Namiko - Roka Tokutomi
Namiko - Roka Tokutomi
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Roka Tokutomi
Namiko
Maestros de la Literatura Japonesa - 2
ePub r1.0
Titivillus 03.02.16
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Título original: (Hototogisu)
Roka Tokutomi, 1898
Traducción: Rumi Satō
Introducción: Carlos Rubio
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INTRODUCCIÓN
John Ruskin, crítico de arte y sociólogo británico del siglo XIX, en el capítulo titulado
«La memoria» de su famoso libro Las siete lámparas de la arquitectura diserta sobre
la cualidad de lo «pintoresco». Concluye al final del capítulo que una de las
diferencias de la belleza de lo pintoresco con respecto a lo clásico es su carácter
casual. En un paisaje arquitectónico, lo pintoresco, que etimológicamente quiere decir
«semejante a una pintura», aparece en las edificaciones en cuestión como algo
alejado de los criterios de belleza que se tuvieron en cuenta al diseñarlas. Para Ruskin
la belleza pintoresca es la fusión de una obra, varios siglos después de ser construida,
con la hiedra, la hierba, las zarzas que surgen a su alrededor y con otras
manifestaciones espontáneas de la naturaleza, como la erosión causada por el paso
del tiempo, las olas, los líquenes, e incluso las nubes y las tormentas. No se trata de
ver un edificio tal y como se hizo en un principio ni como se pretendía que lo
viéramos, sino verlo desde un punto de vista completamente distinto, con la
perspectiva que nos proporciona la rueda del tiempo detenida en un instante y que,
contemplado así, nos puede permitir apreciar la belleza casual que se desprende de la
obra en cuestión.
Un siglo después de ser escrita, la novela Namiko, que casualmente apareció
como libro el mismo año de la muerte de John Ruskin, en 1900, ha desarrollado con
toda justicia la cualidad de pintoresca. Pintoresca por el asunto principal, por la
personalidad del autor y, característicamente, por el siglo que ha pasado desde su
aparición. La sustancia de su trama —una joven esposa que es «divorciada» por su
suegra— pudo no ser del todo infrecuente en su tiempo. De hecho, estuvo basada en
un suceso real. Pero el paso de un siglo jalonado por cambios espectaculares en la
sociedad nipona ha cubierto esta obra con la maleza salvaje de lo casual y con el
musgo delicado de lo extraordinario. Su cualidad de pintoresca ha madurado
silenciosamente todo ese tiempo para merecer ser rescatada ahora desde el original
japonés por Satori Ediciones y puesta al alcance del lector hispanohablante cuyo
paladar, habituado a un valor social tan arraigado como el individualismo extremo,
saboreará con cierto regusto ácido la historia sorprendente de la dulce Namiko y de
Takeo, su amante esposo. Porque la historia de Namiko es la historia de la lucha del
sentimiento individual contra la fuerza de un valor colectivo como el de la familia.
Tanto es así que no es Takeo, sino el sistema familiar, el ie seido, dominante entonces
en Japón en ciertas clases sociales, quien se erige como formidable protagonista al
lado de Namiko. Esta novela trata, en sustancia, de la pugna librada entre la frágil
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Namiko y el brutal ie japonés. Es fundamental, en consecuencia, tratar de este
importante «personaje», toda vez que su definición presenta unos contornos
marcadamente distintos del concepto actual de «familia» de Occidente. Pero antes,
unas palabras sobre el argumento.
La historia de esta novela, estructurada en tres partes, discurre en poco más de
dos años —desde la primavera de 1893 al verano de 1895— y se centra en la vida de
Namiko, una delicada joven de dieciocho años de edad, hija de un honorable general,
casada recientemente con Takeo Kawashima, oficial de la Marina. La clase social de
ambos pertenece a esa aristocracia militar de los samuráis de niveles más altos que
había sido consolada con títulos de nobleza —los Kawashima son barones— después
de haber sido desposeída por el gobierno reformista de Meiji de ancestrales
privilegios de clase unos veinte años antes. No obstante tratarse de un matrimonio
concertado por los padres, todo parece sonreír a la joven pareja: se aman tiernamente,
son ricos y de noble cuna, a él lo espera una carrera prometedora, a ella, la dicha de
una vida familiar tras haber conseguido librarse de la desdichada tutela de una
madrastra hostil. Con su flamante peinado al estilo marumage, la joven esposa mira
radiante el futuro. ¡Pero, ay, qué negros nubarrones se ciernen sobre la feliz pareja!
Al principio de la segunda parte —se nos dice— la protagonista «tuvo un ataque de
tos y se apretó con la mano el costado derecho… ¡Tuberculosis! El sentimiento de
Namiko, temerosa del diagnóstico de su enfermedad, era el de un viajero solitario
perdido en un campo inmenso cuando ve como se le aproxima una nube negra y
amenazadora» (cap. 4). La tuberculosis era a final del siglo XIX una enfermedad fatal,
como lo puede ser en nuestros días un cáncer avanzado. Y con el agravante de ser
hereditaria. El diagnóstico la excluía de la maternidad, lo cual significaba que, por ser
Takeo hijo único, hacía imposible la supervivencia del linaje de los Kawashima.
Aprovechando la ausencia de su hijo, la baronesa Kawashima, que al ser viuda, actúa
como cabeza de familia, toma la resolución de repudiar a su nuera. El matrimonio
queda disuelto. Que Namiko no pueda manifestar su opinión al respeto y sea devuelta
sumariamente al hogar paterno sin rechistar y que incluso Takeo acepte en silencio la
decisión de su madre una vez tomada, dice mucho del poder del sistema del ie
japonés. «Takeo estaba convencido de que su relación con Namiko estaba
prácticamente terminada. Las leyes y convenciones sociales habían levantado una
barrera infranqueable entre la realidad y sus deseos». La suerte de la protagonista,
una vez devuelta a la casa de su bondadoso padre, estaba anunciada. A su marido sólo
acierta a verlo en un encuentro fugaz en la estación ferroviaria de Yamashina muy al
final de la novela. La obra acaba con una situación nada infrecuente en las novelas de
final del periodo Meiji (1868-1912) y Taisho (1912-1926): la formación de un lazo
padre-hijo adoptivo que trasciende el destino de la protagonista. El padre de Namiko,
el general Kataoka, adquiere cierta estatura grandiosa en la novela y, a pesar de todo
lo ocurrido, acepta a Takeo como hijo: «… Yo sigo siendo tu suegro. Aún tenemos un
largo camino por recorrer».
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La vieja familia japonesa. El ie. ¿Quién es este temible bruto que destroza los
corazones de los jóvenes esposos? El término de ie es usado habitualmente por los
estudiosos del modelo de familia tradicional japonesa tal como existía en el periodo
Edo (1600-1868) y pervivía en las primeras décadas del Japón moderno. Significa un
grupo de personas que comparten residencia y una vida social y económica, y que se
consideran como miembros de una unidad social. Un concepto que se sale del actual
de «familia» en español y se acerca un poco al de «clan». Tradicionalmente, el ie
incluía a personas con lazos de sangre, pero también a parientes lejanos y personas
que trabajaban como empleados en la casa. En la mayor parte de los casos, un varón
sano y capaz era el cabeza de familia. El hijo mayor de este cabeza de familia sería el
sucesor, heredaría toda la propiedad familiar, se quedaría en casa después de casarse
cuidando a sus padres, se responsabilizaría de honrar la memoria de estos una vez
fallecidos y mantendría la continuidad del apellido. Sus hermanos de uno y otro sexo
abandonarían el hogar para convertirse en miembros de otros ie. La familia japonesa,
por tanto, no era una agrupación perpetua de descendientes y de esposas de estos,
sino una unidad básicamente selectiva de la cual se eliminaban sin piedad vástagos
que hacían sombra al cabeza de familia o en la cual se injertaban cuerpos extraños
para asegurar la continuidad, siempre masculina, de un apellido. De hecho, si un
matrimonio sólo tenía hijas, se adoptaba legalmente a un varón para casarlo con la
hija mayor. Era la situación, bastante común, llamada muko yoshi. Si el matrimonio
no tenía ni hijos ni tampoco hijas, se adoptaba a algún varón de otros ie,
consanguíneos si era posible, como un sobrino, al que se daba el apellido y se cedía la
propiedad familiar. De esta manera, bien a través de un yerno adoptado para la hija o,
si no tenían descendencia, a través de un hombre extraño a la familia al que
naturalmente se le buscaba esposa, se aseguraba la pervivencia del apellido que era,
simplemente, símbolo de la no interrupción de la estirpe. En este sistema las mujeres
funcionaban como poco más que artículos de intercambio destinados a asegurar la
producción de retoños: eran, literalmente, karibara o «vientres de alquiler», por usar
una expresión cruda de la época. Esta noción es importante para enmarcar la decisión
a la que llega la señora Kawashima cuando repudia a su nuera, la protagonista de la
novela. Pero la exclusión de la mujer joven en la dinámica de poder del ie no era un
asunto de literatura. La antropóloga Takie Sugiyama Lebra informa de casos de
familias que adoptaron a un hombre para su hija. Hasta aquí todo normal; pero que
después «divorciaron» a su hija porque el matrimonio no se llevaba bien. En uno de
los casos citados por Sugiyama, los padres llenaron el vacío de la hija repudiada
instalando en casa a una concubina para su yerno. Así se entiende mejor, tal vez, la
cualidad de «selectivo» que hemos atribuido al ie japonés: «la continuidad de la
sucesión es más importante que el lazo de sangre […]. Un yerno adoptado que sea
sano es más valioso que una hija»[1]. El carácter de selectivo se refuerza, además, por
el hecho de que un primogénito que, en su juventud, no mostrara las cualidades
necesarias para ser un eficaz cabeza de familia, o no lo deseara o no fuera sano, era
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sustituido por un hermano menor. O —caso de Namiko— una nuera que no
cumpliera la expectativa tácitamente alimentada por todos —ser madre—, podía ser
divorciada y sustituida. Estas situaciones, como ocurre en esta novela, estaban
facilitadas por la circunstancia de que el matrimonio no era registrado oficialmente
hasta el nacimiento del primer hijo, una costumbre que permitía que la pareja se
separara sin pasar por las formalidades de un divorcio oficial.
Sobre las penurias emocionales de nueras cohabitando con suegras hay en todo el
mundo una abundante literatura. Y, cuando el sistema social posee una jerarquía tan
rígida como el japonés, sobreabundante. Tradicionalmente una nuera japonesa,
especialmente hasta que ha sido madre de un hijo varón y está en situación de
convertirse en futura suegra, ocupaba en el viejo sistema una de las posiciones más
bajas del ie: era una especie de criada especial. La literatura japonesa de todos los
tiempos ha descrito la vida estresada de una nuera bajo el ojo avizor de la madre de
su marido, la cual exigía, a veces con la crueldad de quien ha pasado por la misma
experiencia y busca desahogo, conformidad absoluta con las costumbres y las
expectativas de la casa.
El ie, por lo tanto, estaba organizado como una jerarquía en cuyo vértice estaba el
cabeza de familia con una posición de absoluta autoridad sobre los demás miembros.
Aunque hasta después de la Segunda Guerra Mundial esa posición de autoridad
estaba respaldada por la ley y solía recaer en un varón, en esta novela vemos que tal
función va a detentarla, en ausencia de su difunto marido, una mujer, la señora
Kawashima. No era excepcional. En el ie la edad y el lugar específico, más que el
sexo, determinaban la autoridad. Si su marido viviera, la señora Kawashima sería
respetada pero no podría ejercer mucha autoridad. De hecho, así se nos cuenta en los
primeros capítulos. Pero su viudedad y la juventud de su hijo la elevan al vértice
superior del triángulo y, por lo tanto, la llevan a asumir como asunto absolutamente
prioritario la supervivencia del apellido familiar.
Por lo dicho habrá podido quedar claro que la continuidad genealógica y, como
medio, el bienestar de la familia ejercían precedencia absoluta sobre las necesidades
de cualquier miembro individual, aunque fueran, como pudo sentirlo la señora
Kawashima, las emocionales de su propio hijo, intensamente enamorado de su
esposa. Ese ideal era comunicado explícitamente y también implícitamente a todos
los miembros del ie. La identidad con el grupo y no con el individuo se refleja en
numerosos hábitos sociales y lingüísticos de los japoneses, incluidos los de hoy en
día. Por ejemplo, la manera característica de referirse en japonés a los miembros de la
propia familia, o incluso a mascotas, es «de nuestra familia» (uchi no) en lugar de
utilizar los pronombres posesivos de persona (mi, tu, su, nuestro, etc.) como suele
hacerse en las lenguas occidentales.
Quedaría incompleto este repaso a las características del ambiente familiar en que
respiran los protagonistas de esta novela si no mencionáramos los sentimientos de
piedad filial y de agradecimiento hacia los propios padres. Los dos formaban parte
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del canon ético confuciano y regulaban el cuidado y honra que hay que dispensar a
los padres o, en el caso de la nuera, a los suegros. También el budismo, a través de la
importancia concedida a la veneración a los ancestros y de una secular tradición de
apólogos e historias, reforzaba la cohesión interna de la malla del ie seido. Este
modelo, además, se reproducía tradicionalmente en el entramado de todas las
relaciones sociales de los japoneses (la escuela, el trabajo, el club de ocio). El largo
periodo de aislamiento de Japón, desde comienzos del siglo XVII hasta mediados del
XIX, favoreció sin trabas el desarrollo de actitudes y valores que alimentaron ese
tejido organizativo, un modelo que, aunque desdibujado hoy en día, sigue dando
claves para entender el comportamiento social de la mayoría de los japoneses.
Sin salirnos de las postrimerías del siglo XIX, la noción del ie seido, que acaba de
ser esbozada, rebasó los confines del ámbito familiar. En efecto, una de las
características más destacadas de la reinvención de Japón que realizó el nuevo
gobierno japonés de Meiji en la línea de la nación moderna y avanzada que quería
ser, fue la invocación del sistema de familia tradicional de Japón como modelo social
del nuevo Estado imperial. Cuando «la nación como familia» (kazoku kokka) basada
en el ie seido quedó establecida formalmente en la última década del siglo XIX a
través de esfuerzos legislativos, de material educativo y de propaganda oficial, la
figura imperial quedó transformada en el padre simbólico de la nación y todos sus
súbditos adoctrinados para reverenciarlo igual que harían con «un padre estricto y
una madre cariñosa»[2]. A pesar del dominio del discurso del ie seido hasta mediados
del siglo XX, el periodo Meiji vio nacer en sus entrañas una noción competidora del
viejo sistema familiar: el de hogar o katei (familia nuclear formada por una pareja
enamorada y por sus hijos), el cual, en contraste con su rival confuciana, era
presentado por sus abogados como una idea moderna inspirada en la ideología
cristiana de la monogamia y en el ideal del amor romántico de uso corriente, se decía,
en los países del «bárbaro instruido», en Occidente. Es irónico que la nueva noción
de la pareja, que acabaría socavando a la vieja a lo largo del siglo XX, fue
promocionada por xilografías del emperador y la emperatriz ataviados en ropa
occidental y uno al lado del otro en ceremonias oficiales. En realidad, como nos
informa Meech-Pekarik, eran «fotomontajes» de la época, pues el emperador Meiji
raramente permitía que su esposa lo acompañase[3]. De esa guisa, un emperador,
exaltado a la posición de «padre de la nación» según el modelo del viejo sistema
familiar, usaba el ideal del nuevo, el katei, para promocionar la imagen de Japón
como un país moderno.
Hubo japoneses, sin embargo, que se tomaron más en serio que el emperador la
noción de katei o, exactamente, que lo hicieron criticando la de ie seido. Uno de ellos
fue Tokutomi Roka (1868-1927), el autor de esta novela, una obra que fue un best-
seller en su tiempo, mereciendo ser traducida a siete lenguas extranjeras a los pocos
años de ser publicada[4]. Porque Namiko es un ataque virulento al ie seido y, para los
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lectores occidentales de entonces, una reconfortante demostración de que en Japón un
japonés cristiano osaba levantar voces agrias contra la tiranía del viejo sistema.
Tokutomi Roka es uno de esos escritores enormemente populares en su tiempo,
pero que no crean escuela ni dejan sedimento pasadas dos generaciones. Le cupo, sin
embargo, el honor dudoso de ser el primer novelista japonés «de cierta repercusión»
en España, allá por 1904, y de figurar en la History of Japanese Literature de William
G. Aston escrita en 1899[5]. Roka mantiene un puesto digno en la literatura de Meiji
por tres razones: su llamativa personalidad, la descripción realizada en sus obras del
impacto que en la juventud japonesa de final de siglo desempeñaron los valores
morales y sociales de Occidente y, señaladamente, en tercer lugar, la gallarda
denuncia de la falta de principios morales en muchas costumbres y en las tendencias
ideológicas del Japón de Taisho (1912-1926). Una prueba de esta última fue la larga
enemistad con su hermano mayor, Tokutomi Sohō (1863-1957), periodista e
historiador, que destacó en el movimiento nacionalista japonés, de tan desastrosas
consecuencias, llegando a ser arrestado como sospechoso de ser criminal de guerra
Clase A por las Fuerzas de Ocupación americanas. El menor de los Tokutomi,
Kenjiro de nombre (Roka será el seudónimo literario sacado de un pasaje de El libro
de la almohada de Sei Shonagon)[6], nació en la provincia de Kumamoto, Kiushu, y a
los dieciocho años se hizo cristiano y fue bautizado por misioneros metodistas. Sin
quitar mérito a la fe sincera de muchos conversos, hay que tener presente que para
una buena parte de los jóvenes japoneses de entonces el principal atractivo del
cristianismo radicaba en su asociación con Occidente o, más exactamente, en la vaga
percepción colectiva de que el cristianismo —como lo había sido el budismo en el
siglo VII con respeto a la civilización china— era la cualidad esencial de una
civilización percibida como superior. Resultaba, además, una eficaz aula para
aprender inglés directamente de los misioneros y una cómoda ventana desde la cual
observar Occidente y empaparse de nociones tan sugerentes para los jóvenes de
entonces como derechos humanos, libertad social, amor romántico y dignidad del
individuo. Y la manera más económica para una inmensa mayoría, sin medios para
costearse una estancia o viaje por Europa o Estados Unidos. Muchos jóvenes
abandonaron el cristianismo, como el mencionado hermano de Roka, al hacerse
maduros; otros, dejaron la fe cristiana después de viajar por los países cristianos y
comprobar in situ la clase de cristianismo que se practicaba por los hombres y
mujeres de los países de Occidente[7]. Roka, en cambio, perseveraría en la fe
extranjera hasta el final de su vida, tal vez inconscientemente ayudado —igual que
pasaría con el más ilustre de los escritores japoneses cristianos, Shusaku Endo (1923-
1999)— por el recuerdo de su madre, que también había sido cristiana.
En Kioto ingresa en la Universidad Doshisha, pero no acaba la carrera; y a los
veinte años llega a Tokio, como tantos jóvenes de provincia, ávido de hacer realidad
ese lema de enorme atractivo en los corazones de los jóvenes japoneses nacidos en
los primeros años de Meiji, risshin shusse, el éxito en el mundo por el esfuerzo
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individual. En Tokio trabaja como corrector y traductor en la editorial Minyusha,
fundada por su hermano. De esos años data su interés por Tolstói y Goethe. En el
periodo 1898-1899 aparece por entregas en el periódico Kokumin Shinbun la novela
Hototogisu, en forma de libro un año después, y en inglés, bajo el título de Namiko,
tres años más tarde. También esta presente versión española ha adoptado el nombre
de la heroína como título de la obra. Hototogisu es el nombre de un ave semejante a
un pequeño cuclillo o cuquillo de tonos grisáceos (Cuculus poliocephalus). Se dice de
él que antes de morir vomita sangre. En la tradición poética japonesa se lo identifica
con el alma enamorada, con el mensajero del amor y con la estación del verano.
Dentro del reducido repertorio léxico de la poesía japonesa clásica (waka) era un ave
canora celebrada —ella y el ruiseñor (uguisu) son los únicos pájaros que aparecen en
las colecciones canónicas de waka— y su nombre onomatopéyico no era infrecuente
para llenar con sus cinco sílabas los versos del haiku. Tanto que hasta un poeta
revolucionario como Masaoka Shiki (1867-1902) lo eligió para dar nombre a una
famosa revista literaria por él fundada en 1897. Así, Shiki, que a los 23 años también
vomita sangre, quiso hacer de la melodiosa palabra hototogisu el emblema de la
nueva poesía japonesa. Ante la dificultad de trasladar tantas connotaciones con su
equivalente español de «cuquillo», con gran acierto el editor ha optado por titular la
novela con el nombre simple y evocador de la protagonista, otra alma enamorada.
La aparición de Hototogisu estableció la fama literaria de Roka. Al mismo tiempo
que la publicaba por entregas, Tokutomi Roka había estado sacando en la editorial
donde trabajaba unos ensayos agrupados bajo el título de Shizen to jinsei [Naturaleza
y vida humana] que, igualmente, conocieron un sorprendente favor popular:
doscientas impresiones solamente en los quince años de la era Taisho. Su difusión
propició la moda por los viajes entre mucha gente de su tiempo, moda a la que dio
ímpetu la creación de la red de los ferrocarriles japoneses[8]. Fueron seguidos en 1901
por Omoide no ki [Relato de recuerdos], reimpresa ciento cuarenta y cinco veces en
los veinticinco años que sucedieron a su publicación y todavía hoy aceptada como un
clásico de la época[9]. Obra autobiográfica, se narra en ella la evolución en las
décadas de los ochenta y noventa del siglo XIX de un joven japonés afectado
profundamente por la lectura de la obra de Dickens, David Copperfield. El autor
retrata admirablemente el impacto dramático que en la juventud japonesa de esos
años ejercieron las ideas de Occidente. Hay descripciones admirables de ambientes
de provincia, como la pequeña escuela, y a la vez internado, donde regía una
disciplina espartana y una dedicación vehemente al estudio; o los fuertes lazos que
unían a maestro y discípulo. Al final de la obra asoma una punta de desengaño con el
camino que está siguiendo una sociedad cada vez más materialista y competitiva. A
pesar de su éxito entre los lectores, el autor de todas esas obras, a diferencia de
ilustres contemporáneos como Natsume Soseki y Mori Ogai, carecía del bagaje
intelectual y del vuelo imaginativo suficientes para ir más allá de una ficción popular
y atractiva, y ahondar en las implicaciones de los cambios sociales de su tiempo.
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Pero la vida de Roka continuaba expresando una individualidad desenfadada y, en
el Japón de la época, excéntrica. En 1906 viaja a Jerusalén y Rusia, donde visita a
Lev Tolstói en su finca de Yasnaya Polyana, un autor ya muy popular en Japón y que
en la década siguiente sería la figura idolatrada de los escritores del grupo Shirakaba.
Más tarde Roka imitaría el género de vida del escritor ruso y viviría como un
campesino, llegando a ser conocido como el «santo de Kasuya» en referencia a la
aureola seráfica que irradiaba la práctica cotidiana de su cristianismo y a su aldea,
engullida hoy en día por el crecimiento de Tokio a pesar de que su casa sigue
conservándose para delicia de los visitantes. Fruto de los intereses sociales y
humanistas de amables aires tolstoianos de esos años fue la novela biográfica que, en
1909, saca a la luz, Yadorigi, sobre un oficial del Ejército llamado Ogasawara, y con
la cual alcanza un punto culminante su tendencia a la crítica social. Llamativos
fueron también su tempestuoso matrimonio, las vicisitudes del cual relató sin pudor
en sus escritos; una experiencia mística en la cumbre del monte Fuji —recogida en su
obra Fuji de 1925 coescrita con su mujer, Aiko—; un valiente e ingenuo
llamamiento, escrito en inglés y dirigido a las potencias reunidas en Versalles tras la
Primera Guerra Mundial, a favor de la igualdad de todas las razas del mundo y del
desarme mundial.
Tokutomi Roka es un escritor japonés cristiano. Nada menos. Una incómoda
circunstancia responsable, tal vez, de la propensión a la recriminación valiente que se
rastrea en toda su obra y dirigida contra una sociedad como la japonesa enraizada en
valores no cristianos; y también del humanismo poético que impregna su estilo
narrativo.
Ambas características destacan en Namiko. La primera se centra en una
devastadora crítica del viejo sistema del ie por oponerse a la modernidad y al
progreso, y lo hace en nombre de la libertad individual, esa libertad que Namiko y
Taeko reclaman para amarse y vivir juntos. Namiko es el primer dardo en el ie seido
japonés; lo seguirán otros, como el decisivo en 1910 de la obra de Shimazaki Toson
titulada simplemente Ie [La familia], en la cual se describen las aspectos menos
atractivos del sistema. Roka, como Toson, los poetas Tokoku Kitamura, Takuboku
Ishikawa y otros, a raíz de su descubrimiento del cristianismo, dejaron de pensar
como la mayoría de sus coetáneos japoneses. En contraste con la mentalidad
tradicional japonesa en la cual la naturaleza, los seres humanos y las divinidades
existen como parte de un todo, el cristianismo hizo que esos y otros escritores
despertaran a una nueva conciencia del yo, del individuo diferenciado de la
naturaleza y de lo divino. La consecuencia fue que se desarrollaron en sus
conciencias un insólito respeto por la individualidad de la persona y una creencia en
la igualdad hombre-mujer o noble-plebeyo, aunque tal cosa supusiera nadar contra la
corriente o ser declarado antijaponés. Además, la digestión de estos aprendizajes fue
especialmente intensa para esos hombres, pues el cristianismo les había sido servido
en el mismo plato que el Romanticismo. La emancipación de las emociones y la
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libertad individual, nuevos valores de los que todos ellos se declararon paladines,
constituyeron sendas embestidas a la forma tradicional de pensar en Japón. En
esencia, se trataba del viejo dilema: tradición («costumbres anticuadas») o
modernidad («conciencia individual»). Tan fuerte demostró ser el nuevo sentimiento,
que el honor del «japonés moderno» —un valor especialmente sólido entre los
japoneses de todas las épocas— quedaba gravemente lesionado por la adopción de las
costumbres del pasado. En contra de frases como «lo siento mucho por la pobre
criatura [Namiko], pero mantener el apellido Kawashima es más importante, ¿no?»,
que pronuncia el siniestro Chijiwa; o «la mujer es inferior al hombre», que declara la
madre de Takeo, están las afirmaciones de este, portavoz del autor, en la conversación
del capítulo 6 de la segunda parte, cuando se expresa en estos términos: «¿De qué me
sirve vivir más tiempo a costa de tal crueldad y deshonra?», «¿La gente? ¿La
tradición? Pero no tenemos derecho a hacer mal solo porque otros lo hacen. Una
separación debida a una enfermedad es una brutal costumbre del pasado» y «no
estamos obligados a seguir unas normas anticuadas e inhumanas». En cuanto al amor
romántico, el amor de la pareja que será el núcleo del nuevo sistema de familia, el
katei, el amor más allá de la muerte, ¿puede haber proclama más elocuente que estas
explosivas palabras pronunciadas por Namiko y dirigidas a su marido en el cap. 4 de
la segunda parte?:
¡Aunque muera, seguiré siendo tu mujer! ¡Nada ni nadie nos puede separar, ni la
enfermedad, ni siquiera la muerte! ¡Soy toda tuya, lo seguiré siendo incluso más allá
de esta vida, para toda la eternidad!
En el otro extremo estaba la imitación servil de «las cosas occidentales» que esos
años debía de estar bastante extendida entre muchos japoneses. Como tantos
escritores de su generación, Roka deplora esta actitud. El prototipo de la misma es la
segunda esposa del general Kataoka, la madrastra de Namiko, retratada siempre en
términos nada favorecedores: «su mente se había impregnado tanto de las ideas
traídas de Londres, que no se contentaba si no seguía las costumbres extranjeras en
todos los asuntos familiares». El hogar de los Kataoka reproduce, con demasía por
culpa de esta mujer, el modelo occidental de familia; el de los Kawashima, al
contrario, bajo la férula despótica de la baronesa, el oriental. Hasta las sirvientas en
esta casa se atreven en la presente novela japonesa a asemejarse quinientos años
después a Pármeno y Sempronio de La Celestina y a criticar con cuchicheos el
proceder de su ama (cap. 9, segunda parte). ¿Por qué no hacerlo si Roka era
cristiano?
Tampoco el estamento militar, a pesar del alto respeto social de que gozaba entre
la población en aquellos años de entreguerras, se libra de algunas pullas de Roka. Se
critica la corrupción de algunos militares, ajenos «al viejo espíritu del samurái de
antes» y se afirma con amarga resignación: «el dinero lo es todo en este mundo», una
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acusación velada al materialismo desbordante que se había colado por la ventana
abierta de la modernidad japonesa.
La crítica social, por otro lado, está salpicada de piedrecitas morales,
frecuentemente en forma de aforismos, de mal gusto en el estilo literario moderno
cuando las expresa la voz neutra del narrador, pero que entonces constituían resabios
de la novela didáctica en boga en Japón veinte años antes. He aquí algunas: «Es una
desgracia no ser querido, pero el no saber querer es mayor desgracia aún», «hay
personas que siempre actúan por motivos egoístas sin tener en cuenta a los demás»,
«la mayor fortaleza proviene de la seguridad en uno mismo», «el destino de cada uno
de nosotros es irrevocable», «las cigarras mudan la piel y la dejan atrás como si se
desprendieran sin apego de su pasado, pero los humanos nunca se libran de la
memoria». Tampoco Roka podía evitar dar salida a la voz de su fe cristiana. El
suicidio, única salida que se le presenta a una Namiko desesperada en el cap. 4 de la
tercera parte cuando «se quitó las sandalias y avanzó hacia el borde del acantilado
para arrojarse a la espuma blanca que golpeaba contra las rocas», es impedido por
«un grito a sus espaldas» y «por los brazos de alguien». Son los providenciales de la
cristiana señora Ogawa. La inclusión de su extraña y patética historia, en el capítulo
siguiente, sería un motivo de disgusto para el escritor años después, tal como
manifiesta en el Proemio, pero encaja en el tono de circunstancias al límite que está
viviendo la protagonista Namiko.
Puede reprocharse a Roka la falta de dimensiones en la psicología de los
personajes. No tienen hondura, ni contradicciones, ni sus reacciones se anticipan con
los simbolismos más elementales de la novela realista, ni se da en ellos
caracterización paulatina a través de sus palabras y acciones en lugar de a través de la
voz del narrador. Tales carencias quizás se deban al influjo de la ficción japonesa
premoderna, donde los hombres y mujeres aparecen acartonados y planos, de apenas
dos dimensiones. Es, por lo tanto, en exceso fácil reconocer los dos cuartos donde se
encierra a los «malos» y a los «buenos». Chijiwa, un malo demasiado «malo»; la
baronesa Kawashima, enquistada en su papel de suegra cruel y defensora a ultranza
del viejo ie; Yamaki, el comerciante carroñero enriquecido con la guerra; y la
madrastra de Namiko, la imitadora servil de Occidente, están dentro de las paredes
demasiado gruesas del primer cuarto. Su maldad solo sirve para resaltar la bondad del
otro grupo, como en la escena tempestuosa del principio de la segunda parte, cuando
la bajeza moral de Chijiwa y Yamaki se contrapone a la integridad de Takeo. En el
cuarto de los buenos, Namiko, Takeo, el general Kataoka, la tía y la hija de esta,
Chizuko, la fiel sirvienta Iku. Y, en el trastero de los tontos, debajo de la escalera, tal
vez la pobre Toyoko, la hija de Yamaki que también ama a Takeo y que es obligada
por su padre a representar una patética farsa.
Takeo, a pesar de su conducta heroica en la batalla naval del mar Amarillo de
1894 en el curso de la guerra chino-japonesa, no tiene talla de héroe. Es, como
Namiko, una víctima más del sistema. Es demasiado fácil ver debilidad de carácter en
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la pasividad de este hombre, el marido de Namiko. ¿Por qué acepta como hecho
consumado el «divorcio» de su esposa ejecutado sumariamente por su madre, a pesar
de rebelarse contra esta cuando se entera del perverso plan? Es una pregunta que
puede responderse apuntando al poder brutal de las convenciones sociales, a la fuerza
imponente del grupo en una sociedad como la japonesa; o aportando ejemplos de la
literatura…, y también, fuera de la ficción literaria, de personas con nombres y
apellidos que vivían por esos años en Japón. Es elocuente el caso del escritor Mori
Ogai, samurái de pies a cabeza, que se somete al poder de su madre y acepta en
silencio que su gran amor de Alemania, la misteriosa Ellis, que había ido a Japón a
buscarlo, fuera devuelta a su país de origen. Pocos meses después, Ogai se sometió a
un matrimonio concertado. Funcionó menos de catorce meses.
Por la simplicidad de los caracteres, el exceso de coincidencias y la profusión del
sentimentalismo, Namiko tiene rasgos melodramáticos. Pero la novela puede
conmover por la intensidad del sentimiento de la protagonista ante la dicha que se le
roba. Posee también un formidable valor documental: ilustra el desmoronamiento del
rancio ie seido y el desgarro que los japoneses de entonces debían de sentir al tener
que decidirse en muchos actos de sus vidas cotidianas entre tradición y modernidad.
