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Namiko - Roka Tokutomi

La novela Namiko describe la situación de sumisión de la mujer japonesa a finales del siglo XIX y narra la historia de una joven esposa, Namiko, que es "divorciada" por orden de su suegra debido a que padece tuberculosis y no puede dar hijos al único heredero de la familia, Takeo. A pesar del amor entre los jóvenes esposos, el poderoso sistema familiar japonés del ie se interpone y separa a la pareja, mostrando el choque entre los sentimientos individuales y la fuerza de los valores co
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Namiko - Roka Tokutomi

La novela Namiko describe la situación de sumisión de la mujer japonesa a finales del siglo XIX y narra la historia de una joven esposa, Namiko, que es "divorciada" por orden de su suegra debido a que padece tuberculosis y no puede dar hijos al único heredero de la familia, Takeo. A pesar del amor entre los jóvenes esposos, el poderoso sistema familiar japonés del ie se interpone y separa a la pareja, mostrando el choque entre los sentimientos individuales y la fuerza de los valores co
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Namiko

es la novela más célebre de Tokutomi Roka, considerado el «Tolstói


japonés», que fue el primer novelista japonés conocido en España a
comienzos del pasado siglo. Tras el dramático argumento de esta historia
real, Roka describe la situación de extrema sumisión de la mujer japonesa a
finales del siglo XIX y reivindica para ella un papel principal como protagonista
de su propia vida.
Namiko, amada hija del general Kataoka, está felizmente casada con el
alférez de marina Takeo Kawashima. No se trata del habitual matrimonio
concertado sino de una pareja unida por verdaderos lazos de amor. A pesar
de tener que soportar el comportamiento distante y los celos de su madrastra
y la crueldad y amargura de su suegra, la señora Kawashima, la joven es
feliz. Pero pronto la dicha se desvanece debido a la enfermedad: Namiko
sufre tuberculosis. A partir de ese momento la trama de la novela se centra
en los esfuerzos incesantes de la familia política para obligar a Namiko a
aceptar un divorcio que no desea, y la lucha desesperada de la joven contra
esta situación.

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Roka Tokutomi

Namiko
Maestros de la Literatura Japonesa - 2

ePub r1.0
Titivillus 03.02.16

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Título original: (Hototogisu)
Roka Tokutomi, 1898
Traducción: Rumi Satō
Introducción: Carlos Rubio

Editor digital: Titivillus


ePub base r1.2

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INTRODUCCIÓN

John Ruskin, crítico de arte y sociólogo británico del siglo XIX, en el capítulo titulado
«La memoria» de su famoso libro Las siete lámparas de la arquitectura diserta sobre
la cualidad de lo «pintoresco». Concluye al final del capítulo que una de las
diferencias de la belleza de lo pintoresco con respecto a lo clásico es su carácter
casual. En un paisaje arquitectónico, lo pintoresco, que etimológicamente quiere decir
«semejante a una pintura», aparece en las edificaciones en cuestión como algo
alejado de los criterios de belleza que se tuvieron en cuenta al diseñarlas. Para Ruskin
la belleza pintoresca es la fusión de una obra, varios siglos después de ser construida,
con la hiedra, la hierba, las zarzas que surgen a su alrededor y con otras
manifestaciones espontáneas de la naturaleza, como la erosión causada por el paso
del tiempo, las olas, los líquenes, e incluso las nubes y las tormentas. No se trata de
ver un edificio tal y como se hizo en un principio ni como se pretendía que lo
viéramos, sino verlo desde un punto de vista completamente distinto, con la
perspectiva que nos proporciona la rueda del tiempo detenida en un instante y que,
contemplado así, nos puede permitir apreciar la belleza casual que se desprende de la
obra en cuestión.
Un siglo después de ser escrita, la novela Namiko, que casualmente apareció
como libro el mismo año de la muerte de John Ruskin, en 1900, ha desarrollado con
toda justicia la cualidad de pintoresca. Pintoresca por el asunto principal, por la
personalidad del autor y, característicamente, por el siglo que ha pasado desde su
aparición. La sustancia de su trama —una joven esposa que es «divorciada» por su
suegra— pudo no ser del todo infrecuente en su tiempo. De hecho, estuvo basada en
un suceso real. Pero el paso de un siglo jalonado por cambios espectaculares en la
sociedad nipona ha cubierto esta obra con la maleza salvaje de lo casual y con el
musgo delicado de lo extraordinario. Su cualidad de pintoresca ha madurado
silenciosamente todo ese tiempo para merecer ser rescatada ahora desde el original
japonés por Satori Ediciones y puesta al alcance del lector hispanohablante cuyo
paladar, habituado a un valor social tan arraigado como el individualismo extremo,
saboreará con cierto regusto ácido la historia sorprendente de la dulce Namiko y de
Takeo, su amante esposo. Porque la historia de Namiko es la historia de la lucha del
sentimiento individual contra la fuerza de un valor colectivo como el de la familia.
Tanto es así que no es Takeo, sino el sistema familiar, el ie seido, dominante entonces
en Japón en ciertas clases sociales, quien se erige como formidable protagonista al
lado de Namiko. Esta novela trata, en sustancia, de la pugna librada entre la frágil

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Namiko y el brutal ie japonés. Es fundamental, en consecuencia, tratar de este
importante «personaje», toda vez que su definición presenta unos contornos
marcadamente distintos del concepto actual de «familia» de Occidente. Pero antes,
unas palabras sobre el argumento.
La historia de esta novela, estructurada en tres partes, discurre en poco más de
dos años —desde la primavera de 1893 al verano de 1895— y se centra en la vida de
Namiko, una delicada joven de dieciocho años de edad, hija de un honorable general,
casada recientemente con Takeo Kawashima, oficial de la Marina. La clase social de
ambos pertenece a esa aristocracia militar de los samuráis de niveles más altos que
había sido consolada con títulos de nobleza —los Kawashima son barones— después
de haber sido desposeída por el gobierno reformista de Meiji de ancestrales
privilegios de clase unos veinte años antes. No obstante tratarse de un matrimonio
concertado por los padres, todo parece sonreír a la joven pareja: se aman tiernamente,
son ricos y de noble cuna, a él lo espera una carrera prometedora, a ella, la dicha de
una vida familiar tras haber conseguido librarse de la desdichada tutela de una
madrastra hostil. Con su flamante peinado al estilo marumage, la joven esposa mira
radiante el futuro. ¡Pero, ay, qué negros nubarrones se ciernen sobre la feliz pareja!
Al principio de la segunda parte —se nos dice— la protagonista «tuvo un ataque de
tos y se apretó con la mano el costado derecho… ¡Tuberculosis! El sentimiento de
Namiko, temerosa del diagnóstico de su enfermedad, era el de un viajero solitario
perdido en un campo inmenso cuando ve como se le aproxima una nube negra y
amenazadora» (cap. 4). La tuberculosis era a final del siglo XIX una enfermedad fatal,
como lo puede ser en nuestros días un cáncer avanzado. Y con el agravante de ser
hereditaria. El diagnóstico la excluía de la maternidad, lo cual significaba que, por ser
Takeo hijo único, hacía imposible la supervivencia del linaje de los Kawashima.
Aprovechando la ausencia de su hijo, la baronesa Kawashima, que al ser viuda, actúa
como cabeza de familia, toma la resolución de repudiar a su nuera. El matrimonio
queda disuelto. Que Namiko no pueda manifestar su opinión al respeto y sea devuelta
sumariamente al hogar paterno sin rechistar y que incluso Takeo acepte en silencio la
decisión de su madre una vez tomada, dice mucho del poder del sistema del ie
japonés. «Takeo estaba convencido de que su relación con Namiko estaba
prácticamente terminada. Las leyes y convenciones sociales habían levantado una
barrera infranqueable entre la realidad y sus deseos». La suerte de la protagonista,
una vez devuelta a la casa de su bondadoso padre, estaba anunciada. A su marido sólo
acierta a verlo en un encuentro fugaz en la estación ferroviaria de Yamashina muy al
final de la novela. La obra acaba con una situación nada infrecuente en las novelas de
final del periodo Meiji (1868-1912) y Taisho (1912-1926): la formación de un lazo
padre-hijo adoptivo que trasciende el destino de la protagonista. El padre de Namiko,
el general Kataoka, adquiere cierta estatura grandiosa en la novela y, a pesar de todo
lo ocurrido, acepta a Takeo como hijo: «… Yo sigo siendo tu suegro. Aún tenemos un
largo camino por recorrer».

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La vieja familia japonesa. El ie. ¿Quién es este temible bruto que destroza los
corazones de los jóvenes esposos? El término de ie es usado habitualmente por los
estudiosos del modelo de familia tradicional japonesa tal como existía en el periodo
Edo (1600-1868) y pervivía en las primeras décadas del Japón moderno. Significa un
grupo de personas que comparten residencia y una vida social y económica, y que se
consideran como miembros de una unidad social. Un concepto que se sale del actual
de «familia» en español y se acerca un poco al de «clan». Tradicionalmente, el ie
incluía a personas con lazos de sangre, pero también a parientes lejanos y personas
que trabajaban como empleados en la casa. En la mayor parte de los casos, un varón
sano y capaz era el cabeza de familia. El hijo mayor de este cabeza de familia sería el
sucesor, heredaría toda la propiedad familiar, se quedaría en casa después de casarse
cuidando a sus padres, se responsabilizaría de honrar la memoria de estos una vez
fallecidos y mantendría la continuidad del apellido. Sus hermanos de uno y otro sexo
abandonarían el hogar para convertirse en miembros de otros ie. La familia japonesa,
por tanto, no era una agrupación perpetua de descendientes y de esposas de estos,
sino una unidad básicamente selectiva de la cual se eliminaban sin piedad vástagos
que hacían sombra al cabeza de familia o en la cual se injertaban cuerpos extraños
para asegurar la continuidad, siempre masculina, de un apellido. De hecho, si un
matrimonio sólo tenía hijas, se adoptaba legalmente a un varón para casarlo con la
hija mayor. Era la situación, bastante común, llamada muko yoshi. Si el matrimonio
no tenía ni hijos ni tampoco hijas, se adoptaba a algún varón de otros ie,
consanguíneos si era posible, como un sobrino, al que se daba el apellido y se cedía la
propiedad familiar. De esta manera, bien a través de un yerno adoptado para la hija o,
si no tenían descendencia, a través de un hombre extraño a la familia al que
naturalmente se le buscaba esposa, se aseguraba la pervivencia del apellido que era,
simplemente, símbolo de la no interrupción de la estirpe. En este sistema las mujeres
funcionaban como poco más que artículos de intercambio destinados a asegurar la
producción de retoños: eran, literalmente, karibara o «vientres de alquiler», por usar
una expresión cruda de la época. Esta noción es importante para enmarcar la decisión
a la que llega la señora Kawashima cuando repudia a su nuera, la protagonista de la
novela. Pero la exclusión de la mujer joven en la dinámica de poder del ie no era un
asunto de literatura. La antropóloga Takie Sugiyama Lebra informa de casos de
familias que adoptaron a un hombre para su hija. Hasta aquí todo normal; pero que
después «divorciaron» a su hija porque el matrimonio no se llevaba bien. En uno de
los casos citados por Sugiyama, los padres llenaron el vacío de la hija repudiada
instalando en casa a una concubina para su yerno. Así se entiende mejor, tal vez, la
cualidad de «selectivo» que hemos atribuido al ie japonés: «la continuidad de la
sucesión es más importante que el lazo de sangre […]. Un yerno adoptado que sea
sano es más valioso que una hija»[1]. El carácter de selectivo se refuerza, además, por
el hecho de que un primogénito que, en su juventud, no mostrara las cualidades
necesarias para ser un eficaz cabeza de familia, o no lo deseara o no fuera sano, era

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sustituido por un hermano menor. O —caso de Namiko— una nuera que no
cumpliera la expectativa tácitamente alimentada por todos —ser madre—, podía ser
divorciada y sustituida. Estas situaciones, como ocurre en esta novela, estaban
facilitadas por la circunstancia de que el matrimonio no era registrado oficialmente
hasta el nacimiento del primer hijo, una costumbre que permitía que la pareja se
separara sin pasar por las formalidades de un divorcio oficial.
Sobre las penurias emocionales de nueras cohabitando con suegras hay en todo el
mundo una abundante literatura. Y, cuando el sistema social posee una jerarquía tan
rígida como el japonés, sobreabundante. Tradicionalmente una nuera japonesa,
especialmente hasta que ha sido madre de un hijo varón y está en situación de
convertirse en futura suegra, ocupaba en el viejo sistema una de las posiciones más
bajas del ie: era una especie de criada especial. La literatura japonesa de todos los
tiempos ha descrito la vida estresada de una nuera bajo el ojo avizor de la madre de
su marido, la cual exigía, a veces con la crueldad de quien ha pasado por la misma
experiencia y busca desahogo, conformidad absoluta con las costumbres y las
expectativas de la casa.
El ie, por lo tanto, estaba organizado como una jerarquía en cuyo vértice estaba el
cabeza de familia con una posición de absoluta autoridad sobre los demás miembros.
Aunque hasta después de la Segunda Guerra Mundial esa posición de autoridad
estaba respaldada por la ley y solía recaer en un varón, en esta novela vemos que tal
función va a detentarla, en ausencia de su difunto marido, una mujer, la señora
Kawashima. No era excepcional. En el ie la edad y el lugar específico, más que el
sexo, determinaban la autoridad. Si su marido viviera, la señora Kawashima sería
respetada pero no podría ejercer mucha autoridad. De hecho, así se nos cuenta en los
primeros capítulos. Pero su viudedad y la juventud de su hijo la elevan al vértice
superior del triángulo y, por lo tanto, la llevan a asumir como asunto absolutamente
prioritario la supervivencia del apellido familiar.
Por lo dicho habrá podido quedar claro que la continuidad genealógica y, como
medio, el bienestar de la familia ejercían precedencia absoluta sobre las necesidades
de cualquier miembro individual, aunque fueran, como pudo sentirlo la señora
Kawashima, las emocionales de su propio hijo, intensamente enamorado de su
esposa. Ese ideal era comunicado explícitamente y también implícitamente a todos
los miembros del ie. La identidad con el grupo y no con el individuo se refleja en
numerosos hábitos sociales y lingüísticos de los japoneses, incluidos los de hoy en
día. Por ejemplo, la manera característica de referirse en japonés a los miembros de la
propia familia, o incluso a mascotas, es «de nuestra familia» (uchi no) en lugar de
utilizar los pronombres posesivos de persona (mi, tu, su, nuestro, etc.) como suele
hacerse en las lenguas occidentales.
Quedaría incompleto este repaso a las características del ambiente familiar en que
respiran los protagonistas de esta novela si no mencionáramos los sentimientos de
piedad filial y de agradecimiento hacia los propios padres. Los dos formaban parte

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del canon ético confuciano y regulaban el cuidado y honra que hay que dispensar a
los padres o, en el caso de la nuera, a los suegros. También el budismo, a través de la
importancia concedida a la veneración a los ancestros y de una secular tradición de
apólogos e historias, reforzaba la cohesión interna de la malla del ie seido. Este
modelo, además, se reproducía tradicionalmente en el entramado de todas las
relaciones sociales de los japoneses (la escuela, el trabajo, el club de ocio). El largo
periodo de aislamiento de Japón, desde comienzos del siglo XVII hasta mediados del
XIX, favoreció sin trabas el desarrollo de actitudes y valores que alimentaron ese
tejido organizativo, un modelo que, aunque desdibujado hoy en día, sigue dando
claves para entender el comportamiento social de la mayoría de los japoneses.
Sin salirnos de las postrimerías del siglo XIX, la noción del ie seido, que acaba de
ser esbozada, rebasó los confines del ámbito familiar. En efecto, una de las
características más destacadas de la reinvención de Japón que realizó el nuevo
gobierno japonés de Meiji en la línea de la nación moderna y avanzada que quería
ser, fue la invocación del sistema de familia tradicional de Japón como modelo social
del nuevo Estado imperial. Cuando «la nación como familia» (kazoku kokka) basada
en el ie seido quedó establecida formalmente en la última década del siglo XIX a
través de esfuerzos legislativos, de material educativo y de propaganda oficial, la
figura imperial quedó transformada en el padre simbólico de la nación y todos sus
súbditos adoctrinados para reverenciarlo igual que harían con «un padre estricto y
una madre cariñosa»[2]. A pesar del dominio del discurso del ie seido hasta mediados
del siglo XX, el periodo Meiji vio nacer en sus entrañas una noción competidora del
viejo sistema familiar: el de hogar o katei (familia nuclear formada por una pareja
enamorada y por sus hijos), el cual, en contraste con su rival confuciana, era
presentado por sus abogados como una idea moderna inspirada en la ideología
cristiana de la monogamia y en el ideal del amor romántico de uso corriente, se decía,
en los países del «bárbaro instruido», en Occidente. Es irónico que la nueva noción
de la pareja, que acabaría socavando a la vieja a lo largo del siglo XX, fue
promocionada por xilografías del emperador y la emperatriz ataviados en ropa
occidental y uno al lado del otro en ceremonias oficiales. En realidad, como nos
informa Meech-Pekarik, eran «fotomontajes» de la época, pues el emperador Meiji
raramente permitía que su esposa lo acompañase[3]. De esa guisa, un emperador,
exaltado a la posición de «padre de la nación» según el modelo del viejo sistema
familiar, usaba el ideal del nuevo, el katei, para promocionar la imagen de Japón
como un país moderno.
Hubo japoneses, sin embargo, que se tomaron más en serio que el emperador la
noción de katei o, exactamente, que lo hicieron criticando la de ie seido. Uno de ellos
fue Tokutomi Roka (1868-1927), el autor de esta novela, una obra que fue un best-
seller en su tiempo, mereciendo ser traducida a siete lenguas extranjeras a los pocos
años de ser publicada[4]. Porque Namiko es un ataque virulento al ie seido y, para los

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lectores occidentales de entonces, una reconfortante demostración de que en Japón un
japonés cristiano osaba levantar voces agrias contra la tiranía del viejo sistema.
Tokutomi Roka es uno de esos escritores enormemente populares en su tiempo,
pero que no crean escuela ni dejan sedimento pasadas dos generaciones. Le cupo, sin
embargo, el honor dudoso de ser el primer novelista japonés «de cierta repercusión»
en España, allá por 1904, y de figurar en la History of Japanese Literature de William
G. Aston escrita en 1899[5]. Roka mantiene un puesto digno en la literatura de Meiji
por tres razones: su llamativa personalidad, la descripción realizada en sus obras del
impacto que en la juventud japonesa de final de siglo desempeñaron los valores
morales y sociales de Occidente y, señaladamente, en tercer lugar, la gallarda
denuncia de la falta de principios morales en muchas costumbres y en las tendencias
ideológicas del Japón de Taisho (1912-1926). Una prueba de esta última fue la larga
enemistad con su hermano mayor, Tokutomi Sohō (1863-1957), periodista e
historiador, que destacó en el movimiento nacionalista japonés, de tan desastrosas
consecuencias, llegando a ser arrestado como sospechoso de ser criminal de guerra
Clase A por las Fuerzas de Ocupación americanas. El menor de los Tokutomi,
Kenjiro de nombre (Roka será el seudónimo literario sacado de un pasaje de El libro
de la almohada de Sei Shonagon)[6], nació en la provincia de Kumamoto, Kiushu, y a
los dieciocho años se hizo cristiano y fue bautizado por misioneros metodistas. Sin
quitar mérito a la fe sincera de muchos conversos, hay que tener presente que para
una buena parte de los jóvenes japoneses de entonces el principal atractivo del
cristianismo radicaba en su asociación con Occidente o, más exactamente, en la vaga
percepción colectiva de que el cristianismo —como lo había sido el budismo en el
siglo VII con respeto a la civilización china— era la cualidad esencial de una
civilización percibida como superior. Resultaba, además, una eficaz aula para
aprender inglés directamente de los misioneros y una cómoda ventana desde la cual
observar Occidente y empaparse de nociones tan sugerentes para los jóvenes de
entonces como derechos humanos, libertad social, amor romántico y dignidad del
individuo. Y la manera más económica para una inmensa mayoría, sin medios para
costearse una estancia o viaje por Europa o Estados Unidos. Muchos jóvenes
abandonaron el cristianismo, como el mencionado hermano de Roka, al hacerse
maduros; otros, dejaron la fe cristiana después de viajar por los países cristianos y
comprobar in situ la clase de cristianismo que se practicaba por los hombres y
mujeres de los países de Occidente[7]. Roka, en cambio, perseveraría en la fe
extranjera hasta el final de su vida, tal vez inconscientemente ayudado —igual que
pasaría con el más ilustre de los escritores japoneses cristianos, Shusaku Endo (1923-
1999)— por el recuerdo de su madre, que también había sido cristiana.
En Kioto ingresa en la Universidad Doshisha, pero no acaba la carrera; y a los
veinte años llega a Tokio, como tantos jóvenes de provincia, ávido de hacer realidad
ese lema de enorme atractivo en los corazones de los jóvenes japoneses nacidos en
los primeros años de Meiji, risshin shusse, el éxito en el mundo por el esfuerzo

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individual. En Tokio trabaja como corrector y traductor en la editorial Minyusha,
fundada por su hermano. De esos años data su interés por Tolstói y Goethe. En el
periodo 1898-1899 aparece por entregas en el periódico Kokumin Shinbun la novela
Hototogisu, en forma de libro un año después, y en inglés, bajo el título de Namiko,
tres años más tarde. También esta presente versión española ha adoptado el nombre
de la heroína como título de la obra. Hototogisu es el nombre de un ave semejante a
un pequeño cuclillo o cuquillo de tonos grisáceos (Cuculus poliocephalus). Se dice de
él que antes de morir vomita sangre. En la tradición poética japonesa se lo identifica
con el alma enamorada, con el mensajero del amor y con la estación del verano.
Dentro del reducido repertorio léxico de la poesía japonesa clásica (waka) era un ave
canora celebrada —ella y el ruiseñor (uguisu) son los únicos pájaros que aparecen en
las colecciones canónicas de waka— y su nombre onomatopéyico no era infrecuente
para llenar con sus cinco sílabas los versos del haiku. Tanto que hasta un poeta
revolucionario como Masaoka Shiki (1867-1902) lo eligió para dar nombre a una
famosa revista literaria por él fundada en 1897. Así, Shiki, que a los 23 años también
vomita sangre, quiso hacer de la melodiosa palabra hototogisu el emblema de la
nueva poesía japonesa. Ante la dificultad de trasladar tantas connotaciones con su
equivalente español de «cuquillo», con gran acierto el editor ha optado por titular la
novela con el nombre simple y evocador de la protagonista, otra alma enamorada.
La aparición de Hototogisu estableció la fama literaria de Roka. Al mismo tiempo
que la publicaba por entregas, Tokutomi Roka había estado sacando en la editorial
donde trabajaba unos ensayos agrupados bajo el título de Shizen to jinsei [Naturaleza
y vida humana] que, igualmente, conocieron un sorprendente favor popular:
doscientas impresiones solamente en los quince años de la era Taisho. Su difusión
propició la moda por los viajes entre mucha gente de su tiempo, moda a la que dio
ímpetu la creación de la red de los ferrocarriles japoneses[8]. Fueron seguidos en 1901
por Omoide no ki [Relato de recuerdos], reimpresa ciento cuarenta y cinco veces en
los veinticinco años que sucedieron a su publicación y todavía hoy aceptada como un
clásico de la época[9]. Obra autobiográfica, se narra en ella la evolución en las
décadas de los ochenta y noventa del siglo XIX de un joven japonés afectado
profundamente por la lectura de la obra de Dickens, David Copperfield. El autor
retrata admirablemente el impacto dramático que en la juventud japonesa de esos
años ejercieron las ideas de Occidente. Hay descripciones admirables de ambientes
de provincia, como la pequeña escuela, y a la vez internado, donde regía una
disciplina espartana y una dedicación vehemente al estudio; o los fuertes lazos que
unían a maestro y discípulo. Al final de la obra asoma una punta de desengaño con el
camino que está siguiendo una sociedad cada vez más materialista y competitiva. A
pesar de su éxito entre los lectores, el autor de todas esas obras, a diferencia de
ilustres contemporáneos como Natsume Soseki y Mori Ogai, carecía del bagaje
intelectual y del vuelo imaginativo suficientes para ir más allá de una ficción popular
y atractiva, y ahondar en las implicaciones de los cambios sociales de su tiempo.

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Pero la vida de Roka continuaba expresando una individualidad desenfadada y, en
el Japón de la época, excéntrica. En 1906 viaja a Jerusalén y Rusia, donde visita a
Lev Tolstói en su finca de Yasnaya Polyana, un autor ya muy popular en Japón y que
en la década siguiente sería la figura idolatrada de los escritores del grupo Shirakaba.
Más tarde Roka imitaría el género de vida del escritor ruso y viviría como un
campesino, llegando a ser conocido como el «santo de Kasuya» en referencia a la
aureola seráfica que irradiaba la práctica cotidiana de su cristianismo y a su aldea,
engullida hoy en día por el crecimiento de Tokio a pesar de que su casa sigue
conservándose para delicia de los visitantes. Fruto de los intereses sociales y
humanistas de amables aires tolstoianos de esos años fue la novela biográfica que, en
1909, saca a la luz, Yadorigi, sobre un oficial del Ejército llamado Ogasawara, y con
la cual alcanza un punto culminante su tendencia a la crítica social. Llamativos
fueron también su tempestuoso matrimonio, las vicisitudes del cual relató sin pudor
en sus escritos; una experiencia mística en la cumbre del monte Fuji —recogida en su
obra Fuji de 1925 coescrita con su mujer, Aiko—; un valiente e ingenuo
llamamiento, escrito en inglés y dirigido a las potencias reunidas en Versalles tras la
Primera Guerra Mundial, a favor de la igualdad de todas las razas del mundo y del
desarme mundial.
Tokutomi Roka es un escritor japonés cristiano. Nada menos. Una incómoda
circunstancia responsable, tal vez, de la propensión a la recriminación valiente que se
rastrea en toda su obra y dirigida contra una sociedad como la japonesa enraizada en
valores no cristianos; y también del humanismo poético que impregna su estilo
narrativo.
Ambas características destacan en Namiko. La primera se centra en una
devastadora crítica del viejo sistema del ie por oponerse a la modernidad y al
progreso, y lo hace en nombre de la libertad individual, esa libertad que Namiko y
Taeko reclaman para amarse y vivir juntos. Namiko es el primer dardo en el ie seido
japonés; lo seguirán otros, como el decisivo en 1910 de la obra de Shimazaki Toson
titulada simplemente Ie [La familia], en la cual se describen las aspectos menos
atractivos del sistema. Roka, como Toson, los poetas Tokoku Kitamura, Takuboku
Ishikawa y otros, a raíz de su descubrimiento del cristianismo, dejaron de pensar
como la mayoría de sus coetáneos japoneses. En contraste con la mentalidad
tradicional japonesa en la cual la naturaleza, los seres humanos y las divinidades
existen como parte de un todo, el cristianismo hizo que esos y otros escritores
despertaran a una nueva conciencia del yo, del individuo diferenciado de la
naturaleza y de lo divino. La consecuencia fue que se desarrollaron en sus
conciencias un insólito respeto por la individualidad de la persona y una creencia en
la igualdad hombre-mujer o noble-plebeyo, aunque tal cosa supusiera nadar contra la
corriente o ser declarado antijaponés. Además, la digestión de estos aprendizajes fue
especialmente intensa para esos hombres, pues el cristianismo les había sido servido
en el mismo plato que el Romanticismo. La emancipación de las emociones y la

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libertad individual, nuevos valores de los que todos ellos se declararon paladines,
constituyeron sendas embestidas a la forma tradicional de pensar en Japón. En
esencia, se trataba del viejo dilema: tradición («costumbres anticuadas») o
modernidad («conciencia individual»). Tan fuerte demostró ser el nuevo sentimiento,
que el honor del «japonés moderno» —un valor especialmente sólido entre los
japoneses de todas las épocas— quedaba gravemente lesionado por la adopción de las
costumbres del pasado. En contra de frases como «lo siento mucho por la pobre
criatura [Namiko], pero mantener el apellido Kawashima es más importante, ¿no?»,
que pronuncia el siniestro Chijiwa; o «la mujer es inferior al hombre», que declara la
madre de Takeo, están las afirmaciones de este, portavoz del autor, en la conversación
del capítulo 6 de la segunda parte, cuando se expresa en estos términos: «¿De qué me
sirve vivir más tiempo a costa de tal crueldad y deshonra?», «¿La gente? ¿La
tradición? Pero no tenemos derecho a hacer mal solo porque otros lo hacen. Una
separación debida a una enfermedad es una brutal costumbre del pasado» y «no
estamos obligados a seguir unas normas anticuadas e inhumanas». En cuanto al amor
romántico, el amor de la pareja que será el núcleo del nuevo sistema de familia, el
katei, el amor más allá de la muerte, ¿puede haber proclama más elocuente que estas
explosivas palabras pronunciadas por Namiko y dirigidas a su marido en el cap. 4 de
la segunda parte?:

¡Aunque muera, seguiré siendo tu mujer! ¡Nada ni nadie nos puede separar, ni la
enfermedad, ni siquiera la muerte! ¡Soy toda tuya, lo seguiré siendo incluso más allá
de esta vida, para toda la eternidad!

En el otro extremo estaba la imitación servil de «las cosas occidentales» que esos
años debía de estar bastante extendida entre muchos japoneses. Como tantos
escritores de su generación, Roka deplora esta actitud. El prototipo de la misma es la
segunda esposa del general Kataoka, la madrastra de Namiko, retratada siempre en
términos nada favorecedores: «su mente se había impregnado tanto de las ideas
traídas de Londres, que no se contentaba si no seguía las costumbres extranjeras en
todos los asuntos familiares». El hogar de los Kataoka reproduce, con demasía por
culpa de esta mujer, el modelo occidental de familia; el de los Kawashima, al
contrario, bajo la férula despótica de la baronesa, el oriental. Hasta las sirvientas en
esta casa se atreven en la presente novela japonesa a asemejarse quinientos años
después a Pármeno y Sempronio de La Celestina y a criticar con cuchicheos el
proceder de su ama (cap. 9, segunda parte). ¿Por qué no hacerlo si Roka era
cristiano?
Tampoco el estamento militar, a pesar del alto respeto social de que gozaba entre
la población en aquellos años de entreguerras, se libra de algunas pullas de Roka. Se
critica la corrupción de algunos militares, ajenos «al viejo espíritu del samurái de
antes» y se afirma con amarga resignación: «el dinero lo es todo en este mundo», una

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acusación velada al materialismo desbordante que se había colado por la ventana
abierta de la modernidad japonesa.
La crítica social, por otro lado, está salpicada de piedrecitas morales,
frecuentemente en forma de aforismos, de mal gusto en el estilo literario moderno
cuando las expresa la voz neutra del narrador, pero que entonces constituían resabios
de la novela didáctica en boga en Japón veinte años antes. He aquí algunas: «Es una
desgracia no ser querido, pero el no saber querer es mayor desgracia aún», «hay
personas que siempre actúan por motivos egoístas sin tener en cuenta a los demás»,
«la mayor fortaleza proviene de la seguridad en uno mismo», «el destino de cada uno
de nosotros es irrevocable», «las cigarras mudan la piel y la dejan atrás como si se
desprendieran sin apego de su pasado, pero los humanos nunca se libran de la
memoria». Tampoco Roka podía evitar dar salida a la voz de su fe cristiana. El
suicidio, única salida que se le presenta a una Namiko desesperada en el cap. 4 de la
tercera parte cuando «se quitó las sandalias y avanzó hacia el borde del acantilado
para arrojarse a la espuma blanca que golpeaba contra las rocas», es impedido por
«un grito a sus espaldas» y «por los brazos de alguien». Son los providenciales de la
cristiana señora Ogawa. La inclusión de su extraña y patética historia, en el capítulo
siguiente, sería un motivo de disgusto para el escritor años después, tal como
manifiesta en el Proemio, pero encaja en el tono de circunstancias al límite que está
viviendo la protagonista Namiko.
Puede reprocharse a Roka la falta de dimensiones en la psicología de los
personajes. No tienen hondura, ni contradicciones, ni sus reacciones se anticipan con
los simbolismos más elementales de la novela realista, ni se da en ellos
caracterización paulatina a través de sus palabras y acciones en lugar de a través de la
voz del narrador. Tales carencias quizás se deban al influjo de la ficción japonesa
premoderna, donde los hombres y mujeres aparecen acartonados y planos, de apenas
dos dimensiones. Es, por lo tanto, en exceso fácil reconocer los dos cuartos donde se
encierra a los «malos» y a los «buenos». Chijiwa, un malo demasiado «malo»; la
baronesa Kawashima, enquistada en su papel de suegra cruel y defensora a ultranza
del viejo ie; Yamaki, el comerciante carroñero enriquecido con la guerra; y la
madrastra de Namiko, la imitadora servil de Occidente, están dentro de las paredes
demasiado gruesas del primer cuarto. Su maldad solo sirve para resaltar la bondad del
otro grupo, como en la escena tempestuosa del principio de la segunda parte, cuando
la bajeza moral de Chijiwa y Yamaki se contrapone a la integridad de Takeo. En el
cuarto de los buenos, Namiko, Takeo, el general Kataoka, la tía y la hija de esta,
Chizuko, la fiel sirvienta Iku. Y, en el trastero de los tontos, debajo de la escalera, tal
vez la pobre Toyoko, la hija de Yamaki que también ama a Takeo y que es obligada
por su padre a representar una patética farsa.
Takeo, a pesar de su conducta heroica en la batalla naval del mar Amarillo de
1894 en el curso de la guerra chino-japonesa, no tiene talla de héroe. Es, como
Namiko, una víctima más del sistema. Es demasiado fácil ver debilidad de carácter en

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la pasividad de este hombre, el marido de Namiko. ¿Por qué acepta como hecho
consumado el «divorcio» de su esposa ejecutado sumariamente por su madre, a pesar
de rebelarse contra esta cuando se entera del perverso plan? Es una pregunta que
puede responderse apuntando al poder brutal de las convenciones sociales, a la fuerza
imponente del grupo en una sociedad como la japonesa; o aportando ejemplos de la
literatura…, y también, fuera de la ficción literaria, de personas con nombres y
apellidos que vivían por esos años en Japón. Es elocuente el caso del escritor Mori
Ogai, samurái de pies a cabeza, que se somete al poder de su madre y acepta en
silencio que su gran amor de Alemania, la misteriosa Ellis, que había ido a Japón a
buscarlo, fuera devuelta a su país de origen. Pocos meses después, Ogai se sometió a
un matrimonio concertado. Funcionó menos de catorce meses.
Por la simplicidad de los caracteres, el exceso de coincidencias y la profusión del
sentimentalismo, Namiko tiene rasgos melodramáticos. Pero la novela puede
conmover por la intensidad del sentimiento de la protagonista ante la dicha que se le
roba. Posee también un formidable valor documental: ilustra el desmoronamiento del
rancio ie seido y el desgarro que los japoneses de entonces debían de sentir al tener
que decidirse en muchos actos de sus vidas cotidianas entre tradición y modernidad.
Ciento diez años después es un documento valioso. Son las malezas y el musgo.
Porque tradición o modernidad es una dicotomía ciento diez años después aún no
resuelta y, en el Japón moderno, todavía palpitante.
Otra lectura que se propone de esta novela, vieja conocida en lengua española[10],
va más allá de malezas y musgos, de cualidades pintorescas, y de testimonios de una
época. Es, simplemente, la de un canto a la vida. Lo corean estas palabras de la
protagonista pronunciadas en Zushi, su lugar de convalecencia: «¡Quiero vivir!
[¡Ikitai!] ¡Me gustaría vivir miles y millones de años!».
¿Lo consigue? ¿Sigue viva Namiko? Sí, entre los lectores.
Y florece cada año. Como los cerezos silvestres de Zushi.

Carlos Rubio
Toledo, 22 de febrero de 2011

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NOTA AL TEXTO

La presente versión española se ha realizado a partir del original japonés de


Hototogisu.
Para la transcripción de los términos japoneses se ha seguido el sistema de
romanización Hepburn, según el cual las consonantes siguen la pronunciación inglesa
y las vocales, la española. Así, la pronunciación de la palabra «shoji», sería con una
«j» como la del nombre inglés John o del catalán Jordi. Otros términos como
«hakama» o «haori» se pronuncian con «h» aspirada. Finalmente, la «g» es siempre
como en «gato» en palabras como «geisha» o «marumage». Se han eliminado los
signos diacríticos sobre las vocales largas de las palabras japonesas, especialmente
nombres propios, cuando no resultan significativos para la comprensión del texto.
El significado de todos los términos japoneses se puede consultar en el Glosario
al final del texto.
Todas las notas al pie son de la traductora.

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NAMIKO

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PROEMIO DEL AUTOR

Aprovechando la circunstancia de la publicación del ejemplar número 100 de


Namiko, he releído esta novela después de mucho tiempo para revisarla de nuevo. En
pocas palabras, debo confesar que es una obra inmadura. Habría sido mejor si fuera
una simple historia moralizadora, pero posee infinitos defectos que originalmente
había introducido para animar la historia, como, por ejemplo, las hiperbólicas escenas
entre Chijiwa y Yamaki, y el relato superfluo de la señora Ogawa. Me entraron ganas
de mejorarla de alguna manera ante la demanda de esta publicación conmemorativa.
Sin embargo, es complicado reescribir y me he conformado tan solo con unas pocas
correcciones.
Mientras la leía, después de diez años de haberla escrito, recordé algo. Lo que
ocurrió una tarde y que me motivó a escribir esta novela. Han transcurrido doce años
desde entonces. Mientras estaba alojado con mi mujer en un hotel llamado Yanagiya
en la playa de Zushi de la provincia de Sagami, había una señora convaleciente
acompañada de su hijo de corta edad. Era a la altura de la temporada de verano y
todos los hoteles estaban abarrotados. Sentí compasión por esa señora que no podía
encontrar donde quedarse, así que, tras consultar con mi mujer, le ofrecimos una de
las dos habitaciones contiguas que ocupábamos. Como la única separación entre las
dos habitaciones era una persiana de bambú, acorde a la estación del año en la que
nos encontrábamos, tanto la brisa como la conversación en ambas estancias se
percibían sin dificultad. Así que nos hicimos íntimos al cabo de un mes de haber
compartido el lugar de descanso. Se trataba de una mujer de unos treinta y cuatro
años, que había sufrido mucho en la vida (aunque no es la modelo de la señora
Ogawa de mi novela), y era una persona muy afectuosa y buena narradora. Una tarde
de finales de verano, estaba nublado y la humedad ambiente anunciaba lluvia. Su hijo
había salido a jugar y nosotros conversábamos con ella de asuntos triviales. De
pronto, cambió el tema de nuestra conversación y la señora comenzó a contarnos un
triste hecho. En aquellos tiempos la historia de «Namiko» ya era algo conocida, pero
era la primera vez que yo la escuchaba con tanto detalle. Escuché con atención el
relato del divorcio que había sufrido Namiko debido a la tuberculosis que padecía; el
dolor de su marido Takeo a causa de esta separación forzosa; y la indignación que
sintió el general Kataoka, el padre de Namiko, quien se había llevado de nuevo a su
primogénita al hogar de la familia, donde después el general hizo construir una
vivienda anexa para su hija enferma. Además, el general Kataoka hizo un último
viaje por Kioto con su hija para que fuera el último recuerdo vivido juntos y devolvió
la corona enviada por los Kawashima el día del funeral de Namiko. Era eso lo que

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había ocurrido realmente y lo que la señora nos contó conteniendo apenas la
emoción. Mientras la escuchábamos, permanecí apoyado en una columna, absorto por
la pena, y mi mujer no levantó la vista en ningún momento. Al anochecer, en nuestra
habitación a oscuras, solo se veía la blancura del quimono de la narradora en el
crepúsculo. La historia había llegado al momento de la muerte de Namiko y la señora
pronunció las últimas palabras de la moribunda: «Nunca jamás volveré a nacer
mujer». De repente, nuestra narradora se echó a llorar y dejó de contarnos la historia.
Y yo sentí que algo me atravesaba por dentro.
La señora se recuperó del todo poco después y regresó a Tokio, dejándonos en
nuestro corazón ese relato como un recuerdo suyo. Zushi en otoño era solitario.
Aquella historia me había dejado tan impresionado que seguía haciendo eco en mi
mente. Mañana y noche, las olas enviaban un sonido melancólico, haciendo surgir
ante mis ojos la figura de la protagonista que ya no estaba en este mundo. Mi
compasión se convirtió en un dolor insoportable. Sentía necesidad de hacer algo para
remediarlo. Por lo que, dándole una consistencia arbitraria a la historia de Namiko,
me atreví a escribir una novela inmadura y la publiqué en el Kokumin shinbun, y más
adelante en forma de libro en la editorial Minyusha[11]. Esa novela es Namiko.
Así que todos los defectos y el carácter primerizo de la obra se deben a mi falta de
habilidad como escritor. A pesar de ello, si hay algo en esta novela que sigue
atrayendo a los lectores, es porque Namiko misma, que habló a través de la boca de la
señora en aquella tarde de Zushi, los impresiona directamente a ustedes, lectores. En
resumen, mi papel ha sido simplemente el de un «hilo» telefónico, el de un
transmisor.

Kasuya, Chitose, antiguo Musashino, situado ahora en el distrito tokiota de


Kitatama[12], el 2 de febrero de 1909.

Tokutomi Kenjiro

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PRIMERA PARTE

Capítulo I

En un lugar llamado Chigira en la ciudad de Ikaho de la provincia de Joshu[13], una


joven de unos dieciocho años contemplaba el atardecer desde la terraza del segundo
piso de una posada. Tenía el pelo elegantemente recogido en marumage[14] y llevaba
un haori[15] de crespón con pequeños dibujos, atado con unas trencillas de un verde
pálido.
Las facciones afiladas de la joven, su tez blanca, el entrecejo estrecho y las
mejillas delgadas no la hacían atractiva, pero tenía una figura esbelta y un aire muy
elegante. Si tuviera que compararse a esta muchacha con una flor, no sería con la del
ciruelo, que florece solitaria con fuerza y orgullo al viento norteño, ni con la del
cerezo, cuyos pétalos vuelan flotando en la neblina de la primavera como mariposas,
sino con la onagra que exhala débilmente su aroma en el crepúsculo de las tardes de
verano.
El sol de la primavera se iba poniendo. Las montañas lejanas de Kuniko, Ashio,
Echigozakai y las cercanas de Onoko, Komochi y Akagi se arrebolaban tan
espléndidas que hasta el graznido de un cuervo, que se alejaba volando desde el
almez situado bajo una ventana, parecía de color dorado. En ese momento, dos
hilachas de nubes surgieron flotando por detrás del monte Akagi. La joven dama del
segundo piso seguía esas nubes con mirada distraída.
Unas nubes rollizas y graciosas se alejaban de la cumbre de Akagi como si se
abrazaran la una a la otra, y pasaban empujadas despacio por la brisa hacia Ashio,
destellando como mariposas doradas que volaran libremente por la extensión del
cielo. Al ponerse el sol, comenzó a soplar un viento frío que separó las dos nubes
errantes, una hacia arriba y otra hacia abajo, envueltas por una pálida aureola de color
rosado. Cuando cada una de las nubes iba a tomar un camino diferente en el cielo que
se estaba oscureciendo, la de abajo, que flotaba hacia al horizonte, se fue adelgazando
más y más hasta desaparecer del todo. Arriba, la otra, gris, ya apagado su brillo por el
crepúsculo, vagaba en soledad. La noche cubrió con su manto de un solo color las
montañas y el cielo, y ya solo se vislumbraba el pálido rostro de la dama que seguía
de pie como una nota luminosa en la monotonía de la oscuridad.

La sirvienta de la joven dama al entrar en la habitación exclamó:


—¡Señorita!… ¡Oh, perdón! Me he vuelto a equivocar —rio—. Quiero decir,
¡señora, aquí estoy, ya he vuelto!… Vaya, qué oscuro. ¡Señora!, ¿dónde está usted?

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—Estoy aquí.
—Pero, bueno, métase inmediatamente para dentro. Que se va a resfriar. Por
cierto, ¿todavía no ha regresado el barón?
La joven, retirándose hacia dentro, dijo mientras cerraba la puerta corredera:
—No sé por dónde andará. Si te parece, pediremos en la recepción que vaya
alguien a buscarlo.
La sirvienta, que era una mujer de unos cincuenta años, repuso, encendiendo a
tientas la lámpara con una cerilla:
—Muy bien, señora.
En ese momento se oyó un sonido de pasos de alguien que subía por la escalera.
Era una sirvienta de la posada que informó:
—Disculpe. El barón está tardando mucho y acabamos de mandar a un mozo a
buscarlo. Así que ya no tardará en llegar… A propósito, aquí tiene una carta.
—Vaya, es de mi padre… ¡Oh! Pero ¿por qué no llega mi marido?
La joven del marumage miró una y otra vez con nostalgia la letra bien conocida
de las señas del sobre.
—¿Es del general? Cómo me gustaría saber qué noticias nos cuenta. Debe de
haber escrito cosas divertidas como de costumbre —dijo riéndose.
La sirvienta de la posada cerró bien todas las ventanas, atizó el fuego del brasero
y se marchó. Mientras, la sirvienta de la joven dama había guardado en el armario un
envoltorio que había traído y se acercó a su ama diciendo con un suspiro:
—¡Pero qué frío hace aquí! Qué diferencia con Tokio, ¿verdad?
—Pues sí. Aquí los cerezos florecen ahora en mayo. Ven, ponte aquí a mi lado.
—Con su permiso —dijo con respeto la sirvienta y luego, mirando a la joven
dama con una expresión de profunda emoción y afecto, añadió—: No me lo puedo
creer; cuando recuerdo que la señora que está delante de mí, tan elegante con su
marumage, es la misma criatura que crie. Parece que fue ayer cuando su madre
falleció y usted, a la que yo llevaba a la espalda, lloraba llamándola «madre, madre».
—En ese instante el triste recuerdo la hizo derramar unas gruesas lágrimas y bajó la
mirada, pero continuó—: El día de su boda, no podía dejar de pensar en lo feliz que
hubiera estado su madre si la hubiera visto tan hermosa. —Y se enjugó los ojos.
Como si estuviera presa de sus recuerdos, la joven también mantenía la cabeza
gacha. Únicamente el anillo de su mano izquierda, extendida hacia al brasero,
resplandecía intensamente.
Al rato, la sirvienta levantó la mirada y dijo:
—Perdóneme. Lo he dicho sin pensar. Según me voy haciendo mayor, soy más
quejica —y, tras una sonrisa, añadió—: Señorita… señora, ¡cuánto ha sufrido usted
hasta ahora! Pero admiro, de verdad, cómo lo ha superado todo. A partir de ahora
todo va a cambiar, solo habrá felicidad. Su esposo es tan cariñoso y tan bueno…
En ese instante resonó la voz de la mujer de la posada bajo la escalera.
—¡El barón ha vuelto!

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—¡Ah, qué cansado estoy!
Un joven de unos veintitrés años, vestido con traje occidental, se quitó el calzado
y saludó con la cabeza a las dos, a su esposa y a la sirvienta, que habían salido a
recibirlo al vestíbulo. Y volviéndose hacia el mozo que sostenía una lámpara, le dijo:
—Gracias, muchas gracias. ¿Te importaría poner esas flores en agua?
—¡Oh, qué bonitas son! —exclamó la joven; y añadió la sirvienta:
—Y que lo diga, ¡qué azaleas más bonitas! ¿Dónde las ha encontrado, señor?
—¿A que son bonitas? Mirad, las hay amarillas. Sus hojas parecen de rododendro,
¿veis? Las he traído para que Nami mañana las coloque con su arte en un florero.
Pues bien, si me disculpáis, voy a tomar el baño primero.
—¡Qué energía tiene el señor barón! Los militares poseen un elevado espíritu,
¿verdad, señora?
La joven dobló con cuidado el abrigo de su marido y lo besó con ternura, y
mientras lo colgaba en una percha, le sonrió a la sirvienta en vez de responderle.
Cesó el sonido de pasos que había hecho retumbar la escalera y entró el joven de
antes diciendo:
—¡Ah, qué bien me siento!
La sirvienta, sorprendida de lo deprisa que se había bañado, le dijo:
—Vaya, ¿se ha bañado ya, señor?
—Es que los hombres tardamos menos que las mujeres —contestó riendo.
Su carcajada refrescante aún resonaba en la habitación cuando su esposa, con la
reserva propia de una recién casada, lo ayudaba a ponerse un elegante quimono
acolchado de rayas. Después, el joven se sentó en un cojín con las piernas cruzadas y,
pidiéndoles disculpas, se frotó las mejillas con ambas manos. Tenía cabello
abundante y cortado a cepillo, la cara tostada al sol como si fuera un melocotón
maduro, las cejas tupidas y sus ojos brillaban con vivacidad. A pesar de llevar bigote,
como era de color claro, aún conservaba una expresión infantil. Se podría decir que
era un hombre risueño.
—Cariño, tienes una carta.
—¡Oh!, pero si es de mi suegro.
El joven cambió un poco la postura por respeto a su suegro y abrió la carta, de la
que cayó otro sobre pequeño.
—Esta es para ti, Nami… ajá, parece que tu familia está bien… jajaja, qué
gracia… Es admirable cómo redacta tú padre. Parece que lo estoy oyendo.
Cuando terminó de leer la carta, con una sonrisa, la dobló y la dejó a su lado.
Mientras, Namiko, volviéndose hacia la sirvienta que traía la cena, le dijo:
—Iku, mi padre también te manda muchos recuerdos. Como no estás
acostumbrada a este clima, dice que te cuides mucho para que no te vuelva tu
enfermedad crónica.
—¿De veras? ¡Qué amable que se acuerde de mí! Muchas gracias.
—Bueno, vamos a cenar. Es que he estado todo el día de excursión con solo dos

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bolas de arroz de comida. Tengo un hambre que me muero —dijo con una sonrisa en
los labios, y preguntó—: Por cierto, ¿qué pescado es este? Parece que no es ayu[16]…
Namiko se dirigió a la sirvienta:
—Se conoce como yamame[17] en esta comarca… ¿verdad, Iku?
Sin dejarla responder, el joven dijo:
—Ah, ¿sí? Es delicioso, está realmente delicioso. ¡Voy a repetir!
—¡Pero qué hambriento está usted, señor! —exclamó la sirvienta riendo
alegremente.
—Naturalmente. Porque desde el monte Haruna he subido al monte Somagatake
y de allí al monte Futatsudake. Y bajo la roca Biobu me he encontrado con el
muchacho que vino a buscarme cuando estaba de regreso.
Namiko se sorprendió.
—¿En serio que has ido tan lejos?
—Sí. Pero la vista desde el monte Somagatake era tan maravillosa que me
hubiese gustado enseñártela. Por un lado se extiende una llanura frondosa. Se veía
correr el río Tone[18] a lo lejos. Por el otro lado es una interminable cadena de
montañas y, por encima de sus cumbres, podía distinguir el hermoso monte Fuji
nevado. Si yo fuera poeta —añadió riendo—, me hubiera atrevido a desafiar a nuestro
Hitomaro[19]. Anda, sírveme un poco más de arroz.
—¿Tan hermoso era? ¡Cómo me hubiera encantado estar ahí!
Su marido se rio y dijo:
—Nami, si tú pudieras subir tan alto, tendrían que otorgarte una medalla de oro.
Jamás en mi vida había visto montañas tan escarpadas. Tanto, que hay colgadas por
lo menos unas diez cadenas de hierro para ayudarte a subir. A mí no me cuesta porque
aprendí cómo subir los mástiles de los buques de guerra en la Escuela Naval de
Etajima, y subo hasta por una cuerda. Pero, en cambio, estoy seguro de que tú ni
siquiera has pisado en tu vida la tierra de Tokio.
—Qué cosas dices… —Namiko lo interrumpió sonriendo mientras se le encendía
el rostro y añadió—: Pero participé en las clases de gimnasia que había en la escuela
y…
—No valen las clases de gimnasia de la escuela femenina, sobre todo las que se
imparten en una institución aristocrática fiel al espíritu del sistema kazoku[20].
Recuerdo haberte visitado un día en la escuela y ver un gran grupo de muchachas con
un abanico en la mano y que se movían cantando el himno nacional, «Todos los
países sobre la Tierra…», al son del koto[21], o algo así. Al principio pensé que
estabais ensayando un baile, pero me enteré después de que era la gimnasia para
vosotras.
Namiko, avergonzada, lo interrumpió:
—Vaya, ¡no deberías hablar así!
Pero él prosiguió:
—¿Recuerdas? ¿Quién era la que estaba bailando ahí, al lado de la hija de

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Yamaki, con la coleta larga y vestida con un hakama[22] de color vino? ¿No serías tú,
Nami?
—¡Qué gracia! —exclamó con una sonrisa—. ¿Conoces al señor Yamaki?
—Sí. Por un favor que le hizo mi padre hace algún tiempo, venía a visitarnos a
nuestra casa. Pero no se le ve el pelo últimamente. Como le has ganado tú por haberte
casado conmigo, no su hija…
Namiko exclamó:
—¡Pero bueno!
La sirvienta intervino con una sonrisa:
—El marido y la mujer no deben disputar tanto. Venga, tómense un té para hacer
las paces.

Capítulo II

El joven del capítulo anterior era el barón Takeo Kawashima, alférez de la Marina.
Gracias a un buen mediador, hacía escasamente un mes había celebrado su boda con
Namiko, la hija primogénita del vizconde y teniente general del Ejército de Tierra Ki
Kataoka, cuyo nombre era conocido en todo el país. Takeo había conseguido unos
días libres y se había acercado a Ikaho con su esposa Namiko e Iku, su sirvienta
enviada desde la casa paterna y anteriormente nodriza de la joven.
La madre de Namiko falleció cuando la niña tenía siete años. Debido a su corta
edad, guardaba unos vagos recuerdos del aspecto físico de su madre. Sin embargo, no
pasaba ni un solo día sin acordarse de ella, que siempre tenía la sonrisa en los labios.
Su madre llamó a Namiko a la cabecera de su cama poco antes de morir. La
moribunda apretó la pequeña mano de su hija con la mano, que se le había quedado
sumamente delgada, y le dijo: «Nami, tesoro mío, me voy a un lugar muy pero que
muy lejos. Debes ser buena, quiere a tu padre y cuida a la pequeña Koma, ¿de
acuerdo? Ah, ojalá pudiera vivir al menos unos cinco años más…». En este punto se
le caían las lágrimas y siguió: «Aunque me vaya, ¿te acordarás de mí?». Y acarició
una y otra vez el cabello negro con flequillo de la muchacha, por entonces corto; hoy,
en cambio, le llegaba por debajo de los hombros. Todo esto se le quedó grabado a
Namiko en lo más hondo de su memoria, y no transcurría ni un día sin recordar
aquella triste escena.
Pasado casi un año del fallecimiento de su madre, llegó la madrastra. A raíz de
aquel momento todo cambió por completo. La madre de Namiko había pertenecido a
una familia de linaje de samuráis, e incluso sus menores gestos revelaban dignidad y
gentileza. Todas las sirvientas comentaban que era uno de los pocos matrimonios que
se llevaba de maravilla. La madrastra también pertenecía a una familia de samuráis,
había estudiado en Inglaterra desde que era muy joven, de donde había regresado con
una fiebre de reformas y, además, tenía un temperamento enérgico. De hecho, su

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primera preocupación después de haber ingresado en el nuevo hogar, fue cambiar o
suprimir todo aquello que recordaba a la madre de Namiko, como si quisiera borrar
un recuerdo tras otro. Ante su esposo expresaba sus opiniones sin reservas, opiniones
que su esposo escuchaba riéndose como quien oye llover, y decía: «Muy bien, muy
bien, haz lo que quieras. Tú sabes mejor que yo lo que hay que hacer». Un día, sin
embargo, el padre de Namiko, mientras tomaba una copa con su invitado, su
ayudante predilecto, llamado Nanba, le dijo a este soltando una carcajada, después de
haber mirado de reojo a su esposa, que se había sentado junto a ellos: «Oye, Nanba,
te aconsejo que nunca te cases con una mujer con muchos estudios. Pues te hace
sentir ridículamente ignorante», y rompió a reír. Delante de ella Nanba no supo cómo
reaccionar y siguió jugueteando con la copita para disimular su desconcierto. No
obstante, se tomó el consejo tan a pecho que más tarde Nanba le comentó a su propia
esposa que les prohibiera a sus hijas leer demasiado y que bastaba con que terminaran
sus estudios en la escuela secundaria.
Ya desde niña, Namiko se reveló como una persona muy sociable e inteligente, y
era la hija favorita de su padre. A los tres años de edad, en brazos de la nodriza Iku,
tomaba el sombrero y se lo colocaba en la cabeza a su padre cada día que se despedía
de él en el vestíbulo. Un corazón infantil deseoso de crecer cada vez más es como un
brote en la tierra de primavera. Mientras no es pisoteado, vuelve a crecer exuberante
por su propia fuerza, incluso bajo la nevada tardía. El dolor que Namiko guardaba por
la pérdida de su madre era más profundo de lo que suele ser un sentimiento infantil
pero, sin duda, el pequeño brote podía seguir creciendo hasta su plena floración tan
pronto como lo bañara el rayo apacible del sol. Cuando Namiko vio por primera vez a
su madrastra, quien tenía los ojos levemente curvados hacia arriba y la boca grande,
peinada en estilo sokuhatsu[23] y exhalando un fuerte olor a perfume, la niña se echó
un poco para atrás. Aun así, la cariñosa Namiko intentó querer de corazón a su nueva
madre. Sin embargo, la madrastra rechazó a esa niña tan encantadora por culpa de los
celos hacia su madre muerta. La madrastra, una mujer carente de delicadeza y
egoísta, orgullosa de sus estudios y llena de malicia y celos, trató a esta niña inocente
de ocho años como a un adulto dotado de razón, e hizo daño al alma sencilla y
transparente de Namiko, la cual acabó creyendo que el mundo era frío y triste. Es una
desgracia no ser querido, pero el no saber querer es mayor desgracia aún. Namiko
tenía una nueva madre pero no obtuvo su amor; tenía una hermana menor que
tampoco la quiso. A pesar de la presencia de su padre y de que su nodriza Iku y su tía,
hermana de su verdadera madre, guardaban a Namiko un gran cariño, no podían
protegerla lo suficiente, pues su tía pertenecía a otra familia e Iku era una simple
sirvienta. En lo que respecta a Iku, sufría bajo la vigilancia de la madrastra,
obsesionada por reprimir cualquier manifestación de bondad o favoritismo hacia
Namiko. Ahora el padre, un padre que la adoraba con toda el alma, incluso él, contra
su voluntad, no se atrevía a dar rienda suelta a su cariño delante de su nueva esposa.
Bien mirado, era una demostración de benevolencia para que su hija no sufriera por

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los celos de su esposa. Es cierto que él también guardaba en secreto el dolor de ser
obligado a tener que reñir a Namiko delante de su esposa, pero después consolaba a
la niña a escondidas con un profundo amor paterno. La sensibilidad y la inteligencia
de la niña habían captado con agudeza la lucha interna de su padre, y sentía una gran
sensación de amor y gratitud hacia este hombre que intentaba evitarle a toda costa
cualquier dolor. No obstante, aunque Namiko, con mucha discreción, y para no
amargar a su madrastra, se reservaba ese profundo afecto hacia su padre, resultó el
efecto contrario, y fue reprendida duramente porque su madrastra interpretó la actitud
de la niña como de obstinación en su contra. Un día, a consecuencia de un
malentendido insignificante, la madrastra le propinó a la niña una avalancha de frases
en el expresivo dialecto de Choshu[24] con una lógica importada de Inglaterra; y no
solamente atacó a Namiko, sino también la sagrada memoria de su madre. Namiko,
estremecida por la rabia y a punto de abrir los labios que mantenía fuertemente
apretados, se contuvo con dificultad al ver la sombra de su padre que andaba cerca.
Al final, fue a refugiarse detrás de una cortina bajo una ventana y allí lloró larga y
copiosamente por esa injusta acusación. ¿Realmente ella tenía un padre? Sí que
existía el padre, un padre que la quería con todo su corazón. Sin embargo, para una
niña de tierna edad, cuyo mundo es su casa, una madre cariñosa representa más que
cinco padres. Bajo la tiranía a lo largo de diez años de una madrastra como la de
Namiko, hasta la niña más dulce podía convertirse en una amargada. La adolescencia
de Namiko, por lo tanto, fue infeliz. La señora Kataoka solía decir: «La verdad es que
el comportamiento de Nami no tiene nada de infantil, es extrañamente rencorosa».
Una flor sigue siendo una flor independientemente de que crezca en una humilde
maceta de terracota o en una de preciosa porcelana; todas necesitan por igual baños
de sol. Pero Namiko era realmente una flor delicada destinada a permanecer siempre
en la sombra.
Cuando Namiko se comprometió con Takeo, y más aún, cuando la boda terminó,
ella respiró con felicidad, y su padre, su madrastra, su tía e Iku, todos respiraron
igualmente aliviados, cada cual por un motivo diferente.
Iku solía quejarse en voz baja de que su nueva ama escogía muy bien la ropa más
elegante y costosa para ella misma, pero que a Namiko le compraba siempre ropa
modesta y de mal gusto. La sirvienta lloró al ver el pobre ajuar que le habían
preparado a Namiko, y se lamentó de que su anterior ama no pudiera estar allí en esos
momentos. Namiko, sin embargo, dejó su casa natal con alegría. El pensamiento de la
vida nueva, libre y feliz que la esperaba superó incluso la pena por tener que
separarse de su adorable padre.

