POWERFUL
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FÉLIX
Martín TeuquilPágina | 1
ciento de la historia, o el cincuenta, o quién sabe, quizás es real, no sabría decirlo,
pero de todas maneras lo contaré todo.
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Super-poderosas, pero mi intriga estaba en que yo aún no tenía nada, había
intentado volar, intentaba controlar a las personas con la mente, incluso apretaba
los puños para intentar explotarme a mí mismo, pero no pasaba nada.
―Rita, ¿Qué pasa si no obtengo nunca mis poderes mágicos? ―le pregunté
de manera inocente.
―Es posible que te deshereden ―Rita lo había dicho como broma, pero en
ese entonces para mí había sido un insulto y una amenaza terrible, por algún
motivo creí que Rita iba a ser responsable de mi desheredación.
Las palabras de Rita me habían asustado mucho, no creía que mis padres me
pudiesen hacer eso, esperaba que no lo hiciesen. Me levanté de la mesa sin
recoger nada como de costumbre.
―Recoge tu plato ―me ordenó Rita, era una sirvienta robot, pero le habían
programado enseñarme buenas costumbres en su sistema. Un Félix de siete años
recién cumplidos mosqueado por que le ordenasen hacer algo no atinó a nada
más que estirar un mano furioso en dirección al plato, recuerdo perfectamente la
punzada de dolor que sentí en mi pecho, aquel dolor empezó a recorrer mi
cuerpo, pasó por mi hombro y bajó hasta mi brazo, cuando sentí aquel detonante
vi como una onda que llegó a distorsionar mi visión impulsó el plato directamente
hacia Rita, clavándole pedazos del plato roto en el abdomen. Rita se quedó
sentada donde estaba y con la mirada en dirección hacia algo que estaba detrás
de mí, no me preocupé por Rita, de todas maneras, ella no sentía dolor, pero mi
sangre se heló cuando vi la mirada penetrante de mi padre.
Estuve castigado por tres semanas, a papá no le había caído tan bien tener
que arreglar los circuitos que rompí en el interior de Rita, pero cuando llegó el
final del mes comenzó mi pesadilla, resulta que era la primera vez que alguien
desarrollaba una habilidad así y cuando me llevaron a registrar mi poder
decidieron llamarlo “Onda de choque”.
A las personas que desarrollan sus poderes con el Terror les dicen “especiales”,
repito: similar a los seres sensibles a la Fuerza como en Star Wars.
Ya con diez años despertó mi singularidad favorita, la manipulación del
espacio/tiempo, así es, con diez años me tuvieron que sacar por un año del
colegio para personas con poderes en el que estaba para aprender a controlar mi
habilidad extremadamente rara, con once años regresé a mi colegio, pero ahí ya
me habían entrenado en Holanda para lograr tener el control y saber usar mi don,
pese a que lo registraron como “Teletransportación”, yo en el fondo sabía que se
trataba de un poder de manipulación del espacio/tiempo, podía sentir que tenía
la habilidad para viajar entre épocas, pero mi padre, quien actuaba como mi
mentor mágico me prohibía rotundamente viajar en el tiempo, sabía que era
capaz, pero le parecía arriesgado.
―Papá, quiero ir al futuro ―le dije mientras me hidrataba en uno de mis
partidos de futbol, papá me miró con disgusto por unos segundos y enseguida
me contestó.
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―No estás listo, el tiempo es algo que ni yo puedo manejar ―me advirtió, se
veía desde lejos sus ganas de estrangularme a escuchar mi deseo, pero debía
contenerse frente a todas las madres y padres de los demás chicos de mi equipo.
―¡Pero si puedo moverme en el espacio! ―dije haciendo gala de mis
impresionantes habilidades para moverme de un lugar a otro en un parpadeo.
―¿No era teletransportación? ―me preguntó uno de los chicos de mi equipo
al escucharme.
―Eso es lo que dice papá… ―solté y dejé de mirarlo, repentinamente me
comenzó a doler la cabeza, era como si un piano se acabase de estrellar sobre mí,
miré a papá y vi sus puños cerrados. Para la gran mayoría de personas con
habilidades abrir o cerrar las manos era un sinónimo de usar sus poderes,
abriendo las manos lanzaba las ondas de choque y cerrándolas podía moverme
a donde quisiese―. ¡Ya! ¡Papá!
Noté a un hombre acercándose a papá por sus espaldas, vi como tocaba
ligeramente el cuello de papá, pero este no se daba cuenta, enseguida el dolor
se detuvo. Al volver a abrir los ojos el hombre se había ido y mi papá me miraba
extrañado sin abrir sus puños, volví a girarme y entré a la cancha.
Con el tiempo me terminé olvidando de la idea de viajar en el tiempo,
irónicamente porque no tenía tiempo para concentrarme en descifrar las
ecuaciones que me llevarían hacia el momento que quisiese, no tenía las
ecuaciones para que mi crecimiento no se viese afectado y la habilidad tenía
como efecto secundario un exagerado desgaste físico en mí, por lo que estaba
prácticamente obligado a dormir ocho horas diarias o terminaba desmayándome
por el cansancio.
Hasta entonces no había conseguido ninguna habilidad que me fortaleciese
físicamente, pero el año pasado desbloqueé la resistencia sobre-humana, no
existía desgaste físico alguno, pero también tenía su lado malo, era propenso a
lesionarme, mucho más que “El Fenómeno” Ronaldo, jugador brasileño de futbol
que tuvo una carrera marcada por sus destrozadas rodillas. En promedio me
lesionaba una vez cada dos meses, era cosa de no poder caminar durante una
semana.
Pero eso no viene al caso, la verdadera historia comienza con mi infantil deseo
de entrar a la APR, la academia más exigente, prestigiosa y famosa del mundo,
desde el momento en que fui consiente de mis poderes mi mayor anhelo fue
entrar a esa academia para convertirme en alguien, podía usar mi inteligencia
para dedicarme a la tecnología como papá, pero mis poderes me abrían un
mundo de posibilidades que no pretendía desperdiciar.
La Academia Preparatoria Real era el mejor colegio en el mundo para personas
en cuatro apartados; deportivamente, mágicamente, artísticamente y
académicamente, de aquí salían las personas más exitosas del mundo. Fundada
por Trajano, nada menos que un emperador romano nacido en Itálica en el siglo
I después de Cristo. Abandonó su imperio en el año 117, cuando impulsado por
la expansión y a falta de soldados dispuestos a arriesgarse en una travesía por el
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Pacífico Norte emprendió un solitario viaje que lo llevó hasta la actual
Jacksonville, dicen que emprendió un viaje seguido por los nativos hacia la costa
oeste del país, donde lo acogieron como uno más y le permitieron que divulgue
sus enseñanzas entre la población. Las visitas a su página de Wikipedia superan
los veinte millones y la mayoría de ellas es solo para conocer al fundador de la
Academia Preparatoria Real, de hace unos dos mil años aproximadamente.
Aunque parezca un colegio estúpido, la verdad es que por lo que había visto
en anuncios, noticias, videos y al conocer a un par de alumnos de esta podía
arriesgarme a afirmar que era tal y como la pintaban, un colegio impresionante y
dedicada al fomento del deporte, a la enseñanza, al arte y a la magia. La academia
sirvió como colegio para figuras transcendentales en la historia, tales eran los
casos de emperadores romanos que migraban tras acabar su reinado, Hernán
Cortés, pintores como Francisco Goya, Edward Hopper, Andy Warhol, Salvador
Dalí o Pablo Picasso, el famoso filósofo Séneca, el escritor de renombre Miguel
de Cervantes, era un hecho que Walt Disney y cientos de animadores de Disney,
Pixar, Illumination y Dream Works habían estudiado en la APR y muchos famosos
de la actualidad como Tiger Woods, Angelina Jolie o Brad Pitt tenían sus rostros
en los anuarios del colegio, pero era una academia muy exclusiva para personas
que los dirigentes consideraban especiales.
Incluso personas de otros continentes venían a estudiar al colegio, claro que
entrar en esta no era nada fácil, solo había dos maneras de entrar. La primera era
pagando la inscripción de tres millones de dólares, si pasabas el examen de
ingreso debías pagar matrícula de diez millones, y posteriormente hay que pagar
las mensualidades, que terminaban costando más de veinte millones de dólares
por año, esta era la manera menos factible, pero era común entre gente
adinerada, pero sin talentos. La otra manera era la más común, esa era que el
equipo de reclutadores de talentos que tenía la academia en más de cincuenta
países en el mundo te recomendasen y te dejasen dar los exámenes de ingreso,
si los pasabas te ganabas una matrícula, así me pasó a mí.
Vengo de una familia más que adinerada, pero no me permiten hablar mucho
de eso, el caso es que fácilmente podían pagar mi ingreso en la academia, pero
como les ha pasado a miles de jóvenes en el mundo, la academia me seleccionó
por tres cualidades destacables que poseo; Mi talento nato para jugar al fútbol,
mi codiciable trío de habilidades y mis victorias en las ferias de ciencias
organizadas por la conocidísima Google y por la empresa tecnológica, Intel.
Un día simplemente me llegó la carta a mi casa, estaba preseleccionado con
otros trescientos estudiantes para formar parte de la nueva generación de la APR.
Con mi inteligencia esperaba ser capaz de superar el examen escrito, y quería
ver si podía entrar en el club de magia, si fallaba intentaría entrar al club
académico con mecánica, si fallaba ahí también, cosa bastante improbable viendo
lo bueno que soy para armar, desarmar, construir, diseñar y crear aparatos
intentaría entrar a arte con cualquiera de mis talentos, pues no tenía problemas
tocando el piano, dibujando en tableta gráfica, pintando en óleo, escribiendo o
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actuando. No era posible fallar aquí con mi arsenal artístico, pero si fallaba
entraría al club deportivo jugando futbol, a pesar de que era mi deporte favorito
no lo veía como algo a lo que dedicarme, me apasionaban más las ciencias, claro
que el equipo que tenía sede aquí en Bunder, el Bunder Miners, no lo veía tan así
y uno de los reclutadores no paraba de tocar mi puerta cada semana
ofreciéndome contratos para entrar al equipo, contratos que mi propia madre
rechazaba.
Realmente las habilidades especiales pueden lograr todo, hasta amasar una
fortuna, así es como mi familia era poseedora de una de las fortunas más grandes
del mundo solo con el uso de sus habilidades y mucha ciencia. Me atrevería a
decir que, para seguir amasando más dinero, a pesar de que ya no necesitábamos
más, debía dedicarme a la ciencia y a perfeccionar mis artefactos, mi abuelo había
ganado un premio Nobel de física, ya no recuerdo por qué, lo que si recuerdo
bien es que mi papá se la ha pasado toda su vida intentando superarle, aunque
podríamos decir: “¡Diablos! Es Edward LeBlanc, dueño de la empresa tecnológica
más exitosa y popular del mundo, ¡Claro que superó a su padre!”. Pero para él
superar al abuelo significaba ganar un premio Nobel, cosa que yo veía imposible
para él, pero mi papá no era de esos que se rendían, aunque aquello significase
perder toda la comunicación con tu hijo.
Eso era mi vida antes de todo, mis padres y todo el mundo me presionaban
para demostrar mis “talentos”, pero yo no tenía claro cuáles eran mis talentos, sí,
era excepcional jugando futbol, me encantaba leer, me encantaba armar cosas,
era un apasionado por las ciencias y tenía unas habilidades que me abrían el
camino al heroísmo, pero yo no lo tenía claro del todo.
―¡Félix! ―mi hermanita me despertó justo cuando mi sueño se volvía turbio.
―¿Goldie? ―pregunté sin mover ningún músculo y abriendo solo un ojo para
verla. Cabello castaño muy claro, casi rubio, ojos verdes como gemas preciosas y
una cara redonda eran las características que diferenciaban a mi hermana menor
de mí, su larguirucho, delgado y peli castaño servidor.
―¿Qué día es hoy? ―pregunté sin dejar de ver hacia la nada con cierta
dificultad para mantener los ojos abiertos por haberme quedado jugando al
Super Smash hasta las dos de la madrugada, una hora que para mí resultaba ser
terriblemente imprudente por mis contratiempos a la hora de mantenerme
despierto.
―23 de julio ―dijo ella.
―¿Qué hora es? ¿¡23 de julio!? ¿¡Mamá!? ―me desesperé y me saqué el
pijama rápidamente para colocarme la ropa limpia que Rita me había preparado
el día anterior―. Sal de aquí, debo cambiarme para dar una buena impresión.
―Espera, espera, espera. Primero, cálmate, y segundo, son las ocho de la
mañana ―dijo ella, la miré incrédulo mientras me levantaba, tomé mi teléfono
que ocultaba bajo mi cama y revisé la hora. Efectivamente, apenas eran las siete
de la mañana con cincuenta y tres minutos. Me volví a recostar en la cama, ya
entendía el porqué de mi cansancio, apenas había logrado descansar poco menos
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de seis horas. ¡No era suficiente! Me mordí el labio por la rabia que sentía hacia
mí mismo, sabía que me tenía que levantar temprano y aun así decidí quedarme
jugando algo que puedo jugar perfectamente mientras viajo por la Nintendo
Switch, pero soy un imbécil obsesivo y quería aprender a controlar bien a uno de
los personajes que tenía traje de fontanero.
Bajé el ritmo de mi levantada, agarré mi ropa deportiva limpia y caminé sin
decir nada al baño que tenía junto a mi habitación.
―¡Félix, levántate! ―gritó mi mamá desde el piso de abajo.
―¡Estoy levantado! ―contesté al instante con un grito que representaba bien
mi mal humor al no lograr dormir las horas que necesitaba para no desmayarme
repentinamente durante el día. Entré al baño para darme un baño y cerré de un
portazo la entrada al lugar en el que me encontraría desnudo por unos minutos.
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Me aparecí en el comedor, mi mamá y mi hermanita Goldie estaban sentadas
tomando desayunos especiales, mamá hablaba por teléfono y Goldie pasaba los
canales de televisión buscando algo interesante para entretenerse.
Me senté y vi que Rita reaccionaba instintivamente preparándome una taza
de café con huevos en menos de un minuto, Rita había sido reprogramada, de
hecho, hasta le habían hecho un cambio de circuitos, así que en el fondo ya no
era la Rita que conocíamos, ahora era Rita II, una versión mejorada de la clásica
Rita, pero que aún conservaba recuerdos con nosotros.
Rita II era atenta con todos, se comportaba como una dueña de casa y se
preocupaba de que todos se sintiesen bien mientras estuviesen en la mansión,
cuando invitaba a mis amigos nos ofrecía comida cada diez minutos, preparaba
pasteles, galletas y recetas únicas de diferentes países cada día, gracias a ella
aprendí a preparar muchos tipos de comidas y recetas de pastelería, además, Rita
no escatimaba en gastos a la hora de mantener el refrigerador lleno y eso le
encantaba a mamá, que se había hartado de soportar la comida barata teniendo
más dinero que cualquier persona en el mundo. Rita era una magnífica sirvienta
biónica que incluso se interesaba en nuestras vidas personales, pero sin llegar a
ser una intrusa y chismosa vieja.
―Gracias, Rita II ―le dije con una sonrisa cuando puso el café y el huevo
frente, la morena sirvienta sonrió achinando los ojos y volvió a la cocina para
volver al comedor con tostadas en una bandeja que depositó sobre la mesa.
―¿Ya te recargaste, Rita querida? ―le preguntó mamá, que se preocupaba de
ella como una madre, la Rita anterior no era muy carismática, pero esta Rita nueva
estaba dotada de conocimientos tan amplios como el mismo Internet, poseía
tecnología INFINITY que le brindaba una inteligencia artificial superior a cualquier
otra asistente del mercado, claro que sólo nosotros teníamos a la única Rita
existente.
Aprovechando que mencioné la tecnología INFINITY procederé a explicar con
brevedad qué es, pues tampoco me dejan hablar de ella con mis amigos. Al caso,
como comenté en cierto momento, mi familia se dedica a la tecnología y ciencia,
la empresa bajo el nombre Blackflower es nuestro patrimonio, Blackflower le
pertenece a mis padres por sucesión de la familia de mi papá, pero cuando volvió
de un viaje intergaláctico comenzó a desarrollar tecnología superior a la sus
competidores más cercanos, esa es la tecnología INFINITY.
Una tecnología que estudia los sentimientos de las personas y los combina
con el conocimiento que había en las redes virtuales más famosas, de ahí nació
R.I.T.A. (Recipiente Infinito de Tecnología Artificial), el primer proyecto de papá.
En teoría, los demás androides comenzarían su comercialización en el año 2028,
¿Dicen que queda mucho tiempo? Por eso son tan pobres como para estar
leyendo historias, porque pocos tienen lo de papá, aquello que se llama “Visión”.
―Sí, señora LeBlanc, estuve cargando toda la noche ―contestó Rita, hablaba
un perfecto inglés, pero eso no quitaba que su pronunciación robótica no variara
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en ciertas palabras, un ejemplo de ello era su extraña pronunciación de la palabra
“horas”, en la que alargaba la s y cortaba la palabra de un tirón. El software médico
de última generación que tenía instalado Rita era creación de uno de los
discípulos de papá en Harvard, mientras que su software de combate cuerpo a
cuerpo, uso de armas, gastronomía y limpieza eran creación de otros miembros
de mi familia que creaban sus propias tecnologías en diferentes lugares del
mundo, cada vez que una rama de los LeBlanc se separaba debían repartirse
algún país y ahí formar su propia familia, esas eran las ramas secundarias de la
familia, pero a papá le había tocado ser parte de la principal, así que nos
quedamos con el centro de operaciones mundial, Estados Unidos, pero como
mamá y papá nos habían tenido a mí y a Goldie debíamos decidir qué hacer
cuando mi hermanita cumpliese los dieciocho años, ¿Compartiríamos la rama
principal o uno de nosotros dos se iría a algún lugar remoto del mundo? No me
preocupaba demasiado, Goldie y yo éramos muy capaces de compartir.
―Rita, recuerda que no te debes sobrecargar o tu batería comenzará a fallar
―le dijo mamá sin dejar de revisar su teléfono, apenas había cortado la llamada
de manera agresiva, pero su manera de hablar la hacía parecer una mujer pacífica
y tranquila, imposible equivocarse más.
―Entiendo, señora LeBlanc. ¿Más pastel? ―ofreció la joven Rita y procedió a
retirarse para seguir con lo suyo.
―¿Entonces Rita va a explotar? ―preguntó Goldie con un verdadero tono de
tristeza e inconformidad.
Ellas siguieron hablando mientras yo tomaba mi café pensando en el espacio
infinito. No sabía cómo sería la APR ni como lograría entrar, pero de lo que estaba
seguro era de que entraría.
Mamá, Goldie y yo caminamos unos minutos hasta uno de los cobertizos con
un piso en madera cepillada perfecto, junto a un cielo con vigas a la vista cubierto
de material sólido que protegía los carros favoritos de mi madre, esta última se
decantó por llevar un Audi A4 azul rechazando el ofrecimiento de su chofer. Y
entonces nos fuimos.
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―¿Estudiaste? ―me preguntó mamá. Yo iba de copiloto revisando la guía de
la Academia Preparatoria Real con detenimiento, pues no se me había ocurrido
leerlo antes.
―Claro que sí ―le dije, había sido poco, pero a final de cuentas había
estudiado y me sentía preparado. La portada de la guía mostraba el sello y logo
de la academia, que consistía de una representación esférica del planeta, sobre
ella un diamante reluciente y rotando como si de satélites de tratasen estaba una
nave de Space Invaders, un balón de básquetbol, un pincel y una pequeña
representación caricaturizada de un rayo, cada una representaba los cuatro
puntos fuertes de la academia y bajo este logo las letras A.P.R. seguido del
nombre completo “Academia Preparatoria Real”. Abrí la guía y noté como mamá
le echaba un vistazo de reojo, solo lo ojeé hasta llegar a la página que mostraba
la imagen de un tipo que se parecía a Hitler, provocaba mucho respeto, pero
conmovía verlo con su sombrero de copa y su saco morado con pantalones y
camisa negra, el viejo tenía un estilo que te cagas y lo acentuaba más sonriendo
para la foto.
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―Sí, sí, lo que tú digas ―me dijo y mi culo ardió como pocas veces, era de las
primeras veces que Goldie no caía ante mis provocativas y se comportaba como
alguien inteligente.
―¿Papá te dijo eso? ―preguntó mi madre irritada. Había entrado en modo
enfurecida, pero lo ocultaba muy bien, claro que Goldie y yo estábamos muy
conscientes de ello, por lo que Goldie se limitó a asentir con la cabeza―. Voy a
matar a papá.
Dichas esas palabras siguió conduciendo.
―Mamá.
―No se habla más de Booker en mi presencia. ¿Oyeron? ―ordenó.
―Sí, mamá, pero yo te iba a preguntar otra cosa ―dijo Goldie, estaba jugando
con fuego después de haberle recordado su pasado a nuestra querida madre de
cuarenta y tres años apenas cumplidos en marzo.
―Suéltalo ―le permitió mamá luego de un profundo suspiro.
―¿Por qué te enamoraste de papá en lugar de una persona tan exitosa como
Greg Booker? ―que estúpida pregunta, como si se pudiese ignorar el hecho de
que papá venía de Francia y era descendiente de una de las familias más antiguas
e importantes en la historia, el éxito de papá estaba asegurado desde su
nacimiento en cuna de oro, al igual que el mío y el de Goldie, la verdadera
pregunta era porqué papá se había enamorado de mamá, una chica de clase
media sin lujos que había ganado una beca en la academia por puro esfuerzo.
―¿En serio me preguntas eso? ―cuestionó mamá―. Creo que no haz
entendido la magnitud de la familia de tu padre, ¿Cómo te lo explico? Ted era
multimillonario desde que nació, exitoso, inteligente, atlético, lo tenía todo desde
su más tierna infancia, yo por otro lado nací en una ciudad llamada Eindhoven,
de Holanda, y por ser buena en los debates me gané una beca para entrar a la
APR, no por tener un futuro brillante ni nada de ese estilo, sólo por la ambición
de la academia para ganar todos los concursos y competencias posibles.
―Ya entiendo ―vi como Goldie se recostaba en el asiento del vehículo con
una expresión neutral.
―¿Y qué hay del director? ―le pregunté haciendo caso omiso de su
advertencia.
―¿Greg? Greg estaba loco, estaba obsesionado con eliminar todas las
habilidades existentes en el mundo con su habilidad de robar poderes, pero un
día dejó de funcionarle y entonces cambió a quien es hoy en día, un político y
activista mundialmente famoso por estar a favor de la ley de prohibición de
singularidades, lo amaba, pero me hacía mal.
Entonces el director de la academia pudo ser mi padre, era un dato
perturbador que debía recordar por si algún día me daba por viajar en el tiempo:
no cambiar la historia de Greg Booker.
Pasé la página de la guía y me fijé en lo que decía la primera hoja del apartado
destacado. En la página anterior mencionada había una imagen de jugadores de
básquetbol abrazos y de espaldas, mostrando sus números y resaltando sus
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camisetas celestes con líneas verticales bajo las axilas de un tono azulado más
oscuro.
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―¿Tú te crees muy valiente? ―le pregunté, ya tenía preparado lo que le diría
para ganar la discusión y dejarla en ridículo.
―Soy la más valiente, Félix ―dijo con mucha seguridad.
―¿Es normal que la más valiente le tenga miedo a las gallinas? ―pregunté
retóricamente y comencé a reírme por la divertida anécdota que acababa de
volver a mi memoria, mamá también se comenzó a reír, miré nuevamente por el
espejo y vi la cara enfadada de mi carirredonda hermanita.
―Tenía seis años ―se excusó.
―¡Hahaha! Jamás olvidaré tus lloriqueos al ver que esa gallina te perseguía
―dije solo para molestarla, mamá tampoco podía contener su risa.
―Cállate y mira hacia adelante ―me dijo Goldie, enseguida le hice caso y noté
que hablaba en serio, había estado cientos de veces aquí, pasaba por afuera o
entraba a sentarme en las escalerillas mientras comía sándwiches que pasaba a
comprar con mis amigos, pero nunca había entrado a los terrenos de la academia.
Solo con ver la estructura de la academia me maravillé, era una estructura muy
moderna contrastada con antiguas edificaciones que habían sabido mantener de
pie después de cientos de años, eran varios edificios, el primero era de piedra, el
segundo de madera, el tercero era de un material que no identificaba y el cuarto
era de piedras al igual que el primero, pero sin lugar a dudas la tercera estructura
era la más moderna, aquellos edificios estaban concectados por delgadas líneas
que parecían ser pasillos para movilizarse con facilidad a través de la inmensa
ciudadela que parecía ser la academia, aunque al adentrarme en los terrenos de
esta me fijé en los dos gimnasios, la cancha sintética pequeña y al fondo una
imponente cancha de futbol que seguramente cumplía con las exigencias de los
partidos para fútbol de once jugadores por equipo.
La cantidad de jóvenes con sus familias era colosal, había al menos ciento
cincuenta jóvenes que querían entrar a la academia y que iban entrando poco a
poco después de llenar su hoja de inscripción en la entrada principal. Vi como
algunas chicas salían llorando a todo pulmón y otros chicos con la vista perdida
caminaban junto a sus familias indignados.
―¿A ellos los rechazaron? ―pregunté, mientras mamá se adelantaba a todos
los de la fila y era atendida inmediatamente por la chica que administraba las
inscripciones.
―Sí ―contestó mamá―. Félix, ¿Vas a intentar entrar en algún equipo
deportivo de la academia?
―El de fútbol ―le dije―, pero no me probaré para el club deportivo, quiero
entrar en el de magos.
―Eso estaría muy bueno, pero es algo difícil, ¿No es así, señorita? ―preguntó
mamá a la administradora de inscripciones con rasgos asiáticos en la cara.
―Bastante improbable, aunque ya ha habido casos así ―dijo, con solo decir
eso significaba que había posibilidades.
―No importa ―le dije―. Me presentaré para magia, y si no quedo en magia
quiero presentarme para el club académico.
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―Enseguida… ―dijo la chica de rasgos asiáticos mientras escribía muy rápido
en su MacBook―. Todo listo, pasen, el examen escrito comenzará a las once de
la mañana en el salón de conferencias.
―Gracias ―repetimos mamá, Goldie y yo al unísono.
Al adentrarnos en el lobby de la academia vislumbré la cantidad de alumnos
que había dentro, era colosal, la mayoría de ellos estaban esperando la hora de
inicio de los exámenes, mientras que otra parte estaban conversando
tranquilamente entre sí.
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abogados, empresarios y apostadores. Evidentemente el último edificio era para
los chicos “Artísticos”, aquí se movilizaban todos los dotados de talentos
excepcionales en diferentes artes. Mis expectativas eran estar en el edificio de los
Triunfadores y formar parte del club de magia. ¿Era demasiado?
En eso que me sumergía en mis pensamientos, por los parlantes que se
ubicaban en cada esquina del inmenso lobby sonó un mismo mensaje.
―Se solicita a todos los nuevos postulantes a realizar el examen escrito en
dos minutos en el salón de conferencias B ―esa era mi señal, mama me brindó
buena suerte con un ruidoso beso en la mejilla que me limpié avergonzado y
Goldie me abrazó de improviso.
―Buena suerte ―me dijo sin soltarme, también la abracé.
―Gracias ―me soltó y caminé derecho hasta el salón de conferencias B, logré
identificarlo por el llamativo letrero sobre la puerta doble del mismo.
GOLDIE
Cuando Félix entró por la puerta que le indicaron comencé a caminar por el
recibidor de la academia, me gustaba todo lo que exhibían, los trofeos, las fotos,
diplomas y certificados que aseguraban la excelencia absoluta por sobre otras
instituciones del país, incluso del mundo. Noté que mamá se estaba viendo a sí
misma en su juventud plasmada en una pintura del año 1990, realmente era muy
guapa a sus dieciséis años, era rubia, pero no de manera exagerada, más bien era
de un tono castaño claro y su cabello llegaba a brillar por lo sedoso que se veía,
sus ojos verdes esmeralda eran muy lindos, ¡Era igual que yo! Sólo llegaba hasta
la boca del estómago, pero se veía radiante con el uniforme de la academia,
uniforme que se había mantenido por todos esos años a juzgar por el arte del
año 2013 que estaba junto al cuadro de mamá, era de un tal Matthew Solanke
que no destacaba nada en cuanto a su físico, salvo a sus prominentes y caídas
cejas, además de su corte rapado por los lados y rizado arriba, era buenmozo, no
más que eso. Algo me hacía devolver mi mirada hacia el cuadro de mamá, noté
que la pintura que estaba bajo el suyo era el de papá, Edward LeBlanc, el chico
que prometía ser el genio más impresionante de la historia terminó siendo
inferior a una chica de los suburbios de Países Bajos.
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Mi papá era muy parecido a Félix, pero papá tenía pecas y el pelo mucho más
largo que el de Félix, claro que sabía camuflarlo peinándose con una banda en su
frente que evitaba que el pelo invadiese su cara y lo enviaba hacia atrás, pero su
cuadro representaba muy bien la personalidad retraída de papá, el fondo era
azulado y negro, mientras que papá salía mirando hacia un lado con
desconfianza. En cuanto a genialidad, papá era mucho más que Félix, pero no
sabía si su genialidad realmente había sido positiva.
¿Cómo fue que dos polos opuestos como mamá y papá llegaron a ser marido
y mujer? Una melodía comenzó a sonar en mi mente mientras que la letra que la
acompañaría nublaba mi vista.
“…Pierde el miedo a caer, que cada golpe te motive a volar…”.
―¿Vamos a comer un helado? ―me preguntó mi mamá, saqué mi teléfono y
comencé a tomar notas de la potencial canción que tenía frente a mis ojos.
―Espera ―le pedí sin dejar de tomar nota. Una canción acerca de superar tus
miedos, probablemente el piano sería excelente para acompañarla.
Una de las cosas que más me molestaba de una de mis singularidades era
que las oraciones que aparecían frente a mi estaban desordenadas y para darle
sentido a las canciones me tenía que pasar horas reescribiendo fragmentos,
probando diferentes instrumentos y cuando finalmente daba con la melodía
perfecta, se me bloqueaba la inspiración y dejaba mis ideas en el tintero.
―Acompáñame a comprar un helado, creo que al lado hicieron
remodelaciones en el local de la señora de los sándwiches ―se rió mamá―.
Vamos y le compramos uno a Félix.
“…Y para pronto emprender mi nombre en gloria y majestad, voy a cambiar
todo lo negro de este lugar…”.
―¿Goldie? Te estoy hablando ―insistió, las palabras se desordenaban y
dejaban de tener sentido, tenía que concentrarme.
“… Ser libre al fin, ¡Goldie, comida para Félix! Solo por tí vivir…”.
―¡Déjame! ―grité demasiado fuerte, mamá me miró con la boca abierta,
primero pareció molesta, pero su expresión cambió a una de profunda tristeza y
desilusión. ¡Guau! ¿Acababa de gritarle a mi mamá? Eso era nuevo.
―Bien, está bien… ―dijo con los brazos arriba, se dio media vuelta y caminó
hacia otro lado supuestamente a mirar los otros cuadros de las demás
generaciones.
Nadie a excepción de Félix conoce mi particularidad de “Melodía”, ni siquiera
mamá y papá, era una habilidad que me facilitaba todo lo que tenía que ver con
música, pero mamá quería que me dedicase a jugar básquetbol o algo así,
mientras que presionaba a Félix para que actúe con seriedad y se prepare para
heredar Blackflower Industries, nuestra compañía de tecnología.
“El valor que llevas dentro se despertará”.
Las letras desaparecieron y mi vista volvió a aclararse, me habían dolido los
pulgares por haber escrito tan rápido en mi teléfono, pero estaba segura de que
esta canción realmente valdría la pena.
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―¿Otra canción? ―me preguntó mamá después de tres minutos, había ido a
comprarse un agua mineral en la máquina expendedora de la academia.
Asentí avergonzada por mi reciente comportamiento, nunca antes me había
comportado así con mamá estando consiente, con papá me peleaba todo el
tiempo, pero a mamá nunca le había levantado la voz ni por broma. Apagué la
pantalla de mi teléfono e hice como que miraba la hermosa pintura que le habían
hecho.
―Me acabo de dar cuenta de que es cierto que eres igual a mí de pequeña
―reconoció, sonreí, estaba pensando exactamente lo mismo.