Ciento diez años después es un documento valioso. Son las malezas y el musgo.
Porque tradición o modernidad es una dicotomía ciento diez años después aún no
resuelta y, en el Japón moderno, todavía palpitante.
Otra lectura que se propone de esta novela, vieja conocida en lengua española[10],
va más allá de malezas y musgos, de cualidades pintorescas, y de testimonios de una
época. Es, simplemente, la de un canto a la vida. Lo corean estas palabras de la
protagonista pronunciadas en Zushi, su lugar de convalecencia: «¡Quiero vivir!
[¡Ikitai!] ¡Me gustaría vivir miles y millones de años!».
¿Lo consigue? ¿Sigue viva Namiko? Sí, entre los lectores.
Y florece cada año. Como los cerezos silvestres de Zushi.
Carlos Rubio
Toledo, 22 de febrero de 2011
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NOTA AL TEXTO
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NAMIKO
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PROEMIO DEL AUTOR
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había ocurrido realmente y lo que la señora nos contó conteniendo apenas la
emoción. Mientras la escuchábamos, permanecí apoyado en una columna, absorto por
la pena, y mi mujer no levantó la vista en ningún momento. Al anochecer, en nuestra
habitación a oscuras, solo se veía la blancura del quimono de la narradora en el
crepúsculo. La historia había llegado al momento de la muerte de Namiko y la señora
pronunció las últimas palabras de la moribunda: «Nunca jamás volveré a nacer
mujer». De repente, nuestra narradora se echó a llorar y dejó de contarnos la historia.
Y yo sentí que algo me atravesaba por dentro.
La señora se recuperó del todo poco después y regresó a Tokio, dejándonos en
nuestro corazón ese relato como un recuerdo suyo. Zushi en otoño era solitario.
Aquella historia me había dejado tan impresionado que seguía haciendo eco en mi
mente. Mañana y noche, las olas enviaban un sonido melancólico, haciendo surgir
ante mis ojos la figura de la protagonista que ya no estaba en este mundo. Mi
compasión se convirtió en un dolor insoportable. Sentía necesidad de hacer algo para
remediarlo. Por lo que, dándole una consistencia arbitraria a la historia de Namiko,
me atreví a escribir una novela inmadura y la publiqué en el Kokumin shinbun, y más
adelante en forma de libro en la editorial Minyusha[11]. Esa novela es Namiko.
Así que todos los defectos y el carácter primerizo de la obra se deben a mi falta de
habilidad como escritor. A pesar de ello, si hay algo en esta novela que sigue
atrayendo a los lectores, es porque Namiko misma, que habló a través de la boca de la
señora en aquella tarde de Zushi, los impresiona directamente a ustedes, lectores. En
resumen, mi papel ha sido simplemente el de un «hilo» telefónico, el de un
transmisor.
Tokutomi Kenjiro
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PRIMERA PARTE
Capítulo I
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—Estoy aquí.
—Pero, bueno, métase inmediatamente para dentro. Que se va a resfriar. Por
cierto, ¿todavía no ha regresado el barón?
La joven, retirándose hacia dentro, dijo mientras cerraba la puerta corredera:
—No sé por dónde andará. Si te parece, pediremos en la recepción que vaya
alguien a buscarlo.
La sirvienta, que era una mujer de unos cincuenta años, repuso, encendiendo a
tientas la lámpara con una cerilla:
—Muy bien, señora.
En ese momento se oyó un sonido de pasos de alguien que subía por la escalera.
Era una sirvienta de la posada que informó:
—Disculpe. El barón está tardando mucho y acabamos de mandar a un mozo a
buscarlo. Así que ya no tardará en llegar… A propósito, aquí tiene una carta.
—Vaya, es de mi padre… ¡Oh! Pero ¿por qué no llega mi marido?
La joven del marumage miró una y otra vez con nostalgia la letra bien conocida
de las señas del sobre.
—¿Es del general? Cómo me gustaría saber qué noticias nos cuenta. Debe de
haber escrito cosas divertidas como de costumbre —dijo riéndose.
La sirvienta de la posada cerró bien todas las ventanas, atizó el fuego del brasero
y se marchó. Mientras, la sirvienta de la joven dama había guardado en el armario un
envoltorio que había traído y se acercó a su ama diciendo con un suspiro:
—¡Pero qué frío hace aquí! Qué diferencia con Tokio, ¿verdad?
—Pues sí. Aquí los cerezos florecen ahora en mayo. Ven, ponte aquí a mi lado.
—Con su permiso —dijo con respeto la sirvienta y luego, mirando a la joven
dama con una expresión de profunda emoción y afecto, añadió—: No me lo puedo
creer; cuando recuerdo que la señora que está delante de mí, tan elegante con su
marumage, es la misma criatura que crie. Parece que fue ayer cuando su madre
falleció y usted, a la que yo llevaba a la espalda, lloraba llamándola «madre, madre».
—En ese instante el triste recuerdo la hizo derramar unas gruesas lágrimas y bajó la
mirada, pero continuó—: El día de su boda, no podía dejar de pensar en lo feliz que
hubiera estado su madre si la hubiera visto tan hermosa. —Y se enjugó los ojos.
Como si estuviera presa de sus recuerdos, la joven también mantenía la cabeza
gacha. Únicamente el anillo de su mano izquierda, extendida hacia al brasero,
resplandecía intensamente.
Al rato, la sirvienta levantó la mirada y dijo:
—Perdóneme. Lo he dicho sin pensar. Según me voy haciendo mayor, soy más
quejica —y, tras una sonrisa, añadió—: Señorita… señora, ¡cuánto ha sufrido usted
hasta ahora! Pero admiro, de verdad, cómo lo ha superado todo. A partir de ahora
todo va a cambiar, solo habrá felicidad. Su esposo es tan cariñoso y tan bueno…
En ese instante resonó la voz de la mujer de la posada bajo la escalera.
—¡El barón ha vuelto!
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—¡Ah, qué cansado estoy!
Un joven de unos veintitrés años, vestido con traje occidental, se quitó el calzado
y saludó con la cabeza a las dos, a su esposa y a la sirvienta, que habían salido a
recibirlo al vestíbulo. Y volviéndose hacia el mozo que sostenía una lámpara, le dijo:
—Gracias, muchas gracias. ¿Te importaría poner esas flores en agua?
—¡Oh, qué bonitas son! —exclamó la joven; y añadió la sirvienta:
—Y que lo diga, ¡qué azaleas más bonitas! ¿Dónde las ha encontrado, señor?
—¿A que son bonitas? Mirad, las hay amarillas. Sus hojas parecen de rododendro,
¿veis? Las he traído para que Nami mañana las coloque con su arte en un florero.
Pues bien, si me disculpáis, voy a tomar el baño primero.
—¡Qué energía tiene el señor barón! Los militares poseen un elevado espíritu,
¿verdad, señora?
La joven dobló con cuidado el abrigo de su marido y lo besó con ternura, y
mientras lo colgaba en una percha, le sonrió a la sirvienta en vez de responderle.
Cesó el sonido de pasos que había hecho retumbar la escalera y entró el joven de
antes diciendo:
—¡Ah, qué bien me siento!
La sirvienta, sorprendida de lo deprisa que se había bañado, le dijo:
—Vaya, ¿se ha bañado ya, señor?
—Es que los hombres tardamos menos que las mujeres —contestó riendo.
Su carcajada refrescante aún resonaba en la habitación cuando su esposa, con la
reserva propia de una recién casada, lo ayudaba a ponerse un elegante quimono
acolchado de rayas. Después, el joven se sentó en un cojín con las piernas cruzadas y,
pidiéndoles disculpas, se frotó las mejillas con ambas manos. Tenía cabello
abundante y cortado a cepillo, la cara tostada al sol como si fuera un melocotón
maduro, las cejas tupidas y sus ojos brillaban con vivacidad. A pesar de llevar bigote,
como era de color claro, aún conservaba una expresión infantil. Se podría decir que
era un hombre risueño.
—Cariño, tienes una carta.
—¡Oh!, pero si es de mi suegro.
El joven cambió un poco la postura por respeto a su suegro y abrió la carta, de la
que cayó otro sobre pequeño.
—Esta es para ti, Nami… ajá, parece que tu familia está bien… jajaja, qué
gracia… Es admirable cómo redacta tú padre. Parece que lo estoy oyendo.
Cuando terminó de leer la carta, con una sonrisa, la dobló y la dejó a su lado.
Mientras, Namiko, volviéndose hacia la sirvienta que traía la cena, le dijo:
—Iku, mi padre también te manda muchos recuerdos. Como no estás
acostumbrada a este clima, dice que te cuides mucho para que no te vuelva tu
enfermedad crónica.
—¿De veras? ¡Qué amable que se acuerde de mí! Muchas gracias.
—Bueno, vamos a cenar. Es que he estado todo el día de excursión con solo dos
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bolas de arroz de comida. Tengo un hambre que me muero —dijo con una sonrisa en
los labios, y preguntó—: Por cierto, ¿qué pescado es este? Parece que no es ayu[16]…
Namiko se dirigió a la sirvienta:
—Se conoce como yamame[17] en esta comarca… ¿verdad, Iku?
Sin dejarla responder, el joven dijo:
—Ah, ¿sí? Es delicioso, está realmente delicioso. ¡Voy a repetir!
—¡Pero qué hambriento está usted, señor! —exclamó la sirvienta riendo
alegremente.
—Naturalmente. Porque desde el monte Haruna he subido al monte Somagatake
y de allí al monte Futatsudake. Y bajo la roca Biobu me he encontrado con el
muchacho que vino a buscarme cuando estaba de regreso.
Namiko se sorprendió.
—¿En serio que has ido tan lejos?
—Sí. Pero la vista desde el monte Somagatake era tan maravillosa que me
hubiese gustado enseñártela. Por un lado se extiende una llanura frondosa. Se veía
correr el río Tone[18] a lo lejos. Por el otro lado es una interminable cadena de
montañas y, por encima de sus cumbres, podía distinguir el hermoso monte Fuji
nevado. Si yo fuera poeta —añadió riendo—, me hubiera atrevido a desafiar a nuestro
Hitomaro[19]. Anda, sírveme un poco más de arroz.
—¿Tan hermoso era? ¡Cómo me hubiera encantado estar ahí!
Su marido se rio y dijo:
—Nami, si tú pudieras subir tan alto, tendrían que otorgarte una medalla de oro.
Jamás en mi vida había visto montañas tan escarpadas. Tanto, que hay colgadas por
lo menos unas diez cadenas de hierro para ayudarte a subir. A mí no me cuesta porque
aprendí cómo subir los mástiles de los buques de guerra en la Escuela Naval de
Etajima, y subo hasta por una cuerda. Pero, en cambio, estoy seguro de que tú ni
siquiera has pisado en tu vida la tierra de Tokio.
—Qué cosas dices… —Namiko lo interrumpió sonriendo mientras se le encendía
el rostro y añadió—: Pero participé en las clases de gimnasia que había en la escuela
y…
—No valen las clases de gimnasia de la escuela femenina, sobre todo las que se
imparten en una institución aristocrática fiel al espíritu del sistema kazoku[20].
Recuerdo haberte visitado un día en la escuela y ver un gran grupo de muchachas con
un abanico en la mano y que se movían cantando el himno nacional, «Todos los
países sobre la Tierra…», al son del koto[21], o algo así. Al principio pensé que
estabais ensayando un baile, pero me enteré después de que era la gimnasia para
vosotras.
Namiko, avergonzada, lo interrumpió:
—Vaya, ¡no deberías hablar así!
Pero él prosiguió:
—¿Recuerdas? ¿Quién era la que estaba bailando ahí, al lado de la hija de
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Yamaki, con la coleta larga y vestida con un hakama[22] de color vino? ¿No serías tú,
Nami?
—¡Qué gracia! —exclamó con una sonrisa—. ¿Conoces al señor Yamaki?
—Sí. Por un favor que le hizo mi padre hace algún tiempo, venía a visitarnos a
nuestra casa. Pero no se le ve el pelo últimamente. Como le has ganado tú por haberte
casado conmigo, no su hija…
Namiko exclamó:
—¡Pero bueno!
La sirvienta intervino con una sonrisa:
—El marido y la mujer no deben disputar tanto. Venga, tómense un té para hacer
las paces.
Capítulo II
El joven del capítulo anterior era el barón Takeo Kawashima, alférez de la Marina.
Gracias a un buen mediador, hacía escasamente un mes había celebrado su boda con
Namiko, la hija primogénita del vizconde y teniente general del Ejército de Tierra Ki
Kataoka, cuyo nombre era conocido en todo el país. Takeo había conseguido unos
días libres y se había acercado a Ikaho con su esposa Namiko e Iku, su sirvienta
enviada desde la casa paterna y anteriormente nodriza de la joven.
La madre de Namiko falleció cuando la niña tenía siete años. Debido a su corta
edad, guardaba unos vagos recuerdos del aspecto físico de su madre. Sin embargo, no
pasaba ni un solo día sin acordarse de ella, que siempre tenía la sonrisa en los labios.
Su madre llamó a Namiko a la cabecera de su cama poco antes de morir. La
moribunda apretó la pequeña mano de su hija con la mano, que se le había quedado
sumamente delgada, y le dijo: «Nami, tesoro mío, me voy a un lugar muy pero que
muy lejos. Debes ser buena, quiere a tu padre y cuida a la pequeña Koma, ¿de
acuerdo? Ah, ojalá pudiera vivir al menos unos cinco años más…». En este punto se
le caían las lágrimas y siguió: «Aunque me vaya, ¿te acordarás de mí?». Y acarició
una y otra vez el cabello negro con flequillo de la muchacha, por entonces corto; hoy,
en cambio, le llegaba por debajo de los hombros. Todo esto se le quedó grabado a
Namiko en lo más hondo de su memoria, y no transcurría ni un día sin recordar
aquella triste escena.
Pasado casi un año del fallecimiento de su madre, llegó la madrastra. A raíz de
aquel momento todo cambió por completo. La madre de Namiko había pertenecido a
una familia de linaje de samuráis, e incluso sus menores gestos revelaban dignidad y
gentileza. Todas las sirvientas comentaban que era uno de los pocos matrimonios que
se llevaba de maravilla. La madrastra también pertenecía a una familia de samuráis,
había estudiado en Inglaterra desde que era muy joven, de donde había regresado con
una fiebre de reformas y, además, tenía un temperamento enérgico. De hecho, su
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primera preocupación después de haber ingresado en el nuevo hogar, fue cambiar o
suprimir todo aquello que recordaba a la madre de Namiko, como si quisiera borrar
un recuerdo tras otro. Ante su esposo expresaba sus opiniones sin reservas, opiniones
que su esposo escuchaba riéndose como quien oye llover, y decía: «Muy bien, muy
bien, haz lo que quieras. Tú sabes mejor que yo lo que hay que hacer». Un día, sin
embargo, el padre de Namiko, mientras tomaba una copa con su invitado, su
ayudante predilecto, llamado Nanba, le dijo a este soltando una carcajada, después de
haber mirado de reojo a su esposa, que se había sentado junto a ellos: «Oye, Nanba,
te aconsejo que nunca te cases con una mujer con muchos estudios. Pues te hace
sentir ridículamente ignorante», y rompió a reír. Delante de ella Nanba no supo cómo
reaccionar y siguió jugueteando con la copita para disimular su desconcierto. No
obstante, se tomó el consejo tan a pecho que más tarde Nanba le comentó a su propia
esposa que les prohibiera a sus hijas leer demasiado y que bastaba con que terminaran
sus estudios en la escuela secundaria.
Ya desde niña, Namiko se reveló como una persona muy sociable e inteligente, y
era la hija favorita de su padre. A los tres años de edad, en brazos de la nodriza Iku,
tomaba el sombrero y se lo colocaba en la cabeza a su padre cada día que se despedía
de él en el vestíbulo. Un corazón infantil deseoso de crecer cada vez más es como un
brote en la tierra de primavera. Mientras no es pisoteado, vuelve a crecer exuberante
por su propia fuerza, incluso bajo la nevada tardía. El dolor que Namiko guardaba por
la pérdida de su madre era más profundo de lo que suele ser un sentimiento infantil
pero, sin duda, el pequeño brote podía seguir creciendo hasta su plena floración tan
pronto como lo bañara el rayo apacible del sol. Cuando Namiko vio por primera vez a
su madrastra, quien tenía los ojos levemente curvados hacia arriba y la boca grande,
peinada en estilo sokuhatsu[23] y exhalando un fuerte olor a perfume, la niña se echó
un poco para atrás. Aun así, la cariñosa Namiko intentó querer de corazón a su nueva
madre. Sin embargo, la madrastra rechazó a esa niña tan encantadora por culpa de los
celos hacia su madre muerta. La madrastra, una mujer carente de delicadeza y
egoísta, orgullosa de sus estudios y llena de malicia y celos, trató a esta niña inocente
de ocho años como a un adulto dotado de razón, e hizo daño al alma sencilla y
transparente de Namiko, la cual acabó creyendo que el mundo era frío y triste. Es una
desgracia no ser querido, pero el no saber querer es mayor desgracia aún. Namiko
tenía una nueva madre pero no obtuvo su amor; tenía una hermana menor que
tampoco la quiso. A pesar de la presencia de su padre y de que su nodriza Iku y su tía,
hermana de su verdadera madre, guardaban a Namiko un gran cariño, no podían
protegerla lo suficiente, pues su tía pertenecía a otra familia e Iku era una simple
sirvienta. En lo que respecta a Iku, sufría bajo la vigilancia de la madrastra,
obsesionada por reprimir cualquier manifestación de bondad o favoritismo hacia
Namiko. Ahora el padre, un padre que la adoraba con toda el alma, incluso él, contra
su voluntad, no se atrevía a dar rienda suelta a su cariño delante de su nueva esposa.
Bien mirado, era una demostración de benevolencia para que su hija no sufriera por
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los celos de su esposa. Es cierto que él también guardaba en secreto el dolor de ser
obligado a tener que reñir a Namiko delante de su esposa, pero después consolaba a
la niña a escondidas con un profundo amor paterno. La sensibilidad y la inteligencia
de la niña habían captado con agudeza la lucha interna de su padre, y sentía una gran
sensación de amor y gratitud hacia este hombre que intentaba evitarle a toda costa
cualquier dolor. No obstante, aunque Namiko, con mucha discreción, y para no
amargar a su madrastra, se reservaba ese profundo afecto hacia su padre, resultó el
efecto contrario, y fue reprendida duramente porque su madrastra interpretó la actitud
de la niña como de obstinación en su contra. Un día, a consecuencia de un
malentendido insignificante, la madrastra le propinó a la niña una avalancha de frases
en el expresivo dialecto de Choshu[24] con una lógica importada de Inglaterra; y no
solamente atacó a Namiko, sino también la sagrada memoria de su madre. Namiko,
estremecida por la rabia y a punto de abrir los labios que mantenía fuertemente
apretados, se contuvo con dificultad al ver la sombra de su padre que andaba cerca.
Al final, fue a refugiarse detrás de una cortina bajo una ventana y allí lloró larga y
copiosamente por esa injusta acusación. ¿Realmente ella tenía un padre? Sí que
existía el padre, un padre que la quería con todo su corazón. Sin embargo, para una
niña de tierna edad, cuyo mundo es su casa, una madre cariñosa representa más que
cinco padres. Bajo la tiranía a lo largo de diez años de una madrastra como la de
Namiko, hasta la niña más dulce podía convertirse en una amargada. La adolescencia
de Namiko, por lo tanto, fue infeliz. La señora Kataoka solía decir: «La verdad es que
el comportamiento de Nami no tiene nada de infantil, es extrañamente rencorosa».
Una flor sigue siendo una flor independientemente de que crezca en una humilde
maceta de terracota o en una de preciosa porcelana; todas necesitan por igual baños
de sol. Pero Namiko era realmente una flor delicada destinada a permanecer siempre
en la sombra.
Cuando Namiko se comprometió con Takeo, y más aún, cuando la boda terminó,
ella respiró con felicidad, y su padre, su madrastra, su tía e Iku, todos respiraron
igualmente aliviados, cada cual por un motivo diferente.
Iku solía quejarse en voz baja de que su nueva ama escogía muy bien la ropa más
elegante y costosa para ella misma, pero que a Namiko le compraba siempre ropa
modesta y de mal gusto. La sirvienta lloró al ver el pobre ajuar que le habían
preparado a Namiko, y se lamentó de que su anterior ama no pudiera estar allí en esos
momentos. Namiko, sin embargo, dejó su casa natal con alegría. El pensamiento de la
vida nueva, libre y feliz que la esperaba superó incluso la pena por tener que
separarse de su adorable padre.
Capítulo III
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kilómetros y formaba una gran curva que bordeaba como una serpiente por el medio
de la ladera de un monte pelado. Sería un camino de fácil acceso si no fuera por dos
valles que había que cruzar. A medida que subían más y más alto, la vista dominaba
la llanura de Jomo que se extendía desde Akagi. Los alrededores formaban un amplio
prado. En la primavera, cuando los junquillos brotaban con fuerza sobre la tierra
oscura compuesta por las cenizas procedentes de quemar las malas hierbas, surgía
una verdadera exhibición floral de aulagas merinas y de campanillas que crecían
apretadas unas al lado de las otras, formando una inmensa alfombra con un fondo de
terciopelo verde. Entre tantas flores, se asomaba una multitud de helechos reales, con
su cabeza cubierta de algodón, y de helechos águila[26].
Aquel día de primavera pronto pasaría como un sueño para los amantes de la
naturaleza.
Un mediodía, Takeo y Namiko habían decidido salir a recoger helechos
comestibles y llegaron a esa pradera acompañados de Iku y de una sirvienta de la
posada. Después de haber recorrido el campo, Takeo pidió a la sirvienta que
extendiera en el suelo, en un lugar donde la hierba fuera tierna, una mantita que había
traído, y se tumbó sin ceremonias con los zapatos puestos. Namiko se quitó las
sandalias, se sacudió la tierra de las rodillas con un pañuelo de color rosa, se sentó
con elegancia junto a su esposo y exclamó:
—¡Oh, qué blandito está el suelo! Me da pena sentarme sobre la hierba.
Iku miró a Namiko, sonrió y dijo:
—¡Señorita!… ¡Uy, disculpe otra vez! Señora, qué buen color de cara tiene hoy.
Y hacía muchísimo tiempo que no la oía cantar tan dulce y alegre.
Iku acarició a Namiko con una mirada en la que brillaba una admiración devota.
—He cantado tanto que me he quedado seca.
—¡Oh, qué fallo! No hemos traído té.
Pidiendo disculpas, la sirvienta desató el nudo del hatillo y sacó unas naranjas,
unos dulces y una caja de sushi cortado en rollitos.
—Con que tengamos naranjas, es suficiente —repuso Takeo; sacó una navaja de
su bolsillo, se puso a pelar una naranja, y continuó—: ¿Qué te ha parecido, Nami?
¿No crees que soy el único que sabe recoger helechos?
—¿Cómo? —La sirvienta intervino tímidamente en la conversación—. Pero,
señor, la mayor parte de lo que usted ha recogido son malas hierbas.
Takeo repuso en tono de broma:
—¡Calla, mala perdedora! —Y, riendo, añadió—: La verdad es que hoy está
resultando un día realmente divertido. Y qué tiempo más maravilloso hace, ¿no?
Namiko añadió:
—Sí, con solo ver el cielo, me doy por contenta. ¡Qué milagroso color, tan azul!
Con este manto azul haría un vestido impresionante.
—Tal vez sería aún mejor para un uniforme de marinero.
—¡Oh, y qué aroma! ¡Qué perfume despiden las flores! Escucha, por ahí están
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cantando las alondras.
Iku apremió a la sirvienta:
—Bueno, ya que hemos comido y descansado, volvamos, ¿eh, señorita?
Y se pusieron otra vez a recoger más helechos.
Takeo bromeó de nuevo gritando a la espalda de las sirvientas:
—¡Espero que tengáis la amabilidad de dejarnos unos poquitos, que iremos más
tarde! ¿De acuerdo? —Luego, volviéndose hacia Namiko, continuó—: Qué
trabajadora es Iku, ¿a que sí, Nami?
—Sí que lo es.
—¿Estás cansada?
—No, en absoluto. ¡Es la primera vez que me divierto tanto!
—Cuando viajo por alta mar, contemplo unas vistas magníficas, pero me parece
que este panorama que se despliega ante esta colina tan alta es otra maravilla. Me
siento nuevo, realmente nuevo. Mira aquellas paredes blancas que se ven hacia la
izquierda. Aquel pueblo es Shibukawa, donde paramos a almorzar camino de Ikaho.
Y aquel que se ve como una cinta azul, que está más hacia a nosotros, es el río Tone.
¿A que no lo parece? Y allá, siguiendo la pendiente del monte Akagi, ¿ves que hay
como una especie de hormiguero de donde sale humo? Aquello es la ciudad de
Maebashi… ¿Cómo? ¿Ah, lo que se ve mucho más allá como un alfiler de plata? Eso
sigue siendo el cauce del río Tone. A partir de allí no se ve nada, está brumoso.
Lástima que no hayamos traído los gemelos, ¿verdad, Nami? Pero, bueno, también es
hermoso que el paisaje lejano se disuelva en la neblina.
Namiko apoyó suavemente la mano en la rodilla de Takeo y suspiró.
—¡Cómo me encantaría quedarme así contigo para siempre!
Al tiempo que dos mariposas amarillas pasaron revoloteando y rozando la manga
de Namiko, se oyeron unas pisadas sobre la espesa hierba y de repente una larga
sombra con sombrero se abalanzó ante la feliz pareja.
—Hola, Takeo.
—¡Pero, bueno, si es Chijiwa! ¿Cómo tú por aquí?
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habíais salido a recoger helechos, así que aquí estoy, siguiendo el camino que me han
indicado. Pero no te preocupes. Tengo que regresar mañana. Porque parece que he
venido a molestaros, jaja.
—¡Qué dices! Para nada, en absoluto. Por cierto, ¿me has hecho el favor de ir a
ver a mi madre?
—Sí, estuve un rato ayer por la mañana. Estaba muy bien. Pero se quejaba por no
saber cuándo volveríais. —Entonces, dirigiendo su penetrante mirada hacia Namiko,
añadió—: También en la casa de Akasaka están todos bien.
Namiko, que se había sonrojado desde la aparición del este hombre, se ruborizó
aún más y bajó la mirada.
Takeo, contento por la inesperada visita de su primo, volvió a bromear:
—Vamos, ahora que han llegado refuerzos, ya no temo ningún ataque. La unión
de las fuerzas terrestres y navales puede con millones de amazonas. —Señalando con
la barbilla a Iku y a la sirvienta que se acercaban, continuó—: Es que estas señoras se
han atrevido a acusarme de que yo he recogido pocos helechos y de que los pocos
que he recogido son malas hierbas.
Al ver a Chijiwa, Iku arrugó un poco la nariz con asombro.
—Señor Chijiwa… ¡Qué sorpresa encontrarlo por aquí!
Takeo respondió en lugar de su primo:
—He enviado un telegrama hace rato para que viniera a sacarme del apuro.
—¡Qué gracioso es usted! —rio Iku, que, cuando Namiko le murmuró algo,
continuó—: ¿Ah, pero se va mañana? Por cierto, señora, hablando de volver, si le
parece, nosotras nos vamos ya a preparar la cena.
Takeo respondió en lugar de su esposa:
—Sí. Muy bien, Iku. Hay que ofrecer una buena cena de bienvenida a Chijiwa.
Cuento contigo, Iku. Llegaremos con buen apetito. —Se rio y añadió—: ¿Eh?, ¿cómo
que tú también nos dejas, Nami? Tú quédate. No huyas aunque se marchen tus
aliadas. No te preocupes, mi pequeña, que te concedo una tregua generosa.
Namiko se quedó con su esposo, mientras que Iku y la sirvienta se marcharon
llevando los objetos que abultaban, como la cosecha de helechos y la mantita.
Después, Takeo, Namiko y Chijiwa fueron a por más helechos. Como todavía era
una hora temprana, se dirigieron a rezar al templo de Kannon de Mizusawa y antes de
tomar el camino de vuelta, descansaron un rato en el mismo lugar del campo donde
habían extendido la mantita.
El sol estaba a punto de ponerse por detrás del monte Monokiki iluminando el
cielo con sus magníficos rayos. La pradera a ambos lados del camino relucía como
una llama de color amarillo verdoso, y sobre ella, los ralos pinos extendían sus largas
sombras solitarias. Las montañas lejanas se sumergían silenciosamente en el baño del
sol poniente y la neblina del atardecer se levantaba a sus faldas. Un campesino que
pasaba a lo lejos apremió al buey que cargaba hierba en su lomo. El mugido del
animal rompió el profundo silencio, dejando un eco persistente en el tranquilo
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atardecer.
Takeo caminaba junto a Chijiwa conversando y Namiko los seguía. Bajaron el
monte despacio, cruzaron un valle estrecho y subieron por una cuesta hasta salir a un
camino deslumbrante por los últimos rayos de sol.
De repente, Takeo se detuvo y exclamó:
—¡Ay, qué estúpido he sido! Me he dejado el bastón. Pero no pasa nada, porque
estoy seguro de que ha sido donde hemos descansado hace poco. Esperadme aquí,
que vuelvo rápido.
Pero Namiko le rogó que la dejara ir con él.
—¿Cómo? Que no, Nami. Es mejor que te quedes aquí. Vuelvo volando, que está
a dos pasos, ¿de acuerdo?
Takeo convenció a Namiko a la fuerza; tan pronto como dejó la cosecha de
helechos envuelta en un pañuelo en el suelo, bajó corriendo por la pendiente y
enseguida desapareció de la vista de sus acompañantes.
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hombre pobre ni siquiera lo miran, por mucho que las quiera. Esas son las señoritas
de la alta sociedad de hoy en día —y, sonriendo, añadió—: Por supuesto que usted es
una excepción.
Aun siendo Namiko una persona educada, se le demudó la cara y le lanzó una
mirada de ira a Chijiwa.
—Le ruego que deje de insinuar tonterías, porque acaba de decir una grosería. O
repítalo delante de Takeo. Usted es un cobarde. Ni siquiera ha tenido valor de
consultar con mi padre, como un hombre hecho y derecho. Pero se atrevió a enviarme
una carta descortés. Así que no lo perdono.
—¡¿Cómo?!
El semblante de Chijiwa se volvió siniestro. Mordiéndose el labio, se acercó a
Namiko. De repente, se oyó un relincho a sus pies y apareció un hombre a caballo
subiendo la cuesta.
—¡Venga, venga, venga! Apártense. ¡Venga, venga!
Un campesino de unos sesenta años se quitó el pañuelo de la cabeza y pasó junto
a ellos observando con recelo a la joven pareja; se volvió a mirarlos varias veces.
Mientras tanto, Chijiwa permanecía inmóvil. Al cabo de un instante, la rigidez de
sus facciones se relajó y esbozó una sonrisa sarcástica en los labios.
—Si la ha molestado, devuélvamela.
—¿Devolverle qué?
—Lo que usted acaba de mencionar. ¡Esa carta que tanto aborrece!
—Ya no la tengo.
—¿Por qué no?
—La quemé porque era repugnante.
—¿Está segura? ¿Nadie más la ha leído?
—Nadie, por supuesto.
—¿En serio?
—Basta, déjelo ya.
Namiko no pudo resistir la desagradable mirada insolente de Chijiwa proveniente
de sus ojos tan negros y espantosos; la muchacha se aterrorizó y desvió la vista hacia
la lejanía. En este preciso momento, vio la figura de Takeo en la pendiente al otro
lado del valle. Un reflejo del cielo iluminó el rostro de Takeo. Namiko dio un suspiro
de alivio.
—Señora Namiko. —Chijiwa trataba obstinadamente de fijar su mirada en la de
Namiko, que la esquivaba, y añadió—: Señora Namiko, una cosa más. Manténgase
callada y no le revele mi secreto ni a Takeo ni a sus padres. Si no, se arrepentirá.
Chijiwa lanzó una mirada fulminante como un relámpago sobre el rostro de
Namiko, que le dio la espalda y se puso a arrancar flores silvestres.
Takeo subía por la cuesta pisando fuerte y agitando el bastón para saludarlos, y
les dijo jadeante:
—Lo siento, lo siento. ¡Ay!, que me ahogo… he corrido todo el camino. Pero
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mirad, he encontrado mi bastón justo donde creía que estaba. ¡Oh!, Nami, ¿qué te
pasa? ¿No te sientes bien? Estás muy pálida.
Chijiwa, poniéndose en el ojal una flor que acababa de arrancar, respondió:
—Como has tardado tanto, la señora Namiko ya estaba preocupadísima pensando
que te habías perdido —dijo riendo.
Takeo se sumó a la risa y exclamó:
—¡Vaya, perdona! ¡Y ahora, por fin, de vuelta a casa!
Las tres sombras en fila caminaron despacio hacia Ikaho.