Capítulo III

La carretera que conducía de Ikaho al Kannon[25] de Mizusawa tenía unos cuatro

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kilómetros y formaba una gran curva que bordeaba como una serpiente por el medio
de la ladera de un monte pelado. Sería un camino de fácil acceso si no fuera por dos
valles que había que cruzar. A medida que subían más y más alto, la vista dominaba
la llanura de Jomo que se extendía desde Akagi. Los alrededores formaban un amplio
prado. En la primavera, cuando los junquillos brotaban con fuerza sobre la tierra
oscura compuesta por las cenizas procedentes de quemar las malas hierbas, surgía
una verdadera exhibición floral de aulagas merinas y de campanillas que crecían
apretadas unas al lado de las otras, formando una inmensa alfombra con un fondo de
terciopelo verde. Entre tantas flores, se asomaba una multitud de helechos reales, con
su cabeza cubierta de algodón, y de helechos águila[26].
Aquel día de primavera pronto pasaría como un sueño para los amantes de la
naturaleza.
Un mediodía, Takeo y Namiko habían decidido salir a recoger helechos
comestibles y llegaron a esa pradera acompañados de Iku y de una sirvienta de la
posada. Después de haber recorrido el campo, Takeo pidió a la sirvienta que
extendiera en el suelo, en un lugar donde la hierba fuera tierna, una mantita que había
traído, y se tumbó sin ceremonias con los zapatos puestos. Namiko se quitó las
sandalias, se sacudió la tierra de las rodillas con un pañuelo de color rosa, se sentó
con elegancia junto a su esposo y exclamó:
—¡Oh, qué blandito está el suelo! Me da pena sentarme sobre la hierba.
Iku miró a Namiko, sonrió y dijo:
—¡Señorita!… ¡Uy, disculpe otra vez! Señora, qué buen color de cara tiene hoy.
Y hacía muchísimo tiempo que no la oía cantar tan dulce y alegre.
Iku acarició a Namiko con una mirada en la que brillaba una admiración devota.
—He cantado tanto que me he quedado seca.
—¡Oh, qué fallo! No hemos traído té.
Pidiendo disculpas, la sirvienta desató el nudo del hatillo y sacó unas naranjas,
unos dulces y una caja de sushi cortado en rollitos.
—Con que tengamos naranjas, es suficiente —repuso Takeo; sacó una navaja de
su bolsillo, se puso a pelar una naranja, y continuó—: ¿Qué te ha parecido, Nami?
¿No crees que soy el único que sabe recoger helechos?
—¿Cómo? —La sirvienta intervino tímidamente en la conversación—. Pero,
señor, la mayor parte de lo que usted ha recogido son malas hierbas.
Takeo repuso en tono de broma:
—¡Calla, mala perdedora! —Y, riendo, añadió—: La verdad es que hoy está
resultando un día realmente divertido. Y qué tiempo más maravilloso hace, ¿no?
Namiko añadió:
—Sí, con solo ver el cielo, me doy por contenta. ¡Qué milagroso color, tan azul!
Con este manto azul haría un vestido impresionante.
—Tal vez sería aún mejor para un uniforme de marinero.
—¡Oh, y qué aroma! ¡Qué perfume despiden las flores! Escucha, por ahí están

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cantando las alondras.
Iku apremió a la sirvienta:
—Bueno, ya que hemos comido y descansado, volvamos, ¿eh, señorita?
Y se pusieron otra vez a recoger más helechos.
Takeo bromeó de nuevo gritando a la espalda de las sirvientas:
—¡Espero que tengáis la amabilidad de dejarnos unos poquitos, que iremos más
tarde! ¿De acuerdo? —Luego, volviéndose hacia Namiko, continuó—: Qué
trabajadora es Iku, ¿a que sí, Nami?
—Sí que lo es.
—¿Estás cansada?
—No, en absoluto. ¡Es la primera vez que me divierto tanto!
—Cuando viajo por alta mar, contemplo unas vistas magníficas, pero me parece
que este panorama que se despliega ante esta colina tan alta es otra maravilla. Me
siento nuevo, realmente nuevo. Mira aquellas paredes blancas que se ven hacia la
izquierda. Aquel pueblo es Shibukawa, donde paramos a almorzar camino de Ikaho.
Y aquel que se ve como una cinta azul, que está más hacia a nosotros, es el río Tone.
¿A que no lo parece? Y allá, siguiendo la pendiente del monte Akagi, ¿ves que hay
como una especie de hormiguero de donde sale humo? Aquello es la ciudad de
Maebashi… ¿Cómo? ¿Ah, lo que se ve mucho más allá como un alfiler de plata? Eso
sigue siendo el cauce del río Tone. A partir de allí no se ve nada, está brumoso.
Lástima que no hayamos traído los gemelos, ¿verdad, Nami? Pero, bueno, también es
hermoso que el paisaje lejano se disuelva en la neblina.
Namiko apoyó suavemente la mano en la rodilla de Takeo y suspiró.
—¡Cómo me encantaría quedarme así contigo para siempre!
Al tiempo que dos mariposas amarillas pasaron revoloteando y rozando la manga
de Namiko, se oyeron unas pisadas sobre la espesa hierba y de repente una larga
sombra con sombrero se abalanzó ante la feliz pareja.
—Hola, Takeo.
—¡Pero, bueno, si es Chijiwa! ¿Cómo tú por aquí?

Se trataba de un hombre de unos veintiséis años de edad; llevaba el uniforme de


teniente del Ejército. Para ser un militar, tenía la tez blanca y era muy guapo de cara.
Sin embargo, había algo en él que deslucía su buena apariencia. Quizá fueran sus
labios, que le daban un aspecto cínico; o la mirada penetrante de sus negros ojos
cristalinos. Este hombre, llamado Yasuhiko Chijiwa, era primo de Takeo. A pesar de
que en esa época fuera un subordinado del Cuartel General de Personal, era
considerado uno de los hombres más sagaces de la sede.
—¿A que no esperabas verme por aquí?, ¿a que no? Es que ayer vine a Takasaki
por un servicio que tenía que cumplir y he pasado la noche allí. Esta mañana he ido a
Shibukawa, donde me he enterado de que Ikaho estaba muy cerca, y me he decidido a
hacerte una visita. Pero cuando te he estado buscando en la posada, me han dicho que

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habíais salido a recoger helechos, así que aquí estoy, siguiendo el camino que me han
indicado. Pero no te preocupes. Tengo que regresar mañana. Porque parece que he
venido a molestaros, jaja.
—¡Qué dices! Para nada, en absoluto. Por cierto, ¿me has hecho el favor de ir a
ver a mi madre?
—Sí, estuve un rato ayer por la mañana. Estaba muy bien. Pero se quejaba por no
saber cuándo volveríais. —Entonces, dirigiendo su penetrante mirada hacia Namiko,
añadió—: También en la casa de Akasaka están todos bien.
Namiko, que se había sonrojado desde la aparición del este hombre, se ruborizó
aún más y bajó la mirada.
Takeo, contento por la inesperada visita de su primo, volvió a bromear:
—Vamos, ahora que han llegado refuerzos, ya no temo ningún ataque. La unión
de las fuerzas terrestres y navales puede con millones de amazonas. —Señalando con
la barbilla a Iku y a la sirvienta que se acercaban, continuó—: Es que estas señoras se
han atrevido a acusarme de que yo he recogido pocos helechos y de que los pocos
que he recogido son malas hierbas.
Al ver a Chijiwa, Iku arrugó un poco la nariz con asombro.
—Señor Chijiwa… ¡Qué sorpresa encontrarlo por aquí!
Takeo respondió en lugar de su primo:
—He enviado un telegrama hace rato para que viniera a sacarme del apuro.
—¡Qué gracioso es usted! —rio Iku, que, cuando Namiko le murmuró algo,
continuó—: ¿Ah, pero se va mañana? Por cierto, señora, hablando de volver, si le
parece, nosotras nos vamos ya a preparar la cena.
Takeo respondió en lugar de su esposa:
—Sí. Muy bien, Iku. Hay que ofrecer una buena cena de bienvenida a Chijiwa.
Cuento contigo, Iku. Llegaremos con buen apetito. —Se rio y añadió—: ¿Eh?, ¿cómo
que tú también nos dejas, Nami? Tú quédate. No huyas aunque se marchen tus
aliadas. No te preocupes, mi pequeña, que te concedo una tregua generosa.
Namiko se quedó con su esposo, mientras que Iku y la sirvienta se marcharon
llevando los objetos que abultaban, como la cosecha de helechos y la mantita.
Después, Takeo, Namiko y Chijiwa fueron a por más helechos. Como todavía era
una hora temprana, se dirigieron a rezar al templo de Kannon de Mizusawa y antes de
tomar el camino de vuelta, descansaron un rato en el mismo lugar del campo donde
habían extendido la mantita.
El sol estaba a punto de ponerse por detrás del monte Monokiki iluminando el
cielo con sus magníficos rayos. La pradera a ambos lados del camino relucía como
una llama de color amarillo verdoso, y sobre ella, los ralos pinos extendían sus largas
sombras solitarias. Las montañas lejanas se sumergían silenciosamente en el baño del
sol poniente y la neblina del atardecer se levantaba a sus faldas. Un campesino que
pasaba a lo lejos apremió al buey que cargaba hierba en su lomo. El mugido del
animal rompió el profundo silencio, dejando un eco persistente en el tranquilo

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atardecer.
Takeo caminaba junto a Chijiwa conversando y Namiko los seguía. Bajaron el
monte despacio, cruzaron un valle estrecho y subieron por una cuesta hasta salir a un
camino deslumbrante por los últimos rayos de sol.
De repente, Takeo se detuvo y exclamó:
—¡Ay, qué estúpido he sido! Me he dejado el bastón. Pero no pasa nada, porque
estoy seguro de que ha sido donde hemos descansado hace poco. Esperadme aquí,
que vuelvo rápido.
Pero Namiko le rogó que la dejara ir con él.
—¿Cómo? Que no, Nami. Es mejor que te quedes aquí. Vuelvo volando, que está
a dos pasos, ¿de acuerdo?
Takeo convenció a Namiko a la fuerza; tan pronto como dejó la cosecha de
helechos envuelta en un pañuelo en el suelo, bajó corriendo por la pendiente y
enseguida desapareció de la vista de sus acompañantes.

Al irse Takeo, Namiko permaneció de pie en silencio a unos metros de distancia de


Chijiwa. Durante unos instantes pudo observar la figura diminuta de su marido que
subía por la cuesta más allá del valle, pero al final Takeo volvió a desaparecer de
inmediato en la lejanía.
—Señora Namiko.
Namiko, que contemplaba distraída la lejanía, se estremeció al oír que Chijiwa se
dirigía a ella muy cerca de su oído.
—Señora Namiko —repitió Chijiwa y dio un paso para acercarse a ella.
Namiko se echó para atrás pero levantó la vista sin remedio. Sin embargo, tuvo
que desviar la mirada rápidamente al encontrarse con aquella oscura mirada
cristalina.
—Le doy mi enhorabuena.
Namiko permanecía callada y se sonrojó hasta las orejas.
Pero Chijiwa continuó con un tono burlón:
—Enhorabuena. Debe de estar muy feliz. Pero hay un hombre que no está tan
feliz como usted —y sonrió con sorna.
Namiko bajó la vista y escarbó sin parar la raíz de una planta con la punta de su
sombrilla, que le servía de bastón.
—Señora Namiko.
Al igual que una ardilla frente a una serpiente, Namiko volvió a levantar la
mirada con coraje.
—¿Qué quiere?
—Es muy atractivo un hombre con título de barón y mucho dinero, ¿no? —dijo
con la misma sonrisa sarcástica—. Sinceramente, la felicito.
—¿Pero qué me pretende decir con eso?
—Me refiero a que las chicas se casan con un noble rico, aunque sea tonto. A un

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hombre pobre ni siquiera lo miran, por mucho que las quiera. Esas son las señoritas
de la alta sociedad de hoy en día —y, sonriendo, añadió—: Por supuesto que usted es
una excepción.
Aun siendo Namiko una persona educada, se le demudó la cara y le lanzó una
mirada de ira a Chijiwa.
—Le ruego que deje de insinuar tonterías, porque acaba de decir una grosería. O
repítalo delante de Takeo. Usted es un cobarde. Ni siquiera ha tenido valor de
consultar con mi padre, como un hombre hecho y derecho. Pero se atrevió a enviarme
una carta descortés. Así que no lo perdono.
—¡¿Cómo?!
El semblante de Chijiwa se volvió siniestro. Mordiéndose el labio, se acercó a
Namiko. De repente, se oyó un relincho a sus pies y apareció un hombre a caballo
subiendo la cuesta.
—¡Venga, venga, venga! Apártense. ¡Venga, venga!
Un campesino de unos sesenta años se quitó el pañuelo de la cabeza y pasó junto
a ellos observando con recelo a la joven pareja; se volvió a mirarlos varias veces.
Mientras tanto, Chijiwa permanecía inmóvil. Al cabo de un instante, la rigidez de
sus facciones se relajó y esbozó una sonrisa sarcástica en los labios.
—Si la ha molestado, devuélvamela.
—¿Devolverle qué?
—Lo que usted acaba de mencionar. ¡Esa carta que tanto aborrece!
—Ya no la tengo.
—¿Por qué no?
—La quemé porque era repugnante.
—¿Está segura? ¿Nadie más la ha leído?
—Nadie, por supuesto.
—¿En serio?
—Basta, déjelo ya.
Namiko no pudo resistir la desagradable mirada insolente de Chijiwa proveniente
de sus ojos tan negros y espantosos; la muchacha se aterrorizó y desvió la vista hacia
la lejanía. En este preciso momento, vio la figura de Takeo en la pendiente al otro
lado del valle. Un reflejo del cielo iluminó el rostro de Takeo. Namiko dio un suspiro
de alivio.
—Señora Namiko. —Chijiwa trataba obstinadamente de fijar su mirada en la de
Namiko, que la esquivaba, y añadió—: Señora Namiko, una cosa más. Manténgase
callada y no le revele mi secreto ni a Takeo ni a sus padres. Si no, se arrepentirá.
Chijiwa lanzó una mirada fulminante como un relámpago sobre el rostro de
Namiko, que le dio la espalda y se puso a arrancar flores silvestres.
Takeo subía por la cuesta pisando fuerte y agitando el bastón para saludarlos, y
les dijo jadeante:
—Lo siento, lo siento. ¡Ay!, que me ahogo… he corrido todo el camino. Pero

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mirad, he encontrado mi bastón justo donde creía que estaba. ¡Oh!, Nami, ¿qué te
pasa? ¿No te sientes bien? Estás muy pálida.
Chijiwa, poniéndose en el ojal una flor que acababa de arrancar, respondió:
—Como has tardado tanto, la señora Namiko ya estaba preocupadísima pensando
que te habías perdido —dijo riendo.
Takeo se sumó a la risa y exclamó:
—¡Vaya, perdona! ¡Y ahora, por fin, de vuelta a casa!
Las tres sombras en fila caminaron despacio hacia Ikaho.

Capítulo IV

En un compartimento de segunda clase del tren que había salido a las tres de la tarde
desde Takasaki, viajaba un hombre que, como iba solo, estiraba los pies calzados en
el asiento mientras leía el periódico y fumaba un cigarrillo. Se trataba de Yasuhiko
Chijiwa.
De repente, dejó bruscamente el periódico a su lado y gritó:
—¡Maldita sea!
Enojado, pisoteó el cigarrillo que se le había caído de los labios. A continuación,
escupió por la ventanilla y se quedó mirando hacia fuera. Luego, chasqueó la lengua,
se puso a andar de un lado para otro del alargado compartimento y volvió a sentarse
en el mismo lugar de antes. Cruzó los brazos sobre el pecho y cerró los ojos. Sus
cejas tupidas adoptaron la forma de la línea recta de sus pensamientos.

Yasuhiko Chijiwa era huérfano. Su padre, un samurái del ilustre dominio de


Kagoshima[27], había muerto en combate en la guerra de la Restauración Meiji; y su
madre, víctima del cólera, había dejado solo a Yasuhiko cuando tenía tan solo cinco
años. El niño fue acogido y educado por una tía paterna, la madre de Takeo
Kawashima.
Su tía se compadeció del pequeño huérfano, pero su tío lo consideró una carga.
Los días de fiesta, mientras que Takeo lucía un lujoso traje de seda y ocupaba un sitio
destacado, Yasuhiko iba vestido más modestamente y tenía que conformarse con un
lugar más retirado donde no llamara la atención. Así que muy pronto Chijiwa llegó a
comprender su triste condición. Takeo tenía padres, riqueza y una elevada posición
oficial, pero él tendría que labrarse un futuro con su fuerza física y su inteligencia. El
odio hacia Takeo causado por la envidia crecía sin parar, al igual que el rencor hacia
su tío.
Desde muy joven Chijiwa intuyó que había dos maneras de alcanzar el éxito en el
mundo, una cara y una cruz, y se decidió a tomar el camino más fácil en cualquiera
de los dos casos. Así pues, los años que estuvo en la Escuela Militar, gracias a su tío,
al contrario de sus compañeros que estudiaban y trabajaban duro para aprobar en los

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exámenes, prefirió emplear astutamente su tiempo cultivando la amistad de la gente
influyente de su provincia y seleccionando a aquellas personas que podrían ser de
utilidad para él en el futuro. Este plan puso de manifiesto su eficacia desde el
principio de su carrera. Mientras que sus compañeros iban ascendiendo lentamente de
un grado a otro, conduciendo los regimientos de infantería o dirigiendo las laboriosas
maniobras de las tropas, Chijiwa consiguió colocarse en una posición envidiable en la
Oficina del Estado Mayor, desde donde podía enterarse de secretos importantes de la
organización militar.
Ahora su mayor preocupación era contraer matrimonio. Estaba seguro de que solo
a través de la alianza con determinadas familias podría culminar con éxito su vida,
del mismo modo en que los monos logran alcanzar el agua que sacia su sed mediante
la unión de los miembros de la manada. Chijiwa se puso a escudriñar en la historia
privada de gente importante y descubrió que el barón A era yerno del marqués B, que
el funcionario de alto rango C era yerno del conde D, que el millonario E era padre
adoptivo del hijo del conde F, que la esposa del hijo del marqués G era hija del
millonario H, y así sucesivamente. Finalmente, su ojo de cazador se fijó en la casa del
teniente general del Ejército el vizconde Kataoka. A pesar de que el general se
encontraba en aquellos tiempos en la reserva del Ejército, era un personaje estimado
en todo el país por ser un militar muy inteligente y valeroso, y considerado como un
verdadero protector de la nación. Pronto Chijiwa se percató de la importancia de la
poderosa influencia del general, y con un pequeño pretexto se acercó a él y logró sin
demasiada dificultad visitarlo en su propia casa. Inmediatamente la hija primogénita
del general le llamó la atención a Chijiwa por varias razones. Primero, él no tardó en
captar el profundo amor paterno que el general guardaba hacia ella; segundo, su
madrastra hubiera abrazado con gusto la primera oportunidad de casar a la
primogénita con el fin de apartarla del techo paterno. Y por último, para ser sincero,
él mismo experimentaba un cierto sentimiento de simpatía hacia esa muchacha tan
modesta y gentil. Aguardó una ocasión propicia para descubrir qué tipo de impresión
había causado a la familia Kataoka. El general apenas revelaba sus pensamientos
pero, en cambio y con toda seguridad, Chijiwa se había ganado el favor de la señora
Kataoka. Asimismo, se había hecho muy amigo de la segunda hija, una niña un poco
revoltosa de catorce años de edad llamada Komako. Había también en la familia dos
niños nacidos de la segunda esposa, pero Chijiwa, naturalmente, les prestó poca
atención. Había una persona mayor, Iku, la única de los sirvientes antiguos que se
había mantenido en la casa por expresa voluntad del general tras la llegada de la
actual esposa. Iku no se separaba de Namiko y Chijiwa no había sido capaz de
ganarse su simpatía. Esto lo desconcertó un poco, pero pensó que bastaría desplegar
sus artes de conquista con Namiko. No obstante, pasó un año sin poder encontrar una
oportunidad favorable. Un día, en un momento de impaciencia y ligeramente
embriagado tras un banquete, escribió una declaración de amor, la selló en doble
sobre en el que una amiga había escrito la dirección por él, y se la envió a Namiko

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por correo.
Ese mismo día Chijiwa se había visto obligado a abandonar la ciudad por un
servicio y cuando regresó al cabo de tres meses, se enteró, con intenso asombro, de
que por mediación del vizconde Kato, un parlamentario, Namiko se había casado con
su mismísimo primo, Takeo Kawashima. Al oír esta inesperada noticia, la rabia se
apoderó de Chijiwa y despedazó a jirones la hermosa tela de crespón que había traído
de Kioto como regalo para Namiko con la esperanza de que su festivo color fuera un
buen augurio para una respuesta positiva hacia él por parte de la primogénita
Kataoka.
Sin embargo, Chijiwa no era hombre que se dejara arredrar ante cualquier tipo de
fracaso: de hecho, recuperó inmediatamente su innato atrevimiento. Ahora bien, su
único temor era que si Namiko les revelase a su padre o a Takeo el secreto de su carta
de amor, podría causarle un daño irreparable al hacerle perder para siempre a Chijiwa
la relación con el poderoso amigo que tanto tiempo se había dedicado a cultivar.
Quería confiar en Namiko, que era bastante discreta, pero, como Chijiwa era muy
cauto, pensó que debería asegurarse de los sentimientos de la muchacha hacia él. Y,
por eso, no perdió la ocasión de su viaje a Takasaki para encontrarse con el joven
matrimonio en Ikaho y tantear astutamente la situación.
Ahora, después de haberlos visto, su alma estaba dominada por un único
sentimiento que excluía todos los demás. No era otro que un intenso odio hacia
Takeo.

De repente, abrió los ojos y despertó de sus cavilaciones. Le había parecido oír que
alguien llamaba: «¡Takeo! ¡Takeo!». Al mirar por la ventanilla, advirtió que el tren se
había detenido en la estación de Ageo. Un empleado pasó por delante de él gritando:
—¡Ageo! ¡Ageo!
—¡Seré imbécil!
Indignado consigo mismo por haber hecho caso de una ilusión infantil, se puso a
andar como antes de un lado para otro dentro del compartimento. Se estremeció como
si quisiera ahuyentar un pensamiento no deseado y volvió a sentarse. Entonces
esbozó una sonrisa sarcástica.
El tren, tras haber dejado Ageo y pasado por otras estaciones a la velocidad del
viento, llegó a Oji. Se oyeron pisadas en la grava de la plataforma y varias personas
entraron ruidosamente en el compartimento en el que iba Chijiwa. Entre ellas había
un hombre de unos cincuenta años, de tez colorada, ojos rasgados y una llamativa
verruga roja debajo del ojo izquierdo. Este hombre vestía una costosa prenda de
crespón blanco, del cinturón le colgaba una gruesa cadena de oro y en su mano
derecha brillaba un enorme anillo de oro macizo. Al sentarse, su mirada se encontró
con la de Chijiwa.
—¡Hombre, Chijiwa!
—¡Caramba!

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—¿De dónde vienes?
El hombre de la verruga roja se sentó junto a Chijiwa mientras hablaba.
—Vengo de Takasaki.
—¿De Takasaki?
El hombre miró con detenimiento a Chijiwa y luego preguntó en voz baja:
—¿Tienes prisa? Si no, ¿por qué no cenamos juntos?
Chijiwa asintió con la cabeza.

Cerca del puente que conduce al barrio de Hashiba, junto a la orilla del río
Sumida[28], había una casa en cuya entrada estaba escrito «Villa Yamaki». Su
estructura poco común evocaba un sitio de placer. En el primer piso había una sala
cuyo fino shoji[29] era digno de reflejar el perfil elegante de un peinado shimada[30]
moviéndose con la cadencia de la música. La tarima de la sala estaba cubierta por una
lujosa alfombra roja en la que podrían lucir las cartas de juego arrojadas sobre ella;
sin embargo, ahora encima descansaban una mesa llena de platos y copas, y una
lámpara con pantalla de papel para evitar el brillo cegador de la luz. En esa estancia
se encontraban Chijiwa y el hombre de la verruga roja, el mismo dueño de la casa,
Hyozo Yamaki.
Tal vez con intención de preservar la intimidad, no había ni una sola sirvienta
para atenderlos. Yamaki tenía ante él un cuaderno de notas. Un lápiz colocado entre
las hojas las mantenía abiertas y en ellas se podía observar una lista de nombres,
títulos y direcciones de muchas personas. Yamaki tenía marcado cada uno de esos
nombres con un símbolo como un círculo, un cuadrado, un triángulo, y letras y
números. Había varios nombres tachados una vez pero marcados de nuevo como
válidos.
—Entonces, estamos de acuerdo, Chijiwa. Cuando esté todo preparado, házmelo
saber… Estás seguro de tener éxito, ¿verdad?
—Casi seguro. El asunto ya está en manos del ministro. Pero, puesto que la
competencia nos está presionando, tenemos que ser generosos con el dinero. —A
continuación, colocó el dedo índice sobre uno de los nombres del cuaderno y añadió
—: Este hombre es un canalla. Debes callarle la boca.
—¿Y qué piensas de este?
—Es peor. No lo conozco muy bien pero dicen que es muy escrupuloso. Creo que
va a ser mejor tratar de convencerlo con humildad. Si se resiste, tendremos que
proceder con cautela.
—Es cierto que hay gente en el Ejército con la que es fácil llegar a un acuerdo,
pero hay otros que no. ¿Te acuerdas el año pasado, el éxito que tuvimos con el
suministro de los uniformes al regimiento? En general muy bien, hasta que llegó un
coronel, cuyo nombre no recuerdo, aquel horrible con bigote pelirrojo. Pues él era
más puntilloso que nadie y trataba de descubrir defectos en nuestros productos. Así
que, cuando envié un mensajero a entregarle un regalo para callarlo, una caja de

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dulces de los de siempre, ya sabes… se indignó diciendo que él no era hombre que se
dejara sobornar. ¡Imagínate la escena: el coronel le dio una patada a la caja y las
monedas de plata que iban ocultas bajo una capa de dulces saltaron por los aires,
formando una lluvia de dulces colorados y monedas brillantes! ¡Qué escándalo!
Entonces, el coronel se puso furioso y juró que jamás en su vida había visto una
osadía tan infame y que nos iba a denunciar. A nuestro mensajero le costó
convencerlo de que no lo hiciera. Las cosas se complican cuando te encuentras con
gente como él, por no hablar de Takeo. Es absolutamente imposible llegar a un
entendimiento con el barón. Porque hace poco…
—Es que Takeo heredó suficiente dinero como para permitirse cualquier deseo, y
en tales circunstancias no es tan difícil mantenerse uno mismo tan orgulloso y tan
recto. En cuanto a mí, pobre y sin perspectivas de fortuna, debo labrarme mi futuro
con mi propia fuerza física…
—¡Ah, se me había olvidado por completo! —Yamaki, fijando la vista en
Chijiwa, sacó cinco billetes de diez yenes y continuó—: Guárdalos en concepto de
gastos por el viaje de hoy. Ya te pagaré la bonificación correspondiente cuando llegue
el momento oportuno.
—Gracias, lo acepto sin ceremonias. —Chijiwa tomó los billetes rápidamente y
mientras se los guardaba en el bolsillo, añadió—: Escucha, Yamaki…
—Sí, dime.
—Hay un refrán que dice: «El que no siembra, no recoge».
Yamaki sonrió amargamente, le dio una palmadita en la espalda a Chijiwa y le
dijo:
—Mira que eres listo. ¡Lástima que no te tengamos de director financiero!
—Yamaki, una daga en manos de nuestro héroe Kiyomasa[31] era más eficaz que
cualquier espada en manos de un novato, ¿no es cierto?
—Tienes razón, bien dicho, hijo. De todas formas, te aconsejo que te andes con
cautela en este tipo de especulaciones. Un inexperto puede acabar arruinado en el
comercio de futuros.
—Lo sé, lo sé. Solo se trata de que aquellos que tienen un montón de dinero
pasen un poco de su fortuna a los demás. Bueno, tengo que irme. Volveré dentro de
unos días, tan pronto como tenga toda la información… No hace falta que llames un
rikisha[32]. Será mejor que lo busque yo cuando salga de aquí.
—Como quieras. Por cierto, te ruego que disculpes a mi mujer. Es que no puede
dejar sola a mi hija.
—¿Tu hija Toyoko? ¿Está enferma?
—Sí, ha estado mala durante un mes. Y, por eso, mi mujer la ha traído aquí. Te
digo de corazón que no tengas prisa en casarte y formar una familia. No hay nada
mejor que estar soltero si quieres hacer dinero.
Y se echó a reír.
Chijiwa se despidió del dueño de la casa y de la sirvienta en el vestíbulo y se alejó

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rápidamente de la villa de Yamaki.

Cuando Yamaki volvió a la sala, la puerta se abrió silenciosamente y una mujer de


mediana edad, que tenía la tez muy blanca, el pelo ralo y los dientes un poco salidos,
entró y tomó asiento al lado de Yamaki.
—¿Ya se ha ido el señor Chijiwa?
—Sí, por fin he conseguido que se fuera. Y ¿cómo se encuentra Toyoko?
La mujer respondió con voz grave:
—La verdad es que no sé qué hacer con ella… —A continuación se dirigió a la
sirvienta que recogía la mesa y le dijo—: Kane, ¿quieres dejarnos a solas? —Y
continuó—: Pues escucha lo que ha hecho hoy. Se pone de mal humor por cualquier
tontería, tira una taza, rompe un vestido, lo deja hecho pedazos y, para rematar, se
pone como loca. Es que no hay quien pueda con ella. Hay que ver lo infantil que es
con diecisiete años que tiene.
—Me temo que nos veremos obligados a enviarla a la prisión de Sugamo. —Y
sonriendo exclamó—: ¡Pobre muchacha!
—¡Cariño, no es momento para bromas! Pero me da tanta pena por ella… Nuestra
sirvienta Take me ha contado que hoy precisamente Toyoko le ha dicho llorando que
toda la culpa la tiene el odioso de Takeo, y que es una persona cruel, el más cruel del
mundo. Encima de que el año pasado le envió unos calcetines de lana tejidos por ella
misma como regalo de Año Nuevo, además de un pañuelo bordado, unos guantes, por
no hablar de un precioso jersey rojo, todos hechos por ella gastando sus ahorros, sin
darle ni siquiera las gracias. Y para colmo, Takeo se atrevió a casarse con Namiko, la
fea, la repulsiva, la altiva. Pero ella era la hija de Yamaki y no quería admitir la
derrota ante una terrible traidora como Namiko. ¿Me escuchas, cariño? Así que si
Toyoko quiere tanto a Takeo, me gustaría hacer algo por ella, ¿eh, amorcito?
—¡Tonterías! De tal palo, tal astilla, dice el refrán. En mi opinión, eres la madre
que se merece esa niña egoísta. Es cierto que los Kawashima, para ser unos nobles
recientes, tienen un gran patrimonio, y en cuanto a Takeo, de tonto no tiene nada. Y,
por eso, yo habría hecho todo lo posible por casar a Toyoko con él. Pero, ya ves, fue
inútil. Ahora que se ha casado, ¿qué más quieres que haga? Es que no hay remedio, a
menos que Namiko se muera o se divorcie. Mientras tanto, haz el favor de dejar esa
idea estúpida de una vez por todas. Lo más importante para nosotros es que
encontremos otro pretendiente aún mejor, ¿no es así, tontita?
—¿Cómo que tontita? Por supuesto que yo no soy tan valiente e inteligente como
tú, que a los cincuenta te distraes con jovencitas.
—No estoy de humor para aguantar tus tonterías. Me parece que a menudo dices
cosas fuera de lugar. No te olvides de que también Toyoko es mi hija. ¿Cómo no voy
a preocuparme por ella si la quiero? Así que ya vale. Deja de perder el tiempo
lamentándote del pasado, porque yo ya estoy buscando otra familia donde Toyoko
pueda vivir feliz el resto de su vida, ¿entendido? Anda, Sumiko, vamos con Toyoko a

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ver si somos capaces de distraerla de sus pensamientos.
Y el matrimonio se dirigió por el pasillo hacia la habitación de su hija.

Hyozo Yamaki era de origen humilde, pero se lo consideraba uno de los hombres de
negocios más hábiles. A principios de su carrera, el difunto padre de Takeo había
mostrado muy buena voluntad para ayudarlo y por esa razón Yamaki aún seguía
agradecido a los Kawashima. Se rumoreaba que ese sentimiento suyo se reforzaba al
considerar que los Kawashima eran unos de los miembros más ricos y respetados de
la nueva nobleza. Pero esta crítica demoledora acerca de la sinceridad del
agradecimiento profesado por Yamaki hacia los Kawashima, en el fondo resultaba
injusta, pues el comerciante reconocía la ayuda recibida. Yamaki vivía en Shiba-
sakuragawa, uno de los barrios más hermosos de Tokio, próximo al Palacio Imperial,
y poseía una segunda casa en Hashiba, junto al río Sumida. Muchos años atrás había
sido prestamista. Pero ahora dirigía un negocio de suministros para el Ejército y el
Gobierno. Su hijo mayor estudiaba en una escuela comercial de Boston, en los
Estados Unidos; y su hija, Toyoko, se había graduado hacía poco tiempo en una
institución aristocrática donde había estudiado junto a las hijas de las más
distinguidas familias. En cuanto a su esposa, nadie sabía cómo ni cuándo se había
casado con él; y la información personal sobre ella se limitaba a que provenía de
Kioto. Físicamente no era una mujer nada atractiva y, por eso, muchos se
preguntaban cómo Yamaki había podido enamorarse de ella. Sin embargo, en
realidad, por uno u otro motivo, él se ausentaba para frecuentar a escondidas las casas
de mujeres hermosas que lo recibían encantadas. Y su esposa estaba al corriente.

En el suelo, estaban colocados un koto, una mandolina y una urna de cristal dentro de
la cual se guardaba una gran muñeca. En un rincón había un elegante escritorio y un
tocador contra la pared. Todo el dormitorio estaba tan ricamente amueblado que uno
podía haberse imaginado fácilmente que se trataba de la alcoba de una princesa. Sin
embargo, cuando la vista se dirigía hacía la cama, como es natural, en busca de la
dueña del dormitorio, se encontraba a una muchacha de unos diecisiete años con el
pelo poco cuidado, parecido a una escoba, y acostada bajo un edredón de seda. Su
rostro era tan regordete que sus mejillas parecía que se caían, sus labios estaban
entreabiertos como si estuvieran demasiado cansados para mantenerlos cerrados y sus
ojos hinchados bajo unas cejas sumamente claras parecían velados por una neblina
tras despertar de un sueño eterno.
—¡Idiota!
La muchacha gritó a la espalda a su sirvienta, que en ese momento salía de la
habitación para cumplir las órdenes de su ama, mientras contenía una sonrisa ante sus
caprichosos deseos. Al quedarse sola, Toyoko retiró con impaciencia el edredón, salió
de la cama y tomó en su mano una gran fotografía que adornaba un rincón. Durante
un buen rato fijó la vista, sin ni siquiera pestañear, en la fotografía donde había un

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grupo de colegialas en uniforme. Y después golpeó sin parar con un dedo a una de las
chicas. Pero no contenta con eso, arañó con fuerza la cara de su rival.
En ese instante se abrió la puerta.
—¿Quién es? ¿Eres Take?
—Sí, soy Take, Take bastante calva —contestó Yamaki riéndose y se sentó con su
mujer al lado de la cama. La hija trató de ocultar con rapidez la fotografía,
inclinándose sobre ella.
—¿Cómo te encuentras, Toyoko? ¿Mejor? Por cierto, ¿qué es lo que acabas de
esconder? A ver, enséñamelo. Venga, que me lo enseñes… ¡Vaya, pero qué has hecho
en la cara de Namiko! Cómo la has arañado… ¡Si sería más efectivo recitar conjuros
en un santuario a la medianoche[33] que esa manera tan tonta de vengarte de ella!
Su mujer exclamó con indignación:
—¡Pero tú no le des más ideas!
—Bueno, Toyoko, eres hija de Hyozo Yamaki, ¿no es así? Sé generosa y valiente.
Deja de sufrir por un hombre orgulloso que no supo valorar tu amor. Hija mía, ¿por
qué no intentas ganarte el interés del hijo de un millonario como Mitsui o Mitsubishi,
o el hijo de un mariscal o un ministro? O, mejor aún, de un príncipe extranjero.
¿Adónde crees que puedes llegar con ese comportamiento, eh, Toyoko?
A pesar de que «la princesa Toyoko» abusaba del egoísmo y la violencia cuando
estaba a solas con su madre, se avergonzó delante de su padre y silenciosamente se
tumbó boca abajo en la cama. Yamaki continuó:
—¿Qué te pasa, mi niña? ¿Todavía quieres tanto a Takeo? ¡Ay, cómo eres, hija
mía…! Oye, Toyoko, ¿te gustaría ir a Kioto de vacaciones? Te va a encantar, ¿eh?
Hay muchos lugares interesantes, pero si no te apetece visitar los templos, puedes ir a
Nishijin[34] a comprarte un obi[35] y un quimono muy bonitos. ¿Qué te parece? No me
digas que no. Ah, por cierto, Sumiko, hace mucho que no vas por ahí. ¿Por qué no la
acompañas?
—¿Vas a venir tú con nosotras?
—¿Yo? ¿Bromeas? Con la cantidad de negocios que llevo entre manos…
—Entonces, yo tampoco voy.
—¿Y eso? No te prives por mí. Pero ¿por qué no?
Su esposa se limitó a reír.
—Dime por qué.
La señora Yamaki insistió en su risa.
—¿A qué viene esa risa tan irónica? Dime de una vez por qué no quieres ir.
—Porque no puedo dejarte solo. A saber lo que haces mientras.
—¡Uf! ¿Cómo te atreves a decir eso delante de tu hija? Toyoko, no te creas lo que
acaba de insinuar tu madre. No le hagas ni caso.
La señora Yamaki añadió riendo:
—Digas lo que digas, todo me suena a hipocresía.
—Basta ya, déjalo. Vamos, Toyoko, no te preocupes y relájate. Y ten paciencia,

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ya verás como todo te va a ir bien.

Capítulo V

Un sábado por la tarde, a mediados de junio, cuando los castaños abrían sus flores en
el jardín de la casa del vizconde general Kataoka en Akasaka, el prestigioso barrio de
Tokio, el general se encontraba cómodamente sentado en su despacho.
El general tenía unos cincuenta años. Empezaba a tener entradas en la frente y sus
sienes se estaban encaneciendo. Era muy corpulento y pesaba más de ochenta kilos.
Se contaba que un caballo de raza árabe aguantaba difícilmente bajo su peso. Su
cuello se hundía entre los hombros musculosos y su papada rozaba la parte superior
del pecho. Tenía una barriga parecida a la de un luchador de sumo y sus muslos,
similares a los de un buey, se rozaban al andar. Su rostro estaba muy bronceado por el
sol y tenía la nariz ancha, los labios carnosos, las cejas claras y la barba rala.
Únicamente sus ojos rasgados como los de un elefante contrastaban con ese cuerpo y
brillaban con una expresión de gran bondad que armonizaba con la eterna sonrisa de
sus labios, revelando un carácter afable y bonachón.
Varios años atrás, mientras el general se encontraba cazando en una región
montañosa, llamó a la puerta de una cabaña para pedir agua. La anciana que vivía
sola se quedó mirando fijamente al general que iba vestido de civil y exclamó con
admiración:
—¡Pero qué enorme es usted! Habrá cazado una liebre por lo menos.
Él contestó con su sonrisa indulgente:
—No, absolutamente nada.
—Es imposible hacer negocios matando animales. Con su físico, yo le aconsejo
trabajar de obrero. Verá que le pagan cincuenta yenes sin rechistar.
—¿Al mes?
—¡Qué va!, al año. Piénseselo bien y si se decide, vuelva aquí, que le buscaré un
buen trabajo.
—¡Oh, qué amable, señora! Sí, claro, nunca se sabe.
—Sí, sí, cuando usted quiera. Es una lástima que esté perdiendo el tiempo con esa
fuerza que tiene.
Este incidente era una de las anécdotas más cómicas que él a menudo contaba con
placer. De hecho, los que no sabían de quién se trataba, se habrían llevado a primera
vista una impresión muy similar a la de la anciana. Pero para aquellos que lo
conocían, ese soldado enérgico representaba una brillante torre de fuerza viril y en
tiempos de incertidumbre todo el mundo descansaba su ansiedad en él, poseedor de
un cuerpo macizo que parecía una pequeña colina, como si fuera un sólido muro de
acero colocado en una ciudad para proteger a la multitud. Y, además, siempre
mantenía la mente tranquila, capaz de pensar rápida y claramente, por lo que infundía

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valor a cualquiera de sus soldados cada vez que temblaban ante los mayores peligros.
En su despacho, sobre la mesa situada al lado de una butaca, había una maceta
azul de porcelana en la que crecían rectos unos bambúes. En la parte superior de la
pared frontal estaba colgada una fotografía del emperador y la emperatriz, y debajo
había un autógrafo firmado por Nanshu[36] que decía: «Sé amable con los demás».
Encima de la chimenea, en una rinconera colgaban fotografías de japoneses y
extranjeros, muchos de ellos militares de uniforme.
Las cortinas de color verde claro estaban corridas a un lado y las seis ventanas
que daban al este y al sur se abrían de par en par. Bajo las ventanas del este, se veía la
punta de la torre de Atago, que sobresalía tras la colina frondosa de Reinan situada al
otro lado del barrio de Tanimachi, por donde transitaba una multitud de gente entre
miles de casas. Alrededor de la torre, un milano volaba dando vueltas lentamente. Las
ventanas del sur daban al jardín, donde los castaños exhibían sus flores dejando ver
entre ellas el bosque de altos gingkos[37] que se erguían majestuosamente como una
lanza azul en el recinto del santuario de Hikawa.
El hermoso cielo, a través de las ventanas, brillaba como una elegante tela de seda
azul zafiro. Entre las refrescantes hojas verdes de los castaños, sus flores exuberantes
de color marfil parecían un cuadro contra el fondo luminoso del cielo. Una rama
florida, recta y gruesa como una charretera, había llegado junto a la ventana y sus
hojas se mudaban de color, del esmeralda al zafiro y al oro ámbar, según el reflejo de
la luz del sol que se filtraba entre ellas. A cada soplo leve de la brisa, las flores
dispersaban su perfume haciéndolo llegar dentro del despacho, mientras las hojas se
mecían proyectando sus sombras danzarinas sobre las páginas de un libro titulado La
situación actual del Ferrocarril Transiberiano que el general sostenía en la mano
izquierda.
Por un instante, el general cerró sus ojos rasgados respirando profundamente y
luego los abrió de nuevo dirigiendo despacio la vista al libro abierto.
A lo lejos se oyó un ruido como de las ruedas de una polea. Cuando ese ruido
dejó de sonar, un silencio absoluto reinó en toda la casa.
De pronto aparecieron dos diablillos que parecían haber esperado a tender una
emboscada en el momento más propicio e irrumpir en la casa. Se asomaron con
timidez por una puerta entreabierta, pero rápidamente se retiraron. Se oía el sonido de
sus risas ahogadas. Uno de ellos era un niño de unos siete años, vestido de marinero y
calzado con botines de cordones. El otro era una niña de unos cinco años, vestida de
quimono de pata de gallo de color púrpura con el fondo blanco, con obi carmesí, y
que llevaba el pelo liso con un flequillo que le llegaba al borde de los ojos.
Cuando los dos pilluelos llegaron al despacho, vacilaron unos instantes fuera de la
puerta, pero luego, como si la espera hubiera sido demasiado larga, empujaron con
impaciencia la puerta con las cuatro manos a la vez y entraron en el despacho.
Saltando con gracia y facilidad la fortaleza formada por los archivos de periódicos,
atacaron directamente al general en el sillón, abrazándolo por las rodillas, el marinero

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por la derecha y la niña del flequillo largo por la izquierda.
—¡Padre!

—¡Oh!, pero si ya habéis vuelto.


Así les habló el general con su voz profunda, sonriendo, mientras sus gruesas
manos acariciaban el hombro del marinero y el flequillo de la niña. Preguntó a su
hijo:
—¿Cómo te han ido los exámenes? ¿Te han salido bien?
El niño le respondió:
—Sí, padre, me han dado un excelente en Matemáticas.
La niña lo interrumpió:
—Padre, primero escúcheme a mí. La profesora me ha dicho que he bordado muy
bien hoy. ¡Mire!
La niña sacó del bolsillo su pequeña obra y la extendió sobre las rodillas de su
padre.
—¡Oh, qué bonito! ¡Muy bien, hija!
El niño continuó:
—Y un bien en Caligrafía y Lectura, y un aprobado en todo lo demás. Es la
primera vez que mi amigo Minakami me ha superado. Me da mucha rabia.
—No te preocupes y a estudiar. A propósito, cuéntame la historia de hoy de la
clase de Ética.
El niño de marinero sonrió de buena gana y le contó:
—Ha sido la historia de Masatsura Kusunoki[38]. Me encanta Masatsura. Padre,
¿quién es más importante, Masatsura o Napoleón?
—Los dos fueron grandes hombres.
—Padre, a mí me gusta mucho Masatsura, pero aún me gusta más la Marina.
Como usted está en el Ejército, yo ingresaré en la Marina.
El padre rio complacido y preguntó:
—¿Vas a ser oficial como Takeo?
—¡Oh, no! Takeo es solo alférez. Yo quiero ser general.
—Entonces, ¿por qué no quieres ser almirante?
—Porque usted también es general. Un general es superior a un alférez, ¿a que sí,
padre?
—Que sea alférez o general, quien trabaje más duro alcanzará al más alto.
La niña exclamó, mientras saltaba apoyando las manos sobre las rodillas de su
padre:
—¡Padre, escuche! ¡Escúcheme, padre! Hoy la profesora nos ha contado un
cuento muy entretenido, el de la liebre y la tortuga. ¿Quiere que se lo cuente?…
Había una vez una liebre y una tortuga… ¡Ah, aquí está madre!
En el preciso momento en que el reloj de pared daba las dos, una mujer alta de
unos treinta y ocho años entró por la puerta. Llevaba el cabello peinado en

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sokuhatsu[39] con el flequillo rizado separado en dos mostrando la frente. Sus grandes
ojos curvados levemente hacia arriba producían una impresión de sarcasmo. Iba
maquillada con una capa muy fina de polvos sobre su tez morena y sus labios
pintados de rojo destacaban la blancura de unos dientes brillantes. Vestía un quimono
de crespón vistoso y colorido, con obi negro; en sus manos brillaban varias sortijas
caras engastadas en piedras preciosas.
—Estáis molestando a vuestro padre, ¿eh?
—No. Fui yo quien les ha preguntado sobre su trabajo en la escuela. Pero ahora
me toca a mí estudiar. Vamos, iros fuera a jugar un poco. Luego os llevaré a dar un
paseo, ¿vale?
La niña exclamó alegre:
—¡Qué bien!
También su hermano gritó:
—¡Hurra! ¡Hurra!
Los dos niños muy juntos salieron alegremente del despacho compitiendo a ver
quién llegaba antes a la calle. Durante un rato sus gritos se oyeron a lo lejos:
«¡Hurra!», «¡Espera, yo también!». A continuación, el parloteo infantil se perdió en la
distancia.
La señora Kataoka se quejó:
—Puedes decir lo que quieras, pero es cierto que eres demasiado indulgente con
tus hijos.
El general contestó sonriendo a ese reproche:
—No lo creo. Los niños se crían mucho mejor cuando se sienten queridos.
—Pero sabes lo que dicen de padre severo y madre compasiva. Si persistes
dándoles tanto cariño, el proverbio es al revés en nuestro caso, y me va a
corresponder siempre a mí corregirlos. De esa manera, seré yo la única odiosa.
—Bueno, bueno, no me regañes tanto y sé un poco más complaciente contigo
misma. Y ahora, señora profesora, siéntese, por favor, que vamos a empezar.
Mientras se reía, el general se levantó y sacó de su librería un libro de lectura en
inglés, el tercero de Royal[40], que se puso a leer en voz alta, pronunciando cada
palabra lentamente con el acento característico del dialecto de Satsuma, donde había
nacido. Su mujer lo escuchaba con atención y le corregía continuamente los errores.
El general recibía esta lección todos los días. Su alta posición era la recompensa
del valor mostrado en las batallas que habían acontecido durante la guerra de la
Restauración de Meiji. Entonces, sus altas responsabilidades no le habían permitido
tener tiempo para el estudio de lenguas extranjeras. Sin embargo, hacía un año, desde
que lo habían adscrito a una posición auxiliar, el general había encontrado tiempo
libre suficiente para comenzar el aprendizaje del inglés. Por suerte, su esposa
Shigeko, hija de un brillante militar de Choshu, podía hacer de profesora. Ella había
estudiado durante muchos años en Londres, de donde regresó a su país con un
excelente nivel de inglés, resultado de una esmerada educación; su nivel de inglés tal

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vez era el mejor de todo Japón. Su mente se había impregnado tanto de las ideas
traídas de Londres que no se contentaba si no seguía las costumbres extranjeras en
todos los asuntos familiares, tanto en la dirección de la casa como en lo tocante a la
educación de los hijos. Por desgracia para ella, las circunstancias y la fuerza de las
costumbres tradicionales contuvieron a menudo sus deseos de reforma. Los sirvientes
de la casa se burlaban a sus espaldas de su inexperiencia doméstica. Los niños,
naturalmente, se encariñaban solo con su padre, que los adoraba. Y su esposo,
tradicional y magnánimo, no se preocupaba en absoluto por los asuntos triviales.
Todos estos eran los motivos del descontento de la señora Kataoka.
Mientras tanto, el general había llegado al final de la página tras haber superado
muchas dificultades y en el momento en que iba a traducir las frases, se abrió la
puerta y entró una muchacha de unos catorce años con el pelo suelto adornado con
una cinta carmesí. Al encontrar cómica la escena de su padre leyendo tan
diligentemente como un alumno mientras sostenía un pequeño libro que casi quedaba
oculto en sus grandes manos, no pudo contener su risa y dijo:
—Madre, la tía de Idamachi ha venido a visitarnos.
—¿De veras?
La señora Kataoka arrugó levemente las cejas pero no se movió, esperando la
reacción de su esposo. El general se levantó de inmediato y mientras acercaba una
silla a él, le ordenó a su hija:
—Acompáñala hasta aquí.

Una señora sonriente y refinada, de unos cuarenta y cinco años, entró saludando:
—Buenas tardes.
Llevaba unas gafas con cristales azules porque tenía mala vista. Se podía detectar
un ligero parecido en su rostro con el de la joven que se encontraba en el tercer piso
de Ikaho. Como es de suponer, se trataba de la hermana mayor de la primera esposa
del general Kataoka, la madre de Namiko; el nombre de la tía era Seiko. Ella era la
esposa del vizconde Kato, miembro del Senado. Su esposo y ella habían sido los
mediadores en el matrimonio de Takeo y Namiko.
El general se levantó sonriente ofreciéndole asiento, corrió un poco la cortina de
la ventana que había detrás de la silla y empezó a hablar:
—¿Cómo estás? Hace mucho que no te veía. Tu marido estará ocupado, como
siempre.
La señora Kato le respondió:
—Es más diligente que un jardinero. Es capaz de pasarse un día entero con las
tijeras en ristre, jajaja. Es aún pronto para que florezcan los iris pero los granados, de
los que se pondrá muy orgulloso, están en plena floración, y todavía quedan rosas.
Venga usted un día a vernos y hágale un elogio a él. ¿Me lo promete? —Y
volviéndose hacia la señora Kataoka—: Traiga a Kichi y a Michiko también, por
favor, ¿de acuerdo?

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Para ser sinceros, a la señora Kataoka no le agradaba la presencia de la señora
Kato. Además de la clara diferencia de cultura y carácter de una y otra, lo que
constituía un obstáculo en la comprensión y simpatía entre las dos mujeres, el hecho
de que la señora Kato fuera hermana de la primera esposa del general le causaba
constantemente a la madrastra un gran desasosiego. Su carácter dominante no podía
soportar ninguna interferencia externa sobre el corazón de su esposo ni en su hogar,
pues ella se consideraba a sí misma la única designada para manejarlo todo. No
obstante, la hermana de la primera esposa los frecuentaba evocando no solamente la
figura de su hermana ante el general, sino que también, con su profundo afecto por
Namiko y su simpatía hacia Iku, despertaba todos los recuerdos del pasado. Parecía
oponerse a la supremacía de la segunda esposa al mantener viva la memoria de quien
había sido más querida que la esposa actual. Este pensamiento a la señora Kataoka se
le hacía insoportable. Sin embargo, ahora que Nami e Iku ya no vivían allí, parecía
que las hostilidades y las coaliciones se habían disuelto. Pero cada vez que la señora
Kato aparecía, la señora Kataoka tenía la sensación de que la difunta mujer en
persona hubiese vuelto para luchar contra ella y a reasumir su autoridad como
gobernante de la casa, renovando así las antiguas costumbres abolidas o
transformadas de acuerdo con el plan preestablecido de reformas. Esto le producía a
la nueva señora Kataoka una inquietud inexplicable.
La señora Kato sacó de su bolso una caja de dulces y dijo:
—Es para Kichi y Michiko. ¿Aún no han vuelto del colegio? No los he visto… Y
esto es para ti, Komako.
Y le ofreció una horquilla con adorno de hortensia artificial a la muchacha de la
cinta carmesí, que acababa de entrar trayendo las tazas de té inglés.
Antes de que su hijastra le diera las gracias a su tía, la señora Kataoka respondió
rápidamente:
—Muchas gracias por haberse molestado, como siempre. ¡Qué contentos se van a
poner los pequeños!
En ese momento, la sirvienta entró a avisar a la señora Kataoka de que una
persona de la Cruz Roja deseaba verla, y la madrastra se disculpó y se retiró. Cuando
salía al pasillo, se volvió hacia Komako, que venía detrás de ella, la llamó por señas y
le murmuró algo al oído. Dejando atrás a su hijastra, que se detuvo detrás de una
cortina del pasillo para escuchar la conversación entre su tía y su padre, se dirigió
tranquilamente hacia la sala de visitas. La señora Kataoka sentía un gran favoritismo
hacia Komako a pesar de ser hija de la primera esposa. En cambio, se equivocaba
gravemente considerando a Namiko, a causa de su carácter reservado, como una
muchacha obstinada y contraria a ella. Sin embargo, la madrastra sí había
simpatizado con Komako, que era más activa y directa, y con un carácter parecido al
suyo. Además de todos estos motivos, sus demostraciones de la preferencia por
Komako, ejerciendo de buena madrastra con ella, eran debidas a la intención de
compensar con su favoritismo a esta niña de las caricias que su padre prodigaba a su

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primogénita, su favorita. No obstante, no podía negarse que en el fondo de su corazón
la nueva señora Kataoka deseaba ganarse la admiración de los demás por el hecho de
ser capaz de querer a la hija pequeña que la anterior esposa había dejado en este
mundo. Esas eran las razones por las que la actual señora Kataoka recurría a Komako
como su aliada.
Se trataba ni más ni menos que de egoísmo: hay personas que siempre actúan por
motivos egoístas sin tener en cuenta a los demás. Sin embargo, los egoístas poseen
una debilidad en su carácter, ya que se preocupan mucho por la opinión que los otros
tengan sobre ellos. Después de satisfacer sus deseos por muy caprichosos que sean,
esperan ganarse la aprobación de los demás. Eso es puro egoísmo. Especialmente este
tipo de personas están más ávidas de elogios. La señora Kataoka, por su cultura e
inteligencia, además de por las ideas extranjeras aprendidas, era una fuerte rival de su
esposo, un hombre universalmente apreciado en los círculos de debate. Sin embargo,
la señora Kataoka, pese a sus cualidades, había sido incapaz de ganarse una parte de
la profunda amistad que todos sentían por el general. Como consecuencia natural de
esto, cada vez que se quedaba sola, recibía con mucho gusto cualquier manifestación
de cariño hacia su persona. Pero en realidad, no eran más que lisonjas. Los antiguos
sirvientes de la casa, un poco toscos pero honrados y cariñosos, habían sido
despedidos uno tras otro. Y sus puestos vacantes habían sido ocupados por personas
más refinadas que sobre todo sabían cómo halagar a la nueva ama. Komako, por
supuesto, no tenía ningún motivo para odiar a su hermana, pero desde que había
descubierto que su madrastra se quedaba satisfecha cuando la gente hablaba mal de
Namiko, empezó a aprovechar todas las oportunidades para contarle los secretos de
su hermana y en más de una ocasión amargó a Iku, que trataba de proteger a Namiko.
Este mal hábito de Komako se había convertido en un vicio incorregible que a
menudo era utilizado por su madrastra, incluso después de haberse casado Namiko.
Komako se había escondido detrás de la segunda ventana que daba a la terraza del
este. Se oían alternativamente las afables carcajadas de su padre y las risas de su tía.
De pronto, las voces bajaron de tono y sus palabras se oían confusas, dejándole
distinguir al oído de Komako tan solo palabras como «suegra», «Nami» y algunas
otras. Así que aguzó su oído aún más para ver si podía captar mejor la conversación.

