos, charquicán, cazuela y
picarones; aprendió a tocar la guitarra; conoció a la hija de un amansador de caballos que le
enseñó a montar a la perfección; participa en carreras a la chilena; conoció cara a cara al
verdadero pueblo chileno; se entregó a él con autenticidad y sencillez y éste lo acogió en su
seno.
Años más tarde, ese pueblo oprimido y sufriente despertó a su paso, acordándose de
su lealtad y cariño. Manuel, el joven abogado, disfruta de la vida. Pincha a muchas mujeres
de todos los sectores, trabaja y ayuda a su familia con algo de lo que gana. Es considerado
por muchos como un ser bizarro por su bohemia y por estar en el Paseo Las Delicias en un
momento y en una ramada compartiendo o jugando a las cartas en otro. Para algunos es un
inmoral pervertido. Para otros, un revolucionario. Pero nadie discute su capacidad
intelectual, que se vuelca por entero a la independencia que se avecina lentamente. Para
cuando llega 1810, , tenemos a un joven ilustrado de 25 años con conocimientos políticos
libertarios en desarrollo y sólidos conocimientos jurídicos, que vive en el centro social y
político más importante de Chile, el cual tuvo la oportunidad de conocer la pobreza
viéndola y viviéndola.
El destino empezaba ya a trazarle un destino a Manuel Rodríguez. Entraría por la
puerta ancha en la historia de nuestro país.
El Teatro Municipal. Entre los siglos XVlll y XIX funcionó aquí la Universidad de San Felipe, lugar de
estudio de Manuel y sus hermanos.
RODRÍGUEZ EN 1810 Y EL GOLPE DE 1811
Lo primero que hay que señalar es que el movimiento chileno libertario de 1810 es
apenas una "revolución política con carácter separatista". Sólo observamos que hay un
cambio de la forma de gobierno, instaurándose una junta compuesta por connacionales que
gobernarían los destinos de Chile de manera relativamente autónoma al rey cautivo, con un
Cabildo como órgano de expresión ciudadana y con la instauración, al año siguiente, de un
Congreso nacional que representaría al pueblo. Este pueblo estaría compuesto por todo
mayor de 25 años que tuviere tierras y fuere padre de familia.
La independencia de aquel 18 de septiembre tenía por finalidad extinguir nuestra
condición de colonia, creando una nueva forma de gobierno de carácter autónomo, sin
referencia alguna a cuestiones de carácter social o de economía nacional. Es importante
señalar aquí que al no haber una reforma agraria ni creación de bases para una industria
nacional y comercio autónomo, no se puede hablar de revolución social o revolución
republicano-democrática burguesa. El movimiento político-separatista de independencia da
paso a una lucha entre los independentistas (patriotas) y los reaccionarios (realistas),
quienes buscaban reinstaurar la monarquía o, mejor dicho, evitar el corte del cordón
umbilical con Fernando VII.
Asimismo, dentro de los partidarios de la independencia se produce una lucha
provocada por tendencias diferentes, "respecto al quehacer político". Están los que quieren
avances republicano democráticos reales y rápidos, los que esperan los acontecimientos y
los que no quieren desligarse del todo con España. Podemos decir, entonces, que hay tres
tendencias y cuatro períodos durante la existencia del futuro guerrillero.
Manuel Rodríguez, por no cumplir con la legislación vigente, no concurre al
Cabildo de 1810 con su voto. Su padre sí lo hace. Es cabildante aquel día clave y participa
votando a favor de la Junta de gobierno. La participación de Manuel a la fecha se reduce a
un proselitismo moderado. Un par de meses antes es comisionado por Infante, Rojas y
Ovalle para convencer a los electores a organizar la asamblea y elegir autoridades
nacionales para gobernarnos. Es en esta época cuando comienza a incubarse un germen de
libertad que nace con el Cabildo de 1810. Sin embargo, hay una mayoritaria moderación.
La burguesía no quiere un enfrentamiento, no desea activar una guerra que provocaría, sin
dudas, pérdida de riqueza, sea porque su mano de obra se enrolaría en el ejército, sea por
pérdida de mercado, sea por la elevación de los impuestos. Por ejemplo, el azúcar que
compraba Perú a Chile era una entrada importante para los terratenientes y comerciantes.
Sin comercio y mano de obra, los ingresos se detenían al no haber producción. Y si no hay
producción, obviamente no hay venta ni compra de materia prima ni productos.
A su vez, se temía la separación total y radical con la monarquía, lo que lleva a
muchos chilenos a arrepentirse luego del gran salto libertario efectuado, provocando un
cuadro de correlación de fuerzas políticas diversas. El sector moderado de los independistas
estaba representado por Mateo de Toro y Zambrano, Ignacio Carrera, Marqués de La Plata,
El sector de centro moderado, por Martínez de Rozas (el hombre más rico de Chile a la
época), el abogado Infante y Juan Enrique Rosales. En el embrión de sector de izquierdas o
intenso, destacan Camilo Henríquez (apodado Quirino Lemachez), los Curas Uribe y
Orihuela, Manuel Rodríguez y sus hermanos, quienes, en un principio, eran adeptos del
sector de centro cercano a Infante.
El sector moderado no quería un enfrentamiento directo con el rey. Por eso, se sigue
gobernando en su nombre, mirando con malos ojos la instauración de golpe de las
instituciones republicano-democráticas como el Congreso y la dictación de un reglamento
constitucional. El sector medianamente moderado llevaba la vanguardia en el aspecto
político. Querían grandes reformas, acción del poder constituyente, constitución política,
división de poderes, separación total con España y comercio autónomo. El sector intenso, al
que se suma Manuel Rodríguez cuando deja la procuraduría de la ciudad, estaba de acuerdo
con todo el aspecto político de los anteriores, pero consideraba que debían hacerse reformas
profundas, de enfrentamiento violento con la realeza y la integración del sector popular en
las grandes decisiones. No obstante estas diferencias, los políticos representativos de las
diversas tendencias seguían juntándose en tertulias en casas para seguir dialogando y
hablando en estrecha relación.
Una de estas relaciones es la de Infante con los Rodríguez, quienes no sólo eran
vecinos y amigos, sino que compartían como abogados y patriotas, variados intereses, entre
ellos, el de enfrentar a la monarquía e instaurar un sistema republicano-democrático con el
tiempo. El vínculo fue de tal magnitud que José Miguel Infante, al dejar la procuraduría de
la ciudad para asumir su cargo de diputado del primer Congreso nacional, recomendó en el
cargo a Manuel Rodríguez, quien asume en propiedad el 4 de mayo de 1811. Infante
admiraba el discurso y la pluma de Manuel Rodríguez, quien en las tertulias tomaba
apuntes de lo discutido. Después del asesinato del héroe, esta amistad fue cultivada por
Carlos, su hermano del medio, quien en la época de los gobiernos liberales sobresalió como
diputado, ministro y autoridad judicial. Se dice, y es lo más probable, que en la redacción
del discurso que Infante pronunciara al constituirse la primera Junta de gobierno, participó
Manuel Rodríguez, quien expresa entonces sus ideas libertarias.
Manuel Rodríguez ya demostraba ser un republicano demócrata consecuente, ya
que, además de propiciar la independencia y la instauración de una Junta de Gobierno
autónoma del monarca, después de ser procurador de la ciudad, es elegido en julio de 1811
diputado por Talca, compitiendo por el voto junto a otros colegas. Los congresales, en su
mayoría del sector más moderado, no le permiten ejercer el cargo de diputado después de
jurar, aduciendo que no tenían claras las razones de por qué había dejado su cargo anterior.
Se cuestionaba su honra, pero, en definitiva, lo que se buscaba era una excusa para no
permitirle asumir el cargo en propiedad por lo filudo de sus ideas. Luego, a instancias de
Infante, se le reivindica públicamente y se le espera para asumir el cargo. Pero Rodríguez
no se presenta y decide rechazar su investidura. Había decidido apoyar a su colega y amigo
José Miguel Carrera en la disolución del Congreso, la cual se hace efectiva el 4 de
septiembre de 1811. La razón de Rodríguez para apoyar al húsar de Galicia se debe no sólo
a un resentimiento por el maltrato dado por la clase política a su persona, sino que a lo
moderado de los congresales en la determinación del destino de la patria y a su interés por
reformas que aceleraran la independencia. En esa junta ejecutiva se elige como miembro
activo a Juan Martínez de Rozas, el más progresista de los patriotas moderados.
Por estos días empieza a nacer la idea de los medianamente moderados e intensos de
crear una estructura militar sólida para la defensa nacional y así poder enfrentar al monarca,
quien no permitiría la autonomía de la colonias una vez liberado de su cautiverio. Esta idea
es rechazada por el ala moderada y, por supuesto, por los reaccionarios realistas. La razón
es que no quieren una guerra en contra de la monarquía, en el entendido de que la junta era
transitoria y; como ya se dijo, por razones socioeconómicas referidas a la pérdida de la
mano de obra en el proceso productivo.
Así, en la Junta de septiembre no participan como miembros ni Rodríguez ni
Carrera, los cuales le entregan el poder a una junta que estaba manejada por la poderosa
familia Larraín. Éstos se comprometieron a acelerar las reformas que liquidaban todo
vínculo con España, consagrándolo en una constitución, además de crear un ejército
nacional y fijar las bases para un comercio verdaderamente autónomo. Nada de eso se hizo
ni tampoco se iniciaron los proyectos políticos que se comprometieron a realizar. Es más,
despojaron a los carreristas de puestos claves. El golpe de noviembre era inminente.
SEGUNDO PERÍODO: DE NOVIEMBRE 1811 AL DESASTRE DE RANCAGUA
EL GOLPE DE RODRÍGUEZ Y CARRERA
Manuel Rodríguez, convencido de que el gobierno de los Larraín no quiere reformas
y sólo busca el poder para usufructuar de él, decide actuar de inmediato, antes de que la
monarquía española se reactive. Carrera comparte la misma idea. Es noviembre de 1811 y
los jóvenes vecinos revolucionarios dan otro golpe contra la Junta: sacan del poder a los
Larraín, instaurando un nuevo gobierno. La mañana de ese 15 de noviembre, Rodríguez,
Carrera - que había sublevado al ejército - Araos y Guzmán ingresan al Congreso apoyados
por un grueso gentío. Después de un discurso explicativo de las razones del cambio de
gobierno, se instaura la junta de Carrera y Rodríguez como su ministro de confianza. El
decreto del 2 de diciembre de 1811, señalaba: <<Sea don Manuel Rodríguez secretario de
gobierno, con el sueldo de su dotación y tómese razón en las oficinas respectivas,
entregándole testimonio de este decreto para título de su empleo». Ese día se disolvía
también el Congreso nacional.
El pueblo chileno decía que Manuel Rodríguez era el cerebro detrás de los Carrera,
que él era el responsable de los acontecimientos que desencadenaron la disolución de la
Junta y el Congreso a Manuel. También fue la fue la opinión de los extranjeros residentes
en Chile que vivieron directamente la asonada. Uno de ellos, el abogado Bernardo Vera y
Pintado, diplomático de las provincias de La Plata en Chile y posterior amigo del
guerrillero, escribía a su gobierno el 9 de diciembre de 1811 respecto del golpe y de la
participación de Rodríguez: «El director de la farsa es el nuevo secretario, don Manuel
Rodríguez, joven intrépido, caviloso, intrigante, vengativo, de un talento vivo, pero
superficial. El fue repulsado por el Congreso por la diputación de Talca. Domina el corazón
de los depositarios de la fuerza y pienso que no ha levado más brújula que desahogar sus
sentimientos>>.
Vera atribuye motivaciones personales de Manuel en el golpe de noviembre de
1811, ya que es testigo de dos situaciones que ocurren en menos de dos años. Primero, la
negativa de otorgarle la borla de doctor en Leyes no obstante estar calificado para ello.
Luego, el rechazo del Congreso para poder ejercer como diputado por Talca. Estos, según
Vera, serían los motivos personales de Manuel para arremeter contra la clase dominante y
fue lo que lo llevó a idear y ejecutar un golpe de estado. Sin embargo, lo más probable es
que la finalidad que lo motivó a participar sea de carácter público, en orden a un bien
superior y común que dice relación con la expulsión del dominador español y la
instauración de un sistema autónomo con bases republicanas. Ahora bien, sin duda las
situaciones personales son un detonante en todo orden de cosa, incluso en tamaña empresa.
Una vez en el poder, los dos húsares se proponen hacer reformas profundas que
corten el vínculo con España, enfocándose en la consecución de la independencia total y en
el tema socioeconómico. Bernardo Vera y Pintado, en una carta enviada como
recomendación a todos los Cabildos del reino, da a conocer en Argentina la primera
proclama de Rodríguez una vez que se instaurara el nuevo gobierno: «La virtud tendrá
desde hoy protección; como abominación y perseguimiento al vicio, a la intriga y al
egoísmo. Perecerán nuestros enemigos. El espíritu público y las prendas sociales presidirán
las asambleas y serán resorte de los movimientos políticos, arrancándolo del despreciable
seno de los antipatriotas, de las almas bajas y de la apatía de los corazones tibios, perezosos
e ineptos>>.
En esta proclama, Rodríguez hace una fuerte crítica al sistema monárquico,
calificándolo de inmoral y egoísta y tildando a algunos chilenos como antipatriotas que aún
lloran por ese régimen y la vuelta de Fernando VII. Reivindica como esencial para un país
moderno el sistema republicano compuesto por los partidos y movimientos políticos,
mediante los cuales se decidirán los destinos del país poniendo énfasis en los temas
sociales. Manuel Rodríguez permanece al lado de Carrera todo el año 1812. Al año
siguiente se desliga, siendo procesado y detenido por su amigo para volver a trabajar junto
a él en 1814.
Desde 1811 Rodríguez crea y apoya las políticas de Carrera, pero es la construcción
y redacción del reglamento constitucional su máxima obra política. Su reglamento
constitucional de 1812 es en sí un límite formal y material al poder del gobernante. Pone
límites incluso a su amigo Carrera para evitar abusos de poder. Rodríguez sabe, diciéndolo
a viva voz, que una constitución con determinadas normas mínimas es un control efectivo
del poder soberano y constituye, por lo demás, un acuerdo o pacto entre los que gobiernan y
los gobernados. El constitucionalismo exacerbado de Rodríguez es entonces su perdición.
El pliego de peticiones que redacta, muchos años después entregado a O'Higgins, es
finalmente lo que motivó su detención el 18 de abril de 1818 y, por ende, su futura muerte.
Ya en el primer punto de la misma encontramos la dictación de una constitución política
con bases republicano democrática. A esto se debe que el preámbulo del acta señale que el
reglamento constitucional contiene <<el pacto que debe de intervenir entre el pueblo y sus
gobernantes>>, agregando que éste debe de ser observado incluso <<por los jefes
militares>>. Ese pacto o acuerdo entre mandantes y mandados o límite de poder, estaba
determinado por una serie de principios políticos que se plasman en el reglamento.
Rodríguez señala con claridad que la dictación de una constitución la hace el pueblo
a través de sus representantes, significando que el propio pueblo debe elegir a los hombres
que trabajarían en la creación de la gran norma. No obstante lo anterior, el reglamento
redactado por Rodríguez reconoce expresamente que «el rey de Chile es Fernando VII. Eso
sí, cabe aclarar que dicho precepto se refiere a la persona del rey cautivo, no a la
monarquía. Pero ésta, de todas maneras, carece de poder real, ya que debe respetar la
soberanía chilena aceptando nuestra constitución y la que se otorgue a la propia península.
El apartado V señala que <<ninguna orden o decreto o providencia emanado de autoridad
alguna tendrá efecto o poder en Chile, bajo penas corporales al que intentare darle algún
valor>>.
Cabe preguntarse, entonces, por qué Manuel Rodríguez y Carrera incorporan en la
carta fundamental el reconocimiento a la persona del Rey Fernando VII. Obviamente, es
resultado de un manejo de política pura, en el que se desliga tibiamente del monarca,
reconociéndolo sólo como persona. No se le niega su calidad de rey en otro país, pero está
desprovisto de poder real en el propio. La idea era evitar conflictos internos y directos con
España por el momento. De esta forma, lo que se reafirma con lo consagrado en el artículo
V de la Carta fundamental, es que no tiene validez en Chile orden de autoridad extranjera.
En conclusión, tal reconocimiento formal es el resultado de una estrategia de carácter
político para organizarse como nación.
Por su parte, el artículo III de la gran norma establece que la forma de gobierno que
debe de darse es una Junta de gobierno compuesta por tres miembros con límite de
duración. Dice: <<durarán tres años en su cargo>>, sin posibilidad de reelección inmediata.
Rodríguez, no obstante ser miembro del gobierno de Carrera cuando redacta la
Constitución, dispuso una norma que consagra el derecho de rebelión contra el gobierno de
turno (Art. VI) cuando éste fuere en contra de la voluntad popular consagrada en la
constitución, enviándole entre paréntesis un recado a su propio amigo y jefe: «Si los
gobernantes (lo que no es de esperar) diesen un paso contra la voluntad general declarada
en la Constitución, volverá al instante el poder a las manos del pueblo, que condenará tal
acto como un crimen de lesa patria, y dichos gobernantes serán responsables de todo acto,
que directa o indirectamente exponga el pueblo». Con esto, se consagra el derecho
inalienable del pueblo a rebelarse contra los que gobiernan en caso de que las autoridades
tomaren decisiones en contra del pacto plasmado en reglamento constitucional. Cuando
esto ocurre, no sólo nace el derecho a levantarse sino que automáticamente el pueblo
obtiene el poder para elegir otras autoridades bajo cualquier forma. La sanción, por su
parte, no es sólo la pérdida de la legitimidad del soberano para ejercer el mando, sino que la
persecución penal de los responsables, quienes deberán pagar con su vida tal afrenta contra
el pueblo.
Como se ve, en esta etapa hay ya un germen y una intención de incorporar a los
sectores populares a la lucha por la independencia política, lo que es la gran obra de
Rodríguez y Carrera en su búsqueda por llevar la separación política de Chile a un estadio
de carácter social. Así, para cuando se consuma el golpe del 15 noviembre, Rodríguez y
Carrera envían una nota a la derrocada junta expresando lo siguiente: «El pueblo nunca ha
sido oído, ni ha podido hablar libremente, pues las más de las veces, se han provocado sus
sufragios por convites a ciertas personas, por lo cual declarábase que, en ésta oportunidad,
podían concurrir a la Plaza Mayor todos los vecinos sin excepción>>.
Pero en esta tendencia de acelerar la lucha por la independencia incluyendo el
proyecto social no estaban solos. Los curas Camilo Henríquez y Julián Uribe, Baltazar
Ureta y el franciscano Antonio Orihuela los acompañaban. Rodríguez propone a Carrera, a
pocos días del golpe, que se dicte un decreto ordenando expropiar tres millones de pesos
para financiar al ejército patriota. Los aristócratas chilenos, al saber de esta expropiación,
presionan a Carrera usando a su padre y parentela y éste desiste de dictar el decreto
expropiatorio. Esto inicia un alejamiento entre Manuel Rodríguez y su compañero y amigo
José Miguel Carrera. Sin embargo, tiempo después, y con la venia de Carrera, el ministro
Rodríguez estableció una contribución forzosa (carga personal consistente en el pago de
sumas de dinero para ciudadanos españoles avecindados en Chile que posean cierta y
determinada fortuna para cuestiones excepcionales bajo pena de embargo y remate por un
monto superior) a los ciudadanos españoles de gran fortuna.
Las medidas de Rodríguez y Carrera, en especial la de formar una estructura militar
profesional que permitiera lograr el fin de la independencia política y socioeconómica total,
fue resistida por la aristocracia chilena, ya que esto, sin duda, provocaría contribuciones
forzadas, expropiaciones y pérdida de mano de obra al enrolar al sector popular al ejército.
Por otra parte, una guerra contra España y el virreinato del Perú significaba la pérdida del
principal mercado que compraba a Chile el trigo, carne, fruta, queso y mantequilla. El
descalabro económico era, pues, el gran temor, mucho más importante que la futura
independencia de Chile.
La presión de la aristocracia y de cierto sector patriota moderado seguía. Se
rechazaban las medidas de la Junta dando orden a los diputados de no comparecer a votar
tales medidas urgentes. Es por esto que, el 2 de diciembre de 1811 , el Congreso se
disuelve. El poder legislativo, decía Carrera, era un estorbo para lograr la independencia.
Así, con el fin de anunciar estas medidas y justificar el financiamiento público para la
creación de un ejército nacional y cuestiones de carácter social, el Secretario de gobierno
enviaba a todo el reino la siguiente circular, adelantando lo que se venia: «El fondo público
es la forma sustancial de la representación y consistencia de los gobiernos. Obliga a la vez a
sacrificar en parte los intereses del individuo. Pero la patria sabe retribuir con ventajas tales
sacrificios. Ella os busca y os ruega, hombres ricos, para que la auxilie en su necesidad. Si
hoy agita medios de robustecerse, es por vuestra seguridad, por vuestra defensa>>.