Capítulo IV
En un compartimento de segunda clase del tren que había salido a las tres de la tarde
desde Takasaki, viajaba un hombre que, como iba solo, estiraba los pies calzados en
el asiento mientras leía el periódico y fumaba un cigarrillo. Se trataba de Yasuhiko
Chijiwa.
De repente, dejó bruscamente el periódico a su lado y gritó:
—¡Maldita sea!
Enojado, pisoteó el cigarrillo que se le había caído de los labios. A continuación,
escupió por la ventanilla y se quedó mirando hacia fuera. Luego, chasqueó la lengua,
se puso a andar de un lado para otro del alargado compartimento y volvió a sentarse
en el mismo lugar de antes. Cruzó los brazos sobre el pecho y cerró los ojos. Sus
cejas tupidas adoptaron la forma de la línea recta de sus pensamientos.
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exámenes, prefirió emplear astutamente su tiempo cultivando la amistad de la gente
influyente de su provincia y seleccionando a aquellas personas que podrían ser de
utilidad para él en el futuro. Este plan puso de manifiesto su eficacia desde el
principio de su carrera. Mientras que sus compañeros iban ascendiendo lentamente de
un grado a otro, conduciendo los regimientos de infantería o dirigiendo las laboriosas
maniobras de las tropas, Chijiwa consiguió colocarse en una posición envidiable en la
Oficina del Estado Mayor, desde donde podía enterarse de secretos importantes de la
organización militar.
Ahora su mayor preocupación era contraer matrimonio. Estaba seguro de que solo
a través de la alianza con determinadas familias podría culminar con éxito su vida,
del mismo modo en que los monos logran alcanzar el agua que sacia su sed mediante
la unión de los miembros de la manada. Chijiwa se puso a escudriñar en la historia
privada de gente importante y descubrió que el barón A era yerno del marqués B, que
el funcionario de alto rango C era yerno del conde D, que el millonario E era padre
adoptivo del hijo del conde F, que la esposa del hijo del marqués G era hija del
millonario H, y así sucesivamente. Finalmente, su ojo de cazador se fijó en la casa del
teniente general del Ejército el vizconde Kataoka. A pesar de que el general se
encontraba en aquellos tiempos en la reserva del Ejército, era un personaje estimado
en todo el país por ser un militar muy inteligente y valeroso, y considerado como un
verdadero protector de la nación. Pronto Chijiwa se percató de la importancia de la
poderosa influencia del general, y con un pequeño pretexto se acercó a él y logró sin
demasiada dificultad visitarlo en su propia casa. Inmediatamente la hija primogénita
del general le llamó la atención a Chijiwa por varias razones. Primero, él no tardó en
captar el profundo amor paterno que el general guardaba hacia ella; segundo, su
madrastra hubiera abrazado con gusto la primera oportunidad de casar a la
primogénita con el fin de apartarla del techo paterno. Y por último, para ser sincero,
él mismo experimentaba un cierto sentimiento de simpatía hacia esa muchacha tan
modesta y gentil. Aguardó una ocasión propicia para descubrir qué tipo de impresión
había causado a la familia Kataoka. El general apenas revelaba sus pensamientos
pero, en cambio y con toda seguridad, Chijiwa se había ganado el favor de la señora
Kataoka. Asimismo, se había hecho muy amigo de la segunda hija, una niña un poco
revoltosa de catorce años de edad llamada Komako. Había también en la familia dos
niños nacidos de la segunda esposa, pero Chijiwa, naturalmente, les prestó poca
atención. Había una persona mayor, Iku, la única de los sirvientes antiguos que se
había mantenido en la casa por expresa voluntad del general tras la llegada de la
actual esposa. Iku no se separaba de Namiko y Chijiwa no había sido capaz de
ganarse su simpatía. Esto lo desconcertó un poco, pero pensó que bastaría desplegar
sus artes de conquista con Namiko. No obstante, pasó un año sin poder encontrar una
oportunidad favorable. Un día, en un momento de impaciencia y ligeramente
embriagado tras un banquete, escribió una declaración de amor, la selló en doble
sobre en el que una amiga había escrito la dirección por él, y se la envió a Namiko
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por correo.
Ese mismo día Chijiwa se había visto obligado a abandonar la ciudad por un
servicio y cuando regresó al cabo de tres meses, se enteró, con intenso asombro, de
que por mediación del vizconde Kato, un parlamentario, Namiko se había casado con
su mismísimo primo, Takeo Kawashima. Al oír esta inesperada noticia, la rabia se
apoderó de Chijiwa y despedazó a jirones la hermosa tela de crespón que había traído
de Kioto como regalo para Namiko con la esperanza de que su festivo color fuera un
buen augurio para una respuesta positiva hacia él por parte de la primogénita
Kataoka.
Sin embargo, Chijiwa no era hombre que se dejara arredrar ante cualquier tipo de
fracaso: de hecho, recuperó inmediatamente su innato atrevimiento. Ahora bien, su
único temor era que si Namiko les revelase a su padre o a Takeo el secreto de su carta
de amor, podría causarle un daño irreparable al hacerle perder para siempre a Chijiwa
la relación con el poderoso amigo que tanto tiempo se había dedicado a cultivar.
Quería confiar en Namiko, que era bastante discreta, pero, como Chijiwa era muy
cauto, pensó que debería asegurarse de los sentimientos de la muchacha hacia él. Y,
por eso, no perdió la ocasión de su viaje a Takasaki para encontrarse con el joven
matrimonio en Ikaho y tantear astutamente la situación.
Ahora, después de haberlos visto, su alma estaba dominada por un único
sentimiento que excluía todos los demás. No era otro que un intenso odio hacia
Takeo.
De repente, abrió los ojos y despertó de sus cavilaciones. Le había parecido oír que
alguien llamaba: «¡Takeo! ¡Takeo!». Al mirar por la ventanilla, advirtió que el tren se
había detenido en la estación de Ageo. Un empleado pasó por delante de él gritando:
—¡Ageo! ¡Ageo!
—¡Seré imbécil!
Indignado consigo mismo por haber hecho caso de una ilusión infantil, se puso a
andar como antes de un lado para otro dentro del compartimento. Se estremeció como
si quisiera ahuyentar un pensamiento no deseado y volvió a sentarse. Entonces
esbozó una sonrisa sarcástica.
El tren, tras haber dejado Ageo y pasado por otras estaciones a la velocidad del
viento, llegó a Oji. Se oyeron pisadas en la grava de la plataforma y varias personas
entraron ruidosamente en el compartimento en el que iba Chijiwa. Entre ellas había
un hombre de unos cincuenta años, de tez colorada, ojos rasgados y una llamativa
verruga roja debajo del ojo izquierdo. Este hombre vestía una costosa prenda de
crespón blanco, del cinturón le colgaba una gruesa cadena de oro y en su mano
derecha brillaba un enorme anillo de oro macizo. Al sentarse, su mirada se encontró
con la de Chijiwa.
—¡Hombre, Chijiwa!
—¡Caramba!
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—¿De dónde vienes?
El hombre de la verruga roja se sentó junto a Chijiwa mientras hablaba.
—Vengo de Takasaki.
—¿De Takasaki?
El hombre miró con detenimiento a Chijiwa y luego preguntó en voz baja:
—¿Tienes prisa? Si no, ¿por qué no cenamos juntos?
Chijiwa asintió con la cabeza.
Cerca del puente que conduce al barrio de Hashiba, junto a la orilla del río
Sumida[28], había una casa en cuya entrada estaba escrito «Villa Yamaki». Su
estructura poco común evocaba un sitio de placer. En el primer piso había una sala
cuyo fino shoji[29] era digno de reflejar el perfil elegante de un peinado shimada[30]
moviéndose con la cadencia de la música. La tarima de la sala estaba cubierta por una
lujosa alfombra roja en la que podrían lucir las cartas de juego arrojadas sobre ella;
sin embargo, ahora encima descansaban una mesa llena de platos y copas, y una
lámpara con pantalla de papel para evitar el brillo cegador de la luz. En esa estancia
se encontraban Chijiwa y el hombre de la verruga roja, el mismo dueño de la casa,
Hyozo Yamaki.
Tal vez con intención de preservar la intimidad, no había ni una sola sirvienta
para atenderlos. Yamaki tenía ante él un cuaderno de notas. Un lápiz colocado entre
las hojas las mantenía abiertas y en ellas se podía observar una lista de nombres,
títulos y direcciones de muchas personas. Yamaki tenía marcado cada uno de esos
nombres con un símbolo como un círculo, un cuadrado, un triángulo, y letras y
números. Había varios nombres tachados una vez pero marcados de nuevo como
válidos.
—Entonces, estamos de acuerdo, Chijiwa. Cuando esté todo preparado, házmelo
saber… Estás seguro de tener éxito, ¿verdad?
—Casi seguro. El asunto ya está en manos del ministro. Pero, puesto que la
competencia nos está presionando, tenemos que ser generosos con el dinero. —A
continuación, colocó el dedo índice sobre uno de los nombres del cuaderno y añadió
—: Este hombre es un canalla. Debes callarle la boca.
—¿Y qué piensas de este?
—Es peor. No lo conozco muy bien pero dicen que es muy escrupuloso. Creo que
va a ser mejor tratar de convencerlo con humildad. Si se resiste, tendremos que
proceder con cautela.
—Es cierto que hay gente en el Ejército con la que es fácil llegar a un acuerdo,
pero hay otros que no. ¿Te acuerdas el año pasado, el éxito que tuvimos con el
suministro de los uniformes al regimiento? En general muy bien, hasta que llegó un
coronel, cuyo nombre no recuerdo, aquel horrible con bigote pelirrojo. Pues él era
más puntilloso que nadie y trataba de descubrir defectos en nuestros productos. Así
que, cuando envié un mensajero a entregarle un regalo para callarlo, una caja de
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dulces de los de siempre, ya sabes… se indignó diciendo que él no era hombre que se
dejara sobornar. ¡Imagínate la escena: el coronel le dio una patada a la caja y las
monedas de plata que iban ocultas bajo una capa de dulces saltaron por los aires,
formando una lluvia de dulces colorados y monedas brillantes! ¡Qué escándalo!
Entonces, el coronel se puso furioso y juró que jamás en su vida había visto una
osadía tan infame y que nos iba a denunciar. A nuestro mensajero le costó
convencerlo de que no lo hiciera. Las cosas se complican cuando te encuentras con
gente como él, por no hablar de Takeo. Es absolutamente imposible llegar a un
entendimiento con el barón. Porque hace poco…
—Es que Takeo heredó suficiente dinero como para permitirse cualquier deseo, y
en tales circunstancias no es tan difícil mantenerse uno mismo tan orgulloso y tan
recto. En cuanto a mí, pobre y sin perspectivas de fortuna, debo labrarme mi futuro
con mi propia fuerza física…
—¡Ah, se me había olvidado por completo! —Yamaki, fijando la vista en
Chijiwa, sacó cinco billetes de diez yenes y continuó—: Guárdalos en concepto de
gastos por el viaje de hoy. Ya te pagaré la bonificación correspondiente cuando llegue
el momento oportuno.
—Gracias, lo acepto sin ceremonias. —Chijiwa tomó los billetes rápidamente y
mientras se los guardaba en el bolsillo, añadió—: Escucha, Yamaki…
—Sí, dime.
—Hay un refrán que dice: «El que no siembra, no recoge».
Yamaki sonrió amargamente, le dio una palmadita en la espalda a Chijiwa y le
dijo:
—Mira que eres listo. ¡Lástima que no te tengamos de director financiero!
—Yamaki, una daga en manos de nuestro héroe Kiyomasa[31] era más eficaz que
cualquier espada en manos de un novato, ¿no es cierto?
—Tienes razón, bien dicho, hijo. De todas formas, te aconsejo que te andes con
cautela en este tipo de especulaciones. Un inexperto puede acabar arruinado en el
comercio de futuros.
—Lo sé, lo sé. Solo se trata de que aquellos que tienen un montón de dinero
pasen un poco de su fortuna a los demás. Bueno, tengo que irme. Volveré dentro de
unos días, tan pronto como tenga toda la información… No hace falta que llames un
rikisha[32]. Será mejor que lo busque yo cuando salga de aquí.
—Como quieras. Por cierto, te ruego que disculpes a mi mujer. Es que no puede
dejar sola a mi hija.
—¿Tu hija Toyoko? ¿Está enferma?
—Sí, ha estado mala durante un mes. Y, por eso, mi mujer la ha traído aquí. Te
digo de corazón que no tengas prisa en casarte y formar una familia. No hay nada
mejor que estar soltero si quieres hacer dinero.
Y se echó a reír.
Chijiwa se despidió del dueño de la casa y de la sirvienta en el vestíbulo y se alejó
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rápidamente de la villa de Yamaki.
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ver si somos capaces de distraerla de sus pensamientos.
Y el matrimonio se dirigió por el pasillo hacia la habitación de su hija.
Hyozo Yamaki era de origen humilde, pero se lo consideraba uno de los hombres de
negocios más hábiles. A principios de su carrera, el difunto padre de Takeo había
mostrado muy buena voluntad para ayudarlo y por esa razón Yamaki aún seguía
agradecido a los Kawashima. Se rumoreaba que ese sentimiento suyo se reforzaba al
considerar que los Kawashima eran unos de los miembros más ricos y respetados de
la nueva nobleza. Pero esta crítica demoledora acerca de la sinceridad del
agradecimiento profesado por Yamaki hacia los Kawashima, en el fondo resultaba
injusta, pues el comerciante reconocía la ayuda recibida. Yamaki vivía en Shiba-
sakuragawa, uno de los barrios más hermosos de Tokio, próximo al Palacio Imperial,
y poseía una segunda casa en Hashiba, junto al río Sumida. Muchos años atrás había
sido prestamista. Pero ahora dirigía un negocio de suministros para el Ejército y el
Gobierno. Su hijo mayor estudiaba en una escuela comercial de Boston, en los
Estados Unidos; y su hija, Toyoko, se había graduado hacía poco tiempo en una
institución aristocrática donde había estudiado junto a las hijas de las más
distinguidas familias. En cuanto a su esposa, nadie sabía cómo ni cuándo se había
casado con él; y la información personal sobre ella se limitaba a que provenía de
Kioto. Físicamente no era una mujer nada atractiva y, por eso, muchos se
preguntaban cómo Yamaki había podido enamorarse de ella. Sin embargo, en
realidad, por uno u otro motivo, él se ausentaba para frecuentar a escondidas las casas
de mujeres hermosas que lo recibían encantadas. Y su esposa estaba al corriente.
En el suelo, estaban colocados un koto, una mandolina y una urna de cristal dentro de
la cual se guardaba una gran muñeca. En un rincón había un elegante escritorio y un
tocador contra la pared. Todo el dormitorio estaba tan ricamente amueblado que uno
podía haberse imaginado fácilmente que se trataba de la alcoba de una princesa. Sin
embargo, cuando la vista se dirigía hacía la cama, como es natural, en busca de la
dueña del dormitorio, se encontraba a una muchacha de unos diecisiete años con el
pelo poco cuidado, parecido a una escoba, y acostada bajo un edredón de seda. Su
rostro era tan regordete que sus mejillas parecía que se caían, sus labios estaban
entreabiertos como si estuvieran demasiado cansados para mantenerlos cerrados y sus
ojos hinchados bajo unas cejas sumamente claras parecían velados por una neblina
tras despertar de un sueño eterno.
—¡Idiota!
La muchacha gritó a la espalda a su sirvienta, que en ese momento salía de la
habitación para cumplir las órdenes de su ama, mientras contenía una sonrisa ante sus
caprichosos deseos. Al quedarse sola, Toyoko retiró con impaciencia el edredón, salió
de la cama y tomó en su mano una gran fotografía que adornaba un rincón. Durante
un buen rato fijó la vista, sin ni siquiera pestañear, en la fotografía donde había un
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grupo de colegialas en uniforme. Y después golpeó sin parar con un dedo a una de las
chicas. Pero no contenta con eso, arañó con fuerza la cara de su rival.
En ese instante se abrió la puerta.
—¿Quién es? ¿Eres Take?
—Sí, soy Take, Take bastante calva —contestó Yamaki riéndose y se sentó con su
mujer al lado de la cama. La hija trató de ocultar con rapidez la fotografía,
inclinándose sobre ella.
—¿Cómo te encuentras, Toyoko? ¿Mejor? Por cierto, ¿qué es lo que acabas de
esconder? A ver, enséñamelo. Venga, que me lo enseñes… ¡Vaya, pero qué has hecho
en la cara de Namiko! Cómo la has arañado… ¡Si sería más efectivo recitar conjuros
en un santuario a la medianoche[33] que esa manera tan tonta de vengarte de ella!
Su mujer exclamó con indignación:
—¡Pero tú no le des más ideas!
—Bueno, Toyoko, eres hija de Hyozo Yamaki, ¿no es así? Sé generosa y valiente.
Deja de sufrir por un hombre orgulloso que no supo valorar tu amor. Hija mía, ¿por
qué no intentas ganarte el interés del hijo de un millonario como Mitsui o Mitsubishi,
o el hijo de un mariscal o un ministro? O, mejor aún, de un príncipe extranjero.
¿Adónde crees que puedes llegar con ese comportamiento, eh, Toyoko?
A pesar de que «la princesa Toyoko» abusaba del egoísmo y la violencia cuando
estaba a solas con su madre, se avergonzó delante de su padre y silenciosamente se
tumbó boca abajo en la cama. Yamaki continuó:
—¿Qué te pasa, mi niña? ¿Todavía quieres tanto a Takeo? ¡Ay, cómo eres, hija
mía…! Oye, Toyoko, ¿te gustaría ir a Kioto de vacaciones? Te va a encantar, ¿eh?
Hay muchos lugares interesantes, pero si no te apetece visitar los templos, puedes ir a
Nishijin[34] a comprarte un obi[35] y un quimono muy bonitos. ¿Qué te parece? No me
digas que no. Ah, por cierto, Sumiko, hace mucho que no vas por ahí. ¿Por qué no la
acompañas?
—¿Vas a venir tú con nosotras?
—¿Yo? ¿Bromeas? Con la cantidad de negocios que llevo entre manos…
—Entonces, yo tampoco voy.
—¿Y eso? No te prives por mí. Pero ¿por qué no?
Su esposa se limitó a reír.
—Dime por qué.
La señora Yamaki insistió en su risa.
—¿A qué viene esa risa tan irónica? Dime de una vez por qué no quieres ir.
—Porque no puedo dejarte solo. A saber lo que haces mientras.
—¡Uf! ¿Cómo te atreves a decir eso delante de tu hija? Toyoko, no te creas lo que
acaba de insinuar tu madre. No le hagas ni caso.
La señora Yamaki añadió riendo:
—Digas lo que digas, todo me suena a hipocresía.
—Basta ya, déjalo. Vamos, Toyoko, no te preocupes y relájate. Y ten paciencia,
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ya verás como todo te va a ir bien.
Capítulo V
Un sábado por la tarde, a mediados de junio, cuando los castaños abrían sus flores en
el jardín de la casa del vizconde general Kataoka en Akasaka, el prestigioso barrio de
Tokio, el general se encontraba cómodamente sentado en su despacho.
El general tenía unos cincuenta años. Empezaba a tener entradas en la frente y sus
sienes se estaban encaneciendo. Era muy corpulento y pesaba más de ochenta kilos.
Se contaba que un caballo de raza árabe aguantaba difícilmente bajo su peso. Su
cuello se hundía entre los hombros musculosos y su papada rozaba la parte superior
del pecho. Tenía una barriga parecida a la de un luchador de sumo y sus muslos,
similares a los de un buey, se rozaban al andar. Su rostro estaba muy bronceado por el
sol y tenía la nariz ancha, los labios carnosos, las cejas claras y la barba rala.
Únicamente sus ojos rasgados como los de un elefante contrastaban con ese cuerpo y
brillaban con una expresión de gran bondad que armonizaba con la eterna sonrisa de
sus labios, revelando un carácter afable y bonachón.
Varios años atrás, mientras el general se encontraba cazando en una región
montañosa, llamó a la puerta de una cabaña para pedir agua. La anciana que vivía
sola se quedó mirando fijamente al general que iba vestido de civil y exclamó con
admiración:
—¡Pero qué enorme es usted! Habrá cazado una liebre por lo menos.
Él contestó con su sonrisa indulgente:
—No, absolutamente nada.
—Es imposible hacer negocios matando animales. Con su físico, yo le aconsejo
trabajar de obrero. Verá que le pagan cincuenta yenes sin rechistar.
—¿Al mes?
—¡Qué va!, al año. Piénseselo bien y si se decide, vuelva aquí, que le buscaré un
buen trabajo.
—¡Oh, qué amable, señora! Sí, claro, nunca se sabe.
—Sí, sí, cuando usted quiera. Es una lástima que esté perdiendo el tiempo con esa
fuerza que tiene.
Este incidente era una de las anécdotas más cómicas que él a menudo contaba con
placer. De hecho, los que no sabían de quién se trataba, se habrían llevado a primera
vista una impresión muy similar a la de la anciana. Pero para aquellos que lo
conocían, ese soldado enérgico representaba una brillante torre de fuerza viril y en
tiempos de incertidumbre todo el mundo descansaba su ansiedad en él, poseedor de
un cuerpo macizo que parecía una pequeña colina, como si fuera un sólido muro de
acero colocado en una ciudad para proteger a la multitud. Y, además, siempre
mantenía la mente tranquila, capaz de pensar rápida y claramente, por lo que infundía
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valor a cualquiera de sus soldados cada vez que temblaban ante los mayores peligros.
En su despacho, sobre la mesa situada al lado de una butaca, había una maceta
azul de porcelana en la que crecían rectos unos bambúes. En la parte superior de la
pared frontal estaba colgada una fotografía del emperador y la emperatriz, y debajo
había un autógrafo firmado por Nanshu[36] que decía: «Sé amable con los demás».
Encima de la chimenea, en una rinconera colgaban fotografías de japoneses y
extranjeros, muchos de ellos militares de uniforme.
Las cortinas de color verde claro estaban corridas a un lado y las seis ventanas
que daban al este y al sur se abrían de par en par. Bajo las ventanas del este, se veía la
punta de la torre de Atago, que sobresalía tras la colina frondosa de Reinan situada al
otro lado del barrio de Tanimachi, por donde transitaba una multitud de gente entre
miles de casas. Alrededor de la torre, un milano volaba dando vueltas lentamente. Las
ventanas del sur daban al jardín, donde los castaños exhibían sus flores dejando ver
entre ellas el bosque de altos gingkos[37] que se erguían majestuosamente como una
lanza azul en el recinto del santuario de Hikawa.
El hermoso cielo, a través de las ventanas, brillaba como una elegante tela de seda
azul zafiro. Entre las refrescantes hojas verdes de los castaños, sus flores exuberantes
de color marfil parecían un cuadro contra el fondo luminoso del cielo. Una rama
florida, recta y gruesa como una charretera, había llegado junto a la ventana y sus
hojas se mudaban de color, del esmeralda al zafiro y al oro ámbar, según el reflejo de
la luz del sol que se filtraba entre ellas. A cada soplo leve de la brisa, las flores
dispersaban su perfume haciéndolo llegar dentro del despacho, mientras las hojas se
mecían proyectando sus sombras danzarinas sobre las páginas de un libro titulado La
situación actual del Ferrocarril Transiberiano que el general sostenía en la mano
izquierda.
Por un instante, el general cerró sus ojos rasgados respirando profundamente y
luego los abrió de nuevo dirigiendo despacio la vista al libro abierto.
A lo lejos se oyó un ruido como de las ruedas de una polea. Cuando ese ruido
dejó de sonar, un silencio absoluto reinó en toda la casa.
De pronto aparecieron dos diablillos que parecían haber esperado a tender una
emboscada en el momento más propicio e irrumpir en la casa. Se asomaron con
timidez por una puerta entreabierta, pero rápidamente se retiraron. Se oía el sonido de
sus risas ahogadas. Uno de ellos era un niño de unos siete años, vestido de marinero y
calzado con botines de cordones. El otro era una niña de unos cinco años, vestida de
quimono de pata de gallo de color púrpura con el fondo blanco, con obi carmesí, y
que llevaba el pelo liso con un flequillo que le llegaba al borde de los ojos.
Cuando los dos pilluelos llegaron al despacho, vacilaron unos instantes fuera de la
puerta, pero luego, como si la espera hubiera sido demasiado larga, empujaron con
impaciencia la puerta con las cuatro manos a la vez y entraron en el despacho.
Saltando con gracia y facilidad la fortaleza formada por los archivos de periódicos,
atacaron directamente al general en el sillón, abrazándolo por las rodillas, el marinero
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por la derecha y la niña del flequillo largo por la izquierda.
—¡Padre!
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sokuhatsu[39] con el flequillo rizado separado en dos mostrando la frente. Sus grandes
ojos curvados levemente hacia arriba producían una impresión de sarcasmo. Iba
maquillada con una capa muy fina de polvos sobre su tez morena y sus labios
pintados de rojo destacaban la blancura de unos dientes brillantes. Vestía un quimono
de crespón vistoso y colorido, con obi negro; en sus manos brillaban varias sortijas
caras engastadas en piedras preciosas.
—Estáis molestando a vuestro padre, ¿eh?
—No. Fui yo quien les ha preguntado sobre su trabajo en la escuela. Pero ahora
me toca a mí estudiar. Vamos, iros fuera a jugar un poco. Luego os llevaré a dar un
paseo, ¿vale?
La niña exclamó alegre:
—¡Qué bien!
También su hermano gritó:
—¡Hurra! ¡Hurra!
Los dos niños muy juntos salieron alegremente del despacho compitiendo a ver
quién llegaba antes a la calle. Durante un rato sus gritos se oyeron a lo lejos:
«¡Hurra!», «¡Espera, yo también!». A continuación, el parloteo infantil se perdió en la
distancia.
La señora Kataoka se quejó:
—Puedes decir lo que quieras, pero es cierto que eres demasiado indulgente con
tus hijos.
El general contestó sonriendo a ese reproche:
—No lo creo. Los niños se crían mucho mejor cuando se sienten queridos.
—Pero sabes lo que dicen de padre severo y madre compasiva. Si persistes
dándoles tanto cariño, el proverbio es al revés en nuestro caso, y me va a
corresponder siempre a mí corregirlos. De esa manera, seré yo la única odiosa.
—Bueno, bueno, no me regañes tanto y sé un poco más complaciente contigo
misma. Y ahora, señora profesora, siéntese, por favor, que vamos a empezar.
Mientras se reía, el general se levantó y sacó de su librería un libro de lectura en
inglés, el tercero de Royal[40], que se puso a leer en voz alta, pronunciando cada
palabra lentamente con el acento característico del dialecto de Satsuma, donde había
nacido. Su mujer lo escuchaba con atención y le corregía continuamente los errores.
El general recibía esta lección todos los días. Su alta posición era la recompensa
del valor mostrado en las batallas que habían acontecido durante la guerra de la
Restauración de Meiji. Entonces, sus altas responsabilidades no le habían permitido
tener tiempo para el estudio de lenguas extranjeras. Sin embargo, hacía un año, desde
que lo habían adscrito a una posición auxiliar, el general había encontrado tiempo
libre suficiente para comenzar el aprendizaje del inglés. Por suerte, su esposa
Shigeko, hija de un brillante militar de Choshu, podía hacer de profesora. Ella había
estudiado durante muchos años en Londres, de donde regresó a su país con un
excelente nivel de inglés, resultado de una esmerada educación; su nivel de inglés tal
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vez era el mejor de todo Japón. Su mente se había impregnado tanto de las ideas
traídas de Londres que no se contentaba si no seguía las costumbres extranjeras en
todos los asuntos familiares, tanto en la dirección de la casa como en lo tocante a la
educación de los hijos. Por desgracia para ella, las circunstancias y la fuerza de las
costumbres tradicionales contuvieron a menudo sus deseos de reforma. Los sirvientes
de la casa se burlaban a sus espaldas de su inexperiencia doméstica. Los niños,
naturalmente, se encariñaban solo con su padre, que los adoraba. Y su esposo,
tradicional y magnánimo, no se preocupaba en absoluto por los asuntos triviales.
Todos estos eran los motivos del descontento de la señora Kataoka.
Mientras tanto, el general había llegado al final de la página tras haber superado
muchas dificultades y en el momento en que iba a traducir las frases, se abrió la
puerta y entró una muchacha de unos catorce años con el pelo suelto adornado con
una cinta carmesí. Al encontrar cómica la escena de su padre leyendo tan
diligentemente como un alumno mientras sostenía un pequeño libro que casi quedaba
oculto en sus grandes manos, no pudo contener su risa y dijo:
—Madre, la tía de Idamachi ha venido a visitarnos.
—¿De veras?
La señora Kataoka arrugó levemente las cejas pero no se movió, esperando la
reacción de su esposo. El general se levantó de inmediato y mientras acercaba una
silla a él, le ordenó a su hija:
—Acompáñala hasta aquí.
Una señora sonriente y refinada, de unos cuarenta y cinco años, entró saludando:
—Buenas tardes.
Llevaba unas gafas con cristales azules porque tenía mala vista. Se podía detectar
un ligero parecido en su rostro con el de la joven que se encontraba en el tercer piso
de Ikaho. Como es de suponer, se trataba de la hermana mayor de la primera esposa
del general Kataoka, la madre de Namiko; el nombre de la tía era Seiko. Ella era la
esposa del vizconde Kato, miembro del Senado. Su esposo y ella habían sido los
mediadores en el matrimonio de Takeo y Namiko.
El general se levantó sonriente ofreciéndole asiento, corrió un poco la cortina de
la ventana que había detrás de la silla y empezó a hablar:
—¿Cómo estás? Hace mucho que no te veía. Tu marido estará ocupado, como
siempre.
La señora Kato le respondió:
—Es más diligente que un jardinero. Es capaz de pasarse un día entero con las
tijeras en ristre, jajaja. Es aún pronto para que florezcan los iris pero los granados, de
los que se pondrá muy orgulloso, están en plena floración, y todavía quedan rosas.
Venga usted un día a vernos y hágale un elogio a él. ¿Me lo promete? —Y
volviéndose hacia la señora Kataoka—: Traiga a Kichi y a Michiko también, por
favor, ¿de acuerdo?
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Para ser sinceros, a la señora Kataoka no le agradaba la presencia de la señora
Kato. Además de la clara diferencia de cultura y carácter de una y otra, lo que
constituía un obstáculo en la comprensión y simpatía entre las dos mujeres, el hecho
de que la señora Kato fuera hermana de la primera esposa del general le causaba
constantemente a la madrastra un gran desasosiego. Su carácter dominante no podía
soportar ninguna interferencia externa sobre el corazón de su esposo ni en su hogar,
pues ella se consideraba a sí misma la única designada para manejarlo todo. No
obstante, la hermana de la primera esposa los frecuentaba evocando no solamente la
figura de su hermana ante el general, sino que también, con su profundo afecto por
Namiko y su simpatía hacia Iku, despertaba todos los recuerdos del pasado. Parecía
oponerse a la supremacía de la segunda esposa al mantener viva la memoria de quien
había sido más querida que la esposa actual. Este pensamiento a la señora Kataoka se
le hacía insoportable. Sin embargo, ahora que Nami e Iku ya no vivían allí, parecía
que las hostilidades y las coaliciones se habían disuelto. Pero cada vez que la señora
Kato aparecía, la señora Kataoka tenía la sensación de que la difunta mujer en
persona hubiese vuelto para luchar contra ella y a reasumir su autoridad como
gobernante de la casa, renovando así las antiguas costumbres abolidas o
transformadas de acuerdo con el plan preestablecido de reformas. Esto le producía a
la nueva señora Kataoka una inquietud inexplicable.
La señora Kato sacó de su bolso una caja de dulces y dijo:
—Es para Kichi y Michiko. ¿Aún no han vuelto del colegio? No los he visto… Y
esto es para ti, Komako.
Y le ofreció una horquilla con adorno de hortensia artificial a la muchacha de la
cinta carmesí, que acababa de entrar trayendo las tazas de té inglés.
Antes de que su hijastra le diera las gracias a su tía, la señora Kataoka respondió
rápidamente:
—Muchas gracias por haberse molestado, como siempre. ¡Qué contentos se van a
poner los pequeños!
En ese momento, la sirvienta entró a avisar a la señora Kataoka de que una
persona de la Cruz Roja deseaba verla, y la madrastra se disculpó y se retiró. Cuando
salía al pasillo, se volvió hacia Komako, que venía detrás de ella, la llamó por señas y
le murmuró algo al oído. Dejando atrás a su hijastra, que se detuvo detrás de una
cortina del pasillo para escuchar la conversación entre su tía y su padre, se dirigió
tranquilamente hacia la sala de visitas. La señora Kataoka sentía un gran favoritismo
hacia Komako a pesar de ser hija de la primera esposa. En cambio, se equivocaba
gravemente considerando a Namiko, a causa de su carácter reservado, como una
muchacha obstinada y contraria a ella. Sin embargo, la madrastra sí había
simpatizado con Komako, que era más activa y directa, y con un carácter parecido al
suyo. Además de todos estos motivos, sus demostraciones de la preferencia por
Komako, ejerciendo de buena madrastra con ella, eran debidas a la intención de
compensar con su favoritismo a esta niña de las caricias que su padre prodigaba a su
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primogénita, su favorita. No obstante, no podía negarse que en el fondo de su corazón
la nueva señora Kataoka deseaba ganarse la admiración de los demás por el hecho de
ser capaz de querer a la hija pequeña que la anterior esposa había dejado en este
mundo. Esas eran las razones por las que la actual señora Kataoka recurría a Komako
como su aliada.
