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POWERFUL

Este documento presenta la historia de Félix LeBlanc, un niño de 7 años que comienza a desarrollar habilidades mágicas. Félix se preocupa por no haber desarrollado poderes aún, mientras que otros miembros de su familia sí lo han hecho. Un día, después de una discusión con la sirvienta robot Rita, Félix estira su mano enfadado hacia un plato y siente un dolor que recorre su cuerpo, lo que indica que sus habilidades mágicas están empezando a manifestarse. El documento introduce
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Este documento presenta la historia de Félix LeBlanc, un niño de 7 años que comienza a desarrollar habilidades mágicas. Félix se preocupa por no haber desarrollado poderes aún, mientras que otros miembros de su familia sí lo han hecho. Un día, después de una discusión con la sirvienta robot Rita, Félix estira su mano enfadado hacia un plato y siente un dolor que recorre su cuerpo, lo que indica que sus habilidades mágicas están empezando a manifestarse. El documento introduce
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1 MAGIA ENTRE NOSOTROS

"Estudiar es desconfiar de la inteligencia del compañero de al lado."

FÉLIX

Hablar de cómo terminé en la situación en la que me encuentro es extenderse


de sobremanera, pero lo haré si eso es lo que quieren.
―Se breve, por favor ―me exigió la mujer de piel negra parecida a una de
mis compañeras de clase.
―No, usted sea breve ―dije y puse mis manos sobre la mesa que estaba en
la habitación en la que nos encontrábamos, éramos tres, pero Christian y
Emmaline estaba amordazados, yo era el único que podía hablar.
―¡Piensa antes de hablar! ―dijo, vi como rápidamente sacaba un cuchillo
realmente filoso, intenté apretar mis puños y usar mi habilidad favorita, no podía
hacerlo por las extrañas esposas que tenía puestas.
Mi siguiente intento fue abrir completamente la palma de mi mano, pero
tampoco podía, aquellas esposas me obligaban a mantener mi mano en forma
de “C”, como un Lego.
―Su cuchillo no me asusta, señora ―dije desafiando su maldad.
No pasaron ni dos segundos desde que dije eso y la mujer lanzó su cuchillo
hacia mí, me sorprendió mi capacidad de reacción, pues antes de que el cuchillo
tocase mi cara la había cubierto con mis manos, tenía el cuchillo atravesando mis
manos, pero al menos no estaba entre mis cejas.
―¿No está infectado, cierto? ―pregunté, era lo que más me preocupaba. La
cara atónita de la mujer se convirtió en una sonrisa.
―Cat me dijo que estabas loco, pero nunca creí que sería tanto ―se comenzó
a reír y se cruzó de brazos―. Cuéntame todo.
―¿Usted sabe quién soy? ―pregunté incrédulo.
―Félix LeBlanc, dieciséis años, triple nacionalidad americana, francesa y
holandesa, ¿Quieres que continúe?
―Por favor ―reí fuera de tono.
Me miró con cierto temor, ¿Quién sabría decir si realmente estaba loco? Solo
yo, y no me sentía chiflado, así que todo estaba bien.
―Cuéntamelo todo, Félix.
Me encogí de hombros.
―¿No tiene agua?
―¿Para qué?
―Emmaline tiene sed, ¿Verdad? ―le pregunté sin quitarle la mirada de
encima a la mujer―. Como sea, ¿Por dónde comienzo?
Así como le conté una historia totalmente diferente a aquella mujer me atrevo
a contar esto, pero no estoy insinuando que todo sea real, quizás solo el diez por

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ciento de la historia, o el cincuenta, o quién sabe, quizás es real, no sabría decirlo,
pero de todas maneras lo contaré todo.

En los libros que suelo encontrar en la biblioteca de mi hogar describían a la


magia como algo impresionante, como el motor de las nuevas generaciones, la
describían detalladamente como La Fuerza en Star Wars, "La magia se encuentra
a todos los seres del planeta y universo, claro que solo algunos son sensibles a
ella y son capaces de ser uno con la magia", esta clase de frases aparecían en
todas las películas filosóficas y acción que veía en la televisión, y en Netflix, claro
está. Pero, ¿Por qué me parecía tan extraño afirmar aquellas palabras cuando
sabía que eran cierto?
Cuando veía los cientos de calamidades que hacían las personas con
habilidades a diario me preguntaba si en algún universo alterno en el que nadie
tuviese singularidades habría paz. La paz es algo que menospreciamos como
sociedad moderna, no sabemos que en la Europa oriental rezan a diario por algún
día tener paz mientras que en Estados Unidos hay personas con ciertos
problemas mentales a mi parecer que desean que se desaten hecatombes bélicas
para sentirse como héroes al terminar con la vida de otra persona.
Soy un chico que desarrolló habilidades especiales al igual que el otro 3% de
la población mundial, por lo que, comparado a las más de siete mil millones de
almas en la faz de la tierra, quienes contamos con singularidades por sobre el
resto apenas somos unos doscientos veintiséis millones. ¡Que sí! Suena
maravilloso tener poderes como Spiderman o Batman. Ah, no, que Batman no
tiene poderes, pero ya me entienden, suena a un mundo maravilloso, pero reparte
esos doscientos veintiséis millones en los 194 países reconocidos por la ONU, eso
da un promedio de más de un millón de personas con poderes por país.
Ahora añádele que el 30% de ese millón de personas usa sus poderes para
cometer actos criminales y se aprovechan de quienes no poseen habilidades
como las nuestras. Así es, el resultado es la marginación social, el único lugar en
el que las personas con poderes logran sentirse completamente libres de vivir
usando sus habilidades sin temor a que sus vecinos los vean crear nubes
artificiales con sus manos para resguardarse del calor es Bunder, ¿Nunca han oído
de Bunder? ¿Cómo? ¿Acaso son de otro universo, o se quedaron varados en 1994
como yo? Entiendo, supongo que tendré que explicar todo desde el principio.
Esta no es una historia de fantasía como Harry Potter, ni una novela
complementaria de Star Wars, tampoco es un guion para un cómic de los
Avengers y mucho menos es la historia de un soberbio adolescente que se creía
el rey del mundo. Esta es la historia de cómo un político condenó a que la magia
y las singularidades desapareciesen del mundo, todo está aquí, pero ¿Sabrás
detectar cada guiño y desentrañar los secretos que esconde la historia? Lo dudo,
es mi historia y como dicen por ahí, nunca sabes si Félix LeBlanc te está
engañando o está siendo completamente sincero contigo.
Comencemos desde lo más básico, manifestar habilidades no es algo
espontáneo, es algo que se va desarrollando mediante creces, dentro de ti sientes
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un calor que poco a poco se transforma en las llamas que pasarán a ser tus
habilidades.
Desperté como cualquier otro día de mi niñez, treinta minutos antes de que
mi despertador sonase y mi madre irrumpiese en mi habitación furiosa por lo
justo que solía levantarme antes de irme a la escuela. Supuse que mamá ya se
había despertado por el berrinche que estaba haciendo mi hermanita dos años y
dos meses menor que yo, así que después de asearme bajé hasta el comedor.
Ahí estaba Rita, una especie de robot sirviente que se veía exactamente una
joven de unos veinticinco años, Rita trajinaba revisando mi mochila, acomodando
las sillas para que nos sentásemos y acomodándome el pelo, desde pequeño he
sido de peinar mi fleco ligeramente largo hacia el lado, pero Rita me lo peinaba
hacia atrás, cosa que sigue haciendo y detesto.
―Buenos días, Rita ―le dije mientras me sentaba en una de las sillas del
comedor, Rita me sonrió y enseguida me sirvió un plato con huevos y tocino.
―Desayuno de campeón ―aseguró al notar mi mirada harta de desayunar
cada día lo mismo.
―¿No hay yogurt o cereales por ahí? ―pregunté guardándome las palabras,
no quería ser malo con Rita diciéndole que estaba cansado de su ineptitud al
prepararme desayunos, aceptaba hasta un batido de verduras para cambiar un
poco mi menú.
Rita no me contestó, solo siguió sentada en su silla del comedor leyendo el
periódico que por alguna razón mis padres seguían pagando, hasta el día de hoy
mamá no ha dejado de estar suscrita al periódico de Bunder en ningún momento.
Logré ver en la portada del periódico el encabezado principal que decía
“Navidad se acerca, junto a ella el Horror”. Recuerdo que en esos tiempos no lo
entendía bien, pero a mis trece años encontré un libro en la biblioteca familiar
que explicaba el fenómeno “Horror”. El susodicho fenómeno antes mencionado
debe su nombre al creador de la teoría, Geralt Horror, no tiene nada que ver con
el estado horrorizado o el género cultural moderno, la teoría del señor Horror
decía que cada veinticinco de diciembre, en cualquier momento del día a cinco
mil jóvenes de un rango de edad entre los seis y los veintiséis años se podían
presentar singularidades o poderes mágicos a quienes no tuviesen aún de estos,
Horror argumentaba que aquello ocurría por el pico mágico que se alcanzaba
sobre la superficie terrestre aquel día en el que gran parte del mundo compartía
buenas vibras entre sí. Años después, su bisnieto Adrien Horror fortaleció la teoría
del pico mágico tomando como base el acercamiento de un cometa impregnado
de energía a la corteza terrestre, dejando cada año un poco más de sus
propiedades extraordinarias, o como nos enseñaban a la mayoría de niños,
“mágicas”.
En mi niñez solo sabía que en cada Horror podía conseguir habilidades, y
como en ese entonces aún no se presentaban indicios de ser especial en mí me
empezaba a preocupar. Mamá y papá tenían habilidades, hasta Goldie había
empezado a congelar cosas con su aliento helado cual Bombón de las Chicas

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Super-poderosas, pero mi intriga estaba en que yo aún no tenía nada, había
intentado volar, intentaba controlar a las personas con la mente, incluso apretaba
los puños para intentar explotarme a mí mismo, pero no pasaba nada.
―Rita, ¿Qué pasa si no obtengo nunca mis poderes mágicos? ―le pregunté
de manera inocente.
―Es posible que te deshereden ―Rita lo había dicho como broma, pero en
ese entonces para mí había sido un insulto y una amenaza terrible, por algún
motivo creí que Rita iba a ser responsable de mi desheredación.
Las palabras de Rita me habían asustado mucho, no creía que mis padres me
pudiesen hacer eso, esperaba que no lo hiciesen. Me levanté de la mesa sin
recoger nada como de costumbre.
―Recoge tu plato ―me ordenó Rita, era una sirvienta robot, pero le habían
programado enseñarme buenas costumbres en su sistema. Un Félix de siete años
recién cumplidos mosqueado por que le ordenasen hacer algo no atinó a nada
más que estirar un mano furioso en dirección al plato, recuerdo perfectamente la
punzada de dolor que sentí en mi pecho, aquel dolor empezó a recorrer mi
cuerpo, pasó por mi hombro y bajó hasta mi brazo, cuando sentí aquel detonante
vi como una onda que llegó a distorsionar mi visión impulsó el plato directamente
hacia Rita, clavándole pedazos del plato roto en el abdomen. Rita se quedó
sentada donde estaba y con la mirada en dirección hacia algo que estaba detrás
de mí, no me preocupé por Rita, de todas maneras, ella no sentía dolor, pero mi
sangre se heló cuando vi la mirada penetrante de mi padre.
Estuve castigado por tres semanas, a papá no le había caído tan bien tener
que arreglar los circuitos que rompí en el interior de Rita, pero cuando llegó el
final del mes comenzó mi pesadilla, resulta que era la primera vez que alguien
desarrollaba una habilidad así y cuando me llevaron a registrar mi poder
decidieron llamarlo “Onda de choque”.
A las personas que desarrollan sus poderes con el Terror les dicen “especiales”,
repito: similar a los seres sensibles a la Fuerza como en Star Wars.
Ya con diez años despertó mi singularidad favorita, la manipulación del
espacio/tiempo, así es, con diez años me tuvieron que sacar por un año del
colegio para personas con poderes en el que estaba para aprender a controlar mi
habilidad extremadamente rara, con once años regresé a mi colegio, pero ahí ya
me habían entrenado en Holanda para lograr tener el control y saber usar mi don,
pese a que lo registraron como “Teletransportación”, yo en el fondo sabía que se
trataba de un poder de manipulación del espacio/tiempo, podía sentir que tenía
la habilidad para viajar entre épocas, pero mi padre, quien actuaba como mi
mentor mágico me prohibía rotundamente viajar en el tiempo, sabía que era
capaz, pero le parecía arriesgado.
―Papá, quiero ir al futuro ―le dije mientras me hidrataba en uno de mis
partidos de futbol, papá me miró con disgusto por unos segundos y enseguida
me contestó.

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―No estás listo, el tiempo es algo que ni yo puedo manejar ―me advirtió, se
veía desde lejos sus ganas de estrangularme a escuchar mi deseo, pero debía
contenerse frente a todas las madres y padres de los demás chicos de mi equipo.
―¡Pero si puedo moverme en el espacio! ―dije haciendo gala de mis
impresionantes habilidades para moverme de un lugar a otro en un parpadeo.
―¿No era teletransportación? ―me preguntó uno de los chicos de mi equipo
al escucharme.
―Eso es lo que dice papá… ―solté y dejé de mirarlo, repentinamente me
comenzó a doler la cabeza, era como si un piano se acabase de estrellar sobre mí,
miré a papá y vi sus puños cerrados. Para la gran mayoría de personas con
habilidades abrir o cerrar las manos era un sinónimo de usar sus poderes,
abriendo las manos lanzaba las ondas de choque y cerrándolas podía moverme
a donde quisiese―. ¡Ya! ¡Papá!
Noté a un hombre acercándose a papá por sus espaldas, vi como tocaba
ligeramente el cuello de papá, pero este no se daba cuenta, enseguida el dolor
se detuvo. Al volver a abrir los ojos el hombre se había ido y mi papá me miraba
extrañado sin abrir sus puños, volví a girarme y entré a la cancha.
Con el tiempo me terminé olvidando de la idea de viajar en el tiempo,
irónicamente porque no tenía tiempo para concentrarme en descifrar las
ecuaciones que me llevarían hacia el momento que quisiese, no tenía las
ecuaciones para que mi crecimiento no se viese afectado y la habilidad tenía
como efecto secundario un exagerado desgaste físico en mí, por lo que estaba
prácticamente obligado a dormir ocho horas diarias o terminaba desmayándome
por el cansancio.
Hasta entonces no había conseguido ninguna habilidad que me fortaleciese
físicamente, pero el año pasado desbloqueé la resistencia sobre-humana, no
existía desgaste físico alguno, pero también tenía su lado malo, era propenso a
lesionarme, mucho más que “El Fenómeno” Ronaldo, jugador brasileño de futbol
que tuvo una carrera marcada por sus destrozadas rodillas. En promedio me
lesionaba una vez cada dos meses, era cosa de no poder caminar durante una
semana.
Pero eso no viene al caso, la verdadera historia comienza con mi infantil deseo
de entrar a la APR, la academia más exigente, prestigiosa y famosa del mundo,
desde el momento en que fui consiente de mis poderes mi mayor anhelo fue
entrar a esa academia para convertirme en alguien, podía usar mi inteligencia
para dedicarme a la tecnología como papá, pero mis poderes me abrían un
mundo de posibilidades que no pretendía desperdiciar.
La Academia Preparatoria Real era el mejor colegio en el mundo para personas
en cuatro apartados; deportivamente, mágicamente, artísticamente y
académicamente, de aquí salían las personas más exitosas del mundo. Fundada
por Trajano, nada menos que un emperador romano nacido en Itálica en el siglo
I después de Cristo. Abandonó su imperio en el año 117, cuando impulsado por
la expansión y a falta de soldados dispuestos a arriesgarse en una travesía por el

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Pacífico Norte emprendió un solitario viaje que lo llevó hasta la actual
Jacksonville, dicen que emprendió un viaje seguido por los nativos hacia la costa
oeste del país, donde lo acogieron como uno más y le permitieron que divulgue
sus enseñanzas entre la población. Las visitas a su página de Wikipedia superan
los veinte millones y la mayoría de ellas es solo para conocer al fundador de la
Academia Preparatoria Real, de hace unos dos mil años aproximadamente.
Aunque parezca un colegio estúpido, la verdad es que por lo que había visto
en anuncios, noticias, videos y al conocer a un par de alumnos de esta podía
arriesgarme a afirmar que era tal y como la pintaban, un colegio impresionante y
dedicada al fomento del deporte, a la enseñanza, al arte y a la magia. La academia
sirvió como colegio para figuras transcendentales en la historia, tales eran los
casos de emperadores romanos que migraban tras acabar su reinado, Hernán
Cortés, pintores como Francisco Goya, Edward Hopper, Andy Warhol, Salvador
Dalí o Pablo Picasso, el famoso filósofo Séneca, el escritor de renombre Miguel
de Cervantes, era un hecho que Walt Disney y cientos de animadores de Disney,
Pixar, Illumination y Dream Works habían estudiado en la APR y muchos famosos
de la actualidad como Tiger Woods, Angelina Jolie o Brad Pitt tenían sus rostros
en los anuarios del colegio, pero era una academia muy exclusiva para personas
que los dirigentes consideraban especiales.
Incluso personas de otros continentes venían a estudiar al colegio, claro que
entrar en esta no era nada fácil, solo había dos maneras de entrar. La primera era
pagando la inscripción de tres millones de dólares, si pasabas el examen de
ingreso debías pagar matrícula de diez millones, y posteriormente hay que pagar
las mensualidades, que terminaban costando más de veinte millones de dólares
por año, esta era la manera menos factible, pero era común entre gente
adinerada, pero sin talentos. La otra manera era la más común, esa era que el
equipo de reclutadores de talentos que tenía la academia en más de cincuenta
países en el mundo te recomendasen y te dejasen dar los exámenes de ingreso,
si los pasabas te ganabas una matrícula, así me pasó a mí.
Vengo de una familia más que adinerada, pero no me permiten hablar mucho
de eso, el caso es que fácilmente podían pagar mi ingreso en la academia, pero
como les ha pasado a miles de jóvenes en el mundo, la academia me seleccionó
por tres cualidades destacables que poseo; Mi talento nato para jugar al fútbol,
mi codiciable trío de habilidades y mis victorias en las ferias de ciencias
organizadas por la conocidísima Google y por la empresa tecnológica, Intel.
Un día simplemente me llegó la carta a mi casa, estaba preseleccionado con
otros trescientos estudiantes para formar parte de la nueva generación de la APR.
Con mi inteligencia esperaba ser capaz de superar el examen escrito, y quería
ver si podía entrar en el club de magia, si fallaba intentaría entrar al club
académico con mecánica, si fallaba ahí también, cosa bastante improbable viendo
lo bueno que soy para armar, desarmar, construir, diseñar y crear aparatos
intentaría entrar a arte con cualquiera de mis talentos, pues no tenía problemas
tocando el piano, dibujando en tableta gráfica, pintando en óleo, escribiendo o

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actuando. No era posible fallar aquí con mi arsenal artístico, pero si fallaba
entraría al club deportivo jugando futbol, a pesar de que era mi deporte favorito
no lo veía como algo a lo que dedicarme, me apasionaban más las ciencias, claro
que el equipo que tenía sede aquí en Bunder, el Bunder Miners, no lo veía tan así
y uno de los reclutadores no paraba de tocar mi puerta cada semana
ofreciéndome contratos para entrar al equipo, contratos que mi propia madre
rechazaba.
Realmente las habilidades especiales pueden lograr todo, hasta amasar una
fortuna, así es como mi familia era poseedora de una de las fortunas más grandes
del mundo solo con el uso de sus habilidades y mucha ciencia. Me atrevería a
decir que, para seguir amasando más dinero, a pesar de que ya no necesitábamos
más, debía dedicarme a la ciencia y a perfeccionar mis artefactos, mi abuelo había
ganado un premio Nobel de física, ya no recuerdo por qué, lo que si recuerdo
bien es que mi papá se la ha pasado toda su vida intentando superarle, aunque
podríamos decir: “¡Diablos! Es Edward LeBlanc, dueño de la empresa tecnológica
más exitosa y popular del mundo, ¡Claro que superó a su padre!”. Pero para él
superar al abuelo significaba ganar un premio Nobel, cosa que yo veía imposible
para él, pero mi papá no era de esos que se rendían, aunque aquello significase
perder toda la comunicación con tu hijo.
Eso era mi vida antes de todo, mis padres y todo el mundo me presionaban
para demostrar mis “talentos”, pero yo no tenía claro cuáles eran mis talentos, sí,
era excepcional jugando futbol, me encantaba leer, me encantaba armar cosas,
era un apasionado por las ciencias y tenía unas habilidades que me abrían el
camino al heroísmo, pero yo no lo tenía claro del todo.
―¡Félix! ―mi hermanita me despertó justo cuando mi sueño se volvía turbio.
―¿Goldie? ―pregunté sin mover ningún músculo y abriendo solo un ojo para
verla. Cabello castaño muy claro, casi rubio, ojos verdes como gemas preciosas y
una cara redonda eran las características que diferenciaban a mi hermana menor
de mí, su larguirucho, delgado y peli castaño servidor.
―¿Qué día es hoy? ―pregunté sin dejar de ver hacia la nada con cierta
dificultad para mantener los ojos abiertos por haberme quedado jugando al
Super Smash hasta las dos de la madrugada, una hora que para mí resultaba ser
terriblemente imprudente por mis contratiempos a la hora de mantenerme
despierto.
―23 de julio ―dijo ella.
―¿Qué hora es? ¿¡23 de julio!? ¿¡Mamá!? ―me desesperé y me saqué el
pijama rápidamente para colocarme la ropa limpia que Rita me había preparado
el día anterior―. Sal de aquí, debo cambiarme para dar una buena impresión.
―Espera, espera, espera. Primero, cálmate, y segundo, son las ocho de la
mañana ―dijo ella, la miré incrédulo mientras me levantaba, tomé mi teléfono
que ocultaba bajo mi cama y revisé la hora. Efectivamente, apenas eran las siete
de la mañana con cincuenta y tres minutos. Me volví a recostar en la cama, ya
entendía el porqué de mi cansancio, apenas había logrado descansar poco menos

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de seis horas. ¡No era suficiente! Me mordí el labio por la rabia que sentía hacia
mí mismo, sabía que me tenía que levantar temprano y aun así decidí quedarme
jugando algo que puedo jugar perfectamente mientras viajo por la Nintendo
Switch, pero soy un imbécil obsesivo y quería aprender a controlar bien a uno de
los personajes que tenía traje de fontanero.
Bajé el ritmo de mi levantada, agarré mi ropa deportiva limpia y caminé sin
decir nada al baño que tenía junto a mi habitación.
―¡Félix, levántate! ―gritó mi mamá desde el piso de abajo.
―¡Estoy levantado! ―contesté al instante con un grito que representaba bien
mi mal humor al no lograr dormir las horas que necesitaba para no desmayarme
repentinamente durante el día. Entré al baño para darme un baño y cerré de un
portazo la entrada al lugar en el que me encontraría desnudo por unos minutos.

No me gustaba mucho bañarme ni ducharme, solo lo hacía cuando sudaba


después de ejercitarme o cuando ya notaba el mal olor saliendo de zonas
indescriptibles de mi cuerpo cambiante.
―¡Apresúrate! ―me gritó mamá a través de la puerta, por aquel grito
reaccioné después de pasar un buen rato sin moverme solo con la cabeza fuera
de la bañera, me levanté de un salto y procedí a secarme para seguidamente
vestirme.
―¡Apagar! ¡Maldita sea! ―grité, las canciones en japonés de Digimon ya me
tenían cansado, las amaba de corazón por lo mucho que me habían marcado
durante mi infancia, pero un ritmo más al estilo del segundo álbum de la banda
Gorillaz era más acertado en una situación en la que ameritaba sentirme como el
rey del mundo.
Me cambié, me peiné, apagué la televisión de mi habitación después de revisar
que Goldie no se haya puesto a jugar en mi partida del Crash Bandicoot, no lo
había hecho, abrí las cortinas, estiré mis músculos y me desmayé.
―¡Oye! ¡Tu mamá se va a enojar! ―me gritó papá al verme tirado en el suelo,
desperté sudado, pero aliviado de que no hubiese pasado mientras bajaba las
escaleras.
―¡Ya sé, papá! ―le grité devuelta―. Déjame tranquilo.
Me clavó su mirada decepcionada a la que estaba acostumbrado por todos
los encontronazos que solía tener con él y cerró los puños. Me levanté del suelo,
me sacudí la ropa y moví un poco mi cuello, tenía las articulaciones tensas, pero
ya estaban lo suficientemente ejercitadas como para soportar un par de
teletransportaciones.
―¿Ya te acostumbraste al dolor? ―me preguntó papá cuando vio que
empezaba a frotarme las manos.
―Las ondas de choque también me producen dolor, papá, vas a necesitar otra
singularidad para obligarme a hacer lo que digas ―dije con una sonrisa
desafiante a mi padre, me miró inexpresivo mientras yo apretaba los puños y veía
todo alrededor de mí distorsionarse.

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Me aparecí en el comedor, mi mamá y mi hermanita Goldie estaban sentadas
tomando desayunos especiales, mamá hablaba por teléfono y Goldie pasaba los
canales de televisión buscando algo interesante para entretenerse.
Me senté y vi que Rita reaccionaba instintivamente preparándome una taza
de café con huevos en menos de un minuto, Rita había sido reprogramada, de
hecho, hasta le habían hecho un cambio de circuitos, así que en el fondo ya no
era la Rita que conocíamos, ahora era Rita II, una versión mejorada de la clásica
Rita, pero que aún conservaba recuerdos con nosotros.
Rita II era atenta con todos, se comportaba como una dueña de casa y se
preocupaba de que todos se sintiesen bien mientras estuviesen en la mansión,
cuando invitaba a mis amigos nos ofrecía comida cada diez minutos, preparaba
pasteles, galletas y recetas únicas de diferentes países cada día, gracias a ella
aprendí a preparar muchos tipos de comidas y recetas de pastelería, además, Rita
no escatimaba en gastos a la hora de mantener el refrigerador lleno y eso le
encantaba a mamá, que se había hartado de soportar la comida barata teniendo
más dinero que cualquier persona en el mundo. Rita era una magnífica sirvienta
biónica que incluso se interesaba en nuestras vidas personales, pero sin llegar a
ser una intrusa y chismosa vieja.
―Gracias, Rita II ―le dije con una sonrisa cuando puso el café y el huevo
frente, la morena sirvienta sonrió achinando los ojos y volvió a la cocina para
volver al comedor con tostadas en una bandeja que depositó sobre la mesa.
―¿Ya te recargaste, Rita querida? ―le preguntó mamá, que se preocupaba de
ella como una madre, la Rita anterior no era muy carismática, pero esta Rita nueva
estaba dotada de conocimientos tan amplios como el mismo Internet, poseía
tecnología INFINITY que le brindaba una inteligencia artificial superior a cualquier
otra asistente del mercado, claro que sólo nosotros teníamos a la única Rita
existente.
Aprovechando que mencioné la tecnología INFINITY procederé a explicar con
brevedad qué es, pues tampoco me dejan hablar de ella con mis amigos. Al caso,
como comenté en cierto momento, mi familia se dedica a la tecnología y ciencia,
la empresa bajo el nombre Blackflower es nuestro patrimonio, Blackflower le
pertenece a mis padres por sucesión de la familia de mi papá, pero cuando volvió
de un viaje intergaláctico comenzó a desarrollar tecnología superior a la sus
competidores más cercanos, esa es la tecnología INFINITY.
Una tecnología que estudia los sentimientos de las personas y los combina
con el conocimiento que había en las redes virtuales más famosas, de ahí nació
R.I.T.A. (Recipiente Infinito de Tecnología Artificial), el primer proyecto de papá.
En teoría, los demás androides comenzarían su comercialización en el año 2028,
¿Dicen que queda mucho tiempo? Por eso son tan pobres como para estar
leyendo historias, porque pocos tienen lo de papá, aquello que se llama “Visión”.
―Sí, señora LeBlanc, estuve cargando toda la noche ―contestó Rita, hablaba
un perfecto inglés, pero eso no quitaba que su pronunciación robótica no variara

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en ciertas palabras, un ejemplo de ello era su extraña pronunciación de la palabra
“horas”, en la que alargaba la s y cortaba la palabra de un tirón. El software médico
de última generación que tenía instalado Rita era creación de uno de los
discípulos de papá en Harvard, mientras que su software de combate cuerpo a
cuerpo, uso de armas, gastronomía y limpieza eran creación de otros miembros
de mi familia que creaban sus propias tecnologías en diferentes lugares del
mundo, cada vez que una rama de los LeBlanc se separaba debían repartirse
algún país y ahí formar su propia familia, esas eran las ramas secundarias de la
familia, pero a papá le había tocado ser parte de la principal, así que nos
quedamos con el centro de operaciones mundial, Estados Unidos, pero como
mamá y papá nos habían tenido a mí y a Goldie debíamos decidir qué hacer
cuando mi hermanita cumpliese los dieciocho años, ¿Compartiríamos la rama
principal o uno de nosotros dos se iría a algún lugar remoto del mundo? No me
preocupaba demasiado, Goldie y yo éramos muy capaces de compartir.
―Rita, recuerda que no te debes sobrecargar o tu batería comenzará a fallar
―le dijo mamá sin dejar de revisar su teléfono, apenas había cortado la llamada
de manera agresiva, pero su manera de hablar la hacía parecer una mujer pacífica
y tranquila, imposible equivocarse más.
―Entiendo, señora LeBlanc. ¿Más pastel? ―ofreció la joven Rita y procedió a
retirarse para seguir con lo suyo.
―¿Entonces Rita va a explotar? ―preguntó Goldie con un verdadero tono de
tristeza e inconformidad.
Ellas siguieron hablando mientras yo tomaba mi café pensando en el espacio
infinito. No sabía cómo sería la APR ni como lograría entrar, pero de lo que estaba
seguro era de que entraría.

Pasados unos minutos en los que terminé de desayunar y me quedé pegado


mirando el History Channel producto de mi inactividad cerebral mamá me
despertó con una simple pregunta.
―¿Vamos? ―dijo revisando su reloj y comprobando que hora era.
―Yo ya estoy listo ―le hice saber.
―¿Vamos, Goldie? Acompáñanos y dejemos que Rita esté tranquila esta tarde
―Goldie se levantó de su silla, no sin antes gritar “¡Gracias, Rita!” como de
costumbre.
―Vamos ―afirmó Goldie.
―¡Gracias, Rita! ―grité.
―¡Buena suerte! ―escuché.

Mamá, Goldie y yo caminamos unos minutos hasta uno de los cobertizos con
un piso en madera cepillada perfecto, junto a un cielo con vigas a la vista cubierto
de material sólido que protegía los carros favoritos de mi madre, esta última se
decantó por llevar un Audi A4 azul rechazando el ofrecimiento de su chofer. Y
entonces nos fuimos.

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―¿Estudiaste? ―me preguntó mamá. Yo iba de copiloto revisando la guía de
la Academia Preparatoria Real con detenimiento, pues no se me había ocurrido
leerlo antes.
―Claro que sí ―le dije, había sido poco, pero a final de cuentas había
estudiado y me sentía preparado. La portada de la guía mostraba el sello y logo
de la academia, que consistía de una representación esférica del planeta, sobre
ella un diamante reluciente y rotando como si de satélites de tratasen estaba una
nave de Space Invaders, un balón de básquetbol, un pincel y una pequeña
representación caricaturizada de un rayo, cada una representaba los cuatro
puntos fuertes de la academia y bajo este logo las letras A.P.R. seguido del
nombre completo “Academia Preparatoria Real”. Abrí la guía y noté como mamá
le echaba un vistazo de reojo, solo lo ojeé hasta llegar a la página que mostraba
la imagen de un tipo que se parecía a Hitler, provocaba mucho respeto, pero
conmovía verlo con su sombrero de copa y su saco morado con pantalones y
camisa negra, el viejo tenía un estilo que te cagas y lo acentuaba más sonriendo
para la foto.

¡Conozcan al visionario director de la academia!


Gregorio Booker es un conocidísimo político que ha dedicado su vida a enseñar y
ayudar a las personas que le rodean. ¡Un tipo genial! Con la edad de 24 años tomó
el mando y administración de la academia convirtiéndose en el sexagésimo director
el año 1998, ya se van a cumplir 20 años bajo su dirección, 20 años en los que la
academia ha encontrado un nuevo apogeo luego de la crisis de 1910-1982, en los que
apenas había alumnos en la academia, cosa que parece irreal hoy en día. Booker es
parte de la mesa redonda de “especiales” a nivel mundial, además de un fiel
representante de la ONU, ¡Ven a conocerlo y maravillarte con sus inventos exclusivos
para el alumnado real!

―Cuanta propaganda para este pobre hombre ―comenté a mamá―. ¿Le


conoces?
Mamá apretó los labios y subió los hombros.
―Papá me dijo que Greg Booker era el novio de mamá cuando se conocieron,
y también me dijo que terminó con mamá porque ella no quería tener hijos con
él ―dijo en voz alta Goldie, mamá frenó el auto de golpe y agradecí al cielo que
llevaba el cinturón puesto, pues de lo contrario habría salido disparado por el
cristal.
―¡Mamá! ¡¿Estás loca?! ―le grité agarrando la guantera con una mano y con
la otra sintiendo mi alterado ritmo cardíaco.
―Ay, Félix, no seas llorón ―me dijo Goldie sin alterarse lo más mínimo.
―Cállate, Goldie, tú vas atrás así que no tienes derecho de hablar ―le dije de
manera infantil para provocarla.

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―Sí, sí, lo que tú digas ―me dijo y mi culo ardió como pocas veces, era de las
primeras veces que Goldie no caía ante mis provocativas y se comportaba como
alguien inteligente.
―¿Papá te dijo eso? ―preguntó mi madre irritada. Había entrado en modo
enfurecida, pero lo ocultaba muy bien, claro que Goldie y yo estábamos muy
conscientes de ello, por lo que Goldie se limitó a asentir con la cabeza―. Voy a
matar a papá.
Dichas esas palabras siguió conduciendo.
―Mamá.
―No se habla más de Booker en mi presencia. ¿Oyeron? ―ordenó.
―Sí, mamá, pero yo te iba a preguntar otra cosa ―dijo Goldie, estaba jugando
con fuego después de haberle recordado su pasado a nuestra querida madre de
cuarenta y tres años apenas cumplidos en marzo.
―Suéltalo ―le permitió mamá luego de un profundo suspiro.
―¿Por qué te enamoraste de papá en lugar de una persona tan exitosa como
Greg Booker? ―que estúpida pregunta, como si se pudiese ignorar el hecho de
que papá venía de Francia y era descendiente de una de las familias más antiguas
e importantes en la historia, el éxito de papá estaba asegurado desde su
nacimiento en cuna de oro, al igual que el mío y el de Goldie, la verdadera
pregunta era porqué papá se había enamorado de mamá, una chica de clase
media sin lujos que había ganado una beca en la academia por puro esfuerzo.
―¿En serio me preguntas eso? ―cuestionó mamá―. Creo que no haz
entendido la magnitud de la familia de tu padre, ¿Cómo te lo explico? Ted era
multimillonario desde que nació, exitoso, inteligente, atlético, lo tenía todo desde
su más tierna infancia, yo por otro lado nací en una ciudad llamada Eindhoven,
de Holanda, y por ser buena en los debates me gané una beca para entrar a la
APR, no por tener un futuro brillante ni nada de ese estilo, sólo por la ambición
de la academia para ganar todos los concursos y competencias posibles.
―Ya entiendo ―vi como Goldie se recostaba en el asiento del vehículo con
una expresión neutral.
―¿Y qué hay del director? ―le pregunté haciendo caso omiso de su
advertencia.
―¿Greg? Greg estaba loco, estaba obsesionado con eliminar todas las
habilidades existentes en el mundo con su habilidad de robar poderes, pero un
día dejó de funcionarle y entonces cambió a quien es hoy en día, un político y
activista mundialmente famoso por estar a favor de la ley de prohibición de
singularidades, lo amaba, pero me hacía mal.
Entonces el director de la academia pudo ser mi padre, era un dato
perturbador que debía recordar por si algún día me daba por viajar en el tiempo:
no cambiar la historia de Greg Booker.
Pasé la página de la guía y me fijé en lo que decía la primera hoja del apartado
destacado. En la página anterior mencionada había una imagen de jugadores de
básquetbol abrazos y de espaldas, mostrando sus números y resaltando sus

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camisetas celestes con líneas verticales bajo las axilas de un tono azulado más
oscuro.

¡El hogar de las palomas!


La academia es especialmente conocida por albergar el hogar del equipo de
básquetbol escolar más prestigioso y el que ha sido más veces campeón en la historia
del mundo, llegando a participar en campeonatos mundiales y ganando uno de ellos
en el año 1992 bajo una gran actuación del entonces capitán Edward “Teddy” LeBlanc,
actualmente el equipo es dirigido por el mismo Gregorio Booker que se encarga de
buscar los talentos más prometedores del básquetbol escolar y los trae a la academia.
El lema de las palomas: ¡Divertirse es lo importante!

―No sabía que tenían a papá en un pedestal ―confesé y miré a mamá.


―Es el mejor jugador de básquetbol que he visto en mi vida, pudo llegar a ser
un profesional, pero se dedicó a la ciencia hasta llegar donde está hoy en día
―mencionó.
―Obsesionado con ganar un premio Nobel en el 2028 ―dije. Mamá me miró
con el ceño fruncido, detestaba que hablásemos mal de papá, pero así era la
realidad. A papá poco lo veía en casa, aunque pasaba todo el día en ella este se
encerraba en su laboratorio por horas, a veces salía, se aseguraba de que
estuviésemos bien, sacaba objetos de no sé dónde y me lo regalaba para que no
me faltasen piezas mecánicas, extrañamente cada vez que usaba lo que me daba
tenía éxito en mis mecanismos y experimentos. Yo la verdad es que lo veía como
un loco, un científico loco, pero lo admiraba, ¿Quién no? Era como decir que Bill
Gates es un inútil por dedicar su vida entera a la tecnología, ¿Se me entiende? No
podía odiar a papá, lo amaba, pero me molestaban muchas cosas de él. Era un
cretino sin sentimientos, no dudaba en provocarme dolor si él creía que lo
merecía y hacerme todo tipo de jugarretas con sus incontables singularidades,
porque mamá apenas tiene una singularidad, pero papá tiene decenas de ellas.
―Pero de todas formas nos ama, Félix ―me recriminó Goldie.
―No lo dudo, pero en serio, ya tenemos todas las riquezas del mundo, tienen
millones de trabajadores que hacen sus trabajos de producción, pero aun así lo
veo una vez al día, ¿Por qué no se toma un respiro? ―cuestioné mirando a mamá.
―Díselo a tu papá, a mí no me mires ―me dijo.
―Pero tú díselo ―insistí.
―¿Acaso te da miedo? ―preguntó Goldie, la miré por el espejo retrovisor y vi
su sonrisa de diablillo.
―Papá no me da miedo ―si me lo daba, me la pasaba huyendo de él con mi
singularidad, pues la situación se ponía intensa cuando me encaraba por las
estupideces que solía hacer sin ninguna justificación.
―Si te da ―se burló.
―No me da miedo ―repetí.
―Si te da ―insistió con una carcajada forzada solo para molestarme.

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―¿Tú te crees muy valiente? ―le pregunté, ya tenía preparado lo que le diría
para ganar la discusión y dejarla en ridículo.
―Soy la más valiente, Félix ―dijo con mucha seguridad.
―¿Es normal que la más valiente le tenga miedo a las gallinas? ―pregunté
retóricamente y comencé a reírme por la divertida anécdota que acababa de
volver a mi memoria, mamá también se comenzó a reír, miré nuevamente por el
espejo y vi la cara enfadada de mi carirredonda hermanita.
―Tenía seis años ―se excusó.
―¡Hahaha! Jamás olvidaré tus lloriqueos al ver que esa gallina te perseguía
―dije solo para molestarla, mamá tampoco podía contener su risa.
―Cállate y mira hacia adelante ―me dijo Goldie, enseguida le hice caso y noté
que hablaba en serio, había estado cientos de veces aquí, pasaba por afuera o
entraba a sentarme en las escalerillas mientras comía sándwiches que pasaba a
comprar con mis amigos, pero nunca había entrado a los terrenos de la academia.
Solo con ver la estructura de la academia me maravillé, era una estructura muy
moderna contrastada con antiguas edificaciones que habían sabido mantener de
pie después de cientos de años, eran varios edificios, el primero era de piedra, el
segundo de madera, el tercero era de un material que no identificaba y el cuarto
era de piedras al igual que el primero, pero sin lugar a dudas la tercera estructura
era la más moderna, aquellos edificios estaban concectados por delgadas líneas
que parecían ser pasillos para movilizarse con facilidad a través de la inmensa
ciudadela que parecía ser la academia, aunque al adentrarme en los terrenos de
esta me fijé en los dos gimnasios, la cancha sintética pequeña y al fondo una
imponente cancha de futbol que seguramente cumplía con las exigencias de los
partidos para fútbol de once jugadores por equipo.
La cantidad de jóvenes con sus familias era colosal, había al menos ciento
cincuenta jóvenes que querían entrar a la academia y que iban entrando poco a
poco después de llenar su hoja de inscripción en la entrada principal. Vi como
algunas chicas salían llorando a todo pulmón y otros chicos con la vista perdida
caminaban junto a sus familias indignados.
―¿A ellos los rechazaron? ―pregunté, mientras mamá se adelantaba a todos
los de la fila y era atendida inmediatamente por la chica que administraba las
inscripciones.
―Sí ―contestó mamá―. Félix, ¿Vas a intentar entrar en algún equipo
deportivo de la academia?
―El de fútbol ―le dije―, pero no me probaré para el club deportivo, quiero
entrar en el de magos.
―Eso estaría muy bueno, pero es algo difícil, ¿No es así, señorita? ―preguntó
mamá a la administradora de inscripciones con rasgos asiáticos en la cara.
―Bastante improbable, aunque ya ha habido casos así ―dijo, con solo decir
eso significaba que había posibilidades.
―No importa ―le dije―. Me presentaré para magia, y si no quedo en magia
quiero presentarme para el club académico.

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―Enseguida… ―dijo la chica de rasgos asiáticos mientras escribía muy rápido
en su MacBook―. Todo listo, pasen, el examen escrito comenzará a las once de
la mañana en el salón de conferencias.
―Gracias ―repetimos mamá, Goldie y yo al unísono.
Al adentrarnos en el lobby de la academia vislumbré la cantidad de alumnos
que había dentro, era colosal, la mayoría de ellos estaban esperando la hora de
inicio de los exámenes, mientras que otra parte estaban conversando
tranquilamente entre sí.

Me fijé en las gigantescas vitrinas de trofeos separadas por clubes, había


trofeos del club académico que tenían que ver con competencias literarias,
deletreo, matemáticas, conocimiento, actualidad, memoria, mecánica, robótica,
informática, en fin, tenían al menos treinta trofeos para cada disciplina y apartado.
Lo mismo pasaba con todos los clubes, incluso en el de magia, en el que sostenían
trofeos en competencias mágicas de exhibición, retos puntuales o combates
mágicos. Pero se me clavó una espina en los trofeos deportivos, especialmente
viendo el vació que había junto a los cinco únicos trofeos futbolísticos que habían
ganado en toda su historia, era sorprendente lo poco que ganaban en más de
cien años participando en este tipo de competencias.
―Que increíble cantidad de trofeos ―observó mamá, ni mi anterior colegio
tenía más trofeos, pues cuando llegué comenzamos a conquistar todos los
campeonatos de manera simultánea, solo no ganamos el torneo nacional, por lo
que no pudimos clasificar para el mundial sub-15 de escuelas―. Hay al menos
cincuenta trofeos más desde que me gradué.
―Es muy extraño, solo tienen trofeos de primer lugar ―observé.
―Porque aquí solo admiten la victoria, Félix ―me dijo mamá con un tono de
advertencia, la miré algo preocupado y su reacción natural fue acercar mi cabeza
hacia ella con sus manos para intentar reconfortarme.
―Mi colegio tiene más trofeos ―se rió Goldie haciendo énfasis en mencionar
que mi colegio anterior ahora era sólo de ella, pues yo me había desvinculado
completamente de la institución para tener la chance de dar el examen, era un
todo o nada.
Tampoco lo veía tan desafiante, la academia se dividía en cuatro grupos, cada
generación tenía cuarenta estudiantes repartidos en dos clases por grupo, por lo
que anualmente entraban ciento sesenta estudiantes nuevos, los grupos no eran
como los clubes, sino que eran su especialización, estaban los llamados
“Triunfadores”, quienes eran los seleccionados por tener tremendos puntajes en
los exámenes de ingreso, a ellos les dejaban el edificio más moderno por lo que
tenía entendido. Después estaban los de “Promesas”, tenían el edificio de madera
o lo que fuese y parecía que los alumnos con talentos únicamente deportivos
eran derivados aquí. Continuando, sería tonto olvidar mencionar a los
“Apostadores”, ellos eran normalmente chicos sumamente inteligentes en otros
apartados, aquí estaban quienes prometían ser gigantes de la economía,

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abogados, empresarios y apostadores. Evidentemente el último edificio era para
los chicos “Artísticos”, aquí se movilizaban todos los dotados de talentos
excepcionales en diferentes artes. Mis expectativas eran estar en el edificio de los
Triunfadores y formar parte del club de magia. ¿Era demasiado?
En eso que me sumergía en mis pensamientos, por los parlantes que se
ubicaban en cada esquina del inmenso lobby sonó un mismo mensaje.
―Se solicita a todos los nuevos postulantes a realizar el examen escrito en
dos minutos en el salón de conferencias B ―esa era mi señal, mama me brindó
buena suerte con un ruidoso beso en la mejilla que me limpié avergonzado y
Goldie me abrazó de improviso.
―Buena suerte ―me dijo sin soltarme, también la abracé.
―Gracias ―me soltó y caminé derecho hasta el salón de conferencias B, logré
identificarlo por el llamativo letrero sobre la puerta doble del mismo.

―El examen es una evaluación de su inteligencia, no solicita conocimientos


específicos, solo mide que no sean unos incompetentes, tienen una hora y media
para terminar, mientras más rápido lo terminen obtendrán un mejor puntaje, pero
no se dejen llevar por la velocidad si no se sienten seguros de sus respuestas,
estas últimas las marcan en sus tabletas ―instruyó un profesor afroamericano
que llevaba trenzas en el cabello y la barba, además de gafas y una boina que lo
hacían ver como un auténtico hípster. Sobre nuestros pupitres teníamos a nuestra
disposición un stylus y una tableta sin marca con una hoja de respuestas vacía―.
El examen da comienzo.

GOLDIE

Cuando Félix entró por la puerta que le indicaron comencé a caminar por el
recibidor de la academia, me gustaba todo lo que exhibían, los trofeos, las fotos,
diplomas y certificados que aseguraban la excelencia absoluta por sobre otras
instituciones del país, incluso del mundo. Noté que mamá se estaba viendo a sí
misma en su juventud plasmada en una pintura del año 1990, realmente era muy
guapa a sus dieciséis años, era rubia, pero no de manera exagerada, más bien era
de un tono castaño claro y su cabello llegaba a brillar por lo sedoso que se veía,
sus ojos verdes esmeralda eran muy lindos, ¡Era igual que yo! Sólo llegaba hasta
la boca del estómago, pero se veía radiante con el uniforme de la academia,
uniforme que se había mantenido por todos esos años a juzgar por el arte del
año 2013 que estaba junto al cuadro de mamá, era de un tal Matthew Solanke
que no destacaba nada en cuanto a su físico, salvo a sus prominentes y caídas
cejas, además de su corte rapado por los lados y rizado arriba, era buenmozo, no
más que eso. Algo me hacía devolver mi mirada hacia el cuadro de mamá, noté
que la pintura que estaba bajo el suyo era el de papá, Edward LeBlanc, el chico
que prometía ser el genio más impresionante de la historia terminó siendo
inferior a una chica de los suburbios de Países Bajos.

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Mi papá era muy parecido a Félix, pero papá tenía pecas y el pelo mucho más
largo que el de Félix, claro que sabía camuflarlo peinándose con una banda en su
frente que evitaba que el pelo invadiese su cara y lo enviaba hacia atrás, pero su
cuadro representaba muy bien la personalidad retraída de papá, el fondo era
azulado y negro, mientras que papá salía mirando hacia un lado con
desconfianza. En cuanto a genialidad, papá era mucho más que Félix, pero no
sabía si su genialidad realmente había sido positiva.
¿Cómo fue que dos polos opuestos como mamá y papá llegaron a ser marido
y mujer? Una melodía comenzó a sonar en mi mente mientras que la letra que la
acompañaría nublaba mi vista.
“…Pierde el miedo a caer, que cada golpe te motive a volar…”.
―¿Vamos a comer un helado? ―me preguntó mi mamá, saqué mi teléfono y
comencé a tomar notas de la potencial canción que tenía frente a mis ojos.
―Espera ―le pedí sin dejar de tomar nota. Una canción acerca de superar tus
miedos, probablemente el piano sería excelente para acompañarla.
Una de las cosas que más me molestaba de una de mis singularidades era
que las oraciones que aparecían frente a mi estaban desordenadas y para darle
sentido a las canciones me tenía que pasar horas reescribiendo fragmentos,
probando diferentes instrumentos y cuando finalmente daba con la melodía
perfecta, se me bloqueaba la inspiración y dejaba mis ideas en el tintero.
―Acompáñame a comprar un helado, creo que al lado hicieron
remodelaciones en el local de la señora de los sándwiches ―se rió mamá―.
Vamos y le compramos uno a Félix.
“…Y para pronto emprender mi nombre en gloria y majestad, voy a cambiar
todo lo negro de este lugar…”.
―¿Goldie? Te estoy hablando ―insistió, las palabras se desordenaban y
dejaban de tener sentido, tenía que concentrarme.
“… Ser libre al fin, ¡Goldie, comida para Félix! Solo por tí vivir…”.
―¡Déjame! ―grité demasiado fuerte, mamá me miró con la boca abierta,
primero pareció molesta, pero su expresión cambió a una de profunda tristeza y
desilusión. ¡Guau! ¿Acababa de gritarle a mi mamá? Eso era nuevo.
―Bien, está bien… ―dijo con los brazos arriba, se dio media vuelta y caminó
hacia otro lado supuestamente a mirar los otros cuadros de las demás
generaciones.
Nadie a excepción de Félix conoce mi particularidad de “Melodía”, ni siquiera
mamá y papá, era una habilidad que me facilitaba todo lo que tenía que ver con
música, pero mamá quería que me dedicase a jugar básquetbol o algo así,
mientras que presionaba a Félix para que actúe con seriedad y se prepare para
heredar Blackflower Industries, nuestra compañía de tecnología.
“El valor que llevas dentro se despertará”.
Las letras desaparecieron y mi vista volvió a aclararse, me habían dolido los
pulgares por haber escrito tan rápido en mi teléfono, pero estaba segura de que
esta canción realmente valdría la pena.

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―¿Otra canción? ―me preguntó mamá después de tres minutos, había ido a
comprarse un agua mineral en la máquina expendedora de la academia.
Asentí avergonzada por mi reciente comportamiento, nunca antes me había
comportado así con mamá estando consiente, con papá me peleaba todo el
tiempo, pero a mamá nunca le había levantado la voz ni por broma. Apagué la
pantalla de mi teléfono e hice como que miraba la hermosa pintura que le habían
hecho.
―Me acabo de dar cuenta de que es cierto que eres igual a mí de pequeña
―reconoció, sonreí, estaba pensando exactamente lo mismo.
―Pero tú no tenías pecas ―me reí mientras me señalaba los puntitos rosados
que tenía en la zona de la nariz y bajo los ojos.
―Es cierto, pero eres la misma rubia espectacular de ojos verdes que era yo a
tu edad, y lo sigo siendo, de eso no hay duda ―dijo muy convencida, comencé a
reírme.
―Yo no soy espectacular, mamá ―le dije, pareció que mis palabras le
afectaron, pues su sonrisa se trabó y bruscamente se convirtió en una boca
apretada, incómoda por algo que dije.
―¿Quién dice que no?
―Simplemente no lo soy, creo ―reconocí.
―¿Sigues con eso del autoestima?
―Pero si hay que ser realista, mamá, hay chicas de mi edad que son un
bombón, no se puede competir contra la genética ―dije, por dentro no pensaba
eso, pero no sabía por qué lo decía ahora que estaba con mamá.
―¿En serio crees eso? ―me preguntó.
―No, digo, sí, a medias ―reconocí―. No digo que no sea linda, pero siento
que no soy un diez.
―Esto pasa por no llevarte de compras ―dijo mamá para sí misma, no nos
mirábamos, pero sabía perfectamente lo que hacía, se restregó las manos por la
cara y después me rodeó con su brazo, le llegaba hasta el cuello con mi preciado
metro y sesenta centímetros.
―Gold ―(Goldie era un diminutivo cariñoso, pero todos lo usaban como si
fuese mi nombre completo)―. ¿Te das cuenta de la estupidez que dices?
―¿Estupidez?
―¡Escúchame! ―me agarró por los hombros y me miró directamente a los
ojos, ¿Así sería yo cuando tuviera cuarenta años? La verdad es que, viéndola de
cerca, mamá no había cambiado mucho desde que le hicieron esa pintura, solo
había crecido y tenía un cuerpo de mujer real, no una cintura de sesenta
centímetros como en sus años dorados, pero seguía siendo espectacular―. Eres
Gold LeBlanc, tu nombre significa oro por lo valiosa que eres, no hay ninguna otra
chica como tú en el mundo, ¿Crees que una cara bonita podría superarte? Tú eres
la cara más bonita, Goldie, que de eso no te quepa duda, ¿No habíamos hablado
de esto? Para amar a alguien debes amarte a ti misma, ¿Recuerdas?

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Apreté la boca, tenía razón, cuando estaba a punto de decirle lo que pensaba
apareció mi inoportuno hermano, ¿Cuánto había pasado ahí adentro? ¿Cómo
diez minutos? Los reporteros me separaron de mamá enseguida y posteriormente
se abalanzaron sobre Félix, claro que la estricta seguridad de la academia no les
permitió ni cinco minutos, apenas terminó la transmisión llegaron los hombres
de negro que custodiaban las entradas y con sus habilidades paralizaron como
estatuas a todos los paparazis, reporteros y camarógrafos que había en el
recibidor de la academia.
Las cosas siempre han sido así, Félix es un inútil, no puede hacer nada por sí
solo, pero todos lo adoran por tener como 190 de coeficiente intelectual,
básicamente, estaba loco de remate y todos querían ser como él. Todos lo
admiran y hablan sobre sus logros, hablan sobre lo que yo debería conseguir y
me viven comparando con él, con mi mamá, mi papá y todo mi exitoso linaje. Yo
no sé lo que quiero, es decir, tengo trece años cumplidos en febrero de este año
y me viven diciendo que ya tengo que pensar en lo que quiero para mi futuro,
pero a mí lo que más me gusta es hacer mis canciones para mí misma, nada más,
aunque juegue basquetbol por el Colegio Mágico Milán, saque calificaciones
temibles y realmente sea buena para todo lo que me propusiese mi pasión estaba
en tocar el marfil de las teclas del piano que teníamos en casa y que no habían
usado en años hasta que mi mamá se propuso enseñarle a tocar a mi flojo
hermano, cuando aprendió y lo dominó simplemente lo abandonó, pero yo
quedé cautivada por la música y le pedí a mamá que me enseñase por lo que más
quisiese en el mundo, lo demás es historia, o me gustaría que algún día lo fuese.
Desde entonces han pasado ocho años en los que nunca dejé de tocar, ha habido
épocas en las que no lo toco en meses, pero siempre termino volviendo y
retomando mi pasión.
Por obvias razones mis padres no saben nada de esto, no saben que odio ir al
colegio, que prefiero tocar el piano que jugar básquet y no tengo ganas de que
se enteren.
Conozco a mis padres, los conozco tanto que sé que si les confieso eso se
obsesionarán, se ilusionarán y pondrán todas sus esperanzas en mí, puede que
me consigan patrocinio, me hagan participar en concursos y me presionen para
practicar como si de una rutina se tratase, no quería eso, quería disfrutar de mi
pasión por mí misma y me parecía suficiente con Félix apoyándome en cada
decisión que fuese a tomar.
Por un lado, sentía celos de mi hermano, pero por el otro me gustaba que se
llevase todos los focos. Quiero ser tan admirada como mamá, pero quería hacerlo
con mi propio esfuerzo y méritos, no por lo típico de estudiar, elegir entre ciencias
y humanidades, de ahí en adelante elegir si pasar mi vida investigando sobre
temas que francamente no me interesan, defender a verdaderos demonios e
incluso engañar a países enteros para beneficiarme, no quería nada de ese estilo
de vida, quería demostrar lo que se hacer y si a la sociedad le gusta está bien,
pero si no, también está bien.

Martín TeuquilPágina | 19
Yo no era la hermanita pequeña de Félix LeBlanc, yo soy yo, nadie más y nadie
menos que Goldie LeBlanc.

FÉLIX

Ojeé el examen, estaba facilísimo. Más aun teniendo alternativas para


comprobar que mis respuestas estuviesen dentro de lo posible y un apartado de
desarrollo opcional para puntos extra.
Manteniendo ese ritmo de respuestas terminé el examen en menos de diez
minutos, estaba realmente regalado. Entregué el examen con una sonrisa
confiada y disfruté la cara de sorpresa de todos los del salón mientras el profesor
revisaba las respuestas y contaba los puntos.
―Examen perfecto, 8 minutos, treinta y siete segundos, además del desarrollo
en todas las respuestas, eso te da… ―abrió exageradamente los ojos al
comprobar mi puntaje―. Noventa y nueve puntos, puntaje casi-perfecto.
¿Copiaste?
―No, ¿A quién le iba a copiar? ¿Al pelirrojo que está quemando la mesa? ―le
dije con una risa que no pude evitar.
El también comenzó a reír.
―Esto es muy inusual, en todos mis años de enseñanza y tomando exámenes
de admisión jamás había visto que alguien sacase más de ochenta puntos.
―¿No? ―pregunté extrañado.
―Si vas a dar el examen mágico ve al subterráneo, el examen deportivo es en
el gimnasio A, el examen de arte es en el auditorio y el académico es en el
monumento al director, así que eres libre de ir donde quieras ―me dijo.
―Gracias, creo que lo pensaré un poco más ―dije y salí del salón de
conferencias bajo la mirada de todos los presentes en el salón, tuve la mala suerte
de cruzar miradas con un chico con la cabeza rapada, que me vio y pasó su pulgar
por su cuello, amenazándome. Preferí salir rápidamente y con la cabeza
agachada.

Fuera del salón vi como un grupo de reporteros y otras personas rodeaban a


mi mamá con cámaras y micrófonos.
―Señora Felicity LeBlanc, ¿Podría decirnos qué es lo que hace aquí en la
Academia Preparatoria Real, acompañada además de su talentosa hija? ―le
preguntó uno de los reporteros de un famoso canal de noticias.
―¿Su hija entró a la academia?
―¿Félix logró entrar?
―¿Acaso viene a hablar con su expareja, Greg Booker?
Mamá dio cese a las preguntas con un simple gesto, me apuntó a mí y la horda
de reporteros se me vino encima. Dejando solo a las personas comunes y
corrientes que querían una firma o foto de su parte.

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―Félix LeBlanc, conocido por ser el hijo primogénito de Felicity Blackburn y
Edward LeBlanc, dos de los más influyentes contribuyentes de la tecnología y
ciencia respectivamente. Félix por otro lado parece seguir los pasos de su madre
al haber ganado cuatro de las ferias tecnológicas juveniles más importantes del
mundo. Dinos Félix, ¿Cómo estuvo el examen de admisión a una de las más
prestigiosas y exigentes preparatorias del mundo? ―me preguntó uno de los
reporteros, claro que este llevaba un suéter naranja que le hacía destacar frente
a la cámara.
No eran muchas las oportunidades en las que me entrevistaban a mí en lugar
de a mis padres, pero me habían enseñado a permanecer calmado ante cámaras
y micrófonos, siempre mostrando humildad, simpatía y un humor sarcástico.
―Facilísimo, ¿Podrían dejarme tranquilo? ―solté cuestionando públicamente
la dificultad del examen de admisión.
―Me acaban de comentar el rumor que sacaste nada más y nada menos que
noventa y nueve puntos, un registro histórico en la academia, ¿Es verdad? ―me
preguntó.
―Déjenme tranquilo ―dije evitando hablar antes de tiempo.
―Entiendo, pero ¿Crees que lograrás encontrar una dificultad desafiante en
la academia? ―me preguntó―. Tomando en cuenta que como tu madre nos dijo
en tu victoria en la Google Science Fair con tu proyecto “Material bio-
incompatible”, te estabas aburriendo de no tener retos y estaban pensando
hacerte entrar directamente a la Universidad de Stanford.
―No voy a hablar con ustedes, deje de joderme, no tengo la intención de
hablar con ustedes, buitres ―declaré.
―Así es como se dirige a los medios el joven Félix LeBlanc, un chico
condescendiente, prepotente y que malinterpreta nuestras acciones ―habló el
reportero a la cámara, apreté los puños y me teletransporté hasta donde estaban
mamá y Goldie.
―¿Y qué tienes que hacer ahora? ―me preguntó Goldie.
―Subterráneo, ¿Sabes dónde es, mamá? ―le pregunté a mi madre, había
estudiado aquí, así que suponía que podría guiarme. Mamá me miró confundida.
―No sabía que había un subterráneo ―confesó.

EMMALINE

Aquella mañana fue un absoluto caos. Desperté con el corazón fuera del
pecho después de saltar de manera inconsciente al escuchar el ruidoso
despertador en mi oreja, Jake nuevamente se estaba quedando conmigo, pero
hoy sería un día importante para nosotros, para mí especialmente, hoy
tendríamos la oportunidad de entrar a la academia más prestigiosa del mundo y
por la que expresamente habíamos viajado al oeste de Estados Unidos, hoy era
el examen de admisión al que se sometían todos los alumnos preseleccionados
en todo el mundo, nosotros éramos de ese montón, quizás eran cerca de

Martín TeuquilPágina | 21
quinientos en el mundo por año, pero solo entraban cuarenta a la academia y
todo se definía en este examen.
Me levanté con entusiasmo de la cama, empujé a Jake fuera de mi habitación
sin pronunciar ni media palabra y le cerré la puerta en la cara. Estaba decidida a
que hoy sería uno de los mejores días de mi vida, durante las semanas anteriores
había estado contactando a diferentes preseleccionados del mundo y sólo
éramos quince ingleses, los otros cientos se repartían entre otros países como
Francia, Japón, Alemania, Argentina, Suecia, Holanda e incluso Madagascar, lo
que más quería la Academia Preparatoria Real era promover la diversidad, pero
tenían cero tolerancia con cosas que le parecían molestas al director, es decir; el
lenguaje inclusivo y el exhibicionismo, es decir, si ibas con minifalda a la academia
no había problema, incluso con shorts, blusas ombligueras o derivados eras
aceptada, pero si ya ibas en calzones o en pelotas tenías cancelación de matrícula
automática sin derecho a protesta.
En eso que me volteo veo que la pantalla de mi teléfono había cambiado a un
tono verdoso, me estaban llamando, con tres pasos llegué a la mesita de noche
y cogí mi celular, era Gareth Pyro.