―Pero tú no tenías pecas ―me reí mientras me señalaba los puntitos rosados
que tenía en la zona de la nariz y bajo los ojos.
―Es cierto, pero eres la misma rubia espectacular de ojos verdes que era yo a
tu edad, y lo sigo siendo, de eso no hay duda ―dijo muy convencida, comencé a
reírme.
―Yo no soy espectacular, mamá ―le dije, pareció que mis palabras le
afectaron, pues su sonrisa se trabó y bruscamente se convirtió en una boca
apretada, incómoda por algo que dije.
―¿Quién dice que no?
―Simplemente no lo soy, creo ―reconocí.
―¿Sigues con eso del autoestima?
―Pero si hay que ser realista, mamá, hay chicas de mi edad que son un
bombón, no se puede competir contra la genética ―dije, por dentro no pensaba
eso, pero no sabía por qué lo decía ahora que estaba con mamá.
―¿En serio crees eso? ―me preguntó.
―No, digo, sí, a medias ―reconocí―. No digo que no sea linda, pero siento
que no soy un diez.
―Esto pasa por no llevarte de compras ―dijo mamá para sí misma, no nos
mirábamos, pero sabía perfectamente lo que hacía, se restregó las manos por la
cara y después me rodeó con su brazo, le llegaba hasta el cuello con mi preciado
metro y sesenta centímetros.
―Gold ―(Goldie era un diminutivo cariñoso, pero todos lo usaban como si
fuese mi nombre completo)―. ¿Te das cuenta de la estupidez que dices?
―¿Estupidez?
―¡Escúchame! ―me agarró por los hombros y me miró directamente a los
ojos, ¿Así sería yo cuando tuviera cuarenta años? La verdad es que, viéndola de
cerca, mamá no había cambiado mucho desde que le hicieron esa pintura, solo
había crecido y tenía un cuerpo de mujer real, no una cintura de sesenta
centímetros como en sus años dorados, pero seguía siendo espectacular―. Eres
Gold LeBlanc, tu nombre significa oro por lo valiosa que eres, no hay ninguna otra
chica como tú en el mundo, ¿Crees que una cara bonita podría superarte? Tú eres
la cara más bonita, Goldie, que de eso no te quepa duda, ¿No habíamos hablado
de esto? Para amar a alguien debes amarte a ti misma, ¿Recuerdas?
Martín TeuquilPágina | 18
Apreté la boca, tenía razón, cuando estaba a punto de decirle lo que pensaba
apareció mi inoportuno hermano, ¿Cuánto había pasado ahí adentro? ¿Cómo
diez minutos? Los reporteros me separaron de mamá enseguida y posteriormente
se abalanzaron sobre Félix, claro que la estricta seguridad de la academia no les
permitió ni cinco minutos, apenas terminó la transmisión llegaron los hombres
de negro que custodiaban las entradas y con sus habilidades paralizaron como
estatuas a todos los paparazis, reporteros y camarógrafos que había en el
recibidor de la academia.
Las cosas siempre han sido así, Félix es un inútil, no puede hacer nada por sí
solo, pero todos lo adoran por tener como 190 de coeficiente intelectual,
básicamente, estaba loco de remate y todos querían ser como él. Todos lo
admiran y hablan sobre sus logros, hablan sobre lo que yo debería conseguir y
me viven comparando con él, con mi mamá, mi papá y todo mi exitoso linaje. Yo
no sé lo que quiero, es decir, tengo trece años cumplidos en febrero de este año
y me viven diciendo que ya tengo que pensar en lo que quiero para mi futuro,
pero a mí lo que más me gusta es hacer mis canciones para mí misma, nada más,
aunque juegue basquetbol por el Colegio Mágico Milán, saque calificaciones
temibles y realmente sea buena para todo lo que me propusiese mi pasión estaba
en tocar el marfil de las teclas del piano que teníamos en casa y que no habían
usado en años hasta que mi mamá se propuso enseñarle a tocar a mi flojo
hermano, cuando aprendió y lo dominó simplemente lo abandonó, pero yo
quedé cautivada por la música y le pedí a mamá que me enseñase por lo que más
quisiese en el mundo, lo demás es historia, o me gustaría que algún día lo fuese.
Desde entonces han pasado ocho años en los que nunca dejé de tocar, ha habido
épocas en las que no lo toco en meses, pero siempre termino volviendo y
retomando mi pasión.
Por obvias razones mis padres no saben nada de esto, no saben que odio ir al
colegio, que prefiero tocar el piano que jugar básquet y no tengo ganas de que
se enteren.
Conozco a mis padres, los conozco tanto que sé que si les confieso eso se
obsesionarán, se ilusionarán y pondrán todas sus esperanzas en mí, puede que
me consigan patrocinio, me hagan participar en concursos y me presionen para
practicar como si de una rutina se tratase, no quería eso, quería disfrutar de mi
pasión por mí misma y me parecía suficiente con Félix apoyándome en cada
decisión que fuese a tomar.
Por un lado, sentía celos de mi hermano, pero por el otro me gustaba que se
llevase todos los focos. Quiero ser tan admirada como mamá, pero quería hacerlo
con mi propio esfuerzo y méritos, no por lo típico de estudiar, elegir entre ciencias
y humanidades, de ahí en adelante elegir si pasar mi vida investigando sobre
temas que francamente no me interesan, defender a verdaderos demonios e
incluso engañar a países enteros para beneficiarme, no quería nada de ese estilo
de vida, quería demostrar lo que se hacer y si a la sociedad le gusta está bien,
pero si no, también está bien.
Martín TeuquilPágina | 19
Yo no era la hermanita pequeña de Félix LeBlanc, yo soy yo, nadie más y nadie
menos que Goldie LeBlanc.
FÉLIX
Martín TeuquilPágina | 20
―Félix LeBlanc, conocido por ser el hijo primogénito de Felicity Blackburn y
Edward LeBlanc, dos de los más influyentes contribuyentes de la tecnología y
ciencia respectivamente. Félix por otro lado parece seguir los pasos de su madre
al haber ganado cuatro de las ferias tecnológicas juveniles más importantes del
mundo. Dinos Félix, ¿Cómo estuvo el examen de admisión a una de las más
prestigiosas y exigentes preparatorias del mundo? ―me preguntó uno de los
reporteros, claro que este llevaba un suéter naranja que le hacía destacar frente
a la cámara.
No eran muchas las oportunidades en las que me entrevistaban a mí en lugar
de a mis padres, pero me habían enseñado a permanecer calmado ante cámaras
y micrófonos, siempre mostrando humildad, simpatía y un humor sarcástico.
―Facilísimo, ¿Podrían dejarme tranquilo? ―solté cuestionando públicamente
la dificultad del examen de admisión.
―Me acaban de comentar el rumor que sacaste nada más y nada menos que
noventa y nueve puntos, un registro histórico en la academia, ¿Es verdad? ―me
preguntó.
―Déjenme tranquilo ―dije evitando hablar antes de tiempo.
―Entiendo, pero ¿Crees que lograrás encontrar una dificultad desafiante en
la academia? ―me preguntó―. Tomando en cuenta que como tu madre nos dijo
en tu victoria en la Google Science Fair con tu proyecto “Material bio-
incompatible”, te estabas aburriendo de no tener retos y estaban pensando
hacerte entrar directamente a la Universidad de Stanford.
―No voy a hablar con ustedes, deje de joderme, no tengo la intención de
hablar con ustedes, buitres ―declaré.
―Así es como se dirige a los medios el joven Félix LeBlanc, un chico
condescendiente, prepotente y que malinterpreta nuestras acciones ―habló el
reportero a la cámara, apreté los puños y me teletransporté hasta donde estaban
mamá y Goldie.
―¿Y qué tienes que hacer ahora? ―me preguntó Goldie.
―Subterráneo, ¿Sabes dónde es, mamá? ―le pregunté a mi madre, había
estudiado aquí, así que suponía que podría guiarme. Mamá me miró confundida.
―No sabía que había un subterráneo ―confesó.
EMMALINE
Aquella mañana fue un absoluto caos. Desperté con el corazón fuera del
pecho después de saltar de manera inconsciente al escuchar el ruidoso
despertador en mi oreja, Jake nuevamente se estaba quedando conmigo, pero
hoy sería un día importante para nosotros, para mí especialmente, hoy
tendríamos la oportunidad de entrar a la academia más prestigiosa del mundo y
por la que expresamente habíamos viajado al oeste de Estados Unidos, hoy era
el examen de admisión al que se sometían todos los alumnos preseleccionados
en todo el mundo, nosotros éramos de ese montón, quizás eran cerca de
Martín TeuquilPágina | 21
quinientos en el mundo por año, pero solo entraban cuarenta a la academia y
todo se definía en este examen.
Me levanté con entusiasmo de la cama, empujé a Jake fuera de mi habitación
sin pronunciar ni media palabra y le cerré la puerta en la cara. Estaba decidida a
que hoy sería uno de los mejores días de mi vida, durante las semanas anteriores
había estado contactando a diferentes preseleccionados del mundo y sólo
éramos quince ingleses, los otros cientos se repartían entre otros países como
Francia, Japón, Alemania, Argentina, Suecia, Holanda e incluso Madagascar, lo
que más quería la Academia Preparatoria Real era promover la diversidad, pero
tenían cero tolerancia con cosas que le parecían molestas al director, es decir; el
lenguaje inclusivo y el exhibicionismo, es decir, si ibas con minifalda a la academia
no había problema, incluso con shorts, blusas ombligueras o derivados eras
aceptada, pero si ya ibas en calzones o en pelotas tenías cancelación de matrícula
automática sin derecho a protesta.
En eso que me volteo veo que la pantalla de mi teléfono había cambiado a un
tono verdoso, me estaban llamando, con tres pasos llegué a la mesita de noche
y cogí mi celular, era Gareth Pyro.
Martín TeuquilPágina | 22
―Buenas, Gareth. ¿Arreglaste todo para hoy? ―le pregunté, abrí una de mis
maletas en busca de ropa limpia, una toalla y el alisador de cabello.
―Desde que me dijiste que ordene todo ayer no me detuve hasta quedar
guapísimo, no verás cómo voy de puto amo con el pelo que me traigo ―dijo, me
gustaba su voz, era algo ronca, pero se notaba por ciertos gallitos ocasionales
que antiguamente era más aguda de lo normal.
Me reí.
―Yo no logro encontrar el alisador ―le confesé conforme mi preocupación
crecía, no podía ir toda impresentable a dar el examen, era la primera impresión
que se llevarían de mí y no quería que piensen que destaco únicamente por el
apellido.
―¿Lo trajiste? ―me preguntó el pelirrojo que ahora mismo no lograba ver
producto a que se trataba de una llamada de únicamente audio. Gareth en su
Instagram tenías más de tres mil seguidores, esto producto a que subía pocas
fotos, pero todas tenían efectos muy chulos o eran videos que grababa con su
GoPro que tanto presumía, además de ser hijo de una persona polémica.
―Claro que lo traje, antes de ayer me alisé el pelo y hoy ya no está la puta
plancha ―dije rebuscando debajo de mi cama.
―Pero Emma, ¿Y si lo dejaste en el baño? ―me estaba enojando muchísimo.
―Lo buscaré, luego hablamos ―dije y me acerqué al teléfono para cortar la
llamada.
―¡Espera! ―logró detenerme por unos segundos―. Ponte linda para mí.
Después de esas palabras cortó, me quedé petrificada por unos segundos y
comencé a sonreír de manera estúpida, no sabía que me pasaba, pero en ese
instante mi principal prioridad era Gareth, quería verme preciosa para dejarlo
babeando por mí.
En ese momento estaba segura, segura de que sentía cosas por Gareth pese
a que habíamos hablado por chat hace poco más de una semana por primera
vez, y hace menos de cuatro días habíamos tenido nuestra primera video-
llamada, no sabía que me pasaba.
De lo poco que conocía a Gareth sabía que le gustan las fiestas, pero me dijo
que no bebe así que está todo bien, sabe hacer trucos con su patineta, además
es lo que usa para movilizarse en cualquier lugar en el que esté, y lo que por
alguna extraña razón me pone: sabe hacer piruetas y escalar como en el juego de
asesinos, Assassin’s Creed o algo así.
―¡Emma! ―Jake me cortó todo el rollo con un lejano grito justo cuando se
me estaba viniendo lo cerda en plan exagerado.
―¡¿Qué!? ―contesté con rabia.
―¡Dúchate! ¡Enseguida te llevo tu plancha para el cabello! ―así que el
maricón de mi hermano lo tenía.
―¿¡Ahora te planchas el cabello!?¡Apresúrate, hermanita! ―me burlé de él
como de costumbre, agarré una toalla y me metí en el baño.
Martín TeuquilPágina | 23
Lo dicho, me duché, me sequé y salí del baño con la toalla cubriéndome, al
parecer esto fue lo peor que pude haber hecho en el día, pues enseguida
comenzaron mis estornudos.
―¡Mi plancha! ―logré gritar entre la alergia, al menos yo deseaba con todas
mis fuerzas que solo se tratase de eso.
Mientras me alisaba el pelo y me preparaba para verme divina frente a todos
mis potenciales compañeros nuevos comencé a pensar en dos personas que
también estaban en la lista: el mundialmente conocido heredero de una empresa
tecnológica Félix LeBlanc, y la hija de un importante político estadounidense, la
rubia fundadora de un movimiento a favor de los derechos de los animales con
habilidades, Elizabeth Cálibri. ¿Ellos dos serían un problema? Quería ser la número
uno de nuestra generación y no tenía dudas de que debía esforzarme para
conseguirlo, pero ¿Realmente ellos eran mi mayor preocupación? No iba a ser
una segundona frente a ellos, frente a nadie, estaba acostumbrada a ganar e iba
a hacer todo para seguir haciéndolo.
FÉLIX
Poco a poco fueron saliendo del salón de conferencias los otros cien
candidatos a los que les había tocado dar el examen de admisión conmigo, en
eso me percaté de que uno de mis antiguos compañeros de clase también había
salido, pero su mirada perdida solo me daba chance a imaginarme dos posibles
escenarios, el de la aprobación y el rechazo.
Me crucé de brazos sin dejar de mirarlo, Goldie había ido al baño con mamá
y me habían pedido que las espere antes de preguntar por dónde quedaba el
subterráneo.
Emil Werner, un chico con las piernas más delgadas que cualquier otra
persona que conociese, era de nacionalidad alemana y había llegado a Bunder
hace un año, presumiblemente su familia no iba mal de dinero si se podían
permitir mandar a su hijo a estudiar a otro país tomando en cuenta que el Colegio
Mágico Milán no era un colegio que daba becas, sino que ellos se guardaban el
derecho a admisión.
Pareció escabullirse entre los nuevos reporteros que no dejaban de aparecer
para agobiar a los jóvenes que terminaban el examen de admisión. ¿Cuál era la
singularidad de Emil? Hice un esfuerzo para recordarla, pero se me había olvidado
completamente. El despeinado Emil me miró de repente mientras caminaba hacia
uno de los asientos que había en el gigantesco recibidor y simplemente levanto
su brazo para saludarme, moví mi cabeza para devolverle el saludo por pura
cortesía, no era muy de saludar a quienes realmente no conocía del todo bien, de
Emil solo era compañero de clase, ni siquiera habíamos hablado, sólo sé que a
veces tocaba la guitarra en el patio alejado de los demás, pero en clases era
explosivo, muy hablador y risueño, además de irritante por el uso de los mismos
chistes en todas sus bromas.
Martín TeuquilPágina | 24
Entonces, del salón de conferencias salió un chico pelirrojo, un poco más bajo
que yo y con la cara grasienta con indicios de acné. El chico llevaba el cabello
desordenado y los rulos enredados entre sí, además de una sonrisa descontrolada
que explicó enseguida.
―¡Cincuenta y nueve de cien! ―celebró frente a las cámaras antes de que los
guardias llegasen a sacar a la nueva horda de reporteros, lo quedé mirando con
descaro, no me medía a la hora de analizar a las personas, pareció notar mi
intensa mirada y se acercó caminando hacia mí.
¡No! ¡¿Qué iba a hacer ahora?! ¡No quería hablar con este pelirrojo! Titubeé
entre salir corriendo o acercarme a él también, así que me quedé quieto, casi en
shock.
―¿Félix LeBlanc? Un gusto, ¿Realmente sacaste noventa y nueve puntos?
―preguntó el misterioso chico, iniciando una conversación más personal
conmigo.
―Sí, estaba fácil ―le dije con nerviosismo, no me sentía cómodo hablando
con él―. Tu-tú tampoco lo hiciste nada mal…
―Fácil para el hijo de Teddy LeBlanc ―dijo con ironía―. A mí me costó un
huevo, pero logré salir rápidamente del paso. Por cierto, ¿Qué respondiste en la
pregunta que decía que Newton también “descubrió” los colores?
―Medianamente, fue el primero que se dio cuenta de que los objetos opacos
absorben una parte de la luz y reflejan otras, es básico, colega, era una pregunta
con trampa que había que dejar desarrollada al lado ―le cuestioné.
―¿En serio? ―preguntó decepcionado―. Esa pregunta me tuvo un buen rato
con dolores de cabeza, pero al final contesté al azar que sí.
―Te la sacaste de los huevos ―me reí forzadamente―. A mí nunca me
funciona el azar.
―A mí por alguna extraña razón siempre me funciona, excepto en esta
situación de preguntas sin respuestas ―se rió a carcajadas, lo miré con una
sonrisa algo forzada, nadie se me solían acercar de esta manera tan repentina y
eso era porque yo mismo lo evitaba a toda costa, no soportaba no saber de qué
hablar, cuando me atrevía a hablarle a alguien era después de conocerlo bien y
saber de sus gustos, pero cuando hablas con un desconocido no sabes hasta qué
limite llegar, especialmente conmigo por el continuo uso de las ironías.
―¿Y tu papá está solo en tu casa? ―me preguntó cuándo logró cesar sus
risotadas.
―¿Qué? ¿Por qué me preguntas eso? ―respondí a la defensiva.
―No lo sé, solo se me pasó por la cabeza al verte con tu mamá y tu hermana,
¿No has notado que son físicamente una es el espejo de la otra? ―dijo, conmigo
no funcionaba eso, no era tan estúpido, algo pretendía con la primera pregunta
y mi morbo me estaba presionando a decirle lo que quería escuchar, quería
descubrir cuáles eran sus intenciones.
Martín TeuquilPágina | 25
¿Era un psicópata? Según algunos estudios respaldados científicamente por la
Universidad de Columbia Británica, al menos el 1 % de la población mundial es
psicópata o presenta un espectro similar al perfil de un psicópata. Aunque pueda
parecer una cantidad no especialmente significativa, se trata de un fenómeno
notable, pues estos individuos son los responsables de más de la mitad de los
crímenes violentos que se cometen en los países desarrollados. Reconocerlos
suele ser difícil, normalmente son personas simpáticas que dan seguridad en el
ambiente, suelen ser muy convincentes a la hora de hablar, aunque suelen tener
problemas para relacionarse a profundidad (¿Cómo no tenerlos?). No son
personas peligrosas en sí, pero son amenazas potenciales, algo me hacía tachar
al pelirrojo en un rango parecido, no sabía por qué.
―Más o menos ―dije sosamente.
―¿Te llevas bien con ellas?
―Bastante bien ―mentí a medias, me llevaba mucho mejor con Goldie que
con mamá.
―¿De verdad? Yo realmente no soporto a mi papá, ¿Sabes quién es mi papá?
―me preguntó, no tenía ni la más remota idea.
―Ni idea ―no tenía ni la más remota idea de quién era este chico, por lo que
obviamente no sabía de quién me hablaba.
―Ignotus Pyro, ¿No te suena? ―negué con mi cabeza y me puso una
expresión de decepción―. ¿Y tú como te llevas como tu papá?
―Bien ―volví a mentir. Mi respuesta le sorprendió de sobremanera, tanto que
abrió los ojos más de lo debido, esto cada vez me parecía más sospechoso―.
Oye, escucha, mi mamá me dijo que la vea en el baño.
―¡Oh! Yo también iba hacia el baño ―dijo con una sonrisa confiable, pero
que a mí me producía temor. Me la había jugado, ¿Qué le podía decir? Me hice
el sorprendido al ver a Emil.
―¡Un antiguo compañero de clase! ―exclamé con fingida sorpresa, miró en
dirección a Emil Werner, quien estaba escuchando música para matar el tiempo.
―¿Vas dónde él? ―me preguntó enseguida.
―Sí ―dije y me despedí con un golpecito en el pecho, ¡Bien! Seguía siendo
tan genial como siempre para escapar de las peores situaciones.
―¡Espera! Me llamo Gareth Pyro, pero me dicen Gazz ―extendió su mano.
―De acuerdo ―miré su mano, no me gustaba mucho el contacto físico ni me
gustaba mucho él, así que no se la estreché.
―¡Oh! Claro, lo siento ―dijo con sarcasmo en su tono de voz, lo miré
confundido.
―Como sea, nos estaremos viendo ―dije y me di media vuelta para fingir ir
hacia Emil.
―Nos vemos ―se despidió y caminó directamente hasta la familia de
pelirrojos compuesta por un hombre, una mujer, una niña de la edad de Goldie y
un chico algo mayor que nosotros, al parecer esta era la familia Pyro. Yo por mi
Martín TeuquilPágina | 26
parte me acerqué a Emil Werner de manera obligatoria, Gareth Pyro no dejaba
de mirarme mientras caminaba con la mayor lentitud del mundo hacia Emil.
Era la llamada “caminata lunar”.
―¿Qué hay, Michael Jackson? ―me preguntó una chica con el pelo color
ceniza que estaba sentada junto a Emil, no la conocía de nada, pero se había
atrevido a hablarme de todas formas―. ¿Necesitas algo?
―Ho-hola ―tartamudeé cuando vi que Emil se había quitado los audífonos
de las orejas y se disponía a escucharme.
―¿Qué pasa, Félix? ¿Así que noventa y nueve puntos? ―me preguntó
mientras estiraba su mano, pero no era para estrecharla, sino que, para chocar
nuestros puños, se lo choqué con confianza, me daba cincuenta veces más
seguridad que el extraño pelirrojo.
―Noventa y nueve ―afirmé con cierta vergüenza, la chica de pelo casi-blanco
se había quedado boquiabierta.
―¡No jodas! ―soltó y se agarró la cabeza con emoción―. ¿Tú eres Félix
LeBlanc?
La chica comenzó a reírse a carcajadas, no se detenía, aunque Emil y yo la
mirásemos confundidos.
―Creo que se ríe porque ella pensaba que eras más imponente ―dedujo Emil.
―Pero si soy imponente ―bromeé sacando pecho. Falsedad absoluta, me
faltaba músculo, era mucho más delgado de lo que mi ropa aparentaba, pero era
consciente de que con pesas y un buen entrenamiento podría ganar masa
corporal, aunque Emil tampoco era especialmente corpulento.
―Es cierto ―le afirmó Emil a la risueña chica―. No le has visto las piernas.
Cuando la chica terminó de reírse me quedó mirando de arriba abajo, me miró
las manos, los pies y después miró a Emil con malicia.
―Me mentiste, dijiste que se veía como un chico malo ―se rió y empujó a
Emil.
―¡Pero si se ve así! ―se defendió señalándome.
―¡Guau! Déjame decirte que se ve como un criminal con esos ese abrigo en
pleno verano ―se refería a mi abrigo término, por fuera era una chamarra, pero
por dentro tenía lana que me mantenía temperado en todo momento, tenía
tecnología Infinity y cambiaba la temperatura de la lana para cuando hiciese frío
o hiciese calor, no era un imbécil.
Me abrí el abrigo y la dejé tocar la lana completamente helada, ciertamente
hacía un calor que te cagas, así que la chica se quedó un buen rato con la mano
tocando mi climatizado abrigo por la frescura que producía.
―Hasta su ropa es inteligente ―reconocía la chica mientras se cruzaba de
brazos.
Sonreí, enseguida me pareció escuchar un grito de mamá y apreté los puños
para teletransportarme hacia ella.
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―¿Sabes dónde debo dar el examen para el club de magia? ―le pregunté,
mamá negó con la cabeza y volví a apretar mis puños, quedé nuevamente frente
a los chicos.
―Su particularidad es consiste en la teletransportación ―escuché como Emil
le explicaba a la chica lo que acababa de pasar.
―¿Saben dónde queda el subterráneo? ―pregunté.
―¿Vas a dar el examen para el club de magia? ―me preguntó Emil.
―¡Nosotros también! ―me aseguró la chica antes de que pudiese
contestarle―. ¿Y si vienes con nosotros?
¡Buenísima! Excepto que no estaba tan seguro, prefería andar con mamá.
Apreté los puños y volví hacia dónde debía estar mamá con Goldie, pero ocurrió
algo inédito. ¡Me habían abandonado! Bueno, realmente no era algo nuevo,
siempre me quedaba olvidado en los supermercados y en los centros comerciales,
mis padres creían que con mi habilidad podría llegar en un par de segundos a
casa, así que ni se preocupaban.
Maldita sea, volvía a estar obligado a necesitar de Emil.
Apreté mis puños y aparecí frente a ellos, la chica me esperaba con una
sonrisa, mientras que Emil ya se había embarcado en otro viaje por sus lecturas.
―Voy con ustedes ―dije y empujé a Emil con mi pierna para que se corriese
hacia el asiento de al lado, me senté y recosté mi cabeza en el respaldo del
asiento.
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2 LA ACADEMIA PREPARATORIA REAL
“Cree en ti, ten fe en tus habilidades. Sin una humilde pero razonable
confianza de tu poder, no puedes ser exitoso o feliz.”.
Norman Vincent Peale
FÉLIX
―¿Yo no tendría que dar el examen aparte? ―le preguntó la chica con el
cabello rubio ceniza a Emil Werner.
―¿Qué? ¿Por qué? ―le cuestionó.
―Porque soy de danesa, tú eres alemán o ruso, ¿No? ―le preguntó, ambos
tenían acentos extraños, pero manejaban un buen inglés, se notaba que habían
estudiado el idioma desde pequeños.
―Das ist egal ―dijo Emil, estaba hablando en alemán. Yo manejaba el inglés,
español, francés y neerlandés, pero no tenía ni idea de alemán.
―¿Qué? ―preguntó la chica.
―Eso no importa, Dinasty ―aclaró el del cabello alborotado.
―¿Alemán? ―se cercioró ella. ¿Entonces se llamaba Dinasty?
―Ajá ―afirmó Emil.
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―Félix, ¿Tú eres estadounidense? ―me preguntó la chica.
A pesar de que también tengo la nacionalidad neerlandesa por mi madre y
francesa por mi padre, soy y siempre he sido del continente americano,
estadounidense. Nací y crecí en la ciudad Bunder, en el estado de California,
justamente en la famosa ciudad para personas con singularidades. De manera
que soy un joven práctico, sí, y supongo que eso explica mi poco tacto con los
sentimientos y sensibilidad de los demás o, en otras palabras, desprovisto de
empatía. Mi madre es una empresaria, fundadora de clínicas médicas, armerías,
pastelerías, centros comerciales y edificios por todo el mundo; mi padre es
biólogo espacial y paleontólogo, no tengo idea de cómo consiguió además de
estos dos títulos universitarios el título de zoología, astrobiología y biotecnología
antes de los 23 años de edad, cuando la NASA le contrató y comenzó su extraño
trabajo.
Tanto mi papá como mi mamá estudiaron en la APR, mamá llegó a ser la
presidenta del centro de estudiantes, reina en sus dos últimos bailes de fin de
año y una de las principales figuras provenientes de la academia, aquí mismo se
conoció con mi papá.
Martín TeuquilPágina | 30
que cuando volvió nos dimos cuenta de que teníamos que estar juntos, él había
estado solo con dos chicas en toda su vida, en ese caso yo tenía más experiencia,
realmente tuve muchos novios, pero incluso antes de que fuésemos novios
amaba a más a tu papá que a todos mis ex novios juntos.
Se nota que mis padres no perdieron el tiempo, juntos fundaron un verdadero
imperio económico basado en tecnología holográfica y conectada
neurológicamente a los cerebros, supongo que por esos motivos yo también era
así, no perdí el tiempo durante mi infancia y me inicié desde muy temprana edad
con la mecánica y robótica, nadie me enseñó, pero apenas me permitieron usar
teléfonos me auto-instruí con tutoriales, terminé volviéndome realmente bueno.
EMMALINE
Se podría decir que nací en cuna de oro, hasta yo misma soy capaz de
reconocer que soy una adinerada sin salvación, pocas veces en mi vida me he
esforzado por algo que no sean mis estudios, al contrario, siempre he tenido
personas que se encargan de hacer los trabajos, tareas, deberes y quehaceres por
mí, yo solo estudiaba, iba a clase y daba los exámenes.
Mi hermano tampoco se salva de aquello, somos mellizos, pero yo nací un par
de segundos antes que él, así que soy la mayor. Cientos de discusiones han
terminado conmigo diciendo que soy mayor, especialmente cuando éramos más
pequeños y el género no se notaba tanto, ahora se me hacía difícil controlar las
situaciones contra el gigantón en el que se había convertido súbitamente mi
mellizo.
La buena situación financiera de mi familia no tiene nada que ver con la
situación familiar, hace poco mis padres se divorciaron y fue cuando decidieron
que Jake y yo tendríamos que venirnos a vivir a Bunder, Estados Unidos, pero
pasaron una serie de eventos desafortunados, y por otro lado afortunados que
desembocaron en nuestra integración a la Academia Preparatoria Real.
Puede sonar muy pesimista que yo lo diga, pero desde que nos mudamos a
América todo en mi vida ha ido empeorando, para empezar, en Inglaterra tenía
todo, tenía buenas amistades que extraño más que a nada en el mundo, a mis
abuelos maternos y paternos, a mis primos, tíos, tías y conocidos, todo era pura
felicidad para mí, pero se provocó el quiebre del matrimonio de mis papás y todo
se fue por el inodoro. Ahora estaba sola, solo tenía a mi hermano, quien por cierto
está mucho peor que yo con esto de la mudanza, creo que si mi sueño fuese
dedicarme al futbol y lo estuviese cumpliendo medianamente me sentiría igual
de devastado que él. Jake estaba desde los nueve años en la cantera del
prestigioso club inglés; Chelsea, ya había ganado algunos torneos con la sub-15
del club, y recientemente había sido convocado para jugar con la sub-16 de
Inglaterra, tener que dejar tu sueño y que la única manera de seguir con él sea
entrenando con el equipo de la academia e inscribiéndose en una liga amateur
para no perder la forma y costumbre de jugar, es terrible.
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Solo esperaba que cuando las clases comenzasen pudiese equilibrar la balanza
a mi favor, esperaba encontrar buenas amistades, vivir buenos momentos y
aprender muchas cosas, de momento Gareth era el único que me había hecho
sentir bien en el país, y eso que él también era extranjero.
Me bajé del vehículo con Jake, pero como no, también nos acompañaba mi
madre y mi otro hermano menor, Ethan, él era muy parecido a Jake, pero era
mucho más pequeño y delgado, era un palito flotante y odioso, no digo lo de
odioso para parecer chistosa, es en serio, detestaba pasar el tiempo con mi
ecologista y vegetariano hermanito. Nos obligaban a usar trajes formales, por lo
que Ethan y Jake iban con traje y corbata, mientras que yo me había puesto un
vestido.
Puse un pie en el interior de la academia y enseguida vi a Gareth con su familia
en una esquina del gran recibidor en el que había decenas de familias con sus
hijos, cada acabado de las pinturas que adornaban el lugar eran perfectos, me
acerqué a tocar uno de los dorados marcos que habían colgados y sentí el frío
oro entre mis dedos. Mi mamá también había estudiado aquí, Kassandra Fritz,
intenté buscarla en alguna de las pinturas de todas las generaciones que han
pasado por la academia, pero no logré encontrarla por ningún lado. Se supone
que debía estar en la generación de 1989, pero en su lugar estaban la famosísima
empresaria Felicity Blackburn (ahora LeBlanc) en una colorida pintura que
resaltaba su espectacular cabello castaño muy claro, el científico e informático
Edward LeBlanc en una pintura un tanto peculiar por su tono oscuro, y al final la
pelinegra política y esposa del gobernador de California de brazos cruzados con
un fondo beige, transmitiendo una seguridad y confianza a quienes la viesen. ¿Por
qué no estaba mi mamá? ¿Por qué estaban los padres de Félix LeBlanc y la madre
de Elizabeth Cálibri? Comenzábamos mal.