Pero a fines de 1812, como se adelantó, Rodríguez se distancia de Carrera. En julio
de ese año renuncia a su cargo siendo acusado de conspirar contra el gobierno,
sentenciándolo a la pena de entrañamiento, la que finalmente no se cumple, ya que se le
indulta, volviendo a trabajar juntos en el año 1814.
Las razones del distanciamiento son las siguientes:
i.- La no aplicación inmediata del reglamento constitucional de 1812, en especial en
lo que decía relación con el reconocimiento expreso de la división de poderes, el
llamamiento a un nuevo Congreso nacional y a la temporalidad del poder. En este punto,
Carrera piensa que, de acuerdo al estado de cosas, aún no es el momento de su entrada en
vigencia, aplicándola provisoriamente en octubre de 1812. Rodríguez reclama a Carrera
que Chile necesita una carta fundamental de forma imperiosa. Hay que darle legalidad al
gobierno de facto en la que él es partícipe y artífice principal. Y si bien comparten un
mismo diagnóstico y formas políticas, es necesario que el país entre a un cauce normal de
constitucionalidad republicano-democrática. Carrera no suelta el gobierno aún y detenta en
sus manos todo el poder, en espera del momento oportuno. El Congreso es un obstáculo
para la revolución y los cambios sociales, y para que se dé una independencia política y
socioeconómica. Rodríguez, en cambio, cree que la gran reforma debía hacerse con una
constitución ya en aplicación, sin dictadura, ya que es el único freno y contrapeso existente
para evitar que el poder civil de la revolución americana que posee Carrera sea ilimitado
como el monárquico.
ii.- No aplicación de expropiaciones. Otro de los motivos de alejamiento responde a
la negativa de Carrera de aplicar expropiaciones efectivas y contentarse con recaudos
menores, como las contribuciones forzosas en contra de realistas con altos patrimonios.
Rodríguez, y así lo da a entender en sus proclamas y circulares, considera necesario obtener
fondos públicos de envergadura para financiar el gran proyecto de liberación de la
monarquía, creando un sistema de defensa del republicanismo. Carrera titubea en esta
medida a pesar de creer en ella. Su padre y otros parientes realistas lo presionan en el seno
familiar para evitar echar andar este nuevo sistema de financiamiento pública.
iii.- La libertad total del ciudadano y la incompleta liberación de los esclavos de
nuestro país, ya que Carrera sólo estableció la libertad de vientres sin que existiera norma
alguna que derogara derechamente la esclavitud.
iv- Detención y exilio de Juan Martínez de Rozas. No obstante encontrarse en
grupos diferentes, Manuel Rodríguez tenía gran consideración y respecto a Martínez de
Rozas. Sabía que era un patriota decidido y que repulsaba con toda su alma a la monarquía
y que era capaz de crear milicias y generar valor en sus soldados. No estuvo de acuerdo con
el alejamiento de este personaje, que muere más tarde en el exilio en la isla de Juan
Fernández, desfigurado por la hidropesía.
Manuel Rodríguez hace alusión a estos puntos de forma general en los oficios que
envía y en el interrogatorio del 6 de febrero de 1813 invocando a la revolución francesa y al
sistema político republicano-democrático, cuando se le interroga en el proceso por
conspiración y traición incoado en su contra en enero de 1813 por el propio José Miguel
Carrera. En esa oportunidad, en que se defendió personalmente, señaló al fiscal:
«Preguntado cuál es la crisis (motivo que lo tiene en prisión) y cuáles son los sucesos que
indica. Responde: la revolución de América desde que innovó sus sistemas político; los
sucesos, los partidos, las facciones, las enemistades consiguientes, los denuncios, las
prescripciones y las mismas muertes, según como se sostenga para sorprender al
magistrado y hacer padecer al inocente» (ArchJMC, 93).
Después, agrega que la causa de su prisión se debe a que tiene una teoría bien
fundada de revolución y de lo que ocurre en la práctica en países como Francia, Holanda y
Suiza. Es decir, explica que su teoría y acción a favor de la revolución americana es la
causa de su detención, en las cuales siempre se imputa al seguidor intenso de éstas de
querer levantarse contra el mando y falsificar, entonces, denuncias en su contra para
justificar su prisión.
De acuerdo a lo expuesto, está claro que a la luz de los hechos el distanciamiento
entre Carrera y Rodríguez en 1813, que llevó en definitiva a la detención del segundo y al
sometimiento al proceso consiguiente, se explica únicamente por dos visiones distintas de
lo que se entiende por sistema político y revolución y/o por la oportunidad de hacerla
efectiva. Esa brecha es la incorporación inmediata de una estructura constitucional que
plasmara un sistema político republicano democrático moderno de apoyo popular.
No obstante lo anterior, el escritor Amonio Ondarza señala en su libro Manuel
Rodríguez: el caudillo popular, que la verdadera razón del distanciamiento del secretario de
Carrera se debe a un plan urdido por los "ochocientos" Larrain, el que consistía en
convencer a él y a otros personeros de que José Miguel Carrera estaba esbozando un
empréstito con la excusa de crear un ejército profesional, pero que en realidad lo hacia para
fugarse con el dinero a Europa. <<La campaña de los Larraines y otros opositores que
difamaban al régimen de don José Miguel Carrera por un empréstito que éste estaba
tramitando para organizar la defensa nacional, acusándolo de que iba a fugarse a Europa
con el dinero, hizo sembrar la duda, y tanto cundió en el ambiente esta cizaña, que los
hermanos Rodríguez Erdoyza, los Urra y otros, convencieron a Don Manuel para que se
retirara del gobierno y se pasara a la oposición a fin de derrocarlo» (AnOn, 18).
Esta argumentación, que puede ser muy creíble, no resulta acertada si tenemos
presente el gran conocimiento que tenía Rodríguez respecto de José Miguel, a quien
consideraba un testarudo y llevado de sus ideas en política, pero jamás un corrupto que se
apropiaría del dinero de los chilenos. Por lo demás, no lo necesitaba. Asimismo, Manuel
conocía muy bien a los Larraín y tendría que haber sido muy cándido para dejarse
manipular por esta familia resentida con el presidente por el despojo sufrido y a la cual sólo
le interesaba obtener el poder que había perdido recientemente. Anteriormente habíamos
señalado que Carrera indulta a Manuel Rodríguez, convirtiéndose nuevamente en su
Secretario de Gobierno y Hacienda. Este indulto, señala Carrera en su diario militar, está
dado porque nunca quiso aplicar de verdad la pena de entrañamiento a su amigo y lo hizo
para que no le atribuyeran debilidad.
Pero sabemos, además, que en 1814 los españoles, liderados por Antonio Parejas,
invaden el sur con el fin de reinstaurar nuevamente la monarquía. Carrera y Rodríguez ante
esto, debían estar juntos. Deciden actuar de inmediato. Carrera viaja a Talca, lugar en
donde instala la Junta de Gobierno. No le fue muy bien debido a la escasa preparación y
disciplina de sus tropas, surgiendo entonces críticas de los propios nacidos en Chile
seguidores del rey. La Junta, a instancias de Juan Mackenna, un referente de O'Higgins, le
arrebata el poder a Carrera y se lo entrega a O'Higgins, quien acepta con la venia del mismo
Carrera. Pero las acciones de guerra no mejoraron y son derrotados, apresando a José
Miguel y provocando en Santiago la citación a un Cabildo de la aristocracia, el cual nombra
a Francisco de la Lastra como jefe de gobierno. Éste inicia una resolución pacífica del
conflicto a través de lo más fácil: la rendición.
Es así que a orillas del río Lircay, en Talca, con el apoyo de O'Higgins y Mackenna,
se firma en julio de 1814, la rendición del país, lesionando seriamente con esto las
aspiraciones a una segura independencia y a la libertad de Chile. El alma revolucionaria
chilena recibía un serio quebranto. Carrera se fuga. Vuelve a Santiago y se une a su amigo
Rodríguez, con el cual se junta en su casa de Agustinas 27 el 20 de julio junto a otros
conspiradores, decidiendo dar un golpe de timón que encauzara el rumbo de los últimos
sucesos.
Finalmente, el 23 de julio de 1814 da junto a Rodríguez y simpatizantes el golpe,
destituyendo a Francisco de la Lastra por haber traicionado a la patria, pero perdonándoles
la vida a él, O'Higgins y Mackenna siempre y cuando siguieran con la causa de la
independencia, por la cual tanto habían luchado los criollos.
O'Higgins, sabiendo del golpe y con el objetivo de exigir la convocatoria de un
Congreso nacional, deja de combatir contra los españoles que estaban a las puertas de
Santiago, para enfrentar a Carrera. Resuelve volver a Santiago para obtener el poder,
enfrentándose en la Batalla de Tres Acequias, en la cual pierde a manos de Luis Carrera y
en donde murieron muchos patriotas que lo seguían. Sería la primera vez en que corre
sangre entre patriotas y la antesala del desastre de Rancagua.
Bernardo es detenido y ruega por su vida. Una noticia impide cualquier acto de
castigo al perdedor que motivó la guerra civil entre patriotas: Mariano Osario avanza a la
capital. Esto hace que los tres patriotas se unan para enfrentar al enemigo. Pero ya era tarde,
la guerra civil y las disputas intestinas habían dejado Chile a merced de los invasores.
Carrera y O'Higgins van a la guerra, éste último a cargo del ejército, mientras Rodríguez y
el Cura Uribe (revolucionario independentista que partió en 18 15 de Buenos Aires a Chile
para su liberación en la goleta "Constitución" que naufragó en el Estrecho de Magallanes),
miembro de la Junta, se quedan en Santiago aplicando decretos que imponían empréstitos
forzosos a los realistas y terratenientes con el objetivo de financiar al ejército chileno.
Ambos recorren Santiago, entran a las iglesias cuyos curas entregan materiales de plata,
cobran a los deudores del fisco, reciben donaciones, etcétera. Tal trabajo infatigable en la
capital se extiende incluso hasta después del desastre de Rancagua, evitando que los
chilenos se autoexiliaran en las provincias de La Plata.
Finalmente, a principios de octubre de 1814 en Rancagua, O 'Higgins y el ejército
chileno sufre una derrota determinante, que lleva a los chilenos a exiliarse en Mendoza. El
debate entre o'higginistas y carreristas, que se mantiene hasta el día de hoy, sobre cuál es el
responsable del desastre de Rancagua, no es más que el resultado de la pasión de uno u otro
escrito por los historiadores de cada uno de los próceres. Lo claro, y en esto no hay duda, es
que José Miguel Carrera advirtió a O'Higgins de que no debía ingresar por ningún motivo a
Rancagua, localidad inhóspita e inconveniente para atrincherarse dada su geografía.
No hay que buscar las causas del desastre de Rancagua y la posterior emigración de
los connacionales (con lo cual se pone fin a la Patria Vieja) en la batalla misma. Eso sería
minimizar el problema. Los motivos reales responden, principalmente, a una conspiración
de la aristocracia criolla, sus adeptos y a los chilenos realistas desde el momento mismo en
que asumieron Carrera y Rodríguez. Esta asunción generó una lucha irreconciliable por el
poder entre el gobierno y la facción de O'Higgins, tensión expresada en actos bélicos que
dividieron al país y, por tanto, al ejército, lo que significó que los realistas vencieran sin
problemas el año 1814. Pero no solo la división y pugna fue determinante para perder la
independencia, sino que también la falta de profesionalización del ejército, que hacia muy
difícil una victoria en el enfrentamiento con los militares profesionales del rey, los cuales
venían de años de lucha en Europa contra las tropas napoleónicas.
Esa división de grupos que se enfrentaban y sus diferencias abismantes frente a lo
que debía hacer Chile en esos momentos, tuvo su punto culmine en el Tratado de Lircay,
firmado por O'Higgins y que hizo decaer los ánimos, resultando en una emigración masiva
a Mendoza incluso antes del desastre.
Carrera y Rodríguez no estaban de acuerdo con el exilio. Intentaron por todos los
medios atajar a los chilenos que se arrancaban a la cordillera, pero les fue imposible. Su
plan de hacer la resistencia en el propio país, fijando en Coquimbo el centro de
operaciones, no dio resultado. O'Higgins era el primero en arrancar junto a su familia,
indisponiendo a Carrera con intrigas apenas llegó a Mendoza. José Miguel y sus adeptos
llegaron días después. Manuel Rodríguez, por su parte, se queda un tiempo en Chile,
tomándole el pulso a la sociedad, observando todo, en especial a los que eran verdaderos
chilenos.
Manuel Rodríguez es el último en viajar a Mendoza. Sin embargo, el destino le
tenía preparada su vuelta a Chile y él ya tenía en mente una idea para liberar Chile.
LA RECONQUISTA O REACCIONISMO MONÁRQUICO, 1814-1817
A estas alturas ya sabemos que Mariano Osorio reconquista Chile y reinstaura la
monarquía española. Ante esto, algunos chilenos neutros que se decían llamar patriotas, se
quedan y se unen a la reinstauración realista. Otros, derechamente fieles al rey, están felices
con la reacción monárquica y la promueven. En cambio, algunos guardaron silencio y
siguieron conspirando. En diciembre de 1815 llega a Chile Marcó del Pont con la idea fija
de domar al pueblo chileno y la clara intención de ser una especie de rey en Chile. Con del
Ponte y la Reconquista, vuelve la aplicación de la Inquisición, que tenía su sede en Lima,
los Tribunales de justificación y el Tribunal de Vigilancia y Seguridad Pública a cargo del
ex religioso San Bruno. La primera de las mencionadas conoce cada vez que de oficio y a
petición de parte se tiene conocimiento de actuaciones realizadas por los ciudadanos que
son alejadas de Dios (actos pecadores). Las dos siguientes, conocen y castigan a los que
destacaron en las luchas a favor de la independencia y a los eventuales conspiradores. Aquí
se exilia a muchos otros libertarios como Manuel de Salas, Manuel Egaña y José Antonio
Rojas, entre otros.
Marcó del Pont, militar español hijo de pescador que se refinó con el tiempo y que
llegaba enfermo de tuberculosis, aplica represalias constantes. Hay abusos, detenciones
ilegales, violaciones y asesinatos a manos de los Talaveras, su ejército favorito. Pero
también impuso apremios pecuniarios constantes en los criollos para financiar los sueldos
de los soldados y el pago de fastuosas fiestas en palacio. Se aplican multas por no concurrir
a las fiestas públicas, se establece el toque de queda y la prohibición de salir de Santiago sin
pasaporte so pena de confiscación de bienes si se es rico y la cárcel si se es pobre; la
prohibición de andar con arma blanca o de fuego, de andar a caballo sin pasaporte; se
estableció además que en determinadas horas no podía caminar más de una persona en la
calle y menos andar con manta o capa. Se implantó la horca como método de aplicación de
la pena de muerte para los "patriotas" y a todos los que colaboran con ellos, ya sea
ocultándolos o prestándole abrigo o armas. Finalmente, en esa época se dictó el bando que
pretendía cazar a Manuel Rodríguez a través de la delación compensada.
Pero si bien la Reconquista es una victoria monárquica, <<en esta etapa se
incubaron contradictoriamente las mejores voluntades para lograr la independencia
política» (Lvit, 19). El chileno, sea de cualquiera de los bandos independentistas, que resida
en Chile e incluso algunos realistas en atención a los abusos graves y constantes del
gobierno, se unen contra el invasor, en especial el grupo social de mayor riesgo, tomando
conciencia de su lucha. El propulsor de este aunamiento de voluntades tiene un nombre:
Manuel Rodríguez.
Rodríguez logra crear en esta época conciencia en el sector popular de Chile al
diseminar en este grupo las razones de la lucha. Argumenta que no es una lucha simple
contra la monarquía española invasora, sino contra todo gobierno opresor que limite el
desarrollo de una independencia política y socioeconómica de Chile. Y aun cuando la
reacción popular se inicia en un primer momento por las injusticias y agravios de los
gobernantes, luego se desarrolla a través del discurso y la acción efectiva de Manuel, con
un conocimiento un poco más acabado del objetivo de la guerra y la cual lleva a una
racionalización del enfrentamiento, cuestión que logra el guerrillero inculcándole al sector
social el por qué pelear y contra quién pelear. La misión de Rodríguez, que vuelve a Chile
en diciembre de 1815, es informar a San Martín respecto del estado de situación de Chile.
Le informa del comportamiento del gobierno y sus miembros, le informa respecto de las
fortificaciones y armas realistas, del personal del ejército, de la actitud de los sectores
sociales de Chile, de las formas de revolución posibles y del ánimo para lograr la
independencia.
Hay diversas cartas enviadas por Manuel Rodríguez y sus hombres a San Martín
entre 1816 y 1817, así como proclamas efectuadas y acciones concretas de lucha, que dan
cuenta de su visión socio-política del país.
En una primera etapa, si bien es cierto que el abogado espía cumple a cabalidad con
el encargo exclusivo de informar sobre el estado de situación del país, Rodríguez se dedica
a concientizar a los chilenos de todos los sectores, especialmente a los artesanos,
hacendados de sur y campesinos en reuniones secretas, para luego, en contra de las
instrucciones de San Martín, iniciar la guerrilla con sus montoneras. Esta rebeldía o
indisciplina, trae positivas consecuencias para el gran triunfo de 1817.
En sus cartas hay un marcado republicanismo democrático moderno y unas ansias
inmensas de actuar contra los realistas, ofreciendo su propia vida si la situación lo
requiriese, proponiéndole a San Martín, en marzo de 1816, atacar Chile, ya que Marcó del
Pont, poco a poco, empieza a enviar militares al sur. Las misivas muestran también una
ácida crítica hacia los sectores sociales moderados de la aristocracia chilena y hacia los
chilenos seguidores del monarca, quienes lo critican y persiguen. Después de referirse a los
que lo atacan en Santiago, agrega: <<Pero no permita estar más tiempo sujeto a la opinión
de émulos y enemigos, que no faltan a un hombre de revolución, por más que no haya
cometido un crimen político que seguramente no tengo por intención. Estos señores
patriotas sólo se ocupan en criticar apocando. Yo no he tenido hasta ahora una carta capaz
de manifestarles, ellos sólo apetecen las noticias de marchar a usted al frente de cien mil
hombres>>.
Después dice a San Martín: <<Es muy despreciable el primer rango de Chile. Yo
sólo trato por oír novedades y para calificar al individuo sus calidades exclusivas para el
gobierno. Cada caballero se considera único capaz de mandar. No quieren Junta para no
dividir el trono. Pero lo célebre es que en medio de ésta ansia tarasca! se lleven con la boca
abierta esperando del cielo el ángel de la unión. Muy melancólicamente informará de Chile
cualquiera que lo observe por sus condes y marqueses. Más la plebe es de obra y está por la
libertad con muchos empleados y militares. Vamos a otra cosa. Antes de tratarla ha de estar
usted en que la nobleza de chilenos es necesaria por el gran crédito que arrastra en este
reino infeliz las cartas y las barrigas. Así es casi indispensable jugar con ellos o a los menos
no prepararles la guerra hasta cierto tiempo>>. En una carta enviada el 25 de marzo, tras
hacer un análisis descarnado de las clases y sectores sociales señala que <da nobleza es tan
inútil y mala como el estado medio, pero llena de buena fe y reserva hacia el enemigo
común: más tímida y falta de aquella indecente pillería, no le encuentra otro resorte que
presentarle 10.000 hombres a su favor, cuando sólo tengan tres en contra>>.
Como se puede apreciar, Rodríguez no confía en el sector aristócrata para el logro
de la liberación de Chile. Manifiesta que es necesario contar con ella y que es útil tenerla de
su parte, pero que no es determinante en la consecución de la libertad. Son autoritarios, se
creen los únicos para gobernar, son egoístas y, dado, sus intereses, tienen una posición bien
pasiva respecto de la liberación chilena. A fin de cuenta, dice que les falta valentía y arrojo.
Critican, pero no proponen y esperan que otros peleen contra el rey. Finalmente, señala que
si bien es necesaria su concurrencia para la unión de voluntades en pos de un objetivo,
después de asumido el poder será necesario un enfrentamiento contra ella.
Pero los otros sectores sociales tampoco se salvan de la crítica puntillosa y letal del
espía. Señala que la clase media es la peor. Escribe en 1816: «Ella es torpe, vil, sin sistema,
sin valor y sin educación, llena de pillería más negra. De todo quieren hacer comercio, en
todo han de encontrar un logro inmediato y sino un adiós promesas, adiós fe; nada hay
seguro en su poder. Nada secreto». Respecto a la clase popular, señala que es la única con
la que se puede confiar en tales momentos, es la verdadera sostenedora vital de la conquista
de la libertad. Dice Rodríguez que ellos son acción pura y los que necesitan más que ningún
otro grupo la libertad, dados los atropellos de los realistas. Agrega en dicha carta que se
puede <<formar planes con ellos y aprovechar sus excelentes calidades en lo demás. Pero
son de obra, están bastante resueltos y las castas principales tienen sistema por razón y
echan de menos la libertad: todos los artesanos desesperan, faltos absolutamente de
quehacer en sus oficios>>.