De repente, la interesante conversación se mezcló con una canción militar, entonada


por una voz infantil: «¡Más de cien mil eran las caballerías enemigas de todas las
tierras de China! ¡Nosotros no tenemos miedo a nada, aquí estamos los valientes
hombres de Kamakura!…».
El niño que venía cantando al son del compás militar era Kichi. Se sintió atraído
por Komako, detenida junto a la ventana, y echó a correr hacia su hermana, a pesar de
que esta agitaba enérgicamente la cabeza y las manos y se ponía un dedo en los labios
en señal de silencio. El pequeño le gritó a su hermana con inocencia:
—¡Koma!, ¡Koma! ¿Qué haces ahí? —Komako seguía agitando la cabeza sin

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responder, despertando más curiosidad en el niño, que insistió—: ¿Qué? ¿Qué quieres
decir con eso?
Komako, impaciente al ver que todo intento de resistencia era inútil, le gritó a su
hermano sin querer:
—¡Ay, qué pesado eres!
En ese instante, al darse cuenta de que podría ser descubierta, se encogió de
hombros por el error cometido y se fue corriendo.
—¡Cobarde! ¡Ha huido! ¡Es una cobarde!
Así, gritando con enojo, el niño se precipitó en el despacho de su padre. Al
encontrar la visita de su tía, sonrió alegremente, la saludó con una leve reverencia y a
continuación saltó encima de las rodillas de su padre.
—¡Vaya, Kichi, cómo has crecido! ¿Qué tal el colegio?… Has sacado un
excelente en Matemáticas, ¿a que sí? ¡Muy bien! Has estudiado mucho, ¿verdad? Y
ahora tienes que venir pronto a mi casa con tus padres. ¿De acuerdo?
El general le preguntó a su hijo:
—¿Dónde está Michiko?… Ah, vale. Mira lo que os ha traído vuestra tía. ¿Estás
contento? —El general rio feliz mientras mostraba la caja de dulces y luego añadió
—: ¿Sabes dónde está vuestra madre? ¿Sigue con la visita? Ve y dile que a tu tía le
gustaría decirle adiós.
El general siguió con la mirada la espalda de su hijo que se iba corriendo y luego
fijó la vista en su cuñada con aire grave.
—Entonces, hazme el favor de convencer a Iku de una manera lo más delicada
posible para que no se incomode nadie más con eso. La verdad es que me temía lo
que ha sucedido. Por mi parte, no la hubiera dejado ir. Pero Nami la quería mucho e
Iku también deseaba tanto estar con ella… Así que… pero, en fin… sabrás arreglarlo
mejor que nadie. Gracias.
En ese momento volvió la señora Kataoka. Tras una rápida ojeada a la señora
Kato, le dijo:
—¿Cómo que nos deja tan pronto? Disculpe por haber tenido que atender a mi
visita pero ya se ha ido. Ya sabe usted, se trata de obras de caridad, como de
costumbre, aunque me temo que no tendrán éxito. Pero la verdad es que lo siento. Y
dele muchos recuerdos de mi parte a Chizuko. Ahora que Nami no está con nosotros,
nos tiene completamente abandonados.
—Ha estado un poco enferma y no ha salido para nada últimamente. Bueno, me
voy. Que pasen un buen día.
La señora Kato tomó su bolso y se levantó. El general también se levantó y dijo:
—Te voy a acompañar. Así aprovecho para dar un paseo. Kichi y Michiko,
vosotros también. ¡Venga, vámonos!
Tras marcharse todos, la señora Kataoka se arrellanó en un sillón de la sala de
estar y empezó a hojear los papeles del proyecto de obra de caridad que le había
dejado el hombre de la Cruz Roja, pero de pronto hizo una señal con la mano a

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Komako para que se acercara a ella.
—Koma, ¿de qué han estado hablando?
—Pues, en realidad, no se escuchaba demasiado bien, pero entendí que estaban
discutiendo sobre Iku.
—¿Sobre Iku?
—Sí, debe de tratarse de algo así. La madre de Takeo sufre de reuma y se pone de
mal humor muy a menudo. Parece que uno de estos días Iku le dijo a mi hermana,
charlando en su habitación: «Señora, ¿por qué se pondrá tan histérica la señora
Kawashima? ¡Pobre de mi señora! Hay que ver lo que tiene que soportar. Pero, en fin,
se trata de una señora mayor, y no durará mucho tiempo». ¡Qué tonta Iku! ¿Verdad,
madre?
—¡Ay!, la vieja parlanchina, se mete en todo. Es que no tiene remedio esta mujer.
—Y no solo eso, madre. Parece que la señora Kawashima pasaba por la puerta y
escuchó toda la conversación. No se imagina cómo se enfadó.
—¡Dios la castigó!
—Se enfadó tanto que mi hermana se quedó muy preocupada y acudió a Idamachi
para consultar con nuestra tía.
—¡¿Con vuestra tía?!
—Sí, porque mi hermana siempre ha recurrido a ella cada vez que ha tenido algún
problema.
Con una sonrisa amarga la señora Kataoka apremió a su hijastra a que continuara.
—¿Y qué más?
—Entonces, mi padre dijo que sería mejor para Iku mandarla a trabajar a la casa
del campo.
—¿De veras? —se sorprendió la señora Kataoka mostrando su enfado—. ¿Y nada
más?
—Hubiera seguido escuchándolos pero vino Kichi y ya…

Capítulo VI

La madre de Takeo se llamaba Kei y tenía cincuenta y dos años. Salvo los ataques
frecuentes de reuma que sufría, gozaba de tan buena salud que se decía que era capaz
de recorrer sin ningún signo de cansancio la distancia de unos siete kilómetros que
mediaba entre su casa del barrio de Kojimachi hasta el templo de Tokai de
Shinagawa, donde descansaba su difunto esposo. Su peso superaba los setenta kilos y
probablemente era la más corpulenta de entre todas las mujeres de la nobleza de
aquellos tiempos. Sin embargo, esa obesidad la había desarrollado después del
fallecimiento de su esposo, Michitake, seis años atrás. Durante toda su vida siempre
había sido muy delgada, casi de aspecto enfermizo. Incluso algunos comentaban que
era como una pelota de goma que había recuperado su forma esférica desde que le

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habían quitado el peso que la oprimía.
Su difunto esposo había sido miembro menor de la nobleza y, por eso, cuando
contrajo matrimonio, su boda fue más bien modesta. Durante el periodo tormentoso
de la Restauración de Meiji, el señor Kawashima logró darse a conocer y, como
consecuencia de ello, ocupó largo tiempo el puesto de gobernador en el equipo del
ministerio de Toshimichi Okuma[41]. Sin embargo, el barón Kawashima, debido a su
carácter obstinado, se vio obligado a contentarse con la amistad de unos pocos en el
gobierno de Meiji. El vizconde Kato era uno de ellos. Y después de la muerte de
Okuma, al señor Kawashima le dio la espalda casi todo el mundo. Según las malas
lenguas, le habían otorgado el título de barón simplemente porque había tenido suerte
de nacer en aquel ilustre dominio de Kagoshima. Michitake, testarudo, egoísta y
colérico, ahogaba su descontento en el alcohol. Cuando se presentaba en la asamblea
provincial después de haber tomado unas cuantas copas, con la cara colorada como
un demonio, no había ni un solo compañero que se atreviera a contradecir sus
opiniones.
De este modo, no era nada fácil encontrar un momento de paz en casa de los
Kawashima. La familia entera estaba sometida a la voluntad despótica del tirano y
todos vivían con temor a sus estallidos de furia, como si se cobijaran bajo un árbol sin
pararrayos a campo abierto en verano. Excepto Takeo, que había disfrutado al
máximo encima de las rodillas de su padre como si fuera su pista de baile y que desde
su infancia nunca había dudado de que su padre era el mejor amigo del mundo, todos,
empezando por la esposa, la servidumbre, los proveedores de la casa y hasta las
columnas de la sala de estar conocían cómo eran los manotazos magistrales del dueño
de la casa. Incluso Yamaki, ahora conocido como comerciante caballeroso y entonces
al servicio del barón, también había sido objeto de sus frecuentes ataques de cólera.
Este visitante, sin embargo, con su razonamiento filosófico, soportaba muy bien esos
acontecimientos considerándolos como un pequeño tributo pagado por adelantado
sobre los beneficios que podía ganar en el futuro gracias a la ayuda que el barón
Kawashima le prestaba. De esta manera, cada vez que Su Excelencia estaba de mal
humor, se escondían hasta los ratones y cuando su voz como un trueno hacía temblar
las paredes, la más joven del servicio soltaba del susto hasta el cuchillo. En cuanto a
los subordinados que iban a consultar con el barón, se dirigían directamente a la
puerta de servicio para preguntar por anticipado a los sirvientes en qué dirección
soplaba el viento ese día.
Por mucho que se quiera imaginar, nadie alcanzaría a comprender la paciencia
extraordinaria que tuvo que tener la señora Kawashima para soportar a un hombre
como el barón durante treinta años. Al principio de su matrimonio, mientras sus
suegros vivían, el temperamento de su esposo aún no se había revelado del todo.
Pero, a partir de la muerte de su suegra y después de la de su suegro, su esposo
comenzó a manifestar sin freno su verdadera naturaleza, lo que exigía a su esposa
cada vez más paciencia. A pesar de que esta intentó resistirse a los embates del barón

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algunas veces al principio, el resultado fue desastroso. Desde entonces, la señora
Kawashima, en lugar de enfrentarse con valentía, prefirió aceptar con sumisión la
continua tempestad, o recurrir a la mejor protección para ella de entre todas las
posibles, que era simplemente huir del peligro. Transcurridos algunos años, la señora
baronesa aprendió poco a poco el arte de evitar las turbulencias, y a veces el éxito la
sonreía, pero solo al cabo de al menos tres intentos fallidos. Tras todos sus esfuerzos
a lo largo del tiempo, no tuvo la suerte de poder cambiar el carácter de su esposo,
sino, todo lo contrario, sus ataques de ira fueron más frecuentes que nunca en los
últimos años de su vida, debido al abuso de la bebida con que ahogaba su
descontento. La señora Kawashima, a pesar de estar más que acostumbrada tras las
duras experiencias durante veinte años, sufría terriblemente y se lamentaba de su
miserable condición. A menudo, olvidándose de su edad, que ya había empezado a
hacer clarear sus cabellos, e incluso de la existencia de su querido hijo Takeo,
pensaba que hubiera abandonado bien a gusto el envidiable honor de ser baronesa y
esposa de un gobernador, a cambio de ser la mujer de un guardián del cementerio,
con tal de, por fin, tener una vida pacífica de una vez por todas. Pero el tiempo vuela.
Tras treinta años de matrimonio, el día en el que la baronesa contempló a su esposo,
Michitake, yaciendo con los ojos cerrados en un ataúd, a pesar de lanzar un suspiro
profundo por la paz finalmente lograda, no pudo evitar las lágrimas más sinceras.
Sí, las lágrimas le brotaron en abundancia pero, como es natural, no podía negar
que se sentía aliviada por haberse quitado aquel peso de encima. Al respirar
libremente, la baronesa viuda Kawashima parecía tener una fuerza nueva que nunca
antes había sentido. Mientras la autoridad de su difunto esposo Michitake reinó en la
casa, apenas se notaba la presencia de la señora Kawashima, completamente borrada
por el cuerpo corpulento y la voz atronadora del señor barón. Ahora la señora
Kawashima salió de su silencio a plena luz y había llegado su turno para ejercer de
emperatriz, algo que aprendió rápidamente. Y al mismo ritmo del aprendizaje, fue
ganando también volumen físico. Todas las personas que la habían conocido de
siempre muy delgada, y como una mujer tímida y modesta que acompañaba a su
esposo con discreción, observaron con gran asombro la rapidez de su cambio.
Hay un científico que opina que un hombre y una mujer, al cabo de muchos años
de vida matrimonial, acaban por semejarse tanto física como mentalmente. Sea cierta
o no esa teoría, el hecho es que la gente llegó a comentar que la señora Kawashima se
había convertido en una fiel reproducción del difunto barón, tanto por las miradas y el
movimiento nervioso de sus tupidas cejas, porque sostenía una pipa en la mano, así
como por la rudeza de su comportamiento y, sobre todo, por los ataques de cólera.
Un proverbio japonés habla sobre la venganza: «Vengarse de un enemigo de Edo
por dañar a una persona de Nagasaki»[42]. Según la opinión de alguien con gran
conocimiento de la naturaleza humana: «Generalmente la acción que se desprende del
contenido de una ley inmutable es igual en todos sus ámbitos, del mismo modo que
un proverbio. Si hoy un diputado de la oposición ataca violentamente una propuesta

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del partido gubernamental, sus compañeros lo apoyan y lo aplauden con entusiasmo.
Sin embargo, si ellos supieran que todo el fervor y desprecio en el discurso de su
correligionario provienen de las demandas inoportunas de un prestamista sufridas la
noche anterior, y que le hacen desahogar su resentimiento, ¿valorarían de la misma
manera su discurso? ¿Quién cree que una depresión atmosférica en el mar de la China
meridional puede causar una inundación en el interior de Japón? ¿Quién se hubiera
imaginado que un derrumbe en Tuscarora[43] podría causar un maremoto en la costa
levante de Japón? En cuanto a Moronao[44], lleno de resentimiento por su fracaso
amoroso, culpó a la supuesta impericia del ilustre calígrafo, al que había encargado
una carta de amor, del sentimiento no correspondido.
»Así pues, la naturaleza siempre busca su equilibrio. Y para alcanzar este
equilibrio, los débiles revelan su impaciencia como un avaro que está continuamente
pendiente del interés diario que le rinde su dinero, mientras que un hombre virtuoso
se conforma con confiar su dinero a un banco y se dedica a cumplir las tareas que
recaen sobre él con decisión y paciencia».
Según esa teoría, las personas ordinarias que buscan impacientemente el
equilibrio, siguen el camino fácil, igual que el agua corre hacia abajo, de acuerdo con
la ley de la naturaleza. La señora Kawashima también, después de haber estado
sometida a una fuerte tensión durante treinta años, nada más cerrar el ataúd de su
esposo, abrió las barreras que le habían servido para reprimir sus reacciones hasta ese
momento. La persona a la que ella había temido más que a nadie ya se había ido a un
lugar lejano donde su mano dura ya no podía alcanzarla. Ahora, al parecer, ella quería
demostrar que su silencio no había nacido de su cobardía y que ella sí existía. La
baronesa comenzó esa manifestación de sus nuevas energías reclamándoles sus
deudas a todas aquellas personas que le habían pedido dinero prestado a su esposo. Y
se lo devolvieron a la viuda incrementado con un elevado interés. A pesar de la
extrema semejanza en los ataques de cólera de ambos cónyuges, había una gran
diferencia entre la irascibilidad de la señora Kawashima y la de su esposo. El barón
había sido un personaje heroico. A pesar de su carácter violento y dominante, la
mayoría de sus ataques tenían origen en su sentido de justicia, por lo que despertaba
una especie de simpatía o compasión entre los que lo rodeaban. En cambio, la señora
Kawashima era sobre todo egoísta y desconfiada. El resultado fue que los sirvientes
sufrían todavía más que cuando el barón vivía.
Así era la suegra de Namiko.

Inmediatamente después de casarse, todas las jóvenes se sienten desorientadas


cuando la gente las llama de repente «señora». Namiko experimentó lo mismo.
Cuando cambió del peinado marumage al agemaki[45], todavía la llamaban «señorita»
por la calle, un tratamiento que avergonzaba bastante a la joven esposa. Pero nada
más regresar al nuevo hogar, los sirvientes se dirigían a ella llamándola
respetuosamente «señora» y, entonces, no sabía cómo reaccionar. Una vez

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acostumbrada a ello, a pesar de su timidez, Namiko empezó a observar con
tranquilidad el panorama de la casa que anteriormente solo había percibido como si
estuviera envuelto en una nube.
Cada familia tiene sus normas y costumbres, y Namiko era muy consciente de
ello. No se debe medir la vida nueva con los parámetros de la vida anterior. Tenía que
olvidar que había sido Namiko Kataoka y tenía que tratar de convertirse en una
perfecta Namiko Kawashima. En efecto, esas fueron las palabras textuales que su
padre le recordó en su despacho, manifestándole su último deseo, antes de que su
queridísima hija primogénita, ya vestida de novia y a punto de subir al coche de
caballos, se incorporara a su nueva familia. El consejo de su padre permanecía con
claridad en la mente de Namiko, pero la diferencia que encontró en el nuevo hogar
fue enorme.
La propiedad de los Kawashima era aún mayor que la de los Kataoka. La fortuna
que el padre de Takeo había acumulado durante su mandato como gobernador era tan
cuantiosa como para que la familia fuera considerada una de las más ricas de la nueva
nobleza.
Aun así, era la casa natal de Namiko la que, gracias a la fama del general, brillaba
a plena luz del sol, y era muy conocida y amada por el pueblo. Asimismo, el número
de familiares de los Kawashima era escaso, los amigos también y los visitantes que
solían acudir a la casa cuando el padre de Takeo aún vivía, se alejaron después de su
muerte. Además, la viuda no era nada cariñosa con la gente y el nuevo cabeza de
familia, que debía de aportar el prestigio y la gloria a la casa, era aún demasiado
joven y se encontraba al principio de su carrera profesional, por lo que rara vez se
hallaba en casa. Naturalmente, no había alegría ni vitalidad en el hogar de los
Kawashima. Por su parte, la madrastra de Namiko tenía equipada la casa con un
mobiliario refinado y lujoso, aunque solía recortar los gastos básicos, por lo que a
veces los sirvientes criticaban su falta de sentido común. A pesar de esto, la casa de
los Kataoka estaba llena de vida como en todas las casas de altos oficiales militares,
mientras que el nuevo hogar de Namiko mantenía firmemente las costumbres
tradicionales, más bien rústicas. Bien considerado, allí se seguían correctas y austeras
normas pero, en realidad, la señora Kawashima, que se hacía cargo personalmente de
todo, incluso de los asuntos triviales, tal y como lo había hecho en los primeros años
de casada cuando la economía doméstica era limitada, no había cambiado nada desde
hacía treinta años. Tenía un mayordomo llamado Tazaki, un hombre honrado y fiel,
que había estado trabajando para ellos toda su vida. Con Tazaki la señora Kawashima
se ocupaba de llevar la cuenta mensual de los gastos de leña y carbón, sin dejar
escapar ni un detalle. Aunque cada vez que Takeo regresaba a casa le recomendaba a
su madre que no se molestara más preparando los dulces, y que los comprara, la
señora Kawashima seguía haciéndolo todo igual. Cuando Namiko llegó a esta familia
acompañada de su sirvienta Iku, la señora Kawashima exclamó con ironía:
—¡Qué lujo se permite esta familia tan importante! Espero que Takeo no te rebaje

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el nivel de vida.
Con lo cual, el motivo de haber devuelto a Iku a los Kataoka no era solo por la
conversación entre Namiko e Iku sorprendida por la señora Kawashima en el pasillo,
aunque eso sí, le había servido de maravillosa excusa para despedir a Iku.
Por muy inteligente que fuera, la joven esposa solo tenía diecisiete años. Es
normal que no pudiera adaptarse del todo a unos hábitos tan diferentes cambiando
radicalmente su conducta de la noche a la mañana. Entonces Namiko comenzó a
entender el profundo significado de las palabras de su padre y decidió en el fondo de
su corazón aceptar su destino. La oportunidad para poner a prueba esa decisión suya
llegó demasiado pronto.
Poco después de volver de Ikaho, Takeo fue obligado a partir a una expedición
naval. Por haberse casado con un oficial de la Marina, Namiko estaba dispuesta a
quedarse sola de vez en cuando, sin embargo, esa separación repentina de su esposo
tras solo unos meses de matrimonio, la hizo sentirse tan triste que pasó unos días muy
desconcertada.
Cuando el padre de Namiko conoció a Takeo a través del vizconde Kato, se llevó
tan grata impresión del joven que no dudó en dar su consentimiento para el
matrimonio con su hija primogénita. Y ella se quedó convencida de la decisión de su
padre cuando empezó a vivir al lado de Takeo. Era generoso y fuerte, de carácter
amable y cariñoso, y no se le veía ningún signo de espíritu innoble. Namiko encontró
en él un retrato de su querido y respetable padre de joven. Incluso la forma de
caminar de su esposo, con pasos grandes al tiempo que movía los hombros, y su risa
inocente como la de un niño le recordaban al general. Namiko gozaba de una
sensación de felicidad al lado de un buen hombre y se dio cuenta de que ya amaba
con todo el corazón al esposo que su padre le había elegido. Takeo, por su parte,
albergaba un profundo sentimiento de afecto hacia su joven esposa. Como era hijo
único, le pareció que había ganado incluso una hermana menor al mismo tiempo que
una esposa, y la trataba con afecto llamándola «mi Nami». Apenas habían
transcurrido tres meses desde su boda. Sin embargo, se llevaban de maravilla, como
si se hubieran conocido desde antes de venir al mundo. Y, por lo tanto, su primera
separación, aunque era temporal, apenó mucho a los dos. Pero Namiko no tuvo
mucho tiempo para lamentar esta contrariedad. Poco después de la partida de Takeo,
su suegra sufrió terribles ataques de reuma y reveló más que nunca su carácter
irascible. Ahora que Iku tampoco se encontraba a su lado, se presentaron varias
ocasiones para poner a prueba la paciencia de Namiko.
Los estudiantes recién ingresados en la universidad son blanco de las bromas de
mal gusto de los estudiantes veteranos. Más tarde, esos estudiantes de primer año se
convierten en estudiantes antiguos y se vengan con los principiantes. Se trata de un
placer sin límites… Así lo relata un autor.
Una suegra que se acuerda de sus propias dificultades en adaptarse a las formas
de una nueva familia no es capaz de maltratar a su joven nuera. Pero la naturaleza

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humana es tan necia que tan pronto como se le pasa la flor de la juventud a una mujer
casada y tiene una nuera, se despiertan unos instintos tiránicos que la conducen a ser
igual que su suegra a quien tanto había odiado. «Mira, haces una cinta de doce
centímetros, luego la doblas así… ¡Ay, no, no, que no es así! Déjame a mí. Qué chica
más torpe con veinte años que tienes, jajajaja». Su risa sarcástica y su mirada burlona
son exactamente iguales que las de la suegra que la reñía cuando ella tenía veinte
años. De repente, por ese vago recuerdo, una siente hacia sí misma la aversión que
había abrigado muchos años atrás hacia la mirada crítica que la perseguía. Su corazón
se agita con cierto temor al sentirse ella misma tan insoportable. A esa suegra, que se
da cuenta de sus errores y sabe modificar su conducta, se la podría considerar una
bendición del cielo. Sin embargo, la mayoría de las suegras sigue esa lamentable
venganza de «ojo por ojo y diente por diente». Y descargan su rabia con la joven
nuera de Nagasaki con el fin de vengarse de los hostigamientos que sufrieron antaño
a manos de su suegra de Edo. Es una manera de ejercer represalias debido a un
impulso natural y la intensificación de su crueldad con el fin de saciar su deseo de
venganza durante el breve tiempo que dura la vida. La suegra de Namiko era una de
estas últimas.
A Namiko, después de haber sufrido durante mucho tiempo a manos de su
madrastra europeizante, ahora le tocaba soportar las persecuciones de una suegra
conservadora con ideas anticuadas. Como la enferma señora Kawashima llamaba
muy a menudo a sus sirvientas, Namiko sintió lástima y se ofreció a atenderla
personalmente; pero no acertaba a adivinar lo que su suegra deseaba exactamente, a
pesar de toda su buena voluntad. La señora Kawashima le daba las gracias
ostentosamente, pero acto seguido regañaba a las sirvientas intencionadamente para
hacerle entender a Namiko que sus reproches iban dirigidos contra ella misma. Su
voz tan fuertemente enojada estremecía incluso a Namiko, que ya estaba
acostumbrada tras diez años de sufrimiento bajo la tiranía de su madrastra. Ese
sistema de ataques indirectos duró unas semanas. Pero después la señora Kawashima
se fijó en Namiko como blanco directo de su ira. Ahora que se había ido Iku, ya no
tenía a nadie en casa que la consolara, y a Namiko le parecía que había caído en aquel
rincón oscuro en el que había vivido en el pasado y de donde creía haber escapado
por fin para siempre. No obstante, cuando Namiko se detenía en su habitación ante la
imagen del gallardo oficial, bordeada de un marco de plata, su corazón se fundía con
ternura. Ella con cuidado tomaba el retrato de su esposo en su mano y fijaba la vista
en él, lo besaba, rozaba tiernamente su mejilla contra él y le susurraba súplicas con
voz amorosa como si él pudiera oírla: «Vuelve pronto, mi vida». Recuperando así las
fuerzas para seguir, Namiko se aseguraba de que podía soportar lo que fuera por amor
a él y se entregaba a su suegra con absoluto sacrificio.

Capítulo VII

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En Hong Kong, a 15 de julio
Mi querida Nami:

Te escribo desde Hong Kong, donde un termómetro marca 37 grados, mientras me


limpio el sudor que me resbala por la frente. Supongo que ya habrás leído la carta que
te envié antes de salir del puerto de Sasebo[46]. Desde que partimos, un cielo
despejado nos está acompañando todos los días, pero con un calor infernal. Incluso
nosotros, los marineros del Imperio del Sol Naciente, respiramos a duras penas. De
hecho, algunos de nuestros compañeros se han puesto enfermos de insolación, pero
yo me encuentro muy bien y las paredes de las habitaciones de los enfermos no me
conocen todavía. Solo el sol ecuatorial ha producido un efecto impresionante en mi
piel, que ya estaba bastante morena, y estoy completamente desconocido.
Desembarcamos ayer y hoy he ido con unos compañeros a una barbería al centro de
la ciudad y, al verme en el espejo, me he sorprendido de tal manera que uno de ellos,
el bromista, me ha aconsejado enviarte una fotografía a color y nos hemos reído
todos. Como te he comentado anteriormente, el tiempo es magnífico (excepto un día
que tuvimos problemas por un monzón) y hasta el momento nuestro viaje ha
transcurrido sin incidentes. Ayer por la mañana anclamos con satisfacción y alegría.
Así que puedes estar tranquila.
Recibí tu carta en Sasebo. La he leído una y otra vez. Lamento que mi madre
haya sufrido nuevamente un ataque de reuma. Pero egoístamente, para mí es un gran
consuelo que te tenga a su lado. Te suplico con todo mi corazón que la cuides en mi
lugar. Sin embargo, mi madre es una persona que se pone de muy mal humor cuando
está enferma y, por eso, te compadezco por la carga que te ha caído encima. Lo
siento. Espero que todos los de la casa de Akasaka estén bien de salud. Y supongo
que nuestro tío Kato seguirá con sus tijeras en su inseparable jardín.
Comentas que Iku se ha ido. Aunque no me has escrito los motivos ni se me
ocurre la razón, lo lamento enormemente. Si te comunicas con ella, le das muchos
recuerdos de mi parte y dile que le llevaré un montón de regalos cuando vuelva. En
realidad, me había encariñado mucho con ella, una mujer alegre y muy agradable; en
serio, siento de verdad que haya vuelto a Akasaka. Sobre todo por ti, pues te hará
mucha falta y la echarás de menos, por supuesto. ¿Alguna vez te han visitado la tía
Kato y Chizuko?
Me he enterado de que Chijiwa visita la casa a menudo. Como tenemos muy
pocos parientes y él es uno de ellos, mi madre tiene mucha confianza en él. Te ruego
que lo recibas bien y atiéndelo porque a mi madre también le gustará que lo hagas. Es
un hombre inteligente y perspicaz y, por eso, estoy seguro de que te ayudará cuando
te surja alguna dificultad.
Takeo
P. D. Adjunta te envío otra carta para mi madre. Por favor, léesela.

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Vamos a permanecer aquí unos días más para repostar. Y luego nos dirigiremos a
Sidney por Manila, y después a Nueva Caledonia y las islas Fiji hasta llegar a San
Francisco. Regresaremos pasando por Hawai. Así que mi regreso a casa será en
otoño. Puedes escribirme a mi atención en la dirección del consulado de Japón en San
Francisco.

En Sidney, a __ de agosto
Mi querida Nami:

(Suprimida la parte anterior).


El pasado mes de mayo, estuve contigo en Ikaho y ahora me encuentro en Sidney,
en el hemisferio sur, muy lejos de ti. Por las noches, cuando me detengo a contemplar
la Cruz del Sur, se me vienen a la mente los recuerdos de aquel viaje. Todo me parece
extraño. Hace unos años, cuando salí en mi primera travesía, padecí mareos a veces,
pero esta vez estoy muy bien. Sin embargo, debo confesarte que en este viaje me
acompaña una sensación que jamás había sentido en otros viajes anteriores. Por
ejemplo, cuando me toca guardia y desde la cubierta desierta miro arriba al cielo
donde las estrellas brillan como si hubieran dispersado innumerables diamantes sobre
el negro manto, se produce un sentimiento inexplicable dentro de mí y se me viene tu
imagen a la mente (no te rías, por favor). Mientras estoy con mis compañeros, soy
capaz de fingir indiferencia hacia mi familia y cantar con ellos: «¿A santo de qué nos
preocupamos por las lágrimas que se derraman en nuestro hogar, cuando sus almas
están ahítas de nuestra gloria?». Sin embargo, (te pido de nuevo que no te rías de mí)
hay alguien que lleva oculta siempre tu fotografía al lado de su corazón, en el bolsillo
interior del uniforme. Ahora, mientras estoy escribiéndote, puedo ver con claridad la
cara de la persona que leerá esta carta en una pequeña sala, apoyando la mejilla en la
mano, a la mesa protegida por la sombra de las palmeras.
(Suprimida la parte siguiente).
En la bahía de Sidney hay mucha gente, parejas y familias que disfrutan en sus
propios yates. Algún día, cuando yo me vea libre de todas mis obligaciones y
tengamos el cabello blanco tú y yo, compraré no solo un yate sino un barco de, al
menos, cinco mil toneladas, y llevaré a toda mi familia, a nuestros hijos y nietos, a
dar la vuelta al mundo; por supuesto que yo seré el capitán. Entonces iremos también
a Sidney y le contaré a mi Nami ya con cabello blanco los sueños de un joven alférez
de la Marina con la sangre ardiente que navegó por estas aguas mucho tiempo atrás.
(Suprimido el resto).
Tu Takeo

En Tokio, a __ de agosto

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Mi querido Takeo:

He leído una y otra vez, y miles de veces, la adorable carta que me enviaste el día
quince de julio desde Hong Kong. Estoy feliz de saber que estás bien de salud, a
pesar del terrible calor. Tu madre se encuentra mucho mejor estos días, así que estate
tranquilo en este aspecto. En cuanto a mí, me paso los días pensando en ti, echándote
mucho de menos. Estoy haciendo todo lo posible por satisfacer a tu madre, ahora más
que nunca que tú estás muy lejos; pero soy tan inexperta, que mis esfuerzos no están
resultando demasiado útiles; a ver si aprendo. Paso un día y otro con mucha ilusión,
deseando únicamente que regreses pronto y poder verte.
Mi familia de Akasaka está bien y ahora todos se encuentran en la casa de campo
en Zushi[47]. Los Kato también se han ido a su casa en Okitsu[48], y nos hemos
quedado casi solos en Tokio. Iku también está bien con mis padres en Zushi. El otro
día, cuando le transmití tu mensaje, incluso lloró por tu amabilidad dándote las
gracias calurosamente.
A propósito, estoy profundamente arrepentida por no haber aprendido lo
suficiente sobre las tareas domésticas. A pesar de los consejos de mi padre, me
descuidé mucho en mi casa natal pensando que podría hacerlo sin demasiados
problemas cuando se me presentara la necesidad, y ahora se me ha venido todo
encima por culpa de mi inexperiencia. Me gustaría seguir tus consejos de estudiar
inglés pero me temo que a tu madre no le parecerá bien que yo ocupe mi tiempo en el
escritorio. De modo que me voy a dedicar exclusivamente a la práctica de los asuntos
domésticos hasta que aprenda. Espero que no pienses que lo hago por dejadez para
evitar los estudios.
Estoy avergonzada de mí misma por no poder remediar sentirme tan triste, pero
es cierto que mi deseo de querer verte se intensifica más y más, y quisiera volar para
estar a tu lado, si tuviera alas. Mi único consuelo es contemplar día y noche tu
imagen y la de tu buque que te está llevando a través del océano. En la escuela nunca
me interesó la geografía, pero el seguir la ruta de tu nave en un mapa antiguo que he
encontrado entre mis notas abandonadas, imaginándome que hoy estás por aquí y
mañana por ahí, se ha convertido últimamente en mi única diversión. Hasta se me
ocurre un pensamiento más infantil y me digo por dentro: ¡Ojalá, hubiera nacido
hombre! Me haría también marinero e iría contigo a todas partes sin separarme de ti
ni un minuto… Por mucho que intente ser fuerte, me hundo en mis pensamientos sin
remedio. Nunca había prestado tanta atención como ahora a las noticias de los
periódicos sobre las condiciones meteorológicas del mar. Aunque sé que estás fuera
del alcance de las noticias de los periódicos de Tokio, no puedo evitar inquietarme
cuando pronostican alguna tempestad. Por favor, te ruego que te cuides…
(Suprimido el resto).
Nami

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En Tokio, a __ de octubre
Mi muy querido Takeo:

(Suprimida la parte anterior).


Últimamente no pasa ni una sola noche en que no sueñe contigo. Y se me pasan
los días tan despacio que parece que nunca va a llegar el día de tu regreso. Anoche
estábamos en un buque rumbo a Ikaho para recoger helechos. De repente, alguien se
interpuso entre nosotros y nos separó. Tú te alejabas de mí cada vez más y sentí que
me caía en la marea. En ese momento tu madre, que había acudido al oír mi grito de
terror, me despertó. Menos mal que ha sido solo una pesadilla. La verdad es que no
pude evitar un profundo suspiro de alivio. Perdona que te cuente estas tonterías, pero
estoy tan, tan ansiosa por verte y no sé qué hacer. Todos los días miro arriba al cielo
hacia la dirección del este por donde te encuentras. Puede que ya no te llegue esta
carta pero la enviaré a Honolulú por si la suerte me sonríe.
(Suprimido el resto).
Nami

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SEGUNDA PARTE

Capítulo I

La señora Kawashima se encontraba en la sala junto al brasero. Se volvió hacia el


reloj de mesa que estaba a punto de dar las ocho de la tarde y murmuró:
—Son las ocho… ya deberían de estar aquí.
Bruscamente alargó la gruesa mano para acercar la bandeja en la que tenía tabaco
y, después de haber echado unas cuantas veces el humo, aguzó el oído. Aunque la
casa estaba situada en una zona residencial, se escuchaba el ruido del tránsito. Desde
una casa vecina llegaban flotando las voces felices y estridentes de hombres y
mujeres jóvenes. A veces, la señora Kawashima podía oír claramente el eco de sus
risas. Con impaciencia, chasqueó la lengua y dijo:
—En serio, me gustaría saber qué es lo que estarán haciendo. Cada vez que van a
Akasaka, siempre tardan en volver. Todo el mundo se olvida de sus obligaciones.
Takeo tiene la culpa pero Nami mucho más, por no hablar de sus padres. Hay que ver
la juventud de hoy en día…
Mientras se quejaba así, trató de cambiar de postura, pero el agudo dolor del
reuma que padecía se le fijó en las rodillas y le impidió moverse, provocando que se
le escapara un grito. Presa de un ataque de furia golpeó con todas sus fuerzas la
bandeja de tabaco y llamó impaciente a una de las sirvientas con voz ensordecedora:
«¡Matsu! ¡Matsu, Matsu!». En ese momento, la voz del sirviente anunció el regreso
de su amo y a continuación se escuchó el ruido de los rikisha que entraban por el
portón.
Matsu, más arreglada de lo habitual por Año Nuevo, había acudido a toda prisa a
atender a la señora Kawashima sin prestar atención a que se le abría el bajo de su
quimono, pero nada más verla la señora le reprochó:
—¿Pero tú qué haces aquí? ¡Venga, rápido, ve a recibir a Takeo!
Cuando Matsu se dio la vuelta, ahora para ir corriendo al vestíbulo, Takeo ya
venía avanzando por el pasillo.
—Buenas noches. Ya estamos aquí, madre.
Takeo saludó con voz varonil y entró quitándose los guantes y, detrás de él,
Namiko entregó los dos abrigos a Matsu y se sentó con elegancia, haciéndole una
reverencia a su suegra mientras se disculpaba:
—Buenas noches, madre. Siento que hayamos tardado tanto en volver.
—¡Qué bien que ya estáis aquí! Pero habéis estado mucho tiempo fuera, ¿no?
Takeo contestó:

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—Sí, madre. Porque cuando visitamos al señor Kato y les comentamos que luego
íbamos a la casa de Akasaka, nos dijeron que ellos también pensaban acercarse.
Entonces, con la tía Kato y Chizuko, nos fuimos los cinco juntos a Akasaka. Ahí nos
recibieron con mucha alegría y, afortunadamente, no tenían más visitas. Así que nos
pusimos a hablar y a hablar y no me di cuenta de lo tarde que era… Ah, me temo que
he bebido demasiado.
Takeo se tocó las mejillas que habían adquirido un color más rojo de lo normal y
tomó de un sorbo una taza de té que la sirvienta le había traído.
—Bueno, entonces me alegro de que os lo hayáis pasado tan bien. Por cierto,
están todos bien en Akasaka, ¿no, Nami?
—Sí, madre. Muchas gracias. Me dijeron que le transmitiera a usted sus disculpas
por no haber venido todavía a visitarla y también su agradecimiento por los regalos.
De repente Takeo se acordó de algo.
—Hablando de regalos, Nami. ¿Dónde está lo que hemos traído?… ¡Ah, aquí
está!
Takeo, tomando una bandeja que Namiko había sacado, la colocó sobre la mesa y
la empujó despacio hacia su madre. En la bandeja había un par de faisanes, varias
codornices y otras cosas suculentas amontonadas.
—¡Oh, qué maravilla! ¡Cuántas cosas deliciosas podemos preparar con todo esto!
—El general fue muy afortunado en su última cacería, de la que regresó el día de
Nochevieja. Estaban a punto de enviárnoslo. De todas formas, mañana nos enviará un
jabalí.
—¿Un jabalí? ¿Ha cazado también un jabalí? Nami, tu padre es tres años menor
que yo, ¿verdad? Cuando era joven, era muy ágil y enérgico. Parece ser que todavía
lo sigue siendo.
Takeo continuó:
—Es cierto, madre. Tiene una vitalidad envidiable. Dice que pasó tres noches de
caza en la montaña sin sentir nada de cansancio. Estaba orgulloso de sí mismo y no
paraba de decir que aún podía competir con los jóvenes.
—Ya lo creo. Cuando uno empieza a sufrir por el reuma como yo, ya no sirve
para nada. El peor enemigo de los humanos es la enfermedad… ¡Oh!, van a dar las
nueve. Venga, cambiaos y acostaos… ¡Ah, por cierto, Takeo, se me olvidaba! Hoy ha
venido Yasuhiko y…
Takeo, que estaba a punto de levantarse, se detuvo con expresión seria. Namiko
también prestó atención.
—¿Chijiwa?
—Sí. Parece que tenía algo que consultar contigo.
Takeo, después de haber pensado un instante, dijo:
—De acuerdo. Yo también tengo que verlo. Dígame la verdad, madre, ¿no ha
venido alguna vez para pedirle dinero mientras yo estaba fuera?
—No. ¿Por qué? ¿Por qué motivo me preguntas eso?

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—He oído algunos comentarios sobre él… Está bien. Intentaré verlo pronto.
—¡Ah!, Yamaki también ha estado aquí.
—Ese loco de Yamaki, ¿y?
—Dará una fiesta el día diez y quiere que vayas.
—¡Qué aburrimiento!
—No digas eso y ve. Él te invita porque nunca ha olvidado los favores que tu
padre le hizo, ¿no?
—Pero…
—Takeo, no seas terco. Será mejor que vayas. Pues, muy bien, yo también me
voy a acostar.
—Entonces, buenas noches, madre.
Namiko dijo:
—Madre, no tardaré en cambiarme. Luego iré a verla por si necesita algo.

El joven matrimonio entró en su habitación. Con una sirvienta Namiko ayudó a su


marido a quitarse el traje. Cuando Namiko le puso un quimono acolchado de seda,
Takeo se anudó descuidadamente un obi de crespón blanco alrededor de la cintura y
se sentó en una butaca. Namiko, en el cuarto contiguo, cepilló el traje antes de
guardarlo, lo colocó en el armario y mandó a la sirvienta que preparara un té inglés.
Después entró en la sala donde estaba su marido y le preguntó:
—Cariño, te has cansado, ¿verdad?
Con un puro en la mano que soltaba un humo azulado, Takeo hojeaba las
felicitaciones de Año Nuevo que habían llegado y las tarjetas de visita de la gente que
había venido a saludarlos ese día. Se volvió hacia su mujer.
—Nami, tú sí que debes de estar muy cansada… ¡Oh, qué hermosura!
—¿Qué?
—Me refiero a ti, que eres una esposa muy bella.
—¡Ay!, no me digas eso.
Se ruborizó al instante y desvió la vista como si la luz de la lámpara la molestara.
Su rostro de tez habitualmente pálida, ahora iluminada de rosa y contrastando con el
brillo del pelo peinado en marumage, se reflejó en el espejo. Vestía un quimono de
seda negro con el bajo bordado de olas de mar y gaviotas con las alas extendidas. El
contraste del brillante obi de satén en color marfil con un broche tallado de jaspe en
forma de nomeolvides —un regalo que Takeo le había traído de los Estados Unidos—
favorecía a Namiko, que estaba de pie bajo la luz conteniendo una tímida sonrisa.
Takeo, al contemplar su figura, se sintió bajo el hechizo de su mujer y le parecía que
nunca la había encontrado tan fascinante.
—Nami, cuando te veo así, con este vestido que no te había visto antes, me
parece que eres una novia recién llegada y aún por conocer.
—Si sigues hablándome de ese modo, tendré que salir de aquí corriendo.
Takeo se echó a reír alegremente.

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—Vale, vale, entendido. Pero ¿por qué tienes que huir de mí?
—Me voy a cambiar —respondió con una sonrisa.

Takeo había partido a principios de verano en una expedición naval con la esperanza
de volver en otoño. Sin embargo, su buque había sido retenido mucho tiempo en San
Francisco en espera de la reparación de la maquinaria. De modo que, cuando llegó a
casa, era finales de año. Ese día, el tres de enero, había salido con Namiko para hacer
sus primeras visitas del año a los Kato y a los Kataoka.
La madre de Takeo era una mujer de gustos anticuados, más bien antieuropeísta,
ni siquiera soñaba con dormir en una cama alta ni comer con cubiertos europeos. Sin
embargo, por afecto hacia su hijo, le había permitido decorar la sala a su gusto. Takeo
había mezclado artísticamente los objetos japoneses y extranjeros. Una alfombra
verde se extendía sobre el tatami y había una mesa y tres sillas colocadas sobre ella.
Una pintura de paisaje y el retrato del padre de Takeo colgaban de una pared,
mientras que una estantería llena de libros, entre los que había algunos extranjeros,
ocupaba un lado de la sala. La pared frontal estaba decorada con una espada de la
famosa fábrica de Kanemitsu, el arma favorita de su padre; y en una rinconera habían
colocado el gorro de oficial y unos binoculares; una daga colgaba en el centro de una
columna. También había muchas fotografías enmarcadas ocupando casi toda una
pared. Entre estas fotos había una del buque en el que Takeo servía de alférez y otra
de un grupo de jóvenes en uniforme que habían sido sus compañeros de la Academia
Naval de Etajima. Había algunas fotografías más sobre la mesa. En una, sacada en su
infancia, con unos cinco años, estaba con sus padres, posando junto a la rodilla de su
padre sentado. El militar de uniforme era su suegro, el general Kataoka. A pesar de lo
joven y descuidado que era el dueño, la sala estaba organizada hasta el último detalle,
sin una mota de polvo, además de estar decorada con flores de ciruelo colocadas
graciosamente en un florero antiguo de bronce. Todo ello revelaba la mano hábil de
alguien que lo mantenía con la máxima atención y afecto. La dueña de dicha mano
sonreía en un marco de plata en forma de corazón, bajo las flores del ciruelo del
jarrón y envuelta en su perfume. La luz de la lámpara iluminaba hasta el último
rincón de la sala y la chimenea proyectaba el reflejo de la llama ardiente de tonos
violeta sobre la alfombra verde brillante.
Era uno de esos momentos hermosos de la vida en los que el corazón de uno se
siente penetrado y aliviado por la sensación de una comodidad y paz completas. Uno
de esos momentos, sin duda, es el que se disfruta tras el regreso de un largo y
peligroso viaje, cuando uno se pone ropa cómoda y se siente a gusto en su cálido
hogar, escuchando el silbido del viento nocturno y el suave y monótono sonido del
tictac del reloj. La madre de Takeo estaba bien de salud y, sobre todo, Takeo sentía un
gran amor hacia su joven y afectuosa esposa, que había estado esperándolo con el
corazón agitado. Takeo se mecía en su butaca y disfrutaba del aroma del puro,
saboreando precisamente la dulzura de esa inmensa paz interior.

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Lo único que hacía sombra en su felicidad era el nombre de Yasuhiko Chijiwa,
del cual su madre le había hablado hacía un momento, además de recordárselo su
tarjeta de visita que había aparecido entre las demás. Ese día Takeo había oído unos
comentarios acerca de los actos infames de Chijiwa. Un día de diciembre había
llegado una postal a la atención de Chijiwa a la sede del Estado Mayor General donde
trabajaba. Debido a que él se encontraba fuera, un compañero suyo la leyó por error y
se enteró de que se trataba de un requerimiento de pago por parte de un prestamista;
tal vez, de forma deliberada, el importe de la deuda estaba escrito en tinta roja. No
solamente eso, se había descubierto que se habían filtrado de manera misteriosa
ciertos secretos militares utilizados por los especuladores avispados reportando
beneficios a los intermediarios profesionales de información. Y, además, varias
personas habían visto a Chijiwa en un mercado bursátil, un lugar considerado
inadecuado para un joven oficial. A consecuencia de esas informaciones, Chijiwa
había caído bajo sospecha. El suegro de Takeo, el general, mantenía una estrecha
amistad con el jefe del Estado Mayor, quien le había informado al general de todo
ello. Y, por lo tanto, el general aconsejó a Takeo que fuera lo más cauto posible con
su primo, que había empezado a seguir un rumbo diferente.
—¡Qué canalla!
Murmuró Takeo y volvió a fijar la vista en la tarjeta de Chijiwa. Pero en una
noche tan agradable no quiso perder más tiempo con ese asunto, así que, decidido a
mantener en breve una seria conversación con su primo, dirigió sus pensamientos a
temas más atractivos. En ese momento Namiko, que se había cambiado, entró
sonriendo y llevando unas tazas de té inglés.
—¡Té inglés! ¡Oh!, gracias, Nami.
Takeo se levantó de la butaca y se sentó frente a la chimenea con las piernas
cruzadas y preguntó:
—¿Qué está haciendo mi madre?
—Ya se ha acostado.
Namiko, ofreciéndole un té caliente, miró el rostro sonrojado de su marido.
—¿No será que te duele la cabeza? Siento que mi madrastra haya insistido tanto,
a pesar de que tú apenas tomas alcohol.
Takeo respondió riendo:
—No, no, en absoluto. Estoy bien. Pero qué día más feliz hemos pasado, ¿verdad,
Nami? Estaba tan interesado en la conversación de tu padre que no me di cuenta de la
cantidad de copas que había vaciado —y sonriendo exclamó—: ¡Qué padre más
maravilloso tienes, Nami!
Namiko le devolvió la sonrisa a su marido y, mirándolo con una expresión muy
significativa, dijo:
—Y también tengo…
Takeo, fingiendo su sorpresa, repuso con los ojos brillantes:
—¿Eh? ¿También qué?

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—No sé —respondió riendo.
Namiko se ruborizó un instante y bajó la vista jugando con su anillo para
disimular su vergüenza.
—¡Caray! ¿Dónde has aprendido a decir esos cumplidos? Parece que he salido
ganando con la mínima inversión en el broche que te traje. —Y volvió a reír.
Namiko se apretó suavemente las mejillas sonrojadas con las manos, que se había
calentado en la chimenea, y suspiró.
—Tu madre también ha estado muy triste tanto tiempo sin ti. Cuando pienso que
nos dejas otra vez dentro de poco, me parece que los días pasan demasiado deprisa.
—Pero si yo tuviera que quedarme en casa todo el tiempo, me dirías cada dos
días: «¿No crees que sería una buena idea que te fueras a dar un paseo?». ¿No es así,
Nami?
—¿Cómo puedes decir eso?… ¿Quieres otra taza de té?
Takeo bebió otro sorbo, dio unos golpecitos al puro para quitar la ceniza y miró a
su alrededor con satisfacción.
—Después de haber dormido en una hamaca durante más de medio año, mi
cuarto me parece enorme. Todo me parece muy lujoso y bonito. Me siento como si
estuviera en un paraíso, Nami… ¡Ah, esto es mi segunda luna de miel!
De hecho, tras una larga separación al poco de casarse, los jóvenes se habían
encontrado de nuevo con un gozo inefable, igual que en el periodo más feliz del
comienzo de su vida juntos.
Se quedaron sin hablar durante un rato. Solo intercambiaron una sonrisa
mirándose encantados el uno al otro. La delicada fragancia de la flor del ciruelo
llenaba la sala, envolviendo a los dos esposos sentados uno frente al otro.
De pronto Namiko levantó la cabeza como si fuera impulsada por un pensamiento
repentino.
—¿Vas a ir a casa de Yamaki?
—¡Ah, Yamaki! Como mi madre quiere que vaya, no tendré más remedio que ir.
—Me encantaría ir contigo.
—¿Por qué no? ¡Estupendo, vamos juntos!
—No, no. Será mejor que no.
—¿Por qué?
—Porque tengo miedo.
—¿Miedo? ¿De qué?
—Es que allí me odian —y soltó una risa tímida.
—¿Odiarte? ¿A ti, Nami?
—Sí, hay una persona que me odia. ¿Hace falta que te lo diga? Es Toyoko.
—¡Qué ideas! La pobre muchacha es tonta. ¿No te parece, Nami? Pero ¿habrá
alguien que se case con ella? —rio Takeo.
—Tu madre dijo que Chijiwa podría casarse con Toyoko porque él tiene mucha
amistad con Yamaki.

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—¿Chijiwa? ¿Chijiwa?… Es un desgraciado. Sabía que era un hombre astuto,
pero jamás me imaginé que se mereciera aquella sospecha tan deshonrosa. Estoy muy
avergonzado de los militares de hoy en día, bueno, aunque yo también soy uno de
ellos. Es realmente vergonzoso. Ya no queda ni sombra del viejo espíritu del samurái.
Todos están como locos por hacerse ricos. Por supuesto que no digo que los militares
tengan que conformarse con ser pobres. Todo el mundo tiene derecho a abrirse
camino y ascender para mantener el bienestar de su familia y de uno mismo, ¿a que
sí, Nami? Pero los hombres que pretenden ser la defensa de su país deben tener
cuidado de no verse implicados en especulaciones deshonestas, tales como
beneficiarse con codicia de la usura, de las comisiones sobre el abastecimiento del
Ejército, o favorecer intereses particulares mediante la revelación de secretos
militares a cambio de dinero sucio. Lo que más me repugna es el juego. ¡Cuántos de
mis compañeros están en la ruina por ese vicio! ¡Asco me da! No les importa
humillarse con tal de adular a sus superiores, y luego se dan la vuelta y abusan de sus
subordinados.
A pesar de su inexperiencia, el joven y honesto alférez, que había advertido los
peligros de los malos hábitos, atacó a sus colegas hablando con una profunda
seriedad, como si allí estuviera presente alguno de los más culpables de todos ellos.
Namiko, que escuchaba con serenidad el estallido de indignación de su marido, se
sentía orgullosa de sus valientes palabras y por su ingenuidad de muchacha, lo vio
capaz de llegar a ser ministro de la Marina o, al menos, un almirante con la
resolución suficiente para llevar a cabo una reforma radical en todas las fuerzas de
defensa japonesas.
—Creo que tienes toda la razón. Yo no entiendo gran cosa de esos asuntos, pero
me acuerdo de cuando mi padre era ministro y solía venir mucha gente a verlo a casa
para presentarle innumerables peticiones acompañadas de sus respectivos regalos
bajo el brazo. Mi padre, que aborrecía ese sistema, respondía que un proyecto digno
se llevaba a cabo incluso sin súplicas, pero que las propuestas injustas no se
efectuaban bajo ningún concepto por muchos regalos que trajeran. Así, la gente
acudía con cualquier pretexto para que mi padre aceptara sus regalos. Por eso decía
riendo que entendía perfectamente por qué la gente pretendía conseguir algún puesto
en el Gobierno.
—Ya lo creo. Ya sea en la Marina o en el Ejército, ocurre lo mismo. El dinero lo
es todo en este mundo. —Y luego Takeo miró el reloj que había empezado a dar la
hora—. Vaya, ya son las diez.
—¡Oh, cómo pasa el tiempo!

Capítulo II

La finca de Hyozo Yamaki de la calle Shiba-sakuragawa no era demasiado grande;

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sin embargo, se extendía desde el final de la calle hasta el pie de la colina de
Nishinokubo. Su magnífico jardín se componía de agua, piedras y árboles. En el
jardín había un estanque rodeado de grandes rocas y atravesado por un estrecho
puente. Varias sendas conducían del portón a la colina; había varias clases de árboles
como arces, cerezos, pinos y bambúes plantados con gusto, además de una farola de
piedra en un lado y una cúpula procedente de un pequeño santuario de Inari[49]; y en
el último rincón aparecía inesperadamente una pequeña glorieta. El jardín sorprendía
a todos los que visitaban esta finca rodeada de tapias de aspecto modesto. En
realidad, se trataba de un castillo que Yamaki había construido con toda su fantasía
invirtiendo un cúmulo de dinero negro adquirido mediante sus sospechosos negocios,
con lo cual este castillo podría considerarse una suerte de espejismo.
Eran poco después de las cuatro de la tarde cuando se empezaban a oír en la
lejanía los graznidos de los cuervos. Un hombre en traje japonés salió al jardín con el
fin de escapar del ruido de la sala y tomó el camino que conducía a la colina
débilmente iluminada por los últimos rayos de sol. Era Takeo. Después de ceder a la
insistente petición de su madre, había aceptado la invitación de Yamaki. Pero ya
estaba cansado y asqueado por esa fiesta tan ruidosa y llena de desconocidos con
quienes tenía que hablar y ser educado, además de estar obligado a beber para
mostrar agradecimiento. Yamaki había programado numerosas diversiones con el
propósito de entretener sin interrupción a sus invitados. Entre tantas diversiones, la
última consistió en un coro de bailarines que iba a servir de preparación a una orgía
general. Desde hacía un buen rato Takeo había estado tratando de despedirse, porque
todo aquello resultaba de una vulgaridad aborrecible para él, pero Yamaki, con su
inoportuna insistencia, lo había obligado a quedarse hasta el final. Por otra parte,
Takeo esperaba a Chijiwa, que aún no había aparecido. En aquellos momentos su
primo era la persona con la que Takeo sentía más que nunca la necesidad de mantener
una seria conversación. Al final Takeo consiguió escaparse sin que nadie lo notara y
bajó al jardín para refrescar su cara ardiente con el aire fresco.
Tres días después de la confidencia recibida de parte de su suegro el general en
relación con Chijiwa, un desconocido con un maletín de cocodrilo había visitado la
casa de los Kawashima preguntando por Takeo y le había exigido el inesperado pago
de tres mil yenes. Ese hombre había presentado un documento firmado por Yasuhiko
Chijiwa como prestatario y Takeo Kawashima como su avalista; además, el
documento llevaba el sello auténtico que se utilizaba en todas las transacciones de
esta naturaleza. Según el desconocido, el plazo de vencimiento había cumplido ya
hacía tiempo, pero el deudor no solo había evitado las reuniones, sino que también
había desaparecido repentinamente faltando incluso a su lugar de trabajo, por lo que
el hombre del maletín se había visto obligado a recurrir al avalista para el pago.
Además, el documento estaba en toda regla y firmado de puño y letra por Chijiwa.
Sorprendido por ese extraño hecho, Takeo intentó aclarar el asunto, pero ni el
mayordomo Tazaki, ni su madre sabían nada sobre el mismo, ni muchísimo menos

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que le hubieran dejado prestado a Chijiwa el sello de Takeo. Este último suceso,
añadido a los rumores que circulaban sobre Chijiwa, le confirmó a Takeo de
inmediato la reprochable conducta de su primo. Precisamente ese día Takeo había
recibido una carta de Chijiwa en la que le decía que deseaba hablar con él al día
siguiente en la fiesta de Yamaki.
Takeo tenía intención de hablar con su primo abierta y tajantemente nada más
verlo sobre los asuntos que habían salido a la luz y darle después la espalda para
siempre, pero Chijiwa seguía sin aparecer. Echando el humo del puro para calmar la
irritación que lo invadía, Takeo subió por la senda y atravesó el seto de bambúes
hasta encontrar la pequeña glorieta. Allí se sentó en un pequeño banco y enseguida
oyó un sonido de pasos rápidos. De repente apareció Toyoko. Con su pelo recogido
en una alta versión del peinado shimada[50], llevaba un quimono de color malva con
dibujos de flores; la joven no era consciente de que su elegante y costoso vestido la
hacía aún más ridícula. Entrecerró sus pequeños ojos y exclamó en un tono irónico:
—¡Así que aquí estabas!
Takeo, siempre dispuesto a enfrentarse a una bala de cañón de treinta centímetros
de diámetro, se asustó ante ese ataque inesperado de una enemiga. Y con el deseo de
evitar toda discusión, se dio la vuelta directamente dispuesto a marcharse. Pero la
muchacha intentó detenerlo al instante.
—¡Takeo!
—¿Qué pasa?
—Mi padre me ha pedido que te enseñe nuestro jardín.
—¿Que me lo enseñes tú? No, gracias. No hace falta.
—Pero…
—Déjame solo. Lo prefiero.
Takeo pensó que un rechazo sin rodeos podría ahuyentar a esa molesta seductora,
pero Toyoko estaba decidida a no dejarlo escapar y repuso:
—No huyas de mí.
Takeo se quedó en silencio un instante con aire confuso. Hacía más de diez años,
cuando su padre estuvo de gobernador en cierta provincia, Yamaki estaba bajo su
jurisdicción y se reunía a menudo con el barón y, por tanto, sus respectivos hijos
también se veían. En aquellos tiempos, Takeo, de unos once años, se entretenía
haciendo llorar a Toyoko tomándole el pelo por todos los medios al alcance de su
crueldad infantil, pero ella, aun con lágrimas en los ojos, nunca se separaba de él. Sin
embargo, a pesar del paso de los años y el cambio de residencia, Toyoko seguía
guardando en su corazón un profundo sentimiento de afecto hacia el niño travieso que
había llegado a la edad adulta y se había convertido en el barón Kawashima. Él,
ingenuo y rudo alférez de Marina, había adivinado los sentimientos de la niña y tenía
mucho cuidado en evitarla durante sus breves y poco frecuentes visitas a la casa de
Yamaki. No obstante, ese día la muchacha sorprendió al joven barón de ese modo
haciéndolo caer en una emboscada.

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—¿Huir de ti? Yo no tengo ningún motivo para tener que huir de ti. Voy adonde
me da la gana. Eso es todo.
—Eres muy arrogante conmigo.
Takeo comenzó a sentir lo ridículo de la situación, además de sentirse molesto, y
en su confusión, intentó una vez más escaparse, pero su perseguidora era pertinaz.
Esa situación parecía imitar una escena de la obra de teatro titulada Río Hidaka, de
gran éxito en el periodo de Edo, con la diferencia de que se representaba en un rincón
del jardín y sin espectadores. De repente, Takeo se acordó.
—¿No ha llegado todavía Chijiwa? Toyoko, por favor, ve a ver si ha venido ya.
—Chijiwa no vendrá antes del anochecer.
—¿Viene a menudo a tu casa?
—Sí. Ayer también vino y, además, estuvo mucho tiempo hablando con mi padre.
—¿De veras? Pero puede que ya haya llegado. Por favor, ve a ver.
—No, no quiero ir.
—¿Por qué no?
—Es que estás tratando de deshacerte de mí. Por mucho que yo no te guste y
creas que Namiko es muy hermosa, es cruel que me rechaces de esta manera.
Toyoko ponía cada vez en más apuros a Takeo y él no sabía cómo salir de aquella
situación ante esa muchacha que trataba de hacerle frente.
—¡Señorita! ¡Señorita Toyoko!
Por fortuna una sirvienta vino a buscarla y la contuvo. Takeo, aprovechando esa
oportunidad, se ocultó rápidamente detrás del seto de bambúes y respiró con alivio.
—¡Qué fastidio de chica!
Y se refugió en la casa donde las paredes lo protegerían, por lo menos, del
segundo asalto de la joven.