Mientras estaba dando el examen de ingreso vi que en menos de diez minutos
ya había un chico que había terminado, era el castaño LeBlanc, quien como no,
obtuvo el examen de admisión más perfecto en la historia de la academia, era
impresionante. Traté de no desconcentrarme demasiado, pero era imposible
quitarle la mirada mientras salía con aires de victoria por la puerta. Félix LeBlanc
era uno de esos chicos que tenían un solo destino en su vida; triunfar, no
importaba en que fuese, recuerdo que un día vi un video en YouTube que me
mostró un amigo de Inglaterra, era el mismísimo Félix LeBlanc junto a su familia,
decían que Félix había desarrollado un Trastorno esquizoide de la personalidad
en una de las entrevistas que le hacían a su madre, pero con el paso del tiempo
este diagnóstico se volvió nulo y lo consideraron una equivocación, Félix no era
más que una persona reservada a quienes sus padres presionaban, pero ¿Por qué
su vida se veía tan perfecta?
A mi derecha estaba la rubia Elizabeth, quien al ver que Félix salía del salón
comenzó a rellenar su examen con más intensidad que antes, pude ver como se
mordía las uñas mientras pensaba en sus respuestas y las traspasaba a la tableta
de respuestas, mientras que a mi izquierda estaba un chico con el cabello rapado
Martín TeuquilPágina | 32
cabeceándose para lograr aprobar. ¿Qué podía hacer yo? Seguí contestando las
preguntas con conciencia, quizás no iba a terminar el examen en diez minutos,
pero quería tener más de noventa preguntas correctas como mínimo.
Lo deseaba.
Apreté tanto la boca que me hice daño en la lengua, era una mala señal. Sentí
como mi lengua empezaba a prenderse fuego progresivamente, me tapé la boca
y evité respirar por más de un minuto para cesar las llamas, cuando abrí la boca
salió una bocanada de humo que hizo que todos empezasen a toser sin darse
cuenta.
―¿Quién está lanzando humo? ¡Saben que está prohibido usar sus
habilidades en el examen de admisión, así que si alguien está quemando la
tableta deberá retirarse ahora mismo! ―amenazó el hombre afroamericano que
estaba tomándonos el examen en el centro del auditorio, miré hacia los palcos
vacíos del auditorio y me fijé en que los estudiantes sólo usábamos las butacas
más cercanas al escenario, mientras que en las butacas del fondo había adultos y
posiblemente dirigentes de la academia supervisándonos. Tosí por lo bajo para
que el hombre no me escuchase.
Esa era mi singularidad, tenía una clase de regeneración ígnea, cuando me
hacía heridas estas se sanaban con llamas de manera instantánea, estaba
registrada como “regeneración ígnea” ante la Oficina De Singularidades, pero no
se trataba solo de eso, era una clase de combustión instantánea de todo mi
cuerpo, pero se manifestaba cuando se me producían heridas.
Muchas noches me quedaba hasta la madrugada pensando en el potencial de
mi singularidad, usualmente cuando me hacía grandes heridas el fuego sólo se
concentraba en cerrar la herida y se extinguía, pero con pinchazos de aguja o
cuando me mordía la lengua era una historia completamente aparte, no podía
controlar las llamas y gran parte de mi cuerpo se prendía en llamas, usualmente
perdía el control cuando eso sucedía, así que debía extinguir las llamas
manualmente cada vez que eso pasaba.
Sacudí la cabeza para liberarme de todos esos pensamientos triviales y me
volví a enfocar en mi examen, debía conseguir entrar de manera directa en la
primera clase.
FÉLIX
Al pasar los minutos terminamos siendo ocho los que estábamos sentados
esperando para ir al subterráneo, algunos de los que llegaban a sentarse
alrededor nuestra no nos hablaban, pero se notaban sus intenciones de postular
al club mágico, al parecer el subterráneo era un mito, pues nadie lo había
encontrado. Emil seguía sin despegarse de su teléfono mientras ignoraba a todos
los demás por estar escuchando música.
―¿Eres amigo de Emil? ―me preguntó la chica, quien presumiblemente se
llamaba Dinasty.
Martín TeuquilPágina | 33
―No, sólo éramos compañeros de clase en el Colegio Mágico Milán ―confesé
sin vergüenza de admitirlo.
―¿En serio eran compañeros de clase y no eran amigos? ―me preguntó.
―Nunca me ha interesado tener muchos amigos… ―aclaré con una sonrisa
tímida.
―Por miedo de que se aprovechen de ti ―predijo lo que iba a decir con éxito.
―¿Tu singularidad es adivinar lo que los demás van a decir? ―le pregunté.
―No, nada que ver ―se rió muy fuerte―. ¿Qué clase de singularidad inútil es
esa?
Entrecerré los ojos simulando molestia por la burla que me había hecho.
―¿Entonces cuál es tu singularidad? ―quise saber―. Si vas a entrar al club de
magia supongo que tienes singularidades interesantes.
Dinasty sonrió con orgullo e hizo una L con los dedos, entre las puntas de su
dedo pulgar y su dedo índice apareció una especie de cuchilla blanca, estaba
hecha de hielo. Comprendí su habilidad enseguida, supuse que podía solidificar
sus fluidos internos y enviarlos al exterior de su cuerpo, como si crease hielo de
la nada.
―Solidificación de fluidos ―predije el nombre de su singularidad.
―¿Qué? No, “Creación de hielo” ―me corrigió, lo entendía, pero a mi parecer
era más acertado el nombre de solidificación de fluidos, le miré la cara a Dinasty
y ya no parecía estar con las mejillas rojas, ahora toda su cara conservaba su color
normal. Supuse que su poder funcionaba con la sangre y su temperatura corporal.
Me encogí de hombros con una sonrisa en mi rostro y le pregunté:
―¿Cómo era que te llamabas?
―Dinasty Winter, dime Dina ―se presentó con los brazos cruzados y una
sonrisa.
―¿Qué hora es? ―preguntó Emil súbitamente, pareció sorprenderse al ver a
tantas personas alrededor nuestra.
―Once y media ―informó Dinasty.
―Ya, vamos ―dijo Emil mientras se levantaba del asiento, me levanté también
y lo dejé caminar adelante.
―¿Sabes a donde hay que ir? ―le pregunté.
―No ―confesó Emil―. Pero seguro que alguno de los que estaban en el salón
de conferencias sabe.
Ahora entendía la larga espera, Emil estaba esperando que se acabase el
tiempo del examen, apenas comenzamos a caminar hacia el salón de conferencias
empezaron a salir todos los que quedaban dando el examen, todos se iban
cabizbajos a excepción de una chica con el cabello oscuro, llevaba un vestido muy
elegante, demasiado a mi parecer y su sonrisa demostraba una profunda
felicidad. ¡Guau! Era realmente preciosa viéndola desde lejos, no pude analizarla
de cerca por el tirón que me había dado Emil para que lo siguiese, me volví a
concentrar en lo que venía al caso.
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Emil, Dina y yo nos acercamos al hombre negro y con trenzas hasta en la barba
que recogía sus cosas de la mesa, no le hablamos hasta que entregó los exámenes
a los hombres con trajes elegantes y sombreros que bajaban hasta el centro del
auditorio desde el fondo, al recibir la caja de tabletas uno de ellos creó una
especie de portal y se fueron por ahí.
―¡Que increíble singularidad! ―pensé mientras Emil le pedía guía al hombre.
―¿Entonces todos quieren entrar al club de magia? ― preguntó el hombre
de trenzas, los otros cinco nos habían seguido y también estaban rodeándolo―.
Muy bien, pero debo confesarles que solo quedan cinco plazas, pues uno de sus
compañeros ya aprobó y entró al club, así que mínimo tres de ustedes tendrán
que buscar otro club.
No me importaba, iba a aprobar de todas maneras, mi singularidad no era
algo que podían rechazar, “Viajar en el espacio/tiempo”, en serio, ¿Quién diría
que mi singularidad es algo inútil?
―Es inútil, disculpa que te lo diga ―confesó un profesor gordo y con gafas a
un muchacho delgado como un palito de brocheta, el hombre afroamericano nos
había conducido por varios pasillos hasta que llegamos al subterráneo del que
hablaban, en él estaban dos chicos de cursos mayores, pero junto a todos ellos
estaba alguien de nuestra generación, era el pelirrojo que me había asustado
anteriormente, ¿Cuál era su nombre?
El hombre se sentó junto a otros dos profesores y al parecer esto se iba a tratar
de quién obtenía un mayor puntaje, eso si no deliberaban quién entraba
directamente al club.
El primero en pasar fue el chico que se parecía a una brocheta, su habilidad
era la de transformarse en un rinoceronte, creí que el suelo de lo que parecía ser
madera no soportaría el peso del animal, pero si lo soportó, incluso el chico en
forma de rinoceronte comenzó a saltar y moverse con gracia por todo el lugar.
―¿Por qué es inútil? ―preguntó con tristeza el animal, no le había cambiado
la voz al débil chico.
―Lo que quiere decir es que no nos parece útil tener un animal gigantesco,
¿No hay la posibilidad de que pudieses transformarlo en una versión más
humanoide? Es que, imagínate tener que frustrar el robo de una joyería con esa
forma, ni siquiera podrías entrar por la puerta ―cuestionó el afroamericano
dándole más chances de quedar bien evaluado.
―Lo intentaré ―el chico comenzó a hacer fuerzas, vi sus animalescos ojos
cerrados por la concentración que estaba llevando a cabo, pero súbitamente el
animal se propuso embestir. ¡Dios! Mi corazón dio un vuelco, apreté los puños y
me apresuré para aparecerme al otro lado del subterráneo, cuando volví a ver
qué había pasado noté que una gigantesca barrera azulada cubría la mesa en la
que estaban los profesores, quienes ni siquiera habían reaccionado ante la
inminente amenaza. La persona que había creado el escudo era un chico más alto
que todos los presentes, de piel oscura y algo subido de peso, pero no llegando
a gordo.
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El chico se había levantado de su asiento y con sus dos manos extendidas
hacía creado una especie de escudo que hizo que el feroz animal chocase, Emil
corrió hacia la bestia inconsciente y con un simple toque volvió a su forma normal.
―Creación de barreras, ¿Qué más puedes hacer? ―le preguntó el hombre
gordo al chico moreno mientras con sus manos lo invitaba a pasar al centro del
subterráneo. Volví a apretar los puños y me senté en el lugar en el que estaba
anteriormente al ataque del rinoceronte.
―Borrar recuerdos y paralizar con una mirada directa hacia a los ojos ―dijo
el chico con algo de dudas en su voz, se paró frente a los profesores con las
manos en los bolsillos después de desaparecer su barrera.
―Pruébalo ―le dijo el gordo profesor, el otro profesor afroamericano estaba
encargándose del desmayado muchacho junto a Emil, entre los dos lo agarraron
y lo sentaron en una de las sillas vacías.
―¿Cómo quiere que lo pruebe? ―preguntó el moreno, el profesor se dio la
vuelta en busca de un sujeto de pruebas.
―Tú ―por un segundo creí que me apuntaba a mí, pero desvió su dedo hacia
un chico negro y muy musculoso―. ¿Cuál es tu singularidad?
El chico se levantó, llevaba una camiseta sin mangas que dejaba ver sus
fibrosos brazos, parecía llevar el cuerpo tenso todo el tiempo se mantenía de pie.
―¡Puedo envolver mis extremidades en energía pura, señor! ―gritó el chico
de pie, tenía un acento sumamente raro, apenas pude entender lo que decía por
su confuso inglés.
―De acuerdo, ponte en frente de… ¿Cómo te llamas? ―le preguntó el
profesor al moreno que creó la barrera.
―Christian… ―respondió rascándose la nuca por los nervios.
―¿Acaso no tienes apellido? ―le dijo con firmeza, aplastando completamente
su personalidad un tanto sumisa.
―Christian Lang ―dijo con más confianza que antes.
―Bien, Christian, demuéstranos que puedes hacer ―le indicó el profesor
gordo mientras el profesor de piel oscura se sentaba y comenzaba a tomar nota
en su tableta.
Christian dudó un poco en cómo demostrar su poder, pero cuando dio con el
método perfecto para exhibir sus habilidades noté su sonrisa genuina.
―Debes atacarme cuando yo te ataque, ¿Bien? ―le dijo Christian al otro
muchacho que estaban usando como sujeto de pruebas.
―Va a darle un golpe ―susurró Dina, la miré extrañado.
―¿No que no podías ver los acontecimientos futuros? ―pregunté por lo bajo.
―Claro que no puedo, estúpido, solo mira ―me reprochó violentamente, me
crucé de brazos y volví a mirar la exhibición de Christian.
Chris le dio un puñetazo con fuerza a su musculoso oponente, quien durante
dos segundos se propuso a atacar, pero cuando estaba transformando su brazo
en un látigo negro su cuerpo se paralizó, con eso ya había demostrado una de
sus singularidades, pero Chris mantenía su mirada clavada hacia el otro chico,
Martín TeuquilPágina | 36
estuvieron inmóviles por unos veinte segundos, justo ahí la parálisis dejó de surtir
efecto y Chris volvió a moverse.
Creí que el muchacho negro le iba a dar un latigazo de energía, pero en lugar
de eso desactivó su singularidad y se cruzó de brazos mirando hacia todos lados.
―¿Y cuándo piensas atacar? ―preguntó él.
Instantáneamente los dos chicos mayores le empezaron a aplaudir, el pelirrojo
se unió a los vitoreos sin un mínimo de vergüenza, ¿Cómo se llamaba? ¿Gaspar?
¿Gaylord? ¿Sergei? ¡Flavio! No, no se llamaba Flavio.
Me había desviado del tema, volviendo a Chris, debía reconocer que sus
singularidades eran de lo más interesantes, poder paralizar a las personas con la
mirada era una habilidad digna de mito griego.
―Estás dentro, vete de aquí ―le dijo el gordo profesor sin emoción alguna.
―Si quieres siéntate junto a Gareth, Christian ―lo invitó el profesor de piel
oscura. ¿Gareth? Miré hacia donde apuntaba, ¡Cierto! Se llamaba Gareth Pyro.
―¿Quién es el siguiente? ―le preguntó el vulgar profesor a quien estaba a su
izquierda, por fin le habían hablado a un hombre con el cabello rubio, parecía
tener cara de modelo, pero una calva tras su cabeza arruinaba la fiesta. El hombre
esperó que Christian se sentase después de su corta y llena de emoción
celebración.
―Yo creo que el chico que anuló la transformación del niño-rinoceronte
―sugirió el rubio con una de las voces más graves que he escuchado alguna vez.
―Muy bien, tú, ven aquí ―dijo el gordo mientras apuntaba a Emil.
Emil se volvió a levantar de su asiento con lentitud, caminó hasta el centro del
subterráneo y miró con duda hacia la mesa en la que estaban los tres profesores.
―¿Cuál es tu nombre y habilidades? ―preguntó el profesor con trenzas.
―Me llamo Emil Werner y mi singularidad es la “Anulación de habilidades”,
¿Cuál es el nombre de ustedes? ―les preguntó, apreté mi boca expectante por la
respuesta del temperamental profesor gordo.
Los tres profesores se miraron entre sí.
―Charles Marín, soy el jefe del club de magia ―se presentó el profesor gordo
con un tono de voz como si estuviese hablando a través de un megáfono, cerré
un ojo y sacudí mi cabeza por el dolor de oídos que me acababa de causar.
―Yo me llamo Radja, nombre raro, lo sé, y mi apellido es Geubbels, soy
francés y le imparto clases de magia avanzada a los alumnos de tercer curso
―dijo el profesor de piel negra hacia quienes estábamos sentados tras ellos.
―Yo soy el profesor Jetspark ―se limitó a decir el desapercibido profesor
rubio mientras nos sonreía torcidamente, se notaba que en su temprana juventud
se la había pasado haciendo ese tipo de sonrisas.
―¡Ya! ¡Pero no cambies el tema! ¡Oye, chico! ―el profesor Marín le gritó al
chico de piel oscura que le había hecho como sujeto de pruebas a Christian, él
estaba parado junto al profesor Radja revisándose el golpe que le había dado
Chris en la prueba anterior. El chico lo miró con enojo―. ¡Ve a ayudar a tu
compañero!
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El pobre chico entornó los ojos y caminó como si las piernas le pesasen hasta
quedar a dos metros de distancia de Emil.
―¿Puedes sacar tus látigos? ―le preguntó Emil, el chico enseguida convirtió
sus brazos en látigos envueltos de energía de un color púrpura―. Excelente, me
voy a acercar a ti y no voy a hacer nada más que tocarte.
Emil cumplió su palabra, apenas puso la palma de su mano en el rostro del
enojado chico sus poderes quedaron completamente inhabilitados, los látigos se
le cayeron al suelo y por el peso de estos mismos el muchacho también se cayó.
Por el duro golpe que sufrió al caer contra el suelo quedó totalmente
inmovilizado e inconsciente.
―Estás dentro, ahora quiero a alguna chica ―anunció el desagradable
profesor Marín mirando con picardía hacia las tres chicas que estaban sentadas a
mi lado, al parecer yo iba a ser el último.
―¡Yo! ―Dinasty levantó la mano y se levantó de su asiento, Marín le hizo un
gesto con la cabeza mientras Emil y el profesor Radja dejaban al inconsciente
muchacho de pruebas en un costado.
Miré a Dinasty con atención mientras ella no le apartaba la vista de encima a
Emil.
―¡Oye! ¡Tu atención aquí! ¿Cuál es tu singularidad? ―le reprochó Marín
haciendo que Dinasty se sobresaltase y devolviese su mirada hacia el profesor.
―Me llamo Dinasty Winter y mi singularidad es crear hielo ―dijo Dina con
una sonrisa.
―¿Congelas líquidos o generas el hielo desde el interior de tu cuerpo?
―preguntó acertadamente Jetspark.
―¡Probemos! ―gritó súbitamente el profesor Marín y le quitó su botella de
agua al profesor Jetspark, la abrió y le lanzó agua a Dinasty, quien rápidamente
creó una especie de paraguas helado que la cubrió de toda el agua que el
profesor le había lanzado. ¡Guau! El color de las mejillas de Dinasty había vuelto
a cambiar, se había puesto roja por el susto que le dio el profesor Marín cuando
la encontró mirando a Emil, pero ahora noté que su cara se había tornado más
blanca de lo que le había visto nunca.
―Funciona con su temperatura corporal… ―dijo el profesor Jetspark por lo
bajo.
―¡Excelente trabajo, Dinasty! ―le reconoció el profesor Radja desde su silla.
―Entonces si logramos hacer que se mantenga caliente mientras usa sus
poderes podremos hacer que su habilidad sea prácticamente infinita…
―reflexionaba Jetspark, sus colegas le miraban con interés―. Yo digo que se
quede.
―¡Te quedas, niña! ¡Siguiente! ¡Tú! ¡El último varón! ―ahora si me apuntaba
a mí, las otras dos chicas se quedaron mirándome me levantaba de mi asiento,
me quedé parado mirando al profesor―. ¡¿Qué haces?! ¡Ven aquí!
Sonreí y apreté mis puños, entonces hice lo que pretendía hacer desde el
principio, aparecí como un haz de luz frente a los tres profesores, Dina aún no se
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había ido a sentar y yo ya estaba junto a ella. Me miró con los ojos muy abiertos,
pero con una sonrisa simpática.
―Suerte ―susurró y se fue a sentar rápidamente junto a Emil, Christian y los
demás.
Me crucé de brazos y eliminé mi sonrisa confiada de mi rostro para dar un aire
de seriedad, pero no baje la altura de mi mirada, estaba seguro de poder aprobar,
pero no era un soberbio, eso quería demostrarles.
―¿LeBlanc? ―preguntó el profesor Marín, asentí con la cabeza―. ¡Te lo dije,
Radja!
―Yo ya lo sabía, tuvo noventa y nueve puntos en el examen de admisión ―le
comentó el profesor Radja.
Marín volvió a sentarse y pareció que finalmente estaba manteniendo la calma
mientras revisaba unas hojas que Jetspark le acababa de pasar.
Me crucé de brazos unos instantes, pero reaccioné cuando me di cuenta de
que esperaban que hiciese algo.
―Me llamo Félix LeBlanc y tengo dos singularidades que son la
“Teletransportación” y la habilidad de disparar ondas de choque.
―¿De qué tipo? ―preguntó Jetspark.
―¿Qué cosa?
―Ondas de choque, ¿De qué tipo? ―dudó, su pregunta me confundía, eran
ondas de choque, ¿Qué confusión podría haber?
―De choque ―contesté estúpidamente.
―¿En serio? ¿Puedes usarla en mi cara? Tengo piel suelta bajo mis ojos ―dijo
señalándose las hinchadas ojeras.
Lo miré dudoso, me encogí de hombros y caminé hacia él.
―Va a doler, ¿No quiere que alguien lo sostenga? ―le pregunté.
―¿Qué? ¿Por qué? Déjame ver… ―Jetspark se cruzó de brazos y se quedó
mirándome―. ¿Tus ondas de choque hacen que la gente salga volando?
―Sí, exactamente eso ―le di la razón.
―¡Ahí está! ―dio un aplauso satisfecho―. Radja, ¿Puedes hacer aparecer un
par de muñecos de tamaño humano?
―¡A la orden! ―el profesor Radja se levantó de su asiento, separó un poco
las piernas y extendió sus brazos hacia donde yo estaba antes, instantáneamente
aparecieron tres maniquíes desnudos.
Abrí mi mano a la máxima expresión y manifesté mi habilidad, desde mi mano
derecha salió disparada una onda que era perfectamente visible en el aire, la onda
hizo que los maniquíes saliesen disparados hasta quedar a unos cinco metros de
distancia desde su lugar de aparición original.
―Me aburre ―dijo el profesor Marín sin ocultar su disconformidad, lo miré
con sorpresa, no me esperaba que fuese a decir eso.
―Espera, tengo una teoría… ―le comentó el profesor Jetspark mientras
comenzaba a susurrar, por más que me esforcé no logré comprender sus
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palabras, pero parecieron convencer al profesor Marín por completo, es más,
cuando se levantó de su asiento vi una sonrisa en su rostro.
―¡Estás dentro!
El alivio volvió a calentar mi estómago, nunca estuve nervioso, aún así me
había puesto en aprietos el rechazo inicial del profesor Marín. “¡Maldito gordo!”,
quería gritar cuando oí su respuesta, había entrado al club de magia gracias al
profesor Jetspark, por lo que tendría que agradecérselo más tarde. Quería
conservar mi seriedad, pero la felicidad se apoderó de mí, me encogí de rodillas
para celebrar rápidamente y me fui corriendo hacia mis nuevos compañeros de
club.
Choqué los cinco con Dinasty y Emil, quienes me zamarrearon en el asiento.
La siguiente chica que pasó adelante derrochaba confianza, pero sus poderes no
la acompañaban, su habilidad radicaba en dar descargas eléctricas con sus cuatro
extremidades, el profesor Marín la rechazó de manera rotunda diciendo que ya
tenían a alguien con habilidades eléctricas superiores.
Fue triste, pero quien realmente importaba era la chica con cara somnolienta
que acababa de pasar al frente, caminó sin ocultar su dolor en las rodillas, pues a
cada rato se agarraba una de las dos rodillas y hacía gestos de dolor notorios.
―¿Cómo te llamas? ―le preguntó afablemente el profesor Radja.
―París ―dijo y no pudo contener su risa, no me agradaban el tipo de chicas
que se reían cuando se ponían nerviosas, las repudiaba desde el interior de mi
ser―. París Chastain.
―¡¿Acaso no puedes controlar tu risa?! ¡Fuera de aquí! ―le gritó el profesor
Marín diciendo lo que yo también quería decirle.
―Ignóralo, enséñanos tus habilidades, París ―le pidió rápidamente el
profesor Radja.
París se quedó en blanco, pero retomó el control de sí misma y se giró dándole
las espaldas a los profesores, extendió su mano y vi que cerraba los ojos, su
respiración se escuchaba por todo el subterráneo dado el silencio que le
habíamos concedido por nuestro interés en sus poderes.
Entonces ahí vi por primera vez una de las combinaciones de habilidades más
poderosas del mundo, aquí mismo fue cuando desde cada dedo de París iba
saliendo hielo, electricidad, fuego y agua, pero su pulgar no lo estaba usando.
Los tres profesores se levantaron y corrieron hasta el lugar en el que París
había usado sus poderes, el primero en volver a levantarse después de tocar y
oler el suelo del subterráneo fue el profesor Jetspark.
―No hace falta decir que estás dentro ―estaba claro para todos, fue una
explosión de poder sorprendente, los colores brotaban por todos lados y creaban
combinaciones que hacían ver a los arcoíris como simples desparpajos de belleza.
Así fue como se terminaron los cupos para entrar al club de magia, resulta que
había otros veinte estudiantes que habían acudido al examen junto a Gareth, pero
todos fueron rechazados por Marín y Jetspark. Acabábamos de pasar a conformar
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una nueva generación del club más popular en la comunidad con habilidades
especiales, era un sueño hecho realidad.
Cada mañana que veía a Rita revisando el diario de Bunder intentaba
encontrar alguna noticia sobre el club de magia de la Academia Preparatoria Real,
aquellos jóvenes que se ponían trajes para actuar proteger a todas las personas
de Bunder y derrotar a las personas que usaban sus habilidades para hacer el mal,
ellos eran los superhéroes reales, a quienes diferentes productoras de cómics
contactaban, pero eran los mismos estudiantes del club artístico quienes se
encargaban de diseñar las historietas del club de magia. ¡No me lo podía creer!
Ahora era un superhéroe, podría usar mis poderes para hacer el bien y para
beneficiarme en el proceso, ¡Excelente! Todo estaba siendo excelente.
Apenas terminó la charla que nos dio el profesor Radja sobre el uso de
nuestras habilidades y las responsabilidades de pertenecer al club de magia dejé
mi viaje por mi subconsciente incrédulo para emprender camino hasta la salida
de la academia a base de dos teletransportaciones.
La academia estaba a cerca de media hora de mi casa, así que me propuse a
teletransportarme hasta el techo del edificio más grande del campus de la APR,
al llegar a él noté la alucinante vista que había aquí de mi ciudad. Estábamos en
Bunder, la ciudad en la que las habilidades, los justicieros y personas con malas
intenciones eran el pan de cada día.
Apreté mis puños, no para teletransportarme, sino que fue por la emoción que
estaba sintiendo.
CHRISTIAN
Me llamo Christian, pero todos me dicen Chris. Quien diría que terminaría
como terminé, al borde de caer en la depresión, teniendo que ir al psiquiatra y
consumiendo pastillas contra la depresión, todo por mi hermano. No me atrevería
a insultarlo, pero era todo por la culpa de mi hermano mayor, por su culpa
teníamos un montón de problemas con la gente del barrio, mamá corría un grave
peligro al no tener habilidades con las que defenderse y todo era culpa del
avaricioso de mi hermano.
De pequeño me gustaba jugar al futbol con mis amigos, ir a sus casas o que
ellos viniesen a la mía para pasarnos horas y horas frente al televisor jugando
Mortal Kombat en la PlayStation 2, ahora cada dólar que ganaba en la cafetería
era usado para saldar nuestras cuentas con la banda.
Vivir en el norte de Bunder no era nada fácil, debíamos vivir pagándole
comisiones a la banda White Star para asegurar nuestro bienestar, más bien, para
que ellos no nos molestasen, así habíamos vivido desde que papá nos abandonó
y mamá se vio obligada a acudir a la banda, fueron catorce años en los que no
tuvimos problemas de ningún tipo, pero mi hermano acabó con esa paz relativa
por pura avaricia, el estúpido quería conseguir dinero para drogas y terminó
consiguiéndonos problemas a todos en la familia.
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Todo comenzó una noche en la que hubo una pelea entre los integrantes de
White Star, resulta que el norte de Bunder está dividido en cuatro zonas, pero
eran sólo dos bandas las que controlaban una zona cada una, todo desde que los
LeBlanc se adueñaron de media ciudad e hicieron que todas las fuerzas de ambas
bandas se viesen como hormigas frente al aplastante poder de su legión de
guardias, quienes parecían venir de las fuerzas especiales rusas. Volviendo a lo
que nos concierne, la banda White Star y los Blasters se terminaron uniendo para
mantenerse a flote frente a Blackflower Industries, pero aquella noche tuvieron
un conflicto de intereses y los antiguos líderes terminaron agarrándose a balazos
en una bodega.
Todo normal, pero la cuestión está en que ambos terminaron llenos de
agujeros, pero fue el listo de mi hermano quien sobrevivió a aquella lluvia de
balas gracias a su particularidad “Saco de boxeo”, habilidad que cubre su
abdomen con fibra altamente concentrada que actúa como un chaleco antibalas
o, como bien dice el nombre, un saco de boxeo. El idiota de mi hermano se llevó
quince mil dólares, ¡Quince mil! No lo usó para ayudar a la familia, lo usó en
prostitutas, en drogas, en chaquetas costosas y en videojuegos, cuando el dinero
se le terminó volvió a aparecerse por el barrio, ahí fue donde los Stars lo
agarraron, le dieron la paliza de su vida y, según lo que él nos contó le dijeron:
―¡Consigues treinta mil dólares en seis meses o da a tu familia por muerta!
¡A todos! ¡Tus abuelos, tu hermano, tu mamá y encontraremos a tu papá para
matarlo, finalmente te mataremos a ti!
Lo sé, escalofriante, mamá gana cuarenta mil dólares al año, lo que en seis
meses serían veinte mil dólares, ya han pasado dos meses en los que todos hemos
tenido que poner de nuestra parte, pero el culpable de todo es quien menos
trabaja. En teoría llevamos siete mil dólares, apenas hay comida en la casa y mamá
está haciendo horas extra en el hospital, todo por culpa de, lo vuelvo a repetir, mi
hermano.
Los demás chicos del barrio no conformes con lo mal que me encontraba
comenzaron a hacer circular rumores sobre mí, sobre mis amigos y amigas,
quienes terminaron dejándome de lado por todos aquellas falsedades, se decía
que una de mis amigas me había masturbado, decían que íbamos a tener un hijo,
se la pasaban gritándole insultos homofóbicos a mi antiguo mejor amigo, incluso
le dieron una paliza a otro de mis amigos sin razón alguna, solo por ser mi amigo,
así que lo comprendo, nadie se sentiría seguro estando conmigo, tenía un
revolver contra mi cabeza todos los días, podía sentir como cada día que pasaba
la deuda se hacía más difícil de cumplir y me veía irremediablemente con un
balazo en la sien.
Pero no todo en mi vida fue un desastre, debido a mis notables talentos en el
dibujo de edificios, uso del espacio y, por supuesto, por mis interesantes
singularidades recibí una carta de preselección de la Academia Preparatoria Real,
la academia a la que asistían todas las personas exitosas, pocos eran lo que
terminaban en la calle después de graduarse de la APR, por lo que opté por entrar
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en ella y después de clases me iría directamente a trabajar en la cafetería para
ricachones en la que trabajaba a medio-tiempo.
Aquel día fue espectacular, terminé el examen de ingreso con sesenta y nueve
puntos, puntaje que me daba acceso directo a la academia, por lo que más feliz
no podía estar, pero el mundo me tenía preparada otra sorpresa, me terminé
uniendo al club de magia, el club más exigente y popular de la academia, aquel
club en el que los alumnos se convertían en genuinos superhéroes.
Pero la reacción del barrio al escuchar que entré en la APR no fue otra que la
de perseguirme, eran cinco imbéciles en sus motos los que me acosaban hasta
que lograba escapar ileso con mis escudos mágicos, me pasé todo el resto de las
vacaciones trabajando, por lo que unos buenos quinientos dólares contribuyeron
para poder acercarnos a pagar la deuda, pero no era suficiente. Aunque sí, en mis
pausas para almorzar no podía evitar escuchar las conversaciones que tenían mis
compañeros de club.
―Supongo que este año no les darán tanta importancia a los deportistas
―dijo una chica del club de magia, cuando entré al club me pidieron enseguida
mi Discord, un programa para computadora o teléfono que servía para hablar por
canales de chat y crear comunidades, estábamos hablando por el Discord del club
de magia, apenas éramos dieciocho en total, pues cada año solo elegían seis
estudiantes de toda la generación.
