IE “ERNESTO VILLANUEVA MUÑOZ LECTURA N° 01
CAJARURO
LAS POLLADAS: ENTRE EL RECURSO Y LA FIESTA
(Edith Müller E.)
La noche comienza a aclarar. El fuego que yace en la hornilla se apaga
lentamente. Algunos ya se han ido rendidos por el alcohol; otros, sin
más remedio, duermen regados en los asientos. Al menos algo se ha
ganado, piensa Felicita, que con los pies cansados y las manos
impregnadas de aderezo busca en el calendario la quincena para su
próxima pollada.
El diccionario de la Real Academia Española se refiere a la pollada como
el conjunto de pollos que de una vez sacan las aves, particularmente las
gallinas. Para los peruanos, en buen cristiano, no es otra cosa que pollo
a la olla con papas sancochadas y ají molido acompañado de cerveza y
jarana.
Las parrilladas, anticuchadas y picaronadas, populares en Lima, se han convertido en un recurso de supervivencia
frente a la crisis económica y a la falta de empleo en el país. Es el medio más difundido para salir de apuros
económicos. Pero es la pollada la que ha sobrepasado barreras. Ya no son los barrios de los conos donde se hacen
polladas, sino distritos medios que no se quedan atrás cuando se trata de sacarle la vuelta a la recesión a través de
este recurso.
En la cuadra 5 del jirón Caravelí, en Breña, por lo menos tres familias en esa misma zona realizan polladas. Los
vecinos tienen que soportar hasta altas horas de la noche el estruendo de la música y la euforia de los que asisten.
En La Molina, y con pollos del Centro Comercial Camacho, también hacen polladas. Una fila de carros se estacionan
en la cuadra tres de la avenida Ayacucho, en Surco, y el garaje de una de esas amplias casas recibe a los invitados.
"Sólo familiares, para pagar la pensión de mi hijo en la universidad", dice la dueña. Las mesas, cada una con su
sombrilla y su mantel a cuadros –eso sí, todo muy nice– están servidas y la infaltable pollada, a seis soles, espera a
los invitados.
HOY, GRAN POLLADA BAILABLE
Ese olor a ají fresco. Ese olor que se empapa en el baile y en la música. Esa peculiar forma de divertirse y por qué no
decirlo, de conseguir alguito para el diario. ¿Quién no ha probado una pollada? ¿Quién no ha bailado al ritmo de
Oscar de León, Rossy War o algún grupo roquero? ¿Quién no le ha dicho a sus vecinos, familiares o amigos que "le
colaboren" con una tarjeta porque la situación está difícil?
Pero las polladas no siempre sirvieron para resolver problemas familiares e individuales, como ocurre hoy. En la
década de los 80 las polladas fueron consideradas como un asunto de interés colectivo en el que todos los vecinos
participaban para la construcción de servicios asistenciales comunitarios. Cada familia recibía una cantidad de
tarjetas, se vendían un mes antes y luego se recolectaba el dinero para comprar los pollos. Se hacían en coliseos y
con grupos de música chicha. La organización estaba a cargo de mujeres que se iniciaban en esos menesteres. El
resultado: la construcción de una posta o la implementación de comedores populares.
Aidee Mazoni, miembro de AFEDEPROM (Agrupación Femenina de Defensa y Promoción de la Mujer) y propulsora
de los comedores populares de Comas, dice que muchos comedores surgieron con ayuda de estas actividades. "En
un comienzo nosotras no recibíamos ayuda del Estado para comprar ollas y comida; nos ayudábamos con bingos y
polladas. La posta Santiago Apóstol se construyó de esa manera. En este caso, el Gobierno aportaba una parte y la
comunidad la otra."
Esta modalidad ha cambiado. Ahora es más privada. Las familias han limitado este ámbito a necesidades urgentes
como el pago de estudios secundarios o superiores, el pago del alquiler, la bolsa de viaje o casos más graves como la
compra de medicinas o el funeral de un ser querido.
Las polladas reflejan esa falta de oportunidad que tienen los peruanos para acceder a ciertos derechos básicos
ausentes en la sociedad. Pedir la colaboración parece ser el penúltimo paso al precipicio de la mendicidad, ya que
ser ciudadano con derechos está muy lejos de la realidad.
Don Félix no lo pensó dos veces y decidió, en el día del padre, hacer una pollada. Primero dijo que sólo quería
celebrar este día con sus familiares; luego, a tanta insistencia, decidió contar la verdad. "Víctor, mi hijo, tiene
diabetes y está en el Hospital Dos de Mayo. No tengo dinero para las medicinas. Felizmente, toda mi familia me está
apoyando."
Vicky, muy apurada con las compras, dice que ella muchas veces hace polladas porque es madre soltera y no tiene
trabajo. "Pero esta vez nos hemos reunido cien personas para ayudar a un amigo que tiene sida. A Papi, según los
médicos, sólo le queda un año de vida, y queremos ayudarlo con las medicinas."