Hace dos semanas había visto su nombre en la lista de preseleccionados y me


sonó mucho su apellido, ya decía yo que lo conocía de alguna parte, pues al
buscarlo en Instagram me enteré que es hijo de Ignotus Pyro y Jazmin Molnar,
Ignotus por su parte fue presidente de Hungría entre los años 2000 y 2005,
recuerdo que leí que es descrito como el presidente más extremista que ha tenido
el país, dejando entrever su postura radicalmente comunista hasta llevarla a un
extremo en el que durante su último año bajo el mando se dice que influyó en el
parlamento para aprobar el aprisionamiento de personas con ideologías
capitalistas. Jazmin Molnar era una modista famosa en Hungría, fundó una
compañía de modelaje y ropa que sigue funcionando hoy en día, pero se
desconoce por qué la abandonó, presumiblemente por el deseo que tuvo su
marido de dejar el país y mudarse a Inglaterra, específicamente a la ciudad
Birmingham. Actualmente siguen generando ingresos pese a que en los registros
aparecen como “cesantes”, probablemente por las propiedades y acciones que
poseen de otras empresas a nivel continental. ¿Cómo me enteré de todo eso?
Instagram, Facebook y Google.
Gareth me parecía encantador, pero no se tomaba nada en serio, hace un par
de días me había estado dando toda la turra de que pronto nos veríamos en
persona y que no sabía qué ponerse para verse más guapo. Se nota mucho que
es más atrevido que la mayoría de chicos que conozco y eso me agrada.
―Buenos días ―fue lo primero que dijo Gareth cuando le cogí la llamada, lo
puse en altavoz y lo volví a dejar sobre la mesita mientras buscaba mis cosas para
darme una ducha rápida, alisarme el pelo y lograr llegar a tiempo para dar el
examen con tranquilidad.

Martín TeuquilPágina | 22
―Buenas, Gareth. ¿Arreglaste todo para hoy? ―le pregunté, abrí una de mis
maletas en busca de ropa limpia, una toalla y el alisador de cabello.
―Desde que me dijiste que ordene todo ayer no me detuve hasta quedar
guapísimo, no verás cómo voy de puto amo con el pelo que me traigo ―dijo, me
gustaba su voz, era algo ronca, pero se notaba por ciertos gallitos ocasionales
que antiguamente era más aguda de lo normal.
Me reí.
―Yo no logro encontrar el alisador ―le confesé conforme mi preocupación
crecía, no podía ir toda impresentable a dar el examen, era la primera impresión
que se llevarían de mí y no quería que piensen que destaco únicamente por el
apellido.
―¿Lo trajiste? ―me preguntó el pelirrojo que ahora mismo no lograba ver
producto a que se trataba de una llamada de únicamente audio. Gareth en su
Instagram tenías más de tres mil seguidores, esto producto a que subía pocas
fotos, pero todas tenían efectos muy chulos o eran videos que grababa con su
GoPro que tanto presumía, además de ser hijo de una persona polémica.
―Claro que lo traje, antes de ayer me alisé el pelo y hoy ya no está la puta
plancha ―dije rebuscando debajo de mi cama.
―Pero Emma, ¿Y si lo dejaste en el baño? ―me estaba enojando muchísimo.
―Lo buscaré, luego hablamos ―dije y me acerqué al teléfono para cortar la
llamada.
―¡Espera! ―logró detenerme por unos segundos―. Ponte linda para mí.
Después de esas palabras cortó, me quedé petrificada por unos segundos y
comencé a sonreír de manera estúpida, no sabía que me pasaba, pero en ese
instante mi principal prioridad era Gareth, quería verme preciosa para dejarlo
babeando por mí.
En ese momento estaba segura, segura de que sentía cosas por Gareth pese
a que habíamos hablado por chat hace poco más de una semana por primera
vez, y hace menos de cuatro días habíamos tenido nuestra primera video-
llamada, no sabía que me pasaba.
De lo poco que conocía a Gareth sabía que le gustan las fiestas, pero me dijo
que no bebe así que está todo bien, sabe hacer trucos con su patineta, además
es lo que usa para movilizarse en cualquier lugar en el que esté, y lo que por
alguna extraña razón me pone: sabe hacer piruetas y escalar como en el juego de
asesinos, Assassin’s Creed o algo así.
―¡Emma! ―Jake me cortó todo el rollo con un lejano grito justo cuando se
me estaba viniendo lo cerda en plan exagerado.
―¡¿Qué!? ―contesté con rabia.
―¡Dúchate! ¡Enseguida te llevo tu plancha para el cabello! ―así que el
maricón de mi hermano lo tenía.
―¿¡Ahora te planchas el cabello!?¡Apresúrate, hermanita! ―me burlé de él
como de costumbre, agarré una toalla y me metí en el baño.

Martín TeuquilPágina | 23
Lo dicho, me duché, me sequé y salí del baño con la toalla cubriéndome, al
parecer esto fue lo peor que pude haber hecho en el día, pues enseguida
comenzaron mis estornudos.
―¡Mi plancha! ―logré gritar entre la alergia, al menos yo deseaba con todas
mis fuerzas que solo se tratase de eso.
Mientras me alisaba el pelo y me preparaba para verme divina frente a todos
mis potenciales compañeros nuevos comencé a pensar en dos personas que
también estaban en la lista: el mundialmente conocido heredero de una empresa
tecnológica Félix LeBlanc, y la hija de un importante político estadounidense, la
rubia fundadora de un movimiento a favor de los derechos de los animales con
habilidades, Elizabeth Cálibri. ¿Ellos dos serían un problema? Quería ser la número
uno de nuestra generación y no tenía dudas de que debía esforzarme para
conseguirlo, pero ¿Realmente ellos eran mi mayor preocupación? No iba a ser
una segundona frente a ellos, frente a nadie, estaba acostumbrada a ganar e iba
a hacer todo para seguir haciéndolo.

FÉLIX

Poco a poco fueron saliendo del salón de conferencias los otros cien
candidatos a los que les había tocado dar el examen de admisión conmigo, en
eso me percaté de que uno de mis antiguos compañeros de clase también había
salido, pero su mirada perdida solo me daba chance a imaginarme dos posibles
escenarios, el de la aprobación y el rechazo.
Me crucé de brazos sin dejar de mirarlo, Goldie había ido al baño con mamá
y me habían pedido que las espere antes de preguntar por dónde quedaba el
subterráneo.
Emil Werner, un chico con las piernas más delgadas que cualquier otra
persona que conociese, era de nacionalidad alemana y había llegado a Bunder
hace un año, presumiblemente su familia no iba mal de dinero si se podían
permitir mandar a su hijo a estudiar a otro país tomando en cuenta que el Colegio
Mágico Milán no era un colegio que daba becas, sino que ellos se guardaban el
derecho a admisión.
Pareció escabullirse entre los nuevos reporteros que no dejaban de aparecer
para agobiar a los jóvenes que terminaban el examen de admisión. ¿Cuál era la
singularidad de Emil? Hice un esfuerzo para recordarla, pero se me había olvidado
completamente. El despeinado Emil me miró de repente mientras caminaba hacia
uno de los asientos que había en el gigantesco recibidor y simplemente levanto
su brazo para saludarme, moví mi cabeza para devolverle el saludo por pura
cortesía, no era muy de saludar a quienes realmente no conocía del todo bien, de
Emil solo era compañero de clase, ni siquiera habíamos hablado, sólo sé que a
veces tocaba la guitarra en el patio alejado de los demás, pero en clases era
explosivo, muy hablador y risueño, además de irritante por el uso de los mismos
chistes en todas sus bromas.

Martín TeuquilPágina | 24
Entonces, del salón de conferencias salió un chico pelirrojo, un poco más bajo
que yo y con la cara grasienta con indicios de acné. El chico llevaba el cabello
desordenado y los rulos enredados entre sí, además de una sonrisa descontrolada
que explicó enseguida.
―¡Cincuenta y nueve de cien! ―celebró frente a las cámaras antes de que los
guardias llegasen a sacar a la nueva horda de reporteros, lo quedé mirando con
descaro, no me medía a la hora de analizar a las personas, pareció notar mi
intensa mirada y se acercó caminando hacia mí.
¡No! ¡¿Qué iba a hacer ahora?! ¡No quería hablar con este pelirrojo! Titubeé
entre salir corriendo o acercarme a él también, así que me quedé quieto, casi en
shock.
―¿Félix LeBlanc? Un gusto, ¿Realmente sacaste noventa y nueve puntos?
―preguntó el misterioso chico, iniciando una conversación más personal
conmigo.
―Sí, estaba fácil ―le dije con nerviosismo, no me sentía cómodo hablando
con él―. Tu-tú tampoco lo hiciste nada mal…
―Fácil para el hijo de Teddy LeBlanc ―dijo con ironía―. A mí me costó un
huevo, pero logré salir rápidamente del paso. Por cierto, ¿Qué respondiste en la
pregunta que decía que Newton también “descubrió” los colores?
―Medianamente, fue el primero que se dio cuenta de que los objetos opacos
absorben una parte de la luz y reflejan otras, es básico, colega, era una pregunta
con trampa que había que dejar desarrollada al lado ―le cuestioné.
―¿En serio? ―preguntó decepcionado―. Esa pregunta me tuvo un buen rato
con dolores de cabeza, pero al final contesté al azar que sí.
―Te la sacaste de los huevos ―me reí forzadamente―. A mí nunca me
funciona el azar.
―A mí por alguna extraña razón siempre me funciona, excepto en esta
situación de preguntas sin respuestas ―se rió a carcajadas, lo miré con una
sonrisa algo forzada, nadie se me solían acercar de esta manera tan repentina y
eso era porque yo mismo lo evitaba a toda costa, no soportaba no saber de qué
hablar, cuando me atrevía a hablarle a alguien era después de conocerlo bien y
saber de sus gustos, pero cuando hablas con un desconocido no sabes hasta qué
limite llegar, especialmente conmigo por el continuo uso de las ironías.
―¿Y tu papá está solo en tu casa? ―me preguntó cuándo logró cesar sus
risotadas.
―¿Qué? ¿Por qué me preguntas eso? ―respondí a la defensiva.
―No lo sé, solo se me pasó por la cabeza al verte con tu mamá y tu hermana,
¿No has notado que son físicamente una es el espejo de la otra? ―dijo, conmigo
no funcionaba eso, no era tan estúpido, algo pretendía con la primera pregunta
y mi morbo me estaba presionando a decirle lo que quería escuchar, quería
descubrir cuáles eran sus intenciones.

Martín TeuquilPágina | 25
¿Era un psicópata? Según algunos estudios respaldados científicamente por la
Universidad de Columbia Británica, al menos el 1 % de la población mundial es
psicópata o presenta un espectro similar al perfil de un psicópata. Aunque pueda
parecer una cantidad no especialmente significativa, se trata de un fenómeno
notable, pues estos individuos son los responsables de más de la mitad de los
crímenes violentos que se cometen en los países desarrollados. Reconocerlos
suele ser difícil, normalmente son personas simpáticas que dan seguridad en el
ambiente, suelen ser muy convincentes a la hora de hablar, aunque suelen tener
problemas para relacionarse a profundidad (¿Cómo no tenerlos?). No son
personas peligrosas en sí, pero son amenazas potenciales, algo me hacía tachar
al pelirrojo en un rango parecido, no sabía por qué.
―Más o menos ―dije sosamente.
―¿Te llevas bien con ellas?
―Bastante bien ―mentí a medias, me llevaba mucho mejor con Goldie que
con mamá.
―¿De verdad? Yo realmente no soporto a mi papá, ¿Sabes quién es mi papá?
―me preguntó, no tenía ni la más remota idea.
―Ni idea ―no tenía ni la más remota idea de quién era este chico, por lo que
obviamente no sabía de quién me hablaba.
―Ignotus Pyro, ¿No te suena? ―negué con mi cabeza y me puso una
expresión de decepción―. ¿Y tú como te llevas como tu papá?
―Bien ―volví a mentir. Mi respuesta le sorprendió de sobremanera, tanto que
abrió los ojos más de lo debido, esto cada vez me parecía más sospechoso―.
Oye, escucha, mi mamá me dijo que la vea en el baño.
―¡Oh! Yo también iba hacia el baño ―dijo con una sonrisa confiable, pero
que a mí me producía temor. Me la había jugado, ¿Qué le podía decir? Me hice
el sorprendido al ver a Emil.
―¡Un antiguo compañero de clase! ―exclamé con fingida sorpresa, miró en
dirección a Emil Werner, quien estaba escuchando música para matar el tiempo.
―¿Vas dónde él? ―me preguntó enseguida.
―Sí ―dije y me despedí con un golpecito en el pecho, ¡Bien! Seguía siendo
tan genial como siempre para escapar de las peores situaciones.
―¡Espera! Me llamo Gareth Pyro, pero me dicen Gazz ―extendió su mano.
―De acuerdo ―miré su mano, no me gustaba mucho el contacto físico ni me
gustaba mucho él, así que no se la estreché.
―¡Oh! Claro, lo siento ―dijo con sarcasmo en su tono de voz, lo miré
confundido.
―Como sea, nos estaremos viendo ―dije y me di media vuelta para fingir ir
hacia Emil.
―Nos vemos ―se despidió y caminó directamente hasta la familia de
pelirrojos compuesta por un hombre, una mujer, una niña de la edad de Goldie y
un chico algo mayor que nosotros, al parecer esta era la familia Pyro. Yo por mi

Martín TeuquilPágina | 26
parte me acerqué a Emil Werner de manera obligatoria, Gareth Pyro no dejaba
de mirarme mientras caminaba con la mayor lentitud del mundo hacia Emil.
Era la llamada “caminata lunar”.
―¿Qué hay, Michael Jackson? ―me preguntó una chica con el pelo color
ceniza que estaba sentada junto a Emil, no la conocía de nada, pero se había
atrevido a hablarme de todas formas―. ¿Necesitas algo?
―Ho-hola ―tartamudeé cuando vi que Emil se había quitado los audífonos
de las orejas y se disponía a escucharme.
―¿Qué pasa, Félix? ¿Así que noventa y nueve puntos? ―me preguntó
mientras estiraba su mano, pero no era para estrecharla, sino que, para chocar
nuestros puños, se lo choqué con confianza, me daba cincuenta veces más
seguridad que el extraño pelirrojo.
―Noventa y nueve ―afirmé con cierta vergüenza, la chica de pelo casi-blanco
se había quedado boquiabierta.
―¡No jodas! ―soltó y se agarró la cabeza con emoción―. ¿Tú eres Félix
LeBlanc?
La chica comenzó a reírse a carcajadas, no se detenía, aunque Emil y yo la
mirásemos confundidos.
―Creo que se ríe porque ella pensaba que eras más imponente ―dedujo Emil.
―Pero si soy imponente ―bromeé sacando pecho. Falsedad absoluta, me
faltaba músculo, era mucho más delgado de lo que mi ropa aparentaba, pero era
consciente de que con pesas y un buen entrenamiento podría ganar masa
corporal, aunque Emil tampoco era especialmente corpulento.
―Es cierto ―le afirmó Emil a la risueña chica―. No le has visto las piernas.
Cuando la chica terminó de reírse me quedó mirando de arriba abajo, me miró
las manos, los pies y después miró a Emil con malicia.
―Me mentiste, dijiste que se veía como un chico malo ―se rió y empujó a
Emil.
―¡Pero si se ve así! ―se defendió señalándome.
―¡Guau! Déjame decirte que se ve como un criminal con esos ese abrigo en
pleno verano ―se refería a mi abrigo término, por fuera era una chamarra, pero
por dentro tenía lana que me mantenía temperado en todo momento, tenía
tecnología Infinity y cambiaba la temperatura de la lana para cuando hiciese frío
o hiciese calor, no era un imbécil.
Me abrí el abrigo y la dejé tocar la lana completamente helada, ciertamente
hacía un calor que te cagas, así que la chica se quedó un buen rato con la mano
tocando mi climatizado abrigo por la frescura que producía.
―Hasta su ropa es inteligente ―reconocía la chica mientras se cruzaba de
brazos.
Sonreí, enseguida me pareció escuchar un grito de mamá y apreté los puños
para teletransportarme hacia ella.

Martín TeuquilPágina | 27
―¿Sabes dónde debo dar el examen para el club de magia? ―le pregunté,
mamá negó con la cabeza y volví a apretar mis puños, quedé nuevamente frente
a los chicos.
―Su particularidad es consiste en la teletransportación ―escuché como Emil
le explicaba a la chica lo que acababa de pasar.
―¿Saben dónde queda el subterráneo? ―pregunté.
―¿Vas a dar el examen para el club de magia? ―me preguntó Emil.
―¡Nosotros también! ―me aseguró la chica antes de que pudiese
contestarle―. ¿Y si vienes con nosotros?
¡Buenísima! Excepto que no estaba tan seguro, prefería andar con mamá.
Apreté los puños y volví hacia dónde debía estar mamá con Goldie, pero ocurrió
algo inédito. ¡Me habían abandonado! Bueno, realmente no era algo nuevo,
siempre me quedaba olvidado en los supermercados y en los centros comerciales,
mis padres creían que con mi habilidad podría llegar en un par de segundos a
casa, así que ni se preocupaban.
Maldita sea, volvía a estar obligado a necesitar de Emil.
Apreté mis puños y aparecí frente a ellos, la chica me esperaba con una
sonrisa, mientras que Emil ya se había embarcado en otro viaje por sus lecturas.
―Voy con ustedes ―dije y empujé a Emil con mi pierna para que se corriese
hacia el asiento de al lado, me senté y recosté mi cabeza en el respaldo del
asiento.

Martín TeuquilPágina | 28
2 LA ACADEMIA PREPARATORIA REAL
“Cree en ti, ten fe en tus habilidades. Sin una humilde pero razonable
confianza de tu poder, no puedes ser exitoso o feliz.”.
Norman Vincent Peale

FÉLIX

Normalmente soy muy obsesivo y centrado en lo que me propongo, por lo


que los malos y buenos comentarios sobre mi persona abundaban, por un lado
las personas que me elogiaban diciendo: “Guau, Félix es muy responsable y
esforzado”, pero por el otro lado estaban los idiotas que siempre comentaban:
“No tiene vida”, “Le falta cultura”, “Es un niñito que solo sabe obtener buenas
calificaciones”, pero el tiempo siempre me daba la razón, con quince años
reconocía a aquellas personas que no tenían futuro ni inteligencia, siempre
encajaban con el perfil hipócrita y sínico, además de que seguían una filosofía de
“Si los demás lo hacen, ¿Por qué yo no?”.
En mi tiempo libre me dedicaba a jugar videojuegos, leer cómics, ver películas
y series, dibujar, escuchar música y por supuesto, jugar fútbol. Las madres de mis
amigos me ponían como un ejemplo a seguir para sus hijos, por eso les gustaba
que sus críos se juntasen conmigo, y por mi fortuna, por supuesto, desde que
tengo memoria ha habido chicos que solo se quieren acercar a mí para
beneficiarse de ellos, pero mi mamá me había enseñado bien que la mayoría tiene
esas intenciones, así que eran pocas las personas en quienes confiaba.
Emil era humilde, sus padres también tenían mucho dinero, pero no eran unos
millonarios, aun así, no le importaba tener que decirme las cosas a la cara, no le
temía a nada ni a nadie, así que me daba un mínimo de confianza que en todo el
año que llevamos conociéndonos nunca le haya parecido interesante hacerse mi
amigo, lo apreciaba y respetaba.

―¿Yo no tendría que dar el examen aparte? ―le preguntó la chica con el
cabello rubio ceniza a Emil Werner.
―¿Qué? ¿Por qué? ―le cuestionó.
―Porque soy de danesa, tú eres alemán o ruso, ¿No? ―le preguntó, ambos
tenían acentos extraños, pero manejaban un buen inglés, se notaba que habían
estudiado el idioma desde pequeños.
―Das ist egal ―dijo Emil, estaba hablando en alemán. Yo manejaba el inglés,
español, francés y neerlandés, pero no tenía ni idea de alemán.
―¿Qué? ―preguntó la chica.
―Eso no importa, Dinasty ―aclaró el del cabello alborotado.
―¿Alemán? ―se cercioró ella. ¿Entonces se llamaba Dinasty?
―Ajá ―afirmó Emil.

Martín TeuquilPágina | 29
―Félix, ¿Tú eres estadounidense? ―me preguntó la chica.
A pesar de que también tengo la nacionalidad neerlandesa por mi madre y
francesa por mi padre, soy y siempre he sido del continente americano,
estadounidense. Nací y crecí en la ciudad Bunder, en el estado de California,
justamente en la famosa ciudad para personas con singularidades. De manera
que soy un joven práctico, sí, y supongo que eso explica mi poco tacto con los
sentimientos y sensibilidad de los demás o, en otras palabras, desprovisto de
empatía. Mi madre es una empresaria, fundadora de clínicas médicas, armerías,
pastelerías, centros comerciales y edificios por todo el mundo; mi padre es
biólogo espacial y paleontólogo, no tengo idea de cómo consiguió además de
estos dos títulos universitarios el título de zoología, astrobiología y biotecnología
antes de los 23 años de edad, cuando la NASA le contrató y comenzó su extraño
trabajo.
Tanto mi papá como mi mamá estudiaron en la APR, mamá llegó a ser la
presidenta del centro de estudiantes, reina en sus dos últimos bailes de fin de
año y una de las principales figuras provenientes de la academia, aquí mismo se
conoció con mi papá.

―¿Cómo te conociste con papá? ―pregunté un día cualquiera, esperándome


que me dé una respuesta vaga como siempre, en ese entonces tenía como diez
años y no solían tomar en serio mis preguntas.
―En la Academia Preparatoria Real, el primer año, ambos entramos al grupito
de genios. Tu papá jugaba al final del primer año comenzó a llamar la atención al
convertirse en el capitán del equipo de básquetbol, y realmente nos llevábamos
mal, ya te dije que fui representante de la academia en las olimpiadas culturales
de Atlanta el año 1989 con solo quince años y que me parecían desagradables
todos esos chicos que querían conquistarme para tener a una novia genio
―contaba sin detenerse, yo por mi parte intentaba imaginarme todo eso
documentando información y memorizando sus palabras―. Bueno, en el fondo
tu papá siempre me gustó, pero a él no parecía importarle nada, vivía en su
mundo y eso lo convertía en el chico favorito de muchas otras chicas, aunque lo
negaba y le juraba odio a muerte. Ambos fuimos elegidos como los mejores
estudiantes de primero ese año y desde entonces nos hicimos amigos.
―¿No eran novios? ―pregunté de manera inocente.
―No, aún no. A principios de segundo comencé a salir con otro chico,
duramos hasta después de que salimos de la academia, yo realmente amaba a tu
papá, aunque escondía mis sentimientos para no arruinar nuestra amistad, por
otro lado, mi ex novio quería que tengamos hijos, y yo no quería así que
terminamos, eso fue poco antes de que tu padre fuese contratado por la NASA
―recordó.
―Entonces, ¿Cuando papá se fue al espacio ya eran novios? ―le pregunté.
―Faltaba, seguimos en contacto durante un año de su viaje, pero los otros
dos años se aisló completamente de la humanidad, esa parte ya la sabes, creo

Martín TeuquilPágina | 30
que cuando volvió nos dimos cuenta de que teníamos que estar juntos, él había
estado solo con dos chicas en toda su vida, en ese caso yo tenía más experiencia,
realmente tuve muchos novios, pero incluso antes de que fuésemos novios
amaba a más a tu papá que a todos mis ex novios juntos.
Se nota que mis padres no perdieron el tiempo, juntos fundaron un verdadero
imperio económico basado en tecnología holográfica y conectada
neurológicamente a los cerebros, supongo que por esos motivos yo también era
así, no perdí el tiempo durante mi infancia y me inicié desde muy temprana edad
con la mecánica y robótica, nadie me enseñó, pero apenas me permitieron usar
teléfonos me auto-instruí con tutoriales, terminé volviéndome realmente bueno.

EMMALINE

Se podría decir que nací en cuna de oro, hasta yo misma soy capaz de
reconocer que soy una adinerada sin salvación, pocas veces en mi vida me he
esforzado por algo que no sean mis estudios, al contrario, siempre he tenido
personas que se encargan de hacer los trabajos, tareas, deberes y quehaceres por
mí, yo solo estudiaba, iba a clase y daba los exámenes.
Mi hermano tampoco se salva de aquello, somos mellizos, pero yo nací un par
de segundos antes que él, así que soy la mayor. Cientos de discusiones han
terminado conmigo diciendo que soy mayor, especialmente cuando éramos más
pequeños y el género no se notaba tanto, ahora se me hacía difícil controlar las
situaciones contra el gigantón en el que se había convertido súbitamente mi
mellizo.
La buena situación financiera de mi familia no tiene nada que ver con la
situación familiar, hace poco mis padres se divorciaron y fue cuando decidieron
que Jake y yo tendríamos que venirnos a vivir a Bunder, Estados Unidos, pero
pasaron una serie de eventos desafortunados, y por otro lado afortunados que
desembocaron en nuestra integración a la Academia Preparatoria Real.
Puede sonar muy pesimista que yo lo diga, pero desde que nos mudamos a
América todo en mi vida ha ido empeorando, para empezar, en Inglaterra tenía
todo, tenía buenas amistades que extraño más que a nada en el mundo, a mis
abuelos maternos y paternos, a mis primos, tíos, tías y conocidos, todo era pura
felicidad para mí, pero se provocó el quiebre del matrimonio de mis papás y todo
se fue por el inodoro. Ahora estaba sola, solo tenía a mi hermano, quien por cierto
está mucho peor que yo con esto de la mudanza, creo que si mi sueño fuese
dedicarme al futbol y lo estuviese cumpliendo medianamente me sentiría igual
de devastado que él. Jake estaba desde los nueve años en la cantera del
prestigioso club inglés; Chelsea, ya había ganado algunos torneos con la sub-15
del club, y recientemente había sido convocado para jugar con la sub-16 de
Inglaterra, tener que dejar tu sueño y que la única manera de seguir con él sea
entrenando con el equipo de la academia e inscribiéndose en una liga amateur
para no perder la forma y costumbre de jugar, es terrible.

Martín TeuquilPágina | 31
Solo esperaba que cuando las clases comenzasen pudiese equilibrar la balanza
a mi favor, esperaba encontrar buenas amistades, vivir buenos momentos y
aprender muchas cosas, de momento Gareth era el único que me había hecho
sentir bien en el país, y eso que él también era extranjero.
Me bajé del vehículo con Jake, pero como no, también nos acompañaba mi
madre y mi otro hermano menor, Ethan, él era muy parecido a Jake, pero era
mucho más pequeño y delgado, era un palito flotante y odioso, no digo lo de
odioso para parecer chistosa, es en serio, detestaba pasar el tiempo con mi
ecologista y vegetariano hermanito. Nos obligaban a usar trajes formales, por lo
que Ethan y Jake iban con traje y corbata, mientras que yo me había puesto un
vestido.
Puse un pie en el interior de la academia y enseguida vi a Gareth con su familia
en una esquina del gran recibidor en el que había decenas de familias con sus
hijos, cada acabado de las pinturas que adornaban el lugar eran perfectos, me
acerqué a tocar uno de los dorados marcos que habían colgados y sentí el frío
oro entre mis dedos. Mi mamá también había estudiado aquí, Kassandra Fritz,
intenté buscarla en alguna de las pinturas de todas las generaciones que han
pasado por la academia, pero no logré encontrarla por ningún lado. Se supone
que debía estar en la generación de 1989, pero en su lugar estaban la famosísima
empresaria Felicity Blackburn (ahora LeBlanc) en una colorida pintura que
resaltaba su espectacular cabello castaño muy claro, el científico e informático
Edward LeBlanc en una pintura un tanto peculiar por su tono oscuro, y al final la
pelinegra política y esposa del gobernador de California de brazos cruzados con
un fondo beige, transmitiendo una seguridad y confianza a quienes la viesen. ¿Por
qué no estaba mi mamá? ¿Por qué estaban los padres de Félix LeBlanc y la madre
de Elizabeth Cálibri? Comenzábamos mal.
Mientras estaba dando el examen de ingreso vi que en menos de diez minutos
ya había un chico que había terminado, era el castaño LeBlanc, quien como no,
obtuvo el examen de admisión más perfecto en la historia de la academia, era
impresionante. Traté de no desconcentrarme demasiado, pero era imposible
quitarle la mirada mientras salía con aires de victoria por la puerta. Félix LeBlanc
era uno de esos chicos que tenían un solo destino en su vida; triunfar, no
importaba en que fuese, recuerdo que un día vi un video en YouTube que me
mostró un amigo de Inglaterra, era el mismísimo Félix LeBlanc junto a su familia,
decían que Félix había desarrollado un Trastorno esquizoide de la personalidad
en una de las entrevistas que le hacían a su madre, pero con el paso del tiempo
este diagnóstico se volvió nulo y lo consideraron una equivocación, Félix no era
más que una persona reservada a quienes sus padres presionaban, pero ¿Por qué
su vida se veía tan perfecta?
A mi derecha estaba la rubia Elizabeth, quien al ver que Félix salía del salón
comenzó a rellenar su examen con más intensidad que antes, pude ver como se
mordía las uñas mientras pensaba en sus respuestas y las traspasaba a la tableta
de respuestas, mientras que a mi izquierda estaba un chico con el cabello rapado

Martín TeuquilPágina | 32
cabeceándose para lograr aprobar. ¿Qué podía hacer yo? Seguí contestando las
preguntas con conciencia, quizás no iba a terminar el examen en diez minutos,
pero quería tener más de noventa preguntas correctas como mínimo.
Lo deseaba.
Apreté tanto la boca que me hice daño en la lengua, era una mala señal. Sentí
como mi lengua empezaba a prenderse fuego progresivamente, me tapé la boca
y evité respirar por más de un minuto para cesar las llamas, cuando abrí la boca
salió una bocanada de humo que hizo que todos empezasen a toser sin darse
cuenta.
―¿Quién está lanzando humo? ¡Saben que está prohibido usar sus
habilidades en el examen de admisión, así que si alguien está quemando la
tableta deberá retirarse ahora mismo! ―amenazó el hombre afroamericano que
estaba tomándonos el examen en el centro del auditorio, miré hacia los palcos
vacíos del auditorio y me fijé en que los estudiantes sólo usábamos las butacas
más cercanas al escenario, mientras que en las butacas del fondo había adultos y
posiblemente dirigentes de la academia supervisándonos. Tosí por lo bajo para
que el hombre no me escuchase.
Esa era mi singularidad, tenía una clase de regeneración ígnea, cuando me
hacía heridas estas se sanaban con llamas de manera instantánea, estaba
registrada como “regeneración ígnea” ante la Oficina De Singularidades, pero no
se trataba solo de eso, era una clase de combustión instantánea de todo mi
cuerpo, pero se manifestaba cuando se me producían heridas.
Muchas noches me quedaba hasta la madrugada pensando en el potencial de
mi singularidad, usualmente cuando me hacía grandes heridas el fuego sólo se
concentraba en cerrar la herida y se extinguía, pero con pinchazos de aguja o
cuando me mordía la lengua era una historia completamente aparte, no podía
controlar las llamas y gran parte de mi cuerpo se prendía en llamas, usualmente
perdía el control cuando eso sucedía, así que debía extinguir las llamas
manualmente cada vez que eso pasaba.
Sacudí la cabeza para liberarme de todos esos pensamientos triviales y me
volví a enfocar en mi examen, debía conseguir entrar de manera directa en la
primera clase.

FÉLIX

Al pasar los minutos terminamos siendo ocho los que estábamos sentados
esperando para ir al subterráneo, algunos de los que llegaban a sentarse
alrededor nuestra no nos hablaban, pero se notaban sus intenciones de postular
al club mágico, al parecer el subterráneo era un mito, pues nadie lo había
encontrado. Emil seguía sin despegarse de su teléfono mientras ignoraba a todos
los demás por estar escuchando música.
―¿Eres amigo de Emil? ―me preguntó la chica, quien presumiblemente se
llamaba Dinasty.

Martín TeuquilPágina | 33
―No, sólo éramos compañeros de clase en el Colegio Mágico Milán ―confesé
sin vergüenza de admitirlo.
―¿En serio eran compañeros de clase y no eran amigos? ―me preguntó.
―Nunca me ha interesado tener muchos amigos… ―aclaré con una sonrisa
tímida.
―Por miedo de que se aprovechen de ti ―predijo lo que iba a decir con éxito.
―¿Tu singularidad es adivinar lo que los demás van a decir? ―le pregunté.
―No, nada que ver ―se rió muy fuerte―. ¿Qué clase de singularidad inútil es
esa?
Entrecerré los ojos simulando molestia por la burla que me había hecho.
―¿Entonces cuál es tu singularidad? ―quise saber―. Si vas a entrar al club de
magia supongo que tienes singularidades interesantes.
Dinasty sonrió con orgullo e hizo una L con los dedos, entre las puntas de su
dedo pulgar y su dedo índice apareció una especie de cuchilla blanca, estaba
hecha de hielo. Comprendí su habilidad enseguida, supuse que podía solidificar
sus fluidos internos y enviarlos al exterior de su cuerpo, como si crease hielo de
la nada.
―Solidificación de fluidos ―predije el nombre de su singularidad.
―¿Qué? No, “Creación de hielo” ―me corrigió, lo entendía, pero a mi parecer
era más acertado el nombre de solidificación de fluidos, le miré la cara a Dinasty
y ya no parecía estar con las mejillas rojas, ahora toda su cara conservaba su color
normal. Supuse que su poder funcionaba con la sangre y su temperatura corporal.
Me encogí de hombros con una sonrisa en mi rostro y le pregunté:
―¿Cómo era que te llamabas?
―Dinasty Winter, dime Dina ―se presentó con los brazos cruzados y una
sonrisa.
―¿Qué hora es? ―preguntó Emil súbitamente, pareció sorprenderse al ver a
tantas personas alrededor nuestra.
―Once y media ―informó Dinasty.
―Ya, vamos ―dijo Emil mientras se levantaba del asiento, me levanté también
y lo dejé caminar adelante.
―¿Sabes a donde hay que ir? ―le pregunté.
―No ―confesó Emil―. Pero seguro que alguno de los que estaban en el salón
de conferencias sabe.
Ahora entendía la larga espera, Emil estaba esperando que se acabase el
tiempo del examen, apenas comenzamos a caminar hacia el salón de conferencias
empezaron a salir todos los que quedaban dando el examen, todos se iban
cabizbajos a excepción de una chica con el cabello oscuro, llevaba un vestido muy
elegante, demasiado a mi parecer y su sonrisa demostraba una profunda
felicidad. ¡Guau! Era realmente preciosa viéndola desde lejos, no pude analizarla
de cerca por el tirón que me había dado Emil para que lo siguiese, me volví a
concentrar en lo que venía al caso.

Martín TeuquilPágina | 34
Emil, Dina y yo nos acercamos al hombre negro y con trenzas hasta en la barba
que recogía sus cosas de la mesa, no le hablamos hasta que entregó los exámenes
a los hombres con trajes elegantes y sombreros que bajaban hasta el centro del
auditorio desde el fondo, al recibir la caja de tabletas uno de ellos creó una
especie de portal y se fueron por ahí.
―¡Que increíble singularidad! ―pensé mientras Emil le pedía guía al hombre.
―¿Entonces todos quieren entrar al club de magia? ― preguntó el hombre
de trenzas, los otros cinco nos habían seguido y también estaban rodeándolo―.
Muy bien, pero debo confesarles que solo quedan cinco plazas, pues uno de sus
compañeros ya aprobó y entró al club, así que mínimo tres de ustedes tendrán
que buscar otro club.
No me importaba, iba a aprobar de todas maneras, mi singularidad no era
algo que podían rechazar, “Viajar en el espacio/tiempo”, en serio, ¿Quién diría
que mi singularidad es algo inútil?
―Es inútil, disculpa que te lo diga ―confesó un profesor gordo y con gafas a
un muchacho delgado como un palito de brocheta, el hombre afroamericano nos
había conducido por varios pasillos hasta que llegamos al subterráneo del que
hablaban, en él estaban dos chicos de cursos mayores, pero junto a todos ellos
estaba alguien de nuestra generación, era el pelirrojo que me había asustado
anteriormente, ¿Cuál era su nombre?
El hombre se sentó junto a otros dos profesores y al parecer esto se iba a tratar
de quién obtenía un mayor puntaje, eso si no deliberaban quién entraba
directamente al club.
El primero en pasar fue el chico que se parecía a una brocheta, su habilidad
era la de transformarse en un rinoceronte, creí que el suelo de lo que parecía ser
madera no soportaría el peso del animal, pero si lo soportó, incluso el chico en
forma de rinoceronte comenzó a saltar y moverse con gracia por todo el lugar.
―¿Por qué es inútil? ―preguntó con tristeza el animal, no le había cambiado
la voz al débil chico.
―Lo que quiere decir es que no nos parece útil tener un animal gigantesco,
¿No hay la posibilidad de que pudieses transformarlo en una versión más
humanoide? Es que, imagínate tener que frustrar el robo de una joyería con esa
forma, ni siquiera podrías entrar por la puerta ―cuestionó el afroamericano
dándole más chances de quedar bien evaluado.
―Lo intentaré ―el chico comenzó a hacer fuerzas, vi sus animalescos ojos
cerrados por la concentración que estaba llevando a cabo, pero súbitamente el
animal se propuso embestir. ¡Dios! Mi corazón dio un vuelco, apreté los puños y
me apresuré para aparecerme al otro lado del subterráneo, cuando volví a ver
qué había pasado noté que una gigantesca barrera azulada cubría la mesa en la
que estaban los profesores, quienes ni siquiera habían reaccionado ante la
inminente amenaza. La persona que había creado el escudo era un chico más alto
que todos los presentes, de piel oscura y algo subido de peso, pero no llegando
a gordo.

Martín TeuquilPágina | 35
El chico se había levantado de su asiento y con sus dos manos extendidas
hacía creado una especie de escudo que hizo que el feroz animal chocase, Emil
corrió hacia la bestia inconsciente y con un simple toque volvió a su forma normal.
―Creación de barreras, ¿Qué más puedes hacer? ―le preguntó el hombre
gordo al chico moreno mientras con sus manos lo invitaba a pasar al centro del
subterráneo. Volví a apretar los puños y me senté en el lugar en el que estaba
anteriormente al ataque del rinoceronte.
―Borrar recuerdos y paralizar con una mirada directa hacia a los ojos ―dijo
el chico con algo de dudas en su voz, se paró frente a los profesores con las
manos en los bolsillos después de desaparecer su barrera.
―Pruébalo ―le dijo el gordo profesor, el otro profesor afroamericano estaba
encargándose del desmayado muchacho junto a Emil, entre los dos lo agarraron
y lo sentaron en una de las sillas vacías.
―¿Cómo quiere que lo pruebe? ―preguntó el moreno, el profesor se dio la
vuelta en busca de un sujeto de pruebas.
―Tú ―por un segundo creí que me apuntaba a mí, pero desvió su dedo hacia
un chico negro y muy musculoso―. ¿Cuál es tu singularidad?
El chico se levantó, llevaba una camiseta sin mangas que dejaba ver sus
fibrosos brazos, parecía llevar el cuerpo tenso todo el tiempo se mantenía de pie.
―¡Puedo envolver mis extremidades en energía pura, señor! ―gritó el chico
de pie, tenía un acento sumamente raro, apenas pude entender lo que decía por
su confuso inglés.
―De acuerdo, ponte en frente de… ¿Cómo te llamas? ―le preguntó el
profesor al moreno que creó la barrera.
―Christian… ―respondió rascándose la nuca por los nervios.
―¿Acaso no tienes apellido? ―le dijo con firmeza, aplastando completamente
su personalidad un tanto sumisa.
―Christian Lang ―dijo con más confianza que antes.
―Bien, Christian, demuéstranos que puedes hacer ―le indicó el profesor
gordo mientras el profesor de piel oscura se sentaba y comenzaba a tomar nota
en su tableta.
Christian dudó un poco en cómo demostrar su poder, pero cuando dio con el
método perfecto para exhibir sus habilidades noté su sonrisa genuina.
―Debes atacarme cuando yo te ataque, ¿Bien? ―le dijo Christian al otro
muchacho que estaban usando como sujeto de pruebas.
―Va a darle un golpe ―susurró Dina, la miré extrañado.
―¿No que no podías ver los acontecimientos futuros? ―pregunté por lo bajo.
―Claro que no puedo, estúpido, solo mira ―me reprochó violentamente, me
crucé de brazos y volví a mirar la exhibición de Christian.
Chris le dio un puñetazo con fuerza a su musculoso oponente, quien durante
dos segundos se propuso a atacar, pero cuando estaba transformando su brazo
en un látigo negro su cuerpo se paralizó, con eso ya había demostrado una de
sus singularidades, pero Chris mantenía su mirada clavada hacia el otro chico,

Martín TeuquilPágina | 36
estuvieron inmóviles por unos veinte segundos, justo ahí la parálisis dejó de surtir
efecto y Chris volvió a moverse.
Creí que el muchacho negro le iba a dar un latigazo de energía, pero en lugar
de eso desactivó su singularidad y se cruzó de brazos mirando hacia todos lados.
―¿Y cuándo piensas atacar? ―preguntó él.
Instantáneamente los dos chicos mayores le empezaron a aplaudir, el pelirrojo
se unió a los vitoreos sin un mínimo de vergüenza, ¿Cómo se llamaba? ¿Gaspar?
¿Gaylord? ¿Sergei? ¡Flavio! No, no se llamaba Flavio.
Me había desviado del tema, volviendo a Chris, debía reconocer que sus
singularidades eran de lo más interesantes, poder paralizar a las personas con la
mirada era una habilidad digna de mito griego.
―Estás dentro, vete de aquí ―le dijo el gordo profesor sin emoción alguna.
―Si quieres siéntate junto a Gareth, Christian ―lo invitó el profesor de piel
oscura. ¿Gareth? Miré hacia donde apuntaba, ¡Cierto! Se llamaba Gareth Pyro.
―¿Quién es el siguiente? ―le preguntó el vulgar profesor a quien estaba a su
izquierda, por fin le habían hablado a un hombre con el cabello rubio, parecía
tener cara de modelo, pero una calva tras su cabeza arruinaba la fiesta. El hombre
esperó que Christian se sentase después de su corta y llena de emoción
celebración.
―Yo creo que el chico que anuló la transformación del niño-rinoceronte
―sugirió el rubio con una de las voces más graves que he escuchado alguna vez.
―Muy bien, tú, ven aquí ―dijo el gordo mientras apuntaba a Emil.
Emil se volvió a levantar de su asiento con lentitud, caminó hasta el centro del
subterráneo y miró con duda hacia la mesa en la que estaban los tres profesores.
―¿Cuál es tu nombre y habilidades? ―preguntó el profesor con trenzas.
―Me llamo Emil Werner y mi singularidad es la “Anulación de habilidades”,
¿Cuál es el nombre de ustedes? ―les preguntó, apreté mi boca expectante por la
respuesta del temperamental profesor gordo.
Los tres profesores se miraron entre sí.
―Charles Marín, soy el jefe del club de magia ―se presentó el profesor gordo
con un tono de voz como si estuviese hablando a través de un megáfono, cerré
un ojo y sacudí mi cabeza por el dolor de oídos que me acababa de causar.
―Yo me llamo Radja, nombre raro, lo sé, y mi apellido es Geubbels, soy
francés y le imparto clases de magia avanzada a los alumnos de tercer curso
―dijo el profesor de piel negra hacia quienes estábamos sentados tras ellos.
―Yo soy el profesor Jetspark ―se limitó a decir el desapercibido profesor
rubio mientras nos sonreía torcidamente, se notaba que en su temprana juventud
se la había pasado haciendo ese tipo de sonrisas.
―¡Ya! ¡Pero no cambies el tema! ¡Oye, chico! ―el profesor Marín le gritó al
chico de piel oscura que le había hecho como sujeto de pruebas a Christian, él
estaba parado junto al profesor Radja revisándose el golpe que le había dado
Chris en la prueba anterior. El chico lo miró con enojo―. ¡Ve a ayudar a tu
compañero!

Martín TeuquilPágina | 37
El pobre chico entornó los ojos y caminó como si las piernas le pesasen hasta
quedar a dos metros de distancia de Emil.
―¿Puedes sacar tus látigos? ―le preguntó Emil, el chico enseguida convirtió
sus brazos en látigos envueltos de energía de un color púrpura―. Excelente, me
voy a acercar a ti y no voy a hacer nada más que tocarte.
Emil cumplió su palabra, apenas puso la palma de su mano en el rostro del
enojado chico sus poderes quedaron completamente inhabilitados, los látigos se
le cayeron al suelo y por el peso de estos mismos el muchacho también se cayó.
Por el duro golpe que sufrió al caer contra el suelo quedó totalmente
inmovilizado e inconsciente.
―Estás dentro, ahora quiero a alguna chica ―anunció el desagradable
profesor Marín mirando con picardía hacia las tres chicas que estaban sentadas a
mi lado, al parecer yo iba a ser el último.
―¡Yo! ―Dinasty levantó la mano y se levantó de su asiento, Marín le hizo un
gesto con la cabeza mientras Emil y el profesor Radja dejaban al inconsciente
muchacho de pruebas en un costado.
Miré a Dinasty con atención mientras ella no le apartaba la vista de encima a
Emil.
―¡Oye! ¡Tu atención aquí! ¿Cuál es tu singularidad? ―le reprochó Marín
haciendo que Dinasty se sobresaltase y devolviese su mirada hacia el profesor.
―Me llamo Dinasty Winter y mi singularidad es crear hielo ―dijo Dina con
una sonrisa.
―¿Congelas líquidos o generas el hielo desde el interior de tu cuerpo?
―preguntó acertadamente Jetspark.
―¡Probemos! ―gritó súbitamente el profesor Marín y le quitó su botella de
agua al profesor Jetspark, la abrió y le lanzó agua a Dinasty, quien rápidamente
creó una especie de paraguas helado que la cubrió de toda el agua que el
profesor le había lanzado. ¡Guau! El color de las mejillas de Dinasty había vuelto
a cambiar, se había puesto roja por el susto que le dio el profesor Marín cuando
la encontró mirando a Emil, pero ahora noté que su cara se había tornado más
blanca de lo que le había visto nunca.
―Funciona con su temperatura corporal… ―dijo el profesor Jetspark por lo
bajo.
―¡Excelente trabajo, Dinasty! ―le reconoció el profesor Radja desde su silla.
―Entonces si logramos hacer que se mantenga caliente mientras usa sus
poderes podremos hacer que su habilidad sea prácticamente infinita…
―reflexionaba Jetspark, sus colegas le miraban con interés―. Yo digo que se
quede.
―¡Te quedas, niña! ¡Siguiente! ¡Tú! ¡El último varón! ―ahora si me apuntaba
a mí, las otras dos chicas se quedaron mirándome me levantaba de mi asiento,
me quedé parado mirando al profesor―. ¡¿Qué haces?! ¡Ven aquí!
Sonreí y apreté mis puños, entonces hice lo que pretendía hacer desde el
principio, aparecí como un haz de luz frente a los tres profesores, Dina aún no se

Martín TeuquilPágina | 38
había ido a sentar y yo ya estaba junto a ella. Me miró con los ojos muy abiertos,
pero con una sonrisa simpática.
―Suerte ―susurró y se fue a sentar rápidamente junto a Emil, Christian y los
demás.
Me crucé de brazos y eliminé mi sonrisa confiada de mi rostro para dar un aire
de seriedad, pero no baje la altura de mi mirada, estaba seguro de poder aprobar,
pero no era un soberbio, eso quería demostrarles.
―¿LeBlanc? ―preguntó el profesor Marín, asentí con la cabeza―. ¡Te lo dije,
Radja!
―Yo ya lo sabía, tuvo noventa y nueve puntos en el examen de admisión ―le
comentó el profesor Radja.
Marín volvió a sentarse y pareció que finalmente estaba manteniendo la calma
mientras revisaba unas hojas que Jetspark le acababa de pasar.
Me crucé de brazos unos instantes, pero reaccioné cuando me di cuenta de
que esperaban que hiciese algo.
―Me llamo Félix LeBlanc y tengo dos singularidades que son la
“Teletransportación” y la habilidad de disparar ondas de choque.
―¿De qué tipo? ―preguntó Jetspark.
―¿Qué cosa?
―Ondas de choque, ¿De qué tipo? ―dudó, su pregunta me confundía, eran
ondas de choque, ¿Qué confusión podría haber?
―De choque ―contesté estúpidamente.
―¿En serio? ¿Puedes usarla en mi cara? Tengo piel suelta bajo mis ojos ―dijo
señalándose las hinchadas ojeras.
Lo miré dudoso, me encogí de hombros y caminé hacia él.
―Va a doler, ¿No quiere que alguien lo sostenga? ―le pregunté.
―¿Qué? ¿Por qué? Déjame ver… ―Jetspark se cruzó de brazos y se quedó
mirándome―. ¿Tus ondas de choque hacen que la gente salga volando?
―Sí, exactamente eso ―le di la razón.
―¡Ahí está! ―dio un aplauso satisfecho―. Radja, ¿Puedes hacer aparecer un
par de muñecos de tamaño humano?
―¡A la orden! ―el profesor Radja se levantó de su asiento, separó un poco
las piernas y extendió sus brazos hacia donde yo estaba antes, instantáneamente
aparecieron tres maniquíes desnudos.
Abrí mi mano a la máxima expresión y manifesté mi habilidad, desde mi mano
derecha salió disparada una onda que era perfectamente visible en el aire, la onda
hizo que los maniquíes saliesen disparados hasta quedar a unos cinco metros de
distancia desde su lugar de aparición original.
―Me aburre ―dijo el profesor Marín sin ocultar su disconformidad, lo miré
con sorpresa, no me esperaba que fuese a decir eso.
―Espera, tengo una teoría… ―le comentó el profesor Jetspark mientras
comenzaba a susurrar, por más que me esforcé no logré comprender sus

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palabras, pero parecieron convencer al profesor Marín por completo, es más,
cuando se levantó de su asiento vi una sonrisa en su rostro.
―¡Estás dentro!
El alivio volvió a calentar mi estómago, nunca estuve nervioso, aún así me
había puesto en aprietos el rechazo inicial del profesor Marín. “¡Maldito gordo!”,
quería gritar cuando oí su respuesta, había entrado al club de magia gracias al
profesor Jetspark, por lo que tendría que agradecérselo más tarde. Quería
conservar mi seriedad, pero la felicidad se apoderó de mí, me encogí de rodillas
para celebrar rápidamente y me fui corriendo hacia mis nuevos compañeros de
club.
Choqué los cinco con Dinasty y Emil, quienes me zamarrearon en el asiento.
La siguiente chica que pasó adelante derrochaba confianza, pero sus poderes no
la acompañaban, su habilidad radicaba en dar descargas eléctricas con sus cuatro
extremidades, el profesor Marín la rechazó de manera rotunda diciendo que ya
tenían a alguien con habilidades eléctricas superiores.
Fue triste, pero quien realmente importaba era la chica con cara somnolienta
que acababa de pasar al frente, caminó sin ocultar su dolor en las rodillas, pues a
cada rato se agarraba una de las dos rodillas y hacía gestos de dolor notorios.
―¿Cómo te llamas? ―le preguntó afablemente el profesor Radja.
―París ―dijo y no pudo contener su risa, no me agradaban el tipo de chicas
que se reían cuando se ponían nerviosas, las repudiaba desde el interior de mi
ser―. París Chastain.
―¡¿Acaso no puedes controlar tu risa?! ¡Fuera de aquí! ―le gritó el profesor
Marín diciendo lo que yo también quería decirle.
―Ignóralo, enséñanos tus habilidades, París ―le pidió rápidamente el
profesor Radja.
París se quedó en blanco, pero retomó el control de sí misma y se giró dándole
las espaldas a los profesores, extendió su mano y vi que cerraba los ojos, su
respiración se escuchaba por todo el subterráneo dado el silencio que le
habíamos concedido por nuestro interés en sus poderes.
Entonces ahí vi por primera vez una de las combinaciones de habilidades más
poderosas del mundo, aquí mismo fue cuando desde cada dedo de París iba
saliendo hielo, electricidad, fuego y agua, pero su pulgar no lo estaba usando.
Los tres profesores se levantaron y corrieron hasta el lugar en el que París
había usado sus poderes, el primero en volver a levantarse después de tocar y
oler el suelo del subterráneo fue el profesor Jetspark.
―No hace falta decir que estás dentro ―estaba claro para todos, fue una
explosión de poder sorprendente, los colores brotaban por todos lados y creaban
combinaciones que hacían ver a los arcoíris como simples desparpajos de belleza.
Así fue como se terminaron los cupos para entrar al club de magia, resulta que
había otros veinte estudiantes que habían acudido al examen junto a Gareth, pero
todos fueron rechazados por Marín y Jetspark. Acabábamos de pasar a conformar

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una nueva generación del club más popular en la comunidad con habilidades
especiales, era un sueño hecho realidad.
Cada mañana que veía a Rita revisando el diario de Bunder intentaba
encontrar alguna noticia sobre el club de magia de la Academia Preparatoria Real,
aquellos jóvenes que se ponían trajes para actuar proteger a todas las personas
de Bunder y derrotar a las personas que usaban sus habilidades para hacer el mal,
ellos eran los superhéroes reales, a quienes diferentes productoras de cómics
contactaban, pero eran los mismos estudiantes del club artístico quienes se
encargaban de diseñar las historietas del club de magia. ¡No me lo podía creer!
Ahora era un superhéroe, podría usar mis poderes para hacer el bien y para
beneficiarme en el proceso, ¡Excelente! Todo estaba siendo excelente.
Apenas terminó la charla que nos dio el profesor Radja sobre el uso de
nuestras habilidades y las responsabilidades de pertenecer al club de magia dejé
mi viaje por mi subconsciente incrédulo para emprender camino hasta la salida
de la academia a base de dos teletransportaciones.
La academia estaba a cerca de media hora de mi casa, así que me propuse a
teletransportarme hasta el techo del edificio más grande del campus de la APR,
al llegar a él noté la alucinante vista que había aquí de mi ciudad. Estábamos en
Bunder, la ciudad en la que las habilidades, los justicieros y personas con malas
intenciones eran el pan de cada día.
Apreté mis puños, no para teletransportarme, sino que fue por la emoción que
estaba sintiendo.

CHRISTIAN

Me llamo Christian, pero todos me dicen Chris. Quien diría que terminaría
como terminé, al borde de caer en la depresión, teniendo que ir al psiquiatra y
consumiendo pastillas contra la depresión, todo por mi hermano. No me atrevería
a insultarlo, pero era todo por la culpa de mi hermano mayor, por su culpa
teníamos un montón de problemas con la gente del barrio, mamá corría un grave
peligro al no tener habilidades con las que defenderse y todo era culpa del
avaricioso de mi hermano.
De pequeño me gustaba jugar al futbol con mis amigos, ir a sus casas o que
ellos viniesen a la mía para pasarnos horas y horas frente al televisor jugando
Mortal Kombat en la PlayStation 2, ahora cada dólar que ganaba en la cafetería
era usado para saldar nuestras cuentas con la banda.
Vivir en el norte de Bunder no era nada fácil, debíamos vivir pagándole
comisiones a la banda White Star para asegurar nuestro bienestar, más bien, para
que ellos no nos molestasen, así habíamos vivido desde que papá nos abandonó
y mamá se vio obligada a acudir a la banda, fueron catorce años en los que no
tuvimos problemas de ningún tipo, pero mi hermano acabó con esa paz relativa
por pura avaricia, el estúpido quería conseguir dinero para drogas y terminó
consiguiéndonos problemas a todos en la familia.

Martín TeuquilPágina | 41
Todo comenzó una noche en la que hubo una pelea entre los integrantes de
White Star, resulta que el norte de Bunder está dividido en cuatro zonas, pero
eran sólo dos bandas las que controlaban una zona cada una, todo desde que los
LeBlanc se adueñaron de media ciudad e hicieron que todas las fuerzas de ambas
bandas se viesen como hormigas frente al aplastante poder de su legión de
guardias, quienes parecían venir de las fuerzas especiales rusas. Volviendo a lo
que nos concierne, la banda White Star y los Blasters se terminaron uniendo para
mantenerse a flote frente a Blackflower Industries, pero aquella noche tuvieron
un conflicto de intereses y los antiguos líderes terminaron agarrándose a balazos
en una bodega.
Todo normal, pero la cuestión está en que ambos terminaron llenos de
agujeros, pero fue el listo de mi hermano quien sobrevivió a aquella lluvia de
balas gracias a su particularidad “Saco de boxeo”, habilidad que cubre su
abdomen con fibra altamente concentrada que actúa como un chaleco antibalas
o, como bien dice el nombre, un saco de boxeo. El idiota de mi hermano se llevó
quince mil dólares, ¡Quince mil! No lo usó para ayudar a la familia, lo usó en
prostitutas, en drogas, en chaquetas costosas y en videojuegos, cuando el dinero
se le terminó volvió a aparecerse por el barrio, ahí fue donde los Stars lo
agarraron, le dieron la paliza de su vida y, según lo que él nos contó le dijeron:
―¡Consigues treinta mil dólares en seis meses o da a tu familia por muerta!
¡A todos! ¡Tus abuelos, tu hermano, tu mamá y encontraremos a tu papá para
matarlo, finalmente te mataremos a ti!
Lo sé, escalofriante, mamá gana cuarenta mil dólares al año, lo que en seis
meses serían veinte mil dólares, ya han pasado dos meses en los que todos hemos
tenido que poner de nuestra parte, pero el culpable de todo es quien menos
trabaja. En teoría llevamos siete mil dólares, apenas hay comida en la casa y mamá
está haciendo horas extra en el hospital, todo por culpa de, lo vuelvo a repetir, mi
hermano.
Los demás chicos del barrio no conformes con lo mal que me encontraba
comenzaron a hacer circular rumores sobre mí, sobre mis amigos y amigas,
quienes terminaron dejándome de lado por todos aquellas falsedades, se decía
que una de mis amigas me había masturbado, decían que íbamos a tener un hijo,
se la pasaban gritándole insultos homofóbicos a mi antiguo mejor amigo, incluso
le dieron una paliza a otro de mis amigos sin razón alguna, solo por ser mi amigo,
así que lo comprendo, nadie se sentiría seguro estando conmigo, tenía un
revolver contra mi cabeza todos los días, podía sentir como cada día que pasaba
la deuda se hacía más difícil de cumplir y me veía irremediablemente con un
balazo en la sien.
Pero no todo en mi vida fue un desastre, debido a mis notables talentos en el
dibujo de edificios, uso del espacio y, por supuesto, por mis interesantes
singularidades recibí una carta de preselección de la Academia Preparatoria Real,
la academia a la que asistían todas las personas exitosas, pocos eran lo que
terminaban en la calle después de graduarse de la APR, por lo que opté por entrar

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en ella y después de clases me iría directamente a trabajar en la cafetería para
ricachones en la que trabajaba a medio-tiempo.
Aquel día fue espectacular, terminé el examen de ingreso con sesenta y nueve
puntos, puntaje que me daba acceso directo a la academia, por lo que más feliz
no podía estar, pero el mundo me tenía preparada otra sorpresa, me terminé
uniendo al club de magia, el club más exigente y popular de la academia, aquel
club en el que los alumnos se convertían en genuinos superhéroes.
Pero la reacción del barrio al escuchar que entré en la APR no fue otra que la
de perseguirme, eran cinco imbéciles en sus motos los que me acosaban hasta
que lograba escapar ileso con mis escudos mágicos, me pasé todo el resto de las
vacaciones trabajando, por lo que unos buenos quinientos dólares contribuyeron
para poder acercarnos a pagar la deuda, pero no era suficiente. Aunque sí, en mis
pausas para almorzar no podía evitar escuchar las conversaciones que tenían mis
compañeros de club.
―Supongo que este año no les darán tanta importancia a los deportistas
―dijo una chica del club de magia, cuando entré al club me pidieron enseguida
mi Discord, un programa para computadora o teléfono que servía para hablar por
canales de chat y crear comunidades, estábamos hablando por el Discord del club
de magia, apenas éramos dieciocho en total, pues cada año solo elegían seis
estudiantes de toda la generación.
―Yo creo que sí, el año pasado el equipo de futbol hizo el ridículo en el estatal,
y mejor no hablemos de los basquetbolistas, los del club de béisbol estuvieron
genial… ¡Ah! ¡Las chicas de básquetbol sí que fueron geniales el año pasado! ―le
respondió otro chico mayor, normalmente participaban unos cuatro miembros
por llamada, pero esta vez éramos doce en el canal de audio, solo faltaban tres
de tercer año, dos de segundo y el popular multimillonario Félix LeBlanc de
nuestro curso.
―¿Tan malos son los del equipo de fútbol? ―preguntó París Chastain, una
chica con la voz muy fina que era de mi nueva clase, también del club de magia.
Podía ver sus nombres y sus cursos cada vez que uno de ellos hablaba.
―Mira, hay cuatro o cinco que se salvan, está Gabe Nega, te vas a dar cuenta
de quién es cuando veas a un chico de dos metros con trenzas en el cabello
caminando por los pasillos acompañado de un pelirrojo que usa todos los días
chándales Adidas ―le respondió un tal Karim de tercer año, cabe destacar que
en el poco tiempo que he escuchado cómo hablan estas personas me di cuenta
de que sus únicos amigos son los del club de magia, porque no dudan en hablar
tan mal como puedan de cualquier persona de la academia, ni las señoras de la
limpieza se salvan.
―¿Quién más? ―le preguntó París cuando terminó de reírse.
―Ese chico de chándal se llama Shawn Hound, realmente tiene nivel para ser
profesional, y como él también están Ozen Patts y Erick Fox, dos defensores, así
que poco tiene la academia como fichas de ataque, está el futuro capitán Morgan
Kaylock, pero es un cojo ―terminó de decir.