―Yo creo que sí, el año pasado el equipo de futbol hizo el ridículo en el estatal,
y mejor no hablemos de los basquetbolistas, los del club de béisbol estuvieron
genial… ¡Ah! ¡Las chicas de básquetbol sí que fueron geniales el año pasado! ―le
respondió otro chico mayor, normalmente participaban unos cuatro miembros
por llamada, pero esta vez éramos doce en el canal de audio, solo faltaban tres
de tercer año, dos de segundo y el popular multimillonario Félix LeBlanc de
nuestro curso.
―¿Tan malos son los del equipo de fútbol? ―preguntó París Chastain, una
chica con la voz muy fina que era de mi nueva clase, también del club de magia.
Podía ver sus nombres y sus cursos cada vez que uno de ellos hablaba.
―Mira, hay cuatro o cinco que se salvan, está Gabe Nega, te vas a dar cuenta
de quién es cuando veas a un chico de dos metros con trenzas en el cabello
caminando por los pasillos acompañado de un pelirrojo que usa todos los días
chándales Adidas ―le respondió un tal Karim de tercer año, cabe destacar que
en el poco tiempo que he escuchado cómo hablan estas personas me di cuenta
de que sus únicos amigos son los del club de magia, porque no dudan en hablar
tan mal como puedan de cualquier persona de la academia, ni las señoras de la
limpieza se salvan.
―¿Quién más? ―le preguntó París cuando terminó de reírse.
―Ese chico de chándal se llama Shawn Hound, realmente tiene nivel para ser
profesional, y como él también están Ozen Patts y Erick Fox, dos defensores, así
que poco tiene la academia como fichas de ataque, está el futuro capitán Morgan
Kaylock, pero es un cojo ―terminó de decir.
Martín TeuquilPágina | 43
―Supongo que es muy difícil entrar al equipo de futbol ―mencionó Gareth,
claramente esperando que lo corrigiesen.
―Evidentemente, al igual que la mayoría de equipos, pues estar en el club
deportivo no te asegura pertenecer al equipo en cuestión, te brindan
entrenamientos, preparación física y mental, pero a la hora de la verdad estás solo
―nos comentó Karim.
―¿Y qué tal son los de vóley? ―preguntó Dinasty, la muchacha con el cabello
rubio ceniza que iba en mi clase.
―¿Juegas voleibol? ―le preguntó la chica de tercero llamada Kyrie, terminó
la oración tosiendo.
―¿Te fuiste a revisar esa toz? ―le preguntó Emil, un chico moreno y con el
cabello despeinado de también mi futura clase.
―Siempre la he tenido ―ignoró Kyrie―. Dinasty, ¿Te gusta el voleibol?
―Me gusta mucho, voy a intentar entrar al equipo de voleibol femenino
―reconoció Dinasty Winter con seguridad.
―¿En serio? Las pruebas son el segundo miércoles del semestre, veré si puedo
darte una ayuda con el entrenador ―le aseguró Kyrie terminando con su toz al
final de la oración.
―¿Tú eres del equipo de voleibol? ―le preguntó Dinasty, su voz fue
interferida por un súbito grito de Gareth Pirro.
―¡¿Quiénes creen que entren a futbol este año?!
―Estaba hablando con Dinasty, Gareth ―le reprochó Kyrie con molestia.
―Lo siento, pero quiero saber sus opiniones ―reconoció el chico que había
hecho menos méritos para entrar al club que cualquiera de nosotros, su única
habilidad era crear fuego y manejarlo, nada más.
―Luego hablamos de voleibol, Kyrie ―se rió Dinasty―. Debo irme, farvel,
folkens.
En ese momento el nombre de Dinasty desapareció del canal de audio, pero
seguíamos siendo la misma cantidad de personas, ¿Quién acababa de unirse?
―¿Qué dijo? ―preguntó Gareth.
―”Adiós, gente” en noruego ―intervino Félix LeBlanc.
―¡Mira qué cosas! Justo íbamos a hablar mal sobre ti, LeBlanc ―se rió Karim,
por su tono casual con el chico más poderoso de la ciudad y probablemente del
país mi percepción me decía que Karim y Félix ya habían tenido tiempo para
conocerse.
―Buenas tardes a todos ―saludó Félix, todos le saludaron devuelta―. ¿Y de
qué hablaban?
―De los chicos que entrarían al club de fútbol, a Gareth le urge el tema, así
que sería bueno que des tu opinión ―le dijo Emil delatando completamente las
intenciones de Gareth, menudo lengua suelta.
―Oh, ¿Y qué dices tú, Kyrie? ―le preguntó Félix.
―No bromees, LeBlanc, obviamente Jake Paragon y tú van a entrar, Paragon
tiene un contrato con las inferiores del Chelsea y era juvenil de la selección
Martín TeuquilPágina | 44
inglesa, además yo creo que tú también vas a entrar porque tienes el nivel de
sobra ―le llenó de flores Kyrie.
―Jake Paragon estuvo en el Chelsea y era de las juveniles de la selección
inglesa, un chico así no lo encuentras en Estados Unidos ―dijo Keita Armani, un
chico de segundo año según lo que indicaba su identificador.
―¿Lo importaron de Inglaterra? Que mala suerte ―dijo Karim.
―Creo que para que pueda estudiar y jugar al futbol los del Chelsea lo
cedieron al Bunder Miners ―informó Keita.
―Félix, ¿Juegas fútbol? ―le preguntó Emil.
―Ajá, pero primero las ciencias ―explicó Félix.
―¡Ah, cierto! Le envié un correo al profesor Jetspark y me explicó que este
año se venían muchas competencias de matemáticas, ciencias, olimpiadas del
conocimiento y esas cosas ―comentó Keita.
―¿A ti también te gustan esas cosas? ―le preguntó Félix, no me gustaba su
forma de hablar, hablaba fuerte, como par que todos lo escuchasen y prestasen
atención, me molestaba.
―Claro que sí, aguante las matemáticas ―se rió Keita.
―Aguante ―le siguió Félix.
―Oye, Christian, ¿No que tú jugabas en el club Valiente? ―me preguntó Emil.
―¿Qué? ¿Cómo sabes? ―reaccioné con miedo.
―¡Cierto! Christian Lang, mediocentro de club Valiente, ¿Me equivoco?
―preguntó Keita Armani.
―El año pasado fui a ver un partido y tu nombre era repetido por el
comentarista a cada rato ―me respondió Emil.
―¿Eras bueno? ―preguntó Karim.
―Sí, pero ya me retiré del futbol ―dije con amargura.
―¿Por qué? ―me preguntó Emil.
No sabía que decirles, lo único que me quedaba era contestar a secas.
―Es una larga historia.
Noté que el nombre de Félix, el de Gareth y el de otros miembros del club
desaparecían del canal de audio repentinamente, de la nada habíamos quedado
solo siete.
―¿Es muy personal? ―preguntó Karim, volví a fijarme en el canal de audio,
éramos Karim, Emil, Paris, Dinasty, Kyrie, Keita y yo.
―No me gusta recordar los motivos ―solté, los demás se quedaron callados
hasta que Karim volvió a romper el hielo.
Mientras los demás se reían y discutían si Félix podía hacer que Rayo Azul
ganase el torneo en juveniles me saqué los audífonos, no había escuchado del
club Valiente desde la muerte de mis viejos camaradas, aquel día en el que la
pandilla de “Los Lobos” nos brindó la paliza más grande de nuestras vidas, todo
había ido de mal en peor desde entonces, mi pecho se apretó al recordar a mi
maldito hermano, a la pandilla “White Star”, a la pandilla de “Los Lobos” y a un
chico que continuamente me metía en problemas, Martín Goretzka.
Martín TeuquilPágina | 45
Realmente la pasaba mal recordando esto, la pasaba tan mal que al volver a
abrir los ojos simplemente se llenaron de lágrimas, silencié mi micrófono y
comencé a llorar como un perrito desamparado, no recordaba con exactitud la
última vez que me había deprimido espontáneamente, pero si recordaba los
motivos.
La parte de atrás del almacén en el que trabajaba cuarenta y ocho horas a la
semana no eran el lugar idóneo para sobrellevar mis penas, más aún tomando en
cuenta la campanilla que acababa de sonar, ¡Maldita sea! Un cliente acababa de
entrar a la tienda.
FÉLIX
Los siguientes días parecieron muchos más largos de lo que realmente eran,
era un ir y venir de obligaciones y quehaceres, primero debimos comprar mis
útiles por Internet, lápices de colores de todo tipo, bolígrafos y cosas así, mamá
era una consumidora compulsiva y nosotros no le poníamos trabas, pero era algo
obvio que se excedió en la cantidad de gomas, lápices, marcadores y pinturas que
compró, pero mejor que sobre a que falte. También debíamos conseguir los libros
que me tocaba leer este año de manera obligatoria, eran 20 libros en los cerca de
nueve meses de clases, comenzando con Fahrenheit 451, pasando por libros
como Llámame por tu nombre, El código Da Vinci, Armada y rematando como
libro final estaba It, de Stephen King. Cada uno de los libros fueron pedidos en
su mejor versión como no, a mamá le encantaba tener lo mejor. En Amazon se
alegraban con cada sesión de compras de mamá, especialmente si Goldie era
quien compraba con ella, cuando revisé el último pedido un par de horas después
de que terminasen de usar mi portátil vi que pidieron cremas, maquillaje,
productos de limpieza para el cabello y dientes, y solo en eso superaron los mil
dólares, ni quise contar cuanto gastaron en ropa, pude comprobar que me
compraron ropa hasta a mí, así que no estaba tan mal.
―Félix, ¿Conoces a tus compañeros nuevos? ―me preguntó mamá mientras
ella aprobada y rechazaba compras de Goldie.
―Conozco un poco a los del club de magia, además la página de la academia
publicó la lista de cada estudiante, le crearon un perfil a cada uno en donde nos
describían y adjuntaban otras redes como Facebook e Instagram ―dije, poco me
importaba conocer a mis compañeros.
―¿Y qué tal? ¿Alguno te simpatizó? Eso ya lo tienes, Goldie.
―Pero quiero uno nuevo ―protestaba mi hermanita.
―No, es decir, hay chicos y chicas interesantes, pero creo que es parte de estar
en la APR, difícilmente una persona de bajo perfil y sin nada especial va a estar
en la academia ―dije un poco molesto con las preguntas.
―Yo no conozco a nadie de tu clase―dijo mamá.
La miré levantando las cejas.
―Lo que pasa es que no he tenido tiempo de investigar.
Martín TeuquilPágina | 46
―¿Y para qué quieres investigar?
―Tengo que saber con quién se junta mi hijo, no te pienso dejar a merced de
las malas influencias ―dijo, entorné los ojos y continué mirando Vikings.
―Las malas influencias no existen ―compartí mi pensamiento.
―Si existen, Félix, pero personas como tú son más propensas a ser más
influencias que influenciables ―dijo, la miré confundido―. Digo que todo tiene
que ver con tu asertividad, si vas por la vida con el piloto automático te entregas
al entorno y sólo sigues ordenes sin generar un pensamiento propio.
―Sabes que no soy así ―mencioné.
―Lo sé y me enorgullece, pero de todas formas tengo que estar segura ―en
la pantalla apareció Ragnar, el protagonista vikingo de la serie―. ¿Notas cómo
es Ragnar Lodbrok? Él es una influencia para quienes le rodean, da órdenes e
intenta conseguir lo que quiere sin importar el costo, pero ¿Qué te dice la
personalidad de Rollo?
―Cumple ordenes, no logra mantener sus pensamientos y acciones acordes
entre sí ―analicé, mamá apretó la boca haciéndome un gesto para que
relacionase todo.
―Y eso que no te he querido hacer spoilers ―bromeó mamá y se dio la vuelta
para seguir comprando junto a Goldie, me quedé con la mirada clavada en la
pantalla, ¿Y si yo terminaba siendo un Rollo? Conocía la historia vikinga de cabo
a rabo, por lo que sabía que Rollo tendría un desenlace radicalmente distinto a
como había comenzado la serie, aun así, mis pensamientos no dejaban de brotar
y crear llamas se inseguridad en mi conciencia.
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Por eso iba a evitar que en la Academia Preparatoria Real me reconociesen
solo como el hijo de Teddy y Felicity LeBlanc, ahora comenzaría mi propia historia
y empezaría a forjar mi propio destino, hasta que simplemente me conozcan
como Félix, Félix LeBlanc.
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3 UN VERDADERO DESASTRE
“Es justamente la posibilidad de realizar un sueño lo que hace que la
vida sea interesante.”
El Alquimista – Paulo Coelho
FÉLIX
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―Buenos días, chicos ―saludó un hombre de ya avanzada edad por su bigote
y cabellera color ceniza cubierta por un sombrero fedora, él parecía ser el
profesor, pues los mismos chicos bulliciosos guardaron silencio apenas lo vieron
parado frente a toda la clase con su imponente traje gris bajo un abrigo negro
que le llegaba hasta las rodillas. Este viejito sí que tenía un estilo único, me
causaba una impresión rara, como si lo conociese de toda la vida―. La mayoría
de ustedes son nuevos en la academia, excepto usted, señor García.
Un chico moreno, probablemente latino por su apellido se rió por lo bajo, lo
siguieron varios chicos que encontraron la gracia divertida.
―Este es mi último año como profesor de filosofía, así que espero que la
pasemos bien entre todos y logren aprobar mi clase ―sonrió el viejito mientras
se quitaba el abrigo y lo colgaba en la silla―. Para los que digan que es de mala
educación usar sombrero en lugares cerrados, es verdad, pero no les he explicado
que significa el sombrero para esta clase.
En ese momento el profesor se quitó el sombrero y lo sostuvo con sus manos
mientras sonreía con ternura mirándolo.
―Mi nombre es Robert Andersson, nací en la preciosa ciudad de Estocolmo,
en Suecia, pero el mismo año de mi nacimiento mi familia decidió huir del país
producto de la amenaza alemana, huimos a Estados Unidos en donde nos
instalamos a vivir por quince años, al haber terminado la guerra hace bastante,
mis padres y yo regresamos a Suecia, pero quisieron trasladarse a vivir a Lund,
¿Me siguen la historia? ―todos confirmamos con la cabeza y muchos dijeron:
Si―. Bien, vivimos bien por tres años, a los dieciocho años me tocó experimentar
mi primer Horror del que salí bien parado con la singularidad de poder destrozar
toda clase de armamento, en ese momento lo encontré ridículo, pues desde joven
ya tenía intención de dedicarme a la filosofía y visión de la vida, no me iba a
enlistar en el ejército ni mucho menos, de hecho, hasta tenía una beca para
estudiar humanidades y teología en la Universidad de Lund, pero un día
simplemente ocurrió lo inesperado, un ataque armado al banco en el que
trabajaba papá me llevó a actuar, ese día estaba tranquilo en casa y al ver lo que
ocurría por las noticias, no lo pensé y conduje por mi cuenta hasta el banco, allá
usé por primera vez mis poderes concedidos por el Terror y le salvé la vida a mi
padre. Al menos hasta que el cáncer atacó.
Todos guardamos silencio, la historia me había atrapado completamente
hasta llevarme a imaginar las calles de Estocolmo y Lund bajo ataque, incluso me
imaginé a su padre, había sido sorprendente escucharlo.
―Este sombrero es de él, y lamentablemente tuve la mala suerte de nunca
encontrar una mujer duradera para mi vida, por lo que este año tengo como
objetivo encontrar un digno portador de la historia de mi padre y la mía, y solo
el mejor filósofo de esta joven clase será digno, así que si quieren conseguir un
genial y cuidado sombrero de 1898 tendrán que esforzarse en mi clase ―dijo con
una sonrisa de oreja a oreja que acentuaba sus arrugas junto a su bigote, el señor
había nacido cerca de 1940, por lo que tenía como mínimo unos setenta años.
Martín TeuquilPágina | 50
La historia del señor Andersson fue vitoreada y aplaudida por todos,
incluyéndome. El señor Andersson sonrió y apenas terminaron los vitoreos, nos
ordenó tomar apuntes mientras prendía con rapidez la pizarra electrónica en la
que empezó a escribir con los dedos la palabra: Filosofía.
Peculiar, normalmente cuando piensas en una persona de la tercera edad te
imaginas a alguien con poca energía, alguien que ya no tiene más que ofrecerle
a la vida o al mundo, pero este viejito era una de las personas más energéticas
que había conocido en mi vida.
―Profe, ¿Usted piensa que la filosofía es más importante que la ciencia? ―le
interrumpió Gareth mientras el profesor escribía en la pizarra y los demás
tomábamos apuntes, ya era la tercera vez que interrumpía la clase con
preguntas―. Porque a mí francamente me da la impresión que el conocimiento
científico y las verdaderas pruebas son mucho más valiosas que los
conocimientos interiores, o la misma pureza y realización personal.
El profesor miró a Pyro mientras se cruzaba de brazos y escuchaba con
condescendencia.
―Todas las ideologías deben ser vistas en perspectiva, Pyro, yo no vengo a
llenarles la cabeza de ideas, vengo a enseñarles sobre una disciplina que será muy
importante para quienes planean dedicarse a la psicología, al estudio de la
sociedad e incluso la política, así que no me venga a tratar como si estuviese loco
―le respondió Andersson arrancando la soberbia de Gareth desde raíz.
―¡Pero, profesor! ¿No podrías decirnos tu opinión? ―Gareth se levantó de su
asiento, vaya imbécil más molesto, ¿Qué quería? Para mí solo intentaba hacerse
el interesante, hablaba sobre cosas que no comprendía y cada vez me agradaba
menos.
―Pyro, primero que todo, no vuelvas a tutearme nunca más, ¿Bien? ―le
advirtió el profesor
―¿Tutearlo? ¡Ah, claro! Perdón, no me había dado cuenta ―se rió Gareth, fue
el único de la clase que reía, los demás dormían, dibujaban o lo miraban con
aburrimiento.
―Es en serio, está bien que nos conozcamos, pero a mí me respetas en mi
clase ―le dijo con enojo el profesor a Gareth.
―Sólo tenía una duda ―replicó el chico, entorné los ojos y recosté mi cabeza
entre mis brazos―. ¿Quién le enseñó sobre la filosofía?
Pelotudo, ¿Qué relevancia tiene eso en la clase?
Cuando reanudó la clase con normalidad y se me empezó a hacer aburrida, el
profesor concluyó su explicación.
―El hombre está formado por cuerpo y alma (o espíritu), pero es esto último
lo que nos hace hombres, lo que nos diferencia de los otros animales. Para
algunos pensadores importantes, la forma correcta de ser humano es dar
preponderancia a nuestra parte espiritual en detrimento de nuestra parte animal.
Controlándonos y dominándonos, es como crecemos espiritualmente, como más
Martín TeuquilPágina | 51
plenamente realizamos el ideal del ser humano ―justo en ese momento sonó el
timbre de cambio de hora―. Muy bien, es todo por hoy.
De manera explosiva, tres cuartos de mis compañeros de clase salieron
disparados de sus asientos como si tuviesen un resorte en el trasero, corrieron
como ganado por la puerta, al parecer iban bastante apurados a sus otras clases.
A mi ahora me tocaba mecánica cuántica, pero antes de eso había un descanso
de media hora, podía recorrer la academia a mi voluntad. Mi libertad no duró
mucho, por los parlantes de la academia se escuchó un pequeño chirrido seguido
de un mensaje del que parecía ser el director.
El director Booker, el supuesto visionario, capaz de usar sus influencias para
difundir sus pensamientos e ideas políticas con facilidad. Greg Booker era el padre
de la academia, apenas comenzó a chirriar el parlante todos guardaron un silencio
mortal, en señal de respeto.
―Hoy comienza un nuevo año escolar, por favor, les pido a todos los
integrantes de la comunidad educativa que se presenten al acto inaugural en el
auditorio principal. Cambio y fuera ―su voz seca y la carraspera que emitía me
producía una sensación de temor, le temía al director sin siquiera haberlo visto
en persona. El parlante volvió a chirriar, aquello devolvió la vida a los estudiantes
y pasillos, de manera figurada.
―Supongo que escucharon eso ―nos dijo el profesor Andersson, estaba claro
que al profesor le había importado muy poco el anuncio del director, supuse que
ya estaba acostumbrado a estos actos, pues su expresión apagada le hacían ver
cansado y aburrido de sobremanera.
―Si, ¿Va a asistir? ―le pregunté, en el aula solo quedábamos cuatro
estudiantes, una chica de pelo oscuro y lacio a la que le sacaba como una cabeza
de altura, el chico rubio y con lentes que había respondido al profesor
anteriormente y Dinasty.
―No, estas cosas ya dejaron de interesarme, lo que quiero ahora es tomarme
un té de manzanilla. ¿Tú eres Félix, cierto? ―me preguntó, noté como los demás
empezaban a caminar más lento mientras se dirigían a la puerta de salida
haciendo una fila india de camino.
―Félix LeBlanc ―me presenté con entusiasmo, estirando mi mano y
estrechando la suya.
―Conozco a tus padres, es decir, ¿Quién no? Pero yo les hice clases de
literatura y filosofía, “Teddy” LeBlanc y “City” Blackburn, dos verdaderos
fenómenos… ―recordaba el veterano profesor con mucho cariño, escuché como
a mis espaldas uno de los otros chicos volvía sobre sus pasos, supuestamente a
buscar algo olvidado.
―¿En serio? ―pregunté emocionado, nunca había tenido la oportunidad de
hablar con los antiguos profesores de mis padres y quizás esta iba a ser mi única
oportunidad―. ¿Y qué hacían? ¿Cómo eran de jóvenes?
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El profesor sonrió notoriamente, su cara llegó a arrugarse un poco más por
aquella sonrisa, seguido de eso procedió a sentarse en la silla del escritorio, yo
agarré una silla e hice lo mismo.
Se aclaró la garganta con una carraspera entendible por la edad de aquellas
vías respiratorias.
―Eres una combinación perfecta entre ambos, eso te lo puedo asegurar,
tienes el mismo físico que Teddy; delgado, alto y con una sonrisa natural. Por el
lado de City, tus ojos son más claros que el marrón normal, seguramente por los
ojos verdes de ella, y tus rasgos faciales son idénticos, además de tu explosividad
para responder todas las preguntas en segundos ―entonces el profesor
Andersson si me había escuchado responder sus preguntas planteadas en la
clase.
Solo atiné a sonreír y desviar la mirada, aquello me llevó a cruzar miradas con
la chica del cabello oscuro, era guapa, muy guapa, sus ojos marrones, pero
marrón claro, tenía algo que me hipnotizó por unos segundos, algo más allá solo
del bonito color, una mirada profunda y que me recordaba a mi gata bengala
llamada Gamora. Pasaron dos segundos y salió del aula, ahora solo estábamos el
profesor y yo.
―Teddy y City hacían un dúo perfecto, en ciertas ocasiones debía seleccionar
estudiantes para concursos de debate y de literatura, en eso siempre mis dos
seleccionados titulares eran ellos dos, recuerdo que un año ganaron todo en lo
que participaban, si no ganaba uno, ganaba el otro, los concursos eran…
―comenzó a rascarse la barbilla pensando―. Concursos de poesía, de cuentos,
micro-cuentos, guiones de obras de teatro, ya no lo recuerdo, pero lo ganaban
todo.
Eran increíbles, pero quería saber algo fuera de lugar, algo en lo que se
equivocaron.
―Pensé que iban más por la ciencia ―mencioné risueño.
―En el segundo año de ambos despegó su vocación científica, desde
entonces no tuvimos ningún campeón nacional en nada que tenga que ver con
literatura, se dejó de lado desde que me cambié al puesto de filosofía por el
cansancio y la edad.
―Me imagino…
―A ver… ¿Qué más recuerdo? ¡Ah, casi lo olvido! City era novia del director,
Greg. Greg… Bueno, Greg siempre fue algo complicado de explicar, era un chico
que lo hacía todo, pero no destacaba en nada a diferencia de City y Ted, en la
generación dorada en la que estuvieron City, Teddy, Kassandra Fritz, Daryll
Metalos, Lauren Freeman (la actual gobernadora) y Robin Rhodia ―no tenía idea
de quienes eran ellos, solo Freeman me sonaba―. Greg intentaba todo por
destacar, digo, nunca fue un chico especialmente brillante ni ordenado, pero le
gustaba llamar la atención.
Justo el tipo de chicos que yo detestaba.
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―Pero eso ya quedó atrás, creo que fue la única persona invitada a la boda
de tus padres que no asistió, y con mucha razón, el a pesar de todo amaba a tu
madre y se negaba a dejarla ir con Teddy, así que no veas de mala manera al
director por su pasado ―aclaró rápidamente.
―Está bien ―reí, el profesor miró la hora y se dio cuenta de que se había
excedido hablando, hasta yo me había dado cuenta de ello.
―Voy a tener que llevarte al auditorio.
GOLDIE
Félix se bajó del auto y de manera muy extraña presentí que algo malo iba a
pasar, pero no le iba a pasar a Félix como en la mayoría de los casos, me iba a
pasar a mí.
Cuando llegamos frente al Colegio Mágico Milán no quise abrir la puerta
enseguida, me quedé unos segundos mirando a través de la ventana para intentar
localizar a mis amigas, a lo lejos logré ver a Julie Green, ella era la hermana de mi
mejor amiga, pero nunca habíamos hablado y no se llevaba muy bien que
digamos con su hermana melliza, hablando de la reina de Roma, Susan estaba un
poco más allá de la entrada principal.
―Adiós― dije al chofer.
―Que tenga un buen día, señorita LeBlanc ―logré escuchar y cerré la puerta,
enseguida se fue por donde vinimos. Caminé mirando a todas direcciones, ya
habían pasado tres meses desde que veía el colegio y todo estaba igual que
siempre, era un edificio de tres plantas alargado, cubría casi una cuadra completa
de la ciudad y en el centro estaba en gimnasio, las piscinas para natación y el
patio, en mi interior me decía a mí misma que no tenía nada que envidiarle a la
Academia Preparatoria Real, después de todo este sería mi último año en el
colegio.
Cuando me acerqué a Susan noté que no estaba sola, también estaban Gabe
Santoro y Leah Weber, Gabe era un chico más bien egocéntrico, no era lindo ni
nada, de hecho, era un moreno que no se afeitaba los bigotes de ratón que le
salían y se rapaba partes de la cabeza para hacerse peinados de jugadores de
futbol. Si se hiciese peinados como los de David Beckham estaría todo bien, pero
el error estaba en que Gabe intentaba simular los peinados de Zardes, pero sin
teñirse el pelo porque su mamá no lo dejaba. Pues esa copia mexicana de Gyasi
Zardes era mi mejor amigo desde que tengo siete años, así que, aunque sea feo,
egocéntrico y molesto tengo que apoyarlo a muerte.
―¡Goldie! ―dijo con alegría la morena Leah Weber, me dio un fuerte abrazo
que le correspondí con cariño, estos eran mis únicos amigos de verdad.
Gabe también me abrazó.
―¿Cómo estuvieron tus vacaciones? ―me preguntó Leah mientras yo
saludaba con naturalidad a Susan, no tenía que abrazarla porque habíamos
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pasado todo el verano juntas―. ¿Hace cuánto que no nos vemos? Creo que a
finales de mayo.
―Nos vimos el último día del curso pasado ―dije.
―Porque fue a ver la final de la Champions League y faltó a los exámenes
finales ―le recordó Gabe.
―Es cierto ―se rió Leah.
―Amiga, ¿Viste a Rowe? ―me preguntó Susan de manera poco discreta, me
quedé unos segundos en blanco intentando recordar a Rowe, Julien Rowe era un
compañero de clase mío y compañero de equipo de mi hermano, ahora era el
capitán de la categoría infantil del club Rayo Azul. No entendía a qué se refería
Susan cuando preguntaba si había visto a Julien, la última vez que lo había visto
fue en junio en la final del torneo de futbol, cuando fui a apoyar a mi hermano,
pero no lo notaba diferente.
Centré mi mirada en Susan y discretamente le toqué la mano con uno de mis
dedos meñiques, aquello me hizo incursionar directamente hacia sus
pensamientos. Comencé diciendo en mi cabeza: Julien Rowe, fue entonces
cuando frente a mi aparecieron una serie de recuerdos, fantasías y pensamientos,
en ese momento entendí a qué se refería Susan.
Resulta que Julien Rowe había crecido cerca de ocho centímetros en tres
meses, había hecho mucho ejercicio y sin duda le había llegado la pubertad, se
veía espectacular. Era increíble lo mucho que me había gustado tomando en
cuenta que solo estaba viéndolo a través de los recuerdos deformados de mi
amiga, ahora me tocaba a mi comprobar si era cierto.
―Más o menos ―le respondí.
―Quiero besarlo, quiero que me bese, que me haga de todo ―confesó.
Empecé a reírme con ganas.
―Es que en serio, amiga, ¿Tú ves normal que a los trece años se vea tan
mayor? Me encanta ―seguía, yo cada vez me reía más.
―Hasta para mí se ve exquisito ―soltó Gabe y las demás se rieron.
Lo dicho, entramos al colegio y todo era como lo recordaba, casilleros
coloridos, murales preciosos y mucho bullicio mientras todos se reencontraban.
Pasamos con autoridad sobre los niños de clases menores, parte de crecer en
un colegio es poder convertirte en lo que juraste destruir de niño, es decir, los
abusivos niños mayores.
Cuando me senté en mi asiento de siempre lo vi, era Julien Rowe, era cierto.
La última vez que había visto a Julien éramos del mismo tamaño, incluso desde
algunas perspectivas yo me veía más alta, también tenía la cara llena de acné y
su pelo estaba enmarañado por no cortárselo en meses, ahora todo eso había
cambiado, al levantarme de mi asiento para ir a saludarlo con una fingida
cordialidad noté que era una cabeza más alto que yo, estaba delgadísimo, su cara
se veía perfecta y suave, pero lo mejor era su cabello, se había hecho un corte
hace poco tiempo por lo que pude notar, se había hecho un degradado por los
Martín TeuquilPágina | 55
lados y por atrás, y se había desenmarañado por arriba para que le quede un
rizado genial. Este era el Julien Rowe que todos querían ver, incluyéndome.
Me acerqué lentamente, todos los chicos lo rodeaban y se reían con él. Había
hablado antes con Rowe, pero era para hablar de tareas, o reírnos de cosas
triviales pues siempre lo había visto como un chico descerebrado, bueno para
nada y ambicioso a más no poder a pesar de no contar con nada sobresaliente.
Nuestras miradas se cruzaron y sonrió como siempre lo hacía, era el mismo
Julien que conocía desde preescolar, pero ahora era lindo.
Sentí como mi estómago se llenó de calor y abrí la boca para intentar hablarle,
pretendía decirle: Hola, ¿Qué tal tus vacaciones, Julien? Pero lo que salió fue:
―Ho-ho Rowe ―realmente me faltaba el habla, tenía en mi cabeza todo lo
que quería decir, pero las palabras no me salían de la boca.
―Hola, LeBlanc ―se acercó y me dio un beso en la mejilla como de
costumbre.
―Hola, Rowe ―logré articular con mucho esfuerzo, hasta me había salido un
gallito en el camino.
―¿Estás motivada para volver a tener calificaciones perfectas este año? ―me
preguntó, su sonrisa confiada e inclinada me mataba, no sabía qué diablos sentía
por Julien.
―Cla-cla-cla-cla-claro que sí, espero que te vaya bien a ti también ―le deseé
con excesivo esfuerzo, no era lo que quería decirle, pretendía que hablemos un
poco de lo bien que jugó la final del verano.
―Eso intentaré, supongo que puedo contar con tu ayuda si me cuesta algo
como siempre ―dijo achinando los ojos, no podía soportar estar cerca de él, era
tan cálido, sus expresiones me derretían, cuando achinaba los ojos, cuando
sonreía de manera confiada, cuando subía una ceja, todo.
―Obvio ―no entendía por qué daba respuestas tan sosas, yo no soy así, así
es como responde Félix, pero yo usualmente era más expresiva, te relataba mi
vida en unos segundos, me encantaba hablar con la gente por horas, en cambio,
Félix se limitaba a responder: Si, no, no sé, probablemente, quizás, nunca
respondía o saludaba con ganas.
Enseguida Julien me sonrió por última vez y se giró para volver a hablar con
sus amigos, me quedé unos segundos petrificada, como si hubiese visto un
suceso paranormal, me giré y volví a mi pupitre. Cuando la maestra encargada de
nuestra clase llegó todos nos levantamos para saludarla y volvimos a sentarnos,
en ese momento vi que una chica pelirroja había llegado con ella, me sonaba su
rostro, como si lo hubiese visto alguna vez.