Se trataba ni más ni menos que de egoísmo: hay personas que siempre actúan por
motivos egoístas sin tener en cuenta a los demás. Sin embargo, los egoístas poseen
una debilidad en su carácter, ya que se preocupan mucho por la opinión que los otros
tengan sobre ellos. Después de satisfacer sus deseos por muy caprichosos que sean,
esperan ganarse la aprobación de los demás. Eso es puro egoísmo. Especialmente este
tipo de personas están más ávidas de elogios. La señora Kataoka, por su cultura e
inteligencia, además de por las ideas extranjeras aprendidas, era una fuerte rival de su
esposo, un hombre universalmente apreciado en los círculos de debate. Sin embargo,
la señora Kataoka, pese a sus cualidades, había sido incapaz de ganarse una parte de
la profunda amistad que todos sentían por el general. Como consecuencia natural de
esto, cada vez que se quedaba sola, recibía con mucho gusto cualquier manifestación
de cariño hacia su persona. Pero en realidad, no eran más que lisonjas. Los antiguos
sirvientes de la casa, un poco toscos pero honrados y cariñosos, habían sido
despedidos uno tras otro. Y sus puestos vacantes habían sido ocupados por personas
más refinadas que sobre todo sabían cómo halagar a la nueva ama. Komako, por
supuesto, no tenía ningún motivo para odiar a su hermana, pero desde que había
descubierto que su madrastra se quedaba satisfecha cuando la gente hablaba mal de
Namiko, empezó a aprovechar todas las oportunidades para contarle los secretos de
su hermana y en más de una ocasión amargó a Iku, que trataba de proteger a Namiko.
Este mal hábito de Komako se había convertido en un vicio incorregible que a
menudo era utilizado por su madrastra, incluso después de haberse casado Namiko.
Komako se había escondido detrás de la segunda ventana que daba a la terraza del
este. Se oían alternativamente las afables carcajadas de su padre y las risas de su tía.
De pronto, las voces bajaron de tono y sus palabras se oían confusas, dejándole
distinguir al oído de Komako tan solo palabras como «suegra», «Nami» y algunas
otras. Así que aguzó su oído aún más para ver si podía captar mejor la conversación.
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responder, despertando más curiosidad en el niño, que insistió—: ¿Qué? ¿Qué quieres
decir con eso?
Komako, impaciente al ver que todo intento de resistencia era inútil, le gritó a su
hermano sin querer:
—¡Ay, qué pesado eres!
En ese instante, al darse cuenta de que podría ser descubierta, se encogió de
hombros por el error cometido y se fue corriendo.
—¡Cobarde! ¡Ha huido! ¡Es una cobarde!
Así, gritando con enojo, el niño se precipitó en el despacho de su padre. Al
encontrar la visita de su tía, sonrió alegremente, la saludó con una leve reverencia y a
continuación saltó encima de las rodillas de su padre.
—¡Vaya, Kichi, cómo has crecido! ¿Qué tal el colegio?… Has sacado un
excelente en Matemáticas, ¿a que sí? ¡Muy bien! Has estudiado mucho, ¿verdad? Y
ahora tienes que venir pronto a mi casa con tus padres. ¿De acuerdo?
El general le preguntó a su hijo:
—¿Dónde está Michiko?… Ah, vale. Mira lo que os ha traído vuestra tía. ¿Estás
contento? —El general rio feliz mientras mostraba la caja de dulces y luego añadió
—: ¿Sabes dónde está vuestra madre? ¿Sigue con la visita? Ve y dile que a tu tía le
gustaría decirle adiós.
El general siguió con la mirada la espalda de su hijo que se iba corriendo y luego
fijó la vista en su cuñada con aire grave.
—Entonces, hazme el favor de convencer a Iku de una manera lo más delicada
posible para que no se incomode nadie más con eso. La verdad es que me temía lo
que ha sucedido. Por mi parte, no la hubiera dejado ir. Pero Nami la quería mucho e
Iku también deseaba tanto estar con ella… Así que… pero, en fin… sabrás arreglarlo
mejor que nadie. Gracias.
En ese momento volvió la señora Kataoka. Tras una rápida ojeada a la señora
Kato, le dijo:
—¿Cómo que nos deja tan pronto? Disculpe por haber tenido que atender a mi
visita pero ya se ha ido. Ya sabe usted, se trata de obras de caridad, como de
costumbre, aunque me temo que no tendrán éxito. Pero la verdad es que lo siento. Y
dele muchos recuerdos de mi parte a Chizuko. Ahora que Nami no está con nosotros,
nos tiene completamente abandonados.
—Ha estado un poco enferma y no ha salido para nada últimamente. Bueno, me
voy. Que pasen un buen día.
La señora Kato tomó su bolso y se levantó. El general también se levantó y dijo:
—Te voy a acompañar. Así aprovecho para dar un paseo. Kichi y Michiko,
vosotros también. ¡Venga, vámonos!
Tras marcharse todos, la señora Kataoka se arrellanó en un sillón de la sala de
estar y empezó a hojear los papeles del proyecto de obra de caridad que le había
dejado el hombre de la Cruz Roja, pero de pronto hizo una señal con la mano a
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Komako para que se acercara a ella.
—Koma, ¿de qué han estado hablando?
—Pues, en realidad, no se escuchaba demasiado bien, pero entendí que estaban
discutiendo sobre Iku.
—¿Sobre Iku?
—Sí, debe de tratarse de algo así. La madre de Takeo sufre de reuma y se pone de
mal humor muy a menudo. Parece que uno de estos días Iku le dijo a mi hermana,
charlando en su habitación: «Señora, ¿por qué se pondrá tan histérica la señora
Kawashima? ¡Pobre de mi señora! Hay que ver lo que tiene que soportar. Pero, en fin,
se trata de una señora mayor, y no durará mucho tiempo». ¡Qué tonta Iku! ¿Verdad,
madre?
—¡Ay!, la vieja parlanchina, se mete en todo. Es que no tiene remedio esta mujer.
—Y no solo eso, madre. Parece que la señora Kawashima pasaba por la puerta y
escuchó toda la conversación. No se imagina cómo se enfadó.
—¡Dios la castigó!
—Se enfadó tanto que mi hermana se quedó muy preocupada y acudió a Idamachi
para consultar con nuestra tía.
—¡¿Con vuestra tía?!
—Sí, porque mi hermana siempre ha recurrido a ella cada vez que ha tenido algún
problema.
Con una sonrisa amarga la señora Kataoka apremió a su hijastra a que continuara.
—¿Y qué más?
—Entonces, mi padre dijo que sería mejor para Iku mandarla a trabajar a la casa
del campo.
—¿De veras? —se sorprendió la señora Kataoka mostrando su enfado—. ¿Y nada
más?
—Hubiera seguido escuchándolos pero vino Kichi y ya…
Capítulo VI
La madre de Takeo se llamaba Kei y tenía cincuenta y dos años. Salvo los ataques
frecuentes de reuma que sufría, gozaba de tan buena salud que se decía que era capaz
de recorrer sin ningún signo de cansancio la distancia de unos siete kilómetros que
mediaba entre su casa del barrio de Kojimachi hasta el templo de Tokai de
Shinagawa, donde descansaba su difunto esposo. Su peso superaba los setenta kilos y
probablemente era la más corpulenta de entre todas las mujeres de la nobleza de
aquellos tiempos. Sin embargo, esa obesidad la había desarrollado después del
fallecimiento de su esposo, Michitake, seis años atrás. Durante toda su vida siempre
había sido muy delgada, casi de aspecto enfermizo. Incluso algunos comentaban que
era como una pelota de goma que había recuperado su forma esférica desde que le
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habían quitado el peso que la oprimía.
Su difunto esposo había sido miembro menor de la nobleza y, por eso, cuando
contrajo matrimonio, su boda fue más bien modesta. Durante el periodo tormentoso
de la Restauración de Meiji, el señor Kawashima logró darse a conocer y, como
consecuencia de ello, ocupó largo tiempo el puesto de gobernador en el equipo del
ministerio de Toshimichi Okuma[41]. Sin embargo, el barón Kawashima, debido a su
carácter obstinado, se vio obligado a contentarse con la amistad de unos pocos en el
gobierno de Meiji. El vizconde Kato era uno de ellos. Y después de la muerte de
Okuma, al señor Kawashima le dio la espalda casi todo el mundo. Según las malas
lenguas, le habían otorgado el título de barón simplemente porque había tenido suerte
de nacer en aquel ilustre dominio de Kagoshima. Michitake, testarudo, egoísta y
colérico, ahogaba su descontento en el alcohol. Cuando se presentaba en la asamblea
provincial después de haber tomado unas cuantas copas, con la cara colorada como
un demonio, no había ni un solo compañero que se atreviera a contradecir sus
opiniones.
De este modo, no era nada fácil encontrar un momento de paz en casa de los
Kawashima. La familia entera estaba sometida a la voluntad despótica del tirano y
todos vivían con temor a sus estallidos de furia, como si se cobijaran bajo un árbol sin
pararrayos a campo abierto en verano. Excepto Takeo, que había disfrutado al
máximo encima de las rodillas de su padre como si fuera su pista de baile y que desde
su infancia nunca había dudado de que su padre era el mejor amigo del mundo, todos,
empezando por la esposa, la servidumbre, los proveedores de la casa y hasta las
columnas de la sala de estar conocían cómo eran los manotazos magistrales del dueño
de la casa. Incluso Yamaki, ahora conocido como comerciante caballeroso y entonces
al servicio del barón, también había sido objeto de sus frecuentes ataques de cólera.
Este visitante, sin embargo, con su razonamiento filosófico, soportaba muy bien esos
acontecimientos considerándolos como un pequeño tributo pagado por adelantado
sobre los beneficios que podía ganar en el futuro gracias a la ayuda que el barón
Kawashima le prestaba. De esta manera, cada vez que Su Excelencia estaba de mal
humor, se escondían hasta los ratones y cuando su voz como un trueno hacía temblar
las paredes, la más joven del servicio soltaba del susto hasta el cuchillo. En cuanto a
los subordinados que iban a consultar con el barón, se dirigían directamente a la
puerta de servicio para preguntar por anticipado a los sirvientes en qué dirección
soplaba el viento ese día.
Por mucho que se quiera imaginar, nadie alcanzaría a comprender la paciencia
extraordinaria que tuvo que tener la señora Kawashima para soportar a un hombre
como el barón durante treinta años. Al principio de su matrimonio, mientras sus
suegros vivían, el temperamento de su esposo aún no se había revelado del todo.
Pero, a partir de la muerte de su suegra y después de la de su suegro, su esposo
comenzó a manifestar sin freno su verdadera naturaleza, lo que exigía a su esposa
cada vez más paciencia. A pesar de que esta intentó resistirse a los embates del barón
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algunas veces al principio, el resultado fue desastroso. Desde entonces, la señora
Kawashima, en lugar de enfrentarse con valentía, prefirió aceptar con sumisión la
continua tempestad, o recurrir a la mejor protección para ella de entre todas las
posibles, que era simplemente huir del peligro. Transcurridos algunos años, la señora
baronesa aprendió poco a poco el arte de evitar las turbulencias, y a veces el éxito la
sonreía, pero solo al cabo de al menos tres intentos fallidos. Tras todos sus esfuerzos
a lo largo del tiempo, no tuvo la suerte de poder cambiar el carácter de su esposo,
sino, todo lo contrario, sus ataques de ira fueron más frecuentes que nunca en los
últimos años de su vida, debido al abuso de la bebida con que ahogaba su
descontento. La señora Kawashima, a pesar de estar más que acostumbrada tras las
duras experiencias durante veinte años, sufría terriblemente y se lamentaba de su
miserable condición. A menudo, olvidándose de su edad, que ya había empezado a
hacer clarear sus cabellos, e incluso de la existencia de su querido hijo Takeo,
pensaba que hubiera abandonado bien a gusto el envidiable honor de ser baronesa y
esposa de un gobernador, a cambio de ser la mujer de un guardián del cementerio,
con tal de, por fin, tener una vida pacífica de una vez por todas. Pero el tiempo vuela.
Tras treinta años de matrimonio, el día en el que la baronesa contempló a su esposo,
Michitake, yaciendo con los ojos cerrados en un ataúd, a pesar de lanzar un suspiro
profundo por la paz finalmente lograda, no pudo evitar las lágrimas más sinceras.
Sí, las lágrimas le brotaron en abundancia pero, como es natural, no podía negar
que se sentía aliviada por haberse quitado aquel peso de encima. Al respirar
libremente, la baronesa viuda Kawashima parecía tener una fuerza nueva que nunca
antes había sentido. Mientras la autoridad de su difunto esposo Michitake reinó en la
casa, apenas se notaba la presencia de la señora Kawashima, completamente borrada
por el cuerpo corpulento y la voz atronadora del señor barón. Ahora la señora
Kawashima salió de su silencio a plena luz y había llegado su turno para ejercer de
emperatriz, algo que aprendió rápidamente. Y al mismo ritmo del aprendizaje, fue
ganando también volumen físico. Todas las personas que la habían conocido de
siempre muy delgada, y como una mujer tímida y modesta que acompañaba a su
esposo con discreción, observaron con gran asombro la rapidez de su cambio.
Hay un científico que opina que un hombre y una mujer, al cabo de muchos años
de vida matrimonial, acaban por semejarse tanto física como mentalmente. Sea cierta
o no esa teoría, el hecho es que la gente llegó a comentar que la señora Kawashima se
había convertido en una fiel reproducción del difunto barón, tanto por las miradas y el
movimiento nervioso de sus tupidas cejas, porque sostenía una pipa en la mano, así
como por la rudeza de su comportamiento y, sobre todo, por los ataques de cólera.
Un proverbio japonés habla sobre la venganza: «Vengarse de un enemigo de Edo
por dañar a una persona de Nagasaki»[42]. Según la opinión de alguien con gran
conocimiento de la naturaleza humana: «Generalmente la acción que se desprende del
contenido de una ley inmutable es igual en todos sus ámbitos, del mismo modo que
un proverbio. Si hoy un diputado de la oposición ataca violentamente una propuesta
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del partido gubernamental, sus compañeros lo apoyan y lo aplauden con entusiasmo.
Sin embargo, si ellos supieran que todo el fervor y desprecio en el discurso de su
correligionario provienen de las demandas inoportunas de un prestamista sufridas la
noche anterior, y que le hacen desahogar su resentimiento, ¿valorarían de la misma
manera su discurso? ¿Quién cree que una depresión atmosférica en el mar de la China
meridional puede causar una inundación en el interior de Japón? ¿Quién se hubiera
imaginado que un derrumbe en Tuscarora[43] podría causar un maremoto en la costa
levante de Japón? En cuanto a Moronao[44], lleno de resentimiento por su fracaso
amoroso, culpó a la supuesta impericia del ilustre calígrafo, al que había encargado
una carta de amor, del sentimiento no correspondido.
»Así pues, la naturaleza siempre busca su equilibrio. Y para alcanzar este
equilibrio, los débiles revelan su impaciencia como un avaro que está continuamente
pendiente del interés diario que le rinde su dinero, mientras que un hombre virtuoso
se conforma con confiar su dinero a un banco y se dedica a cumplir las tareas que
recaen sobre él con decisión y paciencia».
Según esa teoría, las personas ordinarias que buscan impacientemente el
equilibrio, siguen el camino fácil, igual que el agua corre hacia abajo, de acuerdo con
la ley de la naturaleza. La señora Kawashima también, después de haber estado
sometida a una fuerte tensión durante treinta años, nada más cerrar el ataúd de su
esposo, abrió las barreras que le habían servido para reprimir sus reacciones hasta ese
momento. La persona a la que ella había temido más que a nadie ya se había ido a un
lugar lejano donde su mano dura ya no podía alcanzarla. Ahora, al parecer, ella quería
demostrar que su silencio no había nacido de su cobardía y que ella sí existía. La
baronesa comenzó esa manifestación de sus nuevas energías reclamándoles sus
deudas a todas aquellas personas que le habían pedido dinero prestado a su esposo. Y
se lo devolvieron a la viuda incrementado con un elevado interés. A pesar de la
extrema semejanza en los ataques de cólera de ambos cónyuges, había una gran
diferencia entre la irascibilidad de la señora Kawashima y la de su esposo. El barón
había sido un personaje heroico. A pesar de su carácter violento y dominante, la
mayoría de sus ataques tenían origen en su sentido de justicia, por lo que despertaba
una especie de simpatía o compasión entre los que lo rodeaban. En cambio, la señora
Kawashima era sobre todo egoísta y desconfiada. El resultado fue que los sirvientes
sufrían todavía más que cuando el barón vivía.
Así era la suegra de Namiko.
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acostumbrada a ello, a pesar de su timidez, Namiko empezó a observar con
tranquilidad el panorama de la casa que anteriormente solo había percibido como si
estuviera envuelto en una nube.
Cada familia tiene sus normas y costumbres, y Namiko era muy consciente de
ello. No se debe medir la vida nueva con los parámetros de la vida anterior. Tenía que
olvidar que había sido Namiko Kataoka y tenía que tratar de convertirse en una
perfecta Namiko Kawashima. En efecto, esas fueron las palabras textuales que su
padre le recordó en su despacho, manifestándole su último deseo, antes de que su
queridísima hija primogénita, ya vestida de novia y a punto de subir al coche de
caballos, se incorporara a su nueva familia. El consejo de su padre permanecía con
claridad en la mente de Namiko, pero la diferencia que encontró en el nuevo hogar
fue enorme.
La propiedad de los Kawashima era aún mayor que la de los Kataoka. La fortuna
que el padre de Takeo había acumulado durante su mandato como gobernador era tan
cuantiosa como para que la familia fuera considerada una de las más ricas de la nueva
nobleza.
Aun así, era la casa natal de Namiko la que, gracias a la fama del general, brillaba
a plena luz del sol, y era muy conocida y amada por el pueblo. Asimismo, el número
de familiares de los Kawashima era escaso, los amigos también y los visitantes que
solían acudir a la casa cuando el padre de Takeo aún vivía, se alejaron después de su
muerte. Además, la viuda no era nada cariñosa con la gente y el nuevo cabeza de
familia, que debía de aportar el prestigio y la gloria a la casa, era aún demasiado
joven y se encontraba al principio de su carrera profesional, por lo que rara vez se
hallaba en casa. Naturalmente, no había alegría ni vitalidad en el hogar de los
Kawashima. Por su parte, la madrastra de Namiko tenía equipada la casa con un
mobiliario refinado y lujoso, aunque solía recortar los gastos básicos, por lo que a
veces los sirvientes criticaban su falta de sentido común. A pesar de esto, la casa de
los Kataoka estaba llena de vida como en todas las casas de altos oficiales militares,
mientras que el nuevo hogar de Namiko mantenía firmemente las costumbres
tradicionales, más bien rústicas. Bien considerado, allí se seguían correctas y austeras
normas pero, en realidad, la señora Kawashima, que se hacía cargo personalmente de
todo, incluso de los asuntos triviales, tal y como lo había hecho en los primeros años
de casada cuando la economía doméstica era limitada, no había cambiado nada desde
hacía treinta años. Tenía un mayordomo llamado Tazaki, un hombre honrado y fiel,
que había estado trabajando para ellos toda su vida. Con Tazaki la señora Kawashima
se ocupaba de llevar la cuenta mensual de los gastos de leña y carbón, sin dejar
escapar ni un detalle. Aunque cada vez que Takeo regresaba a casa le recomendaba a
su madre que no se molestara más preparando los dulces, y que los comprara, la
señora Kawashima seguía haciéndolo todo igual. Cuando Namiko llegó a esta familia
acompañada de su sirvienta Iku, la señora Kawashima exclamó con ironía:
—¡Qué lujo se permite esta familia tan importante! Espero que Takeo no te rebaje
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el nivel de vida.
Con lo cual, el motivo de haber devuelto a Iku a los Kataoka no era solo por la
conversación entre Namiko e Iku sorprendida por la señora Kawashima en el pasillo,
aunque eso sí, le había servido de maravillosa excusa para despedir a Iku.
Por muy inteligente que fuera, la joven esposa solo tenía diecisiete años. Es
normal que no pudiera adaptarse del todo a unos hábitos tan diferentes cambiando
radicalmente su conducta de la noche a la mañana. Entonces Namiko comenzó a
entender el profundo significado de las palabras de su padre y decidió en el fondo de
su corazón aceptar su destino. La oportunidad para poner a prueba esa decisión suya
llegó demasiado pronto.
Poco después de volver de Ikaho, Takeo fue obligado a partir a una expedición
naval. Por haberse casado con un oficial de la Marina, Namiko estaba dispuesta a
quedarse sola de vez en cuando, sin embargo, esa separación repentina de su esposo
tras solo unos meses de matrimonio, la hizo sentirse tan triste que pasó unos días muy
desconcertada.
Cuando el padre de Namiko conoció a Takeo a través del vizconde Kato, se llevó
tan grata impresión del joven que no dudó en dar su consentimiento para el
matrimonio con su hija primogénita. Y ella se quedó convencida de la decisión de su
padre cuando empezó a vivir al lado de Takeo. Era generoso y fuerte, de carácter
amable y cariñoso, y no se le veía ningún signo de espíritu innoble. Namiko encontró
en él un retrato de su querido y respetable padre de joven. Incluso la forma de
caminar de su esposo, con pasos grandes al tiempo que movía los hombros, y su risa
inocente como la de un niño le recordaban al general. Namiko gozaba de una
sensación de felicidad al lado de un buen hombre y se dio cuenta de que ya amaba
con todo el corazón al esposo que su padre le había elegido. Takeo, por su parte,
albergaba un profundo sentimiento de afecto hacia su joven esposa. Como era hijo
único, le pareció que había ganado incluso una hermana menor al mismo tiempo que
una esposa, y la trataba con afecto llamándola «mi Nami». Apenas habían
transcurrido tres meses desde su boda. Sin embargo, se llevaban de maravilla, como
si se hubieran conocido desde antes de venir al mundo. Y, por lo tanto, su primera
separación, aunque era temporal, apenó mucho a los dos. Pero Namiko no tuvo
mucho tiempo para lamentar esta contrariedad. Poco después de la partida de Takeo,
su suegra sufrió terribles ataques de reuma y reveló más que nunca su carácter
irascible. Ahora que Iku tampoco se encontraba a su lado, se presentaron varias
ocasiones para poner a prueba la paciencia de Namiko.
Los estudiantes recién ingresados en la universidad son blanco de las bromas de
mal gusto de los estudiantes veteranos. Más tarde, esos estudiantes de primer año se
convierten en estudiantes antiguos y se vengan con los principiantes. Se trata de un
placer sin límites… Así lo relata un autor.
Una suegra que se acuerda de sus propias dificultades en adaptarse a las formas
de una nueva familia no es capaz de maltratar a su joven nuera. Pero la naturaleza
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humana es tan necia que tan pronto como se le pasa la flor de la juventud a una mujer
casada y tiene una nuera, se despiertan unos instintos tiránicos que la conducen a ser
igual que su suegra a quien tanto había odiado. «Mira, haces una cinta de doce
centímetros, luego la doblas así… ¡Ay, no, no, que no es así! Déjame a mí. Qué chica
más torpe con veinte años que tienes, jajajaja». Su risa sarcástica y su mirada burlona
son exactamente iguales que las de la suegra que la reñía cuando ella tenía veinte
años. De repente, por ese vago recuerdo, una siente hacia sí misma la aversión que
había abrigado muchos años atrás hacia la mirada crítica que la perseguía. Su corazón
se agita con cierto temor al sentirse ella misma tan insoportable. A esa suegra, que se
da cuenta de sus errores y sabe modificar su conducta, se la podría considerar una
bendición del cielo. Sin embargo, la mayoría de las suegras sigue esa lamentable
venganza de «ojo por ojo y diente por diente». Y descargan su rabia con la joven
nuera de Nagasaki con el fin de vengarse de los hostigamientos que sufrieron antaño
a manos de su suegra de Edo. Es una manera de ejercer represalias debido a un
impulso natural y la intensificación de su crueldad con el fin de saciar su deseo de
venganza durante el breve tiempo que dura la vida. La suegra de Namiko era una de
estas últimas.
A Namiko, después de haber sufrido durante mucho tiempo a manos de su
madrastra europeizante, ahora le tocaba soportar las persecuciones de una suegra
conservadora con ideas anticuadas. Como la enferma señora Kawashima llamaba
muy a menudo a sus sirvientas, Namiko sintió lástima y se ofreció a atenderla
personalmente; pero no acertaba a adivinar lo que su suegra deseaba exactamente, a
pesar de toda su buena voluntad. La señora Kawashima le daba las gracias
ostentosamente, pero acto seguido regañaba a las sirvientas intencionadamente para
hacerle entender a Namiko que sus reproches iban dirigidos contra ella misma. Su
voz tan fuertemente enojada estremecía incluso a Namiko, que ya estaba
acostumbrada tras diez años de sufrimiento bajo la tiranía de su madrastra. Ese
sistema de ataques indirectos duró unas semanas. Pero después la señora Kawashima
se fijó en Namiko como blanco directo de su ira. Ahora que se había ido Iku, ya no
tenía a nadie en casa que la consolara, y a Namiko le parecía que había caído en aquel
rincón oscuro en el que había vivido en el pasado y de donde creía haber escapado
por fin para siempre. No obstante, cuando Namiko se detenía en su habitación ante la
imagen del gallardo oficial, bordeada de un marco de plata, su corazón se fundía con
ternura. Ella con cuidado tomaba el retrato de su esposo en su mano y fijaba la vista
en él, lo besaba, rozaba tiernamente su mejilla contra él y le susurraba súplicas con
voz amorosa como si él pudiera oírla: «Vuelve pronto, mi vida». Recuperando así las
fuerzas para seguir, Namiko se aseguraba de que podía soportar lo que fuera por amor
a él y se entregaba a su suegra con absoluto sacrificio.
Capítulo VII
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En Hong Kong, a 15 de julio
Mi querida Nami:
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Vamos a permanecer aquí unos días más para repostar. Y luego nos dirigiremos a
Sidney por Manila, y después a Nueva Caledonia y las islas Fiji hasta llegar a San
Francisco. Regresaremos pasando por Hawai. Así que mi regreso a casa será en
otoño. Puedes escribirme a mi atención en la dirección del consulado de Japón en San
Francisco.
En Sidney, a __ de agosto
Mi querida Nami:
En Tokio, a __ de agosto
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Mi querido Takeo:
He leído una y otra vez, y miles de veces, la adorable carta que me enviaste el día
quince de julio desde Hong Kong. Estoy feliz de saber que estás bien de salud, a
pesar del terrible calor. Tu madre se encuentra mucho mejor estos días, así que estate
tranquilo en este aspecto. En cuanto a mí, me paso los días pensando en ti, echándote
mucho de menos. Estoy haciendo todo lo posible por satisfacer a tu madre, ahora más
que nunca que tú estás muy lejos; pero soy tan inexperta, que mis esfuerzos no están
resultando demasiado útiles; a ver si aprendo. Paso un día y otro con mucha ilusión,
deseando únicamente que regreses pronto y poder verte.
Mi familia de Akasaka está bien y ahora todos se encuentran en la casa de campo
en Zushi[47]. Los Kato también se han ido a su casa en Okitsu[48], y nos hemos
quedado casi solos en Tokio. Iku también está bien con mis padres en Zushi. El otro
día, cuando le transmití tu mensaje, incluso lloró por tu amabilidad dándote las
gracias calurosamente.
A propósito, estoy profundamente arrepentida por no haber aprendido lo
suficiente sobre las tareas domésticas. A pesar de los consejos de mi padre, me
descuidé mucho en mi casa natal pensando que podría hacerlo sin demasiados
problemas cuando se me presentara la necesidad, y ahora se me ha venido todo
encima por culpa de mi inexperiencia. Me gustaría seguir tus consejos de estudiar
inglés pero me temo que a tu madre no le parecerá bien que yo ocupe mi tiempo en el
escritorio. De modo que me voy a dedicar exclusivamente a la práctica de los asuntos
domésticos hasta que aprenda. Espero que no pienses que lo hago por dejadez para
evitar los estudios.
Estoy avergonzada de mí misma por no poder remediar sentirme tan triste, pero
es cierto que mi deseo de querer verte se intensifica más y más, y quisiera volar para
estar a tu lado, si tuviera alas. Mi único consuelo es contemplar día y noche tu
imagen y la de tu buque que te está llevando a través del océano. En la escuela nunca
me interesó la geografía, pero el seguir la ruta de tu nave en un mapa antiguo que he
encontrado entre mis notas abandonadas, imaginándome que hoy estás por aquí y
mañana por ahí, se ha convertido últimamente en mi única diversión. Hasta se me
ocurre un pensamiento más infantil y me digo por dentro: ¡Ojalá, hubiera nacido
hombre! Me haría también marinero e iría contigo a todas partes sin separarme de ti
ni un minuto… Por mucho que intente ser fuerte, me hundo en mis pensamientos sin
remedio. Nunca había prestado tanta atención como ahora a las noticias de los
periódicos sobre las condiciones meteorológicas del mar. Aunque sé que estás fuera
del alcance de las noticias de los periódicos de Tokio, no puedo evitar inquietarme
cuando pronostican alguna tempestad. Por favor, te ruego que te cuides…
(Suprimido el resto).
Nami
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En Tokio, a __ de octubre
Mi muy querido Takeo:
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SEGUNDA PARTE
Capítulo I
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—Sí, madre. Porque cuando visitamos al señor Kato y les comentamos que luego
íbamos a la casa de Akasaka, nos dijeron que ellos también pensaban acercarse.
Entonces, con la tía Kato y Chizuko, nos fuimos los cinco juntos a Akasaka. Ahí nos
recibieron con mucha alegría y, afortunadamente, no tenían más visitas. Así que nos
pusimos a hablar y a hablar y no me di cuenta de lo tarde que era… Ah, me temo que
he bebido demasiado.
Takeo se tocó las mejillas que habían adquirido un color más rojo de lo normal y
tomó de un sorbo una taza de té que la sirvienta le había traído.
—Bueno, entonces me alegro de que os lo hayáis pasado tan bien. Por cierto,
están todos bien en Akasaka, ¿no, Nami?
—Sí, madre. Muchas gracias. Me dijeron que le transmitiera a usted sus disculpas
por no haber venido todavía a visitarla y también su agradecimiento por los regalos.
De repente Takeo se acordó de algo.
—Hablando de regalos, Nami. ¿Dónde está lo que hemos traído?… ¡Ah, aquí
está!
Takeo, tomando una bandeja que Namiko había sacado, la colocó sobre la mesa y
la empujó despacio hacia su madre. En la bandeja había un par de faisanes, varias
codornices y otras cosas suculentas amontonadas.
—¡Oh, qué maravilla! ¡Cuántas cosas deliciosas podemos preparar con todo esto!
—El general fue muy afortunado en su última cacería, de la que regresó el día de
Nochevieja. Estaban a punto de enviárnoslo. De todas formas, mañana nos enviará un
jabalí.
—¿Un jabalí? ¿Ha cazado también un jabalí? Nami, tu padre es tres años menor
que yo, ¿verdad? Cuando era joven, era muy ágil y enérgico. Parece ser que todavía
lo sigue siendo.
Takeo continuó:
—Es cierto, madre. Tiene una vitalidad envidiable. Dice que pasó tres noches de
caza en la montaña sin sentir nada de cansancio. Estaba orgulloso de sí mismo y no
paraba de decir que aún podía competir con los jóvenes.
—Ya lo creo. Cuando uno empieza a sufrir por el reuma como yo, ya no sirve
para nada. El peor enemigo de los humanos es la enfermedad… ¡Oh!, van a dar las
nueve. Venga, cambiaos y acostaos… ¡Ah, por cierto, Takeo, se me olvidaba! Hoy ha
venido Yasuhiko y…
Takeo, que estaba a punto de levantarse, se detuvo con expresión seria. Namiko
también prestó atención.
—¿Chijiwa?
—Sí. Parece que tenía algo que consultar contigo.
Takeo, después de haber pensado un instante, dijo:
—De acuerdo. Yo también tengo que verlo. Dígame la verdad, madre, ¿no ha
venido alguna vez para pedirle dinero mientras yo estaba fuera?
—No. ¿Por qué? ¿Por qué motivo me preguntas eso?
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—He oído algunos comentarios sobre él… Está bien. Intentaré verlo pronto.
—¡Ah!, Yamaki también ha estado aquí.
—Ese loco de Yamaki, ¿y?
—Dará una fiesta el día diez y quiere que vayas.
—¡Qué aburrimiento!
—No digas eso y ve. Él te invita porque nunca ha olvidado los favores que tu
padre le hizo, ¿no?