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―Supongo que es muy difícil entrar al equipo de futbol ―mencionó Gareth,
claramente esperando que lo corrigiesen.
―Evidentemente, al igual que la mayoría de equipos, pues estar en el club
deportivo no te asegura pertenecer al equipo en cuestión, te brindan
entrenamientos, preparación física y mental, pero a la hora de la verdad estás solo
―nos comentó Karim.
―¿Y qué tal son los de vóley? ―preguntó Dinasty, la muchacha con el cabello
rubio ceniza que iba en mi clase.
―¿Juegas voleibol? ―le preguntó la chica de tercero llamada Kyrie, terminó
la oración tosiendo.
―¿Te fuiste a revisar esa toz? ―le preguntó Emil, un chico moreno y con el
cabello despeinado de también mi futura clase.
―Siempre la he tenido ―ignoró Kyrie―. Dinasty, ¿Te gusta el voleibol?
―Me gusta mucho, voy a intentar entrar al equipo de voleibol femenino
―reconoció Dinasty Winter con seguridad.
―¿En serio? Las pruebas son el segundo miércoles del semestre, veré si puedo
darte una ayuda con el entrenador ―le aseguró Kyrie terminando con su toz al
final de la oración.
―¿Tú eres del equipo de voleibol? ―le preguntó Dinasty, su voz fue
interferida por un súbito grito de Gareth Pirro.
―¡¿Quiénes creen que entren a futbol este año?!
―Estaba hablando con Dinasty, Gareth ―le reprochó Kyrie con molestia.
―Lo siento, pero quiero saber sus opiniones ―reconoció el chico que había
hecho menos méritos para entrar al club que cualquiera de nosotros, su única
habilidad era crear fuego y manejarlo, nada más.
―Luego hablamos de voleibol, Kyrie ―se rió Dinasty―. Debo irme, farvel,
folkens.
En ese momento el nombre de Dinasty desapareció del canal de audio, pero
seguíamos siendo la misma cantidad de personas, ¿Quién acababa de unirse?
―¿Qué dijo? ―preguntó Gareth.
―”Adiós, gente” en noruego ―intervino Félix LeBlanc.
―¡Mira qué cosas! Justo íbamos a hablar mal sobre ti, LeBlanc ―se rió Karim,
por su tono casual con el chico más poderoso de la ciudad y probablemente del
país mi percepción me decía que Karim y Félix ya habían tenido tiempo para
conocerse.
―Buenas tardes a todos ―saludó Félix, todos le saludaron devuelta―. ¿Y de
qué hablaban?
―De los chicos que entrarían al club de fútbol, a Gareth le urge el tema, así
que sería bueno que des tu opinión ―le dijo Emil delatando completamente las
intenciones de Gareth, menudo lengua suelta.
―Oh, ¿Y qué dices tú, Kyrie? ―le preguntó Félix.
―No bromees, LeBlanc, obviamente Jake Paragon y tú van a entrar, Paragon
tiene un contrato con las inferiores del Chelsea y era juvenil de la selección

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inglesa, además yo creo que tú también vas a entrar porque tienes el nivel de
sobra ―le llenó de flores Kyrie.
―Jake Paragon estuvo en el Chelsea y era de las juveniles de la selección
inglesa, un chico así no lo encuentras en Estados Unidos ―dijo Keita Armani, un
chico de segundo año según lo que indicaba su identificador.
―¿Lo importaron de Inglaterra? Que mala suerte ―dijo Karim.
―Creo que para que pueda estudiar y jugar al futbol los del Chelsea lo
cedieron al Bunder Miners ―informó Keita.
―Félix, ¿Juegas fútbol? ―le preguntó Emil.
―Ajá, pero primero las ciencias ―explicó Félix.
―¡Ah, cierto! Le envié un correo al profesor Jetspark y me explicó que este
año se venían muchas competencias de matemáticas, ciencias, olimpiadas del
conocimiento y esas cosas ―comentó Keita.
―¿A ti también te gustan esas cosas? ―le preguntó Félix, no me gustaba su
forma de hablar, hablaba fuerte, como par que todos lo escuchasen y prestasen
atención, me molestaba.
―Claro que sí, aguante las matemáticas ―se rió Keita.
―Aguante ―le siguió Félix.
―Oye, Christian, ¿No que tú jugabas en el club Valiente? ―me preguntó Emil.
―¿Qué? ¿Cómo sabes? ―reaccioné con miedo.
―¡Cierto! Christian Lang, mediocentro de club Valiente, ¿Me equivoco?
―preguntó Keita Armani.
―El año pasado fui a ver un partido y tu nombre era repetido por el
comentarista a cada rato ―me respondió Emil.
―¿Eras bueno? ―preguntó Karim.
―Sí, pero ya me retiré del futbol ―dije con amargura.
―¿Por qué? ―me preguntó Emil.
No sabía que decirles, lo único que me quedaba era contestar a secas.
―Es una larga historia.
Noté que el nombre de Félix, el de Gareth y el de otros miembros del club
desaparecían del canal de audio repentinamente, de la nada habíamos quedado
solo siete.
―¿Es muy personal? ―preguntó Karim, volví a fijarme en el canal de audio,
éramos Karim, Emil, Paris, Dinasty, Kyrie, Keita y yo.
―No me gusta recordar los motivos ―solté, los demás se quedaron callados
hasta que Karim volvió a romper el hielo.
Mientras los demás se reían y discutían si Félix podía hacer que Rayo Azul
ganase el torneo en juveniles me saqué los audífonos, no había escuchado del
club Valiente desde la muerte de mis viejos camaradas, aquel día en el que la
pandilla de “Los Lobos” nos brindó la paliza más grande de nuestras vidas, todo
había ido de mal en peor desde entonces, mi pecho se apretó al recordar a mi
maldito hermano, a la pandilla “White Star”, a la pandilla de “Los Lobos” y a un
chico que continuamente me metía en problemas, Martín Goretzka.

Martín TeuquilPágina | 45
Realmente la pasaba mal recordando esto, la pasaba tan mal que al volver a
abrir los ojos simplemente se llenaron de lágrimas, silencié mi micrófono y
comencé a llorar como un perrito desamparado, no recordaba con exactitud la
última vez que me había deprimido espontáneamente, pero si recordaba los
motivos.
La parte de atrás del almacén en el que trabajaba cuarenta y ocho horas a la
semana no eran el lugar idóneo para sobrellevar mis penas, más aún tomando en
cuenta la campanilla que acababa de sonar, ¡Maldita sea! Un cliente acababa de
entrar a la tienda.

FÉLIX

Los siguientes días parecieron muchos más largos de lo que realmente eran,
era un ir y venir de obligaciones y quehaceres, primero debimos comprar mis
útiles por Internet, lápices de colores de todo tipo, bolígrafos y cosas así, mamá
era una consumidora compulsiva y nosotros no le poníamos trabas, pero era algo
obvio que se excedió en la cantidad de gomas, lápices, marcadores y pinturas que
compró, pero mejor que sobre a que falte. También debíamos conseguir los libros
que me tocaba leer este año de manera obligatoria, eran 20 libros en los cerca de
nueve meses de clases, comenzando con Fahrenheit 451, pasando por libros
como Llámame por tu nombre, El código Da Vinci, Armada y rematando como
libro final estaba It, de Stephen King. Cada uno de los libros fueron pedidos en
su mejor versión como no, a mamá le encantaba tener lo mejor. En Amazon se
alegraban con cada sesión de compras de mamá, especialmente si Goldie era
quien compraba con ella, cuando revisé el último pedido un par de horas después
de que terminasen de usar mi portátil vi que pidieron cremas, maquillaje,
productos de limpieza para el cabello y dientes, y solo en eso superaron los mil
dólares, ni quise contar cuanto gastaron en ropa, pude comprobar que me
compraron ropa hasta a mí, así que no estaba tan mal.
―Félix, ¿Conoces a tus compañeros nuevos? ―me preguntó mamá mientras
ella aprobada y rechazaba compras de Goldie.
―Conozco un poco a los del club de magia, además la página de la academia
publicó la lista de cada estudiante, le crearon un perfil a cada uno en donde nos
describían y adjuntaban otras redes como Facebook e Instagram ―dije, poco me
importaba conocer a mis compañeros.
―¿Y qué tal? ¿Alguno te simpatizó? Eso ya lo tienes, Goldie.
―Pero quiero uno nuevo ―protestaba mi hermanita.
―No, es decir, hay chicos y chicas interesantes, pero creo que es parte de estar
en la APR, difícilmente una persona de bajo perfil y sin nada especial va a estar
en la academia ―dije un poco molesto con las preguntas.
―Yo no conozco a nadie de tu clase―dijo mamá.
La miré levantando las cejas.
―Lo que pasa es que no he tenido tiempo de investigar.

Martín TeuquilPágina | 46
―¿Y para qué quieres investigar?
―Tengo que saber con quién se junta mi hijo, no te pienso dejar a merced de
las malas influencias ―dijo, entorné los ojos y continué mirando Vikings.
―Las malas influencias no existen ―compartí mi pensamiento.
―Si existen, Félix, pero personas como tú son más propensas a ser más
influencias que influenciables ―dijo, la miré confundido―. Digo que todo tiene
que ver con tu asertividad, si vas por la vida con el piloto automático te entregas
al entorno y sólo sigues ordenes sin generar un pensamiento propio.
―Sabes que no soy así ―mencioné.
―Lo sé y me enorgullece, pero de todas formas tengo que estar segura ―en
la pantalla apareció Ragnar, el protagonista vikingo de la serie―. ¿Notas cómo
es Ragnar Lodbrok? Él es una influencia para quienes le rodean, da órdenes e
intenta conseguir lo que quiere sin importar el costo, pero ¿Qué te dice la
personalidad de Rollo?
―Cumple ordenes, no logra mantener sus pensamientos y acciones acordes
entre sí ―analicé, mamá apretó la boca haciéndome un gesto para que
relacionase todo.
―Y eso que no te he querido hacer spoilers ―bromeó mamá y se dio la vuelta
para seguir comprando junto a Goldie, me quedé con la mirada clavada en la
pantalla, ¿Y si yo terminaba siendo un Rollo? Conocía la historia vikinga de cabo
a rabo, por lo que sabía que Rollo tendría un desenlace radicalmente distinto a
como había comenzado la serie, aun así, mis pensamientos no dejaban de brotar
y crear llamas se inseguridad en mi conciencia.

Muchas veces me estresaba sólo pensando en las estupideces que compra


mamá, aunque me alegro cuando llegan, nunca estoy feliz cuando las pide, me
pueden decir tacaño y todo eso, pero no me gusta malgastar, al menos no de
manera intencional. Era estúpido estresarse dándome cuenta de que mamá
generaba una fortuna al minuto. Una vez mamá vio que estaba viendo una
película de Star Wars por cuadragésima octava vez y decidió comprarme un
halcón milenario de 7541 piezas y todos los legos de Star Wars que encontró,
desde entonces cada vez que veía algo de Star Wars me lo compra, aunque le
digo que es innecesario y que ya no tengo espacio en mi habitación ella sigue,
cada semana legos nuevos, sables laser de plástico y cascos de Troopers. Tener a
una madre que lo es todo no es tan agradable debido a que al final terminas
sintiéndote extraño, como si a comparación de ella no fueses nada.
Ella piensa que mi destino está en triunfar, y yo también lo creo, pero me
incomoda que de por hecho aquello, antes de clasificar incluso a los torneos de
debate estatales ella ya tenía reservados los hoteles en los que nos quedaríamos.
Antes de que decidiese participar en la última feria de Google, ella ya había
reservado por una semana restaurantes, hoteles y había comprado las entradas
para ver un partido de la MLS. Esto me incomoda, me presiona y me quitaba las
ganas de intentar hacer algo.

Martín TeuquilPágina | 47
Por eso iba a evitar que en la Academia Preparatoria Real me reconociesen
solo como el hijo de Teddy y Felicity LeBlanc, ahora comenzaría mi propia historia
y empezaría a forjar mi propio destino, hasta que simplemente me conozcan
como Félix, Félix LeBlanc.

Martín TeuquilPágina | 48
3 UN VERDADERO DESASTRE
“Es justamente la posibilidad de realizar un sueño lo que hace que la
vida sea interesante.”
El Alquimista – Paulo Coelho

FÉLIX

El abuso de mis poderes me provocaba mucha hambre, pero me había


quedado dormido y Goldie ya se había ido en el vehículo disponible, un Uber
sería muy lento y mejor ni hablar del transporte público, terminé de peinarme y
me puse el uniforme, no era necesario llevar uniforme todos los días, pero este al
ser un día importante era de aquellos en los que debías ir impecable, así que no
me quedaba de otra que acostumbrarme al saco gris, la camisa blanca y el
pantalón negro, además de la corbata de color burdeos. Apenas terminé de
vestirme agarré mi mochila y salí hasta la terraza del segundo piso, había una
buena vista para lograr usar mis poderes, apreté mis puños y comencé a
teletransportarme consecutivamente hasta llegar a la academia, pero la tragedia
ocurrió cuando me disponía a lanzarme a la nada y teletransportarme por última
vez, justo cuando apreté mis puños en el aire vi que una especie de barrera hacia
que mis puños chocasen, no podía usar mis poderes y sentía como mi cuerpo se
desplomaba en el aire.
¡Pum! ¿Qué creían? Terminé con mi cuerpo desplomado sobre el cemento,
acaba de caer desde un tercer piso, me levanté con dificultad rezando para que
nadie hubiese visto mi caída, la calle estaba repleta de transeúntes, algunas
señoras preocupadas, chicos de otros colegios mofándose de mí y un policía se
venía acercando a mí. Más pronto que tarde apreté mis puños y logré llegar hasta
las afueras de la academia, el uniforme se había ensuciado un poco, pero
tampoco estaba del todo mal, para un humano normal aquella caída era una
contusión cerebral asegurada, pero para mí, una persona con habilidades, caer
de un tercer piso era el pan de cada día.
Era impresionante ver el campus de la academia tan lleno de vida, chicos
corriendo y reuniéndose con otros, ya a lo lejos logré reconocer el grupo de los
basquetbolistas, los golfistas con sus palos y boinas, incluso el de las chicas
engreídas estereotipadas.
Dejé de lado la observación y me adentré al edificio principal, me preguntaba
dónde podría haber una tienda para comprar comida sin tener que caminar hasta
la cafetería, ya todos sabían dónde estaban sus clases, incluyéndome. En el primer
periodo del lunes me tocaba filosofía durante cuarenta y cinco escasos minutos,
luego a las nueve con quince me tocaban dos horas de historia, veinte minutos
de recreo y literatura. Agotador.

Martín TeuquilPágina | 49
―Buenos días, chicos ―saludó un hombre de ya avanzada edad por su bigote
y cabellera color ceniza cubierta por un sombrero fedora, él parecía ser el
profesor, pues los mismos chicos bulliciosos guardaron silencio apenas lo vieron
parado frente a toda la clase con su imponente traje gris bajo un abrigo negro
que le llegaba hasta las rodillas. Este viejito sí que tenía un estilo único, me
causaba una impresión rara, como si lo conociese de toda la vida―. La mayoría
de ustedes son nuevos en la academia, excepto usted, señor García.
Un chico moreno, probablemente latino por su apellido se rió por lo bajo, lo
siguieron varios chicos que encontraron la gracia divertida.
―Este es mi último año como profesor de filosofía, así que espero que la
pasemos bien entre todos y logren aprobar mi clase ―sonrió el viejito mientras
se quitaba el abrigo y lo colgaba en la silla―. Para los que digan que es de mala
educación usar sombrero en lugares cerrados, es verdad, pero no les he explicado
que significa el sombrero para esta clase.
En ese momento el profesor se quitó el sombrero y lo sostuvo con sus manos
mientras sonreía con ternura mirándolo.
―Mi nombre es Robert Andersson, nací en la preciosa ciudad de Estocolmo,
en Suecia, pero el mismo año de mi nacimiento mi familia decidió huir del país
producto de la amenaza alemana, huimos a Estados Unidos en donde nos
instalamos a vivir por quince años, al haber terminado la guerra hace bastante,
mis padres y yo regresamos a Suecia, pero quisieron trasladarse a vivir a Lund,
¿Me siguen la historia? ―todos confirmamos con la cabeza y muchos dijeron:
Si―. Bien, vivimos bien por tres años, a los dieciocho años me tocó experimentar
mi primer Horror del que salí bien parado con la singularidad de poder destrozar
toda clase de armamento, en ese momento lo encontré ridículo, pues desde joven
ya tenía intención de dedicarme a la filosofía y visión de la vida, no me iba a
enlistar en el ejército ni mucho menos, de hecho, hasta tenía una beca para
estudiar humanidades y teología en la Universidad de Lund, pero un día
simplemente ocurrió lo inesperado, un ataque armado al banco en el que
trabajaba papá me llevó a actuar, ese día estaba tranquilo en casa y al ver lo que
ocurría por las noticias, no lo pensé y conduje por mi cuenta hasta el banco, allá
usé por primera vez mis poderes concedidos por el Terror y le salvé la vida a mi
padre. Al menos hasta que el cáncer atacó.
Todos guardamos silencio, la historia me había atrapado completamente
hasta llevarme a imaginar las calles de Estocolmo y Lund bajo ataque, incluso me
imaginé a su padre, había sido sorprendente escucharlo.
―Este sombrero es de él, y lamentablemente tuve la mala suerte de nunca
encontrar una mujer duradera para mi vida, por lo que este año tengo como
objetivo encontrar un digno portador de la historia de mi padre y la mía, y solo
el mejor filósofo de esta joven clase será digno, así que si quieren conseguir un
genial y cuidado sombrero de 1898 tendrán que esforzarse en mi clase ―dijo con
una sonrisa de oreja a oreja que acentuaba sus arrugas junto a su bigote, el señor
había nacido cerca de 1940, por lo que tenía como mínimo unos setenta años.

Martín TeuquilPágina | 50
La historia del señor Andersson fue vitoreada y aplaudida por todos,
incluyéndome. El señor Andersson sonrió y apenas terminaron los vitoreos, nos
ordenó tomar apuntes mientras prendía con rapidez la pizarra electrónica en la
que empezó a escribir con los dedos la palabra: Filosofía.
Peculiar, normalmente cuando piensas en una persona de la tercera edad te
imaginas a alguien con poca energía, alguien que ya no tiene más que ofrecerle
a la vida o al mundo, pero este viejito era una de las personas más energéticas
que había conocido en mi vida.
―Profe, ¿Usted piensa que la filosofía es más importante que la ciencia? ―le
interrumpió Gareth mientras el profesor escribía en la pizarra y los demás
tomábamos apuntes, ya era la tercera vez que interrumpía la clase con
preguntas―. Porque a mí francamente me da la impresión que el conocimiento
científico y las verdaderas pruebas son mucho más valiosas que los
conocimientos interiores, o la misma pureza y realización personal.
El profesor miró a Pyro mientras se cruzaba de brazos y escuchaba con
condescendencia.
―Todas las ideologías deben ser vistas en perspectiva, Pyro, yo no vengo a
llenarles la cabeza de ideas, vengo a enseñarles sobre una disciplina que será muy
importante para quienes planean dedicarse a la psicología, al estudio de la
sociedad e incluso la política, así que no me venga a tratar como si estuviese loco
―le respondió Andersson arrancando la soberbia de Gareth desde raíz.
―¡Pero, profesor! ¿No podrías decirnos tu opinión? ―Gareth se levantó de su
asiento, vaya imbécil más molesto, ¿Qué quería? Para mí solo intentaba hacerse
el interesante, hablaba sobre cosas que no comprendía y cada vez me agradaba
menos.
―Pyro, primero que todo, no vuelvas a tutearme nunca más, ¿Bien? ―le
advirtió el profesor
―¿Tutearlo? ¡Ah, claro! Perdón, no me había dado cuenta ―se rió Gareth, fue
el único de la clase que reía, los demás dormían, dibujaban o lo miraban con
aburrimiento.
―Es en serio, está bien que nos conozcamos, pero a mí me respetas en mi
clase ―le dijo con enojo el profesor a Gareth.
―Sólo tenía una duda ―replicó el chico, entorné los ojos y recosté mi cabeza
entre mis brazos―. ¿Quién le enseñó sobre la filosofía?
Pelotudo, ¿Qué relevancia tiene eso en la clase?
Cuando reanudó la clase con normalidad y se me empezó a hacer aburrida, el
profesor concluyó su explicación.
―El hombre está formado por cuerpo y alma (o espíritu), pero es esto último
lo que nos hace hombres, lo que nos diferencia de los otros animales. Para
algunos pensadores importantes, la forma correcta de ser humano es dar
preponderancia a nuestra parte espiritual en detrimento de nuestra parte animal.
Controlándonos y dominándonos, es como crecemos espiritualmente, como más

Martín TeuquilPágina | 51
plenamente realizamos el ideal del ser humano ―justo en ese momento sonó el
timbre de cambio de hora―. Muy bien, es todo por hoy.
De manera explosiva, tres cuartos de mis compañeros de clase salieron
disparados de sus asientos como si tuviesen un resorte en el trasero, corrieron
como ganado por la puerta, al parecer iban bastante apurados a sus otras clases.
A mi ahora me tocaba mecánica cuántica, pero antes de eso había un descanso
de media hora, podía recorrer la academia a mi voluntad. Mi libertad no duró
mucho, por los parlantes de la academia se escuchó un pequeño chirrido seguido
de un mensaje del que parecía ser el director.
El director Booker, el supuesto visionario, capaz de usar sus influencias para
difundir sus pensamientos e ideas políticas con facilidad. Greg Booker era el padre
de la academia, apenas comenzó a chirriar el parlante todos guardaron un silencio
mortal, en señal de respeto.
―Hoy comienza un nuevo año escolar, por favor, les pido a todos los
integrantes de la comunidad educativa que se presenten al acto inaugural en el
auditorio principal. Cambio y fuera ―su voz seca y la carraspera que emitía me
producía una sensación de temor, le temía al director sin siquiera haberlo visto
en persona. El parlante volvió a chirriar, aquello devolvió la vida a los estudiantes
y pasillos, de manera figurada.
―Supongo que escucharon eso ―nos dijo el profesor Andersson, estaba claro
que al profesor le había importado muy poco el anuncio del director, supuse que
ya estaba acostumbrado a estos actos, pues su expresión apagada le hacían ver
cansado y aburrido de sobremanera.
―Si, ¿Va a asistir? ―le pregunté, en el aula solo quedábamos cuatro
estudiantes, una chica de pelo oscuro y lacio a la que le sacaba como una cabeza
de altura, el chico rubio y con lentes que había respondido al profesor
anteriormente y Dinasty.
―No, estas cosas ya dejaron de interesarme, lo que quiero ahora es tomarme
un té de manzanilla. ¿Tú eres Félix, cierto? ―me preguntó, noté como los demás
empezaban a caminar más lento mientras se dirigían a la puerta de salida
haciendo una fila india de camino.
―Félix LeBlanc ―me presenté con entusiasmo, estirando mi mano y
estrechando la suya.
―Conozco a tus padres, es decir, ¿Quién no? Pero yo les hice clases de
literatura y filosofía, “Teddy” LeBlanc y “City” Blackburn, dos verdaderos
fenómenos… ―recordaba el veterano profesor con mucho cariño, escuché como
a mis espaldas uno de los otros chicos volvía sobre sus pasos, supuestamente a
buscar algo olvidado.
―¿En serio? ―pregunté emocionado, nunca había tenido la oportunidad de
hablar con los antiguos profesores de mis padres y quizás esta iba a ser mi única
oportunidad―. ¿Y qué hacían? ¿Cómo eran de jóvenes?

Martín TeuquilPágina | 52
El profesor sonrió notoriamente, su cara llegó a arrugarse un poco más por
aquella sonrisa, seguido de eso procedió a sentarse en la silla del escritorio, yo
agarré una silla e hice lo mismo.
Se aclaró la garganta con una carraspera entendible por la edad de aquellas
vías respiratorias.
―Eres una combinación perfecta entre ambos, eso te lo puedo asegurar,
tienes el mismo físico que Teddy; delgado, alto y con una sonrisa natural. Por el
lado de City, tus ojos son más claros que el marrón normal, seguramente por los
ojos verdes de ella, y tus rasgos faciales son idénticos, además de tu explosividad
para responder todas las preguntas en segundos ―entonces el profesor
Andersson si me había escuchado responder sus preguntas planteadas en la
clase.
Solo atiné a sonreír y desviar la mirada, aquello me llevó a cruzar miradas con
la chica del cabello oscuro, era guapa, muy guapa, sus ojos marrones, pero
marrón claro, tenía algo que me hipnotizó por unos segundos, algo más allá solo
del bonito color, una mirada profunda y que me recordaba a mi gata bengala
llamada Gamora. Pasaron dos segundos y salió del aula, ahora solo estábamos el
profesor y yo.
―Teddy y City hacían un dúo perfecto, en ciertas ocasiones debía seleccionar
estudiantes para concursos de debate y de literatura, en eso siempre mis dos
seleccionados titulares eran ellos dos, recuerdo que un año ganaron todo en lo
que participaban, si no ganaba uno, ganaba el otro, los concursos eran…
―comenzó a rascarse la barbilla pensando―. Concursos de poesía, de cuentos,
micro-cuentos, guiones de obras de teatro, ya no lo recuerdo, pero lo ganaban
todo.
Eran increíbles, pero quería saber algo fuera de lugar, algo en lo que se
equivocaron.
―Pensé que iban más por la ciencia ―mencioné risueño.
―En el segundo año de ambos despegó su vocación científica, desde
entonces no tuvimos ningún campeón nacional en nada que tenga que ver con
literatura, se dejó de lado desde que me cambié al puesto de filosofía por el
cansancio y la edad.
―Me imagino…
―A ver… ¿Qué más recuerdo? ¡Ah, casi lo olvido! City era novia del director,
Greg. Greg… Bueno, Greg siempre fue algo complicado de explicar, era un chico
que lo hacía todo, pero no destacaba en nada a diferencia de City y Ted, en la
generación dorada en la que estuvieron City, Teddy, Kassandra Fritz, Daryll
Metalos, Lauren Freeman (la actual gobernadora) y Robin Rhodia ―no tenía idea
de quienes eran ellos, solo Freeman me sonaba―. Greg intentaba todo por
destacar, digo, nunca fue un chico especialmente brillante ni ordenado, pero le
gustaba llamar la atención.
Justo el tipo de chicos que yo detestaba.

Martín TeuquilPágina | 53
―Pero eso ya quedó atrás, creo que fue la única persona invitada a la boda
de tus padres que no asistió, y con mucha razón, el a pesar de todo amaba a tu
madre y se negaba a dejarla ir con Teddy, así que no veas de mala manera al
director por su pasado ―aclaró rápidamente.
―Está bien ―reí, el profesor miró la hora y se dio cuenta de que se había
excedido hablando, hasta yo me había dado cuenta de ello.
―Voy a tener que llevarte al auditorio.

GOLDIE

Félix se bajó del auto y de manera muy extraña presentí que algo malo iba a
pasar, pero no le iba a pasar a Félix como en la mayoría de los casos, me iba a
pasar a mí.
Cuando llegamos frente al Colegio Mágico Milán no quise abrir la puerta
enseguida, me quedé unos segundos mirando a través de la ventana para intentar
localizar a mis amigas, a lo lejos logré ver a Julie Green, ella era la hermana de mi
mejor amiga, pero nunca habíamos hablado y no se llevaba muy bien que
digamos con su hermana melliza, hablando de la reina de Roma, Susan estaba un
poco más allá de la entrada principal.
―Adiós― dije al chofer.
―Que tenga un buen día, señorita LeBlanc ―logré escuchar y cerré la puerta,
enseguida se fue por donde vinimos. Caminé mirando a todas direcciones, ya
habían pasado tres meses desde que veía el colegio y todo estaba igual que
siempre, era un edificio de tres plantas alargado, cubría casi una cuadra completa
de la ciudad y en el centro estaba en gimnasio, las piscinas para natación y el
patio, en mi interior me decía a mí misma que no tenía nada que envidiarle a la
Academia Preparatoria Real, después de todo este sería mi último año en el
colegio.
Cuando me acerqué a Susan noté que no estaba sola, también estaban Gabe
Santoro y Leah Weber, Gabe era un chico más bien egocéntrico, no era lindo ni
nada, de hecho, era un moreno que no se afeitaba los bigotes de ratón que le
salían y se rapaba partes de la cabeza para hacerse peinados de jugadores de
futbol. Si se hiciese peinados como los de David Beckham estaría todo bien, pero
el error estaba en que Gabe intentaba simular los peinados de Zardes, pero sin
teñirse el pelo porque su mamá no lo dejaba. Pues esa copia mexicana de Gyasi
Zardes era mi mejor amigo desde que tengo siete años, así que, aunque sea feo,
egocéntrico y molesto tengo que apoyarlo a muerte.
―¡Goldie! ―dijo con alegría la morena Leah Weber, me dio un fuerte abrazo
que le correspondí con cariño, estos eran mis únicos amigos de verdad.
Gabe también me abrazó.
―¿Cómo estuvieron tus vacaciones? ―me preguntó Leah mientras yo
saludaba con naturalidad a Susan, no tenía que abrazarla porque habíamos

Martín TeuquilPágina | 54
pasado todo el verano juntas―. ¿Hace cuánto que no nos vemos? Creo que a
finales de mayo.
―Nos vimos el último día del curso pasado ―dije.
―Porque fue a ver la final de la Champions League y faltó a los exámenes
finales ―le recordó Gabe.
―Es cierto ―se rió Leah.
―Amiga, ¿Viste a Rowe? ―me preguntó Susan de manera poco discreta, me
quedé unos segundos en blanco intentando recordar a Rowe, Julien Rowe era un
compañero de clase mío y compañero de equipo de mi hermano, ahora era el
capitán de la categoría infantil del club Rayo Azul. No entendía a qué se refería
Susan cuando preguntaba si había visto a Julien, la última vez que lo había visto
fue en junio en la final del torneo de futbol, cuando fui a apoyar a mi hermano,
pero no lo notaba diferente.
Centré mi mirada en Susan y discretamente le toqué la mano con uno de mis
dedos meñiques, aquello me hizo incursionar directamente hacia sus
pensamientos. Comencé diciendo en mi cabeza: Julien Rowe, fue entonces
cuando frente a mi aparecieron una serie de recuerdos, fantasías y pensamientos,
en ese momento entendí a qué se refería Susan.
Resulta que Julien Rowe había crecido cerca de ocho centímetros en tres
meses, había hecho mucho ejercicio y sin duda le había llegado la pubertad, se
veía espectacular. Era increíble lo mucho que me había gustado tomando en
cuenta que solo estaba viéndolo a través de los recuerdos deformados de mi
amiga, ahora me tocaba a mi comprobar si era cierto.
―Más o menos ―le respondí.
―Quiero besarlo, quiero que me bese, que me haga de todo ―confesó.
Empecé a reírme con ganas.
―Es que en serio, amiga, ¿Tú ves normal que a los trece años se vea tan
mayor? Me encanta ―seguía, yo cada vez me reía más.
―Hasta para mí se ve exquisito ―soltó Gabe y las demás se rieron.
Lo dicho, entramos al colegio y todo era como lo recordaba, casilleros
coloridos, murales preciosos y mucho bullicio mientras todos se reencontraban.
Pasamos con autoridad sobre los niños de clases menores, parte de crecer en
un colegio es poder convertirte en lo que juraste destruir de niño, es decir, los
abusivos niños mayores.
Cuando me senté en mi asiento de siempre lo vi, era Julien Rowe, era cierto.
La última vez que había visto a Julien éramos del mismo tamaño, incluso desde
algunas perspectivas yo me veía más alta, también tenía la cara llena de acné y
su pelo estaba enmarañado por no cortárselo en meses, ahora todo eso había
cambiado, al levantarme de mi asiento para ir a saludarlo con una fingida
cordialidad noté que era una cabeza más alto que yo, estaba delgadísimo, su cara
se veía perfecta y suave, pero lo mejor era su cabello, se había hecho un corte
hace poco tiempo por lo que pude notar, se había hecho un degradado por los

Martín TeuquilPágina | 55
lados y por atrás, y se había desenmarañado por arriba para que le quede un
rizado genial. Este era el Julien Rowe que todos querían ver, incluyéndome.
Me acerqué lentamente, todos los chicos lo rodeaban y se reían con él. Había
hablado antes con Rowe, pero era para hablar de tareas, o reírnos de cosas
triviales pues siempre lo había visto como un chico descerebrado, bueno para
nada y ambicioso a más no poder a pesar de no contar con nada sobresaliente.
Nuestras miradas se cruzaron y sonrió como siempre lo hacía, era el mismo
Julien que conocía desde preescolar, pero ahora era lindo.
Sentí como mi estómago se llenó de calor y abrí la boca para intentar hablarle,
pretendía decirle: Hola, ¿Qué tal tus vacaciones, Julien? Pero lo que salió fue:
―Ho-ho Rowe ―realmente me faltaba el habla, tenía en mi cabeza todo lo
que quería decir, pero las palabras no me salían de la boca.
―Hola, LeBlanc ―se acercó y me dio un beso en la mejilla como de
costumbre.
―Hola, Rowe ―logré articular con mucho esfuerzo, hasta me había salido un
gallito en el camino.
―¿Estás motivada para volver a tener calificaciones perfectas este año? ―me
preguntó, su sonrisa confiada e inclinada me mataba, no sabía qué diablos sentía
por Julien.
―Cla-cla-cla-cla-claro que sí, espero que te vaya bien a ti también ―le deseé
con excesivo esfuerzo, no era lo que quería decirle, pretendía que hablemos un
poco de lo bien que jugó la final del verano.
―Eso intentaré, supongo que puedo contar con tu ayuda si me cuesta algo
como siempre ―dijo achinando los ojos, no podía soportar estar cerca de él, era
tan cálido, sus expresiones me derretían, cuando achinaba los ojos, cuando
sonreía de manera confiada, cuando subía una ceja, todo.
―Obvio ―no entendía por qué daba respuestas tan sosas, yo no soy así, así
es como responde Félix, pero yo usualmente era más expresiva, te relataba mi
vida en unos segundos, me encantaba hablar con la gente por horas, en cambio,
Félix se limitaba a responder: Si, no, no sé, probablemente, quizás, nunca
respondía o saludaba con ganas.
Enseguida Julien me sonrió por última vez y se giró para volver a hablar con
sus amigos, me quedé unos segundos petrificada, como si hubiese visto un
suceso paranormal, me giré y volví a mi pupitre. Cuando la maestra encargada de
nuestra clase llegó todos nos levantamos para saludarla y volvimos a sentarnos,
en ese momento vi que una chica pelirroja había llegado con ella, me sonaba su
rostro, como si lo hubiese visto alguna vez.
―Muy bien, quiero que se tranquilicen y le den la bienvenida a nuestra nueva
estudiante proveniente de Inglaterra, Stella, querida, ¿Podrías presentarte? ―dijo
la arrugada profesora que nos había tocado este año, pero que todos conocíamos
de memoria por impartir las clases de historia durante años.

Martín TeuquilPágina | 56
La chica pelirroja dio un paso frente al pizarrón y se dirigió a nosotros con una
sonrisa, no me provocaba mucha confianza por lo mucho que sacaba los dientes
para sonreír, pero seguro me podría llevar bien con ella de todas maneras.
―Hola, mi nombre es Stella, tengo trece años y vengo de Inglaterra, antes
vivía en la ciudad Birmingham y me gusta patinar… ―levantó la mirada hacia mí,
luego la pasó por sobre toda la clase y finalmente miró a la profesora.
―Gracias, Stella ―la maestra y los demás comenzaron a aplaudirle a Stella,
seguí el aplauso al notar que Rowe me miraba desde el fondo del aula―. Puedes
sentarte junto a Leah.
Leah se sentaba justo atrás mío y hoy se había sentado sola, pues yo me
sentaba con Susan. La pelirroja pasó caminando junto a nosotras y se sentó
donde le indicaron.

Tres días después Stella ya era parte del grupo, me percaté de aquello cuando
escuchaba música en mi pupitre como cada recreo, pero esta vez era diferente,
había un bullicio que no dejaba de interferir en el silencio al que estaba
acostumbrada. Me quité los audífonos mientras abría los ojos y me quitaba el
pelo de la cara, no fue sorpresivo encontrarme a Leah y Susan sentadas con Stella
atrás mío.
―¿Cómo es Inglaterra? ―le preguntó Leah a Stella.
―Bonita, no nací en Inglaterra, pero fue mi hogar toda mi vida, yo vivía en
Birmingham, “La ciudad de los mil negocios”, era una ciudad gigantesca, diez
veces más grande que Bunder, con mi familia vivíamos en un barrio llamado
Bournville en el que cada semana visitábamos un parque temático de chocolate
―contaba la pelirroja jactándose de su antiguo hogar.
―Nunca había escuchado de Birmingham ―confesó Susan.
―Siempre se habla de Manchester, Londres o Liverpool, pero Birmingham es
tan o más importante que algunas de ellas ―dijo Stella con mucho orgullo.
―Dudo que sea más importante que Londres ―le contradije sin malas
intenciones.
―¿Viviste en Inglaterra? ―me preguntó de manera desafiante sin quitar su
mirada de mis ojos.
―Bueno, estadísticamente…
―¿Viviste en Inglaterra? ―me interrumpió, antes de que pueda volver a abrir
la boca lo repitió por tercera vez.
―No, pero…
―Entonces no puedes opinar ―me intentó callar, pero no lo iba a tener tan
fácil, nadie calla a una LeBlanc, si nadie me había callado antes esta chica nueva
con aires de grandeza no sería la primera en hacerlo.
―Claro que puedo opinar, tu país está hecho… ―antes de que termine de
decir la grosería Susan me detuvo.

Martín TeuquilPágina | 57
―Ya, suficiente Goldie, queremos ser amigas ―dijo, la miré con descontento
durante unos segundos, en esos escasos segundos tuve una intensa batalla
mental con Susan, finalmente me rendí y me crucé de brazos.
Todo el recreo se la pasaron hablando de Inglaterra, de que tenía un hermano,
de que había ganado competencias de patinaje sobre hielo y muchas cosas que
me interesaban un comino. El momento en el que volví a conectarme a la
conversación fue cuando empezaron a hablar de chicos.
―¿Has tenido novio? ―le preguntó Leah a la pelirroja que en menos de media
hora ya me había desagradado completamente.
Stella pareció querer llegar desde el principio a este momento, pues su sonrisa
se estiró mucho más de que lo que ya estaba.
―Naturalmente, desde siempre le he gustado a muchos chicos y en mi otra
escuela todos los chicos decían que era la más linda, de esa manera cada vez que
terminaba con alguien no pasaba demasiado hasta que conseguía un novio
nuevo ―se jactaba Stella de manera orgullosa, mi mirada incrédula le resultó
graciosa a Leah, que no pudo contener la risa ―. ¿De qué te ríes? ¿Ustedes han
tenido?
―Yo si ―confesó Susan.
―Yo también ―dijo Leah. Era falso, Leah nunca les había gustado a los chicos.
En mi impresión Leah era más inclinada hacia las chicas, pero ella no lo admitía,
así que debíamos respetar su orientación. Me parecía surrealista lo mucho que
puede cambiar una persona al intentar dar una imagen incorrecta de cómo es
realmente hacia los desconocidos.
―¿Y tú? ―Stella se dirigió a mí.
La miré sin demostrar interés y dije:
―No me interesan esas cosas, no ―Stella sonrió al escuchar mi respuesta.
―¿Y por qué no? Yo creo que eres de las más guapas del colegio ―sabía que
era falso, no servía de nada adularme con mentiras, ¿Cómo iba a ser de las más
guapas del colegio?
“Tu nombre significa oro por lo valiosa que eres”. Esto último fue lo que me
dijo mamá el día que Félix dio sus exámenes, desde entonces no había podido
dejar de pensar en esa frase, ¿Realmente yo era tan especial? No me gustaba
pensar en esto, más bien, me gustaba decir que no me importaba.
―Yo creo que le gustas a Gabe Santoro ―reconoció Stella, entorné los ojos
cansada de aquel común comentario, comenzó a reírse al ver mi reacción―. ¡En
serio! Es que ustedes dos son muy cercanos, te va a dejar hasta tu casa, te compra
sándwiches… ¿Qué más? ¡Te acompaña a almorzar! No me digas que eso no es
sospechoso.
―No, no, no, no ―repetía yo mientras Stella hablaba, Gabe era mi mejor
amigo y nada más que eso, yo no me consideraba excesivamente linda, pero
Gabe era excesivamente feo para mí, simplemente no me atraía.
―¿Y qué chico de la clase te parece lindo? ―le preguntó Susan en un volumen
que sólo nosotras lográbamos escuchar.

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Stella lo pensó unos segundos antes de contestar.
―Un chico con el pelo rizado y muy alto ―confesó Stella―. Pero no me
malinterpreten, no sé por qué será, pero nunca antes me había llamado tanto la
atención alguien.
Mi incrédula sonrisa desapareció al darme cuenta de quién se trataba.
Por alguna extraña razón no podía sonreír, aunque lo intentase no sentía
alegría, al contrario, mi rostro forzaba un ceño fruncido y una expresión de
tristeza, no entendía cuál era el problema.
A Stella le gustaba Julien Rowe, ¿Y qué?
¿Por qué me importaba tanto que a alguien le gustase Rowe?
Rowe no era nadie para mí, y Stella menos, pero no entendía lo que sucedía.
―¡¿Julien?! ―preguntó Leah de manera emocionada.
―¡Genial! ¿Y qué harás? ―le preguntó Susan a Stella.
―No lo sé ―se rió nerviosamente―. Deben ayudarme a conquistarlo.
Las chicas obviamente dirían que no, después de todo ellas eran mis amigas y
me apoyarían pase lo que pase. Por mi cabeza empezaron a pasar miles de
situaciones y estupideces sin sentido relacionadas con Julien y Stella.
―Claro que sí, serás la novia de Rowe en menos de un mes, te lo prometo
―le prometió Susan zarandeándola de los hombros.
Mi estómago comenzó a revolverse, sentía que mis amigas me habían
apuñalado, que me habían traicionado, pero ¿Por qué me sentía así?
Entonces fue cuando me golpeé la frente al darme cuenta de que a mí también
me gustaba Julien Rowe. Era la primera vez que algo así me pasaba por lo que no
sabía qué hacer, estaba perdida y con mis únicas amigas apoyando a mi “rival”
estaba sola.
―Gold, oye Goldie, Goldie ―en el tercer llamado de Stella reaccioné, apenas
me salía el habla.
―¿Sí? ―logré decir y sentí una rara sensación que inundaba mi nariz, estaba
a punto de llorar a mares.
―¿Tú también me vas a apoyar? ―me dijo con una sonrisa, esta vez sin
mostrar los dientes, estaba pidiendo mi verdadero apoyo.
No respondí enseguida, pero me quedé sonriendo con la mirada fija para no
comenzar a llorar. Finalmente logré articular un:
―Sí.
Stella y las demás sonrieron, luego de eso continuaron hablando, no supe de
qué, pues me levanté del pupitre y les di la espalda rumbo a la puerta del salón,
antes de salir grité “Baño”, con esa palabra ya estaba respaldada para que no
pensasen que me fui por mi molestia.
Caminé con la cabeza agachada por todo el pasillo, ignoré el timbre cuando
sonó y me metí a uno de los baños de niñas, solo sonreí al ver mi cara llena de
lágrimas en el espejo y darme cuenta de qué desde ahora pasaría mucho tiempo
en este lugar.
Stella apareció en el colegio, pero se sintió como si yo hubiese desaparecido.

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FÉLIX

El diseño interior del auditorio era impecable, las columnas en los laterales del
lugar daban cierto énfasis a la plataforma rodeada por cientos de butacas de cine
blancas que se veían muy cómodas y en las que estaban sentados todos los
alumnos uniformados, profesores con trajes y vestidos, cocineros, jardineros,
asistentes, la señora Rimoneit, sorprendía que se tratase de una academia privada
por la variedad de personas que había en aquel auditorio. El profesor Andersson
hizo que me sentase en el acto en una de las butacas del fondo, en un lugar
bastante alejado del parlanchín director, pero se escuchaba de maravilla por los
amplificadores de sonido con los que contaban a su disposición.
El director seguía hablando olvidándose de lo que le rodeaba:
―Pasando al área artística, es mi deber hacer llamado a todos los alumnos
que no estén en el club artístico y que cuentan con habilidades de esta índole a
acercarse a la profesora Rodríguez para estar en la lista de candidatos para
prácticas, futuras presentaciones y otras actividades, todo para apoyarlos a
ustedes a hacer lo que más les gusta. ¿No les conté una historia de mi juventud?
Mientras estaba en el club artístico era parte del equipo de básquetbol ―no pude
evitar sonreír mientras el director contaba su historia―, la verdad no quiero
alardear, pero gracias a mí y a Teddy logramos llegar al mundial juvenil.
―Y luego desistió ―se mofó el profesor Andersson con un hombre rubio y
de cejas negras prominentes que estaba a su lado.
―Ayer en el desayuno hablaba mal de LeBlanc y ahora le dice Teddy ―decía
otra mujer también rubia y con los pómulos muy marcados.
―¿Eso es cierto? ―preguntó el hombre rubio con un acento muy impregnado
en su habla.
―Sí, te juro que estaba furioso por tener que volver a verlo a él y a Felicity,
además de tener que tratar con su perfecto hijo ―decía la mujer rubia, al parecer
les daba igual que yo estuviese sentado junto a ellos.
―Esperen ―el profesor Andersson se volvió hacia mí, yo algo avergonzado le
sonreí―. Este es Félix LeBlanc.
Los rubios abrieron los ojos a más no poder, uno con los ojos verdes y la otra
con los ojos celestes, luego sonrieron tiernamente.
Mi reacción automática fue apretar la boca con una sonrisa forzada y luego
darles la mano.
―¿Así que tú eres Félix? La verdad si te pareces a City, pero es muy raro, eres
una combinación muy tierna, me encanta ―dijo la rubia, presumiblemente
conocía bien a mis padres como todos en este colegio―. Yo soy la profesora
Karen Jacobsen, enseño historia del arte y lidero los clubes de pintura, dibujo…
Tú sabes.
Sonreí algo más confiado.

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―Déjame hablar a mí ―la voz ronca del rubio me producía una especie de
escalofríos, me estresaba no conocer algunas cosas y ahora me estresaba no
conocer su acento, era croata, eslovaco, bosnio o serbio, pero me sonaba muy de
la antigua Yugoslavia―. Yo soy el profesor Alen Ivanović, imparto la asignatura
de geometría y fui muy cercano a tu papá y tu mamá cuando estudiaban aquí en
la academia, es un placer conocerte, Félix.
Volví a sonreír, pero seguía con la duda. Abrí la boca para preguntarle, pero el
director dijo algo que llamó mi atención.
―Por otro lado, aquellos que quieran pasar a formar parte de una actividad
deportiva siendo de un club ajeno tendrán que presentarse a las pruebas que se
harán en dos semanas para cada uno de los equipos, esto no asegura que queden
ni en la reserva, pero pueden intentar ―eso era lo que quería escuchar, esperaba
tener la oportunidad de al menos formar parte de la reserva de la academia, como
dijo el director, “no es mi intención alardear”, pero me considero un gran jugador
y creador de ocasiones para anotar goles, esperaba que en la academia pudiese
estar al nivel y esta era la oportunidad para fijarme―. Espero que este sea un
productivo año para todos en la academia, tanto para el alumnado, profesorado
y asistentes.
Al escenario subieron cuatro chicos y una chica, todos vestidos de manera
semi-formal. Mi limitada vista no me dejaba reconocer sus rostros, pero sabía que
eran cuatro chicos y una chica como mencioné antes.
―Para inaugurar las actividades me gustaría que cada uno de los postulantes
al puesto de presidente del consejo estudiantil se presentasen a sí mismos, los
dejo un rato con ellos ―el director bajó del escenario y se dispuso a subir por las
escaleras hacia donde estábamos nosotros, mientras más se acercaba más notaba
que estaba vestido de igual manera como salía en el panfleto de la academia, un
bigote acentuaba su redondo rostro que hacía juego con su camisa y pantalón
azabache, el saco morado lo había dejado olvidado en el escenario, pero noté
que no le importaba demasiado pues iba a volver. Mientras subía las escaleras
cruzó miradas conmigo y frunció el ceño, creo que se dio cuenta de que era yo.
Mi pregunta está en: ¿Qué le hice yo? Si mi mamá no lo quiso, pues mal por
él, así es la vida, mi papá es mucho mejor, más inteligente, más conocido, más
prestigioso, ¿Qué pretendía? ¿Acaso pensaba que mamá lo iba a querer por su
sentido del humor? El mundo no funciona así, querido Greg Booker.
Grande fue mi susto cuando lo vi detenerse, clavarme una mirada fulminante
y salir del auditorio con prisa.
Aprovechando que los candidatos a la presidencia dudaban y nadie hablaba
me levanté de mi butaca y bajé por las escalerillas hasta un lugar más cercano a
donde estaban ellos para observarlos mejor, me senté en un puesto que estaba
vacío junto a un chico que había estado en la clase del señor Andersson, creo que
se llamaba Noah, lo reconocí solo por su cabello rubio y gafas con bastante
aumento.

Martín TeuquilPágina | 61
―Hola ―le saludé sin darle mucha importancia, es de buena costumbre
saludar cuando te están mirando.
―Buenas ―dijo con su aguda y débil voz.
Uno de los candidatos dio un paso enfrente, un chico con los labios grandes,
la nariz bien perfilada, ojos muy grandes y brillantes. Más alto que todos a su
alrededor, con la piel del color de la madera barnizada. Trae el cabello bien
peinado, el gel brilla bajo la luz del auditorio y un rizo se mecía inquieto en su
frente mientras el chico de caderas y hombros anchos tiritaba de los nervios. No
era gordo, era grande, pero su cara de niño pequeño decía todo lo contrario.
―Buenas tardes, que-queridos compañeros, profesores y asistentes de la
educación ―saludó de manera muy poco decidida el chico―. Me presento, mi
apellido es Luca, y mi nombre Grimaldi, digo, mi nombre es Luca y mi apellido es
Grimaldi ―primer error, algunos chicos ya se comenzaron a reír y Luca por su
parte perdía su escasa seguridad ante la audiencia.
―Silencio, por favor ―intervino la mujer de cabello moreno que había sido
nombrada anteriormente por el director, la profesora Rodríguez. Tenía un acento
raro, se notaba que era de origen latino. Todos la obedecieron por su tono
irritado y Luca pudo seguir hablando.
―Gracias. Para mí, bueno, es un verdadero privilegio dirigirme ante ustedes
como un candidato a la presidencia del consejo estudiantil, al ser de primer año
―¡Espera! ¿Es de primer año? Eso significa que yo también me pude haber
postulado, en ese momento un montón de preguntas y posibilidades
comenzaron a brotar en mi cabeza―, de la misma manera a las autoridades de
este establecimiento el permitirnos poder vivir un verdadero proceso electoral y
democrático, sepan que esta experiencia nos servirá para formarnos
íntegramente como ciudadanos y contribuirá en la formación de líderes y
personas con capacidad para poder dirimir el futuro de nuestra patria, y que
cuando llegue el tiempo de asumir el cambio de nuestro país no seamos meros
espectadores de los acontecimientos, sino piezas claves del progreso alcanzado.
¿Este chico sabrá que no todos en la Academia provienen de países
democráticos? Los muchachos egipcios, los provenientes de Qatar, chinos,
cubanos, sudaneses, cameruneses o tailandeses (entre otros) seguro se sienten
indignados, ¿Cuál es la necesidad de hablar por todos? Limítate a lanzar tu
inmunda campaña.
Al entrar en mi bucle de odio dentro de mi cerebro suelo perderme, no volví
a la realidad hasta que empezaron a aplaudir, pocos aplausos, ningún vitoreo,
este chico tendrá que comprar los votos si quiere ganar.
No me culpen, pero cuando quiero hacer algo mi cerebro comienza a repetir
una y otra vez las posibilidades de éxito que pude haber tenido, es difícil de
explicar, pero me sentía como un bobo por no haber preguntado sobre el consejo
estudiantil, nunca se me pasó por la mente.
El siguiente en pasar fue un chico muy sonriente, noté como varias chicas se
acomodaron en sus asientos para verlo mejor. A mi parecer no era particular,

Martín TeuquilPágina | 62
demasiado alto y ancho de espalda, tan alto como mi papá. Cara redonda, cejas
largas y espesas. ¿Por qué todas volteaban a verlo?
―Estoy aquí para dialogar con ustedes, me siento muy feliz de poder
participar como candidato a presidente del consejo estudiantil, porque pienso
que todos tenemos algo que aportar desde la manera de pensar, ser y actuar de
cada quien, si quedo electo Presidente quiero que trabajemos mano a mano, así
aprenderemos a hallar lo positivo de las personas, sus capacidades, talentos e
intercambiaremos nuestras fortalezas ―este me gustaba más―. He venido para
decirles que ya falta poco para ausentarme del colegio y no quiero irme sin dejar
huellas, este es mi último año en la academia y no quiero irme sin cumplir uno de
mis objetivos que es ser el presidente del consejo, no ofreceré nada que no pueda
cumplir, hacer eso se llama demagogia y eso destruye en lugar de construir,
vamos juntas a realizar obras posibles y prácticas que nombraré a continuación:
Ser partícipes de las gestiones que realicen las autoridades del plantel para la
restauración de la piscina; incentivar actividades deportivas, creando un
campeonato interno con su debida premiación a los cursos ganadores;
Rehabilitar la sala de audiovisual que ha sido abandonada por falta de
coordinación para incentivar al alumnado a ser partícipe de actividades no
solamente dentro del aula. Aprendamos de manera didáctica. Sin más que decir,
dejo la decisión en sus manos, recuerda que es tu elección. Gracias. Que tengan
un lindo día
No es por ser un infantil, pero en mi cabeza solo se escuchaba mi voz gritando
“¡Me aburro!” repetidas veces. Ah, y por si nadie lo notó: No se presentó. Es decir,
¿Quién es el chico que acaba de recitar su discurso monótono? ¿Cuál es su
nombre? Nadie lo sabe.
La siguiente persona en dar un paso al frente fue una chica rubia que parecía
tener unos dieciséis años, hermoso rostro de tez sonrosada, facciones angelicales,
como esculpidas con cinceladas perfectamente calculadas por un artista del
renacimiento.
El pelo, rubio como un sol primaveral, era lacio, llevaba el fleco peinado hacia
la derecha, lo cual da un toque de dulzura a la totalidad de su cara. Su frente
demostraba gran inteligencia, ojos verdes, profundos, de mirar cautivador. La
nariz era respingada y los pómulos altos.
Era bellísima.
Quizás era por mi morbosidad, pero sentía una extraña atracción fetichista por
las chicas rubias, especialmente las que parecían ser naturales como esta, ¿Quién
era? Necesitaba saber su nombre, no para hablarle, pero mi mente normalmente
asocia los nombres con los rostros, por lo que para tener un vivo recuerdo de ella
me era de vital importancia conocer su nombre.
La rubia se sacudió el cabello y comenzó a dar su discurso:
―Hola, para aquellos que no me conocen bien ―apretó los labios y saludó
con su mano―, soy Elizabeth Cálibri, acabo de entrar a la academia con una
puntuación de ochenta puntos de cien en el examen de admisión y formo parte

Martín TeuquilPágina | 63
del club académico ―solo con decir eso empezaron los murmullos, Elizabeth
esperó a que cesaran un poco.
―No sé por qué se jacta de ese puntaje si otro chico sacó noventa y nueve de
cien en esta misma generación ―dijo Noah a un chico que estaba a su derecha.
―Félix LeBlanc ―dijo como si presentase un producto en un anuncio
televisivo el otro chico.
―Una vez Gandhi dijo: “Seamos el cambio que queremos ver en el mundo”,
ahora pensemos en aquella frase por unos segundos. Sí, necesitamos un cambio,
pero un cambio positivo, no un cambio sin razón aparente además de la de
lucrarse como lo fue cortar el presupuesto del equipo de natación, el de arte y el
de debate para traer máquinas de bebidas patrocinadas por Industrias Paragon y
que estos mismos auspicien los equipos de fútbol, básquetbol, vóleibol, artes
marciales, entre otras ―Elizabeth pisó con fuerza en el suelo―. ¡Debemos
expresarnos! No podemos dejar que los directivos de la academia se lucren sin
que podamos hacer nada para evitarlo, antiguamente la academia era increíble,
según me contaron algunos exestudiantes, la academia antes trataba a todos los
grupos de diferentes talentos con igualdad, el equipo de fútbol nunca pisoteó al
equipo de robótica ni viceversa como pasa hoy en día, así que voten por mí y
comencemos a generar un cambio en equipo, muchas gracias.
Varios comenzaron a aplaudir, incluyéndome, pero no fue una lluvia de
vitoreos ni nada por el estilo como yo me había imaginado que recibirían su
revolucionario discurso, creo que no era una gran idea meterse con el grupo
popular y más apoyado de la academia, además de los que más prestigio
generaban para esta misma.
―Yo voy a votar por ella, está buenísima ―dijo un chico a mis espaldas.
―¡Ay! ¡Jake! ―logré escuchar de una chica que provenía del mismo lugar.
Giré ligeramente mi cabeza para tenerlos en mi visión panorámica, la chica
que acababa de hablar era preciosa, de hecho, era la misma chica a la que había
quedado mirando en el salón mientras hablaba con el profesor Andersson.
Ahora la podía ver desde más cerca.
Con el tiempo me he convertido en un observador excesivo, un mirón. En todo
momento, a cada persona que me cruzo mientras camino, cualquier pixel,
cualquier curva, todo lo que veo empieza a ser maquinado en mi cabeza para
generar una descripción, algo que me llame la atención.
Esta chica sin duda me llamaba la atención, comenzando por su sonrisa,
apretaba los dientes conteniendo su risa y parecía tener la cara más despejada
que hace rato, ahora podía analizarla completamente. Por cómo se veía, para mí
aparentaba unos dieciséis años, quizá menos, su altura la hacía ver así, pero su
forma estaba perfecta para mí, se notaba que no se esforzaba mucho en cuidar
su físico ni apariencia.
Su color claro de piel pasaba desapercibido por sus brillantes mejillas
enrojecidas por el calor, de hecho, me parecía adorable cuando hinchaba con aire

Martín TeuquilPágina | 64
sus mejillas y apretaba la boca. Su pelo oscuro, lacio y hasta el abdomen le daban
ese toque cautivador. El uniforme le quedaba de maravilla.
Durante cinco segundos crucé miradas con ella, enseguida me di la vuelta y
clavé mi vista en el centro del auditorio donde el chico restante acababa de dar
su discurso y nadie le había aplaudido.
Apreté mis puños con los ojos entrecerrados, sentí como mi estómago
comenzaba a contraerse por el hambre, pero, de todas formas, apenas sentí mi
cuerpo preparado para el teletransporte me moví hasta el palco más alejado de
dónde estábamos, desde aquí se podía escuchar todo lo que hablaban, además
apenas aparecí en aquella pequeña habitación-terraza me fijé en la silla reclinable
que rápidamente fue ocupada por mí para seguir contemplando la inauguración
desde las alturas.
Clavé mi vista en la entrada del auditorio justo cuando el director entraba de
prisa para cerrar su acto de bienvenida, cuando pasó a mi lado sentí unos
escalofríos terribles, no me daba buena espina, no sabía por qué, pero sentía una
desconfianza tremenda por el hombre de camisa negra.
―Gracias, con esto damos por iniciadas las campañas para elegir al presidente
del centro de estudiantes y le damos apertura a este año escolar, lo demás
pueden encontrarlo en sus correos, todas las actividades oficiales les fueron
enviadas para que estén al tanto de todo ―el director Booker sonrió
pícaramente―. Ahora entonaremos nuestro himno.
Miré hacia los demás alumnos en los asientos cercanos al escenario principal
y vi que el rubio con gafas se levantaba de su asiento y se perdía en la nada.
¿Dónde estaba?
El estómago se me apretó cuando sentí que algo me tiró de la pierna y en un
abrir y cerrar de ojos apareció mi única amiga hasta el momento, Dinasty Winter.
Cuando tuve conciencia de lo que acababa de hacer ya estaba sentada en el otro
asiento reclinable.
―Esa habilidad de teletransportación es muy útil ―reconoció Dinasty
mientras ajustaba el asiento para su optima comodidad.
―¿Cuál exactamente era tu habilidad? ―le pregunté, habíamos mantenido el
contacto desde el examen de admisión, pero en la clase de Andersson no
habíamos tenido la oportunidad de hablar.
―Creación de hielo y traspasar materiales sólidos ―dijo por vigésima vez, no
me acordaba de que tuviese la habilidad de traspasar materiales sólidos, esa
habilidad estaba ideal para traspasar paredes o puertas cerradas―. ¿Qué tal las
clases?
―Para el culo, tengo un sueño terrible ―aseguré,
―Estamos en las mismas ―sonrió bobamente la casi albina, tenía grandes
mejillas, hasta el punto de querer apretárselas cual abuelita a nieto. No me parecía
especialmente atractiva, es decir, estaba bien dotada físicamente, pero no me
gustaban las chicas altas o con muchos atributos. Aunque sí, en cierto modo era

Martín TeuquilPágina | 65
linda, tampoco te digo que no, pero para mí ya era propiedad indirecta de Emil,
a quien también consideraba un amigo.
―¿Estuviste con Andersson? ―le pregunté para asegurarme.
―Sí, hay un chico en esa clase que es insoportable, ¿Cómo alguien puede
hablar tanto? ―ya sabía a quién estaba mencionando.
―Gareth Pyro, es muy raro, me preguntaba cosas de mi papá ―recordé―. Así
fue como llegué hacia ustedes y nos hicimos amigos.
―¡Aww! ―dijo con ternura―. Te acuerdas del día en que nos conocimos.
―¿Cómo no hacerlo? Si fue el día en el que vi de los mejores espectáculos
mágicos de mi vida ―reconocí sin vergüenza.
―¿En serio? ―me preguntó, antes de que preguntasen ya estaba apuntando
a la persona a la que me refería, entre todo el alumnado estaba una pequeña
chica delgada y con cansancio en los ojos mirando hacia todos lados―. ¿Quién?
¡Ah! París Chastain, ¿Te gusta, amigo?
―Claro que no, solo digo que dio de las mejores exhibiciones del mundo
―me respaldé en mis propias palabras.
―¿Y quién te gusta? ―me preguntó, miré hacia la rubia que seguía sentada
sobre el escenario, pero también recordé a la chica de pelo negro y ojos
cautivadores, me atraían las dos por igual.
―Estoy entre esa rubia de ahí ―la apunté con discreción para que solo
Dinasty la viese―. Pero, también está la chica de pelo negro de ahí ―apunté a la
chica antes mencionada.
―No apuntes ―Dinasty me golpeó la mano―. ¿Entonces no sabes si te gusta
Elizabeth o Emmaline? ¡Guau! Vas por los premios mayores.
―Yo soy el premio mayor, Dina ―bromeé, me sentía verdaderamente como
esta imagen, pero solo provoqué una carcajada burlona en Dinasty.
―¿Tú? ¿Un flacucho sin músculos? ―me cuestionó Dina.
―Claro que sí, mira estos músculos ―le mostré algunos resultados en mis
bíceps y tríceps, músculos que había trabajado en el verano y que ahora estaban
bastante duros.
―Están bien, pero hay muchos que superan tus músculos, flacucho con
músculos ―me recordó Dinasty.
La miré con molestia.
―De todas formas, ¿Qué te importa? ¿A ti te gusta Emil? ―le pregunté para
que se molestase.
Dinasty se quedó con la misma expresión risueña que había mantenido toda
la conversación, no reaccionó ante mi pregunta.
―Claro que no ―dijo.
―Claro que sí, empecé a seguir a Emil en Instagram y me di cuenta de que lo
etiquetas en un montón de memes, eso significa que te encanta, no mientas
―discutí.
―Mentira, él me etiqueta a mí ―dijo Dina, las mejillas y la frente se le estaban
poniendo rojas, pero aún no desistía en intentar ocultar su atracción.