―Muy bien, quiero que se tranquilicen y le den la bienvenida a nuestra nueva
estudiante proveniente de Inglaterra, Stella, querida, ¿Podrías presentarte? ―dijo
la arrugada profesora que nos había tocado este año, pero que todos conocíamos
de memoria por impartir las clases de historia durante años.
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La chica pelirroja dio un paso frente al pizarrón y se dirigió a nosotros con una
sonrisa, no me provocaba mucha confianza por lo mucho que sacaba los dientes
para sonreír, pero seguro me podría llevar bien con ella de todas maneras.
―Hola, mi nombre es Stella, tengo trece años y vengo de Inglaterra, antes
vivía en la ciudad Birmingham y me gusta patinar… ―levantó la mirada hacia mí,
luego la pasó por sobre toda la clase y finalmente miró a la profesora.
―Gracias, Stella ―la maestra y los demás comenzaron a aplaudirle a Stella,
seguí el aplauso al notar que Rowe me miraba desde el fondo del aula―. Puedes
sentarte junto a Leah.
Leah se sentaba justo atrás mío y hoy se había sentado sola, pues yo me
sentaba con Susan. La pelirroja pasó caminando junto a nosotras y se sentó
donde le indicaron.
Tres días después Stella ya era parte del grupo, me percaté de aquello cuando
escuchaba música en mi pupitre como cada recreo, pero esta vez era diferente,
había un bullicio que no dejaba de interferir en el silencio al que estaba
acostumbrada. Me quité los audífonos mientras abría los ojos y me quitaba el
pelo de la cara, no fue sorpresivo encontrarme a Leah y Susan sentadas con Stella
atrás mío.
―¿Cómo es Inglaterra? ―le preguntó Leah a Stella.
―Bonita, no nací en Inglaterra, pero fue mi hogar toda mi vida, yo vivía en
Birmingham, “La ciudad de los mil negocios”, era una ciudad gigantesca, diez
veces más grande que Bunder, con mi familia vivíamos en un barrio llamado
Bournville en el que cada semana visitábamos un parque temático de chocolate
―contaba la pelirroja jactándose de su antiguo hogar.
―Nunca había escuchado de Birmingham ―confesó Susan.
―Siempre se habla de Manchester, Londres o Liverpool, pero Birmingham es
tan o más importante que algunas de ellas ―dijo Stella con mucho orgullo.
―Dudo que sea más importante que Londres ―le contradije sin malas
intenciones.
―¿Viviste en Inglaterra? ―me preguntó de manera desafiante sin quitar su
mirada de mis ojos.
―Bueno, estadísticamente…
―¿Viviste en Inglaterra? ―me interrumpió, antes de que pueda volver a abrir
la boca lo repitió por tercera vez.
―No, pero…
―Entonces no puedes opinar ―me intentó callar, pero no lo iba a tener tan
fácil, nadie calla a una LeBlanc, si nadie me había callado antes esta chica nueva
con aires de grandeza no sería la primera en hacerlo.
―Claro que puedo opinar, tu país está hecho… ―antes de que termine de
decir la grosería Susan me detuvo.
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―Ya, suficiente Goldie, queremos ser amigas ―dijo, la miré con descontento
durante unos segundos, en esos escasos segundos tuve una intensa batalla
mental con Susan, finalmente me rendí y me crucé de brazos.
Todo el recreo se la pasaron hablando de Inglaterra, de que tenía un hermano,
de que había ganado competencias de patinaje sobre hielo y muchas cosas que
me interesaban un comino. El momento en el que volví a conectarme a la
conversación fue cuando empezaron a hablar de chicos.
―¿Has tenido novio? ―le preguntó Leah a la pelirroja que en menos de media
hora ya me había desagradado completamente.
Stella pareció querer llegar desde el principio a este momento, pues su sonrisa
se estiró mucho más de que lo que ya estaba.
―Naturalmente, desde siempre le he gustado a muchos chicos y en mi otra
escuela todos los chicos decían que era la más linda, de esa manera cada vez que
terminaba con alguien no pasaba demasiado hasta que conseguía un novio
nuevo ―se jactaba Stella de manera orgullosa, mi mirada incrédula le resultó
graciosa a Leah, que no pudo contener la risa ―. ¿De qué te ríes? ¿Ustedes han
tenido?
―Yo si ―confesó Susan.
―Yo también ―dijo Leah. Era falso, Leah nunca les había gustado a los chicos.
En mi impresión Leah era más inclinada hacia las chicas, pero ella no lo admitía,
así que debíamos respetar su orientación. Me parecía surrealista lo mucho que
puede cambiar una persona al intentar dar una imagen incorrecta de cómo es
realmente hacia los desconocidos.
―¿Y tú? ―Stella se dirigió a mí.
La miré sin demostrar interés y dije:
―No me interesan esas cosas, no ―Stella sonrió al escuchar mi respuesta.
―¿Y por qué no? Yo creo que eres de las más guapas del colegio ―sabía que
era falso, no servía de nada adularme con mentiras, ¿Cómo iba a ser de las más
guapas del colegio?
“Tu nombre significa oro por lo valiosa que eres”. Esto último fue lo que me
dijo mamá el día que Félix dio sus exámenes, desde entonces no había podido
dejar de pensar en esa frase, ¿Realmente yo era tan especial? No me gustaba
pensar en esto, más bien, me gustaba decir que no me importaba.
―Yo creo que le gustas a Gabe Santoro ―reconoció Stella, entorné los ojos
cansada de aquel común comentario, comenzó a reírse al ver mi reacción―. ¡En
serio! Es que ustedes dos son muy cercanos, te va a dejar hasta tu casa, te compra
sándwiches… ¿Qué más? ¡Te acompaña a almorzar! No me digas que eso no es
sospechoso.
―No, no, no, no ―repetía yo mientras Stella hablaba, Gabe era mi mejor
amigo y nada más que eso, yo no me consideraba excesivamente linda, pero
Gabe era excesivamente feo para mí, simplemente no me atraía.
―¿Y qué chico de la clase te parece lindo? ―le preguntó Susan en un volumen
que sólo nosotras lográbamos escuchar.
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Stella lo pensó unos segundos antes de contestar.
―Un chico con el pelo rizado y muy alto ―confesó Stella―. Pero no me
malinterpreten, no sé por qué será, pero nunca antes me había llamado tanto la
atención alguien.
Mi incrédula sonrisa desapareció al darme cuenta de quién se trataba.
Por alguna extraña razón no podía sonreír, aunque lo intentase no sentía
alegría, al contrario, mi rostro forzaba un ceño fruncido y una expresión de
tristeza, no entendía cuál era el problema.
A Stella le gustaba Julien Rowe, ¿Y qué?
¿Por qué me importaba tanto que a alguien le gustase Rowe?
Rowe no era nadie para mí, y Stella menos, pero no entendía lo que sucedía.
―¡¿Julien?! ―preguntó Leah de manera emocionada.
―¡Genial! ¿Y qué harás? ―le preguntó Susan a Stella.
―No lo sé ―se rió nerviosamente―. Deben ayudarme a conquistarlo.
Las chicas obviamente dirían que no, después de todo ellas eran mis amigas y
me apoyarían pase lo que pase. Por mi cabeza empezaron a pasar miles de
situaciones y estupideces sin sentido relacionadas con Julien y Stella.
―Claro que sí, serás la novia de Rowe en menos de un mes, te lo prometo
―le prometió Susan zarandeándola de los hombros.
Mi estómago comenzó a revolverse, sentía que mis amigas me habían
apuñalado, que me habían traicionado, pero ¿Por qué me sentía así?
Entonces fue cuando me golpeé la frente al darme cuenta de que a mí también
me gustaba Julien Rowe. Era la primera vez que algo así me pasaba por lo que no
sabía qué hacer, estaba perdida y con mis únicas amigas apoyando a mi “rival”
estaba sola.
―Gold, oye Goldie, Goldie ―en el tercer llamado de Stella reaccioné, apenas
me salía el habla.
―¿Sí? ―logré decir y sentí una rara sensación que inundaba mi nariz, estaba
a punto de llorar a mares.
―¿Tú también me vas a apoyar? ―me dijo con una sonrisa, esta vez sin
mostrar los dientes, estaba pidiendo mi verdadero apoyo.
No respondí enseguida, pero me quedé sonriendo con la mirada fija para no
comenzar a llorar. Finalmente logré articular un:
―Sí.
Stella y las demás sonrieron, luego de eso continuaron hablando, no supe de
qué, pues me levanté del pupitre y les di la espalda rumbo a la puerta del salón,
antes de salir grité “Baño”, con esa palabra ya estaba respaldada para que no
pensasen que me fui por mi molestia.
Caminé con la cabeza agachada por todo el pasillo, ignoré el timbre cuando
sonó y me metí a uno de los baños de niñas, solo sonreí al ver mi cara llena de
lágrimas en el espejo y darme cuenta de qué desde ahora pasaría mucho tiempo
en este lugar.
Stella apareció en el colegio, pero se sintió como si yo hubiese desaparecido.
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FÉLIX
El diseño interior del auditorio era impecable, las columnas en los laterales del
lugar daban cierto énfasis a la plataforma rodeada por cientos de butacas de cine
blancas que se veían muy cómodas y en las que estaban sentados todos los
alumnos uniformados, profesores con trajes y vestidos, cocineros, jardineros,
asistentes, la señora Rimoneit, sorprendía que se tratase de una academia privada
por la variedad de personas que había en aquel auditorio. El profesor Andersson
hizo que me sentase en el acto en una de las butacas del fondo, en un lugar
bastante alejado del parlanchín director, pero se escuchaba de maravilla por los
amplificadores de sonido con los que contaban a su disposición.
El director seguía hablando olvidándose de lo que le rodeaba:
―Pasando al área artística, es mi deber hacer llamado a todos los alumnos
que no estén en el club artístico y que cuentan con habilidades de esta índole a
acercarse a la profesora Rodríguez para estar en la lista de candidatos para
prácticas, futuras presentaciones y otras actividades, todo para apoyarlos a
ustedes a hacer lo que más les gusta. ¿No les conté una historia de mi juventud?
Mientras estaba en el club artístico era parte del equipo de básquetbol ―no pude
evitar sonreír mientras el director contaba su historia―, la verdad no quiero
alardear, pero gracias a mí y a Teddy logramos llegar al mundial juvenil.
―Y luego desistió ―se mofó el profesor Andersson con un hombre rubio y
de cejas negras prominentes que estaba a su lado.
―Ayer en el desayuno hablaba mal de LeBlanc y ahora le dice Teddy ―decía
otra mujer también rubia y con los pómulos muy marcados.
―¿Eso es cierto? ―preguntó el hombre rubio con un acento muy impregnado
en su habla.
―Sí, te juro que estaba furioso por tener que volver a verlo a él y a Felicity,
además de tener que tratar con su perfecto hijo ―decía la mujer rubia, al parecer
les daba igual que yo estuviese sentado junto a ellos.
―Esperen ―el profesor Andersson se volvió hacia mí, yo algo avergonzado le
sonreí―. Este es Félix LeBlanc.
Los rubios abrieron los ojos a más no poder, uno con los ojos verdes y la otra
con los ojos celestes, luego sonrieron tiernamente.
Mi reacción automática fue apretar la boca con una sonrisa forzada y luego
darles la mano.
―¿Así que tú eres Félix? La verdad si te pareces a City, pero es muy raro, eres
una combinación muy tierna, me encanta ―dijo la rubia, presumiblemente
conocía bien a mis padres como todos en este colegio―. Yo soy la profesora
Karen Jacobsen, enseño historia del arte y lidero los clubes de pintura, dibujo…
Tú sabes.
Sonreí algo más confiado.
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―Déjame hablar a mí ―la voz ronca del rubio me producía una especie de
escalofríos, me estresaba no conocer algunas cosas y ahora me estresaba no
conocer su acento, era croata, eslovaco, bosnio o serbio, pero me sonaba muy de
la antigua Yugoslavia―. Yo soy el profesor Alen Ivanović, imparto la asignatura
de geometría y fui muy cercano a tu papá y tu mamá cuando estudiaban aquí en
la academia, es un placer conocerte, Félix.
Volví a sonreír, pero seguía con la duda. Abrí la boca para preguntarle, pero el
director dijo algo que llamó mi atención.
―Por otro lado, aquellos que quieran pasar a formar parte de una actividad
deportiva siendo de un club ajeno tendrán que presentarse a las pruebas que se
harán en dos semanas para cada uno de los equipos, esto no asegura que queden
ni en la reserva, pero pueden intentar ―eso era lo que quería escuchar, esperaba
tener la oportunidad de al menos formar parte de la reserva de la academia, como
dijo el director, “no es mi intención alardear”, pero me considero un gran jugador
y creador de ocasiones para anotar goles, esperaba que en la academia pudiese
estar al nivel y esta era la oportunidad para fijarme―. Espero que este sea un
productivo año para todos en la academia, tanto para el alumnado, profesorado
y asistentes.
Al escenario subieron cuatro chicos y una chica, todos vestidos de manera
semi-formal. Mi limitada vista no me dejaba reconocer sus rostros, pero sabía que
eran cuatro chicos y una chica como mencioné antes.
―Para inaugurar las actividades me gustaría que cada uno de los postulantes
al puesto de presidente del consejo estudiantil se presentasen a sí mismos, los
dejo un rato con ellos ―el director bajó del escenario y se dispuso a subir por las
escaleras hacia donde estábamos nosotros, mientras más se acercaba más notaba
que estaba vestido de igual manera como salía en el panfleto de la academia, un
bigote acentuaba su redondo rostro que hacía juego con su camisa y pantalón
azabache, el saco morado lo había dejado olvidado en el escenario, pero noté
que no le importaba demasiado pues iba a volver. Mientras subía las escaleras
cruzó miradas conmigo y frunció el ceño, creo que se dio cuenta de que era yo.
Mi pregunta está en: ¿Qué le hice yo? Si mi mamá no lo quiso, pues mal por
él, así es la vida, mi papá es mucho mejor, más inteligente, más conocido, más
prestigioso, ¿Qué pretendía? ¿Acaso pensaba que mamá lo iba a querer por su
sentido del humor? El mundo no funciona así, querido Greg Booker.
Grande fue mi susto cuando lo vi detenerse, clavarme una mirada fulminante
y salir del auditorio con prisa.
Aprovechando que los candidatos a la presidencia dudaban y nadie hablaba
me levanté de mi butaca y bajé por las escalerillas hasta un lugar más cercano a
donde estaban ellos para observarlos mejor, me senté en un puesto que estaba
vacío junto a un chico que había estado en la clase del señor Andersson, creo que
se llamaba Noah, lo reconocí solo por su cabello rubio y gafas con bastante
aumento.
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―Hola ―le saludé sin darle mucha importancia, es de buena costumbre
saludar cuando te están mirando.
―Buenas ―dijo con su aguda y débil voz.
Uno de los candidatos dio un paso enfrente, un chico con los labios grandes,
la nariz bien perfilada, ojos muy grandes y brillantes. Más alto que todos a su
alrededor, con la piel del color de la madera barnizada. Trae el cabello bien
peinado, el gel brilla bajo la luz del auditorio y un rizo se mecía inquieto en su
frente mientras el chico de caderas y hombros anchos tiritaba de los nervios. No
era gordo, era grande, pero su cara de niño pequeño decía todo lo contrario.
―Buenas tardes, que-queridos compañeros, profesores y asistentes de la
educación ―saludó de manera muy poco decidida el chico―. Me presento, mi
apellido es Luca, y mi nombre Grimaldi, digo, mi nombre es Luca y mi apellido es
Grimaldi ―primer error, algunos chicos ya se comenzaron a reír y Luca por su
parte perdía su escasa seguridad ante la audiencia.
―Silencio, por favor ―intervino la mujer de cabello moreno que había sido
nombrada anteriormente por el director, la profesora Rodríguez. Tenía un acento
raro, se notaba que era de origen latino. Todos la obedecieron por su tono
irritado y Luca pudo seguir hablando.
―Gracias. Para mí, bueno, es un verdadero privilegio dirigirme ante ustedes
como un candidato a la presidencia del consejo estudiantil, al ser de primer año
―¡Espera! ¿Es de primer año? Eso significa que yo también me pude haber
postulado, en ese momento un montón de preguntas y posibilidades
comenzaron a brotar en mi cabeza―, de la misma manera a las autoridades de
este establecimiento el permitirnos poder vivir un verdadero proceso electoral y
democrático, sepan que esta experiencia nos servirá para formarnos
íntegramente como ciudadanos y contribuirá en la formación de líderes y
personas con capacidad para poder dirimir el futuro de nuestra patria, y que
cuando llegue el tiempo de asumir el cambio de nuestro país no seamos meros
espectadores de los acontecimientos, sino piezas claves del progreso alcanzado.
¿Este chico sabrá que no todos en la Academia provienen de países
democráticos? Los muchachos egipcios, los provenientes de Qatar, chinos,
cubanos, sudaneses, cameruneses o tailandeses (entre otros) seguro se sienten
indignados, ¿Cuál es la necesidad de hablar por todos? Limítate a lanzar tu
inmunda campaña.
Al entrar en mi bucle de odio dentro de mi cerebro suelo perderme, no volví
a la realidad hasta que empezaron a aplaudir, pocos aplausos, ningún vitoreo,
este chico tendrá que comprar los votos si quiere ganar.
No me culpen, pero cuando quiero hacer algo mi cerebro comienza a repetir
una y otra vez las posibilidades de éxito que pude haber tenido, es difícil de
explicar, pero me sentía como un bobo por no haber preguntado sobre el consejo
estudiantil, nunca se me pasó por la mente.
El siguiente en pasar fue un chico muy sonriente, noté como varias chicas se
acomodaron en sus asientos para verlo mejor. A mi parecer no era particular,
Martín TeuquilPágina | 62
demasiado alto y ancho de espalda, tan alto como mi papá. Cara redonda, cejas
largas y espesas. ¿Por qué todas volteaban a verlo?
―Estoy aquí para dialogar con ustedes, me siento muy feliz de poder
participar como candidato a presidente del consejo estudiantil, porque pienso
que todos tenemos algo que aportar desde la manera de pensar, ser y actuar de
cada quien, si quedo electo Presidente quiero que trabajemos mano a mano, así
aprenderemos a hallar lo positivo de las personas, sus capacidades, talentos e
intercambiaremos nuestras fortalezas ―este me gustaba más―. He venido para
decirles que ya falta poco para ausentarme del colegio y no quiero irme sin dejar
huellas, este es mi último año en la academia y no quiero irme sin cumplir uno de
mis objetivos que es ser el presidente del consejo, no ofreceré nada que no pueda
cumplir, hacer eso se llama demagogia y eso destruye en lugar de construir,
vamos juntas a realizar obras posibles y prácticas que nombraré a continuación:
Ser partícipes de las gestiones que realicen las autoridades del plantel para la
restauración de la piscina; incentivar actividades deportivas, creando un
campeonato interno con su debida premiación a los cursos ganadores;
Rehabilitar la sala de audiovisual que ha sido abandonada por falta de
coordinación para incentivar al alumnado a ser partícipe de actividades no
solamente dentro del aula. Aprendamos de manera didáctica. Sin más que decir,
dejo la decisión en sus manos, recuerda que es tu elección. Gracias. Que tengan
un lindo día
No es por ser un infantil, pero en mi cabeza solo se escuchaba mi voz gritando
“¡Me aburro!” repetidas veces. Ah, y por si nadie lo notó: No se presentó. Es decir,
¿Quién es el chico que acaba de recitar su discurso monótono? ¿Cuál es su
nombre? Nadie lo sabe.
La siguiente persona en dar un paso al frente fue una chica rubia que parecía
tener unos dieciséis años, hermoso rostro de tez sonrosada, facciones angelicales,
como esculpidas con cinceladas perfectamente calculadas por un artista del
renacimiento.
El pelo, rubio como un sol primaveral, era lacio, llevaba el fleco peinado hacia
la derecha, lo cual da un toque de dulzura a la totalidad de su cara. Su frente
demostraba gran inteligencia, ojos verdes, profundos, de mirar cautivador. La
nariz era respingada y los pómulos altos.
Era bellísima.
Quizás era por mi morbosidad, pero sentía una extraña atracción fetichista por
las chicas rubias, especialmente las que parecían ser naturales como esta, ¿Quién
era? Necesitaba saber su nombre, no para hablarle, pero mi mente normalmente
asocia los nombres con los rostros, por lo que para tener un vivo recuerdo de ella
me era de vital importancia conocer su nombre.
La rubia se sacudió el cabello y comenzó a dar su discurso:
―Hola, para aquellos que no me conocen bien ―apretó los labios y saludó
con su mano―, soy Elizabeth Cálibri, acabo de entrar a la academia con una
puntuación de ochenta puntos de cien en el examen de admisión y formo parte
Martín TeuquilPágina | 63
del club académico ―solo con decir eso empezaron los murmullos, Elizabeth
esperó a que cesaran un poco.
―No sé por qué se jacta de ese puntaje si otro chico sacó noventa y nueve de
cien en esta misma generación ―dijo Noah a un chico que estaba a su derecha.
―Félix LeBlanc ―dijo como si presentase un producto en un anuncio
televisivo el otro chico.
―Una vez Gandhi dijo: “Seamos el cambio que queremos ver en el mundo”,
ahora pensemos en aquella frase por unos segundos. Sí, necesitamos un cambio,
pero un cambio positivo, no un cambio sin razón aparente además de la de
lucrarse como lo fue cortar el presupuesto del equipo de natación, el de arte y el
de debate para traer máquinas de bebidas patrocinadas por Industrias Paragon y
que estos mismos auspicien los equipos de fútbol, básquetbol, vóleibol, artes
marciales, entre otras ―Elizabeth pisó con fuerza en el suelo―. ¡Debemos
expresarnos! No podemos dejar que los directivos de la academia se lucren sin
que podamos hacer nada para evitarlo, antiguamente la academia era increíble,
según me contaron algunos exestudiantes, la academia antes trataba a todos los
grupos de diferentes talentos con igualdad, el equipo de fútbol nunca pisoteó al
equipo de robótica ni viceversa como pasa hoy en día, así que voten por mí y
comencemos a generar un cambio en equipo, muchas gracias.
Varios comenzaron a aplaudir, incluyéndome, pero no fue una lluvia de
vitoreos ni nada por el estilo como yo me había imaginado que recibirían su
revolucionario discurso, creo que no era una gran idea meterse con el grupo
popular y más apoyado de la academia, además de los que más prestigio
generaban para esta misma.
―Yo voy a votar por ella, está buenísima ―dijo un chico a mis espaldas.
―¡Ay! ¡Jake! ―logré escuchar de una chica que provenía del mismo lugar.
Giré ligeramente mi cabeza para tenerlos en mi visión panorámica, la chica
que acababa de hablar era preciosa, de hecho, era la misma chica a la que había
quedado mirando en el salón mientras hablaba con el profesor Andersson.
Ahora la podía ver desde más cerca.
Con el tiempo me he convertido en un observador excesivo, un mirón. En todo
momento, a cada persona que me cruzo mientras camino, cualquier pixel,
cualquier curva, todo lo que veo empieza a ser maquinado en mi cabeza para
generar una descripción, algo que me llame la atención.
Esta chica sin duda me llamaba la atención, comenzando por su sonrisa,
apretaba los dientes conteniendo su risa y parecía tener la cara más despejada
que hace rato, ahora podía analizarla completamente. Por cómo se veía, para mí
aparentaba unos dieciséis años, quizá menos, su altura la hacía ver así, pero su
forma estaba perfecta para mí, se notaba que no se esforzaba mucho en cuidar
su físico ni apariencia.
Su color claro de piel pasaba desapercibido por sus brillantes mejillas
enrojecidas por el calor, de hecho, me parecía adorable cuando hinchaba con aire
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sus mejillas y apretaba la boca. Su pelo oscuro, lacio y hasta el abdomen le daban
ese toque cautivador. El uniforme le quedaba de maravilla.
Durante cinco segundos crucé miradas con ella, enseguida me di la vuelta y
clavé mi vista en el centro del auditorio donde el chico restante acababa de dar
su discurso y nadie le había aplaudido.
Apreté mis puños con los ojos entrecerrados, sentí como mi estómago
comenzaba a contraerse por el hambre, pero, de todas formas, apenas sentí mi
cuerpo preparado para el teletransporte me moví hasta el palco más alejado de
dónde estábamos, desde aquí se podía escuchar todo lo que hablaban, además
apenas aparecí en aquella pequeña habitación-terraza me fijé en la silla reclinable
que rápidamente fue ocupada por mí para seguir contemplando la inauguración
desde las alturas.
Clavé mi vista en la entrada del auditorio justo cuando el director entraba de
prisa para cerrar su acto de bienvenida, cuando pasó a mi lado sentí unos
escalofríos terribles, no me daba buena espina, no sabía por qué, pero sentía una
desconfianza tremenda por el hombre de camisa negra.
―Gracias, con esto damos por iniciadas las campañas para elegir al presidente
del centro de estudiantes y le damos apertura a este año escolar, lo demás
pueden encontrarlo en sus correos, todas las actividades oficiales les fueron
enviadas para que estén al tanto de todo ―el director Booker sonrió
pícaramente―. Ahora entonaremos nuestro himno.
Miré hacia los demás alumnos en los asientos cercanos al escenario principal
y vi que el rubio con gafas se levantaba de su asiento y se perdía en la nada.
¿Dónde estaba?
El estómago se me apretó cuando sentí que algo me tiró de la pierna y en un
abrir y cerrar de ojos apareció mi única amiga hasta el momento, Dinasty Winter.
Cuando tuve conciencia de lo que acababa de hacer ya estaba sentada en el otro
asiento reclinable.
―Esa habilidad de teletransportación es muy útil ―reconoció Dinasty
mientras ajustaba el asiento para su optima comodidad.
―¿Cuál exactamente era tu habilidad? ―le pregunté, habíamos mantenido el
contacto desde el examen de admisión, pero en la clase de Andersson no
habíamos tenido la oportunidad de hablar.
―Creación de hielo y traspasar materiales sólidos ―dijo por vigésima vez, no
me acordaba de que tuviese la habilidad de traspasar materiales sólidos, esa
habilidad estaba ideal para traspasar paredes o puertas cerradas―. ¿Qué tal las
clases?
―Para el culo, tengo un sueño terrible ―aseguré,
―Estamos en las mismas ―sonrió bobamente la casi albina, tenía grandes
mejillas, hasta el punto de querer apretárselas cual abuelita a nieto. No me parecía
especialmente atractiva, es decir, estaba bien dotada físicamente, pero no me
gustaban las chicas altas o con muchos atributos. Aunque sí, en cierto modo era
Martín TeuquilPágina | 65
linda, tampoco te digo que no, pero para mí ya era propiedad indirecta de Emil,
a quien también consideraba un amigo.
―¿Estuviste con Andersson? ―le pregunté para asegurarme.
―Sí, hay un chico en esa clase que es insoportable, ¿Cómo alguien puede
hablar tanto? ―ya sabía a quién estaba mencionando.
―Gareth Pyro, es muy raro, me preguntaba cosas de mi papá ―recordé―. Así
fue como llegué hacia ustedes y nos hicimos amigos.
―¡Aww! ―dijo con ternura―. Te acuerdas del día en que nos conocimos.
―¿Cómo no hacerlo? Si fue el día en el que vi de los mejores espectáculos
mágicos de mi vida ―reconocí sin vergüenza.
―¿En serio? ―me preguntó, antes de que preguntasen ya estaba apuntando
a la persona a la que me refería, entre todo el alumnado estaba una pequeña
chica delgada y con cansancio en los ojos mirando hacia todos lados―. ¿Quién?
¡Ah! París Chastain, ¿Te gusta, amigo?
―Claro que no, solo digo que dio de las mejores exhibiciones del mundo
―me respaldé en mis propias palabras.
―¿Y quién te gusta? ―me preguntó, miré hacia la rubia que seguía sentada
sobre el escenario, pero también recordé a la chica de pelo negro y ojos
cautivadores, me atraían las dos por igual.
―Estoy entre esa rubia de ahí ―la apunté con discreción para que solo
Dinasty la viese―. Pero, también está la chica de pelo negro de ahí ―apunté a la
chica antes mencionada.
―No apuntes ―Dinasty me golpeó la mano―. ¿Entonces no sabes si te gusta
Elizabeth o Emmaline? ¡Guau! Vas por los premios mayores.
―Yo soy el premio mayor, Dina ―bromeé, me sentía verdaderamente como
esta imagen, pero solo provoqué una carcajada burlona en Dinasty.
―¿Tú? ¿Un flacucho sin músculos? ―me cuestionó Dina.
―Claro que sí, mira estos músculos ―le mostré algunos resultados en mis
bíceps y tríceps, músculos que había trabajado en el verano y que ahora estaban
bastante duros.
―Están bien, pero hay muchos que superan tus músculos, flacucho con
músculos ―me recordó Dinasty.
La miré con molestia.
―De todas formas, ¿Qué te importa? ¿A ti te gusta Emil? ―le pregunté para
que se molestase.
Dinasty se quedó con la misma expresión risueña que había mantenido toda
la conversación, no reaccionó ante mi pregunta.
―Claro que no ―dijo.
―Claro que sí, empecé a seguir a Emil en Instagram y me di cuenta de que lo
etiquetas en un montón de memes, eso significa que te encanta, no mientas
―discutí.
―Mentira, él me etiqueta a mí ―dijo Dina, las mejillas y la frente se le estaban
poniendo rojas, pero aún no desistía en intentar ocultar su atracción.
Martín TeuquilPágina | 66
―Vamos, Dinasty, se nota que te gusta ―le dije, giré mi cabeza hacia los
estudiantes e intenté ubicar a Emil Werner, no fue tan difícil, era el único que
llevaba sus audífonos puestos mientras uno de los estudiantes de tercer año
empezaba a tocar el saxofón frente a todos.
―No me gusta ―reiteró.
―Si te gusta ―quise molestarla.
―A ver, ¿Por qué más dices que me gusta? ―cuestionó.
―Se te nota ―dije sin argumentos.
―¿De qué manera? ―me dejó sin respuesta.
Suspiré.
―Sólo te estoy molestando, ¿Te asustaste? ―le pregunté burlonamente.
―¡Ay! Que imbécil eres ―dijo entornando los ojos, no pude evitar soltar una
carcajada que enseguida ahogué con la manga de mi uniforme.
―¡Shhh! Guarda silencio o nos van a descubrir ―me dijo haciendo un gesto
con un dedo para que guardase más silencio.
Calmé mi risa mediante mi respiración y volví a abrir los ojos para mirar al
chico que seguía tocando el saxofón, no tocaba nada mal, pero no era Coleman
Hawkins ni mucho menos.
―Toca bien, ¿No? ―preguntó Dinasty.
―No sé, no soy mucho de jazz ―confesé.
―¿Y de qué eres?
―De muchos otros géneros, me gusta el trap, hip hop, el rock, pero lo que
más escucho es pop, tipo Ariana Grande, Troye Sivan o Shawn Mendes ―le hice
saber.
―Ah, ¿Entonces eres gay? ―la miré con los ojos entrecerrados demostrando
mi molestia, Dina comenzó a reírse mientras seguía preguntándome―. ¿Eres gay?
No había conocido a hombres que escuchen a Ariana Grande.
―Estás mal de la cabeza, Dinasty ―le dije intentando ignorar sus burlas,
cuando noté que todos empezaban a levantarse de sus asientos le hice un gesto
con la mano a Dinasty, ella se volvió intangible y traspasó su asiento, enseguida
apreté mis puños y aparecí donde había estado minutos antes.
Todos comenzaron a salir del salón de conferencias, no salían corriendo como
si fuesen una estampida de antílopes, pero me arrastraban como si fuesen una
ola gigantesca, intenté seguir el curso hasta la salida, pero eventualmente
comencé a sentir que me tocaban demasiado, así que me apresuré en usar una
última vez mi habilidad favorita, apreté los puños e intenté aparecerme fuera del
salón de conferencias, pero ocurrió lo mismo que en la mañana, sentí como mis
puños se bloqueaban como si hubiese una muralla invisible frente a ellos. ¿Qué
era lo que le estaba pasando a mis poderes? Mi otra habilidad también estaba
pasando por lo mismo, mi cuerpo no me dio tiempo a pensarlo bien y abrí mi
mano en un ángulo extendido con la palma en paralelo al suelo, fue un alivio ver
que mis ondas de choque seguían funcionando como siempre, pero lo que no
había pensado bien era que justo al usar el impulso salí disparado hacia unos
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metros de altura, pues choqué contra el techo del pasillo de la academia y volví
a caer. ¡Excelente, LeBlanc!