El sol se había puesto. Los invitados se habían dispersado y el único ruido que se oía
venía de la cocina. Yamaki, ya con ropa cómoda, traía un estuche de tabaco con paso
tambaleante y entró en una habitación donde Takeo y Chijiwa lo estaban esperando.
La frente colorada del anfitrión cubierta de gotas de sudor brillaba al reflejo de la luz
de la lámpara. Se sentó con ellos y dijo:
—Siento haberlos hecho esperar, señores. —Se rio y prosiguió—: Pero la verdad
es que me siento muy feliz por el éxito de la fiesta… A propósito, barón, usted no
bebe nada, en serio, no es digno de un perfecto militar. Su padre vaciaba una botella
tras otra. Yo mismo, aunque me estoy haciendo mayor, sigo siendo Hyozo Yamaki y
puedo con dos litros o más todavía. —Volvió a reírse.
Chijiwa, fijando su mirada cristalina y negra en Yamaki, dijo:
—Qué alegre estás, ¿eh? Se te sale el dinero por las orejas, ¿no, Yamaki?
—Y que lo digas, no me puedo quejar. Hablando de dinero… —Yamaki se
interrumpió para encender la pipa y después de dar una calada, reanudó su charla—:
Parece que por fin van a subastar aquello, porque están apurados y se conformarán

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con un precio bajo. El negocio promete y resultará aún mejor cuando en breve
autoricen a residir a los extranjeros. Quizá el barón esté dispuesto a invertir unos
veinte o treinta mil yenes con el nombre de su mayordomo Tazaki de titular. Estoy
seguro de poder hacerle ganar una fortuna, ¿eh?
La lengua del hombre borracho revelaba con fluidez su verdadero carácter.
Chijiwa miró de reojo a Takeo, que seguía guardando silencio, y preguntó a Yamaki:
—Me han dicho que esa gente de la calle Aomono ha estado ganado mucho
dinero durante una buena temporada, ¿es cierto?
—Sí, pero al final se arruinó porque no supo hacerlo bien. Si actuamos con
inteligencia, llegaremos a conseguir una mina de oro.
—¡Qué maravillosa oportunidad! En serio, qué pena que yo no pueda participar,
un hombre como yo, sin un yen a mi nombre. Pero, Takeo, tú puedes permitirte ese
lujo, ¿por qué no te arriesgas?
Desde el primer momento en que se sentó junto a su primo, Takeo mostró todo el
tiempo su desagrado con las cejas contraídas y miraba a los dos interlocutores con la
misma indignación. Takeo pronunció estas palabras:
—Os doy las gracias por vuestra amabilidad. Pero creo que es inútil tratar de
hacer dinero para un hombre como yo, que nunca sabe cuándo acabará en el mar
como cebo de los peces o como objetivo de los enemigos. Así que disculpadme, pero
prefiero donar esos treinta mil yenes para la formación de los alumnos de la Escuela
Nacional de Marineros antes que invertir en ese negocio sospechoso del que habláis.
Chijiwa, que no había dejado de observar la expresión de Takeo mientras
rehusaba rotundamente su propuesta, le guiñó el ojo a Yamaki y dijo:
—Yamaki, disculpa que sea un poco egoísta, pero dejemos este tema para más
tarde. Y ahora quiero solucionar mi asunto. Ya que Kawashima ha tenido el detalle de
consentir a mi petición, espero que tú también hagas lo que pido. ¿Has traído tu sello?
Mientras lo decía, sacó una nota y se la entregó a Yamaki.
No era de extrañar que Chijiwa estuviera bajo sospecha. Aprovechando la
posición que ocupaba en esos últimos años, se había convertido en el espía de
Yamaki y no solamente se había beneficiado económicamente por el trabajo sucio de
filtrar informaciones gubernamentales, sino que también había desviado fondos del
Gobierno para invertir en el mercado de futuros en busca de fortuna. Sin embargo,
había sufrido una pérdida superior a los cinco mil yenes. Para cubrir la pérdida, había
chantajeado a Yamaki y, sumado con todo lo que tenía, había conseguido reunir dos
mil yenes, pero aún le faltaban tres mil. Sus únicos familiares, los Kawashima, eran
ricos y, además, la señora Kawashima tenía cierto afecto a su sobrino; pero Chijiwa,
conociendo cómo era ella, sabía que la avaricia de la vieja no lo ayudaría en ese
aspecto. El tiempo apremiaba y fue cuando se atrevió a cometer el grave delito de
falsificar el sello de Takeo para conseguir la cantidad necesaria a un interés
exorbitante a fin de cubrir el gasto de los fondos del Gobierno. Sin embargo, llegó la
fecha de vencimiento de la devolución del préstamo mientras Chijiwa seguía sin tener

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una última esperanza de obtener esa cantidad de dinero y, a consecuencia de ello, la
presión del acreedor por la demanda del pago llegó hasta la oficina gubernamental. Y
ahora, no le quedaba otro recurso que convencer a Takeo para que le prestara los tres
mil yenes con la intención de cubrir los otros tres mil del vencimiento. De este modo
la reputación de Takeo como avalista se vería restaurada con su propio dinero. Desde
el regreso de Takeo, Chijiwa había intentado reunirse con su primo varias veces pero
sin éxito. Después se vio obligado a abandonar el trabajo y su ausencia duró unos
días. Por consiguiente, aún no sabía que su acreedor ya estaba satisfecho tras haber
visitado a Takeo.
Yamaki asintió con la cabeza al entregarle Chijiwa la nota y tocó la campanilla
para que una sirvienta trajera una almohadilla de sellar. Después de haber leído por
encima la nota, Yamaki sacó su sello del bolsillo y lo estampó debajo de su nombre
como avalista. Chijiwa tomó la nota sellada, la puso delante de Takeo y dijo:
—Ya está todo listo. Y ahora, ¿cuándo puedes darme el dinero?
—Ya lo traigo conmigo.
—¿Contigo? ¿Bromeas?
—No, en absoluto. Te lo digo en serio. Mira, pues aquí te entrego los tres mil
yenes.
Takeo sacó de su bolsillo un sobre y se lo arrojó a Chijiwa.
Sorprendido, Chijiwa lo recogió y lo abrió. Inmediatamente se ruborizó, pero acto
seguido se quedó muy pálido de la rabia. Sin palabras, rechinó los dientes con fuerza.
Chijiwa tenía delante de sus ojos el documento que pensaba que todavía estaría en
manos del prestamista. Takeo, después de haberse informado a través de Tazaki sobre
el hecho, había pagado el importe correspondiente en lugar del deshonesto deudor.
—¿Qué es esto?
—No pretendas ignorarlo. Reconoce tu culpa de una vez por todas, sé un hombre.
Chijiwa, completamente vencido por su primo, a quien siempre había
menospreciado como a un simplón, fue incapaz de dominar su ira y se mordió los
labios con fuerza. En cuanto a Yamaki, asombrado, se quedó inmóvil como una
estatua con la pipa a punto de caérsele de la mano y no hacía más que mirar
mecánicamente de un lado al otro a sus invitados.
Takeo dijo por fin:
—Chijiwa, ya no te voy a decir nada más acerca de este desafortunado incidente.
Somos primos y no pienso recurrir a la ley para que te condenen por falsificar mi
sello. Como has visto, le he pagado a tu acreedor los tres mil yenes. Así que ya no
llegarán más requerimientos a tu oficina. Puedes estar tranquilo.
Chijiwa se sentía profundamente humillado, pero trató de calmar el borbollón de
rabia con todas sus fuerzas. Con gusto se hubiera lanzado contra Takeo; mas
consideró que cualquier intento de justificarse a sí mismo resultaría inútil. De pronto,
cambió de táctica y dijo con humildad:
—La verdad es que me siento avergonzado por lo que he hecho y reconozco que

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me merezco tus duras palabras Pero en realidad, me vi obligado a…
Takeo lo interrumpió:
—¿Forzado? ¿Obligado a conseguir dinero incluso violando la ley, manchando tu
propio honor? ¿Dónde está la necesidad de eso?
Chijiwa repuso:
—Un momento, déjame hablar. Es que sucedió de esta manera. Me encontraba en
un apremio y necesitaba dinero, pero no tenía con quién contar. Si hubieras estado
aquí, naturalmente, lo hubiera consultado contigo, pero ¿cómo podría explicarle estas
cosas a tu madre? Sin embargo, me urgía tanto que me atreví pidiéndote perdón en mi
fuero interno. Además, esperaba recibir una determinada cantidad de dinero el mes
pasado y pensaba confesarte el hecho cuando terminara de liquidarlo todo.
Completamente decepcionado por su primo, Takeo gritó:
—¡Eso es mentira! ¡¿Cómo es posible que un hombre que realmente tiene la
intención de arrepentirse, pretenda solicitar un préstamo de tres mil yenes con esa
descarada insolencia?!
Yamaki, conmocionado por la violencia con que Takeo había pronunciado esas
palabras con gesto de querer arrojarse sobre Chijiwa, consideró que había llegado el
momento de intervenir como pacificador y medió:
—Barón, cálmese, por favor, cálmese. No sé nada de lo que podría haberle
pasado a Chijiwa pero se trata de unos tres mil yenes; no es una suma demasiado
grande. Y, además, ustedes son familia, así que, por favor, perdónelo, ¿eh?, ¿de
acuerdo, barón? Chijiwa sí que se ha equivocado, sin duda ninguna, pero usted podría
mostrar un poco de generosidad con él. Si todo esto se hace público, Chijiwa va a
perder su puesto. Así que se lo ruego…
—Por eso he pagado y he dicho que no voy a proceder contra él. Yamaki, esto no
es asunto tuyo. Será mejor que no hables… Repito que no lo voy a denunciar. Sin
embargo, Chijiwa, tú y yo, hemos terminado.
Como el asunto había llegado a tal extremo, Chijiwa entendió que ya no había
nada que temer por su parte, y volvió a adoptar su actitud insolente.
—¿Romper la amistad? No me da pena especialmente.
Los ojos de Takeo brillaron como un relámpago.
—La amistad te importa muy poco pero mi dinero sí, ¿verdad? ¡Cobarde!
—¡¿Qué has dicho?!
Yamaki, por su parte, que se había recuperado un poco del efecto del alcohol, no
pudo soportar la violencia en la actitud de ambos que iba creciendo ante sus propios
ojos e intervino por segunda vez:
—¡Basta! ¡Barón, Chijiwa, calma, calma! Así no se pueden solucionar las
cosas… ya vale, y esperen, esperen un momento.
Y trató de tranquilizarlos a los dos.
Mientras tanto los dos primos quedaron frenados por Yamaki. Takeo miró
fijamente a Chijiwa y dijo:

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—Chijiwa, te lo digo por última vez. Nosotros nos hemos criado juntos como
hermanos, y, de hecho, yo te he considerado siempre como un hermano mayor, por tu
edad y tu fuerza física. Pensaba que podríamos seguir juntos toda la vida,
ayudándonos el uno al otro y, al menos por mi parte, yo estaba dispuesto a hacer lo
que fuera por ti con todas mis fuerzas. En realidad, hasta hace poco estaba seguro de
ello. Pero me has traicionado. Un engaño como este es un asunto personal y acaba
aquí con nuestra relación. Y no te pregunto qué es lo que has hecho con esos tres mil
yenes. Pero ten cuidado. Por la amistad en la que creía, una vez más seré amable
contigo y te hago saber que he escuchado rumores sobre ti que son de todo menos
halagüeños y que eres sospechoso de varios asuntos oscuros. Te aconsejo que tengas
cuidado y no pongas en entredicho tu honor como militar. Sé que no tiene mucho
sentido hacerte estos comentarios, ya que para vosotros la única pasión es ganar
dinero, pero os digo que deberíais tener un mínimo de vergüenza. No pienso volver a
verte nunca más. Quédate con los tres mil yenes, te los regalo.
Al terminar de decir esto con absoluta dignidad, Takeo tomó la nota de préstamo
y la rompió en pedazos. Se levantó bruscamente y salió de la sala con tanta prisa que
hizo caer a Toyoko, que parecía haber estado escuchando la conversación detrás de la
puerta. Sin hacer caso al grito de la chica tumbada en el suelo, Takeo siguió con
grandes pasos hacia la puerta principal.
Yamaki, estupefacto, y Chijiwa se miraron. Yamaki exclamó:
—¡Vaya, qué niñerías! Pero Chijiwa, tres mil yenes por la simple ruptura de
vuestra amistad está muy bien, ¿no?
Con la vista fija en los pedazos de papel, Chijiwa permaneció en silencio
mordiéndose los labios.

Capítulo III

A principios de febrero Namiko se indispuso por un fuerte catarro. A pesar de cierta


mejoría, recayó después de trasnochar para tener listo un vestido de su suegra. Era
quince de febrero y todavía no se encontraba bien del todo como para levantarse de la
cama.
Cada año, en los días de frío más severo del invierno, la gente siente que ese frío
es peor que el de los años anteriores. Sin embargo, especialmente aquel invierno, el
viento norteño traía muy a menudo tormentas de nieve y de lluvia que helaban hasta
la médula. Los sanos enfermaron y muchos de los enfermos murieron. Las esquelas
en los periódicos aumentaban sin parar. El frío prolongaba el malestar persistente de
Namiko debido a su delicada salud. A pesar de que no mostraba síntomas de
enfermedad grave, pasaba un día tras otro sintiendo una pesadez en la cabeza y sin
recuperar el apetito.
El reloj dio las dos de la tarde. Cuando las últimas vibraciones de sus campanadas

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desaparecieron en el profundo silencio, el tictac lento y rítmico del reloj destacaba
aún más la tranquilidad de la tarde. Era un día hermoso para aquella época del año y
aunque los shoji estaban cerrados, la luz abundante del sol iluminaba toda la estancia.
Parecía que los rayos invisibles se posaban sobre las manos de Namiko, que estaba
tejiendo unos calcetines con tweed escocés de color negro, y sobre su cabello negro,
que caía suelto sobre la almohada blanca como la nieve. Tras la ventana de la
izquierda se percibía una vaga sombra del delgado tallo de nandina que caía sobre el
recipiente de agua y, en la ventana de la derecha, se veía claramente la silueta de las
ramas del viejo ciruelo que se extendía ampliamente; incluso se podían apreciar
algunas de sus flores abiertas anunciando el inicio de la anhelada primavera. En la
terraza se reflejaba la cabeza de un gatito, cuyo movimiento rápido producía sombras
cambiantes. De repente, el animal dio un salto para atrapar un insecto que volaba por
donde calentaba el sol. El insecto se escapó dejando el gatito caído en el suelo. Acto
seguido, como si nada hubiera ocurrido, comenzó a lamerse sus patas y la sombra de
su hocico se movió incesantemente arriba y abajo a través del papel de los shoji.
Namiko, que observaba esa escena sonriendo, cerró los ojos al deslumbrante reflejo
del sol y se quedó embelesada un instante. Luego cambió de postura, acarició su
labor y empezó de nuevo a mover las agujas vigorosamente.
Se escuchó el ruido pesado de unos pasos por el pasillo y se acercó la sombra de
un cuerpo macizo. Era su suegra.
La señora Kawashima se sentó junto a la cama de Namiko y le preguntó:
—¿Cómo te encuentras hoy?
—Mucho mejor, gracias, madre. Podría levantarme pero…
Namiko dejó su labor a un lado, se colocó el escote y trató de levantarse, pero la
suegra se lo impidió:
—No, no. Soy de la familia. No te molestes. Ah, sigues trabajando, ¿no? No te
fuerces. Una enferma debe pensar solo en recuperarse, ¿eh, Nami? Te olvidas de todo
en cuanto empiezas a hacer algo para Takeo. Pero eso no está bien. Piensa en ti lo
primero y procura mejorarte lo antes posible.
—No sé cómo pedirle perdón por estar tanto tiempo en cama…
—¿Por qué me dices eso? Sigues siendo muy reservada conmigo. Y no me gusta.
La señora Kawashima no manifestó su verdadero pensamiento. Ella solía quejarse
de que las nueras modernas no eran lo bastante educadas y respetuosas con sus
suegros, pero en el fondo de su corazón pensaba que era afortunada con esa nuera tan
diferente a las demás. Namiko, por su parte, en silencio, pero con su actitud, mostraba
una enorme indulgencia con su suegra al aceptar todas las antiguas normas de la casa.
De repente la señora Kawashima se acordó de algo.
—¡Ah!, por cierto, ha llegado una carta de Takeo, ¿verdad? ¿Qué te cuenta?
Namiko sacó un sobre de debajo de la almohada y entregó la carta a su suegra
diciéndole:
—Dice que va a regresar el próximo domingo sin falta.

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—¿En serio? —Cuando la señora Kawashima terminó de leer la carta, la dobló y
dijo—: ¡Qué idea más absurda! ¡Cómo que vamos a moverte a otro lugar con este frío
que hace! Pillarás cualquier enfermedad que no tienes. La mejor manera de curar el
catarro es permanecer en cama con paciencia y nada más. Takeo es muy joven y
pronto empieza a querer cambiar de médico o a cambiar de lugar de reposo. Pero
cuando yo era joven nunca me quedé en cama, aunque me doliera la barriga. Incluso
me levanté antes de cumplir diez días del parto. A medida que la vida se vuelve más
cómoda, la gente se vuelve más inútil —y con una sonrisa añadió—: Así se lo escribí
yo, diciéndole que no había motivo para preocuparse por ti porque yo estaba contigo.
La señora Kawashima tenía la sonrisa en los labios pero sus ojos revelaban una
expresión de descontento; se levantó para irse.
Namiko se incorporó de medio cuerpo siguiendo con la mirada la espalda de su
suegra y le dijo:
—Disculpe que no me levante.
Y cuando la sombra de la suegra desapareció del pasillo, Namiko dio un pequeño
suspiro.
Namiko apenas podía creer que una madre pudiera sentir celos de su nuera; sin
embargo, desde que había regresado Takeo, advirtió que se interponía una sensación
extraña entre ella y su suegra. Cuando Takeo llegó tras su largo viaje, encontró a
Namiko muy delgada y entendió rápidamente lo mucho que había sufrido durante su
larga ausencia; por eso, la trató incluso con más cariño y ternura que antes. No
obstante, Namiko, a pesar de haber recuperado su felicidad, captó con agudeza que su
suegra observaba con cierta amargura los desvelos de Takeo por ella, su esposa.
Namiko sufría en secreto por lo difícil que era recibir el amor de su marido a cambio
de tener que soportar el disgusto de su suegra.
—Señora, la señorita Kato ha venido a verla.
Namiko abrió los ojos con alegría al oír la voz de la sirvienta. Cuando vio entrar a
la visita, su rostro se iluminó con una expresión de placer.

—¡Oh, Chizu! ¡Qué bien que estés aquí!


—¿Qué tal estás hoy? ¿Mejor?
Una chica de unos diecisiete años con el cabello recogido en un elegante shimada
dejó al lado de la cama su bolsa de seda y una capucha de crespón de color malva, y
se acercó a la cabecera de Namiko. La esbelta figura de la recién llegada lucía un
abrigo azul marino, y su bello rostro, de cejas finas y arqueadas, y los ojos muy vivos
revelaban su carácter alegre. Esa joven era Chizuko, la hija primogénita de la tía de
Namiko, la esposa del vizconde Kato.
Namiko y Chizuko eran primas y se llevaban casi un año de diferencia, pero
habían coincidido en el mismo curso de la escuela y habían estudiado juntas. Desde
que iban al jardín de infancia, se llevaban tan bien como si fueran verdaderas
hermanas, por lo que Komako, la hermana menor de Namiko, solía quejarse de que

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ella no tenía a nadie con quien jugar. Cuando Namiko se casó, las antiguas
compañeras de escuela fueron distanciándose poco a poco, una situación que no
ocurrió así en el caso de Chizuko. Antes bien, Chizuko se alegró incluso de que la
nueva casa de su prima estuviera aún más cerca de la suya que la casa natal de
Namiko, así que la visitaba a menudo. Las visitas de Chizuko y las cartas apasionadas
de Takeo eran el mayor consuelo para la esposa solitaria y triste durante la
prolongada ausencia del joven barón.
Namiko sonrió y respondió:
—Hoy me encuentro mucho mejor, pero todavía siento pesadez en la cabeza y a
veces me molesta la tos.
—¡Cuánto lo siento! Y el frío persiste.
La sirvienta colocó con respeto un cojín para Chizuko y ella, dándole las gracias,
se sentó junto a Namiko. Se calentó al brasero las manos delgadas en que brillaban
piedras preciosas y después se las puso en las rosadas mejillas. Namiko le preguntó:
—¿Cómo están tus padres?
—Bien, gracias. Te mandan muchos recuerdos. En realidad, con este frío tan
intenso que está haciendo, andan muy preocupados por ti. Hablamos mucho de ti y
pensamos que será mejor que vayas a Zushi hasta que el clima suave de allí te cure
del todo. Anoche también tuve la misma conversación con mi madre.
—¿De veras? Takeo también opina lo mismo. Ahora está en Yokosuka y me ha
escrito diciendo que necesito un cambio de aires.
—¿También? Entonces, ya está. Trata de hacerlo lo antes posible.
—Pero creo que ya no tardaré mucho en ponerme bien.
—No se puede tomar a la ligera el catarro de este año, ¿eh?
Una sirvienta entró llevando una taza de té inglés y se la ofreció a Chizuko.
Namiko le preguntó a la sirvienta:
—Kane, ¿dónde está mi suegra?
—Está también con una visita.
—¿Quién es? Será alguien de su pueblo. Por cierto, Chizu, no tendrás prisa hoy,
¿no? Kane, tráele a Chizuko algo rico, por favor.
—No, gracias. Vengo muy a menudo y no puede ser. —Chizuko rechazó la oferta
con una sonrisa y luego dijo—: ¡Ah!, espera un momento. —Y sacando de una bolsa
una pequeña caja, añadió—: A la señora Kawashima le gustaba el dulce de arroz,
¿verdad? He traído unos cuantos. Pero si tiene visita, se los daré más tarde.
—¡Oh, gracias! Gracias, de verdad.
Luego, Chizuko sacó unas brillantes naranjas rojas.
—Mira qué bonitas son. Estas son para ti, pero me temo que no serán tan dulces
como lo que le he traído a tu suegra.
—¡Qué bonitas! Dame una y quítale la piel.
Cuando Chizuko le dio a Namiko una naranja pelada, ella se la comió con placer
apartándose el pelo que se le caía sobre la frente.

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—¿No te molesta el pelo? ¿Quieres que te lo recoja?, ¿eh?, ¿quieres?… Vale, no
te muevas y ponte cómoda.
Chizuko, acostumbrada a moverse por la habitación de Namiko, fue al cuarto
contiguo donde había un tocador a buscar un peine y empezó a cepillar suavemente el
cabello de la enferma. Mientras tanto, le comentó a Namiko:
—No te he contado nada sobre la reunión de exalumnas de ayer. Has recibido un
aviso, ¿no? Fue muy divertido. Todas desean que te recuperes muy pronto y me
dijeron que te lo transmitiera. —Con una dulce sonrisa, continuó—: Solo ha pasado
un año desde que nos graduamos pero la tercera parte de nosotras ya está casada. Me
extrañó ver a Okuma, a Honda, a Kitakoji, todas ellas peinadas de marumage
dándose un importante aire de señoras. Y me pareció un poco cómica la escena —se
rio y añadió—: ¿Te hago daño? Acudí muy interesada a reencontrarme con ellas pero
todas hablaban solo de sí mismas. Y empezaron después un debate sobre la
convivencia con los suegros. Kitakoji estaba a favor porque ella era malísima para
hacer las tareas domésticas y su amable suegra la ayudaba en todo con sus valiosos
consejos. Pero Okuma estaba firmemente en contra, con el razonamiento de que su
suegra era una quisquillosa. ¡Qué risa! Y cuando di mi opinión, todas se negaron a
escucharme con el argumento de que yo aún no estaba casada y no tenía derecho a
participar. Me hizo gracia eso de «derecho a participar». ¿No te lo he apretado
demasiado?
—No, en absoluto. Sería digno de escuchar —dijo Namiko sonriendo débilmente
—. Así que todas aportaron sus experiencias. Las normas y los hábitos varían en cada
familia, de manera que es imposible llegar a una conclusión, ¿a que no, Chizu? ¿Te
acuerdas de cuando tu madre dijo un día que una pareja joven que vivía sola acababa
comportándose egoístamente? Es cierto y hay que hacerles caso a los mayores. ¿No
estás de acuerdo conmigo?
Namiko, siguiendo fielmente los consejos de su padre, prestaba la mayor
dedicación posible a las labores domésticas. El hecho de haber crecido observando la
conducta inadmisible de su madrastra, le sirvió de lección para formarse sus propias
ideas desde antes de casarse. Por lo tanto, guardaba en su interior, aunque con el
pensamiento infantil de una inexperta, el deseo de llevar perfectamente la dirección
de su hogar cuando llegara el día en que la dueña fuera ella. No obstante, cuando
llegó a la familia Kawashima, Namiko se dio cuenta de que su posición era como la
de una princesa sin poder que deja el gobierno en manos del presidente del Estado, y
se limitó a mantenerse con discreción bajo el dominio de su suegra. Sin embargo,
cada vez que se encontraba con dificultades ante la disyuntiva de atender a su suegra
o a su marido, y no podía dedicarse a este tanto como ella quisiera, en su corazón lo
lamentaba en secreto. Era en esos momentos cuando surgían sus dudas acerca de la
convivencia con su suegra. También le hacía recordar a su madrastra, la cual estaba
favor de vivir separada de los suegros y de otras cosas, a causa de sus ideas
progresistas que parecían totalmente incompatibles con las costumbres y la cultura

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tradicionales de su nación. ¿Quizá su madrastra tuviera razón? Pero Namiko, a pesar
de sus dudas, se mantuvo más firme todavía para no renunciar a sus principios.
Chizuko, aunque era la confidente de su prima, criada diez años bajo la tiranía de
su madrastra y ahora a punto de cumplir un año al lado de una suegra irascible, no
llegaba a adivinar del todo los verdaderos pensamientos que Namiko guardaba en el
fondo de su corazón. Chizuko terminó de trenzar el cabello de la enferma y, mientras
se lo ataba con una cinta blanca, le preguntó.
—¿Todavía se enfada muy a menudo?
—A veces. Pero es muy amable conmigo desde que me puse enferma. El único
problema es que a ella no le gusta que yo siga haciendo cosas para Takeo. Incluso el
propio Takeo me ha dicho en varias ocasiones que la reina de la casa es ella y que
debo tratarla mejor que a él… Perdona, dejemos este tema que es un aburrimiento
para ti… ¡Ah, me siento mucho mejor con este peinado! Gracias. Parece que se me ha
quitado la pesadez de la cabeza.
Namiko acarició su coleta y a continuación cerró los ojos por la fatiga que sintió
de repente. Entre tanto, Chizuko guardó el peine y se detuvo un momento delante del
tocador fijando la vista en un objeto. Luego, abrió un pequeño estuche, se lo puso en
la palma y contemplándolo dijo:
—No me canso de mirar este broche. Es precioso. Takeo tiene un gusto excelente.
Es muy detallista contigo, ¿verdad? —Chizuko dejó el estuche en su sitio, volvió
junto a la cama y continuó—: En cambio, Shunji no hace otra cosa que insistirme en
que estudie también francés o alemán. Según él, la esposa de un diplomático debe
dominar varios idiomas, pero me tiene harta.
Shunji era el prometido de Chizuko. En la actualidad ocupaba un puesto en el
Ministerio de Asuntos Exteriores.
Namiko dijo sonriendo:
—Me gustaría verte peinada de marumage cuanto antes, aunque me da un poco
de pena que tengas que dejar el shimada con lo bien que te sienta.
—¡Oh, no! No digas eso. —A pesar del gesto ceñudo, la sonrisa involuntaria de
Chizuko, que curvó sus labios como un capullo de rosa, la traicionó, revelando su
verdadero pensamiento. Continuó—: Por cierto, ¿te acuerdas de Hagiwara, la alumna
que se graduó un año antes que nosotras?
—Sí. La que se casó con el señor Matsudaira.
—Sí, esa misma. Me han dicho que se divorciaron ayer.
—¡No me digas! ¿Y por qué?
—Resulta que ella se llevaba de maravilla con sus suegros. Fue Matsudaira quien
dejó de quererla.
—¿No tenían hijos?
—Sí, uno. Pero Matsudaira incluso fue infiel a su esposa y, por eso, el señor
Hagiwara se enfadó tanto con su yerno; le dijo que su hija no se merecía a un hombre
tan infame como él; y, al final, el padre ordenó a Hagiwara que regresara a casa.

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—¡Oh, qué lastima! Debe de ser terrible tener un marido que no te quiere. ¡Vaya
crueldad!
—Es indignante, Nami. Si hubiera sido al revés, todavía, pero por mucho que la
quisieran sus suegros, no compensa el amor que debería de recibir de su marido.
Imagínate lo que debió de sentir la pobre.
Namiko dio un suspiro y dijo:
—Me pone triste pensar que después de habernos educado en la misma escuela,
tengamos que dispersarnos de acuerdo a nuestro destino… Chizu, tú y yo seguiremos
siendo amigas y nos ayudaremos la una a la otra toda la vida.
—¡Sí! ¡Me siento feliz de oírlo!
Sus manos se unieron inconscientemente. Al rato, Namiko sonrió y dijo:
—Después de tanto tiempo en cama, he estado pensando muchas cosas, aunque
son imaginaciones mías. No te rías, pero suponte que en un futuro Japón llega a
entablar una guerra con algún país extranjero y gana. Entonces, Shunji sería el
ministro de Asuntos Exteriores e iría al país enemigo para negociar el tratado de paz.
Y Takeo, como almirante de la flota, bloquearía los puertos del enemigo…
Chizuko la siguió.
—Y tu padre será comandante del Ejército y mi padre como miembro del Senado
aprobará el presupuesto militar de cientos de miles de yenes…
—Entonces, Chizu, yo iré contigo portando la bandera de la Cruz Roja para
participar en algo.
—Pero, si sigues delicada de salud, no podrás ir —dijo riendo Chizuko.
Namiko empezó a reírse también, pero enseguida tuvo un ataque de tos y se
apretó con la mano el costado derecho.
—Has hablado demasiado, ¿eh? ¿Te duele el pecho?
—Sí. Cuando toso, me molesta mucho por aquí.
Mientras hablaba, Namiko dirigía la mirada hacia la ventana iluminada por los
últimos rayos del sol poniente.

Capítulo IV

La noche del encuentro con Takeo en la casa de Yamaki, Chijiwa, que había sido
humillado agriamente por su primo, no pudo reprimir una sensación de malestar hacia
Takeo incluso después de llegar a casa. Cinco días después de esa noche, Chijiwa fue
trasladado repentinamente al cuartel general de un regimiento de la primera división.
A lo largo de la vida todos tenemos, al menos una vez, un periodo en que todo
parece ir mal. Las decepciones y los fracasos nos persiguen como si el cielo nos
hubiera elegido para castigarnos sin tregua con un latigazo tras otro. Como dice el
refrán, «las desgracias nunca vienen solas». Desde el año anterior Chijiwa se
encontraba precisamente en ese periodo y aún no vislumbraba perspectivas de poder

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salir de él. Namiko le había sido arrebatada por Takeo. Sus especulaciones en el
comercio de futuros fracasaron. Sus deudas dejaron su honor por los suelos. Takeo, a
quien había menospreciado toda la vida como a un bobo, lo había humillado como si
fuera basura y sus relaciones con los Kawashima, sus únicos familiares, se habían
roto. Y para colmo, le habían quitado sin previo aviso el puesto en la sede, que se
había jurado no perder pasara lo que pasara, para ser trasladado como un mero
soldado a un cuartel de un regimiento al que siempre había desdeñado como un
destino de ínfima categoría. Sin embargo, Chijiwa era lo bastante consciente de su
culpabilidad para no manifestar protesta alguna, a pesar de que en su interior no tenía
la menor intención de aceptar la derrota, ni muchísimo menos de reconocer su
desaliento. Y comenzó a desempeñar sus nuevas y humildes funciones sin manifestar
ninguna vergüenza. No obstante, los últimos acontecimientos habían constituido un
duro golpe para él, que hasta ese día había mostrado ser frío y calculador, sin perder
la calma en ningún momento de dificultad, produciéndole un arranque de despecho
incontrolable.
La adversa situación de Chijiwa era la de un hombre que, habiendo comenzado el
rápido ascenso de una montaña desde cuya cima el éxito en el honor y la fortuna le
sonríen, es violentamente empujado pendiente abajo a los primeros pasos. Pero
¿quién lo habría empujado? Varias alusiones en la conversación de Takeo y el hecho
de que el jefe del Estado Mayor fuera íntimo amigo del general Kataoka, hacían
sospechar a Chijiwa del mismo general, creyendo al menos que este no había sido
ajeno del todo a su desgracia. Chijiwa sabía que Takeo era indiferente al dinero, por
lo que podía suponer que el resentimiento mostrado por su primo en el asunto de los
tres mil yenes, a pesar de haber estado justificado por la falsificación del sello, debía
de tener un fundamento más grave. Tal vez Namiko le había revelado a Takeo la
historia de la declaración de amor de Chijiwa que ella había rechazado. Cuanto más
sospechaba de ello, Chijiwa sentía que esa era la verdadera clave de la cuestión; y su
odio y sus celos crecieron sin freno. Su rencor por el desamor sufrido, su despecho
por el fracaso en su prometedor camino profesional, su decepción, su descontento,
sus celos, todos esos malos sentimientos echaron leña al fuego encendiendo una
terrible llama de ira en torno al general Kataoka, Namiko y Takeo. Chijiwa siempre
se había sentido orgulloso de su astucia y de su mente fría, y se había burlado de los
impulsos sentimentales que hacían perder el objetivo a otras personas. Sin embargo,
tras esa rápida sucesión de humillaciones y desgracias, Chijiwa había perdido por
completo la calma fingida de su disciplina mental y sentía que sus venas iban a
estallar si no encontraba una válvula de escape para descargar la ebullición del
veneno que le corría por ellas.
¡Venganza!, ¡venganza! Uno de los placeres humanos es saborear la sangre de un
enemigo odiado, sangre que acaricia dulcemente nuestro paladar. ¡Venganza!,
¡venganza! ¿Cómo podría descubrir una poderosa bomba capaz de aniquilar a los
odiosos Kataoka y a los Kawashima? ¿De qué manera podría llegar al momento de

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poder sumergirse en el embeleso de satisfacción al contemplar la escena de la
carnicería ejecutada sobre los cuerpos de esos odiados hombres y mujeres, que se
convulsionaban aún con vida? Esas eran las cuestiones que desde hacía más de un
mes ocupaban de día y de noche la mente de Chijiwa.
Era ya a mediados de marzo y los pétalos de las flores del ciruelo estaban
empezando a caer como copos de nieve. Un día Chijiwa fue a la estación ferroviaria
de Shinbashi para recoger a un amigo que había sido trasladado desde la tercera
división a una oficina de Tokio. Cuando salía de la sala de espera, Chijiwa se
encontró con una distinguida dama acompañada de una joven. La señora Kataoka que
iba con Komako se detuvo.
—¡Cuánto tiempo, Chijiwa!
Él se puso pálido nada más oírla, pero al ver en la expresión de la señora Kataoka
que ella no sabía nada de sus asuntos, recuperó rápidamente la compostura. Entendió
que no había necesidad de considerarla como enemiga, por mucho que él odiara al
general y a Namiko. Así que Chijiwa le hizo cortésmente una reverencia y le
preguntó con una sonrisa:
—¿Cómo está, señora Kataoka?
—Hace mucho que no te veía. ¿Qué te pasa?
—Me hubiese gustado ir a verla pero he estado muy ocupado en estos últimos
meses. ¿Adónde va usted?
—Vamos a Zushi, ¿y tú?
—Estoy esperando a un amigo. Y usted, ¿se va de vacaciones?
—Anda, ¿no lo sabes aún? Es que tenemos a una enferma.
—¿Una enferma? ¿Quién puede ser?
—Es Namiko.
En ese momento sonó la campana y una marabunta de pasajeros se dirigió a toda
prisa al andén. Komako tiró del brazo de su madrastra y le dijo:
—Madre, nos tenemos que ir.
Chijiwa se hizo cargo del equipaje de la señora y la acompañó al andén; mientras
caminaban le preguntó:
—¿Está muy enferma?
—Sí, ya le ha afectado a los pulmones.
—¿Pulmones? ¿Tiene tuberculosis?
—Sí. Sufrió una terrible hemorragia y se fue a Zushi el otro día para recuperarse.
Así que vamos a verla.
La señora Kataoka recibió su equipaje de la mano de Chijiwa y añadió:
—Gracias. No tardaré en volver. Ven a visitarnos pronto, ¿de acuerdo? Entonces,
adiós.
Chijiwa siguió con la mirada el vistoso chal de cachemir y la coleta de la chica
con una cinta carmesí hasta que desaparecieron en un compartimento de primera
clase. Cuando se dio la vuelta, en sus labios apareció una espantosa sonrisa.

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Cuando el médico comprobó que los síntomas de la enfermedad de Namiko se iban
agravando progresivamente, hizo todo lo posible por frenarlos. Sin embargo, a pesar
de todos sus esfuerzos, aquella invisible enfermedad continuó avanzando sin tregua
hasta manifestarse, a principios de marzo, como un indudable principio de
tuberculosis.
Incluso su suegra, que orgullosa de su salud se burlaba de los achaques de la
gente joven y no había hecho caso de los planes de su hijo para enviar a Namiko a un
lugar más templado, se asustó cuando vio como su nuera expulsaba sin parar flemas
de sangre. Dada la naturaleza contagiosa de la enfermedad, la señora Kawashima
acabó por alarmarse y, siguiendo el consejo del médico, envió a Namiko,
acompañada de una enfermera de confianza, a una casa que los Kataoka tenían en
Zushi.
¡Tuberculosis! El sentimiento de Namiko, temerosa del diagnóstico de su
enfermedad, era el de un viajero solitario perdido en un campo inmenso cuando ve
como se le aproxima una nube negra y amenazadora. Ahora se había roto un silencio
espantoso y Namiko, rodeada de una tempestad en la que rugían truenos y cegadores
relámpagos, soplaba un viento implacable y caía una lluvia torrencial, rezaba con
todas sus fuerzas para que todo pasara. Aun así, Namiko había quedado
profundamente impresionada por la primera manifestación violenta de su
enfermedad. Fue el día dos de marzo. Namiko se sentía mejor que de costumbre y
disfrutaba componiendo un arreglo floral que tenía abandonado desde hacía mucho
tiempo. Con la ayuda de su marido, que casualmente se encontraba en casa, estaba en
el jardín cortando unas fragantes ramas del ciruelo para adornar la habitación de su
suegra. De repente, la muchacha sintió una opresión en el pecho, se le nubló la vista y
se le escapó un grito. Acto seguido, ¡un chorro de sangre fluyó de sus labios! «¡Oh,
no!…». En ese terrible momento, que había temido con un presentimiento triste, se le
representó la visión fugaz de su propia tumba.
¡La muerte! En el pasado, cuando Namiko consideraba que el mundo era cruel y
que la vida no le deparaba muchas alegrías, pensar en la muerte no le causaba un
dolor excesivo. Pero ahora precisamente había empezado a conocer la dulzura de la
vida. Cuanto más valiosos le parecían sus seres queridos, más deseaba Namiko vivir
el mayor tiempo posible. Cada vez que ese pensamiento insoportable la dejaba
abatida, intentaba luchar contra el mal con todas sus fuerzas para poder superarlo. Por
eso seguía escrupulosamente las indicaciones del médico y se tomaba con diligencia
todas las medicinas que le había recetado.
Takeo, que en ese momento estaba destinado en el puerto naval de Yokosuka, a
poca distancia de Zushi, iba a menudo a ver a su esposa. Namiko también recibía con
frecuencia cartas de su padre y las visitas de su tía la señora Kato y de su prima
Chizuko. Y, además, en la segunda casa de los Kataoka estaba su antigua nodriza,
Iku, que había sido devuelta de la casa de Kawashima el verano anterior. A pesar del
triste motivo de su reencuentro, Iku recibió a Namiko con una alegría melancólica y

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se volcó en la enferma incluso con más afecto y solicitud que antes. Había también
un honrado sirviente anciano, Mohei, siempre atento a que su ama se sintiera lo más a
gusto posible. Tras abandonar la capital, donde persistía el frío todavía riguroso de
principios de primavera, el cuerpo y el alma de Namiko, expuestos al aire templado
de la costa de Zushi y a la cálida luz de la naturaleza, hicieron que la enferma se
sintiera aliviada en todo su ser, especialmente porque todos le prodigaban mucho
cariño. Así, al cabo de dos semanas, cesaron las hemorragias y remitió la tos. El
médico, que venía desde Tokio dos veces por semana, observó con satisfacción su
mejoría aunque, sin dejar de ser cauto, dictaminó que la enfermedad tan solo se había
estacionado y recomendó que Namiko siguiera con el reposo sin bajar la guardia y
que evitara cualquier emoción fuerte. Si cumplía todo esto, entonces, podría tener
esperanzas de recuperarse.

Era un sábado de principios de abril. Aún era demasiado pronto para que los cerezos
florecieran en la capital, pero allí en Zushi los cerezos silvestres empezaban a abrir
sus flores entre el verdor lozano que cubría la ladera de las colinas coronadas de
nubes blancas. Aquel día, sin embargo, parecía que la naturaleza estaba oprimida por
una sensación de tristeza. Una fina llovizna había estado cayendo desde la mañana.
Se veían borrosas las colinas y el mar se fundía en un monótono color gris. A una
enferma como Namiko se le hacía largo un día de primavera y le daba la impresión
de que aquel nunca llegaría a su fin. Al caer la tarde, el tiempo empeoró. Una lluvia
torrencial acompañada de un fuerte viento zarandeaba la casa y hacía temblar las
ventanas produciendo un sonido terrible, mientras las olas lanzaban su bramido como
una carrera de miles de caballos. Todo el pueblo de pescadores había cerrado sus
puertas a cal y canto sin dejar filtrar ni una luz que delatara existencia humana
alguna.
Mientras, en la villa de Kataoka se estaba desarrollando una feliz escena. Takeo,
que había tenido que resolver un asunto de trabajo importante, regresó muy tarde
desafiando la amenazadora oscuridad de aquella tempestuosa noche. Nada más llegar
a casa, se cambió de ropa y cuando terminó de cenar, se quedó leyendo una carta
recostado en la mesa. Enfrente de él, Namiko estaba cosiendo una bonita bolsa. A
veces descansaba sus manos y levantaba la vista para mirar a su esposo, le sonreía y
luego se enfrascaba en sus pensamientos mientras prestaba atención al sonido de la
tormenta. Su peinado agemaki estaba adornado con una ramita con flores de cerezo y
unas hojitas verdes. Sobre la mesa, entre marido y mujer, colgaba una lámpara con
pantalla de color rosáceo que arrojaba una suave luz sobre otra rama de cerezo
colocada en un florero blanco de porcelana. Esa rama permanecía en silencio con sus
pétalos nevados, como si estuviera soñando con la primavera de la colina de la que se
había despedido aquella mañana.
El sonido de la tormenta que rodeaba la casa iba en aumento.
Takeo, doblando la carta, rompió el silencio:

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—Tu padre también está muy preocupado por ti. Aprovechando que mañana
regreso a casa en Tokio, pasaré por Akasaka a verlo.
—¿Cómo? ¡¿Te vas mañana con este tiempo?!… Bueno, claro, tu madre también
estará esperándote. ¡Me encantaría ir contigo!
—¿Tú? ¡Ni hablar! Hazte a la idea de que estás exiliada —dijo Takeo riéndose de
buena gana.
—Si esto es un exilio, no me importa que dure para siempre… Cariño, si te
apetece, puedes fumar.
—¿Te parece que tengo ganas? Gracias pero no. Porque fumo el doble el día antes
de venir aquí y cuando vuelvo a trabajar.
—Entonces te has ganado unos dulces buenísimos —replicó Namiko riendo con
su esposo.
—¡Oh, qué suerte! Los habrá traído Chizuko, ¿no?… ¿Qué es lo que estás
cosiendo? Parece que te va a quedar precioso.
—Me ayuda a pasar el tiempo. Es para tu madre… ¡Oh!, no te preocupes porque
es solo para entretenerme y no me cansa en absoluto… ¡Ay, qué bien me siento esta
noche! Déjame estar así contigo un poco más. ¿A que no parece que esté tan enferma
cuando estoy así?
—Es que el doctor Kawashima está a tu lado. En serio, tienes mucho mejor
aspecto últimamente. La cosa ya está controlada.
En ese momento, Iku entró trayendo los dulces y un té en una bandeja.
—¡Pero qué tormenta más terrible! Menos mal que el barón ha venido porque si
no, no pegaríamos ojo en una noche como esta, ¿verdad, señora? La señorita Chizuko
se ha ido y la enfermera también ha vuelto a Tokio unos días, así que nos vamos a
quedar solas… bueno, aunque está Mohei.
Namiko dijo:
—¡No quiero ni pensar en cómo lo estará pasando con este tiempo la gente que
esté en el mar! Pero quizás sea todavía peor para los que esperan con ansia su
regreso.
—Esto no es nada.
Takeo, mientras se tomaba el té y se comía tres dulces seguidos, continuó
hablando:
—Pues la verdad es que la vez que pasé unos días en medio de una tempestad en
el mar de la China meridional, sí que me afectó bastante. Cuando un buque de cuatro
mil toneladas se escora unos treinta o cuarenta grados produciendo un sonido sordo y
unas olas como una montaña golpean la cubierta, puedo asegurar que no te sientes
nada, pero que nada cómodo.
El viento soplaba aún más fuerte y la lluvia golpeaba violentamente la casa como
si fuera guijarros arrojados con fuerza. Namiko cerró los ojos e Iku se estremeció.
Los tres se callaron y durante un buen rato en la sala reinó el silencio. Los tres se
quedaron sumidos en el sonido atronador de la tormenta.

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—Venga, dejemos de hablar de cosas tristes. En una noche así, es mejor mantener
la lámpara bien encendida y hablar de algo alegre. Parece que este lugar es aún más
templado que Yokosuka… ¡cómo han florecido los cerezos…!
Namiko, acariciando los pétalos del florero, añadió:
—Esta mañana Mohei ha traído estas flores de la ladera. Son hermosas, ¿verdad?
Pero muchos pétalos se caerán con esta tormenta. ¿Por qué serán tan delicados? Esta
tarde leyendo los versos de la poetisa budista Rengetsu[51], encontré unos dulces
versos: «Luminosas flores olorosas, de belleza efímera, caen sus pétalos frescos y
elegantes; ¡oh!, qué breve la vida divina».
—¿Qué? ¿Caer frescos? Nuestro pueblo ama las flores; y las cosas frágiles que
caen antes de tiempo nos enseñan a tener valentía y buen perder. Pero no se puede
abusar de ello. En la guerra, los que no resisten son derrotados. Prefiero animar a las
personas a que sean pertinaces, fuertes y resistentes. Por lo que podéis suponer, mi
verso va a ser muy diferente. Es mi primer intento, ¿vale? Así que no te rías.
«Tenaces llama la gente a los cerezos con doble flor, pero me da la alegría su vida
más duradera…». ¿Qué os ha parecido? ¿No creéis que incluso he superado los
poemas de Nashinomoto[52]? —preguntó Takeo riendo.
Iku dio su opinión:
—Es distinto, ¿verdad, señora?
Takeo bromeó y dijo entre risas.
—Cuando Iku piensa así, debe de ser excelente.
El ruido de la tormenta a coro con el estruendo de las olas llenó la pausa de la
conversación y ahora parecía que la casa fuera una barca perdida en alta mar. Iku se
levantó para recalentar el agua del té. Namiko se sacó el termómetro que tenía puesto.
Cuando vio que tenía menos décimas de lo habitual, se lo mostró a su marido con una
expresión orgullosa y lo guardó. Durante un instante, Namiko contempló distraída las
flores del cerezo, luego esbozó una sonrisa y le dijo a Takeo:
—Ya va hacer un año desde que nos casamos. Recuerdo muy bien aquel día.
Cuando salía de casa en el coche de caballos, todos los de la familia estaban en el
portón para despedirse de mí. Quise decirles algo adecuado pero no me salían las
palabras por la emoción. —Y con la expresión risueña prosiguió—: Mientras cruzaba
el puente de Tameike, el sol ya se había puesto y se veía la luna llena. Y luego,
cuando llegué a lo más alto de la pendiente de Sanno, estaban los cerezos en plena
floración y sus pétalos entraban por la ventanilla como los copos de nieve. Antes de
bajarme del coche, mi tía se dio cuenta de que yo tenía unos pétalos en el moño; me
los quitó con mucho cuidado.
Takeo la estaba escuchando con la mejilla apoyada en una mano y comentó:
—Un año pasa en un abrir y cerrar de ojos. Ya verás, dentro de poco estaremos
celebrando nuestras bodas de plata. Pero qué presumida estabas aquel día, jajá, qué
risa. ¿Y por qué te mantuviste tan seria?
Namiko, también entre risas, le contestó:

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—Tú también estuviste muy serio, como un joven príncipe, pero solo lo parecías.
Y no fuiste capaz de mantener quieta la copita de ceremonia[53] por los nervios…
—¡Qué alegres están ustedes ahora! —Volvió Iku sonriendo y continuó—: Hace
mucho tiempo que no me sentía tan feliz como esta noche. Cuando estoy con ustedes,
parece que he vuelto a Ikaho, a aquellos días felices del año pasado.
Namiko exclamó:
—¡Oh, Ikaho! ¡Qué bien nos lo pasábamos allí!
Takeo preguntó con malicia:
—¿Seguro que te lo pasaste bien hasta en la recogida de los helechos? Parece que
alguien se cansó mucho…
Namiko repuso sonriendo:
—Pero fuiste tú el que me dabas prisa.
—Pronto será de nuevo la temporada de los helechos. Así que, Nami, date prisa y
recupérate, y veremos quién recoge más, ¿de acuerdo?
—Sí, claro. Ya estaré perfecta para entonces.

A pesar de la tempestuosa noche, al día siguiente amaneció tranquilo y muy hermoso.


Takeo decidió regresar a Tokio por la tarde y, viendo que el viento se había
calmado, salió con Namiko a dar un paseo para aprovechar las horas templadas de la
mañana. Pasearon hacia la playa a la sombra de un pinar a través de una colina
arenosa.
Namiko exclamó:
—¡Qué tiempo más maravilloso! Quién se hubiera imaginado esto anoche,
¿verdad?
—Ni que lo digas. Es increíble. Mira, parece que están más cerca las islas de Izu
y que nuestra voz llega hasta ellas.
Avanzaron despacio sobre la arena, ya seca, viendo a los pescadores que se
apresuraban a extender las redes en el mar en calma y a los niños en busca de
caracolas, y poco a poco llegaron a una playa solitaria en forma de luna nueva.
De repente Namiko preguntó:
—Cariño, ¿sabes últimamente algo de Chijiwa?
—¿Chijiwa? Es un sinvergüenza. No lo he vuelto a ver. Pero ¿por qué me lo
preguntas?
Namiko dudó por un instante y respondió:
—Es extraño pero he soñado con él esta noche.
—¿Con él? ¿Y eso?
—Él estaba hablando de algo con tu madre.
—¿Por qué te preocupas con esos pensamientos? —preguntó Takeo con una
sonrisa—: Y ¿de qué estaban hablando?
—No me acuerdo, pero tu madre asintió con la cabeza varias veces… Ah, por
cierto, Chizuko me dijo que hacía poco había visto a Chijiwa con Yamaki. Tal vez ese

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comentario fue lo que me hizo soñar con él. Él no ha vuelto a ir a casa, ¿verdad?
—Por supuesto que no, porque mi madre también está muy enfadada con lo que
hizo su sobrino.
Un suspiro se escapó de los labios de Namiko.
—No puedo dejar de pensar en lo molesta que debe de estar tu madre por mi
ausencia, sobre todo por mi enfermedad.
A Takeo se le estremeció el corazón. Como su mujer estaba delicada de salud, le
ocultaba las discusiones que había mantenido últimamente con su madre. Desde que
Namiko se fue a Zushi, cada vez que Takeo regresaba a casa a Tokio, percibía que la
amargura de su madre iba en aumento. Ella le aconsejaba constantemente que se
mantuviera alejado de Zushi para no contagiarse. Y no solamente se quejaba de
Namiko, sino que siempre acababa criticando a su familia con acritud. Cuando Takeo
trataba de calmarla, más de una vez le reprochó ser un hijo ingrato que desobedecía a
su madre por el amor a su mujer. Así que con una sonrisa tranquilizadora, le dijo:
—Te preocupas por todo. ¿De verdad te crees esto que me estás diciendo?
Tranquila, que mi madre no está molesta para nada. Lo que tienes que hacer es
recuperarte con todas tus fuerzas. La próxima primavera trataré de tener vacaciones
sea como sea e iremos mi madre, tú y yo, los tres juntos, a disfrutar de las flores del
cerezo a Yoshino[54], que es una maravilla… Ya hemos caminado bastante y debes de
estar cansada. ¿Quieres que volvamos?
Habían llegado al final de la playa, al pie de una pequeña colina.
—Vamos hasta el templo de Fudo[55]. No me he cansado para nada. Me siento tan
bien que podría llegar hasta Europa caminando.
—De acuerdo. Pero ponte ese chal en los hombros. Y ahora agárrate bien a mi
brazo porque te puedes resbalar en la roca.
Takeo ayudó a Namiko a subir por el sendero estrecho y rocoso de difícil acceso.
De vez en cuando se detenían a descansar y, pasados unos cien metros, salieron bajo
una cascada de la que caían numerosos hilos de color plata. Junto a la cascada estaba
el templo de Fudo. Unos cuantos pinos se erguían en el borde del precipicio
inclinando sus ramas hacia la orilla del mar.
Takeo quitó la arena de la roca y puso el chal sobre ella para que Namiko se
sentara. Él se sentó junto a su esposa, se abrazó las rodillas y exclamó:
—¡Qué tranquilidad!
El mar estaba realmente en calma. Limpio de nubes, el cielo del mediodía
extendía su enorme manto azul profundo. Las aguas brillaban en la superficie con un
luminoso reflejo resplandeciente. El mar y la tierra estaban serenamente en reposo
gozando de la cálida luz de la primavera.
—¡Amor mío!
—Dime, Nami.
—¿Me curaré?
—¿Cómo?

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—Mi enfermedad…
—Pero ¿qué me estás diciendo? ¿Por qué no te habrías de curar? Te curarás,
seguro.
Namiko recostó la cabeza en el hombro de su marido y continuó:
—A veces, tengo miedo de no curarme. Me da la impresión de que no me curaré
porque mi madre falleció de lo mismo.
—Nami, ¿por qué dices esto precisamente hoy? Seguro que te vas a poner bien.
Lo mismo dijo el doctor, ¿no? Eh, Nami, ¿no es así? Tal vez tu madre murió de lo
mismo, pero tú eres joven. Ni siquiera has cumplido veinte años. Además, estás
todavía al principio de la enfermedad y te curarás, cueste lo que cueste. ¿No te
acuerdas de Okawara, un pariente mío? Hace quince años que le quitaron el pulmón
derecho y todavía está vivo. Y eso que su médico afirmó que no duraría mucho
tiempo. Si quieres curarte, te curas. Pero si dices que no, es que no me quieres. Si me
amas, lo conseguirás. ¿Cómo que no vamos a poder superar juntos esto?
Takeo cogió la mano de Namiko y la apretó con pasión contra sus labios. En la
mano de la muchacha brillaba el diamante de la sortija de compromiso que él le había
regalado antes de casarse.
Durante un rato ambos guardaron silencio. Una vela blanca que venía desde la
isla de Enoshima se iba deslizando a lo lejos sobre la superficie lisa del mar.
Namiko, con los ojos empañados de lágrimas, sonrió y dijo:
—Sí, voy a recuperarme. Te lo juro… Ah, pero ¡¿por qué tenemos que morir?!
¡Quiero vivir! ¡Me gustaría vivir miles y millones de años! ¡Si tengo que morir,
quiero irme contigo! ¡Por favor, no me dejes sola!
—¡Si te vas, yo también dejaré de vivir!
—¿De veras? ¡Oh, me haces tan feliz! ¡Nos iremos juntos!… Pero tú tienes a tu
madre y un trabajo importante que atender y no puedes hacer lo que quieras.
Entonces, me iré yo primero y te esperaré… Si muero, ¿te acordarás de mí alguna
vez? ¿Eh, cariño?
Enjugándose las lágrimas, Takeo acarició el cabello de Namiko con toda la
ternura.
—Ya vale. No hablemos de estas cosas tan tristes. Trata de recuperarte cuanto
antes y ponerte bien del todo. Tú y yo viviremos mucho tiempo y celebraremos
nuestras bodas de oro.
Namiko apretó con firmeza las manos de Takeo y se apoyó en él, dejando caer
unas lágrimas ardientes sobre las rodillas de su marido.
—¡Aunque muera, seguiré siendo tu mujer! ¡Nada ni nadie nos puede separar, ni
la enfermedad, ni siquiera la muerte! ¡Soy toda tuya, lo seguiré siendo incluso más
allá de esta vida, para toda la eternidad!

La sonrisa que se dibujó en los labios de Chijiwa, cuando se enteró en la estación de


Shinbashi de la enfermedad de Namiko, era debida a la sensación de júbilo que

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experimentó al dar con la clave para resolver la difícil cuestión a la que le había
estado dando vueltas durante meses. Después de tanto cavilar, esa noticia le aportó
inesperadamente una idea de cómo acabar con los odiosos Kawashima y Kataoka. La
cuestión estaba en Namiko. Su enfermedad, sin ninguna duda, le ofrecía a Yasuhiko
Chijiwa la oportunidad de vengarse de un golpe de ambas familias. Tuvo la
convicción de que la naturaleza mortífera y contagiosa de la enfermedad de Namiko y
las frecuentes ausencias de Takeo favorecerían el éxito de sus maquinaciones. Por
consiguiente, no debería de haber dificultad alguna para darle consejos a la señora
Kawashima respecto al problema de su nuera, los cuales serían el detonante para
producir el efecto deseado. Esto significaba que sus maniobras verbales bastarían
para alcanzar su objetivo. Cuando convenciera a la señora Kawashima, lo único que
tendría que hacer sería desaparecer del ojo de huracán y contemplar el desarrollo de
la tragedia en la que sus enemigos se retorcerían torturados y llenos de angustia. Este
pensamiento le causó a Chijiwa un placer perverso y su espíritu, que había estado
tanto tiempo oprimido, comenzó a brillar con un nuevo ardor en la certeza de su
satisfacción anticipada.
Conocía muy bien el carácter de su tía, tan bien que, como ya se imaginaba, no se
había enfadado tanto como Takeo por el asunto del préstamo y la falsificación del
sello. Incluso sabía que su tía consideraba que su hijo era un joven inexperto,
mientras que confiaba ciegamente en Chijiwa por su astucia e inteligencia. Y, por
último, sabía que ella apenas tenía parientes ni amigos, que no solamente se sentía
muy sola a pesar de su misantropía, sino que también estaba ansiosa por tener un
aliado frente al joven matrimonio, que a su parecer se llevaba demasiado bien.
¿Cómo podría rechazar la reconciliación con su sobrino ante esas circunstancias? De
esta manera, Chijiwa se aseguraba de antemano de que sus planes alcanzaran el éxito
esperado.
En primer lugar envió a Yamaki a casa de los Kawashima para explorar el
terreno, especialmente para lavar su imagen, insinuándole así a su tía que se había
arrepentido de sus faltas anteriores.
Una noche, hacia finales de abril, Chijiwa, que se había informado de que
Namiko no daba señales de la esperada mejoría a pesar de las asiduas atenciones
recibidas durante casi dos meses, y sabedor de que la antipatía de la señora
Kawashima hacia Namiko se iba convirtiendo en odio, aprovechó una ausencia de
Takeo y del mayordomo Tazaki, que habían salido en viaje de negocios. Así que fue
de visita a la casa de los Kawashima tras varios meses de ausencia. Ahí encontró a su
tía, absorta en profundas cavilaciones causadas por una carta de su hijo que todavía
sostenía en sus manos.

Capítulo V

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Apenas hubo llegado Chijiwa a la casa, la señora Kawashima y su sobrino empezaron
a conversar.
—No, casi no hay síntomas de recuperación, a pesar de los costosos tratamientos.
Si no ha mejorado al cabo de dos meses, sinceramente, ya no sé qué se puede hacer.
Si tuviera una persona de confianza con quien consultar, lo haría; pero ya ves, Takeo
es poco más que un niño…
Como era de esperar, la señora Kawashima no manifestó ningún tipo de oposición
a recibir de nuevo a Chijiwa.
—Ahí está el problema, tía. Soy consciente de que ya no tengo derecho a venir a
esta casa después del gran error que cometí; pero desde que me enteré de lo ocurrido,
no puedo dejar de pensar en usted y en mi difunto tío, que me criaron, y, por supuesto
en Takeo, que es como mi hermano. Esto es un terrible golpe para los Kawashima.
¿Cómo puedo mantenerme al margen con los brazos cruzados? Escuche, tía, lo siento
muchísimo por Namiko, pero usted sabe lo peligrosa que es la tuberculosis. A
menudo ocurre que una mujer tísica contagia a su marido y así sucesivamente hasta
que cae la familia entera. Estoy preocupadísimo por mi primo. Si usted no le aconseja
que sea cauto, puede que suceda una desgracia.
—Sí, tienes razón, hijo. Eso es lo que me temo y, por eso, le he advertido varias
veces a Takeo de que no se acerque a Zushi, pero no sirve de nada. No me hace
ningún caso y, de hecho, mira… —La señora Kawashima señaló la carta y añadió—:
Lo que ha dicho el médico y lo que ha hecho la enfermera, etc, etc. Todo lo que
cuenta es acerca de su mujer, el bobo este…
Chijiwa sonrió irónicamente e interrumpió las quejas de la señora Kawashima.
—Pero tía, no puede ser de otra manera. No hay exceso en el amor conyugal. Y,
además, cuando la mujer está enferma, es natural que el marido se preocupe aún más
por ella, ¿no?
—Pero tampoco hay derecho a que desobedezca a los padres para defender a su
mujer, digo yo.
Chijiwa suspiró mostrando con falsedad su indignación.
—¡Ay, qué problema! ¡Con qué rapidez han cambiado las cosas! Parecía que
Takeo se había casado con una chica maravillosa y que todos ustedes estaban muy
felices… Lástima que haya llegado tan pronto el momento de decidir la suerte de los
Kawashima… A propósito, ¿qué es lo que dicen los padres de Namiko al respecto?
—¿Sus padres? ¡Bah! La arrogante señora ha venido una sola vez de visita formal
y me trajo un regalo insignificante con ese pretexto. Ah, los Kato sí que han venido
varias veces pero…
Chijiwa suspiró de nuevo exageradamente.
—En estas circunstancias, son ellos los que tienen que actuar del modo correcto,
puesto que se trata de su hija. ¡Cómo es posible que muestren tanta indiferencia
endosándole a usted una carga como la de su hija enferma! El mundo es demasiado
egoísta, ¿verdad, tía?

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—Sin lugar a dudas.
—Bueno, no le demos más importancia. Sin embargo, lo más preocupante es la
salud de Takeo. Si ocurre lo que nos tememos, los Kawashima caerán. Y ¿quién nos
asegura que él esté a salvo? Es cuestión de horas que sea contagiado por Namiko.
¿Qué piensa hacer usted, tía? Incluso para usted será difícil separarlos, dado que ya
están casados.
—Así es.
—Pero si usted no se atreve a hacerlo, en breve llegará el momento crucial de esta
familia…
—Efectivamente.
—Pero el deber de los padres es a veces el de llevar a sus hijos fuera de los
caminos que ellos han elegido. A menudo los castigos sirven para bien de los hijos en
un futuro. Y, además, aunque los jóvenes manifiesten una firme decisión, puede que
cambien fácilmente de idea.
—Eso también es cierto.
—Lo siento mucho por la pobre criatura, pero mantener el apellido Kawashima es
más importante, ¿no?
—No cabe duda.
—Y si llegan a tener un hijo, la separación del matrimonio será absolutamente
imposible…
—Eso es lo que más temo.
La señora Kawashima bajó la vista con aire de desaliento. Mientras tanto,
Chijiwa, al observar que su tía no había rebatido ninguno de sus argumentos, se
regocijó por dentro y pronto cambió de tema. Se dio cuenta de como las semillas
venenosas plantadas en el corazón de su tía habían arraigado rápidamente en su
pensamiento. Y tuvo la certeza de que pronto brotarían, darían sus frutos de
destrucción y muerte, y de que el momento de la cosecha no estaba muy lejos.
La madre de Takeo no era mala de natural. No acababa de querer a Namiko, pero
tampoco tenía ningún motivo para odiar a su nuera. Además, se daba perfecta cuenta
de que Namiko era bien dispuesta y hacía todo lo posible por complacerla, a pesar de
la diferencia en las costumbres de la familia y de su educación, y tampoco dejaba de
satisfacer a la suegra que algunos de sus gustos e ideas fueran parecidos. Incluso
reconocía en el fondo de su corazón, sin que nadie lo supiera, que en su juventud ella
no había llegado a la altura de su nuera. Sin embargo, lo que contaba era que a
Namiko, tras haber permanecido en cama durante un mes, al final le diagnosticaron
una terrible enfermedad. Y la misma señora Kawashima pudo constatar lo terrible de
esa enfermedad al ver con sus propios ojos cómo la muchacha expulsaba un
estremecedor esputo de sangre. A pesar de todo el dinero gastado y de la atención
médica recibida, cuando vio claramente que la joven nuera no mostraba ninguna
señal de que fuera a recuperarse pronto, una extraña sensación de desilusión y
antipatía hacia Namiko nació en su alma. Sus pensamientos se agitaban entre su hijo

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y su nuera, y se dio cuenta de que esa sensación de rechazo hacia Namiko se iba
convirtiendo violentamente en un odio profundo conforme pasaban los días.
Chijiwa, por su parte, comprobó la rápida evolución del mal en el corazón de su
tía a lo largo de sus visitas posteriores, en las que iba inflamando los sentimientos de
la señora Kawashima. Y esperó a que el brote del mal evolucionara hacia el conflicto
definitivo. Preveía que el mecanismo ya se habría puesto en funcionamiento cuando
Takeo se enterara de las frecuentes visitas de Chijiwa a la casa de los Kawashima en
su ausencia. Chijiwa se complacía en saborear cómo la mayor parte de su pérfido
plan se estaba cumpliendo. Ya satisfecho, el sobrino se alejaba de la escena y antes de
hora brindó con Yamaki por el drama que estaba a punto de desencadenarse.