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―Vamos, Dinasty, se nota que te gusta ―le dije, giré mi cabeza hacia los
estudiantes e intenté ubicar a Emil Werner, no fue tan difícil, era el único que
llevaba sus audífonos puestos mientras uno de los estudiantes de tercer año
empezaba a tocar el saxofón frente a todos.
―No me gusta ―reiteró.
―Si te gusta ―quise molestarla.
―A ver, ¿Por qué más dices que me gusta? ―cuestionó.
―Se te nota ―dije sin argumentos.
―¿De qué manera? ―me dejó sin respuesta.
Suspiré.
―Sólo te estoy molestando, ¿Te asustaste? ―le pregunté burlonamente.
―¡Ay! Que imbécil eres ―dijo entornando los ojos, no pude evitar soltar una
carcajada que enseguida ahogué con la manga de mi uniforme.
―¡Shhh! Guarda silencio o nos van a descubrir ―me dijo haciendo un gesto
con un dedo para que guardase más silencio.
Calmé mi risa mediante mi respiración y volví a abrir los ojos para mirar al
chico que seguía tocando el saxofón, no tocaba nada mal, pero no era Coleman
Hawkins ni mucho menos.
―Toca bien, ¿No? ―preguntó Dinasty.
―No sé, no soy mucho de jazz ―confesé.
―¿Y de qué eres?
―De muchos otros géneros, me gusta el trap, hip hop, el rock, pero lo que
más escucho es pop, tipo Ariana Grande, Troye Sivan o Shawn Mendes ―le hice
saber.
―Ah, ¿Entonces eres gay? ―la miré con los ojos entrecerrados demostrando
mi molestia, Dina comenzó a reírse mientras seguía preguntándome―. ¿Eres gay?
No había conocido a hombres que escuchen a Ariana Grande.
―Estás mal de la cabeza, Dinasty ―le dije intentando ignorar sus burlas,
cuando noté que todos empezaban a levantarse de sus asientos le hice un gesto
con la mano a Dinasty, ella se volvió intangible y traspasó su asiento, enseguida
apreté mis puños y aparecí donde había estado minutos antes.
Todos comenzaron a salir del salón de conferencias, no salían corriendo como
si fuesen una estampida de antílopes, pero me arrastraban como si fuesen una
ola gigantesca, intenté seguir el curso hasta la salida, pero eventualmente
comencé a sentir que me tocaban demasiado, así que me apresuré en usar una
última vez mi habilidad favorita, apreté los puños e intenté aparecerme fuera del
salón de conferencias, pero ocurrió lo mismo que en la mañana, sentí como mis
puños se bloqueaban como si hubiese una muralla invisible frente a ellos. ¿Qué
era lo que le estaba pasando a mis poderes? Mi otra habilidad también estaba
pasando por lo mismo, mi cuerpo no me dio tiempo a pensarlo bien y abrí mi
mano en un ángulo extendido con la palma en paralelo al suelo, fue un alivio ver
que mis ondas de choque seguían funcionando como siempre, pero lo que no
había pensado bien era que justo al usar el impulso salí disparado hacia unos

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metros de altura, pues choqué contra el techo del pasillo de la academia y volví
a caer. ¡Excelente, LeBlanc!
Después de salir de la enfermería y que revisasen que no tenía ninguna
contusión cerebral volví a clases, me tocaba geometría con el profesor que se me
había presentado antes, el del acento misterioso, cuando entré al aula le expliqué
que estaba en la enfermería y no necesitó más justificantes que eso, me permitió
entrar y me apresuré para sentarme junto a la chica rubia del discurso, Elizabeth
Cálibri.
Alen Ivanovic era un profesor calmado, normalmente no les prestó atención a
las clases y prefiero repasar todo en casa, a la mayoría de profesores les molesta
que lea mis libros en sus clases, pero al profesor Ivanovic le importaba un comino
si estábamos atentos a su introducción a la trigonometría o no.
Mientras me sumergía en uno de los libros complementarios que nos tocaba
leer estas primeras dos semanas le quité la atención a Fahrenheit 451 y se la di a
lo que estaba haciendo mi nueva compañera de asiento, la indiscreta Elizabeth
estaba leyendo un libro titulado El hombre más rico de Babilonia, me extrañó
muchísimo que alguien de nuestra edad estuviese leyendo un libro sobre
finanzas, pero Cálibri era el apellido del gobernador de California, ¿Ella sería
familiar suyo? Un montón de preguntas sobre esta chica y sobre sus lecturas
comenzaban a llenar mi subconsciente, ¿Tomaba alguna clase especial y la
obligaban a leer aquel libro? ¿Acaso lo leía por gusto e interés propio?
¡Félix! Miré hacia adelante y me concentré con los ojos cerrados en calmar mi
curiosidad compulsiva, inhalar y exhalar siete veces es lo mejor que el Internet me
pudo enseñar, cuando me calmé no insistí en volver a observar a Elizabeth, al
contrario, me sumergí de cabeza en el libro que tenía entre mis manos.
Minutos después me fijé en que la rubia se había dormido con el libro
cubriendo su rostro, dudé en si debía despertarla para que el profesor Ivanovic
no la notase.
Todos estaban escribiendo lo que el profesor iba diciendo en sus tabletas
ChillRoom, la marca de las tabletas que nos entregaba la academia eran de uno
de los competidores de la compañía de mi padre, ChillRoom poseía tecnología
inferior a la de BlackFlower, para empezar sus tabletas no detectaban audio, por
lo que los apuntes debían ser manuales, era obligatorio usar un innecesario stylus
y encima eran más caras.
―¿Félix? ―me habló el profesor Ivanovic, rubio y bien parecido, cubría bien
sus cerca de cuarenta años―. ¿Sabes la respuesta?
¿Cuál pregunta? Seguramente la sabía, pero no sabía qué había preguntado,
antes de que pudiese acercarse hasta donde estábamos sentados pinché
discretamente el brazo de Elizabeth con el stylus de la tableta, ella levantó su
cabeza justo antes de que Ivanovic desviase la mirada hacia ella.
―¿Puede repetir la pregunta? ―le pedí. Me quedé con una cara extrañada
mientras veía la cantidad de dibujos y conceptos que tenía escritos en el pizarrón,
todos relacionados con trigonometría, es decir, la relación entre los lados de los

Martín TeuquilPágina | 68
triángulos y sus ángulos, ese tipo de matemáticas que es inútil en la vida
cotidiana.
―¿Sabes cuál es la diferencia entre ángulos complementarios y
suplementarios? ―me preguntó. Menos mal era una pregunta básica, el sudor
frío se detuvo y respondí con calma.
―Los ángulos complementarios son los ángulos que su suma es igual a 90°,
mientras que los suplementarios son los que su suma es igual a 180° ―respondí
con seguridad.
―¿Eso qué significa, Elizabeth? ―le preguntó el profesor, la miré algo
nervioso mientras ella se restregaba las manos por la cara para lograr reponerse
después de su rápida siesta.
―¿Suplemento de un ángulo es lo que le falta al ángulo para medir un ángulo
extendido? ―respondió Elizabeth.
―¡Muy bien! ―nos felicitó el profesor y se dio media vuelta para volver al
pizarrón electrónico para seguir explicando.
―Gracias ―me agradeció la chica con las palmas de sus manos restregándose
sobre sus ojos.
―No te recomiendo dormir en clases ―le aconsejé con sinceridad mientras
prendía mi tableta y comenzaba a tomar algunos apuntes.
―No me interesa esta clase ―confesó para justificar sus acciones.
―A mí tampoco, no sirve para nada, no pienso ser arquitecto ni nada parecido
―le dije y soltó una risita.
―Yo tampoco, es decir, estoy en esta clase para mantener la asistencia, de lo
contrario estaría en mi casa ―dijo.
―De todas maneras, el profesor me cae bien ―comenté.
―A mí también, es impresionante que no nos haya dicho nada por estar
leyendo libros que no tenían nada que ver con su clase ―dijo ella, me sonrió, le
sonreí al darme cuenta de que se había fijado en lo que estaba leyendo.
―¿Estabas leyendo ese libro por gusto propio? ―le pregunté para salir de mi
duda existencial.
―Está en mi lista de lecturas complementarias para economía ―respondió y
entornó los ojos demostrando su descontento―. ¿Y tú? ¿Fahrenheit 451? ¿Te
gustan las novelas distópicas?
―Lectura complementaria de literatura ―le dije. Elizabeth volvió a entornar
los ojos.
―Al menos tus libros no son tan aburridos, tengo que leer veinticuatro libros
este semestre, así que no puedo perder mi tiempo durmiendo ―dijo con
severidad.
―¡Guau! Mis horas de sueño son esenciales ―dije con certeza, ella no sabía
que estaba hablando casi en sentido literal refiriéndome a lo que me obligaba a
descansar una de mis habilidades.
Ella intentó abrir más los ojos, pero los tenía demasiado rojos por tanto
refregarlos, aun así, era fácil distinguir su color verde esmeralda, los ojos verdes

Martín TeuquilPágina | 69
se manifiestan en cerca del 2% de la población mundial, pero el verde que
manifestaba esta chica era diferente al color de mi mamá, era aún más verde y no
tan amarillento, tenía “más potencia” por así decirlo, eran como verdaderas
esmeraldas.
―Ni siquiera me he presentado, soy Elizabeth ―extendió su mano.
―Félix ―se la estreché, tenía las manos muy suaves a diferencia de mí.
―Dormiré un rato, así que te agradecería si pudieses cubrirme unos minutos,
Félix ―me pidió.
―No hay problema ―le hice saber, fue algo natural, ni siquiera pensé en qué
decir, sólo salió de mi boca, el resto de la clase tuve que responder todas las
preguntas que formulaba el profesor Ivanovic antes de que pudiese dirigirse a
alguien específico, en una de esas le formulaba una pregunta a la dormida
Elizabeth y hubiese fallado en la misión que me encomendó, gracias al cielo no
pasó.
Cuando la clase terminó me levanté de mi asiento, no sin antes volver a dudar
si en despertar o no a la rubia, pero esta vez le quise jugar una broma y la dejé
durmiendo mientras todos los demás salíamos, cuando iba por el umbral de la
puerta el profesor Ivanovic me detuvo y me hizo esperarlo.
―¡Oye! Félix, ¿Así que eres el hijo de Felicity y Teddy?
―Eso ya lo sabe, profesor ―le respondí con un cierto grado de ironía en la
voz.
―Es que aún no me lo creo, Felicity me hacía clases particulares cuando yo
iba en primero y me costaba entender las clases ―recordó Ivanovic.
―¿En serio? ―me costaba imaginar a mi mamá dándole clases a una versión
en miniatura del profesor, a propósito, ahora mismo terminaría con otra de mis
dudas existenciales―. Oiga, profe, ¿De dónde es usted?
―Croacia ―¡Lo sabía! Sonreí y me empecé a reír sólo por la emoción que sentí
al casi adivinar su nacionalidad―. ¿De qué te ríes? ¿Ahora tú también te burlarás
por la final del mundial?
―¡Es cierto! ―comencé a reírme con más fuerza al caer en cuenta de qué yo
también poseía la nacionalidad francesa―. No, no, no me reía de eso.
―¿Entonces? ―me preguntó el profesor de manera desmotivadora.
―Es que llevo como tres horas preguntándome de dónde viene su acento y
al final terminé reconociéndolo a medias ―confesé.
―¿Cómo es eso? ―no terminó de entender.
―Es que intuía que era un acento yugoslavo, pero no sabía con exactitud de
qué país exactamente ―expliqué.
―¡Ya veo! Es casi imposible distinguir entre el croata, el serbio, el
montenegrino y el bosnio puesto que todos hablamos el mismo idioma, tenemos
cerca del noventa porciento de nuestro léxico en común, así que veo difícil que
hayas podido adivinar, Félix ―me explicó el profesor Ivanovic, eso no lo sabía.
Mientras yo abría la boca nuevamente para preguntarle sobre Croacia al profesor
Ivanovic apareció el director Booker por el pasillo.

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―El director… ―susurré y el profesor se giró para encontrarse cara a cara con
Greg Booker, quien anteriormente me había mirado de mala manera por lo que
temía que me tuviese algún tipo de rencor o fuese a tratarme mal.
―¡Alen! ―le saludó el director con un buen estrechón de manos y una
extendida sonrisa que también me transmitió a mí―. ¡Y Félix! ¡Que gusto
encontrarlos conversando! Me recuerda cuando éramos jóvenes y usted se
pasaba el día entero bromeando y haciendo travesuras con Edward LeBlanc.
―¡Por supuesto! ―rió el profesor Ivanovic cambiando su actitud
radicalmente, se notaba que estaba fingiendo la emoción―. Hablar con el hijo de
un viejo amigo es reconfortante…
―¡Pues claro! ―mis ojos se fueron directamente a la mano que le estaba
estrechando el director al profesor Ivanovic, mientras el profe sólo le había dado
una mano el director tenía sus dos manos sobre esta, pero lo que hizo que los
pelos de mis brazos se erizasen fue la semi-indetectable aura de color amarillo
que salía de las manos del director y envolvía la del profesor sin que este pudiese
darse cuenta―. ¿Qué tal tu primera clase? Espero que te quedes con nosotros
por mucho tiempo más.
―Lo intentaré ―le sonrió el profesor ingenuamente.
¿Qué estaba haciendo Booker? ¿Absorbía su energía vital? ¿Acaso se
alimentaba mediante tocar a los demás? No conocía las habilidades de Greg
Booker, pero presumiblemente estaba haciendo uso de una de ellas.
―¿Qué es lo que tiene en las manos? ―pregunté, justo en ese momento el
director soltó al profesor y se revisó las muñecas, llevaba una pequeña linterna
prendida.
―¡Oh! Estaba gastando la batería de mi linterna, que descuidado soy ―se rió,
no podía ser posible, estaba seguro de lo que había visto, desde las manos de
Greg Booker había salido un aura que envolvió la mano del profesor, no podía
ser el efecto visual de una linterna led. Lo miré con la boca abierta sin ocultar mi
temor y dudas frente a él, pero mi expresión se deterioró más aún al ver la tétrica
mirada sonriente que tenía clavada sobre mí.
Comencé a temblar cuando extendió su mano hacia mí, para evitar estrecharle
la mano fingí un estornudo y terminé llenando de saliva mi propia mano.
―Lo siento… ―solté con temor a que me tomase la mano de todas formas.
―Deberías ir a ver al médico, hijo ―me dijo con severidad.
―Son alergias ―me excusé con una vaga sonrisa.
―¿En serio? ¿A qué eres alérgico? ―le iba a responder: ¡Soy alérgico a usted,
viejo del carajo! Pero no lo hice, esto debido a que mientras abría la boca pasó
Gareth Pyro junto a nosotros, a quien el director Booker quedó mirando―. Debo
irme, ha sido un gusto verlos.
El director se fue detrás de Pyro, algo no me olía bien en todo esto, ¿Cuál era
la habilidad que había usado el director y qué tan peligrosa era? Esa era la
cuestión.

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4 CULPA
“Cualquier imbécil puede tomar parte en una pelea, pero el hombre
prudente sabe mantenerse lejos de ellas.”
"Los pilares de la Tierra" (1989), Ken Follett

FÉLIX

VAS AQUÍ AWEONAO CTM

―¡Él! ―gritó el chico con la camiseta del Paris Saint-Germain, no logré


reconocer de qué temporada era, pero era una de dos o tres temporadas pasadas.
Me quedé con el ceño fruncido, dando a entender que no entendía la situación
en la que estaba envuelto.
―Félix LeBlanc ―dijo el director cruzándose de brazos, pero sin dejar su
semblante y postura desafiante.
Gazz terminó de guardar sus cuadernos en su mochila y fulminó al chico con
la mirada.
―¿Qué quieres, Kaylock? ―le preguntó Gazz al chico, este último era de piel
oscura, muy oscura, pero llevaba el cabello teñido de rubio y con rizos, su cabeza
parecía un nido de pájaros. En cambio, su cuerpo era admirable. Es decir, era muy
alto y musculoso, se notaba que hacía ejercicio.
Apreté mi puño dándole una señal a mi cerebro para activar la conexión con
mi teléfono, enseguida llegué a la información privada de este tal Kaylock. Se
llamaba Morgan Kaylock, dieciséis años, su descripción de Instagram decía:
Capitán de la APR, mediocentro ofensivo, me gusta usar el número veintiuno. Este
chico jugaba en el equipo de fútbol, lo comprobé por todas las publicaciones que
tenía con temática de fútbol. Eran muy buenas fotos, a decir verdad.
―Él pintó con grafiti mi casillero ―me acusó.
―Eso amerita un strike, LeBlanc ―advirtió el director.
Yo seguía con el ceño fruncido, perfecto para preguntar:
―¿Y tú quién eres?
Esa pregunta mató a Kaylock, quien me empezó a poner caras furiosas y
desafiantes para molestarme.
―Morgan Kaylock, soy del equipo de fútbol de la academia, de la selección
juvenil de Bunder y del equipo sub-campeón del año pasado, Coronas Reales
―dijo en un tono despectivo.
―Morgan es un destacado y ejemplar deportista de la academia, Félix
―comentó el director.
―¿Y por qué afirmas que Félix pintó tu casillero? ―le cuestionó Dinasty.

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―Porque lo vi saliendo del subterráneo ―dijo Morgan con una sonrisa
acusadora.
―Félix ha estado todo el día con nosotros, y acabamos de salir del acto de
bienvenida, es decir, ¿Qué hacías tú en el subterráneo? ¿Por qué tu casillero está
allá, colega? ―volvió a cuestionar.
Kaylock miró al director, este subió los hombros.
―Es su palabra contra la tuya, Morgan ―dijo el director.
―Tómala, puto ―Gazz se mofó de Kaylock.
―Vocabulario.
―Tómala, tonto ―se disculpó el pelirrojo con una reverencia.
Kaylock extendió su sonrisa burlona mientras sacaba su teléfono y mostraba
una foto que había tomado, la maldita foto estaba en movimiento, pero yo me
veía demasiado bien.
El director levantó una ceja y me miró.
―¿Qué hacías en el subterráneo, Félix? ―pidió explicaciones.
Se me apretó la garganta.
―Nos escapamos del acto de bienvenida y nos escondimos en el subterráneo
―soltó Dina, Gazz prefería no hablar y hacerse el tonto.
―¿Entonces se escaparon para pintar el casillero de Kaylock?
―Nos escapamos para hablar entre nosotros ―dije.
―¿Mientras pintaban mi casillero? ―intervino Kaylock.
―¡Ni se cuál es tu casillero! ―manifesté harto―. ¿Y por qué tu casillero está
en el subterráneo? ¿No puede estar en un pasillo como las personas normales?
―Me gané un lugar de honor ―dijo.
―Que honorable es tener tu casillero en el lugar más recóndito de la academia
―dije con ironía.
―Félix, de todas formas, voy a tener que ponerte un strike ―dijo el director.
Lo miré con rabia apretando la boca para no decir nada.
―Bien, haga lo que quiera.
―A ustedes también ―les dijo a Gazz y Dina.
―¡¿Y yo por qué?! ―Gazz se hizo el inocente.
―No me ponga un strike, por favor ―le rogó Dina. No me quedé a mirar
cómo me echarían toda la culpa y se salvarían del castigo, por lo que me propuse
a salir del aula para almorzar. En la puerta, Kaylock me pegó con su hombro sin
que el director lo notase, lo miré con malicia y con un chasquido de dedos hice
que azote su cabeza con toda su fuerza contra una mesa, parece que quedó
inconsciente. No podía irme sin una selfie con su cuerpo inconsciente. La saqué
y me fui.

Mi primer día había sido un verdadero desastre, ya me habían puesto dos


strikes y tenía problemas con un miembro del equipo de futbol. Solo me
consolaba pensar en que ya había pasado lo peor. Por el lado positivo, Emma me
parecía linda y el profesor Andersson me fascinaba.

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Llegué a mi casa muy cansado, no físicamente, pues apenas había caminado
de salón en salón y para volver al vehículo después de clases, porque el chofer
me esperaba afuera con un vehículo discreto, snacks y recordé que me había
dejado la 3DS en la guantera del auto.
Rita estaba leyendo cuando llegué, solo me saludó y me dijo:
―Te ves cansado, vete a tu habitación y te llevo comida, ¿Sí? ―ella era sin
duda la mejor, cuando entré a mi habitación estaba Goldie acostada en mi cama,
estaba muy tapada y solo se le veían los ojos.
Me saqué las zapatillas, tiré mi mochila en un canasto como si se tratase de
un balón de basquetbol, conecté mi PlayStation en la pantalla frente a la cama, la
prendí y me senté sobre la cama.
―Goldie ―le dije sin mirarla, noté que no estaba durmiendo por su
respiración y sus constantes sonadas de nariz.
―¿Qué? ―me respondió con un tono melancólico y ahogado por las sábanas
que cubrían su boca, fue entonces cuando la miré, estaba llorando, tenía los ojos
muy hinchados y rojos.
En mi cabeza pasaron mil pensamientos de rabia, tristeza, furia, melancolía y
confusión antes de preguntarle:
―¿Qué pasó? ―dejé mi Dualshock (el control del PlayStation) sobre la cama
y me acerque a mi hermanita gateando sobre la cama.
―Nada ―se sentó en la cama riéndose, pero ahogándose por los mocos del
posterior lloriqueo que tuvo cuando la abracé.
―No seas tonta, no llores por estupideces, tienes que ser fuerte y demostrarle
al mundo que eres una puta ama, no una débil llorona ―le decía mientras lloraba
sin control en mí.
En estos momentos es cuando de verdad aprecias a tu hermanita o hermanito,
cuando empiezan a pasar por esa edad en la que se vuelven emocionalmente
inestables, pero no es bonito que tu estés en el mismo rango de edad y no puedas
pedirle apoyo a tu hermanita cuando te sientes igual. Goldie solo lloraba y lloraba
desconsoladamente, estuvo así por como tres minutos, hasta que sus pulmones
no dieron más y me soltó, se secó las lágrimas y me miró sonriendo.
―¿Qué pasó? ―le pregunté.
―Me gusta un chico ―era obvio.
―¿Y qué pasó?
―Yo no le gusto ―dijo con tristeza y me abrazó ahogándose.
―¿Cómo lo sabes? ―le pregunté a secas.
―Porque lo sé, digo, se nota que no le gusto ―soltó, no sonaba convencida
del todo ahora que se lo hacía notar.
―¿Y quién es? ―pregunté.
Pasaron unos segundos en los que no dijo nada.
―Julien Rowe ―confesó. Yo conocía bastante a ese chico, jugaba futbol en la
categoría infantil de mi club, había nacido en el año 2004 y creo que ahora era el

Martín TeuquilPágina | 74
nuevo capitán, éramos socios en el mediocampo, pero jamás lo había relacionado
con Goldie, ni siquiera sabía que iban en la misma escuela o que se conociesen.
―¿Rowe? ¿El de Rayo Azul? ―pregunté impactado.
Movió la cabeza de arriba abajo en señal de afirmación y me observó con pena
en la mirada.
―¿Cómo sabes que no le gustas?¿Y por qué te gusta? En mi opinión no tiene
nada llamativo, es bien tonto, solo sirve para jugar futbol, pero ya no fue
profesional, es decir, creo que él ya va a cumplir los catorce años muy pronto,
¿Qué tiene de especial? ―le cuestioné, pareció como si la estuviese ofendiendo
a ella, porque en su rostro reconocí una mirada de auténtico rechazo e
indignación. Alguien no quería que hable así de su enamorado.
―Porque lo vi cuando me metí en su cabeza.
―Goldie ―la tomé de los hombros y la zamarreé―. Tienen trece años, ¿Por
qué piensas en el amor y en novios? Yo tengo quince, ¿Crees que alguna vez sufrí
por amor como tú?
―¿Tienes o has tenido novia?
Me cerró la boca completamente, no pude hacer nada más que apretarla y
escucharla.
―Julien me gusta porque no es como los demás del colegio, él es diferente,
más loco, más feliz.
Creo que era típico que las niñas inteligentes sean cautivadas por chicos
inútiles, era consciente de que para enamorar a una chica lista tenía que hacer lo
imposible, pues ellas siempre preferían buenos para nada, irresponsables y
problemáticos que inteligentes, esforzados y responsables. Es decir, yo prefiero a
un skater que a un nerd, pero por ejemplo, un lector y friki del cine que sea
detallista conmigo contra un skater que cante mal y ande detrás de mí como
sanguijuela, creo que la opción es obvia, ¿O no?
―Estás tonta de la cabeza, Julien es un tonto, no te merece y tú no lo mereces,
mereces a alguien mejor ―dije desviando mi atención a la consola, volví a tomar
mi Dualshock y jugar mientras escuchaba el drama amoroso de Goldie.
―¿Cómo quién?
―Turner ―dije sin dudarlo―. Él es para ti, es solo un mes mayor, lo conoces
desde que eres pequeña y siempre le has gustado, además me cae bien, le gusta
Ariana Grande y Coldplay, con eso ya me ganó.
―¡Félix! ―reaccionó empujándome y riéndose.
―Pero si es cierto ―me reí―. Ariana es una diosa.
―Nos desviamos del tema.
―Eso era lo que quería hacer ―dije entornando una sonrisa que se le
contagió al verla. Misión cumplida, ya había animado a mi hermana y la había
aconsejado, después de todo es mi hermanita pequeña, por dos años, pero es mi
hermanita y la amo por sobre todos los idiotas que se le crucen.
Goldie, a diferencia mía, no tuvo tanta suerte con la magia del Horror, le había
tocado tres veces, además de la obligatoria que le brindaba la inteligencia

Martín TeuquilPágina | 75
hereditaria tenía dos habilidades geniales, la de convertir su sudor en hielo y ser
capaz de lanzarlo por las palmas de sus manos, y mi favorito, poder leer de
manera limitada el pensamiento de los demás, así se había dado cuenta de lo que
pensaba Julien Rowe de ella. Era un gran poder.
―Gracias ―me sonrió de manera sincera―. Pero eso no significa que vayas a
ganarme en el FIFA.
Rompió el momento con una bofetada que me hizo arder la cara por la fuerza
que contenía, apreté el puño y retrocedí los cinco segundos de margen para
atrapar su mano y tirarla sobre la cama, ahora yo tenía mi rodilla en su cara y la
obligaba a pedirme disculpas.
―¡Ya, ya! ¡Félix, me duele! ―gritaba Goldie mientras yo le gritaba también.
―¡Discúlpate!
En eso entró Rita a la habitación y con un simple movimiento de manos hizo
que nos separemos, Rita tenía la habilidad de controlar cuerpos orgánicos con su
mente y manos.
Ser controlado por Rita no es lindo, pues mientras te tiene suspendido en el
aire dan ganas de matarse por la mórbida sensación de mareo, ni en los juegos
del carnaval anual me mareaba tanto. Por eso Rita era la mejor.

CHRISTIAN

Mi sorpresa fue mayúscula cuando después del agotador primer día de clases
me conecté al Discord del club y me contaron el chisme.
―LeBlanc ya lleva 2 strikes, creo que uno fue por no prestarle atención a Everill
y el otro por rayar el casillero de Kaylock ―comentó Karim, el chico de tercero
que más hablaba en el grupo.
―¿En serio? En solo un día de clases ya se metió en problemas
―complementó Kyrie da Costa, quien tenía el poder otorgado por el Horror de
controlar cuerpos acuáticos, es decir, hasta podía atacarte con el agua dentro de
un vaso, pero aún no lograba controlar grandes cantidades como un lago.
―No se los merecía, ninguno de los dos ―lo defendió Dinasty Winter.
―¿A ti también te pusieron un strike? ―le preguntó otro chico de primero,
Emil Werner, a quien había conocido en persona hoy y se trataba de un chico con
el pelo desordenado, grandes dientes, piel morena y una actitud narcisista, pero
se notaba que era un buen chico.
―Sí, porque intenté defender a Félix ―confesó Dina.
―Yo me libré ―dijo Gareth Pirro con un tono aliviado.
―Porque nos echaste toda la culpa a Félix y a mí ―le recriminó Dina con
molestia.
Gareth se quedó callado, él sabía que yo conocía la verdadera historia detrás
del strike.

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El primer día había hablado mucho con Emil Werner y Gareth Pirro, sin duda
me caían bien, pero algo me empezó a oler mal en el momento en que Gazz me
detuvo justo cuando iba a entrar al comedor para almorzar.
―Chris, ¿me puedes hacer un favor? ―me preguntó, no entendía por qué
llevaba su mochila puesta si recién eran como las una de la tarde.
―¿Qué necesitas? ―le pregunté.
―¿Me acompañarías al subterráneo? ―me pidió.
―Bien ―accedí, entonces Gazz se dio media vuelta y me dijo que lo siguiese.
No recordaba bien cómo me había hecho amigo de Gazz, pero por alguna
extraña razón comenzamos a hablar.
―¿Te gusta la academia? ―le pregunté mientras caminábamos.
―Es decente, me gusta que haya tantas chicas lindas, es decir, casi todas las
chicas de aquí tienen algo en especial, o son atléticas, también pueden ser genios,
poderosas o algo por el estilo, y que sean lindas es un punto extra ―explicó, me
reí de su comentario, en mi cabeza y en la suya tenía lógica, pero dudaba si lo
tenía en la de los demás―. ¿Te has fijado en alguna chica?
La pregunta me extrañó, creí haberlo hecho, es decir, hay muchas chicas lindas,
hasta chicos, estaba Emmaline Paragon, Elizabeth Cálibri, Catherine Ferro y otras
más de otras clases, pero sin duda estaba repleto de bellezas, muchas curvas y la
mayoría estaban buenísimas, eso pensaba. Mi dilema estaba en que realmente
solo lo había tomado como un dato sin importancia, algo que está bien saber,
pero no me había fijado en nadie, no le había prestado atención a absolutamente
nadie que no fuese un profesor. ¿Por qué? Yo no era así, me gustaba una chica
diferente cada mes, hasta que llegó mi primera novia y ex, Clov.
Bajé la mirada y me restregué los ojos sin que Gareth se diese cuenta.
―Claro que sí, en bastantes ―fingí.
―¿En quién?
―Mmm… Camellia Goldstein―solté por decir algo, obviamente estaba
fingiendo para que Gazz no supiese que no me llamaba la atención nadie.
―¿Ah, sí? ―preguntó Gazz riéndose y mirándome por primera vez mientras
caminábamos―. Yo estoy intentando conquistar a Emma, de a poco me voy
ganando su amor.
Parecía convencido, pero de lo poco que me había fijado en la mayoría de mis
compañeras, incluyéndola a ella, es que Félix LeBlanc era su debilidad total, no
hacían nada más que hablar de chicos, pero quién más se repetía era Félix, otro
chico llamado Nathan, un tal Jake y el hijo de puta de Martín Goretzka.
Pensé en decirle, pero preferí callar y ver cómo continuaba su historia.
Pasamos por varios pasillos hasta llegar a una puerta que estaba en uno de
los pasillos más apartados de la academia, desde la ventana se podía ver el
gimnasio a lo lejos y en la puerta se lograba leer “Solo personal autorizado”.
―¿Qué tienes que hacer aquí? ―le pregunté mientras abría la puerta con
mucha dificultad por lo pesada que parecía ser esta.
―Booker me dijo que venga a buscar algo ―me dijo―. Cierra la puerta.

Martín TeuquilPágina | 77
Mientras bajábamos por las escaleras hasta una gran bodega llena de sillas,
mesas, estanterías, máquinas y papeles me iba dando mala espina que Gazz
estuviese relacionándose con el director, mi mamá me lo dijo antes de entrar a la
academia, me dijo que la persona en la que menos tenía que confiar era en el
director Booker, estaba loco y obsesionado con la magia.
―¿Y qué tienes que buscar? ―le pregunté a Gazz.
―Un casillero ―contestó.
―¿Un casillero? ¿Para qué?
―No puedo decírtelo, pero cuando veas un casillero me dices ―me dijo.
―¿Tienes planes con el director? ―le pregunté algo desconfiado.
―Claro que no, sólo le pregunté por algo y me dijo que aquí se encontraba
―dijo mientras prendía su linterna.
―¿No se supone que tú puedes crear fuego? ―le pregunté mientras prendía
la linterna de mi teléfono.
―No tienen tanta potencia como para iluminar esta gigantesca bodega
―confesó.
Caminando en la oscuridad encontré muchas cosas interesantes, había
encontrado un libro que era del año 1789 y otro de 1904, estaban llenos de fotos,
nombres y escritos, parecían ser libros creados por los mismos estudiantes de
esos años y los habían tirado al subterráneo para nunca más volver a ser
encontrados, no lo dudé y los llevé bajo el brazo.
―Chris, encontré el casillero ―dijo el pelirrojo después de cinco minutos
buscando.
―Excelente―dije justo antes de escuchar como abría su mochila y comenzaba
a mover lo que parecía ser un spray, me acerqué rápidamente y me di cuenta de
que Gazz sostenía un spray para grafitis de color rojo en su mano, lo destapó y
comenzó a pintar―. ¡¿Qué haces?!
―Cúbreme ―se limitó a decir, aunque me pesase la culpa me di media vuelta
con la vista hacia las escaleras por si alguien bajaba.
Gazz no tardó más de cinco minutos en dejar una gran marca sobre el casillero,
había pintado la cara de un zorro de manera impecable, guardó el grafiti en su
mochila y se volvió a acercar al casillero para revisar de quién era.
―¿De quién es? ―le pregunté.
―Morgan Kaylock, un jugador del club de futbol ―dijo, yo conocía a Morgan
desde hace mucho tiempo por el futbol y sabía que no se lo tomaría muy bien
que digamos, es más, iba a hacer un verdadero escándalo para dar con el
culpable.
―¿Morgan Kaylock? Hermano, Kaylock es un tipo conflictivo, te va a descubrir,
y si no lo hace, alguien más va a pagar por ti ―le advertí.
―Tranquilízate, Christian, conozco a Kaylock, además no va a descubrir que
fuimos nosotros ―dijo Gazz como si se tratase de un juego.
―¿Y por qué haces esto? ¿A quién quieres inculpar? ―le pregunté.

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―No sé a quién quiere inculpar el director, pero entre nosotros… ―Gazz me
miró directamente a los ojos antes de confesar―. El director me envió a pintar
este casillero.
―¿Y por qué le haces caso al director? ―le pregunté con muy malas
sensaciones.
―Eso es ya más privado, probablemente te cuente más en el futuro ―dijo de
manera confiada, justo en ese momento escuché como se abrió la puerta por la
que bajamos y puse mi mirada en las escaleras, era esa tal Elizabeth Cálibri que
había dado un discurso en la asamblea. Rubia, alta, bonita y sorprendentemente
le quedaba bien el uniforme escolar tan anticuado, venía bajando con algo en los
brazos, no de gran tamaño, pues podía sostenerlo con ambas manos, pero no
lograba reconocer qué era desde la oscuridad.
Miré a Gazz, estaba tan callado como lo estaba yo, me miró y me hizo un gesto
de silencio, ninguno de los dos se movió de entre la oscuridad del almacén
subterráneo.
Elizabeth se metió en la oscuridad y por unos segundos desapareció de mi
vista, hasta que dijo:
―¡Vactomulus Calerem! ―y una pequeña bola de luz que iluminó su
alrededor se manifestó frente a ella, Elizabeth siguió caminando sin temor a lo
desconocido por su fuente de luz artificial creada mágicamente, eso era parte de
estudiar a la magia, cosa que la mayoría de nosotros no hacíamos.
Es indignante pensar que las personas que más magia conocen son aquellas
sin afinidad mágica, los humanos comunes y corrientes, aquellos que nunca en
su vida han o van a experimentar un Horror, son ellos los que más estudian la
magia, la crean, la aprenden a conjurar y a poseer bajo su poder. Elizabeth era
parte de esos humanos que estudiaban hasta no poder más para equipararse a
quienes si tenemos la magia en la sangre, por eso podía conjurar esa clase de
encantamientos con su voz.
Me sentí avergonzado, creo que en ese momento me empezaron a interesar
los encantamientos y conjuros.
En mi indignación irracional me moví por un torpe reflejo y golpeé el casillero
sin querer, Elizabeth se giró al escuchar mi metida de pata, enseguida intentamos
escondernos detrás de los casilleros, contuve la respiración y miré al techo.
―¡Sinnigir! ―después de ese grito de Elizabeth todo fue absoluto silencio por
cerca de dos minutos, nada se movía, aparentemente ya se había ido y no logré
descubrir qué era lo que hacía en el subterráneo.
―¿Qué hacía la diva aquí? ―preguntó Gazz al notar que ya no se encontraba
presente.
―¿Qué hace el pelirrojo más horripilante y grosero que he visto en mi vida
aquí? ―dijo Elizabeth desde nuestras espaldas y tanto Gazz como yo gritamos,
no vi otra salida que comenzar a correr mientras Elizabeth nos perseguía y
atacaba con sus hechizos.

Martín TeuquilPágina | 79
―¡Geler! ―gritaba la rubia, Gazz apenas podía correr y repeler los hechizos
de Elizabeth con sus llamaradas.
No corrimos hacia las mismas escaleras por las que habíamos entrado,
mientras íbamos subiendo me di cuenta de eso, pero ya no había vuelta atrás,
Elizabeth se negaba a dejar de atacarnos, no sé si era alguna clase de protectora
o guardaba algo que no debíamos ver, pero se notaba que quería detenernos a
juzgar que usaba todo su arsenal mágico.
La puerta abierta al final de las escaleras fue nuestra salvación, primero pasé
corriendo y no sé de dónde saqué la fuerza para cerrar la puerta apenas Gazz
pasó.
Respiré hondo e intenté tranquilizarme, miré a Gazz mientras este apoyaba
sus manos en sus muslos y tocía, giré mi cabeza para ver dónde estábamos, era
un pasillo oscuro por lo que saqué mi celular con la linterna encendida.
―¿Dónde demonios estamos? ―me preguntó Gazz, más bien hizo la
pregunta al aire. ¿Cómo lo iba a saber? Apreté ambos puños y me concentré en
Gazz para encerrarlo en una burbuja casi impenetrable―. ¡Hey! ¡Christian, déjame
salir!
Gazz golpeaba la burbuja transparente con toda su fuerza, hasta intentaba
quemarla.
―Me vas a contar todo, Gazz ―exigí, Gazz, quien estaba con una expresión
de enojo comenzó a tranquilizarse hasta que se sentó en el interior de la burbuja.
Sonreí.

FÉLIX

Una canción que realmente mejoraba mi estado de ánimo y humor era Finesse
de Bruno Mars y la genial Cardi B, podía estar teniendo un día de mierda, pero
esta canción me hacía comenzar a imitar el rap y ruidos extraños de Cardi casi
instantáneamente, era mi canción, ella era mi artista para alegrarme, tanto Bodak
Yellow, I Like It y el final de Girls Like You con Maroon 5, todas las canciones
famosas de Cardi me alegraban el momento. Esto mismo influyó en que el mundo
no se me viniese encima cuando me cerraron las puertas de la academia en la
cara.
Ya eran las ocho de la mañana con quince minutos y acababa de llegar en
bicicleta, mi dilema se basaba en cómo entrar, no en las consecuencias de
haberme atrasado, pues significaría mi tercer strike y realmente no quería
comenzar mi aventura en la mejor academia del mundo de una manera tan poco
ortodoxa como lo era tener una charla con mi mamá y el director para hablar de
mis problemas personales.
Comencé a revisar las paredes cercanas a la entrada principal, ninguna entrada
secundaria, ni tubo de ventilación, ventana abierta o puerta de escape visible,
realmente estaba en mi mismísima mierda. Al ver mi reflejo en la entrada de vidrio
me di cuenta de que no podía hacer nada, no iba a poder entrar.

Martín TeuquilPágina | 80
Al instante saqué mi teléfono para intentar llamar a Dinasty para que usase su
poder de convertir materia tangible en intangible conmigo, pero recordé que no
iba a poder tocarme, pues nos separaba la puerta de vidrio.
Seguí pensando, si le pedía que viniera podría volver la puerta intangible para
que yo pudiese atravesarla, era una idea estupenda, bajé por mi lista de contactos
hasta la D de Dinasty, presioné llamar y comenzó a sonar como si estuviese
marcando.
Marcando.
Seguía marcando.
Contestó alguien.
―¿Hola? ―escuché una voz femenina.
―¡Dinasty! Necesito que vengas a la entrada norte de la academia, me quedé
afuera y quiero que vuelvas la puerta intangible ―dije de manera alterada,
dudaba si me había entendido del todo por mi rapidez al hablar.
―Eeeh... Soy la empleada, la niña dejó el teléfono en casa ―dijo la mujer, mis
esperanzas decayeron automáticamente.
―Entiendo, gracias ―dije completamente desilusionado y corté la llamada sin
esperar una respuesta de su parte.
Bajé la cabeza y me senté en las escalerillas de piedra viendo como los autos
pasaban a los lejos, estuve así bastante rato, había pasado cerca de media hora y
yo seguía en la misma posición, pero escuchando canciones diferentes. Por algún
extraño presentimiento giré el cuerpo y la mirada hacia la entrada principal, el
viento había abierto la puerta de vidrio e iba a poder llegar a mi segunda clase
sin que nadie se diese cuenta, no grité ni celebré de manera ruidosa para que
nadie se diese cuenta y entré con el paso apresurado a la academia, cuando entré
a la zona de estudiantes, es decir que al ver a todos los estudiantes y casilleros
corrí a mi máxima velocidad hasta mi propio casillero a dejar mis cosas, estaba al
entrar a la academia girando a la izquierda y ocupaba el número 23, casi choco
por llevar mis zapatillas deportivas más gastadas y con muy poco agarre debido
a tantos usos sobre cemento.
Abrí el casillero y dejé mis libros, solo dejé mi portátil y el libro de informática
en la mochila para ir más cómodo hasta el desayuno y posteriormente correr al
salón más alejado de la cafetería.
Lo que alegró mi mañana fue vislumbrar la preciosa sonrisa que apareció en
la cara de Emma al verme cuando pasé junto a ella y sus amigas a quienes no
conocía de nada, también le sonreí, pero desvié rápidamente mi mirada hasta
quedar de frente con la mirada del director.
―Llegaste tarde ―aquellas palabras me impactaron como proyectil.
―No es cierto ―le dije.
―Félix, hay cámaras, te vi sentado afuera y entraste cuando Emmaline
Paragon, Anitta Rugani y París Chastain te abrieron la puerta, todos recibirán un
strike ―advirtió, noté como la expresión de sus ojos cambió a una sobresaltada
e inmóvil cuando cruzó la mirada con alguien a mis espaldas, mi giré para ver

Martín TeuquilPágina | 81
mejor y grata fue mi sorpresa al ver a un chico moreno más alto que yo
apuntando al director con un dedo al que le salía humo a alguna clase de vapor.
―Corre ―me dijo y comenzó a correr, no tuve otro remedio que seguirlo muy
confundido. El chico era robusto, pero no de manera exagerada, se notaba que
hacía ejercicio, pero su contextura física era muy robusta, como una roca.
Nos metimos por varios pasillos y cada vez iban quedando menos estudiantes
en estos, hasta que corrimos hasta un pasillo en el que las luces ni siquiera
funcionaban, pues no se habían prendido cuando nos metimos en el oscuro
corredor.
Esto no se sentía bien. ¿En serio este chico acababa de paralizar al director de
la academia a la que asistíamos? No me lo creía, quería pensar que había sido
producto de mi mente, pero era real, estábamos escondidos en un pasillo
estremecedor de la academia del mismísimo director Booker, un cronomago que
con un chasquido de dedos podría devolver el tiempo para que apareciésemos
frente a él y eso me asustaba demasiada, quiéralo o no, el director me daba mala
espina, pero no quería pensar que era malo e intentaba acabar con mi vida cual
Severus Snape con el pequeño Harry Potter.
Pensándolo bien, este tipo era el mismísimo Severus Snape por cinco cosas
que estos dos compartían en común: 1) Tanto Snape como Booker amaban de
manera incondicional a una mujer, 2) esa mujer se casó con su peor enemigo y
rival, 3) Snape y Booker tratan diferente al hijo de aquella mujer, 4) Snape durante
un momento fue el director de Hogwarts y Booker es el director de mi academia
y 5) Booker y Snape en un principio parecen personas misteriosas, llegando a ser
antipáticas para el protagonista, en este caso, para mí.
Sonreí bobamente pensando en que era el protagonista de un libro, pero mi
sonrisa se borró al ver a mi alrededor, estábamos en un pasillo con un montón
de afiches pegados en las paredes y casilleros, hasta habían rayado el techo.
―¿Todo bien? ―me preguntó el chico moreno al que había seguido.
Le clavé una mirada que expresaba perfectamente mi estado de confusión.
―Escucha, tranquilo, mis singularidades son poder paralizar personas
cruzando la mirada con mi objetivo y lanzar una especie de bala imaginaria que
borra los recuerdos de los últimos cinco minutos a la persona que apunte ―me
explicó, aquellas palabras me relajaron completamente hasta el punto de sonreír
como un idiota.
―¡Muchas gracias! ―le dije y le di un abrazo, así es, le di un abrazo de la nada,
pero tenía dos factores en mi contra, había quedado ausente por faltar en el
primer periodo y estaba llegando tarde al segundo periodo, al menos el mapa
decía que debía subir solo dos pisos para llegar al aula de informática. Lo solté y
me di media vuelta para salir corriendo, pero justo en ese instante el chico me
habló.
―¿Cómo te llamas?
―Félix, ¿Y tú? ―le dije enfocando mi mirada de reojo en él.
―Chris ―dijo y se cruzó de brazos.

Martín TeuquilPágina | 82
―Fue un placer, Chris ―dije levantando una mano.
―Igualmente ―sonrió y levantó su mano despidiéndome, ya me iba, pero
volvió a hablar―. Oye, Félix, ¿Conoces bien a Em?
―¿Emma Paragon? ―me arriesgué a preguntar, asintió con la cabeza―. Muy
poco.
Infló los cachetes.
―Háblale ―dijo―. ¿Puedes bajar aquí en el descanso del almuerzo?
No entendía que pretendía, pero seguro tenía algo que decirme, así que
acepté.

EMMALINE

Me sentía confundida, en mi primer día de clases todo se había salido de


control, absolutamente todo. Creí que sería un día normal, llegué y me senté con
una chica de pelo color ceniza, la primera clase fue muy aburrida, de hecho, me
recosté sobre la mesa y me dormí enseguida.
Me lo imaginaba diferente, creía que me encontraría con profesores y
métodos de enseñanza diferentes a los tradicionales, no olvidemos que se trataba
de la academia más prestigiosa del continente, probablemente del mundo.
Parecía que JJ pensaba diferente a juzgar por su participación en la clase y lo
interesado que se veía en ella, a mí me aburría, realmente no pretendía aprender
de filosofía. Cuando la clase acabó tardé en recoger mis cosas por el sueño que
me había dado.
―Me aburrí demasiado, ¿Y tú? ―me preguntó la chica del cabello casi blanco
con la que me había sentado, era alta, no era delgada ni regordeta, estaba dentro
de lo normal y sus ojos eran verdes como los de un gato. Me sonaba haber visto
su perfil en Instagram, creo que era una de esas famosas chicas Winter, “las hijas
del invierno”.
―También ―reí y estiré mi mano―. Emmaline, disculpa mi tono de voz, lo
que pasa es que me dio mucho sueño.
La chica me estrechó la mano con energía.
―Dinasty ―mis sospechas eran ciertas, yo seguía a esta chica en Instagram y
en Twitter, sus publicaciones no eran muy comunes, subía pocas fotos y casi
siempre eran de cosas que le parecían curiosas, algunos viajes sin posar mucho o
simples selfis con amigos―. ¿Eres de Bunder o vienes de otro lado?
―Soy de Londres, Inglaterra ―le dije―. A juzgar por tu acento diría que
también eres europea.
―Sabía que eras inglesa, tu inglés es muy diferente al que he escuchado aquí
―reconoció, me hizo gracia su comentario―. Soy de Noruega, de Bergen.
―¿Eres noruega? Fantástico, nunca he estado en Noruega ―dije con
admiración reanudando mi tarea de recoger las cosas del pupitre.
―Es genial, yo vivía en una de las ciudades más pobladas y bonitas ―dijo
Dinasty.

Martín TeuquilPágina | 83
―¿Has visitado Londres? ―le pregunté.
―Por supuesto, es preciosa, bueno, en realidad no es tan linda, pero tiene un
aire clásico que me encanta ―admitió.
―¡Exacto! Para mí es horrenda, muy cara y la gente es descortés, pero ese aire
victoriano es lo que la hace mágica ―dije con emoción al descubrir que
compartíamos opinión. Tomé los dos cuadernos y me puse mi mochila, era la
única que tenía su mochila, pues no sabía que debíamos dejar todo en los
casilleros.
En ese instante no recuerdo que fue exactamente lo que escuché, pero la
palabra LeBlanc hizo que automáticamente las dos nos girásemos para ver de
dónde vino aquella palabra.
Era el anciano profesor de filosofía charlando con Félix LeBlanc, el verdadero
Félix LeBlanc, ya no nos separaban cientos de chicos dando un examen, ya no era
solo un producto de marketing al que podía ver en YouTube cada vez que
quisiese, ahora estaba frente a mi sin nada que evite que pueda charlar con él,
me quedé mirándolo sin pensar en nada más que en él.
Félix era mucho mejor en la vida real que a los doce años en Internet, ahora
me daba cuenta de que era muy alto, pues me sacaba poco menos de una cabeza
de altura, tenía el cabello castaño con un degradado en los lados y por atrás,
mientras que arriba y adelante tenía el cabello lacio, con un mechón siempre
cayendo junto o sobre su ojo derecho. Tenía la cara adorable por sus grandes
mejillas, pero sus ojos y expresiones faciales no eran para nada adorables, de
hecho, parecía estar siempre enojado, muy serio, pero no le salía del todo, se
notaba que él mismo se esforzaba para demostrar ese semblante de superioridad.
Dinasty me empujó suavemente para hacerme despertar y ahí fue cuando
crucé miradas por primera vez con Félix, enseguida desvié mi mirada y me
apresuré para salir del salón empujando al lento chico rubio que usaba lentes que
caminaba con lentitud hacia la puerta.
Parecía que se me iba a salir el corazón, fuera del aula puse una mano sobre
mi barriga, sentía raro el estómago.
―Sin duda te gusta ―se rió Dinasty.
La miré sorprendida.
―Se nota, no parece muy simpático, pero si quieres puedo hacer que hablen
―me ofreció Dinasty.
―¿Cómo vas a hacer eso? ―le pregunté bajando el volumen de voz y
haciendo que nos alejemos del salón para hablar con más tranquilidad.
―En mitad de la aburrida asamblea tengo planeado escurrirme hacia el
subterráneo de la academia, se supone que está bajo el auditorio, por lo que
usaré una de mis singularidades ―reveló.
―¿En serio? ¿Qué singularidades tienes? ―le pregunté dudando de ella,
parecía un plan rebuscado, no me parecía buena idea.

Martín TeuquilPágina | 84
―Puedo congelar con todas las partes de mi cuerpo y tengo la habilidad de
volver materia tangible en intangible ―diría que ya conocen el resto de la historia,
pero por si las dudas la volveré a contar.
Durante la asamblea me senté con Gazz, Jake, los hermanos rubios y Dinasty,
entonces Dinasty llevó a cabo su plan, pero no contó con que también se colarían
Gazz, Jake y los rubios, para evitar sospechas los hizo pasar a través del suelo con
nosotros.
¿Saben qué fue lo mejor? Félix no era como me lo imaginaba, creí que sería
un auténtico idiota, pero era discreto, sarcástico y bueno, pero lo que realmente
hizo que saliese de ese subterráneo con una sonrisa gigante fue que durante todo
el rato que estuvimos hablando entre todos, Félix y yo no despegábamos nuestras
miradas, creo que de verdad estaba teniendo un enamoramiento exprés con
LeBlanc. Por mi experiencia calculaba que no duraría más de tres días.

Terminaron las clases por la tarde y me senté fuera de la academia a esperar


a Gazz, puede que me gustase Félix, pero tenía esperanzas de tener algo genuino
con Gareth, prefería a un chico que de verdad se la jugase por mí que alguien de
mentira, que solo era una ilusión.
Cuando Gazz llegó le di un beso en la mejilla.
―¿Dónde estuviste en el almuerzo? ―le pregunté, Gazz parecía algo
desanimado, más bien molesto, lo podía notar por el humo y cenizas que se
desprendían de sus manos.
―¿Por qué? ¿Alguien te dijo algo? ―me extrañó que enseguida se fuese a la
defensiva, sólo quería saber por qué no almorzó conmigo.
―No, pero almorcé sola, creí que almorzaría con mi lindo Gareth, pero terminé
almorzando en una mesa llena de chicas que no hablaban nada coherente ―le
recordé. Gazz abrió los ojos más que nunca al recordarlo.
―¡Cierto! ¡Discúlpame! Tenía que hacer algo a esa hora, pero te juro que
mañana almuerzo contigo ―se disculpó energéticamente, dejando atrás su mal
humor y volviendo a ser el chico cariñoso que conocía, me abrazó y simplemente
me dejé querer. A mi cabeza vino Félix, decenas de imágenes de Félix LeBlanc
llenaban mi mente en ese instante y me sentí mal de manera genuina, abracé con
más fuerza a Gazz.
―Oye, Gazz ―le dije mirándolo hacia arriba sin soltarlo de mis brazos.
―¿Sí? ―me preguntó.
―¿Qué tenías que hacer? ―su expresión pasó de una relajada a todo lo
contrario, pareció asustarse de mi pregunta y sentí como me soltó, por lo que
también lo solté.
Estábamos en mitad de la calle, pero ya nos habíamos alejado lo suficiente de
la academia como para ver algún otro estudiante en la calle, Gazz se percató de
eso y no temió en confesar.
―Primero, quiero que seas mi novia ―aquella propuesta me tomó por
sorpresa, no sabía qué decir, no quería aceptar, pero no quería rechazarlo

Martín TeuquilPágina | 85
tampoco, ya había salido un par de veces con Gazz, ya nos habíamos besado más
de una vez, pero no estaba segura de si lo que sentía era genuino. Pensé en que
quizás me arrepentiría dijese lo que dijese, así que simplemente dije:
―Claro que si, Gazz ―una sonrisa en la cara de mi nuevo novio pelirrojo se
iluminó y se acercó a mí para besarme.
Nos besamos.
Aún no entendía del todo lo que acababa de hacer, pero era tarde para
arrepentirse.
―Te quiero ―me dijo mientras me abrazaba después de que nos besásemos,
también lo quería, lo quería mucho, pero me costaba un mundo entero decírselo.
―Yo también ―me odio tanto a mí misma, de verdad, me detesto―. ¿Y que
ibas a decir antes de la propuesta?
Sonrió.
―Como sé que puedo confiar en ti te lo contaré de camino ―anunció, mi
curiosidad aumentaba cada vez más, me sorprendía que me importase más lo
que tuviese que decir que ser su novia, me sentía una verdadero perra―.
Comencemos con el principio, el director y mis padres son amigos cercanos,
tienen un mismo objetivo que ni yo conozco, pero lo que sí sé es que su principal
enemigo es Edward LeBlanc, el papá de Félix.
―¿Okey? ―poco a poco iba procesando su historia.
―Bien, resulta que el director tiene un plan para obligar a Edward LeBlanc a ir
a la academia, quiere hacer que Félix tenga tres strikes lo antes posible para
hablar con el señor LeBlanc bajo sus propios términos, de política, sus ideologías
acerca de la magia y esas cosas, por lo que, obviamente, el director Booker pidió
mi ayuda.
No quería seguir escuchando, mi cabeza estaba en blanco mientras Gareth
hablaba y hablaba, yo conocía lo que pretendía el señor LeBlanc manteniendo
una postura para que la magia no fuese globalizada, por lo que el director y la
familia de Gazz eran unos terroristas, querían que haya magia para todos, era
inaceptable.
―Yo sin dudarlo se la di, ¿Te mencioné que mi familia está enemistada a
muerte con los LeBlanc? ―mi cabeza explotó figurativamente, ¿En qué clase de
lío acababa de meterme haciéndome novia de Gazz?
―Nunca me lo dijiste ―le dije.
―Bueno, pues así es, aunque Félix desconozca todos estos hechos, yo lo odio
a él y a su familia ―decía con naturalidad.
―¿Por qué lo odias? ―le pregunté intentando mantener la calma.
―Porque es un opresor, un maldito criminal discriminador que piensa que por
tener magia es mejor que cualquier ser sobre la tierra, es inhumano ―reveló, no
entendía su punto de vista, desde que soy pequeña me han enseñado la
diferencia entre humanos sin magia y con magia, somos diferentes, no hay por
dónde mirarlo, sería antinatural que todos fuésemos mágicos, no tiene sentido.
―¿Eso es lo que piensas? ―pregunté.

Martín TeuquilPágina | 86
―Claro, ¿Tú no? ―no sabía que decirle, quería saber más de lo que planeaba,
pero dudaba si decirle a Félix o quedarme callada.
―Claro que si, a propósito, ¿Qué te pidió el director? ―le pregunté, apenas
podía tragar saliva por el nudo en la garganta que sentía.
―Me pidió que pinte el casillero de Kaylock, ese que está en el subterráneo,
además cuando bajamos a él en la asamblea aproveché para sacarle una foto
saliendo de él y se la envié de un teléfono viejo a Kaylock para que no dude en
acusar a Félix, pero de paso también le puso un strike a la chica Winter ―apreté
la boca y me puse los audífonos, después de eso no hablamos más hasta que
estábamos cerca de mi casa, me di vuelta hasta quedar frente a él y nos miramos
a los ojos.
―Quiero que sepas que puedes confiar en mí, quiero ayudarte si lo necesitas
―le dije, no lo sentía así, solo quería pruebas reales de lo que me había
confesado, me negaba a creer que acababa de comenzar una relación con el peor
chico de la academia, no quería creerlo.
―Gracias, Em ―dijo y tomó mi cara para besarme, antes de que lo hiciera lo
detuve.
―¡Espera! ¿Quién más sabe de tu grafiti en el casillero del chico ese? ―le
pregunté.
―Solo tú, Christian Lang y creo que nos vio Elizabeth Cálibri, no estoy seguro
―confesó y posteriormente concluyó con su deseado beso, me sonrió, por lo que
tuve que fingir una sonrisa y se fue por dónde volvió.
Acababa de cometer el cagazo del año, pero podía enmendarlo.
Entré a casa con el humo saliendo de mi cabeza, me sentía perdida, pero
sobretodo molesta conmigo misma, Jake aún no llegaba y la empleada del hogar
recién se estaba instalando, subí a mi cuarto y azoté la puerta con fuerza, solo
quería meterme a mi cama y descansar.
No me hubiera imaginado que este fuese el primer día de clases.

Martes.
El martes parecía el día ideal para comenzar a hablar con Félix y protegerlo de
los intentos que hacía Gazz para que llamasen a su papá, si lograba ganarme la
confianza de Félix durante esta y la próxima semana podría advertirle de lo que
planeaba el director Booker, si él le decía a su padre o a su madre podrían
detenerlo antes de que sea demasiado tarde.
Mi primer periodo de los martes era pintura, me fascinaba la profesora
Jacobsen, era tan expresiva, tan abierta de mente, realmente me hacía amar la
pintura, a diferencia de mis maestras de pintura en Inglaterra la profesora
Jacobsen tenía verdadera vocación por todo lo que tuviese que ver con pintura y
dibujo, sentía que me entendía.
Salí de la clase con París Chastain, una chica que parecía tener sueño en todo
momento, pero su tranquilidad era contagiosa y terminé congeniando de buena
manera con ella, por otro lado estaba la amiga de París, nunca le pregunté su

Martín TeuquilPágina | 87
nombre, pero era negra y la detestaba por tener un aire de superioridad
insoportable, en la academia habían varios chicos que se creían superiores, estaba
el capitán del equipo de futbol, casi todos los del equipo de basquetbol, un chico
que creía ser el más inteligente de la academia y la infaltable líder de las
animadoras, Leslie Astringe.
Mi casillero quedaba en el segundo piso de la academia junto a la ventana
que estaba sobre la entrada principal de la academia, cuando fui a buscar mis
cosas acompañada por París y su odiosa amiga eché un breve vistazo por la
ventana, solo estaba un chico sentado en las escalerillas, se había quedado afuera.
Me di media vuelta y cerré mi casillero.
Algo, no sé qué fue, pero por alguna razón volví a mirar por la ventana.
Ahora lo había reconocido, era Félix.
Miré a París y le hice un gesto para que me acompañase.

FÉLIX

Las clases de informática no eran como me esperaba, eran muy básicas, se


supone que los que estábamos en la clase éramos entendidos en esta área, pero
la profesora inglesa y de piel oscura nos trataba como si no supiésemos ni trabajar
con BASIC (Para que se entienda: BASIC es un lenguaje de programación muy
amplio, con una sintaxis fácil, estructura sencilla y un buen conjunto de
operadores. No es un lenguaje específico, es polivalente, potente, se aprende
rápidamente y en poco tiempo cualquier usuario es capaz de utilizar casi la
totalidad de su código, por ello no entendía por qué la primera clase se trató
sobre la introducción a la programación en BASIC, si ya todos debíamos
conocerlo). Me decepcionó, pero a diferencia de mí, la chica rubia que se estaba
postulando para presidenta del centro de estudiantes parecía hipnotizada y
maravillada, a ella le acababan de abrir la mente y le habían dado la primera
probada al mundo de la programación e informática.
Justo me senté con ella durante la clase de informática y posteriormente
coincidimos en la clase de gimnasia. La mayoría de chicos que tomaban gimnasia
en este periodo eran deportistas, se notaba por la forma de sus cuerpos y porque
cuando llegué al gimnasio había por un lado un grupo de basquetbolistas
enfrascados en un intenso tres contra tres, mientras que en otra esquina había
dos chicos más delgados que los basquetbolistas jugando voleibol junto a
Dinasty.
―Creo que lo dejé en casa ―dijo cuando le pregunté por su teléfono.
―Te llamé y atendió tu niñera ―le reproché.
―No es mi niñera, es mi… ¿Cuidadora? ―intentaba hacerse la responsable y
más se hundía.
―Me da igual lo que sea, pero te lo repito por tercera vez. ¿Me darías el balón?
―le recordé y Dina pareció despertar de un trance para acercarse al balón que
tenía a un costado.

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Dina con una potente patada con la punta de su pie me devolvió el balón, me
asusté al ver que venía con demasiada potencia y directamente a mi entrepierna,
pero gracias al cielo apareció mi salvador. Esa fue la primera vez que lo vi, era un
chico moreno con un peinado típico de futbolista, es decir, rapado a los lados,
por alguna razón me parecía guapo, no soy homosexual ni mucho menos, solo
pensé que si fuese mujer me gustaría ser su novia, luego pensé en Emma y apreté
los dientes inexplicablemente.
El chico solo estiró el pie y con una gracia inusual controló el disparo como si
se tratase de un perrito, era un domador de balones. Este tipo era César Millán,
el encantador de perros, pero del fútbol, de los balones de fútbol. Realmente
quedé impresionado, el chico solo me miró y me sonrió confiado, luego volvió a
disparar al arco de manera desinflada, había sido un tiro horrendo, pero un
control del mismísimo Marcelo o de don Andrés Iniesta.
―Vaya mierda de tiro, Pablo ―dijo un chico pelirrojo, más pelirrojo que el
mismo Gazz, y más blanco, mucho más, además de ser exageradamente alto y
delgado―. Dámela, Martín.
El portero con una coleta se la pasó directo a los pies, estábamos dentro del
gimnasio principal y más amplio de la academia, pero aquello no evitaba que
tuviésemos mucho espacio para correr y movernos con el balón, incluso para
disparar a toda potencia. El chico pelirrojo dejó el balón quieto, tomó un poco de
carrerilla y aplaudió, en ese momento disparó, fue un buen tiro, pero el tercer
chico y yo habíamos lanzado mil veces mejor, aun así, Martín había detenido los
disparos, pero esta vez no entendí que pasó, pues Martín se había quedado
inmóvil y con la vista perdida.
―¡Eh, Spiky, usar magia de esa manera está prohibida por todas las ligas del
mundo, hasta en las ligas escolares, así que ten cuidado! ―gritó el moreno, Pablo.
Su acento lo hacía un argentino de renombre.
El chico pelirrojo que acababa de meter el gol levantó un brazo en señal de
disculpas apretando la boca.
Martín volvió a coger el balón y se lo lanzó a Spiky de nuevo, pero este no
recibió el balón de buena manera y terminó revotando hasta donde estaba yo,
miré a Martín, quien tenía una sonrisa de oreja a oreja al ver que iba a volver a
disparar. También sonreí, di dos pasos en reversa con la vista fija en el balón, me
preparé y cargué toda mi fuerza en la zurda. Vi como el balón se deformaba en
cámara lenta y se dirigía directamente al ángulo, pero se quedó suspendido en el
aire justo antes de entrar, solo flotaba sin movimiento alguno, aquello me
impactó por dos segundos, pero enseguida reaccioné con un grito.
―¡No! ―comencé a mirar en todas direcciones para lograr encontrar a la
persona que estuviese haciendo esto, seguro alguien lo hacía con una especie de
telekinesis o algo por el estilo, finalmente encontré al culpable de la parálisis
súbita del balón, había sido Noah Dusson, el rubio de lentes que había conocido
el día anterior.