Considera que tal grupo es clave en la lucha propiamente tal y reconoce que todos,
sin excepción, desean expulsar a Marcó del Pont y su gente por las vejaciones e injusticias
aplicadas e instaurar un sistema más justo. <<Pues si ames creíamos a Osorio el mayor
tirano salido de Europa, Marcó ha venido a sacarnos de éste empeño, haciendo respetar
como santo a su sucesor>>. Rodríguez da a entender que la plebe sabe de los derechos y las
mejorables condiciones que se pueden obtener mediante la lucha en Chile y, por ello, es
necesario incorporarlos en el proyecto republicano democrático. Así, Rodríguez no sólo
refiere la importancia de este sector en la lucha contra la monarquía, sino también como
elemento capital para el logro de la institucionalidad republicana una vez obtenida la
independencia política. Con esto, y no obstante la aguda crítica de la que no se salva ningún
sector social, hay un reconocimiento expreso de Rodríguez hacia el hombre de campo en
general, fueren hacendados (Villota, Ramírez, Palacios) o campesinos, los que operan
alrededor de Santiago, en especial en la provincia de Colchagua y que conformaron la
valiente base de la guerrilla patriota. En la misma dice: <<Los pueblos interiores, los
virtuosos campos nos ayudan y están libres de vicios y sacrificados con impuestos>>.
El ansioso Rodríguez deja de lado la estrategia pasiva de sólo informar y,
desobedeciendo las órdenes de San Martín, decide iniciar la guerra de guerrillas en los
alrededores de Santiago y en el sur. Con un grupo de patriotas, militares, hacendados,
campesinos, bandidos y artesanos, forman montoneras que atacan sorpresiva y rápidamente
determinadas localidades o patrullas realistas con el fin de obtener bajas de soldados,
caballares, monturas y armas, además de cuantiosos botines que se reparten y que permiten
enfrentar de mejor manera la resistencia.
Los lugares en que Rodríguez y su grupo de montoneros gritaron el "¡Viva la
libertad de Chile!" fueron San Fernando, Talca, Curicó, Chimbarongo, Melipilla, Talagante
y Quillota. No le pareció bien en un principio a San Martín esta desobediencia,
reprochándole en una de sus cartas su accionar. Menos aún le gustó que estuviese
acompañado de un bandido como Neira. Tiempo después, en el parte de Chacabuco
redactado en febrero de 1817, el propio San Martín reconoce sus méritos en la lucha por la
independencia en la que da cuenta de la toma de San Fernando. Es importante aquí señalar
que el contingente que manejaba Rodríguez en la etapa informativa y en la guerra de
guerrillas es variado y compuesto por un mosaico de patriotas civiles y militares de todas
las condiciones sociales. No son, en ningún caso, un grupo de delincuentes, como señalan
Jocelyn-Holt y Villalobos. Tampoco es un grupo exclusivamente popular. Es una
conformación multisectorial integrada por militares, hacendados, aristócratas, campesinos,
artesanos y bandidos, todos unidos contra el invasor.
Es en esta etapa cuando, mediante la proclama de fines de 1816, Rodríguez hace un
llamado a los conciudadanos a levantarse para el logro de la libertad, en atención a las
atroces injusticias y crueldades del gobierno realista de Marcó del Pont, y en donde aparece
más nítido su ideal político. La proclama dice: «¿Qué pared no ha colorado la sangre de sus
hermanos? ¿Qué calle no ha barrido sus cuerpos exánimes y aun vivos? ¿Cuál de vuestras
casas no siente una privación, un desastre, y cien millares de negras injurias? Ponedlo
enfrente de ésta muralla nevada. Hacedlo abrir los ojos hasta donde alcance su vista.
Representadle que muchos de vuestros hermanos se nos separan por la redondez entera del
medio globo y que el más inmediato nos tiende las manos al otro lado de tan gruesos
montes. Si su sucia indolencia es mayor que todo, si nadie le conmueve, tiradlo con
desprecio a hartarse de esa cochina vida entre los detestables ministros de sacrificios tan
imponentes. Por mi os juro que mientras mi patria no sea libre, que mientras mis hermanos
no se satisfagan condignamente, no soltaré la pluma ni la espada, con que ansioso acecho
hasta la más difícil ocasión de venganza. Os juro que cada día de demora se doblará este
deseo ardiente para sacar de los profundos infiernos al tizón en que deben quemarse
nuestros tiranos y sus infames, sus viles secuaces» (ArchJSM, 165).
Rodríguez en esta proclama no exenta de pasión, critica abiertamente al sector
aristocrático realista, grupo no solidario, aludiendo que a ellos no le interesan las vejaciones
sufridas por su con ciudadanos, siendo cómplices en caso de que no intervengan a favor de
la libertad. Cree firmemente en un gobierno republicano pidiendo las penas del infierno en
contra de los monarquistas. Finaliza prometiendo dar hasta el último suspiro por la ansiada
libertad y por una vida digna de sus hermanos chilenos. El guerrillero se esconde aquí y
aparece en otro sitio. Usa disfraces variados, se infiltra en casas realistas, pincha a todas las
mujeres, cruza como un rayo la plaza de armas, observa en una esquina como vendedor de
mote, disfrazado de fraile recoleto o de pordiosero; envía y recibe cartas, comparte con
artesanos, ataca huestes realistas y entra a ciudades agrediendo a soldados realistas
repartiendo el botín de sus incursiones a su grupo de montoneros y al necesitado. Todos en
Chile hablan de él, sean amigos o enemigos. Su persona y sus acciones son pan de cada día.
Rodríguez le dice a San Martín con una cuota de ansiedad, de amistad y confianza:
«Ayúdeme usted mi amigo. Yo revuelvo a Chile de un modo que el diablo lo entienda. Yo
no tengo cuidado, ni usted le dé mi sacrificio, tal día hará un año. Pero si escapo como creo,
caen los esclavos>> (ArchJMC, 135).
Ya para el segundo semestre de 1816 se erige como el enemigo número uno de
Marcó del Pone. Tal es el odio que el siútico de varios nombres siente que en noviembre de
1816 dicta un bando en el cual, entre otras cosas, le pone precio a su cabeza. Nadie lo
entregó, nadie dio una pista para detenerlo, lo que habla no sólo de su eficaz labor de espía,
sino que demuestra el cariño que le profesaba el ciudadano chileno. Algunos de sus
compinches y encubridores fueron perseguidos, torturados, ejecutados, pero nunca dijeron
dónde se encontraba ni dónde atacaría. Prefirieron morir, mantener su pobreza o estar
encarcelados en vez de delatado o entregarlo. Generoso fue el pago del pueblo de Chile a
tan gran hombre. Lamentablemente, el estado de Chile, años más tarde, no estuvo a la
altura de las circunstancias.
En el período 1816-1817, Rodríguez es muy popular, querido y respetado.. Se le
tiene confianza. Es el hombre que con sus ideales debe dirigir Chile. Su nombre causa
esperanza. Se le protege, no se permite que nadie hable mal de él, especialmente en el lado
popular. Todos lo conocen aunque pocos lo ven. Pero eso no importa, saben que existe y
que se expone hasta dar la vida si es necesario por la libertad de todos y por la instauración
de un sistema republicano marcadamente antimonárquico y antidictatorial. Saben todos que
este abogado, pudiendo estar en el extranjero ejerciendo su oficio en alguna capital europea
o americana, está sacrificándose por la libertad de Chile arriesgándose constantemente. Le
escribe a San Martín en 1816: «A costa de mi pellejo me mantengo a la vista y muy
vendido» . Las acciones de los montoneros de Rodríguez causan estragos y desorientación
en Marcó del Pont, lo que lleva a éste a enviar 1500 soldados al sur, para enfrentar a
Rodríguez y a San Martín y O'Higgins, quienes seguramente entrarían por el sur a Chile. La
capital, gracias a Rodríguez, está desprotegida. Era el momento de cruzar la cordillera.
Es diciembre de 1816 y San Martín recibe el bando en que del Pont le pone precio a
la cabeza de Rodríguez, además de cartas que daban cuenta del traslado de contingentes
militares realistas a, Curicó, Talca y San Fernando. Junto a otros miembros de la logia,
teniendo presente la eficiente acción de las montoneras de Rodríguez, y el ánimo
esperanzador de la población chilena, resuelve con acuerdo de O'Higgins, cruzar el 5 de
enero de 1817. Finalmente, el 12 de febrero de 1817, a más de un mes de iniciado el cruce
inédito y heroico de la cordillera de los Andes, toma cuerpo la Batalla de Chacabuco, en la
cual fácilmente O'Higgins y San Martín triunfan . Días después, un Cabildo nombra como
Director Supremo a Bernardo O'Higgins Riquelme.
Se iniciaba así el ansiado camino a la independencia. Sin embargo, en la
administración de O'Higgins continúan los problemas económicos derivados de la guerra
interna y del financiamiento de la liberación del Perú, así como la restricción a la libertad
de los opositores, persecuciones e incluso privaciones de la vida de los patriotas. Entre
ellas, la de Manuel Rodríguez, quien es asesinado, por orden del gobierno, transcurrido sólo
un año desde el triunfo de Chacabuco.
EL ASESINATO, AUTORES DIRECTOS Y
AUTORES DETRÁS DE LOS EJECUTORES
Durante estos doscientos años de vida patria, la mayoría de los historiadores ha
señalado que el verdadero autor material del crimen es el teniente español Antonio Navarro.
La información se basa en el trabajo de historiadores anteriores y el registro del proceso en
contra de dicho teniente, en 1823. La mayoría de estos mismos historiadores, a su vez, han
exculpado derechamente la participación de Bernardo O'Higgins en el delito, ya sea porque
se responsabilizan a la Logia Lautarina, ya sea porque no se pudo probar su participación
en el hecho o simplemente porque no lo han querido enfrentar o reconocer. Algunos
justifican la acción criminal efectuada, tildando a Rodríguez de delincuente y conspirador
eterno, bajándole el perfil al patriota y maltratando, de paso, su figura y su real gravitación
en la época de la independencia chilena, dando a entender que dada su actitud rebelde,
atrabiliaria y anarquista era merecedor de su trágico destino.
Pues bien, en este capítulo se desarrollará y explicará una dinámica del crimen de
forma detallada distinta, como nunca se ha hecho. Se establecerá al responsable directo del
ilícito, el autor material, los coautores de dicha muerte y la responsabilidad que le cabe a
O'Higgins, San Martín y a la Logia Lautarina en el hecho, basándose de manera exclusiva
en el proceso penal, ciertos documentos históricos y, en menor medida, en lo escrito y
expuesto por algunos historiadores. Veamos.
ASESINATO EN TIL TIL
La noche del 24 de mayo de 1818, en el cuartel Cazadores de los Andes de San
Pablo, y pese a su inocencia manifiesta por los cargos impetrados de sedición y desacato,
Rodríguez es notificado de que, a primera hora del día siguiente, viajaría junto al primer
Batallón a la provincia de Quillota por disposición del general San Martín, quien era de la
idea de que los regimientos y batallones debían estar fuera de la capital para defender
cualquier intento de invasión española. Navarro, a ruego de Manuel, le permitió salir esa
noche para despedirse de su familia y amigos. Algunos de ellos le rogaron no volver esa
madrugada y escaparse, pero Rodríguez había empeñado su palabra y no quiso meter en
problemas a su custodio.
No pudo ver a su mujer Francisca, quien estaba junto a Juan Esteban, nacido días
atrás en Pumanque, lugar de la hacienda de los Segura y Ruiz, escondida a instancias de su
padre por la vergüenza de ser madre soltera. Estuvo, eso sí, junto a su padre, quien escribió
dos días después de la muerte a su hijo Ambrosio lo siguiente: «Después de una rigurosa
prisión de un mes y ocho días que ha sufrido Manuel en los cuarteles de san Pablo, él ha
salido esta mañana cerca de las seis para Quillota, con su destino de prisionero. Él no sabe
que suerte correrá. Muchas personas opinan que desde allí pasará a los Estados Unidos.
Según eso, él cree que ha pesar del permiso obtenido, tu regreso y el de Carlos serán sin
efecto» (AlCh, 107).
Vuelve al cuartel y en la mañana del 25 de mayo de 1818 sale con las manos atadas
en un viejo caballo, resguardado por el teniente Antonio Navarro y una escolta especial. Al
prisionero le extrañó que sólo viajara una avanzada y no el regimiento completo. A poco de
iniciado el viaje se percata de que, de vanguardia, viaja un grupo de soldados, todos
chilenos, muchos de ellos sus amigos y subordinados, un kilómetro delante. Otro grupo de
soldados de retaguardia viajaba también a un kilómetro de distancia. Justo al medio,
entonces, se encontraba el prisionero Rodríguez custodiado por dieciséis soldados
argentinos bajo el mando de Navarro, Manuel Zoluaga y el comandante Rudecindo
Alvarado, quien cabalgaba unos metros más adelante del grupo de resguardo y quien, en
determinados momentos, se adelantaba con su caballo y daba instrucciones de evitar
cualquier contacto con el prisionero.
La primera parada del viaje fue en Colina. Alojan allí y Rodríguez toma conciencia
de su incomunicación, ya que al intentar acercársele un soldado chileno, para ofrecer un
cigarro, la escolta no se lo permitió aduciendo orden directa de Alvarado de que el
prisionero no podía tener contacto alguno con la tropa chilena. Poco y nada durmió esa
noche Rodríguez. Se le vinieron a la mente todos los rostros de su familia, amigos, de su
mujer embarazada en abril; recordó el viaje a Mendoza por el desastre de Rancagua, el
cruce de la cordillera en diciembre de 1815; a sus amigos caídos José Francisco Villota,
Santiago Bueras, los hermanos Luis y Juan José Carrera, fusilados un mes antes; recordó
los buenos tiempos de la Patria Vieja, la toma de San Fernando, la Batalla de Chaca buco
en febrero de 1817.
Pensó tal vez en la muerte que se acercaba por manos extranjeras, pero como rápida
le vino a la mente, rápido desechó esta idea. Nada había hecho para que se ordenase tal
medida. Ningún crimen había cometido. Es más, había servido al país como ninguno.
Además, O'Higgins era un dictador, pero jamás un asesino y San Martín le tenía estima. El
argentino no permitiría tan grave hecho en contra de su persona.
Temprano en la madrugada del 26 de mayo dejan Colina y enfilan hacia Quillota.
Pero antes de internarse en la cuesta La Dormida deben pasar por el sector de Polpaico,
durmiendo esa tarde antes de la hora de oración en una hacienda cercana.
En el proceso penal de marzo de 1823, que se encuentra en el archivo nacional y
que se inició en contra del teniente español Antonio Navarro, el cual fue ordenado
expresamente por el miembro de la Junta transitoria a la época José Miguel Infante, declara
el sargento Agustín Crespo el 6 de abril de 1823, quien a la fecha de los hechos
investigados era miembro del batallón número 1 de Los Andes, señalando sobre Rodríguez
claramente «que poco después de la victoria de Maipú, fue destinado a acantonarse en
Quillota el batallón número 1 de los Andes, del que entonces dependía en calidad de cabo.
Que dos días antes de llegar a dicho punto hizo alto una noche dicho batallón, i a su
vanguardia como a dos cuadras de distancia se acampó el teniente don Antonio Navarro
con un piquete de 16 hombres, que llevaba el especial encargo de custodiar al finado
teniente coronel don Manuel Rodríguez>>.
El batallón, entonces, descansa en Polpaico. El piquete de resguardo del prisionero
seguía a cargo de Navarro y del argentino Zoluaga, quienes a caballo iban y venían.
Rodríguez estaba fuertemente custodiado por dos soldados argentinos: los cabos Agüero y
Parra, quienes seguían muy de cerca cualquier movimiento del prisionero por insignificante
que fuera.
El comandante Alvarado, quien ya ponía en ejecución la maquinación o la tramoya
estacionados en Polpaico, se acercó al teniente Navarro y le ordenó sacar del piquete al
cabo Agüero. Le dijo que en unos momentos más lo mandara a donde él se encontraba.
Momentos antes del crimen, Navarro ordena a Rodríguez y a parte de su escolta
caminar unos metros a una casa en la hacienda de Polpaico, en donde comen una cazuela de
pava preparada especialmente por la dueña de casa. Al despedirse, el prisionero le dijo
pálido a la señora Serey que cree que nunca más se volverán a ver. Alvarado, quien tal vez
creyó que la ausencia de Navarro con el prisionero era para ejecutar el plan acordado, ve
que éste regresa a la tropa con Rodríguez aún vivo. Vuelve Navarro al lugar de descanso de
la tropa y nuevamente Manuel es entregado a este piquete especial de resguardo ordenado
por el propio Rudecindo Alvarado para evitar que Rodríguez se fugara en el trayecto. Este
grupo de custodia, cabe señalar, era integrado por soldados extranjeros desconocidos, para
que el guerrillero no los sedujera ni pidiera ayuda, ya que muchos soldados y oficiales
chilenos de ese batallón eran amigos o sentían simpatía del prisionero. Navarro, que debía
permanecer alejado de la vanguardia y retaguardia del batallón, decide conforme al plan
dirigirse a la aldea de Til Til con el piquete de resguardo especial, con un prisionero muy
nervioso y angustiado que hacía muchas preguntas respecto a todo movimiento que se
llevaba a cabo. Secretamente, Alvarado le dice que en pocos momentos más le envíe
adonde él se encontrare al cabo Agüero para que éste gritara a viva voz que el prisionero
Rodríguez se había escapado.
Rudecindo Alvarado, una vez recibida la noticia de boca del soldado sigue junto a
su asistente argentino, el cabo Gómez, a Navarro que viraba con la escolta del batallón.
Después de una discusión, le ordena perentoriamente a Navarro detenerse, solicitándole de
inmediato le entregue al prisionero Rodríguez y, junto a él, a los cabos Parra y Agüero que
lo custodiaban. Accede Navarro a la entrega. Así las cosas, con el detenido Rodríguez en su
poder, Alvarado siguió unos pasos hacia Til Til, junto a los cabos Agüero, Parra, el
asistente Gómez y Navarro, quien se quedaba un poco más atrás observando. Alvarado a
poco de andar, trayendo del brazo a Rodríguez, ordena salir del camino real y entrar a un
camino adyacente en donde se veía un montecito, momento en el cual le dispara por la
espalda con pistola de oficial, específicamente un arcabuz. El proyectil esférico ingresa por
la espalda, cerca del axila derecha.
Rodríguez cae de bruces. Intenta ponerse de pie, pero Alvarado lo atraviesa con su
sable para asegurar su muerte, además de golpearlo en la cabeza. La víctima cae al suelo
herido de gravedad. Es atravesado por las bayonetas de los presentes y golpeado en la
cabeza y en el cuerpo por las culatas de los fusiles de los soldados argentinos Parra, Agüero
y Gómez. Su espalda está sangrando en el camino. Le sustraen sus pertenencias, entre ellas
el reloj, y lo arrojan a una tumba indígena que estaba a metros del lugar enterrándolo
parcialmente. Vuelve al grupo diciendo que Rodríguez escapó y por eso es que debió
dispararle.
La vida del patriota Rodríguez se esfumaba en aquel camino por la alevosa y
traicionera mano extranjera y chilena. Aún agonizante y con el cuerpo destrozado, los
asesinos echan su cuerpo a una ancuviña y lo tapan con tierra que le echan al cuerpo con las
botas. Permanece semienterrado unos días hasta que Tomás Valle, hacendado juez de esa
localidad, junto a sus trabajadores Serey y Cortés lo desentierran y lo inhuman en la capilla
de Las Mercedarias en Til Til, frente al presbítero.
El sargento Agustín Crespo, único testigo presencial del asesinato y clave en el
proceso, depone de manera clara que Antonio Navarro estaba aislado del batallón junto a su
prisionero y el piquete de resguardo, y que <<poco después de oraciones vio [como] se
apersonó a dicho teniente su coronel don Rudecindo Alvarado, llevando consigo a su
asistente Gómez i mandó le entregase al señor Rodríguez, i para éste efecto llamó dicho
jefe al soldado Parra i al cabo Agüero ordenando le acompañasen trayendo sus fusiles i que
también lo traía Gómez; que en efecto marcharon los cinco hacia delante por un caminito
angosto que se dirijía a un montecito llevando de bracete el señor Alvarado a Rodríguez, i
que al poco rato se oyó un tiro de arcabuz, que poco después vino dicho jefe con la novedad
que se le había fugado el señor Rodríguez». Agrega a continuación que «al siguiente día
comenzó a estenderse la noticia de que el señor Rodríguez había sido muerto de un
pistoletazo por atrás por el señor Alvarado, i que el dicho Parra con quien el contestaste
tenía intimidad por ser soldado de su compañía, le aseguró ser cierto el tiro de pistola en el
modo esplicado, acabado de matarle con su sable, sin haber recojido el cadáver» (Jaros,
63).