—Pero…
—Takeo, no seas terco. Será mejor que vayas. Pues, muy bien, yo también me
voy a acostar.
—Entonces, buenas noches, madre.
Namiko dijo:
—Madre, no tardaré en cambiarme. Luego iré a verla por si necesita algo.
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—Vale, vale, entendido. Pero ¿por qué tienes que huir de mí?
—Me voy a cambiar —respondió con una sonrisa.
Takeo había partido a principios de verano en una expedición naval con la esperanza
de volver en otoño. Sin embargo, su buque había sido retenido mucho tiempo en San
Francisco en espera de la reparación de la maquinaria. De modo que, cuando llegó a
casa, era finales de año. Ese día, el tres de enero, había salido con Namiko para hacer
sus primeras visitas del año a los Kato y a los Kataoka.
La madre de Takeo era una mujer de gustos anticuados, más bien antieuropeísta,
ni siquiera soñaba con dormir en una cama alta ni comer con cubiertos europeos. Sin
embargo, por afecto hacia su hijo, le había permitido decorar la sala a su gusto. Takeo
había mezclado artísticamente los objetos japoneses y extranjeros. Una alfombra
verde se extendía sobre el tatami y había una mesa y tres sillas colocadas sobre ella.
Una pintura de paisaje y el retrato del padre de Takeo colgaban de una pared,
mientras que una estantería llena de libros, entre los que había algunos extranjeros,
ocupaba un lado de la sala. La pared frontal estaba decorada con una espada de la
famosa fábrica de Kanemitsu, el arma favorita de su padre; y en una rinconera habían
colocado el gorro de oficial y unos binoculares; una daga colgaba en el centro de una
columna. También había muchas fotografías enmarcadas ocupando casi toda una
pared. Entre estas fotos había una del buque en el que Takeo servía de alférez y otra
de un grupo de jóvenes en uniforme que habían sido sus compañeros de la Academia
Naval de Etajima. Había algunas fotografías más sobre la mesa. En una, sacada en su
infancia, con unos cinco años, estaba con sus padres, posando junto a la rodilla de su
padre sentado. El militar de uniforme era su suegro, el general Kataoka. A pesar de lo
joven y descuidado que era el dueño, la sala estaba organizada hasta el último detalle,
sin una mota de polvo, además de estar decorada con flores de ciruelo colocadas
graciosamente en un florero antiguo de bronce. Todo ello revelaba la mano hábil de
alguien que lo mantenía con la máxima atención y afecto. La dueña de dicha mano
sonreía en un marco de plata en forma de corazón, bajo las flores del ciruelo del
jarrón y envuelta en su perfume. La luz de la lámpara iluminaba hasta el último
rincón de la sala y la chimenea proyectaba el reflejo de la llama ardiente de tonos
violeta sobre la alfombra verde brillante.
Era uno de esos momentos hermosos de la vida en los que el corazón de uno se
siente penetrado y aliviado por la sensación de una comodidad y paz completas. Uno
de esos momentos, sin duda, es el que se disfruta tras el regreso de un largo y
peligroso viaje, cuando uno se pone ropa cómoda y se siente a gusto en su cálido
hogar, escuchando el silbido del viento nocturno y el suave y monótono sonido del
tictac del reloj. La madre de Takeo estaba bien de salud y, sobre todo, Takeo sentía un
gran amor hacia su joven y afectuosa esposa, que había estado esperándolo con el
corazón agitado. Takeo se mecía en su butaca y disfrutaba del aroma del puro,
saboreando precisamente la dulzura de esa inmensa paz interior.
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Lo único que hacía sombra en su felicidad era el nombre de Yasuhiko Chijiwa,
del cual su madre le había hablado hacía un momento, además de recordárselo su
tarjeta de visita que había aparecido entre las demás. Ese día Takeo había oído unos
comentarios acerca de los actos infames de Chijiwa. Un día de diciembre había
llegado una postal a la atención de Chijiwa a la sede del Estado Mayor General donde
trabajaba. Debido a que él se encontraba fuera, un compañero suyo la leyó por error y
se enteró de que se trataba de un requerimiento de pago por parte de un prestamista;
tal vez, de forma deliberada, el importe de la deuda estaba escrito en tinta roja. No
solamente eso, se había descubierto que se habían filtrado de manera misteriosa
ciertos secretos militares utilizados por los especuladores avispados reportando
beneficios a los intermediarios profesionales de información. Y, además, varias
personas habían visto a Chijiwa en un mercado bursátil, un lugar considerado
inadecuado para un joven oficial. A consecuencia de esas informaciones, Chijiwa
había caído bajo sospecha. El suegro de Takeo, el general, mantenía una estrecha
amistad con el jefe del Estado Mayor, quien le había informado al general de todo
ello. Y, por lo tanto, el general aconsejó a Takeo que fuera lo más cauto posible con
su primo, que había empezado a seguir un rumbo diferente.
—¡Qué canalla!
Murmuró Takeo y volvió a fijar la vista en la tarjeta de Chijiwa. Pero en una
noche tan agradable no quiso perder más tiempo con ese asunto, así que, decidido a
mantener en breve una seria conversación con su primo, dirigió sus pensamientos a
temas más atractivos. En ese momento Namiko, que se había cambiado, entró
sonriendo y llevando unas tazas de té inglés.
—¡Té inglés! ¡Oh!, gracias, Nami.
Takeo se levantó de la butaca y se sentó frente a la chimenea con las piernas
cruzadas y preguntó:
—¿Qué está haciendo mi madre?
—Ya se ha acostado.
Namiko, ofreciéndole un té caliente, miró el rostro sonrojado de su marido.
—¿No será que te duele la cabeza? Siento que mi madrastra haya insistido tanto,
a pesar de que tú apenas tomas alcohol.
Takeo respondió riendo:
—No, no, en absoluto. Estoy bien. Pero qué día más feliz hemos pasado, ¿verdad,
Nami? Estaba tan interesado en la conversación de tu padre que no me di cuenta de la
cantidad de copas que había vaciado —y sonriendo exclamó—: ¡Qué padre más
maravilloso tienes, Nami!
Namiko le devolvió la sonrisa a su marido y, mirándolo con una expresión muy
significativa, dijo:
—Y también tengo…
Takeo, fingiendo su sorpresa, repuso con los ojos brillantes:
—¿Eh? ¿También qué?
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—No sé —respondió riendo.
Namiko se ruborizó un instante y bajó la vista jugando con su anillo para
disimular su vergüenza.
—¡Caray! ¿Dónde has aprendido a decir esos cumplidos? Parece que he salido
ganando con la mínima inversión en el broche que te traje. —Y volvió a reír.
Namiko se apretó suavemente las mejillas sonrojadas con las manos, que se había
calentado en la chimenea, y suspiró.
—Tu madre también ha estado muy triste tanto tiempo sin ti. Cuando pienso que
nos dejas otra vez dentro de poco, me parece que los días pasan demasiado deprisa.
—Pero si yo tuviera que quedarme en casa todo el tiempo, me dirías cada dos
días: «¿No crees que sería una buena idea que te fueras a dar un paseo?». ¿No es así,
Nami?
—¿Cómo puedes decir eso?… ¿Quieres otra taza de té?
Takeo bebió otro sorbo, dio unos golpecitos al puro para quitar la ceniza y miró a
su alrededor con satisfacción.
—Después de haber dormido en una hamaca durante más de medio año, mi
cuarto me parece enorme. Todo me parece muy lujoso y bonito. Me siento como si
estuviera en un paraíso, Nami… ¡Ah, esto es mi segunda luna de miel!
De hecho, tras una larga separación al poco de casarse, los jóvenes se habían
encontrado de nuevo con un gozo inefable, igual que en el periodo más feliz del
comienzo de su vida juntos.
Se quedaron sin hablar durante un rato. Solo intercambiaron una sonrisa
mirándose encantados el uno al otro. La delicada fragancia de la flor del ciruelo
llenaba la sala, envolviendo a los dos esposos sentados uno frente al otro.
De pronto Namiko levantó la cabeza como si fuera impulsada por un pensamiento
repentino.
—¿Vas a ir a casa de Yamaki?
—¡Ah, Yamaki! Como mi madre quiere que vaya, no tendré más remedio que ir.
—Me encantaría ir contigo.
—¿Por qué no? ¡Estupendo, vamos juntos!
—No, no. Será mejor que no.
—¿Por qué?
—Porque tengo miedo.
—¿Miedo? ¿De qué?
—Es que allí me odian —y soltó una risa tímida.
—¿Odiarte? ¿A ti, Nami?
—Sí, hay una persona que me odia. ¿Hace falta que te lo diga? Es Toyoko.
—¡Qué ideas! La pobre muchacha es tonta. ¿No te parece, Nami? Pero ¿habrá
alguien que se case con ella? —rio Takeo.
—Tu madre dijo que Chijiwa podría casarse con Toyoko porque él tiene mucha
amistad con Yamaki.
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—¿Chijiwa? ¿Chijiwa?… Es un desgraciado. Sabía que era un hombre astuto,
pero jamás me imaginé que se mereciera aquella sospecha tan deshonrosa. Estoy muy
avergonzado de los militares de hoy en día, bueno, aunque yo también soy uno de
ellos. Es realmente vergonzoso. Ya no queda ni sombra del viejo espíritu del samurái.
Todos están como locos por hacerse ricos. Por supuesto que no digo que los militares
tengan que conformarse con ser pobres. Todo el mundo tiene derecho a abrirse
camino y ascender para mantener el bienestar de su familia y de uno mismo, ¿a que
sí, Nami? Pero los hombres que pretenden ser la defensa de su país deben tener
cuidado de no verse implicados en especulaciones deshonestas, tales como
beneficiarse con codicia de la usura, de las comisiones sobre el abastecimiento del
Ejército, o favorecer intereses particulares mediante la revelación de secretos
militares a cambio de dinero sucio. Lo que más me repugna es el juego. ¡Cuántos de
mis compañeros están en la ruina por ese vicio! ¡Asco me da! No les importa
humillarse con tal de adular a sus superiores, y luego se dan la vuelta y abusan de sus
subordinados.
A pesar de su inexperiencia, el joven y honesto alférez, que había advertido los
peligros de los malos hábitos, atacó a sus colegas hablando con una profunda
seriedad, como si allí estuviera presente alguno de los más culpables de todos ellos.
Namiko, que escuchaba con serenidad el estallido de indignación de su marido, se
sentía orgullosa de sus valientes palabras y por su ingenuidad de muchacha, lo vio
capaz de llegar a ser ministro de la Marina o, al menos, un almirante con la
resolución suficiente para llevar a cabo una reforma radical en todas las fuerzas de
defensa japonesas.
—Creo que tienes toda la razón. Yo no entiendo gran cosa de esos asuntos, pero
me acuerdo de cuando mi padre era ministro y solía venir mucha gente a verlo a casa
para presentarle innumerables peticiones acompañadas de sus respectivos regalos
bajo el brazo. Mi padre, que aborrecía ese sistema, respondía que un proyecto digno
se llevaba a cabo incluso sin súplicas, pero que las propuestas injustas no se
efectuaban bajo ningún concepto por muchos regalos que trajeran. Así, la gente
acudía con cualquier pretexto para que mi padre aceptara sus regalos. Por eso decía
riendo que entendía perfectamente por qué la gente pretendía conseguir algún puesto
en el Gobierno.
—Ya lo creo. Ya sea en la Marina o en el Ejército, ocurre lo mismo. El dinero lo
es todo en este mundo. —Y luego Takeo miró el reloj que había empezado a dar la
hora—. Vaya, ya son las diez.
—¡Oh, cómo pasa el tiempo!
Capítulo II
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sin embargo, se extendía desde el final de la calle hasta el pie de la colina de
Nishinokubo. Su magnífico jardín se componía de agua, piedras y árboles. En el
jardín había un estanque rodeado de grandes rocas y atravesado por un estrecho
puente. Varias sendas conducían del portón a la colina; había varias clases de árboles
como arces, cerezos, pinos y bambúes plantados con gusto, además de una farola de
piedra en un lado y una cúpula procedente de un pequeño santuario de Inari[49]; y en
el último rincón aparecía inesperadamente una pequeña glorieta. El jardín sorprendía
a todos los que visitaban esta finca rodeada de tapias de aspecto modesto. En
realidad, se trataba de un castillo que Yamaki había construido con toda su fantasía
invirtiendo un cúmulo de dinero negro adquirido mediante sus sospechosos negocios,
con lo cual este castillo podría considerarse una suerte de espejismo.
Eran poco después de las cuatro de la tarde cuando se empezaban a oír en la
lejanía los graznidos de los cuervos. Un hombre en traje japonés salió al jardín con el
fin de escapar del ruido de la sala y tomó el camino que conducía a la colina
débilmente iluminada por los últimos rayos de sol. Era Takeo. Después de ceder a la
insistente petición de su madre, había aceptado la invitación de Yamaki. Pero ya
estaba cansado y asqueado por esa fiesta tan ruidosa y llena de desconocidos con
quienes tenía que hablar y ser educado, además de estar obligado a beber para
mostrar agradecimiento. Yamaki había programado numerosas diversiones con el
propósito de entretener sin interrupción a sus invitados. Entre tantas diversiones, la
última consistió en un coro de bailarines que iba a servir de preparación a una orgía
general. Desde hacía un buen rato Takeo había estado tratando de despedirse, porque
todo aquello resultaba de una vulgaridad aborrecible para él, pero Yamaki, con su
inoportuna insistencia, lo había obligado a quedarse hasta el final. Por otra parte,
Takeo esperaba a Chijiwa, que aún no había aparecido. En aquellos momentos su
primo era la persona con la que Takeo sentía más que nunca la necesidad de mantener
una seria conversación. Al final Takeo consiguió escaparse sin que nadie lo notara y
bajó al jardín para refrescar su cara ardiente con el aire fresco.
Tres días después de la confidencia recibida de parte de su suegro el general en
relación con Chijiwa, un desconocido con un maletín de cocodrilo había visitado la
casa de los Kawashima preguntando por Takeo y le había exigido el inesperado pago
de tres mil yenes. Ese hombre había presentado un documento firmado por Yasuhiko
Chijiwa como prestatario y Takeo Kawashima como su avalista; además, el
documento llevaba el sello auténtico que se utilizaba en todas las transacciones de
esta naturaleza. Según el desconocido, el plazo de vencimiento había cumplido ya
hacía tiempo, pero el deudor no solo había evitado las reuniones, sino que también
había desaparecido repentinamente faltando incluso a su lugar de trabajo, por lo que
el hombre del maletín se había visto obligado a recurrir al avalista para el pago.
Además, el documento estaba en toda regla y firmado de puño y letra por Chijiwa.
Sorprendido por ese extraño hecho, Takeo intentó aclarar el asunto, pero ni el
mayordomo Tazaki, ni su madre sabían nada sobre el mismo, ni muchísimo menos
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que le hubieran dejado prestado a Chijiwa el sello de Takeo. Este último suceso,
añadido a los rumores que circulaban sobre Chijiwa, le confirmó a Takeo de
inmediato la reprochable conducta de su primo. Precisamente ese día Takeo había
recibido una carta de Chijiwa en la que le decía que deseaba hablar con él al día
siguiente en la fiesta de Yamaki.
Takeo tenía intención de hablar con su primo abierta y tajantemente nada más
verlo sobre los asuntos que habían salido a la luz y darle después la espalda para
siempre, pero Chijiwa seguía sin aparecer. Echando el humo del puro para calmar la
irritación que lo invadía, Takeo subió por la senda y atravesó el seto de bambúes
hasta encontrar la pequeña glorieta. Allí se sentó en un pequeño banco y enseguida
oyó un sonido de pasos rápidos. De repente apareció Toyoko. Con su pelo recogido
en una alta versión del peinado shimada[50], llevaba un quimono de color malva con
dibujos de flores; la joven no era consciente de que su elegante y costoso vestido la
hacía aún más ridícula. Entrecerró sus pequeños ojos y exclamó en un tono irónico:
—¡Así que aquí estabas!
Takeo, siempre dispuesto a enfrentarse a una bala de cañón de treinta centímetros
de diámetro, se asustó ante ese ataque inesperado de una enemiga. Y con el deseo de
evitar toda discusión, se dio la vuelta directamente dispuesto a marcharse. Pero la
muchacha intentó detenerlo al instante.
—¡Takeo!
—¿Qué pasa?
—Mi padre me ha pedido que te enseñe nuestro jardín.
—¿Que me lo enseñes tú? No, gracias. No hace falta.
—Pero…
—Déjame solo. Lo prefiero.
Takeo pensó que un rechazo sin rodeos podría ahuyentar a esa molesta seductora,
pero Toyoko estaba decidida a no dejarlo escapar y repuso:
—No huyas de mí.
Takeo se quedó en silencio un instante con aire confuso. Hacía más de diez años,
cuando su padre estuvo de gobernador en cierta provincia, Yamaki estaba bajo su
jurisdicción y se reunía a menudo con el barón y, por tanto, sus respectivos hijos
también se veían. En aquellos tiempos, Takeo, de unos once años, se entretenía
haciendo llorar a Toyoko tomándole el pelo por todos los medios al alcance de su
crueldad infantil, pero ella, aun con lágrimas en los ojos, nunca se separaba de él. Sin
embargo, a pesar del paso de los años y el cambio de residencia, Toyoko seguía
guardando en su corazón un profundo sentimiento de afecto hacia el niño travieso que
había llegado a la edad adulta y se había convertido en el barón Kawashima. Él,
ingenuo y rudo alférez de Marina, había adivinado los sentimientos de la niña y tenía
mucho cuidado en evitarla durante sus breves y poco frecuentes visitas a la casa de
Yamaki. No obstante, ese día la muchacha sorprendió al joven barón de ese modo
haciéndolo caer en una emboscada.
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—¿Huir de ti? Yo no tengo ningún motivo para tener que huir de ti. Voy adonde
me da la gana. Eso es todo.
—Eres muy arrogante conmigo.
Takeo comenzó a sentir lo ridículo de la situación, además de sentirse molesto, y
en su confusión, intentó una vez más escaparse, pero su perseguidora era pertinaz.
Esa situación parecía imitar una escena de la obra de teatro titulada Río Hidaka, de
gran éxito en el periodo de Edo, con la diferencia de que se representaba en un rincón
del jardín y sin espectadores. De repente, Takeo se acordó.
—¿No ha llegado todavía Chijiwa? Toyoko, por favor, ve a ver si ha venido ya.
—Chijiwa no vendrá antes del anochecer.
—¿Viene a menudo a tu casa?
—Sí. Ayer también vino y, además, estuvo mucho tiempo hablando con mi padre.
—¿De veras? Pero puede que ya haya llegado. Por favor, ve a ver.
—No, no quiero ir.
—¿Por qué no?
—Es que estás tratando de deshacerte de mí. Por mucho que yo no te guste y
creas que Namiko es muy hermosa, es cruel que me rechaces de esta manera.
Toyoko ponía cada vez en más apuros a Takeo y él no sabía cómo salir de aquella
situación ante esa muchacha que trataba de hacerle frente.
—¡Señorita! ¡Señorita Toyoko!
Por fortuna una sirvienta vino a buscarla y la contuvo. Takeo, aprovechando esa
oportunidad, se ocultó rápidamente detrás del seto de bambúes y respiró con alivio.
—¡Qué fastidio de chica!
Y se refugió en la casa donde las paredes lo protegerían, por lo menos, del
segundo asalto de la joven.
El sol se había puesto. Los invitados se habían dispersado y el único ruido que se oía
venía de la cocina. Yamaki, ya con ropa cómoda, traía un estuche de tabaco con paso
tambaleante y entró en una habitación donde Takeo y Chijiwa lo estaban esperando.
La frente colorada del anfitrión cubierta de gotas de sudor brillaba al reflejo de la luz
de la lámpara. Se sentó con ellos y dijo:
—Siento haberlos hecho esperar, señores. —Se rio y prosiguió—: Pero la verdad
es que me siento muy feliz por el éxito de la fiesta… A propósito, barón, usted no
bebe nada, en serio, no es digno de un perfecto militar. Su padre vaciaba una botella
tras otra. Yo mismo, aunque me estoy haciendo mayor, sigo siendo Hyozo Yamaki y
puedo con dos litros o más todavía. —Volvió a reírse.
Chijiwa, fijando su mirada cristalina y negra en Yamaki, dijo:
—Qué alegre estás, ¿eh? Se te sale el dinero por las orejas, ¿no, Yamaki?
—Y que lo digas, no me puedo quejar. Hablando de dinero… —Yamaki se
interrumpió para encender la pipa y después de dar una calada, reanudó su charla—:
Parece que por fin van a subastar aquello, porque están apurados y se conformarán
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con un precio bajo. El negocio promete y resultará aún mejor cuando en breve
autoricen a residir a los extranjeros. Quizá el barón esté dispuesto a invertir unos
veinte o treinta mil yenes con el nombre de su mayordomo Tazaki de titular. Estoy
seguro de poder hacerle ganar una fortuna, ¿eh?
La lengua del hombre borracho revelaba con fluidez su verdadero carácter.
Chijiwa miró de reojo a Takeo, que seguía guardando silencio, y preguntó a Yamaki:
—Me han dicho que esa gente de la calle Aomono ha estado ganado mucho
dinero durante una buena temporada, ¿es cierto?
—Sí, pero al final se arruinó porque no supo hacerlo bien. Si actuamos con
inteligencia, llegaremos a conseguir una mina de oro.
—¡Qué maravillosa oportunidad! En serio, qué pena que yo no pueda participar,
un hombre como yo, sin un yen a mi nombre. Pero, Takeo, tú puedes permitirte ese
lujo, ¿por qué no te arriesgas?
Desde el primer momento en que se sentó junto a su primo, Takeo mostró todo el
tiempo su desagrado con las cejas contraídas y miraba a los dos interlocutores con la
misma indignación. Takeo pronunció estas palabras:
—Os doy las gracias por vuestra amabilidad. Pero creo que es inútil tratar de
hacer dinero para un hombre como yo, que nunca sabe cuándo acabará en el mar
como cebo de los peces o como objetivo de los enemigos. Así que disculpadme, pero
prefiero donar esos treinta mil yenes para la formación de los alumnos de la Escuela
Nacional de Marineros antes que invertir en ese negocio sospechoso del que habláis.
Chijiwa, que no había dejado de observar la expresión de Takeo mientras
rehusaba rotundamente su propuesta, le guiñó el ojo a Yamaki y dijo:
—Yamaki, disculpa que sea un poco egoísta, pero dejemos este tema para más
tarde. Y ahora quiero solucionar mi asunto. Ya que Kawashima ha tenido el detalle de
consentir a mi petición, espero que tú también hagas lo que pido. ¿Has traído tu sello?
Mientras lo decía, sacó una nota y se la entregó a Yamaki.
No era de extrañar que Chijiwa estuviera bajo sospecha. Aprovechando la
posición que ocupaba en esos últimos años, se había convertido en el espía de
Yamaki y no solamente se había beneficiado económicamente por el trabajo sucio de
filtrar informaciones gubernamentales, sino que también había desviado fondos del
Gobierno para invertir en el mercado de futuros en busca de fortuna. Sin embargo,
había sufrido una pérdida superior a los cinco mil yenes. Para cubrir la pérdida, había
chantajeado a Yamaki y, sumado con todo lo que tenía, había conseguido reunir dos
mil yenes, pero aún le faltaban tres mil. Sus únicos familiares, los Kawashima, eran
ricos y, además, la señora Kawashima tenía cierto afecto a su sobrino; pero Chijiwa,
conociendo cómo era ella, sabía que la avaricia de la vieja no lo ayudaría en ese
aspecto. El tiempo apremiaba y fue cuando se atrevió a cometer el grave delito de
falsificar el sello de Takeo para conseguir la cantidad necesaria a un interés
exorbitante a fin de cubrir el gasto de los fondos del Gobierno. Sin embargo, llegó la
fecha de vencimiento de la devolución del préstamo mientras Chijiwa seguía sin tener
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una última esperanza de obtener esa cantidad de dinero y, a consecuencia de ello, la
presión del acreedor por la demanda del pago llegó hasta la oficina gubernamental. Y
ahora, no le quedaba otro recurso que convencer a Takeo para que le prestara los tres
mil yenes con la intención de cubrir los otros tres mil del vencimiento. De este modo
la reputación de Takeo como avalista se vería restaurada con su propio dinero. Desde
el regreso de Takeo, Chijiwa había intentado reunirse con su primo varias veces pero
sin éxito. Después se vio obligado a abandonar el trabajo y su ausencia duró unos
días. Por consiguiente, aún no sabía que su acreedor ya estaba satisfecho tras haber
visitado a Takeo.
Yamaki asintió con la cabeza al entregarle Chijiwa la nota y tocó la campanilla
para que una sirvienta trajera una almohadilla de sellar. Después de haber leído por
encima la nota, Yamaki sacó su sello del bolsillo y lo estampó debajo de su nombre
como avalista. Chijiwa tomó la nota sellada, la puso delante de Takeo y dijo:
—Ya está todo listo. Y ahora, ¿cuándo puedes darme el dinero?
—Ya lo traigo conmigo.
—¿Contigo? ¿Bromeas?
—No, en absoluto. Te lo digo en serio. Mira, pues aquí te entrego los tres mil
yenes.
Takeo sacó de su bolsillo un sobre y se lo arrojó a Chijiwa.
Sorprendido, Chijiwa lo recogió y lo abrió. Inmediatamente se ruborizó, pero acto
seguido se quedó muy pálido de la rabia. Sin palabras, rechinó los dientes con fuerza.
Chijiwa tenía delante de sus ojos el documento que pensaba que todavía estaría en
manos del prestamista. Takeo, después de haberse informado a través de Tazaki sobre
el hecho, había pagado el importe correspondiente en lugar del deshonesto deudor.
—¿Qué es esto?
—No pretendas ignorarlo. Reconoce tu culpa de una vez por todas, sé un hombre.
Chijiwa, completamente vencido por su primo, a quien siempre había
menospreciado como a un simplón, fue incapaz de dominar su ira y se mordió los
labios con fuerza. En cuanto a Yamaki, asombrado, se quedó inmóvil como una
estatua con la pipa a punto de caérsele de la mano y no hacía más que mirar
mecánicamente de un lado al otro a sus invitados.
Takeo dijo por fin:
—Chijiwa, ya no te voy a decir nada más acerca de este desafortunado incidente.
Somos primos y no pienso recurrir a la ley para que te condenen por falsificar mi
sello. Como has visto, le he pagado a tu acreedor los tres mil yenes. Así que ya no
llegarán más requerimientos a tu oficina. Puedes estar tranquilo.
Chijiwa se sentía profundamente humillado, pero trató de calmar el borbollón de
rabia con todas sus fuerzas. Con gusto se hubiera lanzado contra Takeo; mas
consideró que cualquier intento de justificarse a sí mismo resultaría inútil. De pronto,
cambió de táctica y dijo con humildad:
—La verdad es que me siento avergonzado por lo que he hecho y reconozco que
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me merezco tus duras palabras Pero en realidad, me vi obligado a…
Takeo lo interrumpió:
—¿Forzado? ¿Obligado a conseguir dinero incluso violando la ley, manchando tu
propio honor? ¿Dónde está la necesidad de eso?
Chijiwa repuso:
—Un momento, déjame hablar. Es que sucedió de esta manera. Me encontraba en
un apremio y necesitaba dinero, pero no tenía con quién contar. Si hubieras estado
aquí, naturalmente, lo hubiera consultado contigo, pero ¿cómo podría explicarle estas
cosas a tu madre? Sin embargo, me urgía tanto que me atreví pidiéndote perdón en mi
fuero interno. Además, esperaba recibir una determinada cantidad de dinero el mes
pasado y pensaba confesarte el hecho cuando terminara de liquidarlo todo.
Completamente decepcionado por su primo, Takeo gritó:
—¡Eso es mentira! ¡¿Cómo es posible que un hombre que realmente tiene la
intención de arrepentirse, pretenda solicitar un préstamo de tres mil yenes con esa
descarada insolencia?!
Yamaki, conmocionado por la violencia con que Takeo había pronunciado esas
palabras con gesto de querer arrojarse sobre Chijiwa, consideró que había llegado el
momento de intervenir como pacificador y medió:
—Barón, cálmese, por favor, cálmese. No sé nada de lo que podría haberle
pasado a Chijiwa pero se trata de unos tres mil yenes; no es una suma demasiado
grande. Y, además, ustedes son familia, así que, por favor, perdónelo, ¿eh?, ¿de
acuerdo, barón? Chijiwa sí que se ha equivocado, sin duda ninguna, pero usted podría
mostrar un poco de generosidad con él. Si todo esto se hace público, Chijiwa va a
perder su puesto. Así que se lo ruego…
—Por eso he pagado y he dicho que no voy a proceder contra él. Yamaki, esto no
es asunto tuyo. Será mejor que no hables… Repito que no lo voy a denunciar. Sin
embargo, Chijiwa, tú y yo, hemos terminado.
Como el asunto había llegado a tal extremo, Chijiwa entendió que ya no había
nada que temer por su parte, y volvió a adoptar su actitud insolente.
—¿Romper la amistad? No me da pena especialmente.
Los ojos de Takeo brillaron como un relámpago.
—La amistad te importa muy poco pero mi dinero sí, ¿verdad? ¡Cobarde!
—¡¿Qué has dicho?!
Yamaki, por su parte, que se había recuperado un poco del efecto del alcohol, no
pudo soportar la violencia en la actitud de ambos que iba creciendo ante sus propios
ojos e intervino por segunda vez:
—¡Basta! ¡Barón, Chijiwa, calma, calma! Así no se pueden solucionar las
cosas… ya vale, y esperen, esperen un momento.
Y trató de tranquilizarlos a los dos.
Mientras tanto los dos primos quedaron frenados por Yamaki. Takeo miró
fijamente a Chijiwa y dijo:
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—Chijiwa, te lo digo por última vez. Nosotros nos hemos criado juntos como
hermanos, y, de hecho, yo te he considerado siempre como un hermano mayor, por tu
edad y tu fuerza física. Pensaba que podríamos seguir juntos toda la vida,
ayudándonos el uno al otro y, al menos por mi parte, yo estaba dispuesto a hacer lo
que fuera por ti con todas mis fuerzas. En realidad, hasta hace poco estaba seguro de
ello. Pero me has traicionado. Un engaño como este es un asunto personal y acaba
aquí con nuestra relación. Y no te pregunto qué es lo que has hecho con esos tres mil
yenes. Pero ten cuidado. Por la amistad en la que creía, una vez más seré amable
contigo y te hago saber que he escuchado rumores sobre ti que son de todo menos
halagüeños y que eres sospechoso de varios asuntos oscuros. Te aconsejo que tengas
cuidado y no pongas en entredicho tu honor como militar. Sé que no tiene mucho
sentido hacerte estos comentarios, ya que para vosotros la única pasión es ganar
dinero, pero os digo que deberíais tener un mínimo de vergüenza. No pienso volver a
verte nunca más. Quédate con los tres mil yenes, te los regalo.
Al terminar de decir esto con absoluta dignidad, Takeo tomó la nota de préstamo
y la rompió en pedazos. Se levantó bruscamente y salió de la sala con tanta prisa que
hizo caer a Toyoko, que parecía haber estado escuchando la conversación detrás de la
puerta. Sin hacer caso al grito de la chica tumbada en el suelo, Takeo siguió con
grandes pasos hacia la puerta principal.
Yamaki, estupefacto, y Chijiwa se miraron. Yamaki exclamó:
—¡Vaya, qué niñerías! Pero Chijiwa, tres mil yenes por la simple ruptura de
vuestra amistad está muy bien, ¿no?
Con la vista fija en los pedazos de papel, Chijiwa permaneció en silencio
mordiéndose los labios.
Capítulo III
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desaparecieron en el profundo silencio, el tictac lento y rítmico del reloj destacaba
aún más la tranquilidad de la tarde. Era un día hermoso para aquella época del año y
aunque los shoji estaban cerrados, la luz abundante del sol iluminaba toda la estancia.
Parecía que los rayos invisibles se posaban sobre las manos de Namiko, que estaba
tejiendo unos calcetines con tweed escocés de color negro, y sobre su cabello negro,
que caía suelto sobre la almohada blanca como la nieve. Tras la ventana de la
izquierda se percibía una vaga sombra del delgado tallo de nandina que caía sobre el
recipiente de agua y, en la ventana de la derecha, se veía claramente la silueta de las
ramas del viejo ciruelo que se extendía ampliamente; incluso se podían apreciar
algunas de sus flores abiertas anunciando el inicio de la anhelada primavera. En la
terraza se reflejaba la cabeza de un gatito, cuyo movimiento rápido producía sombras
cambiantes. De repente, el animal dio un salto para atrapar un insecto que volaba por
donde calentaba el sol. El insecto se escapó dejando el gatito caído en el suelo. Acto
seguido, como si nada hubiera ocurrido, comenzó a lamerse sus patas y la sombra de
su hocico se movió incesantemente arriba y abajo a través del papel de los shoji.
Namiko, que observaba esa escena sonriendo, cerró los ojos al deslumbrante reflejo
del sol y se quedó embelesada un instante. Luego cambió de postura, acarició su
labor y empezó de nuevo a mover las agujas vigorosamente.