Martín TeuquilPágina | 89
―Perdón, Félix ―me contestó con una sonrisa guasona, liberó el balón
dejándolo caer por la gravedad y se acercó a mí para saludarme con un saludo
de puños.
―¿Cómo estás? ―le pregunté sonriendo.
―Bien, bastante bien, hace rato te vi corriendo por los pasillos, ¿Qué te había
ocurrido? ―me preguntó, sonreí al recordar aquella escena y procedí a aclararme
la garganta.
―Mira, resulta que llegué tarde y falté el primer periodo completo por estar
sentado en las escalerillas de la entrada esperando una oportunidad para entrar,
al final Emma y sus amigas me abrieron y logré entrar ―dije de manera veloz,
volví a tomar mucho aire y continué―, pero no contaba con que había cámaras
que grababan todo y el director se percató de mi falta, justo cuando estaba por
llevarme a su oficina llegó un chico que hizo que pierda los recuerdos de los
últimos cinco minutos y se quede paralizado mientras salíamos corriendo ―al
terminar perdí completamente la respiración y comencé a toser.
Noah se quedó mirándome con una expresión confundida, pero se reía
mientras procesaba todo poco a poco, pasados unos segundos comenzó a reírse.
―Me lo imaginé y se vio muy gracioso ―se rió.
―Fue muy cómico ―confesé riendo.
―¿Y luego que pasó? ―me preguntó, por mi cabeza pasó el pasillo en que
habíamos quedado para conversar y que me mostrase algo interesante, esperaba
que no fuese su pene.
―Nada, fui a clase ―dije escuetamente, Noah puso boca de pato,
seguramente esperaba que le contase como fue nuestro gran escape por toda la
academia, pero no podía hacerlo, por lo que parecía, aquel pasillo era el lugar
especial de Chris y no quería arruinarlo enviando a Noah Dusson a investigar.
―¿Puedo preguntarte algo? ―dijo acercándose un poco más.
―Adelante.
―¿Te gusta la futura presidenta? ―preguntó directamente―. Te pregunto
porque noté que la has estado viendo durante un buen rato.
Era verdad, había estado viendo a Elizabeth, pero no era porque me gustase
ni mucho menos, le estaba viendo el trasero, estaba buenísima.
―No, ni en broma ―me reí y luego afirmé por lo bajo―: Está muy muy
sabrosa.
Noah sonrió de manera forzada, decidí no darle importancia.
―¿Entonces quién te gusta?
Tomé con delicadeza a Noah por los hombros y lo miré directamente a los
ojos, pareció una escena homosexual, pero lo que estaba a punto de afirmar era
todo lo contrario.
―No sé, pero Emma es linda ―Noah abrió mucho los ojos que se le veían
más grandes de lo normal por el aumento de sus gafas y sonrió de manera pícara.
―¿En serio? ―Noah borró la sonrisa de su cara y miró hacia mis espaldas,
estaba mirando a algo o a alguien en específico.

Martín TeuquilPágina | 90
―¿Qué ocurre? ¿Por qué tengo la ligera sospecha de que si me giro mi ánimo
se va a venir abajo? ―le pregunté, Noah apretó la boca y me giré lentamente, ahí
estaba Nathan, su hermano.
―¿Quieres que Emmaline sea tu novia? ―me preguntó Noah.
Lo miré y sonreí sin responderle, aquello quería decir que mis sospechas sobre
que a Nathan le gustaba Emma eran ciertas y, obviamente Noah iba a estar del
lado de su hermano, no tenía nada más que decir.

Al salir del gimnasio me volví a poner mi camiseta de la selección argentina


de fútbol y mis pantalones de mezclilla para ver a Christian en el corredor antiguo,
dejé mis cosas en el casillero, saqué mi bolsa del almuerzo y me apresuré para
llegar rápidamente y poder comer mi alcachofa con tranquilidad, pasé por tres
pasillos y en el cuarto giré a la derecha, luego a la izquierda, volví a pasar dos
pasillos y me encontré una puerta presumiblemente cerrada, solo giré la manilla
de la puerta y la volví a cerrar al pasar, estaba nuevamente en el pasillo con afiches
viejos, esta vez habían dos chicos con capuchas que parecían estar cambiando
los cables y arreglando la luz sin éxito, no logré reconocerlos en la oscuridad,
pero si reconocí lo que presumiblemente fue una llama que funcionaba como
linterna salir de la mano de unos de esos chicos, era Gazz.
―Félix ―dijo, no nos habíamos visto desde que el director nos había culpado
de pintar el casillero de Kaylock el día anterior y yo seguía un poco enojado con
él al enterarme de que nos había culpado de todo a Dinasty y a mí.
―Gazz ―saludé moviendo la cabeza.
―¿Qué haces aquí? ―su mano derecha se cubrió de llamas que me calentaron
hasta mí a pesar de la distancia a la que estábamos.
―Tranquilo, Gazz Pirro ―dijo el otro chico, se sacó la capucha y logré
reconocerlo, este era Christian, pero ahora se veía mejor―. Yo lo invité.
Gazz apagó las llamas de sus brazos, pero prendió una pequeña llama en la
punta de su dedo, entonces apuntó y disparó sus pequeñas llamas a cada una de
las cuatro esquinas del largo pasillo en el que estábamos y que se iluminó un
poco gracias a eso.
―¿Qué están haciendo? ―pregunté.
―¿Sabes arreglar cables y luces? ―me preguntó Chris.
―Obvio, ganó como cuatro ferias científicas y tecnológicas del país, este
puede hacer lo que le manden ―me alabó Gazz, pero reaccioné con indiferencia,
quería que se disculpe por echarme toda la culpa a mí.
Me acerqué al agujero que habían hecho en la pared donde se veía todo el
sistema eléctrico del pasillo.
―Voy a necesitar algunas herramientas ―confesé después de analizar lo que
debía hacer.
―Qué bueno que en este pasillo hay de todo, Gazz, tú acompáñalo al taller
―ordenó Chris como si se tratase de su jefe, para mi sorpresa Gazz accedió
después de dudar por unos segundos―. Excelente, yo esperaré a Emil.

Martín TeuquilPágina | 91
―¿Él también viene? ―pregunté muy interesado, ¿Acaso Chris buscaba armar
una especie de pasillo-club secreto?
―Por supuesto ―aplaudió y se sentó en uno de los peldaños de la escalera
que conducía al segundo piso, ¿Cómo es que nadie bajaba hasta aquí por su
cuenta? En la mañana me di cuenta de que el piso de arriba era muy usado,
especialmente la zona que conectaba con el pasillo en el que estábamos, por ello
no se me habría ocurrido bajar, pues habría pensado en que todos lo hacían.
Ahora todo tiene sentido.
Los demás no bajaban porque no sabían que había aquí, además no tenían
tiempo ni necesidad, pues las clases se impartían en otros lugares, no en el pasillo
abandonado.
Miré a Gazz, el pelirrojo apretó los dientes y me hizo un gesto con su mano
para que lo siguiese, apenas caminamos unos metros y llegamos a una puerta
que abrió, las luces tampoco funcionaban en esta habitación, pero con las llamas
que Gazz estaba posicionando en cada esquina de la habitación sobraba
iluminación, era un aula de abandona, los pupitres estaban polvorientos, las
cortinas bajas y sobre los vidrios había una gruesa capa de polvo la cual
comprobé empolvándome el dedo índice. Gazz caminó hasta el fondo del aula
donde había cajones y casilleros cerrados.
―Félix, ven ―me llamó, yo estaba revisando el libro de clases que estaba
sobre la mesa del profesor al frente de los pupitres. El libro era de la clase 2A del
año 1990. No alcancé a abrirlo, pero me pondría a analizarlo después de
conseguir las herramientas y arreglar la luz. Me acerqué a Gazz a paso tortuga
hasta fijarme en que el casillero que intentaba abrir estaba bloqueado por un
candado.
―¿No puedes fundirlo? ―pregunté.
―Mi fuego es caliente, pero no tanto como tu hermana ―se rió borrando
completamente la tensión del aula, era una buena broma para romper el hielo―.
¡Lo siento! ¡Era inevitable!
―Mi hermana tiene trece años, idiota ―dije fingiendo disgusto, pero
gratamente sorprendido por dentro.
―¡Uf, mejor! ―volvió a bromear. Lo golpeé en el brazo para que se deje de
bromas sobre mi hermana―. ¡Auch!
Creo que me había pasado con el golpe, porque Gazz me empujó con la fuerza
suficiente como para casi hacerme perder el equilibrio.
¿Qué demonios? Mi cuerpo reaccionaba por sí solo en momentos así,
instantáneamente empuñé mi mano y sin esperar una respuesta le ensarté un
feroz puñetazo al pelirrojo en la cara que lo hizo retroceder y gritar de dolor al
ver que le había volado un diente.
―¡Te vas a arrepentir! ―me gritó frotando sus manos y envolviéndolas de
llamas, realmente para este punto de la pelea ya me había arrepentido, pero no
había marcha atrás. Gazz sonrió. Gazz era de estatura normal, un poco más bajito

Martín TeuquilPágina | 92
que yo, aunque este presentaba una mejor forma física, más definida, eso se hacía
de notar bastante con la camiseta pegada al cuerpo y de color negro que llevaba.
Ojos grandes, redondos, pelirrojo con rulos, no tenía pecas, pero si acné. Tenía
la cara grasienta y grande, daba risa ver su expresión risueña en todo momento,
hasta cuando se disponía a partirme a puñetazos e incinerarme vivo.

Golpeó con sus dos puños el nervio que se encontraba en un costado de mi


abdomen, el nervio intercostal recibió un golpe de calor extremo. En ese lugar
hay un punto débil para todo ser humano que me dejó en el suelo y provocó una
falla de nervios en todo mi brazo.
―«Busca lo más vital nomás…» ―cantó Gazz en modo de burla mientras yo
estaba inmóvil en el suelo. Puso un pie sobre mi pecho.
Extendí mi brazo libre para intentar agarrar a Gazz sin resultados, sentí una
impotencia tan grande que llegué a cerrar los ojos antes de rendirme.
No era posible que me ganasen tan rápido en una pelea, no iba a permitirlo,
con mis dos brazos agarré la pierna de Gazz y lo saqué de encima justo cuando
este iba a darme un golpe aprovechando mi inmovilidad, enseguida me
reincorporé y me abalancé sobre el pelirrojo como un perro, yo no podía combatir
en igualdad de condiciones contra su magia, pero mi resistencia, inteligencia y
habilidades era capaz de hacerle frente con destrezas, ahora los papeles se habían
invertido, yo estaba sentado sobre su pecho y apenas lo tuve comencé a
golpearlo con fuerza, ¿Qué clase de singularidad tenía Gazz en la cara? Por más
que golpease no le salía sangre, le hacía mierda la nariz, pero no había reacción
por parte de él.
―¡Paren! ―logré escuchar el grito de Chris antes de vislumbrar como me
empezaba a envolver una burbuja de color celeste y hacía que se me hiciese
imposible seguir golpeando a Gazz, quien también fue encerrado en una burbuja.
―¡Déjame salir, Chris! ―gritó Gazz, desde mi burbuja veía como concentraba
todo su fuego en un punto de la burbuja y aun así no lograba crear agujeros en
ella.
―No hasta que ustedes dos se lleven bien, no están aquí por el azar, fue
porque yo los elegí y porque me ayudarán a encontrar algo que también les
interesa ―afirmó Chris, ahora todo comenzaba a tomar sentido.
―¿Qué? ―pregunté―. Explícate.
―Este pasillo tiene algo escondido en alguna de las aulas, algo que perteneció
al director y que no quiere que lo encuentren ―las palabras de Chris me pegaron
como si me hubiesen dado con una sartén en la cabeza.
―¿Y para qué lo queremos nosotros? ―preguntó Gazz.
―Porque el director es el malo detrás de todo lo que va a pasar en los
siguientes días, él es la mente maestra detrás de la corrupción del gobierno, de
la academia y tras la creación de la principal organización que quiere liberar la
magia de manera pública, MESE.

Martín TeuquilPágina | 93
Se me olvidó mencionar algo: ciertas personas con mucho poder en el mundo
formaron juntos un movimiento que ha trascendido a lo largo de los años hasta
consolidarse como “terroristas” casi al nivel de ISIS. MESE, de las palabras
“Movimiento de Expansión de Servicios mágicos”, es un grupo que apareció en
Barcelona en el año 2000 con la excusa de querer mantener un equilibrio entre
los afectados por el Horror y los que no. Yo realmente lo considero una estupidez,
el Horror es algo completamente al azar, sí, puede que sea un desequilibrio
bastante exagerado entre personas que tienen habilidades mentales y otras que
aún siguen recibiendo poderes para pelear, pero es lo que hay.
MESE logró expandirse en todos los continentes y naciones, tanto como para
ser considerado un movimiento revolucionario, y terrorista a su vez, esto último
debido a todos los asesinatos que han realizado en los dieciocho años que lleva
en funcionamiento, las torturas, secuestros, amenazas y manipulaciones que ha
hecho al mundo son imperdonables para gran parte del planeta, por eso los “diez
reyes del mundo” están en búsqueda y captura, esto se refiere a todos los
miembros que dirigen a la organización, todos de diferentes partes del mundo.
Solo se han capturado a cuatro en los últimos quince años; Vladimir Storker de
Albania, Elías Bernabéu de España, Yui Kobayashi de Japón y Zara Sokratis de
Grecia.
Si Booker era parte de los diez tendría que empezar a dudar de mis propios
padres acerca de su relación con MESE.
―A mí no me ha hecho nada, así que me importa un rabo si el director es o
no parte de los reyes del mundo ―soltó Gazz, aún enojado.
―Si te importa ―afirmó Chris.
―¿Por qué? ―preguntó Gazz.
―Porque no podemos permitir que simples humanos sin magia quieran estar
en igualdad de condiciones con nosotros, simplemente es estúpido pensarlo ―yo
pensaba exactamente no mismo, pero no era mi asunto.
―Esto es algo serio, Chris ―dije―. Prefiero no meterme.
―Félix, sé que quieres saber más de tus padres y de su vida, no entiendo el
porqué de tu obsesión, pero en este pasillo está todo, las fotos, los videos, las
notas, los cuadernos, pertenencias antiguas, todo está en el pasillo, sólo debemos
buscar…
Finalmente, nos liberó de las burbujas. Agarré el libro de clases que estaba
ojeando antes y me senté en un pupitre para leer.
―¿Exactamente qué estamos buscando? ―preguntó Gazz, después de abrir
el candado del casillero tras diez minutos con la mano derritiendo el metal.
―Ahora mismo herramientas para Félix ―lo había olvidado, iba a tener que
arreglar las luces del pasillo exponiéndome a una posible descarga, pues no era
posible cortar la luz en toda la academia, aún era horario de clases y de hecho
justo en cinco minutos me tocaban artes.
―Yo debo irme ―dije levantándome de la silla con el libro bajo el brazo, en
esos diez minutos de espera había aprovechado de almorzar entre todo el polvo.

Martín TeuquilPágina | 94
―No te irás sin haber arreglado esas luces ―me dijo Gazz mientras sostenía
una caja llena de herramientas y me sonreía, que tipo más raro, hace quince
minutos estábamos casi matándonos mutuamente y ahora me sonreía como si
nada hubiese pasado. Cosas de la vida.

Llegué tarde a la clase de arte, pero lo suficientemente temprano como para


sentarme al final del aula en el puesto vacío que había junto a Emmaline Paragon.
―¿Tan aburrido estás que juegas FIFA en tu teléfono? ―me preguntó casi en
tono de burla al verme comenzar a jugar en el FIFA MOBILE.
―Soy un adicto al FIFA ―confesé sin mirarla y centrándome en mi alineación,
con mucho esfuerzo había conseguido comprar a todos los jugadores de mi Real
Madrid e incluir algunos más.
Me encantaba la voz de Emma y su naturalidad, pero mi personalidad me
obligaba a mantener un bajo perfil frente a ella, sólo quería verme discreto para
ella, simple.
―Por tu alineación se nota ―dijo refiriéndose a mis jugadores excesivamente
caros.
La miré con una sonrisa demostrando vergüenza.

Martín TeuquilPágina | 95
5 LA VECINA
“La maldad no es algo sobrehumano, es algo menos que humano”.
Agatha Christie

FÉLIX

Acercarme a Emma fue más simple de lo que creí, desde ese día comenzamos
a jugar todos los días al PUBG MOBILE durante las clases que nos tocaba juntos,
además de en los recreos para almorzar. Pero el problema estaba en que a pesar
de llevar ya una semana jugando con ella no la conocía para nada, no sabía
absolutamente nada de ella.
Todo me parecía muy confuso y cada vez creía un poco más en que debía
fijarme en otra chica más interesante, pero como no sabía nada de Emma no sabía
si era interesante o no, solo sabía que estaba entre los tres mejores puntajes de
la clase.
A propósito, no volvía bajar al pasillo de Chris, no quería meterme más con el
director, ya tenía dos strikes y no quería involucrar en nada a mi viejo.
Ni me di cuenta cuando llegó el viernes, había sido una semana que comenzó
muy difícil, pero terminó de manera relajada.
Los miércoles me tocaban dos horas de biología en la mañana con la que
rápidamente se convertiría en la profesora que más he llegado a detestar en mi
vida, era una anciana recién contratada por la academia a falta de profesores y
de quizás sesenta años que parecían más, antipática y muy estricta, su primera
clase fue un infierno en el que a Gazz le pusieron su primera observación negativa
por tomar café en clase; "Alumno ingiere cafeína sin autorización en la hora de
clases y expresa su descontento".
Por el lado bueno, la segunda clase era de matemáticas con un tal profesor
Jetspark que, según Dina, era un hombre muy famoso en el mundo de la política
y las finanzas. Este profesor que nunca antes había visto era un hombre joven,
pequeño y delgado, se notaba que se estaba quedando calvo, también llevaba
un traje formal al que le desabrochó los botones al entrar en el salón.
―Hilarante ―fue la primera palabra que pronunció frente a toda la clase―,
hace muchos años pasé por lo mismo que ustedes, seguro muchos de aquí
querrían estar en su casa y ahora estarían apenas levantándose de la cama para
comer y volver a recostarse durante horas, suena muy cerdo, pero es la pura
realidad ―rió mirándonos, especialmente a Gazz, que se estaba quedando
dormido por no haber alcanzado a terminarse su café mañanero―. Pirro, tómate
tu café ―le pasó el envase de café helado que le habían quitado la hora anterior,
Gazz se mostró alegre al recibirlo y lo calentó con sus manos sin dificultad―.
Como les decía, puedo comprender el odio de la mayoría hacia las matemáticas,
les diría que también las odio, porque así es, yo soy un físico y no un matemático,

Martín TeuquilPágina | 96
pero la academia no encontró a nadie más capaz de enseñarle a chicos y chicas
de primer año lo esencial de esos inútiles patrones e innecesarias operaciones
que la mayoría no usará ni para comprar en el supermercado―el profesor no se
quedaba quieto, caminaba por la zona delantera del aula―. Por eso los ayudaré
a superarse, superar esa flojera y aburrimiento que les provocan las matemáticas,
quiero como objetivo para darme por satisfecho que… ¡Aguanten las
matemáticas! ―escribió esto último en el pizarrón con un rotulador azul.
Ninguno decía nada, quizás todos estábamos pasando por lo mismo, este
profesor era raro, pero no raro en el mal sentido, sino que daba sus clases con
gusto, era diferente al profesor Andersson por su energía, pero yo sentía que uno
era una versión joven del otro, solo que con su balanza de conocimientos más
inclinada a los números que a las letras. Ralph Wetzel, un gordito, pequeño y muy
gracioso sueco me explicó que nuestro profesor de matemáticas, además de
experto en finanzas y negocios era un mago muy famoso a nivel mundial, muchos
lo catalogaban como el mejor mago del área científica, en sus tiempos de gloria
llegó a controlar en cierta medida la estadística, probabilidad e incluso la
gravedad, se notaba que el profesor tenía experiencia sobre lo que hablaba.
―Los comprendo chicos, lo digo en serio, puedo reconocer cada una de sus
personalidades al instante―rápidamente señaló a Nathan Dusson―. Nate, por tu
actitud desinteresada, grosera y por tu posición en el aula puedo notar que eres
de esos alumnos problemáticos, ¿me equivoco? ―Nathan enseguida se sentó
bien y se quitó el gorro que usaba para verse como un rapero―. Tú, LeBlanc, por
lo poco que te he podido observar enseguida noté que eres de esos chicos a los
que les sale todo bien y eso te trae problemas con los demás, pues también eres
un grosero―nada alejado de la realidad.
―Te hizo mierda, socio ―me dijo Dinasty por lo bajo, le hice un gesto para
que se callase.
Desde el primer momento noté que este profesor de matemáticas y física
tenía una recarga de combustible nuclear en el cerebro. Fue abrir la boca y darme
cuenta de que nunca había tenido un profesor así, y me acuerdo de muchos,
empezando por la maestra que me enseñó a leer. Jetspark se volvía loco por
enseñar, era un incontinente del conocimiento. Jamás se sentaba, luego entendí
que dar clase de pie, como los toreros, es requisito imprescindible para ser buen
profesor. Dejaba su bolso de tonelada y media en la mesa y, de forma súbita, se
dejaba llevar por un arrebato didáctico feroz, de modo que, si se hubiera hundido
el mundo, no nos habríamos enterado.
Tenía una capacidad extraordinaria para explicar los conceptos y, cuando
alguien no los entendía, no duplicaba la explicación, sino que le daba la vuelta
con metáforas increíbles. Entendí entonces que las metáforas son imprescindibles
para enseñar, porque son una vía directa a la comprensión de lo complejo, e
incluso de lo inaccesible.

Martín TeuquilPágina | 97
Lo que me gustaba de la clase de magia era que solo once chicos y chicas de
mi clase la tomaban conmigo y era fácil reconocer a cada uno.
Para empezar, estaba Gazz, demostrando su despreocupación con chistes
internos que interrumpían la clase y queriendo destacar haciendo trucos con su
fuego. También estaba Dina con su capacidad de convertir materia tangible en
intangible por unos segundos y con una impresionante habilidad de congelación,
Dina era, literalmente, capaz de congelar lo que tocase. Pero no superaba la
actitud fría y algo distante de Elizabeth Cálibri, quien no contaba con ninguna
habilidad.
La singularidad de Noah Dusson era poder acondicionar su cuerpo según sus
necesidades y entorno, podía endurecer, ablandar e incluso cambiar ciertos
órganos de su interior para lograr “sobrevivir”, para mí su poder consistía en una
especie de evolución al estilo Darwin. Al contrario, Nathan podía moverse muy
rápido, casi de manera indetectable, pero tardaba muchísimo en preparar sus
piernas para aumentar de velocidad, por ello Nathan se la pasaba lesionado o
adolorido de las piernas casi todos los días, no era como que hablase con él, pero
era cuestión de sentarme cerca de él en la cafetería y podía escuchar sus quejidos
para llamar la atención.
Ya había visto todo lo que podía hacer Chris; crear burbujas como escudos,
paralizar con la mirada y borrar recuerdos, incluso me temía que pudiese alterar
y crear nuevos recuerdos, era simplemente escalofriante. Otra cosa que me
gustaba de Emma era su capacidad mágica, podía localizar a las personas con
solo pensar en ellas y eso la convertía en una acosadora perfecta, pero le abría
las puertas al mundo de las investigaciones y criminología.
Había dos chicos y una chica además de los antes mencionados: Emil Werner,
Marcus Afolabi y París Chastain. A París ya la conocía un poco por ser amiga de
Emma, pero en realidad no sabía nada de ella, al menos hasta conocer el pequeño
detalle de que controlaba y se sincronizaba con todos los elementos, tanto el
fuego, la electricidad, la tierra, el agua y un largo etcétera de probabilidades.
Estaba rota, era prácticamente invencible en un combate mágico, tanto a larga
como a corta distancia.
De hecho, en una de las pruebas que el profesor con gafas nos hizo fue
intentar vencer a París, por lo que puso a Gazz, Emma, Noah, Dina y ese tal Afolabi
a pelear juntos. Fue un auténtico desastre.
Gazz comenzó fuerte lanzando una poderosa llamarada que París repelió con
un muro de agua que salió de quién sabe dónde para luego usar esa misma agua
hirviendo sobre los chicos, fue gracias a Dina y su capacidad de congelación que
lograsen salir ilesos de esa lluvia de agua hirviendo. El siguiente en atacar fue
Marcus Afolabi, no sabía cuál era su gracia, pero entró corriendo de frente a la
pelea como si de un toro de tratase, poco le sirvió cuando París extendió un brazo
y le lanzó una bocanada de aire que lo hizo salir disparado sobre Noah, quien
endureció su cuerpo para no salir afectado, pero en contraste afectó a Afolabi y
provocó que no se pudiese mover del suelo, uno menos.

Martín TeuquilPágina | 98
―¡Noah! ¡¿Qué estás haciendo?! ―le reprochó Emma, justo antes de empuñar
su mano cargando energía y liberándola tres segundos después en forma de
llamarada, esto si le había afectado a París, pero el manto de energía puro que se
había hecho absorbió todo el daño.
―¡No se turnen para atacar! ―gritó Nathan, quien estaba justo a mi lado
mirando desde las gradas del gimnasio.
―¡Cállate! ―le gritó Noah devuelta.
Noté como Nathan hizo sonar su boca disgustado y le gritó:
―¡Cómeme el rabo, Noah! ―mientras se levantaba súbitamente del asiento.
―¡Dusson! ―le gritó el profesor―. Yo no permito lenguaje vulgar, te llevas
un strike por listo.
―Perfecto ―dijo Nathan entre dientes y se volvió a sentar.
Solo sonreí, Nathan me caía pésimo, peor incluso que Gazz.
París usó ambas manos para atacar con fuego y hielo a los chicos quienes no
pudieron hacer nada y terminaron completamente inmovilizados por el hielo,
solo tenían la cabeza afuera para poder respirar, pero por lo demás estaban
atrapados en una estructura indestructible de hielo.
París ganaba.
Nadie se atrevería a pensar que París fuese una maga tan poderosa, al ver su
cabello enmarañado, despeinado y muy enredado pensabas enseguida que era
una chica promedio, que no le ponía mucho esfuerzo a lo que hacía. Claramente
París era la más poderosa entre todos nosotros, no físicamente por su reducida
estatura, su delgadez y su cara de sueño, pero en lo mágico era capaz de darnos
clases por su propia cuenta.
Afolabi tenía el color de piel oscuro, casi llegando al negro total, a mí me
recordaba mucho al color de Sadio Mané, jugador senegalés del Liverpool que
odié en un momento de mi vida por marcarle al Madrid en la final de la
Champions League de la temporada 17/18. Por otro lado, Werner no había
asistido a clases, pero sabía que estaba en nuestra clase.
Y en eso constó la primera clase de magia, en presentarnos como clase e
intentar conocernos, pero lo que realmente me llamó la atención fue el extraño
poder del profesor con gafas que se llamaba Charles Marín, con una mano tocaba
su cabeza y la otra la extendía creando una especie de proyección de su mente
en la que no necesitaba hablar, solo pensaba en lo que quería mostrar y decir
mientras nosotros alucinábamos con la proyección.
Pasó el jueves sin pena ni gloria y llegó el viernes.
Llegué a la academia justo cuando sonó el timbre para entrar a clases, dejé
mis cosas en el casillero y caminé tranquilamente hacia el aula de literatura donde
seguro estaría la odiosa anciana esperando a los que llegábamos tarde para
ponernos un strike o algo así. No vi al director el miércoles ni el jueves, pero hoy
había pasado fuera de su oficina y ahí estaba.
El director Booker estaba sentado en su escritorio, podía verlo a través de las
ventanas de su oficina mientras este estaba muy concentrado en la gran pila de

Martín TeuquilPágina | 99
hojas de papel y documentos que tenía sobre el escritorio, su oficina era
esplendida, la pared era de un tono grisáceo oscuro y el suelo parecía ser de una
madera oscura muy bien refinada que iba acorde a la habitación, en la pared
derecha había una estantería inmensa en la que se mezclaban los libros antiguos
y modernos, mientras que en la de la izquierda habían dos maceteros grandes
con plantas y sobre ellos una vitrina con un par de trofeos. Puse mi vista en las
estatuillas que estaban detrás del director, una era una estrella y la otra era un
astronauta apuntando al cielo, seguro estaban para presumir los logros de su vida
y demostrar por qué es el director. Creo que me sobrepasé al quedarme viendo
su oficina con tanto detalle. Cuando volví a clavar mi mirada en el director Booker
me di cuenta de que este estaba mirándome fijamente e iba frunciendo el ceño
poco a poco, no me quedé para seguir viendo como arrugaba su cara y me
apresuré a seguir mi camino hasta el aula de literatura.
Midna Cruz era sin dudas la profesora más odiosa que había tenido en mi vida,
daba explicaciones redundantes, hablaba con lentitud y hacía pausas innecesarias
a la hora de hablar, al mínimo desorden explotaba y comenzaba a gritar, era de
la clase de profesores que hacían que odiase cierto tipo de clases, en este caso le
agarré repudio a la literatura pese a que amo leer, pero esta veterana de unos
setenta años me hacía imposible poder disfrutar sus clases. Se notaba que era
amiga de la profesora de biología, pues por sus actitudes bien parecía que eran
de la misma clase de carroña.
―¿Tienes algo que hacer después de clases? ―me preguntó después de la
energizante clase de Jetspark que tuvimos en el segundo periodo, los viernes
salíamos a las una de la tarde, por lo que el día se alargaba a nuestra disposición
para hacer lo que quisiésemos, algunos decidían quedarse en la biblioteca, los
internos se encerraban en sus habitaciones todo el fin de semana, otros que salían
de fiesta, algunos como yo que nos quedábamos jugando videojuegos en
nuestras casas o lo más típico, salir con amigos a pasar un buen rato.
―Jugar Fortnite ―le dije sin mostrar mucho interés, estábamos sentados uno
al lado del otro en las bancas que rodeaban la cancha de básquetbol que tenían
en el patio y yo personalmente estaba muy concentrado viendo como el portero
que había conocido días antes demostraba su destreza jugando con verdaderos
miembros del equipo de basquetbol, podía reconocerlos por las sudaderas
personalizadas que portaban con sus apodos y un bordado de un balón de
básquet en la espalda.
―Me encanta lo interesante que es tu vida ―me reprochó usando
sarcasmo―. Hoy llega mi hermano de Inglaterra.
―¿Jake? Pero si acabo de verlo con una chica por allá ―apunté hacia donde
estaba Jake besándose con una rubia a la que seguramente acababa de conocer.
Emma me golpeó la mano.
―Es malo apuntar ―dijo con una sonrisa en la cara―. Hablo de mi hermano
menor, tiene trece años y hoy llega de Inglaterra.

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―¿Por qué no vino con ustedes cuando se mudaron? ―le pregunté sin acabar
de entender su historia.
―Mamá aún no podía mudarse por problemas con su pasaporte y mi papá
no se puede mudar por obvias razones que comienzan con ser el primer ministro
de Inglaterra ―reveló la pecosa Emma.
―¿Tu papá es el primer ministro?
―¿Estás sordo?
Entorné los ojos.
―Tengo que asegurarme de lo que dices ―refuté.
―Claro que sí, Félix, claro que sí ―se rió de mí. La empujé con el cuerpo hacia
un lado de la banca y comenzó a reírse.
―Me voy ―dije cortando el rollo, realmente tenía ganas de que el día acabase
rápido para llegar a mi casa a jugar Fortnite con Christian, el día anterior me había
enterado de que también jugaba y habíamos intercambiado nombres de usuario
para jugar ese mismo viernes.
―Oye, ¿Pero no tienes nada que hacer hoy? ―me preguntó nuevamente.
―Ya te dije que voy a jugar Fortnite ―repetí.
―Serás idiota ―dijo agarrándose la frente con decepción.
―Déjame, si quieres me pasas tu nombre y te agrego para que juguemos a
eso de las diez de la noche.
―¿Quieres almorzar conmigo hoy? ―me preguntó.
Me quedé en blanco. ¿Acababa de invitarme a una cita? No sabía que pensar,
probablemente estaba haciendo todo mal y me estaba condenando a la zona de
amigos de por vida, aquello era tan probable como que fuésemos a echar un
polvo ese mismo día.
―No ―dije con una sonrisa en mi rostro, que al escucharme a mí mismo se
borró.
―Genial ―dijo.
―Dije que no ―repetí.
―¿Qué? ―preguntó.
―No quiero almorzar contigo, Emma ―confesé.
―¿Por qué no? ―dijo muy confundida, estaba extrañada, al parecer estaba
segura de que diría que sí.
Lo dicho, pese a haber interactuado con Emma toda la semana mi conclusión
era que era una persona falsa, su personalidad era fingida, ella solo se mostraba
simpática y energética conmigo, quería algo de mí, y no pueden argumentar con
un “¿Será que le gustas?”, pues sé bien cuando alguien está fingiendo, creándome
que he tenido que pasar por muchas situaciones similares en mi vida. Finalmente,
Emmaline no me gustaba.
―Porque no quiero, no tengo ganas de salir contigo ―le dije a secas y me
levanté de la banca, aún estábamos lo suficientemente cerca para hablarnos.
―¿Te hice algo?

Martín TeuquilPágina | 101


―No hiciste nada, pero tengo planes ―mentí, en realidad no tenía nada que
hacer.
Emma no habló por unos segundos, vitales seis segundos en los que sus
profundos ojos marrones se penetraron con los míos, era una mirada de dolor,
como si le estuviese dando la peor noticia de su vida.
―¿Qué tienes, Fex? ―me preguntó por última vez, me arrepiento de no
haberle dicho todo en ese momento, pude haber confesado todo lo que tenía
adentro, que me parecía que se estaba aprovechando de mí, que me gustaba
realmente y no quería ser su amigo, mil cosas pasaron por mi mente.
―Nada ―desvié mi mirada y me di media vuelta―. Luego hablamos, Emms.
Me alejé caminando, no me arrepentía de nada en ese momento, la única
secuela era un ligero mareo y un dolor en el estómago que no pasaba a más que
eso, seguí caminando sin rumbo por los pasillos.
―¡LeBlanc! ―escuché mientras caminaba solo, me giré para ver quién me
había gritado.
Era Jake, al parecer me había seguido desde la cancha de básquetbol, supuse
que sería por Emma, pero su rostro contento decía algo completamente
diferente.
―Hola, Jake ―le dije intentando recuperar mi aire desinteresado de siempre.
―Adivina lo que acabo de hacer ―dijo, yo lo miré unos segundos y ladeé la
cabeza en señal de duda―. ¡Ahora soy oficialmente un jugador del club Rayo
Azul!
Sonreí con emoción, no era por tirarle flores ni mucho menos, pero Jake era
un jugador extraordinario, le faltaba muy poco para tener el nivel de un
profesional, tenía más habilidades que cualquiera que conociese de Bunder, mi
sonrisa era producto que ahora seríamos compañeros de equipo, Jake llegaba
justo a tiempo para cubrir un puesto que estaba vacío y que en los partidos
amistosos debía cubrir un defensa central, ahora sí teníamos un verdadero equipo
con el que podríamos hacerle frente a la reforzada plantilla del club Valiente y
Coronas Reales.
Después de celebrar con un buen apretón de manos y una charla desordenada
me contó:
―Nos llevaron a varios chicos de primero a un salón y ahí nos repartieron los
certificados.
―¿Qué? ¿Entonces todos los equipos tienen refuerzos? ―pregunté.
―Sí, la señorita Rimoneit nos preguntó si queríamos formar parte de un
equipo de Bunder a todos los extranjeros y provenientes de otras ciudades que
decíamos jugar futbol ―dijo, recordé que era británico y me reí para mí mismo.
―¿Y sabes quienes se fueron a otros equipos? ―le pregunté, esto era vital si
queríamos ganar el campeonato que comenzaba en septiembre y terminaba en
febrero, pero con una pausa entre noviembre y diciembre.

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―Noah Dusson y Pablo Rodríguez se inscribieron al club Valiente, se llama así,
¿verdad? ―asentí con la cabeza―. Bien, Juan Gutiérrez a Coronas Reales, Mike
Cooper a Independi…
―Bien, con eso basta ―le interrumpí y comencé a rascarme la cabeza,
estábamos en un buen escenario, teníamos equipo para ganar el campeonato de
invierno y lo seguiríamos teniendo para competir el próximo verano, estaba todo
listo. Junté mis manos y las entrecrucé―. El domingo vamos a ganar.
―Eso quería escuchar ―me dijo y me golpeó el lomo con complicidad―. Oye,
a todo esto, ¿Tú eres amigo de mi hermana? Claro que lo eres, bueno, quiero que
me digas qué pasa entre Gareth y ella.
Ladeé la cabeza y me la comencé a rascar.
―No lo sé, ¿Por qué? ―intenté parecer desinteresado, si me contaba por qué
trataría de no tener ninguna reacción.
―Hablan todo el día, te lo digo en serio, cada vez que paso por su habitación
escucho la voz de Pirro, no creo que sean solo amigos ―dijo demostrando su
molestia.
―A lo mejor son novios y eso… ―intenté buscarle una explicación, en mi
interior aparecía un odio en conjunto para Emma y Gazz, desde que nos fuimos
a los golpes no había tenido ningún problema con Gazz, al contrario, algunas
pausas las aprovechábamos para charlar entre Gazz, Chris y yo pasando el tiempo
en nuestro pasillo.
―Aconséjala y dile que no se meta con Pirro, su papá está metido en muchos
líos con el director, a mí realmente me atemoriza meterme con él ―confesó Jake,
apreté los labios y asentí sin darle una respuesta, nos quedamos mirando con
melancolía, no directamente, pero tuvimos una pausa para pensar.
―Bien, te haré caso ―le aseguré, sonrió aliviado―. Yo también he tenido
problemas con Gazz, de hecho, intentó incinerarme y me echó la culpa de pintar
un casillero, así que estoy al tanto del peligro que hablas.
―Gracias, ¿Cómo te dice Emma? ¿Fex? ―preguntó, me reí.
―Prefiero que sigan diciéndome LeBlanc ―confesé.
―Confío en que ayudarás a Emma, LeBlanc ―dijo con una sonrisa similar a la
que tenía cuando comenzamos a hablar.
―Cuenta con ello ―le dije, intercambiamos el típico saludo de la palma y el
puño y se fue no sin antes gritar:
―¡Te veo el domingo en el estadio! ―casi todos los que estaban en el pasillo
se quedaron mirando, yo estaba pasmado, al darme cuenta de que me miraban
simplemente sonreí e hice un gesto con la mano, escuché algunos murmullos y
me propuse a buscar mis cosas para irme a casa, ya me había aburrido y no tenía
ánimos para soportar otra aburrida clase de informática.

Tomé mi mochila y caminé a la puerta, cuando estaba a punto de abrirla


escuché que me gritaban otra vez: ¡LeBlanc!

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―¿Acaso en esta academia todos están acostumbrados a gritarse así?
―pregunté con un tono de voz alto, sin llegar a gritar, me di la vuelta y era la
rubia postulante al cargo de presidente, Elizabeth.
―¿Tú eres Félix LeBlanc? ―asentí, Elizabeth parecía estar muy enojada
conmigo por algún dato que yo desconocía―. No te puedes ir, eres mi
compañero en informática.
―¿Qué? ¿Por qué hiciste esa estupidez? ―le reproché y me golpeé la cara
con la palma de la mano, ni siquiera me molesté en volver a guardar mi mochila
en el casillero cuando volví a pasar junto a él acompañado de la flamante rubia,
como era un día común, sin actos ni asambleas teníamos permitido venir con
ropa normal, obviamente no completamente informal, pero con tal de no parecer
vagabundos podíamos venir como quisiésemos.
Elizabeth había aprovechado eso y se había puesto unos pantalones vaqueros
apretados, se veía exquisita, y su intento de parecer una chica ruda usando una
chaqueta de cuero y una camisa colgada a la cintura la hacía ver genial, hasta
llegar a ser adorable. Yo me había puesto un pantalón negro, una camiseta blanca
y encima una camisa verde cerrada, para que solo se viese el cuello de la camiseta,
muy clásico.
Liz se dio cuenta de eso mientras caminábamos al aula de informática y
programación.
―Tu estilo es muy a la vieja escuela, ¿No? ―preguntó, le sonreí mientras me
acomodaba el cuello de la camiseta blanca.
―Tú intentas verte como una chica ruda, pero en realidad no lo eres ―Liz me
miró apretando la boca y desviando su mirada hacia sus Converse.
―Me has pillado ―bromeó.
―¿Por qué me elegiste de compañero? ―le pregunté.
―Supe que sacaste cien puntos en el examen de ingreso y del club académico,
así que mi mejor opción era buscar al nerd de la clase para aprobar ―confesó,
me reí muy fuerte.
―Buena estrategia, al menos eres sincera ―le felicité.
―¿A que sí? Además, tengo que hablar de algo contigo ―la miré con una ceja
levantada, me encantaba demostrar duda levantando una ceja, era algo muy
característico de algunos actores de películas con buen presupuesto, pero yo
también quería comenzar a convertirlo en algo característico de mí, sonará una
tontería, pero me mantenía ocupado practicar levantar las cejas frente al espejo
durante horas, después de todo, al no tener la necesidad de estudiar tenía mucho
tiempo libre.
―¿De qué? ―le pregunté.
Liz volvió a apretar la boca, hablando con calma no se veía tan estirada y
malhumorada como pensaba.
―¿Lo hablamos después de clases? No, de hecho, lo vamos a hablar después
de clases en mi casa, te tengo que mostrar todo lo que he descubierto ―la miré

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con dudas―. Te lo digo en serio, no creas que intento conquistarte ni parecer
interesante, es algo serio que te involucra a ti y me involucra a mí.
Me detuve, la miré directo a los ojos para intentar ver si me estaba mintiendo,
su mirada era completamente seria, apagaba, estaba hablando en serio.
―¿Dónde queda tu casa? ―le pregunté con confianza, sonrió un poco.
―Somos vecinos de toda la vida ―dijo borrando su sonrisa, me extrañé.
―¿En serio? Pero si yo no tengo vecinos ―dije.
―Ay, no seas tonto, obviamente no somos vecinos de esa manera, los terrenos
de tu casa son muy extensos, al igual que los míos ―intenté recordar a todas las
personas que vivían cerca de mí, los terrenos de mi casa eran gigantescos, era
una gran hacienda que tenía canchas de futbol, tenis, piscina, huertos, zoológicos
y muchas cosas más, pero los terrenos de en frente pertenecían a la realeza,
siempre había sido así.
―¿Vives en la mansión del alcalde? ―le pregunté.
Sonrió y se agarró la cabeza incrédula.
―¿En serio me estás diciendo que nunca me has visto en tu vida?
―preguntó―. Colega, íbamos juntos hasta segundo grado, cuando descubriste
que podías hacer magia.
―¿De verdad? ―le pregunté, en mi cabeza se había abierto un nuevo umbral
de recuerdos, era demasiado para hablarlo ahora―. Esto es demasiado,
¿Entonces vives en la mansión del alcalde?
―Es mi mansión ―se jactó, nunca había escuchado de Elizabeth.
―Muy bien, a las cuatro estaré ahí ―le dije, hoy por ser el primer viernes del
semestre salíamos a las una de la tarde, por lo que tendría tres horas para comer
y rascarme las pelotas, preguntarle a mi hermanita qué tal va todo, asegurarme
de que mi mamá no caiga en depresión otra vez y luego podré partir hacia la casa
de enfrente.
Me guiñó el ojo en señal de aprobación cuando entramos al aula de
informática.

CHRISTIAN

―¡Lang! ¡¿Tanto te cuesta crear un puto escudo?! ―me gritó Karim mientras
estábamos entrenándonos en el salón común del club de magia.
Lo miré con rabia mientras hacía que se arrepintiese de sus palabras dos
segundos después al protegerlo de una furiosa llamarada de Gazz, sus llamaradas
estaban siendo más contundentes que de costumbre.
―¡Bien hecho! ―me volvió a gritar Karim.
Algo que me encantaba del salón del club de magia era que era un salón
completamente deformable, es decir, así como podíamos transformarlo con un
mecanismo de la entrada en una biblioteca podíamos convertirlo en una sala
reforzada para soportar explosiones, fuego y cualquier tipo de alteración al
espacio-tiempo, había sido diseñada por el mismo director Booker. Aquí era

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donde practicábamos y entrenábamos usando nuestras particularidades a la
máxima potencia.
―¡Lang! ¡Escudos! ―me gritó Bonaventura, una chica italiana de segundo año
que creaba llamas el quíntuple más caliente que Gareth.
Bonaventura lanzó una bola de fuego celeste directo a París, la esquivó en el
último segundo y desde el suelo chasqueó los dedos para lanzarle una ráfaga de
electricidad que inmovilizó a Bonaventura.
―¡Lang! ―gritó Werner y se lanzó sobre París, quien le había intentado
congelar con hielo pero logré contrarrestarlo con un escudo, apenas Werner tocó
a París en la cara apareció Dina y lo derribó de una patada, París intentó volver a
usar sus particularidades, pero no lo logró. Werner era un chico con el pelo
desordenado y castaño, tenía grandes dientes y parecía tener una expresión de
flojera en cada momento, Werner iba en mi clase y su particularidad era detectar
particularidades y anularlas con un simple toque por un tiempo indefinido.
Brahim lanzó un desgarrador gritó que nos petrificó a todos y cargó su mano
contra el suelo, vi como las descargas eléctricas le pegaban a cada uno hasta que
me llegó a mí. Una descarga eléctrica no es tan terrible para las personas mágicas,
pero si agregas el factor de que anteriormente París había llenado de agua gran
parte de la habitación da como resultado un calambre intenso que te hace caer
al suelo, perdí el conocimiento por algunos segundos, pero incluso así sentía
como mi cuerpo se retorcía en el suelo y mi pecho se apretaba sin dejarme
respirar, cuando se pasó el efecto me dieron arcadas y comencé a respirar de
manera apresurada.
―¡¿Qué mierda, Brahim?! ―le gritó Karim.
―Dijiste que usemos todo nuestro arsenal ―se excusó el chico de tercer año
que nos brindó la descarga como si se fuese ido de sí, parecía que la descarga lo
dejaba completamente atontado y mareado, pues la manera en la que se
tambaleaba para caminar era anormal.
―¡Pero controlado, sabandija! ¡Sin intentar matarnos! ―gritó Karim y
comenzó a toser, todos se levantaron como pudieron, excepto París.
Miré a Dinasty y a Emil después de darme cuenta, moví un poco mi espalda
para acomodarla bien e intenté acercarme hacia dónde estaba ella tirada, con una
expresión vacía, movimientos descontrolados e involuntarios.
―¡Miren a París! ―gritó Dinasty.
Todos se acercaron a mirar sin pronunciar ninguna palabra, el más afectado
era Emil, quien luego de tres segundos mirándola se agarró la cabeza.
―Anulé su magia, es decir, en este estado es una humana sin magia ni
resistencia, hay-hay que sacarla de aquí ahora mismo, es decir, París está muerta,
¿Qué haremos? ―decía para sí mismo y se agarraba la cabeza de manera
desesperada.
Parecía ser cierto, nunca había visto a una persona muerta, pero sus manos
estaban completamente quemadas por la descarga, me agaché para sentirle el
pulso en la muñeca, era nulo.

Martín TeuquilPágina | 106


Mi estómago comenzó a revolverse y de no haber apretado la boca hubiese
vomitado ahí mismo, me agarré la boca y me lancé sobre el tacho de la basura
para llenarlo de vómito, era asqueroso.
―¡Rápido! ¡Emil, busca a alguien que pueda generar electricidad! ―le gritó
Keita Armani a Werner antes de agacharse y comenzar a brindarle una
reanimación cardiopulmonar a París.
Werner cerró los ojos unos segundos y los volvió a abrir.
―Gabe Nega ―dijo Werner y salió corriendo de la sala a buscarlo.
Era intenso, las miradas entre todos nosotros se concentraban en el intento
sin éxito que estaba haciendo Keita para reanimar a París, fueron casi tres minutos
en los que nadie dijo nada, a excepción de Keita que se animaba a sí mismo.
Cuando Emil volvió con un chico de piel negra y trenzas en el cabello supe
que él era Gabe Nega, entró corriendo y apartó a Keita de un empujón, frotó sus
manos como si fuese un desfibrilador y comenzaron a sonar las chispas eléctricas,
entonces las puso repetidas veces sobre el pecho de París, era horrible ver cómo
su cuerpo se levantaba al recibir las descargas y pensar en que no serviría de
nada.
Emil se había sentado en un sillón que teníamos casi rostizado por todas las
ondas ígneas que había recibido durante nuestra práctica, pude notar su
preocupación, se rascaba las manos con fuerza y temblaba. Todos se
comportaban de manera parecida.
Gabe volvió a darle una descarga.
Dicen que antes de morir ves pasar frente a tus ojos toda tu vida, cuando París
reaccionó instintivamente a la descarga de Gabe me pregunté si le había ocurrido
aquello, pareció que todos volvían a tener vitalidad, Karim salió corriendo de la
sala en busca de un profesor o alguien responsable y notificarlo de lo que había
ocurrido, París miraba hacia todos lados con tranquilidad y con una mirada vacía,
se veía terrible, como si acabase de salir de una casa de los gritos como las que
abren en marzo para el carnaval de primavera en Bunder, pensé en que
necesitaba espacio y lo grité. La verdad es que recuerdo muy poco de lo que
pasó, sólo recuerdo que entró el director Booker y se llevó a París sobre sus brazos
evitando que lo siguiésemos.
Nos enviaron a casa, parecía que la academia tuvo consideración por nosotros
y mandó a todos los del club de magia a casa durante el primer recreo, era el
primer viernes del curso, no tenía amigos con los que salir y no me sentía con
energías de jugar al Fortnite. Al llegar a casa preferí dormir, podría dormir
dieciséis horas seguidas y aún así seguiría teniendo ganas de recostarme a contar
ovejas.
Desperté a las dos de la tarde, mi mamá había llegado del trabajo y estaba
haciendo almuerzo para cuando llegase mi hermano mayor, seguro no se
esperaba que yo irrumpiese en la cocina hecho mierda de tanto dormir.
―Hola ―dije y me acerqué para darle un beso en la mejilla como de
costumbre.

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―¿Tan temprano? ¿Por qué te dejaron salir? ―me preguntó sin siquiera
saludarme―. ¿Hiciste tu cama? ¿Abriste las ventanas del salón y de tu habitación
para que pase el aire?
―Una chica de mi club casi se muere ―mamá me miró preocupada.
―¿Cómo? ¿Está bien? ―dijo muy nerviosa y preocupada, reaccionando
enseguida para buscar unas pastillas sobre el refrigerador―. ¿Estabas ahí?
¿Quieres hablar de ello o no?
―Ya, tranquila, mamá ― le dije con toda la calma del mundo―. Estoy bien.
―¿No te dio ninguna crisis? ―me preguntó mientras abría la caja de pastillas,
eran mis antidepresivos.
―No que yo recuerde, pero creo que París está bien ―le comenté mientras
servía jugo en un vaso para que me tomase mi pastilla.
―¿París Chastain? Es hija del jefe nuevo, ¿recuerdas que te hablé de él? ―dijo,
me tomé mi pastilla y la miré extrañado.
―¿Cuál? ¿El doctor nuevo? ―pregunté.
―Ese mismo, el que llegó en las vacaciones, ¿Te acuerdas que lo conociste
cuando fuiste a pedirme algo al trabajo? ―si lo recordaba, era un hombre alto,
con cejas prominentes y el mentón muy definido, por su corte de pelo parecía
que tenía la cabeza cuadrada. El doctor Chastain era muy bien conocido en la
ciudad pese a haber llegado solo hace un par de meses, decían que su magia
radicaba en la perfección a la hora de curar personas y se rumoreaba que
Blackflower Industries, es decir, la empresa de los LeBlanc lo contrató para hacer
el trabajo de la señora LeBlanc, es decir, visitar diariamente todos sus edificios en
Bunder.
―Ya lo recuerdo ―dije y volví a tomar un sorbo del vaso de jugo, mamá
continuó cocinando al fijarse en que mi estado emocional se encontraba estable.
―¿Eres amigo de París? ―me preguntó mamá, lo pensé durante unos
segundos.
―No, sólo hablamos a veces ―le hice saber, mamá guardó silencio.
―¿Y ya tienes algún amigo? ―se me encogió el pecho con esa pregunta,
como si una filosa daga me atravesase continuamente, parecía que mamá creía
que podría reemplazar a mis viejos amigos como por arte de magia, como si las
personas que marcaron mi vida fuesen reemplazables, por más que lo quisiese
no era tan fácil, apreté los dientes y los hice sonar sin darme cuenta.
―¿Eso es lo único que te interesa? ―le pregunté molesto, en realidad no
quería decirle eso, no quería molestarme con ella.
―Claro que no… ―intentó disculparse.
―Ah, ¿Entonces no te intereso? ―pregunté mucho más molesto que antes,
aunque no lo quisiera terminaba molesto al más mínimo comentario.
―Christian… ―mamá dejó de prestarle atención a lo que estaba cocinando y
me miró a los ojos rogándome que la dejase tranquila, al menos eso me
transmitió, como si sólo estuviese molestando en la casa, fruncí el ceño delante

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de sus narices y agarré mi sudadera de canguro roja para salir de casa―. ¿A
dónde vas?
―A ver si mi amiga está bien ―dije y cerré la puerta de un portazo, fuera del
departamento me puse mi sudadera con la capucha y bajé las escaleras sin pensar
en nada más que en la pelea que había tenido con mi mamá, sentía gran parte
de mis recuerdos nublados, pero al menos no me sentía triste como de
costumbre.
Había olvidado mis audífonos, pero ya era tarde cuando me di cuenta, estaba
caminando hacia la dirección opuesta de la academia sin pensar en nada, solo
caminaba con furia y ganas de gritar, era muy estúpido, no lograba comprender
por qué me sentía así, pues en realidad mamá no había hecho nada malo, sólo
quería hablar conmigo, pero mi temor me hacía nublarme e irme a la defensiva
con cualquier comentario o pregunta, sentía temor.
Estuve caminando como media hora hasta que me detuve y observé a mi
alrededor, estaba en la calle Callesam justo frente a una cafetería famosa en
Bunder, tenía mucha hambre y lastimosamente no había traído dinero, me asomé
por el escaparate de la cafetería para observar el clásico estilo de los años ochenta
que llevaba impregnado, apreté la boca y quité la mirada, posteriormente observé
mi celular, me había quedado sin datos móviles, por lo que estaba sin internet ni
dinero al este de la ciudad, justo en el lugar en donde vivían las personas con más
dinero y prestigio de la ciudad, logré escuchar un día que mamá discutía con mi
hermano sobre irnos a vivir a algún apartamento del este, pues en el oeste vivían
las personas de clase media-baja o clase baja, incluso en los extremos se llegaba
a las humildes granjas y molinos. Decían que, en comparación, un terreno en el
oeste costaba en promedio unos $950.000, mientras que en el este costaban
entre $20.000 y $25.000, y aun así la mayoría de los del este vivíamos en
departamentos de $200 al mes.
Así es, era pobre, cada verano debía trabajar de manera obligatoria para poder
comprarme mis juegos del año, pues pese a todo esto mi mamá me seguía
comprando mis medicamentos y videojuegos, por mi estaba bien, era feliz con
ella.
―¿Christian? ―logré escuchar una voz familiar a mis espaldas cuando me
ponía en marcha para seguir caminando más hacia el distrito este, me giré
completamente y grata fue mi sorpresa al ver a Emmaline Paragon asomando su
cabeza por la puerta de la cafetería. Emmaline era una chica dulce,
verdaderamente preciosa y honesta, era de piel blanquecina, pero se notaba que
durante el verano se había asoleado un montón, pues cada día parecía que se iba
haciendo más y más blanca, la verdad es que Emmaline era otra de las chicas con
las que había hablado bastante esta semana, pues justamente se había hecho
novia de Gareth, de quien por cierto seguía desconfiando después de sabotear la
imagen de Félix sin explicación alguna. Emma y Gareth eran una pareja un tanto
rara a mi parecer, durante el día normal de clases veía que Félix y Emma se la
pasaban riéndose y jugando en sus celulares juntos, mientras Gareth ardía de

Martín TeuquilPágina | 109


rabia por dentro cuando los veía, pero fuera de la academia se transformaban en
una pareja genuina, no me terminaban de convencer del todo, pero la verdad es
que prefería a Félix por sobre Gareth Pirro, quien en solo una semana había
conocido, agradado y posteriormente dejarlo en un toleramiento mutuo, sin
llegar a ser amigos.
Le sonreí y me acerqué a la puerta.
―Hola ―le saludé, por la cafetería en la que había decidido pasar la tarde me
decantaba por pensar en que Emma era de clase media-alta o alta.
―Hola, Chris, ¿Qué haces aquí? ―me preguntó con simpatía, sin
malintencionar la pregunta como lo había supuesto en un principio.
―Paseando, ¿Y tú? ―le pregunté.
―Vine con París, supe que había tenido un colapso repentino y la quise
distraer con un café ―sonrió Emma como si acabase de hacer la buena acción
del día, me extrañó mucho escuchar que había dicho “colapso repentino”, siendo
que había sido un accidente mágico en el que todo el club de magia estaba
involucrado―. Pero debo irme, Gareth me espera en su casa.
Fingí una sonrisa pícara y le pregunté:
―¿Vas a ir a chupársela? ―Emma reaccionó avergonzada con un balbuceo
nervioso y confirmó mis sospechas cuando su cara se puso rojísima.
―Claro que no, su familia me invitó a tomar el té ―me reí, esta vez en serio,
no recordaba que Emma era inglesa y nunca se me había pasado bromear con su
“hora del té”.
―”Hora del té” ―articulé entre mis risotadas.
―¡Déjame! ―se rió avergonzada y cerró la puerta tras sus espaldas, me moví
de sitió para que no estuviésemos estorbando en la entrada―. París está adentro,
si gustas puedes comerte lo que me sobró de cheesecake si París te lo permite.
Me parecía una buena idea, estaba cagado de hambre y de paso podría hablar
con París para asegurarme de su bienestar, realmente me importaba que los
demás estén bien, yo te todas formas iba a morir en algún momento al azar
cuando mi depresión se descontrolase, por lo que me esforzaba para que al
menos los demás estén bien.
―Como sea, nos vemos el lunes ―dijo y se despidió de mí con un beso en la
mejilla, miré como se alejaba y cuando ya estaba lo suficientemente lejos me
asomé nuevamente al escaparate de la cafetería. Efectivamente, París estaba
sentada sola en una de las mesas, anteriormente no la había visto porque Emma
cubría su rostro con su cabeza, pero ahora estaba de frente a la puerta y podía
ver su cara de sueño desde lejos.
Abrí la puerta de la cafetería y entré, París parecía distraída y no notó mi
presencia, solo estaba mirando a la nada.
―¿Qué tal, hermana? ¿Todo bien? ―le saludé casualmente al quedarme
parado frente a su mesa, al principio pareció desconocerme, pero después de
unos segundos viendo mi cara se dio cuenta de quién era.

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―Lang, ¿Cierto? ―me preguntó con una sonrisa mientras comía un pastel
blanco con lo que parecían ser frambuesas por encima.
―¿Puedo sentarme? ―pregunté apuntando al plato de Emma.
―Claro, ¿Quieres que te compre algo? ―me preguntó cuando ya estaba
instalado comiendo de manera desesperada, al parecer mi hambre era evidente,
la miré sin expresarme demasiado ni entender el porqué de querer regalarme
comida―. Sabrina.
La camarera que de casualidad pasaba por ahí se detuvo.
―¿Deseas algo más, París? ―al parecer se conocían lo suficiente como para
tutearse.
―¿Le puedes traer una cheeseburger a mi amigo? ―le pidió, sin querer abrí
los ojos más de la cuenta y me quedé mirando a París, esta solo me sonrió sin
mostrar los dientes.
―¡Un cheeseburger! ―gritó la chica hacia donde parecía estar la cocina, luego
nos sonrió provocando que ambos desviásemos la mirada, continué comiendo
sin decirle mucho.
Francamente no sabía que decir, nunca una persona que prácticamente era
una desconocida me había invitado a comer algo, es más, pocas veces alguien
que no fuese de mi familia me había comprado algo, no sabía cómo agradecerle,
quizás debía besarla, abrazarla y lamerle las botas negras que estaba usando. Me
quedé mirando a París, probablemente lo notó, pues su expresión de cansancio
cambió a una más despierta cuando cruzamos miradas.
―Gracias ―le dije y continué comiendo lo que Emma había dejado en su
plato, noté como París apretó la boca.
―No hay de qué, Chris ―siguió mirándome mientras devoraba con energía
lo que me quedaba en el plato.
Al terminar el cheesecake me puse a esperar a que me trajesen la
hamburguesa con queso, París me seguía mirando, se notaba que no le
importaba cruzar miradas con las demás personas, parecía que pocas cosas le
importaban.
―¿Sabes cuánto pesa un oso polar? ―mi pregunta la dejó extrañada, pero no
más extrañada que yo al darme cuenta de que no conocía la clásica respuesta.
―¿Un oso polar? No tengo idea ―confesó pasados unos segundos.
―Lo suficiente para romper el hielo, ¿Estás bien después de lo de la mañana?
―le dije, se rió de mi ingeniosa manera de empezar una conversación y luego se
centró en responder lo que le pregunté con una sonrisa doblada, sin ser genuina.
―Más o menos, creo que regresé de la muerte y me quemaron el corazón
―me hizo saber, silbé al ver la magnitud de la situación como reflejo, resulta que
un silbido en una cafetería parece ser algo importante, pues todos me quedaron
mirando, opté por hacerme el tonto y continuar hablando.
―¿Y qué harás con eso?

Martín TeuquilPágina | 111


―Me van a operar, pero lo va a financiar la academia, tienen cientos de
repuestos de corazones y me compraron uno nuevo ―dijo sin parecer
emocionada por la idea de que le abran el pecho.
―Podríamos decir que por fin vas a abrirle tu corazón a alguien ―bromeé, no
le pareció chistoso, pero intentó buscarle la gracia.
―Viéndolo de ese lado… ―dijo con un profundo suspiro y tomando un sorbo
de su café, un mechón de su cabello cubrió su ojo por accidente y enseguida trató
de despejarse la cara―. A lo mejor me muero.
―No creo que te vayas a morir ―la intenté reconfortar―. ¿Si te mueres quién
me va a comprar hamburguesas con queso?
―Cheeseburgers ―me corrigió.
―¿Cómo?
―Que se llaman cheeseburgers, tonto ―dijo cortándome todo el rollo.
―Bueno, ¿Si te mueres quién me va a comprar cheeseburgers? ―repetí.
―¿No crees que me muera o no quieres que me muera? ―parecía una
pregunta retórica, pero respondí de todas maneras.
―No quiero que te mueras ―le dije, esta vez sin sonreír. París me miró
apoyando su cara en su brazo que estaba sobre la mesa, noté como sonrió
satisfecha. Su expresión cambió cuando desvió la mirada hacia lo que estaba atrás
de mí, lentamente giré mi cuerpo para intentar visualizar lo que la había
perturbado.
Era la televisión, específicamente el anuncio de que una mujer morena
acababa de postularse para el cargo de alcaldesa de Bunder, aquello no solo
significaba tener control sobre el condado de Bunder, sino que tendría control de
toda California, incluyendo Los Ángeles y San Francisco. Era un atrevimiento que
muy pocos estaban dispuestos a ejercer.
―¿Quién es ella? ―le pregunté a París sin dejar de mirar la transmisión
televisiva.
«…Como bien dije anteriormente, Bunder está en constante declive por todas
las bandas, familias extranjeras y empresas corruptas que están invadiendo
nuestra hermosa ciudad, que en el año 2005 fue catalogada como “La novena
ciudad más tecnológica del mundo”, lo que significa que tenemos a dos ciudades
dentro del top 10 de ciudades más avanzadas y no lo estamos aprovechando en
lo más mínimo, bien podríamos estar fabricando tecnología combinada con la
famosa magia de Bunder y seríamos sin duda, con un poco de tiempo, el estado
más tecnológico del mundo…»
Miré a París, parecía igual de impactada que yo.
―¿Ella quiere vender magia? ―pregunté como si eso no estuviese claro.
París seguía sin responder a mis preguntas.
―París, ¿Quién es ella? ¿Por qué quiere liberar la magia a todos los humanos
sabiendo que eso desataría el caos total no sólo en Bunder, sino que en todo el
mundo?
París quitó la mirada de la pantalla y me miró a mí sin parpadear.