El teniente Antonio Navarro, el único imputado por el crimen y que dicho sea se
fuga el 28 de abril de 1818 estando preso <<sin prisiones, sin centinela i enteramente
comunicado>> según parte del teniente encargado de su guardia Joaquín Varela, depone
el15 de marzo de 1823 a fs 29 del expediente ante el fiscal Juan José Valderrama,
señalando respecto a los hechos que antes del asesinato <<fue llamado por el comandante
de su cuerpo, Rudecindo Alvarado, para que se encargase de la custodia del teniente
coronel don Manuel Rodríguez junto con el oficial argentino Don Manuel Antonio
Zoluaga>>.
Agrega luego en su declaración que el coronel Rudecindo Alvarado volvió al día
siguiente a llamarle después de dada la orden de salida del regimiento a Quillota para que
fuera donde alojaba, encontrándose que estaba con el abogado Bernardo de Monteagudo,
quienes, cerrando la puerta, le dijeron: «que por hombre de honor i oficial de confianza le
encargaban de la seguridad de Don Manuel Rodríguez, haciéndome responsable con mi
empleo por faltas menores i con la vida por mayores en atención a que debían tratar de
corromperme para su libertad i que interesaba al gobierno toda seguridad para los fines que
después se me diría. A cosa de las diez de la noche, fue vuelto a llamarle por dicho señor i
ejecutando el mismo cierro de puerta, le dijeron que interesaba toda exactitud en el
cumplimiento del encargo conferido en atención a haber podido reducir al supremo
gobierno a la esterminación del coronel don Manuel Rodríguez por convenir a la
tranquilidad pública i a la existencia del ejército» (Jaros, 57).
Señala a continuación que estaba lejos de acceder a este encargo y que le comenta lo
pedido al teniente Zoluaga y al capitán Benavente, con el objeto de que lo aconsejaran y
trataren de evitarlo, diciendo que estos le dijeron al capitán Peña y Vega lo contado,
solicitando que los citen. Cuenta luego que en el primer alojamiento se le ordenó alojar
lejos del regimiento y que a pocos momentos <<fue llamado por el coronel don Rudesindo
Alvarado i díchole que era preciso se retirase Zoluaga en atención a que conocía no debía
tener el sijilo correspondiente en un asunto tan arduo, replicándole era él el jefe i podía
determinar lo que fuera de su agrado, como en efecto así lo verificó dándole otro destino
distinto» (Jaros, 57).
En su declaración, Navarro señala que al día siguiente, 26 de mayo de 1818, en
Polpaico cuando alojaban en el lugar, el coronel Alvarado «le llamó i dijo que le remitiese
al cabo Agüero de la partida i que le esperase allí mismo a cosa de las diez de la noche,
habiendo alojado a distancia de seis cuadras del mismo rejimiento, a la citada hora, poco
más o menos, se presentó el coronel después de haberme hecho mandarle un cabo con la
noticia de que se había fugado el reo, cuyo preparativo me había hecho en la misma tarde
en compañía de los soldados Parra i José Gómez de la 1°, preguntándole delante de toda la
partida dónde estaba el coronel Rodríguez, le respondió que en aquel rancho inmediato, i
ordenándole en el mismo momento se lo entregase, lo verificó llevándose a éste señor en
compañía de los dos soldados i el citado cabo Agüero, a distancia como de media cuadra
donde toda la partida vio la expiación de su vida sin que el confesante se mezclase en lo
más mínimo» (Jaros, 58).
Una vez que el Fiscal Valderrama le pregunta varias veces si participó en el crimen,
dado el sumario que se hizo para investigar la muerte de Rodríguez en 1823, Navarro
declara <<que el reloj vino a su poder regalado por el coronel don Rudesindo Alvarado».
Luego, ante el requerimiento del fiscal de explicar las razones dadas en el sumario de que
habría confesado que por dos mil pesos y por setenta y cinco pesos a cada soldado dados
por el coronel Alvarado asesinó a Rodríguez, responde que <<es una impostura la que se le
supone en el cargo respecto a lo que constante del sumario i a que se le pregunta a don
Pedro Mardones, patrón que ha sido del confesante, si desde que entró en esta capital tuvo
que suministrarle la comida diaria», agregando que pronto «se esclarecerá la falsedad del
cargo».
Santiago Lindsay, teniente del batallón a la época y retirado en el grado de Capitán
al 19 de junio de 1823, fecha en que declara, expone que Rodríguez el día de los hechos era
escoltado por un grupo de soldados a cargo del teniente Antonio Navarro, quien, en un
momento, se separó de la escolta, lo que motivó el reclamo de Rodríguez de estar
abandonado a soldados sin ningún oficial que lo supervisará <<dando a entender que temía
a estos i no a Navarro, i que con éste motivo ordenó el contestante a un soldado fuese a
llamar al contenido Navarro; pero exponiendo el señor Rodríguez que no era preciso,
continuó su marcha, espresándose que era cosa mui estraña que un jefe fuera entregado a la
tropa, i advierte que para este caso estaba el señor Alvarado a distancia de una cuadra; que
el contestante no alcanzó a ver cuando se unió el señor Rodríguez a Navarro i sería como a
las tres de la tarde; bien es que este había quedado algo más atrás conversando con unos
oficiales, al paso que el señor Rodríguez se había adelantado con los soldados Agüero i
Gómez a alguna distancia i también con otro soldado, que al siguiente día corrió la noticia
de haber fallecido el señor Rodríguez».
Cosa distinta, pero aclaratoria en algún aspecto declara el soldado Antonio Marrel,
quien el 19 de abril de 1823 depone que, al volver Alvarado la madrugada después de que
se llevaron a Rodríguez, le señaló que éste «se había fugado i que con éste motivo le habían
dado un balazo los soldados que le seguían, aunque el que declara así como todos los
oficiales del batallón entendieron que ésta noticia era una tramoya para ocultar>>. Después
agrega en su declaración, que con el objeto de saber lo sucedido, le preguntó al cabo
Agüero respecto del hecho y éste le respondió en Quillota que era cierto «que el señor
Alvarado le entregó a él i a Gómez al señor Rodríguez para que le matasen de un tiro,
sacándole alguna distancia del piquete, sin espresarle cuál de los dos fue el de la ejecución,
pero cree que Agüero lo sería por cuanto el señor Alvarado lo hizo sarjento>>.
En el interrogatorio, Martel le señaló algo muy importante al Fiscal Valderrama,
dijo que <<cerca de oraciones se apersonó al cabo Agüero al señor coronel Alvarado
imponiéndole de parte de Navarro haber fugado Rodríguez, i al instante montó a caballo
con su asistente Gómez i se dirijió hacia lo de Navarro».
El proceso criminal, no obstante varias deposiciones, sólo tiene un testigo presencial
de los hechos: el sargento del batallón provincial de Valdivia Agustín Crespo, quien de
manera coherente depone y señala ver al coronel Alvarado y a los soldados Gómez, Agüero
y Parra llevar a Manuel Rodríguez del brazo y al poco rato se escuchó un tiro de arcabuz. Si
bien es cierto que Crespo no ve directamente el asesinato, es un testigo creíble que
presencia a Alvarado y la soldadesca segundos antes del asesinato y escucha el ruido de un
arcabuz que llevaba el oficial. Además, en su deposición señala a continuación la puesta en
escena del coronel Alvarado al declarar que éste señaló después del tiro de que «se le había
fugado el señor Rodríguez i en el acto mandó destacar de dicho piquete varias partidas para
que le fuesen a buscar por aquellas cercanías>>. En la misma declaración, Agustín Crespo
le dice al Fiscal Valderrama que al día siguiente del hecho todos decían que el comandante
Alvarado le disparó por la espalda a Manuel Rodríguez y que a raíz de esto,
inmediatamente le pregunró al cabo Parra, con el cual tenía confianza respecto a lo
sucedido, y éste «le aseguró ser cierto el tiro de pistola en el modo esplicado acabado de
matarle con su sable, sin haber recojido el cadáver». El declarante corroboraba con Parra
todo lo observado el día anterior. Su testimonio impresiona como veraz, pero a su vez
porque no habría razón para mentir 5 años después de ocurrido el hecho. Por otra parte,
jamás se acreditó algún lazo de amistad entre el testigo y el imputado Navarro.
Los demás no son testigos presenciales del hecho, salvo el imputado Navarro, quien
obviamente puede variar su declaración con motivo de la imputación efectuada, y el cual
declara que el día anterior a la salida hacia Quillota, Alvarado y Monteagudo lo han citado
a una reunión donde le piden "exterminar" a Manuel Rodríguez por no convenir al
gobierno, lo que, según él, no estaba dispuesto a hacer. Depone, además, un dato
circunstancial muy interesante: que el día de la muerte, momentos antes, el coronel
Alvarado le obliga enviar a un cabo al lugar donde éste se encontraba para que dijera que el
teniente coronel Rodríguez se había fugado. Luego, complementa, que a eso de las 10 de la
noche poco más poco menos, el comandante Alvarado le pidió delante de toda la tropa le
entregase al prisionero Rodríguez que estaba en un rancho cercano, entregándoselo
efectivamente y llevándoselo éste junto a Parra, Agüero y Gómez, todos los presentes que
vieron el asesinato.
Así las cosas, la declaración del imputado Antonio Navarro es concordante y
coherente en parte con lo depuesto por el testigo presencial Agustín Crespo, cuya
declaración impresiona como verosímil. Ahora bien, dentro del proceso hay otros
antecedentes que son importantes de señalar y que se acercan, en parte, a lo declarado por
el testigo presencial. En efecto, la declaración de Antonio Martel, quien además de señalar
que fue un vil engaño lo dicho por Rudecindo Alvarado de que
Rodríguez se trato de fugar de la escolta y por eso es que se le disparó, dice que
Navarro traía escoltado el día de los hechos a Manuel Rodríguez y que su escolta se
estacionó cerca de la tropa yendo hacia Quillota. Agrega que él observa en la noche que el
cabo Agüero llega a donde está el comandante Alvarado y le dice que Navarro le envía el
mensaje de que Manuel Rodríguez se había fugado, lo que motivó al instante que Alvarado
se subiera a su caballo y junto a Gómez fueran
a lo de Navarro. Después, señala que en la madrugada Alvarado vuelve y que
efectivamente Rodríguez se trató de escapar, pero que los soldados que lo siguieron le
dieron unos balazos. Por último, dice que en Quillota le preguntó a Agüero sobre la muerte
de Manuel Rodríguez y éste le dijo que Alvarado le entregó al prisionero a él y a Gómez
para lo matasen de un tiro. Lo declarado por Agustín Crespo es coherente en lo sustancial
con lo expuesto por Antonio Martel. Los dos escuchan solamente un disparo y consultan a
Parra o Agüero, respectivamente, respecto a la dinámica de los hechos, ante lo cual ambos
responden y dan entender que Alvarado tiene participación en los hechos y que Gómez,
Agüero, Parra, Alvarado y Navarro estaban junto a Rodríguez previo al homicidio.
Sin embargo, hay un pasaje de la declaración de Navarro que concuerda con lo
declarado por Martel. Navarro señala al fiscal que en la tarde, antes de la asesinato de
Rodríguez, el comandante Alvarado le pidió junto a los cabos Parra y Gómez que a
determinada hora le enviara a un cabo que dijera que se había fugado Manuel Rodríguez, lo
que motivó que Alvarado llegara a donde Navarro y le pidiera al prisionero. Dice: <<se
presentó el coronel después de haberme hecho mandarle un cabo con la noticia de que se
había fugado el reo, cuyo preparativo me había hecho en la misma tarde en compañía de los
soldados N. Parra i José Gómez de la 1°».
Ese cabo, que participa de manera brillante en la puesta en escena o ardid, es el cabo
argentino Agüero. En efecto, el mismo Martel le señala al Fiscal Valderrama que a la hora
de oraciones vio que llegó Agüero a decirle a Alvarado que estaba en ese momento con el
deponente, que Rodríguez se había fugado, partiendo de inmediato el comandante con su
séquito a cumplir el plan trazado de asesinar a Rodríguez inventando posteriormente que se
le dio muerte porque había intentando huir de sus custodios. Agüero era, entonces, el cabo
que Navarro, previo acuerdo con Alvarado, envío con la misión de decir, delante de todos
los soldados que estuvieren alrededor del comandante Alvarado, que el prisionero
Rodríguez había huido (justificando así su persecución y el asesinato), ante lo cual los
soldados disciplinados y eficientes aplicaron la ley de fuga. Eso está claro, pero lo que no
es lógico ni creíble es que solo hubiese un disparo que se usó para evitar la fuga. Hubo
también hay una dinámica instrumental violenta, con golpes en la cabeza con objetos
contundentes, heridas provocadas por instrumentos filudos y penetraciones diversas con
arma blanca, rodas acciones con el claro fin de extinguir la vida de manera efectiva, rápida
y con ensañamiento manifiesto.
El propio Antonio Martel, testigo directo y presencial, se dio cuenta de la puesta en
escena y lo señaló claramente en el proceso, refiriendo que todo lo dicho y hecho por el
comandante Alvarado respecto a la muerte de Rodríguez era una <<tramoya para
ocultar>>. Es decir, un ardid, un engaño que justificaba y ocultaba el asesinato buscando
culpar a la víctima de su propia muerte al señalar que ésta había intentado fugarse de los
soldados que lo escoltaban y que sólo por ello tuvieron que dispararle, causándole la muerte
para evitar la fuga. Navarro también refiere al ardid. Dice que Alvarado, después de
ordenarle la entrega de Rodríguez y proceder a su asesinato, gritó a todos que el prisionero
se había fugado. Pero como nadie le creyó y la tramoya no tenía el resultado esperado, les
pidió a algunos darle otro colorido al asunto. <<Seguidamente, empezó a poner avanzadas
el citado coronel don Rudecindo Alvarado haciendo ver que se había fugado el reo, i
conociendo en los semblantes de toda la partida que por su alucinamiento había hecho
visible el atentado, varió de opinión llamándoles i advirtiéndoles que era preciso dar otro
colorido al asunto>>.
Por otra parte, de acuerdo a ciertos antecedentes surgidos de la investigación y del
proceso aludido, es posible decir que después del asesinato hay varias acciones dolosas
mancomunadas de los partícipes y otros en orden a encubrir el crimen, justificándolo
incluso, para dejar impunes a los responsables y salvar ciertas responsabilidades a las
autoridades que lo ordenaron. Alvarado y sus secuaces argentinos carecieron de un plan
completo y eficiente de impunidad que permitiera a los presentes en ese momento
desconocer cómo ocurrieron verdaderamente los hechos. Tal vez, la impunidad de la que
gozaron pueda llevar a pensar en otra cosa distinta, pero lo que es cierto es que cuando
ocurren los hechos, muchos soldados había en ese momento. Y no obstante el silencio de
muchos, por temor o por obediencia, algunos valientes, pasados cinco años y quizá
motivados por la justicia, bastaron para acercarnos a la verdad de ese fatídico día que enlutó
a nuestro país.
Pero no todo estaba dicho. Al ardid burdo de la supuesta fuga de Manuel se unió
otro de peor calaña aún. Ocurrido el hecho, ordena Alvarado, bajo el supuesto de la
tramoya, un sumario criminal urgente que estableciera de manera diáfana la sucesión de
hechos. Para ello, una vez que llega el batallón a Quillota, procede a construir este sumario.
Para ello, incomunicó a Parra, Agüero y Gómez, escondiéndoles en su casa. Se desconoce
si les tomó declaración alguna. Pero lo que sí se sabe es que estos tres soldados argentinos
fueron licenciados del batallón tiempo después, pasando a la Argentina en donde los
subieron de grado en el Ejército Libertador. Agustín Crespo declara ame el fiscal
investigador la información que obtuvo al hablar en Quillota con los soldados después del
hecho. Dice: «que el señor Alvarado llevó a su alojamiento a dichos tres soldados, sin que
en Quillota se incorporasen a su batallón i que ellos mismos contaban les iba a licenciar el
jefe auxiliándoles con algún dinero para que se fuesen al otro lado, lo que en efectivo
verificaron».
La declaración de Antonio Martel es coherente con lo expuesto anteriormente
respecto al envío de los soldados autores del crimen a Argentina, en donde son ascendidos.
Dice Martel que, tras hablar con Agüero, creyó que éste fue el que ejecutó al teniente
coronel Rodríguez, licenciándolos después el coronel Alvarado. Señaló al efecto: « pero
cree que Agüero lo sería (el que le disparó a Rodríguez) por cuanto el señor Alvarado lo
hizo sarjento dándoles su retiro i una cantidad de dinero i también al soldado Gómez i a
ambos se les dio separación del cuerpo i pasaron al país que era el de la otra banda>>.
Santiago Lindsay, teniente de los Cazadores responde el 19 de junio de 1823 al
fiscal respecto de la pregunta «si sabe que el señor Alvarado tuvo como detenidos o
separados del batallón en Quillota a los soldados Gómez, Agüero o algunos otros i si sabe
que dicho jefe les dio sus licencias desde entonces, respondió que observó ser ciertas las
dos partes que contiene la pregunta i advierte que generalmente se decía que éste proyecto
era porque no se descubriese el modo o la verdad del suceso. I concluye que el contestante
oyó de boca del mismo señor Alvarado que Navarro no era criminal en este negocio, pero
que no lo quería en el batallón>>.
Navarro, voluntariamente, señala en su declaración de marzo que una vez hablado
con Alvarado respecto a la muerte del prisionero, éste le dijo que era necesario estar unos
días arrestado junto a los soldados partícipes para calmar a la opinión pública « mientras se
hacía una justificación. Estaría el confesante con el sarjento i algunos soldados un par de
días arrestados para deslumbrar al público>>, cosa que en efecto sucedió. Luego, agrega
que por negarse a variar su declaración en el sumario criminal de cómo ocurrieron los
hechos estuvo en la cárcel de la capital <<tres o cuatro meses, paseándose a todas horas sin
que nadie se lo privase>>, hasta que le pidió a San Martín que se dignase <<darle un
competente pasaporte para el ejército del Perú, como así lo verificó dicho señor,
acompañando dos oficios de remisión que acreditan bien mi inocencia».
Sobre los otros partícipes, dice que éstos estuvieron en su compañía en Quillota
unos días, se les dio dinero y fueron enviados a Argentina. « [A] los tres o cuatros días se
les dio una cantidad de plata a cada uno i sus correspondientes bajas para pasar al otro lado,
sin dejarles que hablasen con mui pocas personas>>.
Apenas unos meses de ocurrido el hecho, los soldados Agüero, Parra, Gómez y el
teniente español Antonio Navarro ya no estaban en territorio chileno. Los tres primeros
gozaban de plena libertad, una cierta posición económica producto del asesinato y un
ascenso de consideración en el ejército argentino. El español, por su parte, estaba integrado
en el ejército libertador en campaña en el Perú con pasaporte expedido por el propio San
Martín. Así, a pocos meses de ocurrido el primer asesinato político en tierras chilenas, no se
había acreditado delito alguno, no existían responsables del hecho ni había proceso alguno
para establecer la verdad en curso. Sólo había silencio cobarde e impunidad.
Según las piezas del proceso de 1823, y en atención a cartas, documentos diversos y
citas históricas, queda fijado más allá de toda duda razonable que el autor directo del
asesinato de Manuel Rodríguez es el comandante Rudecindo Al varado, quien ordenó de
inmediato un sumario criminal para investigar los hechos. O mejor dicho, para justificar el
crimen de Rodríguez. Si se ve, el proceso es tal como se justificó legalmente el asesinato de
los hermanos Carrera en Mendoza un mes antes, manipulando a la gente y la información
para llevarlos al cadalso. Eso sí, esta vez, de una manera muy burda, se trató de dar una
imagen de legalidad o legitimidad a la acción de matar aplicando la llamada ley de fuga.
Una misma mano, una misma razón política pero dos circunstancias diferentes estaban
detrás de las muertes de los más grandes opositores del gobierno de O 'Higgins.
Ese sumario no ha sido encontrado hasta el momento, pero se puede saber poco
más, poco menos, su contenido, utilidad y, obviamente, las razones de su desaparición.
Volvamos a los hechos. Apenas llega a Quillota con su batallón, Alvarado, miembro de
confianza de la logia, envía con fecha 28 de mayo de 1818 (tómese nota de la fecha) a
O'Higgins el sumario
criminal con una carta del siguiente tenor que rescata Vicuña Mackenna:
<<Señor don Bernardo O'Higgins. Quillota, mayo 28 de 1818.