Después de salir de la enfermería y que revisasen que no tenía ninguna
contusión cerebral volví a clases, me tocaba geometría con el profesor que se me
había presentado antes, el del acento misterioso, cuando entré al aula le expliqué
que estaba en la enfermería y no necesitó más justificantes que eso, me permitió
entrar y me apresuré para sentarme junto a la chica rubia del discurso, Elizabeth
Cálibri.
Alen Ivanovic era un profesor calmado, normalmente no les prestó atención a
las clases y prefiero repasar todo en casa, a la mayoría de profesores les molesta
que lea mis libros en sus clases, pero al profesor Ivanovic le importaba un comino
si estábamos atentos a su introducción a la trigonometría o no.
Mientras me sumergía en uno de los libros complementarios que nos tocaba
leer estas primeras dos semanas le quité la atención a Fahrenheit 451 y se la di a
lo que estaba haciendo mi nueva compañera de asiento, la indiscreta Elizabeth
estaba leyendo un libro titulado El hombre más rico de Babilonia, me extrañó
muchísimo que alguien de nuestra edad estuviese leyendo un libro sobre
finanzas, pero Cálibri era el apellido del gobernador de California, ¿Ella sería
familiar suyo? Un montón de preguntas sobre esta chica y sobre sus lecturas
comenzaban a llenar mi subconsciente, ¿Tomaba alguna clase especial y la
obligaban a leer aquel libro? ¿Acaso lo leía por gusto e interés propio?
¡Félix! Miré hacia adelante y me concentré con los ojos cerrados en calmar mi
curiosidad compulsiva, inhalar y exhalar siete veces es lo mejor que el Internet me
pudo enseñar, cuando me calmé no insistí en volver a observar a Elizabeth, al
contrario, me sumergí de cabeza en el libro que tenía entre mis manos.
Minutos después me fijé en que la rubia se había dormido con el libro
cubriendo su rostro, dudé en si debía despertarla para que el profesor Ivanovic
no la notase.
Todos estaban escribiendo lo que el profesor iba diciendo en sus tabletas
ChillRoom, la marca de las tabletas que nos entregaba la academia eran de uno
de los competidores de la compañía de mi padre, ChillRoom poseía tecnología
inferior a la de BlackFlower, para empezar sus tabletas no detectaban audio, por
lo que los apuntes debían ser manuales, era obligatorio usar un innecesario stylus
y encima eran más caras.
―¿Félix? ―me habló el profesor Ivanovic, rubio y bien parecido, cubría bien
sus cerca de cuarenta años―. ¿Sabes la respuesta?
¿Cuál pregunta? Seguramente la sabía, pero no sabía qué había preguntado,
antes de que pudiese acercarse hasta donde estábamos sentados pinché
discretamente el brazo de Elizabeth con el stylus de la tableta, ella levantó su
cabeza justo antes de que Ivanovic desviase la mirada hacia ella.
―¿Puede repetir la pregunta? ―le pedí. Me quedé con una cara extrañada
mientras veía la cantidad de dibujos y conceptos que tenía escritos en el pizarrón,
todos relacionados con trigonometría, es decir, la relación entre los lados de los
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triángulos y sus ángulos, ese tipo de matemáticas que es inútil en la vida
cotidiana.
―¿Sabes cuál es la diferencia entre ángulos complementarios y
suplementarios? ―me preguntó. Menos mal era una pregunta básica, el sudor
frío se detuvo y respondí con calma.
―Los ángulos complementarios son los ángulos que su suma es igual a 90°,
mientras que los suplementarios son los que su suma es igual a 180° ―respondí
con seguridad.
―¿Eso qué significa, Elizabeth? ―le preguntó el profesor, la miré algo
nervioso mientras ella se restregaba las manos por la cara para lograr reponerse
después de su rápida siesta.
―¿Suplemento de un ángulo es lo que le falta al ángulo para medir un ángulo
extendido? ―respondió Elizabeth.
―¡Muy bien! ―nos felicitó el profesor y se dio media vuelta para volver al
pizarrón electrónico para seguir explicando.
―Gracias ―me agradeció la chica con las palmas de sus manos restregándose
sobre sus ojos.
―No te recomiendo dormir en clases ―le aconsejé con sinceridad mientras
prendía mi tableta y comenzaba a tomar algunos apuntes.
―No me interesa esta clase ―confesó para justificar sus acciones.
―A mí tampoco, no sirve para nada, no pienso ser arquitecto ni nada parecido
―le dije y soltó una risita.
―Yo tampoco, es decir, estoy en esta clase para mantener la asistencia, de lo
contrario estaría en mi casa ―dijo.
―De todas maneras, el profesor me cae bien ―comenté.
―A mí también, es impresionante que no nos haya dicho nada por estar
leyendo libros que no tenían nada que ver con su clase ―dijo ella, me sonrió, le
sonreí al darme cuenta de que se había fijado en lo que estaba leyendo.
―¿Estabas leyendo ese libro por gusto propio? ―le pregunté para salir de mi
duda existencial.
―Está en mi lista de lecturas complementarias para economía ―respondió y
entornó los ojos demostrando su descontento―. ¿Y tú? ¿Fahrenheit 451? ¿Te
gustan las novelas distópicas?
―Lectura complementaria de literatura ―le dije. Elizabeth volvió a entornar
los ojos.
―Al menos tus libros no son tan aburridos, tengo que leer veinticuatro libros
este semestre, así que no puedo perder mi tiempo durmiendo ―dijo con
severidad.
―¡Guau! Mis horas de sueño son esenciales ―dije con certeza, ella no sabía
que estaba hablando casi en sentido literal refiriéndome a lo que me obligaba a
descansar una de mis habilidades.
Ella intentó abrir más los ojos, pero los tenía demasiado rojos por tanto
refregarlos, aun así, era fácil distinguir su color verde esmeralda, los ojos verdes
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se manifiestan en cerca del 2% de la población mundial, pero el verde que
manifestaba esta chica era diferente al color de mi mamá, era aún más verde y no
tan amarillento, tenía “más potencia” por así decirlo, eran como verdaderas
esmeraldas.
―Ni siquiera me he presentado, soy Elizabeth ―extendió su mano.
―Félix ―se la estreché, tenía las manos muy suaves a diferencia de mí.
―Dormiré un rato, así que te agradecería si pudieses cubrirme unos minutos,
Félix ―me pidió.
―No hay problema ―le hice saber, fue algo natural, ni siquiera pensé en qué
decir, sólo salió de mi boca, el resto de la clase tuve que responder todas las
preguntas que formulaba el profesor Ivanovic antes de que pudiese dirigirse a
alguien específico, en una de esas le formulaba una pregunta a la dormida
Elizabeth y hubiese fallado en la misión que me encomendó, gracias al cielo no
pasó.
Cuando la clase terminó me levanté de mi asiento, no sin antes volver a dudar
si en despertar o no a la rubia, pero esta vez le quise jugar una broma y la dejé
durmiendo mientras todos los demás salíamos, cuando iba por el umbral de la
puerta el profesor Ivanovic me detuvo y me hizo esperarlo.
―¡Oye! Félix, ¿Así que eres el hijo de Felicity y Teddy?
―Eso ya lo sabe, profesor ―le respondí con un cierto grado de ironía en la
voz.
―Es que aún no me lo creo, Felicity me hacía clases particulares cuando yo
iba en primero y me costaba entender las clases ―recordó Ivanovic.
―¿En serio? ―me costaba imaginar a mi mamá dándole clases a una versión
en miniatura del profesor, a propósito, ahora mismo terminaría con otra de mis
dudas existenciales―. Oiga, profe, ¿De dónde es usted?
―Croacia ―¡Lo sabía! Sonreí y me empecé a reír sólo por la emoción que sentí
al casi adivinar su nacionalidad―. ¿De qué te ríes? ¿Ahora tú también te burlarás
por la final del mundial?
―¡Es cierto! ―comencé a reírme con más fuerza al caer en cuenta de qué yo
también poseía la nacionalidad francesa―. No, no, no me reía de eso.
―¿Entonces? ―me preguntó el profesor de manera desmotivadora.
―Es que llevo como tres horas preguntándome de dónde viene su acento y
al final terminé reconociéndolo a medias ―confesé.
―¿Cómo es eso? ―no terminó de entender.
―Es que intuía que era un acento yugoslavo, pero no sabía con exactitud de
qué país exactamente ―expliqué.
―¡Ya veo! Es casi imposible distinguir entre el croata, el serbio, el
montenegrino y el bosnio puesto que todos hablamos el mismo idioma, tenemos
cerca del noventa porciento de nuestro léxico en común, así que veo difícil que
hayas podido adivinar, Félix ―me explicó el profesor Ivanovic, eso no lo sabía.
Mientras yo abría la boca nuevamente para preguntarle sobre Croacia al profesor
Ivanovic apareció el director Booker por el pasillo.
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―El director… ―susurré y el profesor se giró para encontrarse cara a cara con
Greg Booker, quien anteriormente me había mirado de mala manera por lo que
temía que me tuviese algún tipo de rencor o fuese a tratarme mal.
―¡Alen! ―le saludó el director con un buen estrechón de manos y una
extendida sonrisa que también me transmitió a mí―. ¡Y Félix! ¡Que gusto
encontrarlos conversando! Me recuerda cuando éramos jóvenes y usted se
pasaba el día entero bromeando y haciendo travesuras con Edward LeBlanc.
―¡Por supuesto! ―rió el profesor Ivanovic cambiando su actitud
radicalmente, se notaba que estaba fingiendo la emoción―. Hablar con el hijo de
un viejo amigo es reconfortante…
―¡Pues claro! ―mis ojos se fueron directamente a la mano que le estaba
estrechando el director al profesor Ivanovic, mientras el profe sólo le había dado
una mano el director tenía sus dos manos sobre esta, pero lo que hizo que los
pelos de mis brazos se erizasen fue la semi-indetectable aura de color amarillo
que salía de las manos del director y envolvía la del profesor sin que este pudiese
darse cuenta―. ¿Qué tal tu primera clase? Espero que te quedes con nosotros
por mucho tiempo más.
―Lo intentaré ―le sonrió el profesor ingenuamente.
¿Qué estaba haciendo Booker? ¿Absorbía su energía vital? ¿Acaso se
alimentaba mediante tocar a los demás? No conocía las habilidades de Greg
Booker, pero presumiblemente estaba haciendo uso de una de ellas.
―¿Qué es lo que tiene en las manos? ―pregunté, justo en ese momento el
director soltó al profesor y se revisó las muñecas, llevaba una pequeña linterna
prendida.
―¡Oh! Estaba gastando la batería de mi linterna, que descuidado soy ―se rió,
no podía ser posible, estaba seguro de lo que había visto, desde las manos de
Greg Booker había salido un aura que envolvió la mano del profesor, no podía
ser el efecto visual de una linterna led. Lo miré con la boca abierta sin ocultar mi
temor y dudas frente a él, pero mi expresión se deterioró más aún al ver la tétrica
mirada sonriente que tenía clavada sobre mí.
Comencé a temblar cuando extendió su mano hacia mí, para evitar estrecharle
la mano fingí un estornudo y terminé llenando de saliva mi propia mano.
―Lo siento… ―solté con temor a que me tomase la mano de todas formas.
―Deberías ir a ver al médico, hijo ―me dijo con severidad.
―Son alergias ―me excusé con una vaga sonrisa.
―¿En serio? ¿A qué eres alérgico? ―le iba a responder: ¡Soy alérgico a usted,
viejo del carajo! Pero no lo hice, esto debido a que mientras abría la boca pasó
Gareth Pyro junto a nosotros, a quien el director Booker quedó mirando―. Debo
irme, ha sido un gusto verlos.
El director se fue detrás de Pyro, algo no me olía bien en todo esto, ¿Cuál era
la habilidad que había usado el director y qué tan peligrosa era? Esa era la
cuestión.
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4 CULPA
“Cualquier imbécil puede tomar parte en una pelea, pero el hombre
prudente sabe mantenerse lejos de ellas.”
"Los pilares de la Tierra" (1989), Ken Follett
FÉLIX
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―Porque lo vi saliendo del subterráneo ―dijo Morgan con una sonrisa
acusadora.
―Félix ha estado todo el día con nosotros, y acabamos de salir del acto de
bienvenida, es decir, ¿Qué hacías tú en el subterráneo? ¿Por qué tu casillero está
allá, colega? ―volvió a cuestionar.
Kaylock miró al director, este subió los hombros.
―Es su palabra contra la tuya, Morgan ―dijo el director.
―Tómala, puto ―Gazz se mofó de Kaylock.
―Vocabulario.
―Tómala, tonto ―se disculpó el pelirrojo con una reverencia.
Kaylock extendió su sonrisa burlona mientras sacaba su teléfono y mostraba
una foto que había tomado, la maldita foto estaba en movimiento, pero yo me
veía demasiado bien.
El director levantó una ceja y me miró.
―¿Qué hacías en el subterráneo, Félix? ―pidió explicaciones.
Se me apretó la garganta.
―Nos escapamos del acto de bienvenida y nos escondimos en el subterráneo
―soltó Dina, Gazz prefería no hablar y hacerse el tonto.
―¿Entonces se escaparon para pintar el casillero de Kaylock?
―Nos escapamos para hablar entre nosotros ―dije.
―¿Mientras pintaban mi casillero? ―intervino Kaylock.
―¡Ni se cuál es tu casillero! ―manifesté harto―. ¿Y por qué tu casillero está
en el subterráneo? ¿No puede estar en un pasillo como las personas normales?
―Me gané un lugar de honor ―dijo.
―Que honorable es tener tu casillero en el lugar más recóndito de la academia
―dije con ironía.
―Félix, de todas formas, voy a tener que ponerte un strike ―dijo el director.
Lo miré con rabia apretando la boca para no decir nada.
―Bien, haga lo que quiera.
―A ustedes también ―les dijo a Gazz y Dina.
―¡¿Y yo por qué?! ―Gazz se hizo el inocente.
―No me ponga un strike, por favor ―le rogó Dina. No me quedé a mirar
cómo me echarían toda la culpa y se salvarían del castigo, por lo que me propuse
a salir del aula para almorzar. En la puerta, Kaylock me pegó con su hombro sin
que el director lo notase, lo miré con malicia y con un chasquido de dedos hice
que azote su cabeza con toda su fuerza contra una mesa, parece que quedó
inconsciente. No podía irme sin una selfie con su cuerpo inconsciente. La saqué
y me fui.
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Llegué a mi casa muy cansado, no físicamente, pues apenas había caminado
de salón en salón y para volver al vehículo después de clases, porque el chofer
me esperaba afuera con un vehículo discreto, snacks y recordé que me había
dejado la 3DS en la guantera del auto.
Rita estaba leyendo cuando llegué, solo me saludó y me dijo:
―Te ves cansado, vete a tu habitación y te llevo comida, ¿Sí? ―ella era sin
duda la mejor, cuando entré a mi habitación estaba Goldie acostada en mi cama,
estaba muy tapada y solo se le veían los ojos.
Me saqué las zapatillas, tiré mi mochila en un canasto como si se tratase de
un balón de basquetbol, conecté mi PlayStation en la pantalla frente a la cama, la
prendí y me senté sobre la cama.
―Goldie ―le dije sin mirarla, noté que no estaba durmiendo por su
respiración y sus constantes sonadas de nariz.
―¿Qué? ―me respondió con un tono melancólico y ahogado por las sábanas
que cubrían su boca, fue entonces cuando la miré, estaba llorando, tenía los ojos
muy hinchados y rojos.
En mi cabeza pasaron mil pensamientos de rabia, tristeza, furia, melancolía y
confusión antes de preguntarle:
―¿Qué pasó? ―dejé mi Dualshock (el control del PlayStation) sobre la cama
y me acerque a mi hermanita gateando sobre la cama.
―Nada ―se sentó en la cama riéndose, pero ahogándose por los mocos del
posterior lloriqueo que tuvo cuando la abracé.
―No seas tonta, no llores por estupideces, tienes que ser fuerte y demostrarle
al mundo que eres una puta ama, no una débil llorona ―le decía mientras lloraba
sin control en mí.
En estos momentos es cuando de verdad aprecias a tu hermanita o hermanito,
cuando empiezan a pasar por esa edad en la que se vuelven emocionalmente
inestables, pero no es bonito que tu estés en el mismo rango de edad y no puedas
pedirle apoyo a tu hermanita cuando te sientes igual. Goldie solo lloraba y lloraba
desconsoladamente, estuvo así por como tres minutos, hasta que sus pulmones
no dieron más y me soltó, se secó las lágrimas y me miró sonriendo.
―¿Qué pasó? ―le pregunté.
―Me gusta un chico ―era obvio.
―¿Y qué pasó?
―Yo no le gusto ―dijo con tristeza y me abrazó ahogándose.
―¿Cómo lo sabes? ―le pregunté a secas.
―Porque lo sé, digo, se nota que no le gusto ―soltó, no sonaba convencida
del todo ahora que se lo hacía notar.
―¿Y quién es? ―pregunté.
Pasaron unos segundos en los que no dijo nada.
―Julien Rowe ―confesó. Yo conocía bastante a ese chico, jugaba futbol en la
categoría infantil de mi club, había nacido en el año 2004 y creo que ahora era el
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nuevo capitán, éramos socios en el mediocampo, pero jamás lo había relacionado
con Goldie, ni siquiera sabía que iban en la misma escuela o que se conociesen.
―¿Rowe? ¿El de Rayo Azul? ―pregunté impactado.
Movió la cabeza de arriba abajo en señal de afirmación y me observó con pena
en la mirada.
―¿Cómo sabes que no le gustas?¿Y por qué te gusta? En mi opinión no tiene
nada llamativo, es bien tonto, solo sirve para jugar futbol, pero ya no fue
profesional, es decir, creo que él ya va a cumplir los catorce años muy pronto,
¿Qué tiene de especial? ―le cuestioné, pareció como si la estuviese ofendiendo
a ella, porque en su rostro reconocí una mirada de auténtico rechazo e
indignación. Alguien no quería que hable así de su enamorado.
―Porque lo vi cuando me metí en su cabeza.
―Goldie ―la tomé de los hombros y la zamarreé―. Tienen trece años, ¿Por
qué piensas en el amor y en novios? Yo tengo quince, ¿Crees que alguna vez sufrí
por amor como tú?
―¿Tienes o has tenido novia?
Me cerró la boca completamente, no pude hacer nada más que apretarla y
escucharla.
―Julien me gusta porque no es como los demás del colegio, él es diferente,
más loco, más feliz.
Creo que era típico que las niñas inteligentes sean cautivadas por chicos
inútiles, era consciente de que para enamorar a una chica lista tenía que hacer lo
imposible, pues ellas siempre preferían buenos para nada, irresponsables y
problemáticos que inteligentes, esforzados y responsables. Es decir, yo prefiero a
un skater que a un nerd, pero por ejemplo, un lector y friki del cine que sea
detallista conmigo contra un skater que cante mal y ande detrás de mí como
sanguijuela, creo que la opción es obvia, ¿O no?
―Estás tonta de la cabeza, Julien es un tonto, no te merece y tú no lo mereces,
mereces a alguien mejor ―dije desviando mi atención a la consola, volví a tomar
mi Dualshock y jugar mientras escuchaba el drama amoroso de Goldie.
―¿Cómo quién?
―Turner ―dije sin dudarlo―. Él es para ti, es solo un mes mayor, lo conoces
desde que eres pequeña y siempre le has gustado, además me cae bien, le gusta
Ariana Grande y Coldplay, con eso ya me ganó.
―¡Félix! ―reaccionó empujándome y riéndose.
―Pero si es cierto ―me reí―. Ariana es una diosa.
―Nos desviamos del tema.
―Eso era lo que quería hacer ―dije entornando una sonrisa que se le
contagió al verla. Misión cumplida, ya había animado a mi hermana y la había
aconsejado, después de todo es mi hermanita pequeña, por dos años, pero es mi
hermanita y la amo por sobre todos los idiotas que se le crucen.
Goldie, a diferencia mía, no tuvo tanta suerte con la magia del Horror, le había
tocado tres veces, además de la obligatoria que le brindaba la inteligencia
Martín TeuquilPágina | 75
hereditaria tenía dos habilidades geniales, la de convertir su sudor en hielo y ser
capaz de lanzarlo por las palmas de sus manos, y mi favorito, poder leer de
manera limitada el pensamiento de los demás, así se había dado cuenta de lo que
pensaba Julien Rowe de ella. Era un gran poder.
―Gracias ―me sonrió de manera sincera―. Pero eso no significa que vayas a
ganarme en el FIFA.
Rompió el momento con una bofetada que me hizo arder la cara por la fuerza
que contenía, apreté el puño y retrocedí los cinco segundos de margen para
atrapar su mano y tirarla sobre la cama, ahora yo tenía mi rodilla en su cara y la
obligaba a pedirme disculpas.
―¡Ya, ya! ¡Félix, me duele! ―gritaba Goldie mientras yo le gritaba también.
―¡Discúlpate!
En eso entró Rita a la habitación y con un simple movimiento de manos hizo
que nos separemos, Rita tenía la habilidad de controlar cuerpos orgánicos con su
mente y manos.
Ser controlado por Rita no es lindo, pues mientras te tiene suspendido en el
aire dan ganas de matarse por la mórbida sensación de mareo, ni en los juegos
del carnaval anual me mareaba tanto. Por eso Rita era la mejor.
CHRISTIAN
Mi sorpresa fue mayúscula cuando después del agotador primer día de clases
me conecté al Discord del club y me contaron el chisme.
―LeBlanc ya lleva 2 strikes, creo que uno fue por no prestarle atención a Everill
y el otro por rayar el casillero de Kaylock ―comentó Karim, el chico de tercero
que más hablaba en el grupo.
―¿En serio? En solo un día de clases ya se metió en problemas
―complementó Kyrie da Costa, quien tenía el poder otorgado por el Horror de
controlar cuerpos acuáticos, es decir, hasta podía atacarte con el agua dentro de
un vaso, pero aún no lograba controlar grandes cantidades como un lago.
―No se los merecía, ninguno de los dos ―lo defendió Dinasty Winter.
―¿A ti también te pusieron un strike? ―le preguntó otro chico de primero,
Emil Werner, a quien había conocido en persona hoy y se trataba de un chico con
el pelo desordenado, grandes dientes, piel morena y una actitud narcisista, pero
se notaba que era un buen chico.
―Sí, porque intenté defender a Félix ―confesó Dina.
―Yo me libré ―dijo Gareth Pirro con un tono aliviado.
―Porque nos echaste toda la culpa a Félix y a mí ―le recriminó Dina con
molestia.
Gareth se quedó callado, él sabía que yo conocía la verdadera historia detrás
del strike.
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El primer día había hablado mucho con Emil Werner y Gareth Pirro, sin duda
me caían bien, pero algo me empezó a oler mal en el momento en que Gazz me
detuvo justo cuando iba a entrar al comedor para almorzar.
―Chris, ¿me puedes hacer un favor? ―me preguntó, no entendía por qué
llevaba su mochila puesta si recién eran como las una de la tarde.
―¿Qué necesitas? ―le pregunté.
―¿Me acompañarías al subterráneo? ―me pidió.
―Bien ―accedí, entonces Gazz se dio media vuelta y me dijo que lo siguiese.
No recordaba bien cómo me había hecho amigo de Gazz, pero por alguna
extraña razón comenzamos a hablar.
―¿Te gusta la academia? ―le pregunté mientras caminábamos.
―Es decente, me gusta que haya tantas chicas lindas, es decir, casi todas las
chicas de aquí tienen algo en especial, o son atléticas, también pueden ser genios,
poderosas o algo por el estilo, y que sean lindas es un punto extra ―explicó, me
reí de su comentario, en mi cabeza y en la suya tenía lógica, pero dudaba si lo
tenía en la de los demás―. ¿Te has fijado en alguna chica?
La pregunta me extrañó, creí haberlo hecho, es decir, hay muchas chicas lindas,
hasta chicos, estaba Emmaline Paragon, Elizabeth Cálibri, Catherine Ferro y otras
más de otras clases, pero sin duda estaba repleto de bellezas, muchas curvas y la
mayoría estaban buenísimas, eso pensaba. Mi dilema estaba en que realmente
solo lo había tomado como un dato sin importancia, algo que está bien saber,
pero no me había fijado en nadie, no le había prestado atención a absolutamente
nadie que no fuese un profesor. ¿Por qué? Yo no era así, me gustaba una chica
diferente cada mes, hasta que llegó mi primera novia y ex, Clov.
Bajé la mirada y me restregué los ojos sin que Gareth se diese cuenta.
―Claro que sí, en bastantes ―fingí.
―¿En quién?
―Mmm… Camellia Goldstein―solté por decir algo, obviamente estaba
fingiendo para que Gazz no supiese que no me llamaba la atención nadie.
―¿Ah, sí? ―preguntó Gazz riéndose y mirándome por primera vez mientras
caminábamos―. Yo estoy intentando conquistar a Emma, de a poco me voy
ganando su amor.
Parecía convencido, pero de lo poco que me había fijado en la mayoría de mis
compañeras, incluyéndola a ella, es que Félix LeBlanc era su debilidad total, no
hacían nada más que hablar de chicos, pero quién más se repetía era Félix, otro
chico llamado Nathan, un tal Jake y el hijo de puta de Martín Goretzka.
Pensé en decirle, pero preferí callar y ver cómo continuaba su historia.
Pasamos por varios pasillos hasta llegar a una puerta que estaba en uno de
los pasillos más apartados de la academia, desde la ventana se podía ver el
gimnasio a lo lejos y en la puerta se lograba leer “Solo personal autorizado”.
―¿Qué tienes que hacer aquí? ―le pregunté mientras abría la puerta con
mucha dificultad por lo pesada que parecía ser esta.
―Booker me dijo que venga a buscar algo ―me dijo―. Cierra la puerta.
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Mientras bajábamos por las escaleras hasta una gran bodega llena de sillas,
mesas, estanterías, máquinas y papeles me iba dando mala espina que Gazz
estuviese relacionándose con el director, mi mamá me lo dijo antes de entrar a la
academia, me dijo que la persona en la que menos tenía que confiar era en el
director Booker, estaba loco y obsesionado con la magia.
―¿Y qué tienes que buscar? ―le pregunté a Gazz.
―Un casillero ―contestó.
―¿Un casillero? ¿Para qué?
―No puedo decírtelo, pero cuando veas un casillero me dices ―me dijo.
―¿Tienes planes con el director? ―le pregunté algo desconfiado.
―Claro que no, sólo le pregunté por algo y me dijo que aquí se encontraba
―dijo mientras prendía su linterna.
―¿No se supone que tú puedes crear fuego? ―le pregunté mientras prendía
la linterna de mi teléfono.
―No tienen tanta potencia como para iluminar esta gigantesca bodega
―confesó.
Caminando en la oscuridad encontré muchas cosas interesantes, había
encontrado un libro que era del año 1789 y otro de 1904, estaban llenos de fotos,
nombres y escritos, parecían ser libros creados por los mismos estudiantes de
esos años y los habían tirado al subterráneo para nunca más volver a ser
encontrados, no lo dudé y los llevé bajo el brazo.
―Chris, encontré el casillero ―dijo el pelirrojo después de cinco minutos
buscando.
―Excelente―dije justo antes de escuchar como abría su mochila y comenzaba
a mover lo que parecía ser un spray, me acerqué rápidamente y me di cuenta de
que Gazz sostenía un spray para grafitis de color rojo en su mano, lo destapó y
comenzó a pintar―. ¡¿Qué haces?!
―Cúbreme ―se limitó a decir, aunque me pesase la culpa me di media vuelta
con la vista hacia las escaleras por si alguien bajaba.
Gazz no tardó más de cinco minutos en dejar una gran marca sobre el casillero,
había pintado la cara de un zorro de manera impecable, guardó el grafiti en su
mochila y se volvió a acercar al casillero para revisar de quién era.
―¿De quién es? ―le pregunté.
―Morgan Kaylock, un jugador del club de futbol ―dijo, yo conocía a Morgan
desde hace mucho tiempo por el futbol y sabía que no se lo tomaría muy bien
que digamos, es más, iba a hacer un verdadero escándalo para dar con el
culpable.
―¿Morgan Kaylock? Hermano, Kaylock es un tipo conflictivo, te va a descubrir,
y si no lo hace, alguien más va a pagar por ti ―le advertí.
―Tranquilízate, Christian, conozco a Kaylock, además no va a descubrir que
fuimos nosotros ―dijo Gazz como si se tratase de un juego.
―¿Y por qué haces esto? ¿A quién quieres inculpar? ―le pregunté.
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―No sé a quién quiere inculpar el director, pero entre nosotros… ―Gazz me
miró directamente a los ojos antes de confesar―. El director me envió a pintar
este casillero.
―¿Y por qué le haces caso al director? ―le pregunté con muy malas
sensaciones.
―Eso es ya más privado, probablemente te cuente más en el futuro ―dijo de
manera confiada, justo en ese momento escuché como se abrió la puerta por la
que bajamos y puse mi mirada en las escaleras, era esa tal Elizabeth Cálibri que
había dado un discurso en la asamblea. Rubia, alta, bonita y sorprendentemente
le quedaba bien el uniforme escolar tan anticuado, venía bajando con algo en los
brazos, no de gran tamaño, pues podía sostenerlo con ambas manos, pero no
lograba reconocer qué era desde la oscuridad.
Miré a Gazz, estaba tan callado como lo estaba yo, me miró y me hizo un gesto
de silencio, ninguno de los dos se movió de entre la oscuridad del almacén
subterráneo.
Elizabeth se metió en la oscuridad y por unos segundos desapareció de mi
vista, hasta que dijo:
―¡Vactomulus Calerem! ―y una pequeña bola de luz que iluminó su
alrededor se manifestó frente a ella, Elizabeth siguió caminando sin temor a lo
desconocido por su fuente de luz artificial creada mágicamente, eso era parte de
estudiar a la magia, cosa que la mayoría de nosotros no hacíamos.
Es indignante pensar que las personas que más magia conocen son aquellas
sin afinidad mágica, los humanos comunes y corrientes, aquellos que nunca en
su vida han o van a experimentar un Horror, son ellos los que más estudian la
magia, la crean, la aprenden a conjurar y a poseer bajo su poder. Elizabeth era
parte de esos humanos que estudiaban hasta no poder más para equipararse a
quienes si tenemos la magia en la sangre, por eso podía conjurar esa clase de
encantamientos con su voz.
Me sentí avergonzado, creo que en ese momento me empezaron a interesar
los encantamientos y conjuros.
En mi indignación irracional me moví por un torpe reflejo y golpeé el casillero
sin querer, Elizabeth se giró al escuchar mi metida de pata, enseguida intentamos
escondernos detrás de los casilleros, contuve la respiración y miré al techo.
―¡Sinnigir! ―después de ese grito de Elizabeth todo fue absoluto silencio por
cerca de dos minutos, nada se movía, aparentemente ya se había ido y no logré
descubrir qué era lo que hacía en el subterráneo.
―¿Qué hacía la diva aquí? ―preguntó Gazz al notar que ya no se encontraba
presente.
―¿Qué hace el pelirrojo más horripilante y grosero que he visto en mi vida
aquí? ―dijo Elizabeth desde nuestras espaldas y tanto Gazz como yo gritamos,
no vi otra salida que comenzar a correr mientras Elizabeth nos perseguía y
atacaba con sus hechizos.
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―¡Geler! ―gritaba la rubia, Gazz apenas podía correr y repeler los hechizos
de Elizabeth con sus llamaradas.
No corrimos hacia las mismas escaleras por las que habíamos entrado,
mientras íbamos subiendo me di cuenta de eso, pero ya no había vuelta atrás,
Elizabeth se negaba a dejar de atacarnos, no sé si era alguna clase de protectora
o guardaba algo que no debíamos ver, pero se notaba que quería detenernos a
juzgar que usaba todo su arsenal mágico.
La puerta abierta al final de las escaleras fue nuestra salvación, primero pasé
corriendo y no sé de dónde saqué la fuerza para cerrar la puerta apenas Gazz
pasó.
Respiré hondo e intenté tranquilizarme, miré a Gazz mientras este apoyaba
sus manos en sus muslos y tocía, giré mi cabeza para ver dónde estábamos, era
un pasillo oscuro por lo que saqué mi celular con la linterna encendida.