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―Se llama Emily Mary Booker, espero que sea una coincidencia ―dijo, yo no
estaba entendiendo nada.
―¿Por qué? ¿Qué tiene que se llame así? ―pregunté ingenuamente sin darme
cuenta de lo obvio, París pareció googlear algo.
―Ella es la esposa del director Booker, ¿Sabes que el director mantiene ideales
libera-magia? ―me cuestionó.
No lo sabía, la noticia me había caído como un costal de harina en la espalda,
volví a mirar la pantalla y prestar atención a lo que Emily Mary estaba diciendo.
«… ¿Alguien tiene alguna pregunta? ¡Ay! Es cierto, no pueden hacer preguntas
aquí, de todas maneras, ya saben por quién votar si quieren que Bunder,
California y los Estados Unidos progresen, usemos nuestra tecnología y nuestros
dones para hacer del mundo un lugar mejor…»
Emily Mary se bajó del escenario en el que estaba, parecía ser un salón de
conferencias, lo volví a mirar y me di cuenta de que era el que estaba en la APR,
y resultaba ser cierto, Emily Mary al terminar su discurso se dio un fugaz beso con
el actual director de la academia, Greg Booker, quien según París tenía reputación
de expansionista.
Era malo, Emily Mary no debía ganar.
París volvió a mirarme.
―Creo que el director Booker traficaba magia con los diez reyes del mundo
―mi estómago se revolvió completamente al escuchar la acusación que estaba
haciendo París.
―¿Cómo lo sabes? ―le pregunté en un tono de voz baja, pues las demás
personas en la cafetería parecían estar mudas después de ver el anuncio de Emily
Mary.
―Mira esto ―París sacó de la mochila que tenía colgada en la silla un
portafolio con unos papeles, los examiné varias veces hasta que di con el que no
calzaba. Pero, ¿Qué pasaba si resultaba ser falso? Podrían expulsarme y volvería
a decepcionar a mamá, como todos los días. Me levanté de mi asiento con el
papel que París me había dado y salí de la cafetería sin decir nada―. Espera,
espera, ¡Oye! ¡Vuelve aquí, Lang!
Las palabras parecían rebotar, yo no debía involucrarme en lo que no me
incumbía, me di media vuelta y miré a París directamente a los ojos.
Apreté los puños como si mi vida dependiese de ello y me concentré en las
pupilas de París, se detuvo justo frente a mí y en un parpadeo entré en su mente,
todo estaba más revuelto de lo que me esperaba, recuerdos, pesadillas y malos
momentos inundaban su conciencia colectiva.
“Si estoy aquí dentro, ¿Por qué no despejarla un poco?” pensé y comencé a
eliminar de un puñetazo las capsulas de recuerdos más dolorosos que París había
sufrido, su mente iba despejándose como paz después de la tormenta, logré
encontrar el momento en el que encontraba el portafolio de Booker.
Ni siquiera quería saber cómo lo encontró, sólo la vi agarrar una carpeta
amarilla y unas fotos que estaban sobre el escritorio del director en su oficina,

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parecía que la tristeza recurrente se iba apoderando de mi cuando me estaba
concentrando para eliminar ese recuerdo. Era la tristeza que me invadía en las
crisis, muchas veces intenté entrar a mi mente a través de un espejo, pero nunca
lo logré. Esta vez podría eliminar un recuerdo que le carcomía la cabeza a París,
estaba haciéndola un bien después de todo, pensando eso logré eliminar aquel
recuerdo y pareció que París me hubiese expulsado de su cabeza un segundo
después, pues llegué a mi cuerpo con una migraña intensa y una París llorando
sin motivo.
―Entraste a mi mente ―me acusó, estábamos en la entrada de la cafetería y
todos nos estaban mirando con curiosidad.
―París, yo no…
―¡Entraste a mi cabeza! ¡Borraste un recuerdo! ―me acusó y sus brazos se
rodearon de llamas.
―París, creo que debes calmarte… ―le dije observando a todas las personas
de nuestro alrededor mirándonos.
Aquellas palabras hicieron el efecto contrario, me di cuenta justo cuando las
chispas eléctricas empezaron a saltar de sus manos cual Super Saiyajin Fase 2.
Con un chasquido de dedos logré encerrar a París en una burbuja mientras yo
escapaba a toda velocidad por la dirección que vine.
Mis burbujas pueden durar de veinte minutos a unos míseros treinta
segundos, todo depende de qué tan poderoso sea el método en que intentes
escapar, una aguja penetra mi burbuja instantáneamente, pero magias
elementales tardan unos tres o cuatro minutos, mientras que los golpes o
simplemente quedarse quieto permitiría una explosión natural de la burbuja en
veinte minutos.
Con eso en mente al haber estado unos cuatro minutos corriendo con todo lo
que me daban las piernas y en línea recta giré en una esquina y me metí a una
red de callejones que me sabía de memoria al haber crecido en los barrios pobres
de Bunder, ya estaba seguro, podía caminar. Caminé y caminé hasta llegar a las
escaleras que subían hasta mi departamento, me senté en las escaleras y logré
calmar mi respiración.
Inhalar.
Exhalar.
¿Qué haría el lunes al tener que ver a París?
Inhalar.
Exhalar.
Comencé a llorar sin motivos suficientes, solo me agarré la cara y lo asumí, me
volvía a deprimir, la hoja seguía doblada en mi bolsillo.
Inhalar.
Exhalar.
Debía quemarla, mamá ya tenía suficientes problemas con mi depresión y la
flojera de mi hermano, debía ayudarla: ¿Cómo? Sin causar problemas. Quemé la
hoja, llorando.

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FÉLIX

―¿Cómo te fue hoy? ―le pregunté a Goldie cuando llegó a casa cerca de las
tres de la tarde, yo ya estaba instalada en mi cuarto jugando Crash Bandicoot con
nuestra gata llamada Gamora tirada de espalda en el piso.
―Horrible, oye, ¿Tu director se parece a Hitler, cierto? ―me preguntó.
―Sí, ¿Por qué? ―le pregunté devuelta mientras ella dejaba su mochila en el
suelo de mi habitación.
―No, por nada ―dijo, me pareció sospechoso, pero en ese momento no tenía
cabeza para pensar en nada más que en lo que me tuviese que decir Elizabeth―.
¿Qué vas a hacer hoy? ¿Podrías llevarme a ver un partido de la pretemporada del
Galaxy? Hoy a las ocho van a jugar en el estadio contra el Bunder Miners.
―¿Ah, sí? ―le pregunté, no tenía idea de aquel partido, pero sería interesante
asistir―. En un rato debo ir a la casa de la vecina, así que quizás no alcance a
llegar al partido.
―¿En serio? ¿La vecina te invitó a su casa? ―me preguntó Goldie como si no
se lo creyese.
―Te lo juro, de hecho, hace unas horas me enteré de que teníamos vecina de
mi edad ―le confesé.
―Pero Félix, es la hija del alcalde, ¿De verdad no sabías que era nuestra
vecina? ―me cuestionó como si fuese un auténtico imbécil.
―Si sabía que el alcalde vivía enfrente, pero no sabía que tenía una hija de mi
edad ―dije con una sonrisa malévola en la cara, Goldie al ver mi sonrisa comenzó
a reírse a carcajadas.
―En serio, Félix, debes tratar bien a Eli ―me aconsejó mi hermanita―. A lo
mejor te casas con ella.
―¿Te imaginas? No me gustaría ―le confesé―. Ella está bien y todo eso, de
hecho, es lo mejor que he visto en mi vida, pero no creo que nos llevemos tan
bien.
―¿Por qué? ―me preguntó Goldie.
Sonreí y le dije la razón.
Salí de mi amurallada residencia por el arco que llevaba hasta la calle, en la
calle de enfrente parecía haber una pradera floreada y llena de vida por el fuerte
sol que le daba de lleno al terreno, no me creía que los de seguridad llevasen un
traje formal encima con los 30°C de calor. Caminé por el sendero que
supuestamente llevaba hasta la mansión del alcalde de Bunder deseando que
ningún segurata quisiese detenerme. Después de caminar cerca de diez minutos
por el bosque que atravesaba el sendero logré ver la renovada mansión, fachada
blanca y un aire de modernidad eran lo primero que veías al llegar al claro en el
que me encontraba.
Seguí caminando sin perder el rumbo, pero sin perder ningún detalle de lo
que veía. Mucha seguridad oculta entre puestos colgados en los árboles, una
piscina por el costado, un árbol más alto de lo normal que parecía tener una casa

Martín TeuquilPágina | 115


del árbol construida seguramente por Elizabeth y sus hermanas. No dejaba de
identificar puntos de interés en la residencia Cálibri.
Cuando estaba llegando a la gran puerta de madera tallada que separaba el
exterior con el interior de la casa la puerta fue abierta por una rubia con el cabello
suelto, el flequillo peinado hacia un lado y con rulos en las puntas, era Elizabeth.
Ya no llevaba la chaqueta de cuero, normal, insensato hubiese sido usar una
chaqueta de cuero con el calor que hacía, había cambiado su vestimenta casi en
su totalidad, solo mantenía la camisa atada a la cintura, pero la chaqueta la
cambió por una camiseta corta de color negro y unos shorts que eran cubiertos
completamente por la camisa. Parecía preparada para salir a algún lado.
Yo estaba vestido igual, sólo me había dejado la camisa verde en casa, pero
por lo demás seguía igual de clásico que siempre.
Elizabeth me miró con recelo antes de sonreírme.
―¿Qué tal, vecino? ―me dijo antes de recibirme con un beso en la mejilla.
―¿Cuántas personas hay aquí? ―le pregunté entornando mis ojos hacia los
vigilantes que estaban sobre los árboles.
―En la pradera hay cinco, en el bosque diez, pero dentro de la casa no hay
absolutamente nadie además de mí ―dijo dándome la bienvenida con el brazo,
cuando entré a su casa después de limpiarme los zapatos en la entrada cerró la
puerta a mis espaldas y me preguntó―. ¿Tienes hambre?
Hambre de ti, rubiecita.
―No, muchas gracias, comí antes de venir ―le hice saber sin dejar de observar
el majestuoso interior de su casa, se notaba que era la casa del gobernador por
el aspecto señorial y moderno que desprendían todos los muebles, paredes,
decoraciones y estanterías repletas que había en la sala de estar.
Elizabeth hizo un sonido con la boca como de decepción.
―¿Comiste algo bueno siquiera? ―preguntó, en realidad la comida había
estado normal, sin llegar a ser buena.
―Ensalada de repollo ―le dije, apretó la boca para contener su risa.
―¿No quieres barbacoa? Papá dejó hecha antes de irse a no-sé-donde, creo
que a Seattle por un asunto de magia descontrolada ―me ofreció con
naturalidad, no era mucho de comer carne, pero las barbacoas eran sin duda mi
punto débil.
La miré con una sonrisa conteniendo mi emoción.
―Quiero bar-ba-co-a.
Me sonrió devuelta.
―Sígueme ―la seguí por los amplios pasillos de su casa.
―Oye, Elizabeth ―le dije intentando seguirle el paso.
―No me digas Elizabeth, es muy formal, especialmente para ti.
―¿Por qué?
―No es por ofender, LeBlanc, pero eres todo lo contrario a formal.
―¿Informal?

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―Eeeh, sí. Digamos que eres muy informal, pero papá me dijo que era parte
de tu familia ser así, ¿Todos son iguales en tu familia?
―Si te refieres a que pocas veces somos serios, sí, mamá tiene la mala
costumbre de hablar usando la ironía y el sarcasmo.
―Tú eres igual ―me dijo, llegamos a la cocina y junto al refrigerador vi el
pedazo de carne cubierto de salsa del que me había hablado Elizabeth.
―¿Cómo te tengo que decir entonces? ―le pregunté.
―Siéntate.
―Está bien, Siéntate ―me quedé parado.
―Yo voy a servirte la barbacoa, tú siéntate ―dijo.
―De acuerdo, Siéntate ―se dio cuenta de que le estaba tomando el pelo y
entrecerró los ojos simulando cansancio.
―Ya veo, retiro lo dicho, dime como te plazca.
―Bien, Como-te-plazca, ¿Tienes más salsa?
―¡Félix! Si sigues con eso no te voy a dar barbacoa ―me amenazó con el
cuchillo de broma.
―Ya se me ocurrió, te voy a decir Eli ―le dije.
―Todos me dicen Eli, Félix ―dijo mientras cortaba un pedazo de la exquisita
carne de res.
―¿Entonces quieres que te diga Betty? ―me miró con desagrado y continuó
cortando.
―Cualquiera menos ese ―me pidió.
―Dijiste que te diga cómo me plazca, Betty ―dije y al instante Elizabeth me
tiró la carne que había cortado a la cara, dejándome aturdido y lleno de salsa. La
carne llenó de salsa mi camiseta blanca y enseguida miré con rabia al artífice del
acto que culminó con mi desprecio.
―¡Hija de perra! ¿Qué mierda, Liz? ¿Acaso tus padres te lanzaron así de un
puto balcón cuando tenías cuatro años? ―le reproché.
―¡Ese apodo me gusta! ―celebró―. Y… Espera, ¿Qué? ¿Caíste de un balcón?
―Eso te pregunto yo a ti ―le dije, me pasó unas servilletas e intenté limpiarme
la camiseta después de limpiarme la cara―. Esta camiseta costó 300 dólares, Liz,
¿Qué va a pasar con mis 300 dólares?
―Ni siquiera te importan los 300 dólares, es decir, no pensé que te afectaría
tanto perder 300 dólares, tú mamá genera como 300 dólares por segundo ―tenía
razón en una parte, francamente no me importaba la camiseta, pero ¡Me lanzó
carne a la cara! ¿Cuánto orgullo perdí en eso? No es como si en cualquier
momento alguien pudiese lanzarme pintura todos los días, total no me importa
perder un poco de dinero, ¡Claro que no! A Félix LeBlanc no le pisoteas el orgullo
tirándole carne a la cara―. Los LeBlanc, los Paragon, los Winter, todos generan
cientos de miles de dólares al día y no son capaces de hacer algo por Bunder, es
increíble.
La miré confundido, ¿Qué tenía que ver yo con eso?

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Justo por esto sabía que no nos llevaríamos del todo bien, Liz era muy
revolucionaria, más orgullosa que yo y demasiado expresiva, no tenía filtros
sociales a la hora de hablar o intentar hacer ley su palabra. Las personas así me
desagradaban, los que se creían “reyes”, es decir, provengo de una familia de
leyenda, tengo todo el dinero del mundo y más, además de que podría decirse
que soy bueno en todo, ¿Por qué personas inferiores, con menos méritos que
cualquier otro intentan ser “líderes”, intentan brillar o proclamar su palabra por
sobre los demás? Lo que le dije a Goldie fue esto, que yo era muy relajado como
para estar con Liz. Ella debería estar con Nathan o con Gazz, ambos cumplían su
perfil de bocazas.
―Escucha, Liz, yo no vine a pelear contigo ―la intenté tranquilizar. Increíble
que ella me haya lanzado la carne y ahora soy yo el que intenta calmarla.
―Yo tampoco te invité para que peleemos, sólo que me parece tonto que te
enojes por algo así ―dijo subiendo su tono de voz.
La miré serio.
―Liz.
―¿Qué? ¿Qué, Félix?
―¿Quién es el que está enojado ahora? ―mis palabras hicieron que se
tranquilice gradualmente, hasta que me miró mientras movía su lengua sin abrir
la boca y se dio vuelta para lavar el cuchillo.
―Lo siento ―se disculpó.
―Tranquila, me voy a vengar cuando menos te lo esperes ―le hice saber
mientras comenzaba a comer el pedazo de carne con salsa.
―Disculpa por tu camiseta, la salsa es imposible de quitar de una camiseta
blanca ―se lamentó.
―No te preocupes.
―Si quieres podemos ir a ver si mi papá tiene alguna camiseta que te quede…
―me ofreció, pero la interrumpí.
―No-no-no, esta mancha hará que me acuerde de ti de vez en cuando ―le
dije y la miré sonriendo, también me estaba sonriendo.
―Tengo la camiseta perfecta para ti ―me dijo y salió de la cocina enseguida,
yo me quedé comiendo la carne con toda la calma del mundo, un par de minutos
después volvió con una camiseta polo de color negro y con una nave de Space
Invaders en la parte izquierda del pecho, casi escupo la comida que tenía en la
boca al verla―. ¡Guau! Se ve que te gustó.
―No manches ―le dije incrédulo, la calidad del polo era espectacular―.
¿Dónde la conseguiste?
―Estaba de rebaja en Thinkgeek y no me di cuenta de que era de un juego
antiguo, ¿Cómo era…? ―intentó recordar.
―Space Invaders ―dije mientras me levantaba de la mesa e iba directo al
lavavajillas para lavar mis manos y cara.
Elizabeth extendió su otra mano hacia mí y dijo:

Martín TeuquilPágina | 118


―Witzerk ―sentí como una ráfaga de aire que apenas me dejaba mantener
los ojos abiertos terminó secándome la cara.
Cuando acabó miré a Liz con los ojos como platos, estaba impresionado.
―¿Haces magia antigua? ―le pregunté sorprendido. Liz me entregó el polo
al mismo tiempo que asentía con la cabeza―. ¿Y compras en Thinkgeek?
―Sólo cosas de Marvel, Harry Potter, Stranger Things y la ropa de temporada,
es genial lo que venden, pero no esas cosas de videojuegos que seguramente te
gustan a ti, rata ―aclaró, seguía impresionado por lo de la magia antigua.
¿Alguna vez hablé sobre la magia antigua? Seguramente no, pues se calcula
que hay menos gente haciendo magia antigua que víctimas del Horror.
La magia antigua es la magia que algunas personas catalogan como verdadera
magia, no tiene que ver con dones ni suerte, sólo se trata de entrenamiento,
practica y estudios. Es como la magia que se enseña en sagas como Harry Potter.
Se podría decir que la magia antigua es lo ideal para quienes no han vivido un
Horror y de todas maneras quieren experimentar la magia, no el contrabando de
magia, ni la tecnología mágica, lo ideal era la magia antigua. Una definición
acertada de la magia antigua es que se trata del conjunto de habilidades y
poderes sobrehumanos de una persona que traspasan la barrera de la ciencia, a
diferencia de los dones del Horror, que pueden ser estudiados por científicos,
esta magia se concentra únicamente en la conciencia del mago, no en su cuerpo.
De tan emocionado que estoy no logro darle una definición adecuada a la magia
que acababa de ver.
―¿Cómo aprendiste a hacer magia antigua? ―le pregunté sin ocultar mi
interés.
―¿Cómo no?
―En serio, Liz, ¿Cómo aprendiste? ―le volví a preguntar.
―Con un buen maestro, nueve años y un gran bosque mágico que se
regenera por sí mismo ―dijo, lo del bosque me dejó boquiabierto.
―¿Nunca has sufrido un Horror? ―le pregunté, me di cuenta de que aún tenía
la camiseta polo en la mano.
―Nop, ¿Y tú?
―Como cinco ―le hice saber. Asintió en señal de comprensión, no pareció
afectarle.
―¿Entonces eres experta de magia antigua? ―le pregunté más que
ilusionado, podría hacer que me enseñe en sus ratos libres.
―¿Experta? Experta… Digamos que no, soy de nivel 3 ―confesó corriendo sus
labios hacia un costado.
―¿Y cuantos niveles son? ―la pregunta pareció incomodarle, supuse que
había sido la pregunta, porque repentinamente abrió los ojos más de lo normal
y dijo:
―Voy al baño ―mientras salía rápidamente de la cocina por el pasillo, me
quedé parado en el mismo lugar en el que estaba. ¿Por qué le había afectado que
le pregunte acerca de los niveles mágicos? No lo pensé dos veces y me quité la

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camiseta manchada deseando que Elizabeth no entrase a la cocina. ¿Por qué no
quieres que entre a la cocina? Porque no tenía ganas de tener una escena erótica
típica de las novelas gráficas y animaciones japonesas para adolescentes
hormonados, justo hoy no estaba inspirado por el asunto con Emma, realmente
me había bajado considerablemente el autoestima y confianza. Eso es lo que pasa
cuando una chica me gusta.
Me puse el polo que me había dado Elizabeth, me incomodaba un poco en la
espalda por el tamaño que tenía mi lomo, no era por gordura ni por hacer
ejercicio, era por mis huesos. Pareciera ser como la excusa que usan los gordos
mórbidos para excusar su exagerado tamaño, pero lo mío era de verdad,
genéticamente mi espalda era más ancha de lo normal, claro que lo compensaba
el verme sexy y musculado, cuando no lo era.
Ya no tenía ganas de comer, así que boté el pedazo de carne que quedó en
mi plato directo al basurero y el plato lo dejé en el lavaplatos, sí, soy consciente
de lo redundante y confuso que resultó leer eso.
Me volví a sentar en la mesa a esperar a Liz mientras revisaba mi Instagram,
acababa de subir cien seguidores y entre todos esos nombres de usuario
desconocidos me llamó la atención uno: “_elizabettt16”. Abrí su perfil y
aparecieron un montón de fotos de mi nueva amiga, en ese momento pensé en
que no se me había ocurrido analizar a Elizabeth con el Infinity que me había
instalado mamá, lo prendí con cuatro parpadeos e intenté analizar el rostro de
Elizabeth.
«Persona protegida».
¿Persona protegida? Al Infinity nunca le había pasado nada raro, pensé en que
quizás fuese un error, volví a analizarla.
«Persona protegida, Blackflower Industries prohíbe el acceso a la información
de esta persona».
―¿Cómo que Blackflower Industries, máquina de mierda? ―me golpeé la
cabeza intentando arreglar los circuitos incrustados en mis ojos―. Yo soy el
dueño de Blackflower, desbloquear acceso, desbloquear acceso.
«Acceso denegado, última advertencia».
―A mí nadie me da advertencias ―intenté volver a analizar a Elizabeth con
rabia y en ese momento sentí una descarga de electricidad en mis brazos, hicieron
que se peguen a mi torso violentamente.
«Activando sistema guiado, ¿Desea elegir a Alexa, Siri o prefiere usar a
Infinity?».
Cuando recuperé el habla ya era muy tarde, al parecer ya había usado el
Infinity más de media hora en el día y la jaqueca me hizo apagar automáticamente
el aparato que presumiblemente estaba configurado para no analizar a Liz, me
agarré la cabeza con ambas manos como si fuese mi primera vez superando la
media hora del Infinity. Cerré los ojos por el dolor y puse mi frente sobre la helada
superficie de la mesa.

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¿Cuántos años llevaba usando el Infinity? ¿Cuántas jaquecas había tenido en
un par de años? Cientos, aun así, no lograba acostumbrarme cómo me había
acostumbrado al usar el retroceso temporal, ambos me provocaban jaqueca, pero
la del Infinity era superior por diferencia a la de la cronokinesis.
―¿Qué te pasó? ―me preguntó Liz, no la había escuchado entrar a la cocina
y no había alcanzado a despegar mi frente de la mesa.
La miré con los ojos entrecerrados, cuando me vio la cara noté que contuvo la
risa.
―¿Y ahora de qué te ríes? ―le pregunté de mal humor por mi dolor.
―Tienes la frente blanca, eres blanco, pero tu frente tiene un tono amarillento
―dijo sin contener la gracia que le hacía aquella imagen de mí.
―Tú eres rosada, no me jodas… ―dije y volví a apoyar mi cabeza en la helada
mesa.
No la escuché responder enseguida, en su lugar escuché como abría un cajón
y muchas cosas presumiblemente pequeñas se movían en su interior.
―Que grosero eres después de que te di comida ―ella tenía razón, me salían
las palabras sin querer, simplemente no pensaba lo que iba a decir.
―No soy grosero, digo, no lo hago de manera intencional ―le dije con
lentitud por la poca energía que me había quedado después de usar el Infinity.
―Hey, ¿Por qué tienes mi perfil de Instagram abierto? ―me preguntó, volví a
levantar la cabeza e intenté agarrar mi teléfono. No lo logré, ella estaba revisando
mi teléfono.
―Devuélveme eso ―francamente no me importaba, no tenía nada privado,
pero de todas maneras intenté usar mi control mental sobre ella, no lo logré por
la poca energía que me quedaba. Finalmente, solo me hizo bostezar y recostar
mi barbilla sobre mis brazos en la mesa sin dejar de mirar a Elizabeth, no me había
dado cuenta de que todo el rato había estado sonando música por el hecho de
que creía que se trataba de mi Infinity sonando en la cabeza, era el estilo de
música que me ponía para estudiar y leer libros, lo llamaban “Lo-fi Beats”. “Lo-fi”
era el estilo que usaba medios poco producidos, para dar autenticidad al sonido,
las saturaciones y los ruidos de fondo, era la onda en las comunidades de
videojugadores en las que solía estar envuelto―. ¿Desde cuándo hay música?
―Desde que llegaste ―dijo sin dejar de revisar mi teléfono, no lo hacía con
malas intenciones, porque me estaba mostrando la pantalla del teléfono mientras
revisaba, lo primero que hizo fue seguirse en Instagram y escribirse a sí misma en
las treinta y tantas fotos que tenía comentarios como: “Preciosa <3”, “¿Por qué
eres tan linda?”, “Que sexy” o “Me encantas”.
―Ay, no hagas eso, Liz, ahora vas a restringir mi posible vida amorosa ―le
dije, Liz sólo sonrió y me pasó un pack de pastillas, era un paracetamol. Lo agarré
y la miré confundido, ¿Con qué lo iba a tomar? Liz me acercó un vaso antes de
que lograse preguntar y lo llenó diciendo: “Aqua”. Le sonreí débilmente y me
tomé la pastilla.

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Actuó enseguida, los analgésicos y pastillas que alteran el organismo actúa
enseguida sobre las personas con propiedades mágicas en su cuerpo, pareció
como si hubiese recuperado toda mi energía y fuerza en segundos. Apreté mi
mano y me concentré en Elizabeth, cuando se dio cuenta de mi intensa mirada
ya era tarde, la había controlado para que me devolviese mi teléfono sin oponer
resistencia, claro que no iba a dejar que una chica que apenas conocía revisase
mi teléfono y conversaciones en profundidad.
―Bastardo estúpido, ¿Controlaste mi cuerpo? ―me preguntó Elizabeth
demostrando más curiosidad que inquietud. Sonreí, es lo último que recuerdo
antes de que mi vista se nublase progresivamente y luego pareció que me
dormí―. ¿Félix? No te duermas, ¡Félix!
Ahí mismo, me desmayé sobre la mesa del gobernador mientras hablaba con
una de sus hijas, ¿Verdad que suena terrible?

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6 GOLDIE LEBLANC
“La envidia es mil veces más terrible que el hambre, porque es hambre
espiritual.”.
Miguel de Unamuno

GOLDIE

¿Cómo se sentirían si de un día a otro sus mejores amigos de toda la vida los
comienzan a ignorar por estar con una persona que acaban de conocer? Mal,
¿Verdad? Terrible, justo así es como me sentía cuando repentinamente todos
dejaron de recordar mi existencia, no estaba exagerando, eso lo podía comprobar
por un hecho insólito. Por primera vez desde que me uní al equipo de básquetbol
en tercer grado estaba lanzando al aro completamente sola, como Troy Bolton
en High School Musical, con la única excepción de que el hermosísimo Troy tenía
su siempre servicial amigo Chad y a su amor Gabriela. ¿Por qué Goldie LeBlanc,
capitana del equipo de basquetbol del colegio siendo de apenas octavo grado y
jugadora de la selección juvenil de Bunder estaba jugando al básquet sin
compañía? Era porque al parecer todos querían comenzar a jugar vóleibol al ver
a Stella.
El jueves después de clases me dije a mí misma: “seguro que mañana varias
faltan a la práctica de básquet para ir a vóleibol con Stella”, era algo obvio, pero
nunca se me pasó por la cabeza que ni el mismo entrenador llegase a faltar a su
propia práctica, ¿Cómo podía ser posible? Lancé un último balón desde el centro
del gimnasio hasta el aro, llegaba sin problemas, el balón revotó de manera
magistral contra el tablero de la canasta, pero revotó casi en cámara lenta en
ambos extremos del aro y terminó cayendo afuera. La rabia contenida que tenía
adentro decidió fluir como si mi apretón de puños fuese un detonante, enseguida
las lágrimas comenzaron a brotar por mi cara, ya era costumbre estar llorando,
en mi vida había llorado sólo por culpa de las maldades de Félix, pero en menos
de una semana aquel registro había dado un vuelco total, lloraba por todo, por
la soledad, por falta de atención, por amor, por amistad. No era intencional, sólo
pasaba.
Todos decidieron apoyar a Stella, pese a que a mí me conocían desde hace
años, toda la vida la pasé en el Colegio Mágico Milán y ahora más que nunca
deseaba cambiarme a cualquier otro colegio mágico, no me importaba si era la
Blackbox de Los Ángeles, la Southpool de San Francisco o incluso el Kenway de
Nueva York, mientras más lejos mejor.
Después de lo del lunes, cuando Félix me consoló después de llorar sentí mis
fuerzas renovadas, llegué el martes con la intención de llevarme bien con Stella y
hablar un poco con Julien, quería pedirle su WhatsApp.

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Cuando me bajé del auto le pedí a Dominique, el chofer, que pasase por mí a
las seis en punto, el martes teníamos práctica de basquetbol y como capitana
designada debía asumir el liderato y darle la bienvenida a las nuevas chicas que
se quisiesen unir a las prácticas este año.
―Claro que sí, capitana LeBlanc ―bromeó Dominique antes de arrancar el
vehículo, entorné los ojos y me giré para buscar a mi mejor amiga, Susan.
No la veía por ningún lado, creí verla al ver a Christie Soler, otra afroamericana,
pero no era mi negrita favorita, me faltaba mi Susan, ignoré aquello y caminé sola
hasta el salón. Cuando llegué la vi, estaba Susan sentada en su pupitre, pero
adivinen quién estaba sentada a su lado, en el lugar que me corresponde a mí.
Así es, ahí estaba Stella no-sé-qué hablando con mis mejores amigas, me sentí
tan indignada que no dudé en caminar hacia mi pupitre, tirar todas sus mierdas
al suelo y dejar las mías.
Stella me miró sonriendo incrédula, frente a su mirada me digné a peinarme y
destaparme la cara.
―Escúchame, Goldie, vas a levantar lo que acabas de tirar y haré como si nada
hubiese pasado, ¿Bien? ―solo había una persona que podía hablarme de esa
manera y no era nada más y nada menos que mi mamá, no una pelirroja con el
pelo enmarañado, quizás lleno de mierda de rata.
La continué mirando con una ceja levantada, me crucé de brazos y pateé su
estuche desde donde estaba tirado hasta el final del aula sin dejar de mirarla. Su
cara era inexpresiva, después de unos segundos en los que nuestras miradas se
cruzaron, lucharon y murieron terminó sonriéndome, le sonreí sin mostrar los
dientes.
―Bien, tú ganas ―me sentí orgullosa de mí misma cuando la vi levantarse de
mi silla y recoger sus cosas una por una, me senté en el lugar que me pertenecía.
Miré a mi derecha sin borrar mi sonrisa victoriosa, ahí estaba Susan con su
melena y trenzas coloridas viéndome con cara de pocos amigos.
―¿Tanto te afecta sentarte al lado de Leah? Diablos, Goldie ―cuestionó mi
actitud.
―Sabes que no es eso, es que, Susan, este es mi pupitre, ¿Tú dejarías que una
chica nueva te quite tu asiento al lado de tu mejor amiga? No, claro que no, a mi
amiga no me la quita ni Dios ―le dije intentando darle un toque de humor a la
situación.
―¿Goldie? ―me preguntó Susan.
―Dímelo ―la animé.
―¿Tú sabes que eres mi mejor amiga y que no te cambiaría ni por todo el
dinero del mundo? Aunque llegue la mismísima Emma Watson a nuestra clase
seguirías siendo mi mejor amiga ―me dijo, sonreí dichosa quitándole la mirada
de encima.
Al parecer ignoraba el hecho de que yo prácticamente tenía todo el dinero del
mundo, o estadísticamente llegaría a tenerlo si asumía el control de Blackflower
Industries antes de que Félix comenzase a hacer sus gastos estúpidos en

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desarrolladoras de videojuegos, cosas de tecnología y eso, yo tenía mejores
planes para nuestra compañía.
Leah parecía ser ajena a la situación, pues estaba hablando con Gabriel a lo
lejos, increíble imagen para mí, Gabe y Leah.
―¿Te ayudo? ―Julien Rowe llegó a ofrecerle su ayuda a Stella mientras
recogía con lentitud sus lápices, cuadernos, maquillaje y libros del suelo.
―Por favor, a Goldie le dio la locura y tiró todas mis cosas ―me culpó, la miré
sin lograr decir nada.
Julien sonrió como si le diese gracia lo que Stella le había dicho sobre mí.
―Goldie es así, no te preocupes por ella ―¿Soy así? ¿Así cómo? Realmente le
había mentido a Félix, nunca había entrado en la cabeza de Julien para saber qué
opinaba de mí.
―¿Cómo soy? ―murmuré, me di cuenta de que Susan también estaba
mirando a Stella y Julien, la diferencia era que tenía una gran sonrisa en su cara,
¿Acaso buscaban que pasase esto?
―Shhh ―me calló Susan para intentar escuchar lo que Stella y Julien
hablaban.
―¿Eres de Inglaterra? ―le preguntó Julien a la pelirroja, pregunta estúpida a
mi parecer, pues lo habían repetido hasta el cansancio el día anterior.
―Así es, tú estadounidense, ¿no? ―le preguntó.
―Bunderino con orgullo ―se jactó Julien con esa sonrisa que hasta de lejos
me parecía cautivadora. Vi como Stella le sonrió de manera pícara, maldita cabeza
de zanahoria estúpida, me había ganado el pulso esta vez.
―Oye, Julien, ¿verdad? ―le preguntó Stella. Julien asintió con la cabeza
mientras recogía todos los cuadernos y libros del suelo―. ¿Tienes WhatsApp?
―Ay, no inventes ―dijo Susan con emoción, la miré preocupada, aún no
lograba tener una reacción frente a la situación de que me estaban queriendo
robar a mi chico.
Julien estiró su mano y Stella sacó su Smartphone del bolsillo de sus
pantalones vaqueros para entregárselo, con dolor visualicé el momento exacto
en el que Julien registraba su número en el teléfono de Stella. Quería llorar, me
sentía horrible, estuve a un segundo de comunicárselo a Susan, pero el timbre y
el profesor de ciencias me interrumpieron.
¿Recuerdan que les dije que debía quedarme a la práctica de básquetbol? El
entrenador la canceló a última hora por “sentirse mal” y ni siquiera nos dejó usar
el gimnasio, todos se fueron a casa, menos yo. Me tuve que quedar sentada en la
banca que estaba fuera del colegio por una hora entera. ¿Qué le pasaba a este
comienzo de curso? Me había enganchado de un chico, mi nueva enemiga se lo
estaba ligando con éxito y encima me cancelaron la práctica de básquetbol. Lo
único que me faltaba era sacarme un nueve o algo así y perder el record de
calificaciones perfectas.
El francés Dominique llegó a buscarme una hora antes por pura coincidencia.

Martín TeuquilPágina | 125


―¡La señora LeBlanc me dijo: “Seguro que a Goldie le cancelan la práctica, ve
por ella ahora mismo”, así que aquí me tienes! ―me gritó desde el vehículo para
que despertase, me estaba quedando dormida con la música relajante que tenía
guardada.
Y así fue como terminó el segundo día, peor que el primero,
sorprendentemente no me sentía tan mal como para no poder sonreír con las
ocurrencias de mi hermano y las estupideces que solía decir papá en las pocas
horas que lo lograba ver.
―¿Cómo les fue hoy? ―preguntó papá. Como me imagino que Félix evita
escribir sobre papá lo haré yo, papá tenía el pelo completamente negro, de ahí
que Félix tuviese el pelo castaño y yo castaño claro, pues mamá era una rubia de
nacimiento. De las pocas diferencias entre papá y Félix era que uno de ellos tenía
el cabello corto con grandes entradas y una barba ligera de sólo un par de días,
pero en cuanto a forma física eran idénticos, Félix ya estaba del mismo tamaño
de mi padre y parecía que unos meses lo superaría. No hay mucho más que
explicar, además de que es Teddy LeBlanc, el hombre más rico del planeta
igualando a algunos reyes de ciertas naciones orientales. Todo el mundo lo
conoce y respeta.
―Horrible ―contestó Félix con la boca llena de pan.
―Félix, mastica y traga, no sólo tragues ―le reprendió mamá.
―Ay ―Félix tragó el pedazo de pan sin esfuerzo alguno―. Mamá, siempre
dices lo mismo.
Noté como papá lo miraba desilusionado. Luego me miró a mí con una
sonrisa.
―¿Y a ti, corazón? ―me preguntó. Hice un gesto de inconformidad con la
boca.
―Horrible… ―contesté y tomé un sorbo de café.
―Está enamorada ―soltó Félix mientras se metía otro pan a la boca, con
fuerza lo golpeé en el brazo.
―Aaah, ¿Es cierto? ―se rió papá.
―Goldie no tiene permiso para tener novio ―anunció mamá.
―Te lo dije, eres muy pequeña ―me dijo Félix, lo miré con desprecio.
―Félix tampoco, no conozco a las chicas que hay ahora en esa academia y no
quiero a cualquier descerebrada saliendo contigo ―le informó mamá, Félix borró
la sonrisa de su cara.
―¡Haha! ―ahora me tocaba burlarme a mí.
―Papá ―Félix le llamó la atención para que lo defendiese.
―Lo siento, zorro, opino lo mismo ―Félix pareció decepcionarse y se recostó
en el respaldo de la silla. Agarró otro pan con queso y se lo metió en la boca.
―No importa, de todas maneras, no creo que me vaya a gustar alguna
fracasada ―dijo, subí las cejas en señal de sorpresa, parece que Félix se estaba
creyendo demasiado el cuento de “Academia Preparatoria Real” y se olvidaba de
la humildad que solía caracterizarle en el pasado.

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―¿Disculpa? No sabía que tú eras una persona exitosa, Félix ―le dijo papá
como muestra de su propia medicina, nadie podía discutir acerca del éxito con
papá, ni el rey de los debates estudiantiles moderno.
Félix lo miró sin saber qué decir y continuó comiendo sin descanso.
―Félix, me refería a que quiero una chica interesante, las personas no se
pueden separar por “fracasados” y “exitosos”, ya te lo he dicho… ―le dijo mamá
suavemente, a Félix no le podían enseñar nada a base de gritos, no entendía, para
hacerle entender y que tome atención debían ser sarcásticos, ganarle una batalla
de intelecto, de otra manera era imposible que mi hermano te escuchase.
―Lo sé, lo siento ―se disculpó y siguió comiendo.
Félix no suele hablar mucho de casa ni de mis padres, ¿Por qué? Porque acá
hay personas más inteligentes que él, no es el rey intelectual del lugar, le gusta
estar en la academia porque allá es el más listo, con mayor poder mental que el
resto, pero acá en casa prefiere encerrarse a compartir con dos personas que
doblegan sin esfuerzo su supuesta inteligencia, a mí francamente me da igual ser
más inteligente que el resto, tengo mis propios objetivos y confío en que lo que
hagan los demás no tiene por qué afectarme a la hora de cumplir mis metas, por
ello decidí ignorar lo que Stella hiciese, iba a intentar hablar con Julien aunque se
la pasase pegado a Stella. ¿Por qué?
―¡Porque eres Goldie LeBlanc y a ti nadie te para, maldita sea! Ahora, te lo
pido por quinta vez, fuera de aquí ―me dijo Félix antes de cargarme a la fuerza
y sacarme de su sala llena de videojuegos en dónde le había contado lo que
sucedió. Félix realmente es el mejor para motivar a los demás, es por su
insensibilidad y su manera dura de decir las cosas que parece tan convencido a
la hora de aconsejar a los demás.
Llegó el miércoles y mis energías renovadas volvieron a salir a flote, todo iba
de lujo hasta el recreo.
Me senté en mi pupitre de siempre, gracias al cielo Stella hoy parecía
abstenerse a darme problemas, no sé por qué, pero le pedí a Rita que me haga
unas coletas en la mañana y parecieron dar sus frutos, crucé miradas con Julien
casi toda la clase, de hecho, en una ocasión me sonrió como me gustaba, con su
sonrisa boba y ojos somnolientos.
Me emocioné más que cuando Gareth Bale hizo el gol de chilena en la final
de la Champions, parecía como si el corazón se me fuese a salir… Pero lo triste
era que no me atrevía a decirle a Susan, pese a ser mi mejor amiga me daba
desconfianza, no podía decirle lo feliz que me ponía una simple mirada del chico
que me gustaba.
Cuando la clase acabó me acerqué a Julien, parecía estarme esperando con su
sonrisa boba, me encantaba.
―¿Quieres ir a desayunar, LeBlanc? ―mi estómago se revolvió mucho más
que antes, no entendía por qué me gustaba tanto, parecía ser su cara, su altura o
su actitud, ¿Por qué no las tres? Estaba flechada y no había vuelta atrás.

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―¿Por qué no? Vamos, Rowe ―se levantó de su asiento y caminó a mi lado,
por fin sentía que podía hablarle con naturalidad.
Cuando salimos del aula caminamos por el extenso patio para llegar al
comedor.
―¿Qué tal los dos primeros días? ―me preguntó Rowe.
Suspiré.
―Más o menos ―le dije, lo miré y me miró cómo preguntándome por qué―.
Algunas cosas no han salido como me imaginaba.
―¿Por Stella? ―me preguntó, lo miré confundida. ¿Qué acaso Rowe también
leía mentes?
―Sí, por Stella ―le confirmé las sospechas, si es que las tenía.
―He notado que Susan anda demasiado pegada a ella, ¿No tienes miedo de
que te reemplacen? ―me preguntó, con mi mirada confiada le respondí sin
necesidad de hablar―. Oh, claro, es imposible reemplazar a la gran Goldie
LeBlanc.
―Tú lo has dicho ―le di la razón.
―A propósito, ¿Sabes si Stella está enamorada de alguien o algo así? ―me
preguntó, confundida por su innecesario interés lo miré directamente mientras
caminábamos.
―¿Por qué? ¿Ella…? ―no pude decir lo que continuaba a mi pregunta por
falta de fuerza en la voz, subí las cejas en señal de pregunta. Rowe asintió, ¿Y eso
qué mierda significaba? En serio, ¿Por qué asintió si ni siquiera terminé la
pregunta? ¿Ella qué? ¿Le desagradaba? ¿Le caía bien? ¿Le gustaba? Dime por
favor que no le gustaba―. ¿Qué? ¿Te gusta?
―Sí, creo que quiero que sea mi novia, no sé, aconséjame, Goldie, eres la más
inteligente del colegio ―mi inexpresividad en ese momento lo dijo todo, sentí
dolor en la cara, mis ojos se negaban a llorar en ese momento y mi cuerpo sólo
quería caminar lejos.
―¿Qué? ―logré articular tragando mucha saliva para evitar los lloriqueos―.
¿En serio te gusta?
―En serio, pero no la conozco de nada, ¿No le dirás verdad? Te lo digo porque
eres como mi mejor amiga, aunque sé que tu mejor amigo es Gabe ―Julien
acababa de cagarla, dejé de caminar y Julien quedó hablando sólo, me quedé
pasmada mientras sentía como las gotas que caían de mis ojos se llevaban parte
de la confianza y motivación que me había dado Félix, sólo quedaba la baja
autoestima, la tristeza y desesperación, me giré rápidamente y me apresuré para
que los demás chicos que jugaban al ping-pong justo por dónde debía pasar no
se fijasen en mis lágrimas. Ni siquiera me di la vuelta para fijarme en si Julien se
había percatado de mi desaparición, llegar al gimnasio fue prácticamente un abrir
y cerrar de ojos, no sé cómo llegué a él a pesar de que sentía mis fuerzas
removidas y que apenas lograba mantener los ojos abiertos por las lágrimas que
me nublaban la vista.

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No logro recordar cómo fue que me metí al gimnasio, durante un segundo
estaba fuera de la entrada golpeando la puerta cerrada con llave en mi
desesperación para intentar buscar un lugar en el que no me viese ni dios y en el
segundo siguiente ya estaba dentro del gimnasio, no lo dudé y me metí al baño
de jugadoras. Nuestro gimnasio no era nada de otro mundo, era bueno, pero no
excelente, lo que era bueno era la higiene de los baños de jugadores que
contaban con duchas y con un casillero para cada jugador registrado en una
competencia, obviamente yo tenía un casillero.
Al entrar al baño me senté en la banca que estaba justo en la separación de
las dos hileras de casilleros, me recosté de cabeza en la banca lo más rápido que
pude, estaba acelerada, muy alterada, de hecho, creo que nunca antes había
estado tan alterada como lo estaba ahora.
Me habían mandado a la zona de amigos, a mí, Goldie LeBlanc.
¿A quién intento engañar? Yo no soy el siempre confiado Félix LeBlanc, no
puedo serlo, aunque lo intente con todas mis fuerzas, no puedo cumplir las
expectativas de mis padres, no puedo ligarme a un simple chico de los suburbios,
ni siquiera puedo mantener mis amistades, ¿Qué debía hacer? Mi cabeza me dolía
mientras lloraba de manera desesperaba, solo faltaba que llegase un basilisco y
al final me terminarían apodando “Goldie, la llorona”.
Encendí mi Infinity y puse la canción que Félix me solía recomendar para
relajarme: Conclusion, de AGM. Nunca antes la había escuchado, pero la puse y
al escuchar los relajados ritmos y subidas de audio sentí como mi pecho volvía a
arder y mis lágrimas brotaban sin remedio, ya no lloraba con la intensidad de
antes, parecía un lagrimeo pasivo, tranquilo. La odié, odié tanto la canción que al
terminar los dos minutos de esta última la volví a repetir, quería desahogarme,
quizás deshidratarme, no lo sé.
¿Qué iba a cambiar desde ahora? No tenía idea de qué hacer, luego me di
cuenta de que lo que me calmaba progresivamente era el piano que sonaba en
la canción, debía comenzar por ahí, yo no quería estudiar medicina, ni negocios
o algo así, quería dedicar mi vida a la música, a la creación audiovisual, quería que
mis padres dejen de presionarme para que jugase basquetbol, si lo iba a hacer
sería por iniciativa propia. La canción terminó por segunda vez y se cambió a otra
de similar estilo: Breeze, de The Deli. El ritmo de la nueva canción me hizo levantar
mi torso y quedarme sentada mirando a la nada, seguía pensando en qué debía
hacer.
Iba a ser la mejor, es lo que mamá siempre me decía, que intentase ser la
mejor en lo que hago, me levanté de la banca, hoy me saltaría las clases, pero
mañana volvería completamente renovada, ya no sería la vieja Goldie LeBlanc que
era muy frágil y bromista, iba a copiarle completamente la personalidad a mi
hermano, desde ahora sería distante, seria y sarcástica a más no poder, si Susan
o alguien más querían ser mis amigos, pues bien, que lo sean, si no querían… Bien
también.

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Ignoré completamente el hecho de que andaba con un pantalón beige que
apenas me dejaba estirar las piernas y agarré un balón de básquetbol de la bolsa,
comencé a lanzar al aro repetidas veces, diez veces sin fallar, veinte, treinta, si
alguien quería pisotearme debería intentar ser mejor que yo, pero ahora
intentaría que eso sea imposible, sería la mejor.
Salí del gimnasio justo como había entrado en el primer recreo, sin darme
cuenta, todos seguían en clases cuando salí del gimnasio y caminé hasta las
puertas del colegio, abrían las puertas para que saliésemos a almorzar a las una
de la tarde en punto, cuando llegó la hora simplemente salí, nadie me vio
completamente sudada y eso estaba perfecto, caminé lo más lejos que pude y
cuando iba llegando a la Avenida Rhodes apareció el chofer, Dominique me
quedó mirando cuando detuvo el vehículo y bajó su ventana.
―¿Necesita transporte? ―me preguntó con una sonrisa sincera, mi alivio fue
tal que ignorando la actitud que había decidido tomar hace algunas estallé en
llanto, Dom se apresuró a bajar del auto y abrazarme, fue un abrazo sumamente
reconfortante que me hizo detener mi llanto súbitamente―. ¿Mejor?
―¿Qué fue eso? ¿Cómo es que…?
―¿Que estoy aquí? ¿Que hice que tu llanto se detenga? ―me preguntó y me
soltó, me sentía normal, seguía sintiendo el vacío que me había provocado
fracasar en lo de Julien, pero estaba estable, no quería llorar. Asentí―. Me
contrataron por mis singularidades, no por mis habilidades frente al volante.
―¿Cuáles son tus singularidades? ―le pregunté mientras me secaba las
lágrimas con el pañuelo que Dom me había entregado, repentinamente volvió al
auto y sacó una toalla mojada que me restregó por toda la cara sin que yo pudiese
mostrar resistencia―. ¡Ay! ¡Dominique!
―¿Quieres que te lleve a casa, o quieres ir a ver a tu papá en el Centro de
Estudios Científicos? ―lo que menos quería en este momento era ver a papá,
Dom me abrió la puerta del auto y me quitó mi mochila.
―Responde mi pregunta, Dominique ―le ordené.
―¿Cuál? ―se hizo el tonto sin dejar de sostener la puerta, lo miré molesta y
me crucé de brazos.
―¿Cuáles son tus singularidades? ―le repetí.
Dominique se guardó las palabras unos segundos, pero cedió después de que
le clavé una mirada asesina
―Está bien, tengo dos singularidades, una es detectar las futuras emociones
de alguna persona que seleccione y la otra es “Calma” ―¿De verdad existía una
singularidad así? Dom era alguna especie de adivino entonces.
―¿Entonces ves el futuro? ¿Y qué es eso de “Calma”? ―dije sorprendida.
―”Calma” me permite tranquilizar a las personas que abrace, y no, claro que
no puedo ver el futuro, pero puedo ver cómo se sentirá una persona que elija
durante el día.
―¿Y cómo me voy a sentir mañana? ―le pregunté.

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―Eso lo sabré después de medianoche, sólo puedo saber cómo se sentirá en
las próximas veinticuatro horas ―me dijo.
―¿Entonces mamá te contrató para esto? ¿Para auxiliarme cuando me quiera
morir? ―Dom asintió, sorprendente, no sabía si sentirme agradecida o
desilusionada de mi propia madre por no confiar en mi fuerza de voluntad.
Entré al auto sin decir nada más.
Cuando Dominique se subió al asiento del conductor y arrancó el vehículo
comenzaron a brotar más preguntas en mi cabeza.
―¿Y a Félix también lo vigilaste alguna vez? ―le pregunté.
―Jamás ―dijo―. Su madre sólo quería que me enfoque en usted, el señor
Félix se enfada cuando lo van a dejar a la academia, creo que prefiere irse en
bicicleta o caminando ―típico de Félix.
―Ya veo… ¿Y sabías que a esta hora me pondría depresiva? ―le formulé otra
pregunta.
―Puedo ver cuál será su emoción más fuerte, pero no tengo la habilidad de
saber a qué hora la sentirá ―dijo sin despegar la vista del camino, me quedé
mirando a través de la ventana como nos alejábamos del colegio, sonreí un poco,
en ese momento era lo único que me ponía medianamente contenta.
Cuando llegamos a casa le pedí a Rita que me preparase un baño y me tiré un
minuto sobre mi cama, extrañamente me sentía pesada, vacía, pero con algo que
me mosqueaba, no sabía qué era.
¿Saben? Creo que todos deberían tener mascotas si sus padres y salud se los
permiten, son lo mejor. Yo tengo una gata y, ajena a todos los mitos y mala fama
que la prensa ha creado sobre ellos yo creo que mi gata es la mejor. Su nombre
es Gamora y el hecho de que es una minina valuada en unos 20.000 dólares no
tiene nada que ver con el amor y verdadero cariño que siento por ella, en serio,
dicen los que saben que el que no quiere a los gatos es porque nunca tuvo uno.
Llegué a pensar en esto por el apoyo que sentí de parte de mi gata durante toda
la tarde, estuve desde que salí del baño encerrada en mi cuarto acostada y viendo
la película A todos los chicos de los que me enamoré en mi portátil con mi
juguetona gata recostada a mi lado mientras yo le hacía cariños con una mano,
puede que haya sido para que le prestase atención o para que le diese comida,
pero Gamora era de las pocas cosas que me hicieron reír aquella tarde, además
de las veces que Félix entraba a mi cuarto sin avisar para comprobar que no
estuviese llorando. Lo siento, Félix, pero tu preocupación no me servía de nada,
tenía que ser fuerte por mí misma, no quería la ayuda de nadie.

FELICITY

Ser madre no es nada fácil, especialmente cuando tus adorables bebés


empiezan a despegarse del nido y cada vez pasan menos tiempo en casa, o eso
creía que sentían las otras madres, porque mis bebés parecían vivir para estar en
casa. Cuando llegaban las cinco de la tarde ambos ya estaban en casa, Félix

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encerrado en su cuarto jugando videojuegos completamente en silencio y Goldie,
que prefería usar su computadora portátil en el salón. Cuando ambos se iban a la
escuela era cuando podía empezar a trabajar de verdad, Teddy se quedaba en su
laboratorio, Rita se hacía cargo de la casa y de los niños, mientras que yo a las
siete de la mañana cuando los chicos salían de casa rumbo a sus escuelas tomaba
mis carpetas y salía.
Era un no parar de actividades, había dejado la ciencia médica y la
experimentación hace años, Teddy era quien había tomado las riendas de
Laboratorios Blackflower, pero era un completo inadaptado en temas de dinero,
adquisiciones y negocios, de eso me tenía que encargar yo. La vida me había
dado la razón al quedarme con Teddy LeBlanc como esposo hasta que la muerte
nos separe, él era el genio que desarrollaba la tecnología, experimentaba y creaba
lo que yo me encargaba de comercializar, el equipo perfecto. Aún solía pensar en
qué hubiese pasado si me quedaba con Greg Booker, probablemente tendría seis
hijos y no hubiese logrado conseguir mis doctorados en medicina, negocios
internacionales, economía e ingeniería industrial.
Salía de un edificio y entraba a otro, teníamos prácticamente el 66% de los
terrenos en el condado de Bunder y no era nada fácil mantener clínicas, edificios
departamentales, fábricas, refugios de animales, colegios, parques, bares,
restaurantes, clubes nocturnos, cafeterías y centros de entretenimiento bajo
control, yo sola debía recorrer todos los días la gigantesca ciudad de Bunder
acompañada por mi discreto autito y mi portafolios que acababa lleno todos los
días.
Pasaba cerca de trece horas en casa, de esas trece dormía cinco y las demás
intentaba equilibrar entre mis pasatiempos, mi amadísimo esposo y las luces de
mi vida, mis niños. Trabajaba solo para ellos, para que, aunque sabía que estaba
en su sangre el no quedarse quietos nunca y siempre encontraban la manera de
beneficiarse, mi vida giraba en torno a que a ellos no les falte nada, no les falte
comida, no les falte atención y no les falte cariño, creía estar haciéndolo bien.
¿Quién se hubiese imaginado que mi vida terminaría siendo así hace veinte
años? Cuando aún no tenía preocupaciones y estaba estudiando para obtener mi
tercer doctorado, ahí lo único que tenía era a mis amigas y las noches de copas
cada viernes en el club nocturno de la entonces discreta ciudad de Bunder eran
tradición, mi estrés se iba cada vez que en alguna de las oficinas a las que pasaba
diariamente me invitaban a sentarme y tomar un café, ahí era cuando pensaba.
¿Cuándo fue la última vez que salí a tomarme un café?
Mis amigas de mis épocas de academia habían vuelto a Bunder, pues al
parecer y sin saberlo, nuestros hijos tenían la misma edad. Kass tenía a sus
mellizos Emmaline y Jake, Freya tenía a Dinasty, Maddie tenía a Catherine, Lauren
tenía a su Elizabeth y yo tenía a mi Félix, que no es por nada, pero Félix era el
chico más inteligente de la generación, cosa que me enorgullecía completamente,
ya que Teddy ocupaba el mismo lugar en nuestra generación, mientras yo terminé

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ocupando el quinto puesto, superaba por Kassandra, el holgazán Ignotus Pirro y
la Lauren.
Pese a que Lauren nunca se fue de Bunder, después de que Félix nació no
volvimos a salir, ella muchas veces nos invitó a su casa, pero el tiempo no me
daba.
Cansada de todo eso tomé una radical decisión, me quedaría ver el
funcionamiento de mis empresas desde casa, por ello me aproveché de que uno
de mis viejos amigos de la academia, Antoine Chastain, un francés que era dos
cursos menor que yo y que fue uno de mis mejores amigos en mi último curso,
se venía a vivir a Bunder gracias a que su hija, la tierna París, había obtenido una
beca en la Academia Preparatoria Real, así que desde el martes no volví a poner
un pie fuera de casa y el miércoles pude quedarme a dormir hasta las una de la
tarde con mi amado esposo.
―Levántate ―me dijo con su voz metálica por la carraspera.
―¿Queeé? ―dije con sueño, aunque intentase abrir los ojos no podía, llevaba
años sin experimentar una sensación tan relajante.
―Es hora de levantarse ―me dijo Teddy con ternura mientras se daba vuelta
en la cama para quedarme mirando. El bendito Edward LeBlanc, el conocidísimo
líder, científico, filántropo y defensor de los derechos mágicos que todo el mundo
admiraba era mi tierno esposo, me lo merecía, claro que me lo merecía, lo había
esperado casi diez malditos años a que me respondiese si quería o no quería ser
mi pareja formalmente, me enamoré del hombre que tenía al frente a los
diecisiete años, cuando éramos mejores amigos y compañeros de debates sobre
ciencia y tecnología, éramos los mejores del país, pero Teddy tenía otros planes,
ignoró mis sentimientos y los suyos propios e intentó salir con otras chicas,
experimentó, estudió y terminamos graduándonos de la academia sin dejar de
gustarnos, aunque yo estaba con Greg Booker, el director de la academia
actualmente, que en ese entonces tenía ideas que posiblemente destruirían el
mundo como lo conocemos, ignoro si seguirá con el mismo pensamiento. Le
sonreí a Edward sin despegar mi cabeza de la cama, él también me estaba
mirando con sus profundos y encantadores ojos llenos de una falsa obscuridad.
Teddy y yo nunca dejamos de ir a jugar a los bolos, batirnos en duelos de uno
contra uno en el básquetbol, ni de pasar noches enteras en vela estudiando
juntos, no importaba si nuestras materias no tuviesen nada que ver, la cosa era
estar juntos. Eso era lo que me encantaba de Ted, su tranquilidad, era un osito
que abrazaba mientras me concentraba, que se recostaba sobre mi cuando nos
quedábamos mirando sin razón alguna y que me hacía sentir única cuando me
raspaba la cara intencionalmente con su barba afeitada.
Cuando se fue a ese sistema solar por tres años estuve sola, ahí fue cuando
más estuve con mis amigas, quienes se habían quedado en Bunder para seguir
estudiando en las prestigiosas universidades que hay aquí.
Me estiré y me arreglé un poco el pelo.
―¿Cuándo fue la última vez que dormiste tanto? ―me preguntó Ted.

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―Años, Teddy, creo que fue cuando llevamos a Goldie a Francia ―intenté
recordar sin dejar de mirarlo como si fuera la primera vez que despertábamos
juntos.
―¡Cierto! ¿Cuándo dejamos al niño con Miss Marilyn y ella nos llamaba todos
los días para acusarlo por llegar embarrado? ―recordó. Eso había sido en el año
2010, ocho años tuvieron que pasar para poder volver a disfrutar de unas buenas
horas de sueño.
―Sí, oye, Teddy, anoche sí que estabas inspirado ―le dije de manera pícara.
Teddy enrojeció y se levantó de la cama de un salto, mientras se vestía yo no me
podía aguantar la risa por la ternura que me había provocado ver a Teddy ponerse
nervioso cuando coqueteaba con él sin previo aviso, era exactamente igual a
cuando estábamos en nuestro tercer curso de la academia y yo me la pasaba
coqueteando con Teddy a toda hora. No lo decía, pero yo sabía que le encantaba
que le diga cosas así.
―¡Cof! ―tosió y se giró hacia mí―. Debo ir a trabajar.
―Vuela, Superman ―le dije y lo despedí con un sonoro beso a la distancia,
me sonrió vivazmente y se fue. Volví a recostarme en la cama unos segundos,
pero enseguida mi Infinity comenzó a vibrar en mi cabeza, hace poco lo había
actualizado, por lo que no estaba obligada a contestar la llamada entrante de
Antoine Chastain. Intenté ponerme a tono y acepté la llamada de voz.
―Antoine, espero que sea importante ―dije con mi maléfica voz de jefa arpía.
―Buenos días, jefa ―me saludó con cariño.
―Ya son buenas tardes, Antoine, sea breve ―exigí, Antoine hizo un sonido
con su boca al contener la risa.
―Vamos, City, ¿No te alegra oír de mí? ―se rió mi viejo amigo, así era él,
cuando entraba en confianza se volvía un “cero respetos”.
―Estaba durmiendo, ¿No te das cuenta de que me liberaste? ―le dije y
bostecé.
―Soy consciente de eso, como sea, quería avisarte que Emily Mary Booker
programó un anuncio para este viernes ―dijo, abrí los ojos nuevamente por la
sorpresa.
―¿Emily Mary? ¿Qué quiere hacer ahora? ¿Booker está detrás de todo esto?
―pregunté.
―No lo sé, pero en la agencia de bienes raíces me dijeron que terminaron de
pagar la casa que está a cuatro cuadras del Colegio Mágico Milán y los del equipo
de organización de eventos dijeron que Emily Mary junto a un chico pelirrojo
habían pasado para preparar una celebración por un importante anuncio, dijeron
que vendrían los de los canales de televisión y diferentes medios de noticias
―informó.
―Comprendo, ¿Sabes si de casualidad ese pelirrojo era el hijo de Ignotus
Pirro? ¿Gareth Pirro? ―pregunté por curiosidad, las familias pelirrojas en Bunder
eran muy escasas, por lo que seguramente era algún Pirro el que estaba metido
en eso.