Lo mismo le pasa a Julián, que tiene tuberculosis y que ha encontrado que la única manera de sobrellevar su mal es
que sus amigos lo ayuden con esta actividad.
CUESTIÓN DE CREATIVIDAD
En estos tiempos las polladas han tomado nuevos rostros. No todas son iguales ni se hacen de la misma forma. Hace
tres años doña Martha (42) vive de la venta de esta actividad, y pasa por las galerías de la avenida Abancay
recogiendo pedidos. "Es más práctico vender de esta forma. Se gana más porque no sólo se vende en quincena sino
cualquier día de la semana. Un día estaba sirviendo y cuando la cola ya estaba grande, me di cuenta de que no había
traído el pollo. Mi hija, desesperada, fue a traer la olla. Menos mal que ya había cobrado."
La minipollada se utiliza para necesidades prácticas. Maritza compró dos jeans y una casaca con la pollada que
preparó su madre y que vendió sólo a algunos amigos y familiares. Consiste en anunciarla una semana antes (de
preferencia quincena y fin de mes) con diez personas, y en una reunión familiar se sirven las porciones al gusto del
cliente. Tíos, padrinos, cuñadas y los más allegados están obligados a participar.
Liz (19) vive en Las Flores y es parte de una junta-pollada. "Somos veinte integrantes. Cada uno tiene que cobrar
diez tarjetas. Luego, en el sorteo, se le da diez soles a la persona que le toca hacer la pollada y ella recibe toda la
ganancia. El que no pudo cobrar tiene que dar de su bolsillo; ésa es la regla." Liz y su madre, Esther, están en la
junta desde hace dos años y, según ellas, vender tarjetas es rentable.
GAJES DEL OFICIO
No todo es color de rosa con las polladas. Gloria y su hijo Fernando tienen un mal recuerdo. "Una camioneta se
estacionó frente a la casa y dos hombres se asomaron a la puerta. Me pidieron diez cajas de cerveza y dos porciones
de pollo. Los dos hombres entraron a sacar las cajas junto con mi hijo. Uno de ellos me dijo que ya le había pagado
al muchacho. Pusieron las cervezas en la camioneta y se fueron. Fernando me preguntó por el dinero, porque él no
lo tenía. Ahora tengo que pagar esas cajas robadas y, lo peor, hacer otra pollada."
Algunos dicen que esta actividad no es rentable, porque la ganancia no es segura. Además, colocar las tarjetas,
arreglar la casa, gastar corriente y amanecerse tomando con los invitados demanda energía y tiempo. No está de
más decir que incluso los que más ganan son los vendedores mayoristas de pollo. En uno de los 10 puestos del
Centro de Acopio Acho, los sábados (fines de mes o quincena) se venden 400 pollos, y en días normales la venta
sólo llega a la mitad. Sin embargo, parece que vender polladas resulta más económico que hacer parrilladas o
anticuchadas. Un corazón de res cuesta seis soles, salen 12 palos y la porción se vende a siete soles (cada plato con
tres palitos). De un kilo de carne (12 soles) pueden degustar seis personas, y la tarjeta no pasa de ocho soles,
mientras que con un pollo de dos kilos (a cuatro soles el kilo) salen cuatro grandes y consistentes presas a seis soles
la tarjeta. Además, con la pollada no se necesita parrilla ni carbón, y es más fácil cortar y aderezar.
EL LADO OSCURO
A pocas cuadras de la avenida España, en Breña, el rock suena fuerte en una de las casas. En el segundo piso, una
decena de muchachos toman, bailan y comen pollo. Mientras la música se confunde con el éxtasis, Dolki, el perro
de la familia, lanudo y de buen carácter, sale tambaleante y parsimoniosamente de la cocina. De pronto, en medio
de la fiesta comienza a dar vueltas sobre su mismo sitio y luego, sin más ni más, cae abruptamente. La cerveza que
se había derramado en el suelo causó estragos en Dolki. Pero no sólo en él. Las drogas y el alcohol están presentes
en mayor cantidad cuando se trata de polladas distritales o comunales en las que la Policía no se abastece para
poner orden. Entonces surgen las peleas, el rompimiento de botellas, robos y violaciones. La rutina de las polladas
también es cómplice de enamoramientos prohibidos. Jóvenes y no tan jóvenes que prefieren este tipo de reuniones
para conocerse y, por qué no, tener un vacilón.
Lima, resplandeciente y oscura a la vez, llega a este nuevo siglo coloreada de resquebraduras con olor a pollo,
esfuerzo y esperanzas. ¿Quién no ha probado una pollada por lo menos alguna vez en su vida? (Texto liberado de:
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ACTIVIDADES DE COMPRENSIÓN
A) Haz una lista de palabras desconocidas luego busca su significado y agrégale un sinónimo a cada uno de ellas.