―¿Dónde demonios estamos? ―me preguntó Gazz, más bien hizo la
pregunta al aire. ¿Cómo lo iba a saber? Apreté ambos puños y me concentré en
Gazz para encerrarlo en una burbuja casi impenetrable―. ¡Hey! ¡Christian, déjame
salir!
Gazz golpeaba la burbuja transparente con toda su fuerza, hasta intentaba
quemarla.
―Me vas a contar todo, Gazz ―exigí, Gazz, quien estaba con una expresión
de enojo comenzó a tranquilizarse hasta que se sentó en el interior de la burbuja.
Sonreí.
FÉLIX
Una canción que realmente mejoraba mi estado de ánimo y humor era Finesse
de Bruno Mars y la genial Cardi B, podía estar teniendo un día de mierda, pero
esta canción me hacía comenzar a imitar el rap y ruidos extraños de Cardi casi
instantáneamente, era mi canción, ella era mi artista para alegrarme, tanto Bodak
Yellow, I Like It y el final de Girls Like You con Maroon 5, todas las canciones
famosas de Cardi me alegraban el momento. Esto mismo influyó en que el mundo
no se me viniese encima cuando me cerraron las puertas de la academia en la
cara.
Ya eran las ocho de la mañana con quince minutos y acababa de llegar en
bicicleta, mi dilema se basaba en cómo entrar, no en las consecuencias de
haberme atrasado, pues significaría mi tercer strike y realmente no quería
comenzar mi aventura en la mejor academia del mundo de una manera tan poco
ortodoxa como lo era tener una charla con mi mamá y el director para hablar de
mis problemas personales.
Comencé a revisar las paredes cercanas a la entrada principal, ninguna entrada
secundaria, ni tubo de ventilación, ventana abierta o puerta de escape visible,
realmente estaba en mi mismísima mierda. Al ver mi reflejo en la entrada de vidrio
me di cuenta de que no podía hacer nada, no iba a poder entrar.
Martín TeuquilPágina | 80
Al instante saqué mi teléfono para intentar llamar a Dinasty para que usase su
poder de convertir materia tangible en intangible conmigo, pero recordé que no
iba a poder tocarme, pues nos separaba la puerta de vidrio.
Seguí pensando, si le pedía que viniera podría volver la puerta intangible para
que yo pudiese atravesarla, era una idea estupenda, bajé por mi lista de contactos
hasta la D de Dinasty, presioné llamar y comenzó a sonar como si estuviese
marcando.
Marcando.
Seguía marcando.
Contestó alguien.
―¿Hola? ―escuché una voz femenina.
―¡Dinasty! Necesito que vengas a la entrada norte de la academia, me quedé
afuera y quiero que vuelvas la puerta intangible ―dije de manera alterada,
dudaba si me había entendido del todo por mi rapidez al hablar.
―Eeeh... Soy la empleada, la niña dejó el teléfono en casa ―dijo la mujer, mis
esperanzas decayeron automáticamente.
―Entiendo, gracias ―dije completamente desilusionado y corté la llamada sin
esperar una respuesta de su parte.
Bajé la cabeza y me senté en las escalerillas de piedra viendo como los autos
pasaban a los lejos, estuve así bastante rato, había pasado cerca de media hora y
yo seguía en la misma posición, pero escuchando canciones diferentes. Por algún
extraño presentimiento giré el cuerpo y la mirada hacia la entrada principal, el
viento había abierto la puerta de vidrio e iba a poder llegar a mi segunda clase
sin que nadie se diese cuenta, no grité ni celebré de manera ruidosa para que
nadie se diese cuenta y entré con el paso apresurado a la academia, cuando entré
a la zona de estudiantes, es decir que al ver a todos los estudiantes y casilleros
corrí a mi máxima velocidad hasta mi propio casillero a dejar mis cosas, estaba al
entrar a la academia girando a la izquierda y ocupaba el número 23, casi choco
por llevar mis zapatillas deportivas más gastadas y con muy poco agarre debido
a tantos usos sobre cemento.
Abrí el casillero y dejé mis libros, solo dejé mi portátil y el libro de informática
en la mochila para ir más cómodo hasta el desayuno y posteriormente correr al
salón más alejado de la cafetería.
Lo que alegró mi mañana fue vislumbrar la preciosa sonrisa que apareció en
la cara de Emma al verme cuando pasé junto a ella y sus amigas a quienes no
conocía de nada, también le sonreí, pero desvié rápidamente mi mirada hasta
quedar de frente con la mirada del director.
―Llegaste tarde ―aquellas palabras me impactaron como proyectil.
―No es cierto ―le dije.
―Félix, hay cámaras, te vi sentado afuera y entraste cuando Emmaline
Paragon, Anitta Rugani y París Chastain te abrieron la puerta, todos recibirán un
strike ―advirtió, noté como la expresión de sus ojos cambió a una sobresaltada
e inmóvil cuando cruzó la mirada con alguien a mis espaldas, mi giré para ver
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mejor y grata fue mi sorpresa al ver a un chico moreno más alto que yo
apuntando al director con un dedo al que le salía humo a alguna clase de vapor.
―Corre ―me dijo y comenzó a correr, no tuve otro remedio que seguirlo muy
confundido. El chico era robusto, pero no de manera exagerada, se notaba que
hacía ejercicio, pero su contextura física era muy robusta, como una roca.
Nos metimos por varios pasillos y cada vez iban quedando menos estudiantes
en estos, hasta que corrimos hasta un pasillo en el que las luces ni siquiera
funcionaban, pues no se habían prendido cuando nos metimos en el oscuro
corredor.
Esto no se sentía bien. ¿En serio este chico acababa de paralizar al director de
la academia a la que asistíamos? No me lo creía, quería pensar que había sido
producto de mi mente, pero era real, estábamos escondidos en un pasillo
estremecedor de la academia del mismísimo director Booker, un cronomago que
con un chasquido de dedos podría devolver el tiempo para que apareciésemos
frente a él y eso me asustaba demasiada, quiéralo o no, el director me daba mala
espina, pero no quería pensar que era malo e intentaba acabar con mi vida cual
Severus Snape con el pequeño Harry Potter.
Pensándolo bien, este tipo era el mismísimo Severus Snape por cinco cosas
que estos dos compartían en común: 1) Tanto Snape como Booker amaban de
manera incondicional a una mujer, 2) esa mujer se casó con su peor enemigo y
rival, 3) Snape y Booker tratan diferente al hijo de aquella mujer, 4) Snape durante
un momento fue el director de Hogwarts y Booker es el director de mi academia
y 5) Booker y Snape en un principio parecen personas misteriosas, llegando a ser
antipáticas para el protagonista, en este caso, para mí.
Sonreí bobamente pensando en que era el protagonista de un libro, pero mi
sonrisa se borró al ver a mi alrededor, estábamos en un pasillo con un montón
de afiches pegados en las paredes y casilleros, hasta habían rayado el techo.
―¿Todo bien? ―me preguntó el chico moreno al que había seguido.
Le clavé una mirada que expresaba perfectamente mi estado de confusión.
―Escucha, tranquilo, mis singularidades son poder paralizar personas
cruzando la mirada con mi objetivo y lanzar una especie de bala imaginaria que
borra los recuerdos de los últimos cinco minutos a la persona que apunte ―me
explicó, aquellas palabras me relajaron completamente hasta el punto de sonreír
como un idiota.
―¡Muchas gracias! ―le dije y le di un abrazo, así es, le di un abrazo de la nada,
pero tenía dos factores en mi contra, había quedado ausente por faltar en el
primer periodo y estaba llegando tarde al segundo periodo, al menos el mapa
decía que debía subir solo dos pisos para llegar al aula de informática. Lo solté y
me di media vuelta para salir corriendo, pero justo en ese instante el chico me
habló.
―¿Cómo te llamas?
―Félix, ¿Y tú? ―le dije enfocando mi mirada de reojo en él.
―Chris ―dijo y se cruzó de brazos.
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―Fue un placer, Chris ―dije levantando una mano.
―Igualmente ―sonrió y levantó su mano despidiéndome, ya me iba, pero
volvió a hablar―. Oye, Félix, ¿Conoces bien a Em?
―¿Emma Paragon? ―me arriesgué a preguntar, asintió con la cabeza―. Muy
poco.
Infló los cachetes.
―Háblale ―dijo―. ¿Puedes bajar aquí en el descanso del almuerzo?
No entendía que pretendía, pero seguro tenía algo que decirme, así que
acepté.
EMMALINE
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―¿Has visitado Londres? ―le pregunté.
―Por supuesto, es preciosa, bueno, en realidad no es tan linda, pero tiene un
aire clásico que me encanta ―admitió.
―¡Exacto! Para mí es horrenda, muy cara y la gente es descortés, pero ese aire
victoriano es lo que la hace mágica ―dije con emoción al descubrir que
compartíamos opinión. Tomé los dos cuadernos y me puse mi mochila, era la
única que tenía su mochila, pues no sabía que debíamos dejar todo en los
casilleros.
En ese instante no recuerdo que fue exactamente lo que escuché, pero la
palabra LeBlanc hizo que automáticamente las dos nos girásemos para ver de
dónde vino aquella palabra.
Era el anciano profesor de filosofía charlando con Félix LeBlanc, el verdadero
Félix LeBlanc, ya no nos separaban cientos de chicos dando un examen, ya no era
solo un producto de marketing al que podía ver en YouTube cada vez que
quisiese, ahora estaba frente a mi sin nada que evite que pueda charlar con él,
me quedé mirándolo sin pensar en nada más que en él.
Félix era mucho mejor en la vida real que a los doce años en Internet, ahora
me daba cuenta de que era muy alto, pues me sacaba poco menos de una cabeza
de altura, tenía el cabello castaño con un degradado en los lados y por atrás,
mientras que arriba y adelante tenía el cabello lacio, con un mechón siempre
cayendo junto o sobre su ojo derecho. Tenía la cara adorable por sus grandes
mejillas, pero sus ojos y expresiones faciales no eran para nada adorables, de
hecho, parecía estar siempre enojado, muy serio, pero no le salía del todo, se
notaba que él mismo se esforzaba para demostrar ese semblante de superioridad.
Dinasty me empujó suavemente para hacerme despertar y ahí fue cuando
crucé miradas por primera vez con Félix, enseguida desvié mi mirada y me
apresuré para salir del salón empujando al lento chico rubio que usaba lentes que
caminaba con lentitud hacia la puerta.
Parecía que se me iba a salir el corazón, fuera del aula puse una mano sobre
mi barriga, sentía raro el estómago.
―Sin duda te gusta ―se rió Dinasty.
La miré sorprendida.
―Se nota, no parece muy simpático, pero si quieres puedo hacer que hablen
―me ofreció Dinasty.
―¿Cómo vas a hacer eso? ―le pregunté bajando el volumen de voz y
haciendo que nos alejemos del salón para hablar con más tranquilidad.
―En mitad de la aburrida asamblea tengo planeado escurrirme hacia el
subterráneo de la academia, se supone que está bajo el auditorio, por lo que
usaré una de mis singularidades ―reveló.
―¿En serio? ¿Qué singularidades tienes? ―le pregunté dudando de ella,
parecía un plan rebuscado, no me parecía buena idea.
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―Puedo congelar con todas las partes de mi cuerpo y tengo la habilidad de
volver materia tangible en intangible ―diría que ya conocen el resto de la historia,
pero por si las dudas la volveré a contar.
Durante la asamblea me senté con Gazz, Jake, los hermanos rubios y Dinasty,
entonces Dinasty llevó a cabo su plan, pero no contó con que también se colarían
Gazz, Jake y los rubios, para evitar sospechas los hizo pasar a través del suelo con
nosotros.
¿Saben qué fue lo mejor? Félix no era como me lo imaginaba, creí que sería
un auténtico idiota, pero era discreto, sarcástico y bueno, pero lo que realmente
hizo que saliese de ese subterráneo con una sonrisa gigante fue que durante todo
el rato que estuvimos hablando entre todos, Félix y yo no despegábamos nuestras
miradas, creo que de verdad estaba teniendo un enamoramiento exprés con
LeBlanc. Por mi experiencia calculaba que no duraría más de tres días.
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tampoco, ya había salido un par de veces con Gazz, ya nos habíamos besado más
de una vez, pero no estaba segura de si lo que sentía era genuino. Pensé en que
quizás me arrepentiría dijese lo que dijese, así que simplemente dije:
―Claro que si, Gazz ―una sonrisa en la cara de mi nuevo novio pelirrojo se
iluminó y se acercó a mí para besarme.
Nos besamos.
Aún no entendía del todo lo que acababa de hacer, pero era tarde para
arrepentirse.
―Te quiero ―me dijo mientras me abrazaba después de que nos besásemos,
también lo quería, lo quería mucho, pero me costaba un mundo entero decírselo.
―Yo también ―me odio tanto a mí misma, de verdad, me detesto―. ¿Y que
ibas a decir antes de la propuesta?
Sonrió.
―Como sé que puedo confiar en ti te lo contaré de camino ―anunció, mi
curiosidad aumentaba cada vez más, me sorprendía que me importase más lo
que tuviese que decir que ser su novia, me sentía una verdadero perra―.
Comencemos con el principio, el director y mis padres son amigos cercanos,
tienen un mismo objetivo que ni yo conozco, pero lo que sí sé es que su principal
enemigo es Edward LeBlanc, el papá de Félix.
―¿Okey? ―poco a poco iba procesando su historia.
―Bien, resulta que el director tiene un plan para obligar a Edward LeBlanc a ir
a la academia, quiere hacer que Félix tenga tres strikes lo antes posible para
hablar con el señor LeBlanc bajo sus propios términos, de política, sus ideologías
acerca de la magia y esas cosas, por lo que, obviamente, el director Booker pidió
mi ayuda.
No quería seguir escuchando, mi cabeza estaba en blanco mientras Gareth
hablaba y hablaba, yo conocía lo que pretendía el señor LeBlanc manteniendo
una postura para que la magia no fuese globalizada, por lo que el director y la
familia de Gazz eran unos terroristas, querían que haya magia para todos, era
inaceptable.
―Yo sin dudarlo se la di, ¿Te mencioné que mi familia está enemistada a
muerte con los LeBlanc? ―mi cabeza explotó figurativamente, ¿En qué clase de
lío acababa de meterme haciéndome novia de Gazz?
―Nunca me lo dijiste ―le dije.
―Bueno, pues así es, aunque Félix desconozca todos estos hechos, yo lo odio
a él y a su familia ―decía con naturalidad.
―¿Por qué lo odias? ―le pregunté intentando mantener la calma.
―Porque es un opresor, un maldito criminal discriminador que piensa que por
tener magia es mejor que cualquier ser sobre la tierra, es inhumano ―reveló, no
entendía su punto de vista, desde que soy pequeña me han enseñado la
diferencia entre humanos sin magia y con magia, somos diferentes, no hay por
dónde mirarlo, sería antinatural que todos fuésemos mágicos, no tiene sentido.
―¿Eso es lo que piensas? ―pregunté.
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―Claro, ¿Tú no? ―no sabía que decirle, quería saber más de lo que planeaba,
pero dudaba si decirle a Félix o quedarme callada.
―Claro que si, a propósito, ¿Qué te pidió el director? ―le pregunté, apenas
podía tragar saliva por el nudo en la garganta que sentía.
―Me pidió que pinte el casillero de Kaylock, ese que está en el subterráneo,
además cuando bajamos a él en la asamblea aproveché para sacarle una foto
saliendo de él y se la envié de un teléfono viejo a Kaylock para que no dude en
acusar a Félix, pero de paso también le puso un strike a la chica Winter ―apreté
la boca y me puse los audífonos, después de eso no hablamos más hasta que
estábamos cerca de mi casa, me di vuelta hasta quedar frente a él y nos miramos
a los ojos.
―Quiero que sepas que puedes confiar en mí, quiero ayudarte si lo necesitas
―le dije, no lo sentía así, solo quería pruebas reales de lo que me había
confesado, me negaba a creer que acababa de comenzar una relación con el peor
chico de la academia, no quería creerlo.
―Gracias, Em ―dijo y tomó mi cara para besarme, antes de que lo hiciera lo
detuve.
―¡Espera! ¿Quién más sabe de tu grafiti en el casillero del chico ese? ―le
pregunté.
―Solo tú, Christian Lang y creo que nos vio Elizabeth Cálibri, no estoy seguro
―confesó y posteriormente concluyó con su deseado beso, me sonrió, por lo que
tuve que fingir una sonrisa y se fue por dónde volvió.
Acababa de cometer el cagazo del año, pero podía enmendarlo.
Entré a casa con el humo saliendo de mi cabeza, me sentía perdida, pero
sobretodo molesta conmigo misma, Jake aún no llegaba y la empleada del hogar
recién se estaba instalando, subí a mi cuarto y azoté la puerta con fuerza, solo
quería meterme a mi cama y descansar.
No me hubiera imaginado que este fuese el primer día de clases.
Martes.
El martes parecía el día ideal para comenzar a hablar con Félix y protegerlo de
los intentos que hacía Gazz para que llamasen a su papá, si lograba ganarme la
confianza de Félix durante esta y la próxima semana podría advertirle de lo que
planeaba el director Booker, si él le decía a su padre o a su madre podrían
detenerlo antes de que sea demasiado tarde.
Mi primer periodo de los martes era pintura, me fascinaba la profesora
Jacobsen, era tan expresiva, tan abierta de mente, realmente me hacía amar la
pintura, a diferencia de mis maestras de pintura en Inglaterra la profesora
Jacobsen tenía verdadera vocación por todo lo que tuviese que ver con pintura y
dibujo, sentía que me entendía.
Salí de la clase con París Chastain, una chica que parecía tener sueño en todo
momento, pero su tranquilidad era contagiosa y terminé congeniando de buena
manera con ella, por otro lado estaba la amiga de París, nunca le pregunté su
Martín TeuquilPágina | 87
nombre, pero era negra y la detestaba por tener un aire de superioridad
insoportable, en la academia habían varios chicos que se creían superiores, estaba
el capitán del equipo de futbol, casi todos los del equipo de basquetbol, un chico
que creía ser el más inteligente de la academia y la infaltable líder de las
animadoras, Leslie Astringe.
Mi casillero quedaba en el segundo piso de la academia junto a la ventana
que estaba sobre la entrada principal de la academia, cuando fui a buscar mis
cosas acompañada por París y su odiosa amiga eché un breve vistazo por la
ventana, solo estaba un chico sentado en las escalerillas, se había quedado afuera.
Me di media vuelta y cerré mi casillero.
Algo, no sé qué fue, pero por alguna razón volví a mirar por la ventana.
Ahora lo había reconocido, era Félix.
Miré a París y le hice un gesto para que me acompañase.
FÉLIX
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Dina con una potente patada con la punta de su pie me devolvió el balón, me
asusté al ver que venía con demasiada potencia y directamente a mi entrepierna,
pero gracias al cielo apareció mi salvador. Esa fue la primera vez que lo vi, era un
chico moreno con un peinado típico de futbolista, es decir, rapado a los lados,
por alguna razón me parecía guapo, no soy homosexual ni mucho menos, solo
pensé que si fuese mujer me gustaría ser su novia, luego pensé en Emma y apreté
los dientes inexplicablemente.
El chico solo estiró el pie y con una gracia inusual controló el disparo como si
se tratase de un perrito, era un domador de balones. Este tipo era César Millán,
el encantador de perros, pero del fútbol, de los balones de fútbol. Realmente
quedé impresionado, el chico solo me miró y me sonrió confiado, luego volvió a
disparar al arco de manera desinflada, había sido un tiro horrendo, pero un
control del mismísimo Marcelo o de don Andrés Iniesta.
―Vaya mierda de tiro, Pablo ―dijo un chico pelirrojo, más pelirrojo que el
mismo Gazz, y más blanco, mucho más, además de ser exageradamente alto y
delgado―. Dámela, Martín.
El portero con una coleta se la pasó directo a los pies, estábamos dentro del
gimnasio principal y más amplio de la academia, pero aquello no evitaba que
tuviésemos mucho espacio para correr y movernos con el balón, incluso para
disparar a toda potencia. El chico pelirrojo dejó el balón quieto, tomó un poco de
carrerilla y aplaudió, en ese momento disparó, fue un buen tiro, pero el tercer
chico y yo habíamos lanzado mil veces mejor, aun así, Martín había detenido los
disparos, pero esta vez no entendí que pasó, pues Martín se había quedado
inmóvil y con la vista perdida.
―¡Eh, Spiky, usar magia de esa manera está prohibida por todas las ligas del
mundo, hasta en las ligas escolares, así que ten cuidado! ―gritó el moreno, Pablo.
Su acento lo hacía un argentino de renombre.
El chico pelirrojo que acababa de meter el gol levantó un brazo en señal de
disculpas apretando la boca.
Martín volvió a coger el balón y se lo lanzó a Spiky de nuevo, pero este no
recibió el balón de buena manera y terminó revotando hasta donde estaba yo,
miré a Martín, quien tenía una sonrisa de oreja a oreja al ver que iba a volver a
disparar. También sonreí, di dos pasos en reversa con la vista fija en el balón, me
preparé y cargué toda mi fuerza en la zurda. Vi como el balón se deformaba en
cámara lenta y se dirigía directamente al ángulo, pero se quedó suspendido en el
aire justo antes de entrar, solo flotaba sin movimiento alguno, aquello me
impactó por dos segundos, pero enseguida reaccioné con un grito.
―¡No! ―comencé a mirar en todas direcciones para lograr encontrar a la
persona que estuviese haciendo esto, seguro alguien lo hacía con una especie de
telekinesis o algo por el estilo, finalmente encontré al culpable de la parálisis
súbita del balón, había sido Noah Dusson, el rubio de lentes que había conocido
el día anterior.
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―Perdón, Félix ―me contestó con una sonrisa guasona, liberó el balón
dejándolo caer por la gravedad y se acercó a mí para saludarme con un saludo
de puños.
―¿Cómo estás? ―le pregunté sonriendo.
―Bien, bastante bien, hace rato te vi corriendo por los pasillos, ¿Qué te había
ocurrido? ―me preguntó, sonreí al recordar aquella escena y procedí a aclararme
la garganta.
―Mira, resulta que llegué tarde y falté el primer periodo completo por estar
sentado en las escalerillas de la entrada esperando una oportunidad para entrar,
al final Emma y sus amigas me abrieron y logré entrar ―dije de manera veloz,
volví a tomar mucho aire y continué―, pero no contaba con que había cámaras
que grababan todo y el director se percató de mi falta, justo cuando estaba por
llevarme a su oficina llegó un chico que hizo que pierda los recuerdos de los
últimos cinco minutos y se quede paralizado mientras salíamos corriendo ―al
terminar perdí completamente la respiración y comencé a toser.
Noah se quedó mirándome con una expresión confundida, pero se reía
mientras procesaba todo poco a poco, pasados unos segundos comenzó a reírse.
―Me lo imaginé y se vio muy gracioso ―se rió.
―Fue muy cómico ―confesé riendo.
―¿Y luego que pasó? ―me preguntó, por mi cabeza pasó el pasillo en que
habíamos quedado para conversar y que me mostrase algo interesante, esperaba
que no fuese su pene.
―Nada, fui a clase ―dije escuetamente, Noah puso boca de pato,
seguramente esperaba que le contase como fue nuestro gran escape por toda la
academia, pero no podía hacerlo, por lo que parecía, aquel pasillo era el lugar
especial de Chris y no quería arruinarlo enviando a Noah Dusson a investigar.
―¿Puedo preguntarte algo? ―dijo acercándose un poco más.
―Adelante.
―¿Te gusta la futura presidenta? ―preguntó directamente―. Te pregunto
porque noté que la has estado viendo durante un buen rato.
Era verdad, había estado viendo a Elizabeth, pero no era porque me gustase
ni mucho menos, le estaba viendo el trasero, estaba buenísima.
―No, ni en broma ―me reí y luego afirmé por lo bajo―: Está muy muy
sabrosa.
Noah sonrió de manera forzada, decidí no darle importancia.
―¿Entonces quién te gusta?
Tomé con delicadeza a Noah por los hombros y lo miré directamente a los
ojos, pareció una escena homosexual, pero lo que estaba a punto de afirmar era
todo lo contrario.
―No sé, pero Emma es linda ―Noah abrió mucho los ojos que se le veían
más grandes de lo normal por el aumento de sus gafas y sonrió de manera pícara.
―¿En serio? ―Noah borró la sonrisa de su cara y miró hacia mis espaldas,
estaba mirando a algo o a alguien en específico.
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―¿Qué ocurre? ¿Por qué tengo la ligera sospecha de que si me giro mi ánimo
se va a venir abajo? ―le pregunté, Noah apretó la boca y me giré lentamente, ahí
estaba Nathan, su hermano.
―¿Quieres que Emmaline sea tu novia? ―me preguntó Noah.
Lo miré y sonreí sin responderle, aquello quería decir que mis sospechas sobre
que a Nathan le gustaba Emma eran ciertas y, obviamente Noah iba a estar del
lado de su hermano, no tenía nada más que decir.
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―¿Él también viene? ―pregunté muy interesado, ¿Acaso Chris buscaba armar
una especie de pasillo-club secreto?
―Por supuesto ―aplaudió y se sentó en uno de los peldaños de la escalera
que conducía al segundo piso, ¿Cómo es que nadie bajaba hasta aquí por su
cuenta? En la mañana me di cuenta de que el piso de arriba era muy usado,
especialmente la zona que conectaba con el pasillo en el que estábamos, por ello
no se me habría ocurrido bajar, pues habría pensado en que todos lo hacían.
Ahora todo tiene sentido.
Los demás no bajaban porque no sabían que había aquí, además no tenían
tiempo ni necesidad, pues las clases se impartían en otros lugares, no en el pasillo
abandonado.
Miré a Gazz, el pelirrojo apretó los dientes y me hizo un gesto con su mano
para que lo siguiese, apenas caminamos unos metros y llegamos a una puerta
que abrió, las luces tampoco funcionaban en esta habitación, pero con las llamas
que Gazz estaba posicionando en cada esquina de la habitación sobraba
iluminación, era un aula de abandona, los pupitres estaban polvorientos, las
cortinas bajas y sobre los vidrios había una gruesa capa de polvo la cual
comprobé empolvándome el dedo índice. Gazz caminó hasta el fondo del aula
donde había cajones y casilleros cerrados.
―Félix, ven ―me llamó, yo estaba revisando el libro de clases que estaba
sobre la mesa del profesor al frente de los pupitres. El libro era de la clase 2A del
año 1990. No alcancé a abrirlo, pero me pondría a analizarlo después de
conseguir las herramientas y arreglar la luz. Me acerqué a Gazz a paso tortuga
hasta fijarme en que el casillero que intentaba abrir estaba bloqueado por un
candado.
―¿No puedes fundirlo? ―pregunté.
―Mi fuego es caliente, pero no tanto como tu hermana ―se rió borrando
completamente la tensión del aula, era una buena broma para romper el hielo―.
¡Lo siento! ¡Era inevitable!
―Mi hermana tiene trece años, idiota ―dije fingiendo disgusto, pero
gratamente sorprendido por dentro.
―¡Uf, mejor! ―volvió a bromear. Lo golpeé en el brazo para que se deje de
bromas sobre mi hermana―. ¡Auch!
Creo que me había pasado con el golpe, porque Gazz me empujó con la fuerza
suficiente como para casi hacerme perder el equilibrio.
¿Qué demonios? Mi cuerpo reaccionaba por sí solo en momentos así,
instantáneamente empuñé mi mano y sin esperar una respuesta le ensarté un
feroz puñetazo al pelirrojo en la cara que lo hizo retroceder y gritar de dolor al
ver que le había volado un diente.
―¡Te vas a arrepentir! ―me gritó frotando sus manos y envolviéndolas de
llamas, realmente para este punto de la pelea ya me había arrepentido, pero no
había marcha atrás. Gazz sonrió. Gazz era de estatura normal, un poco más bajito
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que yo, aunque este presentaba una mejor forma física, más definida, eso se hacía
de notar bastante con la camiseta pegada al cuerpo y de color negro que llevaba.
Ojos grandes, redondos, pelirrojo con rulos, no tenía pecas, pero si acné. Tenía
la cara grasienta y grande, daba risa ver su expresión risueña en todo momento,
hasta cuando se disponía a partirme a puñetazos e incinerarme vivo.
Martín TeuquilPágina | 93
Se me olvidó mencionar algo: ciertas personas con mucho poder en el mundo
formaron juntos un movimiento que ha trascendido a lo largo de los años hasta
consolidarse como “terroristas” casi al nivel de ISIS. MESE, de las palabras
“Movimiento de Expansión de Servicios mágicos”, es un grupo que apareció en
Barcelona en el año 2000 con la excusa de querer mantener un equilibrio entre
los afectados por el Horror y los que no. Yo realmente lo considero una estupidez,
el Horror es algo completamente al azar, sí, puede que sea un desequilibrio
bastante exagerado entre personas que tienen habilidades mentales y otras que
aún siguen recibiendo poderes para pelear, pero es lo que hay.
MESE logró expandirse en todos los continentes y naciones, tanto como para
ser considerado un movimiento revolucionario, y terrorista a su vez, esto último
debido a todos los asesinatos que han realizado en los dieciocho años que lleva
en funcionamiento, las torturas, secuestros, amenazas y manipulaciones que ha
hecho al mundo son imperdonables para gran parte del planeta, por eso los “diez
reyes del mundo” están en búsqueda y captura, esto se refiere a todos los
miembros que dirigen a la organización, todos de diferentes partes del mundo.
Solo se han capturado a cuatro en los últimos quince años; Vladimir Storker de
Albania, Elías Bernabéu de España, Yui Kobayashi de Japón y Zara Sokratis de
Grecia.
Si Booker era parte de los diez tendría que empezar a dudar de mis propios
padres acerca de su relación con MESE.
―A mí no me ha hecho nada, así que me importa un rabo si el director es o
no parte de los reyes del mundo ―soltó Gazz, aún enojado.
―Si te importa ―afirmó Chris.
―¿Por qué? ―preguntó Gazz.
―Porque no podemos permitir que simples humanos sin magia quieran estar
en igualdad de condiciones con nosotros, simplemente es estúpido pensarlo ―yo
pensaba exactamente no mismo, pero no era mi asunto.
―Esto es algo serio, Chris ―dije―. Prefiero no meterme.
―Félix, sé que quieres saber más de tus padres y de su vida, no entiendo el
porqué de tu obsesión, pero en este pasillo está todo, las fotos, los videos, las
notas, los cuadernos, pertenencias antiguas, todo está en el pasillo, sólo debemos
buscar…
Finalmente, nos liberó de las burbujas. Agarré el libro de clases que estaba
ojeando antes y me senté en un pupitre para leer.
―¿Exactamente qué estamos buscando? ―preguntó Gazz, después de abrir
el candado del casillero tras diez minutos con la mano derritiendo el metal.
―Ahora mismo herramientas para Félix ―lo había olvidado, iba a tener que
arreglar las luces del pasillo exponiéndome a una posible descarga, pues no era
posible cortar la luz en toda la academia, aún era horario de clases y de hecho
justo en cinco minutos me tocaban artes.
―Yo debo irme ―dije levantándome de la silla con el libro bajo el brazo, en
esos diez minutos de espera había aprovechado de almorzar entre todo el polvo.
Martín TeuquilPágina | 94
―No te irás sin haber arreglado esas luces ―me dijo Gazz mientras sostenía
una caja llena de herramientas y me sonreía, que tipo más raro, hace quince
minutos estábamos casi matándonos mutuamente y ahora me sonreía como si
nada hubiese pasado. Cosas de la vida.
Martín TeuquilPágina | 95
5 LA VECINA
“La maldad no es algo sobrehumano, es algo menos que humano”.
Agatha Christie
FÉLIX
Acercarme a Emma fue más simple de lo que creí, desde ese día comenzamos
a jugar todos los días al PUBG MOBILE durante las clases que nos tocaba juntos,
además de en los recreos para almorzar. Pero el problema estaba en que a pesar
de llevar ya una semana jugando con ella no la conocía para nada, no sabía
absolutamente nada de ella.
Todo me parecía muy confuso y cada vez creía un poco más en que debía
fijarme en otra chica más interesante, pero como no sabía nada de Emma no sabía
si era interesante o no, solo sabía que estaba entre los tres mejores puntajes de
la clase.