Se escuchó el ruido pesado de unos pasos por el pasillo y se acercó la sombra de
un cuerpo macizo. Era su suegra.
La señora Kawashima se sentó junto a la cama de Namiko y le preguntó:
—¿Cómo te encuentras hoy?
—Mucho mejor, gracias, madre. Podría levantarme pero…
Namiko dejó su labor a un lado, se colocó el escote y trató de levantarse, pero la
suegra se lo impidió:
—No, no. Soy de la familia. No te molestes. Ah, sigues trabajando, ¿no? No te
fuerces. Una enferma debe pensar solo en recuperarse, ¿eh, Nami? Te olvidas de todo
en cuanto empiezas a hacer algo para Takeo. Pero eso no está bien. Piensa en ti lo
primero y procura mejorarte lo antes posible.
—No sé cómo pedirle perdón por estar tanto tiempo en cama…
—¿Por qué me dices eso? Sigues siendo muy reservada conmigo. Y no me gusta.
La señora Kawashima no manifestó su verdadero pensamiento. Ella solía quejarse
de que las nueras modernas no eran lo bastante educadas y respetuosas con sus
suegros, pero en el fondo de su corazón pensaba que era afortunada con esa nuera tan
diferente a las demás. Namiko, por su parte, en silencio, pero con su actitud, mostraba
una enorme indulgencia con su suegra al aceptar todas las antiguas normas de la casa.
De repente la señora Kawashima se acordó de algo.
—¡Ah!, por cierto, ha llegado una carta de Takeo, ¿verdad? ¿Qué te cuenta?
Namiko sacó un sobre de debajo de la almohada y entregó la carta a su suegra
diciéndole:
—Dice que va a regresar el próximo domingo sin falta.
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—¿En serio? —Cuando la señora Kawashima terminó de leer la carta, la dobló y
dijo—: ¡Qué idea más absurda! ¡Cómo que vamos a moverte a otro lugar con este frío
que hace! Pillarás cualquier enfermedad que no tienes. La mejor manera de curar el
catarro es permanecer en cama con paciencia y nada más. Takeo es muy joven y
pronto empieza a querer cambiar de médico o a cambiar de lugar de reposo. Pero
cuando yo era joven nunca me quedé en cama, aunque me doliera la barriga. Incluso
me levanté antes de cumplir diez días del parto. A medida que la vida se vuelve más
cómoda, la gente se vuelve más inútil —y con una sonrisa añadió—: Así se lo escribí
yo, diciéndole que no había motivo para preocuparse por ti porque yo estaba contigo.
La señora Kawashima tenía la sonrisa en los labios pero sus ojos revelaban una
expresión de descontento; se levantó para irse.
Namiko se incorporó de medio cuerpo siguiendo con la mirada la espalda de su
suegra y le dijo:
—Disculpe que no me levante.
Y cuando la sombra de la suegra desapareció del pasillo, Namiko dio un pequeño
suspiro.
Namiko apenas podía creer que una madre pudiera sentir celos de su nuera; sin
embargo, desde que había regresado Takeo, advirtió que se interponía una sensación
extraña entre ella y su suegra. Cuando Takeo llegó tras su largo viaje, encontró a
Namiko muy delgada y entendió rápidamente lo mucho que había sufrido durante su
larga ausencia; por eso, la trató incluso con más cariño y ternura que antes. No
obstante, Namiko, a pesar de haber recuperado su felicidad, captó con agudeza que su
suegra observaba con cierta amargura los desvelos de Takeo por ella, su esposa.
Namiko sufría en secreto por lo difícil que era recibir el amor de su marido a cambio
de tener que soportar el disgusto de su suegra.
—Señora, la señorita Kato ha venido a verla.
Namiko abrió los ojos con alegría al oír la voz de la sirvienta. Cuando vio entrar a
la visita, su rostro se iluminó con una expresión de placer.
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ella no tenía a nadie con quien jugar. Cuando Namiko se casó, las antiguas
compañeras de escuela fueron distanciándose poco a poco, una situación que no
ocurrió así en el caso de Chizuko. Antes bien, Chizuko se alegró incluso de que la
nueva casa de su prima estuviera aún más cerca de la suya que la casa natal de
Namiko, así que la visitaba a menudo. Las visitas de Chizuko y las cartas apasionadas
de Takeo eran el mayor consuelo para la esposa solitaria y triste durante la
prolongada ausencia del joven barón.
Namiko sonrió y respondió:
—Hoy me encuentro mucho mejor, pero todavía siento pesadez en la cabeza y a
veces me molesta la tos.
—¡Cuánto lo siento! Y el frío persiste.
La sirvienta colocó con respeto un cojín para Chizuko y ella, dándole las gracias,
se sentó junto a Namiko. Se calentó al brasero las manos delgadas en que brillaban
piedras preciosas y después se las puso en las rosadas mejillas. Namiko le preguntó:
—¿Cómo están tus padres?
—Bien, gracias. Te mandan muchos recuerdos. En realidad, con este frío tan
intenso que está haciendo, andan muy preocupados por ti. Hablamos mucho de ti y
pensamos que será mejor que vayas a Zushi hasta que el clima suave de allí te cure
del todo. Anoche también tuve la misma conversación con mi madre.
—¿De veras? Takeo también opina lo mismo. Ahora está en Yokosuka y me ha
escrito diciendo que necesito un cambio de aires.
—¿También? Entonces, ya está. Trata de hacerlo lo antes posible.
—Pero creo que ya no tardaré mucho en ponerme bien.
—No se puede tomar a la ligera el catarro de este año, ¿eh?
Una sirvienta entró llevando una taza de té inglés y se la ofreció a Chizuko.
Namiko le preguntó a la sirvienta:
—Kane, ¿dónde está mi suegra?
—Está también con una visita.
—¿Quién es? Será alguien de su pueblo. Por cierto, Chizu, no tendrás prisa hoy,
¿no? Kane, tráele a Chizuko algo rico, por favor.
—No, gracias. Vengo muy a menudo y no puede ser. —Chizuko rechazó la oferta
con una sonrisa y luego dijo—: ¡Ah!, espera un momento. —Y sacando de una bolsa
una pequeña caja, añadió—: A la señora Kawashima le gustaba el dulce de arroz,
¿verdad? He traído unos cuantos. Pero si tiene visita, se los daré más tarde.
—¡Oh, gracias! Gracias, de verdad.
Luego, Chizuko sacó unas brillantes naranjas rojas.
—Mira qué bonitas son. Estas son para ti, pero me temo que no serán tan dulces
como lo que le he traído a tu suegra.
—¡Qué bonitas! Dame una y quítale la piel.
Cuando Chizuko le dio a Namiko una naranja pelada, ella se la comió con placer
apartándose el pelo que se le caía sobre la frente.
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—¿No te molesta el pelo? ¿Quieres que te lo recoja?, ¿eh?, ¿quieres?… Vale, no
te muevas y ponte cómoda.
Chizuko, acostumbrada a moverse por la habitación de Namiko, fue al cuarto
contiguo donde había un tocador a buscar un peine y empezó a cepillar suavemente el
cabello de la enferma. Mientras tanto, le comentó a Namiko:
—No te he contado nada sobre la reunión de exalumnas de ayer. Has recibido un
aviso, ¿no? Fue muy divertido. Todas desean que te recuperes muy pronto y me
dijeron que te lo transmitiera. —Con una dulce sonrisa, continuó—: Solo ha pasado
un año desde que nos graduamos pero la tercera parte de nosotras ya está casada. Me
extrañó ver a Okuma, a Honda, a Kitakoji, todas ellas peinadas de marumage
dándose un importante aire de señoras. Y me pareció un poco cómica la escena —se
rio y añadió—: ¿Te hago daño? Acudí muy interesada a reencontrarme con ellas pero
todas hablaban solo de sí mismas. Y empezaron después un debate sobre la
convivencia con los suegros. Kitakoji estaba a favor porque ella era malísima para
hacer las tareas domésticas y su amable suegra la ayudaba en todo con sus valiosos
consejos. Pero Okuma estaba firmemente en contra, con el razonamiento de que su
suegra era una quisquillosa. ¡Qué risa! Y cuando di mi opinión, todas se negaron a
escucharme con el argumento de que yo aún no estaba casada y no tenía derecho a
participar. Me hizo gracia eso de «derecho a participar». ¿No te lo he apretado
demasiado?
—No, en absoluto. Sería digno de escuchar —dijo Namiko sonriendo débilmente
—. Así que todas aportaron sus experiencias. Las normas y los hábitos varían en cada
familia, de manera que es imposible llegar a una conclusión, ¿a que no, Chizu? ¿Te
acuerdas de cuando tu madre dijo un día que una pareja joven que vivía sola acababa
comportándose egoístamente? Es cierto y hay que hacerles caso a los mayores. ¿No
estás de acuerdo conmigo?
Namiko, siguiendo fielmente los consejos de su padre, prestaba la mayor
dedicación posible a las labores domésticas. El hecho de haber crecido observando la
conducta inadmisible de su madrastra, le sirvió de lección para formarse sus propias
ideas desde antes de casarse. Por lo tanto, guardaba en su interior, aunque con el
pensamiento infantil de una inexperta, el deseo de llevar perfectamente la dirección
de su hogar cuando llegara el día en que la dueña fuera ella. No obstante, cuando
llegó a la familia Kawashima, Namiko se dio cuenta de que su posición era como la
de una princesa sin poder que deja el gobierno en manos del presidente del Estado, y
se limitó a mantenerse con discreción bajo el dominio de su suegra. Sin embargo,
cada vez que se encontraba con dificultades ante la disyuntiva de atender a su suegra
o a su marido, y no podía dedicarse a este tanto como ella quisiera, en su corazón lo
lamentaba en secreto. Era en esos momentos cuando surgían sus dudas acerca de la
convivencia con su suegra. También le hacía recordar a su madrastra, la cual estaba
favor de vivir separada de los suegros y de otras cosas, a causa de sus ideas
progresistas que parecían totalmente incompatibles con las costumbres y la cultura
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tradicionales de su nación. ¿Quizá su madrastra tuviera razón? Pero Namiko, a pesar
de sus dudas, se mantuvo más firme todavía para no renunciar a sus principios.
Chizuko, aunque era la confidente de su prima, criada diez años bajo la tiranía de
su madrastra y ahora a punto de cumplir un año al lado de una suegra irascible, no
llegaba a adivinar del todo los verdaderos pensamientos que Namiko guardaba en el
fondo de su corazón. Chizuko terminó de trenzar el cabello de la enferma y, mientras
se lo ataba con una cinta blanca, le preguntó.
—¿Todavía se enfada muy a menudo?
—A veces. Pero es muy amable conmigo desde que me puse enferma. El único
problema es que a ella no le gusta que yo siga haciendo cosas para Takeo. Incluso el
propio Takeo me ha dicho en varias ocasiones que la reina de la casa es ella y que
debo tratarla mejor que a él… Perdona, dejemos este tema que es un aburrimiento
para ti… ¡Ah, me siento mucho mejor con este peinado! Gracias. Parece que se me ha
quitado la pesadez de la cabeza.
Namiko acarició su coleta y a continuación cerró los ojos por la fatiga que sintió
de repente. Entre tanto, Chizuko guardó el peine y se detuvo un momento delante del
tocador fijando la vista en un objeto. Luego, abrió un pequeño estuche, se lo puso en
la palma y contemplándolo dijo:
—No me canso de mirar este broche. Es precioso. Takeo tiene un gusto excelente.
Es muy detallista contigo, ¿verdad? —Chizuko dejó el estuche en su sitio, volvió
junto a la cama y continuó—: En cambio, Shunji no hace otra cosa que insistirme en
que estudie también francés o alemán. Según él, la esposa de un diplomático debe
dominar varios idiomas, pero me tiene harta.
Shunji era el prometido de Chizuko. En la actualidad ocupaba un puesto en el
Ministerio de Asuntos Exteriores.
Namiko dijo sonriendo:
—Me gustaría verte peinada de marumage cuanto antes, aunque me da un poco
de pena que tengas que dejar el shimada con lo bien que te sienta.
—¡Oh, no! No digas eso. —A pesar del gesto ceñudo, la sonrisa involuntaria de
Chizuko, que curvó sus labios como un capullo de rosa, la traicionó, revelando su
verdadero pensamiento. Continuó—: Por cierto, ¿te acuerdas de Hagiwara, la alumna
que se graduó un año antes que nosotras?
—Sí. La que se casó con el señor Matsudaira.
—Sí, esa misma. Me han dicho que se divorciaron ayer.
—¡No me digas! ¿Y por qué?
—Resulta que ella se llevaba de maravilla con sus suegros. Fue Matsudaira quien
dejó de quererla.
—¿No tenían hijos?
—Sí, uno. Pero Matsudaira incluso fue infiel a su esposa y, por eso, el señor
Hagiwara se enfadó tanto con su yerno; le dijo que su hija no se merecía a un hombre
tan infame como él; y, al final, el padre ordenó a Hagiwara que regresara a casa.
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—¡Oh, qué lastima! Debe de ser terrible tener un marido que no te quiere. ¡Vaya
crueldad!
—Es indignante, Nami. Si hubiera sido al revés, todavía, pero por mucho que la
quisieran sus suegros, no compensa el amor que debería de recibir de su marido.
Imagínate lo que debió de sentir la pobre.
Namiko dio un suspiro y dijo:
—Me pone triste pensar que después de habernos educado en la misma escuela,
tengamos que dispersarnos de acuerdo a nuestro destino… Chizu, tú y yo seguiremos
siendo amigas y nos ayudaremos la una a la otra toda la vida.
—¡Sí! ¡Me siento feliz de oírlo!
Sus manos se unieron inconscientemente. Al rato, Namiko sonrió y dijo:
—Después de tanto tiempo en cama, he estado pensando muchas cosas, aunque
son imaginaciones mías. No te rías, pero suponte que en un futuro Japón llega a
entablar una guerra con algún país extranjero y gana. Entonces, Shunji sería el
ministro de Asuntos Exteriores e iría al país enemigo para negociar el tratado de paz.
Y Takeo, como almirante de la flota, bloquearía los puertos del enemigo…
Chizuko la siguió.
—Y tu padre será comandante del Ejército y mi padre como miembro del Senado
aprobará el presupuesto militar de cientos de miles de yenes…
—Entonces, Chizu, yo iré contigo portando la bandera de la Cruz Roja para
participar en algo.
—Pero, si sigues delicada de salud, no podrás ir —dijo riendo Chizuko.
Namiko empezó a reírse también, pero enseguida tuvo un ataque de tos y se
apretó con la mano el costado derecho.
—Has hablado demasiado, ¿eh? ¿Te duele el pecho?
—Sí. Cuando toso, me molesta mucho por aquí.
Mientras hablaba, Namiko dirigía la mirada hacia la ventana iluminada por los
últimos rayos del sol poniente.
Capítulo IV
La noche del encuentro con Takeo en la casa de Yamaki, Chijiwa, que había sido
humillado agriamente por su primo, no pudo reprimir una sensación de malestar hacia
Takeo incluso después de llegar a casa. Cinco días después de esa noche, Chijiwa fue
trasladado repentinamente al cuartel general de un regimiento de la primera división.
A lo largo de la vida todos tenemos, al menos una vez, un periodo en que todo
parece ir mal. Las decepciones y los fracasos nos persiguen como si el cielo nos
hubiera elegido para castigarnos sin tregua con un latigazo tras otro. Como dice el
refrán, «las desgracias nunca vienen solas». Desde el año anterior Chijiwa se
encontraba precisamente en ese periodo y aún no vislumbraba perspectivas de poder
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salir de él. Namiko le había sido arrebatada por Takeo. Sus especulaciones en el
comercio de futuros fracasaron. Sus deudas dejaron su honor por los suelos. Takeo, a
quien había menospreciado toda la vida como a un bobo, lo había humillado como si
fuera basura y sus relaciones con los Kawashima, sus únicos familiares, se habían
roto. Y para colmo, le habían quitado sin previo aviso el puesto en la sede, que se
había jurado no perder pasara lo que pasara, para ser trasladado como un mero
soldado a un cuartel de un regimiento al que siempre había desdeñado como un
destino de ínfima categoría. Sin embargo, Chijiwa era lo bastante consciente de su
culpabilidad para no manifestar protesta alguna, a pesar de que en su interior no tenía
la menor intención de aceptar la derrota, ni muchísimo menos de reconocer su
desaliento. Y comenzó a desempeñar sus nuevas y humildes funciones sin manifestar
ninguna vergüenza. No obstante, los últimos acontecimientos habían constituido un
duro golpe para él, que hasta ese día había mostrado ser frío y calculador, sin perder
la calma en ningún momento de dificultad, produciéndole un arranque de despecho
incontrolable.
La adversa situación de Chijiwa era la de un hombre que, habiendo comenzado el
rápido ascenso de una montaña desde cuya cima el éxito en el honor y la fortuna le
sonríen, es violentamente empujado pendiente abajo a los primeros pasos. Pero
¿quién lo habría empujado? Varias alusiones en la conversación de Takeo y el hecho
de que el jefe del Estado Mayor fuera íntimo amigo del general Kataoka, hacían
sospechar a Chijiwa del mismo general, creyendo al menos que este no había sido
ajeno del todo a su desgracia. Chijiwa sabía que Takeo era indiferente al dinero, por
lo que podía suponer que el resentimiento mostrado por su primo en el asunto de los
tres mil yenes, a pesar de haber estado justificado por la falsificación del sello, debía
de tener un fundamento más grave. Tal vez Namiko le había revelado a Takeo la
historia de la declaración de amor de Chijiwa que ella había rechazado. Cuanto más
sospechaba de ello, Chijiwa sentía que esa era la verdadera clave de la cuestión; y su
odio y sus celos crecieron sin freno. Su rencor por el desamor sufrido, su despecho
por el fracaso en su prometedor camino profesional, su decepción, su descontento,
sus celos, todos esos malos sentimientos echaron leña al fuego encendiendo una
terrible llama de ira en torno al general Kataoka, Namiko y Takeo. Chijiwa siempre
se había sentido orgulloso de su astucia y de su mente fría, y se había burlado de los
impulsos sentimentales que hacían perder el objetivo a otras personas. Sin embargo,
tras esa rápida sucesión de humillaciones y desgracias, Chijiwa había perdido por
completo la calma fingida de su disciplina mental y sentía que sus venas iban a
estallar si no encontraba una válvula de escape para descargar la ebullición del
veneno que le corría por ellas.
¡Venganza!, ¡venganza! Uno de los placeres humanos es saborear la sangre de un
enemigo odiado, sangre que acaricia dulcemente nuestro paladar. ¡Venganza!,
¡venganza! ¿Cómo podría descubrir una poderosa bomba capaz de aniquilar a los
odiosos Kataoka y a los Kawashima? ¿De qué manera podría llegar al momento de
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poder sumergirse en el embeleso de satisfacción al contemplar la escena de la
carnicería ejecutada sobre los cuerpos de esos odiados hombres y mujeres, que se
convulsionaban aún con vida? Esas eran las cuestiones que desde hacía más de un
mes ocupaban de día y de noche la mente de Chijiwa.
Era ya a mediados de marzo y los pétalos de las flores del ciruelo estaban
empezando a caer como copos de nieve. Un día Chijiwa fue a la estación ferroviaria
de Shinbashi para recoger a un amigo que había sido trasladado desde la tercera
división a una oficina de Tokio. Cuando salía de la sala de espera, Chijiwa se
encontró con una distinguida dama acompañada de una joven. La señora Kataoka que
iba con Komako se detuvo.
—¡Cuánto tiempo, Chijiwa!
Él se puso pálido nada más oírla, pero al ver en la expresión de la señora Kataoka
que ella no sabía nada de sus asuntos, recuperó rápidamente la compostura. Entendió
que no había necesidad de considerarla como enemiga, por mucho que él odiara al
general y a Namiko. Así que Chijiwa le hizo cortésmente una reverencia y le
preguntó con una sonrisa:
—¿Cómo está, señora Kataoka?
—Hace mucho que no te veía. ¿Qué te pasa?
—Me hubiese gustado ir a verla pero he estado muy ocupado en estos últimos
meses. ¿Adónde va usted?
—Vamos a Zushi, ¿y tú?
—Estoy esperando a un amigo. Y usted, ¿se va de vacaciones?
—Anda, ¿no lo sabes aún? Es que tenemos a una enferma.
—¿Una enferma? ¿Quién puede ser?
—Es Namiko.
En ese momento sonó la campana y una marabunta de pasajeros se dirigió a toda
prisa al andén. Komako tiró del brazo de su madrastra y le dijo:
—Madre, nos tenemos que ir.
Chijiwa se hizo cargo del equipaje de la señora y la acompañó al andén; mientras
caminaban le preguntó:
—¿Está muy enferma?
—Sí, ya le ha afectado a los pulmones.
—¿Pulmones? ¿Tiene tuberculosis?
—Sí. Sufrió una terrible hemorragia y se fue a Zushi el otro día para recuperarse.
Así que vamos a verla.
La señora Kataoka recibió su equipaje de la mano de Chijiwa y añadió:
—Gracias. No tardaré en volver. Ven a visitarnos pronto, ¿de acuerdo? Entonces,
adiós.
Chijiwa siguió con la mirada el vistoso chal de cachemir y la coleta de la chica
con una cinta carmesí hasta que desaparecieron en un compartimento de primera
clase. Cuando se dio la vuelta, en sus labios apareció una espantosa sonrisa.
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Cuando el médico comprobó que los síntomas de la enfermedad de Namiko se iban
agravando progresivamente, hizo todo lo posible por frenarlos. Sin embargo, a pesar
de todos sus esfuerzos, aquella invisible enfermedad continuó avanzando sin tregua
hasta manifestarse, a principios de marzo, como un indudable principio de
tuberculosis.
Incluso su suegra, que orgullosa de su salud se burlaba de los achaques de la
gente joven y no había hecho caso de los planes de su hijo para enviar a Namiko a un
lugar más templado, se asustó cuando vio como su nuera expulsaba sin parar flemas
de sangre. Dada la naturaleza contagiosa de la enfermedad, la señora Kawashima
acabó por alarmarse y, siguiendo el consejo del médico, envió a Namiko,
acompañada de una enfermera de confianza, a una casa que los Kataoka tenían en
Zushi.
¡Tuberculosis! El sentimiento de Namiko, temerosa del diagnóstico de su
enfermedad, era el de un viajero solitario perdido en un campo inmenso cuando ve
como se le aproxima una nube negra y amenazadora. Ahora se había roto un silencio
espantoso y Namiko, rodeada de una tempestad en la que rugían truenos y cegadores
relámpagos, soplaba un viento implacable y caía una lluvia torrencial, rezaba con
todas sus fuerzas para que todo pasara. Aun así, Namiko había quedado
profundamente impresionada por la primera manifestación violenta de su
enfermedad. Fue el día dos de marzo. Namiko se sentía mejor que de costumbre y
disfrutaba componiendo un arreglo floral que tenía abandonado desde hacía mucho
tiempo. Con la ayuda de su marido, que casualmente se encontraba en casa, estaba en
el jardín cortando unas fragantes ramas del ciruelo para adornar la habitación de su
suegra. De repente, la muchacha sintió una opresión en el pecho, se le nubló la vista y
se le escapó un grito. Acto seguido, ¡un chorro de sangre fluyó de sus labios! «¡Oh,
no!…». En ese terrible momento, que había temido con un presentimiento triste, se le
representó la visión fugaz de su propia tumba.
¡La muerte! En el pasado, cuando Namiko consideraba que el mundo era cruel y
que la vida no le deparaba muchas alegrías, pensar en la muerte no le causaba un
dolor excesivo. Pero ahora precisamente había empezado a conocer la dulzura de la
vida. Cuanto más valiosos le parecían sus seres queridos, más deseaba Namiko vivir
el mayor tiempo posible. Cada vez que ese pensamiento insoportable la dejaba
abatida, intentaba luchar contra el mal con todas sus fuerzas para poder superarlo. Por
eso seguía escrupulosamente las indicaciones del médico y se tomaba con diligencia
todas las medicinas que le había recetado.
Takeo, que en ese momento estaba destinado en el puerto naval de Yokosuka, a
poca distancia de Zushi, iba a menudo a ver a su esposa. Namiko también recibía con
frecuencia cartas de su padre y las visitas de su tía la señora Kato y de su prima
Chizuko. Y, además, en la segunda casa de los Kataoka estaba su antigua nodriza,
Iku, que había sido devuelta de la casa de Kawashima el verano anterior. A pesar del
triste motivo de su reencuentro, Iku recibió a Namiko con una alegría melancólica y
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se volcó en la enferma incluso con más afecto y solicitud que antes. Había también
un honrado sirviente anciano, Mohei, siempre atento a que su ama se sintiera lo más a
gusto posible. Tras abandonar la capital, donde persistía el frío todavía riguroso de
principios de primavera, el cuerpo y el alma de Namiko, expuestos al aire templado
de la costa de Zushi y a la cálida luz de la naturaleza, hicieron que la enferma se
sintiera aliviada en todo su ser, especialmente porque todos le prodigaban mucho
cariño. Así, al cabo de dos semanas, cesaron las hemorragias y remitió la tos. El
médico, que venía desde Tokio dos veces por semana, observó con satisfacción su
mejoría aunque, sin dejar de ser cauto, dictaminó que la enfermedad tan solo se había
estacionado y recomendó que Namiko siguiera con el reposo sin bajar la guardia y
que evitara cualquier emoción fuerte. Si cumplía todo esto, entonces, podría tener
esperanzas de recuperarse.
Era un sábado de principios de abril. Aún era demasiado pronto para que los cerezos
florecieran en la capital, pero allí en Zushi los cerezos silvestres empezaban a abrir
sus flores entre el verdor lozano que cubría la ladera de las colinas coronadas de
nubes blancas. Aquel día, sin embargo, parecía que la naturaleza estaba oprimida por
una sensación de tristeza. Una fina llovizna había estado cayendo desde la mañana.
Se veían borrosas las colinas y el mar se fundía en un monótono color gris. A una
enferma como Namiko se le hacía largo un día de primavera y le daba la impresión
de que aquel nunca llegaría a su fin. Al caer la tarde, el tiempo empeoró. Una lluvia
torrencial acompañada de un fuerte viento zarandeaba la casa y hacía temblar las
ventanas produciendo un sonido terrible, mientras las olas lanzaban su bramido como
una carrera de miles de caballos. Todo el pueblo de pescadores había cerrado sus
puertas a cal y canto sin dejar filtrar ni una luz que delatara existencia humana
alguna.
Mientras, en la villa de Kataoka se estaba desarrollando una feliz escena. Takeo,
que había tenido que resolver un asunto de trabajo importante, regresó muy tarde
desafiando la amenazadora oscuridad de aquella tempestuosa noche. Nada más llegar
a casa, se cambió de ropa y cuando terminó de cenar, se quedó leyendo una carta
recostado en la mesa. Enfrente de él, Namiko estaba cosiendo una bonita bolsa. A
veces descansaba sus manos y levantaba la vista para mirar a su esposo, le sonreía y
luego se enfrascaba en sus pensamientos mientras prestaba atención al sonido de la
tormenta. Su peinado agemaki estaba adornado con una ramita con flores de cerezo y
unas hojitas verdes. Sobre la mesa, entre marido y mujer, colgaba una lámpara con
pantalla de color rosáceo que arrojaba una suave luz sobre otra rama de cerezo
colocada en un florero blanco de porcelana. Esa rama permanecía en silencio con sus
pétalos nevados, como si estuviera soñando con la primavera de la colina de la que se
había despedido aquella mañana.
El sonido de la tormenta que rodeaba la casa iba en aumento.
Takeo, doblando la carta, rompió el silencio:
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—Tu padre también está muy preocupado por ti. Aprovechando que mañana
regreso a casa en Tokio, pasaré por Akasaka a verlo.
—¿Cómo? ¡¿Te vas mañana con este tiempo?!… Bueno, claro, tu madre también
estará esperándote. ¡Me encantaría ir contigo!
—¿Tú? ¡Ni hablar! Hazte a la idea de que estás exiliada —dijo Takeo riéndose de
buena gana.
—Si esto es un exilio, no me importa que dure para siempre… Cariño, si te
apetece, puedes fumar.
—¿Te parece que tengo ganas? Gracias pero no. Porque fumo el doble el día antes
de venir aquí y cuando vuelvo a trabajar.
—Entonces te has ganado unos dulces buenísimos —replicó Namiko riendo con
su esposo.
—¡Oh, qué suerte! Los habrá traído Chizuko, ¿no?… ¿Qué es lo que estás
cosiendo? Parece que te va a quedar precioso.
—Me ayuda a pasar el tiempo. Es para tu madre… ¡Oh!, no te preocupes porque
es solo para entretenerme y no me cansa en absoluto… ¡Ay, qué bien me siento esta
noche! Déjame estar así contigo un poco más. ¿A que no parece que esté tan enferma
cuando estoy así?
—Es que el doctor Kawashima está a tu lado. En serio, tienes mucho mejor
aspecto últimamente. La cosa ya está controlada.
En ese momento, Iku entró trayendo los dulces y un té en una bandeja.
—¡Pero qué tormenta más terrible! Menos mal que el barón ha venido porque si
no, no pegaríamos ojo en una noche como esta, ¿verdad, señora? La señorita Chizuko
se ha ido y la enfermera también ha vuelto a Tokio unos días, así que nos vamos a
quedar solas… bueno, aunque está Mohei.
Namiko dijo:
—¡No quiero ni pensar en cómo lo estará pasando con este tiempo la gente que
esté en el mar! Pero quizás sea todavía peor para los que esperan con ansia su
regreso.
—Esto no es nada.
Takeo, mientras se tomaba el té y se comía tres dulces seguidos, continuó
hablando:
—Pues la verdad es que la vez que pasé unos días en medio de una tempestad en
el mar de la China meridional, sí que me afectó bastante. Cuando un buque de cuatro
mil toneladas se escora unos treinta o cuarenta grados produciendo un sonido sordo y
unas olas como una montaña golpean la cubierta, puedo asegurar que no te sientes
nada, pero que nada cómodo.
El viento soplaba aún más fuerte y la lluvia golpeaba violentamente la casa como
si fuera guijarros arrojados con fuerza. Namiko cerró los ojos e Iku se estremeció.
Los tres se callaron y durante un buen rato en la sala reinó el silencio. Los tres se
quedaron sumidos en el sonido atronador de la tormenta.
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—Venga, dejemos de hablar de cosas tristes. En una noche así, es mejor mantener
la lámpara bien encendida y hablar de algo alegre. Parece que este lugar es aún más
templado que Yokosuka… ¡cómo han florecido los cerezos…!
Namiko, acariciando los pétalos del florero, añadió:
—Esta mañana Mohei ha traído estas flores de la ladera. Son hermosas, ¿verdad?
Pero muchos pétalos se caerán con esta tormenta. ¿Por qué serán tan delicados? Esta
tarde leyendo los versos de la poetisa budista Rengetsu[51], encontré unos dulces
versos: «Luminosas flores olorosas, de belleza efímera, caen sus pétalos frescos y
elegantes; ¡oh!, qué breve la vida divina».
—¿Qué? ¿Caer frescos? Nuestro pueblo ama las flores; y las cosas frágiles que
caen antes de tiempo nos enseñan a tener valentía y buen perder. Pero no se puede
abusar de ello. En la guerra, los que no resisten son derrotados. Prefiero animar a las
personas a que sean pertinaces, fuertes y resistentes. Por lo que podéis suponer, mi
verso va a ser muy diferente. Es mi primer intento, ¿vale? Así que no te rías.
«Tenaces llama la gente a los cerezos con doble flor, pero me da la alegría su vida
más duradera…». ¿Qué os ha parecido? ¿No creéis que incluso he superado los
poemas de Nashinomoto[52]? —preguntó Takeo riendo.
Iku dio su opinión:
—Es distinto, ¿verdad, señora?
Takeo bromeó y dijo entre risas.
—Cuando Iku piensa así, debe de ser excelente.
El ruido de la tormenta a coro con el estruendo de las olas llenó la pausa de la
conversación y ahora parecía que la casa fuera una barca perdida en alta mar. Iku se
levantó para recalentar el agua del té. Namiko se sacó el termómetro que tenía puesto.
Cuando vio que tenía menos décimas de lo habitual, se lo mostró a su marido con una
expresión orgullosa y lo guardó. Durante un instante, Namiko contempló distraída las
flores del cerezo, luego esbozó una sonrisa y le dijo a Takeo:
—Ya va hacer un año desde que nos casamos. Recuerdo muy bien aquel día.
Cuando salía de casa en el coche de caballos, todos los de la familia estaban en el
portón para despedirse de mí. Quise decirles algo adecuado pero no me salían las
palabras por la emoción. —Y con la expresión risueña prosiguió—: Mientras cruzaba
el puente de Tameike, el sol ya se había puesto y se veía la luna llena. Y luego,
cuando llegué a lo más alto de la pendiente de Sanno, estaban los cerezos en plena
floración y sus pétalos entraban por la ventanilla como los copos de nieve. Antes de
bajarme del coche, mi tía se dio cuenta de que yo tenía unos pétalos en el moño; me
los quitó con mucho cuidado.