Mui señor mío i mi estimado amigo: desde la dormida remití a usted el sumario que
seguí al teniente Navarro por la muerte del coronel Rodríguez. Ella bien claro manifiesta la
buena conducta del oficial i las intenciones de dicho coronel: su muerte creo haya a usted
causado la alteración más terrible, como también a todo ese pueblo, pero estoi persuadido
que todo el mundo que haya conocido a Rodríguez hará justicia i creerá cuanto se espone a
favor del oficial. Yo el primero en desear el esclarecimiento que se quiera, si el que se ha
hecho no basta. De ese modo quedará bien puesta la opinión de usted, la mía i de mi
cuerpo. En otra ocasión escribiré a usted más por estenso, entretanto me ofrezco como
siempre por su invariable afectísimo amigo.
Q .S.M.B. Rudesindo Alvarado».
Esta carta, enviada a través del sargento Lindsay a sólo días de ocurrido el hecho,
es expresión de una mala conciencia, según Vicuña Mackenna <<anticipando una defensa
que no era solicitada, y más parece un remordimiento que una escusa>>. En la carta se
aprecia una defensa anticipada de su persona y de Navarro y más que un remordimiento,
como bien dice Vicuña Mackenna, hay una justificación inapelable del asesinato al señalar
que cualquiera que conociere a Manuel Rodríguez entenderá su muerte y considerará
explicable su intento de fuga. Asimismo, se aprecia en el documento un desprecio absoluto
de la persona de Manuel Rodríguez, sin siquiera una valoración del acto más deplorable del
ser humano: el homicidio. Incluso, se da el lujo de ironizar al señalar que la muerte de
Rodríguez le causa al gobernador «la alteración más terrible».
De seguro, inmediatamente después de ocurrido el hecho, un oficial encargado del
sumario, Antonio Zoluaga, quien declinó ensuciarse las manos con sangre, interrogó y
tomó declaración a Navarro, lo que aparece claramente establecido mediante la declaración
que este hace al Fiscal Valderrama en 1823. Declara: <<Me presenté personalmente i le
suplicó que para mejor obrar del gobierno era preciso una declaración de cada uno, i
dándole el esponente, confesó de plano la verdad del hecho ocurrido por lo que fue
reconvenido por el comandante de que era preciso variar aquella declaración, pues no había
hecho más que comprometerlos de nuevo, i no queriendo acceder a su solicitud, fue
mandado a venir a ésta capital en compañía de don Antonio Zoluaga, quien conducía la
citada declaración para ver si podrían reducirlo a que la variase>>.
Señala luego Navarro que, estando en la capital, específicamente en el cuartel del
número 8 en clase de huésped, más que en calidad de prisionero «fue llamado por don
Bernardo Monteagudo, quien quiso compelerlo a que por necesidad debía variarse la
declaración i oponiéndose a rostro firme a la variación, le dejaron estar sin decirle más
palabra en el citado cuartel, tres o cuatro meses» hasta que San Martín le dio el pase para
integrarse al ejército libertador del Perú.
El fiscal Valderrama y su actuario Lastra, quienes al parecer tenían o tuvieron
acceso al sumario o poseían al menos cierta información del mismo, en atención a la
negativa de Navarro de confesar el hecho, invocan el sumario de 1818 intentando superar
una contradicción <<pues así consta de la primera declaración del sumario>> , en donde
refiere Navarro que Zoluaga se habría negado a darle muerte a Rodríguez por ser muy
indecoroso, ofreciéndole el encargo a Alvarado quien, en efecto, lo condujo al campo
donde están las ancuviñas de Polpaico acompañándole algunos soldados, amén del propio
Navarro, que fueron los que descuartizaron el cuerpo del patriota. En la declaración del
imputado hay un pasaje referido a un reloj que Navarro le vendió al sargento Bermúdez del
Batallón No 8 y que sería del finado Rodríguez. Este reconoce que tuvo en su poder el reloj
aludido, pero asegura que se lo regaló Alvarado después del hecho. El mismo reloj lo vio el
padre de Rodríguez en poder de otra militar años después de su muerte.
Con el fin de superar contradicciones, según la propia declaración del imputado en
el sumario de 1818, relata el fiscal que el día de los hechos el deponente Navarro, por la
suma de dos mil pesos que le dio Alvarado, le dio un pistoletazo en el hombro a Rodríguez
y con la culata del fusil del soldado Parra lo acabó de matar, entregándole antes un anillo,
un reloj y seis onzas y que al preguntarle, en el sumario, con qué orden actuó, señaló que
con la de Alvarado. Después se le insta que diga si es verdad lo depuesto en el sumario
acerca del hecho de que a los soldados se les pagó la suma de 75 pesos a cada uno, negando
lo expuesto. El sumario de 1818 ordenado por Rudesindo Alvarado, estableció la
responsabilidad de Antonio Navarro y de los soldados Parra, Agüero y Gómez en el crimen
del patriota. Pero esa carpeta de investigación nunca salió a la luz pública. Fue guardada
celosamente en secreto y, al parecer, desapareció en un incendio. ¿Por qué? Porque allí
aparecía de manifiesto que Alvarado fue el inductor que ordenó la muerte. Por eso es que
no es inverosímil lo que señala Navarro en el sentido de que Alvarado y Monteagudo,
majaderamente, le pidieran que variase su declaración a favor de la puesta en escena, a lo
que se negó tajantemente.
Con todo lo anteriormente expuesto, podemos decir que:
-A la luz de los antecedentes fidedignos recogidos y analizados, en especial los que
surgen del proceso de 1823, no hay duda de que había un plan urdido para asesinar a
Manuel Rodríguez Erdoyza camino a Quillota, en el cual participaron varias personas.
-Es un hecho que el encargado de la orden en el lugar de comisión era el
comandante Argentino del cuerpo de Cazadores No 1 de Los Andes, Rudecindo Alvarado,
quien odiaba a Manuel Rodríguez, ya que éste se le había fugado en abril de 1817 del
Fuerte de San José de Valparaíso cuando era comandante del puerto. Y no sólo se le fugó
sino que no pudo cumplir con el encargo del gobierno de subirlo a un barco con destino a
Estados Unidos, lo que le trajo más de algún problema con la logia. Es decir, Rudecindo le
tenía sangre en el ojo y por eso no dudó en hacer cumplir el encargo cuando se lo
ofrecieron.
-Que el encargo material de la muerte se lo ordenó al teniente Antonio Navarro,
quien era en ese momento el cancerbero de Manuel Rodríguez desde el 18 de abril de 1818
y quien tenía perfecto conocimiento del plan de asesinato.
-Que la noche del 26 de mayo de 1818, en Polpaico, cerca de Til Til, Antonio
Navarro titubeó o se demoró más de la cuenta en el cumplimiento de la orden de matar, tal
vez por temor, tal vez por arrepentimiento, tal vez porque decidió esperar el momento
oportuno, quien sabe por qué, lo que provocó una reacción de desconfianza en Alvarado,
quien temía la posibilidad de una nueva fuga. Así, decide ejecutar él mismo el asesinato.
-Que en la tarde, horas antes del asesinato, Alvarado le pide a Navarro que envíe al
cabo Agüero a donde éste se encuentre para que diga y "denuncie la fuga" del prisionero
Rodríguez, haciéndolo éste efectivamente, lo que significó la marcha de Alvarado junto a
su asistente Gómez en busca de Rodríguez. Los soldados que observaron este informe
verbal supieron que era una puesta en escena.
-Que Alvarado llega junto a Gómez al lugar en donde está Navarro, el prisionero
Rodríguez y los soldados Parra y Agüero, ordenándole en el acto la entrega del mártir, a
quien se lleva a un camino cercano junto a los tres soldados siguiéndolo de cerca Navarro.
-Que entrado al camino y cerca de unas ancuviñas (tumbas indígenas), Alvarado usa
un arma de fuego, un arcabuz, con el cual disparó a Manuel Rodríguez por la espalda,
ingresando el proyectil cerca de la axila.
-Que como los proyectiles de la época eran de impacto y de masa más que de
profundidad, la bala redonda golpeó en la espalda provocando la caída de Manuel, quien
intentó levantarse, momento en el cual Alvarado usó su espada para golpearlo y luego
enterrársela, procediendo los soldados a pegarle en la cabeza con las culatas del fusil y
enterrarle las bayonetas en el cuerpo, muriendo en el lugar y siendo abandonado su cadáver
en una ancuviña, manteniéndose insepulto varios días.
El medico patólogo forense de la POI y del Servicio Medico Legal, José Belleti,
quien ha analizado el asesinato en un artículo de circulación privada de febrero de 201 O,
hace un análisis detallado basándose en el proceso de 1823, la exhumación de 1894 y otros
documentos y explicando la dinámica de la muerte, y detalla las causas de la muerte, las
lesiones provocadas y las armas utilizadas. Una de ellas un arcabuz que, según testigos,
llevaba Alvarado instantes antes de la muerte. Sobre el arma, el médico dice lo siguiente:
<<El arcabuz es una antigua arma de fuego, larga, de avancarga, es decir, que se cargaba
por el frente del cañón, metiendo primero pólvora, apisonándola y después se introducía un
trozo esférico de metal que hacia las veces de proyectil. La mecha servía como fulminante,
para hacer arder la pólvora, precedió al mosquete. Fue arma de infantería en Europa de los
siglos XV al XVII. Inversamente su longitud, el disparo era de corto alcance>>.
Agrega luego que el arcabuz poseía un cañón de hierro acoplado a un madero de
alrededor de 1 metro de longitud, el cual tenía <<un orificio en el extremo posterior en
donde se aplicaba una mecha encendida, en el momento del disparo, ajustada en un brazo
con resorte accionado por una palanca o gatillo. La distancia útil del arcabuz no superaba
los 50 metros y su mayor efectividad de uso era a menos de 25 metros de distancia. La
forma del arcabuz fue evolucionando para hacer más cómodo el apuntar el arma. En
resumen, era un arma con un complejo proceso de cargar y disparar, aparte del poco efecto
que tenían los proyectiles. De hecho, los japoneses comenzaron a crear su propio modelo de
arcabuz denominado Tanegashima, al cual añadieron un elemento que hacía funcionar la
mecha aún bajo la lluvia, refinaron el gatillo y aumentaron el calibre de los proyectiles,
entre otras mejoras, logrando un tipo de arcabuz diferente al europeo>>.
La acción lesiva de un proyectil, hoy en día queda condicionada por la onda de
choque, por la onda de descompresión y por el efecto de vibración. Al chocar el proyectil
con el blanco e iniciar su trayecto en el organismo, libera gran cantidad de energía cinética
en sentido centrífugo a su eje de progresión, dando lugar a una aceleración radial de los ejes
atravesados en los tejidos blandos. Se forma así una cavidad o hueco, llamada cavidad
temporal, cuyo diámetro es mayor que el diámetro del trayecto definitivo. De forma
inmediata, la cavidad temporal cede su espacio y queda configurada como cavidad
definitiva o trayecto. El trayecto del proyectil, cuando ingresa al organismo o es lineal o
puede tener desviaciones y migraciones. Las desviaciones son cambios bruscos de
dirección que surgen como consecuencia del choque del proyectil con estructuras duras o
de mayor resistencia, como son las esqueléticas. Agrega Belleti que <<en algunas
ocasiones, las desviaciones se producen porque el proyectil progresa entre los planos del
organismo que le ofrecen menor resistencia, así el subcutáneo, con lo que su
desplazamiento puede resultar paradójico>>. Pues bien, los conceptos descritos
corresponden a las armas hoy en uso y por cierto los proyectiles, los cuales todos tienden a
ser fusiformes, lo que implica una menor resistencia de roce y por cierto una mayor
capacidad de penetración. En el esquema se muestra las características de un proyectil
esférico, que además posee masa y se entiende que a mayor masa menor es la capacidad de
penetración».
De acuerdo a lo expuesto, el proyectil del arcabuz que apuntó a la espalda de
Rodríguez poseía una figura esférica de masa, lo que provocó un golpe que hizo caer a la
víctima, no siendo necesariamente dicha lesión la de carácter mortal. Con respecto a la
ubicación de la lesión en el cuerpo de Manuel Rodríguez, no hay discusión de acuerdo al
proceso de 1823 y otros documentos de que la herida se produjo en la pared posterior de la
axila, existiendo además otras lesiones que algo se describen.
El ex Capitán de los "Húsares de la Muerte", Bernardo Luco, declara el 25 de abril de 1823 que se encaminó a Til Til «
con la idea de saber lo cierto, i noticiado del lugar en que se hallaba sepultado, lo hizo desenterrar i le noto una herida en
la cabeza, otra aliado del cuello hechas al parecer con instrumentos de corte, pero la que tenía en el sobaco derecho
indicaba ser de bala, sin embargo que el cadáver estaba algo corrompido>>. Belleti señala tomando esta declaración como
una especie de descripción de lesiones lo siguiente: <<Si se examina la axila bajo una mirada anatómica y qué elementos
la estructuran, advertiremos que salvo una lesión que llegara a comprometer los vasos sanguíneos axilares ubicados
profundamente en el hueco axilar, ningún otro elemento podría poner en riego la vida del herido y menos en forma
inmediata. En términos sencillos, la lesión no es necesariamente mortal>>.
En la imagen adjunta se presentan las características de este segmento corporal y se comprueba que está conformado por
una gran cantidad de músculos y tejidos blandos que cubren la articulación del hombro y solamente los vasos sanguíneos
comprenden un elemento sensible.
Lo anterior lleva a concluir, entonces, que la lesión por arma de fuego disparada en
contra de Rodríguez no es mortal de acuerdo a lo siguiente:
-El arcabuz, o cualquier arma corta de la época, no tenían la idoneidad para quitar la
vida de forma inmediata. Era entonces un arma ineficiente en ese sentido.
-El proyectil de carácter esférico poseía la característica de escasa capacidad de
penetración, a lo que debe sumarse que éste debió atravesar las vestimentas de Rodríguez,
incluyendo una manta.
-La distancia del disparo no se ha podido establecer, pero de acuerdo a los
antecedentes, se presume una larga distancia. Los relatos sitúan a Rodríguez por delante del
piquete y el diseño del plan implicaba que se ejecutaría como consecuencia de una fuga.
Benjamín Luco, que para estos efectos es uno de los pocos que hace una descripción
de lesiones, encuentra en el cuerpo una herida en la cabeza y otra en el cuello, las cuales
atribuye a un instrumento cortante. Tal descripción es concordante con lo depuesto por
Agustín Crespo quien, como testigo de oídas, se refiere al uso de sable por parte de
Alvarado en el asesinato. También hay referencia a golpes con la culata del fusil de uno de
los soldados que custodiaban a Rodríguez.
En efecto, Rodríguez es dejado semienterrado en una ancuviña. Permanece cinco
días en el lugar, y sólo por iniciativa de Tomás Valle y dos de sus trabajadores, durante la
noche es recogido y colocado en un costal para ser enterrado posteriormente frente al
presbítero de la iglesia de Til Til. El Doctor Belleti dice que para determinar la dinámica
de la muerte es clave lo depuesto por el obrero Domingo Martínez ante el comité patriótico
en 1894, en donde manifiesta lo siguiente: <<que cuarenta años antes se le solicito remover
el piso de la capilla. Picado el suelo, encontró junto a su acompañante Manuel Valdivia, un
cadáver medio destrozado, con pocos pedazos de ropa, irreconocible, que conservaba
pantalones de paño azul oscuro deshaciéndose, sin calzado y en la cabeza un pañuelo de
seda azul con listas blancas, convertido en unos cuantos pedazos en este mismo proceso, el
facilito el hallazgo del cadáver, que fue analizado por el Dr. E. Allende Ríos. Los fines de
este comité era su identificación y traslado de los restos al cementerio general de
Santiago>>.
No hay dudas de que el informe del doctor Allende Ríos, si bien es cierto es
precario en conclusiones, no lo es en cuanto a la metodología aplicada y la descripción
realizada de los restos, de tal suerte que confecciona un informe anatómico antropológico.
Belleti analiza el informe de 1894, señalando lo siguiente: <<Describe del cráneo: una cara
del hueso frontal, otra del temporal y otra del occipital. Posteriormente refiere rasgos
relevantes de la cara, de la base del cráneo, concibiendo incluso una medida que le permitió
inferir un cráneo de una capacidad de 1400 a 1500 ce. Parámetro que en virtud al
conocimiento de la época era categórico rasgo de cráneo masculino>>.
Dice Belleti: «Si se observan las imágenes, queda en evidencia que los elementos
óseos perdidos definitivamente corresponden fundamentalmente a los huesos parietales.
Podría pensarse que sólo la acción de los años de entierro fue suficiente para que se
perdieran estas partes óseas, pero no, ya que están conservadas estructuras de muchísima
menor resistencia estructural. <<El cráneo es de un adulto, consolidado el cierre de las
suturas, conforma una caja resistente y sin soluciones de continuidad. Por consiguiente una
forma de entender la perdida de estos fragmentos óseos es que el cráneo estuviera
críticamente fracturado al momento de ser enterrado. Otro elemento a considerar es por qué
Rodríguez es enterrado con un paño azul con listas blancas que le cubre la cabeza, pañuelo
que fue verificado en el desentierro de los restos tal como lo describió Martínez 40 años
antes. Este pañuelo de seda debió pertenecer a Tomás Valle y el día en que el cadáver fue
sacado de la ancuviña, lo cubren con él porque estas lesiones debieron ser muy deformantes
y con perdida de masa encefálica. De esta forma se facilita el traslado al lugar de
entierro>>.
Luego, Belleti agrega que <<las fracturas craneanas se pueden producir por una
gran cantidad de mecanismos que impliquen impactos sobre la cabeza. Las diferencias
entre una fractura y otra están dadas por diversas variables, pero en general la aplicación de
objetos de superficie definida tiende a dejar fracturas que refieren en grado variable su
forma. Otro aspecto a considerar es cuando la fractura es provocada por compresión del
cráneo. En este caso, lo que se origina es un verdadero estallido de la caja, es el
traumatismo producido por la acción convergente de dos agentes contundentes sobre puntos
antagónicos de un segmento corporal>>.
En virtud a lo referido, es obvio que la lesión traumática que afectó el cráneo de
Rodríguez es de gran magnitud y obedece al uso de un instrumento de masa que aplastó el
cráneo sobre el suelo. Rodríguez recibe el disparo y cae, generando una situación propicia
para aplicar un golpe y generar el proceso de atrición y desprendimiento de fragmentos
óseos. Consiguientemente, éste es el mecanismo que mejor explica la muerte de Rodríguez.
Concluye el Doctor Belleti: «el prócer no muere por el disparo, sino por un TEC abierto,
por atrición de cráneo. Estos golpes en la cabeza serían ocasionados, eventualmente por
Alvarado y los soldados>>.
Entonces, Rudecindo Alvarado es autor material y directo del delito al igual que los
soldados Parra, Agüero, Gómez y el teniente Antonio Navarro. En efecto, todos tenían
dominio del hecho y cada uno dentro del plan trazado previamente detentaba una función
para arrancar la vida del prisionero Rodríguez concurriendo voluntariamente todos con
materiales idóneos para consumar el homicidio. Además, está el acto de Alvarado, Navarro
y los soldados de hacer desaparecer el cadáver, enterrándolo en una fosa indígena que
estaba al costado donde ocurre la inmolación, con el objeto de no dejar evidencia del
crimen. Luego, hay actos de encubrimiento posterior, como el de Alvarado al confeccionar
un sumario criminal que buscara desvirtuar lo que efectivamente ocurrió, para justificar
mediante éste el asesinato mediante la culpabilización de la víctima, quien intentó
agredirlos y luego fugarse. Curioso es que la fuga sea la versión oficial y motivo de muerte
del patriota insistentemente invocada por el comandante Alvarado, palabra que le rondaba
la cabeza desde abril de 1817 en Valparaíso.
Ciertamente, y no cabe duda, el asesinato de un personero político opositor a la
dictadura con arrastre popular, dorado de una alta legitimidad, carismático, teniente coronel
del ejército, ex Director Supremo delegado, ex diputado de la república y ex ministro de
Estado, es un crimen político no sólo por la calidad manifiesta de la víctima, sino que por la
calidad de los autores materiales, quienes eran verdadera ruedecillas del aparato de
gobierno, ostentando Rudecindo Alvarado el cargo de comandante del ejército de uno de
los batallones de mayor confianza del gobierno, además de ser miembro de la Logia
Lautarina.