A propósito, no volvía bajar al pasillo de Chris, no quería meterme más con el
director, ya tenía dos strikes y no quería involucrar en nada a mi viejo.
Ni me di cuenta cuando llegó el viernes, había sido una semana que comenzó
muy difícil, pero terminó de manera relajada.
Los miércoles me tocaban dos horas de biología en la mañana con la que
rápidamente se convertiría en la profesora que más he llegado a detestar en mi
vida, era una anciana recién contratada por la academia a falta de profesores y
de quizás sesenta años que parecían más, antipática y muy estricta, su primera
clase fue un infierno en el que a Gazz le pusieron su primera observación negativa
por tomar café en clase; "Alumno ingiere cafeína sin autorización en la hora de
clases y expresa su descontento".
Por el lado bueno, la segunda clase era de matemáticas con un tal profesor
Jetspark que, según Dina, era un hombre muy famoso en el mundo de la política
y las finanzas. Este profesor que nunca antes había visto era un hombre joven,
pequeño y delgado, se notaba que se estaba quedando calvo, también llevaba
un traje formal al que le desabrochó los botones al entrar en el salón.
―Hilarante ―fue la primera palabra que pronunció frente a toda la clase―,
hace muchos años pasé por lo mismo que ustedes, seguro muchos de aquí
querrían estar en su casa y ahora estarían apenas levantándose de la cama para
comer y volver a recostarse durante horas, suena muy cerdo, pero es la pura
realidad ―rió mirándonos, especialmente a Gazz, que se estaba quedando
dormido por no haber alcanzado a terminarse su café mañanero―. Pirro, tómate
tu café ―le pasó el envase de café helado que le habían quitado la hora anterior,
Gazz se mostró alegre al recibirlo y lo calentó con sus manos sin dificultad―.
Como les decía, puedo comprender el odio de la mayoría hacia las matemáticas,
les diría que también las odio, porque así es, yo soy un físico y no un matemático,
Martín TeuquilPágina | 96
pero la academia no encontró a nadie más capaz de enseñarle a chicos y chicas
de primer año lo esencial de esos inútiles patrones e innecesarias operaciones
que la mayoría no usará ni para comprar en el supermercado―el profesor no se
quedaba quieto, caminaba por la zona delantera del aula―. Por eso los ayudaré
a superarse, superar esa flojera y aburrimiento que les provocan las matemáticas,
quiero como objetivo para darme por satisfecho que… ¡Aguanten las
matemáticas! ―escribió esto último en el pizarrón con un rotulador azul.
Ninguno decía nada, quizás todos estábamos pasando por lo mismo, este
profesor era raro, pero no raro en el mal sentido, sino que daba sus clases con
gusto, era diferente al profesor Andersson por su energía, pero yo sentía que uno
era una versión joven del otro, solo que con su balanza de conocimientos más
inclinada a los números que a las letras. Ralph Wetzel, un gordito, pequeño y muy
gracioso sueco me explicó que nuestro profesor de matemáticas, además de
experto en finanzas y negocios era un mago muy famoso a nivel mundial, muchos
lo catalogaban como el mejor mago del área científica, en sus tiempos de gloria
llegó a controlar en cierta medida la estadística, probabilidad e incluso la
gravedad, se notaba que el profesor tenía experiencia sobre lo que hablaba.
―Los comprendo chicos, lo digo en serio, puedo reconocer cada una de sus
personalidades al instante―rápidamente señaló a Nathan Dusson―. Nate, por tu
actitud desinteresada, grosera y por tu posición en el aula puedo notar que eres
de esos alumnos problemáticos, ¿me equivoco? ―Nathan enseguida se sentó
bien y se quitó el gorro que usaba para verse como un rapero―. Tú, LeBlanc, por
lo poco que te he podido observar enseguida noté que eres de esos chicos a los
que les sale todo bien y eso te trae problemas con los demás, pues también eres
un grosero―nada alejado de la realidad.
―Te hizo mierda, socio ―me dijo Dinasty por lo bajo, le hice un gesto para
que se callase.
Desde el primer momento noté que este profesor de matemáticas y física
tenía una recarga de combustible nuclear en el cerebro. Fue abrir la boca y darme
cuenta de que nunca había tenido un profesor así, y me acuerdo de muchos,
empezando por la maestra que me enseñó a leer. Jetspark se volvía loco por
enseñar, era un incontinente del conocimiento. Jamás se sentaba, luego entendí
que dar clase de pie, como los toreros, es requisito imprescindible para ser buen
profesor. Dejaba su bolso de tonelada y media en la mesa y, de forma súbita, se
dejaba llevar por un arrebato didáctico feroz, de modo que, si se hubiera hundido
el mundo, no nos habríamos enterado.
Tenía una capacidad extraordinaria para explicar los conceptos y, cuando
alguien no los entendía, no duplicaba la explicación, sino que le daba la vuelta
con metáforas increíbles. Entendí entonces que las metáforas son imprescindibles
para enseñar, porque son una vía directa a la comprensión de lo complejo, e
incluso de lo inaccesible.
Martín TeuquilPágina | 97
Lo que me gustaba de la clase de magia era que solo once chicos y chicas de
mi clase la tomaban conmigo y era fácil reconocer a cada uno.
Para empezar, estaba Gazz, demostrando su despreocupación con chistes
internos que interrumpían la clase y queriendo destacar haciendo trucos con su
fuego. También estaba Dina con su capacidad de convertir materia tangible en
intangible por unos segundos y con una impresionante habilidad de congelación,
Dina era, literalmente, capaz de congelar lo que tocase. Pero no superaba la
actitud fría y algo distante de Elizabeth Cálibri, quien no contaba con ninguna
habilidad.
La singularidad de Noah Dusson era poder acondicionar su cuerpo según sus
necesidades y entorno, podía endurecer, ablandar e incluso cambiar ciertos
órganos de su interior para lograr “sobrevivir”, para mí su poder consistía en una
especie de evolución al estilo Darwin. Al contrario, Nathan podía moverse muy
rápido, casi de manera indetectable, pero tardaba muchísimo en preparar sus
piernas para aumentar de velocidad, por ello Nathan se la pasaba lesionado o
adolorido de las piernas casi todos los días, no era como que hablase con él, pero
era cuestión de sentarme cerca de él en la cafetería y podía escuchar sus quejidos
para llamar la atención.
Ya había visto todo lo que podía hacer Chris; crear burbujas como escudos,
paralizar con la mirada y borrar recuerdos, incluso me temía que pudiese alterar
y crear nuevos recuerdos, era simplemente escalofriante. Otra cosa que me
gustaba de Emma era su capacidad mágica, podía localizar a las personas con
solo pensar en ellas y eso la convertía en una acosadora perfecta, pero le abría
las puertas al mundo de las investigaciones y criminología.
Había dos chicos y una chica además de los antes mencionados: Emil Werner,
Marcus Afolabi y París Chastain. A París ya la conocía un poco por ser amiga de
Emma, pero en realidad no sabía nada de ella, al menos hasta conocer el pequeño
detalle de que controlaba y se sincronizaba con todos los elementos, tanto el
fuego, la electricidad, la tierra, el agua y un largo etcétera de probabilidades.
Estaba rota, era prácticamente invencible en un combate mágico, tanto a larga
como a corta distancia.
De hecho, en una de las pruebas que el profesor con gafas nos hizo fue
intentar vencer a París, por lo que puso a Gazz, Emma, Noah, Dina y ese tal Afolabi
a pelear juntos. Fue un auténtico desastre.
Gazz comenzó fuerte lanzando una poderosa llamarada que París repelió con
un muro de agua que salió de quién sabe dónde para luego usar esa misma agua
hirviendo sobre los chicos, fue gracias a Dina y su capacidad de congelación que
lograsen salir ilesos de esa lluvia de agua hirviendo. El siguiente en atacar fue
Marcus Afolabi, no sabía cuál era su gracia, pero entró corriendo de frente a la
pelea como si de un toro de tratase, poco le sirvió cuando París extendió un brazo
y le lanzó una bocanada de aire que lo hizo salir disparado sobre Noah, quien
endureció su cuerpo para no salir afectado, pero en contraste afectó a Afolabi y
provocó que no se pudiese mover del suelo, uno menos.
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―¡Noah! ¡¿Qué estás haciendo?! ―le reprochó Emma, justo antes de empuñar
su mano cargando energía y liberándola tres segundos después en forma de
llamarada, esto si le había afectado a París, pero el manto de energía puro que se
había hecho absorbió todo el daño.
―¡No se turnen para atacar! ―gritó Nathan, quien estaba justo a mi lado
mirando desde las gradas del gimnasio.
―¡Cállate! ―le gritó Noah devuelta.
Noté como Nathan hizo sonar su boca disgustado y le gritó:
―¡Cómeme el rabo, Noah! ―mientras se levantaba súbitamente del asiento.
―¡Dusson! ―le gritó el profesor―. Yo no permito lenguaje vulgar, te llevas
un strike por listo.
―Perfecto ―dijo Nathan entre dientes y se volvió a sentar.
Solo sonreí, Nathan me caía pésimo, peor incluso que Gazz.
París usó ambas manos para atacar con fuego y hielo a los chicos quienes no
pudieron hacer nada y terminaron completamente inmovilizados por el hielo,
solo tenían la cabeza afuera para poder respirar, pero por lo demás estaban
atrapados en una estructura indestructible de hielo.
París ganaba.
Nadie se atrevería a pensar que París fuese una maga tan poderosa, al ver su
cabello enmarañado, despeinado y muy enredado pensabas enseguida que era
una chica promedio, que no le ponía mucho esfuerzo a lo que hacía. Claramente
París era la más poderosa entre todos nosotros, no físicamente por su reducida
estatura, su delgadez y su cara de sueño, pero en lo mágico era capaz de darnos
clases por su propia cuenta.
Afolabi tenía el color de piel oscuro, casi llegando al negro total, a mí me
recordaba mucho al color de Sadio Mané, jugador senegalés del Liverpool que
odié en un momento de mi vida por marcarle al Madrid en la final de la
Champions League de la temporada 17/18. Por otro lado, Werner no había
asistido a clases, pero sabía que estaba en nuestra clase.
Y en eso constó la primera clase de magia, en presentarnos como clase e
intentar conocernos, pero lo que realmente me llamó la atención fue el extraño
poder del profesor con gafas que se llamaba Charles Marín, con una mano tocaba
su cabeza y la otra la extendía creando una especie de proyección de su mente
en la que no necesitaba hablar, solo pensaba en lo que quería mostrar y decir
mientras nosotros alucinábamos con la proyección.
Pasó el jueves sin pena ni gloria y llegó el viernes.
Llegué a la academia justo cuando sonó el timbre para entrar a clases, dejé
mis cosas en el casillero y caminé tranquilamente hacia el aula de literatura donde
seguro estaría la odiosa anciana esperando a los que llegábamos tarde para
ponernos un strike o algo así. No vi al director el miércoles ni el jueves, pero hoy
había pasado fuera de su oficina y ahí estaba.
El director Booker estaba sentado en su escritorio, podía verlo a través de las
ventanas de su oficina mientras este estaba muy concentrado en la gran pila de
Martín TeuquilPágina | 99
hojas de papel y documentos que tenía sobre el escritorio, su oficina era
esplendida, la pared era de un tono grisáceo oscuro y el suelo parecía ser de una
madera oscura muy bien refinada que iba acorde a la habitación, en la pared
derecha había una estantería inmensa en la que se mezclaban los libros antiguos
y modernos, mientras que en la de la izquierda habían dos maceteros grandes
con plantas y sobre ellos una vitrina con un par de trofeos. Puse mi vista en las
estatuillas que estaban detrás del director, una era una estrella y la otra era un
astronauta apuntando al cielo, seguro estaban para presumir los logros de su vida
y demostrar por qué es el director. Creo que me sobrepasé al quedarme viendo
su oficina con tanto detalle. Cuando volví a clavar mi mirada en el director Booker
me di cuenta de que este estaba mirándome fijamente e iba frunciendo el ceño
poco a poco, no me quedé para seguir viendo como arrugaba su cara y me
apresuré a seguir mi camino hasta el aula de literatura.
Midna Cruz era sin dudas la profesora más odiosa que había tenido en mi vida,
daba explicaciones redundantes, hablaba con lentitud y hacía pausas innecesarias
a la hora de hablar, al mínimo desorden explotaba y comenzaba a gritar, era de
la clase de profesores que hacían que odiase cierto tipo de clases, en este caso le
agarré repudio a la literatura pese a que amo leer, pero esta veterana de unos
setenta años me hacía imposible poder disfrutar sus clases. Se notaba que era
amiga de la profesora de biología, pues por sus actitudes bien parecía que eran
de la misma clase de carroña.
―¿Tienes algo que hacer después de clases? ―me preguntó después de la
energizante clase de Jetspark que tuvimos en el segundo periodo, los viernes
salíamos a las una de la tarde, por lo que el día se alargaba a nuestra disposición
para hacer lo que quisiésemos, algunos decidían quedarse en la biblioteca, los
internos se encerraban en sus habitaciones todo el fin de semana, otros que salían
de fiesta, algunos como yo que nos quedábamos jugando videojuegos en
nuestras casas o lo más típico, salir con amigos a pasar un buen rato.
―Jugar Fortnite ―le dije sin mostrar mucho interés, estábamos sentados uno
al lado del otro en las bancas que rodeaban la cancha de básquetbol que tenían
en el patio y yo personalmente estaba muy concentrado viendo como el portero
que había conocido días antes demostraba su destreza jugando con verdaderos
miembros del equipo de basquetbol, podía reconocerlos por las sudaderas
personalizadas que portaban con sus apodos y un bordado de un balón de
básquet en la espalda.
―Me encanta lo interesante que es tu vida ―me reprochó usando
sarcasmo―. Hoy llega mi hermano de Inglaterra.
―¿Jake? Pero si acabo de verlo con una chica por allá ―apunté hacia donde
estaba Jake besándose con una rubia a la que seguramente acababa de conocer.
Emma me golpeó la mano.
―Es malo apuntar ―dijo con una sonrisa en la cara―. Hablo de mi hermano
menor, tiene trece años y hoy llega de Inglaterra.
CHRISTIAN
―¡Lang! ¡¿Tanto te cuesta crear un puto escudo?! ―me gritó Karim mientras
estábamos entrenándonos en el salón común del club de magia.
Lo miré con rabia mientras hacía que se arrepintiese de sus palabras dos
segundos después al protegerlo de una furiosa llamarada de Gazz, sus llamaradas
estaban siendo más contundentes que de costumbre.
―¡Bien hecho! ―me volvió a gritar Karim.
Algo que me encantaba del salón del club de magia era que era un salón
completamente deformable, es decir, así como podíamos transformarlo con un
mecanismo de la entrada en una biblioteca podíamos convertirlo en una sala
reforzada para soportar explosiones, fuego y cualquier tipo de alteración al
espacio-tiempo, había sido diseñada por el mismo director Booker. Aquí era
―¿Cómo te fue hoy? ―le pregunté a Goldie cuando llegó a casa cerca de las
tres de la tarde, yo ya estaba instalada en mi cuarto jugando Crash Bandicoot con
nuestra gata llamada Gamora tirada de espalda en el piso.
―Horrible, oye, ¿Tu director se parece a Hitler, cierto? ―me preguntó.
―Sí, ¿Por qué? ―le pregunté devuelta mientras ella dejaba su mochila en el
suelo de mi habitación.
―No, por nada ―dijo, me pareció sospechoso, pero en ese momento no tenía
cabeza para pensar en nada más que en lo que me tuviese que decir Elizabeth―.
¿Qué vas a hacer hoy? ¿Podrías llevarme a ver un partido de la pretemporada del
Galaxy? Hoy a las ocho van a jugar en el estadio contra el Bunder Miners.
―¿Ah, sí? ―le pregunté, no tenía idea de aquel partido, pero sería interesante
asistir―. En un rato debo ir a la casa de la vecina, así que quizás no alcance a
llegar al partido.
―¿En serio? ¿La vecina te invitó a su casa? ―me preguntó Goldie como si no
se lo creyese.
―Te lo juro, de hecho, hace unas horas me enteré de que teníamos vecina de
mi edad ―le confesé.
―Pero Félix, es la hija del alcalde, ¿De verdad no sabías que era nuestra
vecina? ―me cuestionó como si fuese un auténtico imbécil.
―Si sabía que el alcalde vivía enfrente, pero no sabía que tenía una hija de mi
edad ―dije con una sonrisa malévola en la cara, Goldie al ver mi sonrisa comenzó
a reírse a carcajadas.
―En serio, Félix, debes tratar bien a Eli ―me aconsejó mi hermanita―. A lo
mejor te casas con ella.
―¿Te imaginas? No me gustaría ―le confesé―. Ella está bien y todo eso, de
hecho, es lo mejor que he visto en mi vida, pero no creo que nos llevemos tan
bien.
―¿Por qué? ―me preguntó Goldie.
Sonreí y le dije la razón.
Salí de mi amurallada residencia por el arco que llevaba hasta la calle, en la
calle de enfrente parecía haber una pradera floreada y llena de vida por el fuerte
sol que le daba de lleno al terreno, no me creía que los de seguridad llevasen un
traje formal encima con los 30°C de calor. Caminé por el sendero que
supuestamente llevaba hasta la mansión del alcalde de Bunder deseando que
ningún segurata quisiese detenerme. Después de caminar cerca de diez minutos
por el bosque que atravesaba el sendero logré ver la renovada mansión, fachada
blanca y un aire de modernidad eran lo primero que veías al llegar al claro en el
que me encontraba.
Seguí caminando sin perder el rumbo, pero sin perder ningún detalle de lo
que veía. Mucha seguridad oculta entre puestos colgados en los árboles, una
piscina por el costado, un árbol más alto de lo normal que parecía tener una casa
GOLDIE
¿Cómo se sentirían si de un día a otro sus mejores amigos de toda la vida los
comienzan a ignorar por estar con una persona que acaban de conocer? Mal,
¿Verdad? Terrible, justo así es como me sentía cuando repentinamente todos
dejaron de recordar mi existencia, no estaba exagerando, eso lo podía comprobar
por un hecho insólito. Por primera vez desde que me uní al equipo de básquetbol
en tercer grado estaba lanzando al aro completamente sola, como Troy Bolton
en High School Musical, con la única excepción de que el hermosísimo Troy tenía
su siempre servicial amigo Chad y a su amor Gabriela. ¿Por qué Goldie LeBlanc,
capitana del equipo de basquetbol del colegio siendo de apenas octavo grado y
jugadora de la selección juvenil de Bunder estaba jugando al básquet sin
compañía? Era porque al parecer todos querían comenzar a jugar vóleibol al ver
a Stella.
El jueves después de clases me dije a mí misma: “seguro que mañana varias
faltan a la práctica de básquet para ir a vóleibol con Stella”, era algo obvio, pero
nunca se me pasó por la cabeza que ni el mismo entrenador llegase a faltar a su
propia práctica, ¿Cómo podía ser posible? Lancé un último balón desde el centro
del gimnasio hasta el aro, llegaba sin problemas, el balón revotó de manera
magistral contra el tablero de la canasta, pero revotó casi en cámara lenta en
ambos extremos del aro y terminó cayendo afuera. La rabia contenida que tenía
adentro decidió fluir como si mi apretón de puños fuese un detonante, enseguida
las lágrimas comenzaron a brotar por mi cara, ya era costumbre estar llorando,
en mi vida había llorado sólo por culpa de las maldades de Félix, pero en menos
de una semana aquel registro había dado un vuelco total, lloraba por todo, por
la soledad, por falta de atención, por amor, por amistad. No era intencional, sólo
pasaba.
Todos decidieron apoyar a Stella, pese a que a mí me conocían desde hace
años, toda la vida la pasé en el Colegio Mágico Milán y ahora más que nunca
deseaba cambiarme a cualquier otro colegio mágico, no me importaba si era la
Blackbox de Los Ángeles, la Southpool de San Francisco o incluso el Kenway de
Nueva York, mientras más lejos mejor.
Después de lo del lunes, cuando Félix me consoló después de llorar sentí mis
fuerzas renovadas, llegué el martes con la intención de llevarme bien con Stella y
hablar un poco con Julien, quería pedirle su WhatsApp.
FELICITY
GOLDIE
Jueves.
No pude quitarme de la cabeza esa película que había visto el día anterior, yo
me sentía como Lara Jean, quería ser tan genial como los demás a mi alrededor,
pero siempre algo malo terminaba pasándome, lo único que me faltaba era tener
a un Peter Kavinsky, que extrañamente me recordaba a mi hermano, nunca lo
había visto con sus amigos ni con alguna chica que le gustase, pero me daba
gusto pensar que Félix era un Peter Kavinsky. De todas maneras, Kavinsky era un
bombón y ahí se caía mi hermano, diablos, ¿Cómo esas chicas como Lara Jean o
Gabriela de High School Musical pueden enamorar a esa clase de bombones?
Digo, Troy Bolton, la estrella del equipo de básquetbol y chico más lindo de la
preparatoria, ¡¿Cómo Gabriela lo lograba?!
Inicié la mañana entrando al colegio sola, otra vez, parecía que se haría
costumbre. Entré a la sala y enseguida me cambié de pupitre, Gabriel no era muy
Viernes, entré al colegio acompañada por Julie y los raritos, durante el día
conocí el nombre de cada uno, el que supuestamente se había comido un gusano
era un experto haciendo retratos y tenía una habilidad excepcional que era tomar
fotografías mentales, gracias a mi habilidad de lectura mental logré ver todas sus
creaciones más importantes, era impresionante. ¿Qué puedo decir de Julie? Era
excepcional, casi tan diva como su hermana, pero a diferencia de Susan esta no
pisoteaba a nadie y trataba como iguales a todos, tenía un mínimo de respeto y
humildad. Julie sabía cómo hacer reír, me reía en todas las clases a carcajadas por
sus comentarios desubicados y su ridiculez accidental.
Y así llegamos a dónde comencé, me sequé las lágrimas con la camiseta que
usaba para entrenar y me fui del gimnasio, cuando estaba saliendo del gimnasio
apareció casualmente Julie, se había quedado en la cafetería charlando con la
cocinera según lo que había dicho.
FÉLIX
FELICITY
Teddy me llamó.
―¿Lo viste? ¿Qué voy a hacer ahora, Felicity? ―me preguntó muy asustado,
su respiración estaba acelerada.
―Teddy, cálmate, he estado haciendo algunas investigaciones en el tema
jurídico y cualquier insinuación con fundamentos será suficiente para que
podamos a acusar a Emily Mary de ser parte de los diez reyes ―lo intenté
tranquilizar, el eco de sus pisadas en el metal del que estaba compuesto el suelo
de su laboratorio se escuchaba con claridad.
―¡Felicity! ―gritó, despegué el teléfono de mi oreja y miré a mi alrededor,
Antoine Chastain, Kassandra Paragon y Freya Winter se habían puesto incómodos
al escuchar el grito de mi Teddy―. ¡¿No te das cuenta de que podemos perder
todo si eso pasa?!
Miré con enojo al teléfono.
―Edward…
―Si Greg Booker llega a ser capturado abriría la boca… ―decía y se liaba.
―Escúchame, Edward ―le hablé con claridad.
―Bien, habla ―dijo bajándome el tono de voz.
―Primero, a mí no me vuelves a gritar en tu vida, ¿Estamos claros? ―le advertí
con severidad, se quedó mudo―. Edward, ¿Estamos claros?
―Sí… ―murmuró.
―¿Cómo? ―dije subiendo el tono de voz y demostrando quién era la que
mandaba en la relación.
―Sí, amor ―dijo, Antoine contuvo la risa por respeto y porque mi mirada
asesina se lo impidió.
―Entonces, tranquilízate, vamos a encontrar la manera de no meternos con
Booker e impedir que gane la pro-humanidad, ¿Bien? ―le aseguré, Teddy suspiró
cansado.
―Eso espero, voy a hacer algunas llamadas ―me avisó―. ¿Sabes qué podrías
hacer?
―¿Qué? ―le pregunté.
―Hablar con Ignotus Pirro y ver si tiene algo que ver, si él está adentro
tendremos que tener el doble de cuidado ―sugirió, le di la razón.
―¿Por qué no hablas tú con Pirro? Eran la dupla dorada en el básquetbol,
¿Qué tal si intentas hablar con él haciéndolo recordar esos años? ―Edward no
respondió, se notaba que estaba pensando en la posibilidad de seguir mi consejo.
―Tienes razón, voy a hacer eso ―dijo.
FÉLIX
―¿Crear una página en Internet? Claro que sé, pero ¿Para qué la necesitas?
―le pregunté a Liz mientras se colocaba una chamarra roja, eran cerca de las seis
de la tarde y el calor ya se había convertido en frescura veraniega, aún estábamos
en verano, pero el cielo se estaba oscureciendo mucho más temprano que otros
días, al menos eso era lo que me parecía, a las siete de la tarde ya se estaría
ocultando el sol.
―Vamos a hacer un movimiento pro-magia, Félix ―me dijo.
EMMALINE
Jake estaba mirando televisión con una cara de muerte terrible, Ethan había
llegado a la casa, podía notarlo por el equipaje tirado que había en la entrada de
la cocina.
―¿Mamá? ―dije al entrar y ver la desesperación que sentía Jake por tener
que volver a convivir con nuestro adorable hermanito.
―No está, se fue a una reunión con Blackflower Industries ―me avisó Jake.
―¿En serio? ¿Dónde está Ethan? ―fue cosa de nombrarlo y apareció frente a
mi flotando con su habilidad adquirida en el último Horror. Ethan era muy
parecido a Jake, pero era mucho más pequeño y delgado, era un palito flotante
y odioso, no digo lo de odioso para parecer chistosa, es en serio, detestaba pasar
el tiempo con el ecologista de mi hermanito Ethan.
―¿Dónde no, hermanita? ―me dijo y se lanzó a mí con un abrazo, no lo veía
desde hace dos meses como mucho, desde que Jake y yo nos vinimos a vivir a
Estados Unidos. Mamá venía cada semana a ver que estuviésemos bien, incluso
papá se había dado unas vueltas, pero nunca habían traído a Ethan. Como a Jake,
le habían separado de una posible carrera profesional, el baile en su caso.
―Te he echado tanto de menos, enanito ―le dije y lo abracé con fuerza.
Detestaba tener que soportar a Ethan todos los días, pero era el mejor chico con
el que había hablado, quizás era homosexual, pues su actitud afeminada era muy
evidente para todos nosotros, pero era simplemente un niño, no teníamos que
interferir con su crecimiento.
―Yo también te extrañé mucho ―afirmó él―. ¿Cómo has estado? ¿Jake no
te ha dado problemas?
CHRISTIAN
Karim y Emil bebían unas cervezas cubiertas por bolsas de papel mientras mi
chico de bien interno me obligaba a mirar hacia otro lado e intentar alejarme de
aquellas sustancias ilícitas para chicos de nuestra edad, Emil no sabía ni cocinar
un huevo, pero claro, el estúpido se bebía una lata de cerveza como si no fuese
nada. Ya se había hecho costumbre cuidarlos cuando bebían en las galerías del
estadio de la academia mientras los del club de fútbol entrenaban en estas tres
semanas que habían pasado desde que comenzaron las clases.
Sorprendentemente, nada malo había pasado en las dos últimas semanas, el
único detalle era que, cuando llegué a mi pasillo secreto después del fin de
semana noté que faltaban un montón de documentos, álbumes, anuarios y libros
de la generación del 92’.
Busqué por todos lados, basureros, muebles, repisas, incluso me metí a otras
salas a revisar si las cosas estaban allí y nada, no había rastro de lo que quería
ocultar. Es cierto, yo le dije a Félix, Gareth, Dinasty y Emil que me ayudasen a
buscar documentos inculpadores para hundir los planes del director, pero era
toda una farsa, yo quería los documentos inculpadores para destruirlos, más bien,
ocultarlos hasta el 2021, el año en que me graduaría de la Academia Preparatoria
Real. Mi deseo nunca fue hacerme el héroe y desenmascarar al villano de turno
como Scooby Doo, yo quería graduarme de la Academia Preparatoria Real y evitar
que todos esos pijos revolucionarios destruyesen la academia y al director por
sus supuestas conspiraciones. En mi cabeza tenía sentido, mamá nunca podría
conseguirme alguna academia como la APR si llegaban a cerrarla por los crímenes
del director, entonces mi única tarea sería evitar que alguien tenga pruebas de
los crímenes, pero acababa de fracasar rotundamente.
―¡¿Dónde están los libros?! ―le grité harto a Emil, quien estaba conversando
con Félix, sabía que Félix no había sido porque al intentar modificar sus recuerdos
noté que no existían recuerdos de él robando los libros, pero cada vez que
intentaba modificar y registrar los recuerdos de Emil mis poderes se bloqueaban
por su habilidad anuladora.
―¡Entiende que no lo sé, indio cara de escroto! ―me gritó con desprecio, era
normal que Emil usase insultos de ese estilo, así que no le hice caso. Félix miró
hacia otro lado.
―¿En serio no sabes? Que raro, ¿Félix? ¿Tú sabes? ―le pregunté para
asegurarme.
FÉLIX
Puse mi rabo sobre la mesa y demostré que la tenía más grande que
cualquiera en la academia, figurativamente, claro está. Aquel sábado me la saqué
en el primer partido importante que jugaba con las juveniles de Rayo Azul, habían
confiado en mí y les devolví su confianza con cuatro golazos, no podía estar más
contento, ¿O sí? Claro que sí, Liz estaba ahí.
―No eres tan bueno ―me dijo en la mañana, habíamos comenzado a trabajar
en la nueva publicación de Bunder-files desde muy temprano, a las diez de la
mañana ya estaba en su casa con mi portátil. Apenas entré por la puerta Liz me
invitó a desayunar.
―Claro que lo soy, ¿No estás viendo? ―le pregunté, frente a ella estaba mi
portátil con uno de los muchos videos recopilatorios que fanáticos habían hecho
con algunas jugadas espectaculares en el Europeo sub-14 que jugué con Francia.
―Estas son jugadas específicas, cosas que te salen una vez por partido como
mucho ―puso a prueba mis habilidades y me empujó de la barra, me encantaba
estar junto a Elizabeth, no porque fuese extremadamente agradable ni porque
seamos compatibles ni nada por el estilo, me encantaba por el deleite visual que
tenía en todo momento, cuando decía que estaba buenísima no era una broma,
su figura de reloj de arena se hacía evidente cuando se sentaba y, disculpen mi
perversidad y pensamientos machistas, pero cuando su trasero se comprimía al
sentarse y sus caderas se veían mucho más voluptuosas era cuando más
disfrutaba de su compañía.
―Te hago una apuesta ―le propuse.
Como dije, al parecer las cosas se habían arreglado para todos en estas dos
semanas desde que entramos a clases. De hecho, empezaba a tener una extraña
sensación de empatía con quien peor me llevaba además de Gareth, Elizabeth se
estaba comportando diferente.
―¿Puedes dejar de moverte tanto? ―le pedí mientras avanzaba por mí mismo
en nuestro proyecto de informática, le prometí enseñarle, pero ya daba a
Elizabeth como un caso perdido en esto de la informática, así que la dejaba usar
su celular mientras yo me encargaba de nuestra nota.
Liz me miró roja y con una cara que pedía a gritos que la mate.
―Voy a salir con Noah ―susurró.
―¿Con Noah? ―dije más fuerte, toda la clase estaba en silencio y lo único
que se escuchaba eran los tecleos de quienes estaban aprendiendo sobre
códigos.
A nuestro lado se sentaba Dinasty, pero quien hacía el trabajo era Camellia
Goldstein, una pelirroja que no parecía ser especialmente brillante en esto de los
números, pero aun así cada vez que miraba su pantalla veía como avanzaba bien
con sus códigos, quería hacer un código para que un robot moviese los pies, por
ejemplo. Dinasty se acercó a nosotros con interés.
―¿Qué Noah qué? ―preguntó la rubia platinada.
―Noah Dusson me invitó a salir ―repitió.
―Desarrolla ―exigí.
―Estaba esperándote junto a tu casillero para devolverte Fahrenheit 451…
―decía Elizabeth.
―¿Ya lo terminaste? ¿Qué te pareció? ―le pregunté interesado.
―Una maravilla, me dieron ganas de convertirme en bombera ―bromeó con
viveza.
―No interrumpas, pijo tonto ―me reprochó Dinasty con el insulto usual que
usaban hacia mí la mayoría de los chicos que se juntaban con Elizabeth―.
Continúa, Eli.