Capítulo VI

A principios de mayo, el buque en el que Takeo prestaba servicio recibió órdenes de


navegar desde la ciudad de Kure a Sasebo, en el sur, y a continuación dirigirse al
norte para participar en las maniobras navales que la flota aliada iba a realizar en el
mar de Hakodate, en la isla de Hokkaido. Ese viaje le iba a imposibilitar a Takeo
regresar a su casa durante unos cincuenta días. Así que antes de subir al buque, Takeo
se acercó a Tokio una noche para despedirse de su madre. En las últimas semanas
había encontrado a su madre siempre disgustada, pero esa noche precisamente estaba
sonriente y amable con él, incluso se había molestado en prepararle ella misma su
plato favorito. A pesar de que él era indiferente a las pequeñas atenciones, sintió algo
extraño ante esa repentina manifestación de ternura de su madre. Pero todos los hijos
son felices de sentirse queridos por sus padres, incluso después de hacerse adultos.
Takeo, que se había encariñado aún más con su madre tras la muerte de su padre, se
alegró con el cambio de humor de ella y disfrutaron de una agradable cena. Después
de cenar, Takeo tomó el baño mientras escuchaba el sonido de la lluvia que había
empezado a caer. Entre tanto, la imagen de Zushi, donde había estado antes de venir a
Tokio, se le vino a la mente y soñó con el feliz día en que Namiko, totalmente
recuperada, estaría en casa esperando su regreso. Salió embelesado del agradable
baño y de su amoroso pensamiento, se puso con descuido la ropa que la sirvienta
había preparado y, enjugándose el ligero sudor de la frente con el dorso de la mano
derecha en la que sujetaba un puro, entró en la sala donde estaba su madre.
La madre también estaba fumando una pipa oriental mientras la sirvienta le
masajeaba la espalda. La señora Kawashima levantó la vista y dijo con una sonrisa:
—¿Ya estás? Igual que tu padre, que también solía salir muy pronto del baño.
Bueno, siéntate ahí… Matsu, ya puedes irte. Y tráenos un té.
Luego, la señora Kawashima se molestó ella misma en levantarse para sacar una
cajita de dulces del aparador.
—Madre, usted me está mimando hoy como si fuera un invitado.

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Dio una calada al puro, exhaló el humo azulado observando a su madre y sonrió.
—Takeo, has llegado en el momento oportuno. Es que yo… tenía algo que
consultar contigo y precisamente estaba pensando en llamarte para que volvieras.
¿Qué tal en Zushi?… Te habrás pasado antes de venir, ¿no?
Takeo sabía que su madre desaprobaba sus frecuentes visitas a su esposa, pero fue
incapaz de mentir y respondió:
—Sí, un rato… Tenía mejor aspecto. Y estaba muy preocupada por las molestias
ocasionadas a usted.
—¿De veras?
La madre miró fijamente a su hijo, que había mostrado cierta inquietud. En ese
momento la sirvienta entró trayendo un servicio de té. La señora Kawashima le
ordenó de nuevo:
—Matsu, ya no te necesito más. Cierra bien la puerta cuando salgas.

La señora Kawashima le sirvió el té a su hijo y después de haberlo tomado ella


también, se atrevió a hablar tomando la pipa de nuevo en su mano.
—Takeo, ya me estoy haciendo mayor. El reuma del año pasado me dejó muy
desmejorada. Ayer fui andando a la tumba de tu padre y todavía me duelen las
articulaciones. Últimamente no puedo remediar sentirme intranquila por una cosa o
por otra… Conque, por lo menos tú, debes cuidarte mucho y procurar no ponerte
enfermo, ¿de acuerdo?
Takeo, sacudiendo la ceniza del puro, observó a su madre, a quien a pesar de su
rostro carnoso ya se le notaban los signos de la edad.
—Yo estoy fuera casi siempre y no hay nadie más que usted para llevar la casa.
Usted es la primera ministra aquí, así que no diga eso y anímese. ¡Cómo me gustaría
que Nami se recuperara cuanto antes y que volviera a ayudarla! Es lo que ella misma
desea también.
—Bueno, lo pensará, no lo niego, pero se trata de tuberculosis, ¿no es así?
—Pero está mucho mejor ahora y, además, con la ayuda del tiempo que cada vez
es más cálido, ya no tardará mucho en ponerse bien. Lo importante es que es muy
joven y puede combatir perfectamente la enfermedad.
—Eso es lo que tú dices, pero este mal es tan difícil de combatir… ¡Ojalá tuviera
suerte! Según el doctor, la madre de Namiko también murió de lo mismo, ¿no?
—Sí, ella misma me lo dijo, pero…
—Es posible que sea hereditario, ¿no es cierto?
—Eso dicen, pero Nami cayó enferma por mala suerte. Todo depende de la
atención que reciba. La gente habla de la epidemia y de la herencia pero a menudo la
causa real es otra. De hecho, mire cómo está su padre, rebosante de salud; y Koma, la
hermana de Nami, es una muchacha totalmente sana. Los seres humanos no son tan
débiles ni delicados como a los médicos les gustaría creer.
Takeo se echó a reír pero su madre, golpeando la pipa contra el borde del brasero,

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dijo con seriedad:
—No es cosa de risa. Insisto en que esta enfermedad es una de las más graves. Te
acuerdas del gobernador, el señor Togo, ¿verdad? Su esposa, la madre de aquella
criatura con la que solías pelearte de pequeño, falleció de tuberculosis hace dos años
en abril. Justo a finales de ese año, el señor Togo murió de lo mismo y ahora su hijo,
que trabajaba en no sé qué empresa como ingeniero, también ha muerto. Todo esto
proviene del contagio de una sola persona de la familia. Y hay más casos similares.
Por tanto, te suplico que tengas cuidado. Mentalízate con que debemos extremar las
precauciones.
La madre dejó a un lado la pipa y se inclinó hacia delante, como para examinar
más de cerca la expresión de su hijo, que la escuchaba en silencio. Entonces
continuó:
—Tengo una idea en mente que debo comentarte, Takeo. —Vaciló un poco antes
de proseguir pero finalmente se atrevió y fijando la mirada en él dijo—: Se trata de
Namiko…
—¿Sí?
Takeo alzó la vista.
—¿Qué te parece si les pedimos a los Kataoka que se lleven a Namiko?
—¿Qué se la lleven? ¿Qué quiere decir con eso?
La madre sin apartar la mirada de su hijo contestó:
—A casa de sus padres.
—¿A Akasaka? ¿Se refiere a que sus padres la cuiden?
—Independientemente de que la cuiden o no, de todos modos, que la alejen de
ti…
Takeo la interrumpió:
—No lo entiendo, madre. No hay mejor sitio que Zushi para su recuperación.
Además, sus hermanos pequeños están en Akasaka. Así que es mejor traerla aquí con
nosotros que enviarla a Akasaka.
La madre bebió lentamente otra taza de té que ya se había enfriado y dijo con voz
temblorosa:
—Takeo, ¿estás bajo los efectos del alcohol o estás fingiendo no comprenderme?
—Y mirando con desesperación a su propio hijo, añadió—: Te estoy diciendo que…
devolvamos a Namiko a casa de sus padres.
—¿Devolver?… ¿devolverla? ¡¿Eso significa el divorcio?!
—Por favor, no levantes la voz. —Y miró sin pestañear a Takeo, que había
empezado a temblar—. Sí, eso es a lo que me refiero. Tienes que separarte de ella.
—¡Divorciarme!, ¡divorciarnos!… pero ¿por qué?
—¿Me preguntas el porqué? Ya te lo he dicho todo: porque es una enfermedad
muy peligrosa.
—¿Y por eso?… ¿por eso quiere que me divorcie?, ¿repudiar a Nami?
—Precisamente eso es lo que debes hacer, aunque a mí también me duele mucho

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por ella…
—¡¡¡El divorcio!!!
El puro que sostenía Takeo cayó en el brasero produciendo un humo abundante y
disperso. La lámpara siseó y la lluvia nocturna parecía latir contra las ventanas.

La madre, muy alterada, se inclinó hacia su hijo para reanudar la conversación.


—Takeo, entiendo perfectamente que estés sorprendido por esta idea mía que
jamás te hubieras imaginado. Pero, por favor, trata de escucharme bien porque lo he
pensado y meditado continuamente todos estos días. Ya sabes que no tengo nada en
contra de Namiko, ni hay nada en ella que me desagrade y, sobre todo, sé que tú la
quieres. Por ese motivo se me parte el corazón al tener que aconsejarte que te separes
de ella, pero eso no elimina la gravedad del problema.
Takeo exclamó impetuosamente y miró a su madre con ojos severos.
—¡Pero, madre, si ella está mejorando!
—Escucha lo que te digo. Es posible que esté mejorando, pero los médicos
aseguran que en estas patologías cualquier cambio es para peor, incluso después de
mejorar transitoriamente. Nadie se ha curado del todo de la tuberculosis. Por suerte,
si Namiko no se muere ahora, está claro que algún día empeorará. Mientras tanto,
seguro que tú también te contagiarás. Si llegáis a tener un hijo, vuestro hijo heredará
la enfermedad materna. Es que no solamente se trata de Namiko, imagínate que el
cabeza de familia que eres tú, tu hijo, el heredero, todos vosotros seáis tísicos y
acabéis muriéndoos; eso significaría la extinción de los Kawashima. ¿Me escuchas,
hijo mío? El poder de Kawashima otorgado por el favor especial del Emperador,
resultado del duro trabajo de tu padre, estará condenado a desaparecer con tu
descendencia… Lo siento con toda mi alma por Namiko, tú también sufrirás
enormemente. Pero yo como madre me veo obligada a proponerte esta salida, a pesar
de tener el corazón roto. Es durísimo, pero por mucha lástima que sienta por Namiko,
tengo la necesidad de protegerte y mantener el apellido Kawashima sea como sea. Te
ruego que analices bien la situación y obres en consecuencia.
Takeo había estado escuchando en silencio, mientras en su mente se representaba
en vivo el rostro de su mujer enferma a la que había visitado esa misma mañana.
—Madre, no puedo cometer tal crueldad.
—¡¿Por qué?! —La señora llegó a levantar la voz.
—¡Madre, es que si lo hago ahora, Nami morirá!
—Puede que sí, pero, ¡Takeo!, ¡me importa más tu vida!, ¡me importa más el
futuro de los Kawashima!
—Madre, si realmente piensa en mí, por favor, intente comprender cómo me
siento yo. Lamento tener que contradecirla pero, en serio, no puedo hacer algo tan
inhumano bajo ninguna circunstancia. Ella es aún muy joven y puede que no sea de
gran ayuda para usted, pero nos ama a usted y a mí con todo su corazón. Yo no puedo
de ninguna manera divorciarme de esta esposa inocente y que no tiene culpa de nada.

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Y ¿por qué es imposible curar la tuberculosis? De hecho, está mejorando. Pero si está
destinada a morir, deje que muera como mi esposa. ¡Por favor, madre, se lo ruego! Si
está tan preocupada por mí, dejaré de verla, tomaré más precauciones y haré todo lo
que usted me aconseja. Pero soy incapaz de aceptar separarme de ella por nada del
mundo. ¡No puedo!
—¡Qué vergüenza, hijo! Hablas solo de Namiko pero ¿no te importa tu propia
vida?, ¿no te importa que se extingan los Kawashima?
—Y usted, en cambio, solo piensa en mi vida. Pero ¿de qué sirve vivir más
tiempo a costa de tal crueldad y deshonra? La injusticia y la crueldad nunca traen la
prosperidad a una familia. Divorciarme de Nami, sin duda, no aportará ni honor ni
gloria a los Kawashima. Diga lo que usted diga, no me separaré de ella. ¡Nunca!
¡Jamás!
Aunque la madre estaba dispuesta a encontrar una fuerte resistencia por parte de
su hijo, Takeo superó con creces sus previsiones. Ante este resultado se despertó el
carácter colérico de la señora Kawashima. Las venas de la frente se le hincharon, las
sienes le latían con violencia y la mano que sostenía la pipa tembló. La señora
Kawashima intentaba ahogar su rabia con todas sus fuerzas, e incluso trató de sonreír,
y repuso:
—Vamos, hijo, no te acalores tanto y piensa con más calma. Eres joven y no
sabes nada de la vida. Pero hay un refrán que dice: «El pez grande se come al chico».
En nuestro caso, el pez grande somos nosotros. Pobre Namiko, y sus padres también,
pero si ella no hubiese enfermado, nada de esto estaría pasando. Piensen lo que
piensen de nosotros, será preferible a la ruina de nuestra casa, ¿no es cierto? Y,
además, tú te preocupas de la justicia y de la humanidad, pero hay muchos divorcios
por todas partes, sea por la incompatibilidad en las costumbres, sea por la esterilidad
de la esposa… o por una enfermedad grave. Eso es lo que hace toda la gente, ¿no,
Takeo? Las enseñanzas de la tradición están por encima de las discusiones. No se
trata de lo que tú dices, de si es un asunto o no de crueldad o de falta de humanidad.
En un caso como el presente, son los padres de Namiko quienes deberían venir por su
propia voluntad para llevarse a su hija con ellos; pero no reaccionan. Así pues, ¿qué
hay de malo en que nosotros mismos se lo pidamos? No queda otro remedio.
—¿La gente? ¿La tradición? Pero no tenemos derecho a hacer el mal solo porque
otros lo hacen. Una separación debida a una enfermedad es una brutal costumbre del
pasado. O peor, si eso es una norma social de hoy en día, no merece la pena vivir en
esta sociedad. Hay que cambiar. No estamos obligados a seguir unas normas
anticuadas e inhumanas. Además, usted solo piensa en nuestra familia, pero póngase
también en el lugar de la familia Kataoka. ¿Cómo se sentirá cuando su hija les sea
devuelta al poco tiempo de haberse casado por el simple motivo de que se ha puesto
enferma, después de todo lo que había hecho para conseguir su felicidad? Y la
mismísima Nami, ¿con qué cara cree usted que puede regresar a su casa paterna?
Imagínese que esto hubiera pasado al revés. ¿Qué sentiría usted si se llevan a Nami

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porque soy tísico? Es lo mismo.
—No, hijo, es muy diferente. La mujer es inferior al hombre.
—A ver si somos capaces de examinar las cosas desde otro punto de vista más
práctico. Estoy diciendo que es lo mismo según la razón y los sentimientos.
Últimamente Nami no ha tenido hemorragias y se está recuperando, lo sabe usted
perfectamente. Pero ¿por qué ahora? Madre, si yo siguiera su consejo, sin ninguna
duda le causaría a ella una recaída. Nami se morirá, eso es seguro. Ni hablar, madre.
¿No se da cuenta de que usted me está ordenando matar a Nami?…
Takeo sollozó. Unas grandes lágrimas ardientes resbalaron por sus mejillas.

De repente, la madre se levantó. Bajó del altar familiar una tablilla mortuoria budista,
en la que estaba escrito el nombre del difunto barón Kawashima; volvió a sentarse y
se la puso delante de los ojos a su hijo.
—No quieres obedecerme y te tomas a la ligera mis palabras porque soy mujer.
Pero ahora atrévete a repetir lo que acabas de decir ante el espíritu de tu padre.
¡Venga, repítelo! Los espíritus de nuestros antepasados también te escuchan. ¡Vamos,
hijo ingrato! —Miró fijamente a su hijo con ira y golpeó de nuevo la pipa contra el
borde del brasero.
Takeo, que solía ser indulgente y paciente con su madre, también se irritó.
—¿Por qué me llama hijo ingrato?
—Porque sí. Estás defendiendo solamente a tu mujer, mientras que desprecias las
palabras de tu madre, ¿no es así? Pretendes malgastar la vida que te di con dolor y los
innumerables sacrificios que hice para criarte. Y lo peor de todo, haces peligrar el
futuro de tu propia familia. ¿No es eso ser un hijo ingrato? Sí que lo es, en grado
sumo.
—Pero la humanidad…
—¡Basta ya de la humanidad! ¿A ti te importa más tu mujer que tu madre?
¡Imbécil! Venga a pensar en tu mujer. Y te olvidas de tu madre. No sabes hacer otra
cosa que hablar de Namiko. ¡Miserable! ¡¿A que te echo de casa?!
Takeo se mordió los labios dejando caer sus lágrimas más amargas.
—Madre, esto es demasiado injusto.
—¿Cómo que injusto?
—Yo jamás he sido desagradecido. Pero parece que usted hoy no me entiende en
absoluto.
—¿Por qué no me obedeces? ¿Por qué no quieres divorciarte de Namiko?, ¿eh?
—Pero madre…
—Nada de peros. Venga, Takeo, ¿quién te importa más? Elige entre tu mujer y tu
madre. ¿Te quedas con la familia o con Namiko?… ¡Ahhh, desgraciado! —Golpeó
con rabia el borde del brasero con la pipa, que se partió. Una parte de la pipa salió
disparada y chocó contra la puerta.
En ese momento se oyó una exclamación ahogada detrás de la puerta y después

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una voz temblorosa preguntó:
—¿Se puede pasar?
—¿Quién es?… ¿De qué se trata?
—Tiene un telegrama.

Takeo salió de la sala y lo leyó, mientras la sirvienta desaparecía asustada por la


colérica mirada de su ama. Pero durante ese corto instante la irritación entre la madre
y el hijo comenzó a enfriarse y volvieron a sentarse uno frente al otro en silencio. La
lluvia caía torrencialmente.
Por fin, la madre reanudó la conversación. A pesar de que sus ojos todavía
conservaban una expresión de ira, sus palabras no sonaban tan duras como antes.
—En realidad, solo pienso en tu bien cuando insisto en lo de la separación. Eres
mi único hijo y mi único consuelo es verte seguir adelante y algún día sostener un
nieto sano entre mis brazos.
Takeo, que se había hundido en un profundo pesar, levantó la cabeza y señaló el
telegrama.
—Madre, de todos modos, yo… acabo de recibir órdenes. Como puede ver, se ha
adelantado la salida y tengo que irme mañana mismo a más tardar. Regresaré en un
mes más o menos. Mientras tanto, hágame el favor de no comentar nada de esto a
nadie. Prométame esperar hasta que yo vuelva, pase lo que pase.
A la mañana siguiente Takeo suplicó a su madre la garantía de su promesa y visitó
al médico para pedir que le dispensara un especial cuidado a Namiko; después partió
apresuradamente a Zushi en el tren de la tarde.
Cuando bajó en la estación de Zushi, el sol ya había caído y se veía la luna
creciente en el cielo de color lila. Cruzó un puente y pasó por el pinar, que ya estaba
envuelto por el crepúsculo. Al salir, vio a lo lejos el cigoñal negro de la huerta de los
Kataoka erguido en el cielo y, de pronto, llegó a sus oídos el inesperado sonido de un
koto. «¡Oh, Nami, estás tocando el koto…!», pensó Takeo y sintió que su corazón se
desgarraba. Se detuvo durante un instante para secarse las lágrimas antes de entrar
por el portón.
Ese día Namiko se sentía mucho mejor y, buscando alivio a la ansiosa espera del
regreso de su marido, había sacado el koto después de mucho tiempo.
Namiko se dio cuenta enseguida del mal aspecto de su esposo, pero Takeo eludió
sus preguntas y le dijo que era por haber trasnochado el día anterior. Se sentaron
juntos para cenar a la mesa que ya estaba preparada, pero ambos estaban desganados.
Namiko trató de ocultar su inquietud con una sonrisa forzada y se mantuvo
entretenida cosiendo los botones de la chaqueta de su marido y cuando terminó, la
cepilló con cuidado. Mientras tanto, se iba acercando la hora del último tren en el que
su marido debía partir. Sin más remedio, Takeo se levantó; entonces Namiko lo sujetó
por la mano.
—¿Te vas ya?

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—Sí, pero volveré pronto. Nami, cuídate mucho y que te mejores.
Se apretaron las manos con fuerza. En el vestíbulo, Iku ayudó a Takeo a ponerse
los zapatos y Mohei con una linterna en la mano, listo para acompañar a su amo a la
estación, tomó la bolsa de viaje.
—Bueno, Iku, cuida bien de la señora, ¿de acuerdo? Nami, me voy.
—Vuelve pronto, te lo ruego.
Takeo asintió con la cabeza. Siguiendo la luz incierta de la linterna, empezó a
caminar y a unos diez pasos tras salir del portón, se volvió. Namiko estaba de pie
junto a Iku. Los hombros de su esposa los cubría un manto blanco. Namiko, agitando
un pañuelo, repitió:
—¡Cariño, vuelve pronto!
—¡Sí, te lo prometo! ¡Nami, te vas a enfriar, métete ya!
Takeo miró atrás varias veces. La figura blanca y borrosa seguía allí. Pronto el
camino se sumió en la oscuridad y la figura blanca desapareció ante su mirada
ansiosa. Sin embargo, por tercera vez, oyó una débil voz que le llegó hasta el alma.
—¡Vuelve pronto!
Takeo, incapaz de contener su pena, rompió a sollozar. Se volvió una vez más y
vio la media luna iluminando el pinar con su fría luz.

Capítulo VII

—¡Buenas tardes, señor!


La voz animosa del sirviente anunció la llegada del dueño de la casa. Yamaki, que
se había bajado de un rikisha de lujo, nada más llegar a casa tomó el baño y se sentó
cómodamente con las piernas cruzadas sobre un mullido cojín en la sala adornada con
unos iris tempranos. Su mirada era la de un hombre totalmente satisfecho de sentirse
dueño de sí mismo. Yamaki miró a su esposa Sumiko, que le traía unos aperitivos,
con la expresión de que a él solo le faltaba una acompañante encantadora; pero la
felicidad del instante hizo que se contentara con su propia mujer. Mientras vaciaba
unas cuantas copas, se puso a hojear el periódico que la sirvienta le había traído.
—A ver, ¿qué hay de nuevo en Corea? ¡Oh!, el donghak[56] está más activo…
¡Caramba! ¿China se está apresurando a reunir tropas?… ¡Oh, qué interesante se está
poniendo la cosa! De modo que Japón ya no tardará en enviar a las nuestras… y la
guerra será inevitable… ¡Qué oportunidad de hacer dinero! Oye, Sumiko, vamos a
celebrar por anticipado el gran acontecimiento. Toma, bebe.
—¿En serio? ¿Tú crees que habrá guerra?
—Claro que sí. ¡Ay, qué bien, qué bien! Me siento realmente satisfecho… ¡Oh!,
hablando de buenas noticias… me he acordado de algo. Hoy he visto a Chijiwa y me
ha dicho que el asunto en cuestión está a punto de ser resuelto en breve.
—¿De veras? ¿Han convencido a Takeo?

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—No, Takeo no está. Pero eso no importa demasiado, porque de todos modos no
obtendrán su consentimiento. El caso es que Namiko ha tenido hemorragias de nuevo
y a la señora Kawashima se le ha agotado la paciencia. La señora Kawashima dice
que va a ejecutar el divorcio durante la ausencia de su hijo. Si Chijiwa nos hace el
favor de darle un empujón a la señora, ya está, asunto concluido. Cuando regrese
Takeo, no se lo dejará hacer tan fácilmente, así que la señora está pensando en
aprovechar esta oportunidad de oro. Entonces, la cosa ya estará en nuestras manos.
Bueno, Mi Alteza, brindemos.
—¡Pobre Namiko!
—Perdona que te lo diga, pero qué mujer más rara eres. Tú me dijiste que te daba
pena por Toyoko y que querías deshacerte de Namiko. Ahora que la cosa está a punto
de caramelo, ¿dices que te compadeces de ella? Mujer, no pienses más. Lo más
importante para nosotros es cómo colocar a Toyoko en el lugar de Namiko.
—Pero me temo que Takeo se llevará un gran disgusto cuando sepa que su madre
ha divorciado a Namiko durante su ausencia. Imagínatelo.
—Desde luego, pero ¿de qué sirve lamentarse cuando la cosa ya está hecha? Y,
además, Takeo es un muchacho muy cariñoso con su madre y verás cuando la señora
Kawashima suelte unas lágrimas de cocodrilo, no tendrá más remedio que resignarse.
Y ahora hablemos de nuestro asunto más importante que es Toyoko. Cuando Takeo se
haya calmado por completo, enviaremos a Toyoko como sirvienta con el pretexto de
aprender buenos modales con la señora Kawashima. No debe de ser tan difícil como
parece dedicarse a la señora. Todo depende de cómo saber mantenerla de buen
humor. Y, finalmente, cuando Toyoko llegue a ser la baronesa Kawashima,
cumpliendo así con su mayor deseo, seré yo el padre político de Takeo. Como es
inexperto, tendré que hacerme cargo de los bienes de los Kawashima. ¡Oh!, suena
realmente estupendo… Bueno, tendré más trabajo pero qué remedio, ¿no? Ahora, a
ver qué hacemos con Toyoko.
—¿Vas a cenar ya?
—No corre prisa. Déjame que tome otra copa, que estamos de celebración y
quiero hablar de Toyoko contigo. Tienes que ocuparte más de su educación. Toyoko
nunca sabe cumplir sus obligaciones y si sigue con su indómito comportamiento, se
nos va a caer la cara de vergüenza ante la señora Kawashima. Aunque nuestra hija
tuviera la suerte de tener una suegra santa, esta la mandaría a freír monas.
—Pero la educación de los hijos es cosa de dos. No es solo asunto mío. Siempre
tratas de escabullirte…
—¡Ah, odio esas excusas! —Y rompió a reír—: Los hechos son más elocuentes
que las teorías. Así que te demostraré cómo se hace. Venga, dile a Toyoko que venga.

—Señorita, sus padres quieren verla.


Toyoko se volvió lentamente hacia la voz de la sirvienta. Estaba terminando de
retocarse el maquillaje y aún no podía alejarse del espejo.

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—Muy bien, ya voy. —Y, luego, tocándose el cabello de las sienes, preguntó a la
sirvienta—: Take, ¿no crees que no me he peinado bien por aquí?
—No. Está perfecto. ¡Qué guapa está! Me encanta cómo le ha quedado.
—Gracias.
Toyoko se miró una vez más en el espejo y sonrió.
La sirvienta, que la había alabado por educación, se quitó la mano de la boca con
la que ocultaba una risa burlona y le advirtió:
—Señorita, la están esperando.
—Sí, sí, ya voy.
Toyoko se levantó decididamente del tocador y fue al trote por el pasillo hasta
llegar a la sala de estar de su padre.

—Toyoko. Estábamos esperándote. Ven aquí y siéntate. Y sírveme un poco de sake,


venga… ¡Oh, no! ¡Qué brusquedad! No es digno de una señorita que ha aprendido la
ceremonia del té y el arte del arreglo floral… Así, así, ahora sí, despacio y con gracia.
—Yamaki estaba empezando a sentir el efecto del alcohol, pero continuó bebiendo
sin hacer caso a los consejos de su mujer de que parara de beber, y dijo—: Oye,
Sumiko, Toyoko está muy guapa cuando se arregla así, ¿verdad? Su tez es blanca y el
cuerpo también la acompaña. Con nosotros no, pero es simpática con la gente. Creo
que su único defecto son los dientes salidos que ha heredado de su madre…
Sumiko exclamó:
—¡Cállate!
—Y si tuviera los rabillos de los ojos un poco hacia arriba, sería más guapa.
—¡Cariño, ya basta!
Sumiko trató de frenar los comentarios de su marido, pero él continuó:
—Anda, Toyoko, ¿por qué pones mala cara? De eso nada, que no te favorece. Ya
vale, mi pequeña, no te pongas así porque tengo una buena noticia que darte. Ahora
sírveme otra copa para que te lo cuente. —Toyoko llenó la copita hasta el borde.
Yamaki se la tomó de un trago y empezó a contarle—: Toyoko, tú madre y yo
estábamos hablando de Takeo. Ya estás un poco enterada de lo que ha ocurrido, ¿no?
Al igual que un caballo acostumbrado a una mísera ración de forraje durante
mucho tiempo, y que se despierta al percibir de repente el rico olor del heno recién
segado en la primavera, Toyoko levantó la mirada de inmediato y escuchó con
interés.
—Parece ser que tus arañazos a Namiko en la foto y tus conjuros han funcionado
de maravilla…
—¡Por favor, ya está bien!
Sumiko frunció las cejas por tercera vez.
—Ahora vamos al grano. Namiko está muy enferma y la van a separar de Takeo.
Aún no se lo han comunicado a sus padres, ni siquiera ella misma lo sabe, pero va a
ser así dentro de nada. Cuando ellos se separen y todos estén calmados, tendrán que

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encontrar a una persona que ocupe el lugar de Namiko. Ahí está la cuestión. Tu
madre y yo queremos que tú seas esa persona. Pero las cosas hay que hacerlas bien.
No podemos enviarte de repente a casa de los Kawashima como candidata a esposa
de Takeo, pero como una sirvienta más sí… ¡Oh!, cariño, no te asustes y escúchame
hasta final. Primero vas a ir como ayudante de la señora Kawashima con el pretexto
de aprender buenos modales. Ya hablaré yo con ella, puesto que se trata de pedir un
favor. —Yamaki hizo una pausa para tomar aliento y fijando la vista en su mujer y en
su hija con mirada astuta, reanudó su charla—. Aunque puede ser un poco prematuro,
quiero dejarte algo claro desde el principio, Toyoko. Como tú sabes muy bien, la
madre de Takeo es bien conocida por su carácter colérico, egoísta y por su
cabezonería. Perdona que hable de esta manera sobre tu futura suegra, pero es cierto
que no es tan amable como tu madre. Sin embargo, no es ni una serpiente ni un
demonio, es también un ser humano. Si se trata con habilidad a una persona, puedes
convertirte incluso en la nuera de una diablesa, o hasta en la esposa de un monstruo.
Si yo fuera mujer, apuesto a que dejaría a aquella señora como un guante en un par de
días. Bueno, aunque mi habilidad no te sirve de nada en este caso, puedo enseñarte a
actuar con astucia. Toyoko, ahora presta atención a lo que te digo. Si entras en esa
casa como asistente, es decir, entre nosotros, como candidata al matrimonio, no debes
ser tan perezosa como hasta ahora. Primero de todo, tienes que levantarte temprano
por las mañanas, ya sabes que las personas mayores como ella se despiertan muy
temprano, y debes poner todas sus cosas en orden antes de atender otros menesteres.
Segundo, jamás debes poner mala cara, que es lo que haces ahora a menudo. Siempre
tienes que parecer mansa, ¿entiendes? Cuando te regañe, escúchala atentamente en
silencio; cuando te ordene hacer algo poco razonable, hazlo obedientemente; aunque
ella esté equivocada, dale la razón. Y verás como se ablandará contigo por ella
misma. Ese es el significado de un refrán que dice: «En la derrota se encuentra la
mitad de la victoria». Hay que luchar hasta que logremos nuestro objetivo. Insisto en
que jamás debes enojarte con ella. ¿Entendido? En tercer lugar, y esto sí es
prematuro, pero te lo diré porque esta es una buena oportunidad. Supongamos que te
has casado con Takeo. No debes dar la impresión de que eres demasiado feliz con él.
Me es indiferente lo que demuestres cuando estés a solas con él, pero ¡cuidado
delante de los demás! Sé afable con tu suegra y llévate mejor con ella que con tu
marido. Incluso cuando estés a solas con ella, puedes soltar alguna queja
insignificante hacia su hijo sin irritarla, como una manifestación de confianza. Una
madre debería sentirse feliz al ver que su hijo y su nuera se quieren, pero
curiosamente no es así por lo general. Es una cuestión de celos o de puro egoísmo.
De todos modos, cuando una mujer se siente muy amada por su marido,
inevitablemente descuida un poco a su suegra; al menos, la suegra piensa que está
siendo menospreciada por la nuera. Quizá Namiko haya cometido un error en ese
sentido, mostrando demasiado claramente su gran amor por Takeo; y Takeo lo mismo
por ella. ¡Oh, Toyoko! Comprendo que no te agrade escuchar estas cosas pero no

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pongas esa cara tan malhumorada. Este es tu gran defecto y recuerda lo que te he
dicho. Ahora bien, debes comportarte de manera que tu suegra sienta realmente que
eres su nuera antes que la mujer de su hijo. Las diferencias entre la suegra y la nuera
surgen a menudo del hecho de que la suegra se siente desplazada mientras que la
joven pareja es demasiado feliz. Mentalízate de que eres la verdadera hija de tu
suegra. Pero no te preocupes, cuando tu suegra descanse para siempre, podrás ir
abiertamente por la calle con Takeo, incluso abrazándolo por el cuello. Pero mientras
tanto jamás debes ni siquiera mirar de reojo a Takeo delante de tu suegra, ¿de
acuerdo? Tengo más consejos que darte, pero será mejor esperar para más adelante.
Entiendo que estas tres reglas que acabo de imponerte son difíciles de cumplir, pero
hazme caso y ten paciencia porque vas a llegar a ser la esposa de tu querido Takeo,
¿vale, hija? Entonces, no lo dejes para mañana y ve practicando a partir de este
preciso momento.
Mientras Yamaki hablaba, la sirvienta Take entró en la sala para entregarle un
sobre con una escritura femenina.
—Señor, dicen que están esperando su respuesta inmediata.
Yamaki abrió el sobre y después de haber leído la carta, la agitó ante los ojos de
su mujer y de su hija.
—¡Aquí está! ¡La señora Kawashima quiere verme con urgencia!

Dos semanas después de que Takeo se hubiera incorporado a las maniobras navales y
unos días antes de que la señora Kawashima escribiera a Yamaki, Namiko sufrió otra
hemorragia y llamaron urgentemente al médico. Por suerte, el ataque no se repitió y
el médico aseguró que Namiko no volvería a recaer durante algún tiempo, aunque
este ataque había sido lo suficientemente grave como para alarmar a su suegra. Tres
días más tarde, la señora Kawashima, que rara vez salía de casa, entró por el portón
de la casa de los Kato en la calle Idamachi.
La noche en la que la señora Kawashima y su hijo habían mantenido una fuerte
discusión sobre el divorcio y tras la fuerte oposición de Takeo, su madre se había
visto obligada a prometerle el aplazamiento de cualquier decisión al respecto hasta su
regreso. No obstante, la señora Kawashima sintió una gran duda. Aunque ella
esperara al regreso de Takeo, era consciente de que los sentimientos de su hijo no
cambiarían tan fácilmente, sino que, bien al contrario, su amor por Namiko
aumentaría durante su penosa ausencia, con lo que estaría menos dispuesto a la vuelta
a llegar a un acuerdo. O tal vez pudiera surgir algún obstáculo más para que se
materializara el trato. Por esa razón, la señora Kawashima pensó que sería mejor
actuar mientras su hijo estuviera ausente. Sin embargo, no acababa de reunir tanto
valor como para traicionar a su propio hijo y sentía remordimientos a pesar de las
instigaciones de Chijiwa con sus frecuentes visitas. Así que la señora Kawashima
seguía sin atreverse a tomar medidas definitivas que satisficieran a su sobrino. En
esas circunstancias, la mala noticia de la nueva hemorragia de Namiko le dio a su

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suegra las fuerzas suficientes para tomar la firme decisión de visitar a los Kato,
quienes habían sido los intermediarios en el matrimonio entre Takeo y Namiko.
La calle Bancho donde se hallaba la casa de los Kawashima y la calle Idamachi
estaban a dos pasos, pero la señora Kawashima no había vuelto a casa de los Kato
para hacerles una visita formal de agradecimiento por la mediación en el matrimonio
de su hijo. Por tanto, su repentina aparición despertó cierto temor en la señora Kato.
Esta recibió a la baronesa muy cortésmente. Pero cuando supo el motivo insensato de
su visita, se sintió como si la noticia le hubiera atravesado el corazón. ¡Cómo se iba a
imaginar que la misma mano que había unido los lazos entre las familias Kawashima
y Kataoka ahora los rompiera!
¿Con qué descaro y maldad sería capaz esta mujer de pronunciar una solicitud tan
inhumana? La señora Kato, desconcertada e intensamente sorprendida, miró
fijamente a la señora Kawashima. Esta, sentada, conservaba la recta postura de su
cuerpo robusto y sus manos gruesas unidas sobre las rodillas. Con su mirada fría y
sus fluidas palabras, saltaba a la vista que hablaba con total seriedad y con absoluta
convicción. El asombro de la señora Kato se transformó en indignación incontrolable
y le faltó poco para censurar directamente aquella solicitud demasiado egoísta. Sin
embargo, se contuvo con todas sus fuerzas para salvar a Namiko, a quien consideraba
como su verdadera hija, porque sus reproches hacia la señora Kawashima podrían
causar un daño mayor a su querida sobrina. La señora Kato rompió el silencio e hizo
todo lo posible para disuadir de su idea a la señora Kawashima, pero esta no hacía
más que manifestar sus egoístas opiniones y su actitud era obvia al pedirle a la señora
Kato de una manera práctica que bastaba con que ella transmitiera su propósito a la
familia Kataoka. Mientras la señora Kato escuchaba bajo una violenta agitación, se le
vinieron a la mente el rostro de Namiko, los recuerdos de su difunta hermana menor,
la madre de Namiko, el momento de la muerte de aquella y la imagen del general
Kataoka apenado; estos pensamientos le produjeron la sensación de sufrir una gran
desgracia y a punto estuvieron de hacerle derramar lágrimas de dolor. Con gran
esfuerzo consiguió dominar su emoción y recuperar la compostura. Manteniendo la
calma que nacía de un profundo desprecio hacia la señora Kawashima, rehusó
tajantemente su solicitud dándole una razón lógica: que los Kato habían tenido el
honor de unir a las dos familias, por lo que ahora se negaban rotundamente a tomar
parte en la comisión de un acto tan despiadado e injusto, de modo que no veía la
necesidad siquiera de consultarlo con su esposo.
La señora Kawashima, rabiosa, dejó atrás la casa de los Kato y sin perder ni un
minuto, esa misma noche escribió a Yamaki invitándolo a su casa para hablar, pues
temía que su mayordomo Tazaki, muy humano y honrado, no fuera capaz de ayudarla
en ese asunto.
La señora Kato, por su parte, completamente confusa y furiosa, no podía tomar
una decisión en la inoportuna ausencia de su esposo. A pesar de las insinuaciones de
la señora Kawashima, creía que Takeo no estaría de acuerdo con el plan de divorcio y

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que su madre estaba tramándolo sin el conocimiento del propio Takeo. Dándose
cuenta del peligro que se le había planteado al joven alférez durante su ausencia y que
amenazaba su felicidad, la señora Kato, con la ayuda de Chizuko, trató de descubrir
dónde estaba atracado el buque de Takeo y le envió una carta urgente.
Mientras tanto, la madre de Takeo, irritada, se había decidido a negociar con
resolución su demanda de divorcio directamente con los padres de Namiko y había
confiado esa misión a Yamaki, cuyo rikisha estaba llegando a casa de los Kataoka.

Capítulo VIII

En el preciso momento en que el rikisha de Yamaki entraba por el portón de la casa


del general Kataoka, situada en la calle Akasaka-hikawa, apareció el general con su
gallarda presencia montado en un caballo de color alazán. El caballo se asustó por el
sonido del rikisha que pasó de repente y se levantó sobre sus patas traseras. El
general lo detuvo sin ninguna dificultad sosteniendo la rienda en un apretón, de modo
que el animal dio unos pasos trazando un círculo y el general, dando la vuelta, se fue
con total tranquilidad, dejando tras de sí el sonido rítmico de los golpes de pezuñas
del animal.
Yamaki, impactado por la magnífica presencia del jinete, lo siguió con la mirada.
Estaba acostumbrado a visitar los hogares de funcionarios gubernamentales por
cuestiones tocantes a su negocio, pero cuando llegó a la maravillosa entrada principal
de la residencia del general, experimentó una sensación de inferioridad que nunca
antes había sentido. La noche anterior, cuando la señora Kawashima le había
confiado esta misión, se vio en un gran apuro pero no tuvo valor para negárselo. En
ese momento, a punto de llevar a cabo su deber, Yamaki se sorprendió por su propia
debilidad de espíritu y se lamentó de no tener la suficiente sangre fría a esas alturas
de la vida.
Presentó su tarjeta de visita al sirviente que salió a atenderlo y cuando este
regresó, condujo a Yamaki a la sala de visitas. Sobre la mesa había un mapa
extendido que representaba China y Corea, y un cenicero lleno de colillas aun sin
limpiar, revelando que alguien había estado en la sala hacia muy poco rato. De hecho,
la revolución campesina de donghak[57] en Corea, el movimiento de las tropas chinas
y el rumor de la posible expedición de tropas japonesas habían despertado la atención
del mundo entero. Y al general Kataoka, a pesar de encontrarse en la reserva, todas
esas cuestiones le ocupaban su tiempo, viéndose obligado a renunciar a sus clases de
inglés.
Mientras Yamaki miraba con curiosidad a su alrededor, se oyeron unos pasos que
retumbaron como truenos y un hombre grande como una montaña entró despacio en
la estancia. Yamaki, al darse cuenta de que era el general, se levantó de manera tan
precipitada que hizo caer su silla hacia atrás estrepitosamente.

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—¡Oh, disculpe!
Con su grito, Yamaki, completamente avergonzado, levantó la silla con rapidez y
a continuación hizo cortésmente varias reverencias ante el general.
—Es suficiente, por favor, siéntese. Así que usted es el señor Yamaki… Había
oído su nombre.
—Sí. Es un honor, general. Encantado de conocerlo… Me llamo Hyozo Yamaki,
un hombre humilde, no sé si me merezco su confianza pero…
A cada palabra Yamaki hacía una reverencia y a cada reverencia la silla crujía
como si se riera de la torpeza del comerciante.
Después de varias frases insignificantes sobre diversos temas y sobre la
probabilidad de guerra en Corea, el general cambió de conversación y le preguntó
con formalidad a Yamaki el motivo de su visita.
Yamaki trató de abrir los labios pero tuvo que tragar saliva. Hizo el mismo intento
tres veces y se quedó sorprendido de que su característica locuacidad, de la que
estaba muy orgulloso, hubiera desaparecido por completo precisamente ese día.

Por fin, consiguió empezar a hablar a duras penas.


—En realidad, vengo en nombre de la familia Kawashima.
La expresión del general reveló cierto asombro y su mirada se clavó en el rostro
de Yamaki.
—¿Y?
—En circunstancias normales, debería haber venido la baronesa Kawashima…
pero he venido yo en su lugar.
—Comprendo.
Yamaki se enjugaba con un pañuelo el sudor que le producían los nervios.
—A decir verdad, los Kawashima querían que el vizconde Kato viniera de su
parte, pero han surgido inconvenientes y finalmente la baronesa Kawashima me ha
escogido…
—Bueno, y ¿para qué?
—Sí, el motivo es… aunque me cuesta comunicárselo a usted, se trata de la
baronesa Kawashima, bueno, es decir…, me refiero a la joven señora Namiko…
El general se quedó mirando a Yamaki sin parpadear.
—¿Y?
—Respecto a la señora Namiko… es que es realmente difícil de expresar pero,
como usted bien sabe, su enfermedad es… Nosotros, bueno, los Kawashima, estamos
todos muy preocupados, aunque está mejorando algo últimamente, así que le doy mi
enhorabuena…
—Continúe.
—No somos nadie para decirle nada, y somos conscientes de nuestro egoísmo,
pero la naturaleza peligrosa de la enfermedad… como usted sabe, la familia
Kawashima es pequeña, y el único descendiente varón y el único heredero es el

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cabeza de familia, que es Takeo. Y, por lo tanto, la baronesa, la señora Kawashima,
está muy preocupada por el futuro de la casa y… ¡ah, es realmente duro decirlo!… y
realmente egoísta…, sin embargo, debido a la enfermedad, por si sucede un
contagio…, bueno, aunque ocurre muy rara vez…, no obstante, eso no quita la
posibilidad, y si acaso le pasara algo a Takeo, el cabeza de los Kawashima,
significaría la extinción de los Kawashima. La verdad es que los Kawashima tampoco
son gran cosa y no importaría demasiado que eso ocurriera, pero le rogamos que nos
perdone y trate de entender con su generosidad que todo esto proviene de la
enfermedad y que no es lo que hubiéramos deseado…
En ese momento, el general escuchaba en silencio sin apartar su mirada de
Yamaki, que intentaba transmitir el propósito de la madre de Takeo, titubeando y
sudando a cada palabra que pronunciaba con dificultad.
—Muy bien. Lo entiendo perfectamente. En resumen, como la enfermedad de
Namiko es peligrosa, quieren que la traigamos a casa, ¿no es eso? Está bien. De
acuerdo.
El general asintió con la cabeza y, dejando en el cenicero el puro que estaba a
punto de consumirse, cruzó los brazos.
Yamaki respiró aliviado, como si se hubiera salvado de ahogarse, y secándose
otra vez el sudor de la frente, dijo:
—Sí, señor. Aunque siento un profundo pesar, he tenido que cumplir mi misión y,
por favor, no lo malinterprete…
—Takeo ya ha regresado, ¿no?
—No, todavía no, pero, naturalmente, está al corriente de todo esto y le rogamos
que comprenda su situación…
—De acuerdo.
El general afirmó con la cabeza y cerró los ojos durante un instante mientras
permanecía con los brazos cruzados. Yamaki, por su parte, tras conseguir su
propósito, por sorpresa y sin mayores dificultades, fue traicionado por una sonrisa de
satisfacción y, sólo entonces, pudo observar serenamente al general. Entonces este,
con los ojos y los labios fuertemente cerrados, como si estuviera en profunda
meditación, le inspiró a Yamaki un indefinible respeto.
El general abrió los ojos y miró directamente a Yamaki a los suyos.
—Señor Yamaki.
—¡Sí, dígame!
—¿Tiene usted hijos?
Yamaki, que no pudo adivinar la intención de semejante pregunta del general, le
respondió haciendo una cortés reverencia.
—Sí, señor. Un hijo… y una hija, y sería un gran honor para mí que usted los
conociera…
—Señor Yamaki, sabe usted lo mucho que un padre puede llegar a querer a sus
hijos, ¿verdad?

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—¿Disculpe?
—Nada, déjelo. Pues, muy bien. Dígale a la señora Kawashima que nos vamos a
traer a Nami hoy mismo y que no se preocupe… Y gracias a usted por haberle
dedicado tiempo a este asunto y por haberse molestado.
Yamaki no supo si debía alegrarse por haber llevado el asunto a un resultado
exitoso, o si debía pedir perdón por la compasión que él mismo sentía. Lo único que
hizo fue inclinarse profundamente y varias veces para saludar al general, y se levantó
lleno de confusión. El general lo acompañó hasta la entrada principal, luego volvió a
su despacho y cerró la puerta de golpe.

Capítulo IX

En Zushi, tras la partida de Takeo, Namiko se sintió tan desamparada que los días se
le hacían siglos. Mientras superaba un día tras otro por su esposo, al final había
pasado más de un mes. La cosecha del trigo había finalizado y era la temporada del
lirio silvestre. El día de la hemorragia Namiko había perdido toda esperanza de
recuperarse aunque, afortunadamente, no había sufrido ningún debilitamiento notable
y la mejoría continuaba tal y como el médico había asegurado. Animada por eso y
por una carta de Takeo recibida hacía poco y en la que avisaba de su pronto regreso,
Namiko esperaba a su esposo con mucha paciencia, siguiendo escrupulosamente los
consejos del médico para mostrarle a su marido el mejor aspecto posible, al menos, el
mismo que tenía antes de sufrir la hemorragia, a pesar de que no llegaría a
sorprenderlo de alegría. Sin embargo, esos últimos días todas las comunicaciones con
Tokio se habían interrumpido. El hecho de no haber recibido ni una postal de su
suegra, ni de sus padres, ni tampoco de su tía Kato, le produjo cierta inquietud. Para
pasar el tiempo se distraía adornando la habitación con unos lirios. Mientras cortaba
los tallos se volvió hacia Iku, que entraba en la habitación con una jarra de agua en la
mano y le dijo:
—Iku, ¿no te parece extraño que no haya llegado nada de correo estos días? ¿Por
qué será?
—Es cierto. Deben de estar todos bien, así que no tendrán nada nuevo que contar.
Ya no tardará en venir alguien. A lo mejor, puede que llegue alguien ahora mismo…
¡Oh, pero qué flores más hermosas! ¿Verdad, señora? Sería estupendo que el barón
regresara mientras duren.
Namiko miró las flores que sostenía en las manos y exclamó:
—Son realmente magníficas, pero creo que habría sido mejor dejarlas florecer
donde nacieron. ¡Es una crueldad cortarlas!
En ese momento, se oyó un rikisha que se acercaba al portón. Había llegado la
vizcondesa Kato. Al día siguiente de haber rehusado la demanda de divorcio
planteada por la señora Kawashima, la tía de Namiko seguía siendo presa de la

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inquietud y se había dirigido a la casa de los Kataoka, donde con gran sorpresa se
había enterado de que un enviado de los Kawashima acababa de precederla y que este
había obtenido el consentimiento del general. Su plan de esperar al regreso de Takeo
había sido desbaratado y la señora Kato se quedó tremendamente afectada por la
sorpresa y la desolación. Sin embargo, se ofreció, al menos, a ir a buscar a su querida
sobrina y acto seguido salió para Zushi. La señora Kato se desplazó hasta Zushi a
instancias del general, temeroso de dejar sola a su hija en el momento de recibir la
triste noticia, ya que un golpe tan cruel e inesperado podría arrastrarla a cualquier
situación indeseable.
—¡Hola, tía! ¡Cómo me alegro de verla! Precisamente ahora estábamos hablando
de ustedes.
Añadió Iku:
—Estoy muy contenta de recibirla, vizcondesa. —Y a continuación se dirigió a
Namiko—: Señora, ¿ha visto como tenía yo razón?
—¿Cómo te encuentras, Nami? ¿No has vuelto a tener problemas desde tu último
ataque?
La señora Kato no pudo mirar a la cara a Namiko y rápidamente desvió la mirada.
—Sí, estoy mejor… Pero ¿qué le pasa, tía? Se la ve muy pálida.
—¿A mí? No es nada, solo que tengo un ligero dolor de cabeza. Debe de ser por
el tiempo… A propósito, ¿has recibido alguna noticia de Takeo, Nami?
—Sí, anteayer me llegó una carta que me había escrito desde Hakodate. Dice que
volverá pronto pero aún no sabe qué día exactamente. Promete traerme un regalo.
—¿De veras? Ya es tarde… ¿verdad?… ¿Qué hora es? ¡Oh, si ya son las dos!
—Tía, ¿a qué viene tanta prisa? Póngase cómoda. ¿Cómo está Chizu?
—¡Ah, sí! Bien. Te manda recuerdos.
Mientras hablaba, tomó la taza de té que Iku le había servido, pero estaba tan
absorta en sus pensamientos que ni siquiera se la llevó a los labios. Iku le dijo:
—Vizcondesa, descanse. Ahora voy a ver qué pescado le puedo ofrecer hoy.
—Sí. Gracias, Iku. —Como si hubiera vuelto en sí, la señora Kato dirigió una
rápida mirada a Namiko, pero volvió a desviar la vista y dijo—: Perdona, Iku. No
hace falta que te molestes porque hoy no tengo tiempo. Nami… es que he venido a
buscarte.
—¿Cómo? ¿A buscarme?
Namiko se sorprendió.
—Sí, Nami. Tu padre quiere consultar sobre tu enfermedad con el médico y desea
que estés presente. Tu suegra… también está de acuerdo y por eso…
—¿Consulta? ¿De qué?
—… De qué va a ser, de tu enfermedad, ya te lo he dicho. Además… hace tanto
que tu padre no te ve…
—¿En serio?
Namiko, incrédula, miró a su tía. Iku también la miró con sospecha y le preguntó:

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—Pero usted se quedará a dormir esta noche, ¿no?
—No, no puedo. El médico está esperando y es mejor que lleguemos antes del
anochecer. Así que tomaremos el próximo tren que vaya directo a Tokio.
—¡¿Qué?!
Iku se asombró. Namiko no estaba nada convencida. Sin embargo, las palabras
provenían de su tía; quien ordenaba su regreso era su padre y, además, su suegra lo
había consentido. Así que Namiko se puso a hacer los preparativos para irse sin más
discusión.
La señora Kato estaba de pie, ayudando a su sobrina a arreglarse. Entonces
Namiko le preguntó:
—Tía, ¿por qué estás tan pensativa?… La enfermera se queda aquí, ¿verdad?, ya
que no tardaré nada en volver.
—Será mejor que venga con nosotras porque puede ser útil.

A las cuatro de la tarde, tres rikisha esperaban delante del portón. Namiko, vestida
con un quimono de crespón fino de verano y con obi de satén de color azul verdoso,
se había puesto una ramita de gardenia en su peinado de agemaki y en su mano
llevaba una sombrilla azul marino.
Namiko se llevó a los labios el pañuelo blanco de seda de sarga para contener un
ataque de tos y se despidió de Iku:
—Iku, entonces, me voy. ¡Oh, cuánto tiempo llevaba ya sin ir a casa! ¡Ah!, la
ropa que estaba haciendo para Takeo… falta muy poco para terminarla… Bueno,
déjalo. Lo haré yo cuando vuelva.
La señora Kato, en el límite de su autodominio, se ocultó con la sombrilla el
rostro por cuyas mejillas rodaban abundantes lágrimas.

El destino de cada uno de nosotros es irrevocable. El abismo nos espera y nos


dirigimos hacia él sin sospechar nada. Sin embargo, cuanto más nos acercamos al
abismo, es cierto que todos sentimos una especie de extraño estremecimiento.
Namiko había tomado el camino de vuelta a casa de sus padres sin preguntar por
el motivo, pues la acompañaba su tía y la alegría de ver a su padre superaba cualquier
sospecha. No obstante, desde que subió al rikisha, sintió que su corazón palpitaba con
violencia. Cuanto más reflexionaba sobre su estado actual, más inquieta se sentía. Su
inquietud aumentó al observar la extraña expresión de su tía, que parecía ocultar algo.
Cuando llegaron a la estación de Shinbashi, tras unas horas de viaje y sin haber
podido preguntarle nada a su tía delante de los otros pasajeros, se quedó tan
perturbada por un sombrío presentimiento, que se le olvidó por completo la alegría de
ver a su familia.
Cuando se bajaron casi todos los pasajeros, Namiko siguió a su tía distraídamente
por el andén con la ayuda de su enfermera y mientras pasaban por la salida, su mirada
se encontró con la de un oficial que estaba a cierta distancia. «¡Chijiwa!». Este

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hablaba con otra persona. Miró a Namiko de arriba abajo, la saludó con los ojos y…
sonrió. Su mirada y su sospechosa sonrisa produjeron en el corazón de Namiko una
extraña ansiedad, hicieron que se sintiera como si se le hubiera caído encima una
jarra de agua fría. Hasta incluso después de haber subido al coche de caballos que las
llevaba a su casa, siguió sintiendo unos escalofríos muy diferentes a los que
experimentaba ocasionalmente por culpa de su enfermedad.
Su tía permaneció sin pronunciar ni una sola palabra y Namiko también guardó
silencio durante la etapa final del viaje. Los últimos rayos de sol que iluminaban la
ventanilla del coche habían desaparecido. Cuando llegaron a la casa de Akasaka, el
perfume de las flores de los castaños flotaba levemente en el crepúsculo. Junto al
portón había una carreta de transporte y una grúa. Se veía luz en el vestíbulo donde se
oían las voces de los hombres. Parecía que acababan de traer algo. Namiko no podía
comprender la razón de todo ese bullicio y se bajó del coche con la ayuda de su tía y
de la enfermera; entonces vio a la señora Kataoka de pie esperándolas fuera de la
entrada principal junto a una sirvienta que sostenía una lámpara.
—¡Oh, qué pronto han llegado! Estarán muy cansadas, ¿no?
Nada más saludar, la mirada de la señora Kataoka pasó rápidamente de Nami a la
señora Kato.
—¿Cómo está, madre? Y ¿mi padre?
—En su despacho —respondió la señora Kataoka lacónicamente.
En ese momento se escucharon las alegres voces de los hermanos pequeños de
Namiko, que venían corriendo por el pasillo.
—¡Ha llegado nuestra hermana! ¡Ya está aquí!
Sin hacer caso a la amonestación de su madre, cada uno por su lado, se agarraron
de las manos de Namiko. Detrás de ellos salió Komako.
—¡Oh!, Michiko, Kichi, ¿cómo estáis?… ¡Hola, Koma!
Michiko, agitando la manga de su hermana, exclamó:
—¡Qué alegría! Ahora vas a estar siempre con nosotros, ¿verdad? Tus cosas ya
están aquí.
Todas se quedaron sin respirar. Las miradas inquietas de la señora Kataoka, de la
señora Kato, de la sirvienta y de Komako se posaron al mismo tiempo sobre Namiko.
—¿Cómo?
Namiko dirigió una mirada atónita hacia su madrastra y su tía e, inmediatamente,
a las cajas que estaban apiladas ocupando toda la sala al lado de la entrada. ¡Allí
estaban su armario, su baúl, su tocador y todo lo que tenía en casa de su marido!
Namiko se puso a temblar violentamente y se agarró con fuerza de la mano de su
tía para no desvanecerse.
Todas lloraron.
Se oyeron unos pasos pesados y apareció el padre de Namiko.
—¡¡Pa… padre!!
—¡Oh, Nami! He estado… esperándote. Bienvenida a casa.

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El general abrazó a su hija y apretó fuerte su cuerpo frágil, que temblaba como
una hoja contra su pecho robusto.

Una hora más tarde, el silencio reinaba en toda la casa. En el despacho del general, el
padre y la hija se quedaron a solas, como el día de la boda, cuando Namiko había
escuchado los consejos de su padre para no volver a su casa natal. Pero ahora Namiko
sollozaba arrodillada, hundiendo la cara en las rodillas de su padre, y el general
acariciaba sin cesar la espalda de su hija, ahogada por la tos y las lágrimas
desoladoras.

Capítulo X

—¡Edición extraordinaria! ¡Edición extraordinaria! ¡Extra de la crisis de Corea!