Así, siendo la víctima y el autor material partícipes de un agitado ambiente político
que se respiraba en el país a la fecha, con tendencias muy distantes entre ellos, lo que los
convertía en opositores, se concluye por ese sólo hecho que las motivaciones del crimen
habría que encontrarlas en el mundo político. Dada la forma cómo se cometió el hecho, las
omisiones posteriores al asesinato, el extravío del sumario investigativo ordenado, la
inexistencia de un proceso criminal hasta cinco después, cuando O 'Higgins es obligado a
renunciar a su cargo, y la impunidad al no existir responsables por el delito, hay que
descubrir si Alvarado recibió ordenes superiores, cómo fueron dadas, quién las dio y por
qué. Es decir, si hay una orden del gobierno o de personeros de gobierno de aquella época
para eliminar al patriota Manuel Rodríguez.
LOS AUTORES DETRÁS DE LOS EJECUTORES O'HIGGINS Y LA LOGIA
LAUTARINA
Siempre ha sido un secreto a voces en nuestro país que el principal responsable de la muerte de Manuel Rodríguez es
Bernardo O'Higgins. Él, junto a la Logia Lautarina en reunión secreta, habría decidió el destino del mártir de Til Til. Así,
ha sido una ardua y difícil tarea para los historiadores, sobre todo O'Higginistas, reconocer abiertamente la
responsabilidad del Director Supremo en el ilícito, dada su consideración y el lugar histórico en que lo han colocado. Pero
exculparlo de este hecho ha sido también una difícil tarea sin el resultado esperado. Como es complejo negar su mano en
el asunto, se ha usado la fórmula de la difusión de la responsabilidad, culpando con ello a la Logia Lautarina como si fuera
un ente independiente de sus miembros, un grupo humano sin individualidades, carente de identidades, siendo que los
principales hermanos de logia eran verdaderos personeros políticos. A saber: a la cabeza, O'Higgins y luego San Martín,
Monteagudo, Alvarado, Tomás Guido, entre otros.
También se ha usado la fórmula del desprestigio de la víctima, intentando así desperfilar la gravitación de Manuel en la
historia patria al convertirlo sólo en un personaje popular de baja estofa cuya relevancia en la independencia está dada
meramente por su gestión de espía durante la reacción monárquica. Y, estos mismos historiadores que le bajan el pelo al
audaz guerrillero, han usado por años epítetos en contra de su persona que se repiten de libro en libro. "Inestable",
"atrabiliario", "anarquista", "espíritu inquieto", "rebelde", etcétera, queriendo sin duda justificar su asesinato, esgrimiendo
dar razones de que está bien muerto. Encina, incluso, llega a decir que se le dieron tantas' oportunidades de salvarse, pero
tantas veces él las rechazó. Otros han usado la ingeniosa idea de otorgarle una responsabilidad distinta, una de carácter
moral o política, y si es responsable criminalmente sólo es a título de encubridor, porque estaba obligado a guardar
silencio de acuerdo a los estatutos de la logia.
Diego Barros Arana en su "Historia general de Chile", señala que O'Higgins es responsable moral del asesinato, sin
pronunciarse acerca de su responsabilidad criminal ni menos política. Sin profundizar ni hacer análisis del proceso, dice
que Navarro es el verdadero responsable del asesinato y que fue la opinión pública la que atribuyó tal hecho al gobierno.
Dice incluso que los amigos y parciales le atribuyeron a O'Higgins « responsabilidad moral por haberlo autorizado o
consentido o por no haber castigado a los autores>>. Agrega que la muerte violenta sufrida por el patriota se debe
principalmente a su <<carácter turbulento y rebelde>> y que ésta infló su nombre y su participación en la historia patria.
Nada dice respecto a la Logia Lautarina. Benjamín Vicuña Mackenna, quien señala que Alvarado lo mató, dice que la
Logia Lautarina es la gran responsable del cobarde asesinato de Rodríguez, quien murió por uno de sus decretos. Pero
extrañamente, no le asigna responsabilidad a San Martín y de O'Higgins señala que sólo fue un consentidor en el hecho,
desechando la posibilidad de que haya tenido responsabilidad criminal en cuanto instigador. Mackenna dice además, que
O 'Higgins no tenía ninguna animadversión personal con Rodríguez y que sólo tenían diferencias políticas. Escribe:
<<Don Bernardo O'Higgins, a quien con una injusticia manifiesta i fundada principalmente en el hecho de que nos
ocupamos, se acusa de cruel i de alevoso, cuando la base de su carácter era la benevolencia i la lealtad, no profesaba odio
alguno a Manuel Rodríguez>>, cosa acreditada, según Mackenna, por lo cordial de sus cartas y su acción conjunta en
1812 en Chile y en el exilio en Mendoza>> (Bvic2, 395).
Este análisis, entonces, además de carecer de veracidad dado lo explicado en los capítulos anteriores y las cartas escritas
de puño y letra de O'Higgins que demuestran el odio y desprecio que tanto O’Higgins como San Martín y otros miembros
de la logia le profesaban a Rodríguez, es poco profundo, limitándose a decir que la logia es la responsable, pero sin
explicar con argumentos las razones que tuvo y los componentes de dicho grupo secreto.
Miguel Luis Amunátegui le asigna la muerte material a Navarro. A O'Higgins le da la responsabilidad intelectual, sin
detallar ni profundizar las razones y las motivaciones ni menos las pruebas en que se basa. Señala que los opositores
asignaron responsabilidad del asesinato a O'Higgins y que los partidarios del gobierno señalaban que su muerte se debió a
un conato de fuga. Francisco Encina, quien justifica el asesinato dado lo rebelde de Rodríguez, no involucra de ninguna
manera a O'Higgins en el hecho, asignándole responsabilidad derechamente a la Logia Lautarina. Dice: <<La supresión de
Manuel Rodríguez estaba decidida por la logia hacia mucho tiempo. El guerrillero había ofendido a casi todos sus
miembros, apodándolos de asesinos y estos encargaron al más afectado, Bernardo de Monreagudo, su eliminación, quien
debería compartir la responsabilidad con el comandante Rudecindo Alvarado» (Frae, 673). Sepúlveda se limita a hacer
una descripción de cómo ocurrieron los acontecimientos, mezclando fuentes judiciales e históricas, sin analizarlas ni
arriesgarse a decira si fue o no la Logia Lautarina, desechando la responsabilidad de que fuese O'Higgins, so pretexto de
una carta de Manuel José Benavente en la cual dice que Bernardo le encargó personalmente a Navarro la ejecución de
muerte. Nada soluciona y logra el efecto de mantenernos en ascuas. Jaime Eyzaguirre señala que el que ideó el plan fue el
que recién había emitido el informe para la ejecución de los hermanos Carrera: Bernardo de Monteagudo, apoyado por
Rudecindo Alvarado y el ejecutante del plan, Navarro. Agrega que la Logia Lautarina apoya el plan y que O'Higgins sería
un «instrumento pusilánime» de la logia, asignándole la responsabilidad de haber guardado silencio encubriendo el hecho
QaEyl, 235).
Gonzalo Vial, alejándose de las tesis referidas anteriormente, señala en unos de sus últimos trabajos antes de morir,
Chilenos del Bicentenario, que O'Higgins en los últimos años de su vida le habría echado la culpa del asesinato de Manuel
Rodríguez a la Logia Lautarina, ente planificador. Escribió: «Lo asesinaron a medio camino, fingiendo la consabida
"fuga". El proceso develó el crimen y que éste había sido fraguado por Monteagudo a través de los superiores del
regimiento y el jefe de la patrulla. Quedó claro, además, que la decisión de matar había partido de la Logia Lautarina.
"Error Doloroso" de la misma, reconoció después, anciano y exiliado, Bernardo O'Higgins» (GoVi, 90). Esta alusión
atribuida a O 'Higgins por Gonzalo Vial, también se la achaca Valencia A varia (según Alfredo Sepúlveda), a San Martín,
quien habría dicho muchos años después que el asesinato de Rodríguez <<fue un error doloroso de la logia».
PRUEBAS QUE ACREDITAN LA PARTICIPACIÓN DE Q'HIGGINS Y LA LOGIA
LAUTARINA COMO AUTORES MEDIATOS DE LA MUERTE DE MANUEL
RODRÍGUEZ. HECHOS Y CONFRONTACIÓN ENTRE O'HIGGINS, LA LOGIA Y
MANUEL RODRÍGUEZ
A) EL PASADO CARRERISTA DE MANUEL RODRÍGUEZ
La división política entre Carrera y Rodríguez, por un lado, y la de O'Higgins por
otro, durante la Patria Vieja tuvo como resultado el desastre de Rancagua en octubre de
1814 y, por consiguiente, la pérdida de la independencia que se estaba perfeccionando. La
imposibilidad de que los chilenos se pusieran de acuerdo fue generada por posiciones
irreconciliables que respondían tanto a visiones distintas de la realidad como a
personalidades diferentes, las que a su vez provocaron luchas internas a muerte en las que
faltó el diálogo y que obviamente fueron aprovechadas por el invasor español que impuso
apenas recuperó la colonia, un fuerte y sanguinario gobierno persecutor.
Bernardo O'Higgins y sus seguidores culpaban a los hermanos Carrera de los males
de Chile, entre ellos la división de los chilenos, la pérdida de la independencia y el exilio
obligado a Argentina. En el país vecino, el futuro gobernador encontró una plataforma
fuerte de apoyo político y económico representado por la Logia Lautarina, ente que
gobernaba al país vecino, y que lo convertiría a la postre en un líder de los nacionales y
precursor del retorno a la independencia.
El general San Martín, miembro importante de la logia, gobernador de Cuyo, con
mucho manejo militar y político, apoyó desde un principio al hijo del Virrey del Perú y lo
puso a la cabeza del proceso de restauración de la independencia chilena en desmedro de
José Miguel Carrera y sus adeptos, a los cuales, instados por el mismo O'Higgins, Zañartu y
Juan Mackenna, envían en calidad de presos a Buenos Aires.
Era la ambición de San Martín liberar el Virreinato del Perú a través de una gran
fuerza marítima que navegaría por el Océano Pacífico hasta desembarcar en Callao. Con
este magno sueño, la liberación de Chile era un paso obligado. De esta manera, habiendo un
lazo de cercanía entre San Martín y O’Higgins, acuerdan un plan que consistía en preparar
con tiempo la liberación de Chile mediante la creación e instrucción de un gran ejército
argentino-chileno que cruzaría la cordillera de Los Andes y cuyo financiamiento estaría a
cargo de las provincias de La Plata. Una vez victoriosos en Chile, O’Higgins sería el
gobernante de la nación liberada, debiendo instaurar una logia de apoyo con la cual
gobernaría. Luego, expulsados los realistas y liberado Chile, el país debía devolver a la
Argentina todo lo invertido en su liberación y también financiar la expedición al Perú, real
motivo de la liberación de Chile.
Este plan de liberación explica por sí mismo el gran apoyo de San Martín para el
logro de la independencia chilena. Y explica también los altos impuestos aplicados a los
nacionales, cuyas recaudaciones eran dirigidas en parte a Argentina, el poder de la logia en
las decisiones nacionales, la participación de un grueso de argentinos en puestos directivos
tanto civiles como militares y el descalabro económico debido los gastos del erario nacional
para financiar la guerra y la expedición al país incaico.
El encargado y responsable de la aplicación del plan de liberación era O'Higgins,
quien como Director Supremo era de la idea de aplicar un gobierno autoritario y/o
monárquico que aplicara sin discusión sus políticas bajo penas y restricciones de derechos y
libertades cualquier intento opositor que amagara o afectara el objetivo trazado. Había visto
y vivido en carne propia cómo la desunión del país entregó en bandeja una patria al
monarquismo español. Esto no se volvería a repetir, ya que mediante la unión, por forzada
que fuera, se podía expulsar al invasor y que liberar América.
Esta unión, en un país de "espíritus inquietos" como los de Carrera, Rodríguez y
otros, era difícil pero no imposible. Por lo tanto si era necesario usar el palo o el fusil para
evitar cualquier movimiento político diferente al fijado por el gobierno, estos serían
controlados o resistidos con extrema energía.
B) RODRÍGUEZ, EL OPOSITOR POLÍTICO
Manuel Rodríguez, desligado de Carrera, con el cual no tiene más contacto desde
1814, entendió como un imperativo la idea de liberar completamente a Chile del yugo
español y de cualquier monarquía. Por eso, en su calidad de comandante militar de
Colchagua, cargo que asumió de inmediato tras la Batalla de Chacabuco, procedió desde un
principio a perseguir enérgicamente a todo realista que se encontrara luchando de manera
abierta o encubierta contra la patria, sometiéndolo a juzgamiento. Sin embargo, creía, dada
su formación republicana, que los que gobernaban las provincias debían ser probados
patriotas a quienes el pueblo debía elegir mediante votación directa, cuestión que no ocurría
en San Fernando, ya que se había probado que la Junta política de la localidad era realista
hasta la médula. Ese acto eleccionario le costó una prisión y un distanciamiento con
O'Higgins que, de no ser por la mediación y la confianza dada por San Martín, un resultado
grave podría haberse dado en esa fecha. Rodríguez, consecuente con sus principios
republicanos, le dice en el Palacio de Gobierno, donde había estado como ministro tres años
antes, las cosas bien claras a O'Higgins y le comunica los principios políticos sobre los
cuales se levanta su acción. El gobernante empieza a preocuparse de éste patriota opositor
que, además, era mirado como un referente político de Carrera en el país.
Cabe señalar, eso sí, que Rodríguez se independiza de Carrera. Sus acciones
políticas durante la Reconquista y las ejecutadas al inicio de la Patria Nueva no son en
ningún caso efectuadas en nombre del carrerismo. No hay nada que acredite que Manuel
reciba instrucciones de José Miguel, no hay visitas de Rodríguez a Buenos Aires, no hay
contacto epistolar y, si hubo, los sabuesos de San Martín no lo detectaron. Era, sin duda,
simpatizante de José Miguel. Habían trabajado juntos durante la Patria Vieja y ambos
detestaban el gobierno dictatorial de O 'Higgins y la Logia Lautarina, pero Rodríguez
actuaba como un referente independiente y su legitimidad se la había ganado durante la
Reconquista. Y más claro aún, trabajó para el gobierno de O 'Higgins. Es cierro que con
críticas abierras a su mandato, pero no hay duda que en un principio fue un engranaje
importante del gobierno de O'Higgins, lo que le valió un distanciamiento con Carrera a
partir ya de 1813, por cuestiones de principios, lo que lo lleva a la cárcel. Lo mismo hace
respecto de O'Higgins entre los años 1817 y 1818, motivo de su detención y posterior
asesinato.
En abril de 1817, Rodríguez desobedece la orden de viajar al extranjero y se escapa,
convenciendo a San Martín de que es mejor aportar desde dentro del país. O'Higgins
concuerda con su colega argentino en que hay que darle la última oportunidad a Rodríguez,
pero fuera del ámbito político. Rodríguez cree en la libertad y quiere luchar por ella, pero
esa libertad no es sólo la liberación del yugo español, sino la libertad política de cualquier
grupo humano de decidir por sí mismo a sus gobernantes mediante un pacto de gobernación
plasmada en una constitución con límites temporales de poder.
Con O'Higgins combatiendo en el sur y Rodríguez de agregado al Estado Mayor del
ejército, al tiempo en que se fuga Carrera a Montevideo y se descubre una conspiración sin
posibilidades reales de efectuarse, Rodríguez es detenido por su filiación carrerista sin que
tuviera participación alguna en esa conversación denominada conspiración. Esto lo aleja del
gobierno, e intensifica en O'Higgins y San Martín la idea de eliminarlo. Se le dará una
última oportunidad: embajador de Argentina, cargo que acepta voluntariamente.
Sin embargo, el destino le tenía preparado un momento de gloria. Es 23 marzo de
1818 cuando, por aclamación popular en la plaza pública, es nombrado Director Supremo
en atención a lo sucesos desencadenados con motivo de la derrota, y supuesta muerte, de
O'Higgins en Cancha Rayada. Ese fue su acabose. Es en este punto cuando O'Higgins, San
Martín y la logia pueden realmente dimensionar quién era Rodríguez. Ya no era sólo un
carrerista más. Era el hombre más popular de Chile, por encima incluso de Carrera y
O'Higgins; era el hombre con más llegada en la población; el hombre a quien todos
buscaban cuando el miedo irrumpía en escena; el hombre que podía unir a una nación en
los momentos de peligro;
el hombre que quería reformas republicano-democráticas y que amagaba
abiertamente el plan de la logia trazado en argentina en el año 1814.
La suerte estaba echada, debía morir. Pero, ¿cómo?, ¿cuándo?. El gobierno intenta
prohibirle, sin éxito, participar de la avanzada el domingo de Maipú, ya que si aumentaba
su popularidad, sería incontrolable. Pero el otrora montonero se las arregló para aparecer
con su caballería ese día clave y peleó codo a codo con San Martín, persiguiendo
posteriormente a los realistas que se fugaban al sur. El gobierno le pide disolver el
escuadrón "Los Húsares de la Muerte" y devolver las armas que el mismo O'Higgins había
aprobado mediante decreto a los pocos días de creado, ya que temían que sus 200 soldados
enfrentaran a los seis mil del Ejército Libertador. Obviamente, esto no era viable y no se
necesita ser un gran estratega para saber que era una batalla perdida, pero era preferible
evitar los riesgos.
Como no devolvió todas las armas, ya que aún las tenían los soldados de su
escuadrón que peleaban en el sur, y exigió reformas republicanas el día del Cabildo en el
propio Palacio de Gobierno, ingresando a caballo a propósito del mal trato que O'Higgins
les da a los representantes del pueblo, se le detuvo con el fin de eliminarlo. La orden estaba
dada con antelación. Sólo había que elegir la situación precisa para arrestarlo. Y qué mejor
momento que ese día 18 de abril de 1818, en que entró cabalgando al Palacio de Gobierno.
El gobierno intentó hacer un proceso en contra de Manuel Rodríguez para llevarlo al
cadalso de la misma forma en que lo hicieron en Argentina con los hermanos Carrera, pero
les fue imposible. Primero, porque no se le acreditó procesalmente ningún acto de sedición
o traición en contra del gobierno. Se le interrogó varias veces durante días interminables de
entrevistas, usando como prueba irrefutable una carta que ningún delito probó. Y aunque se
hubieren falsificado las pruebas de cargo y se le provocara para conspirar y/o hablar mal
contra el gobierno o se escapara sencillamente, los gobernantes no lo sentenciarían jamás a
la pena de muerte. El pueblo no permitiría un juicio contra Manuel Rodríguez ni menos su
ejecución. Sería un mal paso que provocaría una brecha más amplia entre gobernantes y
gobernados y, por ende, una política incorrecta de aplicación de un proceso y de una
sentencia de pena de muerte.
El remedio final o golpe de gracia, del cual O'Higgins hablaba en sus cartas con San
Martín, debía ser un asesinato justificado, legítimo, necesario, bajo una fórmula
conveniente que, según ellos, todos creerían por esa adicción a la libertad que profesaba
Manuel. Por ejemplo, la ley de fuga.
PRUEBA DOCUMENTAL
A) CARTAS DIVERSAS
i) En el primer capítulo de este libro señalamos y dimos a conocer las
cartas de 1817 entre O'Higgins, San Martín y otros miembros de la logia, las
cuales se refieren a Rodríguez en muy malos términos, decidiendo su destino
cual si fuera un objeto. En ellas, además, se pronuncian palabras que hacen
concluir un ánimo por eliminarlo. Estas pruebas documentales que se
encuentran intactas en el Archivo O 'Higgins son la principal prueba que
acredita que existía una idea, un plan desde hacía más de un año que buscaba su
eliminación. La frases de San Martín que dicen: <<Yo estaré muy a la mira de
sus operaciones, y a la primera que haga le damos el golpe en términos que no
lo sienta»; «Tiemblo, porque hago con él una completa alcaldada si me da el
menor motivo>> o <<es bicho malo y mañana se le dará el golpe de gracia», o
las de O'Higgins del tipo: « Manuel Rodríguez es bicho de mucha cuenta>> o
<<Haciéndolo usted salir a la luz, luego descubrirá sus proyectos, y si son
perjudiciales, se le aplicará el remedio>>; <<Acabe usted de un golpe con los
díscolos; la menor contemplación la atribuirán a debilidad>; «Su existencia es
incompatible con la seguridad, buen éxito y tranquilidad del Estado, i ya no es
posible tolerarlos por más tiempo. Es de rigorosa justicia un ejemplar castigo en
ellos», demuestran lo que afirmo.