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―No, Gareth no era, le pregunté a París si había asistido a la academia y dijo
que sí ―dijo adelantándose a lo que le iba a preguntar a Félix.
―Bien hecho, ¿Qué crees que anunciará Emily Mary? ―pregunté su opinión.
―Siendo sincero, jefa, Emily Mary ha estado lanzando pequeñas pullitas en
los sitios webs de su dominio, todos son de propaganda para la igualdad de
magia, no son incitaciones pro-humanidad, pero de todas maneras se acercan
bastante al límite legal ―comentó.
―¿En serio? Recuerdo que tú estabas enamorado de Emily Mary ―me burlé
de él.
―Cállate, City, eso es del pasado ―me dijo indignado.
―¿Sabes qué? Te vamos a buscar una nueva novia aquí en Bunder ―dije
desviándome del tema, pero sin olvidarlo.
―Ya, ya, déjame tranquilo, “Uy, miren, es Antoine Chastain, al que su esposa
lo cambió por un cantante de música árabe”, estoy hasta las pelotas, City ―dijo
enojado, no lo suficiente como para obligarme a ponerme seria.
―No te ofendas tanto, Antoine ―me reí y volví a mi actitud seria―. ¿Entonces
crees que será algo relacionado con la pro-humanidad?
―Sí ―afirmó.
―Bien, adiós ―dije.
―¡No! ¡Voy a pasar en la tarde a com…! ―logré colgar la llamada antes de
que avisase que iba a pasar a mi casa a comer, ya no podría hacerlo por su código
moral.
Debía empezar a tomar mis medidas contra Emily Mary, si Bunder era dirigido
bajo una política pro-humanidad estaríamos condenados, si todos tenían magia
significaría que todos seríamos igual de poderosos, la destrucción inminente se
avecinaba, aunque estaba haciendo todo lo posible para evitarlo, parecía cuestión
de tiempo. ¿Qué pretendes, Greg Booker?

GOLDIE

Jueves.
No pude quitarme de la cabeza esa película que había visto el día anterior, yo
me sentía como Lara Jean, quería ser tan genial como los demás a mi alrededor,
pero siempre algo malo terminaba pasándome, lo único que me faltaba era tener
a un Peter Kavinsky, que extrañamente me recordaba a mi hermano, nunca lo
había visto con sus amigos ni con alguna chica que le gustase, pero me daba
gusto pensar que Félix era un Peter Kavinsky. De todas maneras, Kavinsky era un
bombón y ahí se caía mi hermano, diablos, ¿Cómo esas chicas como Lara Jean o
Gabriela de High School Musical pueden enamorar a esa clase de bombones?
Digo, Troy Bolton, la estrella del equipo de básquetbol y chico más lindo de la
preparatoria, ¡¿Cómo Gabriela lo lograba?!
Inicié la mañana entrando al colegio sola, otra vez, parecía que se haría
costumbre. Entré a la sala y enseguida me cambié de pupitre, Gabriel no era muy

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popular entre los chicos, mucho menos entre las chicas, por lo que siempre estaba
sentado solo, dejé mi mochila sobre la mesa y cuando ya estaba sacando mi
estuche de lápices una mano morena me agarró la muñeca y me detuvo, Gabriel.
―Vete, Goldie ―me dijo sin sonreír. ¿Estaba molesto conmigo?
―¿Por qué? ¿Te pasa algo? ―le pregunté impactada por la reacción de mi
mejor amigo.
―¿Te pasa algo a ti? Solo vete, ¿Sí? ―soltó mi muñeca con lentitud y con esa
misma calma guardé mi estuche sin despegar mi mirada de sus ojos, él no quería
hacer contacto visual, estaba con la cabeza agachada y no se atrevía a mirarme la
cara.
―¿Qué ocurre? ―le pregunté.
―¿Qué te ocurre a ti?
―Ya, basta, a mí no me jodes, ¿Bien, Gabe? Dime qué ocurre ―le exigí.
―¿Sigo siendo tu mejor amigo? ―me preguntó subiendo su tono de voz.
Noté como las miradas de los pocos que habían llegado al aula estaban sobre
nosotros.
―Claro que sí, pero baja la voz ―le pedí.
―¿Entonces por qué hablas tan mal de mí? ¿Por qué le dices a las otras chicas
que tengo olor a axila, que no me baño, que me la paso masturbándome viendo
animaciones japonesas? ―lo miré mucho más confundida que antes.
―Jamás he hablado mal de ti, Gabe ―lo negué, por su expresión pareció no
creerme.
Gabe me miró a los ojos por cinco segundos hasta susurrar:
―¿Y Leah?
¿Leah? Llevaba días sin hablar con Leah, ¿Qué le iba a decir si jamás me
prestaba atención? Leah siempre seguía a Susan y Susan seguía a Stella, yo ya
había dejado de ser parte de la ecuación.
Cuando estaba por negarlo una voz familiar me detuvo.
―Goldie, aquí hay un lugar vacío ―era Julie Green, la hermana melliza de
Susan Green, la diferencia entre Julie y Susan era bastante notoria, Julie era una
gordita negra con perfil bajo, mientras que Susan era delgada, con un cuerpo
envidiable para cualquier chica de trece o catorce años, pero tenían las mismas
expresiones faciales, si sólo les comparabas la cara la única diferencia sería entre
los cachetes inflados de Julie y el esquelético rostro de Susan. Me sorprendió
mucho ver a Julie Green sacándome de aquel embrollo y a Susan también la dejó
descolocada, pude notarlo por su rostro de profundo desagrado.
―Cree lo que quieras ―le dije a Gabe y agarré mi mochila para sentarme
junto a Julie Green, al otro extremo del aula, junto a todos los nerds y raritos de
la clase.
―Bienvenida al rincón ―me dijo uno de los chicos raros de la clase, no tenía
ni idea de cuál era su nombre, pero recuerdo que decían que comía gusanos y
desde entonces no quise saber nada más de él por años.

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―Bienvenida ―dijeron al unísono otros raros, un negro que hablaba como
niñita y otra gordita rubia. Les sonreí por pura cordialidad y me senté junto a Julie,
ella parecía ser la más normal de aquel grupo junto a Patrick Caldara, el delegado
de la clase y él chico que solía sacar el segundo lugar cada año, después de mí,
claro. Julien se sentaba en la fila de al lado, cuando lo miré también me estaba
mirando, pero ya no tenía su sonrisa boba, más bien me miraba con dolor, ¿Qué
dolor iba a sentir ese despreciable estúpido? Debería estar feliz por tener a su
tonta Stella.
Le quité la mirada de encima y miré a Julie mientras me hablaba, me estaba
explicando las reglas de su rincón, pero francamente me importaba un rábano lo
que ocurriese en su rincón, estaba aquí como última opción. Goldie LeBlanc había
tocado fondo, pero ya me iba a reponer, confiaba en eso.
Después de clases me quedaría a lanzar un poco en el gimnasio, sí, en mi casa
hay canchas de básquetbol, pero no me gustaba tener la mirada atenta de los
guardias mientras practicaba mis locuras y lanzamientos, por ello me quedaba
una hora en el gimnasio, se lo hice saber a Dominique cuando me bajé del auto
en la mañana, así que estaría esperándome a las cinco en punto de la tarde.
Fui la última en salir de la sala por culpa de los molestos nerds, estaban
haciendo una bienvenida improvisada para mí y habían comprado Doritos, una
bebida energética que nunca antes había visto y muchas golosinas que no solía
comer por mi dieta balanceada y baja en sal que debía mantener por la
hipertensión arterial que padecía. No les quise decir nada por lo tierno que me
había parecido su detalle.
―¿Por qué no comes nada, modelito? ―me preguntó Julie, yo tenía un vaso
de agua en la mano y todos pensaban que estaba tomando bebida energética,
apenas me dejaban tomar café, ni por broma me tomaría un vaso de bebida
energética.
―No es por lo que crees, es que no tengo apetito para nada ahora mismo
―le mentí, me moría de hambre.
―Así que ese es el truco… ―dijo con una sonrisa pícara en la cara antes de
pellizcarme ligeramente el abdomen que llevaba descubierto―. ¡Diablos!
―¡Ay! No hagas eso ―le dije y me sobé la barriga.
―No tienes nada de grasa ―dijo sorprendida―. Yo te veía delgada, pero así
como vas terminarás siendo la más buena de la clase.
―Me gusta pensar que ya lo soy ―reconocí.
―No buena tipo… ―me dijo mientras con un dedo se tocaba donde debería
estar su corazón―. Me refiero a buena de... ―con sus manos dibujó como un
reloj de arena en el aire, me quedaba claro a lo que se refería.
Me reí, no una risita, fue una carcajada que escucharon todos y la detuve
súbitamente con vergüenza. Todos los raritos que estaban mirando y
comenzaron a reírse, no pude evitar reírme de mí misma.
Cuando ya todos se fueron salí del aula con mi mochila, tenía una camiseta
más holgada y unos shorts deportivos en ella, las zapatillas ya me daban igual.

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Fue cosa de poner un pie fuera del aula y vi que Stella había salido de la oficina
del director, que quedaba en el mismo pasillo que nuestra aula de clases. Stella
me miró con una sonrisa que no le correspondí y caminó directamente a mí con
un semblante de superioridad.
Se detuvo a un metro de mí, no le quité la mirada asqueada que le estaba
dedicando y me crucé de brazos, algo me decía que esta conversación se vendría
fuerte.
―¿Qué tal? ―me preguntó Stella con aires de grandeza.
―¿Qué tal qué? ―le pregunté.
―No tener amigos ni amigas ―se burló, su gran sonrisa llena de maldad me
decía a gritos: «Pégame, pégame y pégame más fuerte».
―¿Te sientes orgullosa de haberme quitado a mis dos mejores amigas? ―le
pregunté intentando mantenerme calmada, Félix siempre usaba esta actitud
cuando peleábamos y siempre me hacía ver mal, quizás funcionaría contra Stella.
―Fue tu culpa, Goldie, tú te metiste conmigo ―se defendió con orgullo.
―¿Y qué más hiciste? No veo que hayas hecho mucho, hay más chicas en el
mundo que podrían ser mis nuevas mejores amigas ―mentí.
―Lo sé, pero ¿Y tu mejor amigo? ―llegué a abrir la boca cuando me di cuenta
de lo que insinuaba.
―¿Tú le dijiste a Gabe y Leah esas mentiras? ―su risa lo confirmó todo―.
¿Por qué? ¿Qué tienes contra mí?
―No mucho, pero no soporto que se metan conmigo ―confesó
encogiéndose de hombros.
―De todas maneras, te voy a ganar ―solté, aún no me desesperaba y eso era
bueno. Mi sangre ardía en mis brazos y manos, sentía como la presión se
apoderaba de mí.
―¿En qué? Si a Julien ya te lo gané ―lo confieso, estuve a punto de partirle
la cara a puñetazos en ese momento, pero me contuve y usé las energías que
estaba guardando para jugar al básquetbol en ese momento, apreté tan fuerte
mi puño que mis nudillos sonaron y enseguida tuve acceso a la mente de Stella.
En mi cabeza podía escuchar como cientos de voces susurraban, incluso
llegaban a gritar «Golpéala», «Quémala viva», «Destrózale los dientes», era la
primera vez que escuchaba algo ajeno a los recuerdos y pensamientos dentro de
la cabeza de otra persona, las voces no se detenían con nada, ¿Qué era lo que
estaba ocurriendo? Intenté ignorar las voces y enfocarme en encontrar todo lo
que había dicho de mí a Susan, Leah y Gabe.
«Quema a esa LeBlanc».
Pensé en mí misma y frente a mí aparecieron todos sus recuerdos que tuviesen
que ver algo conmigo. Comencé por una discusión con alguien mayor que ella,
más alto y mayor, un chico de unos veintitantos años.
―Una LeBlanc va a estar en tu clase, pero no eres… ―le decía el chico a Stella.
«Te van a felicitar si la matas».

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―…Así que no importa lo que le hagas, tú enfócate en tus estudios, los
negocios déjanoslos a nosotros para sentirnos útiles ―el extraño con pelo negro
y las raíces color rojo intenso le apretó la nariz a Stella con cariño.
―Pero, ¿No pasa nada si quiero hacerla sentir miserable? Digo, es una
LeBlanc… ―le preguntó Stella simulando inocencia.
―Como quieras, no creo que sirva de mucho en todo caso ―confesó el
extraño.
«Bésala».
¿Qué dijo? Los siguientes recuerdos los ignoré, cuando llegué al recuerdo que
tenía a solas con Leah y Susan lo reproduje cual cinemática.
―¿Lo que dices es en serio? ―le preguntó Susan a la pelirroja de la que era
huésped, estaban sentadas alrededor de una mesa y al parecer la memoria de
Stella no daba para tanto, porque todo alrededor de ellas tres era un espacio
vacío.
―En serio ―se jactó Stella.
―¿Entonces Goldie te dijo que no deberías juntarte con nosotras dos? ―le
preguntó Leah, Stella asintió con la cabeza.
«Mentirosa».
―No te creo, lo siento ―dijo Susan.
Sonreí un poco.
―¿Por? ―preguntó Stella.
―Porque te llevas pésimo con Goldie, es imposible de que alguien tan lista
como ella te diga eso, es como obvio que nos lo dirías enseguida ―buen análisis,
tenía mucha razón en lo que argumentaba para defenderme.
«Sabotaje».
―¿Este audio miente? ―Stella sacó su teléfono y puso un audio en el que
supuestamente yo salía hablando, era mi voz, no tenía idea de qué estaba
ocurriendo aquí.
―«Escucha, Stella, yo quiero ser tu amiga, pero si te sigues juntando con la
negra Susan, que está más flaca que un alfiler y de verdad me da asco verla es
difícil que podamos llevarnos bien, sobre Leah, ¿Qué más puedo decir? Su imagen
está tan rota que se atreve a andar por ahí con Gabe, que es mi supuesto mejor
amigo, pero la verdad es que no veo a Leah saliendo con un descerebrado que
no tiene ducha en casa y se lava las bolas una vez al mes pese a masturbarse
todos los días, así que piénsalo, ¿Quieres ser mi amiga?» ―Leah y Susan estaban
iguales que yo ahora mismo, estaban tapándose la boca, no se lo creían, Leah
incluso se puso a llorar, el recuerdo comenzó a ponerse difuso, estaba perdiendo
el control de mis emociones y me estaba expulsando de su mente. ¿No habría
alguien capaz de manipular recuerdos? Yo lo intentaba, pero solo los podía
visualizar brevemente.
«Falsa de mierda».
«Nadie te quiere».
«Besa a Goldie».

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«Patéale el estómago».
Las voces inundaban la cabeza de Stella. Entre mis emociones, las voces que
escuchaba en la cabeza de Stella, la fuerza de voluntad de Stella y mi poder de
habilidad que se gastaba poco a poco opté por salir anticipadamente de la mente
de Stella, apenas mi conciencia volvió a mi cuerpo comencé a llorar, no por
tristeza, sentía rabia, quería destruirla, Stella estaba destruyéndome
profundamente, no había llegado a ver el recuerdo que tenía con Julien hablando
de mí, pero seguro que era motivo para darle una somanta de palos.
Antes de poder levantar la palma de mi mano y comenzar a congelarle
lentamente los órganos internos a Stella fue ella quien estiró súbitamente sus dos
manos frente a mí.
Una fuerza desconocida hizo que mi cuerpo se adhiriese a la pared que estaba
a tres metros detrás de mí, el golpe había sido bastante importante y no contenta
con ello sentía como las palmas de mis manos comenzaban a arder, por primera
vez alguien había usado magia sobre mí, nunca había sentido un dolor físico tan
intenso como el que estaba sintiendo en ese momento.
Usando toda mi fuerza pude moverme mientras Stella caminaba con lentitud
hacia mí, se creía toda poderosa, pero le dejaría claro que no podría superarme
nunca. Stella volvió a estirar sus brazos hacia mí, esta vez logré salir de su rango,
pero vi con miedo como la habilidad de Stella abollaba un pedazo de la pared de
concreto del colegio.
Estiré mi mano hacia Stella y una gran explosión de hielo comenzó a salir de
mi mano, Stella cayó al suelo por la fuerza que estaba aplicando sobre ella, el leer
mentes hace que mi cuerpo sude mucho más rápido de lo que debería, pero ello
me brindaba una ventaja, pues mi hielo funcionaba gracias a mi sudoración. Es
decir, mientras más sudaba, más hielo lanzaba.
Stella hizo explotar todo el hielo que le había lanzado y usando su poder
nuevamente hizo que mi cabeza rebote contra el techo para luego caer al piso,
en todos esos segundos no dejé de lanzarle hielo a Stella y había llenado las
paredes de mi frío sudor concentrado. Stella quiso acercarse a mí, pero mi hielo
la mantuvo intentando despegar su pie del piso por unos buenos segundos en
los que logré contener el dolor de cabeza y acercarme como pude a Stella, intenté
darle un derechazo, pero lo agarró con sus dos manos, yo estaba totalmente
aturdida, pero eso no quitó que no sintiese como mi mano se quemaba y se iba
poniendo dura por el calor, con una patada en la boca del estómago me soltó.
Caí de espaldas al suelo y me volví a golpear la cabeza, supongo que mi
cuerpo no iba a aguantar tantos golpes en la zona más importante de éste. Como
seguro se lo esperan, me desmayé, pero no esos desmayos de media hora que
suele tener Félix, sino que pasaron unos dos minutos y me desperté, miré donde
debía estar Stella y sólo vi su cabellera muy a lo lejos moviéndose con dificultad,
iba agarrándose la panza, sonreí, no sé por qué, de hecho, me sentía
completamente triste, enojada y desesperanzada. ¿Cómo habían recreado mi
voz? Desde el día siguiente trataría de averiguarlo.

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Me levanté del piso y justo como me había sucedido el día anterior llegué
afuera del colegio de un parpadeo, ya eran casi las cinco y Dominique me
esperaba fumando un cigarro justo al lado de donde aparecí.
Cada día sentía que mi memoria fallaba un poco más, me estaba afectando
usar la lectura de mentes en un punto en el que muchas veces perdía el
conocimiento de mis acciones y entraba en una especie de trance, Dom se
percató de mis heridas sumadas a mi aturdimiento y sacó de la guantera del
vehículo un frasco con un líquido azul.
Sabía exactamente qué era, era un frasco de Almin, lo conocía desde siempre,
pero nunca había necesitado tomarlo, hasta ahora. Abrí la tapa y me lo bebí hasta
el fondo. Dominique me sostuvo para no caer mientras mi cabeza se ordenaba,
mis recuerdos se recomponían, mis emociones salían a flote y mis heridas
sanaban instantáneamente.
―Al auto ―me ordenó Dominique justo cuando comencé a llorar
nuevamente, se notaba que no tenía intenciones de hacerme sentir bien. Le hice
caso, pese a ser su jefa él era un adulto que debía respetar, así me habían
enseñado y así lo haría.
Me subí y cerró la puerta, luego él se subió y prendió el motor. También se
prendió su propio motor, estaba muy enfadado por el tono de su voz.
―¿Por qué tuvo una pelea mágica? Aún es muy joven para estar resistiendo
hechizos y habilidades ―me reprochó, yo me sentía terrible por lo que había visto
en la mente de Stella.
―Es-que-no… ―balbuceé y no pude seguir hablando por el nudo que tenía
en la garganta producto de la tristeza.
―Señorita Goldie, deje de llorar, ¿Sí? ¿Con quién peleó? ―me preguntó.
Seguí balbuceando entre lágrimas.
―¿Con quién peleó? ―dijo subiéndome el tono de voz. Era la primera vez que
veía a un chofer tan enfadado, pero bueno, también era la primera vez que me
llevaba bien con un chofer.
―Ste-Stella ―tartamudeé y seguí llorando, no podía evitarlo.
Dominique se agarró la cara.
―Va te faire foutre ―susurraba en francés con rabia, se bajó del auto y gritó
al cielo a todo pulmón―. ¡Nique ta mere!
Mis lloriqueos incontrolables hicieron que mi día se fuese por la borda, me vio
mamá, papá y Rita, gracias al cielo Félix no estuvo en casa hasta el anochecer por
estar lanzándose clavados en la piscina toda la tarde, si me hubiese visto seguro
él mismo iba hasta la casa de Stella y la torturaba. Ni siquiera sé dónde vive Stella,
de hecho, ni siquiera sé cuál es su apellido.
Eran como las ocho de la tarde y ya había dejado de llorar, estaba acariciando
a Gamora sin pensar en nada más. Sentí tres golpecitos en mi puerta.
―¡Fuera! ―grité, segundos después volví a escuchar los tres golpecitos y
dirigí mi mirada hacia la puerta justo cuando papá entró lentamente, lo miré con
descontento para que se fuese.

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Caminó con autoridad por mi habitación hasta sentarse en el sillón que estaba
frente a mi cama, lo quedé mirando con melancolía, realmente sentía
arrepentimiento por no haberme intentado calmar antes de entrar a la casa, fue
un acto de suprema estupidez dejar que mis padres me viesen llorando, ¿Qué
dirían de mí ahora?
―¿Pelea? ―me preguntó sin bajar su semblante autoritario, así era como se
comportaba con personas ajenas a la familia, y a veces con Félix.
―Sep ―dije sin despegar mi vista de la panza de Gamora.
―¿Con quién? ―me preguntó.
―Una chica de la escuela.
―¿Y tan poderosa era que tuviste que tomar Almin? ―me preguntó.
―No.
―¿Entonces? ¿Qué ocurre, Goldie? ―preguntó intentando parecer
comprensivo, sabía que no lo era.
―No me he sentido tan bien, digo, emocionalmente y eso… ―le dije, Gamora
se levantó y se fue de la habitación, no me quedó de otra que mirar a mi papá,
pero no directamente a los ojos.
―¿Por qué? ¿Todo por un chico? ―preguntó.
―Claro que no, digo, no ―respondí enseguida.
―Dime porqué, Goldie Charlotte LeBlanc ―exigió llamándome por mi
segundo nombre, cuando nos llamaban por nuestro segundo nombre es porque
la cosa iba en serio.
Miré el suelo antes de pensar si responderle o no, ¿Qué podía hacer en esta
situación? Félix mandaría a papá a freír monos al África, pero eso siempre le traía
más problemas, sacudí mi cabeza. No se trataba de lo que haría Félix, sino de lo
que haría yo.
―Hay una chica que me trata mal ―cuando le dije eso a papá sonrió
levemente.
―¿Sólo eso? ―se rió, me molesté muchísimo.
―Pero papá, me está haciendo la vida imposible ―argumenté.
―¿Y eso es todo? ¿Sólo por eso la atacaste? ―preguntó.
―Ella me atacó primero, no sabes lo que ha hecho, de alguna manera recreó
mi voz y grabó un audio falso en el que supuestamente yo hablaba mal de Leah,
Gabriel y Susan… ―papá me interrumpió.
―La violencia es mala, Goldie ―se limitó a decir.
―¡¿Y qué hay de Félix?! Félix se la pasa peleando con magia, ¿Por qué yo no
puedo? ―en realidad no quería pelear con magia ni nada de eso, solo quería
saber por qué no le decían nada a Félix.
―Porque Félix sabe lo que hace, no necesitamos preocuparnos de él ni de sus
acciones, se controla, parece incluso que no tiene sentimientos… ―dijo, cuando
iba a volver a abrir la boca continuó―. Así era tu mamá cuando nos conocimos,
y podría decirse que tú saliste más a mí, más emocional, más sensible…
―Papá, no sé qué hacer ―dije y me levanté de la cama para ir a abrazarlo.

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―Confía en ti misma, es la única manera en la que dejarás de sentirte tan mal,
no te concentres en tus errores, concéntrate en lo que quieres lograr y en el
proceso para lograrlo ―me aconsejó sin soltarme, hundí mi cara en papá por el
profundo cariño que sentía entre sus brazos.
No lloraba, sólo quería que me abracen.
―¿Y qué hay de Susan y los demás? ―le pregunté.
―Busca nuevos amigos, quizás estás ignorando a quienes realmente te
quieren consigo por estar esperando que Susan, Leah y el otro chico recuerden
la increíble clase de amiga que eres ―dijo, le sonreí mirándolo hacia arriba.
―Bien… ―le dije y cerré los ojos por la comodidad que sentía.
―¿Y con quién peleaste?
―Una pelirroja, Stella no-se-cuanto ―le dije. No dijo nada.
―No le sigas el juego, si quieres mañana sal con alguna nueva amiga, o tráela
a casa, tienes permiso y Rita estará a gusto preparándoles comida ―me ofreció
papá.
Sonreí aliviada.
―Gracias, papá, te quiero mucho ―lo abracé con más fuerza.
―Te amo, Goldie ―me abrazó.
Papá no tenía ninguna habilidad como las que tenía Dominique, pero su
abrazo superó con creces a la calma que me había dado la habilidad de Dom, el
cariño de un padre superaba cualquier clase de magia y cualquier tipo de duda,
sonreí aliviada.
Bajé a cenar justo cuando Félix volvió de la piscina, no quiso comer con
nosotros y se fue a su habitación.
―¿Dónde están tus amigos? ―le pregunté, pensé que iba a estar con sus
amigos nuevos bañándose en la piscina.
―¿Amigos? Ya pasó de moda ese chiste, Goldie ―dijo harto y subió las
escaleras rumbo a su habitación. Félix también estaba solo, no tenía a nadie más
que a nosotros y quizás a su equipo de futbol, pero poco más.

Viernes, entré al colegio acompañada por Julie y los raritos, durante el día
conocí el nombre de cada uno, el que supuestamente se había comido un gusano
era un experto haciendo retratos y tenía una habilidad excepcional que era tomar
fotografías mentales, gracias a mi habilidad de lectura mental logré ver todas sus
creaciones más importantes, era impresionante. ¿Qué puedo decir de Julie? Era
excepcional, casi tan diva como su hermana, pero a diferencia de Susan esta no
pisoteaba a nadie y trataba como iguales a todos, tenía un mínimo de respeto y
humildad. Julie sabía cómo hacer reír, me reía en todas las clases a carcajadas por
sus comentarios desubicados y su ridiculez accidental.
Y así llegamos a dónde comencé, me sequé las lágrimas con la camiseta que
usaba para entrenar y me fui del gimnasio, cuando estaba saliendo del gimnasio
apareció casualmente Julie, se había quedado en la cafetería charlando con la
cocinera según lo que había dicho.

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―¿Entonces nadie quiso venir a entrenar? ―me preguntó, inflé mis mejillas
para evitar responder con palabras―. ¿Y tú cómo te sientes? Que hija de puta es
esa Stella.
Sonreí sin quitar mi decepción, era más una sonrisa de conformidad por tener
al menos a una chica que opinaba como yo.
―Es la chica más mala que he conocido en mi vida ―le dije.
―Te odia, no sé el porqué, pero escuché a mi mierda de hermana hablando
con ella anoche, yo estaba comiéndome unas frutillas y ella no dejaba de hacer
ruido con su irritante risa de silbato ―dijo, asentí haciendo como que no me
importaba.
―¿Risa de silbato?
―Esa risa aguda que le sale cuando simula clase ―recordé esa risa e hice un
gesto con las cejas para que sepa que comprendí.
―¿Hacia dónde vas? ―me preguntó justo cuando estábamos llegando a la
salida de los terrenos del colegio, mi casa quedaba hacia la derecha y había
pedido que no me vayan a buscar más, a menos que estuviese lloviendo.
―Derecha, tú también, ¿no? ―Susan y Julie vivían en el área céntrica de la
ciudad, pero cargada hacia el oeste, es decir, era de clase media-alta.
―Obvio ―afirmó y continuamos caminando hacia la misma dirección.
Julie al entrar en confianza hablaba hasta por los codos, por eso mismo tuve
que callarla cuando vi a Stella bajándose de un taxi cuando íbamos cerca de la
casa de las Green. Julie me miró y enseguida noté que teníamos lo mismo en
mente, nos escondimos y me asomé a los segundos después para ver hacia donde
iba, se había metido a una gran casa rodeada por un cerco de piedra, recordé
haber visto un cartel de “Se vende” cuando había pasado por ahí hace tres meses,
ni me había percatado que lo habían quitado. Con mucho cuidado caminamos
hasta quedar de frente a la entrada de la casa, justo cuando iba a dar la vuelta
para seguir mi camino a casa Julie me detuvo bruscamente con un tirón de
camiseta, quien le abrió la puerta de la bohemia casa fue nada más y nada menos
que el hombre que había visto en uno de los folletos de Félix, tenía un aspecto
similar a Hitler por el tema del bigote y enseguida recordé quién era, supuse que
se trataba de Greg Booker, quien en el pasado fue novio de mi mamá y que
actualmente ejercía el cargo de director en la Academia Preparatoria Real. El
bigotón de sombrero de copa iba saliendo de la casa seguido por otra persona,
mi sorpresa superó los límites al ver al director de mi colegio, un hombre con
cuerpo de huevo y cara de sapo llamado Deli Bertholet, nunca me había
relacionado mucho con el director, pero lo conocía desde que era una enana,
vamos, ¿Cómo iba a desconfiar del director del colegio que representaba?
Tras ellos salió un pelirrojo muy parecido al chico que había visto en el
recuerdo de Stella, pero había una diferencia, este pelirrojo era más joven y tenía
el pelo distinto, tenía el cabello como un nido de pájaros con los rulos
enmarañados entre sí, se veía que tenía unos diecisiete años.

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―¿Qué tal? ¿Terminaste de conquistar a Julien? ―le preguntó el pelirrojo a
Stella que recién venía llegando, los directores quedaron en la entrada riéndose
y dándole la bienvenida a mi archirrival.
―¿Y tú pusiste autoridad sobre tu novia de mentira, estúpido? ―le gritó Stella
y se metió a la casa empujando a quien parecía ser su hermano, o lo que fuese,
pero seguro que eran familia.
El pelirrojo la quedó mirando con descontento y enseguida cambió su
expresión a una alegre para dirigirse al director de Félix.
―¿Entonces el anuncio de su esposa se transmitirá como a las dos? ―le
preguntó.
―Aproximadamente, ya verás como todos quedan sorprendidos y se crea el
debate ―le respondió el director Hitler, el otro director con cara de sapo sacó un
cigarrillo color marrón gigantesco de su bolsillo y se lo metió a la boca. El pelirrojo
hizo un ademán son su mano como si fuese una pistola y el cigarrillo se encendió
enseguida.
―Eso esperemos ―dijo el chico.
―Bien, nos vemos el lunes, ¿Sí? Disfruta de tu novia y relájate, París Chastain
no hará nada con esos papeles ―le dijo el director de la academia.
―Eso me preocupa, ¿Qué tal si ella no hace nada, pero los Paragon o quien
sea sí? ―cuestionó el chico, cada vez se me hacía más familiar, pero no recordaba
de dónde lo visto.
―Justo por eso te lo digo, gánate a Emmaline y ganaremos todos ―lo
tranquilizó Booker. Se sacó brevemente el sombrero y dijo―. Adiós, Gareth.
¿Gareth? ¿Así se llamaba el chico?
―Lo dicho, muchacho, no te preocupes por los LeBlanc o los Paragon en el
fin de semana, que de eso nos encargamos nosotros ―le dijo mi director
zamarreándolo de los hombros con una mano, pues en la otra tenía su cigarrillo
gigante―. Nos vemos, Gareth Pirro, dile a Jazmin que sus langostas estaban de
lujo.
Encendí mi alarma cuando vi que los directores venían hacía donde estábamos
nosotras, tiré a Julie y nos fuimos de ahí sin levantar sospechas, di una ligera
mirada a nuestras espaldas cuando íbamos al final de la cuadra y noté como el
director de nuestro colegio, el recién apodado por mí, “Caradesapo”, nos estaba
mirando e intentando reconocer.
―Apresúrate ―le susurré a Julie y esta me hizo caso enseguida, doblamos en
la siguiente cuadra y llegamos fuera de la casa de Julie.
Aún estaba algo alterada por lo que había escuchado, no me había puesto a
analizar nada, pero mis memorias estaban más claras que nunca y quería llegar a
casa para reflexionar sobre todo lo que había descubierto esta semana.
―No quiero decir nada ahora mismo, avísame cuando llegues a tu casa y me
llamas para que hablemos sobre eso de “preocuparse por los LeBlanc”, ¿Bien?
―me dijo Julie y se despidió de mi con un abrazo, no me salían las palabras, pero
con la cabeza le afirmé y me di media vuelta para cruzar la calle, cuando crucé

Martín TeuquilPágina | 145


miré hacia la habitación de Susan, ahí estaba, sentada en su escritorio con vista a
la calle, específicamente a mí, crucé mi mirada con Susan, quien estaba tan
inexpresiva como yo, sin pensarlo dos veces quité la mirada y seguí caminando a
casa.
¿Qué hacían los dos directores juntos? ¿Por qué le hablaban a ese chico como
si tuviese temas pendientes con mi familia? ¿En qué estaba metida mi familia? Mil
preguntas surgían en mi cabeza y me quería devorar a mí misma antes de decidir
si decirle o no decirle a Félix lo que había descubierto. El recuerdo de Stella con
el chico del pelo negro y rojo comenzaba a tener sentido, ellos tenían algo contra
nosotros, no me cuestionaba la existencia de más LeBlanc en Bunder además de
mamá, papá, Félix y yo, así que era evidente que la familia de Stella y los directores
estaban en una seria disputa con los Paragon y con mi familia, eso me incluía a
mí, pero ¿Debía meterme yo? ¿Era estrictamente necesario que yo formase parte
de una batalla que no me correspondía pelear?
Claro que sí, pero no iba a meter a Félix, probablemente él estaba fuera de
todo esto, me iba a encargar de sacarle la verdad a Stella por mi propia cuenta
con la ayuda de mis amigos raros, nerds y Julie Green.

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7 “BUNDER-FILES”
“Las historias de amor verdadero nunca tienen un final”.
Richard Bach

FÉLIX

―¿Y cuánto rato estuve desmayado? ―le pregunté a mi rubia vecina.


Liz me miró con severidad mientras calculaba el tiempo que pasé inconsciente,
me había excedido usando mis habilidades y el resultado había sido ese.
―No sé, un poco más de media hora ―dijo y me llevó un té de hiervas.
―Gracias ―le dije, no sabía la manera en la que me había movido desde la
cocina hasta la sala, pero sin duda la había llevado tiempo preparar una mesa
llena de galletas y golosinas dulces para cuando despertase.
―No hay de qué, Félix, ponte cómodo, yo vuelvo enseguida y te digo la razón
para haberte dejado entrar a mi casa, ¿Si? ―me dijo con una sonrisa esperando
mi respuesta, le sonreí con sinceridad y moví mi cabeza de arriba abajo. Liz se dio
media vuelta y se dirigió hacia el segundo piso de su casa por la gran escalera
blanquecina que conducía hacia él.
Comencé a tomar el té que me había dado, no llevaba mucho rato despierto,
pero ya me había espabilado y podía pensar con plenitud, cuando me desmayo
todas mis habilidades se reiniciaban, es decir, tenía otra media hora para usar el
Infinity y el control mental ya no sería problema alguno, mucho menos la
manipulación del tiempo.
Fuera de esos temas pensé en que si Elizabeth hubiese querido me hubiese
dicho lo que tenía que decir y listo, se ahorraba mi actitud desagradable, tener
que darme almuerzo y haber preparado algo para que me sintiese a gusto. ¿Y si
estaba enamorada de mí? No la iba a rechazar, había demostrado con excelencia
muchas razones para quererla de novia, para empezar, era hermosa, se
preocupaba de su aspecto, era amable, no trataba a los demás con superioridad,
tenía claro lo que quería y era el tipo de chicas que jamás se daban por vencidas,
realmente estaba considerando a Elizabeth como una chica con la que me
gustaría salir. ¡Diablos! Mamá me había dicho que no esté con ninguna
descerebrada y Elizabeth era la segunda más lista de la generación, ¿Qué más
podía pedir? Si ya entrábamos en materia de dinero, cosa que francamente me
daba igual por el poder adquisitivo y monetario de mi familia estaríamos
hablando de la chica perfecta: millonaria, hermosa, segura de sí misma y amable.
Acabé mi té y dejé la taza sobre la mesa sin dejar de pensar.
Piensa, Félix, ¿Emmaline Paragon o Elizabeth Cálibri? Era una ofensa comparar
a dos chicas, más tomando en cuenta que yo apoyaba la igualdad de género en
su totalidad y solía insultar muchas veces a mis antiguos amigos cuando hablaban

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de las chicas como si fuesen objetos, pero qué más da, solo estaba pensando y
nadie se ofendería por mis pensamientos de adolescente.
Emma era la chica más linda que había conocido en mi vida, me encantaba
todo de su aspecto físico y teníamos los mismos gustos, escuchábamos la misma
música y jugábamos los mismos videojuegos, la novia soñada para un jugador, el
punto malo era que no la conocía muy bien, no sabía cómo era y no tenía idea
de si efectivamente estaba saliendo con Gareth. Por otro lado, Liz era preciosa,
hermosa y delicada, parecía ser una modelo cuando no usaba chaquetas de cuero
e intentaba parecer una chica mala dando más ternura que miedo, sus gustos
opacaban con los míos, me consideraba un friki, un nerd o un niño rata, pero no
lo hacía con malicia, era muy amable, considerada e inteligente, aun así, su punto
malo era lo famosa que era, ¿Qué diablos? ¿Más de seiscientos mil seguidores en
Instagram? Elizabeth era una rockstar, si estaba con ella todo el maldito país lo
sabría, y otro punto que casi olvido considerar, Liz tenía sus momentos de locura
y cambiaba completamente se actitud en la academia, se convertía en una diva,
una líder terca como pocas. Al menos eso creía por lo que la he observado, como
dije, soy un observador compulsivo, analizo a las personas más de lo que debería,
por ello me parecía sorprendente no haber aprendido nada de la personalidad
de Emma en todos estos días.
―Despierta, Arctic Monkey ―me dijo Elizabeth con unas palmaditas en la cara
con sus suaves manos mientras pasaba a mi lado, hizo que me corriese con un
ademán al que obedecí y se sentó a mi lado, corrió las fuentes con galletas y
golosinas hacia una esquina de la mesita y en el lado vacío de esta dejó una caja
de plástico transparente.
―¿Qué es? ―Elizabeth me hizo un gesto con su dedo para que guardase
silencio y abrió la tapa de la caja, del interior sacó una historieta que parecía ser
japonesa.
―¿Un manga de Naruto? ―le pregunté cuando vi bien de qué se trataba
aquella historieta. Liz entornó los ojos y me pasó el manga, que era como se les
decía a las historietas asiáticas, o al menos de Japón.
Volvió a sacar unas hojas de la caja, eran varias carpetas, álbumes y un libro
como el que había sacado del pasillo de Chris, al que no había vuelto para evitar
al capullo de Gareth Pirro.
―¿Qué es todo eso? Oye, yo perdí un libro igual al que tienes ahí ―dije y que
quité el libro de las manos, Liz dejó todo lo que tenía en las manos entre el
espacio que nos separaba en el sillón.
―Ese es, tonto ―dijo, abrí el libro y vi que estaba intacto a como lo había
encontrado.
Liz sacó un cuaderno de la caja y un lápiz, me aseguré de que no quedase
nada dentro y saqué la caja de la mesa para dejar las carpetas en su lugar, abrí
uno de los álbumes mientras Liz abría un cuaderno y comenzaba a escribir.
―¿Qué es todo esto, Liz? ―le pregunté, en cosa de segundos me había
respondido sólo aquella pregunta, mi rápido vistazo a cada una de las fotos y

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nombres que salían en el álbum tenían un claro hilo que unía todo, la clase A de
1989-1992, la clase a la que pertenecían mis padres, Greg Booker, Ignotus Pirro,
Kassandra Fritz, Artagnan y Freya Jorgensen, Lauren Freeman, Madison Ferro,
Vladimir Storker, Emily Cálibri y otras personas con nombres que sin duda me
parecían conocidos, figuraba como profesor encargado don Robert Andersson.
Tragué saliva y comencé, activé el cerebro acelerado y el Infinity, solo unos
segundos necesité para saber quiénes eran todas las personas de la lista.
No es necesario explicar quiénes son mis padres y Greg Booker, les estaría
dando una turra innecesaria, pero de ahí en adelante comprendí lo útil que era
tener el Infinity y que el dolor valía la pena. Ignotus Pirro es el padre de Gazz Pirro
y el expresidente de Hungría, se caracterizaba por ser extremadamente comunista
y políticamente incorrecto en cuanto a sus decisiones, quería igualdad en cuanto
a la tecnología. La siguiente en la lista era Kassandra Fritz, quien actualmente se
llama Kassandra Paragon, madre de Emmaline y Jake, e importante empresaria
en la industria de la alimentación. Los hermanos Jorgensen, Artagnan murió a los
veintitrés años por meterse en un movimiento revolucionario mágico organizado
por MESE en Argentina, creía fielmente en que la magia debería ser usada para
que la humanidad avance, Freya Jorgensen es la madre de Dinasty Winter.
―Oye, Félix, holaaa ―me llamó la atención Elizabeth, enseguida apagué
instintivamente el Infinity―. Te estaba diciendo que es la clase a la que
pertenecían tus padres, mi madre y mi tía.
―Pude notarlo, si tu mamá es Lauren Freeman, digo, Cálibri. ¿Tu tía es Emily
Cálibri? ―le pregunté.
―Claro que sí, ni modo que sea Ignotus Pirro, no hagas preguntas mamonas,
Félix ―dijo, no pude contener mi risa, también comenzó a reírse.
―Ya, en serio, no logro encontrarles el significado a todos los nombres, sé
quiénes son todos ellos, pero no les veo la importancia ―le confesé después de
analizar la lista de alumnos por mí mismo.
―Félix… ¿Qué no te das cuenta? Tres de los cuatro “reyes del mundo”
encontrados forman parte del curso: Vladimir Storker, Yui Kobayashi y Zara
Sokratis ―volví a fijarme en la lista, era cierto, no podía ser una coincidencia. Me
levanté del sillón y comencé a caminar.
―No es posible que sea una coincidencia ―dije.
―Es muy probable que más de ellos estén en esta generación, pero ¿Quiénes?
―me preguntaba lo mismo.
―No lo sé, pero tenemos que tener claro que solo pueden ser personas con
la ideología comunista esa de liberar la magia a todo el mundo ―dije.
―Descartemos a tus padres, a la mamá de Jake Paragon y a la de Dinasty
Winter ―acotó mientras anotaba en su cuaderno.
―¿Por qué? ―pregunté.
―Porque estuve investigando toda la semana desde que encontré todo esto
el lunes y solo ellos han dejado en claro su posición pro-magia por sobre la pro-
humanidad ―tenía sentido.

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―Creo que no debería meterme ―le comenté.
―Ay, no seas marica, tu familia estaría en peligro si dejamos que los diez reyes
sigan trabajando con su tráfico mágico y su pro-humanidad ―dijo.
―¿Por qué? ―le pregunté.
―Porque, siendo sincera, creo que Pirro, Lang y el director Booker andan
metidos en algo ―¿Lang? ¿Hablaba de Christian Lang? Lo del director Booker e
Ignotus Pirro ya me lo esperaba.
―¿Por qué sospechas de Lang? Sus padres no son personas conocidas
―cuestioné.
―No estaba hablando de sus padres, hablaba de Christian… ―dijo y me miró
directamente a los ojos, pude notar su preocupación―. Sé que es tu amigo…
―No es mi amigo, digo, me cae bien, pero Emil Werner también me cae bien,
tú me caes bien, ya sabes… ―dije.
―Auch, como sea ―dijo mostrándose dolida por mi comentario
denigrante―. Sospecho de Lang porque un día lo vi.
―¿Haciendo qué? ―pregunté, lo del pasillo estaba cubierto, yo mismo había
entrado en ese pasillo y según lo que había dicho Chris, él era partidario de los
pro-magia.
―El lunes bajé al subterráneo a dejar una caja del profesor Andersson en la
trituradora, pero escuché algo que me pareció sospechoso, así que usé un
conjuro para no hacer ruido al caminar y logré ver a Gareth Pirro con Chris Lang
haciendo un grafiti en un casillero todo mohoso, los intenté atacar, pero lograron
huir, ahí fue cuando empecé a buscar los mapas viejos de la academia y el
miércoles llegué hasta un pasillo… ―contaba.
―Un pasillo lleno de posters y con la iluminación diferente a los demás de la
academia… ―completé lo que estaba diciendo, se trataba del pasillo al que me
había llevado Chris.
Elizabeth mi miró sorprendida.
―Exacto ―afirmó con su dulce voz―. ¿Has estado ahí?
―Termina de contar tu historia ―le animé moviendo la mano.
―Bien, ¿En qué estaba?
―Un pasillo lleno de…
―¡Ah, cierto! En el pasillo estaba Emil Werner con Dinasty Winter, hablé con
ellos después de amenazarlos y pude comprobar que estaban de mi lado, es decir,
pro-magia. Dijeron que Chris los había conducido hasta el pasillo, pero que no
dudase en quedarme si quería.
―Y ahí registraste todo increíblemente rápido y encontraste estos
documentos inculpadores ―le dije.
―Ya lo tienes ―dijo, en mi cabeza me había imaginado todo, quien sabe qué
hubiese hecho Elizabeth si en lugar de Emil y Dinasty hubiera estado yo, lo más
seguro es que me habría enterado enseguida que mi amiga rubia manejaba
magia antigua como una maestra―. ¿Tú conoces el pasillo?

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―¿De dónde crees que saqué el libro? ―le pregunté. Elizabeth me miró
acusadoramente y levantó su mano hacia mí, no me jodas, era obvio que iba a
usar un hechizo contra mí, ¿Qué podía hacer? ¿Debía atacarla? Quizás una onda
expansiva con los dedos no le haría tanto daño y me daría tiempo para explicarle.
Levanté mi mano y me preparé para lanzarle una onda expansiva con un
chasquido de dedos.
―¿No crees que este color de uñas se ve horrible en mí? ―dijo entrecerrando
un ojo para ver de mejor manera. Esto era a lo que la mayoría de personas con
afinidad mágica temíamos, una palma abierta frente a nosotros, nunca sabes qué
puede hacer otra persona con la palma de su mano, quizás congele, o queme,
podría electrocutar, incluso invocar un ejército de arañas para que te atacasen.
Bajé mi mano aliviado con una sonrisa hacia Elizabeth, ella seguía admirando
el color de sus uñas y decidí regresar al sillón junto a Liz.
―Creo que te quedaría bien un fucsia ―le dije como observación, el verde se
le veía terrible en las uñas.
―¿Verdad que sí? ―me dijo con una sonrisa―. Tú sí que tienes estilo.
―No es lo mismo que me dijiste en la academia ―reclamé.
―Ay, Félix, ignora la mayoría de cosas que diga en la academia, esa es una
versión que asumo de mí misma para responder a las críticas y presión social
―reconoció y se tiró de espaldas en el sillón―. ¿Soy yo o hace demasiado calor?
Cierra las ventanas.
―¿Por las expectativas de ser la hija del alcalde y gobernador del oeste? ―le
pregunté mientras me levantaba y cerraba las ventanas del salón para que el aire
acondicionado actuase.
―Sí, pero aquí en casa es como realmente soy, Félix ―me dijo, ¿Soy yo o
quería coquetear? Naa, claro que no, aún no terminábamos con el tema de MESE.
Le correspondí la sonrisa y regresé al sillón.
―Entonces… ¿En qué estábamos? Ah, Chris me llevó al pasillo, de hecho, me
salvó de que el director me pusiese un tercer strike con sus poderes ―reconocí.
―¿En serio? ¿Entonces Chris está de tu lado? ¿Y por qué estaba con Gareth
haciendo el grafiti? Supe que te culparon de eso ―cuestionó.
―Estoy seguro de que Chris es de los buenos, pero voy a encarar a ese
mexicano hijoputa la próxima vez que lo vea por no decirme sobre lo de Gazz
―afirmé.
―¿También vas a encarar a Gareth? ―preguntó.
―No, lo voy a dejar, quiero ver qué más tiene para mí y cuál era su intención
original ―dije.
―Bien, ¿Qué más nos queda por discutir? ―me preguntó.
―Nada ―dije y sonreí satisfecho, a pesar de que mi cabeza era un mar de
preguntas estaba tranquilo, poco a poco íbamos a ir descubriendo qué se traía
Booker entre manos y si era cierto lo que decía Chris, ¿Será verdad que Booker
era de los reyes del mundo?
―¿Quieres ver una película?

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Abrí los ojos y me puse extremadamente tenso, en mi lenguaje cibernético y
mi escasa experiencia con chicas aquello de “ver una película” significaba:
¿Quieres que nos enrollemos descaradamente? No jodas, le iba a dar mi maldito
primer beso a una espectacular rubia.
―¿Qué clase de película? ―pregunté mirándola extrañado, me sonrió y se
colocó derecha en el asiento.
―No lo sé, Félix, prende la televisión ―me dijo.
―«Prender pantalla» ―dije esperando que la televisión reaccionase como en
casa.
―No estás en tu casa inteligente, Félix ―dijo con decepción.
―¿Por qué dices Félix al final de cada oración? ―pregunté estirándome para
agarrar el control remoto de la televisión, la prendí y enseguida apareció
sintonizado el canal de noticias de Bunder.
―Porque tu nombre es bonito… ―dijo y enseguida su rostro cambió al mirar
la televisión―. No, no, no, no, no.
―¿Qué? ¿Qué pasa? ―le pregunté preocupado, se había levantado del sillón
asustada y estaba dando vueltas por el salón.
―¡No! ¡Mira quién es! ―le hice caso, era una tal Emily Mary Booker. ¿Qué
había de malo?
―¿Qué? ―pregunté y Liz se pasó la mano por la cara―. ¿Qué pasa, Liz?
―Es mi tía, la que está casada con el director de la maldita academia ―no
inventes, ¿Booker estaba casado? Liz parecía ser la más alterada en todo esto.
Emily Mary hablaba sobre el avance, de combinar la tecnología con la magia
y lograr un avance, era un discurso pro-humanidad que terminó sin vitoreos,
todos estaban impactados.
No era ilegal apoyar las ideologías pro-humanidad, pero era ilegal
comercializar la magia por el poder de estas, se arriesgaban muchos años de
prisión, hasta cadena perpetua para los diez reyes.
Liz se estaba tapando la boca cuando despegué mi mirada del televisor, estaba
pasmada, mirando a la nada y pensando en todo.
―¿Félix? ―se dignó a hablarme sin dirigirme la palabra por unos minutos
mientras revisaba su celular, no me miraba mientras hablaba.
―¿Sí? ―pregunté.
―¿Estás conmigo o no? Yo quiero apoyar a mis padres y mantener el orden
del bendito país, pero mi tía no deja de hacer las cosas cada vez más difíciles, así
que quiero saber si de verdad te interesa proteger a tu familia y a Bunder del caos
―dijo, era algo que debía pensar, pero Elizabeth lo había dicho con tanto
sentimiento que un «Sí, por supuesto», fue lo primero que salió de mi boca,
Elizabeth levantó la mirada y sus cristalinos ojos llorosas se cruzaron con los míos,
la sonrisa que apareció en su rostro me apretó el pecho y me sentí presionado a
desviar mi mirada como pocas veces me había pasado en mi vida. Elizabeth era
ciertamente deslumbrante, no sólo físicamente, también su convicción era algo
que te convencía, que te gritaba «¡Oye, apóyame!», sonreí embobado por la

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increíble persona que acababa de convertirse en una genuina compañera para
mí. Difícilmente seríamos amigos por nuestras contrastantes personalidades, pero
estaba seguro de que había encontrado a la mejor compañera o socia.
―Estoy contigo, Liz ―dije.

FELICITY

Teddy me llamó.
―¿Lo viste? ¿Qué voy a hacer ahora, Felicity? ―me preguntó muy asustado,
su respiración estaba acelerada.
―Teddy, cálmate, he estado haciendo algunas investigaciones en el tema
jurídico y cualquier insinuación con fundamentos será suficiente para que
podamos a acusar a Emily Mary de ser parte de los diez reyes ―lo intenté
tranquilizar, el eco de sus pisadas en el metal del que estaba compuesto el suelo
de su laboratorio se escuchaba con claridad.
―¡Felicity! ―gritó, despegué el teléfono de mi oreja y miré a mi alrededor,
Antoine Chastain, Kassandra Paragon y Freya Winter se habían puesto incómodos
al escuchar el grito de mi Teddy―. ¡¿No te das cuenta de que podemos perder
todo si eso pasa?!
Miré con enojo al teléfono.
―Edward…
―Si Greg Booker llega a ser capturado abriría la boca… ―decía y se liaba.
―Escúchame, Edward ―le hablé con claridad.
―Bien, habla ―dijo bajándome el tono de voz.
―Primero, a mí no me vuelves a gritar en tu vida, ¿Estamos claros? ―le advertí
con severidad, se quedó mudo―. Edward, ¿Estamos claros?
―Sí… ―murmuró.
―¿Cómo? ―dije subiendo el tono de voz y demostrando quién era la que
mandaba en la relación.
―Sí, amor ―dijo, Antoine contuvo la risa por respeto y porque mi mirada
asesina se lo impidió.
―Entonces, tranquilízate, vamos a encontrar la manera de no meternos con
Booker e impedir que gane la pro-humanidad, ¿Bien? ―le aseguré, Teddy suspiró
cansado.
―Eso espero, voy a hacer algunas llamadas ―me avisó―. ¿Sabes qué podrías
hacer?
―¿Qué? ―le pregunté.
―Hablar con Ignotus Pirro y ver si tiene algo que ver, si él está adentro
tendremos que tener el doble de cuidado ―sugirió, le di la razón.
―¿Por qué no hablas tú con Pirro? Eran la dupla dorada en el básquetbol,
¿Qué tal si intentas hablar con él haciéndolo recordar esos años? ―Edward no
respondió, se notaba que estaba pensando en la posibilidad de seguir mi consejo.
―Tienes razón, voy a hacer eso ―dijo.

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―Entendido, nos vemos en la tarde ―le dije.
―De acuerdo, te amo ―se despidió, sonreí.
―También te amo, luego te llamo ―me despedí y corté la llamada sin poder
ocultar mi sonrisa. Miré a Antoine cuando comenzó a reírse a carcajadas y me
puse a reír también.
―Ojalá Sigurd me dijese que me ama de vez en cuando ―se lamentó de su
esposo mi vieja amiga Freya.
La campaña anti-humanidad que debíamos organizar contra los Booker debía
ser poderosa, por ello había llamado a mis tres viejas mejores amigas; Freya,
Kassandra y Lauren, por desgracia, Lauren estaba en Washington D.C. con su
esposo y gobernador del oeste del país, Kedar Cálibri.
Aun así, la renovada alianza con Kassandra y Freya significaba que
acabábamos de fundar la campaña pro-magia más poderosa de la historia, ni los
de MESE podían competir contra nuestro poderío empresarial y económico, pero
nos faltaba ganarnos a la sociedad, de eso debía encargarse Lauren. Todavía no
teníamos las piezas para proteger Bunder, pero confiaba en la sabiduría y buen
juicio del gobernador Cálibri, seguro que eventualmente terminaría uniéndose a
nosotros. Todos éramos padres, por lo que todos queríamos cuidar el mundo y
la sociedad en la vivíamos, la magia sólo traía problemas y era una reverenda
estupidez liberarla para todo el mundo, sería como dejar que todo el mundo
usase armas, estaríamos repletos de guerras como aquellas de Irán en el siglo
pasado que terminó con una masacre histórica de magos, gracias al cielo,
habíamos crecido como sociedad, las armas estaban prohibidas y la magia estaba
restringida para aquellos que la estudiaban con autorización, si llegábamos a
liberar la magia, simplemente estaríamos perdidos, las explosiones en las calles
serían cosa de todos los días, las violaciones, robos y vandalismos sin sentido
destruirían nuestra sociedad, yo no quería eso para mis bebés, nadie lo quería.
La magia y las habilidades sobre-humanas, por muy poderosas que sean, eran
un desbalance que no se podía permitir en la sociedad, pocas personas mágicas
sucumbían al mal, pero ¿Qué pasaría si gente en sí malvada se apoderaba de un
poco de magia? Estaríamos perdidos, la tercera guerra mundial destruiría nuestro
planeta.

FÉLIX

―¿Crear una página en Internet? Claro que sé, pero ¿Para qué la necesitas?
―le pregunté a Liz mientras se colocaba una chamarra roja, eran cerca de las seis
de la tarde y el calor ya se había convertido en frescura veraniega, aún estábamos
en verano, pero el cielo se estaba oscureciendo mucho más temprano que otros
días, al menos eso era lo que me parecía, a las siete de la tarde ya se estaría
ocultando el sol.
―Vamos a hacer un movimiento pro-magia, Félix ―me dijo.

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―Afuera hace calor, ¿Segura de que vas a ir con abrigo? ―pregunté
ignorando lo que me acababa de decir―. Espera, ¿Qué acabas de decir?
―Que vamos a fundar una resistencia en contra de mi tía Mary ―no inventes,
Liz. Cuando le dije que estaba con ella lo decía de un punto de vista emocional,
sí, estaba con ella, pero como un amigo, como un compañero, no como un
maldito compinche para fundar una revolución. La cara llena de ilusión en Liz me
hacía darme cuenta de que era esto lo que soñaba, su discurso en la asamblea al
presentarse para el cargo de presidenta del centro de estudiantes comenzaba a
tener concordancia con la personalidad e ideales de Liz, era revolucionaria,
buscaba el peligro y seguramente lo encontraría. Lastimosamente, yo estaba con
ella.
La miré inexpresivamente, esta se acercaba a mí para contagiarme su ilusión y
buen humor.
―Métete tu resistencia por el culo, Liz ―le aconsejé, soltó una poco discreta
carcajada y me empujó para que saliese de la casa, salió detrás de mí y cerró la
puerta con llave.
―Bien, hay que buscar un café con Internet para conectarnos a una red
pública, pero no tiene que ser propiedad de Blackflower Industries ―me dijo,
miré alrededor nuestra con desconfianza, ahí seguían los guardias con sus
esmóquines, usé el zoom del Infinity y logré ver como a uno de ellos le caía una
gota de la cabeza, los pobres estaban asándose.
―Liz, yo no voy a ser parte de tus mierdas revolucionarias ―le dije, Liz, terca
como pocas, continuó caminando por el sendero mientras yo la seguía.
―¿Y entonces por qué me sigues? ―preguntó.
―Porque es la única puta salida ―argumenté y me reí.
―Mentira, es porque quieres oponerte a los pro-humanidad ―dijo.
―Sí, pero no veo como una página del carajo nos va a ayudar, es decir, ni que
fuésemos WikiLeaks o algo así, ¿Tú crees que alguien se va a dar el tiempo de
leer lo que escribamos? ―cuestioné su idea.
Me miró descontenta.
―¡Que poca fe tienes, Félix LeBlanc! ―dijo, al parecer no se tomaba en serio
mi rechazo.
―Liz, esto no es Riverdale, no somos Jughead y Betty, esto es el mundo real y
estamos en una maldita ciudad, la onceaba ciudad más poblada de Estados
Unidos, ¿Comprendes? ―dije suponiendo que tenía en mente la popular serie
producida por The CW, una cadena de televisión estadounidense.
―Tú lo has dicho, Félix, esto no es Riverdale, aquí tenemos millones de
personas que podrían leer nuestros artículos y unirse al movimiento ―dijo sin
desanimarse por mis golpes de realidad, ya estábamos atravesando el bosque
que rodeaba su hogar.
―Debes pensar con claridad, Liz, ¿Qué pasa si no logramos nada? ―le
pregunté.

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―Hay que arriesgarse, Félix, de todas maneras, no nos pasará nada ni podrán
rastrearnos si usamos conexiones públicas, como un café con internet ―dijo.
―¿Sabes lo fácil que es hackear las redes públicas? ―pregunté, al parecer no
tenía ni idea de lo que estaba hablando.
―¿Qué? ¿Pero no se supone que si usar redes públicas no pueden rastrear tu
IP? ―se detuvo y me miró confundida.
―Nada que ver, ¿Quién te dijo eso?
―La profesora Nadine, de informática ―acusó.
Me di una palmada en el rostro.
―Esa profesora no sabe nada, Liz, o cree que no sabemos nada, bueno, tú no
sabes nada, pero yo sí ―repliqué con decepción―. Yo te voy a enseñar de
informática, pero no le hagas caso a Nadine.
―Diablos, ¿Entonces qué? ¿No podemos usar redes públicas?
―Si un hacker malicioso está dentro de la red lo único que le separa de los
datos de los demás es la encriptación de la conexión. Pero las redes públicas casi
nunca están encriptadas, así que espiar es tan sencillo como gritar; “¿Me puede
traer un café?” al camarero ―le dije, Liz me seguía mirando confundida.
―¿Cómo es eso de “encriptada”?
―¿Cómo?
―Conexión encriptada, eso que dijiste ―aclaró.
―¡Ah! Son las conexiones seguras, es decir, de las conexiones con “https” que
nos garantizan que la información que recibimos y enviamos está segura, es lo
que usan los bancos para que no les roben información bancaria, contraseñas y
todo eso ―le aclaré, seguía mirándome de manera confundida.
―¿Eres un verdadero nerd, verdad? ―preguntó juzgadoramente.
―¿Lo soy? ¿O será que tú eres una ignorante? ―me miró disgustada.
―Como sea, rata ―siguió caminando―. Entonces, ¿Qué hacemos?
―Te repito que no voy a ser parte de tu revolución sin sentido, podemos
acabar con la campaña pro-humanidad sin recurrir al sensacionalismo ―dije.
―¿Acaso puedes hackear los archivos de Booker? ―me preguntó, me molesté
por el tonto prejuicio que tenía hacia los programadores e informáticos, era
bueno, pero no tanto.
―No soy un ciberterrorista, Liz ―aclaré con disgusto.
―¡Ay! ¿Te lastimé? ―me provocó sin mirarme, desde atrás me cuestionaba si
lanzarle una onda de choque o algo así para que aprendiese a no meterse
conmigo.
―¿Te he dicho que me desagradas? ―dijo y comenzó a reírse.
―Eres encantador ―dijo con ironía―. ¿Entonces dónde hay que ir para crear
la página sin que nos rastreen?
―Da igual donde estés, sólo hay que tener tu IP cifrada, una red aislada a la
que esté usando tu teléfono y listo ―dije haciéndolo parecer fácil, Liz me miró
confundida sin dejar de caminar, apresuré el paso y me coloqué a su lado―.
Supongo que trajiste tu computadora para crear la página.