Pasó un vendedor de periódicos que gritaba tocando estrepitosamente la campana.
A continuación, entró ruidosamente un rikisha por el portón de la casa de los
Kawashima de la calle Bancho. Takeo había regresado.
La madre de Takeo temía que su hijo mostrara un intenso resentimiento a su
regreso por lo sucedido durante su ausencia. Sin embargo, «vence el primero que saca
su espada». El mismo día en que Yamaki había traído la noticia del consentimiento
del general, la señora Kawashima se atrevió a enviar todas las pertenencias de
Namiko a la casa de los Kataoka. Ese acto, en conformidad con el refrán: «Nunca
dejes para mañana lo que puedas hacer hoy», le hizo sentirse un ser despiadado, pero
rápidamente reconsideró que tarde o temprano tenía que hacerlo. Una vez consumada
su decisión y cuando todo hubo terminado, se quedó tan a gusto que pasó los últimos
días de un buen humor como hacía tiempo que no sentía. Por el contrario, los
sirvientes que estaban de parte del joven matrimonio mostraban su indignación por
las inhumanas acciones de la señora Kawashima. A pesar de ser conocedores del
carácter de su joven amo, que era muy respetuoso con su madre, se inquietaban por la
escena de la discusión entre la madre y el hijo que tendrían que presenciar cuando él
regresara. En esas circunstancias, regresó Takeo a casa. La carta urgente que la señora
Kato le había enviado no llegó a manos de Takeo, que ya había abandonado su
destino. Su madre tampoco había hecho ninguna referencia a las medidas tomadas.
Así que, Takeo, sin sospechar lo que había sucedido en su ausencia, se apresuró en el
camino de vuelta apenas hubo atracado en Yokosuka.
Una sirvienta que salió de la habitación de Takeo se acercó a su compañera que
estaba preparando un té y le comentó en voz baja:
—Matsu, parece que el barón no sabe nada de lo ocurrido. Es que ha traído un
regalo para su esposa.
—¡¿Es posible?! ¡Qué crueldad! ¿Dónde hay una madre capaz de forzar la
separación del matrimonio de su hijo durante su ausencia? ¿Quién no se indignaría

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con ella? ¡Bruja!
—Tienes razón, Matsu. Nunca había conocido a una mujer tan avara, tan absurda
y tan repugnante. Lo único que sabe hacer es echar broncas a quien sea cuando la
única ignorante es ella. ¡Cómo se le nota su origen «noble»… la hija de un campesino
de Satsuma! ¡Ah, de verdad! Ya no soporto más seguir en esta casa…
—Pero, anda que el barón también… debía de estar en la luna al ignorar en
absoluto que su propia esposa fue devuelta a casa, ¿no te parece?
—Es totalmente natural porque estaba lejos. Nadie podría imaginar que una
madre hiciera lo que hizo la señora sin consultar con su propio hijo. De todos modos,
es tan joven… Pobre de él… por no hablar de la joven señora. ¿Cómo estará ella
ahora?… ¡Oh, qué horror! ¡Ah, escucha! Ahí está la bruja gritando de nuevo. Matsu,
apresurémonos con nuestras tareas porque si no, nos lo hará pagar a nosotras.
Mientras tanto, en la sala del fondo, las voces de la madre y del hijo hacían eco
conforme subían de tono.
—¡Pero usted me prometió esperar a mi regreso! Y usted no ha mencionado nada
de esto en sus cartas. Ha hecho lo que ha querido sin mi consentimiento… ¡No hay
derecho! ¡Es realmente cruel! En el camino me detuve en Zushi pero Nami no estaba.
Iku me explicó que se había ido a Tokio porque tenía algunos asuntos que atender.
Me extrañó. Pero nunca hubiera imaginado que usted hiciera esto… Es demasiado
grave…
La madre exclamó:
—¡Muy bien, entonces, me he equivocado! La culpa es mía y te pido perdón.
Pero que sepas que no tengo nada contra Nami. Es solo porque te quiero tanto…
—Usted solo piensa en mi salud, no en mi honor, ni en mi reputación, ni en mis
sentimientos. Usted es terrible.
—Takeo, eres un hombre, no una mujer. Al menos, eso espero. ¿Quieres tanto a
Nami que no te importa humillar a tu propia madre? ¿Eh? ¿La quieres o no?
—¡Pero es cruel! ¡¡Es tremendamente cruel!!
—Por mucho que digas, ya es demasiado tarde para hacer algo al respecto. No
tiene remedio. Y, además, los Kataoka también lo han aceptado resueltamente. ¿Qué
más quieres que haga? Si te atreves a cometer alguna locura ahora, te va a traer el
deshonor a ti, no solamente a mí.
Takeo, que la escuchaba en silencio, se mordió los labios con violencia. De
pronto se levantó y pisoteó como un loco la cesta de manzanas que había traído para
su mujer enferma hasta destrozarla por completo y exclamó:
—Madre, usted ha matado a Nami y también a mí, a su hijo. ¡Nunca más volveré
a verla!

Takeo se fue inmediatamente a reunirse con su buque en Yokosuka.


A mediados de julio, cuando la situación en Corea comenzó a indicar la crisis
definitiva, el Gobierno japonés declaró la guerra contra China. El día dieciocho del

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mismo mes, el vicealmirante Kabayama fue nombrado jefe de la flota y el buque
insignia Matsushima, al que Takeo estaba adscrito, recibió órdenes de unirse a los
otros buques en Sasebo. Takeo, que se había abandonado a la desesperación, se
dirigió impetuosamente al oeste, deseando ser el blanco de una bala de cañón del
enemigo para terminar con una vida sin sentido.
Al día siguiente del regreso de Namiko, el general Kataoka se puso a dirigir la
obra para construir una vivienda anexa destinada a su primogénita en el lugar más
soleado y tranquilo de su finca, e hizo venir a Iku desde Zushi para que viviera con
Namiko. En septiembre, finalmente, el general recibió la orden de reincorporarse al
servicio. Después de haberle confiado en su despacho cordial y repetidamente a su
esposa el cuidado de Namiko, el día trece del mismo mes partió para seguir al
emperador en el Cuartel Supremo en Hiroshima. A continuación, al mes siguiente se
dirigió con los generales Oyama y Yamaji a la península china de Liaodong.
Los enemigos, los aliados, sus penas y sus rencores, todos ellos y sus
sentimientos, que habían seguido su destino hasta ese momento, se vieron arrastrados
durante un tiempo por el torbellino de la primera guerra sino-japonesa[58].

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TERCERA PARTE

Capítulo I

Eran las cinco de la tarde del día 16 de septiembre de 1894. Las flotas aliadas
japonesas, listas para la batalla, partieron de la desembocadura del río Taedong[59]
con rumbo noroeste en busca de la armada enemiga y con la esperanza de alcanzar la
victoria. Se tenía información de que esa armada estaba protegiendo los barcos chinos
de mercancías cerca de la desembocadura del río Yalu, la frontera entre China y
Corea del Norte.
Encabezaba la expedición nipona el buque insignia Yoshino, seguido de los
buques Takachiho, Naniwa y Akitsushima, que portaban artillería volante. Después
seguía la flota principal: el Matsushima, la embarcación de Takeo como nave
insignia, apoyada por el Chiyoda, Itsukushima, Hashidate, Hiei y Fuso. Y, por último,
iba el cañonero Akagi, al que seguía el Saikiomaru con el almirante a bordo. Los doce
barcos de guerra extendidos en una larga fila avanzaban como un dragón por el mar
Amarillo produciendo una marea. Pronto se puso el sol y la luna apareció en el cielo.
Los buques siguieron hacia su destino cortando las olas, que brillaban por el reflejo
dorado y plata de la luna.
En la cabina de los oficiales del Matsushima, la cena había terminado hacía un
rato y todos habían vuelto a sus puestos, salvo unos cinco oficiales que mantenían
una animada conversación. Todas las ventanillas estaban herméticamente cerradas
para que ni un rayo de luz delatara la presencia del buque al enemigo, y los rostros de
los jóvenes oficiales de sangre ardiente se iban poniendo aún más colorados por el
aire cargado de la cabina. Sobre la mesa había varias tazas de café vacías y una gran
fuente de postre en la que solo quedaba un trozo de bizcocho esperando a ser
devorado por algún oficial.
Un alférez de estatura pequeña pero de fisonomía viril, con las mejillas apoyadas
en las manos, dijo mirando a su alrededor:
—Es probable que nuestro ejército ya haya tomado la ciudad de Pyongyang por
asalto, ¿no?
Otro alférez de aire brioso dijo:
—En cambio, ¿qué estamos haciendo nosotros? ¡Ah, no soporto estas
interminables horas de inactividad!
El oficial encargado de la contabilidad, que era un joven obeso, intervino en la
conversación desde una esquina de la mesa sonriendo:
—Pero ¿no sabes lo pronto que se acaba nuestra representación nada más sube el

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telón del escenario? Una larga espera antes de la obra proporciona una agradable
emoción al sistema nervioso.
—Pero ¿cómo puedes decir esto con esa calma? Estoy cansado de jugar a la
gallina ciega con la flota del Beiyang[60]. Si volvemos a fallar y tampoco llegamos a
encontrarla en esta ocasión, no me contentaré sin que les hayamos regalado nuestras
balas de cañón a los fuertes de Taku[61] en el mar de Bohai[62].
Un cadete se volvió hacia el oficial que acababa de expresar su descontento y dijo
con total seriedad:
—Sería como meterse en un callejón sin salida. ¿Qué haría usted si nos
encerraran en el interior del golfo y nos bloquearan la salida?
—¿Cómo? ¿Bloqueados? Me encantaría que lo hicieran. Pero, por desgracia, la
flota del Beiyang no es tan ágil como crees. No quiero desanimarte, joven, pero me
temo que esta vez tampoco tendrá lugar el deseado encuentro. La verdad es que estoy
harto del parsimonioso movimiento de los chinos.
En ese momento se oyó sonido de pasos y apareció en la puerta un alférez alto. El
alférez bajo de antes se volvió hacia él y le preguntó:
—¡Hombre, piloto! ¿Qué noticias nos traes? ¿Se ve algo?
—Solo la luna. Cuando terminemos la ronda, todos debemos irnos a dormir para
reponer fuerzas.
El recién llegado se acercó presuroso a la mesa, se tomó de un bocado el último
trozo de bizcocho y continuó:
—Humm, sólo… me paso una hora escasa en la cubierta… y me sorprendo del
hambre que me entra… ¡Oye, compañero! ¡Tráenos más dulces!
Un alférez de camisa roja sonrió como si quisiera felicitar a su compañero por su
apetito:
—¡Hay que ver lo que comes!
El alférez alto bromeó:
—Y ¿tú qué, querido amigo? Nosotros, como héroes de la cabina de oficiales, ¿es
que no tenemos el privilegio de hablar con desprecio de los veteranos saboreando
unos dulces?… Amigos, dicen los soldados que están desvelados por el ansia de lo
que ocurrirá mañana, ¿qué os parece? Si fracasamos mañana, no será por culpa de los
infantes de Marina sino de…
El contramaestre de cubierta, el de más edad de todos los que se encontraban en
la cabina, protestó:
—Yo no dudo en absoluto de nuestra valentía. Tan solo debemos tener calma y
paciencia. Nada de temeridades.
Intervino un oficial:
—Hablando de temeridad, no puedo dejar de asombrarme por el capitán segundo
del pelotón de la división número tres. Magnífico coraje. Sin embargo, por mucho
que nosotros los militares entreguemos nuestra vida en el combate, el arrojo de este
capitán a costa de menospreciar la suya me parece realmente excesivo.

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—¡Ah!, te refieres a Kawashima, ¿no? Ahora que lo recuerdo, durante el
bombardeo de Weihai[63] cometió una peligrosa acción. Si él fuera general, nos
llevaría directamente al mar de Bohai y no se conformaría solo con atacar los fuertes
de Taku, sino que es muy posible que nos ordenase seguir adelante por el río Hai[64] y
hacer prisionero al viejo Li[65].
El alférez alto dijo:
—Su carácter ha cambiado por completo. Se enfada enseguida y, además, por
nada. Un día hice una broma sobre la baronesa Kawashima y no veas cómo se puso.
Se encendió de ira. Por poco me arrea un puñetazo —y riendo añadió—: A mí me da
más miedo un puñetazo suyo que un cañonazo de treinta centímetros del Chen
Yuen[66]. Me temo que algo grave le haya sucedido… Oye, Garibaldi, tú que eres muy
amigo de él sabrás el secreto, ¿eh?
Miró al compañero de la camisa roja, al que apodaban Garibaldi por el color de
esa prenda.
En ese momento, un muchacho entró trayendo una montaña de dulces en una
fuente y los jóvenes oficiales abandonaron su discusión.

A las diez concluyó la ronda. Los hombres de guardia ocuparon sus puestos y los
demás se fueron a dormir. Hablar en voz alta y encender las luces estaba prohibido.
Reinaba un silencio tan profundo tanto en la cubierta superior como en la inferior,
que el buque parecía una mole abandonada. Excepto la voz del jefe de navegación,
que daba órdenes al timonel, solo se escuchaba el ruido de las hélices y el incesante
batir de las máquinas como si fuera un corazón gigante. Un abundante humo blanco
se erguía hacia la luna.
En el puente de mando, las siluetas de dos hombres se proyectaban contra el
fondo luminoso creado por los rayos de luna. Uno de los hombres permanecía
inmóvil en el extremo izquierdo mientras el otro andaba de un lado para otro sin
hacer ruido, arrastrando su sombra.
Era Takeo Kawashima. Cumplía junto al jefe de pilotos con su deber de las cuatro
horas de guardia en el puente como segundo capitán de la división número tres. Al
llegar al final del puente, Takeo levantó los binoculares y miró en todas direcciones.
No había nada a la vista, así que bajó la mano derecha y agarró la barandilla con la
mano izquierda. Dos oficiales cruzaron por la batería conversando en voz baja,
pasaron bajo el puente y desaparecieron en la oscuridad. La cubierta estaba desierta,
el viento soplaba cada vez más y más frío y la luna brillaba esplendorosamente. A
través de las sombras de los centinelas que se movían en la proa, Takeo contempló el
mar. Salvo el contorno vago de unas islas montañosas a la izquierda y la sombra
fugaz del buque Akitsushima que iba delante, solo se veía las olas brillantes del mar
Amarillo. La chimenea expulsaba con fuerza unas chispas que se mezclaban con el
humo hacia el cielo de otoño, desplegado con sus innumerables estrellas por encima
del mástil principal. La Vía Láctea, privada de su esplendor, parecía pálida y

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demacrada como si le tuviera envidia al mar tan resplandeciente a la clara luz de la
luna.

Tres meses antes Takeo había dejado a su madre sin que fuera posible ningún tipo de
reconciliación entre ellos. ¡Y qué cambios se habían producido durante esos meses!
Su corazón latía con fuerza ante los acontecimientos de Corea, los cuales finalmente
habían conducido a la guerra entre China y Japón. El joven capitán había sentido el
corazón desgarrado cuando escuchó la canción de despedida al partir de la bahía de
Sasebo. Sin embargo, la declaración de guerra lo llenó de una nueva fuerza y
acrecentó su coraje. Recibió su bautismo de fuego en el bombardeo de Weihai. Ante
sus ojos se sucedían escenas fantasmagóricas que no le daban tiempo a recordar su
situación personal. Gracias a ello, Takeo se mantenía, aunque a duras penas, sin
entregarse a sus pensamientos sobre la persona que nunca había dejado de ocupar su
corazón. Ante la hora de peligro de su país, su propio dolor, que había sido cuestión
de vida o muerte para él, se redujo a una pequeña proporción como una espuma en el
océano. Takeo se animó a sí mismo, enterró su pena y desempeñó todos sus deberes
con la valentía nacida de su desesperación. Para él la muerte realmente tenía menos
peso que una mota de polvo.
No obstante, ¡cuántas veces había sentido que el recuerdo doloroso se despertaba
e invadía su corazón de hombre valiente, rompiéndolo en pedazos en las pacíficas
noches como esta en que hacía guardia o en las noches de sofocante calor del verano,
sobre su hamaca en el mar de Corea! El tiempo iba pasando. El sentimiento
tormentoso de aquel momento, en que no sabía ni de qué se avergonzaba, ni con
quién se indignaba, ni por qué se entristecía, ni a quién guardaba rencor, se había
calmado dejándole una profunda pena que le minaba el corazón. Desde entonces, su
madre le había escrito dos veces deseándole un feliz regreso. Takeo, a pesar de las
tristes circunstancias en las que se hallaba, no podía dejar de pensar en la soledad de
su anciana madre, por lo que le respondió y se disculpó por la dureza de sus palabras
en su último encuentro, deseándole, asimismo, bienestar. Sin embargo, ese amargo
rencor había arraigado en lo más hondo del corazón de Takeo para no desaparecer
nunca. Cada noche soñaba con la destrucción de la flota enemiga y con su propia
muerte; veía el dulce rostro de su esposa enferma envuelta en un manto blanco como
la nieve, la última imagen que se había quedado grabada en su alma.
Tres meses habían transcurrido desde que había dejado de tener noticias de
Namiko. Takeo se preguntaba: «¿Estará aún con vida? Sí, claro que sí; seguirá con
vida. Igual que pienso en ella todos los días, ella también se acordará de mí. ¿Es que
no nos habíamos jurado vivir y morir juntos?». A continuación recordaba el momento
en que la había visto por última vez, aquella noche en Zushi cuando la media luna
brumosa iluminaba el pinar. «¿Cómo estará la que una vez me gritó desde el portón:
“¡Vuelve pronto!”?». Muy preocupado miró hacia la luna y, entonces, la viveza de
aquel recuerdo dibujó ante sus ojos la figura envuelta en el manto blanco.

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Takeo se imaginó que al día siguiente, cuando se encontrara con la flota enemiga,
su cuerpo podría ser el objetivo de una bala de cañón y su vida se desvanecería
fugazmente. Pensó de nuevo en su madre. Pensó en su difunto padre. Y recordó los
días felices años atrás en Etajima. Y su espíritu volvió a la criatura enferma…

—¡Kawashima!
Alguien le dio una palmadita en el hombro. Takeo, sorprendido, se dio la vuelta.
Era el jefe de navegación.
—¡Qué luna más bonita! Quién pensaría que vamos rumbo a la batalla, ¿verdad?
Takeo asintió con la cabeza. Se enjugó las lágrimas furtivamente y levantó los
binoculares. La luna resplandecía de blancura y el mar Amarillo se extendía con
calma.

La luna se había puesto y el cielo del amanecer estaba pintado de color púrpura. Ya
era el 17 de septiembre. A las seis de la mañana, la flota japonesa se acercaba a la isla
de Haiyang. El cañonero Akagi había sido enviado para hacer un reconocimiento en
la bahía de Shoto pero regresó sin noticias del enemigo. La flota siguió avanzando en
diagonal en dirección a las islas Dalu y Seolu. Se aproximaba al mar de la península
de Takooshan[67].
Eran las once de la mañana. Takeo había salido del cuarto de oficiales y estaba
llegando a la escotilla cuando una voz exclamó en la cubierta:
—¡Ahí los tenemos!
Pasos apresurados resonaron a la vez en cubierta. Takeo se detuvo
fulminantemente a mitad de las escaleras para frenar el salvaje latido de su corazón.
Un marinero que casualmente pasaba por debajo de la escalera se detuvo en el mismo
instante. Los dos hombres se miraron.
—Kawashima, ¿han avistado al enemigo?
—Parece que sí.
Takeo trató de mantener la calma y subió deprisa a la cubierta. Allí, los hombres
corrían en todas las direcciones, los silbatos pitaban y algunos infantes izaban a toda
prisa la bandera en señal de combate hasta lo alto del mástil. En la proa había un
grupo de marineros; en el puente de mando, se hallaban el comandante, el capitán, el
subcapitán, el oficial de Estado Mayor y otros oficiales. Todos, con los labios
fuertemente apretados, mantenían la mirada fija en la misma dirección lejana sobre el
mar. Takeo siguió con la mirada esa dirección donde el mar rozaba con el cielo del
norte y vio que se levantaba vagamente el humo, como hilos negros, de varios navíos:
uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve y diez.
Ahí estaba la flota enemiga.
Un oficial situado en el puente sacó el reloj del bolsillo, miró la hora y anunció:
—Tardaremos una hora y media en llegar ahí. Cuando terminemos los
preparativos, podemos almorzar tranquilamente antes de entrar en combate.

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Otro oficial del grupo asintió con la cabeza y dijo atusándose el bigote:
—Gracias por su paciencia. Ahora descargaremos nuestra energía.
Pronto izaron el estandarte en la parte superior del palo mayor y la señal de
montaje emitida en la cubierta resonó por todo el buque. Desde todas las direcciones
los hombres salieron corriendo para ocuparse cada uno de su puesto. Unos subían al
mirador, otros bajaban al cuarto de máquinas; unos se dirigían al cuarto de torpedos y
otros entraban en la enfermería. Todos se movían con rapidez hacia estribor, hacia
babor. En un instante todo quedó en orden y la tripulación al completo estaba
dispuesta para luchar. Ya era casi mediodía y se ordenó tomar el almuerzo antes de la
batalla.
Takeo, en el puente, estaba ayudando al capitán de su división, dando
instrucciones a los artilleros para cargar los cañones de tiro rápido ubicados a
estribor. Cuando Takeo llegó al cuarto de oficiales con un poco de retraso, sus
compañeros ya estaban almorzando. El alférez de estatura pequeña tenía la expresión
seria, el piloto comía con la vista baja secándose sin parar el sudor de la frente y los
jóvenes cadetes, lanzándose miradas furtivas, repetían plato como si compitieran a
ver quién comía más rápido. De repente se levantó el alférez de la camisa roja y dijo:
—Compañeros, me complace observar que su valor de almorzar con total
tranquilidad es inquebrantable. Pero no se sabe si podremos volver a reunirnos todos
para la cena. Así que démonos la mano para despedirnos.
Y estrechó la mano de Takeo, que se encontraba a su lado. Al mismo tiempo los
demás se pusieron de pie y estrecharon la mano de sus compañeros con tanta fuerza
que hicieron caer unos platos al suelo. Un alférez que tenía una mancha de
nacimiento en la mejilla izquierda estrechó la mano del médico del buque.
—Si salgo herido, tráteme con mucho cariño. Aquí tiene su pago por adelantado.
Y sacudió animosamente la mano del médico varias veces. Todos se rieron pero
inmediatamente se pusieron serios de nuevo. Uno por uno salieron del cuarto de
oficiales. Finalmente la sala quedó desierta y la mesa, cubierta de platos vacíos, en
desorden.
A las doce y veinte minutos, Takeo fue enviado por el capitán de su división al
puente de mando a reunirse con el vicecomandante. Desde ese punto elevado se podía
ver la flota japonesa que avanzaba formando una sola línea: los cuatro buques con la
artillería volante iban cuatro mil metros por delante de la flota principal, compuesta
por seis buques con la nave insignia Matsushima a la cabeza, que iba escoltada por
los cañoneros Akagi y Saikiomaru.
La bandera de combate ondeaba con audacia en el palo mayor contra el cielo
azul; las chimeneas lanzaban bocanadas de denso humo negro; y la proa rompía la
superficie del agua levantando unas altas olas blancas de brillante espuma a ambos
lados del buque. Algunos oficiales del puente miraban al frente con los binoculares y
otros, con las manos sobre la empuñadura de su espada, desafiaban al viento.
Más allá, en el norte, el humo semejante a hilo negro fue creciendo en tamaño y

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la flota enemiga apareció como si emergiera desde el fondo del mar. Mástiles,
chimeneas, cascos, se hicieron visibles paulatinamente y se pudieron distinguir las
banderas en la parte superior de los mástiles. Los dos colosales acorazados, el
Dingyuan y el Chen Yuen, habían tomado sus posiciones en el centro de la línea; los
buques King Yuen, Chih Yuen, Kwan Chia y Saien formaban el ala izquierda; y los
buques Lai Yuen, Chingyuen, Chaoyuen y Yangwei formaban el ala derecha. Al oeste
se avistaban otros cuatro buques con seis torpederos.
Los chinos formaban posición a lo ancho y los japoneses a lo largo,
aproximándose lentamente hacia el centro de la línea enemiga. Pero cuando la flota
japonesa estuvo a una distancia de unos diez mil metros de la escuadra contraria, la
flota con la artillería volante giró de repente a la izquierda y avanzó resueltamente
hacia el ala derecha del enemigo. La flota japonesa iba cambiando de formación y de
posición moviéndose en zigzag como la cola de un dragón. La línea de batalla se
transformó de una T a una V. En este orden, los japoneses se aproximaron al enemigo
hasta una distancia de seis mil metros. En ese momento, un chorro de humo blanco se
alzó desde la batería de la proa del Dingyuan y dos obuses de treinta centímetros de
diámetro silbaron en el aire y cayeron en el mar a estribor de la flota volante,
quebrando bruscamente la superficie de las aguas del mar Amarillo y llenando el aire
de lluvia de espuma blanca.

¡El mar Amarillo! Sus aguas, que la noche anterior brillaban como la plata a la luz de
la luna, y que hasta ese mismo momento también habían mantenido la bonanza como
en un cuadro, reflejando las nubes y las sombras de las islas y haciendo flotar el
sueño de las gaviotas, estaban a punto de convertirse en un sangriento campo de
batalla.
Takeo bajó del puente para dirigirse a la batería de los cañones de tiro rápido de
estribor. Allí se encontraba el capitán de su división, observando a los enemigos con
los binoculares. Los artilleros ya se habían quitado las chaquetas, dejando al
descubierto hasta el codo sus brazos musculosos y bronceados. En ese estado de
tensión, todos permanecían en silencio esperando la orden de disparar. Mientras, la
artillería volante japonesa abrió fuego sobre el ala derecha del enemigo al pasar por
su lado. El buque de Takeo, el Matsushima, el buque insignia de la flota principal, se
acercaba a toda velocidad a las naves chinas, que fueron desplegándose en forma de
cuña con el Dingyuan y el Chen Yuen en el extremo. Los barcos enemigos se
acercaban juntos y esos dos acorazados eran claramente visibles para Takeo.
Recordaba haberlos visto unos años atrás en el puerto de Yokohama, donde había
observado sus maniobras con el mayor interés. Sí, sin lugar a dudas, se trataba de los
mismos barcos. Sin embargo, ahora avanzaban rápidamente hacia Takeo, expulsando
un abundante humo espeso y negro, batiendo las espumosas olas con los cañones
abiertos, como si fueran bestias en busca de presas. Takeo, sin asomo de temor, sintió
que nacía dentro de él una sensación de aversión y odio hacia ellos.

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De repente se oyó un estruendo que a continuación produjo en el aire el eco de un
ruido ensordecedor. Una bala de cañón rozó el palo mayor del Matsushima y cayó en
el mar levantando una ola de unos diez metros. Takeo sintió un estremecimiento pero
recuperó la compostura de inmediato. Miró a su alrededor. La fila de los artilleros,
que se había desordenado, también recuperó la formación en un instante. Los buques
se acercaron más y más. Hasta cinco balas de cañón volaron sucesivamente en varias
direcciones y una de ellas destrozó una barca de salvamento colgada en el lado de
babor, mientras que las otras golpearon la superficie de mar alrededor del
Matsushima levantando altas columnas de agua.
Takeo gritó impaciente:
—¡Capitán! ¡¿Debemos esperar más para abrir fuego?!
Estaba a punto de dar la una de la tarde.
—¡Cuatro mil metros!
La orden llegó a todo el buque y los artilleros se dispusieron a disparar. Por fin,
sonó la señal de corneta.
—¡¡Fuego!!
El Matsushima apuntó con su gran cañón de treinta y dos centímetros hacia el
enemigo y soltó una ráfaga de fuego. El buque se balanceó y una densa nube de humo
blanco lo envolvió a estribor.
Pero en ese mismo momento, como si fuera el retorno, una enorme granada
enemiga pasó a unos centímetros de la chimenea y cayó al mar. Unos artilleros
bajaron involuntariamente la cabeza.
El capitán se volvió hacia ellos y bromeó:
—¿Quiénes le han hecho una reverencia al enemigo?
Takeo, los cadetes y los artilleros se echaron a reír.
—¡Vamos! ¡Fuego! ¡Firmes y fuego!
Todos los cañones dispararon en rápida sucesión. El gran cañón también emitió
un sonido atronador que sacudió todo el barco. Los otros buques que iban a la zaga
abrieron fuego igualmente al unísono. De pronto, una granada arrojada por el
enemigo explotó cerca de uno de los cañones y un artillero que pasaba justo por
detrás de Takeo transportando balas fue impulsado hacia atrás. Trató de levantarse
pero se quedó inmóvil. Su sangre brotó con tanta abundancia que manchó el pantalón
de Takeo. La mayoría de los artilleros se volvieron hacia el malherido.
—¿Quién es?
—¿No es Nishiyama? ¡Sí, es él!
—¿Está muerto?
Gritó el capitán:
—¡¡Fuego!!
Una vez más los artilleros vertían sus descargas asesinas.
Takeo ordenó retirar rápidamente el cuerpo del muerto y volvió a su puesto. El
capitán advirtió la sangre en el uniforme de Takeo y le dijo:

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—Kawashima, usted está herido.
—No. Solo me ha salpicado la sangre del compañero.
—Bien, entonces vamos a vengar su muerte.
Las armas disparaban sin cesar mientras el buque seguía avanzando a gran
velocidad. El acorazado principal, el Matsushima, dibujando un gran arco, rodeó el
ala derecha del enemigo y a la una y media estaba alcanzando su retaguardia.
La primera fase de la batalla había concluido y la segunda estaba a punto de
comenzar. La batería de estribor del Matsushima se quedó en silencio durante un rato
y los oficiales y artilleros se secaron el sudor.
En ese momento la formación de los buques japoneses era la siguiente. La
escuadra con la artillería volante que había atacado el ala derecha del enemigo,
poniendo fuera de combate el Chaoyuen y el Yangwei, estaba dispuesta a seguir a la
flota principal que ya había flanqueado a los enemigos y se preparaba para atacarlos
por la retaguardia. El Hiei, el quinto buque de la flota principal, había quedado atrás
por culpa de su baja velocidad, a pesar de sus grandes esfuerzos por aminorar la
distancia entre él y sus buques compañeros. Entonces, el Hiei intentó valientemente
romper las líneas enemigas y atravesó por el centro de ellas abriéndose paso con
éxito. Sin embargo, se vio obligado a abandonar el combate ante un peligroso
incendio. El Saikiomaru, donde iba el almirante, también abandonó la batalla para
evitar el peligro. El Akagi, un pequeño cañonero, se quedó solo frente al enemigo e
intentó desesperadamente abrirse paso para seguir al Hiei. Los cuatro buques de la
flota volante y los cinco de la flota principal mantuvieron la línea en medio de la
incontenible batalla.
Por su parte, en la flota enemiga, el Chaoyuen ardía en llamas y el Yangwei se
había quedado fuera de servicio, mientras que el ala derecha de la flota estaba en
desorden. Los tres buques del ala izquierda, con la línea deformada, iban a la caza del
Hiei y del Akagi, mientras que el torpedero había quedado separado del resto de la
flota. Cuando el Dingyuan y el Chen Yuen, reforzados con varios buques, vieron que
los japoneses habían tomado la posición para atacarlos por la retaguardia, cambiaron
de rumbo y avanzaron formando una línea larga para enfrentarse de nuevo a la flota
principal japonesa.
Había llegado el momento de comenzar el segundo asalto. El Saikiomaru indicó
que el Akagi y el Hiei estaban en peligro, con lo cual la escuadra volante, más rápida,
se dirigió a protegerlos de los ataques de los tres buques chinos. Mientras tanto, la
flota principal continuó trazando un gran círculo alrededor del enemigo y descargó
todas sus baterías. A las dos y media de la tarde la flota china se encontraba
completamente rodeada. En ese momento, la escuadra volante consiguió dispersar los
tres buques chinos que perseguían el Akagi y el Hiei, y a continuación entraron en
campo enemigo siguiendo a los tres que habían emprendido la huida. Los buques de
la flota principal, ahora separados, mantenían rodeado al enemigo.
La tercera fase de la batalla estaba a punto de tener lugar. Cada una de las naves

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enemigas, que había congregado a sus más valientes y hábiles tripulaciones,
estallaron en una furiosa lucha y trataron de abrirse camino haciendo hervir el agua
del mar Amarillo, al igual que las serpientes gigantes tratan de apretar sus anillos
alrededor de una ballena monstruosa.

La flota principal por el lado derecho y la escuadra volante por el izquierdo asaltaron
al enemigo desde direcciones opuestas. La batalla se reanudó con violencia asesina.
Takeo iba olvidándose de sí mismo. En sus días de estudiante había sido aficionado al
béisbol y en los momentos críticos del partido, llegaba a olvidarse completamente de
sí en el calor del encuentro, arrastrado a lo lejos como por un torbellino. Ahora Takeo
sentía la misma emoción salvaje. Excepto durante el espacio de tiempo en el que su
buque se alejaba del enemigo virando y, acto seguido, los ataques del enemigo se
dirigían a babor, Takeo gritaba sin tregua dando órdenes a sus subordinados con tanta
fuerza que se quedaba ronco y el sudor le goteaba por la cara; pero ni siquiera lo
notaba. Los obuses del enemigo se concentraban en el Matsushima, perforando los
escudos y haciendo prender la madera. La sangre cubría ya la cubierta. Sin embargo,
Takeo no prestaba atención a estas circunstancias. El estruendo de las armas del
aliado, y también del enemigo, había alcanzado tal ritmo en los oídos de Takeo que su
corazón latía al compás. Sus nervios se excitaban hasta tal punto que cada alto el
fuego causaba insatisfacción a sus oídos. La serenidad y la confianza en sí mismo
imbuían de un nuevo valor a sus compañeros. Los artilleros tampoco perdían la calma
frente a las bombas mortíferas del enemigo, sino que cargaban y descargaban sus
armas con la misma parsimonia e indiferencia, igual que habían hecho durante las
maniobras incruentas de adiestramiento. Disparaban los cañones constantemente,
apagaban de inmediato los incendios, retiraban a los muertos y a los heridos sin el
más mínimo trastorno. Todo el sistema de organización militar se ejecutaba con la
precisión de un reloj sin necesidad de órdenes.
Entre tanto, el aspecto general de la terrible masacre cambiaba de un segundo a
otro. Ahora que el mar y el cielo estaban velados por espesas nubes de humo negro,
se hacía casi imposible distinguir las banderas señalizadoras. Los proyectiles volaban
de un instante a otro y el mar temblaba con ruido ensordecedor; algunos torpedos
chocaban entre ellos explotando en el aire. Y el mar tempestuoso salpicaba el cielo
con nubes de espuma a cada surco de los proyectiles sobre las olas.
La voz ronca del capitán gritaba con todas sus fuerzas:
—¡Toma! ¡El Dingyuan está en llamas!
A través de una fisura en la densa nube de humo se veía la nave del enemigo, en
la que ondeaba una bandera con un enorme dragón y cuya proa estaba envuelta por
una columna de fuego. Los soldados enemigos se movían como hormigas en esa
situación de emergencia.
Takeo y sus artilleros gritaron con entusiasmo:
—¡Adelante! ¡Démosle el golpe de gracia!

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Y con nuevo impulso todas las armas dispararon a la vez contra su blanco en
llamas.
La flota china se encontraba en un desorden total, atrapada entre los buques
japoneses. El Chaoyuen fue el primero que se incendió y se hundió. El Yangwei había
quedado fuera de combate, el Chih Yuen estaba a punto de hundirse, el Dingyuan
estaba envuelto en llamas, e incluso el Lai Yuen comenzaba a arder. Ante la
imposibilidad de seguir luchando, por fin el enemigo se batió en retirada,
abandonando los dos acorazados, el Dingyuan y el Chen Yuen. La escuadra volante
japonesa se lanzó en persecución de las naves enemigas a la huida y los cinco buques
de la flota principal japonesa dirigieron su fuego contra el Dingyuan y el Chen Yuen.
El cuarto episodio de la lucha había comenzado.
Eran las tres de la tarde. El fuego en el Dingyuan se estaba extendiendo y las
llamas y el humo se elevaban a un ritmo creciente, pero el acorazado enemigo
mostraba una vigorosa resistencia. El Chen Yuen, a su lado, en defensa del Dingyuan,
apuntaba valerosamente sus armas contra los japoneses. Los dos acorazados, gigantes
como una montaña, resistían los asaltos del adversario. Los cinco buques de la flota
japonesa circulaban a toda velocidad alrededor de los dos acorazados chinos,
acribillando las naves con sus armas. Sin embargo, la mayoría de las balas rebotaban
en el blindaje y explotaban en el mar, igual que los caballeros sarracenos, ágiles, más
ligeros de arnés, lanzaban sus flechas contra los cruzados cubiertos de armadura. A
las tres y media, el Matsushima logró apostarse en el flanco de los acorazados
enemigos. Cuando Takeo vio que, a pesar de acertar el objetivo, los cañones de tiro
rápido de su buque explotaban como fuegos artificiales cayendo en vano en el agua,
se enfureció, apretó los dientes de rabia, golpeó con fuerza la empuñadura de su
espada y gritó:
—¡Mire, capitán! ¡Es un demonio! ¡Maldita sea!
El capitán, con los ojos inyectados en sangre, golpeando el suelo con el pie,
ordenó:
—¡Fuego! ¡Apunten a cubierta! ¡¡A cubierta!!
Takeo también gritó con desesperación:
—¡¡Fuego!!
Los artilleros, en un arrebato de cólera, cumplieron simultáneamente las órdenes
con sus armas.
—¡¡Otro!!
A la vez que Takeo exclamaba la orden de fuego, un golpe infernal sacudió todo
el buque, como si un volcán hubiera entrado en erupción repentinamente. Y a
continuación, Takeo se sintió golpeado y arrojado al suelo con gran violencia.
Dos de los obuses enemigos de treinta centímetros perforaron el centro de la
batería y estallaron.
—¡Maldita sea!
Gritando, Takeo se levantó de un salto, pero fue incapaz de sostenerse en pie y

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volvió a caerse hacia atrás.
Sintió un insoportable dolor en el miembro inferior. Miró en torno suyo. La
cubierta, llena de sangre y trozos de carne humana, se incendiaba. No encontró al
capitán. Las armas enemigas habían perforado la batería dejando un enorme agujero,
a través del cual Takeo podía ver algo azul que se movía. Era el mar.
Vencido por el dolor y por un indescriptible olor nauseabundo, Takeo cerró los
ojos. Se oían los gritos de los heridos, el crepitar de las llamas que devoraban
cualquier objeto a su alcance, el clamor de los hombres tratando de apagar el
incendio: «¡Fuego! ¡Fuego! ¡Sacad la bomba de agua!», y a continuación, un ruido de
pasos apresurados.
Enseguida Takeo sintió que varias manos levantaban su cuerpo. Cuando algunas
de esas manos tocaron sus piernas, un terrible dolor lo cruzó hasta la cabeza, se le
escapó un grito y se retorció. Vislumbró una nube roja a través de los ojos
entrecerrados y poco a poco perdió el conocimiento.

Capítulo II

A mediados de octubre, en el Cuartel Supremo de Hiroshima, la primera división


había partido hacia la península de Jinzhou en la ciudad de Dalian, mientras que la
segunda, formada por un ejército de jóvenes soldados vigorosos, estaba de regreso.
La ciudad en su conjunto parecía demasiado pequeña para albergarlos. Además, la
Dieta había sido convocada en sesión extraordinaria y seiscientos diputados habían
llegado también a la ciudad tras el ejército. En Hiroshima entera reinaban el caos y la
confusión. Por todas partes resonaban de aquí para allá el ruido de las rodaduras
aceleradas de los rikisha y el ruido de los sables de las tropas. En la región de
Sanyo[68] se vivía una animación que evocaba la que había reinado en Kioto en los
tiempos de la Restauración de Meiji.
En la calle Otemachi, la calle principal de la ciudad, se leían los nombres de los
huéspedes principales a las entradas de los hoteles: «Su Alteza Real el príncipe
Arisugawa, jefe del Estado Mayor», «Su Excelencia, el primer ministro Ito»,
«teniente general Kawakami», y así sucesivamente. Unas calles más abajo, todas las
casas estaban señalizadas con el aviso de que la oficina militar iba a requisar la
superficie marcada de la finca en cuestión. El excedente de los soldados que no había
encontrado alojamiento en el cuartel, había sido repartido por casas particulares y casi
todas ellas tenían un cartel a la entrada en el que figuraban los nombres de los
oficiales, suboficiales y el número de soldados de su división que se alojaban en ellas.
De esta manera, se crearon varias oficinas provisionales. Asimismo, nuevos
comercios con sus flamantes letreros eran muy frecuentados. En uno de estos
comercios recientes, los trabajadores llenaban a toda prisa cajas de cartón con
botellas de soda, y en otro había unos jóvenes que sudaban copiosamente

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empaquetando una montaña de cajas de galletas para el reparto. Por allí pasó,
apresurándose camino del cuartel, un oficial a caballo; tras el jinete un periodista con
un lápiz detrás de la oreja iba a toda prisa en un rikisha hacia a la oficina de
telégrafos. Había hombres que salían de la estación de ferrocarril portando maletas de
cuero y espadas envueltas en tela de algodón de color amarillo vivo. Sus rostros
estaban tostados por el sol y aún vestían los uniformes de verano, rotos y sucios, por
lo que parecían recién desembarcados en el puerto de Ujina, el puerto principal de
Hiroshima. Un senador anciano, con una expresión muy pensativa y cuyo rostro
recordaba a uno que había aparecido en el suplemento de un periódico, pasó en
rikisha. Por allí paseaban tarareando unos soldados en espera de su partida y se
escuchaba una canción militar con acento del norte que cantaba un soldado de
aspecto saludable mientras afilaba su espada a la entrada de una casa. Sus voces
resonaron mezcladas con las voces de unos jóvenes lugareños que más allá del río
interpretaban una canción folclórica.
Un gran letrero de unos dos metros de largo que decía «Suministro del Ejército»
llamaba la atención; al lado de ese cartel podían verse otros más pequeños colgados
en la fachada de una tienda. En la entrada del comercio había apilados unos rimeros
de mantas y ropa de abrigo. Mientras un hombre, evidentemente el encargado del
establecimiento, daba órdenes a unos jóvenes para empaquetar todo ese género, otro
hombre de unos cincuenta años de edad salió con pasos apresurados acompañando a
su visitante hasta la puerta. El cincuentón era ligeramente calvo y tenía una llamativa
verruga roja debajo del ojo izquierdo. Después de haberle ordenado algo al
encargado, se dirigió de nuevo hacia al interior; entonces fue cuando vio pasar un
rikisha y gritó hacia él:
—¡Oh, señor Tazaki! ¡Señor Tazaki!
Pareció que sus gritos no habían llegado al oído de la persona que iba en el
rikisha y el vehículo siguió adelante. El hombre de la verruga mandó inmediatamente
a un joven para detener el rikisha y se volvió a la puerta de la tienda. El hombre del
interior del vehículo tendría también unos cincuenta años, era de tez morena y barba
canosa. Llevaba un quimono de seda negro y un sombrero del mismo color que
evidenciaba el paso del tiempo. El pasajero del rikisha guardaba una bolsa de viaje
junto a sus pies. Se mostró extrañado de que hubieran detenido el vehículo, pero una
vez hubo reconocido a la persona que estaba de pie a la entrada de la tienda, expresó
una gran sorpresa y exclamó quitándose el sombrero:
—¡Pero, Yamaki, si eres tú!
—¿Cómo usted por aquí, señor Tazaki? ¿Cuándo ha llegado?
Tazaki se bajó del vehículo, se acercó a la entrada del comercio con cuidado de
no pisar las cuerdas de embalaje que había en el suelo y respondió:
—Regreso en el próximo tren a Tokio.
—¿Regresar? ¿Dónde ha estado, entonces?
—He estado en Sasebo y ahora voy camino a casa.

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—¿En Sasebo? ¿Ha ido a visitar al barón Takeo?
—Sí, exacto.
—¡Oh, no! ¡Será posible! ¿Cómo ha sido capaz de ir a visitarlo y marcharse
delante de mis narices sin avisarme de nada? Anda que mi hija también… por no
hablar de la señora Kawashima. No me ha escrito ni siquiera una línea.
—Lo siento, pero era un asunto urgente.
—No hubiera sido una pérdida tan grande de tiempo pasar por aquí antes de ir a
verlo. Yo también hubiera ido con usted. Pero, bueno, venga, póngase cómodo.
Despida el rikisha y hablemos un poco. No le importa tomar un tren más tarde,
¿verdad?… A propósito, ¿cómo se encuentra el joven barón? Había oído que se
estaba recuperando en el Hospital Militar de Sasebo. Pensaba ir a verlo, pero
justamente tuve muchísimo trabajo porque la primera división partía, así que me tuve
que contentar sólo con enviarle una carta de condolencia…
Yamaki, al enterarse del estado de Takeo, continuó:
—¡Oh, qué bien!, entonces ¿no le afectó a los huesos? ¡Menos mal! Pero, la
verdad, la juventud es algo realmente maravilloso. Con qué rapidez se recupera uno,
mientras que los viejos tardamos por lo menos un par de semanas para entonarnos de
cualquier nimiedad. En fin, me alegro mucho de que esté mejor. Su madre también se
sentirá más tranquila, ¿verdad?
Tazaki sacó su reloj de bolsillo y miró la hora. Cuando iba a levantarse, Yamaki lo
detuvo de nuevo.
—No tenga tanta prisa. Aprovechando la buena suerte de que lo del barón no sea
grave, tengo un mensaje para la señora Kawashima. Así que salga usted en el último
tren. De esta manera, tendremos más tiempo. Déjeme que cierre algunos asuntos y
después saldremos por ahí a cenar. El pescado de Hiroshima es excelente, ¿sabe?
La lengua de Yamaki para persuadir a Tazaki era todavía más excelente que el
pescado de Hiroshima.

El sol del atardecer de otoño iluminaba la superficie del río Amayasu al reflejar su luz
dorada en los shoji de un restaurante que había junto a la orilla. En el primer piso del
establecimiento estaba teniendo lugar, en medio de un gran bullicio, una reunión
amistosa de senadores y diputados, mientras en una pequeña sala aislada en la planta
baja, Yamaki y Tazaki mantenían una conversación privada sin la presencia de la
camarera.
Tazaki había sido mayordomo de los Kawashima ya en vida del padre de Takeo.
En la actualidad, seguía desempeñando el mismo puesto y acudía todos los días desde
su casa vecina a la de los Kawashima para dedicarse fielmente a su trabajo. El padre
de Takeo siempre comentaba que Tazaki no era un hombre de gran inteligencia pero
sí una persona digna, sin ambición alguna de llenar su bolsillo a costa de los ingresos
de su amo. Por ello, el mayordomo gozaba de la plena confianza de la señora
Kawashima y de Takeo. En esa ocasión había sido enviado por la señora Kawashima

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para visitar a Takeo, que se recuperaba de sus heridas en el hospital de Sasebo, muy
lejos de Tokio.
Yamaki dejó su copa en la mesa y frotándose la frente con la misma mano
comentó:
—En realidad, sí que estuve un día en Tokio, pero tuve que volver
inmediatamente a Hiroshima y no me enteré de nada de lo ocurrido. Pero sí supe que
la señora Namiko estaba muy grave. Es cierto que la decisión de la señora
Kawashima fue excesivamente cruel pero no le quedaba otro remedio que proteger a
los Kawashima, ¿no?… Pero, de veras, me alivia oír que la señora Namiko se
encuentre algo mejor. ¿De modo que está en Zushi de nuevo? Aunque, sintiéndolo
muchísimo, esa enfermedad no tiene cura por mucho que muestre signos de mejoría.
Por cierto, ¿el barón Kawashima todavía está enojado?
Tazaki saboreaba una sabrosa sopa de pescado. Se limpió la boca y respondió
lentamente:
—Pues ahí está el problema. Todos somos indulgentes con la señora Kawashima,
que siempre ha estado muy preocupada por el mantenimiento de la casa. Pero,
Yamaki, ¿no crees que se excedió aprovechando la ausencia de su hijo, sin ni siquiera
consultar con él? Por mi parte, yo también le había aconsejado en repetidas ocasiones
que esperara hasta la vuelta de su hijo. Pero sabes muy bien cómo es, cuando tiene
una idea, ha de salirse con la suya sea como sea… y así fue. Yo opino que mi amo
Takeo es una persona recta y que su indignación está más que justificada. Y, encima,
está el señor Chijiwa, la persona más problemática… He oído que se había marchado
a China. ¿Es cierto?
Yamaki lanzó una mirada escrutadora a Tazaki y repuso:
—¿Chijiwa? Sí, partió al frente el otro día. Yo también he tenido un disgusto con
él y he tenido que pagar muy caro mis relaciones con ese hombre. A menudo venía a
sablearme incluso estando aquí y, para colmo, se atrevió a pedirme un tributo de
afecto antes de irse, por si muriera en combate[69]. Me dijo que me traería una
condecoración de oro, en caso de que regresara sano y salvo. En fin —dijo riendo—,
me cobró un montón de dinero el descarado. Bueno, volviendo al tema del barón
Takeo, imagino que regresará a Tokio cuando se cure, ¿no?
—Sinceramente, no estoy muy seguro de ello. Tiene intención de volver al frente
directamente en cuanto le sea posible.
—¡Oh, qué valiente!, como siempre. Pero, señor Tazaki, ¿no cree usted que debe
ir antes a su casa para reconciliarse con su madre? Yo no sé cuánto afecto sentiría el
barón Takeo por la señora Namiko, pero ahora que el matrimonio está disuelto, no
tendría sentido que un hombre sano trate de recuperar a su exesposa que tiene una
enfermedad incurable. No se puede cambiar el pasado, así que será mejor olvidarlo y
dejar que la herida cicatrice. Lo más importante ahora es que mejore también la
relación con su propia madre. ¿No le parece, señor Tazaki?
Tazaki, muy pensativo, dijo:

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—Mi amo es tan buena persona que incluso debe de sentirse culpable por haberse
comportado de una manera tan severa con su madre, a pesar de que estaba claro que
la conducta de la baronesa fue más que reprochable. Además, mi visita se ha debido
al expreso deseo de la señora Kawashima y ha sido aceptada por mi amo, de modo
que es como si la hubiera perdonado. Pero aun así…
Yamaki continuó:
—Por supuesto que no es el momento para hablar de compromiso en estos días de
guerra. Pero la mejor solución para el barón Takeo sería tomar otra esposa cuanto
antes. ¿Qué opina, señor Tazaki? Aunque el barón haya hecho las paces con su
madre, ¿será capaz de olvidar a la señora Namiko? Creo yo que la gente joven no se
olvida así como así de su primer amor, pero cuando conocen a alguien nuevo,
también se encariñan mucho.
—Sí, la señora Kawashima piensa lo mismo, pero…
—¿Quiere decir que no será fácil convencerlo?
—No lo sé, pues es muy recto, como usted bien sabe.
—Todo eso está muy bien, pero no cuando se trata del propio futuro y del de su
casa, ¿verdad, señor Tazaki?
Se quedaron los dos en silencio unos instantes. Al parecer, un discurso del piso de
arriba había terminado y resonaron unos fuertes aplausos. Los últimos rayos de sol
iluminaban débilmente los shoji con su pálida luz y, desde lejos, llegaba el sonido
melancólico de las trompetas militares.
Yamaki, ofreciéndole otra copa a su invitado, le preguntó:
—Por cierto, señor Tazaki. Mi hija, la inexperta, ¿está trabajando lo
suficientemente bien como para contentar a la señora Kawashima?
Aproximadamente un mes después de la salida de Namiko, Yamaki había enviado
a su hija Toyoko a casa de los Kawashima con el pretexto de aprender buenos
modales bajo la tutela de la señora Kawashima. Pero el verdadero objetivo de su
padre era muy diferente, por lo que ahora ansiaba saber qué había ocurrido desde
entonces.
Tazaki sonrió al escuchar la pregunta. Sin duda se acordó de algún incidente
cómico.

Tazaki había sonreído por ese incidente pero la señora Kawashima había fruncido las
cejas.
Aquel día, en el que Takeo había dejado su casa lleno de profunda indignación, su
madre le gritó, fijando en su espalda una mirada terrible:
—¡Vaya hijo ingrato! ¡Haz lo que te dé la gana pero quítate de mi vista!
La señora Kawashima siempre había sido consciente de que Takeo era un hijo
ejemplar y muy respetuoso, hasta tal punto que nunca se había opuesto a la voluntad
materna. A pesar de ello, la baronesa también tenía conocimiento del gran amor que
Takeo sentía hacia Namiko. Sin embargo, jamás había puesto en duda que Takeo se

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mantendría a favor de su propia madre en el caso de un conflicto entre el amor hacia
su esposa y el amor hacia su madre. Con esa fe, aun sabiendo lo excesivo que era
divorciar a Namiko sin el consentimiento de Takeo, la señora Kawashima se atrevió a
ejecutar la separación muy convencida de que estaba haciendo lo correcto por el bien
de su propio hijo y por el futuro de la familia. No obstante, cuando la baronesa vio
que la explosión de ira de Takeo era mucho mayor de lo que se había imaginado, se
dio cuenta por primera vez del gran error que había cometido. Y, al mismo tiempo,
comprendió que una madre no poseía poder ilimitado sobre su hijo. Anteriormente
había observado con una especie de sentimiento de desagrado el amor creciente y
perdurable de Takeo por Namiko. Pero cuando la baronesa se dio cuenta de que el
gran afecto y el respeto de Takeo hacia ella no superaban el amor por una muchacha
destinada a morir, sintió aún más vivamente la pérdida de toda la influencia sobre su
hijo, e incluso le parecía que Namiko se lo había arrebatado para siempre. En
consecuencia, la indignación de la señora Kawashima contra Takeo no mostró signos
de atemperarse y durante un largo tiempo tras la salida de Namiko no cesó de lanzar
invectivas en contra de su exnuera.
Había otra cosa más que echaba leña al fuego. En un rincón escondido del
corazón de la baronesa se despertaba un temor indefinible que la interrogaba
repetidamente: «¿No será razonable la indignación de Takeo? ¿No me habré excedido
en mi poder de madre? ¿Habré atentado contra el derecho de mi propio hijo?». Cada
noche de insomnio, le daba vueltas al mismo asunto mientras contemplaba el reflejo
de la lámpara en el techo y tenía la sensación de oír la voz de su conciencia que le
susurraba: «Has hecho mal. Es por tu culpa». Y se sentía inquieta.
La mayor fortaleza proviene de la seguridad en uno mismo y la mayor
humillación llega cuando un hombre es acusado de un error por alguien o por su
propia conciencia, y entonces se ve obligado a ponerse de rodillas arrepentido.
Cuando atacan a una bestia en su punto débil, aúlla. Cuando un hombre descubre su
error, se enfada. Todo esto explica por qué la señora Kawashima se ponía frenética, a
pesar de su remordimiento. Su enojo contra Takeo y su odio hacia Namiko iban
aumentando violentamente. Takeo había dejado a su madre de un portazo. Pasaba un
día tras otro, pero Takeo no volvía a casa para pedirle perdón, ni siquiera le enviaba
una sola carta de disculpa. La señora Kawashima buscaba el desahogo de su corazón
rebosante de ira vertiendo su furia en Namiko, en los recuerdos del pasado y en las
perspectivas del futuro. Se irritaba incluso en la tristeza, en la soledad, en la
impotencia general de la situación. Así, acumulando motivos de enojo, se hundía bajo
su peso y, por fin, se dormía de puro agotamiento.
La atmósfera en casa de los Kawashima se había vuelto insoportable. Los
sirvientes, a pesar de estar acostumbrados al carácter colérico de la señora
Kawashima, ya estaban más que hartos de vivir en tal ambiente de tensión, y en
varias ocasiones habían empaquetado sus pertenencias para marcharse. En esa
coyuntura, llegaron las noticias de la rebelión de Corea y de la batalla naval de

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Pungdo[70]. A consecuencia de ello, los sirvientes permanecieron en sus puestos ante
la incertidumbre del momento. Mientras tanto, la señora Kawashima se enfadaba aún
más por la insolencia de Takeo, que había partido al frente sin siquiera escribirle ni
una línea para despedirse en una ocasión tan importante en la vida de su hijo. Sin
embargo, cuando oyó de otras madres, incluso señoras mayores, que habían viajado
desde provincias lejanas hasta Tokio para ofrecer el último adiós a sus hijos y de otras
señoras que trataban de animarlos enviándoles regularmente regalos y cartas, se puso
muy triste. Mientras que todas las familias estaban unidas, la señora Kawashima y
Takeo seguían desavenidos, ella en la capital y él en el frente. Empezó a temer por la
vida de Takeo y pensó que le resultaría insoportable no volver a verlo. En ese
momento de terrible ansiedad, después de un forcejeo interior con su orgullo, la
señora Kawashima se dedicó a enviar dos cartas a Takeo en las que se mostraba
conciliadora.
La señora Kawashima recibió la respuesta a vuelta de correo. Aproximadamente
un mes más tarde, un telegrama enviado desde el hospital de Sasebo llegó a casa de
los Kawashima. Las manos de la madre temblaron al enterarse de que su hijo estaba
herido. A pesar de que el mensaje comunicaba que la vida de Takeo no corría peligro,
la baronesa se inquietó de tal manera que envió a Tazaki para que le trajera
información exacta sobre el estado de su hijo.

Cuando Tazaki regresó y trajo detalles sobre el estado de Takeo, la señora


Kawashima se tranquilizó un poco. Y pensó que sería mejor esperar a su completa
recuperación para buscarle una segunda esposa tan pronto como terminara la guerra.
De esta manera la baronesa esperaba borrar los tristes recuerdos de Namiko en la
mente de Takeo, hacer prosperar el futuro de los Kawashima y también, en el fondo
de su corazón, expiar el «¿pecado?» de sus arbitrarias acciones para con su hijo.
La preocupación de encontrarle pronto una segunda esposa a Takeo ya le había
surgido a la señora Kawashima el mismo día en que había tomado la decisión de
separar a Namiko de su hijo. Revisó mentalmente la lista de las candidatas de entre
sus pocos familiares y conocidos, pero no pudo encontrar a nadie que correspondiera
a sus propios deseos.
Fue precisamente a esas alturas de las especulaciones de la señora Kawashima
cuando Yamaki había enviado repentinamente a su hija Toyoko a casa de la baronesa
con el pretexto de que aprendiera buenos modales. Naturalmente, la señora
Kawashima se dio cuenta inmediatamente del propósito de Yamaki. También sabía
que Toyoko no era una chica demasiado inteligente. Sin embargo, en un momento de
apuro, cualquiera se agarra a un clavo ardiendo. Agotados todos sus recursos, la
señora Kawashima se aprovechó de los deseos de Yamaki y aceptó recibir a Toyoko
para ponerla a prueba y tantear sus posibilidades.
De esta manera, Toyoko fue sometida a un examen riguroso. El resultado de ese
examen era el motivo de la sonrisa de Tazaki. Ni la examinadora ni la examinada

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quedaron satisfechas con el resultado de la prueba y el intento acabó ocasionando que
los sirvientes terminaran burlándose de la pobre muchacha, víctima de la ambición de
su padre.
La paz, primero; el tiroteo, en segundo lugar; y, por último, los bombardeos
continuos. Ese era el proceso rutinario que la señora Kawashima aplicaba para tratar
a cualquier persona. Anteriormente Namiko había pasado por lo mismo. Pero su
aguda inteligencia y su sensibilidad hicieron que captara rápidamente la dureza de su
suegra, empezando muy pronto a sentir el dolor. Ahora el blanco de la señora
Kawashima era Toyoko. No obstante, esta muchacha tenía un carácter más simple.
Los tiroteos de la señora Kawashima no produjeron efecto en Toyoko, quien a su vez
era incapaz de adivinar las intenciones de la baronesa. Y, por lo tanto, la señora
Kawashima tomó la determinación de emplear medidas más drásticas de lo habitual.
La naturaleza de Toyoko, para su amor propio y para consuelo de su espíritu, era
flemática y perezosa. No solamente carecía de orgullo, sino que incluso parecía
faltarle personalidad. Era una chica de personalidad indefinida, como si su alma y su
cuerpo se fundieran en la neblina de un jardín donde se hallara en un dulce atardecer
de primavera. Aun así, una vez en casa de los Kawashima, Toyoko empezó a
entender que tenía que pagar un caro precio por su amor hacia Takeo. Desde que se
levantaba muy temprano todas las mañanas frotándose los ojos para salir del sueño, le
esperaba una larga jornada de trabajo laborioso cuyo único premio eran las regañinas
y las reprimendas de la señora Kawashima. A pesar de la suerte que tenía la
muchacha por no percatarse de la maledicencia que se vertía sobre ella, los continuos
ataques de la señora Kawashima provocaban incluso en esa chica indiferente deseos
de escapar sin vacilar de allí; pero se trataba de la casa de su amado. Gracias a los
consejos de su padre, que había recibido antes de entrar en casa de la baronesa y a las
lecciones de su madre, que le infundían nuevo valor en sus periódicas visitas a su
casa de la calle Shiba-sakuragawa, Toyoko superaba inocentemente día a día los
continuos bombardeos de la señora Kawashima. De todos modos, de vez en cuando,
Toyoko no podía evitar pensar que el amor exigía demasiado sacrificio y se prometió
a sí misma que nunca se enamoraría de nuevo. La pobre muchacha era utilizada por
la señora Kawashima como válvula de escape de su enojo, mientras que para los
sirvientes constituía el blanco de unas burlas que amenizaban la larga jornada de
trabajo. Toyoko, con un autodominio y una paciencia que jamás había desplegado
antes, esperó el regreso sin fecha de su amado.
La llegada de Toyoko produjo nuevas angustias en el corazón de la señora
Kawashima. Igual que dice un proverbio: «La salud no es conocida hasta que es
perdida», la baronesa se dio cuenta de que su antigua nuera era una persona sabia y
con muchas cualidades. Toyoko no le llegaba a Namiko ni a la suela del zapato. A la
señora Kawashima no la satisfacía nada de lo que Toyoko hiciera, así que se quedó
enormemente decepcionada. A menudo recordaba sin querer a Namiko, a quien había
tratado mal con sus reproches e injurias. Namiko era modesta, diligente, elegante en

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sus movimientos. Aunque no resultaba físicamente espléndida a primera vista, la
virtud de Namiko era digna de elogio y se mostraba capaz de adivinar los deseos de
la señora Kawashima a pesar de su inexperiencia en las tareas domésticas. No
obstante, la señora Kawashima se había aprovechado de la bondad de Namiko y
nunca había alabado sus cualidades, aunque reconociera por dentro lo solícita y
sensata que era a pesar de su juventud. Ahora que tenía a Toyoko delante, la
diferencia entre las dos muchachas era más que evidente y, por mucho que lo
intentara, la señora Kawashima no podía dejar de pensar en la persona a la que debía
olvidar. De modo que cada vez que se encontraba con un desperfecto ocasionado por
la torpeza de Toyoko, que siempre mostraba una expresión soñolienta, la señora
Kawashima experimentaba la sensación de tener a Namiko a su lado, pálida, con su
brillante pelo negro, llena de gracia y elegancia, como si le estuviera hablando a su
suegra al tiempo que le dirigía su inteligente mirada: «¿Cómo se encuentra, señora?»;
y la señora Kawashima se estremecía. «¡La culpa de todo es de Namiko por haber
caído enferma!». Así, trataba de justificarse a sí misma por su propia crueldad, pero
no podía contener un sentimiento extraño que invadía su corazón, y no era otro que el
remordimiento que ella misma no quería reconocer. Al final, conjuraba este
sentimiento incómodo gritándole a Toyoko.
Mientras cenaban en Hiroshima, cuando Yamaki sondeaba discretamente a través
de Tazaki la posibilidad de hacer de su hija la segunda esposa de Takeo, la relación
entre la señora Kawashima y Toyoko se encontraba en un punto más crítico que el
conflicto entre Japón y China del anterior mes de junio. «¿Se la devuelvo a su
familia?», pensaba una; «¿Me largo de aquí?», se preguntaba la otra. Apenas
soportaban vivir juntas bajo el mismo techo.