La sicóloga forense Karla Guaita, señala que Bernardo O 'Higgins
considera a Manuel un ser jerárquicamente inferior, lo que se demuestra cuando
al referírsele como "bicho". La carta que envía San Martín a O'Higgins con
fecha 21 de julio de 1817 es explícita al declarar « ¿Qué le parece a V, Manuel
Rodríguez? No le ha acomodado la diputación de Buenos Aires, pero le
acomodará otro destino a la India, si es que sale pronto un buque para aquel
destino en breves días, como se me acaba de asegurar, es bicho malo y mañana
se le dará el golpe de gracia>>. Esta misiva es clave según Karla Guaita, ya que
hay un cambio radical por parte de San Martín respecto a su percepción de
Rodríguez acercándose a la posición de O'Higgins. Dice Guaita: <<La carta
aborda en su estructura general, temáticas relacionadas con los acontecimientos
militares y políticos de relevancia para la zona en la que se encuentra tanto él
como Bernardo O'Higgins. No obstante, deja un acápite especial para abordar
temáticas de índole personal, a diferencia de las cartas anteriores, donde Manuel
Rodríguez era considerado un problema más de estado, relevante.>>
En esta carta se reconoce que Manuel Rodríguez es una figura
amenazante para sus objetivos personales y de ahí que tenga un acápite distinto
y ajeno a temáticas de estado, siendo incluido en temáticas asociadas a favores
personales. Se habla además de la presencia de resistencias explícitas por éste
para permanecer bajo la supervisión directa de San Martín u O'Higgins por lo
que se considera la necesidad de anularlo como figura de poder, alternancia u
otro. Frases como "no se ha acomodado a la diputación de Buenos Aires", hacen
referencia al alejamiento de éste de sus intereses comunes. Al hablar de "otro
destino en la India", se habla de manera indirecta de evitar cualquier tipo de
contacto concreto entre Manuel Rodríguez y las personas simpatizantes
ubicadas en Chile, de manera de minimizar el riesgo de amenaza latente a
amenaza real. Sin embargo, la presencia de antecedentes (cartas anteriores)
referidas a las nulas intenciones de Rodríguez para dejar Chile a voluntad propia
o por la fuerza, no hace otra cosa que confirmar las intenciones de ambas figuras
por anularlo como figura de poder y conflicto para sus intereses comunes a
partir de este momento» . (KGuai, 2).
Además de estas cartas escritas por O'Higgins y San Martín, hay otras ya
referidas que pertenecen a miembros de la logia que denotan, además de un
desprecio al patriota, una grave idea anidada y madurada de eliminar a
Rodríguez del escenario político. La profesional forense concluye, tras el
análisis de las cartas referidas en este capítulo y en el anterior en relación a la
intención de los próceres en darle muerte a Manuel Rodríguez, que <<si bien no
se deja entrever de manera explícita alguna acción orientada a terminar con la
vida de Manuel Rodríguez, sí es posible identificar la visualización de un
momento crítico de conflicto que pudiera verse como desencadenante de tal
acción por parte de O'Higgins y San Martín desde el cambio en el escenario
político planteado por Domingo Pérez en las últimas cartas cuando da cuenta del
apoyo por parte de jueces de gobierno» (Kguai, 4).
ii) El día después del asesinato, 27 de mayo de 1818, O'Higgins escribe
a San Martín informándole que Manuel Rodríguez ha sido muerto a manos del
oficial que lo resguardaba según proceso enviado por Rudesindo Alvarado. Dice
esta carta:
<<Santiago de Chile. 27 de mayo de 1818. Rodríguez ha muerto en el
camino de ésta capital a Valparaíso, recibiendo un pistoletazo del oficial que lo
conducía por haberlo querido asesinar, según consta del proceso que me ha
remitido el comandante de Cazadores de Los Andes, Alvarado» (ArchBO, 69).
Esto significa que a sólo un día, o menos inclusive, el gobernador ya
sabía de la muerte de Manuel, informándole a San Martín que estaba en
Argentina. Este hecho no representa ninguna relevancia con respecto al
asesinato del prócer, pero si la cotejamos con la carta enviada por Rudecindo
Alvarado a Bernardo O'Higgins, con fecha 28 de mayo de 1818 [citada en
página 140], sólo podemos concluir que O'Higgins sabía de la muerte de
Rodríguez antes de que se le informara oficialmente. Incluso, llega a señalarle a
San Martín, sin especificar el lugar exacto del hecho, que tal información la
supo por el mismo Alvarado, siendo que éste le entregó el día 28 la carta y el
sumario al capitán Lindsay para que éste se la llevara al gobernador. A la luz de
los antecedentes, esto da para pensar que O'Higgins sabía la suerte del teniente
coronel incluso antes de la muerte fáctica. Esto es un indicio más para acreditar
la participación de O'Higgins en el plan criminal como autor mediato o
instigador.
Se aprecia en la carta de Alvarado una justificación de la muerte,
denostando a Rodríguez y levantando la calidad personal del imputado. Incluso,
Alvarado se pone a las órdenes de O'Higgins para hacer lo que el director estime
conveniente en relación al caso, instándole a que decida lo que quiera y que él
esta a su disposición para dar el colorido que estime conveniente. Alvarado, dice
él mismo, es el primero en <<desear el esclarecimiento que se quiera si el que se
ha hecho no basta», con tal de que la opinión pública opine bien de su persona,
del Director Supremo y del regimiento.
iii) En el año 1819, el agente especial norteamericano en Chile, Perú y
Argentina, WG. Worthington, sostuvo en Chile una reunión protocolar con el
entonces Director Supremo Bernardo O 'Higgins. Conversaron varias cosas,
pero entre ellas, el agente lleno de dudas le consulto qué había sucedido con
Manuel Rodríguez y quiso referirse al destino del patriota. O'Higgins,
incómodo, no le dio respuestas concretas sobre el particular sosteniendo que no
tenía las más mínima idea de qué había sucedido con su persona. Whortington
señala en su carta al Secretario de Estado de Estados Unidos, John Quince
Adams, lo siguiente: «Observe cada uno de los matices que tomó. Dispuso que
publicaría un manifiesto en el que explicaría las razones y la justificación de los
dos Carrera en Mendoza que nunca vi. Díjome que había arrestado a Manuel
Rodríguez, uno de los hijos favoritos de Chile, no habiéndome dicho nunca lo
que había llegado a ser de él, diciendo el pueblo que fue fusilado por un
pequeño pelotón de soldados a pocas leguas de este lado de Quillota»
(ArchJMC, 230).
Es decir, en esta carta O'Higgins sólo reconoce a poco menos de un año
del asesinato que él ordenó el arresto de Rodríguez, pero esconde su verdadero
destino. Nunca le reconoció al diplomático que había sido asesinado ni la forma,
teniendo perfecto conocimiento sobre qué es lo que verdaderamente había
ocurrido. ¿Cuál es el fundamento para que O'Higgins le haya ocultado al agente
norteamericano lo que había sucedido con Manuel? El acto de ocultamiento de
la muerte o del destino de un personero político responde, sin duda, a la acción
de un plan acordado previamente impulsado por el propio gobernante que oculta
el asunto.
iv).- O'Higgins llega al Perú exiliado en 1823. En 1831, el hermano de
Manuel, Carlos Rodríguez, llega exiliado a Lima entrando en pugna con
O'Higgins en 1833 tras enfrascarse en una discusión a través de la prensa de la
capital. El defensor de O'Higgins era el literato José Joaquín de Mora, quien
atacaba a Rodríguez tratándolo de "lenteja''. Fue tal el nivel de discusión al que
llegaron, que Carlos le asigna responsabilidad directa a O'Higgins en el
asesinato de su hermano una mañana que se encuentran en la plaza de Lima.
O'Higgins, apoyado en un bastón, caminaba lentamente. Carlos se le enfrenta y
le dice que es el asesino de su hermano y que debe responder. O'Higgins no
levantaba la vista y sigue caminando. Impaciente por el silencio, Rodríguez lo
increpa preguntándole cómo pudo haber cometido tal acto y lo desafía a un
duelo. O'Higgins, sin mediar palabra y acelerando el paso dentro de lo que
podía, no respondió a las exigencias de Carlos Rodríguez.
Ese año se entablo un juicio contra Rodríguez por injurias. Es el propio
O'Higgins quien dio cuenta de ello a su amigo y hermano de la logia, Antonio
José de lrisarri, el mismo que viajó en 1817 a Inglaterra como representante de
Chile para informar que la monarquía era el gobierno que en nuestro país se
quería instaurar. Irisarri, a través de una carta que se encuentra en el Archivo
O'Higgins, le da consejos para enfrentar la situación judicial que está viviendo y
le dice que está dispuesto a ayudarlo en su argumentación, instándole a
defenderse hasta las últimas. Le aconseja lo siguiente: <<No deje de defenderse
vigorosamente en el manifiesto contra la acusación del asesinato de Rodríguez.
Como yo nunca supe bien como había ocurrido este accidente, sólo puedo hacer
sobre él las observaciones siguientes: el matador de Rodríguez fue preso luego
que mató, y parece natural que si la muerte hubiera sido ordenada a él, se le
hubiese hecho desaparecer antes de prenderlo. Creo que le formó un proceso y
que en él dijo que había muerto a Rodríguez, porque se quería fugar; pero jamás
dijo que tuvo órdenes para ello. Estas son órdenes que nadie ejecuta sino
después de tenerlas por escrito, y así, aunque el oficial matador dijera que tuvo
la orden, nada probaría sin presentar la orden escrita. Por otra parte, el Director
de Chile no podía dar órdenes a un oficial subalterno del ejército de Buenos
Aires». Claramente, la carta representa, además de la poca información de
lrisarri, más que un consejo, una batería de argumentaciones que deben ser
esgrimidos por O'Higgins en el juicio en el que es querellante. La carta de
lrisarri contiene de manera certera una ruta de cómo debe defenderse O'Higgins
ante las acusaciones. Es, en el fondo, la teoría de la defensa para probar que las
acusaciones del asesinato no tienen sustento. Ciertamente, la argumentación de
la orden escrita y de que no tenía poder sobre subordinados de un ejército
diferente, no tienen asidero en la realidad, ya que O’Higgins disponía de
aquellos militares todos los días y que los asesinatos, y éste en particular
mediante un plan acordado previamente, y los actos de encubrimientos llevan a
concluir que nunca
se firmó una orden escrita para tal hecho.
v).- Guillermo Marta Goyenechea, poeta y escritor, cuya hermana María
estaba casada con Ambrosio Rodríguez, sobrino de Manuel, escribió en el año
1856la biografía Don Manuel Rodríguez. En ella, además de explicar su vida y
muerte, reprodujo una carta que tenía en su poder y que fue enviada por Manuel
José Benavente a su hermano Diego, a objeto de que informara éste a su amigo
Ambrosio Rodríguez hijo respecto de la muerte de su tío Manuel.
La carta apunta varios puntos de interés respecto al regimiento en el cual
desempeñaba funciones y sobre el asesinato de Manuel. Dice en el correo que
antes de formar y partir a Quillota, se le apersonó el teniente Navarro, quien le
dijo que un día antes fue llevado al Palacio de Gobierno en donde se entrevistó
con O'Higgins y Balcarce, y que le habían dicho lo siguiente: «Usted, como
recién llegado al país quizá no tenga noticia de la clase de hombre que es el
coronel don Manuel Rodríguez; es un sujeto el más funesto que podríamos
tener, sin embargo de que no le faltan talentos y que ha prestado algunos
servicios importantes en la revolución. Su jenio díscolo y atrabiliario le hace
proyectar continuos cambios en la administración, nunca es tranquilo ni
contento, y por consiguiente su empeño es cruzarnos nuestras mejores
disposiciones; además es un ambicioso sin límites» (GuMa, 132). Sigue
diciendo en su relato que una vez que le explicó O'Higgins quién era en verdad
Manuel Rodríguez y la trayectoria en c:ontra del gobierno que tenía, éste le dijo
«así es, pues, que los intereses de la patria exijen deshacernos de este hombre
terrible, y para realizarlo nos hemos fijado en usted>>.
Por último, la carta agrega que el día 26 escuchó el ruido de un disparo y
que el hombre que le habría dado muerte a Rodríguez era Navarro. Rodríguez,
por estar a retaguardia, no pudo ver quién lo había hecho.
b) DIÁLOGO ENTRE RODRÍGUEZ Y O’HIGGINS, MARZO 1817
Además de las cartas ya mencionada, es importante referirse al famoso diálogo,
entre O’Higgins y Rodríguez en el Palacio de Gobierno, escrito por José María de la Cruz
y ya mencionado en el primer capítulo de este libro a raíz de su primera detención. En este,
O’Higgins le dice que si sigue realizando acciones contra la gobernabilidad de la nación se
verá en el deber de fusilarlo. O’Higgins dice: <<Rodríguez, usted no es capaz de contener
el espíritu inquieto de su genio, y con él va, tal vez, a colocar al gobierno en la precisión de
fusilarle, pues que teniendo aún al enemigo en el país, se halla en el deber de evitar y cortar
los trastornos de todo trance. Es aún usted joven y, madurado su talento, puede ser muy útil
a la patria, mientras que hoy le es muy perjudicial- Por lo tanto, será mejor que usted se
decida a pasar a Norteamérica o a otra nación europea, donde puede dedicarse a estudiar
con sosiego las nociones de su profesión, sus instituciones, etcétera, para lo que se darán a
usted tres mil pesos a su embarque para pago de transporte y mil pesos todos los años para
su sostén. En cualesquiera de estos puntos puede hacer servicios a su patria y, aún cuando
no estemos reconocidos, puede dársele después credencial privada de agente de
gobierno>>.
Responde Rodríguez: <<Usted ha conocido, Señor Director, perfectamente mi
genio. Soy de los que creen que en esto de los gobiernos republicanos deben cambiarse
cada seis meses o cada año lo más, para de eso modo probarnos todos si es posible. Y es tan
arraigada ésta idea en mí, que si fuera Director y no encontrase quién me hiciera revolución
me la haría yo mismo. ¿No sabe usted que también se la traté de hacer a mis amigos los
Carrera?>>.
O’Higgins: <<Ya lo sé, y por ello es que quiero que se vaya fuera>>.
Rodríguez: <<Bien pues…, me pondrán en libertad para prepararme>>.
O’Higgins: <<¡Ah, no! Marchará usted arrestado hasta ponerlo a bordo, pues
estando comunicado puede hacerlo desde el arresto>>.
La psicóloga Karla Guaita señala en el texto referido que, en esta reunión, Manuel
Rodríguez expresa firmemente su negativa a la permanencia indefinida de O’Higgins en el
Gobierno de Chile y éste, por su parte, plantea en cambio, <<la necesidad de eliminarlo si
así lo requiere la causa, siendo la primera manifestación explícita referida al posible
termino de su participación como figura de gobierno>>.
c) INFORME AUTOEXCULPATORIO DE O’HIGGINS, ALLEGADO AL
PROCESO DE 1823
El fiscal instructor, con el mérito de la investigación y en especial por lo declarado
por el imputado Antonio Navarro y lo expuesto por Benjamín Luco y otros, decide citar a
Bernardo O'Higgins a su presencia con objeto de que preste declaración. Bernardo se
excusa de asistir, ya que, repentinamente, estaba muy pronto a embarcarse al Perú. Sin
embargo, con fecha 12 de julio de 1823, O'Higgins emite un curioso informe en que más
que explicar si es responsable o no del crimen, justifica en parte la detención y el asesinato
de Rodríguez. Dice: «Absolviendo el informe que a consecuencia de las citas hechas en las
declaraciones tomadas al oficial Navarro sobre la muerte de Don Manuel Rodríguez, que se
me pide por el Ministerio Fiscal, debo decir: que la primera noticia que tuve de aquel
suceso fue comunicada por el comandante del batallón Cazadores de Los Andes, don
Rudecindo Alvarado, a cuya custodia había encargado la seguridad del citado Rodríguez i
su conducción a la villa de Quillota. Es justo entrar en los motivos que según recuerdo me
obligaron a esta medida. No me detendré en otros menos principales, cuando tengo mui
presente su resistencia criminal para entregar las armas del cuerpo de que se hizo porque no
se presentó en acción como tampoco su comandante, con el objeto de engrosar la fuerza
que debía obrar en Maipo. Aquel cuerpo que no llenó sus fines porque no se presentó en
acción como tampoco su comandante, fue formado a espensas casi del ejército, porque con
intrigas, seducciones i promesas se hacían desertar por Rodríguez los soldados de los demás
cuerpos, causando en lo moral i físico de nuestras fuerzas un perjuicio de graves
temores>>.
Luego, indica que tal hecho criminal era merecedor de una pena de muerte, pero
<<yo estuve siempre mui distante de aplicar tal pena. [Al] oficial Navarro, lo mandé con
especial encargo al auditor del Ejército de Los Andes a quien correspondía para que se
adelantara i se formase el proceso correspondiente al oficial. Me interesaba en éste el
esclarecimiento tanto más cuanto no se me ocultaba la interpretación maliciosa que podrían
dar mis enemigos a este proceso en que la verdad ni aun el mismo Navarro, a quien no
conocí sino es después de aquella catástrofe, tampoco resultaba criminal según el tenor de
las declaraciones, pues en ellas se aseguraba que Rodríguez trato de acometer para
proporcionarse su fuga. Los movimientos ulteriores que sufrió el ejército ya la campaña de
Concepción, ya a la otra banda de los Andes, fue lo que se me dio por motivo para haber
dejado éste asunto sin su debida tramitación. Pero el espediente debe existir o en la
autoridad del Ejército de Los Andes o en la mayoría del batallón de Cazadores bajo cuya
escolta aconteció aquel desgraciado suceso. Valparaíso, julio 12 de 1823. Bernardo
O'Higgins».
Es curiosa esta entrega, ya que empieza refiriéndose a la víctima como "Don
Manuel Rodríguez”y termina hablando de “Rodríguez”, a secas. En los párrafos siguientes
intenta, sin éxito, reescribir la historia, alejándose de la realidad al decir que Rodríguez se
hizo comandante de los Húsares reclutando por sí sólo a soldados de otros batallones,
dando a entender que actuaba sin autorización, además de decir que Manuel no habría
participado en los llanos de Maipú. Está claro, con los antecedentes y documentos referidos
anteriormente, que Manuel Rodríguez fue autorizado por el propio O'Higgins, mediante
decreto, para crear los Húsares de la Muerte siendo su comandante, como lo señala el oficio
enviado el 29 de marzo de 1818 y del cual se tomó razón ese mismo día. De la misma
forma, sabemos con los documentos existentes ya referidos y hojas de vidas de soldados,
que Rodríguez participó valientemente en la Batalla de Maipú el día 5 de abril de 1818. El
que no asistió, o mejor dicho llegó al campo de batalla cuando estaba todo ya resuelto a
abrazarse con San Martín, fue el propio Bernardo O'Higgins.
Asimismo, cuando habla de las circunstancias en que se enteró de la noticia de la
muerte, es el propio O'Higgins quien señala que Alvarado le informó enviándole el sumario
que concluía que el detenido había sido muerto por intento de fuga. Ese sumario y la carta,
según la propia misiva ya referida en el primer punto, fue enviada con fecha 28 de mayo, lo
que significa que podía haber sido leída por O'Higgins el mismo día o al día siguiente,
debido a la distancia entre Quillota y Santiago. Resulta extraño y curioso, entonces, que un
día antes de enterarse de la noticia, O'Higgins haya avisado de la muerte a San Martín
cuando aún no tenía, según sus palabras, conocimiento del asesinato.
Otro aspecto fundamental en este informe autoexculpatorio es que reconoce haber
enviado el sumario al auditor general (Monteagudo) para que investigara a los
responsables, cuestión que no se hizo, señalando que la guerra en Concepción y la vuelta
del ejército a los Andes, le impidieron que dejara <<este asunto sin la debida tramitación» .
Hay aquí, sin lugar a dudas, una confesión expresa por parte de O'Higgins de no querer
investigar el asesinato de Manuel Rodríguez, para lo cual aduce una excusa muy poco
sustantiva que es la guerra en el sur. Esto no era obstáculo en lo más mínimo para no buscar
justicia, ya que Santiago, la capital, funcionaba normalmente en el segundo semestre de
1818. La tensión estaba a más de 500 kilómetros y no había temor alguno de ataques en el
centro del país. Por lo tanto, el proceso judicial se podría haber realizado sin ninguna
tensión, sobre todo si se tenían identificados a los responsables del asesinato.
La actitud de O'Higgins más que una omisión culposa y un acto de encubrimiento,
que sin duda lo es, responde a una omisión dolosa de no investigar los hechos ni establecer
responsabilidades penales, todo esto dentro de un plan muy bien fraguado para evitar
responsabilidad penal en su propia persona y sus queridos hermanos. La omisión
manifiestamente reconocida por el ex dictador de no investigar los hechos por parte del
gobierno que él encabezaba y de no castigar a los culpables, es una señal clara e inequívoca
no sólo de la responsabilidad penal que recaía en su persona y sus queridos hermanos, sino
que es expresión del plan de impunidad previamente estudiado que organiza todo gobierno
que elimina a su adversario político.