Takeo la estaba escuchando con la mejilla apoyada en una mano y comentó:
—Un año pasa en un abrir y cerrar de ojos. Ya verás, dentro de poco estaremos
celebrando nuestras bodas de plata. Pero qué presumida estabas aquel día, jajá, qué
risa. ¿Y por qué te mantuviste tan seria?
Namiko, también entre risas, le contestó:
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—Tú también estuviste muy serio, como un joven príncipe, pero solo lo parecías.
Y no fuiste capaz de mantener quieta la copita de ceremonia[53] por los nervios…
—¡Qué alegres están ustedes ahora! —Volvió Iku sonriendo y continuó—: Hace
mucho tiempo que no me sentía tan feliz como esta noche. Cuando estoy con ustedes,
parece que he vuelto a Ikaho, a aquellos días felices del año pasado.
Namiko exclamó:
—¡Oh, Ikaho! ¡Qué bien nos lo pasábamos allí!
Takeo preguntó con malicia:
—¿Seguro que te lo pasaste bien hasta en la recogida de los helechos? Parece que
alguien se cansó mucho…
Namiko repuso sonriendo:
—Pero fuiste tú el que me dabas prisa.
—Pronto será de nuevo la temporada de los helechos. Así que, Nami, date prisa y
recupérate, y veremos quién recoge más, ¿de acuerdo?
—Sí, claro. Ya estaré perfecta para entonces.
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comentario fue lo que me hizo soñar con él. Él no ha vuelto a ir a casa, ¿verdad?
—Por supuesto que no, porque mi madre también está muy enfadada con lo que
hizo su sobrino.
Un suspiro se escapó de los labios de Namiko.
—No puedo dejar de pensar en lo molesta que debe de estar tu madre por mi
ausencia, sobre todo por mi enfermedad.
A Takeo se le estremeció el corazón. Como su mujer estaba delicada de salud, le
ocultaba las discusiones que había mantenido últimamente con su madre. Desde que
Namiko se fue a Zushi, cada vez que Takeo regresaba a casa a Tokio, percibía que la
amargura de su madre iba en aumento. Ella le aconsejaba constantemente que se
mantuviera alejado de Zushi para no contagiarse. Y no solamente se quejaba de
Namiko, sino que siempre acababa criticando a su familia con acritud. Cuando Takeo
trataba de calmarla, más de una vez le reprochó ser un hijo ingrato que desobedecía a
su madre por el amor a su mujer. Así que con una sonrisa tranquilizadora, le dijo:
—Te preocupas por todo. ¿De verdad te crees esto que me estás diciendo?
Tranquila, que mi madre no está molesta para nada. Lo que tienes que hacer es
recuperarte con todas tus fuerzas. La próxima primavera trataré de tener vacaciones
sea como sea e iremos mi madre, tú y yo, los tres juntos, a disfrutar de las flores del
cerezo a Yoshino[54], que es una maravilla… Ya hemos caminado bastante y debes de
estar cansada. ¿Quieres que volvamos?
Habían llegado al final de la playa, al pie de una pequeña colina.
—Vamos hasta el templo de Fudo[55]. No me he cansado para nada. Me siento tan
bien que podría llegar hasta Europa caminando.
—De acuerdo. Pero ponte ese chal en los hombros. Y ahora agárrate bien a mi
brazo porque te puedes resbalar en la roca.
Takeo ayudó a Namiko a subir por el sendero estrecho y rocoso de difícil acceso.
De vez en cuando se detenían a descansar y, pasados unos cien metros, salieron bajo
una cascada de la que caían numerosos hilos de color plata. Junto a la cascada estaba
el templo de Fudo. Unos cuantos pinos se erguían en el borde del precipicio
inclinando sus ramas hacia la orilla del mar.
Takeo quitó la arena de la roca y puso el chal sobre ella para que Namiko se
sentara. Él se sentó junto a su esposa, se abrazó las rodillas y exclamó:
—¡Qué tranquilidad!
El mar estaba realmente en calma. Limpio de nubes, el cielo del mediodía
extendía su enorme manto azul profundo. Las aguas brillaban en la superficie con un
luminoso reflejo resplandeciente. El mar y la tierra estaban serenamente en reposo
gozando de la cálida luz de la primavera.
—¡Amor mío!
—Dime, Nami.
—¿Me curaré?
—¿Cómo?
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—Mi enfermedad…
—Pero ¿qué me estás diciendo? ¿Por qué no te habrías de curar? Te curarás,
seguro.
Namiko recostó la cabeza en el hombro de su marido y continuó:
—A veces, tengo miedo de no curarme. Me da la impresión de que no me curaré
porque mi madre falleció de lo mismo.
—Nami, ¿por qué dices esto precisamente hoy? Seguro que te vas a poner bien.
Lo mismo dijo el doctor, ¿no? Eh, Nami, ¿no es así? Tal vez tu madre murió de lo
mismo, pero tú eres joven. Ni siquiera has cumplido veinte años. Además, estás
todavía al principio de la enfermedad y te curarás, cueste lo que cueste. ¿No te
acuerdas de Okawara, un pariente mío? Hace quince años que le quitaron el pulmón
derecho y todavía está vivo. Y eso que su médico afirmó que no duraría mucho
tiempo. Si quieres curarte, te curas. Pero si dices que no, es que no me quieres. Si me
amas, lo conseguirás. ¿Cómo que no vamos a poder superar juntos esto?
Takeo cogió la mano de Namiko y la apretó con pasión contra sus labios. En la
mano de la muchacha brillaba el diamante de la sortija de compromiso que él le había
regalado antes de casarse.
Durante un rato ambos guardaron silencio. Una vela blanca que venía desde la
isla de Enoshima se iba deslizando a lo lejos sobre la superficie lisa del mar.
Namiko, con los ojos empañados de lágrimas, sonrió y dijo:
—Sí, voy a recuperarme. Te lo juro… Ah, pero ¡¿por qué tenemos que morir?!
¡Quiero vivir! ¡Me gustaría vivir miles y millones de años! ¡Si tengo que morir,
quiero irme contigo! ¡Por favor, no me dejes sola!
—¡Si te vas, yo también dejaré de vivir!
—¿De veras? ¡Oh, me haces tan feliz! ¡Nos iremos juntos!… Pero tú tienes a tu
madre y un trabajo importante que atender y no puedes hacer lo que quieras.
Entonces, me iré yo primero y te esperaré… Si muero, ¿te acordarás de mí alguna
vez? ¿Eh, cariño?
Enjugándose las lágrimas, Takeo acarició el cabello de Namiko con toda la
ternura.
—Ya vale. No hablemos de estas cosas tan tristes. Trata de recuperarte cuanto
antes y ponerte bien del todo. Tú y yo viviremos mucho tiempo y celebraremos
nuestras bodas de oro.
Namiko apretó con firmeza las manos de Takeo y se apoyó en él, dejando caer
unas lágrimas ardientes sobre las rodillas de su marido.
—¡Aunque muera, seguiré siendo tu mujer! ¡Nada ni nadie nos puede separar, ni
la enfermedad, ni siquiera la muerte! ¡Soy toda tuya, lo seguiré siendo incluso más
allá de esta vida, para toda la eternidad!
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experimentó al dar con la clave para resolver la difícil cuestión a la que le había
estado dando vueltas durante meses. Después de tanto cavilar, esa noticia le aportó
inesperadamente una idea de cómo acabar con los odiosos Kawashima y Kataoka. La
cuestión estaba en Namiko. Su enfermedad, sin ninguna duda, le ofrecía a Yasuhiko
Chijiwa la oportunidad de vengarse de un golpe de ambas familias. Tuvo la
convicción de que la naturaleza mortífera y contagiosa de la enfermedad de Namiko y
las frecuentes ausencias de Takeo favorecerían el éxito de sus maquinaciones. Por
consiguiente, no debería de haber dificultad alguna para darle consejos a la señora
Kawashima respecto al problema de su nuera, los cuales serían el detonante para
producir el efecto deseado. Esto significaba que sus maniobras verbales bastarían
para alcanzar su objetivo. Cuando convenciera a la señora Kawashima, lo único que
tendría que hacer sería desaparecer del ojo de huracán y contemplar el desarrollo de
la tragedia en la que sus enemigos se retorcerían torturados y llenos de angustia. Este
pensamiento le causó a Chijiwa un placer perverso y su espíritu, que había estado
tanto tiempo oprimido, comenzó a brillar con un nuevo ardor en la certeza de su
satisfacción anticipada.
Conocía muy bien el carácter de su tía, tan bien que, como ya se imaginaba, no se
había enfadado tanto como Takeo por el asunto del préstamo y la falsificación del
sello. Incluso sabía que su tía consideraba que su hijo era un joven inexperto,
mientras que confiaba ciegamente en Chijiwa por su astucia e inteligencia. Y, por
último, sabía que ella apenas tenía parientes ni amigos, que no solamente se sentía
muy sola a pesar de su misantropía, sino que también estaba ansiosa por tener un
aliado frente al joven matrimonio, que a su parecer se llevaba demasiado bien.
¿Cómo podría rechazar la reconciliación con su sobrino ante esas circunstancias? De
esta manera, Chijiwa se aseguraba de antemano de que sus planes alcanzaran el éxito
esperado.
En primer lugar envió a Yamaki a casa de los Kawashima para explorar el
terreno, especialmente para lavar su imagen, insinuándole así a su tía que se había
arrepentido de sus faltas anteriores.
Una noche, hacia finales de abril, Chijiwa, que se había informado de que
Namiko no daba señales de la esperada mejoría a pesar de las asiduas atenciones
recibidas durante casi dos meses, y sabedor de que la antipatía de la señora
Kawashima hacia Namiko se iba convirtiendo en odio, aprovechó una ausencia de
Takeo y del mayordomo Tazaki, que habían salido en viaje de negocios. Así que fue
de visita a la casa de los Kawashima tras varios meses de ausencia. Ahí encontró a su
tía, absorta en profundas cavilaciones causadas por una carta de su hijo que todavía
sostenía en sus manos.
Capítulo V
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Apenas hubo llegado Chijiwa a la casa, la señora Kawashima y su sobrino empezaron
a conversar.
—No, casi no hay síntomas de recuperación, a pesar de los costosos tratamientos.
Si no ha mejorado al cabo de dos meses, sinceramente, ya no sé qué se puede hacer.
Si tuviera una persona de confianza con quien consultar, lo haría; pero ya ves, Takeo
es poco más que un niño…
Como era de esperar, la señora Kawashima no manifestó ningún tipo de oposición
a recibir de nuevo a Chijiwa.
—Ahí está el problema, tía. Soy consciente de que ya no tengo derecho a venir a
esta casa después del gran error que cometí; pero desde que me enteré de lo ocurrido,
no puedo dejar de pensar en usted y en mi difunto tío, que me criaron, y, por supuesto
en Takeo, que es como mi hermano. Esto es un terrible golpe para los Kawashima.
¿Cómo puedo mantenerme al margen con los brazos cruzados? Escuche, tía, lo siento
muchísimo por Namiko, pero usted sabe lo peligrosa que es la tuberculosis. A
menudo ocurre que una mujer tísica contagia a su marido y así sucesivamente hasta
que cae la familia entera. Estoy preocupadísimo por mi primo. Si usted no le aconseja
que sea cauto, puede que suceda una desgracia.
—Sí, tienes razón, hijo. Eso es lo que me temo y, por eso, le he advertido varias
veces a Takeo de que no se acerque a Zushi, pero no sirve de nada. No me hace
ningún caso y, de hecho, mira… —La señora Kawashima señaló la carta y añadió—:
Lo que ha dicho el médico y lo que ha hecho la enfermera, etc, etc. Todo lo que
cuenta es acerca de su mujer, el bobo este…
Chijiwa sonrió irónicamente e interrumpió las quejas de la señora Kawashima.
—Pero tía, no puede ser de otra manera. No hay exceso en el amor conyugal. Y,
además, cuando la mujer está enferma, es natural que el marido se preocupe aún más
por ella, ¿no?
—Pero tampoco hay derecho a que desobedezca a los padres para defender a su
mujer, digo yo.
Chijiwa suspiró mostrando con falsedad su indignación.
—¡Ay, qué problema! ¡Con qué rapidez han cambiado las cosas! Parecía que
Takeo se había casado con una chica maravillosa y que todos ustedes estaban muy
felices… Lástima que haya llegado tan pronto el momento de decidir la suerte de los
Kawashima… A propósito, ¿qué es lo que dicen los padres de Namiko al respecto?
—¿Sus padres? ¡Bah! La arrogante señora ha venido una sola vez de visita formal
y me trajo un regalo insignificante con ese pretexto. Ah, los Kato sí que han venido
varias veces pero…
Chijiwa suspiró de nuevo exageradamente.
—En estas circunstancias, son ellos los que tienen que actuar del modo correcto,
puesto que se trata de su hija. ¡Cómo es posible que muestren tanta indiferencia
endosándole a usted una carga como la de su hija enferma! El mundo es demasiado
egoísta, ¿verdad, tía?
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—Sin lugar a dudas.
—Bueno, no le demos más importancia. Sin embargo, lo más preocupante es la
salud de Takeo. Si ocurre lo que nos tememos, los Kawashima caerán. Y ¿quién nos
asegura que él esté a salvo? Es cuestión de horas que sea contagiado por Namiko.
¿Qué piensa hacer usted, tía? Incluso para usted será difícil separarlos, dado que ya
están casados.
—Así es.
—Pero si usted no se atreve a hacerlo, en breve llegará el momento crucial de esta
familia…
—Efectivamente.
—Pero el deber de los padres es a veces el de llevar a sus hijos fuera de los
caminos que ellos han elegido. A menudo los castigos sirven para bien de los hijos en
un futuro. Y, además, aunque los jóvenes manifiesten una firme decisión, puede que
cambien fácilmente de idea.
—Eso también es cierto.
—Lo siento mucho por la pobre criatura, pero mantener el apellido Kawashima es
más importante, ¿no?
—No cabe duda.
—Y si llegan a tener un hijo, la separación del matrimonio será absolutamente
imposible…
—Eso es lo que más temo.
La señora Kawashima bajó la vista con aire de desaliento. Mientras tanto,
Chijiwa, al observar que su tía no había rebatido ninguno de sus argumentos, se
regocijó por dentro y pronto cambió de tema. Se dio cuenta de como las semillas
venenosas plantadas en el corazón de su tía habían arraigado rápidamente en su
pensamiento. Y tuvo la certeza de que pronto brotarían, darían sus frutos de
destrucción y muerte, y de que el momento de la cosecha no estaba muy lejos.
La madre de Takeo no era mala de natural. No acababa de querer a Namiko, pero
tampoco tenía ningún motivo para odiar a su nuera. Además, se daba perfecta cuenta
de que Namiko era bien dispuesta y hacía todo lo posible por complacerla, a pesar de
la diferencia en las costumbres de la familia y de su educación, y tampoco dejaba de
satisfacer a la suegra que algunos de sus gustos e ideas fueran parecidos. Incluso
reconocía en el fondo de su corazón, sin que nadie lo supiera, que en su juventud ella
no había llegado a la altura de su nuera. Sin embargo, lo que contaba era que a
Namiko, tras haber permanecido en cama durante un mes, al final le diagnosticaron
una terrible enfermedad. Y la misma señora Kawashima pudo constatar lo terrible de
esa enfermedad al ver con sus propios ojos cómo la muchacha expulsaba un
estremecedor esputo de sangre. A pesar de todo el dinero gastado y de la atención
médica recibida, cuando vio claramente que la joven nuera no mostraba ninguna
señal de que fuera a recuperarse pronto, una extraña sensación de desilusión y
antipatía hacia Namiko nació en su alma. Sus pensamientos se agitaban entre su hijo
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y su nuera, y se dio cuenta de que esa sensación de rechazo hacia Namiko se iba
convirtiendo violentamente en un odio profundo conforme pasaban los días.
Chijiwa, por su parte, comprobó la rápida evolución del mal en el corazón de su
tía a lo largo de sus visitas posteriores, en las que iba inflamando los sentimientos de
la señora Kawashima. Y esperó a que el brote del mal evolucionara hacia el conflicto
definitivo. Preveía que el mecanismo ya se habría puesto en funcionamiento cuando
Takeo se enterara de las frecuentes visitas de Chijiwa a la casa de los Kawashima en
su ausencia. Chijiwa se complacía en saborear cómo la mayor parte de su pérfido
plan se estaba cumpliendo. Ya satisfecho, el sobrino se alejaba de la escena y antes de
hora brindó con Yamaki por el drama que estaba a punto de desencadenarse.
Capítulo VI
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Dio una calada al puro, exhaló el humo azulado observando a su madre y sonrió.
—Takeo, has llegado en el momento oportuno. Es que yo… tenía algo que
consultar contigo y precisamente estaba pensando en llamarte para que volvieras.
¿Qué tal en Zushi?… Te habrás pasado antes de venir, ¿no?
Takeo sabía que su madre desaprobaba sus frecuentes visitas a su esposa, pero fue
incapaz de mentir y respondió:
—Sí, un rato… Tenía mejor aspecto. Y estaba muy preocupada por las molestias
ocasionadas a usted.
—¿De veras?
La madre miró fijamente a su hijo, que había mostrado cierta inquietud. En ese
momento la sirvienta entró trayendo un servicio de té. La señora Kawashima le
ordenó de nuevo:
—Matsu, ya no te necesito más. Cierra bien la puerta cuando salgas.
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dijo con seriedad:
—No es cosa de risa. Insisto en que esta enfermedad es una de las más graves. Te
acuerdas del gobernador, el señor Togo, ¿verdad? Su esposa, la madre de aquella
criatura con la que solías pelearte de pequeño, falleció de tuberculosis hace dos años
en abril. Justo a finales de ese año, el señor Togo murió de lo mismo y ahora su hijo,
que trabajaba en no sé qué empresa como ingeniero, también ha muerto. Todo esto
proviene del contagio de una sola persona de la familia. Y hay más casos similares.
Por tanto, te suplico que tengas cuidado. Mentalízate con que debemos extremar las
precauciones.
La madre dejó a un lado la pipa y se inclinó hacia delante, como para examinar
más de cerca la expresión de su hijo, que la escuchaba en silencio. Entonces
continuó:
—Tengo una idea en mente que debo comentarte, Takeo. —Vaciló un poco antes
de proseguir pero finalmente se atrevió y fijando la mirada en él dijo—: Se trata de
Namiko…
—¿Sí?
Takeo alzó la vista.
—¿Qué te parece si les pedimos a los Kataoka que se lleven a Namiko?
—¿Qué se la lleven? ¿Qué quiere decir con eso?
La madre sin apartar la mirada de su hijo contestó:
—A casa de sus padres.
—¿A Akasaka? ¿Se refiere a que sus padres la cuiden?
—Independientemente de que la cuiden o no, de todos modos, que la alejen de
ti…
Takeo la interrumpió:
—No lo entiendo, madre. No hay mejor sitio que Zushi para su recuperación.
Además, sus hermanos pequeños están en Akasaka. Así que es mejor traerla aquí con
nosotros que enviarla a Akasaka.
La madre bebió lentamente otra taza de té que ya se había enfriado y dijo con voz
temblorosa:
—Takeo, ¿estás bajo los efectos del alcohol o estás fingiendo no comprenderme?
—Y mirando con desesperación a su propio hijo, añadió—: Te estoy diciendo que…
devolvamos a Namiko a casa de sus padres.
—¿Devolver?… ¿devolverla? ¡¿Eso significa el divorcio?!
—Por favor, no levantes la voz. —Y miró sin pestañear a Takeo, que había
empezado a temblar—. Sí, eso es a lo que me refiero. Tienes que separarte de ella.
—¡Divorciarme!, ¡divorciarnos!… pero ¿por qué?
—¿Me preguntas el porqué? Ya te lo he dicho todo: porque es una enfermedad
muy peligrosa.
—¿Y por eso?… ¿por eso quiere que me divorcie?, ¿repudiar a Nami?
—Precisamente eso es lo que debes hacer, aunque a mí también me duele mucho
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por ella…
—¡¡¡El divorcio!!!
El puro que sostenía Takeo cayó en el brasero produciendo un humo abundante y
disperso. La lámpara siseó y la lluvia nocturna parecía latir contra las ventanas.
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Y ¿por qué es imposible curar la tuberculosis? De hecho, está mejorando. Pero si está
destinada a morir, deje que muera como mi esposa. ¡Por favor, madre, se lo ruego! Si
está tan preocupada por mí, dejaré de verla, tomaré más precauciones y haré todo lo
que usted me aconseja. Pero soy incapaz de aceptar separarme de ella por nada del
mundo. ¡No puedo!
—¡Qué vergüenza, hijo! Hablas solo de Namiko pero ¿no te importa tu propia
vida?, ¿no te importa que se extingan los Kawashima?
—Y usted, en cambio, solo piensa en mi vida. Pero ¿de qué sirve vivir más
tiempo a costa de tal crueldad y deshonra? La injusticia y la crueldad nunca traen la
prosperidad a una familia. Divorciarme de Nami, sin duda, no aportará ni honor ni
gloria a los Kawashima. Diga lo que usted diga, no me separaré de ella. ¡Nunca!
¡Jamás!
Aunque la madre estaba dispuesta a encontrar una fuerte resistencia por parte de
su hijo, Takeo superó con creces sus previsiones. Ante este resultado se despertó el
carácter colérico de la señora Kawashima. Las venas de la frente se le hincharon, las
sienes le latían con violencia y la mano que sostenía la pipa tembló. La señora
Kawashima intentaba ahogar su rabia con todas sus fuerzas, e incluso trató de sonreír,
y repuso:
—Vamos, hijo, no te acalores tanto y piensa con más calma. Eres joven y no
sabes nada de la vida. Pero hay un refrán que dice: «El pez grande se come al chico».
En nuestro caso, el pez grande somos nosotros. Pobre Namiko, y sus padres también,
pero si ella no hubiese enfermado, nada de esto estaría pasando. Piensen lo que
piensen de nosotros, será preferible a la ruina de nuestra casa, ¿no es cierto? Y,
además, tú te preocupas de la justicia y de la humanidad, pero hay muchos divorcios
por todas partes, sea por la incompatibilidad en las costumbres, sea por la esterilidad
de la esposa… o por una enfermedad grave. Eso es lo que hace toda la gente, ¿no,
Takeo? Las enseñanzas de la tradición están por encima de las discusiones. No se
trata de lo que tú dices, de si es un asunto o no de crueldad o de falta de humanidad.
En un caso como el presente, son los padres de Namiko quienes deberían venir por su
propia voluntad para llevarse a su hija con ellos; pero no reaccionan. Así pues, ¿qué
hay de malo en que nosotros mismos se lo pidamos? No queda otro remedio.
—¿La gente? ¿La tradición? Pero no tenemos derecho a hacer el mal solo porque
otros lo hacen. Una separación debida a una enfermedad es una brutal costumbre del
pasado. O peor, si eso es una norma social de hoy en día, no merece la pena vivir en
esta sociedad. Hay que cambiar. No estamos obligados a seguir unas normas
anticuadas e inhumanas. Además, usted solo piensa en nuestra familia, pero póngase
también en el lugar de la familia Kataoka. ¿Cómo se sentirá cuando su hija les sea
devuelta al poco tiempo de haberse casado por el simple motivo de que se ha puesto
enferma, después de todo lo que había hecho para conseguir su felicidad? Y la
mismísima Nami, ¿con qué cara cree usted que puede regresar a su casa paterna?
Imagínese que esto hubiera pasado al revés. ¿Qué sentiría usted si se llevan a Nami
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porque soy tísico? Es lo mismo.
—No, hijo, es muy diferente. La mujer es inferior al hombre.
—A ver si somos capaces de examinar las cosas desde otro punto de vista más
práctico. Estoy diciendo que es lo mismo según la razón y los sentimientos.
Últimamente Nami no ha tenido hemorragias y se está recuperando, lo sabe usted
perfectamente. Pero ¿por qué ahora? Madre, si yo siguiera su consejo, sin ninguna
duda le causaría a ella una recaída. Nami se morirá, eso es seguro. Ni hablar, madre.
¿No se da cuenta de que usted me está ordenando matar a Nami?…
Takeo sollozó. Unas grandes lágrimas ardientes resbalaron por sus mejillas.
De repente, la madre se levantó. Bajó del altar familiar una tablilla mortuoria budista,
en la que estaba escrito el nombre del difunto barón Kawashima; volvió a sentarse y
se la puso delante de los ojos a su hijo.
—No quieres obedecerme y te tomas a la ligera mis palabras porque soy mujer.
Pero ahora atrévete a repetir lo que acabas de decir ante el espíritu de tu padre.
¡Venga, repítelo! Los espíritus de nuestros antepasados también te escuchan. ¡Vamos,
hijo ingrato! —Miró fijamente a su hijo con ira y golpeó de nuevo la pipa contra el
borde del brasero.
Takeo, que solía ser indulgente y paciente con su madre, también se irritó.
—¿Por qué me llama hijo ingrato?
—Porque sí. Estás defendiendo solamente a tu mujer, mientras que desprecias las
palabras de tu madre, ¿no es así? Pretendes malgastar la vida que te di con dolor y los
innumerables sacrificios que hice para criarte. Y lo peor de todo, haces peligrar el
futuro de tu propia familia. ¿No es eso ser un hijo ingrato? Sí que lo es, en grado
sumo.
—Pero la humanidad…
—¡Basta ya de la humanidad! ¿A ti te importa más tu mujer que tu madre?
¡Imbécil! Venga a pensar en tu mujer. Y te olvidas de tu madre. No sabes hacer otra
cosa que hablar de Namiko. ¡Miserable! ¡¿A que te echo de casa?!
Takeo se mordió los labios dejando caer sus lágrimas más amargas.
—Madre, esto es demasiado injusto.
—¿Cómo que injusto?
—Yo jamás he sido desagradecido. Pero parece que usted hoy no me entiende en
absoluto.
—¿Por qué no me obedeces? ¿Por qué no quieres divorciarte de Namiko?, ¿eh?
—Pero madre…
—Nada de peros. Venga, Takeo, ¿quién te importa más? Elige entre tu mujer y tu
madre. ¿Te quedas con la familia o con Namiko?… ¡Ahhh, desgraciado! —Golpeó
con rabia el borde del brasero con la pipa, que se partió. Una parte de la pipa salió
disparada y chocó contra la puerta.
En ese momento se oyó una exclamación ahogada detrás de la puerta y después
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una voz temblorosa preguntó:
—¿Se puede pasar?
—¿Quién es?… ¿De qué se trata?
—Tiene un telegrama.
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—Sí, pero volveré pronto. Nami, cuídate mucho y que te mejores.
Se apretaron las manos con fuerza. En el vestíbulo, Iku ayudó a Takeo a ponerse
los zapatos y Mohei con una linterna en la mano, listo para acompañar a su amo a la
estación, tomó la bolsa de viaje.
—Bueno, Iku, cuida bien de la señora, ¿de acuerdo? Nami, me voy.
—Vuelve pronto, te lo ruego.
Takeo asintió con la cabeza. Siguiendo la luz incierta de la linterna, empezó a
caminar y a unos diez pasos tras salir del portón, se volvió. Namiko estaba de pie
junto a Iku. Los hombros de su esposa los cubría un manto blanco. Namiko, agitando
un pañuelo, repitió:
—¡Cariño, vuelve pronto!
—¡Sí, te lo prometo! ¡Nami, te vas a enfriar, métete ya!
Takeo miró atrás varias veces. La figura blanca y borrosa seguía allí. Pronto el
camino se sumió en la oscuridad y la figura blanca desapareció ante su mirada
ansiosa. Sin embargo, por tercera vez, oyó una débil voz que le llegó hasta el alma.
—¡Vuelve pronto!
Takeo, incapaz de contener su pena, rompió a sollozar. Se volvió una vez más y
vio la media luna iluminando el pinar con su fría luz.
Capítulo VII
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—No, Takeo no está. Pero eso no importa demasiado, porque de todos modos no
obtendrán su consentimiento. El caso es que Namiko ha tenido hemorragias de nuevo
y a la señora Kawashima se le ha agotado la paciencia. La señora Kawashima dice
que va a ejecutar el divorcio durante la ausencia de su hijo. Si Chijiwa nos hace el
favor de darle un empujón a la señora, ya está, asunto concluido. Cuando regrese
Takeo, no se lo dejará hacer tan fácilmente, así que la señora está pensando en
aprovechar esta oportunidad de oro. Entonces, la cosa ya estará en nuestras manos.
Bueno, Mi Alteza, brindemos.
—¡Pobre Namiko!
—Perdona que te lo diga, pero qué mujer más rara eres. Tú me dijiste que te daba
pena por Toyoko y que querías deshacerte de Namiko. Ahora que la cosa está a punto
de caramelo, ¿dices que te compadeces de ella? Mujer, no pienses más. Lo más
importante para nosotros es cómo colocar a Toyoko en el lugar de Namiko.
—Pero me temo que Takeo se llevará un gran disgusto cuando sepa que su madre
ha divorciado a Namiko durante su ausencia. Imagínatelo.
—Desde luego, pero ¿de qué sirve lamentarse cuando la cosa ya está hecha? Y,
además, Takeo es un muchacho muy cariñoso con su madre y verás cuando la señora
Kawashima suelte unas lágrimas de cocodrilo, no tendrá más remedio que resignarse.
Y ahora hablemos de nuestro asunto más importante que es Toyoko. Cuando Takeo se
haya calmado por completo, enviaremos a Toyoko como sirvienta con el pretexto de
aprender buenos modales con la señora Kawashima. No debe de ser tan difícil como
parece dedicarse a la señora. Todo depende de cómo saber mantenerla de buen
humor. Y, finalmente, cuando Toyoko llegue a ser la baronesa Kawashima,
cumpliendo así con su mayor deseo, seré yo el padre político de Takeo. Como es
inexperto, tendré que hacerme cargo de los bienes de los Kawashima. ¡Oh!, suena
realmente estupendo… Bueno, tendré más trabajo pero qué remedio, ¿no? Ahora, a
ver qué hacemos con Toyoko.
—¿Vas a cenar ya?
—No corre prisa. Déjame que tome otra copa, que estamos de celebración y
quiero hablar de Toyoko contigo. Tienes que ocuparte más de su educación. Toyoko
nunca sabe cumplir sus obligaciones y si sigue con su indómito comportamiento, se
nos va a caer la cara de vergüenza ante la señora Kawashima. Aunque nuestra hija
tuviera la suerte de tener una suegra santa, esta la mandaría a freír monas.
—Pero la educación de los hijos es cosa de dos. No es solo asunto mío. Siempre
tratas de escabullirte…
—¡Ah, odio esas excusas! —Y rompió a reír—: Los hechos son más elocuentes
que las teorías. Así que te demostraré cómo se hace. Venga, dile a Toyoko que venga.
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—Muy bien, ya voy. —Y, luego, tocándose el cabello de las sienes, preguntó a la
sirvienta—: Take, ¿no crees que no me he peinado bien por aquí?
—No. Está perfecto. ¡Qué guapa está! Me encanta cómo le ha quedado.
—Gracias.
Toyoko se miró una vez más en el espejo y sonrió.
La sirvienta, que la había alabado por educación, se quitó la mano de la boca con
la que ocultaba una risa burlona y le advirtió:
—Señorita, la están esperando.
—Sí, sí, ya voy.
Toyoko se levantó decididamente del tocador y fue al trote por el pasillo hasta
llegar a la sala de estar de su padre.
Dos semanas después de que Takeo se hubiera incorporado a las maniobras navales y
unos días antes de que la señora Kawashima escribiera a Yamaki, Namiko sufrió otra
hemorragia y llamaron urgentemente al médico. Por suerte, el ataque no se repitió y
el médico aseguró que Namiko no volvería a recaer durante algún tiempo, aunque
este ataque había sido lo suficientemente grave como para alarmar a su suegra. Tres
días más tarde, la señora Kawashima, que rara vez salía de casa, entró por el portón
de la casa de los Kato en la calle Idamachi.