Capítulo III

El canto de los pájaros junto a la cabecera de su cama despertó a Takeo. Abrió los
ojos. Desde la cama, alargó el brazo y descorrió la cortina; entonces, a través de la
ventana entraron los brillantes rayos del sol matinal que se elevaba por encima de las
montañas. La niebla las cubría con su manto blanco pero el despejado cielo otoñal ya
lucía su color azul, proporcionando un magnífico fondo a las ramas de un cerezo que
crecía junto a la ventana y lucía sus hojas rojas como teñidas de carmesí. Tres pájaros
revoloteaban trinando de rama en rama. De repente todos se detuvieron a la vez y se
volvieron hacia la ventana. Entonces, su mirada y la de Takeo, recostado en la cama
del hospital, se encontraron. Cuando los pájaros, asustados, se alejaron volando, una
hoja amarilla del cerezo cayó lentamente dando vueltas en el aire.
Takeo, al darse cuenta de que los pájaros eran los duendes de la mañana que lo
habían despertado, sonrió. Luego, se tumbó de nuevo y arrugó las cejas como si
hubiera sentido un dolor. Se acomodó en silencio y cerró los ojos.

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La mañana era tranquila y no había ni un solo ruido que lo molestara. Desde lejos
llegó el quiquiriquí de un gallo y la canción de un barquero.
Takeo abrió los ojos y sonrió. Luego los cerró de nuevo sumergiéndose en sus
pensamientos.
Había transcurrido más de un mes desde que había caído herido en el mar
Amarillo y había sido trasladado a este hospital de Sasebo. En aquel momento de la
batalla, fue golpeado por una pieza de obús que había explotado justo en el centro de
la batería. A pesar de haber perdido el conocimiento por el intenso dolor,
afortunadamente la herida en dos partes de las piernas no había afectado al hueso y
solo había sufrido algunas quemaduras. Muchos de sus compañeros habían muerto, y
en cuanto al capitán de su división, no pudieron recuperar ni siquiera el cuerpo. Entre
los pocos artilleros que se habían salvado, Takeo casualmente fue uno de los
supervivientes y fue evacuado de inmediato al hospital. Durante los primeros días de
su llegada al centro, había padecido delirios debido a la fiebre alta. Alguna vez llegó
a alarmar al equipo médico cuando blandía sus brazos frenéticamente y llamaba a
gritos al capitán. Pero para un joven de tanta vitalidad, por suerte, las heridas no
resultaron demasiado graves, y pronto experimentó una rápida mejoría, también
ayudada por el favorable clima del otoño que le bajaba la fiebre y evitaba la
supuración de las heridas. Al cabo de un mes, aunque sentía leves dolores, intentaba
escaparse de la habitación llena a olor de fenol para respirar el aire puro del jardín,
por lo que recibía las regañinas del médico, quien consideraba que el paciente tenía
excesiva prisa en recuperarse. Takeo esperaba con impaciencia que le dieran el alta
para volver de inmediato al frente.
Ironías del destino. Takeo salvó la vida que tanto había despreciado en un
momento de desesperación. Con la remisión de la fiebre y el alivio del dolor,
recuperó el apetito y renació su amor por la vida; pero también volvieron a su mente
los recuerdos tristes. Las cigarras mudan la piel y la dejan atrás como si se
despidieran sin apego de su pasado, pero los humanos nunca se libran de la memoria.
El fragor del combate y la fiebre delirante parecían haber borrado esa memoria. Sin
embargo, a medida que recuperaba la fuerza física y la calma mental, reapareció un
sentimiento angustioso en el fondo del corazón de Takeo.
Igual que una enfermedad crea defensas en el cuerpo humano, la terrible crisis al
borde de la muerte que Takeo había experimentado avivó el dolor de ese recuerdo. El
duro golpe y los extraordinarios acontecimientos que habían entristecido y oscurecido
su vida en los últimos meses mantuvieron el corazón del joven en un estado de
tensión continua. Ahora la tempestad había pasado, pero los daños causados por ella
habían tomado la forma de un dolor salvaje que anidaba en su corazón. Takeo ya no
albergaba rencor alguno contra su madre. Conservaba el recuerdo de Namiko en su
alma y cada vez que se sumergía en sus pensamientos, sentía una dulce tristeza, como
si escuchara una canción melancólica que suena a lo lejos a campo abierto.
En esas circunstancias Tazaki vino a visitarlo. A través de él, Takeo tuvo noticias

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de su madre y le preguntó por Namiko. (Tazaki, temeroso de que Takeo se enfadara,
ocultó la presencia de la hija de Yamaki en casa de los Kawashima). Las vagas
noticias sobre Namiko fueron suficientes para que Takeo llorara amargamente.
Incluso después de que Tazaki se hubiera ido, la imagen de la muchacha enferma, que
se encontraba de nuevo en Zushi, donde soplaba el viento del otoño en el pinar,
aparecía alternativamente en sus sueños junto a la horrible escena de la batalla del
mar Amarillo.
Varios días después del regreso de Tazaki, le entregaron un paquete en mano.
Esa mañana, Takeo recordaba aquel día en el que recibió un envío inesperado.
Había ocurrido hacía una semana.
Takeo acababa de arrojar el periódico del que había leído hasta la última línea.
Dirigió la mirada hacia la ventana bostezando. Su compañero de habitación había
sido dado de alta el día anterior, así que Takeo se encontraba solo. Era la caída de la
tarde y en la habitación comenzaba a oscurecer mientras fuera la lluvia caía
torrencialmente. En la habitación vecina, el paciente estaba recibiendo tratamiento y
el sonido sordo e incesante del aparato acompañaba las gotas de lluvia, haciendo
sentir aún más la soledad en el ambiente. Sin prestar mucha atención a ese sonido,
Takeo dirigió la mirada hacia la ventana. El agua corría por el cristal haciendo casi
invisible el jardín mojado. Se quedó un instante viendo el panorama y de repente se
cubrió la cabeza con la sábana.
Unos cinco minutos más tarde oyó que alguien entraba en la habitación.
—Ha llegado un paquete, señor… ¿Está dormido?
Takeo asomó la cabeza y vio que un auxiliar se acercaba a su cama sosteniendo
un bulto que parecía pesado.
«¿Un paquete para mí? Si acaba de estar Tazaki. ¿Quién y qué cosa me enviará?».
Le extrañó y preguntó:
—¿Para mí? ¿De dónde viene?
El auxiliar pronunció el nombre del remitente, que Takeo jamás había oído.
—¿No te importa abrírmelo, por favor?
El paquete estaba protegido por tres envoltorios: el externo, de papel celofán,
envolvía el bulto para protegerlo de la humedad; el segundo era un envoltorio de
varias capas de papel de periódico, y el último era un envoltorio de papel de seda de
color púrpura. Contenía un quimono de franela, otro de seda de tacto muy suave, un
cinturón blanco de crespón, un par de calcetines de lana, ropa interior con mangas
amplias para facilitar al enfermo cambiarse y un cojín de puro algodón para evitar
ulceraciones. Debajo de todo este envío, había una caja. Al destaparla, Takeo vio que
estaba llena de su dulce favorito y de plátanos. Su corazón empezó a latir
súbitamente.
—¿No hay ninguna carta?
El auxiliar lo comprobó una y otra vez pero no pudo encontrar ni una nota ni un
mensaje.

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—Déjame ese papel celofán.
Cuando Takeo vio la letra con la que estaba escrito su nombre como destinatario,
sintió que se le desgarraba el corazón. Reconoció la caligrafía.
«¡Es de ella! ¡Es de ella! Si no es de ella, ¿de quién puede ser?». Takeo pudo
imaginarse vivamente las lágrimas que corrían por el rostro de Namiko a través de
cada puntada de la costura de las ropas que tenía ante sus ojos. Advirtió el temblor de
la mano de la enferma en la letra.
Tan pronto como se quedó solo, Takeo rompió a llorar con toda el alma.

La fuente del amor, que nunca se había secado, volvió a manar ahora
impetuosamente. Durante el día Takeo se hundía en sus pensamientos sobre Namiko
y durante la noche soñaba con ella.
Sin embargo, la realidad no le permitía tanta libertad para recuperar su felicidad
como en sus sueños. Takeo estaba convencido de que su relación con Namiko estaba
prácticamente terminada. Las leyes y convenciones sociales habían levantado una
barrera infranqueable entre la realidad y sus deseos. Fueran como fueran las normas
establecidas, sin ninguna duda Namiko seguiría siendo para él su mujer eternamente.
Sin embargo, su madre había disuelto el matrimonio en nombre de él y el padre de
Namiko lo había ratificado en nombre de su hija. Judicialmente y socialmente la
relación matrimonial entre ellos había concluido. Takeo se preguntaba una y otra vez:
«Cuando me recupere, ¿iré alguna vez a Tokio? ¿Veré a mi madre, visitaré a Nami
para confesarle mi deseo y volveré a recibirla como mi esposa?». No obstante, por
mucho que se preguntara, Takeo no podía engañarse a sí mismo, pues sabía muy bien
cómo eran las conveniencias sociales que se lo imposibilitaban. También sabía que
cualquier intento de forzar la situación podría empeorar aún más la relación con su
madre. Ya había experimentado de manera más que suficiente el sufrimiento amargo
de enfrentarse a la baronesa.
La insoportable idea de no tener la libertad de amar a quien quería angustiaba a
Takeo, pero no encontraba ninguna salida. Pasaba día tras día sintiendo como su
impotencia iba en aumento; buscaba un escaso consuelo en la única idea de que
Namiko era su esposa en este mundo y de que también lo sería en el más allá.
Tales eran los pensamientos que ocupaban la mente de Takeo recién despierto esa
mañana tranquila de otoño.
Ese día el médico pasó a verlo a la hora habitual. Cuando se fue, satisfecho de la
evolución favorable de su paciente, a quien ya le faltaba muy poco para su completa
recuperación, Takeo recibió una carta de su madre. En ella comentaba que las noticias
de Tazaki la habían tranquilizado algo y que esperaba su regreso a casa tan pronto
como el médico le diera permiso. «¡Tiene algo muy importante de que hablarme! ¿No
se tratará de lo que me temo?». Y se inquietó.
Ante esa sospecha, Takeo acabó por decidir no ir a Tokio.
A principios de noviembre, nada más enterarse de la noticia de que un compañero

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que había resultado herido también en el mar Amarillo regresaba al frente en el
Matsushima, que ya estaba reparado, Takeo le suplicó el alta a su médico y se
embarcó en un buque mercante con destino a Dalian para sumarse a sus compañeros
en el Matsushima, anclado en esa misma bahía.
El día anterior a su partida para Dalian, Takeo envió dos cartas. Una de ellas iba
destinada a su madre.

Capítulo IV

A principios de septiembre, cuando el viento de otoño comenzó a soplar, los


veraneantes se fueron y solo se quedaron en Zushi algunos convalecientes. Desde
entonces, a lo largo de dos meses, los días de suave temperatura, se veía a una joven
que caminaba por la playa de Zushi en compañía de una mujer de unos cincuenta
años.
La figura muy esbelta y débil de la muchacha proyectaba una sombra alargada
sobre la arena. Los pescadores y los visitantes enfermos, ya acostumbrados a verla, la
saludaban con un gesto de la cabeza. Todos conocían a grandes rasgos su triste
historia.
Era Namiko.
Su vida sin ilusiones se alargaba sin sentido y otro año más llegó a vivir el otoño.

Aquel día de comienzos de junio había regresado a Tokio acompañada de su tía y se


había enterado de la inesperada noticia. Desde el día siguiente, su estado empeoró
muy deprisa y sufría con frecuencia graves hemorragias. El médico se desesperó, su
familia se alarmó, y Namiko esperó una muerte inmediata. Su vida se mantuvo a
duras penas pendiente de un hilo. Deseaba la muerte con placer. La idea de la muerte,
en efecto, le supuso una especie de alivio. Después de haberse precipitado en la
oscuridad de lo más hondo de un abismo, no encontraba sentido ni importancia en
seguir viviendo. No había resquicio en su mente para el rencor ni el amor. Solo la
oscuridad que la envolvía la estremecía y se sentía ansiosa por acabar con la crueldad
de la enfermedad y de su destino. En consecuencia, la muerte era la única forma de
librarse de aquella angustia. Mientras su cuerpo enfermo yacía sufriente en la cama,
su espíritu ya vagaba por un mundo ideal. Su alma anhelaba volar a través del espacio
inmenso, contemplando abajo el mundo por el que ya no sentía ningún tipo de apego,
a fin de llegar al lugar donde podría por fin dejar salir sus lágrimas a gusto, recostada
sobre el pecho de su adorada madre y desahogar así la pena.
Lastimosamente Namiko esperaba día tras día el último instante de su vida. El
tiempo pasaba en vano retardando la muerte. Al cabo de dos meses, sin embargo, su
estado mostró un ligero signo de mejoría. Sin amor a la vida y sin temor a la muerte,
Namiko se preguntaba para qué se medicaba y para qué trataba de prolongar su

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existencia sin sentido.
No obstante, en la densa oscuridad brillaba una estrella: el amor de su padre.
Noche y día el general Kataoka pasaba el mayor tiempo posible al lado de su hija; él
mismo le daba el medicamento con enorme afecto y cuidado, y había construido una
vivienda anexa para que pudiera recuperarse con absoluta tranquilidad. Hacía todo lo
posible por salvar a su hija fuera como fuera. Cuando Namiko oía los pasos de su
padre y veía que su rostro se iluminaba con una sonrisa al advertir una mejoría en
ella, no podía contener las lágrimas. Se arrepentía profundamente de haber invocado
a la muerte e intentaba responder a los desvelos de su padre. Además, nació otra
fuerza secreta en Namiko para seguir adelante. La fe en el amor de su marido, una fe
que no se había tambaleado ni siquiera por los acontecimientos pasados. Sabía que la
decisión de divorciarse no había sido de él. Cuando recibió vagas noticias sobre
Takeo, reafirmó su certeza y sintió un leve alivio. Aunque no podía engañarse a sí
misma acerca de la posibilidad de restablecer el matrimonio por mucho que
recuperara la salud, trataba de consolarse sabiendo que el lazo de sus almas seguía
anudado y que nada podía romperlo.
El amor del padre por Namiko y la esperanza por saber de Takeo, unidos a la
ayuda denodada de un buen médico, sostuvieron la vida de la joven, que se iba
apagando. A principios de septiembre, Namiko ya se encontraba con fuerzas
suficientes para regresar a la villa de Zushi en compañía de Iku y de la enfermera.

El clima y el ambiente tranquilo de la playa favorecían la convalecencia y el espíritu


de Namiko también se serenó un poco. Una tarde, después de tomar el baño, se sentó
en una poltrona y se quedó escuchando el sonido de las olas en la lejanía y el canto de
los pájaros. Tuvo la sensación entonces de volver a la pasada primavera y de que de
un momento a otro llegaría Takeo de regreso de Yokosuka.
La vida en la villa de Zushi no difería en nada de la de abril y mayo. Namiko se
entretenía igualmente componiendo versos y arreglos florales. Las visitas no cesaban.
Aparte de que su médico acudía desde Tokio un par de veces a la semana, su tía, la
señora Kato, y su prima Chizuko iban a menudo a ver a Namiko, y a veces también la
visitaba su madrastra, la señora Kataoka. Los hermanos pequeños echaban mucho de
menos a su hermana mayor y a menudo le insistían a la señora Kataoka en que los
llevara a verla. Sin embargo, la señora Kataoka nunca los permitió acercarse a su
hermana por temor al contagio, y también por el motivo secreto de que sus hijos no se
encariñaran demasiado con la enferma. Namiko recibía también cartas de sus
antiguas compañeras de la escuela, quienes se habían enterado de la noticia, pero
lamentablemente no encontraba consuelo en aquellas bonitas líneas y acababa por
dejar de leerlas. La única amiga verdadera y que traía alguna noticia de Takeo era
Chizuko, que sabía mejor que nadie cómo satisfacer a la enferma. Así que Namiko
esperaba con impaciencia la llegada de su prima.
Poco a poco la existencia de los Kawashima se iba alejando de la mente de

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Namiko. A pesar de que la imagen de Takeo permanecía en su pensamiento, intentaba
por todos los medios posibles no recordar a la señora Kawashima, porque sus
recuerdos le producían un sentimiento de hostilidad incontrolable y se espantaba al
darse cuenta de lo mucho que podía llegar a odiar a su exsuegra. No obstante, cuando
se enteró de que la hija de Yamaki había entrado en casa de los Kawashima, Namiko
se sintió violentamente agitada. A duras penas pudo soportar la noticia y trató de
convencerse de que ese hecho se había producido sin conocimiento de Takeo; se
concentró en pensar únicamente en él de una manera ciega a fin de librarse del temor
que le causaba la noticia.
Los dos seres más queridos del mundo para Namiko, su padre y Takeo, estaban en
la guerra. Poco después de que Namiko se hubiera trasladado a Zushi, el general
Kataoka se integró al Cuartel Supremo en Hiroshima y a continuación se dirigió a la
península de Liaodong, un lugar aún más alejado. Namiko habría deseado despedirse
de su padre en Tokio, pero el general Kataoka había preferido que guardara reposo
para que lo recibiera completamente recuperada el día en que él regresara. Sobre
Takeo le habían comentado que se había ido al frente inmediatamente tras el divorcio
y que servía en el buque insignia de la flota aliada. «¿Cómo estarían en el campo de
batalla bajo la lluvia y el viento de otoño?». Día y noche, la mente de la joven volaba
hacia las lejanas tierras y el mar, y leía el periódico con ansia de saber lo que
acontecía, sin dejar de rezar ni un día por la victoria del país y por el feliz regreso de
su padre y de Takeo.
A finales de septiembre llegaron noticias de la batalla del mar Amarillo y, unos
días después, Namiko encontró el nombre de Takeo en la lista de los heridos. Esa
noche no durmió. Afortunadamente se enteró a través de la señora Kato, que se había
informado por todos los medios para poder calmar la angustia de su sobrina, de que la
herida no ponía en peligro la vida de Takeo y de que estaba ingresado en el hospital
militar de Sasebo. Pero Namiko sufrió una nueva amargura ante la impotencia de no
poder cuidar de él, puesto que ahora ya no era su esposa. A pesar de lo unidos que
estaban espiritualmente ambos, una enferma en el este y un herido en el oeste no
tenían manera de poder comunicarse abiertamente. Namiko dudó incluso en enviarle
una sola carta. Tras varios días de darle vueltas a esta decisión, se le ocurrió una idea.
Decidió preparar una serie de obsequios con el deseo de que le sirvieran al herido y,
reuniendo todas las fuerzas físicas que tenía, se puso a coser varias prendas con la
ayuda de Iku, y bajo un nombre ficticio se las envió a Sasebo junto con los dulces y
frutas favoritos de Takeo. Deseaba desesperadamente que su amor rebosante le
llegara a través del paquete, aunque solo simbolizara una milésima parte de su amor.
Pasaron dos semanas. A mediados de noviembre, Namiko recibió una carta que
llevaba un matasellos de correos de Sasebo. La enferma la apretó fuerte contra su
pecho y sollozó.

Su hermana Koma y su prima Chizuko habían pasado varios días en Zushi y

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acababan de regresar a Tokio aquella mañana. Tras pasar unos días alegres, la casa
parecía aún más triste. Namiko estaba sentada sola enfrente de la foto de su madre.
Ese día, diecinueve de noviembre, era el aniversario de su muerte. Sin tener que
temer a nadie, Namiko había colgado la foto de su madre en la pared y la había
decorado con crisantemos blancos en plena floración que Chizuko le había traído de
Tokio. Pasó la tarde tomando té y escuchando los recuerdos de su madre que Iku le
contaba. Cuando Iku y la enfermera se retiraron, la joven se quedó a solas sumida en
el pasado.
Diez años habían transcurrido desde que Namiko se hubiera despedido de su
madre. Durante todo ese espacio de tiempo no había pasado ni un solo día sin
recordarla. Sin embargo, esos últimos días pensaba en ella más que nunca. Su querido
padre se encontraba en una península lejana, Liaodong, y su madrastra, aun estando
en Tokio, mantenía su actitud de siempre y llegaban a oídos de Namiko
desagradables comentarios hechos por la señora Kataoka. Repetidas veces pensó que
si su madre hubiera estado con vida, podría aliviarla de la pesada carga que oprimía
su débil cuerpo. Ante su foto, al preguntarle mentalmente a su madre por qué se había
ido abandonándola, se le caían las lágrimas y el rostro de la foto se le volvía
brumoso.
Entonces acudió un recuerdo a su mente. Parecía que hubiera sido ayer pero ya
habían pasado diez años. Era un día de primavera del año en el que murió su madre;
Namiko tenía siete años y su hermana cuatro. Aquella hermana pequeña que todavía
balbuceaba, hoy se había convertido en una muchacha. Ambas llevaban un quimono
con estampado de flores de cerezo. Contentas por las alabanzas de su padre, que las
había encontrado muy guapas, subieron a un coche de caballos para ir al estudio del
fotógrafo Suzuki de la calle Kudan. Su madre iba sentada en medio de las dos niñas.
La fotografía que Namiko tenía delante en ese momento había sido tomada aquel día.
Al cabo de diez años, la madre se había convertido en una imagen y la hija…
Intentó no pensar más, pero en ese momento tan triste, Namiko fue incapaz de
controlar sus pensamientos. Una joven sin alegría ni esperanza se hundía en una nube
negra que la envolvía, produciéndole la sensación de que esa habitación en la que se
encontraba se transformaba en una prisión donde no penetraba ni un rayo de sol.
El reloj dio las dos y su sonido resonó por toda la casa. Namiko se sacudió sus
negros pensamientos y fue a la habitación contigua como si huyera de sus males. Ahí
no había nadie y detrás de la puerta se oía conversar a Iku y a la enfermera. Namiko
se detuvo un instante y escuchó distraída la conversación. Luego, salió al jardín y lo
cruzó hasta salir a la playa.
El cielo estaba cubierto de nubes espesas y el mar, oscuro pero en calma. No
corría ni un soplo de aire y las hojas de los árboles permanecían inmóviles. La
superficie del mar estaba infinitamente lisa sin sombra de un solo barco.
Namiko siguió adelante. No había ni pescadores ni gente paseando. Solo se
encontró con una niña de unos diez años que llevaba un bebé a su espalda. La

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chiquilla cantaba felizmente mientras recogía caracolas. Su mirada advirtió la
presencia de Namiko y levantó la cabeza sonriendo. Namiko le devolvió una sonrisa
forzada. De nuevo sumergida en sus pensamientos, la enferma siguió caminando con
la vista gacha.
De pronto se detuvo. Había llegado a un lugar donde la arena de la playa
terminaba y comenzaba un sendero rocoso. Siguiendo ese sendero podía llegar al
templo de Fudo; el camino que había hecho apoyada en los brazos de Takeo la pasada
primavera.
Siguió adelante.

Cuando llegó debajo de Fudo, Namiko quitó la arena de una roca y se sentó en ella;
era la misma roca en la que había estado con Takeo. Aquel día el cielo lucía su color
azul sin una sombra de nubes y el mar brillaba como un espejo. Ahora, en cambio,
nubes amenazantes cubrían el cielo y un agua abundante llegaba a los pies del
acantilado donde se había sentado. La superficie del mar era infinitamente negra sin
que ni la vela blanca de un barco rompiera su monotonía.
Namiko sacó de la escotadura del quimono una carta. En ella había tan solo tres
líneas escritas con letra ruda, pero para Namiko resultaban más conmovedoras que
millones de palabras de amor. «No pasa ni un día sin que piense en ti». Cada vez que
la enferma leía esta frase, sentía con toda el alma que su corazón se desgarraba.
«¿Por qué el mundo es tan cruel?», se preguntó. «Lo amo, amo tanto a Takeo que
casi me muero de angustia antes que de enfermedad. Y él también me ama. Entonces,
¿por qué se acabó nuestra relación? Todo su corazón, más rojo que la sangre, está
vertido en esta carta. Esta primavera juramos los dos sobre esta roca vivir juntos
miles de años. El mar lo sabe. La roca fue testigo. Entonces, ¿por qué nos han
separado? Takeo, mi alegría y mi alma… aquí, en primavera, sobre esta roca
juramos…».
Namiko abrió los ojos. Estaba sola. El mar se extendía en silencio ante ella y
detrás se oía débilmente el sonido de la cascada del templo. Namiko se cubrió el
rostro con las manos y sollozó. Las lágrimas corrieron entre sus dedos ya sumamente
delgados y cayeron gota a gota sobre la roca.
Namiko estaba aturdida. Los recuerdos acudieron a su mente a toda velocidad y
se fragmentaron como en un caleidoscopio. Recordó el día que había estado con su
marido en ese mismo lugar, el día que tuvo la primera hemorragia, los días en Ikaho,
el día de la boda, el día que regresó a casa de sus padres en compañía de su tía, el día
lejano en que se despidió de su madre, el rostro de su madre, el rostro de su padre, de
la madrastra, de la hermana, varios semblantes se cruzaron por la mente de Namiko
como un relámpago. Y sus pensamientos se dirigieron a una compañera de escuela,
de quien Chizuko le había hablado el día anterior. Ella era dos años mayor que
Namiko. Se había casado con un conocido conde que había regresado después de
haber vivido en el extranjero. Sus suegros la adoraban, pero nunca consiguió el amor

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de su propio marido a pesar de tener un hijo en común. Tras las infidelidades del
marido, se habían divorciado en primavera y ella había muerto hacía poco tiempo. Se
puso enferma y murió a causa del desamor de su marido; y Namiko lloraba ahora por
haberse separado de su amado esposo. Cada uno tiene su propio destino, pero la vida
era igual de triste y hacía llorar del mismo modo tanto a Namiko como a su antigua
compañera. La mirada perdida de Namiko vagaba por la superficie del mar, que se
iba oscureciendo más y más. La enferma suspiró profundamente.
Sus pensamientos se volvieron siniestros; sentía que ya no había lugar para ella
sobre la tierra. Nacida en una familia rica, sin embargo, con tan solo siete años de
edad había perdido a su adorada madre y pasado diez años oprimida bajo la tiranía de
su madrastra. Antes de caer enferma, apenas había iluminado su corazón con la
ilusión de haber encontrado un poco de felicidad junto a Takeo, pero las
consecuencias de la enfermedad habían causado la terrible sentencia de la separación,
condenándola el resto de su vida. A pesar de la existencia de su queridísimo Takeo,
no podría llamarlo marido nunca más, no podría ser su compañera de vida nunca más.
«¿Por qué habré venido al mundo si me esperaba un destino tan desgraciado? ¿Por
qué no dejé el mundo junto a mi madre? ¿Para qué me casé? ¿Por qué no morí en
brazos de mi marido cuando tuve el primer ataque? ¿Por qué no me desvanecí y me
morí en el momento en que me enteré de la separación? ¿Qué valor puede tener mi
vida con una enfermedad incurable en mi cuerpo y un amor imposible en mi corazón?
¿Para qué sigo viviendo? Aunque me curase, no podría soportar vivir sin él…
prefiero morir… morir. ¡Sí, me moriré! ¿Qué ilusión me queda?».
Sin secarse las lágrimas que se le caían sin parar, Namiko fijó la vista en la
superficie del agua.
Unas nubes negras surgían en dirección de las islas de Izu Oshima. Un lejano
trueno retumbó en el cielo con un sonido patético, mientras las olas se alzaban con
furia. Sopló una ráfaga de viento y una montaña de espuma blanca de las olas se
acercó y golpeó violentamente contra el acantilado a los pies de Namiko. Toda la
superficie del inmenso mar se agitaba con locura, lanzando incesantemente altas olas
hacia la tierra.
Sin protegerse de la tromba de agua que caía como lluvia, Namiko siguió mirando
atentamente la superficie del agua. Ahí abajo estaba la muerte. La muerte podía
liberar a Namiko de todas las penas. «Sería más bello convertirme en un alma pura y
volar al lado de mi marido que seguir sufriendo por mi enfermedad. Mi marido está
otra vez en el mar Amarillo. Aunque está lejos, esta agua llega hasta allí. Entonces,
¿por qué no me uno a la espuma para que el agua lleve mi alma a su lado?».
Namiko guardó con fuerza la carta de Takeo en la escotadura del quimono, se
recogió el cabello de las sienes que flotaba al viento y se levantó.
Su delgado cuerpo se tambaleaba por el fuerte viento. Arriba las nubes volaban,
cambiando rápidamente de forma, y el mar estaba completamente blanco. Las olas
bailaban enloquecidas. Los pinos se balanceaban vigorosamente en el monte

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Sakurayama, en el lado opuesto del golfo, emitiendo un chillido infernal. El viento
bramaba, el mar se enfurecía y la montaña producía un ruido sordo. El fragor de la
naturaleza llenaba la tierra.
«¡Ahora! ¡Ahora es el momento de cortar el hilo de mi vida! Ayúdeme, madre.
Perdóneme, padre. Mi corta vida de dieciocho años se acaba ahora…».
Namiko se arregló el escote, se quitó las sandalias y avanzó hacia el borde del
acantilado para arrojarse a la espuma blanca que golpeaba contra las rocas.
En este momento se oyó un grito a su espalda y Namiko fue detenida súbitamente
por los brazos de alguien.

Capítulo V

—Iku, prepara un té porque la señora está a punto de llegar.


Namiko se volvió hacia Iku, que estaba poniendo en orden la sala de estar. La
sirvienta le respondió:
—Qué señora más amable, ¿verdad? Me han dicho que es cristiana.
—Sí. Eso es lo que dicen.
—Nunca hubiera pensado que una mujer tan distinguida pudiera ser cristiana. Y,
además, lleva el pelo muy corto.
—Bueno, ¿y qué tiene que ver?
—Las viudas cristianas no se cortan el pelo. Se arreglan aún más para encontrar
un nuevo marido.
—Pero ¿de dónde has sacado semejante cosa? —preguntó Namiko riendo.
—No se ría, señorita, que lo digo en serio. Incluso las jovencitas instruidas en la
religión cristiana son soberbias. Había una niña muy obediente en la casa vecina a la
de un familiar mío, pero el carácter de la cría cambió por completo al entrar en la
escuela misionera. No le importaba en absoluto que su madre necesitara su ayuda y
todos los domingos se iba tranquilamente a la iglesia. También llegó a criticar a su
propia madre por su carácter obstinado y porque su casa no estaba tan limpia como la
escuela. Sin embargo, después de muchos estudios, no sabía escribir ni un recibo en
condiciones, por no hablar de hacer las tareas domésticas. Sus padres comenzaron a
arrepentirse de haberla enviado a esa escuela. Además, era tan orgullosa que llegó a
decir que no se casaría con un hombre que ganara menos de doscientos cincuenta
yenes al mes. Me dejó atónita. Con lo cariñosa y buena que era antes. Creo que la
religión la influyó mucho.
—Bueno —comentó Namiko con una sonrisa—, eso suena muy grave. Pero cada
religión tiene dos lados, la virtud y el defecto. Hay que escuchar ambas partes antes
de juzgar. ¿No crees, Iku?
Iku, no muy convencida, inclinó la cabeza pensativa y, mirando fijamente a su
joven ama, dijo:

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—Pero usted no entre en esa religión.
Namiko sonrió.
—¿Quieres decir que no hable con ella?
—¡Ojalá todos los cristianos sean como ella! Pero a mí no me…
Iku se calló de repente. Hablando del rey de Roma, por la puerta asoma. Había
visto aproximarse a través del shoji la sombra de la visita.
Una voz melodiosa se disculpó:
—Perdón por haber entrado por el jardín.
Cuando Iku corrió la puerta, ahí estaba de pie una mujer de estatura pequeña y de
unos cincuenta años. Iba vestida de negro, tenía el pelo canoso y corto y aparentaba
tener más edad. Su delgadez le añadía un aspecto demacrado pero sus ojos brillaban
con la luz de la bondad y una sonrisa se le dibujaba en los labios.
Era la mujer cristiana de la que Namiko e Iku habían estado hablando. Había sido
ella la persona que providencialmente había agarrado por la espalda a Namiko
cuando iba a arrojarse por el acantilado de Fudo. De eso hacía ya una semana.
Aquella mujer jamás había intentado atraer la atención de la sociedad y, de hecho,
su nombre era poco conocido. Sin embargo, todas las personas que habían mantenido
contacto con ella, aunque hubiera sido por muy corto espacio de tiempo, habían
sentido su cálida e inolvidable grandeza. Se llamaba Kiyoko Ogawa, vivía en el
distrito de Meguro en Tokio donde, como la madre de una gran familia, dirigía con
entusiasmo un orfanato que asistía a criaturas abandonadas. Desde finales del mes
anterior estaba en Zushi para recuperarse de una pleuritis. Aquel día se encontraba
casualmente en Fudo, salvó a Namiko y se la entregó a Iku, que andaba presa del
pánico en busca de su ama. Así surgió una amistad espontánea entre la señora Ogawa
y Namiko.

Iku trajo un té y estaba a punto de abandonar la sala cuando escuchó a Namiko decir:
—¿Así que se va usted mañana?
Iku sorprendida dijo:
—¿Mañana? ¡Oh, no puede ser! Ahora que acabamos de conocernos.
La señora Ogawa le dirigió a Namiko una mirada de afecto y cariño.
—Me gustaría quedarme aquí un poco más. Así tendríamos más ocasiones de
conversar, sobre todo, me encantaría verla más recuperada, pero… —La señora
Ogawa sacó de su bolso un libro pequeño—. Es una Biblia. Me atrevo a asegurar que
no la conoces.
En efecto, Namiko no había leído nunca la Biblia. Su madrastra, durante su
estancia en Inglaterra, se había hecho cristiana, por así decirlo, pero había
abandonado en su residencia en Londres la fe y la Biblia junto con los zapatos viejos
y los papeles innecesarios.
—No, aún no la he leído.
Iku ya no tenía ganas de retirarse y miró el libro con atención. Estaba segura de

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que ese libro poseía sin duda cierto poder maligno.
La señora Ogawa continuó:
—Cuando se encuentre mejor y si le apetece, léala. Seguro que le servirá de algo.
Si tuviera tiempo, yo misma le habría explicado lo que he aprendido de ella… Pero
ya que hoy es mi último día, en cambio, le voy a contar cómo llegué a leerla por
primera vez. ¿No está cansada? No se fuerce por educación y acuéstese si se
encuentra más cómoda.
Namiko estaba escuchándola atentamente y le respondió:
—No, no estoy cansada. Continúe, por favor.
Iku llenó las tazas de té y salió de la sala.
Una tarde tranquila de otoño es incluso más silenciosa que la noche. Se oía a lo
lejos el sonido de las olas y la sombra de un pino que se veía a través del shoji
permanecía inmóvil. Los pájaros cantaban con claro sonido. A través de la ventana de
cristal que daba al este, se veía el cielo despejado y el monte Sakurayama relucía en
color dorado bajo los rayos de sol. La señora Ogawa se tomó el té, se frotó un
instante las rodillas y comenzó a hablar fijando la vista en Namiko:
—La vida parece larga pero pasa volando. Y a pesar de que se va en un suspiro,
mientras la vida dura ocurren muchos acontecimientos.
»Mi padre era un hatamoto[71] y poseía cierta fortuna. Tal vez conozcas una finca
cerca del puente de la calle Koishikawa que tiene plantados grandes almeces. Hace
muchos años que pertenece a otra familia, pero yo nací en esa casa. Cuando tenía
once años, mi madre murió. Mi padre se quedó tan decepcionado por esta pérdida que
no quiso tener una segunda esposa, así que tuve que encargarme de las tareas
domésticas siendo una niña. Varios años más tarde, mi hermano se casó y después yo
me casé también con un hatamoto llamado Ogawa. Yo tenía veinte años. Usted no
había nacido todavía.
»Yo también fui educada en las rigurosas enseñanzas tradicionales y no dudaba de
mi aguante hasta que conocí la vida real. Supe lo difícil que era adaptar la teoría a la
práctica. Estábamos en el periodo turbulento anterior a la Restauración de Meiji y mi
marido apenas paraba en casa, pero mis suegros y mis dos cuñadas sí, aunque más
tarde mis cuñadas se casaron y se fueron. Todo eso significaba que yo tenía cinco
dueños de la casa a quienes obedecer y servir. No puedo expresar lo duro que fue para
mí. Sobre todo por mi suegra, que tenía un temperamento muy difícil y, de hecho, la
anterior esposa de mi marido ni siquiera la aguantó medio año y se fue. Es feo hablar
mal de una persona difunta pero la verdad es que tenía un carácter violento y
dominante. A menudo yo lloraba a escondidas recordando a mi madre muerta porque
mis esfuerzos resultaban inútiles. Pero era aún peor cuando mi suegra me reñía
agriamente al notar por mis ojos enrojecidos que había llorado.
»Mientras tanto estalló la guerra civil, la guerra que iba a restaurar al emperador
en el trono. Toda la ciudad de Edo[72] estaba revuelta. Mi esposo, mi padre y mi
hermano eran todos partidarios del antiguo orden y se encontraban de voluntarios en

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Ueno[73]. Mi suegro estaba gravemente enfermo y yo estaba a punto de dar a luz a mi
primer hijo. No sabía lo que iba a ser de mí en esas circunstancias.
»Por fin, Ueno cayó. Mi esposo huyó hacia el norte refugiándose en Hakodate, mi
padre desapareció, mi hermano murió en combate y perdí incluso la comunicación
con su familia. A continuación, mi suegro también murió y yo tuve a mi hijo. Todo
eso sucedió en el transcurso de unos pocos meses. Y, además, después de la expulsión
de los sogunes nos retiraron la pensión y nos confiscaron la propiedad, así que
tuvimos que irnos mi suegra, un sirviente anciano y yo, con mi hijo recién nacido en
brazos, a buscar dónde vivir atravesando las montañas de Hakone. Parecía una
horrible pesadilla hasta que nos acomodamos en Shizuoka[74].
En ese momento, entró en la sala la enfermera. Le dio la medicina a Namiko,
saludó con una reverencia y se fue. La señora Ogawa cerró los ojos un instante, luego
miró a Namiko y reanudó su relato:
—La miserable situación de los fieles seguidores del sogunato Tokugawa que se
habían refugiado en Shizuoka era casi insostenible. Nuestro patrimonio e ingresos se
habían reducido de tal manera que incluso el conde Katsu[75] fue obligado a llevar
una vida retirada. Estábamos realmente apurados, pero mi suegra, acostumbrada al
lujo, no quiso reconocer la desesperada situación. Entonces, realicé un máximo
esfuerzo para mantener a la familia. Daba clases de escritura a los niños, de costura a
las jóvenes, además de hacer trabajos extra hasta muy tarde por las noches. Sin
embargo, mi suegra se comportaba con más violencia que nunca conmigo, como si yo
tuviera la culpa de todo lo que había ocurrido. Mi esposo estaba en prisión, yo seguía
sin saber nada de mi padre. En aquella época, mi existencia parecía tan miserable que
varias veces al día solía pensar en suicidarme. La pena y la pobreza me afectaron
tanto que parecía haber envejecido diez años en uno. Al cabo de un tiempo mi esposo
fue liberado y readmitido al Ejército. Era la primavera de 1872 cuando regresamos a
la capital, ya llamada Tokio. A partir de ese momento, comenzó una vida desahogada
para mí, pero el humor de mi suegra no mejoró y mi ansiedad por no tener noticias de
mi padre iba en aumento.
»En la primavera del año siguiente mi esposo fue enviado a Europa. Un día de
otoño en que llovía mucho fui a visitar a una amiga en Koishikawa, en el barrio
donde habíamos vivido antes, y al regresar, subí en un rikisha que habían alquilado
amablemente para mí. En el camino anocheció por completo. Caía una lluvia
torrencial acompañada de un fuerte viento. Mientras yo estaba sentada medio
encogida dentro del carruaje, el hombre tiraba lentamente del rikisha. Miré
distraídamente al hombre. Llevaba un sombrero de paja y un impermeable
arrugadísimo sobre el que resbalaban las gotas de agua. La débil luz del farolillo
iluminaba la calle tenuemente y a veces el hombre suspiraba hondo, como si su
trabajo le pesara. Al llegar al puente Suidobashi, el farolillo se apagó. El hombre se
detuvo y, muy educadamente, me pidió que le sacara una caja de cerillas que llevaba
guardada bajo el asiento donde yo estaba sentada. No pude entender muy bien sus

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palabras por el fuerte viento que soplaba pero su voz me sonó extrañamente familiar.
Cuando el hombre encendió una cerilla mirando hacia el carruaje, se le iluminó la
cara enfrente de mí. ¡Era mi padre!
Sin querer, la señora Ogawa se cubrió el rostro con las manos. A Namiko se le
cayeron las lágrimas. Desde la sala contigua llegó el sonido de un sollozo.

La señora Ogawa se secó los ojos y continuó:


—Parece mentira que no nos hubiéramos encontrado antes viviendo en la misma
ciudad pero, afortunadamente, por fin nos habíamos reunido. Lo acompañé a un
restaurante cercano para poder conversar con tranquilidad. Me contó que tras la caída
de Ueno había estado vagando por varios lugares ganándose la vida dando clases de
caligrafía. También me confesó que había enfermado una vez cayendo en la más pura
miseria. En aquellos tiempos vivía en el barrio de Komagome, en casa de un modesto
jardinero que había estado de servicio en nuestra propia casa años atrás. Y mi padre
se dedicaba a tirar del rikisha todos los días. Al escuchar todo eso, se apoderó de mí
la emoción mezclada con la sorpresa, la alegría y la tristeza, y apenas pude
pronunciar palabra. Esa noche mi padre trató de animarme y me despedí de él.
»Ya era muy tarde cuando llegué a casa. Mi suegra, que había estado
esperándome con impaciencia, me atacó con malicia. Incluso se atrevió a insinuar
algo que dañaba mi honor. Conteniendo con todas mis fuerzas mi indignación, le
expliqué el reencuentro con mi padre, pero ella, en vez de expresar compresión, me
humilló cruelmente. Mi paciencia con ella se acabó. Decidí irme de casa y reunirme
con mi padre. Esperé hasta que mi suegra se hubiera acostado y dormido
profundamente; hice los preparativos para irme en silencio y, por último, me puse en
la mesa al lado de donde dormía mi hijo para escribirle una nota de despedida a mi
suegra. Mi hijo tenía cinco años. De repente, me pareció que mi hijo se iba a
despertar. Permanecía con los ojos cerrados pero extendió el brazo hacia mí y
exclamó: «¡Madre, no se vaya!». Sin duda estaba soñando, porque lo había dejado
solo cuando había ido a Koishikawa ese día, pero me conmovió mucho y me quedé
mirándolo con atención. En su rostro vi la imagen de otra persona… la de su padre.
Se me cayó la pluma de la mano y rompí a llorar. No sé por qué pero en ese momento
recordé un relato sobre la nuera y la suegra que mi madre me contaba cuando yo era
pequeña para enseñarme la virtud del sacrificio. Y reflexioné pensando que solo con
mi paciencia todo podría salir bien. Así que renuncié a mi plan… Quizá la estoy
cansando, ¿verdad, señorita?
Namiko, que estaba escuchando impresionada, le respondió con los ojos llenos de
lágrimas que no. Entonces, la señora Ogawa continuó tras haberse tomado el té
caliente que Iku acababa de sustituir por el anterior que se había enfriado:
—Una vez que hube optado por quedarme en casa, tuve que pedirle perdón a mi
suegra. Así que no pude traer a mi padre a casa, pero tampoco pude ayudarlo mucho
económicamente como yo hubiera querido. Vendí en secreto algunos de mis objetos

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personales, pero no eran de gran valor y cuando ya había agotado todos los recursos,
tuve la suerte de ser elegida para enseñar a tocar el koto a la esposa de un embajador
europeo. Gracias a ella, que tenía gran interés en la cultura japonesa, me fue posible
ayudar a mi padre a salir de la pobreza. Mi alumna me trataba muy amablemente y
pronto nos hicimos amigas. Ella también estaba aprendiendo el japonés e intentaba
conversar conmigo. Con el transcurso del tiempo, llegamos a hablar de muchas cosas.
Un día me regaló un libro, el Evangelio de San Mateo, que acababa de ser traducido
al japonés, y que es el inicio de esta Biblia. Traté de leerlo pero me encontré con una
historia tan nueva y extraña que pronto perdí todo interés.
»En la primavera del año siguiente, mi suegra sufrió una parálisis cerebral. Su
enfermedad cambió su carácter radicalmente. A pesar de lo orgullosa y dominante
que había sido, mi compañía se convirtió en tan preciosa para ella que no paraba de
llamarme. Cuando yo miraba su rostro mientras dormía plácidamente durante la
tregua de los dolores, me arrepentía por haber albergado un sentimiento de rencor en
su contra. Con mucho gusto hubiese querido verla recuperada y sana como siempre
había sido, pero mis cuidados resultaron infructuosos a pesar de lo mucho que me
desviví por ella.
»Al poco de la muerte de mi suegra, mi esposo regresó de Europa y me permitió
traer a mi padre para que viviera con nosotros. No sé si por haberse liberado de la
tensión a la que lo tenían sometido sus extremas condiciones de vida, el caso es que
mi padre cayó enfermo repentinamente y murió en pocos días, como si se hubiera
quedado dormido. En el lecho de muerte, me dijo que nadie podría estar más feliz que
él, porque se había reencontrado con su hija, que lo trataba con mucho cariño,
después de haber creído que no volvería a verla jamás. En realidad no me dio tiempo
de hacer por mi padre ni una décima parte de todo lo que hubiera querido hacer. Aún
hoy, cada vez que me acuerdo de él, me gustaría que resucitara para poder darle todas
las alegrías posibles.
»Pasados unos años, mi esposo fue ascendiendo, mi hijo creció y yo me
encontraba más tranquila que nunca. Mi única preocupación en aquella época era el
alcoholismo de mi marido, aunque la mayoría de los militares también bebía mucho,
igual que hoy. Mis consejos no tuvieron ningún efecto en él, que se limitaba a sonreír
sin tomárselos en serio.
»Llegó el año 1877 y se produjo la Rebelión de Satsuma[76]. Mi esposo, que era
comandante, fue destinado al sur. Durante su ausencia, mi hijo enfermó de escarlatina
y lo cuidé día y noche sin despegarme de su cama. Fue la noche del día 18 de abril.
Mi hijo había mejorado un poco y dormía tranquilamente. Entonces, mandé a las
sirvientas a descansar y me senté al lado de la cama de mi hijo a coser para
entretenerme. Poco a poco me fue entrando un sueño ligero, pero de repente sentí que
alguien se acercaba a la cabecera de mi hijo y se sentaba. Abrí los ojos y vi a mi
esposo, pálido y con el uniforme manchado de sangre. Le grité: «¡Cariño!». Me
despertó mi propia voz pero no había nadie. La lámpara seguía iluminando

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débilmente la habitación y mi hijo permanecía dormido. Me entró un sudor frío y mi
corazón latió con fuerza agitado por un presentimiento siniestro.
»Al día siguiente mi hijo se puso muy grave y, sin tiempo de poder hacer nada,
murió al atardecer de ese mismo día. No podía creérmelo. Mientras lloraba de
desesperación abrazada al cadáver de mi hijo en medio de una total confusión, llegó
un telegrama que anunciaba la muerte de mi esposo en la batalla.
La señora Ogawa interrumpió su relato y Namiko retenía el aliento. Por unos
instantes la sala se quedó envuelta en un absoluto silencio.
La señora Ogawa volvió a hablar:
—A partir de entonces, mi vida se convirtió en una oscuridad tan densa que me
parecía como si la luz del sol y de la luna se hubieran apagado para siempre. De
hecho, sin ganas de vivir, al poco tiempo caí gravemente enferma. Después de tanto
sufrimiento, al quedarme sin nadie, preferí no curarme y morir. Sin embargo, por
suerte o por desgracia, fui mejorando poco a poco.
»Mejoré del mal pero no había nada que llenara el vacío de mi vida. Solo vivía
por vivir, sin ninguna ilusión. Mientras tanto, una amiga me recomendó que me
instalara con ella para que yo no estuviera sola, y decidí cerrar mi casa, donde
habitaban tristes recuerdos. Cuando empecé a empaquetar el mobiliario, encontré en
un armario aquel librito que me había regalado la dama europea. Lo abrí
mecánicamente sin la menor intención de leerlo, pero sentí que una de las frases que
entraron por mis ojos me conmovía. Le he dejado marcada esa frase en esta Biblia.
Así que, desde que me instalé en casa de mi amiga, a veces me ponía a leer el
Evangelio. Conforme avanzaba en la lectura, sentía como si escuchara trinar un
pájaro cuando me encontraba completamente perdida en el camino, o como si
penetrara un rayo de luz en la oscuridad. La dama europea ya había regresado a su
país para cuando sentí el deseo de que alguien me explicara en profundidad el
contenido del libro. Varios meses después me ofrecieron un puesto de asistente en un
centro educativo para niñas. Era una institución cristiana. Entre los profesores había
un amable matrimonio joven que me dedicó su tiempo para explicarme la religión
cristiana. Desde entonces he vivido en la nueva fe durante dieciséis años sin
apartarme ni un día de este libro. Él es mi firme apoyo. Antes de leerlo, creía que
todo terminaba con la muerte. Ahora me consuelo con la esperanza de la inmortalidad
del alma. Perdí a mi padre, pero ahora tengo al Padre Eterno. Perdí a mi hijo, pero
ahora siento que tengo a muchos niños. Esta religión me ha enseñado a tener
esperanza y me consuela de todos los sufrimientos.
»Así fue como empecé a leer este libro. —Al decir esto, la señora Ogawa miró
fijamente a Namiko y añadió—: En realidad, yo había oído algo de su historia. Como
solía verla caminar por la orilla de la playa, confieso que tenía ganas de entablar una
conversación con usted. Me duele dejarla ahora que acabamos de conocernos, pero
me da la impresión de que la conozco desde hace tiempo, debe de haber algo
profundo que nos une. Por favor, tenga valor una vez más y no piense que la vida es

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una carga triste e insoportable. Y cuando le apetezca, intente leer este libro. Voy a
regresar a Tokio pero pensaré en usted todos los días.

Al día siguiente, la señora Ogawa se fue. El libro que le había dejado a Namiko se
mantuvo siempre junto a la joven. Namiko se quedó impresionada por la generosidad
de la señora Ogawa para consolar el dolor de los demás después de haber sufrido ella
misma atrozmente. La existencia de una persona que, sin ser ni su madre ni su tía, se
preocupaba por ella le sirvió levemente de consuelo. A menudo Namiko recordaba el
relato de la señora Ogawa y se ponía a leer su regalo ofrecido de todo corazón.

Capítulo VI

El 22 de noviembre Port Arthur[77] fue ocupado por el Segundo Cuerpo del Ejército
japonés.
Chizuko, con el periódico en la mano, exclamó entusiasmada:
—¡Madre! ¡Madre!
—¿Qué ocurre? Baja un poco la voz.
Chizuko se ruborizó por la mirada de reproche de su madre y sonrió. Pero de
pronto se puso seria y le dijo:
—Madre, ¡Chijiwa ha muerto!
—¿Cómo? ¡¿Chijiwa?! ¿Pero dónde? ¿En batalla?
—Sí, su nombre está en el listado de los oficiales fallecidos. ¡Cuánto me alegro!
—¡Ay, por favor! No digas eso… ¿Así que ha muerto en batalla? Nunca hubiera
creído que fuera tan valiente, ¿a que no, Chizuko?
—Es mejor que esté muerto, pues solo creaba problemas.
La señora Kato se quedó pensativa durante unos instantes y luego prosiguió con
tristeza:
—Chizuko, es terrible morir sin tener a nadie que derrame una lágrima por uno,
¿sabes?
—¡Ah!, pero la señora Kawashima, sin duda, llorará por él… Por cierto, madre,
¿sabe usted que Toyoko se ha ido de casa de los Kawashima?
—¿En serio?
—Sí. He oído decir que ayer hubo otra bronca y que ella regresó a su casa con
lágrimas en los ojos diciendo que ya no podía más. Me hubiese gustado presenciar la
escena —dijo riendo Chizuko.
La señora Kato suspiró.
—Nadie podría aguantar en aquella casa, Chizuko.
La madre y la hija se miraron y se quedaron en silencio.

Chijiwa había muerto. Tres semanas después de esa conversación entre la señora

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Kato y Chizuko, un pequeño paquete que contenía las cenizas[78] de Chijiwa junto
con una carta llegó a la solitaria casa de los Kawashima. Había sido Takeo quien se
los había enviado a su madre. En su carta, decía lo siguiente:

(Primera parte omitida).


«Dos días después de tomar Port Arthur, desembarqué con otros oficiales para
ocuparnos de los buques enemigos. El panorama de la ciudad tras el terrible combate
era tan dantesco que no sé cómo describirlo. (Parte omitida). Cuando pasaba
casualmente por delante de un hospital militar de campaña, vi unos hombres que
llevaban en una camilla un cuerpo cubierto con una manta azul. Al fijarme
involuntariamente, vi la boca y el mentón que dejaba al descubierto la tela blanca
sobre el rostro del difunto; tuve la sensación de que me resultaban familiares.
Entonces, les pregunté a esos hombres el nombre del muerto y me respondieron que
se trataba del teniente Chijiwa. Usted podrá imaginarse cuál sería mi sorpresa. (Parte
omitida). Retiré la tela para comprobarlo y contemplé el pálido rostro de Chijiwa que
tenía los dientes encajados por una dolorosa agonía. Tenía tres heridas, entre ellas,
una mortal en el abdomen. Había recibido impactos de bala en la batalla de la
fortaleza de Isuzan en Port Arthur, pero se había mantenido consciente hasta esa
misma mañana del día que lo vi. (Parte omitida). Según sus compañeros, no era muy
querido en su compañía, pero era un luchador valiente y había sido uno de los
primeros en entrar por la puerta del sur en el asalto al estado de Kinshu. Igualmente
había desplegado un valor admirable en el último enfrentamiento. Sin embargo, no
había actuado muy correctamente como oficial fuera del campo de batalla. Había
acumulado una cantidad de dinero impropia de un soldado a pesar del periodo bélico
que estamos viviendo. En la isla de Liaoning, ignorando la orden severa de respetar a
los nativos, había mostrado gran crueldad hacia ellos saqueándolos. Por este motivo,
estaba a punto de ser llevado a juicio. (Parte omitida). En cualquier caso, podemos
decir que su muerte ha servido para redimirlo de las faltas cometidas y permitirle de
alguna manera salir de sus apuros.
»Como usted sabe muy bien, él me había causado muchos problemas e incluso
habíamos roto nuestra amistad para siempre. Pero yo, ante su cuerpo sin vida, no
sentí ningún rencor. Más bien vinieron a mi mente los recuerdos de aquellos tiempos
felices en los que crecimos juntos como hermanos, y derramé lágrimas sinceras. Así
que solicité permiso para incinerar su cuerpo y aquí se lo envío a usted, con el deseo
de que lo entierre con la debida solemnidad.
(Omitido el resto)».

Este no fue el único hecho interesante que Takeo había vivido durante su estancia en
Port Arthur, pero deliberadamente no lo mencionó en la carta dirigida a su madre.

Un incidente que le ocultó a su madre se había desarrollado de la siguiente manera.


El mismo día en que Takeo había descubierto el cuerpo de Chijiwa, regresó solo a

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su buque y fue el último en llegar. Mientras se acercaba al puerto, estaba
anocheciendo.
Takeo estaba envuelto en el bullicio producido por el destello de las bayonetas de
los guardias, el sonido de cascos de los caballos montados por los oficiales, los gritos
de los soldados que daban órdenes, los rostros medio asustados de los chinos que
contemplaban la situación y los adjuntos a la Armada que iban y venían. Luego
Takeo vio a varios peones que se calentaban junto a una hoguera.
Uno de ellos exclamó:
—¡Qué frío hace! Si estuviera en casa, tomaría una copa con el guiso de atún…
¡Pero, bueno, Kichi, qué prenda más maravillosa llevas!
De hecho, el hombre al que su compañero llamó Kichi llevaba puesto un hermoso
chaleco de seda color violeta. Seguramente sería un botín de guerra. Kichi,
refiriéndose a otro compañero, repuso:
—Pero tendrías que ver cómo va Gen. Dicen que su abrigo de piel de zorro vale
una fortuna.
—¡Oh, Gen, hombre de suerte! Nunca pierde en el juego, le toca un premio sin
hacer nada y las balas pasan a su lado sin rozarlo. Si hay un hombre realmente
afortunado en este mundo, sin duda, es él. Yo lo perdí todo en el juego en el golfo de
Dalian. ¡Ay, qué rabia! A ver si gano algo en un saqueo.
Otro compañero le advirtió:
—Ten cuidado con eso. Me metí a hurtadillas en una casa donde de pronto vi que
un soldado chino salía de detrás de una cuba con una espada en la mano. Se creería
que yo había entrado a matarlo. Por suerte, acudieron nuestros soldados y terminaron
con él. De lo contrario, hubiera sido yo el muerto. La verdad es que me quedé de
piedra.
—Qué soldado más loco. ¿Por qué se quedarán por aquí todavía? ¿Para que los
liquiden?
Solo habían pasado unos días desde que los japoneses hubieran ocupado Port
Arthur. Los soldados chinos fugitivos se habían escondido en las casas donde
posteriormente eran descubiertos por los japoneses. No fueron pocos lo que
resistieron y fueron eliminados.
Takeo estuvo escuchando involuntariamente la conversación y le causó una cierta
sensación de desagrado. Se iba aproximando al muelle medio desierto. El edificio del
arsenal proyectaba una sombra enorme y densa sobre la tierra en un lado del camino
y, en el otro, las escasas farolas iluminaban débilmente como luz de luna velada.
Había un perro famélico husmeando la tierra en busca de comida.
Mientras Takeo avanzaba a lo largo de la pared del arsenal, su mirada se quedó
clavada en dos sombras humanas que caminaban unos cincuenta metros por delante
de él. Sin duda eran dos oficiales japoneses. Un hombre alto y grueso, y otro bajo y
delgado caminaban conversando. Takeo tuvo la sensación de que había visto alguna
vez a uno de ellos.

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De pronto, se dio cuenta de que entre ellos y él había otra persona que avanzaba
junto a la pared sin hacer ruido. Sin saber por qué, Takeo tuvo un mal presentimiento.
Ese hombre se detenía cada pocos pasos rápidos para observar a los oficiales.
Indudablemente los seguía, aproximándose cada vez más a ellos. Cuando llegó al
final de un edificio, Takeo pudo reconocer por la luz de una farola que se trataba de
un chino según como iba vestido, al mismo tiempo que advirtió que el hombre
sostenía algo brillante en su mano. De inmediato, el corazón de Takeo empezó a latir
con fuerza y apresuró el paso para perseguir al hombre.
Poco antes de que los oficiales llegaran al final de la calle, el chino, que se
ocultaba en la oscuridad, se puso a correr furiosamente hacia ellos y Takeo también lo
siguió. Pero el chino, que ya estaba a unos diez metros de los oficiales, apuntó con
una pistola y disparó contra ellos. El oficial delgado se desplomó. El atacante levantó
el arma una vez más apuntando al otro oficial, que se había vuelto por la sorpresa. En
ese momento, Takeo golpeó con todas sus fuerzas el brazo del chino. La pistola se le
cayó de la mano al agresor. Con rabia el chino se lanzó sobre Takeo y pronto los dos
hombres empezaron a luchar. Cuando el oficial robusto se acercó para socorrer a
Takeo, acudieron otros soldados japoneses que habían oído el disparo y se llevaron
rápidamente al asaltante, que había mostrado una gran resistencia contra Takeo. Al
terminar el altercado, Takeo vio que el oficial robusto que había ayudado a levantar a
su compañero se dirigía hacia él.
En ese instante la luz de la farola iluminó el rostro del general Kataoka.
Takeo, asombrado, exclamó:
—¡Oh, pero si es usted!
—¡Eres tú!
El general Kataoka iba con su ayudante camino de regreso tras una salida. Su
compañero había sido gravemente herido pero él salió ileso. Casualmente Takeo
había salvado la vida a su exsuegro.