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―No, supuse que tú llevarías tu portátil de la NASA.
―¿Por qué? Si te dije que no te iba a ayudar ―le recordé.
―Vamos, Félix, sin ti no puedo ni crear la página ―me pidió.
―Busca un tutorial en Youtube, está repleto de videos.
―Si busqué, pero decía que tenía que comprar un dominio virtual y que el
nombre que quería ya estaba en propiedad de otra persona ―me dijo.
―¿Qué nombre querías? ―le pregunté.
―Bunder.com ―me dijo, me aguanté la risa para burlarme de su poca
originalidad.
―¿Y qué pasó? ¿Te duele pagar 500 dólares? ―le pregunté.
―Félix, que sea la hija del gobernador no significa que tenga toda la maldita
riqueza del mundo como tú ―me hizo saber.
―Pero, ¿500 dólares? ―dije tratando esa cantidad como si no fuese nada.
―¡Ya! Pensé que tú podrías crearla gratis ―me dijo.
―Tendría que contratar un hosting de todas formas.
―No sé qué es eso, pero seguro te sale más barato ―dijo, estaba ocultando
algo, se notaba por actitud defensiva.
―Di la verdad ―me miró con pena y contestó.
―No me dejan usar las tarjetas de crédito, y nunca saqué una tarjeta de débito
―confesó, no oculté mi risa―. Deja de reírte, es serio.
―¿Qué hiciste? ―pregunté.
―Compras estúpidas ―típico―. Siguiendo con el tema, ¿Puedes hacer la
página gratis?
La terquedad y desesperación de Elizabeth terminaron por convencerme.
―Sí, de todas maneras, mi casa es un maldito hosting con Internet superior al
de la NASA, así que no tendrás que pagar nada y dentro de los terrenos de mi
familia hay conexiones completamente privadas y encriptadas ―confesé, los ojos
de Liz volvieron a iluminarse, la miré de reojo y vi como celebraba en silencio,
movía los puños y la cabeza de manera graciosa, al final me agarró de la camiseta
y me sacudió.
―¡Eres el mejor, Félix LeBlanc! ―celebró victoriosa, su convicción me había
ganado el pulso.
―Lo sé, pero hay que usar mi casa para publicar cosas en la página ―le dije.
―¿Qué? Yo no voy a entrar a tu casa ―aseguró.
―¿Por qué? ―le pregunté.
―Tus padres me dan miedo ―confesó.
Contuve la risa.
―¿Miedo? ¿A esos viejos? ¿Por qué? ―le pregunté.
―Tu mamá da miedo, en serio, me da mucho miedo hablarle ―dijo, yo no
entendía su preocupación.
―Que rara eres ―le dije.
―Como si a ti no te diese miedo mi papá.

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―Tu papá es una persona como cualquier otra, sólo que tiene el título de
“gobernador”.
―¡Guau! ¿En serio? Tú sí que eres raro ―dijo, salimos del bosque y pasamos
unos segundos en silencio hasta llegar a la calle. Apenas cruzamos la calle y
pusimos un pie en la propiedad de mi familia la señal de Internet me llegó,
conecté a Elizabeth y la invité a seguirme.
―No voy a entrar ―repitió.
―Entonces quédate aquí y espérame un rato, tengo que ir a buscar mi portátil
―le sugerí.
Me di media vuelta y caminé un rato hasta llegar a la puerta de mi casa, se
abrió automáticamente al detectar mi cara con la cámara de la entrada, Rita
estaba leyendo un libro amarillo de mínimo mil páginas, así que no la molesté y
la saludé desde lejos. Subí a mi cuarto con tranquilidad y lo primero que hice fue
cambiarme de camiseta, me gustaban las camisetas polo, pero no me gustaba
usarlas, creía verme formal en exceso. Me puse una camiseta con rayas de cebra
que estaba sobre la cama y dejé la que estaba usando tirada, agarré mi
computadora portátil más compacta y la metí en mi mochila. Eché un vistazo a la
habitación de Goldie antes de irme, estaba durmiendo abrazada de Gamora, todo
en orden. Me puse mi mochila y bajé rápidamente.
―¿Vas a volver a salir? ―me detuvo Rita antes de que yo lograse tocar el
escáner de la puerta.
―No tardo, voy a estar dentro de la hacienda ―le avisé.
―Bien, vuelve antes de las ocho ―me dijo.
―Sí, Rita ―me reí, toqué el escáner de huellas dactilares que estaba junto a
la puerta para abrirla y salí de la casa.
Después de unos minutos en los que estuve configurando y reclamando
propiedades virtuales, llegamos a la conclusión de que la página se llamaría
“Bunder-files”, Elizabeth ya tenía un artículo escrito que decía lo mal que estarían
las cosas si la pro-humanidad dominaba el condado de Bunder, lo devastadores
que serían las consecuencias de que todo el país pudiese usar magia con libre
albedrío. Me pareció excelente. Liz publicó el artículo y dejamos que la publicidad
programada para enviar correos en cadena a todas las personas de Bunder hiciese
lo suyo. “Bunder-files” acababa de nacer.

EMMALINE

Me senté a la mesa y enseguida puse una servilleta en mi regazo al ver como


todos hacían lo mismo, Gazz se sentó a mi lado y me sonrió. En cada uno de los
extremos de la mesa estaban el señor Ignotus y la señora Jazmin Pirro, la madre
de Gareth parecía estarme analizando de pies a cabeza al igual que su hermanita,
Stella. El único que parecía no notar mi presencia era Lamar, el hermano mayor
de Gareth que según lo que mi novio me dijo tenía problemas mentales,
específicamente un trastorno antisocial de la personalidad.

Martín TeuquilPágina | 158


Ya no había vuelta atrás, Félix me había rechazado completamente y no había
manera de poder dejar mi relación con Gareth de lado. Así es, Félix LeBlanc y yo
habíamos hablado después de haber estado días jugando al PUBG Mobile, un
juego de móvil que me entretenía muchísimo y era de disparos. El único problema
fue que nunca me atreví a hablar con Félix, seguro terminé haciéndolo pensar
que era una chica aburrida y eso acabó por quitar su atención de mí. Fue un duro
momento que le oculté a todos, en ese momento sentí más ganas de llorar que
nunca. Resulta que mi hermanito y mi mamá llegaban hoy mismo de Inglaterra,
pero yo quería pasar mi día con Félix, porque ¡Diablos! Félix LeBlanc, mi
enamoramiento había pasado a mayores mientras más cerca lo tenía, su risa me
encantaba, sus ojos claros, su pelo desordenado y su intento por parecer el más
intelectual de la academia eran de lo mejor para mí. Terminé acudiendo a Gareth
para no darme pena a mí mismo, al menos estaría con un chico guapo de todas
maneras.
Mi sorpresa recaía en que Gareth me invitó a almorzar a su casa, pero nunca
mencionó que estaría su familia presente, cruzar el umbral de su puerta fue un
infierno, noté como su madre de cabello negro y su pelirroja hermana me
descuartizaban usando sus miradas juzgadoras, su manera poco discreta de
murmurar incomodaban a todos los presentes, incluso a Lamar, quién más bien
parecía estar completamente fumado.
―¿Y qué te gustaría estudiar, Emmaline? ―me preguntó la señora Pirro.
―Bueno, me gustan mucho las ciencias y los animales, probablemente
terminé eligiendo algo como biología ―le dije con una sonrisa forzada que
intenté hacer parecer natural.
―¿No te interesa la bio-tecnología? ―preguntó. Miré a Gazz de reojo, estaba
bebiéndose un vaso de jugo mirando a la nada, parecía asustado.
―Diría que la tecnología no es lo mío, me gusta, pero preferiría ciencias
biomédicas ―confesé sin dejar de mirarla, tenía un aspecto horrible, arrugada y
con quemaduras en las manos, decidí no volver a fijarme en su aspecto por si
había sobrevivido a algún incendio, eso parecía que le había pasado en la piel.
―Hay un chico que es experto en bio-tecnología y robótica, ¿Cómo se
llamaba? ―preguntó a Gazz, estaba hablando de Félix, el ganador de la feria de
ciencias de Google y la feria de ciencia de Intel, era conocidísimo por aportar al
desarrollo de prótesis biónicas completamente funcionales.
―¿Félix? ―pregunté.
―¡Ese mismo! ¿Eres su amiga? ―me quedé pensando en ello mirando a la
mesa, ¿Era amiga de Félix? No sabía qué era lo que pensaba de mí, pero podía
deducir que sus amigos eran Christian Lang y Dinasty Winter, no lo había visto
hablar con nadie más, a excepción de pequeños roces que había tenido con mi
pelirrojo. No era amiga de Félix LeBlanc, incluso diría que tiene una mala imagen
de mí.
―¿De Félix? No, claro que no ―dije con decisión, la madre de Gazz asintió
satisfecha. Miré a Gareth y este me sonrió aliviando mi preocupación.

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El ave asada que nos trajeron los empleados de la casa tenía un aspecto
delicioso, al ver mi plato sentí como mi estómago hacía espacio para almacenar
aún más después de la pequeña merienda que tuve con mi amiga París para
comprobar si se encontraba bien después de un desmayo aleatorio que la había
enviado a casa más temprano.
―Gareth nos dijo que te contó sobre nuestra relación con los LeBlanc―dijo
el señor Pirro, ¡Lo había olvidado! Había olvidado que Gazz me había dicho que
su familia estaba enemistada con los LeBlanc y que estaban conspirando en su
contra.
―Oh, sí, no tiene de qué preocuparse, señor Pirro ―le dije, mantenía su
expresión de seriedad bajo una frondosa barba roja.
―Emmaline, tú eres la que no tiene que preocuparse ―aseguró. Lo miré
confundida―. Si estás con Gareth te juro que no te pasará nada, que obtendrás
tantas ganancias y créditos como nosotros…
―No, no, no, señor Pirro, yo no estoy con Gazz por eso ―lo tranquilicé.
―Lo sé, niña, por eso todos confiamos en que no dirás nada.
Me sonrió y le sonreí, cuando comencé a comer mi sonrisa se eliminó en su
totalidad, la comida estaba sabrosa, pero me sentía mal. ¿Por qué estaba
haciendo esto? Había visto como la esposa del director Booker lanzaba una
campaña para convertirse en la alcaldesa de Bunder con insinuaciones pro-
humanidad hace una hora, yo no compartía sus opiniones pro-humanidad, no
quería beneficiarme a costa de los LeBlanc, una empresa que respetaba
muchísimo por sus productos tecnológicos de calidad y buen precio, no los quería
destruir.
Lastimosamente, el miedo era superior a mis deseos, estaba segura, pero no
estaba feliz. Aun así, ellos confiaban en mí y no los iba a defraudar, no podía
hacerle eso a Gareth, así que, si me pedía que guardase sus secretos, lo iba a
hacer, eso se llamaba lealtad.
―Emmaline, ¿Dónde vives? ―me preguntó la señora Pirro, Gareth tosió.
―Aquí en Bunder, un poco más al este ―me limité a decir.
―¿En el este? ¿En qué distrito? ―pidió que especifique. La casa de Gareth
estaba en el centro de la ciudad, en el distrito Castlebranch, mientras que mi casa
quedaba en el distrito de más al este, Prince Corner.
―Prince Corner ―la señora Pirro hizo una expresión de conformidad.
―Es un poco lejos, ¿No crees? ―preguntó.
―Veinte minutos en vehículo ―le dije, noté la mirada disgustada del señor
Pirro.
―Muy lejos, ¿Te van a venir a recoger? ―me preguntó, asentí.
―Tomaré un Uber, me gustan ―el comentario pareció gustarle al señor Pirro,
pues sonrió risueño.
―¿Qué más te gusta? ¿Tienes algún pasatiempo? ―preguntó la señora Pirro,
la hermanita de Gazz perecía estar al pendiente de cada pregunta que me hacían.

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Me lo pensé bien, no le iba a decir que me gustaba jugar ese tipo de
videojuegos de construcción de ciudades e imperios como Civilization, Age of
Empires o SimCity, debía decirle algo de lo que pudiésemos hablar, que putada
que Gazz no me haya avisado para preparar mis respuestas.
―Juego tenis ―dije con dulzura.
―¿Te gusta el vóleibol? ―me preguntó la dulce hermana de Gazz.
―Sí, también me gusta ―afirmé, era una cruel mentira, prefería el básquetbol.
―¿En serio? Yo estoy aprendiendo a jugar, ¿Podrías darme algunos consejos
un día de estos? ―me pidió. La miré con ternura y le mentí.
―Claro que sí, Stella ―le dije para que quedase contenta.
―Stella solía tocar el violín en Inglaterra, su profesora dijo que era uno de los
más grandes talentos del país ―se enorgulleció la señora Pirro.
―¿Son de Inglaterra? ―pregunté, sabía que eran originalmente de Hungría,
pero era mejor que yo les pregunte cosas a ellos que ellos a mí.
―Hungría, pero nos mudamos a Inglaterra cuando los chicos eran bebés,
Stella es inglesa de nacimiento ―aclaró―. ¿Y tú? ¿Has sido de Estados Unidos
siempre?
―Inglaterra, también ―le dije y subió las cejas sorprendida.
―¿En serio? ¿Y tienes hermanos?
―Un mellizo y otro de trece años, pero cumplirá catorce en diciembre ―dije,
creo que di demasiada información.
Stella pareció interesarse por lo que estaba diciendo.
―Stella también tiene trece años, pero cumple los catorce en enero
―francamente, se veía de unos doce años como mucho, pues era más pequeña
y más delgada que las otras niñas de su edad, como Goldie LeBlanc, no quise
decirlo por el repudio que les tenían a los dueños de medio Bunder.
―Entonces Ethan tendrá nueva novia ―bromeé, no se lo tomaron con mucha
diversión. Solo Gazz pareció contenerse la risa, al mirar a su hermano antisocial
vi como se había pegado a la conversación.
―¿A qué edad tuviste tu primer novio? ―susurró Lamar, el hermano mayor.
―Oigan, es suficiente, creo que es hora de que lleve a Emmaline a su casa,
nos retiramos ―anunció Gareth salvándome de la incómoda situación, me
levanté de la mesa junto a él.
―¿En serio? ¿No quieres quedarte, Emmaline? ―preguntó la señora Pirro, no
supe que responder.
―No puede, su papá me dijo que la lleve temprano y estos días se está
obscureciendo más rápido ―falso, mi papá no sabía que estaba saliendo con
Gareth Pirro. Gazz me agarró de un brazo y me sacó del comedor. Me puse mi
chaqueta y salimos de la casa.
Gazz no me soltó hasta que estuvimos a varios metros de su tenebrosa casa,
ni siquiera me despedí, pero era un alivio haber salido de esa casa, más que una
conversación estaba teniendo un interrogatorio por parte de su familia.

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Me di cuenta de que mi historia con los Pirro acababa de comenzar, y cada
vez me estaba acostumbrando más a esto de ser pro-humanidad.
―Perdón por el interrogatorio, supongo que la próxima vez no pasará lo
mismo ―se disculpó mientras caminábamos hacia la estación de autobuses más
cercana, ya había llamado a mamá para que alguien me recoja ahí.
―No, no, no…
―¿No? ¿Crees que vamos muy rápido? ―me interrumpió Gareth asustado.
―No, digo, sí, pero no, Gazz ―lo tranquilicé―. Llevamos cuatro días de
novios, pero hace cuanto salimos, ¿2 meses? ¿1 mes?
―Pero creí que estarías un poco asustada ―confesó.
Lo miré con una sonrisa.
―Estoy bien.
―Yo también estoy bien, ¿Por qué no lo estaría?
―Gazz, tranquilo, ¿Sí? ―me miró unos segundos y noté como su respiración
volvía a ser calmada.
―Creo que no debiste haber conocido a mis padres aún, fui muy rápido ―se
decía a sí mismo y volvía a ponerse tenso.
―¡Gareth! ―le hablé fuerte y puse mis manos en su cara pecosa y grasosa―.
Todo está bien, nosotros estamos bien, pero tomémonoslo con calma.
Me sonrió y me abrazó, también lo abracé.
―¿Por qué quisiste ser mi novia? ―me preguntó mientras seguíamos
abrazados. En realidad, nunca quise ser su novia, pero la emoción y presión del
momento me ganaron la partida y terminé aceptando. Con un par de días me
terminaría acostumbrando, de todas maneras, quería a Gareth, pero no de
manera exagerada.
―No lo sé, solo tuve un buen presentimiento contigo, Gazzie ―le dije con
lentitud en el habla. Disfrutaba mucho los abrazos y cariños de Gazz, eso era lo
primero que había cambiado, por lo que mi relajación era evidente.
―¿Buen presentimiento? Pudiste elegir a cualquier otro chico más simple, con
menos problemas, pudo ser Lang, Werner, Afolabi, algunos de los Dusson, o
incluso a LeBlanc, ¿Por qué yo? ―buena pregunta, para ser sincera, había
comenzado a salir con Gareth para saber sobre los demás en la academia, se
notaba que le habían informado.
―Creo que eres especial ―respondí.
―¿Especial? Yo no problemas mentales como mi hermano, Emmaline ―se rió,
no me gustaba que se rían de las personas con discapacidades y simplemente lo
solté para que notase mi disgusto.
―Eres una persona única, Gazzie, a eso me refiero ―apenas terminé de hablar
llegó el vehículo que me había enviado mamá―. Debo irme, bebé.
―Cuidate mucho, te quiero ―se despidió de mi con un beso, le sonreí y me
subí al vehículo.
Lealtad.

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Solía ver la lealtad como algo pasado de moda, incluso tendía a evocar
imágenes de antiguos caballeros de la edad media inclinándose ante un rey o
reina, pero ahora entendía lo que era sentirse leal, tener la confianza de una
persona en tus acciones y sentirte comprometido con una causa.
Entonces, ser leal a los Pirro puede ser algo tan simple como nunca hablar mal
sobre ellos y defenderlos contra los comentarios desagradables de mi familia. Ser
leal también significaba mantener mis palabras, aunque mi mamá me presionase
para revelar los planes de quienes me dieron su total confianza, sentía que podría
defenderlos, podría ayudarlos a alcanzar la victoria y triunfar junto a ellos, me
sentía parte de algo.
Guardar secretos es un área muy difícil cuando pensamos en la lealtad, ya que
a veces puede ser difícil distinguir el bien del mal, pero yo veía la noble causa que
estaban defendiendo, querían igualdad para todos sobre la faz de la tierra, no
querían seguir soportando a los “poderosos magos”, ellos iban a hacer un cambio
importante en nuestra sociedad que cada vez se iba impregnando de más y más
prejuicios. Difícil era esconder mi sonrisa vigorosa mientras miraba como
dejábamos atrás los edificios del distrito Castlebranch y nos metíamos al distrito
Overtale.

Jake estaba mirando televisión con una cara de muerte terrible, Ethan había
llegado a la casa, podía notarlo por el equipaje tirado que había en la entrada de
la cocina.
―¿Mamá? ―dije al entrar y ver la desesperación que sentía Jake por tener
que volver a convivir con nuestro adorable hermanito.
―No está, se fue a una reunión con Blackflower Industries ―me avisó Jake.
―¿En serio? ¿Dónde está Ethan? ―fue cosa de nombrarlo y apareció frente a
mi flotando con su habilidad adquirida en el último Horror. Ethan era muy
parecido a Jake, pero era mucho más pequeño y delgado, era un palito flotante
y odioso, no digo lo de odioso para parecer chistosa, es en serio, detestaba pasar
el tiempo con el ecologista de mi hermanito Ethan.
―¿Dónde no, hermanita? ―me dijo y se lanzó a mí con un abrazo, no lo veía
desde hace dos meses como mucho, desde que Jake y yo nos vinimos a vivir a
Estados Unidos. Mamá venía cada semana a ver que estuviésemos bien, incluso
papá se había dado unas vueltas, pero nunca habían traído a Ethan. Como a Jake,
le habían separado de una posible carrera profesional, el baile en su caso.
―Te he echado tanto de menos, enanito ―le dije y lo abracé con fuerza.
Detestaba tener que soportar a Ethan todos los días, pero era el mejor chico con
el que había hablado, quizás era homosexual, pues su actitud afeminada era muy
evidente para todos nosotros, pero era simplemente un niño, no teníamos que
interferir con su crecimiento.
―Yo también te extrañé mucho ―afirmó él―. ¿Cómo has estado? ¿Jake no
te ha dado problemas?

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―Todo está muy bien ―le dije y nos soltamos, no escondí mi felicidad por
verlo, después de todo, aunque fuese un odioso, era mi hermano, lo amaba y
sería capaz de dar mi vida por él―. Creeme que Jake se ha calmado muchísimo.
―¡Déjame en paz, Emmaline! ―gritó él desde el sillón, me reí de manera
burlona.
―¿Dónde estabas? ¿Qué tal es la academia? ¿Ya conociste chicos? ―me
llenaba de preguntas mi pequeño hermano.
―Por ahí, te morirías al conocer la academia, es lo más sorprendente que he
visto en mi vida, logré entrar al edificio principal y quedar en la primera clase ―le
conté con emoción. La academia tenía dos edificios, cada uno con cuarenta
estudiantes de cada curso, los chicos que ellos elegían como “excepcionales” eran
derivados al primer edificio, mientras que los alumnos regulares que pagaban su
matrícula, o que eran más como “promesas para futuro” los derivaban al segundo
edificio, a las clases C y D. Aquello solo era una distinción, no significaba que
serían tratados de una manera diferente, todos usábamos el mismo auditorio,
gimnasios, piscinas y el comedor cumplía como pasillo para unir ambos edificios.
El apellido en la APR afectaba únicamente para elegir si quedabas en la clase A,
B, C o D.
―Así me decía mamá, es genial, Emmi, ¿Y los chicos? ―preguntó con
confianza. Me saqué el abrigo y nos fuimos a sentar a charlar en la barra que
teníamos en la cocina, vacía, pues ni Jake ni yo bebíamos, pero seguramente
mamá la llenaría.
―Está lleno, Ethan, lleno de chicos lindos ―le comencé diciendo, finalmente
podría chismorrear con alguien, París no era del tipo de chicas que hablaba de
amor o cosas así, era un poco aburrida, pero me gustaba tenerla cerca. Con Ethan
era todo diferente, es una diva que se crio con puras chicas, sabe de lo que habla
cuando da consejos y chismorrea―. Hay de todos países, hay unos argentinos
preciosos, ¿Te mencioné que está Félix LeBlanc? Es tan lindo, cada vez que lo veo
me dan ganas de comérmelo a besos, todos los chicos tienen lo suyo.
―No tengas novio, hermana ―preguntó Ethan y sacó una caja de jugo del
refrigerador. Ya era muy tarde, pero Ethan era chismoso, no quería que mis papás
se enteren de que estaba saliendo con Gareth.
―¿Por qué? ―le pregunté.
―No lo sé, sólo mi papá me dijo que te diga eso ―se rió él.
―Ay, que tonto, a propósito, ¿Qué tal está papá? Hace como dos semanas
que no lo veo y no sé de él.
―Está bien, creo ―lo miré confundida.
―¿Creo?
―¿Qué se yo? Es un adulto, sabe lo que hace.
―¡Pero tú estabas con él! ¿Sabes que haría yo por estar con papá todos los
días? ―le reproché.
―¡Cállense! ―gritó el malhumorado Jake, ¿Qué le pasaba?

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Ethan y yo cesamos nuestra conversación violentamente, lo miré inexpresiva
y después hice una expresión malhumorada imitando a Jake, Ethan no pudo evitar
reírse, aunque intentaba contener sus carcajadas.
―¿A dónde se fue mamá? ―volví a preguntar pero con mi tono de voz
controlado, me acababa de dar cuenta de que con la emoción me había puesto
a gritar.
―Blackflower Industries ―dijo, lo miré un poco confundida antes de recordar
un dato de vital importancia, Blackflower Industries era el nombre de la compañía
de los LeBlanc, eran dueños de medio Bunder y su rosa negra estaba adherida a
cada edificio de la ciudad, cada negocio y cada estructura, casi todo era
propiedad de Blackflower. ¿Mamá qué tenía que estar haciendo con ellos?
―¿Y qué hace ahí? ―le pregunté.
―¡Salvar el futuro de Bunder! ―gritó Jake desde el salón. Para él “Salvar el
futuro de Bunder” tenía un significado muy diferente al mío.
―¿De qué? ―me asomé por la puerta de la cocina y lo cuestioné.
―De la destrucción y el caos que traerá la esposa del director, ¿De qué más?
―dejó entrever su postura pro-magia. Yo ya no me sentía igual, la lealtad se
apoderaba de mi sub-conciencia y las palabras de los Pirro no dejaban de dar
vueltas en mi mente, ahora estaba con ellos, no con la pro-magia.
―La esposa del director nos dará igualdad ―dije y mis palabras parecieron
confundir a Jake, pues su mirada atónita hacia mí lo dejaba claro.
―¿Qué? ―preguntó, escondí mi cabeza de la puerta y me volví a sentar en la
barra, Ethan estaba igual de atónito que Jake, ¿Qué estaba mal? Era mi opinión,
no era un delirio de una persona sin magia, yo poseía tantas habilidades como
cualquiera y aun así quería igualdad, las cosas serían así desde ahora.
Ser hermanos no significa pensar igual.

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8 EL OTOÑO
“Un hombre competente es un hombre que se equivoca según las
reglas.”. Paul Valéry

CHRISTIAN

Karim y Emil bebían unas cervezas cubiertas por bolsas de papel mientras mi
chico de bien interno me obligaba a mirar hacia otro lado e intentar alejarme de
aquellas sustancias ilícitas para chicos de nuestra edad, Emil no sabía ni cocinar
un huevo, pero claro, el estúpido se bebía una lata de cerveza como si no fuese
nada. Ya se había hecho costumbre cuidarlos cuando bebían en las galerías del
estadio de la academia mientras los del club de fútbol entrenaban en estas tres
semanas que habían pasado desde que comenzaron las clases.
Sorprendentemente, nada malo había pasado en las dos últimas semanas, el
único detalle era que, cuando llegué a mi pasillo secreto después del fin de
semana noté que faltaban un montón de documentos, álbumes, anuarios y libros
de la generación del 92’.
Busqué por todos lados, basureros, muebles, repisas, incluso me metí a otras
salas a revisar si las cosas estaban allí y nada, no había rastro de lo que quería
ocultar. Es cierto, yo le dije a Félix, Gareth, Dinasty y Emil que me ayudasen a
buscar documentos inculpadores para hundir los planes del director, pero era
toda una farsa, yo quería los documentos inculpadores para destruirlos, más bien,
ocultarlos hasta el 2021, el año en que me graduaría de la Academia Preparatoria
Real. Mi deseo nunca fue hacerme el héroe y desenmascarar al villano de turno
como Scooby Doo, yo quería graduarme de la Academia Preparatoria Real y evitar
que todos esos pijos revolucionarios destruyesen la academia y al director por
sus supuestas conspiraciones. En mi cabeza tenía sentido, mamá nunca podría
conseguirme alguna academia como la APR si llegaban a cerrarla por los crímenes
del director, entonces mi única tarea sería evitar que alguien tenga pruebas de
los crímenes, pero acababa de fracasar rotundamente.
―¡¿Dónde están los libros?! ―le grité harto a Emil, quien estaba conversando
con Félix, sabía que Félix no había sido porque al intentar modificar sus recuerdos
noté que no existían recuerdos de él robando los libros, pero cada vez que
intentaba modificar y registrar los recuerdos de Emil mis poderes se bloqueaban
por su habilidad anuladora.
―¡Entiende que no lo sé, indio cara de escroto! ―me gritó con desprecio, era
normal que Emil usase insultos de ese estilo, así que no le hice caso. Félix miró
hacia otro lado.
―¿En serio no sabes? Que raro, ¿Félix? ¿Tú sabes? ―le pregunté para
asegurarme.

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―Sé muchas cosas, Chris, pero ni idea de dónde pudieron quedar esas cosas
―me aseguró, le creía, pero me costaba confiar en la palabra de Emil, aunque
tenía sentido, a Emil poco le importaba el director, más bien solía estar en el
pasillo para intentar conquistar a Dinasty.
Di la causa por perdida, ya no me iba a seguir estresando por proteger al
director Booker, la única evidencia que había en su contra era la que le había
arrebatado a París, ya no había nada para inculparlo, así que mi matrícula estaba
a salvo.
―¡LeBlanc! ―le gritó el capitán pelirrojo del equipo de futbol, todos los del
equipo de futbol pertenecían al club deportivo, todos a excepción de Félix
LeBlanc, que maldita injusticia.
Tenía sentido que Félix fuese la excepción, lo tenía todo, era rápido, preciso y
más inteligente que cualquier otra persona en Bunder, a excepción de sus propios
padres, aquello quedó demostrado en el primer partido del campeonato de
fútbol juvenil en Bunder.
Por cosas del destino y porque no tenía nada más que hacer en mi casa decidí
asistir, para mi sorpresa en el estadio de Bunder había un montón de chicos de la
academia, la mayoría del club deportivo y algunas excepciones inesperadas. No
mentía al decir que no fui el único que se sorprendió cuando la deslumbrante
Elizabeth Cálibri hacía su aparición acompañada de un hombre de dos metros
que llevaba un esmoquin, seguramente era un guardia. También asistieron Emil y
Dinasty, pero Dinasty prefirió sentarse junto a Elizabeth, mientras que Emil se
sentó junto a mí y otros chicos de nuestro club mágico como Karim, Kyrie y Keita,
“la triple K mágica”.
Ese día se jugarían dos partidos seguidos, el primero era un clásico bunderino,
el club Valiente contra el Coronas Reales, ambas hinchadas estaban a rebosar de
espectadores, por mi parte prefería apoyar al club Valiente, pues ahí es donde
había jugado durante mi infancia. En Valiente debutaba el inconfundible Noah
Dusson, quien se destacaba por jugar con gafas protectoras como un jugador
neerlandés icónico, junto a Pablo Rodríguez, quien se la pasaba jugando en los
recreos junto al portero titular, quien había llegado hace un año a Bunder y
también iba en nuestra clase, Martín Goretzka, la persona que más odiaba en la
faz de la tierra por quitarme a quien más amaba, mi Clov.
―¿Quién creen que gane? ―preguntó Emil, esa pregunta desvió mi atención
de Goretzka.
―Coronas ―respondieron Kyrie y Keita al unísono, ellos no se perdían ningún
partido del campeonato, así que seguramente tendrían la razón.

4 a 1, Coronas Reales le acababa de dar una paliza al club Valiente. Mi


percepción de Coronas Reales era de admiración, tocaban el balón como si se
conociesen de toda la vida, se notaba que entrenaban durante semana y era muy
notoria la supremacía que imponían Shawn Hound, Santi Valencia y Morgan

Martín TeuquilPágina | 167


Kaylock, tres de los líderes y titularísimos del equipo de la academia. Había calidad
de sobra en Coronas Reales.
Cuando el pitido final sonó vi que Félix y Jake Paragon se metían al campo a
calentar junto a sus otros compañeros de equipo, Phi Ricca les reprochaba haber
llegado tarde y tanto Félix como Jake asentían con vergüenza.
Noté que Elizabeth soltaba su teléfono y se fijaba en el campo de fútbol por
primera vez en todo lo que llevábamos sentados.
―¿Quién gana, Rayo Azul o Mayor Puma? ―preguntó Emil, anteriormente
Kyrie y Keita habían acertado, así que sus respuestas me interesaban
genuinamente.
―Mayor Puma ―dijo Kyrie.
―Mayor Puma ―soltó Keita después de pensarlo unos segundos―. Son más
físicos, digo, mira a esas bestias y compáralos con Félix o con Luuk Milz.
Era cierto, los de Mayor Puma eran unos verdaderos animales, parecían ser
jugadores completamente físicos, casi todos eran de más de metro setenta, metro
ochenta, algunos llegando al metro noventa, y el portero que tenían era el mejor
de Bunder, pero había fallado el examen de admisión a la Academia Preparatoria
Real, por lo que sería un serio rival en el campeonato de escuelas que se
avecinaba.
Félix LeBlanc entraría de titular, su actitud cambiaba completamente en la
cancha, en su rostro se vislumbraba una sonrisa y una actitud juguetona,
despierto y activo para cualquier balón que se le acercase, no se cansaba jamás.
Jake Paragon tenía talento, quitaba balones con destreza y hasta para Phil Ricca,
el capitán del equipo y parte de las inferiores de Los Ángeles Galaxy, era un
verdadero reto superar su barrera humana.
Era cierto que Elizabeth se había enchufado para ver el partido, fue tan así que
Dinasty llamó a Emil y este puso el altavoz.
―¿Sí? ―preguntó Emil entre los vitoreos que empezaban a sonar por parte
de la hinchada ante el calentamiento que hacían los de Rayo Azul frente a la
portería.
―Emil, Eli pregunta si quieren venir a la “zona V.I.P.” ―dijo con énfasis en su
último enunciado.
―¿Todos? ―preguntó y miró hacia donde estaban sentadas Elizabeth y
Dinasty, era en una zona neutra en la que solo se sentaban los presidentes de los
equipos y personas importantes que residían en Bunder, tal como Elizabeth.
―Claro que sí, vengan aquí ―le hicimos caso, Emil, la triple K y yo estábamos
sentados a sus alrededores unos segundos después.
Nadie decía nada por el temor que daba Elizabeth, solo hablaban Dinasty y
ella, los demás teníamos miedo de cagarla y vernos como personas sin clase,
además de groseros.
Y comenzó el partido.
¡Dios! Rayo Azul no lograba tocarla, los de Mayor Puma estuvieron jugando
agresivo durante más de cinco minutos, ponían el cuerpo para que los delanteros

Martín TeuquilPágina | 168


y mediocampistas no pudiesen quitarles el balón. Félix corría sin parar, no se
detenía para descansar ni un segundo, por su expresión de concentración era
evidente que les estaba costando un huevo comenzar a jugar.
―Te dije que iban a superarlos por el juego físico ―le dijo Keita a Emil.
―Vaya mierda de equipo ―dijo Karim, lo miré sorprendido y ahí se dio cuenta
de lo que había dicho, estábamos evitando decir groserías frente a la hija de la
persona con más poder de la región para no parecer descorteses, pero Karim
acababa de cagarla.
―Pero no han tocado el balón ―dijo ella como observación.
―Pero eso es porque no le ponen huevos ―dijo Kyrie sin escrúpulos, pero era
comprensible viniendo de Kyrie, supongo que si una chica decía alguna expresión
vulgar frente a otra no era tan terrible.
Justo en ese momento, el capitán y delantero del equipo se barrió para
recuperar el balón en su tercio de la cancha, quedó revotando hasta que Félix lo
alcanzó. Vi la sonrisa de Elizabeth y me asombré.
No era muy de quedarme mirando a las personas, pero la rubia era preciosa
desde cerca, en la academia solía estar enojada y mantenerse indiferente, pero
en este momento lucía preciosa, llevaba una camiseta de Rayo Azul que
seguramente alguno de los jugadores le había regalado, sino no me explicaba
qué hacía mirando el partido. Sus ojos verdes emanaban un aire de superioridad,
de estar analizando todo lo que pasaba a su alrededor sin que ninguno de
nosotros lo supiese, era completamente opuesta a Clov.
¿Por qué estaba recordando a Clov? Desvié mi mirada y me centré en el
espectáculo que estaba dando Félix.
Con decirles que el partido terminó cuando Jake metió tres goles después de
eso estaría mintiendo, Félix, cansado de ya haber dado el pase a gol en cinco
ocasiones, metió dos goles más, el último celebrándolo frente a nosotros y
gritando.
―¡Te dije! ¡Rubia de mierda! ―antes de que Phil Ricca, Luuk Milz y Jake
Paragon se abalanzasen sobre él.
Con una actuación así fue difícil ignorar las razones para que Félix formase
parte del equipo de la academia, o al menos entrenase dos veces por semana
junto a ellos.
―¡LeBlanc! ¡Te estoy hablando! ―le gritó el capitán con furia.
―¡¿Qué?! ―le gritó Félix de vuelta encarándolo de frente.
―¡Da un maldito pase! ¡Esto no es Rayo Azul, aquí todos queremos jugar! ―le
reprochó con rabia, era cierto, en todo lo que llevaban de práctica se la habían
quitado ocho veces o más a Félix por no querer dar un pase hacia Noah Dusson,
parecía que a Noah le diese igual.
―¡Bien! ―le dijo Félix por décima vez, Félix escuchaba, pero no aplicaba lo
que le ordenaban en su juego, la jugada siguiente Félix volvió a evitar a Noah y
cayó por una feroz barrida de Erick Fox, el defensor central―. ¡Mierda!

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El miércoles, en una de estas mismas situaciones de tener que cuidar a Karim
y Emil noté como Félix se integró a los entrenamientos del equipo muy a pesar
de que Morgan Kaylock, el chico al que Gazz le había rayado su casillero para
posteriormente culpar a LeBlanc, se negaba a jugar junto al pelicastaño
quinceañero.
Ese mismo fin de semana Rayo Azul se enfrentó al club Independiente, partido
en el que LeBlanc volvió a sacársela con tres golazos, uno incluso de tiro libre. Se
notaba que Elizabeth iba a los partidos a ver a Félix, era evidente su relación
amistosa o, mejor dicho, su buena relación.
Pero no todo se trataba de Félix, el jueves antes de aquel partido volví a
encontrarme con París frente a frente, mi incomodidad careció de argumentos
cuando me di cuenta de que París había olvidado lo que sucedió en la cafetería.
―Hola, Christian ―me saludó con un beso en la mejilla, y se sacó la mochila
frente al que parecía ser su casillero abierto, estábamos a dos casilleros de
distancia, “maldita sea”, pensé.
―Ho-hola ―tartamudeé rezando porque no se acordase de que hace casi una
semana había querido hacerme explotar, no me atrevía a mirarla a la cara después
de la guarrada que le había hecho e hice como que buscaba algo dentro de mi
desordenado casillero.
―¿Qué cuentas? ―me preguntó sin darle mucha importancia.
―No mucho, ¿Qué clase tienes ahora? ―intenté parecer natural.
―Cálculo, ¿Y tú? ―me preguntó, vi que sacó su libro de cálculo del casillero.
―Geometría ―sonreí mirando a mi casillero.
―¿Tomas geometría? Pensé que eras más de letras ―reconoció.
―Soy más de dibujos ―reconoció―. Quiero ser arquitecto.
―¿De verdad? ―me miró sin esconder su sorpresa ni su sonrisa, no sé de
dónde había salido eso, pero ya no había vuelta atrás, así que le seguiría el tema
hasta que se hartase de hablar―. Yo no sé muy bien lo que quiero ser, pero me
van mucho los números.
―También me gustan las matemáticas ―reconocí―. Pero, ya tengo mi
decisión tomada.
―Ya, si en los arquitectos también usan muchísimo las matemáticas ―me dijo.
―Sí, claro que sí, para medir los espacios, establecer parámetros y eso
―expliqué, cerré mi casillero con el libro de geometría en mis brazos. París me
dio la razón.
Mi estómago se contrajo cuando después de despedirme de París y tomar
rumbo hacia el aula donde me tocaba geometría, esta me detuvo.
―¡Oye! ―me giré con mucha lentitud al escuchar su grito, quizás no me
estaba hablando a mí y le estaba gritando a alguien más, su mirada me
confirmaba que me hablaba a mí―. ¿Cuándo tienes tiempo para ir a tomarnos
un café?
Oh. Una cita, claro, no tenía problemas con citas ni nada de eso, pero tenía
que tener cuidado al arriesgarme a llevarla a la cafetería del otro día, pues existía

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la remota posibilidad de que recordase lo que había sucedido entre nosotros dos
aquel día.
―¿No prefieres un helado? ―le pregunté.
Sonrió, estaba muy roja. Sí, quizás le gustaba, ¿Y qué? Las relaciones amorosas
y la atracción superficial habían dejado de importarme hace mucho tiempo, así
que por mi parte no sentía remordimientos aceptando salir con ella.
―¿Un helado? Sí, obvio, hehe ―se reía nerviosa, mi naturalidad no era fingida,
de verdad me comportaba así cuando se trataba de sentimientos.
―Bien, ¿Mañana? ―le pregunté su disponibilidad.
―¡No! ―la miré extrañado por su sorpresiva reacción―. Digo, sí, mañana.
―Bien.
―Bien… Mañana será ―dijo, le sonreí conforme y me di la vuelta para
continuar mi camino―. ¡¿Es una cita?!
―¡Sí! ―le confirmé sin mirarla
Una cita, no lo había pensado bien hasta que quedaban un par de horas para
vernos. ¡Una cita! Tendría una cita con París Chastain, una chica discreta, que no
hablaba mucho y cuando solía hablar se le notaba un aire de cansancio en la voz,
era la personificación de la relajación, no era la primera vez que salía con alguien
así, Clov también era así, pero después de conocerla bien y entrar en confianza
se trasformó en una diva total.
París, ¿Qué le gustaría que use en nuestra primera cita? Había salido
muchísimas veces con diferentes chicas, pero esta era la primera con la que salía
después de Clov, ¿Usar una camisa sería muy formal? Miré con decepción mi
limitado guardarropa, tampoco era como que me soliese comprar muchísima
ropa que digamos, la mayor parte de mi guardarropa la conformaban prendas de
vestir oscuras como buzos, sudaderas, camisetas, pantalones y un etcétera de
accesorios ambiguos.
Lamentablemente, me puse unos pantalones negros y una sudadera negra, no
tenía más ropa que usar en situaciones así, quedaba una hora y mi cabeza no
dejaba de ahogarme con dudas existenciales. ¿Qué haría si París recordaba los
papeles del director Booker? Mi excusaría con mi triste realidad, la de no poder
pagar una matrícula en la academia y estar obligado a seguir la normativa de esta
para no meterme en problemas. París no se veía como el tipo de chicas que
confrontaría al director o a las autoridades, quizás por eso me había dicho aquello
de los papeles, porque pensó que yo si tenía la valentía para encararlo, pero se
equivocó. Procuré no volver a olvidarme los audífonos y salí de casa.
París era mucho mejor de lo que imaginé, me encontré con ella en el parque
que habíamos acordado y enseguida comenzamos a hablar, no con toda la
naturalidad del mundo, pero era entretenido.
La pasé bien, no pasó nada ni nos besamos, pero me divertí tanto que el lunes
siguiente no me despegué más de París, tenía a Emil y Félix, pero ellos dos se la
pasaban hablando de chicas, de fútbol, música y películas que consideraban “de

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culto”, pero yo no lograba entender todo lo que conversaban, mis gustos eran
más simples.
Emil discutía con Félix sobre qué banda tenía mejor estilo, King of Leon o los
Arctic Monkeys, ambas me parecían bandas muy depresivas y prefería escuchar
Imagine Dragons, pero ellos seguían debatiendo acerca de la calidad de otras
bandas de las que no había escuchado una canción en toda mi vida. París me
salvaba de esas situaciones con el clásico: ¿Quieres ir a caminar?
Por ello París me acompañó al carnaval de otoño que se celebró el viernes de
aquella semana, hago énfasis en que París me acompaño por el hecho de que,
para ese momento, ni Emil ni Félix querían relacionarse conmigo después de mi
confesión.
―Yo acompañé a Gareth a rayar el casillero de Kaylock ―confesé.
―Ya lo sabía ―se rió Félix sin darme importancia, aquello explicaba un poco
el porqué de su actitud conmigo en estas semanas, aunque sí, era mi amigo y se
comportaba como tal, solía ignorarme muchas veces y expresar su descontento
cuando hablábamos de mis temas personales―. Tardaste, Christian.
―¿Cómo supiste?
―Suelo hablar con cierta diva ―claro, Elizabeth, su actitud también me había
extrañado, ¿Cómo es que no me había dicho nada en los dos partidos de fútbol
en los que coincidimos como espectadores? Ahí estaba la respuesta, no tenía
razones para confrontarme, pero se las había dado a Félix, quien ciertamente
había hecho buen uso de mi culpabilidad para hacerme sentir mal.
No lo dije, pero cada vez que veía o hablaba con Félix me pesaba el cuerpo
como si llevase una mochila de piedras, una mochila repleta de culpa y cosas que
debía confesar.
Ahora que finalmente me quitaba aquella mochila era como si me pusiese otra
mucho más cargada.
―¿Y qué? ¿No me odias? ―le pregunté.
―No, Chris, pero me fuiste muy útil y somos amigos, aprecio que finalmente
hayas confesado ―dijo, Emil y él estaban pegados a sus celulares.
―¿De verdad? Excelente, en serio, ¿Emil, tú sabías? ―le pregunté.
―Claro, pero todo bien ―dijo con su risueña voz.
―Oye, Chris, ¿Gareth te dijo por qué lo hizo? ―me preguntó Félix. El nudo en
mi estómago volvió a presentarse, el nudo de garganta, hasta nudo en la
entrepierna, viejo. ¡Mierda! ¡Mierda! Félix si estaba interesado en lo de Gareth,
¿Debía decirle lo del director? Eso podría inculpar al director de manipulación y
extorsión, no me podía arriesgar a que Félix supiese de la alianza entre la familia
de Gazz y el director.
―No, cuando salimos de ahí no volvimos a hablar más ―dije, me merecía un
premio Oscar por aquella actuación.
―¿No? Vaya, si hablas con él dime, ¿Bien? ―me pidió―. Si quieres
recompensarme has eso.

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―Bien, pero ustedes dejen de ignorarme ―exigí, Félix y Emil quitaron las
miradas de sus teléfonos para posarlas sobre mí.
―¿Ignorarte?
―No te hemos ignorado, Chris ―confesó Félix.
Hablando de Gazz, poco lo veía en la academia, sabía que estaba aquí con
nosotros y lo notaba entrar a las clases, pero parecía ser ignorado por casi todos,
a excepción de su novia y sus colegas; Martín Goretzka y Jake Paragon.
Aunque con Emma solía hablar, a Gazz no le dirigía la palabra, menos si se
seguía juntando con Goretzka.
Emma y Gazz, ¿Sabría Emma lo que se traía Gazz entre manos? Dejé de pensar
tanto y vi como Félix se retiraba cojeando del entrenamiento, tenía la cara como
nunca antes lo había visto, estaba triste, decepcionado, le hice un gesto a Emil y
él me entendió enseguida a pesar de estar ebrio. Comencé a bajar por las gradas
del estadio seguido por un Emil que apenas se mantenía en pie, Karim se había
quedado terminándose la lata de cerveza que les quedaba, pero Emil comprendía
la señal que le había hecho, Félix estaba en problemas y necesitaba nuestro
apoyo.
Para algo están los amigos, ¿Verdad?

FÉLIX

Puse mi rabo sobre la mesa y demostré que la tenía más grande que
cualquiera en la academia, figurativamente, claro está. Aquel sábado me la saqué
en el primer partido importante que jugaba con las juveniles de Rayo Azul, habían
confiado en mí y les devolví su confianza con cuatro golazos, no podía estar más
contento, ¿O sí? Claro que sí, Liz estaba ahí.
―No eres tan bueno ―me dijo en la mañana, habíamos comenzado a trabajar
en la nueva publicación de Bunder-files desde muy temprano, a las diez de la
mañana ya estaba en su casa con mi portátil. Apenas entré por la puerta Liz me
invitó a desayunar.
―Claro que lo soy, ¿No estás viendo? ―le pregunté, frente a ella estaba mi
portátil con uno de los muchos videos recopilatorios que fanáticos habían hecho
con algunas jugadas espectaculares en el Europeo sub-14 que jugué con Francia.
―Estas son jugadas específicas, cosas que te salen una vez por partido como
mucho ―puso a prueba mis habilidades y me empujó de la barra, me encantaba
estar junto a Elizabeth, no porque fuese extremadamente agradable ni porque
seamos compatibles ni nada por el estilo, me encantaba por el deleite visual que
tenía en todo momento, cuando decía que estaba buenísima no era una broma,
su figura de reloj de arena se hacía evidente cuando se sentaba y, disculpen mi
perversidad y pensamientos machistas, pero cuando su trasero se comprimía al
sentarse y sus caderas se veían mucho más voluptuosas era cuando más
disfrutaba de su compañía.
―Te hago una apuesta ―le propuse.

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―¿Qué apuesta? ― me miró con hambre de retos.
―Voy a meter más de tres goles, si lo hago tendrás que saludarme todos los
días en la academia y deberás dejar de lado tu personalidad de chica mala
conmigo ―le propuse, Elizabeth se cruzó de brazos mientras se pensaba mi
propuesta.
―Bien, pero si no metes más de tres goles deberás venir a ver todos los
partidos de vóleibol que juegue con la academia sin excepción ―me dijo como
condición, parecía fácil, no me sentiría tan mal si no lograba cumplir la apuesta.
―Bien ―estiré mi mano desafiante.
―Bien ―me la estrechó dando por cerrada nuestra apuesta.
El lunes al ver a Liz en la cafetería me decidí acercar a ella, estaba rodeada por
chicos malotes y chicas que se creían las reinas de la academia por ser lindas,
siendo que la belleza era relativa y si me lo preguntaban a mí, inexistente en sus
caras.
Liz se giró justo cuando me iba acercando a su mesa y pareció que mi cara
risueña convertía su expresión de amargura en una cara de profunda ternura que
me alegró la mañana, los chicos y chicas que se tragaban su personalidad ruda
con patatas quedaron boquiabiertos cuando Liz cambió hasta su voz para
hablarme.
―Hola, Liz ―le dije con una sonrisa.
―Hola, Félix ―me respondió mirándome con viveza.
―¡Vete de aquí, pijo de mierda! ―me gritó uno de los chicos con chaquetas
de cuero.
―¿Qué te pareció el partido? ―le pregunté a Liz ignorando al pedazo de
mierda que me acababa de dirigir la palabra por completo.
―Estuviste genial ―reconoció Liz, le sonreí alegre por ver que estaba
cumpliendo nuestro trato y luego le sonreí a los demás.
―Lárgate.
―Eli, ¿Conoces a este nerd? ―le preguntó una chica del grupo a Liz.
―Cállate, ¿No ves que es el niñito LeBlanc? ―logré escuchar de otra de las
chicas, vaya personas más desagradables.
―Mierda ―volví a escuchar de la chica que me había llamado nerd cuando
me giré y me fui a sentar con Chris, junto a él estaba un chico que se llamaba Emil
Werner.
―Félíx ―lo saludé presentándome a la vez que le estrechaba la mano.
―Emil ―se presentó por su parte. Emil me llamó la atención por su dentadura
de conejo, muy similar a un Freddy Mercury, la diferencia era que Emil era muy
delgado, tenía el cabello castaño y muy ondulado, además de que lo usaba casi
tan largo como el mío, podría decirse que éramos parecidos por nuestros
peinados descuidados, pero Emil era moreno, tirando más al morado que al
negro.

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Emil llevaba una clásica camiseta negra y unos pantalones grises, no se
esforzaba mucho a la hora de vestirse al igual que yo, algo me decía que seríamos
grandes amigos.
Así fue, comencé a dividir mis días entre ir a la academia, jugar videojuegos,
salir con Emil a comer en diferentes lugares de Bunder y entrenar con el equipo
de futbol.
El tiempo que le dedicaba a Bunder-files entraba perfectamente entre todas
mis actividades, a decir verdad, Liz tampoco tenía tanto tiempo, tenía que
acomodar sus actividades para poder sobrellevar su candidatura a la presidencia
del centro de estudiantes de buena manera, además de que había entrado al
equipo de vóleibol de la academia y ahora nuestros pequeños momentos para
conversar sobre Bunder-files era en la noche, por video-llamadas.
Por otro lado, mi amistad con Dinasty venía desde los primeros días, pero
cuando Emil me dijo:
―Me gusta Dinasty Winter ―fue cuando me empeciné en unirlos, mi cupido
interior salió a flote y comencé a hablar con Dinasty.
Dinasty y Emil eran mis dos mejores amigos, en la semana siguiente a la peor
semana de mi vida habían hecho dos amigos excelentes. Emil y yo hablábamos
sobre cine de culto, libros, música, batallas de rap, ¡Por la mierda! Hablaba de
todos con ese alemán sub-normal, mientras que con Dinasty salía a la luz mi lado
consejero y sentimental, cosa que no sabía que tenía.
―¡Félix! ―corrió hacia mi mientras sacaba un jugo de cereza de mi casillero y
comenzaba a tomarlo. La miré y levanté las cejas para que hablase―. Me gusta
Emil.
Casi escupo el jugo, logré tragar con dificultad y comencé a toser, era genial,
todo estaba saliendo de maravilla en mi vida.
―Genial ―dije fríamente para que se tranquilizase, vi como algunos
compañeros que también tenían sus casilleros cerca de los nuestros se reían de
la cómica situación―. ¿Puedes susurrar?
―Claro ―susurró.
―Me alegro, sólo preguntaba ―dije con ironía, Dina me miró con malicia.
―¿Qué puedo hacer? ―me preguntó, cerré mi casillero y comencé a caminar
hacia el aula de filosofía seguido por mi amiga semi-albina.
―Tranquilízate, lo primero que tienes que hacer es intentar no ser obvia ―le
recomendé, no le podía decir que ella también le gustaba a Emil o podría
complicar todo, debía darse cuenta sola.
―¿Cómo? ―me preguntó desesperada, intentaba seguirme el paso veloz que
tenía hacia la clase de Andersson, hasta el momento estaba siendo un rayo en
todas las asignaturas que me tocaban, pero aún no era época de parciales y no
debía estresarme estudiando.
―Trata de que no se dé cuenta, Dina, primero fíjate en qué siente él por ti
―esperaba que no tardase tanto, comencé a imaginar posibles escenarios
perfectos para mi amiga, el lugar perfecto para que Emil y Dinasty estuviesen

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juntos era el carnaval de otoño que comenzaría este viernes, aún nos quedaban
cinco días hasta entonces, pues apenas era las ocho y media de la mañana del
lunes.
―Tú eres amigo de Emil, Félix, fíjate en qué dice de mí ―me pidió, no podía
hacer eso, pero le diría una dulce probadita para que se atreva.
―Una vez me dijo que eras linda ―era mentira, directamente me había dicho
que le gustaba.
―¡¿Qué?!
―Ay, ya, no sobreactúes ―le reproché.
―¡Félix! ―dijo con emoción y me zamarreó de un brazo con fuerza, comenzó
a saltar y hacer ruidos para contener su emoción.
―Dina, todos nos miran raro, comienza a caminar ―dije asustado por todas
las miradas de chicos mayores que notaba sobre nosotros. Seguimos caminando.
―¡Estoy muy feliz! ―expresó su emoción.
―Ya, entiendo, pero no te ilusiones tan rápido ―le aconsejé.
Cambió su emoción por dudas, noté su mirada entristecida quemándome la
nuca y la miré para confirmar mis sospechas.
―¿Entonces qué hacemos? ―me preguntó.
―Acércate a él ―le dije de manera risueña y me senté en el pupitre más
centrado del aula, Dina se sentó a mi lado pidiéndome explicaciones, pero me
encerré a mí mismo en mi caja mental, aquella que me hacía no escuchar nada
de lo que pasaba a mi alrededor, Dinasty se dio cuenta de ello y cesó sus
protestas.
El entrenamiento de aquella tarde fue agotador, pero cuando me iba a casa
me pareció ver a Jake hablando con Nathan. Nathan Dusson y Noah, ¿Qué era de
sus vidas? Me había olvidado de sus existencias, resulta que a Nathan nunca le
interesó Emma, o eso parecía.
Emma, seguro me preguntarán qué fue de su vida, yo había estado sufriendo
dos semanas enteras siguiéndola, digo, no físicamente, poseo acceso a la mayoría
de calles de Bunder, muchas veces me teletransportaba lo más rápido que podía
hasta mi casa para revisar los archivos de seguridad que había descifrado en el
código digital que poseían las calles bajo nuestros dominios, mi propio padre
había encriptado los archivos, pero de tal palo tal astilla, logré burlar su seguridad
después de tres días, ahí me di cuenta de todo.
Emma, la chica que me había quitado el sueño por dos semanas estaba
saliendo con Gareth Pirro, el enemigo público número uno para mí y Elizabeth,
¿No había nadie mejor, Emmaline? Revisé cientos de videos de seguridad en los
que sus rostros coincidían, casi siempre caminaban tomados de la mano, se
besaban apasionadamente, ¡¿Qué rayos?! Hasta al quemarropa le aplicaban.
Costó superarlo, no lo niego, pero para el lunes de esta semana ya lo había
olvidado, ¿Quién era Emmaline Paragon? Nadie, sólo una estúpida que no supo
apreciar el amor de Félix LeBlanc.

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Goldie parecía más feliz de lo que estaba las primeras dos semanas, supuse
que era porque tenía amigos nerds nuevos y salía con ese niño que parecía ser el
hermanito menor de Jake.
Me extrañaba no ver a Susan, ¿Alguna vez hablé de Susan? Retomaré desde
el principio. Susan Green ha sido la mejor amiga de Goldie desde que ambas
aprendieron a hablar, Susan no sólo era amiga de Goldie, también yo la veía como
mi otra hermanita, una verdadera diva afroamericana, era la ahijada de mamá y
no me extrañaba verla metida hurgando entre mis juegos y figuras.
¿Qué más decirles de Susan? Era de las pocas amigas de Goldie, quizás su
única amiga verdadera, pero no la veía desde hace casi un mes, mi cara de
asombro al llegar a casa y ver a Goldie jugando con sus amigos a lanzarse magia
en el patio no era para menos, especialmente cuando notaba la gran ausencia de
quien siempre estuvo ahí. Goldie no quería hablar conmigo, lo tenía claro.

Como dije, al parecer las cosas se habían arreglado para todos en estas dos
semanas desde que entramos a clases. De hecho, empezaba a tener una extraña
sensación de empatía con quien peor me llevaba además de Gareth, Elizabeth se
estaba comportando diferente.
―¿Puedes dejar de moverte tanto? ―le pedí mientras avanzaba por mí mismo
en nuestro proyecto de informática, le prometí enseñarle, pero ya daba a
Elizabeth como un caso perdido en esto de la informática, así que la dejaba usar
su celular mientras yo me encargaba de nuestra nota.
Liz me miró roja y con una cara que pedía a gritos que la mate.
―Voy a salir con Noah ―susurró.
―¿Con Noah? ―dije más fuerte, toda la clase estaba en silencio y lo único
que se escuchaba eran los tecleos de quienes estaban aprendiendo sobre
códigos.
A nuestro lado se sentaba Dinasty, pero quien hacía el trabajo era Camellia
Goldstein, una pelirroja que no parecía ser especialmente brillante en esto de los
números, pero aun así cada vez que miraba su pantalla veía como avanzaba bien
con sus códigos, quería hacer un código para que un robot moviese los pies, por
ejemplo. Dinasty se acercó a nosotros con interés.
―¿Qué Noah qué? ―preguntó la rubia platinada.
―Noah Dusson me invitó a salir ―repitió.
―Desarrolla ―exigí.
―Estaba esperándote junto a tu casillero para devolverte Fahrenheit 451…
―decía Elizabeth.
―¿Ya lo terminaste? ¿Qué te pareció? ―le pregunté interesado.
―Una maravilla, me dieron ganas de convertirme en bombera ―bromeó con
viveza.
―No interrumpas, pijo tonto ―me reprochó Dinasty con el insulto usual que
usaban hacia mí la mayoría de los chicos que se juntaban con Elizabeth―.
Continúa, Eli.

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―Ya, estaba feliz de la vida, bueno no, estaba enojada porque Félix venía con
retraso, pero mi cara disgustada no fue impedimento para que Noah me
abordase ―contó.
―¿Y qué te dijo? ¿Te pidió algo indecente? ―se rió Dinasty.
―No, boba ―rió Liz, yo seguía sin mirarlas mientras codificaba, solo
escuchaba sin perderme ningún detalle de la historia―. Me dijo, “Elizabeth, creo
que eres hermosa y necesitaba decírtelo, ¿Quieres ser mi novia?”
Me giré hacia ella boquiabierto, no pude contener mi risa y me dio gusto ver
que nuestra profesora de informática se encontraba durmiendo. Me imaginaba
al delgado chico con gafas encarando a la espectacular Elizabeth, en mi cabeza
no lograba cuadrar aquella escena.
―Le dijiste que no, es obvio ―reconoció Dina.
―¿Por qué no? ―le preguntó Liz.
―¿Le dijiste que sí? ―consulté.
―No.
―¿Entonces? ―le pedí que aclare.
―Le dije que primero deberíamos ir a comer algo.
Dina y yo tuvimos la misma reacción incrédula.
―¿Le diste chance? ―la cuestionó Dina.
―Sí, ¿Qué tiene de malo?
―Pensé que querías parecer ruda ―confesé. Liz me miró confundida.
―¿Dusson no es rudo? ―preguntó.
―Nathan sí, está buenísimo, pero ¿Noah? Hasta Félix es más lindo que Noah
―le intentaba esclarecer mi mejor amiga.
―Nada de lo que digan me va a importar, me enamoré, ya está ―dijo, abrí
los ojos como platos y pareció notarlo―. ¡Wow! Parece que te sorprendiste.
―¿En serio? ―pregunté.
―No dije de quién, Félix ―se excusó Liz.
―¿Cómo es eso? ―pregunté, ¿No era obvio de quién estábamos hablando?
―Sé clara, Eli ―le pidió Dinasty.
―¡Es broma! ¡Ay! ¿Por qué les importa tanto con quién salga? Ni siquiera
somos amigos ―dijo.
―Tú y yo si somos amigas, chica ―le recordó Dinasty.
―Me dice a mí ―dije, touché, Liz y yo nos habíamos mantenido como socios,
simples compañeros, pero nuestra relación había raspado lo terrible, siempre
terminábamos gritándonos por puras estupideces.
Después de las intensas miradas que intercambiamos me di por vencido, cerré
la boca y continué con nuestro proyecto. ¿Por qué una simple pregunta me
afectaba tanto anímicamente? Liz era Liz, la chica revolucionaria que trataba de
hacerse la ruda para parecer una verdadera líder, solo se centraba en las
apariencias, ¿Por qué de repente me interesaba hacerme amigo de Liz? Debía ser
porque era la única chica con la que había peleado en mi vida, además de mi
hermana, obvio, pero Liz era la única con la que no me guardaba nada, le decía

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todo a la cara, despotricaba en contra de su madre y sus muertos, pero aun así
seguíamos siendo compañeros, seguía deseando su bienestar y disposición. ¡Eso
era! Quería proteger los intereses de mi compañera, ya no necesitaba pensarlo
más.
Debía ser eso, sólo era mi compañera, no mi amiga, pero ¿Qué significaba no
poder tocarme mientras miraba sus fotos? ¿Qué clase de brujería extraña tenía
mi Infinity contra mí? ¿Acaso también controlaba mi excitación? Elizabeth. ¡No,
Félix! Me agarré la cabeza después de lavarme las manos, mi reflejo perdía el
sentido para mí, yo no era una persona de apariencias. Sí, era un hipócrita,
narcisista, egocéntrico y un verdadero ricachón hijo de perra, pero no tenía
sentido que siempre tenía que tener a alguien en mi cabeza. La primera chica que
me había llamado la atención había sido Emmaline, pero sólo bastaron dos
semanas para que mi estúpido cerebro eligiese otro objetivo para aparearme.
¡Basta! Busqué y busqué, ninguna respuesta sobre sentimientos falsos y locuras
de adolescentes me daban una buena explicación acerca de lo que pasaba
conmigo.
Mi locura culminó conmigo sentado a las seis de la mañana mirando hacia la
nada. Me desmayé, tenía sentido, desde hace cinco años que no duraba más de
quince horas despierto.
Las consecuencias de moverse por el espacio/tiempo.

Desperté como a las tres de la tarde, o mamá parecía estar enfadadísima


conmigo, o simplemente me había robado mi PlayStation, en cualquiera de los
dos casos estaba en serios problemas con mamá, me levanté de la silla y me hice
sonar la espalda.
Caminé con dificultad hacia el baño y me lavé la cara, hacía muchísimo tiempo
que no me desmayaba por el sueño, usualmente tenía mi horario para dormir
bien regulado, pero esta noche había algo que no me dejaba dormir, no me
dejaba tocarme, ni siquiera me dejaba jugar PlayStation.
―¡Félix Thomas LeBlanc! ―me gritó mamá con furia, no pude reaccionar ante
el agujero en el espacio que creó mamá, sin dudas estaba realmente enojada,
nunca antes había usado sus poderes contra mí. Del agujero que creó vi salir una
mano que me agarró con fuerza de la camiseta y me arrastró hacia el interior sin
poder resistirme. Después del mareo al atravesar el agujero aparecí en el suelo
del salón de casa, mamá estaba mirándome con severidad, mi cara de sueño era
evidente, no podía hacer nada para esconderla.
―Mamá, yo… ―mamá aplaudió y mi PlayStation apareció sobre el sillón.
―¿Por qué no pudiste dormir? ―me preguntó con severidad

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