La noche en la que la señora Kawashima y su hijo habían mantenido una fuerte
discusión sobre el divorcio y tras la fuerte oposición de Takeo, su madre se había
visto obligada a prometerle el aplazamiento de cualquier decisión al respecto hasta su
regreso. No obstante, la señora Kawashima sintió una gran duda. Aunque ella
esperara al regreso de Takeo, era consciente de que los sentimientos de su hijo no
cambiarían tan fácilmente, sino que, bien al contrario, su amor por Namiko
aumentaría durante su penosa ausencia, con lo que estaría menos dispuesto a la vuelta
a llegar a un acuerdo. O tal vez pudiera surgir algún obstáculo más para que se
materializara el trato. Por esa razón, la señora Kawashima pensó que sería mejor
actuar mientras su hijo estuviera ausente. Sin embargo, no acababa de reunir tanto
valor como para traicionar a su propio hijo y sentía remordimientos a pesar de las
instigaciones de Chijiwa con sus frecuentes visitas. Así que la señora Kawashima
seguía sin atreverse a tomar medidas definitivas que satisficieran a su sobrino. En
esas circunstancias, la mala noticia de la nueva hemorragia de Namiko le dio a su
Capítulo VIII
Capítulo IX
En Zushi, tras la partida de Takeo, Namiko se sintió tan desamparada que los días se
le hacían siglos. Mientras superaba un día tras otro por su esposo, al final había
pasado más de un mes. La cosecha del trigo había finalizado y era la temporada del
lirio silvestre. El día de la hemorragia Namiko había perdido toda esperanza de
recuperarse aunque, afortunadamente, no había sufrido ningún debilitamiento notable
y la mejoría continuaba tal y como el médico había asegurado. Animada por eso y
por una carta de Takeo recibida hacía poco y en la que avisaba de su pronto regreso,
Namiko esperaba a su esposo con mucha paciencia, siguiendo escrupulosamente los
consejos del médico para mostrarle a su marido el mejor aspecto posible, al menos, el
mismo que tenía antes de sufrir la hemorragia, a pesar de que no llegaría a
sorprenderlo de alegría. Sin embargo, esos últimos días todas las comunicaciones con
Tokio se habían interrumpido. El hecho de no haber recibido ni una postal de su
suegra, ni de sus padres, ni tampoco de su tía Kato, le produjo cierta inquietud. Para
pasar el tiempo se distraía adornando la habitación con unos lirios. Mientras cortaba
los tallos se volvió hacia Iku, que entraba en la habitación con una jarra de agua en la
mano y le dijo:
—Iku, ¿no te parece extraño que no haya llegado nada de correo estos días? ¿Por
qué será?
—Es cierto. Deben de estar todos bien, así que no tendrán nada nuevo que contar.
Ya no tardará en venir alguien. A lo mejor, puede que llegue alguien ahora mismo…
¡Oh, pero qué flores más hermosas! ¿Verdad, señora? Sería estupendo que el barón
regresara mientras duren.
Namiko miró las flores que sostenía en las manos y exclamó:
—Son realmente magníficas, pero creo que habría sido mejor dejarlas florecer
donde nacieron. ¡Es una crueldad cortarlas!
En ese momento, se oyó un rikisha que se acercaba al portón. Había llegado la
vizcondesa Kato. Al día siguiente de haber rehusado la demanda de divorcio
planteada por la señora Kawashima, la tía de Namiko seguía siendo presa de la
A las cuatro de la tarde, tres rikisha esperaban delante del portón. Namiko, vestida
con un quimono de crespón fino de verano y con obi de satén de color azul verdoso,
se había puesto una ramita de gardenia en su peinado de agemaki y en su mano
llevaba una sombrilla azul marino.
Namiko se llevó a los labios el pañuelo blanco de seda de sarga para contener un
ataque de tos y se despidió de Iku:
—Iku, entonces, me voy. ¡Oh, cuánto tiempo llevaba ya sin ir a casa! ¡Ah!, la
ropa que estaba haciendo para Takeo… falta muy poco para terminarla… Bueno,
déjalo. Lo haré yo cuando vuelva.
La señora Kato, en el límite de su autodominio, se ocultó con la sombrilla el
rostro por cuyas mejillas rodaban abundantes lágrimas.
Una hora más tarde, el silencio reinaba en toda la casa. En el despacho del general, el
padre y la hija se quedaron a solas, como el día de la boda, cuando Namiko había
escuchado los consejos de su padre para no volver a su casa natal. Pero ahora Namiko
sollozaba arrodillada, hundiendo la cara en las rodillas de su padre, y el general
acariciaba sin cesar la espalda de su hija, ahogada por la tos y las lágrimas
desoladoras.
Capítulo X
Capítulo I
Eran las cinco de la tarde del día 16 de septiembre de 1894. Las flotas aliadas
japonesas, listas para la batalla, partieron de la desembocadura del río Taedong[59]
con rumbo noroeste en busca de la armada enemiga y con la esperanza de alcanzar la
victoria. Se tenía información de que esa armada estaba protegiendo los barcos chinos
de mercancías cerca de la desembocadura del río Yalu, la frontera entre China y
Corea del Norte.
Encabezaba la expedición nipona el buque insignia Yoshino, seguido de los
buques Takachiho, Naniwa y Akitsushima, que portaban artillería volante. Después
seguía la flota principal: el Matsushima, la embarcación de Takeo como nave
insignia, apoyada por el Chiyoda, Itsukushima, Hashidate, Hiei y Fuso. Y, por último,
iba el cañonero Akagi, al que seguía el Saikiomaru con el almirante a bordo. Los doce
barcos de guerra extendidos en una larga fila avanzaban como un dragón por el mar
Amarillo produciendo una marea. Pronto se puso el sol y la luna apareció en el cielo.
Los buques siguieron hacia su destino cortando las olas, que brillaban por el reflejo
dorado y plata de la luna.
En la cabina de los oficiales del Matsushima, la cena había terminado hacía un
rato y todos habían vuelto a sus puestos, salvo unos cinco oficiales que mantenían
una animada conversación. Todas las ventanillas estaban herméticamente cerradas
para que ni un rayo de luz delatara la presencia del buque al enemigo, y los rostros de
los jóvenes oficiales de sangre ardiente se iban poniendo aún más colorados por el
aire cargado de la cabina. Sobre la mesa había varias tazas de café vacías y una gran
fuente de postre en la que solo quedaba un trozo de bizcocho esperando a ser
devorado por algún oficial.
Un alférez de estatura pequeña pero de fisonomía viril, con las mejillas apoyadas
en las manos, dijo mirando a su alrededor:
—Es probable que nuestro ejército ya haya tomado la ciudad de Pyongyang por
asalto, ¿no?
Otro alférez de aire brioso dijo:
—En cambio, ¿qué estamos haciendo nosotros? ¡Ah, no soporto estas
interminables horas de inactividad!
El oficial encargado de la contabilidad, que era un joven obeso, intervino en la
conversación desde una esquina de la mesa sonriendo:
—Pero ¿no sabes lo pronto que se acaba nuestra representación nada más sube el
A las diez concluyó la ronda. Los hombres de guardia ocuparon sus puestos y los
demás se fueron a dormir. Hablar en voz alta y encender las luces estaba prohibido.
Reinaba un silencio tan profundo tanto en la cubierta superior como en la inferior,
que el buque parecía una mole abandonada. Excepto la voz del jefe de navegación,
que daba órdenes al timonel, solo se escuchaba el ruido de las hélices y el incesante
batir de las máquinas como si fuera un corazón gigante. Un abundante humo blanco
se erguía hacia la luna.
En el puente de mando, las siluetas de dos hombres se proyectaban contra el
fondo luminoso creado por los rayos de luna. Uno de los hombres permanecía
inmóvil en el extremo izquierdo mientras el otro andaba de un lado para otro sin
hacer ruido, arrastrando su sombra.
Era Takeo Kawashima. Cumplía junto al jefe de pilotos con su deber de las cuatro
horas de guardia en el puente como segundo capitán de la división número tres. Al
llegar al final del puente, Takeo levantó los binoculares y miró en todas direcciones.
No había nada a la vista, así que bajó la mano derecha y agarró la barandilla con la
mano izquierda. Dos oficiales cruzaron por la batería conversando en voz baja,
pasaron bajo el puente y desaparecieron en la oscuridad. La cubierta estaba desierta,
el viento soplaba cada vez más y más frío y la luna brillaba esplendorosamente. A
través de las sombras de los centinelas que se movían en la proa, Takeo contempló el
mar. Salvo el contorno vago de unas islas montañosas a la izquierda y la sombra
fugaz del buque Akitsushima que iba delante, solo se veía las olas brillantes del mar
Amarillo. La chimenea expulsaba con fuerza unas chispas que se mezclaban con el
humo hacia el cielo de otoño, desplegado con sus innumerables estrellas por encima
del mástil principal. La Vía Láctea, privada de su esplendor, parecía pálida y
Tres meses antes Takeo había dejado a su madre sin que fuera posible ningún tipo de
reconciliación entre ellos. ¡Y qué cambios se habían producido durante esos meses!
Su corazón latía con fuerza ante los acontecimientos de Corea, los cuales finalmente
habían conducido a la guerra entre China y Japón. El joven capitán había sentido el
corazón desgarrado cuando escuchó la canción de despedida al partir de la bahía de
Sasebo. Sin embargo, la declaración de guerra lo llenó de una nueva fuerza y
acrecentó su coraje. Recibió su bautismo de fuego en el bombardeo de Weihai. Ante
sus ojos se sucedían escenas fantasmagóricas que no le daban tiempo a recordar su
situación personal. Gracias a ello, Takeo se mantenía, aunque a duras penas, sin
entregarse a sus pensamientos sobre la persona que nunca había dejado de ocupar su
corazón. Ante la hora de peligro de su país, su propio dolor, que había sido cuestión
de vida o muerte para él, se redujo a una pequeña proporción como una espuma en el
océano. Takeo se animó a sí mismo, enterró su pena y desempeñó todos sus deberes
con la valentía nacida de su desesperación. Para él la muerte realmente tenía menos
peso que una mota de polvo.
No obstante, ¡cuántas veces había sentido que el recuerdo doloroso se despertaba
e invadía su corazón de hombre valiente, rompiéndolo en pedazos en las pacíficas
noches como esta en que hacía guardia o en las noches de sofocante calor del verano,
sobre su hamaca en el mar de Corea! El tiempo iba pasando. El sentimiento
tormentoso de aquel momento, en que no sabía ni de qué se avergonzaba, ni con
quién se indignaba, ni por qué se entristecía, ni a quién guardaba rencor, se había
calmado dejándole una profunda pena que le minaba el corazón. Desde entonces, su
madre le había escrito dos veces deseándole un feliz regreso. Takeo, a pesar de las
tristes circunstancias en las que se hallaba, no podía dejar de pensar en la soledad de
su anciana madre, por lo que le respondió y se disculpó por la dureza de sus palabras
en su último encuentro, deseándole, asimismo, bienestar. Sin embargo, ese amargo
rencor había arraigado en lo más hondo del corazón de Takeo para no desaparecer
nunca. Cada noche soñaba con la destrucción de la flota enemiga y con su propia
muerte; veía el dulce rostro de su esposa enferma envuelta en un manto blanco como
la nieve, la última imagen que se había quedado grabada en su alma.
Tres meses habían transcurrido desde que había dejado de tener noticias de
Namiko. Takeo se preguntaba: «¿Estará aún con vida? Sí, claro que sí; seguirá con
vida. Igual que pienso en ella todos los días, ella también se acordará de mí. ¿Es que
no nos habíamos jurado vivir y morir juntos?». A continuación recordaba el momento
en que la había visto por última vez, aquella noche en Zushi cuando la media luna
brumosa iluminaba el pinar. «¿Cómo estará la que una vez me gritó desde el portón:
“¡Vuelve pronto!”?». Muy preocupado miró hacia la luna y, entonces, la viveza de
aquel recuerdo dibujó ante sus ojos la figura envuelta en el manto blanco.
—¡Kawashima!
Alguien le dio una palmadita en el hombro. Takeo, sorprendido, se dio la vuelta.
Era el jefe de navegación.
—¡Qué luna más bonita! Quién pensaría que vamos rumbo a la batalla, ¿verdad?
Takeo asintió con la cabeza. Se enjugó las lágrimas furtivamente y levantó los
binoculares. La luna resplandecía de blancura y el mar Amarillo se extendía con
calma.
La luna se había puesto y el cielo del amanecer estaba pintado de color púrpura. Ya
era el 17 de septiembre. A las seis de la mañana, la flota japonesa se acercaba a la isla
de Haiyang. El cañonero Akagi había sido enviado para hacer un reconocimiento en
la bahía de Shoto pero regresó sin noticias del enemigo. La flota siguió avanzando en
diagonal en dirección a las islas Dalu y Seolu. Se aproximaba al mar de la península
de Takooshan[67].
Eran las once de la mañana. Takeo había salido del cuarto de oficiales y estaba
llegando a la escotilla cuando una voz exclamó en la cubierta:
—¡Ahí los tenemos!
Pasos apresurados resonaron a la vez en cubierta. Takeo se detuvo
fulminantemente a mitad de las escaleras para frenar el salvaje latido de su corazón.
Un marinero que casualmente pasaba por debajo de la escalera se detuvo en el mismo
instante. Los dos hombres se miraron.
—Kawashima, ¿han avistado al enemigo?
—Parece que sí.
Takeo trató de mantener la calma y subió deprisa a la cubierta. Allí, los hombres
corrían en todas las direcciones, los silbatos pitaban y algunos infantes izaban a toda
prisa la bandera en señal de combate hasta lo alto del mástil. En la proa había un
grupo de marineros; en el puente de mando, se hallaban el comandante, el capitán, el
subcapitán, el oficial de Estado Mayor y otros oficiales. Todos, con los labios
fuertemente apretados, mantenían la mirada fija en la misma dirección lejana sobre el
mar. Takeo siguió con la mirada esa dirección donde el mar rozaba con el cielo del
norte y vio que se levantaba vagamente el humo, como hilos negros, de varios navíos:
uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve y diez.
Ahí estaba la flota enemiga.
Un oficial situado en el puente sacó el reloj del bolsillo, miró la hora y anunció:
—Tardaremos una hora y media en llegar ahí. Cuando terminemos los
preparativos, podemos almorzar tranquilamente antes de entrar en combate.
¡El mar Amarillo! Sus aguas, que la noche anterior brillaban como la plata a la luz de
la luna, y que hasta ese mismo momento también habían mantenido la bonanza como
en un cuadro, reflejando las nubes y las sombras de las islas y haciendo flotar el
sueño de las gaviotas, estaban a punto de convertirse en un sangriento campo de
batalla.
Takeo bajó del puente para dirigirse a la batería de los cañones de tiro rápido de
estribor. Allí se encontraba el capitán de su división, observando a los enemigos con
los binoculares. Los artilleros ya se habían quitado las chaquetas, dejando al
descubierto hasta el codo sus brazos musculosos y bronceados. En ese estado de
tensión, todos permanecían en silencio esperando la orden de disparar. Mientras, la
artillería volante japonesa abrió fuego sobre el ala derecha del enemigo al pasar por
su lado. El buque de Takeo, el Matsushima, el buque insignia de la flota principal, se
acercaba a toda velocidad a las naves chinas, que fueron desplegándose en forma de
cuña con el Dingyuan y el Chen Yuen en el extremo. Los barcos enemigos se
acercaban juntos y esos dos acorazados eran claramente visibles para Takeo.
Recordaba haberlos visto unos años atrás en el puerto de Yokohama, donde había
observado sus maniobras con el mayor interés. Sí, sin lugar a dudas, se trataba de los
mismos barcos. Sin embargo, ahora avanzaban rápidamente hacia Takeo, expulsando
un abundante humo espeso y negro, batiendo las espumosas olas con los cañones
abiertos, como si fueran bestias en busca de presas. Takeo, sin asomo de temor, sintió
que nacía dentro de él una sensación de aversión y odio hacia ellos.
La flota principal por el lado derecho y la escuadra volante por el izquierdo asaltaron
al enemigo desde direcciones opuestas. La batalla se reanudó con violencia asesina.
Takeo iba olvidándose de sí mismo. En sus días de estudiante había sido aficionado al
béisbol y en los momentos críticos del partido, llegaba a olvidarse completamente de
sí en el calor del encuentro, arrastrado a lo lejos como por un torbellino. Ahora Takeo
sentía la misma emoción salvaje. Excepto durante el espacio de tiempo en el que su
buque se alejaba del enemigo virando y, acto seguido, los ataques del enemigo se
dirigían a babor, Takeo gritaba sin tregua dando órdenes a sus subordinados con tanta
fuerza que se quedaba ronco y el sudor le goteaba por la cara; pero ni siquiera lo
notaba. Los obuses del enemigo se concentraban en el Matsushima, perforando los
escudos y haciendo prender la madera. La sangre cubría ya la cubierta. Sin embargo,
Takeo no prestaba atención a estas circunstancias. El estruendo de las armas del
aliado, y también del enemigo, había alcanzado tal ritmo en los oídos de Takeo que su
corazón latía al compás. Sus nervios se excitaban hasta tal punto que cada alto el
fuego causaba insatisfacción a sus oídos. La serenidad y la confianza en sí mismo
imbuían de un nuevo valor a sus compañeros. Los artilleros tampoco perdían la calma
frente a las bombas mortíferas del enemigo, sino que cargaban y descargaban sus
armas con la misma parsimonia e indiferencia, igual que habían hecho durante las
maniobras incruentas de adiestramiento. Disparaban los cañones constantemente,
apagaban de inmediato los incendios, retiraban a los muertos y a los heridos sin el
más mínimo trastorno. Todo el sistema de organización militar se ejecutaba con la
precisión de un reloj sin necesidad de órdenes.
Entre tanto, el aspecto general de la terrible masacre cambiaba de un segundo a
otro. Ahora que el mar y el cielo estaban velados por espesas nubes de humo negro,
se hacía casi imposible distinguir las banderas señalizadoras. Los proyectiles volaban
de un instante a otro y el mar temblaba con ruido ensordecedor; algunos torpedos
chocaban entre ellos explotando en el aire. Y el mar tempestuoso salpicaba el cielo
con nubes de espuma a cada surco de los proyectiles sobre las olas.
La voz ronca del capitán gritaba con todas sus fuerzas:
—¡Toma! ¡El Dingyuan está en llamas!
A través de una fisura en la densa nube de humo se veía la nave del enemigo, en
la que ondeaba una bandera con un enorme dragón y cuya proa estaba envuelta por
una columna de fuego. Los soldados enemigos se movían como hormigas en esa
situación de emergencia.
Takeo y sus artilleros gritaron con entusiasmo:
—¡Adelante! ¡Démosle el golpe de gracia!
Capítulo II
El sol del atardecer de otoño iluminaba la superficie del río Amayasu al reflejar su luz
dorada en los shoji de un restaurante que había junto a la orilla. En el primer piso del
establecimiento estaba teniendo lugar, en medio de un gran bullicio, una reunión
amistosa de senadores y diputados, mientras en una pequeña sala aislada en la planta
baja, Yamaki y Tazaki mantenían una conversación privada sin la presencia de la
camarera.
Tazaki había sido mayordomo de los Kawashima ya en vida del padre de Takeo.
En la actualidad, seguía desempeñando el mismo puesto y acudía todos los días desde
su casa vecina a la de los Kawashima para dedicarse fielmente a su trabajo. El padre
de Takeo siempre comentaba que Tazaki no era un hombre de gran inteligencia pero
sí una persona digna, sin ambición alguna de llenar su bolsillo a costa de los ingresos
de su amo. Por ello, el mayordomo gozaba de la plena confianza de la señora
Kawashima y de Takeo. En esa ocasión había sido enviado por la señora Kawashima
Tazaki había sonreído por ese incidente pero la señora Kawashima había fruncido las
cejas.
Aquel día, en el que Takeo había dejado su casa lleno de profunda indignación, su
madre le gritó, fijando en su espalda una mirada terrible:
—¡Vaya hijo ingrato! ¡Haz lo que te dé la gana pero quítate de mi vista!
La señora Kawashima siempre había sido consciente de que Takeo era un hijo
ejemplar y muy respetuoso, hasta tal punto que nunca se había opuesto a la voluntad
materna. A pesar de ello, la baronesa también tenía conocimiento del gran amor que
Takeo sentía hacia Namiko. Sin embargo, jamás había puesto en duda que Takeo se
Capítulo III
El canto de los pájaros junto a la cabecera de su cama despertó a Takeo. Abrió los
ojos. Desde la cama, alargó el brazo y descorrió la cortina; entonces, a través de la
ventana entraron los brillantes rayos del sol matinal que se elevaba por encima de las
montañas. La niebla las cubría con su manto blanco pero el despejado cielo otoñal ya
lucía su color azul, proporcionando un magnífico fondo a las ramas de un cerezo que
crecía junto a la ventana y lucía sus hojas rojas como teñidas de carmesí. Tres pájaros
revoloteaban trinando de rama en rama. De repente todos se detuvieron a la vez y se
volvieron hacia la ventana. Entonces, su mirada y la de Takeo, recostado en la cama
del hospital, se encontraron. Cuando los pájaros, asustados, se alejaron volando, una
hoja amarilla del cerezo cayó lentamente dando vueltas en el aire.
Takeo, al darse cuenta de que los pájaros eran los duendes de la mañana que lo
habían despertado, sonrió. Luego, se tumbó de nuevo y arrugó las cejas como si
hubiera sentido un dolor. Se acomodó en silencio y cerró los ojos.
La fuente del amor, que nunca se había secado, volvió a manar ahora
impetuosamente. Durante el día Takeo se hundía en sus pensamientos sobre Namiko
y durante la noche soñaba con ella.
Sin embargo, la realidad no le permitía tanta libertad para recuperar su felicidad
como en sus sueños. Takeo estaba convencido de que su relación con Namiko estaba
prácticamente terminada. Las leyes y convenciones sociales habían levantado una
barrera infranqueable entre la realidad y sus deseos. Fueran como fueran las normas
establecidas, sin ninguna duda Namiko seguiría siendo para él su mujer eternamente.
Sin embargo, su madre había disuelto el matrimonio en nombre de él y el padre de
Namiko lo había ratificado en nombre de su hija. Judicialmente y socialmente la
relación matrimonial entre ellos había concluido. Takeo se preguntaba una y otra vez:
«Cuando me recupere, ¿iré alguna vez a Tokio? ¿Veré a mi madre, visitaré a Nami
para confesarle mi deseo y volveré a recibirla como mi esposa?». No obstante, por
mucho que se preguntara, Takeo no podía engañarse a sí mismo, pues sabía muy bien
cómo eran las conveniencias sociales que se lo imposibilitaban. También sabía que
cualquier intento de forzar la situación podría empeorar aún más la relación con su
madre. Ya había experimentado de manera más que suficiente el sufrimiento amargo
de enfrentarse a la baronesa.
La insoportable idea de no tener la libertad de amar a quien quería angustiaba a
Takeo, pero no encontraba ninguna salida. Pasaba día tras día sintiendo como su
impotencia iba en aumento; buscaba un escaso consuelo en la única idea de que
Namiko era su esposa en este mundo y de que también lo sería en el más allá.
Tales eran los pensamientos que ocupaban la mente de Takeo recién despierto esa
mañana tranquila de otoño.
Ese día el médico pasó a verlo a la hora habitual. Cuando se fue, satisfecho de la
evolución favorable de su paciente, a quien ya le faltaba muy poco para su completa
recuperación, Takeo recibió una carta de su madre. En ella comentaba que las noticias
de Tazaki la habían tranquilizado algo y que esperaba su regreso a casa tan pronto
como el médico le diera permiso. «¡Tiene algo muy importante de que hablarme! ¿No
se tratará de lo que me temo?». Y se inquietó.
Ante esa sospecha, Takeo acabó por decidir no ir a Tokio.
A principios de noviembre, nada más enterarse de la noticia de que un compañero
Capítulo IV
Cuando llegó debajo de Fudo, Namiko quitó la arena de una roca y se sentó en ella;
era la misma roca en la que había estado con Takeo. Aquel día el cielo lucía su color
azul sin una sombra de nubes y el mar brillaba como un espejo. Ahora, en cambio,
nubes amenazantes cubrían el cielo y un agua abundante llegaba a los pies del
acantilado donde se había sentado. La superficie del mar era infinitamente negra sin
que ni la vela blanca de un barco rompiera su monotonía.
Namiko sacó de la escotadura del quimono una carta. En ella había tan solo tres
líneas escritas con letra ruda, pero para Namiko resultaban más conmovedoras que
millones de palabras de amor. «No pasa ni un día sin que piense en ti». Cada vez que
la enferma leía esta frase, sentía con toda el alma que su corazón se desgarraba.
«¿Por qué el mundo es tan cruel?», se preguntó. «Lo amo, amo tanto a Takeo que
casi me muero de angustia antes que de enfermedad. Y él también me ama. Entonces,
¿por qué se acabó nuestra relación? Todo su corazón, más rojo que la sangre, está
vertido en esta carta. Esta primavera juramos los dos sobre esta roca vivir juntos
miles de años. El mar lo sabe. La roca fue testigo. Entonces, ¿por qué nos han
separado? Takeo, mi alegría y mi alma… aquí, en primavera, sobre esta roca
juramos…».
Namiko abrió los ojos. Estaba sola. El mar se extendía en silencio ante ella y
detrás se oía débilmente el sonido de la cascada del templo. Namiko se cubrió el
rostro con las manos y sollozó. Las lágrimas corrieron entre sus dedos ya sumamente
delgados y cayeron gota a gota sobre la roca.
Namiko estaba aturdida. Los recuerdos acudieron a su mente a toda velocidad y
se fragmentaron como en un caleidoscopio. Recordó el día que había estado con su
marido en ese mismo lugar, el día que tuvo la primera hemorragia, los días en Ikaho,
el día de la boda, el día que regresó a casa de sus padres en compañía de su tía, el día
lejano en que se despidió de su madre, el rostro de su madre, el rostro de su padre, de
la madrastra, de la hermana, varios semblantes se cruzaron por la mente de Namiko
como un relámpago. Y sus pensamientos se dirigieron a una compañera de escuela,
de quien Chizuko le había hablado el día anterior. Ella era dos años mayor que
Namiko. Se había casado con un conocido conde que había regresado después de
haber vivido en el extranjero. Sus suegros la adoraban, pero nunca consiguió el amor
Capítulo V
Iku trajo un té y estaba a punto de abandonar la sala cuando escuchó a Namiko decir:
—¿Así que se va usted mañana?
Iku sorprendida dijo:
—¿Mañana? ¡Oh, no puede ser! Ahora que acabamos de conocernos.
La señora Ogawa le dirigió a Namiko una mirada de afecto y cariño.
—Me gustaría quedarme aquí un poco más. Así tendríamos más ocasiones de
conversar, sobre todo, me encantaría verla más recuperada, pero… —La señora
Ogawa sacó de su bolso un libro pequeño—. Es una Biblia. Me atrevo a asegurar que
no la conoces.
En efecto, Namiko no había leído nunca la Biblia. Su madrastra, durante su
estancia en Inglaterra, se había hecho cristiana, por así decirlo, pero había
abandonado en su residencia en Londres la fe y la Biblia junto con los zapatos viejos
y los papeles innecesarios.
—No, aún no la he leído.
Iku ya no tenía ganas de retirarse y miró el libro con atención. Estaba segura de
Al día siguiente, la señora Ogawa se fue. El libro que le había dejado a Namiko se
mantuvo siempre junto a la joven. Namiko se quedó impresionada por la generosidad
de la señora Ogawa para consolar el dolor de los demás después de haber sufrido ella
misma atrozmente. La existencia de una persona que, sin ser ni su madre ni su tía, se
preocupaba por ella le sirvió levemente de consuelo. A menudo Namiko recordaba el
relato de la señora Ogawa y se ponía a leer su regalo ofrecido de todo corazón.
Capítulo VI
El 22 de noviembre Port Arthur[77] fue ocupado por el Segundo Cuerpo del Ejército
japonés.
Chizuko, con el periódico en la mano, exclamó entusiasmada:
—¡Madre! ¡Madre!
—¿Qué ocurre? Baja un poco la voz.
Chizuko se ruborizó por la mirada de reproche de su madre y sonrió. Pero de
pronto se puso seria y le dijo:
—Madre, ¡Chijiwa ha muerto!
—¿Cómo? ¡¿Chijiwa?! ¿Pero dónde? ¿En batalla?
—Sí, su nombre está en el listado de los oficiales fallecidos. ¡Cuánto me alegro!
—¡Ay, por favor! No digas eso… ¿Así que ha muerto en batalla? Nunca hubiera
creído que fuera tan valiente, ¿a que no, Chizuko?
—Es mejor que esté muerto, pues solo creaba problemas.
La señora Kato se quedó pensativa durante unos instantes y luego prosiguió con
tristeza:
—Chizuko, es terrible morir sin tener a nadie que derrame una lágrima por uno,
¿sabes?
—¡Ah!, pero la señora Kawashima, sin duda, llorará por él… Por cierto, madre,
¿sabe usted que Toyoko se ha ido de casa de los Kawashima?
—¿En serio?
—Sí. He oído decir que ayer hubo otra bronca y que ella regresó a su casa con
lágrimas en los ojos diciendo que ya no podía más. Me hubiese gustado presenciar la
escena —dijo riendo Chizuko.
La señora Kato suspiró.
—Nadie podría aguantar en aquella casa, Chizuko.
La madre y la hija se miraron y se quedaron en silencio.
Chijiwa había muerto. Tres semanas después de esa conversación entre la señora
Este no fue el único hecho interesante que Takeo había vivido durante su estancia en
Port Arthur, pero deliberadamente no lo mencionó en la carta dirigida a su madre.
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
La noche del 7 de julio había muchas personas reunidas en casa de los Kataoka.
Todos hablaban en voz baja. La vida de Namiko se estaba apagando.
El general había estado dispuesto a pasar incluso un mes a solas con su hija en
Kioto. Sin embargo, repentinamente tomó la decisión de regresar a Tokio a finales de
junio. Los miembros de la familia, sin entender de medicina, advirtieron el
empeoramiento de Namiko nada más verla. En efecto, su médico al examinarla se
puso pálido sin querer. Diagnosticó una alteración cardiaca, la cual había agravado
fulminantemente la enfermedad de Namiko. Desde entonces, la lámpara del cuarto de
la enferma permaneció encendida todas las noches en el hogar de los Kataoka. El
médico visitaba constantemente a Namiko y la señora Kataoka, que había renunciado
a su plan de irse de veraneo a finales de junio, permanecía atenta al desarrollo de los
acontecimientos.
A pesar de los ímprobos esfuerzos del médico y de las repetidas oraciones de Iku,
Namiko se debilitaba día a día. Las hemorragias y la asfixia la atacaban con más
ímpetu que nunca. Y tras sufrir esos violentos ataques, caía en estado de coma y
deliraba. A cada acceso de tos, el general, que pasaba las noches en vela, acudía a la
cabecera de su hija; y ella reunía fuerzas para responderle con una sonrisa y hablar
con claridad con su padre. No obstante, en sus horas de inconsciencia murmuraba sin
cesar el nombre de Takeo.
El fatídico día había llegado. Todas las salas estaban iluminadas. Nadie se atrevía a
hablar y la casa entera estaba tan silenciosa que parecía tremendamente vacía. Dos
mujeres salieron de la habitación de la enferma para aliviarla de cualquier molestia.
Una de ellas era la señora Kato y la otra la señora Ogawa, la cristiana que había
Tres días más tarde Namiko fue enterrada en el cementerio de Aoyama, en el mismo
distrito de su casa.
Debido a las numerosas amistades del general, gran cantidad de personas
acudieron al sepelio. Entre los asistentes a las exequias, se incluían no pocas antiguas
compañeras de escuela de Namiko, que la despidieron entre sollozos. A los que
conocían la triste historia se les desgarró el corazón al ver al general, roto por el
dolor, junto al ataúd de su hija predilecta. Incluso los ajenos a lo ocurrido se
emocionaron por la conmovedora escena en que Iku, fuera de sí de tanta pena,
abrazaba el ataúd sollozando.
A pesar de que la estación de las flores había pasado, múltiples variedades de
ellas fueron enviadas para la difunta joven. De todas, solo una corona que había
traído un hombre de mediana edad fue devuelta. En ella había una tarjeta firmada con
el nombre de «Los Kawashima».
Capítulo X
Haori: Chaqueta japonesa amplia que se pone sobre el quimono y se ata por delante
con unas trencillas.
Shimada: Estilo de peinado japonés compuesto con un moño alto sobre la nuca y que
era popular entre las jóvenes solteras y las geishas.
Shoji: Puerta corredera con marco de madera cubierto de papel japonés traslúcido.
the Snow (trad. Kenneth Strong, Nueva York, Pegasus), está precedida de un prólogo
con información abundante de la vida del autor. En japonés hay una detallada
biografía suya en tres volúmenes, Roka Tokutomi Kenjiro, escrita por Yoshio Nakano
y publicada en los años setenta. <<
horizontal. <<
<<
prestigio. <<
de los líderes militares que reinstauró la Corte del Sur en la década de 1340. <<
el noroeste del océano Pacífico. Este punto fue localizado por el buque
estadounidense Tuscarora en 1874; de ahí el nombre. <<
piedra en forma de zorro, con las que se venera al dios de las cosechas. <<
1700. <<
su mano derecha sostiene una espada para herir a los espíritus malignos y en la
izquierda, una cuerda con la que estrangularlos. <<
Corea. <<
en China. <<
Tokio. <<
para el sogunato Tokugawa, que fue la sede del antiguo régimen durante la
Restauración de Meiji. <<
Tokio. <<
durante los últimos años del sogunato Tokugawa y el comienzo de la era Meiji. <<
Hoy se conoce como Lüshunkou o Luyshun y es una ciudad situada en el extremo sur
de la península de Liaodong, junto a la ciudad de Dalian. <<
que la canción entonada por las recogedoras de té la está escuchando en China, pero
al final se da cuenta de que está en Japón. <<