Cuando esa noticia le llegó a Namiko, Iku se alegró infinitamente y exclamó:


—¡Vean, vean lo mucho que le debemos! ¡Es el destino! Usted y el barón están
estrechamente unidos. Anímese para recuperarse bien pronto. Es que tiene que
ponerse buena, señorita.
Namiko le respondió con una sonrisa triste.

Capítulo VII

Mientras la guerra seguía en marcha llegó el final de diciembre y el año cambió al 28


de la era Meiji, 1895.
Weihaiwei, una ciudad portuaria del golfo de Bohai en China, cayó en febrero y la
flota china Beiyang se rindió. A continuación, Penghu, las islas de los Pescadores y el

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archipiélago del estrecho de Formosa fueron ocupados por tropas japonesas a finales
de marzo. Por otra parte, la flota japonesa avanzaba hacia el norte en oleadas,
acorralando a los enemigos en Bohai, hasta remontar el gran río Liao. Los
embajadores se desplazaron a Japón para negociar las condiciones del cese de las
armas y la noticia de la firma del Tratado de paz de Shimonoseki[79] el 17 de abril se
expandió por todo el país. Sin embargo, tras la intervención tripartita de Rusia,
Alemania y Francia[80], el día 23 del mismo mes, Japón renunció a los derechos
adquiridos sobre la península de Liaodong. A finales de mayo, el emperador, en tanto
que comandante supremo de las fuerzas de tierra y mar, regresó triunfalmente a la
capital. La guerra terminó como si de repente Dapeng[81] hubiera plegado sus alas
gigantescas.
Takeo, después de haber recogido las cenizas de Chijiwa en Port Arthur, el mismo
día en que había salvado la vida del general Kataoka, participó en el ataque contra
Weihaiwei y en la ocupación de las islas de los Pescadores. Y el buque Matsushima
arribó a Yokosuka a principios de junio. Takeo se decidió por fin a regresar a Tokio y
llamó a la puerta de su casa tras una larga ausencia.
Había pasado un año desde que había dejado a su madre con una indignación
incontenible una noche de junio. Desde entonces, tras los terribles acontecimientos
que había vivido, los agitados sentimientos de Takeo se habían atemperado,
hundiéndose en los recuerdos. ¡Cuántas veces había recordado su cálido hogar
durante los largos días de lluvia en el hospital de Sasebo y las duras noches heladas
en Weihaiwei!
Ahora, en casa de nuevo, Takeo advirtió que todo estaba como antes, excepto la
presencia de una sirvienta desconocida que acudió a la puerta para recibirlo al
escuchar el ruido de su rikisha. Encontró a su madre gruesa como siempre. Le había
dado un ataque de reuma y permanecía en cama todo el día. Tazaki acudía a diario,
pasaba horas cumpliendo diligentemente con su trabajo en su estudio y regresaba al
anochecer a su casa. Todo lo que Takeo veía y oía en casa era exactamente igual que
el año anterior, pura rutina. Pronto se desilusionó una vez cumplido el deseo de
regresar a su hogar. Vio a su madre al cabo de un año, se tomó el baño confortable de
su casa, cenó sus platos favoritos sentado cómodamente en el cojín más mullido y,
ahora, estaba acostado, no en una hamaca de campaña, sino recostando la cabeza en
una almohada de terciopelo negro. Así con todo, su mente agotada no podía conciliar
el sueño. Cada vez estaba más desvelado por culpa de las campanadas del reloj, que
en el absoluto silencio reinante fueron sonando hasta dar las doce; y sintió una
especie de dolor agudo en el fondo de su corazón.
Un año de separación había restañado la ruptura entre madre e hijo, al menos, eso
parecía. Naturalmente, la madre había recibido a su único hijo con una alegría
indescriptible. Takeo, por su parte, se quitó un peso de encima al verla. Sin embargo,
en el preciso momento en que sus miradas se encontraron, ambos se dieron cuenta de
que la barrera que se había interpuesto entre ambos no había desaparecido del todo.

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Takeo no preguntó acerca de Namiko y la madre no comentó nada al respecto. No se
trataba de que él no quisiera saber de la joven, no se trataba de que la madre ignorara
que su hijo deseaba tener noticias de la enferma. Simplemente, ambos procuraban
eludir ese asunto a fin de no perturbar la paz aparente que querían mantener, siendo
conscientes de este acuerdo tácito. Ese sobreentendido los hizo sentirse incómodos a
cada lapso de la conversación.
Naturalmente, el regalo recibido en el hospital de Sasebo y el incidente de Port
Arthur seguían ocupando la mente de Takeo, pero una vez reanudada su vida en casa,
cada pequeño objeto le evocaba momentos vividos junto a Namiko y su corazón latía
con el deseo de saber de ella. «¿Dónde estará ahora? ¿Sabrá que yo he vuelto?». El
amor no conoce la distancia, sin embargo, él sentía que la casa de los Kataoka situada
a solo unos diez kilómetros de la suya estaba más lejos que nunca después del
divorcio. A pesar de tener a los Kato mucho más cerca aún, la situación no le permitía
visitarlos para preguntar por su exesposa. En la noche en Zushi, cuando iba a
participar en las maniobras navales en mayo del año anterior, jamás habría imaginado
que aquella despedida sería el último adiós. «¡Vuelve pronto!». Todavía podía oír
claramente el grito que había llegado a sus oídos desde el portón de la villa, pero
ahora ¿a quién podía anunciarle «¡Ya he vuelto!»?
Atormentado por ese pensamiento, Takeo se dirigió un día a Zushi tras terminar
un asunto en Yokosuka y mecánicamente tomó el camino hacia la villa. La puerta
estaba cerrada. Supuso que todos habían regresado a Tokio, pero se acercó hasta el
jardín siguiendo el seto. Ahí encontró a Mohei despejando la maleza.

El anciano sirviente levantó la vista al oír ruido de pasos. Al reconocer al visitante,


con aire de sorpresa, se quitó respetuosamente la cinta que llevaba alrededor de la
cabeza para empapar el sudor y saludó:
—¡Oh, barón! Buenas tardes. ¿Cuándo ha vuelto?
—Hace unos días. Te veo muy bien, como siempre.
—Gracias, barón, pero ya soy un anciano y poca cosa puedo hacer.
—¿Hace mucho que estás solo?
—No. Hasta el mes pasado su esposa… ejem, la señorita… bueno, la señora
enferma e Iku estuvieron aquí. Y yo me he quedado para cuidar de la casa.
—¿Volvieron el mes pasado?… Entonces, están en Tokio —murmuró Takeo
como si hablara consigo mismo.
Mohei continuó:
—Sí, barón. Se fueron antes de que el general regresara de China. Y, luego, el
general se las llevó a Kioto, que creo que es donde están ahora.
Al oír esto, Takeo pensó: «¿A Kioto? Entonces, ella debe de estar mejor»; y
preguntó:
—¿Cuándo salieron?
—Hace unos cinco días…

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De pronto, el anciano recordó la situación actual de la pareja y guardó silencio de
inmediato, temiendo que hubiera dado sin mucho tacto demasiada información.
Takeo captó lo que Mohei estaba pensando y se ruborizó.
Transcurrieron unos instantes hasta que el anciano sirviente reanudó la charla
como si su compasión por esos jóvenes lo empujara:
—Voy a abrir la puerta de la casa y a preparar un té. Por favor, entre y descanse
un rato.
—No. No te molestes. Solo me he detenido porque pasaba por aquí.
Takeo miró a su alrededor para contemplar la casa donde acudía con frecuencia a
visitar a su esposa. Gracias a las manos del anciano, el jardín mantenía el aspecto de
siempre, pero las puertas y las ventanas estaban cerradas, el recipiente del agua se
mostraba vacío. Entre los verdes frondosos se veían unas ciruelas caídas en el suelo.
Las pocas rosas que quedaban todavía desprendían un débil perfume. No había ni un
alma y el chirrido monótono de las cigarras era el único sonido que perturbaba la
escena.
Takeo se despidió rápidamente del anciano y emprendió el camino de vuelta.
Varios días después, Takeo recibió órdenes de nuevo y tuvo que acudir al sur.
Había pasado más de diez días en casa. Mientras sus compañeros celebraban
alegremente su regreso con fiestas, sus días transcurrieron sin ilusión alguna. Su
hogar, al que tanto había anhelado regresar durante el tiempo de ausencia, una vez
allí, había perdido el encanto para Takeo. Finalmente no pudo encontrar nada que
llenara el vacío de su corazón.
La madre, que advertía esos pensamientos de su hijo, no fue capaz de ocultar la
amargura de sus palabras. El hijo la captó claramente. Cada vez que pasaban tiempo
juntos, ambos notaban el distanciamiento existente entre ellos. Tanto la madre como
el hijo, sin embargo, se reprimían para evitar que surgiera de nuevo el brote del
desencuentro como había ocurrido el año anterior. Takeo se dio cuenta de que se
había vuelto mucho más distante con su madre y no podía remediarlo. Incluso llegó a
pensar que ya no le importaba en absoluto estar lejos de ella. En consecuencia, madre
e hijo se despidieron con frialdad.
Su buque partía de Yokosuka, pero Takeo tuvo dificultades en reunirse con la
tropa y por un día no llegó para la partida del barco. Así que decidió alcanzarlo en
Kure, en la provincia de Hiroshima, yendo por vía terrestre, y tomó el tren de la línea
Tokaido[82] el día 10 de junio. En el corazón albergaba una gran tristeza.

Capítulo VIII

Tres personas estaban saliendo del templo de Obaku-zan en Uji[83]. Un hombre de


unos cincuenta años, corpulento, vestido con traje occidental, llevaba un bastón con
adornos dorados. Junto a él, una muchacha de unos diecinueve años y de aspecto

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distinguido protegía su rostro del sol con una elegante sombrilla de encaje negro. Y
una mujer, también de unos cincuenta años, los seguía con un bolso en la mano.
Tres rikisha los esperaban fuera del recinto. Sin embargo, el hombre dirigió la
mirada a la muchacha y le dijo:
—Hace un tiempo tan espléndido que te sentaría bien andar un poco. ¿Qué te
parece?
—Claro que sí.
Pero la mujer mayor intervino solícitamente:
—¿No se cansará demasiado?
—No. Me viene bien dar un paseo corto.
—Entonces, vamos despacio. En el momento en que te canses, subiremos a los
rikisha.
Los tres comenzaron a andar y los rikisha los siguieron. Como era de imaginar,
los paseantes eran el general Kataoka, Namiko e Iku. El día anterior habían viajado
de Nara[84] a Uji para visitar el templo de Biodoin[85]. En ese momento estaban
camino de la estación de Yamashina para ir a Otsu, donde se encuentra el lago Biwa,
el más grande del país.
El general Kataoka había regresado de Liaodong el anterior mes de mayo. Nada
más llegar a casa, invitó al médico de su hija y mantuvo con él una larga
conversación a solas en su despacho. Dos días más tarde, el general se apresuró a ir a
Kioto acompañado de Namiko e Iku. Allí escogió un hotel tranquilo junto a la orilla
de un río. Declinó todas las invitaciones que le hacían sus amigos para celebrar su
regreso y pasó los días únicamente con su hija atendiendo los deseos de esta.
Visitaron una exposición, varios lugares de interés, Nishijin, donde Namiko compró
maravillosas prendas de seda, y Kiyomizu, donde compraron diversos regalos para la
familia. El general le concedía a su hija todo lo que deseaba. Ese día ya llevaban más
de diez días de asueto. El general dejó completamente a un lado sus compromisos y
Namiko fue la única persona que disfrutó de la presencia de su padre.
Hay un haiku que dice: «Salgo de Obaku, suena la canción del té. Pero es
Japón»[86]. La primera cosecha de las hojas de té había terminado pero la brisa traía el
aroma de los hornos de secado y ya se veía a las mujeres que recolectarían la segunda
cosecha. Los campos de trigo amarillo dividían las grandes plantaciones de té verde y
se oía el sonido de las guadañas de la siega. En la lejanía, se veían las montañas
brumosas de Nara y las velas blancas en el río Uji que serpenteaba entre los campos.
De pronto, el quiquiriquí de un gallo llegó a los oídos de los visitantes desde un
pueblo cercano. En el cielo flotaban unas nubes de color malva. Namiko dio un
suspiro.
Por el camino de la izquierda aparecieron dos campesinos, parecían un
matrimonio. Debían de estar volviendo al campo tras el almuerzo. El hombre llevaba
una guadaña en la cadera, y la mujer, con el cabello cubierto por un pañuelo blanco,
asía una tetera grande de barro. Al encontrarse con los Kataoka, la mujer se detuvo un

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momento y se quedó mirando. Cuando alcanzó a su marido apresurando el paso, le
murmuró algo. Se volvieron los dos hacia Namiko y la mujer le sonrió. La pareja
siguió hablando y se adentró por un sendero que discurría entre cardos silvestres.
Namiko los siguió con la mirada hasta que desaparecieron de su vista en el campo
amarillo de trigo, el sombrero del hombre junto con el pañuelo blanco de la mujer. De
repente, una canción entonada con voz melancólica flotó en el ambiente.
Namiko bajó la vista.
Su padre tomó su mano diciendo:
—Te has cansado, ¿verdad? —El general, asido de la mano de Namiko, continuó
hablando—: ¡Qué rápido pasa el tiempo! Nami, ¿te acuerdas? Cuando eras muy
pequeña, me dabas en el costado con los pies mientras te llevaba a la espalda.
Tendrías unos cinco años.
Iku afirmó:
—Sí —rio Iku—. Lo recuerdo muy bien. Cada vez que usted subía a la espalda
del general, su hermanita también quería hacerlo y se enfadaba… ¡Cómo le gustaría
estar aquí hoy con nosotros!
Namiko sonrió débilmente y entonces el padre repuso:
—Sí, pobre Koma. La compensaremos con un montón de regalos. Por cierto,
Nami, Chizuko sí que tenía más envidia que Koma, ¿eh?, porque siempre ha querido
venir por aquí.
Iku dijo:
—Efectivamente. Si la señorita Chizuko estuviera, este viaje sería el doble de
entretenido para ustedes. Esto es demasiado lujo para mí… —Iku vaciló antes de
continuar—: Pero, general, ¿puede decirme si el río que acabamos de cruzar es el
famoso río Uji? ¿El lugar famoso por las luciérnagas y donde se vieron Komazawa y
Miyuki[87] por primera vez?
—¡Oh, Iku, hay que ver lo que sabes! Eres muy culta… A propósito, ¡cómo
cambian las cosas en poco tiempo! Cuando yo era joven, para ir de Osaka a Kioto,
tenía que viajar en un barco en el que no cabía ni un alfiler. Lo peor fue cuando tenía
veinte años. Después de haber acompañado a Osaka a los señores Saigo, a Arimura y
al sacerdote Gessho[88], me enviaron a otro servicio. Recibí la orden tan
inesperadamente que salí sin llevar dinero encima. Era de noche. ¿Qué podía hacer?
Pues corrí desde Kioto a Osaka siguiendo la rivera del río. —El general Kataoka se
rio al recordar sus días de juventud. Luego, le preguntó a Namiko—: ¿Tienes calor?
No debes cansarte. ¿Quieres subir al rikisha?
Iku hizo una señal a los tiradores de que se acercaran a recogerlos. Subieron los
tres.
Los rikisha, dejando atrás los campos de trigo y de té, se dirigieron hacia
Yamashina.
Namiko se fijó en su padre, que iba delante y cuya nuca ya gris le produjo un
sentimiento triste. En su situación actual, separada de su querido esposo y con la vida

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limitada por su incurable enfermedad, no sabía cómo definir ese viaje con su padre, si
de divertido o de deprimente. Su deseo de buscar el único consuelo en la muerte era
como traicionar el amor de su padre. Cuanto más grande le parecía este amor, el dolor
de Namiko por no poder corresponderle iba en aumento. Esos días del último e
íntimo viaje solos, ambos encontraban consuelo recordando los días felices del
pasado lejano. Namiko evocaba su infancia e intentaba sacar las pocas fuerzas que le
quedaban para hacer turismo con su padre. En Kioto compró unas prendas. Con la
certeza de que ella nunca las usaría, escogió intencionadamente las más vistosas para
que algún día le sirvieran a su hermana Komako.
Aun así, la pasión de Namiko por Takeo superaba el amor hacia su padre. No
había vuelto a tener noticias de su exesposo después del incidente en Port Arthur. Su
pensamiento volaba dondequiera que Takeo pudiera hallarse, pero en esos momentos
no sabía absolutamente nada de él. ¡Cuánto deseaba verlo en persona!, por lo menos
una vez, aunque fuera una sola vez más antes de morir. Las notas del folclore de la
región que Namiko acababa de oír todavía resonaban en sus oídos y su pensamiento
volvió al matrimonio feliz de campesinos. De repente sintió un dolor insoportable.
Como una punzada, Namiko se percató de la vanidad de su elegante quimono de fino
crespón, simple envoltorio de su amargura, en comparación con las prendas toscas
que vestía el matrimonio de campesinos.
Los ojos de Namiko se llenaron de lágrimas. Con todas sus fuerzas, trató de
contener y dominar sus emociones. Y en ese momento un violento ataque de tos
sacudió su delicado cuerpo.
El general se volvió inquieto hacia su hija.
Namiko le dijo sonriendo apenas:
—Ya estoy bien, padre.

Llegaron a la estación de Yamashina y subieron al tren en dirección al este. Iban solos


en un compartimento de primera clase. Namiko se sentó junto a la ventanilla que
estaba abierta y su padre a su lado; el general se puso a leer el periódico. El tren
estaba a punto de salir.
Otro tren con destino a Kobe, que venía en dirección contraria, se detuvo en ese
momento en la vía de al lado. Las puertas se abrieron. Al mismo tiempo que se oía
gritar a los empleados de la estación «¡Yamashina! ¡Yamashina!», sonó un silbido
penetrante y el tren en el que iba Namiko se puso en marcha lentamente. Ella
contemplaba distraída las ventanillas del tren de enfrente que iban quedando atrás.
Cuando su tren llegó a la altura de los vagones de segunda clase, la mirada de
Namiko se encontró con la de un hombre vestido con traje occidental y que apoyaba
el codo en el alféizar de la ventanilla a la vez que reposaba su cara en la mano.
—¡Oh, amor mío!
—¡¡Nami!! —exclamó Takeo.
El tren aumentó su velocidad. Fuera de sí, Namiko se levantó, se asomó por la

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ventanilla y lanzó un pañuelo de color violeta hacia Takeo.
—¡Tenga cuidado, señorita!
Iku, espantada, agarró con firmeza a Namiko por la manga.
El general también se acercó con el periódico en la mano y se asomó por la
ventanilla.
Diez metros, veinte metros, ellos se iban distanciando más y más. Namiko, con
medio cuerpo fuera, vio que Takeo gritaba algo agitando el pañuelo con
desesperación.
De repente una curva impidió la visión entre ellos. Solo se veía el verdor de los
árboles. Un silbido que anunciaba la salida del otro tren que se dirigía al oeste
desgarró el aire.
Namiko se cubrió el rostro con las manos y se hundió sobre las rodillas de su
padre.

Capítulo IX

La noche del 7 de julio había muchas personas reunidas en casa de los Kataoka.
Todos hablaban en voz baja. La vida de Namiko se estaba apagando.
El general había estado dispuesto a pasar incluso un mes a solas con su hija en
Kioto. Sin embargo, repentinamente tomó la decisión de regresar a Tokio a finales de
junio. Los miembros de la familia, sin entender de medicina, advirtieron el
empeoramiento de Namiko nada más verla. En efecto, su médico al examinarla se
puso pálido sin querer. Diagnosticó una alteración cardiaca, la cual había agravado
fulminantemente la enfermedad de Namiko. Desde entonces, la lámpara del cuarto de
la enferma permaneció encendida todas las noches en el hogar de los Kataoka. El
médico visitaba constantemente a Namiko y la señora Kataoka, que había renunciado
a su plan de irse de veraneo a finales de junio, permanecía atenta al desarrollo de los
acontecimientos.
A pesar de los ímprobos esfuerzos del médico y de las repetidas oraciones de Iku,
Namiko se debilitaba día a día. Las hemorragias y la asfixia la atacaban con más
ímpetu que nunca. Y tras sufrir esos violentos ataques, caía en estado de coma y
deliraba. A cada acceso de tos, el general, que pasaba las noches en vela, acudía a la
cabecera de su hija; y ella reunía fuerzas para responderle con una sonrisa y hablar
con claridad con su padre. No obstante, en sus horas de inconsciencia murmuraba sin
cesar el nombre de Takeo.

El fatídico día había llegado. Todas las salas estaban iluminadas. Nadie se atrevía a
hablar y la casa entera estaba tan silenciosa que parecía tremendamente vacía. Dos
mujeres salieron de la habitación de la enferma para aliviarla de cualquier molestia.
Una de ellas era la señora Kato y la otra la señora Ogawa, la cristiana que había

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salvado la vida de Namiko en el acantilado de Zushi. La señora Ogawa no había
vuelto a ver a Namiko desde que se despidiera de ella en otoño del año anterior, pero
fue invitada a través del general, por expreso deseo de Namiko, a acompañarla en
esos últimos momentos. Desde la vivienda anexa, las dos mujeres atravesaron el
pasillo y entraron en una sala.
La señora Kato, enormemente apenada, pronunció estas palabras casi inaudibles:
—Le doy las gracias por su amabilidad. Mi sobrina deseaba tanto verla para
poder agradecerle personalmente… Estoy segura de que se ha quedado satisfecha.
La señora Ogawa suspiró y bajó la vista como si no encontrara las palabras
oportunas. Al cabo de un instante, preguntó en voz baja:
—Entonces, ¿dónde está el barón?
—Me han dicho que está en Formosa.
—¡¿Formosa?!
La señora Ogawa suspiró profundamente.
La señora Kato, reprimiendo las lágrimas, continuó:
—Si no estuviera tan lejos, daría igual lo que la gente pensara de nosotros:
habríamos hecho lo que fuera por traerlo aquí para que la viera por última vez, ya que
se quieren tanto. Pero acaba de llegar a Formosa y, además, está bajo una estricta
disciplina en el acorazado…
En ese instante, entró la señora Kataoka; y Chizuko, con los ojos llorosos, llegó
precipitadamente detrás de ella para buscar a su madre.

Anochecía. En una gran sala de la vivienda anexa construida escasamente hacía un


año, había una cama enorme iluminada con la tenue luz de las velas. Namiko, con los
ojos cerrados, estaba acostada sobre la sábana blanca como nieve.
Postrada por la enfermedad que la había torturado durante año y medio, parecía
una sombra. Su rostro estaba pálido, casi transparente; su suave cabello trenzado,
negro como el azabache, se extendía brillante sobre la almohada. A la cabecera de la
cama, la enfermera humedecía de vez en cuando los labios de la enferma con un vino
dulce enfriado con hielo; a sus pies, Iku, con las mejillas consumidas y los ojos
hundidos, frotaba las piernas de su ama, que se estaban quedando heladas. Toda la
sala estaba envuelta en un absoluto silencio. Solo se oía la respiración de Namiko
cada vez más débil.
De repente, tras un largo suspiro, la enferma abrió los ojos y murmuró algo con
voz imperceptible:
—¿Dónde está la tía?
La señora Kato, que en ese instante entraba silenciosamente, se sentó en la silla
que la enfermera le había cedido y respondió:
—Estoy aquí. ¿Has podido dormir un poco?… ¿Cómo?… Ah, de acuerdo. Está
bien. —Volviéndose hacia la enfermera e Iku, les rogó—: ¿No os importaría dejarnos
a solas un momento?

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Cuando ellas salieron, la señora Kato se acercó más aún a la cama y acarició el
pelo de su sobrina mirando con cariño su rostro. Namiko también miró a su tía.
Transcurrido un rato, Namiko alargó la mano temblorosa y sacó un sobre de
debajo de la almohada.
—Tía, envía esto… cuando yo muera.
Enjugando las lágrimas que salían en abundancia de los ojos de su sobrina, la
señora Kato se secó también las suyas, que resbalaban bajo sus gafas. Guardó con
mano firme el sobre en la escotadura del quimono y dijo:
—Sí, mi amor, te prometo que voy a entregárselo a Takeo con mis propias manos.
—Y… este anillo…
Namiko colocó su mano izquierda sobre la rodilla de su tía. En su dedo anular
brillaba un diamante que Takeo le había regalado antes de casarse. El año anterior,
cuando fue repudiada, envió todas las arras a los Kawashima pero quiso quedarse la
más preciada y más querida.
—Esto… me lo voy a llevar… conmigo.
Reprimiendo las lágrimas que manaban de nuevo, la señora Kato solo pudo
asentir con la cabeza. Namiko cerró los ojos. Luego los abrió otra vez.
—Cómo me gustaría saber… dónde está ahora.
—Takeo acaba de llegar a Formosa. Seguro que estará pensando en nosotros,
como siempre. Si no hubiera estado tan lejos, le habríamos rogado que viniera a
verte… Lo mismo piensa tu padre… Nami, quédate tranquila, que yo le transmitiré
tus sentimientos y le entregaré la carta sin falta.
Una leve sonrisa se dibujó en los labios de Namiko. Pero, de pronto, su pálido
rostro se puso colorado y su pecho se elevó por un terrible espasmo. Lágrimas
ardientes brotaron de sus ojos y exclamó con dificultad:
—¡Ahhh, no puedo! ¡No puedo más! Esto es demasiado duro… Nunca… jamás
volveré a nacer mujer… ¡Ahhh!
Arrugó el entrecejo y se retorció apretándose el pecho con las manos. La señora
Kato llamó a gritos al médico e intentó humedecer los labios de su sobrina con vino.
Pero Namiko se agarró con todas sus fuerzas del brazo de su tía para incorporarse. En
ese instante un violento ataque de tos le produjo una hemorragia y se desvaneció.
Todos acudieron precipitadamente detrás del médico.

El médico ordenó calmadamente a la enfermera que tratara de aliviar de alguna


manera a la paciente y dijo que abrieran la ventana próxima a la cabecera de la cama.
El aire fresco entró como si fuera una corriente de agua. La luna iluminaba
vagamente las ramas de los árboles. El general y las demás mujeres, la señora
Kataoka, la señora Kato, Chizuko, Komako e Iku, todos rodeaban la cama de la
moribunda. Una ligera brisa parecía jugar con la pelusa de las sienes de Namiko,
inmóvil como si ya estuviera muerta. El médico examinaba constantemente su rostro
y su pulso mientras la enfermera sostenía una vela cuya luz parpadeaba con la brisa.

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Pasó un cuarto de hora. Entonces, se oyó un ligero suspiro y los labios de la
agonizante se movieron. El médico vertió una cucharada de vino en ellos. Otro
suspiro más largo resonó en la sala en calma y Namiko murmuró:
—Nos vamos, nos vamos, ¿eh, cariño?… Madre, voy con usted… ¡Oh, todavía
estoy aquí…!
Namiko abrió mucho los ojos.
La luna se había elevado por encima de los árboles y ahora envolvía con su tenue
aureola el rostro de Namiko semiinconsciente.
El médico miró al general y le cedió su lugar junto a la cabecera. El general se
inclinó hacia su hija y estrechó su mano fría.
—Nami, ¿estás despierta? Soy yo, tu padre… Todos estamos aquí, a tu lado.
La mirada de Namiko, fija en el vacío y llena de lágrimas, se dirigió lentamente
hacia el rostro del general.
—Padre… cuídese. —Mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas, movió la
otra mano para agarrar las manos de su padre—. Madre…
La señora Kataoka se acercó y secó con cuidado las lágrimas de su hijastra.
Namiko tomó su mano que la acariciaba y continuó:
—Madre… disculpe que me vaya.
Los labios de la señora Kataoka temblaron. Incapaz de pronunciar una palabra, se
cubrió el rostro con las manos y salió de la sala.
La señora Kato consolaba a Chizuko, que se deshacía en llanto. Ambas apretaron
las manos de Namiko. Komako también se acercó y se arrodilló junto a su hermana.
Esta levantó la mano temblorosa y acarició el flequillo de su hermana pequeña.
—Koma…, adiós…
Namiko respiraba con dificultad, articulando apenas las palabras. Koma,
estremecida, vertió otra cucharada de vino en los labios de su hermana. Namiko miró
a su alrededor y preguntó:
—¿Dónde están… Kichi… y Michiko?
La señora Kataoka había enviado a los niños de vacaciones hacía una semana
para evitarles el dolor reinante en la casa. Namiko no escuchaba sus voces pero
parecía estar soñando con ellos y sonreía.
En ese momento, Iku, que se había hundido en las lágrimas más amargas a los
pies de su ama, se levantó de repente y apretó las manos ya lánguidas de la
moribunda. Namiko la reconoció.
—Iku…
—Se… se… señorita, lléveme a mí con usted…
Cuando acompañaron a Iku deshecha en llanto fuera de la sala, volvió el silencio.
Namiko cerró la boca y los ojos. La sombra de la muerte comenzó a caer sobre ella.
El general se inclinó sobre su oído y le preguntó:
—Nami, ¿no tienes nada más que decir?… Venga, despierta.
La voz de su querido padre hizo volver en sí a la moribunda una vez más. Namiko

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apenas abrió los ojos y dirigió la vista hacia su tía. La señora Kato tomó la mano de
su sobrina y le dijo:
—Nami, me encargo yo de hacer todo lo que me has pedido. No te preocupes y
vete con tu madre tranquilamente.
Una leve sonrisa se perfiló en los labios de Namiko, mientras se le cerraban los
ojos como si cayera en un profundo sueño dando el último suspiro.
La luz de la luna iluminaba su apagado rostro. La sonrisa seguía en sus labios. Sin
embargo, Namiko se había dormido para siempre.

Tres días más tarde Namiko fue enterrada en el cementerio de Aoyama, en el mismo
distrito de su casa.
Debido a las numerosas amistades del general, gran cantidad de personas
acudieron al sepelio. Entre los asistentes a las exequias, se incluían no pocas antiguas
compañeras de escuela de Namiko, que la despidieron entre sollozos. A los que
conocían la triste historia se les desgarró el corazón al ver al general, roto por el
dolor, junto al ataúd de su hija predilecta. Incluso los ajenos a lo ocurrido se
emocionaron por la conmovedora escena en que Iku, fuera de sí de tanta pena,
abrazaba el ataúd sollozando.
A pesar de que la estación de las flores había pasado, múltiples variedades de
ellas fueron enviadas para la difunta joven. De todas, solo una corona que había
traído un hombre de mediana edad fue devuelta. En ella había una tarjeta firmada con
el nombre de «Los Kawashima».

Capítulo X

Habían transcurrido cuatro meses desde el fallecimiento de Namiko.


Sobre las cuatro de la tarde, cuando la nandina helada proyectaba una larga
sombra en el jardín, la señora Kawashima, con su cuerpo opulento de siempre, salió
inesperadamente a la terraza. Al darse cuenta de que el recipiente del agua estaba
vacío, chasqueó la lengua y llamó furiosamente a las sirvientas:
—¡Matsu!… ¡Take!
A las voces de su ama, acudieron corriendo dos sirvientas, una desde el jardín y
otra desde la terraza. Las dos mostraban una expresión de terror.
—¡¿Qué es lo que estabais haciendo?! ¡Os lo he dicho mil veces, pero mirad
cómo está esto!
La señora Kawashima tomó un cacillo y lo agitó ruidosamente dentro del
recipiente seco. Las dos muchachas, que habían palidecido, solo contenían la
respiración.
—¡Daos prisa!
Las dos sirvientas, aún más pálidas, se fueron inmediatamente al grito de su ama.

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La señora Kawashima seguía murmurando para ella misma mientras se lavaba las
manos con el agua que una de las sirvientas acababa de traer. En ese momento, llegó
la otra sirvienta y se inclinó con humildad ante ella.
—¿Qué?
—Tiene visita, señora. Un caballero llamado señor Yamaki.
Al oír ese nombre, una sonrisa irónica mezclada con el descontento apareció en el
ancho rostro de la señora Kawashima. Desde que Toyoko había regresado a su casa
paterna huyendo de la baronesa en otoño del año anterior, Yamaki había dejado
automáticamente de visitarla. Mientras tanto, gracias a la guerra, había acumulado
inmensas ganancias. Cualquier noticia sobre Yamaki le causaba disgusto a la señora
Kawashima después del comportamiento que el comerciante había tenido con ella.
Cada vez que sermoneaba a los sirvientes para que no se olvidaran de los favores
recibidos en la vida, la baronesa en realidad aludía a Yamaki. Sin embargo, esta vez
la señora Kawashima lo recibió por costumbre.
—Acompáñalo a la sala.
Yamaki, delante de la baronesa después de mucho tiempo, manifestaba cierta
incomodidad.
—Yamaki, cuánto tiempo sin verte, ¿verdad?
—Tiene razón, baronesa. No tengo disculpas. Aunque suene a excusa, en realidad
me hubiese gustado venir mucho antes, pero no he parado de trabajar incluso después
de terminarse la guerra. De todos modos, ahora me siento satisfecho de encontrarla
tan saludable.
—Dicen que has hecho un montón de dinero durante la guerra. ¿Es cierto?
—Bueno, sí —contestó con un esbozo de sonrisa—, pero los beneficios apenas
compensan mis esfuerzos… aunque eso no quita que le debo mucho al difunto
barón… jejeje.
En ese momento, una sirvienta entró con varios paquetes envueltos con protocolo
y que parecían pesar en sus brazos.
—Señora, son los regalos que ha traído su visita.
Cuando la señora Kawashima lanzó una rápida mirada a los paquetes, una leve
sonrisa de complacencia le asomó a los labios.
—¡Oh, para qué te has molestado!
—No es ninguna molestia. Es solo un detalle… A propósito, he leído en un
periódico que Takeo… bueno, el joven barón, ha sido ascendido a teniente de navío y
que ha recibido una condecoración y una prima. Enhorabuena. Y ¿dónde está ahora?
¿Quizá en Sasebo?
—Está aquí. Regresó ayer.
—¡Oh!, ¿de veras? Qué bien. ¿Cómo se encuentra?
—Sigue siendo un señorito, como siempre —respondió la baronesa con una
sonrisa—. Ha salido esta mañana y no ha vuelto a aparecer.
—Es la juventud. De todos modos, usted debe de estar tranquila por tenerlo sano

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y salvo. Hablando de salud, compadezco mucho a la familia Kataoka. Creo que ya
pasó el rito del centésimo día[89]… Sin embargo, no se puede hacer nada con una
enfermedad así. Baronesa, fue muy prudente de su parte evitar posibles desgracias.
La señora Kawashima, mostrando su malhumor, alegó:
—No se puede imaginar los problemas que nos ocasionó el asunto de mi nuera.
No solamente me costó una fortuna, sino que tuve grandes disgustos con mi hijo,
quien incluso me tildó de demonio. Y, para colmo, cuando envié a Tazaki a entregar
una corona el día del funeral, se negaron a recibirla en vez de agradecérmelo.
¿Puedes creértelo? Qué grosería, ¿no, Yamaki?
Cuando se enteró de la muerte de Namiko, aun tratándose de la señora
Kawashima, esta sintió compasión. Sin embargo, la devolución de la corona le causó
tal impacto que desaparecieron todos los buenos sentimientos hacia la difunta,
dejando únicamente en su exsuegra una gran amargura.
—Vaya… han sido un poco duros… Bueno, pues, cambiemos de tema. —Yamaki
se tomó el té para apagar la sed y continuó—: Le estoy muy agradecido a usted por la
paciencia que tuvo el año pasado con mi hija… He decidido que Toyoko se case.
—¿Toyoko? ¿Prometida?… ¡Oh, muy bien! ¿Quién es el afortunado?
—Un joven licenciado en Derecho que ahora trabaja en el Ministerio de
Agricultura, Comercio e Industria. No sé si usted lo conoce, porque era un amigo del
señor Chijiwa… ¡Oh, baronesa, cuánto siento lo de Chijiwa! ¡Un señor tan joven!
A la señora Kawashima se le crispó el semblante y dijo:
—La guerra es una cosa horrible, ¿no, Yamaki?… Y ¿para cuándo es la boda?
—La hemos preparado para pasado mañana… Por favor, le ruego que asista. Su
presencia nos honraría enormemente. Mi esposa debería haber venido conmigo a
invitarla personalmente pero está muy atareada ultimando los preparativos. Sería
fantástico que también asistiera el joven barón.
La señora Kawashima asintió con la cabeza. Miró el reloj, que comenzó a dar las
cinco y murmuró:
—¡Oh, ya son las cinco! Me gustaría saber qué es lo que estará haciendo Takeo.

Un oficial de la Marina que llevaba un ramo de crisantemos blancos entró en el


cementerio desde la calle Aoyama-minamicho.
Era el día de Ninamesai[90], el cielo del otoño estaba despejado y la luz del sol de
la tarde envolvía el cementerio. Acorde a la estación, en ese lugar también caían
hojas coloradas del cerezo y las camelias del seto despedían un leve perfume. A lo
lejos, desde donde se levantaba el humo del incienso, llegaba el canto amortiguado de
los pájaros. Una vez que el ruido de las ruedas de un rikisha sobre el pavimento hubo
desaparecido en la distancia, la tranquilidad en el recinto se hizo notar aún más. El
eco del bullicio de la ciudad se mezclaba armoniosamente con la paz y la soledad del
lugar, produciendo una tristeza entre la realidad y el sueño eterno de la vida humana.
A través del seto se veía una sombra. Era una señora joven de unos veintisiete

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años que tenía los ojos enrojecidos y llevaba de la mano a un niño de unos seis años
vestido de marinero. Después de haberse cruzado con el oficial, el niño dijo:
—Mamá, este señor también es de la Marina, ¿a que sí?
La mujer se secó los ojos con un pañuelo y siguió caminando sin responder a su
hijo. El joven oficial, sin darse cuenta de la reacción de la señora, caminaba
lentamente entre las tumbas y se detenía de vez en cuando a leer las inscripciones de
las lápidas recientes. Finalmente llegó a un bloque de sepulturas donde crecían pinos
y cerezos plantados. Abrió una pequeña puerta y entró en un mausoleo. Enfrente
había una lápida antigua. Miró a su alrededor y se dirigió hacia una tumba nueva
situada a un lado. Las ramas frondosas de un pino le daban sombra, y las hojas
amarillas y rojas del cerezo caídas en el suelo la rodeaban. Había varias sotoba[91]
muy recientes que la protegían. La inscripción de la tabla aparecía escrita con
claridad en tinta negra: «Tumba de Namiko Kataoka». El oficial, clavando la mirada
en ella, permaneció inmóvil como una estatua durante varios minutos.
Al cabo de un buen rato, un incontrolable temblor agitó los labios del joven y
prorrumpió en sollozos entre los dientes fuertemente apretados.

Takeo había regresado el día anterior.


Hacía cinco meses que se había cruzado con la persona que descansaba bajo esa
tumba en la estación de Yamashina. Y durante su viaje a Formosa había recibido una
carta de la señora Kato en la que le comunicaba que Namiko había dejado este
mundo. Ese día de la visita al cementerio Takeo había pasado toda la mañana con la
señora Kato escuchando la desgarradora historia y a continuación se había acercado
hasta la tumba de Namiko para llorar desesperadamente olvidándose de sí mismo
durante horas.
El día de la boda, el viaje a Ikaho, la promesa en el templo de Fudo, la despedida
en la noche de Zushi y el fugaz y final encuentro en Yamashina, todos esos recuerdos
de tres años acudieron como un relámpago a la mente confusa del barón Kawashima.
La voz que le había gritado: «¡Vuelve pronto!» todavía resonaba en sus oídos. Sin
embargo, poco antes de estallar la guerra, ella había dejado de ser su esposa y ahora
que él había regresado de nuevo, ella ni siquiera estaba en este mundo.
—¡Oh, Nami! ¡¿Por qué has muerto?! —exclamó inconscientemente y las
lágrimas otra vez se le agolparon en los ojos.
Una ráfaga de viento hizo que unas hojas de cerezo cayeran lentamente sobre la
tumba. Takeo volvió de sus pensamientos. Se secó las lágrimas y se inclinó para
quitar las flores de la tumba, ya secas, y sustituirlas por las frescas; las hojas secas se
dispersaron por el suelo. A continuación, Takeo sacó una carta del bolsillo.
Era la última carta de Namiko. ¿Qué habría sentido al leerla por primera vez tras
recibirla de mano de la señora Kato esa misma mañana? Takeo abrió la carta una vez
más. Las letras de tinta pálida que encontraba sobre el papel, temblorosas y corridas,
no se parecían en nada a los elegantes caracteres de la habitual caligrafía de Namiko.

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Takeo también pudo reconocer unas manchas de lágrimas entre las líneas. La carta
decía lo siguiente:
«Te escribo porque me parece que mi muerte ya no está tan lejos. Cuando
pensaba que no tendría ocasión de volver a verte antes de morir, la piedad del cielo
me regaló un breve encuentro contigo el otro día. No puedes ni imaginar la alegría, la
enorme alegría que me dio. Sin embargo, siento enormemente no haber podido
expresarte mis sentimientos en ese preciso momento, cuando los dos nos cruzamos en
trenes distintos».
La imagen de Namiko retorciéndose fuera de la ventanilla y arrojándole un
pañuelo violeta se representó vivamente a la imaginación de Takeo. Alzó la vista.
Solo había una tumba ante él.
«Viví en un mundo que nunca estuvo a nuestro favor y he sido desgraciada, pero
no guardo resentimiento contra nadie. Aunque mi cuerpo vuelve a la tierra, mi
espíritu permanecerá a tu lado eternamente…».
De repente, llegó a los oídos de Takeo una aguda voz infantil.
—¡Padre, ahí hay alguien! —A continuación, la misma voz exclamó—: ¡Padre, es
Takeo!
Un niño de unos nueve años se acercó corriendo hacia él.
Takeo, sorprendido, se secó rápidamente las lágrimas y se volvió con la carta en
la mano. Su mirada se encontró con la del general Kataoka.
Takeo hizo una reverencia.
De pronto sintió que unas manos le agarraban con fuerza. Cuando levantó la vista,
vio los ojos llenos de lágrimas del general.
—¡Takeo, también ha sido muy duro para mí!
Los dos hombres se estrecharon la mano con firmeza y las lágrimas resbalaron
por las mejillas de ambos cayendo al suelo gota a gota junto a la tumba.
Transcurridos unos instantes, el general rompió el silencio. Le dio unas
palmaditas a Takeo en el hombro y le dijo lleno de afecto:
—Takeo, aunque Nami ha muerto, yo sigo siendo tu suegro. Aún tenemos un
largo camino por recorrer. ¡Ánimo, hijo mío…! Hace mucho que no tenía el placer de
verte. ¡Vamos a pasear y me cuentas de tus experiencias en Formosa!

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GLOSARIO DE TÉRMINOS JAPONESES

Agemaki: Un tipo de peinado japonés más moderno en aquellos tiempos que el


marumage. Consiste en enrollar en dos partes hacia arriba el cabello en la parte
posterior de la cabeza y rematar con un pequeño moño en la parte izquierda.

Ayu: pez similar a la trucha.

Hakama: Especie de falda-pantalón con pliegues frontales.

Haori: Chaqueta japonesa amplia que se pone sobre el quimono y se ata por delante
con unas trencillas.

Hatamoto: Samurái al servicio directo del sogunato Tokugawa. Tenía derecho a


solicitar audiencia con el sogún.

Kannon: Advocación budista de la misericordia.

Kazoku: Un sistema de títulos nobiliarios hereditario del Imperio japonés y que se


mantuvo entre 1869 y 1947.

Koto: Instrumento de música tradicional de Japón, de 13 cuerdas y parecido a un arpa


horizontal.

Marumage: Estilo de peinado japonés consistente en un moño oval en la parte


superior de la cabeza. Este tocado indica el estatus de mujer casada.

Obi: Faja para ceñir el quimono.

Rikisha: Vehículo de dos ruedas de tracción humana.

Shimada: Estilo de peinado japonés compuesto con un moño alto sobre la nuca y que
era popular entre las jóvenes solteras y las geishas.

Shoji: Puerta corredera con marco de madera cubierto de papel japonés traslúcido.

Sokuhatsu: Peinado japonés consistente en un moño alto y que se consideraba


moderno en su época.

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Sotoba: Tabla alta y estrecha de madera que se coloca detrás de una tumba para
salvaguardar el reposo de los difuntos.

Yamame: Pez similar a la trucha.

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TOKUTOMI ROKA. Minamata (Japón), 1868 - Ikaho (Japón), 1927. Escritor y
filósofo japonés.
Hijo del intelectual y educador confuciano Tokutomi Kazutaka y hermano menor del
historiador y periodista Tokutomi Sohō, Roka ingresó en 1874 en la universidad
Dōshisha, fundada por Niijima Jō y fuertemente influida por los valores del
Puritanismo, pero no llegó a terminar la carrera.
A los 20 años se trasladó a Tokio para trabajar como corrector y traductor en la
editorial Minyusha, fundada por su hermano. De esos años data su interés por Tolstói
y Goethe. Este primero fue la principal influencia literaria de Roka, marcando su
estilo literario, sus ideas filosóficas y su modo de vida. En 1906, mientras realizaba
un viaje por Europa que finalizaría con una peregrinación a Jerusalén, tuvo la
oportunidad de entrevistarse con él en su finca Yásnaya Poliana. Plasmó las
impresiones del viaje y de su encuentro con Tolstói en Junrei kiko. De regreso a
Japón decidió poner en práctica los ideales del cristianismo libertario y la vuelta a la
naturaleza, y se instaló en una pequeña granja de la por entonces zona rural de
Kasuya (actual distrito de Setagaya), donde practicó la agricultura como «campesino
esteta» hasta su muerte en 1927. Tras el fallecimiento de su esposa, la propiedad fue
donada a la ciudad de Tokio para ser convertida en un parque, llamado Roka Kōshun-
en en su honor.
Como novelista, Roka conoció el éxito absoluto en vida. Namiko, publicada primero
por entregas en el periódico Kokumin Shinbun de 1898 a 1899, se convirtió en la

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novela más vendida de la era Meiji cuando fue editada en formato libro un año
después. Su éxito traspasó fronteras y fue traducida al inglés, al francés, al alemán, al
italiano y al español. Sus ensayos, agrupados bajo el título de Shizen to jinsei,
recibieron igualmente un sorprendente favor popular: doscientas impresiones
solamente en los años de la era Taisho (1912-1926). Su difusión propició la moda de
los viajes entre mucha gente de su tiempo, afición a la que dio ímpetu la creación de
la red de los ferrocarriles japoneses. También Omoide no ki (1901), reimpresa ciento
cuarenta y cinco veces en los veinticinco años que sucedieron a su publicación, es
todavía hoy considerada un clásico de la época.

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Notas

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[1] Takie Sugiyama Lebra, Above the Clouds: Status Culture of the Modern Japanese

Nobility, Berkeley, University of California Press, 1993, págs. 216-217. <<

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[2] Ueno Chizuko, «Modern Patriarchy and the Formation of the Japanese Nation

State», en Multicultural Japan: Paleolithic to Postmodern, ed. de Donald Denoon et


alt., Cambridge, Cambridge University Press, 1996, págs. 213-223. <<

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[3]
Julia Meech-Pekarik, The World of the Meiji Print: Impressions of a New
Civilization, Nueva York, Weatherhill, 1986, pág. 114. <<

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[4] Donald Keene, Dawn to the West (Columbia, Columbia University Press, 1998),

pág. 228. <<

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[5] «Visiones y ensoñaciones del Japonismo en la narrativa española y unas notas

sobre la recepción de la narrativa japonesa» de David Almazán (Proyecto del


Ministerio de Educación y Ciencia I+D HUM2008-05784, Grupo consolidado H03,
Universidad de Zaragoza y Gobierno de Aragón, pág. 5). <<

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[6] Trad. de I. Pinto, O. Gavidia y H. Izumi (Lima, Pontificia Universidad Católica del

Perú, 2002). <<

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[7] En un articulo publicado en Bungei Shunju, en julio de 1961, después, por tanto,

de dos devastadoras guerras mundiales, un japonés, Michio Takeyama, escribió estas


impresiones de su viaje a Europa: «Europa es parte de la cristiandad. Sin embargo, en
sus países no hay ningún resto del Sermón de la Montaña. La historia de Europa
ofrece escasos ejemplos de perdón al enemigo. Ni de poderosos que se humillen ante
los humildes […]. Las naciones cristianas han sido fieles a la práctica salvaje de
despedazar al débil. Ante estos hechos, se puede uno preguntar: ¿en qué sentido son
los europeos cristianos?» (citado por Eichiro Ishida, «A Culture of Love and Hate»,
en Japanese Culture and Behavior, ed. por Takie S. Lebra y William P. Lebra,
Honolulu, University of Hawaii Press, Honolulu, 1986, págs. 33-42, pág. 35). <<

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[8] Ooka Shohei, Higuchi Ichiyo, Tokutomi Roka, Kunikida Doppo, Tokio, Cho Koron

Sha, 1968, pág. 546. <<

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[9] La versión inglesa de esa obra, aparecida en 1970 bajo el titulo de Footprints in

the Snow (trad. Kenneth Strong, Nueva York, Pegasus), está precedida de un prólogo
con información abundante de la vida del autor. En japonés hay una detallada
biografía suya en tres volúmenes, Roka Tokutomi Kenjiro, escrita por Yoshio Nakano
y publicada en los años setenta. <<

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[10] Tokutomi, Kenjiro (sic), Nami-ko. Novela popular japonesa (Barcelona, Maucci,

1904) y ¡Antes la muerte! Novela japonesa (Madrid, Rivadeneyra, 1923). Reeditada


en Chile en 1946 (Colección Mi Libro Zig-Zag, Santiago de Chile). Todas ellas eran
versiones desde el francés e inglés. Esta información ha sido posible gracias al
meticuloso trabajo bibliográfico de David Almazán, de la Universidad de Zaragoza, y
a la diligencia de Rafael Palop, mi alumno en Casa Asia de Madrid, a quienes doy las
gracias desde aquí. <<

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[11] Tanto el Kukomin shinbun como la editorial Minyusha fueron fundados por el

hermano mayor del autor, Tokutomi Soho. <<

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[12] El distrito llamado de Kitatama en 1909 pertenece actualmente al distrito tokiota

de Setagaya-ku, uno de los 23 distritos establecidos en 1948. <<

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[13] Nombre común de Kozuke, antiguo nombre de la actual provincia de Gunma,

situada en el norte de Tokio. Ikaho es una ciudad de turismo termal. <<

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[14] Estilo de peinado japonés consistente en un moño oval en la parte superior de la

cabeza. Este tocado indica el estatus de mujer casada. <<

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[15] Chaqueta japonesa amplia que se pone sobre el quimono y se ata por delante con

unas trencillas. <<

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[16] Una especie de trucha. <<

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[17] Véase la nota anterior. <<

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[18] El río más largo de Japón. <<

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[19] Kakinomoto no Hitomaro (660-c. 720). Poeta japonés del periodo Nara,
designado uno de los Treinta y Seis Poetas Inmortales. <<

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[20] Sistema de títulos nobiliarios hereditario del Imperio japonés y que se mantuvo

vigente entre 1869 y 1947. <<

www.lectulandia.com - Página 193


[21] Instrumento de música tradicional de Japón, de 13 cuerdas y parecido a un arpa

horizontal. <<

www.lectulandia.com - Página 194


[22] Especie de falda-pantalón con pliegues. <<

www.lectulandia.com - Página 195


[23] Peinado femenino japonés consistente en un moño alto y que se consideraba

moderno en su época. <<

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[24] Nombre común de Nagato, antiguo nombre de la prefectura de Yamaguchi actual,

situada en el sur de Japón. <<

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[25] Advocación budista de la misericordia. <<

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[26] Ambas son plantas silvestres de montaña comestibles que crecen en primavera.

<<

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[27] Actualmente es una provincia en el suroeste de Japón. <<

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[28] El principal río de Tokio, que desemboca en la bahía de esta ciudad. <<

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[29] Puerta corredera con marco de madera cubierto de papel japonés traslúcido. <<

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[30] Estilo de peinado japonés compuesto con un moño alto sobre la nuca y que era

popular entre las jóvenes solteras y las geishas. <<

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[31] Kiyomasa Kato (1562-1611). Célebre samurái que participó en la expedición

contra Corea. <<

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[32] Vehículo de dos ruedas de tracción humana. <<

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[33] Se refiere a una especie de sortilegio que se practica desde tiempos antiguos,

consistente en hundir un clavo en un muñeco hecho de paja que representa a la


persona odiada. Este aojamiento se realiza cada noche en un santuario sintoísta entre
la una y las tres de la madrugada. <<

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[34] Un barrio de Kioto donde se concentra la industria textil tradicional de gran

prestigio. <<

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[35] Faja para ceñir el quimono. <<

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[36] Seudónimo de Takamori Saigo (1828-1877), uno de los políticos que apoyó el

derrocamiento del sogunato Tokugawa y respaldó la Restauración de Meiji. Lideró la


Rebelión de Satsuma, el último conflicto encabezado por los samuráis en la historia
japonesa. <<

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[37] Árbol (Gingko biloba) ornamental originario de China de porte majestuoso y

características hojas en forma de cuña. <<

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[38] Masatsura Kusunoki (1326-1348). Hijo del héroe Masashige Kusunoki. Fue uno

de los líderes militares que reinstauró la Corte del Sur en la década de 1340. <<

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[39] Véase la nota 23. <<

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[40] Libro de la conocida Gramática de Port-Royal. <<

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[41] Toshimichi Okuma (1830-1878), estadista japonés y uno de los Tres Grandes

Nobles que impulsaron la Restauración de Meiji. <<

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[42] Edo es la actual Tokio y Nagasaki está a unos 800 km al sur de Tokio. El

proverbio pondera el alcance de la venganza de alguien en un lugar inesperado o de


una manera desmedida. <<

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[43] La parte más profunda (8.514 m) en el centro de la fosa marina de las Kuriles, en

el noroeste del océano Pacífico. Este punto fue localizado por el buque
estadounidense Tuscarora en 1874; de ahí el nombre. <<

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[44] Ko no Moronao (?-1351) fue el primer shitsuji (miembro del sogunato en el

periodo Muromachi [1333-1573]). <<

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[45] Un tipo de peinado japonés más moderno en aquellos tiempos que el marumage.

Consiste en enrollar en dos partes hacia arriba el cabello en la parte posterior de la


cabeza y rematar con un pequeño moño en la parte izquierda. <<

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[46] Puerto militar situado en la prefectura de Nagasaki y de gran importancia en el

periodo Meiji. <<

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[47] Ciudad de playa al sur de Tokio. Lugar de veraneo. <<

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[48] Ciudad de playa al este de Tokio. Actualmente tiene el nombre del Katsura. <<

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[49] Los santuarios de Inari son numerosos y están custodiados por dos figuras de

piedra en forma de zorro, con las que se venera al dios de las cosechas. <<

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[50] Véase la nota 30. <<

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[51]
Su verdadero nombre era Nobu Otagaki (1791-1875). Tras la muerte de su
marido, se hizo monja budista y utilizó el seudónimo Rengetsu. <<

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[52] Nashinomoto Shu es una recopilación de poemas escritos en 1698 y publicados en

1700. <<

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[53] Referencia a la costumbre de intercambiar una copa de sake entre el novio y la

novia en una boda sintoísta san-san kudo. <<

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[54] Lugar famoso por los cerezos. <<

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[55] Deidad budista, representada con un rostro temible y rodeada por las llamas. En

su mano derecha sostiene una espada para herir a los espíritus malignos y en la
izquierda, una cuerda con la que estrangularlos. <<

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[56] Una religión autóctona de Corea fundada en 1860 por Choe Je-u. <<

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[57] Levantamiento de 1894 en Corea, de carácter antigubernamental y xenófobo, que

fue el catalizador de la primera guerra sino-japonesa. <<

www.lectulandia.com - Página 230


[58] Entre 1894 y 1895 China y Japón se enfrentaron principalmente por el control de

Corea. <<

www.lectulandia.com - Página 231


[59] Un río que fluye íntegramente a través de Corea del Norte. Recorre el país en

dirección suroeste y desemboca en la bahía de Corea. <<

www.lectulandia.com - Página 232


[60] Uno de los cuatro navíos chinos modernizados en la última dinastía Qing. <<

www.lectulandia.com - Página 233


[61] Fuertes de artillería construidos en Taku, la entrada por mar a Tianjin y Pekín,

como defensa de los ataques extranjeros. <<

www.lectulandia.com - Página 234


[62]
Golfo ubicado en la zona más septentrional del mar Amarillo, en la costa
nororiental de China. <<

www.lectulandia.com - Página 235


[63] Ciudad portuaria en el golfo de Bohai, en el noreste de la provincia de Shandong,

en China. <<

www.lectulandia.com - Página 236


[64] Río que fluye a través de Pekín y Tianjin, y que desemboca por el golfo de Bohai

en el mar Amarillo. <<

www.lectulandia.com - Página 237


[65] Li Hongzhang fue un estadista que representó a China en la serie de humillantes

negociaciones que se entablaron al finalizar la guerra franco-china (1883-1885) y la


primera guerra sino-japonesa (1894-1895). <<

www.lectulandia.com - Página 238


[66] Un barco acorazado de la flota china. <<

www.lectulandia.com - Página 239


[67] Situada en Dalian, gran ciudad y puerto de la provincia de Liaoning en China, y

que se encuentra entre la península de Liaodong, en el sur de China, y la península de


Corea. <<

www.lectulandia.com - Página 240


[68] Zona en el sur de Honshu, la isla principal de Japón. La región incluye las

provincias de Okayama, Hiroshima y Yamaguchi. <<

www.lectulandia.com - Página 241


[69] Se refiere al koden por adelantado. Koden es un donativo de condolencia que se

hace a la familia del difunto. <<

www.lectulandia.com - Página 242


[70] La primera batalla naval de la guerra sino-japonesa. <<

www.lectulandia.com - Página 243


[71] Samurái al servicio directo del sogunato Tokugawa. Tenía derecho a solicitar

audiencia con el sogún. <<

www.lectulandia.com - Página 244


[72] En 1868, al pasar de la era de Edo a la de Meiji, se cambió el nombre por el de

Tokio. <<

www.lectulandia.com - Página 245


[73] Un barrio de Tokio donde se ubicaba Kanei-ji, un templo de gran importancia

para el sogunato Tokugawa, que fue la sede del antiguo régimen durante la
Restauración de Meiji. <<

www.lectulandia.com - Página 246


[74] La ciudad de Shizuoka es la capital de la provincia homónima situada al sur de

Tokio. <<

www.lectulandia.com - Página 247


[75] Kaishu Katsu (1823-1899) fue un oficial de la Marina japonesa y un estadista

durante los últimos años del sogunato Tokugawa y el comienzo de la era Meiji. <<

www.lectulandia.com - Página 248


[76] Véase la nota 36. <<

www.lectulandia.com - Página 249


[77] Port Arthur era un puerto ruso en territorio de la actual República Popular China.

Hoy se conoce como Lüshunkou o Luyshun y es una ciudad situada en el extremo sur
de la península de Liaodong, junto a la ciudad de Dalian. <<

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[78] Se trata de la costumbre de enviar las cenizas del soldado muerto a su familia. <<

www.lectulandia.com - Página 251


[79] Tratado firmado entre Japón y la dinastía Qing de China, y que puso fin a la

primera guerra sino-japonesa. <<

www.lectulandia.com - Página 252


[80]
Rusia, que veía como la expansión de Japón ponía en peligro sus intereses
geopolíticos en la zona, apoyada por Francia y Alemania, presionó al Gobierno
japonés para que reconsiderara amistosamente las ventajas obtenidas en el Tratado de
Shimonoseki. <<

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[81] Un ave gigante imaginaria de la mitología china. <<

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[82] Línea principal que conecta las estaciones de Tokio y Kobe. <<

www.lectulandia.com - Página 255


[83] Ciudad ubicada en el sur de la provincia de Kioto. <<

www.lectulandia.com - Página 256


[84] La provincia de Nara está ubicada cerca de Kioto. La capital es Nara, una ciudad

turística por ser la cuna histórica de Japón. <<

www.lectulandia.com - Página 257


[85] En él se ubica el salón de Fénix, estatua de Buda Amida tallada en madera de

ciprés japonés y cubierta de oro. <<

www.lectulandia.com - Página 258


[86] Es de la poetisa Kikusha Tagami. Muy atraída por la cultura china, la poetisa cree

que la canción entonada por las recogedoras de té la está escuchando en China, pero
al final se da cuenta de que está en Japón. <<

www.lectulandia.com - Página 259


[87] Protagonistas de un drama muy conocido en su versión teatral. <<

www.lectulandia.com - Página 260


[88]
Véase la nota 36 sobre Saigo. Shunsai Arimura —posteriormente se llamó
Nobuyoshi Kaieda— fue político en los feudos de Satsuma. Ambos proporcionaron
protección al monje Gessho, impulsor de una filosofía política para derrocar el
sogunato Tokugawa. <<

www.lectulandia.com - Página 261


[89] Se refiere al funeral budista que se realiza a los siete, cuarenta y nueve y cien días

de la muerte del difunto. <<

www.lectulandia.com - Página 262


[90] El 23 de noviembre, el día de la ofrenda a los dioses y al emperador. <<

www.lectulandia.com - Página 263


[91]
Tabla alta y estrecha de madera que se coloca detrás de una tumba para
salvaguardar el reposo de los difuntos. <<

www.lectulandia.com - Página 264

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