Imágenes pags 171 y 173
LAS REGLAS DE LA LOGIA
Bernardo O'Higgins, masón, presidente de la logia y Director Supremo del país,
estaba obligado a convocar a reunión para tratar el tema del díscolo Rodríguez, no obstante
saber la pugna política que existía.
El artículo 8º señalaba que ésta debía reunirse una vez a la semana y en forma
extraordinaria cuando la razón lo amerite. Pues bien, O'Higgins tuvo que ordenar, ya sea
por razones ordinarias o extraordinarias, una cámara de hermanos para proponer "la
problemática" del coronel Rodríguez. Este asunto debía comunicarlo a sus miembros
explicando el asunto como un tema de seguridad pública, conforme todo esto al artículo 19º
del estatuto que dice que «todos los hermanos están obligados a dar cuenta a la logia sobre
cualquiera ocurrencia que influya en la opinión o seguridad pública, a fin de que pueda
tratar con oportunidad i acierto de los remedios convenientes>>. Por lo demás, lo obligaba
el artículo 9° del estatuto, el que decía: <<siempre que alguno de los hermanos sea elejido
para el supremo gobierno, no podrá deliberar cosa alguna de grave importancia sin haber
consultado al parecer la lojia>>.
Manuel Rodríguez, pues, representaba un problema para la gobernabilidad de la
logia y de sus planes de liberación. Era ciertamente un obstáculo para el logro de sus fines
políticos y militares. Estaban en presencia de un opositor duro, legitimo, con apoyo popular
y líder representante de la oposición; tenía pergaminos de sobra y, para peor, recientemente
había sido elegido por aclamación popular Director Supremo delegado adjunto. Era un
problema y el término de su
vida era una cuestión grave. No sé si es curioso o una mera coincidencia, acaso, que
los conceptos vertidos por Monteagudo y Alvarado respecto a los motivos de la
eliminación, según declaración de Navarro, sean análogos
y casi exactamente iguales a los señalados en los estatutos que refieren a esa
<<tranquilidad o seguridad pública».
La muerte del prócer, necesariamente, se tuvo que haber decidido por los demás
miembros de la cofradía secreta y hubo de ser, sí o sí, planificada y ejecutada por alguno de
los miembros de la logia. Alvarado y Monteagudo, quienes aparecen en el proceso como
los gestores, son miembros de la logia y deben cumplir el mandato de manera eficiente so
pena de la aplicación del artículo 15° que establece que <<todo hermano deberá sostener, a
riesgo de la vida, las determinaciones
de la logia».
Es por esto que, una vez consumado el asesinato, primó la impunidad, costo que ha
permanecido hasta ahora, doscientos años después. Ninguno de los hermanos debía abrir la
boca, siendo sancionados con la pena de muerte conforme al artículo anterior y
complementado con el artículo 14° del estatuto que señala que una de las primeras
obligaciones de los hermanos es <<auxiliarse i protejerse en cualesquiera conflictos de la
vida civil i sostenerse la opinión unos de otros; pero cuando esta se opusiera a la pública,
deberán por lo menos observar silencio>>. Conforme a cómo ocurrieron los hechos fijados
en el proceso de 1823 y demás documentos aquí vertidos, y teniendo presente el estatuto de
la sociedad secreta, llegamos a concluir que necesariamente la propuesta de O'Higgins o de
otro hermano de eliminar a Rodríguez tuvo
que ser aceptada y planificada por la logia quien, por mayoría o unanimidad, votó a
favor de su eliminación.
2.- Prueba testimonial
a) En el proceso de 1823, declara el Capitán Santiago Lindsay, quien remitió a
O'Higgins el sumario criminal por la muerte de Manuel Rodríguez junto a la carta
exculparoria de Alvarado ya citada. En aquella declaración, Lindsay no dice nada parecido
a una supuesta sorpresa o a una cara atónita o extrañada por parte de O'Higgins al enterarse
de la noticia que acababa de saber. Incluso, después del proceso, cuenta que una vez que le
entregó la información, O'Higgins sólo le habría preguntado fríamente, sin emitir opinión
alguna, «¿Cuándo piensa usted regresar al batallón?».
b) Con fecha 25 de abril de 1823 depone el ex teniente de Los Húsares de la Muerte,
don Bernardo Luco. El compareciente señala que luego de haber sabido de la muerte de su
coronel Rodríguez, se dirigió a Til Til. Ante la pregunta sobre qué sabe respecto de la
muerte de Rodríguez, dice que <<cree firmemente que Navarro lo mató y que la
fuga ha sido puramente apariencia i que el verdadero motivo de haberse cometido
por éste semejante asesinaro fue orden espresa de O'Higgins por personalidades>>.
e) Declaración de Anronio Navarro.
Habíamos señalado anteriormente que Navarro, imputado en el proceso de 1823,
declaró que Monteagudo y Alvarado lo visitaron en su casa antes del 25 de mayo de 1818 y
le comentaron que el gobierno estaba interesado en "exterminar" al coronel Manuel
Rodríguez porque afectaba la seguridad del Estado, diciéndole lo siguiente: «Que por
hombre de honor i oficial de confianza le encargaban de la seguridad de Don Manuel
Rodríguez, haciéndome responsable con mi empleo por faltas menores i con la vida por
mayores en atención a que debían tratar de corromperme para su libertad i que interesaba al
gobierno roda seguridad para los fines que después se me diría. A cosa de las diez de la
noche, fue vuelto a llamarle por dicho señor i ejecutando el mismo cierro de puerta, le
dijeron, que interesaba toda exactitud en el cumplimiento del encargo conferido en atención
a haber podido reducir al supremo gobierno a la esterminación del coronel don Manuel
Rodríguez por convenir a la tranquilidad pública i a la existencia del ejército». Esta prueba
testimonial es de vital importancia, ya que aparece claramente establecido a nivel procesal,
por el testimonio del imputado, que el supremo gobierno habría decidido la muerte de
Rodríguez y su forma de comisión.
El "supremo gobierno", en ese entonces, era ejercido por el Director Supremo
Bernardo O'Higgins, cara visible de la logia y venerable maestro de la Logia Lautarina,
grupo que tomaba las grandes y graves decisiones de nuestro país.
RESPONSABILIDAD DE SAN MARTÍN
Muchos años después de la muerte de Rodríguez, San Martín habría dicho ante un
misterioso entrevistador que esta muerte fue <<error doloroso de la Logia Lautarina>>.
Con esto, reconoce San Martín que él, en tanto miembro de aquella sociedad secreta, fue
también responsable del asesinato y que participó a favor de la eliminación. Sin embargo, el
día del asesinato y antes, San Martín no se encontraba en Chile, lo que lo exculparía de
algún grado de participación. Incluso, años después, el general en una conversación
sostenida con el general Miller señaló que <<quería mucho a Rodríguez y me hizo
importantes servicios desde Mendoza: era inteligente y activo. Cuando supe su muerte en
Buenos Aires me impresionó mucho porque lo sentí y porque calculé que me culparían de
ella» (RiLat, 213).
La culpa se le atribuyo siempre a O’Higgins y/o a la logia, pero no se ha realizado
un análisis detallado respecto al general para estimar si en verdad participó o no del
asesinato. Desde luego, se puede decir era miembro de la logia (y no cualquier miembro,
sino que fundador y venerable maestro de la logia de Argentina) y una persona con gran
manejo y poder de decisión de los asuntos de Chile y de Argentina. Por lo tanto,
necesariamente hubo de tener conocimiento de la muerte. Por lo demás, en su
correspondencia con O'Higgins se refiere en muy malos términos a Rodríguez, llamando
implícitamente a su pronta eliminación. Y si bien es cierto que en un principio lo defiende e
intercede por él frente a O'Higgins, al considerarlo un valiente patriota y útil para la causa,
ya para mediados de 1817 empieza tener la misma opinión que el dictador.
Ya en la carta del 21 de julio podemos notar este cambio de percepción al señalar
claramente que hay que eliminarlo. San Martín se da cuenta que Manuel Rodríguez tiene un
plan político muy diferente del que la logia pretende para Chile. Rodríguez quiere Cabildo,
Congreso, Constitución, independencia de los poderes, periodicidad del mando. Es decir, la
instauración de un gobierno verdaderamente republicano y realiza acciones en ese sentido.
Hace discursos, va a las tertulias, agita al pueblo, forma comisiones, es orador en los
Cabildos, critica abiertamente al gobierno, etcétera. Todas acciones contrarias al gobierno,
las cuales, sumadas a la insistencia de O'Higgins, convencieron al general de la necesidad
de eliminarlo. San Martín intentó por todos los medios evitar aquello. Lo encubrió, le dio
cargos en el ejército, decidió enviarlo a Argentina, peleó junto a él en Maipú, pero esto le
traía más de algún problema personal y, al interior de la logia, no era momento para
desuniones. El argentino contaba con O'Higgins para la liberación del Perú y no podía
permitirse una enemistad con él. Por lo tanto, la solución era acceder a lo que O'Higgins y
la logia deseaban. Al final, las constantes peticiones y los hechos que se desencadenan,
terminaron por obligar a San Martín a dar el beneplácito, no obstante reconocer los
servicios y la personalidad militar de Rodríguez.
La voluntad de San Martín en pos de la eliminación, fue dada mucho antes de viajar
y muy poco después de la Batalla de Maipú. Su opinión la hizo valer en la tenida en que se
decidió y discutió el asesinato. Jamás la logia, O'Higgins ni ningún miembro tomaría una
decisión tan grave como aquella sin consultar a San Martín. Menos si sabemos que se
trataba del destino de Rodríguez, a quien el general estimó por mucho tiempo.
EPÍLOGO
O'Higgins, San Martín y Monteagudo son autores mediatos del asesinato de Manuel
Rodríguez, en conjunto con otros miembros de la logia como Zenteno, Pérez, Las Heras y
Balcarce. Ellos tienen el conTrol del hecho y son los que están atrás de los ejecutores
moviendo los hilos de los acontecimientos. Rudecindo Alvarado, el hermano argentino que
se ofreció para la misión, es el autor material del asesinato en coautoría con los soldados
Parra, Agüero, Gómez y, por supuesto, Antonio Navarro que participa tomando parte activa
en el mismo.
El asesinato fue investigado precaria y administrativamente en 1818 por el mismo
autor del crimen, Rudecindo Alvarado, quien concluyó que Rodríguez fue muerto por
intentar escapar, aplicándose la ley de fuga. Tras el asesinato, no se estableció ningún
responsable y nada se sabe de dónde quedó el expediente. El mismo O'Higgins confiesa
que nada hizo por establecer la verdad de los hechos por las guerras en el sur y la
expedición al Perú. El cuerpo de Rodríguez fue enterrado con la finalidad de hacerlo
desaparecer, no sólo para ocultar a la opinión pública su asesinato, sino también para que
no se investigaran los hechos. O'Higgins, conforme al plan, cubre el asunto promocionando
en el país la liberación del Perú, hecho supuestamente esencial para asegurar nuestra
independencia. Ante esto, el gobierno declara públicamente que Manuel Rodríguez está
vivo y que ha sido enviado al Perú para preparar la guerra en ese país, tal como había hecho
en 1816 en Chile durante la Reconquista.
Los miembros de la logia, conforme a sus estatutos, guardaron silencio hasta los
últimos días. Nadie hablaba del tema; la población no dudó en atribuirle la responsabilidad
al gobierno y en especial a O'Higgins, quien no tenía empacho en demostrar su desprecio
hacia el patriota. La campaña de terror del gobierno por medio de toques de queda, los
allanamientos, las detenciones y desfiles en todas las calles provocó miedo en la población,
que no se atrevía a indicar públicamente a los asesinos. Algunos hablaron y reaccionaron,
por ejemplo, José Miguel Infante, quien renuncia al cargo de ministro de Hacienda, pero la
gran mayoría calló por temor. No hubo justicia. Ningún soldado, oficial o personero
político fue juzgado por el hecho, ni siquiera los autores materiales. Como nunca antes
hubo, aun cuando existía un cúmulo de pruebas, absoluta impunidad. Antonio Navarro
continuó como oficial en Argentina. Se le hizo proceso en 1823 aquí en Chile, pero no se le
juzgó ya que antes se fuga de la cárcel volviendo a la Argentina. Tiempo después es
asesinado en la Batalla de Pago Largo, en donde el soldado que lo mató le sacó las orejas
para enviarlas a su jefe.
Los soldados Parra, Agüero y Gómez fueron enviados con mejor grado a Córdoba
con sendas recomendaciones al coronel Bustos, amigo de Alvarado. Rudecindo Alvarado
fue enviado al Perú a pelear, quedándose largo tiempo en ese país. Los investigadores de
1823 intentaron citarlo para que depusiera en el proceso, pero en atención a los servicios
que prestaba en aquel entonces en el país incaico se resolvió no molestarlo. No tuvimos su
declaración ni tampoco su informe. Llegó a jefe del Estado Mayor del ejército peruano y
fue nombrado Gran Mariscal del Perú por San Martín. En 1828 volvió a Chile a retirar sus
sueldos atrasados. En la estadía tuvo una hija chilena. Se fue a la Argentina y falleció a los
80 años, en 1872. Nunca se le procesó. Bernardo de Monteagudo, después de participar en
el crimen se retiró a la Argentina para recalar finalmente en Perú. Se enemistó con San
Martín, a quien intentó asesinar. Fue encontrado muerto a las 20 horas del día 28 de enero
de 1825, con 35 años, en una calle céntrica de Lima. Según reportes de la época, estaba
boca abajo con las manos aferradas a un enorme puñal clavado en el corazón.
Simón Bolívar, que se encontraba en Lima, decidió personalmente investigar la
muerte. Se dio cuenta que el cuchillo estaba muy bien afilado, ordenando se tomase
declaración a todos los barberos de Lima. Uno de ellos barberos declaró que había ayudado
a afilar ese cuchillo a un hombre de color que parecía cargador o aguador. Otro testigo
señaló que, antes de la muerte, observó en un bar que un sujeto llamado Candelaria
Espinoza amenazó con ese cuchillo al regente de ese bar por negarse a fiarle.
Se le hizo juicio al "Negro Candelaria", como se le llamaba, y rápidamente se le
condenó a muerte. Antes de cumplirse la sentencia, fue llamado por el propio Bolívar,
quien lo entrevistó en privado. Tras la reunión, se le conmutó la pena y fue dejado en
libertad. Se cree que fue Sánchez Carrión, ministro de Estado, el que ordenó la muerte de
Monteagudo, ya que antes había hecho un llamado público para que cualquiera lo asesinara.
Sánchez Carrión murió envenenado poco tiempo después de Monteagudo. Para el proceso
de Rodríguez, a Monteagudo no se le citó ni entrevistó ni procesó.
José de San Martín pasó al Perú después de la muerte de Rodríguez. Logró la
independencia de ese país en 1821 y continuó con su anhelo de instaurar por todos los
medios una monarquía en los países americanos. Se enfrentó a Bolívar y decidió exiliarse
en París. Murió en el exilio a los 72 años, el17 de agosto de 1850, por una insuficiencia
cardiorrespiratoria. Llevaba ciego 2 años. Nunca declaró en el caso Rodríguez ni fue citado
ni procesado. Bernardo O'Higgins, Chillán, 1778, estudió en Inglaterra. Volvió a Chile en
1802 con el objeto de tomar posesión de su herencia. Tuvo un exilio en Mendoza y llegó a
ser Director Supremo de Chile entre los años 1817 hasta 1823, cuando debe renunciar,
exiliándose en el Perú. Intetó volver a Chile en vano y murió de un ataque al corazón el 24
de octubre de 1842, previo a vestirse con un traje franciscano y diciendo la voz
"Magallanes, Magallanes". Sólo emitió un informe en que reconoció que no tuvo la
voluntad de investigar los hechos acaecidos en la muerte de Rodríguez. No se presentó
a declarar ni fue procesado.
Manuel Rodríguez es asesinado porque su plan político de liberación de carácter
republicano choca con el plan de la Logia Lautarina, la cual busca instaurar un gobierno
autoritario de origen monárquico o dictatorial. Rodríguez luchó contra el sistema
monárquico y contra todo orden político que implicara una afección a la libertad, igualdad
y fraternidad. Este anhelo que se aprecia en su discurso, es vital para el logro del desarrollo
social y económico del país. Pero los miembros de la logia son reaccionarios a estos
principios. No creen en la constitución, en los Cabildos ni en la periodicidad del mandato.
Para ellos, esto huele a anarquía y, por lo tanto, ha de ser reducida. Hay, entonces, una
grave pugna política entre un Manuel Rodríguez que invoca en todo momento la vigencia
de una constitución política que contenga los principios nombrados, y un fuerte contingente
cívico-militar que persigue la idea de un absolutismo criollo o una dictadura como modelo
político perfecto para Chile.
En esta pugna, Rodríguez perdió, siendo asesinado violentamente por orden de
O'Higgins y con el beneplácito de roda la Logia Lautarina. El Director Supremo de Chile lo
despreciaba, al igual que a toda su familia, y convenció a los hermanos de logia a que lo
miraran como un sujeto peligroso. Pero las diferencias entre O'Higgins y Rodríguez no eran
sólo ideológicas sino que personales. O'Higgins perseguía a sus enemigos
permanentemente, metiendo en su lucha no sólo al implicado, sino que a roda la familia.
Así pasó con los Carrera, así pasó con los Rodríguez. Al anciano padre de éste último, lo
remueve de su trabajo de décadas, lo allana y lo exilia. Lo mismo hace con los hermanos de
Manuel.
Pero no obstante esta victoria por parte de O'Higgins, gracias a la cual no tiene
oposición, el chillanejo no dura mucho tiempo en su mandato que creía y quería eterno. La
población chilena se fue dando cuenta con el tiempo quién era en verdad O'Higgins. Su
amigo y hermano Ramón Freire, quien se encontraba en el sur enfrentando la realidad del
hambre y de las catástrofes naturales, le solicitó ayuda que nunca llegó. O'Higgins se
olvidaba de sus orígenes, no le importó la tierra ni los conciudadanos que lo vieron crecer y
que lo apoyaron. No se inmutaba al enterarse de la mala situación de éstos. El descontento,
el hambre y, en menor medida, la prohibición de las ramadas, de los espectáculos al aire
libre, de ciertas formas de vestir, entre otras, generó una oposición fuerte desde el sur que le
obligó, en enero de 1823, a abdicar de su cargo. Sin embargo, antes de renunciar, intentó
todo cuanto podía hacer. Aún así, no fue suficiente. Visitó cuarteles, pidió apoyo a los
soldados en nombre de la patria, amenazó con fusilarlos, pero nadie lo escuchó. Se había
quedado solo, incluso sus cercanos de la Cruz y Rodríguez Aldea lo convencieron de que
era mejor dejar el poder.
O'Higgins meditó y sacó cuentas, contó su contingente militar, vio sus caras, midió
su moral de combate, calculó que los que pedían su renuncia venían del norte y del sur a
pelear y sacarlo del poder. En pocas palabras, entendió que la batalla estaba perdida. Nada
podía hacer. Así, se presentó con el objetivo de renunciar a la sala del Consulado donde
estaban los representantes del pueblo, ya que la sala del Cabildo él mismo la había cerrado,
guardándose la llave. Ingresó en medio de la expectación y el silencio. Finalmente, en un
discurso emocionante, renuncia al cargo de Director. Del fondo de la sala se escuchaban los
nombres de los Carrera y el de Rodríguez. Otros pedían la muerte, específicamente "la
cesarina". Pero esto no fue así. Quedaba claro que, mientras el republicano Rodríguez, en
un acto de civilidad, no resolvía las pugnas políticas a través de la violencia, O’Higgins de
tal forma actuó durante los varios años de su mandato.
Manuel Rodríguez fue un republicando consecuente. Se movilizaba según sus
principios y sólo a ellos les debía lealtad. Miraba con recelo a los gobernantes. Era un
intolerante estricto cuando se trataba de afecciones a la libertad, dando la vida para
protegerla si fuere necesario. En eso no transaría. Ya en 1816 escribía a San Martín, en
plena Reconquista: <<Escríbame usted con ingenuidad y de lleno. Tiene aquí un hombre
que todo lo perdona, como no vaya contra la libertad>>.
Agradecimientos
A Luty, Arnold, Álvarez, Ana, Barros Arrastrado, Belleti, Biblioteca Nacional, Cánepa,
Carlitos, Cecci, Chuco, Claudio, Colomba, Cristóbal, Cuche, Felipe, Fiscalía Puente Alto,
Fundación Cardoen, Heavy, Hormazábal, Ita, Jaime, Jak, Juan Esteban, Karla, Loch,
Lucha, Manuel, Mera, Michael, Mono, Nacha, Neto Guajardo, Nino, Pato, PDI y sus
alumnos, Perito Muñoz, Pablo, Ruiz, Salvador, Silvia, Simón, Tola, Universidad Pedro de
Valdivia, Vinko, Weiss, Zara y a Carola.